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Title: El maestrante
Author: Palacio Valdés, Armando, 1853-1938
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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EL MAESTRANTE

NOVELA

POR

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

MADRID

TIPOGRAFIA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ

IMPRESOR DE LA REAL CASA

Libertad, 16 duplicado.

1893



ÍNDICE


   I.--La casa del maestrante

  II.--El hallazgo

 III.--La cita

  IV.--Historia de aquellos amores

   V.--Las bromas de Paco Gómez

  VI.--Las señoritas de Meré

 VII.--El aumento del contingente

VIII.--El vino de Fernanda

  IX.--La mascarada

   X.--Cinco años después

  XI.--La cólera de Amalia

 XII.--La justicia del barón

XIII.--El martirio

 XIV.--La capitulación

  XV.--Josefina duerme



I

La casa del maestrante.


A las diez de la noche eran, en toda ocasión, contadísimas las personas
que transitaban por las calles de la noble ciudad de Lancia. En las
entrañas mismas del invierno, como ahora, y soplando un viento del
noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad se tropezaba alma
viviente. No quiere esto decir que todos se hubiesen entregado al sueño.
Lancia, como capital de provincia, aunque no de las más importantes, es
población donde ya en 185... se había aprendido a trasnochar. Pero la
gente se metía desde primera hora en algunas tertulias y sólo salía de
ellas a las once para cenar y acostarse. A esta hora, pues, solían
tropezarse algunos grupos resonantes que caminaban a toda prisa
resguardados por los paraguas; las señoras rebujadas en sendos
capuchones de lana, alzando las enaguas con la mano que les quedaba
libre; los caballeros envueltos en sus pañosas o _montecristos_, los
pantalones enérgicamente arremangados, rompiendo el silencio de la noche
con el áspero traqueteo de las almadreñas. Porque en aquella época eran
muy pocos todavía los que desdeñaban este calzado patriótico y
confortable. Tal cual pollastre que por haber estado en Valladolid
estudiando medicina se creía por encima de estas ruindades y alguna que
otra damisela melindrosa que afectaba el no saber andar con ellas.

De coches no había que hablar, pues sólo existían tres en la población,
el de Quiñones, el de la condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Este
último era el único que no alcanzaba el medio siglo de antigüedad.
Cuando cualquiera de las tres carrozas salía a la calle, rodeábala un
enjambre de chiquillos y seguíanla buen trecho en testimonio de
incondicional entusiasmo. Los vecinos en lo interior de sus moradas
distinguían, por el estrépito de las ruedas y el chasquido de las
herraduras, a cuál de los magnates mencionados pertenecía. Eran, en
suma, tres instituciones venerandas que los hijos de la ciudad sabían
amar y respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más de las tres
cuartas partes del año no se conocían entonces otros preservativos
naturales que el paraguas y las almadreñas. Poco después vinieron los
chanclos de goma y recientemente también se introdujeron los
impermeables con capuchón, que trasforman en ciertos momentos a Lancia
en vasta comunidad de frailes cartujos.

El viento soplaba más recio en la travesía de Santa Bárbara que en
ningún otro paraje de la población. Esta vía, abierta entre el palacio
del obispo y las tapias de un patinejo de la catedral, donde viene a
caer la cadena del pararrayos, pasa a su terminación por debajo de un
arco y forma lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y clama y se
lamenta en noches tan infernales como la presente.

Un hombre embozado hasta los ojos atravesó velozmente la plazoleta que
hay delante de la morada de los obispos y entró en este recodo. La
fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetrando entre el embozo de
la capa y el sombrero, le privó de la vista. Resistió unos instantes a
pie firme la violencia de la ráfaga, y en vez de soltar alguna
interjección enérgica, que nunca fuera más al caso, dejó escapar un
suspiro de angustia.

--¡Ay, Jesús mío, qué noche!

Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegó sus ímpetus siguió su
camino. Pasó por debajo del arco que comunica el palacio con la catedral
y entró en la parte más desahogada y esclarecida de la travesía. Un
reverbero de aceite engastado en la esquina servía para iluminarla toda.
El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundado por la gran mariposa de
hoja de lata, para enviar alguna claridad a los confines de su
jurisdicción. Pero, más allá de diez varas en radio, nada hacía
sospechar su presencia. Sin embargo, a nuestro embozado debió parecerle
una lámpara Edison de diez mil bujías, a juzgar por el cuidado con que
se subió aún más el embozo y la prisa con que abandonó la acera para
caminar ceñido a la tapia del patio en que las sombras se espesaban.
Salió en esta guisa a la calle de Santa Lucía, echó una rápida mirada a
un lado y a otro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. La calle de
Santa Lucía, con ser de las más céntricas, es también de las más
solitarias. Está cerrada a su terminación por la base de la torre de la
basílica, esbelta y elegante como pocas en España, y sólo sirve de
camino ordinariamente a los canónigos que van al coro y a las devotas
que salen a misa de madrugada.

En esta calle, corta, recta, mal empedrada y de viejo caserío, se alzaba
el palacio de Quiñones de León. Era una gran fábrica oscura de fachada
churrigueresca, con balcones salientes de hierro. Tenía dos pisos, y
sobre el balcón central del primero un enorme escudo labrado toscamente
y defendido por dos jayanes en alto relieve tan toscos como sus
cuarteles.

Una de las fachadas laterales caía sobre pequeño jardín húmedo,
descuidado y triste y cerrado por una tapia de regular elevación; la
otra sobre una callejuela aún más húmeda y sucia abierta entre la casa y
la pared negra y descascarillada de la iglesia de San Rafael. Para pasar
del palacio a la iglesia, donde los Quiñones poseían tribuna reservada,
existía un puente o corredor cerrado, más pequeño, pero semejante al que
los obispos tienen sobre la travesía de Santa Bárbara. Por la viva
claridad que dejaba pasar la rendija de un balcón entreabierto
advertíase que los dueños de la casa no estaban aún entregados al
descanso. Y si la claridad no lo acusara, acusábanlo más claramente los
sones amortiguados de un piano que dentro se dejaban oír cuando los
latidos furiosos del huracán lo consentían.

Nuestro embozado siguió, con paso rápido y ocultándose en la sombra
cuanto podía, hasta la puerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a
echar una mirada recelosa a entrambos lados de la calle, y entró
resueltamente en el portal. Era amplio, con pavimento de guijarro como
la calle, las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo, tristemente
iluminado por una lámpara de aceite colgada en el centro. El embozado lo
atravesó velozmente, y sin tirar del cordón de la campana pegó el oído a
la puerta, y así estuvo inmóvil algunos instantes en escucha. Cerciorado
de que nadie bajaba, tornó a la puerta de la calle y enfiló otra mirada
por ella. Al fin resolviose a abrir el embozo y sacó de debajo de la
capa un bulto que depositó en el suelo con mano temblorosa, cerca de la
puerta. Era un canastillo. Estaba cubierto con una manta de mujer, lo
cual impedía observar lo que en él se guardaba, aunque bien se presumía.
Desde Moisés, los canastillos misteriosos parecen destinados a guardar
infantes. El rebozado, ya desarrebozado, tiró tres veces del cordón de
la campana, y al instante, desde arriba, abrieron por medio de otra
cuerda. Las tres campanadas indicaba que quien entraba en la
aristocrática mansión de los Quiñones era un noble, un par de los
señores. Tiempo hacía que se estableciera esta costumbre, sin saber
cómo. Un menestral, un criado, un inferior, por cualquier concepto, no
llamaba sino con una campanada; las visitas llamaban con dos; y la media
docena o poco más de personas que el linajudo señor de Quiñones
consideraba sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por acuerdo
tácito o expreso, que eso nunca se averiguó. Murmurábase en la ciudad de
tal diferencia: los que nunca habían pisado los salones de la casa,
embromaban a los que a diario los visitaban: respondían éstos negando la
especie; pero aunque secretamente humillados, respetaban la feudal
costumbre: nadie era osado a dar las tres campanadas del segundo
estamento. Sólo Paco Gómez se aventuró una vez a hacerlo por broma o
fanfarronada; pero al llegar al salón se le recibió con sorpresa y
frialdad tan despreciativas, que no le quedaron ganas de repetirlo.

El hombre del canastillo se apresuró a entrar y cerrar la puerta;
atravesó el pórtico y subió por la gran escalera de piedra, en cuyos
peldaños gastados por el uso se rezumaba constantemente alguna humedad.
Al llegar al piso principal un criado se acercó a recogerle la capa y el
sombrero. Y sin aguardar más, como si alguien le persiguiera, lanzose
con presurosa planta a la puerta del salón y la abrió. La viva luz de
las arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era un hombre alto,
corpulento, de treinta a treinta y dos años de edad, la fisonomía dulce
y las facciones correctas: gastaba el pelo cortado a punta de tijera y
la barba luenga, rubia y sedosa. En aquel momento su rostro estaba
pálido y revelaba profunda inquietud.

En cuanto alzó los ojos, que la excesiva claridad le obligara a cerrar,
enderezó la mirada a la señora de la casa, sentada en una butaca. Clavó
ella a su vez en él otra intensa y ansiosa. Fue un choque que dio
instantáneo reposo a sus fisonomías, como dos fuerzas iguales que se
neutralizan. El caballero se detuvo a la puerta esperando que cruzasen
cinco o seis parejas que venían girando al compás de un vals, y sus
labios descoloridos se plegaron con sonrisa tan dulce como triste.

--¡Qué tarde! No pensábamos que usted viniera ya--exclamó la señora
alargándole su mano fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatro veces
con intensa emoción al chocar con la de él.

Era una mujer de veintiocho a treinta años, menuda de cuerpo, el rostro
pálido y expresivo, los ojos y el cabello muy negros, boca pequeña y
nariz ligeramente aguileña.

--¿Cómo se encuentra usted, Amalia?--dijo el caballero, sin responder a
la exclamación, ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que a su pesar se
le traslucía en lo tembloroso de la voz.

--Estoy mejor... Muchas gracias.

--¿No le hará a usted daño este ruido?

--No... Me aburría mucho en la cama... Además, no quería privar a las
chicas del único recreo que hoy por hoy tienen en Lancia.

--Muchas gracias, Amalia--exclamó una jovencita que venía bailando y oyó
las últimas palabras de la dama.

Ésta le dirigió una sonrisa bondadosa.

Otra pareja que venía detrás chocó con el caballero, que continuaba en
pie.

--¡Usted siempre estorbando, Luis!

--A nadie más que a usted, María Josefa--respondió el joven, riendo con
afectación para disimular el embarazo que aún sentía.

--¿Está usted seguro de que a mí sola?--preguntó ella alzando al mismo
tiempo su mirada maliciosa hacia el caballero que la estrechaba en sus
brazos.

María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cuarenta años, y sus quince
habían sido casi tan feos, pese al refrán, como sus cuarenta. Como no
poseía tampoco bastante hacienda para restablecer el equilibrio, ningún
valiente había llegado a redimirla del purgatorio de la soltería. Hasta
hacía poco tiempo todavía halagaba la esperanza de que, ya que no un
pollo, por lo menos se arrojase a pedir su mano alguno de los indianos
solteros que iban llegando a establecerse en Lancia. Fundábala en la
tendencia que éstos mostraban a contraer matrimonio con las hijas de las
familias distinguidas de la población, aunque no llevasen dote.
Pertenecía ella por la línea paterna a una de las más ilustres; como que
era pariente del señor de Quiñones, en cuya casa nos hallamos. Pero su
padre había muerto, y vivía con su madre, mujer de baja estofa,
cocinera antes de subir al tálamo nupcial de su amo. Sea por esto o, lo
que es más probable, por la bien declarada y proverbial fealdad de su
figura, tampoco los indianos picaron la carnada del anzuelo. Y eso que,
con motivo o sin él, solía descotarse más de la cuenta para hacer
ostensible lo que, según voz pública, tenía de menos malo en su cuerpo.
El rostro era repulsivo, de facciones incorrectas, hinchado por la
erisipela y desfigurado amenudo por algunas llamaradas rojizas que le
subían a las narices. De sus ilusiones femeninas no le quedaba ya más
que una, la de bailar: era una verdadera pasión: padecía horriblemente
cada vez que los descuidados pollos de Lancia la dejaban comiendo pavo.
Pero se vengaba tan lindamente de ellos y ellas, poseía una lengua tan
acerada, que la mayor parte de los jóvenes le sacrificaban por lo menos
un baile en todos los saraos: cuando se descuidaban, las mismas
muchachas se lo recordaban, temiendo las iras de la feroz solterona.
Bailaba, pues, tanto como la más linda damisela de Lancia, por razón
opuesta, esto es, por el saludable terror que había logrado inspirar.
Ella lo sabía, y aunque humillada en el fondo del alma, no dejaba de
aprovecharse, optando por el que consideraba menor de los males. Poseía
espíritu sagaz y malicioso; veía muy bien el ridículo de las acciones,
narraba con gracia y estaba dotada además de un don particular para
herir a cada persona, cuando se le antojaba, en lo más vivo.

--¿Ha llegado ya el conde?--dijo una voz áspera que salía del gabinete
contiguo y se sobrepuso al tecleo del piano y a las pisadas de los
bailarines.

--Sí: aquí estoy, D. Pedro... Voy allá.

El conde dio un paso hacia el gabinete, sin apartar la vista de la
pálida señora. Ésta le clavó otra mirada intensa donde se leía una
interrogación. Él cerró los ojos afirmando, y pasó a la inmediata
estancia. Lo mismo ésta que el salón estaban amueblados sin lujo. Los
próceres de Lancia desdeñaban esos refinamientos del decorado, hoy tan
usuales. No por avaricia, sino por entender con razón que su prestigio
estribaba, más que en la riqueza o suntuosidad de las moradas, en el
sello de respetable antigüedad que poseían, rechazaban en ellas
cualquiera innovación, lo mismo interna que externa. Los muebles
envejecían, se deslustraban; las alfombras y cortinas se iban rayendo.
Los dueños aparentaban no fijarse en ello. Sobre todo, D. Pedro Quiñones
mostraba una negligencia en este punto que rayaba en jactancia. Ni los
ruegos de su señora, ni las indirectas que algún osado, como Paco Gómez,
solía autorizarse bromeando, le decidían jamás a llamar a los pintores y
tapiceros. Se adivinaba bien que en esta resolución influía el desdén
con que miraba el lujo desplegado por algunos indianos en el mobiliario
de sus casas.

El salón, en lo que toca a las dimensiones, era soberbio, amplio,
elevadísimo de techo; ocupaba todos los balcones de la calle de Santa
Lucía, exceptuando el del gabinete. La sillería antigua, pero no
imitando formas de siglos remotos, como ahora se usa: estaba construida
en el pasado al gusto de la época, y forrada de terciopelo verde ya
gastado. La alfombra descubría el tejido por varios sitios. De las
paredes colgaban algunos tapices magníficos. Éste era el lujo de la
casa. D. Pedro Quiñones poseía una colección de gran valor. Solía
exhibirlos una vez al año, colgándolos de los balcones el día del Corpus
para el paso de la procesión. Decíase que un inglés le había ofrecido
por ellos un millón de pesetas. Poseía asimismo algunos cuadros antiguos
de mérito, tan oscurecidos por el tiempo que, si una mano hábil no venía
pronto a restaurarlos, concluirían por desaparecer. Lo único nuevo que
en el salón había era el piano, comprado hacía tres años, poco después
de casarse en segundas nupcias D. Pedro.

El gabinete, también de gran tamaño, con un balcón a la calle de Santa
Lucía y dos al jardín, estaba peor decorado aún. Grandes cortinones de
damasco, dos armarios de roble sin espejo, un sofá forrado de seda,
algunos sillones de vaqueta, una mesa redonda en el centro y algunas
sillas correspondientes al sofá; todo bien manoseado y marchito. En
torno de la mesa central, y alumbrados por enorme quinqué de aceite con
pantalla verde, estaban tres caballeros jugando al tresillo. El dueño de
la casa era uno de ellos. Tendría de cuarenta y seis a cuarenta y ocho
años de edad; hacía tres que estaba enteramente imposibilitado para
moverse, de resultas de un ataque apoplético que le paralizó las dos
piernas. Era corpulento, rostro moreno y facciones bien acentuadas,
enérgicas; el cabello y la barba, blanqueando ya por muchos puntos,
fuertes, abundantes, encrespados; los ojos negros y hundidos de mirar
imponente. En su fisonomía había una expresión de orgullo y fiereza que
ni aun la sonrisa amistosa con que acogió al conde de Onís pudo
extinguir por completo. Estaba reclinado más que sentado en una butaca
construida adrede para facilitarle el movimiento del tronco y los
brazos, y arrimada a la mesa de lado a fin de que le fuese posible jugar
y tener las piernas extendidas. Aunque en la chimenea ardían algunos
troncos de leña, se abrigaba con una talma de color gris cerrada al
cuello con broche de oro. Bordada sobre ella, del lado del corazón,
había una gran cruz roja de la orden de Calatrava. El señor de Quiñones
prescindía pocas veces de esta talma, que le daba aspecto un poco
fantástico y teatral.

Siempre había sido extravagante en el vestir. Su orgullo le impulsaba a
buscar el modo de distinguirse del vulgo. En varias ocasiones se le vio
de levita cerrada, sombrero de copa y almadreñas: gastaba larga melena,
como un caballero del siglo diez y siete; vestía amenudo traje de
terciopelo o pana con botas de montar; usaba botines cuando ya nadie se
acordaba de ellos, y grandes cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco,
imitando la antigua valona. Nunca se vio hombre más preciado de su
nobleza ni con más afán de resucitar el prestigio y los privilegios de
que aquélla gozaba en siglos pasados. El público murmuraba de sus
extravagancias y muchos se reían de ellas, porque Lancia es una
población donde abundan los espíritus humorísticos; pero, como siempre
acontece, este orgullo desmedido y feroz había concluido por imponerse.
Los que con más gracia se burlaban de las rarezas de don Pedro eran los
que con mayor sumisión y rendimiento le quitaban el sombrero así que le
veían de media legua.

Había vivido en la corte algún tiempo durante sus años juveniles, pero
no echó raíces en ella. Fue gentilhombre con ejercicio y disfrutó de las
ventajas y preeminencias que su caudal y nacimiento le concedían; pero
no bastaban a saciar aquel corazón henchido de arrogancia. La extraña
amalgama de la aristocracia de la sangre con la del dinero le hería y le
irritaba. El respeto que se concedía a los hombres políticos y que él
mismo se veía obligado a tributar por razón de su cargo le encendía de
ira. ¡Un hijo de la nada, un pelagatos pasar por delante de él con la
cabeza erguida, dirigiéndole una mirada indiferente o desdeñosa! ¡A él,
descendiente directo de los condes soberanos de Castilla! Por no
sufrirlo y por el amor que profesaba a Lancia renunció al empleo y vino
a habitar de nuevo el churrigueresco palacio en que nos hallamos. La
soberbia, o por ventura su carácter excéntrico, le hicieron cometer, en
este período de su vida de mayorazgo solterón, mil extravagancias y
ridiculeces que asombraron y fueron el regocijo de la ciudad mientras no
llegó a acostumbrarse. D. Pedro no salía jamás a la calle sin ir
acompañado de un su criado o mayordomo, hombre zafio, que vestía el
traje del labriego del país, esto es, calzón corto con medias de lana,
chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero calañés. Y no sólo salía con
Manín (por este nombre era universalmente conocido), sino que le llevaba
al teatro. Era de ver los dos en un palco principal; él, rígido,
correcto, paseando su mirada distraída por la sala; el criado, con las
palmas de las manos apoyadas en la barandilla y la barba sobre las
manos con la atónita mirada clavada en el escenario, soltando bárbaras,
ruidosas carcajadas, rascándose el cogote o bostezando a gritos enmedio
del silencio. Entraba con él en los cafés y hasta le llevaba a los
bailes. Manín llegó a ser en poco tiempo una institución. D. Pedro, que
apenas se dignaba hablar con las personas más acaudaladas de Lancia,
sostenía plática tirada con él y admitía que le contradijese en la forma
ruda y grosera de que era capaz únicamente.

--Manín, hombre, repara que estás molestando a esas señoras--le decía a
lo mejor hallándose ambos en cualquier tienda.

--Bueno, bueno; pues si quieren estar a gusto, que traigan de casa un
jergón y se acuesten--respondía el bárbaro en voz alta.

D. Pedro se mordía los labios para no soltar el trapo, porque le hacían
extremada gracia tales groserías y brutalidades.

Si entraba en un café, Manín se atracaba de cuarterones de vino tinto
mientras él solía beber con parquedad una copita de moscatel. Pero
siempre pedía una botella y la pagaba, aunque la dejase casi llena.
Mostrando por esta prodigalidad cierta extrañeza un boticario de la
población con quien alguna vez se dignaba hablar, le respondió con fría
arrogancia:

--Pago una botella, porque me parece indecoroso que D. Pedro Quiñones
de León pida una copa como cualquier c...tintas de las oficinas del
gobierno político.

Causaba asombro también en la ciudad el que al saludar a los clérigos en
la calle les besase la mano, imitando la costumbre de los nobles en
otros siglos. Este respeto no era más que un medio de distinguirse y
acreditar su alta jerarquía, como todo lo demás. Porque al capellán que
tenía a su servicio, aunque le besaba la mano en público, le trataba
como a un doméstico en privado. Le guardaba muchas menos consideraciones
que a Manín. Pero lo que verdaderamente dejó estupefacta a la población
y se prestó a sin número de comentarios y chufletas fue lo que D. Pedro
hizo, poco después de llegar de Madrid, en cierta solemnidad religiosa.
Se presentó en la iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones y
entorchados, que debía de ser el de maestrante de Ronda. Al llegar el
momento de la consagración en la misa, avanzó con paso solemne hasta el
medio del templo, que se hallaba libre de gente, desenvainó la espada y
comenzó a esgrimirla sucesivamente contra los cuatro puntos cardinales,
dando furiosas estocadas y mandobles al aire. Las mujeres se asustaron,
los chiquillos corrieron, la mayor parte de los hombres pensó que era un
acceso de locura. Sólo los más avisados o eruditos entendieron que se
trataba de una ceremonia simbólica y que aquellos mandobles al aire
significaban que don Pedro estaba resuelto, como caballero profeso que
era de una orden militar, a batirse con todos los enemigos de la fe, en
cualquier paraje del mundo. El único periodiquito que se publicaba
entonces en Lancia todos los domingos (hoy existen once, seis diarios y
cinco semanales) le dedicó una gacetilla en que, con no poca gracia, se
burlaba de él. Sin embargo, tales burlas públicas o privadas, como ya se
ha indicado, no conseguían amenguar el prestigio de que el ilustre
prócer gozaba en la ciudad. Quien se considera de buena fe superior a
los seres que le rodean, tiene mucho adelantado para que éstos se le
humillen. Además, D. Pedro, apesar de sus ridiculeces, era hombre culto,
aficionado a la literatura y con pujos de poeta. De vez en cuando, y con
ocasión de cualquier fausta nueva para la patria o familia real,
escribía algunas décimas o tercetos en estilo clásico, un poco
gongorino. Aunque algunas personas trataron de persuadirle a que los
publicase, nunca esto se pudo acabar con él. Profesaba tan sincero
desprecio a todo lo que reflejase el movimiento democrático de nuestra
era y muy especialmente a los periódicos, que prefería tenerlos
manuscritos, conocidos solamente de un número reducido de amigos. Pasaba
igualmente por hombre valeroso. En Madrid había tenido algunos duelos y
en Lancia dejó de efectuarse uno entre él y cierto jefe político que los
progresistas mandaron a esta provincia, por la intercesión del obispo y
cabildo catedral.

Al llegar a los cuarenta años, poco más o menos, casó con una señora
aristócrata también, que habitaba en Sarrió. Murió su esposa al año, a
consecuencia del parto. Tres años después contrajo de nuevo matrimonio
con Amalia, dama valenciana algo emparentada con él. Apenas se conocían.
D. Pedro la había visto en Valencia cuando ella contaba catorce años. El
matrimonio que se realizó diez años después pactose por medio de cartas,
previo el cambio de retratos. Se daba por seguro que la voluntad de la
novia había sido forzada, y aun se decía que durante algunos meses se
había negado a compartir el tálamo con su marido. Todavía más. Se
contaba en Lancia con gran lujo de pormenores el viaje que por consejo
de un canónigo hizo don Pedro con su esposa para inspirarla confianza y
acortar, entre las peripecias del camino y la descomodidad de las
posadas, la distancia moral y material que los separaba. Cumplidas las
profecías del astuto capitular y realizados todos los fines del
matrimonio, el cielo no quiso sin embargo bendecirlo. Poco tiempo
después D. Pedro experimentó el terrible ataque apoplético que le
paralizó de medio cuerpo abajo, y desde entonces no hubo términos
hábiles para la bendición, aunque la Providencia estuviese animada de
los mejores deseos.

--Nos hace falta un cuarto--dijo apretando con efusión la mano del
conde.

--Sí, sí, a ver si cambia la suerte... Moro nos está llevando el dinero
bravamente--dijo un viejecito de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo
blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marcado acento gallego. Se
llamaba Saleta y era magistrado de la audiencia y tertulio asiduo de la
casa de Quiñones.

--¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo gano doscientos tantos. Faltan
trescientos para desquitarme de lo que he perdido ayer--manifestó el
aludido, que era un joven de fisonomía abierta y simpática.

--¿Y por qué no han llamado ustedes a Manín?--preguntó el conde
dirigiendo una mirada risueña al célebre mayordomo, que, con su calzón
corto, zapatos claveteados y chaqueta de bayeta verde, dormitaba en una
butaca.

Las miradas de los tres se volvieron hacia él.

--Porque Manín es un bruto que no sabe jugar más que a la _brisca_--dijo
D. Pedro riendo.

--Y al _tute_--manifestó el gañán, desperezándose groseramente, abriendo
una boca de a cuarta.

--Bueno, y al tute.

--Y al _monte_.

--Bien, hombre, y al monte también.

Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él.

Pero al cabo de un momento volvió a decir:

--Y al _parar_.

--¿Al parar también?--preguntó en tono de burla el conde de Onís.

--Sí, señor, y a las _siete y media_.

--¡Vaya! ¡vaya!--exclamó aquél distraídamente, abriendo el abanico de
cartas y examinándolo atentamente.

Y siguieron jugando con empeño, absortos y silenciosos. El mayordomo les
interrumpió de nuevo, diciendo:

--Y al _julepe_.

--¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majadero--exclamó ásperamente D.
Pedro.

--¡Manjadero! ¡manjadero!--masculló el aldeano con mal humor.--Otros hay
tan manjaderos; pero como tienen dinero no hay quien se lo llame.

Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas en el sillón, estiró las
patas y cerró los ojos para roncar.

Los jugadores levantaron la vista hacia don Pedro con sorpresa e
inquietud. Este la clavó colérica en su mayordomo; pero, al verle en
aquella tan sosegada postura, cambió repentinamente, y alzando los
hombros y convirtiendo de nuevo los ojos a las cartas, exclamó con
sonrisa, alegre:

--¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo!

--¡Alto, Sr. Quiñones, alto!--dijo Saleta.--Los suevos han acampado
solamente en Galicia. Ustedes no son más que cántabros... Precisamente
yo debo saber bien eso...

--¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!--manifestó un caballero no tan viejo, si
bien pasaría de los cincuenta, que entraba a la sazón. D. Enrique
Valero, magistrado de la Audiencia también, hombre de agradable porte,
de rostro fino y expresivo, aunque extremadamente marchito por la vida
alegre que había llevado. Como lo denunciaba su acento, de lo más
cerrado y ceceoso que puede oírse, era andaluz y de la provincia de
Málaga.

--No lo sé todo, amigo Valero--repuso con calma Saleta;--pero conozco
perfectamente la historia de mi país y las particularidades referentes a
mi familia.

--¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de lo zuevo, compañero?

--Porque mi familia desciende de uno de los caudillos más principales
que penetraron en la provincia de Pontevedra cuando la irrupción, según
consta de varios documentos que se conservan en el archivo de mi casa.

Los jugadores cambiaron una risueña mirada de inteligencia con Valero.

--¡Ajá!--exclamó éste entre alegre e irritado.--Ahora rezulta que el
amigo Zaleta ez un zuevo como una catedral.--¡Quién lo había de penzá,
tan rebajuelo y tan chiquitín!

--Sí, señor--prosiguió el otro, como si no hubiera oído, hablando con
lentitud y firmeza.--El caudillo que dio origen a nuestra familia se
llamaba Rechila. Era hombre al parecer feroz y sanguinario. Gran
conquistador; extendió sus dominios muchísimo, y hasta me parece que
llegó en sus correrías hasta Extremadura. Un día, siendo yo niño, se
encontró su corona enterrada entre los cimientos de la antigua capilla
de nuestra casa...

--¡Pero, hombre! ¡pero, hombre!--exclamó Valero mirándole fijamente con
una cómica indignación que hizo soltar la carcajada a los demás.

Saleta prosiguió imperturbable describiendo el hallazgo, la forma, el
peso, cada uno de los adornos; no se le olvidó un pormenor.

Y Valero mientras tanto no apartaba de él la mirada, sacudiendo la
cabeza con creciente irritación.

Todas las noches pasaba lo mismo. El descarado mentir de su colega
provocaba en el magistrado andaluz una indignación a veces fingida,
otras real, que siempre alegraba a la compañía. Era tan insólito que un
gallego se atreviese a bravear de exagerado y embustero delante de un
andaluz, que éste, herido en su amor propio y en los fueros de su país,
llegaba en ocasiones a enfadarse, dudando si Saleta era un tonto o por
tales tenía a los que le escuchaban. En realidad el magistrado de
Pontevedra mentía con tan poca gracia y al mismo tiempo con tal firmeza,
que era cosa de pensar si sería un pícaro redomado que se gozaba en
impacientar a sus amigos.

--¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo ha llegao a
Eztremadura?--preguntó al fin Valero en tono decidido.

--Sí, señor.

--Pue me parece, compare, que eztá uzté equivocao, porque eze zeñó
Renchila...

--Rechila.

--Bueno, eze Rechila ha ido máz allá, ha corrío hazta la provincia de
Málaga; pero allí le zalío al encuentro una partía de vándalos de la
cual era jefe uno de miz azcendiente, que ze llamaba zi mal no
recuerdo... ezpere un poco... ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte
Matalaoza, que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotó completamente,
le hizo prizionero y le tuvo tirando de una noria hazta que ze murió.
Todavía ze conzervan en lo zótano de caza alguno peazo de la maquinita.

D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís habían suspendido el juego y
reían sin rebozo alguno.

--No puede ser. Rechila no ha pasado de Mérida, que ha conquistado
después de un corto asedio--manifestó Saleta sin turbarse poco ni mucho.

--Dispenze uzté, amigo; en el archivo de mi caza hay documentoz que
acreditan que el zeñó Renchila ha entrao una mijita por la provincia e
Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo, por la línea de madre, ni pa
Dioz quizo deharle seguí ma adelante.

--Permítame usted, amigo Valero; me parece que está usted en un error.
Ese Rechila debe de ser otro. Entre los suevos ha habido varios
Rechilas...

--No zeñó, no... El Rechila que ha derrotao mi abuelo era el antepazao
de uzté... Eztoy zeguro... De la provincia de Pontevedra... Ze le
conocía enzeguidita por el acento.

Y afectaba gran seriedad al proferir estas frases. La alegría de los
jugadores era cada vez mayor. Saleta, acostumbrado a las burlas de su
colega, no se amoscaba ni perdía un punto de su irritante flema. La
desvergüenza de este hombre para mentir y sostener luego sus mentiras
era inaudita.

Cuando vio la inutilidad de seguir disputando, atendió nuevamente al
juego. Los demás hicieron lo mismo, aunque de vez en cuando se les
escapaba por la nariz el flujo de la risa.

Jaime Moro seguía ganando. Y se mostraba alegre y charlatán, comentando
cada una de las jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de barba
negra recortada, facciones correctas, ojos rasgados sin expresión y tez
suave y sonrosada. Su padre, administrador diocesano que había sido en
aquella provincia, se murió el año anterior, dejándole una regular
hacienda, setenta u ochenta mil duros, según los bien enterados. Este
capital en Lancia le hacía un verdadero potentado. No hay para qué decir
que fue el blanco de todos los tiros de las niñas casaderas, su ideal,
su sueño dorado. Moro parecía poco inclinado al sexo femenino. Amaba
infinitamente más a Mercurio que a Venus. Su afición al juego, a toda
clase de juegos, era tan desmedida que bien podía decirse que su vida
entera estaba consagrada a ella, que había nacido para jugar. Vivía
solo, con ama de llaves, criado y cocinera. Levantábase de diez a once
de la mañana, y después de acicalarse se iba a la confitería de D.ª
Romana, donde hallaba sabrosa compañía que le enteraba de todos los
cuentos que corrían por la población. Así que echaba a un lado esta
tarea metíase en la trastienda oscura, grasienta, pringosa, con un olor
a hojaldre que derribaba, y sentándose a una mesa que correspondía en
un todo al decorado del recinto, se ponía a jugar la copa de Jerez y los
pasteles al dominó con su íntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de los
muchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetas de renta que residían
en Lancia. A las dos a comer. A las tres al Círculo Mercantil a comenzar
con tres de los indianos, que formaban el núcleo de aquella sociedad de
recreo, el clásico chapó, que se prolongaba ordinariamente hasta las
cinco. Y vamos corriendo a casa del muy ilustre señor deán de la
catedral basílica, donde nos espera este señor en compañía del
maestrescuela y del cura de San Rafael para ventilar el tresillo
cotidiano. Cuando el chapó se prolongaba algo más de lo acostumbrado,
solía venir un monaguillo al Círculo para avisarle de que sus compañeros
estaban reunidos. Y entonces Moro se apresuraba a dar los tres o cuatro
tacazos definitivos, y entre uno y otro se hacía poner el abrigo por el
mozo para no perder tiempo, y pagando o cobrando con mano nerviosa el
saldo de su cuenta, corría desalado con la lengua fuera hasta casa del
deán. El tresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa a cenar. A las
nueve, escapado a la de D. Pedro Quiñones, a empalmarlo. Otras noches a
la de D. Juan Estrada-Rosa a lo mismo. A las doce al Casino, donde se
reunían unos cuantos trasnochadores y jugaban al monte o la lotería un
rato. Por último, a las dos o las tres de la madrugada Jaime Moro caía
en su lecho rendido de tan laboriosísima jornada, para comenzar al día
siguiente otra enteramente igual.

Ni se piense que era un joven codicioso. Nada de eso. Su liberalidad era
conocida y loada por toda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansia
del dinero, sino una decidida y desinteresada vocación que se había
sobrepuesto en él a todas las demás aficiones. Era el suyo un
temperamento excesivamente activo, sin inteligencia ni voluntad para
darle un fin serio y útil. En sus cortos momentos de ocio aparecía como
hombre sosegado, indiferente, linfático; pero así que tenía las cartas
en la mano, o el taco, o las fichas del dominó, adquiría su figura brío
inusitado, el rostro se le mudaba, las manos se estremecían como potros
refrenados, los ojos expresaban la energía recóndita de su alma.
Inspiraba generales simpatías en la población y las cercanías. No había
hombre más dulce, más inofensivo en su trato. Jamás se le oyó hablar mal
de nadie. Los que ven siempre la parte negra de las cosas de este mundo
y el lado flaco de los caracteres, que van siendo cada vez más, por
desgracia, sostenían que si no murmuraba era porque no sabía, que era
tan bueno porque no podía ser otra cosa. ¡Como si no hubiera necios
perversos! Un defecto tenía Moro, hijo de su misma afición. Se
consideraba insuperable en todos los juegos a que se dedicaba. No se le
podía negar gran maestría en ellos; pero de aquí a no tener rival hay
mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto procedían los prolijos,
eternos comentarios con que sazonaba cada jugada, y que ya habían
llegado a ser proverbiales en Lancia. Daba un tacazo en el billar. Las
bolas no rodaban como se había propuesto. Se llevaba la mano a la cabeza
con desesperación.

--¡Un poquito menos de bola, y la mía hubiera entrado por los palos!...
Pero me veía obligado a tomar mucha bola, para que el mingo bajase;
porque si no baja el mingo, ¿sabe usted? él me hace villa y se mete en
casa... ¡Y a mí no me conviene eso!

Si los circunstantes asentían, aunque perdiese todas las mesas no le
importaba nada. Salvada su honra profesional, el dinero era lo de menos.
Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo. No cesaba de hablar.
Pues otro tanto pasaba en el tresillo; pero, al revés de lo que suele
acaecer en este juego, se abstenía de reprender a sus compañeros y de
mostrarse enojado. Hablaba, sí, y mucho; pero siempre para aclarar o
glosar cualquier jugada, repitiendo infinitamente los conceptos en tono
elocuente y persuasivo, que hacía sonreír a los mirones. «Si no me
hubiera fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito más... No me
atreví a dar la bola porque me figuré que D. Pedro... ¿Por qué este tres
de copas no había de ser de oros?... Con dos estuches siempre ha tirado
una vuelta este cura.» Era un compañero ruidoso, pero muy fino y muy
desinteresado.

--Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar?--le dijo Valero, metiendo la cabeza
por entre los jugadores y examinándole las cartas.

--¿Cree usted que se puede?--preguntó Moro vacilante.

--A mí me parece que zí.

--Hay poco de esto y demasiado de esto otro--repuso, señalando
discretamente con el dedo los naipes.

--Zin embargo, zin embargo... yo creo...

--Bueno, bueno, jugaremos--replicó Moro con su finura acostumbrada.

Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mirada a sus compañeros y alzó
los hombros con resignación. En cuanto Valero se apartó un poco,
apresurose a decir por lo bajo:

--No quise contrariar a D. Enrique; pero aquel juego no se podía ganar.

Vindicada con estas palabras su fama, quedó tan alegre como si les
hubiera dado una bola.

El conde de Onís, que en un principio se había mostrado jaranero, fue
quedando poco a poco pensativo y amurriado. Jugaba sin atención alguna;
de tal modo que sus compañeros le llamaron al orden más de una vez.

--Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy? Le veo muy
preocupado--dijo al fin D. Pedro.

--En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triztón--corroboró Valero.

Viéndose interpelado de este modo brusco, se turbó como si temiera que
el casco de su cerebro fuese trasparente y leyesen dentro.

--No tiene nada de particular... Me siento bastante molesto de las
muelas--respondió, apelando a un inocentísimo recurso.

--Mala enfermedá e, compañero--dijo Valero.

Y todos le compadecieron y se informaron con interés de las
particularidades de la dolencia.

El conde se veía apurado y contestaba vagamente a las preguntas.

--Pues contra ese mal, señor conde--apuntó Saleta,--no hay mejor
medicina que el hierro. Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las
muelas siendo estudiante. No me atrevía a sacar ninguna; pero la patrona
que tenía en Santiago me convenció de que, atando un bramante a la muela
y sujetándolo por el otro cabo al techo, poco a poco iba saliendo sin
dolor. Me senté en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela estaba
bien amarrada, la huéspeda tira de la silla y me deja colgando. ¡Claro,
no tenía más remedio que saltar!...

Valero comenzó a sacudir la cabeza de un modo desesperado. Los demás le
miran y sonríen. Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo, y
continúa con la palabra firme y sosegada y el acento gallego que le
caracterizaban:

--Después perdí enteramente el miedo. En la Coruña me sacó un dentista
cinco seguidas. Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor, y como no
había dentista, el promotor me sacó tres con unas tenacillas de rizar el
pelo su señora. De resultas de eso me atacó una inflamación terrible en
la boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid, y Ludovisi, el dentista de la reina,
me quemó las encías con un hierro candente y me sacó siete buenas...

--Van quince--murmuró Valero.

--Y me quedé perfectamente, hasta que hace cuatro años, en un
pueblecillo de la provincia de Burgos, estando de temporada en casa de
un amigo, me volvió el dolor, ¡qué dolor! No había ni médico, ni
cirujano, ni nada. Pero llegó casualmente por allí un charlatán que
sacaba las muelas montado a caballo. Me vi tan apurado, que no tuve más
remedio que apelar a él; me sacó dos con el rabo de una cuchara.

--¡Compañero, qué rozario!--exclamó Valero en el colmo de la
indignación.--¿Le quea a uzté todavía algún novenario en la boca?

Con la algazara que se armó despertose Manín, desperezose bárbaramente,
abrió una bocaza de media vara, dejando escapar un aullido formidable,
que impresionó al auditorio. Luego volvió el ciclópeo torso de medio
lado y se dispuso a empalmar el sueño.

--¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas, eh, Manín?--preguntó el
maestrante, que no podía estar un cuarto de hora sin comunicarse con su
mayordomo.

--¡Quiá!--exclamó el gañán sin abrir los ojos siquiera.

--¡Es una roca!--manifestó el caballero con verdadero entusiasmo.

Pero Manín se incorporó un poco en la butaca y dijo restregándose los
ojos con los puños:

--Nunca tuve más que un dolor en la paletilla. Me dio cargando un carro
de hierba y me duró más de un mes. No probaba bocado. Parecía que tenía
allá dentro una gafura que me iba royendo el cuajo. Se me quebraban las
costillas, se me hundían los costados, me tiraba a las paredes, daba
corcovos y regañaba los dientes como un basilisco. Estaba tan amarillo
como la paja segada. Un día me dijo el señor cura:--Manín, tú careces
del pecho.--¡Yo carecer del pecho, señor cura! ¡No me conoce usted bien!
Apalpe aquí por su vida; más recia tengo la entraña de lo que usted
piensa.--Pues no hay más remedió, Manín, tienes que llamar al
mélico.--Que no, señor cura, que no quiero yerbatos ni cataplasmas.--Que
sí, Manín, si no lo llamas tú lo llamo yo.--En fin, después de mucho
gravitar, aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino don Rafael, el
mélico de las minas. Me mandó quitar hasta la camisa y me tumbó de
espaldas sobre la masera. Enseguida comienza a darme unos golpecicos en
el pecho con los nudillos, como quien llama a la puerta. Pega aquí, pega
allá, y ascucha que ascucharás con la oreja arrimada a la carne. ¡Na! Yo
decía:--¡Gravita, gravita, probiquín! ¡Busca el puzcalabre! Más de media
hora llamando con los nudillos y ascuchando. Hasta que al fin se cansó
de no oír na que le emportase...--¡Ay, amigo del alma!--me dijo
santiguándose,--tienes un pecho ¡líquido! ¡líquido! que en mi vida he
visto otro igual...--Eso ya lo sabía yo, D. Rafael...

Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y paseando una torva mirada por
el auditorio, masculló sin que le oyesen:

--¿De qué se reirán estos burros?

Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada de greñas sobre la butaca,
cerró los ojos con soberano desprecio.

Los tertulios del maestrante volvieron su atención al juego, sin dejar
de reír. Pero el conde quedó muy pronto pensativo y distraído otra vez.
Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de sus nervios, levantose
de la silla.

--Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto. Este dolor me molesta mucho
y necesito moverme.



II

El hallazgo.


Cuando el conde puso de nuevo el pie en la sala, justamente se disponían
los pollos a bailar un rigodón. Una de las chicas del _Jubilado_ estaba
ya delante del piano. D. Cristóbal Mateo, a quien apodaban de este modo
en el pueblo, era un antiguo empleado que había servido muchos años en
Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya algunos, con treinta mil
reales. Tenía porte militar, una figura realmente marcial con sus
bigotazos blancos, ojos saltones, cejas espesas y velludas manos. Sin
embargo, en todos los dominios españoles no existía hombre más civil.
Había hecho su carrera en las oficinas de Hacienda, y toda la vida había
profesado ideas contrarias al predominio de la milicia. Sostuvo siempre
que las sanguijuelas del Estado no eran ellos, los empleados, sino el
ejército y la marina. Para demostrarlo aducía datos, exhibía notas
sacadas del presupuesto, se perdía en divagaciones burocráticas. Decía
que el presupuesto de guerra «era la sangría suelta por donde se
escapaban las fuerzas vivas de la nación,» frasecilla que había leído en
el _Boletín de Contribuciones Indirectas_, y que había hecho suya con
extremada fruición. Llamaba vagos a los soldados y profesaba rencor
inextinguible a los galones y charreteras. Cuando el ayuntamiento de
Lancia trató de pedir al Gobierno que enviase un regimiento para
guarnecer la ciudad, se opuso, como concejal, tenaz y enérgicamente a
ello. ¿A qué traer una caterva de zánganos? En cambio de los beneficios
que la estancia del regimiento podría reportar, ¡eran tantos los daños!
El mercado se encarecería: los jefes y oficiales gustaban de tratarse
bien y llevarse a casa los alimentos más caros (¡para el trabajo que les
costaba ganarlo!). Luego eran todos jugadores y su mal ejemplo
contagiaría a los jóvenes de la población, que fuera de la época de
ferias, se abstenían de los juegos prohibidos. Como estaban siempre
ociosos (D. Cristóbal creía firmemente que un militar no tiene
absolutamente nada que hacer), por fuerza habían de pensar en picardías
y ruindades. En resumen, que el regimiento sería causa de perturbación
en el pueblo y un elemento corruptor. Prevaleció su deseo, aunque no por
serlo de él, sino porque al ministro de la Guerra no le plugó mandar
soldados a Lancia, considerando quizá la condición mansa de sus
habitantes.

Con los treinta mil reales de pensión viviría desahogadamente en un
pueblo barato como aquél, si no fuese porque sus hijas estaban dotadas
de cierta fantasía poética que las impulsaba a preferir los sombreros de
Madrid a los que hacía Rita, la sombrerera de la calle de San Joaquín, y
los guantes de ocho botones a los de cuatro. Tal privilegiado
temperamento era causa de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado,
con su cortejo de lágrimas, violentos portazos, repentina desgana de
comer, etc. En estos terribles conflictos, hay que confesar que D.
Cristóbal no siempre se mantenía a la altura de energía y coraje que
denotaban sus bigotes y sus cejas enmarañadas. Verdad que siempre
quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se dio el caso de que alguna
de sus hijas le apoyase. Tratándose de asuntos ajenos a la dirección
rentística de la casa, muchas veces se partían las opiniones; algunas
hijas se ponían de parte de papá contra sus hermanas. Mas en cuanto
asomaba el problema económico, constantemente se veía al Jubilado de un
lado y a las cuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como caudillo
experimentado, apelaba en estas refriegas a mil ardides para derrotar a
sus contrarios, o para capitular en buenas condiciones. Un día amanecían
las chicas inspiradas, y pedían botinas de tafilete semejantes a las que
habían visto a tal o cual muchacha de la ciudad, generalmente a Fernanda
Estrada-Rosa. D. Cristóbal se replegaba inmediatamente en sí mismo. Se
replegaba y meditaba. Por la noche, a la hora de cenar, deslizaba en la
conversación la noticia de que había estado en _La Innovadora_
(zapatería de lujo). Le habían dicho que las botas de tafilete daban muy
mal resultado en Lancia, a causa de la humedad. Por otra parte, D.
Nicanor (médico de la ciudad), que por casualidad estaba allí, había
manifestado que el tafilete era funesto en climas tan fríos y lluviosos,
y que por los pies se pillaban muchísimas veces los catarros que más
tarde degeneraban en tisis galopantes, etc. Antes, mucho antes de que
Mateo terminase su diatriba contra el tafilete, se la destripaban sus
cuatro pimpollos con risas irónicas y pesadísimas palabras que dejaban
confundido y triste al pobre viejo. En otras ocasiones, la imaginación
acalorada de las niñas exigía que vinieran de Madrid unos abrigos muy
lindos, de los cuales les había dado noticia Amalia: D. Cristóbal
resistía algún tiempo los asaltos, pero viéndose muy apretado,
capitulaba al fin. Su mente, fecunda en trazas, como la de Ulises, le
sugería una magnífica para ahorrarse la mitad del dinero por lo menos.
Se fue a Amalia y le rogó que le diese su abrigo por dos o tres días, a
fin de que una de las modistas del pueblo le hiciese otros cuatro
iguales. Exigiole, por supuesto, absoluto secreto, y la señora de
Quiñones supo guardarlo. Pero ¡ay! no lo guardaron los fementidos
abrigos, que al llegar muy empaquetaditos de la silla de posta, y al
ofrecerse a las miradas ansiosas y zahoríes de sus cuatro dueños, lo
pregonaron muy alto, por lo pobre de la ornamentación y lo chapucero del
cosido.

--Estos abrigos no están hechos en Madrid--dijo resueltamente Micaela,
que era la más nerviosa de las cuatro.

--¡Hija, no desbarres, por Dios! Pues ¿dónde habían de estar?--exclama
D. Cristóbal con afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en las
mejillas.

--No sé; pero desde luego se puede asegurar que no los han hecho en
Madrid.

Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltas entre sus ebúrneos dedos a
los abrigos, los estudian, los analizan con atento cuidado que pone en
suspensión y espanto a su progenitor. Se dirigen miradas significativas,
sonríen con desprecio, se hablan al oído. Mientras tanto, los feroces
bigotes del jubilado de Ultramar se erizan, se estremecen con leve
temblor que se comunica a sus labios y de ahí al resto del organismo.

Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan las prendas con descuido
escarnecedor sobre las sillas de la sala y corren a encerrarse en el
gabinete de Jovita. Cerca de media hora estuvieron deliberando
secretamente. D. Cristóbal aguardaba inquieto y ojeroso, paseando con
agitación por el corredor como un procesado que espera el veredicto del
jurado.

Ábrese finalmente la puerta, y el criminal escruta con ansia el
semblante de los jueces. Éstos guardan actitud reservada, y por sus
labios descoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dos de ellas se ponen
inmediatamente la mantilla y los guantes y se lanzan a la calle. Al cabo
de un rato tornan al hogar trémulas, con la faz descompuesta y los ojos
centellantes. La pluma se resiste a narrar la cruel escena que se
produjo en la dulce morada del Jubilado. ¡Cuánto grito rabioso! ¡cuánto
sarcasmo! ¡cuánta carcajada histérica! ¡qué manoteo! ¡qué crujir de
sillas! ¡qué exclamaciones tan lamentables! Y enmedio de aquel
espantoso desorden, de aquel fragor, capaz de infundir pavura en el
corazón más sereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnicería,
desgarrados, convertidos en miserables jirones, arrastrándose con
ignominia por el suelo en pago de su delito.

Fuera de estos sacudimientos periódicos con que la sabia naturaleza
vigorizaba los nervios un poco enervados ya del Jubilado, la existencia
de éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le faltaban tampoco muchos y
esmerados cuidados. Sus hijas se ocupaban a porfía en ponerle todo lo
necesario a punto y en su sitio: la ropa acepillada; las camisas y los
calzoncillos oliendo a frescura; las corbatas, hechas de vestidos
viejos, tan flamantes como si saliesen de la guantería; las zapatillas
en cuanto entraba en casa; el agua para lavarse los pies, los sábados;
el cigarro al acostarse; el vaso de agua con limón a la madrugada, etc.,
etc. Todo marchaba con la regularidad dulce y mecánica que tanto placer
causa a los viejos. Verdad que entre cuatro bien podían hacerlo sin
molestarse mucho, sobre todo teniendo presente que las niñas no siempre
estaban inspiradas. Sólo a la vista de un sombrero caprichoso, o al
recibir la noticia de la llegada de una compañía dramática, o al
anunciarse que el Casino daría una reunión de confianza, ardía súbito en
sus corazones el fuego sagrado de la inspiración, despertábanse sus
poderosas facultades poéticas, y en arrebatado vuelo salían de casa y se
lanzaban a la de la modista, a la guantería, a la perfumería, dejando en
todos los parajes señales de su agitación y alguna parte del peculio
profecticio. No aliándose bien los arrebatos de la fantasía con la prosa
de los pormenores de la existencia, éstos sufrían alguna alteración. D.
Cristóbal en aquellos periodos de crisis echaba menos, con pesadumbre,
algunos retoques. Mas al poco tiempo sosegaban los espasmos de las
pitonisas y las cosas volvían a su ser y la vida seguía el mismo curso
ordenado y tranquilo. El nombre de aquéllas, por orden de edades, era el
siguiente: Jovita, Micaela, Socorro y Emilita. Eran las cuatro, en
apariencia, seres insignificantes, ni hermosas ni feas, ni graciosas ni
desgraciadas, ni muy jóvenes ni viejas, ni tristes ni risueñas. Nada
había en ellas que fijase la atención. No obstante, en el seno del hogar
el carácter de cada cual se pronunciaba y adquiría relieve. Jovita era
sentimental y reservada; Micaela tenía el genio violento; Socorro era la
más pava, y Emilita la más pizpireta.

Las dos intensas preocupaciones que llenaban la vida espiritual de D.
Cristóbal Mateo eran la reducción del contingente del ejército y el
casar a sus cuatro hijas, o por lo menos a dos. Lo primero llevaba buen
camino: de algún tiempo atrás venían los políticos más conspicuos
inclinándose a esa opinión. En cuanto a lo segundo, nos duele confesar
que no tenía verosimilitud de ninguna clase. Ni por sacrificar otras
comodidades a los trapos, ni por exhibirse sin medida al balcón y en los
paseos, ni por asistir a los saraos de Quiñones con una constancia digna
de ser premiada, pudieron lograr hasta la hora presente los dones
preciados de Himeneo. Cuando algún imprudente tocaba este asunto en
visita, todas ellas decían que mientras viviese su padre les costaría
mucha pena el casarse; que les parecía cruel abandonar a un pobre
anciano que tanto las quería y tanto se sacrificaba por ellas, etc...
Aquí venía un elogio caluroso de las dotes espirituales de D. Cristóbal.
Pero éste se encargaba inocentemente de desmentirlas, mostrando tales
ganas de verse abandonado, un deseo tan vivo de experimentar aquella
crueldad, que ya era proverbial en Lancia. Como si no bastasen ellas
solas a ponerse en ridículo, el pobre Mateo las ayudaba eficazmente,
metiéndoselas por los ojos a todos los jóvenes casaderos de la ciudad.

Las ponderaciones que el buen padre hacía del carácter, de la habilidad,
de la economía y buen gobierno de sus hijas no tenían fin. Así que
llegaba un forastero a Lancia, D. Cristóbal no sosegaba hasta trabar
conocimiento con él, y acto continuo le invitaba a tomar café en su casa
y le llevaba al teatro a su palco y a merendar al campo y le acompañaba
a ver las reliquias de la catedral y la torre y el gabinete de historia
natural; todas las curiosidades, en fin, que encerraba la población. El
público asistía sonriente, con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya se
había repetido porción de veces sin resultado. La única que logró tener
novio durante tres o cuatro años fue Jovita. Por eso fue también la que
se despeñó de más alto. El galán era un estudiante forastero que la
festejó mientras seguía los últimos cursos de la carrera. Terminada
ésta, partió a su pueblo y, olvidándose de sus promesas de matrimonio,
lo contrajo con una paleta rica. Las demás no habían alcanzado este
grado excelso de la jerarquía amorosa. Inclinaciones vagas, devaneos de
quince días, algún oseo por la calle; nada entre dos platos. Poco a poco
se iba apoderando de ellas el frío desengaño. Aunque no hubiesen perdido
la esperanza, estaban fatigadas. Aquel pensamiento fijo, único, que las
embargaba hacía ya tanto tiempo, iba convirtiéndose en un clavo doloroso
en la frente. Pero D. Cristóbal ni se rendía ni se le pasaba por la
imaginación el capitular. Creía siempre a pie juntillas en el marido de
sus hijas, y lo anunciaba con la misma seguridad que los profetas del
Antiguo Testamento la venida del Mesías.

--En cuanto se casen mis hijas, en vez de pasar el verano en Sarrió,
donde se guardan las mismas etiquetas que en Lancia, me iré a Rodillero
a respirar aire fresco y a pescar robalizas.--Atiende, Micaela, no seas
tan viva, mujer... Comprende que a tu marido no le han de gustar esas
genialidades; querrá que le contestes con razones...

--Mi marido se contentará con lo que le den--respondía la nerviosa niña
haciendo un gracioso mohín de desdén.

--¿Y si se enfada?--preguntaba en tono malicioso Emilita.

--Tendrá dos trabajos: uno el de enfadarse y otro el de desenfadarse.

--¿Y si te anda con el bulto?

--¡Se guardará muy bien! ¡Sería capaz de envenenarlo!

--¡Jesús, qué horror!--exclamaban riendo las tres nereidas.

Aquel marido hipotético, aquel ser abstracto salía a cada momento en la
conversación con la misma realidad que si fuera de carne y hueso y
estuviera en la habitación contigua.

La que comenzaba ahora a teclear en el piano era Emilita, las más
musical de las cuatro hermanas. Las otras tres estaban ya en pie,
cogidas a la manga de la levita de otros tantos jóvenes; como si
dijéramos, en la brecha.

El conde tropezó a los pocos pasos con Fernanda Estrada-Rosa que venía
de bracero con una amiga. Por lo visto no había querido bailar. Era la
joven que hacía más viso en la ciudad por su belleza y elegancia y por
su dote. Hija única de D. Juan Estrada-Rosa, el más rico banquero y
negociante de la provincia. Alta, metida en carnes, morena oscura,
facciones correctas y enérgicas, ojos grandes, negrísimos, de mirar
desdeñoso, imponente; gallarda figura realzada por un atavío lujoso y
elegante que era el asombro y la envidia de las niñas de la población.
No parecía indígena, sino dama trasportada de los salones aristocráticos
de la corte.

--¡Qué elegantísima Fernanda!--exclamó el conde en voz baja,
inclinándose con afectación.

La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo un poco el labio inferior
con leve mueca de desdén.

--¿Cómo te va, Luis?--dijo alargándole la mano con marcada displicencia.

--No tan bien como a tí... pero, en fin, voy pasando.

--¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí me va perfectísimamente; no
te has equivocado--repuso en el mismo tono displicente, sin mirarle a la
cara.

--¿Cómo no, siendo en todas partes donde te presentas la estrella Sirio?

--Dispensa, chico, no entiendo de astronomía.

--Sirio es la estrella más brillante del cielo. Eso lo sabe todo el
mundo.

--Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy una paleta!

--No es cierto; pero está muy bien la modestia, unida a la hermosura y
al talento.

--No; si ya sé de sobra que no tengo talento. No te mortifiques en
decírmelo.

--Hija, te acabo de manifestar lo contrario...

En el tono displicente de Fernanda iba entrando un poco de acritud. En
el del conde, pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz de ironía.

--Vamos, entonces te he entendido al revés.

--Algo de eso ha habido siempre.

--¡Caramba, qué galante!--exclamó la joven empalideciendo.

--Siempre que has pensado que pudiera decirte algo desagradable--se
apresuró a rectificar el conde, advertido por el cambio de fisonomía de
la idea que cruzaba por su mente.

--Muchas gracias. Estimo tus palabras como se merecen.

--Harías mal en no estimarlas sinceras... Además, no necesito yo decirte
lo mucho que vales. Eso lo sabe todo el mundo.

--Gracias, gracias. ¿Te has cansado de jugar?

--Me duelen un poco las muelas.

--Sácatelas.

--¿Todas?

--Las que te duelan, hijo. ¡Ave María!

--¡Con qué indiferencia lo dices! ¿A ti no te importaría nada, por
supuesto?

--Yo siento siempre los males del prójimo.

--¡El prójimo! ¡Qué horror! No tenía noticia de haber llegado ya a la
categoría de prójimo.

--Qué quieres, chico; los honores vienen cuando menos se piensa.

Apesar de lo impertinente y hasta agresivo del tono, Fernanda no se
movía del sitio, teniendo siempre cogida del brazo a la amiguita, que no
desplegaba los labios. Fijándose un poco, se podría observar que la rica
heredera estaba muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el suelo,
apretaba en su mano con vivas contracciones el pañuelo y sus labios
temblaban de modo casi imperceptible. Alrededor de los hermosos ojos
árabes se marcaba un círculo más pálido que de costumbre. Aquel pugilato
la interesaba.

El conde de Onís había sido de sus novios el que más tiempo había
durado. Al aparecer Fernanda en sociedad, y aun antes, cuando era una
zagalita que iba con la criada al colegio, produjo su figura, su
elegancia y sobre todo la amenaza de los seis millones que iban a caer,
andando el tiempo, en su regazo, una verdadera explosión de entusiasmo.
No hubo joven más o menos gallardo o acaudalado que por iniciativa
propia o por las insinuaciones de su familia no se resolviese a pasearle
la calle, a esperarla a la salida del colegio, a mandarle cartitas y a
decirle requiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva y de otras
poblaciones de la provincia acudieron también, con pretexto de las
ferias, algunos golosos. La niña, ufana con tanto acatamiento,
embriagada por el incienso, no se daba punto de reposo tomando y
soltando novios. Era raro el galán que duraba más de un par de meses en
su gracia. En realidad ninguno estaba en posición de merecerla. En
Lancia y en el resto de la provincia no había quien tuviera hacienda
proporcionada a su dote. Si alguno existía, no estaba por su edad
habilitado para casarse con tan tierno pimpollo. Sería algún indiano
averiado por los ardores tropicales, o mayorazgo rústico y solitario de
los que vivían en sus casas solariegas. Sin necesidad de que su padre se
lo advirtiese, la niña comprendía admirablemente que ninguno le
convenía; pero gozaba coqueteando con todos, haciéndose adorar de la
juventud laciense. Entre ésta existía, sin embargo, un mancebo hacia el
cual ninguna doncella de la ciudad había osado levantar los ojos hasta
entonces con anhelos matrimoniales. Era el conde de Onís. Por su alta
jerarquía, más respetada en provincia donde se tributa a la nobleza un
culto que delata al villano y al siervo bajo la levita del burgués, por
su cuantiosa renta, por el apartamiento de su vida y hasta por el
misterio y silencio de su palacio antiquísimo, parecía habitar en
atmósfera más elevada, al abrigo de las flechas de todas las beldades
indígenas.

Pues por ello precisamente nació en el pecho de Fernanda un deseo,
primero vago, después vivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy humano
y sobre todo muy femenino: no necesita explicación. En el fondo de su
alma, la hija de Estrada-Rosa sentíase inferior al conde de Onís. Sin
embargo, tanta era la lisonja que había escuchado en poco tiempo, tan
refulgente el brillo que esparcía sobre su vida el dinero del papá, que
bien podía aspirar a hacerle su marido. Si no lo pensaba así, al menos
figuraba pensarlo hablando del conde, por detrás, con cierta
displicencia y con afectada familiaridad por delante. En Lancia, como en
todas las capitales pequeñas, los muchachos y muchachas solían tutearse.
El conocerse desde niños y haber acaso jugado en el paseo juntos lo
autorizaba. El conde de Onís jamás había cruzado la palabra con
Fernanda, aunque la tropezase a cada momento en la calle. Sin embargo,
cuando se encontraron por primera vez en la tertulia de las de Meré, la
hermosa le soltó un _tu_ redondo y suprimió el título. Luis aquí, Luis
allá: parecía que iba a comerle el nombre. A éste le sorprendió un poco
la confianza, sin desagradarle. A nadie le duele oírse tutear por una
linda damisela. Apesar de la naturaleza concentrada y tímida del conde y
de su escasa afición a las mujeres, Fernanda se dio maña para hacerle
pronto su novio o al menos para hacerle pasar por tal a los ojos del
público. El cual halló tal noviazgo perfectamente justificado. En Lancia
no había otro marido para Fernanda ni otra mujer para el conde. La
distancia que los separaba era retrospectiva; estaba en los antepasados.
La población creía que, en gracia de la belleza, el dinero y la
brillante educación de la joven, el conde de Onís se hallaba en el caso
de olvidar los doscientos gañanes que la habían precedido.

Cerca de un año duraron las relaciones. Los novios se veían en la
tertulia de las señoritas de Meré. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de sus
íntimos, se hallaba muy complacido. Varias veces se había insinuado con
el conde para que entrase en la casa; pero éste no le había comprendido
o había fingido no comprenderle. Fernanda se lo propuso con claridad un
día. Él se evadió como pudo del compromiso. ¿Era timidez? ¿Era orgullo?
La misma Fernanda no se daba cuenta de ello. Pero esta reserva
contribuía a encender su afección y anhelo. De pronto, cuando menos se
pensaba, cuando ya el público comenzaba a preguntarse por qué se
retrasaba la boda, cortáronse aquellas relaciones. Se cortaron sin
escándalo, de un modo diplomático y sigiloso, tanto, que hacía ya más de
un mes que no existían cuando todavía la población no estaba enterada y
los amigos les seguían embromando. El hecho produjo fuerte sensación; se
comentó en todas las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo
averiguar qué había habido, ni aun a cuál de los dos correspondió la
iniciativa de esta ruptura. Si se preguntaba al conde, afirmaba
rotundamente que Fernanda le había dejado; mas ponía demasiado empeño en
esta afirmación para que no empezara a dudarse de su sinceridad. La
heredera de Estrada-Rosa, sin manifestar nada en concreto, corroboró las
palabras de su novio con el tono desabrido que usó hablando de él, lo
mismo que al dirigirle la palabra. Porque siguieron tratándose, si no
con tanta frecuencia, con bastante: ambos acudían a la tertulia donde se
conocieron. Además, Fernanda, poco tiempo después, comenzó a asistir a
los saraos de los domingos en casa de Quiñones. Pero nunca más
reanudaron sus rotas relaciones. Los asistentes suspendían la
respiración y ponían toda su alma en los ojos siempre que, como ahora,
los antiguos novios se tropezaban y departían un rato. ¿Volverán a las
andadas? ¿Habrá, por fin, boda? El desengaño venía inmediatamente al
observar la indiferencia con que se apartaban.

Cuando iba a contestar a las últimas palabras de la orgullosa heredera,
los ojos del conde, derramando una mirada distraída por el salón,
tropezaron con otros que se le clavaron lucientes y celosos. Alargó la
mano a su amiga y con sonrisa forzada dijo:

--¡Qué mal me estás tratando, Fernanda! Como siempre, por supuesto...
Yo, sin embargo, ya sabes... el mismo devoto idólatra. Hasta ahora.

--Siento que esa devoción no me cause frío ni calor--replicó ella sin
dar un paso para apartarse.

El conde lo dio alzando los hombros con resignación y diciendo:

--¡Más lo siento yo!

Sorteando las parejas de baile, que ya habían comenzado el rigodón,
llegó de nuevo adonde estaba el ama de la casa. Al lado de ésta se
hallaba en aquel instante el famoso Manuel Antonio, uno de los
personajes más dignos de mención en la época que estamos historiando. Se
le conocía tanto por el apodo _el marica de Sierra_ como por su nombre.

Esto basta para que sepamos en cierto modo a qué atenernos respecto a
sus propiedades morales y físicas. Manuel Antonio no era joven. Frisaría
en los cincuenta años, disimulados con esfuerzo heroico por toda la
batería de afeites conocidos entonces en Lancia, que no eran muchos ni
muy refinados. Una peluca bastante rudimentaria, algunos dientes
postizos mal montados, un poco de negro en las cejas y de carmín en los
labios, mucho _patchoulí_ y un traje de fantasía apropiado para realzar
los residuos de su belleza. Ésta había sido espléndida; una rara
perfección de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto, facciones
correctas, diminutas, cabellos rubios, finos, cayendo en graciosos
bucles, mejillas sonrosadas y voz atiplada. De este conjunto primoroso
quedaba tan sólo una sombra por donde pudiera adivinarse. La enhiesta
espalda se había abovedado; los hermosos bucles se habían desvanecido
como un sueño feliz; algunas arrugas indecorosas surcaban aquella tersa
frente, y la fila de perlas, que ostentaba su boca, se había
transformado en carrera de huesos amarillos, desvencijados, que el
tiempo había quintado y el dentista torpemente sustituido. Por último,
aquel pequeño bigote sedoso había engrosado notablemente, se hizo
blanco, cerdoso, indómito; no bastaban el tinte y el cosmético a
mantenerlo presentable. ¡Qué dolor para el hermoso hermafrodita de
Lancia y también para los amigos que le habían conocido en el esplendor
de su gracia!

El espíritu permanecía tan juvenil como a los diez y ocho años. Era el
mismo ser apasionado y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible
otras, marchando al soplo de sus caprichos, viviendo en lánguida
ociosidad. Gozaba tanto las delicias del baño, que lo repetía tres y más
veces, hasta que el agua quedase cristalina como al salir de la fuente;
amaba las flores, los pájaros; no tenía más placer que consultar con el
cristal del espejo los adornos que le sentarían mejor. Los trajes, por
atracción irresistible, siendo masculinos, se acercaban cuanto era
posible a la forma femenina. En el invierno gastaba talmita corta con
broche de oro, y un sombrero tirolés de alas reviradas, que le sentaba
extremadamente bien. En el verano gustaba de vestirse trajes de franela
blanca bien ceñidos, que denunciasen las graciosas curvas de sus formas.
Las corbatas eran casi siempre de gasa, los zapatos descotados, el
cuello de camisa a la marinera. Por debajo del puño se le veía un
brazalete. Aunque no fuese más que un sencillo aro de oro, este pormenor
era lo que más llamaba la atención de sus conciudadanos. En cuanto se
hablaba de Manuel Antonio salía el dichoso brazalete a relucir; como si
no hubiese nada en su interesante figura más digno de excitar la
curiosidad.

Pero si los años no habían logrado modificar en el fondo aquel ser
amable y creado para el amor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto,
más reservado. Ya no mostraba sus preferencias con la ingenuidad de
otros tiempos, ni daba suelta a los súbitos arranques de su corazón
inflamable sino después de poner a prueba la lealtad del objeto de su
ternura. ¡Había padecido tantos desengaños en la vida! Sobre todo, al
hacerse viejo, no sólo experimentó la frialdad de sus antiguos amigos,
de aquellos que le habían dado pruebas inequívocas de cariño, sino, lo
que es aún más triste, encontrose, sin pensarlo, sirviendo de blanco a
las chufletas e invectivas de los mozalbetes de la nueva generación. Fue
el hazmerreír de estos procaces jóvenes. Como no habían sido testigos de
sus triunfos ni conocieron su radiante belleza, estaban lejos de
profesarle el respeto que, apesar de todo, guardaba hacia él la antigua
generación. No perdonaban medio de embromarlo, de vejarlo bárbaramente.
En cuanto se paraba en la calle de Altavilla o entraba en el café de
Marañón, ya estaba rodeado de una partida de _guasones_. ¡Cristo, las
frases que allí se oían! Y como villanos que eran, a menudo del juego de
palabras pasaban al de manos. Esto era lo que en modo alguno podía
sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que quisieran. Tenía bastante
correa, y además un ingenio vivo y sutil que recogía admirablemente el
ridículo y sabía dar en rostro con él a sus contrarios. La mayor parte
de las veces los que iban a «tomarle el pelo» salían muy bien
trasquilados. Los años, la práctica, le habían adiestrado de tal modo en
el pugilato de frases incisivas que realmente era temible. Tenía la
intención de un _miura_. Pero así que aquellos desvergonzados pasaban de
las palabras a las obras tocándole la cara o pellizcándole, ya estaba
descompuesto, perdía enteramente los estribos y no decía cosa
intencionada ni siquiera razonable. Superfluo es añadir que,
conociéndole el flaco, todas las bromas terminaban en esta forma.

Por lo demás, fuera de aquella maligna intención para herir en lo vivo a
las personas, en lo cual podía competir y aun creemos que aventajaba a
María Josefa, era un ser útil y servicial. Su malignidad, al cabo de
todo, era resultado de la que a él se le mostraba. Sus habilidades
muchas y varias. Trabajaba el punto de crochet que daba gloria. Las
colchas que él hacía no tenían rival en Lancia. Arreglaba un altar y
vestía las imágenes mejor que ningún sacristán. Tapizaba muebles, hacía
flores primorosas de cera, empapelaba habitaciones, bordaba con pelo,
pintaba platos. Y cuando alguna de sus muchas amigas necesitaba peinarse
artísticamente para asistir a cualquier baile, Manuel Antonio se
prestaba galantemente a arreglarle los cabellos, y lo hacía con la misma
destreza y gusto que el mejor peluquero de Madrid. ¿Pues y cuando
cualquiera de sus amigos se ponía enfermo? Entonces era de ver el
interés, la constancia y la suma diligencia de nuestro viejo Narciso. Se
constituía inmediatamente a la cabecera del lecho, tomaba cuenta de las
medicinas, arreglábale la cama, poníale los vejigatorios o las ayudas lo
mismo que el más diestro practicante. Luego, si la enfermedad por
desgracia presentaba mal carácter, sabía insinuar como nadie la idea de
confesión; de tal modo que el enfermo, en vez de asustarse, la aceptaba
como la cosa más natural y corriente. Y en cuanto le veía convencido,
empezaba a tomar disposiciones para recibir a Su Divina Majestad: la
dama más avezada a recibir gente principal en sus salones no le sacaría
ventaja. El altarcito con el paño almidonado atestado de chirimbolos
relucientes, la escalera adornada con macetas, el suelo alfombrado de
hojas de rosas, los criados y deudos esperando a la puerta con hachas
encendidas y enguantados. No se le olvidaba un pormenor. En estos
momentos críticos el marica de Sierra se crecía, adoptaba el continente
de un general al frente de sus tropas. Todos le obedecían y secundaban
acatándole por jefe. Pues si el enfermo se moría, no hay para qué decir
que su dictadura se hacía aún más omnipotente. Principiando por
amortajar el cadáver y concluyendo por sacar del juzgado la partida de
defunción, nada quedaba en las fúnebres ceremonias que él no mangonease.

Y como quiera que las más veces había enfermos que cuidar, o imágenes
que vestir, o amigas que peinar o flores que contrahacer, Manuel Antonio
pasaba la vida bastante atareado. En esto y en ir de casa en casa
tomando y soltando noticias se le deslizaban los días y los años.
Habitaba con dos hermanas más viejas que él, las cuales le cuidaban y
mimaban como a un niño. Para estas buenas señoras no existía el tiempo.
Ni veían las arrugas, ni la peluca, ni los dientes postizos de su
hermano. Manuel Antonio era siempre un pollito, un petimetre. Sus
trajes, sus baños, las horas que empleaba en el tocado les hacían
sonreír con benevolencia. Mientras ellas se quejaban amargamente de los
estragos que los años iban causando en su figura y su salud, pensaban
que su hermano había detenido el curso de las horas, había hallado un
elixir para mantenerse eternamente joven.

Manuel Antonio era metódico en sus visitas. Había unas cuantas casas a
las cuales asistía diariamente y siempre a la misma hora. A casa de D.
Juan Estrada-Rosa iba a las tres, a la hora del café; con la condesa de
Onís tomaba chocolate todas las tardes; por la noche era tertulio asiduo
de la señora de Quiñones. Había otras familias que visitaba también con
mucha frecuencia. A casa de María Josefa Hevia y de las de Mateo solía
ir por la mañana, sin detenerse mucho, dando una vuelta para enterarles
de lo que se decía o inspeccionar sus labores. Alguna noche iba también
a casa de las señoritas de Meré.

--¡Aquí tenemos al conde!--exclamó con su peculiar entonación
afeminada.--¡Ay, qué condecito tan guasón!

--¿Pues?--preguntó éste acercándose.

--Pregúntaselo a Amalia.

La sonrisa que plegaba los labios del noble se desvaneció
repentinamente.

--¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?...--dijo con mal disimulada turbación.

También Amalia se turbó. Sus pálidas mejillas se colorearon.

--Hemos estado murmurando de tí. ¡Qué traje te hemos cortado, chico!

--Aquí Manuel Antonio--profirió Amalia--decía que era usted el perro del
hortelano.

--No; tú eras quien lo decías.

Otra de las particularidades de aquél era el tutear a todo el mundo,
grandes y chicos, señoras y caballeros.

--¡Yo!--exclamó la dama.

--¿Y por qué soy el perro del hortelano?... Sepamos.

--Pues decía Amalia que ni querías comerte la carne ni permitir que la
coma D. Santos.

--¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero?--dijo la señora, medio irritada,
medio risueña, dándole un pellizco.

--¿Qué se habla de D. Santos?--preguntó un caballero muy corto y muy
ancho, de faz mofletuda y violácea, acercándose al grupo.

El conde y Amalia no supieron qué responder.

--Se decía que D. Santos tenía pensado llevarnos un día a su posesión de
la Castañeda y darnos un banquete--manifestó Manuel Antonio con
desparpajo.

--No; no era eso--repuso el hombre rechoncho con forzada sonrisa.

--Sí tal. Amalia sostenía que no eras capaz de llevarnos a pasar un día
a la Castañeda.

--¡Pero, hombre, tú te has empeñado en ponerme hoy colorada!--dijo
aquélla.

--Porque soy un buen amigo. Como te veo pálida estos días... Bien puedes
creerlo, Santos, yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidez que la
mayoría del pueblo... No conocéis bien a D. Santos, les digo muchas
veces a los que sostienen que a tí te duele gastar el dinero. Si D.
Santos no gasta, no obsequia a sus amigos, no es por avaricia, sino por
indolencia, porque no se le presenta ocasión. El hombre es tímido de
suyo y no es capaz de proponer banquetes ni giras; pero que otro le
apunte la idea, y veréis con qué gusto la acepta...

--Gracias, gracias, Manuel Antonio--murmuro D. Santos con la risa del
conejo.

Se le conocía el gran temor y molestia que le embargaban. Como muchos de
los indianos, apesar de ser inmensamente rico, tenía fama de avariento,
y no injustificada. Había llegado pocos años hacía de Cuba, donde
cargando primero cajas de azúcar y luego vendiéndolas se enriqueció.
Vino hecho un beduino, sin noticia alguna de lo que pasaba en el mundo,
sin saber saludar, ni proferir correctamente una docena de palabras, ni
andar siquiera como los demás hombres. Los treinta años que permaneció
detrás de un mostrador le habían entumecido las piernas. Marchaba
tambaleándose como un beodo. El color subido de sus mejillas era tan
característico, que en Lancia, donde pocas personas se escapaban sin
apodo, lo designaron al poco tiempo de llegar con el de _Granate_.
Enmedio de su miseria le gustaba dar en rostro con las riquezas que
poseía. Edificó una casa suntuosísima; trajo mármol de Carrara,
decoradores de Barcelona, muebles de París, etc. Y, sin embargo, apesar
de las sumas cuantiosas que en ella gastó, al saldar la cuenta del
clavero ¡se empeñaba en que descontase del peso el papel y las cuerdas
en que venían envueltas las puntas de París! Cuidadosamente había ido
guardando en un rincón tales despojos con ese objeto. Así que terminó la
casa, ocupó el piso principal y alquiló los otros dos. Y empezó su
martirio, un martirio lento y terrible. Las criadas y los niños del
segundo y tercero fueron sus sayones. Si sentía fregar los suelos del
segundo, poníase de mal humor: la arena desgastaba el entarimado. Si
veía rayado el estuco de la escalera por la mano bárbara de algún
chiquillo, se le encendía la cólera y murmuraba palabras siniestras y
amenazas de muerte. Si escuchaba cerrarse una puerta con violencia,
aquel golpe repercutía dolorosamente en su corazón: las bisagras se
desencajaban, todos los pestillos se echaban a perder. En fin, con tal
sobresalto vivía, que le acometió una pasión de ánimo y comenzó a decaer
visiblemente. Un su amigo tan miserable como él, pero más vividor, le
aconsejó que dejase la casa y se trasladase a otra. Así lo hizo,
tornando a la posada que le había albergado mientras construyó el
palacio.

Pero faltaba a D. Santos el complemento obligado de todos los que se
enriquecen cargando cajas de azúcar en América: le faltaba contraer
matrimonio con una mujer de categoría, joven o vieja, fea o bonita.
Ninguno de sus colegas aceptó jamás por esposa a una menestrala. Granate
no podía ser menos que ellos. Al contrario, teniendo más dinero que
ninguno, lo natural es que les aventajase en anhelos poderosos. Y fue a
poner sus ojos redondos y encarnizados en la joven más linda, más rica y
más encopetada de la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nada menos. El
suceso causó admiración y risa en el vecindario. Por muy alta idea que
en Lancia tuviesen del poder del dinero, nadie imaginaba que fuese
poderoso a realizar semejante empresa. ¡Casar a la joya de la provincia
con este oso colorado! A la niña le produjo pasmo e indignación. Luego
lo tomó a broma. Luego volvió a indignarse. Después tornó a reírse. Por
fin se fue acostumbrando a que Granate la festejase y hasta encontró
cierta satisfacción de amor propio en recibir sus agasajos y en darle
toda clase de desprecios. Pero él no cejaba. Con la tenacidad del
abejorro que se empeña en salir por un cristal y se estrella cien veces
contra el obstáculo, las calabazas, los desdenes y hasta las burlas no
le hacían retroceder más que momentáneamente. Al día siguiente volvía
como si tal cosa a romperse la cabeza contra el desprecio de la
orgullosa heredera. Pensaba sinceramente que el verdadero obstáculo para
el logro de sus afanes estaba en el conde de Onís. Confesábase que
Fernanda sentía algún interés por él, o mejor dicho por su título, y se
propuso ir a Madrid y comprar a peso de oro otro para ponerse a la
altura de su rival. Luego le dijeron que el Papa los daba más baratos y
cambió de proyecto. Mientras tanto se vengaba odiando de muerte al
gallardo conde, y burlándose, cuando la ocasión se presentaba, de su
vetusto y deteriorado caserón. El conde poseía una gran riqueza en
tierras, pero sus rentas no podían compararse a las del opulento
Granate.

--Y si no, ya veréis el día que se case, ¡qué cambio en la
población!--prosiguió Manuel Antonio.--Tendremos banquetes a diario y
bailes y giras campestres...

--¡Pero si a Fernanda no le gustan los bailes!--exclamó Emilita Mateo,
que bailaba con Paco Gómez y daba la espalda al grupo.

--Yo no he hablado para nada de Fernanda, niña--repuso el marica en tono
severo.

--Pensé que, tratándose de matrimonio y de D. Santos, eso se
sobrentendía.

--Pues no sobrentiendas más y aplícate a bailar con Paco, porque, según
mis cálculos, durará cinco minutos.

Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo, alto hasta tropezar en el
dintel de las puertas, con una cabecita menuda como una patata, el
rostro tan macilento que parecía, en efecto, caminar por el mundo con
permiso del enterrador. Y con estas propiedades corporales el espíritu
más humorístico de la población.

--¡Ole mi niña!--exclamó poniéndose en jarras frente al marica.--Lo
único por lo que siento morirme es por no ver más estos seres preciosos,
encantadores.

Al mismo tiempo le cogió con dos dedos la barba.

Ya sabemos que Manuel Antonio no podía sufrir tales juegos de manos
delante de gente.

--Vamos, pajalarga, quieto--exclamó poniéndose serio y rechazándole.

--¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡si eso salta a la vista!...
¡Miren ustedes qué boca! ¡miren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren
qué nacimiento de pelo!

Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero Manuel Antonio lo rechazó con
ímpetu dándole un fuerte empujón.

--¡Caramba, qué severo está hoy Manuel Antonio!--dijo el conde de Onís.

--No importa--repuso Paco Gómez dejando escapar un suspiro.--Manos
blancas no ofenden.

En aquel momento le tocaba hacer una figura del rigodón y se alejó con
Emilita.

María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó un instante con su
pareja, que era un teniente del batallón de Pontevedra.

--¡Vamos, D. Santos, no sea usted cruel! ¿Por qué no va usted a hacer
compañía a Fernanda, que está allí sola?

En efecto, la amiguita de la rica heredera había hallado pareja para el
baile. Fernanda se sentó y permanecía seria y pensativa.

--Sí, sí; debes ir, Santos--manifestó Manuel Antonio.--Repara que la
chica ha dejado una silla vacía a su lado... No puede insinuarse de modo
más claro.

Al decir esto hizo un guiño al conde. Éste confirmó tales palabras.

--Yo creo que es hasta un deber de cortesía...

Granate le echó una mirada torva y preguntó sordamente:

--Pues entonces, ¿por qué no va usted a sentarse a su lado?

--Por la sencilla razón de que ya no tenemos nada que hablar... Pero
usted es otra cosa.

--Entendido, señor conde... No soy un niño--murmuró con mal humor.

--Aunque no lo sea usted por la edad--dijo Amalia interviniendo
oportunamente para evitar rozamientos,--lo es por la franqueza y
espontaneidad de sus sentimientos, por la frescura de corazón que otros
con menos años no tienen. Los niños aman con más sencillez y vehemencia
que los hombres.

--Pero los hombres hacen otra cosa más heroica... ¡Se casan!--dijo Paco
Gómez, que ya estaba de nuevo en su sitio con la pareja.

--Hay ocasiones en que tampoco se casan--manifestó Manuel Antonio
haciendo una imperceptible mueca por donde Paco pudiese colegir que
estaba pensando en María Josefa.

--Bueno--replicó aquél dándose por enterado.--Pero hay que convenir en
que algunas veces se necesita para ello un heroísmo superior a la
naturaleza humana.

La solterona, que las cogía por el aire, le clavó una mirada rencorosa y
maligna.

--¡La naturaleza humana!--exclamó con displicencia.--La naturaleza
humana presenta algunas veces formas tan estrambóticas que hasta el
heroísmo sería ridículo en ellas.

Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzó a palpar su rostro con ademanes
cómicos, fingiendo una muda resignación que hizo sonreír a los
presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosa conversación, exclamó:

--¡Miren, miren cómo D. Santos se aprovecha de nuestra distracción!

En efecto, el indiano se había levantado en silencio de la silla y,
sorteando las parejas de baile, fue solapadamente a sentarse al lado de
Fernanda. Ésta le dirigió una mirada fría y apenas se dignó responder a
su saludo ceremonioso y ridículo. La faz rubicunda de Granate
resplandecía, no obstante, como la de un dios seguro de su omnipotencia.
Con las manazas anchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, el cuerpo
doblado hacia adelante y la cabeza levantada hasta donde le permitía la
grosura del cerviguillo, sonreía beatamente enseñando una fila de
dientes grandes y amarillos. Propúsose, como siempre, ser espiritual, y
dijo:

--¿Ha visto usted qué _ventrisca_ corre?

La joven guardó silencio.

--Ahora no importa nada--prosiguió--porque ya están todos los frutos
recogidos; pero si hubiera caído antes, no nos deja ni una castaña ni un
grano de maíz; ¡je, je!

Granate sintiose feliz al emitir esta idea, a juzgar por la expresión de
placer que brillaba en sus ojos.

--Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo tengo, ¡je, je!... Al
contrario, siento un calor... Será porque los ojos de usted son dos
calofer... caroli...

Otra vez todavía acometió la palabra caloríferos sin lograr dar cima a
la empresa. Para disimular su impotencia fingió un golpe de tos. Su
rostro violáceo adquirió cierta semejanza interesante con el de un
ahorcado.

La hermosa, que tenía los ojos clavados en el vacío, volvió la cabeza
hacia su adorador, le miró unos instantes con expresión vaga, distraída,
como si no le viese. Levantose de pronto y se alejó sin decir palabra
para sentarse enfrente. El indiano quedó con la misma sonrisa
estereotipada en el rostro; la mueca petrificada de un sátiro. Pero al
volver la vista al grupo que acababa de dejar, viendo una porción de
ojos risueños fijos en él, se puso repentinamente serio y mohíno.

--¡Qué partido tiene este Granate entre las chicas bonitas!--exclamó
Paco Gómez.--Ya se lo decía yo el otro día. «Usted no necesitaba para
nada ir a América habiendo mujeres ricas en el mundo. Usted tiene la
fortuna en la fisonomía.»

--Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentarte a su lado. Ya verás cómo
no se levanta entonces--dijo Manuel Antonio.

--Sí, sí, debe usted ir, Luis--apoyó María Josefa.--Vamos a ver una cosa
curiosa, a decidir si está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Amalia, que
debe ir?

--Sí, me parece que debe usted sentarse a su lado--dijo la dama. Su voz
salió apagada y temblorosa.

--¿Cree usted?--preguntó el conde, mirándola con fijeza.

--Sí; vaya usted--replicó la dama con perfecta serenidad ya, huyendo su
mirada.

--Pues usted me permitirá que la desobedezca. No quiero exponerme a un
desaire.

--¡Qué importan los desaires a un enamorado!... Porque usted, por más
que diga, está enamorado de Fernanda... Se le conoce a la legua.

--A la legua será, porque, lo que es de cerca ni pizca--manifestó Manuel
Antonio.

Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómez confirmaron con su risa la
especie.

Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimulaba bien; pero como, por
más esfuerzos que se hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquicio
por donde sale la luz, ella había adivinado hacía ya mucho tiempo que el
conde, en lo profundo de su corazón, guardaba recuerdo muy grato de
Fernanda.

--Atiendan ustedes: hace algunos días se le ocurrió a Moro decir que
tenía dos dientes postizos. No pueden ustedes figurarse cómo se puso
este hombre... Por poco le pega...

--No tanto, no tanto--manifestó el conde sonriendo avergonzado.--Me
expresé con cierta viveza porque me enfadan siempre las injusticias.

--¡Oh! Las exaltaciones en estos casos son sospechosas. Cuando no se
siente interés por una persona se la defiende con menos calor...
¡Caramba! ¡Nunca le vi tan irritado! Ya puede decir esa niña que tiene
un campeón valiente dispuesto a romper lanzas por ella.

La dama apuró la broma. No se hartaba de apretar al conde, como si
quisiera dejarle convicto de su amor por Fernanda. Apesar de la sonrisa
benévola que animaba su rostro, había ciertas extrañas inflexiones en la
voz que nadie más que una sola persona podía apreciar en aquel momento.

Pero el rigodón había terminado, y el grupo se aumentó considerablemente
con varias parejas que fueron allegándose. Fuéronse algunos, vinieron
otros; al cabo, la señora de la casa se halló rodeada de gente nueva.
Bailose otro vals y otro rigodón. Las doce sonaron al fin en el gran
reloj de la catedral. Y como los jóvenes se empeñaban en no desbandarse,
apesar de la costumbre tradicional de la casa, Manín, por orden de D.
Pedro, apareció en la puerta del salón, abrazado al lío de los abrigos
de las señoras. Ésta era la señal de despedida que el señor de Quiñones
daba a sus tertulios. No era muy cortés, pero nadie se enfadaba. Al
contrario, se recibía siempre con algazara, como una broma graciosa.

Después que todos fueron a estrechar la mano, del maestrante, formose un
grupo enmedio del salón. Amalia, en el centro de él, despedía a sus
amigas besándolas cariñosamente. Estaba pálida y sus ojos inciertos
despedían miradas febriles. Al estrechar la mano del conde volvió la
cabeza hacia otro lado, fingiendo distracción; se la estrechó con fuerza
tres o cuatro veces para infundirle ánimo. Bien lo necesitaba el pobre
caballero. Estaba tan demudado y tembloroso que Amalia pensó que iba a
caer desmayado.

En apretado haz salieron los tertulios a los pasillos y bajaron la gran
escalera de piedra sucia y húmeda. Un criado les abrió la puerta de la
calle.

--¡Ay! ¿Quién habrá dejado aquí este canasto?--dijo Emilita Mateo, que
tropezó la primera con el estorbo.

--¿Un canasto?--preguntaron varias damas acercándose a él.

--Algún pobre que andará por ahí dormido--manifestó el criado, que aún
no había cerrado la puerta.

--No se ve a nadie--dijo Manuel Antonio, que rápidamente había
registrado el portal.

La curiosidad excitó muy pronto a una de las damas a levantar el paño
que tapaba el canastillo. Inmediatamente dejó escapar el grito
consabido, el que soltó ya hace tantos siglos la hija de Faraón al ver
flotando por el río el célebre canastillo de Moisés.

--¡Un niño!

Momento de estupefacción y de curiosidad en los tertulios. Todos se
abalanzan, todos quieren contemplar al mismo tiempo al expósito. Porque
nadie duda un momento que aquel niño se hallaba allí expuesto
intencionalmente. Paco Gómez levantó el canasto, lo destapó por completo
y fue exhibiendo a sus amigos el infante dormido.

Estalló una tempestad de exclamaciones.

--¡Angelito!--¿Quién habrá sido la infame?...--¡Pobrecito de mi
alma!--¡Qué corazones de hiena, Dios mío!--¡Miren qué hermoso
es!--¿Habrá mucho tiempo que lo han expuesto?--Estará aterida la
criatura.--Paco, déjeme usted tocarlo.

El canasto fue rodando de mano en mano. Las damas, interesadísimas,
palpitantes de emoción, depositaban tiernos besos en las mejillas del
recién nacido, de tal modo que al instante consiguieron despertarlo.

De aquel montoncito de carne rosada salió un débil gemido que hizo
vibrar de lástima a todos los corazones. Algunas señoras vertieron
lágrimas.

--Subámoslo, por lo pronto, para que se caliente un poco.

--¡Sí, sí, subámoslo!

Y otra vez el resonante grupo se lanzó al patio y a la escalera de la
mansión de los Quiñones llevando en triunfo el canastillo misterioso.

Amalia estaba enmedio del salón inmóvil y pálida cuando se abrieron de
nuevo las puertas. D. Pedro había sido trasladado ya a su alcoba por
Manín y otro criado. Aquella nueva y repentina irrupción pareció
sorprender mucho a la señora de la casa.

--¿Qué ocurre? ¿qué es esto?--exclamó con voz alterada.

--¡Un niño! ¡un niño!--gritaron varios a un tiempo.

--Acabamos de encontrarlo en el portal--manifestó Manuel Antonio, que ya
se había apoderado del canasto, presentándolo.

--¿Quién lo ha dejado ahí?

--No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted, por Dios, qué hermoso, es
Amalia!

La señora le contempló un instante con marcada frialdad y dijo:

--Acaso alguna pobre lo habrá dejado para recogerlo enseguida.

--No, no; hemos registrado el portal. La calle está desierta...

La criatura a todo esto empezaba a chillar, agitando con incierto
movimiento sus puños crispados, que parecían dos botones de rosa. La
compasión de las señoras volvió a romper en exclamaciones apasionadas.
Todas querían besarlo y calentarlo contra su seno. Por fin, María
Josefa logró apoderarse de él, lo sacó del canasto y envolviéndolo con
el paño con que venía cubierto, lo acarició tiernamente. Un papel se
había desprendido de las ropas de la criatura al sacarla y había caído
al suelo. Manuel Antonio lo recogió.

--¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre del cordero.

El papel decía en gruesos caracteres, trazados al parecer por tosca
mano: «La madre desdichada de esta niña la encomienda a la caridad de
los señores de Quiñones. No está bautizada.»

--¡Es una niña!--exclamaron algunas señoras a un tiempo.

Y en el acento con que dejaron escapar estas palabras no era difícil de
advertir cierto desencanto. Se habían acostumbrado a la idea de que
fuese varón.

--¿Qué misterio será éste?--preguntó Manuel Antonio, mientras una
sonrisa maliciosa de curiosidad vagaba por su rostro.

--¿Misterio? Ninguno--manifestó con cierta displicencia Amalia.--Lo que
se ve claramente es una pobre que quiere que le mantengan a su hija.

--Sin embargo, hay aquí un no sé qué de extraño. Yo apostaría a que son
personas pudientes los padres de esta niña--replicó el marica.

--¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!--exclamó la dama
con una risita nerviosa.--Las personas pudientes no dejan a sus hijos
envueltos en estos andrajos.

En efecto, la niña venía cubierta por unos trapos miserables y una manta
raída y sucia.

--Despacio, Amalia, despacio--apuntó Saleta con su voz clara,
tranquila.--Yo he recogido en el portal de mi casa, hace ya muchos años,
hallándome en Madrid, un niño que venía envuelto en muy toscos pañales.
Al cabo de algún tiempo averiguamos que era hijo de una elevadísima
persona que no puedo nombrar.

Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia el magistrado gallego.

--Una elevadísima persona; eso es--prosiguió después de una pausa, con
el mismo sosiego impertinente.--Bien fácil era, por cierto, adivinarlo
fijando un poco la atención en los rasgos de su fisonomía, enteramente
borbónicos.

El estupor de los circunstantes fue profundo. Se miraron unos a otros
con una leve sonrisa burlona que, como de costumbre, Saleta pareció no
advertir.

--¡Atiza!--exclamó Valero.--¡Abra uzté el paragua, D. Zanto!

--El niño se murió a los dos meses--prosiguió imperturbable Saleta.--Por
cierto que cuando lo llevamos al cementerio se unió a la comitiva un
coche que nadie supo a quién pertenecía. Yo lo conocí porque lo había
visto en las Caballerizas reales, pero me callé.

--¡Ya ezcampa!--murmuró Valero.

--Bien, Saleta, ya nos contará usted de día eso. Por la noche tales
cosas espeluznan--manifestó el marica de Sierra guiñando el ojo a los
otros.--Lo que hay que pensar ahora, Amalia, es lo que se va a hacer con
esta niña.

La dama se encogió de hombros con indiferencia.

--Phs... no sé... La dejaremos esta noche aquí. Mañana le buscaremos una
nodriza que quiera tenerla en su casa... porque en ésta, a la verdad, es
un trastorno.

--Si usted no quiere tenerla en casa, yo me encargo con mucho gusto de
ella, Amalia--dijo María Josefa, que estaba un poco apartada paseando a
la niña y arrullándola para hacerla callar.

--No he dicho que no quería--manifestó con viveza la dama.--Recogeré esa
niña, porque tengo más obligación que nadie, ya que me la confían...
Pero, como usted comprende, para hacerlo necesito contar con mi marido.

Los tertulios aprobaron estas palabras con un murmullo.

Justamente se presentaba Manín preguntando de parte de D. Pedro qué
significaba aquel ruido. Se le explicó. El señor de Quiñones se hizo
trasladar de nuevo en su sillón con ruedas a la sala; vio a la niña y se
interesó extremadamente por ella. Inmediatamente declaró que no saldría
de su casa, ordenando a un criado que al amanecer fuese en busca de
nodriza.

Por lo pronto se trajo a la criatura leche y té en un frasco con pezón
de goma; se la abrigó con más y mejor ropa. Los tertulios presenciaron
con cariñoso interés estas operaciones. Las señoras lanzaban gritos de
entusiasmo; se les arrasaban los ojos de lágrimas al ver el ansia con
que la mamosa niña chupaba el pezón del frasco. Así que se hartó,
despidiéronse todos de nuevo, no sin depositar antes cada uno un beso en
las mejillas de la pobrecita expósita.

El conde de Onís no había desplegado los labios en todo este tiempo. Se
hallaba retraído en tercera o cuarta fila, siguiendo con ojos de susto
los cuidados que a la criatura se prodigaban. Y trató de irse con
disimulo sin nueva despedida; pero Amalia le detuvo con alarde de
audacia que le dejó petrificado.

--¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar un beso a mi pupila?

--¡Yo!... Sí, señora... no faltaba más.

Y pálido y trémulo, se aproximó y puso sus labios en la frente de la
criatura, mientras la dama le contemplaba con sonrisa provocativa y
triunfal.



III

La cita.


Esta fue la tercera noche en que el conde de Onís apenas pudo cerrar los
ojos. Nada más natural que en las dos anteriores estuviese agitado,
calenturiento; pero ahora, ¿por qué? Todo se había resuelto como
apetecía. La empresa se había llevado a cabo con felicidad. No le
restaba más que dormir tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no era
así. Apesar de su figura robusta y gallarda, poseía el conde un sistema
nervioso excesivamente impresionable. La más ligera emoción turbaba su
espíritu, le inquietaba hasta un grado indecible. Tal exquisita
sensibilidad le venía por herencia y también por educación. Su padre,
el coronel Campo, había sido un hombre concentrado, sensible, de una
susceptibilidad tan delicada que le hizo mártir en los últimos años de
su vida. Todo el mundo recordaba en Lancia el interesante y conmovedor
episodio que cerró aquella vida caballeresca.

El coronel mandaba las fuerzas de defensa de una plaza en el Perú cuando
la insurrección de las colonias americanas. La plaza fue tomada por los
insurrectos de un modo insidioso y por sorpresa. Un malvado denunció al
coronel ante el gobierno de Madrid como culpable de traición, aseverando
que se hallaba en connivencia y sobornado por el enemigo. Con harta
precipitación, sin examen imparcial de los hechos y sin tener presente
la brillante hoja de servicios del conde de Onís, el rey le privó de su
empleo en el ejército y de todas las cruces y condecoraciones que
poseía. Bajo el peso de aquella horrible injusticia, el pundonoroso
militar quedó anonadado. Sus compañeros le arrancaron la pistola en el
momento de atentar a su vida. Acompañado de su fiel asistente y de un
primo se trasladó desde Madrid, adonde había venido a defenderse, a
Lancia, donde le esperaba su esposa y su hijo de corta edad. La vida de
familia fue un sedante para la terrible llaga abierta en el corazón del
soldado. Pero aquel bravo, que tantas veces había desafiado la muerte,
no tuvo valor para soportar las miradas y la curiosidad de sus
convecinos. En vez de rebelarse contra la injusticia que se le había
hecho, en vez de tratar de convencer a sus paisanos de su inocencia, lo
que no le hubiera costado gran trabajo, porque todos estimaban su
carácter y conocían su valor, lleno de vergüenza, como si realmente
fuese criminal, huyó las miradas de la gente, se retrajo a su casa, y
solo paseaba por la huerta que detrás de ella se extendía, cercada de
alta y deteriorada tapia.

El palacio de los condes de Onís merece especial mención en esta
historia. Era un edificio antiquísimo, el más antiguo de la ciudad en
unión de algunos restos de la primitiva basílica que aún quedaban en
pie. No se había salvado otra cosa del horroroso incendio que en el
siglo XIV había destruido la población. Su aspecto más era de fortaleza
que de mansión. Pocas y estrechas ventanas cortadas por columnas de
piedra, distribuidas caprichosamente por la fachada; una pared lisa de
piedra, ennegrecida por los años; algunos agujeros cuadrados cerca del
techo, a guisa de aspilleras; una gran puerta de medio punto reforzada
con grandes clavos de acero. Por dentro era inmensa y tenía más alegría.
El patio ancho, más ancho que la calle. Por la parte trasera la luz del
mediodía bañaba sus ventanas. Los árboles de la huerta metían las ramas
por ellas, sirviendo de fresca cortina para templar sus rayos. El
conjunto de aquel vetusto caserón ofrecía misterio y encanto singulares
para los lacienses dotados de imaginación, en especial para los niños,
únicos seres que conservan, en nuestra edad prosaica, la fantasía
despierta. Su fachada, si es que tal nombre puede darse a aquella lisa
pared con pequeños huecos tirados a granel, daba a la calle de la
Misericordia, una de las más céntricas de la ciudad. Una de las
ventanas, quizá la más ancha, enfilaba la calle de Cerrajerías, y por
ella se veía la catedral a lo lejos.

Aquí se encerró o se sepultó el ex-coronel Campo, sin que bastasen los
ruegos de su esposa y de los pocos parientes que frecuentaban su trato
para hacerle desistir de tal resolución. Su ociosidad fue de provecho
para la casa. Hizo arreglar la huerta, puso algunos miradores en la
parte trasera, amuebló varias habitaciones, enlosó el patio, etc. El
oscuro caserón, sin perder su aspecto vetusto y misterioso, se trasformó
por dentro en agradable morada. Pero el deshonorado militar se consumía,
se secaba dentro de ella como un árbol sin luz y sin agua. Una
melancolía profunda minaba su organismo, le arrugaba la piel, blanqueaba
sus cabellos, debilitaba sus piernas y ponía trémulas sus manos. A los
cincuenta y ocho años de edad representaba tener setenta. Dentro de la
casa no se le sentía. Paseaba por los corredores como un fantasma.
Trascurrían los días sin que nadie le oyese el metal de la voz. Pero no
se mostraba adusto con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba
constantemente por sus labios. No buscaba las caricias de su hijo, pero
cuando le tropezaba casualmente por los pasillos le cogía la cabeza, se
la besaba amorosamente, murmuraba algunas palabras tiernas en su oído y
repentina y precipitadamente se alejaba, algunas veces con lágrimas en
los ojos. Pensaba que era una gran desgracia para aquel pequeñuelo,
rubio y hermoso como un querubín, el haber nacido hijo de un padre
deshonrado. El infeliz le pedía perdón, con la mirada, de haberle
engendrado.

Hacia el año 1829, cuatro después de haber llegado de América, el
coronel era un verdadero espectro. Dormía bien, comía bien, no le dolía
nada; pero aquella vida se escapaba en efluvios invisibles y constantes,
en lenta y pavorosa consunción. Su esposa hizo venir un médico, luego
otro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesario salir, distraerse,
cultivar el trato de la gente. Precisamente las únicas medicinas que el
conde estaba resuelto a no tomar. Poco a poco fue permaneciendo más
horas en la cama; se levantaba tarde; se acostaba temprano. Perdió el
gusto para trabajar en la huerta. No salía de las cuatro paredes de la
casa. Dentro de ella dejó de ocuparse en las cosas que antes le
entretenían; hacer estuches, cuidar la pajarera y otras obras manuales.
Las pocas horas que permanecía fuera de la cama pasábalas, bien sentado
en una butaca, ya paseando por los corredores en silencio. Al cabo dejó
de levantarse. Todo esto lo recordaba Luis perfectamente. Entraba en su
cuarto, le veía tendido mirando al techo con extraña y terrible tristeza
pintada en el rostro. Al entrar su hijo volvía la cabeza, sonreía, le
llamaba por señas y, después de darle un beso, le empujaba para que se
fuese.

Un día el niño percibió mucho ir y venir por casa; los criados corrían
azorados, cambiaban entre sí palabras rápidas; los pocos parientes y
amigos que visitaban la casa estaban todos allí y tenían unas caras
largas, largas, que le aterrorizaban. Acercándose al gabinete de su
padre, vio que levantaban un altar. Preguntó sencillamente lo que
aquello significaba, y una criada, llevándole a un rincón, le dijo que
no se asustase, que su papá había deseado confesarse y recibir la
Comunión, y que su Divina Majestad vendría pronto a visitarle. Esta
recomendación de no asustarse, hecha repetidas veces, produjo el efecto
contrario. Comprendió que algo grave pasaba. En efecto, el conde de Onís
se moría, se iba por la posta, según decían sus deudos. El médico ordenó
que le dispusiesen.

A las seis de la tarde, cuando ya había oscurecido, las puertas del
palacio de Onís se abrieron para recibir al sacerdote portador de la
Sagrada Hostia, que venía en el carruaje de la casa. Los criados y
parientes esperaban en el portal con hachas encendidas. Una larga fila
de personas de todas clases venía detrás, también alumbrando. Muchas de
ellas acudían por verdadera devoción y por la estima que les inspiraba
el enfermo. Las más, sólo por satisfacer la curiosidad de verle después
de tanto tiempo, aprovechando aquellas críticas y solemnes
circunstancias. Penetró hasta la habitación del moribundo todo el que
quiso. A nadie se puso obstáculo. Pero no pudieron todos cumplir su
gusto, porque no cabían. Llenose enseguida el gabinete del conde de una
muchedumbre abigarrada, personas decentes, menestrales, niños, todos
empinándose para contemplar al prócer caído en la desgracia, y que ahora
iba a caer en el oscuro seno de la muerte, en el eterno olvido. El deán
de la catedral, su amigo y confesor, avanzó con la Hostia levantada. Los
presentes se hincaron de rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En aquel
momento el enfermo, a quien habían incorporado dijo en voz alta,
dirigiéndose a los circunstantes arrodillados:

--Juro por el Dios Sacramentado, que va a entrar en mi cuerpo, que no he
sido traidor a mi patria, y que en la guerra de América me he portado
siempre como un militar honrado y leal.

Su voz, que parecía salir de un cadáver, resonó clara y estridente en la
cámara. Hubo un murmullo reprimido entre la gente. El deán, con lágrimas
en los ojos, respondió:

--¡Bienaventurados los que padecen hambre y sed de la justicia!

Y le puso la sagrada partícula en la boca.

La noticia voló por la ciudad. Aquel extraño y terrible juramento, que
se repetían unos a otros, causó impresión profunda en el público. Los
parientes y amigos del conde peroraban con exaltación en todos los
grupos. A uno de aquéllos se le ocurrió dirigir una exposición al rey,
firmada por todos los vecinos, pidiendo que se revisase de nuevo el
proceso del coronel. Pero ya se le había adelantado el deán, hombre
fogoso y elocuente, que logró que el obispo y el cabildo le diesen su
representación para ir a Madrid a gestionar la rehabilitación de su
amigo de la infancia. Éste había mejorado un poco: por lo menos, la
enfermedad se había estacionado. La consunción seguiría, pero al
exterior no se notaba. No se le dijo nada de lo que se tramaba. El deán
tuvo tiempo a ir a Madrid, lograr una audiencia del rey, hablarle al
alma pintándole con elocuencia el solemne juramento que había escuchado,
recabar de S. M. un real despacho reintegrando al conde en todos sus
honores, cruces y condecoraciones, y volverse a Lancia loco de ansiedad.
¡Qué alegría cuando supo que su amigo no había expirado! Desde la galera
acelerada en que hizo el viaje corrió al palacio de Onís y con las
debidas precauciones para no impresionarle demasiado le comunicó la
fausta nueva.

El coronel quedó algunos momentos ensimismado con la cara metida entre
las manos.

--¿Qué hora es?--preguntó al cabo.

--Las doce acaban de dar.

--¡A ver, pronto, mi uniforme!--exclamó con extraña energía
incorporándose sin ayuda de nadie.

--¡Rayo de Dios! ¡Enseguida, mi uniforme!--volvió a proferir con más
violencia, viendo que nadie se movía.

La condesa fue al armario y lo trajo al fin. Se hizo vestir rápidamente,
se puso sobre el pecho la banda de Carlos III y todas las cruces que
había ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el costado izquierdo,
tenían que ir algunas al derecho. En esta forma se hizo conducir a la
ventana que enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí se colocó en pie.
No tardaron en salir los fieles de misa de doce, la más concurrida de
las que se celebraban los domingos. Todos pudieron contemplar ya desde
lejos aquella figura extraña, aquel cadáver vestido de gran uniforme. Y
con un sentimiento de asombro, de respeto y de compasión, todos
desfilaron en silencio por debajo de la ventana, sin poder separar los
ojos de ella. Durante tres domingos consecutivos el coronel tuvo fuerzas
para levantarse y colocarse en el mismo sitio. Allí permanecía media
hora inmóvil ostentando sus insignias con los ojos extáticos en el
vacío, sin ver ni oír a la muchedumbre que se agrupaba delante del
palacio y se lo mostraban unos a otros poseídos de grave y dolorosa
emoción. Al cuarto quiso hacer lo mismo, se incorporó con violencia para
que le vistieran, pero volvió a caer al instante sobre las almohadas
para no levantarse más. Por la noche entregó el alma a Dios aquel bravo
y pundonoroso soldado.

¡Pobre padre! El conde no podía recordar aquella escena, que había
quedado profundamente grabada en su cerebro, sin que las lágrimas se le
agolparan a los ojos. De él había heredado la exquisita delicadeza en el
sentir, una susceptibilidad que llegaba a ser enfermiza, no la
serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebrantable que realzaban el
alma del coronel Campo. El actual conde tenía un temperamento
excesivamente sensible y tierno, un fondo de honradez y de vergüenza que
era el patrimonio moral de los Campo. Mas estas cualidades se
contrarrestaban por un carácter débil, fantástico, sombrío, el cual le
venía, sin duda, de la familia de su madre.

D.ª María Gayoso, condesa viuda de Onís, hija del barón de los Oscos,
era un ser original, tan excepcionalmente original que rayaba en lo
inverosímil. En toda su familia, desde tres o cuatro generaciones hasta
ella por lo menos, había apuntado algo estrambótico que en algunos de
sus miembros tocaba en las lindes de la locura y en otros entraba de
lleno dentro. Su abuelo había sido un empedernido ateo partidario de
Voltaire y la Enciclopedia que a última hora se había entregado a la
embriaguez, y según la conseja del pueblo fue arrastrado un día por los
demonios al infierno. En realidad murió de combustión espontánea, lo que
pudo dar pábulo a semejante fábula. Su padre fue un mentecato a quien su
madre, mujer de rara energía, tuvo siempre esclavizado hasta la
degradación. De sus tíos, uno paró en el manicomio, otro fue
notabilísimo matemático, pero tan excéntrico que sus rarezas se
guardaban en Lancia como manantial de anécdotas chistosas; otro se metió
en la aldea, se casó con una labradora y se mató a fuerza de
aguardiente. No tenía más que un hermano, el actual barón de los Oscos.
También era un ser original y excéntrico. Al comenzar la guerra civil se
pasó al bando del Pretendiente e ingresó en su ejército, pero a
condición de servir como soldado raso. Toda la campaña hizo de esta
suerte. No fue posible, por más empeño que en ello pusieron los magnates
que rodeaban a D. Carlos y el mismo rey, obligarle a aceptar el despacho
de oficial. Fue herido varias veces y una de ellas de tan mala manera,
en la cara, que le quedó una profunda cicatriz. Como su rostro era ya de
lo más desgraciado que pudiera verse, aquel surco sinuoso y colorado
acabó de prestarle una apariencia monstruosa y hasta temible.

Era más joven que su hermana María. No llegaba aún a los cincuenta años.
Vivía célibe y solo en la casa solariega que los Oscos tenían en la
calle del Pozo, nada magnífica por cierto. Iba rara vez por casa de su
hermana, no por antipatía, sino por lo retraído y áspero de su genio.
Salía poco de casa, sobre todo de día. Tenía contadísimos amigos. El más
íntimo de todos, el único puede decirse que gozaba de su intimidad, un
fraile exclaustrado, que antes de ordenarse había servido en las filas
del ejército como oficial. Fray Diego era su perpetuo camarada. El
barón, por su carácter sombrío, por sus excentricidades, y sobre todo
por lo espantable de su rostro, inspiraba general temor en la población.
Los niños sentían en su presencia un terror pánico. Los padres y las
niñeras, para reducirlos a la obediencia, les amenazaban con él:--¡Se lo
voy a decir al barón!--¡Que viene el barón!--Hoy he visto al barón y me
preguntó si eras obediente, etc. Y el barón, por su gesto,
constantemente desabrido, por lo bronco y recio de la voz y por la
brusquedad con que acostumbraba a hablarles, era para las inocentes
criaturas un verdadero ogro. Iba constantemente armado de un par de
pistolas; el estoque de su bastón era un verdadero sable. Se decía que
había disparado sobre un criado sólo porque le había abierto una carta,
y que en varias ocasiones había cogido a los niños que se atrevían a
hacerle muecas en la calle, los metía en la cuadra, los desnudaba y los
azotaba cruelmente con las correas del freno de su caballo. Verdaderos o
inventados estos cuentos, contribuían a acreditarle entre el elemento
infantil de Lancia como un monstruo de ferocidad del cual había que
huir, si el temblor de las piernas lo consentía.

Una de las cosas que más coadyuvaban a infundir el terror en los
pequeños y cierto respeto, no exento de miedo, en los grandes, era el
caballo que el barón poseía; un caballo de ojo ardiente y feroz y de
genio tan furioso que nadie osaba montarle más que él y su amigo Fray
Diego, que había servido en caballería. Para sacarlo a beber lo llevaban
siempre del diestro, y aun así el indómito bruto iba tirando saltos y
coces, poniendo en conmoción a los transeúntes. Cuando el barón lo
montaba, y dando corcovos y alzándose de brazos salía de casa, la calle
se estremecía, los vecinos se asomaban a las ventanas, los niños se
refugiaban en las faldas de sus madres, todos contemplaban atónitos
aquel centauro temeroso. Realmente el barón de los Oscos en tal momento,
con su rostro desfigurado, los ojos encarnizados, los grandes bigotes
empalmados con las patillas, cerdosos y erizados, y el formidable torso
pegado al caballo, era una figura que infundía espanto. Había que
remontarse con la fantasía a la irrupción de los bárbaros para hallar
algo semejante. Ni Alarico, ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto
más feo y siniestro ni producir más grima. Júzguese del efecto que
causaría entre los vecinos tímidos cuando una temporada le dio por salir
a caballo pasada la medianoche y recorrer las calles de la ciudad
acompañado de un criado, caballero asimismo en otro corcel.

La condesa de Onís era dentro de su sexo un tipo tan estrafalario, por
lo menos, como su hermano. Bajita, rechoncha, cara redonda y pálida con
ojos negros y muertos, el cabello pegado a las sienes con goma de
membrillo, vestida constantemente con el hábito morado del Nazareno.
Vivía recluida en su palacio como una monja en el convento. Vivía
entregada en absoluto a la devoción, pero a una devoción caprichosa,
fantástica, en nada parecida a la que practican las almas verdaderamente
místicas. Toda su vida había dado señales de un humor excéntrico, mas
desde la muerte del conde se había pronunciado tanto que bien podían
tomarse sus excentricidades como manías, y no de las más leves. Cuando
joven había mostrado una naturaleza tan púdica que rayaba por su
exageración en lo ridículo. Sus amigas la embromaban no pocas veces
afectando cierta libertad en el hablar. Tan castísimos eran los oídos de
la doncella de los Oscos, que los de una miss inglesa parecerían los de
un sargento a su lado. No podía sufrir que la ropa interior de su
hermano fuese en unión con la suya cuando la lavandera la llevaba o la
traía. Si aquél le entregaba unos pantalones para que le cosiera un
botón, cumplido el encargo corría a su cuarto y se lavaba bien las
manos, y aun dicen que se echaba en ellas algunas gotas de agua bendita.
Apretábase el seno hasta hacerse daño; subía el cuello de los vestidos
contra las prescripciones de la moda; no se mudaba la camisa sino a
oscuras, y cuando no tenía los guantes puestos jamás daba la mano a un
hombre. La historia de su casamiento fue verdaderamente curiosa, llena
de incidentes cómicos que se repitieron durante mucho tiempo por la
ciudad. Sobre todo lo que acaeció en la primera noche de novios,
verdadero o inventado, era muy gracioso y digno de figurar en una novela
de Paul de Kok.

Durante el matrimonio esta virtud de la castidad templose un poco. Casi
parece excusado decirlo. Mas luego que quedó viuda volvió a exacerbarse
de modo notable. Sobre todo, en los últimos años adquirió aspecto de
locura. Cuando se rezaba el rosario, que era dos veces al día, mandaba
previamente una criada al gallinero para apartar, mientras durase, al
gallo de las gallinas; luego la ordenaba separar las cucharas de los
tenedores y los corchetes machos de las hembras. Por último, la hacía
situarse en una ventana de la fachada lateral de la casa para impedir
que ninguno orinara en el rincón donde los transeúntes solían hacerlo.
Un día vino el cochero a decirle que una de las yeguas estaba en el
celo. Tanto se indignó que, después de haber reñido ásperamente por la
osadía de notificarle tal asquerosidad, mandó inmediatamente venderla.
Una vez que sorprendió al mozo de cuadra dando un beso a la cocinera se
puso enferma del disgusto. Ambos salieron inmediatamente de la casa.

Le gustaba, no obstante, tener tertulia a primera hora de la noche, pero
de clérigos solamente. Acostumbraba a sentarse en una butaca, delante de
la cual, con intención o sin ella, probablemente con intención, colocaba
dos sillas de suerte que parecía estar detrás de una valla. Poco después
de entrar los presbíteros y animarse la conversación, la condesa se
dormía profundamente, y así estaba hasta las nueve en que las sotanas se
despedían, por supuesto sin darle la mano. Como la casa tenía capilla,
salía poquísimas veces, y esas en coche. Guardaba todo el oro, que
llegaba a sus manos, en los parajes más ocultos del desván o de la
huerta. Algunas veces por esta avaricia, o más propiamente por esta
manía de urraca, la casa se vio en verdaderos aprietos: consintió en que
su hijo pidiera a préstamo algunas cantidades antes que desenterrar las
peluconas. Era además golosa, muy golosa, capaz de comerse una fuente de
confites sin asomos de indigestión. Pero no habían de ser fabricados por
las monjas: por extraña contradicción con sus piadosas inclinaciones,
odiaba todo lo que olía a convento.

Pues por esta mujer estrambótica, bien podemos decir loca, fue educado
el actual conde de Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para
contrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel temperamento débil y
vacilante y el humor fantástico y sombrío de que daba en ocasiones
tristes muestras, se hubiera necesitado una educación viril al aire
libre, un maestro inteligente y enérgico que supiera despertar en su
organismo el brío y la resolución de los Campo. Sucedió lo contrario
desgraciadamente. La condesa se empeñó en que no siguiese carrera que le
apartase de Lancia. Estudió, pues, en la universidad del pueblo la
carrera de jurisprudencia, que es la capa con que los jóvenes ricos
tapan su propósito de holgar toda la vida. Mientras duró, y mucho tiempo
después de terminada, la condesa le tuvo sujeto a su autoridad de un
modo que resultaba ridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permiso, no
fumaba en su presencia, se recogía al oscurecer, rezaba el rosario,
confesábase cuando ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarrollaba
prodigiosamente, se trasformaba en un mancebo bizarro y atlético, su
espíritu continuaba tan infantil y sumiso como si nunca pasara de diez
años. En esta vida retraída y afeminada agravose la nativa timidez de su
carácter, su sensibilidad delicada se hizo enfermiza, su genio sombrío y
receloso. Y lo más lamentable era que, sin ser una lumbrera, estaba
dotado de clara inteligencia y poseía una penetración frecuente en los
hombres reservados y tímidos. Carecía de ilustración y de experiencia;
pero sabía mantener discretamente una conversación y no se le escapaban
los defectos del prójimo. Como casi todos los seres débiles, gozaba a
veces malignamente a costa de ellos. Es la venganza que la gente sin
carácter toma de quienes lo poseen demasiado vigoroso y espontáneo. No
obstante, estas ráfagas de ironía y malignidad no eran en él frecuentes.
Aparecía más bien como un joven prudente, reservado, melancólico, de
trato cortés y caballeroso, de corazón sensible, lleno de cariño y de
respeto hacia su madre.

Después que concluyó la carrera tuvo sus anhelos y aun proyectos de
salir de Lancia, de ir a la corte, de viajar durante algún tiempo.
Bastó, sin embargo, la negativa de la condesa para contenerle y hacerle
desistir. Prosiguió, pues, su vida de holganza, mayor aún desde que no
tenía siquiera la obligación de mirar de vez en cuando los libros de
jurisprudencia.

Sólo la entretenía dedicándose a temporadas al cultivo de ciertos
oficios manuales, y con la lectura de las obras románticas entonces muy
en boga. Se hizo hábil ebanista, no tanto como su padre; luego le dio
por la relojería. Últimamente tomó afición a una finca de labor y recreo
que poseía en las inmediaciones de la población y comenzó a mejorarla
notablemente. Denominábase la Granja: distaba poco más de dos kilómetros
de Lancia: tenía una casa grande y vieja y destartalada: a espaldas de
ella un hermoso bosque de robles y delante grandes y feraces praderas.
Comenzó a ir todas las tardes después de comer; crió ganado vacuno y
también algunos caballos, plantó árboles, abrió canales y levantó
cercas. En la casa apenas tocó. En esta nueva afición ganó su cuerpo,
que se hizo más duro y más ágil, y también su carácter. La melancolía,
que tanto le atormentaba, se fue templando, serenose su espíritu, fue
adquiriendo más firmeza en el trato de la gente y más seguridad de sí
mismo, y ciertos accesos de humor negro, de rabia y desesperación que
sin causa alguna le acometían de raro en raro y le hacían aparecer ante
los criados como un epiléptico, desaparecieron por completo. De esta
suerte llegó hasta los veintiocho años, en que comenzó a frecuentar la
casa de Quiñones, y su vida experimentó profunda trasformación.

Eran las nueve de la mañana cuando el criado le despertó de un sueño
agitado, incompleto, para entregarle una carta. La dejó caer con
afectada indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego que el criado se
fue apresurose a cogerla y la abrió con visible agitación. Aunque hacía
ya cerca de dos años que duraban sus relaciones con Amalia, nunca abría
carta de ésta sin que le temblasen las manos. Verdad que se escribían
poquísimas veces. Pero más que la rareza de las cartas contribuía sin
duda a turbarle el profundo amor que en su naturaleza sensible y tímida
había arraigado.

«Esta tarde a las tres. Por la tribuna,» decía la carta únicamente. Su
turbación no se disipó por completo. Las citas como aquélla eran
extremadamente peligrosas; le causaban, enmedio de su felicidad, una
impresión de miedo que no podía vencer. Había rogado a Amalia que las
suprimiese; pero no le hizo caso alguno. Y él se consideraba
absolutamente incapaz de oponerse a su voluntad. Pasó la mañana
nervioso, alterado. Para calmarse dio un paseo a caballo; llegó hasta la
Granja; pero volvió al cabo con la misma intranquilidad que había
salido.

Cuando llegó la hora señalada salió de casa y tomó la calle de
Cerrajerías. Era la hora en que apenas se ve un transeúnte. Los vecinos
de Lancia comen generalmente a las dos. A las tres están, pues, de
sobremesa o reposando. Al final de Cerrajerías, en la esquina de la
calle de Santa Lucía, está la iglesia de San Rafael, que tiene su
entrada principal por aquélla. El conde penetró en el templo, después de
tomar agua bendita, como el que va a hacer sus oraciones. Estaba
enteramente solitario, o al menos así le pareció a la primera ojeada. A
los pocos minutos, acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibió
dos o tres bultos diseminados por él y postrados en oración.
Arrodillose él también en el fondo oscuro, cerca de la puertecita de la
escalera que conducía a la tribuna de los Quiñones, y fingió orar unos
momentos. Aquello le repugnaba profundamente. Era un creyente sincero, y
la piadosa y severa educación que había tenido le hacía horrorizarse de
tal sacrilegio. Se le había pegado el fanatismo de su madre: tenía un
miedo espantoso al infierno. También Amalia era creyente y aun pasaba en
la población por piadosa; pertenecía a varias cofradías; era protectora
de algunos asilos; hacía frecuentes regalos a las imágenes y se la veía
acompañada de clérigos. Pero miraba aquella profanación con la mayor
indiferencia. La religión era para ella cosa muy respetable, pero más
respetables aún su voluntad y sus placeres.

Al cabo de unos minutos el conde se levantó cautelosamente y tiró de la
puertecita, que una mano previsora había ya abierto de antemano. Tornó a
llegarla y subió por la estrechísima escalera de caracol. La pequeña
tribuna de la casa Quiñones estaba aún más oscura que la iglesia. Buscó
a tientas la puerta del pasadizo y la empujó; mas como tenía cierre de
cristales y podían verle desde la calle, se echó a gatas para
atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la casa estaba Jacoba
esperándole. Era ésta una mujer de más de cincuenta años, obesa, con un
vientre colosal, que se movía con trabajo, la respiración anhelante,
embotada por la grasa y hablando siempre en voz de falsete. La suma
discreción, la encarnación verdadera del sigilo. Nunca habían tenido
otro confidente; nadie en el mundo más que ella estaba enterada de sus
amores, y en el curso de ellos les había servido prodigiosamente; fue su
centinela, su salvador en muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre. No
era sirviente de la casa, sino protegida de la señora. Dedicábase a
correr los géneros de las tiendas, a traerlos a las casas, ganando por
ello pequeñísima comisión. Esto no le bastaba para vivir aunque era ella
sola y una sobrina. Pero en varias casas le hacían encargos de distinta
índole y la ayudaban de mil maneras. Sobre todo en la señora de Quiñones
había encontrado una protectora decidida. Cuando llegó a ser su
confidente puede decirse que halló una verdadera mina. Amalia pagaba con
largueza sus servicios que, en realidad, bien merecían recompensa
extraordinaria.

La medianera se llevó el dedo a los labios recomendando silencio al
conde, así que éste franqueó la puerta. Recomendación bien excusada por
cierto, porque hasta la respiración iba conteniendo por no hacer ruido.
Luego, adelantándose un poco para explorar el terreno, le hizo seña para
qué la siguiese. Atravesaron un corredor, pasaron por delante de la
escalera principal sin ascender por ella de miedo a encontrarse con
algún criado, y fueron a buscar a la biblioteca una escalerita excusada
que allí había para subir al segundo. El conde avanzaba de puntillas con
el corazón palpipante. Aunque ya había penetrado otras veces en casa de
Quiñones de aquella manera, le parecía siempre el colmo de la temeridad
y maldecía en su interior del atrevimiento y despreocupación de su
amante. Llegaron al fin al gabinete de la señora. La puerta se abrió sin
que se viese a nadie. Jacoba empujó suavemente al conde, quedando ella
fuera. La mano de Amalia, que se presentó de improviso, volvió a cerrar,
y súbito, con arrebatado ademán, echó los brazos al cuello de su querido
y le besó con apasionada ternura. Él, cohibido, agitado aún por la
ascensión y trémulo, permaneció quieto, sin corresponder a tales
manifestaciones de cariño. La dama le dio un golpecito maternal con la
palma de la mano en la mejilla.

--Serénate, poltrón, que nadie te come aquí.

Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se dejó caer en una marquesita
forrada de raso azul.

El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo coquetón con el abandono
que reinaba en el resto de la casa. Las paredes cubiertas de tapices
soberbios, los mejores de la colección que la familia poseía; los
muebles flamantes, estilo Luis XV, traídos de Madrid con la magnífica
cama de ébano incrustada de marfil que se veía en la alcoba, en los
primeros meses del matrimonio, cuando D. Pedro se esforzaba inútilmente
en ganar el corazón de su joven esposa. Respirábase allí una atmósfera
perfumada, sensual, que denunciaba los gustos refinados que la dama
forastera había traído allá de otras tierras a la severa mansión de los
Quiñones.

Sentose sobre las rodillas del conde, y tirándole de la barba, exclamó
conteniendo a duras penas los gritos, con una alegría reprimida que le
brillaba en los ojos, que estallaba por todos los poros:

--¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido? ¿Lo ves como se han salvado todos
esos obstáculos que se te amontonaban en la cabeza y no te dejaban ver
claro? No ha sido necesario más que un poco de audacia y que Dios nos
ayudase.

--¡Dios!--murmuró estremeciéndose el conde.

Ella sintió que había hecho mal en apelar a la divinidad, y se apresuró
a decir con desenfado:

--Quise decir la suerte... Vamos, no empieces a ponerte cargante y
tristón... Éste es un momento de felicidad para nosotros... Lo estoy
tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija de mis amores, viviendo
conmigo, pudiendo verla y besarla a todas horas... ¡Qué hermosa es!...
No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana; pero hoy me he
saciado bien... Se parece a tí... sobre todo esta parte de aquí arriba,
del entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No me pesa--añadió
sonriendo con coquetería.--Otra cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad?

--Para mí todo es igualmente hermoso.

--¡Vamos!--exclamó la dama echándose hacia atrás y clavándole una mirada
de burla cariñosa.--Al fin has recobrado el uso de la palabra... Pues
bien--añadió en tono serio,--tú no sabes las vueltas que hemos tenido
que dar esta mañana para buscarle nodriza. Me han traído tres. Ninguna
me ha gustado. Al fin la cuarta se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a
chupar el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de alegría... ¡como me
cuesta ahora!... Pero seamos graves... seamos graves y cargantes como el
señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te has arreglado para traerla?
Cuéntame. ¡Qué cara tenías ayer noche al abrir la puerta del salón!

--La cosa no era para menos. A las nueve fui a buscarla a casa de
Jacoba. Ya te lo habrá dicho ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y
como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura chillaba sin
cesar...

--Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego?

--¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin cesar. Las calles estaban
perdidas, sobre todo por aquellos barrios extraviados. Me remangué los
pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo iba a entrar manchado de
barro en tu salón? Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar el
paraguas abierto en la otra mano. Fue imposible. A los pocos pasos me
volví y le dejé el paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo santo!
¡Qué angustia! El viento me bajaba a cada instante el embozo de la capa,
la lluvia me azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tenía miedo que
me mojase la niña. Además iba temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en
aquel momento! El viento soplaba a veces tan recio que me impedía dar un
paso. Bien puedes creerme que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo
para otro día.

--Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé que te ahogas en un plato de
agua.

Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención. Amalia soltó a
reír y, abrazándole y besándole con efusión, exclamó:

--No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no te compadezco? El trance ha
sido bien duro. Te has portado como un héroe.

El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se ruborizó. La conciencia
le gritaba que no los merecía. Se acordó de la terrible prueba por que
acababa de pasar Amalia, y dijo:

--¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer! ¿Cómo te encuentras? Ha sido
una imprudencia bajar tan pronto la escalera.

--¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una roca.

--Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendos dolores sin exhalar ni
una queja!

--¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?--dijo poniéndole una mano en la
boca.--¿Has parido alguna vez?

--Luego cuatro días solamente en la cama--prosiguió el joven separando
dulcemente aquella mano y besándola al mismo tiempo,--y al quinto bajar
al salón.

--Pues ya estás viendo que no me ha pasado nada. ¡Oh, si no llego a
bajar ayer, de fijo Quiñones me manda al médico! Ya desde el segundo día
estaba empeñado en que subiese... Pero ¿no sabes? Está enamorado, loco
por la chiquilla. Toda la mañana ha tenido a la nodriza en su cuarto. ¡Y
se le ocurren unas cosas tan peregrinas! Dice que esta niña nos la envía
Dios para consolarnos de no tener familia...

El conde volvió a ponerse serio, taciturno, mientras en los labios de la
dama se dibujaba una sonrisa de cruel ironía.

--A todo esto no has preguntado por ella, padre desnaturalizado--dijo
metiendo sus dedos finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja de
su amante.--Porque eres su padre, sí, su padre. ¿A que no lo
niegas?--añadió acercando con mimo su rostro al de él y poniéndole los
labios en el oído.--Voy a traértela.

--Pero ¿va a venir el ama?--preguntó él con terror.

--No, hombre, no--replicó riendo.--Vendrá ella solita. Verás qué bien
camina ya.

El conde abrió los ojos con una expresión estúpida que la hizo reír aún
más. Se puso en pie y abriendo la puerta cuchicheó un instante con
Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo de pocos minutos la obesa
medianera abrió otra vez la puerta cautelosamente y les entregó la niña
dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansar en su regazo. Ambos la
contemplaron largo rato en silencio con éxtasis, pendientes del levísimo
soplo que hinchaba y deshinchaba aquel tierno cuerpecito. Fue un
instante feliz. El conde, olvidado de sus temores, se calmó: una sonrisa
de vivo placer se esparció por su fisonomía dulce y melancólica.
Trascurrían los minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silencio dichoso
ni se distraían un punto de la atención intensa en que sus espíritus se
confundían. Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito de carne
rosada se reflejaba igualmente en sus ojos y ataba con hilos invisibles
sus almas y sus vidas.

--¡Qué hermosa es! Se parece a tí--murmuró el conde con tan blando
acento que apenas si llegó a los oídos de su amante.

--Aún más a tí--respondió ésta en la misma voz apagada.

Luego, por un movimiento simultáneo, ambos volvieron la cabeza y se
miraron larga, intensamente, con amor.

--Te adoro, Amalia--dijo él.

--Te quiero, Luis--respondió ella. Sus manos se buscaron y se apretaron
tiernamente: sus cabezas se inclinaron para cambiar un beso casto.



IV

Historia de aquellos amores.


Casto, sí. Quizá el primero en sus ya largos amores. Todo lo que de
tierno y poético se desprendía de ellos, como un perfume, vino de pronto
a embriagarlos, a hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento, que
pesaba sin cesar en el alma delicada del conde, la agitación insana que
a ambos atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura qué iba oculta
en el fondo de sus deliquios amorosos como el gusano en el cáliz de la
rosa. No quedó más que el amor puro, el amor satisfecho, el amor
consagrado por la santa y misteriosa fuerza de renovación que habita en
el seno de la naturaleza.

¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas veces se habían repetido esta
frase de los adúlteros! Si se hubieran conocido antes, probablemente se
hubieran separado sin sentir el más insignificante movimiento de
atracción. El amor se alimenta principalmente de dificultades, le placen
los terrenos movedizos batidos por la borrasca. El de ellos no pudo
hallar tierra más adecuada ni circunstancias más favorables para su
germinación.

Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio de Amalia con D. Pedro fue
impuesto a aquélla por su familia, que agonizaba de hambre. D. Antonio
Sanchiz, padre de la dama, era un mayorazgo valenciano que había
consumido con el juego y las mujeres las tres cuartas partes de su
hacienda. La cuarta que restaba se encargó de consumirla por los mismos
medios su hijo primogénito, que había heredado idénticos gustos. Amalia
era la última de los cinco hermanos, cuatro hembras y un varón. Su
hermana primera, a quien habían tocado aún algunos rayos débiles del
esplendor de la casa, logró casar ventajosamente con el hijo de un
banquero rico. Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio ni su hijo
Antoñito pudieron ver el color de las monedas de su yerno y cuñado
respectivamente. Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos,
pero sin dinero. Amalia floreció enmedio de la total ruina de su casa.
Ni su figura graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron para
llamar la atención de los hombres. El conocido desastre de la casa y la
deplorable reputación de su padre y hermano pusieron en torno de ella
una valla que ninguno se atrevía a saltar. Bien lo echó de ver enseguida
y rehuyó enamorarse de los que, por pasatiempo o galantería, la
festejaban. No era tipo acabado de belleza; faltábale gallardía en la
figura, amplitud de formas, color en las mejillas. Mas apesar de su
cuerpecito menudo y no del todo bien conformado, y de la palidez
constante de su rostro, poseía especial atractivo, que cuantos la veían,
y aún más los que la trataban, se complacían en afirmar. Provenía éste
principalmente de sus grandes ojos negros expresivos: el alma se asomaba
a ellos reflejando las más leves y fugaces emociones; ora ardían con
fuego malicioso revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se
aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico; ahora brillaban
alegres y bulliciosos, enseguida melancólicos, tan pronto secos como
húmedos, tan pronto tiernos como iracundos. Provenía también de su
movilidad, de la agudeza de su ingenio y del metal de su voz simpático e
insinuante. Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.

No se sabe si por orgullo o porque realmente su temperamento ardiente y
borrascoso le solicitase a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes
ricos que galantemente la requebraban sin decidirse a pedir su mano, y
entregó el corazón a un muchacho humilde, a un escribientillo del
gobierno político con cuatro mil reales de sueldo, hijo de un maestro de
escuela. La sangre azul de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de
D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y hasta en las del banquero, su
cuñado, que no la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución. Pero
como no le faltaban ánimos y estaba dotada además de un espíritu
ingenioso y travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo cierto
que se burló de ellos largo tiempo, que de nada valieron los ruegos, las
amenazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en un convento. Si el
escribiente no llega a morirse de una tisis que le concluyó en pocos
meses, es casi seguro que la muy noble y necesitada casa de los Sanchiz
sufriera el baldón de emparentar con el hijo de un maestro de escuela.

Después de esta aventura, Amalia quedó bastante desprestigiada en la
población. Pero ella bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume
su prestigio, sería lo mismo. Los hombres no se casan por el prestigio,
sino por el dinero. No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos por lo
pasado. Vivió triste y resignada dos años más, mostrándose indiferente a
los placeres propios de su edad, sin hacer nada para granjearse la
voluntad de los jóvenes y ganar un marido. Cuando ya iba cerca de los
veinticuatro abriles, y podía darse por perdida la esperanza de
matrimonio, fue cuando a D. Pedro Quiñones, su tío tercero o cuarto, se
le ocurrió acordarse de ella. Resistió el casarse con aquel señor, que
sólo había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía poco tiempo, y
cuyas extravagancias conocía por oírselas narrar entre carcajadas a su
padre y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban para que le aceptase
por marido! No fue muy tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba tan
desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento tan plomizo, de una
indiferencia tan soñolienta, que así que vio a su padre colérico,
después de haberla suplicado con vivas instancias, se dejó arrancar el
sí. Decían todos que aquel matrimonio era la salvación de la familia. No
se metió a averiguar si era verdad o pura ilusión. Después de casada
supo que todo lo que su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua
pensión, con la cual a duras penas podía comer.

El noble vástago de los Quiñones de León se enamoró perdidamente de
aquella estatua de hielo. En el viaje que hicieron desde Valencia a
Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta y tan cortés al
mismo tiempo, que D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos. En
Lancia, ya sabemos por la voz pública, digna de creerse en este caso, lo
que pasó.

La negativa persistente, los desprecios infinitos con que le regaló por
mucho tiempo, lejos de enfriarle, encendieron más su pasión. Era
Quiñones, como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de voluntad indomable.
Los obstáculos le irritaban, llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el
corazón de su esposa y no perdonó medio para ello: la colmó de
atenciones, mimó sus gustos más insignificantes, viviendo por varios
meses en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan
pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la
astucia de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado viaje por las
montañas, lleno de sustos y peripecias, le conquistó, si no el amor de
su esposa, por lo menos sus favores.

En los dos primeros años de matrimonio Amalia hizo una vida retraída,
sin salir apenas del churrigueresco palacio de la calle de Santa Lucía.
Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndose en hacerlo más
insoportable, agitada por una cólera sorda que amenazaba estallar a cada
instante: en la apariencia tranquila, aceptando gustosa su papel,
tratando con superioridad cortés a los que se la acercaban. El
desgraciado accidente sobrevenido a su esposo distrajo un poco su hastío
e infundió en su corazón momentáneo sentimiento de piedad. Durante
algún tiempo se creyó llamada a desempeñar cerca de él los oficios de
hermana de la caridad, a cuidarle con afectado cariño para hacerle menos
insoportable aquel terrible castigo. No tardó mucho en fatigarse. Poco a
poco se fue aficionando a la tertulia que por las noches se formaba en
torno de su esposo, comenzó a interesarse en las conversaciones de
política local y a intervenir en ella más o menos directamente. D. Pedro
era el arbitro de la provincia mientras se hallaba en el poder el
partido moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba no obstante muy
alto prestigio y no poca influencia, en el temor de que no tardaría en
ponerse encima. Para aumentar este prestigio y esta influencia y dar
mayor realce a la riqueza y poderío de la casa, Amalia, que halló aquí
medio de distraerse, abrió sus salones a la sociedad laciense, que hasta
entonces había tenido siempre alejada; algunas visitas de cumplido y
nada más. Dio conciertos, menudeó las reuniones de confianza, y de vez
en cuando, en ciertas solemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta.
Con esto recobró su perdida energía, aquella graciosa y simpática
movilidad que la caracterizaba; volvió la sonrisa a sus ojos, la frase
aguda a sus labios. Nadie supo jamás honrar con más amabilidad y más
gracia a sus tertulianos. Fue modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo
adorar de la juventud, a quien proporcionó gratísimo recurso para matar
las interminables noches del invierno.

Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellos ornamentos de sus
conciertos y saraos. En pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El
conde era visita de la casa de Quiñones, pero sólo iba de tarde en
tarde, con motivo de algún cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo,
Quiñones alimentaba por él profunda simpatía. Bastaba que perteneciese a
la nobleza para que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos
conceptos a los demás seres de la población. Amalia, que apenas le
conocía, comenzó a observarle con viva curiosidad. Tanto se le había
hablado de él, del cariño y respeto que profesaba a su madre, de su
humor melancólico, de sus habilidades, de su piedad exagerada, que
deseaba tratarle con intimidad; quería penetrar en el alma de aquel
mancebo tan apuesto y tan inocente. No tardó en convencerse de que el
amor aún no había prendido en ella. Observando con atención sus
relaciones con Fernanda, percibió en ellas un dejo de frialdad que no
venía ciertamente de la rica heredera. Conoció que el conde se engañaba
a sí mismo haciendo esfuerzos por quedar enamorado, y aún más por
aparecerlo. Tomaba sus amores como una obligación honrosa que le
exigían sus años y posición. El joven más principal de Lancia debía amar
a la niña más rica y más bella. Por otra parte, parecía como si quisiera
demostrar a la población que no era un extravagante o un maniaco, como
alguna vez había oído insinuar. Por eso se le veía cumpliendo
estrictamente los deberes del perfecto galán, paseando un par de horas
por la mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su novia,
acompañándola los domingos en el paseo, sentándose a su lado en la
tertulia de las señoritas de Meré o en la de Quiñones, y bailando con
ella todos los rigodones en los saraos del Casino. Pero al mismo tiempo
Amalia echaba de ver que sus pláticas eran frías, que el conde estaba
taciturno y distraído muchas veces, mientras ella, con visible interés,
hacía el gasto de la conversación y procuraba mantenerla viva.

Aquellos amores le fueron interesando cada vez más: buscó las
confidencias de ella y también las de él. Al poco tiempo su alma
ardiente, sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis, tímida,
infantil, llena de piedad y ternura. Más maestra en el arte de hacerse
amar que la niña de Estrada-Rosa, logró pronto inspirar al conde
confianza y afecto; le envolvió en una malla espesa de confidencias, no
sólo referentes a sus amores, sino de toda la vida. Le confesó tan bien
como el más hábil jesuita. Luis, seducido por tanto interés, le fue
abriendo su pecho dándole cuenta primero de sus costumbres, luego de los
actos de su vida pasada, por último de sus sentimientos más recónditos,
de aquellos que sólo se confiesan a un hermano. A Amalia no le
sorprendían en la apariencia tales originales y morbosas psicologías;
las aceptaba como cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas y se
autorizaba cariñosamente el aconsejarle, reprenderle a veces, guiarle en
ciertos asuntos de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba el conde
por Completo. Alentado por este juego habilísimo, se iba confiando cada
vez más, se entregaba por completo, feliz con desembarazarse de tanto
pensamiento ridículo, con confesar aquella extraña y dolorosa timidez
que le atormentaba.

Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda haciéndose confidente y
protectora decidida de sus amores. Si mantenía ratos larguísimos de
conversación particular y animada con el conde, no menos largos y
animados los gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamente
aquella protección, que se traducía en ocasiones buscadas por la dama
para que los novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos
cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas sin que la inocente niña lo
sospechase, sin que el mismo conde se diese cuenta de ello, la dama
valenciana iba ganando a paso de carga el corazón de éste. Si en
juventud, en hermosura y gallardía era, sin disputa, inferior a la rica
heredera, la aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro, en el
atractivo de su conversación y en la finura de su inteligencia. De
confidencia en confidencia, Luis llegó a mostrarle cuál era el verdadero
estado de su corazón respecto a Fernanda. La astuta señora supo sacar
partido de tales confesiones para hacerle ver que lo que sentía era sólo
admiración de aficionado a las obras bellas de la naturaleza, un deseo
vanidoso de hacerse amar por la joven más linda y más rica de la ciudad,
necesidad de distraer el aburrimiento, cualquier cosa, en suma, menos el
verdadero amor. Éste se alimenta de tristezas negras, de alegrías
inefables, de insomnios, de zozobras, de una agitación dulce y amarga a
la vez que constantemente llevamos dentro del pecho. Luis se convenció
pronto. Pero ella encontraba su frialdad injustificada, no comprendía
cómo un hombre de tan buen gusto no había logrado enamorarse
perdidamente, le reñía, le embromaba, subiendo hasta las nubes las
cualidades de la gentil heredera.

Mientras esto decía con los labios, sus ojos pregonaban otra cosa.
Aquellas pupilas negras llenas de fuego e inteligencia se clavaban en él
con expresión unas veces lánguida, otras maliciosa, concluyendo por
fascinarle. Al mismo tiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrata
aprovechaban cualquier coyuntura para rozar las suyas; al despedirse le
apretaban con tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban ambos para
contemplar cualquier objeto y sus cabezas se tocaban, Amalia no separaba
la suya, dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella largo rato
cual si tratase de envenenarle. Se preocupaba de sus trajes y le imponía
sus gustos. No debía ponerse levita; el frac azul le sentaba
admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes oscuros? Le prohibió, riendo,
que se los pusiera más. Para las corbatas confesaba que tenía mucho
gusto, pero le sentaban mejor las de lazo que las chalinas. ¿Por qué no
se encargaba a Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia eran
todos rancios y ridículos. Y el conde obedecía gustoso sus
insinuaciones, se iba dejando dominar por el ascendiente de aquella
mujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad.

Una noche en que llegó a casa de Quiñones cuando aún no había nadie, le
dijo la dama bruscamente:

--¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el ojal, Fernanda?

El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo afirmativo.

--Pues que me dispense, pero tiene un color muy feo... Verá usted, voy a
ponerle otro más bonito.

Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de los floreros del salón y,
después de escoger algún tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvió
adonde estaba el conde y con gran desenvoltura, con cierta afectación
aún, propia del que pretende mostrar su dominio, le arrancó el clavel
que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta sustitución en silencio,
inquieto y sorprendido. Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se
echó un poco hacia atrás y exclamó con intención:

--¡Ya lo creo que está mejor!

Hubo después algunos instantes de silencio embarazoso. Ella se puso a
jugar con el clavel de Fernanda, azotándose las rodillas, mientras
lanzaba frecuentes miradas al conde, que permanecía confuso sin saber
qué decir ni dónde poner los ojos. Por último, los de uno y otro se
encontraron y sonrieron. En los de ella ardió una chispa maliciosa, y
con ademán súbito y desdeñoso arrojó el clavel que tenía en la mano
debajo de las sillas. El conde se puso repentinamente serio; sus
mejillas se colorearon. En aquel momento entró Manuel Antonio. La
conversación se entabló alegre, indiferente. El conde guardaba, sin
embargo, un resto de turbación. Cuando llegó Fernanda y con visible
disgusto, le preguntó por su clavel, se vio en grave aprieto, perdiose
en un laberinto de explicaciones. El chico de su jardinero, a quien fue
a dar un beso, se lo había arrancado, luego en una maceta que había
hallado en el gabinete de su madre había tomado otro. Pero Amalia,
implacable, le puso poco después en un conflicto preguntándole en voz
alta con sonrisa maliciosa:

--¿Quién le ha dado a usted ese clavel tan lindo, Fernanda?

--No, yo no--se apresuró a responder ésta.

Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en voz alta a la explicación
que acababa de dar en secreto. Aquella pequeña traición los ató con nudo
más fuerte, estableció entre ellos una relación singular que el conde no
se atrevía a definir en su pensamiento, medroso de resbalar en un
abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad, quizá con alguna más,
a la heredera de Estrada-Rosa, pero no podía hablar a la señora de
Quiñones sin sentirse turbado; las miradas que se dirigían eran largas,
intencionadas; sus apretones de manos vivos, impregnados de cariño.
Ambos disimulaban delante de Fernanda como si fuese ya la esposa
ultrajada. ¡Y aún no se habían dicho una palabra de amor! Pero Luis
estaba convencido de que faltaba a su novia, de que era un criminal
hacia D. Pedro, su amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía allá
dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo, reflexionaba algunas
veces que por su parte no había dado un solo paso hacia el crimen, que
se veía enredado en aquellas extrañas relaciones, en las cuales existía
amor; inteligencia, traición, todo tácito, sin saber cómo había sido.

Trascurrió más de un mes de esta suerte. Amalia no sólo le hablaba de
amor con los ojos, pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar todos
sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente. Anunciaba, por ejemplo,
que se iba a marchar: al volver los ojos se encontraba con los de Amalia
que le decían que se quedase, y se quedaba. Trataba de bailar con
Fernanda, y una mirada severa bastaba para retenerle. Un día anunció que
iba a pasar seis u ocho en sus posesiones de Onís: Amalia le hizo signo
negativo con la cabeza, y desistió de su viaje. ¿Por qué? ¿Con qué
derecho contrariaba sus determinaciones, se introducía en su vida y la
gobernaba? No lo sabía, pero experimentaba sensación gratísima al
obedecerla. Vivía en una inquietud dulce, anhelante, esperando algo
hermoso, algo inefable que no quería formularse en su cerebro. Mientras,
ella con su eterna sonrisa misteriosa le observaba tranquilamente,
segura de conocer ese algo y de llegar a él cuando le viniera en
apetencia.

Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde en la Granja
inspeccionando el trabajo de algunos obreros, que tenía ocupados en
abrir una acequia más ancha para el molino. El mozo encargado del ganado
vino a decirle que una señora preguntaba por él.

--¿Una señora?--exclamó sorprendido.--¿No la conoces?

El criado le miró estúpidamente, sin contestar. ¿Cómo la había de
conocer, él, que había pasado la vida detrás del ganado, y sólo iba a
Lancia algún día de mercado a comprar o vender una vaca? El conde se
hizo cargo de esto y preguntó enseguida:

--¿Es bajita?

--No es muy alta, no, señor.

--¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el andar muy suelto y
elegante?

Y antes de que el criado pudiera contestar a estas preguntas, que no
había entendido, echó a correr en dirección a la casa con el corazón
palpitante, henchido de emoción por el presentimiento de que era _ella_.

--¿Dónde está?--gritó sin dejar de correr.

--En la corrada, a la puerta del jardín--le contestó también a gritos.

Llegó a la corrada sin respiración. Antes de abrirla se detuvo un
instante, avergonzándose de su presunción. ¿Cómo había llegado a
suponer... ¿Pero por qué diablo se le había metido en la cabeza?... Y,
sin embargo, no podía desecharla. Era _ella_, era _ella_; no le cabía
duda alguna. Levantó el pestillo de la gran puerta de madera pintada de
verde, y entró. La corrada era grande. Veíanse arrimados a la pared
varios enseres de labranza. Debajo de un tendejón yacían algunos carros.
En una caseta de madera, toscamente labrada, estaba amarrado un enorme
mastín que quiso romper la cadena dando furiosos saltos por venir a
acariciarle. Allá en el otro extremo, cerca de la puerta enrejada que
comunicaba con el jardín, _la_ vio, en efecto, con la frente pegada a
las rejas, contemplando las flores. Estaba de espalda. Traía vestido
claro de rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza sombrerito de paja
con flores rojas también. Con la mano izquierda se apoyaba en una
sombrilla que hacía juego con el traje y en la derecha apretaba unos
guantes de seda, ¡Qué bien impresos le quedaron estos pormenores! Jamás
en la vida se le borraron de la memoria.

--¿Usted por aquí?--le preguntó afectando una serenidad que estaba muy
lejos de sentir.--¿Quién había de presumir que fuese usted la señora que
el criado me acaba de anunciar?

--¿De veras no lo ha presumido usted?--preguntó ella mirándole
fijamente.

--No, no, señora.

Y se puso colorado al decirlo. La dama sonrió con benevolencia.

--Bien, enséñeme usted esas rosas de _malmaison_ de que me ha hablado.

El conde abrió la puerta del jardín y ambos pasaron adentro. Era muy
grande, y estaba bastante descuidado. Desde que la condesa había dejado
de venir a la Granja casi en absoluto, los criados apenas tocaban en él.
Luis era más dado a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado, a
desecar terrenos, que a las flores. Así y todo, del tiempo en que su
madre venía todas las tardes y le atendía, existían allí muchas plantas
de flores, grandes arbustos que con el tiempo y con aquel suelo feraz se
iban trasformando en árboles frondosos.

Mientras recorrían caminos arenosos, de los cuales el césped se iba
apoderando por falta de limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo
había llegado hasta allí. Se le había antojado dar un paseo hasta
Bellavista; pero al pasar por delante de la carreterita que conducía a
la Granja se acordó de las dichosas rosas, y dio orden al cochero de que
siguiese por ella. No había visto nunca la posesión. Aquella
frondosidad, aquel verde tan intenso la entusiasmaban. En su país la
vegetación era más pálida.

--Pero más fragante... como las mujeres--dijo el conde con galantería.

La dama se volvió para dirigirle una sonrisa de gracias, y siguió loando
la belleza de los rododendros, de las azaleas, de las camelias
gigantescas que encontraban al paso.

Luego que vieron los rosales y que el conde le hizo elegir algunos para
mandárselos al día siguiente, tornaron por senderos distintos hacia la
puerta de entrada.

--¿Usted está seguro de que yo he venido únicamente a ver estos
rosales?--dijo Amalia parándose súbito y mirándole con fijeza.

Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzó a balbucir
lamentablemente:

--Yo no sé... La verdad que esta visita... Me alegraría que los
rosales...

Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar.

--Pues, además de los rosales, vengo a ver toda la finca, y
particularmente el bosque. Conque ya puede usted ir enseñándomelo--dijo
agarrándose resueltamente a su brazo.

El conde volvió a experimentar nueva y violenta emoción, primero de
pena, después, al sentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimo
gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su ser, fue mostrándole lo digno
de verse que tenía la finca, las grandes y hermosas praderas, las
cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque por último. Ella le
observaba con el rabillo del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una
levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo con interés, loaba los
trabajos que se habían llevado a cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y
venir soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba, despertando en el
alma del conde sensaciones diversas, pero todas vivas y anhelantes.
Cuando observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba repentinamente
alguna maliciosa insinuación que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba
confundido y ruborizado.

--Vamos, conde, a que cuando usted me vio dijo para dentro: «Amalia está
enamorada de mí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.»

--¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está usted diciendo?... ¿Cómo me
había de atrever...

Pero la dama, como si no advirtiera su turbación ni concediera
importancia a sus propias palabras, saltaba inmediatamente a otro
asunto. Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerle agitado y
trémulo. Y en las miradas fugaces que de vez en cuando le lanzaba
reflejábase un sentimiento de superioridad, la benévola ironía del que
está jugando a otro una burla que ha de terminar en bien. El conde
presentía algo grave debajo de aquella sonrisa enigmática, comprendía
que estaba haciendo un papel desairado, que se estaban riendo de él y
hacía esfuerzos heroicos para recobrar su sangre fría, sin conseguirlo.

El bosque admiró y entusiasmó a la dama por encima de todo. Era una masa
de robles añosos donde no penetraba jamás un rayo de sol. El suelo
estaba limpio de abrojos, tapizado de césped que convidaba a reposar.
Ninguna otra finca de recreo de la provincia poseía aquel regalo,
procedente quizá de la primitiva selva donde se había fundado el
monasterio que dio origen a Lancia. Quiso descansar un instante debajo
de aquella bóveda verde por donde la luz se cernía trabajosamente.
Reinaba una paz, un amable sosiego que impresionaba como el silencio y
la luz dormida de una, catedral gótica, pero con emoción más dulce.
Apoyó la espalda en un árbol y paseó largo rato su mirada asombrada por
la espesura. El conde estaba en pie algo más lejos. Ambos permanecieron
mudos largo rato. Por fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos
de la dama estaban posados sobre él. Resistió algunos momentos la
atracción magnética de aquella mirada. Cuando al cabo volvió la suya vio
que en efecto le contemplaba de hito en hito con expresión risueña y
audaz que le hizo bajar la vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él,
sorprendido, confuso, algo irritado sintiéndose en ridículo, viendo que
las carcajadas no cesaban, le preguntó con sonrisa forzada:

--¿De qué se ríe usted, amiga mía?

--De nada, de nada--respondió llevándose el pañuelo a la boca.--Lléveme
usted a ver la casa.

Y se colgó nuevamente de su brazo.

La casa era un grande y vetusto edificio de piedra amarillenta carcomida
por los años, con dos torrecillas cuadradas a los lados. Todo en ella
estaba podrido o deteriorado. En la escalera faltaban rejas, lo mismo
que en los balcones, la bóveda de las habitaciones descascarillada, los
tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros, los cristales,
emplomados a la antigua usanza, tan llenos de polvo que apenas
consentían el ver al través de ellos; las paredes sucias también y de
ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscuros que no se conocía lo
que el pintor había querido representar; las habitaciones, con pocos y
antiquísimos muebles maltratados por el uso de las generaciones
anteriores. Fueron recorriéndolas todas. A Amalia le placía aquel
aspecto de remota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían habitado aquella
casa! ¡Cuánto se habría reído y llorado en aquellas vastísimas
estancias! Cada una tenía su nombre. La una se llamaba _el cuarto del
cardenal_, porque en siglos pasados un cardenal de la familia se alojaba
allí cuando venía a pasar una temporada a la Granja; otra, _el salón de
los retratos_, porque había unos cuantos colgados; otra, _la sala
nueva_, aunque parecía tanto y aún más vieja que las demás. Todo aquello
representaba la vida íntima de una familia al través de los siglos.

--Éste es _el cuarto de la condesa_--dijo Luis al entrar con su amiga en
una pieza no muy grande, donde por debajo del polvo y los estragos del
tiempo se advertía mayor lujo en el decorado.

Era una estancia coquetona donde las generaciones habían ido dejando
testimonios más o menos plausibles de su amor a la ornamentación. Un
escritorio _pompadour_, algunas sillas _regencia_, varios retratos al
pastel; en el techo, pintados al óleo, algunos amorcillos nadando en una
atmósfera, azul en otro tiempo.

--¿Es el cuarto de su mamá?--preguntó Amalia.

--No--replicó el conde riendo,--mamá dormía en otro lado. Se llama así
desde tiempo inmemorial. Quizá alguna de mis abuelas lo había elegido
para sí. Aquí es donde yo duermo la siesta cuando me canso de andar por
el campo.

En uno de los ángulos había una soberbia cama de roble tallado y
enteramente negro por los años. Era una de esas camas del siglo XV que
vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras antiquísimas también.
Sobre los colchones estaba extendido un tapiz moderno de damasco.

--Aquí es donde usted se recoge para pensar más libremente en mí, ¿no es
cierto?

El conde quedó aturdido como si le hubiesen dado un golpe en la cabeza.

--¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo?

Pero súbito, haciendo un gesto de resolución, exclamó:

--¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí pienso en usted como pienso en
todos los sitios adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé lo que
me pasa; vivo en un estado de constante zozobra, y esto, como usted me
decía hace pocos días, es una señal de amor verdadero. Estoy enamorado
de usted como un loco. Comprendo que es una atrocidad, que es un crimen,
pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted.

Y el caballero se dejó caer de rodillas, como uno de sus nobles
antepasados de la Edad Media, a los pies de la dama.

Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo? ¿No se avergonzaba de
semejante confesión? ¿No comprendía que dirigirle aquellas palabras
dentro de su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponer que ella las había
de escuchar con paciencia? ¡Mentira parecía que el conde de Onís, un
caballero tan cumplido, faltase de aquel modo a lo que debía a una dama
y a lo que se debía a sí mismo!

El conde permaneció aterrado y de rodillas bajo tal granizada de
denuestos. Consideraba graves sus palabras; pero el enojo que producían
en la dama era mayor de lo que había sospechado.

Amalia guardó al fin silencio. Le contempló con ojos irritadísimos unos
instantes. Mas una sonrisa feliz y burlona comenzó a dilatar su rostro
expresivo. Se acercó lenta y majestuosamente a él, le puso la mano en el
hombro e inclinándose para acercar la boca a su oído le dijo en voz
baja:

--Hace usted bien en no avergonzarse de nada de eso, porque yo, señor
conde, le quiero a usted tanto por lo menos como usted a mí.

Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abrazó a sus rodillas
besándolas con frenesí, se desbordó en un mar de palabras apasionadas,
incoherentes, llenas de fuego y de verdad, mientras ella, tan breve, tan
diminuta, contemplaba aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos de
valenciana lucientes de amor y pasión.

Con este inmenso trabajo conquistó el conde de Onís a la gentil señora
de D. Pedro Quiñones de León.

Los primeros tiempos de sus relaciones fueron agitadísimos para él,
llenos de punzantes remordimientos y de goces embriagadores. Amalia iba
de vez en cuando a la Granja. Por la noche en la tertulia daba cuenta de
su visita en voz alta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba de congoja
mientras con perfecta sangre fría narraba ella todo lo que se podía
narrar, hablaba del jardín, censuraba el abandono en que estaba y lo que
se divertía trayendo a cada visita algunas plantas con la intención de
dejarlo arrasado, ya que a su dueño no le interesaba. Llevaba su audacia
hasta burlarse.

--Por supuesto que a este señor no hay quien le sufra desde que las
damas le visitan. ¿No advierten ustedes qué impertinente se ha puesto?
Temiendo estoy que el primer día que vaya a la Granja me obligue a hacer
antesala.

Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más serio. Fernanda sonreía
clavándole una mirada, cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos,
altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta un amago de carcajada.
¡Qué esfuerzo prodigioso le costaba al conde aparecer sereno en estos,
momentos! Le parecía que tenía un abismo abierto a sus pies. Y cuando se
encontraba a solas con Amalia quejábase de su audacia, le rogaba con
palabras fervorosas que fuese más precavida, mientras ella, impasible,
gozándose en sus temeridades, sonreía desdeñosamente con su fina sonrisa
enigmática.

No pudiendo verse sino rara vez en la Granja, Amalia halló medio de
hacer más frecuentes las entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de
ésta se encontraban una o dos veces a la semana. El conde entraba por
una puertecita trasera que daba a cierta calleja, a primera hora de la
tarde, cuando los vecinos estaban comiendo. Esperaba lo menos dos o tres
horas. Amalia llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden a su
favorecida. Pero no bastándole esto, todavía ideó la entrada por la
tribuna de la iglesia de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio;
todos sus escrúpulos religiosos se sublevaban a la vez; además tenía
miedo de que un accidente casual descubriese aquellos amores y aquella
profanación. ¡Qué escándalo! Amalia se reía de sus temores como si las
consecuencias terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una mujer que
tenía confianza absoluta en su estrella. Como los buenos toreros se
juzgan más seguros ciñéndose a los cuernos del toro si no pierden la
sangre fría, así ella desafiaba el peligro, iba al encuentro de él
confiando en que sabría salir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su
perfecta serenidad, su increíble audacia la salvaron más de una vez.

El conde de Onís, el coloso de luengas barbas fue un verdadero juguete
en las manos de aquella mujercita temeraria y maligna. Una pasión loca
se apoderó de ambos, sobre todo de ella. Poco a poco se fue
acostumbrando a no vivir sin él, a no pasarse un día sin verle a solas.
Hacía esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para conseguirlo. Y
si las circunstancias rodaban de tal suerte que fuese imposible en tres
o cuatro días gozar una hora de soledad, su espíritu voluntarioso se
exaltaba, botaba dentro del cuerpo como un corcel impaciente, y estaba
dispuesta a arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba las manos, le
daba pellizcos en plena tertulia, le abrazaba detrás de las puertas
cuando con cualquier pretexto le hacía pasar a otra habitación, y más de
una vez y más de dos en las barbas del mismo maestrante, al volver éste
la cabeza, le estampó un beso en los labios. Luis temblaba, empalidecía,
siempre en espera de una catástrofe.

Al cabo de pocos meses, sus relaciones con Fernanda, que habían ido
enfriándose paulatinamente, se rompieron por completo. Fue exigencia
ineludible de Amalia. Desde el principio lo venía preparando con
soberano arte, marcándole el tiempo que había de estar al lado de su
novia, las veces que la había de sacar al baile y hasta lo que le había
de decir. Y como lo tenía previsto, la heredera de Estrada-Rosa, que era
orgullosa, no pudiendo soportar la frialdad de su novio, le dejó en
libertad y le devolvió su palabra. La pobre chica desahogaba su pena con
Amalia, la única que sabía a qué atenerse respecto a aquel rompimiento
tan comentado. Mostró ésta gran enojo por la conducta del conde y se
expresó en términos bastante vivos contra él; tomó parte por la joven,
deshaciéndose en elogios de ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su
talle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblemente algunos pasos
para reconciliarlos. Y en el seno de la confianza, particularmente entre
los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se contentaba con decir que
Fernanda valía en todos sentidos más que su ex-novio, sino que
apellidaba a éste con mil epítetos pesados; jayanote, pavo, santurrón,
hipócrita, etc. Y cuando al día siguiente le veía en casa de Jacoba,
decíale abrazándole muerta de risa:

--¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delante de varios amigos de D.
Juan! ¡Tú no sabes!... Saliste de mis labios que ni con pinzas se te
podía recoger.

Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientos que sin cesar le
mordían, en un estado de perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba de
ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo que le esperaba. Cinco
meses después de comenzadas sus relaciones, un día le anunció Amalia que
creía hallarse en cinta. Se lo dijo con la sonrisa en los labios, como
si le noticiase que le había tocado la lotería. Luis sintió un vértigo
de terror, quedó pálido, la vista se le turbó como si fuese a caer.

--¡Dios mío, qué desgracia!--exclamó llevándose las manos al rostro.

--¿Desgracia?--preguntó ella con asombro.--¿Por qué? Yo estoy muy
contenta.

Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, le explicó riendo que era
feliz con esperar una prenda de sus amores; que no tuviese miedo alguno
porque ella sabría arreglarse para que nada se descubriera. Y, en
efecto, tal maña se dio para apretarse que nadie pudo presumir que
aquella mujer tuviese una criatura en sus entrañas. ¡Qué sustos, qué
congojas las del conde mientras duró el embarazo! Si alguien la miraba
con insistencia, ya estaba temblando; si en el curso de la conversación
un tertulio hacía alusión a algún parto disimulado, se ponía pálido,
pensando que podía ser una indirecta. En todos los rostros creía ver
sonrisas y miradas significativas; en las palabras más inocentes,
profundas y aviesas insinuaciones.

Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamente con una alegría
constante que aterraba y admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo
corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por mucho que lo disimulase,
el conde observaba que la cintura de su querida se ensanchaba. Cuando,
lleno de congoja, comunicó con ella esta observación, se echó a reír:

--Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes. ¿Quién va a sospechar
porque esté un poquito más abultada? Muchas veces le gusta a una llevar
flojo el corsé.

Cuando llegó el momento crítico mostró una bravura que rayaba en
heroísmo. Luis quería confiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué?
Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar tal secreto a otra
persona era peligroso. Le acometieron los primeros síntomas al amanecer,
hallándose en la cama; pero hasta las ocho no mandó llamar a Jacoba, que
con el pretexto de hacer unos colchones dormía desde hacía algunos días
en casa. Se encerraron en el gabinete, donde ya tenían preparadas las
ropas necesarias, y sin un grito, sin un movimiento descompasado, sin la
más leve queja, salió aquella valiente mujer de su cuidado. Jacoba sacó
la criatura con el lío de la ropa, después de haber mandado fuera con
adecuados pretextos a los criados.

El conde lloró de gozo y admiración al saber este feliz desenlace.
Luego, cuando recibió por Jacoba la orden de llevar la niña al portal de
Quiñones, volvió a sentirse acongojado. El plan de su amante le llenaba
de estupor; pero como estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le
mandaba. El resultado coronó la audacia de la dama; fue tal como ella
había previsto.

Y ahora, al contemplar a la criatura segura para siempre, no sólo se
fortalecía su amor y se depuraba, sino que sentían el gozo de la
victoria, del que después de haber corrido fuertes temporales llega por
fin a puerto de salvación.

En voz muy baja, con las manos enlazadas, inclinando de vez en cuando la
cabeza para rozar con los labios la frente de la niña, hablaron largo
rato, mejor dicho, soñaron despiertos, queriendo penetrar en los abismos
insondables del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa
criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia decía que conseguiría educarla
como hija suya, hacerla una verdadera señorita; estaba segura de que D.
Pedro no se opondría a ello. Y como quiera que no tenía hijos, nada más
natural que habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte algún legado
importante. El conde hizo un gesto de desdén. La niña no necesitaba de
la hacienda de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.

--Pero tú puedes casarte y tener hijos--dijo la dama mirándole
maliciosamente.

Él la tapó la boca.

--¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír eso siquiera. Estoy
definitivamente unido a tí.

Ella le besó con efusión.

--Sellados, ¿verdad?

--Sellados--repuso él con firmeza.

--¿Pero no te haces cargo de que si le dejas tus bienes en testamento,
enseguida nacería la sospecha de que era hija tuya?

Esta dificultad le abatió por unos instantes. Ambos se ocuparon en
arbitrar algún medio para eludirla. El conde quería dejarlos en
fideicomiso a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía también sus
inconvenientes. Mejor sería ir colocando dinero a su nombre en algún
banco, y al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, inventar algún
padre llovido del cielo...

--En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a mi cuidado--concluyó diciendo
ella.

Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando de su imaginación
inagotable, de su voluntad y su audacia.

Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir volvieron los ojos al
presente. Era necesario bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al
día siguiente.

--Ya hemos convenido en que la madrina fuese yo y el padrino tú.

--¿Cómo? ¿yo?--exclamó asustado.--Pero, mujer, ¿no comprendes que eso
puede engendrar sospechas?

La dama se obstinó. Que sí, que había de ser padrino. Si sospechaban,
buen provecho. A ella le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente
afligido cambió de idea.

--No te apures, hombre, no te apures--dijo dándole un tironcito a la
barba.--Ha sido una broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la tuvieses
en la pila! No te faltaría más que gritar: ¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí
todos a ver al padre de esta criatura!

El padrino sería Quiñones, y en su representación D. Enrique Valero. La
madrina ella, representada por María Josefa. El conde se mostró muy
satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente y adecuado para asegurar
la suerte de su hija. Pero cuando se manifestaba más contento, un rumor
que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, ponerse lívido.

--¿Qué tienes, hombre?

--¡Ese ruido!...

--Es Jacoba...

Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados aún, se levantó, teniendo
la niña en los brazos, abrió la puerta y cambió algunas palabras con
Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después de entregarle la criatura y
cerrar, volvió de nuevo a sentarse.

--¿Cómo eres tan cobarde, di?

--No es cobardía--repuso él ruborizado.--Es que estoy siempre
sobresaltado... No sé lo que me pasa... La conciencia quizá...

--¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes el cuerpo tan grande se te
pasea el alma dentro de él.

Y acto continuo, observando la expresión de enojo y tristeza que se
reflejaba en su semblante, tornó a abrazarle con trasportes de
entusiasmo.

--No, no eres cobarde; pero inocente sí... Por eso te quiero, te quiero
más que a mi vida. ¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya...
Tú eres mi único amor. Yo no soy casada...

Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus manos finas y pálidas por
el rostro, estampaba en él menudos, infinitos besos, le anudaba los
brazos al cuello, se lo mordía con leves y fugaces mordiscos de ratón. Y
al mismo tiempo, ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir de
sus labios un chorro constante de palabritas melosas que le adormecían y
embriagaban. El fuego, que se adivinaba al través de sus grandes ojos
misteriosos y traidores, brotaba ahora con vivas llamaradas. Era el goce
de la sensualidad el que se desprendía de su ser; pero era también el
deleite maligno del capricho cumplido, de la venganza y la traición.

El conde de Onís se sentía cada día más subyugado. Las caricias de su
amada eran abrasadoras; pero los ojos guardaban siempre, en lo más
hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada. Sentía amor y miedo al
mismo tiempo. Alguna vez su espíritu supersticioso llegaba a imaginar si
un demonio tentador habría venido a alojar en el cuerpecito endeble de
aquella valenciana.

Después de anunciar tres o cuatro veces que se marchaba, sin llevarlo a
cabo por impedírselo ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se
levantó de la butaca. La despedida fue larga como siempre. Amalia no le
soltaba hasta que le veía ebrio, intoxicado por la violencia de sus
caricias. Jacoba le esperaba en el corredor. Después de conducirle por
éste y otros varios hasta la estancia donde se hallaba la escalerita
excusada que iba a la biblioteca, le hizo seña de que aguardase y bajó
sola para cerciorarse de que no había nadie en los pasillos. Tornó a
subir para avisarle; el conde descendió, apagando cuanto podía el ruido
de sus botas. A la puerta del pasadizo la medianera le dejó, después de
abrirle la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las manos en el suelo
para no ser advertido de la gente que pasase por la calle, y en esta
forma atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la puerta y entró. La
oscuridad le cegó. En cuanto dio algunos pasos sintió un golpe en la
espalda y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo:

--¡Muere, infame!

Se heló en sus venas la sangre y dio un salto hacia atrás. Entre las
sombras espesas pudo distinguir un bulto más negro aún. Veloz como un
rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado bajo su enorme
cuerpo si no sintiera una carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz
de Amalia.

--¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!

La sorpresa le dejó mudo unos instantes.

--¿Pero por dónde has venido?--dijo al cabo.

--Pues por la escalera principal. Me he echado este capuchón negro
encima y he bajado corriendo.

Y viéndole frío y disgustado por aquella broma de mal gusto, se empinó
sobre la punta de los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después
de apretar los labios larga y apasionadamente contra los suyos, le dijo
con acento zalamero:

--Ya sabía que no eras cobarde... pero quería comprobarlo.



V

Las bromas de Paco Gómez.


Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez
procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que
se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que
adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de
la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por
encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el
juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en
el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no
podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le
había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a
ella consentiría en cualquier alianza.

--Desengáñate, Santos--decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando
cierta tarde por el Bombé con Granate,--tú, como te has pasado más de la
mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos
lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en
camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya
tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas,
incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están
dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó
rechazándote...

--¡Entodavía! ¡entodavía!--manifestó sordamente el indiano.

--Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dará jamás su
brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará
más que con el conde de Onís o contigo, los dos únicos partidos que hay
en Lancia para ella; el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es
un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella está convencida
ya de esto mismo. No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se
coma la breva... Además, por más que otra cosa digan, a las mujeres les
gustan los hombres como tú, robustos... porque tú eres un roble,
chico--añadió volviendo hacia él la cabeza con admiración.

Granate dejó escapar un mugido corroborante. El marica le pasó las manos
por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas.

--¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!

--Con estos hombros que aquí ves--dijo el indiano con orgullo--se han
ganado muchos miles de pesos.

--¿Cómo? ¿Cargando sacos?

--¡Sacos!--exclamó Granate sonriendo con desprecio.--Eso es pa la
canalla. ¡Cajas de azúcar como vagones!

El Bombé estaba desierto en aquella hora. Era un paseo amplio en forma
de salón, recién construido en lo alto del famoso bosque de San
Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este bosque de robles
corpulentos, añosos, retorcidos, algunos de los cuales pertenecían a la
selva primitiva donde se fundó el monasterio que dio origen a Lancia,
servía de sitio de recreo y esparcimiento a la población, hasta cuyas
primeras casas llegaba. Permaneció siempre en lamentable abandono; pero
la última corporación municipal había llevado a cabo en él magnas
reformas que le habían valido los aplausos de los espíritus innovadores:
un paseo, algunos jardinillos alrededor y una calle enarenada entre los
árboles, que le ponía en fácil comunicación con la ciudad. Los días de
labor no paseaban por él más que algunos clérigos con sus largos manteos
negros y enorme sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio, dos o
tres pandillas de indianos disputando en voz alta sobre el precio de los
cambios o el valor de los solares de la calle de Mauregato, recién
abierta, y tal cual valetudinario, que venía a primera hora a tomar el
sol, y se retiraba tosiendo en cuanto sentía la humedad de la tarde. ¿Y
las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabían perfectamente lo que se
debían a sí mismas y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado de
las leyes del buen tono para exhibirse en días que no fuesen feriados. Y
aun en éstos no lo hacían sino tomando las debidas precauciones. Ninguna
dama de Lancia cometía la bajeza de presentarse en el Bombé los domingos
mientras no estuviesen paseando en él algunas otras de su categoría.
Pero esto era de una dificultad insuperable, dada la unanimidad de
pareceres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres de la tarde, con el
sombrero y los guantes puestos, aguardasen al pie de los balcones,
espiándose las unas a las otras por detrás de los visillos. «Ya pasan
las de Zamora.» «Ahora vienen las de Mateo.» Sólo entonces se
aventuraban a lanzarse a la calle y subir poco a poco y con la debida
majestad hasta el paseo, donde hacía ya dos horas la banda municipal
ejecutaba diversas fantasías sobre motivos de _Ernani_ o _Nabuco_ para
recreo de las niñeras y algunos apreciables albañiles. Ni se crea, sin
embargo, que la sociedad distinguida de Lancia entraba así de golpe y
porrazo en el arenoso salón. Nada de eso. Antes de poner el pie en él
subían a otro paseíto suplementario que había poco más arriba. Desde
allí exploraban el terreno, observaban «si alguna se había atrevido.»
Por fin, cuando las sombras comenzaban a espesarse ya en las copas de
los añosos robles, a la hora en que la niebla descendía de las montañas
apercibida a fijarse en las narices, en la garganta y en los bronquios
del honrado vecindario, todas las bellezas indígenas acudían casi en
tropel al espacioso paseo. ¡Qué importaba un catarro, un reuma, ni
siquiera una pulmonía, ante la deshonra de presentarse las primeras en
el Bombé! ¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso del poder que
en los pechos elevados ejerce el respeto de sí mismo!

Esta exquisita conciencia de los deberes, que la naturaleza ha escrito
con caracteres indelebles en los corazones dignos, se revelaba aún de
modo más claro y conmovedor con ocasión de los bailes de confianza que
el Casino de Lancia daba cada quince días durante el invierno. Fácil es
de comprender que las dignísimas señoritas que con tal admirable
constancia luchaban un día y otro para no entrar en el paseo mientras
estuviese solitario, no irían a cometer la vileza de presentarse
«primero que las otras» en el salón del Casino. Mas como aquí no había
paseo suplementario desde donde espiarse, ni era fácil por la noche
estar de espera en los balcones, aquellas ingeniosísimas damas, tan
dignas como ingeniosas, hallaron un medio de dejar siempre a salvo su
honra. Poco después de sonar las diez, hora en que daba comienzo el
baile, enviaban hacia allá de descubierta, como caballería ligera, a sus
papas o hermanos. Entraban haciéndose los distraídos, se sentaban un
momento en las butacas, gastaban cuatro bromas con los pollos que allí
aguardaban correctos, impacientes, con la luenga levita cerrada,
abrochándose los guantes los unos a los otros, y al poco rato se
retiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus familias que aún no
había llegado nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes de la
levita cerrada aguardaron vanamente toda la noche la llegada de sus
hermosas parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta, que había
tocado sin éxito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba; los
músicos charlaban en voz alta o paseaban por el salón y hasta fumaban;
los hujieres y mozos bostezaban, tirándose unos a otros indirectas
referentes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la orden
de apagar, y los pollos se retiraban a sus domicilios respectivos tan
mustios como correctos. ¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas
jóvenes que, apesar de sus vivos deseos de ir al baile, preferían
permanecer en casa a quebrantar los principios fundamentales en que
descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!

--Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo te dirán que yo--profirió
Manuel Antonio poniéndose la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa de
pantalla.

En efecto, allá a lo lejos se columbraba la figura de Paco como una
percha coronada por un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta las
orejas a causa de la inverosímil pequeñez de la cabeza y su disposición
excepcional. A su lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes
blancos y arrogante figura militar, aunque ya sabemos que era el hombre
más civil que hubiese producido Lancia desde hacía algunos siglos.

Granate dejó escapar algunos gruñidos destinados a probar el profundo
desprecio que aquellos dos personajes le inspiraban, el uno por su poca
formalidad, y el otro por no tener ni un mal cupón del tres por ciento.

--Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer a este babieca de que
es un buen partido para cualquier muchacha, porque no quiere creerlo.

--¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido con cinco o seis millones de
reales, no sé yo quién lo será!--exclamó Mateo relamiéndose como padre
de cuatro niñas casaderas que no acababan de casarse.

--¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!--dijo el indiano
echándole una mirada torva.

--¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro... Yo hablo por lo que dice la
gente...

--Tengo quinientos mil pesos sin quitar un _lápiz_.

Los tres amigos cambiaron una mirada significativa. Manuel Antonio, no
pudiendo contener la risa, le abrazó exclamando:

--¡Bien, Santos, bien! Eso del _lápiz_ me enternece.

Granate era el hombre de los disparates lingüísticos. No tenía
conocimiento de la forma verdadera de una gran parte de las palabras;
las modificaba de modo que resultaba muy cómico. Sin duda dependía de
falta de oído, dado que hacía ya algunos años que había regresado de
América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros atentados contra el
idioma eran proverbiales en Lancia.

--Pues nada, este infeliz se figura--prosiguió el marica, sin hacer caso
de la mirada recelosa que le dirigió--que porque Fernanda Estrada-Rosa
gasta algunos remilgos no le gustan las peluconas como a todo hijo de
vecino... ¡Tonto, tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba
palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si es hija de D. Juan
Estrada-Rosa, el mayor judío que hay en la provincia!

--Hombre, Fernanda ya es otra cosa--manifestó el Jubilado, que no estaba
en el ajo--Es una chica muy rica y no necesita casarse por el dinero.

Pero los otros dos cayeron como fieras sobre él. Cuando se tiene dinero
se quiere más. La ambición es insaciable. Fernanda era muy orgullosa y
no pasaría por que ninguna otra chica en Lancia pudiese ostentar tanto
lujo como ella. Si D. Santos elegía esposa en la población, le podría
hacer competencia desastrosa: era una mosca que no se quitaría jamás de
la nariz. El único rival temible para D. Santos era el conde de Onís;
pero éste ya estaba descartado. Su carácter excéntrico, su misticismo y
las extrañas manías en que daba con frecuencia, habían concluido por
aburrir a la muchacha...

Con estos argumentos y un formidable pisotón de inteligencia que Paco le
dio, el Jubilado entró en razón y se puso de parte de ellos. Los tres
se esforzaron en convencer al indiano de que ni aquélla ni ninguna otra
joven podría resistir mucho tiempo si él se decidía a estrechar el
bloqueo. Paco aludía además de un modo vago y misterioso a cierto dato
que él poseía, el cual demostraba hasta la evidencia que los desdenes de
la chica eran pura comedia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero
era un secreto; no podía revelarlo sin faltar a la amistad y
consideración que debía a la persona que se lo había comunicado.

Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. Como un mastín a quien
rodean los chicos y tratan de congraciársele haciéndole caricias,
echábales miradas recelosas y dejaba escapar de vez en cuando gruñidos
dubitativos. Manuel Antonio agotó el repertorio de sus argumentos
sutiles y femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o
pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta lo infinito. Paco le dejaba
decir y hacer echándole de través miradas socarronas, convencido de que
Granate acogía siempre con desconfianza sus palabras. Pero a última hora
intervino para dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar mucho
por sus dos auxiliares, y de suplicar encarecidamente y por los clavos
de Cristo que aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del bolsillo
una carta. Era de Fernanda a una amiga de Nieva. Explicó primero de qué
modo casual había venido a su poder, y después leyó en voz baja y con
aparato de misterio el siguiente párrafo: «Lo que me dices de Luis no
tiene fundamento. No he vuelto ni volveré a reanudar mis relaciones con
él por razones muy largas de explicar, algunas de las cuales ya conoces.
Lo de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, lleva mejor camino. Es
viejo para mí, pero me parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de
particular que al fin cayera con él.»

Granate atendió con extremada fijeza, abriendo de modo descomunal sus
ojazos. Cuando Paco terminó la lectura dijo con voz profunda, como si
hablara consigo mismo:

--Esa carta es _ipócrifa_.

Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible por contener la risa.
Manuel Antonio aprovechó la ocasión para darle un abrazo más.

--¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale la carta, Paco... ¿Tú
conoces la letra de Fernanda?... ¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal
también, porque Emilita recibe a cada momento cartas de ella... Tú eres
demasiado modesto, Santos. Yo no te diré que seas un real mozo, pero
tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...

--¡Ya lo creo que lo tiene!--exclamó Paco.--Bien puede usted fiarse de
Manuel Antonio, que es voto en la materia.

--Cualquiera puede distinguir, querido--profirió éste, picándose
repentinamente.--Teniendo ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo
que es feo y lo que es mediano.

Y no quiso emplear más saliva en secundar los planes de Paco. Dejaron,
pues, a Granate en paz, y el marica cambió de conversación.

--Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.

Éste levantó la cabeza y vio venir hacia ellos paseando ocho o diez
militares. Eran oficiales del batallón de Pontevedra, que, a su
despecho, había llegado recientemente de guarnición a la ciudad. Mateo
rechinó un poco los dientes y bufó repetidas veces para indicar todo lo
odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó con irónico
retintín:

--¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo de paz!

--Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal. Los militares no dejan de
ser útiles.

--¡Útiles!--exclamó el Jubilado encrespándose.--¿Qué utilidad traen,
vamos a ver? ¿En qué son útiles?

--Hombre, mantienen la paz.

--La guerra es lo que mantienen. Para librarnos de los ladrones basta la
guardia civil. Ellos son los que fomentan el malestar y la ruina de la
nación. En cuanto ven las escalas paradas se sublevan en uno u otro
sentido, que eso es para ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces
pensionadas!... Yo sostengo que mientras existan soldados no habrá
tranquilidad en España.

--Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjera nos atacase?

El Jubilado dejó escapar una risita irónica y sacudió algunas veces la
cabeza antes de contestar.

--Pero ven acá, infeliz, la única nación que puede atacarnos por tierra
es Francia, y si Francia se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían
todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?

--Además, los soldados son un bien para la población por lo que
consumen. Los comercios ganan, las casas de huéspedes lo mismo...

Manuel Antonio defendía a la milicia sólo por oír a Mateo y ponerle
fuera de sí. Ahora se observaba un dejo de ironía en sus palabras y
mayor deseo de exacerbarle.

--¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabullado! ¿Y de dónde viene ese
dinero que consumen, majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de todos
los que pagamos algo al Estado en una u otra forma!... El resultado
final es que ellos consumen sin producir, que son un mal ejemplo en las
poblaciones, porque la ociosidad en que viven corrompe a los que ya son
un poco propensos a la vagancia... ¿Sabes tú cuál es el gasto del
ejército? Pues entre los ministerios de Guerra y Marina consumen más de
la mitad del presupuesto. ¡Es decir que la administración, la justicia,
la religión, los gastos que ocasionan nuestras relaciones con los demás
países, las obras públicas y el fomento de todos los intereses
materiales no cuestan tanto al contribuyente como esos caballeritos del
pantalón encarnado!... Que las demás naciones de Europa tienen un
ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas. Las demás se pueden
permitir ese lujo porque tienen dinero. Pero nosotros somos unos
pobretes; no tenemos más que fachada... Además, en otros países hay
complicaciones internacionales, de las cuales por fortuna estamos
libres. La Francia no nos atacará por miedo a la intervención de las
potencias; pero si nos atacase, lo mismo nos conquistaría con ejército
que sin él...

El Jubilado se repetía, manoteaba para dar nueva fuerza a sus
argumentos, echaba fuego por los ojos. Manuel Antonio le dejaba
irritarse con visible satisfacción. En aquel momento pasó cerca el grupo
de los oficiales, que dieron las buenas tardes cortésmente. Todos
contestaron menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído.

--Yo creo que está usted muy exagerado, don Cristóbal. ¿Qué tiene usted
que decir del capitán Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No es todo un
buen mozo y una persona atenta y fina?

--Con un azadón en la mano estaría mucho mejor y sería más útil a su
país--murmuró sordamente el Jubilado.

--Pues no tiene usted más que ponérselo en cuanto sea su yerno, porque,
según cuentan, es novio de su hija Emilia--dijo el marica recalcando las
palabras con extremado gozo.

Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó anonadado. Apenas pudo
mascullar trabajosamente:

--¡Quién hace caso de esas boberías!

Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había llegado a lo profundo
del corazón, le ponía en la situación más difícil en que estuvo jamás
hombre alguno. Los demás no dejaron de notar este silencio, y se hacían
guiños y se dirigían sonrisas por detrás de su espalda.

Pero Paco también estaba preocupado. Cuando se le metía en la cabeza, en
aquella cabeza como un puño, mal amasada, un bromazo como el que tenía
proyectado, andaba inquieto, afanoso, lo mismo que el poeta o el pintor
que tienen una obra entre manos. Después de varios días de machacar por
él logró al fin, casi, casi, decidir al indiano. Se trataba nada menos
de que éste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan Estrada-Rosa la
mano de su hija Fernanda. Según Paco y los que le secundaban, era el
medio más directo y más adecuado de conseguirla. Todo lo demás, andarse
por las ramas. El día en que D. Juan viese que le entraban diez millones
por la casa andaría de cabeza por convencer a su hija. Y ella misma no
les haría asco. ¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con quién
mejor podía casar que con un hombre tan rico, tan formal, tan sano y tan
_ilustrado_? Este último epíteto, proferido por Paco con grave
continente, estuvo a punto de echar a perder el asunto, porque no faltó
quien sofocase a duras penas la carcajada. Granate quiso advertirlo,
miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiado y reacio algunos
días.

Llegó un momento, sin embargo, en que el indiano creyó en sus palabras.
Fue después de haberle oído en el Casino desde una habitación contigua
atacar duramente al conde de Onís. Aquel día se decidió a darle crédito
y convino con él la manera de llevar a cabo la petición que le
aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no decir nada previamente a la
chica. Así como los buenos generales, para asegurar la victoria, suelen
caer de improviso y con sigilo sobre el ejército enemigo, lo más hábil
en este caso era entrar inopinadamente en la casa, llamar a don Juan a
una conferencia reservada y abordar de frente el negocio. Por el
banquero no había cuidado: se pondría como unas pascuas. La chica
recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la aturdiría y la pondría más
blanda. Las cosas graves de la vida se deciden generalmente por una
corazonada. El que no se arriesga no pasa la mar. En resumen, que
Granate se entregó a discreción y comenzaron los preparativos para la
gran solemnidad. Lo primero que se trató fue la hora. Quedó resuelto que
fuese a las doce del día. El traje fue objeto de animadas pláticas. Paco
opinaba que, para presentarse bajo un aspecto más imponente, convendría
vestirse algún uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de
administración civil. No era difícil conseguir el nombramiento
sacrificando un puñado de oro; pero esto dilataría más de un mes la
realización de la empresa. Se desechó el uniforme y se convino en que
vistiese frac negro y llevase colgada la medalla de concejal. Fijose por
último el día: resultó un lunes.

Desde mucho antes el traidor había deslizado en la conversación,
hablando con D. Juan Estrada-Rosa, la especie de que Granate se jactaba
de ser deseado y requerido por él para yerno. D. Juan, que era también
rico y tenía su cacho de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y creía
que el día menos pensado vendría un duque de Madrid a pedírsela, se
irritó grandemente, le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de ver
a su hija casada con semejante cafre, preferiría que se quedase soltera.

--Pues tenga cuidado, D. Juan--dijo Paco sonriendo
maliciosamente,--porque el día menos pensado se presenta en casa a
pedirle la mano de Fernanda.

--No lo hará tal--respondió el banquero.--Demasiado sabe que le echaría
por la escalera abajo.

Con estos antecedentes el terrible humorista de Lancia marchaba sobre
terreno seguro. Fuera de los tres o cuatro amigos que le ayudaron a
persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la intriga; pero el domingo
por la tarde, víspera del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio que
él, lo fueron pregonando por todos los grupos y citándose para el día
siguiente en el café de Marañón. En provincia, donde son escasos los
medios de divertirse, se toma muy por lo serio esta clase de bromas, se
preparan con fruición, se paladean de antemano. La de Paco fue acogida
con vivo entusiasmo por la juventud laciense. La víctima no era un pobre
diablo, cómo solía acontecer, sino un ricachón. Esto le prestaba doble
atractivo. En el fondo de todos los corazones hay siempre unos granitos
de odio para el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo la voz, y al
día siguiente se presentaron en el café de Marañón más de cincuenta
mancebos.

Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó Granate. El café estaba
situado en un piso principal (por aquel tiempo no se usaban los bajos
para este destino) de la calle de Altavilla, casi enfrente de la casa de
D. Juan Estrada-Rosa. Ésta era grande y suntuosa, aunque no tanto como
la que recientemente había construido don Santos. La del café, vieja y
de ruin apariencia. El local que ocupaban los parroquianos, una sala
donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes a los lados con algunas
mesillas de madera para el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán
lejos aún los tiempos de que se estableciese en uno de los bajos de
aquella misma calle el magnífico café Británico, con mesas de mármol,
espejos colosales y columnas doradas como los más elegantes de Madrid!

Espiando por detrás de los visillos aquella florida juventud, ávida de
los goces estéticos, vio pasar a Granate correctamente vestido,
balanceando su torso colosal sobre unas piernas que no lo merecían. Le
vieron entrar en casa de Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del
picaporte. Nada más. Inmediatamente se abrieron de par en par los
balcones del café y se llenaron. Los que no tenían sitio se encaramaron
en sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos se clavaron en el
portal de enfrente. Esperaron cerca de un cuarto de hora.

Al cabo la fisonomía violácea de Granate apareció de nuevo. Daba miedo.
Aquella cara parecía ya un terciopelo como si estuviese ahorcado. Las
orejas tenían el color de la sangre. A su aparición estalló una salva de
toses y estornudos y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabeza y
paseó su mirada atónita por aquella muchedumbre descompuesta que le
sonreía, sin comprender la razón. Tardó poco, sin embargo, en darse
cuenta de que era víctima de un bromazo. Sus ojos se clavaron entonces
feroces en el concurso, y exclamó con un desprecio que nada tenía de
fingido:

--_¡Méndigos!_

Y se alejó como un jabalí perseguido por la jauría entre silbidos y
carcajadas, volviendo de vez en cuando la cabeza para escupirles el
mismo esdrújulo injurioso.



VI

Las señoritas de Meré.


En efecto, Emilita Mateo había logrado hacerse amar de un capitán del
batallón de Pontevedra. Le había costado muchos días de incesante
jugueteo, un número incalculable de miradas provocativas, de carcajadas
sin motivo, de caprichos infantiles, de gestos mimosos y enfados
pasajeros. Había desplegado, en suma, todas sus baterías, mostrándose a
la vez cándida y maliciosa, dulce y arisca, reservada y charlatana,
grave y retozona como una loquilla, como niña ligera e insustancial,
pero adorable. Al fin Núñez, el capitán Núñez, no pudo resistir a tal
graciosa mezcla de inocencia y malicia, y se replegó primeramente, y no
tardó luego en rendirse. Era un hombre de cara larga, bigote y perilla,
flaco, serio, bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, muy exacto
en el cumplimiento de sus deberes y aficionado a dar largos paseos. Esta
clase de hombres silenciosos y disciplinados son los más sensibles a los
encantos de la alegría y la vivacidad. Emilita le hizo suyo llamándole
cazurro y dándole pellizcos por «pícaro y burlón»; ¡a él, a quien había
que sacar las palabras con tirabuzón y en su vida había gastado la más
sencilla chanza!

Con este memorable suceso, la familia Mateo andaba bastante dislocada.
Jovita, Micaela y Socorro, hermanas legítimas de la afortunada doncella,
sentíanse celosas y lisonjeadas a la vez. Entendían que la preferencia
de un oficial de infantería tan bizarro constituía un honor que
irradiaba sobre toda la familia y las colocaba en situación ventajosa
frente a sus amigas o conocidas. Pero al mismo tiempo consideraban que,
siendo Emilita la última en edad, no le correspondía tener novio y mucho
menos casarse sino después de sus hermanas. Eran prematuros en ella los
noviazgos, no contando más que veinticuatro años de edad. En cuanto a la
idea de que pudiera contraer matrimonio una criatura tan tierna y tan
informal, la misma sonrisa de sorpresa y desdén contraía los labios de
las tres hermanas mayores. Así que, por más que se desbarataban en
elogios del capitán delante de las amigas, haciendo resaltar sus prendas
físicas, prestándole un corazón grande y heroico, certificando de su
riqueza como si se la administrasen y hablando vagamente de ciertas
influencias que le pondrían más tarde o más temprano en la bocamanga los
entorchados de general, lo cierto es que no le perdonaban ni le
perdonaron jamás su delito cronológico.

Por otra parte, don Cristóbal, padre de aquel ángel travieso y juguetón,
quedó repentinamente en posición tan falsa que quiso volverse loco.
Luchaba su amor de padre ruda batalla con el odio a la milicia.
Avergonzábale el consentir que una hija suya diese oídos a un militar
después de haberlos llamado él tantas veces haraganes, sanguijuelas, y
haber clamado tanto por la reducción del contingente. ¿Con qué cara se
presentaría a sus amigos de allí en adelante? Pasó días bien terribles.
El aborrecimiento al ejército y a la marina se hallaba tan profundamente
arraigado en su corazón, que no podía extinguirse de pronto. Sin
embargo, le era forzoso confesar que la conducta nobilísima del capitán
Núñez lo había mermado poderosamente. El anhelo de casar a sus hijas
gozaba tanta vida en el fondo de su ser como el desprecio de la fuerza
armada. ¡Cuánto le pesaba de haber vociferado tanto contra ésta! En su
tribulación llegaba a deplorar que Núñez perteneciese al arma de
infantería. Si fuese siquiera marino, disminuiría la gravedad del
conflicto. Recordaba que en sus diatribas contra el ejercito hacia la
salvedad de que era necesario conservar algunos barcos para proteger las
colonias. Lo mismo podía decirse si perteneciese a la Guardia civil. En
cuanto a las demás fuerzas de tierra, no cabía disculpa ni había medio
de salir del aprieto.

En tan terribles circunstancias optó por encerrarse en casa. Cuando
alguna vez salía, andaba receloso y huido. Los amores de su hija se
fueron haciendo más formales y cada vez más públicos. Temía las bromas.
El miedo le hizo claudicar, adoptando un proceder doble y falso, indigno
por completo de su carácter y antecedentes. Es decir que, mientras
públicamente seguía afectando desprecio hacia las fuerzas de tierra,
cuando hablaba con el novio de su hija o entre militares, lo hacía con
agasajo, les preguntaba con interés por su carrera, lo mismo que si
prestasen servicios en cualquier oficina civil del Estado. Nadie
sospecharía al oírle enterarse tan minuciosamente del escalafón, de las
reservas y reemplazos, etc., que aquel hombre les tenía jurado odio
eterno. Pero el Jubilado llegó con el tiempo a una distinción que nunca
se había atrevido a proponer. Como militares no transigía con ellos,
los consideraba una verdadera plaga social... Ahora, «como hombres,»
bien podían ser dignos de estimación, según sus cualidades.

Los amores de Emilita habían nacido y crecido como otros muchos en casa
de las de Meré. Eran éstas dos señoritas que pasaban de los ochenta y no
llegaban a los cien años. De todos modos, a la entrada del siglo XIX
eran ya maduras. No tenían en Lancia familia alguna. Ninguno de los
vivos recordaba a su padre, que había muerto cuando todavía eran
mocitas. Estuvo empleado en el ramo de Hacienda. Es de suponer, dada su
remota antigüedad, que sería percibidor de alcabalas o de otros pechos
ya extinguidos. Del siglo XVIII, al cual pertenecían, tenían aquellas
interesantes señoritas en primer lugar el traje. Jamás pudieron entrar
por las modas del presente. Una saya de cúbica negra muy escurrida con
plomos por debajo para que se escurriera todavía más, talle muy alto,
manga apretada con bullones, zapatito de tabinete descotado y un tocado
inverosímil de puro extravagante: así se presentaban en todas partes. La
mantilla que usaban no era de velo, sino de sarga con franja de
terciopelo, como las usan ahora solamente las artesanas. Llevaban bastón
para apoyarse. Conservaban además la cortesía exquisita, la ligereza de
carácter, la pasión por la sociedad y una alegría inagotable,
maravillosa a sus años. Lo que no habían traído consigo al siglo
presente era la libertad de costumbres y la malicia que, al decir de los
historiadores, caracterizaba la sociedad del pasado. Imposible imaginar
unas criaturas más sencillas. Como si no hubiesen atravesado por la
vida, todo les sorprendía, en todo creían menos en el mal. Así que, con
frecuencia, eran víctimas de las bromas de sus amigos y tertulianos, sin
que por eso dejase ninguno de profesarles entrañable afecto. Desde
tiempo inmemorial tenían costumbre de recibir en su casa por la noche a
la juventud de Lancia, particularmente a los muchachos que se placían en
asistir por la grandísima libertad que allí disfrutaban. Por acuerdo
tácito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad peregrino el oír a los
chicuelos de diez y ocho años hablar con tal familiaridad a unas
viejecitas que pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita para aquí, Nuncita
para allá, porque la más anciana se llamaba D.ª Carmen y la más joven
D.ª Anunciación.

Tres o cuatro generaciones habían pasado por aquella salita de la calle
del Carpio, modesta y aseada, con el pavimento de madera encerada,
sillas de paja, sofá de damasco encarnado, cómoda de caoba atestada de
chirimbolos, espejo con marco de carey y diversos cuadritos al pastel
representando la historia de Romeo y Julieta. La tertulia de las de Meré
era la más antigua de Lancia. Contra lo que acaece generalmente, estas
mujeres que no pudieron hallar marido tenían la manía de casar a todo el
mundo. El número de matrimonios que salieron acordados de aquella salita
es incalculable. En cuanto advertían que un muchacho se acercaba a
cualquier muchacha más que a las otras, ya estaban nuestras señoritas
preparando los hilos para unirlos con lazo indisoluble; ya no consentían
que nadie se sentase en la silla que estaba al lado de Fulanita para que
cuando Menganito viniese la hallase aparejada y no tuviese más que
sentarse. Y vengan a Fulanita elogios desmesurados de Menganito, y vayan
a Menganito relaciones minuciosas de los primores que Fulanita ejecuta
con la aguja y lo económica y hacendosa que es y lo piadosa y lo limpia.
Y escápense más adelante a casa de la mamá de Fulanita para celebrar
conferencias largas, íntimas, trascendentales, y procuren enseguida
tropezarse con el papá de Menganito y desplieguen todas sus dotes
diplomáticas para explorarle el corazón. Y por premio de estos sudores
recibían, al cabo, un cartuchito de dulces el día de la boda.

Pero todas las madres de niñas casaderas las adoraban, no se hartaban de
bendecirlas y adularlas. Saludábanlas de media legua, y al salir de la
iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazo para que se apoyaran. En
cambio, las que tenían algún hijo varón en edad de casarse solían
mirarlas con recelo y antipatía, las llamaban por lo bajo chochas y
entremetidas. No hay necesidad de indicar, por lo tanto, que su pasión
casamentera les costó no pocos disgustos. Cuando algún lechuguino sentía
brotar en su pecho la llama del amor, lo primero que hacía era
mostrársela a las de Meré.

--Carmelita, estoy enamorado.

--¿De quién, corazón, de quién?--preguntaba la anciana con vivo interés.

--De Rosario Calvo.

--¡Ajá! Buen gusto ha tenido el picarón. No hay chica más guapa ni mejor
educada. Habéis nacido el uno para el otro.

Y por un rato el zagalillo tenía el placer de escuchar el panegírico de
su adorada.

--Espero que me protegerás.

--Todo lo que tú quieras, mi alma.

Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no había puesto los pies en su
vida en casa de las de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua.
¿Cómo se habían arreglado aquéllas para atraérsela? No es fácil
averiguarlo, pero tantas veces habían llevado a término ya empresas
análogas, que de seguro poseían una receta simple y segura.

Encariñábanse con sus amigos como si fuesen próximos deudos todos.
Contábanse de ellas rasgos de abnegación que las honraba extremadamente.
Durante la furiosa reacción del año 1823, uno de sus tertulios, teniente
de caballería, se refugió, después de cierta intentona abortada, en su
casa. Las señoritas le recibieron y le ocultaron algunos días, y al cabo
lograron que se evadiese disfrazado con el traje de un criado. Pero
teniendo noticia de que iba la policía a registrarles la casa, pensaron
con terror en el uniforme del teniente. ¿Dónde guardarlo que no diesen
con él? Carmelita, en aquellos instantes críticos, tuvo un rasgo de
ingenio y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus ropas de mujer.
Por cierto que este teniente se portó con ellas con bastante ingratitud.
No tuvo en su vida diez minutos para escribirles una carta dándoles las
gracias.

No fue la única que hubieron de sufrir por parte de sus tertulios.
Acostumbraban éstos aprovecharse de su amabilidad cuanto podían;
recreábanse en su casa, gozaban de la compañía y conversación de las
jóvenes más bellas de Lancia, concertaban algunos su matrimonio, y luego
que lo realizaban, o porque sus negocios o su edad les impedían asistir
a la tertulia, si te vi, no me acuerdo; apenas las saludaban en la
calle. Lo mismo puede decirse de las mamas, tan rendidas y aduladoras
antes de casar a sus hijas, y tan despegadas así que lo conseguían. Pero
tales flaquezas no alteraban el buen humor de aquellas benditas ni
destruían su optimismo. Como se estaban renovando sin cesar los
asistentes a su casa, olvidaban la ingratitud de los antiguos para
pensar tan sólo en el aprecio que les tributaban los nuevos. Además, en
sus corazones no cabía rencor, ni siquiera hostilidad; las bromas no las
ofendían. ¡Y cuidado que algunas eran bien pesadas! La que les dio Paco
Gómez en cierta ocasión hizo raya: aún se cuenta con regocijo en Lancia.

No todas las noches de invierno iban damas a la tertulia. Generalmente
asistían los sábados y los miércoles. Pero había un grupo de muchachos
que casi nunca dejaban de hacerles un rato de compañía a primera hora,
aunque después se marchasen a otras casas. Uno de ellos era Paco Gómez.
En estas noches de soledad se formaba generalmente un partido de
_brisca_. Paco iba de compañero con Nuncita y el capitán Núñez, o Jaime
Moro, o cualquier otro muchacho con Carmelita. Paco una noche se dolió
de que las señas que se hacían durante el juego fuesen tan vulgares y
conocidas: era imposible hacerlas pasar inadvertidas para los
contrarios. Entonces, de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas. Él
enseñaría unas a Nuncita, y el contrario otras a Carmelita. Las nuevas
señas fueron todas ademanes obscenos, de esos que no se ven más que en
las tabernas y lupanares. Aquellas inocentes mujeres las aceptaron sin
saber lo que hacían y se sirvieron de ellas con la mayor desenvoltura.
Así que pasaron algunos días, y estaban perfectamente avezadas a
usarlas, Paco invitó una noche a muchos de los tertulios a presenciar el
juego. Resultó una escena de cómico subido. Cada vez que cualquiera de
las dos señoritas hacía una seña, había una explosión de alegría. Pues
bien, apesar de lo brutal y desvergonzado de la broma, las bondadosas
señoritas, en vez de ponerle de patas en la calle y cerrarle la puerta
para siempre, se contentaron al saberlo con hacerse cruces de sorpresa y
reírse como los demás.

--¡Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo diría! ¡Tantos pecados
como hemos cometido sin saberlo!

--Pues yo no los confieso--exclamó Nuncita con resolución.

--Los confesarás, Niña--expresó gravemente la primera.

--Que no.

--¡Niña!

--Que no quiero.

--¡Silencio, Niña! Los confesarás y tres más. Mañana mismo te llevaré a
Fray Diego.

Nuncita protestó todavía sordamente, como una chica mimosa, hasta que
las miradas severas de su Hermana mayor la hicieron callar. Pero todavía
estuvo buen rato enfurruñada. A veces, sin saber por qué, se mostraba
díscola y rebelde en sumo grado. Necesitaba Carmelita hacer gala de toda
su autoridad para someterla. Mas, ordinariamente no sucedía así. Aunque
no le llevase más de tres o cuatro años, Nuncita, por la costumbre
adquirida, por debilidad de carácter, o por ventura porque no le
disgustaba aparecer más joven en presencia de la gente, reconocía la
jefatura de su hermana y la obedecía con una sumisión que envidiarían
las madres para sus hijas. Pocas veces tenía necesidad de reprenderla,
pero cuando lo hacía, Nuncita bajaba la cabeza y al poco rato se la veía
llevarse el pañuelo a los ojos y salir de la sala, mientras Carmelita
seguía sus movimientos con mirada fija, sacudiendo al mismo tiempo la
cabeza severamente. Poco faltaba para que la castigase dejándola sin
postre o mandándola a la cama. Por tales razones y porque Carmelita así
la llamase con frecuencia, D.ª Nuncia, que pasaba algo de los ochenta,
era conocida en Lancia por el sobrenombre de «la Niña.»

En los amores de Emilita Mateo se portaron ambas hermanas heroicamente.
El capitán Núñez fue bloqueado en toda regla. Por espacio de un mes lo
menos, y hasta que le vieron bien encarrilado, ni una silla le dejaron
libre más que la que estaba próxima a la más joven de las chicas de D.
Cristóbal. En el juego de la lotería, al cual se entregaba con pasión
desordenada aquella sociedad, Nuncita se encargaba, sin que nadie se lo
pidiese, de buscarles cartones que fuesen combinados. Cuando se referían
al oficial de Pontevedra y a Emilita hablaban como de una sola persona.
Tan unidos y compactos los apreciaban ya.

Servicios a tal extremo importantes los pagaba el Jubilado con una
gratitud que le rebosaba del alma y le salía por los ojos. De buena gana
se prosternaría ante ellas y les besaría la orla del vestido de cúbica.
Pero su dignidad y aquella larga serie de diatribas contra el ejército
que llevaba colgadas a los pies como grilletes, le impedían estas y
otras manifestaciones. Ni siquiera tenía el consuelo de poder mostrarse
alegre cuando aquel pundonoroso militar acompañaba a su niña en el
paseo. Pero ya se sabe que las señoritas se preocupaban muy poco de la
gratitud de sus tertulios. Los casaban por vocación irresistible de su
espíritu, por una necesidad de su organismo, como teje la araña la tela
y cantan los pájaros en el bosque. Una vez enlazados por el vínculo
matrimonial, los tertulios, lo mismo hombres que mujeres, perdían todo
su atractivo para las señoritas de Meré. Su atención se concentraba
inmediatamente en los nuevos pollastres que venían piando a cobijarse
bajo sus alas protectoras.

Quien les causó una serie de decepciones y amarguras, que a poco dan con
ellas en el sepulcro, fue el conde de Onís. En su vida habían tropezado
con un hombre más incomprensible. ¡Lo que las pobres sudaron para
meterle en vereda, en la florida vereda de Himeneo! Pero aquel diablo se
les resbalaba por entre los dedos como una anguila. Mostrábase durante
algunas noches tierno y amartelado con Fernanda; no se apartaba de ella
el canto de un duro. Las miradas de las dos hermanas se posaban sobre
ellos con visible enternecimiento; procuraban con ahínco que nadie fuese
a interrumpirles; poco les faltaba para mandar a los demás que bajasen
la voz a fin de que no les molestase el ruido. Pues bien,
repentinamente, cuando menos podía pensarse, el conde cometía el absurdo
de alzarse distraídamente de la silla, bostezar y marcharse a hacer
solitarios a un rincón de la mesa. Por su parte Fernanda caía en
idénticas flaquezas, poniéndose a charlar animadamente con el chico del
regente de la audiencia sin dirigir una mirada a su novio. Carmelita y
Nuncita quedaban aterradas cuando esto sucedía, se iban a la cama, presa
de la mayor consternación.

Después del rompimiento definitivo, y cuando al cabo se convencieron de
que la ventura de realizar tan sublime matrimonio no estaba reservada
para ellas, humillaron un poco su ambición y prestaron auxilio a
Granate, que hacía mucho tiempo lo demandaba con instancia. También por
este lado la suerte impía les hirió cruelmente. Fernanda rechazaba con
irritación cualquier palabra suasoria que le dirigiesen en favor del
indiano. Si observaba que las señoritas tenían dispuestas las sillas de
modo que resultase aquél sentándose a su lado, en un instante destruía
su combinación yéndose con ademán displicente al extremo opuesto. Al
formarse las partidas de _brisca_ o de _tute_ no consentía que se lo
diesen por compañero so pena de renunciar al juego. En fin, que estaba
tan alerta y sobre sí que era imposible atacarla por ningún lado. No
obstante, las de Meré persistían en su proyecto y trabajaban por
llevarlo a cabo con paciencia; que es la garantía más segura para dar
cima a las grandes empresas.

Algunos días después de la guasa de Paco Gómez se hallaban en la famosa
tertulia, a más de tres o cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel
Antonio, D. Santos, el capitán Núñez, D. Cristóbal, Fernanda, María
Josefa Hevia y dos de las chicas de Mateo. No se pensaba todavía en
jugar. Todos estaban sentados menos Paco, que daba vueltas por la sala
contándoles la broma que había dado la otra noche en el teatro a Manín,
el mayordomo de Quiñones. Desde que éste había quedado paralítico, su
famoso acompañante andaba sin sombra por la ciudad. Mas, por la gran
confianza que su amo le otorgaba, los tertulios de D. Pedro le guardaban
consideraciones, y apesar de la rusticidad de su trato y del traje
campestre que llevaba, cuando le tropezaban en la calle le abrazaban
familiarmente, le convidaban a entrar en el café y a veces le llevaban
al teatro. Manín para aquí, para allá: el grosero aldeano se había hecho
famoso no sólo en Lancia, sino en toda la provincia. Aquel calzón corto,
aquella media blanca de lana con ligas de color, chaqueta de bayeta
verde y sombrero calañés, le daban un aspecto original en la ciudad,
donde por milagro se veía ya un hombre con este arreo. Era una de las
cosas que más sorprendían a los forasteros, sobre todo viéndole alternar
en cierto pie de igualdad con los señores de la población. No sólo por
respeto al maestrante, sino porque les hacía mucha gracia las salidas
brutales de Manín, éstos se perecían por llevarle en su compañía.
Además, Manín era un célebre cazador de osos, con los cuales se decía
que había luchado algunas veces cuerpo a cuerpo. Los aficionados a tal
clase de ejercicio le profesaban por esto respeto y simpatía. Sin
embargo, los enemigos que el mayordomo tenía allá en su aldea
aseguraban, riendo sarcásticamente, que lo de los osos era una farsa,
que en su vida los había visto, cuanto más luchar con ellos. Añadían que
Manín había sido siempre un zampatortas hasta que D. Pedro había tenido
el capricho de sacarle de la oscuridad. La imparcialidad nos obliga a
estampar esta opinión, que desde luego suponemos infundada. Hay que
confesar, no obstante, que la conducta de Manín, ofreciendo repetidas
veces a sus amigos llevarles a cazar el oso, sin que jamás cumpliera la
promesa, la prestaba cierta verosimilitud. Pero el profesar respeto a la
salud e integridad de los osos de su país ¿es acaso motivo suficiente
para arrojar a un hombre a la cara el calificativo de zampatortas? Nadie
osará afirmarlo. Más lógico es suponer que el célebre Manín era, como
todos los hombres que logran sobreponerse a la multitud, víctima de las
asechanzas de la envidia.

Refería Paco, con el desenfado procaz que le caracterizaba y del que no
prescindía ni aun hallándose entre damas, cómo había llevado a Manín al
palco proscenio que con otros amigos tenía abonado en el teatro. El
mayordomo no había visto jamás bailarinas. Al presentarse éstas en
escena le hizo creer que traían las piernas desnudas. Manín quedó
escandalizado, fijando en ellas sus ojos, donde se pintaba el asombro y
la indignación. «Pues aún no has visto lo mejor; ¡aguarda, aguarda un
poco!» Al comenzar la orquesta a tocar, las bailarinas hacen chasquear
los palillos, y dando una vuelta levantan todas la pierna a la altura de
la cabeza. «¡Sollo!» exclama el pobre tapándose la cara con las manos.
¡Dios sabe lo que pensó que iba a ver!

Paco narraba el lance con naturalidad, paseando de un cabo de la sala,
la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Las
jóvenes tertulianas se creyeron en el caso de ruborizarse. Todos reían
menos Granate, que aún tenía en el corazón la broma del día pasado.
Desde su rincón, donde estaba como un oso aletargado, dirigíale miradas
torvas, agresivas. ¿Qué había pasado en casa de Estrada-Rosa cuando el
indiano fue a ella en demanda de la mano de la señorita? Ni a D. Juan ni
a su hija se les pudo sacar una palabra; pero cierta doncellita enteró a
todo el mundo de que D. Juan había rehusado en términos desdeñosos, que
Granate hizo ostentación de sus millones y aun se autorizó el manifestar
que Fernanda no encontraría un matrimonio más ventajoso. Entonces D.
Juan se incomodó, le llamo zángano y lo despidió con cajas destempladas.
Paco, cada vez que sorprendía una de aquellas miradas furibundas,
sonreía y hacía guiños a Manuel Antonio.

--Oye, Carmela--dijo parándose frente a un cuadrito pintado al
óleo,--¿dónde habéis comprado este San Juan?

--¡Jesús! señor--exclamó Carmelita,--no es un San Juan, que es un
Salvador, ¡míralo cómo se ríe el pobrecito!

--¡Ah! es un Salvador. ¿En qué se distinguen?

Las señoritas de Meré, al escuchar tal pregunta, quisieron volverse
locas de alegría. Se les caían las lágrimas de risa.

--¡Ay, qué Paquito! ¡Ay, qué corazón!... ¡No distingue un San Juan de un
Salvador!

Y ríe y que te ríe. Hacía muchos años que no habían oído nada tan
gracioso. Cuando hubieron sosegado un poco y se limpiaron las lágrimas y
se sonaron estrepitosamente con un pañuelo de hierbas, Paco, que gozaba
viéndolas tan alegres, les preguntó:

--Pero vamos, ¿cuándo lo habéis comprado, el Salvador, que yo no lo he
visto hasta ahora?

--Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma; pero allí no estaba bien,
porque tropezaba la cama en él, y lo hemos traído.

--Se lo regaló a Carmela, cuando vivía papá, un pintor de Madrid que
pasó aquí unos días--dijo Nuncita.

--¿Eras tú joven?--preguntó gravemente Paco dirigiéndose a Carmelita.

--Sí, muy jovencita.

--¿El pintor tenía fama?

--Mucha.

--Entonces ya sé quién era, Murillo.

--No; me parece que no se llamaba así.

--Entonces sería Velázquez.

--Ese nombre ya me suena más. Era hombre mozo, muy cortés y muy galán,
¿verdad, Nuncia?... A tí me parece que te hizo algunas carantoñas...

Nuncita bajó los ojos ruborizada.

--¿Quién se acuerda de eso ya?

--Era muy enamoradizo--prosiguió Carmelita;--pero al mismo tiempo bien
criado y bien entendido...

--¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser otro que Velázquez.

--No se llamaba Velázquez; se llamaba González--apuntó tímidamente
Nuncita.

Y después de decirlo volvió a ruborizarse.

--¡Eso es, González!--exclamó su hermana haciendo memoria.

--Bueno, es igual, sería un contemporáneo suyo, de la buena raza de
pintores del siglo XVII--manifestó Paco sin turbarse por las carcajadas
de los tertulios, que se espantaban de la inocencia de aquellas pobres
mujeres.

--¿Conque te ha hecho la corte a ti, Niña?--prosiguió cogiendo con dos
dedos cariñosamente la barba de Nuncita.--Me parece que tú debiste de
haber sido muy torerita, ¿verdad, Carmela?

--Fue un poco tentada de la risa.

--¡Carmela, por Dios, que estos señores van a creer que he sido una
coqueta!--exclamó con angustia la Niña.

--No creerían más que la verdad, chica--dijo Paco.--¿Ya no te acuerdas
que has dado oídos a un procurador eclesiástico llamado don Máximo, y
después que éste se iba de tu casa hablabas con el teniente Paniagua por
el balcón?

Nuncita sonrió con enternecimiento al recuerdo de aquellos tiempos, y
repuso bajando los ojos con graciosa timidez:

--D. Máximo venía a casa todos los días, pero nunca me requirió de
amores.

--¡Qué amores ni qué calabazas!--exclamó Paco.--Di tú que quien te
gustaba de verdad era el teniente, y concluirás más pronto.

--¿Conque ha estado usted enamorada de un militar?--preguntó con
graciosa volubilidad Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada
provocativa a Núñez.--Pues ha tenido usted bien mal gusto.

El Jubilado se puso repentinamente serio y se le erizaron los bigotes de
terror ante aquella salida de su hija; pero se tranquilizó
inmediatamente al observar que el capitán, en vez de darse por ofendido,
la pagaba con una sonrisa amorosa y lo echaba a broma como todos los
demás.

--No es ella sola la que ha tenido ese mal gusto--expresó con marcada
intención Carmelita, muy alegre de haber encontrado aquel rasgo de
ingenio.

--Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto... ¡cómo si lo
viera!...--tornó a preguntar Emilita con la misma adorable ligereza.

--¡Alto, alto, Emilia!--manifestó Paco.--Paniagua era teniente de los
tercios de Flandes y muy bizarro.

--No, corazón, no--se apresuró a rectificar Nuncita,--que era de la
guardia real.

--¿No era arcabucero?

--No, mi alma; de la guardia real te digo.

D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de tos. Manuel Antonio y
los pollastres reían descaradamente.

--Paniagua era hombre muy notable--prosiguió Paco.--Poseía esa decisión
que tan bien sienta a los militares. El mismo día que llegó vio a Nuncia
por la mañana al balcón. Por la tarde le entregó en el pórtico de San
Rafael, al salir de la novena, un billete de declaración, que empezaba:
«Señorita: Entre confuso y medroso, y dudando si en gracia de lo rendido
me perdonará usted lo osado, confieso que mi único delito consiste en
amar a usted...»

--¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda!--exclamó Nuncita, enternecida de
verdad.

Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, después de muy rogada, había
mostrado las cartas que conservaba de Paniagua, se había aprendido de
memoria aquel originalísimo documento y lo recitaba en todas partes para
regocijo de sus amigos.

--Eso se llama un hombre resuelto. Así se manifiesta el carácter de la
persona. ¡Qué diferencia de los militares de hoy, que antes de
declararse a una muchacha la pasean un año la calle y luego tardan otro
en decir: «Niña, ¿cuándo nos vamos a la vicaría?»

Pronunció estas palabras mirando al rincón donde estaban Emilita y el
capitán. Éste recogió la alusión y se puso serio. La chica se hizo la
distraída, pero agradeciendo mucho a Paco en el fondo de su corazón el
capote, mientras el Jubilado se atusaba el bigote con mano temblorosa,
temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al mismo tiempo por la
esperanza de que estos capotazos oportunos le sacaran de su atonía.

Cansados de platicar, los pollastres propusieron jugar un ratito a las
prendas. Es un juego donde los hombres de criterio siempre pescan algo.
Fernanda consintió en que Granate se sentase a su lado. Los guiños de
Paco, que había sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era una
criatura muy orgullosa, pero en la cual se hallaba arraigado el
sentimiento de justicia. No podía sufrir que se burlasen en su
presencia de nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y despreciable.
Podía decirse que el sentimiento de la dignidad, que era en ella tan
delicado y vidrioso, la hacía sentir las heridas causadas en la de los
otros con más viveza. Aunque aborrecía a Granate, la molestaba que se le
mortificase en su presencia, sobre todo si era por su causa; sin
perjuicio, por supuesto, de que ella le diese a cada momento
descomunales desaires; pero entendía, y no le faltaba razón, que los
desdenes de la mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman como las
burlas. El indiano, que se vio tan honrado, no cabía en sí de gozo, y
comenzó con voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba a
prodigarle mil atenciones. Fernanda las recibió con semblante grave,
pero sin repugnancia.

Y vino, como es natural, aquello de las «tres veces sí y tres veces no,»
el «contentar a todos los presentes,» «un favor y un disfavor,» etc.,
etc. La sociedad se recreaba con lo que se habían recreado sus padres y
sus abuelos, y con lo que pensaban que se recrearían sus hijos.
¡Inocentes! Había allí un espíritu, sin embargo, que no merecía este
calificativo. Paco Gómez jugaba con una condescendencia displicente,
como hombre que se adelantaba mucho a su época, cometiendo mil torpezas
y desaciertos que demostraban la distracción que caracteriza a los
seres superiores. En cambio, Núñez tenía puestos los cinco sentidos. No
se vio jamás hombre más erudito en aquellas materias ni que las tratase
con más profundidad. Su inteligencia lúcida había penetrado en todos los
secretos del juego de prendas y sabía sacar de cada uno el partido
posible, extraer todo su jugo, según pedían las circunstancias. Por
ejemplo, cuando una señorita debía contentarle, quedaba sordo
instantáneamente. La joven se veía obligada a inclinarse más y más,
hasta que sus labios de carmín rozaban la oreja del capitán. Si quedaba
condenada a hacer el papel de esquina de la Puerta del Sol y, por
consiguiente, a sufrir que le pegasen carteles en la cara, que se
recostasen contra ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba la
presa en tanto que no pasease las manos por todas las regiones de su
cuerpo. Pero cuando dio más claras muestras de su talento portentoso y
de los vastos conocimientos que había logrado adquirir en aquel ramo del
saber, fue al proponer que la señorita a quien acertase lo que tenía en
el bolsillo quedase obligada a darle un beso. Tal seguridad tenían todas
de que nada conseguiría, que no vacilaron en aceptar la proposición.
Erró, efectivamente, al vaciar con el pensamiento el bolsillo de
Carmelita, erró con Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y ¡miren
qué diablo! fue a acertar precisamente con Emilita. Unas tijeras, un
pañuelo, un dedal y tres caramelos. La niña se puso a gritar batiendo
las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa, trampa! El capitán, sereno,
apacible, grandioso como un héroe de la antigüedad, rechazó aquella
imputación y demostró hasta la saciedad que allí no cabía trampa alguna.

--...A no ser--añadió sonriendo mefistofélicamente--que estuviera usted
convenida conmigo para dejarme ver de antemano lo que tenía en el
bolsillo.

La niña protestó aún más ruidosamente contra esta hipótesis indecorosa,
se puso agitada hasta un grado incomprensible y, levantándose con
viveza, corrió al extremo opuesto de la sala, lo más lejos posible del
capitán, como si éste fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le
correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella (las mujeres) y quien
tomó partido por él (casi todos los hombres). Armose en la sala un
zipizape de mil demonios. Todos hablaban, reían, chillaban sin acabar de
entenderse. Pero la que más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de
comprender, la interesada. Sin embargo, don Cristóbal, viendo que
aquello llevaba trazas de no concluir, y queriendo dejar a salvo la
formalidad de su progenie, intervino en la disputa como un dios
majestuoso que extiende la diestra para calmar las olas del mar
embravecido.

--Emilita--pronunció con firmeza,--juego es juego. Dale un beso a ese
caballero.

Adviértase que no dijo «al capitán,» ni siquiera «a ese señor oficial.»
Todavía sus labios civiles repugnaban dejar paso a una palabra de orden
exclusivamente militar.

--¡Pero papá!--exclamó la hija menor, roja ya como una amapola.

--¡Vamos!...--profirió con la diestra extendida y en la actitud más
imperativa que pudo adoptar jamás un dios jubilado.

No hubo más remedio. Emilita, confusa y avergonzada, con las mejillas
convertidas en dos brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de
Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y le rozó con el carmín de
los labios la tierra amarillenta de sus mejillas.

Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado, saltó hecha un basilisco
Micaela, la más irascible de las cuatro nereidas que nadaban en las
profundidades de la morada del Jubilado:

--¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos decentes, sino suciedades...
No me extraña de Núñez, porque los hombres ¿a qué están? Me extraña de
tí, Emilita... Me parece que un poco más de pudor y vergüenza no te
vendrían mal... Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen obligación
de ponértela son los primeros en empujarte a lo malo!...

Aquella sangrienta diatriba contra el autor de sus días dejó a éste
pálido y clavado al suelo. Hubo un instante de silencio embarazoso. Una
nota tan destemplada les sorprendió. Sin embargo, todos se apresuraron a
defender a Emilita y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia de
tales juegos. El argumento que más se repetía, y el que a todos les
parecía incontrastable, era que, no habiendo malicia, aquello no valía
nada, porque lo importante en estos asuntos es la intención. El beso ¿ha
sido dado con intención?--decía uno de los pollastres más
dialécticos.--¿No? Pues entonces como si no se hubiera dado. Núñez
asentía gravemente, un poco amoscado y mirando de reojo a su futura
cuñada. Pero ésta no se rendía a demostraciones tan evidentes y se
obstinaba en pedir, cada vez con mayor violencia y más altas voces, un
poco de vergüenza para su hermana menor y unas migajitas de sentido para
su señor padre. Mas como al cabo nadie se presentaba con estas cosas en
la mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio que ir bajando el
diapasón, hasta que al fin sus coléricas protestas se fueron
trasformando poco a poco en murmullo sordo y amenazador como el de los
truenos lejanos. Y la tertulia recobró su dulce sosiego habitual.

Pero quedó suspendido por aquella noche el juego de prendas. Nuncita, de
quien casi siempre partían las grandes ideas, propuso que se jugase a
_la boba_. No se sabe por qué, pero es lo cierto que este juego poseía
particulares atractivos para la menor de las señoritas de Meré. Es
indecible lo que se placía la ex-novia del teniente Paniagua cuando
lograba encajar _la boba_ a alguna de sus tertulianas, la ansiedad y
desasosiego que se apoderaba de ella cuando la tenía en su poder y no
lograba soltarla. Paco Gómez tomó la baraja y sacó las tres sotas; pero
sabiendo la debilidad de Nuncita y queriendo, según su temperamento,
mortificarla un poco, hizo una señal a la que quedaba, y luego la fue
manifestando al oído a algunos de los tertulios. Resultado de esto fue
que _la boba_ iba casi siempre a parar a manos de la Niña, y allí se
atascaba, sin que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese desprenderse
de ella. Con esto, apesar de su apacible natural, se fue impacientando
poco a poco. La tertulia reía y ella también, pero más con los labios
que con el corazón. Al fin, en un momento de cólera echó a rodar las
cartas y declaró que no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de
descortesía, intervino severamente, como siempre que se desmandaba.

--¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa tontería? ¿Qué dirán estos
señores?... Dirán, con motivo, que no tienes educación, y que en
nuestra familia no ha habido quien hubiera sabido enseñarte... ¡A ver si
coges las cartas ahora mismo!

--No quiero.

--¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres tonta!... ¿Se habrá visto una
criatura más díscola?... Co... co... coge las cartas enseguida...

La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su boca desprovista de
dientes unos ruidos extraños.

--¡Hum!--gruñó Nuncita, torciendo el hocico con mueca de mimo.

--¡Niña, no me enfades!--gritó su hermana mayor.

--¡No quiero, no quiero!--repitió aquella criatura indómita con
decisión.

Y al mismo tiempo se levantó de la silla y arrastrando los pies se fue a
refugiar en el gabinete.

Mas su hermana la siguió inmediatamente en la actitud más severa y
autoritaria que puede nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel
principio de rebelión, que con el tiempo podría traer funestas
consecuencias. Oyose rumor de disputa, sobresaliendo la voz áspera,
irritada, de Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando,
haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo con suavidad. Llegó
asimismo a los oídos de los tertulios el eco de un sollozo. Por último,
al cabo de buen rato se presentó de nuevo Carmelita, arrastrando los
pies todavía más que su hermana, con los ojos resplandecientes de
autoridad y el ademán majestuoso que conviene a los que necesitan dictar
leyes a los seres que la Providencia les ha confiado. Detrás venía la
Niña avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas y los ojos
llorosos. Sentose otra vez a la mesa y, sin osar levantar los ojos a su
hermana mayor, que la miraba aún con cierta dureza, tomó humildemente
las cartas y se puso a jugar. Pues bien, este ejemplo conmovedor de
respeto y de sumisión, en vez de impresionar gravemente a los
circunstantes, provocó en casi todos una sonrisa de burla, y en algunos
de ellos algunas inoportunas carcajadas que a duras penas lograron
sofocar.

Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo. Acercábase la hora de
diseminarse aquella escogida sociedad.

--María Josefa, hoy he visto a tu ahijada en el paseo--dijo Paco Gómez,
mientras barajaba distraídamente las cartas.--La he dado un beso. Está
cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo tiene ya?

--Pues saca la cuenta. La hemos bautizado en Febrero... Dos meses y
medio.

--¿Iba con su madre?--preguntó Manuel Antonio sonriendo de un modo
particular.

--No. A su madre la he encontrado después en Altavilla y he echado un
párrafo con ella--respondió gravemente y con afectada naturalidad.

La mayor parte de los tertulios le miraban sonrientes con expresión de
malicia reservada que sorprendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas de
Meré y Granate permanecieron impasibles, sin darse cuenta de lo que se
hablaba.

--Pero ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la niña recogida por los de
Quiñones?--preguntó en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a María
Josefa.

--Sí.

--¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre?

--Porque esos dos tienen una lengua muy mala. ¡Dios nos libre de
ella!--repuso la solterona sonriendo también con alegría maliciosa,
mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia condescendiente
con que se mira a las criaturas inocentes.

--Pero ¿quién suponen que es su madre?

--¿Quién ha de ser? Amalia... ¡Silencio!--dijo apresuradamente, bajando
más la voz.

Quedó estupefacta. Para ella era la noticia tan nueva, tan sorprendente,
que por unos instantes estuvo mirando con ojos pasmados a su amiga como
si no hubiese oído. En el estupor que le causaba, no oyó las primeras
palabras de Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que estaba loando
con calor la belleza de la niña.

--Tiene a quien parecerse--murmuró el marica de Sierra con la misma
intención maligna.--Ya ves... su madre... ¡Y su padre!... Su padre se
cae de buen mozo.

Fernanda, picada repentinamente por vivísima curiosidad, una curiosidad
insana que la puso agitada y anhelante sin saber por qué, se inclinó
otra vez hacia María Josefa, y metiéndole la boca por el oído, le
preguntó con voz alterada:

--Pero ¿quién es su padre?

La solterona se volvió hacia ella y le clavó una mirada donde se
traslucía junto con la sorpresa la misma indulgencia compasiva.

--Pero ¿de veras no sabes?...

La joven hizo signo negativo. Y al mismo tiempo se sintió embargada por
terrible emoción. Una corriente de aire frío atravesó su ser interior
repentinamente. Quedó pálida, pendiente de los labios de María Josefa,
como si de ellos esperase la salud o la muerte. Aquélla advirtió bien su
turbación, y dijo después de mirarla un instante fijamente:

--No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo una calumnia.

Fernanda se repuso instantáneamente.

--Está bien--respondió haciendo un gesto de displicencia.--Cálleselo.
Después de todo, ¿a mí qué me importa todo eso?

Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró a decir con aguda
sonrisa:

--Pues precisamente porque a tí te importa es por lo que temo decírtelo.

--No entiendo...

María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo:

--Porque dicen que el padre de la criatura es Luis.

Como ya antes había sentido la puñalada, Fernanda quedó impasible y
preguntó con indiferencia:

--¿Qué Luis?

--El conde, muchacha.

--¿Y por qué me ha de importar a mí que sea Luis el padre?

María Josefa quedó un poco desconcertada.

--Como ha sido tu novio...

--¡Pero como ya no lo es!--replicó encogiéndose de hombros
desdeñosamente.

Y se puso a hablar con Granate, que tenía del otro lado. Aquella
indiferencia era pura comedia que su orgullo lograba representar. Una
tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su alma y la invadió por
completo, sin dejarle fuerzas para pensar ni para hacer nada. Si Granate
no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida que la sonrisa con que
acogía sus barbarismos y barbaridades era una verdadera mueca sin
expresión alguna, y que los monosílabos y respuestas incoherentes que
dejaba escapar de sus labios denunciaban bien claramente que no le
escuchaba a él, sino a Paco Gómez, Manuel Antonio y los demás que
seguían charlando de la niña expósita.

¡Con qué interés ardiente recogía todas las palabras que se cambiaban
entre aquellos maldicientes! Y a medida que iban poniéndole en claro el
suceso y que iban acumulando pormenores, entreverando frases burlonas y
reticencias de efecto cómico, su corazón se apretaba, se apretaba poco a
poco, como si todos ellos lo fuesen oprimiendo entre sus manos, uno
después de otro, para hacerle daño. Pero su rostro permanecía impasible.
Ni la más leve contracción acusaba el dolor que la mordía.

La tertulia se deshizo a las doce, como siempre. Fernanda sintió gran
consuelo al respirar el aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de
quedarse a solas con su pensamiento y darse cuenta cabal de lo que
acababa de aprender.

Había llovido mucho. Las calles, empedradas de grueso guijarro,
resplandecían a la luz de los reverberos. Al salir de la casa unos
tomaron por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda, hacia arriba en
dirección a la plaza. Pocos pasos habían dado cuando sintieron el
estrepitoso trotar de unos caballos que doblaban en aquel instante la
esquina y bajaban hacia ellos.

--Ahí está el barón y su criado--dijo Manuel Antonio.

Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barón de los Oscos salía a
dar su paseo habitual por las calles de Lancia. Su famoso caballo las
desempedraba haciendo cabriolas, levantando tal estrépito que, aun
siendo el corcel de su criado mucho más paciente, parecía que atravesaba
la ciudad un escuadrón. Al cruzarse con los tertulios, Manuel Antonio,
con el desparpajo que le caracterizaba, gritó: «Buenas noches barón.»
Pero éste volvió hacia ellos el rostro espantable, los miró fijamente
con sus ojos encarnizados y siguió adelante sin contestar. El marica,
corrido, dijo:

--¡Va borracho, como siempre!

Todos asintieron burlando. Pero en el fondo sintieron todos, unos más y
otros menos, el mismo estremecimiento al ver aquella figura siniestra.
Fernanda, por mujer y por el estado especial de su alma, se inmutó
visiblemente: después de pasar siguió todavía con ojos de temor a los
dos jinetes hasta que se perdieron entre las sombras.

Al meterse en la cama, con el corazón apretado, quiso analizar la
emoción que la dominaba; quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenza
de ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y en voz alta:

--¿A mí que me importan esas picardías? ¿Qué tengo que ver con él ni con
ella?

Pero acabado de proferir tales palabras sintió las mejillas caldeadas
por el llanto. La heredera de Estrada-Rosa se volvió rápidamente y
hundió el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas.



VII

El aumento del contingente.


Las terribles dificultades que debían de surgir para el matrimonio de
Emilita, a causa de las opiniones antibélicas de su padre, se orillaron
con más facilidad de lo que podía esperarse. La historia no hablará
(aunque mejor razón tendrá que para otros muchos sucesos) de aquel día
solemne en que Núñez fue de uniforme a pedir a D. Cristóbal la mano de
su hija, de aquel abrazo memorable con que éste le recibió,
estrechándole calurosamente contra su pecho civil, de aquella fusión
increíble de dos elementos heterogéneos creados para repelerse, y que
gracias al amor de un ángel dulce y revoltoso se compenetraban y
entendían. Si por casualidad esta página privada fuese objeto de
atención para algún historiador, no tendría más remedio que afirmar la
grandísima importancia de semejante concordia, que hasta entonces se
había juzgado inverosímil, y al mismo tiempo presentar con imparcialidad
el reverso, descubriendo a las futuras generaciones en qué modo el
benemérito patricio D. Cristóbal Mateo fue víctima de una injusticia
social y de la persecución de sus conciudadanos.

Es de saber, que todo el mundo en Lancia se creía autorizado para dar
cantaleta a este respetable y antiguo funcionario acerca del matrimonio
de su hija. Unas veces directa, otras indirectamente, siempre que
tocaban tal punto aludían a las opiniones contrarias al desenvolvimiento
de las fuerzas de tierra sustentadas por él hasta entonces. Al
matrimonio dio en llamársele «el aumento del contingente,» y algunos
llevaron su procacidad hasta darle tal nombre delante de su futuro
yerno. Fácil es de concebir cuánta saliva habría tenido que tragar antes
de perder, como lo hizo, una molesta y mal entendida vergüenza.

Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones de los vecinos,
que reflejaban, en el sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa, la
envidia que ardía en la mayor parte de los corazones, «el aumento del
contingente» se abría paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes
de Agosto. Cuando llegó el momento había adquirido tal importancia que,
como sucede generalmente en los pueblos pequeños, apenas se hablaba de
otra cosa. Las relaciones del Jubilado y sus cuatro hijas eran
numerosísimas, y todas ellas aspiraban a ser invitadas el día de la
boda. Por otra parte, la misma aspiración alimentaban en su pecho
algunos dignos y pundonorosos oficiales del batallón de Pontevedra
amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta gente en el hogar
poético del Jubilado, se pensó en celebrar la boda en el campo. La casa
más a propósito era la de la Granja por su proximidad a la población. D.
Cristóbal se la pidió al conde, con quien tenía extremada confianza, lo
mismo que sus hijas, y éste se apresuró a ponerla a su disposición.

En la iglesia de San Rafael se consumó de madrugada aquella venturosa
alianza, prenda segura de paz entre el elemento civil y el militar.
Bendíjola fray Diego que, por ser el sacerdote más bizarro y el más
firme bebedor de anisado de la capital, gozaba de gran prestigio entre
la oficialidad. Asistieron al acto más de veinte damas y casi otros
tantos caballeros. En cuanto terminó se trasladaron todos a la Granja
para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de la población no se
necesitaban carruajes. Sin embargo, fueron los del conde de Onís y de
Quiñones para trasportar a los novios y a algunas personas de edad
avanzada, como las dos señoritas de Meré. Entre los invitados estaba
casi toda la tertulia del maestrante, bastantes de la de las de Meré y
un número crecido de oficiales.

El conde había hecho asear, hasta donde era posible, el vetusto caserón.
Casi todos lo conocían como su propia casa. Era el sitio obligado de las
giras campestres por hallarse tan cerca y por el hermoso bosque que
tenía. Los condes jamás habían negado el permiso. En cuanto llegaron y
gustaron el chocolate, que les esperaba en el vasto salón con pavimento
de ladrillo de la planta baja que servía de comedor, se diseminaron sin
ceremonia por la casa y por la finca dispuestos a matar las horas del
mejor modo posible hasta que sonase la de comer. La novia, con Amalia,
que había sido su madrina, y otras dos señoras se fue a sentar
gravemente en una de las habitaciones. Tenía los ojos brillantes, las
mejillas coloradas y procuraba inútilmente disfrazar con un continente
digno y serio la profunda emoción que la embargaba. Las que la
acompañaban, casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando la mano
por sus cabellos, dándole palmaditas en las mejillas, cogiéndole las
manos y de vez en cuando inclinándose para estampar un beso en su
frente con esa condescendencia, mitad cariñosa, mitad irónica, con que
las veteranas del matrimonio contemplan a las bisoñas. No hay una de
aquéllas que al acercarse a una novia no sienta vibrar en su pecho el
eco de cierta música lejana y divina; viene a sus labios el gusto de la
miel de la remota luna; pero llega ¡ay! con el dejo amarguillo de
algunos años de prosa matrimonial. En toda mujer casada hay un poeta
desengañado de su musa. De aquí la sonrisa baironiana que aparece en su
rostro al observar la dicha que arde en los ojos de una desposada.

Emilita había cambiado de carácter en un cuarto de hora. Todo lo
juguetona y pizpireta que se había mostrado hasta entonces, aparecía
ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente con las matronas, sus
compañeras, acerca de la instalación de la despensa, del servicio
doméstico que todas consideraban en espantosa decadencia, del precio de
la carne. Tan vieja se había hecho en este cuarto de hora, que
sorprendía no ver ya alguna hebra de plata entre sus cabellos de oro.

En cambio a sus hermanas, por extraño contraste, les habían quitado
algunos años de encima desde que la menor tomara la investidura. Habían
retrocedido hasta la infancia. Como criaturas ávidas de aire y de luz
para desarrollarse, lanzáronse al bosque las tres, animando con sus
gritos e inocentes carcajadas el silencio y la paz que allí reinaba.
¡Virgen del Amparo lo que saltaron, lo que rieron, las diabluras que
llevaron a cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para entregarse a los
juegos inocentes, que exigía el retroceso sensible que habían
experimentado de pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto el
cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombrilla, todo lo que
pudiera simbolizar la juventud, y se quedan gozosas con los atributos de
la adolescencia. No sólo dejan flotando sobre la espalda su cabellera
angelical, sino que se despojan del reloj, de las pulseras y sortijas
que entregan a su papá, colgándose antes de su cuello para hacerle mil
caricias como niñas sencillas y apasionadas que eran; hecho lo cual y al
observar que algunos dignos oficiales del batallón de Pontevedra las
contemplan, huyen ruborizadas y confusas, se recogen las enaguas con
alfileres hasta dejar descubierto el pie y parte de la pierna, y en la
inocencia de su corazón huyen, huyen siempre por el bosque adelante,
esquivando como las ninfas de Diana las miradas ardientes de la
oficialidad.

Y cuando llegan a un rincón apartado y solitario donde las sombras se
espesan, donde no llegan los ruidos mundanales ni penetran los ojos
maliciosos de los hombres, llaman con gritos de alegría, como pajaritos
de Dios, a sus compañeras, las invitan a venir a disfrutar de aquella
amable seguridad donde libremente pueden mostrar sus gracias y recrearse
sin peligro de ser sorprendidas. Entonces una propone jugar a la cuerda
y las demás acceden batiendo las palmas. Jovita es la primera. Salta,
salta hasta que queda rendida y se deja caer sobre el césped, llevándose
la mano al corazón, que palpita con la fatiga, no con la agitación
insana de las pasiones juveniles. Luego salta otra, luego otra y otra
hasta que todas se tienden exánimes pero risueñas, reflejando en sus
mejillas sudorosas y en sus ojos entornados la dulce alegría que se
escapa de un pecho inocente. Y en cuanto descansan se propone jugar «al
milano que le dan--cebollita con el pan.» ¡Qué risa! ¡qué algazara!
¡cómo resuena el dormido bosque con las voces argentinas de aquellas
bellas y tiernas criaturas! Cansadas de este juego se diseminan por un
momento. Algunas forman grupo sentadas al pie del tronco de un roble y
se cuentan en voz baja como suave gorjeo mil puerilidades encantadoras;
otras se entregan apasionadamente a la busca de florecillas azules y
hacen con ellas ramilletes que colocan en el pecho; otras se persiguen,
como las golondrinas en el aire, con chillidos penetrantes. Otras, las
más resueltas, dedican sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros
bichos temerosos. Pero luego tornan a juntarse porque hay una chica muy
aturdida que apuesta a encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay otra
maligna que dice que sí, que ella la ayudará. Manos a la obra. Empezó la
animosa joven, que se llama Consuelo, a poner sus piececitos en las
rugosidades del roble más asequible. La compañera maligna, que no es
otra que Socorro, la tercera sirena del Jubilado, la sostiene.
Encarámase al fin la primera en la cruz de dos ramas; asciende después a
otra; aplauden las ninfas y la alientan con gritos de entusiasmo...

Mas he aquí que Rubio, el teniente de la tercera, hombre acreditado de
audaz entre sus compañeros de arma y de un genio devastador para el sexo
femenino, se presenta de improviso asomando su cabeza temeraria por
encima de unas matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y quedan
petrificadas en la actitud en que las sorprende. Consuelo, desde lo alto
del árbol, le apostrofa con violencia. Si en su mano estuviera
trasformaría inmediatamente en ciervo a aquel nuevo Acteón. Acá, para
_inter nos_, es posible que prefiriese trasformarle primeramente en
marido, sin perjuicio de acudir más adelante a la metamorfosis
clásica... Pero Rubio, el teniente de la tercera, conoce perfectamente
el valor de estos gritos y estos apóstrofes. No se inmuta; sonríe
maliciosamente y llama con voz ronca a sus hermanos de armas. ¡Qué
confusión, qué espanto entre aquellas risueñas hijas de los bosques al
aproximarse en columna cerrada los hijos de Marte! Sin recoger las
mantillas, ni los guantes, ni las sombrillas, nada en suma de lo que las
pertenecía, huyen y se desbandan por la floresta lanzando gritos de
terror. Pero los sátiros de pantalón encarnado las persiguen con saña,
las atrapan aquí y allá y las traen cautivas enmedio de risotadas
odiosas. Mientras tanto la pobre Consuelo, encima del árbol y bloqueada
por tres de estos silvanos voluptuosos, se niega terminantemente a bajar
mientras no se alejen por lo menos cincuenta varas. Ellos ¡los crueles!
se niegan. Ruega la ninfa, se irrita, está a punto de llorar; pero ni su
enojo ni sus lágrimas consiguen ablandar el corazón empedernido de los
infames sátiros. Por fin se resigna a descender y, aunque toma muchas y
castas precauciones, éstos logran ver un pie deliciosamente calzado y un
nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo. Pero ¿dónde está Rubio?
¿Dónde está el más terrible y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al
cabo de mucho tiempo sale de la espesura arrastrando consigo a Socorro,
la más sentimental de las ondinas de D. Cristóbal. En los rasgos crueles
de su fisonomía viene pintada la expresión del triunfo, y en los de ella
la vergüenza y la sumisión de una cautiva. Muchas horas después, en las
últimas de la noche, sentado a una mesa del café de Marañón y rodeado
de ocho o diez de sus colegas, el teniente de la tercera narraba con
sonrisa malévola el vencimiento de la ninfa, calculando lo menos en
veinticinco o treinta los besos que logró robarle en distintos sitios de
su rostro hechicero; y todos los hijos de Marte aplaudían y celebraban
con homéricas carcajadas aquel nuevo triunfo de su heroico compañero.

Finalmente, los vencedores no se mostraron demasiado tiranos, y el orden
se restableció gracias a la llegada oportuna de las señoritas de Meré,
que venían acompañadas de María Josefa y de Paco Gómez. Las autoras y
únicas responsables de todo aquello habían sacado el fondo del cofre.
Carmelita traía un vestido de alepín de seda negra que sólo salía a
relucir en las grandes ocasiones, al paso que Nuncita, por contar menos
años y respetabilidad, podía lucir un traje claro con flores bordadas,
como sólo se ven en los retratos del siglo pasado. Estaban alegres,
rebosando satisfacción por los ojos; pero las piernas no respondían a
aquella eterna juventud de sus corazones: caminaban apoyándose en sendas
muletas y agarrándose con la mano libre al brazo de sus acompañantes.
Fueron recibidas con vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas frases
harto familiares, de esas que nadie más que las benditas de Meré
consentían y reían. Por eso tenía poco mérito el embromarlas. Jamás se
dio el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso que algunos se
deslizaban en sus guasas hasta llegar no pocas veces a la grosería. En
cambio eran muy propensas a la guerra intestina, esto es, a irritarse
una con otra; pero ya sabemos en qué paraban siempre estas misas.

El espíritu temerario del teniente Rubio, apretado por las
circunstancias, engendró una idea felicísima, es a saber: que para mejor
pasar el rato hasta la hora de comer se construyese un columpio, donde
las damas pudieran gozar la dicha de sacudirse el diafragma algunos
instantes, y los caballeros la de proporcionársela moviendo galantemente
el aparato. Dicho y hecho: se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en
menos de un cuarto de hora queda todo terminado. Rubio, mientras se
lleva a cabo, no deja de hacer guiños expresivos a sus compañeros, que
comprenden, sonríen, callan, profundamente admirados, como siempre, de
la audacia y penetración del teniente de la tercera. Ya está amarrado el
columpio. ¿Quién es la primera? Todas manifiestan la misma vergüenza,
idéntico rubor colorea sus mejillas. A una se le ocurre malignamente
proponer que lo estrene Nuncita. Las demás aplauden la idea. Nuncita
resiste aterrada. Carmelita ni concede el permiso ni lo niega. Las
instancias se repiten sin cesar. Los mancebos encuentran la idea cada
vez más original. Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplausos
frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo alférez de la primera, levanta
en brazos a la Niña y la sienta en la tabla.

--¡Agárrate bien, Nuncia!--le grita Paco Gómez, mientras el citado
alférez y algunos otros amigos empiezan a mecerla.

--¡Suave, suave!--exclama Carmelita.

No hay cuidado; así lo hacen, porque temen dar con ella en tierra. Pero
aun moviendo el columpio con parsimonia, el aire consigue levantar, al
poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella. Los oficiales ríen y
empujan el columpio para que se vea más.

--¡Fuerte, fuerte, que algo se pesca!--les grita Paco Gómez.

Las muchachas, entre risueñas y avergonzadas, se tapan la cara y se
abrazan unas a otras diciéndose palabritas al oído.

--¡Alto, alto!--exclama Carmelita.--¡Paren ustedes!

Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van subiendo, subiendo: no se sabe
dónde se van a detener.

--¡Alto, alto! ¡Por Dios, señor alférez!

--¡Anda con ella!--rugen los militares.

Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nuncita está tan asustada que no
tiene tiempo a pensar en el pudor.

--¡Señor alférez! ¡Señor capitán!--grita Carmelita toda temblorosa,
agitando los brazos, la mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra
la superior, desdentada también, con un estremecimiento
particular.--¡Señor capitán, téngase por Dios! ¡Por la Virgen del Amor
Hermoso!... ¡Pare! ¡pare!... ¡pare!

--¡Sooó!--exclama Paco.

Pero el capitán es sueco y sigue apretando. Las enaguas de Nuncita se
encuentran ya en la más alta cúspide adonde pueden llegar. Las jóvenes
se vuelven de espaldas; algunas corren riendo a ocultarse entre los
árboles. Sólo cuando hubieron consumado su obra de desvergüenza se
consiguió que los oficiales aplacasen y permitiesen a Nuncita tomar
tierra. Su hermana, en vez de enojarse con los culpables, la emprende
con ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos.

--¡Bájate, picarona! ¡Escandalosa! ¿Es ésa la educación que has
aprendido de tus padres? ¿Es eso lo que te aconseja el confesor?

Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros y suelta la llave de las
lágrimas. La juventud masculina, lo mismo que la femenina, tratan de
calmar a la enfurecida Carmelita. El capitán y el alférez echan sobre sí
toda la culpa. Es en vano. La cólera no se apaga hasta que no se
descarga de palabras bien ofensivas y pesadas. La pobre Niña, sentada en
el suelo, sollozando, con la cara oculta entre las manos, excita la
compasión de todos los presentes, que no cesan de interceder por ella.

Se trata de saber cuál es la que ha de subirse al columpio después.
Ninguna quiere: es natural. ¿Cómo han de dejarse columpiar por hombres
tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano que militares y paisanos
expliquen su conducta en el suceso anterior y hagan juramento de no
reincidir y estar comedidos y prudentes y siempre a las órdenes de las
damas. Éstas no se fían. Sobre todo el teniente Rubio les inspira un
terror pánico considerándolo, y no sin razón, como el alma de todas
aquellas intrigas libidinosas.

Pero cuando más desesperanzados estaban, he aquí que Consuelo, aquella
niña aturdida y resuelta que hacía poco se había encaramado en un árbol,
habla al oído a una compañera y luego se adelanta y dice, con espanto de
sus compañeras:

--Yo me subo. Ayúdenme ustedes.

Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas palabras. Por algunos
instantes no se oyó más que ¡viva Consuelo! ¡viva Consuelo! entre la
muchedumbre frenética. No hay quien no quiera ayudarla y quien no la
colme de flores y agasajos. El alférez atlético, con ademán
caballeresco, pone una rodilla en tierra y la invita a que afiance el
pie sobre su muslo. La intrépida joven no se hace de rogar y lo
ejecuta, sentándose de un salto en la tabla. Lo mismo militares que
paisanos se las prometen muy felices y cambian entre sí miradas de
inteligencia, decididos a faltar a su palabra y a pagar la confianza de
la niña con la más negra traición. Mas cuando ya se disponían a dar
comienzo a su obra maléfica empujando el aparato, Consuelo hace seña a
su compañera. Se adelanta ésta con un puñado de alfileres y en un
instante le prende las enaguas por debajo, de tal manera que no hay
forma de que se le vea ni la punta del pie aunque echen a vuelo el
columpio. El sexo femenino aplaude con entusiasmo loco.

--¡Bien, Consuelo! ¡bien!

El masculino, enfadado y mohíno, no se atreve, sin embargo, a protestar
ruidosamente, pero murmura de aquella falta de confianza, mientras la
interesada, orgullosa de su ocurrencia, los contempla con sonrisa
burlona. La desgracia fue completa. Los alfileritos obtuvieron un éxito
tan lisonjero que no hubo niña que se subiese al aparato que no se
hiciese coser la ropa previamente con ellos.

Mientras tales memorables escenas se efectuaban en el bosque, Jaime
Moro, desdeñando los placeres campestres, había logrado catequizar a
Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa para echar un tresillito. Se aburría
en la iglesia, se aburría en el bosque, en la ciudad y en la campiña.
Tan sólo recobraba la serenidad de espíritu y renacía en él la calma y
la alegría cuando tomaba las cartas en la mano. La suerte quiso serle
aciaga. No había naipes en la casa. Pero no se arredra por eso. Baja a
la cocina, llama aparte a un criado, al que le pareció más ligero y
musculoso, y dándole una propina le encarga que a todo correr vaya a la
ciudad y traiga un par de barajitas. Mientras tanto, para que no se le
escapen, hace esfuerzos portentosos por entretener a sus compañeros,
hablándoles de lo que más puede interesarles, sobre todo a don Juan, que
manifestaba tendencias muy señaladas a desertar, seducido por la idea
absurda de dar un paseo por la quinta y hacer una visita al molino como
otros de los invitados. Moro sudaba de congoja temiendo no poder
resistir hasta la vuelta del criado. Felizmente éste llegó a tiempo. En
cuanto tuvo en su poder las anheladas barajas ya fue otro hombre. Seguro
de la victoria los arrastra a una de las salas retiradas del caserón, se
hace traer una mesa adecuada, bujías, cerveza, cigarros y ¡vamos
allá!... Después de haber estado a dos dedos de perderla, Jaime Moro
gozaba de aquella felicidad con una ruidosa alegría que causaba envidia.

Un buen golpe de gente ridícula, sin imaginación bastante para
comprender ni gustar las dulzuras del tresillo, se había ido, con el
Jubilado a la cabeza, a recorrer la posesión y visitar después el molino
de nuevo sistema que el conde había montado hacía poco tiempo. Formaban
la comitiva, entre otros, el novio, el propio capitán Núñez, con
aquellos de sus compañeros menos propicios al sexo femenino, Granate, D.
Enrique Valero, Saleta, Manín y otros pocos. Al conde no se le pudo
arrastrar porque no se le halló. Se dijo que estaba dando órdenes a los
criados y vigilando algunas obras allá lejos, pero no se le halló
tampoco en ellas. Uno que hacía allí de capataz o medio mayordomo se
brindó a servirles de guía.

La finca estaba situada en la pendiente de la misma suave colina donde
está asentada Lancia. A espaldas de la casa se encuentra el bosque, que
le priva de la vista de la ciudad. Así que con hallarse tan próxima
parece que se está a cien leguas de ella, en la amable soledad del
campo. Al mismo tiempo la protege contra los vientos del Norte y del
Oeste, dejándola solamente abierta a las templadas y benéficas
corrientes que vienen del Mediodía y del Este. No llegan hasta allí los
ruidos de la población. Tan sólo las campanas de la catedral suenan a
ciertas horas del día dulcemente amortiguadas por la distancia. La
carretera general va por detrás del bosque. Otra pequeñita, que arranca
de ella, la pone en comunicación con la quinta. No hay en ésta, como ya
sabemos, ningún parque a la inglesa o a la francesa, ni jardincitos, ni
cascadas, ni grutas artificiales. Es una finca mitad de recreo, mitad de
labor. Primero el bosque, luego la casa con su corrada; después un
jardín vasto y abandonado; enseguida praderas inmensas que se extienden
por la falda de la colina y llegan hasta el río y aun lo salvan y se
dilatan por la opuesta orilla. Por estas praderas se ve pastando el
ganado, se oyen sus esquilas y los ladridos de los perros. Es fácil
forjarse la ilusión de que se está en el seno de la naturaleza
solitaria. La paz es profunda y sólo la interrumpe el canto de un pájaro
o el mugido de una vaca.

Los excursionistas recorrieron las cuadras, que estaban bien cuidadas,
pues el conde tenía afición a la ganadería. Sin embargo, Saleta afirmó
que las había visto en Holanda mucho mejores.

--Figúrense ustedes, señores--manifestó con su característico acento
gallego,--que allí a las vacas les atan el rabo con una cuerda, ¿saben?
y lo tienen suspendido para que cuando les da la gana de proveerse lo
puedan hacer sin ensuciárselo.

Esta noticia, rigorosamente exacta, hace soltar la carcajada a los
presentes.

--¡Pero este D. Ramón cuándo se cansará de inventar patrañas!--se
decían los unos a los otros por lo bajo, todo por causa de aquella
maldita reputación de embustero que había adquirido.

--Pue eztán bien atrazaiyo en Holanda, amigo Zaleta--manifestó Valero,
que no le dejaba pasar una.--En Málaga, cuando a alguna vaca le da la
gana de ezo, ze le zienta en un inodoro y ze la limpia depué con papel
higiénico.

Saleta no se dio por ofendido. Estaba tan avezado a la incredulidad de
sus oyentes, que aunque ahora reventase con la verdad no le impacientaba
que no se le creyese.

Cuando hubieron recorrido las cuadras tomaron el camino de los prados a
campo traviesa, y descendieron hasta el río guarnecido, por entrambas
orillas, de alisos, álamos y mimbreras, los cuales formaban a trechos
una mata espesa por debajo de la cual corría oscuro y tétrico. El río
Lora es uno de los menos caudalosos y al mismo tiempo de los más
originales de España. Antes de llegar al mar, «que es el morir,» como
dijo el poeta, se arregla para dar infinidad de vueltas como un viejo
marrullero que pretende burlarse de la ley común a los seres creados.
Imposible imaginarse un cauce más extravagante. Sale de cualquier
población muy resuelto y boyante; parece que va a tragarse las leguas y
marchar impávido hasta el océano. Pero al cuarto de legua se arrepiente,
da la vuelta y retorna lento y cabizbajo cerca del punto de partida, lo
cual hace pensar a algunos, no sin fundamento, que camina cuesta arriba.
Sale de nuevo, no por voluntad, sino apretado por las circunstancias;
esta vez se pierde de vista; todo el mundo cree que se va de veras para
no volver. No es así, sin embargo. El gran zorro, cuando entiende que ya
no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapadamente y trata de meterse
otra vez por él, pero le da vergüenza, y antes de llegar se aparta un
poco y va a parar a alguna aldea próxima del mismo concejo. Jamás siguió
una carrera franca y abierta. Como todos los caracteres rebajados,
repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura para deslizarse debajo de
alguna peña o una mata y ocultarse a las miradas de los hombres y
permanecer allí estancado, corrompiéndose en degradante ociosidad. Nadie
se fíe de él. Con sus apariencias de viejo inválido y reumático, incapaz
de dar un paso, ha engañado a muchos zagales. Los invita a bañarse
haciéndoles pensar que no tiene media vara de fondo, y luego los
estrangula miserablemente entre sus aguas verdes. No se hallarán dentro
náyades de celestial hermosura quebrando al nadar con sus brazos de
alabastro los frágiles cristales, ni saldrán de noche a jugar sobre su
linfa las graciosas ondinas, de cabellera blonda. El río Lora es
taciturno, enemigo de toda idealidad poética. Nada de seres
fantásticos. Lo único que alimenta con verdadero cariño es un enjambre
de ranas, tan grande que causa vértigo el pensar qué número de ellas
vivirá bajo su amparo. Ellas son las que se encargan de alegrar con su
voz armoniosa los parajes que recorre.

Ellas fueron también las que impidieron con ruido atronador que Saleta
pudiese afirmar, como afirmó después que se vieron lejos, que estando a
orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido la suerte de matar de una
pedrada un cocodrilo. Verdad que bajo la mirada insistente de su colega
Valero se apresuró a rectificar haciendo constar que el cocodrilo era
todavía cachorro y no tenía más que una carrera de dientes.

Siguieron buen trecho la margen sombría del Lora y lo atravesaron por un
puente rústico en el sitio donde el conde lo había desangrado, por medio
de una acequia, para dar movimiento a su molino. Mas en aquel punto, a
los amigos del novio, representantes genuinos del elemento más vigoroso
y masculino del batallón, se les despierta repentinamente el sentimiento
de su fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un teniente salta la
acequia. Un capitán, por no ser menos que el subalterno, también lo
hace, pero se moja los pies. Excitado el amor propio, se despoja de la
levita y vuelve a saltar con felicidad. Los demás le imitan. Al
instante toma aquello el aspecto de los juegos olímpicos y todavía más
de la gran batuda americana. Pero Núñez es un eminente saltarín. Así
estaba de antiguo reconocido en todo el ejército y más particularmente
en el arma de infantería. Saltó tres o cuatro veces con gran facilidad;
mas, queriendo, como es lógico, sobreponerse a sus compañeros y dar
prueba gallarda de su destreza, afirma en tono desdeñoso que «aquello no
vale nada» y que él es capaz de saltar la acequia volviéndose de
espalda. Estas palabras fueron acogidas con respeto por sus colegas,
pero también con un silencio que al capitán se le antojó dubitativo. Y
sin aguardar más resuelve confundirlos. No se despoja de una sola prenda
del uniforme, que esto queda para los neófitos; toma vuelo, y al llegar
al borde del agua se vuelve y da el salto, pero con tan mala fortuna que
los pies se le enredan en unos juncos y cae de espaldas tan largo como
era enmedio del arroyo. Se oculta a las miradas de sus amigos por un
momento, y sale al fin bufando y chapoteando como un verdadero tritón,
diciendo que no es nada y que va a saltar otra vez para que se vea. Pero
su padre político no lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo para
cerciorarse de que está calado (¡cómo había de estar!) y, presa de
insana agitación, él, que hacía poco tiempo hubiera exterminado en
pleno a toda la milicia, comienza a gritar:

--¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!... ¡Una pulmonía!...
¡Mudarse!... ¡Fricciones!... ¡Una fiebre reumática!

Y otras exclamaciones más o menos coherentes, que daban testimonio del
profundo interés que la salud del oficial le inspiraba.

Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias y vuelve hacia la casa con
semblante fiero y ceñudo, enteramente resuelto a quitarse hasta los
calcetines y a meterse en la cama mientras se manda propio a Lancia por
una muda. Todos sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa.
Emilita, que está al balcón, al verlos de aquella guisa, pregunta con
sorpresa:

--¿Qué es eso?

--Nada--le grita su papá,--que Núñez se ha caído a la acequia.

Naturalmente al oír esto Emilita lanza un grito desgarrador y cae
desmayada en brazos de varias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando
su propia salud, corre a socorrerla. En pocos momentos se llena la
habitación de vasos de agua y salen a relucir también dos o tres frascos
de antiespasmódico. Cuando empieza a recobrar el conocimiento y llega el
momento crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no puede contenerse;
increpa violentamente a su papá.

--¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se ha figurado usted que su
hija tiene el corazón de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita
para herir de este modo a una pobre criatura!...

La pobre criatura le paga aquella defensa con una mirada cariñosa de sus
ojos húmedos, apretándole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se
encuentra en el último grado del abatimiento y apenas se atreve a
murmurar «que viendo a Núñez vivo a su lado no había razón para tanto
susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha estado irrespetuosa con su
padre, pero al mismo tiempo no pueden menos de convenir en que aquello
ha sido un escopetazo, y manifiestan a la desgraciada esposa una
ardiente simpatía.



VIII

El vino de Fernanda.


Fernanda no había presenciado nada de esto. Estuvo a primera hora en el
bosque, haciendo de ninfa pudorosa como sus compañeras; pero cansada
pronto del papel, se apartó de ellas y comenzó a discurrir por los
lugares más solitarios. Su cabeza, tan erguida siempre, se doblaba bajo
el peso del tedio o la preocupación; su talle flexible, ondulante, se
movía sin compás girando a un lado y a otro como el cuerpo de un beodo;
arrastraba los ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africanos que
eran el más preciado ornamento de la noble ciudad de Lancia, y por su
frente pálida cruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamiento
fijo y doloroso. ¡Cuánto le había atormentado desde hacía dos meses! La
impresión que los amores del conde habían dejado en su alma, sofocada al
principio por el orgullo, por la esperanza de volver a ellos, se había
dilatado de pronto al conocer el secreto de su desvío, había hecho
irrupción en ella, la había llenado toda y la abrasaba de amor y de
celos. Eran tanto más ásperos éstos cuanto que vio claramente que Luis
la había estado engañando mucho tiempo, le había fingido cariño cuando
amaba ya a otra. La miserable traición de Amalia la sublevaba, le
inspiraba horror y repugnancia; pero la del conde, tenía que
confesárselo, la traspasaba de dolor y acrecía su pasión
desmesuradamente.

Supo, no obstante, mantener su dignidad a flote. Siguió frecuentando el
trato de Amalia y mantuvo con ella en apariencia las mismas relaciones
amistosas, mas a despecho suyo, sin darse ella misma cuenta, había unas
veces en su actitud, otras en sus ojos, otras en su acento, un leve dejo
amargo y desdeñoso que no pasó inadvertido para la penetrante
valenciana. Con su ex-novio se mostró circunspecta, dejó aquel tono
agresivo que con él acostumbraba a emplear y se hizo más suave y formal;
pero también, con gran disgusto suyo, la emoción que sentía al hablarle
se le traslucía no pocas veces en una leve alteración de la voz y en
palideces o rubores enfadosos. Su vida interna, durante aquellos seis
meses, había sido devorada por una actividad febril, ansiosa, mareante,
disimulada con esfuerzo bajo actitud tranquila y altiva. A veces la
sorda irritación que la minaba no podía resistir tanta presión, y
estallaba en un flujo de palabras candentes, injuriosas, que pronunciaba
en voz baja, al advertir algún signo de inteligencia entre los
traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa, lisonjeada por un padre
que llegaría hasta el crimen por darle gusto, y por un enjambre de
adoradores postrados a sus pies, botaba ante aquel obstáculo, el primero
con que había tropezado en su vida, como un potro salvaje.

En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse. Escribió varios anónimos a
D. Pedro, pero ninguno llegó a su destino. Antes de echarlos al correo
los rompía. El gran fondo de dignidad que había en su carácter se
sublevaba ante un proceder tan bajo; los rompía vertiendo lágrimas de
despecho. Después de hacer trizas el último que escribió, tuvo ocasión
de alegrarse, pues supo casualmente aquella noche que ninguna carta
llegaba a poder de Quiñones sin pasar por las manos de su esposa. Otras
veces no podía más; se rendía a la pesadumbre de su pena y se dejaba
caer en una butaca, y pasaba largo rato con los ojos extáticos en
meditación intensa y dolorosa. Acometíanle, en estos momentos, súbitos
arranques de ternura; se confesaba sin rubor, con gozo voluptuoso, el
amor que sentía; perdonaba a Luis de todo corazón y se prometía amarle
toda la vida en silencio, no ser jamás de ningún otro hombre. Según
trascurrían los días este sentimiento se irritaba, se trasformaba en
deseo enfermizo, irracional. La excitación de los sentidos, que al fin
despertaban en ella de un modo violento, juntábase al cosquilleo del
amor propio herido, para mantener vivo este deseo. Poco le faltaba,
cuando veía a Luis a su lado, para abrirle su pecho y confesarle la
abrasadora pasión que sentía.

Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernanda buscaba a su ex-novio por
la finca. Todo lo que allí había le interesaba profundamente, el bosque,
la casa, los criados, hasta los animales que pastaban en la pradera;
sobre todo esparcía una mirada simpática, brillante de emoción. ¡Cuan
amable le parecía aquel caserón estropeado, roído por la humedad y los
ratones! Después de vagar por las regiones más solitarias del bosque
largo rato, entró distraídamente por los prados; descendió lentamente
hasta cierto sitio donde había algunos obreros abriendo una zanja
profunda para desecar el terreno. Allí supo, sin preguntarlo, que el
conde, después de estar un rato mirando la obra, se había marchado.
Esperó algún tiempo para disimular, y al cabo se apartó con lento paso,
arrastrando la sombrilla, como quien no sabe adónde enderezarse.

En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de objetivo, sino porque
ignoraba dónde estuviera éste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin
determinarse con claridad; la de que Luis pudiera hallarse a solas en
aquel momento con Amalia. Poco a poco, a medida que marchaba por el
campo, esta idea fue adquiriendo relieve. Y según se precisaba, le roía
el corazón, se lo llenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No conocía
perfectamente sus relaciones adúlteras? Pues, con todo, le causaba viva
irritación, le parecía que no debía sufrirlo, que tenía derecho a
impedir que se juntasen. Sin darse cuenta de lo que hacía apretó el
paso. Sus nervios se iban alterando. Cuando llegó a la corrada estaba
enteramente persuadida que los adúlteros se hallaban juntos y solos.
Entró en la casa y, como quien la visita por curiosidad, la recorrió
toda, escudriñó hasta las más apartadas estancias. No logró verlos; pero
la circunstancia de no hallar a Amalia por ningún sitio la confirmó aún
más en su sospecha. Fatigada de tanto buscar, inflamada de anhelo,
nerviosa, salió de nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las
personas que pudieran detenerla y se dirigió al jardín. En cuanto puso
el pie en él despertó vigorosamente en su espíritu la esperanza de
encontrarlos. Aquel rincón de verdura donde los arbustos, creciendo a su
antojo, se entrelazaban hasta formar una masa impenetrable, era a
propósito para las confidencias amorosas. Avanzó con precaución, sin
hacer ruido, por sus senderos casi desaparecidos, tapizados de hierba,
invadidos en muchos parajes por las ramas de los arbustos y la maleza. A
veces, un montoncito de lirios le cortaba el paso, y se veía precisada a
saltar sobre ellos; otras, un rododendro extendía sus ramas para abrazar
a la camelia de enfrente y formaba bóveda tan baja que necesitaba
doblarse mucho para pasar. Antes de llegar creyó sentir leve rumor de
voces. Quedó inmóvil y esperó algunos instantes. Volvió a percibirlo y
se dirigió hacia el sitio de donde partía.

¡Eran ellos! Sí, eran ellos. Mucho antes de oír su voz claramente los
había adivinado. Se paseaban por una calle más ancha y despejada que las
otras, resguardada de un lado por el muro, del otro por alto seto de
boj. Amalia se colgaba del brazo del conde con imperio y negligencia y
hablaba mirando al suelo, mientras él se inclinaba hacia ella risueño,
sumiso, metiéndole las palabras por el oído. Los contempló desde lejos
al través del follaje. La emoción la dejó clavada al suelo algunos
instantes. Por encima del sentimiento de dolor y de ira que la
embargaba asomó su cabeza el orgullo de mujer. Después de examinar con
ojos ansiosos la figura de Amalia no pudo menos de murmurar con
amargura:

--¿De qué se habrá enamorado ese hombre? ¡Si es una gata disecada!

Después pensó:

--¿Qué se dirán?

Acometiole un deseo vivo de escuchar su plática, y sin reflexionar sobre
el peligro que corría, fuese acercando poco a poco al seto, doblando el
cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más sombrío y seguro, y
escuchó. Sólo se les oía cuando cruzaban cerca. En cuanto se alejaban
unos cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No pudo recoger más
que retazos de conversación, que resultaban incoherentes.

--Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras cómo va engordando! Ni con
polvos de almidón ni con los de rosa se consigue suavizar la irritación
de la piel--decía la dama.

--Hablan de la niña--pensó Fernanda.

--No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto daría por asistir a él un
día!

--Es porque no quieres.

--No, no quiero, exponiéndote a tí a un peligro y a que concluya de ese
modo...

No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen al final de la calle y
diesen la vuelta.

--Di que has estado en casa de esas viejas chochas y no mientas--oyó
decir a Amalia, al acercarse de nuevo.

--Te aseguro que estuve en el Casino. Nos hemos reunido los individuos
de la junta para ver si se ha de decorar nuevamente el salón. Creí que
podría salir a las diez, pero hasta las doce no nos separamos. ¿No
conoces el carácter disputón y minucioso de D. Juan? A casa de las de
Meré hace un siglo que no voy. Tanto, que algunos empiezan a...

Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel D. Juan sería su padre?
Procuraría enterarse. Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente
la mano de su querida y sonreía, al hablar, con arrobada expresión de
felicidad.

--Muchas veces me he propuesto dejar de verte. Por la noche, estando a
solas en la cama, me entran terribles remordimientos. Entonces me digo:
«Es necesario que esto concluya. Los dos nos condenamos
irremisiblemente.» Y resuelvo marcharme de Lancia y hasta compongo todo
un plan de vida; viajo con la imaginación por toda Europa; me olvido de
tí; vuelvo al cabo de algunos años, y en vez del amor antiguo se renueva
en mi corazón una amistad tierna y honesta, en la cual podemos descansar
tranquilos sin temor al castigo del Cielo... Pero así que amanece, estas
resoluciones se disipan, sucumbo a la tentación, voy a tu casa, y en
cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada...

Fernanda se agarró con mano crispada al tronco de una magnolia.

A la vuelta era Amalia quien hablaba.

--No es verdad eso. Ya te he dicho que para mí siempre hay un punto
negro. Por más que pretendo forjarme la ilusión de ser la primera...

--¡La primera y la última! Yo no amaré a otra mujer más que a ti.

--No sabes los celos que tengo del pasado. Cada día más. Di la verdad:
¿la has querido o no?

--No.

--Entonces, ¿cómo eras capaz de...

No oyó más. Fue bastante para hacer brotar de sus ojos una lágrima.
Trató de huir. Cuando iba a hacerlo observó que los traidores se habían
detenido al extremo de la calle.

Amalia echa los brazos al cuello a su amante, le pone los labios en la
boca y le da un beso que se prolonga, se prolonga una eternidad.
Fernanda cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo ve que se alejan
cogidos de la mano.

Los deja salir del jardín. Los sigue inmediatamente. ¿Adónde irán? Una
vez en la corrada, observa que se sueltan y se dirigen a la casa. Entra
en su seguimiento, pero ya habían desaparecido y no sabe en qué
habitación hallarlos. Las recorre todas imprudentemente, cegada por
emoción extraña que no acierta a reprimir, acometida de un deseo vivo,
anhelante, de espiarlos.

--¿Adónde va usted, Fernanda?--le pregunta un joven.

--Ando en busca de la novia.

--Pues va usted mal. Está en el otro extremo de la casa, en una de las
salas que miran al Norte.

Se vuelve para disimular; pero inmediatamente emprende de nuevo la
batida. Llega, por fin, a cierto gabinete cerrado, que no es otro que el
célebre _cuarto de la condesa_. Va a levantar el pestillo, como ha hecho
en otros, pero se queda inmóvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica el
oído. ¡Son ellos!

Se aparta de allí, corre como si la persiguieran, se mete por el bosque
y, cuando se encuentra en paraje solitario, se sienta al pie de un árbol
y apoya en su tronco la cabeza. El rostro triste y demudado, los ojos
extáticos, las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, expresa su
actitud una agonía desesperada y muda.

Llegó la hora de comer. Se habían colocado en el gran salón de la planta
baja de la casa dos mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se
reunió instantáneamente a la palabra santa de «a comer» lanzada a los
cuatro vientos de la finca por la ruda voz de Manín y por la argentina
de Manuel Antonio. Los sentimientos poéticos, cuando se desenvuelven al
aire libre y enmedio de los bosques, son excelentes para facilitar la
secreción del jugo gástrico. Por eso tanto ninfas como faunos asaltan
con bríos, antes de sentarse a la mesa, las aceitunas, los pepinos, las
rajas de salchichón. Por voto unánime de la milicia y del clero,
representado dignamente por Fray Diego, se cometió a la novia el encargo
de designar sitio a cada cual. La festiva y revoltosa Emilita,
trasformada súbito en severísima matrona, llenó su cometido con tacto y
amabilidad que le valieron el aplauso del concurso. A cada niña iba
dando por compañero y servidor aquel mancebito que era más de su agrado,
y a cada persona mayor aquella otra con quien más congeniaba por su
humor y aficiones. Pero cuando llegó al delirio el palmoteo fue cuando
colocó al teniente Rubio entre las dos señoritas de Meré. Había dejado
para lo último este donaire, que no le hizo maldita la gracia al
interesado. Viéndose oprimido por tales vejestorios, el injusto forzador
quedó amoscado y estuvo a punto de protestar contra la designación de
Emilita y faltar a todas las reglas de la galantería, pero se contuvo.
Al tiempo de sentarse se le ocurrió exclamar mirando a entrambos lados y
parodiando a Napoleón:

--Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta siglos me contemplan.

La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió el humor a aquel dañino
animal. Supo contestar tan bien a la vaya que le daban sus amiguitas,
que aquella tarde ganó fama imperecedera de cazurro y de pícaro.

Moro se sentó al lado del conde, y mientras comían no cesó de inculcar
en su alma la ventaja de traer al palacio de Granja una mesa de billar.
Conocía todas las fábricas, pero la mejor sin disputa era la de Tutau,
de Barcelona. Elogió el artículo como si fuese, un viajante de la casa.
A Luis se le conocía en la cara el hastío y el pesar de no hallarse
sentado al lado de Amalia. Pero Emilita no se atrevió a colocarlo en
esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo primero sería un escándalo.
Lo segundo, una molestia para ambos.

Se comió como en un banquete de la Iliada. Pero el Aquiles de esta
formidable pelea fue Manín, el bárbaro Manín, que, al decir de los que
estaban a su lado, se comió once calabacines rellenos. Verdaderamente
Manín era digno de ser llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al
señor Saleta, por lo menos longobardo. Se habló y se gritó como en una
plazuela. Las tres hadas del Jubilado, que tanto habían ganado desde que
Fray Diego echó la bendición a su hermana en inocencia y gracia
infantil, tiraban bolitas de pan a los oficiales. Éstos echaban miradas
a la novia, haciendo después guiños a su compañero Núñez, y murmuraban
palabras espantosas que les hacían prorrumpir en carcajadas más
espantosas aún. Paco Gómez se peleaba con María Josefa. No se sabe cuál
de los dos era peor intencionado, de quién partían las flechas más
agudas y envenenadas. Saleta, que tenía a su compañero y censor D.
Enrique Valero lejos, se despachaba a su gusto, contando a D. Juan
Estrada-Rosa y a otros dos caballeros cómo se había arreglado para
seducir a cierta inglesa, esposa de un cónsul que había conocido en
Oncón, yendo desterrado a Filipinas. El barco no se detenía allí más que
veinticuatro horas. En este breve espacio la enamoró y logró que se
escapase con él. Pero tuvo que separarse de ella al instante, porque
aquel lance fue objeto de una reclamación diplomática por parte de la
Gran Bretaña. Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva simpatía por
un alférez rubio que tenía a su lado, le abrumaba a cuidados y delicadas
atenciones.

--Federico... una aceitunita... No tome tanta mostaza, criatura, que le
puede hacer daño. Resérvese para las perdices. Me consta que están
riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me encargo de traerlo...

Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la mesa y traía un par de
botellas que colocaba delante del mancebo.

--Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. Cuando vino usted hace seis
meses era usted delgadito y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de joven, tan
guapo y tan simpático! Porque creía que se iba usted a dañar del pecho.
Se conoce que llevaba usted mala vida allá en Barcelona... ¿No? Pues
mire usted, cualquiera lo pensaría. Me acuerdo que cuando usted llegó
traía una gabardina de color de ala de mosca muy bien hecha y chalina
azul celeste muy linda... Reconozco que le sienta a usted bien el traje
de paisano, pero a mí me gusta usted más de uniforme. Será un capricho,
pero no lo puedo remediar. ¡Vamos, que de uniforme y con esos bigotes a
la borgoñona está usted del todo simpático!

Algunas toses significativas de los oficiales, que se sentaban enfrente,
le paralizaron de pronto. Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz
de avergonzarse por nada. El que quedó amoscado y se puso muy serio y
ceñudo fue el alférez.

Cuando el banquete daba a su fin, algunos caballeros, favorecidos de las
musas, se levantaron a brindar en verso o cosa parecida. Y los que no lo
hicieron en verso felicitaron en prosa a los desposados, resultando que
lo mismo unos que otros coincidieron en desearles «una eterna luna de
miel.» Y lo mismo el periódico local que al día siguiente dio la
noticia. De todos aquellos brindis el más original e interesante fue el
del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo. ¿No había de ser original oír
a este sañudo enemigo de la fuerza armada cantar sus glorias y
declararse partidario frenético del aumento del contingente y del sueldo
a los oficiales? A las pocas palabras que pronunció se mostró tan
enternecido, que algunas lágrimas rodaron precipitadamente por sus
mejillas. No faltó quien dijo que lloraba el vino que había bebido; pero
estamos lejos de dar crédito a esta insinuación malévola, primeramente
porque es un absurdo que se llore vino, y después porque su acento era
tan sincero, su ademán tan patético, que nadie podía dudar de que sus
palabras salían del fondo del corazón.

--...Es un consuelo, sí, es un consuelo que Dios me haya dejado ver a mi
hija casada con un pundonoroso militar... Bien que decir militar en
España es decir pundonoroso... Porque el ejército es la escuela del
honor, como dijo cierto filósofo... Levantar el ejército, honrar el
ejército, es levantar, es honrar el honor de la nación... Levantar el
ejército es levantar el poderío y la prosperidad del país... Levantar el
ejército es colocarnos al nivel de las naciones más grandes de
Europa... Levantar el ejército es vivir respetados por todo el mundo...
Levantar el ejército es levantarnos nosotros mismos... Levantar el
ejército...

--Que se levante el ejército, pero que se siente don Cristóbal--gritó
uno.

El Jubilado quedó parado en firme, echó una mirada de triste
reconvención hacia el sitio de donde había partido la voz, se llevó el
pañuelo a los ojos para enjugarse las lágrimas, bebió con calma lo que
restaba de vino en la copa y se sentó gravemente entre el aplauso y la
risa de los comensales.

Fernanda no había despegado los labios durante la comida. Todos los
esfuerzos de Granate, a quien la amabilidad de Emilita había colocado
cerca de su apetecido dueño, resultaron infructuosos. Ni por hablarle de
la zafra y describirle cómo se recoge el tabaco y hacer cálculos exactos
de lo que se gana en cada caja de azúcar y lo que se ganaría si se
rebajasen los derechos, ni por contar los cien pormenores interesantes
sobre la importación de las carnes saladas de la República Argentina y
del bacalao de Terranova, logró Romeo que su Julieta emitiese más que
secos monosílabos. Lo único que hacía era alargarle de vez en cuando la
copa, diciendo con imperio:

--Eche usted vino.

El indiano se apresuraba a cumplimentar la orden. La joven la apuraba de
un trago, la ponía sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los
comensales, deteniéndose con insistencia en Amalia. Poco a poco aquellos
ojos iban adquiriendo expresión más sombría, los párpados se le caían,
se ponían encendidos y se movían a un lado y a otro con más dificultad.
D. Santos, a quien sorprendía aquella manera de beber, se atrevió a
decir:

--Fernandita, bebe usted como un sumidero. ¡Porra! Tengo miedo que le dé
a usted un torozón.

--Eche usted vino--respondió Fernanda lanzándole al mismo tiempo una
mirada torva que le desconcertó.

Ya que se hubo brindado, voceado y disparatado bien, el alegre concurso
volvió a diseminarse. Sólo permanecieron en sus puestos el Jubilado y
los oficiales refractarios al amor. Quedaron discutiendo la forma más
adecuada de aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho duros mensuales a
los capitanes, cinco a los tenientes y tres a los alféreces. Sin esta
reforma declaraban explícitamente los interesados que se operaría muy
pronto una completa disolución en el ejército, y por lo tanto, dejando
de ser la escuela del honor, ni lo habría en el país, ni nos
levantaríamos jamás a la altura de otras naciones, ni habría
prosperidad ni poderío ni pundonor en toda la vida. Jaime Moro volvió a
trincar a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa y los arrastró hasta la
mesa del tresillo. D. Juan había perdido y se mostraba reacio, pero el
simpático mancebo logró convencerle con astucia de que, si no le había
dado el naipe por la mañana, era porque él, Moro, nunca había perdido a
esa hora. Cuando le venía la mala era por la tarde. Capaz sería de
dejarse ganar con tal de retenerlos.

Manín, sentado a un extremo de la mesa, sin intervenir en la
conversación de los oficiales, cortaba con su navaja rebanadas de pan y
las comía cachazudamente formando bulto en el carrillo, remojándolas con
largos tragos del Burdeos que había quedado en las botellas. No estaba
conforme con la comida que les sirvió Marañón, el dueño del café de
Altavilla. Después de haberse hartado como un salvaje, decía que todos
aquellos platos eran _perfumerías_, y que donde estaba una fuente de
judías con morcilla, longaniza y huesos de marrano deben callarse los
macarrones. Hay que advertir que para Manín se llamaban macarrones todos
los manjares que no conocía, lo cual caía muy en gracia al maestrante.

Mientras terminaba tan dignamente aquella comida indecorosa no cesaba de
murmurar pestes contra ella, haciendo responsable en parte a D.
Cristóbal, a quien dirigía de vez en cuando desde un rincón largas
miradas de rencor.

De pronto se abren con estrépito las puertas del salón y penetran en él
cuatro muchachas en un estado de agitación que impresionó vivamente a
los circunstantes. Sin hacer caso de los otros se dirigen todas al
mayordomo de Quiñones:

--¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso!

--¿Dónde?--pregunta aquél sin inmutarse.

--En el bosque.

--¿Quién lo ha traído?

Ante esta pregunta extravagante quedan las cuatro estupefactas y
suspensas. Una de ellas se atrevió al fin a apuntar tímidamente:

--Ha venido él solo.

--¡Bah, bah, bah!--exclamó rudamente el mayordomo.

Y vuelve a las tajadas de pan con más ardor que antes, dando quizá con
esto la razón a los envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar de
los osos que había matado y se emperraban en llamarle zampatortas.

--Vamos, niña, di cómo lo has visto--manifiesta la simpática Consuelo,
que venía en la diputación.

Una, que estaba más pálida que las otras, avanzó y exclamó con trabajo:

--¡Qué miedo! ¡Madre mía, qué miedo! Creí que me moría... porque mire
usted, el oso... ¡el oso era horrible!

En tal estado de sobresalto se hallaba, que no pudo articular más que
palabras incoherentes. Entonces la resuelta Consuelo avanzó a su vez y
dijo con voz firme:

--Verá usted, Manín. Esta niña se encontraba con nosotras en la parte
más espesa del bosque, allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un malvís,
según creo. ¿No era un malvís?... Bueno, pues oyó cantar un tordo y se
dirigió al sitio donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar con él.
Cuando se volvía, sale de unas matas el oso, la acomete, la tira al
suelo y sin hacerla daño, no sabemos por qué, huye y desaparece.

El famoso cazador de osos se levanta pausadamente y dice con el acento
firme y sosegado de los héroes:

--Vamos a ver qué es eso.

Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos por las pálidas doncellas,
dio una batida al bosque. Lo único que halló fue un cerdo alemán de la
pareja que el conde había traído para encastar. La hembra había muerto y
el macho vagaba triste y solitario por la espesura mientras se efectuaba
su metamorfosis en morcillas y chuletas. Hubo sospechas vehementes de
que el autor de la agresión fuese este cerdo viudo, pero la joven de la
aventura juraba y perjuraba que había sido un oso quien la había
acometido, y que no le dijeran cómo era este animal, porque lo había
visto muchas veces disecado en el gabinete de zoología de la
universidad.

Fernanda se había marchado mucho antes seguida de Granate. Estuvieron en
el jardín. Allí la joven se le colgó del brazo y dieron algunas vueltas
por la misma calle en que había visto pasear al conde con Amalia.

--Usted está muy enamorado de mí, ¿verdad?--le preguntó bruscamente.

El indiano, sorprendido, murmuró:

--¡Oh, sí! Dicen que estoy como un burro, y es verdad.

--¿Y qué siente usted, vamos a ver; qué siente usted? Explíquese.

--¿Yo?... ¿Cómo?--exclamó sorprendido.

--Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué siente cuando otro hombre se
acerca a mí, el conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este momento
en que va oprimiendo mi brazo? Descríbame usted sus sensaciones, lo que
le pasa por dentro...

--Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo tanta ley como si fuese
de la familia... Y a don Juan, su padre, aunque sea un poco
cascarrabias, lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a mí qué me
importa?... Si me casara con usted, tengo casa, gracias a Dios... Y no
es porque yo lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso bien lo
sabe usted... Pero antes nos iríamos a viajear por Francia, por Italia,
por Ingalaterra, por donde usted quisiera... Y si echábamos abajo cinco
mil duros, ¡que los echáramos!

Granate siguió desbarrando un buen rato en esta forma. Fernanda no le
oía. Al fin le enfadó aquel ruido molesto y dijo con acento colérico:

--¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta de estupideces está usted
ahí soltando?

El pobre D. Santos quedó anonadado. Pasearon en silencio algún tiempo.

--¡Qué feo es todo esto!--exclamó al cabo la joven.

--_¿Cuálo?_

--¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el jardín... Mire usted qué
horrible es esta magnolia.

--La casa muy fea y muy antigua, siempre lo he dicho... Si la dieran tan
siquiera un revoque y me pintaran los balcones, todavía... El bosque no
vale para nada, no trae utilidad, está ocupando un sitio precioso para
hortaliza o espalera de fruta o lo que le manden.

Fernanda soltó una carcajada.

--Usted padeció alguna vez de melancolía, D. Santos.

--¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen humor. Tan sólo hace un año,
que me comió un bribón ocho mil y pico de duros, tomé un berrenchín que
me duró dos días.

--¡Qué feo está el sol ahora, visto por entre las ramas de los árboles!

--¿Quiere usted que nos volvamos a casa?

--No, lléveme usted hacia el río. Tengo la cara ardiendo y quiero
refrescarla un poco con agua.

Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí la heredera de
Estrada-Rosa, contra las prescripciones de D. Santos, se echó agua al
rostro por largo rato. Después que se hubo secado ascendieron de nuevo
lentamente hacia la casa.

--¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?... ¡Si viera usted cómo me aburro aquí!
No puedo más; todo esto me fatiga. Yo no nací para andar por los prados
como las vacas. A mí me gustan las ciudades, los salones, el lujo.
Quisiera viajear, como usted dice, por París, por Londres, por Viena.
Qué aburrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eternos paseos del Bombé!
¡Aquel campo de San Francisco! ¡Aquella torre de la catedral tan negra y
tan triste! Luego siempre las mismas caras. La única persona divertida
de Lancia es usted... En cuanto le veo se me suelta la risa sin poderlo
remediar. ¿Por qué le llaman a usted Granate? Yo creo que el color de
usted más se parece al lapislázuli... ¿Usted habrá tenido esclavos allá
en América?... ¡Oh, cómo me gustaría a mí tener esclavos! ¡Es tan
fastidioso eso de pedir las cosas por favor! Pero no, en América, no;
hay fiebre amarilla... Preferiría ir a China.

A medida que hablaba se iba exaltando, se emborrachaba con sus propias
palabras. Los pensamientos salían cada vez más incoherentes. D. Santos
trató de decir algo, pero se lo impidió ella tapándole la boca con la
mano.

--Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir todo tú?

El indiano empezó a inquietarse. La exaltación de la joven iba en
aumento. Hablaba por los codos y le tuteaba rudamente.

--Dame un cigarro.

--¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va a usted a marear.

--¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marearme! Tú no sabes ya qué
inventar para fastidiarme. Dame un cigarro o te dejo ahí plantado.

El indiano sacó la petaca: la gentil heredera tomó de ella una breva, le
arrancó con sus dientes etiópicos la punta y pidió por señas un fósforo.
Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en
señal de disgusto.

Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso un gesto avinagrado y
exclamó:

--¡Qué cigarros tan infames! Mira, fúmatelo tú.

Y se lo puso en la boca.

No fue, no, avinagrado el gesto de Granate al chuparlo.

--¡Ya lo creo que me lo fumaré!--exclamó sonriendo beatamente.--Me salen
a doscientos pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo usted,
vale un millón...

--Vamos, no empieces a decir brutalidades. Llévame a casa... Esta luz me
marea.

Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo. Allí un pollastre les dijo
desde lejos:

--¿Dónde van ustedes? La gente está en el bosque.

--Dígale usted a la gente que me río de ella--respondió Fernanda con
gesto furioso que hizo sonreír al muchacho.

--¿Tú no conoces la casa?--añadió bajando la voz y dirigiéndose a D.
Santos.--Pues voy a enseñártela toda. Verás.

Subieron la mohosa y estropeada escalera. Fernanda, sin cerrar boca, fue
recorriendo todas las habitaciones del caserón y mostrándolas al
indiano.

--¡Aquí está el célebre _cuarto de la condesa_!--exclamó con singular
entonación al llegar a él.--Vamos a entrar. Estoy cansada.

Entraron y la joven cerró la puerta.

--¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más hermoso y más pícaro de la
casa. Si estos muebles se pusieran a contar secretos divertidos, no
concluirían nunca... Mira, dime pronto algo que me haga reír, porque si
no vas a ver cómo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala... ¿Lo
ves? Ya estoy llorando... Siéntate ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco
traes! ¡Qué bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla esa cama.
Es grande, ¿eh? es ancha, es hermosa, es artística. Pues mira, yo la
quemaría... Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre tus
rodillas...

Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga tan dulce quedó
enajenado, y con increíble audacia le pasó un brazo por la cintura. La
joven se alzó como si la hubiera pinchado.

--¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en la manigua y soy alguna negra
cimarrona?

Después de contemplarle un rato con ojos coléricos, su fisonomía se fue
serenando, sus labios se dilataron con sonrisa dulce.

--¿Me quieres mucho?

--¡Casi na!--dijo el indiano con acento picarón.

--Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te voy a permitir que me des un
beso... uno solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no lo ha de
saber nadie...

El indiano hizo un juramento espantoso.

--Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en la sien. El primero y el
último que me has de dar en tu vida... Espera un poco--añadió alzándose
otra vez.--Por este beso yo te he de dar cincuenta bofetadas en esos
carrillos azules... ¿Admites el trato?

Granate consintió inmediatamente. La niña volvió a sentarse sobre sus
rodillas e inclinó la cabeza para recibir el beso.

--¡Bueno, ahora llega mi turno!--exclamó con infantil
alegría.--Prepárate a recibir los bofetones... ¡Qué carrillos, Dios mío,
tan magníficos! ¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner
verdes... ¡Atención!... ¡Una!... La primera... ¡Dos!... La segunda...
¡Tres!... La tercera... ¡Cuatro!... ¡Cinco!

La mano breve y torneada de la hermosa chasqueaba ruidosamente en las
carnosas mejillas del indiano. Los ojos de éste comenzaron a ponerse
encendidos y encarnizados, como los de un lobo, su sangre llameó
repentinamente y con brusco ademán la sujetó brutalmente por la cintura.

Fernanda dejó escapar un grito ahogado.

--¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Déjame!... ¡Déjame, bruto!

Luchó, forcejeó con desesperación, pero no logró desasirse...

Al apartarse, la embriaguez había desaparecido por completo. Dirigió una
mirada vaga, extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquirió súbito
expresión de espanto, se fijó en él como en un animal extraño que la
viniese a acometer.

--¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí!--exclamó llevándose la mano a la
frente.--¡Dios mío! ¿Qué me pasa? ¿Estoy soñando?...

Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores, le gritó con
rabia:

--¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga usted inmediatamente! ¡Salga
usted! ¡salga usted!--repitió con grito cada vez más alto.

Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la puerta ella se lanza de
pronto fuera, sale disparada por los pasillos y, al llegar cerca de la
escalera, cae atacada de un síncope.

La levantaron, la prodigaron mil cuidados. Al recobrar el sentido brotó
de sus ojos un raudal de lágrimas; no cesó de llorar en toda la tarde.
Cuando la comitiva se puso de nuevo en marcha hacia la población aún
seguía llorando.

--¿Han visto ustedes qué vino más llorón tiene esta niña de
Estrada-Rosa?--decía riendo el capitán Núñez.



IX

La mascarada.


Momentos antes de que la rosada aurora abriese de par en par las
ventanas del Oriente, Satanás, que amaneció de humor campechano, envió a
Lancia al más travieso y juguetón de los demonios con encargo de
despertarla. Batió sus negras alas el ministro de Averno sobre la ciudad
y lanzó una carcajada horrísona, estridente, que logró arrancar de las
profundidades del sueño a todos sus habitantes. Despertaron con unas
ganas atroces de reír, de alborotar, de burlarse de la autoridad
gubernativa, improvisar coplas y decir barbaridades.

Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jaime Moro, lo primero que hizo
al saltar de la cama fue llamar al criado y preguntarle con semblante
risueño si D. Nicanor, el bajo de la catedral, le había prestado al fin
su figle. El criado, sin responder, saliose un momento del cuarto y no
tardó en aparecer con un descomunal serpentón entre las manos. Y sin
respeto alguno a su amo aplicó los labios a la boquilla y produjo un
ruido temeroso semejante al rugido de un león. Moro, en calzoncillos
como estaba, hizo una pirueta y tres o cuatro zapatetas en señal de
íntimo regocijo, como si aquel ruido bárbaro hubiese tocado las fibras
más delicadas de su corazón. Después de probar por sí mismo a producir
idéntico rugido y cerciorarse de que era bien capaz, se vistió, se aliñó
y, tomando apresuradamente el desayuno, se salió a la calle liado en su
capa y debajo de ella el artefacto musical que tan gozoso le había
puesto. A cuantos encontraba detenía con guiño misterioso, y metiéndose
en el portal más próximo les mostraba, lleno de emoción, el contrabando
que traía oculto. Ninguno preguntaba lo que iba a hacer con él.
Sonreían, le apretaban la mano significativamente y solían preguntarle
al oído:

--¿Para cuándo?

--Esto para la noche, pero a las doce sale la carroza.

--¿Se escaparán?

--¡Ca! Están bien tomadas las medidas.

Y seguía su camino, embozado hasta los ojos, porque hacía un frío de dos
mil diablos.

Otros no se limitaban a sonreír y apretarle la mano, sino que en justa
correspondencia a su confianza sacaban con mano temblorosa de los
bolsillos del gabán o de lo interior de la gabardina algún instrumento
resonante también de menor categoría, una trompeta, un cuerno de caza,
una matraca. Moro aplaudía, alababa el instrumento sin hacer alarde de
su superioridad. Y proseguía con marcha oblicua y trabajosa, no hacia la
confitería de D.ª Romana, que era el término glorioso de sus
expediciones matinales, sino hacia casa de Paco Gómez.

Resonaba ésta ya con los pasos agitados y el vocerío de una muchedumbre
de jóvenes diligentes. Todos ellos trabajaban con verdadero afán, con
ahínco que rara vez se ve en los talleres. Unos cortaban estandartes,
otros moldeaban caretas de cartón; quiénes pegaban letras negras a los
trasparentes de un farol; quiénes vestían primorosamente dos grandes
muñecos; quiénes, en fin, se ocupaban en desatascar las boquillas de
varios bombardinos y serpentones semejantes al que Moro llevaba. La
estancia era una inmensa sala destartalada. Paco Gómez habitaba el
palacio de un marqués que jamás había puesto los pies en Lancia, del
cual su padre era mayordomo. El implacable bromista presidía vigilante y
solícito los trabajos de sus compañeros, acudiendo a todas partes,
saliendo a cada momento para dar órdenes a los criados o para recibir
los mensajes que le enviaban. Nunca se le había visto tan afanoso.
Generalmente era displicente, y hasta en las bromas más premeditadas
mostraba cierta actitud desdeñosa, sincera o fingida, que le hacía más
temible. Ahora echaba todo el cuerpo fuera. Es que se trataba de la
farsa más estupenda y regocijada que había presenciado jamás la ciudad
de Lancia desde que los monjes de San Vicente habían venido a fundarla.
El motivo era que se casaba... (apenas si la pluma se atreve a
estamparlo) Fernanda Estrada-Rosa... se casaba... (vamos, que cuesta
trabajo decirlo) ¡se casaba con Granate!

Desde la memorable escena de la Granja, Fernanda vivió en estupor
doloroso, en un abatimiento de alma y de cuerpo que alarmó a su padre.
Hizo llamar al médico. Éste no halló más que un desequilibrio nervioso;
se curaría con algún viajecito a la corte, con paseos y distracciones.
La niña se negó en absoluto a curarse por estos medios. Ni paseos, ni
teatro, ni tertulias, ni mucho menos pensar en hacer viaje alguno. Desde
su gabinete al comedor, desde aquí al cuarto de su padre, donde solía
permanecer breves instantes. No tenía fuerzas para subir al piso segundo
ni humor para enterarse de los trabajos de los criados y dirigirlos.
Cerrada en su habitación tampoco lo tenía para seguir labor alguna. Se
dejaba caer en una silla y permanecía larguísimo rato inmóvil con las
manos sobre las rodillas y los ojos extáticos. Algunas veces se ponía a
leer y, observando que no se hacía cargo de lo que el libro decía,
concluía por arrojarlo. Otras se asomaba al balcón y permanecía de
bruces sobre la baranda horas enteras con la vista fija en el espacio o
en un punto de la calle, sin ver a los transeúntes ni contestar al
saludo que muchos le dirigían, ni advertir siquiera la curiosidad de que
era blanco por parte de las vecinas.

Mas he aquí que repentinamente se le antoja marcharse a Madrid. Fue
necesario preparar el viaje instantáneamente. Manifestó su deseo por la
mañana. Por la noche montaban padre e hija en la diligencia: con tal
ímpetu y palabras extremosas exigió la niña el viaje. Una vez en la
corte, cambió radicalmente su humor. Entregose con rabia, con pasión
desenfrenada a los placeres que brinda Madrid a una joven forastera,
rica y hermosa. Vivió dos meses en la embriaguez de los teatros, de los
paseos en coche, de los grandes saraos y conciertos. Acometida súbito
de una alegría nerviosa, parecía feliz enmedio del ruido y el tumulto de
la sociedad, donde empezó a conocérsela por el sobrenombre de _la
Africana_.

Para que su vida fuese aún más alegre y aturdida le placía comer por los
_cafés_ y _restaurants_, como un mancebo disipado. D. Juan fluctuaba
entre el gozo de verla contenta y la incomodidad aguda que le producía
aquella vida desordenada, tan contraria a sus hábitos y edad.

Una tarde, regresando del paseo del Prado, Fernanda estalló
repentinamente en sollozos. D. Juan quedó estupefacto, aterrado; en toda
la tarde no había cesado de reír aquella locuela burlándose de cierto
mancebito que seguía pertinazmente su coche.

--¿Qué te pasa?... ¡Fernanda! ¡Hija mía!

La niña no respondió. Con el pañuelo en los ojos, el cuerpo sacudido por
fuertes estremecimientos, lloraba cada vez más perdidamente.

--¡Fernanda, por Dios, que la gente se está fijando!

El llanto se iba convirtiendo en ataque de nervios. D. Juan ordenó al
cochero partir a escape a casa. Mas antes de llegar a ella, la joven
cesó de llorar y, levantando la cabeza con resolución, exclamó:

--¡Papá, quiero marcharme a Lancia!

--Bien, hija; nos iremos mañana.

--No, no; quiero que nos vayamos ahora mismo.

--Considera que no falta más que una hora para salir el tren.

--Sobra tiempo.

No hubo más remedio que meter apresuradamente la ropa en los baúles y
salir disparados a la estación. Sólo cuando el silbido de la locomotora
anunció la salida y comenzaron a correr por las llanuras áridas que
rodean a Madrid se calmaron un poco los nervios de la excitada niña.

Al día siguiente de llegar a Lancia no fue a dar los buenos días a su
padre ni a tomar chocolate con él, como tenía por costumbre. Cuando ya
se disponía el viejo a llamarla, entra de repente en su habitación una
doméstica pálida y agitada.

--¡La señorita se ha puesto muy mala!

Corrió D. Juan al gabinete y la halló desencajada; lívida, por los
esfuerzos que unas violentísimas náuseas la obligaban a hacer.

--¡Pronto! ¡A buscar el médico!--gritó el pobre padre.

Fernanda hizo un gesto negativo y articuló débilmente:

--No, que llamen al penitenciario.

No hizo caso. Vino el médico y, después de examinarla detenidamente,
llamó a D. Juan aparte y le dijo:

--Su hija de usted ha tomado una cantidad extraordinaria de láudano.

--¿Para qué?--preguntó sin comprender.

--Pues... para lo que se toman siempre esas cantidades... para
envenenarse.

--¡Hija de mi alma! ¿qué has hecho?--gritó el desgraciado; y quiso
lanzarse de nuevo a la habitación de la joven. El médico le detuvo.

--No corre peligro alguno. Ha devuelto todo el veneno, y con el
medicamento que voy a recetar quedará completamente tranquila. Lo que
importa ahora es que no repita.

--¡Oh, no! Yo me encargo.

Y corrió al cuarto de su hija. Pero no pudo arrancarle una palabra. La
niña se obstinaba en que viniese su confesor. Al fin fue por sí mismo a
llamarlo, y no tardó en aparecer con él.

Mientras duró la confesión, D. Juan paseaba agitadamente por el amplio
corredor de la casa en espera, devorado por curiosidad ardiente, presa
de vagos y tristísimos presentimientos. Salió al fin el penitenciario,
quien sin responder a la muda interrogación que le dirigía con la vista,
tomole gravemente de la mano y le llevó en silencio hasta su propia
habitación, donde se encerraron. Cuando al cabo de una hora salieron, el
anciano banquero tenía las mejillas inflamadas, los blancos cabellos en
desorden y en los ojos señales de haber llorado. Despidió al canónigo
en la escalera y tornó a encerrarse en su despacho. Allí permaneció todo
el día y toda la noche, sin hacer caso de los recados que su hija le
mandó para que se llegase a verla.

Fue el propio penitenciario quien se ofreció a hablar con Granate y
seguir las negociaciones. El indiano relinchó de gozo al saber de lo que
se trataba. Pero su naturaleza de aldeano astuto y la pasión de la
avaricia, que era la que hasta entonces le había dominado, alzaron la
cabeza. Cuando al otro día fue el canónigo a hablarle hallolo cambiado:
cerdeaba, gruñía, sacudía la cabeza, hablaba con palabras entrecortadas
del lujo con que habían criado a Fernanda, de los grandes gastos que el
matrimonio trae consigo. En resumidas cuentas, pedía una dote. El
penitenciario, que era hombre justificado y de genio vivo, no pudo
contenerse ante tal vileza y le llenó de denuestos. Pero esto era lo que
menos importaba a aquel rústico. Seguro de tener a D. Juan bajo sus
tacones, reía como un bestia, se rascaba la cabeza y dejaba escapar
algún dicharacho grosero que ponía aún más fuera de sí al canónigo.

Cuando, haciendo grandes rodeos, éste enteró a D. Juan de lo que
ocurría, el desgraciado padre quiso volverse loco de desesperación e
ira. Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias atroces y hablaba de
dar un tiro a su hija y darse él otro enseguida. A duras penas logró
calmarle un poco. Entró, al fin, en razón, siguieron las negociaciones y
después de disputar como mercaderes el tanto y el cuanto de la dote, se
fijó al fin lo que había de ser, y Granate consintió en dar su mano de
sapo a la niña más preciosa que Lancia guardaba por aquella época.

Pero faltaba la más negra. Faltaba decírselo a ella. Cuando le
anunciaron que se preparase a unir su suerte en plazo breve a la de D.
Santos, cayó presa de fuerte desmayo. Al salir de él declaró
rotundamente que no lo haría aunque la desollaran viva. Ni las
reflexiones de su confesor, ni la perspectiva de la deshonra, ni las
lágrimas de su padre consiguieron ablandarla. Sólo cuando vio a éste
frenético llevarse el cañón de un revólver a la sien para arrancarse la
vida se arrojó a detenerlo prometiendo hacer cuanto le mandase. Y he
aquí cómo quedó concertado en principio aquel matrimonio horrendo.

Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de tal concierto, el mismo
sentimiento de vergüenza se apoderó de todos ellos. Una ola inmensa de
rubor invadió las mejillas de aquel generoso vecindario. Esta ola solía
venir a Lancia y hacer los mismos estragos siempre que la suerte
favorecía a algún laciense más de lo justo. Si a uno le tocaba la
lotería, si a otro le daban un buen empleo, si el de más allá se casaba
con una mujer rica o adquiría gran caudal con su industria, o se hacía
famoso por su talento, la delicadeza exquisita de los habitantes de
Lancia se sobresaltaba y procuraba, rebajando el dinero, el talento, la
instrucción o la industria de su vecino, poner las cosas en su verdadero
sitio. Tal sentimiento puede equivocarse fácilmente con el de la
envidia. El verdadero observador comprendería, no obstante, al oírlos
disertar en las tertulias de las tiendas y en los corrillos de la calle,
que sólo el amor, acaso demasiado ardiente, a la justicia les obligaba a
minorar los méritos de su convecino y renunciar de este modo
generosamente a la parte de gloria que en ellos pudiera refluir por este
concepto.

El matrimonio de Granate causó profundo estupor. Siguió al estupor un
grito de indignación. Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas de
los lacienses como en aquel momento; ni siquiera cuando la prensa de
Madrid vino elogiando cierta comedia escrita por un hijo de la
población. ¡Qué de improperios, primero contra Granate, luego contra D.
Juan, después contra Fernanda! Singularmente los pollos se agitaban
convulsos, frenéticos; encontraban deficiente la legislación, que no
contenía medios de prohibir semejantes monstruosidades. Resultado de
todo fue que, para dar expansión a las fogosas emociones que la noticia
había despertado en su alma y para dar claro testimonio al mundo entero
del profundo disgusto que un matrimonio tan extravagante les causaba, la
juventud laciense dispuso una soberana farsa a cuyos comienzos
asistimos.

Los interesados tuvieron noticia de ella y quisieron evadir el golpe,
primero ocultando el día en que se había de celebrar el matrimonio,
después celebrándolo fuera de la población. Pero no les valieron de nada
sus precauciones. Los pollos olfatearon que la ceremonia se celebraría
en los primeros días de Febrero, en la posesión que Estrada-Rosa poseía
a media legua de Lancia. Se colocaron espías en la calle de Altavilla y
en las inmediaciones de casa de Granate a fin de que no se escaparan;
sobornose a los criados; se trazaron por las cabezas más fecundas de la
ciudad mil planes ingeniosos para vejar a los novios. Como coincidió con
estos preparativos el Carnaval, resolvieron aprovecharlo para dar el
primer golpe con una gran mascarada burlesca, que salió el domingo a las
doce de casa de Paco Gómez recorriendo las calles. En una carroza tirada
por cuatro bueyes vestidos con percalina roja, sus cuernos adornados con
ramaje, venían tres máscaras, queriendo figurar una a Fernanda
Estrada-Rosa, otra a su padre y otra a Granate. Este último traía un
sombrero de cuernos. De vez en cuando se paraba la carroza y ejecutaban
una farsa ridícula y grosera que hacía bramar de regocijo a los curiosos
que en torno se reunían. Fernanda besaba con trasportes de entusiasmo a
Granate; éste, como más pequeño, la abrazaba por más abajo de la
cintura, y mientras tanto D. Juan hacía sonar riendo una bolsa de
dinero. De vez en cuando, del fondo de la carroza salía rápidamente otro
máscara que quería representar al conde de Onís, daba un beso a
Fernanda, se lo devolvía ésta a espaldas de Granate, y tornaba a
ocultarse con la misma celeridad.

Como quiera que esta payasada se ejecutó en la calle de Altavilla,
delante de la misma casa de Estrada-Rosa, el escándalo fue enorme, el
gentío que la presenciaba inmenso. D. Juan, en el paroxismo de la ira,
dio parte al gobernador, grande amigo suyo, y resolvió partir al día
siguiente con Fernanda. Los jóvenes maleantes, que prevían esta
determinación, ya tenían urdido el medio de hacerla ineficaz,
preparando, como hemos visto, una grandiosa cencerrada para la noche.
Era anticipada porque aún no se habían casado, pero de ningún modo
querían que se escapasen sin ella. Armados, pues, de cuantos
instrumentos ruidosos pudieron haber, con grandes trasparentes, donde
aparecían pintadas las mismas grotescas figuras de la carroza con
bestiales leyendas debajo, y teas en las manos, se congregaron más de
trescientos muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos media
población que los alentaba con sus carcajadas. El estruendo era
horrísono. De vez en cuando cesaba y una voz lanzaba al aire alguna
copla indecente, que era celebrada con rugidos de alegría, creciendo
tanto y tanto la algazara, que el mundo se venía abajo. El teniente
Rubio, siempre original, trepó por las cornisas de la capilla de San
Fructuoso, situada casi enfrente de la casa de Estrada-Rosa, y comenzó a
repicar la campana. Paco Gómez iba solapadamente de uno en otro grupo
apuntando las coplitas más dañinas para que las repitiese en alta voz el
que la tuviese más recia. Moro hacía sonar su famoso serpentón hasta
echar los pulmones, mientras el marica de Sierra, que había sido uno de
los más activos promovedores de la cencerrada, se metía traidoramente en
casa de D. Juan, vendiéndose como amigo fiel, para espiar en realidad lo
que allí pasaba.

Pero el jefe político de la provincia pensó que era ya hora de oficiar
de Neptuno y componer las olas irritadas. Cuando la cencerrada se
hallaba en su período álgido, envió a Altavilla a Ñola, cabo de los
guardias municipales, acompañado de dos números, que resultaron ser
Lucas el Florón y Pepe la Mota, con encargo de apaciguar el escándalo y
despejar la calle. Los lacienses estaban avezados de antiguo a no
reconocer el origen divino de la autoridad cuando Ñola, el Florón o
Pepe la Mota se empeñaban en representarla. Y no sólo ponían en duda su
legitimidad, sino que en cuanto de lejos los columbraban, soplaba en su
espíritu el viento de la rebelión y lo encrespaba. ¿Consistía esto en
que los lacienses estuviesen predestinados por los ciegos impulsos de su
naturaleza a conspirar contra el orden establecido? No es verosímil.
Ninguno de los historiadores de Lancia han señalado como carácter
distintivo de aquella raza la oposición a las instituciones. Es más
natural suponer que lo que les indignaba tan profundamente y les
inclinaba a la conjuración era la nariz de Ñola, del tamaño de un botón
de timbre eléctrico, la voz aguardentosa de Lucas el Florón y las
piernas monstruosamente arqueadas de Pepe la Mota.

De sobra conocían estos respetables agentes del poder gubernativo las
tendencias anárquicas que algunas veces manifestaba el vecindario de
Lancia. Pero lo que no sospechaban siquiera al introducirse incautamente
entre la muchedumbre, de Altavilla fue que habían de salir de allí sin
bastón, sin sable, sin kepis y con las mejillas abofeteadas. Así estaba
escrito, sin embargo.

El jefe político no quiso conformarse con los inescrutables fallos de
Dios, y montando en cólera hizo llamar inmediatamente al teniente de la
guardia civil y le envió a vengar con ocho números a los infortunados
Ñola, Lucas el Florón y Pepe la Mota.

Envalentonados con la victoria pasada los graciosos de Altavilla,
trataron de resistir. Entonces el teniente, a quien devoraba el fuego de
la guerra, mandó desenvainar los sables, y sonriendo ferozmente, cargó
sobre la muchedumbre como un jabalí indomable.

Al verlo, un vivo estremecimiento corrió por los miembros de cada uno de
los lacienses. Hubo tendencias a retirarse del campo de batalla; pero no
faltó en aquel momento quien animase su corazón intrépido ofreciéndoles
la perspectiva engañosa de la victoria.

--¡Fuera los civiles! ¡Abajo los tricornios! ¡Muera el patatero!

Tales fueron los gritos sediciosos que se escaparon de los pechos de
aquella juventud temeraria.

Y en el mismo punto volaron algunas piedras. Los trompones, los
bombardinos, los cornetines de pistón cuya voz armoniosa tantas mazurkas
habían cantado en el seno de la paz, trasformados repentinamente en
instrumentos de guerra, brillaron siniestros a la luz de las antorchas.
El tricornio del teniente cayó vergonzosamente al suelo a impulso de uno
de ellos. Lo recoge. Su corazón de guerrero se estremece, un círculo de
espuma se forma en torno de sus labios y se lanza al combate con los
ojos inflamados, respirando exterminio.

Entonces, bajo el imperio de su fuerza incontrastable, los jóvenes
héroes de Lancia se replegaron dando fuertes gritos amenazadores. Los
sables de los civiles comenzaron a sonar de plano en las espaldas de
algunos. La retirada se convirtió en huida muy pronto. Tal como un
rebaño de ciervos huye y se desbanda perseguido por los chacales, así
los hijos generosos de Lancia huyeron aquella noche memorable,
perseguidos por los civiles sedientos de sangre. El suelo quedó sembrado
de instrumentos de bronce, testigos de la afrenta. El indomable teniente
paseó largo rato su furor por las calles, animando con vivas
interjecciones a sus huestes, lanzándolas en persecución de los rebeldes
como un cazador lanza su jauría en persecución de un venado. Así fue
como Paco Gómez, seguido tenazmente por los tricornios, se vio en la
precisión, para escapar a un cintarazo, de meterse por el escaparate de
la confitería de D.ª Romana, cayendo de bruces sobre una fuente de
huevos moles y destruyendo por completo una magnífica tarta de borraja
destinada al chantre de la catedral. Así fue también como Jaime Moro,
después de perder en la refriega el serpentón de don Nicanor, estuvo a
punto de ser inmolado por el sable resplandeciente de un civil. Sólo por
haber tomado la precaución de bajar la cabeza cuando éste le tiró el
golpe evitó la efusión de sangre. El sable fue a chocar con la pared de
una casa, haciendo no poco estrago en ella. Meses después, Moro enseñaba
el trozo descascarillado como un trofeo a los amigos forasteros que
venían a Lancia; y al recordar sus proezas y peligros en aquella noche
gloriosa, una suave alegría descendía a su corazón heroico.

Otros muchos miembros de aquella juventud magnánima experimentaron
desperfectos de consideración en su economía, unos por el influjo de los
sables, los más por las caídas y los choques que resultaron de la
desbandada. La victoria no fue, sin embargo, gratuita para los agentes
del gobierno. Aparte del fracaso del tricornio del teniente y de algunas
contusiones de sus subordinados, el poder constituido sufrió un
importante revés en la persona de uno de sus más antiguos
representantes, en la persona de Ñola, cabo de municipales. Ya sabemos
que este personaje, enteramente impopular en Lancia, a causa de la
cortedad, y aún más de la redondez excesiva de su nariz, había perdido
en la primera escaramuza el kepis, el sable y el honor de sus mejillas.
La cólera y la venganza se enseñorearon de su corazón. Nada podía hacer,
sin embargo, para apagarlas, porque se hallaba privado de todo medio
coercitivo. Pero en vez de retirarse prudentemente al soportal de las
Consistoriales, como hicieron sus compañeros Lucas el Florón y Pepe la
Mota, quedose enmedio de la calle contemplando con ansiedad la batalla.
Al ver que se decidía en favor de las instituciones que él representaba,
la alegría se desbordó ruidosamente de su pecho municipal.

--¡Bien por los guardias! ¡Duro en ellos! ¡Rajarme esa canalla! ¡A ver
si escarmienta de una vez esa pillería!

Tales eran los gritos belicosos que salían de su garganta. Sin embargo,
cuando menos podía esperarse, dado que los enemigos huían en completo
desorden, vino a estrellarse contra el botón de su nariz un cuerpo duro
de superficie lisa y compacta que resultó ser un trozo de cal
hidráulica. Todos los timbres de su cerebro sonaron a un tiempo. No
pudiendo sufrir tanto estrépito, vino al suelo privado de conocimiento.
Su pecho magnánimo sólo tuvo fuerzas para exhalar una queja melancólica.

--¡Recongrio, me han escuaernao esos sinvergüenzas!

Así cayó aquel baluarte poderoso del orden, aquel varón esforzado que en
sus luchas incesantes con la pillería de los arrabales tantas veces
había caminado por la senda de la victoria. Levantáronlo y lo metieron
en la botica de don Matías, que estaba próxima. Desde allí lo condujeron
poco después al hospital. La ciudad perdió por algunos días su escudo
protector. Porque ni Lucas el Florón ni Pepe la Mota podían competir en
energía con Ñola.

Mientras tales sucesos se efectuaban en Altavilla y en las calles
adyacentes, D. Juan Estrada-Rosa, presa de irritación indescriptible, se
paseaba agitadamente por su gabinete mesándose los cabellos. Los
consuelos hipócritas del marica de Sierra no lograban calmarle. Hablaba
de salir a la calle y arrojarse sobre la insolente muchedumbre.

--¡Qué les habrá hecho mi pobre hija!--exclamaba con voz temblorosa,
próximo a sollozar.

Fernanda se había retirado a su habitación temprano y se había metido en
la cama. Si la sorprendió la algazara que sonaba en la calle o contaba
ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando D. Juan, después de adoptar una
violenta resolución, subió a despertarla, al encender la luz hallola con
los ojos secos y brillantes, sin apariencias de haber dormido ni de
haber llorado. Hizo que se vistiese a toda prisa, y dando orden a los
criados para que tuviesen encendidas todas las luces de la casa a fin de
engañar a los de afuera, salió con ella por la puerta de la cochera,
que daba a un callejón solitario. Los acompañaba únicamente Manuel
Antonio. Dirigiéronse por las calles más extraviadas a casa del
Jubilado. Una vez allí, se pasó un recado a don Santos para que se
presentase inmediatamente; otro al penitenciario. Cuando ambos
acudieron, el padre, la hija y estos dos señores, Manuel Antonio y
Jovita Mateo salieron ocultamente de Lancia por la carretera de
Castilla. Después de caminar un rato esperaron el coche que don Juan
había mandado venir. Acomodáronse los seis como pudieron en la
carretela, echando a Manuel Antonio al pescante. Media hora después
estaban en la posesión del banquero. Alzose apresuradamente un altarcito
en el salón principal de la casa, y antes de que amaneciese, el
penitenciario bendijo la unión de los prometidos.

Fernanda no había despegado los labios durante el camino. El mismo
silencio cuando se hacían los preparativos para la solemnidad. Parecía
tranquila, en un estado de indiferencia absoluta o, por mejor decir, de
soñolencia, como la persona a quien se arranca violentamente del sueño y
tarda en darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Pero tal estado
letárgico continuó después de pronunciar el sí ante el altar. Ni la
plática afectuosa y elocuente del penitenciario, ni las bromas
incesantes de Manuel Antonio mientras tomaban el desayuno, ni las
caricias de Jovita, ni la alegría afectada, ruidosa, de su padre
lograban sacarla de su extraña distracción. Clareaba el día, un día
triste, nublado, que se filtraba melancólicamente por los cristales.
Todos hacían esfuerzos por parecer alegres; se hablaba en voz alta, se
reía comentando la torpeza del criado, el miedo de Manuel Antonio a
volcar.

Traslucíase, no obstante, una gran tristeza. Cuando la conversación se
interrumpía, las frentes se arrugaban, los semblantes se oscurecían. Al
entablarla de nuevo, las palabras resonaban lúgubremente en el lujoso
comedor.

La novia se retiró para cambiar de traje. Poco después apareció de
nuevo, con el mismo semblante impasible. Según los planes de D. Juan,
debían irse inmediatamente para tomar en un pueblo próximo la silla de
posta. Los indecentes de Lancia quedarían de este modo chasqueados.
Cuando bajaron al jardín, donde esperaba el coche, caía una lluvia
menuda y fría. Fernanda besó a su padre y entró en el coche. El pobre
anciano, al recibir aquel beso en la mejilla, pensó que una corriente de
aire frío entraba por ella paralizando sus miembros y helándole el
corazón.

El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrígate, Fernanda. Adiós, Santos.
Que vengan ustedes pronto.» Ya están en camino. Antes de una hora
llegan a Meres, esperan la diligencia y suben en ella. El mismo silencio
obstinado por parte de Fernanda. Las atenciones de Granate no le
arrancan ni una sonrisa ni una palabra de gracias; sus ademanes
grotescos y los desatinos que de vez en cuando deja escapar tampoco
hacen surgir en el semblante marmóreo de la joven un gesto de fatiga o
disgusto. A ratos dormita, a ratos contempla con ojos atónitos el
paisaje. Cuando llegaron a las inmediaciones de León era ya noche.

Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar a la plazoleta donde cambia el tiro
la diligencia descubren gran golpe de gente, escuchan voces desaforadas,
ruido desacordado de instrumentos de música, tañido de cencerros. Y ven
alzarse sobre la muchedumbre algunos trasparentes pintados.

Paco Gómez, fecundo en trazas más que Ulises, había escrito a algunos
amigos de León tiempo atrás invitándoles a disponer una cencerrada para
cuando Granate y su esposa pasasen por allí. La colonia de Lancia, que
es numerosa en León, secundó admirablemente los planes de su paisano.
Todo lo tenían preparado. Sin embargo, estos preparativos no hubieran
servido de nada sin la traición de Manuel Antonio, que al llegar a
Lancia notició secretamente a Paco lo que pasaba. Éste aprovechó el
telégrafo, recién instalado, y se puso en comunicación con sus
secuaces.

Fernanda tardó en darse cuenta de que aquella algazara iba contra ella.
Cuando, por algunos gritos que llegaron a sus oídos, vino en
conocimiento de ello, empalideció, sus ojos se dilataron y, dando un
grito, precipitose a la ventanilla para arrojarse fuera. Granate la
detuvo sujetándola por la cintura. La joven luchó algunos momentos con
furor; pero no pudiendo desprenderse de aquellos brazos cortos y
membrudos de oso, se dejó caer al fin en el asiento, llevose las manos a
la cara y rompió a sollozar.

--¡Dios mío, ha sido grande el pecado, pero qué castigo tan terrible!



X

Cinco años después.


Trascurrieron cinco años. La noble ciudad de Lancia ha cambiado poco en
su exterior y menos aún en sus costumbres. Unas cuantas casas-grilleras
con adornos de mazapán alzadas por el oro indiano en las inmediaciones
del parque de San Francisco; varios trozos de acera en calles que jamás
la poseyeran; tres faroles más en la plaza de la Constitución; un
guardia municipal suplementario, que debe su existencia no tanto a las
necesidades del servicio como a las pasiones del alcalde, varón de
excelsos pensamientos, consagrados casi enteramente a Venus, que premia
las condescendencias de Vulcano con el presupuesto municipal; en el
paseo del Bombé algunas estatuas de bronce con el ropaje caído, que
produjeron grave escándalo a su erección, haciendo pregonar al
magistrado Saleta en la tertulia del maestrante que «la media desnudez
era cien veces más incitante que la completa;» en las cabezas de
nuestros maduros conocidos algunas hebras de plata, y en el semblante
radioso como el arco iris de Manuel Antonio, el más seductor de los
hijos de la ínclita ciudad, signos ya evidentes de que su belleza pronto
se desvanecerá como un sueño feliz al soplo glacial de la mañana, como
los copos de nieve que caen suavemente en el silencio de un día triste
de invierno.

La misma vida vegetativa, brumosa, soñolienta; las mismas tertulias en
las trastiendas libando con deleite la miel de la murmuración. Los
apodos soeces pesando siempre como losa de plomo sobre la felicidad de
algunas respetables familias. En el Bombé, las tardes de sol, los mismos
grupos de clérigos y militares paseando desplegados en ala. Las enormes
campanas de la basílica tañendo invariablemente a horas fijas. Las
viejas devotas caminando con planta presurosa al rosario o a la novena.
El canto monótono de los canónigos resonando profundamente en la soledad
de las altas bóvedas. En Altavilla, a la hora del crepúsculo, los
eternos corros de jóvenes alegres, riendo mucho, hablando alto y
abriéndose amenudo para dejar paso a alguna costurera espiritual o
criada de carnes opulentas a quienes rinden homenaje con los ojos, con
la palabra y no pocas veces con las manos. Y allá, en lo alto del
firmamento, iguales corros de nubes pardas y tristes amontonándose en
silencio sobre la vetusta catedral, para escuchar en las noches
melancólicas de otoño los lamentos del viento al cruzar la alta flecha
calada de la torre.

Estamos en Noviembre. El conde de Onís acostumbra a pasear a caballo lo
mismo en los días claros que en los oscuros. Cada vez menos le place la
compañía de los hombres. Su carácter se ha hecho más receloso y
melancólico. El pecado aniquiló los débiles gérmenes de alegría que la
naturaleza había depositado en su corazón. El temperamento sombrío,
extravagante, fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en él poco a
poco con el roer incesante del remordimiento; ha trastornado su
imaginación, ha enervado su escasa actividad y ennegrecido su
existencia.

Le molestan los hombres. En todas las miradas piensa ver hostilidad; en
las frases más inocentes, alguna aviesa intención que hace hervir su
sangre de coraje. No osa entrar en los templos, ni siquiera se deja
caer de rodillas, como antes, frente al sangriento crucifijo del cuarto
de su madre. Si oye hablar del infierno se estremece y huye. Envía
cuantiosas limosnas a las iglesias; encarga misas que no oye; pone
cirios a las imágenes, y en el secreto de su habitación se entretiene a
veces puerilmente en preguntar a la suerte, echando una moneda al aire,
si se condenará eternamente o irá tan sólo al purgatorio. Cuando llega a
sus oídos el canto de los sacerdotes que acompañan a un entierro,
empalidece, tiembla y se tapa los oídos. Por la noche se despierta
amenudo sobresaltado, con un sudor frío, gritando miserablemente: «¡Hay
que morir! ¡hay que morir!»

Por largo tiempo vivió casi en absoluto retirado, sin salir más que
cuando se lo ordenaba aquella voluntad que había logrado señorear la
suya. Después, como sufriese demasiado, temiendo que sus negros
pensamientos acabasen con su razón, le dio por recorrer los contornos a
pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansancio corporal prestaba
descanso a su espíritu; el espectáculo de la naturaleza serenaba su
atormentada imaginación.

Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesan amontonadas sobre las
colinas que cierran el horizonte por el Norte, y ocultan las altas
montañas de Lorrín que se extienden como una cortina lejana por el
Oeste. Han caído fuertes chubascos que convirtieron en laguna la parte
baja de la ciudad y en lodazales las carreteras que de ella parten.
Apesar de esto el conde manda ensillar su caballo, sale de Lancia por la
carretera de Castilla, y galopa entre torbellinos de lodo al través de
las praderas y los bosques de castaños. Las hojas amarillentas de los
árboles, lavadas por la lluvia, brillan como monedas de oro; mil
arroyuelos serpean vacilantes por la falda de la colina y van a
depositar sus aguas en la llanura, que se dilata verde y mojada con
suaves ondulaciones. Una franja más oscura señala el cauce del Lora, que
se oculta misterioso bajo sus mimbreras y espesas filas de alisos.

El conde, con la cabeza, echada hacia atrás, los ojos medio cerrados,
aspiraba con delicia el fresco húmedo de la tarde. La carretera
flanqueaba la colina en suave declive. Antes de trasponerla y perder de
vista la ciudad, detuvo el caballo y echó una mirada atrás. Lancia era
un montón, no grande, de techos rojos, sobre los que resaltaba la flecha
oscura de la catedral. Debajo percibió una mancha amarilla, el bosque de
robles de la Granja. Más abajo las torrecillas anaranjadas de su casa
solariega.

La lluvia ha cesado. Un viento frío barre las nubes y las precipita
detrás de los montes. El firmamento se despliega trasparente con el
pálido azul de los días de otoño. Algunas estrellas apuntan ya como
diamantes en el horizonte. Los árboles, las montañas, los arroyos, el
valle cubierto de su verde tapiz brillan indecisos bajo la tenue
claridad del crepúsculo.

El conde pone de nuevo su caballo al galope y desciende velozmente por
el flanco de la colina que oculta a Lancia. El viento oprime sus sienes,
zumba en sus oídos produciéndole una dulce embriaguez que disipa las
negras nubes de su imaginación. Por la enlodada carretera no encuentra
sino algún hato de ganado, algún trajinante con su recua, o carro tirado
pausadamente por bueyes, en el fondo del cual duerme descuidadamente el
carretero. Mas antes de trasponer un recodo, cree escuchar rumor lejano
de ruedas y campanillas. Es la silla de posta que llega al anochecer a
Lancia. Al cruzar a su lado dirige una mirada distraída al fondo, y
chocan sus ojos con otros grandes y lucientes. Siente un estremecimiento
eléctrico, vuelve la cabeza con presteza, pero sólo percibe ya la
trasera de la silla que se aleja. Tira de las riendas al caballo y la
sigue: a los pocos momentos se detiene avergonzado y prosigue su marcha.

¿Sería Fernanda? Una sensación fugaz, pero muy clara, se lo decía. Sin
embargo, pudo haberse equivocado. Ninguna noticia tenía de su llegada.
Sabía que se quedara viuda hacía unos meses. Granate había rodado al
fin como un buey bajo el golpe de la apoplejía. Pero al mismo tiempo era
válida la voz de que la viuda del indiano aborrecía de muerte a Lancia
desde la humillante farsa con que sus compatriotas la habían regalado al
casarse. El hecho de no haber venido cuando la muerte de su padre,
acaecida el año anterior, lo dejaba bien probado.

El conde pensó algunos momentos en esto; al cabo se le borró de la
mente; le distrajo una nube violada y espesa que avanzaba hacia el zenit
presagiando nuevo chubasco. Pero en el fondo de su espíritu quedó algo
indeterminado y dulce que le puso de buen humor. Revolvió el caballo y
llegó a Lancia ya bien de noche, chorreando y cubierto de lodo, pero el
corazón ligero y alegre sin saber por qué.

Fernanda no vaciló un instante. Lo vio y lo conoció tan claramente que
pudo hasta advertir las señales que el tiempo y los cuidados habían
impreso en su semblante. Le pareció más viejo; creyó ver en su luenga
barba rubia algunos mechones plateados. Al mismo tiempo en sus ojos,
posados un instante sobre ella, adivinó el sufrimiento, el hastío, algo
triste, que le impresionó alegremente. El recuerdo de su antiguo novio
había vivido siempre en el fondo de su pecho. Ni la traición, ni el
desdén, ni las mil distracciones a que se arrojó en la vida frívola y
bulliciosa de París, habían logrado arrancarlo de allí. Si le hubiera
hallado satisfecho, en la plenitud de su fuerza y salud, no habría
sentido aquel soplo dulce que la acarició un instante. En tal alegría
maligna había el rencor inextinguible de la mujer desdeñada, pero
también algo alado, sonoro, vaporoso, como la esperanza, que cantó y rió
en su alma y disipó los negros pensamientos que se acumulaban sobre su
frente.

La necesidad, no su querer, la obligaban a volver a Lancia, donde había
jurado no poner los pies nunca más. Su marido tenía hecho testamento a
su favor. Los hermanos de aquél lo impugnaban. Se había entablado un
pleito, que ganó en primera instancia. Venía acompañada de una antigua
sirviente de su padre, trasformada en dama de compañía, y de un
mayordomo. Desde Madrid había telegrafiado a una prima, y ésta, en unión
con Manuel Antonio, dos de las niñas de Mateo y algunas amigas más, la
esperaban en la mal empedrada plazoleta del Correo, donde paraba la
diligencia. Y vengan de abrazos y achuchones y besos, y vayan de
preguntas y exclamaciones y lágrimas. La ofendida heredera de
Estrada-Rosa no había imaginado sentir tal alegría al poner la planta en
su pueblo natal.

Sus amigas la llevaron abrazada, casi en volandas, hasta casa. Allí se
despidieron todas, menos Emilita Mateo, a quien Fernanda hizo una seña
para que se quedase. Las dos amigas ascendieron lentamente, cogidas por
la cintura, aquella escalera, amplia, encerada, que tantas veces sus
pies menudos de niña habían pisado. No tardaron en encerrarse en el
antiguo gabinete de la hija de Estrada-Rosa para saborear la hora de las
dulces confidencias. Entre besos y sonrisas y protestas de fiel amistad
se contaron su vida durante aquellos cinco años. Fernanda hablaba de su
difunto marido con una compasión que quería ser triste y resultaba
altamente despreciativa. Vivió con él en una suerte de antagonismo de
ideas, de gustos y deseos, que los mantuvo constantemente alejados. Ni
fue feliz ni desgraciada. Fueron cinco años de aturdimiento en que
desfilaron ante su vista calles populosas, teatros resplandecientes,
hoteles magníficos, salones de baile, trajes deslumbradores, muchos
conocidos y ningún amigo. Su marido se plegaba a sus caprichos a la
fuerza, como un oso indómito que obedeciese gruñendo al palo del
domador. Habían tenido una niña, que se murió a los cuatro meses.

La juguetona Emilia fue muy desgraciada en su matrimonio. Núñez había
salido un _perdis_. Ya lo sabía Fernanda, pero vagamente. En cartas no
es fácil descender a ciertos significativos pormenores. Al principio muy
bien, pero luego las malas compañías le habían echado a perder. Le dio
por el juego primero, después por la bebida, últimamente por las
mujeres. Esto último era lo que más sentía Emilia. Todo se lo perdonaba
de buen grado: que viniese borracho a las tantas de la madrugada, que le
empeñase los pendientes, los cubiertos, hasta el capuchón de abrigo; lo
que no podía sufrir era que se le viese entrar en casa de una perdida
que vivía en la calle de Cerrajerías. Al decir esto la hija del Jubilado
soltaba un torrente de lágrimas. Apenaba más verla llorar, por la
alegría revoltosa que siempre fue el distintivo de su carácter. Fernanda
la acariciaba tiernamente y compartía sus lágrimas. Al cabo de un rato
de silencio le preguntó:

--Pero ¿tú le sigues queriendo?

--¡Sí, hija, sí!--exclamó con rabia.--No lo puedo remediar. Cada vez
estoy más ciega por él.

--¡Vaya por Dios! Tu pobre padre estará también disgustadísimo.

--¡Figúrate!... Y lo peor es--añadió llorando amargamente--que ahora
volvió a su manía antigua contra el ejército... Dice cosas horribles de
los militares... ¡Sí, sí, horribles!... En cuanto yo entro por casa
empieza a disparatar, nada más que por mortificarme... Mis hermanas le
apoyan... Nos llaman holgazanes y dicen... dicen que se debe reducir el
contingente...

Al llegar aquí, los sollozos rompían el tierno pecho de la esposa de
Núñez. Fernanda, que también lloraba viéndola tan afligida, no pudo
menos de sonreír.

--¡Tus hermanas también!

--¡Ya lo creo!... ¡Todos, todos desean que se reduzca!...

Cuando la hija de Estrada-Rosa le hubo demostrado que no era tan fácil
como parecía la reducción de las fuerzas de tierra, su espíritu se
serenó al fin poco a poco. Luego concertaron ambas dar una sorpresa a la
sociedad laciense. Fernanda se presentaría aquella noche sin previo
anuncio en la tertulia de Quiñones. Una alegría infantil se apoderó de
ambas con este proyecto. Así que le dieron forma, despidiose Emilita,
prometiendo volver enseguida a buscar a su amiga.

Eran las diez de la noche cuando subían ambas los peldaños de piedra,
que rezumaban siempre por la humedad, de la vasta escalera señorial de
los Quiñones.

Al llegar arriba Emilita prohibió al criado que las anunciase. Ella
misma abrió la puerta del salón y empujó a Fernanda hacia adentro.

Fue una aparición que dejó extáticos por un instante a los tertulios. La
hija de Estrada-Rosa, lucía un traje elegantísimo recién salido del
taller de una de las más afamadas modistas de París. Su belleza, de la
cual sus compatriotas no conocían más que el delicado botón, se había
convertido en rosa espléndida en los cinco años de vida refinada y
elegante. Maravillosa por la arrogancia de su talle, por el brillo de
sus grandes ojos africanos, por la delicadeza de su cutis, la hermosura
de Fernanda había adquirido en París su complemento necesario, la
gracia, el noble y sencillo ademán, el gusto para vestirse, la suprema
distinción que en Lancia no hubiera logrado jamás. Su traje negro de
seda dejaba descubiertos pecho y espalda. Algunas carreras de perlas
tejidas entre los cabellos componían todo el adorno de su cabeza.

Amalia fue la primera que la vio, y su sangre fluyó de repente al
corazón. Repuesta inmediatamente, corrió a saludarla.

--¡Oh! Ya sabía que usted había llegado; pero no imaginé que fuese tan
amable...

Ambas se miraron a los ojos y se declararon, con un chispazo, el odio
que ardía en el fondo de sus almas. Pero habían cambiado las
circunstancias. Amalia era cinco años atrás la dama más elegante y
distinguida de la población, la única cuyo porte y refinamiento de
costumbres trascendía a otra esfera más culta y espiritual. Fernanda la
aventajaba ahora infinitamente. Aquélla había envejecido de modo
ostensible. Entre sus cabellos se veían ya bastantes hebras plateadas;
su tez, siempre pálida, había perdido toda su frescura; además, había
perdido el deseo y el gusto para vestirse, se había ido plegando poco a
poco bajo la presión de la sociedad ordinaria y cursi que la rodeaba,
adaptándose a ella y descuidándose más y más de su persona. El contraste
era, por lo tanto, más vivo. Bien lo advirtió la noble esposa del
maestrante y se sintió humillada hasta el fondo de su ser. Una sonrisa
de despecho contrajo sus labios mientras cambiaba con Fernanda los
obligados saludos. Ésta gozaba de su triunfo con grave y serena alegría.

Las damas rodeáronla inmediatamente. Fue un diluvio de besos y abrazos
acompañados de vivas exclamaciones de gozo. Los hombres, que formaban
círculo detrás, avanzaron también sus manos y estrecharon con efusión la
de la hermosa viajera. Y entre tanto pláceme y tanta frase
congratulatoria, o por olvido o por vergüenza, nadie osaba hacer alusión
a la desgracia que la joven había experimentado algunos meses atrás; ni
el más mínimo recuerdo para el oso colorado que dormía su sueño eterno
en un cementerio de París. Tan sólo cuando la efervescencia de los
saludos hubo calmado, Amalia la cogió sonriente las manos y exclamó
mirándola de arriba abajo:

--¡Sabe usted que son muy elegantes los trajes de duelo en París!

Fernanda hizo una mueca de desdén.

--Poco importa el vestido si se lleva el duelo en el corazón--apuntó
María Josefa, que en los cinco años trascurridos había aguzado
prodigiosamente el filo, el contrafilo y la punta de su lengua.

Las mejillas de Fernanda se tiñeron de carmín. Se avergonzó como si
fuese un delito no sentir la pérdida de _Granate_. Luego, irritada por
aquella hostilidad, estuvo a punto de mostrar violentamente su enojo.
Volvió la espalda y se puso a hablar con otras damas.

En aquel momento el conde de Onís salió del gabinete y vino a saludarla.
Le tendió la mano con afectuosa sonrisa. Ella le entregó la suya de un
modo glacial, separando rápidamente la mirada. Sin embargo, pudo
advertirse alrededor de sus ojos un círculo pálido que denunciaba la
emoción. Para disimularla se encaminó al gabinete, diciendo con afectada
ligereza que la dejasen libre, que a quien tenía más gana de ver era a
D. Pedro.

El noble maestrante yacía en su sillón con los naipes en la mano. Sus
cabellos y su barba estaban más blancos, pero tan erizados e indómitos.
Sus facciones enérgicas parecían más acentuadas; sus ojos hundidos
brillaban con fulgor más delirante. Al mover con trabajo aquel gran
torso atlético desprovisto de base los rasgos de su fisonomía se
contraían con expresión de feroz impotencia que inspiraba tristeza y
miedo. Pero si su cuerpo se abatía a ojos vistas, alzábase su orgullo
cada vez con más brío. Todos los días crecía un poco el respeto que se
consagraba a sí mismo por llamarse Quiñones de León y el desprecio a los
demás por haber nacido bajo el estigma de otro nombre cualquiera.
Agradeciendo profundamente al cielo la dicha con que había querido
favorecerle, tendría a pecado quejarse de su suerte y envidiar a los
otros hombres la facultad de usar de sus piernas. ¿Qué importa que Juan
Fernández pueda andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se llama
Juan Fernández? Lo único que le preocupaba algunas veces era si
convendría a la dignidad de un Quiñones poseer unas extremidades
enteramente inertes, y si no sería preferible que viviesen para
participar de la gloria del resto del organismo. Pronto desechaba, sin
embargo, tales inquietudes pensando justamente que vivas o muertas
aquellas extremidades ocupaban un rango superior en la sociedad. Cuando
Fernanda entró en el gabinete alzó los ojos y clavó en ella una mirada
penetrante que la abrazó de la cabeza a los pies. Ni la hermosura ni el
porte, singularmente elegante, de la joven debieron dejarle satisfecho,
porque la convirtió inmediatamente a los naipes y exclamó con insolente
protección:

--¡Hola, pequeña! ¿Eres tú? ¿Cuándo has llegado?

Apesar de sentirse mortificada por aquel tono, Fernanda le saludó
afectuosamente.

--Me alegro de verte tan buena, querida, y aprovecho la ocasión para
darte el pésame. Ya sabes que yo no escribo cartas hace años. He sentido
mucho a Santos... Oiga usted, Moro: ¿se propone usted no darme en su
vida una carta decente?... Era un buen sujeto, un vecino excelente,
incapaz de hacer daño a nadie. No hallarás otro marido como él. Tenía
una cualidad que se encuentra muy difícilmente: la modestia. Apesar del
dinero que había logrado juntar, no pretendía salirse de su esfera;
siempre se manifestó respetuoso con los superiores. ¿Verdad, Saleta, que
no era como esos piojos resucitados, que así que les suenan algunas
monedas en el bolsillo olvidan las judías y el centeno, como si en su
vida los hubiesen probado?... Valero, siéntese usted, y diga pronto si
es vuelta eso que tiene... ¿Vienes a establecerte aquí, chiquita, o te
vuelves a ver a los _franchutes_?

Fernanda, que sintió perfectamente toda la hiel de aquel discurso,
respondió fríamente, y después de pocas palabras más se volvió al salón.

A D. Pedro le había molestado el tufillo de elegancia y distinción que
despedía la hija de Estrada-Rosa. Le irritaba que alguien se alzase en
torno suyo, siquiera fuese solamente algunas pulgadas. Aborrecía todo lo
extranjero, y muy particularmente aquel París, donde imaginaba que los
Quiñones de León no tenían influencia muy decisiva. Hasta sospechaba
vagamente, con horror, que eran desconocidos. Por supuesto que procuraba
apartar la mente de tan disparatada idea. Si llegase a penetrar por
completo en su espíritu, ¿qué le restaba al noble caballero? Morir, y
nada más.

Haciéndole la partida de tresillo están los mismos personajes que ya
conocemos. Saleta, el gran Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de su
boca suaves y almibaradas, lo cual le obligaba a relamerse amenudo.
Faltó poco para que Lancia se viese privada para siempre de este
magnánimo y divertido varón. Jubilado hacía tres años, fue a
establecerse a su país, donde permaneció uno solamente. La nostalgia de
Lancia, de la tertulia de Quiñones, y sobre todo de las burlas de su
colega Valero, le impulsaron a dejar la patria gallega para venir de
nuevo a habitar entre los lacienses. Valero, ascendido a presidente de
sala, más ajado cada día, más jaranero y ceceoso, se sienta a la
izquierda del prócer. Enfrente está Moro, ideal inaccesible de todas las
niñas casaderas, cuya cabeza infatigable soporta fácilmente doce horas
de tresillo sin mareo ni turbación alguna. De todas las instituciones
creadas por los hombres, la más firme, la más respetable es ésta; el
tresillo. Por su inquebrantable solidez puede compararse muy bien a las
leyes inmutables de la naturaleza. Para Moro es tan verdad que la
_espada_ vale más que el _basto_, como que los cuerpos al caer siguen un
movimiento uniformemente acelerado. Y allá en el fondo oscuro de la
cámara dormita en la misma butaca el glorioso Manín con su calzón corto,
chaqueta de bayeta verde y fuertes zapatos claveteados. Tiene el pelo
gris, casi blanco. Pero no es esto lo peor para él. Lo verdaderamente
triste es que el pueblo no le considera ya como un cazador feroz
envejecido en la lucha con los osos de las montañas. Aquella leyenda se
ha ido disipando poco a poco. Sus compatriotas tenían razón. Manín no
era más que un zampatortas. En Lancia se ríen también de sus proezas y
le miran como un viejo bufón del loco y heráldico señor de Quiñones.

Fernanda consiguió al fin sustraerse a los plácemes de sus amigos y fue
a sentarse en un rincón apartado. Estaba triste. La hostilidad de los
dueños de la casa le había impresionado. Pero no era esto lo principal,
aunque ella hiciese por creerlo. El motivo recóndito, que se avergonzaba
de confesar a sí misma, era Luis. El saludo afectuoso de su antiguo
novio había despertado súbito todos sus recuerdos, todas sus ilusiones,
las penas y las dichas de otro tiempo que dormían en el fondo de su alma
como pajarillos entre las hojas del árbol. La agitación interior era
intensísima, pero nada o muy poco se traslucía en su continente grave y
frío. Sin embargo, sintió un fuerte estremecimiento al escuchar muy
cerca de su oído estas palabras:

--¡Qué hermosa te has puesto, Fernanda!

Se hallaba tan distraída que no advirtió que el conde se había sentado a
su lado. Involuntariamente se llevó la mano al sitio del corazón.
Repuesta inmediatamente, sonrió diciendo:

--¿Te parece?

--Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad?

Hizo un esfuerzo y le miró a la cara con fijeza.

--No; algunas canas en la barba... y el aspecto un poco fatigado.

El temblor de su voz contrastaba con la aparente indiferencia que quiso
dar a sus palabras.

El conde se puso repentinamente serio, llevose la mano a la frente y
replicó al cabo de unos momentos con acento sombrío y como si se hablase
a sí mismo:

--Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra... ¡Muy fatigado!... La
fatiga me sale por los poros.

Guardaron ambos silencio. El conde quedó entregado a una intensa
meditación que trazó en su frente arruga profunda. Al cabo dijo,
entablando nuevamente conversación:

--Ya te había visto antes de venir aquí.

--¿Dónde?--preguntó ella afectando sorpresa.

--En la carretera. Salí esta tarde a dar un paseo a caballo y me crucé
con la silla de posta. Te conocí perfectamente.

--Pues yo no te he visto... Recuerdo que encontramos dos o tres jinetes
antes de llegar a Lancia, pero no he conocido a ninguno.

Al decir esto no pudo impedir que una ola de carmín tiñese de nuevo sus
mejillas. Volvió, para disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los
de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes, acerados.
Contempláronse un instante. La boca felina de la valenciana se contrajo
con una sonrisa. Fernanda quiso corresponder con otra tan falsa, pero no
pudo. Volviose de nuevo hacia el conde y hablaron de cosas indiferentes,
de teatros, de música, de proyectos de viaje.

Sin embargo, aquél se mostraba más y más preocupado. Iba perdiendo el
aplomo y hablaba equivocándose, como si su pensamiento anduviese lejos.
Guardaba silencio algunos momentos, pugnaba por decir algo, movíanse sus
labios, pero en vez de articular lo que quería, expresaban otra cosa
distinta, algo trivial y ridículo que le avergonzaba en cuanto salía de
ellos. Fernanda le observaba con atención, ganando la serenidad y la
calma que él perdía rápidamente. Parecía embebida por completo en la
conversación, describiendo con naturalidad sus impresiones de viaje,
expresando sus opiniones con la misma indiferencia que si no mediase
entre ellos más que una antigua y tranquila amistad. Luis concluyó por
ponerse taciturno. Al fin tuvo resolución para decir, aprovechando un
instante de silencio:

--Cuando me acerqué a tí estabas muy distraída. ¿En qué pensabas?

--No me acuerdo... ¿En qué querrías tú que pensase?

El conde vaciló un momento; pero animado por la graciosa sonrisa de su
ex-novia se atrevió a articular:

--En mí.

Fernanda le miró en silencio, con curiosidad burlona bajo la cual
chispeaba una alegría imposible de ocultar. El conde se puso colorado
hasta las orejas, y las hubiera entregado seguramente a las tijeras por
no haber pronunciado aquellos dos fatales monosílabos.

--Bien...--dijo la joven alzándose de la silla.--Hasta luego. Me alegro
de verte bueno.

--¡Escucha!

--¿Qué hay?--dijo retrocediendo el paso que había dado para alejarse y
posando en él unos ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de
fascinarle.

--Perdona si mis palabras te han ofendido.

Fernanda hizo una mueca de desdén y se alejó exclamando:

--¡Arrepiéntete, pecador, que el infierno tienes delante!

¡El infierno! Esta palabra, soltada a la ligera, como broma, hizo dar un
vuelco a su corazón; despertó la preocupación constante de su existencia
desde hacía algún tiempo. Todos los Gayoso habían vivido bajo la
influencia de esta idea funesta. Pero el terror de sus abuelos parecía
dilatarse en su espíritu, atormentándolo, enloqueciéndolo. Amalia
necesitaba luchar heroicamente para distraerle por poco tiempo de sus
escrúpulos. Por eso ahora, cuando le hizo seña para que se acercase, le
vio alzarse tétrico de la silla y aproximarse lentamente como si le
arrastrasen. Tenía ella demasiado talento y orgullo para mostrarse
herida de la corta plática que acababa de tener con su antigua novia. Le
acogió con la misma sonrisa, dirigiole la palabra con su habitual y
afectada ligereza, y no se acordó ni del nombre de Fernanda. Pero sus
labios pálidos se contraían de coraje cada vez que le veía volver los
ojos hacia aquélla. Y el incauto lo hacía amenudo.

Una hermosa niña de ojos azules y flotante cabellera dorada apareció en
la puerta, conducida por una doméstica.

--¡Oh, qué tarde!--exclamó la señora de Quiñones.--¿Por qué ha tardado
usted tanto en traerla, Paula?--añadió severamente.

Ésta contestó que la niña se había entretenido jugando _al milano que le
dan_, y que lloraba cada vez que la querían acostar.

--¿No tienes sueño aún, rica mía?--dijo la dama trayéndola hacia sí y
pasándole la mano tiernamente por los bucles de su cabellera.

Los tertulios se interesaron vivamente por la criatura. Fue de uno a
otro recibiendo caricias y pagándolas con afectuosos besos de despedida.

--Buenas noches, Josefina.--Hasta mañana, rica.--¿Has sido buena
hoy?--¿Te ha comprado tu madrina la muñeca que cierra los ojos?

El conde la miraba con los ojos húmedos, haciendo esfuerzos increíbles
para dominar su emoción. La sentía siempre que se ofrecía a su vista
aquella niña. Cuando le tocó la vez no hizo más que rozar con los labios
su rostro cándido. Pero Josefina, con el admirable instinto que los
niños tienen para saber quién los ama, se colgó a su cuello dándole
pruebas de particular cariño.

Fernanda también la contemplaba con vivo interés, con una intensa
curiosidad que le hacía abrir extremadamente los ojos. Josefina tenía
seis años, la tez nacarada, los ojos de una dulzura infinita, azules y
melancólicos; algo de triste y enfermizo en toda su diminuta persona. El
parecido con el conde saltaba a la vista.

Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél chocaron con los de Fernanda.
Sintiose turbado: fue a sentarse más lejos.

Josefina vestía con elegancia. Los señores de Quiñones la criaban con
mimo, como hija adoptiva. Por mucho tiempo éste fue el asunto preferido
de las murmuraciones de Lancia. Se averiguaba con vivo interés el coste
de sus sombreritos; se comentaba el número de juguetes que le compraban;
hacíanse cálculos sobre la cantidad en que la dotarían al casarse. Pero
ya se habían fatigado de tanto comentario. Tan sólo cuando venía rodada
se dejaba escapar alguna alusión mordaz, o se noticiaba al oído algún
nuevo descubrimiento.

La niña fue a parar a un grupo donde estaban María Josefa, la doncella
de la lengua devastadora, y Manuel Antonio, bello siempre como el primer
rayo de la mañana.

--Oyes, Josefina: ¿a quién quieres más, a tu madrina o a tu
padrino?--preguntole aquél.

--A madrina--respondió la niña sin vacilar.

--Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o al conde?

La niña le miró sorprendida con sus grandes ojos azules. Pasó por ellos
una ráfaga de desconfianza y respondió frunciendo su hermoso entrecejo:

--A mi padrino.

--¿Pero el conde no te trae muchos juguetes? ¿no te lleva en coche a la
Granja? ¿no te ha comprado el trajecito de charra?

--Sí... pero no es mi padrino.

Los del grupo acogieron con risa esta respuesta. Comprendían que la niña
mentía. Don Pedro no era hombre para inspirar afecto muy vivo a nadie.

--Pues yo creo que el conde también es tu pa...drino.

--No tal; yo no tengo más que un padrino--manifestó la chica, cada vez
más recelosa.

Y se alejó del grupo.

Fue donde estaba Amalia; se le puso delante cruzando sus bracitos sobre
el pecho y dijo haciendo una reverencia:

--Madrina, la bendición.

La dama le entregó su mano, que la niña besó con respetuoso cariño.
Luego, cogiéndola en sus brazos, la besó en la frente.

--Que descanses, hija mía. Ve a pedir la bendición a tu padrino.

La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticas del tiempo pasado
placían mucho al señor de Quiñones.

Josefina se acercó a él con timidez. Aquel gran señor paralítico le
infundía siempre miedo, aunque procuraba disimularlo porque así se lo
había ordenado su madrina.

--Señor, la bendición--dijo con voz apagada.

El alto y poderoso maestrante no hizo caso. Fijo en las cartas que tenía
en la mano, envuelto en su talma gris con la cruz roja en el pecho, iba
creciendo por momentos ante los ojos turbados de la pobre Josefina. No
comprendía que hubiese en el mundo nada más grande, más imponente y
digno de respeto que aquel noble señor. De esta misma opinión
participaba D. Pedro. Por eso hacía tiempo que había resuelto confundir
a todos los seres que le rodeaban en una masa caótica, en la cual sólo
dos o tres aparecían con algún carácter individual.

La niña aguardó con sus bracitos cruzados cerca de un cuarto de hora. Al
fin el señor de Quiñones, después de jugar una entrada con fortuna, se
dignó clavar en ella una mirada severa que la hizo empalidecer. Alargó
su aristocrática mano con ademán digno de su tocayo Pedro el Grande de
Rusia, y Josefina posó sobre ella sus labios temblorosos y se fue.

No estaba muy conforme aquel varón excelso con que su esposa criase con
tal mimo a una expósita, pero lo consentía porque lisonjeaba su
vanidad. Amalia le había dicho, sabiendo dónde le dolía:

--Criarla para doméstica lo haría cualquiera en Lancia. Nosotros debemos
hacer las cosas de otro modo.

D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de aquella verdad innegable.

Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Al pasar rozando con
Fernanda, que estaba sentada y sola, ésta la pilló al vuelo por un
bracito y la atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que en aquel
momento rebosaba de su corazón, desbordose con violencia sobre la
criatura, a quien cubrió de besos. No se acordó para nada de su rival, a
quien adivinaba vencida. Sólo pensó en que era hija de _él_, su sangre,
su misma imagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azules profundos,
melancólicos, aquella tez nacarada, aquellos bucles dorados que circuían
su rostro como un nimbo de luz.

--¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan hermosa, Dios mío!

Y apretaba sus labios contra él y hasta sumergía el rostro entre sus
hebras con tanta voluptuosidad y ternura que estaba a punto de llorar.

En aquel momento una voz estridente, imperiosa, sonó en sus oídos.

--¡Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo!

Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostro pálido, los labios
apretados, que cogió a la niña con violencia por el brazo dándole una
fuerte sacudida y la arrastró hacia la puerta.



XI

La cólera de Amalia.


A la mañana siguiente, Paula, por orden de su señora, llevó a la niña al
cuarto de la plancha, la sentó en una silla alta y pidió las tijeras a
la doncella, que cosía al pie del balcón.

--¿Qué vas a hacer?--preguntó Josefina.

--Cortarte el pelo.

--¿Por qué?... Yo no quiero que me cortes el pelo.

Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tornó a alzarla.

--¡Quieta!--le dijo severamente.

--¡Yo no quiero!... ¡no quiero!--exclamó con graciosa resolución.

--La verdad es que da lástima cortar un pelo tan hermoso--dijo otra de
las doncellas, que estaba planchando.

--¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda.

Y tomando uno de los preciosos bucles de la cabellera, lo separó de un
tijeretazo.

--¡Déjame, Paula!--gritó la niña.--¡Lo voy a decir a madrina!

--¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrina de veras?... Bueno, ya se lo
dirás cuando terminemos.

Y sin hacer más caso de sus protestas, dejando caer las palabras con
zumba, prosiguió imperturbable su tarea. Pero la niña se bajó de nuevo,
irritada, furiosa. Entonces Paula pidió auxilio a Concha, la costurera,
y mientras ésta la tenía sujeta a la silla, aquélla la fue despojando
uno a uno de todos sus bucles. Después arregló como mejor pudo los
cabellos que quedaban.

--¡Qué lástima!--volvió a exclamar la planchadora.

--Hija, no está mal así tampoco--repuso Paula peinándola con esmero.

En aquel momento apareció la señora en el cuadro de la puerta.

--¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y Concha me han cortado el
pelo.

Amalia avanzó algunos pasos por la estancia y, evitando la mirada de la
niña, fijó los ojos severos en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad:

--No está bien así. Córtelo usted al rape.

Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, atónita, la siguió con los
ojos. Jamás había visto en el semblante de su madrina tanta frialdad y
dureza. Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin hacer el más leve
movimiento, que Paula cumpliese el mandato.

Pronto quedó la cabecita rubia mondada como un melocotón. Las domésticas
prorrumpieron en carcajadas.

--¡Hija de mi alma, que retefeísima te han puesto!--exclamó María la
planchadora con acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa.

--No digas eso, mujer--repuso Concha con dejillo amargo.--¡Si está
preciosa!

Era una mujer de veinticinco años o más, extremadamente pequeña, casi
tan pequeña como Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos los
criados de la casa temían.

Paula reía también pasando y repasando sus manos por la cabeza de la
criatura.

--Cuando haga falta un perulero para el aceite, ya sabéis dónde lo
habéis de hallar--prosiguió Concha.

Disipada la lástima, adivinando que la chiquita había caído en
desgracia, las criadas se entregaban a la alegría cambiando bromas sin
gracia, pero que las hacían reír perdidamente. Josefina había
permanecido quieta, silenciosa, con la cabeza baja. Las burlas lograron
al fin hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezumando por sus largas
pestañas. Concha se incomodó:

--¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azotes!... No tienes tú la
culpa, sino los que te crían como una princesita siendo tanto como
nosotras... digo, menos que nosotras--añadió por lo bajo,--que al fin
tenemos padres.

--¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso, monina, que pronto tendrás
pelo otra vez--dijo María con acento maternal.

La niña, impresionada por la caricia, comenzó a sollozar y salió de la
estancia.

Cuando por la noche se presentó en el salón, de aquella forma, el conde
no pudo reprimir un gesto de cólera y clavó una mirada interrogante en
Amalia. Ésta contestó a aquel gesto y a aquella mirada con sonrisa
provocativa. Y en alta voz dijo que le había mandado cortar el pelo
porque había notado que la niña empezaba a presumir.

--¡Claro! ¡Tanto la adulan ustedes que se ha puesto inaguantable!

El conde, irritado, buscó al instante ocasión de acercarse a Fernanda y
anudaron la plática de la noche anterior. Estuvieron locuaces,
afectuosos. Fernanda contó con pormenores su vida de París. Luis se
mostró singularmente expansivo, no ocultando la alegría de su corazón,
hablando animadamente bajo la mirada iracunda de Amalia posada sobre él.
En una pausa Fernanda alzó los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le
preguntó, no sin ruborizarse un poco:

--¿A que no sabes por qué le han cortado el pelo a la niña?

El conde la miró sin contestar.

--Ayer lo elogié yo mucho y me permití besarlo.

Era la primera vez que Fernanda se daba por enterada de su secreto.
Experimentó una fuerte sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de
ella también. En largo rato no hallaron palabras que decirse.

En los días siguientes, el conde comenzó a dar repetidos paseos por la
calle de Altavilla y a pasar largos ratos en el café de Marañón. La
sociedad laciense se sintió conmovida hasta sus cimientos ante tamaño
acontecimiento. Desde entonces más de trescientos pares de ojos le
espiaron sin cesar. Dejó de ir todos los días a casa de Quiñones y
asistió una que otra vez a la tertulia exigua de las de Meré, como se
seguía diciendo en Lancia, aunque en realidad ya no hubiese en el mundo
más que una. Carmelita había muerto hacía lo menos tres años. No quedaba
más que Nuncia, la menor, y ésa casi totalmente paralítica. Del sillón
a la cama y de la cama al sillón: era todo lo que andaba con trabajo.
Moralmente también se hallaba privada de movimiento, falta del impulso
protector que le prestaba su hermana. Desde que ésta bajara al sepulcro,
no tenía ya quien la sujetase. Esto, lejos de alegrarla, la sumía en una
melancolía profunda. Al pasar repentinamente a la categoría de persona
_sui juris_, la pobre Niña había experimentado desazón increíble: todo
le asustaba, todo era conflictos de los cuales le parecía imposible
salir; echaba menos aquellas ásperas reprensiones que, si la hacían
derramar abundantes lágrimas, habían reprimido saludablemente sus
juveniles arranques y cortado los funestos resultados que pudiera
acarrear su inexperiencia.

Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres nuevos, varios gallos
conocidos y un número bastante mayor de lindas y feas damiselas que
acudían a la casa sedientas de marido. Porque la Niña, en esto como en
todo, mantenía religiosamente las tradiciones legadas por su hermana.
Era la protectora decidida de todos los noviazgos que se iniciaban en
Lancia, por desatinados que fuesen. La pequeña casa de la calle del
Carpio continuaba siendo la fragua donde se forjaba la dicha conyugal de
los honrados vecinos de Lancia.

El que acudía con más constancia era Paco Gómez. La razón, que le habían
arrojado de casa de Quiñones a consecuencia de una frase de las suyas.
Preguntaba cierto forastero en un corro de Altavilla cómo había quedado
paralítico el maestrante. «En realidad no está paralítico--repuso
Paco,--porque no tiene lesión alguna; sólo que las piernas no pueden con
la heráldica que se le ha subido a la cabeza, y se le doblan en cuanto
da un paso.» Lo supo Quiñones por un traidor y dio orden de que no se le
recibiese.

Era el alma y el regocijo de la tertulia de la Niña. La vaya incesante
con que mortificaba a ésta los tenía a todos en continuo espasmo de
risa.

--Vamos, Nuncia, ¡mucho ojo! No hables demasiado, porque ya sabes que te
he visto las pantorrillas y... y... y...

La pobre octogenaria se ruborizaba como una niña de quince. Nada la
sofocaba tanto como este recuerdo importuno de la tarde del columpio.

Luis y Fernanda comenzaron a verse aquí una o dos veces por semana.
Lejos de la mirada fulgurante de Amalia, aquél se encontraba a gusto,
recobraba su serenidad. Hablaban larguísimos ratos en voz baja, sin que
nadie les molestase; al contrario, la Niña tenía buen cuidado de
proporcionarles ocasión y espacio suficientes. Asistía, no obstante, a
casa de Quiñones; veía a Amalia en secreto cuando se lo exigía, pero iba
apareciendo más frío, más esquivo. Ella, advirtiéndolo perfectamente, no
daba su brazo a torcer, no le hablaba palabra de su ex-novia. Sin
embargo, un día no pudo contenerse:

--Sé que te entretienes largos ratos en casa de las de Meré hablando con
Fernanda.

Lo negó cobardemente.

--Ten cuidado con lo que haces--prosiguió, clavando en él sus ojos
siniestros,--porque una traición pudiera salirte cara.

Estaba tan acostumbrado al dominio de aquella terrible mujer, que sintió
un estremecimiento de frío, como si algo aciago se cerniese ya sobre su
cabeza. Pero en cuanto salió a la calle, fuera de la influencia
magnética de aquellos ojos que le turbaban, sintiose invadido por una
sorda irritación: «Después de todo, ¿por qué me amenaza? ¿Es mi esposa?
¿Qué derechos tiene sobre mí? Lo que estamos haciendo es un pecado
grave, es un crimen. ¿Quién puede privarme del arrepentimiento, de
reconciliarme con Dios y ser bueno?» El arrepentimiento había sido en
los últimos tiempos un vago deseo, gracias a la fatiga de su amor y aún
más al miedo desapoderado que el infierno le inspiraba. Ahora se
convirtió en verdadero anhelo. Verdad que ofrecía mayores atractivos.
Rechazar el pecado valerosamente, purificarse, librarse del fuego
eterno... y además poseer a Fernanda.

Hacía tiempo que sus relaciones criminales no tenían más que un punto
luminoso, Josefina. Si no fuese por ella, se hubiera marchado de Lancia.
Esta criatura, blanca y silenciosa como un copo de nieve, que poseía la
fragancia de los lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura
melancólica de una noche de luna, esparcía sobre su alma, atormentada
por el remordimiento, un bálsamo que la refrescaba deliciosamente.
¡Cuántas veces, teniéndola entre sus brazos, se preguntaba sorprendido
cómo un ser tan inocente, tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del
pecado! Pero aun aquella misma niña era ocasión de nuevos y crueles
tormentos. No verla a solas sino de tarde en tarde; hallarse obligado a
disimular sus sentimientos, a besarla fríamente como los demás, más
fríamente que los demás; no poder llamarla hija del corazón, no sentirla
gorjear el tierno nombre de padre, le entristecía y en ciertos momentos
le desesperaba. Desquitábase cuando una que otra vez, muy rara, le
consentían llevarla a la Granja. Allí se pasaba las horas en éxtasis,
teniéndola sobre sus rodillas, acariciándola frenéticamente.

La niña se había acostumbrado a estas violentas expresiones de cariño y
las agradecía. A veces sentía su cabecita blonda mojada por las lágrimas
de su amigo. Alzaba los ojos sorprendida, pero viéndole sonreír, sonreía
también y alargaba sus labios de coral para darle un beso.

--¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa?

Josefina no entendía que hubiese motivo más grave en el mundo para
llorar. Amaba a Luis tiernamente, y eso que le chocaba y entristecía la
frialdad que con ella usaba ordinariamente. Poco a poco había ido
adivinando, con precoz instinto, que el conde la quería más que los
otros y que disimulaba. Ella también adoptaba, siguiendo el ejemplo, una
actitud indiferente cuando se acercaba a él en público. Pero cuando
estaban solos, entregábase con el mismo entusiasmo a las expansiones del
cariño, y esto sin saber por qué, sin darse cuenta de lo que hacía.

Desde el día en que su madrina ordenó que le cortasen el pelo, Josefina
pudo notar que había caído en desgracia. Ya no la besaban con trasporte,
ya no satisfacían sus mínimos antojos, ya no era la preocupación
constante de la casa. Amalia comenzó a contrariarla, a usar con ella un
tono frío y displicente; y las criadas siguieron el ejemplo de su
señora. La pobre niña, sin comprender qué significaba aquel cambio,
sintió su pequeño corazón apretarse; exploraba con sus bellos ojos
profundos los semblantes y trataba de descifrar el enigma que guardaban.
Se hizo más grave, más recelosa, más tímida. Y como viera que le negaban
los juguetes o las golosinas que antes le otorgaban a manos llenas, se
abstuvo de pedirlos.

Amalia, en vez de gozar como antes con sus gracias infantiles, parecía
huirlas. Dio orden de que no se la llevasen por la mañana a la cama,
según costumbre. Cuando la tropezaba casualmente en los pasillos, pasaba
de largo evitando mirarla. A todo más se acercaba preguntándole con
acento displicente:

--¿No te has lavado todavía? Anda, ve a que te arreglen. O bien: «Me han
dicho que no has sabido la lección de catecismo. Te vas haciendo muy
holgazana. Cuidado que seas buena, porque si no, te encierro en la cueva
de los ratones.»

Antes se ocupaba ella en tomarle las lecciones, en ponerle la aguja en
la mano y guiar sus diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre esta
tarea a las doncellas. Vivía en un estado de preocupación sombría que no
pasaba desadvertida a los criados. Josefina también la adivinaba; veía
que su madrina estaba cambiada, no sólo con respecto a ella, sino en
todo su modo de ser. Y allá, vagamente, en los limbos oscuros de su
pensamiento se engendraba la idea de que estaba triste, que padecía y
que ésta era la causa de su mal humor.

Un día estaba la dama sola en su gabinete. Se había dejado caer en una
butaca. Inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás y las manos
pendientes, parecía dormida. Sin embargo, Josefina, que rondaba el
gabinete, se atrevió a mirar por la rendija de la puerta y observó que
tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y que su frente estaba
temerosamente fruncida. Sin saber lo que se hacía, con esa ciega
confianza que los niños tienen en sí mismos, empujó la puerta y penetró
en la estancia. Acercose silenciosamente a la señora, y echándose
repentinamente sobre su regazo, le dijo, clavando en ella una mirada de
tímido afecto:

--Dame un beso, madrina.

La dama se estremeció.

--¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permiso para entrar? ¿No te han
dicho que no subas sin que te llamen?--preguntó frunciendo aún más el
ceño.

--Quería darte un beso--dijo con voz apagada Josefina.

--Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir otra vez sin mi permiso.

Pero la niña, embargada por la emoción, no sabiendo a qué atribuir
aquel despego y queriendo vencerlo a toda costa, próxima a llorar, se
echó aún más sobre el regazo y trató de subirse para alcanzar su rostro.

--Dame un beso, madrina.

--¡Quita! ¡Déjame!--replicó la dama impidiéndola alzarse.

La niña se obstinó.

--¿No me quieres? Dame un beso.

--¡Que te quites, chicuela!--gritó enfurecida.--¡Lárgate ahora mismo!

Al mismo tiempo le dio un fuerte empujón. Josefina, después de
tambalearse, rodó por el suelo, dando con la cabeza en el pie de una
silla.

Alzose llevando la mano al sitio dolorido, pero no lloró. Un sentimiento
de dignidad, que muchas veces se aloja con fuerza en los corazones
infantiles, le prestó fortaleza para resistir el llanto que brotaba a
los ojos. Dirigió a su madrina una mirada de indefinible tristeza y
salió corriendo de la estancia. Cuando llegó a la escalera se dejó caer
sobre un peldaño y rompió a sollozar.

Las espinas de la vida comenzaron a clavarse cruelmente en las carnes
delicadas de aquella niña, que hasta entonces sólo flores había hallado
en su camino. El despego de Amalia fue creciendo de día en día. A la par
crecía también la reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin era
niña, esta tristeza disipábase a veces al impulso de un capricho.
Entonces era cuando realmente se mostraba la frialdad y ojeriza de la
dama.

--Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido verde.

--¿Pues?

--Dice que está sucio.

Amalia se levantó, fue al cuarto de la niña y, cogiéndola por un brazo y
sacudiéndola rudamente, le dijo:

--¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca, que en esta casa no eres
nadie? ¿Que estás aquí por misericordia? Ten cuidado no enfadarme,
porque el día menos pensado te planto en la calle, de donde te he
recogido.

Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron bien presentes.
Josefina hasta entonces había sido tratada como hija de los señores: en
adelante se la consideró como una hija postiza: más tarde, como
advenediza. La servidumbre se vengaba con placer de los minuciosos
cuidados que antes se veía obligada a prodigarle, de aquellas ásperas
reprensiones que recibían por su causa. En particular Concha, la
microscópica doncella, experimentaba una alegría indecible, propia de su
carácter maligno y rencoroso, cada vez que la señora mostraba de algún
modo su desdén por la niña recogida.

Ésta ocupaba una habitación que daba al jardín, alegre y espaciosa.
Concha, aunque primera doncella y costurera de la casa, alojábase en un
cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que compartía con María. El
gabinete de Josefina había sido siempre para ella objeto de envidia. Más
de una vez la había expresado con palabras bien pesadas para aquélla.
Aprovechándose de la disposición de su ama, obtuvo permiso para dormir
también en este gabinete, a pretexto de que Paula, que ocupaba una
alcoba contigua, tenía el sueño pesado. Instalose cómodamente, hizo uso
del tocador y de los enseres de la niña. Pocos días después la mandó a
dormir con María en su antiguo cuarto, sin decir una palabra a su ama.
Cuando ésta lo supo, ya había pasado algún tiempo: la reprendió sin
aspereza por no haberle dado parte, pero no modificó los hechos
consumados.

Más adelante se le ocurrió degradarla de otra manera. Josefina comía a
la mesa con los señores. El alto y poderoso maestrante no había
consentido en ello al principio: importunado por su esposa, cedió al
fin, no sin repugnancia. Concha, penetrada de la ojeriza de su señora,
comenzó a intrigar para privar de este honor a la recogida. Exagerando
lo que daba que hacer, lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba el
servicio de la mesa, logró a la postre que no se sentase a ella y sí en
una pequeñita que se le puso en el cuarto de la plancha, próximo a la
cocina. A los pocos días la misma Amalia, en un acceso de mal humor,
dijo que aquel doble servicio no podía ser tolerado y que se la llevasen
a la cocina a comer con los criados.

Concha la sentó en un taburete, le puso un plato de barro y una cuchara
de madera en la mano y le dijo:

--Come.

La niña levantó la cabeza estupefacta; pero al ver la sonrisa maligna
que brillaba en los ojos de la doncella, bajola de nuevo y se puso a
comer sin protesta alguna. Concha no quedó satisfecha; deseaba que se
rebelase; verla llorar.

--¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?... Pues, hija, come con ella,
que también cómo yo y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías,
bobalicona! ¿Pensabas que porque te ponían el sombrerito y la camisa de
batista eras una señorita... Las señoritas no vienen metidas en un cesto
entre trapos sucios...

Y por ahí continuó soltando a chorros sarcasmos e insultos, hasta que al
fin la pobre Josefina rompió a llorar. Las demás criadas, menos
malévolas, se veían, no obstante, lisonjeadas por aquella humillación.
Al fin se pusieron de su parte, trataron de consolarla, mientras
Concha, despiadada, más dura y más fría que el mármol, siguió
persiguiéndola largo rato con rechifla sangrienta.

Pocos días después, al cruzar Josefina por el cuarto de la plancha para
ir al comedor, oyó a Concha decir dirigiéndose a María:

--Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la hospiciana?

Se detuvo, sin saber a quién se refería, y paseó su mirada recelosa de
una a otra doméstica, hasta que una carcajada, que ambas soltaron a la
vez, le hizo comprender que se trataba de ella.

--¿Por qué me llamáis hospiciana?--exclamó la inocente pugnando para no
llorar.--Lo voy a decir a mi madrina.

--¡Alza; corre a decírselo!--replicó Concha empujándola a la puerta.

Desde entonces no se le dio otro nombre entre la servidumbre.

Amalia prohibió que la llevasen por la noche al salón. El conde, que ya
no veía a su hija mas que este momento, pidió explicaciones. La dama
manifestó que, debiendo levantarse temprano para estudiar sus lecciones,
necesitaba más sueño. No se dio aquél por convencido. Comprendía que se
trataba de una ruin venganza; pero tuvo la prudencia de callar, temiendo
mayor daño.

A Amalia se le ocurrió entonces herirle de modo más directo. La niña, a
quien había privado no sólo de sus caricias, sino de todas sus
preeminencias en la casa, iba camino de ser una criadita más. En un
instante quedó trasformada por completo. La señora dio orden de que se
le guardasen todos los sombreros y vestidos y se le pusiese el más pobre
y más viejo del guardarropa; que se le hiciesen delantales como a las
demás criadas y se la emplease en los menesteres de la cocina que
pudiese ejecutar.

Los amores del conde y Fernanda eran cada día más notorios. Aunque en
casa de Quiñones se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa
valenciana no se le ocultaba lo que entre ellos existía. Sus ojos
traspasaban como dos rayos de luz el cerebro de su amante y leían con
claridad dentro de él. Luis estaba enamorado de su antigua novia. Las
relaciones adúlteras le pesaban en el alma como una losa de piedra.
Ella, la amada, la preferida de otros días, le parecía ahora vieja y
marchita frente aquella espléndida rosa que acababa de abrirse por
completo. Si no la había abandonado ya, era por debilidad de carácter,
por el ascendiente poderoso que en siete años de relaciones había
logrado adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa. Lo leía
perfectamente en sus miradas huidas; en la preocupación sombría que
pesaba sobre él, rota algunas veces por súbita y extravagante alegría;
en el temor y en el servilismo, cada vez mayores, con que se acercaba a
ella.

Una noche el conde pidió un vaso de agua. Los ojos de Amalia brillaron
repentinamente. Había llegado el momento ansiado. Tiró de la campanilla
y dijo con singular inflexión a la doncella que acudió:

--Paula, que traigan un vaso de agua.

Pocos instantes después se presentó Josefina, pobremente vestida, con un
mandilito de tela burda, calzados los pies con toscos zapatos,
soportando trabajosamente entre sus pequeñas manos una bandeja con vaso
de agua y azucarillo. Los tertulios quedaron estupefactos. Luis
empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del salón, mirando
tímidamente a su madrina. Esta le hizo seña de que se acercase al conde.

Vaciló el caballero como si estuviese distraído; pero viendo a la
criatura plantada delante de él, se apresuró a tomar el vaso y se lo
llevó con mano temblorosa a los labios. Los ojos de Amalia se mostraban
en tanto fríos, indiferentes; pero en sus labios había imperceptibles
estremecimientos que revelaban el gozo cruel que sentía. En la tertulia
reinó, mientras se efectuaba esta escena, un significativo silencio.

Luego que Josefina hubo salido, la señora de Quiñones explicó a sus
tertulios con naturalidad aquella mudanza. Se trataba de un castigo
necesario al orgullo que la niña empezaba a mostrar con los criados. No
duraría mucho. Sin embargo, necesitaba vencer a todas horas la voluntad
de Quiñones, que se oponía a que fuese educada con tanto mimo.

--La verdad es--concluyó diciendo con acento tan natural, que ninguna
actriz lo hallaría más adecuado a la ocasión,--la verdad es que algunas
veces no puedo menos de darle la razón en mi interior. ¿Qué bien le
hacemos a esta pobre niña colocándola en una situación donde no ha de
poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos muramos, la pobre necesitará
buscarse el sustento trabajando, si antes no encuentra un marido... ¿Y
qué marido le vamos a dar a una muchacha con necesidades y sin dinero?

Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad tampoco ella lo
pretendía. Todo aquello venía a reducirse a puro convencionalismo, pues
a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco después, no pudiendo
dominar la molestia que sentía, el conde se despidió.

--Este negocio de Luis no se presenta nada bien--decía a última hora
Manuel Antonio en un grupo que se retiraba por la calle de Altavilla,
donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.--El matrimonio
con Fernanda, si es que lo llega a realizar, le ha de costar muchos
disgustos.

--¿Crees tú?...--preguntó María Josefa para tirarle de la lengua.

--¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces a Amalia como yo?

--¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio de Luis?--preguntó
Jovita, que en su calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los
treinta y dos, le convenía hacer patente su candor.

--¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta _fanciullina_--exclamó, haciendo
cómicos ademanes de susto, el marica.--¡No me hacía cargo!... Nada,
monina, nada; sigue adelante, que son cosas de los grandes...

La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir el alfilerazo y
replicó con una frase insolente. Pagole Manuel Antonio con otra, y se
entabló animada disputa rebosando de palabras amargas e intencionadas
que se prolongó hasta casa del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho
algunos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. La mejor parte la
llevó, como siempre, el marica, que poseía para lanzar sus frases el
vigor de los hombres y la sutil intención de las hembras.

Al día siguiente el conde logró una entrevista con Amalia y le dio sus
quejas por la escena de la noche anterior. La dama se manifestó amable,
condescendiente, justificó su conducta por el bien de la niña. Luis
observó, sin embargo, que hablaba de un modo particular: creyó percibir
en la miel de sus palabras un dejo de amargura e ironía que le
sobresaltó. Salió preocupado, inquieto: en algunos días no pudo quitar
de sí el malestar de aquella entrevista.

Pero el amor prendía fuego rápidamente en todos los aposentos de su alma
y consumió al fin aquel último resto de preocupación. Estaba
profundamente enamorado. Y como siempre acaece, a la par que crecía su
amor aumentaba también su timidez. Al principio, en sus largas
conversaciones con Fernanda, aparecía sereno, galante, no perdonaba
medio de demostrar a su ex-novia su admiración y rendimiento. De repente
comenzó a perder el aplomo, a huir todo asunto relacionado con sus
propios sentimientos, a evitar las frases galantes. Fernanda no se
equivocó. Ahora es cuando había llegado aquel amor, tras del cual tanto
tiempo había corrido, que tantas lágrimas le había costado.

Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes, tenían un sabor
delicado, exquisito. Hablaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas
más insignificantes, por el placer de verse tan cerca, de escucharse.

Fernanda charlaba con toda la alegría de su corazón, sin curarse de la
timidez de su adorador, al contrario, gozando al ver el empeño pueril
con que evitaba el confesar su amor, sabiendo que en cuanto ella diese
la señal se entregaría atado de pies y manos.

El momento llegó al fin. Un día la hermosa viuda se resolvió _a
declararse ella_. Hablaban del matrimonio; de las segundas nupcias. Luis
comenzó a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz temblorosa, a
tratar de huir la conversación. Fernanda dijo de repente con perfecta
calma y en tono resuelto:

--Yo no volveré a casarme segunda vez.

Se puso pálido. La cara se le entristeció de tal manera que la joven,
reprimiendo a duras penas una sonrisa, repitió con más resolución aún:

--No volveré a casarme segunda vez... a no ser contigo.

El conde la contempló desencajado.

--¿Es de veras eso?--preguntó al fin con voz temblorosa.

--¡Y tan de veras!--repuso ella mirándole sonriente.

--Dame esa mano, Fernanda.

--Tómala, Luis.

Se las estrecharon fuertemente por unos momentos. El conde se levantó
sin decir otra palabra. Cuando llegó a casa, le escribió una larga carta
de seis pliegos pintándole con los más vivos colores su pasión, dándole
fervorosas gracias, llamándose indigno gusano tres o cuatro veces.

El matrimonio quedó concertado para cuando terminase el año de luto.
Faltaban dos meses. Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia no
se celebrase tampoco en Lancia. Unos días antes del prefijado saldría
ella para Madrid; poco después se le juntaría él, y en la corte
quedarían unidos para siempre.

En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier cosa: un proyecto de
boda, imposible. Por la intensidad de la mirada cada par de ojos se
convierte en cien pares; por su virtud acústica, cada oído en cien
oídos. En sus pasos, en sus miradas, en el modo de saludarse y
despedirse los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos magos lo
que pensaban, medían exactamente el progreso de aquellas relaciones que
les tocaba en lo más vivo del corazón.

Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante de la tétrica morada del
conde, vio salir a la doncella con una caja de cartón en las manos. El
marica sintió en la nariz olor de caza, tomó vientos un instante, y la
siguió.

--Adiós, Laura--dijo pasando delante de ella.

Y volviéndose de repente le preguntó en tono indiferente:

--¿Cómo sigue tu amo?

--El señor conde no está malo.

--¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo hace dos días... ¿Vas de
compras para la señora?

--Son camisetas para el señor conde.

--¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo también tengo que comprar.

La doncella abrió la caja y el marica se puso a examinar el contenido.

--Son muy finas. Esto es demasiado caro para mí, hija.

--Sí, señor, son caras. Pues el señor conde todavía no las encuentra
buenas. Quiere a toda costa que sean de seda, y por más que anduve todos
los comercios, no las hay. No tiene más remedio que encargarlas.

--¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a casar.

--Yo no sé nada de eso, señorito--se apresuró a replicar la criada con
señales de turbación.

--¡Quita allá, hipocritona!--exclamó riendo.--Tú lo sabes como yo y como
todo el mundo... ¿Y para cuando?

--Le digo que no sé nada.

Pero el marica insistió tanto, se mostró tan expresivo y familiar que al
cabo de un rato la criada desembuchó lo que tenía dentro.

--Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo lo que hay, pero creo que
se casa y pronto. El otro día oí unas palabras a la señora condesa...

--¿Qué palabras?

--Decía al ama de llaves que, en cuanto su hijo se fuese, iría a pasar
una temporada a la Granja. Después, mirando por el agujero de la llave,
la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo anteayer en casa... pero no sé
si debo decirle...

--Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras que yo soy una gaceta?

--Pues le oí decir al tiempo de despedirse: «Nada, nada; tienen mucha
razón; es mucho mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo muy
envidioso...»

El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra del Nuevo Mundo no fue
nada en comparación con el de nuestro marica. No sólo sabía sin género
de duda que se casaban, sino dónde había de efectuarse la ceremonia.
Embarazado por noticia tan capital y queriendo aliviarse enseguida de
aquel peso, se puso a imaginar sobre quién haría más efecto. Su
pensamiento fue derecho a Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó,
pues, sus menudos y graciosos pasos.

Era la hora del oscurecer. Halló a la señora sentada en su gabinete, sin
luz, entregada sin duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones
que desde hacía algún tiempo la embargaban. Manuel Antonio se mostró
jovial y decidor, trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo de nuevo la
sangre a aquel corazón ulcerado para que la puñalada fuese más dolorosa.
Pidió chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente: Amalia llegó a
olvidarse de sus preocupaciones. Y cuándo más olvidada estaba ¡zas! la
bomba. Pero dejada caer suavemente, con arte infinito, el arte que sólo
posee una mujer, reforzado por el ingenio masculino.

Lo único que sintió fue no poder verle la cara. El gabinete estaba ya
casi en tinieblas. Pero advirtió bien claramente el destrozo de la
explosión en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano al
despedirse.

Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo rato. Apoyose en la cortina
de crespón para mirar a la calle y la destrozó. Trató de abrir su
escritorio para tomar el pomo de esencia, pero dio demasiada vuelta a la
llave y estropeó la cerradura.

Salió de la estancia y vagó, por los pasillos oscuros y escaleras, con
incierta planta, como un fantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso
y se dirigió hacia él involuntariamente como una mariposa. Era el
comedor, que ya estaba alumbrado. Sentada a la mesa, armando unos
pastorcitos de barro, restos de su pasada riqueza, estaba Josefina. La
pantalla de la lámpara proyectaba viva luz sobre su cabecita monda y
dorada como una naranja. Amalia se detuvo un instante y la contempló con
ardiente mirada, devorando con los ojos aquel semblante grave y
melancólico que tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso y la
niña volvió la cabeza. La mirada de sus ojos azules era igualmente
dulce y triste; el movimiento de las pestañas, idéntico. La esposa del
maestrante salvó de dos pasos la distancia que la separaba y cayó sobre
ella como un tigre hambriento. Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas
dejaron al instante surcos morados en aquel rostro cándido. La sangre
comenzó a brotar. La niña, loca de terror, lanzaba chillidos
penetrantes. Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No sabía qué era
aquello. Amalia, insaciable, golpeaba, hería sin cesar. Los gritos de la
víctima hacían crecer su furor. Se detuvo rendida al fin.

--Madrina, ¿qué hice?--exclamó la pobre niña huyendo hacia un rincón.

Esta pregunta, la mirada de angustia con que la acompañó, enfurecieron
de nuevo a la dama. Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura se
tapaba el rostro con las manos. Entonces le cogía las orejas, las
estrujaba hasta arrancarlas. No satisfecha todavía, irritada de no poder
herirla en la cara, tomó un plumero que había sobre la mesa, y con el
mango comenzó a sacudirle sobre las manos, dejándolas cubiertas de
cardenales.

Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que habían acudido y
presenciaban atónitas la escena, dejáronla paso y huyó por los pasillos
y tomó por la escalera. La puerta de la calle estaba abierta. El
cochero, al llevar los caballos al agua, la había dejado así. Josefina
salió de la casa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía, penetró
en la travesía de Santa Bárbara, atravesó la plazuela del Obispo y,
bajando por la calle de la Sastrería, salió por la puerta de San Joaquín
a la carretera de Sarrió.

Había cerrado ya la noche. Caía suavemente una lluvia menuda, pero
espesísima, que en poco tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada
criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se detuvo jadeante. El
pretil de la carretera estaba bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces
fue cuando sintió el dolor de los golpes. Llevose las manos a la cabeza,
después a la cara, por donde sentía correrle un líquido caliente, que al
principió pensó sería la lluvia.

Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre! ¡La cosa en el mundo a
que ella tenía más terror! Dominada aún por el susto, no se quejó.
Levantó la falda de su vestidito y se secó, o por mejor decir, se lavó
la cara, porque el vestido estaba mojado.

Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un modo horrible eran las
manos. No sabiendo qué hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego
las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó al fin sollozando:

--¡Ay mis manos!

En aquel momento se alzaron ante ella entre las sombras de la noche dos
enormes figuras que la dejaron helada de espanto. Una de ellas se
abalanzó y la cogió por un brazo.

--¿Qué haces ahí?--dijo con voz bronca.



XII

La justicia del barón.


En una gran sala de la casa solariega de los Oscos, amueblada con cuatro
trastos viejos, tapizada con dos dedos de polvo, se encuentran sentados
a una antigua mesa de roble dos conocidos personajes de esta historia.
Uno es el propio barón, dueño de la casa. El otro, su amigo Fray Diego.
Tienen delante un tarro de ginebra vacío, otro a medio vaciar y sendas
copas. Ni mantel, ni tapete, ni bandeja; el único adorno de la mesa son
las manchas caprichosas que el vino y la ginebra en feliz consorcio con
el polvo han ido dejando con el trascurso de los meses y los años. La
estancia es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es y porque los
cristales emplomados, hace años ya que no se han limpiado, y porque la
tarde está declinando.

A la poca luz que allí consigue penetrar puede verse la faz de ambos
excesivamente roja, tan roja que parece imposible no brote la sangre de
sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado al límite de su fiera y
espantable fealdad. Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro
se destaca ahora con todas sus rugosidades, tan áspera y negra que da
grima verla. Sus bigotes cerdosos, unidos a las patillas, son ya más
blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una gran boina
roja cuya borla cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, otras
sobre las narices, según los movimientos que imprime a su torso de ogro.

Hace largo rato que guardan silencio. Fray Diego de vez en cuando lleva
la mano al tarro de la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la
suya, y gravemente la apura de un trago. El barón no es tan expedito:
toma su copa, la sube a la altura de los ojos y hace frente ella una
serie de muecas a cual más horrorosa; después la toca con el borde de
los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocarla; por fin, después de
largos ensayos y vacilaciones, se decide a apurarla.

De esta manera grave y prudente se solazan los dos antiguos soldados de
D. Carlos casi todas las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay entre
sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas sobre cuál de los dos
moriría primero de apoplejía.

Fray Diego había servido también en las filas del Pretendiente. Luego se
había ordenado, se hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se
secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto. Mientras la guerra no
se habían conocido. Cuando se encontraron en Lancia quedaron unidos con
indisoluble amistad por la identidad de ideas, por el recuerdo de las
gloriosas batallas a que asistieron... y por la ginebra.

--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--exclamó
después de largo silencio, en que ambos parecían dormitar, Fray Diego.
Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo sobre la mesa que hizo bailar
los tarros y las copas.

El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió haciendo guiños a la copa
que tenía delante y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear
tres o cuatro veces la lengua, dijo:

--Despacio, despacio, Fray Diego; usted no sabe todavía lo que son los
papas.

--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--volvió a
exclamar el cura, dando otro puñetazo más fuerte.

--Cuidado, Fray Diego, que los papas han sido siempre muy ambiciosos.

--¡Señor barón!--exclamó el clérigo con voz enfática de cómico de la
legua.--¡Tiene usted el alma tan fea como el rostro!

El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto. Después de un rato dijo
con perfecta tranquilidad:

--No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver mi cara en estos asuntos? Yo
soy católico, apostólico, romano; pero si mañana el rey, nuestro señor
(llevose la mano a la boina al decir esto), me manda con un destacamento
a Roma, voy a allá como el condestable de Borbón, la saqueo y prendo al
pontífice.

--Y yo digo que si Su Santidad me mandase meter una cuarta de bayoneta
por el ombligo a ese condestable, tenga usted por seguro que le metía
dos.

--No.

--¿Cómo no?--rugió el capellán poniéndose carmesí.

--Porque el condestable ha muerto hace tres siglos.

--Me alegro. Tres siglos hace que arde en los infiernos.

--Todo eso está muy bien, _pater_, pero el rey siempre arriba, ¿estamos?
y los demás a callar y obedecer.

--¡El papa no calla nunca, señor barón!

--Pues se le pone una mordaza.

--¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces porra! quién se la
ponía estando cerca Fray Diego de Areces!--gritó el clérigo alzándose
convulso y echando fuego por los ojos.

--Siéntese, _pater_, y cálmese y escancie otra copita, que Fray Diego de
Areces no es más que un cazuela.

El capellán se serenó repentinamente, vertió delicadamente el licor en
las dos copas y apuró la suya con deleite, después de lo cual dejó caer
la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron y se puso a
dormitar. El barón, radiante de alegría, le contemplaba fijamente con
ojos socarrones, aprovechándose de su ausencia temporal para escanciarse
otra copita, «de nones,» como él decía.

Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la
ginebra trocase el carácter de ambos. El genio irascible, impetuoso del
barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mientras duraba la
benéfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador;
ninguna palabra le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para
encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un
bendito, siempre jovial y chancero, tornábase un diablo disputador y
quisquilloso, adquiría de pronto humor guerrero que nadie sospecharía
bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.

Despabilose al cabo de pocos minutos, miró al barón algunos momentos
fijamente con extraña ferocidad y profirió estropajosamente:

--Quisiera, señor barón, que me explicase usted qué entiende por
cazuela.

--¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A usted qué le importa que
signifique uno u otro?

--Es que yo quisiera... ¡entendámonos!

--Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre
pecho y espalda y yo otros dos... o algo más--añadió haciendo un número
prodigioso de guiños.

--¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos de una vez, porra!

--Aquí ya no hay barones ni frailes--exclamó el noble en un arrebato de
buen humor alzándose de la silla.--Aquí sólo quedan el tío Francisco,
que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?... Vengan esos
cinco...

Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspiés, pero se mantuvo
firme.

--¡Vengan esos cinco, valiente!

El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.

--Ahora un abrazo por el rey legítimo de las Españas.

--¡No me hable usted de abrazos!...--gritó el clérigo enfoscándose de
nuevo.--Me acuerdo del abrazo de Vergara, y ¡porra!...

--No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.

    _¡Ay, ay, ay! mutilá_
    _Chapelen gorriá._

Y se puso a cantar roncamente el himno carlista; pero interrumpiéndose
de pronto:

--¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora de lágrimas...

En efecto, su amigo lloraba en aquel momento lágrimas como avellanas,
recordando la traición de Vergara.

--¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de que bebiésemos una copita
por el exterminio de todos los _negros_?

Fray Diego se declaró, con un movimiento de cabeza, partidario en
principio de este brindis consolador, pero no se movió de la silla.

Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso en el alma
tradicional del barón, que se puso inmediatamente a bailar el zapateado
inglés sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por ello de verter
abundantes lágrimas.

--¡Hum! No me gusta este baile de _extranjis_--manifestó al fin
bajándose de un salto;--prefiero la _danza prima_. Ven acá, tío Diego...

Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo alzó de la silla y se puso
a dar vueltas con él, entonando uno de los cantos largos y monótonos del
país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Recordaba sus tiempos de
mastuerzo allá en la aldea, cuando su tío el cura de Areces le molía a
palos porque saltaba de noche por la ventana para ir a cortejar las
mozas de los pueblos vecinos.

--Oye, Diego--dijo el barón parándose repentinamente.--¿No te parece que
antes de seguir bebamos una copita por el alma de nuestros mayores?

Asintió el fraile de buen grado; pero las copas yacían rotas por el
suelo y los tarros vacíos. El barón abrió un armario y sacó de él nuevos
elementos de _vida espiritual_. Esta copa funeraria le inspiró una idea
felicísima; la de cubrir la cabeza del capellán con su boina y adornarse
él con el canalón de éste, que descansaba sobre una silla. Así vestidos
volvieron a la danza, haciendo dos figuras realmente interesantes.

El barón dio un traspié y cayó.

--Alza, tío Diego.

El fraile le cogió de nuevo las manos que había soltado y tiró con
fuerza hacia arriba. Pero el peso del noble le doblegó y rodaron los dos
por el suelo.

--¡Alza, tío Diego!

--¡Alza, tío Francisco!

Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas. El barón logró al fin
ponerse en pie. El capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su alma,
iluminada un momento por los recuerdos de la juventud, cayó otra vez
repentinamente en la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente a su
amigo.

--Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me ha llamado usted cazuela
hace poco? ¿eh? ¿eh? ¿por qué?

--Te lo explicaré enseguida, hombre--repuso el barón con calma;--pero
antes beberemos una copa por la congregación de todos los fieles
cristianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si te parece.

El capellán no puso obstáculo.

--Pues te he llamado cazuela--prosiguió chasqueando la lengua--porque
una cazuela, ¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen de patatas
guisadas.

Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de alegría tan violento que por
poco se ahoga. Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada le
miraban con tal expresión amenazadora que parecía que iban a brincar de
las órbitas y lanzarse sobre él; crecían por momentos como los de una
langosta.

--¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo tantos hígados como usted,
¡porra! y lo he probado en la acción de Orduña y en la de Unzá, y por
algo tengo en mi casa seis cruces.

--¿Tú? ¿tú?--dijo el caballero sin poder sosegar la risa.--Tú nunca has
servido más que para hacer el rancho al escuadrón.

El furor del fraile no tuvo límites al escuchar esto. Gritó, pateó, dio
espantosos puñetazos sobre la mesa. Por último, lanzose hacia la puerta
y desde su marco comenzó con descompuestos ademanes a apostrofarle.

--¡Eso lo dice usted porque está usted en su casa! ¡Salga usted fuera a
decirlo! ¡Salga usted conmigo!

El barón le miraba con risueña curiosidad.

--Calma, calma, tío Diego.

--¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sable, con pistola, con lo que
usted quiera...

--Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos... pero sólo por darle a
usted gusto...

Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a tientas, porque ya la
oscuridad era completa, metió las manos en el armero y sacó dos grandes
sables de caballería.

--Toma--dijo alargando uno al capellán.

Éste lo sacó de la vaina y se puso a esgrimirlo. Mientras llevaba a cabo
la prueba, D. Francisco le contemplaba rebosando de satisfacción.

--Bueno, vamos ya--dijo el fraile envainando.--En marcha.

Y tomando el canalón, que andaba por el suelo, y ocultando el sable
debajo de los manteos, salió por la puerta. El barón cogió la boina, se
puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió.

--¡Alto!--exclamó antes de que hubiera dado cuatro pasos.--¿No te parece
que echemos la espuela?

Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo.

Entraron otra vez en la sala y, tentando el suelo, tropezaron con el
tarro de la ginebra, que no estaba agotado por completo. Dieron con las
copas y se escanciaron todo lo que había. Acto continuo salieron a la
calle.

El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado. Caía una lluvia
menudísima, tan espesa que en poco tiempo calaba la ropa como el más
fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por completo. Y como, según
las prácticas municipales, faltaba todavía un buen cuarto de hora para
encender los famosos reverberos de aceite, las tinieblas envolvían a la
empapada ciudad.

Los dos héroes, animados por el espíritu de la guerra, caminaron con
decisión por la calle del Pozo, el clérigo delante, el noble detrás,
ambos embozados hasta los ojos y apretando bajo el brazo el instrumento
de muerte que cada cual llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras,
pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron a la vía que ciñe
la antigua muralla de la población. A medida que el agua, filtrándose al
través de los abrigos, refrescaba sus carnes, se iban paulatinamente
equilibrando sus humores. El de Fray Diego tendía visiblemente a
serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos que le oprimían. Pero
estos velos los recogía todos el barón y envolvía con ellos su espíritu
altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al través de la noche y la
lluvia, presagiando la muerte.

Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla y al llegar a la
carretera de Sarrió tomaron por ella. No habían andado cinco minutos
cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme, y acercándose al pretil
distinguieron un bulto; se aproximaron un poco más y vieron sentada una
niña.

--¿Qué haces ahí?--dijo el barón, agarrándola por un brazo.

--¡Perdón!--exclamó Josefina en el colmo del terror.--¡Por Dios, no me
pegue usted, señor! Ya me pegaron mucho.

La mano del caballero se aflojó repentinamente y, cambiando de voz y de
tono, dijo:

--No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo estás aquí a estas horas?

--Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé de casa.

--¿No tienes padres?

--No, señor.

--¿Vives en Lancia?

--Sí, señor.

--¿Quién es tu madrina?

--Una señora.

--¿Cómo se llama?

--Amalia.

--¡Porra!--exclamó Fray Diego, dándose una palmada en la frente.--Es la
niña recogida por D. Pedro Quiñones.

--¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido de tu madrina?

--Sí, señor.

--Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás bien. Vente con nosotros.

--¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina!

--No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!--añadió palpando su
ropa.--Anda, anda.

Los dos héroes habían depositado los sables sobre el pretil. Cuando
echaron a andar hacia Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los
dejaron olvidados sin reparar en que la humedad desluce y enmohece el
acero.

--¿Y por qué te ha pegado tu madrina?--preguntaba Fray Diego mientras
caminaban despacito para acomodarse al paso de la niña.

--Porque estaba jugando con los pastores.

--¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don Pedro vienen a dormir a
casa?

--Sí, señor; duermen en la caja de cartón.

--A ver, a ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí?--profirió el capellán
deteniéndose.

De la investigación entablada inmediatamente resultó que los pastores
eran de barro. Fray Diego emprendió nuevamente la marcha, resguardando
con sus manteos el frágil cuerpo de la criatura.

Pero al ponerle una de las veces la mano en la cara observó, con
sorpresa, que la humedad que le mojó los dedos era caliente. Comunicada
esta observación con su antagonista, y como quiera que ya habían llegado
a las primeras casas de la ciudad, metieron a la niña en un portal,
encendió el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía todo el rostro
bañado de sangre, que manaba de algunos profundos arañazos, las manos
cubiertas de cardenales. Los dos héroes se miraron aterrados, y la misma
ola de indignación encendió sus mejillas. El barón dejó escapar una
serie de imprecaciones fulminantes. Éstas y su feo rostro espantable
hicieron tal impresión en Josefina, que huyó gritando a un rincón.
Consiguieron, no sin trabajo, tranquilizarla, y después de secarle el
rostro con un pañuelo, Fray Diego la cogió en brazos (el barón lo había
intentado en vano), tapola bien con sus manteos y emprendieron la
marcha hacia la casa solariega de los Oscos.

Allí le hicieron la primera cura. El barón, que en la campaña había
adquirido algunos conocimientos de cirugía, le lavó cuidadosamente las
heridas, las cerró con aglutinante y curó las contusiones con cierto
ungüento eficaz que poseía. Las manos rudas de aquellos veteranos
parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una mujer no la hubiera
curado con más delicadeza, con tal atención y esmero.

Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor tan feo no era malo. Se
atrevió a pedir agua. El barón respondió que no se estilaba en aquella
casa, y que lo mejor que le vendría ahora para quitar el susto era una
copita de Jerez. Hízola traer, y luego que la niña la hubo bebido, los
dos campeones del rey legítimo se retiraron a un rincón de la sala a
deliberar.

Resolvieron que lo práctico en aquel momento era llevar la niña a casa
de Quiñones. El barón se encargaba de entregarla. Antes calentaría muy
bien las orejas a su madrina; le diría que era una indigna mujerzuela,
una criatura vil y perversa, y que si otra vez osaba maltratar a aquella
pobre niña desvalida, iría a su casa a cortarle las orejas y atarla
después por el moño a la cola de su caballo y arrastrarla así por toda
la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con tanta crueldad, pero el
barón ni por Dios vivo quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro
de terrible ejemplaridad.

Costó trabajo persuadir a Josefina a que viniese con ellos.
Consiguiéronlo después de prometerle que su madrina no volvería a
pegarla y que sería para ella muy buena de allí en adelante. ¡No faltaba
más! Como se atreviera a tocarla siquiera en un pelo, ¡rayo de Dios! le
retorcía el pescuezo como a una gallina, la desollaba viva a correazos
con el freno de su caballo. El rostro de aquel señor era tan espantoso
al proferir tales amenazas, que la niña no dudó un instante de su
cumplimiento.

Mientras caminaban hacia la mansión de los Quiñones, el barón no cesó de
vomitar injurias y amenazas de muerte contra la esposa del maestrante.
Fray Diego procuraba inútilmente calmarle. Sus instintos sanguinarios se
iban exacerbando de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una catástrofe,
se despidió al llegar a la puerta del palacio.

El barón tiró de la campana. Como no sabía la costumbre feudal de la
casa, no tiró más que una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebeyo.
La sorpresa del criado fue grande al ver a aquel terrible señor, que
tanto respeto infundía en la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no
haber acudido más a tiempo a abrirle. El barón preguntó por don Pedro
Quiñones. Le hicieron pasar y el criado subió delante por la gran
escalera de piedra. Al llegar al piso principal le rogó que aguardase
mientras le anunciaba.

Pocos momentos después se presentó Amalia. Dirigió una penetrante mirada
de rencor a la niña, que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose
a éste con frialdad y altivez:

--¿Qué deseaba usted?

--Venía a entregar esta niña que he recogido en la calle... y al mismo
tiempo a hablar con don Pedro o con usted cuatro palabras.

Al proferir esta última, la voz del barón se alteró de un modo
perceptible.

--¿No me conoce usted?--añadió, viendo que la dama le miraba fijamente
sin contestar.

En los pueblos casi todos se conocen, sobre todo las personas de viso,
aunque no se traten. Sin embargo, Amalia replicó descaradamente:

--No tengo ese honor.

--Soy el barón de los Oscos.

La dama hizo una inclinación de cabeza.

--Paula--dijo dirigiéndose a una criada que había acudido,--llévate esa
chica. Tú, Pepe, enciende las lámparas del gabinete azul.

Cuando estuvieron solos, la señora se sentó, invitó con majestuoso
ademán al barón para que hiciese lo mismo, y esperó mirándole con
extremada curiosidad, pero sin asomo de temor.

--Señora--comenzó el barón,--he hallado a esa niña en la carretera de
Sarrió cubierta de sangre y llena de cardenales. Le he preguntado quién
la había puesto así, y me respondió que su madrina. Yo no puedo creer...

--Puede usted creerlo, porque es exacto--dijo Amalia interrumpiéndole.

El barón quedó parado y confuso. Al cabo prosiguió:

--Es posible que usted tuviera razón para castigarla, pero me duele en
el alma...

Amalia volvió a interrumpirle:

--Y a mí me duele mucho ese dolor que usted siente.

--Mi objeto al venir aquí--manifestó el barón, que por momentos iba
perdiendo su aplomo,--era prevenir a usted...

--¿Cómo?

--Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad, según me han
manifestado, de recoger esa desgraciada criatura expósita, continuase su
buena obra protegiéndola, amparándola, educándola... y cuando tuviese
necesidad de castigarla lo hiciese con clemencia, pues la pobre es una
criaturita tierna y débil, y los golpes pudieran concluir con su vida...

--¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?--preguntó fríamente la
dama.

La faz temerosa del barón se congestionó súbito al escuchar esta
pregunta, inyectáronse sus ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran
relieve sobre la superficie del rostro en virtud sin duda de algunos
movimientos volcánicos de lo interior. Escucháronse allá en la garganta
ruidos formidables, sordos estampidos, presagio de violenta erupción.
Pero al cabo aquellos ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de
trepidación, y el cráter, en vez de despedir una corriente de lava
fundida, como era de temer, rocas, cenizas y otras materias volcánicas
en ebullición, dejó escapar débilmente estas dos palabras:

--Sí, señora.

--Bien, pues agradezco a usted mucho el interés que se toma en este
asunto, y aprovecho la ocasión para decirle en nombre de Quiñones y en
el mío que tiene usted aquí su casa.

Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanilla y se levantó. Alzose
también el barón mascullando las gracias y ofreciéndose.

--Pepe, acompañe usted al señor barón.

Hizo éste una profunda reverencia. Contestó Amalia con otra más leve. El
caballero giró sobre los talones y salió.

Al bajar por la escalera con las orejas gachas, el semblante encendido y
los ojos extraviados, otra vez se presentaron ante su imaginación con
vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdida de los ojos, la cola
del caballo y otros fieros suplicios de la época visigótica, a la cual
pertenecía por su bárbara traza y corazón indomable y crudelísimo.



XIII

El martirio.


Apenas se había cerrado la puerta tras el barón, Amalia hizo traer la
niña a su presencia.

--¡Venga usted acá, señorita, venga usted acá! ¡Cuánto tiempo ya que no
nos hemos visto! ¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted bien? El
barón es muy galante con las damas, ¿verdad?

La niña lanzó un grito penetrante.

--¡Ay mi oreja!

--¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no vale nada lo que he hecho por
ti! ¿Ya me enseñas los dientes antes de concluir de mamar? De rodillas,
picaruela, ¡malvada!

Josefina fue a caer acurrucada en un rincón del gabinete. Amalia mantuvo
sobre ella largo rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, preguntó
a Concha y a Paula, que habían traído a la delincuente, en qué forma se
había escapado. La culpa era del cochero. Improperios contra el cochero,
que era un borracho, y amenazas de despedirle si volvía a caer en
descuido semejante. Luego comentarios infinitos sobre el encuentro del
barón. ¿Qué hacía aquel bruto a tales horas por la carretera de Sarrió?
¿Quién era el cura que le acompañaba? Después consideraciones
tristísimas sobre la ingratitud y maldad de aquella niña que huía de la
casa donde se la había dado albergue y ponía en ridículo a su
protectora. Las domésticas convinieron en que merecía un castigo
ejemplar.

Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas con ademán imperioso cuando
trataban de llevarse a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó un libro
y se puso a leer tranquilamente a la luz de un quinqué, mientras su
hija, de rodillas en el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente. Tres
o cuatro veces levantó aquélla la cabeza, dirigiendo su mirada colérica
a las tinieblas del rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte
para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora, hora y media. Cerró al
fin el libro: salió y volvió a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse
lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó el quinqué, y acercándolo a
la niña la obligó a levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo
mostrándole el suelo:

--Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.

Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo con voz débil:

--Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.

Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió en la cama y apagó la
luz. Sus ojos quedaron abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con
sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj de la catedral vecina,
no consiguieron cerrarlos. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban
luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras y punzantes. Bajo
aquella pequeña frente se atropellaban, se estrujaban las ideas
sombrías, los deseos feroces. El matrimonio de Luis era una abominable
traición. Sin recordar la suya hacia el pobre viejo paralítico que Dios
le había dado por esposo, ni pensar en que su falta había truncado la
vida del conde, amenazado de morir en la soledad, sin familia que
endulzara sus últimos días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad
del delito y toda la amargura que ahora sentía al desprenderse del único
placer que la acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia. ¡El
único placer! No merecía otro nombre su amor. En aquel espíritu
ardiente, despótico, atormentado, no había entrado jamás la ternura;
ignoraba por completo las cosas deliciosas y poéticas que ennoblecen la
pasión y la hacen perdonable. Su vida se había deslizado en una
agitación insana, atormentada por el deseo de ser feliz a toda costa. En
los últimos siete años vivió bajo el imperio de su torpe apetito
insaciable. Jamás un pensamiento melancólico de remordimiento vino a
acusar en aquella ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Cada
vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba últimamente a mil
pasos extravagantes y peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en su
casa a la juventud laciense y bailar de vez en cuando por
condescendencia. Era menester, para alegrarla, que todos los días
hubiese jarana, giras de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase sin
cesar hasta caer rendida como una zagala de quince años: necesitaba
menudear las entrevistas secretas con su amante a las horas más
extraordinarias y en las ocasiones más impensadas. Sus anhelos
enfermizos la impulsaban a desafiar la opinión pública, despreciando por
gusto toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia
irritábase, se revolvía como una fiera. Más perdía ella que él; las
murmuraciones no se cebarían en el hombre seguramente, sino en la mujer.
La deshonra era para ésta. Pero ella se reía a más no poder de estas
murmuraciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz de
pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese más gente. El conde se
sentía cada vez más desligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas
morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle miedo.

Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible, que le hizo
apetecer con ansia la libertad, desde cierta revelación que, sonriendo,
le hizo Amalia.

--¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a punto de hacer una locura,
una locura muy grande. Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico
que toma hace tiempo. Cogí el frasco y de repente, como si una mano
invisible me levantase el codo, vertí en el vaso la mitad del
contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Jamás me había
pasado nada semejante. Te juro que mi voluntad no tenía arte ni parte en
ello. Obraba por una fuerza superior que me arrastraba a pesar mío. Dejé
el vaso sobre la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa, lo levanté
para mirarlo al trasluz... Nada, ni el más mínimo signo que denotase que
allí estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y me encaminé con él
hacia el gabinete sin darme cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del
pasillo me estremecí como si saliese de una pesadilla, vi repentinamente
el disparate que iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo.

--No era un disparate, era un crimen horrible el que ibas a
cometer--dijo sordamente el conde, que sudaba de congoja.

--Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era una estupidez de todos
modos, ¿sabes? porque enseguida se comprendería, por los síntomas, que
se trataba de un envenenamiento.

Aquellas palabras, pronunciadas con afectada ligereza, impresionaron aún
más al conde que las anteriores. Desde entonces no podía acercarse a
ella sin experimentar una extraña sensación de repugnancia.

Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda, Amalia no había pensado
en ello. No teniendo rivales en Lancia, había puesto menos diligencia
cada día en el cuidado de su persona, dejó del todo aquella plausible
coquetería que sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su persona.
Sólo al ver la espléndida hermosura de la hija de Estrada-Rosa se dignó
echar una mirada a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño de su
cuerpo, se procuró toda clase de afeites, envió por vestidos a Madrid,
aprovechó todos los recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero
cuerpo abandonado, marchito por los años y la anemia, no recobró
frescura ni gracia.

Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y dolorosa vigilia. ¡No
volver a inspirar amor, ser vieja, causar repugnancia! Mil garfios le
arrancaban las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le había
sacrificado su juventud, su honor, su salvación, si después de esta vida
había más que tinieblas? ¡Qué valía esto! La primera señal de ruina que
había aparecido en su rostro desvaneció como un sueño todos los
juramentos; los siete años de amor se habían hundido en el abismo del
tiempo sin dejar la más insignificante huella... Pero ella no tenía
arrugas todavía; no era tan vieja; treinta y cinco años nada más.
Bruscamente llevó la mano a la mesa de noche, encendió la bujía y saltó
de la cama: acercose al espejo y se contempló largamente, repasando con
el dedo todos los rincones del rostro para cerciorarse de que no
existían las temidas arrugas.

Un gemido que sonó detrás le hizo volver la cabeza. Levantó la bujía y
clavó una mirada recelosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando.
La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron con angustia en ella,
sus labios murmuraron otra vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la
esposa de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó la luz.

Los rayos del sol matinal, penetrando por las rendijas del balcón,
alumbraron aquellos dos insomnios. Con la luz de Dios comenzó el bárbaro
suplicio de una criatura inocente. La fecunda, diabólica fantasía de
Amalia se puso a inventar tormentos con que saciar el odio que la
devoraba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada descalza abajo con
una misiva escrita en lápiz para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te
envío a esa picaruela. Castígala como mejor te parezca.»

Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo. Y en efecto, al
recibir ésta el papelito experimentó satisfacción, lisonjeada en su
vanidad y en sus instintos.

--¿Sabes lo que dice este papel?--le preguntó relamiéndose.

Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía mal el manuscrito, sobre
todo escribiendo tan descuidadamente como lo había hecho la señora. La
costurera le obligó a deletrear aquellas palabras hasta que se enteró
bien de ellas.

--Ya ves que me manda castigarte por lo que has hecho ayer.

Al decir esto sonreía dulcemente, como si le noticiase que le iba a
regalar alguna golosina. Josefina la miró sorprendida.

--¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir en el suelo.

--No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa.
Habrá que darte algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca has
recibido este castigo y te va a doler mucho. Las señoritas tenéis la
carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde
muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. ¡Ven acá!...

Al mismo tiempo sacó del corsé una de las formidables ballenas, que
entonces solían usarse. La niña retrocedió asustada, pero la costurera
la atrapó por el brazo.

--No intentes escapar, porque entonces será doble la ración.

Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.

--¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho
madrina ayer... Mira, mira cómo tengo las manos... Me duele también la
cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he
acusado nunca a madrina...:

--¡Suelta, suelta!--repuso la costurera tratando de desasirse suavemente
de sus pequeñas manos.--No tengo más remedio que obedecer. La señora lo
manda.

--¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!--respondía entre sollozos la
criatura.--Te quiero mucho... y a madrina también... Si no me pegas te
he de dar mi caja de muñecas...

--¿De veras?--dijo dulcificándose.

--Sí, ahora mismo si la quieres.

--¿Y el estuche de costura?

--También.

--¿Y el armarito de espejo?

--Sí, el armarito también.

Concha hizo ademán de vacilar. La niña la miraba con ojos ansiosos.

--¿Y me prometes ser buena siempre?

Sí, le prometía ser buena siempre.

--¿Nunca más escaparte?

--Nunca.

--Bueno--dijo con tono cariñoso y condescendiente;--pues si prometes ser
buena y formal, y no se lo dices a la señorita, y me das además todo eso
que dices, entonces... entonces... ¡arrea, chico!

En un instante le alzó la ropa y comenzó a azotarla despiadadamente,
riendo como una loca del engaño.

Los alaridos de la niña subieron hasta el piso segundo. La esposa del
maestrante estaba frente al espejo, arreglándose provisionalmente el
pelo. Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió por su carne, cierta
emoción indefinible y vaga, semejante a un cosquilleo, que no podría
decir con seguridad si era de placer o de dolor. De todos modos, algo
que refrescaba aquel ardor insufrible que los vapores de la ira habían
levantado en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que los gritos cesaron.
Los ojos brillaban, el pulso latía con más celeridad. Así se dice que el
corazón de la fiera palpita a la vista de su víctima.

Fue el comienzo de los martirios de la niña. Con los pretextos más
fútiles comenzó a infligirle castigos crudelísimos, demostrando tan rica
fantasía que para sí la hubieran querido los sayones del Santo Oficio.
No sólo la golpeaba bárbaramente por los motivos más inocentes, y la
pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en tenerla en continuo
sobresalto bajo el temor de espantosos suplicios, en hacerle padecer de
día y de noche. Obligábala a salir descalza por el jardín en las mañanas
más crudas para buscarle una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol
horas enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros no picasen una
planta de grosella. Hacíala dormir en el suelo al lado de su cama, y
varias veces durante la noche le mandaba levantarse y bajar a la cocina
por agua. Reducíala a comer los manjares que sabía no le gustaban y la
privaba de los que apetecía.

A medida que corrían los días su saña y crueldad iban en aumento. Al
principio tomaba pretexto de cualquier descuido de la niña para
atormentarla. Luego no se fijó en esto: lo hacía cuando tropezaba con
ella o cuando el cuerpo se lo pedía. Uno de los martirios de su
exclusiva invención fue pincharla las manos con un alfiler, y tanto le
gustó que en pocos días las tuvo llenas de picaduras: apenas había sitio
donde poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla a su verdugo
de órdenes, Concha, quien la desempeñaba a conciencia. Obligábala a
estudiar de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas de que era
superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres veces le decía:

--Ve a pedir un beso a Concha.

Ésta era la frase que por irrisión había inventado para que la criatura
fuese a recibir el castigo del alfiler.

No la consentía mudarse la ropa interior. Al poco tiempo la miseria
comenzó a roer la piel delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha se
enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba a empellones de la
estancia. Todavía más. La microscópica doncella, con anuencia de su ama,
le obligaba a ponerse zapatos antiguos que le estaban chicos y que le
producían llagas y vivos dolores.

Uno de los más terribles martirios que la niña padecía era cuando Amalia
se encaprichaba en que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir
bajo los golpes: parecía que se gozaba en las lágrimas de la criatura,
en oír sus ardientes súplicas repetidas entre sollozos; pero en
ocasiones se empeñaba en que sufriese en silencio. Como esto no podía
ser, se exasperaba, se ponía loca como una fiera hambrienta.

--¡Calla!

La niña no podía; dejaba escapar un gemido.

--¡Calla!--repetía, acompañando la orden de algunos golpes.

Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos desesperados por
conseguirlo; pero la respiración ansiosa se escapaba a su pesar,
produciendo un gemido. Más golpes.

--¡Calla o te mato!

La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, suspendía el aliento,
se ponía lívida, y algunas veces caía privada de sentido. Aquel tierno
corazón se rompía falto de desahogo.

En estos momentos Amalia experimentaba una sensación diabólica, mezcla
de placer y de dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando nos sajan
una postema. Su postema era aquella desalmada pasión, mezcla de amor, de
lubricidad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver a su
ex-querido tanta cruel mordedura como desgarraba su pecho, saciaba el
apetito de venganza en el fruto de sus amores. Cuando tenía la niña a
sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus miradas de angustia, en sus
gestos, en el timbre de su voz creía ver al amante humillado y
suplicante, y sentía un áspero goce que hacía brillar sus ojos y
dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura
de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía movible y risueña, el alegre
brillo de sus ojos hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la
desgracia y el dolor habían impreso en su mirada una melancolía profunda
y en los rasgos de su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las
dos cosas que caracterizaban principalmente el semblante del conde de
Onís. Cuando aquellos hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces
y resignados, cuando aquellos labios rojos se plegaban demandando
perdón, la valenciana sentía correr por su cuerpo marchito un
estremecimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba los goces que su
amor adúltero le había hecho experimentar.

Después de todo, en ella no había envejecido nada, nada más que aquel
rostro que se empeñaba en ajarse y aquella cabeza que producía con
horrible feracidad cabellos blancos. La carne de su cuerpo, su pecho,
sus brazos, sus espaldas, conservaban la misma tersura de alabastro, el
mismo brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. Palpábase,
buscando consuelo, con sus manos secas y hallaba la misma suavidad y
frescura. Aquella carne no se había marchitado. Bajo ella palpitaba la
juventud, circulaba una sangre ardiente, ávida de goces, devorada por la
creciente necesidad de las embriagueces del amor.

Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas se habían huido para
siempre; la novela de su vida, la que había embellecido su existencia
sombría en los últimos años, había llegado al último capítulo. ¡Era una
vieja! Asunto concluido. A este pensamiento, que se le introducía en el
cerebro como un hierro candente, sentíase acometida por una necesidad
animal de gritar, de rugir, de destrozar. Era en tales momentos cuando
la niña padecía los más crueles castigos, cuando su frágil existencia
corría verdadero peligro.

El miedo fue otro de los padecimientos que le infligía a menudo. En las
altas horas de la noche hacíala levantarse y la enviaba a las
habitaciones extremas de la casa en busca de cualquier objeto. La niña
tornaba pálida, temblorosa, sudando de angustia. A veces era tanto su
temor, que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo arrojando
gritos. Amalia se enfurecía entonces, la pellizcaba, la golpeaba,
pretendiendo que fuese otra vez al sitio designado. La criatura se
dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes de hacerlo. En una de
estas ocasiones le dijo sonriendo ferozmente:

--¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa? Está bien, yo me encargo de
curarte la enfermedad.

Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria, de los terrores
nocturnos que avergonzado le había confesado Luis en momentos de
expansión. Principió a darle sustos terribles. Tan pronto se escondía
detrás de una puerta y le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía
descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cuchillo
y le decía que iba a morir, le ordenaba que se bajase la camisa para
degollarla mejor. Esto último no producía tanto efecto como pensaba.
Josefina inconscientemente apetecía la muerte, que la libertaría de
tanto martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre Concha y ella
inventaron una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre valeroso,
cuanto más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas con sábanas,
dejaron la habitación a media luz mientras la niña dormía, pusiéronse
unas caretas de calavera, y a media noche entraron dando gritos
lastimeros como almas del otro mundo. Al despertarse la criatura y ver
aquellos fantasmas, quedó paralizada por el terror, tapose luego los
ojos con las manos y un sudor copioso y frío bañó su cuerpo. Su corazón
comenzó a dar tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó escapar
algunos gritos ahogados y roncos; por último, llevándose las manos al
pecho, se revolcó por el suelo sin sentido, presa de espantosas
convulsiones.

No se le curó el miedo; en cambio le quedó desde entonces una propensión
fatal a los síncopes y a los terrores nocturnos. Despertábase de
improviso con señales de gran espanto, mirando fijamente a un punto del
espacio, como si tuviera delante algún fantasma. El corazón le palpitaba
vivamente, la frente se le cubría de sudor. En tales momentos perdía por
completo la conciencia. Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando ponía las
manos sobre ella la niña lanzaba un grito de terror y metía la cabeza
por el pecho.

Entre Concha y María la planchadora habían estallado, a propósito de
estos castigos, serias reyertas. María era de natural compasivo y le
dolían los martirios de la niña, aunque no los conocía todos, porque
Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era
suelta de lengua, no se la mordía tampoco para censurar en la cocina la
conducta de su señora.

--Querida, esto es peor que la Inquisición. No parece que estamos entre
cristianos, sino entre perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, y
ahora, de súpito, tratan a este angelito peor que a una bestia. ¡Dígote
que la cosa pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta maldad!

--Cállate, tontona, entrometida--saltó Concha.--¿Quién te da vela a ti
en este entierro? Si la señora quiere enseñar a esa niña como es justo,
¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? ¿Sabes tú tan siquiera lo
que es educar niños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que así
la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún día le dará las gracias.

--¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las dará. De un mes a esta
parte la niña está desconocida.

--Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en esto? ¿Eres tú su madre?

Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, llevando siempre la ventaja
por su desvergüenza y mala intención la microscópica costurera. Al cabo,
María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectáculo, tomó la
resolución de marcharse. Se presentó un día a la señora, y con la
disculpa de que la plancha le hacía daño pidió la cuenta. No se le
ocultó a Amalia la verdadera razón, pues tenía conocimiento de sus
murmuraciones. Disimuló, sin embargo.

--Sí, hija, comprendo que el planchado te aburra. Tú no gozas de mucha
salud. También yo ando malucha hace días. Tengo el sistema nervioso
alterado. ¡Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la
fiesta, salirme esa chicuela, en quien tenía fundadas mis esperanzas,
tan ingrata y perversa! No sé cómo tengo paciencia.

María vaciló un instante.

--Ya ve usted, señora... los niños son niños.

La esposa del maestrante comprendió que, si proseguía en el tema, la
planchadora iba a decir algo desagradable y se apresuró a cortar la
plática, pagándole su cuenta y despidiéndola con afabilidad.

No impidió esto para que la doméstica dijese en confianza, en cierta
casa donde fue a servir, lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se
fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos a otros. Al poco
tiempo fueron bastantes las personas que tenían conocimiento de las
crueldades que con la niña se cometían.

El conde de Onís, para huir la curiosidad del público, que le molestaba
sobremanera, y aún más para librarse de Amalia, se había trasladado, sin
decir nada a ésta, hacía ya cerca de un mes a la Granja. Su madre le
había acompañado. No había escrito a su ex-querida, aunque todos los
días pensaba hacerlo, para darle cuenta de su resolución. Tanto era el
temor que la valenciana había llegado a inspirarle, que la pluma caía de
sus manos cada vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. Y dejaba
pasar los días en continua vacilación, pensando con inquietud en la ira
que de ella se apoderaría, esperando, como todos los débiles, en que
algún acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso. Aquel modo de
romper las relaciones, sin riña, sin convenio, sin explicación alguna,
era realmente original, pero muy propio de su carácter. Nada sabía de
los martirios de su hija. No obstante, cuando pensaba en ella sentía
repentino desasosiego, alterábanse sus nervios, y se ponía a dar vueltas
por la estancia con visible agitación. Un vago y triste presentimiento
le oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió inspirarle
Fernanda le había hecho olvidarse un poco de Josefina. En ciertos
momentos se reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que aun casado
con Fernanda no alcanzaría la felicidad si no podía ver a su hija todos
los días. Bien entendía que era esto imposible continuando en poder de
Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela: imaginaba con placer
desatinados proyectos de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier
rincón del mundo tranquilo y ameno.

Acaeció que en uno de estos días de vacilaciones para el conde, fue por
la mañana a casa de Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de las
cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto de pedir consejo a Amalia
acerca de un vestido que tenía en proyecto para el próximo baile del
casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía tendiendo redes al sexo
masculino. Las visitas a estas horas eran raras; pero como la noble
familia del Jubilado mantenía tan íntima relación con la señora, no
vaciló la criada en pasarla al gabinete de arriba, donde aquélla se
hallaba.

--Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la hora en que se la puede a usted
pillar sola--entró diciendo con la graciosa volubilidad que
caracterizaba a los juveniles vástagos de Mateo.

Amalia la recibió cordialmente, pero mostrando cierta sorpresa e
inquietud que Micaela no observó. Entraron en materia enseguida. La
cuestión de trapos embargó por completo sus espíritus. Amalia llevó a su
amiguita hacia el balcón. Pero no habían hablado muchas palabras, cuando
ésta creyó percibir un débil gemido en la misma estancia. Volvió la
cabeza y vio allá en un rincón a Josefina de rodillas y amarrada codo
con codo al tocador, de tal suerte que le sería imposible levantarse sin
alzar el pesado mueble, cosa muy superior a sus fuerzas.

Amalia se apresuró a dar una explicación.

--Esta chiquilla se está haciendo tan mala, que me veo precisada a
atarla para que se esté quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera;
ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay paciencia para sufrirla!

Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, calló. Siguió la esposa de
Quiñones hablándole con afectada indiferencia de su vestido; mas apesar
de lo mucho que el tema debía de interesarla, la joven se mostraba
bastante distraída y lanzaba frecuentes ojeadas a la niña.

Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se volvió con mal reprimida
cólera.

--¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte?

Y la miró un buen rato con extraordinaria fijeza.

Volvió a anudar la plática, pero en su voz se notaba leve alteración.
Micaela estaba más y más distraída. La indignación le iba subiendo hacia
la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna desagradable
advertencia a su amiga si la chica no se hubiera quejado de nuevo.

--Vaya, está visto que no nos has de dejar en paz--dijo la dama haciendo
esfuerzos por sonreír.--Habrá que darte suelta.

Fue allá y la desató, empleando en ello bastante tiempo; la cuerda daba
tantas vueltas alrededor de su pequeño cuerpo como si fuese un baúl
liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, no pudo. Sin duda hacía
algunas horas que estaba en aquella dolorosa postura; los músculos, se
habían anquilosado.

--¡Arriba zancas!--dijo bromeando, mientras la ayudaba a levantarse.

Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos de ira cruzaban por
sus ojos.

--No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija mía, si quieres no volver
a ella hay que ser buena y obediente, ¿verdad, Micaela?

Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca, apesar de la sonrisa
melosa que contraía el semblante de la valenciana.

--Bueno--prosiguió, acariciando la rubia cabeza de la niña,--ya estás
perdonada, pero ¡cuidado con hacer maldades! Vete abajo y pídele un beso
a Concha.

La niña, al oír estas palabras, se puso densamente pálida, permaneció
inmóvil algunos momentos, y al fin se dirigió a la puerta con paso
vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la seguía atentamente
con la vista, observó que llevaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia
reanudó la conversación de trapos.

No se habían pasado tres minutos cuando llegaron al gabinete, lejanos y
apagados, los gritos de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la
cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. Amalia alzose vivamente de
la silla y fue a cerrar la puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero la
nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras de Amalia. Un gran
desasosiego se apoderó de ella; subíanle vapores a la cara y al
pensamiento atroces deseos de desvergonzarse con aquella malvada, de
llamarla judía, bribona, infame. Todo lo que pasaba en aquella casa se
le representó de golpe. Los celos primero, después la noticia del
matrimonio de Luis cayendo como una bomba, luego la venganza miserable,
en la hija, del abandono del padre. Conocía bien el carácter rencoroso
de la valenciana. Pero ¿qué adelantaría con injuriarla en aquel momento?
Producir un grave escándalo y que la arrojasen de la casa. Micaela,
apesar de su temperamento violento, tenía un corazón compasivo. Lo que
más la preocupó fue el hacer algo en favor de la infeliz criatura. Y
tuvo serenidad suficiente para disimular un poco y pensar que el mejor
partido era decírselo todo inmediatamente al conde, quien seguramente
ignoraría tan ruin venganza. Procuró terminar cuanto más pronto y se
despidió sin poder ocultar enteramente su turbación.

Cuando se vio en la calle sintió la necesidad de desahogar su pecho.
Pensó en María Josefa, que vivía allí cerca y que profesaba a la niña
expósita tierno cariño. Entró en su casa agitada, trémula, y antes de
pronunciar palabra dejose caer en un sofá, dándose aire con la punta de
la mantilla.

--¡Uf! Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba de pasar! ¡Es una infame,
una malvada que tiene que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho y
las tontas de mis hermanas no quieren creerme. ¡Es muy perversa esa
tísica! Tiene el corazón de una hiena.

--¿Pero qué hay?--preguntó con asombro, muerta de curiosidad, la sagaz
jamona.

Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le relató, tartamudeando por
la ira, la situación en que había hallado a Josefina, la palidez de la
niña después de la extraña invitación de su madrina, los gritos que
había escuchado como si la estuvieran dando tormento. María Josefa unió
inmediatamente sus imprecaciones a las de la joven. Sacaron a relucir
todos los testimonios de maldad que conocían de la esposa del maestrante
y resolvieron dar parte de lo que ocurría al conde, aunque averiguándolo
antes con más pormenores. Para ello, aquella misma tarde, se pusieron al
habla con María la planchadora, que hacía algunos días había salido de
casa de Quiñones. Al principio ésta, por temor a las consecuencias, se
manifestó reservada. Concluyó, no obstante, por dar suelta a la lengua y
referirles las mil iniquidades que la señora de Quiñones cometía con la
niña recogida. Quedaron horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado,
pero sobre enemistarse por completo con la fiera valenciana (lo que,
dicho sea en honor suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos),
comprendían que sería de escaso o ningún resultado. Los Quiñones eran la
gente más poderosa de la población; D. Pedro, jefe del partido
gobernante, en la provincia; las autoridades, hechura suya o sometidas a
su influencia. Todo se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo mejor
era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba a la sazón en la Granja.
Además, aunque todos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña, no
era posible darse por enterados. Después de algunos debates decidieron
escribirle la siguiente carta, firmada solamente por María Josefa: «Sr.
Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la debida reserva le comunico que
la niña recogida por nuestros amigos los señores de Quiñones, y por
quien tanto nos interesamos todos, es objeto en aquella casa de crueles
tratamientos. Creo que tenemos el deber de intervenir para que cesen.
Usted me dirá lo que debe hacerse y que a mí como mujer no se me
alcanza. Si quiere conocer los pormenores del martirio de la criatura
diríjase a la criada María que hace algunos días dejó de servir en casa
de D. Pedro. Suya afectísima amiga, _María Josefa Hevia_.»

Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas. Toda la sangre se le
agolpó a la cara. Sin darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi
a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegando a ésta en pocos
minutos. Aquel vago y terrible presentimiento que sentía realizábase al
fin. Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto de la carta era
ése: se dirigían a él como padre de Josefina y causa de su desdicha. No
sabiendo qué partido tomar, fue a su casa para reflexionar. Sólo había
en ella una criada vieja cuidándola. De ésta se valió para averiguar
dónde estaba María y pasarle un recado a fin de que viniese a verle. No
se equivocó la planchadora sobre el objeto de tal llamamiento. En
cuanto le fue posible acudió a la cita, y después de hacerle prometer
que no haría uso de su nombre para nada, le dio cuenta circunstanciada
de los trabajos que estaba pasando la inocente niña. Escuchábala pálido,
desencajado, sin poder reprimir los violentos y frecuentes golpes de su
corazón. Cuando llegó a narrarle ciertos odiosos y terribles pormenores,
el conde principió a dar vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a
mesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzando rugidos de coraje.

Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas, se le atropellaron en la
mente. Quería entrar a viva fuerza en casa de Quiñones y llevarse a su
hija; quería retorcer el cuello a aquella vil mujer; quería decírselo
todo a D. Pedro; quería dar parte al juez y meter en un calabozo a la
infame. Afortunadamente sus accesos eran tan violentos como cortos. Vino
el abatimiento, el llanto. Corrió a casa de su prometida y le contó
sollozando lo que ocurría; se confesó con ella por vez primera. La buena
Fernanda unió sus lágrimas a las de él, enternecida por la suerte de la
infeliz criatura y por el dolor de su amado. Larguísimo rato pasaron
comentando los terribles sucesos y buscando medios de conjurar aquella
ruin venganza. Fernanda logró, al fin, persuadirle a que apelara a
medios suaves. Pensar en conseguir algo por la fuerza era insensato. El
conde, ni aun confesando su falta, tenía derecho alguno sobre la niña.
Provocar un escándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo mismo.
Ningún criado se atrevería a declarar contra su ama, y las cosas
quedarían peor que antes. Al fin el conde se decidió a escribir una
carta a su antigua amante.

«En este momento acaban de decirme que nuestra Josefina, nuestra adorada
Josefina, está padeciendo martirios increíbles de tu mano. Creo que es
una vil calumnia. Conozco tu genio, que es vivo y fogoso, pero noble. No
puedo atribuirte semejante cobardía. Te escribo solamente para
cerciorarme de que esta angelical criatura sigue siendo el encanto de tu
vida. Si no fuese así, dímelo y buscaremos un medio de que pase a mi
poder. Te supongo enterada del paso que voy a dar. No quiero decirte
nada. Era inevitable más tarde o más temprano. De todos modos puedes
estar segura de que mi remordimiento está endulzado por el recuerdo
dulcísimo de los años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna palabra
amable.»



XIV

La capitulación.


Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían la palidez de la cera. En sus
ojos, de mirar suave y apacible, se notaba constantemente el extravío
del terror; en torno de ellos el sufrimiento había trazado un círculo
violáceo. Hablaba muy poco, no reía jamás. Cuando la dejaban en paz,
sentábase en cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando a un punto
fijo, o bien se acercaba al balcón y escribía en los cristales con el
dedo.

A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza infantil revindicaba
sus derechos. Veía al gato acercarse lentamente a ella con el rabo
derecho, el espinazo arqueado, solicitando sus caricias con débil
ronquido. Dejábase caer en el suelo, le llamaba, le traía hacia sí y
principiaba a pasearle las manos por el lomo, a rascarle la cabeza y
hacerle cosquillas debajo del cuello, murmurándole al mismo tiempo en el
oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso que el animal acogía con
espasmos de voluptuosidad. «Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno.
¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas como antes. ¿A quién quieres más
en la casa? ¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer? ¿Quién te
pone el platito con leche todos los días? Y si pudiese darte siempre
pescado también te lo daría, porque sé que es lo que más te gusta,
¿verdad, rico mío? Pero no has de robar nada; ya sabes que te pegan. No
orines más en la cama de Manín. Mira que te va a matar; lo ha dicho el
otro día en la cocina. Y coge muchos ratones para que madrina te quiera
y no te echen de casa.»

El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo de la garganta mil síes
complacientes, y se frotaba contra ella cada vez más acaramelado y
pegajoso. Tendíase la niña boca arriba llevándole abrazado, le apretaba
contra su pecho, le besaba, y a veces, olvidada de sus martirios,
derramaba lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor en la habitación
contigua le hacía levantarse sobresaltada con el espanto en los ojos,
arrojaba el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera. Casi
siempre algún castigo cruel.

--¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándote por el suelo!
¡Aguarda aguarda!

Por efecto de los continuos miedos que experimentaba contraíase con
fuertes movimientos irregulares su vejiga y hacía que involuntariamente
se le escapase en muchas ocasiones la orina. Esto era lo que ponía fuera
de sí a la irascible Concha. Si notaba en el suelo (porque la ropa sólo
muy rara vez se la veía) signos de aquella debilidad, encrespábase como
una hiena.

--¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la señora mantenga en su casa
este bicho asqueroso. Si fueses cosa mía, te desollaba viva.

Pero aunque no era cosa suya, procedía como si lo fuese: la desollaba a
azotes. Una vez su furor fue tan grande que, cogiéndola por las orejas,
le higo lamer el suelo mojado.

La hora más terrible para la criatura era la de las lecciones. Amalia se
las señalaba por la mañana temprano; grandes trozos de la historia
sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba a un rincón y hacía
esfuerzos desesperados por retenerlos en la memoria. Un poco antes de
comer, Concha, que era la encargada de tomárselas, se sentaba en una
silla, sacaba la famosa ballena y, con ella en una mano y el libro en
la otra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas. Cada tropiezo, cada
palabra que la niña olvidaba costábale un ballenazo en la cara, en el
cuello o en las manos. Y como su memoria no era bastante fuerte, y por
otra parte el miedo se la obstruía, aquello era un incesante machaqueo.

Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha era fríamente cruel; no
levantaba la mano sino cuando cometía la falta, como una máquina de
castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se ponía nerviosa, el llanto
de la niña excitaba sus sentidos, entraba en furor como una pantera
hambrienta, y concluía por golpear frenéticamente hasta que la dejaba
trémula y ensangrentada a sus pies.

Desde la carta del conde había aumentado, si era posible, su odio a la
criatura; la trataba aún más despiadadamente. Herida en lo más vivo de
su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora, insultante que en su
sentir respiraban las palabras de su antiguo amante, vomitaba la rabia
de su corazón sobre la hija. Además, la idea de que Luis tenía noticia
de aquellos martirios, y le dolían vivamente era aliciente mayor para
prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él, el vil, el pérfido,
que había gozado de su juventud, y cuando la halló vieja la arrojó como
un trapo sucio a la barredura!

En uno de estos días de profunda y rugiente cólera la vida de Josefina
corrió inminente peligro. A la hora de costumbre fue llamada al comedor
para dar sus lecciones. Concha se acomodó en su silla y con no
disimulado regodeo sacó del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía
el cuerpo un razonable desahogo de golpes. La niña se acercó a ella
temblando como siempre y le entregó los libros. Y ya comenzaba a recitar
con labio balbuciente un capítulo de la historia sagrada cuando vino a
interrumpirlas Manín. Entró con su eterna chaqueta verde, calzones
cortos, su gran calañés mugriento, haciendo temblar el piso con los
zapatones claveteados. A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia,
debía gran parte de su notoriedad y la fama de terrible cazador de osos
que había tenido. Entró con la cabeza gacha como siempre y,
espatarrándose bajo el dintel de la puerta, preguntó:

--Concha, ¿no habrá _de qué_, que comer, por ahí?

--¿Tanto te aprieta la _gazuza_, Manín?--respondió la costurera riendo.

El aldeano abrió desmesuradamente la boca para reír también.

--Así Dios me salve, no puedo aguantar un menuto más. Toos parecéis
frailes descalzos en esta casa; no vos entra la gana más que cuando
suena la hora.

--Voy, voy allá, grandísimo tragón, roedor--dijo Concha posando sobre la
silla el libro y la ballena y dirgiéndose con paso petulante hacia el
aparador.

Se entendían admirablemente. La costurera era arisca, cruel, intratable;
pero el mayordomo sabía recabar de ella las pocas migajas de buen humor
que tenía en el cuerpo. La requebraba brutalmente, la pellizcaba al
pasar, le decía mil groseras desvergüenzas para que las comprendiera al
revés. Y la microscópica doncella, que no era gentil ni bonita y en
quien las asperezas del carácter habían sofocado todo germen de
coquetería, trasformándola en sacerdotisa del dolor, en una euménida
fatal y despiadada, se dejaba festejar complacientemente por aquel
bruto. Le hacía gracia su osadía, su rudeza, su glotonería y el modo
insolente y despreocupado que tenía de tratar a todo el mundo, incluso
al alto y poderoso señor de Quiñones. Manín era un solemnísimo bellaco.
Con aquella grosería soez, el porte de atrevido cazador de fieras y su
estrafalario arreo había sabido vivir muy regaladamente en este mundo,
sin encallecer las manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea con
las faenas de la labranza.

Sacó la costurera un plato de carne fiambre y lo puso sobre el hule de
la mesa, sin servilleta ni cosa que lo valga; después cortó a la mitad
un pan y lo dejó, con la imprescindible botella de vino blanco y el
vaso, al lado de la carne. El cazador de osos comenzó a devorar. Concha
sentose de nuevo, y la niña, acercándose, repitió las palabras que ya
había pronunciado. A los pocos momentos ¡zas! un ballenazo y un grito de
dolor. Inmediatamente otro golpe y otro grito. Y así sucesivamente. La
costurera estaba encantada al notar que la chiquilla tropezaba más que
otras veces. Manín engullía en silencio, volviendo sólo de vez en cuando
los ojos con marcada indiferencia hacia aquella triste escena. Al poco
tiempo, como por máquina, principió a murmurar a cada golpe: «¡Dale!
¡Atiza! ¡Buena fue ésa! ¡Vaya una mano!...» y otras semejantes
exclamaciones.

Terminó la lección de historia sagrada. Antes de tomar la de gramática
hubo un respiro. La costurera se puso a bromear alegremente con el
mayordomo. Estaba de un humor angelical.

--¿Qué tal la carne?

--Rica, ¡rica de verdad!

--Lo peor es que te va a quitar el apetito para la hora de comer.

Retembló la estancia con la risotada del gañán.

--¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la gana! Vas a tener que
meterme un hierro caliente en el agua como a la señora.

--Por la panza te lo había de meter, gran puerco.

--Mira, Concha, no me busques las cosquillas, porque aunque eres una
mocita de sandunga y tienes los ojos muy picarones, y la boca como una
cereza, un día te encuentras, sin saber por dónde vino, con un revés que
te arrancará de cuajo esa carrerita de perlas que me estás enseñando.

--¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno estás ya para reveses! ¡Si
no puedes con los calzones! ¡Si estás descuajaringado!

--Eso no lo dices tú con el corazón; por eso se te estima. Bien sabes
que hay aquí dentro mucha entraña todavía (y se daba rudos puñetazos en
el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal!

--¡Como si me cogieras en la plaza del mercado! Na. Ya no tienes más que
quijadas y palique.

--Y manos para apalpar la gracia de Dios--repuso el bárbaro tomando con
su manaza velluda la barba de la costurera.

--¡Quita, quita! ¡Gorrinazo!

Y le pegó con la ballena un golpecito en los dedos. Volvió el gandulote
a embestirla y ella a defenderse de la misma manera. Trató de agarrarla
por la cintura. La doncella se levantó y corrió por la estancia,
haciéndose la enojada.

--¡No me toques, Manín! Mira que llamo a la señora.

Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando gruñidos y risotadas;
abrazábala aquí, soltábala allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y
duros como la piel de un elefante, las bofetadas de la doméstica, sin
manifestar sentirlas. Crujían los muebles, retemblaba el piso,
campanilleaba la vajilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada vez más
falso y zalamerón. Sabía el pícaro que aquella mujerzuela irascible y
endemoniada tenía despierta la vanidad, como todos los seres humanos, y
que era de capital interés para su panza tenerla contenta. Por último,
lanzando un verdadero mugido de buey, consiguió agarrarla por la cintura
y alzarla en vilo. Mantúvola en alto sin esfuerzo alguno, como si fuera
un chiquito de tres años.

--¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, Zapaquilda? ¿Dónde están esos hígados?
¿Dónde esas manos? Anda, bruja, pide perdón; si no, te dejo caer como
una rana--bramaba el cazurrón, zarandeándola en el aire.

--¡Déjame, Manín! ¡Déjame, burro! ¡Habrá cochinazo! ¡Mira que grito!

Al fin la puso delicadamente en el suelo. La doncella, jadeante,
desgreñada, frunciendo mucho las cejas para aparecer más enfadada, decía
con voz anhelante:

--No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera mirando a la casa donde
estamos, te tiraba este quinqué a las narices y te las rompía, por
bruto y por insolentón. A lo mejor están los criados oyendo todo esto, y
¿qué dirán? ¡Quita, quita allá! No me vuelvas a decir palabra, porque no
te contesto.

--¡Eso! Grita ahora, fachendosa, después que te hice ver a Dios--roncaba
Manín con sorna, mirándola de reojo y sobándose la barba.

--¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!...--exclamaba la diminuta
criada, pasándole a su despecho relámpagos de risa por los ojos.

Manín se sentó de nuevo para engullir el pan que quedaba y beber otro
vaso de lo blanco. Josefina mientras tanto sollozaba en un rincón,
llevándose las manos heridas a la boca, palpándose las mejillas
acardenaladas por los ballenatos. Manín se dignó echar hacia ella una
mirada.

--No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos pasará y la
ciencia te quedará en la mollera para siempre--dijo cortando con su
navaja un pedazo del pan y metiéndolo en la boca.--Si quieres saber mi
dictamen, cuanto más te peguen más contenta debes de estar. ¿Qué serías
tú si Concha no tuviese la misericordia de castigarte duro? Una
chafandina que no valdría un celemín de bellotas, una bestia, salva sea
la comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa too lo que se la pida.
(Pausa mientras se corta otro pedazo de pan y lo muele, levantando un
bulto como el puño en el carrillo derecho)... Anda, que si yo hubiera
tenido como tú maestros que me alzasen el pellejo a correazos, no sería
un burro, no me llamarían Manín, sino don Manuel, y en vez de ser un
mísero súdito, andaría por ahí dándome importancia, paseando por
Altavilla con las manos atrás como los señores y leyendo las gacetas en
el casino. (Otra pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte en lo
justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo quieres aprender esas cosas tan
enrevesadas sin algunos lampreazos? ¿Quién aprendió _daqué_ nunca sin
azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras conocimiento, criatura,
darías gracias a Dios por haberte puesto una maestra que es como una
gloria. Para too sirve la endina, para too tiene las manos finas y los
pies listos, ¿verdá, tú?

Concha se había puesto grave otra vez, sentándose y haciendo un gesto
imperioso a la niña para que se acercase. Tocábale el turno a la
gramática. Aquí andaba peor todavía que en la historia, séase por la
falta de memoria o porque el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un
ballenazo ahora y otro después y otro y otro. Manín, fiel a sus
convicciones pedagógicas, aplaudía con la boca llena, cortando grave,
esmeradamente, en figuras geométricas los pedazos del pan antes de
conducirlos con toda solemnidad a los labios. Las faltas fueron muchas;
los golpes fueron otros tantos. Pero al terminar la lección, Concha
consideró que a más del castigo correspondiente a cada falta, teniendo
en cuenta lo mal que la niña lo había hecho, convenía terminar con un
vapuleo general que las comprendiese todas. La alzó de la silla y,
blandiendo la formidable ballena, exclamó:

--Ahora, para que estudies mejor y se te despierten los sentidos, ¡toma!

Tantos y tan recios fueron los golpes, que la criatura, tratando de huir
aquel martirio, se agarró con las manos crispadas a las sayas de su
verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse colgado inconscientemente a
ellas, la cinta que las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, dejando
a la costurera solamente con la camisa. Dio un grito de vergüenza y se
apresuró a levantarlas. Pero sin pararse a atar otra vez la cinta,
echando una mirada de profundo rencor a la chica, salió de la estancia
sujetándolas con las manos.

--¡Buena la has hecho, buena, buena, buena!--exclamó Manín, tallando con
primor el bocado que iba a llevar a la boca.

La criatura, paralizada de terror, no lloraba. No le dolían siquiera las
heridas. Al cabo de pocos momentos se presentó de nuevo Concha
acompañada de la señora. Ésta venía sonriendo sarcásticamente.

--Por lo visto, a la señorita le gusta ahora desnudar a las doncellas
delante de los hombres. Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto?
Manín habrá visto bien por todos lados a Concha. ¿Verdad, Manín, que la
has visto cómodamente?

Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada.

--No tenga miedo, señorita. Tranquilícese usted, señorita. Yo no vengo
aquí a azotarla. Eso de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda ya
de azotes! Sólo vengo a invitar a usted para que dé una vuelta por la
cueva... la cueva de los ratones... ya sabe usted. Allí se puede
entretener en desnudar alguna rata de las muchas que vendrán a
visitarla... Vamos, deme usted la mano para que la conduzca con toda
ceremonia.

La niña fue a ponerse detrás de una silla; desde allí, perseguida por
Amalia y por Concha, corrió alrededor de la mesa; por último, se refugió
detrás del mayordomo.

--¡Manín! ¡Manín, por Dios me escondas!

Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó a la señora. Tomáronla
cada una por una mano y la arrastraron, apesar de sus gritos
penetrantes.

--¡A la cueva no! ¡A la cueva no! ¡Madrina, perdón! Mátame primero.
¡Mira que tengo mucho miedo! ¡A la cueva no, que me comen los ratones!

Los criados salieron al pasillo y presenciaban mudos y graves aquella
escena. Los gritos de la niña se fueron perdiendo en la oscura y
tortuosa escalera que conducía al sótano.

Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y empujó a su hija hacia el
interior. Cerró con furia; pero la niña había corrido hacia la salida, y
la puerta le cogió la mano. Oyose un grito desgarrador. La valenciana
abrió otra vez la puerta, dio un fuerte empujón a la criatura que la
hizo caer al suelo, y echó la llave.

La cueva era un calabozo húmedo y negro donde sólo penetraban algunos
tenues rayos de luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió en
otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no había allí más que botellas
vacías.

La niña apenas quedó sola se incorporó, miró a todos lados loca de
terror, quiso gritar y la voz se le anudó en la garganta; por último,
extendiendo las manos, acometida de un fuerte temblor, cayó desvanecida.

Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que había presenciado el
encierro, movido de compasión, acercose a la puerta y miró por el ojo de
la cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo.

--Josefina.

La chica no respondió. Llamó más fuerte. El mismo silencio. Asustado,
gritó y golpeó en la puerta con todas sus fuerzas sin obtener
contestación. Entonces apresurose a subir para dar parte de lo que
pasaba, a riesgo de perder su empleo. Amalia mandó a Concha con la llave
para ver lo que ocurría. Entre ella y Paula subieron a la criatura
privada de sentido, fría y rígida, con los caracteres de la muerte
impresos en el rostro. Temerosa de las complicaciones que con esto
pudieran sobrevenir, la esposa del maestrante se apresuró a meterla en
la cama. Tardó poco la pequeña en volver en sí, pero inmediatamente se
declaró una fuerte calentura. Llamose al médico. Encontrola bastante
mal. Para explicar la herida de la mano y los cardenales que presentaba,
Amalia, fértil en mentiras, inventó una historia que el doctor creyó o
fingió creer.

Estuvo entre la vida y la muerte algunos días. Amalia seguía con ojos
inquietos el curso de la enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser
sobre el cual había vertido las hieles amargas de su corazón; pero le
agitaba la idea de perder de una vez su venganza. Justamente al tercer
día de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia de que en la noche
anterior había salido Fernanda en la silla de posta para Madrid, y que
Luis sólo tardaría cuatro o cinco días en reunirse con ella. Experimentó
violenta sacudida. Una ola hirviente de bilis inundó su pecho. Aquella
noche tuvo fiebre también. ¡Se le escapaban! No había posible venganza
para aquel traidor. Iría a Madrid, se casaría; tal vez allí recibiría la
noticia de la muerte de su hija; lloraría un poco; al cabo las caricias
de su adorada esposa se la harían olvidar. De aquellos amores tan
largos, tan vivos, no quedaría más que un hombre paseando su dicha por
Europa, y en Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo de befa a
los corrillos de Altavilla. Sus carnes fláccidas temblaron. Los
instintos vengativos de su raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡No,
no podía ser! Antes arrojarle su hija muerta a los pies, antes clavarle
un puñal en el corazón.

Ocurriosele una idea singular y terrible: contárselo todo a su marido.
Ignoraba lo que esto daría de sí, pero por lo pronto provocaría un
escándalo. D. Pedro era violento, gozaba de gran poder y prestigio.
¿Quién sabe el destrozo que la bomba podía causar? Cierto que estaba
paralítico y no podía tomar venganza por su mano; pero ¿no se le
ocurrirían a aquel hombre tan altivo y puntilloso medios de volver el
mal que le causaran? Ella caería entre las ruinas, pero caería con gusto
si el traidor pagaba de algún modo su perfidia.

Después de mucho batallar con este pensamiento, no arriesgándose a hacer
la confesión de palabra ni a escribirla bajo su firma, remitió a D.
Pedro, disfrazando la letra, una carta anónima. «La niña que usted ha
recogido hace seis años es hija de su esposa y de un caballero que
frecuenta su casa y a quien usted llama su amigo. No le digo a usted el
nombre. Busque usted y no tardará en hallar al traidor.--_Un amigo
leal._» Echola al correo y esperó con ansia el efecto que producía.

D. Pedro la recibió delante de ella y la leyó. Su rostro se contrajo
fuertemente y se cubrió de palidez cadavérica.

--¿Quién te escribe?--preguntó ella con naturalidad.

El maestrante se repuso inmediatamente y, doblando la carta y
guardándola, respondió haciendo esfuerzos por asegurar su voz, que
temblaba:

--Nada, un recomendado mío que se queja de que le han dejado cesante...
¡Ese gobernador! No tiene memoria ni formalidad ninguna.

Inquieta ya y esperando con ansia los acontecimientos se retiró a su
gabinete. Por la tarde llegó Jacoba con misterio y le entregó un billete
de parte del conde.

--¿Qué quiere de mí ese hombre?--preguntó sorprendida y en tono
despreciativo.

--No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi casa y allí espera
contestación.

El billete del conde decía:

«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peligro de muerte. Por lo que
más quieras en este mundo, por la salvación de tu alma, concédeme una
entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde ya no puede ser, ven mañana
por la mañana a casa de Jacoba.--Tuyo, _Luis_.»

--¡Tuyo! ¡tuyo!--murmuró con amarga sonrisa.--Has sido mío, sí, pero has
cambiado de dueño. Te costará caro.

--¿Llevo contestación, señorita?

Quedó pensativa unos momentos; dio algunas vueltas por la estancia,
completamente abstraída; se acercó al balcón y miró por los cristales.
Al fin dijo, volviéndose a medias y con gran sequedad:

--Bueno, iré mañana a la hora de misa.

--Me ha preguntado con grandísimo interés por la niña.

--Dile que sigue lo mismo.

Marchose la entremetida, y ella permaneció largo rato mirando a la
calle, al través de los cristales, sin verla.

Desde las siete de la mañana del día siguiente estaba Luis aguardándola
en la casucha de Jacoba. No había allí más que una cocina en la planta
baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de techo que el conde con
sombrero tocaba en el cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos
con las manos en los bolsillos, mirando con precaución a cada momento
por los visillos de la única ventana que tenía. Hasta las nueve no
acudió la dama. La vio llegar con la mantilla echada por los ojos, el
devocionario en la mano y el rosario colgado de la muñeca, con el paso
firme y sosegado, como si viniese a dar algunos encargos a su antigua
protegida. Cuando oyó su voz en la cocina, le dio un vuelco el corazón,
se puso a temblar como un azogado y se le borraron por completo las
palabras que tenía preparadas.

--¿Cómo está usted, conde?--dijo ella con gran naturalidad al entrar,
tendiéndole una mano.

--Bien, ¿y tú?

Levantó la cabeza como sorprendida de oírse tutear y respondió mirándole
fijamente:

--Perfectamente.

--¿Y la niña?

--Algo mejor.

Despejose al oír esto la fisonomía del caballero. Brilló un rayo de
alegría en sus ojos y dijo tomando de la mano a su ex-querida y
atrayéndola hacia el pobre sofá de paja que allí había.

--Sentémonos, Amalia. Aunque sea un atrevimiento por mi parte, te ruego
que me permitas seguir tuteándote cuando estemos solos... Yo no olvido,
no podré olvidar jamás cuántas horas de dicha te debo, cuánta felicidad
has vertido en mi vida triste y monótona. Tú me has revelado lo más
dulce y más íntimo que existía en mi corazón sin que yo lo sospechase
siquiera. Para tí han sido los primeros impulsos de mi alma. Sólo tú has
penetrado hasta ahora en ella, la has sondeado y conoces sus
melancolías, sus flaquezas, y sus ternura. Si me separo de ti, si digo
adiós a nuestro amor, no creas que es porque he dejado de estimarlo:
obedezco solamente a una ley de la naturaleza que nos empuja a todos a
crear una familia. No tengo en el mundo más que a mi madre, una pobre
anciana que muy pronto me dejará solo... No debe parecerte mal que
quiera formar un hogar y poseer un heredero de mi nombre y mis
títulos... Además, el grito de la conciencia me perseguía...

El conde, regocijado con la mejoría de la niña, se mostraba expansivo y
más locuaz que de costumbre, sin poder ocultar la felicidad que le
embargaba, pensando que todo estaba arreglado a medida de sus deseos.
Josefina dichosa al lado de su madre; él dichoso al lado de Fernanda;
Amalia resignada y tributándole siempre un cariño dulce y cada día más
acendrado.

Ésta le miraba con cierta curiosidad burlona. Cuando terminó, dijo
sonriendo benévolamente:

--Sobre todo desde la noche en que viste a Fernanda con aquel precioso
vestido descotado, ese grito debió de hacerse insoportable.

El conde sonrió también, avergonzado.

--No lo creas, Amalia; siempre he sentido remordimientos. Claro está que
al hacerse uno viejo ve las cosas con más claridad. Mi barba ya blanquea
por varios sitios, como estás observando. Lo que en un joven puede
disculparse como locura, como expansión irremediable del fuego que corre
por las venas, en un viejo se llama crimen. El amor, a la edad en que yo
estoy, no debe tapar con sus alas la luz de la razón, y si la tapa
merezco el calificativo de insensato. Mi resolución podrá sernos amarga
a los dos. A mí me lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme de una
pasión que a fuerza de tiempo casi se ha convertido en costumbre.
Existe, además, por desgracia, entre los dos un lazo imposible de romper
por completo. El Destino ha hecho nacer del fango de nuestro pecado una
flor hermosa, una cándida azucena. Apartemos el crimen de su frente: ya
que ha sido engendrada por un amor ilegítimo, no la manchemos con
nuestra conducta vituperable. Hagámonos dignos de ella viviendo como
cristianos.

--Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese curso de doctrina
cristiana haya venido tan tarde y haya coincidido con la llegada a esta
población de tu antigua novia. Porque parece así como si tuvieras
olvidado por completo el catecismo, y ella viniese a refrescarte la
memoria. Pero, en fin, en eso no debo meterme porque no me concierne.
El resultado es que te casas. Haces bien. El hombre está mal solo, y
cuando halla una compañera digna, como tú has hallado, no debe perder la
ocasión. Fernanda es una buena muchacha; segura estoy de que te hará
feliz. Tendréis muchos hijos y, después de una vida larga y dichosa,
iréis al cielo.

Sorprendiole a Luis aquella resignación y no pudo menos de sentir alguna
inquietud.

--¿Y tú serás también feliz?--le preguntó tímidamente.

--¿Yo?... ¡Qué importa que yo sea feliz o desgraciada!--dijo alzando los
hombros con ademán desdeñoso.

--¡No digas eso, Amalia! La felicidad no es la locura a que nos
entregamos durante siete años. Había un dejo amargo en ella que yo
percibía hace tiempo, y que tú no tardarías en percibir. Una vida pura y
digna, la tranquilidad de la conciencia, la estimación de las personas
honradas te darán más contento que la pasión culpable... Además, tienes
lo que yo no tengo... tienes a tu lado un ángel, un lirio tierno y
fragante que embalsamará tu existencia.

--¡Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella será la que me ha de
proporcionar los únicos buenos ratos que pasaré en adelante.

Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan aguda y estridente,
que Luis sintió un escalofrío.

--¿Qué quieres decir con eso?

--Lo que he dicho; que por fortuna tengo a Josefina para resarcirme.

--¡Es que lo dices de un modo tan raro!

La valenciana dejó escapar una risita singular que salía allá del fondo
de la garganta y sonaba de modo siniestro. Luis la miraba fijamente,
cada vez más inquieto.

--¡Pero qué tonto eres, Luis! ¡pero qué retontísimo! El egoísmo ha
puesto tales cataratas en tus ojos que no ves ni lo que tienes delante.
Si tuvieses veinte años, esa inocencia podría quizás inspirarme lástima;
a tu edad no me inspira más que risa y desprecio. Pensar en que cuatro
palabrillas insolentes sobre la moral y la conciencia bastarían a
obligarme a aceptar satisfecha la humillación que me impones; suponer
que yo, a quien si no conoces debieras conocer, voy a consentir que me
arrojes como un trapo sucio, que me arrastres como una cautiva enamorada
a los pies de Fernanda para que le sirva de almohadón cuando suba a tu
lecho, es el colmo de la estupidez y la fanfarronería. ¿Por qué no me
pides también que sea tu madrina de boda?

El conde la contemplaba con los ojos dilatados, expresando la ansiedad y
el espanto.

--De modo que lo que me han dicho de los martirios que haces pasar a
nuestra hija ¿es cierto?

--¡Y tan exacto! Y aún no los sabes por completo... Mira, voy a
referírtelos todos para que no te llames a engaño...

Y con palabra breve, incisiva, con una cruel satisfacción que se le
traslucía en la voz, puso delante de su vista el cuadro espantoso de las
miserias y dolores que la desgraciada criatura había padecido en los
últimos meses. Aquel cuadro era infinitamente más aterrador que el que
le había exhibido María la planchadora. El conde, pálido, desencajado,
sin hacer el más leve movimiento, parecía la estatua de la
desesperación. Al poco rato se tapó la cara con las manos y así escuchó
hasta el fin.

--¡Oh, qué infame! ¡oh, qué infame!--murmuró sordamente.

--Sí, muy infame, pero aún espero serlo más. ¿Has oído todas estas
infamias? Pues no son nada en comparación con las que haré.

--¡No las harás tal, malvada!--profirió Luis levantándose y
abalanzándose a ella.--Antes te ahogaré con mis manos.

La valenciana se escapó hacia la puerta.

--¡Si das un paso más, grito!

--¡Oh, infame, infame!--volvió a exclamar con voz profunda el conde.--¡Y
Dios consiente sobre la tierra estos monstruos!

Dio unos pasos atrás y se dejó caer nuevamente sobre el sofá. Apoyó los
codos sobre las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Al cabo de
largo silencio la levantó diciendo:

--Bueno, ¿y qué exiges de mí?

Amalia dio un paso para acercarse.

--Lo que ya debes de suponer, si es que te queda un poco de sentido
común. No exijo que nuestras relaciones continúen, porque a los términos
a que hemos llegado no es posible: sería tanto como mendigar tu amor, y
tengo demasiado orgullo para ello. Pero no quiero que ni tú ni esa mujer
os quedéis riendo de mí; no quiero servir de befa a los que conocen
nuestras relaciones, que son todos los que frecuentan la casa. Exijo,
pues, como condición para que la niña vuelva a ser lo que era que rompas
inmediatamente con Fernanda y no te acuerdes más de ella.

--¡Pero Amalia!--exclamó con acento dolorido.--Bien comprendes que es
imposible. Mi boda está concertada; lo sabe ya todo Lancia: Fernanda me
espera en Madrid; faltan muy pocos días...

--Aunque faltase un minuto. Esa boda no se celebrará. Si te casas con
Fernanda, tu hija pagará el agravio en la forma que ya sabes.

--¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte a la autoridad. Pediré el depósito de
la niña.

--Eso es hablar por hablar, Luis--replicó con calma y sonriendo
Amalia.--Las autoridades de Lancia son hechura de Quiñones. Nadie osará
declarar una palabra contra mí.

--Se lo referiré todo a D. Pedro.

--No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelantarías? En vez de impedir mi
venganza, como es la suya también, me ayudará.

Hubo un largo silencio. El conde meditaba con la frente apoyada en la
mano. De pronto se alzó violentamente y se puso a dar agitados paseos
murmurando:

--¡No puede ser! ¡no puede ser!

La valenciana le seguía con la vista. Al cabo, dijo dando un paso hacia
la puerta:

--Adiós.

El conde la detuvo con un gesto.

--Espera.

Amalia permaneció inmóvil, con la mano en el marco de la puerta,
clavándole una mirada penetrante.

El conde siguió paseando todavía algunos momentos sin hacer caso de
ella.

--Está bien--dijo con voz enronquecida, parándose;--no se efectuará el
matrimonio. Tú me dirás lo que debo hacer.

Su rostro demudado revelaba la calma de la desesperación.

--Es necesario que escribas una carta a Fernanda despidiéndote.

--La escribiré.

--Ahora mismo.

--Ahora mismo.

Amalia se asomó a la escalera y pidió a Jacoba recado de escribir. Como
no había allí mesa, lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó y se
dispuso a escribir de pie. Amalia también se acercó.

--Es esto lo que quiero que le escribas--dijo presentándole un papel.

Era el borrador de la carta. El conde pasó la vista por él.

«Mi buena amiga Fernanda:--decía--He querido que te fueses para decirte
por escrito lo que de palabra sería superior a mis fuerzas. No puedo ser
tuyo. No necesito explicarte las razones porque tú las adivinarás.
Quisiera amarte bastante para sobreponerme a todo y huir contigo. Por
desgracia o por fortuna, hay cosas que pesan en mi corazón más que tu
amor. Perdóname el haberte engañado y procura ser feliz, como lo desea
tu mejor amigo--_Luis_.»

Trazó los renglones de esta carta con mano trémula. Antes de terminar,
algunas lágrimas asomaron a sus ojos.



XV

Josefina duerme.


El noble maestrante fácilmente dio con el autor de su deshonra. Así que
leyó el anónimo y se recobró del susto, sus sospechas fueron a parar al
conde de Onís. No otra cosa le empujó a ello que el parecido, que ahora
advertía claramente, entre éste y la niña recogida. Por lo demás, o
porque su excesivo orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia había
sabido tenerle engañado, jamás advirtió entre ellos más que una fría y
ceremoniosa amistad que nada tenía de ofensiva. El mismo orgullo detuvo
el curso de sus pensamientos amargos con esta consideración: ¿Por qué
dar asenso a lo que el anónimo decía? ¿Por qué no suponer que se
trataba de una vil calumnia con que algún enemigo quería envenenar su
existencia? Mas el dardo había entrado tan profundamente en su corazón
que no podía arrancárselo. Todas las consideraciones que su deseo le
sugería no bastaban a destruir la gran certidumbre que, sin saber cómo,
se le había colado de rondón en el cerebro. Algunos pormenores, que
habían pasado para él inadvertidos, adquirieron de pronto alto relieve,
se alzaron como antorchas encendidas para guiarle. El principal de todos
era, como es natural, la enfermedad de su esposa coincidiendo con la
aparición de la niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se opuso a
que subiese médico alguno a verla; luego el mimo, los cuidados
exquisitos que se prodigaron a la criatura. Acudieron también a su
memoria aquellas visitas que en otro tiempo hizo su esposa a la Granja
con pretexto de escoger algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó,
referente a la amistad del conde y al hallazgo de la niña, que no
revolviese y pesase en su pensamiento.

Tornose silencioso y meditabundo. La mirada dura de sus ojos hundidos se
posaba con insistencia en Amalia siempre que ésta entraba en su
habitación. En diferentes ocasiones se hizo traer la niña con cualquier
pretexto y la contempló largamente, tratando de descifrar en los rasgos
de su fisonomía el enigma de su existencia. Amalia observaba todo esto,
y leía tan perfectamente en el cerebro de su esposo como en un libro
abierto.

--¿Cuándo se casa Luis?--le preguntó un día en tono afectadamente
distraído el maestrante.

--Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesita arreglar no sé qué
asuntos antes de irse a Madrid--respondió con la mayor tranquilidad.

--¿Continúa en la Granja?

--Siempre. No viene más que alguna que otra vez por la tarde, según me
ha dicho un día que le hallé en la tienda de Barrosa.

Justamente a la noche siguiente apareció en la tertulia el conde.

--¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya de la Granja?--le preguntó D.
Pedro, clavándole una mirada penetrante.

--Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, y me vuelvo a dormir.

--Se aburre usted allí, ¿verdad?--le preguntó D. Cristóbal Mateo.

--Por el día no. Estoy muy entretenido con los trabajos del campo, el
molino, los bichos, etc. ¡Pero las noches se hacen tan largas!...

Luis venía solamente por ver a su hija. Amalia no se lo permitió hasta
que la niña estuvo medianamente repuesta. Volvió a vestirla como antes
y le devolvió los fueros que tenía. Pero no el cariño. El encanto se
había roto.

Porque Luis la aborrecía: estaba sometido a la fuerza. Con aquella
pasión ardorosa, con aquel amor lleno de misterio y placer se había
unido también la afición a la criatura. Pero los martirios que su cólera
insensata le había hecho padecer abrió entre ellas un abismo. Josefina
jamás amaría a su verdugo. La pobre niña, vestida con ricos trajes,
vagaba sola por el palacio de Quiñones, sin hallar en nadie ternura.
Amalia huía, de ella. Los criados, avergonzados de sus malos tratos y
pesarosos de aquel repentino cambio, que elevaba de nuevo a la expósita
sobre ellos, no le dirigían la palabra. El largo martirio sufrido y la
terrible enfermedad con que terminó habían dejado huellas profundas en
su semblante. Su rostro pálido se trasparentaba como el nácar. En torno
de los ojos persistía aquel círculo oscuro, negro, de agitación y dolor.
El conde sentía apretarse su corazón cada vez que la veía. Costábale
trabajo retener las lágrimas.

Amalia no dio noticia a su amante del imprudente anónimo que había
dirigido a Quiñones. Temiendo, por la actitud de éste, algún grave
acontecimiento, resolviose a despistarle, ya que volverle la calma no
era posible. El partido que mejor le pareció fue apartar las sospechas
de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era el único que por su edad,
figura y posición podía aparecer como un amante verosímil. Principió por
tratarle, en presencia de D. Pedro, con particular afecto,
distinguiéndole de los demás tertulios de modo harto visible. Dirigíale
miradas y sonrisas significativas; gustaba de ponerse detrás de su silla
cuando estaba jugando al tresillo, y embromarle; llamábale a cada
instante con cualquier pretexto y le retenía a su lado largos ratos
hablándole en secreto, acercando más de la cuenta el rostro al suyo. No
era tan fácil como puede parecer seducir a Moro, aunque sólo fuese en la
apariencia. Nada tenía de arisco; al contrario, gozaba justa fama de
caballeroso y galante con las damas. Pero cuando las damas se hacían
incompatibles con el billar o el tresillo no lo había más grosero y
cerril en seis leguas a la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente
reteniéndole cuando los tresillistas le aguardaban. Entonces no
respondía acorde a sus preguntas, sonreía por máquina y dirigía
frecuentes y codiciosas miradas a la mesa donde sus compañeros gozaban
ya las dulzuras de alguna vuelta con palo de favor.

--Moro, siéntese usted aquí; vamos a charlar un rato.

Moro temblaba: se le venía el mundo encima. Tomaba asiento al lado de la
dama con una cara larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión que
debía arder en su pecho.

El maestrante había hecho poco caso de aquellos apartes, de las
preferencias y las sonrisas insinuantes de su esposa. Les miraba con
ojos distraídos, sin venírsele a la mente ninguna sospecha, preocupado
enteramente con la verdadera pista. Sin embargo, al cabo de algunos
días, tanto insistió Amalia y tan buena maña se dio, que el noble
caballero principió a fijarse en aquellos signos y a darles algún valor.
La valenciana sintió el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino de
realizarse. Y para dar impulso poderoso y decisivo a su enredo,
ocurriosele en el momento una treta peregrina. Se hallaba sentada en un
rincón, teniendo a su lado a Jaime Moro, bien a la vista de D. Pedro.
Moro, distraído como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba hacer
prodigios de habilidad para sostener la conversación, le sonreía, le
mimaba, le envolvía en una red de palabras melosas, que acentuaba
fuertemente con la sonrisa a fin de llamar la atención de D. Pedro.

--¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi brazalete?

Moro no había reparado en él.

--Es muy lindo--se apresuró a decir por complacencia.

--Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mérito de lo que parece. Este
retrato, que es el de mi abuela, está hecho de mosaico... vea usted.

Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo contempló con afectada
admiración.

--Repárelo usted bien.

Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los ojos. Observando con el
rabillo del ojo que don Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito,
hasta rozar con ella los labios del joven. Pero en aquel instante la
retiró bruscamente con vivo ademán. Moro quedó estupefacto.
Involuntariamente dirigió la vista hacia D. Pedro, y notando que éste le
clavaba una mirada fría y penetrante, se puso colorado hasta las orejas.
Amalia se levantó y se fue al salón, como si quisiera disimular su
turbación.

Fue grande la que se apoderó del orgulloso maestrante con el secreto que
pensó sorprender. Sus ideas experimentaron violenta sacudida. Agitado
por mil sospechas contrarias, dominado por una cólera furiosa, movía
entre sus trémulas manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando
horribles venganzas contra su esposa y contra el...

¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda encendía aún más su rabia.

Lo que había visto era bien concluyente. Y, sin embargo, su pensamiento
no podía apartarse del conde de Onís. Contra el testimonio de sus
propios ojos alegaba el instinto, una voz interior que le señalaba sin
cesar a su enemigo.

Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente a Amalia y se fue derecho
al gabinete; pero Manuel Antonio le retuvo tirándole por el faldón del
frac.

--¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no te nos enfrasques tan pronto
en el juego. Mira, aquí María Josefa y Jovita han estado disputando toda
la noche sobre la fecha de tu matrimonio. Yo les he dicho: «No disputéis
más. Si viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os lo ha de decir.»

--Pues las has engañado--respondió el conde aproximándose al grupo.

--¿Tan grosero te has vuelto?

--No es grosería, es ignorancia. Estas señoritas saben muy bien que las
cosas no se realizan nunca como y cuando queremos. Si yo les dijese
ahora una época y resultase otra, pensarían que había tratado de
burlarme de ellas.

Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír, el semblante del conde
reflejaba tristeza infinita. Su voz salía apagada y enronquecida.

--¡No, no! ¡Nada de eso!--exclamó riendo Jovita.--Díganos usted un día
cualquiera, que aunque luego resulte otro, pensaremos que no ha sido por
su voluntad.

--Bueno, pues mañana.

--¡Eso tampoco!--gritaron ambas solteronas alborozadas.

--No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué día quieren que me case?
Señálenlo ustedes.

El conde no había dicho una palabra a nadie de la ruptura de su
matrimonio. La innata debilidad de su carácter le obligaba a callar una
noticia que muy pronto había de difundirse. Tenía miedo a la curiosidad
pública, a las preguntas, a que en el rostro le adivinasen las causas de
tal resolución. Y temblaba y se entristecía profundamente cada vez que,
como ahora, le tocaban este punto.

Hasta entonces no se había traslucido nada. Creíase en la ciudad que de
un día a otro se iría a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo,
Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de todos sus contemporáneos,
había olido algo. Y con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de
Inglaterra, principió a recoger noticias y a atar cabos de tal modo que
a la hora presente andaba muy cerca de la verdad.

--Muy triste te veo estos días, Luisito--le dijo bruscamente.--Más que
de matrimonio tienes cara de testamento.

El conde se turbó y no supo más que contestar sonriendo forzadamente:

--El matrimonio es un paso muy serio.

Trató de marcharse, pero Manuel Antonio volvió a retenerlo. A todo
trance quería dar con la clave del enigma, saber de un modo positivo lo
que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa, que sabía mejor que él a
qué atenerse, mantuvo alerta la conversación algún tiempo sobre el
escabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía frecuentes miradas hacia
el sitio de Amalia, como reclamando lo que estaba obligada a concederle.
Levantose al fin la dama, se asomó a la puerta y tornó a sentarse. A los
pocos momentos apareció el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó sus
ojos tristes por la sala, y a una seña de su madrina dirigió sus pasos
al gabinete. Al cruzar por detrás del conde, volviose éste a medias y le
echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó inadvertida a la sagacidad
de sus interlocutores. La niña levantó sus ojos hacia él, brillando con
sonrisa feliz. Fue un choque magnético que hizo arder súbito toda la
alegría de su corazón infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de
retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su madrina, siguió hasta
el gabinete. Pocos momentos después se oyó la voz áspera de Quiñones.

--¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo no entra?

--Allá voy, D. Pedro--se apresuró a responder Luis, contento de
separarse de aquel enfadoso grupo.

Al entrar en el gabinete se produjo, en menos tiempo del que puede
tardarse en referirla, una terrible escena que puso en conmoción y
espanto a toda la tertulia. D. Pedro estaba con las cartas en la mano y
lo mismo Jaime Moro y D. Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto,
hablaba con el capellán sentado detrás de él. En torno de la mesa había
tres o cuatro personas de pie mirando el juego. Cerca del noble
maestrante se hallaba Josefina con los bracitos cruzados esperando su
bendición para irse a la cama.

Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rápida mirada escrutadora,
clavó enseguida otra de profundo odio en la niña y dijo con sonrisa
sarcástica:

--Ah, ¿quieres la bendición?... Toma la bendición.

Y le dio de revés un tremendo bofetón que la hizo rodar por el suelo,
soltando sangre por boca y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus
mejillas. Huyó repentinamente de ellas toda la sangre y quedó densamente
pálido. Y por un impulso ciego, superior a su voluntad, gritó fuera de
sí:

--¡Eso es una vileza! ¡Una cobardía!

Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le detuvieron. D. Pedro gritaba
mientras tanto a grandes voces, loco de furor:

--¡Por fin caíste! ¡Por fin caíste, perro!

Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del asiento y lanzarse sobre el
ladrón de su honra, consiguiolo a medias, y cayó al fin de nuevo,
privado de sentido, torciendo la boca.

Los tertulios se habían levantado todos y acudieron al gabinete. Las
señoras gritaban aterradas. Los hombres preguntaban a los de dentro lo
que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada de extravío por ellos, se
dirigió al sitio donde yacía Josefina, alzola del suelo y, con ella en
brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le puso delante.

--¿Adónde va usted?

Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis extendió la mano, agarró a la
valenciana por los cabellos y, después de sacudirla tres o cuatro veces
con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a la puerta del salón.

Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, donde esperaba el coche, y
brincando en él con su preciosa carga dijo al cochero:

--¡A escape, a la Granja!

El pesado vehículo rodó con estrépito por las calles mal empedradas. No
tardó en salir a la carretera.

La luna brillaba en lo alto del firmamento. De vez en cuando, grandes
nubes espesas, flotantes tapaban su disco, pero al instante volvía a
lucir. En las regiones superiores de la atmósfera soplaba un viento
huracanado. Abajo parecían reinar el silencio y la paz.

Josefina no salía de su desmayo. El conde le limpiaba con su pañuelo la
sangre. Después trataba de reanimarla imprimiendo largos, apasionados
besos en su rostro de alabastro.

Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló con extraña fijeza al conde
y relampagueó en ellos una dulce sonrisa.

--¿Eres tú, Luis?

--Sí, vida mía, yo soy.

--¿Adónde me llevas?

--Donde tú quieras.

--Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu casa... Llévame aunque no
me des de comer. Estando contigo no me importa morir.

El conde la apretó contra su seno y la cubrió de besos.

--Sí, sí, a mi casa vas--exclamó mientras las lágrimas bañaban sus
mejillas.--De allí no saldrás ya nunca, porque para arrancarte
necesitarán antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, voy a decirte
una cosa. Procura entenderla. Haz un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy
tu padre... Los señores de Quiñones te han recogido en su casa... pero
yo soy tu padre... ¿lo entiendes?

--Sí, Luis, te entiendo.

--Te han recogido, porque yo soy tan malo que te he entregado a ellos
en vez de tenerte conmigo.

--Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres malo. Tú eres bueno y me
quieres.

--Sí, hija de mi alma, te quiero más que a mi vida... Perdóname.

--Yo también te quiero a tí... ¡A ellos no! Antes quería a madrina, pero
ahora no... ¡Me ha pegado tanto! ¡Si supieras!... Me mordía, me arañaba,
me arrastraba por el suelo, mandaba a Concha que me azotase con la
ballena, me ataba con una cuerda como a los perros...

--¡Calla, calla, que me matas!--profirió Luis sollozando.

--¡No llores, Luis, no llores!... ¿Ves cómo eres bueno? Estás llorando
por mí.

--¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llámame padre... ¡Yo soy tu
padre! ¿Lo sabes, lo sabes?

--Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu hija... Tengo sueño...
Déjame dormir sobre tu pecho.

Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó la suya el conde para
darle un beso en la frente y sintió sus labios abrasados por el calor de
la fiebre.

Gozó la criatura algunos momentos de sueño letárgico. Corrían de vez en
cuando por su tierno cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al fin
dando un grito.

--¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos... ahí están!

Sus ojos expresaban un terror pánico.

--No, hija, no; son los árboles del camino que extienden sus ramas hacia
nosotros.

--¿No ves a D. Pedro que me amenaza? ¿No oyes lo que me está diciendo?

--Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento.

--Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo brilla la luna! ¡Mira qué
campos tan hermosos y cuántas flores!... Un palacio de cristal...
Delante hay una niña jugando con un gatito blanco... ¡Qué precioso!...
Es más bonito que el Rojo... Déjame jugar con ella, Luis...

--Jugarás cuanto quieras, y te compraré un gatito y una palomita blanca
que venga a comer a tu mano.

--No, no quiero que gastes dinero. Estoy contenta con que no me separes
de ti.

--Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque eres mi hija. Duerme, mi
vida.

--¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Échalos, Luis, échalos, por
Dios! ¡Que me agarran!

--No temas; estás conmigo... Mira la luna otra vez... ¿Ves cuánta
luz?... Duérmete, corazón.

--Es verdad... ya veo los campos llenos de flores... ya veo el gatito
blanco... La niña no está... ¿Dónde se fue, Luis?

--Está en mi casa, esperándote para jugar. Estamos muy cerca ya.
Duérmete.

--Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas, ¿no es cierto? Yo debo
obedecerte porque soy tu hija... Tengo frío... Apriétame más.

Apretola más y más contra su pecho. Josefina se durmió al fin. El
carruaje rodaba por la carretera desierta al través de los campos
esclarecidos por la luz de la luna. Las nubes volaban también dispersas
por los aires. El viento mugía sordamente a lo lejos. Los árboles
comenzaban a agitar sus penachos.

Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis inclinó la cabeza para
despertar a la niña; pero al darla un beso sintió en sus labios el frío
de la muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza varias veces,
llamándola a gritos.

--¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Despierta!

La blonda cabeza de la niña se doblaba a un lado y a otro como una
azucena que tuviese quebrado el tallo.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El maestrante" ***

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