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Title: Pequeñeces
Author: Coloma, Luis
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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Pequeñeces...

por

El P. Luis Coloma

de la

Compañia de Jesús

SEXTA EDICIÓN

Bilbao
ADMINISTRACIÓN DE «EL MENSAJERO DEL CORAZÓN DE JESÚS»
Calle de Ayala
1898

ES PROPIEDAD

QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE SEÑALA LA LEY

BILBAO--Imp. de Corazón del Jesús, Muelle de Marzana, 7.



Al Lector[1]

[Nota 1: Al publicarse por primer vez esta novela en _El Mensajero
de Corazón de Jesús_, púsole su autor este prólogo dirigido a los
lectores de dicha Revista, que por muchas y poderosas razones, nos ha
parecido conveniente reproducir integro en esta sexta edición. (Nota de
los editores.)]


Lector amigo: Si eres hombre corrido y poco asustadizo, conocedor de las
miserias humanas y amante de la verdad, aunque esta amargue, éntrate sin
miedo por las páginas de este libro; que no encontrarás en ellas nada
que te sea desconocido o se te haga molesto. Mas si eres alma pía y
asombradiza; si no has salido de esos limbos del entendimiento que
engendra, no tanto la inocencia del corazón como la falta de
experiencia; si la desnudez de la verdad te escandaliza o hiere tu amor
propio su rudeza, detente entonces y no pases adelante sin escuchar
primero lo que debo decirte.

Porque témome mucho, lector amigo, que, de ser esto así y si no te
mueven mis razones, te espera más de un sobresalto entre las páginas de
este libro. Yo dejé correr en él la pluma con entera independencia,
rechazando con horror, al trazar mi pintura, esa teoría perversa que
ensancha el criterio de moralidad hasta desbordar las pasiones,
ocultando de manera más o menos solapada la pérfida idea de hacer pasar
por lícito todo lo que es agradable; mas confiésote de igual modo que,
si no con espanto, con grave fastidio al menos, y hasta con cierta _ira
literaria_, rechacé también aquel otro extremo contrario, propio de
algunas conciencias timoratas que se empeñan en ver un peligro en
dondequiera que aparece algo que deleita. Porque juzgo que, por sobra de
valor, yerran los primeros, en no ver abismos donde puede haber flores;
y tengo para mí que, por hartura de miedo, yerran también los segundos,
en no concebir una flor sin que oculte detrás un precipicio. Y andando,
andando, y partiendo los unos de un principio falso y los otros de una
verdad santa, llegan todos de la exageración al engaño, y pasan luego a
la demencia; pareciéndoles a aquellos que pueden servir de guía a la
juventud las crudezas de Zola, y creyendo estos que no conviene enseñar
a los niños el Credo y los Artículos de la Fe sin introducir algunas
prudentes modificaciones, de que yo pudiera citarle algún ridículo
ejemplo. Extraño fenómeno y singular aprieto para el escritor el de
estos dos extremos opuestos, hijos legítimos de la confusión de ideas en
todo orden de cosas que caracteriza nuestra época, y reconoce por
origen, entre otras mil causas, la orgullosa suficiencia propia, el
desprecio de la autoridad que legítimamente define, la falta de
profundidad y método en los estudios, el magisterio superficial, intruso
e interesado de los periódicos, y la funesta propensión a juzgar lo que
pasa en el corazón ajeno por lo que sucede en el propio.

Cierto, ciertísimo, lector pío y discreto, que peca de inmoral y merece
toda censura el autor que encomia a los ladrones y recomienda sus hurtos
y los facilita; o el que protestando contra ellos y reconociendo su
inmoralidad, traza, sin embargo, con buenas intenciones y poquísima
prudencia, cuadros de peligrosa belleza, de tentación seductora, que
ejercen sobre el lector incauto, y aun sobre el que por tal no se tiene,
la atracción siniestra del abismo. Mas no por eso has de deducir de
aquí, lector pío siempre, y esta vez no discreto si tal deduces, que sea
igualmente inmoral el escritor que confiesa paladinamente que hay
ladrones, que da la voz de alerta contra ellos y los saca a la vergüenza
pública, pintándolos con todas aquellas sus negras tintas que sufre el
decoro y hacen al vicio antipático y odioso, y se ayuda así del mal para
hacer el bien, a la manera que la primavera se ayuda del estiércol para
fabricar la rosa.

Y no me digas que se corre siempre el riesgo fatalísimo de abrir los
ojos a la inocencia; porque te diré entonces que si el tal autor supo
guardar ese _prudente decoro_ que indiqué antes, y esa inocencia de que
hablas es la verdadera inocencia del corazón, pura y santa, única que
todo lo ignora, así en teoría como en práctica, preciso será que pase
por aquellas páginas sin comprender lo que se dice entre líneas y coja
la rosa sin sospechar que existe el estiércol. Y si por ventura lo
sospecha y lo descubre, señal clara y evidente de que no estaban esos
ojos tan cerrados como tú creías, y no siendo ya inocencia pura del
corazón, sino mera ignorancia del entendimiento, le aprovechará por
ende, si no como medicina todavía, como preservativo, al menos, la
lección que encerró allí el autor en prudente logogrifo, y como
estiércol sucio y hediondo aprehenderá forzosamente lo que como tal se
le presenta. Y si se le convierte en ponzoña la triaca, culpa será suya
y no del médico, porque la malicia no estará entonces en el que escribe,
sino en la propia voluntad del que lee; que, como dijo un poeta antiguo:

        Del más hermoso clavel,
        pompa del jardín ameno,
        el áspid saca veneno,
        la oficiosa abeja, miel.

Con este criterio, lector amigo, escribí yo el libro que entre las manos
tienes, y lealmente te lo aviso para que lo arrojes a tiempo si mi modo
de pensar no te satisface. Y si por acaso te maravilla que siendo yo
quien soy me entre con tanta frescura por terrenos tan peligrosos, has
de tener en cuenta que, aunque _novelista_ parezco, soy sólo
_misionero_, y así como en otros tiempos subía un fraile sobre una mesa
en cualquier plaza pública y predicaba desde allí rudas verdades a los
distraídos que no iban al templo, hablándoles, para que bien lo
entendieran, su mismo grosero lenguaje, así también armo yo mi tinglado
en las páginas de una novela, y desde allí predico a los que de otro
modo no habían de escucharme, y les digo en su propia lengua verdades
claras y necesarias que no podrían jamás pronunciarse bajo las bóvedas
de un templo.

Porque si tú, lector pío y candoroso, sentado a las márgenes de los
arroyos de leche y miel que fertilizan la Jerusalén celestial que
habitas, has creído que existe la noción del bien y del mal en todos
los corazones, con la misma claridad que tú la posees en tu
entendimiento iluminado por la gracia, estás en un error crasísimo. En
el mundo, y en cierta clase de mundo, sobre todo, el mal suele
desconocerse a sí mismo, por esa misma confusión de ideas que en todos
los órdenes reina. Cuando la relajación es general, sucede en una
sociedad lo que a bordo de un barco acontece: que como todo se mueve
igualmente, parece que nadie camina; preciso es que alguien se detenga
para que haya un punto fijo que marque el atropellamiento de los otros y
el rumbo peligroso de los que siguen caminando.

Jamás harás conocer a un bizco su propio estrabismo, si no le pones
delante un espejo fiel que le retrate su torcida vista; porque el ojo de
la cara que sirve para ver y conocer a los demás no puede, sin un
milagro que equivalga a esta gracia que tú disfrutas, verse y conocerse
a sí mismo. Grande y caritativa obra, por tanto, será la del libro que
sirva de punto fijo para avisar a los del barco que se alejan de la
orilla; que sirva de espejo fiel al bizco desdichado, para que,
comenzando por conocer allí su vista extraviada, acabe por odiarla en sí
mismo.

Y aquí tienes explicado de paso el porqué me detengo a veces en
pormenores harto nimios, que desdeñaría como artista y a que no
descendería como religioso. Porque el último parapeto del bizco que no
quiere mirar derecho es negar que entienda el que le reprende de
achaques de vista; por eso, cuando le pone delante el censor detalles
íntimos conocidos sólo de los del gremio, concédele al punto la ventaja
inmensa de la experiencia y se rinde a discreción, pensando que, si no
fue también bizco allá en sus tiempos aquel que le reprende, entre
muchos que bizquean debieron de apuntarle los dientes; y gran paso es ya
este dado en el corazón que quiere ganarse, porque le invita a la
confianza y le asegura la indulgencia, la idea de que aquel censor
inexorable estudió en su mismo libro y venció sus mismas flaquezas.

Y si todas estas cosas me concedes, y me arguyes todavía que no cuadra a
la gravedad de _El Mensajero_ publicar historias tan profanas, pídote
que consideres una cosa, en que de seguro no habrás parado mientes. No
todos los suscriptores de _El Mensajero_ son como tú, piadosos y
espirituales: en sus listas, numerosísimas hasta un punto increíble
para lo que suelen ser estas cosas en España, figuran al lado de
místicas abadesas, señoras muy del mundo, y junto a congregantes de San
Luis, hombres despreocupados y hasta jóvenes alegres. Preciso es, pues,
que toda esta multitud heterogénea encuentre allí alimento que la nutra
y que le agrade, y la sana doctrina que paladea con delicia la abadesa
en la _Intención_ de cada mes, seria, profunda y devota, es manjar harto
sublime para el embotado paladar de aquellos otros que sólo podrán
tragar esa misma celestial doctrina, envuelta en una salsa lícitamente
profana.

Dejen, pues, las almas pías ese rincón de _El Mensajero_ para esos
pobres hambrientos, a quienes hay que alimentar por sorpresa con la
santa doctrina de Cristo; que muy superior a la caridad que consiste en
dar es la que consiste en comprender y soportar las humanas flaquezas.
Esa es la que me hace a mí tomar la pluma y escribir para ellos, aun a
trueque de escuchar, como en cierta ocasión he oído, que rebaja el
carácter sacerdotal escribir cosas tan baladíes. ¡Como si la caridad se
rebajara alguna vez, por mucho que descienda!...

Y con esto, lector amigo, te dejo en paz, y libre quedas para entrarte,
si te place, por las páginas de mi libro o dar media vuelta a la
derecha. Témome, sin embargo, y en tus ojillos devotos lo conozco, que
ansías ya por leerlo, y no lo dejarás hasta devorarlo letra a letra;
porque si mis razones no te han convencido, como deseo, es fácil que la
curiosidad te impulse contra lo que yo pretendo.

Quédate, pues, con Dios, y Él te bendiga, que yo por mi parte

    Con estas cosas que digo
    y las que paso en silencio,
    a mis soledades voy,
    de mis soledades vengo.

Bilbao, 1 de enero de 1890.

       *       *       *       *       *



Libro Primero



--I--

    Something is rotten in the state of Denmark.
    (Hay algo en Dinamarca que huele a podrido.)

    Shakespeare, Hamlet.


Las dos torrecillas del colegio se levantaban agudas y airosas como
flechas disparadas contra el cielo azul, sereno y radiante, que suele
cobijar a Madrid en los primeros días de junio. La verdura del jardín
parecía una esmeralda caída en la arena, un oasis de bosquecillos de
lilas que ya se marchitaban y de azucenas que comenzaban a abrirse,
perdido en las áridas llanuras que por el lado del colegio rodean a la
corte de España. El agua saltaba en las fuentes y corría por los pilones
murmurando; oíanse alegres voces de niños en lo interior del edificio;
gorjeos de ruiseñores y jilgueros en los árboles, y más allá, pasada la
verja, ni niños, ni agua, ni flores, ni pájaros... Una llanura estéril,
un pueblo de barracas; y allá en el horizonte, lejos, lejos, Madrid, la
corte de España, asomando sus cúpulas y sus torres entre esa neblina que
pone más de relieve la limpidez de la atmósfera, esa especie de vaho que
se levanta de las grandes capitales, semejante a las emanaciones de una
hedionda charca.

Terminaba aquel día el curso, había tenido ya lugar la distribución de
premios, y llegaba la hora de las despedidas. Cruzábanse por todas
partes enhorabuenas y adioses, encargos y recomendaciones; y padres,
madres, niños y criados, revueltos en confuso tropel, invadían todas las
dependencias del colegio, rebosando esa satisfacción purísima del
premio justamente alcanzado, del trabajo concluido, de la esperanza
cierta de descanso; esa ruidosa alegría que despierta en el escolar de
todas las edades la mágica palabra: _¡Vacaciones!_

El acto había estado brillantísimo; en el fondo del salón ocupaban un
estrado, ricamente dispuesto, los cien alumnos del colegio, con sus
uniformes azules y plata, agitados todos por la emoción, buscando con
los ojillos inquietos, arreboladas las mejillas y el corazón palpitante,
entre la muchedumbre que llenaba el local, al padre, a la madre, a los
hermanos que habían de ser testigos y partícipes del triunfo. Coronaba
el estrado un magnífico cuadro de la Dolorosa, _Nuestra Señora del
Recuerdo_, titular del colegio, y a su derecha presidía el acto el
cardenal arzobispo de Toledo, bajo riquísimo dosel, y el rector y
profesores del colegio sentados en tomo. Llenaban el resto del inmenso
salón los padres y madres de los niños, alternando la gran señora con la
modesta comercianta; el grande de España con el industrial acomodado;
alegres todos, satisfechos, mirándose entre sí y sonriendo amigos y
desconocidos, como si el sentimiento de la paternidad, igualmente
herido, acortase las distancias y estrechase las relaciones,
despertando en todas las almas idéntica felicidad, la misma dicha, igual
deseo de considerarse y abrazarse como hermanos.

La orquesta dio principio al acto, tocando magistralmente la obertura de
_Semíramis_. El rector, anciano religioso, honra y gloria de la Orden a
que pertenecía, pronunció después un breve discurso, que no pudo
terminar. Al fijarse sus apagados ojos en aquel montón de cabecitas
rubias y negras, que atentamente le miraban, apiñadas y expresivas como
los angelitos de una gloria de Murillo, comenzó a balbucear, y las
lágrimas le cortaron la palabra.

--¡No lloro porque os vais!--pudo decir, al cabo--. ¡Lloro porque muchos
no volverán nunca!...

La nube de cabecitas comenzó a agitarse negativamente y un aplauso
espontáneo y bullicioso brotó de aquellas doscientas manitas, como una
protesta cariñosa que hizo sonreír al anciano en medio de sus lágrimas.

El secretario del colegio comenzó a leer entonces los nombres de los
alumnos premiados: levantábanse estos ruborosos y aturdidos por el miedo
a la exhibición y la embriaguez del triunfo; iban a recibir la medalla y
el diploma de manos del arzobispo, entre los aplausos de los compañeros,
los sones de la música y los bravos del público, y volvían presurosos a
sus sitios, buscando con la vista en los ojos de sus padres y de sus
madres la mirada de inmenso cariño y orgullo legítimo, que era para
ellos complemento del triunfo. Un niño pequeñito de ocho años subió
gateando las gradas del estrado, púsose de puntillas para divisar a su
madre, viola a lo lejos y con la punta del diploma le envió un beso...
Chicos y grandes aplaudieron con entusiasmo: los unos, por ese instinto
de ángel que hace comprender al niño lo que es santo y bello; los otros,
por esa tierna simpatía que despierta en el corazón de todo padre o
madre cuanto tiende a revelar el puro amor de hijo.

El acto parecía ya terminado: el arzobispo iba a dar la bendición y todo
el mundo se levantaba para recibirla de rodillas... Un niño blanco y
rubio, bello y candoroso como un ángel de Fra Angélico, se adelantó
entonces a la mitad del estrado: realzaba el encanto de su edad y su
inocencia, _ese no sé qué_ aristocrático y delicadamente fino que
atrae, subyuga y hasta enternece en los niños de grandes casas; y su
larga cabellera rubia, cortada por delante como la de un pajecillo del
siglo XV, le daba el aspecto de aquel príncipe Ricardo que pintó Millais
en su célebre cuadro _Los hijos de Eduardo_.

Detuviéronse todos a su vista, quedando cada cual en su sitio en el más
profundo silencio. Volvió entonces el niño hacia el cuadro de la Virgen
sus grandes ojos azules, rebosando candor y pureza, y con vocecita de
ángel comenzó a decir[2]:

        Dulcísimo recuerdo de mi vida,
        Bendice a los que vamos a partir...
        ¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida,
        Recibe tú mi adiós de despedida,
        Y acuérdate de mí!...

        ¡Lejos de aquestos tutelares muros,
        Los compañeros de mi edad feliz,
        No serán a tu amor jamás perjuros;
        Se acordarán de ti!

[Nota 2: Esta poesía es original del padre Alarcón, y fue leída en
una solemnidad semejante a la que aquí describimos.]

Un aplauso general salió del grupo de los niños, como un grito de
entusiasta asentimiento. Los grandes no aplaudían; con el alma en los
ojos y las lágrimas en estos, escuchaban inmóviles. El niño se adelantó
dos pasos, y llevándose las manitas al pecho, prosiguió lentamente:

    Mas siento al alejarme una agonía,
    Cual no la suele el corazón sentir..
    ¿En palabras de niño quién confía?
    Temo... no sé qué temo, Madre mía,
    Por ellos y por mí...

Nadie respiraba; las lágrimas, al caer, no hacían ruido. El niño volvió
entonces al público los cándidos ojos, con esa mirada vaga de la
inocencia que parece investigar siempre algo ignorado, y prosiguió con
tristeza que conmovía y sencillez que llegaba al alma:

        Dicen que el mundo es un jardín ameno,
        Y que áspides oculta ese jardín...
        Que hay frutos dulces de mortal veneno,
        Que el mar del mundo está de escollos lleno...
        ¿Y por qué estará así?

        Dicen que por el oro y los honores,
        Hombres sin fe, de corazón ruin,
        Secan el manantial de sus amores
        Y a su Dios y a su patria son traidores...
        ¿Por qué serán así?

        Dicen que de esta vida los abrojos,
        Quieren trocar en mundanal festín;
        Que ellos, ellos motivan tus enojos,
        Y que ese llanto de tus dulces ojos,
        ¡Lo causan ellos, sí!

Algunas mujeres enrojecieron, porque por la boquita del niño parecía
hablar la voz de muchas conciencias; varios hombres bajaron la cabeza, y
una voz enérgica, pero alterada, repitió a lo lejos:--¡Sí! ¡Sí!--. Era
un anciano general, abuelo de un alumno del colegio. El niño parecía
conmovido, como pueden estar los ángeles a la vista de las miserias
humanas; movió tristemente la cabecita, cruzó las manos y prosiguió con
la expresión de un querubín que mira a la tierra:

            Ellos, ¡ingratos!, de pesarte llenan...
            ¿Seré yo también sordo a tu gemir?
            ¡No! Yo no quiero frutos que envenenan,
            No quiero goces que a mi Madre apenan,
            ¡No quiero ser así!

            En los escollos de esta mar bravía
            Yo no quiero sin gloria sucumbir;
            Yo no quiero que llores por mí un día;
            No quiero que me llores, Madre mía...
            ¡No quiero ser así!

            Y mientras yo responda a tu reclamo,
            Mientras me juzgue con tu amor feliz,
            Y ardiendo en este afecto en que me inflamo,
            Te diga muchas veces que te amo,
            ¿Te olvidarás de mí?

            ¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida!
            Siempre que luche en peligrosa lid,
            Siempre que llore mi alma dolorida,
            Al recordar mi adiós de despedida,
            ¡Te acordarás de mí!

            Y en retorno de amor y fe sincera,
            Jamás sin tu recuerdo he de vivir.
            Tuya será mi lágrima postrera...
            ¡Hasta que muera, Madre; hasta que muera
            Me acordaré de ti!

            Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo
            De alzar el vuelo al celestial confín,
            Estrechándome a ti con dulce abrazo,
            No me apartes jamás de tu regazo.
            ¡No me apartes de ti!

Calló el niño, y no resonó un aplauso; sólo estalló un sollozo, un
inmenso sollozo que pareció salir de mil pechos por una sola boca,
arrastrando los encontrados afectos de amor, ternura, vergüenza,
entusiasmo, piedad y arrepentimiento, que en aquellos corazones había
despertado la cándida vocecita del niño... A una señal del rector,
lanzáronse todos los que en el estrado estaban en brazos de sus padres,
estallando entonces una verdadera tempestad de besos, gritos, abrazos,
bendiciones, llantos de alegría y gemidos de gozo. Sólo el niño que
había declamado los versos quedó solitario en su asiento, sin padre ni
madre que le recibieran en sus brazos; la pobre criatura dirigió una
larga mirada al dichoso grupo, y con sus premios en la mano, salió
lentamente por una ancha galería en que comenzaban a amontonar ya los
criados los equipajes de los niños que se marchaban. Había en un extremo
un gran mundo con las iniciales F. L. en la tapa, y sobre él se sentó el
niño como esperando algo, con los premios al lado, la cabeza baja y la
gorrita en la mano, triste, silencioso, inmóvil. La alegre algazara del
salón llegaba a sus oídos, y poco a poco fuese levantado su pechito,
hinchóse su garganta y rompió a llorar amargamente, en silencio, sin
sollozos, sin suspiros, como lloran los que tienen en el corazón el
manantial de sus lágrimas. Los criados comenzaban ya a cargar los
equipajes, y los grupos de padres y niños se dirigían a la puerta con
alegre barullo, sin que nadie reparase en el niño solitario, a veces, un
compañero le daba al pasar una palmada cariñosa, o un profesor que
corría apresurado le enviaba una sonrisa, y el niño sonreía también
sorbiéndose las lágrimas.

Una señora gorda, de aspecto bondadoso, hallóse en aquellas apreturas al
lado del niño, llevando de la mano a un chiquillo gordinflón que sólo
había obtenido un premio de gimnasia. Notó este las lágrimas de su
compañero, y tirando de las faldas a la señora, le dijo al oído:

--Mamá... mamá... Luján está llorando.

--¿Por qué lloras, hijo?--le preguntó la señora compadecida--. ¡Si has
declamado muy bien! ¿No has sacado premio?

Púsose el niño muy encarnado y, levantando la cabeza con infantil
orgullo, contestó mostrando los que junto a sí tenía:

--Cinco... y dos _excelencias_...

--Digo... ¿Cinco premios y todavía lloras?...

El niño no contestó; bajó la cabeza como avergonzado, y de nuevo
corrieron sus lágrimas.

--Pero, ¿qué tienes, hijo?--insistió la señora--. ¿Estás malo?... ¿Por
qué lloras?

Un inmenso desconsuelo, que desgarraba el alma en aquella carita de
ángel, se pintó en las facciones del niño; con los dientecillos
apretados y los ojos rebosando lágrimas y amarguras, contestó al cabo:

--Porque estoy solo. Mi mamá no ha venido. ¡Nadie ha visto mis
premios!...

La señora pareció comprender toda la profunda amargura que encerraba
aquel sencillo lamento. Saltáronsele las lágrimas, y mientras con una
mano acariciaba la rubia cabeza del niño, apretaba con la otra contra su
seno la de su hijo, como si temiese que pudiera faltarle alguna vez
aquel blando regazo.

--¡Ángel de Dios!--decía al mismo tiempo--. ¡Pobrecito mío!... Tú mamá
no habrá podido venir; estará fuera, sin duda... ¿Cómo se llama?...

--La condesa de Albornoz--respondió el niño.

Una violenta expresión de ira se pintó en el rostro de la señora al oír
este nombre; volvióse bruscamente hacia una joven que la acompañaba, y
exclamó con más impetuosidad que prudencia:

--Pero, ¿has visto?... ¡Si esto clama al cielo!... ¡Pícara madre!
¡Pícara madre!... Mientras este ángel llora, estará ella escandalizando
a Madrid como acostumbra.

--¡Calla mujer!--replicó la otra, mirando con inquietud al niño...

--Pero ¿quién ve con paciencia esto?... ¡Lástima de hijo para tal
madre!... Desde el fin del mundo hubiera venido yo por ver recibir al
mío su premio de gimnasia... ¡Anda con Dios, hijo! Eso indica que cuando
seas grande sabrás tirar de un carro... ¡Con tal que me seas bueno!...
¿No es verdad, Calixto, vida mía?...

Y estampaba en las mofletudas mejillas de su hijo esos estrepitosos y
apretados besos de las madres, que parecen mordiscos del alma.

El niño, enjugándose sus grandes ojos de un azul profundo, como el mar
visto de lejos, no se enteraba de nada. La señora volvió a decirle:

--Vamos, hijo mío, no llores... Anda, Calixto, no seas pazguato, dile
algo a ese niño... ¿No ves que llora?... ¿Cómo te llamas, hijo?

--Paquito Luján--respondió el niño.

--Pues no llores, Paquito, que tu mamá te estará esperando en casa...
Mira, Calixto, dale una de las cajas de dulces que te he traído..., o
mejor será que le des las dos; yo te compraré otras.

Y como viese que el niño rechazaba la linda cajita de la Mahonesa, que
no del todo satisfecho le alargaba Calixto, añadió:

--Tómalas, hijo... Esta para ti, y la otra para tus hermanos... ¿No
tienes hermanitos?...

--Tengo a Lilí.

--Pues llévale una a Lilí. Y llévale también esto... y la buena señora
estampó en las mejillas del niño, llenas de lágrimas, otros dos sonoros
besos, que en vano pretendían suplir en ellas el calor que les faltaba
de los besos de su madre. Un lacayo con larga librea verde aceituna,
coronas condales en los botones y sombrero de copa con gran cucarda
rizada en la mano, se acercó entonces al grupo:

--Cuando el señorito quiera, está esperando el coche--dijo
respetuosamente al niño.

El pobre señorito se levantó de un salto, y abrazando con un movimiento
lleno de gracia al gimnasta Calixto, se dirigió a la puerta, sin querer
entregar al lacayo el envoltorio de sus premios. En la verja del jardín
le detuvo el padre rector, que allí estaba despidiendo a los niños;
besóle Paquito la mano, y abrazándole él cariñosamente, le habló breve
rato al oído.

Púsose el niño muy encarnado, corrieron de nuevo sus lágrimas y con
verdadera efusión llevó por segunda vez a sus labios la mano del
religioso.

Poco a poco fueron desfilando los carruajes, y cesaron al fin los gritos
de despedida.

--¡Adiós!... ¡Adiós!...--repetía el anciano.

Todavía aparecían algunas manitas saludando a lo lejos por las
ventanillas de los coches:

--¡Adiós!... ¡Adiós!...

Ocultáronse al fin todos en el último recodo del camino, y sólo quedó la
llanura árida, la polvorienta carretera, el pueblo de barracas, el
colegio solitario, silencioso como una jaula de jilgueros vacía, y a lo
lejos, acechando entre la bruma, Madrid, la gran charca.

El pobre viejo dejó caer entonces los brazos abatidos, bajó tristemente
la cabeza, y entróse en la capilla murmurando:

    ¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida!
    ¿Se acordarán de ti?



--II--


Era aquella misma tarde poca la animación y escasa la concurrencia en el
_fumoir_ de la duquesa de Bara. Casi tendida ésta en una
_chaise-longue_, quejábase de jaqueca, fumando un rico cigarro puro,
cuya reluciente anilla acusaba su auténtico abolengo: tenía sobre las
faldas, sin anudarlo, un delantillo de finísimo cuero y elegante corte,
para preservar de los riesgos de un incendio los encajes de su _matinée_
de seda cruda, y sacudía de cuando en cuando la ceniza en un lindo barro
cocido, que representaba un grupo de amorcillos naciendo de cascarones
de huevo en el fondo de un nido.

Pilar Balsano fumaba, haciendo figuras, otro cigarro no tan fuerte, pero
sí tan largo como el de la duquesa, y Carmen Tagle se desquijaraba
chupando un _entreacto_ que se mostraba algún tanto rebelde.

--Está visto que no tira--dijo de pronto.

Y para cobrar nuevas fuerzas se bebió poquito a poco, y con aire muy
distinguido, una tercera copita del whisky, bastante fuerte, que
juntamente con el té, los brioches y _sandwiches_, habían servido en
rico frasco de cristal de Bohemia.

La señora de López Moreno, gorda y majestuosa como las talegas de su
marido, contraía sus gruesos labios para chupar un cigarrito de papel, y
reíase maternalmente al ver a su hija Lucy, recién salida del colegio,
dar pequeñas chupadas en el cigarro mismo de Angelito Castropardo.
Chupaba la niña y tosía haciendo monadas; chupaba Angelito para darle
magistral ejemplo, y tomaba a chupar y a toser la colegialita,
encontrando el juego muy divertido. Parecía complacerla mucho tener por
maestro un grande de España, y procuraba estudiar el chic de aquellas
ilustres damas, que como modelos de distinción le proponía su madre.
Todavía, sin embargo, encontraban en ellas sus ojos de colegiala cosas
harto extrañas.

Disgustaban a la duquesa las risotadas de la banquera; pero pasaban de
dos millones las hipotecas que el cónyuge de esta tenía sobre los bienes
de aquella, y ante la perspectiva de una prórroga necesaria, era preciso
preparar el terreno con paciencia y amabilidades.

Leopoldina Pastor, varonil solterona que pasaba ya de los cuarenta,
guapa y muy erudita, despachaba una buena ración de brioche _milanaise_,
disputando con don Casimiro Pantojas, antiguo director de Instrucción
Pública, académico de la Lengua y celebérrimo literato. Habíase
inaugurado aquella semana el tranvía del barrio de Salamanca, y
lamentábase el académico de que el vulgo de Madrid se empeñase en hacer
masculino el nuevo vehículo, contra el dictamen de algún colega suyo,
que por femenino lo tenía.

La señorita de Pastor, ardiente defensora de los fueros gramaticales,
prometióle hacer por todas partes propaganda de _la tranvía_; pero
escapósele al bueno de don Casimiro que era el académico en cuestión don
Salustiano Olózaga, y Leopoldina varió al punto de dictamen, exclamando
muy enfadada:

--¡Imposible que sea femenino!... Olózaga es un indecente amadeísta que
ha impuesto a Thiers el Toisón de oro; y eso no se lo perdona ninguna
alfonsina... ¡Pues no faltaba más!... ¡El tranvía se dice, y el tranvía
se dirá!...

Y todos convinieron en poner pantalones al tranvía, incluso Fernando
Gallarta y Gorito Sardona, gomosos del Veloz; y el grave marqués de
Butrón, ministro plenipotenciario antes de la gloriosa, y gastrónomo
distinguido únicamente después de ella. Era el marqués en extremo
peludo, y la reina Isabel solía llamarle Robinsón Crusoe, porque, según
aseguraba, sólo con la cara de su ministro plenipotenciario podía
figurarse al famoso náufrago vestido de pieles en su isla desierta. Y en
honor de la verdad, aquellos destinos del orbe entero, que encerraba
Napoleón en el pliegue vertical de su frente, podían quedar entre las
cejas del marqués perfectamente arropados, como entre dos pellejos de
conejo.

Frunció, pues, Butrón el formidable pliegue, y mirando la ceniza de su
cigarro, dijo solemnemente:

--¡Olózaga!... El y sólo él sirve de puntal a esta situación que se
desmorona... Sin su habilidad y sus esfuerzos, tendríamos ya la
Restauración planteada hace medio año.

Indignáronse mucho las damas, y Carmen Tagle exclamó lastimeramente:

--¡Y tanta apoplejía vacante!... ¡Tanta pulmonía desperdiciada!...

El marqués, que estaba realmente al tanto de los manejos de la política
reaccionaria, siguió perorando, y Carmen Tagle dejó de prestar atención
para ponerla a lo que pasaba a sus espaldas, detrás de un caballete de
terciopelo rojo, medio cubierto airosamente con una pieza de seda del
siglo XVI, sobre la cual se destacaba una linda acuarela de Worms.
Asomaban por entre las rojas patas del caballete las faldas de una dama
y las piernas de un caballero, y eran estos incógnitos María Valdivieso
y Paco Vélez, que sostenían allí hacía media hora una pelotera de dos
mil demonios. La colegialita Lucy alargaba también la oreja a ver si
pescaba algo, y pescó, en efecto, por dos o tres veces, el nombre de
Isabel Mazacán y el de cierto actual ministro, muy joven y muy guapo,
llamado García Gómez. A poco hizo otra pesca más gorda: habíasele
escapado a la dama un iracundo ¡Canalla! y al caballero una grosera
palabrota que hizo a Lucy pegar un respingo, poniéndose muy colorada, y
a Carmen Tagle exclamar entre dientes, con su proverbial frescura:

--_Ô mon Dieu; quel gros mot_!...

Y levantando la voz un poco, dijo volviendo el rostro hacia el
caballete:

--Pero, María, ¿no vienes?... Mira que se está enfriando el té...

Apareció entonces la Valdivieso por el laberinto de monerías y riquezas
artísticas que llenaba la pieza, y vino a sentarse junto a Carmen Tagle,
muy sofocada y echando por los ojos relámpagos de ira. Paco Vélez salió
por el otro lado del escondite con las manos en los bolsillos, coloradas
las orejas y mordiéndose los labios, y se detuvo a examinar, con aire de
inteligente, una bellísima lámpara de cobre repujado que sobre una
columna salomónica hacía pendant con el caballete. Lucy, que no conocía
a la Valdivieso, preguntó muy bajito a su maestro Castropardo, si aquel
otro señor era su marido.

¡Su marido!... ¡Jesús, y qué risa tan grande y tan guasona le entró
entonces a Angelito Castropardo!... Pero ¿de dónde diablos había sacado
aquella criatura la peregrina idea de que fuese aquel un matrimonio?...

--¡Como reñían de ese modo!...--dijo, muy apurada, Lucy.

Castropardo sufrió otro acceso de hilaridad, y pudiendo apenas decir
entre su risa «¡Pues tiene sombra la pregunta!», fue a contar al oído de
la duquesa la ocurrencia de la colegiala.

Pasóseles por alto a todos los demás este pequeño incidente, distraídos
con la negra pintura de la situación actual, que deliberadísimamente les
hacía el peludo diplomático; sabía muy bien que eran el brazo derecho de
los políticos de la Restauración las señoras de la grandeza, y tenía él
a su cargo enardecer y dirigir el celo de tan ilustres conspiradores.
Ellas, con sus alardes de españolismo y sus algaradas aristocráticas,
habían conseguido hacer el vacío en torno de don Amadeo de Saboya y la
reina María Victoria, acorralándolos en el palacio de la plaza de
Oriente, en medio de una corte de _cabos furrieles y tenderos
acomodados_, según la opinión de la duquesa de Bara; de _indecentillos_,
añadía Leopoldina Pastor, que no llegaba siquiera a indecentes. Las
damas acudían a la Fuente Castellana, tendidas en sus carretelas, con
clásicas mantillas de blonda y peinetas de teja, y la flor de lis,
emblema de la Restauración, brillaba en todos los tocados que se lucían
en teatros y saraos. Allí mismo y en aquel momento, la señora de López
Moreno llevaba una colosal, empedrada de brillantes; y con mejor gusto
para aquella hora y aquel traje, llevábanla también las otras damas, de
oro mate con esmaltes. Leopoldina Pastor lucía una de trapo del tamaño
de una zanahoria, colocada en lo más alto de su sombrero.

Pavoroso era el cuadro que el marqués dibujaba... Aislado el pobre rey,
miraba sin cesar hacia la frontera, esperando la contestación a su
discurso del 3 de abril que aún no había obtenido respuesta el 21 de
junio. Sucedíanse las crisis ministeriales, frecuentes, periódicas, como
calenturas de terciana, hasta engendrar un ministerio llamado de Santa
Rita, por ser esta Santa abogada de imposibles. Sublevábanse en las
provincias tropas y paisanos; los tenderos se amotinaban en Madrid y
daban una pedrada al alcalde; y cinco días antes, el 18 de junio, un
populacho soez recorría las calles apedreando los cristales, y rompiendo
los faroles de la iluminación con que celebraban muchos el aniversario
del pontificado de Pío IX, mientras un gentío inmenso, de todos los
colores y matices, aplaudía en los jardines del Retiro _El Príncipe
Lila_, grotesca sátira en que designaban al monarca reinante con el
nombre de _Macarroni I_. Varios gomosos del Veloz-Club, de los cuales
era uno Paco Vélez, habían pagado a tres saboyanitos para que,
escondidos en un palco proscenio del teatro a que asistía don Amadeo,
interrumpiesen de repente la función, cantando al son de sus violines y
arpas el conocido estribillo:

    Cicirinella tenía un gallo
    E tutta la notte montava a caballo,
    Montava la notte bella
    ¡Viva il gallo de Cicirinella!

Divertía esto mucho a las damas, porque claro está que ello había de
allanar el camino de la Restauración porque ansiosas trabajaban; pero lo
temible, lo negro--y el marqués acentuaba los pavorosos tintes de su
rostro, enarcando las pieles de sus cejas--, era que los carlistas
comenzaban a removerse en el norte, y los republicanos en todas partes,
y hacíase difícil defender de tanta boca abierta la única y apetecida
tajada.

--La Restauración es cosa hecha--concluyó _Robinsón_ con acento
profético--; pero sólo llegaremos a ella atravesando un charco de
sangre... ¡Preveo para España un _noventa y tres_ con todos sus
horrores!...

Sobrecogiéronse las damas, y en voz queda, contenida, cual si viesen
asomar, como María Antonieta por las ventanas del Temple, la cabeza de
la Lamballe, clavada en una pica, comenzaron a hablar de la
guillotina... Morir las aterraba. ¿Qué sabían ellas lo que era morir?
Tan sólo lo comprendían en el Teatro Real, dejándose caer poco a poco en
la poltrona de Violeta Valery, cantando al compás de la orquesta y en
los brazos de Alfredo: _¡Addio d'il passato_!

La duquesa dijo con voz desfallecida que ella había visto en Londres, en
la galería de madame Toussaud, la guillotina misma en que murió Luis
XVI. La señora de López Moreno se llevó la mano a su gordo pescuezo,
como si ya sintiese allí el filo de la fatal cuchilla. Leopoldina Pastor
no se asustaba: de morir ella, moriría como Carlota Corday, despachando
antes media docena de indecentes, como Marat. Carmen Tagle dio un
suspiro, sacó un poquito la lengua y preguntó si aquello dolería mucho.

--Tan sólo se siente un ligero frescor--contestó a lo lejos una voz
cavernosa.

Volviéronse todos asustados, creyendo encontrar la sombra de
Robespierre, que venía a comunicarles el dictamen de su experiencia.

Tan sólo vieron a don Casimiro Panojas, sonriente, apretándose con una
mano el gaznate, rompiendo con la otra el rabo de un conejito de
porcelana de Sajonia que, entre mil costosas baratijas, adornaba una
mesa. Distraído siempre el buen señor, trituraba de continuo lo que
cogía al alcance de sus dedos de espárrago, y a estos destrozos sin
cuento de muebles y cachivaches debía el apodo de _el Ciclón Literario_.

Riéronse todos; y la salida del académico, que no era otra sino el
informe de Guillotín a la Asamblea francesa sobre su terrible invento,
vino a aclarar algo la sombría atmósfera. Una racha viviente, un huracán
femenino que apareció en la puerta, acabó de despejarla del todo; entró
Isabel Mazacán, con su paso de Diana cazadora, alta la cabeza, altiva la
mirada; demasiado señoril para _cocotte_ demasiado desvergonzada para
gran dama.

Besó a la duquesa, quitóse un guante, bebió dos sorbos de té...

--Butrón, un cigarro--dijo, y con el aplomo de un veterano, de repente,
sin preámbulos, hizo estallar esta bomba:

--Está nombrada la camarera mayor de Palacio.

La sorpresa hizo saltar de sus asientos a damas y caballeros, y
desapareció como por ensalmo la jaqueca de la duquesa.

--¿Quién es?...

--Pero ¿quién podía ser?...

Porque ¿quién podía ser, en efecto, si la gran habilidad de las señoras
alfonsinas había estado en desairar a la reina María Victoria, dejando
vacante el cargo de camarera mayor, que exige como requisito
indispensable la grandeza de España, y es de suyo tan alto y delicado
que no recibe, sino presta autoridad a la persona misma de la reina?...

--¡Bah!--exclamó al cabo la duquesa--, alguna coronela de Alcolea...

--Alguna burguesa distinguida--dijo Carmen Tagle.

--Miss Zaeo, artista ecuestre--opinó Gorito Sardona.

Y Paco Vélez, en crudo, sin repulgos, sin que ninguna dama se espantase,
ni ningún caballero le cruzara el rostro de una bofetada, añadió:

--Paca la alta... _artiste anonyme_...

Angelito Castropardo, en pie detrás de la gorda López Moreno, la
designaba con gesto picaresco, guiñando un ojo como si preguntase si era
ella; mas la Mazacán, con mucha pausa y sin que la voluminosa banquera
pudiese comprender por la expresión de su rostro qué decía, ni a quién
hablaba, le contestó, subrayando las palabras:

--No es _gorda_ de España... Es _grande_ de España.

Recrudecióse la sorpresa con asomos de indignación, y hasta el mesurado
diplomático contrajo sus pellejos de conejo, exclamando:

--¡Imposible!... ¡Imposible!...

--Será alguna grande de provincia... Alguna indecente que nosotros no
conocemos--dijo Leopoldina Pastor.

--No, señor; es grande de la corte, y de la cepa... y me extraña no
encontrarla aquí...

--¿Aquí?--gritó la duquesa irguiéndose amenazadora.

Y revolvió los ojos en todas direcciones, como buscando debajo de alguna
mesa o en lo alto de algún _étagére_ a la nueva camarera.

--Pero ¿quién es?... ¿Quién es?--gritaron todos.

Isabel Mazacán dejaba escapar una sonrisita maliciosa, como quien
saborea un triunfo anticipado; presentó una copa a Paco Vélez para que
se la llenase de whisky, vacióla de un trago, y acabó al fin de soltar
la bomba.

--Curra Albornoz--dijo.

Lo enorme de la afirmación destruyó su efecto. Un «¡bah!» general de
incredulidad brotó de todos los labios, y la duquesa se hundió de nuevo
en las profundidades de su _chaise-longue_, exclamando:

--¡Eso es una _canard_!

--¡Sí, señor!... ¡Un camelo!--añadió Gorito muy indignado.

Tocóle la vez de enfurecerse a Isabel Mazacán, y mientras el viejo
Butrón disimulaba un repentino sobresalto, como si juzgase aquel
nombramiento cosa de grave peligro, dijo ella muy contrariada por el
fiasco de su noticia:

--Pues, señor, ¡me pasmo de su pasmo de ustedes!... ¿A qué viene ese
espanto?... ¿Acaso Curra ha tenido alguna vez vergüenza?

--¡Eso es otra cosa!--replicó con fresquísima naturalidad la duquesa--.
Pero la enormidad que tú le atribuyes sería peor que una culpa; sería
una pifia...¡Camarera mayor de _la Cisterna_!... ¡Qué ridiculez!...

--Mira que lo sé de buena tinta...

--Vamos, mujer, dilo sin miedo, que ninguna de nosotras se ha de poner
colorada--exclamó María Valdivieso con la intención de un toro de ocho
años--. ¿Te lo ha dicho García Gómez?...

La Mazacán titubeó un momento, y sin ruborizarse tampoco por las
comentadas intimidades que con el lindo ministro tenía, dijo al cabo:

--García Gómez me lo ha dicho.

--¡Pues aunque lo diga San García Gómez no lo creo!--replicó
impertérrita la duquesa--. Necesitaría yo verla en el coche de _la
Cisterna_ para comprender.

--Ya lo irás comprendiendo, mujer, no te apures--la interrumpió Isabel
Mazacán con mucha sorna--. ¿Te acuerdas de que Currita estaba en París
cuando la abdicación de la reina? ¿Te acuerdas de que nadie se acordó de
invitarla a la ceremonia?... Bien se guardó ella de decirlo; pero su
marido, ese Villamelón, que tiene más de _melón_ que de _villa_, lo dejó
escapar una noche en casa de Camponegro... ¡Pues ahí tienes la madre
del cordero!... Ella no ha perdonado el desaire, y quiere ahora sacarse
la espina; porque, ¡pásmate, Beatriz, pásmate!... Ni aun siquiera le han
ofrecido el cargo; ¡ella, ella es quien lo ha solicitado!...

Horrorizáronse todos, y la Mazacán continuó:

--Verdad es que se hace pagar carillo, porque ha sacado seis mil duros
de sueldo, y...

--¿Seis mil duros de sueldo?... ¡Qué barbaridad!... Pero si ningún
sueldo de Palacio pasó nunca de tres mil duros...

--Pues para Curra pasa de seis mil, porque, además de ellos, se ha
sacado también...

Aquí intercaló la amiga de García Gómez una risita de todos los diablos,
y añadió muy despacito:

--...la Secretaría particular de don Amadeo, para ese Juanito Velarde,
que es ahora su consejero íntimo.

--¿Velarde?--exclamó Pilar Balsano muy sorprendida--. ¡Yo nada sabía!...

--¿Ahora te desayunas de eso?... ¡Vamos, Pilar, que estás siempre en
Belén con los pastores!...

--Lo veía mucho con Villamelón, pero nada sospechaba...

--¿Y querías mayor indicio?... En ese matrimonio modelo son comunes
hasta las afecciones; el consejero más íntimo de Currita es el amigo que
Villamelón pasea... En eso conozco yo quién está de turno.

Riéronse todos, como siempre que la Mazacán empuñaba la tijera, y la
señora de López Moreno dijo muy satisfecha:

--¡Qué Isabel esta!... ¡Con qué gracia crucifica a todo el mundo!...

No sentó bien a la Mazacán aquel familiar _Isabel_, y como no tenía
sobre sus tierras hipoteca ninguna de la banquera, la contestó
recalcando mucho el nombre de pila de esta:

--Por eso tengo la seguridad de que a nadie calumnio, mi señora doña
Ramona...

La duquesa, que aún no se daba por convencida, quiso replicar algo; pero
el marqués, desasosegado y nervioso, impuso silencio, extendiendo una
mano que parecía tener, como las de Jacob, mitones de cabrito...

--¡Basta, basta, señores!--dijo--. ¡Están ustedes jugando con fuego!...

Y lanzando en torno una mirada escrutadora, que brillaba entre sus cejas
como el sol entre nubarrones, añadió:

--Todos tenemos aquí los mismos intereses, y se puede hablar claro... De
ser cierto lo que Isabel dice, el tal nombramiento traerá cola... Lo de
la abdicación es exacto, pero fue un olvido; yo estaba allí también, y
me lo contó Pepe Cerneta, y la misma señora me lo repitió, lamentándose
de ello... Por eso, cuando noté que Currita se había resentido, escribí
yo mismo a la reina, aconsejándola que la desagraviara...

--¡Pues muy mal hecho!... ¡Lástima de tiempo perdido!--le interrumpió
Isabel Mazacán con un mohín graciosísimo.

--¡No, Isabel, no!... Que cuando un partido está en desgracia, su
política ha de ser siempre la de barrer para adentro... Por eso la
señora me contestó hace poco que la invitaría para la primera comunión
de nuestro príncipe en Roma... ¡Figúrense ustedes el compromiso que será
para mí si la señora da ese paso en falso!... ¡Jesús, Jesús, qué
disparate!... Pero, Isabel, cabeza de pájaro, ¿por qué no me dijiste eso
a mí solo?...

--¡Pues me gusta la salida!... ¿Para que se lo guardara usted muy
tapadito?...

--¡Pues claro está!, ¡para eso mismo!... Es menester que todo eso quede
entre nosotros, y hable yo cuanto antes con Currita...

--Aquí la tendrá usted de un momento a otro.

--¿Aquí?...

--Aquí mismo... Quedé citada con ella para ir a la visita de los niños
de la Inclusa; ella es de la Junta de Damas.

--¡Oh, sí!--exclamó Carmen Tagle en tono muy devoto--. Currita tiene a
esos pobrecitos niños un afecto tiernísimo...

--Maternal--dijo Gorito en el mismo tono.

--Verdaderamente maternal--repitieron varios muy compungidos; y todos se
echaron a reír, incluso la colegialita, con sencillez candorosísima,
mientras Butrón, muy apurado, repetía con el ademán de Neptuno
pacificando los mares:

--¡Juicio, señores; juicio, por Dios!... Que nadie diga una palabra, ni
se den por entendidos con ella, hasta que yo le hable.

--¡Ay, no, no; lo que es eso no!--exclamó la Mazacán muy desolada--. Por
nada del mundo renuncio yo al gustito de hacerla rabiar un rato...

--¡Pero si eso no puede ser cierto!... ¡Si todo podrá arreglarse!

--Pues mientras usted lo arregla, nosotras nos divertiremos...

Butrón quiso invocar los fueros de su autoridad, pero ya era tarde... A
través de la puerta del _fumoir_ vieron todos adelantarse, por el salón
vecino, a una dama muy pequeñita, flaca, que caminaba con menudos pasos
sobre sus altos tacones, dando golpecitos en el suelo con el regatón del
largo palo de su sombrilla de encajes. Tenía el pelo rojo, el rostro
lleno de pecas, y sus pupilas grises eran tan claras que parecían
borrarse a cierta distancia, haciendo el extraño efecto de los muertos
ojos de una estatua.

Al verla, Leopoldina Pastor corrió al soberbio piano de Erard, que
estaba en un ángulo, arrancó de un solo tirón la rica y antigua colcha
brocada que lo cubría, y se puso a tocar furiosamente el flamante himno
de doña María Victoria, una de las intemperancias filarmónicas en que
tan fecundo fue siempre el partido progresista. Gorito Sardona saltó
frente a la puerta, sobre un puff de badana japonesa, y cogiendo a guisa
de sombrero una de las bandejas del té, de cincelada plata antigua, se
descubrió ante la dama lentamente, tieso, sin mover la cabeza,
extendiendo el brazo hasta formar con el cuerpo ángulo recto, como solía
saludar por todas partes el rey don Amadeo.

Currita se detuvo un momento en el dintel, sin perder su aire de niña
tímida, de ingenua colegiala; oyó el himno, vio a Gorito, abarcó la
situación con una sola y rápida ojeada... y dobló de repente el cuerpo
con distinción exquisita, para contestar al saludo amadeísta con otro
saludo de corte, profundo, pausado, a la derecha, a la izquierda,
poniendo en elegantísima caricatura la ceremoniosa reverencia usual de
la reina doña María Victoria.



--III--


El 21 de junio de 1832, Fernando VII, arrastrando los pies más por la
gota que por los años, y María Cristina, en todo el apogeo de su lozanía
y su belleza, sacaban de pila en la colegiata e iglesia parroquial de la
Santísima Trinidad, del Real Sitio de San Ildefonso, a un niño que se
llamó Fernando, Cristián, Robustiano, Carlos, Luis Gonzaga, Alfonso de
la Santísima Trinidad, Anacleto, Vicente.

Era hijo primogénito de los marqueses de Villamelón, grandes de España,
gentilhombre él de su majestad el rey, y dama de honor ella de su
majestad la reina. Fue la última criatura que apadrinó Fernando en este
valle de lágrimas; quince meses después bajó al sepulcro en el Real
Palacio de Madrid, cumpliéndose a la letra el símil de la botella de
cerveza con que el socarrón monarca comparaba a su pueblo. Él era el
corcho que saltaba, la revolución el espumoso líquido que se difundía
por todas partes.

Aquella misma tarde quiso Fernando examinar de cerca a su ahijado, y en
su propia cámara, hundido él en su poltrona, puso al recién nacido sobre
sus rodillas, abrióle la boquita con un dedo, y metióle su nariz de pura
raza borbónica, como si quisiera examinarle la embocadura del esófago.
El caso era portentoso, y asustado Fernando al cerciorarse de ello,
retiró la nariz prontamente... El tierno Villamelón había venido al
mundo con toda la dentadura completa.

Enrique IV nació con dos dientes, Mirabeau con dos muelas, y quien de
tal modo superaba al gran rey, y se sobreponía al famoso tribuno,
preciso era que diese también de sí grandes cosas. Villamelón padre
lloraba de gozo, y el conde de Alcudia, que allí se hallaba presente, le
aconsejó que emplease para la lactancia de su hijo las veintisiete vacas
y cuarenta cabras que servían de amas de cría al hipopótamo parvulito,
regalo de Abbás-Pachá, que se criaba en París, en el jardín de las
plantas. Mas Fernando VII opinó que le diesen de mamar chuletas, y lo
destetaran luego con aguardiente, y aquella misma noche envió a su
ahijado, como regalo de padrino, un gran trinchante de oro macizo, que
tenía esculpidas en el cabo las armas de España.

La reina deseó también cerciorarse del prodigio, metiendo la punta de su
rosado dedo en la boca de Villameloncito, y don Tadeo Calomarde, que
llegó en aquel momento, quiso hacer la misma experiencia,
introduciéndole el suyo manchado de tinta. Mas el niño apretó entonces
fuertemente sus precoces herramientas, haciendo lanzar al ministro un
ligero chillido.

--Se conoce que no es tonto--dijo Fernando VII.

Rieron todos la agudeza del monarca, y la frase salió de la cámara
regia, cruzó por los salones, pasó por las antesalas, y al bajar las
escaleras comentábanla ya todos, muy admirados del talento de la
criatura, asegurando que a los tres días de nacida había recitado a su
augusto padrino el Padrenuestro, el Avemaría, parte de la letanía
lauretana y una fabulita de don Tomás Iriarte; aquella que empieza:

    Por entre unas matas
    Seguido de perros,
    No diré corría,
    Volaba un conejo...

El caso era prodigioso, y de entonces dató la fama de hombre de talento
que había de gozar el marqués futuro de Villamelón, hasta que los
repetidos esfuerzos de sus majaderías dieron con ella al traste.

A los veinte años cumplidos, y puesto ya, por muerte de su padre, en
posesión de su título, entró en la Academia de Artillería, y el año de
59 marchó a la guerra de África, a bordo de la escuadra que mandaba el
general don Segundo Herrera. Ansioso de pisar suelo africano y teñir su
espada virgen en sangre agarena, saltó Villamelón a tierra, en el sitio
que llaman de Cabo Negro, con ánimos bastantes para atravesar todo
Marruecos y llegar a Túnez, donde un su abuelo había ganado la Grandeza
entrando en la Alcazaba con don Juan de Austria... Mas de repente
brotaron de entre las cerradas malezas que cubrían la rojiza playa como
el áspero vello de una fiera bestia, varios rifeños dispersos, que
recibieron a los exploradores con el fuego de sus espingardas...
Villamelón no titubeó un momento: olvidóse de Marruecos, renunció a
Túnez y renegó de aquel su abuelo que ganó la Grandeza en la Alcazaba,
para ganar él la chalupa a toda prisa y refugiarse en el último rincón
de su camarote de la _Blanca_, sin que volviese a subir sobre cubierta,
hasta regresar de nuevo a la Península con patente de enfermo. Los
rifeños le habían parecido muy feos en aquella corta entrevista, y tan
mal educados, que imposible se hacía a toda persona decente tener trato
alguno con ellos.

Pidió entonces su retiro, y entró en Madrid triunfante, como Napoleón en
París de vuelta de la campaña de Egipto, precedido de la fama de sus
hazañas en el combate _terro-naval_ de Cabo Negro. El combate
_terro-naval_ corrió por toda la corte, ponderado por el héroe mismo, y
un día que daba la guardia en Palacio, como grande de España, y
mencionaba por centésima vez, durante la comida, el combate
_terro-naval_ de Cabo Negro, le dijo de pronto la reina:

--Mira, Villamelón; varía alguna vez, y que no sea siempre
_terro-naval_... Siquiera por hoy, que sea _navo-terrestre_.

Y bautizado por los regios labios _navo-terrestre_, quedó Villamelón
para todos los días de su vida.

Era por aquel tiempo el marqués, sin ser derrochador, bastante
libertino; pero no con aquel aristocrático libertinaje de los Lauzun y
los Frousac, señoriles hasta en sus vicios, caballerescos hasta en la
infamia, que sacudían de sí todo lo vulgar y grosero, con la misma
elegante pulcritud con que sacudían el polvillo del perfumado tabaco de
sus chorreras de encaje. Su libertinaje era, por el contrario, aquel
otro libertinaje tan común en España entre los jóvenes de alta alcurnia:
mezcla extraña, tipo híbrido del manolo y del _sportmen_, del gitano y
del muscadin, que se diría nacido del antitético matrimonio de un torero
andaluz con una _soubrette_ parisiense. Harto al cabo de chulas y de
lorettes, de toros y de handicaps, de manzanilla y champagne, de callos
y de _foie-gras_, resolvió a los treinta años _dar fin_; esto es,
casarse... Mas para que Villamelón _diese fin_, preciso era que alguna
hija de Eva _diese principio_, puesto que por una de esas anomalías que
tienen su razón de ser en el torcido criterio de ciertas clases
sociales, se ha convenido en que el hombre piensa dar fin en aquel mismo
matrimonio en que juzga la mujer dar principio.

El trabajo de la elección, _l'embarras du choix_, como él mismo decía,
no fue para Villamelón grande, porque en ningún orden de ideas era
descontentadizo. Creía en Dios como en una persona excelente con quien
se cumple de sobra, dejándole de cuando en cuando una tarjeta en el
cancel de una iglesia; el hombre era para él un tubo digestivo muy bien
dispuesto; la vida, una peregrinación, que, con la bolsa bien repleta y
el estómago bien lleno, podía hacerse cómodamente; y el matrimonio, la
fusión de dos rentas y la prolongación de una estirpe que había de
llevar su ilustre nombre, ni más ni menos que llevan el suyo los toros
de Veraguas o las yeguas de Mecklemburgo.

Viose, pues, a Villamelón, el héroe del combate _navo-terrestre_ de Cabo
Negro, que tanto se había asustado con la desnudez relativa de los
rifeños, pedir sin repugnancia y obtener sin espanto la mano de una
ilustre salvaje completamente desnuda de alma; porque así como en
bosques y desiertos se encuentran salvajes que ofenden la decencia con
la desnudez de sus cuerpos, así también se encuentran en plazas y
salones otros salvajes vestidos por fuera, que insultan el pudor con la
desnudez interna de sus almas. Para ellos son del todo inútiles cuantas
prendas más o menos postizas usa la humanidad para encubrir sus vicios,
y lo mismo el santo rubor que la falsa hipocresía, el noble decoro que
la falaz preocupación, les provocan la carcajada de extrañeza que causó
a Cetewayo, destronado rey de los zulús, la camisa que le ofrecían sus
vencedores ingleses.

Esta ilustre salvaje civilizada era la excelentísima señora doña
Francisca de Borja Solís y Gorbea, condesa de Albornoz, marquesa de
Catañalzor, dos veces grande de España por derecho propio, y marquesa de
Villamelón y de Paracuéllar, con otra Grandeza, por el héroe de la
batalla _navo-terrestre_ de Cabo Negro, su ilustre marido.

Pero por una de esas excepciones que apartan en algo al individuo de las
reglas generales del tipo para constituir en el un carácter propio,
tenía la condesa un pudor especial, un extraño pudor que pudiera muy
bien llamarse el pudor de su marido. Porque lejos de ser este
matrimonio, como tantos otros de su clase, la pareja de perros que se
esfuerzan por andar tan apartados como permite la traílla harto elástica
que los une, veíaseles, por el contrario, siempre juntos en todas
partes, abrumando él a ella con cariñosas atenciones, correspondiente
ella a él con monadas de niña tímida, de candorosa colegiala cuyo
encantador enfantillage, sobrepuesto a su desvergonzado cinismo, traía a
la imaginación el extraño fantasma de un caribe bebiendo en delicadísima
copita de cristal de Bohemia, poquito a poco y sorbo a sorbito,
espumante sangre caliente; de un antropófago que con tenedor y cuchillo
de brillantísima plata se comiese con la mayor pulcritud posible un
beefsteak de carne humana.

Villamelón, sin embargo, había realizado su ensueño; porque su esposa
prolongó su estirpe añadiéndole una niña y un niño, y la renta de él,
que, según su frase, daba para comer, se unió a la de ella, que daba a
su vez para cenar; para comer y cenar, se entiende, con todas las
opíparas reglas del arte, porque Villamelón honró siempre su precocidad
dentífrica y el trinchante de oro macizo, regalo de su augusto padrino,
siendo glotón a la vez que gastrónomo, _gourmand_ a la vez que
_gourmet_; un tonel sin fondo en cuanto a la cantidad de lo que bebía y
engullía, y un inteligente Brillat-Savarin en cuanto a la calidad y modo
de lo que engullía, sordo siempre a los clamores de la indigestión, que
de cuando en cuando se encargaba de predicar moral a su estómago.

La esposa, por su parte, era también feliz; zambullida en su
desvergüenza, como los héroes griegos en la Estigia, habíase hecho como
ellos invulnerable, y con su audacia infinita y su cínica travesura
femenina, lograba el único fin de su vida, natural anhelo de su vanidad
inmensa: sobreponerse a todo el mundo, ser siempre la primera y lograr
que todas las lenguas le rindiesen vasallaje, ocupándose constantemente,
para bien o para mal, que eso poco importaba, de su persona y de sus
cosas. De ella hubiera podido decirse lo que de cierto personaje dijo un
escritor elegantísimo: «Si asiste a una boda, quisiera ser la novia; si
a un bautizo, el recién nacido, si a un entierro, el muerto».

Y aunque nadie hubiera podido explicar la razón de ser de esta
supremacía de que gozaba Currita en la corte, sin embargo, con esa
vergonzosa condescendencia para el escandaloso que es a nuestro juicio
el pecado capital de la alta sociedad madrileña y el origen y fuente de
sus deformidades, todo el mundo, desde el caballero cumplido hasta el
tahúr elegante, desde la dama honrada hasta la hembra sin decoro, se
sujetaban a ella de modo más o menos directo, sin dejar por eso de
proclamar que en belleza la aventajaban todas, en alcurnia la igualaban
muchas, en riquezas la superaban bastantes, y sólo en audacia y
desvergüenza caminaba siempre la primera... ¿Sería, pues, esta la razón
de ser de aquella supremacía? ¿Sería que a fuerza de ver refinado el
vicio y respirar la atmósfera de escándalo llegan ciertas sociedades a
la aberración de aquellos pueblos bárbaros que prestan su homenaje más
profundo y su culto más entusiasta al ídolo más monstruoso?...

Limitémonos a indicar el hecho sin tratar de analizarlo, y veamos lo que
hizo Currita aquella tarde en casa de la duquesa de Bara.

Esta se había incorporado en su asiento, y Currita llegó hasta ella,
saludando a derecha e izquierda, al son del himno de doña María
Victoria, siempre con su cándida risita:

--¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!

--_À tout seigneur, tout honneur_!--le dijo la duquesa devolviéndole sus
besos.

Agrupáronse todos en torno a Currita, que se había sentado junto a la
duquesa, desairando una taza de té que le ofrecían; pidió en cambio una
copita de whisky, porque era de rigor en aquel tiempo, entre algunas
damas elegantes que pretendían formar el cogollito _de la crème_, fumar
y empinar de lo lindo, con mucha distinción y gracia. El respetable
Butrón le ofreció un cigarro.

--¡Ay, no, no--dijo ella con su melodiosa vocecita--; eso es paja!...
Dame tú uno más fuerte, Gorito...

Y mientras Gorito le daba un veguero, capaz de tumbar de espaldas a un
sargento de caballería, y lo encendía ella pulcramente con una prosaica
cerilla, le dijo la duquesa:

--¡Pero vamos, mujer... cuenta, cuenta!...

--¿Y qué he de contar yo--dijo ella entre dos chupadas--, si veo que lo
saben ustedes todo?...

--¿Pero es cierto?--preguntó Butrón azorado.

--¡Ciertísimo!--replicó con énfasis Currita.

El peludo Butrón levantó ambas manos al cielo, la Mazacán paseó por la
horrorizada concurrencia una mirada de triunfo, y la duquesa,
irguiéndose iracunda, exclamó violentamente:

--¿Y lo dices con esa frescura?... ¿Y tienes valor para venir a decirlo
aquí, en mi casa?...

Currita pareció quedarse sorprendida, casi espantada, y paseando por
todo el auditorio sus claros ojos admirablemente azorados, dijo con el
tonillo lastimero de una niña a quien amenazan con azotes:

--Pero entendámonos... ¿Qué es lo que ustedes saben?...

--Que estás nombrada camarera mayor de _la Cisterna_--dijo Isabel
Mazacán con todos sus bríos.

Currita pensó desmayarse.

--¿Yo?--dijo con la ruborosa indignación de una virgen de cuya virtud se
duda--. ¿Y ustedes lo han creído?...

--¡Nadie, nadie!--exclamó Butrón soltando el resoplido inmenso de un
gigante a quien quitan de sobre el pecho una montaña--Nadie ha dudado ni
por un momento de tu lealtad, hija mía querida, y cree que...

--¡Jesús, señor, qué gentes!, ¡qué lenguas!, ¡qué modo de tergiversar
hasta lo más sencillo!--decía Currita con voz debilitada.

Y enjugándose con su finísimo pañuelo una lágrima, que, falsa o
verdadera, apareció en sus ojos, dejaba ver al descuido la bellísima
flor de lis que traía en el pecho, y una magnífica pulsera de oro, en
que con sus gruesos brillantes se leía incrustada la cifra de Isabel II.

--El caso no puede ser más sencillo--prosiguió con aquella suave
vocecita que jamás dejaba un mismo y pausado tono--. Ayer, en el
consejillo, trataron del nombramiento de camarera, porque la verdad es
que la posición de esa pobre Cisterna no puede ser más desairada... Pues
nada, hija, el ministro de Ultramar[3] tuvo la ocurrencia de proponer
que me hicieran a mí la oferta.

[Nota 3: Advertimos desde luego al lector, que ni en este ni en
ninguno de los personajes que se presentan en los muchos episodios
históricos de esta novela desempeñando cargos oficiales, se ha querido
retratar ni aun siquiera aludir a los que realmente hubieran podido
ocupar aquellos cargos en la época a que nos referimos. Por más que
disten mucho ciertas personalidades de sernos simpáticas, nos inspiran a
lo menos compasión, y al fustigar sin piedad al vicio y al escándalo,
nos guardamos muy bien de ensañarnos con persona alguna determinada, a
que puede el arrepentimiento haber colocado ya al abrigo de toda
censura. Con más razón que Crévillon podemos decir: _Jamais aucune fiel
a empoisoné ma plume_.]

--¡Indecente!--gritó Leopoldina Pastor--. ¿Y tu marido no le ha dado ya
una estocada?

--Bien la merece; pero, después de todo, el pobre Fernandito es quien
tiene la culpa--continuó Currita con aire de pacientísima esposa--. Se
empeñó en que su amigo Juanito Velarde había de ser secretario
particular de don Amadeo, habló al ministro, este le ayudó, y
envalentonado con eso, se ha atrevido a tanto el señor ministro... Lo
que yo le decía a Fernandito: si le das el pie a esa gente, se tomarán
la mano... En fin, hija, el presidente del Consejo en persona estuvo a
hacerme la propuesta... ¡Por supuesto que yo no lo recibí; Fernandito se
entendió con él, y tuvieron una escena!... Yo, muerta de susto, porque
creí que lo iba a plantar en la calle y acabaría la cuestión a tiros...
En fin, se fue por donde había venido, con las orejas calientes; y sabe
Dios lo que en venganza dirán de mí ahora... Esto ha sido todo; por eso,
cuando al entrar oí el himno y vi el saludo de Gorito, creí que era una
broma que ustedes me daban...

Butrón hizo una profunda señal de asentimiento, y la duquesa, ya
amansada del todo y queriendo remediar su anterior arranque, dijo
vivamente:

--¿Pero podías creer otra cosa?

Y cogiéndola la muñeca en que traía la pulsera de Isabel II, besóle la
mano con gran cariño, diciendo:

--Si fueras tú camarera de _la Cisterna_ merecerías que se te volviese
un grillete esta pulsera.

--¿No me la habías visto?--dijo con mucha naturalidad Currita--. Me la
regaló la reina el último día de mi santo.

Mientras la de Albornoz hablaba, Isabel Mazacán, muy impaciente,
cuchicheaba al oído de Butrón, diciéndole:

--¡Pero qué grandísima embustera!... ¡Pero qué modo de inventar
historias!... ¡Mentira, Butrón, mentira todo!... Si me dijo García Gómez
que justamente en el consejillo había dado cuenta el ministro de
Ultramar del deseo de ella, y entonces quedó acordado el nombramiento,
supuesta la aprobación de _la Cisterna_... Hoy, hoy por la mañana, es
cuando debe de haber ido el presidente del Consejo a notificárselo a
Currita.

Y luego, no bien cesó de hablar ésta, se apresuró a decir en voz alta,
con marcado aire de triunfo:

--¿Lo ven ustedes?... ¿Lo ven ustedes cómo era lo que yo decía?... Lo
mismo, lo mismo que está diciendo Curra fue lo que me contó a mí García
Gómez.

Currita, que tenía sobradísimas razones para saber que García Gómez
debía de haber dicho cosas muy distintas, dio un par de chupaditas al
cigarro, que con tanto hablar ya se apagaba, y dijo a la Mazacán muy
despacito:

--Pues mira; también tengo mi quejilla contra... _tu_ García Gómez...
Porque como ministro de Estado que es, entretiene sus ocios registrando
toda la correspondencia que viene de París... ¡Sí hija mía, sí; no lo
defiendas!... En el _gabinete negro_ se abre toda la correspondencia
antes de que llegue a su destino, y por eso pudo decir en el consejillo
que ayer vino para mí una carta de la reina, que debió probar al
Ministerio todo lo absurdo de sus pretensiones.

Comprendieron todos, y Butrón el primero, a qué carta aludía Currita, y
exclamaron en coro general, que dejaba sobresalir bastante las sordas
notas de la envidia:

--¿Te ha escrito la reina?...

--Sí--replicó Currita--; me escribe invitándome para la primera comunión
del príncipe Alfonso en Roma...

Y se quedó mirando de hito en hito a Isabel Mazacán, cuyas misteriosas
ganas de acompañar a la reina destronada en aquella expedición eran de
todos conocidas. Esta, que hacía largo tiempo que sentía furiosos
hormigueos en la lengua, se aprestó a soltar alguna de sus crudezas.
Pero Butrón, que no cabía en sí de gozo al ver que su pifia diplomática
quedaba orillada, se apresuró a detenerla, llevándosela al hueco de una
ventana, donde por algún tiempo dialogaron vivamente.

Mientras tanto, Currita, con la vaga mirada fija en el espacio, como era
siempre su extraña costumbre mientras hablaba, no los perdía de vista,
trazando al sino tiempo su itinerario. A principios de julio pensaba
marchar con Fernandito a Bélgica, para pasar un mes escaso con Mariano
Osuna en su castillo de Beauraing; después no sabía a punto fijo dónde
iría a esperar el 15 de octubre, fecha en que estaba citada con la reina
en Marsella, para emprender el viaje a Roma: quizá fuera a Trouville...
El verano anterior lo había pasado allí en una _villa_ preciosa, frente
al Chalet Cordier, que era el de M. Thiers... Y por cierto que era
Thiers un vejete muy simpático y muy limpio, a pesar de ser republicano;
su mujer, una _bourgeoise_ así, así... vamos, bastante pasable. Pues ¿y
la cuñada mademoiselle Dosne, la ninfa Egeria del presidente?... Era
cosa graciosísima verla coser los botones de la bata de son _beau-frère_
Adolphe... Parecía el ama de llaves de un notario acomodado.

--¡Era una trinidad deliciosa!

Y con su ingenuidad de colegiala, describió entonces Currita, con todos
sus pormenores, una picantísima caricatura de los esposos Thiers: una
indecencia verdusca publicada en Burdeos y recogida al punto por la
policía.

--A mí me proporcionó un ejemplar el duque Decazes, y no pude resistir a
la tentación de enviársela por el correo, con una fajita, a mademoiselle
Dosne... ¡La cara que pondría!... ¡Ella que es tan pulcra, tan
comedida!...

Y a renglón seguido, sin transición ninguna, Currita se enterneció
profundamente al pensar en el gozo inmenso que la esperaba en Roma,
besando la sandalia del Santísimo Padre Pío IX... ¡Qué figura tan
gigantesca la del Pontífice! ¡Qué anciano aquel tan venerable!... Y
todas las señoras comenzaron a ponderar su adhesión al santo Pío IX,
prontas a sacrificarle vida, hacienda, todo, todo menos el alma, por
tenerla ya de antiguo comprometida con el diablo... Carmen Tagle dijo
que le había mirado siempre como si fuese su abuelo; la señora de López
Moreno añadió muy conmovida que ella le enviaba todos los años una pipa
de doce arrobas del riquísimo moscatel de sus soleras jerezanas, y la
duquesa, verdaderamente indignada, trajo a la memoria los atropellos a
que cinco días antes se habían entregado las turbas, apedreando los
faroles de la iluminación con que celebraban los católicos el
aniversario del Pontificado del augusto anciano; sólo en el palacio de
Medinaceli rompieron veintidós faroles y treinta y siete cristales... ¡Y
mientras tanto, los ministros y las autoridades se solazaban en un
concierto instrumental celebrado en Palacio!... ¡Qué Gobierno aquel, y
qué populacho tan impío y tan asqueroso!... Siquiera ellas veneraban la
persona del Pontífice encendiendo faroles en honra suya, y limitábanse
tan sólo a apedrear a todas horas la moral divina del Dios a quien aquel
representaba.

Esto no lo dijeron, por supuesto, aquellas señoras; pero lo pensó, sin
decirlo, don Casimiro Pantojas, que atentamente las escuchaba, después
de haber desorejado a toda una desdichada familia de conejitos de
porcelana y arrancado los rabos a una parejita de bulldogs, fabricados
en Bristol.

Y en esto concluyó Isabel Mazacán su aparte con el marqués de Butrón, y
disculpándose con Currita de no acompañarla a la visita de la Inclusa,
por habérsele ya hecho tarde, se marchó al parecer algún tanto
disgustada. Currita decidió entonces volverse a su casa, y el marqués de
Butrón se despidió también en el acto.

--¿Tiene usted coche, Butrón?--preguntó ella al diplomático.

--No--respondió este presuroso, aprovechando la ocasión que tan pronto
se le ofrecía de hablar a solas con Currita.

--Pues le llevaré a usted en mi berlina adonde quiera.

--A la calle de Isabel la Católica... Tengo que hacer en la embajada
alemana.

--Justamente me coge de paso.

Currita bajó las escaleras apoyada en el brazo de Butrón, encontrando al
pie de su berlina, preciosa monería, verdadero juguete forrado de raso
azul con botones de terciopelo, que parecía el delicado estuche
destinado a guardar una joya.

El diplomático no las tenía todas consigo: para él era evidente que
Isabel Mazacán no exageraba ni mentía al repetir las noticias del lindo
ministro García Gómez. Pero ¿cómo interpretar entonces la repentina
mudanza de Currita? La oportuna carta de la reina Isabel podía
explicarla por completo, porque el olvido de la abdicación quedaba con
ella satisfecho; y desagraviada Currita, pudo a tiempo renunciar a su
revancha. Tranquilo por esta parte Butrón, quiso, sin embargo, asegurar
más y más al partido la alianza preciosa de Currita; porque hay ciertas
políticas indecorosas y a la larga funestas, que, aun tendiendo a fines
honestos, no saben prescindir de individualidades asquerosas. _Barrer
para adentro_ era la política de Butrón, como si la basura sirviera en
alguna parte para otra cosa que para infestar el recinto que la
encierra.

Fuese, pues, derecho al bulto, no bien el coche se puso en movimiento, y
apoyado en la autoridad de sus años, en la confianza del parentesco que
con Villamelón tenía y en su dignidad de jefe de la _brigada femenina_
conspiradora, le pidió categóricas explicaciones del hecho... Mas
Currita, volviendo a abrir palmo y medio los claros ojos y muy espantada
y ofendida, y casi llorosa, se limitó a repetir la historia ya referida,
con nuevas afirmaciones y protestas... Suponer otra cosa era un insulto
verdadero. ¿Por quién se la tomaba a ella? ¿Pues no había dado toda su
vida pruebas del más leal afecto a la real familia?... Y aun cuando ella
fuese capaz de semejante infamia, ¿se la hubiera permitido acaso
Fernandito, cuya sangre había corrido en el combate _navo-terrestre_ de
Cabo Negro, al grito de Isabel II?... Justamente tenía él tal odio a la
intrusa casa de Saboya, que jamás ponía el sello de una carta sin
colocar al pobre don Amadeo con la cabeza para abajo. ¡Que lo había
dicho Isabel Mazacán, cuyas intimidades con el ministro revolucionario
debía hacerla a ella misma tan sospechosa!... ¿Pues no sabía todo el
mundo que la tal condesa de Mazacán era una intriganta, que andaba
detrás del viaje a Roma con la reina, para tapar a García Gómez ciertos
líos antiguos que debía de arreglar allí con un príncipe italiano?...

Y tales cosas dijo Currita, y tales protestas hizo, y con tal acento las
pronunció, que el mismo Butrón con ser tan ducho, se quedó perplejo, y
entre las afirmaciones contrarias de aquellas dos condesas igualmente
tramposas, sólo sacó en claro una nueva confirmación de aquel principio
práctico que de toda la vida había profesado: la mujer aborrece a la
serpiente por celos y envidias del oficio.

Mientras tanto, la berlina corría desempedrando las calles y doblando
las esquinas, con esas airosas vueltas que imprime a un fogoso tronco
la hábil mano de un cochero experto. A la mitad de la calle del Turco, y
dominando el ruidoso rodar del carruaje, llegó a oídos de la pareja un
extraño rumor lejano: esa especie de sordo mugido, amenazador,
imponente, que sólo es común al mar encrespado y a las muchedumbres
alborotadas... Currita y Butrón miráronse sorprendidos, y repararon
entonces en algunos transeúntes que venían presurosos de la calle de
Alcalá, y en el conserje de la Escuela de Ingenieros, que cerraba
apresuradamente la puerta de este edificio. Era esto harto común en
aquellos tiempos de alborotos continuos, y la berlina avanzó, sin
acortar su carrera, hasta la calle de Alcalá, para tomar luego por la
del Barquillo.

Era esto, sin embargo, imposible; un largo y compacto cordón humano,
compuesto de una muchedumbre heterogénea y abigarrada, llenaba de un
cabo a otro la calle de Alcalá, cubriéndola en toda la gran extensión
que por ambos extremos abarcaba la vista.

Era aquella una manifestación pacífica de la democracia, que con grandes
clamores y largos garrotes y extrañas banderas enarboladas se dirigía a
Palacio pidiendo la entrada en el ministerio de don Manuel Ruiz
Zorrilla.

El cochero de Currita, Tom Sickles, enorme tipo del automedonte
británico, que pedía a voces el tricornio y la peluca empolvada, y se
había sentado en Londres en el pescante del duque de Edimburgo, y en
París en el de la princesa Matilde, dirigió los caballos corriendo a lo
largo de la manifestación, por ver si adelantaba la cabeza de esta y
podía entrar por la calle del Caballero de Gracia o por la de Peligros.
También era ya tarde, y viose precisado a detenerse frente al
Veloz-Club, entre el remolino que allí se iba amontonando, de lujosos
trenes que volvían de la Castellana y humildes simones que pretendían
inútilmente cruzar de un lado a otro. Butrón quiso volver atrás y salir
por cualquiera bocacalle a la Carrera de San Jerónimo.

--¡Pero si esto es muy divertido!--decía Currita con infantil
alborozo--. ¡Qué delicia!... Mire usted, Butrón; mire usted qué
graciosos van todos con sus cintitas encarnadas... ¡Uy, aquel
jorobadito!... ¡Qué mono!... ¡Ah, pícaro!... ¡lleva una bandera en que
pide _reforma_!... ¡Pues claro está que la necesita!... ¡pobrecito!,
¡sobre todo por la espalda!...

Otro carruaje se interpuso en aquel momento entre la muchedumbre y la
berlina, impidiendo la vista a Currita: en él iba el gobernador civil de
Madrid, muy rollizo y pomposo, que se dirigía a Palacio y veíase forzado
también a detenerse.

--Ahí va ese mastodonte--dijo Butrón al oído de Currita--. En cuanto nos
vea juntos se figura que conspiramos.

Estas sencillas palabras del diplomático parecieron despertar en Currita
una de esas ideas atrevidas que se conciben de repente, por más que
tarden en madurar años enteros. Asomóse a la portezuela como si desease
que el gobernador la viera, y sin contestar al respetuoso saludo que al
divisarla este le hizo, metióse bruscamente para dentro y se cubrió con
el pañuelo parte del rostro, como si quisiera entonces esconderse.

--¡Qué mal huele la democracia!--decía para ocultar a Butrón aquellas
maniobras--. ¡Pero qué peste echan!...

El coche del gobernador arrancó al fin trabajosamente a lo largo de la
calle, y desde aquel momento, nerviosa y agitada Currita, pareció
impacientarse mucho por aquella misma detención que poco antes la había
divertido tanto. Frente a frente de ella, un poco más hacia la Puerta
del Sol, asomaban por los balcones del Veloz-Club, bajo sus toldillos de
verano, aristocráticos racimos de cabezas de gomosos desocupados, que
miraban el democrático desfile con esa especie de medrosa curiosidad
burlona, a la vez que tímida, con que se contemplan desde lo alto de un
tendido los terribles retozos de una piara de ridículas bestias feroces;
parecíales imposible en aquel momento que la bestia pudiera alguna vez
alzar su zarpa hasta ellos. La vista de aquellos elegantes espectadores
acabó de impacientar a Currita, y de tal modo se enardeció ante ellos su
afán de exhibirse y singularizarse, que tiró del cordoncillo hasta
descoyuntar el dedo del cochero, y sacó la cabeza por la ventanilla
gritando:

--_Go on, Tom, go on_! _Run Through_!... _Carry them off_!...[4]

[Nota 4: ¡Adelante, Tom, adelante!... ¡Atraviesa!...
¡Arróllalos!...]

Tom no se hizo repetir la orden: sacó el hercúleo pecho, tirando de las
riendas, con el esfuerzo de aquellos antiguos aurigas esculpidos por
Fidias en los frontones del Partenón, de pie sobre un carro, deteniendo
con una mano el galope de cuatro caballos. Piafaron los suyos,
encabritándose, castigóles él suavemente con la fusta, y aflojando de
repente las bridas, los lanzó con la velocidad y el empuje de una flecha
a través de la turba democrática, desapareciendo como un relámpago por
la calle de Peligros.

Un alarido terrible de terror y de ira salió de la muchedumbre, que se
bamboleó a uno y otro lado del surco abierto por el coche; comenzó la
gente a correr asustada, los gomosos del Veloz-Club se metieron para
dentro, cerrando prontamente sus balcones, y el jorobado que pedía
_reforma_ estuvo a pique de sufrirla por completo entre los pies de los
caballos y las ruedas de la berlina.

Mientras tanto, asombrado Butrón de aquel brusco arranque, y muerto de
susto ante audacia tan temeraria, echaba a toda prisa las cortinillas
para que no le viesen; y Currita, riendo como una loca, se asomaba por
el vidrio de la trasera para ver a los transeúntes refugiarse asustados
en los portales, y a los guardias públicos correr detrás de la berlina,
haciendo señas de que parasen. Mas Tom Sickles, arrebatada la cara de
remolacha, hacía terribles visajes, como si llevase los caballos
desbocados, mientras con suaves vibraciones de las riendas más y más los
azuzaba. En la calle de Isabel la Católica, Tom Sickles hizo otro
prodigio: coche y caballos quedaron parados en firme, de un golpe, ante
la embajada alemana. La señora estaba servida, mereciendo él la corona
triunfal de los Juegos Hípicos.

Currita encontró enfilados a la puerta de su casa tres coches,
reconociendo al punto en uno de los cocheros la escarapela encarnada,
propia de los ministros. Apeóse entonces en las mismas caballerizas, y
por una escalera reservada para el uso de la servidumbre llegó a sus
habitaciones sin ser vista de nadie. Al ruido de la campanilla acudió
Kate, la doncella inglesa de la señora.

--¿Quién está con el señor?--preguntó a esta.

--El señor ministro de la Gobernación... El señor duque de Bringas y don
Juan Velarde juegan en el billar.

--Dile a don Joselito que no recibo a nadie... Tengo mucha jaqueca.

Kate pareció titubear un momento y se decidió al fin a decir
tímidamente:

--¿Ni tampoco a don Juan Velarde?...

--Tampoco: a nadie, a nadie...

De nuevo volvió a insinuar Kate con mucha delicadeza:

--El señorito volverá hoy del colegio...

--¡Es verdad!... ¡Pobre Paquito!...

--Y querrá ver a la señora...

--No, no... que se entretenga con Lilí... Mañana lo veré... ¡Tengo una
jaqueca horrible!



--IV--


Cuando Paquito Luján llegó a su casa comenzaba a oscurecer, y la
escalera y el vestíbulo estaban ya completamente iluminados: cuatro
grandes estatuas desnudas, de mármol blanco, alumbraban este y aquella,
elevando sus manos artísticos candelabros de bronce con seis mecheros.
Al pie de la escalera, un enorme oso de Noruega sentado gravemente sobre
sus patas de detrás, presentaba con las de delante una bandeja de plata
destinada a recibir las tarjetas de visita. Era este un capricho del
príncipe de Gales que había visto Currita en el palacio de Sandringham,
y apresurádose a copiar a costa de dinero.

La aflicción del niño había desaparecido, con esa dichosa rapidez con
que se suceden en la infancia emociones a emociones. La impaciencia, la
natural impaciencia, mezcla de ternura de hijo y del deseo de ser
alabado, era la que le agitaba en aquel momento, ansioso de caer con sus
premios en los brazos de su padre, de su madre, de Lilí, su hermanita
del alma... Sentado en el testero del carruaje, con sus premios muy
agarrados, apoyaba los piececillos en el asiento de enfrente, haciendo
verdaderos esfuerzos para delante, que creía él ayudaban al coche a
rodar más rápidamente.

Al entrar en Madrid hubo que perder cuatro minutos encendiendo los
faroles, y un poco más allá los empleados del resguardo detuvieron de
nuevo al coche para registrarlo todo de arriba a abajo... ¡Qué
desesperación! ¡Qué feos y qué tontos eran aquellos hombres! De seguro
que ninguno de ellos había tenido nunca padre ni madre, ni Lilí, ni
sacado en todos los días de su vida un solo premio... Cuando él fuera
grande había de ahorcar a todos los empleados del resguardo, colgándolos
como los chorizos que había visto una vez en la chimenea del capataz del
Encinar, allá en Extremadura... ¡Y todavía, al doblar la esquina de la
Universidad, se atravesó un coche, y después un carro de mudanzas y
luego un gran ómnibus, y hubo que perder otros tres minutos! Al entrar
al fin en la última calle, ya tenía el niño la mano en la llave de la
portezuela, dispuesto a abrirla, asomando al mismo tiempo la carita,
porque de seguro estarían esperándole en algún balcón su padre, su
madre, o Lilí, o quizá los tres juntos... Ya les enseñaría él desde allí
abajo los premios, y creerían que no era más que uno, y verían luego que
eran cinco y dos excelencias. ¡Qué risa entonces!... Pero los balcones
estaban todos cerrados, y no se veía en ellos alma viviente. El coche
entró al fin en la casa, haciendo retemblar los cristales de la gran
mampara, y se detuvo al pie de la anchurosa y alfombrada escalera...
También estaba esta vacía, y sólo vio el niño al pie de ella al grave
oso de Noruega, _Bruin_, como le llamaban en casa, abriendo su gran boca
armada de dientes enormes y presentándole la bandeja, como si le
invitara a depositar en ella sus premios. Mas no los soltó el niño, y
oprimiéndolos contra su pecho, subió a brincos la escalera, hasta llegar
al vestíbulo; cerróle allí el paso una extraña figura que se paseaba de
un lado a otro con las manos a la espalda. Era un enano feísimo, pero
perfectamente proporcionado: verdadero pigmeo, émulo de aquel famoso
Roby que presentaron en la mesa del rey de Sajonia dentro de un pastel
de venado. Tendría poco más de un metro de altura, y hallábase
correctamente vestido de etiqueta, frac y corbata blanca, calzón corto,
media de seda negra y zapato con hebilla. Llamábanle en la casa _don
Joselito_, y cobraba siete mil reales de sueldo, con la sola obligación
de anunciar las visitas y realzar con su estrafalaria figura la aureola
de elegante originalidad que rodeaba en todo a Currita.

Inclinóse el enano respetuosamente ante el señorito, y con su vocecilla
chillona y algún tanto imperiosa, díjole que no podía ver a la señora,
por haberse acostado media hora antes con una espantosa jaqueca. Un
repentino vapor de lágrimas vino a empañar los hermosos ojos azules del
niño; volvió bruscamente la espalda al enano sin decir palabra y echó a
correr hacia las habitaciones de su padre.

Allí estaba Villamelón, repantigado en una butaca, hablando
misteriosamente con el ministro de la Gobernación. Lanzóse el niño a su
padre, y echándole los brazos al cuello, le dio dos besos.

--¡Hola, caballerito!--exclamó Villamelón--. ¿Ya de vuelta?... ¡Me
alegro!...

Y como viese que con cierto rubor orgulloso le presentaba el niño sus
premios, añadió sin tomarlos:

--¡Hola, hola, los premios!... ¡Pobre chiquitín!... ¡Muy bonitos!...
Bien, bien, me alegro... Ea, toma... toma, y dile a Germán que te lleve
esta noche al circo.

Y entregándole al niño dos pesetas que había sacado del bolsillo del
chaleco, volvió a reanudar su misteriosa conversación con el señor
ministro.

Quedóse el niño parado un momento, con los ojos abiertos; dio luego una
repentina media vuelta, girando sobre una pierna, y encarnado como la
grana, bamboleándose cual si estuviera ebrio, fue a arrimarse a una
mesita llena de caprichosas chucherías; había debajo una figura
japonesa, con la boca muy abierta, y por ella arrojó el niño, con mucho
disimulo, el regalo de su padre, las ¡dos pesetas!... Luego echó a
correr, saliendo disparado del saloncito; detúvose un momento en el
dintel, detrás de las cortinas, y agobiado, con los bracitos colgando y
caída la cabecita, siguió una galería que iba a parar a la Nursery[5],
al destierro, a la Siberia de los niños, que el desapegado egoísmo de la
condesa de Albornoz había importado para sus hijos de Inglaterra a su
casa.

[Nota 5: Llámase en Inglaterra Nursery al departamento especial en
que viven los niños con sus criados completamente aislados del resto de
la familia.]

Resonaba en el fondo de la galería un piano destemplado que parecía
balbucear, de mala gana, un monótono tema de los ejercicios de Hanon.
Esta música sonó, sin embargo, como un concierto celeste en los oídos
del niño; desapareció su abatimiento, renació su alegría y echó a correr
de nuevo hacia aquella estancia.

--¡Lilí!...

--¡Paquito!...

Y un ángel, una bellísima muñeca de nueve años, saltó del asiento del
piano para caer en los brazos del niño, confundiéndose por un momento
con sus besos, sus gritos, su risa, su alegría, sus almas inocentes y
sus vidas inmaculadas, como se confundían los bucles de oro que
rodeaban, como una aureola de rayos de sol, las preciosas cabezas de
ambos.

El niño se acordó al fin de sus premios.

--¡Mira!... ¡Mira!...

Lilí abrió mucho los ojos admirada, apretó los labios y echó atrás las
manitas; su crítica fue la crítica de las grandes admiraciones, la
crítica monosílaba.

--¡Uy!--dijo.

--¡Cinco!... ¡Son cinco y dos excelencias!...

--¿Me darás uno, Paquito?

--¡Tonta!... Eso no se da... Se pone en un marco... Pepito Vargas dice
que su mamá se los pone en un marco...

--¿Grande..., grande?--dijo Lilí, indicando con sus manitas uno capaz de
encerrar al _Pasmo de Sicilia_.

--Sí, grande, grande... Y mira: este es de Aritmética, y este...

No pudo continuar el niño; una mano seca, pegada a un puño inmaculado,
salió por entre las cortinas, y después un brazo largo, y luego un
hombro puntiagudo, y más tarde un rostro encarnado, característico,
original, británico, como la cerveza de Bass o las galletas de
Huntley...

--¡Mademoiselle!--dijo Lilí asustada.

Y la mano seca, pegada al puño inmaculado, agarró a la niña por un brazo
y se la llevó para adentro, oyéndose una voz metálica, estridente, que
desgarraba el tímpano como un resorte que rechina.

--_What's that, Miss_?... _You have to learn your piano lesson until
eight o'clock_...[6]

[Nota 6: ¿Qué es esto, Miss?... Hay que estudiar la lección de piano
hasta las ocho.]

Entonces huyó el niño de allí desolado; corrió ciego a la Nursery y se
arrojó de cabeza en su blanca camita, con la enconada amargura y la
sombría desesperación del suicida que se arroja, solo y sin esperanzas,
en un abismo oscuro, negro, profundo... El sueño, el sueño bendito, fiel
amigo de los niños, suave consolador de todos sus pesares, vino al fin a
acallar sus sollozos y contener sus lágrimas, adormeciéndole allí mismo,
sin variar de postura, vestido todavía y con sus premios en la mano...

Y mientras tanto, Villamelón proseguía su misteriosa plática con el
ministro. Contaba por aquel entonces el marqués más de cuarenta años, y
los estragos de su juventud salíanle prematuramente al rostro. Colgábale
la nariz encarnada y algo granujienta, hundíansele las mejillas, dejando
salir los pómulos; arqueábasele ya el abdomen, y todo anunciaba en él
esa caricatura de la juventud en que consiste la vejez de muchos. Su
cuerpo había sido gallardo y conservaba aún restos de arrogancia; mas
su rostro ofrecía perfecta semejanza con el de aquel enano de Felipe IV,
titulado _El Primo_, que retrató Velázquez y copió Goya, grabándolo al
aguafuerte: tenía la misma nariz colgante, los mismos ojos tristes, el
mismo bigote retorcido, la misma frente extensa y pensadora, con la sola
diferencia de que Villamelón partía por medio su ya escasa cabellera con
una raya que, arrancando de la raíz del pelo, llegaba hasta el cogote,
formándole sobre las orejas dos pequeños cuernecitos.

Y aquella frente elevada, de abultados parietales, que reclamaba para sí
el dicho de la zorra al busto: _Tu cabeza es hermosa, pero sin seso_,
tenía, en efecto, actitudes magníficas cuando, surcada por un pliegue
vertical, se inclinaba, como en aquel momento, al excelentísimo señor
don Juan Antonio Martínez, ministro de la Gobernación, y le decía con el
aire de Bismarck a Gortschakoff, al establecer entre ambos el equilibrio
europeo:

--Desengáñese, usted, Martínez... La tesis del doctor Wood es absurda...
Nadie me probará que el pastel de ratas sea superior al de erizos y
ardillas... ¿Usted me entiende?...

El excelentísimo Martínez hizo un gesto que no significaba si entendía o
dejaba de entender; desde que el pobre señor había pasado el puente
natural que lleva del banco azul a las grandes mesas de la corte,
caminaba de indigestión en indigestión, y sentía en el estómago la
nostalgia de aquellas nutritivas sopas de ajo, no digeridas del todo,
que habían hecho de él un tanto robusto hombre de Estado, y fueron su
cotidiano alimento en los tiempos en que rompía sus primeros calzones
entre los pilletes de cierta playa de las costas asturianas... ¡Santo
Dios, y qué dolores de tripas más atroces le había costado el _pâté
foie-gras_ del último viernes de Palacio! ¡Qué _coliquera_ más terrible
_le chou à la crème_ que sirvieron dos días antes en la embajada
francesa!... El excelentísimo Martínez creyóse por un momento
envenenado, y desde entonces fue para él artículo de fe aquel principio
de Addison:

«Cuando veo las mesas a la moda cubiertas de todas las riquezas de las
cuatro partes del mundo, me imagino ver la gota, la hidropesía, la
fiebre, el letargo y la mayor parte de las enfermedades, ocultas en
emboscadas, debajo de cada servilleta.»

--Usted lo ha de ver, Martínez--prosiguió Villamelón--; el jueves
próximo haré servir los dos pasteles sin decir lo que contienen, y
veremos por cuál se declaran las opiniones. ¿Me entiende usted,
Martínez?... Excuso decirle que cuento con su voto.

Erizáronsele los cabellos al excelentísimo Martínez ante la perspectiva
de una indigestión de ratas... ¿Cómo podría curársela, si no era
tragándose un gato?

--Y todo eso--prosiguió Villamelón con ligerísima sonrisa que denunciaba
traidoramente su convencimiento íntimo de la superioridad con que
manejaba el asunto no es más que la excentricidad inglesa, influyendo y
echando a perder su cocina... Y cuidado que yo soy imparcial, porque mi
cocina es la cocina eléctrica: lo mejor de lo mejor, venga de donde
viniere: este es mi lema. ¿Me entiende usted, Martínez?... Pero no hay
que darle vueltas, amigo mío, y por más que digan, en la cocina, como en
todo, Francia camina la primera. Esto no tiene vuelta de hoja,
Martínez... Los ingleses devoran, los alemanes zampan, los italianos
comen, los españoles se alimentan; pero sólo los franceses gozan, y ahí
está el quid, Martínez: en gozar, en gozar comiendo. ¿Me entiende usted?

Martínez no entendía, y tomando por burla lo que sólo era cansada
muletilla de Villamelón, tanto _Martínez_ y tanto _¿me entiende?_, se
apresuró a responder algo amostazado:

--¿En gozar?... ¡O en reventar, señor marqués, que no es lo mismo!...

--¡No, no, no y mil veces no, Martínez! Eso es una de tantas
preocupaciones. ¿Me entiende usted? Cierto que el hombre es un ser
débil, insuficiente, que apenas puede soportar ocho comidas diarias;
pero la indigestión no proviene de comer mucho, sino de comer mal...
Déme usted un cocinero de primera fuerza, de raza, _d'élans_, y yo le
garantizo salud eterna... ¡Oh, bien lo entendía el príncipe Orloff con
su ojo tuerto y su brazo manco!... Yo le he visto en París elegir
cocinero en público concurso; acudieron diez a su palacio de la embajada
rusa: yo fui del jurado, y probamos, antes de fallar, ciento cuarenta
platos[7]. ¡Ah!, no, no, Martínez; no es el comer mucho, lo que trae la
indigestión... Mi santa madre lo decía: Tripa llena, alaba a Dios.

[Nota 7: Histórico.]

Y se quedó tan orondo con la cita, porque una de las genialidades de
Villamelón era la de nombrar de continuo a su madre, anteponiéndole
siempre el calificativo de santa, y poniendo en su boca aforismos tan
singulares, y de mal gusto a veces, como el que acababa de soltar.

Entraron en esto el duque de Bringas y Juanito Velarde, que habían
terminado ya su partida de billar, y a poco anunció un criado que la
señora condesa no asistiría a la comida por haber tomado ya un
_consommé_ en sus habitaciones, y acostádose al punto con una fuerte
jaqueca.

Esta noticia pareció afectar muy poco al caro esposo de la dama y al
duque de Bringas; al ministro de la Gobernación hízole, por el
contrario, malísimo efecto, dando a sospechar, por sus muestras de
disgusto, que algo que la ausencia de Currita chasqueaba por completo le
había traído allí y héchole aguantar con paciencia las majaderías
culinarias del héroe del combate _navo-terrestre_ de Cabo Negro; como
Butrón temía, el nombramiento de camarera mayor comenzaba a mover la
cola. Juanito Velarde pareció también muy contrariado, comió poco y
habló menos durante toda la comida. Villamelón hizo el gasto, como
siempre, blandiendo el trinchante de oro macizo, regalo de Fernando VII,
que usó durante toda su vida, y pasando por las tres distintas fases que
en aquella hora solemne se reflejaban en su persona: hondamente
preocupado al principio, como hombre que tiene entre manos el más grave
negocio; comunicativo, pero dogmático; afable, pero todavía circunspecto
a los medios, y alegre, bonachón, magnánimo y hasta tierno a los
postres, como si la corriente de satisfacción que le brotaba del
estómago le dotase de aquellas cualidades que no poseía en ayunas. Esta
era la hora de pedirle favores, seguro de alcanzarlos, y esta era la
hora también en que Villamelón, arrastrado por un resabio de educación
malísima que jamás pudieron quitarle ni su santa madre, ni su dulce
esposa, hacía bolitas de miga de pan con la punta de los dedos y las
disparaba a las narices de los comensales, con muestras del más cariñoso
agasajo y el más tierno regocijo.

Mientras tanto, si algún diablo cojuelo hubiese levantado el techo del
_boudoir_ de la condesa de Albornoz, hubiérase descubierto una extraña
escena: hallábase este alumbrado por una gran lámpara, sostenida por un
negro desnudo, de tamaño natural, admirablemente tallado en ébano, y
Currita, sentada ante un pequeño _secrétaire_ muy bajo, parecía
completamente absorta en un singular estudio caligráfico, mientras
vagaba por sus labios una finísima sonrisa, semejante, no en lo
terrible, pero sí en la solapada y astuta, a la que puso el genio de
Liezen-Mayer en los labios de Isabel de Inglaterra, al representarla en
el acto de firmar la sentencia de muerte de su prima María Stuard.

Con su elegante letra inglesa, fina y corrida, había escrito al frente
de un pliego: _¡Qué animal más hermoso es el hombre!_ Y con facilidad
maravillosa iba copiando, en distintos caracteres de letras, esta frase
tan extraña y tan equívoca, que parecía ser reflejo de esa idea íntima,
ese pensamiento oculto que jamás se formula y es, sin embargo, el
primero que se apresura a estampar todo hombre cuando algo que escribe y
algo en que se puede escribir le invitan a solas a trazar allí un
concepto. La inscripción se multiplicaba, unas veces en letras
rechonchas y apretadas; otras, en perfiles largos y finitos; algunas, en
caracteres diminutos, cual patitas de moscas entrelazadas que se
prolongasen en forma de cadeneta. En esta tarea empleó Currita media
hora larga, con el esfuerzo y la atención de un chiquillo aplicado que
copia una plana, o de un petardista prudente que ensaya el modo de
falsificar o desfigurar una letra.

Diose al fin por satisfecha de sus ensayos, y con los renglones de
cadeneta y la letra de patitas de mosca, que no tenía con la suya
ordinaria el más remoto punto de contacto, púsose a escribir una carta,
en un pliego de papel sencillo, sin timbre ni inicial alguna. La carta
no fue larga, y en el sobre decía:

EXCMO. SR. GOBERNADOR CIVIL
DE
_Madrid_

Faltábale todavía el sello, y púsoselo Currita sonriendo socarronamente,
y cuidando de colocar con la cabeza para abajo el busto del rey don
Amadeo. Afianzólo luego con dos o tres puñaditas de su cerrada mano, que
parecía complacerse en aplastar al pobre monarca, principio y fin de la
dinastía saboyana.

Cualquiera hubiera creído con esto ya listo el negocio y que sólo
faltaba llamar a un criado para enviar la misteriosa carta al correo. No
lo juzgó así la ilustre condesa: entróse en la estancia vecina, que era
su alcoba, y volvió a salir al cabo de un buen cuarto de hora
completamente transformada. Habíase despojado de su elegante traje de
calle, y puéstose en su lugar una falda de lana negra modestísima y una
mantilla muy usada, cuyo sencillo velo le ocultaba parte del rostro;
traía en la mano una bujía encendida, puesta en una palmatoria de plata,
y en la otra una llave de gran tamaño. Cogió la carta y echó a andar: en
aquel momento un reloj lejano daba las once y media.

Era el palacio de Villamelón uno de esos antiguos caserones, ya raros en
Madrid, con anchas galerías, espaciosas salas y cómodos departamentos,
rodeados por todas partes de pasillos y escaleras excusadas para el uso
de la servidumbre. Comunicábanse las habitaciones de Currita con las de
Villamelón por la alcoba, y por un cuarto contiguo al del baño, con un
largo pasadizo; terminaba este por un lado en el cuarto de Kate, la
doncella inglesa, y por otro en una estrecha escalerilla que iba a parar
a un jardín muy reducido. Cerrando, pues, la puerta de la alcoba, la que
había a la mitad del pasillo, y la que ponía en comunicación al
_boudoir_ con los dos salones de la entrada, quedaba el resto de las
habitaciones de Currita aislado por completo y en comunicación directa
con la calle: a ella daba salida una puertecita, abierta en la tapia del
jardín a espaldas del palacio, detrás de un pequeño invernadero. Allí se
dirigió Currita después de dejar la luz apagada al pie de la escalera
con tal desembarazo y tan gentil desenvoltura, que conocíase bien a las
claras no ser aquella la primera de sus nocturnas escapatorias.

Era la noche oscura, y la solitaria plaza a que la puerta del jardín
daba salida perdíase a lo lejos entre solares en construcción, alumbrada
acá y allá por algunos faroles, cuyas luces parecían brillar en medio
de un nimbo de vapor amarillento. La puerta de una tienda de
ultramarinos dejaba escapar en la esquina próxima un cuadro de luz
vivísima, y veíase en el fondo al tendero, inmóvil ante el mostrador,
ajustando sus cuentas. A cuarenta pasos, debajo de un andamiaje, una
farola hacía resaltar las negras siluetas de un chulo de chaquetilla
corta y una chula de falda almidonada y pañuelo de seda a la cabeza, que
dialogaban vivamente. Aparecía lo demás oscuro y solitario, teniendo
todo ello un aspecto de inquietud, de vista panorámica, que completaba
allá muy lejos, desde un cuarto piso, el sonido de un mal piano, en que
unas manos aleves asesinaban la inmortal cavatina de Bellini _Casta diva
ché inargenti_...

La condesa, la gran señora que tan raras veces bajaba de su carruaje,
como si se desdeñase de pisar con sus elegantes brodequins el polvo de
que estaba formada, se internó por aquellos oscuros vericuetos, y
atravesando varias callejas, solitarias en aquella hora, que parecían
serle muy conocidas, vino a desembocar en la plazuela de Santo Domingo.
La afluencia de gente era todavía grande en aquella encrucijada, tan
concurrida siempre, y Currita bajó la cuesta para ganar, al abrigo del
jardinillo, la Costanilla de los Ángeles. Atravesó rápidamente la calle
del Arenal, entró por la de las Fuentes, y dando un gran rodeo por
detrás del ministerio de la Gobernación, llegó al fin a la calle de
Carretas y depositó por su propia mano en el buzón de la casa de Correos
la carta misteriosa... Si aquella mujer era una criminal, era, sin duda,
de aquellos criminales avezados y prudentes que miran siempre en todo
cómplice un camino peligroso que va a parar en presidio.

Entonces emprendió el camino de vuelta por las mismas calles por donde
había ido, sin tener más que un tropiezo. Un viejo, de aspecto decente,
se detuvo de pronto ante ella; sorprendida Currita, pegóse a la pared, y
el hombre hizo entonces ademán de darle una moneda de cinco céntimos,
una _perra chica_, como llamaban entonces y aún llaman hoy a esas piezas
pequeñas. Habíala tomado por una de esas pobres vergonzantes que a las
altas horas de la noche extienden en silencio su mano descarnada al
transeúnte que se retira solicitado por el descanso u hostigado por los
vicios.

Así lo comprendió la condesa, y con gran impulso de risa tomó la moneda,
teniendo todavía valor para profanar en sus impuros labios aquella
hermosa deprecación, aquella santa respuesta que da la fe a su hermana
la caridad, por la humilde boca del pobre:

--¡Dios se lo pague!...

Cuando la condesa entró en su _boudoir_, presentaba este un aspecto
siniestro: la lámpara agonizaba en manos del negro, cuyos blancos
dientes de marfil incrustado resaltaban en la oscuridad, como la sonrisa
del genio del mal, complaciéndose en las tinieblas.

Tres horas después resonaban gritos y lamentos al otro extremo de la
casa... Era Paquito Luján, que entumecido por el fresco de la madrugada
y aterrado por la oscuridad, despertaba allá en la Nursery, olvidado de
todos en aquel suntuoso palacio, morada del padre y la madre que le
habían dado el ser, y de diecisiete criados dedicados a su servicio.



--V--


Rióse mucho al otro día la condesa de Albornoz al oír contar a su hijo
Paquito sus extrañas aventuras de la noche precedente: al verse solo, a
oscuras, vestido y acostado en una cama que no era la suya del colegio,
comenzó el niño a gritar lleno de angustia, sin que nadie contestase a
sus lamentos. Oíalos Miss Buteffull desde su cama y comprendió al punto
la causa: sin duda, nadie se había acordado en la casa de que el pobre
niño había vuelto del colegio; quizá se había puesto malo de pronto;
quizá habían entrado ladrones y lo estaban asesinando... Miss Buteffull,
compadecida, encendió la vela de su palmatoria. Un decoroso reparo la
detuvo de repente: el caso era grave... Tenía ella cuarenta y cinco
años, once el niño, la hora de la noche era avanzada. ¿Cómo entrar sola
en su cuarto?... Miss Buteffull apagó la palmatoria.

Mientras tanto, los clamores desesperados del niño despertaban también a
la doncella de Lilí, Magdalena, que dormía allí cerca, y acudía esta
presurosa en su auxilio; tranquilizábalo con gran cariño, hacíale
acostar y permanecía sentada junto a su camita, hasta dejarlo dormido
nuevamente.

Esta relación produjo en Currita una de las repentinas crisis de amor
materno que solían atacarla de cuando en cuando en sus días de
aburrimiento. Solía entonces pasar horas enteras en la Nursery jugando
con sus hijos: comíaselos a besos, llamábales sus _pichoncitos_,
hacíales traer costosos juguetes y golosinas de todos géneros; y
complaciéndose en poner en ridículo a Miss Buteffull y en decir pestes
de los padres del colegio, destruía en media hora todo lo bueno que, a
costa de mil trabajos, habían sembrado y podían sembrar en adelante
estos y aquella en los tiernos corazones de ambos niños; porque uno de
los grandes escollos en que tropiezan los esfuerzos de las personas
dedicadas a la educación, consiste en la imprudente y culpable ligereza
con que se complacen muchos padres en presentar ante sus hijos a
preceptores y maestros, no como amigos íntimos encargados de guiar sus
pasos, ni como seres benéficos que les dispensan el favor insigne de
formar sus corazones y alumbrar sus entendimientos, sino como tiranos
que les oprimen y mortifican, como carceleros cuya vigilancia hay que
burlar con ardides y tretas más o menos inocentes. Destrúyese así la
buena opinión necesaria a todo el que manda para ser respetado; la fe
humana precisa a todo el que enseña para ser creído, y sólo una cosa
existe, a nuestro juicio, que sea tan perjudicial a la educación como lo
es esta misma: la pugna que a veces descubre el niño entre la moral de
sus padres y la moral de sus maestros... Imposible es describir las
angustiosas perplejidades, las dolorosas dudas que, con harta triste
frecuencia, despiertan estas contradicciones en las almas de los niños:
vese en ellas la lucha del entendimiento con el corazón, demostrándole
aquel que es sana la doctrina del maestro, esforzándose este por
persuadirle que no puede ser mala la práctica contraria del padre o de
la madre que tanto aman, que no puede ser cierto lo que, por el solo
hecho de serlo, ha de dar irremisiblemente a aquellos seres tan amados
la patente de perversos... ¡Ah! Jamás olvidará el que escribe estas
líneas las angustias de un pobre niño, modelo de candor y de juicio, al
oír explicar cierta lección del Catecismo; quedóse el niño muy
pensativo, fuese luego poco a poco angustiando, hasta exclamar al fin
convulso, con el corazón encogido, los ojos llenos de lágrimas y
temblorosas las manitas:

--¡Entonces... entonces... mi papá es muy malo, muy malo... y se va a ir
al infierno!

Importábasele todo esto muy poco a Currita, y sus granizadas
intermitentes de besos, de mimos y de imprudencias borraban por completo
en el ánimo candoroso de Lilí los largos olvidos y la egoísta
indiferencia de su madre; mas no lograban lo mismo en el niño aquellas
sensiblerías tempestuosas. Había en el fondo de aquel tierno corazoncito
un rinconcillo oculto, en que la memoria iba depositando con implacable
fidelidad la lista de todos los agravios, como un grano de simiente
venenosa entre una vegetación salubre, como un tallo de cicuta que había
de hacer brotar en aquella selva virgen el sombrío rencor, el rencor
callado y paciente, árbol siniestro que produce a la larga los
envenenados frutos del odio. Todavía aquel corazón angelical perdonaba
fácilmente lo que reputaba por injuria; mas ya había dado un paso
adelante, ya le era imposible olvidarlo por completo.

No era, sin embargo, el aburrimiento el que había traído aquella mañana
a la condesa de Albornoz a entretenerse con sus hijos: parecía, por el
contrario, preocupada, un poco inquieta, y notábase en ella esa
agitación nerviosa de todo el que espera algo que teme o le importa.
Lilí tuvo una idea felicísima: propuso a su madre que hiciese retratar a
Paquito con sus premios. Púsose el niño muy encarnado, y movió
negativamente la cabeza.

--¡Pues es verdad!--exclamó Currita encantada--. Sí, sí, ahora mismo...
¡Verás qué bonito!... ¡A ver, Germán!... Avise usted al señor marqués
que vamos a subir a la _cabaña_ a que nos haga un retrato...

Desprendióse el niño, al oír esto, de los brazos de Lilí, que, saltando
de alegría, le abrazaba, y exclamó con enérgica ira:

--¡No!, ¡no!... ¡Papá, no!...

--¿Pero por qué?--dijo sorprendida Currita, agarrándole por un brazo.

Forcejeaba el niño por desasirse, muy colorado y conmovido, y con los
hermosos ojos llenos de lágrimas.

--¿Pero por qué, por qué?--repetía Currita.

--¡Me dijo que me fuera!... ¡Me dio dos pesetas!--gritó al fin el niño
con gran desconsuelo; y sollozando amargamente, escondió la preciosa
carita en el seno de su madre.

¡Qué rayo de luz hubiera sido aquel lamento del niño para una de esas
madres santas y prudentes que estudian y dirigen hasta el más ligero
latido del corazón de sus hijos!... En él aparecía revelado un noble
pundonor, que iba ya camino del orgullo, y una precoz propensión a la
venganza, que espera oculta y paciente la hora de devolver desaire por
desaire y ofensa por ofensa. Mas Currita sólo vio en todo aquello un
capricho de niño voluntarioso, y entre caricias y reflexiones, halagos y
amenazas, intentó persuadir al niño a que se dejara hacer el retrato:
cedió este en la apariencia, y Currita subió con ambos niños de la mano
a la espléndida _cabaña_ en que tenía el marqués de Villamelón su taller
fotográfico.

Porque el ocio, esa gran pesadumbre de los grandes, que en vez de
lágrimas tiene bostezos, había despertado en el ilustre prócer y
guerrero invicto la afición a la fotografía, no encontrando en él la
aptitud necesaria para el cultivo de otras artes más elevadas. Comer,
beber, dormir y retratar a todo bicho viviente que cruzaba ante la
magnífica lente de su cámara oscura eran las útiles tareas que llenaban
y aun hacían rebosar la vida de aquel ilustre prócer, a cuyos abuelos
cabía tanta parte en las gloriosas empresas de la antigua España.

Acudió, pues, Villamelón presuroso, como siempre, a la menor indicación
de Currita, envuelto en su fresca bata escocesa, que apenas le pasaba
de la cintura; venía con él uno de esos magníficos perrazos de
Kamschatka, de un blanco amarillento, que arrastran en su país pesados
trineos, y había sido el paje continuo de Currita en una larga temporada
en que le pareció muy espiritual hacer grandes excursiones a caballo.

Villamelón comenzó al punto a preparar la máquina con sus dedos
manchados de nitrato de plata, y Currita disponía mientras tanto el
artístico grupo en que habían de retratarse los niños. Colocóse en el
centro un gran sitial gótico, preciosa joya arqueológica y artística, y
hundidos en él ambos niños y estrechamente abrazados, habían de aparecer
examinando juntos el diploma de los premios, un exacto facsímile de una
bellísima miniatura del siglo XV; tendido a la larga ante ellos, _Tock_,
el perrazo amarillento, apoyaba el hocico en el rojo almohadón de
terciopelo en que descansaban los pies de los niños.

--¡Delicioso!--exclamaba encantada Currita--. Mira, Fernandito, parece
un cuadro de Meissonnier.

Los premios, sin embargo, no aparecían por ninguna parte, y Paquito se
encogía de hombros, asegurando ignorar dónde los había puesto.

--¡Tonto!--gritó Lilí, dándole una palmada--, si los dejaste abajo...

Y en menos de dos minutos fue por ellos y los trajo, mostrándose muy
sorprendida de que los vivos colores del diploma apareciesen desteñidos
en algunos sitios como por gotas de agua. El niño se puso muy encarnado
y no dijo una palabra: sus lágrimas de la noche anterior eran la causa
de aquellas manchas.

En aquel momento anunció un criado a Currita que el señor ministro de la
Gobernación deseaba hablarla con urgencia. Volvióse ella bruscamente a
su marido, dejando caer el diploma que tenía en la mano, y él se
incorporó asustado, quedándole por la cabeza el paño negro con que se
cubría para enfocar la máquina; por debajo asomaban sus bigotes
retorcidos, su nariz colgante, sus ojos azorados en aquel momento, fijos
en Currita, con la medrosa expresión del escolar desaplicado cogido in
fraganti.

La esposa dio dos pasos hacia el esposo, desmintiendo con los rayos, que
de sus claros ojos brotaban, la suave vocecita y el pausado tono con que
dijo:

--¿Pues no comió ayer aquí ese _buey Apis_?...

--Es un animal--replicó el marido; y para ocultar su turbación,
escondióse bajo el paño negro, poniéndose a enfocar de nuevo la máquina.

--Óyeme, Fernandito, que te estoy hablando--añadió Currita con relamida
pausa.

Incorporóse de nuevo Fernandito, cada vez más turbado, sin quitarse el
paño negro de la cabeza.

--¿Dijo anoche algo el _buey Apis_ sobre el nombramiento?

--Nada--balbuceó Villamelón.

--¿Nada?... ¿Estás cierto?...

Los labios de Villamelón temblaron como tiemblan los del chico que va a
soltar una mentira.

Y pensándolo mejor, sin duda, recordó al cabo Fernandito que el ministro
de la Gobernación, el _buey Apis_, como por razón de su corpulencia le
llamaban, tan sólo le había dicho que el pastel de ratas debía de ser
muy indigesto. ¡Vaya usted a ver qué tontería! Pero en cambio manifestó
a Juanito Velarde que aquello no podía quedar así, que nadie se burlaba
impunemente del Gobierno y que estaba decidido a reclamar de Currita la
aceptación del nombramiento, apoyándose en una carta que--¡frase poco
ministerial!...--había de refregarle por los hocicos...

--¿Una carta?--exclamó Currita realmente sorprendida--. ¿Pero de
quién?...

--¡Mía!... ¡Mía!...--balbuceó Villamelón; y comprendiendo que con esto
soltaba el trueno gordo, pidió a la tierra que se lo tragase. Mas la
tierra no tuvo por conveniente darle gusto. Currita avanzó otros dos
menudos pasitos, y suavizando más y más su acento, mientras más y más se
encolerizaba, añadió:

--¿Pero tú le has escrito, Fernandito?...

Villamelón bajó la cabeza anonadado.

--¿Pero no te dije que fueras a hablarle?... ¿Que en todo este negocio
no había que soltar por escrito una sola letra?... ¿Lo ves,
Fernandito?...

Villamelón retrocedió un paso como quien espera un cachete, y Currita
adelantó otro, diciendo después de una pausa:

--¿Y dijo que iba a... a... a presentarme esa carta?

--Eso decía Velarde.

--¿Estás seguro?...

--Segurísimo.

Villamelón dio otro paso atrás y Currita otro adelante, repitiendo con
tan suave voz que parecía una caricia:

--¿Lo ves?... ¿Lo ves, Fernandito?...

Y tirando de repente con rabioso arranque del paño negro, hundióle la
cabeza a su ilustre esposo en la especie de saco que aquel formaba;
volvió luego la espalda pausadamente, y sin perder su suavidad, salió de
la _cabaña_.

Lilí se reía a carcajadas al ver a su padre forcejeando por sacar la
cabeza del saco negro, y corrió a Paquito para decirle al oído un
secreto muy grande, muy grande...

--¡Pero qué tonto es papá!...

Paquito no la escuchaba, sin embargo: durante toda esta escena había
sentado en el sitial gótico a _Tock_, el perrazo amarillento, que se
dejaba manejar con esa especie de cariñosa paciencia con que a los niños
soportan los perros. Colgóle después de su collar de hierro repujado las
cinco medallas de los premios, y colocándole en la cabeza el diploma en
forma de cucurucho, gritó a Lilí con extraño acento:

--¡Anda, que lo retrate papá!... ¡A _Tock_ le doy yo todos mis
premios!...

Mientras tanto, pasmábase el lacayo al oír que su señora le daba, al
pasar, la extraña orden de encender sin pérdida de tiempo la chimenea
del _boudoir_, era aquel día el 25 de junio y el calor comenzaba ya a
ser sofocante. Obedeció, sin embargo, con esa especie de impasibilidad
automática, propia de los criados de grandes casas, y cuando el
excelentísimo ministro de la Gobernación, don Juan Antonio Martínez,
_buey Apis_, por otro nombre, entró en el _boudoir_, ardía ya en la
chimenea un alegre fuego, y a su lado le esperaba Currita, tendida en
una chaise longue, envuelta en una bata de raso, perfectamente
enguatada, y arropados los pies con un plaid escocés finísimo:
descansaba su cabeza en una gran almohada con lazos color de rosa, y
tendiéndole al verle entrar su franca manecita, dijo con la débil voz de
un enfermo desahuciado:

--¡Adiós, Martínez!... Sólo a usted hubiera yo recibido hoy.

El _buey Apis_ dio un mugido, expresión fiel de la admiración, la
sorpresa y el sobresalto que al punto le embargaron, y comenzó a sudar a
la vista de la chimenea encendida.

--¿Pero qué es esto, señora condesa?--exclamó desolado--. ¿Sigue la
jaqueca?...

--Fatal... ¡Fatal estoy!--contestó Currita--. Creo que tengo
calentura... ¡y unos escalofríos!...

Y la muy ladina estremecía el débil cuerpecillo, señalando al mismo
tiempo al ministro una pequeña _marquesita_ colocada junto al fuego y al
alcance de su mano: en ella se sentó el excelentísimo Martínez,
dispuesto a dejarse tostar en su mullido asiento como san Lorenzo en las
parrillas.

--¡Lo siento... lo siento en el alma!--dijo.

Y con sencillez verdaderamente progresista, añadió, recordando la
rústica farmacopea de su tierra nativa:

--¿Por qué no se pone usted dos ruedas de patatas en las sienes?... Eso
alivia mucho.

--¿Patatas?--exclamó Currita estremeciéndose de espanto. ¡Jesús,
Martínez, por Dios!... Prefiero la jaqueca.

Martínez comprendió que había asomado la oreja lugareña bajo la piel del
ministro cortesano, y entró en materia, dejando a un lado compasivos
preámbulos y recetas caseras.

--Siento entonces venir a aumentarle a usted la jaqueca; pero el negocio
es grave y urgente...

La condesa acomodó la roja cabecita en su blanda almohada con lazos rosa
y fijó en el ministro sus claros ojos, que expresaban admirablemente la
extrañeza. Afianzóse Martínez las gafas de oro, torció la descomunal
cabeza, y amenazando a Currita con su gordo y porrón dedo, como hace el
dómine que echa al niño una reprimenda cariñosa, le dijo:

--En Palacio están muy disgustados...

Currita se encogió de hombros, haciendo un gracioso pucherito como quien
dice: ¿Y a mí qué me cuenta usted?...

--Sí, señora--prosiguió el ministro--. Su majestad el rey, muy
ofendido... Su majestad la reina, sentidísima.

Diole a Currita ganas de reír la pomposa hinchazón con que pronunciaba
el ministro demócrata aquellas sonoras palabras: Palacio...,
majestad..., rey..., reina, que parecían llenarle la ancha bocaza, y
preguntó con su suavidad acostumbrada:

--¿Quién?... ¿_La Cisterna_?...

Crecióse el ministro como un toro de Veragua al que plantan una pica.

--No, señora--exclamó ofendido en su orgullo dinástico--; su majestad la
reina de España, doña María Victoria.

--¡Ya!...--dijo Currita--. ¿Y qué tengo yo que ver con los sentimientos
de esa señora?...

--¿Qué tiene usted que ver?...--exclamó el ministro, sofocado por el
calor de la chimenea y la calma zumbona de Currita--. ¿Pues le parece a
usted poco solicitar el cargo de camarera mayor, para desairarlo luego
después de concedido?... ¿Así se juega con una reina modelo de virtudes?
¡Pues sepa usted que el Gobierno está decidido a reclamar
enérgicamente!...

Y el ministro, descompuesto, sudando la gota gorda, colorado como una
remolacha, y con ambos puños apoyados en las respectivas rodillas,
fijaba en Currita sus ojos de besugo, como si pretendiese tragársela de
un solo bocado. No le intimidaban, sin embargo, a ella los mugidos del
_buey Apis_; incorporóse un poquito, y muy extrañada y ofendida, y con
los claros ojos fijos siempre en el vacío, comenzó a decir con su suave
vocecita algún tanto apurada:

--¡Pero Martínez, por Dios, no se descomponga así!... ¡Se pone usted tan
feo!... Preciso es que haya en eso alguna equivocación, algún _quid pro
quo_, para que un hombre de su talento de usted diga semejantes
desatinos... ¿Yo, camarera de _la Cister..._ quiero decir, de doña
Victoria?... ¿De dónde ha salido eso?

--¡De usted misma, señora condesa, de usted misma!--gritó el ministro--.
¿Se atreverá usted a negar delante del ministro de Ultramar que ha
solicitado el cargo de camarera, con tal que diesen a Velarde la
Secretaría del rey, y a usted seis mil duros de sueldo?...

--¡Pues ya lo creo que lo negaré!--contestó Currita con todo su
desparpajo.

--¿Sí?... Pues veremos si su marido de usted lo niega igualmente, cuando
todos los periódicos de Madrid publiquen esta carta.

Y el _buey Apis_ sacó una de su bolsillo, que puso extendida ante los
ojos de Currita, como si pretendiese cumplir su bestial amenaza de
refregársela por los hocicos. La condesa fue a echar mano al papel con
grande prisa, pero el ministro lo retiró al punto, diciendo brutalmente:

--¡Ca!... Esta no la suelto yo ni un momento; pero ahora mismo la oirá
usted de cabo a rabo.

Y poniéndose las gafas sobre la frente, porque era miope, comenzó a leer
la carta. En ella, el marqués de Villamelón, de acuerdo con su esposa,
pedía para esta, por medio del ministro de Ultramar, el puesto de
camarera mayor de la reina, con las dos condiciones indicadas antes por
Martínez: la Secretaría particular de don Amadeo para Juanito Velarde y
los seis mil duros de sueldo para la dama misma. La prueba no podía ser
más concluyente, y Currita pudo comprender toda la imprudencia de su
caro esposo al dejar escapar aquella prenda. No se apuró mucho, sin
embargo: mientras el ministro leía, habíase ido incorporando poco a
poco, haciendo mohínes de espanto y gestos de protesta, y de repente,
con la agilidad de una gata cazadora que se lanza sobre el incauto
ratoncillo, arrancó de manos del ministro la peligrosa carta y la arrojó
al fuego... El papel se enroscó un segundo entre las llamas, quedando al
momento convertido en cenizas.

Atónito el ministro retrocedió bruscamente en la butaca, soltando una
palabrota: mas Currita, sin ofenderse por ella, ni asombrarse tampoco,
dejóse caer de nuevo en su almohada como si tal cosa, diciendo con su
cándida risita:

--¡Vamos, vamos, Martínez!... Preciso será que se ponga usted dos
parches de patata... ¡Eso refresca mucho!...



--VI--


Jamás había pasado el pacífico portero de Villamelón susto tan tremendo
como el que le tenía reservado el señor gobernador de Madrid para aquel
día memorable, 26 de junio... Eran las diez de la mañana, y Baltasar,
sin haberse vestido aún la larga librea azul, con anchas franjas en las
bocamangas y cuello, cubiertas de escudos heráldicos, limpiaba
cuidadosamente el polvo a las soberbias arcas florentinas, los enormes
sitiales antiguos y las armaduras de brillante acero que adornaban el
vestíbulo. Púsose después a peinar las largas lanas de Bruin, el oso de
Noruega, su mudo compañero; y en esta operación se hallaba, cuando un
tropel de gente sospechosa invadió de repente la casa, en actitud nada
tranquilizadora. Asustado Baltasar, cerró de golpe la gran mampara de
cristales; pero, a los repetidos porrazos que en ella dieron los que de
fuera entraban, cayeron rotos dos de los magníficos vidrios esmerilados
que ostentaban en medio la cifra y corona de Villamelón, y aterrado
entonces Baltasar, huyó escaleras arriba con el mandil remangado,
atropellando a su paso al diminuto _don Joselito_, que pacíficamente
frotaba con cáscara de limón las varillas metálicas que sujetaban la
mullida alfombra en cada peldaño de la escalera. El enano huyó también
dando gritos, y a poco la servidumbre entera del palacio corría por
todas partes azorada, abriendo y cerrando puertas, e infundiendo la
alarma por todo el vecindario.

Mientras tanto, los invasores llegaban a una antecámara completamente
desierta, y el que parecía capitanearlos comenzó a golpear el suelo con
su bastón de borlas, citando a la condesa de Albornoz en nombre de la
justicia. Era este individuo el jefe de orden público, y venía en nombre
del gobernador a registrar el palacio de la condesa e incautarse de
todos sus papeles. Acompañábanle media docena de guardias municipales,
un alcalde de barrio y hasta diez o doce hombres de mala catadura,
provistos de grandes garrotes, que parecían por las trazas pertenecer a
la por aquel tiempo famosa _partida de la porra_. Guardáronse todas las
puertas, quedando franca para todo el mundo la entrada, prohibida para
todos la salida.

Mientras tanto, dormía Villamelón el sueño del justo. Currita, por el
contrario, levantada contra su costumbre desde muy temprano, como si
algo esperase, notó al punto el alboroto; púsose muy pálida, y una
sonrisa de diablillo crispó por un momento sus delgados labios.
Temblando como una azorada, entró Kate, la doncella inglesa, a
participarle lo ocurrido; pareció entonces azorarse mucho la dama, como
si de nuevo la cogiese, y quiso a toda prisa avisar al marqués de Butrón
lo que acontecía. Las puertas estaban ya, sin embargo, guardadas y
prohibida la salida; púdose, a pesar de todo, hacer saltar la tapia del
jardín a un pinche de cocina, y este fue el encargado de llevar al
diplomático la embajada de la condesa.

El despertar de Villamelón fue horrible: la imagen del terror había
quedado grabada de antiguo en su cerebro, bajo la forma de los salvajes
rifeños de África, y ellos, con sus espingardas, fueron los primeros
fantasmas que vio asomar en su imaginación en ese primer momento de
confusión de ideas que sigue al despertar de todo hombre. El
excelentísimo Martínez, el colosal _buey Apis_, vino al punto a
destacarse entre ellos, presentándole con una mano su imprudente carta,
echándole la otra al pescuezo para conducirle sin piedad al Saladero...
Villamelón pensó morir del susto, porque a su carta, y sólo a su carta,
como muy bien le había profetizado el día antes Currita, podía atribuir
la repentina llegada de la policía. Pronto, sin embargo, tomó su
partido: acurrucóse de nuevo en la cama y juzgó lo más prudente darse
allí mismo por muerto. ¿No era Currita quien le había metido en aquellos
berenjenales?... ¡Pues allá se las compusiera ella como buenamente
pudiese!... En vano le instaba la condesa, temblando de ira, para que se
levantase y saliera a recibir la caterva de polizontes: Villamelón
contestaba que estaba constipado, que estaba sudoroso y cogería de
seguro un pasmo a poco que le diese el aire.

El tiempo urgía, y la intrépida Currita viose al fin precisada a salir
ella misma al encuentro de los invasores: no lo hubiera hecho con más
arrogancia la viuda de Padilla al presentarse a las tropas de Carlos V
en el alcázar de Toledo. Con altivo continente pidió al jefe de orden
público el mandato del gobernador, legalizado por el juez, único que,
según las leyes vigentes, podía autorizar aquel atropello: presentóse
respetuosamente el funcionario, y rasgólo ella en dos pedazos después de
leerlo. Hizo entonces una valiente protesta en que sacó a relucir sus
leales opiniones alfonsinas, y mandando a un viejo empleado en la
contaduría de la casa que guiase a sus habitaciones a aquellas gentes y
presenciara el registro, retiróse dignamente a la sala de billar,
seguida de sus doncellas como una reina de sus damas: allí hizo traer a
los dos niños, Lilí y Paquito, y abrazándolos tiernamente y sentándolos
en sus rodillas, parecía parodiar el triste grupo de la reina María
Antonieta, refugiándose con sus hijos en un rincón de las Tullerías,
invadidas por el populacho. Kate lloraba desconsolada; Miss Buteffull se
había puesto el sombrero y los guantes, como si esperase la orden de
marchar.

No hacía Currita aquellos alardes artísticos sentimentales a humo de
pajas: la noticia había corrido en un segundo por los círculos políticos
y aristocráticos de la corte, extendiéndose después por casinos y cafés,
tiendas y plazuelas. El pueblo comenzó a agolparse con su estúpida
curiosidad a las puertas del palacio, y a poco una larga hilera de
coches ocupaba toda la calle, suspendían un momento su pausada marcha,
abríanse y cerrábanse con estrépito las portezuelas, y bajaban
encopetados señorones, aristocráticos gomosos y damas elegantes; venían
estas de trapillo, mirando a todas partes, entre asustadas y curiosas, y
abrazaban a Currita haciendo exclamaciones de sorpresa, de indignación,
de entusiasmo y de lástima. Esto era lo que esperaba la taimada condesa;
con su sonrisa de colegiala, apretaba a unos la mano en silencio,
repetía a otros la relación del atropello, y elevaba los ojos al cielo
con aire de víctima resignada que se inmola, abrazada a sus hijos, en
aras de la proscrita dinastía. ¿Qué sería de ellos? ¡Pobres hijos
suyos!... ¡Y Fernandito, tan afectado, tan nervioso, postrado en cama e
inspirando su salud serios cuidados! Quizá les esperaba el destierro,
quizá la cárcel, quizá... ¡Oh! Las damas se estremecían de furor y de
espanto, hablando todas a un tiempo, confortando a la víctima con sus
consejos y dándose todas al diablo allá en sus adentros, porque era a
Currita y no a ellas a quien había tocado la suerte de hacerse
sospechosa a la policía y llegar al apogeo de la celebridad de un solo
salto.

Llegaron también varios periodistas a caza de noticias, lápiz en ristre
y reparos a la espalda, y fueron muy bien recibidos, dignándose la misma
Currita darles noticias del suceso. Pedro López, el cronista de los
salones elegantes, que acudía a comidas y saraos con los bolsillos del
frac forrados de hule para poderse llevar a mansalva dulces y
emparedados, estuvo admirable. Currita le tendió una mano, enternecida a
la vista de aquel fiel amigo que tantas veces había descrito los
primores de su falda, él se la estrechó en silencio, repitiendo por tres
veces:

--¡Ominoso!... ¡ominoso!... ¡ominoso!...

Y apartándose un buen trecho, púsose a garrapatear con ardor febril en
su cartera, no sin que todas las damas y muchos caballeros vinieran a
hacérsele presentes, mendigando una mención honorífica en aquella
crónica que había de ser al otro día la _great attraction_ de la corte.
La apoteosis de Currita prometía ser ruidosísima, y preciso era figurar
en ella, aunque sólo fuera de comparsa.

Llegó Leopoldina Pastor, sofocadísima, con un devocionario enorme en la
mano: venía de Misa, porque estaba haciendo en San Pascual una novena
para impetrar del cielo una apoplejía fulminante para don Salustiano de
Olózaga. Irritóse mucho de que Currita no hubiese tirado por la ventana
al jefe de orden público; juró que no saldría de allí aquel indecente
sin oír antes de sus labios cuatro palabritas bien dichas, y alborotando
y accionando, y sacando la lengua a los agentes de orden público que
encontró al paso, fue a parar al comedor, porque eran ya las doce,
estaba en ayunas, tenía hambre y se hacía imposible salir de allí hasta
que terminara el registro. Muchas damas y caballeros la siguieron,
dispuestos a caer sobre las provisiones de Villamelón como una nube de
langostas, y el pasmo de todos fue entonces grande... Sorprendieron al
moribundo marqués en un rincón del comedor, apoyado en un trinchero de
roble, zampándose en pie y a toda prisa, y mirando a todas partes
azorado, una inmensa jícara de suculento chocolate, con una pirámide
colosal de dorados picatostes... Pasado el primer susto, y no escuchando
ya en la casa otro ruido extraordinario que el incesante ir y venir de
la gente que de la calle entraba, Villamelón sintió en toda su pujanza
el aguijón más terrible que podía hostigarle: ¡el aguijón del hambre! En
vano llamó una vez y otra vez que le trajesen como todos los días:

    Ancha bandeja con tazón chinesco,
    Rebosando de hirviente chocolate.

Los criados, diseminados por la casa, no acudían a su llamada, y
prefiriendo Villamelón los riesgos de otra muerte a la muerte de hambre,
decidió al cabo levantarse y escurrirse por pasadizos y corredores hasta
la misma cocina, en busca del cotidiano alimento: una vez en posesión de
él, refugióse en el rincón más cercano y allí comenzó a devorarlo.

La llegada de los importunos huéspedes hízole levantar el campo, huyendo
hacia el interior con el chocolate en una mano y los picatostes en la
otra. Mas, con grandes risotadas le detuvo la señoril y hambrienta
turba, y alcanzándole Leopoldina Pastor por los cortos faldones de la
bata, le gritaba muerta de risa:

--¿Pero dónde vas, Fernandito?... ¡No te vayas, hombre!... ¡Si para
sentir es menester comer!... ¡Si nosotros venimos a ayudarte!...

Y desde el _maître d'hôtel_ hasta _don Joselito_, comenzaron a trabajar,
sin dar apenas abasto en servir a la emocionada concurrencia un _lunch_
improvisado, un _pic-nic_ sustancioso.



--VII--


Era el marqués de Butrón una de esas medianías que en los tiempos de
escasas notabilidades pasan por eminencias, debiendo sólo su altura a
las escasas proporciones de los hombres y cosas de su época. Hase dicho,
sin embargo, que no hay hombre grande para su ayuda de cámara, y no se
libraba el gran _Robinsón_ de esta ley general de las ilustres
celebridades. Consistía, pues, una de sus secretas flaquezas en teñirse
cuidadosamente la barba, blanca ya por completo, para ponerla al nivel
de su todavía abundante cabellera, que se conservaba negra como las alas
del cuervo.

Disponíase, pues, el respetable diplomático en aquella mañana del 26 de
junio a esta operación importantísima, cuando le pasaron
precipitadamente el recado de Currita. El peludo señor perdió por
completo la cabeza, y temiéndolo todo de la bellaquería de la condesa,
que tenía él muy bien conocida, pidió a toda prisa un simón, y sin
acordarse para nada de que su barba sin teñir iba a revelar el hasta
entonces bien guardado secreto a las lenguas más hábiles en cortar sayos
que encerraba la corte, corrió al palacio de aquella equívoca oveja que
tanto le importaba conservar en el redil alfonsino. Los polizontes que
guardaban la puerta le dejaron pasar, según la consigna, mirándole con
esa especie de receloso respeto que a las gentes bajas de un partido
causan siempre los pájaros gordos del partido contrario.

La noticia de su llegada causó sensación profundísima entre la turba de
amigos y amigas que invadía el palacio, y todos, hasta los que en el
comedor se hallaban, corrieron a su encuentro. Su presencia allí daba al
suceso una importancia y un colorido que había muy bien calculado
Currita al mandarle buscar con tanta urgencia. El gran _Robinsón_
extendió ambos brazos al verla, exclamando: «¡Hija mía!», y la dama se
dejó caer en ellos con filial abandono, sollozando fuertemente y
mostrando a sus hijos, que se agarraban asustados a la falda de Miss
Buteffull, siempre tiesa e impasible.

El coro general de damas comenzaba a emocionarse; pero acertó a reparar
Gorito Sardona en la desteñida barba del diplomático, y apresuróse a
comunicar el descubrimiento al oído de Carmen Tagle; echóse a reír ella,
díjolo a su vecina, esta al que tenía al lado, y a poco, una porción de
solapadas risitas hacían fracasar por completo la parte patética del
espectáculo.

Butrón, sin embargo, no cayó en la cuenta, y con el majestuoso
continente que las circunstancias requerían, arrastró con suavidad a
Currita al próximo gabinete. Sudaba como un pato, y la camisa no le
llegaba al cuerpo, temiendo alguna nueva trapisonda de la ilustre
condesa, que viniera a desacreditar sus manejos diplomáticos. Azorado y
en voz baja, y mirando a todas partes, como si temiese ver aparecer a
los polizontes que invadían el palacio, le dijo:

--Pero ¿qué es esto?... ¡Habla, hija mía!...

Currita se dejó caer en un sofá, cubriéndose el rostro con el pañuelo.

--¡Estoy perdida!--dijo.

El respetable Butrón abrió la boca, como si fuera a tragarse un queso
entero.

--¡Fernandito es un imbécil!--continuó Currita muy afligida.

Butrón movió de arriba abajo la cabeza en señal de profundo
asentimiento.

--Le ha engañado Martínez... Me ha comprometido atrozmente... Es
horrible, horrible... ¡Infame, Butrón, infame!

--¡Habla bajo!--exclamaba el diplomático, sobresaltado--. Sosiégate,
hija mía, sosiégate... y cuenta para todo conmigo... Para todo, ¿lo
oyes?... para todo...

Y con las dos peludas manos apretaba _Robinsón_ con efusión paternal la
mano de Currita.

--Lo sé, Butrón, lo sé, y por eso acudí a usted al punto--dijo ella más
sosegada--. ¡Pero es horrible, horrible!... ¡Figúrese usted que todo lo
que decían de mi nombramiento de camarera es cierto!...

--¿Cierto?--exclamó Butrón como si se le atragantase en el esófago el
queso que antes parecía tragarse.

--Fernandito le escribió al ministro solicitando para mí el cargo...
¡sin decirme nada, Butrón!... ¡sin contar conmigo!... ¡Vamos, si es
horrible, horrible!... ¡Ay, qué marido!... Le aseguro a usted que si no
fuera por mis hijos entablaba el divorcio...

Aquí derramó Currita algunas lágrimas en aras del honrado Himeneo, cuya
antorcha corría riesgo de apagarse, y continuó muy bajito:

--Por eso, como yo no sabía nada, dije antes de ayer en casa de Beatriz
lo que creía, ¡claro está!, la verdad... Que el ministro vino a
ofrecerme el cargo, y yo me había negado a aceptarlo muy ofendida,
tomándolo por una majadería de esa gentuza... Figúrese usted mi sorpresa
cuando ayer se me entra por las puertas ese animal de Martínez, tan
ordinario, tan groserote, muy ofendido con mi negativa, gritando como un
energúmeno que nadie jugaba con el Gobierno, y amenazándome con una
carta de Fernandito, que iba a refregarme... ¡por los hocicos, Butrón,
por los hocicos!...

Y aquí ahogó de nuevo el llanto la voz de Currita, prosiguiendo a poco
entre sollozos:

--¡Qué ultraje, Butrón, qué vergüenza!... ¡Creí morirme de
sentimiento!... ¡Al padre de mis hijos debo esta ofensa!... Bien se lo
he dicho mil veces: tu condescendencia con esa gentuza nos va a perder,
Fernandito...

--Pero ¿viste tú esa carta?--exclamó Robinsón estupefacto.

--¡La vi, Butrón, la he leído!... ¡Qué vergüenza!... ¡Creí morirme!...
Decía el _buey Apis_ que el ministro iba a publicarla en los periódicos
si yo no aceptaba el cargo. ¡Lloré, supliqué, pidiéndosela en nombre de
mi honra, en nombre de mis hijos!... Todo en vano: o aceptaba yo el
cargo, o la carta se publicaba... Entonces le ofrecí dinero, y mi hombre
empezó a blandearse... Me pidió cinco mil duros; luego tres mil,
¡regateando, Butrón, regateando como un judío!... Por fin se cerró el
trato en los tres mil, y anoche, a la una, volvió a entregarme la carta
y recibir el pago... Porque, claro está, yo no tenía dinero bastante,
tampoco podía pedírselo a Fernandito, y he tenido que empeñar una
porción de joyas...

Butrón escuchaba asombrado, tragándose, una a una, como un bolonio, toda
aquella sarta de mentiras, diestramente entrelazadas con algunas escasas
verdades; cruzó las manos con trágico ademán y exclamó con el aire de un
Catón escandalizado:

--¡Eso es nauseabundo!

--¡Pero si hay más, Butrón, si hay más!... ¡Si es infame!--prosiguió
Currita muy animada--. A la una me entregó anoche el _buey Apis_ la
carta... A las diez llega hoy, de repente, la policía a registrarme mis
papeles... ¡Negocio redondo que buscaba el gran canalla!... ¡Coger de
nuevo la carta y quedarse con mi dinero!...

--Pero ¿la han cogido?--exclamó Butrón consternado.

--¡Ca!... ¡Primero me quitan la vida!... Tuve tiempo de romperla y echar
los pedazos por el vertedero del baño.

--¡Berr!--hizo Butrón como si le dieran náuseas; y con las manos
cruzadas a la espalda, actitud de las grandes perplejidades, y fruncido
el formidable guardapolvo de sus cejas, señal en él de graves
preocupaciones, comenzó a medir a grandes pasos la estancia. Currita le
miraba marchar con el rabillo del ojo, dando de cuando en cuanto
nerviosos suspiritos.

Indudable era para Butrón que la dama era una tramposa; pero lo que
decía era en todo perfectamente verosímil y explicaba por completo la
extraña visita de la policía. ¿Qué había ido, si no, a buscar en aquella
casa?... Por otra parte, aquel repentino suceso aseguraba al partido la
alianza de aquella mujer que dominaba al Madrid elegante con el poderoso
imperio de la moda, y esto bastaba a las teorías del diplomático;
detúvose, pues, de repente ante ella y díjole solemnemente:

--Es preciso hacer una manifestación ruidosísima, que levante el
espíritu y sirva de protesta a este atropello...

Currita se encogió de hombros, disimulando bajo una perplejidad afectada
el rayo de vanidosa alegría que iluminó su semblante.

--¡Pero, Butrón, por Dios!--dijo--, por mí no hay inconveniente; pero ya
ve usted que quien pierde aquí es Fernandito.

--Mira, Curra, Fernandito no pierde nada, porque nada tiene que
perder... Tu marido es un imbécil Y eso lo sabe todo el mundo.

--Es verdad--dijo con heroica conformidad Currita.

--Además, yo te garantizo el secreto... El negocio es grave y puede
sacarse de él mucho partido.

--Eso bien lo veo yo... Por eso no me opongo... Después de todo, lo
primero que hay que mirar es el bien de la causa... Yo todo se lo
sacrifico... Bien lo he probado siempre... ¡Bien lo estoy ahora
probando!...

Y Currita se enterneció otra vez, emboscando entre sus nuevas lagrimitas
este ruego inocentísimo:

--Lo único que pido es que escriba usted mismo a la señora la verdad de
lo que está pasando... ¡Le tengo un miedo a los enredos, a los chismes
de este Madrid!... ¡Esa Isabel Mazacán es tan chismosa... me tiene una
envidia!...

Cuadróse Butrón delante de la dama y dijo golpeándose el pecho:

--¡Confía en mí, Curra!... ¡Yo respondo!

En aquel momento llamaron a la puerta: el registro había ya terminado y
el jefe de orden público pedía permiso a la señora condesa para
presentarle sus excusas.

--¡Ay, no, no!--exclamó Currita--. Dígale usted que puedo muy bien
pasarme sin ellas.

--Y añádale--dijo Butrón con toda la majestad olímpica que su misión
allí requería--que la señora condesa de Albornoz se reserva el derecho
de protestar en todos los terrenos de semejante atropello... Y dígale
también que toda la aristocracia española y todas las gentes sensatas y
honradas están a su lado para apoyarla y defender la causa santa que
ella representa en estos momentos...

Esto dijo Butrón con arrogante tono, y acentuando mucho la palabra
_causa_, paseó después una larga mirada por la concurrencia, como quien
dice: «¿Habéis entendido?», y entróse por los grupos, dejando caer
palabras huecas que la curiosidad y la necedad rellenaron de grandes
cosas.

--El negocio es grave--decía--. ¡Currita, admirable! ¡Una heroína!...
¡Mariana Pineda!...

Entró entonces el viejo empleado en la contaduría, don Pablo Solera, que
había presenciado el registro: traía las orejas muy coloradas y un gran
papel en la mano, que presentó a la condesa... Rodeáronle todos llenos
de curiosidad, haciéndole mil preguntas, que el viejo se apresuró a
satisfacer aturdido, en parte, al verse ante tan ilustre concurrencia.

El registro había sido escrupuloso en demasía y durado dos horas
enteras: el jefe del orden público había leído todas las cartas que
encontró a mano, sin perdonar pesquisa alguna, registrado todos los
papales, hojeado todos los libros y puesto aparte todo aquello en que
creyó encontrar miasmas conspiradores, para sujetarlo al examen del
gobernador de la provincia. El prudente viejo le exigió entonces un
recibo, firmado por el mismo jefe de orden público, en el cual habían de
consignarse todos los papeles que se llevaba, y este era el documento
que don Pablo presentaba a la condesa.

--¿Hay algo importante?--preguntóle Butrón en voz baja, leyendo la
lista al mismo tiempo que Currita.

--¡Pchs!... Nada--contestó esta.

Mas sus ojos se fijaban con extrañeza en esta partida inventariada en la
larga lista: «Un paquete de veinticinco cartas, atado con una cinta de
color de rosa».

El respetable Butrón tomó de nuevo la palabra. El peligro había pasado,
pero era necesario sacar todo el partido posible de aquella victoria:
hacíase indispensable meter mucho ruido, gran ruido, propagar el
escándalo por todas partes para despertar la indignación y excitar los
ánimos en contra del Gobierno y de la dinastía intrusa... Para ello,
todas las señoras acudirían aquella tarde a la Castellana con las
airosas mantillas españolas y las clásicas peinetas de teja, que eran ya
señal convenida de valiente protesta; y a la noche siguiente, él, Butrón
mismo, daría un gran baile en honra de Currita de puro carácter
político, al cual podían ya darse por convidados todos los presentes...
Las señoras lucirían todas, en la cabeza, la flor de lis, emblema de sus
esperanzas; los caballeros, un lazo blanco y azul en el ojal del frac,
colores propios y significativos de los desterrados Borbones.

El entusiasmo fue entonces indescriptible; las damas rodearon el grupo
que Currita y Butrón formaban, empujándose unas a otras, charlando todas
a un tiempo, esgrimiendo los colosales abanicos que por aquel verano
estaban de moda con el poco elegante nombre de _Pericones_.

--¡Bien! ¡Bravo!--gritó Gorito Sardona--. ¡El coro de los puñales!...
¡Butrón, a usted le toca bendecirlos!

Y se puso a cantar el

    Giusta é la guerra, e in cuore
    Mi parla un santo ardore,

de Meyerbeer en los _Hugonotes_. Esto hizo reír mucho a todas aquellas
señoras, y unas en pos de otras comenzaron a retirarse, nerviosas,
entusiasmadas, confesándose mutuamente que era muy entretenido conspirar
danzando y luciendo trapos en la Castellana; que era más fácil de lo que
ellas creían derribar un trono a abanicazos.

Mientras tanto, Villamelón, escurriéndose tras cortinas, puertas y
tapices, miraba desfilar la ilustre concurrencia sin osar presentarse
ante ella. Lo que más le incomodaba a él era que le hubiesen roto dos
cristales, allá abajo, en la mampara.

Al verse a solas Currita, preguntó al viejo empleado, enseñándole la
lista:

--Pero diga usted, don Pablo... ¿De quién eran esas veinticinco cartas?

El viejo se encogió de hombros.

--No sé--contestó--. El jefe de orden público leyó tres o cuatro y se
las guardó con una risita que me dio mala espina.

--¿Pero dónde estaban?

--En aquella arquita antigua que está en el gabinete de la señora
condesa... Es un cajoncito con secreto.

--¿En el _secrétaire_ del _boudoir_?--dijo Currita aún más
sorprendida--. ¡Pero si allí no había nada!... A ver, venga usted
conmigo.

Había, en efecto, en un rincón del _boudoir_, una preciosa _arquilla_,
obra acabadísima de marquetería italiana del siglo XVI, de ébano,
tallado con ricas incrustaciones de carey, plata, jaspes y bronces.
Currita abrió la gran tapa delantera, cuyas bisagras y cerrajas doradas
dejaban ver, a través de sus artísticos calados, un fondo de terciopelo
rojo, y entonces apareció el interior de aquel precioso mueble,
compuesto de bellísimos arquitos, de galerías en miniatura en que
encajaban infinidad de cajoncillos, ocultándose los unos a los otros,
con múltiples secretos.

--Pero ¿dónde estaban esas cartas?--preguntó Currita impaciente,
abriendo uno a uno los lindos cajoncitos.

--Aquí abajo--contestó don Pablo.

Y apretando un resorte de bronce, hizo saltar otro cajoncito oculto, que
dejó escapar, al abrirse, un suave olor de violetas secas. Currita metió
dentro la mano y encontró en el fondo un ramo marchito de aquellas
fragantes flores; miró algún tiempo con cierta extrañeza, como quien
pretende recordar algo, y exclamó al fin, cayendo en la cuenta:

--¡Ya!

Y de repente, poniéndose muy seria con la enfurruñada cara de quien se
teme un chasco pesado, murmuró muy enfadada:

--¡Pues tendría que ver!... ¡Estaría bonito!...



--VIII--


Bueno estaba para bollos el horno del señor gobernador a las dos de la
tarde de aquel mismo día 26 de junio. La noticia de la visita de la
policía al palacio de Villamelón había llegado a las altas esferas del
Gobierno, causando en ellas sorpresa y disgusto: ignorábase allí la
causa de aquella violenta medida del gobernador, y esperábase todavía,
por otra parte, obligar a la Albornoz a aceptar el cargo de camarera, a
pesar de la escena cómico-dramática que entre ella y el excelentísimo
Martínez había tenido lugar la víspera. Porque, como el lector habrá ya
adivinado, no obstante los enredos de la tramposa señora, los
compromisos de esta con el Gobierno eran tan reales y positivos como
había asegurado dos días antes la condesa de Mazacán en casa de la
duquesa de Bara.

Resentida profundamente Currita por lo que ella creyera desaire de la
abdicación, había decidido al punto pasarse con armas y bagajes al
enemigo, satisfaciendo de este modo sus femeniles deseos de venganza y
realizando al mismo tiempo su continuo anhelo de dar que hablar a todo
el mundo y ser siempre la primera de la primera línea. El nuevo monarca
era joven y guapo, y una vez teniéndole ella a su alcance en el puesto
de camarera, parecíale fácil amalgamar en poco tiempo, en sí misma, dos
personalidades históricas que le eran muy simpáticas: mademoiselle de La
Vallière y la princesa de los Ursinos.

Costóle, sin embargo, algún trabajo reducir a Villamelón a secundar sus
planes, porque encastillado este en lo que llamaba su honor, empeñábase
en vivir y morir fiel a la dinastía caída. Supo al cabo Currita
convencerle, y cauta siempre, y sin dar ella la cara, encargóle a él
entablar las negociaciones con don Juan Antonio Martínez y el ministro
de Ultramar, personajes ambos que con traidora previsión había procurado
desde mucho tiempo antes atraer a su casa, importándosele un bledo los
aristocráticos aspavientos de sus ilustres amigas. Las condiciones
impuestas por la condesa eran un considerable aumento de sueldo para
ella y la Secretaría particular de don Amadeo para Juanito Velarde,
adorado amigo que a la sazón privaba.

El encargo era fácil, dado el afán que de llenar aquel desairado cargo
con un grande de España existía en la corte y en el Gobierno.
Villamelón, sin embargo, cometió una pifia contra las terminantes
prescripciones de Currita. Habíale encargado esta que por ningún
concepto soltara prenda por escrito en el manejo de aquel negocio, y por
no faltar el majadero a una cita que con cierta viuda problemática
tenía, a la misma hora en que le citaba también el ministro, dejó
escapar aquella malhadada carta dirigida a este, que tan serias
complicaciones había de traer más tarde.

Mientras tanto, la carta de la reina Isabel vino a desbaratar todo lo
hecho, y con su desfachatez sin igual, volvióse atrás Currita, dejando a
la corte y al Gobierno burlados, y en las astas del toro a su marido. No
satisfecha con esto, y para acallar los peligrosos rumores, que,
atizados por Isabel Mazacán, corrían de lo sucedido, imaginó denunciarse
a sí misma al gobernador, escribiéndole un anónimo en que con pruebas
patentes y señales manifiestas aseguraba que la condesa de Albornoz y
el marqués de Butrón urdían un complot vastísimo, existiendo en poder de
ellos papeles muy importantes para la causa alfonsina. El incauto
gobernador cayó en el garlito, y ya hemos visto la admirable profundidad
con que secundó los atrevidos planes de aquella ilustre bribona, cuyas
mezquinas intriguillas traían en conmoción a toda la corte. La visita de
la policía afianzaba para siempre la fama de su lealtad alfonsina,
dándole una importancia en el partido que la ponía por completo a
cubierto de las pretensiones de la corte amadeísta. Así lo comprendió el
excelentísimo señor don Juan Antonio Martínez, y hecho un basilisco fue
a pedir al gobernador cuenta de su torpeza; alborotóse este, y
guardándose muy bien de confesar que sólo en un anónimo cifraba él las
pruebas del complot de Currita, aseguró campanudamente que le constaba
la existencia de una vasta conspiración alfonsina, que el marqués de
Butrón la dirigía, y que la señora condesa de Albornoz era una
trapisondista de tomo y lomo.

--¡Si me lo querrá usted decir a mí!--exclamó el _buey Apis_ resollando
por la herida.

Y contó al gobernador, con todos sus pormenores, la historia del
nombramiento de camarera y la escena de la carta arrojada al fuego, que
había ya hecho desternillar de risa, en las narices mismas del ministro,
a todos sus compañeros de gabinete. Mordióse el gobernador los labios,
comenzando a sospechar que habían hecho un pan como unas hostias, y el
_pas trop de zéle_ de Talleyrand acudió a su mente como un reproche.
Detuvo, sin embargo, un momento su cólera y sus temores la entrada del
jefe de orden público, que venía a entregarle los papeles sorprendidos
en poder de Currita.

Lanzóse el gobernador sobre ellos con todo el ardor de su picado amor
propio, y púsole su mala suerte ante los ojos, lo primero, un
plieguecillo de esquela, con el timbre de la condesa de Albornoz, y
escrito en él, con diversos caracteres de letra, este extraño letrero:
_¡Qué animal tan hermoso es el hombre!_ Examinaba atentamente el
gobernador el papelillo, creyendo encontrar alguna clave oculta o algún
santo y seña misterioso entre aquellos diversos caracteres de letras,
rechondas y apretadas unas, largas y finitas otras, diminutas cual
patitas de moscas entrelazadas que se prolongasen en forma de cadeneta,
las últimas. Estas despertaron en su mente un vivo recuerdo; buscó
apresuradamente el anónimo que encerraba la denuncia, cotejó ambas
letras, y el velo se rasgó entonces por completo. ¡Era la misma!...
Probado quedaba que la excelentísima señora condesa de Albornoz era una
trapisondista de tomo y lomo, y el excelentísimo señor gobernador de
Madrid un majadero de siete suelas.

Su furor no tuvo entonces límite, y vino a aumentarlo el cazurro
Martínez, que con los carrillos hinchados y la boca llena de risa
reventaba por soltar la presa, y soltóla al fin, diciendo a modo de
fisga:

--¡Abortó la conspiración!... ¡España puede ya dormir tranquila!...

Su excelencia encontraba cierto maligno gustito en no ser la única
víctima de los enredos de aquella grandísima tuna que tan pesados
chascos estaba dando a los Epaminondas y Arístides de la España con
honra. El señor gobernador comenzó a echar sapos y culebras por la boca,
lo mismo que cualquier rufián de callejuelas, y volviendo y revolviendo
los papeles, vino a topar con el paquete de las veinticinco cartas. Su
gozo fue entonces inmenso: tenía ya asegurada la venganza.

La noche anterior había hecho Currita un escrupuloso escrutinio en sus
papeles, quitando de en medio lo que podía comprometerla, y poniendo
bien a la vista lo que favorecía sus planes; excusado es decir que la
carta de la reina Isabel quedó en puesto tan visible, que presto pudo
dar con ella el jefe de orden público. Dos descuidos imperdonables tuvo,
sin embargo: quedósele traspapelado en la carta de escribir el
plieguecillo en que había hecho sus pruebas caligráficas y olvidóse por
completo de que en un cajoncito oculto de la arquilla antigua del
_boudoir_ existía, hacía más de tres años, un paquete de cartas. Eran
estas de cierto capitán de artillería, andaluz, de gran familia,
arrogantísima figura y poquísima vergüenza, que había antecedido a
Juanito Velarde en el puesto de confianza que a la sazón ocupaba este en
la casa.

Triunfante el gobernador, preguntó a Martínez si le parecía conveniente
publicar aquellas cartas en los periódicos.

--Pero, hombre, no sea usted mentecato--replicó el ministro--. ¿Cree
usted que hay alguien en Madrid que no sepa o suponga que esas cartas
existen o han existido?...

--Pero entonces, ¿qué partido sacamos de ellas?

--Uno muy sencillo... ¿No tiene usted que devolvérselas a la condesa?

--¡Claro está!... Como que el jefe de orden público le ha dejado recibo.

--Pues en vez de enviárselas usted a la mujer, se las envía al marido...
Es la única manera de practicar en este asunto la obra de misericordia
de enseñar al que no sabe.

--¡Magnífico!--exclamó el gobernador, admirado de la maquiavélica
política de su excelencia.

Y, sin pérdida de tiempo, púsose a escribir un atento B. L. M. al
marqués de Villamelón, presentándole mil excusas por el mal rato que le
había dado aquella mañana, anunciándole la devolución de los papeles
incautados y suplicándole cortésmente los repasase uno a uno y muy en
particular las veinticinco cartas del paquete, no fuera que por
casualidad se hubiese alguna de ellas traspapelado.

En aquel momento, un portero entregó al señor gobernador una esquelita
perfumada, que parecía ser de una dama coqueta, y era del lindo ministro
García Gómez, el elegante de la situación, el _dandy_ de aquel gabinete
eminentemente progresista. Enterado por su amiga Isabel Mazacán de la
orden del día dada por el marqués de Butrón en la casa de Currita,
apresurábase a poner en conocimiento de la primera autoridad de la
provincia la manifestación de mantillas y peinetas que las damas de la
aristocracia preparaban para aquella tarde en la Fuente Castellana. El
gobernador comenzó a bufar de nuevo, amenazando entre enérgicas
interjecciones hacer con mantillas y peinetas lo que Esquilache hizo con
capas y sombreros.

--¡Pero, hombre, no sea usted mentecato!--volvió a decir el ministro con
su risa de paleto--. Eso tiene muy fácil remedio.

--¿Cuál?

--Llame usted a Claudio Molinos.

Llegó Claudio Molinos, bribón consumado, especie de baratero político
que en aquel tiempo alcanzó gran boga, y era, según la voz pública, el
galeoto del Gobierno en sus enjuagues de mala ley, y el reclutador y
generalísimo de la partida de la porra. Recibiéronle ambos personajes de
igual a igual, y con grandes extremos, y después de una corta
conferencia, tornó a salir Claudio Molinos muy apresurado. Martínez
salió también con gran pachorra, inclinada la cabezota, y las manos y el
bastón a la espalda, y quedóse el gobernador muy satisfecho,
restregándose las manos chiquitas y regordetas con alguna que otra uña
no limpia del todo.

A las seis y media de aquella misma tarde no se veía un solo carruaje en
el Retiro ni en el Parque, y centenares de ellos, por el contrario,
atravesaban al trote largo el Paseo de Recoletos, atestado ya de gente,
y seguían en confuso remolino hacia la Fuente Castellana. Jamás Viena
corriendo hacia el Práter, Berlín hacia el Linden, París hacia el
Bosque, habían presentado espectáculo tan original y pintoresco como el
que ofrecía a la puesta del sol aquella inmensa avalancha de trenes
lujosísimos, la mayor parte descubiertos, atestados de mujeres de todos
tipos, de todas edades, con trajes de colores vivos, mantillas blancas o
negras, peinetas de teja y flores en la cabeza, en el pecho, en las
manos, en los asientos y portezuelas de los coches, en las frontaleras
de los caballos y en las libreas de los cocheros, confundiéndose, sin
atropellarse, en aquella baraúnda ordenadísima, carruajes, caballos,
jinetes, arneses, prendidos, libreas, cocheros con la fusta enarbolada,
lacayos con los brazos cruzados, retintines de bocados y crujidos de
látigos, efluvios de primavera y perfumes de tocador, olor a búcaro de
la tierra recién regada, y fragancia de lilas, azucenas y violetas;
envuelto todo como en una gasa en un polvillo fino y brillante,
iluminado todo con golpes de luz bellísimos por los reflejos del sol
poniente, que penetraba por entre las copas de los árboles, haciendo
brotar resplandores de incendio en la plata de los arneses, los botones
de las libreas y el herraje de los coches.

Por las anchas aceras de la calle de Alcalá desembocaba también en
Recoletos muchedumbre compacta de gente de a pie, destacándose de trecho
en trecho grupos de mantillas más o menos bien llevadas, peinetas de
teja puestas en cabezas más o menos airosas. No correspondía, sin
embargo, la animación y la algazara al número y al lujo de aquella
muchedumbre; marchaban los paseantes con esa curiosidad más ávida
mientras más medrosa, que inspiraba siempre un espectáculo peligroso;
con esa curiosidad propia del cobarde que espera oír a cada momento el
estampido de un arma de fuego. Las damas de los coches, por su parte,
cruzaban entre sí saludos, señas y sonrisas, sin poder disimular un
involuntario azoramiento, semejante al del chico descarado que se
resuelve a hacer una travesura en las barbas mismas del maestro.

De repente, a la altura de la Casa de la Moneda, paráronse los
paseantes, agrupándose bajo los árboles, y los coches moderaron su
carrera, llamándose a derecha e izquierda para dejar una calle en
medio... Por ella se adelantaba al trote largo un magnífico landó de
Binder, caídas a uno y otro lado las capotas de _chagrín_ finísimo,
arrastrado por dos soberbios bayos oscuros, dos steppers de grande
alzada y poderoso trote que la mano férrea de Tom Sickles manejaba tan
fácilmente como movía el viento los ramos de lilas y claveles que lucían
los nobles brutos en las brillantes frontaleras. Tendida en los
almohadones de raso, con aire distinguidísimo, paseaba la condesa de
Albornoz su desvergüenza, dando la derecha a su amiga y pariente la
marquesa de Valdivieso; vestían entre las dos primas los colores
nacionales: traje amarillo con mantilla negra la de Albornoz; rojo con
mantilla blanca la de Valdivieso, y grandes peinetas de carey una y
otra, con ramos de claveles blancos y encarnados en la cabeza y en el
pecho. Arremolinábase la gente al verlas pasar, las damas las saludaban
con los pañuelos desde los coches, arrojándoles flores muchas de ellas,
y una turba de gomosos a caballo trotaban a uno y otro estribo del
coche, a guisa de caballerizos. De esta manera triunfal hizo Currita su
entrada en la Castellana.

Formaban ya allí los carruajes ordenada fila, y entonces pudo apreciar
el marqués de Butrón todo el numero y arrogancia de sus huestes
femeninas. Allí estaba él en un landó de colores oscuros, teniendo a su
derecha a la marquesa, respetable señora que llevaba uno de los nombres
más ilustres de España, y podía hacer gala de una de las reputaciones
más sin tacha de la corte. Más lejos iba Isabel Mazacán con Leopoldina
Pastor, en un milord preciosísimo; Pilar Balsano, la duquesa de Bara,
Carmen Tagle y otra infinidad de estrellas y constelaciones del gran
mundo, entre las que descollaba la señora de López Moreno con su hija
Lucy, vestida ella de azul con mantilla blanca y grandes rosas en la
cabeza, ocupando casi por completo una gran carretela con arreos a la
calesera, y cochero y lacayo con sombrero calañés, pantalón y chupa de
oscuro terciopelo. Todas ellas, mujeres problemáticas, y otras mil y mil
mujeres frívolas y superficiales en apariencia, pero honradas en el
fondo las más, sólidamente virtuosas y sensatas muchas de ellas,
saludaban al pasar a la ilustre bribona, inclinándose todas a su paso,
rindiéndole el homenaje de sus sonrisas y su envidia, haciéndose reas de
la perniciosa condescendencia con el vicio, llaga mortal de las grandes
sociedades, contribuyendo con su presencia y con su lujo, por necedad,
por debilidad o por malicia, al gran pecado del escándalo, al triunfo de
la más ruin bellaca que urdió jamás trapisondas en la corte.

No duró mucho, sin embargo, la apoteosis... Nadie ha podido explicar
nunca cómo sucedió aquello: unos dicen que vino del Hipódromo; otros,
que del barrio de Salamanca; algunos, que de un hotelito que, emboscado
en un jardín, existe en la Castellana. Es lo cierto que, de repente,
apareció en la fila de coches un gran landó a la Daumontl con cuatro
caballos blancos; venían dentro dos mujerzuelas de vida airada,
abigarradamente vestidas de encarnado, con pomposas mantillas y enormes
peinetas, poniendo en asquerosa caricatura a las damas de la
aristocracia. En el asiento de enfrente, un rufián con sombrero de copa
un poco ladeado y largas patillas postizas, parecía parodiar a cierto
prócer famoso que en aquel tiempo hacía gran papel en las filas
alfonsinas[8].

[Nota 8: Histórico todo.]

Aquello no fue un bofetón, fue una coz, una patada del excelentísimo
Martínez, que acababa de un golpe con las peinetas y mantillas, con más
facilidad que acabó Esquilache con los sombreros y las capas. Díjose
luego que, desde una ventana del hotelito escondido, había él
presenciado la escena, con las manos a la cabeza, sacudiendo la
cabezota, dejando oír su risita de cazurro, de paleto empingorotado.

--¡Ju, ju, ju, ju!...

Entonces hubo un momento de confusión grandísima, de alarma verdadera:
algunos hombres de a pie y de a caballo se lanzaron sobre el coche con
los bastones enarbolados, para hacerlo salir de la fila. Intervinieron
los guardias de orden público en favor de las mujerzuelas, y mientras
tanto, huyeron en un segundo los lujosos trenes, al galope, a la
desbandada, mordiéndose los hombres el bigote de despecho, escondiendo
las mujeres, llenas de vergüenza, los rostros azorados.

Sólo quedó Currita incorporada en su coche, abriendo mucho los claros
ojos, abofeteando a todas aquellas mujeres honradas, cuya culpa
consistía en admitirla a ella en su trato, con estas candorosísimas
palabras, dichas para tranquilizar a su prima:

--Pero mujer... ¿Qué ha sucedido?... ¿Por qué se van?... Que haya otras
dos más, ¿qué importa?...



--IX--


Los periódicos ministeriales de la tarde guardaban un estudiado silencio
sobre la visita de la policía al palacio de Villamelón, como si
obedeciesen todos a una misma consigna. Los diarios oposicionistas, por
el contrario, soltaban, ocupándose del suceso, todos los registros de
sus respectivas trompeterías, prorrumpiendo en gemidos o gritos de
horror, según les soplaba el viento, a la elegía o al ditirambo...

Ningunos gemidos, sin embargo, tan perfumados; ningunos gritos de horror
tan rítmicos, como los lanzados por la pluma del espiritual Pedro López
en el artículo _El primer paso_, que publicaba aquella tarde _La Flor de
Lis_. Indudable era que Pedro López había mascado raíz de lirio antes de
lanzar aquellos suspiros confitados, que había modulado sus gritos de
horror sobre aquellos trinos de Stagno:

    Voi parlate di patria
    E patria piu non è.

que había llorado sobre el rosado papel lágrimas de agua de Colonia; que
había, en fin, creído, al empuñar la pluma en sus manos lavadas con
_pâte agnel_, tremolar una bandera con un palo de sombrilla por asta y
un encaje de Bruselas por lienzo... ¡Oooh!... Cuando Pedro López posó
su turbada planta en el palacio de los marqueses, cuando vio profanadas
por groseros pies de sicarios de un poder bastardo y despótico aquellas
mullidas alfombras que tantas veces habían hollado en rítmicos
movimientos del baile las bellezas más valiosas de la corte, angustia
mortal oprimió su corazón, nube de sangre cegó sus ojos, y una palmada
de su propia mano vino a herir su frente sin que--¡pásmese el
lector!--notase Pedro López que sonaba a hueco... Sonóle a un ¡ay!
fatídico, a voz triste, lejana, misteriosa, crepuscular, que murmuraba a
lo lejos: ¡El primer paso!... ¡El primer paso dado hacia el noventa y
tres... el primer paso dado hacia el Terror!... ¡Oooh!... Allí había
visto Pedro López sumida en el más profundo desconsuelo, y vistiendo
elegante _saut du lit_, con falda _plissée_, de fular de seda y encajes
crema a la bella condesa de Albornoz, ideal como la Ofelia de
Shakespeare a orillas del lago, digna como la María Stuard de Schiller
en el castillo de Fotheringhay, sublime como la princesa Isabel, la
hermana de Luis XVI, que llamó la posteridad el _Ángel de la
guillotina_... ¡Aaaah! Allí había visto Pedro López y estrechado su mano
al hidalgo caballero, al pundonoroso marqués de Villamelón, postrado en
el lecho del dolor, cual león enfermo, derramando lágrimas de varonil
despecho por no poder desenvainar, en defensa de su noble hogar
allanado, la gloriosa espada de cien ilustres progenitores... ¡Oooh!...
Y en torno de aquellas dos nobles figuras realzadas aquel día por el
infortunio, elevadas por ruin despotismo de un gobierno sobre el
gloriosísimo pedestal de la picota de sus iras, Pedro López había visto
agruparse, más hermosas mientras más doloridas, y tan elegantes en su
sencillo negligé; de mañana como en sus soberbias _toilettes_ de otras
ocasiones, a las bellísimas duquesas de A., B. y C.; a las lindísimas
marquesas de D., E. y F.; a las encantadoras condesas de G., H. y L; a
las preciosas vizcondesas de J., K. y L.; a las monísimas baronesas de
M., N. y Ñ., y a las espirituales señoras y señoritas de O., P. y Q.
También el sexo feo estaba dignamente representado por el venerable
marqués de Butrón, espejo de caballeros, y por los duques, marqueses,
condes, vizcondes, barones y señores de tal o cual, y por otras muchas
personas notables que, en lo inmenso de su emoción, quizá dejaba Pedro
López involuntariamente de enumerar.. ¡Aaah! ¡El primer paso!... Todas
las frentes parecían inclinarse bajo el peso de un mismo pavoroso
pensamiento... Mas habló el ilustre marqués de Butrón, y al eco de su
mágica palabra irguiéronse las nobles cabezas y viéronse allí ilustres
vendeanos dispuestos a disputar palmo a palmo el terreno; garridas
Marfisas y Bradamantes, capaces de realizar con el brillo de sus ojos
las proezas de aquellas heroicas amazonas de las primeras cruzadas...

Aquí ponía Pedro López cuatro líneas de puntitos suspensivos, y añadía
luego:

«Nosotros oímos sus palabras, y un rayo de celeste esperanza se deslizó
en nuestro pecho».

Más puntitos suspensivos.

«El villano atentado del gobernador de Madrid ha sido el primer paso
dado hacia el Terror... Mas--¡renazca la esperanza!--ya

    ...El león de Castilla
    Sacude la melena!!!»

Y a renglón seguido:

«Excusado es decir que la esplendidez proverbial de los marqueses de
Villamelón proporcionó a la ilustre concurrencia un exquisito lunch
improvisado, en que llamaran la atención de todos los delicados sorbetes
de naranja, servidos en la misma cáscara de la fruta, que no obstante lo
impropio de la hora, hizo el calor del día deliciosos. Felicitamos a los
marqueses de Villamelón por haber introducido esta elegante novedad, que
no tardará en ser imitada en las mesas y salones de la corte».

Todas estas y otras majaderías por el estilo leía Currita con ávido
deleite, mirando con desdén, desde la altura de su triunfo, a Metternich
y a Pitt, a Cavour y a Bismarck. Parecía muy natural que la llamasen a
ella Ofelia, María Stuard y Ángel de la guillotina; reíase allá en sus
adentros de ver transformado a su marido en león enfermo y pundonoroso
caballero, y dejábalo correr todo junto, porque sabía muy bien que nadie
sube hoy al templo de la fama sin alas hechas de recortes de periódicos.
Vino entonces a colmar su satisfacción el director de cierta famosa
revista, que con grandes reverencias y aspavientos, y presentándole una
tarjeta en que el marqués de Butrón eficazmente le recomendaba,
manifestó su deseo de publicar en la revista el retrato de la heroica
condesa y algunos grabados de actualidad relativos al suceso que todo
Madrid discutía. Recibióle ella con esa amable condescendencia, propia
de las grandes señoras con cualquier pelafustán que las adula, y
concedióle su petición al punto, quedando convenido que la revista
publicaría el retrato de la condesa con el traje que había de lucir
aquella misma tarde en la manifestación de mantillas y peinetas de la
Castellana, y otros dos grabados conmemorativos, representando uno la
fachada del palacio en el acto de ser invadido por la policía, y otro el
momento en que salió Currita con varonil entereza al encuentro de los
invasores.

--Convendría entonces--dijo el periodista--tener algunas fotografías del
local, que sirvan de pauta al artista para marcar bien los detalles.

--Desde luego--replicó Currita muy complacida--. El señor marqués es muy
aficionado al arte, y tendrá gusto en proporcionárselas a usted él
mismo.

Y sin pérdida de tiempo envió un recado a Fernandito, suplicándole
viniese en el acto al salón en que se hallaban. Pronto trajo un lacayo
la respuesta: el señor marqués había pedido a las cuatro la berlina y
aún no había vuelto a su casa.

Fernandito corría, en efecto, en aquel momento, detrás de una duda
misteriosa que ansiaba resolver. Con grandísima zozobra había recibido
el B. L. M. del gobernador, y tranquilo ya, después de leerlo, púsose a
registrar cuidadosamente los papeles devueltos. Leyó la primera de las
veinticinco cartas sin comprenderla; en la segunda tropezóse con esta
frase, escrita de puño y letra del artillero: «En cuanto a tu marido,
bueno será que le suprimamos el _villa_ y le dejemos _melón_: está
probado que el pobre pertenece a la familia de las _cucurbitáceas_».

Fernandito no leyó más: con la boca y los ojos muy abiertos quedóse
largo tiempo suspenso, hasta que, levantándose de repente y entrando en
su cuarto de vestir, cogió un bastón con puño de plata, una delgada caña
de bambú nudosa y flexible que cortaba el aire con silbidos de culebra
al esgrimirla con gran furia Villamelón, dirigiéndose presuroso y
descompuesto a las habitaciones de la espiritual Currita, de la vaporosa
Ofelia, de la sentimental María Stuard, a quien amenazaba, sin duda, en
vez del poético lago o del dramático tajo, un trancazo soberano, una
paliza descomunal.

No quiso Dios, sin embargo, que acabase de manera tan prosaica criatura
tan ideal; a la mitad de una gran galería, adornada con plantas
exóticas, jaulas de pájaros y curiosidades de todos géneros, salió al
encuentro de Villamelón el gran perro de Kamschatka, meneando
cariñosamente la cola, y de repente, cual si resonasen en sus oídos
aquellos acentos de Otelo:

    ...a compir la vendetta
    il ciel me invita,

descargó en la cabeza del perro el trancazo descomunal que reservaba,
sin duda, para la poética Ofelia... Luego, como el borracho que,
engolosinado con la primera copa, no para ya hasta apurar la botella,
comenzó a menudear sobre los lomos del animal una granizada de golpes,
una lluvia de palos, como jamás se registró igual en los anales perrunos
de la helada península Kamschatka. Jadeante y sudoroso, volvió a su
cuarto, desnudóse apresuradamente y se metió en la cama.

    ¡Morro, ma vindicato
    Si, doppo lei morro!

Diez minutos después volvió a levantarse y pidió la berlina; fuese
derecho a Fornos, después al Casino, luego al Veloz, recibiendo por
todas partes enhorabuenas e interpelaciones acerca del suceso que todo
Madrid comentaba; hacía con grandes reserva y disimulo, al oído de
cuantos amigos prudentes se iba encontrando, cierta pregunta misteriosa.

Encogíanse algunos de hombros; otros se echaban a reír; contestábanle
todos que no, y Villamelón seguía adelante con su enigmático empeño.
Encontróse, al cabo, en un apartado gabinete del Veloz, a un viejo con
grandes patillas canas y una cabellera blanca y espesísima, más digna de
coronar la frente del rey Lear que aquel rostro encarnado y granujiento
en que había dejado impresa su huella todos los vicios. Contrastaba su
indisputable aire de gran señor con su traje abandonado y hasta sucio, y
dábale todo ello el aspecto de un anciano monarca disfrazado de tendero.
Hallábase sentado ante una gran botella de ginebra, que despachaba poco
a poco en una inmensa copa de cristal, echando de cuando en cuando
algunos terrones de azúcar. Llamábase Pedro de Vivar, era segundón de
una gran casa, vivía del juego el tiempo que no estaba borracho y
hacíanle famoso en Madrid su cinismo y sus cuentos chocarreros,
conociéndole todo el mundo por el nombre de Diógenes. Era de esas
personas que han llegado a tener _cosas_, y una vez en posesión de esta
ejecutoria, pueden ya cometer a mansalva toda clase de desmanes sin otro
temor que el de ver a las gentes encogerse de hombros murmurando:

--¡Cosas de Fulano!

Sabíalo él muy bien y aprovechábase de ello para decir a todo el mundo
las mayores desvergüenzas con el acierto que le inspiraba siempre su
claro entendimiento y su mucha práctica del mundo. Era un sinapismo
ambulante, que dejaba siempre al pasar algunas ampollas levantadas.

Acercósele, pues, el inocente Villamelón, preocupado por su idea, y
después de algunas palabras insignificantes que dieron tiempo a Diógenes
para vaciar por dos veces la copa, soltó al fin la pregunta misteriosa
mirando a todas partes con cuidado:

--¡Hombre, Diógenes!... Tú que conoces a todo el mundo, ¿podrías decirme
quién es la familia de Cucurbitáceas?

Miróle Diógenes un momento de hito en hito, pensando sin duda que más
presto se conoce la necedad o el talento de un hombre por sus preguntas
que por sus respuestas, y díjole al cabo:

--¡Ya lo creo!... Ven acá...

Y llevándole frente a un espejo, y cogiéndole con una mano por el
cogote, diole con la otra una gran palmada en la cabeza, añadiendo muy
serio:

--Aquí tienes a la madre...

Luego, gritóle desaforadamente al oído:

    No se envanezca de su ilustre raza
    Quien debió ser melón y es calabaza!!!...

Al otro día, los periódicos ministeriales de la mañana rompían al fin la
estudiada reserva que se habían impuesto, y uno de ellos, _La España con
Honra_, publicaba un pequeño suelto en que se veía la manaza de Martínez
levantando la punta del velo que encubría el suceso, con esa táctica
refinada de la malicia que, sin necesidad de nombrar, designa señalando
con el dedo.

«Ayer--decía el periódico--ha sido objeto de grandes comentarios en
todos los círculos la visita de la policía al palacio de los señores
marqueses de Villamelón, previo auto del juez y orden del gobernador,
según prescriben las leyes vigentes. Por un lamentable descuido del
jefe del orden público fueron comprendidos entre los papeles políticos
incautados en las habitaciones de la señora marquesa algunas cartas
importantes de índole puramente doméstica. El señor gobernador devolvió
al punto caballerosamente estos papeles al señor marqués de Villamelón,
comprendiendo que en asuntos conyugales sólo al marido toca hacer
reclamaciones. Creemos, sin embargo, que el lance no tendrá
consecuencias de ningún género, dada la prudencia proverbial de las
personas interesadas.»

Otro periódico ministerial, _El Puente de Alcolea_, completaba estas
noticias con el siguiente sueltecito, en que no asomaba ya la manaza,
sino la pataza del excelentísimo Martínez, descargando una coz digna de
la formidable pezuña del legítimo _buey Apis_:

«Es completamente inexacto que el registro llevado a cabo por la policía
en el palacio del señor marqués de Villamelón no produjese resultado
alguno. El señor gobernador no erró la pista: tan sólo equivocó la
pieza, y en vez de saltar la liebre saltó un venado».

Y más adelante añadía, describiendo el concurso de personajes ilustres
que habían acudido al palacio de Villamelón en aquellos momentos
críticos:

«Con gran asombro de todos, llegó también presuroso el señor marqués de
Butrón, trayendo blanca por completo su poblada barba, negra de
ordinario, como las alas del cuervo. No es creíble que el sentimiento y
el sobresalto del señor marqués fuesen tan grandes que le hicieran
encanecer la barba de repente: creemos más bien que habría olvidado
aquella mañana los secretos de alquimia de su tocador, sin duda por no
tener presente la siguiente anécdota que le recomendamos:

Cuentan de Carlos V que, visitando una vez cierto convento de Alemania,
vio un monje que tenía la barba negra y el pelo blanco por completo.
Preguntóle la causa de tan extraño fenómeno, y el monje contestó:

--Señor... He trabajado más con la cabeza que con los dientes.

Presentóse algunos meses después al César un embajador polaco que tenía
el cabello negro y la barba blanca. Recordó entonces Carlos la respuesta
del fraile y dijo a sus cortesanos:

--He aquí un embajador que ha trabajado más con los dientes que con la
cabeza.

Sea, pues, más cauto en lo sucesivo el ilustre diplomático, si no quiere
que se haga sobre su persona la reflexión que sobre el embajador polaco
hacía Carlos V».

Villamelón y Currita leyeron cada uno por su parte todas estas noticias
y guardáronse muy bien de comunicarse mutuamente sus impresiones,
pareciéndole a ella más prudente hacerse la sueca y a él más fácil
hacerse el desentendido. El marqués, por su parte, había ya desahogado
su corazón en el perro amarillento de Kamschatka, y Currita se apresuró
a desahogarlo también en la fina amistad de Juanito Velarde, que acudió
muy alarmado a pedir categóricas explicaciones del hecho. La sola fecha
de las cartas bastó para tranquilizarle por completo, y este fiel amigo
tomó entonces a su cargo acortar las distancias y echar a la mar
pelillos, repitiendo al oído de uno y otro cónyuge la frase del pato de
la fábula:

Paz, caballeros, paz.

Firmáronse, pues, estas sin grandes repugnancias, y aquella noche
comieron los tres juntos en familia, para ir luego a casa del marqués de
Butrón, donde Currita quería presentar a su amigo y protegido Juanito
Velarde.

Mientras tanto, las gacetillas de _La España con Honra_ y _El Puente de
Alcolea_ corrían por todo Madrid, entre las rechiflas, burlas y
sarcasmos de tirios y troyanos, capuletos y montescos. ¡Cosa singular!
Los que con más ahínco clavaban el diente y más satisfechos corrían de
un lado a otro comentando la noticia, eran los ellos y las ellas que la
tarde antes honraban a Currita en la Castellana como a una reina y se
aprestaban a honrarla del mismo modo aquella noche en el baile del
marqués de Butrón; que no parece sino que en ciertas sociedades quita la
envidia con una mano lo que la adulación da con la otra, sin comprender
que mientras más al desnudo deja la deformidad del ídolo que adora, más
indecoroso y repugnante aparece el culto que le tributa.

A las once, el calor y la afluencia de gente hacían ya insoportable la
estancia e imposible el tránsito por los salones del marqués de Butrón:
hallábanse abiertas de par en par cuantas puertas y ventanas había en la
casa, y más que concurso de gentes, parecía aquello un confuso revoltijo
de joyas, plumas, flores, telas vistosísimas y mujeres medio desnudas,
entre las que se destacaban las manchas oscuras de los hombres,
revolviéndose entre ellas sofocados y sudorosos, como un enjambre de
gusanos negros que hubiera fermentado aquella compacta masa de mundo,
demonio y carne... En el gabinete más próximo al vestíbulo, el marqués y
la marquesa de Butrón recibían a sus convidados, viendo desfilar con la
misma amable sonrisa grandes nombres y grandes vergüenzas, inocencias
completas y malicias refinadas, honras sin tacha y reputaciones
escandalosas, barajadas y confundidas en aquella casa, sin disputa
alguna noble y honrada, por la impúdica y funesta tolerancia de las
grandes sociedades modernas.

A las doce menos cuarto llegó la condesa de Albornoz, imponiendo a todo
el mundo su desvergüenza y su cinismo, haciendo fango en el mismo cieno,
según la enérgica expresión de un historiador antiguo. Venía apoyada en
el brazo de Juanito Velarde y caminaba a retaguardia su marido. El
marqués y la marquesa de Butrón salieron a su encuentro, y mientras
Fernandito les presentaba al adorado amigo, decía Currita con su
encantadora vocecita de niña tímida:

--¡Es un pícaro, Butrón, un pícaro!... No diré yo que sea un converso,
pero es un catecúmeno que por primera vez se pone hoy nuestra enseña.

Y con su abanico de plumas señalaba la fiel partidaria de los Borbones
el lacito azul y blanco que, una vez desechada la Secretaría particular
de don Amadeo, aparecía también en el frac de Juanito Velarde. Butrón
estrechó la mano de este, murmurando algunas frases corteses, y metiendo
Currita la cabeza entre ambos con el descoco más infantil del mundo,
dijo muy bajito, saltando casi de alegría, con la pueril vanagloria de
la niña que pescara en una fuente un pececillo encamado:

--¡Conquista mía, Butrón, conquista mía!... Ya ve usted si me debe el
partido...

Mientras tanto, la llegada de Currita había producido un murmullo
general y unísono en que se hermanaba la obscena chocarrería que con un
guiño truhanesco cambiaron entre sí los lacayos del vestíbulo, con las
pulcras y aceradas observaciones que se comunicaban al oído las damas
más relamidas que llenaban los salones. Nadie, sin embargo, dejó de
apretarse y estrujarse por estrechar la mano de la heroína del día y
alcanzar, aunque sólo fuera desde lejos, alguna de las sonrisas de sus
labios que a diestro y siniestro iba prodigando.

Bailóse entonces, en honra suya, una especie de rigodón de honor, en que
tomaron parte las damas más ilustres y los caballeros más empingorotados
que se hallaban presentes. Butrón bailó con Currita, la marquesa con
Fernandito, Juanito Velarde, como presentado de la heroína, con la
duquesa de Astorga, una de las mujeres más sensatas y honradas que
figuraban en la corte.

Creció la marejada al compás de aquel rigodón, comenzando a sublevarse
los pudores de todas las que se creían con derecho a tomar parte en
aquella honorífica cuadrilla.

El calor arreciaba con la mayor afluencia de gente, y muchas señoras se
habían refugiado en un salón bajo que se prolongaba en un pequeño jardín
también atestado de gente y vistosamente iluminado con farolillos a la
veneciana. Varios lacayos con pelucas empolvadas y gran librea verde y
amarilla, colores de la casa, cruzaban por todas partes, ofreciendo a la
concurrencia, en grandes bandejas de plata, _sorbetes a la Albornoz_.
Eran los famosos helados de naranja, servidos en la mitad de la cáscara
de la fruta, artísticamente vaciada al efecto. Currita, impulsada por el
repostero de Butrón, llegaba a las columnas de Hércules de la celebridad
femenina.

--¡Magnífico!--exclamó tomando uno la duquesa de Bara--. El pensamiento
es oportuno... Curra simbolizada por un sorbete... No se puede dar
imagen más completa de su frescura. ¿No es verdad, Diógenes?...

Diógenes acudió, arrastrando los pies, y se dejó caer en una silla.

--Estoy malo--dijo.

--¿Qué tienes, hombre?...

--¿Qué ha de tener?--dijo Carmen Tagle--. Lo que tienen las cepas:
oidium...

Diógenes soltó una atrocidad, acompañada de la interjección favorita que
solía emplear entre señoras, sustituyendo a otras más enérgicas:
¡Polaina!... Había merendado aquella tarde en San Antonio una ensalada
de pepinos y se le habían indigestado algún tanto. Riéronse mucho las
damas, entonando el consabido estribillo:--¡Qué cosas tiene!--y Carmen
Tagle, para desagraviarle, le ofreció un sorbete diciendo:

--Vamos, hombre... Tómate _un Curra Albornoz_ y te curas... No es más
indigesta la ensalada de pepinos que el suelto de _El Puente de
Alcolea_, y ahí la tienes a ella bailando tan fresca.

--¡Sí, es mucha Curra esa!--dijo lastimeramente una señora vieja,
avellanada, pringosa, que asomaba entre rasos y blondas, como en su
papelillo calado un dulce de almíbar.

--Yo nunca creí que tuviera valor para presentarse aquí esta
noche--observó otra.

--¡Bah!... A eso y mucho más llega su desvergüenza.

--¿Su desvergüenza?--preguntó Diógenes--. ¿Y por qué?

--¿Por qué?... Capaz serás tú de defenderla.

--¡Pues ya lo creo que la defiendo!... ¡Su desvergüenza!... La
desvergüenza de ustedes justifica la suya... Si vosotras la tenéis para
recibirla, ¿por qué no la ha de tener ella para presentarse?...

--¡Vaya!--exclamó escandalizada la marquesa de Lebrija, presidenta
general de tres asociaciones piadosas--. Yo quisiera que me dijera usted
qué se hace entonces en Madrid con esa clase de personas...

Miróla Diógenes de hito en hito, y con la procaz desvergüenza de su
lenguaje de taberna, con la inexorable lógica de su profundo buen
sentido, contestó al cabo:

--¡Cerrarles a piedra y lodo la puerta, o no quejarse, señora mía!...
¡Polaina!... Si levanta usted la tapa del común, ¿con qué cara viene a
quejarse luego de que apeste?...



--X--


Se ha dicho que la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la
virtud, y es igualmente cierto que la falsa idea del honor es un
acatamiento que los bribones hacen a los hombres de bien, esclavos del
honor verdadero. Este es un hijo humano de la moral divina del
Evangelio; aquel, una teoría convencional dictada por la moral
acomodaticia de los pícaros y los necios; aquel defiende, cual una
coraza de brillante acero, la pureza del alma y la rectitud de la
conciencia, y este pretende defender con la celada de Bayardo al gran
polichinela social, revestido de todas las miserias y todas las
ridiculeces humanas.

De aquí que el honor, según estos, nunca pueda perderse, y se ofenda con
razón el embustero porque le digan que miente, y el ratero pida una
satisfacción al que le acusa de robo, y el presidiario que arrastra una
cadena pueda llevar al campo del honor al juez que se la ha impuesto. De
aquí también que la sangre que mancha la conciencia lave el honor hasta
dejarlo limpio, y sean llamados a resolver casos de honra hombres que
jamás conocieron la vergüenza: Eacos, Minos y Radamante, vacíos de
mollera o cargados de picardías, que sólo por deficiencias del Código no
llevan otra cadena que la que les sujeta el reloj en el chaleco. De aquí
también que la condesa de Albornoz tuviera así mismo su cachuco de
honor, y se lo hubiera herido profundamente el suelto de _La España con
Honra_.

Hay personas que padecen una especie de estrabismo moral que les hace
ver lo flaco donde está lo gordo, y lo gordo donde sólo lo flaco existe.
Villamelón no vio otra cosa que le llegara al alma, en el registro de la
policía, sino el que le hubiesen roto dos cristales de la mampara, y dio
orden de que jamás se compusiesen, recordando que Wellington nunca
reemplazó los de su casa, rotos por el pueblo de Londres, un día que
este se olvidó de Waterloo; todo lo demás echábalo él en el montón de
las bagatelas enojosas, indignas de ocupar la atención de un hombre
serio, de las _pequeñeces_ de una sociedad corrompida y etiquetera, que
rotulaba con la manoseada frase de _cuestiones bizantinas_.

Currita, por su parte, tampoco halló otro motivo de ofensa en lo que
acerca de su persona publicaban los periódicos, que aquella coletita de
_La España con Honra_: «Creemos, sin embargo, que el lance no tendría
consecuencias, dada la prudencia proverbial de las personas
interesadas».

Tenía Currita puesta la celada de Bayardo sobre su fama de mujer a la
moda, y esto iba a pegarle en la cimera, a herir directamente su honor,
significando, como significa en sustancia, que era ella una Jimena sin
ningún Cid que la defendiese; atroz insulto, ofensa imperdonable hecha a
una dama que sobrepujaba en celebridad a cuantos toreros, cantantes,
saltimbanquis, pulgas industriosas y monos sabios habían hasta entonces
alcanzado fama en la corte.

--¡Lo veremos!--dijo la fiera Albornoz, y nombró al punto paladín de su
causa a su buen amigo Juanito Velarde.

Larga entrevista celebraron ambos a solas hasta bien entrada la noche, y
al despedirle Currita en la puerta del _boudoir_ díjole con suaves
mimitos:

--Conque quedamos en que yo encargaré el almuerzo en Fornos... y habrá
_écrevisses à la Bordelaise_...

Velarde hizo una mueca que parecía una sonrisa, y siguió adelante:
detúvose en la puerta del salón y volvió la cabeza. Hízole entonces ella
otra cariñosa señal de despedida, y él salió al fin lentamente,
preocupado, como si le arrancasen de allí a la fuerza.

La noche estaba hermosísima, y Velarde siguió a pie por las extraviadas
calles que llevaban al palacio de Villamelón, tropezando a cada paso con
los humildes vecinos de las buhardillas y sotabancos, que tomaban el
fresco sentados en las aceras. Presto llegó a la Plaza de Oriente, dio
dos vueltas en torno del jardín circular y sentóse al cabo en un banco,
frente al palacio.

Por la puerta del príncipe salía un chorro de luz vivísima, que cortaba
con un gran rectángulo las negras sombras del adoquinado; a su reflejo
distinguíanse los centinelas, armas al brazo, a la puerta de sus
garitas; gentes de medio pelo, soldados y criados de servicio, por ser
aquel día domingo, poblaban los jardines, ya sentados, ya paseando;
algunos grupos de chiquillos trasnochadores corrían de acá para allá con
gran algazara, riéndose porque se caían, riéndose porque se levantaban,
riendo siempre con esa alegría de la infancia, espontánea y
comunicativa, que recuerda la alegría de los pájaros cuando saludan al
alba. Una rueda de niñas gritaba al lado mismo de Velarde, cantando
acompasadamente:

    Luna, lunera,
    Cascabelera,
    Dame dos cuartos
    Para pajuela...

Él, extraño a todo, con ambos codos apoyados en los muslos, dibujaba
caprichosas figuras en la arena, con su elegante _roten_ con puño de
malaquita... Al amanecer del día siguiente debía de batirse con el
director de _La España con Honra_; así se lo había exigido Currita,
ávida siempre de ruido, confundiendo la voz de la celebridad con los
gritos del escándalo, creyendo que aquel desafío había de colocar la
única perla que faltaba a la corona merecida de su última escaramuza. En
vano le hizo presente Velarde el ridículo inmenso que atraería aquel
duelo sobre Villamelón, sobre ella, sobre él mismo; había ya Currita
tirado su programa, y su espíritu inquieto, arrastrado siempre por mil
objetos que le atraían sin satisfacerle, habíase fijado en aquel duelo
que ansiaba ver realizado con esa fuerza expansiva del vapor comprimido
que caracteriza los deseos en las almas de temple enérgico.

¿Acaso tenía ella la culpa de que Villamelón fuese un Juan Lanas?...
¿Iba a dejar ella que un periodistilla cualquiera se riese de su
aislamiento?... ¿Sería capaz de abandonarla en aquel trance, él, su
único amigo, el hombre en que había puesto su amistad y su confianza?...
Y, por otra parte, la suerte de ambos estaba ligada y érales necesario,
desde luego, hablar gordo a aquella gentuza: a ella, para que
entendiesen de una vez para siempre que sabía hacerse respetar; a él,
porque era muy joven, comenzaba su carrera en el mundo, y ningún paso
más acertado, ningún exordio más oportuno que poner el pie en esta senda
erizada de peligros, descalabrando a un periodista; que no en balde se
ha dicho:

    En aquesta salvaje y fiera liza,
    Lleva más razón quien más atiza.

Además, ella no pedía ninguna catástrofe, ningún duelo a muerte;
contentábase con un poco de ruido, un duelo de mojiganga como tantos
otros: cruzar un par de tiros e irse después a almorzar en Fornos...
Ella se encargaba del almuerzo y haría poner, desde luego, _écrevisses à
la Bordelaise_, que era, en sus días de broma, el plato favorito del
buen Juanito Velarde. ¿Acaso podía darse atención mas exquisita? ¿Por
ventura había en todo aquello algo de particular?...

--¡Nada, absolutamente nada!--pensaba el paladín trazando monigotes en
la arena; pero ante la perspectiva del duelo, ante la idea de cruzar un
par de tiros, parecíale oír ya el estampido de las armas de fuego; y a
este eco siniestro surgía en su mente el fantasma del crimen, primero;
el de la muerte, después; el del infierno, por último, donde no hay
reposo ni paz, ni descanso, ni esperanza, sino eterno llanto, eterno
crujir de dientes, eterna rabia. Velarde quiso reírse de esta idea que
había oído llamar tantas veces espantajo de niños y de viejas; mas la
risa volteriana no encajaba entonces en sus labios, y se reía, sí, se
reía, pero sintiendo al mismo tiempo en la raíz del pelo cierta especie
de molesto escalofrío. Porque aquel hombre no era un malvado: era un
pobre muchacho lleno de ilusiones a quien la vida del gran mundo se le
subía a la cabeza, como se sube un vino de mucho cuerpo en un estómago
acostumbrado sólo al agua. Al llegar de su provincia, trayendo por todo
patrimonio algo semejante a lo que el antiguo fuero de Vizcaya asignaba
a los segundones de casas nobles, un árbol, una teja y una armadura,
encontróse de repente en medio de aquel brillante mundo, cuyas puertas
le franqueaba su ilustre nombre, y parecióle entonces, como a Galo en
Roma, que detrás de aquella asamblea de dioses nada había ya. Quiso
entonces tomar en ella asiento por derecho propio, y la casualidad y su
bonita figura le depararon a Currita, Angélica a la sazón vacante, a
quien plugo darle en su casa el destino de Medoro. Diole esto gran
importancia a Velarde, y agarrado a las faldas de Currita y a los
faldones de Villamelón, fuese introduciendo en todos los salones de la
corte, mientras se preparaba a entrar con algún brillante destino en
aquel Palacio real que tenía delante, prefiriendo su vanidad y su
haraganería la vida aparatosa del palaciego a la vida activa del
político. Así se lo prometía Currita a todas horas, y así se lo había
prometido la noche antes el marqués de Butrón, el astuto viejo que
barría para dentro en los tiempos de desgracia, mientras no llegaba la
hora de barrer para fuera, que sería seguramente la hora del triunfo.

Velarde dejó de mirar a la tierra para mirar al Palacio que tenía
delante, morada del monarca cuyo secretario particular había estado a
punto de ser... ¡Qué fastidio tener que esperar de nuevo tanto
tiempo!... Porque preciso era que se fuese _aquel_ y que viniese después
el otro, y mientras tanto, ¿quién sabe?... ¡Quizá alguno de aquellos
tiritos que iban a cruzarse vendría a hacer trizas el cántaro de la
lechera que Currita y Butrón le ayudaban a fabricar!...

De repente vino a interrumpir sus reflexiones un vozarrón juvenil que
resonaba a su lado, modulando entre sus discordantes notas todas las
delicadezas del cariño y la ternura.

--Pero ajonde usted, madre--decía--. ¡Si es que no coge usted náa!...

Velarde volvió la cabeza y vio un aguaducho a su espalda: sentados a una
mesilla de hierro había un muchachote que parecía un obrero y una vieja
que era sin duda su madre. Un vaso de horchata helada de chufas estaba
en medio, y ambos metían dentro la cuchara, tragándose él con delicia
cuanto salía, mirándole ella con plácida sonrisa y mojando apenas su
cuchara, como si le dejase a él saborear a sus anchas la golosina y le
bastase a ella saborear la dicha inmensa de ser aquel un obsequio del
hijo de su alma.

Velarde comprendió al punto todo lo que aquello significaba, el valor
inmenso de aquella dicha comprada por ocho cuartos, y una oleada de
afectos y sentimientos dormidos se levantó entonces de su corazón,
poniéndole de repente delante todo el pasado, con la amargura del bien
por nuestra culpa perdido, con la poesía que reviste en la mente de la
juventud todo recuerdo, con ese vago hormigueo de sombras queridas que
despiertan en la imaginación toda época lejana... En medio estaba su
madre, cuyo primogénito era, y en torno sus hermanos pequeñitos,
llorando todos, como los había dejado él tres años antes al darles el
último abrazo. Ella le había estrechado entonces contra su corazón con
delirio, con fuerza increíble, como si quisiese incrustarle a él en el
pecho todo lo que le amaba o quisiera incrustarse en el suyo propio
aquella imagen tan querida; su frente ya arrugada descansaba en su
hombro, y sus labios temblorosos le dijeron al oído:

--¡Juan, hijo mío!... ¡Que seas buen cristiano y reces a la Virgen de
Regla!... ¡Que te acuerdes de tu padre, que murió como un santo!... ¡Te
lo digo, hijo, te lo digo; lo sé, lo sé, que no puede morir bien quien
no vive como cristiano!...

Y luego, más tarde, allá por la madrugada, cuando preocupado él con su
viaje cerraba las maletas en su cuarto, oyó en el silencio de la noche
moverse la llave en la cerradura: salió al punto y encontró a su madre a
medio vestir, descalza, que venía cautelosamente de puntillas a mirar
por el ojo de la llave.

--¿Qué es eso, mamá?... ¿Tiene usted algo?

--No, hijo, nada; no tengo nada... ¡Es que quería verte otra vez, hijo
del alma!... ¡Es que te vas mañana!...

Y volvió a decirle al oído, llorando, con la energía de la fe que ofrece
un remedio seguro, con la angustia del amor que se agarra a una
esperanza:

--¡Que reces a la Virgen de Regla, Juan!... ¡Que seas siempre buen
cristiano, hijo del alma!

Velarde sintió vergüenza de sí mismo, y la ola misteriosa subió, subió
del corazón a los ojos, hasta hacerle llorar, con la cabeza entre las
manos, llorar a lágrima viva, llorar también sollozando, con más
debilidad que una mujer, con más pavor que un niño... ¡Su madre sí que
le adoraba!... ¡No le aconsejaría ella cruzar un par de tiros,
ofendiendo a Dios; ponerse delante de una bala con riesgo de perder la
vida, con riesgo de perder el alma! ¡Y se habían pasado ya tres años sin
verla!... ¡Y estaba tan lejos la santa viejecita! ¡Y acababa él, ingrato
y perverso, de dejar pasar cerca de dos meses sin escribir una letra a
la pobre anciana!...

Velarde sintió la necesidad de escribirle al punto, de vaciar en un
papel aquel cariño, aquella angustia, aquellas lágrimas que le
asfixiaban, y a grandes pasos tomó el camino de su casa, repasando lo
que había de decirle, hilvanando una carta llena de cariño, de
protestas, de esperanzas halagüeñas, de todo lo que a ella más le
gustara... ¡Celebraba ella tanto sus gracias! ¡Cuánto se había reído
veinte años atrás, cuando explicándole un día el catecismo, se espantaba
él de que fueran sólo tres los enemigos del alma!

--¿Náa más?--decía muy asombrado, y la madre se reía, se reía... ¡Dios
mío! ¡De qué manera tan distinta se reía él veinte años después, en
medio de sus lágrimas!... ¡Ay! ¡Entonces tenía él seis años, y preciso
fue que pasaran otros veinte para hacerle comprender que eran sólo tres
en efecto, y que con ellos solos bastaba y sobraba!...

A la mitad de la calle del Arenal comenzó a seguirle un muchacho,
empeñado en venderle un décimo de la lotería.

--¡Mañana se juega!--gritaba.

Velarde lo rechazó por dos veces impaciente, dándole la última vez un
palo; mas variando de pronto de opinión, volvió atrás y le compró, no
sólo el décimo, sino el billete entero. ¡Si aquel billete saliese
premiado, cuántas cosas había de hacer entonces!... Y pensando en ello y
haciendo combinaciones, llegó Velarde al final de la calle del Príncipe,
donde estaba situada su casa: pidió luz y se encerró en su cuarto. En un
cajón de su escritorio estaba en un cuadrito la estampa de la Virgen de
Regla que el día de su marcha le había regalado su madre; púsola en pie,
delante de sí, apoyada en el tintero, y comenzó a escribir, a escribir,
y se llevó dos horas escribiendo... Estaba contentísimo; sus negocios
marchaban muy bien, y la Restauración era cosa segura. La condesa de
Albornoz...

¡Oh, no, no, no!... ¡Imposible que figurara aquel nombre en aquella
carta!...

Borrólo, pues, con apretadas y menudas tachaduras, para que no pudiera
entenderse, y puso en su lugar el marqués de Butrón... El marqués de
Butrón le había asegurado que no tardaría un año, y prometido para
entonces un porvenir brillantísimo. Esta sería la ocasión de pensar en
el de los niños: Enrique y Pedro podrían venirse con él a Madrid, y
Luisito, el chiquitín, su niño querido, su ojito derecho, podría
quedarse allí hasta que se graduara de bachiller... Pero de esto ya
hablarían despacio, porque pensaba... ¡Ah!, pensaba... ¿No lo había ella
adivinado?... ¿El corazón no se lo había dicho? Pues pensaba ir a pasar
con ellos todo el mes de agosto y quedarse allí hasta el 8 de
septiembre, para hacer con toda la familia la novena de la Virgen de
Regla... Luego venían las preguntas sin fin, después los encargos sin
cuento, y, a lo último, el trueno gordo, lo que había de hacer estallar
de gozo y de consuelo el corazón de su pobre viejecita... El día 3 de
julio, aniversario de la muerte de su padre, iría a confesar y comulgar,
para solemnizar en lo posible aquella tristísima fecha.

Y conforme lo iba escribiendo, así lo iba pensando el desdichado,
pidiéndole al mismo tiempo a la Virgen de Regla que le sacara en bien de
aquel par de tiritos que a la mañana siguiente habían de cruzarse...
Porque, claro está, que en aquello estaba ya su honor interesado: era
negocio resuelto, pecado cometido de que le era ya imposible excusarse.

Echó entonces él mismo la carta en el correo, y a las dos se acostó sin
desnudarse del todo, para descansar hasta el alba. El cansancio de la
noche precedente, pasada en el baile del marqués de Butrón, le rindió
bien pronto y durmióse al fin pensando en su madre, que le llevaba de la
mano, como cuando era niño, al santuario de la Virgen de Regla,
encaramado sobre un peñasco, dominando el mar que se confunde en el
horizonte con el cielo, como si fuese imposible presentar dos imágenes
distintas del infinito, y vuelve después, soberbio siempre y constante,
a estrellarse contra las rocas de la costa, mugiendo como una
desesperación eterna e impotente...

A las cuatro despertó Velarde despavorido, porque su criado le sacudía
bruscamente por un brazo: habían llegado dos señores en un coche, y se
espantaban y no podían creer que estuviese dormido todavía. Vistióse
apresuradamente, bajó azorado, aturdido, y entró con ellos en el coche;
y este comenzó a rodar, sin que él se diese cuenta de lo que hablaban,
ni de lo que le decían, ni del camino que tomaban, ni pudiera definir
otra cosa en su mente que un cartel de toros pegado en la esquina de la
casa de Alcañices y un guardia que, al pasar ellos, abría la verja del
Retiro, con grandes patillas blancas, iguales a las de Diógenes. ¿Por
qué tendría aquel hombre patillas y no bigote?... Esto le preocupó un
momento, y volvió a acordarse de ello cuando, una hora después, se
detenía el coche a la entrada de una inmensa alameda formada por árboles
frondosísimos, en que miles y miles de pájaros cantaban en todos los
tonos las maravillas de Dios... Había allí un hombrecillo con patillas
ralas y gafas de oro, tan pálido como él, tan azorado y tembloroso, con
otros dos señores muy serios. Parecióle a Velarde que hablaban entre sí,
y medían el terreno, y le daban a él una pistola y otra al hombrecillo,
y los ponían a los dos frente a frente. Sonó luego una palmada, después
un tiro... Velarde dio un salto atroz y un alarido horrible, y árboles,
montes, tierra y firmamento giraron bruscamente derrumbándose sobre él
para aplastarle: cególe después una nube de sangre, luego otra negra, y
después nada... nada más vio en la tierra...

Sólo vería en lo alto a Jesucristo, vivo y terrible, que se adelantaba a
juzgarle, y detrás la eternidad, oscura, inmensa, implacable.



--XI--


La noticia de la muerte de Velarde llegó a Madrid al punto, y la condesa
de Mazacán fue la primera que se presentó en casa de la Albornoz con la
intención dañadísima de darle la triste nueva. Inmutóse Currita
atrozmente, y por un momento pareció que el mundo entero se le venía
encima.

--En Madrid ha hecho esto una impresión horrible--dijo la Mazacán
apretando el torniquete--; todo el mundo habla de su pobre madre: era él
su único amparo...

Currita comprendió el terrible reproche que esta intencionada
observación encerraba, y sin tiempo para reflexionar, y convirtiendo en
ira contra los demás el propio remordimiento, achaque común de todos
los mezquinos, olvidóse de su suavidad y mansedumbre, y se revolvió
furiosa, como una gata arisca a que pisan el rabo; en la impetuosidad de
su ira, cometió la imprudencia de disculparse:

--¿Y qué tengo yo que ver con eso?--gritó--. ¿Acaso le he dicho yo que
se bata? ¿Quién le mandó meterse en camisa de once varas?... También el
papel de don Quijote tiene sus quiebras, hija mía...

--Y las suyas el de Dulcinea del Toboso, querida--replicó la Mazacán
comenzando a sulfurarse.

--¡Ya lo creo que las tiene!... Sobre todo cuando se atraviesa lo que yo
me sé...

--¿Y qué es ello?...

--La envidia, hija, la envidia.

--¿La envidia?... ¿De quién?...

--Tuya, por ejemplo.

La Mazacán saltó a su vez hecha una hiena, porque el tiro fue a dar en
el blanco.

--¿Mía?...--gritó--¿Yo... envidia... de ti? ¿De la Villamelón? ¿De la
Vi... lla... me... lo... na?

Y se reía con una carcajada en que iban envueltos todos los rencorcillos
mujeriles de tiempos atrás almacenados, mientras acentuaba las sílabas
de aquel Vi... lla... me... lo... na, que era, por una extraña manía, el
mayor insulto que podía hacérsele a Currita.

Entonces comenzó entre la espiritual Ofelia y la Diana cazadora una
contienda digna de tener a Pedro López por cronista. Peleáronse como dos
rabaneras, lanzáronse a la cara verdades y calumnias, puñados de fango
amasado con agua de Colonia, con el desparpajo y el encono de dos
Marfisas o Bradamantes de cabo de barrio, dispuestas a agarrarse por el
moño y rodar por la mullida alfombra, lo mismo que ruedan las otras por
en medio del arroyo. La Mazacán había roto los guantes apretando los
puños y daba gritos con su hermosa voz de soprano. La otra, tiesa en su
asiento, erguida la cabecita como la de una víbora que se defiende,
escupía sus desvergüenzas sin moverse, sin mirar a ninguna parte, como
una figurilla de ira petrificada.

En mitad de la contienda aludió Isabel Mazacán a las cartas del
artillero, y este recuerdo trajo otro a la memoria de Currita, que
pareció causarle grande sobresalto. Marchóse atropelladamente dejando a
su rival con el insulto en la boca y corrió en busca de Kate, su
doncella. Juanito Velarde debía de tener una porción de cartas suyas y
era preciso recogerlas sin pérdida de tiempo antes de que fuesen a parar
a otras manos y resultase algún compromiso como el de marras. Kate subió
apresuradamente a un coche, y una hora después entregaba todas las
cartas a su señora: entre ellas venía por equivocación el billete de la
lotería que la noche anterior compró Juanito Velarde al retirarse a su
casa. ¡Extraña burla de la suerte! Aquel billete estaba premiado con
15.000 duros, que, después de tirar muy despacio sus planes, se apresuró
a cobrar la condesa de Albornoz secretamente.

Madrid entero comenzó a desfilar otra vez por casa de Currita, dándole
el pésame por aquella desgracia, con uno de esos cinismos de que ofrece
la corte frecuentes ejemplos... Ella estaba pasada de pena; había
sentido en el alma la muerte de aquel pobre muchacho, tan simpático, tan
cariñoso, apegado como un perro a Fernandito y a ella... El golpe había
sido atroz, y se encontraba mala de resultas; porque ella no sabía nada,
nada... ¡Claro está! Habíase guardado muy bien el pobrecillo de decirles
una palabra a Fernandito y a ella, comprendiendo que, por delicadeza le
impedirían, desde luego, semejante disparate... Porque, después de todo,
había sido aquella una impertinencia de bonísima intención; una de esas
pruebas de amistad que se prestan a interpretaciones a pesar de su
heroísmo, y llegan hasta a ofender el decoro... y por otra parte, traía
aquello una cola larga, larga, que les era muy gravosa...

Aquí bajaba Currita la voz, y añadía en el mayor secreto al oído de los
charlatanes y charlatanas de profesión que más fama de ello gozaban en
la corte:

--Figúrese usted que esa pobre gente no tiene fortuna y la madre queda
en la miseria... Yo no la conozco; pero claro está que es cuestión de
delicadeza... Por eso Fernandito y yo hemos tenido que hacer un
sacrificio, y ya están depositados en el Banco de España 15.000 duros
para que esa infeliz cobre la renta...

Y así era, en efecto: Currita había depositado en el Banco de España los
15.000 duros ganados a la lotería por Velarde, y escrito luego una carta
a la madre de este, dándole el pésame por la _heroica muerte_ de su hijo
y lamentándose de aquel duelo a que su excesiva caballerosidad le había
arrastrado. Añadíale después, con un rodeo no exento de habilidad ni de
ficticia delicadeza, que siéndoles conocidas las circunstancias de su
posición a su marido y a ella, querían ambos demostrar la amistad íntima
que con el simpático Juanito les unía, ofreciéndole a ella una renta y
un capital que quedaban depositados en el Banco de España y cuyos
resguardos le enviaba adjuntos.

Y una vez terminada esta carta, Currita se encogió de hombros y se quedó
tan fresca.

Mientras tanto, nadie se cuidaba de preparar a aquella pobre madre para
el golpe atroz que la amagaba; y feliz ella con la carta de Juanito,
disponíase, con la exagerada previsión del cariño que se complace en
forjar necesidades que no existen, por el solo gusto de ponerles
remedio, a preparar las habitaciones de aquel hijo querido que, no
obstante su ingratitud y sus defectos, se le presentaba entonces como el
modelo más acabado de amor de hijos. Nada hay tan dispuesto a perdonar
como el corazón de una madre, ni nada tampoco como la ausencia para
borrar de la memoria los defectos de las personas queridas, y poner sólo
delante sus buenas prendas y los momentos de dicha debidos a su cariño.

Entró, pues, en aquellas habitaciones cerradas tres años hacía,
santuario de su amor de madre que ella sola visitaba, y comenzó a
disponer lo que había de retirarse, lo que había de sustituirse y lo que
se había de añadir, para que nada faltara al huésped y encontrase allí
satisfechas las nuevas necesidades que hubiese adquirido en la corte.
Anunciáronle, entonces, la visita del párroco, y ella bajó algún tanto
extrañada, porque era la hora intempestiva por todos conceptos. El buen
señor había leído en los periódicos la terrible catástrofe, y corrió
desolado a casa de la infeliz madre para prepararla poco a poco, antes
que algún indiscreto le diera la noticia de un golpe.

Con mil angustias y rodeos, y sin saber él mismo lo que se decía,
comenzó su triste tarea, viniendo a decirle al cabo que su hijo estaba
enfermo en Madrid y muy grave.

La pobre mujer saltó de la silla blanca cual un papel, extrañada y casi
irritada como si fuese aquello una broma horrible que vinieran a darle.

--¡Imposible!--gritó--. ¡Si me escribió ayer! ¡Si tengo yo aquí la
carta!...

Y daba vueltas como loca por el cuarto buscándola, y la puso abierta
ante los ojos del cura, temblando como una azogada, con los ojos
desencajados, sintiendo horribles escalofríos que le comenzaban en la
nuca y le seguían por toda la espalda.

--¿Lo ve usted? ¿Lo ve usted?...--decía--. Y viene por el mes de
agosto... hasta la Virgen de Regla... Y el día 3 se va a confesar...
¡No, no, imposible que se muera! ¡Hijo de mi alma!...

Acudieron los tres chicos y las dos criadas, demudados todos,
presintiendo, al oír los gritos de su madre, después de la entrada del
cura, alguna espantosa catástrofe. Este le tomó la carta, y comprendió
por la fecha que la había escrito el desdichado algunas horas antes de
su muerte.

--Por desgracia, mis noticias son posteriores--dijo--. Después de
escrito esto, le atacó una apoplejía fulminante, y está muy grave... muy
grave.

--¡Jesús del alma!... ¡Virgen de Regla!--exclamó la madre; y clavando su
mano en el brazo del cura e hincándole los ojos en la cara, le preguntó
con los labios blancos:

--¿Y se ha confesado?... ¿Sabe usted si se ha confesado?

El cura no respondió, y ella volvió a repetir la pregunta, sacudiéndole
el brazo.

--¡Su alma, señor cura, su alma sobre todo!--exclamaba con angustia que
hubiera roto un corazón de piedra.

Preciso fue decirle que nada se sabía de aquello, y ella dominó de
repente su dolor, poniéndose a dar órdenes para marchar a Madrid aquel
mismo día, en aquel mismo momento; órdenes secas, lacónicas,
terminantes, crujidos de su dolor inmenso que aguijoneaba la
impaciencia... El correo pasaba a las cuatro, y necesitaban dos horas de
coche para llegar a la primera estación de la vía férrea. Enrique
vendría con ella; Pedro, a un gesto de su madre, corrió al parador a
encargar un coche; las criadas salieron a disponer las maletas; Luisito,
el chiquitín, comenzó a llorar; su madre le besó en la frente.

--No llores--le dijo.

Ella no derramaba una lágrima: asustado el cura, quería detenerla.

--Pero si no alcanza usted el tren--le decía.

--Se pone un especial.

--Eso cuesta muy caro.

--Tengo diez mil reales en casa... Y si no, se vende todo... Se pide
limosna.

--Pero, señora, espere usted...

--¿Y su alma, señor cura, y su alma?--gritaba ella con _los ojos_ muy
abiertos--. ¿Acaso esperará la muerte?... ¡Y estará allí solo..., solo,
el hijo de mi vida, sin su madre que le haga confesar, que le ayude a
bien morir si Dios le llama, que le cierre los ojos y le acueste en la
tierra!...

Volvió Perico demudado, temblándole las manitas, queriendo sonreír y no
pudiendo... La voz le faltaba: no había llegado al parador. ¿A qué
correr tras la desdicha, si salía al encuentro la esperanza?... En el
camino habíale dicho Martín Romero que él tenía noticias que Juanito
estaba mejor, casi bien del todo...

--¿Lo ve usted?... ¿Lo ve usted?--gritó la madre triunfante.

Y tuvo una explosión de alegría formidable, rompiendo a reír
violentamente y entrecortando su risa con profundos sollozos sin
lágrimas.

El cura se apresuró a desmentir aquella falsa nueva, hija de una
compasión estúpida, y preciso fue ya decirle de una vez que su hijo
había muerto... Pero el cura se detuvo allí espantado y no tuvo valor
para decirle cómo ni cuándo.

Ella recibió el golpe encogiéndose, retrocediendo, oscilando, dejándose
caer en una silla, sin voz, sin pulso, sin alientos, sin lágrimas,
meneando la cabeza y agitando los labios como una idiota, llevándose
ambas manos al corazón, donde sentía algo que se le moría de pronto,
cierta cosa helada y terrible como debe de ser la muerte...

El cura lloraba como un niño y procuraba consolarla: ella le escuchaba
con los ojos fijos y enjutos, como se escucha un viento que brama, sin
comprender lo que dicen sus mugidos que aterran, pero sabiendo bien que
traen consigo el rayo y la tormenta. Sus hijos se arrojaron en sus
brazos llorando, y al contacto de aquellas tres cabezas despertó su
corazón de madre, desgarrándole el pecho un sollozo inmenso, y
encontrando al fin su dolor una salida, un alivio, un consuelo: ¡las
lágrimas!...

Todo el mundo en el pueblo respetó aquella pena sin medida, y nadie tuvo
valor para referirle los horribles detalles de la muerte de su hijo. Mas
a los tres días llegó la carta de Currita, y allí los encontró todos
juntos la mísera anciana.

Su instinto de madre le hizo adivinar cuanto allí había, y sin proferir
una queja ni desplegar los labios lívidos por el dolor y la ira, hizo
pedazos los resguardos del Banco, los metió en un sobre con la carta que
los acompañaba y lo devolvió todo a la condesa sin añadir una sola
letra.

Quedóse esta estupefacta al recibir aquella extraña respuesta, y se
encogió de hombros murmurando:

--Será alguna vieja rara... ¡Vaya usted a ver: una cosa hecha con tanta
delicadeza!

Y quedóse luego muy pensativa, porque no sabía qué hacerse con aquellos
15.000 duros que había pretendido regalar a su legítima dueña. Sus
escrúpulos de _Zapirón_ se resistían a embolsárselos del todo, y el
recto tribunal de su conciencia le aconsejó entonces emplearlos en
alguna obra benéfica. Ocurriósele dar un gran baile, una fiesta
ruidosísima y brillante, a beneficio de los niños de la Inclusa, pero
la estación estaba ya muy adelantada; todo el mundo había creído
asfixiarse pocas noches antes en el baile de Butrón, y ella debía
también emprender al fin de semana su viaje a Bélgica. Entonces tuvo una
idea felicísima: hacer con aquel dinero un espléndido donativo al papa
Pío IX, cuando fuera a visitarlo a Roma, a principios de otoño.
Entusiasmóle por completo este pensamiento, que acallaba sus escrúpulos
y satisfacía su vanidad, imaginándose ver ya en todos los periódicos de
Europa pomposos elogios tributados a la piadosa munificencia de la
excelentísima señora condesa de Albornoz.

Aquella noche llegó María Valdivieso muy animada, cerca ya de las
nueve... Era preciso, indispensable y urgentísimo que Currita se viniese
con ella al Circo del Príncipe Alfonso... _Debutaba_ Miss Jesup, una
_diva_ monísima hija de un general yanqui. Había venido recomendada a
Pepa Alcocer y a otras varias de la Grandeza; Paco Vélez se lo había
dicho.

--El lunes pasado, justamente el día que murió Velarde, cantó en casa de
Alcocer el rondó final de _Cereréntola_... ¡Chica! En mi vida he oído
cosa igual: va a tener un succés asombroso... Conque vístete y vámonos,
que no quiero perder el aria final del primer acto... ¡Chica! ¡Qué gran
verdad aquella!... Yo me la apropio.

Y se puso a cantar con malísima voz y detestable oído el

    Sempre libera deggio
    Transvolar di gioia in gioia

de la _Traviata_, ópera a la sazón muy en boga y escogida por Miss Jesup
para presentarse por primera vez en la escena madrileña.

--¡Ay, no, no!--dijo Currita muy displicente--. No tengo ganas de ópera.

--Pero, mujer... ¿Te vas a enterrar en vida?... Tres días hace que no
sales.

--Y además, ya tú ves, de luto...

--¡Pero si llevas ya cinco días!... ¿A cuándo aguardas para dejarlo?...
No me lo hubiera yo puesto diez minutos por Juanito Velarde, porque por
más que tú digas, era muy soso, hija, muy sosito.

--Entonces, me pondré esta noche medio luto... Justamente tengo un
vestido sin estrenar, blanco y negro; es bonito, pero no creo que pueda
servir para otra cosa.

--Pues aprovecha la ocasión, tonta... Pero anda lista, que es muy tarde.

Y ella misma se levantó para tirar de la campanilla y dar a Kate las
órdenes necesarias.

Currita se vistió en breve tiempo, y mientras tanto dábale conversación
la Valdivieso, ponderándole la voz y la hermosura de Miss Jesup y lo
bien que había estado Stagno la noche anterior en _Un ballo in
maschera_, sobre todo en el aria final, cuando lo asesinaban. Paco Vélez
se lo había dicho.

--Oye, y a propósito de muertos... ¿Te contestó ya la madre de Velarde?

--Justamente hoy he tenido carta... Por cierto que debe de ser una vieja
rara...

Kate se permitió interrumpir a las dos primas, preguntando si la señora
condesa llevaría guantes blancos o negros.

--¿Qué te parece, María?

--Los blancos irán bien...

--Me parece que caerán mejor los negros.

--Traiga usted un par de cada color y lo veremos.

--Pues sí; debe de ser una vieja rara... Figúrate que se niega a recibir
la pensión.

--¡Jesús, mujer, qué rareza!

--Lo que oyes... Me escribe una carta muy agradecida, muy altisonante,
con su poquito de deberes morales y de Providencia divina, y concluye
diciendo que nada necesita y que todo le sobra.

--Pues mejor para ti... Eso más te encuentras.

--Sí, pero ya tú ves; yo tenía hecho ya por el pobre Juanito ese
sacrificio, y no porque la doctora de su madre se niegue me voy a volver
atrás... Por eso he pensado, cuando vaya a Roma por octubre, hacer el
donativo de esos 15.000 duros al Padre Santo, para que le conceda
indulgencias...

María Valdivieso se quedó muy edificada, y las dos primas salieron,
cogiendo Currita, distraída con la conversación, un guante blanco y otro
negro. Echó de ver su error al ir a ponérselos, ya cerca del teatro, y
quiso volver a su casa para cambiarlos. Mas la Valdivieso, riendo como
una loca, le dijo:

--Pero, mujer, no seas tonta, póntelos... Lo tomarán por una
originalidad, y mañana tienes ya la moda en planta.

--¡Pues es verdad!--exclamó encantada Currita.

Y así sucedió en efecto: a todos pareció muy chic aquel nuevo capricho,
y a la noche siguiente se veían por todas partes en el teatro trajes de
dos colores diversos con guantes de dos colores distintos.

El _debut_ de Miss Jesup alcanzó una ovación ruidosísima, y sólo hubo
que lamentar un chistoso ridículo. Al final del último acto, cuando la
heroína acabada de expirar en la escena, y Alfredo, su padre y el doctor
entonaban el último terceto, una racha de viento colado pilló descuidada
a la _diva_ y le arrancó, después de difunta, un estrepitoso estornudo.

Al día siguiente no se hablaba de otra cosa en Madrid que de la ovación
de la Jesup, de su importuno estornudo y de los guantes de Currita;
nadie se acordaba ya del nombramiento de camarera, ni de la muerte de
Velarde, ni del registro de la policía.

Currita respiró ya tranquila, viendo cortada por completo, gracias a sus
manejos, la larga cola que había profetizado Butrón a su nombramiento de
camarera; su consecuencia política quedaba fuera de toda duda,
produciendo, entre otros resultados, tres _pequeñeces_ diversas:

Una madre desolada.

Un alma en el infierno.

Y la moda de los guantes distintos.

Mientras tanto, Villamelón preparaba con grande afán las fotografías de
donde habían de sacarse los grabados para la _Revista Ilustrada_; todo
lo demás habíalo echado en el cajón de las _cuestiones bizantinas_.

Fin del libro primero



Libro II



--I--


El tren expreso de Marsella a París traía cuatro horas de retraso, por
haberse roto un puente la noche antes entre Gallician y Saint-Gilles.
Los viajeros llegaron a las cuatro y media a la gran capital, apeándose
en la _gare de Lyon_, hambrientos y malhumorados. Un hombre de unos
treinta años saltó el primero de un _sleeping-car_, y atravesando el
andén antes que la multitud lo invadiese, llegó al carrefour con ese
aire seguro y exento de toda perplejidad que anuncia siempre al viajero
práctico en añagazas de aduanas, estaciones y caminos de hierro.

Hizo una señal al primero de los muchos coches de alquiler que en
ordenada fila esperaban, y el cochero acudió presuroso, midiendo antes
con la vista, de pies a cabeza, la traza del viajero. Traía este por
todo equipaje una de esas _fundas_ inglesas arrolladas en correas, que
encierran tanto en tan poco trecho y bastan para guardar todo lo
necesario a cualquier _touriste_ inglés que se dispone a dar la vuelta
al mundo.

El cochero pareció quedar satisfecho de su examen: entre las ricas
pieles que forraban el abrigo del viajero, había descubierto su vista
perspicaz lo que basta para constituir un gran personaje a los ojos del
vulgo parisiense: asomaba una cintita amarilla y blanca por el ojal de
su americana. ¡_Il était decoré_!...

Al poner el pie en el estribo, limitóse a decir el viajero en francés
muy bien acentuado:

--_Grand Hôtel_... _Boulevard des Capucins_...

El coche arrancó dando tumbos como cualquier simón de nuestra España, y
el viajero no pareció experimentar esa sorpresa mezclada de admiración,
curiosidad y entusiasmo que embarga a todo el que llega a París, una,
dos, tres y hasta cuatro o cinco veces.

Arrellanóse en los almohadones de raído paño azul del coche y sin
conceder siquiera una mirada al primer aliento de París, que comenzaba
ya a ensordecer y atronar sus oídos, arrancando de la gran plaza
irregular de la Bastilla, en que desembocan cuatro boulevards y diez
calles, púsose a pasar revista con gran cuidado a los papeles contenidos
en una bolsa de viaje, cuya correa le cruzaba el pecho de derecha a
izquierda.

Ninguno de ellos faltaba: en la bolsa de la derecha había varias cartas
abiertas, algunos papeles sueltos y un pequeño atadito de billetes de
Banco; en la izquierda, un gran cartapacio, sellado con una corona real
sobre lacre rojo. En el sobre decía:

A SU ALTEZA REAL, EL DUQUE DE AOSTA,
REY DE ESPAÑA.

El viajero dio varias vueltas al cartapacio con cierta curiosidad
contenida, y aun llegó a mirar al trasluz con el intento de distinguir
algo de lo interiormente escrito a través del sobre. La satinada
superficie del rico papel de hilo no dejaba, sin embargo, traslucir su
secreto, y el viajero tuvo que contentarse con leer una y otra vez
aquellas letras gordas y corridas del sobrescrito, trazadas por una mano
más acostumbrada a firmar y anotar que a escribir extenso, y tan
orgullosamente italiana sin duda, que anteponía el triste ducado de
Aosta a la Corona real de España.

El coche había cruzado, mientras tanto, el bulevar Beaumarchais y el de
Filles du Calvaire, y llegado al del Temple, sin que el viajero hubiera
dirigido una sola mirada a las magnificencias que va presentando París a
los ojos del que llega, a medida que se avanza hacia el bulevar des
Italiens y el de Capucins, centro vertiginoso de la gran Babilonia y
lupanar dorado y perfumado donde acuden a revolcarse, a costa de su oro,
el vicio y la locura de los cuatro ángulos de la tierra. Allí la calle
se convierte en plaza, la acera en calle; la multitud en torrente que se
precipita con cierto relativo silencio por entre dos paredes de cristal,
formadas por los escaparates inmensos de las tiendas atestadas de cuanto
puede dar de sí la industria humana para transformar lo superfluo en
necesario, lo elegante en fastuoso, lo precioso en maravilla, la vida en
fiebre de vanidades locas y concupiscencias monstruosas.

El viajero, abismado en sus reflexiones en medio de aquella multitud
inmensa, cuyo rasgo característico es el de ofrecer siempre el aspecto
del ocioso que corre en pos del placer y no del que marcha en busca del
trabajo, había acabado por sacar una carterita de piel de Rusia y
puéstose a ajustar en ella enmarañadas cuentas. Al frente de una hoja
escribió _esperanzas_ y al frente de la otra _realidades_, y así, debajo
de aquello que sin duda esperaba, como debajo de aquello otro que al
parecer poseía, comenzó a amontonar guarismos que formaban números y
estos a su vez sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, que se
confundían en caos aritmético, y vinieron a producir al cabo en la
columna de las esperanzas, bajo una raya horizontal, esta cifra preñada
de misterios: _Doscientos mil duros y una cartera_. En la hoja de las
realidades, el resultado no necesitaba interpretación alguna; decía
simplemente: _Cero_.

Y como si todavía hubiese podido deslizarse en aquella absoluta carencia
de realidades algún error ilusorio, el viajero, rascándose a veces un
momento con el extremo del lápiz la ancha y hermosa frente, prosiguió
trazando guarismos y haciendo cálculos, hasta tirar otra raya
horizontal, derecha, negra e inflexible como un destino adverso, por
debajo de la cual apareció esta vez algo menos que cero, una cantidad
negativa, una deuda formidable, que era, sin duda alguna, la única
realidad con que aquel hombre contaba en el mundo:

_¡¡150.000 duros al 15 por 100!!..._

El viajero quedóse un momento mirando aquella cifra angustiosa, y
apretando el lápiz entre sus blancos dientes, hasta romperle la punta,
apartó al fin los ojos como asustado, para fijarlos en el golpe de vista
más admirable que puede ofrecer la inmensa Babilonia de París.

El coche atravesaba entonces la Plaza de la Concordia, regada con la
sangre de María Antonieta y Luis XVI; al frente se extendía la calle
Real, cerrada en el fondo por la soberbia fachada de la Magdalena,
descansando sobre sus cincuenta y dos gigantescas columnas corintias; a
la espalda, el palacio Borbón, asomando por detrás del puente de la
Concordia, rodeado de jardines y de estatuas; a la izquierda, la avenida
de los Campos Elíseos, cerrada a enorme distancia por el Arco de la
Estrella; a la derecha, del lado de acá del río y entre los frondosos
jardines imperiales, lo que quedaba entonces de las Tullerías: algunos
muros calcinados por el incendio, un tremendo desengaño histórico, una
imagen de la majestad real, abofeteada, escupida y asesinada a
garrotazos por Rochefort y Luisa Michel; y en medio de la plaza,
levantándose entre las dos fuentes monumentales, como un gigante de
otras edades, el decano de París, el obelisco Lucsor, el amigo de los
faraones, el testigo de las épocas fabulosas que cuenta por meses las
centurias y se ríe, acordándose de sus momias egipcias, de aquel
hormiguero humano que a sus pies se agita, haciéndole repetir lo que
puso años antes un poeta en su lengua de granito:

    _Oh! dans cent ans, quels laids squelettes_
    _Fera ce peuple impie et fou,_
    _Qui se couche sans bandelettes_
    _Dans des cercueils qui ferme un clou!_

El viajero pasaba por toda la vista sin fijarse en nada, con esa
indiferencia con que se mira lo que hasta la saciedad nos es conocido.
Tan sólo al salir de la calle Real asomó curiosamente la cabeza, y sus
ojos buscaron a lo lejos la famosa terraza del _Petit-Club_, más
familiarmente _Baby_, que domina toda la Plaza de la Concordia y es
punto de reunión y observatorio predilecto de la _haute gomme_
parisiense.

El día estaba magnífico, y bajo un pabellón de dril, listado de blanco y
rojo, veíanse algunos socios del club fumando y conversando; en la
balaustrada de piedra que da a la plaza, dos o tres jóvenes echados de
bruces veían desfilar los carruajes que por la calle _de Boissy
d'Anglas_ se dirigían al Bosque. El viajero experimentó al ver el
pabellón del Círculo cierto impulso de alegría, y por un movimiento
espontáneo, que tenía mucho de pueril, quitóse el sombrero como para
saludarle a tan enorme distancia, con tanto respeto y entusiasmo, como
si a su sombra hubiera de encontrar _lo menos... 150.000 duros al 15 por
100_, que daban por suma total los varios sumandos de sus realidades.

Sin duda, sabía muy bien que en el _Petit-Club_, en el inocente _Baby_,
se jugaba gordo.

Al descubrirse el viajero, quedó por completo a la vista su fisonomía,
presentando un extraño prodigio... Hubiérase dicho que lord Byron en
persona, abandonando su tumba de Nottingham, atravesaba la plaza de la
Magdalena en un coche de alquiler, saludando el pabellón del _Baby_ cual
si fuera la bandera de Inglaterra.

Tenía aquel hombre la misma hermosura varonil del gran poeta, la misma
bella cabeza airosamente puesta sobre un cuello nervudo, dispuesto
siempre a enderezarse con la altanera inflexión del desdén. Formaba su
rostro el mismo óvalo perfecto, con la barba un poco saliente, los ojos
pardos hermosísimos, el cabello castaño, encrespado en artísticos
remolinos naturales sobre una frente ancha y nobilísima, que parecía
hecha expresamente para ceñir los laureles de una corona. Crispaba sus
labios en ambas extremidades aquel pliegue oblicuo, huella de la
amargura, del desprecio, del escepticismo, del vicio cansado siempre y
no satisfecho nunca, que aparece tan al vivo en los buenos retratos de
Byron, como si por allí se deslizaran todavía aquellas abrumadoras
palabras de su _último lamento_:

    ¡Por todas partes, implacable y frío,
    Fue detrás de mis pasos el hastío!...

Dos cosas faltaban, sin embargo, al viajero para hacerle en todo
semejante al poeta gran señor: su pie izquierdo no cojeaba, ni brillaba
tampoco en su frente el rayo de genio que inspiró _Childe Harold_. Si
por un prodigio del cielo era Byron aquel hombre, había vuelto sin dudas
al mundo dejándose en Nottingham su genio y su cojera, y trayéndose tan
sólo la hermosura de sus veinticinco años y los vicios de toda su vida.
Aquel Byron no hubiese ido a la Grecia para liberarla, sino para
explotarla; en sus ojos no brillaba el ansia de lo ideal, sino el
reflejo de la sensualidad ansiosa de encontrar dinero.

Todo en él era, sin embargo, elegante y aristocrático, y desde las
correas de piel de Rusia con hebillas y asa de plata que sujetaban su
exiguo equipaje, hasta la cartera de la misma piel en que había ajustado
sus cuentas de realidades y esperanzas, revelaban ese señoril lujo de
nimios detalles, propio de las personas nacidas y acostumbradas a vivir
siempre en medio de la opulencia.

Una sola nota discordante resaltaba en su traje, un detalle cursi,
cursísimo, que sólo pudiera concebirse en algún peluquero afamado o en
algún cantante italiano de segundo orden: la cintita amarilla y blanca
que asomaba por el ojal de su americana de viaje. Mas esto probaba, por
el contrario, un profundo conocimiento de aquel terreno que pisaba, en
que cualquier cintajo honorífico aseguraba el respeto y las
consideraciones debidas a un personaje. Era una precaución prudentísima,
una especie de broquel con que se resguardaba el viajero de mil
impertinencias para todos molestas y para él tal vez peligrosas.

El coche se detuvo al fin en el _Boulevard des Capucines_, ante el vasto
pórtico del _Grand Hôtel_. El nuevo lord Byron pagó con esplendidez al
cochero y subió ligeramente las gradas, topándose en la misma puerta con
un viejo alto, con grandes patillazas blancas, que se dirigía a la calle
arrastrando los pies.

Volvióse el viajero rápidamente al verle, como para evitar su encuentro,
y entróse en el _bureau de réception_ para entregar su tarjeta. Mas el
viejo, aligerando el tardo paso y alcanzando al fin al fugitivo, le
gritó en castellano:

--¡Jacobo! ¡Polaina! ¿Me huyes?... Señal de que traes dinero.

--¡Diógenes!... ¿Tú aquí?--exclamó Jacobo, volviéndose muy sorprendido y
alborozado y estrechándole ambas manos con gran cariño.

Mas Diógenes, sacudiendo la gran cabeza y dándole palmadas en la
espalda, dijo sentenciosamente:

        El hombre que nace pobre
        Con el frío es comparado:
        Todos le huyen el cuerpo,
        No les suelte un resfriado.

--¡Falso, falsísimo!--gritó Jacobo riendo--. Ni tú has nacido pobre,
ni...

--No lo soy de nacimiento, pero lo soy por enfermedad.

--Pues júntate conmigo: el constipado que tú me sueltes rechazará al que
yo te suelte a ti... Ya sabes, querido: _similia similibus curantur_.

--¿Y qué has hecho entonces en Constantinopla, embajadorcillo?... Yo
creí que te traerías hasta las barbas del Sultán.

Jacobo levantó a la altura de las narices de Diógenes su exiguo
equipaje, diciendo como Simónides:

--_Omnes divitiae sunt mecum!_

--¡Honrado plenipotenciario!--exclamó Diógenes--. Quien no te conozca
que te compre: ya habrás dejado el botín en la estación, farsante... ¿De
dónde vienes ahora?

--De Génova... Y tú ¿qué haces aquí?

--Pasar la pena negra, chico... Anoche me desplumó una sota: cinco mil
francos se llevó de un golpe.

--¿Pero es posible?... ¿Todavía dura la afición?... Yo creí que te
habías cortado la coleta.

--Hasta que me entierren, chico, hasta que me entierren... Ya te darás
una vuelta por el _Petit-Club_; se juega gordo... Anoche ese guacamayo
de Ponoski hizo un copo de dos mil luises.

--¿Está aquí Ponoski?... Con gusto le vería, pero me voy mañana.

--¿Mañana?... ¿Y adónde demonios vas?

--A Madrid.

--¿A Madrid?... ¡Polaina!... ¿A que te peguen un balazo?...

--¡Chico, chico!... ¿Se reparte por allí eso?...

--¿Pues de dónde sales tú, embajadorcillo?... ¿No has visto los
partes?... Hoy por la mañana se ha largado Amadeo a Lisboa, diciendo:
«Ahí queda eso.» Y a estas horas Figuerillas y el lorito de don Emilio
estarán barriendo las calles de Madrid a cañonazos para instalar
decentemente la República... Te desbancaron, chico, te desbancaron...

Quedóse Jacobo estupefacto al oír tales noticias, y cogiendo a Diógenes
por un brazo, exclamó muy inmutado, como si aquella inesperada
catástrofe política tuviera para él gran importancia:

--¿Pero qué estás diciendo?... ¡Eso es imposible!

--¡Polaina!... Ven acá y te lo dirá quien lo sabe. Ayer presentó el
italiano su renuncia a las Cortes, y una hora después estaba aceptada...
Hoy ha salido para Lisboa a las seis, y a estas horas estará ardiendo
Madrid por todos los cuatro costados... Más de veinte telegramas hay ya
en el _Grand Hôtel_ pidiendo cuartos.

Y mientras esto decía Diógenes, muy acalorado, subía con Jacobo las
gradas que llevan del patio a la terraza del _Grand Hôtel_.

Cualquiera hubiérase creído allí en un salón aristocrático de la corte
de España: oíase hablar por todas partes en castellano, con esa
vehemencia y esos gritos propios de los españoles cuando se exaltan, y
en grupos y corrillos acá y allá diseminados, veíanse damas y gomosos de
la aristocracia madrileña, hombres políticos del partido de Isabel II y
algunos de esos personajes innominados que suelen verse a todas horas y
en todas partes, sin que nadie pueda decir de ellos sino que son un tal
Sánchez o un tal Pérez.

Todos discutían las noticias de España, haciendo pronósticos según las
fuerzas de su imaginación y la vehemencia de sus deseos, y mientras unos
creían ver ya al príncipe Alfonso en el trono abandonado por Aosta,
otros se figuraban la República arraigando al amparo de las masas
populares de Madrid, apoderándose del palacio vacío y de la corona
vacante.

El miedo y la distancia ennegrecían todos los colores, y unos y otros
convenían en que Madrid debía de estar a aquellas horas convertido en un
charco inmenso de sangre. Esperábase, pues, con grande ansiedad la
llegada del correo, y con más impaciencia todavía la vuelta del tío
Frasquito, que había ido al pasaje Jouffroy en busca de noticias, y la
del general Pastor y Cánovas del Castillo, que habían sido llamados con
grande urgencia al palacio Basilewsky por la reina destronada.

A la derecha de la última puerta del salón de lectura que se abre en la
terraza, hallábanse algunas señoras sentadas en bancos de hierro: entre
ellas estaban Currita Albornoz y la duquesa de Bara. Más lejos, de pie,
en medio de un grupo de hombres, peroraba Leopoldina Pastor con gran
vehemencia, optando por empuñar las armas y exponiendo su plan
estratégico.

La cosa era sencillísima: bastaba con que la colonia madrileña residente
en París se presentase en la embajada española, cogiera por un brazo al
embajador y lo plantase en la calle, proclamando allí mismo por rey de
España al príncipe Alfonso. ¡Ya contestarían al punto del otro lado de
los Pirineos!... ¿Que chillaba el embajador? Pues se zambullía al
embajador en el Sena, que ya tenía el tal don Salustiano vientre
bastante para sobrenadar lo mismo que una boya... ¿Que Thiers se
enfadaba? Pues se cogía a Thiers por su copetito de pelos y se le
enviaba a cuidar de su casa, dejando en paz la del vecino, y ¡chitón,
chitito!...

Reíanse los caballeros oyendo a Leopoldina, y ella les tiraba de los
botones del chaleco, llamándoles indecentes. ¡Ah, si tuviera ella
pantalones!... Y casi, casi, estaba por ponérselos como Miss Walker, la
médica del Serrallo de Túnez, que paseaba en aquellos días los
boulevards con calzones zuavos y chambergo.

La llegada de Jacobo produjo mala impresión en todo el concurso:
ligábanle con la mayor parte de los presentes lazos de amistad y
parentesco, así por parte de su familia como por la de su mujer, que
llevaba un título ilustre entre la Grandeza. Mas, separado de esta diez
años antes, había hecho en París y en Italia lujosísima vida de soltero,
hasta que, perseguido por sus acreedores, vino a refugiarse de nuevo en
España el año 68, tomando parte activísima en la Revolución y
recorriendo, al lado de Prim, las provincias andaluzas, arengando a las
muchedumbres montado, como Lafayette, en un caballo blanco. Formó parte
de las Cortes Constituyentes del 69, y de repente, cuando el asesinato
de Prim, desapareció otra vez de Madrid, apareciendo a poco en
Constantinopla de ministro plenipotenciario.

Extrañó, pues, a todos, verle aparecer en tan críticos momentos,
abandonando su alto puesto, y recibiéronle con el despreciativo recelo
que infunde siempre el enemigo derrotado que se pasa después de la
batalla al campo victorioso.

Jacobo, sin embargo, aparentando no echar de ver la frialdad con que le
recibían, cercioróse por sí mismo de la verdad de las noticias de
Diógenes, sin dejar traslucir tampoco la inquietud que al pronto le
habían estas causado. Él lo ignoraba todo, o aparentaba ignorarlo; había
salido dos meses antes de Constantinopla para Turín, marchando luego a
Florencia y Génova, y hecho después un viaje delicioso a lo largo de la
corniche italiana, deteniéndose en Bordighera, en Niza y, últimamente,
en Mónaco cerca de una semana.

Currita miraba atentamente desde su asiento al apuesto viajero, retrato
de lord Byron, su héroe favorito, tipo adorable de hombre, según ella,
cuyo magnífico busto desnudo, esculpido en mármol blanco, tenía en su
_boudoir_ siempre a la vista. Al pronto no le había conocido, porque
difícil era reconocer en aquel arrogante mozo al débil jovencillo Jacobo
Téllez-Ponce, casado doce años antes con la marquesa de Sabadell, prima
lejana de Currita; desde entonces no había vuelto a verle esta, y jamás
le hubiera reconocido si, corriendo a ella Leopoldina Pastor, no le
dijera:

--¿Has visto a Jacobo Téllez?... Decían que se había casado en
Constantinopla con una turca monísima... ¿Qué traerá aquí ese indecente?

La duquesa de Bara contestó una indecorosa paparrucha, mirándole con
desprecio; las señoras se echaron a reír, y Currita exclamó muy
admirada:

--¿Pero es ese Jacobo?... ¡Dios mío! Si me estaba pareciendo desde aquí
Byron en persona, mi poeta querido... ¡Qué semejanza tan exacta!...

Y sin esperar más explicaciones, levantóse vivamente para ir a su
encuentro; la duquesa de Bara la detuvo bruscamente por el vestido, y
ella, procurando desasirse, decía:

--Pero, mujer, si es mi primo... La abuela de su mujer y la mía, primas
segundas... ¿Cómo voy yo a desairar a un pariente?...

Este, atraído, sin duda, por el amor de la familia, acercábase en aquel
momento al grupo de las señoras; saludólas besando la mano a la duquesa
y a Currita, que eran sus más allegadas, y esta, con mil cariñosas
monerías, hízole sitio a su lado, en el banco de hierro.

La conversación giró un momento sobre el viaje de Jacobo, hasta que vino
a interrumpirla la entrada del tío Frasquito, que volvía del pasaje
Jouffroy cargado de noticias. Todos corrieron a su encuentro, y Jacobo
el primero; mas antes, deteniéndole Currita por el brazo, con
familiaridad de prima cuarta de su esposa legítima, le dijo:

--¿Nos veremos, Jacobo?... Quiero presentarte a Fernandito... Vivimos en
el segundo piso, número 120.

La duquesa se inclinó al oído de Leopoldina, diciendo:

--¿Oyes?... Quiere presentarlo a Fernandito.

Leopoldina hizo una mueca y replicó:

--Pues, entonces... ¿verde y con asa?...

--¡Alcarraza!--concluyó la duquesa.

Y las dos se echaron a reír con inocente regocijo.



--II--


Engomado, teñido, peinado y reluciente a fuerza de cosméticos, y
bailando sobre las puntas de los pies, por no permitirle andar de otra
manera el calzado estrechísimo, que le torturaba, sin disimularlos del
todo, dos morrocotudos juanetes, entró con grande prisa en la terraza el
tío Frasquito, tío universal de toda la Grandeza de España, y de
aquellos sus adyacentes de nobles de segundo orden, ricachos de todos
cuños, notabilidades políticas y literarias, capigorrones de oficio,
aventureros atrevidos y personajes anónimos que forman el _todo Madrid_
de la corte, el abigarrado _dessus du panier_ del gran mundo madrileño.

Llamábale todo este mundo el _tío Frasquito_, porque el buen tono así lo
había decretado, y él aceptaba complacido el parentesco de todos
aquellos cuya sangre azul empalmaba realmente, siglo antes o siglo
después, con la suya preclarísima; a los demás, sin rechazar tampoco lo
apócrifo del parentesco, colocábalos con cierta protectora
condescendencia en la categoría de _sobrinos espurios_.

En medio, pues, de esta familia universal se destacaba el tío Frasquito,
hacía medio siglo, viendo desfilar generaciones y generaciones,
legítimas o espurias, de sobrinos y sobrinas que nacían y crecían, se
casaban y multiplicaban, se morían y se pudrían, sin que, abroquelado él
tras el corsé apretadísimo que sujetaba las insolentes rebeldías de su
abdomen, hubiese pasado jamás de los treinta y tres años; los suyos,
semejantes a las semanas de Daniel, eran años de años, aunque más
complacientes que aquellas, se alargaban o encogían según demandaban las
circunstancias. Treinta y tres contaba cuando en el año cuarenta asistió
a la boda de la reina de Inglaterra, acompañando al enviado
extraordinario de la corte de España, y los mismos tenía cuando, en
1853, presenció la de su _sobrina_ Eugenia de Guzmán con el emperador
Napoleón III; casamiento desigual, _messa alianza_ humillante que
reprobó en absoluto el tío Frasquito, por no satisfacerle de todo la
prosapia de Bonaparte, y aunque nunca llegó a relegar al nuevo sobrino a
la categoría de los espurios, tampoco consintió en designarle de otro
modo que con el nombre de _mi sobrino el conde consorte de Teba_[9].

[Nota 9: Sabido es que la emperatriz Eugenia, antes de casarse,
llevaba por su ilustre familia el título de condesa de Teba.]

Susurraba la leyenda que el tío Frasquito llevaba en su cuerpo treinta y
dos cosas postizas, entre las cuales se contaba una nalga de corcho. Es
lo cierto que, en el momento en que lo presentamos a nuestros lectores,
volviendo del pasaje Jouffroy para confirmar a sus compatriotas la
abdicación del duque de Aosta, la obesidad había trocado su talle de
palmera en puchero de Alcorcón, y el arte, la industria y hasta la
mecánica trabajaban de consumo y a porfía en la restauración diaria de
aquel Narciso trasnochado, en riesgo siempre de convertirse en acelga,
como en flor se convirtió el antiguo Narciso de la mitología griega.

El tío Frasquito era soltero, rico, vivía ordenadamente, no tenía vicios
conocidos, ni tampoco deudas; era afable, cortés, servicial,
complaciente, tenía modales de doncella pudorosa y cadencias en la voz
de damisela presumida. Coleccionaba sellos diplomáticos, bordaba en
tapicería, tocaba desastrosamente la flauta y pronunciaba las _erres_ de
esa manera gutural y arrastrada, propia de los parisienses, que imitan
en España algunos afrancesados elegantes, y es defecto natural en otros
muchos, para quienes se inventó aquello de: «El perro de San Roque no
tiene rabo, porque Ramón Ramírez se lo ha robado».

Diógenes le llamaba de ordinario _Francesca di Rimini_, a veces _señá
Frasquita_, y perseguíale y acosábale por estrados y salones, y hasta
entre las faldas de las damas, donde el afeminado prócer acostumbraba a
refugiarse, con intempestivos abrazos que le arrugaban y tiznaban la
inmaculada pechera; besos extemporáneos que obligaban a la pulcra
víctima a lavarse y frotarse con _cold cream_; pisotones disimulados que
le deslustraban el calzado y le reventaban los juanetes, o bestiales
apretones de manos que le descoyuntaban los dedos, poniendo en riesgo de
esparcirse por todas partes los treinta y dos componentes que asignaba a
su cuerpo la leyenda.

Aquellos dos viejos, de caracteres y costumbres tan diversas, eran, sin
embargo, dos tipos rezagados de la misma sociedad, dos ejemplares
fósiles de aquellos próceres del pasado siglo, manolos viciosos y
cínicos unos, petimetres, insustanciales y afeminados otros, que
prepararon en España la ruina y el descrédito de la Grandeza.

Entró, pues, el tío Frasquito en la terraza con ademanes de doncella
atribulada, y todos se agolparon en torno suyo, acosándolo a
preguntas... ¡Todo, todo quedaba por nuevos partes confirmado, y el
_sauve qui peut_ era en Madrid general!...

Corroborábase la noticia de que don Amadeo había huido a Lisboa con su
familia, y el telégrafo transmitía los nombres de los individuos que
formaban el primer ministerio de la recién nacida República.

--¡De la Rrrepública española!--exclamó el tío Frasquito quitándose el
sombrero con burlesca solemnidad.

Y entre risas despreciativas y observaciones irónicas, comenzó a leer en
su elegante carterita, donde estaban apuntados los nombres de los nuevos
ministros[10]... ¡Pero qué nombres, Virgen Santísima! ¡Si aquello era
cosa de morirse de risa!... Figueras, Castelar, Pi y Margall, los dos
Salmerones, Nicolás y Paquito... Córdoba.

[Nota 10: Suponemos que el lector comprenderá que los juicios sobre
personas determinadas que aparecen en boca de los personajes de esta
novela no son juicios del autor, sino reflejo de los que formaban en
aquella época la parte de la sociedad que dichos personajes
representaban. El autor, que tan sin escrúpulos de ningún género ataca
de frente al vicio y a la insolencia, se reserva siempre su juicio sobre
individuos determinados, y se halla muy distante de pretender herir
personalidad ninguna, por despreciable que le parezca.]

--¡Córrrrdoba, señores, Córrrdoba!... ¡Ferrrnandito Córrrdoba,
rrrepublicano!... ¡Quién lo creyerra, cuando íbamos juntos a casa de la
Benavente, cuando Fernando VII lo envió a Portugal con su hermano Luis,
detrás del infante don Carlos y la princesa de Beyrra!... Porr supuesto,
que yo era entonces un niño, una verrdadera criaturra...

El tío Frasquito no cayó en la cuenta de que, según aquellos datos,
debió de haber asistido seis años antes de su nacimiento a los saraos de
la duquesa de Benavente, y prosiguió enumerando a los ministros
restantes: ¡Echegaray, Beranger y Becerra!... ¡Santo Dios!... Si esto
era para España la coz del asno; y aquellos enanillos de gorro frigio,
encadenando al león de Castilla, recordaban aquella grandiosa imagen:

    _Ce grand peuple espagnol, aux membres enervés,_
    _Expire dans cet antre ou son sort le termine_,
    _Triste comme un lion rongé par la vermine_!

¡Y qué chistosamente cursis resultaban siempre aquellos demócratas!...
¿Pues no se les había ocurrido lo primero ir a darle una serenata al
interesantísimo don Emilio tocando la Marsellesa?...

    _¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira..._
    _Celui que s'élève on l'abaissera._
    _Celui que s'abaisse on l'élèvera._
    _¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira..._

--¡Qué delicia!--exclamó Currita--. ¿Y no les echó él un discursito?

--¡Ya lo creo!... Desde el balcón, como cantaba la Nilson en Viena; y
luego obsequió a la concurrencia con carramelos y cigarritos...

--¡Qué monada!... De seguro que este invierno tendrá recepciones.

--¡Sí! Para los ciudadanos _sans culottes_.

--¡Polaina!--exclamó Diógenes--. En cuanto cuelgue un jamón en la
puerta, tiene allí a Madrid entero, y tú, Curra, irás la primera.

Azoróse el tío Frasquito al oír la voz de Diógenes, y temiendo algunos
de sus amagos de intempestivo cariño, fuese escurriendo con disimulo,
soltando casi a media voz su última noticia. Anunciaba también el
telégrafo que don Carlos había entrado en España por Zugarramurdi, y que
aprovechando sus parciales aquella confusión, aprestábanse a hacer un
supremo esfuerzo para apoderarse de la corte.

Disgustó esto mucho a toda la concurrencia, por parecerle más temible el
carlismo que la República, y en aquel momento llegó a confortar los
ánimos un viejo alto, de aspecto marcial y largos y retorcidos bigotes
blancos: era el general Pastor, hermano de Leopoldina, que volvía del
palacio Basilewsky de conferenciar con la reina.

Entró, pues, el general radiante y satisfecho cual si viese ya en
lontananza la cartera de la Guerra, y contestando con sonrisas y
palabras huecas a las mil preguntas que de todas partes le dirigían,
apresuróse a dar cuenta a la condesa de Albornoz y a la duquesa de Bara
de una embajada de su majestad la reina... Esta las designaba para
acompañarle al día siguiente, a la capilla expiatoria del bulevar
Haussman, donde debía celebrarse la Misa de aniversario, algún tanto
retrasada aquel año, del infortunado Luis XVI; el espectáculo prometía
ser curioso, porque los príncipes de Orleans, reconciliados con el conde
de Chambord, asistirían por primera vez, en público, a aquellas
simbólicas honras.

Abrió entonces el saco de noticias el general Pastor, y dando a
entender, con cierta vanidad política, que callaba mucho más de lo que
decía, confirmó todo lo dicho por el _tío Frasquito_, añadiendo que la
proclamación de la República era un paso gigantesco dado hacia la
Restauración; que los desórdenes más terribles no tardarían en estallar
en España, y alarmadas las potencias europeas con los escarmientos de la
Commune en Francia, se apresurarían a intervenir en favor del príncipe
Alfonso. Notas secretas de algunos embajadores extranjeros habían
llegado ya al palacio Basilewsky, y Thiers mismo, temeroso de que el
zurriago de las monarquías coligadas le deparase a él algún latigazo,
negábase a reconocer la nueva República.

Tan sólo míster Harrilin, embajador de los Estados Unidos en España,
habíase apresurado a reconocer el nuevo orden de cosas en nombre de su
Gobierno, presentándose en el palacio de la Presidencia con todo el
ceremonial de costumbres en tiempos de la monarquía, y asegurando en su
discurso, con la truhanesca formalidad de Jonathan en persona, que «los
Estados Unidos de América no podían menos de contemplar con emoción y
simpatía, convertido en República, el imperio de Fernando e Isabel».

--¡Pues vaya con el indecente!--exclamó Leopoldina Pastor hecha una
furia--. Para esos yanquis farsantes, igual da Figueras que Fernando el
Católico, y lo mismo representa una corona que un gorro de algodón.
_Cotton is King_!... ¡Monísimo!... ¡Y pensar que hace tres semanas
bailábamos todas en su casa!... ¡Vamos! Si después de todo, resulta que
cuando se trata de divertirse perdemos todas la vergüenza.

--_¡Tu dixisti!_--gritó Diógenes con grande ahínco.

--Y lo repito--prosiguió Leopoldina--. Pero yo le aseguro a ese
indecente que ha de oír de mis labios cuatro palabritas bien dichas...
¡Oh, si yo lo tenía previsto! En el último baile que dio llevaba medias
azules de algodón...

--Como que su suegro tiene en Boston una fábrica.

--¡Qué delicia!--exclamó Currita--. Pues cuando den la _Jarretière_ al
yerno, ya puede el suegro regalarle la media.

--De seguro que las habrá él anunciado en la Presidencia al terminar su
discurso, como aquel _preacher_ yanqui que terminó su sermón: «Ya os he
demostrado, mis buenos hermanos, que sólo por la virtud se gana el
cielo. Sólo me resta, para terminar, recomendaros la magnífica
sombrerería de Míster Francis Morton, 24, Catherine Street. Allí todos
los artículos son distinguidos y baratos.--_Net cash._--Que viene a ser
_No se fía_».

El timbre eléctrico que anuncia _aux hommes d'équipes_ la llegada de
nuevos viajeros, comenzó a repicar en aquel instante, y, a poco, llegó
Gorito Sardona, muy conmovido, anunciando que la señora de López Moreno
se apeaba en aquel momento en el _Grand Hôtel_, que venía de Madrid, y
que a poco más la asesinan en el camino.

--¡Trae una oreja colgando!--añadió tirándose de una suya.

Horrorizóse la concurrencia, y todos salieron a su encuentro deseosos de
ver a la banquera desorejada. La duquesa, sin embargo, temiendo sin duda
que trasladase esta a sus orejas las famosas hipotecas que sobre sus
tierras tenía, quiso escurrirse por la sala de lectura, con tan mala
suerte, que fue a toparse en el patio mismo con la López Moreno, su hija
Lucy, dos doncellas, un criado, diecisiete baúles y número ilimitado de
cajas y sombrereras. La banquera llegaba pálida y abatida, y tenía, en
efecto, ensangrentado el lóbulo de la oreja izquierda.

Al verse cogida la duquesa, salió al encuentro de la López Moreno,
exclamando muy cariñosa:

--¡Pero, Ramona!... ¿Cómo no me ha avisado usted?

--¿Avisar?--exclamó con espanto la López Moreno--. ¡Gracias que llego
con vida!... ¡Qué viaje, duquesa, qué viaje!... En el camino a poco más
me asesinan... ¡Nací ayer!... ¡Un milagro, un milagro!

--¡Qué horror!--exclamó la duquesa.

Y mirando en torno suyo, con la esperanza de que el prodigio divino no
hubiera alcanzado también al señor López Moreno, añadió:

--Pero ¿dónde está su marido de usted?... ¿No viene?...

La tierna esposa hizo otro gesto de espanto y contestó sin enternecerse
demasiado:

--¡En Matapuerca está..., si es que vive!...

--¿En Matapuerca?--exclamó Diógenes--. ¡No puede ser!... Será en
Matapuerco...

--No, no; en Matapuerca--replicó la López Moreno sin comprender la pulla
del viejo.

Y rodeada de todos los españoles, que atraídos por la curiosidad iban
poco a poco acudiendo, la voluminosa señora comenzó el relato de sus
infortunios... De aquella hecha se llevaba la trampa a la España entera;
la gente se escapaba de Madrid a bandadas, y no parecía sino que la
trompeta del Juicio Final había sonado en la corte.

--¡Me alegro!--exclamó Diógenes--. A esa trompetita estoy yo
aguardando... ¡Qué cosas han de saberse cuando diga el ángel: cada peso
duro con su dueño, y cada hijo con su padre!...

La duquesa le hizo callar de un abanicazo, y la López Moreno, llena de
satisfacción al verse objeto del interés de todos, continuó el relato
de su susto, un susto atroz, una barbaridad de susto... El tren traía
cuarenta y dos coches atestados de gente que iba a Biarritz, a San Juan
de Luz, a Bayona, a cualquiera parte, con tal de pasar la frontera. En
Vitoria añadieron otra máquina y entraron cuatro compañías del
Regimiento de Luchana. ¡Malo!... Por la noche todo fue bien, pero al
llegar a Alsasua, ¡Virgen Santísima!... ¡Los carlistas! Y de pronto,
¡prurrruumm! ¡Una descarga atroz!...

--Pero, de repente, hija, de repente, sin avisar siquiera, sin decir
agua va: nada, nada, nada. ¡Prurrruumm! caiga el que caiga... La tropa,
¡claro está!, contesta ¡prurrruumm! otra descarga. Yo, muerta, Lucy,
muerta debajo del asiento, sin resollar siquiera, y ¡prurrruumm! arriba,
¡prurrruumm! abajo; hora y media de tiritos... De pronto, se abre la
ventanilla, entra una mano, me arranca una oreja y se va...

--¡Qué atrocidad!--exclamaron todos. Y Gorito Sardona, con su guasona
formalidad, añadió:

--¿Pensarían hacer una chuleta?...

--No, señor--replicó la víctima algún tanto ofendida--. Lo que pensaron
fue llevarse un brillante de quinientos duros que traía en ella, y se lo
llevaron en efecto... Decían luego que fue un pillete de la estación,
pero a mí no me quita nadie de la cabeza que fue el cura Santa Cruz...
Como que esto era en mitad del túnel, a oscuras, y en la pared de
enfrente vi yo la sombra del sombrero de teja...

--¡Qué barbaridad!...

--¿Pero usted vio a los carlistas?...

--¿Que si los vi?... Al salir del túnel, en un altito había un montón de
ellos, y en medio uno con entorchados, que era don Carlos... Lucy decía
que no, pero yo creo que sí. Uno chiquitillo, bizco, con barba rubia,
picado de viruelas, que nos hizo con el puño así...

Y la señora de López Moreno enarbolaba el suyo robustísimo, con gesto
horrible de amenaza.

--¡Pero si don Carlos es muy alto, moreno, con barba negra!... Yo le
conocí en Vevey...

--Pues vendría disfrazado; no es tan difícil teñirse la barba de rubio.

--Pero es imposible, teniendo dos metros de largo, encogerse hasta tener
la mitad.

--Podrá ser que me equivoque, pero lo dudo--replicó la López Moreno, que
no renunciaba fácilmente a la honra de haber sido amenazada por un puño
real.

El general Pastor oíalo todo complacidísimo, viendo en aquella
catástrofe los primeros truenos de la terrible tempestad que comenzaba a
desencadenarse en España. De aquel caos había de salir la Restauración,
y la política del partido dirigía, por lo tanto, todos sus esfuerzos a
excitar y mantener el desorden. Una palabra imprudente del general
reveló a los más avisados que estaba bien al tanto de aquellos manejos:
preguntó a la señora de López Moreno si, al salir ella de Madrid, no se
decía nada en la corte de levantamientos socialistas en Andalucía.

--¿Y me lo dice usted a mí?--exclamó la banquera con enérgica ira--.
¿Pues no saben ustedes lo de Matapuerca?...

--¡Ay, por Dios, señora!--la interrumpió Currita con toda su
aristocrática impertinencia--. ¿No podría ser Mata... cualquiera otra
cosa?

--¡Pero si se llama Matapuerca!... Es una dehesa magnífica en la
_provincia_ de Extremadura, de más de tres mil aranzadas, con
veintisiete caseríos... En fin, un pequeño reino... Era de los frailes
Agustinos, y mi marido lo compró cuando lo de Mendizábal...

Currita hizo un gesto de resignación pacientísima, y preguntó:

--¿Y qué ha sucedido en el pequeño reino de Mata... esos animalitos?...

--Pues nada, ¡una friolera!... Que en cuanto proclamaron la República,
invadió la dehesa una horda de aquellos bandidos, asesinaron al aperador
y a tres guardas, y se repartieron las tierras. López Moreno salió para
allá corriendo, y estoy inquietísima... No sé lo que va a hacer...

--¿Pues qué ha de hacer?--exclamó Diógenes--. ¡Polaina! Lo que hicieron
los frailes Agustinos cuando su marido de usted y Mendizábal les
quitaron la dehesa... ¡Tener paciencia!... A cada puerco le llega su San
Martín, doña Ramona; figúrese usted si no le llegará también en
Matapuerca... Amigo, ¡los socialistas, los socialistas!... Esos han
aprendido lógica; ahí tiene usted los nuevos desamortizadores.

La López Moreno iba a contestar muy picada, pero el general Pastor,
frotándose las manos de júbilo, la contuvo, diciendo:

--Nos trae usted excelentes noticias, señora... La cosa marcha viento
en popa, mejor de lo que yo esperaba.

--¡Pues me hace gracia!--exclamó la banquera estupefacta--. No diría
usted lo mismo si le hubiesen robado una dehesa y arrancado una oreja
con un brillante de quinientos duros...

--Nada, doña Ramona, hay que resignarse por algún tiempo a ser reina
destronada de Matapuerca... La Restauración la restablecerá a usted muy
pronto en su trono... ¿Y sabe usted lo que estoy pensando?--añadió el
general como asaltado de una idea repentina--. Que la reina tendrá mucho
gusto en oír de usted misma esas noticias. ¿Tendría usted inconveniente
en venir a Palacio?...

La banquera pensó ahogarse de satisfacción, y la duquesa, que se
apresuraba a pagarle con honras y relumbrones lo que no le pagaba en
dinero, exclamó vivamente:

--¡Magnífica idea! Yo misma la llevaré... Mañana pido a la señora la
audiencia...

--¡Pues ya lo creo que la reina tendrá mucho gusto en oírla!--observó
pausadamente Currita--. Doña Ramona narra muy bien y usa unas armonías
imitativas de muchísimo efecto... Cada vez que dice ¡prurrruumm! parece
materialmente que se huele a pólvora... ¡Qué delicia... oírle contar la
_dégringolade_ de Matapuerca!

La señora de López Moreno no se enteraba de nada de esto, ocupada en dar
gracias, enternecida, al general y a la duquesa... El sueño dorado de
toda su vida, ser recibida en Palacio, iba a realizarse, y no le parecía
cara tamaña honra, al precio de una oreja desgarrada y una dehesa
perdida.

El general, por su parte, seguía la política de Butrón, barrer para
dentro, y calculaba ya las copiosas sangrías que, en nombre de los
conspiradores, podría hacer su espada victoriosa en las repletas arcas
de los consortes López Moreno.

Durante toda esta escena, Currita no había perdido de vista un momento a
Jacobo, que escuchaba atentamente sin darse prisa a subir a su cuarto a
lavarse y descansar. Al disolverse la reunión, porque la hora de comer
se aproximaba, echóle de menos Currita en la terraza; asomóse vivamente
a la sala de lectura, salió al patio y no le encontró por ninguna parte.

Por la escalera de enfrente subía en aquel momento el tío Frasquito
dando el brazo a su sobrina espuria, la reina destronada de Matapuerca,
que se detenía en cada peldaño para ponderarle lo terrible de su susto,
lo soberbio de su dehesa, el dolor de su oreja, lo pavoroso de aquellas
descargas atronadoras...

¡Prurrruumm!



--III--


La oportunidad es en todas las cosas precursora del éxito, y el llegar a
tiempo ha levantado no pocas veces el pedestal de muchas celebridades y
ceñido los laureles a infinitos héroes. Cada carácter requiere, pues,
circunstancias especiales que le favorezcan, época adecuada que le
sirva de marco, _momento histórico_ oportuno que le permita
desarrollarse en toda su pujanza. Un Hércules en los tiempos
prehistóricos, un Cid en los tiempos caballerescos, serían un Quijote en
los tiempos de la partida doble y el tanto por ciento. Un Espartero y un
Mendizábal, por el contrario, hubieran sido en aquellas épocas remotas,
prestamista judío el uno, cuadrillero de la Santa Hermandad el otro.

Jacobo Téllez creía haber tenido la desgracia de errar al nacer, en las
circunstancias de lugar y también en las de tiempo. Entre el oleaje
sangriento de la gran Revolución francesa, juzgaba él que hubiera sido,
por su talento, un Mirabeu; por su valor, un Lafayette; mas entre los
cenagosos remolinos de la Revolución española del 68, tan sólo fue, a
juicio de los que le conocieron, como político, un pobre demonio; como
caudillo, un gran mentecato.

Aquellas dos grandes figuras de aristócratas renegados como él, le
sedujeron por completo; mas el peluquín del uno y la casaca del otro le
venían grandes, y al querer amalgamar en sí mismo aquellas dos
personalidades, rompiendo los lazos morales como el primero, y
seduciendo a las multitudes como el segundo, resultó tan sólo un bribón
infatuado. Así y todo, hizo papel, porque hay Arístides grandes y
Arístides chiquitos; Cincinatos de dos en libra, de tres al cuarto y de
ochavo la _jartáa_, que es como venden en Andalucía los higos chumbos.

Este, pues, higo chumbo revolucionario no llegó desde la aristocrática
piña en que había nacido hasta la plebeya cuna en que vino a florecer,
ni por peripecias dramáticas, ni por trágicas revoluciones: llegó
naturalmente, con suavidad, como tras de la hinchazón viene el pus, y
tras el pus la gangrena. Llegó resbalando sin violencias por la
voluptuosa pendiente que lleva del placer al vicio, del vicio a la
aberración, de la aberración al tedio, al desencanto, al espantoso
vacío del corazón que produce vértigos en la cabeza y despeña al hombre
en todas las locuras y en todas las infamias, en busca de placeres
nuevos que despierten su sensualismo embotado, de impresiones
desconocidas que sacien la voracidad de sus concupiscencias estragadas.

Nada hay más peligroso para el hombre que pasar en breve tiempo por
todas las ilusiones de una larga vida; y Jacobo, con ese afán de gozar
que caracteriza la sociedad presente, que teme dejar para mañana el
placer de que puede disfrutar hoy, que precipita las edades y pasa de la
infancia a la vejez decrépita, suprimiendo la juventud si es que por
juventud se entiende esa edad venturosa en que brotan del corazón nobles
impulsos y bullen en la mente generosas ideas, que constituyen más
tarde, después de solidificadas, los grandes caracteres; Jacobo,
decíamos, había recorrido aquella larga jornada en menos de treinta
años...

A los quince, libre ya de ayos y maestros, era el _sietemesino_ más
galán que aspiraba a afeitarse, y dirigía cotillones en los grandes
salones de la corte; a los veinte, era un afortunado tenorio de mala
ley, que hacía gala en el Veloz Club de sus aventuras escandalosas; a
los veinticinco, era un perdido aristocrático, elegante, modelo, que no
retrocedía ante una estocada de mentirijillas, ni ante un steeplechase,
ni ante un copo de veinte mil duros, y derrochaba los millones de su
mujer con la misma facilidad con que la varilla encantada de un mágico
hace fluir del centro de la tierra tesoros escondidos y guardados por
gnomos y salamandras.

A los treinta había visto, como Salomón, _cuncta quae flunt sub sole_,
pero no comprendía, como él, que todo fuese vanidad y aflicción de
espíritu, sino que lloraba como Alejandro, porque no había otro mundo de
goces que disfrutar; y seco su corazón, embotada su inteligencia por el
prematuro desarrollo de sus pasiones, arruinada su casa por locas
prodigalidades, era un fruto podrido que no había madurado nunca, un
hombre en la flor de la vida a quien faltaba el objeto de la vida, un
ruinoso despojo del placer y la impiedad, que no interrogaba como Hamlet
lo eterno, sino que se arrastraba por todos los rincones de lo terreno,
buscando un charco de placeres desconocidos en que zambullirse y
revolcarse y gozar...

Entonces, por curiosidad, por diversión, por aburrimiento, por encontrar
en las tenebrosidades del misterio algo desconocido que se resolviese en
placer y en dinero, se hizo hombre político. Garibaldi le inició en las
logias de Milán, y Prim le introdujo en Inglaterra, en el complot que
grandes traidores urdían contra el trono de España...

La Revolución triunfó, y a las agitadas emociones del conspirador
sucedieron en Jacobo las halagüeñas embriagueces del triunfo, las
cínicas rapacidades de pretor romano, las ruidosas apoteosis de arcos de
cartón y farolillos de papel a que le llevaban en hombros masas
estúpidas arrastradas por su verbosidad, multitudes frívolas, que, por
tener algo de mujer, prendábanse de su gallardía y gentileza y se
prometían llevarle a defender la soberanía popular en los escaños del
Congreso, a él, aristócrata orgulloso, tan sólo de nombre renegado, que
se reía de ellos llamándoles paletos, babiecas y burgueses mentecatos, y
corría, al separarse de estrechar sus manos, a lavarse y enjabonarse y
perfumarse, para echar lejos de sí aquel insoportable _hedor de la
canalla_...

A poco abríase en su vida un paréntesis negro, tenebroso, ante el cual
la maledicencia misma se detuvo aterrada, temerosa de resbalar en un
charco de sangre...

Un día, el 27 de diciembre, un trabucazo tendió en la calle del Turco a
la audacia más temeraria que dio impulso a la Revolución. El general
Prim había sido asesinado, y su amigo íntimo, su portaestandarte, el
marqués de Sabadell, indicado ya para la cartera de Fomento, desaparecía
súbitamente de la corte, a la misma hora en que corría la falsa nueva de
que las heridas del general no eran de muerte y se habían escapado de
sus labios terribles revelaciones.

Prim murió, sin embargo, el día 30, llevándose a la tumba la clave del
misterio, y tres meses después publicaba la _Gaceta_ un real decreto
nombrando al marqués de Sabadell ministro plenipotenciario de la corte
de España en Constantinopla. «Me he convencido--escribía al presidente
del Consejo el nuevo embajador--que mis disposiciones naturales son para
la vida de Oriente, y pongo todas mis ilusiones en El Cairo, Bagdad,
Ispaham o Constantinopla.»

El resultado de estas ilusiones no tardó en presentarse.

Una mañana, la cadina Sarahí no se asomó a su adorada celosía para mirar
las azuladas montañas del Asia, y la puerta de su quiosco permaneció
cerrada. Susurrábase en el palacio que la noche antes había resonado un
lamento y vístose dos sombras que se perdían en el laberinto de
corredores oscuros, llevando una cosa negra...

El centinela de la torre del mar de Mármara había escuchado sobre el
agua un golpe siniestro.

A la mañana, al otro lado del Bósforo, apareció en la orilla opuesta el
cadáver de un eunuco estrangulado. Desde la embajada española, allá en
lo alto de Pera, veíase flotar sobre el límpido azul de las olas su
largo levitó oscuro, ceñido por el zurriago de cuero de hipopótamo,
insignia de su clase, que había servido de dogal.

El embajador no pudo verlo; había salido aquella noche de Constantinopla
con tan grande urgencia, que sólo llevaba por equipaje una pequeña
maleta de mano... Y con esta pequeña maleta de mano hemos visto a Jacobo
llegar al _Grand Hôtel_, después de merodear dos meses por las logias
más tenebrosas y los garitos más elegantes de Italia.

El ministro fugitivo de Constantinopla hallábase alojado en el cuarto
piso del hotel, en una habitación de doce francos diarios, harto
opulenta para quien sólo contaba en el mundo con tres millones de deuda
al 15 por 100, y sobrado mezquina para lo que juzgaba indispensable a su
decoro el excelentísimo señor don Jacobo Téllez-Ponce Melgarejo, marqués
consorte de Sabadell.

A la luz de un candelabro de color que ardía en uno de los extremos de
la chimenea, devoraba Jacobo los periódicos españoles que relataban el
nuevo cambio político acaecido en España y los franceses que lo
comentaban haciendo pronósticos y formulando juicios, Frecuentes
exclamaciones y aun palabras groseras que se escapaban de sus labios
revelaban en él esa sorda cólera que despiertan en el ánimo violento las
grandes contrariedades.

Arrojó al fin los periódicos y agitándose furioso un instante, y
apretando los puños llenos de rabia, quedóse largo tiempo pensativo,
hundido en la poltrona en que se hallaba sentado, contraída la boca,
frunciendo el entrecejo, fijos los ojos en el fuego de la chimenea,
cuyas movibles llamas prestaban a su rostro un resplandor rojizo.

Hubiérase dicho que meditaba un crimen, y también que lo había
decidido, cuando, dando un fuerte puñetazo en el brazo de la poltrona,
se levantó de repente. El espejo que coronaba la chimenea reflejó
entonces su fisonomía descompuesta, y al verse allí retratado tuvo uno
de esos miedos solitarios, pueriles, que cortan de un solo golpe a la
audacia sus alas gigantescas.

Miró en torno suyo: en la alcoba, forrada de papel oscuro, se movía
suavemente una cortina a impulsos del aire levantado por él mismo al
moverse. Arrojóse a ella vivamente y la descorrió de pronto, y riéndose
entonces de sus miedos infantiles, dirigióse a una gran cómoda de nogal
que había en el fondo.

Sobre ella hallábase abierta y extendida la pequeña maleta, y en el
cajón superior, cerrado con llave que tenía él en su bolsillo, estaba la
cartera de viaje. Sacó el gran cartapacio que dentro venía, y púsolo
sobre un velador que había en el centro.

Resonaron en esto pasos en el corredor de fuera, y Jacobo corrió
vivamente en puntillas a la puerta, escuchó un instante, y con el menor
ruido posible echó la llave por dentro. Escogió entonces, en un pequeño
_nécessaire_ de viaje, un instrumentito con mango de carey, una especie
de limita para las uñas, con hoja delgadísima y perfectamente afilada, y
púsose a caldearla con gran cuidado en la llama de la chimenea.

Aún vaciló un momento, y miró a todas partes otra vez, y prestó oído
atento a los lejanos rumores del bulevar, bocanadas de locura y de
placer que escalaban las ventanas, y se decidió por último.

Con ligereza suma introdujo la hojilla caldeada por debajo del lacre del
cartapacio, y haciéndola girar lentamente, desprendió el sello tan
entero y tan intacto, que de nuevo podía volverse a pegar sin rastro
alguno de fractura. Después púsolo con grande precaución en un extremo
del velador, sobre una hoja de papel blanco.

Quedó abierto el misterioso cartapacio, y Jacobo, con avidez no exenta
de temor, púsose a registrarlo. Dentro venía una carta en italiano, no
muy larga, de la misma letra, gorda y corrida, del sobre, firmada por
Vittorio Emmanuele; venían también otros dos grandes sobres en blanco,
sellados con la insignia de la francmasonería, un compás y una escuadra,
cruzados en forma de rombo, sobre lacre verde.

Mirólos Jacobo por todos lados, sin muestra alguna de sorpresa, y con la
misma habilidad y ligereza de antes, arrancó también los sellos de
ambos: el primero contenía un gran pliego, escrito de letra menuda,
marcados sus párrafos con números romanos en forma de artículos, y
anotados varios de ellos al margen, por la misma letra gorda de la carta
y el sobrescrito.

Jacobo leyó todo ello con atención, mas sin sorpresa, y como si todo lo
que allí se trataba le fuera conocido; tan sólo al recorrer los últimos
artículos en que el nombre del marqués de Sabadell aparecía consignado,
una sonrisa truhanesca entreabrió sus labios mientras murmuraba:

--¡Ah, pillo!...

Llególe entonces el turno al último paquete, que era el más voluminoso:
abriólo con mucho tiento, por haberse pegado una esquinita del sobre, y
al punto salieron de él otros dos en blanco, y un tercero en que venía
escrito un nombre que hizo a Jacobo pegar un salto, murmurando una de
esas palabrotas groseras, familiares en momentos de cólera o sorpresa
aun a personas que presumen de cultas.

Habíase quedado estupefacto; latíale el corazón, temblábanle las
rodillas, y revolvía aquellos papeles con el ansia temerosa, el gozoso
terror, si así es posible sentirlo, del débil hombrecillo que se
encontrara de repente entre las manos fabulosas riquezas de un gigante
formidable que no ha de dejárselas arrebatar. Por dos veces dirigió una
mirada furtiva a la puerta, como si temiera verla abrirse, a pesar de la
llave que la cerraba por dentro.

Había allí un verdadero arsenal de cartas y papeles comprometedores,
importantísimos por los nombres que los firmaban, perfectamente
ordenados y clasificados en una especie de memoria adjunta, en que una
pluma muy hábil había estampado datos interesantes y preciosas
observaciones. Era aquello un tesoro de gran valor, una palanca
formidable que, bien manejada, podía dar al traste en breve tiempo con
gran parte de los políticos revolucionarios que pululaban en España.
Eran letras de cambio pagaderas a la vista, que cualquiera podía cobrar
en poder o en dinero.

Todo lo devoró Jacobo línea a línea, letra a letra, pasando por todas
las emociones de la sorpresa: el pasmo, el rencor, la esperanza, el
recelo; hundiéndose ambas manos en su crespa cabellera y apretándose el
cráneo como para impedir que su atención se distrajese; oprimiendo
algunos de aquellos papeles entre sus dedos temblorosos, como si
quisiera indicar que eran suyos, que a él solo pertenecían, y nadie en
el mundo se los había de arrebatar; a veces, deteníase un instante,
cerraba los ojos y respiraba con fuerza, como si le faltase el
aliento...

Cuando acabó de leer estaba pálido, y la vaga y temerosa mirada que
arrojó en torno expresaba la desconfianza, el temor que hace creer a
todo criminal, aun en medio de un desierto, que le miran y le acechan
ojos escrutadores.

Levantóse entonces y comenzó a pasear, haciendo gestos de temor y de
alegría, piruetas de niño y de loco, parándose ante el espejo como si
quisiera interrogar a su propia imagen, deteniéndose ante el velador
para coger las gotas de esperma que se deslizaban a lo largo de las
bujías color de rosa, y estrujarlas entre los dedos haciendo bolitas con
ademán reflexivo, imponente, amenazador...

De pronto pareció estorbarle la luz y las mató todas de un soplo; luego
abrió la ventana de par en par, y la muchedumbre, siempre compacta, de
París, lo desafiaba, precipitándose por el bulevar entre torrentes de
luz, sin detenerse un momento, sin descansar nunca, como un alma réproba
condenada por Dios a una fiesta eterna.

Entre los remolinos de aquella muchedumbre y los mil cambiantes de luces
de todos colores y reflejos, que asemejaban el bulevar al fantástico
escenario de un baile de hadas, Jacobo sólo veía un pensamiento, un plan
cuyas primeras líneas se le torcían a cada instante, empujadas por ideas
opuestas, por inconvenientes inesperados, por temores fundadísimos que
le hacían titubear, gimiendo de dolor como un niño caprichoso a quien
quitan de las manos una golosina, rugiendo de rabia como un león
encadenado a quien arrancan de las garras su presa; que esto era para él
la idea de devolver aquellos documentos, de no quedarse con ellos
utilizándolos en provecho propio, y siendo actor principalísimo en vez
de mero instrumento... Mas ¿cómo responder entonces a la reclamación del
terrible propietario? ¿Cómo evitar la sospecha de aquel robo, hecha a un
ladrón sin duda, pero al fin y al cabo robo? ¿Cómo prevenir la venganza
terrible e inevitable que había de seguirse al descubrimiento?...

Entre las mil mojigangas ridículas de que tantas veces se había reído en
las logias, destacábase entonces en su imaginación algo terrorífico,
algo amenazador, que tomaba forma sensible en aquella palabra misteriosa
que siempre había pronunciado riendo y recordaba ahora temblando:

--_¡Neckan!_ ¡Venganza!...

Preciso era obrar con prudencia y reflexionar, y pesar, y medir, y
decidir sin tardanza...

Y, como si esperase hallar con el movimiento alguna de esas ideas que se
ocurren de repente al volver una esquina o brotan en medio del arroyo,
lanzóse a la calle después de encerrar en la cómoda todos los papeles, y
siguió por el bulevar des Capucins, y entró por el de la Magdalena, y
recorrió luego toda la calle Real, y entróse después por un laberinto de
calles desconocidas, para volver a las dos horas al hotel, rendido,
fatigado, sin haber pensado nada ni decidido nada tampoco...

Porque era Jacobo de esos hombres audaces a la vez que irresolutos, en
quienes la reflexión, lejos de allanar el camino al entendimiento que
plantea y tirar de la brida a la apasionada voluntad que se desboca,
sólo consiguen enredar al primero en intrincadas imaginaciones, y
exasperar a la segunda hasta hacerla saltar al fin, de repente, de un
golpe, cuando menos lo requiere la oportunidad y lo aconseja la
prudencia. Caracteres por lo general fogosos, impacientes, que obran por
brotes más bien que por razonamientos, y tomando por realidades las
perspectivas de la imaginación, edifican sobre ellas fuertes castillos,
sin más cimientos que el aire.

Por la escalera, agarrándose a la balaustrada, subía renqueando un
viejo, envuelto en un largo y amplio gabán de mackintosk, capaz de
preservar de todas las humedades a un explorador del Polo.

Parecióle a Sabadell aquella estantigua el tío Frasquito en persona, y
comenzó a subir ligeramente con la idea de alcanzarlo. Mas el viejo, al
notar que le perseguían, zambulló el rostro en su gran cuello de pieles,
y ocultando con presteza en el bolsillo del gabán algo que en la mano
llevaba, entróse prontamente en el cuarto contiguo al de Jacobo.
Quedósele este mirando sorprendido y receloso, y dudando entonces de que
fuese el tío Frasquito, entró también en su aposento.

En el fondo de este había una puertecita de escape que dividía en dos un
solo departamento, cerrado para ello con doble pasador por una y otra
parte. Acercóse a ella Jacobo de puntillas y púsose a escuchar
atentamente. Oyó entonces que echaba un fósforo el vecino y aseguraba la
puerta del corredor cerrando la llave por dentro... Oyó después
acercarse a la débil puertecilla unos ligeros pasos que no ahogaba del
todo la alfombra, y sintió un leve crujido en el pasador por la parte
opuesta...

Azorado, Jacobo dio un paso atrás conteniendo casi el aliento, y
lanzando una mirada rápida a la cómoda que guardaba los papeles, sacó
del bolsillo del pantalón un revólver de seis tiros... El vecino le
espiaba, y en su acalorada fantasía vio ya el masón traidor los puñales
de todas las logias de Italia dispuestos a reclamarle el precioso
depósito.

El pestillo crujió de nuevo mientras tanto; indudable era que el vecino
lo echaba o descorría, y como natural era suponerlo echado, podía muy
bien sospecharse que intentaban abrirlo. La puerta, charolada con gran
primor, no presentaba agujero ni resquicio alguno que permitiera la
vista.

Los ligeros pasitos volvieron a resonar otra vez alejándose, y Jacobo
tornó a acercarse con el revólver montado y el oído atento. A poco sonó
una tos sospechosa; no era la pulcra, perfumada y cadenciosa tos del tío
Frasquito, sino una tos asmática, tos de viejo, que recordaba esos
crujidos peculiares que anuncian en las casas ruinosas el próximo
hundimiento.

Otro ruido extraño vino a aumentar su zozobra: oyóse un ligero golpe
metálico, argentino, semejante al de la hoja de un puñal chocando con
precaución sobre una superficie cristalina o marmórea; después, a
intervalos y por largo rato, un ruido sordo de algo que frotaba con
rapidez y ligereza...

Quizá el vecino afilaba el puñal, quizá lo estaba envenenando...

Todo quedó en silencio un breve rato; oyéronse después los ligeros
pasitos en diversas direcciones; tornáronse a acercar a la puerta,
sintiéndose tras ella el roce del vecino sospechoso que espiaba, y más
tarde, al dar la una en el reloj del hotel, oyóse un golpe semejante al
de un cuerpo pesado que cae sobre un colchón de muelles; después un
¡Aaaaaah! prolongadísimo, un bostezo formidable, que vino a tranquilizar
a Jacobo.

Nadie que va a matar se prepara bostezando.

Tranquilo ya entonces, aunque siempre receloso, puso el revólver sobre
la mesa, y con el deleite del avaro que revuelve sus tesoros, engolfóse
de nuevo en la lectura y examen de los papeles.

De repente saltó otra vez azorado en el asiento, echando mano al
revólver: en el cuarto vecino había resonado un salto violento, pasos
precipitados, varios golpes en la puerta, y al punto una voz cascada,
angustiosa, que gritaba en castellano:--¡Socorro!... ¡Socorro!...

Después, con el intervalo de un lamento, volvió a escucharse en francés:

--_Au secours_!... _Au secours_!...



--IV--


De malísimo humor volvió aquella noche al _Grand Hôtel_ el tío
Frasquito: había aguantado dos horas el aristocrático aburrimiento del
Círculo de la Unión, _sancta sanctorum_ del _Faubourg Saint-Germain_
masculino, en que tan escasos profanos logran entrada franca, y es, por
lo mismo, objeto codiciado por todos los vanidosos ilustres. Siempre la
gallina del vecino nos parece una pava, y bostezar en compañía de los
Montmorency y los Rohan no deja de tener cierto encanto, aun para los
que suelen unir sus bostezos a los de los Osunas y los Medinacelis.

Solía quejarse el tío Frasquito con harta frecuencia de dolor de muelas,
y aprovechaba esta ocasión para desplegar toda la boca con gesto
doloroso, poniendo de manifiesto una magnífica dentadura, limpia, igual
y blanca, como las teclas de un piano que le había costado diez mil
francos en casa de Ernest, famoso dentista de Napoleón III.

Lamentábase entonces de sufrir dolores tan acerbos con una dentadura
tan sana, y guardábase muy bien de añadir que radicaban estos en cierta
muela rezagada, única propia, existente allá en los confines de sus
encías, como una piedra miliaria en mitad de un desierto.

La impresión del frío prodújole a la salida del Círculo una ligera
punzada en la muela fósil, y apretó el paso sobresaltado para llegar
pronto al hotel y tomar buchadas de elixir que le librasen de una noche
toledana. En mitad de la escalera miró a todas partes con grandes
precauciones, y no descubriendo alma viviente que sorprendiera su
secreto, sacóse prontamente la dentadura y envolvióla en el pañuelo: eso
le aliviaba mucho, y le desfiguraba tanto, que parecía entonces su
fisonomía una burlesca caricatura de sí misma.

El tío Frasquito tenía su habitación en el piso cuarto, y al llegar al
segundo, notó con sobresalto que alguien le seguía por la escalera...
Apretó el paso azorado, y mirando por el rabillo del ojo, descubrió al
marqués de Sabadell que subía de dos en dos los escalones, para
alcanzarle sin duda. ¡Santo Dios, y qué apuro tan grande!

Zambulló la cara hasta las cejas en el gran cuello de pieles, guardóse
prontamente en el bolsillo la dentadura y apretó a correr hasta llegar
sin resuello a la puerta del aposento.

¡Perrrverrsa suerrte!

Sabadell le seguía sin descanso, y deteníase al fin a la puerta del
cuarto vecino sin osar acercársele, pero mirándole de hito en hito,
extrañado, atento, receloso...

--¡Se tragó la parrtida!--pensó el tío Frasquito--. Mañana sabe todo
Parrrís que no tengo dientes.

Y afligido con esta idea, entróse atropelladamente en su cuarto,
encendió la luz y corrió a asegurar la puertecilla de comunicación por
la parte de dentro, temeroso de que el importuno vecino acechase sus
secretos.

Este parecía, en efecto, abrigar intenciones perversas, porque el tío
Frasquito percibía claramente del otro lado del tabique ruidos extraños
que le desasosegaban, poniéndole nervioso; la puertecilla, sin embargo,
no tenía rendija alguna traidora que diera paso a una mirada, y esto lo
tranquilizó algún tanto.

Tomó sus buchadas de elixir, desaparecióle por completo el dolor de
muelas y púsose a limpiar la dentadura, frotándola con un cepillo de
mango atornillado de plata, que producía al chocar contra el cristal o
el mármol del lavabo sonidos metálicos.

Hecha esta operación, comenzó el tío Frasquito a desprenderse de sus
accesorios componentes para meterse en la cama; mas antes, en puntillas
y ya en mangas de camisa, hizo un tercer viaje de exploración a la
puertecilla sospechosa; el vecino parecía tranquilo y el tío Frasquito
emprendió el viaje de vuelta, dando largas y sigilosas zancadas, y
tarareando muy bajo, con pueril satisfacción, aquello de _Las Hijas de
Eva_:

    Tranquila está la venta,
    No se oye ni un mosquito...

Quitóse con grandes precauciones la perfumada peluca y calóse
prontamente un gorro de dormir de forma piramidal, terminado en una
borlita: un sencillo y majestuoso _casque à mèche_, de aquellos que
recomendaba Jerónimo Paturot a sus parroquianos por usarlos así monsieur
Víctor Hugo. Sabido es que el _bonnet de nuit_ es entre los franceses
una veneranda institución social que nivela todas las cabezas, como las
niveló en otro tiempo la cuchilla de la guillotina. Felipe Augusto y el
último de los albigentes aparecían tan iguales a la sombra del primero,
como Robespierre y Luis XVI aparecieron siglos después bajo el filo de
la segunda.

Media hora larga tardó el tío Frasquito en desarmarse de todo, y cuando
envuelto en su largo camisón se dejó caer en la cama, Hubiérase dicho
que el tío Frasquito que se acostaba era la raíz cúbica del tío
Frasquito que, rellenado y compuesto, se exhibía por todas partes.

A la luz de la palmatoria que sobre la mesilla de noche ardía púsose a
leer, según su costumbre, una novela del vizconde _d'Arlincourt_, para
conciliar el sueño. Gustábale el género romántico, y pasábansele a veces
las noches de claro en claro, cual si tuviese quince años, compadeciendo
los dolores de alguna Clarisa o participando de las ternezas de algún
Adolfo. La primera cabezada del sueño hízole dar con las narices en la
mesilla de noche, y el libro rodó por el suelo: inclinóse, sin embargo,
a recogerlo, porque el capítulo era interesante y quería terminarlo.

A poco, un fuerte olor a trapo quemado llegó a sus narices, haciéndole
incorporarse con sobresalto, temiendo los riesgos de un incendio. Miró a
todas partes; nada se descubría por ningún lado que denunciase el voraz
elemento, y, sin embargo, el tufillo o trapo quemado seguía dándole en
las narices con progresiva persistencia.

Asomó la cabeza fuera de las cortinas del lecho, miró bajo la almohada,
entre las mantas, en la fosforera de porcelana que sobre la mesilla
tenía... ¡Nada, nada! Quizá había caído alguna prenda de vestir en la
chimenea: algún calcetín, algún pañuelo...

El tío Frasquito saltó fuera de la cama y corrió allí muy alarmado...
¡Tampoco!... El fuego ardía en la chimenea moderadamente, y la espesa
grille metálica que la cerraba no permitía el paso a ninguna brasa.

--¡Cosa más singularr!...

¿Sería quizá en el cuarto vecino, o en el corredor de entrada, o tal vez
en el bulevar, algún incendio formidable que hiciera penetrar a través
de las maderas sus inflamados miasmas? El tío Frasquito corrió primero a
la puerta de entrada, a la de comunicación luego, y a la ventana por
último, sin encontrar rastro alguno de incendio, con las narices
abiertas, olfateando siempre y percibiendo, mientras más se movía de una
parte a otra, el alarmante tufo más marcado.

--Perrro, señorr, ¿qué se quema?... ¡Si esto parrrece cosa de
magia!--pensaba el tío Frasquito, en camisa, en mitad del aposento, con
los brazos cruzados, el cuello tendido, y dirigiendo a los cuatro
ángulos sus narices dilatadas y sus ojos muy abiertos.

Parecióle entonces sentir un calorcillo alarmante en lo alto de la
cabeza, y miró al techo... ¡Nada tampoco!... Volvióse rápidamente, y un
grito de espanto se escapó de sus labios al verse frente a frente de un
espejo... En él se reflejaba su estrafalaria figura, cubierta por el
largo camisón y coronada por el gorro de dormir, en cuya punta brillaba
una rojiza llamita... ¡Cielo divino, allí estaba el incendio!

El miedo no raciocina nunca, y el que sintió el tío Frasquito impidióle
comprender que la borlita del gorro se había inflamado en la palmatoria
al inclinarse para recoger en el suelo el malhadado libro... Perdió,
pues, del todo la cabeza el pobre viejo, lanzóse al timbre eléctrico,
corrió luego a la puerta pidiendo socorro, y aporreando después la de
Jacobo, gritó de nuevo:

--_Au secours_!... _Au secours_!...

Abrióse entonces violentamente la puertecilla y apareció en ella Jacobo,
revólver en mano... Imposible era reconocer al tío Frasquito en aquel
esperpento, y Jacobo no vino en la cuenta de quién era hasta que
tendiendo el fantasma hacia él los brazos abiertos, gritó angustiado:

--¡Jacobo!... ¡Jacobo!...

Este, sin comprender nada todavía, diole por primera providencia un gran
sopapo en la cabeza, y el gorro inflamado rodó por el suelo,--dejando al
descubierto una calavera monda y lironda, blanca y reluciente como un
melón invernizo.

Fue todo aquello una grotesca escena de sainete, acaecida en un segundo,
y, sin embargo, aquella pequeña y ridícula trivialidad de la vida
decidió para siempre de la suerte de Jacobo...

El criado de servicio en aquel departamento llamaba, atraído por el
timbre, a la puerta del cuarto; comprendió entonces el tío Frasquito lo
ridículo de la situación, y cada vez más angustiado, calóse prontamente
una gorra de pelo, envolvióse en un abrigo de pieles, púsose la
dentadura y refugióse en el aposento de Jacobo, diciéndole a este medio
lloroso y suplicante:

--¡Contesta tú, Jacobito!... ¡Que no me vean!...

Entonces, de repente, entre la espesa bruma de temores y perplejidades
que envolvía la mente de Jacobo como una cerrazón del océano,
paralizando su natural audacia, brotó un punto luminoso... El tío
Frasquito era rico, influyente, tenía entrada en todas partes, y aquella
ridícula aventura le ponía en su poder atado de pies y manos, dadas las
femeniles manías del presumido viejo. Las torcidas líneas de su plan
comenzaron al punto a enderezarse, y una idea germinó al fin en su
mente, vaga todavía e indecisa, pero visible ya, como el capullo del
gusano de seda a través de su sedosa borra.

Despidió al criado, disculpando al tío Frasquito con una alarma
infundada, apagó el gorro, todavía inflamado, en la jofaina llena de
agua, abrió un poco la ventana para renovar el aire y volvió presuroso a
su cuarto, donde el tío Frasquito le aguardaba.

Este, sosegado ya y tranquilo, hallábase arrellanado en la poltrona, al
calor del fuego; cuando entró Jacobo, examinaba atentamente, con aire de
aficionado, los tres sellos de lacre arrancados a los cartapacios por el
masón traidor y olvidados en su azoramiento encima de la mesa.

Los papeles estaban a buen recaudo, encerrados bajo llave en la cómoda
del fondo.

--¡Qué alboroto más necio!--exclamó el tío Frasquito al verle.

Y queriendo atenuar lo ridículo de la escena, no dándole importancia
alguna, añadió en seguida:

--¿Qué sellos son estos?... No los conozco...

El tío Frasquito coleccionaba sellos diplomáticos, según ya dijimos, y
tenía un álbum de curiosos ejemplares que compraba a precios muy
subidos. Días antes había pagado doscientos francos por un sello antiguo
de cera de Yacoub Almanzor, que ostentaba en letras árabes esta hermosa
leyenda: «Que Dios juzgue a Yacoub, como Yacoub haya juzgado».

--La corrrona esta es de Italia: corrrona rreal sobre la cruz de
Saboya--prosiguió el tío Frasquito--. Uno idéntico tengo de Víctor
Manuel, perrro estos otros no los conozco...

Embarazado Jacobo al ver en manos del tío Frasquito aquella prueba
flagrante de su atentado, no contestaba, y el viejo, volviendo y
revolviendo en todas direcciones los dos sellos verdes, preguntaba sin
cesar:

--¿De quién son?... ¿Te sirven?

Jacobo, más y más embarazado, contestó por decir algo:

--¿A que no lo aciertas?...

--¡Toma!--exclamó de repente el tío Frasquito--. ¡Ya lo creo! El compás
y la escuadra y la rramita de acacia en medio... ¡Torrrpe de mí! ¡Si
esto huele a logia que trasciende!...

Jacobo se echó a reír forzadamente, y el tío Frasquito, con el ardor de
un amateur que tropieza con una ganga, añadió entusiasmado:

--Pues me los vas a darr, Jacobito... De estos no tengo ninguno, y son
curriosísimos... Supongo que no te servirán; a lo menos, uno me llevo...

¡Cosa extraña y, sin embargo, harto común en caracteres como el de
Jacobo! Cuatro horas llevaba este batallando consigo mismo sin osar
decidirse, y de repente, en un momento, con cuatro palabras tan sólo,
quemó sus naves y decidió su suerte.

--Llévate los tres, si quieres--dijo encogiéndose de hombros.

_Alea jacta est_!... Una vez entregados los sellos, imposible era
colocarlos en su lugar y devolver los papeles, conservando copia de
ellos, como había sido su primera idea, y hacíase preciso correr los
riesgos de aquel audaz atentado, sin que hubiese ya lugar al
arrepentimiento. Aquel punto luminoso le deslumbraba sin duda, o el
capullo de su idea iba poco a poco aclarando la borra nebulosa en que
antes aparecía envuelto.

El tío Frasquito no se hizo repetir la invitación: envolvió los sellos
con gran cuidado en el papel en que se hallaban puestos y guardóselos
prontamente en el bolsillo, como si temiese que Jacobo revocase la
dádiva. Este le miraba hacer con una extraña sonrisa, y cuando el
terrible papelito desapareció en el bolsillo del viejo, murmuró en
lengua turca:

--_¡Olsum!_[11]...

[Nota 11: Amén.]

Y levantándose de pronto, propuso al tío Frasquito pedir un _bowl_ de
_punch_ bien caliente. Excusóse este, dando por pretexto lo avanzado de
la hora; mas Jacobo, con frases cariñosas y expresivas y cierto aire
melancólico que sentaba muy bien a su varonil hermosura, le instó a que
se quedase. ¿Iba a negarle aquel rato de expansión?... ¡Estaba tan
triste, tan abatido, tan solo en el mundo!

Miróle el tío Frasquito extrañado, y la curiosidad, que es la fuerza de
resistencia más sufrida que se conoce, le clavó en el asiento... Quizá
iba a despejar la X misteriosa que se debatía aquella misma tarde en la
terraza del _Grand Hôtel_, la incógnita que representaba la presencia
intempestiva de Jacobo en París, abandonando su Embajada de
Constantinopla. El tío Frasquito recordaba haber aprendido en el Colegio
Imperial, allá cincuenta años antes, aquello de Horacio: «_Fecundi
calices quem non fecere disertum_?». Y el ponche fue aceptado con
disimulado entusiasmo.

Horacio no se equivocó, en efecto: Jacobo comenzó inter pocula sus
confidencias, hablando lentamente, muy bajo, a retazos, como un hombre
agobiado de pena que destila gota a gota por los labios la amargura que
inunda su alma... Abrumábale el peso de un remordimiento, de una
espantosa catástrofe de que había sido él causa involuntaria,
obligándole a huir de Constantinopla con el corazón hecho pedazos y la
conciencia salpicada de sangre...

El tío Frasquito pegó un brinco en el asiento, abriendo los ojos
tamaños, y Jacobo inclinó la cabeza entre las manos, mirando atentamente
su copa vacía y guardando silencio.

--¡Hombrre, hombrre... eso es serio!--murmuró el viejo asustado; y como
viese que el otro prolongaba su silencio, tiróle de la lengua, diciendo:

--Serría cuestión de faldas, sin duda...

--O de pantalones, que para el caso viene a ser, en Turquía, lo
mismo--replicó Jacobo.

Y de repente, de un tirón, con el violento esfuerzo de un hombre que
arroja lejos de sí un peso que le abruma, refirió con todos sus detalles
la terrible historia de la cadina Sarahí... El tío Frasquito escuchaba
con la boca abierta, encogiéndose, encogiéndose en la poltrona,
convencido de su pequeñez, a medida que lo novelesco y lo terrible
agigantaban en su imaginación la figura del héroe de aquella aventura
legendaria, de que era el primer confidente y esperaba ser futuro
cronista... Y a la idea de ser el primero en lanzar a los cuatro vientos
de la publicidad la trágica aventura, el tío Frasquito se alargaba, se
alargaba en la poltrona, hasta hombrearse con el héroe como la sombra se
hombrea con el cuerpo y el eco con la música, y Homero con Aquiles, y el
inmortal Virgilio con el divino Eneas. ¡Y pensar que era ya demasiado
tarde para correr de casa en casa aquella misma noche dando la
noticia!...

Jacobo leía en la cara de babieca del tío Frasquito lo que allá para sus
adentros iba pensando, y no pudo contener una sonrisa de triunfo al ver
conseguido su primer intento. Al día siguiente, la historia de la cadina
correría por París entero, justificando gloriosamente su fuga de
Constantinopla, y rodeándole a él de la aureola de lo novelesco, de lo
absurdo, de lo imposible; pedestal el más alto sobre que suele colocar
sus ídolos de un día el público de papanatas ilustres, que anda a caza
de novedades y cuentos.

Harto conocía Jacobo aquel público, y necesitaba y le bastaba un solo
día para sentar seguramente el pie en el nuevo terreno a que sus planes
le llevaban. Quiso, sin embargo, remachar el clavo, y levantándose sin
decir palabra, fuese a la maletilla abierta sobre la cómoda, revolvió un
poco y arrojó después sobre el velador, delante del tío Frasquito, un
pequeño objeto, diciendo:

--¡Único recuerdo de mi idilio de Oriente!...

Era una babucha, pero una babucha inverosímil por su tamaño, de raso
blanco, con puntera de filigrana de oro y lazos de pluma de cisne
sujetos con esmeraldas: una preciosidad artística, cortada sin duda
alguna a la medida del pie de un hada, y hecha, más bien que para
encerrar un pie humano, para guardar joyas y dijes sobre el tocador de
una dama.

El tío Frasquito se quedó pasmado, viéndose otra vez chiquitito,
chiquitito como el _little man_ Carlos Statton, que podía bañarse en
aquella ponchera, y figurándose a Jacobo alto, alto como el Napoleón de
la columna de Vendôme, que mira a los hombres por la coronilla...

Un deseo irresistible, tentador, nació entonces en su alma y se detuvo
en sus labios tímido y respetuoso. Hubiera dado su más preciada joya, su
dentadura misma de Ernest, por tener tan sólo veinticuatro horas aquella
presea de la cadina y pasearla por todos los salones y enseñarla a todos
los curiosos, desempeñando así un _bout de rôle_ en aquella novelesca
tragedia que había de ser al día siguiente tema obligado de todas las
conversaciones. París entero correría a postrarse ante aquel exótico
zapato y él sería entonces el sumo sacerdote que mostrase la reliquia a
la turba de noveleros.

Y como si Jacobo leyese en su frente aquel deseo, y desde las alturas de
la columna de honor en que el viejo le colocaba se dignase realizarlo,
le dijo de pronto:

--Tío Frasquito..., hazme un favor...

--¿Qué?...

--Guárdate eso...

--¡Perrro, hombre!...

--¡Sí, sí!... Llévatelo y que no lo vea más... Para mí es un recuerdo
triste, y para ti es un _bibelot_ curioso, que puedes colocar encima de
tu mesa...

--Perrro, Jacobito, hijo..., no sé si debo...

--Sí debes, hombre, sí debes... Ahí llevas la zapatilla de Ceneréntola;
el día en que encuentres una mujer que pueda calzársela, ese día me la
devuelves.

--Pues entonces es mía parra siemprre--replicó el tío Frasquito
encantado--. No creo que fuerrra de Turquía se calcen las mujeres con
hojas de lirrrio.

Despidióse al fin el tío Frasquito de Jacobo con las mayores muestras de
cariño, y no bien se vio a solas en su cuarto, comenzó a examinar la
babucha por todos lados, acabando por meter dentro las narices...
Retirólas, sin embargo, al punto, haciendo un gesto de disgusto: no
encontraba allí aquel suave perfume de Smirna, mezcla de áloe y de
incienso, que se figuraba él había de dejar dondequiera que se posase el
pie de una odalisca: lejos de eso, olía mal, muy mal--y el tío Frasquito
fruncía la boca y arrugaba las narices--; olía a una cosa rara, así como
mezcla de cuero sin adobar y engrudo medio podrido.

Miró entonces a la suela, y estaba esta limpia, flamante, como si jamás
se hubiera puesto en contacto con el suelo, ni sufrido la presión de la
más ligera golondrina... ¡Hum!... ¿Si resultaría después de todo que el
tal Jacobito era un grandísimo embustero, que le había encajado una
sarta de mentiras?...

Y pensando en esto, el tío Frasquito quedóse largo rato inmóvil, mirando
atentamente la suela del zapato, como si interrogase a la Esfinge...
Encogióse al fin de hombros: después de todo, aunque la reliquia
resultase apócrifa y tuviera que ver con la cadina lo que sus calzones
de él con los del gran Turco, nada se perdía en ello... _Se non è vero,
è bene trovato._ ¡Mayores _pamphlets_ había visto él correr por el
mundo!...

De pronto se acordó de una cosa importantísima, y corrió a dar discretos
golpecitos en la puerta de Jacobo; este, con su truhanesca sonrisa
estereotipada sobre los labios, ocupábase en aquel momento en esconder
en el último rincón de la maleta la babucha compañera de la regalada al
tío Frasquito. La historia de la cadina era cierta, mas la babucha
habíala comprado él en el Gran Bazar, por mero capricho, a uno de esos
viejos turcos de rostro impasible, ojos de vidrio, enorme turbante y
caftán naranjado, que recuerdan todavía en la Constantinopla moderna los
tiempos de Bayaceto y Solimán el magnífico. El tío Frasquito asomó
tímidamente la cabeza, diciendo:

--Jacobo, Jacobito..., dispensa... Me parrrece lo mejor que no digas
nada de aquello...

--¿Y qué es aquello?

--Pues hombre, aquello... Lo del gorrro, lo del incendio.

--¡Ah, ya!, ni siquiera me acordaba.

--¡Pues clarrro está! Es una tonterrría... Perrro ya tú ves; ¡la gente
es tan necia!... Se rríe de todo y lo pone a uno en rridículo...

--Descuida, hombre, descuida... ¿A quién voy yo a contar semejantes
sandeces?

--Pues, buenas noches, Jacobito... Dispensa... Si ocurre algo, pega en
el tabique... Yo tengo el sueño de un pájarrro; en eso parrrezco un
viejo...

El tío Frasquito acostóse al fin muy satisfecho, pensando en mañana, y
al apagar la luz, esta vez con grandes precauciones, tuvo un escalofrío
de espanto... Parecióle que se arremolinaban las tinieblas en medio del
aposento y surgía de ellas mismas el eunuco estrangulado, con el dogal
al cuello, los ojos fuera de las órbitas, el paso lento, la mano
extendida, fría, yerta, que se alargaba, se alargaba hacia él... y le
tiraba de las narices.

El tío Frasquito se tapó la cabeza con la sábana, apretó mucho los ojos
y por tres veces se santiguó muy de prisa.



--V--


El certamen de belleza femenina, celebrado primero en Spa y luego en
Budapest, despertó en la condesa de Albornoz la felicísima idea de hacer
circular por toda Europa artística y civilizada la suya propia.
Verdaderamente, era para ella una desgracia llamarse Albornoz, porque de
ser su nombre menos ilustre, hubiera corrido a la capital del antiguo
reino de los Esteban y Vladimiros a disputar el premio de la hermosura a
Cornelia Szekely, la húngara laureada.

No pudiendo, pues, ganarlo en persona, ideó ganarlo en efigie,
discurriendo para ello hacerse retratar por Bonnat y enviar la obra
maestra de exposición en exposición, para que, apoderándose de ella el
buril y la fotografía, no quedara rincón del mundo en que se ignorase
que la condesa de Albornoz tenía los ojos, según la frase de Diógenes,
pasados por agua. Así y todo, creíalos ella, allá en las morbosas
excitaciones de su amor propio, capaces de realizar el sueño de
Alejandro y de Napoleón: someter el universo.

Esta idea trascendental deteníala en París desde el mes de noviembre, y
tres veces por semana dignábase _poser_, para bien de la humanidad, en
el estudio del gran artista. El retrato debía de estar concluido para la
próxima exposición de Viena, y costábale el caprichito la friolera de
cuarenta mil francos. Carillo era, sin duda, ¿pero para qué, si no, le
había dado Dios el dinero?

Aquella mañana había enviado Currita un recado a Bonnat para que no la
aguardase, a causa de tener que acompañar a su majestad la reina a la
capilla expiatoria del bulevar Haussman. Las once habían dado ya en el
reloj del _Grand Hôtel_, y Kate, la doncella inglesa, prendía con dos
largas agujas de oro en la cabeza de Currita la riquísima mantilla
española de encajes con que se proponía la dama quitar la devoción a los
pocos que la tuviesen, en las honras fúnebres del infortunado Luis XVI.

La duquesa de Bara habíale ya avisado con su doncella que le estaba
aguardando, para ir juntas al palacio Basilewsky, y Currita, nerviosa e
impaciente, preguntaba sin cesar a Kate si el señor marqués no había
vuelto.

--No, señora--respondió la doncella.

--Pero ¿a qué hora salió?... ¿Cómo ha madrugado tanto?

--Si no ha salido...

--¿Pues cómo es eso?

--Porque desde anoche no ha vuelto.

--¡Ya!--exclamó Currita.

Y mirándose en el espejo, se arregló con sumo cuidado un rojo ricito que
con gran prudencia encubría sobre su frente una manchita de pecas.

La duquesa de Bara, cansada de aguardar, llegó en busca de la perezosa.

--¿Pero, Curra, qué haces?... ¡Mira que la reina estará aguardando!...

--¡Vamos, vamos, Beatriz!... Parece que no conoces a la señora: las doce
nos darán sin salir de la cámara.

Y observando que completaba también la _toilette_ de luto de la duquesa
una mantilla española, exclamó muy alborozada:

--¡Mujer, hemos tenido la misma idea!... ¡Qué delicia!... Les _grands
esprits se rencontrent_...

--Para representar a España, no se podía ir de otra manera... Lo que
siento es no haber pensado en el abanico...

--Pues por lo mismo compré yo ayer uno... Míralo, no es feo... ¿Quieres
otro igual? Kate te lo traerá en un momento: lo compré en la _Compagnie
Lyormaise_, ahí, a la vuelta de la esquina.

La duquesa, ante la perspectiva de un abanico gratis, sintió aminorarse
su prisa. Era un abanico muy bonito, de nácar quemado, muy oscuro, con
país de seda negra. Kate lo pagaría en la tienda, y ella se olvidaría,
de seguro, de pagarlo a Kate; porque en estas cosas de pagar era la
duquesa mujer muy distraída... Al salir Kate, avisó que el señor marqués
había vuelto.

--Dispensa un momento, Beatriz--exclamó vivamente Currita--. Voy a decir
adiós a Fernandito.

La duquesa hizo un gesto de complacencia íntima ante la ternura conyugal
de su amiga.

--¡Qué par de tórtolos!--dijo--. Te aseguro que me das envidia.

Y Currita, con patética entonación, contestó desde la puerta:

--Verdaderamente que es un don del cielo no haber tenido en catorce años
de matrimonio un solo disgusto.

Fernandito acababa de llegar, y a la verdad que no eran sus trazas de
haber estado rezando el rosario. Traía en pie el cuello del gabán, ajada
la camisa, un apabullo en el sombrero, rojos e hinchados los ojos, y
trascendíale el aliento a vino trasnochado. Quedóse muy sorprendido y
turbado a la vista de Currita, y con la forzada sonrisa del escolar que
encubre una picardihuela con una mentira, le dijo:

--He estado a ver a los antropófagos... En el Jardín de las Plantas.

Ella, con tiernísima solicitud, exclamó muy alarmada:

--¡Jesús, Fernandito, me dan miedo esas cosas!... ¿Están sueltos?...
¿Muerden?...

--¡Ca, no!... Si son unos negros cualquiera... ¡Más feos!...

Y se abrochaba con disimulo el gabán, para ocultar a Currita que llegaba
su consideración a los antropófagos hasta el punto de visitarlos a las
diez de la mañana, de frac y corbata blanca. Ella, con su sencillez
columbina, no reparaba en esto, y se apresuró a preguntar con ingenuidad
adorable:

--¿Hiciste mi encargo?

--¿Qué encargo?...

--¡Pues me gusta!... ¿No te dije que fueses a ver a Jacobo Téllez?...

--¿A Jacobo Téllez?... ¿Y quién es Jacobo Téllez?

--Pues, hombre, Jacobo Sabadell, el marido de mi prima Elvira.

--¡Ah, ya!... Si yo creía que se llamaba Benito...

En los claros ojos de Currita brilló un relámpago de ira, y a poco más
pierde su mansedumbre.

--Y aunque se llamara Policarpo--exclamó--. ¿Es razón esa para no hacer
lo que te digo?...

--Pues nada, hija, se me olvidó. ¿Qué hemos de hacerle?

--¡Ir ahora mismo! ¿Te enteras?... Y convidarlo a almorzar... Mira que a
mi vuelta he de encontrarlo aquí contigo.

--Bien, hija, descuida, así se hará... ¿Dices que se llama Benito?

--¡Dale con Benito!... Se llama Jacobo, y es un muchacho
distinguidísimo, a quien quiero que consideres como mi primo que es.

Currita disertó un momento sobre el amor de la familia y el imperioso
deber que tiene todo ciudadano de estrechar estos lazos venerandos, y
dejando ya convencido a Fernandito, marchó a reunirse con la duquesa.

Al subir al carruaje ambas damas, apareció el tío Frasquito presuroso,
muy lozano, pulcro y resplandeciente, haciéndolas señas de que le
aguardasen. Subió con ellas al coche, sacó del bolsillo una curiosa
cajita de cartón y púsola sobre sus rodillas. Las damas le miraban
atónitas y él sonreía picaresco; levantó al fin la tapa con mucho
misterio, y entre perfumados papeles de seda apareció la babucha.

Mientras tanto, Jacobo, sin salir de su aposento del Gran Hôtel, daba
vueltas a su proyecto. La claridad de juicio va en razón directa de la
conveniente distancia a que se contemplan los hechos, y al despertar
aquel día, libre ya de las perplejidades y angustias que atormentaban su
ánimo, pudo apreciar su situación con exactitud verdadera.

Las líneas de su plan aparecieron entonces claras y firmes en todos sus
contornos, a la manera que después de una inundación y cuando las aguas
se retiran, aparece distintamente la altura de los collados y lo extenso
de los llanos y lo profundo de los valles. Encontróse entonces Jacobo
con que sus collados eran montañas, y sus llanos desiertos, y sus valles
abismos...

Y lo peor del caso estaba en que el primer abismo que se abría a sus
pies y le era forzoso salvar, habíalo abierto él con sus propias manos
la noche antes, por jugarlo todo impremeditadamente a una sola carta,
olvidando que era su juego de cartas dobles y complicadas. Porque la
babucha comprada en el Gran Bazar y la necedad del tío Frasquito iban a
colocarle aquel mismo día en lo alto de la columna del escándalo, en la
gloriosa picota de la moda, que asentaba esta vez sus cimientos sobre
los cadáveres de dos seres degradados, muerto el uno con un dogal,
cosida la otra a puñaladas y arrojada en su saco de cuero, sin expirar
todavía, viva y palpitante, en lo profundo del mar de Mármara.

Mas desde aquella columna, donde se podían dictar leyes al mundo del
fausto y del escándalo, sólo se lograba inspirar desprecio y repugnancia
invencible a ese otro mundo, no más pequeño, pero sí más desconocido, de
la honradez y la virtud, y justamente en aquel mundo callado y oculto
era donde se escondía la persona que a toda costa necesitaba él en
aquellas circunstancias... ¿Y quién ponía ya diques al viento? ¿Quién
sujetaba al tío Frasquito, que babucha en mano recorría ya las calles de
París en busca de un pedacito de celebridad, de un solo rayito de la
aureola del héroe?...

Preciso era tirar por otro camino, y la casualidad trajo a Jacobo quién
había de indicárselo. Era este Diógenes, que acudía muy de mañana,
atraído por el dinero que se le figuraba traer el plenipotenciario, como
los buitres acuden al olor de la carne muerta.

Diógenes no era como Sabadell, que jamás se apeaba de su papel de gran
señor, y lo mismo gastaba en boato y en caprichos en tiempo de las vacas
gordas que en tiempo de las flacas, con la sola diferencia de pagar en
los de aquellas y no pagar en los de estas. Diógenes, por el contrario,
vivía en una modesta _maison meublée_, y sentábase de diario a la
primera mesa que hallaba puesta, sin esperar a que le invitasen, por
cierta especie de derecho de cuchara que garantía su poquísima
vergüenza, por una tradición constante que la inveterada costumbre había
convertido en ley escrita en las pandectas de la capigorronería
madrileña. Cuando tenía dinero lo derrochaba espléndidamente, y cuando
no lo tenía, pedíalo prestado, con la intención jamás retractada de no
pagarlo nunca, según su axioma favorito: Cobra y no pagues, que somos
mortales.

Aquella mañana habíase propuesto almorzar con Jacobo y llevárselo
después al _Petit-Club_ a tirar de la oreja a Jorge, con ánimo
deliberado de darle por el camino algún _sablazo_ bien dispuesto.

Su sorpresa fue, pues, grande cuando Jacobo, con la austeridad de un san
Pablo primer ermitaño y la fortaleza de un san Antonio en el desierto,
se negó rotundamente a salir del hotel, diciendo que había jurado no
pisar el impuro suelo de París, que jamás tomaría en la mano una carta y
que no pareciéndole ya conveniente marchar a Madrid a causa del cambio
político, había decidido salir a la mañana siguiente para Biarritz,
donde pensaba intentar una reconciliación con--¡polaina!--¡con su
mujer!...

Escuchábale Diógenes en silencio, mirándole de hito en hito, clavados en
sus ojos los suyos, abotagados por la borrachera continua. Cuando acabó
de hablar, díjole muy serio:

--¡Vamos!... Tú dices lo del gitano del cuento: ¡Señó! Toos píen el pan
de cada día... Yo sólo pío que me pongan donde lo haiga, que ya yo me
arreglaré...

--No te entiendo...

--Pues vaya más claro... Tú dices: mi mujer ha ganado su pleito con la
Monterrubio y tiene una porción de miles de renta... Yo tengo el hambre
del hijo pródigo; pues me voy allá y me como el ternero...

Alborotóse Jacobo al oír tan fielmente expresado parte al menos de su
pensamiento, y con aire de dignidad ofendida, exclamó:

--Te aseguro...

--¡Vamos, Jacobito!... ¡Si conoceré yo a los cojos en el modo de
andar!...

--Te digo...

--¡Si sabré yo el lino que cardo, Jacobito!...

--Creo lo que quieras, pero yo...

--¿Si querrán los pollos engañar a los recoveros?, pichón dorado... Mira
niño: ni tú tienes vergüenza, ni yo tampoco; pero para ser pillo, lo
primero que se necesita es talento, y cuando tú vas, ya estoy yo de
vuelta. ¿Estamos?...

La dignidad sublevada de Jacobo pareció sosegarse mucho, y después de un
momento de silencio, preguntó:

--Según eso, ¿te parece mi plan un disparate?...

--¿Un disparate? Para ti, un negocio redondo; para ella, un robo a mano
armada.

--¿Y crees que Elvira...?

--¿Se dejará robar?... ¡Pues ya lo creo!... Lo que es por ella, en
cuanto le guiñes el ojo... Si te quiere, hombre; te quiere lo mismo que
el primer día en que la engañaste. ¡Mentira parece!...

--Pues entonces...

--Entonces, queda el rabo por desollar.

--¿Y de quién es ese rabo?...

--Amigo mío... del padre Cifuentes.

--¡Ya!... Ya me lo habían dicho.

--Pues no te engañaron.

Quedóse Jacobo un momento pensativo, y rascándose después levemente la
cabeza, añadió con su truhanesca sonrisa:

--Entonces... será preciso confesarse con el padre Cifuentes.

Diógenes se puso muy serio.

--Mira, Jacobo--le dijo--. ¿Me ves tú a mí?... Soy un truhán, un
borracho, un perdis, que todo lo que no sea matar, todo lo he hecho...
Pues para que veas: las cosas de Dios yo las respeto... Las respeto,
porque lo mamé. ¡Polaina! Lo mamé con la leche... No soy bueno porque no
quiero jorobarme siéndolo; pero al que se joroba y lo es, yo le venero;
que no porque merezca yo un presidio dejo de conocer que hay quien
merece la gloria; y no porque me revuelque en un lodazal dejo de ver que
hay estrellas en el cielo...

Jacobo escuchaba estupefacto la extraña salida de Diógenes, que
pronunciaba su arenga babeando la ancha bocaza, dando golpes, ora en su
propio pecho, ora en la mesa.

--¿Y a qué viene todo eso?--preguntó al fin Jacobo.

--¿A qué?... A que dejes tranquila a tu mujer, porque sólo con pensar en
ella la manchas.

--¡Pues me hace gracia!... ¡Valiente paladín le ha salido a la
Elvirita!... ¿Y dónde han hecho ustedes su compadrazgo? Supongo que no
será en el confesonario del padre Cifuentes.

--No, por cierto... La veo y la he sabido apreciar en casa de María
Villasis, que es su amiga íntima.

--¿Conque amiga íntima de tu íntima amiga la Villasis?... ¡Ahora lo
entiendo!... ¿Y qué hace esa perfecta viuda, como la llamaba la de Bara
en otro tiempo?... Supongo que te habrá sucedido con ella lo que sucede
con los perros chinos, que de puro feos hacen gracia... ¿Y mi mujer,
será, sin duda, vuestra confidente?...

--¡Alto ahí, canalla, o te rompo el morro!--exclamó Diógenes poniendo su
formidable puño en las narices mismas de Jacobo--. ¿Qué es lo que buscas
tú? ¿Dinero?... Pues ahí tienes a la de Albornoz; una... pelona como tú,
que te dará lo que quieras... ¿Qué más te da, llamarte Jacobo que
monsieur Alphonse?...

¡Oh!... Jacobo se incomodó esta vez de veras, porque jamás le habían
refregado por la cara una verdad tan áspera. Contúvose, sin embargo,
porque sabía cuán terribles eran las embestidas de Diógenes, y con
forzada sonrisa contestó:

--Mira, Diógenes, la borrachera de ayer te dura todavía... ¿En qué
cabeza cabe sino en la tuya, de bala rasa, que fuera yo a venderme a mi
mujer por un puñado de duros?...

--Amigo, cuando no dan más en la puja, hay que decir lo del otro gitano
del cuento... Se confesó de haber robado tres pesetas, y el cura le
dijo: «¿No te da vergüenza, infeliz, de condenarte por tres miserables
pesetas?...» «¿Y qué quería usted que _jiciese_, si no había más?...»

Aquí interrumpió la disputa el marqués de Villamelón, que entraba
restaurado ya por completo de sus desperfectos de la mañana. Al verle
Diógenes, cogió prontamente un periódico y púsose a leer junto a la
chimenea, en el lado opuesto.

El marqués fuese derecho a Jacobo, que ceremoniosamente se levantaba
para recibirle, y apretándole ambas manos, díjole con grande afecto:

--Adiós, Benito, ¿cómo te va?... Tú siempre tan famoso...

Y con protectora afabilidad diole dos cariñosas palmaditas en el hombro
izquierdo.

--Dispensa que no viniera a verte ayer, Benito--prosiguió Villamelón,
sentándose--. Pero en este París, ¿me entiendes?, no hay tiempo para
nada... Curra te espera a almorzar. ¿Lo sabes?... A las dos: un poco
tarde quizá; pero hoy está de servicio con la reina. ¿Me entiendes?

Ofendióse la altivez de Jacobo con los aires protectores del héroe del
combate _navo-terrestre_ de Cabo Negro, y quiso declinar fríamente la
honra del convite; mas Villamelón le atajó la palabra, diciendo:

--¡Nada, nada, nada! ¿Me entiendes?... No admito excusas, Benito; y
Curra se ofendería de muerte. ¿Sabes?... Tiene debilidad por la familia,
y lo que es por ti, delira. Siempre está con Benito arriba, Benito
abajo...

Diógenes gritó desde su asiento:

--Pero, Villamelón..., quiero decir, ¡majadero!... ¡Si no se llama
Benito!...

--¡Ay! Es verdad, que era... ¿Cómo era?...

--Jacobo.

--¡Eso es, Jacobo!... Pues dispensa, Jacobo; pero tengo una memoria
infelicísima, y lo peor es que cada día se me va debilitando...

Quejábase con harta razón Fernandito de su falta de memoria, síntoma
fatal a veces de los reblandecimientos cerebrales. Mas Diógenes, que no
perdonaba ocasión de descargar su terrible mandoble, púsose a recitar
como si leyera en el periódico:

    Hablando de cierta historia,
    A un necio se preguntó:
    --¿Te acuerdas tú?--Y respondió:
    --Esperen que haga memoria.
    Mi Inés, viendo su idiotismo,
    Dijo risueña al momento:
    --Haz también entendimiento,
    Que te costará lo mismo.

Jacobo y Villamelón se miraron entre sí, miraron después a Diógenes, y
tornado a mirarse ambos, echáronse a reír, diciendo al cabo Fernandito:

--¡Qué cosas tiene!... No hay más remedio que dejarlo o matarlo. ¿Sabes,
Benito?...



--VI--


El tío Frasquito no podía ya con las piernas, y esforzábase en vano por
discurrir algo parecido a la hazaña de Churruca en Trafalgar, cuando
privado también de una de las suyas por una bala de cañón, siguió
mandando el combate desde el puente del navío metido en un tonel de
afrecho.

¡Oh!... ¡Si aquello le hubiese sucedido a él veinte años antes, cuando
en un solo día hizo sesenta y nueve visitas para anunciar el primero
aquel famoso casamiento que alistaba en el número de sus sobrinos a
Luisito Bonaparte, el conde consorte de Teba!

Y lo peor del caso era que cuando, a las cuatro de la tarde, volvió al
Gran Hôtel rendido y desalentado por no haber podido enseñar más que a
las dos terceras partes de la colonia española la babucha apócrifa de la
cadina, encontróse con que la trágica historia tenía una segunda parte,
interesantísima también, pero pía, devota, sentimental, romántica, en
que cabía a su persona no sólo el papel del cronista, sino el de agente
poderoso, de intercesor eficacísimo, de _ama de llaves de la
Providencia_, que hubiera dicho Diógenes, en el bello final de aquel
drama que comenzaba su acción en las barbas del Sultán e iba a
terminarse bajo el manteo del padre Cifuentes. Acordóse el tío Frasquito
de Matilde y Malek-Adhel, y se sintió enternecido; la emoción le produjo
un golpe de tos violentísimo, que fue necesario calmar con tres
caramelos de malvavisco.

Porque Jacobo había acudido a él de nuevo en demanda de auxilio y
abiértole su corazón hasta lo más recóndito. Era singular lo que por él
pasaba, y en vano había intentado explicárselo. La noche antes daba
vueltas en el lecho, inquieto y desvelado, viendo desfilar en su
memoria los treinta y tres años de su vida cargados de placeres, de
aventuras, azares sin mañana, flores sin raíces, gozos sin recuerdo,
locuras sin felicidad que le causaban entonces en el ánimo la impresión
de repugnancia que causa al estómago ahíto e indigestado el recuerdo de
manjares sustanciosos.

El tío Frasquito le escuchaba atento y boquiabierto, creyendo ver
apuntar en el corazón apasionado de Malek-Adhel aquellos alborotos
misteriosos que trocaron los de Rancés y Mañara... Mas de repente,
dejando Jacobo el tono sentimental de su perorata, preguntóle en prosa
llana dónde andaba a la sazón su mujer Elvira.

El tío Frasquito hizo una mueca de disgusto, como si viera trocar a
Malek-Adhel el blanco turbante por el sombrero de copa alta, o le
hicieran saltar de una página de Madame Cottin a otra de la _Guía de
forasteros_.

--¿Elvirrra?--contestó--. Pues no sé, perrro debe de estar en
Biarrriz... Ayerrr dijo la López Morrreno que la había visto.

Quedóse Jacobo mudo y pensativo por un momento, y el tío Frasquito,
reventando de curiosidad, se apresuró a añadir muy atento y oficioso:

--Perrro si quierrres noticias cierrtas, yo conozco a una persona que
puede dármelas.

--¿Quién?...

--El padre Cifuentes.

--¡Hombre!... ¿Conoces tú al padre Cifuentes?...

--¡Ya lo crreo! Si es mi sobrino: hermano de madrrre de la Vegallana...
Es hijo de Tonino Cifuentes, que fue subsecretario de Estado en tiempo
de Iztúrrriz, y entró en la Compañía, cuando...

--¿Pero está también en Biarritz?

--No: está aquí en Parrrís; en la rrue de Sévres... Desde el 68 no ha
estado en España sino de paso.

Y con cierto delicado recelo, añadió tímidamente:

--¿Quierrres que lo vea?...

--No... Quiero verlo yo mismo.

El tío Frasquito brincó otra vez emocionado, viendo ya a Malek-Adhel
fundando, como Rancés, una Trapa, o un hospital como don Miguel de
Mañara... ¡Todo, todo iba saliendo lo mismo, igual, idéntico que en la
_Favorita_!... Fernando, _la bella del Re_, fray Baltasar... Faltaba tan
sólo el convento, y ansioso él de poner la primera piedra, se apresuró a
decir:

--Pues te llevarrré cuando quierrras.

--Mañana mismo.

--Conformes.

Cauto, sin embargo, el tío Frasquito, y deseando prevenir en el ánimo
del novicio las deficiencias que pudiera tener en su papel de fray
Baltasar el padre Cifuentes, apresuróse a decirle que era este un
cuitadito, un infeliz sin pizca alguna de mundo, que hablaba _oportune
et importune_ del infierno, pintando unos diablos feotes y groseros que
en nada se parecían a los diablillos correctos, perfumados, elegantes,
que se figuraba el tío Frasquito de frac y corbata blanca, pelo rizado,
gardenia en el ojal, monóculo en el ojo izquierdo y un lazo de color de
fuego en la punta del rabo.

--Porrque mirrra, la verrrdad--prosiguió con aire de íntima confianza--.
Yo soy muy católico, muy creyente, perrro lo que es el clerrro, deja
mucho que desearr en todas parrtes... No se encuentra un sacerrdote que
nos conozca bien, que sepa amoldarrse a nuestro modo de serr, al modo de
sentirr de las gentes de nuestrrro círrculo... El mismo padre Cifuentes,
el otro día, en el entierrro del general Tercena, me dio la tarrde,
hijo, me dio la tarrde... empeñado en convencerrme de que yo me había de
morrrirr también, y que era menester preparrrarrse y pensarr en lo
eterrno... En fin, hijo, me angustió, ¡me angustió de verrras!... Y
cuando lo de Pepita Abando, ¿tú no sabes?... Estuvo atrroz, atrroz,
crruelísimo... Una muchacha tan buena, tan elegante, tan carrritativa,
que nunca tuvo más pasión que Pablo Verrra, y todo Madrid lo sabía y lo
sancionaba, y hasta su mismo marrrido se hacia cargo... Pues nada, hijo,
el padrre Cifuentes no se lo hizo: se puso malo Pablitos, y Pepita,
¡clarrro está! atrropelló porr todo, y se instaló a su cabecerrra.
Avisarrron al padre Cifuentes, y este contestó que no podía entrarr en
aquella casa sin que Pepita salierrra prrimerro... ¡Figúrrrate tú qué
exigencia!... Ella se negó, porr supuesto, y Pablitos también, y porr
más vueltas que dierrron parrra convencerr al santo varrrón de que errra
una crueldad separrrarlos, y que todo el mundo le crriticarrría a ella
abandonarrlo en la última horrra, nada, nada, nada... Têtu, como un
arrragonés: se metió las manos en las mangas y dijo que no, que no y
que no, y lo dejó morrrirr como un perrro. Y eso que iban ya a pedirr la
bendición a Su Santidad y todo, todo...

--Te advierto esto--prosiguió el tío Frasquito, empinando el
dedo--porrque si piensas consultarrle alguna... vocación o
confesarrte...

--¿Confesarme yo?--exclamó muy ofendido Jacobo--. ¿De dónde sacas tú
eso?

--Como decías que deseabas hablarle...

--¿No es el padre Cifuentes el confesor y el director íntimo de mi
mujer?...

--Sí, porr cierrto...

--Pues lo que yo quiero exigir de él es que obligue a Elvira a acceder a
mis pretensiones.

--¿Perrro cuáles son tus pretensiones, Jacobito?--preguntó el tío
Frasquito muy alarmado.

--Una muy sencilla y muy cristiana... Reunirme con mi mujer y olvidar
todo lo pasado.

--¡Aaah..., yaaa!--exclamó el tío Frasquito estupefacto y desolado, al
ver que la Trapa se quedaba sin fundar, y el hospital sin concluir, y el
novicio sin tomar el hábito.

Y rabiosillo y enfurruñado de que la leyenda de Malek-Adhel tuviera el
ramplón desenlace de cualquiera comedia moratinesca, dejóse llevar de su
espíritu de chismografía hermafrodita, diciendo:

--Perrro ¿has meditado bien tus pretensiones?

--_Je parecen acaso imposibles_?...

--Hombrre, imposibles no... ¿Perrro sabes tú la vida que Elvirrra hace?

--Justamente iba a preguntártelo.

El tío Frasquito hizo dos o tres visajes remilgados de ¡reviento si no
lo digo!, y contestó titubeando:

--Hombrrre, te dirrré... La cosa es pública... perrro yo no sé si
debo...

--¿Pues no has de deber, tío Frasquito?--exclamó Jacobo violento y
azorado--. Yo tengo el derecho de preguntar, y tú, si eres mi amigo,
tienes el deber de responderme.

--¡Ya lo crreo que soy tu amigo, Jacobito! ¿Lo dudas?... Y lo fui de tu
padrre, y de tu abuelo... Quierrro decirr... a tu abuelo lo conocí
siendo yo una criaturrra... Perrro hay ciertas cosas...

--¿Pero qué cosas?... ¡Dilas, hombre, dilas!...

--Pues mirrra, Jacobo, la verdad... Tu mujerr ha dado mucho que hablarr
en todas partes...

--¿De veras?...

--Lo que oyes: siento mucho decírtelo, perrro es muy cierrrto... Está
_déclassée_, hijo, _déclassée_ por completo. Todo Madrid le ha dado de
lado, y sólo se trata con mi sobrina Villasis, ¡otra que tal!... Perrro
siquierrra esta es mujerr de arranque, y gasta y hace ruido...

--¿Pero qué es lo que hace Elvira?...

--¡Horrrorrrres, Jacobito, horrrorrrres!... Empieza porque desde que se
separrró de ti, no se la ha vuelto a verr en ninguna parrte: ni en un
teatro, ni en un baile, ni en la Castellana, ni siquierrra un domingo en
casa de Montijo... Dicen que está fanatizada... Carmen Tagle tuvo una
doncella que había estado en su casa ¡y contaba unas cosas!... Siempre
detrás de los criados, porrque hoy errra día de ayuno, y mañana de Misa,
y al otro día de vigilia... En fin, insufrible; ninguno le paraba... ¡Y
ella, unas rridiculeces!... Decían que dorrmía sobre una tarrrima, y
ayunaba a pan y agua, y a ejemplo de no sé qué varrrón piadoso, se
disciplinaba con un gato[12].

[Nota 12: En la vida de V. P. Eusebio Nieremberg se cuenta, que
solía disciplinarse con uno de esos instrumentos de garfios de hierro
llamados _gatos_, y sin duda a este _gato_ y a este varón ilustre, son a
los que alude el tío Frasquito.]

--¡Qué atrocidad!... ¿Con un gato?... ¡Pero eso es imposible!...

--Pues, hijo, así lo asegurrraban... no te puedes figurrarr lo que nos
rreímos una noche en casa de Carmen Tagle, discutiendo el asunto...
Algunos pensaban que el gato estarrría muerrto; lo que es así, también
yo me disciplinaba... Lo mismo podía hacerrse con un plumerrro...

Jacobo pareció tranquilizarse por completo al oír los _horrrorrrres_ que
el tío Frasquito le relataba, y cortóle el hilo del discurso, diciendo:

--¡Bah!... Si no es más que eso, de mi cuenta corre desfanatizarla.

El tío Frasquito iba a replicar muy disgustado, pero Jacobo le atajó la
palabra, preguntándole:

--¿Y cómo vive Elvira?... ¿Gasta mucho?...

--¡Ca!... Si parrrece la viuda de un cesante... Está seca, desgavilada;
ella, que tenía un cuerpo tan airrroso, tan elegante... En fin, hijo, un
día la vi en casa de mi sobrina Villasis, y me parrreció hasta sucia...
Como si parrra serr santa se necesitarrra serr puerrca, cuando el aseo
es una virrtud que se ejerrcita con agua fresca y un estropajo... De la
casa no te digo nada, porrque no la he visto: tres veces estuve allí
porr currriosidad, y no me rrrecibió ninguna. Perrro vive en un
principal muy modestito, allá, junto a las Carbonerrras...

--Eso no es extraño; la pobre debe andar mal de cuartos.

--¡Ca!, no lo creas... ¿Perrro tú no sabes?... Si está rrica; como que
ganó el pleito con la Monterrrubio y debe de tenerr de quince a veinte
mil durrros de rrrenta.

--¡Hombre!... ¡Lo siento!--exclamó Jacobo muy pesaroso.

--¿De verrras?

--Y tan de veras... Porque siendo ella más rica que yo, no faltarán
malas lenguas que atribuyan al interés mi vuelta a su lado...

--¡Oh, no, no, Jacobito, porr Dios! ¡Porr Dios, Jacobito!... ¡Quien
piense eso..., no te conoce!

--En fin, ya lo veremos... Lo que importa ahora es que yo me entienda
con el padre Cifuentes.

--Pues si te parrrece, mañana irrremos.

--Sin falta.

El tío Frasquito, resignado con el giro clásico que tomaba la leyenda,
convino con Jacobo la hora en que habían de hacer al otro día la
trascendental visita, porque el arrepentido esposo quería marchar a
Biarritz cuanto antes.

Despidiéronse al cabo protector y protegido, y aquel, para lanzar al
público sin pérdida de tiempo la noticia, corrió a ponerse, desde luego,
de punta en blanco para sus nocturnas correrías, y bajar de seguida a la
terraza del hotel, donde toda la colonia española esperaba, como
siempre, la llegada del correo.

Pero ni la incertidumbre de nuevas desdichas en la madre patria, ni los
mil chismes que por la patria adoptiva corrían, lograron apartar la
conversación general de la novelesca historia de la cadina, cuya
apócrifa babucha habían contemplado todos, después de algunas prudentes
precauciones que, para la mise en scène, juzgo indispensable el tío
Frasquito. Porque temeroso este de que algún ánimo suspicaz pusiese en
duda lo auténtico de la presea, apresuróse antes de presentarla a la
veneración pública a frotar la suela sobre el pavimento, a fin de que
apareciese usada, y a desvirtuar con ricas esencias aquel importuno
hedor a zapato nuevo que la noche antes había despertado en sus narices
dudas tan peligrosas.

La duquesa de Bara no había encontrado todavía ocasión oportuna de
hacer el análisis crítico de la solemnidad religioso--política a que
había asistido horas antes, y hasta la señora de López Moreno, reina
destronada de Matapuerca, habíase olvidado por un momento de la honra
insigne que al día siguiente la aguardaba. La duquesa le había anunciado
que su majestad la reina se dignaba recibirla, y a renglón seguido, como
quien no quiere la cosa, habíale pedido prórroga para el pago de
aquellos piquillos que hacía varios años le adeudaba.

--¡Pues no faltaba más!... ¡Lo que usted quiera!--había contestado la
generosa acreedora.

Y a renglón seguido también, y como quien no quiere la cosa, había
plantado esta estaquita matrimonial, con sonrisa indagatoria:

--Lucy y Gonzalito (primogénito de la duquesa), encantados de verse
juntos... ¡Qué pareja tan mona hacen!... Hoy se han ido al
_Skating-Rink_, porque Gonzalo está enseñando a patinar a Lucy...

La duquesa pescó al vuelo la indirecta, y contestó tan sólo con una
sonrisa que encubría este pensamiento:

--¡Estás fresca!... ¡Cualquier día te cobras, endosándome a la niña por
nuera!... ¡Una duquesa de Bara, _née_ López Moreno! ¡Dios nos asista!

Currita, por su parte, guardaba aquella tarde un solemne silencio, hijo
de una rabieta de dos mil demontres que le bailaba por dentro. Jacobo
había desairado su almuerzo con el frívolo pretexto de que necesitaba
descansar del viaje, y ella había descargado su ira sobre el indefenso
Villamelón, que sentado a su espalda, en actitud pensadora, se consolaba
de los rigores de su esposa pensando en las musarañas y distrayendo su
imaginación con vivos recuerdos de su visita a los antropófagos.

Leopoldina Pastor alborotada por ciento, proponiéndose referir a Octavio
Feuillet la historia de la cadina para que escribiese un cuento
original, y lamentándose de que Jacobo Sabadell no apareciese por
ninguna parte, aguardándole todos tan impacientes para tributarle el
justo homenaje de admiración que su novelesca aventura les inspiraba,
tan distinto del frío recibimiento con que le habían acogido la víspera.

Apareció entonces el tío Frasquito, vestido ya de gran gala, cargado de
perfumes y de noticias, que, como las burbujas al hervor del agua,
anunciaba en su rostro una significativa y prolongada sonrisa. La
inesperada resolución de Jacobo causó en el auditorio sensación
profunda, y cuando el tío Frasquito anunció que el héroe pensaba marchar
a Biarritz quizá al día siguiente, dos personas, Diógenes y Currita, no
pudieron contenerse... Levantóse el primero y fuese derecho al tío
Frasquito como si quisiera pegarle, y la segunda, sin que denunciase su
violenta ira más que una extraña vibración en su dulce vocecita, comenzó
a vomitar injurias y vituperios contra la marquesa de Sabadell, su muy
amada prima, con gran pasmo de Villamelón, que recordaba todavía el
sermoncito sobre el amor de la familia que había escuchado aquella
mañana.

La grey femenil hizo coro a los vituperios de Currita, y todos
convinieron en que la marquesa de Sabadell era una intriganta, una beata
hipocritona, una mala esposa que, habiendo campado por su respeto diez
años entre curas y monaguillos, quería ahora oscurecer al pobre Jacobo
bajo la tutela del padre Cifuentes, y que era caso de conciencia y
obligación imprescindible de todo fiel cristiano arrancar a la pícara el
antifaz y advertir al cándido muchacho el lazo que le tendían.

Diógenes, que, a mitad del camino pareció hacer de repente al tío
Frasquito gracia de la vida, arremetió briosamente contra la hueste
femenina, diciendo que era maldición de gitanos: «¡en lengua de hembras
te veas!»; que quien dijo mujer, dijo demonio, y que de tan mala ralea
era la casta, que todos, todos los bichos, hasta las chinches,
¡polaina!, eran mujeres...

Riéronse mucho todas las presentes de la ocurrencia de Diógenes, y este,
más que por darles placer, por machacarles las liendres, contóles
entonces que Dios no había formado a nuestra madre Eva de la costilla de
Adán, sino del rabo de una mona[13]... Porque aunque este fue su primer
intento, y tenía ya la costilla en la mano para formar de ella a la que
había de ser causa de tantas desdichas, una mona que le miraba hacer
atentamente, arrebatóle de repente el hueso y echó a correr para
esconderlo en su madriguera. Quiso el Señor perseguirla y alcanzóla por
el rabo; mas tan fuerte tiró la mona, que el rabo se le arrancó,
quedándosele al Señor en la mano. Encogióse entonces de hombros y dijo:

[Nota 13: Este cuento y el siguiente son antiquísimos cuentos
populares de Andalucía, recogidos por el autor e inventados por el
gracejo, profundo a veces, de los campesinos de aquella tierra. La
sencillez misma de su forma y lo manifiesto de su inocente al par que
picaresca intención, excluyen de ellos toda otra idea irreverente.]

--Para lo que voy a hacer, lo mismo da...

Y de aquel extraño utensilio formó a la madre del linaje humano.

Alborotáronse las damas con el cuento de Diógenes y Currita, pesarosa de
haber dejado escapar en la explosión de ira algo que la convenía tener
muy guardado, apresuróse a seguir la broma, diciendo:

--Pues mira, Diógenes, quizá tenga algo de verdad tu historia, porque a
mí me contaron con respecto a la formación del hombre otra muy parecida.
Dicen que Dios había criado ya a todos los animales; pero le faltaba
todavía crear al hombre; era ya muy tarde y estaba cansado. Entonces,
por ahorrarse tiempo y trabajo, cogió al primer animalillo que encontró
a mano y le dijo:

--Mira, habla tú--y quedó formado el hombre.

Y al decir Currita: «Habla tú», dio un golpecito con la punta de su
abanico en el hombro del marqués de Villamelón, su caro esposo. Este
interpretó la seña como una muestra de reconciliación, y sonrió
satisfecho, dulce y placentero, mientras Currita, inclinándose a su
oído, le dijo muy bajo:

--Mira, Fernandito..., me parece natural que vayas a ver si ha
descansado Jacobo, y que le convides a comer.. Dile que le espero sin
falta, porque tengo que hablarle de cosas que le interesan.

Anunciaron en aquel momento la llegada del correo y Diógenes aprovechó
la confusión natural que esto produjo para acercarse al tío Frasquito y
cogerle sin miramiento alguno por la abierta solapa de su rico gabán de
pieles, que dejaba al descubierto una pechera inmaculada, en cuyo centro
relucía, bajo la corbata blanca, una bellísima turquesa, celeste como el
cielo.

Azoróse el tío Frasquito al verse solo y sin defensa en las garras de
Diógenes, y procuró encubrir sus temores, acogiéndole humilde,
sonriente, cariñoso, llamándole _Perriquito_, y ofreciéndole ricos
cigarros que él no fumaba nunca, pero llevaba siempre a prevención para
casos apurados. Mas Diógenes, fijando en él sus ojos abotagados por el
ron y la ginebra, con el maléfico influjo de la serpiente que magnetiza
al incauto pajarillo, le preguntó con muy malos modos después de un
imperioso «¡oye, Frasquita!», si era cierto que andaba en compadrazgo
con Jacobito.

¡Él, con Jacobito!... ¡Jesús!... Pues si justamente era Jacobo una
persona que le estaba reventando desde su cuarto y que sin saber por qué
se le había indigestado... Verdad era que le había pedido una
recomendación para su sobrino el padre Cifuentes, y él--claro está--,
por salir del compromiso, le había ofrecido una tarjeta; ¿pero en qué
cabeza podía caber que fuera él a acompañarle, ni a mezclarse en asuntos
de familia, ni a meterse en _tripotages_ de mala ley con un loco
semejante?...

Y mientras esto decía el tío Frasquito, iba poco a poco escurriendo
escurriendo su solapa de manos de Diógenes, hasta que, libre al fin,
abrochóse prontamente el gabán hasta la barba, para poner a cubierto su
nívea pechera de cualquier acometida de Diógenes. Este, dejándole hacer,
tornó a preguntarle:

--¿Y cuándo se va Jacobo a Biarritz?...

--Mañana por la noche...

Y con ademán misterioso y tono de íntima confianza, añadió:

--Porr supuesto, que Jacobo sólo va allí al olorrcillo de los millones
de la Monterrrubio, que disfruta hoy Elvirrra... ¿Y qué harrrá ella?...
Porque no cabe en cabeza humana que una muchacha tan buena, tan santita,
quierrra hacerr de nuevo ménage con ese Poncio Pilatos...

Diógenes le volvió la espalda sin preguntarle nada más, y el tío
Frasquito, gozoso de verse libre al solo precio de hacer traición a su
amigo, corrió a noticiar a Currita que Diógenes tomaba partido por la
Sabadell, y a lamentarse con la de Bara de que la policía correccional
no pusiera coto, ni en España, ni en Francia, a los desafueros de aquel
cínico viejo.

Este había salido de la terraza por el salón de lectura, y entrando en
un gabinete, cogió pluma y papel, y con letra inverosímil, púsose a
escribir esta carta:

«Mi querida María...».

Aquí se atascó Diógenes, y rascándose la nariz con el cabo de la pluma,
quedóse perplejo, hasta que añadió por fin al encabezamiento esta
reverente coleta:

«...muy respetada: Mañana sale de aquí para esa el perillán de Jacobito
Sabadell, que lleva las de Caín, pues trata nada menos que de intentar
una reconciliación con su pobre mujer Elvira. Anda huido de
Constantinopla, donde ha hecho no sé qué atrocidades, y por lo visto ha
olido que Elvira tiene dinero y quiere ahorrarle el trabajo de
guardarlo. Mañana, antes de salir, tendrá una conferencia con el padre
Cifuentes, que _Francesca di Rimini_ le servirá de tercero...»

Aquí notó Diógenes que la concordancia era vizcaína, y añadió:

«...o de tercera. Te advierto todo esto por si puedes hacer algo por esa
pobrecita, que será capaz de entregarse atada de pies y manos al bribón
de su marido, si no hay alguien que la aconseje. Si sirvo yo para algo,
incluso para romperle un esternón a Jacobito...».

De nuevo se detuvo Diógenes dudoso, por no saber a punto fijo si Jacobo
podía tener uno o más _esternones_, y dispuesto sin duda a romperle
cuantos tener pudiera, prosiguió al cabo:

«...avísame y ahí me tienes. Yo sigo tan campante con mis sesenta y dos
a cuestas, caminito, caminito de esa cama del hospital que tantas veces
me has pronosticado. ¿Llegará en el sesenta y tres?».

Y dando con esta pregunta por terminada la carta, firmóla como Antonio
Pérez las suyas a _milady_ Richs:

«Perro desollado de vuestra señoría, _Diógenes._»

«P. D.--Un beso a Monina.»

Y aquí se detuvo otra vez perplejo, meneó lentamente la gran cabezota, y
su rostro granujiento tomó una expresión indefinible de ternura y de
tristeza.

Aquella Monina, bellísima criatura de cuatro años, ídolo de su corazón
por un fenómeno semejante al que hace a los grandes perrazos encariñarse
con los niños, que le tiraba de las patillas y le hacía andar a cuatro
pies, guiándole ella por una oreja, había rechazado un día un beso de
sus aguardentosos labios, diciéndole con infantil repugnancia:

--¡No..., que apesta!...

Y Diógenes, el cínico Diógenes, que se burlaba de la opinión del mundo
entero y hacía gala de revolcarse en los más inmundos lodazales, sintió,
ante la repugnancia de aquel ángel, que una gran vergüenza invadía su
corazón y subía hasta su frente, tiñéndola de carmín, y asomaba a sus
ojos llenándolos de lágrimas... Por tres días enteros estuvo sin beber
una copa; al cuarto, rindióle el vicio otra vez; mas jamás volvió a
besar a la niña.

Y entonces, a tan gran distancia del bello angelito, creyó faltar a su
propósito escribiendo en aquella postdata la palabra _beso_, y
borrándola con grandes tachaduras, puso en su lugar: «A Monina, que le
llevaré un muñeco que dice papá y mamá». Después escribió en el sobre:

Mme. LA MARQUISE DE VILLASIS

_Villa María._

_Biarritz._



--VII--


El capricho de una soberana hizo en poco tiempo de un villorio olvidado
uno de los centros más a la moda entre los semidioses que regulan sus
costumbres, su lujo, sus necesidades y hasta su conciencia, a veces, por
las extravagantes leyes de esta tirana caprichosa.

La emperatriz Eugenia levantó en Biarritz la ville Eugénie, y Biarritz
quedó al nivel de Trouville, Dieppe y Etretat. Los españoles lo invaden
en verano, los ingleses en invierno y los rusos en otoño, como si por
turno quisieran disfrutar sus comodidades bastante problemáticas y sus
encantos harto discutibles.

El lujo se apresuró a levantar allí villas y palacios; la especulación,
hoteles y casinos; sólo la piedad se quedó con las manos quietas. En
Biarritz apenas si existe una iglesia.

En la carretera de Bayona hay hacia el lado del mar una villa deliciosa,
que se asienta en un reducido parque como una paloma en su nido de
verdura: extiéndese aquel a lo largo del camino, cerrado por una gran
verja de hierro, en cuya puerta campea en uno y otro lado este letrero:
Villa María. Da esta entrada a una gran calle, que sombreada por árboles
magníficos, describe tres caprichosas vueltas, salta un diminuto
riachuelo y lleva a una plazoleta semicircular, atestada de flores,
especie de _square_ delicioso, que sirve como de patio de honor a la
casa.

Tres gradas de mármol blanco dan ingreso al piso bajo, destinado sólo a
recibimiento y adornado con esa pulcra sencillez que adopta todo lo
bello y destierra todo lo suntuoso, y constituye el buen gusto y la
elegancia en el decorado de un palacio de campo. En el fondo del
vestíbulo abríase la puerta del salón, y llegábase por este a un pequeño
gabinete, tapizado todo de cretona, con grandes flores cobrizas. Ocupaba
uno de sus frentes una chimenea de mármol blanco, y formaba el otro una
gran ventana de cristales, abierta de arriba abajo, que dejaba entrar el
sol a raudales y permitía ver la verdura del parque en primer término,
la arena de la playa más lejos y el azul del mar en lontananza.

Las once habían dado ya en el reloj del torreoncito de la villa, y dos
señoras, sentadas a uno y otro lado de la chimenea, hablaban en el
gabinete. Una lloraba en silencio; la otra parecía consolarla.

Representaba esta más de cuarenta años, y su falta absoluta de
pretensiones en nada disimulaba la sorda lima del tiempo. Un sencillo
peine de concha sujetaba su abundante cabellera, blanca casi por
completo, y su rica bata de paño labrado, con vueltas de terciopelo,
lejos de prestar realce alguno a su persona, parecía más bien recibir
ella misma del talle airoso y noble de la dama la severa elegancia de su
corte y de sus pliegues.

Su rostro, algo moreno y nada correcto en sus rasgos, tenía, sin
embargo, esa móvil belleza que da la expresión y viene a ser, con
respecto a la fisonomía, lo que el colorido con respecto al dibujo:
belleza más bien moral que física, que se escapa siempre al pincel, y
constituía el principal encanto de aquella señora, dotada de cierta
viveza natural que no le quitaba señorío; cierta gracia espontánea y
cariñosa que, unida a un ligerísimo ceceo, acusaban su procedencia
andaluza.

Era la otra mucho más joven, parecía abatida y estaba enferma; su rostro
descolorido formaba un óvalo perfecto, y llamaban en él la atención los
ojos, por lo dulces; la boca, por lo triste. Aquellos, grandes, azules,
de mirada vaga, un poco alta, como lo es en medio del dolor la mirada de
la esperanza; esta, pálida, caída por los extremos, con esa curvatura
que indica el sufrimiento habitual y es el primer signo que estampa la
agonía en los enfermos desahuciados y en los condenados a muerte. Traía
puesto un sombrero oscuro, sin velo, un largo abrigo de piel de nutria,
y escondía sus enguantadas manos en un manguito de la misma piel.

Era esta señora la marquesa de Sabadell, y la otra, en cuya casa se
hallaba, era la de Villasis, su amiga íntima.

El correo de aquella mañana había traído a las dos señoras noticias
importantes: la de Villasis había recibido la carta de Diógenes, y otra
larga y detallada del padre Cifuentes. La marquesa de Sabadell, por su
parte, encontróse al volver de misa con una carta, que hizo vibrar en un
instante cuantas fibras sensibles existían en su corazón: por un
momento creyó la infeliz mujer que iba a desmayarse.

Diez años se le habían pasado sin ver la letra de Jacobo, y aun antes de
fijar los ojos en el sobre, ese algo certero y misterioso que en
circunstancias dadas agita el corazón y fija de repente el pensamiento
en un punto remoto y olvidado, le avisó de quién era la carta.

Tambaleándose entró en su alcoba, bebió con mano trémula un sorbo de
agua y dejóse caer sin fuerzas en una butaca, mirando la carta que tenía
en las manos, sin osar abrirla.

El pasado entero se le vino a la memoria de un golpe, como una de esas
grandes olas que revientan en la playa, borrando por completo la espuma
de otras menores. Sus breves días de ventura, cuando enamorada
perdidamente de su esposo y creyéndose de él correspondida, habíase
creído en posesión del falso objeto de la vida, que es la dicha, y se
había olvidado del objeto verdadero, que es Dios, se le pusieron
delante.

Esta fue su única culpa, culpa de hijos ingratos en que incurre la
inmensa mayoría del linaje humano, que se olvida de Dios en la felicidad
y sólo le recuerda en el llanto, porque cuadra más a su condición
egoísta pedir remedios que agradecer bondades. ¡Harto lo conocía ella
entonces y harto lo estaba expiando!...

Vinieron luego las pequeñas infidelidades y los pequeños desencantos,
sufridos sin reproche, perdonados sin restricción, que no lograron
derribar el ídolo de aquella alma enamorada, manso río sin borrascas,
arpa eolia en que hasta los mugidos del huracán se transformaban en
suspiros... Después vinieron las grandes ofensas, y a poco los terribles
descubrimientos de vicios enormes, que brotaban como setas monstruosas
bajo el aspecto de seductor de aquel esposo adorado; de inclinaciones
depravadas, pasiones indómitas, costumbres disolutas e innumerables
defectos, que nacían y vivían en su alma como en la carne podrida los
gusanos asquerosos.

El ídolo hízose monstruoso, y la infeliz mujer quiso arrojarlo de su
corazón indignada, como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo que
deshonra; mas el alma íbasele detrás, llena de angustias y de vergüenza,
porque el ídolo seguía en pie, siempre reinando en ella, y no por ser
monstruoso dejaba de ser ídolo.

Llegó al fin la ruina, y tras la ruina vino luego el abandono, los
largos días solitarios, esperando en vano una carta mil veces contestada
antes de ser escrita, aguardando siempre la demanda de un perdón ya de
antemano concedido, acostándose con la agonía de despertar... de
despertar al día siguiente para hallarse de nuevo sola, ¡sola!, en la
arena del combate y del dolor, preguntándose a sí misma como el
infortunado Delfín de Francia a su madre María Antonieta: ¿Hoy es
todavía ayer?... ¡Y el ayer era siempre hoy, el ídolo era ídolo
siempre!...

Y en aquel momento, al revolver aquella carta, después de tantos años,
aquel turbio oleaje de penas abrumadoras, punzantes desdenes, ofensas
terribles, negras ingratitudes, lágrimas solitarias y despreciados
sacrificios, veía la infeliz levantarse en su corazón el amor a su
marido, vivo siempre, fuerte, avasallador, resistiendo al olvido, al
desdén, al insulto, al tiempo mismo y a la ausencia misma, viviendo sin
esperanzas que le mantuvieran y le dieran savia, y por eso, inmortal
como el alma.

La pobre mujer tuvo miedo de sí misma, y un llanto amarguísimo brotó de
su corazón a raudales. Acordóse de su hijo, cuyo ángel de la guarda era
ella, encargada de defender sus intereses y su educación contra su padre
mismo, y temió que aquel amor apasionado fuera en su corazón el punto
flaco que la llevara a pactar con el enemigo, la planta viciosa que
arrebata a cuantas la rodean los jugos de la tierra, apropiándose ella
sola la savia que vivifica y da frescura y lozanía.

Había en el fondo de la alcoba un tríptico precioso sobre un
reclinatorio sencillísimo, y en este se arrojó la marquesa, llorando a
mares, para leer a los pies de la Virgen la carta inesperada.

Jacobo, sin preámbulos de ningún género, anunciaba a su mujer su próxima
llegada, para tratar con ella de asuntos importantes, cuyo arreglo le
había _aconsejado_ el padre Cifuentes, excelente persona que había
conocido en París, _llenando su corazón abatido de esperanza y de
consuelo_...

La marquesa creyó haber leído mal aquel último párrafo de la breve
carta, y tornó una y otra vez a leerlo. La hipocresía era el único vicio
que jamás había observado en Jacobo, y, o aquella carta la rebosaba por
todas sus letras, o Dios había hecho en él uno de sus prodigios.
¿Confortado con esperanzas y consuelos del padre Cifuentes, aquel
corazón cuyo frío egoísmo le mantenía siempre fresco e insensible, como
un cadáver entre témpanos de nieve?...

Absurdo era esto, pero era posible; era su oración cotidiana hacía doce
años, su plegaria más ardiente, su súplica más repetida, y ¡Dios era tan
bueno, tan grande, tan Padre!...

Y aunque algo duro e inflexible se alzaba en el fondo de su corazón,
gritando que aquello era una farsa, una nueva vileza, la marquesa
ahogaba esta voz sin darse cuenta de ello, para dejar entrar allí un
rayo de sol que disipase las tinieblas de su triste abandono, para dejar
que la esperanza y el deseo levantasen juntos y a su placer un bello
castillo en el aire.

Sin acordarse de desayunar siquiera, ni detenerse más tiempo que el
preciso para lavarse en el tocador los ojos llorosos, corrió Elvira a
casa de la marquesa de Villasis, haciéndose la ilusión de que iba a
buscar en el claro entendimiento y en el cariño acendrado de su amiga un
consejo prudente, y yendo en realidad en busca de algo que con la
autoridad de aquella pudiera robustecer y dar cuerpo a su esperanza...

La Villasis sabía muy bien a qué atenerse, porque el padre Cifuentes le
daba en su carta cuenta detallada de su entrevista con Jacobo. Habíasele
presentado este disimulando, bajo su arrogante petulancia, el
encogimiento y la especie de miedo receloso que suelen infundir los
jesuitas a las personas mundanas que sólo les conocen por las mil
patrañas que en pro y en contra de ellos corren contadas o escritas.

Mas al ver delante de sí aquel hombre pequeñito, insignificante en su
persona hasta la vulgaridad, llano en el decir hasta el desaliño, que
jamás sacaba las manos de las mangas, como no fuera para tomar rapé en
su tabaquera de cuerno, y ponía de manifiesto con deplorable frecuencia
un pañuelo de hierbas insolente de puro feo, a cuadros azules y
amarillos, con algunos vivitos verdes, trocóse su recelo en desprecio, y
con la desdeñosa frialdad que guarda el grande orgullo para el pequeño
que juzga empingorotado sobre una superioridad usurpada, manifestóle su
_deseo_ de reconciliarse con su mujer, olvidando todo lo pasado, y
expresóle su _voluntad_ de que fuera él mismo quien aconsejara a la
esposa abandonada acceder a sus pretensiones.

Y entonces fue cuando Jacobo quedó convencido de que el padre Cifuentes
era un infeliz, un cuitadito sin pizca alguna de mundo, como el tío
Frasquito le había dicho antes.

Las manos del jesuita se hundieron más y más en lo profundo de sus
mangas, y muy alborozado y satisfecho, opinó que nada había más conforme
a la moral cristiana que la paz de la familia y el perdón de las
injurias... Pero--y aquí apareció de nuevo la tabaquera de cuerno para
suministrar a los dedos del padre Cifuentes un polvo digno del gran
Federico--en cuanto a aconsejar él a la señora marquesa que accediese a
las pretensiones del señor marqués, había de tener en cuenta el señor
marques que la señora marquesa nada le había consultado, y que la
primera condición del consejo prudente es la de ser pedido...

Jacobo abrió la boca para replicar, pero el pañuelo a cuadros azules y
amarillos, con algunos vivitos verdes, salió a relucir, y el padre
Cifuentes añadió que creía, tenía entendido, le parecía probable que la
señora marquesa de Sabadell estaba a punto de salir de Biarritz, y que
en el caso de no encontrarla, lo más prudente y oportuno para el señor
marqués sería dirigirse a la señora marquesa de Villasis, persona muy su
amiga, de grandes luces y mayores virtudes, para la cual se brindaba a
darle una carta suplicándole que las tomase ella en el asunto.

El tío Frasquito, que con gran falta de delicadeza, hija de su deseo
vehementísimo de seguir las peripecias del drama, se había constituido
en testigo de la conferencia, metió entonces su cucharada, asegurando
que aquello estaba muy bien pensado, que su sobrino el padre Cifuentes
tenía razón hasta por encima del solideo, y que lo más derecho para su
sobrino Jacobo era dirigirse desde luego a su sobrina Villasis, porque
lo que esta no alcanzase de su sobrina Sabadell nadie en el mundo,
fuera o no sobrino suyo, podría alcanzarlo.

Jacobo meditó un momento el plan que le proponían y pensando escribir,
desde luego, a su esposa, para detener su marcha con la noticia de su
ida, aceptó a todo evento la carta para la marquesa de Villasis y
despidióse del padre Cifuentes, llamándole don Gregorio. En todo el
transcurso de la plática había evitado con marcada afectación designarle
con el nombre de _Padre_, llamándole siempre señor Cifuentes.

El señor Cifuentes acompañó hasta la puerta a la aristocrática pareja,
con sus manos siempre metidas en las mangas, y al verla desaparecer en
el coche, permitióse murmurar del sobrino de su tío y de su tío mismo,
diciendo para su sotana:

--¡Exacta alegoría del mundo!... La necedad amparando al vicio.

Y sin perder un momento, púsose a escribir a la marquesa de Villasis,
dándole un juicio sobre los planes de Jacobo, que coincidía por completo
con el dado ya por Diógenes, suplicándole que evitase a toda costa que
Elvira y su marido se viesen, a fin de que este no pudiera engañarla, y
encargándole también, con grandes instancias, que ahuyentara para
siempre con algún recurso de su femenil ingenio a aquel desdichado que
pretendía explotar a su infeliz mujer, con grave riesgo de su inocente
hijo.

Guardóse muy bien la Villasis de comunicar a Elvira estas noticias, y
como el experto médico que debilita en varias dosis un brebaje demasiado
fuerte, trocándolo de veneno en medicina, dispúsose a desengañar a la
infeliz, poco a poco y por partes. Leyó, pues, atentamente la carta que
agitaba y temblorosa le presentaba Elvira, y devolviósela sin decir
palabra. Ella le interrogaba con los tristes ojos preñados de lágrimas;
la Villasis dijo entonces moviendo lentamente la cabeza:

--Eres turco y no te creo...

Elvira bajó anonadada la suya, porque le pareció que aquellas palabras
derrumbaban de un golpe el castillo que allá en el fondo de su corazón
levantaron antes la esperanza y el deseo. Dos grandes lágrimas se
desprendieron de sus ojos, mientras murmuraba tímidamente:

--¡He rezado tanto!... ¡He llorado tanto!...

--¡Es verdad!... ¡Pero ha mentido tanto!... ¡Ha rodado tanto!...

--Dios puede hacer un milagro...

--Y el hombre puede hacerlo inútil.

--Yo espero que no...

--Yo temo que sí.

--¿Pero a ti quién te lo dice?...

--¿Y a ti quién te lo asegura?

El llanto de Elvira se trocó entonces en sollozos, y como si aquella
pena fuese nueva para ella, sintió en toda su plenitud la primera
necesidad de todos los débiles en la desgracia: buscar unos brazos
amigos en que arrojarse, un pecho leal en que esconder el rostro lleno
de lágrimas...

La Villasis la recibió en los suyos, estrechándola contra su corazón,
besándola en la frente, hablándola al oído, con la voz suave y cariñosa
con que se habla a un niño enfermo o desolado. Ella, sollozando sin
cesar, repetía:

--¿Y qué hago?... ¿Qué hago?...

--Irte.

--¿Pero adónde?...

--A Lourdes... A esperar junto a la Virgen Santísima que pase la
tormenta.

--Irá allí a buscarme...

--No irá... Yo me encargo de detenerlo.

--Pero, ¿y si fuera verdad, María?--tornó a decir Elvira, aferrándose a
su idea--. ¿Y si su arrepentimiento es cierto y se encuentra el pobre
con que le cierro la puerta?...

--Entonces sabré yo conocerlo y te lo llevaré a Lourdes yo misma...
Iremos los tres a buscarte: él, yo y tu hijo.

--¡Ay, Alfonsito!... ¡Pobre hijo de mi corazón!... ¿Y qué hago con él?
¿Me lo llevo?...

--No, déjalo en el colegio.

--¡Oh, no, no, eso no!--exclamó Elvira fuera de sí--. ¿Y si su padre va
a verlo y se lo lleva y me lo quita?... ¡Hijo de mi alma!... ¡Verme yo
sin él!... ¡Me muero entonces!... ¡Me muero!

Y ante esta idea que la aterraba, la infeliz mujer, abrumada por el
dolor y debilidad por la inanición, sufrió un ligero desvanecimiento.
Hízola la marquesa tomar una taza de caldo y una copa de vino generoso,
y poco a poco logró al fin tranquilizarla.

Entonces concertaron su plan: Elvira había de partir aquella misma noche
a Lourdes, acompañada de mademoiselle Carmagnac, señora muy respetable,
que había sido aya de la única hija de la marquesa de Villasis. Esta
dictó a Elvira una carta que había de entregar a Jacobo cuando se
presentara en casa de su esposa; decíale en ella que asuntos muy
urgentes le impedían esperarle en Biarritz, y que la marquesa de
Villasis quedaba con amplios poderes para tratar con él toda clase de
negocios, conformándose Elvira, desde luego, con lo que ambos
concertaran.

A todo asentía la marquesa de Sabadell con esa especie de inercia moral
que enerva la voluntad cuando en cualquier negocio de la vida se apaga
la fe y muere la esperanza. Mas en las naturalezas heroicas crecen las
fuerzas en la misma proporción que crece el dolor del sacrificio, y sin
derramar una lágrima ni mostrarse ya acongojada ni afligida, ocupóse tan
sólo de sus preparativos de marcha.

Las dos señoras almorzaron juntas en casa de la Sabadell, entregó esta a
su amiga algunos papeles importantes que la Villasis quería tener a
mano, por si en su conferencia con Jacobo le fueran necesarios, y
marcharon después ambas a Guichon, pequeña aldehuela situada entre
Bayona y Biarritz, donde los jesuitas expulsados de España por la
Revolución habían abierto el colegio en que Alfonsito Téllez se educaba.

Despidióse Elvira de su hijo sin decir cuándo ni adónde iba, y el rector
del colegio, que conocía a fondo todas las pesadumbres de la dama, quedó
encargado de no permitir que el niño recibiese otra visita que la de la
marquesa de Villasis durante la corta ausencia de su madre. Dos horas
después despedíase aquella de Elvira en la estación de la Negresse, y
volvía triste y preocupada a la Villa María, dando al punto orden de no
recibir a nadie.

Encerróse temprano en su gabinete y pasó gran parte de la noche
repasando y estudiando los papeles de Elvira, y escribiendo una especie
de documentos en forma de artículos numerados. Levantóse muy de mañana
al otro día, fuese a la capilla de Santa Eugenia, oyó dos misas y
comulgó devotamente; la prudencia de la mujer había tirado la noche
antes sus cálculos, y la fe de la cristiana iba a buscar entonces en el
Sacramento la gracia divina que necesitaba para vencer en la lucha.

La mañana estaba magnífica y prometía uno de esos espléndidos días de
invierno en que los miembros se desentumecen, el alma se alegra y el
barómetro sube, como si quisiera descubrir a lo lejos la llegada de la
primavera. A las tres de la tarde hallábase abierto de par en par el
mirador de cristales del gabinete que ya conocemos, y el sol entraba a
raudales, llenándolo todo de luz, de colores y de reflejos. La marquesa
amaba el sol y el aire con la pasión con que los aman los pobres, y
odiaba ese misterioso y coquetuelo _petit jour_ en que se refugian las
beldades trasnochadas para ocultar los estragos del tiempo. Uníanse en
el jardín las carcajadas de Monina, que saltaba a la cuerda, con los
mugidos del mar, que azotaba a la costa, como si en aquella naturaleza
tan bella, tan en calma, tan espléndida, se armonizara lo inocente con
lo terrible, el mar y el niño, la extrema debilidad y la extrema
fiereza.

La Villasis, apoyada en la ventana, seguía con la vista los juegos y
carreras de aquel bello ángel, que ocupaba y llenaba por completo su
corazón, con ser este tan grande. Era aquella niña su nieta, hija de su
única hija, muerta al darla a luz cinco años antes, y huérfana también
de padre. De repente, la marquesa cerró la ventana y sentóse junto a
ella, al lado del pequeño _secrétaire_ en que solía despachar su
correspondencia ordinaria. Había escuchado a lo lejos el ruido de un
coche que se deslizaba sobre las enarenadas calles del parque, y a poco,
un criado anunciaba en el gabinete al marqués de Sabadell.

La marquesa se santiguó vivamente no bien desapareció el lacayo, fijó un
momento sus grandes y vivos ojos negros en un cuadro bellísimo de la
Virgen que había en el testero, y volvióse hacia la puerta, tan risueña,
tan señora y tan serena como cuando recibía en Madrid a sus amigos
íntimos.



--VIII--


Para que el lector pueda comprender toda la importancia que tenía para
Jacobo aquella entrevista, preciso es ponerle en aquellos antecedentes
que el tiempo y la casualidad han suministrado hasta hoy, haciendo
alguna luz en las tinieblas que rodean a crímenes todavía impunes y a
intrigas no del todo desenredadas.

Nadie ignora que la masonería quedó triunfante en España al estallar la
Revolución de 1868; pareció, sin embargo, con harta razón, a algunos
caciques de la secta que no estaba aún maduro el pueblo de España para
plantear la República, y resolvieron entronizar mientras tanto a un
monarca constitucional que fuera entre sus manos un mero instrumento.
Fue entonces elegido a este propósito el duque de Aosta, y encargáronse
de ofrecerle la corona, como delegados de la secta, el general Prim y
don Manuel Ruiz Zorrilla, nombrado más tarde Gran Oriente honorario del
Supremo Consejo de España.

Estallaron con estas causas graves disidencias en el seno mismo de las
logias, que vinieron a dar por resultado el asesinato del general Prim,
mientras la comisión encargada de ofrecer oficialmente la corona de
España al duque de Aosta volvía de Florencia.

Formaba parte de aquella comisión cierto personaje, hombre práctico y
prudente, cuya memoria nos guardaremos bien de deshonrar, suponiéndole,
sin dato alguno fidedigno que lo pruebe, afiliado a las sectas; es, sin
embargo, cierto que dicho personaje tomaba caluroso partido por la
política de una de aquellas fracciones, y llevaba consigo en aquel
viaje, con designio misterioso, papeles de gran importancia que
comprometían a muchos de los secuaces de la política contraria.

La muerte sorprendió al personaje en Génova el 11 de diciembre, e
ignórase al presente por qué mano fueron a parar entonces aquellos
papeles a cierta logia de Milán, que los remitió más tarde a Víctor
Manuel como armas preciosas que podían muy bien afianzar en España el
trono siempre vacilante de su hijo, atando de pies y manos a ciertos
políticos venales, modelo en todas las épocas de deslealtad y de
imprudencia.

Acertó entonces a llegar a Milán, fugitivo de Constantinopla, el marqués
de Sabadell, perdido y arruinado, y presentóse en aquella logia, donde
años antes le había iniciado Garibaldi. Acogiéronle los venerables como
a enviado del Gran Arquitecto, y presentáronle al punto a Víctor Manuel
como el hombre a propósito para llevar a España documentos e
instrucciones, e imprimir a la política de don Amadeo el rumbo deseado
en Italia.

El refuerzo llegó, sin embargo, tarde y ya hemos visto cómo la caída del
duque de Aosta destruyó en París las cuentas galanas que no sin probable
fundamento tiraba Jacobo. Viose entonces de nuevo solo y arruinado, y la
necesidad, mala consejera siempre y móvil las más de las veces de
empresas descabelladas, sugirióle la idea de utilizar en provecho propio
el precioso depósito, y aquí comenzaron las complicaciones y los
peligros, los planes trazados y abortados.

Era su idea madre poner sus preciosas armas al servicio de alfonsinos o
carlistas, según tuvieran estos o aquellos más o menos probabilidades de
triunfo, y para destruir por de pronto el mal efecto que en los primeros
había causado su repentina presencia en París, apresuróse a propalar por
medio del tío Frasquito la novelesca historia de la cadina, que tan
_gloriosamente_ justificaba su fuga de Constantinopla.

Mas érale preciso al mismo tiempo y antes que nada hacer perder la pista
a los masones chasqueados, y a este propósito ideó Jacobo reconciliarse
con su mujer y oscurecerse a su lado por un año, durante el cual viviría
tranquilamente de las rentas de esta, garantizaría con ellas, en lo
posible, el pago de sus deudas y tantearía el terreno despacio y sin
ruido, hasta encontrar el mejor postor a los servicios que pensaba sacar
a pública subasta.

Su reconciliación con Elvira era, por tanto, la clave del arco que había
fabricado, y tratábase de colocarla en aquella entrevista. Entró, pues,
en el gabinete, armado de toda su osadía, sereno, risueño y con aire de
amigo que prepara a otro con su presencia una sorpresa inesperada y
agradable. Al verle entrar la marquesa, tendióle la mano con grande
afecto, diciendo cariñosamente:

--¡Adiós, Jacobo!... ¿Cómo te va?... Pero, ¡Dios mío! ¡Si por ti no pasa
el tiempo!... Te encuentro lo mismo, lo mismo que cuando nos vimos hace
cinco años en Bruselas. ¿Te acuerdas?

Jacobo apretó cordialmente entre las suyas la mano que la dama le
tendía, y le contestó con no menor cariño y agasajo:

--¡Ya lo creo que me acuerdo!... Los encuentros contigo no se olvidan
fácilmente... Pero tú sí que te has plantado en los veinticinco años:
siempre tan...

--¡Jacobo, por Dios!... Que abofeteas a la verdad por decir una
galantería. ¿No me ves la cabeza?... ¡Blanca!

--¡Ca!... Eso es refinamiento de coquetería; que te empolvas el pelo,
como las marquesas de la corte de Luis XV...

--Ya voy teniendo algún punto de contacto con ellas...--exclamó riendo
la marquesa--. A lo menos, en lo añejo de la fecha.

Jacobo habíase sentado mientras tanto en una silla, al otro lado del
pequeño secrétaire, que vino a quedar entre ambos; encontróse algún
tanto embarazado después de este primer saludo, y esperando que la
marquesa entrase la primera en el terreno en que uno y otro deseaban
encontrarse, púsose a hablar de la afluencia de hombres políticos de
todos colores que llegaban en aquellos días a Biarritz; parecía aquello
la costa a que la República de España fuese arrojando los restos del
naufragio de la monarquía saboyana.

La marquesa dio entonces el primer paso, diciendo con intención
marcadísima:

--Sí... Parece que Biarritz es el teatro escogido para las negociaciones
diplomáticas.

Hízose Jacobo el sueco y contestó con tono doctoral de hombre político:

--Dudosas se presentan... No creo que cuaje ninguna...

--¿Ninguna?--preguntó riendo la marquesa--. ¿Ni tampoco las mías?

--¡Ah, ya! ¡Eso es otra cosa!--replicó jovialmente Jacobo--. A la
diplomacia de las faldas no hay quien resista. Recuerdo haberle oído a
Castelar que el mundo es de las faldas y de las faldas: es decir, de las
enaguas y de las sotanas.

--Pues téngaselo usted por dicho, señor de Bismarck... Porque supongo
sabrás que estoy nombrada plenipotenciaria...

--Sí--replicó Jacobo--, ya me han entregado las credenciales.

Y al decir esto, puso sobre la mesita del _secrétaire_ la carta que,
dictada por la Villasis misma, le había escrito Elvira la víspera.
Leyóla atentamente la marquesa, como si le fuera desconocida, y
devolviósela a Jacobo, diciendo:

--Me parece que están en regla... Puede el señor Bismarck, cuando guste,
exponerme la marcha de su política.

--Yo creo más correcto que el señor..

Jacobo se detuvo sonriendo, como si ignorase el nombre de su antagonista
diplomático, y la marquesa le apuntó muy formalmente:

--Antonelli... Así no saldremos de faldas.

--...que monseñor Antonelli exponga antes la suya... El mundo ha sido
siempre el decano del cuerpo diplomático.

--Y por lo mismo debe de hablar el último; con que cayó usted en un
renuncio, señor de Bismarck... Pero no hay que apurarse por ello, que yo
expondré la mía con una sinceridad impropia del oficio... Mi política es
esta: «Padre nuestro que estás en los cielos... Hágase tu voluntad...
Perdónanos nuestras deudas, _como nosotros perdonamos a nuestros
deudores_... No nos dejes caer en _la tentación_... Líbranos de
_mal_...».

La marquesa supo dar tal inflexión a algunas de estas palabras, que su
política fue perfectamente comprendida por Jacobo. Aquello de que los
deudores quedaban perdonados sentóle muy bien y le llenó de esperanza.

--¡Política italiana!--dijo moviendo la cabeza--. Es la más hábil.

--Italiana no, romana--replicó vivamente la marquesa--. ¡Es la más
santa!...

Jacobo creyó llegado el momento de dejar este tono humorístico, tan
peculiar a los españoles hasta en los más graves asuntos, y se dispuso a
entrar en materia; colocó los guantes que se había quitado sobre la mesa
del _secrétaire_, y apoyando en ella ambos codos y dando vueltas al
magnífico brillante que en uno de sus meñiques tenía, comenzó a decir
mirando sus reflejos:

--Mira, María... Me alegro de tratar contigo este asunto mejor que con
Elvira, porque eres una mujer de mundo y sabrás comprender mi situación
y ponerte en mi caso... Elvira es un ángel... con alas de cisne; tú eres
también un ángel, pero con alas de águila...

La imagen resultaba bonita, y la marquesa agradeció el cumplido con una
ligera sonrisa.

--Mi situación actual--prosiguió Jacobo--puede concretarse en esta
fórmula: «He corrido mucho y me he cansado pronto». Recuerdo haber leído
en Confucio...

La marquesa no pudo contener la risa al oír el santo Padre que con tan
pedantesca formalidad alegaba Jacobo, y corrido este algún tanto,
preguntó contrariado:

--¿Te ríes?...

--No, hombre, no... Me río del autor, no de la cita... Veamos la
sentencia.

--Y bien profunda que es--replicó Jacobo--: «Subía la montaña de
Tam-Sam, y el reino de Sú me pareció pequeño; seguí subiendo al monte
de Tai-Sam, más elevado aún, y el imperio me pareció pequeño». Así me ha
sucedido a mí: mientras más alto me han elevado los eventos de mi vida,
más despreciables me han parecido mis triunfos.

--Pues verdaderamente que el señor Confucio no anduvo desacertado en la
parabolita--dijo la marquesa--. Pero al aplicarte tú el cuento, te las
calzas al revés, amigo mío... No debes de decir _subí_, sino _bajé_,
porque esos _triunfos_ de tu vida no te han ensalzado, sino rebajado
mucho... Por eso debiste decir: «Bajé al charco de Tam-Sam y la idea de
la virtud la perdí de vista, me hundí en la cisterna de Tai-Sam, mucho
más profunda, mucho más cenagosa, y las ideas del honor y del deber se
borraron del todo...»

Esta brusca e inesperada arremetida desconcertó por completo a Jacobo, y
mordiéndose los labios, dijo amargamente:

--¡Política romana, con todas sus intransigencias!...

--¡Política _bismarckiana_! la tuya, con todas sus criminales, ¡nótalo
bien!, ¡sus criminales condescendencias!...

Jacobo bajó en silencio la cabeza, pálido de ira, y se puso a estirar
sus guantes sobre la mesa; comprendió que ese tergiversado criterio
moral, que disfraza con pomposos nombres ruines defectos y vicios
enormes, se lo rechazaban allí por falso; que la _política romana_
llamaba al pan pan y al vino vino, al vicio vicio, a la infamia infamia,
y a las _pequeñeces_ monstruosidades, y convencióse, por ende, de que
había errado el camino, tratando de justificar el pasado. Resolvióse,
pues, a cantar la palinodia por completo, y a echar mano al mismo tiempo
de lo que juzgaba él su artillería de reserva.

La marquesa, por su parte, habíale acometido tan brusca y cruelmente
para ensanchar el campo en que quería examinarle, y no descubrir con una
confianza harto prematura y harto crédula el lazo que tendía ella al
farsante con su estrategia.

--Tienes razón, María--dijo al cabo gravemente--. Pero no podrás menos
de concederme que algo indica y algo merece el amor propio que se
doblega hasta hacer esta confesión, y que no es caritativo ni cristiano
retirar a quien quiere salir del charco la mano que puede ayudarle... El
padre Cifuentes--añadió con triste sonrisa--, con ser más _romano_ que
tú, me ha concedido ambas cosas.

--¿Qué te ha dicho el padre Cifuentes?...

--Me dio para ti esta carta--contestó Jacobo entregándole una.

Leyóla también la marquesa como si le fuera desconocida, y aparentando
darle un alcance que por ningún concepto tenía, dijo vivamente, con aire
de satisfacción grandísima:

--Esto es ya otra cosa... El voto del padre Cifuentes es para mí
decisivo, y me tienes por completo de tu parte. Expónme ahora tus
deseos, claros y concretos.

«¡Castelar tenía razón!... ¡Indudable era que las sotanas partían con
las faldas el imperio del mundo!...» Y mientras esto pensaba Jacobo, con
cierto rabioso despecho, que le hacía aún más antipático al padre
Cifuentes, púsose a trazar un plan encantador, un verdadero idilio
aristocrático, mitad campestre, mitad feudal, que fue exponiendo poco a
poco y por partes.

Él no tenía deseos, ni podía concebir otros que los que Elvira tuviese:
él era el vencido, el perdonado, y no podía tener otras aspiraciones que
obedecer en todo y por todo, y resucitar aquel tiempo lejano en que tan
felices habían sido ambos, amándose tanto, tanto... Y aquí pareció
Jacobo muy conmovido, y dio muestras de su erudición, trayendo a la
memoria aquello de Dante:

    Nessun maggior dolore
    Che ricordarsi del tempo felice
    Nella miseria.

y parafraseándolo con aquello otro del marqués de Santillana:

    La mayor cuita que aver
    Puede ningún amador,
    Es membrarse del placer
    En el tiempo del dolor.

La marquesa parecía encantada y también conmovida, y le instó a que,
dejando a un lado honrosas delicadezas, le manifestara el plan de vida
que sería su gusto entablar, supuesta, _como ya podía suponerse_, su
reconciliación con Elvira.

Creyóse ya Jacobo con esto dueño del campo, y su vanidad inmensa le hizo
sentir la satisfacción de haber sabido engañar, antes que el goce de
haber logrado su objeto. Las mil frases bonitas que había leído y
conservado en la memoria para matizar con ellas su pintoresca elocuencia
acudieron en tropel a sus labios saliendo a borbotones. ¿Qué plan de
vida podía tener él, como no fuera pasar la suya entera adorando a
Elvira, con una pasión humilde, discreta, satisfecha con arder a lo
lejos, como en la última grada del altar el cirio de un pobre?...

Allá en tierra de Granada tenía él un castillo antiguo, la torre de
Téllez-Ponce, con terrenos de labor y montes espesísimos, donde,
desengañado de la Revolución, había soñado muchas veces combatirla,
realizando el ideal del grande de España antiguo, apoyado en el arado y
en la espada, siendo a la vez señor y protector de la comarca, padre de
sus colonos, y al mismo tiempo su caudillo... ¿Querría Elvira ayudarle
en aquella obra, encerrándose con él en aquel retiro?

¡Ah, si la Grandeza entera de España, comprendiendo al fin sus intereses
hiciera lo mismo, y dejando a los ricos improvisados y a los políticos
de pacotilla, el lujo con sus vicios, el poder con sus truhanerías,
fuese ella caritativa en los campos, mientras eran ellos usureros en la
corte, diese ella su mano al pobre campesino, mientras ellos le rechazan
con altanería, el pueblo, el verdadero pueblo comprendería al fin cuáles
eran sus amigos sinceros, y el lodo de la política podría fermentar en
la corte, producir revoluciones, lanzar sobre el país decretos
inmundos!... Mas toda aquella insolencia expiraría sin fuerzas sobre la
yerba de los campos, y la ola de cieno no mancharía jamás el dintel de
sus iglesias y castillos, defendidos por un baluarte de caseríos.

La marquesa miraba y escuchaba a Jacobo con entusiasmo, con
admiración..., con admiración tan grande y profunda, como que algo
parecido a aquella hermosa perorata lo había leído ella en Veuillot
hacía varios años; como que allí mismo, en el _secrétaire_ que tenía
delante, hallábase guardada entre los papeles de Elvira la escritura de
venta de la torre de Téllez-Ponce, sacada a pública subasta por los
acreedores de Jacobo y comprada bajo cuerda por Elvira misma, para
salvar de los usureros aquel último recuerdo histórico de la familia a
que pertenecía su hijo.

La bondadosa sonrisa de la marquesa no desapareció, y sin embargo, ante
farsa tan innoble, y entusiasmada y conmovida, apresuróse a asegurar a
Jacobo que no podía imaginar un plan más al gusto de Elvira, y que ella
lo aceptaba desde luego y lo refrendaba en su nombre.

--¿No es verdad que mi idea es profunda?--exclamó Jacobo, cegado por la
vanidad de orador, que era la más grande y la más mimada de todas sus
vanidades.

¡Ah, muchas y tristes experiencias le había costado concebirla y
desarrollarla!... Y lo que en aquel momento le hacía encontrarla más
oportuna, más cara a su entendimiento y más grata a su razón, era que
ella misma venía a orillar el único reparo que al intentar su
reconciliación con Elvira se le había puesto delante: reparo de
delicadeza, de hombre de pundonor que quiere ponerse a cubierto de las
hablillas del vulgo.

Habíase enterado en París por el tío Frasquito de que Elvira había
ganado un pleito de interés, que era a la sazón muy rica, y esto estuvo
a punto de retraerle, porque el mundo era muy malévolo y mil lenguas
murmuradoras se apresurarían a decir que no eran el desengaño y el
arrepentimiento, sino el dinero de su mujer y la ruina propia los que le
impulsaban a dar aquel paso... Mas retirándose a Téllez-Ponce, podían
vivir con las rentas de aquella finca suya, de él propia, y conservar el
caudal de Elvira intacto, para patrimonio de su hijo.

Aquella era la primera vez que en todo el transcurso de la conversación
nombraba Jacobo al niño, y hacíalo para asegurar una fraudulenta
impostura. La marquesa sintió que el corazón se le oprimía, oyéndole
hablar de aquel arrepentimiento en que no entraba la idea de Dios; de
aquel amor a su mujer en que no entraba la ternura hacia su hijo, y
dulcificando con un esfuerzo de su poderosa voluntad más y más su
sonrisa, y dando a su acento más marcado tinte de confianza y de cariño,
dijo moviendo desdeñosamente la cabeza:

--¡Bah!... No pienses en eso...

--Sí, María, sí; hay que pensar en ello, porque lo que se cuenta de los
hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar en sus vidas
como lo que realmente han hecho. ¡Bien lo sé yo por experiencia propia!

--¡Obrar bien, que Dios es Dios!--dijo sentenciosamente la marquesa--.
¡Ese es mi lema!

--Y el mío también... desde hace algún tiempo. Pero no hay que perder de
vista que si la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra
depende de la opinión ajena.

--Pues ya tienes en favor tuyo la de las gentes honradas... ¿Qué más
quieres?...

--Nada, nada más quiero--replicó Jacobo--. Por eso, en cuanto el padre
Cifuentes me lo aconsejó, cesaron al punto mis dudas.

--Y además de eso--añadió la marquesa con ingenuidad sencillísima--, tu
pensamiento ha coincidido con el mío... ¡Claro está!, un hombre decente
no podía pensar otra cosa; y por eso había yo previsto, para acallar tus
escrúpulos, un remedio facilísimo.

--¿Cuál?--preguntó Jacobo algún tanto suspenso.

La marquesa levantó la tapa del secrétaire, y sacando el documento
escrito por ella misma la noche antes, púsoselo a Jacobo ante los ojos,
diciendo con su sonrisa habitual, tan franca y tan simpática:

--Con firmar este papel estamos ya del otro lado.

Jacobo comenzó a leer el documentó con algún sobresalto, y a medida que
recorría sus renglones, contraíanse sus labios y tornábanse color de
grana sus orejas. La marquesa fijaba en él una mirada de compasión
profunda. Él, al terminar su lectura, arrojó el papel sobre la mesa,
murmurando:

--¡Pero, María!... ¡Imposible!... ¡Imposible!... ¡Yo no firmo eso!...

El documento era una renuncia completa y explícita a toda intervención y
a todo derecho que pudiera concederle la ley a la administración de los
bienes de su mujer y al usufructo del caudal de su hijo, tan
perfectamente detallada, meditada con tal prudencia, que la codicia y la
rapacidad de Jacobo quedaban atadas de pies y manos con sólo poner allí
la firma...

Antonelli había vencido a Bismarck; el ángel, con alas de águila, había
cogido bajo el pie al demonio, con alas de murciélago.

Jacobo, herido en su vanidad, derrotado en sus planes, revolvíase
furioso al verse cogido en sus propias redes, mientras la marquesa, muy
sorprendida y admirada, preguntábale sin perder un punto de su aparente
ingenuidad y su señoril aplomo:

--¿Pero por qué no quieres firmar?... ¿Qué encuentras en ello de malo?

--Porque..., porque..., porque firmar eso, es renunciar a mi dignidad de
marido.

--¿A tu dignidad de marido?... ¿Pues no decías hace un momento que tan
sólo el reparo que este papel allana te había hecho vacilar al intentar
lo que intentas?

--Es que ese papel rebaja mi dignidad...

--Ese papel realza y asegura tu dignidad en la opinión pública...

--Cuando se trata del honor hay que prescindir de la opinión...

--¿Prescindir de la opinión?... ¿Pues no decías ahora mismo que lo que
se dice de los hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar
en su vida como lo que realmente han hecho?

--Hay casos en que el testimonio de la propia conciencia es, para el
hombre de honor, suficiente:

--¡Pero hombre... de honor!... ¡Si me decías hace un momento que, aunque
la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra depende de la
opinión ajena!...

Jacobo forcejeaba como el lobo cogido en la trampa para buscar una
salida, y no hallándola, exclamó al fin, rompiendo el freno de las
formas, último que suele romper el más inepto de los diplomáticos:

--¡Política romana con todas sus hipócritas bajezas y sus intrigas de
sacristía!...

--¡Cuidado con lo que dices, Jacobo!--exclamó enérgicamente la
marquesa--. ¡Mira que me autorizas a pensar que tu política
_bismarckiana_ ocultaba alguna vileza!

--¡La tuya sí que oculta una intriga en que asoma la mano del padre
Cifuentes!...

--¿La mano del padre Cifuentes?... ¡Pobre padre Cifuentes!... La
descubrirás tú, sin duda, desde aquella montaña de Tai-Sam a que subiste
hace poco... Yo, como vivo en terreno llano, no la descubro.

Jacobo, golpeando con ambos guantes la tapa de la mesa, guardaba
silencio. La marquesa le preguntó al cabo, sin perder su serena calma:

--¿Conque decididamente no firmas?

--No firmo--replicó Jacobo con ira.

--Pues conste que, si la reconciliación no se efectúa, tú tienes la
culpa; que tu mujer ha cedido cuanto es posible ceder, y tú..., tú
mismo, por una obcecación bien sospechosa, destruyes todo lo hecho.

--Destruyo lo que tú o ese bendito Cifuentes habéis urdido; pero yo me
entenderé con Elvira...

--Es que Elvira no vendrá a Biarritz.

--Pues iré yo a buscarla.

--¿A que no vas?

--¡Pero, señor!--exclamó Jacobo exasperado--. ¿Son estas las gentes
timoratas?... ¿De dónde saca mi mujer esos aires de independencia?...
Nosotros no estamos separados legalmente y la ley me autoriza para
reclamar cuando quiera a mi mujer y a mi hijo.

La marquesa se irguió entonces en su butaca, arrogante y amenazadora,
desplegando por vez primera sus poderosas alas de águila. Con el puño
cerrado dio un fuerte golpe sobre la mesa, diciendo al mismo tiempo:

--¡Inténtalo!... ¡Atrévete!... ¡Inténtalo, y en el momento en que des el
primer paso, presenta ella ante esos tribunales una demanda de divorcio
que te hunde por completo!...

El aspecto, la voz, el enérgico desprecio de aquel reto sobrecogieron a
Jacobo por un momento; recobrando, sin embargo, bien pronto su audacia,
replicó lleno de rabia:

--¡Que la presente si quiere!... ¿Dónde tiene las pruebas?...

--En su poder las tiene... Suficientes para alcanzar un divorcio:
bastantes para hacer poner el capuchón... a cualquiera que lo merezca...

--¡María!

--¡Jacobo!... ¿Te habías pensado tú que por el solo hecho de ser buena
había de ser tu mujer siempre mártir?... La paciencia tiene un límite
que marca a veces el decoro, y ¡ay de las zorras el día en que las
gallinas se cansen de ser gallinas!...

La terrible indicación de la marquesa amedrentó a Jacobo en medio de su
aturdimiento y de su rabia; y quiso sondear si la existencia de aquellas
pruebas era una mera amenaza.

--¡No se me asusta a mí con leones de paja!--exclamó irónicamente--. Mi
conciencia me dice que esas pruebas no existen, y no creo en ellas...

--Pues a ver si tus ojos convencen a tu conciencia--replicó vivamente la
marquesa.

Y abriendo de un tirón el cajoncillo del secrétaire, mostró a Jacobo,
desde lejos, un paquete de cuatro o cinco cartas, diciendo:

--A fe que la letra de Rosa Peñarrón y la tuya propia son lo bastante
claras para que no necesiten en los tribunales de peritos que las
reconozcan.

La sangre entera de Jacobo refluyó en su rostro, y por uno de esos
brutales impulsos con que, en el hombre de la naturaleza y no de la
civilización se manifiesta el instinto, hizo ademán de arrancárselas a
la dama. Mas esta, veloz como el rayo, abrió de un solo golpe la ventana
de cristales, y echando fuera el busto entero y la mano en que tenía las
cartas, gritó con gran fuerza:

--¡Monina!... ¡Que te vas a caer!... No saltes más... Mademoiselle,
quite usted a la niña la cuerda...

Y volviéndose después a Jacobo, un poco pálida, pero perfectamente
serena, añadió sin abandonar la ventana:

--¡Creí que se mataba!... ¡Con estos diablos de niños no se gana para
sustos!

Jacobo habíase quedado aplanado en su asiento, y tartamudeó entonces:

--¿Tienes aquí a Monina?...

--¿Pues no la había de tener?... ¿Quién me separa a mí de mi niña?...
¿Tú no la conoces?... ¿Quieres verla?...

Y sin esperar respuesta, volvió a gritar desde la ventana:

--¡Mademoiselle!... Traiga usted aquí a la niña...

A poco entraba Monina seguida del aya, y corrió a echarse en el regazo
de su abuela, mirando a Jacobo con esa media sonrisa de los niños
mimados, acariciados por todo el mundo, que parece decir al extraño:
¿Pero no me dice usted que soy muy bonito?...

Jacobo, aturdido por completo, no le decía nada, intentando en vano
adivinar por dónde habían llegado a manos de Elvira aquellas cartas,
pruebas irrefragables de uno de los episodios más vergonzosos y
comprometedores de su vida.

La marquesa abrazaba a su nieta como hubiera abrazado al ángel de su
guardia, dando gracias a Dios desde lo íntimo de su pecho por haber dado
a Jacobo el golpe de gracia con una espada de hoja de lata. Porque
aquellos terribles papeles con que su presencia de espíritu y su
enérgica audacia habían anonadado al farsante, eran simplemente tres o
cuatro cartas de sus administradores que en el cajoncito del secrétaire
estaban guardadas. El hecho vergonzoso era cierto, mas las pruebas no
existían, y muerta la Peñarrón, único cómplice, dos años antes,
imposible era que Jacobo descubriese ya el engaño.

El astuto Antonelli había atado para siempre a Bismarck con hilo de
araña.

Jacobo, sin hacer una sola caricia a la niña, despidióse fríamente, y
Monina le miró marchar, chupándose, con altivez de dama ofendida, tres
dedos al mismo tiempo.

Aturdido todavía y lleno de saña, entróse precipitadamente Jacobo en el
carruaje y dio orden al cochero de volver a Bayona, al Hotel de Saint
Etienne, donde se había apeado la víspera. Biarritz era demasiado
pequeño para permanecer oculto y evitar embarazosos encuentros con los
emigrados alfonsinos y carlistas que, desde mucho tiempo antes, poblaban
todos los contornos, y los hombres políticos y medrosos de todo jaez con
que la caída de don Amadeo y la proclamación de la República engrosaban
en aquellos mismos días el número de españoles dispersos.

El desengaño había sido cruel, y tornábase de nuevo angustiosa la
situación de Jacobo al ver hundirse todas sus ilusiones, dejando tan
sólo en su ánimo zozobras y rencores terribles que encendían en su
corazón, contra la marquesa de Villasis y el padre Cifuentes, la rabia
implacable que siente el perverso contra todo aquel en quien se ve
forzado a reconocer el derecho de despreciarle.

De las heridas que el derrotado plenipotenciario de Constantinopla
llevaba en el alma, ninguna escocía tanto a su vanidad, ninguna
irritaba tanto su soberbia como el que fueran sus vencedores una beata y
un fraile.

En el paroxismo de su furor imaginábase estrangular algún día a la
taimada Villasis con el pañuelo a cuadros azules y amarillos del
hipócrita Cifuentes.

Fin del libro segundo



Libro III



--I--


Memorable fue aquella noche... Pedro López aseguró al día siguiente,
bajo su firma, en las columnas de _La Flor de Lis_, que el espíritu de
Meyerbeer había abandonado la mansión de las armonías para inspirar en
el Real el estreno de _Dinorah_. Algo impalpable y armónico que se
reflejaba en las voces de los cantantes y en los ecos de la orquesta lo
había visto él, Pedro López, descender del carro de Febo, que decora el
techo, y dinfundirse por la atmósfera embriagadora de la espléndida
sala...

También Villamelón había visto algo; sentado de espaldas al escenario,
en el fondo del palco, apoyada la pensadora cabeza en el débil
tabiquillo y fijos los ojos en el techo, recibía de lleno el formidable
soplo de aquel feísimo Eolo que, por detrás del carro de Febo, parece
lanzar pulmonías y catarros sobre las calvas, vistas en proyección, de
los melómanos faltos de pelo.

Currita, sentada en primer término, frente a Leopoldina Pastor,
hallábase arrobada por aquel sublime terceto de la compañía, final del
primer acto, cuando retumba el trueno a lo lejos entre los sordos
bramidos de los contrabajos y el suave murmullo de los violines, dulce,
delicado, bellísimo, que parece revelar el hálito tibio de la tormenta
que se acerca, el tenue susurrar de las hojas de los árboles que sacuden
ya las primeras ráfagas, el vago perfume de la tierra que anuncia la
cercana lluvia.

_Che oscuro è il cieli_!...

Y Currita, tan conmovida como Dinorah misma, que intenta en vano detener
a Bellak, la blanca cabra querida, miraba de reojo al palco del
Veloz-Club, donde charlando y riendo entre sí, asomaban Gorito Sardona,
Paco Vélez, Diógenes, Angelito Castropardo, y por detrás de todos,
descollando entre ellos por su gallarda apostura y su aire altanero,
Jacobo Sabadell, flechando los gemelos con descaradísima insistencia a
otro palco que Currita no podía ver porque estaba colocado justamente
encima del suyo.

--¡Delicioso!--decía Currita más y más conmovida, porque la cabra se
escapaba en aquel momento. Dinorah corría en su busca, Höel arrastraba a
Corentino medio loco de terror y la orquesta se apagaba lentamente,
pianissimo, en un suave murmurio que dejaba sobresalir lejos, cada vez
más lejos, hasta convertirse en un eco apagado, misterioso, mágico, las
vibrantes notas de la campanilla de plata de Bellak, la cabra
blanca[14].

[Nota 14: El análisis técnico de esta ópera está tomado de un
artículo crítico del señor Peña y Goñi.]

El telón cayó entonces, y el público permaneció un segundo mudo,
atónito, escuchando aún en aquel silencio que hubiera permitido oír la
caída de una hoja, embargado por esa especie de pavor suavísimo que
infunde en el alma el sentimiento de lo sublime. Una tempestad de bravos
y de aplausos estalló al fin en el teatro, y Villamelón salió entonces
de su arrobamiento, exclamando con aire de reconcentración profunda:

--¡Lo dije!... El _vol-au-vent_ de codornices se me indigesta siempre...

Currita, prescindiendo también de su emoción artística, inclinóse
vivamente al oído de Leopoldina, para preguntarle rabiosa y preocupada:

--Pero, mujer... ¿A quién mirará tanto Jacobo en ese palco de arriba?...

Leopoldina volvió lentamente la cabeza, con ese arte inimitable que
tienen las mujeres para ver sin mirar, y echó una rápida mirada al palco
del Veloz.

La _garçonniere_ andaba revuelta, y Jacobo, de pie en el palco, flechaba
los gemelos con distinguidísima insolencia en la dirección marcada por
Currita, sin hacer caso de las chistosas observaciones que, a juzgar por
sus risas, parecían hacerle los compañeros. Diógenes, mirando también
hacia el mismo sitio, cogió a Jacobo por un brazo y echó al mismo
tiempo, con la mano izquierda, una gran bendición en el aire. Riéronse
los del palco estrepitosamente, y Leopoldina dijo muy seria:

--¡Anda!... Ya los casó Diógenes...

Currita, muy alterada, volvió a preguntar:

--Pero ¿quién puede estar ahí?...

Leopoldina, furiosa dilettante, que recorría siempre de gorra todos los
palcos del Real, tenía al dedillo los abonos de cada turno y los
abonados a cada localidad. Calculó un momento la dirección en que los
del Veloz miraban, y dijo al cabo:

--No sé quién puede ser...; ese palco no está abonado.

Fernandito, con las manos en los bolsillos del pantalón, daba pataditas
en el suelo, diciendo tímidamente:

--Estoy fastidiado... ¿Sabes, Curra?...

Curra nada sabía, ni parecía tampoco querer averiguarlo, y aconsejaba
mientras tanto a Leopoldina que fuera en aquel entreacto a visitar a
Carmen Tagle en su platea, desde donde podían perfectamente descubrirse
las incógnitas o incógnita del palco de arriba. Hízole a Leopoldina
poquísima gracia la propuesta, pero érale imposible rehusar aquel
pequeño servicio a la amiga generosa, en cuyo palco, coche y mesa, tenía
un lugar siempre dispuesto; porque era Leopoldina de esas personas de
clase inferior, entrometidas y gorronas, que sufren toda especie de
molestias y desaires a trueque de aparecer a los ojos del vulgo,
codeándose en todas partes con las primeras figuras de la moda y de la
Grandeza. La faja de su hermano y la Capitanía general de Madrid, que
desempeñó este algún tiempo, habíanle abierto las puertas del _beau
monde_, y allí se había encastillado ella y tomado carta de naturaleza.

Villamelón, dando sus pataditas, repetía por centésima vez muy
angustiado:

--¿Sabes, Curra?... Malo estoy.

--Fernandito, ¡por Dios!... No me lo digas...

--Indigestión... El _vol-au-vent_ de codornices. Lo tengo dicho: siempre
se me indigesta. ¿Me entiendes?...

--¡Vaya por Dios, vida mía!... Mira, pasea un poquito y eso te vendrá
bien... Acompaña a Leopoldina y vuélvete pronto...

Y cada vez más impaciente, advirtió a esta por lo bajo:

--Que no se huela Carmen a lo que vas... Mira que las pesca al vuelo.

Villamelón, haciendo figuras, se atrevió a decir:

--Quizá en casa...

--¿En casa?... Jesús, hijito mío, y ¿qué te vas a hacer allí solo?... ¿Y
si te da algo?... No, por Dios; ve con Leopoldina y vuélvete despacito.

El duque de Bringas entró en el palco, y a poco llegó el tío Frasquito
acompañando a su sobrina Valdivieso, que rebosaba, como siempre,
entusiasmo y necedad, chismes y enredos.

La Ortolani era un portento. ¡Qué _berceuse_ aquella: _Si carina,
carprettina_!... El tío Frasquito no estaba conforme: gustábale más la
romanza _L'incantator della montagna_, y estábala ensayando en la
flauta, sin cuidarse para nada del percance del rey Midas, que desde
mucho tiempo antes le tenía pronosticado Diógenes. El duque de Bringas
estaba muy enfadado porque no le llenaba la partitura; aquello no era
sino una ópera cómica francesa, convertida en ópera italiana; en cuanto
a la Ortolani, ¡pchs!... no vocalizaba mal, pero ¡estaba tan flaca!...

--¡Como si tuviera que cantar con los mofletes!--exclamó María
Valdivieso con muy buen sentido.

Y variando de conversación púsose a contar a Currita una historia muy
chistosa de la duquesa de Bara, que se hallaba un poco más abajo, en el
palco de los consortes López Moreno, restaurados ya en su trono de
Matapuerca. Lucy se casaba al fin con Gonzalito, conformándose la
duquesa a tragarla por nuera. Paco Vélez se lo había dicho.

--¡Ya me lo figuraba yo!--exclamó Currita con maligna complacencia--. Si
quien habla mal de la pera, la bendice y se la lleva.

--¡Exacto! Lo mismo dijo Paco Vélez... Ahí los tienes a los dos tan
amartelados en el palco, publicando las amonestaciones... ¡Dice Paco
Vélez que ha habido unas historias!... López Moreno sitió a Beatriz por
hambre, y entre el embargo y la boda no hubo más remedio que capitular.
Beatriz entrega el ducado, el otro perdona la deuda, y pata... Pero lo
más chistoso es que Lucy dota a Gonzalito en cuatro millones...

--¡Qué delicia!... De modo que, en caso de viudez, Gonzalo quedará
siempre _prince douairier_, es decir, _douairier_ de Matapuerca.

El duque y el tío Frasquito creyeron morirse de risa al oír la agudeza
de Currita, y la de Valdivieso añadió entre carcajadas:

--¡Exacto! ¡Qué frase tan feliz!... Se la contaré a Paco Vélez... ¡_Le
prince douairier_ de Matapuerca!... Es menester que le dejemos el
nombre; justamente andan muy afanados ahora buscando el árbol
genealógico de Lucy...

--Pues mira, mujer, yo se lo daré hecho... En la primera rama que pongan
al Mal Ladrón, y en la última a López Moreno ahorcado...

--¡Pero, Curra, mujer, estás de vena esta noche!--exclamó muerta de risa
la Valdivieso--. Cuánto daría Beatriz porque el árbol de Lucy rematase
de ese modo... Dice Paco que López Moreno está riquísimo...

Aquí se detuvo como espantada un momento, y mirando atentamente hacia la
sala, añadió con su intemperancia ordinaria:

--Pero, mujer, ¿no has visto eso?... ¿No ves allí a Jacobo con la
Mazacán?... ¡Pero qué escándalo!... ¿Cómo permites tú eso?...

¡Vaya si lo había visto Currita!... Como que el berrenchín que tenía por
dentro era la nerviosa musa que inspiraba aquella noche sus aceradas
agudezas, y desde que terminó el acto no había perdido de vista un
momento a Jacobo, viéndole comenzar su _toumée_ por los palcos de las
damas, que le recibían todas en palmas, mimándole y agasajándole con sus
más encantadoras sonrisas y sus más dulces palabras. Isabel Mazacán,
sobre todo, parecía querer comérselo, y por dos o tres veces, mientras
le tuvo en el palco lanzó al de Currita una mirada que parecía decirle:
¡Rabia de firme!... Él acogía todos aquellos homenajes con la exquisita
naturalidad, el desembarazo distinguidísimo del elegante de raza que se
reconoce de moda, del _leader_ del día cuyos saludos se mendigan, sus
frases se repiten, sus trajes se copian, sus toses y estornudos se
numeran y comentan.

Jamás había otorgado Madrid un perdón tan generoso y tan amplio como el
que concedió al antiguo revolucionario al saber su novelesca aventura
de Constantinopla y al verle entrar de nuevo en el redil aristocrático,
a la sombra de Butrón y la Albornoz, arrepentido, pero con la cabeza
alta; no implorando protección, sino ofreciéndola a todo el mundo.

Allá en los profundos rincones de los _boudoirs_ y en los secretos
conciliábulos políticos murmurábanse cosas extrañas. Decíase en estos
que Jacobo había prestado un gran servicio al partido restaurador,
echando a pique con ciertos misteriosos papelitos a tres personajes
intrigantes y tramposos que, ávidos siempre de poder y dinero, habían
querido en Biarritz, después de la caída de Amadeo, injerirse
traidoramente en la restauración del trono, que ellos mismos habían
contribuido a hundir cinco años antes. Fuera o no esto cierto, éralo,
sin embargo, que el respetable Butrón había aparecido de repente,
cubriendo a Jacobo con el manto protector de su confianza; que Currita
habíale proporcionado la desinteresada amistad de su caro esposo
Fernandito, y que así, en aquellos ocultos rincones de los _boudoirs_
como en las amplias aceras de las plazas públicas, designábanse a los
tres personajes con los nombres de _el joven Telémaco, el prudente
Mentor y la invulnerable Calipso_, murmurándose al mismo tiempo que
Jacobo estaba arruinado, que el partido restaurador garantía su porvenir
asegurándole una cartera en pago de sus servicios, y Currita atendía a
su presente con una esplendidez que amenazaba dar al traste con la hasta
entonces bien cimentada fortuna de la opulenta casa de Villamelón.

--Y es natural--había dicho una noche la duquesa de Bara--. Curra está
ya muy _fanée_, y Jacobo no es ningún Juanito Velarde que se mantenga
con un destinillo de veinte mil reales.

Mientras tanto, Leopoldina Pastor entraba en la platea de Carmen Tagle,
y besándola en ambas mejillas, decíale al oído:

--Vengo huida...

--¡Mujer!... ¿Quién te persigue?

--Curra... Esa Curra... que es atroz, hija, atroz... ¡No vuelvo a
presentarme en público con ella!... No me gustan evidencias; no quiero
escándalos... Por eso dije: aunque sólo sea este entreacto, me la quito
de encima y me voy con Carmen...

--Gracias por la elección, querida...

--Pues nada... Empeñada en saber quién estaba en el palco de arriba... Y
todo porque _el otro_ no hacía más que mirar para allá _poniendo varas_.

Al decir esto, Leopoldina cogió a Carmen Tagle sus gemelos de nácar y
púsose a mirar hacia el palco que tanto inquietaba a Currita. Había en
él dos señoras: una, joven, sentada en primera fila, y otra, de edad ya
madura, casi oculta en el fondo... Parecía la primera una verdadera
niña, delicada, fantástica, una de esas espirituales gatitas rubias que
se crían a orillas del Sena y suelen tener, en efecto, todas las
solapadas mañas de la raza felina. Sentada de espaldas al escenario,
parecía no haber roto un plato en todos los días de su vida, y paseaba
la vista por la espléndida sala, sin fijarla en ninguna parte, con esa
indiferencia con que se mira una multitud del todo desconocida: más bien
que para ver, parecía estar allí para ser vista, y la exagerada
elegancia, algún tanto extravagante, de su traje de terciopelo negro con
camelias rojas indicaba claramente el plan preconcebido de atraer todas
las miradas. Su compañera, que podía muy bien ser su madre, era una
mujer muy flaca, de aspecto distinguido, con el pelo gris peinado a la
inglesa, un traje de terciopelo negro cerrado hasta arriba y un vistoso
aderezo de brillantes falsos. Ambas parecían extranjeras, y en toda la
noche no habían cruzado entre sí una sola palabra.

Examinólas Leopoldina detenidamente, y dijo al cabo, meneando la cabeza:

--Negro y encarnado... ¡Malo!... Los colores del diablo... ¿Y quiénes
son esas individuas?...

Carmen Tagle se echó a reír encogiéndose de hombros, y Leopoldina volvió
a mirarlas, diciendo por debajo de los gemelos:

--Pues te digo que con el terciopelo que gastó la madre en cubrirse
hasta las orejas podía haber subido un poquito el escote de la hija...
¡Vaya con la indecente!... Y la chica es monísima... ¿Cómo se llama?...

--Si nadie la conoce... El martes se presentó en ese mismo palco vestida
de blanco con camelias rosa... Ayer estaba en la Castellana en un milord
muy bonito, con camelias blancas en el sombrero y en el pecho... Hoy,
terciopelo negro con camelias rojas...

--Pues ya tenemos nombre que darle--exclamó Leopoldina riendo--: _La
dama de las camelias_.

Y sobre estos varios motivos improvisaron las dos amigas una alegre
fantasía, hasta que Leopoldina volvió al palco de la Albornoz momentos
antes de comenzar el acto segundo. Currita la esperaba impaciente, y la
falaz exploradora apresuróse a decirle, con cierto maligno gustito, que
la incógnita en cuestión era una muchacha monísima, de todo el mundo
desconocida, a quien acababan de bautizar ellas, por tenerlo muy bien
merecido, con el significativo nombre de _La dama de las camelias_.

--Por supuesto, que no se enteraría Carmen de que yo te enviaba--dijo
Currita muy pensativa; y Leopoldina, con el hociquito fruncido y los
ojitos entornados, como quien se ofende de la pregunta, contestó:

--¡Mujer!... ¿En qué cabeza cabe?... ¿Acaso soy yo boba?...

Comenzó el acto: Villamelón seguía indigestado; Currita, emberrenchinada
y con el rabillo del ojo alerta; Leopoldina, que era, en efecto,
aficionada e inteligente, sin perder una nota, y el tío Frasquito, que
allí se había quedado, muy satisfecho por hallarse al lado de
Leopoldina, una de las sobrinas espurias a que más predilección
mostraba, por su _allure_ varonil y decidida y sus excéntricas
genialidades.

En el palco del Veloz habían quedado solos Diógenes y Jacobo;
despatarrado aquel frente al público, como si quisiera indicarle que
todo él junto no se le importaba un comino; mirando este sin cesar, como
un cadete, al palco de la dama de las camelias. En la escena, Dinorah,
la pobre loca, cantaba la bellísima aria que la inspira su propia sombra
proyectada en el suelo por la blanca luz de la luna, una de las más
felices inspiraciones de Meyerbeer, que interpretaba admirablemente la
entonces célebre Ortolani.

Cambió la escena de pronto, y la cascada, el precipicio y el torrente
arrancaron un murmullo de admiración a los espectadores, que pocas veces
habían contemplado en aquel género una obra de arte tan acabada y tan
bella. Höel quiere obligar al gaitero Corentino a buscar el tesoro en el
fondo del precipicio; de nuevo el cielo se encapota, y entonces aparece
otra vez el terrible Meyerbeer, el genio de los _Hugonotes y Roberto el
diablo_, que sabe describir con las ocho notas del pentagrama toda la
rabia de los elementos y todos los furores del corazón.

De improviso, rompe la orquesta bruscamente la cadencia, rugen los
contrabajos estrepitosamente, las flautas dejan oír agudos silbidos, el
metal, desencajado, truena con espantosa violencia, los timbales
redoblan convulsamente. Ya no parece aquello una tempestad, ni un
huracán, sino un cataclismo que amenaza desquiciar la tierra, y en aquel
momento, el supremo de la ópera, apareció por entre las cortinas de
terciopelo carmesí que cerraba el fondo del palco de Currita una cabeza
peluda y cetrina, que el tío Frasquito tomó por la del terrible
Adamastor, genio de las tempestades, y Fernandito por el bilioso
espectro de la indigestión, que evocaban ante él sus jugos gástricos
alterados.

Era Butrón, el respetable Butrón, que entraba de puntillas, con el dedo
sobre los labios, haciendo gestos de que nadie se molestara, y yendo a
sentarse en la silla que, no obstante su susto y su entripado, se
apresuró a cederle Villamelón, al lado de Currita.

La tempestad seguía rugiendo: Höel y Corentino gemían aterrados, y
Dinorah, la pobre loca, desencajada, con el cabello flotante y el rostro
iluminado por la luz de los relámpagos, desafiaba la furia de los
elementos, dominando con su voz pura y vibrante los roncos estampidos
del trueno y los estridentes alaridos del viento, que encubrieron
también estas breves palabras deslizadas por Butrón al oído de Currita:

--Llegó la hora... ¡Concha está con nosotros!...

Escapósele a aquella una leve exclamación de sorpresa, que el tío
Frasquito pescó al vuelo; mas un azulado relámpago iluminó en aquel
momento la escena; un inmenso diseño cromático, nacido en las alturas
de la orquesta y resuelto en las profundidades de los bajos en un rumor
apagado y fatídico, anunció la caída del rayo, y entre truenos y
relámpagos y sublimes convulsiones de los instrumentos de cuerda,
escapósele lo que Butrón añadía, pudiendo percibir tan sólo estas
palabras dichas por el diplomático con grande insistencia:

--Mañana, a las cuatro, en casa... ¡Por Dios!, que no faltes, ni dejes
de avisar a Jacobo...

La curiosidad hizo al tío Frasquito perder la cabeza, y por querer
fiscalizarlo todo a un tiempo, ni vio a Bellak, la cabra blanca, cruzar
como una flecha el rústico puentecillo, ni a Dinorah caer en el fondo
del barranco, ni a Höel precipitarse desesperado en su auxilio, ni a
Currita que ceñuda y apretando con inexplicable rabia las varillas del
abanico, decía a Butrón muy por lo bajo:

--¿A Jacobo?... ¿Acaso le veré yo esta noche?... Ya ha correteado todos
los palcos y todavía no me ha dirigido un saludo.

--¡Ah, ingrato!--susurró Butrón--Corro a traértelo.

Y de nuevo se fue como había venido, de puntillas, sonriendo a todos,
haciendo muchos ademanes para que nadie se incomodara, y dejando al tío
Frasquito estupefacto... ¡Oh!, pues lo que es a él no se la pegaban...
¿Currita a las cuatro en casa de Butrón y avisando antes a Jacobo?...
Algo gordo sucedía cuando el prudente Mentor, el joven Telémaco y la
invulnerable Calipso se avistaban en secreto, con la extraña
circunstancia de acudir la dama a casa del caballero, y no los
caballeros al palacio de la dama, como parecían dictar las más
elementales leyes de la galantería.

--¡Cosa más singularr!...

Y mirando a Jacobo a lo lejos, aumentóse su curiosidad al ver que
aparecía Butrón por detrás de la cortina del palco del Veloz, hacíale
una seña y llevábaselo consigo, siguiéndoles a los dos, sin que ninguno
le llamase, el cínico Diógenes... Al terminar el acto, Butrón,
triunfante y satisfecho, entraba otra vez con Jacobo en el palco de
Currita, y empujándole hacia la dama con aire de papá bonachón que
satisface un capricho de la niña, cogió con una de las suyas las dos
manos que ella y él se estrechaban al saludarse, murmurando, con
sentenciosa indulgencia, aquellas palabras de Shakespeare:

--_Old, old history_!...

Hecho esto, el espejo de caballeros, según Pedro López, el integérrimo
diplomático, el sesudo político, el anciano venerable y fervoroso que
tenía ya un pie en el sepulcro, miró al reloj, enarcó las cejas y
despidióse apresuradamente. Eran ya las once, y estaba citado a las once
y cuarto con el cardenal arzobispo de Toledo: tratábase de un atentado
de la canalla gubernamental republicana contra la Iglesia y deseaba él
representar en aquel conflicto el papel de Constantino.

Ensanchósele el corazón al tío Frasquito, creyendo llegada la hora de
averiguar algo, y aguzó las orejas y aprestó la lengua para sondear con
habilidad a Jacobo y a Currita. Mas, de repente, una mano aleve cogió el
mediato lazo de su corbata blanca, y dándole una rápida vuelta, vino a
ponérselo sobre la nuca. Volvióse indignado y sorprendido, y vio
inclinada sobre la suya la gran cabezota de Diógenes, que, sonriendo y
babeando, le decía amorosamente:

--¡Francesca mía!... ¡Si soy yo, Paolo!...

Verde de ira y amarillo de miedo púsose Francesca, cual si viese asomar
por detrás de Paolo la sombra siniestra de Gianciotto, y gruñó entre
dientes:

--¡Qué cosas tienes!... De verras que erres pesado...

Y despidiéndose atropelladamente por temor de alguna más grave demasía,
fuese a componer la corbata en el espejo del antepalco, dejando vacío su
asiento, que era lo que buscaba Diógenes. Ocupólo este entonces con la
mayor frescura y dando una gran palmada en el muslo a Villamelón, díjole
tal atrocidad, relativa a su entripado, que Jacobo y Leopoldina se
miraron espontáneamente, como quien dice: «¡Animal!». Currita, muy
enfadada, dijo:--¡Jesús, hombre, qué cosas tienes!... ¡Eres shoking,
shoking, de veras!--Y Fernandito, con resignada sonrisa, contestó:

--El _vol-au-vent_ de codornices... Siempre se me indigesta. ¿Sabes?

--¡Pues ya lo creo que lo sé, polaina!... Por eso tomo yo siempre
_vol-au-vent_ de sopa de ajo--replicó Diógenes.

Y cediendo a su instinto natural de desvergonzada capigorronería,
añadió:

--Oye... ¿Y quién me lleva a mí luego en su coche, tú o Jacobo?

--Lo que es yo no te llevo--replicó vivamente este--. Me voy ahora
mismo.

--Ni yo tampoco--añadió al punto Currita--Fernandito no se siente bien,
y no hemos de andar por ahí dando vueltas.

--Pero, mujer, si te coge al paso... Me dejas en la calle de Alcalá, en
la chocolatería de doña Mariquita... Por nada del mundo pierdo yo mi
gran jícara con su par de _mojicones_...

--Son sabrosos--opinó Villamelón.

--¡Qué delicia!--dijo Currita--. Si te los dieran todas las noches en
los dientes no tendrías la lengua tan larga.

--¡Polaina!... Si te los dieran a ti donde yo me sé, no darías motivos
para que te alcanzasen las lenguas.

Currita se mordió los labios comprendiendo que era imposible la lucha
con aquel cafre, que parecía complacerse en poner de relieve, con sus
crudezas, las vergonzosas condescendencias del mundo, y Jacobo se
despidió afectuosamente al comenzar el acto con un ambiguo _hasta
luego_, que dejó a Currita muy complacida. A la mitad del acto cuando
Dinorah recobra la razón y quiere recordar la bellísima plegaria
_¡Sancta María!_ entre sublimes vacilaciones de la orquesta, que parecen
revelar los esfuerzos mentales de la pobre loca, envolvióse Currita en
su soberbio abrigo de terciopelo granate, forrado de pieles blancas, y
aceptando en señal de reconciliación el brazo de Diógenes, salió del
palco escoltada por Villamelón y Leopoldina, gozoso él por irse a dormir
su indigestión, furiosa ella por marcharse sin oír el coro final de la
romería.

El _foyer_ estaba aún desierto, y los lacayos, zambullendo las
encarnadas narices en sus inmensos cuellos de pieles, comenzaban a
asomar ya, para avisar a los señores la llegada de los coches.
Antojósele entonces a Currita sentarse en un diván, para esperar la
salida de la gente. Angustióse Villamelón.

--¡Pero, hija mía, por Dios!... ¡Si esto está helado, Curra!...

Y se liaba a toda prisa al pescuezo un _gran foulard_ finísimo, y
levantábase el cuello del gabán a la altura de las orejas...

--Te digo que vale más volver al palco, si...

Un estornudo formidable le cortó la palabra y le acrecentó la angustia.

--¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Ya pillé un constipado... Fortuna tengo hoy...
¿Sabes?... ¡Ya tengo para una semana!...

La gente comenzó a desfilar por delante de Leopoldina y la Albornoz,
que, dejando estornudar a Fernandito y sin perder de vista su negocio,
saludaban a diestro y siniestro a los innumerables conocidos que iban
pasando. De pronto, Leopoldina tiró suavemente del vestido a Currita,
diciéndole muy bajo:

--Mírala... ¡Esa es!...

No vio nada: dos fantasmas blancos pasaban por delante, arrastrando por
debajo de los amplios albornoces las largas colas de terciopelo negro,
dejando asomar la vieja por el abrigado capuchón una corva nariz caída y
afilada, luciendo tan sólo la joven unos ojazos azules, que creyó
Currita se fijaban en ella con provocativa insolencia. El blanco
albornoz de la incógnita pasó rozando el terciopelo granate del abrigo
de Currita, y una frase alemana, que esta pudo oír y no pudo entender:
«Ahí la tienes», pareció caer entonces de la nariz corva y afilada, y
ambos fantasmas desaparecieron entre el gentío precedidos de un _groom_
monísimo que apenas contaría doce años.

--Pero, hija, ¿arrancaremos al fin?--decía Villamelón mientras tanto--.
Diógenes, dale tú el brazo... ¡Buen constipado he pillado!... ¿Qué haces
tú cuando te constipas, Diógenes?

--¿Yo?... Estornudar...



--II--


El respetable Butrón daba puñetazos en los muebles y cruzaba a grandes
zancadas el aposento, llamando a su mujer, según su costumbre, unas
veces _Geno_, otras _Veva_, nunca por completo Genoveva y prodigándola
con todas sus letras los dicterios de imbécil, estúpida, vieja del
diablo, beata de Barrabás, que no sabiendo sino rezar el Pater noster,
quería darle lecciones a él, Pirro en el ingenio, Ulises en la
prudencia, Anteo en el ánimo, Alejandro en la magnanimidad y Escipión en
lo afortunado.

Curiosas escenas íntimas del hogar doméstico, que parecerán
inverosímiles a los que sólo conocen la _parte oficial_ de los grandes
personajes, y que debieran esculpirse cual bajos relieves en los
pedestales que levantan el vulgo y la opinión a muchos de los prototipos
sociales que brillan en las academias y congresos, estrados y salones.

La marquesa, la anciana señora de virtud intachable, de educación
exquisita, escuchaba aquel torrente de denuestos muda e inmóvil, con la
cabeza baja y las lágrimas en los ojos, semejante a la estatua de la
paciencia, contemplando sus propios sufrimientos. Por dos veces quiso
interrumpir a su marido, mostrándole una carta que en las manos tenía;
mas los gritos y denuestos del sesudo diplomático la atemorizaron y
aturdieron, y volvió a guardar silencio. Las escenas de Lauzun,
amenazando con el bastón a la duquesa de Montpensier, su esposa, y
gritándole: «¡Luisa de Borbón, quítame las botas!», no eran, sin duda,
desconocidas a la infeliz señora.

Hallábanse ambos esposos en el despacho particular del diplomático,
vasta pieza decorada en otro tiempo con severa magnificencia, pero sobre
la cual habían pasado los años sembrando manchas y desconchones, sombras
y deterioros que la larga cesantía del magnate no había permitido hasta
entonces restaurar. Veíase en un extremo, tras un gran biombo de nueve
hojas de laca de Coromandel, descascarado por todas partes, una enorme
mesa cargada de papeles y rodeada de artísticos armarios, todos al
alcance de la mano, _sancta sanctorum_, donde sólo penetraban los
iniciados en los asuntos y manejos del diplomático. Al otro extremo,
frente a una alta vidriera que daba al jardín, y al lado de una chimenea
de mármol negro, había una gran mesa del siglo XVII, de nogal, cuadrada,
con ancha talla y hierros escarolados, y cómodas butacas y mullidas
poltronas, algún tanto desteñidas y un mucho destrozadas, dispuestas en
torno: allí recibía Butrón a los profanos a que les era lícito traspasar
el dintel de su despacho privado. Veíanse por todas partes, sobre las
mesas, en las dos chimeneas, por los armarios y colgados de las paredes,
retratos de reyes, príncipes y personajes ilustres, de fotografía unos,
magníficamente grabados en acero otros, con pomposas dedicatorias al
integérrimo diplomático, que pregonaban sus grandes relaciones y sus
altas influencias. Sobre un sofá de rica badana japonesa, hundido todo y
despellejado, había en lugar preferente, una gran fotografía del
príncipe Alfonso, con el uniforme de escolar del colegio de María
Teresa, y esta dedicatoria, escrita de puño y letra del futuro monarca:
«Al leal marqués de Butrón, modelo de caballeros. Recuerdo del 2 de
diciembre de 1870. Alfonso». Aquella fecha solemne era la del día en que
Butrón se avistó por primera vez, después de la Revolución, con los
augustos desterrados y juró a los pies del regio niño restaurarlo en el
trono de España o morir en la demanda.

Más lejos, a uno y otro lado de una gran panoplia llena de orín y
descabalada, había dos hermosos grabados de Luis Felipe y la reina
Amalia, con sendas dedicatorias, y entre otra porción de notabilidades
regias, políticas y literarias, diseminadas por todas partes, un retrato
en litografía de Martínez de la Rosa, en los tiempos en que le llamaban
_Rosita la pastelera_, con este campechano letrero: A _Pepillo Butrón,
su dómine Paco_.

Mas entre todos aquellos monumentos de altas estimaciones, era el más
curioso una hermosa fotografía de la reina de Inglaterra, colocada con
afectada naturalidad sobre la chimenea en un pequeño caballete de plata
oxidada, cuyas molduras tapaban, en parte, la honrosa dedicatoria.
Habíasela dado la majestad británica en Roma, con motivo de cierto
oportuno servicio, y deseando demostrarle la más exquisita deferencia,
puso en castellano el autógrafo. Mas su graciosa majestad no manejaba
sin duda con gran arte el habla de Cervantes, y siendo su intento
escribir según la construcción inglesa: Al _marqués de Butrón,
recuerdo_, olvidóse de poner la u, y resultó: Al _marqués de Butrón,
receurdo_, firmado y rubricado de puño y letra de su graciosa majestad
la soberana de los tres reinos unidos, emperatriz también de las Indias.

El pasmo de Butrón fue grande al verse colocado reduplicativamente por
aquella importuna síncopa en la rama más desacreditada de la extensa
familia de los paquidermos, y apresuróse a colocar habilidosamente la
regia dádiva en una moldura que, sin ocultar por completo el honroso
letrero, encubriese el sangriento _lapsus calami_ de su majestad
británica.

Ocurrían graves sucesos, y la pelotera que Butrón sostenía con su mujer
reconocía en ellos su origen. Pavía había dado el golpe de 3 de enero,
derrumbándose la república parvulita al eco de tres o cuatro tiros
disparados al aire en los pasillos del Congreso. El poder cayó de nuevo
en las garras de Serrano, y el desquiciamiento general, la indisciplina
del ejército, que peleaba sin fe ni esperanza en aquellas dos grandes
esclusas de Cartagena y el Norte, que se tragaban torrentes de sangre y
arroyos de dinero, indicaban a los pacientes alfonsinos, cruzados de
brazos, que se acercaba la hora de extender la mano para coger la breva,
madura ya por completo. La escena de Aristófanes, en su comedia _La
Paz_, cuando el pacífico Trigeo sube al Olimpo montado en un escarabajo,
se representaba entonces en España: el Olimpo estaba desierto y sólo
quedaban allí la Guerra y el Estrago, machacando en un mortero una
nación entera y sirviéndoles de mano un general ambicioso.

Otro general de valor, de prudencia y de prestigio, encargóse entonces
de inclinar hacia los alfonsinos la rama de que pendía la fruta
apetecida y disputada. Fue este el general Concha, que aceptando el
mando del ejército del Norte, partió para Bilbao, dispuesto a
restablecer la disciplina, aniquilar a los carlistas y proclamar rey de
España al joven príncipe Alfonso. Era necesario, sin embargo, allegar
recursos para preparar el ejército, y las bolsas exprimidas, las
codicias alarmadas y los egoísmos latentes dificultaban mucho la
ejecución del proyecto. El ingenio del marqués de Butrón encargóse
entonces de hallar remedio, y al frente de su brigada femenina acometió
la empresa: imaginó, por de pronto, crear una asociación de señoras para
socorrer a los heridos del Norte, que, difundida por toda España, había
de allegar recursos de todos géneros para ser distribuidos
abundantemente en el ejército a nombre de las señoras alfonsinas,
preparando así los ánimos para secundar el movimiento[15].

[Nota 15: Varias fueron las asociaciones de señoras que se fundaron
en aquel tiempo con el fin de socorrer a los heridos del Norte, siendo
la que más benéficos resultados produjo la presidida por la ilustre y
virtuosa señora marquesa de Miraflores, cuyo nombre ha aparecido siempre
unido a todas las obras buenas y caritativas. Excusado nos parece
advertir al lector que la asociación que nosotros suponemos no tiene
nada que ver con ninguna de estas, y que, aunque tomada del natural
parte de su fisonomía, es, en su conjunto, pura invención nuestra.]

El plan fue aprobado con entusiasmo por los prohombres del partido, y el
gran Robinsón sólo pensó entonces, con la enérgica actividad que le
caracterizaba, en organizar la Junta central de señoras en la corte.
Ocupóse, lo primero, en buscar la presidenta, piedra fundamental de todo
el edificio, y un nombre ilustre que había de llevarse tras de sí cuanto
grande, bueno y respetable encerraba la corte; acudió primero a su mente
la marquesa de Villasis... Mas las teorías conciliadoras del peludo
diplomático juzgaban necesario allegar otros elementos, y pensó entonces
en la condesa de Albornoz para el cargo de vicepresidenta. Esta atraería
al Madrid de rompe y rasga, que brilla y que bulle, pequeña, pero
venenosa levadura que corrompe la sociedad entera y la hace aparecer, al
imponerle sus leyes a sus vicios, escandalosa hasta un punto que no lo
es ciertamente; la otra atraería al Madrid honrado, sensato y devoto, no
tan escaso como muchos creen, y en torno de uno y otro bando se
agruparía al punto el Madrid verdaderamente inmenso, la gran falange
cortesana de gente más bien frívola que corrompida, más bien
insustancial que viciosa, que vive de reflejos y escandaliza o edifica,
según es escandaloso o edificante el astro que le comunica sus
resplandores.

El plan era bellísimo. Mas ¿quién le ponía el cascabel al gato? ¿Quién
aliaba a la tiesa y austera Villasis con la amable y despreocupada
Currita, aunque se tratase de ir a conquistar juntas la Tierra Santa?
¿Quién doblegaba la vanidad inmensa de la Albornoz, hasta el punto de
hacerla aceptar cualquiera empresa que fuese un puesto secundario?...
El astuto Butrón resolvió tentar el vado, aproximando a las dos señoras,
y citólas en terreno neutral, su propia casa, sin advertir a ninguna la
presencia de la otra, con el pretexto de tratar reservadamente, en junta
de notables, un asunto de la mayor importancia para el partido.
Encargóse él de avisar a Currita la noche antes en el teatro, y, por
orden expresa suya, escribió su mujer a la Villasis, con quien la unía
una amistad antigua, cariñosa y sincera. La futura presidenta olióse
desde luego la partida, y un oportuno constipado atroz y empedernido
vino a impedirle salir fuera de casa; así se lo notificaba con grande
sentimiento y cariñosas frases a su buena amiga Genoveva en una elegante
esquelita cuadrada, en cuya esquina se leía, bajo la corona ducal propia
de los Grandes de España, su nombre de María.

Esperábase la Butrón la llegada del constipado, díjole así a su marido
al mostrarle la carta, y entonces fue cuando el respetable diplomático
descargó su berrinche sobre la pobre dama, prodigándole los dicterios
que al comenzar este capítulo apuntamos.

De repente, recobró su cortesana sonrisa, su continente señoril y
aparatoso: entraba la duquesa de Bara, otra de las citadas, antigua
amiga suya, aunque no de tan añeja fecha, de quien la maledicencia se
había ocupado muchos años atrás y se solía ocupar aún de cuando en
cuando. Era la duquesa mujer muy discreta, nada escrupulosa, conocía a
Madrid palmo a palmo y escuchábala Butrón como a un oráculo en todo lo
referente a guerra femenil de intriguillas y abanicazos. Al poco llegó
el general Pastor, próximo a partir también al Norte para secundar el
movimiento de Concha, y vino luego un don José Pulido, hombre listo y
travieso, pies y manos de Butrón y también su ninfa Egeria, que había
sido condiscípulo suyo en la Universidad y desempeñado muy buenos
puestos a la sombra del diplomático. Eran ya las tres, y a las cuatro
debían de llegar Jacobo Sabadell y la Albornoz y hubiera llegado
también la Villasis si su providencial constipado no se lo estorbase. El
prudente Butrón habíalos citado con una hora de intervalo, para poder
preparar en aquella antejunta de íntimos lo que en presencia de los
otros había de tratarse más tarde.

Sentáronse todos al lado de la chimenea, en torno de la mesa cuadrada, y
el respetable Butrón expuso el caso. La duquesa de Bara no le dejó
acabar: juzgaba ella imposible hacer tragar a la Villasis la
vicepresidencia de Currita, como no fuera cogiéndola de sorpresa,
presentando de improviso la candidatura aprobada ya por unanimidad en la
junta magna de señoras que había de celebrarse; y aun así y todo,
desconfiaba mucho del éxito, porque era María Villasis una quijota
impertinente y ridícula, capaz de desairar a Madrid entero si se le
ponía entre ceja y ceja el hacerlo.

--No se me olvidará nunca--dijo--lo que hizo con la pobre Rosa Peñarrón,
cuando aquel concierto famoso que organizó a beneficio de los inundados
de Valencia. Le envió Rosa tres billetes, y tuvo la desfachatez de
devolvérselos con el precio justo, unas quince o veinte pesetas, y
enviar luego a Valencia, por mano del arzobispo, una limosna de tres mil
duros...

Butrón enarcó las formidables cejas, el general Pastor se atusó el largo
bigote y don José Pulido, más práctico y menos puntilloso, ensanchó la
barbilampiña cara, diciendo suavemente:

--Con tal de que nos envíe a nosotros otro tanto, aunque sea por mano
del moro Muza...

Ofendióse la duquesa, que acababa de vender su hijo y su ducado al
señor López Moreno, y con mucha dignidad contestó severamente:

--¡Oh, no, no, Pulido!... Ni el decoro se vende, ni tiene precio, ni
necesitamos acá que venga la Villasis a damos lecciones...

Y además, desconfiaba ella mucho de la actitud de esta e ignoraba hasta
qué punto podría contarse con ella para los trabajos de la
Restauración... Cierto que su amistad con la reina destronada había sido
siempre íntima, leal y consecuente, pero le constaba a ella de buena
tinta que Bravo Murillo tuvo la impertinencia de comunicar a la marquesa
la respuesta dada por el arzobispo de Valladolid a la consulta de si la
Restauración había de conservar o no la unidad católica, y esta no podía
ser más terminante: «No era lícito a ningún partido político prescindir
de ella». Que era esto una tontería, una chochez del arzobispo,
corriente. Pero era lo bastante para alarmar la conciencia de una
mojigata como la Villasis, y encontrar en ello un pretexto para tirar de
los cordones de la bolsa.

La marquesa de Butrón bajó los ojos como distraída al oír hablar de la
unidad católica, y acentuóse aún más la sombra de tristeza que nublaba
siempre su rostro. El integérrimo diplomático y el señor Pulido cruzaron
entre sí una rápida mirada; indudable era que los dos compadres habían
hablado más de una vez del asunto en junta de íntimos, del lado de allá
del biombo. Butrón tomó la palabra, extendiendo la peluda mano:

--Respondo de María Villasis--dijo enérgicamente--. Lo que tú dices es
cierto, Beatriz; pero la pifia de Bravo Murillo la enmendé yo mismo...
María acudió entonces a mí muy alarmada, pidiendo explicaciones
categóricas, y yo la prometí solemnemente que la Restauración
conservaría a todo trance la unidad católica como la joya más preciada
de las glorias de España.

La duquesa se encogió de hombros, con muestras de grande impaciencia.

--Pues no dice eso el manifiesto que se negó a firmar Bravo
Murillo--dijo.

--Tampoco dice lo contrario.

--Entonces...

--Entonces queda en pie lo que yo he prometido... El porvenir no puede,
sin embargo, asegurarse, y quizá pudiera suceder que, contra nuestra
voluntad y nuestros deseos, nos viéramos forzados a respetar un hecho
consumado o a ceder ante una votación contraria hecha en Cortes...

El señor Pulido hizo una profunda señal de asentimiento, bajando con
previsoria resignación los ojos, y la duquesa, haciendo alarde de la
perspicacia de su ingenio, exclamó ligeramente:

--¡Entendido, entendido...; basta!... Queda, sin embargo, el otro
extremo por conciliar. ¿Crees tú que _la mona Jenny_ se contente con la
vicepresidencia?

Asombróse Butrón de aquella extraña candidata cuadrumano que trataba de
ingerir la duquesa en la ilustre junta de damas, y exclamó muy
sorprendido:

--¿_La mona Jenny_?...

--Pues, hombre, Curra... La Villamelona. ¿No sabes?... Diógenes le ha
puesto ese nombre desde que le dio por fumar en pipa, en un narghilé
precioso que le regaló el embajador de Marruecos... Es una mona famosa
que hay en el jardín zoológico de Londres--yo la he visto--y fuma en
pipa con una gracia y unos mohínes que recuerdan a Curra por completo.

--¡Vamos, vamos!--exclamó con bondad olímpica el diplomático--. No he
visto nada como Madrid para motes y chismecillos... Todos queriéndose
mucho, todos juntos noche y día, y todos arrancándose a tiras el pellejo
y poniéndose en ridículo en cuanto vuelven la espalda...

--¡Miren el puritano, el caritativo!... _Ami de la vertu, plutôt que
vertueux_! Pues ya tenías tiempo de haberte ido acostumbrando.

--Empezaré a acostumbrarme por la mona Jenny... La mona Jenny aceptará
la vicepresidencia.

--¿Crees tú?...

--Lo espero... Le tengo reservado otro papel de grande importancia que
le hará olvidar lo secundario de este.

Entonces explanó Butrón su plan con todos sus pormenores... No se
trataba de una asociación de señoras exclusivamente alfonsinas, mil
veces lo había dicho y no se cansaría jamás de repetirlo. Era necesario
_barrer para adentro_, conciliar todas las voluntades, ahuyentar todos
los escrúpulos, ahondar en cualquier rincón en que pudiera encontrarse
un ochavo, escarbar en todo muladar en que pudiera hallarse un pelotón
de hilas sucias, agotar todos los recursos de fiestas, bailes, toros,
beneficios, francachelas y festivales, con que la caridad moderna ha
encontrado el secreto de enjugar las lágrimas, al mismo tiempo que
ensancha los corazones, refocila los estómagos y estira las piernas...
¡Socorrer a los heridos del Norte!... ¡Qué anzuelo tan a propósito para
pescar desde las carlistas más recalcitrantes hasta las liberales más
radicales!... Por eso había pensado él, para dar aquel barrido general y
definitivo, en un gran baile, una fiesta sonada y famosísima, de _ancha
base_, que debía dar _la mona Jenny_, Curra, convidando a todo el Madrid
explotable, desde la presidenta consorte del comité carlista, hasta la
ministra cesante, esposa dignísima del excelentísimo señor don Juan
Antonio Martínez... Y allí, al calorcillo del champagne, que ablanda los
corazones compasivos, bajo la influencia de las vanidades estimuladas
que excitan el deseo de figurar, tender la red de la caridad, echar el
anzuelo de los infelices heridos del Norte y pescar de una sola redada
entre las mallas de la asociación de señoras a todo el Madrid femenino
capaz de soltar la mosca... Celebraríase luego una junta general
preparatoria en casa de Butrón mismo, presidida por Genoveva, y en ella
había de presentarse y aprobarse por sorpresa la candidatura de una
junta directiva, preparada ya antes, en que entrasen todos los elementos
tan hábilmente combinados; que el partido restaurador tuviese mayoría y
pudiera Butrón, entre bastidores, manejar a la Junta y a la Asociación
entera con la misma facilidad con que se maneja el manubrio de un
organillo. La junta directiva era, pues, la clave del arco, el clou del
proyecto, y el respetable Butrón terminó su perorata suplicando a los
presentes se dignasen estudiarlo maduramente, presentando sus
candidaturas con arreglo a este croquis que tenía él apuntado en un
papelito:

Una presidenta, beata de gran nombre. (Nadie como la Villasis.)

Una vicepresidenta elegante, de rompe y rasga. (Ninguna como la
Albornoz.)

Seis vocales: una carlista, bastante tonta; otra, radicala, de pocos
alcances; y cuatro alfonsinas, de la Grandeza, del cogollito, honradas,
por supuesto, listas y de arranque.

Una secretaria literata.

Una tesorera de alta banca.

El general Pastor aplaudió entusiasmado la hábil estrategia del
diplomático; el señor Pulido bajó modestamente los ojos, como si le
tocara grande parte en la paternidad de la idea, y la duquesa,
encantada, comenzó a vomitar nombres propios, juicios críticos,
filiaciones y datos biográficos que probaban bien a las claras su
consumada pericia en el arte de averiguar vidas ajenas. Tontas
encontraba ella a porrillo; listas tampoco faltaban; lo que le parecía
difícil de hallar eran las honradas, y no porque no las hubiese a
montones, sino porque la duquesa no sabía encontrarlas, por aquello de
que nadie hay más exigente ni que se complazca tanto en verlo todo
manchado como quien vive zambullido en medio del fango.

El respetable Butrón acogía aquellos homenajes con majestuosa sonrisa, y
temiendo ver entrar de un momento a otro a Currita, recomendó de nuevo a
los íntimos la mayor discreción, con respecto a esta; era necesario
ocultarle el plan de la junta y entusiasmarla con la idea del baile,
haciéndole creer que con ello ponía el partido en sus manos el éxito del
proyecto. Una vez entretenida con esto, fácil era hacerle tragar por
sorpresa, a su debido tiempo, lo secundario de la vicepresidencia.

Llegó al fin Currita, _la mona Jenny_, con Jacobo Sabadell, el joven
Telémaco; había tardado un poquillo, pero tenía la culpa el tío
Frasquito... ¡Qué risa con el pobre posma! ¡Habíase olido, sin duda, que
algo se fraguaba, y presentándose a almorzar con una cara de pregunta,
con un aire de sospecha!... ¡Ella le había estado _tomando el pelo_ todo
el almuerzo, hasta que al fin, para quitárselo de encima, tuvo que
armarle una emboscada, un _guet-apens_ chistosísimo!... Díjole si quería
acompañarla a dar una vuelta por el Retiro con Miss Buteffull y con los
niños y le envió con estos al coche mientras ella se ponía el sombrero.
¡Pobre viejo!... En cuanto volvió la espalda, escapóse ella con Jacobo
por la escalera de la servidumbre, y en el coche de este habíanse venido
los dos solos, juntitos, como si fuesen un matrimonio. ¡Qué delicia!...

Y besó con piedad filial a la marquesa, con amor fraterno a la de Bara,
estrechó la mano de Butrón con infantil afecto, y tuvo una cariñosa
sonrisa para el general Pastor y un saludito protector y monísimo para
el señor Pulido.

Hízola sentar Butrón junto a sí, al lado de la marquesa; y ella, con los
claros ojos fijos en el gran duque Alejo, que, sombreado por una
telaraña, tenía delante, comenzó a lamentarse, con frases muy pulcras,
del entripado de Fernandito... Casi, casi había estado a punto de no
venir, por miedo de dejarlo solo; pero las noticias que le había dado
Butrón eran tan graves, tan lisonjeras, que acabó al fin por decidirse.

--Si tú no hubieras venido, hubiéramos ido todos a tu casa--exclamó
Butrón con gran vehemencia--Como que sin ti no puede hacerse nada y en
tus manos está, en rigor de verdad, la suerte del partido.

La vanidad hizo en el rostro de la Albornoz lo que jamás había
conseguido la vergüenza: sonrojarlo.

--¡Jesús, Butrón, pobre de mí!--exclamó con su dulce vocecita--Pues si
está en mi mano, no tenga usted miedo de que la suelte.

Butrón comenzó a exponer el proyecto, como si fuese desconocido de todos
los presentes, haciendo caso omiso de la junta y presentando con grande
habilidad la fiesta deseada, como el eje sobre que había de girar la
ejecución del proyecto, la restauración del trono, la felicidad de
España y la paz del mundo y el equilibrio europeo. Currita parecía
titubear, porque había mirado a Jacobo como si le consultase, y este
fruncía las cejas; la pícara era ducha y no era del todo fácil hacerle
tragar el anzuelo. El diplomático reforzó sus argumentos, y el general
Pastor, con militar franqueza, dijo resueltamente:

--Condesa, más puede usted hacer en ese baile con su abanico que yo en
el Norte con mi espada.

Y el señor Pulido, dando vueltas a sus pulgares, añadió con suavísima
sonrisa:

--¡Oh, señora condesa!... Si usted quiere, con razón se llamará ese
baile _la dulce alianza_...

La dama extendió ambas manitas con gesto de cómico espanto.

--¡Ay, no, no, Pulido, por Dios!... ¡Si así se llama la confitería de la
Carrera de San Jerónimo!

La duquesa salió entonces a la palestra, y con habilidad mujeril disparó
el más certero saetazo, sirviéndole de ballesta una mentira muy gorda.

--Después de todo--dijo--, no hay que apurar mucho a Curra, porque si
ella no puede dar el baile, Isabel Mazacán se compromete a darlo...

El tiro dio en el blanco, y Currita soltó al pronto la prenda.

--¿Y por qué no he de poder yo?--dijo--. La cosa no puede ser más
fácil... Dentro de quince días es Carnaval. ¿Les parece a ustedes bien
un gran baile de trajes?...

--¡Te cuesta un sentido!--murmuró Jacobo con tan mal humor como si
hubiera él de pagarlo.

Mas la duquesa, que pescó al vuelo la frase y comprendió la económica
idea de monsieur Alphonse, impidió que llegase a oídos de Currita,
rompiendo a reír a carcajadas; todos la miraron con extrañeza...

--¿De qué te ríes?...

--Pues nada, mujer.. Estaba pensando en el traje que escogerá la señora
de Martínez para ir al baile... Como no sea el de Teresa Panza, la mujer
de Sancho...



--III--


El trato continuo con Bonnat había despertado en París las aficiones
artísticas de Currita, y no contenta con el papel de Mecenas, quiso
cultivar ella misma el arte del divino Apeles. Visitó a Meissonnier,
convidó a comer a Carlos Durand, y pudiendo conseguir que Raimundo
Madrazo la diese algunas lecciones por pura galantería de cumplido
caballero, volvióse a Madrid, dejando a Rosa Bonheur tamañita y
royéndose los codos de envidia.

Una vez en la corte, necesitó tener a su lado un genio complaciente, un
numen auxiliar que comunicase con sus pinceles vida y expresión a los
muertos y aplanados monigotes que brotaban de su paleta de artista.
Hallólo, al fin, en Celestino Reguera, famoso acuarelista de la Escuela
sevillana, de esos que prefieren lo correcto a lo grandioso y tienen en
más un paisaje de Watteau que una sibila de Miguel Ángel. El pincel de
Celestino entraba y salía por los lienzos de Currita con tanta
frecuencia y libertad, que al terminar esta sus cuadros podía repetir,
con harta razón, lo que dijo el monaguillo de marras: «Yo y el cura le
dimos los Sacramentos».

Pero aun más que de su gloria artística, ocupóse Currita, a fuer de
mujer elegante, del marco que había de encerrarla, instalando en su casa
un estudio lujosísimo, digno de Fortuny o de Pradilla, Delaroche o
Makart. Era una vasta pieza con estudiadas luces de oriente y cenital,
atestada de preciosidades artísticas y arqueológicas, que sobre tapices
de Beauvais y los Gobelinos cubrían todas las paredes, atestaban todas
las mesas y apenas dejaban un sitio en que poner la planta sin encontrar
algo que admirar o algo en que tropezar. Bronces antiguos, raras
porcelanas, macetas de Pompeya con plantas tropicales, lámparas árabes,
persas y romanas, igual una de estas a la célebre di capo danno del
Museo Vaticano; bustos, cuadros, estatuas, yelmos, espadas, partesanas y
armaduras completas de varias épocas rodeaban cual páginas sueltas de la
historia de todos los tiempos el caballete de Currita, que, colocado en
luz conveniente, parecía recibir un reflejo de la luz del cielo, que el
grandísimo tuno de Celestino Reguera aseguraba ser el mismo, mismísimo
que derramaba en otro tiempo el grupo de las nueve musas sobre las
frentes de Rafael, Velázquez y el Ticiano.

Daban la guarda a uno y otro lado de la puerta dos maniquíes vestidos de
reyes de armas del siglo XVI, con gigantescas adargas y dalmáticas
auténticas de terciopelo morado, bordadas de castillos y leones, y
frente por frente, en el otro extremo de la pieza, y en una especie de
ancha, alta y profunda hornacina, a que se subía por tres gradas de
mármol blanco, había un diván turco, cubierto el pavimento por legítima
alfombra de Persia y mullidos almohadones de raso y terciopelo, y
decorados el techo y las paredes con mosaicos romanos y de Pompeya,
bajos relieves egipcios y brillantes azulejos moriscos. Allí estaba el
narghilé, regalo de Sidi-Mohammed-Vargas, el embajador de Marruecos, y
sobre primorosas mesitas de Fez, que no levantaban dos palmos del suelo,
otras varias pipas en que Jacobo enseñaba a Currita a saborear el sueño
voluptuoso del _hatchis_, y había inspirado a Diógenes, para designar a
la hurí de aquel paraíso el gráfico nombre de la mona Jenny.

Refugiado en un rincón, oculto como quien está allí de limosna, entre
una reducción de la estatua de Byron, presentada en Turín por Pozzi, y
una arca tallada del siglo VI, que decían haber pertenecido a Isabel la
Católica, había otro caballete pequeño; allí pintaba Paquito Luján,
callado siempre, taciturno, tímido y receloso, bajo la dirección también
de Celestino Reguera, que hallaba realmente en el niño las disposiciones
artísticas que faltaban a la madre.

Gran discusión sosteníase en aquel templo de las artes, tres días
después de la junta de íntimos celebrada en casa del diplomático.
Currita, sentada ante una preciosa mesa redonda, cuya tapa era un ónix
mexicano, examinaba una gran porción de láminas y dibujos que le
presentaba Celestino Reguera, y pasábalos a su vez a Jacobo y a Tonito
Cepeda, vago elegantísimo, entendido en caballos como el hijo de Teseo,
amateur de todo lo que era arte, y digno por su exquisito gusto de que
la patria agradecida le votase una pensión en Cortes, como
representante en España del buen tono parisiense. Tonito Cepeda era más
que chic, más que _pschutt_: era _v'lan, tschock_. Mas el pobrecito
joven, incapacitado de poner precio a las innumerables consultas que de
todas partes le dirigían, andaba lleno de trampas y no tenía dónde
caerse muerto.

Grave era la cuestión que Currita había sometido el día antes a sus
despabiladas luces, y digna de sujetarse al arbitraje de un areópago de
elegantes, como Domiciano sujetó en otro tiempo a las discusiones del
Senado la salsa en que había de guisarse un rodaballo. Una vez decidida
la dama a dar el baile de trajes, la gran fiesta de _ancha base_ en que
habían de bailar _pêle-mêle_ tirios y troyanos, rancios personajes que
figuraban en la _Guía_ y plebeyos burgueses empinados por la Revolución,
era necesario encontrar algo nuevo, algo sorprendente que fuera el clou
de la fiesta y dejase con la boca abierta a los pobrecillos profanos, a
los Martínez y comparsa, convidados espurios que hubiera dicho el tío
Frasquito, que cuidaría muy bien ella de barrer de sus salones en cuanto
la caritativa empresa de socorrer a los heridos del Norte hubiera dado
un buen tanteo a sus repletas bolsas.

Las cuadrillas del minué y la pavana, las figuras de la zarabanda y la
chacona, estaban ya muy vistas y habían servido mil veces en
aristocráticos salones como protesta de acendrado españolismo contra el
intruso don Amadeo. Celestino Reguera propuso la idea de representar una
alegoría de España, en que parejas de damas y caballeros habían de lucir
los trajes característicos de las diversas provincias. El proyecto fue
desechado por Currita.

--¡Jesús, Reguera!--dijo--¡Parecería eso un concurso de Geografía!...

Tonito Cepeda miró desdeñosamente al pintorcillo y propuso uno de esos
espectáculos que constituyen jalones de la época en que se verifican:
imitar la peregrina idea de la Princesa de Segan, que había resucitado
en París las fábulas de Esopo dando un gran baile de trajes, en que
recibía ella vestida de pava real y acudieron todos los invitados
representando cada cual un animalito. Él, Tonito Cepeda, había llamado
mucho la atención con su traje elegantísimo de sapo verde. La idea no
era nueva, pero estuvo a pique de seducir a Currita; hubiérale gustado
mucho vestirse de gata blanca con botas color de rosa.

Mas Jacobo, con la prudencia con que moderaba todos los gastos de
Currita desde que metía él la mano hasta el codo en sus arcas, desechó
terminantemente el proyecto, imponiendo más bien que presentando otro
más económico y también más nuevo... Dos cuadrillas imitando las piezas
de un juego de ajedrez, blancas y negras, y una partida jugada por ellas
mismas en forma de contradanza; Luis Fonseca, su compañero de embajada,
habíalas visto jugar así en Conchinchina cuando las fiestas en honor de
Phara-Norodon, rey de Cambodge. El proyecto fue aceptado con desdeñosa
condescendencia por parte de Tonito, con sumisión entera por la de
Currita, y Celestino Reguera quedó encargado de traer al día siguiente
dibujos para el traje de la dama que había de representar la reina
blanca, y un soberbio juego de ajedrez, trabajado admirablemente en el
Japón, cuyas grandes piezas de marfil podrían ser copiadas en los demás
trajes de la cuadrilla.

Currita titubeaba en la elección de modelo, y Jacobo, con la autoridad
delegada que ejercía en aquella casa como amigo íntimo de Villamelón y
primo cuarto de la condesa, hízola decidirse al punto por uno
cualquiera, el más barato... Currita obedeció sin hacer ninguna
observación, sin replicar una palabra: conocíase a las claras que estaba
supeditada por completo a aquel hombre, que él era allí el amo, y todos
en la casa, desde Villamelón hasta Joselito, desde la Albornoz misma
hasta la última fregona, obedecían servilmente sus órdenes, adivinaban
sus deseos y amoldaban a sus caprichos sus gustos propios. Sólo dos
seres, los más débiles e indefensos, Paquito y Lilí, resistían a la
voluntad omnipotente del desvergonzado parásito, a quien el instinto de
ángel de ambos niños representaba siempre como un reptil bañado por los
rayos del sol, brillante a la vez que asqueroso.

Un día, a poco de haberse injerido Jacobo en la amistad íntima del
matrimonio, pintaba Currita en su estudio un retrato que decía ser de
Byron, el poeta querido que en sus cuadros, bustos y estatuas tenía
representado por todas partes; pero que era en realidad la imagen de
Jacobo perfeccionada por Reguera, ceñida la frente de laurel y abierto
hasta la mitad del pecho el ancho cuello de su camisa escocesa a la
antigua. Los dos niños, embobados de pie a un lado y otro de su madre,
miraban en silencio correr el pincel de la dama, que con cierta
complacencia íntima daba los últimos toques al airoso y nervudo cuello
del Byron de contrabando. De pronto, Lilí, con esa expresión seria y
meditabunda que toman a veces los niños, dijo a su madre:

--Mamá... ¿Tú por qué quieres tanto al tío Jacobo?...

La condesa se volvió sorprendida, apoyada en el tiento, y hasta llegó a
inmutarse algo; mas reponiéndose al punto, dijo con mucho cariño:

--¿Pues no le he de querer, hija?... Si es mi primo... tu tío...

La niña movió la cabecita haciendo un mohín de duda.

--¡Sí!--dijo--. Yo también quiero al primo Bautista y al primo Carlos...
Pero más que a ti y a Paquito, no..., no..., no...!

Y se echó a llorar amargamente, con el corazón encogido, escondiendo la
preciosa carita en el seno de su madre, como si buscara allí lo que
encuentra la más pequeña golondrina en el fondo de su nido: el calor de
la ternura materna. Paquito nada había dicho; púsose muy encarnado, con
ese santo carmín con que el pudor instintivo tiñe las facciones de la
inocencia, y destrozando entre sus deditos, sin darse cuenta de ello,
una anforita romana, extraño lacrimatorio de vidrio que había sobre una
mesa, ocultó con varonil esfuerzo las gruesas lágrimas que le brotaban
de los ojos.

En otra ocasión, algunos meses más tarde, acercábase el día del santo de
Currita, 10 de octubre, fiesta de san Francisco de Borja. Los dos niños
tramaban juntos una conspiración para dar una sorpresa a su madre.
Paquito, en quien comenzaban a revelarse sus notables disposiciones para
la pintura, especialmente de retratos, había pintado al pastel uno de su
padre, un Villamelón deforme, color de zanahoria, que parecía tener el
carrillo izquierdo hinchado, pero no por eso dejaba de tener con el
original un más que mediano parecido. Era lo más notable del retrato la
parte de la frente y la cabeza, en que el niño había copiado fielmente
la escasa cabellera de su padre, partida con una raya por en medio y
formándole sobre ambas orejas dos pequeños cuernecitos a lo Napoleón
III, que había alargado más de lo conveniente la impericia del artista.
Lilí, por su parte, había hecho con ayuda de Miss Buteffull, que estaba
en el secreto, un marco de piel de Rusia, con flores de realce; y
reuniendo ambos su trabajo, quedó completo el regalo; al pie de este,
escribió Miss Buteffull con su mejor letra inglesa: «A su querida mamá
en el día de su santo»; y lo firmaron ambos niños, _Lilí_, _Paquito_.

¡Oh! La obra era magna, había costado mucho y preciso era que los
autores se cobrasen, presenciando por completo la alegre sorpresa de su
madre... Llegó el ansiado día, y ocultando Lilí bajo su capita de pieles
el magnífico regalo, entráronse ambos niños a hurtadillas en el estudio
de su madre: allí solía venir ella todos los días antes de almorzar,
bastante después de las doce, y era la ocasión más a propósito para
darle la sorpresa. En el caballete de Currita, sobre el cuadro mismo que
estaba pintando, colocó Paquito con sumo cuidado su obra maestra...
Luego, riéndose como ángeles del cielo, con la agitación de las grandes
expectaciones, con la candorosa confianza en el más santo de los
cariños, corrieron presurosos a ocultarse entre los innumerables
cachivaches, debajo de una papelera antigua de acero, ocultos por un
gran tapiz, que tenía unas figuras muy largas, muy secas, muy feas: las
tres Parcas... Veíase desde allí el caballete, destacándose en medio el
monigote, y los dos niños, muy agazapados, muy juntitos, apretándose el
uno contra el otro, contemplaban su obra.

--¡Qué bien está!--decía Lilí.

Pasó media hora; Lilí se impacientaba y estiraba las piernas.

--No viene--decía.

--¡Calla, tonta!...

Sonó un ruido; Lilí dio un codazo a su hermano; susurróle al oído:

--¡Ya viene!--Y se encogió mucho, mucho...

Y venía, en efecto; pero no venía sola... Venía con ella el tío Jacobo,
hablando de cosas que ellos no entendían, ¡qué fastidio! Deudas que era
menester pagar, acreedores que querían cobrarse, una firma que era
necesario sorprender a Villamelón al pie de un pagaré por tres veces
protestado... Un préstamo, un mero préstamo pagadero al verificarse la
Restauración, cuando pudiera él cobrar lo que habían valido ciertos
misteriosos papelitos...

Jacobo hablaba con voz desmayada, y animábale Currita, muy alegre, muy
satisfecha, diciendo a todo que sí, que no tuviera cuidado... De pronto
miró al caballete.

--¿Qué es eso?...

Los niños no respiraban y apretábanse mucho, muy pegaditos, muy
pegaditos... Sonó entonces una carcajada.

--¿Has visto?...

Otra risa de hombre, la del tío Jacobo, hizo coro a la primera, oyéndose
esta vez:

--¡Valiente majadero!...

Y volvieron a reírse los dos, el tío Jacobo y la madre, con una risa que
desconcertó por completo a los niños, porque no era la risa alegre,
tierna, agradecida, rebosando amor y ternura de madre que ellos
esperaban, sino una risa acre, burlona, desvergonzada, que les
recordaba, sin saber por qué, la que usan para insultarse las mujeres
malas de la calle...

--¡Qué ocurrencia!... ¡Pobres criaturas!... ¡Y qué feísimo está el
babieca!... Mira, parece que tiene dolor de muelas. ¡Qué delicia!...

--Y el chico le coronó de firme...

--¡Pues es verdad!...

Hubo entonces un infame cuchicheo de risas y palabras entrecortadas...
Algo cogieron de una mesa, algo pusieron en el retrato, y de nuevo
resonaron aquellas carcajadas que hacían daño.

Los niños nada decían; habíanse apartado el uno del otro como si
temieran comunicarse sus impresiones, y estaban allí acurrucados,
quietos, muy calladitos..., muy calladitos...

Un criado entró en el estudio anunciando que el almuerzo estaba servido,
y Jacobo y Currita se fueron a poco sin volver a ocuparse más del regalo
de los niños.

Paquito salió el primero: tenía el aire de un chico que ha sentido en
una pesadilla un peso enorme, que no ve, ni palpa, ni comprende, pero
que le oprime y le anonada y le deja el pecho jadeante. Lilí salió
después y se le quedó mirando; los dos se acercaron al retrato.

--¡Uy!--dijo Lilí desolada--¡Lo que le han puesto!...

Una mano infame había trazado con carbón de diseñar, en los dos ricitos
del retrato, la prolongación más sarcástica, el insulto más villano.

El niño se puso muy rojo, luego pálido, muy pálido. Cogió el retrato,
escondiólo bajo el gabán y fuese hacia la puerta sin decir palabra. Lilí
se puso a llorar; entonces volvió el niño y le dio un besito.

--No llores, tonta...

Él no lloraba; estaba muy serio, con las naricillas pálidas, la boca
seca, blancos los labios... Empinó el dedo y dijo mirando a la alfombra:

--Y no digas nada a mademoiselle... ¿Sabes? Nada, nada... Yo me voy a mi
cuarto.

Y se fue a su cuarto el inocente, y allí, en aquella soledad en que
nadie había de consolarlo, lloró a lágrima viva, lloró a raudales...
Porque sentía una pena profunda que le destrozaba el corazón sin
comprenderla, como destroza las entrañas sin dar la cara un cáncer
oculto; porque sentía una vergüenza, por decirlo así, anónima, que le
hacía ocultar el rostro bañado en lágrimas en la blanca almohadita... ¿Y
por qué, por qué sentía él aquella vergüenza, si era bueno y amaba a su
padre y a su madre, y adoraba a Lilí, y tenía siempre notas de
sobresaliente, y le rezaba a Dios todos los días, y también a la Virgen
Santísima que estaba allí delante, en un cuadro, con el Niño en los
brazos?...

Se serenó un poco. ¡Oh! Qué feliz debió de ser aquel Niño divino con
poder llamar a aquella Madre tan pura: ¡Madre!... ¡Madre!...

Muy pocos días después Currita retiró repentinamente a su hijo del
colegio de Nuestra Señora del Recuerdo. Contaba ya el niño doce años, y
el padre rector manifestó a su padre, un día de visita, que era menester
disponerle para recibir la primera Comunión. Currita no estaba delante,
y Villamelón se apresuró a aprobar la idea. Quería él, ante todo, que su
hijo fuese cristiano.

--Y no crea usted, padre rector, esto me viene de casta. Mi mujer es
parienta de san Francisco de Borja y yo lo soy de santa Teresa, y por
los Benedetti, de san Francisco de Caracciolo...

¡Ah! Los Villamelón habían sido siempre muy piadosos... Celebraban todos
los años una novena a san Roque, abogado de la peste, en Quintanar de
Oreja, donde tenían posesiones. El era patrono de la iglesia y tenía
facultad para nombrar al párroco.--¿Usted me entiende, padre rector?...

El rector lo entendió muy bien, y confiando en san Francisco Caracciolo,
dio otro paso adelante; la fiesta de la primera Comunión había de
celebrarse el 19 de marzo, día de san José, y parecía natural, era muy
conveniente, sería muy edificante que él, padre del niño, y la señora
condesa, su madre, le acompañaran a la Sagrada Mesa. También aceptó
Villamelón.

--¡Sí, señor, padre rector, comulgaré con mi hijo!... Mi santa madre lo
decía: conviene tener con Dios ciertas atenciones. ¿Usted me
entiende?... Y además, esas escenas de familia me conmueven; yo aspiro a
una familia patriarcal... Mi madre era una santa; mi mujer es un ángel
que se mira en mis ojos y no tiene voluntad propia: Currita, esto;
Curra, lo otro, eso hace. ¿Usted me entiende, padre rector?...

El rector, que era escrupuloso, no se atrevió a decir que entendía por
miedo de soltar una mentirilla, y Villamelón prosiguió con el aire de un
monarca que se brinda a ser padrino de un pordiosero:

--Pues nada, padre rector, comulgaremos los dos con el niño, y yo, no
crea usted, vendré de uniforme.

El rector, que cazaba de largo y veía venir las cosas de lejos,
prevínole que sería conveniente vinieran ya los dos confesados al
colegio, porque los padres de allí andaban siempre faltos de tiempo y
quizá les fuera imposible despacharlos.

--Corriente, padre rector, corriente... Yo tengo mi confesor fijo; nunca
me he confesado con otro... El padre Pareja, excelente sujeto. ¡Un
santo, padre rector, un santo! ¿Usted me entiende?

El padre rector lo entendió tan bien, que estuvo a pique de soltar la
risa. El padre Pareja, confesor ordinario del señor marqués, había
muerto diez años antes.

Villamelón volvió a su casa muy satisfecho y refirió a Currita el
compromiso que había contraído. Ella, con la rápida percepción de su
claro entendimiento, comprendió al punto todo lo grave del compromiso, y
una idea horrible, la del sacrilegio, cruzó por su mente cual un pájaro
siniestro... Mas se detuvo asustada ante ella, porque aun la mala mujer
española es rara vez impía; allá, en el fondo de su corazón, cree
siempre y teme, y menos aterra el sacrilegio a la falsa devota que a la
francamente escandalosa. Su fecunda imaginación ofrecióle al punto otro
expediente digno de la superiora de Port-Royal, la mística jansenista
Sofía Arnaud.

--¿Pero qué estás diciendo, Fernandito?... ¿Comulgar un niño de doce
años?... ¡Qué barbaridad!... Eso es una irreverencia y yo no puedo
permitirlo.

Villamelón abrió la boca espantado.

--Pero, mujer, Curra, ¿sabes?... Si el padre rector dice que sí...

--Pues yo digo que no. ¡Nadie comulga en Francia antes de los catorce
años... lo menos!

--Pero como estamos en España...

--Mira, Fernandito, vida mía; te he dicho que no hables en ninguna
parte... Eso no es cuestión de clima. ¿Te enteras?... De modo que mañana
vuelves al colegio y le dices a ese señor rector, de mi parte, que yo no
permito que Paquito comulgue sin estar convenientemente preparado... ¡He
dicho!

En vano alegó el padre rector que el niño lo estaba de sobra, que aquel
rigorismo francés era un resto del jansenismo que las indicaciones de la
Iglesia y el celo del clero habían ya hecho desaparecer por completo, y
que era una maldad, un verdadero delito, privar por tanto tiempo a un
alma inocente del auxilio de un sacramento que obra ex opere operato...
Villamelón se encogía de hombros, no comprendiendo bien de qué _óperas_
se trataba; los astutos escrúpulos de Currita no cedían, y sospechando
el padre rector la hipócrita hilaza, dijo terminantemente que, de seguir
el niño en el colegio, comulgaría el día de san José, sin el permiso de
sus padres. Indignóse con esto Currita, y para evitar la horrenda
profanación, apresuróse a retirar al niño.

Entonces comenzó el inocente a fijar su candorosa atención en las
extrañas escenas que pasaban en su casa. Solo casi siempre el pobre niño
escapábase a las caballerizas, donde pasaba la mayor parte del día entre
lacayos y mozos de cuadra, escuchando conversaciones que al principio le
hacían enrojecer y acabaron por hacerle reír, a medida que se le iba
encalleciendo el pudor, especie de epidermis delicadísima que preserva
la pureza del alma. El enano don Joselito le divertía mucho, y a él
acudía con dudas misteriosas que el malvado pigmeo se apresuraba a
resolver, poniéndole de manifiesto secretos tan curiosos como los que
descubría a su discípulo el Diablo Cojuelo, el impuro y asqueroso
Asmodeo...

El niño iba atando cabos.

Vino entonces a la corte una famosa compañía dramática francesa, y
Currita mandó reservar el abono de un palco para que fuesen los niños
todas las noches al teatro. Hablaban aquellas criaturas un francés tan
chabacano, tan de provincia, que era preciso aprendiesen de viva voz el
puro acento parisiense. En aquella escuela de acento y de prosodia
siguió el niño atando cabos, y un día, después de una larga conversación
con don Joselito, en que el maldito enano tanteó todo lo que podía
esperar su codicia de aquel ánimo generoso si conseguía iniciarle de una
vez y guiarle más tarde por los laberintos del vicio, el niño ató el
último cabo... Desde entonces varió de carácter; había visto más de lo
que esperaba ver, y una gran vergüenza clara ya y distinta, y un odio
feroz, implacable y reconcentrado, nacieron a la vez en su corazón,
impidiéndole aquella levantar los ojos delante del último lacayo,
haciéndole este afilar en silencio el puñal de su rencor, para cuando él
fuera hombre, para cuando él mandara en su casa...

Su padre le inspiraba desprecio, su madre despego, y sólo seguía
adorando a Lilí, único ángel que quedaba ya en la casa. En cuanto a
Jacobo, evitaba su presencia en lo posible, y más de una vez sorprendió
Currita, con verdadero miedo, en los ojos del niño una mirada de rencor
profundo, que relucía entre sus largas pestañas rubias como un acero al
salir de la vaina. Dedicóse entonces con ardor a la pintura, y pasaba
largas horas pintando en su caballete, teniendo a Lilí sentada a su
lado, cual si fuese el ángel de su guarda. Así los sorprendieron aquel
día los que para trazar el plan del baile de trajes entraban con
Currita, y los niños, resistiendo a la curiosidad, permanecieron en su
rincón callados e inmóviles. Mas cuando Celestino Reguera comenzó a
formar sobre el tablero maqueado las magníficas piezas del ajedrez, y se
puso Jacobo a explicar el pintoresco modo como habían de moverse al
jugar la partida las personas que las representaran, Lilí no pudo
resistir la tentación y aproximóse al grupo de puntillas, haciendo señas
silenciosas a su hermano para que viniese. ¡Era aquello tan bonito!...

El niño se decidió al fin, y levantóse para mirar un momento, con la
paleta en una mano y el tiento en la otra. Había crecido mucho, iba ya a
cumplir trece años y prometía ser muy lindo de cara, y de cuerpo esbelto
a la vez que fornido. Acercóse al grupo, sonriendo a Lilí, y púsose a
mirar, empinándose un poco, por detrás de su madre y al lado mismo de
Jacobo. De repente, en el calor de su explicación, hizo este un brusco
movimiento con el brazo y pegó en la paleta del niño; desprendiósele
esta con fuerza de la mano, y fue a caer sobre la manga izquierda de
Jacobo, manchándosela toda de pintura. El muchacho retrocedió un paso,
poniéndose lívido.

Volvióse Jacobo colérico, soltando impaciente una sucia palabrota, con
esa obscena grosería que se oculta con frecuencia bajo las pulidas
formas sociales de ciertos hombres y brota espontáneamente en cuanto la
excita la ira o la impulsa una confianza sin decoro. El chico, al oírla,
miró iracundo a su madre y a Jacobo, haciendo un gesto amenazador, en
que se veía palpitar el hombre bajo la frágil envoltura del niño.

--¿Qué?--gritó Jacobo desafiándole--. Nadie te ha llamado aquí... ¡Vete!

Inyectáronse en sangre los ojos del niño, y dio tan fuerte golpe con el
tiento, que lo rompió en dos pedazos.

--¡No me da la gana!--gritó.

Jacobo hizo ademán de lanzarse a él, mas Currita le detuvo asustada...
El niño, ronca la voz por la ira, breve y cortada como la de un
calenturiento, volvió a gritar:

--¡No me da la gana!... ¡Vete de aquí!... ¡Aquí no mandas tú!... ¡Esta
no es tu casa!...

Y se detuvo jadeante, sin voz, en medio de un silencio siniestro,
parecido al que reina en la tempestad entre ráfaga y ráfaga... Jacobo
habíase vuelto con los puños apretados, tartamudeando entre sus labios
blancos de ira:

--Está pidiendo un cachete...

No terminó la frase: con la fuerza y prontitud que caracterizan al león
en su ataque, con la sanguinaria avidez con que el cachorro de un tigre
se arroja sobre su primera presa, lanzóse el niño a Jacobo, clavándole
las uñas en la garganta, dándole cabezadas en el rostro, pateándole todo
el cuerpo con las robustas piernecillas, que parecían tener músculos de
acero. Sorprendido Jacobo, rechazó el brusco ataque, separando al niño
con un poderoso esfuerzo de sus nervudos brazos, y arrojólo lejos de sí,
cual si fuese un saco de arena, a cuatro pasos de distancia; su cabeza
fue a chocar contra un enorme jarrón japonés, de bronce antiguo, que
despidió un sonido metálico.

Con los ojos dilatados de terror, púsose Lilí a su lado de un salto y
levantó entre sus manos la lívida cabecita. Celestino le cogió en sus
brazos y llevóselo apresuradamente fuera de la estancia.

Quedó Lilí arrodillada en la alfombra, mostrando a su madre sus manitas
ensangrentadas, tartamudeando con la opaca vibración de un terror sin
medida:

--¡Sangre!... Mamá... ¡Sangre!...



--IV--


Pedro López creyó sucumbir de plétora de inspiración al dar cuenta en
_La Flor de Lis_ del gran baile de _ancha base_ celebrado el lunes de
Carnaval en casa de los excelentísimos señores marqueses de
Villamelón... Hay situaciones, hay espectáculos que el hombre comprende
y admira con su instinto, pero no puede describir ni comentar con su
talento; en tales casos, el poeta más grande, el escritor más maestro,
es el que exhala el grito más natural, la exclamación más vehemente...
Por eso juzgó Pedro López la mejor manera de describir el mágico baile
estampar al frente de una cuartilla un «¡¡¡Oh!!!» profundo, un verdadero
_do_ de pecho literario, y dejar todo lo demás en blanco.

Más allá, por la madrugada, cuando retirado en la _serre_ tomaba
apresuradamente algunas notas, acercósele Butrón, rendido y satisfecho,
como el caudillo después de la victoria, y adelantando la torneada
pierna que el calzón corto y la media de seda negra ceñían por completo,
haciendo ondular con juvenil garbo la airosa capa veneciana, díjole con
entonación solemne, con misterio profundo, metiéndole la punta de la
nariz dentro de la oreja izquierda:

--¡López!... ¡Mucho ojo!... Su _compte-rendu_ de usted nos asegura el
triunfo... Que toda esa gentecilla cursi vea su nombre en _La Flor de
Lis_, ensalzada por el _reporter_ elegante de los salones, y es nuestra
para siempre... ¡Fuera escrúpulos!... ¡La de Martínez, bellísima!... ¡La
García Gómez, encantadora!... Esta que viene aquí, un portento; la
Victoria Colonna, de este siglo...

Y atento y obsequioso, corrió a estrechar la mano de la Victoria Colonna
del siglo XIX, una jamona muy madura, de metro y medio de largo y doce
arrobas de peso, vestida de Safo, con corona de mirtos en la cabeza,
lira de latón dorado en la mano, y en la chata nariz--¡Manes de Phaon,
estaos quedos!--¡gafas de oro!...

Era la excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de González
de Hermosilla, eminente literata, poetisa afamada, a quien Butrón había
echado el ojo para secretaria de la junta de señoras.

La redada había sido, en efecto, completa y calificábala Butrón de
_pesca milagrosa_; el caritativo anzuelo de socorrer a los heridos del
Norte había prendido en todos los corazones, verificando la fusión
deseada, y el heterogéneo personal de la Asociación de señoras quedó
reclutado, faltando tan sólo organizarlo. Triunfante Butrón y
rejuvenecido, felicitaba a unos, animaba a otros, multiplicábase por
todas partes, tendiendo siempre la caña, y entre el calorcillo de la
cena y el humo de las satisfacciones, estuvo a pique de desquiciarse
aquella cabeza tan firme, hasta el punto de pasar por ella la idea de
invitar para el cotillón a la excelentísima señora doña Paulina Gómez de
Rebollar de González de Hermosilla. Un extraño rumor que comenzaba a
circular por los salones vino a detenerle al borde del abismo, más
profundo que el agitado mar, sepulcro de la Safo auténtica, al pie de la
roca de Léucades.

Susurrábase que allá, en un apartado gabinete, había surgido un lance de
honor entre dos personajes de mucha cuenta. Azorado Butrón, corrió a
informarse por sí mismo, temeroso de que aquel incidente imprevisto
viniese a romper los lazos de unión con tanto trabajo anudados. Acercóse
a un grupo; en medio peroraba Gorito Sardona, vestido de peón de ajedrez
y muy enterado del caso; habíalo presenciado todo y era uno de los
contendientes el tío Frasquito.

--¡Polaina!--exclamó Diógenes--. ¿Y a qué es el duelo?... ¿A tijera o a
aguja?...

--Algo parecido anda de por medio--replicó Gorito.

Y prosiguió diciendo, con grandes ponderaciones y mucho misterio, que el
otro contendiente era sir Roberto Beltz, capitán de guardias agregado a
la embajada inglesa, hombre muy posma, muy preguntón, muy aficionado a
investigar el porqué de todas las cosas, y metódico y ordenado hasta el
punto de reírse por la mañana de los chistes oídos la noche antes.

Al oír hablar de sir Roberto Beltz, hizo Diógenes un gesto como si le
asaltara gran tentación de risa, y quedóse, sin embargo, muy serio
escuchando la narración del gomoso. De ella resultaba que el tío
Frasquito había observado con sorpresa al principio, con recelo luego y
con inquietud más tarde, que sir Roberto Beltz le seguía a todos los
lados sin perderle un momento de vista; atribuyólo, al pronto, a la
admiración que pudiera causarle su magnífico traje de gran mandarín,
capaz de despertar las envidias del _Mikado_, porque era el tío
Frasquito el feliz mortal que había tenido la honra insigne de figurar
como rey blanco, al lado de Currita, en la famosa partida de ajedrez
que acababa de representarse. Mas al terminar esta, encontróselo
repetidas veces entre los frecuentes apretones del baile, rozándolo
siempre con intención muy marcada y sacudiéndole en dos ocasiones.

--¡Unos codazos--decía la víctima en su capítulo de
cargos--horrorrosos..., horrorrosos!... Ni más ni menos que si
pretendiese averriguarr si sonaba yo a hueco...

Y algo más tarde, hallándose el venerable mandarín hablando con unas
señoras, un poco inclinado hacia adelante por estar ellas sentadas,
acercósele sir Roberto con mucho disimulo, oculto entre el gentío, y sin
provocación ninguna, sin objeto alguno justificado, ¡zas!, hundióle con
flema británica, hasta la cabeza, un alfiler en la nalga izquierda...

--¡Majadero!--exclamó Diógenes--Si le dije que era la derecha... La
derecha es la de corcho.

Y en medio del pasmo de todos y de sus risas después, explicó entonces
Diógenes el enigma... Mientras las cuadrillas del ajedrez bailaban,
hallábase sir Roberto Beltz al lado de Diógenes, mirando con grande
atención al tío Frasquito, que muy pomposo y satisfecho en su papel de
rey, movíase con pausa y majestad sobre el tapiz a cuadros rojos y
blancos que representaba el tablero.

--¿Quién es ese _goven_?--preguntó a Diógenes.

--¿_Goven_?... ¡Polaina!... Dos años me lleva a mí, y tengo sesenta y
tres; conque ajuste usted la cuenta.

Estiróse la cara de pasmo perpetuo de sir Roberto, y Diógenes acrecentó
su asombro, añadiendo muy serio:

--Ahí, donde lo ve usted, lleva en el cuerpo treinta y dos cosas
postizas.

--¡Oh, señor de Diógenes! Usted estar un andaluz muy crecido...

--¿Que no?... Pues vaya usted contando...

Y comenzó a enumerar los componentes que suponía en el tío Frasquito la
leyenda, acabando por poner en el catálogo la nalga de corcho. Sir
Roberto, asombrado, creyendo encontrar un nuevo modelo de _hombre
clástico_ que colocar en el British Museum, quiso aplicar al hallazgo su
método experimental, y recibió, en cambio, un espontáneo abanicazo que,
en la irascibilidad de sus nervios excitada, le sacudió el tío Frasquito
con su abanico de mandarín en lo alto de la cabeza.

La sangre no llegó, sin embargo, al río; intervino Currita muy indignada
contra las zafias bromas de Diógenes, y puso fin a la contienda
apoyándose en el brazo de sir Roberto Beltz, para dar una vuelta por la
_serre_, y encargando antes al tío Frasquito que convidase para el día
siguiente a comer con ella a todos los que habían tomado parte en las
dos cuadrillas, blanca y negra. Fernandito quería fotografiarlas en
ambos grupos y en sus respectivos trajes, para que publicasen luego un
gran grabado de ellas en _La Ilustración Española y Americana_.

La comida fue divertidísima; Currita tuvo el capricho de mandar preparar
a su cocinero un _menú_; japonés, y todos se sentaron a la mesa con los
mismos trajes japoneses con que en diversos grupos y actitudes se habían
retratado en la cabaña de Fernandito. A los postres tuvo el tío
Frasquito una idea nueva y felicísima, una verdadera inspiración nacida
entre los vapores de su estómago agradecido, y acogida con entusiasmo
por todos los presentes. Ocurriósele, para eternizar la memoria de aquel
baile famoso, para grabar el recuerdo de aquellos trajes lujosísimos,
para no separar nunca de su reina aquella aristocrática cuadrilla
japonesa, reclutada por él mismo en los salones del Veloz-Club,
prolongar la mascarada, transformándola en una especie de guardia de
honor que sirviese y acompanase a Currita por todas partes, llevando
alguna particular contraseña que la diferenciase del resto de los
mortales. Currita aceptó encantada la idea, y señaló como distintivo de
la nueva orden de caballería una corbata azul, color de la famosa liga
de la condesa de Salisbury, para fundar la antigua y nobilísima orden de
la Jarretière. Brindóse la dama a regalar a todos la insignia de la
nueva orden y envióle a cada uno una preciosa corbata azul de rica seda
japonesa, sujeta por un alfiler formado por una gruesa perla,
procedentes todas de un magnífico collar que había pertenecido a su
madre. El tío Frasquito fue nombrado por aclamación gran maestre de los
ilustres caballeros, que tomaron el dictado de _Mosqueteros de Currita_.
La cáustica sátira madrileña, la más sangrienta quizá que hemos
conocido, hízoles bien pronto variar de nombre. Carmen Tagle,
profundamente resentida, porque habiendo representado ella a la reina
negra en la partida de ajedrez no se había formado ninguna guardia en
honra suya, comenzó a designar a la de su rival, por su origen japonés,
con el nombre de _Mikado_.

--¡Ese, ese es el nombre propio!--gritó la Mazacán, entusiasmada al
oírlo--. Lo natural y lógico es que para guardar a _la mona Jenny_ se
cree un cuerpo de _micos_.

Y desde aquel entonces quedó confirmado el cuerpo de mosqueteros con la
nueva denominación de _Micos de Currita_.

También el tío Frasquito conquistó en aquella escaramuza otro
sobrenombre, que vino a aumentar ese largo catálogo de ellos que
prodigan la malignidad y la envidia con tan grande profusión, en la alta
sociedad madrileña. La duquesa de Bara habíale encontrado gran parecido,
vestido de mandarín, con un retrato publicado en _La Ilustración_, de
Pan-Hoei-Pan, célebre literata china, y _Pan-Hoei-Pan_ comenzó a
llamarle desde entonces la inmensa falange de sus sobrinos legítimos y
espurios.

Jacobo, con la egoísta y rapaz avaricia con que moderaba todos los
gastos de Currita, y la despótica autoridad que sobre ella ejercía,
reprendióle agriamente aquel derroche de perlas, desperdiciadas en
regalar corbatas a sus _micos_. Ella, ciega por la más temible y la más
tupida de todas las vendas, y temerosa siempre de verse privada de las
luces y consejos de aquel hombre, que llenaba la escasa cavidad de su
corazón y satisfacía las inmensas proporciones de su vanidad, resolvió
entonces, para desagraviarlo, hacerle el 30 de abril, día de su
cumpleaños, un magnífico regalo. Iluminó, pues, con ayuda de Reguera,
una gran fotografía en que se hallaba representada ella misma con su
rico traje de reina japonesa, y encargó dibujos para un marco suntuoso
que habían de ejecutar, en oro, plata y pedrería, Marzo y Ansorena. Los
dibujos, sin embargo, no la satisfacían; el 30 de abril se acercaba, y
apremiada por lo breve del plazo, desesperaba ya de ver realizado su
proyecto. Propúsole entonces Celestino Reguera comprar un marco antiguo,
de plata cincelada, que procedente de cierta casa ducal muy conocida,
estaba de venta en la Exposición de arte retrospectivo. Currita se dio
una palmada en la frente.

--¡Tonta de mí!--dijo--. Si no se necesita; si tengo yo aquí mismo, en
casa, al alcance de la mano, algo mejor y mas rico que cuanto pudieran
ofrecerme.

Con la viveza de una niña que corre a satisfacer un soñado capricho,
atravesó Currita los vastos departamentos del palacio, en que
resplandecían por todas partes el lujo y la molicie; llegó a uno de sus
extremos, la de honor en otro tiempo, habitada entonces por la
servidumbre. En una especie de rotonda, adornada con antiguas pinturas
al fresco, ya del todo desteñida y borradas, abríase una gran puerta de
roble con herraje de bronce y bellos tableros de talla. En vano intentó
la condesa levantar con sus delicadas manecitas el enorme pestillo
cincelado: estaba la llave echada. Acercóse entonces a la salida de un
corredor que daba a la cocina y gritó muy impaciente:

--¡Germán!... ¡Basilio!... ¿No hay nadie?...

Acudió Germán muy presuroso y extrañado de encontrar a la señora condesa
por aquellos andurriales.

--La llave de aquí--dijo ella.

Germán se encogió de hombros. ¿Quién iba a saber dónde estaba aquella
llave?

--¡Pues buscarla en seguida!--gritó Currita--. ¡Pregunte usted a don
Joselito, en la contaduría, en todas partes!... ¡Jesús! ¡Qué fastidio!

Y daba pataditas en el suelo, llena de impaciencia, mientras Germán se
lanzaba presuroso por toda la casa en busca de la llave. Volvió, al fin,
después de un cuarto de hora trayendo una muy grande, llena de orín, con
un tarjetón de pergamino colgando, en que se leía: _Oratorio_. La llave
entró rechinando en la cerradura, y en vano forcejeó Germán para hacerla
dar vueltas; preciso fue sacarla de nuevo, untar las guardias con
aceite, e introduciendo un palo por el ojo, giró al cabo al sexto o
séptimo empuje. Otros dos o tres vigorosísimos que dio Germán con todo
su cuerpo sobre una de las hojas hicieron girar a esta lentamente,
dejando escapar una bocanada de viento húmedo: el interior estaba
oscuro.

--Espere usted aquí--dijo Currita con cierto airecillo de miedo.

Y adelantóse ella con las manos extendidas para no tropezar, cerrando
los ojos un momento para poder acostumbrarse a aquellas tinieblas.
Algunos reflejos de tenue luz entraban por dos altas y rasgadas ventanas
laterales, cubiertas ambas con grandes cortinones de rojo damasco,
desteñido y empolvado. Currita quiso descorrer uno de ellos, tirando
violentamente del cordón de seda que a lo largo de la pared bajaba desde
lo alto; mas la cortina rechinó sin descorrerse, y podrido sin duda el
cordón, rompióse por arriba, cayendo sobre Currita enroscado, cual si
fuese una larga y delgada serpiente. La dama dio un chillido, y una nube
de espeso polvo se desprendió al mismo tiempo, y dos murciélagos
salieron de entre los pliegues del brocado y comenzaron a revolotear de
una a otra parte.

¡Germán!--gritó Currita muerta de miedo.

Y disimulando, al verle entrar, su repentino azoramiento, añadió,
huyendo del malhadado cordón, cual si fuese en realidad una serpiente:

--¡Jesús, hombre, qué torpeza!... Acabe usted y descorra esa cortina...

Con gran trabajo y tirando de los dos cordones a la vez, con sumo
tiento, pudo Germán descorrer la contraria, y asustada por la luz, saltó
entonces del altar una gallina y echaron a correr dos o tres pollos
cacareando, entrándose por una puertecilla entreabierta que a la derecha
del retablo había. Currita miró a Germán estupefacta, y este,
conteniendo a duras penas una carcajada, que le pareció falta de respeto
a su ilustre dueña, contestó muy grave.

--El cocinero encierra aquí a los que ha de matar para tenerlos más a
mano.

--¿Pero por dónde los mete?... ¡Si estaba la puerta tan atrancada!...

--Por la otra puertecilla de la sacristía que da junto a la cocina...

--¡Ya!...

Penetraba la luz por los sucios y empolvados cristales, escasa y como
avergonzada, mas era suficiente para iluminar aquel cuadro desolador de
impío abandono... Era el oratorio una preciosa capilla de alta bóveda
pintada al fresco, construida con grande gusto y riqueza a fines del
siglo XVII. Hallóse en tiempos tapizada de arriba abajo con ricos paños
de damasco encarnado, que caían entonces en sucios guiñapos a lo largo
de las paredes, llenas de manchas y desconchones, como el rostro de un
virolento; a trechos, veíanse encerrados en ricos marcos, ya podridos,
amarillentos pergaminos en que constaban las innumerables gracias y
privilegios concedidos por los sumos pontífices a los fundadores de la
capilla. La rica talla, algún tanto churrigueresca del retablo,
desaparecía bajo una espesa capa de polvo y de telarañas, y las varias
imágenes que ocupaban las hornacinas parecían tener esa palidez lívida
que indica en los hombres lo supremo del espanto. Sobre el altar veíanse
el ara rota, el tabernáculo hundido, y dos bellos ángeles, que a un lado
y otro sostenían antes lámparas de plata, levantaban entonces sus manos
vacías, crispadas, como anunciando la cólera del Señor... A los pies de
la capilla, sobre un confesonario destrozado y varios reclinatorios
rotos, hallábanse amontonados trastos viejos, muebles inservibles y el
armazón de un teatro en que había representado la condesa, tiempos
atrás, unos famosos _cuadros vivos_. Sobre las dos gradas que formaban
el presbiterio había, a la izquierda del retablo, una especie de armario
de cristales, embutido en la pared, donde se guardaban reliquias: allí
se dirigió Currita, mandando a Germán que abriese la puerta. En la parte
inferior había varios estuches medio abiertos que encerraban vasos
sagrados, y tirada en un rincón, arrugada y hecha un lío, una casulla de
terciopelo negro, con ricos bordados de oro, que presentaban en
primoroso realce las armas de la casa. Al verla Currita, acordóse
instantáneamente de la última misa celebrada en aquel recinto profanado:
había sido quince años antes, estando allí mismo de cuerpo presente la
vieja marquesa de Villamelón, madre de Fernandito: aún se veían a lo
lejos, entre los amontonados restos del teatro, las piezas del catafalco
que había sostenido su cuerpo. Currita sintió una especie de escalofrío
de miedo y miró instintivamente al sitio en que solía oír todos los días
misa la anciana marquesa. Allí estaba su sillón de terciopelo, hundido
todo y destrozado, y delante el reclinatorio, conservando aún sus
almohadones apolillados las huellas de sus rodillas y sus brazos.
Currita volvió bruscamente la espalda, como si temiese ver aparecer
allí, pálida y airada, la sombra de la vieja dama.

Estaba la parte superior del armario forrada de terciopelo rojo,
bastante bien conservado, y sobre almohadillas del mismo terciopelo
hallábanse varios relicarios de plata, guardando huesos de santos; en un
rincón, de pie contra la pared, había un objeto de más de una tercia de
largo, envuelto en una funda de oscuro tafilete, roída toda de ratones,
y esto fue lo que cogió Currita, sosteniéndolo por su mucho peso con
ambas manos, y saliendo al punto de la capilla muy de prisa, azorada,
como si hubiese cometido un robo en lugar sagrado.

A solas ya en su estudio, cuando abrió la destrozada funda, quedóse ella
misma admirada: era aquello una preciosidad artística de valor inmenso,
un marco de plata cincelada, obra admirable de orfebrería del siglo XVI,
que ostentaba cual noble ejecutoria, esculpido en el pedestal de una de
sus mil bellas figurillas, el nombre ilustre de Enrique de Arfe, autor
de la custodia de Córdoba y de la llamada Cruz antigua. Aquella
maravilla servía, sin embargo, de marco a un objeto harto extraño e
insignificante: sobre un fondo de raso blanco y cubierto por limpidísimo
cristal chafianado, veíase sencillamente un harapo, un pedazo de burdo y
raído sayal pardo. Por el reverso, cerraba el cuadro una gran chapa de
plata, sujeta por finas tuercas, que no sin grandes esfuerzos consiguió
destornillar Currita. Liados en blancos tafetanes, amarillos ya por el
tiempo, halló dentro dos papeles escritos con clarísima letra del siglo
XVI, que sin esfuerzo ninguno podían perfectamente descifrarse. En uno
decía: «Pedazo de la cogulla del venerable siervo de Dios fray Alonso de
Luján, muerto en olor de santidad en su convento de Talavera de la
Reina, a los 23 de enero de 1590». Y a renglón seguido, con la candorosa
arrogancia de los magnates de aquella época, firmaba sencillamente:
_Doña Catalina_.

--¡Ya!--exclamó Currita muy admirada--. ¡Con que _esto_ era de
_aquel_!...

Y sus ojos fueron a buscar, entre las mil preciosidades que adornaban el
estudio, una admirable cabeza, pintada por Pantoja, de un capuchino[16]
muerto, en cuyo rostro resplandecía esa serena calma que deja impresa la
muerte, como señal de predestinación, sobre la frente de los justos.
Era, en efecto, aquella cabeza venerable el retrato de fray Alonso de
Luján, hermano del cuarto marqués de Paracuéllar, y había sido
trasladado años atrás del oratorio a los salones de la casa, no como
objeto de piedad, sino como monumento de arte.

[Nota 16: Esta cláusula está tomada literalmente del testamento
citado, sin otra variación que la de introducir en ella el nombre
supuesto de la Marquesa de Paracuéllar.]

En el otro papel hallábase copiada esta cláusula del testamento de doña
Leonor Manrique de la Cerda, repartiendo entre sus parientes un hábito
de su primo hermano, el venerable padre fray Alonso de Luján, religioso
capuchino: «Mi señora, la duquesa del Infantado, escoja la pieza que le
pareciere, y otra se dé al conde de Salvatierra, y otra al conde de
Montijo, y otra a mi sobrina doña Catalina, marquesa de Paracuéllar, y
el cordón se dé al conde de Salinas, mi sobrino, que lo tenga y venere
como cordón y reliquia de un tan venerable y santo varón como yo lo he
tenido; y una cogulla que yo tengo del dicho padre fray Alonso mando
también a mi señora duquesa, y le suplico la dé cuando a su excelencia
le pareciere al conde del Cid, y la pieza que su excelencia escogiere,
la dé al duque de Béjar, de cuya casa era muy devoto el dicho padre fray
Alonso.»

Currita estaba admirada... Mentira parecía que aquellas buenas gentes,
tan grandes señores, por otra parte, tan famosos en la historia muchos
de ellos, se repartiesen entre sí, como joyas preciosas, el burdo sayal
de un pobre fraile. ¡Lo que varían los tiempos!... La buena de doña
Catalina se había gastado un dineral en fabricar una joya para su
pedacito de cogulla, sin sospechar siquiera que había de ahorrarle a
ella el gastarlo en...

Con una brusca sacudida echó fuera, sin tocarla, la reliquia, y puso
después en su lugar el retrato. Estaba perfectamente, y sólo con
recortarle un poco los bordes encajaría tan bien como si hubiese sido
hecho el marco a su medida. Currita calculaba complacidísima el efecto,
alejando de sí el retrato, y la mano con que le sostenía fue a tropezar
con el pedazo de cogulla del fraile; retiróla bruscamente, cual si
hubiese tocado una brasa ardiendo, y miró con miedo, con espanto casi,
la magnífica cabeza de Pantoja, que tan admirablemente expresaba sobre
el lienzo la imponente y serena calma de la muerte. Con los mismos
papeles que encerraban la auténtica y la cláusula testamentaria, cogió
la reliquia de fray Alonso, y sin tocarla, con un gesto que lo mismo
expresaba la repugnancia que el miedo, el asco que el respeto, arrojólo
todo en una preciosa cestilla destinada a recibir papeles para la
basura. Arrepintióse al punto; había oído ella que las cosas santas no
deben tirarse, sino quemarse, y volviólo a recoger todo de la misma
manera para no tocar la reliquia, y fue a echarla entonces en una
chimenea encendida que ardía en un ángulo. Otra vez lanzó, sin poderlo
remediar, una mirada a hurtadillas, con medroso recelo, a la pálida
cabeza del fraile muerto.

Un fuerte olor acre y desagradable del paño que se quemaba extendióse al
punto por toda la estancia. En aquel momento entró Villamelón muy alegre
y satisfecho, que volvía de Chamartín de la Rosa, donde en su preciosa
quinta de Miracielos estaba ensayando con gran entusiasmo la incubación
artificial de los huevos de gallina.

--¡Jesús, hija, qué mal olor!--exclamó deteniéndose a la entrada--. ¿Qué
has quemado?... Si _huele_ aquí a infierno...

Currita se puso muy seria, muy enfadada, y hasta un poco pálida.

--Mira, Fernandito, no digas tonterías... No me gustan bromas con las
cosas del otro mundo.

Y como si fuese cosa de él, volvió a lanzar otra mirada furtiva y
medrosa a la imponente cabeza de fray Alonso.

--Pero hija, Curra, ¿sabes?... Que abran esa ventana; si _huele aquí_ a
chamusquina, a cuerno quemado...

--Pues nada, hombre; un pincel viejo que tiré en la chimenea... Vamos,
dejemos ya eso. ¿Has visto a Lilí?...

Villamelón dio una gran palmada.

--¡Mujer!... Se me olvidó...

--¿Pues no te dije que fueras a verla?--gritó Currita muy colérica.

--Pues, nada, hija, se me olvidó... ¿Qué vamos a hacerle?...

--¡Jesús, qué hombre este!... Se acuerda de ver las gallinas y se olvida
de visitar a su hija...

Porque el lector ignora aún que ninguno de los dos niños estaba ya en la
casa... Cuatro días después de la escena que en el anterior capítulo
queda referida, cayó Currita en la cuenta y convenció de ello a
Fernandito de que, no pudiendo dedicarse ella exclusivamente a la
educación de sus hijos como hubiera sido su deseo, era lo mejor enviar a
Lilí al colegio que tienen en Chamartín las religiosas del Sagrado
Corazón, y a Paquito al que por aquel tiempo tenían los jesuitas en
Guichón, del lado de allá de los Pirineos... Ni ella ni Jacobo habían
tenido en cuenta que en aquel mismo colegio se educaba Alfonsito
Téllez-Ponce, el hijito de este.

Villamelón, muy contrito de su falta, prometió remediarla al día
siguiente, cuando fuese a Chamartín a inspeccionar los períodos de la
incubación artificial, que ocupaba en aquella época toda su atención y
todo su tiempo. Diógenes, al saber las nuevas aficiones del ilustre
prócer, había dicho:--No hay que extrañarse... Está clueco.



--V--


La cola que formaban los coches frente al palacio del marqués de Butrón
cogía casi toda la calle de Hortaleza, atravesaba la red de San Luis e
iba a perderse en la de la Montera. Los carruajes avanzaban lentamente,
parábanse un momento, abríanse y cerrábanse con estrépito las
portezuelas, y corrían luego a estacionarse en la Plaza de Santa
Bárbara. Los transeúntes deteníanse extrañados y quedábanse muchos
contemplando aquella larga procesión de damas, rara en Madrid, a la
clara luz de las tres de la tarde. El Gobierno parecía alarmado: varios
agentes de orden público paseábanse por la acera de enfrente, a lo largo
del palacio, y algunos polizontes se mezclaban entre los curiosos o
trababan conversación con cocheros y lacayos, que charlaban entre sí
desde los pescantes, designándose, según la clásica costumbre, por los
ilustres nombres de sus amos.

Las damas saltaban ligeramente de los coches, atravesaban el gran
portal, subían la escalera alfombrada y perdíanse, con aire de
conspiradoras, en aquel ancho salón del teatro, famoso en otro tiempo
por haber representado en él don Ventura de la Vega _El hombre de mundo_
y dirigido Bretón de los Herreros en persona los ensayos de _El pelo de
la dehesa_. Reinaba en él una media luz prudentísima, un prematuro
crepúsculo que velaba con paternal indulgencia entre sus sombras
misteriosas los grandes deterioros del decorado, incapaces de resistir
con honra la descarada luz de las tres de la tarde.

Desde fuera, parecía aquello el zumbido de una colmena colosal, en que
doscientas mujeres murmurasen al mismo tiempo entre el crujido de las
sedas, el ric-rac de los abanicos, las tosecillas afectadas que dan
tiempo a preparar una respuesta, las melifluas risitas que acompañan
siempre a la afectuosidad femenina, y los perfumes peculiares a
doscientos gustos diversos y doscientos tocadores distintos. A veces,
reinaba de repente uno de esos súbitos silencios que el pueblo andaluz
atribuye al involuntario respeto que infunde el invisible aleteo de un
ángel que pasa; era más bien algún diablillo que llegaba, alguna dama
famosa por cualquier concepto que traspasaba el dintel, obligando a la
crítica a replegarse sobre sí misma, para estudiar el blanco sobre que
había de disparar su metralla.

Ningún hombre aparecía a la vista; en el fondo, tras la sencilla cortina
de rojo terciopelo, con las armas de Butrón bordadas en el centro, que
cerraba la emboscadura del teatro, adivinábase, sin embargo, algo
masculino, algún espíritu no santo que tosía y estornudaba como el resto
de los mortales, porque dos toses y un estornudo, habían llegado al oído
avizor de la señora de Barajas, que estaba allí cerca; tocó con el codo
a su hermana, diciéndole muy bajo: «Aquí hay duendes»; y la otra, sin
volver la cabeza, contestó muy seria:

--Robinsón y su negro Domingo, que se habrán constipado en la isla
desierta.

Así era, en efecto: el gran Robinsón y el señor Pulido hallábanse tras
el telón, observando por los dos imperceptibles agujeritos que servían
en otro tiempo para registrar la sala a los ilustres actores que habían
pisado aquella escena aristocrática. El respetable diplomático parecía
inquieto, y el señor Pulido iba y venía sigilosamente de uno a otro
agujero, apretando los labios y moviendo la cabeza, con muestras también
de alguna zozobra.

La concurrencia era numerosa, escogida y a propósito para secundar los
planes del diplomático; mas notábase, sin embargo, un síntoma alarmante,
una peligrosa falta de disciplina en la mesnada aristocrática, las
alfonsinas de raza, pertenecientes, en su mayor parte, a familias de la
Grandeza. Habíanse sentado todas ellas hacia el lado izquierdo, formando
un grupo, y, cuchicheando y cambiando entre sí risitas y señas burlonas,
miraban entrar y amontonarse en el lado opuesto a las cursis radicalas,
con el aire de desdeñosa protección de la gran señora que permite a su
doncella sentarse a su presencia, a cuatro metros de distancia. Tan sólo
la duquesa de Bara, fiel a la consigna del caudillo, habíase apresurado
a sentarse entre las dos ministras cesantes: la de Martínez, mujer
sencillísima y modesta, que se hallaba allí como gallina en corral
ajeno, y la de García Gómez, cursi pretenciosa, que pretendía deslumbrar
a pájara tan larga como la duquesa con sus alardes de elegancia y de
buen tono.

En vano iba de un lado a otro la marquesa de Butrón, intentando, con su
fino tacto y sus delicadas maneras, ahogar en germen aquellos puntillos
mujeriles, aquellas vanidades alborotadas que amenazaban dar al traste
con la suspirada fusión a duras penas obtenida en el baile de Currita;
tan sólo pudo conseguir su ímprobo trabajo colocar a la duquesa de
Astorga, mujer bondadosísima, al lado de la excelentísima señora doña
Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla, cuya colosal figura
se destacaba sobre un asiento muy alto, aislada entre tirios y troyanos,
silenciosa y pensativa, cual Safo meditando su suicidio en lo alto de la
peña de Léucades.

Las carlistas, por su parte, pocas en número, pero en valor muy
aguerridas, formaban otro grupito sospechoso, teniendo al frente a una
viejecilla chiquitilla, flaca y nerviosa, de ojos vivísimos. Era la
baronesa de Bivot, ilustre catalana, que se removía sin cesar en el
asiento, esgrimiendo el abanico con el bélico ardor del veterano ansioso
de combate que huele la pólvora a lo lejos. Carmen Tagle la bautizó al
punto.

--Allí está _Zumalacárregui_--dijo a su vecina--. Mírala, el cuerpo le
pide pendencia.

El respetable Butrón se daba a todos los demonios temiendo una
catástrofe, y aplicaba el oído en vez del ojo al agujero, a ver si podía
pescar alguna palabrilla suelta que indicase el rumbo que tomaba la
tormenta. No se oía nada; un zumbido colosal de colmena en momentos de
mudanza, que le sacaba de quicio, poniéndole nervioso.

--¡Pero que siendo tantas no haya una sola que calle!--exclamó hecho un
basilisco; y el señor Pulido, sin perder su pausa, con filosófica
profundidad, replicó muy bajito:

--Las prefiero hablando, Pepe... Callar sería contra naturaleza.

Y en aquel momento, como si quisieran probar aquellas amables criaturas
que llevar siempre la contra es el rasgo peculiar del sexo, callaron
todas de repente, siguiéndose un silencio profundo, un _calderón_
prolongadísimo de cerca de un minuto, seguido, a su vez, de un allegro
alborotado, un crescendo inverosímil, rápido y vivace... Algo gordo
sucedía, y el respetable Butrón y el filosófico Pulido acudieron al
punto muy azorados a sus respectivos observatorios... Entraba la condesa
de Albornoz, con aquel paso de que habla Virgilio, que revela una reina
o una diosa, inclinando la cabeza con el aire de vanidad satisfecha de
aquel emperador romano que encogía la suya al pasar bajo los arcos de
triunfo, por miedo de tropezar en ellos con la frente; seguíala la
marquesa de Valdivieso, una de las cómodas amigas de fácil contener que
traía ella siempre a retortero para que la acompañasen como damas de
honor, sirviendo, según su frase, de marco a su elegancia.

Cogióla Leopoldina Pastor por las faldas, al pasar por su lado, y quiso
obligarla a sentarse entre ella y Carmen Tagle... Era necesario
escarmentar a aquellas indecentes radicalas que estaban allí con la boca
abierta, _dándose pisto_, soñando quizá con la presidencia...

--¡Míralas, qué retablo!...

Deseando estaba que Genoveva tomase la palabra para tener ocasión de
decir a aquellas cursis cuatro palabritas bien dichas, ¡pero iba a estar
aquello muy frío!... A ella le hubiese gustado discutir a caballo, con
los hunos de Atila. Dióle Currita cariñosamente en el hombro con el
abanico, murmurando: _C'est drôle_; saludó con una monísima cabezadita
al amplio círculo de sus ilustres amigas y dejóse llevar suavemente por
la Butrón al lado opuesto, sentándose, al fin, junto a la duquesa de
Bara y las dos ministras. Apretóle cariñosamente la mano a la de
Martínez, diciéndole: «¡Querida mía!», y manifestó a la García Gómez su
desolación profunda por no haberse encontrado el día antes en casa
cuando estuvo esta a visitarla.

--Coraje me dio al ver su tarjeta... Hubiera deseado que charlásemos un
rato... Quiero que seamos amigas...

La García Gómez creyó reventar de dicha ante honra tan repentina, y
miraba a todas partes, tan oronda y satisfecha entre aquellas dos
grandes de España como la rata de la fábula en el queso de Holanda.
María Valdivieso, con prudencia inusitada en ella, mordíase los labios
para no soltar la risa. El venerable Butrón seguía desde su agujero toda
aquella pantomima, y murmuraba nervioso y exaltado:

--¡Bien por Currita!... ¡Es lista esa _mona Jenny_, caramba!... ¡Con que
María Villasis haga lo mismo, triunfamos!

El señor Pulido, profeta siempre de desdichas, se permitió dudarlo; su
olfato finísimo había adivinado un escollo en que el respetable Butrón
no paraba mientes.

--Aquella trae ya cara de presidenta, Pepe--dijo.

--¿Quién?...

--La Currita, Pepe... ¡Te lo dije!...

Así era, en efecto: tan penetrada estaba esta de su superioridad que ni
por un momento dudó de ser elegida, y pareciéndole que tras del baile
había de venir la presidencia, de manera tan lógica y fatal como tras de
la noche viene el día, había ya comunicado varias órdenes al tío
Frasquito, gran maestre de los micos de su guardia, y confiado a María
Valdivieso aquella misma tarde, en el camino, varios de los mil
regocijos caritativos que a beneficio de los heridos del Norte
proyectaba, y sobre todo, una _kermesse_ famosísima que había de
producir millones y millones.

Púsose Butrón al oír a Pulido muy enfadado, levantando los brazos como
si quisiese coger las bambalinas.

--¿Que trae cara de presidenta?... ¡Pues se quedará con la cara,
Pulido!... ¡No faltaba más! Una mujer sin crédito, sin pizca de
vergüenza... Me espantaba toda la gente de sacristía... ¿Qué diría el
arzobispo cuando fuera a pedirle la bendición para la obra?... María
Villasis es la única..., la única, Pulido.

Nueva manifestación de duda de la ninfa Egeria, acompañada siempre del
vocativo de su Numa Pompilio, fórmula de la íntima y familiar amistad
que le unía con el personaje.

--Lo dudo, Pepe...

--¿También a esa la encuentras peros?...

--La encuentro calabazas, Pepe...

Butrón, muy incomodado, dio media vuelta diciendo que más bien serían
camuesas, y el señor Pulido, sin perder su paz, repitió muy bajito:

--Digo calabazas, porque no vendrá, Pepe...

--¿Que no vendrá?...

--Es muy propensa a constipados... Acuérdate de la última junta, Pepe.

--Que viene, hombre, que viene... Si se lo prometió ayer a Veva, que la
mandé yo expresamente.

Y así era, en efecto: la marquesa de Butrón había estado la víspera en
casa de la Villasis a pedirle por todos los santos del cielo que no
dejara de asistir a la junta; la pobre señora parecía azorada, y
pedíaselo con tal ahínco, como si le fuera en ello la vida. La Villasis,
sin embargo, no se mostraba muy propicia, y echándose a reír, le dijo:

--¿Pero qué falta hago yo, mujer?... La misma que los perros en misa...

--No digas eso, María, porque ni tú misma lo crees--replicó la otra muy
apurada.

--Pues mira, Genoveva, te seré franca... Si fuera cosa tuya..., tuya
exclusivamente, iría con el alma y con la vida... Pero tratándose de lo
que se trata..., vamos... que no me gusta ese _barrer para adentro_ de
tu marido, que la pone a una siempre en el riesgo de tropezarse con
basura... Y, francamente, no quiero ponerme en el caso de encontrarme
mano a mano con una... Curra Albornoz u otra de su ralea.

--Tienes razón... ¿Pero qué se le va a hacer, si Madrid es un lodazal?

--No, no es un lodazal; porque tú y yo y otras muchas somos Madrid y,
gracias a Dios, no somos lodazales... Di más bien que en Madrid _hay un
lodazal_, que puede perfectamente evitarse andando con la ropa un
poquito recogida... Pero, sin duda, es el maldito lodazal de agua de
colonia, y como huele bien, a pocos veo que les repugne zambullirse
dentro.

--Pero mi casa no está en ese lodazal, María.

--Lo sé; lo sé mejor que nadie, porque como nadie te conozco y te
quiero... Por eso yo no me niego a ir a tu casa, sino a la junta _que
tu marido hace celebrar en tu casa_. ¿Me entiendes?

Y como si temiese que la otra encontrase la distinción harto metafísica,
apresuróse a torcer un poco el camino, añadiendo prontamente:

--No creas, por eso, que me niego también a contribuir a los fines de la
asociación como una de tantas... Sé muy bien que lo de socorrer a los
heridos es una pantalla; que se trata de preparar al ejército... No
importa: yo también contribuiré a ello, pero sin disfrazarlo de obra
caritativa... Lo hago, porque he visto nacer al príncipe y le miro y le
quiero como cosa mía; y lo hago, sobre todo, porque se me ha prometido
solemnemente que el primer cuidado de la Restauración será restablecer
la unidad católica; que sin este requisito, nada, nada haría.

La Villasis se detuvo un momento, y sin el menor alarde de esplendidez,
con la sencilla naturalidad de quien ofrece una cosa insignificante,
añadió en seguida:

--Por eso, en cuanto quieras disponer de ellos, tengo a tu disposición
diez mil duros... Si más pudiera, más daría.

La oferta de aquel cuantioso donativo no deslumbró a la de Butrón;
habíase turbado mucho mientras hablaba su amiga, y moviendo la cabeza
vivamente dijo:

--Lo creo, porque naciste para ser rica y sabes serlo... ¡Pero tu
nombre, tu nombre vale más que los diez mil duros!...

Y la otra, dándole palmaditas cariñosas y remedando su mismo tono
lastimero, añadió en son de burla:

--Pues mi nombre, mi nombre es justamente lo que no doy... Díselo así a
tu marido.

La de Butrón dejó caer ambas manos abatida y dijo con voz acongojada,
imperceptible casi:

--¡Dios mío!... ¿Y cómo le digo yo eso?...

Y de repente, dejando escapar un súbito sollozo, tapóse el rostro con el
pañuelo, y un llanto desconsolador brotó de sus ojos, revelando un
profundo abismo de amargura, un dolor hasta entonces callado y oculto.
Quedóse un momento suspensa la Villasis, atónita y afligida por el temor
de haber causado aquella honda pena.

--¡Pero, Genoveva, por Dios!... ¿Te he ofendido?...

La otra meneaba vivamente la cabeza, intentando decir entre sollozos:

--No..., no..., no... Es que Pepe...

--Pues bien, ¡no le digas nada!... ¿Quieres tú que vaya?... Pues iré,
iré de mil amores... ¿Cómo había yo de imaginarme que iba a causarte esa
pena?

Y tan afligida como su amiga, estrechaba entre las dos suyas una de sus
manos, mientras la de Butrón, sin quitarse el pañuelo del rostro, cual
si la vergüenza, al par que las lágrimas, la ahogaran, tartamudeaba:

--Pepe..., el pobre..., es tan violento...

Esta última palabra fue para la marquesa de Villasis un rayo de luz que
le descifró el enigma: cruzó las manos con un gesto de ira, de sorpresa,
de lástima profundísima, de compasión sin medida... ¡Luego era verdad,
luego era cierto el chisme que varias veces había llegado hasta ella de
que el noble Butrón, el leal caballero, el correcto diplomático,
maltrataba con frecuencia a aquella esposa modelo, aquella ilustre
señora, aquella débil anciana que sollozaba allí, ocultando la vergüenza
de su marido en el fondo de su pecho, envuelta en su propia desdicha!...

Un violento impulso de noble ira se levantó pujante en su corazón, y
hubiera querido arrancar del todo a la infeliz su secreto, no sólo para
remediar su dolor, sino también para vengarlo. Mas la noble anciana,
fiel a su decoro de esposa, guardó ese difícil silencio con que las
almas heroicas saben coronar una de las penas más vivas que existen en
la tierra: el sacrificio despreciado, el sacrificio inútil, y la
marquesa de Villasis no se atrevió a interrogarla; el primer cuidado de
la delicadeza, al consolar un dolor, es respetarlo, y nada hiere tanto
una pena como la curiosidad, sacrilegio, por decirlo así, de la
impertinencia.

Un llanto callado, el más sublime de todos los llantos, el llanto de la
caridad, que cuando no remedia ni alivia consuela, llorando con el que
llora, brotó entonces de sus ojos, y tan sólo al asegurarle una y mil
veces que iría con sumo gusto al día siguiente a su casa, atrevióse a
añadir con uno de esos brotes del corazón en que aparece la amistad tan
santa y tan bella:

--¿Quieres otra cosa, Genoveva?... ¿Te puedo servir en algo más?
¡Dímelo!...

Otro quejido que revelaba el complemento de los grandes dolores, la
falta del último consuelo, la soledad del alma, se escapó entonces de
los labios de la anciana.

--¡Sí, sí, de mucho!... ¿Pues no lo ves? ¡Para poder llorar delante de
alguien, para tener quien llore conmigo!...

Y al despedirse, serena ya del todo y consolada en lo posible, dijo a la
Villasis con intención marcadísima:

--Te advierto que yo sólo te he pedido que _vengas mañana a casa_... De
lo demás que pudiera sobrevenir nadie me hará responsable, y puedes
negarte sin miedo.

Y añadió con tristísima sonrisa:

--Si yo estuviera en tu caso, haría lo mismo.



--VI--


La marquesa de Villasis tardaba; eran ya las tres y media y el
respetable Butrón sentía angustias de muerte, temiendo verse por segunda
vez chasqueado por la dama. Con el ojo pegado al agujerillo del telón
disimulaba su mal humor y sus temores, por no exponerse a las machaconas
observaciones del señor Pulido, mientras observando este por el otro
agujero, se afirmaba más y más en los suyos, ofreciendo ambos al que
entraba por el fondo del teatro un espectáculo original y extraño en
demasía. Hallábanse los agujeros bastante bajos por estar disimulados,
en el lado opuesto, entre el bordado del escudo, y hacíase preciso, para
observar por ellos, ponerse en cuclillas, posición harto molesta, muy
semejante, por no citar otras, a la que usan los salvajes de Ohio para
deliberar en el Consejo. Ovidio no refiere si el enamorado Píramo se
ponía en actitud tan cómica cuando buscaba en la muralla una hendidura
por donde contemplar a Tisbe; si así era, fortuna tuvo el galán en no
ser visto por la dama.

De repente, sonaron hacia el fondo del teatro pasos importunos, que
hacían crujir las tablas del escenario; furioso Butrón volvióse agitando
las manos extendidas e interpelando en colérico _sotto voce_ al
imprudente, como al bueno de Kent el rey Lear:

--¡Despacio, demonio, despacio!...

Era el tío Frasquito, que llegaba atropellando la consigna de no
permitir la entrada en aquel recinto, apresurado y ansioso por ver lo
que pasaba en el congreso femenino, luciendo una corbata vistosísima,
prenda hermafrodita en que profundos observadores suelen encontrar,
reflejado con frecuencia, el carácter moral del individuo. La del tío
Frasquito era la corbata de gran maestre de los micos de Currita, de
seda azul japonesa, sujeta coquetamente con el alfiler de una sola
perla. Habíale encargado la Albornoz venir a buscarla a casa de Butrón,
para darle sin pérdida de tiempo sus primeras disposiciones de
presidenta.

Hizo el recién venido al diplomático mudas señas de que no se molestase,
y renegando _Robinsón_ por lo bajo, volvió a su observatorio, encargando
disimuladamente al señor Pulido que saliese a repetir a los criados la
rigurosa consigna. Mas temeroso este de que le usurpara su puesto el
intruso, hízose el desentendido, dejando abierta la puerta a la mayor
calamidad que por ella pudiera entrarse.

Mientras el tío Frasquito buscaba en vano otro agujero y decidíase, no
encontrándolo, a abrirlo él mismo disimuladamente con un cortaplumas,
una gran sombra apareció en el fondo de la escena, deslizándose muy
despacio, con el cuerpo agobiado, los pies arrastrados, la mano
extendida... Era Diógenes, el cínico Diógenes, que al ver a los tres
personajes pegados al telón, vueltos de espalda y puestos en cuclillas,
detúvose un momento, dejando escapar una risa silenciosa, risa de
chacal, risa de hiena, que de verla el tío Frasquito hubiera sentido
erizarse los pelos e su peluca. Cruzóse de brazos, movió de arriba abajo
la gran cabezota y desapareció sigilosamente por entre los bastidores,
metiéndose luego por debajo del escenario como un nihilista que se
zambulle en el centro de la tierra para fraguar siniestros proyectos...

--¡La Villasis! ¡La Villasis!--susurró en aquel momento Butrón con aire
de triunfo; y pegó al punto el ojo al agujero, para no perder ningún
incidente de la escena que iba a seguirse.

La marquesa entraba, en efecto, causando su presencia un movimiento
general de sorpresa, seguido de un murmullo prolongado que disipó las
angustias de Butrón, hizo sonreír triunfalmente a la de Bara y morderse
los labios a Currita, adivinando desde luego una rival, la más temible,
porque era la más detestada. En la conciencia de todas las señoras
presentes brotó al mismo tiempo la idea de que aquella era la llamada a
ser la presidenta, porque a todas se imponía la marquesa por diversos
conceptos: las sensatas y honradas admiraban en ella el tipo de la gran
señora de virtud y de prestigio, digna y afable, que, firme en sus
convicciones en medio de una sociedad frívola y corrompida, imponía
sobre todos, callando siempre, la poderosa crítica del buen ejemplo. Las
otras, más ligeras o menos honradas, veían, sin embargo, en ella la
mujer de talento, la dama de gran nombre, de riquezas inmensas, de
carácter firme e independiente, que sin prescindir jamás de las justas
conveniencias que exige un rango elevado, sabía sacudir toda imposición
que repugnase a su conciencia o a su decoro, constituyendo así lo que
admiran tanto las medianías rutinarias, que sólo saben copiar lo que
halaga la vanidad o seduce al instinto: un tipo original, genuinamente
noble, digno y honrado.

Algunas, ignorando, como ignoraban todas, excepto la Butrón y la de
Bara, el modo cómo había de nombrarse la junta, dejaron escapar la idea
entre sus misteriosos cuchicheos, y la señora de Martínez, con ingenua
sinceridad, algún tanto lugareña, soltó esta frase, que hubiera
provocado en otra ocasión las crudas sátiras de la de Bara:

--¡Esa sí que es una marquesa de veras!...

María Valdivieso, con su falta de tacto acostumbrado, inclinóse hacia
Currita como para quitarle una pelusilla que desperfeccionaba el
complicado lazo de las bridas de su sombrero y le dijo muy bajo:

--¿Eh?... ¿Qué tal?... Con esta prójima no contábamos... ¿Te
inquieta?...

Irguióse la otra como una Juno a quien dijeran que la ninfilla más
patimondada del Olimpo iba a sentarse en su carro tirado por pavos
reales, y contestó desdeñosamente:

--¿A mí?... Jamás me ha merecido ni un bostezo, que es el último de los
gestos despreciativos...

También la marquesa de Villasis hacía sus observaciones. Tendió la
vista por la sala y pudo contemplar, desde luego, el Madrid heterogéneo
de siempre, en que la virtud y el vicio se mezclan en amigable
consorcio, representando la historia eterna de la manzana podrida que
comunica a las sanas su podredumbre y sus gusanos, sin tomar de ellas ni
el sabor exquisito, ni la fragancia saludable; la indecorosa y dañina
mescolanza de grandes nombres y grandes vergüenzas, honras sin tacha y
reputaciones escandalosas, revestidas todas con el mismo brillante
barniz de formas elegantísimas, barajadas y confundidas por el mismo
apetito ciego de placeres, por los mismos impulsos necios de vanidad,
por el mismo afán irresistible de sacudir el ocio, de distraer el tedio,
espantosa y continua tentación de los grandes y de los ricos, que les
arrastra a todas sus extravagancias y les lleva a todos sus extravíos.

--¡Señor!--pensaba la dama--. ¡Qué grande obra sería la de deshacer esta
mescolanza que repugna, que envenena, que liberta el vicio de toda
sanción social que le marque la frente como con una señal de infamia, y
lo contenga, ya que no con el temor de Dios, con la vergüenza al menos y
con el respeto humano; que familiariza con el escándalo hasta a las
conciencias más rectas, y destruye la poderosa barrera de horror y de
extrañeza que debe separar al bueno del escandaloso, y comenzando por
hacer a este tolerable, acaba por hacerle pasar por imitable!... ¡Qué
grande obra haría quien con el mismo espíritu de caridad cristiana con
que se fundan asilos para huérfanos y casas de refugio para doncellas en
peligro, fundase _un salón_ para mujeres _honradas_ y hombres
_decentes_, en que sin riesgo alguno de mal ejemplo pudiese encontrar la
juventud las justas, legítimas y aun necesarias distracciones propias de
sus años; hallar sin desvergonzada levadura ese trato señoril y digno a
la vez que alegre y placentero, que afina y suaviza las inclinaciones
del hombre, fortalece y alecciona las de la mujer, y fomenta el trato
mutuo y el mutuo conocimiento de que brotan castas simpatías, germen de
puros y tranquilos amores, que sirven de base solidísima a matrimonios
felices y meditados, de que nacen luego familias cristianas y
ejemplares!... Y la caridad, la caridad derivada del cielo, única santa
y legítima, que todo lo ve con sus ojos de lince, que todo lo abarca con
su actividad insaciable, que todo lo precave con su perspicacia amorosa,
y no deja dolor sin alivio, ni pena sin consuelo, ni llaga sin remedio,
¿no se ha fijado nunca en esta úlcera ensangrentada?... ¿Acaso es más
digna de lástima la pobre labriega, la infeliz criada de servicio que el
abandono precipita en un lodazal de escaleras abajo y salva la caridad
en una casa de refugio, que la encopetada señorita, la rica heredera que
un abandono distinto, sólo en la forma, precipita del mismo modo en otro
lodazal de salones adentro?... ¡Y pensar que no es tan difícil el
remedio como a primera vista parece; que bastaría quizá que una mujer de
prestigio y de energía, cerrando los oídos a indecorosos respetos
humanos y a culpables condescendencias sociales, fundase, por el amor de
Dios, un _salón de refugio_, lanzando a los cuatro vientos de la alta
sociedad madrileña, por toda esquela de convite, esta estupenda noticia:
«La marquesa tal, o la duquesa cual, se queda todas las noches en casa,
para las señoras honradas y los caballeros decentes»!...

Y cuando algo muy hondo, pero muy claro y distinto, le decía a la
Villasis en el fondo de su conciencia que ella podía y aun debía ser
aquella tal marquesa o aquella cual duquesa, vino a distraerla de sus
extrañas reflexiones la voz de Genoveva Butrón, que dando ya por reunido
el congreso femenil, comenzaba a exponer el objeto de aquella junta.

La marquesa ateníase en sus palabras a la pauta trazada de antemano por
Butrón, evitando con habilidad suma los puntos escabrosos y las mentiras
gordísimas marcadas por el diplomático; hablaba muy despacio, con
sencillez exenta de toda pedantería y el aplomo y la seguridad que dan a
las personas nacidas y criadas en altas esferas el trato continuo de
gentes y la conciencia de su propia grandeza. Butrón, en cuclillas,
delante de su agujero, seguía con el alma en un hilo el discurso de su
mujer, extendiendo las manos y llevando el compás como un director de
orquesta que dirige una partitura, o como un magnetizador que desprende
de sí con extraños pases el misterioso fluido. Quedó bastante
satisfecho.

La miseria en que yacían los infelices soldados heridos en la campaña
del Norte era grande y dolorosa, y debía precisamente despertar en el
corazón de todas las señoras españolas los sentimientos más
compasivos... Por eso habíase atrevido ella, la Butrón, a citar a todas
las presentes para pedirles, por amor de Dios y compasión hacia aquellos
infelices, que uniesen sus esfuerzos para socorrerlos, formando una
asociación de señoras que, propagada por todas las provincias, pudiera
allegar cuantiosos recursos para este objeto.

A esto se redujo la primera parte del discurso de la marquesa, que fue
escuchado con religioso silencio. Hubo una pausa, en que las diversas
fracciones se miraron unas a otras, alerta todas, silenciosas, con la
solemne expectación de ejércitos enemigos que esperan para venir a las
manos el sonido de la primera descarga.

La baronesa de Bivot, el bizarro _Zumalacárregui_, rompió el fuego la
primera con la certera puntería de la lógica más exacta.

--El pensamiento no puede ser más caritativo ni más santo, y supongo que
merecerá la aprobación de todas estas señoras, como merece la mía--dijo,
echándose lentamente fresco con el abanico--. Pero debo hacer notar que
en la campaña del Norte hay dos ejércitos _españoles_...

Y la pícara vieja acentuaba lo de _españoles_ con una ambigua risita
que hacía saltar a Butrón detrás de su agujero...

--...Uno del Gobierno y otro carlista: en los dos hay heridos y en los
dos hay miseria... Supongo, por lo tanto, que esos recursos que se
alleguen se dividirán en dos partes iguales: una para los heridos del
Gobierno y otra para los carlistas...

Silencio sepulcral en toda la sala y saltos nerviosos de Butrón, que
bufaba fuera de sí en su escondite.

--¡El demonio de la vieja!... ¡Pues no faltaba más!... ¡En eso estaba yo
pensando! ¡En que con los fondos de mi asociación comprasen fusiles los
carlistas!... ¡Y la estúpida Veva se calla!... Contesta, Geno, demonio:
contesta que no, que se vaya si quiere, que no saca de aquí un ochavo...
¡La denuncio primero!

Aturdida, la marquesa no contestaba, en efecto, porque ninguna respuesta
tenía aquella lógica observación, tan oportuna e inesperada. La
Villasis, compadecida de la angustia de su amiga, acudió al punto en su
auxilio.

--La baronesa tiene mucha razón--dijo--; pero sin duda no se ha fijado
en un inconveniente insuperable... El Gobierno permitirá, sin duda, que
se repartan en el ejército toda clase de recursos; pero imposible es que
tolere el pase de dinero alguno para los carlistas... Por eso, la
asociación tendrá que limitarse a socorrer a los heridos del ejército,
dejando que secretamente acudan todas las que quieran al socorro de los
carlistas...

Y dirigiéndose a la baronesa, añadió con significativa sonrisa:

--Supongo, baronesa, que usted conocerá bien el camino; pero si alguna
no lo conoce, yo puedo indicarle un medio muy seguro por donde enviar
socorros a esos infelices, que no están menos necesitados, ni son menos
dignos... Yo tengo tirado ya mi plan: la mitad de lo que pueda dar lo
entregaré a Genoveva; la otra mitad la enviaré por este conducto de que
hablo a los carlistas...

¡Bonito se puso Butrón! A las primeras palabras de la marquesa, respiró
con fuerza, murmurando: «No está mal el remedio». Mas cuando vio, por el
giro que daba la dama a su respuesta y por el plan que exponía, que no
era una estratagema la que usaba, sino un verdadero proyecto que podían
imitar otras muchas, saltó fuera de sí muy incomodado, gruñendo entre
sus bigotes puestos en punta:

--¡Demonio..., demonio..., demonio!... Si el remedio es peor que la
enfermedad, si lo echa todo a rodar con eso... Se lleva la mitad, nos lo
quita, nos lo roba...

El señor Pulido, con su flemática suavidad, díjole entonces:

--Descuida, Pepe..., pocas darán si hay que dar en secreto...

El valiente _Zumalacárregui_, parado en firme con la réplica no menos
lógica de la Villasis, replegó su guerrilla y parapetóse en el monte
Aventino, con una retirada digna de Jenofonte.

La marquesa de Butrón aprovechó tan favorable coyuntura para reanudar su
discurso por la parte más espinosa... Era necesario nombrar una junta
directiva, y a este propósito iba a leer una candidatura formada con el
consejo de personas autorizadas, para sujetarla a la aprobación de
todas las señoras presentes.

El golpe era atrevido y la imposición resultaba manifiesta; preciso era
suponer que nadie osaría oponerse a un plan propuesto en su propia casa
por dama tan respetable... El silencio era profundo y hubiérase podido
oír el inquieto pestañear de Butrón y de Pulido, pegados a sus agujeros;
los resoplidos que costaba al tío Frasquito mantenerse tieso en su
incómoda postura, y los amagos de risa de Diógenes, que, metido en la
concha del apuntador, frente al telón y de espaldas a la concurrencia,
ocultábase a todos, oyendo a unos y otros, y maquinando, sin duda, algún
plan endiablado que le hacía reírse a sus solas.

La marquesa sacó un gran pliego y comenzó a leer esforzando la voz un
poco:

--Presidenta: excelentísima señora marquesa, viuda de Villasis.

Murmullo general de aprobación... Brusco movimiento de Currita y
repentina llamarada de ira, de rabia reconcentrada presta a desbordarse
en sus claras pupilas... Tras el telón, Butrón sonríe satisfecho y
Pulido suspira desahogado; el tío Frasquito, sorprendido y acongojado al
ver a su reina destronada, pierde el equilibrio y se agarra al telón,
poniendo en riesgo el que guardan sus compañeros: mudos ademanes y
miradas furibundas de estos le llaman al orden... En la concha, Diógenes
hace una mueca que quiere decir: «¡Estáis frescos!», y prosigue riéndose
solo... La marquesa de Butrón continúa leyendo:

--Vicepresidenta: excelentísima señora condesa de Albornoz.

Silencio profundo... Doscientos ojos escrutadores se fijan en la
elegida, e Isabel Mazacán le envía desde lejos un irónico saludito de
enhorabuena... Currita se muerde los labios y aparecen istrías
sanguinolentas en torno de sus pupilas; un pedacito de encaje del
pañuelo resbala por la seda de su falda y cae sobre la alfombra... Tras
el telón, Butrón se azora de nuevo; Pulido murmura: «¡Lo dije!», y el
tío Frasquito desiste de velarse el rostro con las manos por miedo de
perder de nuevo el equilibrio... Diógenes ha desaparecido de la
concha... La marquesa de Butrón prosigue:

--Vocales: excelentísima señora duquesa de Astorga, excelentísima señora
condesa de Villarcayo...

Movimiento de horror en las huestes de _Zumalacárregui_...

Gesto de protesta del caudillo... La agraciada sonríe con una cara de
babieca que revela la razón por que figura en la lista... La marquesa de
Butrón continúa:

--Excelentísima señora condesa de Minahonda. Excelentísima señora doña
Servanda Molinillos de Martínez.

Modestísimo rubor en el rostro de la agraciada, que extiende las manos y
mueve la cabeza diciendo que no... La duquesa de Bara la anima
cariñosamente... La García Gómez detiene su indignación, hasta ver si
está ella incluida en la lista... Tras el telón, Butrón mira a Pulido, y
Pulido mira a Butrón, y ambos se ríen... El tío Frasquito, envuelto en
su dignidad, permanece en cuclillas... Diógenes aparece sobre el tablado
y busca algo junto a la pared, dentro de los bastidores del lado
izquierdo... La marquesa de Butrón prosigue...

--Excelentísima señora condesa de Nacharnudo. Excelentísima señora
duquesa de Bara...

Recóndito asombro de esta al verse incluida en el grupo en que por
exigencias de Butrón habían de figurar tan sólo mujeres honradas... La
marquesa hace una pausa, examina un momento al auditorio y prosigue
leyendo:

--Secretaria: excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de
González de Hermosilla...

Fogosísimo brinco de Leopoldina Pastor, que esperaba la plaza, y
enérgico «¡Indecente!» que revolotea anónimo en el aire sin saber dónde
posarse... Carmen Tagle se desternilla de risa... La agraciada guarda
majestuoso silencio, compónese las gafas de oro y proyecta reparar en la
retórica de Marco Tulio la parte preceptiva de los documentos
oficiales... La duquesa de Astorga la felicita sin pizca alguna de
malicia... Tras el telón, Butrón espera, Pulido teme, el tío Frasquito
medita... Diógenes ha encontrado junto a la pared un cordelito que
parece bajar del techo y lo examina detenidamente... La marquesa de
Butrón concluye:

--Tesorera: excelentísima señora doña Ramona Gómez de López Moreno...

Amago de apoplejía en la interesada... La duquesa consuegra la saluda
desde lejos... Grandes cuchicheos que crecen, crecen cual ráfaga de
viento huracanado que comienza por silbar y acaba por rugir.. De
repente, crujido misterioso... Silencio profundo... Sorpresa general.

Diógenes ha tirado del cordelito, el telón sube rapidísimo y aparecen
los tres Píramos en cuclillas, Butrón, Pulido y el tío Frasquito, ante
los ojos asombrados de aquel centenar de Tisbes... Cuadro final.



--VII--


La asociación de señoras hizo fiasco y sólo dos meses más tarde pudo
Butrón, a costa de trabajo, organizar otra nueva, en forma muy distinta,
que no dejó de hacer, sobre todo en provincias, un agosto abundantísimo.
La marquesa de Villasis habíase negado rotundamente a aceptar la
presidencia; Currita rechazó la humillante oferta de un cargo
secundario, con muestras de gran resentimiento; las carlistas, muy
indignadas, tiraron por un lado, y las radicales, muy ofendidas, se
fueron por el otro, dejando vacante el canto épico a la caridad que
perpetraba en silencio la excelentísima señora doña Paulina Gómez de
Rebollar de González de Hermosilla, y vacío el gran bolsón Pompadour de
terciopelo rojo que la señora de López Moreno pensaba encargar a la
modista para recoger las colectas. El señor Pulido desplegó las tres
falanges de su dedo índice para decir, agitándolo de arriba abajo: «¡Lo
dije, lo dije!», y el sesudo diplomático, con la energía de la
constancia que no consiste en hacer siempre lo mismo, sino en dirigirse
siempre al mismo fin, tomó por otro camino para llegar a su objeto,
consolándose con que Napoleón cometió también faltas en la guerra de
Rusia, Ciro en la de los Scitas, César en África y Alejandro en la
India.

Hubo al otro día en la casa de la Albornoz congreso de ofendidos, y la
altiva dama adoptó por suya la respuesta de Marat a Camilo Desmoulins y
Freron, cuando le proponían estos refundir el periódico de ellos, _La
Tribuna de los Patriotas_, en el suyo, _El Amigo del Pueblo_: «El
águila va siempre sola; los pavos forman manadas». Ella era el águila y
las demás señoras los pavos; Butrón era el pavero.

La suerte de aquellos infelices heridos del Norte condolía, sin embargo,
a la sensible condesa, y resolvió hacer ella sola y por su cuenta propia
cuanto estuviese en su mano para aliviarla, entendiéndose directamente
con el general en jefe del ejército y con el bizarro general Pastor,
hermano de Leopoldina. Convocó a sus micos, reunió a sus íntimos y
trazóse un plan encantador de fiestas, bailes y regocijos a beneficio
todos de los heridos, entre los que había de llevarse la palma una
famosa _kermesse_ ideada por Currita, a imitación de la organizada en
París por _El Fígaro_, en el teatro de la ópera, a beneficio de los
inundados en Szegedin. Las actrices más famosas y las damas más
conspicuas, niveladas por el mismo sentimiento compasivo, habían hecho
en ella prodigios de caridad, sacrificando, en aras de los pobres, los
quilates más o menos subidos de sus respectivas vergüenzas. En dos horas
escasas había recaudado madame Judic más de cinco mil francos vendiendo
_marrons glaces_. ¿Qué no recaudaría Currita vendiendo por media hora,
aunque sólo fueran altramuces o garbanzos tostados?

Faltaba, sin embargo, al proyecto el visto bueno de Jacobo, requisito
sin el cual no osaba la dama dar un paso en nada que hubiese de
aventurar dinero, y justamente Jacobo no pareció por allí en toda la
noche, ni vino tampoco a almorzar al día siguiente, según su costumbre
ordinaria. Alarmada Currita, envió un recado a casa del amigo ausente,
para informarse de la causa de su extraño eclipse; la respuesta del
lacayo fue terminante:

--El señor marqués de Sabadell había salido de Madrid la noche antes.

Currita se quedó helada... ¿Marcharse Jacobo sin decirle una palabra,
sin enviarle un recado, sin ponerle siquiera cuatro letras?... ¡Qué
puñalada para su corazón y, sobre todo, qué bofetón para su amor propio!
Porque ¿qué dirían las gentes cuando llegaran a traslucir el desprecio y
el desvío que aquello representaba?...

Pasaba esta escena en el comedor, donde los dos esposos almorzaban en
compañía de María Valdivieso, Celestino Reguera y Gorito Sardona, cuya
flamante corbata azul indicaba ser aquel día el mico de guardia. Miraron
todos a Currita con grande extrañeza y aire de pregunta al saber la
marcha de Jacobo, y Villamelón, suspendiendo por un momento la actividad
febril con que manejaba el trinchante de oro macizo, regalo de Fernando
VII, dijo con voz lastimosa:

--¡Jacobo anda mal y me da pena!...

Y como si el dolor que inspiraban los males de su amigo sirviera para
facilitar sus funciones digestivas, embaulóse de un golpe una
_côtelette_ entera, que se le deshizo en la boca de puro blanda, cual si
fuese un merengue.

--Pues, hijo--replicó María Valdivieso--, no sé que padezca del pecho...
Está gordo y robusto; Paco Vélez me lo decía ayer: va echando papada de
comerciante de ultramarinos.

--Si no es eso, María, ¿sabes?--dijo Villamelón con la boca llena--.
Digo que anda mal, porque anda en malos pasos. ¿Me entiendes?

Callaron todos, metiendo las narices en el plato, y los rabillos de cada
ojo fueron a fijarse en Currita, que desganada, sin duda, mondaba con
suma pulcritud y esmero un hermoso albaricoque. Villamelón, que luchaba
siempre en la mesa entre sus ganas de hablar y sus ganas de comer,
prosiguió con alguna impaciencia.

--La francesita esa..., esa... ¿Cómo se llama? ¡Señor, por días pierdo
la memoria!... Tú, Gorito, ¿sabes?... ¿Cómo se llama, hombre?... La de
las camelias.

Gorito abría mucho los ojos y estiraba la boca sin acordarse de nada,
nada... Su memoria se había quedado de repente limpia, rasa, cual una
hoja de papel blanco. María Valdivieso hizo a Currita un rápido guiño,
como dándole a entender que ella podría informarle de grandes cosas, y
Villamelón concluyó cada vez más impaciente:

--Pues nada, no me acuerdo... Pero, en fin, esa..., esa es la que lo
está desplumando.

Hízose el silencio aún más embarazoso y el geniecillo maléfico de la
hilaridad comenzó a revolotear en torno de los comensales, como si a
todos ocurriese que las plumas arrancadas a Jacobo salían del pellejo de
Villamelón. Currita, mondando siempre su albaricoque, aprovechó un
momento en que los criados se alejaban para decir a media voz con su
acento más suave:

--Pero, Fernandito, vida mía, si tienes el don de la importunidad; si
pareces un reloj descompuesto... ¿A quién se le ocurre hablar de esas
cosas delante de los criados?... Sabe Dios lo que pensarán del pobre
Jacobo...

Villamelón, con mucha dignidad, replicó al punto:

--Mira, Curra, en la mesa no discuto... ¿Sabes?... Pero tienes
parcialidad por Jacobo y vas a llevarte un chasco muy grande, muy
grande... ¿Me entiendes, Curra?... Ese viajito repentino me da mala
espina: apuesto a que no va solo.

Currita puso en el plato el albaricoque ya mondado, lavóse las puntitas
de los dedos en el enjuagador de rico cristal de Venecia que tenía
delante, y mirando las gotitas de agua que se desprendían de sus rosadas
uñitas, dijo ingenuamente:

--¡Pues claro está!... Llevará algún ayuda de cámara...

Sulfuróse Villamelón y miró a su mujer y luego a Gorito y después a
Reguera con cierta especie de colérica complacencia retratada en el
semblante, arrebatado y apoplético por los vapores que le subían del
repleto estómago... ¡Le exasperaba a veces aquella sencillez de Curra,
que jamás podía comprender la malicia de ciertas cosas!...

Terminóse al fin el almuerzo y Currita salió del comedor del brazo de su
prima, llevando en la mano un platito de porcelana con migas de pan,
para dar de comer a los pececillos de colores que en una magnífica
pecera de cristal y bronce dorado adornaban una de las galerías... La
enamoraban a ella aquellos animalejos de colores tan brillantes, y la
pesca era, entre los placeres del _sport_, el que más emociones le
causaba.

    Regalaréte entonces
    Mil varios pececillos
    Que al verte, simplecillos,
    De ti se harán prender.

María Valdivieso oía estupefacta aquellas expansiones idílicas, cuando
esperaba ella que Currita se apresuraría a interrogarla con el mismo
furor y los mismos transportes con que Otelo interrogaba a Yago. El
chasco le pareció pesado, y exclamó muy despechada:

--¡Vaya unas emociones que tiene la pesca!... No encuentro definición
más exacta que la que daba uno de la caña de pescar: «Un palo largo que
termina por un lado en un pez y por otro en un tonto».

--Cuestión de gusto--replicó tranquilamente Currita.

Y se puso a echar sus miguitas a los peces, hablándoles con el cariño y
el mimo de una madre que acaricia a sus hijuelos...

--¡Hola, tragoncillos! ¿Hay apetito?... Vamos, haya paz, que para todos
hay... ¡Mira, mira, María, cómo abren el hociquito!... ¡Qué delicia!
¡Qué monada!

--Pero esta mujer tiene sangre de chufa--pensaba la Valdivieso muy
enfadada--. ¿Sí?... Pues, aguarda, allá va... ¡Anda, fastídiate!...

Y se puso a contarle, en apoyo de la tesis de Villamelón, horrores...,
horrores de Jacobo... Paco Vélez se lo había dicho todo la noche antes:
ella, ¡claro está!, por prudencia había callado tanto tiempo; pero ya
era hora de hablar, y a fuer de buena amiga debía desengañarla...

--¡Pícaro! ¡Tragón!--dijo en aquel momento Currita--. ¡No le muerdas!...
¿Habráse visto?... ¿Para quién son esos sopirritones?... Para ti...
¿Para mí, esos sopirritines?...

E incorporándose un poco, dijo mirando siempre a la pecera:

--Hija, dispensa. ¿Dónde decías que vive esa francesa?

--¡No, si no lo decía!--gritó la otra pasando del despecho a la furia--,
pero te lo digo ahora para que abras los ojos. Vive en la calle de
Rebollo, número 68, en un hotel. ¿Te enteras? En un hotel muy bonito, y
se llama... ¿Cómo se llama?... Pues, señor, no me acuerdo; ello era un
nombre así como de píldora.

--Chismes, mujer, chismes de gente ociosa--replicó Currita sobando
tranquilamente sus migas.

Y con ansia febril repasaba en su interior los nombres de todas las
píldoras conocidas y hacía esfuerzos inauditos para grabar en la memoria
la calle de Rebollo y el número 68.

--¿Chismes?--exclamó fuera de sí la Valdivieso--. ¿Y también es chisme
lo del viaje... con el ayuda de cámara, por supuesto?...

--¡Pues claro está que lo es!--exclamó Currita de repente, echando con
mucha cólera todas las migas en la pecera--. ¡Chisme, chisme, y de
malísima intención, María!... ¿Si lo sabré yo, caramba?... Sino que de
todas las cosas no se ha de dar un cuarto al pregonero... Tú eres mi
amiga y te lo digo en secreto: Jacobo ha ido a negocios del partido y
estará de vuelta muy pronto... ¡Ya ves cómo se escribe la historia!...

--¡Ya!--exclamó María Valdivieso tragándose la bola. Y Currita respiró
al fin algo más desahogada, porque aquella mentira, que se apresuraría
la prima a propagar por todo Madrid, por habérsela dicho en secreto,
dejaría a los ojos de las gentes la herida de su amor propio
disimulada.

A las tres pidió la señora condesa la berlina y dio al lacayo, como la
cosa más natural del mundo, las señas de Jacobo. Vivía este en la calle
de Alcalá, en un precioso cuarto de soltero, y constaba su servidumbre
de un ayuda de cámara, un jockey, una ama de llaves y un cocinero; en
las cuadras, situadas al final de la calle del Barquillo, tenía cuatro
caballos ingleses, tres de tiro y uno de silla, una berlina, un
_char-à-bancs_ y una victoria. La munificencia de los esposos Villamelón
sufragaba todos estos gastos, que había de pagar el fiel amigo cuando al
verificarse la Restauración pudiera sacar el jugo a la cartera, precio
de sus misteriosos papelitos...

Currita subió ligeramente al entresuelo, vivienda de Jacobo, y por tres
veces tocó el timbre, sin que nadie contestara; abrióse al fin la puerta
y apareció el jockey sin librea, cuello ni corbata, brillantes los ojos,
arrebatadas las mejillas y oliendo a vino a dos metros de distancia.
Aturdido, al verse frente a frente de la dama, dio un paso atrás,
diciendo atropelladamente:

--El señor marqués está fuera...

Ya lo sé... Busco a Damián.

No fue necesario llamarlo: por el extremo del pasillo asomaba este la
cabeza, y veíanse detrás el ama de llaves y el cocinero, todos
rubicundos y sofocados, como si viniera a sorprenderles la visita al
final de un opíparo banquete. Damián se adelantó muy sereno, cruzando
con el turbado jockey un guiño picaresco, un gesto de pillo redomado,
que vio muy bien la condesa, sintiendo, a pesar de su vergüenza, que se
le sublevaba allá por dentro lo poco de gran dama que quedaba en ella.

--Pase vuestra excelencia, señora condesa--dijo.

Y abrió muy presuroso de par en par las dos puertas del salón,
levantando la cortina de terciopelo para dar paso a la dama; atravesó
esta rápidamente la pieza, abrió por sí misma la puerta de un gabinete y
no se detuvo hasta llegar al despacho de Jacobo, como si todo aquello le
fuese muy conocido. Sentóse en un sillón y dijo:

--¿Pero qué es esto, Damián?... ¿Cómo ha sido esa marcha tan
repentina?... Sólo pude ver al señor marqués un momento, y eso delante
de la gente...

--Pues no sé--replicó Damián encogiéndose de hombros--. El señor marqués
se levantó ayer a la una y salió sin almorzar de casa... Volvió a eso de
las seis y mandó preparar las maletas.

--¿Llevó mucho equipaje?... Me dijo que pensaba detenerse varios días.

--Sí, señora; llevó un mundo y dos maletas. Yo mismo las hice.

--¿Y fue por fin solo?... Me dijo que quizá tendría que acompañar a unas
señoras francesas...

Quedóse Damián muy parado y tornó a encogerse de hombros.

--Demetrio le acompañó a la estación... Yo me quedé en casa.

--Llame usted a Demetrio... Me interesa saberlo.

Llegó Demetrio medio borracho y tomó a mirar a Damián, disimulando una
sonrisa... Él no había visto nada entre tanto bullicio, pero en el coche
en que se acomodó el señor marqués había ya otros equipajes...

--¡No iba en _sleeping_?

--No, era un reservado.

Currita se mordió los labios.

--¿Y les ha dejado aquí sus señas?

--No, señora.

--Lo decía para que pudieran enviarle el correo... Amí me las ha dejado.

--Si la señora condesa quiere enviárselo, yo le llevaré las cartas que
lleguen.

--Sí, eso es lo más derecho y lo más pronto--dijo vivamente Currita.

Y en aquel momento entróle deseo vehementísimo de ver toda la casa: era
muy bonita y estaba todo muy bien puesto: el salón, los dos gabinetes,
el despacho, la alcoba, el cuarto de baño, el tocador... Un cuadro le
llamó la atención en esta última pieza: representaba un ramo de
camelias, saliendo del centro el busto de una mujer rubia muellemente
reclinada en aquel lecho de flores, con mucho arte dispuesto... ¡Oh!, no
había duda, era la francesa anónima, la del nombre de píldora que tan
cruelmente se le estaba atragantando a ella. Detúvose a mirar el cuadro
con aire de inteligente.

--¡Bonita idea!... La _fattura_ es correcta... ¿Quién es?...

De nuevo se encogió Damián de hombros.

--Es una francesa, huérfana de un general, que pinta esas cosas... El
señor marqués le compró hace tiempo ese cuadro...

--¡Ah, sí!... Ya sé quién es: vive en la calle de Rebollo, número 68.
¿Cómo se llama?...

--Se llama..., se llama... Pues no me acuerdo. Una cosa rara, así como
un nombre de jarabe...

Currita moderó un movimiento de impaciencia, porque la cosa iba ya
picando en historia. La una decía que era nombre de píldora y el otro
que de jarabe, y sólo se sacaba en claro que era cosa de botica.

Al pasar por el comedor salió a saludarla el ama de llaves, muy atenta y
obsequiosa, ensanchando cuanto pudo su robusta persona para taparle la
vista de la mesa en que se hallaban los restos de la francachela que, en
ausencia de su amo, celebraban aquellos granujas. Acudió el cocinero por
el otro lado, pillo de siete suelas con aire de bonachón y campechano, y
la invitó también a ver su cocina. Currita se puso muy encarnada... y no
se atrevió a rehusar.

Apretando los puños de rabia y de despecho, entró la dama en su berlina
y dio orden al cochero de ir a casa del general Belluga... Aquella
taimada risita del jockey, aquel barullo inverosímil que le impedía ver
si su amo acompañaba a unas damas, dábanle malísima espina y preciso era
que ella apurase la verdad por sí misma.

El coche del general estaba en la puerta, reclinado el lacayo contra el
quicio, tieso el cochero en el pescante con la fusta enarbolada. La
condesa encontró en la escalera, prestas a salir de paseo, a la generala
y a sus hijas, dos ángeles acabados de salir del colegio de York, en
Inglaterra, que comenzaban a perder en la atmósfera viciada de los
salones su perfume natural de candor y pureza, como pierden su sana
fragancia el romero y el tomillo encerrados en una caja de almizcle.
Llamábalas la condesa sus ahijaditas, porque en su famoso baile de
_ancha base_ habían sido presentadas bajo los auspicios de la dama por
primera vez en el mundo.

Las señoras quisieron volver atrás, y Currita, sin oponerse mucho al
cumplido, consintió bien pronto en ello... ¡Oh!, traía ella las de Caín;
como que venía nada menos que a embargarle por la tarde a una de sus
ahijaditas; estaban atareadísimas ella y otras señoras, pidiendo por
todas partes hilas para los pobrecitos heridos y objetos de todo género
para la rifa, la _kermesse_, que prometía estar divertidísima. Habíanla
dejado a ella sola aquella tarde, y por eso venía a buscar una companera
agradable, un _ángel de la guarda_ que la ayudase a tender la caña.

¿Qué corazón compasivo resiste a un anzuelo semejante?...

Y besó en la mejilla a la mayor de las dos hermanas, Margarita, que
fijaba en ella sus ojazos de color de cielo, sonriendo con la inocencia
con que sonríe un niño a los varios juegos de luz que forma el reflejo
sobre las brillantes escamas de una serpiente. La generala aceptó en
seguida, creyéndose honradísima, y aquella señora ejemplar, aquella
madre cariñosa y cristiana que había educado a sus hijas en el santo
temor de Dios y en el cercado de la pureza, fió sin reparo alguno el más
bello de sus ángeles a aquella pícara redomada, aquella bribona
indecentísima...

Salieron todas juntas delante la Albornoz, apoyada en el brazo de
Margarita; en mitad de la escalera volvióse aquella muy animada:

--Como despacharemos tarde, me llevaré a comer a mi ahijada. ¿Me da
usted su permiso?

--¡Pues no faltaba más, condesa!

--¡Gracias, querida, gracias!...

En el tarjetero de la berlina traía Currita un papelito en que se veían
apuntados gran número de nombres y de señas; hicieron dos visitas, a una
magistrada del Tribunal Supremo y a una brigadiera de artillería,
dignísimas señoras, a quienes, después de sacar los cuartos la olímpica
condesa, puso en ridículo con desvergonzado gracejo, haciendo
desternillar de risa a la inocente Margarita. Entonces dio al lacayo
unas señas que estaban apuntadas con lápiz, las últimas, de su letra
misma.

--Calle de Rebollo, número 68... Hotel...

--¿Quién vive allí?--preguntó Margarita.

--Pues no sé... Es una francesa que pinta... Con tal que le saquemos
algún cuadrito...

--¿Sabe usted que esto es muy divertido?...

--¡Ya lo creo, divertidísimo!... Ver las caras tan cómicas de esa pobre
gente cuando se les pone al pecho el puñal de la caridad. ¡La bolsa...
o el ridículo!... Y entregan las pobrecillas la bolsa y se quedan
también con el ridículo.

--¿Me traerá usted otra tarde, condesa?...

--Sí, hija mía, con mil amores... Pero no me llames de usted, háblame de
tú, dime Curra... ¡Vamos, que no soy tan vieja!...

Llegaron a la calle de Rebollo, número 68, y paró el coche ante el
hotel, especie de bombonera, más pretenciosa que artística, más bonita
que lujosa. Currita bajó la primera, nerviosa, un poco pálida, pero no
de vergüenza ni de miedo, sino de ira, de anhelo, de despecho... Por
fin, iba a entrar agarrada al manto de la caridad, haciendo hincapié en
las llagas de los heridos del Norte, en la guarida de la fiera, y a
cerciorarse por sí misma de si eran de la droga aquella, fuese píldora o
jarabe, los equipajes que había visto Demetrio en el coche reservado.
Por eso, y sólo por eso, había emprendido la bribona aquella ronda
caritativa, escogiendo por compañera aquella inocente niña, incapaz de
sondear la capa de cieno que estaba pisando. Un _groom_ monísimo, el que
había visto Currita en el Teatro Real la noche del estreno de _Dinorah_,
se hallaba a la puerta: preguntóle ella si las _señoras_ estaban en casa
y el chico contestó afirmativamente, haciendo entrar a las damas en un
saloncito de la planta baja. Currita pensaba:

--De fijo que está de viaje y me encuentro cara a cara con la vieja...

Un perrillo microscópico y feísimo salió de entre unas mantas al lado de
la chimenea y comenzó a ladrar, retirándose después gruñendo y
tiritando. Diole a Margarita miedo el feo animalejo.

--¡Parece un diablillo malo!--decía.

Estaba el salón medio a oscuras, los muebles sucios y revueltos, y
veíanse prendas de vestir sobre algunas sillas. En una mesa maqueada, de
trabajo muy lindo, había, entre varios juguetes de porcelana y un álbum
de retratos, una gran chocolatera de cobre, vieja y requemada, con su
molinillo de palo muy tieso, chorreando espeso líquido. La condesa
mostró a Margarita con la punta de la sombrilla el extraño _bibelot_,
diciendo muy bajo:

--Caprichos de artista...

Margarita rompió a reír, conteniéndose a duras penas, y la condesa, no
obstante su preocupación, viose forzada también a soltar la risa,
añadiendo a media voz:

--Con tal que no nos mande a la _kermesse_ este utensilio...

Sonó una puerta en el interior, luego otra más cerca, y el _groom_
levantó la cortina: Currita respiró desahogada... Entraba la dama
duende, la incógnita de las camelias, con el aplomo y el descoco de una
_diva_ de café cantante que se presenta ante el público, fijando en él
una mirada de provocación más bien que de temor o de extrañeza. La
condesa no se aturdió tampoco; con la exquisita distinción de la gran
señora de raza, que tan en alto grado poseía, y el aplomo de la mujer de
mundo que encuentra reparos para todos los apuros, y salida para todos
los laberintos, y palabras para todas las situaciones, expuso a la dama
anónima el objeto de su visita. Ella se conmovió mucho... _Amaba a la
España muy fuerte, y estaban los carlistas unos brigantes muy atrevidos,
como Diego Corrientes y Gosé María._

Currita, al oírle chapurrear tan desastrosamente el castellano, hablóle
en francés y ella agradeció la atención con una amable sonrisa. Comenzó
entonces a hablar con gran soltura y elegancia, lamentando los estragos
de la guerra, ensalzando la misión de la mujer, ponderando la virtud de
la caridad con el fuego y el entusiasmo de Vicente de Paúl en persona.

Currita le dijo sonriendo:

--Veo que no me he engañado al apelar a sus sentimientos de usted, y
espero que nos enviará algún socorro para nuestros pobres heridos.

--¡Oh!, sí, sí...

--Cualquier cosa, lo que usted pueda... Algún _bibelot_ para la
_kermesse_.

--¡Oh!, sí, sí... Enviaré algún objeto de arte...

Margarita se mordió los labios para no soltar la risa: pensaba si sería
la chocolatera el objeto de arte prometido. Currita díjole entonces con
graciosa sonrisa:

--Y si ese objeto de arte es obra de su genio de usted, será mucho más
agradecido.

--¡Oh!... ¿Mi genio?--exclamó la otra muy sorprendida.

--Sí, su genio he dicho... Ya sabe usted que esas cosas no pueden
ocultarse... Su paisana, madame Staël, lo dijo: donde hay genio, brilla.

--¡Oh!...

--El marqués de Sabadell--prosiguió Currita, dejando caer lentamente las
palabras--me enseñó aquel ramito de camelias que... _le envió usted_
hace tiempo... ¡Es un _quadretto_ delicioso! Si manda usted a la
_kermesse_ una _pochade_ parecida, no habrá regalo que la iguale...

La dama anónima sonreía, sonreía siempre, con los ojos bajos, como
abrumada por el peso de aquellas lisonjas que hacían vibrar las aletas
de su fina nariz con estremecimientos de rabia. Currita quiso darle el
golpe de gracia, y con aire de bondadosa protección dijole entonces:

--¿Y tiene usted muchas discípulas?...

Enderezóse la otra bruscamente, como si la idea de que trabajase para
vivir la ofendiera demasiado.

--Me había dicho el marqués que daba usted lecciones de pintura.

--¡Oh!, no, no. No soy profesora: discípula, pobre discípula.

Y con su suave acento y sus modestos meneos disimulaba y contenía el
impulso feroz que hace a la gata rabiosa tirarse a los ojos del
contrario; diose al fin Currita por satisfecha y marchóse, dejando a su
parecer a la dama duende confundida y humillada. Al arrancar la berlina,
soltó al fin Margarita la risa, exclamando entre inocentes carcajadas:

--¿Pero qué haría en el salón aquella chocolatera?...

--¿Pues no te lo he dicho?--replicó la Albornoz haciendo coro a las
risas de la niña--. De seguro que la manda a la _kermesse_ como un
_bibelot_ nunca visto; verás cómo no me equivoco.

Tres días después pudo Margarita convencerse de que su ilustre amiga y
madrina se equivocaba por completo... Pedro López había dicho, y
millares de lectores lo vieron en _La Flor de Lis_, que el ángel de la
caridad había sentado sus reales en el palacio de la celestial condesa
de Albornoz... Fuese o no esto cierto, éralo, sin embargo, que de los
cuatro ángulos de la Villa y Corte afluían al palacio preciosos regalos
para la _kermesse_, patrocinada por la dama, que iban quedando expuestos
al público con grande primor colocados en los varios salones; por las
noches, en uno de ellos espléndidamente iluminado y en torno de una
larga mesa cubierta por rico tapiz de tintas oscuras, agrupábase un
risueño enjambre de jóvenes doncellas y apuestos donceles--así los
llamaba Pedro López--que, barajados y confundidos, formando parejas, y
más pegaditos entre sí ellas y ellos de lo que la temperatura ordinaria
pedía de suyo, dedicábanse a la caritativa tarea de hacer hilas para los
infelices heridos del Norte. Currita, deseando despertar la emulación en
provecho de los pobrecitos heridos, distribuíalos de esta suerte, y era
verdaderamente un encanto, que arrasaba en lágrimas los ojos, ver
aquellas tiernas parejas de inocentes doncellitas de quince a veinte
años, y castos mancebitos de veinte, treinta y hasta cuarenta, sacando
hilas del mismo trapito, sosteniendo por lo bajo pláticas caritativas
que les animaban a la santa obra, todo, por supuesto, bajo la inspección
de la angelical condesa de Albornoz, que iba de un lado a otro
distribuyendo las parejas, repartiendo los trapitos, recogiendo en
bandejas de plata, ayudada de sus micos, la obra ya hecha; animando a
los perezosos con una sonrisa, enfervorizando a los tibios con una
palabra, prendiendo por todas partes el fuego de caridad que la abrasaba
a ella misma. Ni el báculo de san Francisco, ni el manto de santa
Teresa, ni el ceñidor de san Ignacio de Loyola hicieron nunca curas tan
milagrosas como las que habían de operar aquellas hilas, con tan pura
intención trabajadas, en las heridas, llagas y tolondrones de los
pobrecitos heridos del Norte. Aquello merecía ser visto, y Diógenes,
que lo vio una vez, manifestó en el Veloz-Club, ya muy entrada la noche,
lo que le habían parecido las parejas de operarios y lo que le había
recordado su directora y maestra...

Los personajes más conspicuos de la corte pasaban por allí pagando su
tributo; y hasta don Casimiro Pantojas había hecho una noche sus
hilitas, sin más que un ligero percance, hijo de su cortedad de vista:
equivocó el trapo con el rico pañuelo de batista de la dama vecina,
olvidado encima de la mesa, y púsose muy afanado a sacar hilas de este,
haciendo dos pelotones finísimos. Alzó el grito la dama, porque tenía
para ella el pañuelo grandes recuerdos, y desolado don Casimiro al
reconocer su error, devolvióselo con un fleco en torno de cuatro dedos
de ancho.

Dos figuras de primera magnitud habíanse, sin embargo, hecho notar por
su ausencia, y eran estas el marqués de Butrón y el tío Frasquito:
creíase que un pertinaz constipado tenía encerrado a este entre las
cuatro paredes de su casa, y no se ignoraba tampoco que las relaciones
del gran Robinsón con la ilustre dama habíanse enfriado algún tanto con
motivo de la vicepresidencia ofrecida y desairada. Sorpresa causó, pues,
aquella noche ver entrar al peludo diplomático en el caritativo taller
de las hilas y acercarse a la condesa con la más risueña de sus caras y
el más expresivo de sus gestos; ella dejó escapar al verle una ligera
exclamación de infantil alegría, y acrecentó el pasmo de todos
gritándole con sus mimitos más suaves:

--¡Butrón... un trapito!... Nada, nada, aquí no se quieren ociosos...
Venga usted a sacar hilas conmigo... Allí, junto a mí, en mi mismo
trapo...

Y dejando abandonada a su propio impulso la filantrópica tarea de
enardecer el fervor de sus operarios, retiróse a un rincón con el
diplomático, llevando en la mano un fino trapito cuadrado y una bandeja
de plata para colocar las hilas. Nada sabía aún Currita de Jacobo, y al
ver entrar al sabio Mentor, figurósele que este le traería noticias del
prófugo joven Telémaco. Butrón estaba, sin embargo, en la misma
ignorancia, y el mismo pensamiento y los mismos interesados deseos
traíanle en busca de la invulnerable Calipso. La repentina marcha de
Jacobo habíale alarmado, temiendo que ocultase tras de ella algún enredo
que perjudicase a sus trabajos políticos, y fingiéndose enterado de lo
que deseaba saber, proponíase arrancar con maña a la dama el hilo del
ovillo.

Currita y Butrón se miraron un momento en el apartado rinconcito, como
invitándose a hablar mutuamente, y ella, viendo que el respetable
diplomático no daba luz ninguna, púsose muy afanada a sacar sus hilas, y
comenzó a confiarle sus pesares domésticos... Fernandito andaba muy mal
y le inspiraba su salud serios cuidados; su falta de memoria llegaba ya
al punto de habérsele olvidado días atrás que había comido, y armar una
pelotera terrible, queriendo por segunda vez sentarse a la mesa...
Sánchez Ocaña y Letamendi le habían reconocido, y ambos opinaban que era
aquello un principio de reblandecimiento cerebral que le llevaría
lentamente a la sepultura...

Ella estaba acongojada: si fuese siquiera una enfermedad repentina, que
se lo llevara Dios en pocos días... vamos, sensible era siempre quedar
una mujer sola, con dos hijos que educar, sin tener a su lado hombre
alguno... ¡Pero verle padecer tanto tiempo, consumirse poco a poco, sin
esperanza ninguna!...

--Y cada día más tonto, Butrón; crea usted que no exagero... Yo creí
que sería imposible serlo más; pues nada, todos los días progresa...

El respetable Butrón dio un suspiro, y poniendo en el anzuelo el cebo de
un consuelito, tendió delicadamente la caña.

--Siempre te quedará Jacobo, excelente amigo, que sabrá aconsejarte...
¿No te ha escrito?...

Ella, arreglando con mucho primor su manojito de hilas, contestó
sencillamente:

--Sí, ayer tuve carta... Por supuesto, que a usted también le habrá
escrito...

--No, no he recibido carta ninguna, pero no me extraña... Al despedirse
me dijo que hasta no tener noticias seguras no me escribiría. ¿De dónde
te escribe ya?...

Las hilas se enredaron y preciso fue inclinarse hacia la luz para buscar
el hilito, haciendo una pausa mientras tanto.

--¿Querrá usted creer que no pone fecha ninguna?... Me dice, sin
embargo, que escribe en el _restaurant_ de la estación, esperando el
tren ascendente... Como el pobre es tan extremoso, quiso a toda prisa
sacarme de cuidados...

--Sí, muy extremoso--replicó Butrón--, pero también muy atolondrado. ¿A
que no te pone señas ningunas?...

--No, ningunas...

--Pues ya tú ves, a mí tampoco me las ha dejado, y me precisa enviarle
ciertas instrucciones que después de su marcha he recibido... Por eso
venía a preguntarte esta noche si sabías tú dónde paraba.

--Pues no lo sé, Butrón, y me tiene esto muy perpleja... Porque Damián
me ha traído varias cartas que le han llegado por el correo y no sé
dónde enviárselas...

--¡Si falta en esa cabeza algún tornillo!... Preciso será esperar a que
escriba de nuevo, y te encargo mucho que en cuanto recibas sus señas me
las envíes de seguida.

--Descuide usted, Butrón, pero le encargo también que no tarde en
mandármelas si las recibe usted primero.

--¡Oh!--replicó Butrón con mucha galantería--. Imposible es que Jacobo
cometa semejante pifia...

--¡Ay, no, no Butrón!--dijo Currita con melancólico acento--No crea
usted que me hago yo ilusiones algunas; sé muy bien que no hay rival tan
temible para una mujer como la sota de bastos o la esperanza de una
cartera...

Y aquí se detuvieron los dos, convencidos por completo de haberse
engañado recíprocamente, creyendo ella, hecha una furia, que Jacobo, de
acuerdo con Butrón, había marchado a negocios del partido sin decirle
una palabra; juzgando él, hecho un basilisco, que Currita y Jacobo se
emancipaban de su tutela, constituyéndose en cantón independiente y
obrando por cuenta propia en los negocios políticos... Un suceso
repentino impidióles seguir explorando con la misma habilidad los
respectivos campos: entró un criado trayendo un gran estuche de
terciopelo granate muy oscuro, magnífico regalo para la _kermesse_, que
acababan de traer a aquella hora intempestiva con la idea deliberada,
sin duda, de que pudiera ser admirado al mismo tiempo por toda la
brillante concurrencia. Gorito Sardona, mico de guardia aquella noche,
tomó el estuche de manos del lacayo y púsolo sobre la mesa, llamando a
gritos a Currita. Acudió esta seguida del diplomático, y un ligero grito
que pareció arrancarle la admiración, y le arrancaban en realidad el
temor y la sorpresa, se escapó de sus labios a la vista del estuche...
Habíale recordado al punto otro enteramente semejante, con la sola
diferencia de que sobre el oscuro terciopelo de la tapa de aquel otro se
destacaba, bajo una corona de marqués, una caprichosa _S_ de oro mate, y
en este sólo se veía en aquel lugar un poco chafado el terciopelo...
Tres segundos permaneció, sin embargo, inmóvil, contemplando el estuche,
sin osar abrirlo; agrupábanse todos a su alrededor, oprimiéndola y
estrujándola contra la mesa, ansiosos de contemplar la maravilla, y no
hubo más remedio que apretar el resorte y levantar la tapa...

Una exclamación general de asombro se escapó de todos los labios,
ahogando el sordo rugido de rabia y despecho que hinchó la garganta de
Currita... Sobre el blanco terciopelo que forraba el interior
destacábase, en toda su magnificencia, la obra maestra de Enrique de
Arfe, el marco antiguo de plata cincelada que había regalado ella a
Jacobo en aquel mismo estuche, con su propio retrato de reina
japonesa... Este había desaparecido, y veíase en su lugar otra extraña
fotografía: representaba una camelia de tamaño natural, y echada sobre
ella como sobre el alféizar de una ventana, aparecía el busto de una
mujer, de la dama duende que todos conocían, apoyada la mejilla
izquierda sobre ambas manos cruzadas, mirando al frente con provocativa
insolencia, sacando la lengua con gesto de pilluelo redomado a todo el
que mirase el retrato por cualquier lado que fuese; por debajo, leíase
escrito con muy buena letra inglesa:

A LA EXCMA. SRA. CONDESA DE ALBORNOZ,
_Mademoiselle de Sirop._

Nadie dijo una palabra, nadie hizo un comentario... En el embarazoso
silencio que deja al descubierto las grandes vergüenzas, oyóse tan sólo
la suave vocecita de la Albornoz, que decía algún tanto temblorosa:

--¿Mademoiselle de Sirop?... ¡Qué delicia!... ¿Si será prima del jarabe
Henry Mure que han recetado a Fernandito?...



--VIII--


El despertar de Jacobo fue alegre: había ganado la noche antes, jugando
en el Casino hasta las cuatro de la mañana, más de cinco mil duros. Hay,
sin embargo, algo en el hombre que despierta antes que la razón y los
sentidos, y levanta la voz y grita y no calla ni aun en esos momentos de
duerme--vela en que flotan las ideas como cabos sueltos, sin que la
voluntad, dormida todavía, haya tenido tiempo de atarlas y enderezarlas
o torcerlas a su albedrío. Este algo se llama remordimiento, y él, con
su punzante aguijón, puso ante los ojos de Jacobo, antes que los cinco
mil duros ganados, las aterradas fisonomías de la mujer y de los hijos
del que los había perdido, padre de familia, jugador de oficio, marcado
con ese sello de desdicha común a los del gremio, que por ser desdicha
buscada no despierta en ellos mismos compasión, sino enojo. En las
ganancias del juego, ha dicho uno, hay siempre algo parecido al robo,
porque con razón puede decirse que se toma lo ajeno contra la voluntad
de su dueño; y si bien es cierto que se gana este dinero ajeno
exponiendo el propio, también lo es que los ladrones en cuadrilla
exponen sus vidas en las encrucijadas de los caminos, y la vida, aunque
sea de un facineroso, vale más que el dinero.

Volvióse Jacobo del otro lado, ahogando estas reflexiones con su
voluntad ya despierta, y tiró de la campanilla, murmurando entre
dientes:

    Amar a nuestro prójimo
    Nos manda la doctrina,
    Y al prójimo en la guerra
    Le dan contra una esquina.

Entró Damián, trayendo, como todos los días, el correo y los periódicos,
que puso al alcance de la mano de Jacobo sobre la mesa de noche. Abrió
luego las persianas, descorrió las cortinas y entróse en el cuarto de
vestir para preparar el agua caliente y la ropa del señorito. Habían
dado ya las doce y media.

Era Jacobo muy perezoso y costábale gran trabajo arrancarse del lecho;
dio en él varias vueltas, estirándose y revolviéndose con esa dejadez
del que no tiene cuidados, ni le esperan obligaciones, ni encuentra para
saludar al nuevo día otra fórmula, otra oración, otro brote de
sentimiento que un prolongado bostezo. Decidióse al fin a sacar una
mano, y tomó de sobre la mesilla de noche las varias cartas; eran estas
cuatro o cinco, y llamóle la atención, desde luego, una grande y
cuadrada que traía el sello del Congreso, porque parecióle notar el
tacto que venía en el interior, además del papel, un pequeño objeto
redondo. Diole vueltas por todos lados examinando el sobre, con esa
necia perplejidad que al recibir una carta de letra desconocida nos
impulsa a conjeturar y adivinar lo que con sólo romper el sello podemos
saber de cierto. Hízolo así al cabo, rasgando el sobre por completo, y a
la duda sucedió entonces en él la sorpresa y el azoramiento; encontróse
con un pliego en blanco, de papel muy recio, doblado por la mitad en dos
partes: en la superior destacábase, cuidadosamente pegado con goma, un
gran sello de lacre verde, del diámetro de medio duro... Al pronto no
distinguió bien Jacobo lo que era aquello; llegaba la luz muy
debilitada, filtrándose por los visillos del balcón y la gran cortina de
tul bordado, en una sola pieza, que arrancando de los lambrequines de
damasco amarillo llegaba hasta el suelo barriendo la alfombra. Con
grande ansiedad incorporóse bruscamente, inclinando el cuerpo fuera del
lecho para buscar la luz, y pudo distinguir entonces en todos sus
detalles la empresa del sello: era la escuadra y el compás cruzados en
forma de rombo y la rama de acacia, emblema de los masones.

Una sospecha terrible, una idea aterradora con visos ya de evidencia
cruzó al punto por su mente cual un pájaro siniestro. Arrojóse de un
salto fuera del lecho y corrió al balcón para examinar con mejor luz
todavía la extraña carta y el misterioso sello. No había duda: si no era
el mismo, era igual a uno de los que había arrancado él en París, en el
_Grand Hôtel_, de los cartapacios que en la logia de Milán le habían
entregado... ¿Qué significaba, pues, aquello?... ¿Era una broma? ¿Un
aviso? ¿Una amenaza?

Con los ojos muy abiertos quedóse mirando a la calle, como si buscase
allí la solución a sus dudas, la respuesta a sus temores... Frente por
frente de la suya estaba la gran casa del marqués de Riera, cerrada
hacía tantos años, con ese aspecto de secreto, ese aire de misterio que
parecen tomar los edificios abandonados por largo tiempo, haciendo
fantasear a la imaginación detrás de sus muros recuerdos de crímenes y
sombras de aparecidos. El día estaba triste; uno de esos días de lluvia
menuda y continua en que sólo se ven en el suelo cieno y lodazales y en
el cielo nubes pardas, inmóviles, pegajosas, que parecen lamer las
torres y las cúpulas, cual la viscosa baba de un monstruo inmenso. Los
transeúntes cruzaban por la acera muy de prisa, armados de paraguas e
impermeables, chapalateando sobre el fango, que salpicaba las sayas
remangadas de las mujeres, los pantalones recogidos o las altas botas de
los hombres. Un capitán de lanceros, muy gordo y rubicundo, bajaba de la
Puerta del Sol, pisando muy fuerte, con las espuelas y las polainas
manchadas de cieno, calada la corta capota azul con vueltas blancas.
Antejósele a Jacobo que aquel militar era de la clase de tropa que iría
al ministerio de la Guerra y siguióle con la vista muy atentamente...
Mas el militar dobló la esquina de la casa de Riera, dando un resbalón,
y desapareció por la calle del Turco... ¡La calle del Turco!... ¡Ah! ¡La
calle del Turco!... Allí se había cometido cuatro años atrás un
asesinato, _otro_ asesinato, en la persona de un hombre famoso, de un
amigo que le había hecho a él grandes favores, favores de lobo a lobo,
pero al fin y al cabo siempre favores... También entonces habíase
vislumbrado en _aquello_ la mano de los masones, y él, ¡oh!, él sabía
bien a qué atenerse... Por eso tuvo que huir a toda prisa impulsado por
el destino, pícaro destino, que le arrebataba a Constantinopla a
resbalar en otro charco de sangre y a emprender otra fuga a Italia, a
Francia, a España más tarde.

Jacobo sintió mucho frío, un frío muy grande y muy natural, porque
estaba medio desnudo, y que parecíale a él le penetraba las carnes y le
llegaba hasta los huesos y le pasaba el alma de parte a parte, con una
sensación glacial y desagradable que se le figuraba semejante a la hoja
de un puñal al hundirse en su pecho. Volvióse a la cama buscando el
calor de las mantas, y acurrucóse entre ellas, escondiendo el rostro en
las almohadas para pensar, para reflexionar, para meditar, para no mirar
al hueco del balcón, donde le parecía ver al general Prim y a la cadina
Saharí, y al eunuco estrangulado, dándose las manos, haciéndole
cortesías, como hacen los actores cuando salen a la escena a recibir la
ovación al final de un drama. ¡Y él, que se había despertado tan alegre,
imaginando el medio de ocultar a sus acreedores los cinco mil duros
ganados!

Damián asomó discretamente la cabeza, preguntando si el señor marqués no
iba a levantarse, porque el agua caliente se enfriaba.

--Allá voy..., allá voy--respondió Jacobo.

Y mientras se calzaba las pantuflas y se envolvía en una bata de abrigo
muy bien enguatada, iba discurriendo que el modo seguro de averiguar de
cierto lo que sobre el particular hubiera, era preguntar al tío
Frasquito lo que había hecho de aquellos tres sellos que en el _Grand
Hôtel_ le había regalado. Quedóse con esto más tranquilo, casi sereno
del todo: indudablemente era que se reducía aquello a una necia broma...
Cierto que habíale sucedido a él en aquel negocio espinosísimo lo que
acontece a todos los caracteres fogosos; que una vez dado el primer
empuje, caen luego en la mayor apatía, abandonando los planes con tanta
rapidez fraguados y con tanto calor emprendidos. Mas tampoco era
verosímil que al cabo de año y medio de silencio absoluto, de completo
olvido, salieran los masones reclamando los papeles e iniciando su
petición con la ridícula bromita--muy en carácter, por cierto--de
enviarle un sellito... Y además, ¡qué demonio!, a él le habían entregado
unos papeles para el rey Amadeo, y el rey Amadeo se había ido. ¿Iba a
correr de ceca en meca en busca del rey cesante?... ¿Y con qué derecho
le pedía cuentas la masonería española, perteneciendo él a la italiana?
Porque la carta era de Madrid mismo, puesto que el sello del Congreso la
franqueaba... Nada, nada, fuera temores, que el derecho era suyo. ¡Qué
demonio! A quien Dios se la dio, san Pedro se la bendiga; y el que está
más cerca de la cabra, ese la mama...

Púsose Damián a afeitarle como todos los días, y al sentir sobre la
garganta el frío del acero, no pudo contener un estremecimiento de
espanto... Un ligero golpecito, un leve movimiento, y correría la
sangre, y vendría la muerte, y se acabaría la vida allí mismo, sin
auxilio, sin remedio, pasando de la agonía a la sombra pavorosa de eso
que llaman eterno, corriendo por Madrid la noticia del _crimen de la
calle de Alcalá_, como había corrido cuatro años antes la del crimen
impune y misterioso de la calle del Turco... Y aquel ligero golpecito,
aquel leve movimiento, podía determinarlo en la mano de Damián, otro
ligerito golpecito del oro de los masones. Porque ¿que sabía él lo que
era Damián?... Un pícaro probablemente, un bribón como todos, puesto
que, a juzgar por lo que de sí mismo sentía él, sólo pueden admitirse
dos clases de hombres: los ahorcados y los que merecen serlo.

Rióse al cabo de sus locas imaginaciones, y vestido ya del todo, pidió
un sombrero, unos guantes, un paraguas...

--¿El señor marqués almorzará en casa?...

--No.

--El cochero espera la orden...

--Que se vaya, que vuelva a las cuatro.

Y se dirigió a la puerta, para retroceder al momento... ¡Qué tontería!
Quizá en alguna de aquellas otras cartas que había olvidado en su
azoramiento vendría algún dato, alguna explicación de la estúpida broma
del sellito. Abriólas una a una, y una a una las fue arrojando con furia
sobre la gran piel de oso blanco, colocada al lado del lecho... Nada,
nada: una invitación para un baile, una carta de Ángel Castropardo
preguntando si le acompañaría a cenar aquella noche con las bufas de
Arderíus después del teatro, una diatriba de un acreedor exasperado que
le amenazaba con el embargo...

Seguía cayendo aquella lluvia menuda, lenta, constante, que cala hasta
los huesos y los enfría, como cala hasta el corazón y lo hiela un
pensamiento triste y monótono que no se puede desechar. En las Cuatro
Calles, frente a las ruinas _seculares_ de la calle de Sevilla,
coronadas ya, como las de Itálica, por el amarillo jaramago, tomó Jacobo
un simón para evitar la afluencia, eterna en aquel sitio, de gentes que
van y vienen, formando en las aceras cordones interminables de hombres,
de mujeres, de niños, cobijados todos aquel día bajo sus paraguas, que
remedaban, yendo y viniendo y cruzándose, una larga procesión, una
contradanza fantástica de hongos fenomenales. Diez minutos después
apeábase a la puerta del tío Frasquito.

Peinado, teñido y reluciente de puro limpio, sentábase este a la mesa
para almorzar en su lindo comedor perfectamente caldeado por magnífica
chimenea de mármol negro atestada de leña. Con el ansia cariñosa con que
recibe todo el que tiene gana de charlar a cualquiera que puede servir
de auditorio, recibió el viejo a Jacobo, mandando al punto poner otro
cubierto en la mesa... Necesitaba él desahogarse, porque el berrenchín,
el bochorno que había pasado el día anterior aún no le había salido del
cuerpo. Las cosas de Diógenes iban llegando a un extremo, que si hubiera
en Madrid autoridades, si hubiera en España un Gobierno, se castigaría
lo menos, lo menos con cadena perpetua... ¡Oh! ¡Lo del día anterior
merecía por primera providencia que le cortasen la mano derecha!
¡Burlarse de ese modo de todas las señoras de Madrid, congregadas para
un asunto piadoso! Poner en evidencia, en ridículo, en berlina, a
tres... a dos personas respetables; porque el tal Pulidete era un
_parvenu_, un cursi, un cualquier cosa, que se lo tenía todo muy bien
merecido... Mentira parecíale que Pepe Butrón, un hombre de tanto
talento, se hubiese _tirado una plancha_ semejante, y sin duda fue el
Pulidete quien le dio el mal consejo. ¡Proponer a María Villasis para
presidenta!... ¡Si eso no se le ocurre ni al que asó la manteca!... Y
claro está, sucedió lo que tenía que suceder: que la muy mojigata dio
con todo al traste, pero con un atrevimiento, con una insolencia,
aludiendo claramente a la pobre Curra, diciendo con una risita de mil
demonios que su modestia le impedía ser ella presidenta donde había una
vicepresidenta tan digna... Y la pobre Curra calló, calló por prudencia;
pero bien se le conoció que quedaba sentidísima...

Hizo aquí una pausa, tragóse un buen bocado, preparó otro muy grande y
dijo mientras tanto:

--Perro ¿no comes, hombre?... ¡Si no has tomado más que las ostrras!...

--No tengo ganas...

--Ni yo tampoco... Porr supuesto, que lo mejorr que ha podido sucederr
es lo que ha sucedido; porrque si mi sobrina Villasis llega a serr
presidenta, quedaban rreducidas las obrras de la Asociación a novenas y
triduos de rrogativas, y a limosnitas rrecogidas porr las socias a la
puerrta de las iglesias... Y ni aun esto siquierra, porque yo mismo la
he oído decirr, yo, yo mismo--y el tío Frasquito, con ademán imponente,
se tiraba de una oreja--, que es un escándalo, una profanación poneer
rreclamos de niñas bonitas a la puerrta de las iglesias. ¡Vaya usted a
verr qué modo de entenderr las cosas!... Perro, en fin, los pobrecitos
herridos no se quedarrán sin socorrro, y lo que la perrfecta viuda les
quita porr un lado, se lo proporrcionarrá porr otro la pícarra
Samarritana. Porque Curra, con ese corrazonazo que tiene, ¡claro está!,
¡lo ha tomado con un calorr, con un empeño!... ¡y lo que es la
kerrmesse, ha de darr mucho dinerro!... Anoche, como no estuviste allí,
no podrías enterrarte, pero se trata ahorra de buscarr el sitio; unos
dicen que en la platerría de Martínez, otros que en el Rreal. ¿Qué te
parrece?...

Jacobo, aburrido de aquella charla insustancial y mujeriega, estuvo por
decir que le parecía mejor la punta de un cuerno, y el tío Frasquito,
viendo que no contestaba, se apresuró a añadir:

--Yo creo que en el Rreal... En la Óperra se hizo la de Parrís, cuando
los inundados de Szegedin, y estuvo brillantísima... Perro, francamente,
le temo a Diógenes, que se colocarrá allí, de seguro... le temo, le
temo; te digo que le temo. Porrque, ¿qué se hace uno, si ni aun queda el
rrecurrso de desafiarrlo?...

--¿Que no?--replicó Jacobo riendo, a pesar suyo--. Desafíalo tú, y
córtale las orejas.

--¡Oh! ¡Lo que es por mí no quedarría!--exclamó lleno de ardor bélico el
tío Frasquito--. ¡Pero si es imposible! ¿Sabes lo que pasó con Paco la
Granda... otro animal como él?... Pues le hizo Diógenes una barrabasada,
y Paco le mandó sus padrinos. Diógenes dijo que sí, que se batirría,
perro como le tocaba la elección de armas, exigió que el duelo fuerra a
cañonazos, ¡figúrrate tú!... Paco le envió a decirr entonces que donde
quierra que le encontrase le darría de bofetadas; Diógenes contestó que
se le acerrcarra si podía... Y se le acerrcó, en efecto. ¿Perro parra
qué, Jacobo, parra qué?... Parra que el animal de Diógenes, como es tan
grandote, le diese un estacazo que le rrompió dos costillas... ¡Dos
costillas!... No creas que exagerro: ¡dos costillas!

Y el tío Frasquito, rebosando indignación, palpábase con el reverso de
la mano el sitio en que, naturales o postizas, debía de tener las suyas.

Jacobo nada decía, y comenzando el viejo a notar su preocupación,
indicóle bonitamente que el almuerzo terminaba y le estaba ya
estorbando.

--Pues creo que pondremos al fin la kerrmesse en el Rreal--dijo--.
Ahorra mismo voy a casa de Curra, parra que decidamos... ¿Cómo no has
almorrzado tú allí hoy?...

Jacobo arrojó la servilleta hecha un lío encima de la mesa y dijo
gravemente mirando al tío Frasquito:

--Porque necesitaba hablarte.

--¡Ya!--exclamó el viejo.

Y abrió palmo y medio de boca y púsose muy azorado, porque desde aquella
noche fatal en que descubrió Jacobo en el _Grand Hôtel_ el secreto de su
peluca y de sus dientes mirábale y temíale con ese temeroso recelo que
inspira siempre la persona que puede perder nuestra reputación o nuestra
fortuna con sólo dar suelta un poquito a la lengua. No le deseaba la
muerte, pero hubiérale visto con gusto descender a la tumba, con tal que
se llevase a ella el secreto. Jacobo preguntó:

--¿Te acuerdas de aquella noche en que se te quemó el gorro de dormir en
el _Grand Hôtel_?...

Alborotóse el tío Frasquito pensando ¡ciertos son los toros!, e inmutado
y nervioso y lleno de sobresalto, comenzó a mirar a los criados,
diciendo por lo bajo:

--¡Calla, hombre, calla!... En el _boudoir_ tomarremos el café y allí
nadie vendrrá a incomodarrnos.

Porque el tío Frasquito tenía también su _boudoir_, un verdadero
_boudoir_ de dama elegante, atestado de todas esas chucherías que llaman
los franceses _bibelots_ y han venido a sustituir en los palacios
modernos a las antiguas obras de arte. No faltaban allí, sin embargo,
estas, y era la más notable el retrato de un caballero, tipo de
arrogancia y varonil hermosura, pintado por Van Dyck en Inglaterra, al
mismo tiempo que aquel otro famoso de Carlos I, imagen admirable en que
se refleja, junto al orgullo del monarca, una especie de adivinación de
su trágica desventura. Era aquel personaje el quinto duque de Aldama,
embajador en Londres de Felipe IV, y era el tío Frasquito hijo tercero
del vigésimo duque del mismo nombre. Al pie del retrato había colgadas
una daga y una espada de gavilanes, de exquisita labor y gran precio,
que habían pertenecido al personaje. Frente por frente, en muy buena luz
colocado, había un pulido bastidor de caoba, en que el tío Frasquito,
nieto en el siglo XIX del prócer del siglo XVII, bordaba en tapicería
unas preciosas babuchas.

Sirvieron el café; Jacobo habíase dejado caer negligentemente en una
butaca, con la pierna derecha echada por encima del brazo de esta, y
puéstose a fumar el exquisito cigarro puro que le ofreció el tío
Frasquito. Este sacó con mucho misterio una preciosa tabaquera de oro
guarnecida de brillantes, con el retrato de la reina María Luisa en la
tapa, y tomó un polvo de rapé haciendo mohínes picarescos.

--Es mi vicio--decía--, nadie lo sabe; un secreto... _Péché caché, est
tout à fait pardonné_.

Y estornudó por tres veces, haciendo figuras y monadas con que creía
apartar de la mente de Jacobo la maldita idea del gorro quemado: mas
este, no bien salieron los criados, después de servir el legítimo ron de
Jamaica, tomó a preguntar:

--¿Te acuerdas de aquella noche?...

El tío Frasquito contestó un ¡sí! tímido y vergonzoso, cual si le
recordase la pregunta algún crimen nefando.

Jacobo volvió a preguntar:

--¿Y te acuerdas de unos sellos de lacre, dos verdes y uno rojo, que te
regalé aquella noche?

--Sí--replicó el tío Frasquito más animado.

--¿Qué has hecho de ellos?...

--En mi álbum los tengo... ¿Quierres verrlos?

--Enséñamelos.

El tío Frasquito, libre ya de temores, volvióse vivamente y arrastró
hacia Jacobo un precioso caballete, sobre el cual descansaba un gran
infolio, una especie de libro de coro, cuyas lujosas tapas eran una obra
de arte, un mosaico acabadísimo, hecho sobre piel de zapa, con
peregrinos dibujos y colores muy vivos, formando el todo un conjunto
digno de competir con las más lujosas encuadernaciones antiguas que se
admiran en la biblioteca del Vaticano; cerraba el libro un gran broche
de acero calado, representando las armas de los Aldamas, rematadas por
la corona ducal del jefe de la casa.

--No hay otra colección igual, es la primera de Europa--decía el tío
Frasquito abriendo el libro sobre el caballete con el ardor de un
amateur que luce sus aficiones.

Y se puso a repasar el índice, porque estaba el libro dividido en varias
partes: sellos reales, nacionales, particulares y misceláneas. El tío
Frasquito buscaba en la miscelánea, y dio al fin con ellos, en la página
117. _Sellos masónicos. Marqués de Sabadell._ Porque tenía la atención
el coleccionista de apuntar siempre, junto al donativo, el nombre del
donante.

Apareció al fin la página 117... y el tío Frasquito miró a Jacobo
estupefacto, y Jacobo al tío Frasquito horriblemente pálido. Las
numerosas casillas de la hoja aparecían cubiertas de sellos, excepto dos
de ellas que estaban en blanco; en ambas decía arriba: _Masónico_, y
abajo: _Marqués de Sabadell_. Los sellos habían desaparecido, y
notábanse sobre la fina vitela las asperezas de la goma con que habían
estado sujetos. Jacobo, con voz ahogada y gesto de medrosa ansia, dijo
entonces:

--El otro... el rojo... ¿Dónde está?...

Asustado el tío Frasquito al notar la emoción de Jacobo, no acertaba a
decir palabra, temiéndose algo gordo, y comenzó a buscar
precipitadamente entre los sellos reales, murmurando aturdido:

--De Víctorr Manuel erra, me acuerrdo muy bien... Estarrá entre los
soberranos de Italia; con un duque de Parrma y un Ferrnando de Nápoles
lo puse... Porrque la Italia una, no me pasa; vamos, que no me pasa...

Y apareció al fin, después de mucho revolver, la página 98, llena de
sellos reales, y entre uno del último duque de Parma reinante y otro de
Fernando de Nápoles, hallaron otra casilla en blanco. Arriba decía: _Rey
de Cerdeña_; debajo: _Marqués de Sabadell_.

Dio entonces Jacobo una puñada en el brazo de la butaca, diciendo con
voz sorda:

--¡Me has perdido!...

--¡Ay, Jesús, Jacobito!... ¡Porr Dios, dímelo!... ¿Qué pasa?--exclamó el
tío Frasquito muerto de susto.

--¡Me has perdido!... ¡Me has perdido!--repetía Jacobo.

Y bajo la impresión del temor y el aturdimiento, confió con su
impremeditación ordinaria al necio viejo, si no la parte más culpable,
la más peligrosa, al menos, de la aventura de los masones. El tío
Frasquito, muerto de miedo, creyendo ver brotar puñales masónicos a
través de la mullida alfombra, comenzó a dar vueltas desatinado,
tropezando por todas partes como corneja puesta de repente a la luz del
sol.

--¡Ay, ay, ay, Santa Marría, qué berrenjenal! Porr supuesto, Jacobito,
que tú te acordarrás muy bien de que yo no querría tornarr los sellos.
¿Te acuerrdas?... Tú me los diste y yo no los querría tornarr.. Porr
complacerrte, porr darrte gusto los tomé y me arrepiento; que yo no los
necesitaba, ni quierro nada de esos señores. ¿Te enterras?... Y conmigo
no cuentes, porrque yo lo digo todo clarrito, clarrito, y me lavo las
manos.

Detúvose de pronto y diose una gran palmada en la frente, como quien ata
de improviso un cabo importante. ¡Tú, tú, tú!... Aumentóse su terror, y
fuele preciso sentarse.

--¡Ahorra lo entiendo todo! Ahorra me lo explico y lo veo clarro...
¡Santa Marría, lo que me está pasando!...

--¿Qué?--dijo Jacobo con ansia.

La emoción de este parecía haber pasado al tío Frasquito, y conociendo
el pobre viejo su debilidad, decidióse a buscar apoyo en el más
fuerte... Cogió por un brazo a Jacobo y llevólo sigilosamente a su
alcoba, nido risueño, tapizado con seda de Persia celeste, cubierto el
pavimento con pieles blancas, con una cama de palo de rosa muy baja, muy
aérea, vago conjunto de encajes, holandas y sedas celestes, semejante a
una crespa ola del mar coronada de espumas blancas. Había allí un mueble
precioso, también de palo de rosa, con cerradura de plata, donde el tío
Frasquito guardaba los papeles importantes; abrió un cajoncito y sacó un
paquete de cartas.

¡Lo que le estaba pasando hacía más de tres meses!... Si aquello era
para volver loco al más pintado; primero le incomodó, diole después
rabia, y al presente, ahora, en aquel momento le espantaba; ¡vamos, que
le espantaba, que le ponía los pelos de punta!...

--Un día, me acuerrdo muy bien, el 9 de diciembre, rrecibí porr el
correo una carrta de San Peterrsburrgo...

Y el tío Frasquito sacaba la primera del paquete, cuyo sello tenía, en
efecto, la efigie del zar Alejandro II.

--De San Peterrsburrgo... La abrí extrañado y me encontré con esto...

Y abría, a la vez que hablaba, la carta, poniendo ante los ojos atónitos
de Jacobo un pliego en blanco, en cuyo centro se leía escrita esta sola
palabra:

=¡MENTECATO!=

Un gran flujo de risa brotó por encima de todos los terrores de Jacobo,
y soltó el trapo a reír con todas sus fuerzas. Mas el tío Frasquito, muy
desolado, prosiguió diciendo:

--¿Te rríes?... ¡Aguarrda, aguarrda!... Yo decía cavilando toda la
noche: ¿Mentecato en San Peterrsburrgo? Y me devanaba los sesos y se me
espantaba el sueño sin acerrtarr... Al otro día otra carrtita... ¿Perro
de dónde crees?... ¡De Chinchón, Jacobo, de Chinchón!... La abro, y el
mismo lema: ¡Mentecato! Al día siguiente, carrta de Fuente Obejuna,
provincia de Córrdoba, y lo mismo... En fin, hijo, desde entonces todos
los días, sin faltarr ninguno, una carrtita de letra diverrsa, de parrte
distinta, las más rremotas en todas las partes del globo, de Francia, de
Inglaterra, de Alcorrcón, de Alemania, de Chinchilla, de Calcuta. ¡Ya tú
ves! De Calcuta, de Constantinopla, de Terrrones, Jacobito, de
Terrrones, pueblecillo de tres casas, en la provincia de Salamanca; y
siempre con el mismo lema: ¡Mentecato!... Un día, el 20 de enero, san
Sebastián márrtir, ¡me acuerdo muy bien!, estaba más tranquilo; llegó el
correo y no trajo carrta ninguna... Porr la tarrde abro ahí--y abrió la
mesilla de noche--y allí... dentro me encuentro una carrta; la abro...
¡Mentecato!... Dime tú si eso no es para volverrse loco; si no encierra
un misterio terrible, que tu carrtita del sello me va ahorra
explicando...

Jacobo iba también comprendiendo, y desde luego pensó que nadie que no
fuera Diógenes era capaz, ni en Madrid ni en todo el mundo, de dar una
broma tan constante a aquel pobre majadero, para lo cual se necesitaba
paciencia a toda prueba, relaciones muy extensas y medios de
comunicación difíciles y complicados. Con verdadero asombro, preguntóle
entonces:

--¿Pero de veras no te ha faltado ningún día?

--¡Ninguno!... A veces, cuando la carrta venía de muy lejos, sobre todo,
estaba dos o tres días sin rrecibirrla; perro luego llegaban juntas...
¡Si te digo que ni un día me ha faltado! Mírralas, cuéntalas--añadió con
acento de desolación profunda, desparramándolas todas sobre la mesa--y
verrás cómo salen a carrta porr día... Desde el 9 de diciembre hasta el
15 de marrzo, que somos hoy, van noventa y siete días, porrque febrerro
trrae veintiocho. Pues nada, ahí tienes noventa y nueve ¡Mentecatos!...
Aquí está el de hoy.

Y sacó del bolsillo otra carta de Chiclana, provincia de Cádiz, en la
cual se leía también la palabra sibilítica, el misterioso conjunto:
¡Mentecato!

La situación de Jacobo no era para reír mucho, y apagóse bien pronto el
arranque de hilaridad que le había producido aquella burla pacientísima
que no podía ser de otro que de Diógenes.

Arrepintióse al mismo tiempo, al ver los medrosos aspavientos del tío
Frasquito, de haberle confiado en parte su secreto, y resolvió asegurar
su silencio haciéndole creer que le alcanzaba a él también la inminencia
del peligro. Detenidamente examinó las cartas, conteniendo, a pesar de
los pesares, nuevos accesos de risa, y dijo al cabo con aire de
convicción profunda:

--¡Evidentemente que esto viene de los masones!... A mí me sentencian
por lo que hice y a ti te avisan que eres un mentecato por haberme
encubierto...

--¡Perro si eso no es verrdad!--gritó el tío Frasquito muy apurado--. Si
yo no te he encubierrto, si tomé los sellos porrque tú me los diste...

--Lo cual quiere decir--prosiguió Jacobo sin hacerle caso--, que si a mí
me _apiolan_ al volver de una esquina, a ti te dan una paliza en cuanto
te cojan a mano.

Pegósele al tío Frasquito la lengua al paladar y exclamó medio llorando:

--¡Darré parte al goberrnadorr de Madrid!... ¡Le hablarré a Paco
Serrrano!...

--Lo cual sería meterte tú mismo en la boca del lobo, porque lobos de la
misma camada son uno y otro... Mira, tío Frasquito, aquí no hay más que
una salida... En primer lugar, echarse un nudo a la lengua, y que ni tu
sombra trasluzca lo que pasa...

--Lo que es eso, corre de mi cuenta.

--¡Bueno!... En segundo lugar, tener dispuesta la bolsa; porque, amigo
mío, con _mosca_ a la mano se va lejos, y entre masones y no masones por
dinero baila el perro.

El tío Frasquito hizo un gesto de resignación del paciente a quien
sentencian a sacarse una muela, y Jacobo continuó:

--En tercer lugar, irse con pies de plomo, siguiendo la pista... Así es,
que vamos a cuentas... ¿Quién sospechas tú que haya podido robar esos
sellos?...

El tío Frasquito comenzó a hacer sobrehumanos esfuerzos para coordinar
sus recuerdos... Seguro, segurísimo estaba de que quince días antes
estaban allí los tres sellos; habíale enseñado despacio todo el álbum a
otro amateur, el barón de Buenos Aires, y no notó hueco alguno... A los
pocos días vino un individuo desconocido, recomendado por su camisero,
que quería venderle con mucho empeño tres ejemplares curiosos: entonces
hojeó otra vez el álbum... Después no le había tocado.

--¿Quién era ese individuo?

--Pues no sé... Un pobre diablo con carta de hambre, cualquierr cosa...

--¡Ahí está el hilo del ovillo!--exclamó con grande interés Jacobo--.
¿Le dejaste solo? ¿Tocó el álbum?...

--No..., no... ¡Ay, sí, sí, sí, Jacobito!... Ahorra me acuerrdo que sí,
que vino Vicentito Astorrga y le rrecibí en el salón porrque no vierra
semejante estaferrmo, y estuvo solo más de diez minutos... lo menos, lo
menos.

--¡Aquí tenemos ya la púa del trompo!... Vamos ahora mismo a casa del
camisero.

A la puerta esperaba enganchada la berlina de tío Frasquito, y en ella
subieron ambos, dirigiéndose a casa del camisero, honrado comerciante de
la calle de Carretas... Tampoco conocía este al incógnito; sabía tan
sólo que era un comisionista italiano, amigo de otro francés que tenía
negocios con la casa, en el ramo de perfumería... Al oír la nacionalidad
del desconocido, llegó a su colmo la inquietud de Jacobo, porque
parecióle ya evidente que se entendían en aquel asunto las logias de
Italia y de España. Indicó, pues, al tío Frasquito que no era necesario
averiguar más, y regresaron preocupados y silenciosos a casa de este.
Despertóse por el camino la fogosa actividad de Jacobo a la vista del
peligro, y en aquel breve trayecto trazó un plan atrevido, único a su
juicio que podía remediar los yerros pasados y detener las consecuencias
de su imprudente apatía. Aquella misma noche, sin despedirse de nadie,
sin dar a persona alguna razón de su marcha, ni dejar sospechar siquiera
el fin de su viaje, saldría para Italia, avistaríase en Caprera con
Garibaldi, que le había iniciado en otro tiempo en las logias de Milán,
y ante él trataría de justificar el secuestro de aquellos documentos,
inventando un embuste, una historia, un enredo cualquiera, que viniese a
sacarle de una vez de aquella situación falsa y angustiosa. Dinero tenía
de sobra con los cinco mil duros ganados la noche antes, y la mina del
tío Frasquito podía también muy fácilmente explotarse. Manifestó, pues,
al atribulado viejo, al llegar a casa de este, parte de su plan, y
concluyó diciendo que, puesto que el riesgo era de ambos, justo era
también que ambos pagasen los gastos, y que era necesario le aprontase
en aquel momento dos mil duros en billetes de banco; el viaje duraría
dos semanas, y a su vuelta ajustarían cuentas, partiendo como hermanos
los gastos que la empresa ocasionara.

Alborotóse el tío Frasquito, juzgando que le salían los tres sellos
harto caros, y vencido al fin por las razones, vaticinios y amenazas de
Jacobo, aprontó el dinero que le estafaban y despidió al compadre
haciendo pucheros. Acrecentáronse sus temores al verse solo, sintióse
malo y se metió en la cama, dando orden rigurosa de no recibir a nadie.
A la mañana siguiente trajéronle el correo; venía una carta de Segura,
pueblecillo célebre por sus quesos, escondido en el rincón más áspero de
las montañas de Guipúzcoa; en ella decía: ¡Mentecato!

Subióle dos grados la fiebre, y mandó llamar al cura de la parroquia: se
quería confesar.

Fin de libro tercero



Libro IV



--I--


El miguelete que cobra el portazgo en lo alto de la cuesta de los Meagas
aseguró formalmente a José Ignacio Bernaechea que jamás había cruzado de
San Sebastián a Zumárraga un coche más elegante, ni unos caballos más
hermosos, ni unas gentes más locas. Aún se oía a lo lejos, allá por la
cuesta abajo, el estridente sonido de su cometa, que resonaba entre
aquellas altas montañas de una manera extraña, profana, como pudiera
resonar una risotada en un templo, una chanza en una oración, el himno
de una bacante entre las solemnes y pausadas notas de un canto
gregoriano. Porque aquella naturaleza seria y salvaje, aquellos valles
profundos cortados por riachuelos, salpicados de caseríos sumergidos en
un mar de verdura, a que las distintas luces y los distintos matices
parecen prestar flujos y reflujos fecundados por el trabajo,
santificados por iglesias, siempre verdes, siempre bellos, siempre
pavorosamente melancólicos, como lo es en la imaginación del campesino
vasco la idea misteriosa de las Maitagarris, tienen algo de la
silenciosa majestad de un templo, de la serena tristeza de los paisajes
de otoño, que parecen llorar y sonreír al mismo tiempo; de la suave
melancolía que inunda el alma al caer de la tarde, cuando la campana de
la iglesia hace resonar el toque del _Ángelus_ y se despide el día
murmurando al oído del hombre aquella palabra mil veces repetida, sin
pensar jamás en su alcance infinito: ¡Adiós!...

La bajada era peligrosa por lo inclinado de la pendiente y lo rápido de
las vueltas, y los seis caballos del tiro hincaban con fuerza los cascos
delanteros, inclinaban hasta los pechos las airosas cabezas, henchían
con ahínco los poderosos ijares y aparecía el sudor bajo los brillantes
arneses en forma de espuma blanca. Rechinaba sin cesar el torno, bajando
o subiendo la plancha, y en la banqueta más alta del elegante
_mail-coach_ chillaba Leopoldina Pastor como una desesperada, gritando
que aquellos indecentes caballos iban a despeñarla por la montaña
abajo... Sentado a su lado, el tío Frasquito, con un finísimo pañuelo
prendido en su sombrero de paja para preservar de los ardores del sol la
blancura de su cutis, miraba con gesto de susto lo profundo del
precipicio y agarrábase a cada vaivén del coche a los hierros del
asiento, gritando angustiado:

--¡Currra, porr Dios, cuidado!... ¡Cuidado, Currra!

En la primera de las banquetas de detrás, María Valdivieso, Paco Vélez y
Gorito Sardona reían a carcajadas, disputándose el honor de soplar con
alientos de buzo en la sonora corneta, avisando a los pacíficos aldeanos
y a los mensurados bueyes, a las modestas _cestas_ de camino y a las
chillonas carretas cargadas de helechos, que se quitasen de en medio,
que se echasen a un lado y se tirasen todos de cabeza por cualquier
barranco, porque el _mail-coach_, con seis caballos, de la excelentísima
señora condesa de Albornoz, necesitaba libre toda la carretera de
Guipúzcoa. En la última banqueta de detrás, tendido cual una masa
inerte, iba un hombre cubierto con un _waterproof_ de señora, que los
rayos del sol recalentaban: bamboleábase con grave riesgo de caer a los
movimientos del coche y roncaba con esa especie de ruido asmático,
propio de los borrachos viejos cuando duermen la mona.

En los asientos del centro, entre varias fiambreras, cajas y piezas de
una pequeña tienda de campaña desarmada, iban Kate, la doncella inglesa
de la condesa de Albornoz; Fritz, su lacayo prusiano, y Tom Sickles, su
famoso cochero, que sin perder su flema inglesa miraba de cuando en
cuando con inquietud las evoluciones no del todo diestras que imprimía
al fogoso tiro la débil manecita de su ilustre dueña. Porque la condesa
de Albornoz en persona era quien venía guiando los briosos brutos desde
Biarritz, de donde había salido el convoy la víspera, prefiriendo
aquella molesta caminata por la carretera al cómodo trayecto del camino
de hierro, por uno de esos caprichos, de esas excentricidades que forman
las leyes de la moda y constituyen las reglas del buen tono, basadas las
más de las veces en aquella razón tan filosófica y profunda:

    Cuando pitos, flautas;
    Cuando flautas, pitos.

Sentado a su lado, en el pescante, iba el marqués de Sabadell, afable y
cariñoso, defendiendo de los rayos del sol el rostro de la dama con una
gran sombrilla de grueso tafetán encarnado, y atento siempre a remediar
con su vigoroso puño cualquier descuido que en su ardua tarea de guiar
el coche pudiera tener el aristocrático cochero. Pronto se le ofreció
ocasión oportuna: a una vuelta del carruaje enredóse la sombrilla en las
ramas de un roble, y despedida aquella con violencia, vino a caer sobre
uno de los caballos; espantóse el animal, reculando bruscamente;
retrocedió el coche a su empuje, osciló un momento y quedó inmóvil,
inclinado, hundiéndose, hundiéndose suavemente... Un grito de espanto
escapóse de los labios de todos, y una vieja que cruzaba guiando un
borriquillo gritó, extendiendo los enjutos brazos, con esa energía de la
fe en los momentos de angustia:

--¡Aita San Ignazio..., salbazazu!.[17]

[Nota 17: ¡Padre san Ignacio..., sálvalos!]

El peligro era inminente; hallábase una de las ruedas traseras fuera del
camino, sostenida sobre el precipicio tan sólo por el tronco de un roble
inclinado, cuyas raíces se sentían crujir y ceder a cada momento,
arrancando grandes pelotones de tierra... Un instante perdido, un solo
movimiento de cualquiera de los espantados brutos, y coche, caballos y
viajeros rodarían por el alto repecho de la cuesta, haciéndose trizas.
Jacobo no se aturdió, ni Tom Sickles tampoco; empuñó el primero las
riendas sin hacer ningún movimiento y saltó el segundo fuera del coche,
abalanzándose a la rueda opuesta a la hundida, y tirando hacia el centro
del camino con todas sus fuerzas; la vieja casera acudió en su ayuda,
tirando con sus descarnados brazos, que parecían tener el aguante de dos
poderosos cables. Saltó Fritz detrás de Tom y fue a sujetar por el
diestro al caballo espantado, que era el de la izquierda del primer
tronco. El terror había enmudecido a todos, dejándolos inmóviles, sin
osar rebullirse por miedo de apresurar la catástrofe; el hombre del
_waterproof_ seguía roncando.

A un grito de Tom Sickles fustigó Jacobo los caballos bárbaramente,
azuzólos Fritz dando voces y el coche arrancó al fin crujiendo,
bamboleándose un momento hacia el precipicio, dando, al entrar en la
carretera, un vaivén violentísimo, que despidió al hombre dormido desde
lo alto de su banqueta en mitad del camino, donde cayó inerte y pesado
cual una piedra de diez arrobas, mientras el coche desaparecía entre una
gran polvareda por el declive de la cuesta y seguía corriendo hasta
llegar frente de Oiquina, donde pudo al fin Jacobo detener el tiro a la
sombra de unas higueras, cubierto de polvo, sudoroso, jadeante... Ya era
tiempo: el roble, descuajado por completo, cayó a lo largo del violento
repecho del camino, quedando suspendido sobre el precipicio por algunas
raíces. Tom Sickles, sin cuidarse del hombre tendido en tierra, miraba
correr el coche, apretando los puños y dirigiendo en inglés tremendas
imprecaciones, no a los caballos, sino a su ilustre señora y dueña.

Mientras tanto, Fritz y la casera acudían al caído en el momento en que,
desembarazándose este del _waterproof_ que le envolvía y sentándose en
el suelo, dejaba ver la granujienta faz de Diógenes, azorada, reflejando
todavía la colosal borrachera que se había tomado la víspera, mirando a
todas partes con aire de extrañeza, sin acertar a explicarse cómo,
habiéndose dormido en lo alto de una banqueta del _mail-coach_,
despertaba sentado en el suelo en mitad de un camino. Los dolores de sus
huesos vinieron a revelárselo, y agarrándose a Fritz, trató de
levantarse, murmurando:

--¡Polaina!... Si parece que me han dado una paliza... Comenzó a andar,
sin embargo, sin sentir grave molestia, con el sombrero en la mano,
cubierto de polvo, arrastrando por detrás el _waterproof_, que llevaba
terciado al hombro izquierdo. Los del coche habían recobrado el habla al
verse fuera de peligro y chillaban todos al mismo tiempo, comentando el
suceso, sin acordarse ninguno de dar gracias a Dios, que les había
arrancado de las garras de la muerte con un verdadero prodigio; tan sólo
Kate, la doncella inglesa, encogida en un rincón, blanca cual un papel
todavía, con las manos cruzadas, cerrados los ojos, inclinada la cabeza,
parecía rezar entre dientes... Echaron entonces de menos a Diógenes y
viéronle venir a lo lejos, seguido de Tom Sickles y el prusiano, que
traía la sombrilla encarnada causa del percance. El buen humor acabó de
disiparles el susto, y recibieron todos al caído con grandes carcajadas,
excepto Leopoldina Pastor, que dominando las risas con su poderosa voz
de contralto, gritaba furiosa:

--¡Pues mira el indecente cómo trae mi _waterproof_ arrastrando!...
¡Diógenes, hijito!... ¡Recoge ese impermeable!... ¿No ves que me lo
estás poniendo hecho un asco?...

Oyóla muy bien Diógenes, y liándose al cuerpo el _waterproof_, con el
garbo del torero que se ciñe la capa para hacer con la cuadrilla el
saludo al presidente, quiso hacer una pirueta; un ligero vahído se la
cortó, sin embargo. Al pasar junto al balneario de Cestona acometióle
otro ligero desvanecimiento, y Leopoldina Pastor, que unía siempre algún
rasgo de locura a los impulsos de su corazón, realmente bueno y
compasivo, empeñóse en hacerle beber un par de vasitos de aquellas
famosas aguas medicinales. Contestóle Diógenes una de sus indecentes
paparruchas, que rieron todos en coro, y detúvose, en efecto, en el
balneario para beber una enorme copa de ginebra, que tomó, según su
costumbre, echando antes en el fondo un par de terrones de azúcar.
Volvióle el alcohol la salud y la alegría, y desde Cestona hasta
Azpeitia charló sin cesar, comentando, con grandes risas de todos, su
tremendo batacazo.

--¡Polaina, señá Frasquita!... Si te lo llegas a dar tú, ¿eh,
comadre?... Te desbaratas en treinta y dos partes, lo mismo, lo mismo
que un rompecabezas...

¡Saltar así a los sesenta y cinco años!... ¡Polaina!... Pero se acordaba
él de otro salto aún más mortal todavía: el que dio cierto _barbián_
amigo suyo, desde el almuerzo de un lunes a la comida de un jueves, sin
tropezar siquiera en un garbanzo.

Al trote largo atravesaron las calles de Azpeitia sin hacer caso de los
bandos del alcalde y las multas impuestas; y con riesgo de atropellar a
cada paso a los pobres alpargateros que trabajaban en los umbrales de
las tiendas y a los chiquillos que por todas partes pululaban, entraron
al fin en el trozo de carretera que lleva en línea recta al prado de
Loyola... En el fondo, sombreado por la alta cumbre del Izarraiz,
destacábase la majestuosa mole del Real Colegio y Santuario trazados por
Fontana, rico joyel construido por una reina para engarzar la casa de un
santo. En mitad del prado levantábase sobre un pedestal, resguardado por
una verja, la estatua de san Ignacio de Loyola, hijo y patrono de
Guipúzcoa, alzando la mano como para bendecir aquella comarca en que se
meció su cuna y en que parece proyectarse aún la sombra benéfica de su
figura gigantesca.

Formando ángulo recto con el Real Colegio de Loyola, hay otro edificio
construido en la misma época, que llaman _la Hospedería_; allí suelen
albergarse los viajeros que acuden a visitar el santuario, y allí
pensaba Currita partir la jornada, deteniéndose a comer, descansando un
par de horas y prosiguiendo su camino hasta Zumárraga, para alcanzar el
tren expreso para Madrid, que pasaba a las cinco y media.

El día estaba magnífico, aunque algún tanto caluroso, como suelen serlo
en Guipúzcoa los últimos de septiembre; y bajo el espacioso cobertizo
que forman los ocho arcos que dan entrada a _la Hospedería_, mandó la
condesa de Albornoz disponer la mesa. Extendíase al frente el prado,
verde, risueño, lleno de luz y de alegría, con una fuentecilla alegre y
bullidora que por cuatro caños murmuraba; a la izquierda, alzábase la
majestuosa mole del Colegio, adelantando el soberbio pórtico de su
iglesia como adelantaría un soldado de Cristo el fuerte brazo mostrando
un crucifijo, elevando la grandiosa cúpula como elevaría al cielo la
frente, buscando allí la fortaleza, el impulso, la luz. A la derecha,
abríase el valle de Azpeitia, cruzado por el Urola, alegre también y
risueño, ligando al pueblo con el Santuario como con un lazo de flores,
pareciendo su alegría, sobre el tinte melancólico de todo el paisaje, un
ramo de rosas sobre la tumba de un justo, una dulce sonrisa sobre el
austero rostro de un trapense; el alto Izarraiz, verde en la falda como
la vida en su primavera, áspero y ceniciento en la cumbre como la vejez
ya desengañada, cerraba bruscamente el fondo, y en medio de todo
aquello, elevada sobre la tierra, inalterable entre lo alegre y lo
triste, indiferente entre lo pobre y lo rico, elevábase la estatua de
san Ignacio, la imagen de la santidad, serena siempre, igual, tranquila,
orando y bendiciendo.

Sonó una campana en el interior del Colegio, y a poco contemplaron los
viajeros un espectáculo común en aquel lugar, pero nuevo y extraño para
ellos. Por la escalinata que da entrada a la portería salían los
novicios a paseo, de tres en tres, con el rosario al ceñidor, el
continente modesto, los ojos bajos; tomaban todos hacia la carretera,
serenos y alegres, descubríanse al pasar ante la estatua de su fundador,
con el cariñoso respeto con que se saluda a un padre, y repartíanse
luego en distintas direcciones, por diversos caminos y senderos. Dos o
tres ternas de novicios pequeñitos encantaron a Leopoldina; con la
servilleta en la mano levantóse de la mesa y salió fuera de los arcos
para verlos mejor, diciendo entusiasmada:

--¡Mira, mira... qué indecentillos más monos! ¡Si parecen curitas de
barro! ¡Qué chiquitos! ¡Qué preciosos!...

--Pues cómprales dulces--respondió Jacobo despechado.

--¡Ya lo creo que se los compraría si quisieran tomarlos!... ¡Si dan
ganas de coger un par de ellos y ponerlos en una rinconera, como si
fuesen juguetes!...

--No están malos juguetitos los tales nenes--dijo Jacobo con ira
reconcentrada--. La primera pifia que ha dado la Restauración ha sido
abrir la puerta a esta canalla... ¡Dejar que se forme ahí una almáciga
de intrigantes, una _pépinière_ de hipócritas revolucionarios!...

Entablóse entonces una discusión acalorada sobre los jesuitas, en que
salieron a relucir autorizados textos de Eugenio Sue, en su novela _El
Judío Errante_, quedando al cabo decidido que, terminada la comida y
mientras los caballos descansaban, irían todos a visitar la tenebrosa
madriguera... Diógenes, que hasta entonces nada había dicho, aseguró
terminantemente que él no iba, porque no acostumbraba poner los pies
donde tenían derecho a ponerle en la calle, y si aquellos señores
obraban en razón, era eso lo que debían hacer con las parejas de mocitos
y mocitas que amenazaban invadirles la casa. Echáronse todos encima con
grande furia y él comenzó a soltar a diestro y siniestro enormes
desvergüenzas, mientras Currita, con altivez de reina ofendida, llamaba
a Fritz el lacayo y dábale orden de ir al punto a Loyola para anunciar
al superior que la señora condesa de Albornoz iría de dos y media a tres
a visitar la casa y el Santuario.

Hablaba Diógenes pálido y agitado, con el tono iracundo que solía usar
cuando hablaba de veras, y levantándose de repente de la mesa, entróse
por un cobertizo que iba a parar en las cuadras; viéronle, a poco, salir
lívido más bien que pálido y dejarse caer como sin fuerzas en un banco
de hierro que bajo los arcos estaba: con grandes ansias y sudores había
arrojado en un rincón de la cuadra lo poco que había comido.
Acercáronsele entonces Gorito y Leopoldina, temerosos de que el batacazo
de por la mañana comenzara a tener consecuencias, y esta, con verdadero
interés, le dijo:

--Mira, Diógenes, tú estás malo y es necesario que te vea el médico.

--¿El médico?--balbuceó Diógenes con los ojos extraviados--. En mi vida
llamé a ninguno... La alopatía es un cañón Armstrong, y la hemopatía la
carabina de Ambrosio: con que vete a freír monas con tus médicos y
medicinas, que yo me curo solo...

--Pues llamaremos entonces al albéitar--repuso Gorito.

--Eso es otra cosa: estos tienen más ciencia, porque curan al paciente
sin sacarle palabra alguna... Pero tampoco es necesario, porque yo me
curo a mí mismo.

Y pidiendo una botella de ginebra, comenzó a beber copa tras copa,
echando, en vez de dos, tres y hasta cuatro terrones de azúcar.
Mientras tanto, María Valdivieso hacía una escena sentimental a Paco
Vélez, porque lejos de ocuparse de ella, durante el riesgo de la mañana,
había pensado tan sólo en salvarse a sí mismo; Jacobo y el tío Frasquito
habíanse entrado en _la Hospedería_ sin decir adónde iban, y Currita,
llevada de sus gustos idílicos, entreteníase en echar migas de pan a un
altanero gallo que merodeaba por el prado, seguido de algunas sumisas
gallinas. Acercóse entonces un hombre de aspecto modesto que traía una
carta en la mano, y preguntóle sin ceremonia si la señora condesa de
Albornoz era ella misma; la altiva dama dignóse tan sólo responder con
una ligera inclinación de cabeza, y el hombre le entregó entonces la
carta, entrándose al punto en Loyola, de donde había salido, por la
escalinata de la portería. Currita leyó extrañada estas solas líneas:

«Si la señora condesa de Albornoz viene a Loyola a confesar sus pecados
y a pedir a Dios perdón de sus extravíos, no tiene que fijar hora ni
tiempo, porque todos son igualmente oportunos... Pero si viene sólo a
hacer a esta Santa Casa testigo del escándalo de su vida, se la suplica
encarecidamente evite el disgusto de tener que cerrarle la puerta a su
afectísimo en Cristo y humilde servidor, PEDRO FERNÁNDEZ, S. J.»

Quedó Currita atónita con la carta en la mano, mirando atentamente al
gallo, que con una pata en alto, torcida la cabeza y fijo en ella el ojo
inflamado, parecía ofrecerle caballerosamente, en caso de guerra, el
auxilio de sus espolones.

La dama volvió a leer la carta y comprendió entonces una sola cosa; pero
una cosa para ella inverosímil, que vino a despertar en su ánimo el
movimiento de ira, de sorpresa, de rabia desesperada que causa al potro
bravío el primer espolazo que desgarra sus ijares, el primer serretazo
que le hace detener su voluntariosa carrera, anunciándole que hay
alguien que puede, y quiere, y debe sujetarle y humillarle...
¡Comprendió que por primera vez en su vida le cerraban una puerta, y que
era el que se la cerraba un hombre desconocido, un pobre fraile, un
Pedro Fernández!... ¡La fuentecilla que corría allí al lado murmurando
llegó a los oídos de Currita como el eco de la sarcástica carcajada que
había de soltar el mundo al verla vencida por Pedro Fernández!...

Resonó en aquel momento a su espalda la voz de Jacobo, y apresuróse a
esconder prontamente en el bolsillo de su falda la malhadada carta.
Jacobo reunía a su grey, porque iban ya a dar las dos y media, y a poco
que se detuvieran en la visita a Loyola podrían llegar a Zumárraga
demasiado tarde. Currita salió a su encuentro, andando lentamente,
diciendo con mucha displicencia:

--¿Sabes que me encuentro mala... y sería lo mejor dejarlo?...

Creyéronla todos, porque aparecía su rostro pálido y alterado, y
decidióse entonces salir al punto para Zumárraga y descansar allí en la
fonda una hora larga, antes de que el tren llegase. La ginebra había
repuesto a Diógenes por completo, y púsose a ayudar a Tom Sickles y al
prusiano a enganchar el tiro, cantando con aguardentosa voz de cualquier
mozo de cuadra una tonada antigua que llamaban _El Mayoral_:

        Vamos, caballeros,
        Vamos a marchá
        ¡Al coche, al coche!
        ¡Basta de pará!

        Vamos ligerito,
        Vamos a partí.
        Empués los calores
        Nos van a freí...

Jacobo y Currita ocuparon el pescante, tomando aquel esta vez las
riendas, y colocáronse los demás en el mismo orden en que habían venido.
Al pasar ante la estatua de san Ignacio, quitóse Diógenes el sombrero,
como había visto hacer antes a los novicios, y repitió en voz muy alta,
con el acento de un cariñoso saludo, aquella hermosa frase que inspiran
a los caseros de Guipúzcoa su piedad, su sencillez y su amor al santo,
gloria de sus montañas:

--_Aita_ San Ignazio... _agur_![18]

[Nota 18: ¡Padre San Ignacio... adiós!]

Luego, sin hacer caso de los furiosos aspavientos de Currita, que le
amenazaba con plantarle en medio del camino si no guardaba silencio,
comenzó a cantar de nuevo las estrofas de _El Mayoral_:

    ¡Cuidado ese bache!
    ¡Bájate, zagal!...
    Si voy, salerosa,
    Te voy a matá...

Volaba el _mail-coach_ por la carretera, dejando atrás los baños de San
Juan, el caserío de Juin-Torrea emboscado en sus jardines, el convento
de Santa Cruz encaramado en su monte, el palacio ruinoso de la Florida
en que Juan Jacobo Rousseau en persona presidió más de un conciliábulo
de enciclopedistas. Atravesaron al paso, más sosegados que por la
mañana, las calles de Azcoitia, y entraron de nuevo en la carretera,
flanqueada siempre por el río, hundiéndose a poco en la cañada
estrechísima y bravía que forman dos altas montañas, cubiertas de
bosques sombríos que trepan cual escuadrones de árboles que quisieran
escalarlas, para desgarrar en su cumbre el seno de las nubes, azuladas a
veces, vaporosas como la flotante túnica de una poética maitagari;
cenicientas otras, flotantes también, pero tétricas como el sudario que
cubre las rígidas formas de un muerto. Era aquella naturaleza agreste y
sombría, y hacíanla pavorosa los muchos saltos de agua que se despeñaban
de los riscos, el continuo lamentar de la corriente del río detenida por
las peñas y la falta de sol que ocultaban ya en aquella hora las dos
altas montañas.

Currita, sentada en el pescante, sombría como la naturaleza y no como
ella en calma, daba vueltas en su memoria a la carta de Loyola. Sentía
una especie de irritación sorda que no acertaba a comprender quién se la
inspiraba, porque, por un extraño fenómeno que no sabía ella misma
explicar, aquel Pedro Fernández, autor de la carta, causante de la
ofensa, tan sólo acudía a su mente en un lugar secundario,
presentándosele, más bien que como representante, como instrumento de un
ser más poderoso que parecía imponerse a la orgullosa dama, obligándola
a confundirse, y a humillarse, y a callar...

Un poco más lejos, al volver una punta, vio parados en la vertiente
misma de la montaña a tres de los novicios pequeñitos que habían
entusiasmado a Leopoldina. No estaban solos; había con ellos una vieja
decrépita, cubierta la cabeza con la blanca toca de las caseras
vascongadas, esforzándose por cargar en sus hombros, ayudada de los
novicios, un pesado haz de leña que había puesto en el suelo para tomar
alientos un instante y descansar. Inútil fue su empeño: a los diez o
doce pasos rindióla la fatiga, y el haz de leña, superior a sus fuerzas,
cayó de nuevo en tierra: la mujer se echó a llorar. Los novicios
hablaron entre sí un momento, y uno de ellos, el más fuerte, cargóse
entonces el haz a la espalda y comenzó a trepar por la áspera pendiente,
hacia un caserío ruinoso que se divisaba en la cumbre, pequeño y
escondido cual un nido de pájaros.

Leopoldina comenzó a alborotar, conmovida a su manera, gritando que
aquellos indecentillos eran unos ángeles del cielo, unos santos
chiquititos a quienes era necesario venerar, y que en cuanto llegara a
la corte había de enviarles a cada uno un par de medias negras, hechas
por sus propias manos, con el estambre más fino que pudiera hallarse...
Riéronse todos; Currita callaba, sin embargo, sintiendo un extraño
enternecimiento que la humillaba y que se apresuraba por lo mismo a
combatir, oponiendo a su benéfico influjo el parapeto del orgullo, del
inquebrantable orgullo, que viene a ser en el alma como la fortaleza del
mal... Aquellos tres novicios, aquellos tres Pedros Fernández en
embrión, humillándose por _caridad_ a una mendiga, hiciéronle comprender
que aquel otro Pedro Fernández habría podido imponérsele por _deber_ a
ella, orgullosa Grande de España, y una luz súbita, semejante a la de un
relámpago que ilumina a la vez que aterra, hízole ver claramente lo que
antes sospechaba: que aquella carta, que aquella ofensa no venía de un
desconocido, de un pobre fraile, de un Pedro Fernández; porque aquella
puerta primera que se le cerraba en la vida, no era la puerta de Loyola,
era la puerta de Dios...

Sintió frío y pidió a Kate un ligero abrigo en que se envolvió pensativa
siempre y silenciosa... Seguía aquella luz alumbrando en su alma, y a su
reflejo parecióle contemplarse a sí misma por fuera de sí misma, como
debía de contemplarla el desconocido Pedro Fernández, sentada en aquel
pescante al lado de Jacobo... Instintivamente miró a este, y por primera
vez en la vida parecióle lo que no le había parecido nunca: le pareció
un cómplice.

Rodaba ya el coche por las calles de Villarreal, atravesó el puente que
separa a esta villa de Zumárraga y se detuvo frente a la estación, entre
varias diligencias y coches desenganchados, a la puerta de una conocida
fonda, cuyo extenso comedor se abre a la plaza misma, en la planta baja.
Apeáronse todos; las damas pidieron un cuarto para arreglarse un poco;
los caballeros tiraron cada cual por su lado; Tom Sickles y el prusiano
recogieron el _mail-coach_ y los caballos en una cochera próxima, para
conducirlos a Madrid en el correo del día siguiente: faltaba para la
llegada del tren una hora larga.

El tío Frasquito, cepillado ya, limpio y resplandeciente, con sus
finísimos guantes de piel de Suecia en una mano y un ligero cabás de
Leopoldina Pastor en la otra, entró en el comedor y pidió un refresco de
grosella... No llegó a tomarlo: una muchacha de las del servicio
apareció dando gritos, sin poder articular, haciendo gestos desesperados
de que la siguiese... En un pasadizo cerca de la cocina, frente a una
puerta entreabierta, estaba Diógenes, tendido boca arriba, con los
brazos en cruz, doblada una pierna, revestido el semblante de una
palidez cadavérica, sobre la que se destacaba sus rojas manchas
granujientas, amoratadas entonces, casi negras: parecía muerto.

El tío Frasquito dio un chillido y echó a correr, llamando a voces a
Jacobo y a Gorito; acudieron todos los de la fonda y llegó también
Jacobo, mirando el reloj con gesto de grande enfado.

--¡Hasta para morirse es importuno!--dijo al verse frente a Diógenes.

Llevábanle ya dos robustos mocetones, hijos del dueño de la fonda, y
pusiéronle en la cama de un cuarto del primer piso. Llegó el médico a
toda prisa, llamado poco antes, y al saber la caída de por la mañana y
después de reconocerle, hizo un siniestro pronóstico: aquello era un
ataque cerebral, efecto de la caída, y si volvía en sí del primero, no
tardaría en sucumbir al segundo.

Las damas, muy sobrecogidas, no se atrevían a salir del cuarto y mucho
menos a ver al enfermo. María Valdivieso, con profunda compasión,
preguntó si se había puesto muy feo. Leopoldina, con pesar no fingido,
gimoteaba ruidosamente. De pronto, dijo:

--¿Si traerá el pobrecito dinero?...

Acercóse mientras tanto el fondista a Jacobo y pidióle órdenes; mas
este, encogiéndose de hombros con estudiada indiferencia, díjole que ni
él ni ninguno de sus compañeros tenían nada que ver con aquel hombre;
que era un amigo, un mero conocido que en Biarritz se les había colocado
en el coche sin que nadie le llamara, y que ni podía responder de él, ni
mucho menos dar órdenes. La hora del tren se aproximaba, y decididos
todos a partir, después de una ligera discusión en que triunfó el más
cruel egoísmo, pusiéronse en marcha. Leopoldina, muy desasosegada,
suplicó entonces a Currita que dejase por lo menos al cuidado de aquel
infeliz a Fritz, su lacayo prusiano. Currita le contestó:

--Si quiere quedarse esta noche, no tengo inconveniente... Será una mala
noche que pase a su cuenta... Pero lo que es mañana tendrá que marcharse
en el correo: Tom no puede ir solo a Madrid con los seis caballos.

Fuese entonces Leopoldina al fondista y díjole con grande ahínco:

--Yo no sé si ese pobrecito traerá dinero... Si no lo trae, todo cuanto
pueda necesitar me lo pone usted en cuenta... Soy hermana del general
Pastor, y mis señas son estas.

Y se las dio apuntadas con mucho primor en una tarjeta: acercóse también
el tío Frasquito y suplicóle encarecidamente que, no bien muriese aquel
infeliz, se lo avisase al punto por telégrafo; diole entonces su nombre
y señas, y el importe del telegrama: una peseta.

A las nueve de la noche pareció el enfermo experimentar gran fatiga, y
asustado el dueño de la fonda, mandó llamar al cura párroco para que le
administrase los santos óleos. Pasó, sin embargo, la crisis, y ya cerca
de las doce abrió Diógenes los ojos, y vio delante de sí al fondista, un
hombre gordo, alto, completamente afeitado, sin corbata, calada la
boina, y el chaquetón largo, tipo característico del guipuzcoano de
pueblo acomodado. Tardó algún tiempo el enfermo en coordinar sus ideas,
y diose al fin cuenta de algo de lo que le estaba pasando: un
pensamiento, para él muy pavoroso, acudió el primero a su mente... Con
voz quebrantada, agonizante, que dejaba, sin embargo, traslucir todas
las agonías del terror, las inflexiones de la súplica, las ansias de la
incertidumbre, dijo muy bajo:

--¿Me llevarán al hospital?...

Miróle el fondista extrañado, con ira casi, y contestó con toda la
brusca hombría de bien del genuino guipuzcoano:

--¡Quite usted, caballero, allá!... ¿Usar eso en Guipúzcoa?...
¡Nunca!...

Diógenes dio un suspiro de descanso y se echó a llorar.



--II--


Diógenes no se dio cuenta de haber recibido la extremaunción, y
tranquilo en parte por la respuesta del fondista comenzaron a abrirse
paso otros pensamientos entre las espesas nieblas que envolvían su
mente... Mas un sopor pesadísimo, un letargo profundo, que tenía ya
dejos de la muerte, avasallaba a veces todo su ser y esparcía acá y allá
aquellas ideas que se afanaba por coordinar, apareciendo estas entonces
como imperceptibles puntos luminosos flotando en una inmensa bruma,
alejándose lentamente, apagándose poco a poco todos ellos hasta quedar
uno solo, que ora se le presentaba desconsolador como la candela de la
agonía, ora triste como el cirio que arde ante un muerto, ora terrible
como un resplandor de las llamas del infierno: ¡era la idea de morir,
acompañada y rodeada de la incertidumbre de lo eterno!...

Crecía a veces el letargo y apagaba también aquella luz pavorosa, pero
al fin y al cabo luz, y al verse a oscuras Diógenes, al sentirse caer en
aquel sueño que le parecía el último, en aquella sombra negra en que se
perdía la mirada y en aquel silencio siniestro en que se perdía la voz,
clavaba las uñas en las sábanas y las hacía jirones, como si se agarrase
desesperadamente al borde de la fosa en que le hubieran de enterrar.. y
despertaba, despertaba no bien había pegado los ojos, como si algún
importuno le empujara de improviso, con pesadillas horribles en que los
más ligeros ruidos tomaban proporciones colosales, pareciéndole el rumor
del tren el de una catarata de bronce fundido que se despeñase en sus
orejas; el de los cascabeles de un coche, redobles de mil tambores
golpeando en sus propios tímpanos; el chirrido peculiar de las carretas
vascongadas, el _soñua_ que avisa al casero vasco en las revueltas del
camino, un ruido del infierno que por diabólico prodigio se encarnase
en una sierra candente y le dividiera la masa de los sesos mitad por
mitad... Así pasó la noche; un poco antes del alba desapareció el sopor,
huyó el letargo con sus pesadillas, y un sueño tranquilo le adormeció
entre sus brazos más de dos horas. Un ruido acompasado que hacía mal a
su cabeza y resonaba como un eco amigo en su corazón despertóle
entonces: era la campana de la iglesia que tocaba a Misa.

Diógenes abrió los ojos y le pareció encontrarse mucho mejor;
incorporóse un poco y creyó hallarse bien del todo: su cabeza estaba
despejada, sus miembros débiles, pero ágiles; hasta le pareció sentir un
poco de hambre, hasta le ocurrió pedir para desayunarse una gran copa de
ginebra con su par de terrones de azúcar. Miró en torno suyo:
chisporroteaba una lamparilla sobre la mesa; una mujer de edad madura
roncaba desapaciblemente al pie de la cama, en un gran butacón, y por
las rendijas de las dos ventanas, cerradas ambas, entraban discretos
rayos de luz, cual si el nuevo día se adelantase de puntillas y
sonriendo a dar la enhorabuena al enfermo. Sentóse este en la cama
alegremente sorprendido, y recobrando con la vida su humor chancero,
tiróle a la mujer lo primero que halló a mano, una almohada, soltando un
gran grito, un ¡polaina! formidable que la hizo saltar en el sillón
despavorida, murmurando algunas palabras en vascuence.

Mandóle entonces abrir de par en par las dobles puertas de ambas
ventanas, y la luz entró a torrentes y el aire fresco a raudales,
juguetón como un niño, acariciando los blancos cabellos del enfermo,
trayéndole, como un nietecillo cariñoso sus presentes, el olor a búcaro
de la tierra cubierta de rocío, el sano perfume de las montañas, el
alegre trinar de los pájaros, el solemne acento de la campana de la
iglesia, que parecía repetir en su oído como una amorosa voz de lo alto:
¡Ven! ¡Ven!... ¡Qué necios temores los suyos! ¡Qué espantos tan
ridículos los de la noche! ¡Morir! ¿Quién piensa en morir cuando nace el
día, y sube el sol por el azul de un cielo tan bello, y se divisan a lo
lejos las montañas verdes, floridas, doradas por resplandores tan
alegres y risueños?...

Entró a poco el médico, acompañado del fondista, y Diógenes los recibió
chanceándose con el primero, dirigiendo al segundo cariñosos gruñidos,
expresivas miradas de sus ojos inyectados en sangre, que no carecían de
ternura e iban a demostrar la gratitud que le inspiraba su caritativa
conducta. Mas el médico, registrándole cuidadosamente, haciéndole un
sinfín de preguntas a que Diógenes contestaba entre mohíno y risueño,
levantólo los párpados que encubrían a medias dos pupilas dilatadas y
sanguinolentas, faltas de convergencia, y meneó la cabeza
siniestramente... El primer ataque había pasado, pero ya estaban allí
los síntomas del segundo, y era imposible que aquella naturaleza,
alcoholizada por completo, pudiera resistir a su tremendo empuje. Cruzó
entonces con el fondista algunas palabras en vascuence, que escuchaba
Diógenes mirando a uno y otro lleno de inquietud, y de repente, sin
paliativos ni preámbulos, díjole con rudeza campesina que la muerte se
aproximaba sin remedio y érale necesario aprovechar aquellos momentos
lúcidos que el mal le concedía, para arreglar sus negocios con los
hombres y saldar sus cuentas con Dios.

El golpe fue cruel, porque al oírle, Diógenes sintió que le arrancaban
de allá, muy hondo, algo que era la esperanza de la vida, la más
arraigada de todas las esperanzas, por ser la última, que no se arranca
nunca sin llevarse detrás lágrimas de los ojos y sangre del corazón...
Cególe un movimiento feroz de ira, porque nada hay más ilógico que el
terror, y pareciéndole aquello un robo descarado que venía a hacerle,
revolvióse furioso contra el médico como si fuera él quien pretendiera
hacerle el hurto, y arrojóle a la cara cuantas injurias y obscenidades
encontraron en la sentina de su alma la cólera y el horror... Asustados
y sorprendidos el médico y el fondista, retiráronse al punto, dejando a
Diógenes solo, revolcándose furioso, comprendiendo por la postración y
la angustia que le embargaron al punto tras su arrebato, que el médico
no exageraba ni mentía, que la muerte se aproximaba, en efecto, y que
era forzoso condenarse o capitular..

Créese, con razón, que nada hay tan horrible como sondear la conciencia
de un pecador endurecido en el trance de la muerte; supónense tras aquel
rostro lívido y desencajado luchas aterradoras que sostienen el imperio
del mal y la moción del bien, fantasmas pavorosos que se levantan en la
conciencia, combates encarnizados que traban en torno de aquella alma
empedernida el ángel del arrepentimiento y el demonio de la
impenitencia. Horrible es esto; pero hay allí lucha, y donde hay lucha
hay siempre una esperanza, una probabilidad de vencer... Por eso
sobrepuja a este horror aquel otro horror que suele encontrarse tras
aquellas pupilas vidriosas, aterradoras en esos momentos, cual la puerta
siniestra ante la cual se sintió Dante desfallecer y vacilar: el
marasmo, la quietud horrible de un alma que se hunde poco a poco en lo
eterno, dándose cuenta de ello, pero sin que crucen por su mente más que
ideas triviales, bagatelas con que procura distraerse y divertirse,
ocultándose a sí propia el abismo, hasta que la muerte descarga de
súbito la guadaña, y despierta de improviso aherrojada ya en lo profundo
del infierno. ¡Letargo letal, pendiente horrible que, sin un prodigio de
la divina gracia, va a parar derecha a la condenación eterna!...

Este fue el estado de Diógenes al quedarse solo, y rabioso y fatigado se
dejó caer en las almohadas, volviéndose de cara a la pared. El
pensamiento del infierno cruzó el primero su mente, mas se distrajo en
seguida mirando el feísimo papel verduzco que tapizaba las paredes,
cruzado de arriba abajo por guirnaldas de flores, entre las cuales se
entrelazaban largas ristras de micos que subían hasta el techo en
actitudes grotescas, dándose todos las manos: pareciéronle diablillos
aquellos feos animalejos y púsose a contarlos uno a uno, haciendo para
seguirlos esfuerzos increíbles con la vista, y contando en todo lo que
con ella abarcaba más de quinientos veinte...

La mujer que había velado durante la noche estaba allí, sentada en un
rincón, haciendo calceta; llamáronla desde fuera un momento y Diógenes
pensó entonces que también a él le llamaban a dar cuenta, y encontró al
punto la respuesta en uno de sus mil cuentos chocarreros que le puso
delante la memoria.

Confesábase un gitano, ladrón empedernido y díjole el cura:--¿Qué
harías, infeliz, si el Juez Supremo te llamara ahora al juicio?--¿Pues
qué había de jacer?... ¡No dir!...

--¡No ir!... ¡No ir!...--repetía Diógenes, y púsose a combinar al punto
un fantástico viaje de huida, en que se le figuraba subir al coche que
acababa de parar en la puerta, cuyos sonoros cascabeles llegaban a su
oído taladrándole la cabeza, y correr a escape a San Sebastián, y
embarcarse allí para el fin del mundo, huyendo como Caín de aquel juez
que le perseguía, dando vueltas por la tierra, vueltas y más vueltas,
que vinieron por fin a marearle, produciéndole bascas terribles, entre
las que creyó ver asomar ya la guadaña de la muerte... ¡La muerte! Aquel
maldito despertador que estaba sobre la mesa se la recordaba de
continuo, pareciéndole que al compás de su siniestro tic-tac regulaba su
paso, rapidísimo como nunca, y lleno de ira mandó a la mujer que lo
parase; mas entendió esta que quería verlo para enterarse sin duda de la
hora que apuntaba, y apresuróse a llevárselo... Diógenes, arrancándoselo
de la mano con un arrebato feroz de rabia, estrellólo contra la pared de
enfrente, haciéndolo trizas.

Mientras tanto, enviábale el cielo un auxilio inesperado en aquel mismo
coche en que su desasosegada imaginación fantaseaba huir del Juez
Supremo; en él volvía de Zaldívar, cuyas aguas medicinales tomaba todos
los años, la marquesa de Villasis, con su nieta Monina, el aya de esta,
una doncella, un mayordomo viejo que la acompañaba en todos sus viajes y
un criado antiguo que venía en el pescante; era su idea alcanzar el
sudexpreso que pasa por Zumárraga a las dos y media y estar en Madrid
aquella noche misma. Trabó al punto conversación el fondista con don
Federico, el mayordomo, y preocupado con la estancia de Diógenes en la
fonda, contóle su percance y sus apuros. Sorprendido el viejo,
apresuróse a dar a la marquesa aquella nueva que tanto había de
interesarla, y esta, profundamente conmovida, quiso al punto ver al
moribundo; reflexionando, sin embargo, un momento, y deseosa de ir sobre
seguro, hizo llamar al fondista para conocer antes, en todos sus
detalles, aquella triste aventura, cuyo fúnebre desenlace estaba ya a la
vista. Mas no bien supo que el médico no garantía la vida del enfermo
más allá de la medianoche, creyó saber bastante, y dio al punto a don
Federico la orden de suspender el viaje y pedir cuartos para todos allí
mismo, en la fonda. Entróse en seguida en el despacho mismo del fondista
y escribió rápidamente al superior de Loyola, pidiéndole que enviase un
padre a toda prisa para auxiliar a un moribundo, cuyo nombre y condición
le manifestaba en la carta. Un propio a caballo partió a galope a llevar
esta, y una hora después estaba ya entregada.

La marquesa pensó entonces en ver al enfermo; mas antes, temerosa de que
su presencia repentina pudiera causarle alguna emoción violenta, pidió
al fondista que fuese a anunciarle poco a poco su llegada. Subieron
ambos hasta la misma puerta que se abría a un corredor, y el fondista
asomó tímidamente la cabeza. Diógenes, muy postrado, con la repugnante
cabezota hundida en las almohadas, tendidos ambos brazos sobre la
colcha, y arrollando entre las manos las sábanas sin notarlo, comenzaba
a sentir de nuevo aquel horrible sopor, aquel letargo siniestro que le
había atormentado la noche antes... Adelantóse el fondista unos pasos,
dejando la puerta entreabierta, y díjole en voz alta:

--Señor..., señor... Aquí tiene visita...

Torció Diógenes un poco la cabeza y balbuceó con ira:

--¿Visita?... ¿Quién?... ¿El enterrador?... ¡Polaina!... ¡Que
aguarde!...

--Es una señora...

--¿Una señora?... ¡Polaina!

Y soltó una atrocidad, una indecencia que aturdió por completo al
fondista e hizo enrojecer a la marquesa detrás de la puerta, con ese
santo rubor que realza tantas veces a los fuertes y castos ángeles de la
caridad que sirven en los hospitales, sin asustarles por eso, ni
hacerles huir de la cabecera de ciertos enfermos. El fondista, muy
turbado, quiso terminar de un golpe, diciendo:

--Es la señora marquesa de Villasis.

Diógenes dio una gran voz, un grito doloroso, como si acabara de
pronunciar una blasfemia; quiso arrojarse de la cama, incorporarse
siquiera, y le faltaron las fuerzas, cayendo pesadamente, levantando los
brazos, agitando las manos, lanzando bramidos ininteligibles, extraños
balbuceos que parecían retratar la emoción de una fiera agonizando en
su caverna. La marquesa se adelantó entonces, y sin asco ni temor apretó
entre las dos suyas aquellas manos sudorosas.

--¡María!... ¡María!...--exclamaba Diógenes.

--¿Qué es eso, Perico?... ¿Qué es eso, hombre?--decía ella dulcemente,
inclinando su rostro lleno de lágrimas sobre el desencajado del viejo.

--¡Me muero, María!... ¡Me muero!... Te saliste con la tuya... No es en
el hospital, pero es de caridad... En la fonda.

--¿Y qué importa?... Más cerca del cielo está la cama de un hospital que
la de un palacio.

Diógenes calló sollozando, y la marquesa fue a dar otro paso adelante;
mas el moribundo, sin dejar de sollozar, preguntó entonces:

--¿Y Monina?

--Abajo está... ¿Quieres verla?...

--¡Sí..., sí quiero!... ¡Angelito!... Le daré un beso..., ¿verdad?...
¿Me dejas?... ¡Será el último, María!... ¡Le besaré el zapatito..., nada
más que el zapatito!... ¡Anda, por Dios te lo pido, déjame!... Si no le
dará asco...

La marquesa, conmovida hasta lo sumo, pareció tener entonces una
inspiración repentina: desprendió sus manos de las de Diógenes, que se
las sujetaba fuertemente, y dijo:

--Espera un poco... Voy a traértela...

Fuera ya de la estancia enjugóse precipitadamente las lágrimas para no
asustar a Monina, y sentando a esta en sus rodillas, púsose a explicarle
muy bajo y con gran vehemencia algo que debía de ser importante...
Escuchábala la niña con los ojos muy abiertos, con ese aire de atención
profunda que revela a veces en los niños un instinto superior a sus años
para adivinar lo peligroso o lo terrible; cuando cesó de hablar su
abuela, dijo que sí con la cabeza... Besóla esta en la frente con amor
inmenso y volvió a repetirle con gran cuidado lo que antes le había
dicho, recalcando mucho algunas frases; Monina, sin decir palabra,
volvió a decir que sí con la cabeza. Tomóla entonces la dama de la mano
y entró con ella en el cuarto de Diógenes; púsola sobre la cama sin
decir palabra, y salió de la estancia, cerrando la puerta.

¿Qué sucedió entonces?... ¿Comprendió realmente aquel ángel de seis años
el encargo de su abuela? ¿Habló por su inocente boca el ángel de la
guarda de Diógenes?... Es lo cierto que la niña, sin asustarse de
aquella horrible cabeza desgreñada, en que se pintaba ya la agonía de la
muerte, sin mostrar repugnancia al asqueroso vaho que exhalaba el sudor
del enfermo, hundió sus rosadas manitas en las blancas patillas del
viejo, y tirando de ellas a medida que hablaba, según su antigua
costumbre, díjole muy bajo, poniendo sobre el oído de él su roja
boquita:

--Teno biscochos de Mendaro y te daré uno... Y no me traíste la muñeca
que dicía papá y mamá; pero mamá abuela me compró un niño llorón grande,
grande... Y dice mamá abuela que te vas a morí, y si quieres confesá...
y yo rezaré por ti cuando rece por mi papá y por mi mamá y por el
abuelito, que están en el cielo... Y yo iré también... ¿Tú quieres i?...
¡Pues confiesa!...

Y Monina, cumplida su misión, diole un beso en la frente, escurrióse de
la cama y echó a correr hacia la puerta. Diógenes lanzó tal sollozo, que
pareció romperse su pecho, como si le estallara el corazón dentro;
crujió la cama a los violentos impulsos de su cuerpo, y agitando los
brazos en alto, balbuceaba con la lengua cada vez más torpe:

--¡Quiero!... ¡Quiero!... ¡Quiero confesar!... ¡María..., María!...
¿Oyes lo que dice la niña?... ¡Quiero confesar!... ¿Pero con quién...,
con quién?... ¿Quién me confiesa a mí, Dios mío?... ¿Dónde hay espuerta
tan sucia que reciba mis pecados?... ¡Soy un infame, un perverso!... ¡Me
pesa, Dios mío, me pesa!...

Y con ambos puños cerrados se daba terribles golpes en el pecho, que
retumbaban en todo el aposento y le hacían toser horriblemente, y le
produjeron a poco un ligero vómito de sangre... Monina, falta ya de
valor al verse al lado de allá de la puerta, agarrábase, con los labios
blancos, a las faldas de su aya, preguntando muy bajito:

--¿Se ha morido ya?...

Mientras tanto, procuraba la marquesa sosegar a Diógenes, diciéndole que
había mandado a toda prisa a Loyola por un padre jesuita, que debía de
llegar de un momento a otro. Diógenes exclamó:

--Con ellos me eduqué... Pero no lo digo nunca... ¡Los deshonro!...

Aquella emoción violentísima parecía haber despejado las facultades del
enfermo, mas su físico resentíase de ella y veíasele perder fuerzas por
momentos. La marquesa pidió un crucifijo, y poniéndoselo delante, díjole
que hiciera ante él examen de conciencia, en tanto que llegaba el
padre; tomólo Diógenes con ambas manos y besólo devotamente, mas dejólo
caer a poco sobre la colcha, llorando desconsolado.

--¡Si no sé, María!... ¡Si no me acuerdo!...

--No te apures, hombre, yo te enseñaré en un momento...

Y púsose con gran cariño a explicarle el modo de hacer examen de
conciencia, escuchándola Diógenes atentamente, mirando a veces el
crucifijo. Cuando la marquesa cesó de hablar, díjola él con sencillez de
niño:

--Se me va a escapar algo... Lo mejor será que te lo diga a ti todo...,
y tú se lo dices luego al padre..., y entre los dos ven si falta algo...

--¡No, hombre, si no es preciso!--replicó la marquesa sin poder contener
una sonrisa--. Piensa tú ahora, y luego el padre te ayudará.

Largo rato permaneció Diógenes silencioso, sosteniendo con ambas manos
el crucifijo, fijos en él los ojos. A veces levantaba su pecho el
temblor de un sollozo, y lágrimas abundantes corrían por sus mejillas;
besaba entonces los pies del Cristo, entornaba los párpados y parecía
rezar... La marquesa habíase sentado a los pies de la cama, en el gran
butacón, y rezaba el rosario. Sonaron los cascabeles de un coche, y la
dama hizo un movimiento para levantarse.

Diógenes abrió los ojos muy azorado.

--María... ¿Te vas?...

--No..., iba a ver si llegaba el padre.

--¿Pero no te irás?...

--No, hombre, descuida; no me voy...

--¿Estarás aquí hasta que muera?...

--Hasta que mueras estaré--replicó ella dulcemente.

Diógenes cerró los ojos, sosegado y tranquilo, como el niño que se
duerme a la vista de su madre... Al cabo de un gran rato, dijo:

--María..., no me acuerdo del Credo... ¿Cómo era aquello?... «Subió a
los cielos y está sentado...» ¿Dónde está sentado?...

--«A la diestra de Dios Padre»--dijo sonriendo la marquesa.

--«Todopoderoso»--prosiguió Diógenes; y terminó lentamente y en alta voz
el símbolo de la fe, besando luego con grande afecto el crucifijo.

Entreabrióse a poco la puerta y asomó la cabeza del fondista, diciendo
que dos padres de Loyola habían llegado. La marquesa quiso levantarse
para salir a su encuentro; mas Diógenes, con gran sobresalto, apresuróse
a decir:

--¡María..., no te vayas! Que entren ellos... ¿Para qué has de ir tú?...

Abrióse entonces la puerta para dar paso a una extraña figura que
sorprendió a la marquesa e hizo a Diógenes echarse atrás en la almohada,
al verla adelantarse hacia él extendiendo los brazos: hubiérase dicho
que la muerte en persona, cubierta con la sotana de un jesuita, se
presentaba en el aposento. Era un viejo alto y descarnado, hasta el
punto de traslucirse todos sus huesos; traía una vieja sotana ceñida a
la cintura por un orillo de que pendía un rosario, y escapábanse de su
gran becoquín largos mechones blancos. Andaba lentamente, tambaleándose,
con las manos extendidas como si temiese tropezar, porque estaba medio
ciego, y así llegó sin ver a la marquesa hasta el lecho de Diógenes, y
allí comenzó a palpar hasta tropezar con una mano de este; entonces, con
sonrisa de niño que contrastaba con sus cabellos blancos, con voz
cascada pero dulce, que el asma atroz que padecía tornaba un poco
premiosa, dijo muy bajo:

--¡Perico..., Periquito..., hijo mío! Soy yo... ¿No me conoces?

Asombrado Diógenes, miraba aquella extraña aparición sin acertar a decir
palabra, e interrogaba con la vista, ora a la marquesa, ora a otro padre
más joven que tras el viejo había entrado; este añadió:

--Soy el padre Mateu..., tu inspector del Colegio de Nobles... ¿Te
acuerdas?...

--¡Sí!... ¡Sí me acuerdo!--exclamó Diógenes con una gran voz,
estrechando entre las suyas, sin soltar el crucifijo, aquella mano
helada de esqueleto, que llevó con gran vehemencia a sus labios.

El viejo, con su serena sonrisa de niño, volvió el rostro hacia su
compañero, diciendo con satisfacción íntima:

--¡Se acuerda..., se acuerda!... ¡Bien lo decía yo!... ¡Sí, por cierto!

--¡Sí que me acuerdo!--repetía Diógenes con grande ahínco--. Usted fue
muy bueno para mí, y me quería, ¡oh, sí!, me quería mucho..., y me
enseñó a rezar el _Bendita sea tu pureza_, y luego las tres Ave
Marías... que decía usted alcanzaban de la Virgen misericordia...

--¡Y lo digo, Perico, lo digo!--repuso gravemente el viejo--. La
alcanzan, sí, por cierto... Y en ti mismo lo ves ahora..., porque tú las
habrás rezado...

--¡Sí, padre, sí..., siempre, siempre! Y se las enseñé a Monina... Ni
una noche las dejé, aunque hubiese...

El viejo le atajó con gran viveza la palabra:

--¿Lo ves?... ¿Lo ves cómo la Virgen Nuestra Señora te concedió la
misericordia?... Yo se lo pedía, se lo pedía--y sin dejar de sonreír
cruzaba las manos y las levantaba, mirando al cielo con expresión
beatífica--, porque me dijo Miguelito Tacón hace algún tiempo, cuando lo
vi en Cuba de capitán general, el año treinta y cinco, que andabas...,
vamos..., un poco alegre... ¡Y mira qué buena fue nuestra Madre!...
¡Porque lo viese yo, me ha conservado ochenta y seis años, Perico,
ochenta y seis años!... Sí, por cierto...

Diógenes, cada vez más postrado, lloraba en silencio; el viejo, buscando
a tientas la mano del enfermo, añadió apretándosela con todas sus
escasas fuerzas:

--Porque tú querrás que yo lo vea... ¿No es verdad, Perico?... Querrás
confesarte...

--¡Sí, padre..., sí quiero! ¡Con usted... Ahora mismo!--exclamó Diógenes
tendiendo los brazos hacia él, como un niño que llama a su madre.

Y el otro viejo, sin dejar de sonreír, pero rompiendo también a llorar,
se arrojó en ellos murmurando:

--¡Ochenta y seis años!... ¡Ochenta y seis años esperándote!...

Mientras tanto, la marquesa de Villasis y el otro padre habíanse salido
del cuarto, y aquel explicaba a la dama la historia del viejo. El padre
Mateu había conocido a Diógenes muy pequeñito, en el Colegio de Nobles,
y enterado de que se hallaba moribundo en Zumárraga, pidió permiso al
superior para ir a auxiliarle; negóselo este, temeroso de que en su edad
avanzadísima le costara aquella obra de caridad la propia vida, mas el
anciano instóle con tanto afán, suplicóle con tal ahínco, asegurándole
con convicción tan profunda que Dios le había conservado ochenta y seis
años sólo para aquello, que el superior no pudo menos de darle gusto.

A través de la puerta cerrada oíanse a veces los sollozos de Diógenes, y
escuchábanse otras los gritos de horror que él mismo se inspiraba a sí
mismo, seguidos del llanto de la contrición, desolado, abundante, pero
dulce y sin amargura, como lo es el de todo dolor que se apoya en la fe
y en la esperanza. Sonó al cabo de una hora una campanilla dentro del
cuarto, y la marquesa y el otro jesuita se apresuraron a entrar... El
padre Mateu estaba sentado a la cabecera del lecho, extenuado y
jadeante, como si en aquella hora escasa hubiera perdido el corto resto
de fuerzas que le quedaban. Dos hilos de lágrimas que iban a perderse en
sus blancas patillas brotaban de los ojos de Diógenes; con una leve
señal llamó a la marquesa, y díjole al oído con sencilla expresión de
gozo inefable:

--Dice el padre Mateu... que Dios me ha perdonado...

Y luego, con el profundo desprecio del pecador que se considera a sí
mismo, con la cristiana humildad del hombre que se ve a dos pasos de
convertirse en tierra, añadió muy bajo, como si fuera su voz un débil
quejido, queriendo y no pudiendo levantar una mano para golpearse el
pecho:

--¡A mí!... ¡A mí!

Hizo entonces el otro jesuita que el padre Mateu se volviese a Loyola
antes que cerrase la noche, acompañándole don Federico en el coche que
esperaba, y los dos ancianos, los dos moribundos, separáronse sin pesar,
como dos amigos que en el dintel de un palacio en que han de entrar por
puertas distintas se estrechan la mano diciéndose: ¡Hasta luego!...

Pensóse entonces en traer el santo Viático al enfermo, y este acogió la
noticia entornando los ojos con humildad profunda, diciendo siempre:

--¡A mí!... ¡A mí!...

De allí a poco viole la marquesa agitarse mucho, gemir profundamente,
revolver los ojos azorados; acercóse a él... Habíasele olvidado un
pecado muy gordo, muy gordo..., y antes que tuviera tiempo la dama de
llamar al padre, decíale ya él con gran trabajo:

--Yo..., por divertirme..., por fastidiarle..., escribía todos los días
una carta a Frasquito... diciéndole: ¡Mentecato!... ¡Cuatro meses le
escribí!... Cuando Jacobo volvió de Italia, dejé de hacerlo... Me lo
pidió él: decía que le interesaba... Tú le pedirás perdón a Frasquito...
¡Me pesa! ¡Me pesa!...

Llegó el Viático, y recibiólo el enfermo con muchas lágrimas y cierta
especie de pavor afectuoso y humilde, que le hacía repetir de continuo:

--¡A mí!... ¡A mí!...

Entonces pidió la extremaunción, y dijéronle que ya la había recibido la
víspera; mas él, con gran sencillez, quiso recibirla de nuevo.

--Si no me enteré--decía--. Que me la den otra vez; así iré más limpio.

A las siete hallábase aún bastante entero, y dando una gran voz de
repente, llamó a Monina... La marquesa hizo traer a la niña y púsola,
como por la mañana, frente a él, encima del lecho; la inocente criatura
agarrábase asustada al cuello de su abuela y miraba al enfermo con los
ojos muy abiertos, sorprendida y silenciosa, sin atreverse a llorar. El
moribundo quiso levantar una mano y no pudo; miró a la niña con ternura
inmensa, y haciendo un penoso esfuerzo, dijo:

--Yo te enseñaré... _Bendita sea tu pureza_... Dilo.

Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas y su pechito comenzó a
estremecerse como el de un pájaro asustado; su abuela le dijo al oído:

--Dilo, hija mía... Si lo sabes tú, dilo...

La niña cruzó las manitas y comenzó su oración, repitiéndola Diógenes en
voz baja, muy lenta, con cierta especie de solemnidad augusta que
recordaba las notas de un órgano acompañando el canto de un ángel:

        Bendita sea tu pureza
        Y eternamente lo sea,
        Pues todo un Dios se recrea
        En tu graciosa belleza.
        A ti, celestial Princesa,
        Virgen sagrada María,
        Yo te ofrezco en este día
        Alma, vida y corazón.
        Mírame con compasión...

Apagóse aquí la voz de Diógenes, y oyóse tan sólo la temblorosa vocecita
de Monina, que por un infeliz error o por una inspiración del cielo,
equivocaba el último verso:

    ¡No _le_ dejes, Madre mía!

Diógenes ya no la oía: comenzaba entonces el estertor, y su angustioso
resuello interrumpíase a veces por más de un minuto. Lleváronse a la
niña; la marquesa y el jesuita se arrodillaron y comenzaron a rezar la
recomendación del alma; a las once menos cuarto, sin ningún
estremecimiento, sin verdadera agonía, sin soltar de las manos el
crucifijo, abrió un poco la boca y expiró.

A la otra mañana, cuando después de la solemne misa de _réquiem_ que
hizo celebrar la marquesa en Zumárraga, volvió el jesuita a Loyola, oyó
que las campanas de la iglesia tocaban también a muerto... Había
fallecido aquella noche el padre Mateu; encontráronle al amanecer ya
frío, tendido en su lecho. Tenía en las manos el rosario y vagaba aún en
sus labios su pura sonrisa de niño; sobre su frente, amarilla como el
marfil antiguo, un nimbo de cabellos blancos realzaba el tipo más
peregrino de belleza moral que puede fingirse el hombre: la inocencia
con la cabeza blanca...[19]

[Nota 19: La muerte de este santo anciano, acaecida al mismo tiempo
que la de la persona que auxiliaba, es un hecho rigurosamente
histórico.]



--III--


Muchos y graves sucesos habían tenido lugar desde que al terminar el
libro anterior dejamos a Jacobo camino de Italia, hasta que hemos vuelto
a encontrarle en la carretera de Guipúzcoa, guiando, al lado de Currita,
el _mail-coach_ con seis caballos. Y fue el primero la aparición de un
extraño fenómeno a las puertas de Madrid, que vino a causar al marqués
de Villamelón un pavor tan grande, como no lo causó nunca Catilina a las
puertas de Roma, ni Mahomet II a las de Constantinopla, ni Isabel la
Católica a las de Granada, ni Guillermo I a las de París. ¡La
trichina!...

Aquello era un dolor y un horror; tener que renunciar con severidad
israelítica al jamón extremeño, rosado y aromático, y al salchichón de
Génova, matizado como un mosaico, o exponerse a tragar el endiablado
microbio que el atribulado Fernandito seguía con la imaginación en todas
sus transformaciones, viéndole alargarse, alargarse hasta convertirse en
tenia, y engordar, engordar luego hasta trocarse a costa de los jugos de
su estómago en una serpiente boa, igual a las que había visto tragarse
gallinas y conejos y aun cabritos, con la facilidad con que se tragaba
él, una tras otras, un barrilito entero de aceitunas sevillanas.

Sucedía esto a los ocho o diez días de la repentina marcha de Jacobo, y
entre aflicciones de espíritu, quebrantamientos de estómago y apreturas
de entendimiento, recibió Villamelón una cariñosa carta de este tierno
amigo, en que, con previsión amorosísima y delicadeza exquisita, le
enviaba una receta infalible contra la trichina, recogida de los labios
mismos de los hermanos Tramponetti, fabricantes de embutidos en la
salchichonesca Génova. La receta era bien sencilla: bastaba pasar tres
veces por el hervor de agua ordinaria las carnes de cerdo y los
utensilios en que hubieran estas de cocinarse. Fernandito, creyéndose en
posesión de un talismán precioso, corrió a dar la noticia a su cara
esposa Currita, dispuesto a pasar por agua todos los jamones de su
despensa, todas las cacerolas de su cocina y todos los pinches de ella,
con el cocinero a la cabeza. ¿Y por qué no?... Días antes relataba un
periódico que el emperador de Birmania había mandado enterrar vivas a
setecientas personas para aplacar los espíritus diabólicos que habían
esparcido por sus Estados la viruela negra. ¿Por qué no había él de
hervir a un cocinero y tres pinches para librar de la trichina a su
persona y a la de sus deudos y amigos?

Currita recibió la noticia con frialdad aterradora y negóse rotundamente
a hacer uso de la receta, con cierta especie de rencorosa terquedad,
impropia del caso; también ella había recibido aquel día carta cariñosa
de Jacobo, fechada asimismo en Milán, hablándole vagamente de grandes
peligros y grandes negocios, y prometiéndole, con la fatua seguridad de
quien presume ser esperado con ansia, el gozo imponderable de su próximo
regreso y la explicación satisfactoria de su repentina marcha.

--¡Excelente amigo!--exclamaba Villamelón--. Ahora mismo voy a
contestarle dándole las gracias...

Currita abrió la boca con un gesto de ira como para decirle algo, y
dominándose repentinamente, la volvió a cerrar, diciendo a poco con su
suavidad acostumbrada:

--Pues mira... mándame la carta y le pondré yo cuatro letras; así me
ahorro de escribirle largo...

Media hora después presentábale un lacayo en una bandeja de plata la
carta de Fernandito, y la dama, después de leerla, hízola mil pedazos
con extraños gestos de rabia... Otras dos cartas de Jacobo habían
llegado en aquel mismo día a la corte: una larga y enfática para el
marqués de Butrón, llena de mentiras y enredos, que sin engañar del todo
al presuntuoso diplomático, hiciéronle comprender que lejos de
emanciparse el joven Telémaco de su tutela, la necesitaba más que nunca,
y podía, por tanto, seguir explotándole en sus trabajos políticos. Había
leído en La Bruyère, y hecho suya, aquella sentencia muy común entre
políticos y no políticos, que despojaba él del tinte de finísima ironía
con que su autor la escribe: «Aun los Grandes y ministros mejor
intencionados necesitan tener a su lado bribones; su uso es muy delicado
y se necesita saber manejarlos, pero hay ocasiones en que no pueden ser
suplidos por otros. Honor, virtud, conciencia, cualidades siempre
respetables y a menudo inútiles. ¿Qué queréis a veces que se haga con un
hombre de bien?».

Era la otra carta, larga también, para el tío Frasquito, escrita con
grandes visos de misterio, asegurándole haber conjurado el peligro a
fuerza de astucia y de dinero, y prometiéndole la completa extirpación
del misterioso «¡Mentecato!» en cuanto llegara él a Madrid y pudiera
comunicar a las logias las órdenes que de Italia llevaba. Firmaba esta
carta con un nombre supuesto, no ponía en ella fecha ninguna, y
encargábale mucho quemarla después de leída y aventar luego las cenizas.
Hízolo así el tío Frasquito, lleno de miedo, y creyendo ya poder
aventurarse a salir con algunas precauciones, presentóse aquella noche
en casa de Currita, en el taller de las hilas, tosiendo lastimosamente y
ofreciendo a todas las damas caramelitos de rosa, único remedio para la
_horrible_ tos que le había dejado el pertinaz _catarro_.

Currita no contestó a Jacobo, y extrañado este, tornó a escribirle, sin
obtener tampoco respuesta. Alarmóse entonces el futuro ministro y
escribió a Butrón pidiéndole categóricas explicaciones de aquel
obstinado silencio que le hacía sospechar en la dama algún
resentimiento, peligroso siempre y funesto en aquellas circunstancias,
en que la amistad íntima y la repleta caja de los consortes Villamelón
le eran de todo punto indispensables.

Con mensurado tono y severidad paterna contestó entonces _el sabio
Mentor_ al _joven Telémaco_, enterándole del regalo hecho por
mademoiselle de Sirop a la _kermesse_, del justo enojo de Currita al
recibir aquel ultraje, que revelaba la traición del amigo íntimo a quien
tantos beneficios había prodigado, y de la ferocidad con que las lenguas
murmuradoras se habían echado sobre la aventura, comentándola y riéndola
a mandíbula batiente. El _sesudo Mentor_ terminaba con protectora
solicitud y paternal indulgencia: «Tu ligereza ha sido grande; pero
inventa una disculpa, apresúrate a venir y trataremos de arreglarlo».

Jacobo no se hizo repetir el aviso, y cinco días después _el joven
Telémaco_ y _el sabio Mentor_ se presentaban en el _boudoir_ es decir,
abordaban a las playas de la isla de Ogigia, retiro encantador de _la
invulnerable Calipso_... La escena debió de ser conmovedora; mas ninguna
ninfa hizo traición a la diosa, revelando lo que oyó o pudo ver en la
misteriosa gruta, e ignórase al presente cómo llegaron los tres
personajes a la perfecta avenencia que todo Madrid pudo observar desde
entonces entre ellos. Corrió, sin embargo, a los pocos días por los
periódicos la noticia de que el marqués de Sabadell había acusado de
ladrona ante los tribunales a cierta aventurera francesa llamada
mademoiselle de Sirop; súpose más tarde que esta había desaparecido, y
murmuróse, por último, muy sotto voce, que el mismo marqués, su acusador
público, la tenía escondida en su casa: nadie pudo comprobar, sin
embargo, la exactitud de este hecho inexplicable.

Las cosas quedaron, pues, como estaban un mes antes y tan sólo Jacobo
pudo notar en Currita, con harto despecho suyo, esa extraña anomalía de
la mujer, que consiste en mostrarse servilmente sumisa con el hombre que
la oprime y ferozmente tirana con el que se le somete: rasgo a la verdad
poco noble, que hace común san Ignacio de Loyola en su famoso libro de
los _Ejercicios_ al mismísimo demonio, con estas textuales palabras: «El
enemigo se hace como mujer, en ser flaco por fuerza y fuerte de
grado...». Mientras en sus relaciones íntimas con la dama se mostró
Jacobo duro y despótico, imponiéndole en todo su voluntad como dueño,
hallóla siempre dócil y sumisa, pronta a sacrificarse por él y a
prestarle todos los homenajes, con la humildad del pobre que al quemar
ante el ídolo su incienso no espera ni pide otra recompensa que la
satisfacción de verlo aceptado. Mas cuando, por las circunstancias que
quedan referidas, tuvo Jacobo que humillarse a ella y mostrársele
rendido y avasallado, crecióse Currita al punto, y sin disminuirle en
nada su íntima confianza, ni cercenarle tampoco los continuos y siempre
indecorosos beneficios que le prodigaba, comenzó a dejarle sentir su
yugo, a hacerle comprender que ella era allí la dueña absoluta, y a
saciar su vanidad, primer elemento que en todos los actos de su vida y
todos los sentimientos de su corazón entraba, presentándole a los ojos
del mundo, vencido, sujeto y atado, como un hermoso rey prisionero, a
las ruedas de su carro.

Por lo demás, nunca supo nadie lo que había hecho Jacobo en Italia;
guardóse él muy bien de decirlo, y con muchas y variadas mentiras
explicó a todo el mundo los motivos de su ausencia, quedando esta nueva
aventura envuelta en las nubes vagas e indecisas que habrá notado
siempre el lector, así en las cosas como en el carácter de este
histórico personaje.

Era, sin embargo, cierto que había visitado en Caprera a Garibaldi, y
confiádole una peregrina historia que explicaba por completo la
desaparición de los papeles, sin culpa de nadie, por supuesto. Mas el
viejo mamarracho, sin guardar siquiera memoria de aquello, encogióse de
hombros al oírle, y seducido por la labia de Jacobo, ofrecióle
cordialmente cartas comendaticias para los venerables de Milán y de
España que le pusieran a cubierto de todo recelo. Aceptólas Jacobo
gozosísimo, creyendo ya con esto conjurado el peligro, y gastóse
alegremente en excursiones por Italia todo su dinero, dejándose en la
ruleta de Mónaco hasta el último céntimo del que había sacado al tío
Frasquito. Las noticias del _sabio Mentor_ hiciéronle apresurar su
vuelta a España, y engolfándose de nuevo a su regreso en su antigua vida
ordinaria de crápula elegante y vagancia aristocrática, interrumpida a
veces por solemnes intervalos políticos, quedáronsele en la gaveta las
cartas de Garibaldi, pasósele el susto que le había llevado a Italia, y
en su impresión natural de niño revoltoso, no volvió a acordarse de los
masones, juzgando que también ellos le tendrían olvidado.

Mientras tanto, los trabajos alfonsinos tocaban a su término, y Jacobo,
creyendo haber pagado a buen precio con la entrega de sus papeles el
logro de sus ambiciones, importunaba de continuo a Butrón y hacíase
presente a todas horas en el centro de hombres políticos que dirigían
los trabajos del partido, en demanda de una cartera que jamás se le
había prometido en serio, pero que se le había hecho vislumbrar a lo
lejos como precio de su hurto, en los tiempos en que era la consigna
barrer para adentro. Mas había llegado ya la hora de barrer para fuera,
y el taimado Butrón levantaba con disimulo la escoba para sacudir _al
joven Telémaco_ el primer escobazo, sin echar de ver que otra escoba más
poderosa se levantaba también a su espalda con la idea deliberada de
ejecutar con él la misma maniobra. La estrategia de unos y otros era
graciosa: comenzaban ya a organizarse las combinaciones ministeriales, y
en todas ellas hacíase el papel, delante de Butrón y delante de Jacobo,
de reservarles a uno y otro las ansiadas carteras; mas volvía la espalda
el _joven Telémaco_, y decían todos _al prudente Mentor_, y este era el
primero en afirmarlo, que era una temeridad, un descrédito para el
partido dar entrada en el futuro gabinete a un botarate, un loco sin
decoro como Sabadell, y que la cartera que este esperaba había de darse
al señor Fernández Gallego, hombre probo, orador famoso, capaz de
desatascar un carro, cuanto más a un Gobierno, con sólo hacer oír en las
orejas del tiro los rotundos períodos de su enérgica palabra.

Así quedaba convenido; mas tocábale la vez al respetable Butrón de
volver la espalda y decíanse todos entonces que era una necesidad, una
pifia, desperdiciar una cartera en aquel pobre hombre, político
mujeriego, que debía de contentarse, a lo más, con una plenipotenciaria,
pudiendo emplearse aquella, si no con honra, a lo menos con provecho, en
el señor don Eusebio Díaz de la Laguna, pajarraco gordo en tiempo de
Amadeo, que, como acontece en todas las restauraciones, habíase pasado
con armas y bagajes al bando alfonsino en cuanto vislumbró en él la
aurora del triunfo, ejecutando una de esas maniobras que en la farisaica
jerga de los hombres gubernamentales se llaman _cambios políticos_,
debiendo de llamarse charranadas o vilezas. Su entrada en el ministerio
había de ser un poderoso puntal que aparcase las tendencias tolerantes y
olvidadizas de la política restauradora.

Al olfato finísimo del señor Pulido habían llegado todos estos apartes,
y apresuróse a notificarlos al amigo Pepe, temeroso de perder la
deslumbradora proyección que sobre su persona y parentela arrojaría la
poltrona ministerial de este. Entróse, pues, una mañana en casa del
respetable Butrón, nervioso y descompuesto, y con las falanges de su
dedo índice ya desplegadas y la frase sacramental--¡lo dije!--, colgando
de los labios, traspasó el misterioso biombo de nueve hojas que servía
de reducto con el despacho a los secretos del diplomático. Allí estaba
este, sumido en profundas meditaciones ante unos papeles que debían
encerrar altos secretos de Estado, de los cuales apartó los ojos tan
sólo un segundo para mirar al recién venido, murmurando con aire
distraído:

--¡Hola, Pulidito!...

Mas Pulidito, alargando el inexorable dedo indicador, cual si fuesen sus
falanges elásticas, y agitándolo de arriba abajo con la fatal oscilación
de un péndulo acompasado, exclamó con temeroso acento:

--¿Lo ves, Pepe?... ¿Lo ves?... ¡Lo dije!... ¡Lo dije!...

--¿Qué?--replicó Butrón con el aire resignado de quien se prepara a
recibir un importuno chubasco.

--¿Qué?--replicó el señor Pulido en el mismo tono--. Pues nada... ¡que
te birlan la cartera, Pepe, que te la birlan!...

Y al compás de las oscilaciones de su dedo, comunicó el diplomático sus
noticias alarmantes... El respetable Butrón no se conmovió ni pizca.
¿Acaso era él bobo?... Al tanto estaba de todos aquellos manejos; pero
callaba, callaba y hacía la vista gorda, porque tenía la seguridad--y
su vanidad inmensa se la daba, en efecto--de que el futuro gabinete no
podría prescindir de su persona y sus servicios... En cuanto a Sabadell,
era otra cuestión: habíase forjado ilusiones absurdas, que en el futuro
orden de cosas era imposible realizar. Sabadell era un loco, un
mentecato que había prestado por carambola algunos servicios al partido,
pero que no era de la madera de que la Restauración había de hacer sus
ministros; hubiera podido serlo con un Prim o con un Serrano, pero nunca
con un Cánovas del Castillo y con un Butrón...

Detúvose aquí el diplomático con solemne pausa, y añadió
sentenciosamente:

--Todo árbol es madera, pero el pino no es caoba... En mi opinión, ni
Sabadell puede ser ministro, ni yo puedo dejar de serlo.

El dedo del señor Pulido comenzó a subir y bajar con riesgo manifiesto
de descoyuntarse, cual si marcaran sus oscilaciones los grados de
impaciencia de su dueño.

--¿Y crees tú, Pepe, que el señor Cánovas del Castillo será de tu misma
opinión?...

Miróle el diplomático con aire de lástima y díjole al cabo:

--Mira, Pulidito, hijo mío, creo que no soy del todo imbécil... Cánovas
no da un paso sin contar antes conmigo.

--¿Y ha contado contigo para proponer la candidatura del señor Díaz de
la Laguna?...

Pasmóse interiormente el gran _Robinsón_, porque ignoraba por completo
que semejante candidatura se hubiera presentado; mas pareciéndole
contrario a su decoro manifestar ignorancia, y cediendo a su hinchada
vanidad, que le llevaba siempre a disfrazarlo todo con solemnes mentiras
y enigmáticos conceptos, a fin de mantener en alza su crédito político,
replicó imperturbable.

--Ha contado.

--Entonces...

--Entonces, puedo asegurarte que el señor Laguna quedará siempre rana
del pasado charco.

Y dando una gran palmada con su mano de Esaú, extendida sobre los
papeles que tenía delante, dijo solemnemente, con cierto aire de reserva
dignísima que indicó al señor Pulido que tras el biombo de la mesa
estaba el biombo de las cejas del diplomático, custodiando dentro de su
frente arcanos misteriosos que a él no le era dado penetrar:

--Mira, Pulidito, dejemos ya eso... Los secretos míos puedo confiarlos a
un amigo; los ajenos, jamás... Para tu tranquilidad y tu gobierno, te
diré, sin embargo, dos cosas... Primera, que anoche estuvo Antonio
Cánovas conferenciando conmigo en esa misma silla en que estás sentado,
hasta las cuatro de la mañana...

Hizo el respetable Butrón un alto, para dejar saborear al señor Pulido
la gordísima mentira, y prosiguió diciendo:

--Segunda..., que al despedirse Cánovas, me entregó este proyecto de
tratado secreto con Alemania--y golpeaba los papeles que tenía
delante--, y necesito para estudiarlo... tiempo y soledad...

Quedóse tamañito el señor Pulido ante el perfil de perro dogo de
Bismarck que las palabras del diplomático evocaban sobre la mesa, y
comprendiendo que se le recordaba con aquel elegante giro que el
undécimo mandamiento de la ley de Dios es no estorbar, despidióse esta
vez con el dedo índice muy plegadito, medrosico y esperanzado, mas no
sin echar antes una ojeada furtiva al proyecto de tratado secreto con
Alemania, que la extendida mano del diplomático parecía proteger contra
todo amago de curiosidad. Algo atisbó, sin embargo, que vino a
despertarle la sospecha de que el tal proyecto de tratado secreto no era
precisamente con el Gobierno alemán, sino con la repostería de Lhardy,
poderosa potencia gastronómica de la Carrera de San Jerónimo: entre los
peludos dedos del diplomático asomaba por una esquinita la viñeta de las
cuentas del célebre Emilio.

Mas no era el señor Pulido hombre que, una vez puesto en la pista,
retrocediese ante ningún peligro ni reparo; fuese, pues, derecho a casa
de Lhardy y preguntóle si el señor marqués de Butrón tenía en su
repostería alguna cuenta pendiente. Emilio, creyendo sin duda que aquel
señor vendría a pagárselas, díjole que tenía cuatro, de las cuales era
la más antigua la del buffet de un baile dado tres años antes en honra
de Currita, y que el día anterior se las había remitido todas juntas por
centésima vez, sin haber logrado aún cobrar ninguna. Enderezóse entonces
el dedo del señor Pulido con la fuerza de una catapulta, y atónito
Emilio, oyóle exclamar dos veces:

--¡Lo dije!... ¡Lo dije!...



--IV--


Amaneció por fin el día 29 de diciembre de 1874, y a las once y
cincuenta y seis minutos de la mañana, el ministro de la Guerra, Serrano
Bedoya, saltaba violentamente de la cama, como había de saltar
veinticuatro horas más tarde, violentamente también, de la poltrona
ministerial... Anunciábale un telegrama del gobernador militar de
Sagunto que el general Martínez Campos había proclamado rey de España al
príncipe Alfonso, en las Ventas de Puzol, al frente de la brigada Dabán.
Alborotóse el Gobierno, reunióse al punto Consejo extraordinario en el
ministerio de la Guerra y tomóse por primera providencia la de echar el
guante al señor Cánovas del Castillo y a otros muchos personajes de
cuenta, entre los que se contaban el señor Pulido, _el joven Telémaco y
el respetable Mentor_. Encerráronles por de pronto en el Saladero, con
la sana intención de enviarles más tarde, una vez sofocada la intentona,
a tomar camino de Filipinas los saludables aires de mar. La cortesanía
del gobernador de Madrid, señor Moreno Benítez, proporcionóles horas
después mejor alojamiento en el Gobierno civil; mas fuese pérfida
intriga de los amigos o cruel ensañamiento de los contrarios, es lo
cierto que los tres compadres, Jacobo, Butrón y Pulido, quedaron presos
en el Saladero, pasando entre temores y sobresaltos todo el día 29 y
también el 30, hasta que en la madrugada de este, muy cerca ya del alba,
abriéronse ante ellos las puertas de su prisión, para cerrarse ante sus
ojos la puerta de sus esperanzas... A las nueve y cuarto de aquella
misma noche, hundido para siempre el Gobierno de la Revolución, había
quedado investido de todos los poderes el capitán general de Madrid, don
Fernando Primo de Rivera, y puestos al punto en libertad los prohombres
alfonsinos detenidos en el Gobierno civil, apresurándose a nombrar un
ministerio-regencia, del cual formaban parte el Gallego y el Laguna,
quedando excluidos, por supuesto, _el joven Telémaco y el respetable
Mentor_[20].

[Nota 20: Formaban este primer gabinete alfonsino, bajo la
presidencia de don Antonio Cánovas del Castillo, los señores Castro,
Cárdenas, Jovellar, Salaverría, marqués de Molins, Romero Robledo, Ayala
y marqués de Orovio. Excusado nos parece advertir que, al fingir
nosotros un señor Gallego y un señor Laguna formando parte de este
Ministerio, no aludimos para nada a ninguno de los señores que en
realidad lo formaron. Y ya que de alusiones hablamos, bueno será hacer
constar, una vez más, que yerran por completo los que han creído ver en
algunos personajes de la presente novela retratos de personas harto
conocidas, que sin duda lo fueron muy poco de los que tal juzgan, cuando
encuentran semejanza entre unos y otros. Nuestros personajes no son
retratos de individuos determinados, sino tipos de caracteres sociales;
y si puede halagar la vanidad del artista que resulten sus creaciones
tan reales que no pueda concebírselas sin un modelo vivo, debe de
repugnar ala delicadeza y aun a la conciencia del escritor honrado al
convertir por este medio un libro escrito con altos fines morales en un
intencionado libelo.]

Quedóse este anonadado, púsose Jacobo furioso, y el señor Pulido, sin
fuerzas para enarbolar el dedo indicador, sin alientos para
murmurar--¡lo dije!--, enmudeció como Casandra a la vista de Troya
destruida y Grecia triunfante. Butrón bufaba, Pulido gemía, Jacobo
echaba ajos, y entre peroratas enérgicas, amargos reproches, violentas
reclamaciones y planes de campaña propuestos para derrocar aquel
Gobierno que les había estafado, pasáronse algunos días, hasta que
desembarazado algún tanto el ministerio-regencia con la llegada del
joven monarca, pudo al fin dar vuelta a la llave de la despensa, y
enarbolando la rama de sustanciosos dátiles, que ha venido a sustituir a
la de olivo, antiguo símbolo de la paz, comenzó a distribuir puestos,
honores y destinos entre sus diversos paniaguados, tocándole a Butrón
una plenipotenciaría de primer orden. Hízose de rogar este cuanto sufría
por una parte la prudencia y exigía por otra el decoro, y teniendo en
cuenta sin duda que a buena hambre no hay pan duro, que a falta de pan
buenas son tortas y que más vale pájaro en mano que buitre volando,
marchó al fin resignado y majestuoso a representar en tierra extranjera
la persona de Alfonso XII. Hubo también una dirección de segundo orden
para el señor Pulido, y ofrecióse a Jacobo otra plenipotenciaría igual a
la aceptada por Butrón. Mas _el joven Telémaco_ era hombre capaz en sus
rencores de comprender y practicar aquella venganza de los chinos, que
consiste en ahorcarse a la puerta de su adversario para atraer sobre él
la cólera celeste y el odio de los ciudadanos; lleno, pues, de saña,
rechazó con altivez la oferta, y creyendo alcanzar por sus propias
fuerzas lo que de grado no le habían querido dar, alistóse de nuevo
entre sus antiguos amigos los revolucionarios aún no resellados, que
capitaneaba a la sazón el excelentísimo Martínez y prometían formar una
oposición formidable el día en que se decidieran a reconocer la
monarquía de Alfonso XII. Recibiéronle ellos como a un Hércules bajado
del cielo para emprender de nuevo a su lado los doce trabajos sobre la
tierra, y en el momento en que le encontramos volviendo de Biarritz al
lado de Currita, traía ya lograda, con ayuda de esta fiel amiga, la
senaduría vitalicia, altísima tribuna desde donde pretendía escalar, al
lado del excelentísimo Martínez, el Olimpo ministerial, una vez
efectuada la temida y esperada maniobra que con gran sigilo preparaba el
taimado _buey Apis_.

A poco presentaba Madrid su animado aspecto de invierno, y dos sucesos
trascendentales ocupaban la atención de los políticos y los elegantes:
la apertura de las Cortes y el casamiento del monarca. Prometía la
primera campañas parlamentarias nunca vistas; hacía esperar el segundo
diversiones y regocijos jamás disfrutados, y unas y otros discutíanse y
aun preparábanse en los salones de Currita, centro por aquel tiempo de
los más importantes hombres políticos de la futura oposición dinástica,
a la vez que de lo más _gommeux_, lo más _poisseux_ de la alta sociedad
madrileña. Sus _après dîners_ de los viernes llegaron a tener fama, y
con igual facilidad se concertaba en ellos un gabinete que se
desconcertaba un matrimonio, se ganaba un diputado para la oposición que
se perdía una muchacha para siempre, minada al amparo bienhechor de la
dama, por esa galantería de algunos salones, que llama un autor, nada
asustadizo por cierto, _trabajo de zapa que el vicio emplea para minar
la virtud_. Pedro López comparaba en _La Flor de Lis_ el salón de
Currita con aquellas famosas tertulias que comenzaron en el hotel
Rambouillet y acabaron con madame Staël, Recamier, Tallien y Girardin; y
ciertamente que si no se encontraba en aquel como en estas la culta y
amena conversación y la urbanidad más exquisita de antaño, que ha venido
a ser hoy entre damas y caballeros como atributo exclusivo de las
pelucas empolvadas y las chorreras de encaje, encontrábase de igual modo
aquel principio disolvente de toda moral, que consiste en tolerar y
autorizar el escándalo.

Viose entonces claro como nunca la funesta influencia que ejerce en una
sociedad entera una de esas reinas de la moda que comienzan escotando
los trajes y acaban escotando las costumbres; que empiezan imponiendo el
yugo de sus elegantes extravagancias y terminan imponiendo el de sus
desvergonzados vicios; que familiarizan con el escándalo y lo hacen
tolerable y de buen tono hasta a los ojos de las personas virtuosas, que
llegan a contemplar sin extrañeza, sin rubor y sin protesta,
espectáculos como el que ofrecía Currita haciendo los honores de su casa
con distinción elegantísima, en compañía del marqués de Sabadell,
mientras sus hijos yacían olvidados, cada cual en un colegio, y
Villamelón, reblandecido ya casi por completo, jugaba al bésigue o al
tresillo con las celebridades del momento, o tentaba la paciencia de sus
tertulianos encerrado, como en un círculo vicioso, en sus ordinarios
tópicos de conversación: el combate _terro-naval_ de Cabo Negro, los
prodigios de su cocinero, los adelantos de su fotografía, las ventajas
de la incubación artificial de los huevos de gallina, o las extrañas
peripecias del doctor Tanner y el italiano Succi, que, con gran pasmo
suyo, parecían haber resuelto el problema, para él horripilante e
incomprensible, de vivir sin comer.

Un nuevo escándalo, iniciado y meditado en casa de Currita y llevado a
efecto a la sombra de esta, y quizá, quizá bajo su protección misma,
vino a probar a las personas sensatas que tan peligrosa es la proximidad
del vicio, que aun sin estar de él contaminado, se respira en su
atmósfera cierta ponzoña que trastorna y extravía, y hace al cabo
resbalar y caer... Margarita Belluga, una de las jóvenes que al pisar
por primera vez los salones del gran mundo había llamado más la atención
por su candor y su pureza, desapareció un día súbitamente de casa de
sus padres, para aparecer a poco en Italia, _magna parens artium_, y
refugio insondable de pillos de todas las naciones, casada con Celestino
Reguera, el pintorzuelo cómplice de Currita en sus atentados pictóricos,
que había conservado siempre la dama a su lado, para alumbrar su corte
con los resplandores de un genio, a la manera que Filipo mantenía en la
suya a Aristóteles, y Augusto a Virgilio, y Carlos V a Garcilaso, y Luis
XIV a Molière.

Comenzaron entonces las lamentaciones y las extrañezas, los comentarios
y los sobresaltos, y la murmuración no fue ya el ruido de una ola al
reventar en la playa, sino que cundió y se hizo formidable, y resultaron
todos los imponentes estrépitos del mar batiendo las costas... Mas a
pesar de que todo el mundo vio claro el viento que había desatado
aquella tormenta y los polvos de que salían aquellos lodos, tan sólo dos
de las muchas madres honradas que acudían a los saraos de Currita
dejaron de llevar allí a sus hijas; tan sólo uno de los muchos maridos
con decoro que a ellos concurrían retrajo a su mujer de aquella casa
funesta a que se hacía necesario acudir, porque... porque... se pasaban
allí ratos deliciosos, era la dama quien fijaba en sus salones las leyes
del buen tono, y el ser admitido en su casa era un brevet de elegancia y
de notoriedad.

Mas un día corrió por Madrid una noticia estupenda, que se escuchó al
principio como un absurdo inventado por algún ocioso del Veloz;
concediósele más tarde la verosimilitud que hubiera merecido la de que
Sagasta cantaba misa o el Gran Turco se había hecho monje bernardo, y
extendióse al fin como un hecho inverosímil, pero cierto, absurdo, pero
verdadero, desde los salones hasta las antesalas, y desde los pasillos
del Congreso hasta los de los teatros, llenando a todo el mundo elegante
de asombro, de extrañeza y de curiosidad. La imaginación siempre
exaltada de los madrileños aderezó el hecho con interpretaciones y
comentarios, y unos vieron en él un manejo político, otros una rivalidad
femenina, algunos una señal de reconciliación entre el mundo devoto y el
profano, y varios, los que se decían más enterados y eran más hábiles en
aquello de ajustarle las cuentas al prójimo, vieron, por el contrario,
una emboscada peligrosa que la más inflexible de las beatas tendía a la
más tolerante de las pecadoras; un reto del calendario piadoso a la
mitología pagana; un combate singular entre la marquesa de Villasis, que
arrojaba el guante, y la condesa de Albornoz, que se apresuraría sin
duda a recogerlo.

Porque era el caso que habían circulado por ciertas casas privilegiadas
de la alta sociedad madrileña unas lindas tarjetas litografiadas, en que
la marquesa de Villasis anunciaba a sus numerosos amigos que abría las
puertas de sus salones, y fijaba como día de recepción--¡aquí estaba el
busilis!--el mismo fijado por Currita: ¡los viernes!... La noticia llegó
a casa de esta un miércoles por la noche, estando presente tan sólo la
duquesa de Bara, Carmen Tagle, Leopoldina Pastor y la Valdivieso;
algunos señores mayores jugaban al tresillo, y en la sala de billar
oíanse a lo lejos los secos golpes de las bolas y los tacos. Currita
recogió, en efecto, el guante, y puesta en guardia al punto, manifestó
su asombro con ingenua sencillez de cándida tortolilla.

--¿De veras?... ¡Cuánto me alegro!... Supongo que habrá convidado a las
novicias del Sagrado Corazón...

Riéronse todos a carcajadas, y ella, muy extrañada de aquellas risas,
prosiguió diciendo:

--Pues no lo digo de burlas... Creed que lo decía sin ningún
_arrière-pensée_... Como María es tan piadosa y suele darle a todo un
tinte devoto...

--¡Pues claro está!--replicó muy seria la de Bara--. Por eso ha
convidado también a los congregantes de San Luis.

--Y por lo menos exigirá a los presentados la cédula del cumplimiento
pascual.

--Y el certificado de buenas costumbres del cura párroco...

--¡Qué delicia!... ¿Y abrirán el baile rezando el rosario?...

--Como que tocará el cuarteto de la capilla real, y se cantarán en los
intermedios los Gozos de san José.

--¡Ya lo creo!... La Villasis sabe hacer bien las cosas, y de seguro que
ha pedido al arzobispo indulgencia plenaria para todos sus tertulianos.

--Pero, en suma--dijo al fin Currita, deteniendo aquella granizada de
burlas--, ¿qué es lo que se propone esa pobre María?...

Aquí miró a todas partes con gran misterio el que había traído la
noticia, y las cinco señoras alargaron las cabezas y abrieron las orejas
con curiosidad intensísima.

--Pues dice..., dice... que se propone recibir a... mujeres honradas...

Un ¡ya! general, preñado de extrañas e intencionadas inflexiones, se
escapó de todos los labios, y la Albornoz, abriendo cándidamente los
ojos, dijo con su suave vocecita:

--Pues a mí no me han convidado hasta el presente...

Las señoras soltaron el trapo a reír, y dijeron todas al mismo tiempo:

--Ni a mí...

--Ni a mí...

--Ni a mí...

Leopoldina Pastor no dijo nada; púsose muy encendida, y dando una brusca
media vuelta, sentóse al piano y comenzó a tocar furiosamente la antigua
canción del _¡Trágala!_...

Anocheció por fin el viernes, llegó la hora de comer, y tan sólo trece,
de los veinte personajes convidados, se sentaron aquella noche a la mesa
de los consortes Villamelón. El número era funesto, y la duquesa de
Bara, que supuso al punto la causa de tan repentina baja, dijo muy
quedito a su sobrino el duque de Bringas:

--Mal número... ¿Si será esta la _última cena_?

--Con tal que no te toque a ti el papel de Judas.

--¡Oh, no, no!... Yo le soy fiel a Curra.

--¿Pero por qué han desertado los otros?

--Pues nada, hijo, que ha habido conjunción de pucheros y el de María
Villasis triunfa.

--Será más delicado.

--¡Pchs!... Bizcochitos de monja y tocino de cielo... Prefiero el de
Curra: es más sustancioso.

--¿Pues cuál es?...

--_Olla podrida_.

Y con tales ganas comenzaron a reír la tía y el sobrino, que casi
vinieron a echar por las narices el _consommé à la Régence_, servido en
magnífica vajilla de plata, con que los ilustres comensales comenzaron a
apaciguar sus respectivos apetitos... Con estos augurios funestos dio
principio la comida, lenta y desanimada; Villamelón, con gravedad
señoril y solemne aspecto, embaulaba en silencio, sin ocuparse gran cosa
de la embajadora de Alemania y la duquesa de Bara, que tenía a derecha e
izquierda, consultando a cada paso el _menú_, impreso con vivos colores
en apergaminada vitela, al estilo de los antiguos misales de la Edad
Media, y no satisfecho con esto, preguntando de cuando en cuando con
sigilo prudentísimo al criado que le servía:

--¿He comido de todo?...

Frente por frente estaba Currita, teniendo a su derecha al embajador de
Alemania, y a su izquierda al excelentísimo señor don Juan Antonio
Martínez, _buey Apis_ por otro nombre, que olvidando con loable
magnanimidad antiguos rencorcillos, era a la sazón íntimo de la dama,
como sustituto del respetable Butrón en el cargo de _Mentor_ del _joven
Telémaco_. Prodigábale Currita atenciones delicadísimas y hablábale a
veces en voz baja, con muestras de íntima confianza: en una de estas,
mostróle rápidamente con ademán misterioso un pequeño objeto que había
sobre la mesa. Entre los mil primores y monerías que la adornaban,
veíanse ante el cubierto de cada caballero pequeños _bouquets_ de
violetas para el ojal del frac, puestos en diminutos vasitos de cristal,
ligeros y diáfanos cual si fuesen de aire petrificado, y teniendo todos
en el centro una pequeña flor de lis, lindísima maravilla natural,
criada a fuerza de cuidados en las estufas de Currita. Con significativa
sonrisa mostróle la dama al _buey Apis_ el _bouquet_ que tenía delante,
y este, sonriendo también, dijo entre dientes, sin que ella protestase:

--El diablo son las mujeres...

Entre estos dos grupos principales que ocupaban ambas cabeceras
sentábanse el resto de los convidados: la señora de López Moreno, que
redondeaba a la sazón su inmensa fortuna prestando al veinte por ciento;
la marquesa de Valdivieso, que no atestiguaba ya sus sentencias con la
autoridad de Paco Vélez, sino con la de Fermín Doblado; la condesa de
Balzano, divorciada de su marido y en pleito con sus hijos; el duque de
Bringas, declarado pródigo por los tribunales a instancias de su esposa;
don Casimiro Pantojas, buscando siempre el _paulot postfuturum_ de algún
verbo griego; dos diputados novatos, cándidos provincianos todavía, a
que la ilustre condesa, de acuerdo con el excelentísimo Martínez, tendía
el anzuelo de sus banquetes para pescarlos en la oposición futura; el
espiritual Pedro López, que pagaba su cubierto todos los viernes con
algunas columnas de _La Flor de Lis_ de prosa _gelatinesca_, y el
marqués de Sabadell, que al notar las siete bajas habidas en el número
de convidados, dirigía a Currita miradas impacientes, que hacían en la
comprimida cólera de esta el efecto que el viento hace en el fuego, y
parecían demostrar en ambos el pesar de ver frustrado en parte algún
plan que proyectaban.

El berrenchín de Currita igualaba, en efecto, a su inquietud, porque
justamente pertenecían sus convidados prófugos a aquella parte sana y
virtuosa de la sociedad madrileña que se complacía ella en atraer a su
casa para acallar con el ejemplo de estos los escrúpulos de algunos
otros, a la manera que en ciertos garitos de industrias prohibidas
colocan en el portal la muestra de alguna otra industria inocente, que
desorienta a la policía y sirve de cebo a los incautos. Faltaban, pues,
aquella noche los duques de Astorga, que con gran acierto habían sido
elegidos por el nuevo monarca para formar parte de la alta servidumbre
de la joven reina; los condes de Orduña, nobles figuras del antiguo
bando carlista, fiel siempre a la desgracia, y la marquesa de Lebrija,
cuyo prurito de socorrer y presidir asociaciones pías habíale
conquistado justamente la doble fama de caritativa y de vanidosa.
Faltaba también el tío Frasquito, que, con gran indignación de Currita,
no se había tomado el trabajo de disculpar su ausencia; y faltaba
Leopoldina Pastor, que la había disculpado tan sólo con una lacónica
esquelita, diciendo que un indecente orzuelo le había aparecido en un
ojo, poniendola de humor malísimo. La ausencia de estos dos últimos
hería, más que ninguna otra, el amor propio de Currita, porque eran él y
ella de esos pájaros que se retiran a tiempo del árbol que pierde su
sombra y tienden el vuelo hacia el que comienza a verdear.

Azoraba todo esto a Currita, pareciéndole indicio cierto de conjura
sospechosa, y al mismo tiempo que procuraba sostener y animar la
desmayada conversación de sus comensales, prestaba oído atento a lo que
por fuera del comedor pasaba... Sucedía de ordinario los viernes que,
aun antes de terminarse la comida, poblaban ya los salones gran número
de tertulianos que se apoderaban de las mesas de tresillo y de billar y
formaban grupos y corrillos llenos de la alborotada animación, que
duraba siempre hasta muy entrada la madrugada... Nada se oía aquella
noche, y cada vez más inquieta Currita procuraba alargar la comida,
agotando todos los recursos de su ingenio e intercalando entre plato y
plato historietas que equivalían a las más picantes salsas, con el fin
de dar tiempo a la llegada de la gente y evitar que los comensales
recibiesen la mala impresión de encontrar los salones desiertos. Fuele
ya imposible alargar por más tiempo la ímproba tarea y puso al cabo fin
a la comedia con una escena misteriosa, seguida de un golpe teatral
hábilmente dispuesto... Su diminuto piececito tocó ligeramente por
debajo de la mesa la pezuña del _buey Apis_, y ambos cruzaron con Jacobo
una rápida mirada de inteligencia que parecía significar: ¡Alerta!
Entonces, tomando Currita el _bouquet_ que tenía Martínez delante, tuvo
la exquisita galantería de ponérselo ella misma en el ojal, repitiendo
la acostumbrada frase de las floristas parisienses:

--_Monsieur_... _Fleurissez votre boutonnière_...

Mas Jacobo, con jovialidad perfectamente afectada, detúvola en mitad del
camino, diciendo desde su sitio:

--¡Cuidado, Martínez, cuidado!... Que le tienden a usted un lazo...

--¿Un lazo?--exclamó Currita, retirando vivamente el ramito.

--Sí, señor, un lazo--afirmó Jacobo riendo--. ¿Pues no ve usted que
lleva el _bouquet_ una flor de lis?...

--¡Ay, Jesús!--replicó Currita escandalizada--. Entonces ¡protesto,
protesto!... Yo persuado a quien puedo, pero no sorprendo a nadie...
¿Quiere usted que se la ponga, Martínez?... ¿Sí o no?...

--¡Jú, jú, jú, jú!--mugió _el buey Apis_, haciendo con la cabeza ademán
afirmativo.

--¿La acepta usted entonces?--preguntó Currita.

--La acepto.

--¿Con todas sus consecuencias?...

--Con todas sus consecuencias--repitió _el buey Apis_.

Y paseó por todos los presentes una mirada orgullosa, casi fiera, que no
carecía de la tosca grandeza de un Mario, a la vez plebeyo y formidable,
que se dejase acariciar por afeminados patricios... Un aplauso general
acogió la declaración del antiguo revolucionario, y Villamelón, muy
conmovido, propuso un brindis en honor del rey Alfonso XII. Apuráronse
las copas, y Fernandito, tomando entonces la que había servido a
Martínez, dijo solemnemente:

--Esta copa tendrá con los años gran valor histórico. ¿Me entiende
usted, Martínez?... Permítame que la guarde... Quiero legarla a mis
hijos.

Y con su recuerdo histórico muy empuñado fue a ofrecer el brazo a la
embajadora de Alemania, para pasar al saloncito azul, donde se
acostumbraba a servir el café en aquellos días de gala... Allí acabaron
los triunfos: el salón estaba vacío, y por sus puertas abiertas veíase a
la izquierda el otro salón amarillo, y a la derecha, el gran salón de
baile, que sólo se abría e iluminaba los viernes, ambos desiertos. En el
primero, divisábanse a lo lejos, en un apartado rincón, cuatro señores
muy graves, muy tiesos, jugando al tresillo; en el segundo, reverberaban
las luces en el brillante parquet de finísimas maderas enceradas y en
los colosales espejos, dando a todo aquel recinto el aspecto fantástico
y temeroso, en medio de su magnificencia, de aquellos palacios
encantados que se describen en los cuentos de hadas. El fiasco era
completo, y aturdida Currita miró espontáneamente hacia el magnífico
reloj de bronce dorado que había allí cerca, sobre una chimenea: ¡eran
ya las diez y cuarto!...

Vio entonces a su espalda, en el mismo salón azul, una dama muy apuesta
y elegante dormida en una butaca: tenía en la mano un número de un
periódico de modas, caído negligentemente sobre la falda, y dábale de
lleno en el rostro la tibia luz de una gran lámpara colocada en un
trípode, cuyos reflejos recogía amplia pantalla de seda de suaves
matices... Era Isabel Mazacán, la pérfida Mazacán, reconciliada dos
meses antes con Currita y dispuesta a pelearse otras mil veces con ella
en cuanto el tiempo y la ocasión se presentasen. Ninguna tan propicia
como la presente, y fingiéndose dormida en aquella soledad, abrió
poquito a poco los ojos con tan cómico espanto, con tan chistoso
sobresalto, que todos los presentes soltaron la risa...

--Jesús, hija, dispensa..., pero al verme tan sola me quedé dormida.

Parecióle la broma a Currita de malísimo gusto y contestó muy picada:

--¡Qué delicia!... ¿Y soñarías sin duda con los angelitos?...

--Algo había de eso, porque soñaba contigo...

Guardóse muy bien Currita de pedirle la interpretación del sueño, mas la
Valdivieso, con su importunidad acostumbrada, dijo muy gozosa:

--¡Vaya una coincidencia!... ¿Y qué soñabas?...

--Pues nada, hija... Que también se había ido a casa de la Villasis la
_pobre Curra_.

Y la grandísima tuna de la Mazacán pronunciaba aquel _pobre Curra_ con
un aire de lástima, con un acento de chunga, que la compadecida se
revolvió furiosa, diciendo con su inocente risita:

--Pues mira, mujer..., ni dormida ni despierta se me hubiera ocurrido de
ti semejante cosa.

--¿Y por qué?

--Pues por dos razones... La segunda, porque tú no querrías ir...

--Y la primera, porque María Villasis no querría que yo fuese--dijo la
Mazacán echándose a reír con todo su desparpajo.

--Justo--replicó Currita--. Lo mismo, lo mismo que don Simplicio
Bobadilla Majaderano y Cabeza de Buey: «Puesto que Leonor renuncia a mi
mano, renuncio a la mano de Leonor...».

La Mazacán iba a contestar, pero entraron en aquel momento Carmen Tagle,
Paco Vélez y Gorito Sardona, todos muy compungidos, diciendo que venían
del Real, pero que no había allí nadie, nadie... Al pronto creyeron
ellos que Monsieur tout le monde estaría en casa de Curra, porque ¡claro
está! como era viernes... Pero supieron luego que el _grand complet_ era
aquella noche, ¡quién lo creyera!, en casa de la Villasis; y por eso,
ellos, muy indignados, habían venido a protestar, porque no les parecía
decente acostarse en aquella ocasión sin dar las buenas noches a la
_pobre Curra_.

Escapóse la _pobre Curra_ como pudo de aquellas muestras de compasión
que le atacaban los nervios y dirigióse muy de prisa a la sala de
billar, donde Jacobo, los dos diputados y el excelentísimo Martínez
conferenciaban a solas. Felicitaron todos a la dama por lo hábilmente
que había dispuesto y representado la comedia del _bouquet_, llamada a
tener gran resonancia. Al día siguiente, _La Flor de Lis_ daría cuenta
de ella, preparando de este modo el terreno para la declaración solemne
que a los pocos días pensaba hacer en el Senado el excelentísimo
Martínez... Mas todavía juzgaba este necesario, antes de dar aquel
último paso, atar bien otro cabo importante: parecíale prudente tentar
antes el vado en Palacio.

Currita ofreció al punto sus servicios; ella era dama de honor desde los
tiempos de Isabel II, y al casarse el monarca, dos meses antes, habíase
visto obligada la nueva reina a enviarle también su cruz de dama...
Martínez meneó la gran cabezota; no era esto precisamente lo que él iba
buscando, porque el explorador a que había echado el ojo, para que como
heraldo suyo entrase en Palacio, era Jacobo; podía este como Grande de
España...

La baronesa viuda de Platavieja le cortó la frase, entrando en la sala
seguida de sus seis hijas, amables retoños que en unión de la madre
formaban en cantidad y calidad la suma de los pecados capitales, nombre
por el cual se las conocía en la corte... Madre e hijas venían también
presurosas e indignadas a protestar delante de la _pobre Curra_, y la
señora baronesa aseguro _coram populo_ que lo que había hecho la
Villasis aquella noche era ni más ni menos que un timo...

--¡Un verdadero timo!--repitieron en coro las amables señoritas de
Platavieja, rodeando al punto como enjambre de mariposas a los dos
diputados, jóvenes y solteros, con la idea sin duda de pegarles alguno.

Imposible fue ya continuar la plática ante aquellos testigos, y la noche
corrió lenta y aburrida, sin más incidentes. María Valdivieso, que
andaba de monos con su prima, procuraba bostezar con fingido disimulo
siempre que la miraba esta; la embajadora de Alemania cantó con notable
falta de gracia una _balada_, que calificó la duquesa de _ladrido_, y a
las doce y cuarto, cuando Pedro López, después de tomar el té y encerrar
en sus bolsillos provisión de _sandwiches_ suficiente para toda la
semana, comenzó a hacer el recuento para la crónica de salones que
publicaba _La Flor de Lis_ todos los sábados, sus ojos atónitos pudieron
tan sólo contar bajo los artesonados techos el número exiguo de catorce
señoras: siete pertenecían a la familia de los pecados capitales y las
otras siete podían repartirse entre la de los enemigos del alma: mundo,
demonio y carne.

La marquesa de Villasis triunfaba en toda línea, y las _ciento veinte_
mujeres honradas que reunió aquella noche en su casa y siguió reuniendo
todos los viernes vinieron a probar a los pesimistas lo que había dicho
ella misma a la marquesa de Butrón en época no lejana:

--Madrid no es un lodazal...

Cierto que hay en él _algo que huele a podrido_ y esparce por todas
partes su mal olor, a la manera que las emanaciones de una pequeña
charca se extienden e inficcionan toda una hermosa campiña y tiñen la
vegetación salubre con los mismos desconsoladores tintes de la enferma.
Mas este algo podrido, esta charca hedionda, desbordada siempre por la
desvergüenza propia y la cobardía ajena, mezclándose con el agua pura y
comunicándole en apariencia sus impurezas, habíala ella estancado en
casa de la Albornoz; y al quedar deslindados los campos, la lógica de
los números metió la mano inexorable _dessus du panier_ del gran mundo y
sacó tan sólo catorce mujeres perdidas, por ciento veinte mujeres
honradas.

Un periódico regañón hizo, sin embargo, de las damas de aquel tiempo
otra subdivisión distinta:

Bastantes buenas.

Pocas malas.

Muchas que, siendo de las primeras, se parecen a las segundas.



--V--


La noticia cayó como una bomba, y aunque muchos quisieron negarla frente
a frente de la evidencia misma, estrellábanse sus negaciones contra un
documento oficial, legítimo y auténtico, que había circulado el día
anterior por todas las casas de la Grandeza. Era un oficio de la
mayordomía mayor de su majestad, en que el jefe superior de Palacio
decía letra por letra y punto por punto a todos los Grandes de
España...: «Excelentísimo señor: Su majestad el rey don Alfonso XII (q.
D. g.) se ha servido señalar la hora de las dos de la tarde del día 7 de
febrero para la ceremonia de cubrirse ante su Real presencia los señores
Grandes de España que al margen se expresan, etc., etc.». Y entre
aquellos nombres al margen expresados, por riguroso orden de antigüedad
inscritos, recordando todos ellos la grandeza de los caracteres, la
firmeza de las virtudes, la nobleza de los pensamientos y el valor de
las hazañas de que está llena nuestra historia, leíase con todas sus
letras, puesto el segundo, el del excelentísimo señor don Jacobo
Téllez-Ponce Melgarejo, marqués de Sabadell.

El caso era curioso, y los aficionados a investigar la razón íntima de
los actos del prójimo, los inteligentes en escudriñar los puntos oscuros
de los más sencillos eventos de las vidas ajenas, los más hábiles
peritos en el arte sutilísimo de atar cabos con cabos, encontraron al
punto empalmes subterráneos entre el oficio del jefe superior y el
suelto que había publicado _La Flor de Lis_ algunos días antes. Según
esta, susurrábase que cierto personaje de gran importancia, retirado
algún tiempo de la política, volvía de nuevo a la arena del combate,
seguido de _numerosa mesnada_ y enarbolando en su robusta mano, con
honrada independencia, la bandera de Alfonso XII.

Una dama angelical, conocidísima en los altos círculos por su ingenio,
su elegancia y su belleza, habíale arrancado, en un banquete, una
confesión explícita, aunque no pública, de sus nuevas simpatías
dinásticas... Un ramo de violetas había sido la ocasión, y un ángel fue
el instrumento. ¡Feliz el atleta que entra en la nueva senda bajo tan
poéticos auspicios!...

El suelto delataba por lo cursi la pluma de Pedro López, y el resto de
la charada fue descifrada sin mas que una leve duda... En buena hora que
Martínez fuese el atleta; ¿pero cómo diablos podía ser Currita el ángel
de la adivina?... Uno descifró el enigma.

--De manera muy sencilla... También Lucifer lo fue.

Quedaron todos convencidos, y el Ministerio de Instrucción Pública,
confiado a las lenguas murmuradoras, comenzó a analizar con
investigadora atención el hecho de que se trataba...

Desde luego, saltó a la vista de todos una particularidad, por decirlo
así, de índole doméstica: Jacobo era tan sólo marqués consorte, y
veníanle sus derechos a la Grandeza exclusivamente por su mujer, de la
cual estaba separado hacía doce años... Discutióse el punto, y quedó
convenido, por unanimidad, que el hacer uso de este derecho era, por
parte de Jacobo, una verdadera indecencia.

Una vez fallado este punto, pasóse a considerar los hilos diplomáticos
que unían la charada de _La Flor de Lis_ con el oficio del jefe superior
de Palacio...

Jacobo habíase afiliado después de la Restauración en la _mesnada_
revolucionaria capitaneada por el atleta Martínez, que tan sólo había
reconocido hasta el presente al nuevo monarca en un banquete privado y
bajo el símbolo de un ramo de violetas presentado por un ángel no
inscrito en las jerarquías celestiales... El hecho, pues, de presentarse
el marqués consorte en Palacio indicaba a las claras que _el buey Apis_,
su jefe, daba otro paso adelante, enviando un fiel explorador a la
fértil tierra de Mesopotamia...

El hecho resultaba evidente, y quedó también convenido que el caso, sin
dejar de ser una indecencia, era al mismo tiempo un acto político: cosas
ambas que, según dictamen de peritos, podían aunarse y darse las manos
en amigable consorcio, como se las habían dado ya el atleta, el ángel y
el ramo de violetas...

Otro tercer problema apareció al punto sobre el tapete, como
consecuencia legítima del primero y secuela irremisible del segundo...
¿Quién sería el padrino que presentase al héroe en la corte?... ¿Quién
tendría valor suficiente para apadrinar una indecencia y correr los
futuros contingentes de un avance político?...

Era tradicional costumbre entre los Grandes que habían de cubrirse
convidar, para ser apadrinados en la ceremonia, a aquel otro Grande ya
cubierto que de cerca o de lejos fuese el jefe de la familia; y éralo de
la de Sabadell el anciano duque de Ordaz, prototipo de honradez y de
nobleza...

Los olfatos más diestros en aquello de seguir la pista a un enredo
pusiéronse al punto en movimiento, y a poco quedó averiguado que Jacobo
había tenido la desfachatez de convidar al viejo duque, y el noble
anciano el decoro de negarle la demanda. La incógnita quedó, pues,
sumida en el pozo del misterio, sin que lograsen sacarla a flote los
retorcidos hilos de la conjetura; una esquelita litografiada, que vino,
siguiendo paso a paso al oficio de Palacio, encargóse dos días después
de tirar de la manta. Los curiosos batieron palmas:

    ¡Albricias, albricias!
    Padrino tenemos...

En la esquela decía: «El marqués de Villamelón y de Paracuéllar, conde
de Albornoz y de Calatañazor, suplica a vuestra excelencia se sirva
asistir a la ceremonia de cubrirse de Grande de España el excelentísimo
señor don Jacobo Téllez-Ponce Melgarejo, marqués de Sabadell, de quien
es padrino, para cuyo acto se ha servido su majestad señalar el día 7 de
febrero de 1878, a las dos de la tarde, en su Real Cuarto».

El éxito sobrepujó a la expectación, y añadióse al caso, nemine
discrepante, otro tercer carácter... Sin duda era una indecencia, de
cierto era un acto político y de seguro prometía ser un sainete
chistosísimo.

El día amaneció nublado, era el viento muy frío, y gruesos copos de
nieve comenzaron a caer, entrada ya la tarde, cual espesa lluvia de
jazmines. Un gran landó desembocó entonces como un rayo por la derecha
del Real, describió un rápido semicírculo en torno de la plaza de
Oriente y se detuvo frente a Palacio, en la puerta del Príncipe, de
repente, en firme, con una de esas paradas maestras con que sólo la
férrea mano de Tom Sickles sabía sujetar un tronco sin destrozarlo. Su
cara de remolacha aparecía, en efecto, en lo alto del pescante,
zambullida en enorme cuello de pieles, y su cabeza cuadrada quedó al
descubierto cuando, saltando Fritz del asiento como empujado por un
resorte, abrió la portezuela, tieso, acompasado y expedito, como
verdadero lacayo elegante y correcto.

Asomóse entonces por la portezuela un sombrero de tres picos con plumas
blancas erizadas, y luego un zapato de charol con hebilla de oro, y una
pantorrilla bien rellena, calzada con media de seda blanca. Sonó después
dentro del coche un ¡Berr! formidable, vehemente y angustioso, como el
del que se arroja a un estanque de agua helada, y apareció al fin,
uniendo aquellas extremidades, un magnífico abrigo de pieles de marta
que envolvía al marqués de Villamelón, vestido de gran uniforme. Hubo un
momento de pausa, en que Fernandito daba pataditas en el suelo, diciendo
con gran impaciencia:--¡Vamos!...

Apareció entonces la formidable cabeza del _buey Apis_, y a poco, el
excelentísimo Martínez de cuerpo entero estaba a su lado, envuelto en
su levitón y con su inseparable garrote en la mano. Otra pequeñita,
oculta bajo un guante oscuro, asomó entonces por la portezuela, posóse
en la de Villamelón, y sin tocar casi en el estribo, viose saltar en
tierra la elegante figura de la marquesa de Valdivieso.

Hubo una nueva pausa, hubo nuevas pataditas de Fernandito, repitiendo
¡vamos!, y apareció entonces, muy despacito, la roja cabecita de la
Albornoz, engarzada en un sombrerito negro; recorrió con rápida mirada
los varios coches detenidos a uno y otro lado de la puerta de Palacio, y
bajó después lentamente, mirando siempre en torno suyo y diciendo al
cabo muy disgustada:

--¡Pues no ha venido todavía!...

--¡Si no tiene formalidad ninguna!--replicó Villamelón muy impaciente--.
Apuesto a que llega tarde. ¿Sabes?

Y como si el reloj de Palacio quisiera aumentar su zozobra, dio en aquel
momento la una y tres cuartos. Villamelón ofreció el brazo a la
Valdivieso para subir la gran escalera, y Currita subió detrás apoyada
en el del _buey Apis_. Por el ramal opuesto subía al mismo tiempo un
viejo gordo, con la barba blanca muy recortada, hablando vivamente con
otro viejo flaquito, muy atildado y pulcro; el gordo vestía sencilla
levita abrochada, y el flaco, uniforme de teniente general con sus
accesorios de gala.

Al verles Currita, apretó vivamente el brazo del _buey Apis_, diciéndole
muy por lo bajo:

--Mire usted quién va allí, Martínez... Gallego, el ministro de Gracia
y Justicia... En cuanto le vea a usted se asusta... ¡Anda!..., ya nos
mira... ¡Qué delicia!... De fijo que esta noche se declara en el
gabinete la crisis...

La presencia del _buey Apis_ produjo, en efecto, honda impresión en el
viejo gordo, designado por Currita como ministro de Gracia y Justicia;
detúvose un instante sorprendido, llamó la atención de su compañero y
dialogaron breve rato, él como extrañado y suspenso, el otro como
asombrado de su extrañeza.

La cosa íbase formalizando; desde la caída de Amadeo no había entrado
Martínez en Palacio, y su presencia allí en aquel momento, aunque fuera
sólo como curioso, prestaba al acto de Jacobo una sanción pública que
acrecía su importancia. El excelentísimo Martínez, mirando de reojo al
ministro, manifestó deseos de conocerle; Currita no le dejó acabar.

--Pues nada más fácil... Ahora mismo; ya verá usted...

Y contestando con un gracioso saludo al profundo que ya en lo alto de la
escalera le hacían los dos viejos, dijo de pronto:

--¡Gallego!... Un momento... Tengo que pedirle a usted un favor...
Necesito una cruz sencillita..., una encomienda de Isabel la Católica o
de Carlos III, cualquier cosa... Se casa un chico de mi apoderado de
Granada y quisiera hacerle ese regalito... Es un poquillo vanidoso y le
gusta colgarse dijes... Con que le mandaré a usted una notita... ¿Eh,
Gallego?...

Y luego, de repente, como cayendo en la cuenta:

--¡Ay, por Dios, dispénseme!... ¿No conocía usted a Martínez?...
Martínez..., el señor Fernández Gallego, ministro de Gracia y
Justicia... Mi buen amigo, don Juan Antonio Martínez...

Saludáronse ambos personajes con grandes cortesías, y Currita, con el
airecillo de princesa de los Ursinos, propio de las mujeres cuando
juegan en público a las muñecas con los hombres políticos, comenzó a
caminar entre ellos hacia la puerta de la Saleta. Allí la esperaba
Villamelón, nervioso, azorado, impaciente, mirando sin cesar hacia la
entrada de la escalera...

--Pero, Curra, por Dios, te quedas parada por todas partes. ¿Sabes?...
¿Y Jacobo no ha venido?... De fijo que llega tarde... Tú busca un buen
sitio y llévate a Martínez. ¿Me entiendes, Curra?... Con esa calma, ni
vas a oír a Jacobo, ni me verás a mí tampoco... ¡Anda!... ¡Las dos ya en
Palacio!... ¡Se acabó! Me deja plantado; ahora sí que llega tarde...

Y tarde y apresurado llegaba, en efecto, Jacobo en aquel momento por el
extremo de la galería, airosamente terciada la capa blanca de
santiaguista con que encubría su pintoresco uniforme de maestrante de
Sevilla.

Villamelón no le dejó respirar; apenas si pudo cruzar una cariñosa
sonrisa con la dama, un apretón de manos con Martínez, y el impaciente
padrino, tirando de él a la rastra, llevóselo por la puerta de la
Saleta. Esperaban allí los Grandes que habían de cubrirse y los que
habían de apadrinarles, formando un brillante conjunto de vistosos y
variados uniformes, entre los que se destacaban las negras manchas de
alguno que otro frac de severo e irreprochable corte.

Mientras tanto, disponíase en la antecámara la aristocrática ceremonia,
instituida en rigor de verdad por el emperador Carlos V, cuando limitó
el privilegio de cubrirse ante el rey, común antes a todos los títulos,
a doce Grandes de España, que se llamaron desde entonces _Grandes de
primera clase_, y fueron los duques de Medinasidonia, Alburquerque,
Infantado, Alba, Frías, Medina de Rioseco, Escalona, Benavente, Nájera,
Arcos, Medinaceli y el marqués de Astorga.

De entonces acá apenas ha variado esta ceremonia, que acostumbra a
celebrarse, como la mayor parte de los actos de etiqueta, en la
antecámara de los reyes.

Forma esta pieza un vasto cuadro, de severa magnificencia, cuyo techo,
pintado por Maella, representa una alegoría capaz de infundir pavor a
todos los grandes personajes que por allí pasan, destinados a figurar en
la historia: la Verdad, descubierta por el Tiempo. Entrando por la
puerta de la Saleta ábrense a la derecha dos balcones que dan a la plaza
de la Armería, a la izquierda dos puertas que llevan a los aposentos
interiores, y al frente una mampara que comunica con la cámara.

Hállase tapizada toda la pieza de rica tela azul muy oscura, con grandes
flores de lis, y las iniciales _A_ y _B_ entrelazadas y realzadas en
terciopelo; cuatro grandes retratos de Carlos IV y María Luisa, Fernando
VII y la reina Amalia III ocupan los huecos correspondientes a uno y
otro lado de las puertas de la cámara y la Saleta. Alrededor de los
muros hay banquetas de la misma tapicería que cubre a estos, y cinco
soberbias consolas de mármol y bronce sosteniendo candelabros y bustos
de Isabel II y Francisco de Asís, Felipe V y Fernando VI.

Entre los dos balcones, sobre una de estas consolas y frente a una
chimenea de mármol jaspeado que corona un colosal espejo, vese otro gran
busto de Carlos III, cubierta por el manto real la armadura, ricamente
cincelada.

Hallábanse abiertas todas las puertas de la antecámara, excepto la de la
Saleta, y apiñábanse detrás de las cortinas las familias y amigos de los
Grandes, deseosos de contemplar el señoril espectáculo. Ante la puerta
de la cámara veíase una mesa cubierta por rico paño de terciopelo
granate, y un gran sitial destinado al rey.

A las dos en punto entró este por la puerta de la cámara, seguido del
mayordomo mayor, el Grande de servicio, los ayudantes y todos los
Grandes ya cubiertos; vestía el rey uniforme de capitán general y traía
el tricornio en la mano. Sentóse y cubrióse, y los Grandes se cubrieron
y quedaron en pie a uno y otro lado de la Saleta.

Iba a comenzar la ceremonia.

El secretario de la Real Estampilla, destinado a dar fe del acto, abrió
entonces la gran puerta de caoba maciza y dijo, anunciando:

--Señor..., el marqués de Benhacel.

Era este el Grande que, como más antiguo, debía de cubrirse primero;
entró entonces un joven dando la mano derecha a un anciano y la
izquierda al mayordomo de semana que estaba de servicio. Vestía el joven
el uniforme de gala de capitán de artillería, y el viejo, decrépito y
encorvado, el de almirante de la Armada, con todo el pecho lleno de
cruces: era el duque de Algar, abuelo y padrino en aquella ocasión del
joven marqués que iba a cubrirse. Traía el viejo el tricornio puesto, y
traía su ros en la mano el joven, dejando al descubierto una cabeza
enérgica y muy española, un poco tostado el rostro por el sol, con ojos
negros vivísimos, que parecían retratar el temple de acero de una raza
de valientes.

Su entrada fue magnífica, y un murmullo de respetuosa simpatía acogió a
la ilustre pareja, que apareció en la puerta, apoyada en la juventud la
vejez, como una esperanza evocando un recuerdo, como una alegoría de la
experiencia conduciendo de la mano al valor, a depositar una espada sin
mancilla en las gradas del trono.

En el dintel mismo de la puerta hicieron ambos la primera reverencia de
corte, en el centro del salón la segunda, y frente a frente ya del rey
la última; saludaron después a los Grandes colocados a derecha e
izquierda, y estos contestaron al punto quitándose los sombreros.

El viejo duque y el mayordomo hiciéronse entonces un paso atrás y quedó
solo el Grande novicio en mitad de la sala. El rey, haciendo un saludo
militar, dijo:

--Marqués de Benhacel, cubríos y hablad.

Cubrióse en el acto el marqués, y dirigiéndose al rey, pronunció un
breve discurso, en que, según la costumbre, trazó a grandes rasgos la
gloriosa historia de su familia, que comenzaba en aquel Fortún de
Torres, que peleó con Alfonso el Sabio y murió en el Alcázar de Jerez,
agarrando con los dientes la bandera de su rey, por no poderla ya
sujetar ni defender con sus dos manos mutiladas...

La voz del artillero, tímida y entrecortada al principio, fuese poco a
poco vigorizando, cual si aquellos hechos gloriosos encontraran en su
corazón eco suficiente para imitarlos, y cuando llegó a describir un
episodio de Trafalgar, que llamó último timbre de su familia, su acento
vibraba con esas misteriosas inflexiones del sentimiento que parecen
elevar al orador a una esfera más alta, prestándole no sólo facultad
para persuadir y fuerzas para conmover, sino hasta derecho para
mandar...

Gravina agonizaba en la cámara, y el navío _Príncipe de Asturias_ volvía
a Cádiz desmantelado, al mando de un hombre que entró en el combate con
tres hijos y volvía a su hogar con uno solo, el más joven, guardia
marina de pocos años. La tempestad arreció al promediar la noche y fue
necesario picar un palo, que quiso la desgracia quedase sujeto por un
cable a la cofa, haciéndole escorar con riesgo cierto de hundirse; tres
gavieros subieron uno tras otro a cortar el cable, y a los tres los
arrebató la borrasca y los sepultaron las olas.

Entonces, aquel hombre de hierro, que vio a la diezmada tripulación
temblar ante la horrible obediencia, volvióse a su hijo, único que le
quedaba, ídolo de su corazón y esperanza última de una gran familia, y
díjole tan sólo:

--Señor guardia marina... A usted le toca.

El niño, con el hacha entre los dientes, trepó hasta la cofa, y porque
la Virgen María le ayudó, cortó el cable...

Y en medio de ese profundo silencio que ata las lenguas y humedece los
ojos, cuando lo sublime embarga el corazón y levanta el pecho con el
temblor de un sollozo, volvióse Benhacel lentamente al viejo duque y
añadió, mostrándolo:

--Aquel guardia marina niño era mi abuelo; el héroe era su padre. El
mío--prosiguió con una voz en que se notaban dejos del llanto--sirvió
también a su rey en la Armada real hasta el año 68...; en el mes de
septiembre se arrancó los entorchados y rompió su espada... Yo, señor,
desenvainé la mía por primera vez en la batalla de Alcolea, y fiel a las
tradiciones de mi raza, vengo a ofreceros hoy como Grande la que ya os
di como soldado...

Y al llevar, diciendo esto, la mano derecha a la empuñadura de la
espada, vieron todos que le faltaban en aquella los dos dedos de en
medio. Un casco de granada se los arrancó en Alcolea.

Benhacel calló, y en medio del homenaje más grande que pueden prestar la
admiración y el respeto, el silencio, descubrióse, hincó una rodilla en
tierra y besó la mano del rey; saludó después a los Grandes de uno y
otro lado, y acompañado de su abuelo, fuese a colocar entre ellos. El
viejo lloraba como un niño; uno le dijo:

--¡Llora el almirante, y no lloró el guardia marina!...

Por desdicha, no acabó aquí la ceremonia; el secretario de la Real
Estampilla abría de nuevo la puerta de la Saleta y tomaba a anunciar:

--Señor..., el marqués de Sabadell.

El sainete comenzaba, y apareció entonces Villamelón, solemne,
imponente, erguida la cabeza, tieso el torso ya algo panzudo, trayendo
de la mano a Jacobo, que ofrecía el tipo de hombre más hermoso, elegante
y señoril que pudiera imaginarse. Ajustaba su airoso talle la casaca
encarnada de los maestrantes de Sevilla, con sardinetas y charreteras de
plata, y cruzaba su pecho, de un lado a otro, una de esas grandes bandas
que se crean para premiar el mérito y fomentar la virtud, y se usan para
satisfacer vanidades o adornar buenos mozos; el calzón de punto blanco
ceñía la bien formada pierna, y la alta y charolada bota y el tricornio
con finísimo penacho blanco completaban aquel pintoresco traje.

Cumplido el ceremonial, Villamelón abandonó la mano de su ahijado y
quedóse atrás, en actitud señoril, pero estudiada, contemplando estático
las grandes narices de Carlos III, que tenía frente a frente, mirando de
cuando en cuando con el rabillo del ojo a uno y otro lado, y diciendo
para sus adentros:

--Mucho me miran... Debo de estar hermoso.

Quedó Jacobo solo en medio de la antecámara un poco cortado; mas al
sentirse blanco de una atención, que harto comprendió él no serle
benévola, crecióse su orgullo y despertó su natural audacia, y lanzó en
torno una mirada que quiso hacer altiva y fue sólo insolente, quiso
hacer serena y fue solo provocativa.

Los curiosos se apiñaban tras las cortinas, y Currita, en primera fila,
devoraba a Jacobo con la vista; Martínez, a su lado, estrujado casi
contra el quicio mismo de la puerta, no podía verle, mas prestaba oído
atento, lleno de ansiedad, mordiendo con la cabezota baja el puño de su
garrote.

Tras la mampara de la cámara, a espaldas mismas del rey, sentíase el
crujir de algunos trajes de seda; díjose después que desde allí había
presenciado la reina la ceremonia.

Los Grandes alargaban las cabezas, ansiosos de oír a Jacobo... Acababan
de ver retratado, cual en un espejo, en el discurso de Benhacel, lo que
debe de ser un Grande, lo que significa aquel lema de la antigua
hidalguía: _nobleza obliga_, que no exige ciertamente que cada título
de Castilla sea un genio, ni cada Grande de España un héroe, ni cada
apellido ilustre un santo; porque ni el genio se hereda, ni la
inteligencia se vincula, ni el heroísmo es un pergamino, ni la santidad
un mayorazgo. Pero que exige e impone, con la fuerza imperiosa de un
deber de conciencia, la obligación de considerar en la Grandeza una
_carga_ a la vez que un _honor_; de servir de ejemplo en los
pensamientos, en las palabras, en las acciones y en las costumbres; de
sostener la dignidad de las glorias que representa; de echar, como
Breno, el peso de la espada o el peso de la inteligencia en la balanza
en que oscilan la ruina y el esplendor de las naciones; de sentir algo
más que voluptuosidades; de querer algo más que placeres; de saber
defender un trono cuando se hunde, como en España el 68; de saber morir
como un rey cuando le degüellan, como en Francia el 93.

Y entonces, reciente aún aquella impresión nobilísima que elevaba las
inteligencias y movía los corazones, iban a ver en Jacobo lo que es esa
misma grandeza cuando refleja en un charco los rayos de su gloria,
cuando el vicio la deslustra y la bajeza la empuerca, y el olvido de la
propia dignidad la pone al servicio de un Martínez, que apoya en ella la
pataza para encaramarse en lo alto y darle después, una vez arriba,
desde la cumbre de su insolencia, la más ignominiosa de todas las coces:
la coz del asno...

Jacobo hablaba bien, y era la más mimada de todas sus vanidades la
vanidad de su elocuencia; mas no osó, sin embargo, confiar su discurso a
la memoria, y limitóse a leerlo, temeroso de pasar por alto alguno de
los habilidosos rodeos con que procuraba sortear los grandes escollos
que por todas partes le cerraban el paso.

Hízolo, en efecto, con notable maestría, en que creyeron descubrir
algunos las macizas huellas del _buey Apis_, y cuando cesó de hablar,
las miradas significativas de todos se cruzaron de uno a otro lado...

El hecho era cierto: Martínez y su mesnada cantaban la palinodia, y el
Grande de España consorte era el encargado de hacer llevar el reverente
clamor a los oídos del monarca.

Alarmáronse los parciales del Gobierno, y el señor Fernández Gallego,
que entre los curiosos andaba agazapado, frunció el acento circunflejo
que sobre la nariz tenía, a la vista de aquella nube de bárbaros
hambrientos que salían de los bosques talados de la Revolución y
amenazaban invadir las fértiles llanuras del presupuesto, que ellos
solos cultivaban. ¿Cuál sería la actitud del monarca?

Esto se preguntaban todos los ojos y esto excitó todas las curiosidades,
mientras los doce Grandes que aún quedaban por cubrir leían sus
discursos y terminaba la ceremonia.

Levantóse al fin el rey, y con la cabeza descubierta dio una vuelta a la
antecámara, hablando y saludando a todos los Grandes.

Nadie chistaba; había llegado el momento de conocer si el memorial de
Martínez era acogido o rechazado, si era necesario pactar con los
invasores o perseguirlos, como a perro que huye, con maza al son de
almireces y cencerros, hasta los confines de sus bosques desiertos.

Hubo un mal síntoma: el rey pasó ante Villamelón sin hablarle,
haciéndole tan sólo un leve saludo; detúvose después un gran rato con el
viejo duque de Algar y su nieto, y llegó al fin a Jacobo, que se hallaba
de pie en pos de estos. Hubiérase podido escuchar en la antecámara el
vuelo de una mosca, percibir el rumor de la huella más callada, del paso
mismo de la muerte.

Paróse el rey ante Jacobo y le miró sonriendo con cierta chusca malicia.

--¿Qué tal, Sabadell?... ¿Y su amigo de usted, Martínez?... Me han dicho
que le gustan mucho las violetas... Dígale usted que en la Casa de Campo
las hay muy tempranas... Por allí iré yo el jueves, a las cuatro...

Y sin añadir una palabra más volvióle la espalda.

Harto había dicho, sin embargo, y un resoplido inmenso resonó entonces
tras la cortina de la izquierda, como el aliento de un pechazo
comprimido que al fin se desahoga: era _el buey Apis_, el excelentísimo
Martínez, que hubiera soltado en aquel momento un relincho, como en sus
expansiones de alegría los mozos de su tierra, y estrujando entre sus
brutales brazos, como un Hércules que abrazara a un insecto, a su
ilustre aliada Currita.

Ella, sin poder disimular tampoco el vivo gozo del triunfo, díjole
imprevisoriamente:

--Martínez... Encargue usted el uniforme.

Y una vocecita burlona, que jamás se pudo averiguar de dónde había
salido, contestó a su espalda:

--Con que vuelva del revés el de don Amadeo, sale del paso sin gastos...

Quedaba aún la parte más pintoresca de la ceremonia, que había de ser
para Jacobo la apoteosis del triunfo. Retirado el rey a sus
habitaciones, salieron de la antecámara por orden de antigüedad los
Grandes recién cubiertos, para ser presentados al Cuerpo de
Alabarderos.

Hallábanse estos formados a uno y otro lado de la doble escalera, y los
Grandes, llevando a la derecha a sus padrinos, debían de bajar por un
ramal y tornar a subir por el otro, al son del golpe de las alabardas,
que les hacían el saludo de honor.

Los curiosos llenaban el frente de la galería y la parte baja de la
soberbia escalera, cuya bóveda, pintada por Giaquinto, representaba a la
España ofreciendo a la Religión sus virtudes y trofeos.

Cuando Jacobo puso de nuevo el pie en la galería, y salieron a su
encuentro Currita y otros amigos, ansiosos de darle la enhorabuena, el
orgullo satisfecho reflejaba en su semblante una especie de vértigo, y
hubiera gritado como el Nabucodonosor de la ópera:

_¡Io non Ré, so Dio!..._

Buscó con la vista a Martínez y viole a diez pasos de distancia, con la
cabezota ladeada, apoyado en su garrote, y su risa de paleto sobre los
labios, recibiendo también sus homenajes.

Un grupo de palaciegos le rodeaba, oprimiéndose y estrujándose por
estrechar su velluda manaza entre las suyas finas y enguantadas, al
compás de previsoras lisonjas. El general que acompañaba antes al
ministro de Gracia y Justicia invitábale muy finamente a una cacería en
sus tierras de Pardillo; era Grande de España, y llamábanle en Palacio
el _cuclillo indicador_, por ser siempre el primero en adivinar la mata
por donde había de saltar un ministro.

Nevaba furiosamente, y angustiado Fernandito, daba prisa por marcharse.
Currita convidó a comer a Martínez y a Jacobo, y ambos aceptaron; mas
este quiso llegar antes a su casa para quitarse el uniforme.

En la bandeja destinada en la antesala a recibir las tarjetas y las
cartas, vio un gran oficio entrelargo y lo recogió al paso, mientras le
quitaba Damián la blanca capa de santiaguista, con la roja cruz en el
lado izquierdo. Molestábale mucho una de las altas botas del uniforme, y
sin esperar a Damián, quiso quitársela él mismo, en cuanto entró en la
alcoba; no pudo, sin embargo, conseguirlo del todo y quedóse con ella a
medio descalzar, sentado en una butaca, esperando al ayuda de cámara.
Tardaba este, e impaciente Jacobo, abrió mientras tanto el oficio.

Sobre un pliego de papel blanco vio destacarse ante su vista el sello
rojo que había cerrado en otro tiempo el sobre exterior de los
documentos masónicos.

Miróle un momento aterrado. Parecíale una gota de sangre.



--VI--


Era al día siguiente domingo de Carnaval, y Madrid amaneció con el suelo
emporcachado y el cielo radiante, como una meretriz coronada de flores y
sentada en un charco; un fuerte viento del Norte había barrido las nubes
y helado por los rincones los restos de nieve que habían logrado
sustraerse a las pesquisas de la escoba municipal.

El frío era grande y ayudaba a la pereza a mantener agazapados entre
las calientes ropas del lecho aun a los más madrugadores. Damián oyó las
ocho en su cama y volvióse del otro lado, esperando que el señor marqués
no necesitaría de sus servicios, según su costumbre, hasta muy entrada
la mañana; un violento campanillazo vino, sin embargo, a hacerle saltar
despavorido...

El señor marqués llamaba, y llamaba tan de prisa, que aun antes de que
Damián lograse medio vestirse sonaron otros dos fuertes repiquetes, en
cuyo timbre creyó reconocer el ayuda de cámara todas las intemperancias
del mal humor que se desborda y de la impaciencia que estalla.

Arreglándose con los dedos la negra y rizada cabellera, abrió
violentamente la puerta del despacho, para llegar por allí más pronto a
la alcoba y quedóse parado en el dintel, tieso como un huso, cuadrado
como un quinto y estupefacto cual si hubiese visto levantarse el sol en
mitad de la noche.

El señor marqués, vestido ya por completo de mañana, hallábase sentado
junto a su mesa de escribir, con una carta cerrada en la mano.

--¿El señor marqués ha llamado?...

--No he llamado... he repicado trescientas veces--exclamó Jacobo con
ira; y dominándose al punto, alargó a Damián la carta, diciendo sin
mirarle:

--Esta carta a su destino... La llevas tú mismo al momento... Si no
viviese allí ese... señor, que bien pudiera ser, preguntas al portero
dónde se ha mudado y allí la llevas... ¿Te enteras?...

Hizo Damián una muda reverencia, y salió leyendo el sobrescrito de la
carta, que era el siguiente: «Señor don Francisco Javier Pérez Cueto.
Calle de X**, número 10, tercero, derecha».

Encogióse Damián de hombros, por parecerle el tal Pérez Cueto algún
pobre diablo que no merecía se molestase él en llevarle una carta, y
Jacobo quedó solo, preguntándose qué se hace un hombre en esta vida
levantado desde las ocho de la mañana.

La campana de la vecina iglesia de San José comenzó a tocar en aquel
momento, como si quisiera contestarle que ir a misa, y Jacobo recordó
entonces que hacía catorce años, desde el primero de su matrimonio, que
no había oído ninguna.

Sintió entonces cierta tristeza, cierto malestar que le aquejaba, a
pesar de sus satisfacciones de la víspera, desde el momento en que los
masones habían repetido por segunda vez aquella ridícula _broma del
sellito_, que ahora como entonces había venido a asustarle primero, a
irritarle después y a despertar, por último, su fogosa e irreflexible
actividad de un momento, a la vista de aquel peligro misterioso que
hubiera debido conjurar ya dos veces, sin haberlo hecho ninguna.
Lamentábase entonces de su imprudente apatía, y prometiéndose
remediarla, confesábase allá en el fondo de su corazón

    Que propio del cobarde es
    Llorar la ocasión perdida.

No la juzgaba él, sin embargo, pasada del todo, puesto que tenía en su
poder las cartas de Garibaldi que explicaban su conducta y garantían su
persona. Cierto que habían perdido ya estas cartas mucho de su fuerza,
por haber muerto en aquel intervalo el viejo revolucionario y por su
demora propia en entregarlas, mas no le faltarían a él mentiras
complicadas y habilidosos enredos para explicarlo todo a su gusto, y
además, su posición había de variar muy pronto, adquiriendo grande
importancia.

Opinión de todos fundadísima era que _el buey Apis_ estaba abocado a ser
presidente del Consejo en cuanto viniera a tierra aquel gabinete que ya
se tambaleaba, y entonces--¡oh, entonces!--sería él seguramente
ministro, y desde las alturas del banco azul, teniendo él la sartén por
el mango, podía ya reírse impunemente, así de las burlas como de las
amenazas de los masones.

Aquella noche, mientras desvelado daba vueltas en el lecho sin poder
desechar su inquietud, no obstante sus razonamientos, decidió, sin
embargo, no esperar esta vez para tomar un partido, al tercer acto de la
estúpida comedia, a la llegada del tercer sellito...

Venían dirigidas las cartas de Garibaldi a un Hº. Neptuno, gran
personaje en las logias, que, despojado del tridente, la corona de algas
y los simbólicos tres puntos, quedaba reducido en la vida ordinaria a un
don Francisco Javier Pérez Cueto, fabricante de almidón en uno de los
arrabales de la corte, entidad perfectamente desconocida para todo el
mundo, tras de la cual, según opinión de algunos, ocultábase cierto
personaje famoso que vivió y murió haciendo ruido.

Jacobo no lo ignoraba y había tenido ocasión de comprenderlo en sus
tiempos de amistad íntima con el conde de Reus. A este, pues, Pérez
Cueto, escribió Jacobo una carta en que con frases muy corteses, a la
vez que apremiantes, pedíale una entrevista para tratar de un asunto de
grande importancia; observaba en ella todo el ceremonial masónico y
firmaba con su antiguo nombre de guerra, Hº. Byron, basado en su
prodigiosa semejanza con el lord poeta...

Media hora larga debía de emplear Damián en ir y volver de casa de Pérez
Cueto, y púsose Jacobo mientras tanto a formar en un papelito con las
cartas de Garibaldi delante, una especie de croquis de las mentiras y
enredos con que había de probar su inocencia al Hº. Neptuno.

Sorprendióle la llegada de Damián en esta operación todavía, e
interrogóle al punto con la vista: el señor Pérez Cueto estaba en casa,
y la carta le había sido entregada. Jacobo respiró desahogado, como si
viera ya con esto finalizado el negocio, y no ocurriéndosele otra cosa
que hacer desde aquella hora hasta la del almuerzo, parecióle lo mejor
meterse de nuevo en la cama; decididamente era una aberración
incomprensible la de aquellas, gentes que se levantan antes de las doce
del día.

--Si viene alguna carta--dijo a Damián--me despiertas en seguida... Sí
no, entra a las dos en punto...

Y como ninguna carta vino, entró Damián en la alcoba a las dos en punto,
encontrando al señor marqués profundamente dormido. Levantóse este de
muy mal humor, vistióse muy despacio con su elegancia acostumbrada,
almorzó parcamente y sin apetito, y marchóse luego al Veloz, dejando a
Damián la orden de llevarle allí al momento cualquiera carta o recado
que para él llegase.

En el Veloz disipóse de repente su humor negrísimo y comenzó a reír y
divertirse como un muchacho; Gorito Sardona y Paco Vélez, asomados a un
balcón, tiraban a los transeúntes un _saquillo_, y púsose Jacobo a
ayudarles; era el saquillo un lindo canastito, adornado con cintas y
cascabeles, y atado con un cordón de seda lo bastante corto para que no
llegase a dar en los sombreros de los transeúntes.

Lanzábanlo con grande fuerza sobre las damas que pasaban, y asustadas
ellas con el ruido, encogíanse prontamente, levantando la cabeza;
entonces, si eran jóvenes y bonitas, arrojábanles una lluvia de dulces y
flores; si eran viejas o feas, sacábanles la lengua con la mayor
insolencia.

El juego, aunque poco digno de un futuro ministro, parecióle a Jacobo
muy divertido y mandó encargar al punto para el día siguiente, en la
Mahonesa, un par de arrobas de confetti, especie de bombones rellenos de
harina con que se apedrean las máscaras en el _corso_ de Roma.

Al oscurecer, abandonó Jacobo el balcón para dirigirse a casa de
Currita, donde estaba citado con _el buey Apis_ desde la víspera; cierto
senador famoso, disgustado recientemente con el Gobierno, había
solicitado de Martínez, por medio de la dama, una entrevista, y ella
apresuróse a ofrecerles, como terreno neutral, su propia mesa; ambos
debían, por lo tanto, comer aquella noche en casa de la Albornoz con
este objeto, y Jacobo, el niño mimado del nuevo partido, no podía faltar
tampoco en aquella ocasión al lado de su jefe.

El futuro ministro subió por la calle de Alcalá, atravesó la Puerta del
Sol y entró por la calle del Carmen; frente a la iglesia de este nombre
había parada una grotesca estudiantina, vestida de amarillo y encarnado,
tocando desentonadamente el vals de _La Gran Duquesa_.

Un hombre muy alto, encaramado sobre unos zancos que le ponían al nivel
de los segundos pisos, recogía propinas de los balcones, tocando el
clarinete y haciendo piruetas; la multitud reía en torno, contemplando
las contorsiones del volatinero, y algunos grotescos mascarones
chapaleteaban sobre el fango, dando vueltas vertiginosas al compás del
vals canallesco.

Las sombras del crepúsculo prestaban un tinte oscuro y asqueroso a aquel
cuadro de arrabal, en que parecía revolcarse sobre el cieno de las
calles el cieno de las almas.

Jacobo procuraba abrirse paso a través del gentío, arrimándose a la
escalerilla de la iglesia; mas detúvose de pronto sorprendido y ocultóse
al punto como asustado, detrás de unos mascarones, cubiertos con
pingajientas colchas de zaraza atadas por la cabeza, que saltaban
delante de él medio borrachos.

Al lado mismo de Jacobo, y en su dirección misma, marchaban dos hombres,
al parecer extranjeros, agarrados del brazo para no separarse el uno del
otro entre los remolinos de la gente. Llevaba el más viejo una bufanda
encarnada que le cubría la camisa, un sombrero calabrés algo mugriento y
un arete de oro en la oreja izquierda; el más joven era bajo, rechoncho
y sin pelo de barba en la rolliza cara.

Quedóse atrás Sabadell, mirándoles muy espantado, como si quisiera
reconocerles...

No había duda: era el más viejo un italiano llamado Cassanello, que
había conocido él en las logias de Milán y vuelto a ver aquel mismo año
en Caprera, en casa de Garibaldi.

Los dos hombres se volvieron de repente por no poder atravesar el
gentío, y asustado Jacobo cubrióse al punto el rostro con el pañuelo
cual si se limpiase las narices, y subiendo muy de prisa la escalerilla
del Carmen, entróse en el templo...

Al pronto no vio nada, sino una gran oscuridad cortada en el fondo por
un foco de luz brillantísimo, en cuyo centro estaba expuesto en la
custodia el Santísimo Sacramento. Distinguíase al pie del altar una gran
masa negra, y salía de ella a intervalos un suave clamor, lento y
pausado, que parecía contestar a otra voz más enérgica y acentuada:

--Ora pro nobis!...

Detúvose el fugitivo un momento, turbado, con cierto pavor respetuoso,
semejante al del profano que se encontrara de repente en el fondo de las
catacumbas, en medio de los divinos oficios; a lo lejos, oíanse en la
calle el vals de _La Gran Duquesa_ y los gritos de la canalla... Dio
entonces dos pasos a tientas, extendiendo el brazo para salir por la
puerta de enfrente a la calle de la Montera, y tropezó con un
confesonario arrimado a la pared de la derecha; abrióse al punto la
puertecilla baja de delante y apareció una mano muy blanca pegada a una
manga negra. Jacobo retrocedió un paso sorprendido, y la puertecilla se
volvió a cerrar, y tornó a desaparecer la mano, oyéndose una voz pausada
que decía en el fondo de aquellas tinieblas:

--Dispense usted... Creí que venía a confesarse...

Sublevóse el impío orgullo de Jacobo ante aquellas sencillas palabras y
contestó brutalmente:

--Eso se queda para las viejas...

La voz, sin perder su serena pausa, dijo entonces desde las tinieblas:

--_Vocavi et renuistis_...

--_Vocavi et renuistis_?--preguntóse Jacobo sin comprender el
significado de la terrible frase.

Y abriendo violentamente la puerta una gran bocanada de aire ensordeció
sus oídos con el vals de _La Gran Duquesa_, apagando por completo el
dulce silbo del cielo, el piadoso clamor de la misericordia:

--Ora pro nobis!...

Por calles extraviadas y volviendo siempre la cara atrás, cual si le
persiguiesen, llegó a casa de la Albornoz muy agitado. El encuentro de
aquel hombre en aquellas circunstancias habíale inspirado un terror muy
parecido al que sintió meses antes, al ver vacíos en el álbum del tío
Frasquito los huecos ocupados en otro tiempo por los tres sellos. ¿Qué
vendría a buscar aquel pajarraco en la corte? ¿Tendría que ver algo su
venida con el asunto de los masones? ¿Habría acaso en todo aquello algo
más que una estúpida broma?

Encantadora estaba Currita aquella noche con sus rojos pelitos peinados
a la griega y una extraña _toilette_ un poco abigarrada, muy propia del
caprichoso tiempo de carnestolendas. No había ido por la tarde al paseo
del Prado; incomodábala mucho aquel eterno dar vueltas de los días de
Carnaval, expuesta siempre a oír las desvergüenzas que escupen la
envidia y la insolencia tras el anónimo de una careta... ¡Cuántas había
escuchado ella antes de salir escarmentada! Quedóse, pues, en su casita,
como mujer de provecho, cuidando de Fernandito, que andaba desmazalado,
y ya entrada la noche, llegó primero el excelentísimo Martínez y a poco
el senador del reino don Vicente Cascante.

Jacobo no había venido todavía, y disgustada Currita por creer que toda
palabra del _buey Apis_ pronunciada a espaldas de aquel amigo querido
era un fraude que a este se hacía, salió impaciente en su busca. Solía
Jacobo algunas veces entrar en el _boudoir_ o en las habitaciones de
Fernandito como persona de la más familiar confianza, y no parecer en el
salón hasta el momento mismo de la comida. Al atravesar una antesala,
encontróse Currita un lacayo, que le presentó una carta en una bandeja
de plata.

--Para el señor marqués de Sabadell--dijo.

Tomóla al punto Currita, con grande prisa, y miró el sobre; era su letra
una de esas letras inglesas de mujer, de rasgos firmes y corridos, y por
debajo del nombre de Jacobo, decía: _Urgentísima_.

--¿Quién ha traído esto?--preguntó.

--Damián la ha traído... El señor marqués ha estado todo el día
esperando esa carta, y dejó dicho que en cuanto viniera se la llevaran
al Veloz... Damián fue allí y el señor marqués había ya salido; tomó
entonces un coche y la trajo aquí corriendo.

Currita quedóse un instante muy pensativa y dijo al cabo:

--¿Y el señor marqués no ha venido?

--No ha venido todavía.

--Está bien; yo se la entregaré cuando venga.

Y con la carta en la mano entróse en el _boudoir_, arrugando el
entrecejo, la boca fruncida y torvos los claros ojitos... A la luz de la
gran lámpara sostenida por el negro de ébano tomó a registrar la carta
por todos lados; era el sobre de rico papel muy recio, no tenía timbre,
sello ni inicial alguna, y venía ligeramente pegado con la misma goma de
los bordes.

Currita introdujo un fino cuchillo de marfil por debajo, y el recio
papel, sin doblarse ni romperse, se despegó fácilmente. Venía dentro una
de esas tarjetas cuadradas en que suelen escribir sus esquelas las damas
elegantes, cortada de intento la esquina superior izquierda, en que sin
duda debió de haber algún timbre o algún nombre. En breves renglones
decía: «La cita que me pide me compromete mucho; pero cedo a los
sentimientos que me inspira, y le espero esta noche, de doce a una, en
la calle de X**, número 4, principal, derecha. Silencio y discreción. No
diga al portero mi nombre: pregunte por la señora de Rosales.--N.»

--¡Qué delicia!--murmuró Currita; y mordiéndose los labios hasta hacerse
sangre, volvió a leer por dos veces la carta, sentándose antes en una
butaca.

Quedóse luego, pensativa breve rato, sin que denunciase su alteración
más que un imperceptible temblorcito en la mano que sostenía la carta,
una ligera crispatura en los labios, un torvo reflejo en la vista, fija
siempre en la alfombra. No era ya su mirada la de la ninfa Calipso,
orgullosa, placentera, rebosando vanidad satisfecha y gratas
satisfacciones; era la mirada celosa, furibunda y salvaje, de la Medea
que describe Séneca, terrible e imponente en medio de su sombría calma.

Sin perder un punto de la suya, escribió Currita en un plieguecillo de
papel timbrado las señas que venían en la carta; volvió a leerla por
cuarta vez y la metió de nuevo en el sobre, tornando a pegar este con
una poca de goma. Mantúvola un momento al calor de la chimenea, para dar
tiempo a que se secase por completo, y arrejóla luego sobre su lindo
escritorio. Entonces llamó a Kate.

--¿El señor marqués de Sabadell ha venido?

--Ahora mismo acaba de entrar y está en el salón de los señores.

--Ahí encima debe haber una carta... Que se la entreguen en seguida.

Tomóla Kate de sobre la mesa y se dirigió a la puerta; mas la señora,
siempre taimada y astuta, y sin dejar ver a nadie el juego de sus
cartas, dijole con voz muy displicente y quejumbrosa:

--Mira, hija, prepárame antes una dosis de antipirina... ¡Me está
barruntando una jaqueca!

Volvió Kate a poco, revolviendo en una copa, con preciosa cucharilla, la
medicina pedida.

--¿Han entregado la carta?--preguntó Currita.

--Como dijo la señora condesa que trajesen antes la antipirina...

--Pues anda, mujer... ¡Si dice en el sobre urgente!...

No bien salió Kate, arrojó Currita en la chimenea la medicina y
dirigióse muy de prisa al salón azul, donde acababa de entrar Jacobo.
Quería ver ella de cerca la impresión que causaba a este la lectura de
la carta; un momento después presentábasela un criado en una bandeja de
plata.

Abalanzóse a ella Jacobo con grandes ansias, y sin mirar apenas el
sobre, rasgólo en dos pedazos... Currita le devoraba con la vista, mas
no pudo notar en su rostro señal de gozo ni satisfacción alguna; observó
tan sólo una gran ansiedad mientras leía, y luego una honda preocupación
que le duró toda la comida. A veces, charlaba largo rato, sin cesar un
punto, con cierta excitación nerviosa que prestaba brillantez a su
conversación y alarmaba a Currita; otras, enmudecía de repente y
quedábase pensativo y preocupado, sin prestar apenas atención a lo que
en torno de él se hablaba.

Hallábase muy perplejo; había comprendido desde luego que aquella
extraña carta era la respuesta del Hº. Neptuno, porque a nadie sino a
este había pedido él cita alguna; mas extrañábale, por lo mismo, la
singular manera de su redacción y el empeño manifiesto que en ella se
notaba de encubrir todo lo que pudiera denunciar su carácter masónico y
hacerla tan sólo como una cita galante y misteriosa, según la había
juzgado ya, engañándose por completo, la misma Currita.

Despertóle esto la fundada sospecha de si la carta ocultaría algún lazo,
y de nuevo renacieron sus temores; mas recordó luego las mojigangas
ridículas y los aparatosos misterios de que suelen rodearse siempre los
masones, y esforzóse por creer lo que más halagaba sus deseos y
ahuyentaba sus recelos: que en todo aquello había tan sólo una broma
impertinente y ridícula que había que apurar hasta el cabo, y que la
carta de Pérez Cueto era el chasco de Carnaval que debía coronarla. De
repente, en uno de aquellos momentos de preocupación que la lucha de
estas ideas le causaba, dijo a don Casimiro Pantojas, que se hallaba a
su lado:

--Diga usted, Pantojas... ¿Qué significa _vocavi et renuistis_?...

Miróle el bueno de don Casimiro muy asombrado, y satisfecho de poder
lucir su erudición, contestóle al punto:

--Significa literalmente _te llamé y me rechazaste_... y son las
palabras de Isaías, si mal no recuerdo, que dirige el Señor a los
pecadores empedernidos que resisten a su misericordia.

Echóse Jacobo a reír, y Currita le preguntó con malicia:

--¿Piensas hacer en el Senado alguna homilía sobre ese texto?

--No pienso yo hacerla, sino que me la han hecho a mí esta
tarde--contestó Jacobo.

Y añadiéndole ridículos pormenores, contó la escena del confesonario en
la iglesia del Carmen, guardándose muy bien de decir el verdadero motivo
de su entrada en el templo: según él, habíale sido imposible el tránsito
por la calle del Carmen, y atravesó por la iglesia para salir a la de la
Montera. Riéronse todos mucho de la ocurrencia del cura, y el señor don
Vicente Cascante, senador del reino, dijo con prosopopeya e hinchazón
sentenciosa.

--Pero noten ustedes cómo en medio de lo ridículo del caso resalta
siempre la soberbia y la insolencia del clero... ¡Siempre disponiendo de
los rayos celestes, como si Dios les hubiera dado a ellos la llave!...
Eso es insufrible, y cien veces lo he dicho y lo repetiré otras ciento:
la dureza y la intransigencia del clero es lo que está carcomiendo la
Iglesia de España.

Y el señor don Vicente Cascante, senador del reino, para enardecer el
celo de la casa de Dios, que se lo comía, comióse él una pechugita de
perdiz con gesto de pesar profundo.

A las once de la noche, el palacio de Villamelón parecía, por extraño
caso, la morada de la quietud y del silencio: la señora condesa se había
retirado muy temprano a sus habitaciones, a causa de una fuerte jaqueca
que le molestaba desde la tarde; el señor marqués habíase acostado
también, aquejado de fuertes mareos, y la numerosa servidumbre, libre de
toda traba y segura de no ser echada de menos, habíase esparcido acá y
allá, por los numerosos centros de diversión que ofrecen en Madrid las
noches de Carnaval a las gentes de todas raleas.

No dormía, sin embargo, todo el mundo en la casa; a las once y media
abrióse con gran sigilo la puertecilla del jardín pegada por dentro al
invernadero, y salió a la calle cautelosamente un bulto negro, que cerró
por fuera y se alejó rápidamente, guardándose la llave.

Era una mujer enmascarada, que, a pesar de sus altos tacones y de la
especie de gran florón de anchas cintas negras que llevaba en lo alto de
la cabeza para aumentar su estatura, aparecía muy pequeña: llevaba sobre
un vestido corto de seda negra un amplio dominó de igual color, y
abrigábase el cuello, espaldas y brazos, con una rica talma de pieles
grises.

La incógnita cruzó rápidamente varias callejas sin muestras de miedo
alguno y entró por la calle Ancha de San Bernardo en la plazuela de
Santo Domingo. Detúvose un momento en la esquina y miró a todas partes;
la concurrencia era allí todavía numerosa de máscaras que se dirigían a
los bailes, transeúntes que iban de un lado a otro y carruajes que
cruzaban. Hacia la calle de Tudescos había tres simones parados,
dormitando sus cocheros en los pescantes: dirigióse la incógnita al de
enmedio, abrió ella misma la portezuela y mandó al cochero, que
despertaba sobresaltado, parar en el paseo de Recoletos, a la entrada de
la calle de X**: era esta calle una de las varias que van a parar
perpendicularmente en la de Serrano.

Apeóse la incógnita en el sitio indicado, y ordenando esta vez al
cochero que aguardase, entró por la calle X**, mirando a una y otra
acera, como si inspeccionase el terreno. Es esta calle muy corta, y
formábanla en aquel tiempo, por la acera de la izquierda, la gran verja
del jardín que rodea a un hotel de Recoletos, un solar lleno de
escombros y la esquina de una casa de la calle de Serrano, en la cual se
abría una puertecilla, al parecer condenada; a la derecha, extendíase
primero la fachada lateral de cierto edificio público; seguía luego un
hotel suntuoso, y terminaba la acera con otro solar en construcción y la
esquina de otra casa de la calle de Serrano, en que no había puerta
ninguna.

La incógnita, en que el lector habrá ya reconocido sin duda a la
intrépida Currita, pareció muy perpleja: indudable era que en la calle
X** no existía el número 4, puesto que no había otra casa que el
suntuoso hotel, y en este vivía precisamente--¡qué coincidencia!--, la
Mazacán en persona...

¿Vendría quizá equivocado el número de la casa y sería aquella buena
alhaja la autora de la carta?... Parecióle esto a Currita improbable, y
un hecho positivo la sacó de dudas: abrióse de repente la gran mampara
de cristales que cerraba en el hotel el fondo del vestíbulo y apareció
un coche que vino a detenerse al pie de la escalera; ni el cochero ni el
lacayo traían librea, ni veíanse tampoco en el coche armas, iniciales o
corona; al ejercitado olfato de Currita olióle todo aquello, desde
luego, a principios de aventura.

Bajaron a poco dos damas, vestidas de chulas, con riquísimos mantones de
Manila, pañuelos de seda en la cabeza y antifaces de terciopelo color de
rosa; en la estrepitosa carcajada que soltó una al entrar en el coche
reconoció Currita a Leopoldina Pastor, y en su alta estatura y el aire
de dueña con que dio al lacayo la orden, adivinó al punto en la otra a
su mortal enemiga, la Mazacán misma. Arrancó el coche y Currita respiró
desahogada: indudable era que las dos amigas se marchaban al Real a
correr alguna _juerga_...

Volvióse entonces la dama a su coche, decidida a esperar allí
pacientemente, y recatándose lo posible, acomodóse lo mejor que pudo en
el fondo, sin dejar de mirar por la ventanilla a lo largo de la calle.
Extendíase esta frente a ella, solitaria por completo, subiendo en suave
declive hasta la de Serrano, y veíanse cruzar a través, con cierto
aspecto fantástico, como por el cristal de una linterna mágica,
transeúntes que el frío hacía marchar apresurados, coches que llevaban
máscaras a los bailes, y de cuando en cuando, los tranvías que subían y
bajaban con sordo ruido, pareciendo a lo lejos monstruosos faroles
ambulantes. Sólo dos reverberos de gas alumbraban la calle; el portero
del hotel había entornado la puerta, y el cuarto menguante de la luna
derramaba su suave claridad, permitiendo distinguir claramente los
objetos.

Un reloj lejano dio las doce y cuarto, y a poco bajó pausadamente de la
calle de Serrano un hombre muy alto, con gran levitón y sombrero de
copa, trayendo ambas manos cruzadas a la espalda; parecía un loco
desocupado que fuera a tomar el fresco de la medianoche en Recoletos, o
un genio que meditara una obra maestra, o un desesperado que fuera a
escoger el árbol más a propósito para ahorcarse a la luz de la luna, o
el lugar más solitario para descerrajarse un tiro en mitad del pecho.

Currita le miró con ese sentimiento de terror que inspira a las altas
horas de la noche todo lo que suponemos extraño o misterioso, y
escondióse más en el fondo del coche. En la esquina misma de Recoletos
cruzóse el hombre del levitón con otro que venía apresuradamente de
aquel mismo sitio; asomóse Currita al vidrio trasero y el corazón le
latió con fuerza...

Era Jacobo, gallardamente embozado en una capa andaluza con vueltas
rojas, y cubierta la cabeza con un sombrero hongo de color claro; torció
la esquina sin fijarse en el coche y comenzó a subir por la calle ya más
despacio, examinando las casas atentamente. La misma perplejidad que
asaltó a Currita asaltóle a él también al notar que faltaba el número 4;
la dama, ahogándose de ira, veíale marchar con la mano puesta en la
llave de la portezuela, como si acechase el instante de salirle al
encuentro.

Jacobo, cansado al fin de dar vueltas, acabando de creer que el asunto
todo de los masones era una farsa y la carta de Pérez Cueto un chasco de
Carnaval que debía completarla, decidióse a llamar como última prueba a
la puertecilla condenada, única que, fuera aparte de la del hotel, había
en la calle; los golpes retumbaron en el silencio, y un eco muy extraño,
que asustó a Currita, los reprodujo a lo lejos.

Nadie contestaba, e impaciente Jacobo llamó hasta tres veces, cada vez
con más fuerza; dio entonces una gran patada en el suelo y, siguiendo
adelante, dobló la esquina de la calle de Serrano.

Este fue el momento escogido por Currita para lanzarse del coche y
correr tras de Jacobo, temerosa de que la puerta de la casa estuviese
por el otro lado y se le escapara dentro. Jacobo, sin embargo, no había
pensado en esto, o no había podido lograrlo. Encontróle Currita parado
en la acera, examinando atentamente la fachada de la casa; era esta de
modesta apariencia y estaba ya la puerta cerrada; en la planta baja
hallábanse establecidas las oficinas de una agencia funeraria.

Encontráronse los dos amigos frente a frente, y no obstante el disfraz
de la dama, reconocióla al punto Jacobo; con más sorpresa que disgusto,
salió entonces a su encuentro:

--¡Criatura!... ¿Qué haces aquí? ¿A qué has venido?...

Ella, agitada por mil sentimientos encontrados, entre los que sobresalía
la ira, contestó con amarga burla:

--Pues nada... Venía a indicarte dónde está el número 4.

--¿Pero quién te ha dicho eso?--exclamó el otro asombrado--. Vamos, tú
has creído otra cosa...

Y cogiéndola del brazo dobló con ella de nuevo la esquina de la calle de
Serrano; entonces, ciega de ira la dama, parada en la acera, cual si la
rabia la hubiese allí enclavado, comenzó a arrojar por la boca todos los
sentimientos de su corazón mezclados y confundidos, pero bajo la forma
siempre del insulto, a la manera que lanza un volcán todas las materias
contenidas en su seno, formando un solo cuerpo, un solo torrente de lava
que tala y destruye por dondequiera que pasa... Esforzábase en vano
Jacobo por probarle su inocencia; ella no le dejaba hablar, y con sus
flacas manecitas habíale deshecho el embozo, levantando hasta el rostro
de él las uñas, como si quisiera arrancarle los ojos.

Jacobo, irritado también por la burla de Pérez Cueto, acosado por los
reproches de Currita y temeroso de perder la amistad, para él
indispensable, de esta, viose al fin forzado a confesarle toda la
verdad, con el fin de aplacarla...

Consiguiólo al punto; al oír la dama el nombre de masones, apagóse en el
acto su ira y llenóse en cambio de un espanto casi pueril, extraño en un
carácter de tan enérgico temple.

--¡Vámonos, vámonos!--decía--. Por Dios te lo pido, Jacobo; no te quedes
aquí. ¡Vámonos!

Y con acento de verdadero terror, mirando a todas partes espantada,
repetía muy bajo:

--¡Excomulgados! ¿Sabes? ¡Están excomulgados!...

Jacobo, creyendo con razón que el terror es contagioso, porque sentía él
comunicársele el que a la dama le agitaba, procuró, sin embargo,
sosegarla.

--Pero no seas tonta, mujer, no seas chiquilla... Vámonos si quieres,
pero sosiégate. ¿No estoy yo contigo?... ¿Has venido sola?...

--Sí.

--¿Pero a pie?... ¡Qué locura!

--No..., tengo ahí un simón...

--Pues te acompañaré en él a tu casa, y me llevará después a la mía.

--¿Traes armas?--dijo ella muy bajo.

--Sí, un revólver.

Siguieron ambos hacia Recoletos, mirando ella a todas partes muy
azorada, procurando él rechazar con la idea de que era un chasco de
Carnaval la carta de Pérez Cueto la inquietud que a pesar suyo le
causaba el extraño terror de Currita.

Al volver la esquina, miráronse ambos en silencio, cual si el exceso de
su espanto les paralizara las lenguas... El coche había desaparecido, y
ni por una ni por otra parte del paseo se divisaba a lo lejos.

--¿Le habías ya pagado?--preguntó Jacobo estupefacto.

Y ella, pegándose a él con el temblor de un calenturiento, contestóle
muy bajo:

--No..., no le había pagado.

El caso era extraño, y Jacobo sintió renacer con mayor fuerza todas sus
inquietudes; imposible era que el cochero se hubiese marchado sin
cobrar, si alguien no le hubiera obligado o persuadido a marcharse; tuvo
entonces un momento de angustiosa perplejidad, de verdadero miedo, que
pasó por su ánimo naturalmente valiente, estremeciéndolo como a un
cuerpo robusto un soplo helado.

--Vámonos andando--dijo.

Y ambos echaron a andar agarrados del brazo, sin pronunciar una palabra,
atravesando diagonalmente el paseo para ganar la acera opuesta, por
parecerles quizá menos solitaria. Currita marchaba muy de prisa, sin
mirar a ningún lado, fijos siempre los ojos en las luces de los
faroles, que le parecían la salvación y la vida, sintiendo a la vez
deseos y terror insuperables de volver atrás la cara. Al poner el pie en
la acera, respiró Currita algo más desahogada y atrevióse a mirar a un
lado y otro; todo parecía solitario, y tan sólo por la calle del
Almirante vio a un hombre que marchaba a lo lejos, con las manos en los
bolsillos, silbando la marcha de Pan y Toros. Al pasar por San Pascual
santiguóse Currita muy de prisa, y Jacobo, oprimiéndola el brazo
cariñosamente, dijo en son de burla:

--¡Tonta!...

Llegaban al ministerio de la Guerra, y allí Currita se tranquilizó más
todavía, porque comenzaba a poblarse aquella soledad que la aterraba. Un
coche subía por la calle de Alcalá y entraba por el paseo del Prado; en
el jardín del ministerio brillaba el fusil de un centinela, y algunas
voces de hombres que venían cantando escuchábanse muy de cerca, por el
lado de allá de la verja.

Forma la esquina del ministerio un pabellón aislado, de un solo piso,
con cuatro fachadas y tres ventanas en cada una. Dos hombres
decentemente vestidos, pero dando gritos y risotadas de borrachos,
volvieron la esquina del pabellón y emparejaron con Currita y con Jacobo
ante la tercera ventana; el más alto pegóse a la acera, y el más bajo
llamóse a la corriente, dejándoles pasar por en medio... Hubo entonces
una terrible escena de un segundo: Currita sintió que un brutal empellón
le arrancaba violentamente del lado de Jacobo; que otra mano vigorosa
tiraba del embozo de este, que caía al suelo al pie de la ventana, y
algo líquido y caliente brotaba como de un surtidor, chorreándole las
ropas y las manos. El terror diole alas para huir por la calle de
Alcalá, sin una idea en la mente para definir lo que pasaba, sin un
acento en la garganta para lanzar un grito... Uno, lastimero y
agonizante, llegó a sus oídos, y otra voz vigorosa y angustiada hendió
siniestramente los aires en el silencio de la noche:

--¡Cabo de guardia!... ¡Un hombre muerto!...

Sonó luego por tres veces la voz de ¡alto!, y de seguida, uno tras de
otro, como dos gritos de protesta y de amenaza, se oyeron dos tiros.

Currita, desfallecida y sin alientos, se agarraba ya a la verja de la
iglesia de San José; pensó volver atrás, pensó seguir corriendo, pensó
gritar pidiendo socorro, pensó morirse allí mismo... Oyó entonces los
pitos de los serenos, sintió abrirse algunas ventanas, vio correr por la
acera de enfrente un hombre encapuchado, con el chuzo en ristre y el
farol en lo alto.

El instinto, más bien que la reflexión, hízole comprender entonces el
riesgo que corría ella misma y huyó de nuevo por la calle del Caballero
de Gracia, sin detenerse un momento, sin resollar siquiera, sin ver nada
ni oír nada, ni pensar nada tampoco, hasta que, jadeante y sin saber
cómo, se encontró en su _boudoir_, rígidos los miembros, huraña la
vista, fuera de las órbitas los ojos, teniendo delante el negro de
ébano, que levantaba en lo alto la lámpara encendida como para alumbrar
en su entendimiento el horrible cuadro y que le mostraba con temerosa
inmovilidad los blancos dientes en su sonrisa siniestra, eterna como la
mueca del condenado.

A la luz de aquella lámpara miróse las manos, que sentía húmedas y
pegajosas, y vióselas teñidas de sangre... Un horror inmenso invadió
entonces su cuerpo y anegó su alma, y una idea taladró al fin su mente,
como un clavo ardiendo al empuje de un mazo: la de su hija Lilí,
arrodillada en el estudio, mostrándole sus manitas manchadas también con
la sangre de su hermano, repitiendo con la opaca vibración de un terror
sin medida:

--¡Sangre!... Mamá... ¡Sangre!...



--VII--


Una hora larga tardó la justicia en acudir para reconocer y levantar el
cadáver; hallábase este atravesado en la acera, tendido sobre el lado
derecho, descansando la cabeza contra el zócalo del pabellón del
ministerio de la Guerra, debajo de la segunda ventana. Tenía en la sien
derecha una fuerte contusión, producida sin duda por el golpe dado al
caer, y en el lado izquierdo del cuello una tremenda puñalada que le
dividía por la mitad la arteria carótida. Un gran torrente de sangre,
que de allí había brotado empapaba su ropa y humedecía la tierra. En la
esquina misma de Recoletos y la calle de Alcalá veíase sobre la acera
una rica talma de pieles de castor, manchada también de sangre; hasta
que llegó el juez nadie se atrevió a tocarla.

Pronto quedó identificado el cadáver: encontráronle en el bolsillo la
esquela recibida aquella misma tarde, dando la falsa cita, las dos
cartas de Garibaldi al Hº. Neptuno y varias tarjetas en que constaba el
nombre del marqués de Sabadell. Era este nombre harto conocido, y al
horror natural que inspira todo crimen unióse entonces en los presentes
ese espanto mezclado de sorpresa con que ve el vulgo derrumbarse una
fortuna en el abismo de una desgracia, caer a un poderoso desde los
almohadones de su coche sobre la mesa destinada en un hospital a hacer a
los cadáveres la autopsia. La noticia corrió de un extremo a otro de la
corte, sin hacer derramar una lágrima, pero despertando por todas partes
la admiración, el espanto y, sobre todo, la curiosidad; la curiosidad
ansiosa y hasta, por decirlo así, rabiosa de conocer los pormenores de
aquel drama misterioso, más interesante que los lúgubres episodios de
Ana Radcliffe y las dramáticas aventuras de Clara Harlowe. Varios socios
del Veloz corrieron al hospital a ver el cadáver, y en la esquina del
ministerio de la Guerra viose todo el día un gran cerco de gente
contemplando con cierta curiosidad pavorosa el pie de aquella ventana en
que parecía vagar aún la sombra siniestra del crimen. Por la tarde,
cuando la mayor afluencia de máscaras y de gente acudía al Prado y a
Recoletos, nadie osaba pisar aquel sitio regado de sangre, y llamábanse
todos a la acera opuesta, lanzando a la segunda ventana una mirada larga
y medrosa.

Los periódicos publicaron extensos suplementos que se vendían a gritos
por las calles, y entonces comenzaron a conocerse y comentarse algunos
pormenores del crimen. Constaba entre ellos la declaración del centinela
del ministerio de la Guerra; según este, vio pasar a la una de la
madrugada, a través de la verja de Recoletos, a un hombre y una mujer
que venían muy de prisa de la Castellana. Marchaban agarrados del brazo,
embozado él en una capa andaluza con vueltas rojas, cubierta ella el
rostro con un antifaz negro y envuelta en un abrigo de pieles grises;
vio también al mismo tiempo, a través de la verja de la calle Alcalá,
venir por aquel lado dos hombres gritando y cantando, cual si estuviesen
borrachos; cruzáronse ambas parejas delante del pabellón, por la fachada
que da a Recoletos, y allí los perdió el centinela de vista; mas oyó a
poco en el silencio de la noche el rumor de un cuerpo que cae a tierra y
uno de esos gritos de agonía que jamás se olvidan ni se confunden; vio
huir desesperadamente por la calle de Alcalá a la mujer enmascarada y
vio correr a los dos hombres, borrachos antes y bien firmes entonces,
uno hacia la Castellana y otro hacia la Plaza de Toros. Tropezó este
último en la fuente de la Cibeles y oyóse el ruido del agua cual si
hubiese caído dentro; levantóse, sin embargo, al punto, y su veloz
carrera púsole bien pronto al abrigo de las tinieblas. El centinela,
imposibilitado por la consigna y por la verja para abandonar el puesto,
abalanzóse a los hierros de esta y vio al hombre de la capa tendido en
la acera; gritó entonces al cabo de guardia, dio a los fugitivos por
tres veces la voz de ¡alto!, y con el fin de despertar la alarma,
disparó el fusil por dos veces. Llegaron a poco tres serenos y un
oficial y dos soldados del ministerio, y por la puertecilla pegada al
pabellón salieron a la calle: el hombre de la capa estaba ya muerto.

Desprendíase de todo esto que había una _ella_ de por medio, y la
curiosidad, excitada hasta la rabia, sobre todo en los altos círculos,
venía a estrellarse contra el secreto de la sumaria. Súpose que en la
mañana siguiente a la noche del crimen fue preso Damián, el ayuda de
cámara de la víctima, y llamado a declarar aquella misma tarde un don
Francisco Javier Pérez Cueto, fabricante de almidón en uno de los
arrabales de la corte... Desde entonces, ningún signo exterior dio a
conocer que las investigaciones judiciales adelantasen un solo paso, y
comenzóse a murmurar, con cierta estupefacción temerosa, que andaba en
todo aquello la mano de los masones; que los asesinos de Sabadell
quedarían desconocidos e impunes como los de su amigo el general Prim, y
que el crimen de Recoletos sería siempre un arcano misterioso, como lo
fue el de la calle del Turco. Mas de repente, cuando esta voz tomaba
cuerpo y comenzaba a excitar en los ánimos el terror que infunde todo
poder oculto y la indignación que inspira toda cobarde añazaga,
levantóse otra voz contraria, que nadie supo nunca de dónde salía ni
quién la atizaba, y que se extendió, sin embargo, por todas partes, con
grandes visos de certeza, a la manera que esparce un pozo subterráneo
por todos lados sus húmedas filtraciones... Díjose que en el fondo de
todo aquello había tan sólo una intriga galante, que existía en el
Juzgado un billetito concediendo una cita y que obraba también en poder
del juez una prenda acusadora, perteneciente a la _promovedora del
crimen_: una talma de pieles de castor, marcada por la parte de dentro
con una etiqueta negra, en que con letras rojas decía: Worth.--Rue de la
Paix. _París_.

Dos periódicos que, a juicio de muchos, pertenecían a la secta de los
masones, publicaron violentos artículos contra los tribunales de España,
que recluyen al pobre como un criminal y le barren de las calles como
una inmundicia, y se cruzan de brazos y cierran los ojos ante el
poderoso que oculta sus crímenes bajo una armadura de oro, contra la
cual se hace pedazos la espada de la justicia.

        Porque un pobre mancebo
        Hurtó un solo huevo,
        Al sol bambonea,
        Y otro se pasea
        Con cien mil delitos.
        Cuando pitos, flautas;
        Cuando flautas, pitos.

El atrevimiento era tan grande, la audacia tan increíble, que extraviada
la opinión por completo con estas pérfidas insinuaciones, señaló
entonces con el dedo a la condesa de Albornoz y comenzó a mirarse el
dintel de su palacio con el mismo horror con que se había mirado tres
días antes la esquina del ministerio de la Guerra.

¡Singulares extravíos de la conciencia pública, que Dios permite a veces
en su infinita justicia para castigar con una calumnia el delito
verdadero que había quedado impune!

Nadie en Madrid pidió cuentas a Currita de la sangre de Velarde,
derramada a la vista de todos por culpa suya, y ahora le arrojaban al
rostro la de Sabadell, de la cual se hallaba inocente y hubiera ella
rescatado con gusto a costa de cualquier sacrificio... Porque el dolor
de la dama fue en realidad grande, aunque no expansivo ni alborotado;
uno de esos dolores, por decirlo así, secos, propios de las almas
enérgicas, que se repliegan sobre sí mismos en el fondo del corazón como
para no perder su energía, a la manera que el gladiador herido encuentra
fuerzas en su misma agonía para encoger el cuerpo y doblar los músculos,
e intentar un último y más formidable avance... Aquella débil mujercilla
encerraba en su endeble cuerpo una de esas almas enérgicas que se crecen
a la vista del peligro y lo desafían, y no necesitan en el dolor apoyo
ni cómplices en el crimen; bastábase ella misma a sí misma, y sacudiendo
los terrores que la habían invadido la víspera, con el vigoroso empuje
del toro que arroja lejos de sí los rejones que le lastiman y embarazan,
aprestóse a la defensa, decidida a arrostrar a pie quieto y con firmeza
todas las consecuencias de aquella horrible noche.

Mas necesitaba antes que nada reflexionar, trazarse un plan, preparar su
respuesta y ordenar sus preguntas; y aprovechando la ocasión de hallarse
en cama Fernandito, postrado por uno de esos ataques de imbecilidad que
traen consigo los reblandecimientos cerebrales, tomóse todo el día del
lunes y dio la orden terminante de no recibir a nadie. Creía ella tener
que habérselas de seguida con las visitas importunas, las preguntas
indiscretas, las impertinentes lástimas y las molestas compasiones que
la habían asediado cuando la muerte de Velarde, catástrofe también
espantosa, que sin saber explicarse el porqué parecíale en estos
momentos más terrible que le pareció en aquellos primeros instantes.
Mas, con gran sorpresa suya, pasó todo el día del lunes, y pasó también
el martes, y llegó y pasó asimismo el miércoles, sin que ningún coche
parase a la puerta, ni atravesase una sola visita las antesalas, ni
recibiera el oso del vestíbulo en su bandeja ninguna tarjeta, ni llegara
tampoco el menor recado, la más insignificante misiva de atención, de
interés o de consuelo... Aterróla entonces aquella soledad, que no sabía
explicarse, porque ignoraba que la opinión había atravesado en el dintel
de su puerta el cadáver de Jacobo; mas cuando llegaron a su noticia las
voces que corrían y supo que una pérfida y misteriosa mano explotaba el
funesto hallazgo de la capa de pieles, para hacer recaer sobre ella las
sospechas del crimen, tuvo en su soledad vértigos de ira,
estremecimientos de fiera acorralada, y decidió desafiar frente a frente
a la calumnia con un golpe de enérgica audacia.

La casualidad presentóle bien pronto ocasión propicia; el viernes muy
bien de mañana trajéronle el aviso de que le tocaba al día siguiente
hacer su guardia como dama de honor en Palacio. Enviábale este aviso,
según la costumbre, la dama que había hecho la guardia el día antes, y
era esta una buena mujer, sencilla y piadosísima, que, desechando como
terribles calumnias las voces que corrían, apresuróse a cumplir con su
deber avisando a Currita y dejando al arbitrio de la dama el acudir o no
acudir a la cita de Palacio.

Por primera vez después de la espantosa catástrofe sonrió Currita, con
aquella sonrisa de diablillo, señal en ella de alguna idea feliz que
pasaba por su mente. Tocábale la guardia el sábado, y según la
tradicional costumbre, habían de asistir los reyes a la Salve de Atocha;
la novedad atraía todavía gran concurso de gentes a conocer y contemplar
a la joven reina, y presentándose Currita a su lado, en el primer
puesto, parecióle que había de detener desde allí los tiros de la
calumnia. Conocía ella bien el mundo que frecuentaba, que forma sus
juicios y regula sus actos por los del poderoso que mira en lo alto, y
creyó con razón que le bastaría presentarse una vez en público al lado
de la reina y a raíz del suceso, para que todos acallasen sus escrúpulos
y se apresurasen a conservarla en el puesto de honor que había ocupado
siempre en la corte.

Sin llamar a Kate, saltó Currita de la cama antes de las nueve y fue a
abrir ella misma una ventana para enterarse del estado del tiempo: el
sol brillaba despejado, no se descubría una nube en el cielo y prometía
la mañana una tarde deliciosa. Currita sintió un movimiento de gozo
vivísimo que le pareció el presentimiento del triunfo; los carruajes de
la corte saldrían, por el buen tiempo, descubiertos, y sin duda irían
después de la Salve a dar una vuelta por la Castellana, donde todo el
mundo elegante tendría ocasión de verla y contemplarla en su honorífico
puesto... Algo la espantaba, sin embargo: la idea de que iba a serle
forzoso pasar por aquel mismo trayecto que había recorrido con Jacobo la
noche funesta, por aquella misma iglesia ante la cual pronunció su
última palabra, por aquella esquina en que le había visto caer lanzando
un gemido de agonía... Mas ¿qué iba a hacer ella? ¿Enterrarse en vida a
los cuarenta y cinco años? ¿Dejar por escrúpulos sentimentales que le
arrebatase una calumnia el prestigio, la soberanía suprema, el cetro de
la elegancia y el buen tono que, a pesar de mil vergüenzas verdaderas,
había conservado en su mano hasta entonces?...

Rióse ella misma de sí misma al notar la febril impaciencia con que
esperaba la hora de ir a Palacio, porque ni la señora de López Moreno
había sentido mayores ansias ni más vehementes deseos el día de su
famosa presentación en el hotel Basilewsky. Con esmero redoblado y
gusto exquisito escogió una _toilette_ elegantísima, con ese estudio de
los pequeños detalles que se observa en los grandes genios y acredita en
ellos el conocimiento práctico del terreno que pisan. Púsose un
riquísimo vestido de terciopelo azul muy oscuro, guarnecido de piel de
chinchilla, con sombrero y abrigo de lo mismo; dos perlas negras en las
orejas y un trébol en el pecho, formado por otras tres perlas, blanca la
una, negra la otra y rosa la tercera. En el hombro izquierdo, sujetas
con un lazo encarnado, llevaba las dos cruces de dama de honor: cruz de
esmalte rojo, la antigua de la reina Isabel, y una _M_ de brillantes y
rubíes, la de la nueva reina Mercedes. Después, mientras le traía Kate
el rico pañuelo de encajes y los guantes de piel de Suecia, buscó ella
en una cajita un relicario de plata que contenía un _lignum crucis_;
besólo con gran piedad, oprimiólo un instante contra su pecho, cerrando
los ojos e inclinando la cabeza como si pidiese algo al cielo con grande
ahínco, y guardóselo después en el bolsillo, como se hubiera guardado un
amuleto que tuviese virtud para alejar cualquier daño o peligro.

Al subir la escalera de Palacio latióle el corazón y tembláronle las
piernas, porque vio a dos lacayos que cuchicheaban entre sí, mirándola a
ella. Mas cuando el alabardero de guardia a la puerta de la Saleta dio
el golpe de alabarda que anuncia la llegada de un Grande de España,
crecióse el orgullo de Currita, despertó de nuevo su energía, y armada
de toda su audacia atravesó la antecámara y penetró en la cámara misma,
dispuesta a comenzar la batalla, creyendo encontrar allí a la camarera
mayor o al gentilhombre de servicio, o quizá a todos juntos. La cámara,
sin embargo, estaba desierta y Currita sintió el desahogo de un momento
del enfermo que ve detenerse un instante la temida operación por haberse
retrasado el médico. Sentóse en una banqueta frente a la mampara que
lleva a las habitaciones regias, a fin de esperar que la reina la
llamase o alguien saliese; mas la excitación nerviosa no la dejaba
sosegar un momento, y levantóse al punto para asomarse a uno de los
balcones y mirar a la plaza de la Armería; púsose luego a arreglarse los
ricitos de la frente ante uno de los magníficos espejos y reparó
entonces en el soberbio retrato de Alfonso XII, pintado por Casado, que
habían colocado allí la víspera y se destacaba sobre la rica tapicería
de seda granate con grandes flores amarillas, con todo el esplendor de
una obra maestra.

Pasó un cuarto de hora, que le pareció a ella un cuarto de siglo, y en
pie siempre ante el retrato, sintió abrirse a su espalda la mampara de
las habitaciones de la reina; volvióse vivamente y vio que la mampara se
volvía a cerrar y quedaba medio abierta, como si el que fuera a salir se
hubiese detenido de repente. Oyó entonces, sin que pudiera distinguir
las palabras, una voz suave de mujer que parecía acongojada, como si
suplicase algo, y otra de hombre, fuerte y colérica, que exclamaba
enérgicamente:

--¡No, no..., ahora mismo!

Inmutóse Currita atrozmente y metióse la mano en el bolsillo, como si
buscara el _lignum crucis_; abrióse entonces la mampara y apareció el
mayordomo mayor, también muy inmutado... La dama, fingiendo siempre
hallarse absorta en la contemplación del retrato, volvió ligeramente la
cabeza y saludó con la mano al personaje, diciendo con vocecita a su
pesar temblorosa y angustiada:

--¡Magnífico retrato! Yo no lo había visto. ¿Cuándo lo han puesto?...

Mas el mayordomo, sin contestar a la pregunta y con el esfuerzo de quien
cumple un deber penosísimo, díjole balbuceando:

--Su majestad la reina la dispensa del servicio..., y me encarga le
manifieste su deseo de que devuelva la cruz de dama...

Currita dio una rápida media vuelta, apretando los puños y echando atrás
la cabeza cual si fuera a embestir al mayordomo, fijando en él la mirada
de sus claros ojos, enormemente abiertos, que reflejaban toda la ira del
que recibe un salivazo en el rostro, todo el espanto del que ve
derrumbarse una última esperanza, toda la solapada e impotente amenaza
que encierra el terror del débil, aniquilado por una mano más fuerte...

Luego, como si despertase en ella de repente la altiva ricahembra al
ignominioso contacto de una bofetada, arrancóse ambas cruces del pecho y
las arrojó en el suelo...



--VIII--


Aquel golpe terrible no anonadó a Currita, ni le infundió tampoco el
extraño sentimiento, mezcla de pavor y de ira, que al recibir en Loyola
un bofetón semejante la había obligado a confundirse, y a humillarse, y
a callar... Detrás de la mano de Pedro Fernández había visto entonces la
mano de Dios, que le impedía profanar con el escándalo de su vida su
santa casa, y detrás del bofetón del mayordomo de Palacio tan sólo veía
la mano del rey, que no era para ella una idea, sino un hombre, contra
el cual se podía luchar y al cual se le podía también vencer.

Mas harto comprendió desde el primer instante, con la rápida percepción
de su claro entendimiento y su mucha práctica de mundo, que en vano
emplearía todas las astucias de su ingenio, todos los atrevimientos de
su audacia y todos los recursos de su dinero en atraerse de nuevo a sus
amigos y a formar en torno suyo aquella brillante corte que era la
médula de su vida, porque era también la de su vanidad. Nada arrastra
tanto como el ejemplo de un príncipe, capaz por sí solo de salvar o
perder a una sociedad entera, y la severa repulsa dada a Currita en
Palacio, justa en medio de su severidad, que si de algo pecaba era sólo
de tardía, había de arrastrar sin duda a Madrid entero, derrumbando a la
ilustre dama desde la altura de su gloria, con todo el estrépito de los
grandes escándalos, con todo el ensañamiento con que del árbol caído se
apresuran todos a sacar leña.

Por eso, sin darse ella por vencida ni cejar un punto en su tenaz
empeño, y fortaleciendo siempre con el despecho y la rabia y hasta el
dolor mismo su terquedad de mujer voluntariosa, siempre mimada, optó
desde luego por el camino de los hábiles políticos y los diestros
estratégicos y los conocedores prácticos del mundo y del corazón humano:
una prudente retirada que sosegara los ánimos y diese tiempo a que las
memorias olvidaran, cesasen las prevenciones, se cansaran las lenguas, y
los escándalos nuevos hicieran olvidar y aun perdonar los escándalos
pasados.

¡Había visto ella tanto de eso!... La ocasión, por otra parte, no podía
ser más oportuna: Fernandito había llegado al estado de imbecilidad
completa que traen consigo los reblandecimientos cerebrales, y preciso
era llevarlo a París a que alguna notabilidad médica intentase el
verdadero milagro de despertar un chispazo de inteligencia en aquel
meollo huero, que jamás había dado luz alguna.

El viaje fue, pues, decidido, y dos días antes dirigióse Currita al
colegio de Chamartín de la Rosa, para sacar a Lilí... La niña había
cumplido ya doce años, y más bien que una criatura que comenzaba a
vivir, parecía un ángel que iba a volar. Había en sus grandes ojos
azules algo que recordaba el cielo, algo a la vez triste y sereno,
candoroso y profundo, que comunicaba a todo su ser cierto poderoso y
triste encanto, semejante al que infunde en el alma la inocente sonrisa
de un niño huérfano.

Acogióla la madre con sus más suaves mimitos y díjole al oído,
abrazándola, que le traía una noticia muy buena, muy alegre, muy
grande...

--¿A que no la aciertas?...

La niña, con los grandes ojos llenos de lágrimas y teñidas las mejillas
del carmín más puro, dijo prontamente:

--¿Que mi papá está mejor? ¿Que se ha confesado?...

Quedóse Currita desconcertada, como le sucedía siempre con las salidas
intempestivas de aquella criatura. ¿Quién había de creer que iba a
acordarse de su padre y a pensar en si le habían o no administrado aquel
sacramento que le hacía tanta falta?... Echóse a reír muy maravillada.
¡Ca!, si no era eso... era mejor todavía; era una cosa referente a ella
misma, lo que mejor le podía suceder, lo que sin duda estaba ella
esperando...

Y de nuevo tornó a maravillarse, porque la sangre entera de Lilí afluyó
entonces a su rostro, un temblor nervioso agitó sus manitas, y levantó
los ojos hacia su madre, rebosando anhelo comprimido, esperanza
dulcísima de oír lo que era sin duda su más ferviente deseo. Su boquita
de ángel se entreabrió un momento para dejar escapar su secreto, como
deja escapar una flor su fragancia, y de nuevo tornó a bajar los ojos,
poniéndose más y más encarnada, y guardando silencio, con una cándida
sonrisa dibujada sobre los labios.

--Pero, tontita, ¿no lo adivinas?... Es que se acabó ya el colegio, que
te vas a venir conmigo.

¡Quién lo había de creer!... Al oír esto la niña, apagóse en sus labios
la sonrisa, como una luz que mata de repente una ráfaga de viento; cruzó
las manos angustiada, miró a su madre con espanto y se echó a llorar a
lágrima viva, con el corazón encogido...

--Pero ¡vaya por Dios, vida mía!--exclamó Currita estupefacta--. ¿A qué
viene ese llanto? ¿Es que no quieres venir?

Lilí, enjugándose con ambas manitas los ojos, repetía sollozando:

--Aquí me quieren todos... todos... Las Madres y las niñas...

--Pero, hija mía, ¿acaso en tu casa no te quieren?--exclamó Currita,
poniéndose muy seria; y la niña, titubeando un momento, contestó con
candorosa sencillez, cuyo alcance no supo medir sin duda:

--Ahora no está allí Paquito...

Currita sintió un movimiento de ira, que se transformó al punto en dolor
profundo, en dolor vivísimo que jamás había sentido, allá en el fondo de
sus entrañas de madre... Sus ojos se llenaron de lágrimas, atrajo hacia
sí a la niña, separóle del rostro ambas manos, y besándola en la frente,
díjole con mucho cariño:

--Pero lo recogeremos al paso, tonta, y nos iremos a París todos juntos.

La niña meneó la cabeza, apartándose del regazo de su madre, y
procurando dominar su aflicción, como si se aprestase a una batalla,
dijo resueltamente:

--Y, además... yo no puedo irme de aquí. No, no puedo.

--Pero ¿por qué?... Si eres ya una mujer y aquí están sólo las niñas...

--Y las mujeres también...

--¡Pero, hija, por Dios! ¿Dónde están esas mujeres?...

--Las Madres son mujeres.

--Pero ¿tú quieres ser monja?--exclamó Currita abriendo mucho los ojos;
y la niña, cerrando los suyos y moviendo enérgicamente la cabeza,
contestó con firmeza:

--¡Sí!...

--¡Yaaa!... Muy bien; ahora lo entiendo--dijo Currita muy despacito con
su tono de voz más suave--. Y las Madres, como te quieren tanto las
pobrecitas, te habrán metido esa idea en la cabeza...

--¡No, no, señora!... Las Madres no me han dicho nada.

--Pues entonces habrá sido el confesor, el padre Cifuentes.

--Tampoco...

--¿Pues quién te lo ha dicho?...

--Paquito.

--¿Paquito?... ¡Vaya un apóstol!... ¿Y por qué no se mete él fraile?...

--Eso le escribí yo... Y le envié la _Vida de san Estanislao_ y una
estampita de san Luis de Gonzaga... Pero me contestó que él era muy
desgraciado y tenía que hacer en el mundo una cosa muy grande, muy
grande... Yo no sé lo que será...

Currita comenzó a sospecharlo y se puso muy pálida; la escena terrible
de su estudio, cuando el niño se había arrojado sobre Jacobo como una
fiera sedienta de sangre, acudió a su memoria con gran viveza,
estremeciéndola de espanto, infundiéndole esa especie de terror
retrospectivo que causa un peligro pasado, despertando en su alma el
aguijón de un remordimiento, avivando en su corazón el dolor de una
herida chorreando aún sangre... ¡Oh! ¡Ya no tenía que hacer el pobre
niño aquella cosa _muy grande, muy grande_, porque otra mano más
culpable le había tomado la delantera en la esquina de Recoletos!...

Lilí, sin imaginar siquiera en su sencillez de ángel el efecto que en su
madre podían causar sus palabras, continuó diciendo:

--Me decía que fuese siempre muy buena y no saliera nunca del colegio y
rezara mucho por él, y por usted y por mi papá; porque la ira de Dios
iba a descargar sobre nuestra casa... Yo lloré mucho, mucho, y ofrecí
entonces ser monja, y se lo dije a la madre Larín y al padre Cifuentes.

--¿Y qué te dijeron?--preguntó Currita con los labios blancos.

--La madre se echó a llorar..

--¿Y el padre?...

--Se echó a reír y me consoló mucho, y me dijo que no ofreciese nada sin
que él me avisase.

Currita se quedó muy pensativa y permaneció largo rato en silencio,
mirando a la niña; de pronto, dijo:

--¿Pero el padre Cifuentes te querrá mucho?...

--¡Oh, sí!... Es muy bueno; me quiere mucho.

Calló otra vez, seria y meditabunda; porque en medio de aquel rudo
oleaje de afectos con que la gracia de Dios combatía su alma para
sacarla a flote, santos unos como el amor de madre, saludables otros
como el remordimiento, apareció muy honda y comenzó a subir, a subir,
hasta flotar en la superficie y sobrenadar en lo alto y llenarlo todo y
dominarlo todo, la idea fija, su ángel malo, el pensamiento constante
que llevaba clavado en la frente, como un dolor neurálgico, de
satisfacer su vanidad y vengar su despecho, recobrando de nuevo su
antigua posición y su brillante corte de mujer elegante. Había visto de
repente un camino desconocido, un sendero tortuoso que allí llegaba
dando rodeos, y ya no oyó más, ya no se ocupó de otra cosa. Cinco
minutos largos permaneció callada, inmóvil, tirando al parecer sus
planes. Lilí, con las manitas cruzadas sobre las rodillas y la cabeza
baja, la miraba de cuando en cuando a través de sus largas pestañas,
extrañada de aquel singular silencio.

Rompiólo Currita al cabo; aquella pichoncita suya monísima y preciosa la
había enternecido... Pero todo aquello era muy serio, muy grave, y
hacíase preciso pensarlo despacio, muy despacio, y no decidirlo así de
repente, en un segundo... Por de pronto, dejaría a la niña en el colegio
y detendría ella su viaje para hablar con el padre Cifuentes.

Lilí, al oír esto, saltó espontáneamente de la silla y se arrojó al
cuello de su madre, cubriéndole el rostro de besos, llorando y riendo al
mismo tiempo, como se mezclan la lluvia y el sol en un chubasco de mayo.
Ella se enterneció un poquito y derramó tres lagrimitas.

--Conque nada, pichona mía, mucho juicio, y pide a Dios que a todos nos
ilumine... Y ahora, vidita mía, dile a la madre Larín que quiero
hablarle un momento... ¿Eh, pichona?... Cosa de un segundo, avísala tú,
vidita...

Llegó la madre Larín muy alarmada, temiéndose alguna trapisonda, y
Currita, con patético ademán, se arrojó llorando en sus brazos... Era
aquel día el más grande de su vida; por fin le concedía Dios lo que con
tanto ahínco le había pedido siempre: ¡tener una hija religiosa!...
Cierto que le pasaba aquello el alma de parte a parte, que quizá le
costaría la vida separarse de aquel pobre angelito; pero lo que sentía
ella era no tener siete hijos como santa María Magdalena de Pazzis, para
ofrecérselos a Dios uno a uno. ¡Estaba el mundo tan malo!...

La madre Larín, muy escandalizada al ver a santa María Magdalena de
Pazzis hecha de repente madre de tan dilatada familia, se apresuró a
protestar con mucho respeto:

--Santa Sinforosa querrá decir, sin duda, la señora condesa.

--¿Fue santa Sinforosa?... ¡Pues yo creí que había sido la otra! ¡Como
leo todos los días el Año Cristiano, armo a veces unos galimatías!... Y
dígame, madre Larín, ¿cree usted que perseverará mi hija, que su
vocación será verdadera?

La madre enarcó las cejas, y con mucha humildad, dijo:

--La niña es formalita, y a lo que yo pueda colegir, así lo espero...
Pero siempre será mejor que el padre espiritual informe a usted de todo
esto.

--¿Y quién es?

--El padre Cifuentes.

--¿El padre Cifuentes?... ¿De veras?... ¡Cuánto me alegro!... Si es un
santo, un hombre de tanto saber y prudencia...

--¡Ya lo creo!... Consúltelo usted y verá...

--Pero si no lo conozco... ¡Ay, madre Larín!... ¿Quisiera usted
escribirle una cartita... _deux mots_, recomendándome?... Dígale usted
cuáles son mis deseos, lo que yo quiero a mis hijos, la sencillez con
que procedo siempre... Así me escuchará con benevolencia... Usted me
conoce bien, madre Larín... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Se tiene de mí un
concepto tan falso!...

Y Currita, persuadida ella misma de lo que decía, cual suele suceder a
los embusteros de oficio, extendía las manos y abría mucho los claros
ojitos, como para que la madre Larín la estudiase por dentro,
concluyendo por echarse a llorar amargamente, cubriéndose el rostro con
el pañuelo. La madre, muy compadecida, y creyendo que aquella oveja
extraviada llamaba de nuevo al aprisco, procuraba consolarla y
prometíale escribir aquella misma noche al padre Cifuentes, anunciándole
su visita.

--¡Se lo agradecería a usted en el alma, madre Larín; no lo olvidaré en
toda mi vida!--gimió Currita--. Porque no crea usted que en el asunto de
mi pobre Lilí faltarán dificultades... Fernandito es muy bueno; pero al
cabo, como hombre que es, no tiene la piedad de nosotras las mujeres, y
verá la cosa de manera muy distinta.

Y ya en la puerta, despidiéndose cariñosamente de la buena madre, volvió
a repetirle:

--¡Que no se olvide usted de lo esencial!... Que comprenda el padre la
buena fe con que procedo en todo, lo rectas que son mis intenciones...

Y de pronto, volviéndose atrás desde la puerta, como si de repente
recordase algo...

--¡Ay, madre Larín, se me olvidaba!... No sé si lo encargué a Lilí,
porque con este notición se me fue el santo al cielo... Me han dicho que
están ustedes haciendo un monumento nuevo para el Jueves Santo, y quiero
que sea a mi costa... Deseo mucho dejar a ustedes ese recuerdo; que Lilí
haga ese pequeño obsequio al colegio...

--Gracias, gracias, señora condesa...

--¿Gracias?... ¡Ay, madre Larín, qué mundo, qué mundo!... ¡Ojalá y sólo
se gastara el dinero en cosas semejantes!...

Entró en la berlina... Verdaderamente que aquella idea debía de venir
del cielo, porque era Lilí, un ángel del Señor, quien se le había
inspirado. Lo raro era que no se le hubiera ocurrido a ella antes,
porque en aquella carta de Loyola, en aquella famosa carta de Pedro
Fernández, que se sabía ella de memoria, estaba perfectamente encerrada
en su primera parte... «Si la señora condesa de Albornoz viene a Loyola
a confesar sus pecados y pedir a Dios perdón de sus extravíos, no tiene
que fijar hora ni tiempo, porque todos son igualmente oportunos...»

Y glosando allá en su imaginación el parrafejo, discurría de este
modo... Si la señora condesa de Albornoz va a Loyola, es decir, al padre
Cifuentes, y confiesa sus pecados y pide a Dios perdón de sus extravíos,
o lo que es lo mismo, embauca a aquel varón respetable, diciéndole lo
que le parezca y callándose lo que juzgue conveniente para ponerle de su
parte... a la sombra de su respetabilidad, agarrada a su manteo, entrará
en el gremio de las beatas aristocráticas y se abrirá paso, rosario en
mano, por el atajo de la piedad, hasta el alto puesto de que la calumnia
y la ingratitud la han arrojado.

Porque no era necesario para ello llegar hasta el sacrilegio, que tanto
la había aterrado siempre y la seguía aterrando; dispuesta estaba ella a
lo que creía únicamente necesario para confesarse bien: acusarse de
todos sus pecados y enumerar todos sus extravíos... ¿Qué le importaba a
ella que el padre Cifuentes supiese lo que hasta en los mismos
periódicos se había publicado y había leído ella sin sonrojarse?... ¡Si
hubiera algún sacrificio que hacer, si hubiera algo que cortar, sería
entonces otra cosa; pero la muerte, el puñal de un asesino, se había
encargado de sacrificar, se había encargado de romper; y ya no le
quedaba a ella nada, nada, sino aquella herida en el corazón y aquel
despecho en el alma!... Y ante aquellas dos ideas que la exasperaban,
Jacobo muerto y ella caída de su pedestal, sentía hervir su sangre de
dolor y de ira, y parecíale lo primero el crimen más nefando que se
había cometido en el universo, y juzgaba lo segundo el acto de tiranía
más atroz que pudiera atribuirse a Nerón, a Tiberio o a Busiris.

Con cierto miedecillo, muy natural y fundado, fue a ver al padre
Cifuentes, porque tenía el padre fama de marrullero; mas su voluntad,
repentina como el capricho de una mujer, era robusta como la resolución
de un hombre, y tranquilizábala en parte la íntima conciencia que tenía
ella de que pocos la aventajaban en astucias y marrullería. Con
habilidad suma dio principio al desarrollo de su plan, comenzando por
exponer la vocación de Lilí, anhelo de su corazón, esperanza dulcísima
de su alma, que estaba ella dispuesta a apoyar con todas sus fuerzas,
aunque hubiera que luchar con las serias dificultades que había de poner
Fernandito; hábil estaquita esta última que plantaba desde luego la
taimada, para agarrarse a ella más tarde y destruir, cuando hubiera
logrado su objeto, los santos planes de la niña. Escuchábala el jesuita
impasible con las manos metidas en las mangas, clavando en ella de
cuando en cuando la mirada de sus ojos, aguda como la punta de una
lanceta, que hacía a Currita ladear los suyos, ora bajándolos, ora
paseándolos por las paredes del cuarto. Cuando la dama dejó de hablar,
sacó el padre Cifuentes a relucir la tabaquera de cuerno, con su heraldo
obligado, el pañuelo a cuadros azules y verdes, y con la mayor
naturalidad del mundo dijo resueltamente:

--Su hija de usted no tiene vocación, señora condesa.

Quedóse Currita estupefacta y desconcertada, y tartamudeó moviendo la
cabecita:

--Pues ella me había dicho... Yo creía...

--Creyó usted mal, señora condesa... Esa niña es un ángel, de
entendimiento muy claro, de corazón muy grande y muy recto, y está
aterrada por las cartas de su hermano, que... ¡pasan el alma, señora
condesa, pasan el alma!

Y las dos lancetas que tenía en los ojos el padre Cifuentes pasaban de
parte a parte la frente de Currita, cual si fueran a clavarse en el
fondo de su pensamiento.

--Por eso--prosiguió lentamente el jesuita--quería esa pobre niña
ofrecer el sacrificio de sí misma, para asegurar la salvación de los
demás, para expiar culpas ajenas por las cuales se aflige, como se
afligen los ángeles del cielo: llorándolas, pero sin ponérselas a nadie
en cuenta... Y note usted lo que digo, señora condesa: _sin ponérselas
a nadie en cuenta_.

La señora condesa bajó los ojos muy modestita, como haciéndose la
desentendida de si era a ella o no a quien le tocaba pagar aquella
cuenta, y el padre continuó:

--Pero como usted comprenderá, este sacrificio de precio incalculable,
cuya idea le fomentaré yo por lo que en sí tiene de útil y meritorio y
porque bastará quizá el ofrecerlo para alcanzar de Dios lo que el pobre
ángel pide, no es una vocación religiosa: es sólo un ofrecimiento que en
su aflicción y en su generosidad hace la niña, y mientras Dios no lo
acepte, no existe la verdadera vocación, y yo, por mi parte, ni puedo
aconsejarla ni autorizarla tampoco hasta entonces.

«Pues estamos en el principio de la conversación»--pensó Currita, sin
comprender del todo aquellas místicas sutilezas; y dando vueltas entre
sus manos a un precioso devocionario que había traído de intento para
demostrar su piedad al padre, dijo modestamente:

--¿Y qué cree usted entonces que debe de hacerse?...

--Dejar obrar a la gracia de Dios, que quizá le conceda como premio la
vocación que aún no tiene, y mientras tanto, no sacarla del colegio.

--¿No cree usted entonces que le convenga volver a su casa?...

El padre Cifuentes abrió la tabaquera, y con la impasibilidad del hombre
que golpea en los oídos de un sordo, con la sencillez con que hubiera
dicho que hacía calor o estaba lloviendo, dijo tranquilamente:

--No, señora... Los ejemplos que vería en ella no conseguirían quizá
corromperla, pero de seguro lograrían matarla...

Currita no protestó contra aquel reproche tremendo; no se avergonzó ni
se indignó tampoco. Asióse, por el contrario, para llegar a su objeto, a
la punta de aquella maza que la aplastaba, y dijo lastimeramente:

--¡Ay, sí, sí, padre, es verdad!... ¡Si usted supiera lo que pasa en mi
casa! ¡Si usted conociera la situación en que me encuentro!

Y adoptando el cálculo más hábil del disimulo, el de apropiarse de la
ingenuidad y disfrazarse con la sencillez y la franqueza, refirió con
toda verdad al padre Cifuentes el escándalo de su vida, la trágica
muerte de Jacobo, la calumnia difundida por aquellos enemigos
invisibles, la imposibilidad en que estaba de acusarlos a ellos y
defenderse ella misma ante los tribunales, y la necesidad que tenía de
_alguien respetable_, de alguna _persona autorizada_ por su santidad y
su prestigio que sacase la cara por ella, perdonándole las faltas
verdaderas y defendiéndola de los _falsos crímenes_, concediéndole su
protección y su amistad, y rehabilitándola por este solo hecho a los
ojos del mundo... Y no pedía esto por ella misma, que nada merecía y así
lo confesaba; pedíalo por caridad de Dios, por lástima, por compasión
hacia sus propios hijos...

Calló Currita, y con la cabeza baja y las manos cruzadas y entornados
ojitos, esperó muy devotica el sermón formidable, la peluca tremenda que
creía ella iba a venir tras de aquello, seguida de alguna violenta
exhortación a la confesión y la penitencia, con algunos toquecitos de
llamas del infierno; y luego, más tarde de lo que ella deseaba y con
tanto anhelo iba buscando, un generoso ofrecimiento, noble, sincero y
amplio... Mas el padre Cifuentes, que había escuchado sin pestañear todo
aquel cúmulo de vergüenzas y de horrores, que no había hecho el menor
gesto de asombro, de disgusto, de compasión ni de protesta, sacó la
tabaquera de cuerno, tomó un polvo y dijo lacónicamente:

--Haga usted los Ejercicios...

--¿Los Ejercicios?--preguntó ella muy sorprendida.

--Sí, los Ejercicios de san Ignacio digo... Ayer los han empezado en el
Sagrado Corazón, en la calle del Caballero de Gracia... Todavía tiene
usted tiempo; empiece esta misma tarde.

--Yo..., bueno..., desde luego...--dijo Currita titubeando--. Pero según
tengo entendido, sólo se entra allí con papeleta y yo no la tengo.

--Pues yo la recomendaré a usted a la superiora y le hablaré a la
marquesa de Villasis, que es presidenta del consejo...

Currita sintió tal movimiento de gozo, que estuvo a pique de venderse...
¡Por fin triunfaba, y a pesar de su impasibilidad y no obstante sus
marrullerías, hacía tragar al bendito padre todo el anzuelo!... Entre la
marquesa de Villasis, la dama de mejor nombre de la corte, y el padre
Cifuentes, el sacerdote de más prestigio, haría ella su entrada triunfal
en el gremio de beatas aristocráticas, y una vez dentro, no bien tomase
ella terreno, ya sabría reconquistar, palmo a palmo, los aplausos y las
adulaciones, y colocarse de nuevo en el antiguo puesto perdido.

Vistióse sencillamente, siempre con aquel prolijo cuidado de los
detalles pequeños que desprecian los talentos vulgares y tienen en mucho
los privilegiados y prácticos: una modesta falda de seda negra, un
abriguito de terciopelo con pieles y la mantilla recogida por completo
sobre los hombros, chiffonné, con mucha gracia, cubriendo las blondas
del velo parte del rostro, pero dejando ver perfectamente los rojos
pelitos, contraseña suya característica, que cuidó muy bien de dejar a
la vista con cálculo prudentísimo, para que en caso de oscuridad o de
duda pudieran todos reconocerla.

A las cinco comenzaba el santo Ejercicio, y a las cinco y siete minutos
calculó ella muy bien su entrada, para que fuese de todos vista. Apeóse
del coche y entró en el zaguán, creyendo encontrar allí alguna religiosa
o algún portero a quien preguntar por la marquesa de Villasis o por el
padre Cifuentes; mas sólo vio delante una empinada escalera dividida
por en medio con un barandal de hierro que hacía veces de pasamanos. En
lo alto, dos señoras cuchicheaban entre sí muy quedito, e
interrumpiéndose bruscamente al ver subir a Currita, desaparecieron al
punto, sin que la dama pudiera reconocerlas. Encontróse entonces frente
a la puerta de la capilla, que estaba de par en par abierta; era esta
entrelarga, ancha y extensa, con una gran puerta en el fondo que daba al
interior del colegio y otra lateral para el servicio de la gente. En el
testero hallábase el altar, parcamente adornado, con algunas luces que
ardían a derecha e izquierda del tabernáculo.

Arriba, en la parte más alta, había una hermosa efigie del Sagrado
Corazón, y caía desde sus pies hasta abajo un gran paño de brocado
recamado de terciopelo rojo, con estas palabras bordadas: _Venite ad me
omnes_. A uno y otro lado de la gran puerta del fondo estaban las sillas
de coro de las religiosas, y sentadas en ellas las señoras del consejo:
la marquesa de Villasis ocupaba la esquina derecha, teniendo a su lado a
la duquesa de Astorga.

Currita vio desde la puerta el extremo de un banco desocupado y ante él
se arrodilló, haciendo uno de esos garabatitos con que creen ciertas
damas santiguarse, cruzando las manitas sobre el respaldo, inclinando la
cabeza con mucha devoción y poniéndose a registrar con el rabillo del
ojo todo cuanto había y pasaba dentro de la capilla... ¡Prodigio
maravilloso de la perspicacia y fuerza comunicativa de la grey
femenina!... Cuatro minutos después, no quedaba en el extenso recinto
una sola alma más o menos pía que no hubiera atisbado la entrada de
Currita, sin que fuese necesario para ello más que alguno que otro suave
cuchicheo, alguna que otra disimulada seña, alguno que otro libro devoto
o rosario bendito que rodaba por el suelo, para dar ocasión a la dama
que lo recogía de lanzar una rápida mirada con el mayor disimulo. Allí
estaba ella, con mucha devoción, aguantando a pie quieto las miradas y
suponiendo los comentarios internos que acompañaban a estas; la condesa
de Murguía, señora muy severa, que había comido muchos viernes en casa
de Currita y disfrutado no pocas veces de su palco en el teatro,
hallábase a su lado... Alarmóla esta proximidad, volvió la cara
angustiada, y apretando cuanto pudo a las otras señoras que ocupaban el
banco, apresuróse a dejar entre ella y la escandalosa un gran espacio
vacío. Currita, sin perder su devoción, sintió ganas de tirarle del
pelo.

Entró a poco una señora con dos niñas, al parecer sus hijas, y una de
estas, la más pequeña, fuese a arrodillar junto a Currita en el hueco
vacío; mas la madre, advertida sin duda por otra señora que le habló por
lo bajo, levantóse prontamente, tocó en el hombro a la niña y apártola
de allí. Currita no sintió esta vez ira, sintió una sensación penosa,
amarga, desconocida para ella, que se le figuró semejante al desconsuelo
de verse sola y desamparada por un ser querido; aquella niña le había
recordado a Lilí.

Entraban nuevas señoras, llenábase la capilla de bote en bote y
apiñábanse las rezagadas contra las que habían llegado antes, sin que
ninguna quisiera ocupar el sitio vacío al lado de Currita. Ella sintió
crecer aquel desconsuelo que la oprimía y la angustiaba y le producía
una irritación sorda, una amarga iracundia, que la llevaba a escarbar
llena de saña en el basurero de su vida, buscando y enumerando las
vergüenzas públicas, las inmundicias de todos conocidas, que le había
tolerado, consentido y hasta aplaudido como amables _pequeñeces_ aquel
mismo Madrid que ahora le volvía la espalda, para arrojárselas a la
cara, gritándole con muy buena lógica: «¿Acaso soy ahora peor que lo fui
antes?... ¿Por ventura hace más fuerza en ti una calumnia anónima,
levantada por pérfidos asesinos, que ese montón de lodo con que a todas
horas te he salpicado el rostro?...».

¡Oh!, ¡qué mundo, qué mundo aquel tan injusto y tan asqueroso! ¡Con
cuánta razón se resistía a entrar en él Lilí, aquel ángel del Señor tan
puro y tan bello!... Y a este recuerdo, con la rapidez con que se muda
la decoración en una comedia de magia, sustituyó en su mente la imagen
de la niña al Madrid injusto y asqueroso que provocaba sus iras, y
quedaron frente a frente, embargando todo su entendimiento, la
celestial figura de Lilí, derramando luz vivísima del cielo, y el montón
de lodo repugnante y hediondo, la charca sucia y cenagosa que acababa de
formar ella con tanta saña, haciendo examen general de toda su vida...
Currita creyó ver una cloaca a la pura y rosada luz del alba, creyó ver
el infierno a la luz del paraíso y se sintió confundida y se juzgó
condenada; porque aquel montón de lodo era ella misma y aquel resplandor
de Lilí era la luz de Dios, único criterio de moral, independiente de
míseras condescendencias sociales, a que deben de ajustarse los actos
humanos. Un último movimiento de soberbia la agitó, sin embargo.

--¡Soy una infame, es cierto!... Pero que no me condenen los hombres,
¡que me condene Dios!...

Y al levantar la vista rabiosa y desesperada, como para lanzar en torno
una mirada de orgulloso desafío, divisó al frente la imagen de
Jesucristo, del Juez único que su soberbia vencida aceptaba, mostrándole
su corazón herido, diciéndole en aquel letrero que tenía por debajo:
Venite ad me omnes. Un crujido misterioso lastimó entonces su pecho, y
repitió muy quedo:

--_Omnes_!... ¡Todos, todos!...

Habíase mientras tanto rezado el rosario, y un jesuita subía en aquel
momento al púlpito, para exponer la meditación que correspondía, según
el orden establecido en los Ejercicios de san Ignacio. Era sobre el
Juicio Final, y dividióla en tres partes: la confusión de los hipócritas
al ver patentes sus pecados ocultos; la suprema vergüenza de los
escandalosos al ver objeto de la execración universal los pecados
públicos de que habían hecho gala, y la justificación de la Providencia,
la manifestación clara de los misteriosos caminos ordenados por Dios
para bien siempre del hombre; la sapientísima urdimbre, puesta al
descubierto, de grandes hechos y pequeños acontecimientos, de penas y
alegrías, derrotas y triunfos, llamamientos y amenazas, premios y
castigos, que han de probar en la vida de cada criatura, mirada de
frente a la luz de aquel tremendo día, la paternal providencia de Dios
para cada hombre, la conjunción perfecta sobre cada uno de ellos de sus
dos atributos, el más temible y el más deseable: la misericordia y la
justicia.

El jesuita hablaba llanamente, expresando con sencilla claridad aquellas
tremendas verdades y trazando a veces pavorosos cuadros que herían la
imaginación, estremecían los corazones y preparaban los ánimos para el
eco futuro de aquellas temerosas palabras: _Ossa arida, audite verbum
Domini_!... Reinaba un hondo silencio, muy semejante al silencio del
pavor; y el jesuita, torciendo un poco el rumbo a sus palabras, dejó ver
de repente la bondad infinita de Dios, la más consoladora de todas sus
grandezas, su inmensa misericordia, brindando siempre al pecador con su
perdón tan sin límites y tan amplio, que desaparecen en él, cual si
fueran átomos, los más enormes pecados.

--Imaginaos--dijo--un hombre llegado al último extremo del crimen;
cargadle a vuestro pensamiento con todas las acciones afrentosas que
fuera posible imaginar; vedle dormir tranquilo en medio de su vergüenza,
como si se viera al abrigo de la muerte, como si no tuviera ya
remordimientos ni tuviera conciencia... Mas un día, lo mismo que en el
sueño de Nabucodonosor una piedra desprendida de la montaña hizo pedazos
al coloso con pies de barro, así también un átomo arrancado a la
misericordia de Dios por los ruegos de algún justo derribará sin causa
alguna aparente ese coloso del mal y formará en sus entrañas
desesperadas una lágrima, que subirá hasta el corazón y pasará por los
caminos que Dios ha hecho para llegar a sus ojos marchitos, y brotará
por ellos, y rodará al fin por sus mejillas... ¡Esa lágrima le ha
revelado la verdad y conquistado el perdón y devuelto la paz!...

Y como si aquella lágrima bendita, alcanzada por la oración de un justo,
se formase en aquel momento en algunas entrañas y subiese hasta un
corazón y brotase por unos ojos, con explosión de dolor formidable,
rompió el hondo silencio un sollozo que resonó por todos los ámbitos de
la capilla, haciendo al jesuita enmudecer un instante, y mirarse
pálidas y sobrecogidas a cuantas vieron a la condesa de Albornoz
desplomarse sobre el reclinatorio, aniquilada como el grano de mijo que
machaca la piedra de molino, mordiéndose las manos para contener, como
con esfuerzo sobrehumano contuvo, los gritos, los sollozos, los alaridos
de dolor que parecían hervirle en el pecho, sin llegar a reventarle por
los labios.

Terminó el sermón, y siguióse luego, y terminó también aquel canto
suavísimo, patético grito del pecador arrepentido: _¡Perdón, oh Dios
mío!_ Y la numerosa concurrencia desfiló por delante de Currita, sin que
levantase ella la cabeza ni hiciera un movimiento, como si la vergüenza
de su vida entera la tuviese allí sujeta, clavada, ante las miradas
curiosas, compasivas y aun burlonas de sus antiguas rivales.

Quedó la capilla solitaria, y una religiosa lega, que se deslizaba como
una sombra, apagó las luces una a una, sin que la condesa de Albornoz se
moviese de su sitio ni diese muestras de vida. Unos brazos la rodearon
al fin en aquella soledad de que sólo Dios era testigo, y una voz muy
conmovida le dijo muy bajo:

--Curra, hija mía... Abajo tengo mi coche... ¿Quieres que te lleve?...

Ella levantó la cabeza y fijó en la que así hablaba una mirada hosca,
medrosa, que no parecía tener conciencia de la realidad y reflejaba como
en dos vidrios profundos todos los asombros y todas las agonías...
Reconoció al fin a la marquesa de Villasis, y el rostro de la pecadora,
rojo de vergüenza por primera vez en su vida, ocultóse en el casto pecho
de la mujer fuerte, balbuceando entre sollozos:

--¡Sí, sí!... Adonde no me vea nadie... A Chamartín con mi hija...

La niña no se sorprendió al verla... Había ofrecido aquella tarde, por
aviso del padre Cifuentes, el sacrificio de su vida, y esperaba confiada
y serena, como esperan las lágrimas del pecador los ángeles de la
guarda...



--IX--


Se ha dicho que más cavila un pobre que cien abogados, y hay quien
cavila más que cien pobres y cien abogados juntos: cualquier muchacho
haragán que se ve con un libro delante, clavado en un banco. En este
caso se hallaba aquel día, en el estudio del colegio de Guichon,
Alfonsito Téllez-Ponce, alias _Tapón_, piel del diablo, corazón de
ángel, enredador como él solo, ídolo y tentación perpetua de sus
compañeros, encanto y purgatorio eterno de sus maestros.

Sus propósitos no podían, sin embargo, ser aquella mañana mejores, ni
sus intenciones más rectas: celebrábase al día siguiente el santo del
padre rector con una jira de campo famosísima, allá en la playa de
Biarritz, y el mísero Tapón, condenado por tres o cuatro sentencias a
recluimiento perpetuo, proponíase, con un día entero de observancia
completa, alcanzar el indulto general de sus condenas y el
sobreseimiento de las diez o doce causas que, por diversos atentados,
conatos e infracciones de la ley, se le seguían ante el tribunal del
padre prefecto.

Levantóse, pues, de un salto al primer toque de la campana, lavóse sin
derramar una gota de agua, y sin otro percance que el meter un pie en el
orinal y hacerlo añicos, sin intención deliberada, por supuesto, púsose
en formación muy derechito, entró en la capilla y oyó misa lo mismo que
un san Luis Gonzaga.

Bueno iba aquello; mas al salir del sagrado recinto, diole un brinco el
diablo en el cuerpo, y sin poderlo remediar tiró al compañero que
marchaba delante en las ordenadas filas del pañal de la camisa, que
impúdicamente le asomaba por debajo de la blusa. En la sala de estudio
rezó el _Actiones nostras_ con devoción suma, sacudió un papirotazo a su
vecino de la derecha, arrastrado por la fuerza de la costumbre, tiró al
suelo los libros del de la izquierda, por una necesidad casi de su
temperamento, y abrió la tapa de su cajón con mucha formalidad.

Iba a ponerse a estudiar, y no de cualquier manera ni cualquier cosa;
sus estudios de retórica habían ya terminado el año último, y acababa de
asistir a la toma de Troya y a la fundación de Roma; había bebido con
Horacio en las cascadas del Tíber, admirado a las abejas con Virgilio,
salvado a la República con Cicerón y alborotado en las plazas de Grecia
con Demóstenes. Tocábale aquel año dedicarse a la sublime ciencia del
cálculo, y había obtenido ya, por orden de su profesor, la medida del
campanario del pueblo, con un error aproximado de dos kilómetros; aquel
día proponíase nada menos que determinar el radio de una esfera, y sacó
con toda diligencia el libro de texto, la caja de compases y el blanco
papel inmaculado en que había de desarrollarse el importante cálculo.

El padre Bonnet, inspector en el estudio, mirábale desde lo alto de la
tribuna, asombrado de tanta laboriosidad, creyendo tener ante los ojos
la conversión de san Agustín o el trueque de Saulo en Pablo.

Con un rápido movimiento del compás trazó Tapón una esfera limpia y
correcta, con la luna en su plenilunio. ¡Magnífico!... Redonda era como
el mundo... Parecía una carita... ¡Justo!..., una carita... Igual,
idéntica a la de madame Dous, la tendera que vendía pelotas en los
portales de Bayona. ¡Qué casualidad!... Tapón marcó con mucha habilidad
dos puntos para tomar los radios con que había de trazar dos arcos que
se cortasen, y se afirmó en su creencia... Aquellos dos puntitos
parecían, sin duda alguna, los ojos de madame Dous, redondos, pequeños,
abiertos como con un punzón... El parecido era exacto: tan sólo le
faltaba el moñito en lo alto de la cabeza, y para que nada le faltase,
pintó Tapón a la esfera un moñito en la parte superior; dibujóle luego
unas narices en el punto en que debieron encontrarse los dos malogrados
arcos, púsole por debajo una boca bigotuda, añadióle después dos orejas
con pendientes, y en menos de un cuarto de hora encontró la cara de
madame Dous, en vez de encontrar el radio de la esfera.

Satisfecho de su hallazgo, mostrólo a sus dos vecinos; una mano aleve
avanzó entonces por detrás y arrancóle de las suyas la obra maestra.
¡Santo Dios!... Volvióse Tapón asustado y encontróse frente a frente con
el padre Bonnet. ¡Bonita ocasión para presentarle su petición de
indulto!...

--¿Así prepara usted la clase, señor de... Tapón?--dijo el ministro de
la justicia con voz formidable.

Y el señor de Tapón, sobrecogido, pero con mucha dignidad, aseguró,
puesta la mano sobre el pecho, que había sido una distracción, que lo
había hecho sin poderlo remediar...

--Pues sin poderlo remediar se quedará usted hoy sin postres..., y
mañana, por supuesto, sin campo...

Tapón se echó a llorar acongojado, empujó por la izquierda el libro de
texto, alejó de sí por la derecha la caja de compases, y apoyando la
cabeza en ambas manos, quedóse absorto, a través de sus lágrimas, en la
contemplación del tintero de peltre que tenía delante. Una mosca paseaba
por sus bordes, alargando de cuando en cuando la sutil trompilla,
haciendo vibrar, al cruzarlas con las patas traseras, las pardas y
transparentes alas. Parecía la mosca meditabunda, y ocurriósele a Tapón
cazarla, para alivio de sus penas; mojóse con saliva los extremos del
pulgar y el índice, y alargó la mano suavemente: la incauta mosca saltó
del tintero a la mano traicionera, dio una carrerita y acercóse al fatal
lazo. Tapón apretó entonces los dedos y pillóla por las patas... La
mosca protestaba muy indignada, batiendo las alas con cierto zumbido
lastimoso.

    Presa en estrecho lazo
    La codorniz sencilla
    Daba quejas al viento,
    Ya tarde arrepentida.

Tapón, inexorable, resolvió convertirla en ministro de sus venganzas;
cogió un fino papel de seda, escribió en él: «¡Muera el padre Bonnet!»,
y retorciéndole muy bien una puntita, clavólo por detrás a la
prisionera. Abrió luego la mano y la mosca echó a volar, arrastrando la
larga cola, a modo de ave del paraíso.

El gozo de Tapón fue imponderable: había realizado la teoría de las
_palomas mensajeras_. Puso manos a la obra, y en menos de diez minutos
revoloteaban por el estudio más de una docena de moscas, llevando de una
a otra parte el grito subversivo de «¡Muera el padre Bonnet!». La
sedición prendió al punto por el amplio recinto, encontrando por todas
partes imitadores y aun reformistas; uno puso en rojos papelitos «¡Viva
la libertad!», otro se adelantó a poner «¡Abajo los jesuitas!», y un
tercero, hijo de un emigrado, destrozó una caja de bombones para
estampar en ligero papel azul el grito retrógrado de «¡Viva Carlos
VII!»...

Aquello fue una manifestación general de simpatías personales e ideales
políticos, y no hubo uno solo entre aquellos hombres de estado, capaces
de regir el país de Liliput, que no manifestase sus opiniones por medio
de las nuevas palomas mensajeras. Tan sólo Paco Luján, inclinado sobre
su pupitre, aunque sin ocuparse mucho del libro que tenía delante,
limitábase a seguir a veces con la vista el vuelo de las palomas
mensajeras, sonriendo benévolamente, pero sin tomar parte en el
clandestino entretenimiento. A su espalda, un muchacho mayorcito, de
frente estrecha, tipo malayo y rastrera expresión de envidia, que había
tenido con él varias reyertas y sufrido más de una vez el empuje de sus
poderosos puños, escribía con mucho disimulo en un trozo de papel de
fumar un largo letrero; púsolo después, según el sistema Tapón, a una
mosca muy gorda, y mirando antes a todas partes con recelo, arrojóla a
hurtadillas por encima de la cabeza de Paco; mantúvose la mosca un
momento en el aire, y arrastrada por el peso del espurio rabo, posóse al
fin en la espalda del chico que tenía Luján delante. Rióse este al
verla, y extendiendo la mano prontamente, cogióla por el papel; la mosca
echó a volar dejando su molesto apéndice en manos del niño, y la pobre
criatura, alborozada con la presa, púsose a leer el contenido de la
misiva... Mas su gozo desapareció de repente, tornándose lívido al
descifrarla, dando una media vuelta en el asiento cual si le hubiesen
aplicado un hierro candente, fijando una mirada de odio feroz, de rabia
pronta a desbordarse en el inofensivo Tapón, que muy alborozado, lanzaba
al aire en aquel momento su decimosexto clamor de «¡Muera el padre
Bonnet!». A espaldas de ambos seguía el malayo con maligna curiosidad
aquella muda escena, que tenía a la vez mucho de infantil y de terrible.

Paco Luján volvió lentamente la cabeza hasta esconderla entre ambas
manos como anonadado; clavóse en ella los agarrotados dedos temblando de
rabia, y dos lágrimas, dos lágrimas de esas que rara vez se derraman a
los quince años, brotaron de sus ojos y surcaron sus mejillas; la ira
las secó al punto, como seca una gota de agua el simúm del desierto...
Había leído en aquel papel una grosera chocarrería en que se mezclaban
el nombre de su madre y encubiertamente el de Jacobo, firmada por el
hijo de aquel hombre odiado, el mismo Alfonsito Téllez, el inofensivo
Tapón, el _diablillo de olor de rosa_ como le llamaba el rector del
colegio, para expresar al mismo tiempo su sencillez de ángel y su
travesura de diablo. ¡Qué golpe aquel tan inesperado y tan horrendo!

El niño, avezado a callar por el largo y silencioso sufrir de su corta
vida, calló una vez más devorando su rencor y sus lágrimas, y una hora
después, cuando la campana llamaba a los alumnos a clase, Paco Luján no
dio señales de haberla oído y siguió clavado en el banco, con la cabeza
entre las manos, sin más muestras de vida que los frecuentes
estremecimientos nerviosos que recorrían todo su cuerpo. Creyóle dormido
el padre Bonnet y separóle las manos del rostro: vio entonces su frente
arrebatada, sus ojos brillantes extraviados, y palpó sus manos
ardorosas.

--¿Qué es eso, hijo?... ¿Estás malo?... ¿Tienes calentura?...

--No..., no..., no tengo nada--replicó el niño con forzada sonrisa.

Y arrancándose bruscamente de las manos del padre, echó a correr hacia
la clase.

Jamás hubo despertar tan alegre como el que tuvieron al otro día los
colegiales de Guichon; tenía aquello algo del despertar de los pájaros
cuando en una mañana de mayo se lanzan del nido, al primer rayo de la
aurora, y estalla su alegría, ruidosa, alborotada, comunicativa,
derramándose por entre el follaje de los árboles como una cascada de
alegres trinos, que llega hasta el fondo del alma y la conmueve, la
arrastra y despierta en ella paz, gozo, consuelo y plácida gratitud
hacia Dios. La alegre charanga del colegio sustituyó aquel día a las
severas campanadas que arrancaban de ordinario a los alumnos de la
profunda quietud del sueño de la infancia, para arrojarlos en los
pequeños azares, inmensos para ellos, de la vida de estudiantes; cien
vivas atronadores al padre rector se unieron al punto a los acordes de
la música, y la alegría desbordada, la vida bulliciosa que rebosaba en
aquellos cuerpecitos, inundó de repente dormitorios, pasillos y el
colegio entero, yendo a estrellarse a las puertas de la capilla por una
de esas rápidas mutaciones, increíbles en los niños, que prueban el
poder inmenso de la disciplina y la fuerza irresistible que en toda
multitud ejerce la autoridad que sabe hacerse amar y respetar. Reinó
allí un silencio profundo, oyóse misa con devota compostura y tomóse
luego un pareo desayuno; hubo entonces un momento de expectación
general, de angustiosa perplejidad...

Apareció el padre prefecto, el temido ejecutor de las solemnes
justicias, y mandó salir de las filas a Tapón y a otros seis
sentenciados. Pintóse la consternación en todas las caritas, y mientras
pálidos y constrictos se alineaban los reos a la izquierda, notóse en la
multitud ese desasosiego que precede siempre en ellas a las resoluciones
heroicas o desesperadas. Un chiquillo regordete salió al cabo de las
filas, colorado como un tomate, y acercándose al padre rector, que en
aquel momento llegaba, díjole con heroica magnanimidad:

--Que vayan al campo esos... Yo me quedo; sí, señor, yo me quedo por
ellos.

Una exclamación de entusiasmo acogió la abnegación del héroe, y el
rector, extendiendo la mano con ademán imponente, dijo muy grave:

--Usted, señor abogado de causas perdidas, se irá al campo ahora
mismo... y esos siete señores se quitarán al momento de mi vista...

Aquí tornó el rector a alzar la mano, como si fuese a descargar el rayo
vengador de la justicia, y concluyó con tremenda severidad:

--...yéndose al campo también.

La severidad del rector se deshizo entonces en una alegre carcajada, y
una gritería inmensa acogió la proclamación del indulto, mientras las
gorras subían por lo alto en alas del entusiasmo, y los reos perdonados
y el intercesor generoso eran llevados en triunfo con cariñosa
fraternidad.

Pusiéronse todos en marcha, a través de aquellos campos floridos,
aquellas verdes praderas, bosques espesos y preciosas casitas rodeadas
de jardines, que adornan todo el camino desde Guichon hasta el mar.
Extendíase este por detrás de Biarritz, estrellándose contra las rocas
con furor inmenso, amenazador e imponente, bajo aquel límpido azul y con
aquel sosegado tiempo, como un gesto de terrible cólera en el rostro de
una serena divinidad.

Más allá de la playa de los vascos, en una alta y escondida explanada
que forman las rocas no lejos de cierta _villa_ deliciosa, hizo alto la
alegre turba, dispuesta a sentar allí sus reales para comer y sestear.
La comida era sustanciosa y el apetito excelente, y sentados en el suelo
en grupos de diez o doce, comenzaron los chicos aquel festín delicioso,
a que las brisas del mar prestaban su frescura, los rayos del sol sus
resplandores y la alegría de la infancia su graciosa locuacidad. Los
inspectores les vigilaban yendo de un lado a otro, tomando parte en sus
conversaciones, fomentando sus bromas y sus risas, y evitando con su
presencia los excesos, sin disminuir con ella la alegría y la expansión.
En una de sus rondas tropezóse el padre Bonnet con Paco Luján, sentado a
la turca en uno de los grupos más numerosos; parecióle el niño
preocupado y taciturno, y observó ante él su plato vacío, y puesta sobre
la servilleta su parte de pan intacta. Uno de sus compañeros denunciólo
al punto, gritando:

--Padre... Luján no come...

Volvióse él rápidamente, y con forzada jovialidad contestó:

--¿Que no como?... ¡Vaya si como!... ¡Mira!...

Y bebióse de un trago, sin resollar siquiera, un vaso lleno de vino
hasta los bordes; mostróse desde entonces alegre, hablador y chancero, y
levantándose de repente, comenzó a dar vueltas de un lado a otro, como
si buscase algo. Había ya terminado la comida, llegaba a lo sumo la
alegría, y los chiquillos, dispersos por todos los lados, comenzaban a
organizar diversas partidas de juego; en lo alto de una roca, montado a
caballo sobre uno de sus salientes, hallábase Tapón muy afanado, en
mangas de camisa, armando con una caña abandonada y un largo bramante un
aparato de pesca. Acercósele Luján por detrás, y poniéndole una mano
sobre el hombro, díjole con voz extraña:

--¡Tapón... ven acá!...

Levantó este los ojos, y a la vista de aquel pálido rostro y aquel torvo
ceño, inmutóse mucho; soltó al punto la caña, tercióse al hombro en
silencio la chaqueta y levantóse dócilmente:

--Anda delante--dijo Paco.

Arrancaba de allí un senderito abierto en la misma roca, que entre picos
y grandes peñascos llegaba hasta la playa baja que azotaban las olas, y
por allí comenzaron a bajar los niños, silenciosos ambos, sorprendido y
azorado Alfonso, pálido el otro y torva la mirada, arrastrados los dos,
sin saberlo, por la desventura más digna de lástima que existe en la
tierra: la que acarrean al inocente los delitos del culpado.

Cuando llegaron a lo más hondo de la playa, donde los peñascos se
erguían solitarios, y el ruido del mar ensordecía y espantaba, y ya no
se escuchaba la algazara de los niños ni se descubría rastro alguno de
hombres, volvióse Tapón lleno de zozobra y miró a su compañero
tímidamente; mas este, empujándole hacia adelante, le dijo:

--¡Anda!... ¿Tienes miedo?...

Terminaba el senderito que seguían en una reducida explanada, rodeada
por todas partes de rocas, que la pleamar cubría por completo y
salpicaban entonces las olas con blancos espumarajos, dejando al
retirarse, en el declive, una pequeña hondonada, una especie de pozo
lleno de agua que cubriría a ambos niños hasta la cintura. Pegóse Tapón
a la roca más lejana, que le cortaba la salida, volviéndose de nuevo muy
pálido y asustado, y con el ansia mortal de la zozobra, con la
desfallecida voz del miedo, dijo muy bajo:

--¿Qué quieres?

Y el otro, dando entonces rienda suelta a la rabia que le ahogaba, al
rencor contra el padre de aquel inocente, fuera ya de su alcance, que
por tantos años había fomentado en el fondo del pecho, con la paciencia
con que se afila la hoja de un cuchillo, gritó con voz terrible,
sacudiéndole con una mano por un brazo, poniéndole el puño cerrado de la
otra junto al rostro mismo:

--¿Qué quiero?... ¡Matarte es lo que quiero!... Romperte el alma...
Tirarte al agua; que uno de los dos no vuelva al colegio...

Y sacando el bolsillo el funesto papel arrancado a la mosca el día
antes, púsolo ante los ojos de Tapón, dilatados por el espanto, y tornó
a gritarle lívido de ira:

--¿Conoces esto?...

El niño fijó un momento los ojos en aquel papel desconocido a que la
mano que lo sostenía comunicaba temblores de rabia, y el pudor de su
alma inocente tuvo fuerzas para colorear en sus mejillas por un momento
la azulada palidez del espanto. Movió la cabecita y cerró los ojos,
apartándolos.

--Eso es malo--dijo--, es pecado...

--¿Pecado y tú lo has escrito?--bramó el otro en el paroxismo de la
rabia.

Y de una terrible bofetada arrojóle al suelo cuan largo era y lanzóse
luego sobre él, dando roncos gritos de furor, vomitando contra el padre
y la madre y el niño mismo horrendos insultos, que parecían hincharle la
garganta como si no hubiera en ella espacio bastante para arrojarlos,
dándole puñadas, pateándole todo el cuerpo, mesándole los cabellos y
sacudiéndole la cabeza contra las rocas, hasta que, rendido y jadeante,
viose de improviso las manos manchadas de sangre... Entonces dio un paso
atrás, pálido y descompuesto, y sucedióle al punto, en un segundo, lo
que sucede a todos los corazones generosos cuando pasa en ellos el
vértigo horrible de la venganza y ven ya a su víctima indefensa y
aniquilada, tendida a sus pies: una gran piedad hacia aquel pobre niño,
en quien había querido él, sin conseguirlo del todo, acumular el odio
inmenso que profesaba a su padre, invadió su pecho y despertó su razón,
y con voz queda, enternecida casi, alargóle su propio pañuelo, diciendo:

--Tapón..., tienes sangre...

El niño procuraba incorporarse exhalando ayes lastimeros, repitiendo
siempre con acento de verdad profunda. «¡Yo no he sido!... ¡Yo no he
sido!» Y con desgarradora expresión de pena, como si le dolieran más en
el alma que sus heridas le dolían en el cuerpo los insultos que había
oído contra su padre y su madre, repetía lastimeramente:

--Mi padre ha muerto... Yo no lo conocí... Pero mi mamá es una santa,
santa... ¿Sabes tú?... ¡Santa!...

Paco Luján sintió que el corazón entero se le derretía en lágrimas, y
acudió a sostener al niño, que parecía próximo a desfallecer; tenía una
herida en la frente y manaba de ella sangre en abundancia, que corría
por su rostro y teñía ya su camisa. Ayudóle a levantar, sosteniéndole
por debajo de los brazos, y arrastróle suavemente, para lavarle la
herida, hacia el pozo que la marea baja dejaba al descubierto, colocado
al pie de una roca, en la orilla misma del mar. El niño se dejaba
conducir con entera confianza, apoyando la lívida cabecita, blanca cual
un jazmín cortado a la mañana, en el hombro de Paco. Notó entonces este
que había olvidado el pañuelo allá arriba, en el sitio del combate, y
volvió corriendo en su busca; el niño, mientras tanto, desasosegado y
sin tino, sintiendo tras aquella conmoción tan ruda la natural congoja
del vómito, inclinóse demasiado sobre la roca y cayó rodando hasta el
mar... Una ola inmensa que reventaba en aquel momento en la playa asióle
con sus mil garras de espuma, y en su tremenda resaca arrebatólo hacia
dentro.

Luján lanzó un alarido horrible, incomprensible en el aparato eufónico
de un niño, y se quedó con el pelo erizado y los brazos rígidos y
extendidos hacia aquella ola inmensa que barría del mundo a un inocente,
cumpliendo una tremenda justicia de Dios.

Su estupor horrendo duró sólo un minuto... Sabía él nadar... y lo
sacaría, sí, lo sacaría, aunque tuviera que bajar a lo profundo, aunque
tuviera que hacerse trizas la cabeza contra los escollos del fondo, y
luchar allí a brazo partido con el terror y la muerte... Y se arrancaba
las ropas, y las tiraba a su paso, y trepaba por las peñas lanzando
gritos, dejando en ellas, sin sentirlo, pedazos de la piel de sus
piernas desnudas, de su pecho jadeante y comprimido por la espantosa
presión del horror...

Llegó a la roca más alta, la más saliente e inclinada hacia el abismo, y
agarrado a la punta, rasgándose el pecho contra las asperezas de la
peña, tendió los ojos fuera de las órbitas por aquella extensión
inmensa, buscando una señal, un punto negro, un ligero estremecimiento
en la superficie del agua... ¡Nada!... ¡Nada más que aquellas olas tan
azules y tan bellas a pesar de catástrofe tan horrenda, aquel cielo tan
puro y tan radiante a pesar de horror tan profundo!

--¡Jesucristo!... ¡Virgen Santísima!... ¡Que salga, que aparezca!...
¡Madre de los afligidos..., te doy mi vida en cambio!... ¡Si yo no le
odio, si le quiero, si le amo..., si amo a su padre mismo!... ¡Señor mío
Jesucristo, perdón.., me pesa!... Si él era bueno..., la mala era mi
madre..., ella..., ella...

Se levantó rígido, tieso como un muerto, pareciendo que se alargaba su
estatura hasta crecer la mitad... Allí..., allí..., allá lejos, a veinte
brazas de aquella roca se agitaba el agua un poco, se formaba un
remolino, aparecía un punto negro... Sí, sí, no había duda...
¡Jesucristo!... ¡Una manita crispada que se alza pidiendo socorro!...

Y como una exhalación describió un arco en el aire y se hundió en el
mar la otra víctima, lanzando un grito de piedad que halló su memoria en
lo más profundo de los recuerdos de su infancia y puso la Reina de los
ángeles en sus labios, como una prenda de perdón, en aquella hora
suprema:

¡Virgen del Recuerdo dolorida!

¿Te acordarás de mí?

Viósele nadar veinte brazas con la enérgica desesperación de la agonía,
hundirse una vez, aparecer otra, tornar otra vez a hundirse; salir a
flote de nuevo, no una, sino dos cabecitas, pegadas, juntas, rubia la
una, negra la otra, y sumergirse otra vez las dos formando un ligero
vórtice, unas suaves espumas, borrosas, imperceptibles, en aquel mar
inmenso, ¡limitado, roto tan sólo en el lejano horizonte por una velita
blanca que se divisaba a lo lejos...

Al día siguiente, unos pescadores de Guetary encontraron atravesados en
una roca los cadáveres de los niños, abrazados estrechamente aun después
de la muerte... En las ansias y rudo combate de aquella agonía tremenda,
el escapulario de uno había pasado también al cuello del otro, y
descansaba, como una contraseña del cielo, sobre los pechos de ambos.

Jamás se supo a cuál había pertenecido en vida la santa enseña: era el
escapulario de la Virgen del Recuerdo...

Fin del libro cuarto



Epílogo


La campana del santuario de Loyola había tocado ya el último toque de
misa y el hermano portero luchaba a brazo partido, en la misma puerta,
con una de esas beatas pegajosas, ávidas siempre de santa curiosidad,
propaladoras incansables de nuevas místicas, que creen asegurar el
triunfo de la Iglesia y la extirpación de las herejías propagando entre
fieles e infieles que el padre _A_ estornudó dos veces seguidas, o que
al padre _B_ se le descosió la borlita del solideo.

Una señora enlutada salió entonces de la vecina hospedería, atravesó
lentamente el prado y subió las escaleras que llevan al santuario. Era
una mujer alta, joven aún, que parecía agobiada por el peso de una de
esas inmensas desventuras que inclinan el cuerpo a la tierra, como
buscando en ella el consuelo y la paz. El negro crespón que sombreaba su
frente, sin ocultarla del todo, dejaba ver unos ojos rojos en que ya no
había lágrimas y un rostro marchito, óvalo perfecto en que se veía, por
decirlo así, incrustada una conmovedora expresión de dolor eterno.

Al pasar ante el hermano, saludóla este con muestras de gran respeto, y
la beata, ansiosa siempre de noticias, preguntóle su nombre.

--La marquesa de Sabadell--contestó el hermano.

La beata dejó escapar una exclamación de asombro, y con cierta compasiva
admiración siguió a la dama con la vista, hasta verla desaparecer por la
gótica puerta del antiguo solar de Loyola.

Un cochecillo desvencijado, tirado por dos flacos rocines del país,
entró al mismo tiempo por el puente de Catalangua, atravesó velozmente
el prado y vino a detenerse al pie de la escalinata. Apeóse otra señora,
también enlutada, muy flaca, muy pequeñita, ocultando, como la otra,
entre los negros crespones un rostro consumido y lleno de pecas y unos
cabellos rojos mezclados de blanco. Nadie la conocía en el país: habíase
establecido aquel verano en un caserío muy bien acondicionado, cerca de
los baños de San Juan, y veíasela a menudo desde el camino pasear por la
huerta acompañando a un caballero muy gordo, al parecer idiota, que
lanzaba gritos extraños y tristes risotadas, y no se movía de un carrito
de que tiraba a veces un borriquillo pequeño, otras un criado, algunas,
con bastante frecuencia, la misma señora. Los caseros de las cercanías
llamábanla _Gorriya_, esto es, «la roja».

Al hermano portero no le era, sin embargo, desconocida la dama, y
saludóla también a su paso con mucha atención y deferencia. La beata,
con redoblada curiosidad, tornó a preguntar asimismo el nombre de esta.

--La condesa de Albornoz--replicó secamente el portero.

Penetró esta también en la santa casa y subió al famoso santuario, lleno
en aquel momento de fieles de todas clases, mezclados y confudidos el
señor y el labriego, la dama y la casera, con ese aire de confianza, esa
perfecta igualdad que muchos pregonan y sólo se comprende y se practica
en el santo templo de Dios. La Albornoz pasó rozando con su traje el
traje de su infeliz prima y fue a arrodillarse, sin reparar en ella, a
cuatro pasos de distancia.

No sucedió lo mismo a la marquesa de Sabadell: viola muy bien esta, la
conoció al punto, y el temblor de sus manos, el gesto espontáneo de
horror con que apartó la vista, el ansia cruel con que se levantó su
pecho, sin que pudieran exprimir sus vaivenes una sola lágrima, como si
se hubiese agotado ya en aquel corazón el manantial de ellas, revelaron
claramente la impresión horrible que le hacía la presencia de aquella
mujer funesta, que encontraba por primera vez después de tantas
desgracias.

Comenzó la misa ante la imagen de san Ignacio, del lado de allá de la
reja; la de Albornoz, flaca y macilenta, paseó a poco la vista por todas
partes, buscando algún sitio en que sentarse, y no hallándolo, hízolo
humildemente en el suelo, sobre las frías losas; un anciano, pobre
mendigo de Azpeitia, levantóse al punto del extremo de un banco y quiso
cederle su puesto; mas ella, agradeciéndoselo con cariñosa sonrisa, no
aceptó.

Llegó al fin la hora de la comunión; el sacerdote abrió el tabernáculo,
volvióse al pueblo y bendijo a pobres y ricos, grandes y pequeños,
inocentes y arrepentidos, verdugos y víctimas... Todas las cabezas se
inclinaron, dobláronse todas las rodillas en el más profundo silencio...

--_¡Ecce Agnus Dei; ecce qui tollit peccata mundi!..._

Varios hombres y mujeres se adelantaron y fueron a arrodillarse ante el
comulgatorio; entre ellos iban la marquesa de Sabadell y la condesa de
Albornoz, las dos rivales, el verdugo y la víctima, la mujer inocente y
la cínica escandalosa.

Pasó largo rato; terminóse aquella misa y salió después otra, y poco a
poco fueron desapareciendo los fieles, quedando al fin sola la Albornoz,
arrodillada delante, sin poderse sostener apenas, caída la cabeza,
cruzadas las manos, imagen viva de la humildad aniquilada ante la
misericordia. Detrás estaba la marquesa de Sabadell, arrodillada a larga
distancia, sintiendo por primera vez, después de la muerte de su hijo,
el consuelo inefable de las lágrimas.

De repente hizo Currita un penoso esfuerzo para levantarse, y la otra se
levantó también prontamente, y salió de la capilla, deteniéndose al lado
de allá de la puerta, junto a la pila del agua bendita... Allí la
encontró la Albornoz, y dio un paso atrás al verla, pálida cual un
espectro.

Mas ella, dando otro paso adelante, hizo un solo movimiento, una mera
_pequeñez_, de esas que asombran a los hombres y regocijan a los
ángeles: metió la mano en la pila del agua bendita y se la ofreció con
la punta de los dedos...

Fin





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Pequeñeces" ***

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