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Title: El infierno del amor - leyenda fantastica
Author: Fernández y González, Manuel, 1821-1888
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El infierno del amor - leyenda fantastica" ***

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MANUEL FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.


EL INFIERNO

DEL AMOR.

LEYENDA FANTASTICA.

MADRID:
GASPAR, EDITORES
4, PRÍNCIPE, 4.

1884.

MADRID, 1884.--Establecimiento tipográfico de los Sucesores de Rivadeneyra
Impresores de la Real Casa.--Paseo de San Vicente núm. 20.



AL JOVEN ATENEISTA
DON MANUEL LOPEZ ARZUBIALDE.


_Mi querido amigo: Leyendo lo que yo he
escrito para mi velada del Ateneo, en el presente
año, ha colaborado usted conmigo, dando
á mis versos la sonoridad, que yo, por mis
años y por mis achaques, no hubiera podido
darles; gracias, muchas gracias, y considere
usted que al dedicarle este trabajo precipitado,
hecho durante una dolorosa enfermedad,
lo hago, más que como otra cosa, como una
sincera manifestacion de afecto._

Manuel Fernández y González.

31 de Mayo de 1884.



   INTRODUCCION.


        I.

     El alma alentando la fe que la llena,
   flotando en espacios de luz y armonía,
   con habla sonora que blanda resuena,
   mi musa, en sencilla veraz cantilena,
   hermosas oyentes, su voz os envia;
   Dios haga que ledas la péñola mia
   honreis aceptando su fruto humildoso;
   así la fortuna con signo dichoso
   os dé largos años de amor y alegría.


        II.

     Yo soy de una tierra de eternos verjeles,
   do en grutas sombrosas de altivos laureles
   se aspira la gloria del nombre español;
   do corren las fuentes por cauces de flores,
   do vagan rientes graciosos amores,
   do brilla cual oro la lumbre del sol.

     Do alienta la vírgen de tez africana
   de espíritu ardiente, cual lava que emana
   del cráter profundo de hirviente volcan,
   la luz en la frente del alba serena,
   el fuego en los ojos que al alma enajena
   en dulce mirada de lánguido afan;
   el seno que alienta potente latido,
   que inquieto, al impulso del fuego escondido,
   el alma revela que sueña el amor;

     la leve sonrisa del labio hechicero
   que fresco y purpúreo ya exhala agorero
   un triste gemido de vago dolor;

     la planta que leve las flores no mata;
   la crencha sedosa que el viento desata
   y rico perfume difunde al flotar;
   la dulce morena de acento suave,
   gacela que trisca, fantástica ave
   que el alma adormece con blando cantar;

     magnolia en que toma su esencia la brisa,
   suspiro del cielo, divina sonrisa
   del ángel que guarda la dicha sin fin;
   hurí que en los sueños vagó de Mahoma;
   arcángel humano que esconde en su loma
   velado por flores el alto Albaicin.


        III.

     ¡Granada, mi Granada! yo soy tu peregrino
   que vago en lo pasado, buscando gloria y fe:
   yo tengo entre sepulcros abierto mi camino,
   é impúlsame potente la mano del destino,
   á recibir aliento de lo que grande fué.

     Al rayo de la luna que cruza solitaria
   del infinito espacio por la region azul,
   yo elevo á los que fueron mi lánguida plegaria,
   y rompe de sus tumbas la losa funeraria
   el canto que suspira gimiendo mi laud.

     Y villas olvidadas que muestran sus almenas,
   levántase á mis ojos la vieja catedral,
   recobran sus escombros aljamas sarracenas,
   y resonar escucho las ásperas cadenas
   al desplomarse el puente de torre señorial.

     Un mundo, que ya es polvo, se eleva en torno mio,
   un pueblo, que ya es sombra, me signe por do quier,
   y del presente, pobre, descolorido y frio,
   los soñolientos ojos aparté con hastío,
   buscando las grandezas del olvidado ayer.

     Yo soy cantor de glorias; las hadas me han contado
   leyendas prodigiosas que yo te cantaré:
   yo soy tu bardo errante de sueños coronado:
   yo arrancaré á las sombras de su sepulcro helado,
   y voz, y aliento, y vida, potente les daré.

     ¡Granada, mi Granada! aportillada y rota,
   hundidos tus alcázares, desierto tu Albaicin,
   ni tu pendon bermejo en Bib-Arrambla flota
   ni en tus marciales fiestas ondula la marlota
   del lidiador zenete ó el fiero mogrebin.

     Pasaron, y con ellos tus zambras, tus cantares,
   tus damas, escondidas en el celoso haren,
   de encantos y proezas tus cuentos singulares,
   tus amorosas pláticas en rejas y alfeizares,
   y en la callada noche los sueños de tu eden.

     Pasaron; fiera, altiva, su incontrastable garra
   ascética, terrible, en tí clavó la cruz,
   y tu gemido triste, que el corazon desgarra,
   sin recordar tu pena, al són de su guitarra,
   en la doliente _caña_, repite el andaluz.

     ¡Granada, mi Granada! fantástica leyenda
   de amor y desventura hoy tengo para tí;
   concede al amor mio que de ella te haga ofrenda
   y un beso de tu boca que, mágico, en mí encienda
   la inspiracion ardiente que un tiempo te debí.



   PRIMERA PARTE.

        I.

     En una calle
   que tortuosa
   con sus aleros
   la luz estorba;
   medrosa y lúgubre
   cuando las sombras
   de la alta noche
   la envuelven lóbregas,
   calle que llaman
   de la Almanzora,
   en la opulenta
   rica paloma
   de las ciudades,
   que el nombre roba
   á la Granada
   que la blasona,
   hay una casa,
   que hoy se desploma,
   cuyas paredes
   el viento azota,
   la lluvia inunda
   y el sol empolva;
   abandonada
   se desmorona,
   los jaramagos
   en ella brotan
   y entre ruinas
   doliente asoma
   el arco bello
   que un tiempo alcoba
   fué de la linda
   Leila la Horra.


        II.

     En otros tiempos remotos,
   dolor de la gente mora,
   que de Granada recuerda
   la prepotencia y la gloria,
   aquella casa, hoy hundida,
   alcázar fué y noble joya
   de bravos Benimerines,
   noble linaje que goza
   por sus preclaras hazañas
   alto renombre en la historia.

     Ben-Jucef el Meriní,
   de aquella casa que doran
   la opulencia y la grandeza,
   es el sostén y la honra,
   y su luz y su delicia
   es Leila la encantadora,
   la de los negros luceros,
   la de la faz majestosa,
   la de los cabellos de oro,
   la de la purpúrea boca,
   la de la ebúrnea garganta,
   la del talle de diosa,
   la del seno palpitante,
   la altiva, la que enamora
   al que su belleza mira
   si el céfiro la destoca,
   ó al que su cantar escucha
   en la noche silenciosa,
   si al pié de sus miradores
   pasa por su mal ó ronda.
   Por pudorosa y honesta
   la llaman Leila la Horra,
   y tambien Leila la Hijara
   porque su pecho es de roca:
   y ella, el amor ignorando,
   de su adolescencia goza,
   como el naciente capullo
   que áun no desplegó sus hojas.


        III.

   Pero llegó muy presto
     su edad florida,
   pasó su adolescencia
     dulce y tranquila,
     y los insomnios
   encendieron en fiebre
     sus bellos ojos.

   Si ántes era una rosa
     por linda y fresca,
   es ya la triste niña
     blanca azucena,
     que sufre y llora,
   y lágrimas y penas
     la descoloran.

   Y aunque el viejo la guarda
       como un tesoro,
   de las miradas torpes
       de avaros ojos,
       y celosías
   no dejan ver su encanto
       que el sol codicía;

   y aunque esclavos feroces
       y muros densos,
   á audacias de galanes
       ponen respeto,
       ama la hermosa,
   que no hay puertas ni muros
       que amor no rompa.

   Nace en la ardiente vida
       y allí se esconde,
   que el alma tiene el gérmen
       de los amores,
       y comprimidos,
   se exhalan misteriosos
       en los suspiros.


        IV.

     Y tales los de Leila se exhalaron,
   tan apenados, tan profundos fueron,
   tan claro al padre su dolor contaron,
   que sus fieras entrañas abrasaron
   y su altivez indómita rindieron.

     --«¡Ah de la vida y su tormenta brava!--
   siniestro el xeque murmuró, y sombrío:--
   ¡Surge á la luz la mariposa esclava,
   el dormido volcan revienta en lava,
   el arroyuelo se convierte en rio!»

     Y tembló: formidable en su memoria
   se alzó horrible, cual lúgubre agonía,
   cual tremenda vision expiatoria,
   la infinita amargura de su historia,
   dolor tras de dolor, dia por dia.

     ¿Dónde estaban los lauros triunfadores
   que arrancó de las lides su pujanza?
   ¿Dónde sus horas plácidas de amores?
   ¿Dónde las tiernas, las fragantes flores,
   sér de su sér y luz de su esperanza?

     El ciego incontrastable torbellino
   rugiente se abatió sobre su casa,
   cual fuego intenso, destructor, sanguino,
   que al soplo misterioso del destino
   deja luto y horror por donde pasa.

     Sus mujeres las frentes doblegaron,
   sus hijos en sus cunas se extinguieron,
   los años con su peso le agobiaron,
   y ya débil en brazo, se agostaron
   los altos lauros que su faz ciñeron.

     Todo perdido en sueños de agonía
   y en el delirio del dolor flotaba;
   todo en su corazon rugiente hervia,
   y Leila sólo á su afanar reia
   y con su dulce amor le consolaba.

     ¡Y ella tambien, el último tesoro,
   la flor preciada de esplendor naciente,
   ya en los ojos de luz acerbo el lloro,
   y los reflejos de sus trenzas de oro
   como nimbo fatal en su alba frente!

     --«¡Oh santo Allah!--las ansias exclamaron
   del postrado Jucef:--¡Oh Dios sombrío!--
   y en sus ojos las lágrimas brotaron,
   y por su blanca barba resbalaron
   cual trasparentes gotas de rocío.


        V.

     ¿Por qué su maldicion? Pasan los años,
   pero no pasan nunca las memorias,
   que en la conciencia ennegrecida encienden
   siniestra luz entre la oscura sombra.
   No, de la infamia el torcedor recuerdo
   nunca el dolor y la vergüenza borran;
   nunca de la crueldad la horrenda imágen
   el sentimiento conturbado ahoga,
   ni el crímen de brutales apetitos
   en las alas del tiempo se evapora.
   ¿Qué fué de aquella triste, profanada
   entre el horror de noche tormentosa,
   al resplandor del implacable incendio
   que las cabañas míseras devora,
   muertos los padres, los hermanos muertos,
   al pié de la tajada escueta roca
   que vecina á la playa de Almuñécar,
   eternas baten las inquietas olas?
   Ellas, subiendo, largas se llevaron,
   léjos, muy léjos, las cenizas rojas;
   ellas, envueltas en su hirviente espuma,
   al fondo de la gruta tenebrosa
   lanzaron los cadáveres, y el alba
   cuando, indecisa, esclareció la costa,
   no encontró los vestigios miserables
   de la infame tragedia pavorosa.
   Pero no borró el mar de igual manera
   en Jucef el recuerdo, que no hay onda
   que lave la conciencia y que se lleve
   lo que al hinchado corazon sofoca,
   lo que en el alma perdurable grita,
   lo que eterno ante Dios sangriento llora.
   Y por eso Jucef del mirab santo
   la blanca piedra con la frente choca,
   y ruega á Allah con llanto de agonía
   perdone, al ménos á su Leila hermosa.


        VI.

     Pero como Dios no oye
   á los réprobos, y el llanto
   de Jucef mojaba inútil
   las losas del santuario,
   y el semblante entristecido
   de Leila más y más pálido
   se mostraba, y más sus ojos
   ardientes, febriles, lánguidos,
   el cuidado paternal
   por ciego dió en el engaño.
   No vió que el amor es vida
   cuando anhela un sér soñado,
   y anhelándolo le goza,
   y se sublima esperándolo.
   Creyó que la helada muerte
   ya alzaba el horrible brazo
   sobre la rubia cabeza
   que era su vida y su encanto,
   y viendo que Dios no oia
   sus ruegos, se volvió al diablo,
   con la rabiosa esperanza
   del que está desesperado.
   La casa, hasta entónces triste,
   de Jucef ardió en saraos,
   en zambras y en regocijos,
   y entre el giro acompasado
   de indolentes bayaderas,
   resonó sentido y largo,
   como el suspiro del viento
   de la palma en el penacho,
   al compás de guzlas de oro,
   el melancólico canto
   del desierto, que suspira
   el beduino cansado,
   que sigue á la caravana
   en sus amores soñando.
   En Bib-Arrambla hubo justas,
   cañas, sortijas y bravos
   toros de Ronda, en que, audaces,
   sus rejoncillos quebraron
   caballeros de gran prez,
   que ambicionaban el tálamo
   de la incomparable Leila;
   y aunque el mismo Rey, lanzado
   á la arena y vencedor
   en su triunfo confiando,
   del airon de grana y oro,
   con gran peligro arrancado
   de la cerviz de una fiera,
   á sus piés la hizo regalo,
   al agradecerlo ella
   lo dijo con tal desmayo,
   que harto claro se entiende
   lo inútil del agasajo.
   Al fin ya de todo punto
   loco Jucef é insensato
   hizo venir de Marruecos,
   en fuertes jaulas cerrados,
   seis viejos leones rojos
   para en la vega soltarlos,
   y probar si en la árdua caza
   algun galan abrasado
   por los encantos de Leila
   lograba al fin el milagro
   de hacerse amar de la hermosa
   por gentil y por bizarro,
   que aquel que embiste á leones
   por lograr un fin ansiado,
   para no amarle es forzoso
   tener corazon de mármol.


        VII.

     El dia va falleciendo,
   en fúlgidos resplandores
   se va el ocaso encendiendo,
   y ya _las sombras mayores_
   de los montes van cayendo.

     Sobre la cumbre nevada
   del Veleta, sonrosada
   por el rojo sol poniente,
   alza la luna la frente
   por nubecillas velada.

     Por el ameno pensil
   del soto corre el Genil
   entre floridas riberas,
   y las gallardas palmeras,
   y la alameda gentil,

     y en peñascos y en colinas
   los nopales, las encinas,
   responden en són amante
   al beso fresco y errante
   de las auras vespertinas.

     Bajo la enramada espesa,
   clara y profunda la presa
   como un espejo se tiende,
   y en blancos chorros desciende,
   y en su murmurio no cesa.

     Leve el humo en la alquería
   revela el fuego que arde
   en el hogar, y á porfía
   dan las aves su armonía
   á la oracion de la tarde.

     Todo es fresco y perfumado,
   la vega, el soto y el monte;
   y el valladar azulado
   de las sierras, anegado
   en el distante horizonte,

     Para tener siempre á raya
   al cristiano en la frontera,
   porque ya la luz desmaya,
   va previniendo la hoguera
   en sus torres de atalaya.

     Que en la tregua Alfonso afloja,
   y ya blanden la cuchilla,
   en las quebradas de Loja,
   con gentes de la Cruz Roja,
   los Infantes de Castilla.

     En tanto el sol apresura
   su ocaso, y con largos brillos
   en las cúpulas fulgura
   de Granada, que en la altura
   muestra sus fuertes castillos.


        VIII.

     Por un sendero
   que al soto baja
   un bello jóven
   gallardo avanza.
   Al aire ondea
   su toca blanca,
   caftan le cubre
   de burda lana,
   su talle ciñe
   revuelta faja
   que el curvo alfanje
   sostiene y guarda;
   cubren sus piernas
   rudas abarcas,
   y el carcax lleno
   de fuertes jaras,
   y la ballesta
   sobre la espalda,
   y el cervatillo
   que al hombro carga,
   revelan, cierto,
   que es pobre y caza,
   y que cazando
   su vida gana.
   La res sangrienta
   deja en la grama,
   y en una piedra
   que besa el agua,
   se sienta y mira,
   miéntras descansa,
   absorto, inmóvil,
   la faz nublada,
   el sonoroso
   raudal que canta,
   y sobre el lecho
   de piedras salta,
   y allá se pierde,
   y allá se escapa,
   cual las mentidas
   sombras livianas
   de los ensueños
   de la esperanza.
   Tal vez Ataide,
   que sufre y ama,
   ve en la corriente,
   pasando rápida,
   su vida entera,
   su vida ingrata,
   en fugitivas
   sombras fantásticas,
   y en voz de llanto
   doliente exclama:
   «¡Ay vida triste!
   ¡Corriente amarga!»

     Sus negros ojos
   lucientes lanzan
   fulgores lúgubres,
   siniestras ráfagas,
   cual si en su seno,
   con furia insana,
   se revolviese
   tormenta brava.
   Hay negros dias
   de horas menguadas
   en que anochece
   por la mañana.
   Consigo traen
   nubes de lágrimas
   y el duro cierzo
   que hiela el alma.
   ¡Desheredado
   desde la infancia!

   Los años vienen,
   corren, avanzan;
   el niño es hombre,
   la madre anciana,
   y el raudal ciego
   de la desgracia
   siempre les dice
   con voz aciaga:
   «¡Ay vida triste!
   ¡Corriente amarga!»

     Hondos suspiros
   Ataide exhala,
   que un imposible
   su sér abrasa,
   y al dueño hermoso
   que así le encanta
   decir no puede
   sus tristes ánsias;
   que ella es orgullo,
   prodigio y gala
   de la hermosura,
   la vírgen lánguida,
   la de las ricas
   trenzas doradas,
   ojos de fuego,
   frente de nácar,
   la dulce niña,
   la altiva dama,
   Leila la Horra,
   Leila la Hijara.
     ¡Él tan humilde,
   y ella tan alta!
   ¿Su amor en donde
   potentes alas
   hallar pudiera
   para alcanzarla?
   Y el pobre mozo
   por sus entrañas
   siente que corre
   hiel que le mata,
   algo que horrible
   su sér desgarra;
   y en el gemido
   de su garganta
   decir parece
   con voz ahogada:
   «¡Ay vida triste!
   ¡Corriente amarga!»

     La vió en las fiestas
   de Bib-Arrambla,
   resplandeciente
   como una hada;
   hada sombría
   doliente y pálida.
   ¿Por qué tan rica,
   tan codiciada,
   de la hermosura
   gentil sultana,
   así insensible
   y así postrada?

     ¿Por qué en el Coso,
   quebrando cañas,
   lidiando toros,
   rompiendo lanzas,
   cien caballeros
   de gran prosapia,
   que prez y orgullo
   son de Granada,
   deslumbradores
   de ricas galas,
   lucientes joyas,
   bruñidas armas,
   sobre fogosos
   potros del Atlas,
   que el Coso barren
   con sus gualdrapas,
   en las cuadrillas
   giran, se travan,
   como un torrente
   de fuego pasan
   junto al estrado
   de la acuitada,
   y sus preseas
   ante sus plantas
   ansiosos ponen,
   sin que una vaga,
   leve sonrisa
   conmueva plácida
   su hermosa boca,
   ni en dulce llama
   sus negros ojos
   lucientes ardan?
   ¿Por qué tal pena,
   desdicha tanta?
   Y cual si el sueño
   que á Ataide embarga
   fuese un conjuro
   que la evocára,
   en los fulgores
   raudos de plata
   que á la corriente
   la luna arranca,
   Leila aparece
   trasfigurada,
   los negros ojos
   ardiendo en llamas,
   voraz sonrisa
   mostrando avara,
   suelta la luenga
   crencha dorada,
   que en su aureola
   radiante baña
   las maravillas
   de su garganta,
   sus curvos hombros,
   su seno que alza
   aliento inmenso
   que gime y canta
   y en poderoso
   volcan estalla.
   Leila le absorbe,
   Leila le abarca
   en el encanto
   de su mirada,
   Leila le expresa
   cuantas fragancias,
   cuantas ternuras
   enamoradas,
   las almas sienten
   que se embriagan
   en el misterio
   que amor se llama.
   Dura un momento
   la vision mágica,
   la onda en que flota
   léjos la arrastra,
   y Ataide dice
   con voz que espanta:
   --¡Hay vida triste!
   ¡Corriente amarga!


        IX.

     Ya el crepúsculo en la noche
   lentamente se va hundiendo;
   con más esplendor la luna
   brilla en el límpido cielo,
   y en la inmensidad perdidos
   resplandecen los luceros.
   Es ya tarde: cuidadosa,
   sin duda en ferviente rezo,
   la infeliz Ayela aguarda
   al hijo que es su consuelo,
   su solo amor en el mundo,
   su solo dolor acerbo.
   De la piedra se alza Ataide
   conmovido y macilento,
   y sobre su res se inclina,
   cuando un cavernoso estruendo,
   atronador, formidable,
   indescriptible, siniestro,
   voz pavorosa de muerte,
   que áun resonante á lo léjos
   hiela la sangre de espanto,
   pone de punta el cabello,
   retemblar haciendo al soto
   despierta aterrado al eco.
   --¡Ah! ¡el leon!--Ataide exclama,
   cuidadoso, mas sereno:--
   ¡el leon en montería,
   el feroz divertimiento
   que da á su doliente Leila
   Aben Jucef el soberbio!
   ¿Mas por qué de las bocinas
   no se percibe el acento,
   ni los ardientes lelíes
   de los ágiles monteros,
   ni acorralando á la fiera
   el ladrido de los perros?
   ¿Por qué esos rugidos suenan
   solitarios y siniestros,
   y la vega los repite
   cual los repite el Desierto
   cuando su rey vaga errante
   de hambre y sed calenturiento.--
   Cual respuesta pavorosa
   se oyen gritos lastimeros
   de mujer, gritos heridos,
   insoportables, horrendos,
   voz de espanto miserable
   que pide amparo á los cielos,
   y el escape redoblado
   de un bruto que viene huyendo.
   Y se acercan los rugidos,
   los gritos son más intensos,
   y ya se ven las centellas
   que arrancan los cascos férreos
   de los duros pedernales
   en su escape turbulento.
   --¡Santo Allah! ¡si fuese ella!--
   exclama Ataide partiendo
   como un rayo hácia el peligro,
   de ansiedad henchido el pecho,
   enardecido, magnífico,
   ardientes los ojos fieros,
   en el alma acariciando
   de una esperanza el misterio,
   y exclamando miéntras corre
   más veloz y más intrépido:
   --¡Ah, no! ¡que no sobrevengan
   los altivos caballeros,
   ni los monteros feroces,
   ni los irritados perros!
   ¡Yo solo, yo, con tu amparo
   Santo Allah, salvarla quiero!--
   Al fin una blanca yegua,
   impulsada por el vértigo,
   cae sin vida en la rambla
   agotado ya el aliento,
   y soltando los estribos,
   por buena dicha á buen tiempo,
   queda una blanca figura
   de pié, lanzando reflejos
   de su rica pedrería,
   que de la luna á los besos
   irradia, cual los del sol,
   deslumbradores destellos.
   El leon avanza á saltos:
   uno más para que hambriento
   se cebe en su triste presa,
   que inmóvil, resplandeciendo
   más que por sus ricas joyas
   de su beldad por lo inmenso,
   parte el alma atribulada
   entre el asombro y el miedo:
   que la hace sentir Ataide
   un inefable consuelo,
   y el leon puede quitarle
   lo que ya, sin comprenderlo,
   siente en su sér conturbado
   por un dulcísimo anhelo.
   Suena un chasquido; una jara
   hiere zumbando en el pecho
   al leon, que se recoge,
   y sus ijares batiendo
   con la cola, rampa horrible
   sobre su propio terreno,
   la roja crencha erizada,
   pavoroso, gigantesco:
   sus fosforescentes ojos
   muerte amenazan, y el suelo
   con las garras formidables
   cavando, ruge en el hueco.
   De la vida ó de la muerte
   es el solemne momento.
   Por su amor engrandecido,
   por él á todo resuelto,
   olvidado de su madre,
   viendo en su amor su universo,
   Ataide al leon se arroja,
   desnudo el tajante acero,
   revuelto rápidamente,
   el caftan al brazo izquierdo;
   y resuena un grito herido,
   un grito de horror supremo:
   ella no ve más que un grupo
   en que se agitan revueltos,
   confundidos, hombre y fiera:
   Ataide en círculo estrecho
   se ciñe al leon, le evita,
   al burlar su furor ciego
   larga herida le produce,
   y rápido revolviendo,
   vuelve á burlarle y á herirle
   y redobla su ardimiento,
   siempre el caftan por escudo
   y por ofensa el acero.
   Á cada golpe que tira
   le enrojece un chorro negro
   de hirviente sangre que brota
   de cien heridas á un tiempo;
   y ella, extendidos los brazos,
   de ansiedad y espanto trémulos,
   agitado el corazon,
   que quiere saltar del pecho,
   más y más á Ataide siente
   en el voraz pensamiento.
   Al fin la tremenda lucha
   cesa, profundo silencio
   sucede á un postrer rugido
   del monstruo espantable muerte;
   y Leila, que ella es la dama,
   mira á sus piés al mancebo,
   y desmayada en sus brazos
   se abandona sonriendo.


        X.

     --¡Alma, vida y amor del alma mia!--
   exclamó Ataide los lucientes ojos
   destellando una célica alegría;--
   y Leila, trasportada, enloquecia,
   trémulos de pasion los labios rojos.

     No era ya la dulcísima apenada
   que el alma ansiosa, el corazon ardiento
   del dolor, en las sombras anegada,
   de una pena indecible é ignorada
   sucumbia al durísimo tormento.

     El asombro, el delirio, la hermosura
   de su alma vírgen, para amar nacida,
   se exhalaban en ansia de ternura,
   en explosion inmensa de ventura,
   de amor supremo, de esplendente vida.

     ¡Él! ¡era él! ¡su encanto, su consuelo,
   su abrasada ambicion, su sér divino,
   la sombra misteriosa de su anhelo
   que de improviso desgarraba el velo
   que envolvia su amor y su destino!

     Era su propio sér.--Ardiente, loca,
   traspuesta é incitante la mirada,
   mostraba en la entreabierta y dulce boca
   cuanto el beso castísimo provoca,
   desposorio del alma enamorada.

     Sobresaltado, de delicias lleno,
   á la presion de los amantes brazos,
   á la desdicha y al temor ajeno,
   su corazon del palpitante seno
   pugnaba por saltar roto en pedazos.

     La rica, la opulenta pedrería
   que su garganta deliciosa ornaba
   y que la luna con envidia heria,
   con ménos esplendor resplandecia
   que el que en sus negros ojos fulguraba.

     Y luégo, ansiosa, loca, delirante,
   con acento infinito de dulzura,
   seductora, vivífica, anhelante,
   así exclamó exhalando la fragante
   deliciosa pasion de su alma pura:

     --¡Oh ensueño encantador del ansia mia!
   ¡fe de mi vida, hasta tenerte amarga!
   ¿por qué triste en tus ojos la agonía
   áun causa espanto á la ventura mia,
   por qué áun la pena del temor te embarga?

     ¿Temes que pobre, y yo de altiva cuna,
   imposible y mortal nuestro amor sea?
   cuando Dios de dos almas hace una,
   ni el humano poder ni la fortuna
   pueden romper lo que el Eterno crea.

     Mayor ventura á nuestro amor no pidas;
   ¿no ves que Allah, en sus juicios misterioso,
   para siempre ha enlazado nuestras vidas,
   lanzando entre venturas bendecidas,
   á la esposa en los brazos del esposo?--

     Y Leila su palabra entrecortaba,
   y estremecida de placer gemia,
   y hambrienta la belleza contemplaba
   de Ataide, que en sus brazos la estrechaba
   y de ansiedad y amor desfallecia.

     --¡Sígueme!--Ataide al fin con voz medrosa
   y trémula exclamó;--de la montaña
   en el seno selvático, gozosa,
   correrá nuestra vida venturosa
   bajo el techo de paz de la cabaña.

     Por tí en los manantiales mi ballesta
   la caza matará, rica en sabores;
   espléndida en matices la floresta
   por Dios bordada y al placer dispuesta,
   cuando la pises tú, brotará flores.

     Fresca sombra, sonora y perfumada,
   el ardor mitigando del estío,
   te ofrecerá del huerto la enramada
   blando lecho la grama regalada,
   límpido baño el murmurante rio.

     Sus auras la galana primavera
   perfumará en la magia de tu encanto
   difundiendo en el monte y la ladera
   en lánguida cadencia y hechicera,
   el suspiro ardoroso de tu canto.

     Y en las veladas del invierno frio,
   en el hogar, alcázar del contento,
   zumbando fuera el huracan bravío,
   yo gozaré tu amor, tú el amor mio,
   junto á la alegre llama del sarmiento.

     ¡Oh, vén conmigo, vén, luz de mi vida,
   alma de fuego para amar creada
   y áun en el mismo infierno bendecida!
   ¡ah, no mates por Dios, mi alma querida,
   el alma triste á amarte consagrada!

     Deja ese mundo vano y mentiroso
   correr tras la ambicion que engendra el crímen,
   ese mundo de lágrimas ansioso,
   que no sabe ser grande y venturoso
   sin gozar el dolor de los que gimen.

     Sígueme, vén, pues que el Señor, clemente,
   en el fuego de amor unirnos quiso,
   y el arduo monte, el mugidor torrente,
   el dulce valle y la sonora fuente
   serán nuestro encantado paraíso.--

     Y anhelante calló.--La contemplaba
   muriendo de ansiedad, y cual tesoro
   que de su amante corazon brotaba
   sangre del alma, largo resbalaba
   por sus mejillas pálidas el lloro.

     --¡Oh adorado señor!--enloquecida
   Leila exclamó, resplandeciente en fuego:--
   humilde, á tu mandato sometida,
   sin otro bien que tú para mi vida,
   ¿cómo negarme á tu anhelante ruego?

     ¡Mira, atiende, señor! tan tuya soy,
   tal te idolatra el pensamiento loco,
   á tu merced tan entregada estoy,
   que del amor que á tu delirio doy
   para decir lo inmenso todo es poco.

     Pero ¿por qué me pides que envilezca
   del noble viejo las altivas canas,
   que su terrible maldicion merezca,
   si para que tu raza se ennoblezca
   tienes allí las huestes castellanas?--

     Y Leila, altiva, grande, destellando
   el ínclito esplendor de su linaje,
   el brazo eburneo á Loja amenazando,
   así inspirada prosiguió exclamando,
   resplandeciente de valor salvaje:

     --¡De mi amor, de tu fe, todo lo espera!
   ¿no ves el monte oscuro allá perdido
   que guarda de Granada la frontera?
   ¡bravo por mí levanta una bandera,
   vuelve á buscar mi amor ennoblecido!--

     Se irguió Ataide magnífico, esplendente,
   de amor y de bravura trasportado,
   y tendiendo su brazo al Occidente,
   así exclamó en acento prepotente
   por Leila y por la gloria arrebatado:

     --¡Infantes de Castilla jactanciosos,
   rey Adfun el rumy, que el fuerte muro
   acechais de Granada cautelosos,
   al logro de mis sueños venturosos
   iré por vuestra sangre, yo os lo juro!

     --¡Toma de mis alhajas el tesoro--
   Leila le interrumpió;--gente esforzada
   á sueldo toma, derramando el oro;
   haz que brille en la lid el nombre moro,
   corre la tierra infiel en algarada!

     --¡Tus joyas no, porque en el logro fies--
   exclamó Ataide--de mi noble empresa,
   me bastan de la sierra los monfíes,
   feroces cual los fuertes jabalíes
   que se abren paso entre la jara espesa!

     --¡Los monfíes! ¡fatídicos agüeros--
   dijo Leila;--¿qué empresa enaltecida
   se puede acometer con bandoleros?
   --Ellos--exclamó Ataide--saben fieros
   causar la muerte y despreciar la vida.

     Ganarán el perdon de su delito
   por Dios y el rey triunfando en la pelea.
   --¡Dios sólo es vencedor! ¡estaba escrito!--
   Leila exclamó.--¡Señor de lo infinito,
   tu santa voluntad cumplida sea!

     Y alzó los ojos, desolada, al cielo,
   como buscando amparo en el altura;
   cual si un horrible apenador recelo
   de su amor y su encanto tras el velo
   la hiciese presentir la desventura.

     De improviso sus ojos irradiaron
   un rápido fulgor vago y sombrío,
   atentos al Oriente se tornaron,
   y trémulos sus labios exclamaron,
   con acento á la par triste y bravío:

     --¡Ah! ¡en mi busca se acercan! ¡huye! ¡véte!
   ¿no escuchas el rumor vago y perdido
   que crece, que se acerca, que arremete,
   de la rauda carrera de un jinete
   y de feroces perros el ladrido?

     Es mi padre sin duda: ¡si te hallára!
   ¡oh, tú no sabes su altivez cuán fiera!
   ¡de la espesura próxima te ampara!
   ¡ten compasion de mí, que me matára
   si una sombra de duda concibiera!

     --¿Y no he de verte?
                        --Sí.
                           --¿Cuándo?
                                   --En la hora
   del silencio y del sueño: ¡huye, bien mio!
   --¿Y dónde te he de hallar?
                              --En la Almanzora:
   yo en la reja estaré: ¡sálvate ahora!
   ¡líbrame del terror que siento impío!--

     Y de nuevo en abrazo tembloroso
   sus agitados senos se juntaron,
   y en un beso infinito, silencioso,
   la amante esposa, el delirante esposo,
   de nuevo el pacto de su amor sellaron.

     Y ella le rechazó, que ya el estruendo
   más cerca y más distinto se sentia;
   y él, apenado, de dolor gimiendo,
   rápido se alejó, despareciendo
   por el lóbrego seno de la umbría.

     Y olvidó su cervato, su ballesta
   y su roto caftan de sangre rojo,
   y Leila, ansiosa, de terror traspuesta,
   --¡Que él se salve!--exclamó--¡yo estoy dispuesta!
   ¡Sálvame tú, Señor, que á tí me acojo!


        XI.

     Á poco, fiero se mete
   sobre un caballo lanzado
   á rienda suelta, en el prado,
   un fatídico jinete.

     Deshecho su capellar,
   al aire en desórden flota;
   y de su roja marlota
   el recrujiente ondear;

     y la furia con que bate
   los ijares del corcel,
   desgarrándolos cruel
   con el agudo acicate;

     y el siniestro, el ronco grito
   con que excita al corredor,
   el aspecto aterrador
   le dan de un genio maldito.

     Fieros, el rastro siguiendo,
   ante el rápido corcel,
   vienen perros en tropel
   ladrando, aullando, latiendo.

     La brava y leal jauría,
   al ver á su dueña hermosa,
   á ella corre presurosa
   trasportada de alegría,

     y el jinete, que refrena
   al bruto con fuerte mano,
   ansioso, anhelante, insano,
   del arzon salta á la arena.

     --¡Hija!--al ver á Leila en pié,
   llena de vida, radiante,
   gritó el xeque delirante--
   ¿quién te salvó?
               --No lo sé--

     respondió Leila turbada
   y presintiendo la ira
   de su padre, á la mentira
   por primera vez llevada;

     que aunque sencillas alienten
   la pureza y el candor,
   para defender su amor
   las mujeres, todas mienten.

     --¡No lo sabes! ¡Mas Dios santo!--
   Jucef con fiera sorpresa
   añadió--¿qué sangre es esa
   en tu seno y en tu manto?

     Era la sangre traidora
   que á Ataide bañado habia
   del leon, que aparecia,
   señalando, vengadora,

     aquel abrazo de amor,
   aquel delirio infinito;
   y cual testimonio escrito,
   indudable, acusador,

     y cual señal de una afrenta,
   en la blanca vestidura,
   marcada su huella impura,
   dejó una mano sangrienta.

     --¿Por qué, si no estás herida,
   si al leon no te acercaste--
   gritó Jucef--te manchaste?
   --¡No lo sé! Desvanecida
     por el terror.....

               --¡El terror!
   ¡y el infame á quien debiste
   la vida, y al que ni áun viste,
   cobró su precio en mi honor!

     --¡Oh padre! ¡no te comprendo!--
   relevando la cabeza
   dijo Leila con fiereza.
   --¡Que no me entiendes! ¡Mintiendo

     tu torpe maldad aumentas!--
   el xeque exclamó con furia.--
   ¡Estoy leyendo la injuria
   en estas manos sangrientas!

     --¡Injuria, no!--pudorosa
   dijo Leila, en su bravura
   aumentando su hermosura
   hasta hacerla portentosa.--

     ¡Injuria! ¡Dios me maldiga
   si yo te ofendí, señor;
   que con espanto y horror
   su maldicion me persiga!--

     Y demudado el semblante,
   deslumbradores los ojos,
   ardientes los labios rojos,
   alto el seno palpitante,

     trasportada, poderosa,
   más y más resplandeciente,
   alzaba su pura frente
   de candor esplendorosa.

     En sus órbitas rodaron
   los ojos del xeque fiero;
   su diestra el brazo hechicero
   que las Gracias modelaron

     asió con fuerza brutal,
   y doblegando á la triste
   exclamó;
           --Si no mentiste;
   si la humillante señal

     de los brazos de un insano,
   que atreviéndose á mi honor
   aprovechó tu pavor,
   mienten tambien; si es en vano

     de mi furor el recelo,
   ¿por qué en tus ojos fulgura
   una inefable ventura,
   una alegría del cielo?

     ¿por qué te miro trocada
   de triste en resplandeciente?
   ¿es que tambien falaz miente
   el amor en tu mirada?

     --¡Oh padre!--en una explosion
   Leila exclamó;--no tirano
   pretendas romper insano
   las leyes del corazon.

     Si cual le vi le miráras,
   por mí venciendo á una fiera,
   tu gratitud le quisiera,
   cual le amo yo, tú le amáras.

     --¿Por qué se oculta, y por qué
   tú no me dices su nombre?
   --No lo sé, ni hay que te asombre,
   que del amor en la fe,

     de la ventura en la calma,
   el espíritu anhelante
   no pregunta, goza amante:
   ¿tiene acaso nombre el alma?

     Y más no te he de decir,
   aunque tu furor lo intente,
   y aunque perezca inocente,
   por mi amor sabré morir.

     --¡Ah, la osada rebeldía!--
   exclamó el xeque, la mano
   llevando, en su furia insano,
   al puño de su gumía.--

     Su desventura midió
   la triste, cerró los ojos,
   y desplomada, de hinojos
   ante su padre cayó.

     --¡No!--murmuró en un rugido
   el xeque;--¡la muerte fuera
   tu perdon! ¡más te valiera,
   infame, no haber nacido!--

     Y despiadado, brutal,
   del suelo la levantó,
   con ella al corcel saltó,
   partió como el vendaval;

     sin ladridos la jauría
   fué tras su fiero señor,
   y á poco el postrer rumor
   en la noche se perdia.

   FIN DE LA PRIMERA PARTE.



   SEGUNDA PARTE.


        I.

     En la cumbre del Zenete,
   que está mirando á la Alhambra
   y á las dos torres Bermejas,
   y á la Vega, que se ensancha
   al Poniente, con sus rios,
   que, como cintas de plata,
   relucen entre la bruma
   de la noche solitaria
   por la luna esclarecida,
   se eleva la torre blanca,
   con sus bellos azulejos
   y sus ricas ajaracas,
   de la famosa mezquita
   donde el sepulcro se guarda
   en que el cuerpo se venera
   del santon Sydi Ben-Dara.
   Á la base de la torre
   se adhiere una pobre tapia,
   que coronan descollantes
   los pámpanos de una parra,
   y en ella, por una puerta
   estrecha, mezquina y baja,
   á un pequeño huertecillo,
   bello y frondoso, se pasa.
   Dentro, en la alberca, se escucha
   del débil chorro del agua
   la monótona caida,
   y el gemido de las auras
   en las rojas amapolas,
   en las dulces pasionarias,
   en la espesa madreselva
   y en las higueras enanas,
   que, con torcidas raíces,
   como bulbosas arañas,
   á las grietas del muro
   de la mezquita se agarran.
   La fragancia se respira
   de las flores y las plantas,
   y todo anunciar parece
   paz y contento en la casa
   que, al fondo, con ornamentos
   de verde yedra se alza.
   ¡Cuánto, mintiendo, extravian
   las apariencias villanas!
   Aquel huertecillo verde,
   aquella tranquila estancia
   que hace pensar en un nido
   que á su culto amor consagra,
   de Ataide, el desventurado,
   es la doliente morada,
   que en ella la triste Ayela
   se extingue como una lámpara,
   que al fin de una horrenda noche
   sin pábulo muere exhausta.
   Sentada sobre una estera,
   sobre una estera de palma,
   pálida como la muerte,
   como el dolor apenada,
   tendidas las blancas trenzas
   sobre la encorbada espalda,
   trenzas que dicen bien claro
   que nunca ha sido casada.
   Ayela en silencio reza,
   y las leves cuentas pasa
   de un rosario de marfil
   con sus manos descarnadas,
   y á pesar de todo, hermosas,
   que cual al frio del alma,
   en convulsion persistente
   se agitan, y apénas bastan
   á sostener del rosario
   la ligerísima carga.
   Una candela en un nicho
   con su luz rojiza baña
   del reducido aposento
   las paredes blanqueadas,
   que, si aparecen desnudas,
   por su limpieza resaltan.
   Un capacete sencillo,
   una luciente coraza,
   una pica de dos hierros
   y una pesada hacha de armas,
   agrupados en panoplia,
   penden allá de una escarpia,
   y en el fondo del hogar,
   de la cena retrasada,
   se oye el hervor insistente,
   al que el quejido acompaña
   de la vejez, ya caduca,
   de un grande perro de caza,
   todo á lo largo tendido
   ante los piés de su ama.
   Ya ha pasado un gran espacio
   desde que la voz enfática
   del muecin de la mezquita,
   llamó á la postrer plegaria
   de la noche á los creyentes.
   ¿Cómo tanto Ataide tarda?
   Su cuidado maternal,
   recelando una desgracia,
   Ayela con más ferviente
   dolor reza, ansiosa aguarda
   á que entre el silencio suenen
   las presurosas pisadas
   de Ataide, cruzando el huerto,
   y miéntras reza y se espanta,
   de sus ojos su desdicha
   rebosa en ardientes lágrimas.


        II.

     Aun es hermosa, y en vano
   la enfermedad, la tristeza
   de su marchita belleza,
   anublan el esplendor;
   y áun á pesar de las canas
   que emblanquecen sus cabellos,
   hay en sus ojos destellos
   de juventud y de amor.

     Amor doliente, infinito,
   mal herido, acongojado,
   en ardoroso cuidado,
   en apenador afan;
   corriente de desventura,
   que la materia mezquina
   gasta, corroe, calcina,
   como el fuego en un volcan.

     Desesperantes, crueles
   los dolores de su vida,
   por su mente enloquecida
   pasan en negro tropel,
   y eterno, indeleble, horrible
   un pavoroso momento,
   en su corazon sangriento
   mantiene viva la hiel.

     No ha pasado un solo dia:
   espantosa, aterradora,
   es siempre la horrenda hora
   del crímen y la maldad;
   es lo que ensueño parece
   por el infierno abortado,
   lo infame al horror llevado;
   lo infinito en la crueldad.

     La mar, que á la brisa ondula
   y al sol poniente riela,
   deja ver la blanca vela,
   recortándose en la luz,
   que el ocaso enciende en fuego,
   de esbelta nave galana
   que de la costa africana
   viene al verjel andaluz.

     ¡Ay de la vírgen morena
   que al pié de la ingente roca
   contra la que brava choca,
   rompiendo espumas la mar,
   sin miedo acercarse mira
   la nave que blandamente,
   mueve la brisa indolente
   la azul llanura al rizar!

     ¡Ay de la tribu que errante
   vino de Arabia en mal hora
   á aquella roca traidora
   y sus tiendas alzó allí!
   que viene en la nave aquella
   el feroz lobo marino,
   almirante granadino
   Ben Jucef-el-Meriní.

     Se oculta el sol: ya es la noche:
   la brisa se torna en viento,
   que en largo sonoro acento
   anuncia la tempestad,
   y sobre la mar inquieta,
   cubierta de blanca espuma,
   negra y espesa la bruma
   aumenta la oscuridad.

     En tanto, la galeota
   que el fiero Jucef comanda,
   de la ensenada en demanda,
   que está de la roca al pié,
   llega, las anclas arroja
   y al agua lanza el esquife,
   que embiste en el arrecife,
   donde el aduar se ve.

     Los árabes, sin recelo
   de un barco en que está arbolada
   la bandera de Granada,
   del rey en prenda y señal,
   á Aben Jucef se adelantan
   y en paz le tienden la mano,
   como á un cariñoso hermano
   de igual raza y ley igual.

     Con antorchas le esclarecen
   el camino, y á su llama,
   que en chispas se desparrama
   del viento bajo el furor,
   de Ayela ve el almirante
   la sobrehumana hermosura,
   y súbita llama impura
   prende en él de un torpe amor.

     --¡Ah la hurí!--temblando dice;
   y volviéndose á su gente--
   ¡llevadla!--añade vehemente
   con fiero acento brutal;
   y aquella voz pavorosa
   que á los árabes sorprende,
   su honrada cólera enciende
   y es del combate señal.

     Á poco las tiendas arden,
   gritos de muerte se escuchan,
   presto los tristes no luchan
   degollados en monton,
   y Ayela, de horror transida,
   entre unos brazos se siente,
   y ve una mirada ardiente
   que la hiela el corazon.

     ¡El vértigo! luégo nada;
   insensible, muda, inerte,
   un letargo que á la muerte
   se pudiera comparar,
   la domina, y cuando vuelve
   en sí, con asombro toca
   un dentellon de la roca,
   á donde la echó la mar.

     El sol brilla en el Oriente,
   y la azul onda serena
   se rompe en la blanca arena
   con dulce cadente són;
   y graznan las gaviotas,
   sus blancas alas mojando,
   la abrupta base rozando
   del solitario peñon.

     Los miembros atormentados,
   de dolor temblando y frio,
   con espantoso extravío
   en su anhelante mirar,
   vagamente recordando
   rojas visiones tremendas,
   Ayela busca las tiendas
   de su querido aduar.

     Ni un vestigio, ni un despojo
   en la arena abandonada;
   la mar, entónces rizada,
   cuando el huracan la hinchó,
   el arrecife asaltando,
   bravía por él subiendo,
   cuanto al paso halló barriendo,
   sólo á Ayela respetó.

     ¡Oh! ¡cuán cruel fué la ola
   que, cogiéndola en su espalda,
   en la dentellada falda
   de la roca, sin piedad,
   la arrojó, que mejor fuera
   que implacable la matára,
   porque infeliz no llorára
   su desolada orfandad!

     Lentamente su memoria,
   con el marasmo luchando,
   la fué el crímen revelando
   infame, horrible, cruel;
   y fiera gritó, en la altura
   los airados ojos fijos:
   --¡Malditos sean sus hijos
   y cuantos vinieren de él!

   ¡Que perezca cuanto ame!
   ¡Que su corazon de fiera
   lento y lento el dolor hiera
   y no le mate el dolor!
   ¡Que sus noches el infierno
   llene con sueños de espanto!
   ¡Que nunca aplaque su llanto
   la cólera del Señor!


        III.

     Y esta maldicion horrible
   que del dolor en la hora
   Ayela desesperada,
   de justa venganza ansiosa,
   pronunció contra el malvado,
   ignorando su deshonra,
   ignorando que era madre,
   cuando lo fué en su memoria,
   se sublevó turbulenta,
   sombría, amenazadora;
   que al maldecir á los hijos
   de la fiera sanguinosa
   que asesinó á su familia,
   maldijo á su sangre propia;
   y por eso cuando Ataide
   en su infancia fatigosa,
   que siempre sobran fatigas
   donde el dinero no sobra,
   el bello semblante pálido
   mostraba, y su linda boca
   de arcángel no sonreia,
   la maldicion pavorosa
   helaba de espanto á Ayela,
   surgiendo de entre la sombra
   del imborrable recuerdo
   de su desdichada historia;
   y pasaron veinte años
   de angustias y de congojas
   para la pobre inocente
   madre honrada, aunque no esposa,
   y para el hijo sin padre,
   del cual fué la herencia sola,
   con la belleza de Ayela
   y su sangre generosa,
   el valor de Aben Jucef
   y su condicion indómita.
   Sin pan y sin esperanza,
   y sola en el mundo, sola;
   en los principios viviendo,
   con llanto, de las limosnas;
   rechazando altiva y pura,
   si la buscó, á la deshonra;
   brava su sino arrostrando,
   errante como una hoja
   que del árbol desprendida
   va allí donde el viento sopla;
   con su tesoro cargada,
   y libre como una alondra,
   danzando cual bayadera,
   cantando cual trovadora,
   diciendo las buenas hadas
   en natalicios y bodas;
   vendiendo filtros de amores
   y oraciones milagrosas;
   ornando con oropeles,
   collares y falsas joyas
   su portentosa hermosura;
   sin más amor que su ansiosa
   pasion por su pobre hijo;
   por valles, cerros y lomas,
   parando en las alquerías,
   en las villas populosas,
   y en las altivas ciudades
   que de torres se coronan;
   marchitando su hermosura
   las fatigas, las zozobras,
   y de su llanto apenado
   la corriente silenciosa,
   y de su dormir inquieto
   las sombras aterradoras,
   á la juventud viril
   llegó de Ataide, ya rotas
   sus fuerzas, su juventud,
   y con canas presurosas
   la pálida frente ornada,
   anciana ya áun siendo moza.
   Siempre con el miedo horrible
   de que en fatídica hora
   su maldicion alcanzase
   al hijo de sus congojas,
   su único bien en el mundo,
   aquella noche en que llora
   por la tardanza de Ataide,
   una fatídica sombra
   su delirante cabeza
   asalta y la vuelve loca:
   nunca más vivo el recuerdo
   de la noche tormentosa
   de su desdicha la aqueja;
   la faz repugnante y torva,
   por el deseo irritada,
   de su asesino, medrosa
   cual si pasado no hubieran
   los años, abrumadora,
   impregnada de amenazas,
   en frio pavor la ahoga;
   y ya no reza ni siente
   crujir la puerta premiosa
   del huerto, ni unas pisadas
   sobre la arena sonoras;
   pero _Radjí_ se levanta
   penosamente, la cola
   menea, con sus gruñidos
   la atencion de Ayela evoca,
   que de su estera se alza
   y á la puerta llega ansiosa,
   palpitante, en el momento
   en que Ataide al umbral toca,
   y muriendo de alegría
   entre sus brazos se arroja.


        IV.

    --¡Oh! ¡cuánto he sufrido, cuánto!--
   Ayela anegada en llanto
   dice con voz amorosa.--
   ¡Jamas he llorado tanto!

   ¡Jamas con igual espanto
   tu vuelta esperé afanosa!

     Y de su cuello colgada,
   besándole enloquecida,
   por las lágrimas velada
   la mirada enamorada,
   por la pasion encendida
   y en Ataide encarnizada;

     la pálida frente pura
   reflejando la hermosura
   del amor de los amores,
   de la maternal ternura
   olvidaba en la locura
   de su espanto los horrores.

     --¡Oh tu amor cuál te amedrenta!--
   dijo Ataide conmovido.
   --¡Sí, de la brava tormenta--
   Ayela exclamó--el rugido
   en mi corazon herido
   siento horrible y me amedrenta!

     Vén: la cena preparada
   está ya; la blanda almohada
   al reposo te convida;
   pero ¡ay de mí desdichada,
   en penas siempre anegada!
   ¿por qué has tardado, mi vida?--

     Y de nuevo le besó
   de amor trasportada, hambrienta;
   y cuando de él se apartó,
   cuando de improviso vió
   su vestidura sangrienta,
   desatentada exclamó:

     --¡Ay de mí! ¡vienes herido!
   ¿Quién tu valor ha rendido?
   ¿qué terrible sangre es ésta?
   --Vencedor, mas no vencido--
   dijo Ataide.
               --¡Y di, ¿qué ha sido
   entónces de tu ballesta?

     --El colmo de la ventura
   me hizo olvidarla.
                     --¡Qué dices!
   --¡Ah, la propicia aventura
   dijo Ataide con locura:--
   ¡ah! ¡los augurios felices
   del amor y la hermosura!

     --Yo no te entiendo, ¡ay de mí!
   ¿Mas no estás herido?
                         --Sí;
   pero con dardo de amor:
   la suerte cruda hasta aquí
   nos brinda con su favor.
   Asienta y escucha.
                     --Di.

     En el hogar la asentó
   Ataide, y con voz ardiente
   su aventura la contó,
   y ella, abatida la frente,
   estremecida, doliente,
   en silencio le escuchó.

     Ataide acabado habia,
   Ayela permanecia
   doblegada, muda, inerte,
   y su alentar parecia
   el hervor de la agonía
   tras el cual viene la muerte.

     Al fin, la faz levantando,
   en su mirada infinita,
   avara, á Ataide abarcando,
   dijo, con voz inaudita,
   cual consigo misma hablando:
   --¡Maldita de Dios! ¡Maldita!

     Luégo, su voz lastimera
   resonó, vibrante, fiera,
   aterradora, sombría,
   cual rugido de pantera,
   que al temor se desespera
   de que la roben su cría.

     --¡Maldita, sí!--ronca, dijo:--
   ¡Maldita, la que maldijo!
   ¡Un amor que muerte augura
   colmando mi desventura,
   mi vida, mi amor, mi hijo,
   arrebate á mi ternura!

     --¡Qué dices, madre!
                         --De aquí
   partamos sin más tardar.
   --¡No temas, espera en mí!
   ¡Tanta gloria he de alcanzar,
   que mi Leila me ha de dar
   Ben Jucef-el-Meriní!

     ¿Por qué, dí, te desesperas?
   Yo arrancaré en las fronteras
   ricas presas al cristiano;
   y á sus plantas hechiceras
   ella verá cien banderas
   conquistadas por mi mano.

     El encanto de mi amor
   me hará incontrastable, fuerte;
   calma tu ansioso temor,
   ¿por qué pensar en la muerte,
   cuando propicia la suerte
   consuela nuestro dolor?

     El Rey me ennoblecerá,
   Granada me aclamará,
   ella y tú seréis mi encanto.
   --¡Oh! ¡cuán léjos, cuánto y cuánto
   la locura humana va!--
   dijo Ayela con espanto.

     --Enalteciendo á mi grey,
   con mi sangre en las campañas,
   por Dios, la patria y el Rey,
   premio hallarán mis hazañas.
   --Yo no conozco más ley
   que el hijo de mis entrañas.

     ¿Qué rey nos tendió la mano?
   ¿Qué patria nos amparó?
   Dios mismo, al dolor tirano,
   doblegados nos dejó,
   que la maldicion oyó
   y no se maldice en vano.

     --De temor estoy ajeno,
   dijo Ataide ya impaciente--
   aquel que maldice al bueno
   el daño siente en su seno.
   --¡Oh, sí! ¡la fiera serpiente
   da á sus hijos su veneno!

     --¡Hijo soy yo de un maldito!
   --Tú de tu madre el dolor
   desoyes, y el hondo grito
   de las ansias de su amor.
   ¡Dios es grande y vengador,
   y cumple lo que está escrito!

     --¿Y qué ha de cumplirse, di?
   --Temo que te mate el fiero
   Ben Jucef-el-Meriní.
   Si sabe (de angustia muero)
   tus amores..... ¡ah! ¡yo espero
   que tengas piedad de mí!

     ¡Huyamos! De tu pasion
   me estremece la locura,
   se me hiela el corazon,
   y pienso que, horrenda, oscura,
   una horrible maldicion
   nos lleva á la desventura.

     --Mañana, al rayar el dia,
   partirémos, madre mia.
   --¡Oh! ¿Qué dices?
                     --En su empeño,
   mi amor á la lid me envia.
   --¿No me engañas? ¿No es un sueño?
   --Me tarda el tenerla mia;

     pero esta noche.....
                     --¡Oh, señor!
   --Ella en la reja me espera,
   piensa madre en su dolor,
   si escarneciendo su amor
   á hablar con ella no fuera
   por la sombra de un temor.

     --¡Oh! ¿Quién sabe?--Ayela dijo
   para sí, con triste anhelo--
   tal vez sin razon me aflijo:
   ¿Mas, qué madre por su hijo
   no vive en tenaz recelo,
   temiendo un afan prolijo?--

   Y añadió, la voz temblando:
   --En buen hora ve, mas cuida
   que ansiosa quedo esperando.
   --No he de tardar, por mi vida--
   dijo Ataide--y la salida
   ganó, impaciente escapando.


        V.

     Áun sonaban en el huerto
   sus pisadas presurosas,
   cuando recayendo Ayela
   de su miedo en las congojas,
   de insoportable pavor
   dominada, de afan loca,
   --_Radjí_--exclamó:--vén conmigo,
   precédeme: el rastro toma
   de tu señor.--Y _Radjí_,
   con marcha lenta, afanosa,
   el huertecillo cruzando,
   seguido de su señora,
   el rastro tomó en demanda
   de la pintoresca loma
   del Albaicin, por callejas
   estrechas, ágrias, medrosas,
   ó entre vallados floridos
   de cármenes, cuyo aroma
   el aire con su fragancia
   perfumaba deliciosa.
   Á cada paso, al subir
   una cuesta áspera y corva,
   Ayela se detenia
   jadeante, temblorosa;
   su mano buscaba apoyo
   en un muro, y de su boca
   hervoroso se exhalaba
   el ronco alentar que ahoga
   y en el comprimido pecho
   la sangre agitada agolpa.
   Fatigada, dolorida,
   llegó al fin á la Almanzora.
   Desierta la calle estaba,
   sumida en tinieblas, lóbrega,
   y al amor no daba amparo
   en sus rejas silenciosas.
   Súbito choque de aceros
   resonó: dos voces roncas,
   una de viejo, irritada,
   serena y jóven la otra,
   de entre el silencio salieron,
   terribles, tempestuosas.
   Ayela, de horror transida,
   que en la voz jóven, sonora,
   á Ataide escuchado habia,
   sus fuerzas cobrando todas,
   por un milagro de amor,
   cual revive luminosa
   y brilla por un momento
   una luz que á su fin toca,
   ansiosa, rápida, ardiente,
   corrió, llegó, y animosa
   entre las fieras cuchillas
   se arrojó, sublime, heroica,
   para defender la vida
   del que era su sangre propia.
   En un recodo del muro
   de la puerta que áun se nombra
   de Albolut, ó el Estandarte,
   y en el muro gris se apoya
   del castillo del Romano,
   esplendente, brilladora,
   alta la luna en el cielo
   bañaba una plaza angosta
   entre el adarve robusto
   y una torre altiva y roja,
   que de sus almenas reales
   ostentaba la corona.
   Asida á su Ataide Ayela,
   miraba, cual la leona
   que á su cachorro defiende,
   á Aben Jucef, que su cólera
   trocado habia en espanto,
   y ella, al verle, tembló toda.
   Era él, el miserable,
   que la triste una vez sola
   vió en su vida, al resplandor
   de la llama pavorosa
   de su aduar incendiado,
   rugiendo bravas las olas,
   zumbando irritado el viento,
   miéntras la voz angustiosa
   de sus parientes pedia,
   en vano, misericordia.
   En su recuerdo indeleble
   aquella faz espantosa
   Ayela guardado habia;
   y aquella mirada odiosa,
   sensual y repugnante
   que la contemplaba absorta,
   era la mirada misma
   de aquella terrible hora;
   y él, que de Ayela tenía
   en su conciencia la copia,
   la devoraba mirándola
   con expresion misteriosa,
   mezcla de amor y de espanto
   y dulce á la par que torva.
   Y ella, apagando su ira,
   que horrenda y aterradora
   brillaba en sus negros ojos,
   y con dulce y cadenciosa
   voz, que doliente imploraba,
   apenada y melancólica,
   --¡Ved, señor, que éste es mi hijo
   y que es mi esperanza sola!--
   exclamó; y el fiero xeque,
   con voz terrible, espantosa,
   en que vibraban heridas
   las fibras de su alma rotas,
   --¡Maldito!--exclamó--¡maldito!--
   y huyendo, la calle lóbrega
   ganó, se perdió por ella,
   y con voz triste, medrosa,
   --¡Maldito!--repitió un eco
   que surgió de entre la sombra.


        VI.

     Ataide, mudo, asombrado,
   en negras ánsias perdido,
   en la duda estremecido,
   en un misterio anegado,
   dudando si era soñado
   aquel torrente de hiel,
   ó una realidad cruel
   que su esperanza rompia,
   á su madre sostenia,
   ansiosa abrazada á él.

     Luégo miró con espanto
   que agitada, convulsiva,
   por la boca sangre viva,
   por los ojos triste llanto,
   lanzaba Ayela, y que en tanto
   la muerte apagaba impura
   de sus ojos la hermosura,
   y con mate palidez
   manchaba la limpidez
   de su nítida blancura.

     Soportando su agonía,
   Ayela, terrible, fuerte,
   con la incontrastable muerte
   pugnaba en lucha bravía;
   su palabra se perdia
   oscura, ronca é incierta,
   y muy pronto helada, yerta,
   dejando á Ataide perdido
   en un misterio, un gemido
   de dolor la dejó muerta.

     Representar la amargura
   es de Ataide empeño vano;
   no tiene el lenguaje humano
   voz para tal desventura.
   Preguntad á la locura
   y os responderá inclemente:
   --Yo, del dolor en la fuente,
   mato al alma infortunada:
   soy la sombra, soy la nada
   en un cadáver viviente.--

     Y así Ataide. Al golpe rudo,
   inesperado, violento,
   anulado el sentimiento,
   insensible, inerte, mudo
   quedóse, y luégo, sañudo,
   vuelto en sí, con la voz fiera,
   --¡Venganza--gritó--aunque muera
   en mi venganza mi amor!
   ¡Ay madre de mi dolor!
   ¡jamas á mi Leila viera!--

     Y sus lágrimas brotaron,
   y sus labios contraidos,
   entre dolientes gemidos,
   la faz de Ayela besaron;
   luégo sus brazos la alzaron,
   sobre el hombro la cargó,
   desatentado partió
   con el vértigo en la mente,
   y gruñendo en són doliente
   el fiel _Radjí_ le siguió.


        VII.

     De improviso, voz vibrante,
   grave, extensa, poderosa,
   que se repite incesante,
   y que de instante en instante
   resuena más presurosa,
     rompiendo el silencio hiende
   el aire, léjos se extiende,
   y á la ciudad despertando,
   brava, al combate llamando,
   hasta la vega desciende.

     Es la sonora campana
   de la alcazaba, que, fiera,
   dice que gente cristiana,
   de presa y conquista en gana,
   ha roto por la frontera.

     Con su carga dolorosa
   por una altura desciende
   Ataide; el rebato entiende,
   y una mirada ardorosa
   á la vega ansioso tiende.

     En los picos de la sierra
   las atalayas ardiendo
   hacen la señal de guerra,
   su roja hoguera, que aterra,
   incesantes repitiendo.

     --¡Ah, nos embiste el rumy!--
   siniestro Ataide exclamó--
   ¡mi venganza es cierta! ¡sí!
   ¡no ha de escapárseme allí!
   ¡él primero! ¡luégo yo!

     Y á su Leila recordando,
   sintiendo que la perdia
   á Jucef exterminando,
   con el alma en agonía
   siguió la cuesta bajando.


        VIII.

     Y truena y retumba
   la voz de combate,
   despierta Granada;
   sus puertas se abren,
   y el rey con sus nobles
   y sus estandartes,
   y moros sin cuento,
   jinetes é infantes,
   allá por Elvira
   rebosan y parten,
   y cruzan la Vega,
   y allá adonde arde
   incendio terrible
   de mieses y hogares,
   rugiendo adelantan
   por sotos y valles.


        IX.

     Ya el ejército domina
   una encumbrada colina,
   y al fin al contrario ve
   sobre la encantada tierra,
   que de Elvira la alta sierra
   se tiende fértil al pié.

     Y ya venciendo á la aurora
   puro el sol las cumbres dora,
   y á su roja ardiente luz
   reflejan centellas puras,
   las brillantes armaduras
   del Profeta y de la cruz.

     Ambas huestes se hostilizan,
   llegan, chocan, se encarnizan,
   tras el potente embestir,
   y el eco va retumbando
   de monte en monte lanzando
   el fragoroso reñir.

     Arde la fuerte bombarda,
   y allí, donde no se aguarda,
   va su disparo á caer,
   y al trueno espantable y fuerte
   un alarido de muerte
   viene horrible á responder.


        X.

     Y saltan lanzas
   hechas astillas,
   relumbran rojas
   cien mil cuchillas,
   todos revueltos,
   todos trabados,
   los capitanes
   y los soldados,
   y los jinetes,
   y los pendones,
   y las banderas,
   y los pendones
   entran y salen,
   rugen, batallan,
   cristiano y moro
   do quier se hallan,
   y de la sierra
   por las vertientes,
   la sangre corre
   corre á torrentes.


        XI.

     Ya muchos de los que fueron
   á la lid no están en pié:
   muchos que salir miraron
   el sol á su trasponer,
   no le verán, que la muerte
   horrenda con ellos fué.
   El humo, el fuego, los gritos,
   el estrago y el tropel,
   el polvo que en remolinos
   levantan los fuertes piés,
   hacen una zambra horrible
   en que danza Lucifer,
   y ni ceden los cristianos
   ni el moro piensa en ceder,
   que todos de la victoria
   buscan el noble laurel.


        XII.

     Sucedió esta durísima batalla
   que ensangrentó la granadina tierra
   el año mil trescientos diez y nueve,
   mañana de San Juan, triste y sangrienta
   para el cristiano bando, y venturosa
   para la gente indómita agarena:
   en Castilla reinaba Alfonso Onceno,
   y rey y emir de los alarbes era
   el terrible Ismail. Los dos infantes,
   causa imprudente de la atroz pelea,
   eran don Pedro el uno, del Rey primo,
   y su tio don Juan el otro era;
   entráronse talando á sangre y fuego
   la peligrosa granadina tierra,
   y allí los dos infantes se quedaron
   la muerte hallando en su insensata empresa.
   Dia de luto fué para Granada
   y para Ataide de fortuna excelsa,
   que ganó, ya muy tarde, gran renombre,
   favor del Rey, mercedes y nobleza.
   Fué, que el bravo Ismail, harto empeñado
   en la revuelta bárbara pelea,
   el caballo perdió: cercado vióse
   de cristianos sin fin, que á grande priesa
   su desclavado arnés crujir hacian
   de rudos golpes bajo lluvia densa.
   --¡Es el Rey de Granada!--voceaban.--
   --¡Á prision recibidle!--¡No! ¡que muera!--
   y el tumulto arreciaba á cada instante
   bramando en torno de la régia presa.

   Contra el muerto caballo replegado
   batallaba Ismail, cual la pantera
   de innumerables canes acosada,
   en los que alcanza brava se ensangrienta.
   Rota la adarga, sobre el rojo polvo
   tendida la riquísima cimera,
   la corona de golpes destrozada,
   desgarrada la toca al aire suelta,
   de polvo y sangre y de sudor bañado,
   le faltan, no el valor, sino las fuerzas,
   y por sus fieros ojos centellantes
   cruza horrible y fatal nube siniestra.
   De repente, en el círculo terrible,
   hacha en mano un mancebo se presenta,
   que ante su paso arrolla á los cristianos
   y á sus plantas exánimes los deja,
   cual en las mieses la segur metiendo
   el campesino infatigable siega.
   Parece que el Altísimo á su brazo
   poder terrible y misterioso presta,
     por el hacha enrojecida corre
   raudal de sangre, que á su paso deja
   con rastro pavoroso señalado,
   cual su rastro de horror marca la fiera.
   Es Ataide que en vano al asesino
   de su madre ha buscado en la pelea;
   Ataide, á quien dolor de las entrañas
   y el recuerdo tristísimo de Leila
   y de su suerte el torcedor cuidado
   en horrendo afanar le desesperan;
   es que la muerte, como bien supremo,
   por todas partes busca y no la encuentra.
   Llega un momento, al fin, en que aterrados
   los nazarenos en desórden cejan,
   y al revolverse Ataide, con asombro
   ve que el Rey admirado le contempla.
   Libre se ve Ismail por su bravura
   cuando creyó su perdicion ya cierta,
   y los brazos le tiende, y en un punto
   contra su bravo corazon le estrecha.
   --¡Pide--dícele al fin--cuanto quisieres,
   que por mucho que pidas, recompensa
   pareceráme poco cuanta darte
   mi potestad y mi cariño puedan!--
   Y volviéndose á punto á los bizarros,
   que en su socorro desalados llegan,
   --Sin su valor--les dice--en este dia
   de Rey quedára mi Granada huérfana.--
   La vida le debí: llegárais tarde
   si ántes él no acudiera á mi defensa.
   Mi púrpura vestidle y que en Granada
   entre á la par conmigo, y á mi diestra:
   con mi estandarte Real en las batallas,
   á mi lado de hoy más lidiar le vean,
   y en su poder y en su favor conmigo
   honrado premio y merecido tenga:
   y ¡sús! á recoger, que ya el cristiano
   ha pasado en desórden la frontera,
   y á Granada llevemos la victoria
   y del vencido la perdida presa.--
   Y cabalga Ismail en un caballo
   que sus humildes siervos le presentan,
   y á Ataide con la púrpura vistiendo,
   otro caballo igual gratos le muestran.
   Marcha de triunfo tocan atabales,
   y añafiles, dulzainas y trompetas,
   y en la impaciencia de ostentar su triunfo
   rápidos cruzan la tendida vega,
   y por Elvira en la ciudad alegre
   en cerrado escuadron altivos entran,
   y del rey Ismail al par marchando,
   las hermosuras que Granada encierra;
   ven al hermoso Ataide y le codician
   al verle junto al Rey de tal manera,
   y Ataide, el desdichado, va llorando,
   la mente en Leila y en su madre puesta,
   y que es de gozo por su altivo triunfo,
   los que le miran, con envidia piensan.


        XIII.

     A la Alhambra le llevó
   el Rey, y con él entrando
   en la sala de Comares,
   viendo que su acervo llanto
   no cesaba, interrogóle:
   Ataide en acento opaco
   le contó su desventura,
   y el Rey atento escuchando,
   cuando brevemente Ataide
   finó su triste relato
   le dijo con grave acento,
   pero cariñoso y blando:
     --Es misterioso y terrible
   el decreto de los hados:
   se cumple lo que está escrito:
   si por tu madre en espanto,
   Ben Jucef el Meriní
   huyó en su fuga lanzando
   una maldicion, ¿qué piensas
   que esto fué?
               --Yo no lo alcanzo
   --exclamó Ataide abatido.
     --Ben Jucef sabrá explicárnoslo
   --dijo el Rey:--y de su guardia
   al punto un kaid llamando
   le mandó fuese á la casa
   de Aben Jucef con mandato
   de que, sin perder momento,
   se presentase en palacio.
   El kaid salió, y á poco
   volvió trayendo recado
   de que en aquel mismo dia
   Ben Jucef, abandonando
   á Granada con su hija,
   con una guardia de esclavos
   y á su torre de Almuñécar
   el camino enderezando,
   á pasar al Mogreb iba
   resuelto y determinado.
     --¿Cuándo partió?--dijo el Rey.
   --Al amanecer.
                   --¡No ha estado
   entónces en la batalla!
   Que enjaecen dos caballos;
   tú kaid con cien zenetes
   nos iréis acompañando.
   Véte.--Y tú no desesperes,
   que, pues salvaste bizarro
   mi vida, yo salvaré
   tu corazon en los brazos
   de Leila, ó con su cabeza
   Ben Jucef me dará el pago.--
   Poco despues, sin reposo
   de su abrumador cansancio,
   el Rey y Ataide partian,
   sirviéndoles de resguardo
   cien alentados zenetes
   en poderosos caballos,
   y por la puerta de Lachar
   lanzándose sobre el campo,
   atravesando el Genil,
   hácia la costa bajando,
   por la falda de la sierra
   tomaron al trote largo.


        XIV.

     Ya el sol sobre su ocaso descendia
   abrillantando las hinchadas aguas,
   y en el brumoso y cárdeno horizonte
   rojas, cual sangre, amenazantes ráfagas,
   próxima tempestad y formidable
   fatídicas, siniestras, auguraban,
   cuando el Rey por las puertas de Almuñécar
   se metió con Ataide y con su guardia.
   Transidos, sudorosos los caballos
   de la violenta presurosa marcha,
   por montañas que al cielo se atrevian,
   por valles que al abismo se humillaban,
   inútiles al fin hubieran sido
   á seguir la durísima jornada.
   Supo el Rey que Jucef partido habia
   con rumbo hácia la roca solitaria,
   que avanzada á la mar con su arrecife
   desde los muros, al levante, vaga,
   coronada de niebla se veia
   como un siniestro aterrador fantasma.
   Aun léjos de ella, sobre el mar inquieto,
   á toda vela un barco se alejaba,
   y de sus remos la pujante fuerza
   ayudaba del viento á la pujanza.
   --¡A la playa!--con voz temblando en ira
   el Rey prorumpe, y á la playa bajan;
   se quedan los caballos en la arena,
   el Rey y Ataide y los zenetes saltan
   á una larga y fortísima almadía,
   que las agudas velas desplegadas,
   el arraez atento al gobernalle,
   la chusma al remo en las salientes bandas,
   su bandera de rey enarbolando,
   del barco de Jucef se pone en caza;
   crecen las sombras y la bruma crece;
   las olas, cual montañas, se levantan
   rodando en turbillon, rugiendo horribles
   al formidable empuje de la racha;
   crujen atormentadas las maderas,
   saltan silbando las forzadas jarcias,
   y el Rey, que se mantiene en la crujía,
   Ataide al lado, que agoniza y calla,
   el Rey, que sin pavor mira la furia
   del viento y de las olas encrespadas,
   grita con ronca voz:--¡Cargad las velas!
   ¡á la chusma azotad! ¡la fuerza brava
   venced del mar y el viento! ¡avante, avante,
   que ese infame traidor se nos escapa!--
   Y tanto reman, tanto maniobran,
   que al fin la nave de Jucef alcanzan,
   y los enormes ganchos de abordaje
   en ella aferran y su mura asaltan;
   como una tromba los zenetes entran,
   cuanto á su paso encuentran desbaratan,
   y al castillo de proa el Rey acude,
   donde Jucef, inmóvil, se levanta.
   Una mujer, que doblegada llora,
   cuya flotante vestidura blanca
   se señala en la sombra, ante él se mira
   de feroces esclavos rodeada.
   --¡Leila!--con voz de angustia Ataide grita.
   --¡Tuya en la eternidad!--llorando exclama
   la mísera doncella.--El Rey, airado,
   llega á Jucef, y con la voz que manda
   segura del respeto y la obediencia:
   --¡Dame á Leila en el punto--dice--ó guarda!
   Se estremece Jucef y en voz horrenda
   prorumpe en su furor:--¡La infame al agua!--
   Y se oye un grito de terror que hiela,
   sobre la mura, despedida salta
   una blanca figura que la ola
   en su espumosa cresta coge avara.
   Se demuda Ismail, silba su acero
   arrancado con furia de la vaina,
   y en el instante mismo la cabeza
   de Jucef, de su tronco cercenada
   por el terrible golpe, de la proa
   rebota horrible y á la mar se lanza:
   y Ataide, de dolor desesperado,
   del castillo se arroja, la mar gana,
   y allí á donde una blanca vestidura
   sobre las ondas flota, ansioso nada;
   sus esfuerzos redobla, avanza, llega,
   y la cabeza de Jucef le aparta,
   chocando en su cabeza, y siempre y siempre
   que domina su vértigo y mar gana,
   para llegar á Leila, formidable
   la cabeza cruel lo estorba airada.
   Leila, al fin, desparece entre las olas;
   Ataide, loco de dolor, desmaya,
   enervados sus miembros se entorpecen
   y las olas horrísonas le tragan.
   Desaferrada en tanto la almadía
   por salvar á los náufragos avanza;
   monta las olas y á la fin se encuentra
   en frente de la roca en que, irritada,
   rompe la mar con fragoroso estruendo,
   y hasta la gruta sus espumas lanza.
   Con asombro del Rey y de los suyos
   la gruta gigantesca iluminada
   por lívido fulgor fosforescente
   se muestra, y de hermosura sobrehumana
   esplendorosa, Leila, ansiosa gira,
   buscando á Ataide que incesante vaga
   en el pálido ambiente, y que angustioso
   de amor, de espanto y de dolor en ansia
   á ella tiende los brazos, que le mira
   la rubia cabellera destrenzada,
   y los brazos le tiende, y siempre y siempre
   que se aproximan, en su giro, rauda,
   revolviendo sus ojos infernales
   la sangrienta cabeza los separa.
   Al ver esta vision la frente humilla
   el creyente Ismail, y en voz ahogada:
   --¡Dios solo--dice--sabe los misterios
   que en el humano corazon se guardan!
   ¡Él solo sabe lo que estaba escrito!
   ¡Él sus criaturas, ó condena, ó salva!
   ¡Infierno del amor, de tí me aparto!
   ¡que Dios tenga piedad de esas tres almas!


        XV.

     Y el Rey contó la tradicion sombría
   de la espantosa roca, que áun se guarda,
   y que en los bellos cuentos de la costa
   áun el INFIERNO DEL AMOR se llama.


        FIN.

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Una peseta en toda España.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El infierno del amor - leyenda fantastica" ***

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