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Title: Los Hombres de Pro
Author: Pereda, José María de, 1833-1906
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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OBRAS COMPLETAS DE D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA

=LIBRERÍA GENERAL DE VICTORIANO SUÁREZ= PRECIADOS, 48 MADRID


OBRAS COMPLETAS DE D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA

A CINCO PESETAS TOMO EN MADRID

   I.--LOS HOMBRES DE PRO (sexta edición), con el retrato del autor.
  II.--EL BUEY SUELTO (sexta edición).
 III.--DON GONZALO GONZÁLEZ DB LA GONZALERA (sexta edición).
  IV.--DE TAL PALO, TAL ASTILLA (sexta edición).
   V.--ESCENAS MONTAÑESAS (quinta edición).
  VI.--TIPOS Y PAISAJES (cuarta edición).
 VII.--ESBOZOS Y RASGUÑOS (tercera edición).
VIII.--BOCETOS AL TEMPLE.--TIPOS TRASHUMANTES (cuarta
       edición).
  IX.--SOTILEZA (séptima edición).
   X.--EL SABOR DE LA TIERRUCA (quinta edición).
  XI.--LA PUCHERA (cuarta edición).
 XII.--LA MONTÁLVEZ (cuarta edición).
XIII.--PEDRO SÁNCHEZ (tercera edición).
 XIV.--NUBES DE ESTÍO (cuarta edición).
  XV.--PEÑAS ARRIBA (séptima edición).
 XVI.--AL PRIMER VUELO (cuarta edición)
XVII.--PACHÍN GONZÁLEZ (segunda edición).


TIPOS TRASHUMANTES; _edición elegantemente ilustrada, en 4.º, 5
  pesetas_.

DISCURSOS _leídos por los Sres. Menéndez y Pelayo, Pereda y Pérez
  Galdós, ante la Real Academia Española, en las recepciones públicas
  verificadas los días 7 y 21 de febrero de 1897; en 8.º, 2 pesetas_.



OBRAS COMPLETAS

DE

D. JOSÉ M. DE PEREDA DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

CON UN PRÓLOGO

POR D. MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

TOMO I

LOS HOMBRES DE PRO

SEXTA EDICIÓN

MADRID LIBRERÍA GENERAL DE VICTORIANO SUÁREZ PRECIADOS, 48 1921

_Es propiedad del autor_.



IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA. MADRID

DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA


Nunca he acertado a leer los libros de Pereda con la impasibilidad
crítica con que leo otros libros. Para mí (y pienso que lo mismo sucede
a todos los que hemos nacido _de peñas al mar_), esos libros, antes que
juzgados, son sentidos. Son algo tan de nuestra tierra y de nuestra
vida, como la brisa de nuestras costas o el maíz de nuestras mieses.
Pocas veces un modo de ser provincial ha llegado a traducirse con tanta
energía en forma de arte. Porque Pereda, el más montañés de todos los
montañeses, identificado con la tierra natal, de la cual no se aparta un
punto y de cuyo contacto recibe fuerzas, como el Anteo de la fábula,
apacentando sin cesar sus ojos con el espectáculo de esta naturaleza
dulcemente melancólica, y descubriendo sagazmente cuanto queda de
poético en nuestras costumbres rústicas, ha traído a sus libros la
Montaña entera, no ya con su aspecto exterior, sino con algo más
profundo e íntimo, que no se ve, y, sin embargo, penetra el alma; con
eso que el autor y sus paisanos llamamos _el sabor de la tierruca_,
encanto misterioso, producidor de eterna _saudade_ en los numerosos
hijos de este pueblo cosmopolita, separados de su patria por largo
camino de montes y de mares.

Esta recóndita virtud es la primera que todo montañés, aun el más
indocto, siente en los libros de Pereda, y por la cual, no sólo los lee
y relee, sino que se encariña con la persona del autor, y le considera
como de casa. No sé si éste es el triunfo que más puede contentar la
vanidad literaria. Sé únicamente que al autor le agrada más que otro
alguno; y en verdad que puede andar orgulloso quien ha logrado dar forma
artística y, en mi entender, imperecedera, al vago sentimiento de esta
nuestra raza septentrional, que con rebosar de poesía, no había
encontrado hasta estos últimos tiempos su poeta.

Le encontró al fin, y le reconoció al momento, cuando llegó a sus oídos
el eco profundo y melancólico de _La Leva_ y de _El fín de una raza_, o
cuando vió desplegarse a sus ojos, en minucioso lienzo holandés o
flamenco, avivado por toques de vigor castellano, el panorama de _La
Robla_ o de _La Romería del Carmen_, el nocturno solaz de la _Hila_ al
amor de los tizones, o el viaje electoral de don Simón de los Peñascales
por la tremenda hoz de Potes. Miróse el pueblo montañés en tal espejo, y
no sólo vió admirablemente reproducida su propia imagen, sino realzada y
transfigurada por obra del arte, y se encontró más poético de lo que
nunca había imaginado, y le pareció más hermosa y más rica de armonías y
de ocultos tesoros la naturaleza que cariñosamente le envolvía, y
aprendió que en sus repuestos valles, y en la casa de su vecino, y en
las arenas de su playa, había ignorados dramas, los cuales sólo
aguardaban que viniera tan soberano intérprete de la realidad humana a
sacarlos a las tablas y exponerlos a la contemplación de la muchedumbre.

Y eso que el artista no adulaba en modo alguno al personaje retratado,
ni pretendía haber descubierto ninguna Arcadia ignota; antes consistía
gran parte de su fuerza en sacar oro de la escoria y lágrimas del fango,
haciendo que por la miseria atravesase un rayo de luz, que descubría en
ella joyas ignoradas.

Estos primeros cuadros de Pereda, para mí los más admirables, no son ni
los más conocidos de lectores extraños, ni los que más han contribuído
a extender su nombre fuera de Cantabria. Sólo así se explica la necia
porfía con que, a despecho de los datos cronológicos más evidentes, y
cual si se tratase de un principiante recién llegado, insiste el vulgo
crítico en emparentarle con escuelas francesas y con autores que aún no
habían hecho sus primeras armas cuando ya Pereda había dado la más alta
muestra de las suyas.

Pide una especie de lugar común, en todo estudio acerca de Pereda, que
se discuta el más o menos de su _realismo o naturalismo_, tomada esta
palabra en su sentido modernísimo. Que Pereda emplea procedimientos
naturalistas, es innegable; que se va siempre tras de lo individual y
concreto, también es exacto; que enamorado de los detalles, los persigue
siempre, y los trata como lo principal de su arte, a la vista está de
cualquiera que abra sus libros; que en la descripción y en el diálogo se
aventaja más que en la invención y en la composición, es consecuencia
forzosa de su temperamento artístico; que no rehuye la pintura de nada
verdadero y humano, y, finalmente, que ha vigorizado su lengua con la
lengua del pueblo, también es verdad y para honra suya debe decirse.
Pero todo esto lo hace Pereda, no por imitación, no por escuela (que en
literatura siempre es dañosa), no por seguir las huellas de tal o cual
novelista más o menos soporífero de estos tiempos, que, a buscar Pereda
modelos, más nobles los tendría dentro de su propia casa, sino porque
ésa es su índole, porque así fué desde sus principios y porque no podría
ser otra cosa sin condenarse a la vulgaridad y a la muerte. No es el
naturalismo cuestión de doctrina que, con visible exclusivismo y ciega
intolerancia, quiera imponerse o proscribirse, sino cuestión individual,
genial y, por tanto, relativa.

Unos ven primero lo universal, y buscan luego una forma concreta en que
exprimirlo. Otros se van embelesados tras de lo particular, que también,
y a su modo, es revelación de lo universal. En los reinos del arte se
encuentran todos, y todo es legítimo como sea bello, sin pedantescas
excomuniones, sin hablar de ideales que mueren ni de ideales que viven,
y sin mezclar a la serena contemplación estética intereses ajenos y de
ínfima valía, que sólo sirven para enturbiarla. Yo tengo en mis
aficiones más de idealista que de realista; pero ¿cómo he de negar al
realismo el derecho de vivir y desarrollarse? Es más: en cierto sentido
amplio y generalísimo, soy realista, y todo idealista debe serlo, puesto
que lo que él persigue no es otra cosa que la _realidad realísima_, la
verdad ideal, en una palabra, que es la única verdad que se encuentra
en este bajo mundo.

Desde este punto de vista, la poética de los románticos más exaltados
era fundamentalmente realista, mucho más realista que el grosero
mecanismo que hoy usurpa ese nombre. En aquel célebre prefacio de
Alfredo de Vigny sobre _la Verdad en el Arte_, es cierto que se
distingue cuidadosamente esta verdad de la que el autor llama _verdad de
los hechos_, y aun se afirma que en el espíritu humano coexisten, con
derecho igual, el amor de lo verdadero y el de lo fabuloso; pero también
se enseña (y es enseñanza más fundamental) que la verdad artística es la
única que nos revela el oculto encadenamiento y la lógica relación de
los hechos, la única que conduce a la formación de grupos y series,
haciéndonos ver cada hecho como parte de un todo orgánico. De donde
infería aquel ilustre heraldo del romanticismo, y con frase elocuente
declaraba, que la verdad artística no era otra cosa que el conjunto
ideal de las principales formas de la naturaleza, una especie de tinta
luminosa que comprende sus más vivos colores, una manera de bálsamo, de
elixir o de quintaesencia extraída de los jugos mejores de la realidad,
una perfecta armonía de sus sonidos más melodiosos.

¿Entendía con esto Alfredo de Vigny, a quien tomo (y en tal concepto le
tiene todo el mundo) como uno de los ingenios más radicalmente
idealistas que han existido; entendía, digo, prescindir del estudio de
la realidad, o más bien la daba como supuesto y condición obligada de
todo arte digno de tal nombre? ¿Quién dudará que este último era su
pensamiento, cuando le vea imponer, ante todo, al artista dramático el
estudio profundo de la verdad histórica de cada siglo, así en el
conjunto como en los detalles?

Adviértase que he escogido de intento el testimonio de uno de los
románticos más intransigentes, para que se vea cómo no existe y debe
tenerse por un fantasma, creado por las necesidades de la polémica, ese
idealismo enemigo de la verdad humana, del cual triunfan tan fácilmente
los críticos naturalistas, como triunfaba el ingenioso hidalgo de los
cueros que encontró en la venta. No hay en el mundo escuela alguna
poética, ni de otro ningún género de arte, que se haya atrevido nunca a
cargar con el sambenito de proclamar como dogma el desprecio del mundo
objetivo, o exterior, o real, o como quiera llamarse. Lo convencional,
lo falso, lo amanerado no es doctrina de ninguna escuela, sino práctica
funesta y viciosa de muchos artistas, que pueden caer en ella hasta por
el camino del naturalismo.

La cuestión, evidentemente, no está puesta ni puede ponerse entre la
verdad de un lado y la falsedad de otro. Nadie que esté en su juicio
puede declararse idealista, si el idealismo consiste en sustituir las
quimeras y alucinaciones a las sanas y robustas realidades de la vida.

De aquí que muchos, con reprensible ligereza, hayan creído salir del
paso negando que tal cuestión exista, y que realismo e idealismo sean
escuelas verdaderamente antitéticas, puesto que todo productor de obras
vivideras toma del natural sus elementos. A lo cual todavía puede
añadirse que, formulada en esos términos la cuestión, envuelve una
verdadera logomaquia, a lo menos para las gentes, todavía muy numerosas,
que creemos en alguna metafísica, y afirmamos la existencia de algo
superior a lo fenomenal, relativo y transitorio. Admitido el mundo de
las ideas, no hay sino declarar que todo es a un tiempo real e ideal,
según se mire, sin que para esto sea preciso ahondar mucho en el sistema
de Platón ni en el de Hegel.

Pero tal solución, en fuerza de ser sencilla y de ser generalísima, es
nula, porque borra todas las diferencias históricas, merced a las cuales
viven cabalmente y medran, siendo igualmente necesarios para el progreso
del arte el llamado idealismo y el llamado naturalismo o realismo.

Por sabido se calla que este realismo no es la misma cosa que en las
escuelas de filosofía se llama así, y que es precisamente el sistema más
idealista de todos. No se dice, pues, _realismo_ en contraposición a
_nominalismo_. El arte que hoy llamamos realista, es precisamente un
arte _nominalista o fenomenalista_, si vale la frase; en una palabra, un
arte experimental. Entiéndase, pues, que la palabra realidad se toma
aquí en su acepción vulgar de realidad del hecho. Luego veremos si en
algún caso puede, aun dentro de la ortodoxia de la escuela, detenerse en
los hechos el arte.

Disputan algunos si hay o no verdadera diferencia entre los términos
realismo y naturalismo. El primero parece más comprensivo; pero el
segundo lleva hoy consigo un carácter de literatura militante, y aun de
motín demagógico, que exige establecer algún matiz entre ambos vocablos,
por mucho que los identifique su origen, ya que en lo real entra la
naturaleza y en ella el espíritu humano con cuanto crea y concibe. Pero
es evidente que en el uso común, y aun en el de las gentes doctas, una
cosa es el realismo de Cervantes, de Shakespeare y de Velázquez, y otra
muy diversa el _naturalismo_ francés, que reconociendo por patriarca y
maestro al gran Balzac (verdadero _realista_ de los de la primera clase,
y que probablemente renegaría de los que se dan por descendientes
suyos, si hoy viviera), se autoriza luego con los nombres de Flaubert,
de los Goncourt, de Zola y de otros que pudiéramos llamar _minora
sidera_.

A decir verdad, el calificativo de _naturalistas_, aplicado a la mayor
parte de estos escritores, no tiene explicación plausible, sobre todo si
se los estudia en el conjunto de sus obras. Por otra parte, muchos de
ellos, aun aplicando los procedimientos naturalistas, eran casi
idealistas en teoría, apareciendo sus principios y aficiones estéticas
en abierta contradicción con sus obras. Puede llamarse novela
naturalista a _Madame Bovary_; pero no cabe duda de que Flaubert vivió y
murió romántico impenitente, y nadie negará, por de contado, que _La
Tentación de San Antonio_ es obra de un desenfrenado idealismo, y que
_Salambó_ pinta un mundo tan convencional y tan falso como el de
cualquiera otra de las novelas con pretensión de históricas. De la misma
manera, sin negar que _Germinia Lacerteux_ caiga bajo la jurisdicción de
la escuela realista, puede dudarse y aun negarse que la supersticiosa y
enfermiza adoración que los Goncourt profesan al color (la cual
idolatría, ya por sí sola, constituye un verdadero elemento idealista),
encaje plenamente en la ortodoxia de los principios sostenidos con tanto
aparato por Zola en sus libros de crítica. En cuanto a Daudet, los
mismos naturalistas no le cuentan entre los suyos sino con muchas
atenuaciones y distingos, teniéndole más bien por un aliado útil que por
un partidario fervoroso. Y realmente, en los libros de Daudet no faltan
figuras de convención, ni deja de respirarse cierta atmósfera poética,
que los intransigentes de la escuela condenan con los nombres de
_romanticismo y lirismo_. De todo lo cual resulta que el único
naturalista acérrimo y consecuente es Emilio Zola, puesto que sus
discípulos apenas merecen ser nombrados. A la doctrina profesada y
practicada en libros interminables por el prolífico autor de los
_Rougon-Macquart_ es, pues, a lo que se llama hoy en Francia y en otras
partes (donde los libros y las clasificaciones de los franceses influyen
más de lo que fuera justo) _escuela naturalista_. Aceptemos el nombre, y
distingámosle del eterno y vastísimo realismo, del cual ese reducido
grupo de novelas (no todas ellas obras maestras ni muchísimo menos) no
es más que una de tantas manifestaciones históricas. Todo naturalista es
_realista_, si se mantiene fiel a los preceptos de su escuela; pero no
todo _realista_ es naturalista. Y así, v. gr., tratando de Pereda, todos
dirán unánimes que es realista; pero muchos negarán, y yo con ellos, que
deba contársele entre los naturalistas, por más que algunos de sus
procedimientos de trabajo se asemejen a los que emplea y preconiza la
novísima escuela.

Los dogmas de esta escuela andan escritos en muchos libros, conforme a
la costumbre moderna de escribir cada poeta y cada novelista su propia
poética. Así, verbigracia, Zola, en cinco o seis libros sucesivos de
crítica (entre los cuales los que importan más para el caso son _Le
Roman Experimental y Les Romanciers Naturalistes_), ha aplicado sus
principios a la novela y al teatro. Y entre nosotros los ha expuesto
recientemente, y aun defendido hasta cierto punto, una ingeniosísima
escritora gallega, mujer de muy brioso entendimiento y de varia y sólida
ciencia, bastante superior a la del maestro Zola, hombre inculto y de
pocas letras, como sus libros preceptivos lo declaran.

Esta falta de cultura literaria y filosófica que en Zola se advierte, y
de que tanto provecho han sacado sus adversarios, sin llegar por eso a
obscurecer la genial perspicacia con que juzga de las obras en
particular, explica la flaqueza de sus teorías, los pésimos argumentos
con que las explana y defiende, el aparato con que presenta como
descubrimientos y novedades las máximas de crítica más triviales y
manoseadas, y las fórmulas absurdas que da a algunos pensamientos, por
otra parte muy razonables. ¿Quién no ha de sonreírse del candor
mezclado de soberbia con que confunde a cada paso los términos de la
ciencia y los del arte? ¿Quién podrá sufrir que, por todo sistema de
estética, se nos dé un trozo de la _Introducción_ de Claudio Bernard _al
estudio de la medicina experimental_? ¿Ni cómo llevar con paciencia el
que unas veces se asimile el arte con una estadística y otras con una
clínica, y se le dé, por única misión, el recoger y coordinar
_documentos humanos_?

Todo esto es, a la verdad, inaudito, y el aplauso y la boga que tales
libros alcanzan en una nación tan civilizada como Francia, indican bien
claro cuán aceleradamente van retrogradando los estudios estéticos, que
parecían llamados a tan gloriosos destinos después del impulso que les
imprimió la mano titánica de Hegel.

El que recorra atentamente esos libros de Zola, advertirá, sin duda,
cuán vagas y confusas nociones tiene el autor de lo que debe entenderse
por _verdad humana_, y qué concepción tan torcida del arte es la que se
ha formado. Entendidos ambos conceptos en el sentido groserísimo en que
él los entiende, ni sus novelas, ni otras algunas, tendrían razón de
existir. En la misma noción del arte va envuelta la del ideal, siendo la
una inseparable de la otra. El mismo Zola viene a reconocer lo así,
aunque con una frase de crudo materialismo, cuando declara que el arte
no viene a ser otra cosa que la _naturaleza vista a través del
temperamento del artista_; es decir, _modificada_ por eso que Zola llama
_temperamento_. Pues bien: esa modificación que el artista más apegado a
lo real hace sufrir a los objetos exteriores, por medio de los dos
procedimientos que llamaré de _intensidad_ y de _extensión_, arranca de
la realidad material esos objetos, y les imprime el sello de otra
realidad más alta, de otra verdad más profunda; en una palabra, los
vuelve a crear, los _idealiza_. De donde se deduce que el idealismo es
tan racional, tan real, tan lógico y tan indestructible como el
realismo, puesto que uno y otro van encerrados en el concepto de la
forma artística, la cual no es otra cosa que una _interpretación_ (ideal
como toda interpretación) _de la verdad oculta bajo las formas reales_.
Merced a esta verdad interior, que el arte extrae y quintesencia, todos
los elementos de la realidad se transforman como tocados por una vara
mágica, y hasta los personajes que en la vida real parecerían más
insignificantes, se engrandecen al pasar al arte, y por la concentración
de sus rasgos esenciales adquieren un valor de _tipos_ (que es como
adquirir carta de nobleza en la república de las letras); y sin dejar de
ser individuos, rara vez dejan de tener algo de simbólico. Y es que los
ojos del artista en algo han de distinguirse de los del hombre vulgar, y
su distinción consiste en ver, como entre sombras y figuras, lo mismo
que el filósofo alcanza por procedimientos discursivos; es decir, la
medula de las cosas, y lo más esencial y recóndito de ellas. De donde
procede que los grandes personajes creados por el arte (que a su manera
es creación, y perdonen Zola y sus secuaces) tienen una vida mucho más
palpitante y densa que la mayor parte de los seres pálidos y borrosos
que vemos por el mundo.

Pero todo esto lo consigue el arte por medio de sus procedimientos,
radicalmente contrarios a los de la ciencia, con la cual nunca puede
confundirse sino en un término supremo, que no ha de buscarse
ciertamente en los métodos experimentales, sino en la cima de la
especulación ontológica, en aquella cumbre sagrada donde la verdad y la
belleza son una misma cosa, aunque racionalmente todavía se distingan.

Pero acá, en este bajo mundo, una cosa es el artista y otra cosa el
filósofo, y con mucha más razón una cosa es el artista y otra el autor
de trabajos estadísticos, demográficos y sanitarios. En este punto, el
fanatismo de escuela mal entendida y peor profesada ha llevado a los
naturalistas franceses a las más risibles exageraciones. Zola construye
el árbol genealógico de su familia favorita, y explica en una larga
serie de tomos el desarrollo de una _neurosis_ en los individuos de esa
familia, y las formas que sucesivamente afecta el mal. Y así, por este
orden, y con gran lujo de exactitud y de pormenores.

Todo este aparato científico, o más bien pedantesco, debe de ser sólo
_ad terrorem_ (puesto que no nos consta que de tales lucubraciones
novelísticas haya sacado fruto alguno la ciencia, ni siquiera que los
autores de esas novelas estén muy en disposición de entender y
aprovechar datos y documentos que pretenden recoger); pero, sea lo que
fuere, envuelve una tendencia docente y utilitaria, que a todo trance
importa combatir y desarraigar, como dañosa por igual modo a la ciencia
y al arte, y engendradora de libros tan soporíferos como inútiles. Ya
Flaubert (que no era, lo repito, naturalista más que a medias) dió el
perniciosísimo ejemplo (en _Bouvard y Pecuchet_) de _hacer leer_ a sus
personajes buen número de libros, y copiar largos trozos de ellos. Por
fortuna, no dió a su obra todas las proporciones que al principio había
pensado; pero no faltará algún _naturalista_ fervoroso que copie al pie
de la letra la Biblia, o la Suma de Santo Tomás, o el Código penal, si a
algún personaje de la novela se le ocurre leer cualquiera de estas
cosas.

Esta _verdad_ grosera, esta acumulación de fárrago incongruente, unida a
otro dogma de la escuela, es a saber, al desprecio profundo por todo lo
que huela a acción y a complicación de interés, va haciendo tan fatigosa
la lectura de novelas, que, dentro de poco, y como las cosas continúen
así, no van a tener razón de ser los antiguos clamores de los moralistas
contra este género literario, puesto que más difícil se va haciendo la
lectura de una novela (aun para gente avezada a lecturas largas y
áridas) que la de un censo de población o la de unas tablas de
logaritmos.

Es verdad que, temerosos de este daño, han procurado con excesiva
frecuencia Zola y los suyos cargar sus novelas de especias picantes, que
estimulen los paladares estragados. Y es triste decirlo, pero necesario.
Las _únicas_ novelas de Zola que han alcanzado verdadero éxito de
librería, así en Francia como en España, son las que, más o menos, están
cargadas de escenas libidinosas. Si exceptuamos _Nana, Pot-Bouille_ y el
_Assommoir_, todas las demás novelas de la serie de los _Rougon_ duermen
el sueño de los justos en los estantes de los libreros de acá y de allá.

Todo esto prueba, sin duda, lo soez y bestial del gusto del público;
pero prueba también otra cosa peor; es, a saber: el poco o ningún
respeto que los artistas tienen a la dignidad de su arte y la facilidad
con que se dejan corromper y prostituir por su público. Yo no entraré en
la escabrosísima cuestión ética de si puede o no tenerse por cosa
inmoral la representación artística de vicios y torpezas hediondas,
cuando esto se hace, no con el fin de enaltecerlos, sino con el de
clavarlos en la picota. La intención social del autor puede ser
sanísima, y de esto no disputo. El efecto que hagan en el lector tales
pinturas será un efecto individual y distinto, según la variedad de
condiciones, temperamentos y edades. Pero sea lo que quiera del
resultado ético de tales novelas, y aunque se diga, quizá con razón,
que, más que a malos pensamientos, provocan a asco, siempre será verdad
que el género es detestable, no ya por inmoral, sino por feo,
repugnante, tabernario y extraño a toda cultura, así mundana como
estética.

Cuando se hacen cargos a los naturalistas por tales obras, responden
siempre que el naturalismo no es eso; y tienen razón, sin duda, y es una
verdadera necedad de críticos adocenados el estribillo opuesto. Pero no
es menos verdad que si la _doctrina_ naturalista nada tiene que ver con
semejantes horrores, la _práctica_ de los naturalistas, lejos de
rehuírlos, los busca con fruición, habiéndose llegado a crear dentro de
la escuela una especie de derecho consuetudinario que los autoriza y
recomienda, y que hace creer a los mentecatos que la novela naturalista
ha de ser forzosamente un arte de mancebía, de letrina y de presidio,
como si sólo de tales lugares se compusiese esta inmensa variedad de la
naturaleza y de la vida.

En obsequio a la verdad, debe decirse que algo más que esto hay en la
obra del mismo Zola, aunque mucho menos rica, interesante y variada que
la inmortal _Comedia Humana_ de Balzac. Por otra parte, aun en sus obras
más licenciosas de expresión, sería verdadero ultraje (en que yo, como
adversario leal, no quiero incurrir) confundir al autor de _Nana_ con
otros inmundos escritorzuelos franceses, fabricantes de novelas
afrodisíacas, cuyos títulos no deben manchar el papel.

Harto tiene Zola con otros pecados más graves aún, por referirse a
tendencias sistemáticas y extrañas al arte, cuya integridad corrompen,
falseando la representación de la vida humana, que el autor dice
proponerse como único objetivo. Salta a la vista de todo el que haya
recorrido sus libros, que el patriarca de la nueva escuela, sectario
fanático, no ya del positivismo científico, sino de cierto materialismo
de brocha gorda, del cual se deduce, como forzoso corolario, el
_determinismo_, o sea la negación pura y simple de la libertad humana,
restringe deliberadamente su observación (y aun de ello se jacta) al
campo de los instintos y de los impulsos inferiores de nuestra
naturaleza, aspirando en todas ocasiones a poner de resalto la parte
irracional, o, como él dice, _la bestia humana_. De donde resulta el que
haga moverse a sus personajes como máquinas o como víctimas fatales de
dolencias hereditarias y de crisis nerviosas, con lo cual, además de
decapitarse al ser humano, se aniquila todo el interés dramático de la
novela, que sólo puede resultar del conflicto de dos voluntades libres o
de la lucha entre la libertad y la pasión.

Nace de aquí el escasísimo interés que la mayor parte de estas novelas
despiertan y el tedio que a la larga causan, como que carecen, en
realidad, de principio y de fin, y de medio también, reduciéndose a una
serie de escenas mejor o peor engarzadas, pero siempre de observación
externa y superficial, siendo para el autor un arca cerrada el mundo de
los misterios psicológicos, ya que fuera demasiada indulgencia aplicar
tal nombre a los actos ciegos y bestiales de individuos en quienes la
estupidez ingénita o los hábitos viciosos, llegados a la extrema
depravación, han borrado casi del todo el carácter de seres racionales.

Mucho parece que nos vamos alejando de Pereda, y, sin embargo, esta que
parece digresión, era de todo punto necesaria para entender cómo Pereda,
que tiene a gala el ser realista, ha rechazado con indignación en varios
prólogos suyos toda complicidad con los naturalistas franceses. Pero si
del naturalismo se separa todo lo que contiene de elementos positivistas
y fatalistas, y se separa también la protesta y reacción violenta contra
el idealismo mujeril y enteco de los Feuillet y de otros novelistas de
salón, a quienes Zola (y también Pereda) parece tener entre ceja y ceja,
lo único que queda de él es una afirmación realista incompleta y una
técnica minuciosa y detallista, que Pereda no puede condenar, puesto que
la practica él mismo.

Y, sin embargo, Pereda hace bien en no llamarse, ni querer que le
llamen, naturalista, no sólo porque él es realista a la buena de Dios y
reduce toda su estética a la proposición de sentido común de que _el
arte es la verdad_, sino porque cuando él empezó a escribir sus _Escenas
Montañesas_, coleccionadas ya en 1864, ni existía el naturalismo como
escuela artística, ni tal nombre se había pronunciado en España, ni
estaban siquiera escritas la mayor parte de las obras capitales del
género, en el cual yo no incluyo, sino con grandes limitaciones, las de
Balzac, ni muchísimo menos los caprichos psicológicos de Stendhal, que
ni en su tiempo, ni ahora ni nunca, han podido formar escuela, ni tienen
cosa alguna que ver con las novelas de Zola, por más que éste, en su
afán de buscar progenitores, le incluye entre los suyos, con evidente
falta de sentido crítico.

Pereda, pues, cuando en época ya muy lejana (hacia 1859) empezó a
publicar sus cuadros de costumbres en _La Abeja Montañesa_, de
Santander, no conocía ni aun de oídas a Flaubert, y no podía adivinar a
Zola, que no había escrito, probablemente, ni una línea de sus obras. De
donde resulta que, si a toda costa se quiere alistar a Pereda entre los
naturalistas, habrá que declararle un naturalista profético y darle por
antigüedad el decanato de la escuela.

La verdad es que Pereda, ni entonces ni ahora, hizo otra cosa que seguir
los impulsos de su peculiarísima complexión literaria, ni se mostró
jamás ansioso de teorías y novedades, ni reconoció nunca otros maestros
que la hermosa naturaleza que tenía enfrente y el estudio de nuestros
clásicos, de quienes heredó, sin afectación de arcaísmo, el buen sabor
de su prosa, tan castiza y tan serrana. Y tan cierto es esto, que casi
me da vergüenza haberme detenido (siguiendo la corriente) en hablar
tanto de literatura extranjera, cuando me propongo hacer el debido
encomio de uno de los escritores más españoles que han florecido en el
presente siglo. ¿Quién sabe si dentro de cincuenta años todas estas
discusiones de naturalismo y realismo parecerán tan anticuadas e
impertinentes como la antigua cuestión de clásicos y románticos? ¿Quién
sabe si entonces sus mismos admiradores de hoy se acordarán de Zola ni
de los Goncourt, y que, si se acuerdan, dejarán de convenir con nosotros
en que tales autores y tales libros, como todo lo que es exagerado,
monstruoso o violento, compraron, a costa de las esperanzas de la
inmortalidad, la boga pasajera del escándalo? ¿Quién sabe si en las
apologías que han hecho de tan pobre doctrina ingenios españoles muy
dignos de profesar otra más elevada, no ha entrado por mucho el anhelo
de la singularidad, el odio a los lugares comunes y a las opiniones
recibidas? ¿Cómo se comprendería si no que tan de buen grado hubieran
abierto las puertas a una doctrina tan anticuada y vulgar como la de la
_imitación de la naturaleza_, retrogradando hasta el abate Batteux y su
_sistema de las Bellas Artes reducidas a un principio_, como si tal
principio pudiera aplicarse, aun con esfuerzos singulares de ingenio, a
la música y a la arquitectura y a la poesía lírica, y como si no
quedasen también fuera de ese círculo vil todas las grandes
concepciones teogónicas y mitológicas, de las cuales vive la poesía
épica, todas las grandes construcciones del arte simbólico, todas las
maravillas de la escultura y de la tragedia atenienses, artes ideales
por excelencia, y con ellas la comedia fantástica o aristofánica, y todo
el mundo encantado de los antojos humorísticos de Rabelais, de Quevedo,
de Swift, de Sterne, de Juan Pablo, que acaban por anular la realidad
exterior, reprimiéndola o exaltándola, hasta reducirla a un capricho
imaginativo, en el cual se desborda sin diques la personalidad
omnipotente del poeta? ¿Será malo todo esto porque es idealismo? ¿O
habremos más bien de confesar que es endeble y raquítica una teoría que
procede como si en el mundo no existieran ni hubieran existido más artes
que el drama _burgués_ y la novela de costumbres domésticas y prosaicas,
y como si no vivieran en el alma humana (pese a quien pese) mil anhelos
de belleza ideal, hambrientos e insaciables, que jamás encontrarán su
satisfacción en la pintura, por muy perfecta que la supongamos, de un
lavadero, de una taberna o de un mercado? ¿Qué estética es ésa, dentro
de la cual no son posibles ni Fidias, ni Sófocles, ni Dante? ¡Sobre qué
cabezas van a parar los anatemas anti-idealistas!

Verdad es que llegado el caso, y a trueque de aumentar con nombres
ilustres el catálogo de los suyos, no se paran en barras los
naturalistas de acá ni los de allá, llegando a enumerar en el recuento
de sus huestes (que debían componerse sólo de fieles observadores de la
realidad) a los humoristas más excéntricos y personales, sólo porque
descubren en ellos groserías y pormenores crudos, como si nada de esto
tuviera que ver con el punto de la dificultad, y como si no fuera cosa
muy hacedera ser a un tiempo grosero e idealista. Y no reparan que si en
el mundo no hay Amadises, tampoco hay Gargantúas ni Pantagrueles, porque
las caricaturas gigantescas no son más que idealizaciones _sui generis_,
siendo bajo este aspecto tan ideal un _Sueño_ de Quevedo como una
tragedia de Esquilo o unos tercetos de Dante. A nadie se le persuadirá
que don Francisco de Quevedo, que era en prosa y en verso un poeta
lírico antes que todo, idealizador de lo feo, como quien miraba la
miseria con vidrios de aumento, hizo la figura de ningún avaro real ni
posible en su Licenciado Cabra. El _Euclion_ de Plauto o el _Harpagon_
de Molière, tipos abstractos, creados para demostrar una máxima ética,
están, con todo eso, más cerca de la vida que el personaje quevedesco,
lo cual no quita nada a la excelencia de este último; antes, a mi
entender, la aumenta.

Casi parece una perogrullada decir que por el camino idealista se pueden
hacer obras maestras; pero tal es la intolerancia de la crítica al uso,
que nos obliga a reforzar esa verdad tan obvia. Es más: a quien nació
idealista, es decir, con un exceso de vida espiritual propia, que tiñe
con sus matices el espectáculo de lo real, será siempre en vano
predicarle que tome por otra senda, como será no menos imposible empeño
apartar de la suya al que, escaso de facultades imaginativas, ve las
cosas como son, y les aplica el menor grado de transformación artística
posible.

Todo lo que va escrito (y que por lo mismo que es tan verdadero, es poco
nuevo), servirá, entre otras cosas, para que los abogados oficiosos del
naturalismo me apliquen de fijo los blandos calificativos de ignorante y
aun de idiota con que suelen favorecer a todos los que no confiesan
paladinamente que, desde el padre Homero hasta nuestros días, no se ha
producido cosa más perfecta y admirable que _La Faute de l'abbé Mouret_
o cualquier otro mamotreto por el estilo. Pero yo, que tengo mejor idea
del gusto de esos señores que el que ellos tienen de los críticos
idealistas, y sé, por otra parte, que esa alharaca no ha de durar arriba
de una docena de años, para entonces los emplazo (si es que para
entonces vivimos), apelando de su juicio de hoy al de aquel día
venidero. Y vamos andando.

Lo que importa dejar consignado es que si Pereda no debe ser tenido por
naturalista en el sentido francés de la palabra, quizá la principal
razón de esto sea su propia _naturalidad_ y el sano temple de su
espíritu. Porque lo cierto es que no conozco escritores menos naturales
y más artificiosos que los que hoy pretenden copiar exclusiva y
fielmente la naturaleza. Todo es en ellos bizantinismo, todo artificios
de decadencia y afeites de vieja, todo intemperancias coloristas y
estremecimientos nerviosos en la frase. Si ese estilo es natural, mucho
debe de haber cambiado la naturaleza al pasar por los _boulevards_ de
París. A la vista salta que la naturaleza y la realidad no son en el
sistema de Zola y sus discípulos más que un par de testaferros, tras de
los cuales se oculta un romanticismo enfermizo, caduco y de mala ley,
donde, por sibaritismo de estilo, se rehuye la expresión natural, que
suele ser noble, y se persigue con pésima delectación y artificio
visible la expresión más violenta y torcida, por imaginar los autores
que tiene _más color_. ¡Y cuánto suelen engañarse!

Precisamente uno de los méritos más señalados que para mí tiene Pereda,
consiste en haber huído de esa búsqueda malsana. Por eso, sin duda, le
han llamado algunos _naturalista de la naturaleza_. Y tienen razón, si
esto se entiende como en oposición a naturalista de escuela.

Bajo dos aspectos principales puede y debe considerarse a Pereda: como
autor de artículos o cuadros sueltos de costumbres, y como novelista. La
segunda manera es una evolución natural de la primera, o más bien no es
otra cosa que la primera ampliada.

No hay género más difícil que el de costumbres, ni otro ninguno tampoco
a que con más audacia se lleguen todos los aventureros y escaramuzadores
de la república de las letras. Aun en los críticos reina extraña
confusión sobre la índole y límites de este modo de escribir,
relativamente moderno. Y no porque hayan escaseado los pintores de
costumbres desde los tiempos de la comedia griega hasta nuestros días,
sino porque la descripción de _tipos y paisajes_ no era en ellos el
principal asunto, apareciendo sólo como accesorio de una fábula
dramática o novelesca. Así, en España, no son, hablando con todo rigor,
cuadros de costumbres, ni las insuperables escenas de la _Celestina_ y
sus continuaciones, ni las mismas novelas picarescas, aunque suelen no
tener más acción que la que les presta la vida del héroe. Sólo
Cervantes, en _Rinconete y Cortadillo_, dió el primero y hasta ahora no
igualado modelo de cuadro de costumbres. Allí la acción es poca o nula,
y todo el exquisito primor de aquel rasgo se cifra en la acabada y
realista pintura de los héroes de la cofradía de Monipodio. Desde
Cervantes existe, pues, el cuadro de costumbres, con jurisdicción
independiente de la novela y con formas variadísimas. A veces conserva
un resto de acción, no más que la suficiente para mover los personajes;
otras acude a invenciones fantástico-alegóricas; otras se limita a
describir con cuatro indelebles rasgos un carácter. En este sentido, La
Bruyère es un grande escritor de costumbres, aunque no hiciese
verdaderos cuadros.

En España fue cultivado este género más o menos incidentalmente por
Quevedo (prescindo de la finalidad política de algunos de los _Sueños_);
por Liñán y Verdugo en su _Guía y aviso de forasteros_ (obra donosísima,
que me duele ver olvidada en las reimpresiones que nuestros modernos
bibliófilos hacen de los libros antiguos); por Luis Vélez de Guevara en
_El Diablo Cojuelo_, y por Baltasar Gracián en muchas partes de su
_Criticón_, donde anda mucho oro de ley mezclado con escorias infinitas.
Pero más de propósito describieron tipos y costumbres Salas Barbadillo
(feliz imitador de Cervantes, hasta beberle los alientos) en varias
obras suyas, especialmente en _El Curioso y Sabio Alejandro;_ don Juan
de Zavaleta en su _Dia de fiesta_, más encomiado en nuestros días que lo
que merece su estilo afectado y tétrico, apenas realzado sino por dotes
de observación superficial, y Francisco Santos, que en su _Día y noche
de Madrid_ todavía se muestra más culterano y enigmático que su modelo.

La pintura de costumbres, que pareció morir en el siglo pasado con don
Diego de Torres, imitador poco dichoso del inimitable Quevedo, y con don
Ramón de la Cruz, cuyos sainetes son, por la mayor parte, cuadros en
diálogo (¡tal es la sencillez de su fábula!), hase renovado en la edad
presente con brillo no pequeño, aunándose a las veces el influjo de
extranjeros modelos con la tradición castiza. Así, don José Somoza,
amigo de Quintana, y uno de los últimos escritores de la gloriosa
escuela salmantina, pero libre de los pecados de afectación, que en los
poetas líricos a veces la desdoran, mostró en sus cortos y delicados
bosquejos alguna reminiscencia de los humoristas ingleses
(principalmente de Sterne), unida a exquisita sobriedad de estilo y a un
sentimiento que no degenera en _sensiblería_. Así, el ejemplo del hoy
tan olvidado Jouy en _L'Ermite de la Chausée d'Antin_, fué despertador
para que Mesonero Romanos comenzara su _Panorama Matritense_, a pesar
de lo cual su obra es muy española en pensamiento y aun en estilo, sin
que falten cuadros, como el de _Madre Claudia_, donde la inspiración
está directamente bebida en nuestros clásicos del siglo, XVI. Muy
superior a Mesonero en la pureza, abundancia y gallardía de la lengua,
objeto para él de fervoroso culto, y superior también en facultades
descriptivas y en intensidad y viveza de rasgos típicos, se mostró don
Serafín Estébanez Calderón (_El Solitario_), uno de los escritores más
castellanos de estos tiempos, si no en la elección de cada palabra, a lo
menos en el giro y rodar de la frase; cosa que vale mucho más y es harto
más rara, como discretamente ha hecho notar el moderno y elocuente
panegirista de las _Escenas andaluzas_, libro para el cual la posteridad
ha llegado muy tarde, como si las aficiones arcaicas del bibliófilo
Estébanez hubiesen levantado un muro entre el escritor y su público, que
sólo a medias podía disfrutar de aquel primoroso engarce y taracea de
piedrezuelas antiguas de las fábricas de Hurtado de Mendoza y de
Quevedo; labor sabia y paciente más digna de admiración que de ser
propuesta por modelo.

No sabía tanto la hija de Böhl de Fáber; pero así en los que llama
_cuadros de costumbres_, como en muchas de sus novelas, donde la acción
es escasa y los personajes y las escenas de familia lo son todo, rayó
tan alto como el que más en este linaje de escritos, aunque no estaba
inmune de cierto sentimentalismo a la alemana o a la inglesa,
enteramente extraño a la índole de las escenas que describe, ni tampoco
se libraba del inmoderado afán de declamar a todo propósito, y de
interrumpir sus mejores cuentos con inoportunos si bien encaminados
sermones. Gran cosa es el espíritu moral y la pureza de ideas; pero no
ha de mostrarlos el novelista por su cuenta y disertando (como no sea en
alguna breve sentencia), sino infundirlos calladamente en el total de la
composición y hacerla religiosa y moral, sin que la moral se anuncie ni
inculque en cada página.

Así y todo, aun los más prevenidos contra aquella índole literaria tan
angelical y tan simpática, ante quien toda crítica enmudece, no podrán
menos de reconocer a la insigne dama andaluza, autora de _Clemencia_ y
de _La Gaviota_, el mérito supremo de haber creado la novela moderna de
costumbres españolas, la novela de sabor local, siendo en este concepto
discípulos suyos cuantos hoy la cultivan, y entre ellos Pereda, que afín
además por sus ideas con las de Fernán Caballero, se ha gloriado siempre
de semejante filiación intelectual.

Nótase, pues, en los primeros cuadros de Pereda (salvas radicales
diferencias de temperamento, que pueden reducirse a la sencilla fórmula
de «más vigor y menos ternura») la influencia de Fernán Caballero, y
nótase también la de otro discípulo suyo (vecino de la Montaña por su
nacimiento), el cual, con cierta candidez de estilo, que al principio
pareció graciosa y luego se convirtió en _manera_, vino a exagerar el
_optimismo_ de la célebre escritora, empeñado en ver las costumbres
populares sólo por su aspecto ideal y poético. Malos vientos corren hoy
para esa literatura patriarcal; pero aun conserva Trueba su público
infantil, y además, ¿quién se atreverá a negar en todo el ámbito de las
Provincias Vascongadas la exactitud de sus pinturas, que nos muestran
allí un terrestre paraíso?

Trueba, que por los años de 1864 se hallaba en el apogeo de su fama, fué
el encargado de hacer el prólogo de las _Escenas Montañesas_; tarea que
llevó a cabo con buena voluntad, sin duda, a pesar de la muy poca que él
(como buen encartado) tiene a los montañeses, y aun con cierto
entusiasmo por la persona del autor; todo lo cual debe constar aquí en
honra y alabanza del prologuista, a lo menos para que los paisanos de
Pereda le perdonemos de buen grado aquellas variaciones sentimentales
sobre las _vulgarísimas mujeres_ (vulgo pasiegas) _que hacen granjería
con el_ _néctar de sus pechos_, y sobre los mendigos (montañeses, por
supuesto) _que explotan el carácter hospitalario y caritativo del pueblo
vascongado_. ¡Y luego nos concede como por misericordia que formamos
_parte_ de la heroica Cantabria, aunque de fijo fuimos los sometidos!
Que se lo cuente a sus paisanos los Autrigones, eternos aliados de los
Romanos, a quienes azuzaban contra nosotros.

Pero dejando para mejor ocasión a las pasiegas y a los Autrigones, y aun
al hospitalario pueblo vascongado, no puedo dejar de hacerme cargo de la
sinrazón artística con que el señor Trueba en ese prólogo acusa a Pereda
de _pesimista_ (aún no estaba inventado lo de _naturalista_), tildándole
de _fotografiar_ con marcada fruición _lo mucho malo_ que la Montaña
tiene, como todos los pueblos. Este cargo, repetido hasta la saciedad
por otros críticos, dió ya motivo a una vigorosa réplica de Pereda en el
prólogo de sus _Tipos y Paisajes_; pero como todos los lugares comunes,
y más si son irracionales, traen aparejada larga vida, no es de temer
que desaparezcan tan pronto del vocabulario de los críticos de Pereda
los términos de _sarcástico y pesimista_, como tampoco aquellos otros
_de gran fotógrafo_, ni siquiera el de _Teniers cántabro_. Ya he escrito
en otras ocasiones que Pereda aborrece de muerte los idilios y las
fingidas Arcadias, y tiene horror instintivo a los idealismos falsos,
optimistas, bonachones y empalagosos; pero esto no quita que haya en sus
cuadros idealidad y pureza, toda la que en sí tienen las costumbres
rústicas. No andan en sus cuadros Melibeos y Tirsis, sino montañeses
ladinos y litigantes _a nativitate_, entreverados de sencillez y
malicia, atentos a su interés y a las contingencias del papel sellado, y
juntamente con esto cautelosos y solapados en sus palabras, como suelen
ser los rústicos, a lo menos en nuestra tierra, aunque no sean así los
que se pintan en las _églogas_ y _cuentos de color de rosa_. Nada de
patriarcas de la aldea, ni de pastoras resabidas y sentimentales, ni de
discretos y canoros zagales. Cada uno habla como quien es, y el zafio
como zafio se expresa. El señor Pereda, por lo mismo que siente mucho y
bien, es enemigo jurado de la sensiblería; pero cuando llega a
situaciones patéticas, encuentra para el dolor o la alegría la expresión
natural y no rebuscada, y conmueve más que otros novelistas serios y
estirados, por lo mismo que no se esperan tales ternuras en un autor de
continuo alegre y jacarandoso.

Hay, ciertamente, tesoros de sentimiento en el alma y en los escritos de
Pereda; pero esos sentimientos son siempre viriles, robustos y
primitivos, como infundidos en hombres de tosca y ruda corteza. Yo no
conozco ni en la literatura antigua castellana, ni en la moderna, cuadro
de tan honda y conmovedora impresión como la que dejan en el ánimo las
últimas páginas de _La Leva_ y de _El Fin de una raza_. ¡Y de autor
capaz de tal grandeza en los afectos, han osado decir algunos que no
sabe herir las fibras del alma!

Es cierto que Pereda no rehuye jamás la expresión valiente y pintoresca,
por áspera y disonante que en un salón parezca, ni se asusta de la
miseria material, ni teme penetrar en la taberna y palpar los andrajos y
las llagas; pero basta abrir cualquiera de sus libros para convencerse
de que corre por su alma una vena inagotable de pasión fresca,
espontánea y humana, y que sabe y siente como pocos todo género de
delicadezas morales y literarias, y que acierta a encontrar tesoros de
poesía hasta en lo que parece más miserable y abyecto. En ese artículo
de _La Leva_, que nunca me cansaré de citar, porque desde Cervantes acá
no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo
(igualado, pero no superado, por otros del autor), hay alcoholismo como
en los libros más repugnantes de la escuela francesa, hay palizas y
riñas conyugales, hay inmundicias y harapos y un penetrante y subido
olor a _parrocha_, y, sin embargo, ¡qué melancolía y ternura la del
final! ¡Cómo sienten y viven aquellos pobres marineros de la calle del
Arrabal! ¿Qué héroe de salón o de _boudoir_ interesará nunca lo que el
desdichado _Tuerto_, lanzando en la escena del embarque aquel solemne
_larga_? Si esto es realismo, bendito sea. Si realismo quiere decir
guerra al convencionalismo, a la falsa retórica y al arte docente y
sermoneador, y todo esto en nombre y provecho de la verdad humana, bien
venido sea. Así pintaba Velázquez.

El señor Pereda no es _fotógrafo_ grande ni chico, porque la fotografía
no es arte, y el señor Pereda es un grande artista. La fotografía
reproducirá los calzones rotos, la astrosa camisa y la arrugada y
curtida faz del viejo marinero santanderino; pero sólo el señor Pereda
sabe crear a Tremontorio, reuniendo en él los esparcidos rasgos,
infundiéndole con potente soplo vida y alma, y dando un nuevo habitador
al gran mundo de la fantasía. Esa pretendida exactitud fotográfica es el
grande engaño del arte, la gran prueba del poder mágico del artista: sus
personajes no están en la realidad, pero pueden estarlo, son humanos;
nos parece que viven y respiran; son la idealización de una clase
entera, la _realidad idealizada_.

Por su afición a cierta clase de escenas populares, ricas de vida y
colorido, hanle llamado algunos _Teniers cántabro_. Convengamos en que
tal vez _Cafetera, y El Tuerto, y Tremontorio, y El tío Jeromo, y Juan
de la Llosa_, y el mayorazgo _Seturas_, y el jándalo _Mazorcas_, y hasta
el erudito _Cencio_, serán de mal tono en un salón aristocrático; pero
vayan a consolarse con sus hermanos mayores _Rinconete y Cortadillo,
Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache_, y con los venteros, rufianes y
mozos de mulas de toda nuestra antigua literatura, y con los héroes del
Rastro, eternizados por don Ramón de la Cruz. Y si a algunos desagradan
los porrazos de _La Robla_, y las palizas sacudidas por su marido a la
nuera del tío Bolina, y las consecuencias de _Arroz y gallo muerto_,
acuérdese de los molimientos de huesos que sacó don Quijote de todas sus
salidas, de las extraordinarias aventuras de la Venta, de los apuros de
Sancho en la célebre noche de los batanes, y acuérdese (si es hombre
erudito y sabe griego) de los mojicones de Ulises a Iro en la _Odisea_,
de los regüeldos de Polifemo, y de otros rasgos semejantes del padre
Hornero, que dan quince y falta a todos los realistas modernos. Y
cualquiera puede resignarse a ser _Teniers_ en compañía de Homero y de
Cervantes, y del gran pintor de borrachos, mendigos y bufones.

Si yo dijera que para mí son las dos series de las _Escenas Montañesas_
lo más selecto de la obra de Pereda, no diría más que lo que siento;
pero temo que muchos no sean de mi opinión, y que en ella influyan
demasiadamente, por un lado el amor a las cosas de mi tierra, y por otro
recuerdos infantiles, imposibles de borrar en quien casi aprendió a leer
en las _Escenas_, y las conserva de memoria con tal puntualidad, que a
su mismo autor asombra. Pero aun descartados estos motivos personales,
todavía admiro yo más en Pereda al autor de bosquejos y cuadritos de
género que al de novelas largas, y entre las escenas cortas, todavía doy
la preferencia a las de costumbres marineras sobre las de costumbres
campesinas, sintiendo que no sea mayor el número de las primeras, en las
cuales logra el ingenio de su autor un grado de vigor y de fuerza
creadora y hasta de terror sublime que, por decirlo así, le levanta
sobre sí mismo. Por eso espero yo, y conmigo todos los hijos de
Santander, que la obra maestra de Pereda, y el monumento que mejor
vinculará su nombre a las generaciones futuras, ha de ser su proyectada
novela de pescadores: _Sotileza_. Aun sin eso, ya no morirá, gracias a
Pereda, el tipo hoy casi perdido del viejo marinero de la costa
cantábrica, levantado por él a proporciones casi épicas, y digno de
hombrearse con muchos héroes de Fenimore Cooper.

Más serenos y apacibles, menos trágicos y apasionados son los cuadros
rurales, en cuya riquísima serie descuellan dos verdaderas novelas
primorosas y acabadas, aunque de cortas dimensiones: _Suum cuique y
Blasones y talegas_. Entre los más breves no se sabe cuál escoger,
porque todo es oro acendrado y de ley: yo pongo delante de todos _La
Robla, El día 4 de octubre y Al amor de los tizones_.

Entre la publicación de las dos series de _Escenas Montañesas_ mediaron
muchos años. Todavía pasaron más antes que Pereda se decidiese a
abandonar sus jándalos, sus mayorazgos y sus raqueros, y a ensanchar el
radio de sus empresas, imaginando fábulas de mayor complicación y
cuadros más amplios. Hizo entretanto algunos _Ensayos dramáticos_
(verdaderos cuadros de costumbres en diálogo y en verso), los cuales
andan coleccionados en un libro ya rarísimo[1]; y para probar sus
fuerzas en trabajo de más empeño, compuso las tres narraciones que
llenan el volumen de los _Bocetos al temple_. Allí apareció por segunda
vez la pintoresca, ingeniosísima y mordicante novela de costumbres
políticas, _Los Hombres de pro_, preludio de _Don Gonzalo_, y glorioso
trofeo de la única campaña electoral y de la única aventura política de
Pereda. Publicada esta novela en días de tremenda crisis y de universal
exacerbación de los ánimos, y escrita, no ciertamente con parcial
injusticia, pero sí con calor generoso y comunicativo (hasta en los
durísimos ataques que encierra contra el sistema parlamentario),
aparecía, en su primera edición, un tanto sobrecargada de reflexiones,
en que el autor, contra su costumbre, se dejaba ir a hablar por cuenta
propia, como en libro o folleto de propaganda. Todo esto ha desaparecido
en la edición presente, y así retocado el libro, y convertido en obra de
arte puro, no teme la comparación con ninguna otra del autor. ¡Qué
diálogo el de las niñas de la villa que no quiero nombrar! ¡Qué tipo el
del hidalgo don Recaredo! Se dirá que la novela sigue siendo política, y
que esto la daña; pero aunque sea cierto que las ideas políticas salen
de los límites del arte, ¿quién duda que las extravagancias y
ridiculeces de la vida pública caen, como todas las demás rarezas
humanas, bajo la jurisdicción del satírico y del pintor de costumbres?
¿Por qué no ha de describirse una escena de _club_ o de comicios
electorales, como se describe una escena de taberna o de mercado?

[1] De él se tiraron sólo 25 ejemplares. Aviso a los bibliófilos del
porvenir.

La segunda época de la vida literaria de Pereda comienza en 1878, y
abarca cinco largas novelas: _EL buey suelto, Don Gonzalo González de la
Gonzalera, De tal palo, tal astilla, El sabor de la tierruca y Pedro
Sánchez_. De todas ellas he hablado extensamente en otras ocasiones, y
forzoso me será repetir algunos de los conceptos que entonces expuse.

El asunto de _El buey suelto_, es el más viejo y el más nuevo que puede
imaginarse. Si hay cosa tratada o discutida en el mundo, ya seriamente,
ya en burla, es la cuestión del matrimonio, aunque sea cierto que ni los
razonamientos ni las _facecias_ influyen mucho en la resolución que cada
prójimo toma según cuadra a su genialidad, temple y más o menos
escrupulosa conciencia. Pero en la biblioteca que con poca dificultad
pudiera formarse de obras relativas a esta materia, pesan y abultan
mucho más las invectivas que las defensas. Sería grave error, sin
embargo, tomar por lo serio y al pie de la letra muchas de esas
diatribas, dándoles una transcendencia y alcance que las más veces no
tenían en el ánimo de sus autores. La censura del matrimonio y de las
mujeres ha sido en manos de los satíricos clásicos un lugar común, un
motivo de chistes y de amplificaciones, como podía serlo el elogio del
mosquito o de la pulga.

Observemos, no obstante, que nunca se multiplican ni recrudecen tanto
las sátiras contra el matrimonio como en los tiempos de decadencia y
senectud moral. No suele empezar la corrupción por las mujeres, pero el
hombre les atribuye toda la culpa; y el vínculo natural y santo, que él
huella y profana el primero, es a sus ojos la fuente y origen de todo
mal. _Hoc fonte derivata clades_. En vez de acusarse a sí propio, acusa
a la institución, acusa a la naturaleza; y entonces brotan, como
indicios del malestar social, ásperas y desolladuras sátiras, al modo de
la 6.ª de Juvenal, o livianos cuentos como los que manchan el _Asno_ de
Apuleyo, constituyen el fondo de los _fabliaux_ de la Edad Media y
corren en inagotable vena a regar los huertos de Boccacio y de todos los
_novellieri_ italianos, torpemente remedados por los franceses.

Dicho se está que no había de faltar en nuestros tiempos semejante
literatura, como no faltó en los de la Roma imperial, ni en el siglo XIV
(en que la barbarie no excluía la liviandad), ni en la Italia del siglo
XVI, ni en la Francia del XVIII. Pero al reaparecer (si alguna vez
faltó) el género _anti-matrimonial_ en la moderna Europa, vistióse de
nuevos paños, adoptó más grave arreo, tono más doctoral y circunspecto,
propúsose dogmatizar y hacer análisis _fisiológicos_. Algo se corrigió
en lo desmandado de la forma (sabido es que somos más pudibundos,
aunque no más honestos, que nuestros abuelos); pero el veneno fué mayor,
como destilado por alquitara. Más honda y corrosivamente ha influido
esta literatura que todos los sarcasmos y _verduras_ de otras épocas.
Fría, impasible, calculadora como eco de una sociedad que era
positivista antes que el positivismo tuviese una fórmula científica, ha
agotado el arsenal de los sofismas ligeros, parto de esa lógica sin
entrañas, con la cual el hombre pretende engañarse a sí mismo; pero
sofismas de éxito seguro, porque hablan al egoísmo, cifra y compendio de
todos los malos instintos de nuestra caída y pecadora naturaleza.

Yo bien sé que los libros son la expresión de la sociedad, y que la
sociedad sólo a medias es discípula de los libros; pero ¿quién negará
que cada uno de ellos es leña echada en el fuego de la concupiscencia,
incentivo del general descreimiento, piedra en que tropiezan las
voluntades mal inclinadas, ocasión nueva de desaliento para las
voluntades marchitas? Por eso es obligación ineludible en el escritor
cristiano y de bien ordenado entendimiento, aplicar su ingenio a la
reparación del edificio social, lidiando por la familia, que es su
primera y necesaria base. Y cuando ese autor es un novelista de primer
orden, un pintor de costumbres como ha visto pocos nuestra Península
desde Cervantes acá, un hombre de agudo ingenio, rico de observación, y
en donaires y gracias de decir excelente, natural es que emplee el
método _fisiológico_ contra los fisiólogos, y que, convirtiendo la
defensa en ataque, en vez de vindicar directamente el matrimonio, ponga
y clave en la picota de la sátira a la _cínica e infame soltería_, que
dice Jovellanos.

El libro que, como antídoto a los harto célebres de Balzac y de sus
muchos y desafortunados imitadores, ha escrito el señor Pereda, pudo
parecer pálido en los caracteres y poco interesante o animado en la
acción. Quizá entraba esto en los propósitos del autor. Para
personificar una plaga social, buscó un tipo insignificante, un
_Gedeón_, egoísta, vulgar, sin ninguna cualidad dominante buena ni mala,
que no es sabio ni tonto, ni hermoso ni feo, ni rico ni pobre, ni muy
viejo ni muy joven, sin aficiones políticas ni literarias; un ser por
excelencia prosaico, envuelto en las más ruines y mezquinas
contradicciones de la vida. Todos sus desórdenes y malas andanzas son de
escalera abajo. Lo singular del tipo está en su absoluta carencia de
idealismo. Todo es vulgar en torno suyo: sus amigos, su criada, su
manceba.

Y así debía ser para que el libro surtiese el efecto que el señor
Pereda se propuso.

¿Qué solterón recalcitrante había de convencerse, en vista de las
desdichas que sobre _Gedeón_ atrajeran sus personales manías y rarezas,
o una serie de casualidades novelescas regidas por la mano del autor y
no por el curso ordinario de las cosas humanas? _Gedeón_ tiene de hombre
lo bastante para no ser una _idea pura_; en lo demás puede pasar por el
_substratum_ de una clase entera, de las más numerosas, por desgracia,
entre los hijos de Adán. Es la encarnación del egoísmo, pero de un
egoísmo _bourgeois_, que no afecta proporciones titánicas ni colorido
trágico.

La sobriedad de la acción sólo parecerá pobreza a quien considere _El
buey suelto_, no como una novela (que no pensó en tal cosa el autor),
sino como una serie de cuadros en que externa e internamente se va
desarrollando la mala vida del héroe. Cada capítulo trae nuevos
personajes y escenas nuevas, reproducidas unas veces con el pincel de
Stein y de Teniers, otras con el brioso toque de la escuela española.
¡Lástima que en algunos pasajes la tendencia a la caricatura aparezca
tan de resalto, y convierta en falsos tipos que de cómicos no debieran
degenerar en bufos!

Como magistrales cuadros de costumbres, léanse sobre todo _La primera
catástrofe, No es casa de huéspedes, Entre Venus y Marte, La tienda de
la esquina, Los parientes de Gedeón_, sin olvidar el extraño y
fantástico capricho de _La gran batalla_, cuya ejecución es maravillosa
y digna de Goya.

Mas no se crea que sólo a lo cómico y alegre se inclina la musa del
autor, aun en este libro, el más endeble de los suyos. Testimonio son de
que sabe hablar en veras y herir al alma, además de alguno de los
capítulos antes citados, los que terminan la _última jornada_, sobre
todo el intitulado _La vanguardia de la muerte_, donde lo fácil se
hermana con lo bien y hondamente sentido.

Aun a los críticos más adustos que consideraron _El buey suelto_ como
una caída, parecieron admirables algunas porciones del _Don Gonzalo_,
publicado al año siguiente. Si como novela se la considera, puede
tachársela de acción escasa, aunque tiene la que basta y sobra para
mover unas cuantas figuras, principal, si no único, propósito del libro.
No es el fin de éste, como a algunos podrá antojárseles, la sátira
política, ni viene ésta más que como episodio, y sin salir de los
límites del arte, debiendo estimársela como un recurso para poner en
juego a los personajes. Es cierto que hay en _Don Gonzalo_ algunos
capítulos donde la revolución queda puesta en solfa. No falta un
estudiante que en la taberna de su pueblo haga discursos pomposos y
altisonantes, remedando los que en Madrid había oído. Ni se echa de
menos tampoco un _pardillo_ montañés, _albitrante y con otras industrias
saludables_, el cual pesca a río revuelto, y en días de revolución echa
al fuego, a impulsos del patriótico entusiasmo, los papeles del
Ayuntamiento donde constaban sus trapisondas. Hay, finalmente, una
parodia de junta revolucionaria, y milicia ciudadana, y clubs y
manifiestos electorales. Yo no sé si en otras partes será todo esto muy
serio; pero en Coteruco, pueblo de 300 vecinos, se convierte por sí
mismo en caricatura. Yo no admito que el señor Pereda se haya propuesto
en esta novela _probar_ nada (es demasiado artista para eso); pero si
alguna enseñanza se deduce de su libro, es la demostración del absurdo
que se comete llevando a un pueblo rústico y laborioso las miserias
políticas. El abandono del trabajo, la taberna perpetua, los palos y
asonadas, son la consecuencia primera y forzosa de tal delirio.

Eso acontece en Coteruco, pueblo que llegan a corromper dos intrigantes
y un mentecato, sin otro fin que el de satisfacer ruines pasiones y
venganzas. Y eso que Coteruco era antes el mejor pueblo del valle, y aun
el dechado de todos los pueblos de la Montaña, por la honradez y amor
al trabajo de sus moradores. Debíase tal milagro a un don Román Pérez de
la Llosía, señor rico, franco y campechano, sin aires de patriarca de la
aldea, pero con muy buen sentido y recta intención en todo. El era la
Providencia del pueblo, y su cocina la tertulia de Coteruco.

Enfrente de don Román coloca el señor Pereda otro tipo, montañés de pura
raza, y el mejor tipo de Pereda, el arbitrante Patricio Rigüelta,
_Maquiavelo de Campanario_, como dijo aguda y felizmente un crítico.
Patricio, personaje esbozado ya en ciertas sátiras políticas del
autor[2], adquiere aquí proporciones extraordinarias y se convierte en
verdadero héroe y rueda principal de la novela, dejando muy en segundo
término al _indianete_ que la da nombre, verdadera figura decorativa,
aunque admirablemente trazada. Don Gonzalo es mero instrumento y juguete
de la omnipotente voluntad y de las negras tramas de Patricio, que le
maneja como blanda cera, y explota sus rencores contra don Román por el
desaire de las bodas. Unese _Gonzalera_ con toda la gente díscola y
revoltosa del pueblo; hace propaganda el estudiante (que es cojo, por
más señas); se juega en la taberna una becerra a costa del indiano; los
apóstoles de la nueva idea desacreditan al cura y a don Román (el
_confesonario_ y el _feudalismo_, que dice el cojo), y aquello en pocos
días muda de aspecto.

[2] Vid. _El Tío Cayetano_, periódico político que Pereda y algunos
amigos suyos publicaron en Santander en 1868.

Tal es la sencilla trama de _Don Gonzalo_, que comienza con una
maravillosa descripción de la tertulia de don Román (inferior, sin
embargo, al antiguo cuadro de la _hila_, uno de los más exquisitos
primores de las _Escenas_), y acaba con un crimen cometido en días
electorales, y con la huída del noble Pérez de la Llosía de aquel
lugarejo mísero y pervertido. En ningún libro suyo ha congregado Pereda
igual número de tipos tan vivos y tangibles. Queda dicha la excelencia
satánica del carácter de Patricio, tan complicado, tan difícil y de tan
paciente estudio. Pero en torno de esta creación singular se agrupan,
como digno cortejo, todos con fisonomía propia y rebosando de vida: la
vieja _Narda_, sentenciosa consejera de Magdalena; el hidalgo don Lope,
alma de oro con corteza de hierro, tan breve en palabras como largo en
hechos, último vástago de aquellos indomables banderizos del siglo XV, y
condenado en el nuestro a matar las solitarias horas sobre su _potro_ de
piedra; el estudiante, el indiano, la solterona Osmunda, providencial
castigo de don Gonzalo; Carpio y Gorio, en quienes se cifra y compendia
el carácter del campesino montañés con todos sus rodeos y suspicacia, y
hasta los personajes de segundo orden, Chisquín, Toñazos, Polinar,
Barriluco.... ¡Qué plenitud de sangre española en todos ellos! ¡Y qué
cuadros los que llevan los títulos de _La feria de Pedreguero, La
romería de Verdellano y El festín_! Este último es un cuadro de Teniers,
con toque más vigoroso y más caliente entonación. Parece que sentimos el
peso de la becerra sobre la mesa, y el del vino tinto en las cabezas de
los comensales. ¡Y que diálogos los de Carpio y Gorio!

_De tal palo, tal astilla_ es quizá el libro menos realista de Pereda, y
no ya porque pinte costumbres campesinas, fáciles y risueñas, que esto
bien cabe en el realismo, ni menos porque en este libro, y todavía más
en _El sabor de la tierruca_, el tan decantado pesimismo de las _Escenas
Montañesas_ se haya ido convirtiendo en simpática benevolencia, harto
natural en quien, viviendo tantos años en la quieta soledad de su
Tusculano, se ha ido prendando cada vez más de las escenas rurales, y
viéndolas bajo un aspecto más poético y halagüeño. La única diferencia
substancial que encuentro yo entre esta novela y las demás de Pereda, y
lo que me hace declararla _realista_ a medias, consiste en que es un
libro de tesis, en que abandonando el autor, hasta cierto punto, la
observación desinteresada, principal musa suya, trata de inculcar,
aunque no directamente, no una, sino muchas y varias moralidades.
Plantea, pues, lo que llaman ahora _conflicto o problema religioso_, y le
plantea por medio de una fábula, que no deja de guardar cierta analogía
lejana con la de _Sibila_, de Octavio Feuillet, y la de _Gloria_, de
Galdós. Aunque esta semejanza no pasa de los datos fundamentales, y yo
sé además que Pereda no ha leído _Sibila_ y que no gustaría de ella si
la leyese, no ha de negarse que el _conflicto_ (usemos la jerga
corriente) viene a ser en las tres novelas el mismo. Pero _Sibila_ (con
ser libro delicadamente escrito) tiene algo de enteco y enfermizo,
respira falsedad en las ideas y en los afectos: aquel cristianismo
vaporoso es un cristianismo de salón, mundano y sentimental; se diría
que la moda y no la convicción dictaron aquellas páginas, donde falta de
un cabo a otro la naturalidad, y no hay un solo carácter acentuado y
vigoroso. Es un libro sin unción y sin nervio. Mayor talento, y más
firme convicción, aunque extraviada, inspiraron a Galdós en _Gloria_;
pero sus declarados intentos de propaganda anti-católica por una parte,
y por otra el exceso del simbolismo y de las abstracciones
personificadas, la enturbian y obscurecen, y casi la sacan fuera de los
límites del arte, convirtiéndola en un alegato librecultista, y a la
heroína en pedante e insufrible disputadora.

De fijo lo menos afortunado en la novela de Pereda es también el
carácter de la heroína. Puede decirse, sin agravio de él, que los tipos
femeniles y los diálogos de amor han sido, son y serán siempre la parte
más endeble de su armadura de novelista. Y aun añadiré que los huye, o
los trata con frialdad y despego. Y, sin embargo, el carácter de Águeda
estaba bien concebido, y ¡cuan hermosos y trágicos efectos podía haber
sacado el autor de la eterna lucha entre la pasión y la ley moral! Bien
está que Agueda, católica a la española y montañesa a toda ley, cumpla
su deber sin aparato ni estruendo, aunque su resolución le cause dolores
mortales. Bien está que su fe acendrada y robusta, su buen sentido
natural, lo recto y nunca maleado de su razón la impidan transigir con
la impiedad, aunque vaya unida a toda la gallardía de la juventud, a
todo el fuego de la pasión y a todo el poder y alteza del ingenio. Pero
¿era preciso para esto hacerla tan impasible, estoica y marmórea, cuando
al fin era mujer y enamorada?

¡Pero cómo se venga Pereda de esta inferioridad suya en otros tipos más
de su cuerda que la obra tiene, y sobre todo en los que forman el
_coro_! Sólo el recuerdo, no fácilmente borrable, de Patricio Rigüelta,
puede perjudicar al malvado de esta otra novela, el don Sotero,
abominable _tartuffe_, en cuya negra alma no ha temido penetrar y
ahondar hasta con encarnizamiento el señor Pereda, como si quisiera dar
hermosa muestra de que lo extremado de su ultramontanismo no corta las
alas a su ingenio ni le hace ñoño o meticuloso. Hasta puede añadirse que
ha recargado las tintas más de lo que suele, y ha hecho contra su
costumbre, y quizá contra la conveniencia artística, un carácter de una
sola pieza, porque entes tan completa y absolutamente perversos como don
Sotero, sin ninguna cualidad buena ni vislumbre de ella, son, por dicha,
rarísimos, y aun pueden tenerse por aberraciones de la humana
naturaleza.

No así el cernícalo de su sobrino, dechado de barbarie y grosería, ni
menos el espolique Macabeo, admirable personaje, uno de los mejor hechos
del libro, dentro del cual tiene él una novela propia y especial suya.
¡Cuántas veces ha presentado el señor Pereda al tipo del campesino
montañés, y, sin embargo, no se ha repetido nunca! Y ahora, cuando la
materia parecía agotada, nos regala a Macabeo, que vale él solo más que
Carpio y Gorio y todos los anteriores juntos. Habla y discurre como
ellos, tiene aire de familia, y, no obstante, es distinto. _Facies non
omnibus una, nec diversa tamen, qualem decet esse sororum_.

Así en lo serio como en lo jocoso, tiene el libro escenas de
extraordinaria belleza, cuadros insuperables de costumbres. Si yo
hubiera de elegir entre los capítulos del libro, me fijaría sin duda en
_La hoguera de San Juan_. La luz de esa hoguera es luz de Rembrandt.

Y puesto ya a citar bellezas de pormenor, no olvidaré _el paso de la
hoz_, donde el diálogo supera a la descripción, con ser la descripción
tan buena; y los capítulos de presentación de los diversos personajes,
especialmente aquel en que se describe la casa y modo de vivir de los
Peñarrubias; el maquiavélico diálogo en que don Sotero va persuadiendo a
su sobrino a que intente la deshonra de Águeda, y, finalmente, cuanto
dice y hace Macabeo, a quien mi amigo _Clarín_ ha llegado a comparar
nada menos que con el _Renzo_ manzoniano.

El paisaje en que toda esta gente vive y se mueve, es el paisaje
montañés de siempre. A quien haya leído otros libros de Pereda, no es
preciso decirle cómo están descritos Valdecines y Perojales, y también
es casi superfluo repetir que la obra es un tesoro de lengua, no con
afectada y mecánica corrección, sino con toda la riqueza, gala, armonía
y color del habla de nuestra Montaña, pasada por el tamiz de un gusto
privilegiado, aunque amante siempre de lo más espontáneo y de lo más
rústico.

_De tal palo, tal astilla_ es, hasta el presente, la única tentativa de
Pereda en el campo de la novela _tendenciosa_. Como si hubiera querido
desagraviar a los críticos amantes del arte puro y desinteresado,
escribió inmediatamente otro libro, de los que no prueban nada ni van a
ninguna parte sino a hacer sentir y gozar. Posible será que, apoyados en
esto mismo, y volviendo por pasiva sus antiguas censuras, le nieguen
algunos alcance y transcendencia, y hasta le disputen el título de
novela. Cuestión de nombres, propia de retóricos ociosos. ¿A qué buscar
más enseñanza ni más transcendencia en un libro, que deja al fin la
impresión de salud robusta, de frescura patriarcal y de primitivos
afectos que deja en el alma _El sabor de la tierruca_? Y en cuanto al
nombre, el autor no le ha dado ninguno. Novela es, aunque sencilla, y
llámese así o de otro modo, no dejará de ser un libro excelente. Novelas
muy celebradas hay que no tienen más acción; algunas, ni tanta.

Sea como quiera, la novela es aquí un pretexto para que aparezca en
acción la vida rústica de nuestra comarca. La obra es un poema idílico,
género de literatura que puede decirse propio de nuestro siglo y que ha
producido en Alemania, en América y en Provenza[3] tres obras
superiores, del todo ajenas al amanerado convencionalismo de la bucólica
antigua. Pereda había ensayado este género, aunque en prosa, pero
siempre como episodio de sus novelas políticas o morales, o bien en
cuadros cortos, v. gr.: el del _4 de Octubre_. Hoy le cultiva de frente,
y hay trozos en su libro, como el de la lucha de los dos pueblos
rivales, o el de la entrada del ganado en las mieses, que parece que
están reclamando el antiguo y largo metro épico, solemne y familiar a la
vez.

El interés, cualquiera que él sea, de las domésticas disensiones entre
el irascible don Juán de Prezanes y su vecino, pesa e importa poco ante
el alarde de fuerza muscular de los nuevos Entellos y Dares, ante el
empuje del ábrego desatado, o ante la nube de polvo que levantan
novillos y terneras.

[3] _Herman y Dorotea, Evangelina y Mireya_. También Jorge Sand dejó
preciosos ejemplares de este género, aunque un tanto idealistas, en _La
Mare au Diable, La Petite Fadette_, etc., etcétera.

No le pese al insigne novelista montañés ser más feliz en lo segundo que
en lo primero. Lo uno es más fácil, y es campo abierto a todos; lo otro
es para pocos, y quien lo alcanza se acerca a las primitivas y sagradas
fuentes de la poesía humana, crecida y arrullada con los halagos de la
madre Naturaleza; y con verlo todo más sencillo, lo ve más próximo a su
raíz, más íntegro y más hermoso, y se levanta enormemente sobre todo
este conjunto de estériles complicaciones, de interiores ahumados, de
figuras lacias, de sentimientos retorcidos y de psicologías pueriles, de
que vive en gran parte la novela moderna. Yo confieso que en las novelas
de Pereda, y sobre todo en ésta, que yo, apartándome de la opinión
general, pongo sobre todas (exceptuando, por de contado, los cuadros
sueltos), llega a desagradarme lo que no es rústico y agreste, y me
impaciento hasta que tornan los Niscos y Chiscones, por muy bien y
discretamente que haga hablar el autor a personajes de condición
superior y más altos propósitos. Y no es desventaja del autor, sino
ventaja de los tipos. Que así como (según el profundísimo parecer de los
filósofos escolásticos) las inteligencias superiores, conforme más altas
están en la escala, comprenden por menor número de ideas, así en el arte
es lo más bello lo menos complejo, y es lo más alto lo más próximo a la
naturaleza simple y ruda.

¡Bendito sea, pues, este libro rústico y serrano, que viene cargado de
perfumes agrestes, y no nos trae ni _problemas_ ni _conflictos_, ni
tendencias ni _sentidos_, ni otra cosa ninguna, sino lo que Dios puso en
el mundo para alegrar los ojos de los mortales: agua y aire, hierba y
luz, fuerza y vida! ¿Quién se acuerda de naturalismos ni de _estéticas_
cuando lee la _deshoja_, o cuando oye las quejas de Catalina a Nisco, o
cuando asiste con la imaginación al mercado de la villa?

Por eso yo no leí _El sabor de la tierruca_, sino que le sentí, y por
eso ahora no le juzgo, sino que traslado al papel la impresión de
placidez y de bienestar que me causó, sin ponerle peros, porque, a mi
entender, no los tienen ni aquel paisaje ni aquellas gentes.

Reciente está el éxito ruidoso de _Pedro Sánchez_. Aun los críticos que
no hace mucho tiempo hablaban de los _verdores_ de Pereda, y como que se
resistían a considerar sus obras perfectamente _maduras_, se han rendido
ante _Pedro Sánchez_, encontrando para ella un caudal de elogios que
ciertamente no habían desperdiciado al juzgar _Los hombres de pro_ o _El
sabor de la tierruca_. Confieso que la unánime y entusiasta aprobación,
diré mejor, la alabanza sin restricciones que ha coronado a _Pedro
Sánchez_, ha sido para mí, como para su autor, una verdadera aunque
agradable sorpresa.

Era la primera vez que Pereda abandonaba aquel su «huerto hermoso, bien
regado, bien cultivado, oreado por aromáticas y salubres auras
campestres», como dijo de perlas Emilia Pardo Bazán. Temíamos el autor y
yo que pareciese esta novela conjunto de reminiscencias algo pálidas o
de adivinaciones remotas, y que la ausencia del modelo vivo le quitase
frescura y animación. Temíamos que pareciese lenta y perezosa en los
primeros capítulos, y un tanto atropellada hacia el final. Temíamos que,
renunciando el pintor a casi todas sus ventajas indiscutibles, al
paisaje, al diálogo, al provincialismo, a lo más enérgico y
característico de su manera, renunciase por el mismo hecho a sus mayores
triunfos. Temíamos que la forma autobiográfica y _subjetiva_, la forma
de Memorias, perjudicase al fácil caudal de un ingenio tan exterior y
tan objetivo y tan poco amigo de reconditeces psicológicas. Temíamos que
el mismo carácter del héroe, entidad algo pasiva, movida por las
circunstancias mucho más que movedora de ellas, comunicase cierta
languidez al conjunto de la obra, impidiendo al lector interesarse
sinceramente por el protagonista. Temíamos, finalmente, que el carácter
en gran manera prosaico de las escenas políticas, que son la mayor parte
del libro, hubiese influído en detrimento de su valor estético; y esto
lo temía yo más que nadie, viendo correr con tibieza y desaliento la
pluma del autor por las descripciones de un club o de una redacción de
periódico, como si le aquejase la nostalgia de sus montes y de sus
marinas.

Y, sin embargo, lo declaro ingenuamente: Pereda y yo nos hemos llevado
en esta ocasión un solemnísimo chasco. _Pedro Sánchez_ ha parecido, no
ya a la masa de los lectores, sino a los críticos más agudos y
perspicaces, la más novela entre las novelas de Pereda, la mejor
compuesta y aderezada, la más grave y madura en el pensamiento, la más
apasionada en los momentos de pasión. Todos han ensalzado unánimes la
serena melancolía que el libro revela, la mirada firme y desengañada que
el autor dirige sobre las cosas humanas, la amargura sin misantropía con
que juzga nuestro estado social, y la verdad poética con que le
ennoblece.

Todo esto es verdad, y, sin embargo, estimando a _Pedro Sánchez_ más que
nadie, no acabo de convencerme de que Pereda y yo nos equivocásemos tan
de medio a medio; y sea montañesismo, sean recuerdos infantiles, vuelvo
siempre con amor los ojos hacia el poeta de _La Robla_ y de _La Leva_, y
por más esfuerzos que hago, no puedo simpatizar con _Matica_ y sus
amigos, ni con el señor de Valenzuela, como simpatizo con don Silvestre
Seturas o con don Robustiano Tres-Solares. _Pedro Sánchez_ me parece
mucho mejor novela que _El buey suelto_; pero me quedo con _El sabor de
la tierruca_ y con _Don Gonzalo_.

Y, por otra parte, esta opinión mía a nadie quiere imponerse. Yo en este
caso soy, ante todo, montañés, y quizá me equivocaré y daré a Pereda un
mal consejo excitándole, por su gloria misma, a no salir de _su huerto_
y a no hacer caso de los que encuentran limitados sus _horizontes_. Sin
salir de ellos, ha encontrado la novela política en _Don Gonzalo_ y en
_Los hombres de pro_, la novela religiosa en _De tal palo_..., la
novela o más bien el poema idílico en _El sabor de la tierruca_, la
novela social en _Blasones y talegas_ y hasta la más conmovedora
tragedia en _La Leva_. No hay pasión, no hay afecto, no hay interés, no
hay problema que no pueda traerse a la Montaña como a cualquiera otra
región del mundo. Sólo que en Pereda parecerá todo mejor si se viste y
arrea con traje montañés. A mí me ha encantado más que a nadie el éxito
de _Pedro Sánchez_; pero con este encanto iba mezclado en cierta dosis
el temor de una deserción. Me tacharán de crítico apocado; me dirán que
ésta es la novela más transcendental y más universal de Pereda, la más
comprensible para todos, la más traducible.... Todo esto es verdad; pero
cada cual tiene sus manías: yo me vuelvo a _La Robla_ y a _La Leva_ y a
_Suum cuique_.

Y consiste todo en que los críticos madrileños y yo juzgaremos siempre a
Pereda desde puntos de vista muy distintos. Para ellos es un eminente
novelista, a quien colocan entre Valera, Alarcón y Galdós; pero, en
suma, un novelista a quien tasan por su valor como tal, y cuyos triunfos
literarios empiezan a contar desde _Don Gonzalo_. Para mí, Pereda es,
antes que toda otra cosa, el compañero y el amigo de mi infancia, el
Pereda de las _Escenas_, el que en 1864 imprimía en _La Abeja Montañesa_
los diálogos del _Raquero_, el Pereda sin transcendentalismos, ni
filosofías, ni políticas; pintor insuperable de las tejidas nieblas de
nuestras costas; de la tormenta que se rompe en las _hoces_; del
alborozo de los prados después de la lluvia; de la vuelta de las
_cabañas_ desde los puertos; de la triste partida del mozo que va a
Indias; de la entrada triunfal y ostentosa del _jándalo_; de la alegría
del hogar en Nochebuena, amenizada por el estudiante de Corbán; de los
supersticiosos terrores que vagan en torno de la pobre _Rámila_, y la
traen a miserable muerte; de la salvaje independencia de los antiguos
pobladores de la calle Alta y del Muelle de las Naos, últimos
degenerados retoños de los que en la Edad Media daban caza a los
balleneros ingleses en los mares del Norte, y ajustaban tratados de paz
y de comercio con sus reyes; y finalmente, de la casa solariega próxima
a desplomarse, y apuntalada, si acaso, por los dineros del indiano; y
del concejo de la aldea, donde a duras penas vegeta algún rastro de las
antiguas costumbres municipales. Y para mí, al nombre de Pereda van
unidos inseparablemente, no _Pedro Sánchez_, en las barricadas ni en la
oficina de un gobierno político, sino _don Silvestre Seturas_, en su
perpetua lucha con los curiales, heredada de tres generaciones;
_Cafetera_, trincando la estopa y sosteniendo batalla campal con _Pipa_
y los de su cuadrilla, a la sombra veneranda del castillo de San Felipe;
_Juan de la Llosa_, examinando gravemente la estampa de _la Leona_ y de
_la Gallarda; Tremontorio_, tejiendo su red o consolando a las mujeres
en la _rampa_ grande del Muelle; _don Recaredo_, marcados pecho y
espalda por la garra de los osos inmolados en sus cacerías.... El otro
Pereda será una de las esperanzas, o mejor dicho, una de las realidades
de la novela contemporánea española; tendrá algo de Balzac y algo de
Dickens y algo de Topffer.... Yo lo reconozco, y le admiro más que
nadie, y me alegro que haya demostrado esta vez que sabe hacer una
novela en todo el rigor de la frase; en suma, que puede hacer cuanto
hacen otros. Pero con todo eso, el Pereda de mi más íntima predilección
y fervoroso cariño será siempre el Pereda que veranea en Polanco, y que
en invierno habita en el muelle de Santander, un poco antes de llegar a
la capitanía del puerto, en el teatro mismo de las hazañas de _Cafetera_
y de la lúgubre partida de _El Tuerto_, para morir en la fiera rompiente
de las _Quebrantas_.

¿Se comprende ahora por qué al principio he confesado mi incompetencia
para juzgar a Pereda? Porque yo no admiro sólo en él lo que todo el
mundo ve y admira: el extraordinario poder con que se asimila lo real y
lo transforma; el buen sentido omnipotente y macizo; la maestría del
diálogo, por ningún otro alcanzada después de Cervantes; el poder de
arrancar tipos humanos de la gran cantera de la realidad; la frase viva,
palpitante y densa; la singular energía y precisión en las
descripciones; el color y el relieve, los músculos y la sangre; el
profundo sentido de las más ocultas armonías de la naturaleza no
reveladas al vulgo profano; la gravedad del magisterio moral; la vena
cómica, tan nacional y tan inagotable, y, por último, aquel torrente de
lengua no aprendida en los libros, sino sorprendida y arrancada de
labios de las gentes; lengua verdaderamente patricia y de legítimo solar
y cepa castellana, que no es la lengua de segunda o de tercera
conquista, la lengua de Toledo o de Sevilla, sino otra de más intacta
prosapia todavía, dura unas veces como la indómita espalda de nuestros
montes, y otras veces húmeda y _soledosa_; lengua que, educada en graves
tristezas, conserva cierta amargura y austeridad aun en las burlas.

Por todo esto amo yo a Pereda; pero le amo además como escritor de raza,
como el poeta más original que el Norte de España ha producido, y como
uno de los vengadores de la gente cántabra, acusada hasta nuestros días
de menos insigne en letras que en armas. Y esto parecerá algo pueril a
los que no tienen patria ni hogar; pero como en este prólogo voy dejando
hablar al corazón tanto o más que a la cabeza, no quiero ocultar el
íntimo regocijo con que oigo sonar, cercado de alabanzas, el nombre de
Pereda unido al nombre de su tierra, que es la mía. En otro tiempo, los
montañeses, cuando queríamos presumir de abolengo literario, teníamos
que buscar entre las nieblas del siglo VIII el nombre de San Beato de
Liébana, o imaginarnos que el autor del romance del _Conde Alarcos_ era
paisano nuestro porque se llamaba Riaño, o desenterrar del fárrago del
_Reloj de Príncipes_ la fábula del Villano del Danubio, principal
fundamento del renombre de nuestro invencionero Fray Antonio de Guevara,
o rebuscar en algún olvidado códice de la Academia de la Historia las
fáciles quintillas con que Fray Gonzalo de Arredondo celebró al conde
Fernán González; y a duras penas podíamos ufanarnos, en tiempos menos
remotos, con las gongorinas poesías líricas y las discretas comedias de
don Antonio de Mendoza (imitado alguna vez por Molière y por Le Sage), o
con las novelas inglesas de Trueba y Cosío, mediano iniciador del
romanticismo. Algo consolaba nuestra penuria la consideración de que «si
no vencimos reyes moros, engendramos quien los venciese», puesto que de
nuestra sangre eran Lope y Quevedo.

Pero hoy, ¡loado sea Dios!, no tenemos ni que hacer sutiles
razonamientos para apropiarnos lo que sólo a medias nos pertenece, ni
que recoger las migajas de los autores de segundo orden, puesto que
plugo a la Providencia concedernos simultáneamente dos ingenios
peregrinos, bastante cualquiera de ellos para ilustrar una comarca
menos reducida que la nuestra; montañeses ambos hasta los tuétanos, pero
diversísimos entre sí, a tal punto que puede decirse que se completan. Y
no creería yo cumplir con lo que pienso y con lo que siento, si no
terminase este prólogo estampando, al lado del nombre del gran pintor
realista de las _Escenas Montañesas_, el nombre del pintor idealista,
rico en ternuras y delicadezas, que ha envuelto aquel paisaje en un velo
de suave y gentil poesía. Unidos quiero que queden en esta página el
nombre de Pereda y el de _Juan García_[4], como unidos están en el
recuerdo del montañesísimo crítico que esto escribe.

M. MENÉNDEZ Y PELAYO.


[4] Amós Escalante, autor de _Costas y Montañas_ y de _Ave Maris
Stella_; dos libros que pasarán por clásicos cuando los españoles
volvamos a aprender el castellano.


       *       *       *       *       *



POSTDATA

En los años transcurridos desde la primera edición de este prólogo, el
señor Pereda ha publicado tres novelas más: _Sotileza, La Montálvez_ y
_La Puchera_. Como complemento de la historia de sus libros, reproduzco
a continuación los dos artículos que escribí sobre la primera y la
tercera de estas novelas al tiempo de su aparición.


SOTILEZA

Siempre fué la vida marítima asunto adecuado y nobilísimo para el arte.
Dondequiera que el empuje de la voluntad humana se muestra; dondequiera
que la _fuerza_, principal elemento artístico y quizá razón suprema de
todos los grandes efectos de la poesía, llega a revestirse de la
majestad solemne y serena o del poder avasallador y turbulento, la
emoción estética se engendra necesariamente y obra con profundísima
energía en el ánimo del contemplador, por avezado que esté a lo delicado
y a lo tierno. Y si esta energía no se desenvuelve en el vacío de la
contemplación, ni se apaga estéril en el campo de las ideas y del
pensamiento puro, región helada y poco accesible a la mayoría de los
humanos, sino que lucha a brazo partido con las fuerzas tiránicas de la
naturaleza física o con otras voluntades personales tan imperiosas y tan
férreas como la del héroe mismo, la emoción llega a lo trágico, y en
medio del conflicto se disfruta el espectáculo más digno de la
consideración humana, el que más eleva y ennoblece el espíritu, el de
un poder racional y consciente en el pleno uso y ejercicio de su
soberanía, que se reconoce y afirma más a sí propia cuando más braman en
torno suyo las tempestades y más amenazan vencerla y sumergirla.

Y cuando estas tempestades no son metafóricas; cuando real y
verdaderamente despliega el mar todas sus furias, y no por excepción,
sino constante y diariamente, va educando el mar en los pueblos que le
ciñen y sin cesar le hostigan y provocan a desafío, una raza tan entera,
tan indomable y tan bravía como los mismos huracanes, cuyo rugido
acaricia su sueño; tan áspera como las puntas de la costa, sin cesar
invadidas, salpicadas y agrietadas por la deshecha espuma; tan amarga y
tan acentuadamente salina en la voz y en los ademanes, como que la
comunicaron su penetrante acritud las ondas mismas; tan avezada a mirar
la muerte de frente, que ni cabe en su ánimo el temor pueril, ni la
alegría insensata, ni el fácil y liviano contentamiento, sino una cierta
melancolía resignada, un cierto modo grave, llano y sereno de mirar las
cosas de la vida como si fuese palestra continua, en que el brazo se
fortifica y se dilata el pecho, y la batalla se acepta cuando viene, sin
provocarla estérilmente.

Tal es la raza, tales las costumbres que ha retratado Pereda en su
última novela, la mejor y más genial de las suyas. No parece sino que el
asunto ha tenido virtud bastante para levantar el ingenio del autor a
regiones que ni él mismo sospechaba hasta ahora. Todo el mundo le
reconocía como insuperable descriptor de costumbres populares, como
maestro en el diálogo, como dechado en el idilio rústico. De todas sus
novelas podían citarse admirables páginas aisladas; algunos dudaban que
hubiese encontrado la novela perfecta. Los más amigos del novelista,
todavía más conocedores que él de su propia fuerza, murmuraban siempre
en sus oídos un _más allá_, y no le dejaban adormecerse con los halagos
de la muchedumbre de los lectores, cuyo criterio estético se reduce a
admirar lo que está más cerca de sus gustos y propensiones. Por eso,
después de _Pedro Sánchez_, como después de _El sabor de la tierruca_ y
_De tal palo...,_ oyó siempre Pereda la voz de quien mejor le quería,
repitiéndole: «Tú eres ante todo el autor de _El Raquero_, de _La Leva_
y de _El fin de una raza_. Si quieres elevar un verdadero monumento a tu
nombre y a tu gente, cuenta la epopeya marítima de tu ciudad natal. Dios
te hizo, aún más que para ser el cantor de las flores y de la primavera,
para ser el cantor de las olas y de las borrascas. Tú solo puedes traer
a la literatura castellana ese mundo nuevo de intensas melancolías y de
rudos afectos. Hazte cada día más _local_, para ser cada día más
universal; ahonda en la contemplación del detalle; hazte cada día más
íntimo con la realidad, y tus creaciones engañarán los ojos y la mente
hasta confundirse con las criaturas humanas.»

Todo esto lo ha hecho Pereda, mucho más porque su buen genio se lo
decía, que porque se lo dictasen al oído sus paisanos y sus amigos. Y en
_Sotileza_, aquella misma robusta inspiración que había dado perpetua
vida a _Cafetera_, al _Tuerto_ y a _Tremontorio_, ha roto el estrecho
marco del cuadro de género y penetrado en el ancho y generoso cerco de
la gran pintura, poniendo con entera franqueza a sus héroes entre cielo
y mar, y haciéndoles verdaderos protagonistas de una acción trágica, que
llega y toca a lo más alto de la pasión humana, acentuada aquí en
vigoroso contraste con una naturaleza bravía y rebelde. Porque lo
primero que hay que admirar en _Sotileza_, y lo que desde luego la da
conocida ventaja sobre las novelas anteriores de su autor, es el tener
verdadera acción, y acción tan bien graduada, tan natural, tan sencilla,
tan en línea recta, tan consonante con los datos psicológicos y
fisiológicos de los personajes, tan a tiempo ligada, tan a tiempo
resuelta, tan ajena de todo lo que parezca artificio, violencia o amaño,
que el ánimo no puede menos de pararse gustosamente ante tan severa
estructura y trama tan bien concertada. Todo el libro parece concebido
en un solo aliento; los personajes han recibido al nacer tales bríos,
que, semejantes a los dioses homéricos, alcanzan de un solo salto cuanto
espacio puede divisar el espectador colocado a orillas del mar sobre
altísima roca. Todo tiene en este libro un sello de fiereza titánica, de
salvaje energía, de grandiosidad sublime: la tierra, y el mar, y los
hombres. Nada hay débil, enteco ni afeminado: recorriendo tales páginas,
se respira un soplo de barbarie que _hace bien_, que templa los nervios
y vigoriza la sangre. La expresión es lo más libre y lo más suelta que
puede darse: el autor ha agotado los infinitos recursos del vocabulario
_callealtero_, crudo, pintoresco, desgarrado, apestando a _parrocha_ y a
pescado podrido; pero todo esto, ¡con qué arte y con qué soberano
conocimiento de las condiciones de la lengua, a la cual se puede vencer
y domar por halagos, pero no forzar brutalmente como vil concubina!

Al fin del libro va un glosario de los términos náuticos y de las frases
populares empleadas en el libro; pero ¡con qué habilidad están
derramados por todo él, bien al contrario de esa pedantesca ostentación
de ciertos novelistas franceses de escuelas modernísimas, que, haciendo
gala de un externo y superficial conocimiento del tecnicismo de tal o
cual arte o ciencia, le derraman a carretadas en todas las páginas de su
libro, con la necia ostentación del aventurero llegado de improviso a
los honores y a la riqueza! No: Pereda no ha tenido necesidad de hacer
estudio especial de la lengua de los marineros de la calle Alta para
escribir _Sotileza_. Esa lengua la tiene él aprendida muchos años hace,
no por _dilettantismo_ erudito, sino porque ha vivido en perpetuo y
desinteresado comercio con el pueblo.

Esa lengua tan palpitante y tan densa, que tan diversos matices
adquiere, ya el de brusquedad estúpida y semisalvaje en _Muergo_, ya el
de dulcísima elegía amatoria en labios de _Cleto_, ya el de patriarcal
ternura en boca del _tío Mechelín_ y de su mujer, ya el de reconcentrada
soberbia femenina en _Silda_, especie de diana selvática y feroz de un
barrio de pesca, presenta tales variedades y se mueve con tal libertad
en ondulaciones tan diversas, que nadie diría que por primera vez viene
ahora el arte, y que ninguno ha precedido a Pereda en trabajarla y
domeñarla.

Y para que mayor sea el contraste, suena de vez en cuando, entre esas
rudas voces que traen la impresión de resaca de la playa, la voz medio
marítima, medio frailuna, del padre Apolinar, el tipo de fraile más
asombroso que yo he visto en novelas, desde el _Fra Cristóforo_, de
Manzoni, personaje de más noble alcurnia que el de Pereda, pero no más
rico que él de aquella elevación moral, que por lo mismo que nace como
fruto espontáneo y agreste, y se desarrolla sin más riego que el de los
cielos, trae estampado el sello de primitiva grandeza que acompaña a la
fuerza del bien cuando se desenvuelve sin conciencia de sí propia.

El pensamiento artístico de _Sotileza_, la idea primera es tan honda,
que casi parece un enigma. Pero entendamos bien: no es el enigma pueril
en que se deleitan los hacedores de novelas transcendentales. _Sotileza_
es un enigma sorprendido valerosamente, y sin intención ulterior, en las
profundidades de la naturaleza humana. El autor le ha planteado; pero en
la conclusión le elude más bien que le resuelve. Ha hecho bien, después
de todo. En el arte agradan y dominan siempre aquellos personajes en
quienes resta un fondo inaccesible a las miradas de la crítica. De este
modo quedan como algo simbólico y misterioso entrevisto en el crepúsculo
de la poesía, que adivina tales naturalezas más bien que las penetra.

_Sotileza_, con ser muy mujer, tiene algo de esfinge tebana, y el autor
no ha hecho más que levantar una punta del velo sagrado. Todos los
instintos de su rebelde y altiva naturaleza han recibido desde el
principio una dirección extraña, merced a aquella vida errabunda de
playa y de muelle de las Naos en que gastó sus primeros años. Su corazón
es recio y duro para amar. El mismo agradecimiento apenas ha llegado a
rayar aquella piedra tosquísima. Quizá duerman en su corazón escondidos
deseos, tanto más fogosos cuanto más contenidos; pero nunca asoman a la
lengua. Lo mismo rechaza el amor brutal de _Muergo_, que el honrado y
caballeroso de _Andrés_ o el suave y delicadísimo de _Cleto_. Si alguna
inclinación muestra, es aquella que Petronio atribuía con tan enérgicas
palabras a las matronas de su tiempo: «_Quoedam foeminoe sordibus
calent_.» A _Sotileza_, el oculto incentivo que la lleva hacia _Muergo_,
por extraña aberración fisiológica, es la suciedad, la barbarie, el
desaseo, la ingénita grosería de aquel semibruto. Con todo eso, Pereda
no ha pasado la línea en materia en que tan fácil era resbalar,
siguiendo las huellas de otros naturalistas; y como su franco y bien
nacido ingenio no le lleva a pintar lo excepcional y monstruoso, sino a
mirar con amplitud la vida, no insiste en el imperceptible punto
mórbido, y logra conservar a la heroína la más arrogante y señoril
castidad desde el principio hasta el fin de la obra.

Los pescadores que intervienen en la obra nada tienen del marinero
idealista, del _Gilliat_ de Víctor Hugo (pongo por caso). Su horizonte
es tan estrecho como su condición, sus propósitos tan limitados como sus
medios. El duelo continuo que sostienen con la mar, influye en el temple
de su voluntad mucho más que en el calor de su fantasía. Su vida y su
muerte tienen una simplicidad heroica, tanto más grande cuanto menos
buscadora del efecto y menos sabedora de sí misma. El mar interviene
como tremendo coro de tal drama, levantando y agigantando los hombres y
las cosas con su presencia. Unas veces risueño, como en _el día de
pesca_, acompaña el idilio amoroso de Andrés; otras veces es campo de
palestra virgiliana para las barcas del cabildo de Abajo y del de
Arriba; y en la prodigiosa _galerna_ final parece que lleva consigo, al
estrellarse contra las _Quebrantas_ y salpicarlas de rabiosa espuma,
todas las iras, todos los odios y todas las venganzas de los personajes.
¡Arte singular de Pereda: saber hacer paralelos de esta suerte los
fenómenos de la naturaleza y los del espíritu!

Todo esto y mucho más podrá admirar en _Sotileza_ quien la mire
solamente bajo la razón de arte. Pero ¿qué he de decir yo, que no
solamente soy montañés, sino santanderino y _callealtero_? ¿Qué he de
decir de un libro que es la epopeya de mi _calle_ natal, libro que he
visto nacer y que casi presentía y soñaba yo antes de que naciese?

Nunca comprenderán los extraños de qué manera suenan para nosotros en el
libro una porción de nombres de lugares y de personas, y qué fuentes tan
escondidas van a buscar en el alma de aquellos para quienes el libro ha
sido principalmente escrito, de aquellos cuyo aplauso desea Pereda más
que otro alguno. Ya no morirá la calle Alta, aunque acaben de caer las
pocas casas viejas que le restan en pie, porque consagrada queda en el
arte hasta la menor de sus piedras. Y cuando se extinga hasta el último
resto de aquella raza marinera, de la cual en otra ocasión he escrito
que «en la Edad Media daba caza a los balleneros ingleses en los mares
del Norte y ajustaba tratados de paz y de comercio con sus reyes»,
todavía vivirán en un libro de sólida e indestructible fortaleza ciertos
nombres y reminiscencias que tienen virtud de conjuro, como todo lo que
toca la vara mágica del arte. Otros juzgarán el libro; que yo en esta
ocasión me reconozco incompetente para todo lo que no sea saludar,
desde lo más íntimo de mi alma, la bandera que flota sobre el libro, la
_bandera blanca y roja de la matrícula de Santander_.

(_La Época_ del 27 de marzo de 1885.)



LA PUCHERA


Por primera vez he leído un libro de Pereda al mismo tiempo que el
público, y sin estar iniciado previamente en el secreto del autor. Fue
voluntad suya y mía, para que nada extraño a la obra misma preocupase mi
juicio, y no hablasen en favor de ella intimidades de las que
forzosamente nacen entre el crítico y el libro que va a juzgar, cuando
él ha asistido a la elaboración de este libro, embriagándose con el
fervor de la producción ajena, y participando de ella en algún modo. He
querido por esta vez sola no saber nada de lo que Pereda escribía en
Polanco este verano, y tomar su novela como obra de un extraño. He
procurado olvidarme de que el autor era montañés, y entrañable y
fidelísimo amigo mío desde que tengo uso de razón, y amigo de los de mi
casa antes que yo naciera; y haciendo un esfuerzo, que me ha costado
mucho, y que no pienso volver a repetir, he detenido mi impaciencia, que
me llevaba a leer con el pensamiento antes que con los ojos las páginas
de un libro, que más que libro parece fragmento de la realidad viva; y
he tenido el valor de estarle aplicando por días y días eso que llaman
_el escalpelo de la crítica_.

Y el libro ha salido triunfante de la prueba. Yo soy quien me quedo con
el sentimiento de no haberle disfrutado con fruición espontánea y
sincera, sin pensar ni en la crítica ni en el público, dejándome llevar
sólo por la magia del relato y por las dulces memorias que en mi
espíritu evocaba. ¡Duro e impertinente oficio el del que intenta razonar
su propia impresión y la impresión ajena, para ahuecar luego la voz y
decir solemnemente al público lo que mucho mejor sienten y mucho mejor
expresaran, si tal expresión cupiese en palabras, los críticos que no
escriben, los espíritus delicados y rectos a quienes no aqueja la
comezón de hacer confidente suyo al público, y que por lo mismo rinden
al autor, a quien admiran con admiración silenciosa, tributo más de
agradecer que el de vanos artículos encomiásticos!

Pero los tiempos andan tales, y crece tanto la depravación del gusto,
que empieza a ser ya deber de conciencia en todo el que clara u
obscuramente profesa algún género de magisterio literario, alzar la voz
cuando una obra maestra aparece, y llamar la atención del vulgo
circunstante, para que no pase de largo por delante de ella, y se guarde
de confundirla con el fárrago de producciones insulsas y baladíes que
son actualmente el oprobio de nuestras prensas.

Por eso escribo hoy acerca de _La Puchera_, no precisamente por ser obra
montañesa, sino por ser el mejor libro de amena literatura que en estos
últimos tiempos ha aparecido en España.

Quién sea Pereda, y cuál el valor de sus escritos, no necesito yo
declarárselo a un público que ya comienza, aunque algo tardíamente, a
hacerle justicia y a conocerle y admirarle. Su fama, modesta al
principio, y reducida al círculo de sus paisanos, es hoy universalmente
española, y traspasa ya nuestras fronteras, como lo prueban recientes
traducciones de novelas suyas en francés y alemán. Su carácter local le
favorece mucho más que le perjudica, en el momento presente. De su
aparente limitación nace su fuerza positiva. El arte, como la historia,
tiene algo de concreto, limitado y relativo; lo abstracto y lo general
le matan. Con razón, aunque en términos demasiados absolutos, afirmaba
Goethe que en la vida de las llamadas _clases altas_, que son en todo
país las más semejantes y las más descoloridas, no había encontrado ni
un átomo de poesía. Poesía puede haber; pero anda muy oculta bajo la
dura ley social, que obliga a todos a decir la mitad, cuando mucho, de
lo que piensan y de lo que sienten, y que al detener en los labios la
expresión pintoresca y enérgica, engendra hábitos de convención elegante
y de disimulo académico, a los cuales difícilmente se allana, ni
siquiera para remedarlos, una naturaleza artística tan sana, robusta y
viril como la de Pereda.

Por eso, a mi juicio, erró en la _Montálvez_, no por culpa suya, sino
por culpa del asunto. Por eso ha acertado plenamente en las dos grandes
formas del idilio rústico y del idilio marítimo, que son los verdaderos
timbres de su gloria. En ambos géneros, así como no ha tenido maestros,
tampoco es fácil que llegue a tener rivales, a lo menos en nuestra
lengua castellana.

_La Puchera_ (título que a los lectores melindrosos habrá parecido
vulgar, pero que tiene sublime explicación en uno de los capítulos de la
novela) reúne ambos géneros de excelencia: es a un tiempo novela
campesina y novela costeña, respondiendo al modo de ser _anfibio_ de los
habitantes de aquel rincón de nuestra provincia, donde pasa la escena;
el más amado del autor, aquel con quien sus ojos están más encariñados.
Los que hayan leído _El sabor de la tierruca, Don Gonzalo_, _De tal
palo, tal astilla_, y aquellos incomparables cuadros cortos de las dos
series de las _Escenas Montañesas_, entre los cuales sobresale el no
bastante conocido de _La hila_, aquí encontrarán, sin que el autor se
repita, el mismo mundo de alegría franca, de plácida honradez, de salud
rústica, con que ya están familiarizados. Los que han llegado a saborear
otros rasgos de Pereda, todavía de más singular y exquisita literatura,
de emoción trágica e intensa, de cruda expresión y ardiente colorido;
los que recuerdan, quizá con lágrimas, _La Leva, El fin de una raza_ y
las mejores escenas de _Sotileza_, aquí hallarán la misma grandeza y el
mismo brío; la misma arrogancia, casi épica, con que el autor realza y
ennoblece las catástrofes vulgares y los más desdeñados esfuerzos del
trabajo humano, dando nobilísimos ejemplos de una poesía verdaderamente
cristiana y verdaderamente moderna.

No sé qué género de influencia poderosa y benéfica han ejercido siempre
sobre Pereda, aldeano de nacimiento, los tipos de gente de mar y las
escenas de pesca. Pero lo cierto es que siempre que toca a ellas se
engrandece y resulta superior a sí mismo. Los personajes que entonces
crea, exuberantes de vida poética, con cierta poesía salina y acre,
tienen no sé qué grandiosidad y fiereza primitiva, crecida y educada
con los arrullos y las tremendas caricias del mar resonante. Tremontorio
y el Tuerto, el Lebrato y el Josco, son figuras de tal potencia y
resalto, que en vano se les buscaría competidores aun dentro de las
obras mismas de Pereda. Sobre todos ellos corre un viento de tempestad
heroicamente resistida y sobrellevada con heroísmo silencioso y viril,
tanto más admirable, cuanto menos consciente. Pereda sobresale en la
descripción de estas naturalezas sencillas y rudas. Y lo mejor de _La
Puchera_, lo verdaderamente incomparable, está en aquellos capítulos
donde el Lebrato y su hijo intervienen, con su locuacidad el uno, con su
timidez el otro, los dos con el mismo natural resignado y austero,
sacudido por bruscas impaciencias en el joven, acrisolado por divina
serenidad en el viejo.

En tales cuadros la vida resulta amable y digna de ser vivida, por
áspera y brava que parezca. Y el mar, inmenso coro de esta humilde
tragedia, parece asociarse al esfuerzo de sus domadores, entonando con
ritmo pausado y solemne el himno de la paz de la conciencia, que huye
del _agosto_ del Berrugo y calienta _la puchera_ del Lebrato.

He nombrado intencionadamente los dos mejores capítulos del libro, los
que por sí solos bastarían para labrar la reputación de un artista que
no tuviese tan hechas sus pruebas en este género de cuadros. El del
_agosto_, que por la pureza clásica de sus líneas recuerda el famoso
lienzo de _Los segadores_ de Leopoldo Robert, se aparta de él hondamente
por el ardor del colorido y por la embriaguez naturalista que le
convierte en acabadísimo tipo de geórgica moderna. Nunca ha sido tan
intrépido el estilo de Pereda, tan grande la fuerza plástica de su
lenguaje, y ese raro poder de asimilación que Dios le concedió para que
se hiciera íntimo de todo hilo de luz, de toda hebra de maíz, de todo
zumbido de insecto, de todo rielar del agua. Hay que remontarse a
Teócrito para encontrar idilio tan bello y humano como el rústico idilio
de Pedro Juan y de su amada. El final del capítulo traspasa ya los
lindes de lo bello, y empieza a rayar en los de lo sublime.

Lo más débil de _La Puchera_ es, a mi juicio, la historia de Inés, del
seminarista y del indiano. En la transformación de los sentimientos de
Inés, hay cierto alarde de psicología un poco infantil, que no va bien
con los hábitos literarios ni con las facultades dominantes de su autor,
a quien le basta con su psicología instintiva y adivinatoria para crear
cuerpos y almas, sin necesidad de perderse en sutiles y tortuosos
análisis. El seminarista peca por otro concepto: es real, pero con
realidad bestial y grosera, que el autor marca y acentúa con verdadero
encarnizamiento y saña. Su tía vale mucho más, y a veces habla una
lengua digna de la mismísima madre Celestina. El indiano, _rara avis_
entre los indianos de Pereda, por lo sentimental, romántico y atildado,
aparece como caído de las nubes, y sirve sólo para desenlazar la fábula.

He dicho que todo esto era débil, pero sólo en comparación con otras
bellezas más altas. Si aisladamente se lo considera, todo está bien,
todo en su punto. Pero en un libro como _La Puchera_, donde hay tanto
oro de ley y capítulos que desde el día de su aparición deben pasar por
clásicos, es lícito ser exigente y posponer lo bueno a lo mejor y lo
mejor a lo óptimo. Lo óptimo es el Lebrato y su hijo, y _Pilara_ y
Quilino, y el médico don Elías, y el magnífico tipo del Berrugo, avaro
supersticioso, que Balzac adoptaría por suyo, y la fantástica historia
del descubrimiento del tesoro, que Walter Scott hubiera robado para su
_Anticuario_.

Y ahora ya tiene el lector abierta la novela: no incurriré en la
puerilidad de contar su argumento; me basta con haber contado mi
impresión.

M. MENÉNDEZ Y PELAYO.

(_El Correo_ del 10 de febrero de 1889.)



ADVERTENCIA


_La siguiente novela ha formado parte, hasta ahora, de un libro
titulado_ BOCETOS AL TEMPLE. _Personas cuyos dictámenes son leyes para
mí, pretenden que_ Los HOMBRES DE PRO _deben establecerse de cuenta
propia y correr solos las aventuras que les depare la suerte. Por eso
aparecen aquí dando nombre a este primer tomo de mis_ =Obras completas=,
_en cuya impresión no se seguirá el mismo orden en que fueron saliendo a
luz por vez primera, sino el más conveniente a mis propósitos, que en
nada perjudican el escaso interés que puedan merecer del público mis
libros.

Siguiendo los consejos de las mencionadas personas, no será la
alteración hecha en los_ BOCETOS AL TEMPLE _la única que se observe
durante el curso de esta publicación. Parece ser que ha llegado la
oportunidad (y no quiero desaprovecharla) de que se completen mutuamente
algunos tomos de mis cuadros_ _sueltos, adquiriendo, por ejemplo, él
de_ ESCENAS MONTAÑESAS _lo que indebidamente posee el de_ ESBOZOS y
RASGUÑOS, _y desprendiéndose, en cambio, de lo que, con muy justos
títulos, le reclama este su hermano menor.

Ignoro si con todos estos cambalaches y trastrueques falto a alguna ley
que debe respetarse. Varios ejemplos, que recuerdo, me dicen que no; uno
solo, pero de mucha calidad, afirma que ni las erratas de la primera
edición de un libro deben desaparecer de las sucesivas, por respeto a
los lectores que le poseen, o le han adquirido o conocido con ellas.

Mientras se ventila esta cuestión de derecho y se llega a formar
jurisprudencia sobre el caso, creo yo que no debe estar prohibido en la
propiedad literaria lo que es lícito y hasta recomendable en las
rústicas y urbanas. Ahora, si se me dice que eso de propiedad literaria
es, en España, música celestial, porque los libros son aquí_ primi
capientis, _y todo el mundo, menos su autor, puede hacer de ellos mangas
y capirotes..., ya es otra cosa.

Por de pronto, y aceptando la responsabilidad que me alcance por el
atrevimiento, a mi parecer me agarro..., y lo dicho, dicho_.

J.M. DE PEREDA.

Febrero de 1884.



LOS HOMBRES DE PRO



CAPÍTULO PRIMERO


Docena y media de casucas, algunas de ellas formadas en semicírculo, a
lo cual se llamaba _plaza_, y en el punto más alto de ella una iglesia a
la moda del día, es decir, ruinosa a partes, y a partes arruinada ya,
era lo que componía años hace, y seguirá componiendo probablemente, un
pueblo cuyo nombre no figura en mapa alguno ni debe figurar tampoco en
esta historia.

En el tal pueblo todos los vecinos eran pobres, incluso el señor cura,
que se remendaba sus propios calzones y se aderezaba las cuatro patatas
y pocas más alubias con que se alimentaba cada día.

Los tales pobres eran labradores de oficio, y todos, por consiguiente,
comían el miserable mendrugo cotidiano empapado en el sudor de un
trabajo tan rudo como incesante.

Todos dije, y dije mal: todos menos uno. Este uno se llamaba Simón
Cerojo, que había logrado interesar el corazón de una moza de un pueblo
inmediato, la cual moza le trajo al matrimonio cuatro mil reales de una
herencia que _le cayó_ de repente un año antes de que Simón la
pretendiera.

Era Juana, que así se llamaba la moza, más que regularmente vana por
naturaleza, a la cual debía algunos favores, no muchos en verdad; pero
desde los cuatro mil de la herencia, fué cosa de no podérsela aguantar.
Parecíale gentezuela de poco más o menos toda la que la rodeaba en su
pueblo, y se prometió solemnemente morir soltera si no se presentaba por
allí un pretendiente que, a la cualidad de buen mozo, reuniese un poco
de educación, algo de mundo y cierto _aquel_ a la usanza del día.

Simón Cerojo, que acababa de recibir su licencia de soldado, que sabía
un poco de pluma y había corrido media España con su regimiento, de cuyo
coronel fue asistente cinco años, y era, además, un mocetón fresco y
rollizo, se creyó con todas las condiciones exigidas por la vanidosa
muchacha; y se atrevió a pretenderla, no sin llevar encima, por memorial
y a mayor abundamiento, en su primera visita, un reloj de cinco duros y
alguna de la ropa que, como prenda «de una buena estimación y una fina
amistad», le había regalado su coronel al despedirle. Aceptó Juana la
pretensión de buen grado, y se celebró en su día la boda, con la posible
solemnidad; y como Simón, huérfano de padres años hacía, y sin pizca de
parentela en el mundo, poseía en su pueblo, por herencia, una casuca con
su poco de balcón a la plaza, trasladóse a ella el flamante matrimonio.

Como Simón manejaba la brocha casi tan bien como la pluma y la azuela,
dando un pellizco al caudal de su mujer, blanqueó la fachada principal,
pintó de verde el balcón y las ventanas y una cruz del mismo color sobre
cada hueco; puso por veleta en el tejado, después de retejarle
convenientemente, un guardia civil de madera, apuntando con su fusil
(obra admirable y admirada, que él mismo talló), y arregló el cuarto del
portal, que hasta entonces había estado sirviendo de cubil. Colocó en
él, según lo previamente pactado y convenido con su mujer, un mostrador
y una estantería que improvisó con cuatro tablones viejos, e invirtió el
resto de la herencia en aceite, aguardiente de caña, hormillas, hilo
negro, cordones de justillo y otras baratijas por el estilo.
Distribuyóse todo convenientemente entre el mostrador y la anaquelería;
sentóse Juana detrás del primero, muy grave y emperejilada; colocó Simón
sobre la puerta principal, y mirando a la plaza, un letrero verde en
campo rojo, que decía:

_Abacería de San Quintín_,

en memoria del regimiento en que él había servido, y quedó abierto al
público aquel establecimiento, tan necesario en un pueblo que hasta
entonces había tenido que surtirse en la villa, a dos leguas de
distancia, de los artículos más indispensables.

Por eso se celebró el acontecimiento como uno de los de más
transcendencia, por aquellos sencillos habitantes, y fueron los
tenderos, durante algunos días, el objeto de la admiración de todos sus
convecinos; admiración que recibieron los admirados con toda la dignidad
del caso: Simón, con los brazos remangados hasta el codo, de pie, y con
el índice y el pulgar de cada mano apoyados sobre el mostrador; Juana,
sentada detrás de éste, con el hocico plegado y los párpados muy caídos.
Así al principio; y luego, con bastante más sencillo ceremonial, fueron
los de la tienda recaudando poco a poco las roñosas economías de
aquellos campesinos, a cambio de sus bebidas y chucherías, no cobrando
siempre al contado, pero cuidando, en las _fías_, de sacar hasta los
intereses al vencer los plazos.

Por esta razón, la casa de Simón Cerojo era la única que en el pueblo de
que se trata ofrecía un aspecto bastante risueño..., si bien se nublaba
un tantico los días festivos, por reunirse en ella más gente de la que
dentro cabía, a jugar a las cartas y a beber algo que no se parecía al
agua sino en el color. Mas eran éstas ligeras nubéculas que trataba de
disipar el señor cura con algunas pláticas oportunas desde el altar
mayor, aunque sin conseguirlo; pero que jamás (sea dicho en honor de
aquellas buenas gentes) dieron que hacer cosa alguna al juzgado de
primera instancia.

Ya irá comprendiendo el lector por qué al decir que _todos_ los vecinos
del consabido pueblo comían el pan amasado con el sudor de su rostro,
exceptuamos a Simón Cerojo.

Es de advertir que éste era la persona más notable del pueblo, no
solamente por su condición de comerciante, de hombre de pluma y de
campanudo consejo, sino por estar agarrado a buenas aldabas, o séase por
privar con gente de mucha _soflama_.

En efecto: ya se ha dicho que Simón fué durante cinco años asistente de
su coronel, y que le despidió colmándole de atenciones, y, al decir del
licenciado, de pruebas «de una buena estimación y una fina amistad».
Pues sépase ahora, y es la verdad, que a pesar de haber sido ascendido a
general en menos de dos años, por no sé qué ni cuántos pronunciamientos,
el tal señor coronel no se desdeñaba de responder muy atento a las
cartas en que Simón le enviaba la enhorabuena, ni le escaseaba las
ofertas de hacer algo por él cuando fuese necesario; ofertas que
cumplió en dos ocasiones, en las cuales el ex asistente le puso a
prueba, no muy dura por cierto, en beneficio de dos convecinos suyos que
se creyeron atropellados por la Administración de Hacienda.

--Y ¿cómo Simón--se nos preguntará--estaba al tanto de esos ascensos y
de esas evoluciones de su antiguo jefe, viviendo en aquel humildísimo
rincón?

Para responder a esta pregunta, hay que poner de manifiesto algo que
Simón no mostraba a sus convecinos; y como yo había de denunciárselo al
lector más tarde o más temprano, lo haré en este momento, y eso
tendremos adelantado.

Había en la naturaleza de Simón algo refractario a lo imposible. Para
él, dentro de lo humano, todos los hombres eran capaces de todo; y si
cuando le tocó la suerte de soldado alguien le hubiera dicho en broma
«adiós, mi general», él, encogiéndose de hombros, de seguro habría
contestado muy serio para sus adentros: «¿Quién sabe?...»

No por esto le asustó su condición de soldado raso mientras sirvió de
asistente a su coronel. El cómo y el cuándo no preocupaban a Simón gran
cosa. Gustábale mucho viajar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad;
y viendo aquí y escuchando allá, fue familiarizándose con ciertas cosas
y acontecimientos, pero sin enamorarse de ellos. De este modo, al tomar
su licencia en Madrid, salió hacia su pueblo sin penas ni alegrías; y al
mirar a la corte desde lejos, envióle una despedida que tanto podía
significar «adiós para siempre», como «hasta la vista».

Sentía, sin embargo, dentro de sí mismo, aunque muy poco pronunciada,
una afición especial: la política; y el temor de perderla de vista, era
lo único que le hacía poco placentero el recuerdo de su pueblo. No
necesito decir que la política que amaba Simón era la callejera, la
política de las noticias. Esta le embelesaba tanto, que haciendo una
calaverada, como él decía, invirtió una parte de la rumbosa
gratificación que le hizo el coronel al despedirle en la suscripción a
un periódico noticiero y baratito, que no le faltó un solo día después
de llegar a su casa. He aquí por qué estaba al tanto de los ascensos de
su coronel.

Era Simón de voz sonora, reposado en el hablar, de palabra rebuscada y
frase difícil; pobre de imaginación, por ende, y no muy sutil de
entendimiento; muy aficionado a perorar, y liberal de conveniencia, si
es que tenía alguna opinión política. Y digo de conveniencia, porque en
sus expansiones con el coronel solía decirle: «Me gustan los liberales
porque con ellos hablan todos y de todo cuanto les da la gana. No estoy
yo, como _los otros_, porque sólo hablen de ciertas cosas los que lo
entienden.»

Instalado Simón en su pueblo, como sabemos, se guardó muy bien de
ocuparse en otra cosa que en su familia y su negocio. Pero ¿le tomó
tanto cariño a este último, que estuviese resuelto a seguir explotándole
mientras a ello se prestase? No por cierto. Antes al contrario: a medida
que se iba haciendo independiente, iba mirando con menos apego los
reducidos horizontes de la aldea.

No se acentuaba en él una ambición determinada, quizás porque se creía
capaz de todo, en teniendo alas con que volar. Pero todavía no le
atormentaba la prisa; y esto podía consistir en que tenía que ocuparse
en refrenar la que devoraba incesantemente a su mujer, que volaba en
ambiciones mucho más alto que él. Simón, cuando menos, tenía la
habilidad o el privilegio ingénito de saber disimular. Juana, por el
contrario, se había hecho insufrible. _Despachaba_ detrás del mostrador
con más humos que un ministro en su poltrona, recibiendo a sus
parroquianos con un hocico y unos dengues como una señorona de horca y
cuchillo. Indignábale la osadía de los muchachos que, a veces y por
curiosear, asomaban la cabeza dentro del establecimiento, y prohibía
severamente a su hija, niña de tres años, jugar con sus conocidas, por
no haber entre ellas ninguna de su _parigual_.

Un día dijo a su marido, que estaba meditabundo, sentado junto a ella
detrás del mostrador:

--Simón, la verdad es que esto se va poniendo cada vez más inaguantable.

--¿Eh?--respondió Simón, un tanto azorado, como si le hubieran
descubierto un secreto.

--Quiero decir que tú y yo estamos siendo los _cerineos_ de todo el
pueblo, y que el oficio no tiene nada de divertido.

--Pues no te entiendo, Juana--repuso Simón, disimulando el placer con
que entraba a discutir aquel punto.

--Digo que esta casa es el paño de lágrimas de toda esa _gentuza_. Que
un vecino no tiene que comer; pues aquí a empeñar la manta o el jergón.
Que otro necesita un par de pesetas; aquí a vender el grano. Que otro
quiere un empeño para _allá arriba_; aquí a buscar la carta tuya. Que a
una le pega el marido una paliza; aquí al vuelo a llorar la lástima. Que
me echo yo un refajo nuevo; aquí en seguida a saber lo que me costó, y
en qué tienda de la villa le compré.... Que el medio cuarterón de
aceite, que los dos cuartos de hilo, que la moneda roñosa, que la fía....
Vamos, Simón, que esto es un laberiento que acaba conmigo.

--¿Y nada más?--díjola Simón con mucha flema.

--¿Y te parece poco?

--Pues ven acá, mal pecao, y dime: sin ese cuarterón de aceite, y esos
dos cuartos de hilo, y ese grano comprado a lance, y el empeño de la
manta, y el servir a todo el que se presenta, si se puede y vale la
pena, ¿qué sería de nuestros intereses? Acuérdate que cuando nos
establecimos, apenas había en casa cuatro mil reales mal contados. ¿Te
dejarías hoy ahorcar por treinta mil?

--Cierto es eso, Simón, y no me quejo yo de la fortuna.

--Pues ¿de qué te quejas entonces?

--Quiero decirte que sin tanto trabajo como el que aquí tenemos,
podíamos hacer más..., pinto el caso, en otra parte.

--¡Conque en otra parte!... Y ¿cómo? ¿Se te figura a ti que estos cuatro
cachivaches que uno tiene en casa van a producir más en otro lado, donde
haya que pagar la tienda y hasta el agua que uno beba?

--Claro que no. Pero decía yo que si con esto que ya tenemos y, pinto el
caso, un estanco que te sacara el general... en la villa....

--Aguárdate un poco--dijo Simón, fascinado de repente con la indicación
de su mujer--. No había dado yo en lo del estanco.

--Y de este modo--continuó Juana, explotando aquella favorable actitud
de su marido--podríamos enseñar algo a la niña para el día de mañana, si
la suerte quiere favorecerla con un buen acomodo.... Porque aquí, ya
ves tú que nada bueno puede aprender.

--¡Que estamos conformes, mujer!... Pero....

Y Simón se rascaba la cabeza y fruncía la boca.

En esto entró el señor cura, venerable viejecito, a comprar dos cuartos
de hilo negro para recoserse la sotana.

--Más a tiempo no podía usted llegar, señor don Justo--le dijo Simón.

--Pues ¿que ocurre?--preguntó el cura.

--Algo muy serio para nosotros--respondió Simón ingenuamente.

--Que no le importa un rábano a nadie de fuera de esta casa--saltó Juana
con acento brusco, temiendo que la intrusión de un tercero pudiera
torcer la marcha de aquel asunto que tan a su gusto caminaba.

--Pues quedaos con Dios--dijo el señor cura, que ya conocía el humor de
Juana, disponiéndose a salir de la tienda.

--Poco a poco, señor don Justo, y usted perdone--dijo Simón
deteniéndole--, que para estas ocasiones son los consejos de los hombres
de saber.

--Pues aconséjate de tu mujer--repuso el cura--, que parece no necesitar
consejos de nadie.

--Mi mujer, que quiera que no, tomará el que usted le dé--añadió Simón
mirando con firmeza a Juana.

Hizo ésta un gesto de desagrado, y continuó su marido:

--Es el caso, señor cura, que quisiéramos trasladarnos a la villa con la
tienda y algo más que pudiéramos añadirla.

--Si ese es vuestro gusto--dijo el cura,--¿quién os lo ha de impedir?

--No se trata de eso, sino del temor que yo tengo de que cambiemos, como
el topo, y usted perdone la comparanza, los ojos por el rabo.

--Pues si temes eso, ¿por qué te quieres mover de aquí?

--Es que, por otra parte, parece que nos conviene ir a la villa.

--Pues entonces id benditos de Dios.

--No me explico bien, señor don Justo.

--Pues explícate mejor.

--Voy a hacerlo sin rodeos. A usted ¿qué le parece? ¿Nos conviene o no
nos conviene salir de aquí?

--Antes de responder a esa pregunta, necesito que tú me respondas a
otra.

--A cuantas usted quiera, señor cura.

--Pregunto, pues: ¿es sólo el deseo de acrecentar vuestras ganancias,
extendiendo el comercio y la parroquia, lo que os mueve a abandonar este
pacífico rincón, o hay en vosotros alguna otra ambición de distinto
género?

Al sentir esta estocada al pecho, Simón miró a Juana, Juana miró a
Simón; y el señor cura, mirando al uno y a la otra, adivinó lo que, al
cabo de un rato y después de sonreír y vacilar mucho, contestó Simón en
estas palabras:

--Ya veo, don Justo, que para usted no hay secretos ni disculpas. La
verdad es que tenemos una niña que no puede educarse aquí como nosotros
quisiéramos. Por otra parte, Juana, como no ha nacido en este pueblo, no
le tiene gran ley que digamos.... Además de que también yo tengo acá en
mis adentros cierto escarabajeo que... en fin, señor cura, ya sabe
usted que la paloma no vuela a su gusto en el palomar.

--No te hacía yo pájaro de tan alto vuelo, Simón--dijo don Justo con
sorna.

--Es un decir, señor cura--añadió Simón algo confuso--. Por lo demás,
esto es todo lo que tenía que decirle a usted. Conque hágame el favor de
darme su parecer sin reparos ni miramientos.

--Pues sin miramientos ni reparos voy a dártele desde el fondo de mi
corazón, en vista de lo que me dices..., y de lo que te callas, y,
sobre todo, de que me le pides:

Lleváis aquí cuatro o cinco años de establecidos, y en ese tiempo habéis
hecho una fortuna que os permite ser las personas más independientes del
pueblo. Todos en él os necesitan, casi todos os respetan y muchos os
envidian. Dejar esto, que es seguro y positivo, por la esperanza
ilusoria de otra cosa mejor, téngolo por verdadera temeridad a más de
insigne ingratitud. Dados vuestros antecedentes, vuestra procedencia,
vuestra educación, concededme, y no os ofendáis por ello, que lo
probable, lo racional, lo seguro, es que no hagáis en parte alguna papel
más alto y más airoso que el que hacéis aquí. Y en cuanto a la educación
de vuestra hija..., ¿qué he de deciros? Yo tengo para mí que el mejor
colegio para una niña es una buena madre; especialmente cuando la niña,
como la vuestra, se ha envuelto en toscos pañales y no conoce otras
grandezas que las que Dios ha impreso en sus obras. Tal es mi parecer,
en substancia; y si aún os resulta largo, os le condensaré en dos
axiomas, que no por ser vulgarísimos, dejan de ser muy dignos de que
meditéis sobre ellos:

_La piedra movediza no cría moho.

Más vale ser cabeza de ratón que cola de león_.

Pensativo dejó al matrimonio el desengañado parecer de don Justo; pero
todavía se atrevió Simón a hacer este pequeño reparo:

--En todo caso, señor cura, siempre nos quedará el recurso, si nos pinta
mal fuera de esta casa, de volvernos a ella con los trastos.

--¡Por supuesto!--dijo con ironía don Justo--. Al salir de aquí dejáis a
la fortuna clavada detrás de la puerta, hasta que volváis a decirla que
os ampare. ¡Como si no hubiera otros que se aprovecharán de ella en
cuanto vosotros la abandonéis! ¡Inocentes!

Volvió a mirar Simón a su mujer, como preguntándola: «¿qué te parece de
esto?»; pero con tal mirada y tal semblante le contestó Juana, que, no
pudiendo aquél resistirla sereno, volvió sus ojos al señor cura, y le
dijo por decir algo:

--Lo pensaremos, señor don Justo.

--Y haréis bien--replicó éste.

Y como había leído muy claro en la última mirada de Juana a su marido,
comprendiendo que estaba allí de más, concluyó con estas palabras:

--Conque, hijos míos: dicho lo dicho, me largo a mis quehaceres; pero
conste que no me he mezclado en vuestros asuntos hasta que lo habéis
solicitado, y no dudéis que aquí o dondequiera que la fortuna os
coloque, no han de faltaros mis pobres oraciones ni mis deseos de que
Dios, autor y dispensador de toda felicidad, os la dé tan cumplida como
duradera.

--¡Amén!--dijo Juana en un arranque de despecho, mientras salía de la
tienda el santo varón.

Simón se quedó pensativo.

Iba, de fijo, a promoverse un altercado entre la mujer, que estaba
dominada por el demonio de la impaciencia, y el marido, que no lo
estaba tanto, cuando entró la niña llorando en la tienda.

--¿Qué tienes, hija del alma?--le preguntó Juana entre iracunda y
alarmada.

--Te me peló... Titina... la del Toco.... Hi, hiiii...

--¿Que te pegó Cristina la del Cojo, hija mía?--dijo Juana, único
intérprete capaz de traducir al castellano aquellas palabras, dichas por
la media lengua de la inocente--. ¿Y por qué te pego, ángel de Dios?

--Hi... hiii.... Polque telía tugal tomigo, y yo..., hi, hiii..., no
telía tugal ton ella, y... y... y la llamé piojosa.

--¡Hiciste bien en llamárselo, hija mía! ¿Quién es ella para ponerse a
jugar contigo?--exclamó, en un sincero arranque de soberbia, la mujer de
Simón--. Y si después de esto no saca tu padre al suyo los ojos, o el
dinero que le debe, te digo que no tendrá sangre ni vergüenza.
¡Miserables! ¡Tras de que si no fuera por uno, se morirían de hambre!...
¡Y todavía hemos de andar aquí en contemplaciones, pedriques y
gazmoñerías, para hacer lo que nos dé la gana de nuestra hacienda! |Ah,
si yo tuviera los calzones!...

Disponíase a responder Simón a Juana desde la puerta, contra la cual
estaba recostado, mirando a la calle, cuando salió botando, de hacia la
cocina, un perrazo de áspero y sucio pelaje, con una morcilla chorreando
caldo entre los dientes. Iba a enfilar la puerta como una exhalación;
pero viéndola ocupada por _el amo_, saltó sobre el mostrador, sin duda
para que le sirviera de trampolín; y derribando y haciendo añicos media
docena de vasos y una botella, cruzó el espacio como un cohete; pasó,
sin tocar, sobre la cabeza de Simón; cayó en la calle, sin soltar la
morcilla, por supuesto, y desapareció en la calleja inmediata.

--¡El perro del sacristán!--gritó Simón al verle, disponiéndose a coger
una tranca.

Pero todo fue inútil: la aparición del animal, el desastre del
mostrador, el salto sobre Simón y el desaparecer en la plaza, fué obra
de un solo instante.

Juana alcanzaba el cielo con las manos al contemplar los destrozos
causados por el perro ladrón.

--¡Y esto es de todos los días!--gritaba fuera de sí.

--Yo te aseguro--gruñía Simón--que he de hacer pagar caro a su amo este
estropicio.

--¡Sí!--decía Juana--; como la media libra de tocino que te robó de
entre las manos el otro día ese mismo demonio de animal! ¡Como el pollo
que me sacó de la tartera antes de ayer el gato del enterrador! ¡Como el
grano que se zamparon ayer en el desván las gallinas del vecino! ¡Como
tantas otras cosas que se nos van por arte del demonio!

Y como todo lo convertía al punto en substancia aquella impetuosa mujer:

--¡Cuando te digo--concluyó--que no se puede vivir en este pueblo!, ¡que
nos han de dejar en él sin camisa y sin salud!

--La verdad es--refunfuñó Simón--que se le acaba a uno la paciencia para
bregar con esta gente.

--Eso te estoy predicando yo todos los días, y no me haces maldito el
caso.

--Más de lo que a ti se te figura.

--Poco se te conoce.

--Porque me gusta más hablar a tiempo que hablar mucho.

--Pues ¿a qué esperas, alma de hielo?

--A que me saque el general el estanco en la villa, que voy a pedirle
hoy mismo.

--¡Acabaras, con dos mil demonios!--exclamó Juana en un desahogo de
insensata alegría.

--Las cosas, mujer, han de seguir su marcha natural--dijo Simón con
acento solemne y reposado, como si hubiera consignado una gran
sentencia--. Te aseguro--añadió en tono aún más campanudo--que _esto del
perro me ha llegado al alma_, y que me pesa en ella mucho más que las
palabras del señor cura.

No hay que reírse de esta ocurrencia de Simón, que a razones de igual
peso suelen agarrarse ciertas pasiones para triunfar del corazón humano
cuando éste desea ser vencido.

       *       *       *       *       *

Algunos días después vió el vecindario dos carros _enrabados_ a la
puerta de la abacería; luego vió cargar en uno de ellos las aceiteras,
los barriles, los cacharros, las chucherías de la tienda, ¡hasta los
estantes y el mostrador!; vió en seguida cómo en el otro carro se
colocaron los colchones, las camas desarmadas, la batería de cocina...,
todo el ajuar de la casa de Simón; cómo se acomodaron en un hueco dejado
al efecto sobre los colchones, Juana y su niña, después de haberse
restregado la primera los zapatos contra el suelo repetidísimas veces,
mirando al mismo tiempo a todas partes, cual si quisiera, con alarde tan
necio, dar a entender que hasta el polvo de aquel suelo la ofendía; vió
la gente también cómo, después de sacar hasta la escoba, cerró Simón la
puerta y se guardó la llave en el bolsillo, y luego ponerse en
movimiento los carros, a los cuales seguía Simón, saludando con gravedad
a cuantas personas le despedían desde lejos con un movimiento de cabeza;
no vió una sola vez asomar la de Juana fuera del toldo bajo el cual iba;
y vió, por último, que los dos carros y Simón, que marchaba siempre
junto a ellos, después de atravesar la plaza, tomaron el camino de la
villa y desaparecieron en él.



CAPÍTULO II


Esta villa era como todas o la mayor parte de las villas de España: un
mal remedo de ciudad, sin dejar de ser aldea; o mejor, todo lo malo de
la aldea y de la ciudad, sin tener nada de lo bueno de ellas. No tenía
de la aldea la holgura, ni la independencia, ni el horizonte, ni el aire
puro, ni el sol esplendoroso, ni los aromas, ni el plácido aislamiento;
pero sí sus miserias, sus _vecindades_, su escasez de recursos, su
soledad, su desamparo, su pequeñez. No tenía de la ciudad los
monumentos, los espectáculos, la policía, la provisión de todo, la
cultura, las comodidades; pero sí sus etiquetas, sus necesidades, sus
estrecheces, su esclavitud, sus pestilencias. Regía allí la ley de
razas, si no por colores, por posiciones o categorías, y se guardaban
las distancias hasta en la casa de Dios, único punto de la tierra en que
es un hecho la decantada igualdad social, menos cuando se trata de esos
ridículos términos medios entre la confusión de las grandes poblaciones
y la tranquila sencillez de la vida campestre.

Remedo de aquella presuntuosa sociedad era el pueblo mismo. Lleno de
tiendas de gran fachada, no se vendía en ellas lo más indispensable para
la vida que allí hacía la gente encopetada; gruñían y se revolcaban los
cerdos en las calles mal empedradas; pastaban las aves de corral en las
grietas de las aceras y en los rincones de la plaza, y en el campo
inmediato, mitad jardín y huerta, mitad de labranza, ni esponjaban las
flores, ni maduraba la fruta, ni el trigo espigaba, ni el heno crecía.

Por todo este conjunto desentonado y angustioso, habían trocado Simón y
Juana su pintada casita de aldea, sus hermosos horizontes y sus floridos
linderos, cuatro años antes del momento en que el lector y yo entramos
en la villa de que se trata.

Corría el mes de mayo a la sazón, y el follaje, los pájaros, las flores
y el céfiro que los columpiaba, llenaban toda la campiña. De todos estos
primores de la naturaleza, sólo alcanzaba a la villa tal cual penacho de
mortecinas flores, que algunos frutales raquíticos dejaban ver sobre los
mohosos lomos de esta y de la otra tapia, aun en las calles más
céntricas, como anuncio burlesco de una fruta que no había de llegar a
la madurez.

Tenía aquel pueblo también, como todos los pueblos, como todos los
hombres, su especialidad, su fatalidad invencible, su _anankée_
insuperable, como diría Víctor Hugo. Este _anankée_ era un regato, el
cual regato nacía en un cerro vecino; y dejando morirse de sed durante
el verano a la pobre campiña que atravesaba, tenía la desvergüenza de
inundar varias veces cada invierno, y merced a las aguas que le
prestaban las lluvias y las destilaciones del cerro, la parte más baja
de la villa a cuya proximidad pasaba.--Aquel regato, los desmanes de
aquel regato, el partido que podía sacarse de aquel regato encauzado
convenientemente, eran la pesadilla y el tema sempiterno de todos los
municipios de la villa y de sus más reposadas deliberaciones.

La cuestión del regato reaparecía nueva y palpitante de interés entre el
vecindario a cada Congreso que se constituía en Madrid, a cada municipio
que se elegía en la villa, a cada gobernador que se cambiaba en la
capital de la provincia. Y dicho queda con esto que la tal cuestión
apenas se olvidaba un punto.

¡Y era de oír cómo se hablaba entre aquellas gentes de _canalizar_, de
_fecundizar_, de _obras de fábrica_, del _curso del río_, de
_empalizadas, murallones y_ otras magnitudes por el estilo, ni más ni
menos que si trataran de dar nuevo cauce al _Amazonas_, o de poner un
dique a los furores del Atlántico, cuando, en rigor, todo estaba
reducido a retorcer el cauce del regato, junto a la villa, en un
trayecto de cuarenta varas, de dos de anchura por otras tantas de
profundidad!

Esta era la necesidad más apremiante; y era otra, bastante urgente, la
de abrir algunos canales de riego, por los cuales se distribuyera
convenientemente el caudal del arroyo en invierno, a fin de que empapase
toda la campiña por igual, de modo que en verano conservara alguna
frescura, ya que en tan calorosa estación todo canal era inútil, puesto
que se secaba el regato hasta su origen, y no corrían por su cauce otras
cosas que las nubes de polvo que levantaba el viento, las lagartijas y
las cucarachas.

Cabalmente el día en que nosotros entramos en la villa con esta
narración, había en las Casas Consistoriales reunión de contribuyentes
para tratar de este perdurable asunto, con motivo de haber ido a las
Cortes un diputado natural de un pueblo inmediato, al cual representante
iba a encomendarse la tarea, no floja, de conseguir del Gobierno la
protección tantas veces intentada en vano por el vecindario de la villa.

Estaba el salón de bote en bote, como decirse suele; pero figurando en
los bancos de preferencia, inmediatos a la comisión, el _se__ñorío_, o
sea la gente de levita, aunque allí la gastaban casi todos.

Abierta la sesión, y después de leída la exposición de razones que se
elevaba a la consideración del Gobierno, dijo el presidente:

--Creo, señores, que en esto todos estaremos conformes. Que las crecidas
del río perjudican a la población, y que el canalizarle aprovecharía a
la campiña no puede negarlo nadie.

--Conformes--dijeron todos.

--Medios que se proponen para llevar a cabo esta empresa--continuó el
presidente--: Que pague el Gobierno la mitad de los gastos calculados, y
la otra mitad el pueblo.

--Conformes--contestó la concurrencia.

--Recursos con que cuenta el pueblo para pagar su parte, y cuya
aprobación solicita--añadió el presidente hojeando la instancia en
borrador, que estaba sobre la mesa--. Primero: la demolición de la
capilla de San Roque que se halla a la vera del río... Señores--dijo
volviéndose al auditorio, en ademán resuelto--: La comisión ha tenido
presente, al hacer esta proposición, la proximidad de la capilla al
sitio en que ha de abrirse el nuevo cauce; los sillares y la madera que
puede darnos para la obra de fábrica que está indicada allí mismo, y el
dinero que han de valernos los ornamentos y las esculturas, sacados
oportunamente a remate. Se me dirá por algunos que en esa capilla se
dice la primera misa en los días festivos, por lo cual es, hasta cierto
punto, una necesidad para el vecindario la conservación de ese pequeño
templo; pero, señores, lo cierto es también que esa necesidad es
puramente moral, al paso que la otra se toca y se palpa, y afecta a la
hacienda y hasta a la vida de muchos de nosotros; de nosotros, señores,
que somos muy liberales.... Digo, por tales os tengo... (_Voces
estrepitosas: ¡Sí, sí_!) Pues bueno: si, como liberales que somos, no
nos pagamos de ciertas preocupaciones añejas... (_Voces: ¡No, no_!), ¿a
qué desechar ese recurso, cuando con él podemos remediar en gran parte
la calamidad que nos aflige cuatro, cinco y seis veces cada invierno, y,
en sentido inverso, todo el verano? (_Muchas voces: ¡Abajo la capilla de
San Roque! ¡Abajo los curas_!) ¡No tanto, señores, no tanto!; con la
capilla hay bastante _por ahora_. (_Bravos frenéticos en la sala_.)
Ábrese discusión sobre este asunto.

Momentos de silencio, durante los cuales pudo creerse que todos estaban
conformes con la opinión del presidente, o que nadie se atrevía a
manifestar otra distinta.

Creyendo lo primero, iba a dar la comisión por aprobada la base, cuando
se levantó un pobre cura, viejo ya, y achacoso como viejo, que había
obtenido voz, pero no voto, en el salón, por una especial merced de los
congregados, a protestar contra las palabras del presidente. Demostró,
en voz cascada y lenta, pero impávido, primero: que era una superchería
lo de que la demolición de la capilla pudiese proporcionar los recursos
a que se refería el presidente; que no había en el edificio más sillares
que los pequeñísimos y carcomidos de la puerta; que los ornamentos no
valdrían, en subasta, dos pesetas, y que no llegarían a treinta reales
las esculturas del pobrísimo y desmantelado altar. Esto lo demostró como
dos y dos son cuatro. Segundo: que aun en el caso de ser ciertos los
risueños cálculos del presidente, la fe de un pueblo católico, las
santas tradiciones, las exigencias del culto divino, el respeto al
derecho de los demás y a la ley común, exigían que no se procediese tan
de ligero en un asunto tan grave, siquiera porque no se dijese por algún
malicioso que se obedecía a un _resabio de partido_ más bien que al
rigor de una apremiante necesidad.

Todo lo cual valió al pobre sacerdote una tempestad de murmullos, entre
los cuales tuvo que sentarse, abandonando en seguida el salón, por no
autorizar con su presencia la discusión de un punto para él
indiscutible.

Por segunda vez iba a darse por terminado el asunto, cuando pidió la
palabra un hombre joven, rechoncho, de escasa frente, pero de mucha
cara, abultado de pecho, ancho de espaldas, muy atusado de pelo y crespo
de bigote, grueso de manos y amanerado en el vestir. Aquel hombre era
Simón Cerojo, que tenía ya toda la gordura y todo el lustre, y aun todo
el traje, propios de un tratante en _caldos_ que va en próspera fortuna,
pero que no ha llegado todavía a la mitad de su carrera.

--Señores--dijo Simón, después de carraspear mucho y de atusarse el pelo
no poco--: Yo, el más incompetente y el más... y el más ineto (_Risas
hacia los bancos de la comisión_), y el más ineto, digo, de los
presentes que aquí estamos, me levanto a terciar en este debate, ya que
nadie ha querido hacerlo después que usó de la palabra el dino señor
cura. (_Risas y jujeos a su lado_.) Sí, señores, dinísimo... (_Risas
generales_.) ¡Dinísimo digo, y circunspecto añado! (_Carcajadas_.) Pero
voy al caso. Dice el señor presidente que el interés moral no es quién
contra el interés material y del momento. No diré que no tenga razón el
señor presidente; pero tampoco diré que la tenga. (_Más jujeos_.) Me
explicaré, señores; que, por lo visto, aquí todos son eruditos y saben
latinidades. (_Risas de levita y aplausos de chaquetón_) Que es
respetable la necesidad de echar el río por otra parte, y respetable la
cantidad que valga la ermita después de derribada, y respetables los
materiales que proporcione para la obra: concedido. Pero se dice: «No es
respetable el interés moral.» Yo no diré que lo sea; ¡pero las
aparencias tan siquiera, señores; las aparencias! (_Risotadas acá y
allá_.)

Reirvos lo que queráis, si eso vos engorda, que yo por ello no he de ser
ni menos contingente... (_Asombro_), ni menos liberal. (_Sensación_.)
Decía, señores, que debemos salvar las aparencias, ya que no pueda
salvarse la ermita de San Roque. Yo soy cristiano, tan cristiano como el
que más... _Rumores_. Sí, señores, tan cristiano como el que más; pero
más liberal que el primero que se presente. (_Estrepitosos aplausos_.) Y
claro está que mi concencia no se asusta porque haiga una iglesia más o
menos...; ¡porque yo no soy de esos fariseos que especulan con la
religión!... Frenéticos aplausos, ¡ni tampoco de esos otros que no
quieren nada con ella! (_Rumores_.) Me gusta vivir bien y ser tolerante
con todos. Por eso soy buen cristiano... (_Murmullos_), ¡buen
católico!... (_Risas_) ¡y buen liberal! (_Aplausos. El orador se limpia
la cara con el pañuelo, y pide un vaso de agua con anisete, que no le
sirven_.) Repito que si el derribo de la capilla es tan necesario como
se dice, que se lleve a efecto; pero que no se desoigan las palabras del
señor cura, que, al cabo, todavía hay muchas almas que le escuchan.
¿Cómo yo había de oponerme a ningún proyecto de interés general? Que
caiga la ermita, si está de Dios que ha de caer; pero que caiga con el
respeto debido a los que se oponen a ello. Esto es lo que quería yo
decir..., porque yo soy muy contingente, muy tolerante y muy liberal.
He dicho. _(Aplausos, risotadas y murmullos. El orador recibe las
felicitaciones de algunos colegas; vuelve a limpiarse el sudor con el
pañuelo, y escupe pegajoso varias veces en medio de la sala.)_

No habiendo quien quisiera ilustrar más el asunto, púsose a votación, y
fué aceptado casi por unanimidad lo propuesto por la comisión.

Y continuó el presidente:

--Segundo medio de arbitrar recursos: «Se autoriza al municipio para
imponer a los artículos de _beber_ y _arder_ un recargo de seis por
ciento.»

--Eso no, ¡voto al demonio!--dijo Simón Cerojo, poniéndose de pie sobre
el banco y echando espumarajos de ira por la boca, contra su mesura, su
tolerancia y su _contingencia_ acostumbradas.

--¡Lo mismo digo!--gritaron otras muchas voces alrededor de Simón--.
¡Fuera ese artículo! ¡Abajo la comisión!

--¡Orden!--gritaba el presidente dando bastonazos sobre la mesa.

--¡Afuera _la canalla_!--vociferaban los señores propietarios,
encarándose con la masa tabernera.

--¡Abajo los tiranos!--gritaban algunos _caldistas_ desde lo último de
la sala--. ¡Viva el pueblo que trabaja!

--¡Viva el duque de la Victoria!--gritó un zapatero.

--¡Orrrden!

--¡Abajo los de arriba!

--¡A la calle los de abajo!

--¡Orrrrrdeeennn!

Y nadie se entiende allí, porque todos gritan y se revuelven y manotean,
armándose un tumulto tan espantoso, que me río yo de los que se
promueven cada día en el «templo de nuestra Representación nacional».

Al cabo de media hora, y sin duda por cansancio, se calma la tempestad.

--Es digno de observación, señores--dijo entonces el presidente--, lo
que acaba de pasar aquí. Un hombre que, según él mismo nos ha dicho, es
todo _tolerancia_, todo _moderación_ y todo _contingencia_ (_Risas_), es
cabalmente quien ha amotinado el salón en cuanto ha visto que se tocaba
al pelo, no más, de sus intereses particularísimos. _(Simón Cerojo pide
la palabra para una alusión personal.)_ ¡Así es, señores, el patriotismo
de algunos hombres! Y no digo más.

--Señores diput..., digo circunstantes: cumple a mi hombría de bien, a
mi lealtad y a mi... contingencia (_Risas_) dejar bien claro este
punto. Yo no me he rebelado contra la base que se ha leído sólo por lo
que toca a mis intereses, sino por lo que no toca a los de los demás.
(_Murmullos_) Me explicaré. Se trata de hacer una obra que beneficie
los terrenos que hoy cruza el río, y se propone que la paguemos, en su
mayor parte, los que tratamos en artículos de beber y arder...,
precisamente los que no tenemos media libra de tierra en la campiña.
Contra esto me rebelo, porque no es justo. Pero tampoco es nuevo en este
pueblo ese modo de proceder, y por lo mismo que no es nuevo, y ya estoy
cansado de arrimar el hombro para que otros suban a lo alto, es por lo
que me rebelo con más empeño. _(Aplausos hacia abajo. Murmullos hacia
arriba.)_ Yo soy muy liberal, pero no consiento que nadie me pise y me
atropelle; y también muy tolerante, pero no a costa de mis intereses,
que son el pan, y el sustento, y la... contingencia intelectual...
(_Jujeos_) de mi familia. Yo pagaré la parte que me corresponda para
echar el río por otro lado, de modo que no toque a la villa, que al
cabo, y bien sabe Dios por qué, en ella vivo; pero el que quiera buenas
tierras y bien regadas, que lo sude de su bolsillo. _(Aplausos entre los
caldistas.)_

--El señor Cerojo--dijo con retintín un personaje muy soplado de la
sección de propietarios--, y los demás taberneros que le rodean, no son
muy partidarios de que se aleje el río, o mejor dicho, el agua que
lleva, de sus establecimientos. No me extraña.

--Oiga usté, sió pendón--respondió un caldista, asaz mugriento y
desengañado--, ¿piensa usté que, aunque pobres, vivimos aquí de estafar
a inocentes, como hace algún señorón que yo me sé?

--¡Al orden, señores!--gritó el presidente deseando torcer el sesgo
peligroso que tomaba el debate.

--Yo no sé cómo piensan en esto mis _cólegas_--objetó Simón, afectando
desdén hacia las palabras del propietario--; pero sé cómo pienso yo, y
por eso he dicho lo que dije; y ahora añado que siempre somos la carne
de pescuezo en este pueblo, los pobres artistas; que lo bueno, lo cómodo
y lo de lustre, allá se lo reparten los manates. Entonces no se cuenta
con nosotros ni para un triste saludo de cortesía, porque lo tienen a
menos; pero cuando se trata de sacar dinero... (_Protestas de arriba_),
se nos busca y se nos mima. (_Aplausos abajo_.) Y esto es insufrible,
inominioso para nosotros; y yo reniego ya hasta del día en que puse los
pies en la geografía de este pueblo.

--¡Señor Cerojo, señor Cerojo!--gritó el presidente sin poderse contener
por más tiempo--, esas palabras son indignas de este sitio y de esta
concurrencia, y yo espero que usted las retirará espontáneamente.

--Yo no tengo nada que retirar más que a mi persona, que voy a
retirarla de aquí ahora mismo.

--No será sin que antes le demuestre yo, con una prueba sencillísima,
todo lo importuno que ha sido su enojo, todo lo inconveniente que ha
sido su conducta, ya que no se lo ha dado a entender la muy diferente y
digna que han observado otros señores comerciantes que se hallan aquí
presentes.

--Es que a esos señores no se les ha pedido nada.

--Eso es lo que usted no sabe.... ¡Señores, para que se comprenda toda
la intemperancia del señor Cerojo y sus amigos, baste saber que de la
base que tanto le ha sulfurado, no se ha leído más que la mitad!
(_Atención general_.) La otra mitad dice así: «... y otro recargo de
tres por ciento sobre la clavazón y quincalla (_Protestas de los
quincalleros_), paños del reino.... (_Enérgicos rumores entre los
pañeros_), y otros artículos de vestir y calzar.» (_Alaridos en varias
partes del salón_.)

--¡Ahora no soy yo el intemperante, señor presidente!--vociferó Simón,
dominando con dificultad el tumulto que empezaba a reinar en la sala.

--¡Orrrdeeen, señores!--gritó el presidente.

--¡Justicia era mejor!--le contestaron muchas voces.

--¡Catalana hay que hacerla en este pueblo!--añadieron otras.

--¡Orrrrdeeeen!

--¡Afuera esa _gentuza_!--gritaron otra vez los propietarios.

--¡Abajo la comisión!

--¡Y los que quieran engordar a la sombra de ella!

--¡Vivan los pobres honrados!

--¡Viva el duque de la Victoria!--volvió a gritar el zapatero.

--¡Orrrdeeen!

--¡Canalla!

--¡Ladrones!

Y se repite el tumulto, y la cosa se pone seria, y los prudentes
desaparecen, y el presidente, enronquecido ya, sube sobre la mesa y
logra hacerse oír breves momentos.

--Señores--dice--: Por la centésima vez en mi vida presencio este
espectáculo, hijo de la misma causa que hoy le ha promovido. Esto me
demuestra que los habitantes de este pueblo estamos condenados a sufrir
cobardemente, y por los siglos de los siglos, los desafueros de ese mal
regato. La comisión, al comprenderlo así también, hace respetuosa
renuncia de su cargo y levanta la sesión.

Silbidos, denuestos, un estrépito espantoso y alguna que otra bofetada,
fueron el resultado inmediato de esta arenga, y el término de aquella
reunión.



CAPÍTULO III


Mientras tales cosas pasaban en las Casas Consistoriales, ocurrían otras
de bien distinta naturaleza junto al mismo regato de que se ha tratado,
a la escasa sombra que proyectaba el aún no bien formado follaje de dos
cortas hileras de chopos, a las cuales se llamaba en la villa la
_Alameda grande_.

Como el día era de trabajo y la hora la menos a propósito para el
descanso, eran dueñas absolutas de todo el paseo, para correr por él sin
estorbos ni tropiezos, hasta media docena de niñas, de nueve años la más
esponjada; todas risueñas, todas ágiles, todas hechiceras, como son
todas las niñas a esa edad, cuando no están cohibidas por la opresión
del vestido de gala o de las botitas recién estrenadas.

Tras aquellas niñas tan alegres, que corrían y gritaban sin cesar un
punto, no corría, sino andaba a lentos pasos, mustia y como recelosa,
otra niña no menos agraciada y no más entrada en años que ellas. Había,
sin embargo, notables diferencias entre una y otras. De éstas, las que
no eran rubias eran muy blancas; aquélla era morena. Las que corrían
eran ágiles como cabritillas, y al correr parecía que no tocaban el
suelo con sus diminutos pies; la que las seguía con la vista, era de
formas más abultadas y de movimientos menos suaves y graciosos; y aunque
vestía lo mismo que ellas en forma y calidad, en la combinación de los
colores y en _el aire_ de su vestido había algo que no era del mejor
gusto. Indudablemente aquella niña no pertenecía, como las otras, al
_buen tono_ de la villa, y por eso no tomaba parte en sus juegos más que
con la intención.

He observado muchas veces que las niñas de corta edad son muy exigentes
en la elección de amigas, por lo cual difícilmente se familiarizan con
las que no sean de su categoría social, o de otra más alta si es
posible. Los niños son todo lo contrario: parece que tienen a gala
asociarse, para sus juegos y empresas, a todo lo más perdido y
desarrapado que encuentran en la calle.

La niña rezagada de nuestra historia seguía siempre, y aunque de lejos,
las evoluciones de las que corrían, y frecuentemente, al encontrarse con
alguna de ellas, corría también, como si se forjara la ilusión de que
la perseguían al _escondite_ o la disputaban el sitio a _las cuatro
esquinas_.

Y como estas _libertades_ se las había permitido varias veces, en una de
ellas la niña con quien tropezó se detuvo jadeante; y echándose atrás
los rizos con ambas manos, exclamó en el tono más desdeñoso que pudo:

--¡Qué plaga de moco, hija!... ¡Cómo se agarra!

--Eso es de familia--dijo otra, que se paró a su lado.

--Pues vamos a decirla una fresca--añadió otra--, a ver si se va.

--¡Si yo creo que hasta debe de tener _miseria_, mujer!--apuntó una
delgadita como un mimbre, que oscilaba mucho al andar y se chupaba un
dedo en cuanto se paraba--. ¡Cómo se _arrasca_!

--Oye, tú--dijo al oído de la anterior, abriendo mucho los ojos y
enarcando las cejas, una pequeñuela, muy nerviosa y asombradiza--. ¡Si
traerá la navaja!

--¿Qué navaja?--preguntó la delgadita, no muy segura de su valor.

--Una muy grandona que tenía en la mano el otro día, a la puerta de su
casa.

--¿Y qué nos haría con ella, tú?...

--¡Madre de Dios!...
Como estamos aquí solas y en medio de este bosque...

--¿Quieres que nos vayamos a casa?...

--¡Para ella estaba!--dijo con desenvoltura una mayorzuela que había
oído estas observaciones--. ¡Miedosas, más que miedosas!...

--¡Pues juega tú con ella si no!

--¡Como no juegue yo con ese pendón!... Primero iba y se lo decía a mi
papá.

--¿Vamos a buscar el perro que tenemos nosotros en la huerta, y a
_hinchársele_ aquí mismo?--propuso la miedosa.

--¿Y si se la come toda?

--Que se la coma. Mi papá es alcalde...

--Sí; pero eso lo castiga Dios..., y puede que nos caiga algo malo.

--Pues ¿qué hacemos si no?

--Vámonos a aquel rincón, a ver si se queda aquí sola y después se
marcha.

Y esto dicho, las vanidosillas fueron desfilando lentamente y mirando
hacia atrás con el rabillo del ojo; llegaron a un ángulo de la alameda,
y allí se acurrucaron en el suelo, formando estrecho y apretado círculo.

A todo esto, la pobre desdeñada niña, que había estado observando a las
otras durante su breve diálogo, mirando de reojo y mordiéndose las uñas,
cuando las vió sentadas se dirigió hacia ellas paso a paso, con la
cabeza gacha; y al estar a media vara de las desdeñosas, se dejó caer al
suelo lentamente y se puso a deshojar las florecillas del césped, sin
arrancarlas, flechando ojeadas de través de vez en cuando al grupo, y
sorbiendo muy recio el aire con las narices.

--¡Hija, qué peste de chica!--exclamó impaciente la mayorzuela al verla
a su lado otra vez--. ¡Ni aunque fuera de engrudo!

--¡Así ella se pega!--observó la más cachazuda.

--¡Si el otro día la vi yo limpiarse las narices con la enagua!--dijo
muy admirada la delgadita, sonándose las suyas con los dedos.

--¿Vamos a arañarla?--propuso la nerviosa, crispando los suyos.

--Eso no es de tono, hija--respondió la mayor--. Mejor es otra cosa,
ahora que me acuerdo.

--¿Qué cosa es?

--Darla mate, para que rabie de envidia.

--Pues empieza tú.

--Verás qué pronto. Amigas de Dios--continuó muy recio, de modo que lo
oyera la intrusa--: mi papá vino de las Indias el año pasado..., y
trajo cinco fragatas cargadas de onzas..., y un negrito para que le
sirviera el chocolate...; y es tan rico, que se cartea con el rey de
las Indias...; y a mí me da dos reales cada vez que es su santo..., y
yo los echo en lo que me da la gana...; y tengo tres muñecas de
resorte, y un muestrario de botones que le regaló a mamá para mí una
modista que quitó la tienda...; y tengo dos marmotas de lana para ir al
colegio en el invierno..., porque yo voy al colegio, y no a la escuela
de zurri-burri, como algunas infelices... que yo conozco..., y puede
que no estén muy lejos de aquí. Yo voy a cumplir siete años; y cuando
los cumpla, me dará mamá una pechera de imitación, que ella ya no pone,
para hacer unos encajes a la muñeca grande; y un señor que viene a casa,
me da dos cuartos todos los domingos; y si yo quisiera, me regalaría una
almohadilla de coser, con su llave de oro y su dedal de plata..., y...
y... (Ahora tú)--dijo a la nerviosa, que la seguía por la derecha; la
cual, después de estremecerse y de mirar con ojos espantados a la
solitaria niña, continuó:

--Pues mi papá es alcalde de toda la villa, y tiene tres casas como tres
palacios, y un primo en la corte del rey; y mi mamá tiene una doncella
que es hija de condes, y siete vestidos para cada hora que da el reló, y
una cadena así, así, así de larga, que le costó un millón a papá cuando
estuvo en París de Francia. Y cuando yo sea grande, me comprarán tres
vestidos cada mes, y un reló con diamantes y botas a la emperatriz. Yo
voy también al colegio con ésta; y en mi casa se come principio todos
los días, y los domingos se toma café; y mi papá tiene un perro en la
huerta que muerde a las tarascas pegotonas.

--Yo soy hija de juez--dijo la que seguía a la nerviosilla--; y siendo
hija de juez, a mi papá le sirven cuatro alguaciles, de levita, y le
llaman _usía_; y además le pagan una onza cada día todos los españoles;
y cuando va a Madrid, vive en los palacios del rey; y la otra noche me
dijo en la mesa que si le tocaba la lotería me iba a comprar una caja de
música. Y mi mamá compra los garbanzos por mayor: ayer compró tres
libras; y por Navidad nos regalan pavos los señores que van a casa
porque tienen pleitos; y yo tengo muchos vestidos, más de tres, y dos
pares de botas, con las que tengo puestas y otro par que me harán para
San Pedro, si le cae a papá la lotería; y mi papá es tan poderoso, que
manda a la cárcel a todo el que quiere, _u_ le manda ahorcar, como ya lo
ha hecho otras veces; y si yo le dijera que metiera en la cárcel a una
pegotona que yo sé, en seguida la metía.

--Pues en mi casa--continuó la delgadita, dejando de chuparse el
dedo--todo es un puro merengue. Mi mamá no come más que pastelillos; mi
papá, bizcochos; y yo, jalea; y mi hermana Carmen, suspiros. No queremos
puchero, porque no es de tono; y por eso a las muchachas les damos
hojaldre. Y mi papá recibe todos los años, de renta, más de doce sacos
de harina, quince arrobas de manteca y dos cajas de azúcar de la Habana....
Porque mi papá es indiano, y trae todas las noches mucho dinero a
casa, cuando viene de la tertulia, adonde va también el juez, el papá
de ésta; y si no comieran tanta inmundicia algunas niñas zanguangas que
yo sé, no estarían tan pringosas y tendrían mejor educación.

--Toda mi casta--dijo la más seria y conceptuosa--viene de reyes; y en
mi casa las camas son de oro y las ropas de seda de la India; y si mi
papá gana el pleito que le defiende el papá de ésta, ensanchará la
huerta en más de otro tanto...; y como soy tan fina por principios,
cuando me apesta una niña ordinaria, se lo digo, y al sol.

--Pu... pu... pues yo--concluyó la sexta, que era bastante
tartamuda--ta... ta... ta... tamién....

Oír esto y soltar la carcajada la niña, hasta entonces taciturna y
desdeñada, fué una misma cosa.

--¡Y se chancea!--exclamaron admiradas las otras.

--¡Ta... ta... ta!--repetía entre carcajada y carcajada la burlona.

--¡El demonio de la...!

--¡El diantre de...!

--¡Miren si...! ¡Atreverse a burlarse de una niña fina!

--Y sí; y me río. ¿Y qué? «Ta... ta... ta....»

--Ahora mismo voy a decírselo a mi papá--exclamó la que nos dijo ser
hija del juez.

--Y dile de paso que pague los doscientos reales que debe a mi
padre--replicó con desgarro la amenazada.

--¡Ay, qué atrevida!

--Déjate, que yo traeré el perro--dijo la nerviosa.

--¡Fachenda traerás tú! Y no tendrás tanta cuando le ajusten las cuentas
a tu padre en el Ayuntamiento.

--¡Ay, qué bribona!

--¡Chismosas!

--¡Pegotona, aceitera!

--¡Hambronas! ¡Tramposas, más que tramposas!

--¡Aldeana! ¡Tarasca!

--¡Golosas! ¡Relambidas!

--Ta... ta... ta... tab... tabernera!--logró decir la tartamuda,
después de un esfuerzo desesperado.

--¡Tar... tar... tartajosa!--la contestó, remedándola, la otra.

En esto se oyeron muy cercanos los ladridos de un perrazo. La del
alcalde, pensando que era el de su huerta, que venía a vengarla, comenzó
a gritar:

--¡Aquí, chucho, aquí!... ¡Éntrala, éntrala!...

--¡A ella, chucho, a ella, que aquí está!--gritaron a coro sus amigas.

La amenazada chica comenzó a mirar, asustada, en todas direcciones, y
aunque no se veía el perro, como los ladridos se oían cada vez más
cerca, dió a correr desesperadamente, buscando la entrada de la villa
por un atajo.

--¡A ella, chucho!--seguían gritando las otras--. ¡Cómela, cómela!

Y viendo que el perro no aparecía, siguieron a la fugitiva arrojándole
piedras, con una de las cuales la descalabraron al fin.

--¡Que me matan!--gritó la pobre chica llevándose las manos a la cabeza.

Pero cuando, al retirarlas, las vió manchadas de sangre, su espanto no
tuvo límites, y sus alaridos pudieron oírse desde media legua.

Entonces retrocedieron aterradas las perseguidoras, cuya intención no
alcanzaba más que a meter miedo a la fugitiva; pero al volver a la
alameda, se hallaron con el perro que, por desgracia, no era el del
alcalde. Acabaron de aturdirse en su presencia, y huyeron a la
desbandada; mas el animal, «a una quiero y a la otra la dejo», hartóse
de romper vestidos; y sabe Dios qué más hubiera roto, si a los gritos y
a los ladridos no hubieran acudido algunas personas que ahuyentaron a
palos a la fiera, y condujeron al pueblo a las inocentes criaturas, bien
merecedoras del susto que pasaron si se les toma en cuenta lo que
hicieron padecer a la pobre descalabrada.



CAPÍTULO IV


Esquina a la plaza y a una de las calles que desembocaban en ella, había
una casa más pequeña que cuantas la seguían en la fila. Debajo del
balcón del único piso que tenía, y sobre la puerta principal, se leía,
en un largo tablero coronado con las armas de España, lo siguiente:

ESTANCO NACIONAL

ESTABLECIMIENTO DE SAN QUINTÍN

LÍQUIDOS Y OTROS COMESTIBLES

Penetrando por aquella puerta, se veía la razón del letrero en un
mostrador sobrecargado de cacharros menudos; en una gran aceitera con
canilla, y algunas botellas blancas, llenas de aguardiente de otras
tantas denominaciones; en una estantería espaciosa, ocupada con
paquetes de cigarros y de cajas de cerillas, libritos de fumar, grandes
pedazos de bacalao, tortas de pan, madejas de hilo, garbanzos y otros
artículos, tan varios en su naturaleza como reducidos en cantidad; en
algunas mesas simétricamente colocadas fuera del mostrador; en tal cual
barrica o hinchado pellejo que se vislumbraban entre la obscuridad del
fondo..., y en otros mil detalles propios de semejantes
establecimientos, los cuales conoce el discreto lector tan bien como yo.

Detrás del mostrador estaba sentada, haciendo media, nuestra antigua
conocida Juana, la mujer de Simón Cerojo. Como éste, había engordado y
echado mejor pellejo, y dado a su vestido cierto corte presuntuoso.
Pero, al revés que en su marido, su entrecejo se había ido frunciendo, y
todo su semblante agriando, a medida que la suerte fué favoreciéndolos.
Porque la suerte los había favorecido. Para convencerse de ello, bastaba
echar una mirada a su establecimiento, en una sola de cuyas secciones
había más capital empleado que el que representaba toda la antigua
abacería..., y permítaseme una corta digresión a este propósito.

Merced al estanco que obtuvo Simón sin dificultad, a los ahorros que
trajo de la aldea y al crédito, aunque muy limitado, que no tardó en
abrírsele en algunos depósitos al por mayor, en el primer año de
establecido en la villa duplicó su capital. En el segundo se dedicó,
por extraordinario, a hacer ligeros préstamos, bien garantidos, a un
interés variable, según las personas y las circunstancias: entre una
peseta por duro a la semana, si el menesteroso era jugador de afición
bien puesta, y treinta por ciento al año, si era _artista_ establecido
convenientemente. Esta nueva industria le permitió ensanchar un tanto
sus negocios principales; con tan buena mano, que al concluir los dos
años de su estancia en la villa, se encontró con un capitalito de más de
seis mil duros, libre y desempeñado. Entonces se hizo _caldista_ de
veras; es decir, no se anduvo con parvidades de aceite, vino y
aguardiente, sino que surtió de estos artículos su establecimiento, por
mayor; lo cual le permitió hacer préstamos más en grande, más a menudo y
en condiciones de mayor atractivo.--Resultado de estas y otras
combinaciones: que el día en que nos hallamos con Simón en las Casas
Consistoriales y con Juana en su establecimiento, eran dueños de la casa
que éste ocupaba, de lo que la tienda contenía y de un respetable
sobrante en continuo movimiento; todo lo cual representaba un valor de
muchos miles de duros.

Por este lado, pues, los asuntos de Simón y de Juana habían marchado
viento en popa. No así los demás; es decir, aquellos que se relacionaban
íntimamente con la vanidad de Juana, y las no más cortas, aunque más
disimuladas, aspiraciones de Simón.

Todos los esfuerzos de la primera, todas sus meditaciones, todos sus
desvelos y todas sus consultas al espejo antes de darse a luz en los
sitios más públicos de la villa, hecha un brazo de mar y cargada de
relumbrones, no lograron colocarla en jerarquía más alta que la
correspondiente al nombre de _la tabernera_, con el cual se la designó
desde el primer día en que se hizo notar por sus humos estrafalarios.
Aunque poco avisada, no desconoció que este descalabro la alejaba para
siempre, en aquel centro, de la altura a que había querido trepar de un
salto. El primer efecto de una presentación jamás se olvida en la
sociedad, máxime cuando ésta es reducida y presuntuosa.

Bien penetrada de esta verdad, Juana la sintió en su alma, como un toro
siente en el morrillo el primer par de banderillas; hízose más áspera y
brutal que de costumbre, y se prometió arrollar cuanto hallara por
delante, creyendo demostrar así, mejor que con dulzura y sencillez, que
era tan digna como la más encopetada de ocupar el puesto que no se le
concedía.

Con esto consiguió adquirir en la villa cierta celebridad que acabó de
exasperarla. Un solo ejemplo dará la medida de la altura a que había
llegado la insensatez de Juana. Menudeaban allí los bailes y las
_recepciones_ entonadas, a maravilla; y, naturalmente, nadie se
acordaba de invitar a _la tabernera_. Pues estas _desatenciones_ sacaban
de quicio a Juana.--Yo bien conozco, decía, que no estoy _todavía_ al
corriente de esas ceremonias, y me guardaría mucho de concurrir a ellas;
pero la voluntad es lo que se agradece. ¿Por qué no se tiene para mí un
mal recado de atención, por lo mismo que soy forastera? ¿Se les caería
la venera a algunas de esas fachendosas por acordarse de mí, que soy más
rica que muchas de ellas? ¡Pues no parece sino que todas son marquesas!
¡Y el marido de la una vende paño de Munilla y sogas de esparto, y el de
la otra _pecajuana_ y _engüento_ de soldado, y me debe a mí hasta la sal
con que sazona lo poco que come!... Pues vinos y jabón vende mi marido.
¿Qué más da lo uno que lo otro?

Saturada también de estas máximas su hija, apenas comenzó a concurrir al
entonado colegio en que quiso darle educación su madre, hubo que
retirarla de él. Era ya la niña medio montuna por naturaleza, y con las
predicaciones de Juana llegó a hacerse indomesticable.

En los cuchicheos, en las sonrisas, hasta en los juegos más inocentes de
sus compañeras, veía burlas y desprecios; y en esta creencia, las ponía
a todas como ropa de pascua; se pegaba con algunas, y concluía por
volver a su casa, todos los días, llorando soñados agravios hasta de
sus maestras. De este modo la niña se hizo tan antipática a sus
condiscípulas, como su madre a cuantos se la aproximaban. Por eso la
retiraron del colegio y la enviaron a la escuela pública, donde, según
el parecer de Juana, no la enseñaban tanto, pero se la miraba «con el
respeto debido».

Más de tres años de martirio llevaba la mujer de Simón al encontrarnos
con ella de nuevo, no porque se fijase en que en la villa se hacía con
ella lo que ella había hecho con los demás en la aldea, ni porque
suspirara por volver a recuperar su pequeño trono abandonado; no, en
fin, porque le atormentasen la memoria los atinados consejos del anciano
señor cura, sino porque deseaba un campo más ancho en que explayarse,
otro mundo más revuelto en que campar por lo que se era y no por lo que
se había sido. Y un día y otro día predicaba a su marido la conveniencia
de establecerse _en grande_ en la capital de la provincia, donde, según
ella, ni los ricos eran vanos ni los pobres envidiosos.

Oíala Simón sin soltar prenda, y aun haciendo como que no la oía; pero
la verdad es que en el fondo de su corazón detestaba de la villa tanto
como su mujer.

Simón no podía perdonar a aquella gente el que se le tratase como a
persona de poco más o menos, «en los momentos más críticos para la vida
de los pueblos, y, por consiguiente, para la de los ciudadanos», como él
decía en más de un monólogo que no llegó a oír su mujer. Se pagaba muy
poco de que no se acordasen de él para invitarle a un baile particular,
o a una tertulia de más o menos tono; pero que nunca hubiera para su
nombre un hueco en las candidaturas de concejales; que no se le agregase
jamás a una comisión de respeto que había de representar ciertos
intereses del pueblo en el Gobierno de la provincia, o en Madrid, o ante
el Municipio mismo de la villa; que no se buscase, ni aun se tolerase de
buena gana, su opinión en tal cual corrillo formado en la plaza por
personas de importancia, en que no entraba él sino a fuerza de brazo,
como quien dice, o poco menos; que se le tuviera, en fin, por un
tabernerillo de tres al cuarto, cosa era que le hacía perder su
serenidad habitual, y le ponía a pique de echarlo todo a trece, aunque
no lo vendiera, y largarse a otro terreno menos ocasionado a esas
«miserias de aldea». Pero Simón, que no era tan insensato como su mujer,
guardaba estos sentimientos en el fondo del pecho, y, entretanto, iba
ocupándose en adquirir alas con que volar.--Por eso se le veía atender
con tanta asiduidad a su taberna y a su estanco... y a sus préstamos
garantidos. Odiando tanto como Juana aquella sociedad inaguantable, sólo
trataba de redondearse lo preciso para darle un adiós de despedida y
caer en medio de otra mejor; pero de tal modo, que no lastimasen en lo
más mínimo su importancia de actualidad las reliquias del pasado. Estaba
convencido de que, sin una precaución por el estilo, en todas partes
serían él y su mujer los taberneros de marras, por grandes que fueran
sus caudales. Se ve, pues, que, en el fondo de la cuestión, estaban
perfectamente de acuerdo Juana y su marido.

Y dejando esto bien consignado, porque importa, volvamos a tomar el hilo
de nuestra historia.



CAPÍTULO V


Así que la niña descalabrada en la alameda notó la presencia del perro
entre sus implacables ofensoras, por los ladridos del uno y por los
gritos de las otras, contuvo su llanto, y con íntima complacencia, se
volvió para presenciar los destrozos que el enfurecido animal parecía
estar haciendo en las ropas y pellejo de aquellas mal aconsejadas
criaturas. Fuera aquél el perro del alcalde o dejara de serlo, era lo
cierto que a todas las trataba por igual, y que de todas la estaba
vengando a ella cumplidamente.... Pero ¿no era posible que después de
concluir con las seis desventuradas niñas la emprendiese con la séptima,
por lo mismo que a nadie conocía ni en remilgos se paraba?

Esta consideración tan cuerda, que asaltó de pronto la mente de la pobre
chica, hízola retroceder; y menudeando los pasos cuanto pudo, y
tornando a recordar su herida y a llorar, por ende, llegó a la villa y
no paró de correr hasta el estanco que conocemos, en el cual entró
momentos después que nosotros, y al mismo tiempo que llegaba también,
aunque por distinto sendero, Simón Cerojo, demudado el semblante y
apretando los puños de ira. Tanta, que ni siquiera reparó en la niña,
que, por haberse limpiado las lágrimas con las manos después de
oprimirse con ellas la cabeza, tenía la cara manchada de sangre. Pero
Juana sí, y al punto arrojó la obra en que se ocupaba; saltó por encima
del mostrador sobrecogida de espanto, y tomando a la niña en sus brazos,

--¡Hija mía!--gritó--. ¿Qué sangre es ésa?

Entonces se fijó Simón en la niña; y olvidando por un momento sus
disgustos, corrió también hacia ella.

--¿Te has caído?--la preguntó con cariñoso anhelo--. ¿Te han pegado?
¿Por qué sangras?... ¡Habla, hija mía, por Dios!...

La niña, después de sollozar un rato, refirió, punto por punto, cuanto
la había ocurrido.

--¡Conque la hija del juez, y la del indianete, y la del
alcalde--exclamó Simón en seguida, con rencoroso acento--son las que más
te han injuriado, porque tenían a menos jugar contigo!... ¡Las hijas de
esos personajes que me adulan y me soban cuando necesitan un par de
duros para comer aquel día, o media docena de onzas para apuntarlas a
una carta, o pagar una trampa que podría ponerlos en vergüenza..., si
alguna les queda!... ¡Pero yo les juro que, por poca que ella sea, he de
sacársela a la cara..., y a algunos más también!

Juana, maldiciendo a su vez de todos y de todo, comenzó a lavar con agua
fresca la herida de su hija, que, por cierto, era insignificante.

Y tranquilo ya sobre este punto, Simón refirió a su mujer cuanto había
ocurrido en la junta que acababa de celebrarse en la Casa de
Ayuntamiento recargando un poquillo los colores, a fin de que resultasen
más justificado su enojo y de más efecto sus _discursos_, que repitió al
pie de la letra.

--¿Y qué piensas hacer después de tanto desengaño como vas sufriendo y
de tanto disgusto como vamos llevando de estos niquitrefes de
levita?--preguntó Juana, que no desperdiciaba ocasión de hablar de su
pleito.

--¿Qué pienso hacer?--dijo Simón con su poquito de rescoldo--. Lo que
estoy pensando tres años hace, desde que conocí que en esta recua
siempre había de tocarme ir a la cola; lo que hubiera hecho entonces a
tener el remedio entre las manos, como le tengo hoy: sacar a más de
cuatro fachendosos a la vergüenza pública, y largarme en seguida con la
música a otra parte.

Juana vio el cielo abierto.

--¡Lo mismo que yo te he dicho tantas veces!--exclamó, retozándole la
alegría en el semblante--. ¿Qué necesidad tenemos nosotros de sufrir lo
que aquí estamos sufriendo? Con lo que ya conocemos este trato, ¿cuánto
no podríamos ganar estableciéndole en la ciudad?

--¡No, Juana, no!... ¡Basta de taberna! Si con ella entráramos en la
ciudad, _taberneros_ seríamos hasta el fin de los siglos. Y si con ser
taberneros, aunque ricos, nos conformáramos, yo no saldría de esta
villa, donde he ganado en cuatro años una riqueza, y podría ganarla
mayor en poco más. Pero hay una _noble ambición_ que manda en ti y en mí
con mayor fuerza que los tres ochavos de una buena ganancia; y esa
ambición está reñida con las manos manchadas de vino tinto y con las
ropas que huelen a anisado. Así, pues, ya que las alas me lo permiten,
saldremos de aquí _volando por alto_, para que en la ciudad se vea _cómo
caemos_, pero no _de dónde venimos_. Este es el modo; que, según yo
llevo observado, desde _nada_ a _bastante_ están los ascos y los
reparos; desde _bastante_ para arriba, ya todos somos iguales, y todo
nos está bien.... Nosotros tenemos _lo bastante_: ¿quién será capaz de
probar que no tenemos hasta _de sobra_? No sé lo que diría a esto el
cura de mi pueblo; pero llevo corrido ya mucho mundo y tratados muchos
hombres, y a mi experiencia me agarro.

Lo que Simón ignoraba con respecto al señor cura, lo sabemos nosotros.
Cuando alguno de sus feligreses le decía:

--¿Sabe usted, don Justo, que Simón se va saliendo con la suya?..., ¿que
ya es hombre rico?

--No lo dudo--contestaba el santo varón--. Pero ¿le dan más
importancia?..., ¿es más feliz que aquí? Este es el problema.



CAPÍTULO VI


Para volver a encontrar al protagonista de esta verídica historia, no
nos bastaría ya la luz del candil de su taberna. Tal se ha borrado la
huella de sus pasos en los quince años que van corridos (y perdonen
ustedes el modo de señalar) desde que le oímos hablar lo que fielmente
consta al final del capítulo anterior.

Pero es el caso que tenemos que hallarle; y como podría llevar muy a mal
que lo intentáramos indagando aquí y allá por los pelos y señales de su
vida pasada, lo cual, por otra parte, no nos conduciría al fin que nos
proponemos, ya que, por especial privilegio que gozo, me es posible dar
con él a la primera tentativa, véngase el lector conmigo para acabar más
pronto y evitar un mal rato a nuestro personaje.

Estamos en la ciudad, en una de sus calles principales y frente a un
portal no muy limpio, pero sí muy espacioso; subimos el primer tramo de
la ancha escalera que de él arranca; atravesamos, sin detenernos, la
puerta del entresuelo, en la cual se lee, sobre bruñida chapa metálica,
el siguiente letrero: SIMÓN C. DE LOS PEÑASCALES; prescindimos de cuanto
se halla a nuestro paso al entrar en un salón largo y estrecho;
cruzámosle en toda su extensión, y nos detenemos a la puerta de un
gabinete. Allí hay un alto escritorio de caoba, sobrecargado de libros y
papeles; algunas banquetas de gutapercha, dos mapas, un barómetro, un
aguamanil y pocas cosas más por el estilo. Adjunta al escritorio hay una
butaca, y embutido en ella, un hombre como de cincuenta años de edad,
frescote, de cara ancha y risueña, con recortadas patillas grises, gorro
de terciopelo azul, lujosa bata, blanca pechera y leve corbata de raso
negro sobre holgadas y relucientes tirillas. Ese hombre, lector amigo,
absorto a la sazón en el examen de algunos papeles llenos de números de
varios colores, es, para ti y para mí... (pero ¡cuidado con que se lo
cuentes a nadie!), Simón Cerojo; para la sociedad en que vive, _el señor
don Simón de los Peñascales_, y para la plaza mercantil en que figura en
primera línea, SIMÓN C. DE LOS PEÑASCALES. Aquella carpeta y aquel
gabinete son _su despacho_; y esas personas que trabajan silenciosas en
modestos atriles en el salón en que estamos, los dependientes de su
casa.

Pero aun hay más. Cuando don Simón suspende, dos veces al día, sus
tareas, sube al primer piso; y atravesando alfombradas estancias,
alfombradas, así como suena, entra en un gabinete lujosamente amueblado
también, y allí se cambia la bata por un elegante traje de calle; se
quita el gorro de la cabeza, en la cual ocasión puede vérsela coronada
por una calva nada aristocrática por cierto, y se pone el grave,
reluciente sombrero de copa. Antes de salir a la calle pasa a otro
gabinete frontero al suyo, con la aparatosa sala por medio; y allí
encuentra, ordinariamente solas, y rara vez con _visitas_, a una señora
tan gruesa como él, dura de semblante y rica aunque charramente vestida,
y a una joven como de veintidós años, ancha de hombros y caderas; bien
destacada de pecho; de ojos y cabellos negros como el azabache; de
blancos dientes y moreno cutis; bien proporcionada y airosa de talle, y
vestida con todo el rigor de la moda...; una buena moza en toda la
extensión de la palabra. Estas dos señoras son la esposa y la hija,
respectivamente, de don Simón; dícelas éste «adiós» desde la puerta, si
están solas, o saluda cumplidamente a las personas que las acompañan, y
sale en busca de sus amigos para dar el acostumbrado paseo. Si no se
trata de salir a la calle, sino simplemente de almorzar o de comer, usa
el mismo ceremonial, pero sin quitarse la bata ni el gorro; y cuando una
doncella avisa que está la sopa sobre la mesa, pasa la familia al
elegante comedor, y allí se hace servir una bien sazonada comida;
después de la cual, _echa_ don Simón una hora de siesta sobre la cama;
_descabeza_ el sueño su señora en una butaca, y medita, o lee, o mira
por los cristales a la calle la repolluda muchacha.

Y en este _tono_ todo lo demás inherente a la vida doméstica y social de
esta _respetabilísima_ familia.

       *       *       *       *       *

Amigo lector, me cargan las digresiones; pero hay casos en que no puede
prescindirse de ellas, y éste es uno de esos casos. Tú serías el primero
en negar la verosimilitud de esta última transformación del _abacero_ de
marras; y yo quiero que no se dude de la realidad de mis personajes,
sobre todo cuando escribo historia pura. Conque ármate de paciencia, y
escucha, que yo procuraré ser breve y hasta entretenido.



CAPÍTULO VII


Firme en sus manifestados propósitos de abandonar la villa tan pronto
como le fuera posible, Simón Cerojo, desde el día en que le oímos hablar
de ello con su mujer, se consagró exclusivamente a realizar, pero con
mucho pulso, sus existencias y créditos; indispensable tarea que le
ocupó algunos meses.

Cuando tuvo su caudal entero en el bolsillo, como quien dice, y después
de haber sacado a la vergüenza pública a algunos de sus deudores que más
le habían atormentado el amor propio; después, repito, de haber puesto
en evidencia ante la villa entera los apuros de unos y las perpetuas
trampas de otros, dejando, de este modo, encendida una guerra civil
entre muchas de aquellas encopetadas familias, tomó de su caudal una
pequeña parte, y se dijo:--Esto (el caudal) _para las alas_, y esto (el
pico) _para pintar__las_.--En seguida se metió con su familia y con su
tesoro en la diligencia, y se largó a Madrid; buena escuela, como él
decía, para tomar aire y tono que lucir después en la ciudad.

Ya en la corte, puso a su hija en un buen colegio, con promesa de no
sacarla de él mientras no estuviera completamente instruida en cuanto
podía saber la señorita más encopetada; y con este fin, pagó
rumbosamente, por adelantado, las estancias de un año, y prometió hacer
lo mismo en los sucesivos.

Libre de este cuidado, consagróse a recorrer con Juana paseos, teatros y
toda clase de espectáculos, estudiando aquí las exigencias de la moda, y
allá la manera de lucirlas. Pero su entretenimiento favorito era el
Congreso; y ya con su mujer, ya solo, rara era la sesión que él no
presenciara desde la tribuna pública.--No se habrá olvidado que Simón
era muy dado a la política y a la elocuencia.--Por eso buscaba allí una
buena escuela en que nutrir sus inclinaciones; no precisamente porque
esperase utilizarla algún día desde aquellos lujosos escaños, como padre
de la patria, sino porque _un buen decir_ le juzgaba él indispensable
para entrar con desembarazo en el terreno al cual pensaba trasplantarse
en breve.

Y como si la suerte se complaciera en allanarle todos los caminos que
emprendía, dale la corazonada de jugar un billete a la lotería, y le
_cae_, como quien nada dice, más de medio millón.

Este golpe inesperado le puso a pique de desbaratar sus maduros
proyectos, excitándole a darse por satisfecho de los mimos de la suerte,
y a quedarse a vivir de sus rentas en Madrid. Pero como en Simón había
algo ingénito que le obligaba a caminar siempre, aunque sin fijarse en
el punto de parada, desechó la tentación fundándose en que Madrid era
demasiado grande para que nadie reparara en un hombre como él; y él
quería, por más que no lo intentara en una forma concreta, descollar, un
poquito siquiera, sobre el común de las gentes que le rodearan.

Lo único que hizo, que no había pensado hacer al salir de la villa, fué
permanecer en Madrid cuatro meses en lugar de uno, y adquirir esos tres
grados más de civilización que lucir en la ciudad.

Cuando, tanto él como su mujer, creyeron bastante borrados en sus
personas los rastros de la taberna, tomó Simón letras sobre la capital
de su provincia; y bien provistos de ropa los baúles, salió con Juana de
Madrid, dejando muy recomendada a la niña en el colegio.

Su única pena al abandonar la corte fué el no haber podido encontrar en
ella a _su general_, que, sin duda, se hubiera alegrado al conocer la
rápida transformación ocurrida últimamente en la fortuna del humilde
asistente; pero _Su Excelencia_ había andado aquella vez más torpe que
de costumbre en el pronunciamiento que fraguaba para adquirir
honradamente el segundo entorchado; sorprendióle el Gobierno, y le
desterró a Filipinas, pocos días antes de llegar Simón a Madrid.

Calculen ustedes el efecto que causaría en una plaza mercantil de
segundo orden la aparición de un hombre que se anuncia con letras de
cambio, a cargo de las principales casas de comercio, por valor de
ochenta mil duros, pagaderos a tocateja. Excitada vivamente la pública
curiosidad, hablóse largamente del suceso, suponiéndose, no sin
fundamento racional, que persona que tales recursos traía _a la mano_,
mucho más debía de tener en reserva. Hubo quien, puesto ya el caso en el
terreno de las indagaciones, aseguró haber _oído algo_ muy parecido a lo
que el lector y yo sabemos de la historia de nuestro personaje; pero
como los nombres de uno y de otro no coincidían exactamente, y había
quien aseguraba muy formal que el recién llegado era un rico negociante
de Madrid que había trasladado su residencia, calló la murmuración y
tomósele de buena gana, a pesar de ciertos resabios de mal género que de
vez en cuando le asomaban, y sobre todo a su mujer, por un señor de
importancia, muy rumboso además y muy atento.... Y esto sí que era la
verdad pura.

Veamos ahora por qué no coincidían los nombres del Simón de la ciudad y
los del Simón de la aldea.

Observó éste, viviendo en la villa, que cuando su apellido Cerojo
(sinónimo de _ciruelo_ en el país) se pronunciaba recio en ciertas
solemnidades, causaba en el público un efecto desgraciadísimo; y
queriendo evitar en lo sucesivo los inconvenientes a que esta
circunstancia pudiera dar lugar, resolvióse, al salir de la villa, a
firmar en adelante con otro apellido que, sin dejar de ser de su
familia, fuera menos vulgar que el primero de los de su padre. Tarea
harto difícil, en verdad; pues al pasar revista, de memoria, a toda su
ascendencia por ambas líneas, se encontró con que ésta parecía formada
en un bosque virgen, según eran sus antepasados _Carrascas, Bardales,
Cajigas y Abedules_. Al cabo, entre lo más remoto de su progenie, halló
ciertos _Peñascales_ que le convinieron, pues sobre salirse este
apellido de la rutina forestal de los demás, amén de ser muy sonoro,
tenía sus ribetes de empingorotado. Pero no era cosa de prescindir
totalmente del que había usado hasta entonces, por más de una razón que
tuvo presente. Así es que, en sus propósitos de conciliario todo,
resolvióse a adoptar en adelante, para todo documento de carácter
particular y privado, la firma a secas de _Simón de los Peñascales_; y
para los que tuvieran relación con su vida pública, es decir, para
_nombre de guerra_, el más aparatoso de _Simón C. de los Peñascales_.

Como el ya _don_ Simón no conocía bien al pormenor el carácter de la
plaza mercantil en que se había establecido, dedicóse el primer año, y
mientras la estudiaba a fondo, a descuentos ventajosos y préstamos sobre
fincas; negocios que le proporcionaron cómodas y pingües utilidades. Al
siguiente, ya se matriculó como comerciante capitalista. Al tercero,
_botó_ dos barcos a la mar. Al cuarto, todo lo anterior, más dos
magníficas casas en construcción en lo mejorcito de la ciudad. Al
quinto, era su firma una de las más respetables de la plaza, y de las
más respetadas fuera de ella.

Entonces le avisaron de Madrid que su hija estaba al corriente de
cuantas materias de utilidad y adorno podían enseñarse a una joven de la
_buena sociedad_, y fué con su señora a recogerla. Mas en lugar de
volver directamente a casa, hicieron los tres un rodeo por París; y con
la disculpa de que el padre deseaba resarcir a su hija de la larga
reclusión en que la había tenido, estuvo la madre un invierno entero
_perfeccionando_ su civilización en la capital de Francia, escuela que
no desaprovechó el marido para tomar nuevas tinturas de _hombre del
día_.

De retorno de este viaje es cuando, verdaderamente, se ve darse a luz a
la familia de don Simón.

Éste, muy afecto siempre a estudiar en el libro de su experiencia,
recordando lo ocurrido en la villa con las intemperancias de su mujer,
trató de que, en lo posible, no se reprodujera en la ciudad. Y digo en
lo posible, porque demasiado conocía el ex tabernero que, a pesar de
todas las podaderas de la civilización, _doña_ Juana había de soltar las
bellotas en cuanto se la sacudiera un poco. Proponíase don Simón sacar
partido del caudal de nociones de cultura que indudablemente traería su
hija del colegio para dar a sus salones y a su señora cierta entonación
que doña Juana no podía prestarles, y tener siempre en la joven una
especie de tribunal de consulta para los casos de apuro.

Quiero decir que hasta la vuelta de París de toda la familia, no se
estableció ésta a la altura de sus recursos, ni don Simón consintió a su
mujer que abriese sus salones ni adquiriese otras visitas que las más
indispensables. Por supuesto que, así y todo, por debajo de los damascos
de la _gran dama_ asomó más de una vez el mandil de la taberna. Pero
¿qué se le había de hacer? En cambio, se declaró aquella casa, desde
entonces, el centro de la buena sociedad del pueblo; y a doña Juana se
le caía la baba de placer con las atenciones de que era objeto: sinceras
unas, es verdad, por tratarse de gentes no mucho más avisadas que ella,
e hijas otras de la diabólica intención de dar pábulo a las majaderías
de la encumbrada lugareña; pero interesadas todas, porque, al cabo, en
aquella casa se bailaba mucho y se cenaba bien, lo cual en ninguna parte
se desdeña en estos tiempos.

Felizmente, Julieta (no sé si he dicho antes de ahora que así se llamaba
la niña) era sumamente precoz en su desarrollo físico, y no atrasada en
el intelectual; de modo que su madre tuvo en ella, no sólo un auxiliar
activo, sino un prudente consejero para _hacer los honores_ de su casa
desde el momento en que ésta se declaró, como se ha indicado, centro del
_buen tono_ de la ciudad.

Y así fueron corriendo los años. Don Simón, acrecentando en cada uno
prodigiosamente su caudal, sin duda por aquello de «dinero llama
dinero»; doña Juana, sudando placer y vanidades por todos los poros de
su cuerpo, y Julieta transformándose en una arrogante moza,
desesperación de imberbes, codiciada de talludos y obsequiada de todos.

En esta época floreciente es cuando el carácter de don Simón _hace
crisis_; o mejor, cuando don Simón _entra en carácter_.

Ya no es hombre que ama las situaciones _eminentemente_ liberales
«porque en ellas cada uno puede hablar de cuanto le acomode, aunque no
lo entienda»; al contrario, es apasionado defensor de los gobiernos _de
orden_, que sin negar al tiempo las libertades que le corresponden,
sostengan a cada uno en su esfera, y no alimenten, en _ciertas clases,
insensatas ambiciones_. Odia toda suerte de tiranías; y por lo mismo,
no dejándose imponer de sus braceros y empleados, después de regatearles
cuarto a cuarto sus jornales, les paga _religiosamente_ lo convenido.
También es filántropo; y si no se le ve pródigo con los pobres que
llegan a su puerta, no es por falta de buen deseo, ni por sobra de
economía, sino porque no quiere alimentar vicios ni fomentar la
vagancia. Cree en el progreso moral de los pueblos; pero bajo la
dirección _paternal_ de los gobiernos, y con el esfuerzo... de los
años. En cuanto al progreso material, le protege rumbosamente; pero
alrededor de su casa, como, en su concepto, debe hacer todo ciudadano, a
fin de que el progreso llegue a sentirse y a palparse en todas
partes.--Ha comprado muchas tierras en su aldea, y las ha distribuido
entre sus antiguos convecinos... a renta; pero dispensando a éstos el
favor de no embargarles la manta de la cama cuando, por bien probada
necesidad, dejan de pagarle... un año; al segundo ya varía de conducta,
si el _abuso_ se repite; y esto, únicamente por respeto a su derecho, no
porque necesite para nada las míseras economías de aquellos pobres
campesinos. No ha reformado con una mala teja su antigua casita de la
plaza, ni ha vuelto a poner en ésta los pies; y se comprende en un
hombre de sus circunstancias; muerto el señor cura, don Justo, ¿qué otra
persona quedaba allí con quien «pudiera entenderse» él?

Por lo demás, continúa siendo el hombre dado a las grandes frases y al
aplomo en el decir, y no ha enriquecido su erudición ni reformado su
ortografía; pero aquélla no la necesita en la vida que trae, ni ésta le
es indispensable, dictando, como dicta, hasta su correspondencia
particular. Y en cuanto a sus peroraciones frecuentes, ¡vayan ustedes a
conocer que aquellas palabras _culminantes_ de su oratoria, que son su
delicia, las escribe con _q_!

Lejos de perjudicarle esto en su importancia, todo el mundo se la
concede para todo; así es que, al creer lo que afirma la opinión
pública, don Simón es _una gran persona_, es decir, prudente en el
consejo, elocuente en emitirle, rico de hacienda, honra del comercio,
provecho de la ciudad, benemérito patricio, y cuanto ustedes quieran.
Añádase a esto que sonríe muy poco, y que jamás se ríe; que se afeita
todos los días, y gasta una ropa muy fina y muy holgada; muy destacados
el pecho, los cuellos y los puños de su camisa, y muy abarquilladas las
alas del sombrero; añádanse, digo, estas gravísimas circunstancias, y se
comprenderá mejor por qué don Simón ha llegado a ser, en la región que
habita, el hombre indispensable: indispensable en las juntas,
indispensable en las comisiones de dentro y fuera, e indispensable en el
Municipio, que ya no sabe qué hacerse si él no lo preside.

Don Simón, pues, es ya todo UN HOMBRE DE PRO; y para que nada le falte,
hasta tiene la conciencia de su importancia.

Y la tiene, no porque se lo dicen los que le inciensan, sino porque una
vez, viéndose tan alto, dió en mirar a su alrededor, y observó que así
en la plaza como fuera de la plaza, los hombres que daban vida a los
pueblos modernos e imprimían carácter a la época, ni eran de más noble
estirpe, ni más sabios ni más ricos, ni tenían mejor ortografía que el.
Entonces, penetrado de la grandeza de su alta jerarquía, perdió hasta
aquellos pocos arranques que le quedaban de expansiva franqueza, y se
hizo solemne y ceremonioso aun en los actos más triviales de su vida.

Y aquí enlaza, lector amigo, el asunto de que tratábamos en el capítulo
anterior; es decir, concluye la digresión y continúa la historia.



CAPÍTULO VIII


Había en aquella ciudad, como hay en casi todas, un centro o círculo o
_casino_ para esparcimiento del espíritu de ciertas personas que pasaban
la vida bregando por enderezar la varia suerte de los negocios de lucro;
y había entre los socios muchos que, no gustando del juego, aunque
lícito, ni de otras recreaciones toleradas en el establecimiento,
formaban una camarilla _sui generis_, especie de senado moderador de la
ebullición que reinaba constantemente en gabinetes y pasillos; el cual
senado, _auctoritate propria_, se instalaba siempre en el salón
principal. Componíanle los hombres más _serios_ de la banca, del foro y
de la propiedad urbana; y con decir que eran _muy serios_, dicho queda,
conforme al rigorismo de la moderna _bourgeoisie_, hasta qué punto era
entre ellos poco menos que un pecado mortal la risa franca y
desenvuelta. Pero no así la sonrisa, que la conocían y la usaban,
aunque sobriamente, en todos sus caracteres y expresiones. Porque es de
advertir también que aquellos señores no aceptaban más que el _justo
medio_ de todas las cosas.

Con esto creo excusado decir que en político eran todos «hombres
_desapasionados, de orden y de progreso racional_», implacables enemigos
de toda afirmación absoluta, o según su lenguaje, «_de toda
exageración_». De esto se desprende, a su vez, que esa misma política
sólo la aceptaban como un motivo más de conversación en sus expansiones
amistosas. Y para que la tarea les fuera aún más fácil, tomaban por base
de sus disertaciones los ingeniosos conceptos de cierto periódico, al
cual habían subordinado ciegamente su criterio. El tal periódico no
asentaba jamás un principio sin un _pero_; no mostraba un color que no
pudiera confundirse con otro a la más leve interposición de una frase
artificiosa, que nunca faltaba a la mano. Pasaba por reaccionario entre
los liberales, y entre los reaccionarios por liberal; no había situación
política _bastante_ buena para él mientras imperasen sus ideas, ni
_bastante_ mala cuando no imperaban. Era su estilo ampuloso, sonoro,
claro en apariencia, turbio en el fondo, meloso siempre y seductor por
estudio; y saltaban a la vista, en el momento de fijarla en sus
columnas, las palabras _orden, progreso, paz, religión y patria.._.
Era, en substancia, la representación escrita del espíritu yerto de la
época en que se daba a luz; pero hasta el punto de dudarse si procedía
de tal padre, o, al contrario, si era él quien había formado ese
espíritu; quien alimentaba y nutría el alma de esa nueva raza, verdadera
plaga del siglo que corre; raza sin convicciones, sin fe, sin
entusiasmo; que llaman _orden_ a todo cuanto le garantiza una tranquila
digestión, y _progreso_ a cuanto redunda en aumento de su caudal; que
entiende por _patria_ su hogar doméstico, y por _sociedad_, un conjunto
de ciudadanos _matriculados_ para vender y comprar, tranquilamente,
fardos de algodón, harinas de Castilla o papel del Estado; raza que
transige con todo, menos con que se suba un cuarto la libra de pan.

A esta raza pertenecían los hombres de la citada camarilla, en la cual
se daba siempre a don Simón la butaca de preferencia, no tanto por la
importancia mercantil de éste, cuanto porque nadie leía mejor que él,
con voz más recia y sonora, ni con mejor _sentido_, los artículos de
fondo del periódico, todas las noches, a los congregados.

Pero vamos al caso. Aquellos hombres, que habían visto sin alarmarse,
durante muchos años, cómo cundían y se propagaban ciertas tendencias
_niveladoras_, y cómo se iba rebajando poco a poco el carácter
nacional, corrompiendo aquel conjunto de cualidades que un día hicieron
del tipo español «el modelo proverbial de los caballeros»; aquellos
hombres, digo, que habían visto todo esto y mucho más, sin temblar por
el día siguiente, observaron una vez que las predicaciones, que las
tolerancias, que las concesiones, que toda aquella política de _ancha
base_ que encomiaban a destajo y en la cual creían sin conocerla, estaba
dando ya sus frutos naturales y lógicos; que aquellas _muchedumbres_ por
las que nada habían hecho ellos nunca, y de las que jamás se habían
acordado sino para explotar su trabajo a cambio de un mezquino pedazo de
pan, se alzaban imponentes, en virtud de las alas que les prestara una
libertad mal entendida; que aquella _canalla_, como ellos llamaban a la
multitud desheredada cuando ésta era dócil, se aprestaba, con la tea en
la mano, a imponerse al mundo entero y a transformar, en un instante
dado, el modo de ser de la familia y de la sociedad.

¡Y allí fué el temblar de la voz y el crujir de los dientes!... Porque
temieron por sus casas, por sus campos, por sus fábricas, por sus
tesoros; es decir, su Dios, su patria, su alma.

--¡Pero es preciso defenderse!--exclamaron, resueltos a hacer una
hombrada.

Y ¡poder del egoísmo! Aun en aquella triste situación, pensaron, ante
todo, en sacar la sardina con la mano del gato.

Nada diré del temple del arma que eligieron para tan ruda batalla. El
lector va a conocerle, y dirá de él lo que mejor le parezca. Yo, mero
historiador, a los hechos me atengo, y ésos voy a referirle.

Abríase, a la sazón, una campaña electoral para padres de la patria; y,
según los sujetos de quienes vamos tratando, nada más eficaz contra la
tormenta que les amenazaba, que enviar al Parlamento _hombres de orden,
de progreso racional, enemigos implacables de toda exageración_, y ricos
e independientes, por contera.

Pero, concretándose a aquella localidad, ¿quién, entre todos ellos, era
bastante rico, bastante abnegado, bastante generoso, y aun bastante
elocuente, para aceptar tamaño compromiso con buen éxito, y capaz de
abandonar, sin partírsele el alma, la dirección de los propios negocios
y las comodidades de su casa?

Ni siquiera se puso en tela de juicio: don Simón, y nadie más que él.

Una noche se le hizo la proposición en plena tertulia; y, francamente,
no podía habérsele hecho otra que más le halagara. Quizá se anticipaban
sus amigos a un deseo que le embriagaba el alma mucho tiempo hacía. No
se olvide que don Simón se creyó siempre capaz de todo; y téngase
presente que cuando llegó a la posición social en que ahora le
hallamos, los límites de sus aspiraciones se perdieron de vista. Por lo
demás, que en el fondo de su conciencia se creía agudo, elocuente, sutil
y travieso, ya lo sabemos. ¿Cómo dudar que fué el primero en comprender
que nadie era más digno de ejercer el cargo que quería confiársele? Pero
se guardó muy bien de darlo a conocer.

Al contrario, hízose el pequeño y el indigno, y hasta pidió toda aquella
noche para reflexionar.

Cuando volvió a su casa, llamó a su mujer y le dijo solemnemente:

--Juana: la patria reclama mi cooperación, y necesito hacer por ella el
sacrificio de prestársela.

--¿Que la patria te reclama..., qué?...--preguntó la oronda señora,
dudando si la palabrilla se comía o se sembraba.

--Que _el país_ desea que yo le represente en las Cortes--añadió don
Simón con parsimonia.

¿Y qué es eso?

--Pues bien claro está, mujer. Se trata de que yo sea diputado por esta
provincia.

--¡_Carácholes_!--exclamó, fuera de sí, la _gran dama_, olvidándose en
aquel instante de todos los miramientos que la esclavizaban desde que
era rica.

Frunció el entrecejo el marido al oír aquella interjección espontánea
en boca de su mujer, y dijo a ésta severamente:

--Te _alvierto_ que esa palabra no es del mejor gusto para dicha por una
señora de tus... contingencias.

--Déjate ahora de eso, que ya se arreglará--repuso doña Juana con un
desdén admirable--. Y dime: si llegas a ser diputado, ¿te sentarás en
aquellos bancos de terciopelo que veíamos desde la trebuna?

--Es claro.

--¿Y te llamarán _de_ Usía?

--Naturalmente.

--¿Y te codearás con los ministros?

--Es de razón.

--¿Y viviremos en Madrid?

--Regularmente.

--¿Y nos publicarán en los papeles?

--Puede que sí.

--¿Y casaremos a Julieta con un embajador?

--No te diré que no, si a mano viene.

--¡Ajaá! Y con eso espantaremos de una vez tanto moscón como nos zumba
aquí alreguedor de las talegas de tu hija.

--Ese será uno de los motivos que más me animen a llevaros conmigo.

--Pues mira, Simón: por si se vuelve atrás y no te ves en otra, coge a
ese país por la palabra.

Y como don Simón opinaba lo mismo que su mujer, no durmió aquella noche,
contando las horas que faltaban hasta la en que pudiera presentarse _al
país_ para decirle que aceptaba su proposición... «por no desairarle».

Amaneció al cabo; y como los instantes son preciosos en tales ocasiones,
nuestro personaje no esperó a la noche para ver a sus amigos. Buscólos
en sus casas acto continuo; citáronse para el mediodía en la del
candidato, y en ella se discutieron ampliamente los preliminares de la
batalla.

Para darla con mejor éxito se eligió un distrito rural; designóse a cada
uno el puesto que le correspondía, conforme a sus relaciones en aquellos
pueblos, o a sus influencias, y se disolvió el cónclave, a fin de poner
en práctica, sin pérdida de un solo momento, el discutido plan.



CAPÍTULO IX


Los trabajos preliminares fueron un aluvión de cartas que inundó el
distrito. Para todos hubo: para el que debía, para el que deseaba y para
el que valía, y a cada cual se le hablaba en el tono conveniente.

Las que escribió don Simón, menos relacionado que sus auxiliares con la
gente del distrito, venían a decir, salvas ciertas _contingencias_ y
otras pequeñeces de estilo, lo siguiente:

«Muy estimado amigo y señor mío: Las aflictivas circunstancias por que
atraviesa la nación, obligan a los hombres independientes y de recta
voluntad a hacer grandes sacrificios. En tal concepto, y cediendo además
a las exigencias de mis amigos y de otras muchas personas de saber y de
arraigo, me he decidido a presentarme candidato _independiente_ para
diputado a Cortes por ese distrito, en las próximas elecciones; y como
usted es uno de los hombres que más legítima influencia ejercen en ella,
a usted acudo en demanda de su cooperación, en la esperanza de que me la
prestará cumplida; por lo cual le anticipa las gracias y se ofrece
nuevamente de usted afectísimo amigo y seguro servidor q.b.s.m.,

SIMÓN DE LOS PEÑASCALES.»

Las respuestas más placenteras que obtuvieron estas y otras cartas,
fueron como la siguiente:

«Muy señor mío y amigo de toda mi consideración y respeto: Grande ha
sido mi complacencia y la de mis amigos al tener conocimiento, por su
grata del tantos de los corrientes, de que usted se presentaba candidato
por este distrito; y desde luego puede contar con nuestra escasa
importancia. Pero debo advertirle, para su gobierno, que ya se le han
anticipado a usted otras influencias que pesan mucho entre esta gente,
por lo cual temo que el éxito de nuestra batalla no sea tan cumplido
como deseara.

»De todas maneras, y por aquello de que «al ojo del amo engorda el
caballo», será muy conveniente que usted se decida, sin pérdida de un
momento, a recorrer el distrito. A este fin, y para cuanto le ocurra,
me ofrezco de usted, como siempre, afectísimo amigo y seguro servidor
q.b.s.m.,

CELSO LÉPERO.»

Hecho el primer estudio del terreno por medio de estos y otros datos
parecidos y no más lisonjeros; oído el dictamen del centro electoral, y
corridos los indispensables propios con las necesarias cartas e
instrucciones, arregló don Simón la maleta; rellenó todos sus huecos con
cigarros del estanco; vistióse un traje coquetón de camino, hecho _ad
hoc_; adornó las manos con sus sortijas más voluminosas; echó sobre el
pescuezo la cadena más larga, más gorda, más relumbrante de cuantas
tenía; y cabalgando en un rocín de mal pelo, pero de mucha resistencia,
partió de la ciudad al amanecer de un día, quince antes del en que
habían de dar comienzo las elecciones.

Llegó al primer pueblo del distrito, y allí le esperaban, a la puerta de
un viejo mesón, a cuyos postes y rejas estaban atados otros tantos
caballejos enjaezados a la usanza del país, hasta seis agentes
electorales _de nota_. Recibiéronle los seis sombrero en mano; alargó
don Simón la suya a cada uno, con el aditamento de afectuosa sonrisa; y
abriéndole después ancha y respetuosa calle, obligáronle a pasar,
delante, al comedor, donde había una mesa preparada para docena y media
de convidados, y hasta doce nuevos personajes envueltos en burdas capas,
que, al ver entrar al candidato, se levantaron y se descubrieron. Estos
doce eran los edecanes, como si dijéramos, de los otros seis, que bien
pudieran llamarse el _estado mayor_ del aspirante a diputado.

Olía el salón aquel punto peor que una caballeriza; pues de esencia de
ella, de aguardiente, de tabaco _de hoja_ común y de otras no más suaves
ni voluptuosas, se componía el ambiente que allí se mascaba; pero de
ámbar y ambrosía le pareció a don Simón, juzgándose ya electo con el
esfuerzo de aquellos auxiliares, todos famosos en el país por sus
gloriosas campañas electorales.

Dióse al candidato, por aclamación, la presidencia de la mesa, y
sentáronsele a cada lado tres de su estado mayor y seis de los
subalternos. Cumplido este requisito, y dichas las indispensables
_agudezas_, y hechos los acostumbrados restregones de manos, sirvió una
Maritornes, en abismo de sopera, media arroba de fideos; vertióse negro
y abundante mosto en los vasos al efecto; circuló el cucharón de estaño
de plato en plato; y entre sorbos, resoplidos, eructos y taconazos,
dióse comienzo a la discusión del punto que allí reunía a tan insignes
personajes.

Según las noticias traídas por los doce encapotados, que conocían el
distrito como la palma de la mano, y acababan de recorrerle todo,
cumpliendo previas y acertadas instrucciones de los seis jefes,
presentes también, la batalla iba a ser muy reñida, y ofrecía un éxito
muy dudoso.

Tres eran los candidatos que habían de luchar. Uno ministerial, otro de
oposición radical, y otro, don Simón, indefinido, _independiente_. El
primero, aunque desconocido en el país y sin arraigo en ninguna parte,
era el más temible, porque con la tenaza del Gobierno tenía cogidos por
los cabezones a casi todos los Ayuntamientos. El de oposición se llevaba
las grandes masas _inconscientes_; y en cuanto a don Simón, no contaba
en aquel instante más que con lo que le rodeaba; pero así y todo, bien
sabía él que no era el más desamparado de los tres. Había sonrisas a su
lado que valían media elección, y gestos y caras y, sobre todo,
antecedentes que, cuando menos, le garantizaban una lucha a muerte y una
derrota gloriosa.

Hízosele saber, como dato muy importante, que el candidato de oposición
daba, a cada elector que le votara, media libra de pan y un trago de
vino. Del ministerial nada se sabía, porque corría la elección por
cuenta de los Ayuntamientos, al decir de la fama. Era, pues, necesario,
para ganarse simpatías y prosélitos, hacer por los electores un poquito
más que el más rumboso de los candidatos; y como don Simón era rico, y
en ciertas ocasiones no se paraba en barras, autorizó a sus agentes para
que hiciesen saber en el distrito que él daba a sus votantes lo mismo
que el candidato de oposición, más dos docenas de castañas, y, en caso
de apuro, un cigarro de dos cuartos.

Estas larguezas, en opinión de sus auxiliares, podían facilitar algo más
el triunfo. Pero si, en último caso, la batalla ofrecía ciertas
dificultades, ¿no era don Simón candidato _independiente_? ¿No podía,
sin mengua de su dignidad, declararse, _in extremis, adicto_, y obtener
de este modo los auxilios del poder, que se los daría con preferencia al
otro candidato, simple aventurero político?

En éstas y otras, y devorados por los comensales, amén de los pucheros
bien atacados, dos docenas de pollos en salsa, media arroba de carne
estofada y una calderada de arroz con leche, repartió entre ellos don
Simón un mazo de puros del estanco; encargó a cada uno de los doce
subalternos el mayor esmero en el cumplimiento de la comisión que se les
había dado; los favoreció con un afectuoso apretón de manos; pagó la
comida a los diez y ocho, y los piensos de otros tantos caballos, más
algunas herraduras que hubo que poner a tres o cuatro de los últimos; y
seguido de la consabida media docena de personajes que formaban su
estado mayor, bajó al corral. Allí montaron los siete, y partieron a
trote menudito, entre las sombreradas de los que quedaban en el mesón y
la afanosa curiosidad del vecindario, que había acudido en masa a las
inmediaciones de la venta para conocer al candidato, de cuya riqueza se
contaban maravillas en el pueblo.

Allí empezaba para don Simón, si no lo más difícil, lo más penoso de la
campaña electoral.



CAPÍTULO X


Según lo acordado en la mesa, en ciertos pueblos del tránsito no había
necesidad de apearse, pues no ofrecían la menor dificultad; a lo sumo,
detenerse un momento a saludar, por una atención que sería muy
agradecida, a tal cual influyente. Pero, en cambio, había que echar el
resto en aquellas localidades dudosas o adictas al enemigo.

Y con estos propósitos, caminando en ala los siete donde el terreno lo
permitía, o en hilera si el sendero no daba más de sí, pero ocupando
siempre don Simón el puesto de preferencia, ensanchábasele el pecho al
pobre hombre a impulsos de su vanidad, creyendo de buena fe que todas
aquellas deferencias con él guardadas eran hijas de una adhesión
espontánea y desinteresada a su persona. ¡Y estaba cansado de oír hablar
de ciertos caciques de aldea, perpetuos muñidores electorales, para
quienes es una fiesta acompañar candidatos, y comer acá, y cenar allá, y
desayunarse en el otro lado con ellos y a sus expensas, y frecuentemente
un negocio cada elección después de cada _paseo_! Pues de todo esto se
olvidaba don Simón al verse rodeado de tanto _caballero_.

Dirigía la cabalgata uno de los seis caciques, hombre enjuto, moreno,
largo de nariz y penetrante de mirada; casi imberbe, aunque ya picaba en
viejo; poco hablador, pero al caso, y desconfiado hasta de su sombra.
Conocía, uno a uno y con sus méritos, vicios, resabios y necesidades, a
todos los electores del distrito, y, por consiguiente, el modo de
interesarlos o de reducirlos. Esta circunstancia era la que más fuerza y
realce le daba como muñidor incomparable e irresistible. Era, además,
alcalde perpetuo de su pueblo, y consejero nato de media docena de
Municipios limítrofes, y estaba muy bien relacionado con gentonas de
Madrid, que le debían favores semejantes al que estaba dispensando a don
Simón. Llamábase don Celso Lépero, y era el autor de la carta que
dejamos reproducida más atrás.

Los otros cinco auxiliares eran por el estilo; pero no tan famosos ni
tan fuertes, aunque lo eran mucho, como don Celso.

Y volvamos a la historia.

Al pasar cerca de un pueblecillo, después de tres horas de marcha
continua, dijo Lépero a don Simón:

--Aunque a esta gente la conceptúo nuestra por completo, será muy
conveniente que se detenga usted un instante a saludar al que la maneja
a su gusto. El tal Mayorazgo, que así se le llama, es hombre algo bruto,
pero muy pagado de que le mimen y le soben. Al despedirse, dele usted un
cigarro; no de los que nos ha repartido en la mesa, sino de los que
lleva usted en la petaca para su uso particular.

Sin fijarse don Simón en la indirecta de don Celso, púsose a sus
órdenes; dejaron todos la senda que llevaban, y se encaminaron hacia la
casa del Mayorazgo, que estaba en lo más escondido del pueblo. Salió a
abrirles la puerta del corral un muchacho muy sucio, que se asustó al
ver tanto caballero; y entre limpiarse los mocos con una mano y rascarse
las nalgas con la otra, les dijo de mala gana que su padre estaba en el
cierro.

Dióle las señas de éste como pudo; y los expedicionarios tuvieron que
desandar parte de lo andado, trepar por un escarpado, y subir a la
meseta de una montaña, donde hallaron al Mayorazgo presidiendo la
roturación de un gran terreno que acababa de adquirir en aquellas
alturas. Era hombre joven todavía y de rostro desengañado. No mostró
gran curiosidad al verse acometido por el pequeño escuadrón. Limitóse a
contestar fríamente al caluroso saludo que le dirigió don Celso en
nombre de los demás, y especialmente de don Simón, a quien presentó al
impávido, diciendo:

--El señor es _nuestro_ candidato, don Simón de los Peñascales; persona
ilustrada, con treinta mil duros de renta y mucho talento. Viene
exprofeso a dar a usted las gracias por el apoyo que ha de prestarle en
las elecciones, mientras tiene ocasión de pagarle su atención de otra
manera.

--Para servir a usted--dijo lacónicamente el Mayorazgo, mirando hacia el
presentado.

--Muy señor mío--respondió don Simón, descubriéndose la cabeza y
tendiendo su diestra al del cierro--. ¿Está usted bueno?

--Yo bien, gracias a Dios--dijo el Mayorazgo sin hacer un gesto.

--¿Usted fuma?--le preguntó el candidato sacando la petaca.

--Algunas veces, si el tabaco es bueno--respondió el otro.

--Pues ahí va uno de la Vuelta de Abajo.

--Se estima--refunfuñó el obsequiado mordiendo la punta.

--Y ¿qué tal andamos por acá?--preguntóle el candidato, deseando
arrancar siquiera un gesto de interés a aquel pedazo de bárbaro.

--Pues... allá veremos--contestó éste, gastando media caja de fósforos
en encender el puro al aire libre.

--Eso no hay que preguntarlo, don Simón--observó Lépero--, que de cuenta
del señor corre dejar a usted satisfecho.

--Pues en ese caso--repuso don Simón comprendiendo a don Celso--, y toda
vez que nos falta mucho que andar hoy todavía, ya que he tenido el gusto
de conocer al señor, sólo me resta ofrecerme a sus órdenes para cuanto
desee, ahora y siempre.

--Lo mismo digo--murmuró el Mayorazgo, tocando apenas con una mano la
que le tendió don Simón, y volviendo a mirar a sus cavadores.

Cuando la cabalgata se alejó de allí, don Simón no pudo menos de decir a
don Celso, con desencanto:

--Si éste es de los que me apoyan en el distrito, ¿cómo serán los que me
combaten? ¿Qué puedo prometerme de los dudosos?

--No haga usted caso de palabras ni de semblantes, señor don
Simón--respondió don Celso--. Ese hombre, como usted le ve, donde pone
la intención mete la cabeza. Esté usted seguro de que en este
Ayuntamiento han de votarle a usted hasta los difuntos. ¡Algo más duro
de pelar es el otro mozo que vamos a visitar en seguida, en ese pueblo
que se ve a la derecha! Es hombre que no da nunca el brazo a torcer, ni
se decide hasta el último momento.... Y a propósito: ¿tiene usted alguna
buena recomendación para la Audiencia del territorio?

--Absolutamente ninguna.

--¿No conoce usted a nadie que conozca a alguno de los magistrados?

--Le digo a usted que no.

--¿Ni siquiera a un mal portero?

--Aguarde usted.... ¡Pero quiá!

--Siga usted, siga usted...

--Calle usted, hombre, ¡qué majadería! Recordaba ahora que estando
paseando, tres meses hace, con un amigo, llegó a saludarle un forastero;
y al separarse éste de nosotros, supe que era un primo tercero de la
cuñada de un amigo del regente.

--Pues tenemos cuanto nos hace falta.

--¿Para qué, don Celso?

--Ya lo verá usted. Ahora tenga presente que la persona que vamos a
saludar es muy arisca y muy agarrada; pero que se lleva a las urnas a
todos los electores del Ayuntamiento, y a algunos más.

--¿Y de qué procede esa influencia?--preguntó don Simón con curiosidad.

--De que el sujeto ése vende vino y tabaco; razón por la que no hay un
vecino que no le deba algo; como no le hay del Mayorazgo que no se lo
deba a éste por razón de arrendamiento o de préstamos..., o de otra
cosa peor. Así se ejercen en los pueblos las grandes influencias, y con
ese criterio se hacen siempre las elecciones, como usted irá viendo poco
a poco. Pero vamos al caso. Como nuestro hombre es avaro, conviene que
se quite usted los guantes para que brillen bien las sortijas, y que se
desabroche las solapas para que relumbre la cadena.

Don Simón comenzó a obedecer como un recluta, y luego dijo:

--¿Y cree usted que será conveniente que yo pronuncie algún discursito?

--¿Trae usted alguno bien estudiado?

--¡Hombre!, estudiado precisamente...--repuso don Simón un tanto
resentido--. Pero creo que no me saldría del todo mal.

--Pues si es bueno, diga usted poco.

--¿Y el cigarro?

--También de los de la petaca; que para malos, ya los tiene él, como
estanquero.

En éstas y otras, y después de trasponer un breñal casi inaccesible y de
vadear un río y de saltar tres estacadas, llegó la comitiva a la primera
casa del pueblo que se buscaba; la cual casa mostraba lo que era, más
bien por el ramo que ostentaba sobre la puerta, que por el rótulo
ilegible que se había trazado con almazarrón y alguna escoba, en un
lienzo de la fachada.

--Aquí es--dijo don Celso.

Al mismo tiempo apareció a la puerta de la taberna, y la tapó casi toda,
un hombre, especie de tonel de grasa, en forma, tamaño y aseo.

Hundía los brazos hasta los codos en los enormes bolsillos de sus
mugrientos pantalones, y asomaban entre sus gruesos amoratados labios
las húmedas y requemadas hebras de una punta de cigarro, que destilaba,
por la barbilla abajo, un regato de negruzca saliva, y, en tanto, fijaba
el tal, con expresión estúpida, sus ojuelos verdes en los recién
llegados.

--Ese es nuestro hombre--dijo don Celso por lo bajo a don Simón.

Y mientras éste se echaba las solapas hacia atrás y destacaba cuanto
podía sus dedos cuajados de anillos, don Celso, apeándose, abrazó al
tabernero, que apenas se movió del sitio en que estaba, ni sacó las
manos de los bolsillos. Echaron pie a tierra también los otros cinco de
la comitiva; y cuando lo hubo hecho don Simón, tomóle don Celso de la
mano, y dijo, mostrándosele al hombre gordo de la puerta:

--El señor es el candidato a quien votan todas las personas decentes del
distrito. Se llama don Simón de los Peñascales; es de arraigo, como a
usted le gustan los hombres; tiene treinta mil duros de renta, y además
mucho talento.

--¡Ya, ya!--gruñó por toda respuesta el tabernero.

--El señor--dijo don Celso, señalando a éste y hablando con don
Simón--es don Zambombo, como le llamamos los que nos honramos con su
amistad íntima, o don Jeromo Cuarterola, como le llaman en el pueblo y
fuera de él cuantos le conocen y le quieren, porque se lo merece; y por
eso le sirven a ojos cerrados.... En fin, que el señor es el jefe
electoral de toda esta comarca.

--¡Ya, ya!--volvió a gruñir el tabernero.

--Muy señor mío y mi dueño--díjole don Simón, doblándose, descubriéndose
y tendiéndole una mano; atenciones a las cuales correspondió Cuarterola
tocando apenas el ala de su grasiento sombrero hongo con la extremidad
del índice de su diestra, que sacó perezosamente del bolsillo, volviendo
a hundirla en él en seguida.

--Nosotros--añadió don Celso, atropellando la humanidad de don
Zambombo--tenemos que hablar despacio, y nos colamos como Pedro por su
casa. Conque venga la mejor habitación y el mejor vino, y síganme todos,
caballeros.

Siguiéronle, en efecto, los aludidos, después de amarrar afuera, como
mejor pudieron, las cabalgaduras; y precedidos de Cuarterola,
instaláronse ante una mesa larga, estrecha y sucia, que se sostenía mal
en el interior de la taberna, cerca del mostrador, sobre el cual no
había más que una _vasera_ de hoja de lata con cuatro jarros de arcilla;
una aceitera, capaz de media arroba; un pedazo de yeso para _apuntar_;
dos vasos para aguardiente, y un botellón de cristal conteniendo vino
tinto. Detrás del mostrador se alzaba penosamente un mal estante con
media docena de mazos de cigarros, envueltos en papel de estraza;
algunos libritos de fumar, y un paquete de cerillas.

Mientras los recién llegados se sentaban en los duros y estrechos bancos
contiguos a la mesa, don Zambombo entró en la bodega, de la que salió al
cabo de un cuarto de hora con un gran jarro de vino blanco en una mano,
y en la otra un vaso de vidrio sucio.

--Aquí hay que hacer un esfuerzo, don Simón--dijo Lépero mientras el
tabernero volvía--. Es preciso, aunque sea con repugnancia, beber, y
beber de largo.

--Pero, hombre--respondió don Simón asustado--, ¡si yo no pruebo jamás
el vino!

--Es que nunca ha sido usted candidato.

--En fin, haremos un esfuerzo--exclamó éste con heroica resignación.

Llegó al cabo don Zambombo, y puso lentamente sobre la mesa el jarro y
el vaso. En seguida volvió a meter las manos en los bolsillos, y se
colocó de pie a un lado de la mesa, haciendo descansar su panza sobre el
tablero.

Entretanto, don Celso escanció el primer vaso de vino y se le presentó
al candidato, que, cerrando los ojos, se le bebió sin resollar. El
segundo fué para el tabernero, a quien dijo, mientras éste apuraba el
líquido, mitad por el gaznate y mitad entre cuero y camisa:

--Señor don Jeromo, el mundo está perdido; los tunantes se nos suben a
las barbas, y los hombres de bien andamos por los suelos. Es preciso
que la cosa cambie, ¡y cambiará! Para conseguirlo, contamos con usted.

--¡Ya, ya!--gruñó por tercera vez don Zambombo.

--En efecto, señor de Cuarterola--dijo don Simón enredando con su larga
y gruesa cadena de reloj, de modo que se vieran a un tiempo ésta y los
anillos de sus dedos--: la sociedad se desquicia si pronto no se le
busca el remedio. Los pueblos gimen agobiados por los impuestos más
insoportables; la familia está amenazada de un cataclismo, porque las
leyes se hacen y se interpretan por gentes sin arraigo, sin moralidad y
sin... contingencia. Es preciso, pues, llevar al Parlamento hombres de
recta voluntad, de posición; hombres verdaderamente..., ¿cómo lo diré
más claro?..., hombres, en fin..., contingentes, que no vayan allí a
hacer su propio negocio, sino la felicidad de los pueblos.... Ahora
bien: para que un hombre de estas condiciones eche sobre sí carga tan
pesada, no basta la abnegación más patriótica; se necesita también el
concurso de los demás hombres que como él piensan. Yo, señor don Jeromo,
no he tenido inconveniente en sacrificar al bien de mi país la
tranquilidad de mi hogar, y hasta el lucro de mis negocios particulares;
pero será estéril mi abnegación si los hombres influyentes, de arraigo,
de convicciones sólidas y saludables, de contingencia, en fin, como
usted, me niegan su apoyo en estos instantes supremos. He dicho.

--¡Bravo! ¡Bravo!--gritó a coro su estado mayor.

--¡Ya, ya!--gruñó por cuarta vez el tabernero, sacando una mano del
bolsillo para rascarse el cogote sin quitarse el sombrero.

--¡Esto es hablar como un libro, don Jeromo!--exclamó Lépero--. ¡Que
vaya este hombre a las Cortes; que vayan muchos como él, y España se
pone camisa limpia!

--¡Ya, ya!... _Pero_...--murmuró Cuarterola.

--Pero... qué, ¡hombre de Dios! ¿Acabará usted de romper a hablar?--le
dijo Lépero ya exasperado.

--Vamos a ver qué tiene que objetar el bueno de don Jeromo--añadió don
Simón afablemente.

--Pues digo--repuso el tabernero perezosamente y con voz
aguardentosa--que todo lo que usted dice está muy bien dicho...

--En tal caso...

--Sólo que--continuó don Zambombo--es lo mismo que me han dicho todos
los candidatos que me han pedido el voto.

--Sin embargo...--replicó don Simón algo resentido.

--Y luego que han sido diputados--concluyó Cuarterola--, si te he visto,
no me acuerdo.

--Pues precisamente porque eso que usted dice es cierto, los hombres de
mi carácter y de mi posición nos lanzamos esta vez a la lucha, resueltos
a que sea una verdad el sistema representativo.

--¡Ya, ya!--volvió a gruñir Cuarterola.

--Conque, amigo don Jeromo--saltó aquí don Celso, persuadido de que toda
preparación era ociosa con aquel bárbaro--, estamos al cabo de la calle
y nos hemos entendido. Me consta que a usted, de buena o de mala gana,
le siguen a las urnas todo el vecindario y algunos votantes más.

--¡Ya, ya!...

--Díganos usted cuántas candidaturas impresas necesita, para que se las
enviemos oportunamente; y no se hable más del asunto.

--¡Ya, ya!...

--Y antes que se me olvide: ¿cómo va el pleito?

--¿El pleito?... ¡Ya, ya!

--¿Está en segunda instancia?

--¡Ya, ya!... Ya va para tiempo.

--Pues ¿en qué consiste la parada?

--A la vista está.... Soy pobre, no tengo arrimos...

--¡Y me habían asegurado a mí que se le había ofrecido a usted la
absolución libre a cambio de sus votos para el candidato del
Gobierno!...

--¡Ya, ya!... Ofrecer, bien ofrecen; pero...

--¿Pero qué?

--Que quiero yo cobrar adelantado, y ellos no quieren pagar hasta el día
siguiente.

--Justo, para dejarle a usted en blanco, después de haberlos servido...
¡Si anda ahora una pillería!...--concluyó Lépero, fingiendo cierta
indignación, como si quisiera conmover al tabernero.

--Y ¿qué pleito es ése?--preguntó don Simón.

--¡Una verdadera infamia!--le respondió Lépero guiñándole el ojo--. Un
_supuesto_ contrabando, por el cual han formado causa a este pobre
hombre, y le están arruinando miserablemente.

--¡Eso digo yo!--suspiró don Zambombo, bamboleando de un hombro a otro
su monstruosa cabeza.

--Pues, amigo mío--dijo don Celso--, jamás hallará usted mejor ocasión
que ésta para salir airoso en su empeño. Cabalmente tiene usted delante
al mejor amigo del regente de la Audiencia.

Al oír esto, don Zambombo abrió los ojos cuanto se lo permitía la carne
de los párpados, y clavó la mirada en don Simón.

Este se quedó como quien ve visiones. Y no era extraño.

--Pero, don Celso--dijo sin poderse contener--, ¿cómo es eso?...

--En efecto--repuso Lépero atajándole--: no es el mismo regente a quien
usted conoce, sino a la persona que más le domina.

--Repare usted, don Celso...

--Nada, nada, amigo don Jeromo--continuó Lépero desentendiéndose de los
escrúpulos del candidato...--Y advierta usted que esto no va como
favor, ni mucho menos. Es usted un amigo a quien aprecio muchos años
hace, y esto nos basta al señor don Simón y a mí para prestarle de buena
gana este ligerísimo servicio. Conque traiga usted papel y tintero, que
vamos a escribir una carta, que puede ser la fortuna de usted.

Como nada perdía en ello el tabernero, movióse perezosamente para
complacer a don Celso.

Entretanto, dijo éste a don Simón:

--Tiene usted que poner dos letras a aquella persona que saludó a su
amigo de usted tres meses hace, y que es pariente de la cuñada de un
amigo del regente.

--¡Pero don Celso!...

--¡Pero don Simón!...

--¡Si ni siquiera sé cómo se llama!

--¡Diablo!

--¡Ni dónde reside!

--¡Demonio!... Pero no importa. Antes al contrario, es mejor así.

--¿Cómo que no importa?

--Lo dicho. Escriba usted a Juan Pérez o a Luis Fernández, y háblele
como si realmente existiera.

--¡Don Celso!... Y ¿he de firmar yo una superchería semejante?

--Y ¿por qué no? Sobre que la carta no ha de salir de la administración
adonde vaya a parar.... ¡Pregunte usted en Madrid o en Barcelona por un
Juan Pérez, sin más señas! El asunto es engatusar a este bodoque.

--¡Pero eso es indigno de una persona seria como yo!

--¡Ay, ay, ay!--exclamó con sorna don Celso--. ¿Esas tenemos? ¿Con
escrúpulos de monja nos venimos? Pues cuente usted desde ahora con que
le han de ocurrir en el distrito doscientos lances por el estilo, y si
usted está resuelto a hacerles ascos a todos, ya puede volverse a su
casa en la seguridad de no sentarse en los bancos del Congreso.

--La verdad es que ser diputado a ese precio...

--¿Pues a qué precio cree usted que son diputados los demás?

Terciaron en la porfía, auxiliando a don Celso, sus cinco camaradas; y
al cabo lograron reducir a don Simón, en el instante en que ponía
Cuarterola sobre la mesa un tintero de cuerno con pluma de ave, y medio
pliego de papel con lamparones de aceite.

Entregóselo todo a don Simón, que, a regañadientes, tuvo que escribir lo
que sigue, dictado muy recio por don Celso, no tanto para que lo oyera
bien Cuarterola, cuanto para llenar una exigencia del candidato, que de
este modo creía echar menor responsabilidad sobre su conciencia:


«Señor don Pedro Gutiérrez.

Madrid.


Mi queridísimo amigo y pariente: Como sé que también lo eres del señor
regente de la Audiencia de este territorio, y que es raro el paso que da
en el cumplimiento de sus altos deberes sin oír tu dictamen, espero que
le recomiendes con todo empeño la pronta y favorable resolución del
pleito que pende ante aquélla, contra don Jeromo Cuarterola, de esta
vecindad, y persona de todo mi aprecio, sobre un supuesto contrabando.

Te anticipo las gracias, y espero que esta vez, como otras muchas,
valga, en cuanto deseo, la recomendación de tu afectísimo amigo y
pariente,

SIMÓN DE LOS PEÑASCALES.»

--¡Esto es infame!--dijo don Simón por lo bajo, al cerrar la carta.

--Pero muy conveniente--le contestó don Celso, echando polvos en el
sobrescrito.

En seguida se la puso en la mano al tabernero, que se quedó mirándola,
como distraído, y dándole vueltas.

--Repito--le dijo don Celso, un tanto quemado con aquella actitud--que
esta carta no es un favor que queremos vender a usted.... La hemos
escrito porque..., porque nos ha dado la gana; y nosotros somos así.

--¡Ya, ya!... _Pero_....

--Pero ¿qué?...

--Que sin sello no correrá..., me parece a mí.

--Verdad es--dijo don Celso riéndose--. Me olvidaba de que esto es
también estanco donde se venden los sellos de franqueo. Traiga usted uno
por nuestra cuenta.

Obedeció Cuarterola. Volvió con el sello; pególe a la carta Lépero, y al
devolvérsela al tabernero, le dijo:

--Ahora veamos cuánto se le debe a usted por todo.

Quedóse el botarga mordiendo la carta por un pico y murmurando:

--Dos del papel, y cuatro y medio del sello..., siete...; siete..., y
por la tinta.... Por la tinta, nada. Y luego, el vino: dos azumbres a
siete...

Pero enredándose en estos líos muchas veces, fué al mostrador; llenóle
con la tiza de números como la palma de la mano; los borró dos veces con
saliva y la manga del chaquetón; escribiólos de nuevo, y al fin volvió a
la mesa, diciendo en seco:

--Tres pesetas, con la _estaca_.

La estaca era, lector, el estar los caballos amarrados afuera, aunque
sin haber roído un mal grano, ni haber hecho un céntimo de gasto ni de
desperfecto.

Echó don Simón un duro sobre la mesa.

--Quédese usted con la vuelta--dijo don Celso, que mandaba hasta en los
deseos del candidato.

Guardó el avaro la moneda; pero no dijo una palabra.

--Conque, en resumen, don Jeromo--concluyó Lépero, poniéndose de pie, en
lo que le imitaron los demás de la partida--: quedamos en que, en
igualdad de circunstancias, preferirá usted nuestra candidatura a las
otras dos, y en que probablemente la votará usted con toda su gente.

--¡Ya, ya!--respondió con su muletilla de costumbre el tabernero.

--¡Si usted tuviera la bondad de ser un poco más franco!--se atrevió a
decirle don Simón.

--¡Pssée!--refunfuñó don Zambombo--. ¡Como tampoco ustedes lo son!...

--¿Cómo que no?

--Es la verdad. Y si no, a verlo vamos. Yo me comprometo a votarle a
usted con todos mis amigos...

--Muchas gracias, señor don Jeromo.

--Con tal de que usted se comprometa a otra cosa.

--Nada más justo, señor de Cuarterola. ¿Ve usted cómo al cabo nos vamos
entendiendo?

--Ahora lo veremos. Lo que yo quiero es que se haga en todo este año una
carretera desde esta misma puerta al camino real, que no va muy lejos
de aquí.

--Nada más justo, señor don Jeromo; y desde luego me comprometo, si
llego a ser diputado, a hacer cuanto pueda por conseguirlo..., y lo
conseguiré, de seguro.

--¿Lo ve usted? Pues esto me van diciendo todos los diputados que me han
pedido el voto de diez años a esta parte.

--¡Ya! Promesas vanas.

--Como las de usted.

--¡Hágame usted más favor, señor mío, que yo soy una persona de
formalidad!

--Que el día en que sea diputado tendrá cien mil cosas en qué ocuparse,
más formales que este pobre camino.

--Cuando yo doy una palabra...

--Mire usted, señor don Simón: el camino costará, según presupuesto que
se ha hecho, sobre tres mil duros. Deposite usted esa cantidad donde
mejor le parezca y con condición de que se ha de emplear en esa obra, y
yo le doy a usted la votación de todo el ayuntamiento..., y algo más.

--Eso es desconfiar de mí; y sobre todo, yo no puedo pagar tan cara mi
elección.

--¿No me ha dicho usted que está seguro de que el camino se hará si yo
le voto?

--Si llego a ser diputado.

--Que es lo mismo, según yo voy observando. Pues bueno. El día en que el
Gobierno, o la provincia..., o el demonio, haga el camino, recoge
usted su depósito... y en paz.

--Se pensará, señor don Jeromo, se pensará--dijo don Celso cortando
aquel diálogo, con el cual se iba amoscando algo el inexperto don Simón,
y con el fin de no desahuciar por completo al tabernero.

--Pues aquí estoy siempre a sus órdenes--concluyó éste--, con la
condición que he dicho. Si conviene, bueno; y si no, tan amigos como
siempre.

--Esa es la fija, y hasta la primera--contestó don Celso montando a
caballo.

--Quede usted con Dios, _buen hombre_--añadió el candidato, montando
también, abrochándose las solapas y poniéndose los guantes, señal de que
nada se prometía ya del brillo de sus alhajas para mover el ánimo de
aquel pedazo de bruto, con costras de taimado... y de sebo....

Cabalgaron también los otros cinco auxiliares; y bajando callejones, y
resbalando sobre lastras, y vadeando regatos, salieron a una senda que
se llamaba _camino real_, por el que continuaron su marcha a obscuras;
porque es de advertir que había anochecido una hora antes, y además caía
una lluvia menudita que enfriaba hasta los huesos.



CAPÍTULO XI


Debían los expedicionarios ir a pernoctar a un pueblo que aún distaba
tres horas, y a cierto caserón medio feudal, perteneciente a un hidalgo
solitario que le habitaba. Era éste persona de bastante prestigio en
aquel país, aunque de escasas rentas, y estábale don Simón muy
recomendado por algunos amigos de la ciudad. Conocíanle además todos
cuantos le acompañaban en la expedición, por otras análogas. Y dicho
está que el tal hidalgo era experto en los intríngulis electorales. Pero
era muy diplomático antes de comprometerse con ninguno. En cambio, una
vez comprometido, no podía hablársele más del asunto. Esto lo sabía muy
bien don Simón; y para mayor pesadumbre, ignoraba, a aquellas horas, la
actitud en que el hidalgo se hallaba con respecto a él; pues la única
carta en que había contestado a las muchas que se le escribieron desde
la ciudad pidiéndole su apoyo, tanto tenía de dulce como de amarga.

Y caminando siempre, y meditando sobre este y otros puntos, y rara vez
hablando, el agua seguía cayendo espesa y muy fría, y el candidato no
veía chispa...; digo mal, veía las que sacaban las herraduras del
caballo que precedía al suyo, al resbalar sobre los morrillos; y esto
sucedía frecuentemente al borde de un precipicio, en cuyo fondo se
despeñaba rugiendo un torrente, cada vez más impetuoso con el caudal de
la lluvia. Veinte años antes, Simón Cerojo no se hubiera fijado siquiera
en estos imponentes detalles, y hubiera caminado impávido a la misma
hora y por el mismo sendero, entonando unas seguidillas, a pesar de la
lluvia y del frío. Pero la vida regalona y el apego a las comodidades
del rico Peñascales, habían enervado los bríos y arrugado el corazón del
apuesto cortejante de la arisca Juana. Don Simón, pues, era, enfrente de
todo peligro serio, tímido como una liebre. Por eso se estremecía de
espanto al considerar la facilidad con que él y su apreciable
candidatura podían ir en un momento a contar la campaña al otro mundo. Y
no bastaban a tranquilizarle las seguridades que le daban sus
compañeros, fundándose en el instinto y la firmeza de las cabalgaduras....
¡No era mucho, a la verdad, semejante garantía, única con que, de
tejas abajo, contaban en ciertos pasos peligrosos!

Aterrábale otra vez la tenebrosa soledad de un bosque, impenetrable a la
tenue claridad del firmamento, única luz que hasta entonces había visto
desde que anocheciera. Asaltábanle allí toda clase de miedos, a los
ladrones principalmente; pero de éste se sacudía con alguna facilidad,
considerando que hasta para robar era cruel aquella noche, aun en el
supuesto de ser creíble que en semejantes soledades habitaran los que
viven a expensas de lo que tienen los que jamás pasarían por allí, a no
estar tentados del demonio, o del afán de ser diputados a Cortes, que
tanto monta. Del miedo a las fieras le curaban sus acompañantes,
asegurándole que el lobo y otros animalitos por el estilo no hacen caso
del hombre como tengan bestias en que cebarse; y los viajeros llevaban,
por de pronto, siete caballos que ofrecer a la voracidad del soñado
enemigo.

Con estos y otros consuelos, don Simón hasta se atrevía a toser sin
taparse la boca, cuando el frío de la noche le obligaba a ello.

De pronto se encontraba en una poza con el agua hasta las cinchas.

--¡Afloje usted las riendas--le gritaban desde atrás--, y deje al
caballo que siga la calzada!

--Es decir--pensaba, aterrado, don Simón--, que este animal sigue a
tientas y por instinto cierta calzada que está cubierta por el agua. De
modo que si se sale de ella, porque el instinto no le alcanza, o si
tropieza y cae.... ¡Dios eterno!... Y todo, ¿por qué? ¡Por ir a buscar
unos cuantos votos que, de fijo, no han de darme, para una elección que,
de todos modos, y si no me agarro a otras aldabas, he de perder, y con
el fin de ejercer un cargo que maldita la falta me hace!

Y el buen señor, sincero y cuerdo en aquellos instantes, renegaba de la
hora en que se resolvió a luchar en semejante terreno, y se acordaba del
amor de su familia y de la paz de su hogar.

Pero salía del atolladero por un esfuerzo de su cabalgadura y un milagro
de la Providencia, y hasta que se metía en otro más apurado no volvía a
ser cuerdo ni razonable.... Así nos hizo Dios, y no hay que darle
vueltas.

De vez en cuando se distinguía una luz muy a lo lejos.

--¿Es _allí_?--preguntaba con ansia el candidato, que ya no podía
sostenerse en el caballo, de frío, de miedo y de cansancio.

--_Un poco_ más allá--le respondían siempre.

Y para hacer más llevadera su impaciencia, encontrábase de pronto en una
_hoz_, cuyos taludes de escuetos peñascos parecían juntarse sobre la
cabeza del aturdido expedicionario, y cerrarle la salida en todas
direcciones. Oía los mugidos del río que pasaba a su izquierda; tocaba
los jaramagos que brotaban entre las rendijas a su derecha, y sentía en
el rostro el fango con que le salpicaban los caballos que le precedían,
y el aire sutil y nauseabundo, como el de una caverna, que silbaba al
pasar por aquel tubo retorcido y caprichoso. Pero nada veía, si no era
la espantosa representación de su cadáver, magullado por las peñas del
río y dando tumbos con la corriente.

Salíase también de aquel mal paso, y otra luz se ofrecía a la vista del
asendereado candidato.... Pero ¡tampoco era _allí_!

Al cabo, perdiendo en cada luz una esperanza, como Colón antes de ver la
tierra que buscaba; salvando nuevos precipicios y lloviendo siempre y
haciendo cada vez más frío, llegó la expedición a puerto de seguridad.

Estaban los viajeros delante de la casa del hidalgo.... Pero esto lo
supo don Simón porque se lo dijeron; pues tal era la obscuridad, que,
por no ver nada, ni siquiera veía las orejas de su caballo. Oyó que
alguien aporreaba una puerta, o cosa así, con algo tan duro como un
morrillo, y que a cada golpe respondía, _adentro_, un ladrido
tremebundo. Estos porrazos duraron cerca de un cuarto de hora, y otro
tanto los ladridos. Al cabo de este tiempo percibió un rechinamiento,
como el de una gran llave dentro de una inmensa cerradura; después el
sonido de un barrote de hierro rebotando por un extremo sobre otro
cuerpo menos duro; después el chirrido de unos goznes roñosos..., y,
por último, _vió_ la luz de un farol muy ahumado, a cuyos débiles
resplandores pudo observar que se había abierto enfrente una
_portalada_.

Preguntó el jayán que alumbraba quienes eran los de afuera; respondieron
éstos cumplidamente, y los hizo entrar en una corralada, donde fueron
recibidos por un perrazo que se adivinaba por los feroces ladridos, que
no cesaban un punto, y por el crujir de la cadena con que estaba
amarrado, pues la luz del farol no alcanzaba tres varas más allá del
hombre que le sostenía.

En esto apareció en el ancho soportal, con otro farol en la mano, una
especie de fantasma envuelto en un largo ropón, y cubierta la cabeza con
una gorra de pieles. Al ver al _aparecido_ los acompañantes de don
Simón, corrieron a él; y con el acento del más afectuoso interés,
dijeron a una:

--¡Señor don Recaredo!...

Mirólos éste despacio, arrimando el farol a la cara de cada uno; y
cuando los hubo conocido,

--¡Tanto bueno por acá!--exclamó--. Ya me esperaba yo la visita.

--¿Se la han anunciado a usted, acaso?

--¿Qué más anuncio que la proximidad de las elecciones?

--¡Je, je, je!... ¡Qué don Recaredo éste!

--¡Siempre el mismo!

--¡Qué _célebre_!

--Y a propósito de elecciones--dijo don Celso--: tengo el gusto de
presentar a usted a nuestro.... ¡Calle! ¿Dónde está don Simón?

--¡Aquí está!--respondió desde el corral una voz débil y enronquecida.

Corrieron allá los seis caciques, y encontraron al candidato haciendo
los mayores esfuerzos para apearse, ayudado del jayán.

El pobre hombre estaba entumecido, yerto.

Bajáronle entre todos del caballo, y medio suspendido en el aire le
llevaron al portal.

--El señor--dijo don Celso continuando la interrumpida presentación a
don Recaredo--es nuestro candidato; persona ilustradísima y de gran
arraigo, y se llama don Simón de los Peñascales.

--¡Conque el señor es don Simón de los...! ¡Hombre, hombre! ¡Pues no me
le han recomendado poco mis buenos amigos de la ciudad! ¡Cómo había yo
de sospechar que venía entre tanta buena pieza!... Pero ¿se siente usted
mal, señor don Simón?

--Nada de eso, mi señor don Recaredo--respondió con dificultad el
interrogado--; sino que con una jornada tan larga a caballo, y la falta
de costumbre..., y luego el frío..., ¿está usted?... Pero, ante todo,
le ruego que excuse mi poca cortesía al corresponder a sus atenciones,
en vista de la dificultad que...

--¡Pues no faltaba más sino que anduviéramos ahora en cumplidos! Lo que
usted necesita es un buen fuego y un regular alimento, y de todo le
proveeremos al punto, si Dios quiere. Conque, señores, vamos arriba, que
de las cabalgaduras ya cuidará el mozo.

Guió don Recaredo a los expedicionarios por una vieja, ancha y sucia
escalera de pocos tramos, y llegaron a un gran pasadizo, cuyo tillado,
carcomido a trechos, se cimbreaba al andar sobre él. A uno de sus
extremos estaba la cocina, en la cual entraron todos detrás del hidalgo.

Ardía en ella una hoguera enorme, y esta hoguera estaba encerrada por el
alto poyo del fondo y tres largos bancos, más un sillón de madera que
ocupaba el sitio de preferencia. La cocina era inmensa, y la hacía
parecer mayor aún de lo que era el negro brillante de sus paredes, que
no permitía ver líneas ni contornos, ni, por consiguiente, dónde
concluían el techo y el pavimento y comenzaba la obscuridad del vacío.
¡Y grande necesitaba ser aquella pieza para contener lo que contenía!

Además de la espetera y medio bosque de leña y otros objetos propios del
lugar, se veían allí una montura completa de caballo; dos escopetas, una
carabina, un cuchillo de monte y un morral de caza; un banco de
carpintero con todas las herramientas; dos ruedas de carro, a medio
hacer; madera labrada para otras tantas; tres sacos llenos de grano; una
gata con seis hijuelos recién nacidos; varias pieles de oso; una piedra
de afilar, de una vara de diámetro, montada sobre su pilón
correspondiente..., y ¡qué sé yo cuántas cosas más! En ciertos pueblos
se vive en la cocina durante el invierno, y el invierno duraba ocho
meses en aquel pueblo. No es extraño, pues, que la de don Recaredo fuera
tan grande y estuviera tan provista.

Despojado don Simón de cuantas prendas llevaba encima de sí contra la
lluvia, sentáronle en el sillón de preferencia, a media vara del fuego.
Sus amigos y el hidalgo, después de dar a sus criados algunas órdenes,
se colocaron en los bancos. Y bien lo necesitaban los seis caciques;
pues, menos provistos de impermeables que don Simón, estaban calados de
agua hasta el pellejo.

Era don Recaredo hombre que pasaba ya de los sesenta; alto, musculoso,
de rostro atezado, medio cubierto por una barba muy cerrada y fuerte,
pero casi blanca, o más bien amarillenta; el pelo, que conservaba tan
espeso como en su juventud, era mucho más blanco que la barba, así como
las pestañas y las cejas. Al verle don Simón a la luz de la fogata, con
aquella cara, con aquel birrete de piel y envuelto desde el cuello hasta
los pies en un capotón de monte, creyó estar contemplando a uno de los
_magos_ que él había visto salir alguna vez por escotillón en el teatro,
entre llamaradas de resina. Pero, lejos de ser un personaje siniestro,
don Recaredo era todo lo contrario: afable, hospitalario y benévolo como
pocos.

Unico resto de una familia antiquísima del país, y poco aficionado a las
delicias matrimoniales, había dejado pasar los mejores años de su vida
entre los placeres de la caza y las atenciones de su hacienda, que le
daba lo necesario para vivir hecho un señor en aquellas soledades.
Respetábanle los campesinos por su carácter... y por sus fuerzas, y
también por ciertas convidadas que sabía darles oportunamente. Todo
sinceridad y franqueza, no se le conocía vicio ni repliegue que tratase
de ocultar a sus vecinos; aunque no faltaba mala lengua que asegurase
que el tal hidalgo menudeaba demasiado las visitas a cierta cuba de lo
añejo que conservaba en la bodega; pero lo cierto es que nadie pudo
probarlo..., no el vino, sino el hecho. Sus verdaderas aficiones, bien
notorias, eran la carpintería y la caza. Como carpintero, hacía
primores; como cazador, no tenía rival en el país. Amaba la garlopa y el
escoplo, y se pasaba días enteros sobre el banco; pero amaba mucho más
su escopeta y su puñal. Ir al monte con sus sabuesos; seguir la pista
del oso; llegar a verle, apuntarle, herirle, ¡oh placer!..., y, sobre
todo, rematarle a puñaladas, luchando con la fiera cuerpo a cuerpo,
brazo a brazo, solo, sin más testigos que sus perros, sin otro auxilio
que el de su corazón impávido, su puño de bronce y su puñal de acero.
¡Oh embriaguez sublime! Estos lances, de los que contaba muchos en la
vida, eran todo su orgullo, toda su gloria.

Por eso creo yo que no debía de ser verdad lo del vino..., ni lo que
también se murmuraba sobre ciertos mocetones del pueblo, que, a más de
parecérsele en figura como un huevo a otro, recibían de él
frecuentísimos agasajos y deferencias, y le llamaban _padrino_ sin
haberlos sacado de pila. ¡Buen caso hacía don Recaredo de esas
debilidades de la naturaleza!

Como hombre de rancia progenie, estaba muy relacionado en toda la
provincia, aunque se pasaba años y años sin salir de su aldea; y como
elector de empuje, era uno de los más mimados del distrito. De aquí la
intimidad que parecía haber entre él y los acompañantes de don Simón.
Todos eran veteranos del mismo ejército.

Cómo pensaba el hidalgo antes de comprometerse en una elección, jamás se
supo; y mal podía saberse cuando él mismo lo ignoraba. Y lo ignoraba,
porque no era hombre de inclinaciones políticas. Salvos ciertos resabios
de estirpe, cualquier color, y aun forma de gobierno, le eran
indiferentes; porque, después de todo, para él no presentaba la historia
más que un rey digno de haberlo sido: don Fabila; y mientras el tiempo o
las circunstancias no trajeran a reinar otro idéntico, y capaz, no sólo
de luchar con el oso, sino de vencerle, no pensaba afiliarse en ningún
bando.

Por estas y otras razones, o no votaba a nadie cuando de elecciones se
trataba, o se iba con el primero que supiera pedirle su apoyo con cierta
habilidad.

En el caso de que vamos tratando, ¿se había comprometido con alguno
seriamente antes de visitarle don Simón? Esta era la duda.

En vano intentaron aclararla el candidato y sus amigos, confortado ya el
primero y secos los segundos al calor de la lumbre. El hidalgo no se
franqueaba. Esto era un mal síntoma para ellos.

Mientras los unos persistían en el tema, aunque con ciertos rodeos y
miramientos, y el otro escurría el bulto, como decirse suele, una
mocetona preparaba al fuego un perol de sopas de ajo, media arroba de
lomo y otras _menudencias_ por el estilo, que siempre abundaban en casa
de don Recaredo.

Cuando la cena estuvo pronta, condujo éste a los huéspedes a un salón
tan grande como la cocina, pero no tan _amueblado_. Allí estaba
preparada la mesa. Era alta, de tijera, y supongo que tallada, porque lo
estaban, hasta con escudos y motes, los dos bancos de respaldo a ella
adjuntos. Cubríala un mantel blanquísimo y fino, pero demasiado raído
por el uso; y se conocía por el tamaño, por el peso y por la forma, que
también eran de abolengo los cubiertos y dos cucharones de plata que
brillaban sobre el mantel, a la luz de un velón de cuatro mecheros que
pendía de una tablilla, clavada por un extremo en una vigueta del techo.
Con el auxilio de esta luz, cuyo alcance no pasaba de la mesa, parecía
distinguirse allá en lontananza, entre las sombras del fondo, dos
grandes cuadros al óleo, un armario y un reloj de caja.

Durante la cena, se habló largamente de las aficiones de don Recaredo,
de sus ascendientes, de las peripecias del viaje, del tiempo..., de
todo, menos de las elecciones.

Concluída la cena, hubo para cada huésped una cama, no muy blanda, pero
sí muy limpia, y la mejor para don Simón.

En buena justicia, ¿qué más había de pedir éste al hidalgo, sin ser un
grosero? Acostóse, pues, sin saber lo que deseaba; durmióse al cabo...
y amaneció el nuevo día, tan frío, tan lluvioso y tan desagradable como
el anterior.

¡Y había que continuar el viaje!; ¡y cuanto más se anduviera, mayor
altura se ganaría, y mayores, por consiguiente, serían los rigores de la
intemperie!

Con estas reflexiones, se le erizaban a don Simón los pocos pelos que
tenía.

Cuando acabó de vestirse salió en busca de su gente; pero se extravió en
un laberinto de salones y pasadizos desmantelados y sin orden ni
concierto. Por casualidad tropezó con la cocina al cabo de un buen rato,
y allí encontró a sus amigos calentándose a la lumbre y almorzando sopas
en leche, acompañados de don Recaredo, cuyo sitial de preferencia tuvo
que aceptar.

Nada se habló tampoco en aquella ocasión de lo que más interesaba al
candidato, por mucho que éste y sus acompañantes buscaron la lengua al
hidalgo.

Y el tiempo apremiaba, y era preciso dejar sin tardanza el hospitalario
albergue.

Y se dió la orden para que se aparejaran los rocines; y llegó el caso de
que los expedicionarios bajaran al portal con las espuelas calzadas; y
montaron todos..., ¡y todavía no se cruzaron entre don Simón y don
Recaredo otras palabras que no fueran lisonjas, cumplidos y finezas!

Por fin, al ponerse en marcha la gente en el corral, y teniendo entre
las suyas el hidalgo una mano de don Simón, dijo al segundo el primero:

--Crea usted, amigo y señor mío, que mi satisfacción hubiera sido
cumplida, si al honor que recibo hospedándole en mi casa, pudiera añadir
el placer de servirle en cuanto desea.

--¿Tan invencibles son los obstáculos que se lo impiden a usted, mi
señor don Recaredo?--preguntóle don Simón, en tono compungido y casi con
lágrimas en los ojos.

--No tanto como de ordinario--respondió el hidalgo--, porque la verdad
es que a ninguna elección me he ligado con menos fuerza que a ésta.

--Entonces--repuso don Simón, apretando más y más las manos de don
Recaredo--, ¿me será lícito esperar que logre usted romper, o desatar,
esos compromisos de tan poca consistencia?

--Para mí, señor don Simón--dijo el hidalgo con cierta solemnidad--,
tratándose de compromisos de mi palabra, lo mismo son las ligaduras de
hierro que las de estambre.

--Entonces no insisto--replicó don Simón, aflojando su mano hasta soltar
las de don Recaredo.

--Vaya usted en la inteligencia--díjole éste con cierta sonrisilla y
dando dos pasos atrás--de que para hacer por usted cuanto me fuera
posible, bastaban las cartas de sus amigos.

Si esto fué una pulla, jamás se supo, pues don Simón, que era a quien
más interesaba averiguarlo, ni lo intentó siquiera; y en cuanto a sus
acompañantes, bien _cenados_, bien _dormidos_ y bien _almorzados_ en
casa y a expensas del hidalgo, ¿qué diablo les importaba una frase más o
menos, por intencionada que fuese?

Al salir de la corralada tuvo don Simón la curiosidad de fijar la vista
en la fachada del caserón. Era de piedra amarillenta, y estaba cubierto
de blasones, de musgo... y de rendijas; el alero se caía, y los
balcones se desmayaban. Allí no se había gastado un real en reparaciones
durante muchos años. ¿Estaría don Recaredo decidido a que fenecieran
juntos el solar y el solariego? Todo era creíble en su carácter.



CAPÍTULO XII


La marcha de aquel día fue más penosa que la del anterior; pues a los
inconvenientes de la víspera hubo que añadir los que ofrecían una capa
de nieve de más de media vara de espesor, con que se hallaron a las
pocas horas de camino, y la que continuaba cayendo. Frecuentes veces
tenían que apearse los viajeros para descender rápidas pendientes.
Entonces, sueltos los caballos y buscando los jinetes los pasos menos
inseguros, solían rodar unos y otros, y cada cual por su lado, como
troncos inertes; lo que no divertía gran cosa a don Simón, aunque hacía
reír más de una vez a sus acompañantes.

Estas peripecias y otras análogas duraron tres días, hasta que, vueltos
los expedicionarios al llano, encontraron una regular temperatura,
mejores caminos y un sol radiante.

En sus diversos altos y paradas, que disponía siempre aquel de los seis
caciques más conocedor del terreno electoral que iba a pisarse, no
encontró siempre don Simón un albergue tan placentero como el del
hidalgo, ni muchos tipos que se le parecieran en la nobleza del
carácter. ¡Cuánto abundaban los traficantes en votos y los especuladores
en candidaturas!

Durante el largo trayecto de algún punto a otro, departían calurosamente
los expedicionarios sobre los azares de la elección, o _discreteaban_
los acompañantes de nuestro candidato, o le pintaban muy lisonjero el
desenlace de la campaña, con el fin de hacerle el viaje más divertido.
Pero ¡ni por ésas! Don Simón, nuevo en el oficio, hallaba en cada
trámite casos y cosas que le aburrían, quizás más que las dificultades
materiales del camino.

Tenía encargo especial de su estado mayor de saludar cortésmente a todo
viandante que se cruzara con ellos, y así lo hacía el santo varón, por
aquello de que «donde menos se piensa se adquiere un voto».

Una vez se le decía, al pasar junto a una choza miserable y solitaria:

--Es preciso que haga usted una _visita_ a la persona que vive ahí.

--¡Pero si no la conozco, hombres de Dios, ni aunque la conociera
valdría el trabajo de detenernos!--observaba don Simón, con
repugnancia.

--Déjese usted de remilgos, don Simón, y considere que esta choza, entre
padres, hijos y allegados, vale más de cinco votos.

¡Y allí tenían ustedes a todo un capitalista, cargado de oro y
diamantes, apeándose entre puercos, terneros y mastines, descubriéndose
humildísimo, dando la mano y preguntando por _la señora_ y demás familia
a un rústico destripaterrones, que olía a boñiga y aguardiente, y apenas
se dignaba responder como sabía a tantas deferencias, no obstante
haberle sido presentado el candidato con los títulos consabidos de
«persona independiente, con treinta mil duros de renta y mucho talento!.

Otra vez se encontraban en el camino con un par de reses y su conductor.

--Es preciso--se le decía entonces--que pondere usted mucho y muy recio
esos animales.

--¿Para qué?--preguntaba asombrado don Simón.

--Para que lo oiga el que va con ellos.

--¿Y qué tengo yo que ver con él?

--¡Friolera!... ¡Es un elector!

--¡Aunque sea el preste Juan de las Indias!... ¡Yo no hago esas
tonterías!

--El que algo quiere, señor don Simón, algo tiene que sufrir.

--Ya, ya; ¡pero hay cosas!...

--¡Mire usted que cada uno de nosotros es viejo en el oficio, y cuando
le aconsejamos algo, con su cuenta va!

Y el soplado personaje, que se sentía dominado por aquellos seis
diablillos en cuanto se relacionara con su empresa electoral, no tenía
más remedio que parar su caballo cuando se le acercaban los animales,
fijarse en ellos, y comenzar a gritar como un energúmeno:

--¡Oh!... ¡Magníficos! ¡Qué gallardía! ¡Qué cuarto trasero! ¡Qué
_anchos_! ¡Soberbia raza! ¿Son de usted, buen hombre?--preguntaba por
remate al conductor.

--Para servir a usted--respondía el interrogado, con cara de recelo.

Acto continuo le asaltaban los caciques; y después de abrazarle y
sobarle mucho,

--Tenemos el gusto--le decían--de presentarte a nuestro candidato, el
señor don Simón de los Peñascales, «persona independiente, con treinta
mil duros de renta y mucho talento».

--Muy señor mío--añadía don Simón, quitándose los guantes, abriendo las
solapas y dando un cigarro al campesino, para lucir tres cosas de un
golpe: su rumbo, su cadena y sus diamantes.

Tomaba el buen hombre el cigarro, sin hacer gran caso de lo demás; y
mientras chupaba para encenderle, decía con mucha calma:

--De la que yo entendí a un señor tan principal como éste alabarme
tanto las bestias, dije para mí: «¿por qué será?» ¡Mil demonios si me
acordaba de la eliciones!

--Pues ya te las han recordado...

--Como si callaran; que nosotros, los probes, vamos por onde nos llevan,
¡y gracias que así y todo!... Conque ¡ea!, se agradece el osequio y la
alabanza, y hasta otra.

--¡Pero oye un momento!...

--No puede ser, que se me van las bestias, y temo que hagan alguna que
me cueste los cuartos.

--¿Lo ven ustedes?--decía don Simón, muy amoscado, volviéndose hacia sus
consejeros.

Pero éstos se le reían a las barbas por toda respuesta; y llevados del
mejor deseo, y fundados en su experiencia, ni se arrepentían ni se
enmendaban.



CAPÍTULO XIII


Si el objeto exclusivo de estas páginas fuera pintar los azares y
fatigas de un candidato en vísperas de su elección, yo siguiera paso a
paso al de mi historia en su peregrinación por el distrito; pero como
son varios los asuntos que abarcan estos capítulos mal pergeñados, me
limitaré a decir, en compendio y para gobierno del inexperto lector, que
por dondequiera que iban nuestros expedicionarios, hallaban con
frecuencia el terreno electoral rebelde a su cultivo, y el más propicio
no pasaba del aspecto dudoso que ofrecía el del Mayorazgo. En todas
partes aparecían huellas de _la influencia moral_ del Gobierno. Aquí se
había ofrecido un juzgado de primera instancia; allá, una carretera; en
el otro pueblo, la aprobación de sus cuentas municipales, ¡que ya tenían
que ver!; en el del otro lado, la tala de un monte, y en el de
enfrente, el repartimiento, entre los vecinos, de ciertos terrenos de
propios.

En vano don Simón saludaba hasta a los perros, y mostraba varas de
cadena y adoquines de diamantes, y se desgañitaba don Celso para
demostrar a las gentes reacias, con el recuerdo de otras muchas
elecciones, que el poder _oficial_ hace esas y otras muchas ofertas, y
jamás las cumple aunque consiga su objeto. Los jefes de los diversos
grupos electorales preferían ser engañados sirviendo al Gobierno, a ser
servidos a medias por un charlatán con el desacreditado título de
candidato _independiente_. En cuanto a las masas de electores, que eran
los verdaderos árbitros de la contienda, nadie se cansaba en pedirles su
parecer: irían como dóciles rebaños a depositar en las urnas una
candidatura que se les entregaría cerrada; y ni más sabían ni más sabrán
en los siglos de los siglos, aunque siglos dure, que lo dudo, esta
comedia.

Siempre que la expedición hacía un alto, y muchas veces mientras
caminaba, recontaba los votos seguros, añadía los _recaudados_
últimamente, y acababa por formar un estado general, cercenando una
tercera parte de los probables y añadiéndoselos al enemigo, para ponerse
don Simón en el peor caso imaginable. El último cómputo que se hizo
dejaba muy dudoso el éxito de la lucha; y tener duda en tales casos,
equivale a una derrota segura.

Bajo esta triste impresión, y, además, molido, sucio, desgarrado y con
la cara roja como un pimiento, volvió don Simón a su casa, ocho días
después de haber salido de ella.

Para colmo de angustias, cuarenta y ocho horas más tarde supo por don
Celso (que había quedado con sus cinco compañeros recorriendo el
distrito, el cual no abandonarían hasta que votará el último elector;
tenacidad incomprensible para todo el que no sepa con qué
encarnizamiento se lucha en tales batallas), supo, repito, que el
Mayorazgo se había pasado al enemigo con armas y bagajes, a cambio de no
sé qué ensanche que la administración le permitía dar al cierro que
conocemos; otra falange _segura_ de votos se iba detrás de cierto
cacique, seducido a última hora con la resolución favorable de un
expediente escandaloso; don Recaredo decididamente no le votaba, y tres
Ayuntamientos, hasta entonces _seguros_, habían pasado a la categoría de
_muy dudosos_, merced a ciertas garantías de favores ofrecidas por el
candidato ministerial. Y lo peor de todo era que sólo faltaban tres días
para dar principio a la elección; y en tan corto plazo no podía
conjurarse el conflicto, aunque don Simón echara la casa por la
ventana.

Don Celso concluía su carta diciendo que había que decidirse o por la
derrota o por transigir con el Gobierno. Según él, esto último era lo
más conveniente; pues, bien mirado, el Gobierno no era mejor que otros
muy malos, pero tampoco era peor; y, al cabo, para hacer algo por el
país, mejor se estaba al calorcillo ministerial, que en el infierno de
la oposición o en el limbo de los independientes.

Repugnábale a don Simón perder este último carácter que tanto le
halagaba; pero no podía resignarse a no ser diputado, ya que estaba con
las manos en la masa. En tan apurado trance, consultó a sus amigos,
quienes, por unanimidad, opinaron como don Celso.

A consecuencia de este acuerdo, mediaron negociaciones en ciertos
centros oficiales, y don Simón fue admitido en ellos hasta con palio.
Jugó el telégrafo; supo el Gobierno que acababa de hacer la adquisición
de «uno de los personajes más importantes del país»; dijéronlo así al
punto los periódicos oficiosos de la corte; súpolo toda España;
desapareció la candidatura del pobre aventurero, a quien se dió en pago
una credencial _de primera_, que es cuanto él ambicionaba, y se le dijo
a don Simón:

--Puede usted ir a descansar tranquilo. Ya es usted diputado.

Y así fué. Verificadas las elecciones, y mientras se verificaban, se
habló mucho de palizas, de urnas suplantadas, de electores presos, de
muertos que votaban, y aun de algunos vivos que por votar murieron; de
casas que ardían, y de otros recursos tan usuales y lícitos como éstos,
empleados en beneficio de la candidatura de don Simón; pero lo cierto es
que a éste se le proclamó diputado electo por el distrito, y se le
entregó un acta que así lo declaraba, limpia como el oro.

Diéronsele, pues, las consabidas serenatas por todas las murgas de la
población; recibió las acostumbradas felicitaciones, y, ¡oh fuerza de la
vanidad satisfecha!, llegó a creerse merecedor de tanto obsequio, y
hasta legítimo representante de la libérrima voluntad de sus electores.
Y lo creía tanto, que, días después de elegido, se indignaba, con la
mejor buena fe, al hablar de las _coacciones_ ejercidas contra él por el
pobre candidato de oposición durante las elecciones. ¿Qué más podía
pedirse a don Simón?... Estaba en perfecto carácter de diputado
_independiente_.

A todo esto, doña Juana estaba como niño con zapatos nuevos. En cuanto
su marido recibió el acta de su elección, se lanzó a la calle y encargó
a la modista tres vestidos _de lo mejor_, y uno de _media cola_... Iría
al Congreso, a las tribunas de preferencia, muy a menudo; a palacio
alguna vez; daría rumbosas fiestas a los hombres de Estado;
obsequiarían a su hija ministros y embajadores...; ¡quizás obtendría un
título de Castilla!...

Todo esto, y mucho más que antes pasaba lentamente y como una ilusión
por su fantasía, vió en un momento, palpable y como ya realizado, ante
sus ojos. ¡Menudo sofocón iban a pasar las señoras _provincianas_ que
habían hecho mofa de sus resabios de lugareña! Pues ¿y cuando _La
Correspondencia_ anunciara sus idas y venidas? ¿Y cuando _La Época_
historiase sus recepciones entonadas?

Bajo impresiones tan embriagadoras, vestida con lo mejor que tenía, y su
hija con lo más elegante de su bien provisto ropero, estuvo una semana
haciendo visitas que siempre había desdeñado, y pagando otras que debía
de muy atrás, sólo por buscar ocasiones de anunciar su salida para
Madrid, adonde la llevaba el delicado cargo con que el país había
honrado a su marido.

Entretanto, ordenaba éste sus asuntos mercantiles, para dejarlos bajo la
dirección y al arbitrio de un dependiente de su confianza.



CAPÍTULO XIV


Lo que resta de la presente historia, con ser lo más importante por lo
que al protagonista afecta, ha de ser lo más soporífero para el lector,
que, de seguro, conoce a palmos el terreno que vamos a pisar, y ha de
anticiparse con la memoria a mucho de lo que yo le refiera. Y no será
poca mi suerte si no me interrumpe más de una vez para decirme: «Y a mí
¿qué me cuenta usted? ¡Si me lo sé de corrido mucho ha! ¡Si ese tipo y
cuantos con él se rozan viven en mi calle!...» ¡Desdichado inconveniente
que toca todo aquel que falto de ingenio, como yo, para inventar
personajes y escenas _del otro mundo_, busca el asunto de sus prosaicas
relaciones en los hechos vulgares y tangibles de la vida real y práctica
de los hombres y de los pueblos!

Pero ¿ha de impedirme esta razón, que en mí pesa mucho, seguir narrando
los sucesos hasta el fin de la comenzada historia? No a fe; que, después
de todo, no está mandado por ninguna ley que siempre que se cuente algo
hayan de ser maravillas.

Prosiguiendo, pues, sin más preámbulo el suspendido relato, encontramos
ya a Periquito hecho fraile; es decir, a don Simón en Madrid con su
_augusto_ carácter de diputado a Cortes, y a su familia acomodada con él
en una de las principales calles, y no en la peor de sus casas.

Pero aún no había tomado asiento en el Congreso el flamante político, y
ya estaba convencido de una, para él, triste verdad, a saber: que para
brillar en Madrid como brillaba en su provincia, no bastaban el caudal
del rico negociante y las demás preeminencias que sobre éste habían ido
recayendo una tras de otra.

_La Correspondencia_ había anunciado su llegada a Madrid, no solamente
como diputado, sino como una de las personas más importantes y
beneméritas del país; y no se había sacudido el polvo del viaje, cuando
el ministro de la Gobernación, en un atento _B.L.M_., le había citado a
su despacho. Allí, S.E. le había llenado de incienso, asegurándole,
entre otras cosas, que con el concurso de hombres tan respetables e
ilustrados como el señor de los Peñascales, todos los conflictos
políticos y económicos se conjuraban, y España estaba de enhorabuena.

Y a pesar de estas y otras deferencias que, dicho sea de paso, él creía
merecer, don Simón se echaba a la calle, de intento a pie, y nadie le
saludaba ni le miraba con curiosidad.

Iba al Congreso en los días que precedieron a su solemne apertura, y en
sus alfombrados salones y pasillos, y en cada uno de los infinitos
grupos de diputados, periodistas, altos funcionarios y otras gentes de
mucha nota, que se formaban aquí y allá, hablábase de todo menos de su
llegada, de su caudal o de su _importancia_. Y, sin embargo, allí no
había muchos gabanes más flamantes que el suyo, ni muchas camisas más
limpias, ni muchas botas más aplomadas. Al contrario, abundaban los
paños raídos, los pantalones con rodilleras, las camisas de tres días y
los tacones de medio lado.

¿En qué consistía, pues, la indiferencia con que se le miraba allí y
fuera de allí? Quizá se necesitase en Madrid algo más que dinero para
brillar; tal vez un poco de osadía, o muchas conexiones de familia, o
algún triunfo ruidoso; elementos todos hijos del tiempo y las
circunstancias, que él adquiriría indudablemente. Pero lo cierto era, y
esto le contristaba hondamente, que su _caída_ en Madrid no había hecho
el menor efecto en el público. Tenía, pues, que ganar en la corte, grado
a grado, la altura que en la ciudad ganó de un brinco. La empresa, a la
verdad, era superior a las fuerzas de don Simón; pero él no lo creía
así, y esto le consolaba un poco.

Entretanto, se regodeaba con las distinciones que le correspondían por
su investidura. Mientras las puertas del Congreso estaban cercadas por
una multitud de papanatas, a quienes se prohibía hasta aproximarse a la
acera, él las atravesaba erguido entre las reverencias de los porteros,
que, al abrirle respetuosamente la mampara de rojo terciopelo, le
decían:

--Pase _Usía_.

Una vez adentro, podía tocar el botón eléctrico que se le antojase, para
pedir a un ujier lo que tuviera por conveniente; pasear en el salón que
mejor le pareciese; sentarse en el diván más cómodo; escribir en los
gabinetes al efecto; pedir en secretaría el expediente más difícil de
hallar, y en el archivo el libro más extraño; en fin, hasta beber, de
balde, un vaso de agua con azucarillo en la _cantina_ de la casa.

El ministro continuaba citándole frecuentemente a su despacho con otros
diputados de la mayoría, y allí, mano a mano y como en familia, se
contaban las fuerzas y se discutían las batallas que, por de pronto,
necesitaba dar el Gobierno, sin perjuicio de otras más rudas que tendría
que librar más adelante.

No se apuraba don Simón por esto, pues no paraba mientes en tan poca
cosa. Fijábase únicamente en las distinciones con que se le honraba en
aquella alta región. El ministro le pasaba la mano por el lomo; le
llamaba «mi excelente don Simón», y hasta le daba un cigarro o se le
pedía; y los porteros del Ministerio, esos proverbiales cancerberos,
bruscos y desabridos hasta la ferocidad con todo _simple mortal_, con él
se descoyuntaban a reverencias y cortesías.

Muy envanecido con estas y otras parecidas distinciones, a falta de las
más populares y solemnes que aguardaba para más adelante, considérese el
efecto que le causaría la noticia que se le dió una vez en los pasillos
del Congreso, de que las oposiciones iban a hacer una guerra implacable
a las actas ministeriales, y que la suya figuraba en primer término como
la más escandalosa. Don Simón no había perdido aún la fe en el, para
entonces, desacreditado aforismo: «de la discusión nace la luz». No
contenía el acta una mala protesta, ni él creía lo que se contaba de su
elección sobre atropellos cometidos por sus auxiliares; pero tales cosas
podrían decirse en el Congreso; de tal modo podrían presentarse los
hechos, que al fin vacilaran los ánimos y se pusiera todo el mundo de
parte del vencido, lo cual equivalía a echarle a él de allí y obligarle
a volverse a su cosa, como un Juan particular, sin haber llegado a ser
_inviolable_. Esta consideración le aterró; y sin pérdida de un solo
momento, acudió con la noticia y sus temores al ministro.

--¡No haga usted caso, santo varón!--díjole riendo S.E.

--¡Es que se asegura mucho!

--¿Y qué?

--Que si realmente me la atacan, tales cosas podrán decir, aunque sean
inventadas, que extravíen la opinión.

--¿Y para qué sirve la mayoría?

--No entiendo...

--Fíjese usted bien. La comisión será nuestra.

--Bueno.

--Y presentará el acta entre las más limpias.

--Bien; pero luego la atacarán...

--Corriente; y hablarán contra ella una hora, dos horas..., ¡tres
meses, si usted quiere!

--¡Canastos!

--Pero vendrá al cabo la votación, y como
somos tantos contra tan pocos....

--¡Ah, ya!.. Pero como yo creía que al discutirse una cosa, para algo
serviría esa discusión...

--¡Medrado estaba el Gobierno entonces, amigo mío!... ¡Cómo se conoce
que usted es nuevo en la _casa_!

--Todo eso es verdad; pero yo tendré que defenderme.

--¡No, señor! Eso sería dar importancia a un asunto que no la tiene. La
comisión se basta y se sobra para dejarle a usted en buen lugar.... Para
que usted _debute_, ya le buscaremos un motivo verdaderamente digno de
su carácter y de su talento.

--¡Oh!, mil y mil gracias, señor ministro--dijo don Simón cayéndosele la
baba--; pero yo no merezco ese concepto...

--¡Vaya si le merece usted!--replicó S.E. con una sonrisilla y un
retintín que acabaron de emborrachar a don Simón; retintín y sonrisa que
en aquel personaje y en aquella ocasión venían a significar un
pensamiento que podía traducirse en estas palabras:--¡Qué hermoso
_suizo_!

A todo esto, doña Juana y su hija Julieta, luciendo cada día un traje
nuevo en paseos y espectáculos, no pasaban de ser, en espectáculos y
paseos, _dos señoras más_, muy bien vestidas, lo cual halagaba poco la
vanidad de la ex tabernera, que aspiraba a mayores triunfos.



CAPÍTULO XV


Corrieron los días, y se aprobó el acta de don Simón, como se lo tenía
prometido el ministro; se constituyó el Congreso, y dieron comienzo los
primeros debates políticos, apareciendo en escena los _guerrilleros_
parlamentarios, como en avanzada de los expertos capitanes que habían de
salir más tarde a dar las batallas decisivas. Ya para entonces nuestro
diputado había conseguido vencer el estupor en que vivió los primeros
días, efecto de la alta idea que se había formado del mérito de cuantos
le rodeaban en el salón; idea que le acoquinaba hasta el punto de no
atreverse a mirar a nadie a la cara, por si le aludían y le obligaban a
tomar la palabra _de repente_, lo cual le hubiera hecho el efecto de un
rayo sobre la mollera. Sereno, pues, y en completa posesión de sí mismo,
todo se volvió ojos y oídos.

Podía ver y oír de cerca a aquellos hombres _extraordinarios_ que sabían
pronunciar discursos como los que él había leído tantas veces en las
reseñas de las sesiones; discursos llenos de substancia y elocuencia;
discursos que le revelaban oradores de majestuosa apostura y de
irresistible autoridad, hasta en el menor de sus ademanes. De sus labios
estaría pendiente el Congreso entero, unas veces convencido, otras veces
indignado; pero siempre bajo la influencia poderosa de aquel chorreo de
elocuencia.

¡Inútil afán el suyo! Cuanto más miraba y más quería oír, menos hallaba
lo que iba buscando. Había allí verdadera fiebre habladora; pero ¿quién
de los que hablaban valía el trabajo de ser oído diez minutos con
paciencia? De aquí que no se sorprendiera maldita la cosa al observar
que mientras un orador de mala facha y peor estilo se desgañitaba
echando pestes por la boca, manoteando sobre el banco delantero y
tragando vasos de naranjada, entre consulta y repaso a sus apuntes, los
poquísimos diputados que quedaban en el salón se entretuviesen en hacer
pajaritas de papel, en despachar su correspondencia o en chupar los
caramelos del presidente; _dulzuras_ de que provee a este personaje
abundosamente el Estado, teniendo en cuenta, quizá, que para soportar la
amargura de ciertas horas, no basta un muelle sitial de terciopelo, por
muy elevado que se ponga.

De vez en cuando oía don Simón conceder la palabra a un diputado cuyo
nombre le era bastante conocido. «Vamos--pensaba--, ahora irá lo bueno.»
Pero tampoco le salía la cuenta, porque se levantaba una figura ruin y
mal trajeada, que, con voz de grillo mal emitida, soltaba un aluvión de
párrafos enmarañados que nadie se tomaba la molestia de desenredar; o un
finchado presuntuoso, que entre período y período de su discurso ponía
una eternidad de paseos en corto, estirones de chaleco, montaduras de
lente y mares de agua con azúcar; ya un perezoso desaplomado Adán, que
parecía _sacar_ las pocas y desmadejadas frases que decía a fuerza de
restregarse contra el banco y de tirar de sus bragas hacia arriba; o un
mozo encanijado y presumido, que sin ciencia, sin virtudes, sin voz y
sin palabra, quería convencer como los sabios y convertir como los
justos; ya un osado boquirrubio, cuyo único afán era medir sus fuerzas
con las de los _padres graves_ del Parlamento, que se guardaban muy bien
de replicarle; ya un viejo atrabiliario, cuyos furores causaban risa y
cuyos chistes hacían llorar de compasión; ya una especie de cuáquero
mugriento, demagogo impenitente, que vociferaba sobre justicia y amor al
prójimo, no en nombre de Dios, a quien negaba, blasfemo, sino de una
razón que parecía faltarle a él, ya que no a los que en santa calma le
escuchaban.... De todo, en fin, veía y oía, menos lo que era de
esperar, dada la reputación de ciertos nombres aceptados por la opinión
pública, si no como tribunos de primera fuerza, cuando menos como
_oradores distinguidos_. ¡Qué valdrían cuando don Simón se creía capaz
de terciar en un debate con el más guapo de todos ellos!

Verdad es que el afán, que empezaba a comerle, de echar su cuarto a
espadas, le hacía ver las cosas más a su alcance de lo que en rigor
estaban.

Desde luego era para él evidente, y en esto no se equivocaba, que la
redacción del _Diario de Sesiones_ se encargaba de convertir en un
discurso perfecto la más completa sarta de desatinos. Y suplida con este
auxiliar su carencia absoluta de nociones retóricas y hasta
gramaticales, ¡quedábanle tantos estímulos que le aguijoneaban! ¡Había
en el Parlamento unos detalles tan seductores para él!... Aquellos
galoneados ujieres, llevando sobre la argentina bandeja el vaso de agua
azucarada para el orador, tan pronto como éste comenzaba a hablar;
aquellos taquígrafos, anotando, escrupulosos, cuanto se dijera y se
accionara; aquellos diálogos entre la presidencia y el diputado, sobre
la intención de cierta frase; aquellos discreteos entre las mismas dos
_potencias_, con los cuales terminaba siempre el altercado; aquellas
tribunas atascadas constantemente de _aficionados_, que seguían sin
pestañear todos los incidentes de una sesión; aquellas señoras tan
elegantes, entre las que podían figurar su mujer y su hija; aquellos
diplomáticos, que tal vez se apresuraran a comunicar por telégrafo a sus
respectivos Gobiernos el efecto de un discurso pronunciado a tiempo y de
cierta manera..., no imposible para él, si se le daba _punto_
conveniente y no mucha prisa, y por último, y sobre todo, aquel _país_
que le contemplaba, y que al día siguiente había de comenzar a
pronunciar su nombre y a enterarse del asunto y a tomarle por lo serio....
¡Cielos, y cómo envidiaba a los que, más osados o más prácticos...,
o más apremiados por las circunstancias, se lanzaban desde luego a la
pelea! ¿Qué importaba allí el temple de los argumentos? ¿Qué más daba
que fuesen éstos de acero que de cartón? ¿Decidían acaso las razones
aquellos debates? Mal podía ser así, cuando sólo se enteraban de ellos
los taquígrafos y algún que otro curioso por observar, no _lo que_ se
dijera, sino _el modo_ de decirlo.

--¿_Qué se vota_?--era la pregunta obligada de todo diputado al entrar
en el salón de sesiones, después de oír la campanilla que anuncia fuera
a los dispersos que ha concluido de discutirse un asunto y va a comenzar
una votación nominal; y según que el sustentante fuera de _los suyos_ o
del _enemigo_, se le respondía:

--«Vote usted que SÍ», o «vote usted que NO.»

¡Con semejante criterio se resolvían (y continúan resolviéndose) los
asuntos de más trascendencia para la patria!

¿Tan insensatas eran, teniendo esto en cuenta, las pretensiones de
nuestro diputado?

Poco a poco, aquella mar ligeramente agitada comenzó a encresparse
rugiendo; soplaron los huracanes de la pasión política, y se desencadenó
la tempestad. Entonces se dejaron ver los _dioses mayores_ de aquel
Olimpo, los cuales, como Júpiter en el de la Mitología, nunca aparecen
sino entre rayos y centellas. ¡Peregrina _misión_ la suya!

Durante aquel período turbulento, ¡qué escenas presenció don Simón!,
¡qué refriegas!, ¡qué motines!, ¡qué escándalos!

Una vez eran dos atletas del Parlamento, que del uno al otro lado del
salón se lanzaban mutuamente los dardos más agudos y los dicterios más
envenenados: _partido sin pudor, grupo faccioso, hombre funesto,
pandilla hambrienta_...

Tales piropos eran lo menos que se decían, entre el silencio más
absoluto de la Cámara y la curiosidad febril de las tribunas, de las
cuales se desbordaban racimos de humanas cabezas con los ojos fijos en
los combatientes, las cejas arqueadas y la boca abierta. Y cuando don
Simón, pasada la tempestad, los veía salir del salón por diferente
puerta, «esos hombres--pensaba--van a matarse ahora». Y salía tras ellos
azorado; y se los hallaba... comiendo, en un mismo plato, sendos
pasteles de crema en el ambigú de la casa.

Lejos de continuar allí la batalla empezada adentro, parecían, con sus
cáusticas sonrisas, decir de la nación entera lo que del público
aquellos dos cómicos al pararse jadeando entre bastidores, después de
haber cruzado en la escena sus aceros, y de salir el uno persiguiendo al
otro, entre frenéticos aplausos y gritos de indignación:

--«¡Estúpidos! ¡Veinte veces nos han visto hacer lo mismo, y todavía no
se convencen de que todo ello es una farsa!»

Otra vez eran dos fracciones políticas que, bramando de ira, se
levantaban en masa, la una contra la otra.--¡_Facciosos_!--gritaba la de
la derecha.--¡_Pancistas_!--respondía la de la izquierda. Y los gritos y
las amenazas, y el estruendo de doscientas voces y de dos mil porrazos
llenaban el _Santuario de las leyes_, y hasta las figuras pintadas en el
techo parecían temblar y querer despegarse del lienzo para romperse el
cráneo contra los mármoles del hemiciclo. Pero aquella tempestad no se
había revuelto porque la fracción de un partido inutilizara propósitos
de otro, encaminados a proporcionar algún bien a los pueblos. Cuando de
esto se trataba, ya sabía don Simón que los bancos se quedaban
desiertos y el presidente dormitando. Semejantes tumultos siempre eran
provocados por alguna palabra suelta que no era del agrado de la
fracción a la cual se dirigía.

En ocasiones se discutían hechos, o se desenterraban expedientes, tras
de los cuales aparecía la honra de algún diputado enemigo en el
mismísimo traje que llevar suelen a la cárcel o a presidio los reos
vulgares. Y aquellas discusiones provocaban otras parecidas en son de
represalias; y siempre acusando los unos y respondiendo los otros «más
eres tú», llegaba a dudar don Simón si aquello era el patio de un
correccional, o, como se le aseguraba, una _respetable Asamblea de
legisladores_.

Entretanto, ¿era el noble afán de purgar aquella atmósfera de ciertas
impurezas lo que movía a los acusadores a descubrir tales gatuperios? No
por cierto: era siempre el espíritu de partido; o mejor, el odio de
_partida_; pues frecuentemente se promovían estos edificantes debates
entre dos agrupaciones que, juntas y en amigable inteligencia, habían
saboreado poco antes las dulzuras del presupuesto. Probábalo también la
curiosa circunstancia de que, pasada la refriega, quedábanse en sus
bancos los acusados tan padres de la patria como el más caballero; y tan
frescos y descansados como la madre que los parió.

Lo que estos escándalos y aquellos tumultos y los otros motines
atolondraban a don Simón, no hay para qué decirlo, conociendo, como
conocemos, su sencilla buena fe.

Pero más que los mismos sucesos le admiraba el poco rastro que dejaban
en aquella casa. Buscándole con afán, se iba el buen hombre de pasillo
en pasillo y de salón en salón; mas no hubiera dado con él ni la nariz
de un sabueso. Se gritaba en unos corrillos, se cuchicheaba en otros y
se agitaban todos..., y bullía entre ellos el redactor de _La
Correspondencia_ con el lápiz en una mano y las cuartillas de papel en
la otra, apuntando lo que se decía, lo que se pensaba y hasta lo que no
se había soñado; y don Simón, tomando de cada grupo las frases
necesarias, sólo sacaba en limpio que todo aquel hervidero humano era un
puro cabildeo para tirar un día más en el poder los que mandaban, o para
hacérsele soltar los que le querían. En cuanto a la nación, en cuanto a
la moralidad, en cuanto a lo ocurrido adentro..., ¡como si habláramos
de la China! Ya nadie se acordaba de esas _pequeñeces_.

--Me parece--se atrevía a decir entonces don Simón a algún compañero más
viejo que él en el oficio, pero no más entusiasta del sistema--que no se
observa aquí la mayor formalidad.... Quiero decir que con estos enconos
políticos, el país no gana cosa mayor.

--¡El país va al abismo, señor de Peñascales!

--¿Qué me cuenta usted?

--La verdad, compañero. Esto es una farsa, créalo usted.

--¡Hombre!..., no me atrevía yo a decir tanto.

--Pues atrévase usted, aquí que no nos oye la patria.

--Luego, es decir, que todo esto de Parlamento...

--Es una calamidad. Aquí no hay más que ambiciones personales, con las
que es imposible todo gobierno.

--Tiene usted mucha razón.

--¡Y siempre sucederá lo mismo!

--De manera que si _esto_, que es notoriamente malo, se suprimiese...

--¡Jamás!--gritaba entonces el veterano enardecido.--¡Yo soy muy
liberal!

--¡Oh, en cuanto a eso, también yo!--replicaba el novel,
contoneándose, y hasta mirando con cara de lástima al primer
tradicionalista que casualmente pasara a su lado frotándose las manos.

--¡Vivir sin Parlamento es vivir fuera del siglo!, ¡caer en la
abyección!

--¡Y en la _iznorancia_!--concluía, ahuecando la voz, el _ilustrado_
Cerojo, que en su vida había gastado media peseta en libros que no
fueran «rayados, para cuentas».



CAPÍTULO XVI


Don Simón de los Peñascales, como todo diputado, y a mayor abundamiento
ministerial, recibía por docenas y cada día las cartas de sus amigos y
electores, y en todas ellas le pedían algo estos apreciables caballeros,
desde un destino hasta un sombrero; desde una recomendación para el otro
mundo, hasta la colocación de una nodriza[5]. Porque a un diputado se le
considera en su distrito capaz de los imposibles, y, por ende, se le
cree, y se le hace, el mejor y más barato agente de negocios en Madrid.
El de nuestra historia, que creía darse importancia correspondiendo a
tantas y tan raras exigencias, destinaba dos días de la semana a
aquellas que tuvieran que ver con los centros oficiales, y encomendaba
las de más baja estofa al cuidado de doña Juana.

[5] Histórico.

¡Era de ver lo que pasaba en los Ministerios cuando don Simón entraba en
ellos, a las horas marcadas por los Ministros para recibir a los
diputados, cargado de pretensiones y atacados sus bolsillos de
memoriales!

Sus compañeros que siempre madrugaban más que él, habían caído ya sobre
el terreno como nube de langostas. Uno quería un gobierno de provincia
para su hermano; otro, una alcaldía en la isla de Cuba para sí mismo;
otro, un juzgado para su pueblo; otro, una administración de aduanas
para un primo arruinado por la causa de la libertad; otro, la
destitución de un funcionario probo que se oponía tenazmente a ciertas
pretensiones de su familia; otro, un ascenso; otro, una cátedra...; en
fin, por pedir, se pedia allí hasta la luna; y el Ministro, o el
Subsecretario en su deseo de complacerlos a todos, tecleaba sin cesar
sobre los botones de las campanillas, a cuya música iban apareciendo los
altos empleados que podían entender en aquel cúmulo de solicitudes.

--Es imposible--se oía decir en un lado.--No hay plaza vacante.

--Pues créela usted.

--No lo consiente el presupuesto.

--Haga usted un cesante en tal parte.

--Es un empleado antiquísimo e inteligente.

--Mi recomendado es un consecuente liberal.

--Tiene siete hijos.

--Que los mande a una casa de Caridad.

--_En fin_, le complaceremos a usted.

       *       *       *       *       *

--¿Y de que procede esa cantidad que se reclama?

--De inicuas cesantías sufridas en tiempos de gobiernos reaccionarios.

--No es bastante motivo; y aun cuando lo fuera, no estamos facultados....

--Es una friolera todo ello.

--¿A cuanto asciende la _indemnización_?

--A setenta mil reales.

--Imposible.

--¿Por qué?

--Porque no hay fondos de qué sacarlos.

--Yo digo que sí.

--¿De cuál?

--Del de calamidades públicas, por ejemplo.

--Está agotado; y además, tenemos al clero y a los maestros de escuela
sin pagar, medio siglo hace.

--Y a mí ¿qué me importa? Lo que usted debe tener presente es que mi
recomendado es en su pueblo el mejor agente de la política del Gobierno;
que es un incansable propagandista de ella, y que tal vez a sus
esfuerzos heroicos debo yo mi elección.

--_En fin_, hablaré con el jefe, y trataremos de complacerle a usted.

       *       *       *       *       *

--¿Y cómo va mi asunto?

--Regularmente.

--No basta eso.

--Hay un obstáculo muy difícil de vencer.

--¿Cuál?

--El fallo del Consejo de Estado, enteramente contrario...

--¡Demonio! ¿De cuándo acá?

--Desde esta mañana. Aquí está a la aprobación de S.E.

--¡Es preciso que se revoque ese fallo!

--No lo veo fácil.

--Pero yo lo veo necesario. Con él se perjudican los intereses de mi
familia hasta un punto que usted no puede concebir.

--Todo eso está bien; pero...

--No hay pero que valga.

--_En fin_, hable usted con el jefe, que, si quiere, mucho puede hacer.

       *       *       *       *       *

Todos estos diálogos, y otros muchos por el estilo, oía don Simón a su
entrada en los Ministerios, mientras se abría paso entre aquel
enmarañado laberinto de pretendientes y otorgantes; y en semejante
ocasión, como era bastante novel en el tráfico para haber perdido el
rubor por completo, solían saltarle a la cara algunas chispas de él...,
lo cual no le impedía llegar con sus peticiones al punto en que habían
de ser atendidas. Verdad es que él no iba a pedir nada para sí ni para
su familia; pero también es cierto que pedía para sus amigos o
protegidos, y que jamás, al pedir, preguntaba: ¿_es justo_?, sino ¿_es
posible_?

El rubor, pues, de don Simón no dejaba de ser algo farisaico.

Pocas de estas visitas a aquellas verdaderas _casas de contratación_
necesitó para conocer el _ingrediente_ con que se adherían de una manera
tan tenaz las huestes ministeriales al poder. Ciego hubiera sido para no
verlo, y aun para no distinguir entre la nube invasora más de un rabioso
oposicionista que tocaba el cielo con las manos cada vez que, fuera de
allí, oía hablar de destinos concedidos al favor, o del caudal de la
patria despilfarrado. Porque resulta que los gobiernos al uso, ya porque
se les defiende, ya porque no se les pegue con mucha fuerza, lo mismo
necesitan ser rumbosos con sus huestes que con las enemigas.

Lo que nunca vió bien claro don Simón fué lo repugnante del papel que él
mismo desempeñaba entre aquellos hombres, de cuya conducta, y con razón,
se escandalizaba. Muchos de ellos no vivían, sin embargo, de otra cosa,
ni adivinar les era fácil de qué vivirían cuando en el cargo cesaran, o
_los suyos_ cayeran.

Pero él, hombre rico, mucho más, infinitamente más de lo que necesitaba
para el sostenimiento, muy lujoso, de su corta familia, ¿por qué
cobraba en credenciales y en preferencias de los Ministerios un apoyo _a
todo trance_ que daba al Gobierno, sin más criterio ni mayor dignidad
que si fuera un _suizo_ asalariado?

Y no es extraño que no lo viera. Merced a esos procedimientos, se
plantan de un salto junto al poder supremo, y son dueños de echar por la
ventana la casa de la nación, muchos hombres que, fuera de ella, no
tienen una triste buhardilla en qué albergarse, y otros que, teniendo
mucho más, necesitan subir a grande altura para conseguir que alguien
los contemple y acaso los envidie. Don Simón, como sabemos, era de estos
últimos. En él podía la vanidad lo que la ambición o el hambre en otros
muchos.

Y si esto no fuera cierto, ¿por qué habían de hacerse las elecciones a
garrotazos casi siempre? ¿Por qué un diputado, cuantas más veces lo es,
con más afán desea volver a serlo?

Pues qué, ¿tanto abunda el verdadero patriotismo que sea necesario
conquistar a tiros la _molestia_ y el _pesar_ de abandonar la propia
casa y la familia y los negocios, por ir a cuidar de los ajenos?



CAPÍTULO XVII


Sabemos ya que don Simón, aunque muy halagado con la importancia que le
concedía su propio cargo en las altas regiones en que éste pesaba algo,
no estaba satisfecho. Su ambición de _lustre_ abarcaba mucho más. ¿Qué
era él todavía en la corte? ¿Quién hablaba del señor de los Peñascales,
ni de la familia del señor de los Peñascales? ¿Qué periódico había
cantado su opulencia, o la _severa dignidad_ de doña Juana, o los
atractivos de Julieta? Por ventura, aquellas resmas de prospectos, o
aquellas circulares de industriales que «acaban de recibir el surtido
para la estación», o las esquelas mortuorias, o los folletos insulsos
que diaria y profusamente le llegaban por el correo interior y que al
principio creyó muestras de una especial deferencia a su persona, pues
le eran desconocidos los remitentes, ¿no se le enviaban a título de
diputado a Cortes? ¿No los recibían igualmente todos sus colegas, muchos
de los cuales no tenían sobre qué caerse muertos? Y fuera de estas
distinciones y las que también conocemos, ¿de qué otras había sido
objeto hasta allí?

Decididamente necesitaba hacer algo _extraordinario_ en sus dos
conceptos de hombre político y acaudalado personaje. Por ejemplo:
pronunciar un discurso en las Cortes y dar un baile en su casa.

Sumido en tales meditaciones, paseábase una tarde en el salón de
conferencias, solo y cabizbajo, cuando se le acercó un mozo de lustrosas
patillas y retorcido bigote, agradable de rostro y pulcramente vestido,
diciéndole con la mayor solemnidad:

--¡Saludo al señor de los Peñascales!

Volvióse éste y miró al otro atentamente; y como no lo conoció, quedóse
sorprendido.

--A los hombres públicos--añadió el intruso, viendo la sorpresa de don
Simón--les pasa mucho de esto. ¡Como son conocidos de tantos a quienes
ellos jamás han visto!... Pero a bien que a mí, el temor de una fría
respuesta no ha de quitarme el placer que recibo al estrechar la mano de
una persona digna de todo mi respeto.

--Un millón de gracias por mi parte--dijo entonces don Simón, un poco
envanecido con semejantes lisonjas, y aun recelándose si sería él más
popular de lo que creía.

--No las admito, señor mío--contestó el mozo quebrándose a cortesías--.
Deseaba estrechar su mano de usted; acabo de verle pensativo y solo, y
he elegido esta ocasión.... Y a propósito de cavilaciones, ¿va usted a
hablar mañana, quizá?

--¿Mañana?... ¿Mañana, dice usted?... Hombre, precisamente mañana,
no...--respondió don Simón desconcertado, por dos razones: porque le
habían leído parte de su pensamiento, y esto no le gustaba, y porque se
le hacía desde luego capaz de hablar en el Congreso, lo cual le halagaba
sobre toda ponderación.

--Se me había figurado, no sé por qué--añadió el intruso--. ¡Como los
periodistas estamos tan avezados a discutir hasta las fisonomías!...

--¿Conque es usted periodista?--exclamó don Simón más y más satisfecho.

--Hasta cierto punto, señor de los Peñascales.

--No comprendo...

--Quiero decir--continuó el otro, afirmándose los lentes sobre la
nariz--que soy periodista de devoción, no de profesión. Más claro: mato
mis ocios y mis hastíos escribiendo la parte de política palpitante en
un periódico batallador. Por lo demás, por inclinación y por carrera,
soy diplomático.

--¡Hola!--dijo don Simón abriendo mucho los ojos--. ¿Agregado, quizá, a
alguna embajada?

--Un poquito más.

--Secretario acaso...

--Un poquito más, si a usted le parece.

--¡Caramba!--gritó aquí Peñascales, acordándose hasta de su hija--. En
este caso--añadió--, ¿estará usted con licencia?

--No, señor: jubilado.

--¡Y tan joven!

--Señor de los Peñascales, la política no reconoce edades ni servicios.

--Verdad es.

--Sobre todo, cuando los funcionarios tenemos carácter y dignidad.

--También es cierto. Pero ¿no piensa usted volver a ejercer?...

--Lo veo difícil con este Gobierno, con el que no me reconciliaré jamás
mientras yo observe que da al favor lo que debe al mérito.

--Según eso, ¿se cree usted postergado?

--Sólo sé, mi respetable amigo, que por mis antecedentes, por mis
servicios prestados hasta el día en que cesé, me correspondía hoy una
embajada de primera clase...

--Y quizá le han ofrecido a usted...

--Una indignidad, señor de los Peñascales... lo que puede desempeñar un
cónsul de tres al cuarto.

--¡Qué atrocidad!--exclamó don Simón sinceramente escandalizado.

--Pues así va todo, amigo mío. Pero a bien que no me extraña, porque soy
viejo en esta casa, y conozco hasta sus menores escondrijos.

--Habrá usted sido diputado varias veces...

--No he querido serlo... o mejor dicho, han tenido siempre los
gobiernos buen cuidado de hacerme en las urnas cuanta guerra han podido.
¿No ve usted que a los gobiernos como los de España no les conviene en
el Parlamento hombres como yo?... Ahora me ofrecieron un distrito; pero
era con el fin de hacerme olvidar, ¡mentecatos!, el desaire de la
embajada, y especialmente para atar mis manos en la prensa: pues ya
saben ellos que tienen cada día la existencia pendiente de mi pluma.

--¿Luego es usted de oposición?

--Le diré a usted: observo una actitud expectante. Amenazo de vez en
cuando; transijo al ver que ceden, y vuelvo a la benevolencia.... Porque
conozco que el país no está para escándalos ni para caídas ruidosas.
¡Ah..., pues si no fuera por este patriotismo que me esclaviza!...

Y se dio dos golpecitos con el junquillo en una pantorrilla, mientras
volvía a afirmar los lentes sobre la nariz. Don Simón, que le creía como
artículo de fe, no cesaba de regodearse con la idea de que un hombre de
tanto valer le conociera, le admirara y le juzgase capaz de hablar allí
como el más guapo. Bajo esta impresión le dijo, pasados breves instantes
de silencio:

--Pues volviendo a la pregunta con que me hizo el honor de saludarme, ha
de saber usted que me sorprendió, tanto más, cuanto que estuvo a dos
dedos de mi pensamiento.

--Naturalmente. Diplomático y periodista, ¡figúrese usted qué se me
ocultará a mí!

--No es esto decir que mañana precisamente...

--Es lo mismo, señor don Simón. Será pasado mañana, o dentro de unos
días...

--Podrá ser.

--Y ¿sobre qué va usted a hablar?--preguntó el periodista, sacando de su
cartera unas cuartillas y un lápiz.

Aquí se vio cogido don Simón, que aún no había madurado el cuándo ni el
asunto.

--Pues, hombre--respondió por decir algo--, pienso hablar... sobre...
Ya se ve, ¡son tantas las cosas que uno...!

--Vamos, ya le comprendo a usted. Versará el discurso sobre algún asunto
importante para la provincia que usted representa.

--Cabalmente--exclamó don Simón, mientras el otro escribía con el lápiz
en una cuartilla, sobre el mármol de la contigua chimenea.

--A ver si es esto--dijo a poco rato el periodista, leyendo al diputado
lo que había escrito.

«Dentro de algunos días tratará en las Cortes el opulento diputado don
Simón de los Peñascales un asunto de vital interés para el distrito que
representa. La autoridad de que, por su brillante posición social, está
revestido este digno miembro de la Cámara, y el talento que le
distingue, hacen creer que la discusión será una de las más interesantes
que, en su género, se promuevan en la presente legislatura.»

Don Simón se quedó extático. Cuando aquel párrafo se publicara, su
nombre comenzaría a sonar tan recio como él deseaba; _pero_, una vez
publicado, adquiría el compromiso de hablar, de hablar mucho, y de no
hablar mal del todo. Así es que no pudo menos de decir al periodista:

--¡Canario, canario!... Usted me favorece mucho; pero...

--¿Cree usted que le lisonjeo? ¡Bah!... Dejando aparte que usted se lo
merece, y mucho más, aquí no se gasta otra cosa.

--Ya lo observo; pero así y todo.... ¿Y cómo se llama su periódico de
usted?

--_El Ariete_.

--Muy conocido, en efecto.

--¡Oh!, de primer orden. Desde mañana lo recibirá usted en su casa.

--Tantas gracias.

--Cabalmente son subscriptores _también_ todos los hombres notables de la
política y de la Bolsa. Sólo usted nos faltaba, como quien dice.

--En ese caso--dijo don Simón comprendiendo entonces la intención del
periodista, que no era seguramente la de regalarle el periódico--,
envíeme usted el recibo.

--A su tiempo, señor de los Peñascales. Con hombres como usted guarda la
administración ciertos trámites de confianza. No los guardaría
ciertamente con muchos de sus colegas de usted. ¡Aquí hay que tener más
ojos que los de Argos!

--¡Hombre, usted exagera!

--¿Quiere usted que le trace algunas biografías? Le aseguro a usted que
serán deliciosas.

--No hay para qué, no hay para qué--se apresuró a responder don Simón,
como si temiera _comprometerse_ con la oficiosa espontaneidad del
diplomático; el cual añadió inmediatamente:

--Y su apreciable familia de usted, ¿se divierte en Madrid?

--Pshé.... Como todavía no conocen el terreno bien, por más que tenga
muchas y buenas relaciones...

--Cierto: faltan la intimidad de las provincias, el roce continuo,
ciertas reuniones de confianza.... Y a propósito: creo haber entendido
que pensaba usted dar algunas.

--¡Es usted el mismo demonio!--saltó don Simón, admirado de que también
le hubiese leído su segundo pensamiento.

--¿Luego es cierto?

--Pshé...--volvió a responder el pobre hombre, sonriendo de gusto.

--¡Magnífico dato para la _Crónica de salones_!--dijo el periodista,
sacando sus avíos de nuevo y escribiendo a escape en otra cuartilla de
papel.

Mientras esto hacía, admirábale más y más don Simón, no tanto por su
extraño desenfado, cuanto por las consideraciones reverentes que parecía
merecerle. Sin saber por qué, todo le interesaba en aquel hombre; por lo
cual ardía en deseos de saber cómo se llamaba, y (¡vean ustedes qué
curiosidad!) si era soltero.

Acabó de escribir el periodista, y leyó acto continuo a don Simón lo
siguiente:

«Muy en breve contará la buena sociedad de Madrid con otro centro de
amenidad y de elegancia. El opulento capitalista y diputado a Cortes don
Simón de los Peñascales, y su distinguida familia, se disponen a recibir
a sus numerosos amigos en sus espléndidos salones de la carrera de San
Jerónimo.»

--¡Pero usted me compromete!--dijo don Simón, trémulo de gusto, al
recibir aquella rociada de piropos-. ¿Y si no llego a dar esas
reuniones?

--No habrá nada de lo dicho, y en paz. Pero ¿qué ha de hacer usted sino
darlas? Los hombres ricos e ilustrados y que, como usted, tienen además
una señora modelo de elegancia y de agrado, y una hija, conjunto de
todos los hechizos imaginables...

--Pero ¿qué sabe usted de todo eso?--preguntó don Simón hecho ya un
caramelo.

--¿Ha podido usted acaso creer--respondió el diplomático, explotando a
su gusto la candidez del diputado--que personas de la significación de
usted pasan inadvertidas en ninguna parte? ¡Bah! Se le conoce a usted en
Madrid casi tanto como en su provincia.

--¡Cielos, si será verdad!--pensó el bolonio; y añadió en voz alta--:
Usted me lisonjea, sin duda.

--No es ese mi carácter, señor de los Peñascales--respondió el tuno
haciéndose el ofendido.

--Quiero decir...--se apresuró a rectificar el primero.

--Hagamos punto sobre ello, amigo mío.

--Puesto que usted lo desea, hagámosle. Y ¿podría saber _su gracia_?

--Arturo Marañas; y por añadidura, andaluz y soltero.

--¡Soltero también!--exclamó don Simón sin poder disimular su alegría.

--¿Y qué le choca?

--Nada, nada--rectificó, aturdido, el candoroso diputado--; sino que,
como lo decía usted a continuación de su apellido, ¡ja, ja, ja!, me
hizo mucha gracia.

--¡Ja, ja, ja!... Yo soy así--dijo el diplomático siguiéndole el
humor--. Como nada debo, ni nada ni a nadie temo, doy todo mi pasaporte
cuando me preguntan cómo me llamo.... Pero observo--dijo,
interrumpiéndose de pronto y consultando su reloj--que con el placer de
estar a su lado, olvido uno de mis deberes. Así, pues, si usted me da su
permiso, vuelvo a mi tribuna a tomar algunas notas sobre la sesión de
hoy.

--¡Pues no faltaba más sino que yo...! Corra usted, amigo mío; y mil
gracias por tantas bondades.

--Señor don Simón...

--Señor don Arturo...

--Hasta la vista.

--Hasta la primera.

Marchóse el mozo, y quedóse Peñascales hecho un papanatas. Aquel
encuentro le parecía providencial. Un diplomático, y diplomático
soltero; un periodista que anunciaba su futura peroración y sus
reuniones en proyecto, y un probable encomiador de ambas cosas en la
prensa. Todo esto en una pieza y a sus órdenes. Porque ya le era
indispensable _echar_ el discurso y abrir sus salones. Cierto que el
nombre del diplomático, a quien tendría que convidar a las fiestas de su
casa, no le sonaba a conocido; pero ¿estaba él en la obligación de
conocer a todos los personajes políticos, hoy que tanto abundan?

En esto se oyó la campanilla de marras, y un su colega de la mayoría,
que, por su apresuramiento y cara de vinagre, más parecía cabo de
comparsas.

--¡Vaya usted a votar!--le dijo en tono desabrido.

--¿Qué voto?--le preguntó don Simón, disponiéndose a obedecer.

--Que _sí_--le respondió el otro, pasando de largo y rebuscando ansioso
callejuelas y rincones, como pastor que junta su rebaño.



CAPÍTULO XVIII


Continuaban doña Juana y Julieta divirtiéndose cuanto podían en Madrid,
pero no satisfaciendo por completo sus aspiraciones. Estaban lo bastante
relacionadas para no concurrir solas al teatro, y para asistir de vez en
cuando a algunas reuniones de _medio carácter_; pero no lo suficiente
para figurar entre lo más rechispeante del _buen tono_ madrileño, que
era lo que ellas deseaban.

Esto entendido, calculen ustedes su asombro y descomunal alegría cuando
don Simón las sorprendió con el periódico en el cual se estampaban los
dos sueltos que conocemos, y con la noticia de que el autor de ellos era
un elegante joven con sus barruntos de embajador.

Aquel día no se comió ni se hizo nada de traza en la casa. Leíanse los
fascinadores párrafos cien y cien veces, arrebatando el periódico a
Julieta doña Juana; a doña Juana don Simón, y a don Simón Julieta; y así
una hora y dos horas, y toda la mañana y toda la tarde, sin cruzarse una
palabra entre los tres individuos de la familia; pero riéndose todos,
como idiotas, a cada instante; tal vez pensando en el efecto que
estarían causando en el público las noticias, y ¿a qué negarlo?, en el
elegante periodista.

Cerca ya del anochecer, y cuando empezaban a volver en sí los extasiados
personajes, propuso doña Juana que se adquiriesen algunas docenas de
aquel número de _El Ariete_, y que se inundaran con ellas el distrito de
su padre y la capital de la provincia; proposición que fué aceptada con
entusiasmo, por lo cual pasó el resto de la noche la apreciable familia
empaquetando periódicos y escribiendo tantos sobres cuantas personas
_notables_ de su país recordaba.

No era todo, sin embargo, miel sobre hojuelas para don Simón; pues si lo
de las fiestas era realizable desde luego, por ser los obstáculos
vencibles con dinero, lo del discurso no dejaba de tener tres bemoles,
dado que, hasta aquel instante, ni había probado sus fuerzas
parlamentarias, ni siquiera elegido asunto para su estreno.

Escribíanle con frecuencia sus amigos de la ciudad y los electores del
distrito, pidiéndole no sólo lo que ya hemos visto que él les conseguía
sin dificultad en los Ministerios, sino otra multitud de gangas en
forma de privilegios o de mejoras materiales, que no podían otorgarse
sin el parecer de las Cortes. De la ciudad, por ejemplo, se le pedían
franquicias más o menos latas para el comercio o la navegación, a título
de no sé qué méritos contraídos por la _plaza_ en determinadas crisis
políticas... o meteorológicas, pues cuando se trata de pedir, toda
razón se alega por motivo justo: del distrito le _exigían_ carreteras o
canales; y tal cual elector, porque había perdido la cosecha, por obra
de no sé qué plaga, pretendía que se le perdonara la contribución de
aquel año, amén de dársele grano para la nueva siembra, y de declarar
desde luego exento del servicio militar a un su hijo que debía entrar en
el sorteo próximo.

En este arsenal de pretensiones pensó siempre inspirarse, para su
discurso, nuestro diputado: con doble motivo había de pensarlo desde que
el suelto del periódico le comprometía a hablar de asuntos de interés
para su provincia. Pero entre tantos y tan varios como se ofrecían a su
vista, ¿cuál era el más a propósito para lucirse el orador, ya que no el
más atendible por su naturaleza?

Esta fué su gran cuestión durante algunos días, desde el en que palpó la
necesidad de formalizar su antes vago propósito.

Tremendas y muchas fueron sus cavilaciones con este motivo. Al fin, y
como aquel niño que, de repente, halla el resorte que imprime fácil
movimiento a una máquina, hasta entonces inmóvil ante los más
desesperados esfuerzos, hizo una zapateta y se dió tres manotadas sobre
las nalgas, faltando así, por primera vez después de muchos años, a la
compostura y circunspección que guardaba hasta con su propia persona.

Había logrado resolver la dificultad muy sencillamente. En lugar de
elegir entre tantos un asunto solo, y de pedir una sola cosa, era
preferible pedirlas todas y algo más. Esto, sobre proporcionar mayores
bienes a su país, abría más ancho campo a su fantasía. Presentaría,
pues, una proposición al Congreso pidiendo las franquicias para el
comercio y la navegación, solicitadas por sus amigos; una carretera para
cada pueblo, enlazadas con la general, y la exención de pago de
contribuciones pecuniarias y de sangre a toda la provincia, por el año
próximo venidero, en virtud de los méritos de la consabida plaga... y
de otras muchas razones que él sabría exponer, de tal modo, que no
solamente llevaran al ánimo de los diputados el convencimiento, sino
también el espanto y la consternación.

Firme ya en su propósito, comenzó a estudiar su papel, escribiendo a
ratos y buscando en otros los gabinetes más solitarios de la casa, para
manotear a su gusto y ensayar posturas interesantes delante de un
espejo y detrás de una silla, en cuyo respaldo apoyaba sus manos para
imitar en lo posible la posición que ocuparía en el Congreso el día en
que hablara.

Su mujer y su hija, entretanto, con el parecer, la habilidad y los
recursos prestados de un tapicero de fama, preparaban su casa para dar
cuanto antes la primera reunión con el lujo que el público tenía
_derecho_ a exigir de «los opulentos señores de los Peñascales».

Cuando el templo estuvo convenientemente decorado, y las sacerdotisas
bien vestidas, y el ambigú rumbosamente surtido, por consejo de personas
conocedoras de las aficiones más exigentes de la _buena sociedad_, y las
invitaciones repartidas, _El Ariete_ publicó la siguiente noticia:

«En conformidad con lo que dijimos en nuestro número del tantos, en la
_Crónica de salones_, esta noche inaugurarán los suyos los señores de
los Peñascales. Sabemos que en ellos todo será digno, así de la
brillante concurrencia que ha de llenarlos, como de la proverbial
amabilidad y del exquisito gusto de las señoras de la casa, y de la bien
acreditada prodigalidad del opulento patricio y esclarecido anfitrión.»

Y se abrieron, y se llenaron, en efecto; que para eso, a más de las
intimidades de familia, había convidado don Simón a todo el Congreso de
diputados, autorizándolos de paso para llevar a sus señoras, los que las
tuvieran, o a las personas de su confianza; y en parte alguna del mundo
civilizado se desaira una fiesta que, por remate, ofrece ocasión de
regodear el estómago de balde.

No abusaré de la paciencia del lector contándole punto por punto lo que
pasó en aquélla, ni le diré tampoco cuántos padres de la patria llevaban
el frac mal sentado, como si no estuviera cortado a su medida, ni cuáles
señoras de estos insignes patricios iban hilvanadas con las marchitas
rebuscaduras del baúl, ni qué familias _visibles_ de la corte estaban
representadas allí por apuesto mancebo o seductora dama. De algo de esto
y mucho más dieron detallada cuenta al día siguiente los periódicos que
lo tienen por costumbre, y en ellos consta todavía.

Unicamente debo dejar consignado que Julieta estaba hecha una real moza,
y que no se separó de ella un solo instante el consabido diplomático de
_El Ariete_; que doña Juana no cabía en la casa, de satisfecha, soplada
y bullidora; que don Simón se desvivía por obsequiar a todo el mundo, a
pesar de hallarse algo contrariado por la circunstancia de que un
inesperado Consejo de Ministros había impedido a alguno de éstos honrar
la casa con su presencia; y, por último, que la concurrencia, deseando
corresponder de un modo digno a tantos obsequios, bailó de firme;
registró toda la casa; murmuró en cada rincón de la simplicidad del
dueño y de la estrepitosa _cursilería_ de su señora; desafinó el piano;
desgajó, con parte de los tabiques, dos cortinones; se chupó o se
embolsó medio millar de ricos habanos, y dejó el ambigú como si sobre él
hubiera pasado un huracán. Ni migas quedaron allí.

Por la razón apuntada más atrás, no reproduzco algunos párrafos de los
dedicados a la fiesta por _El Ariete_ al día siguiente, en los cuales se
decían de Julieta cosas peregrinas a propósito de sus ojos negros,
sedosas pestañas, morena tez y túrgido seno; pintándola como la realidad
del sueño más oriental, y poniéndola por encima de todas las sultanas
habidas y por haber. Claro está que estos piropos eran hijos de la
ardorosa fantasía del joven diplomático.

Pero en defecto de estas y otras sabrosísimas lucubraciones, he de
transcribir una carta que doña Juana escribió a cierta su amiga íntima
de la ciudad, al día siguiente de la fiesta, y que, corregida por mí,
únicamente en lo más indispensable de la ortografía, para mejor
inteligencia del lector, al pie de la letra decía así:

«Ya habrá usted visto por los papeles, cómo pensábamos dar en casa
reuniones de tono. Pues, amiga de Dios, todo lo que allí se dijo fue
pantomina, comparado con lo que resultó anoche. ¡Ay, doña Regustiana de
mi alma! Déjeme tomar aquí vientos, porque, de resultas, tengo la cabeza
como una zambomba, y el palagar en carnes vivas. Pues, como la decía, lo
de la noticia primera fué alcuerdo de un embajador soltero, que viene
mucho a casa (y esto resérvelo en secreto, por si acaso), que además
escribe en papeles públicos. Pues, amiga, la gente que aquí vino anoche,
fué mucho de todo. Le digo a usted que los coches no cabían en la calle;
y del ruido que metían entendí que el padimento se polvatizaba.

»Como mi marido es tan vistoso en las Cortes, y de los que más figuran,
vinieron horror de diputados con sus familias; y estuvo en un tris que
no vinieran dos ministros, íntimos amigos de Simón. Pero otro día
vendrán, si Dios quiere; que estas funciones han de repetirse. Pues a lo
que la iba. Tumultos de gente vinieron también de fuera de las Cortes, y
todas las amigas de casa, y mucha sociedad del buen tono que ya nos
trataba.... Hija, no es alabanza; pero ¡cómo cantó este mal demonches de
Julieta, y qué manos las suyas para teclear el peano! Le digo a usted
que la casa se despampanaba después con el palmoteo. El embajador estaba
enfático de entusiasmo. No sé en lo que parará esto del embajador; pero
(y encúltelo mucho) si va de la que va, le digo a usted que no sé en
qué va a parar.

»Pues estaba la casa adornada con mucho gusto; pues le aseguro a usted
que en Madrid se consiguen los imposibles en hubiendo dinero largo.
Teníamos hasta gúfaros (_búcaros_ querría decir doña Juana), y llegaban
hasta el portal la alfombra y las estautas.

»Aunque todo era gente muy circunspuesta, gloria daba ver cómo se
divertían bailando e hiciendo miles diabluras toda la santa noche sin
resollar. Pues lo que estaba manífico era el amegud que nos puso el
fondista en el comedor; pues como no le regateamos el precio, puso el
hombre allí de cuanto Dios crió, con su pastalagrás (_paté foie-gras_,
sin duda), y su pavo tupé (_truffé_). Así es que la gente decía, a voz
en cuello, que otra como ella no se había visto en Madrid en jamás de
los jamases. Pues le aseguro a usted, doña Regustiana, que por bien
empleado dábamos el dineral que nos costaba, al ver cómo todo aquel
señorío tan principal se lo iba envasando al cuerpo sin más ni más. Pues
no sé de ónde ha salido el dicho de que esta gente fina gasta remilgos
para comer; que, por cierto y mi vida, le aseguro a usted que mayor
franqueza que en mi casa tuvieron en la mesa, no la tendrán en la suya.
Mire usted, doña Regustiana, que al ver cómo despachaban cuanto había
por delante, y al no conocer lo principal y regalona que era aquella
gente, cualisquiera creería que mucha de ella había venido a mi casa a
matar el hambre. Pues vea usted si había franqueza en la reunión. Así es
que cuarto que gaste usted en Madrid, en seguida luce. Da gusto, hija.
Conque hemos quedado muy animados a poner otro amigud al primer baile
que tengamos, que será luego, según de satisfechos que quedamos.

»Hoy no hablan de otra cosa los papeles, y ahí le mando una docena de
ellos para que reparta a las amigas, a más de los que mandará Simón por
el correo.

»¡Mucho, mucho papel hacemos aquí, y mucho más nos espera si a Simón le
sale bien la soflama que va a echar en Cortes! Lo que es él mucho
manotea en los ensayos que tiene en su cuarto consigo mismo. Siempre
levantará en cuajo a algún menisterio, y le obligará S.M. a tomar
cartera. Pues yo lo sentiría, porque el hombre está ya demasiado
contrito de trabajo; y aunque con ello tendría una más inflas, y podría
ir a palacio como a su casa, la salud es lo primero, doña Regustiana;
que a perro ladrador, la cebada al rabo.

»Pues Julieta estrenó un vestido de color de huevo estrellado, con
sobrefalda de puf, y un enderezo de rubines y trompacios. Yo llevaba
cuerpo alto y falda de media cola.... En fin, ya lo verá usted en los
papeles, que lo relatan sin quitar un pelo.

»Pues desearé que me diga usted lo que se cuenta por ahí de nosotros
con estos triunfos tan atroces.

»Julieta no escribe, porque está durmiendo. A mí se me caen los pálpagos
de sueño, porque, hija, no he pegado el ojo desde antanoche; y por eso
no soy más opípara en esta carta. Otra vez la contaré lo que ahora me
callo, que le aseguro a usted, doña Regustiana, que es mucho y bueno.

»Conque reciba usted muchos besos de Julieta y atentos osequios de mi
esposo; y con expresiones a las amigas, se despide hasta otra esta su
servidora, que de veras la estima,

JUANA ALUBIÓN DE LOS PEÑASCALES.»



CAPÍTULO XIX


Pasaron días, y con ellos fueron creciendo las intimidades entre Julieta
y el diplomático, hasta el punto de vérselos como la sombra y el cuerpo
en calles, paseos y espectáculos; siendo de advertir que don Simón, no
solamente lo consentía, sino que lo fomentaba con reiteradas atenciones
hacia aquél, y con desmedidos elogios de sus prendas cuando de él
hablaba en familia. En cuanto a doña Juana, era madre, y además tonta, y
además vanidosa. ¿Cómo no había de entusiasmarse con aquel joven que,
sobre ser un personaje, la llenaba a ella y a toda su casta de incienso
en los periódicos y de lisonjas en la conversación? ¿Cómo no pagarle con
todo género de deferencias la popularidad que iba dando en Madrid a la
familia Peñascales? Y ¿qué podría suceder al cabo? ¿Que Julieta y Arturo
llegaran a mirarse como nacidos la una para el otro? Pues mejor que
mejor. ¿No era ella rica? ¿No era él un personaje? ¿No era joven? ¿No
tenía talento y elegancia?

Verdad es que, hasta aquella fecha, con ninguna credencial había
demostrado el embajador que lo hubiera sido real y efectivamente; pero
¿no bastaban su aserto, y, sobre todo, las familiaridades que se
permitía con ministros y diputados en el salón de conferencias?

De todas maneras, ya pensaba don Simón pedir, con cierto tino y cuando
cayera la pesa, los necesarios informes a persona que pudiera dárselos.

Por de pronto, consultaba con él algunos puntos que debía tocar en su
discurso, y aceptaba agradecido las enmiendas que le hacía y los
consejos que le daba acerca del uso de ciertas frases y determinados
_arranques_.

Presentado había ya su proposición a las Cortes, cuando fué llamado con
gran urgencia por el Ministro de la Gobernación, su _especial amigo_.

Acudió a la cita más que de prisa; encerróle S.E. en el camarín más
oculto de su despacho; y después de pasarle la mano por el lomo y de
regalarle una _breva_,

--¿Cómo anda usted de fondos en Madrid?--le preguntó en seco.

Don Simón se quedó petrificado. Aquella pregunta, después de los otros
preparativos, le hizo temer que el Ministro le buscara la bolsa.
Conoció éste, como si se los leyera en la cara, sus recelos, y se
apresuró a decirle, soltando la carcajada:

--No lo pregunto para pedírselos prestados, señor don Simón.... Amigo,
los hombres ricos tienen ustedes la tranquilidad en un hilo.

Volvió a petrificarse entonces don Simón; pero fue de abochornado al ver
descubierta su ruin sospecha; y como para enmendarlo, respondió con
grandes aspavientos:

--¡Ah, señor Ministro! Me juzga usted muy mal. Ya usted sabe que cuanto
soy y tengo está a su disposición.

--Muchas gracias--contestó con sorna su excelencia--. Pero, felizmente,
no se trata ahora de eso, sino de todo lo contrario.

--¡Cómo!--exclamó Peñascales abriendo mucho ojo.

--En una palabra, deseo demostrar a usted que el Gobierno es buen amigo
de sus amigos, revelándole, en confianza, la ocasión de hacer un buen
negocio.

--¡A ver, a ver!--dijo con ansia don Simón, arrimándose más al Ministro.

--Ya usted sabe--continuó éste--cómo estamos autorizados, por un rasgo
de confianza que nunca agradeceremos bastante a las Cortes, no solamente
para arbitrar recursos con los cuales podamos vencer los gravísimos
obstáculos que entorpecen la marcha desembarazada del Tesoro, ínterin se
discuten los nuevos presupuestos, sino para decidir a nuestro gusto el
cuándo y el cómo; en fin, que se nos han dado amplias facultades para
contratar.

--Conformes.

--Pues bien: el Gobierno tiene ya su plan formado, su resolución hecha.

--Adelante.

--Y como usted es uno de sus mejores amigos, mis colegas y yo deseamos
enterarle, antes que al público, de ciertos pormenores, a fin de que,
como hombre de negocios, se prepare... y... ya usted me entiende.

--¡Tantísimas gracias! Pero esos pormenores....

--Voy allá. El Gobierno.... Y ¡por Dios!, sea usted en esto reservado
como una mazmorra; el Gobierno va a hacer un empréstito por suscripción.
Emitirá papel con un interés anual de veinte por ciento.

--¡Aprieta!

--Mis colegas y yo hemos creído que un cebo semejante es el mejor
atractivo. Las oposiciones dirán que lo hacemos porque está el Tesoro en
quiebra, y porque el que se ahoga no mira el agua que bebe; pero le
aseguro a usted que quien tal diga no estará en lo cierto. Por su parte,
el Ministro de Hacienda se compromete a demostrar a usted que el
empréstito, a pesar de ese interés, se hace en condiciones
ventajosísimas para el Estado.


--Posible es--observó don Simón arrugando la cara.

--No he concluido todavía--añadió su excelencia--. El papel se emitirá a
setenta por ciento.

--¡Santa Bárbara!

--¡Otra ventaja para el suscriptor!

--¡Ya, ya!--refunfuñó don Simón.

--¿No le parece a usted bastante claro todavía el negocio?--preguntóle
con picaresca sonrisa el Ministro.

--No es eso precisamente--respondió indeciso el diputado--. Es que, por
regla general, no me gustan los negocios en papel.

--Pero cuando el papel produce un veinte y se compra con un descuento de
treinta...

--Bien, ¿y qué?

--Que con el cebo de ese interés extraordinario..., ¡figúrese usted!

--Sí; pero no veo yo garantías...

--¿Qué más garantía que el favor del público?

--Además, señor Ministro, y ésta es la pura verdad: yo no tengo en
Madrid más fondos que los estrictamente indispensables para cubrir mis
atenciones de familia, ni puedo distraer de mi casa de comercio grandes
sumas.

--Pues si usted tuviera que hacer eso--dijo entonces el Ministro,
encareciendo mucho sus palabras--, ¿qué importancia tendría la
consideración que quiere guardar a usted el Ministerio?

--No comprendo...

--¡Si cabalmente se trata aquí de que haga usted _la jugada_ sin
desembolsar un cuarto, o poco más!

--Si usted se explicara...

--¿Cree usted, alma de Dios--continuó el Ministro exagerando el tono
declamatorio de su discurso--, que un papel que se emite a setenta con
un interés de veinte, no subirá otros veinte..., diez, siquiera, al
siguiente día de cubierto el empréstito..., al abrirse éste quizá? Pues
vende usted en el acto, y de este modo hace usted en un par de días el
negocio del siglo.

--Sí: eso es el _a b c_ del oficio--dijo don Simón con un poquillo de
desdén--; pero ¿y si en vez de subir baja?

--Amigo, ¡si se cae el cielo!... Pero ¿cómo ha de bajar un papel
semejante en cuatro días?

No era don Simón tan tirolés en negocios como en política; por lo cual
estuvo largo rato defendiéndose de los _desinteresados_ apremios del
Ministro.

Pero la verdad es que le halagaba no poco la consideración de que, si
bien se corrían riesgos al tomar un papel tan barato y de tan pingües
rendimientos, en cambio, si llegaba a mantenerse firme, se hacía el
negocio más bonito que pudiera imaginarse. Y como tanto le empujaba el
estímulo como le detenía el temor, faltábale energía para adoptar una
resolución terminante.

En estas dudas le sorprendió S. E., que leía en su cara como en un libro
abierto.

--¿Conque resueltamente no se anima usted?--le dijo, en su afán de
obligarle más y más.

--El caso es arduo--respondió don Simón mirándose las puntas de los
pies.

Conociendo S. E. que por aquel camino no llegaba al fin que se proponía,
se resolvió a echar por el atajo, y, en consecuencia, se expresó así:

--Debe usted considerar, además, que el tomar ese papel será un acto
eminentemente patriótico, atendidas las circunstancias extraordinarias
que obligan al Gobierno a crearle.

--Sin duda alguna; pero...--respondió don Simón, sin dar más lumbres.

--Tan patriótico--añadió el Ministro--, que, teniéndolo en cuenta el
Gobierno, ha resuelto..., ¡y esto sí que ha de ocultarlo usted hasta de
su propia sombra!

--Por de contado--dijo don Simón, sintiendo excitada su curiosidad--. Y
¿qué es lo que ha resuelto?

--Distinguir de una manera honrosa a los seis mayores suscriptores.

--Y ¿cuál es esa manera?--preguntó don Simón entonces, cegado ya por la
vanidad.

--Se trata--respondió el Ministro, hablando muy bajo y mirando
alrededor, como si temiera ser oído--de repartir entre los seis citados
suscriptores cuatro títulos nobiliarios y dos grandes cruces.... Y ésta
es otra de las razones que yo he tenido, por encargo de mis colegas, y
_aun de S.M._, para hablar a usted antes que a nadie; pues nos consta
que el empréstito va a tener muchos golosos, y nosotros deseamos que sus
ventajas recaigan en hombres tan dignos de ellas como usted.

Mucho amaba don Simón a su caudal; pero no hasta el punto de no ser
capaz de sacrificar una gran parte de él a cambio de una corona para sus
membretes y carruajes, y de un pergamino que le elevase al nivel de la
más encopetada aristocracia. No podía el Ministro, por consiguiente,
haberle puesto un cebo más estimulante. ¿Lo sabía S.E.? Yo no lo diré,
aunque bien pudiera. Lo que me cumple consignar es que a don Simón se le
llenó la boca de agua; le palpitó el corazón con inusitada violencia; le
temblaron las piernas, y, como por encanto, le desaparecieron aquellos
reparos que antes le impedían ver en la compra del papel un negocio
ventajoso. ¿Por qué había de bajar el papel y no subir? Y si bajaba,
¿qué valdría toda la pérdida? Y de todas maneras, ¿cómo desairaba él _a
S. M_. que, por lo visto, tenía empeño en ennoblecerle?

Todo esto y mucho más se le ocurrió a don Simón en un solo instante; y
de tal modo influyó en su ánimo, que sólo le tuvo para decir al
Ministro, con mucho miedo de parecer demasiado exigente:

--Si usted me permitiera meditar un poco sobre el particular...,
aplazar mi respuesta hasta dentro de unos días...

Demasiado conocía el Ministro que semejante proposición era un modo,
como otro cualquiera, de ocultarle don Simón que le había convencido la
promesa del título nobiliario. Así es que, accediendo con gusto a su
petición, le dijo después, para obligarle más:

--Una sola cosa debo añadir a usted, por remate de nuestra conversación;
y es que el Gobierno, gracias al concurso de hombres tan importantes
como usted, está asegurado para mucho tiempo, y que mientras viva, ese
papel ha de merecerle una protección decidida.

--Mi apoyo--repuso don Simón, más blando que un guante--no ha de
faltarle mientras yo le vea dispuesto a velar por los intereses del
país.

--Mañana le daré a usted otra prueba más de que el bien del país es su
único afán...

--¿Mañana, dice usted?

--En el supuesto de que apoye usted su proposición ese día, como asegura
hoy _El Ariete_.... Y a propósito: tiene usted buenos amigos en la
Prensa.

Don Simón, que no había leído todavía la noticia que le citaba el
Ministro, rindió en el fondo de su corazón un nuevo tributo de gratitud
al incansable celo del diplomático, y respondió:

--Favor inmerecido que me dispensan.

--Justicia que se le hace a usted, amigo mío. Y aun me atrevería a
asegurar a quién se la debe.

--¿De veras?--preguntó don Simón con ansiedad, creyendo llegada la
ocasión de saber lo que deseaba acerca del joven Arturo.

--¡Es el mismo diablo ese chico!--dijo sonriendo S.E.

--Luego ¿le conoce usted?

--¿Y quién no le conoce en Madrid?... Digo, en el supuesto de que sea el
que yo creo, como me lo dan a entender el periódico, el estilo de los
sueltos y sus frecuentes paseos con usted en el salón de conferencias.

--¿Luego usted alude...?

--Al insigne Arturo Marañas.

--En efecto, le conozco, pero superficialmente...; quiero decir, que no
hay entre nosotros...

--Por supuesto, amigo mío. ¿Cómo había yo de creer que había otro género
de tratos entre un hombre como usted y _una persona semejante_?

--Pues yo le creía un... medio personaje--replicó don Simón,
disimulando el mal efecto que le causaron las últimas palabras del
ministro, que añadió:

--Hoy lo parecen todos, señor de los Peñascales.

--Y aun jurara--insistió éste--que le había oído decir que pertenecía al
cuerpo diplomático.

Su excelencia soltó la carcajada.

--Luego ¿no es cierto?--exclamó don Simón--. Luego ¿no ha representado
nunca a España en ninguna corte extranjera?

El ministro volvió a reírse con toda su alma.

Don Simón entonces soltó también su poco de carcajada; pero su risa era
la del conejo. Después exclamó:

--Pero ¿es posible que con tal descaro se mienta?

--¡Si cabalmente lo que más gracia me hace en ese hombre--dijo al cabo
S.E.--es su especial habilidad para mentir sin faltar por completo a la
verdad!

--No comprendo...

--¿A usted le ha dicho, quizá, que ha sido embajador?

--Poco menos...; y que los gobiernos han combatido siempre en las
urnas su candidatura, por el miedo que les inspiraba.

--¡Ja, ja, ja!

--Por lo cual no ha logrado todavía salir diputado.

--¡Ja, ja, ja!

--¿Conque no es cierto, eh?

--¡Ni con cien leguas!

--¡Qué demonio de chico!--exclamó entonces don Simón, pellizcándose los
muslos.

--Recuerdo--continuó el ministro--que una vez se le dió una comisión
extraordinaria, que nadie había querido aceptar, para la costa de
Africa, con motivo de unos náufragos que estuvieron a punto de ser
engullidos por aquellos bárbaros; y me consta que varias veces le han
sido rechazadas sus pretensiones de presentarse en un distrito como
candidato ministerial. A esto llama él, sin duda, pertenecer al cuerpo
diplomático y ser temible a los gobiernos.

--¡Evidentemente!

--¡Ja, ja, ja!

--¡Ja, ja, ja!--repitió a regañadientes don Simón, creyendo saber ya
demasiado y poniéndose en pie.

--¡Si hay cada gato en Madrid--díjole el ministro, levantándose
también--, que se pierde de vista!... Y no lo digo precisamente por el
joven Arturo, de quien, en honor de la verdad, nada sé que pueda
afrentarle, aparte de ese afán que muestra siempre de darse una
importancia que no tiene. Pero abundan otros pájaros de mucha cuenta, de
los cuales hay que huir como de la peste.

--¡No me duermo yo sobre la paja!--observó don Simón, queriendo decir un
chiste.

--Por lo demás--añadió S.E. llevándole hasta la puerta de su despacho--,
excuso recomendarle de nuevo el asunto que aquí nos ha reunido, y la más
completa reserva por unos días.

--En cuanto a reservado--dijo don Simón hinchándose mucho--, no es por
alabarme; pero soy lo mismo que un alcornoque.

--Me consta, amigo mío--repuso el ministro sonriendo, quizás sin segunda
intención.

Y nuestro diputado bajó las escaleras echando chispas. Se le figuraba
que tardaba demasiado en llegar a su casa para cerrar las puertas de
ella al diplomático de pega. Si el día antes hubiera hecho las
averiguaciones que acababa de hacer respecto de este personaje, en el
acto habría roto con él todo género de relaciones: ¿cómo no proceder así
desde el momento en que estaba abocado a ser título de Castilla? ¿Qué
diría la aristocracia vieja si le veía cultivando el trato de un
charlatán semejante?... Pero ¿sería tiempo todavía de evitar algo que
sospechaba? ¿Estaría Julieta tan resuelta como él a cortar todo trato
con aquel hombre?... Pero si no lo estuviera, ¿cuándo mejor que entonces
habían de servirle de algo sus derechos de padre y de jefe de familia?

En estas y otras cavilaciones, llegó a casa; tan oportunamente, que se
encontró en ella al joven Arturo en íntima conversación con Julieta,
mientras doña Juana se hacía la desentendida, removiendo sillas y
muñecos que estaban muy en su lugar.

--Señor don Arturo--dijo sin otro ceremonial don Simón, al aparecer en
escena--, tengo que hablar con usted, a solas unas cuantas palabras.

El interpelado, tan fino como siempre y no sospechando lo que iba a
sucederle, tomó el sombrero que tenía sobre una silla, se levantó de la
que ocupaba, y dijo al recién llegado:

-Estoy siempre a la disposición de usted.

Don Simón le condujo hasta el vestíbulo; y echando una mano al pasador
de la puerta de la escalera, le dijo muy serio:

--Como yo nunca miento, creo siempre a los hombres por su palabra.
Creyendo las de usted, le abrí mi corazón y las puertas de mi casa. Hoy
he sabido que no es usted digno del uno ni de la otra, y le planto de
patitas en la calle.

Y abrió la puerta de par en par.

Arturo, de pronto, se puso pálido; pero recobrando en seguida su
serenidad, calóse el sombrero, y respondió con descaro y cierta altivez:

--Nada hay en mi vida cuyo recuerdo pueda abochornarme; por lo tanto, le
exijo a usted una explicación de esas palabras que me ha dirigido en son
de afrenta.

--¡No necesito dar más explicaciones que ésta!--dijo don Simón,
empujándole hasta la escalera y cerrando en seguida la puerta.

Arturo, al verse tratado así, rugió de ira; y no sabiendo qué partido
tomar en momentos tan críticos, satisfízose, por de pronto, con arrimar
la boca al ventanillo y gritar con todas sus fuerzas:

--¡Estúpido!... ¡Tiembla por ti!

Y bajó en seguida la escalera, como si le llevaran los demonios.

Pero don Simón oyó la amenaza y tembló; no de miedo a la muerte, sino de
horror a la palabra ¡_estúpido_! con que le bautizaba aquel hombre, el
mismo que tantas veces había ponderado su talento. ¿Cuándo le había
dicho la verdad?

Aturdido por esta duda, se dirigió al gabinete en que habían quedado su
mujer y su hija; y sin tomar nuevo aliento, les refirió lo que acababa
de hacer y lo que, como causa de ello, le había contado el ministro.
Doña Juana se quedó hecha una estatua; pero a Julieta le centellearon
los ojos. Pocos momentos después se enredaba una agitadísima discusión
entre aquella familia, hasta entonces modelo de paz y de armonía. Don
Simón estaba resuelto a que Arturo no volviera a poner los pies allí.
Julieta, que había sabido por multitud de respuestas, arrancadas a su
padre, que en la conducta de aquél no había de censurable más que el
afán de darse importancia, protestaba contra una medida tan violenta; y
doña Juana apoyaba a su hija. Don Simón insistía en sus propósitos, y se
abroquelaba en sus indiscutibles derechos.

Pero Julieta era más difícil de someter de lo que a su padre se le había
figurado hasta entonces. Bajo aquella capa de glacial desdén, se
ocultaron siempre un corazón fogoso y una voluntad de hierro. Sólo había
faltado a estos elementos, para dejarse sentir en toda su fuerza
poderosa, algo que los estimulara. Este estímulo le tenía ya en Arturo,
en su recuerdo gratísimo.

--En la ciudad--dijo, entre otras cosas, Julieta a su padre--, todos los
pretendientes a mi mano le parecieron a usted indignos de ella, por
juzgarlos hombres de poca importancia; y como ninguno me interesaba,
renuncié a ellos sin grande esfuerzo. En Madrid, parecía haberse hallado
el tipo del marido que me convenía. Presentáronmele, hiciéronme conocer
su talento y su hermosura; y cuando ha llegado a interesarme, cuando
quizá... le amo, se le arroja para siempre de mi lado por un delito que
es cabalmente, aunque en otra forma, el pecado capital de mi propia
familia. ¡Y se pretende ahora que con la facilidad con que se le cierran
las puertas de esta casa, le cierre yo las de mi corazón!... ¡Esto es
imposible!

Don Simón no supo qué responder a esta parrafada. Estaba admirado de su
hija, a quien jamás había creído mujer de tal tesón ni de semejante
elocuencia. En cuanto a doña Juana, no sólo la aplaudió con todas sus
fuerzas, sino que la dió un apretado abrazo.

Entonces comprendió don Simón que no bastaban sus propios elementos para
conjurar los que se le ponían enfrente, y se decidió, como los malos
predicadores, a sacar el Cristo para conmover más fácilmente. Así, pues,
confió a su mujer el _secreto_ del fascinador título nobiliario, y la
preguntó en seguida, con el acento más dramático que pudo, si le
parecería regular proteger los amores de su hija con un _perdulario_
semejante, cuando estaba próxima a ceñir sus sienes... acaso con la
ducal corona.

No se engañó don Simón, en cuanto al efecto que se prometía, en su mujer
a lo menos, de este argumento; pues doña Juana, como si le hubiera
recibido en medio de la nuca, descompuesta y febril, comenzó a fulminar
tempestades sobre su hija, porque, con sus locos amores, quería
desautorizar a su familia ante la ilustre clase a que ya se daba por
perteneciente.

Al ver tan loca intemperancia, Julieta, por toda respuesta, miró a su
madre con un gesto que daba la medida exacta de la capacidad de doña
Juana; lanzó otra ojeada no menos expresiva ni más lisonjera a su padre,
y salió del gabinete para encerrarse en el suyo, en el cual devoró en
silencio muchas lágrimas de ira, y tal vez echó los cimientos de algún
propósito rebelde.

Y como don Simón no tenía mucho tiempo que perder, se fué a su despacho,
desprendiéndose a duras penas de su mujer, que no se cansaba de
preguntarle _cómos y cuándos_, y se puso a escribir al encargado de su
casa de comercio, ordenándole que, a vuelta de correo, le librase
cuantos fondos tuviera disponibles y le dijera con qué otros podría
contar y en qué fechas.

En seguida se dedicó a repasar su discurso, el cual debía pronunciar al
día siguiente. Pero ¡con qué ánimos _ensayaba_! La discordia había
entrado ya en su casa, y el hombre que debía ser su panegirista al otro
día, acababa de llamarle ¡_estúpido_! a sus barbas, y probablemente se
lo repetiría muy luego en letras de molde. ¡Oh!..., ¡si le hubiera sido
posible retirar del Congreso su proposición! ¡Si el demonio no le
hubiera tentado para presentarla! ¡Si, a lo menos, los compromisos de
su posición jerárquica le hubieran permitido retardar unos días el
rompimiento!... Pero ya no tenía enmienda. El abismo estaba abierto, y
era preciso lanzarse sobre él. A bien que al otro lado le esperaban un
ilustre pergamino, objeto de las ambiciones de la mitad de su vida, y la
gloria de su nombre en la admiración del país. ¿No era corto el espacio
comparado con las alas?



CAPÍTULO XX


Y llegó el instante fiero.

Un secretario leyó en el Congreso la proposición de nuestro diputado, y
el presidente dijo en seguida:

--El señor de los Peñascales tiene la palabra para apoyarla.

Jamás oyó el aludido un estruendo tan horripilante como el que formaron
estas palabras en sus oídos.

La proposición, por sus extraños términos, había adquirido cierta
celebridad en el Congreso, y el _orador_ se estrenaba con ella. Todo
esto contribuyó a que los diputados, contra lo que esperaba don Simón
por único consuelo, permaneciesen en sus bancos. El trance en que se le
ponía era superior a sus fuerzas. Y para acabar de perderlas, en el
momento de levantarse para hablar, vió en la tribuna de periodistas, que
tenía enfrente, a su jurado enemigo, de pie, en primer término, con el
lápiz en una mano y el papel en la otra, mirándole con ojos de
basilisco. Más que a tomar nota de las palabras del diputado, parecía
dispuesto a dibujar su caricatura. Las demás tribunas, llenas como
siempre. Felizmente su familia se había quedado en casa, por no querer
Julieta salir de ella.

Pálido como la muerte, y trémulo de espanto, se levantó don Simón de su
banco, y se apoyó con ambas manos en el delantero. Quiso hablar y le
faltó la voz. Pidió por señas un vaso de agua, y mientras se le traían,
se limpió la boca con el pañuelo; tosió e hizo cuanto es de rigor en
casos de angustia semejante. Un ujier se le acercó con dos vasos llenos
en una bandeja. Bebióse el contenido de uno sin resollar. Poco después
halló voz en su garganta, y dijo: «Señores diputados....» ¡Nueva
dificultad! No se le oía. Quiso decirlo más recio, y lo dijo a gritos.
(_Risas_.) Bajó de tono, pero no se puso en el conveniente. Así recorrió
todos los de la escala, y no dió con la _tessitura_ hasta la séptima
embestida. Pero había perdido en el tanteo la poca serenidad que le
quedaba. Entonces se tragó el segundo vaso de agua; y al ver desocupados
los dos, el ujier puso a su lado otra bandeja con otros tres.
(_Carcajadas en escaños y tribunas_.) Don Simón sintió entonces trocarse
su angustia en desesperación. Hizo un esfuerzo supremo, y se tiró de
pechos al asunto, como pudiera haberse tirado desde un balcón a la
calle, si junto a sí le hubiera tenido abierto. ¡Así salió ello! En su
vértigo desatentado, trocó todos los frenos; y viendo las cosas del
revés, pidió que se abriera un canal en cada habitante de su provincia,
y que se eximiera del pago de la contribución a todas las carreteras de
aquel país, como era justo... y _contingente_, según pensaba
demostrarlo. Pero la ebullición del Congreso llegó entonces a parecerse
a una tempestad, y el _honorable_ diputado, sintiendo hundirse el suelo
bajo sus plantas y desplomarse el techo sobre su cabeza, cortó de pronto
el hilo de su enmarañado discurso, y concluyó en seco. Levantóse en
seguida en el banco azul su amigo el ministro de la Gobernación, a
asegurar al aturdido diputado que el Ministerio estaba dispuesto a
secundar, en cuanto le fuera dable, el propósito contenido en la
proposición que acababa de apoyarse; mas a pesar de esto y de haber sido
tomada en consideración por el Congreso, don Simón no pudo consolarse.
La corrida que acababan de darle había sido mayúscula, y temblaba
también por la que le daría «el país» si leía su discurso tal cual había
sido pronunciado.

Por ver si tenía enmienda, se fue más tarde a la redacción del _Diario_,
y allí le tranquilizaron un poco. Siguiendo la costumbre establecida,
se le dijo que se pondría lo que él quisiera, para lo cual dejó sobre la
mesa todo su discurso, tal como se le había corregido Arturo cuando aún
era su amigo.

Del mal, el menos.

Aquella noche se acostó temprano y no durmió; pero, en cambio, sudó
copiosamente.

Al otro día no tuvo valor para hojear los periódicos de oposición; pero
una fuerza irresistible le hizo fijarse en _El Ariete_. Primero leyó su
discurso en el extracto de la sesión, y se admiró al ver _qué bonito_
estaba. En seguida clavó su vista en la _Crónica parlamentaria_; y
entonces estuvo a pique de morirse de repente, al leer, entre otros,
nada lisonjeros para él, estos renglones:

«La proposición del diputado Peñascales, célebre desde ayer en los
fastos parlamentarios, es una verdadera monstruosidad en la forma y en
el fondo; y bien seguro es que no hubiéramos dicho de ella lo que
dijimos al anunciarla, si la hubiéramos conocido entonces como la
conocemos ahora. Esa misma monstruosidad hace muy difícil, si no
imposible, que se la pueda presentar a la Cámara como hija de una
verdadera necesidad de los pueblos, a cuyo beneficio se encamina. Para
empresa tan colosal no bastan las fuerzas del más hábil tribuno. ¡Qué
efecto había de causar ante las Cortes, apoyada por un ignorante
ridículo, que cree que es lo mismo sumar columnas de guarismos qué
hablar ante la representación del país! Responda por nosotros la sesión
de ayer. Y cuenta que no sentimos lo ocurrido en ella por la gloria del
_orador_, corrido allí como una liebre, pues por muchas que sean
sus presunciones, no debe, en su estulticia ingénita, aspirar a mayores
triunfos; sino por el prestigio del Parlamento y por la dignidad del
Ministerio, que acogió bajo su amparo un asunto que pasó los límites de
lo grotesco.»

Cuando tales cosas decía de él un diario ministerial, que poco antes le
había puesto en los cuernos de la luna, ¿qué no dirían los que, amén de
ser de oposición, no tenían que guardarle miramiento alguno? Jamás supo
el pobre hombre hasta qué punto le maltrató aquel día la prensa de todos
matices. Y no fué poca su suerte en ignorarlo, pues la sospecha de ello
solamente le tuvo tres días en la cama, a caldo colado.

Cuando se levantó, entre la montaña de cartas que se le habían
aglomerado en la mesa de su despacho, halló tres que merecieron su
preferencia. La una era de sus amigos de la ciudad, que le felicitaban
por el _triunfo_ obtenido en las Cortes al defender tan _brillantemente_
los intereses de su país. «Con este _golpe_--le decían entre otras
cosas--, ha tapado usted la boca a los que aquí se permitían murmurar
de su ciego ministerialismo, bien probado con el voto que dió al
Gobierno en la cuestión del empréstito.»

Revivió con esta incensada el amortiguado espíritu de don Simón, y en el
acto se puso a contestar a sus amigos, dándoles las gracias y
asegurándoles que en la ya próxima discusión de los presupuestos
demostraría a sus murmuradores cuán leve era su adhesión al Ministerio,
comparada con su amor al país que representaba.

La segunda carta era de su apoderado. Le remitía letras por valor de
veinte mil duros, y ponía a su disposición cuarenta mil más para dentro
de quince días, y otros veinte mil para fin de mes, fechas en las cuales
tenía la casa esos vencimientos que cobrar de las acreditadísimas A...
y B..., y cubiertas todas sus atenciones del momento.

La tercera carta era del ministro, el cual le participaba, _en
confianza_, que el empréstito estaba a punto de abrirse.

El caso era de apuro para don Simón. Resuelto a hacer una hombrada en lo
del empréstito, los ochenta mil duros de que podía disponer le
parecieron poca cosa, y, por consiguiente, una miseria los veinte mil
del momento. ¿Qué valían éstos para aspirar él, como principal
suscriptor, a la ofrecida recompensa? ¡Habría tantos banqueros que le
aventajarían por triplicado! Podía ir comprando papel a medida que le
fueran remitiendo fondos; pero ¿y si se cubría el empréstito el primer
día? ¡Adiós título nobiliario entonces!... No le quedaba otro remedio
que _hacer dinero_ a todo trance; y lo más sencillo le pareció girar a
cargo de su casa las cantidades, y a las fechas marcadas por su
apoderado, y negociar las letras en la Bolsa.

Y así lo hizo.



CAPÍTULO XXI


Don Simón consiguió muy fácilmente ser, no de los primeros, sino el
primero entre los primeros suscriptores, porque el empréstito tuvo pocos
golosos. Pero el Ministro no le concedió el ofrecido premio. Al abrirse
aquél, volvió a combatirle, desbordada, la prensa de oposición; probó,
sin gran dificultad, que semejante operación era el síntoma más evidente
de la bancarrota que amenazaba; cundió la desconfianza, y del primer
tirón bajó el papel diez por ciento. ¿Cómo había de colocarse el resto?
Y no colocándose todo, ¿cómo había de saber el Gobierno quién merecía
los títulos de nobleza y las grandes cruces?

Pero ¡bueno estaba el Ministerio para pensar en tales fruslerías! Al
desastre del empréstito había seguido otro no menos grave para los
Ministros. Una contradanza de gobernadores y una hornada de altos
funcionarios se habían hecho indispensables en aquellos días; y como
las vacantes eran menos que los diputados ministeriales, hubo entre
éstos disgustos, discordias y desavenencias, ya por razón de despecho,
ya por razón de estómago; cundió la indisciplina, y de la noche a la
mañana se halló el Gobierno en grave riesgo de perder la mitad de sus
huestes. Entonces tomó la política ese aspecto edificante, que es la
delicia de los hombres libres y la mostaza del _sistema_. Cabildeos por
acá, reuniones por allá, ofertas de este lado, súplicas del otro, grupos
en aquel rincón, voces en este pasillo, citas a deshora, carruajes que
van, personajes que intervienen.... Y entretanto, la prensa hablando de
crisis; refiriendo idas y venidas; resultados que se esperan; fines que
se temen; bofetones que se dieron, y lances de honor que se _arreglan_.

Para colmo de complicaciones, había empezado en el Congreso la discusión
de los presupuestos, ¡cosa rara!; y el Gobierno, que había prometido
dejar la cuestión libre a sus diputados, como las oposiciones le
cercenaban los ingresos y el empréstito no se cubría, no tuvo más
remedio que hacer _cuestión de gabinete_ la aprobación de ciertos
capítulos.

Entonces fué cuando Peñascales perdió la serenidad y se echó de bruces
en el agitado mar de la política.

Su situación no era para menos. Por compromiso adquirido con sus amigos
y aun con su propia conciencia, debía votar todo aquello que tendiera a
aliviar las cargas de los agobiados pueblos.... Y cabalmente iba a darse
la batalla primera en los artículos que recargaban desatentadamente la
propiedad territorial, ya de muy antiguo gravada con impuestos
insoportables. Y él era representante de un distrito rural! Pero tenía
comprometida la mitad de su fortuna, acaso toda ella al día siguiente,
en un negocio cuya única garantía era la conservación del Ministerio que
le había metido en el ajo; Ministerio a la sazón tan inseguro por las
deserciones ocurridas en sus filas, que un solo voto de más o de menos
podía salvarle o perderle. ¿Cómo votaba él con la oposición?...

No vaciló siquiera. Con cuerpo y alma se dedicó, y con mayor empeño a
medida que el día funesto se acercaba, a predicar la paz y la concordia
entre las fuerzas disidentes. ¡Loco intento el suyo!... Aquellos
políticos, al revés que él, cuando más hundido veían a un Gobierno, con
menos interés le miraban; y en cuanto le consideraban moribundo, como ya
nada podía darles, corrían a agruparse en derredor de los hombres
indicados para sucederle en el poder.

Cuando don Simón se hubo penetrado de esta ya vieja _teoría_
parlamentaria, se dió a los demonios, y hasta se atrevió a decir
iracundo a algunos desertores:

--Pero ¿qué patriotismo es ése? ¡Ayer apoyando al Gobierno, como al
mejor de los posibles, y hoy combatiéndole por una nimiedad!

--Y ¿qué patriotismo es el de usted?--le contestaron.--¡Votar contra los
intereses de los pueblos, por salvar los que tiene usted comprometidos
con _esta gente_!

La réplica no tenía vuelta; y ya sudaba don Simón por falta de una,
cuando el Ministro se le acercó. Insinuándosele éste con un discreto
tirón de la levita, le llevó hasta el pasillo más obscuro, y allí le
dijo muy callandito:

--¡Animo, amigo mío! La cosa marcha bien. ¡Firme con ellos, y cuidado
con dejarse seducir por esa _patulea de hambrientos_! Su título de usted
está firmado ya, y el empréstito cubierto, a juzgar por las últimas
noticas transmitidas al Gobierno.

Y dejando a don Simón más turulato de lo que estaba, cogía S.E. a otro
diputado y le decía algo que pudiera halagarle; mientras a Peñascales le
agarraba un disidente, y pintándole con vivos colores la situación de la
patria, y ofreciéndole en nombre de _su partido_ torres y montones,
ponía al Ministerio y a los ministeriales como trapos de fregar.

Y en estas vertiginosas evoluciones, todo el Congreso durante muchos
días; el Ministerio prolongando el debate cuanto le era dado para
alejar la votación hasta tanto que pudiera ganarla, o convencerse de que
la tenía perdida; la prensa desatada, y los centros administrativos
cruzados de brazos, esperando la resolución de la inminente crisis que
acabaría con un cambio completo del personal; en el cual caso, ¿para qué
dar una plumada más?

Entretanto, la muerte del Gobierno era inevitable. Los diputados que le
quedaban fieles, lo eran a causa de haberse visto complacidos en aquello
mismo en que habían sido desairados los disidentes. ¿Cómo atraer a éstos
y no perder a los otros, no habiendo cebo para todos?

Y el día de la votación avanzaba rápido, a pesar de los subterfugios del
Gobierno; y los periódicos se desgañitaban descomponiendo en cifras las
fracciones del Congreso. Según el cálculo más lisonjero que podían hacer
los ministeriales, el Gobierno iba a ser derrotado ¡por tres miserables
votos!

--¿Para cuándo son las pulmonías y los cólicos cerrados?--exclamaba, al
leerlo, don Simón en su despacho, y sin pararse ya en barbaridad más o
menos.

¿Reflexionaba así el Ministerio? Tal vez; pero no se le traslucía. Nada
más fácil a éste que inutilizar media docena de diputados hostiles por
medio de otros tantos autos de prisión, o de falsos telegramas que los
alejasen de Madrid el día crítico; pero ¿estaba él seguro de que
apelando a estos extremos, aunque muy parlamentarios, nada buenos, no le
exterminasen las oposiciones otros tantos auxiliares, con una paliza,
por ejemplo?

No había, pues, otro remedio que tomar los acontecimientos como se
presentaran.

Y llegó así el día fatal; y aunque los cabildeos y la efervescencia no
cesaron un instante, y don Simón votó con tal ira y tal ímpetu que
arrancó carcajadas a las tribunas, el Gobierno perdió el pleito; y como
no tenía a la mano un decreto dado por la _regia prerrogativa_, dióse
por muerto y presentó su dimisión.

Peñascales entonces, creyendo ver un abismo abierto a sus pies, cayó con
un síncope, entre la rechifla de las huestes victoriosas.



CAPÍTULO XXII


El nuevo Ministerio parecía complacerse en deshacer cuanto su predecesor
había hecho. Eran ambos de una misma familia; y sabido es que las
guerras intestinas son tanto más encarnizadas cuanto más afines son los
beligerantes. Los periódicos ministeriales sacaron a la luz de la
publicidad todos los trapillos del Gobierno caído, y hubo especial
empeño en hablar de los cuatro títulos de nobleza y las dos grandes
cruces consabidas, y en trastear particularmente a don Simón, como a
novillo bravo.

Con estas tendencias del nuevo Ministerio, el papel del empréstito bajó
hasta la mitad de su valor.

Tal fué el primer caldo que tomó Peñascales al convalecer del sofocón
que le tumbó en el Congreso al caer el Gobierno que le _protegía_.

El segundo caldo fue todavía más amargo.

Faltaban dos días para vencer los primeros giros que había hecho a cargo
de su misma casa, y seguía bajando desastrosamente el papel en que había
invertido aquellos fondos, cuando recibió el siguiente lacónico
telegrama de su apoderado:

«_Casa A... suspendió pagos; necesito fondos vencimientos pasado
mañana. Consternación plaza_.»

Este golpe era terrible para don Simón. Se recordará que con lo que
debía entregar la casa A... a la suya contaba ésta para pagar los
cuarenta mil duros girados por aquél. ¡Qué desquiciamiento no sufriría
la máquina de sus negocios, para llenar tan enorme vacío con recursos
destinados a otras atenciones indispensables! ¡Qué serie de
complicaciones no podría traer la quiebra de una casa tan importante
como la que acababa de suspender los pagos! ¡Cómo se presentarían las
cosas a fin de mes, época en que vencían los otros giros! Y entretanto,
¿qué hacía él para ayudar a su casa, con ochenta mil duros invertidos en
un papel que no valía diez mil, vendido en el acto?

¡Entonces sí que maldijo con todo su corazón la hora en que salió de su
casa, y el momento en que se decidió a pisar el campo de la política y a
dejar las apacibles tareas de sus fáciles negocios; a trocar el
prestigio y la consideración de que gozaba entre los prohombres de su
país, por una ilusión de grandeza, que, en realidad, sólo le había
valido desengaños, y empezaba a amenazarle con la ruina y la miseria!

No cabiéndole el susto en el corazón ni hallando sus pulmones aire
bastante en el recinto de su despacho, salió en busca de su familia para
desahogar con ella una parte siquiera de la angustia que le asfixiaba;
pero no tuvo necesidad de recorrer mucho camino, porque a la mitad de él
se tropezó con doña Juana, que venía buscándole, pálida, con la boca
abierta, las manos sobre el cogote y los ojos extraviados. Creyéndola
enterada del desastre por alguna noticia particular, la dijo con el
mayor desaliento:

--¿Conque ya lo sabías?

--¡Hace diez minutos nada más!--respondió doña Juana, trémula y
tartamudeando.

--¿Quién te lo contó?

--Nadie.

--No puede ser eso. Alguno te ha dicho...

--Repito que nadie. Viendo yo que no salía de su cuarto a la hora
acostumbrada, fuí allá para ver si estaba enferma. Entro, y no la hallo;
la busco por toda la casa, y no parece; llamo a la doncella, y tampoco
está en casa; vuelvo a su gabinete, y veo la cama sin deshacer, su
ropero en desorden y vacío el cofrecillo de sus alhajas.

--Pero ¿de quién me estás hablando?--gritó el infeliz Peñascales,
dominado de pronto por una horrible sospecha.

--De Julieta--respondió con igual asombro doña Juana--; de Julieta, que
debe de haber huído de casa anoche o esta mañana muy temprano.... Pues
¿de qué otra cosa venías a hablarme tú?

Doña Juana no obtuvo respuesta a esta pregunta, porque su marido cayó al
suelo como un tronco, sin soltar el telegrama que llevaba en la mano.
Apoderóse de él doña Juana, por ver si hallaba un poco de luz en tan
pavorosa obscuridad; y aunque no comprendió por la lectura de las
desvencijadas frases toda la verdad, temió lo más malo; y como en todo
era extremosa, se desplomó sobre su marido, formando los dos cuerpos en
el suelo un solo montón, y no pequeño.

Poco después de volver ambos en sí, entregaron a don Simón una carta,
con sello del correo interior. Era de Julieta, y decía:

«Cuando ustedes reciban ésta, hará muchas horas que he abandonado esa
casa, amparada por el elegido de mi corazón; el mismo a quien ustedes
arrojaron de ella. Estoy en la de una persona de toda respetabilidad,
hasta tanto que no se me conceda el más cordial beneplácito para unirme
ante Dios al que ya es dueño de mi libertad. Si este mi deseo vivísimo
les merece una respuesta favorable, diríjanmela por el correo, que yo
cuidaré de recogerla en la lista. Si con el silencio me responden, me
acogeré al derecho que me da la ley, pues estoy resuelta a todo, menos a
renunciar a un enlace en el cual fundo toda la felicidad de mi vida.

»Comprendo la magnitud del dolor que a ustedes causará la forma violenta
de mi inquebrantable resolución, y le lloro con el alma, porque es muy
grande el amor que les profesa su desgraciada hija,

»JULIETA.»

¿Necesito pintar el efecto que produjo esta carta en el atribulado
matrimonio? Seguramente que no. Don Simón y su mujer podrían ser todo lo
bestias que se quisiera para no comprender la inminencia de ciertos
peligros en un carácter como el de Julieta; pero, al cabo, eran padres
de ésta, y la amaban con delirio.

En su afán de recobrarla, pensaron en poner en juego a la policía, dando
parte del suceso hasta al Gobierno, si fuese necesario; pero ¿no
equivaldrían estos pasos a publicar su propia deshonra? Preferible era
proceder de otra manera más sigilosa para hallar la oveja descarriada.
Pero vuelta ésta al redil, sola, y en el supuesto, nada aventurado, de
que el suceso hubiese transcendido, por muy honrada que volviera,
¿habría muchas personas que lo creyesen, y, entre éstas, una que se
atreviera a pedir su mano? Más aún: ¿se atrevería a concederle la suya
el mismo hombre que la había robado, si llegaba a advertir que el caudal
de la fugitiva estaba expuesto a deshacerse como la nieve al sol?

Todas estas y otras análogas reflexiones se hicieron al instante sus
acongojados padres, que al fin se decidieron a poner en el correo una
carta, según la cual accedían «de buena gana» a los deseos de Julieta,
con la condición de que ésta tornase pronto al paterno hogar.

Hecho esto, procedió don Simón a vender de cualquier modo el papel que
tenía del empréstito y a remitir a su casa su mezquino valor.



CAPÍTULO XXIII


Pocos días después se celebraron las bodas de Julieta y Arturo, hechas
las paces y prometida de ambas partes la más cordial intimidad para lo
futuro. Pero don Simón, al mostrarse afable y complacido en la _fiesta_,
sólo reía con la cara. Su corazón estaba herido por el desengaño triste
que le había dado la violenta resolución de su hija, y por el no más
alegre que le costaba la mitad de su fortuna. Doña Juana estaba hecha
una simple, y tan pronto reía como lloraba. Arturo y Julieta eran, en
cambio, completamente felices en aquellos momentos. Pero ¿qué novios no
lo fueron el día de la boda y aun algunos después?

Que _El Ariete_ habló largamente de la boda de la «hermosa Julieta de
los Peñascales con nuestro compañero el distinguido escritor y
diplomático don Arturo Marañas», no hay para qué decirlo, porque se
supone fácilmente; pero, ¡ay!, a don Simón no le pasó de las narices
aquel incienso: conservaba mucho más adentro el recuerdo martirizador de
la palabra _estúpido_, con que le había calificado el mismo que quizá
redactaba aquellos lisonjeros párrafos, y sabía de memoria los que había
dedicado la misma pluma a su desastre parlamentario. Doña Juana era la
que todavía se pagaba mucho de esas cosas, y las aceptaba con
entusiasmo, por el efecto que harían en la ciudad, para la cual
anunciaba _El Ariete_ la inmediata salida de los recién casados, con
toda su familia.



CAPÍTULO XXIV


Y salieron, en efecto; mas no como principio de un largo viaje de
recreo, según afirmaba el periódico, sino porque a don Simón le urgía
mucho volver a su casa para enterarse del verdadero estado de sus
negocios, y prevenirse, si le era dable, contra nuevos desastres.

A su llegada tuvo visitas sin cuento, felicitaciones sin número, y hasta
serenatas; pero todo ello le supo a rejalgar; porque la quiebra que le
había cogido los cuarenta mil del pico, había hecho vacilar a otras
casas, con las cuales tenía también la suya no pocas relaciones,
resultando de semejante complicación que se vió muy mal para llenar sus
compromisos a fin de mes.

Cumpliólos al cabo; pero no sin ver mermada su fortuna en más de dos
terceras partes, y, lo que fué aún más triste, su crédito comprometido.

Entonces enteró a su yerno de cuanto le ocurría; y Arturo, que se había
propuesto brillar en el ancho campo de la política a expensas de su
suegro, halló más conveniente, si no más placentero, pedir a éste un
atril en su escritorio y ayudarle con todas sus fuerzas a levantar el
edificio que parecía desmoronarse.

Aceptó la oferta de buen grado don Simón; y como el otro no era tonto,
ayudado de su interés particular, ya que no de sus inclinaciones
naturales, que eran bien opuestas al comercio, hízose en poco tiempo un
_pinche_ de primera fuerza, y llegó a ser un comerciante en toda regla.

Las últimas noticias que yo tuve de esta apreciable familia, la pintaban
en camino de recobrar la hundida fortuna, pero muy lejos todavía de
conseguirlo; doña Juana se había quedado mema de un _aire perlático_;
Julieta tenía dos hermosos niños; Arturo dirigía la casa de comercio, y
don Simón había sido expulsado del Casino por haber dicho en pleno
_Senado_, en una de sus tertulias más borrascosas, estas sencillísimas
palabras, hijas legítimas de sus desengaños, que tan caro le costaban:

--El mal no está en que, por casualidad, salga de un mal tabernero un
buen ministro, o un gran alcalde, o un perfecto modelo de hombres de
sociedad; la desgracia de España, la del mundo actual, consiste en que
quieran ser ministros todos los taberneros, y en que haya dado en
llamarse verdadera _cultura_ a la de una sociedad en que _dan el tono_
los _caldistas_ como yo.


1872.



=LIBRERÍA GENERAL DE VICTORIANO SUÁREZ= PRECIADOS, 48 MADRID

=Cortejón= (C.), Director y Catedrático de Historia de la Literatura en
el Instituto de Barcelona y Correspondiente de la Real Academia
Española. _Arte de componer en Lengua castellana_. 4.ª edición. Madrid,
1911. En 4.º, 6 pesetas.

=Mayans y Síscar= (G.).--_Orígenes de la lengua española_, compuestos
por varios autores, recogidos por D. Gregorio Mayans y Síscar,
Bibliotecario del Rey, publicados por primera vez en 1737 y reimpresos
en 1873, con un prólogo de D. Juan Eugenio Hartzenbusch y notas al
Diálogo de las lenguas y a los orígenes de la lengua, de Mayans, por D.
Eduardo Mier. Madrid, 1873. En 4.º, 8 pesetas.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Los Hombres de Pro" ***

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