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Title: De varios colores
Author: Valera, Juan, 1824-1905
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "De varios colores" ***

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produced from images of the Bibliothèque nationale de
France (BNF/Gallica) at http://gallica.bnf.fr



JUAN VALERA

DE VARIOS COLORES

       BREVES HISTORIAS.
   GARUDA O LA CIGÜEÑA BLANCA.
   EL CAUTIVO DE DOÑA MENCÍA.
     EL MAESTRO RAIMUNDICO.
       CUENTOS JAPONESES.
        UN DRAMA TRÁGICO.

MADRID

LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ Carrera de San Jerónimo, 2

1898

*       *       *       *       *

              PRÓLOGO
       EL CABALLERO DEL AZOR
      LOS CORDOBESES EN CRETA
        EL DOBLE SACRIFICIO
    LOS TELEFONEMAS DE MANOLITA
          EL DUENDE-BESO
         EL ÚLTIMO PECADO
   EL SAN VICENTE FERRER DE TALLA
     GARUDA O LA CIGÜEÑA BLANCA
     EL CAUTIVO DE DOÑA MENCÍA
      EL MAESTRO RAIMUNDICO
      DOS CUENTOS JAPONESES
      EL ESPEJO DE MATSUYAMA
     EL PESCADORCITO URASHIMA
     ESTRAGOS DE AMOR Y CELOS

*       *       *       *       *



PRÓLOGO


Dos son los principales motivos que me llevan a escribir algunas
palabras al frente de esta colección de cuentos que doy al público
ahora.

No todas las flores son frescas y bonitas; también las hay mustias y
feas. No se me culpe, pues, de presumido, si valiéndome de una figura
retórica llamo flores de mi pobre y agostado ingenio a los cuentos que
siguen. Y suponiendo ya que son flores, añadiré que carecen de relación
entre sí y que yo las reúno caprichosamente para formar con ellas un
ramillete o manojo. Sea este breve prólogo la cinta o el lazo que las
ate, para que cada una de las flores no se vaya por su lado.

No soy yo quien debe elogiarlas. El benigno lector decidirá si valen
algo o si nada valen. Yo diré sólo para procurarme la indulgencia hasta
de los más severos, que mi propósito al escribir y al reunir los cuentos
es tan modesto como inocente. No me propongo enseñar nada, ni moralizar,
ni probar tesis, ni resolver problemas, ni censurar vicios y costumbres.
Lo único que me propuse al escribir los tales cuentos es distraerme o
divertirme en el casi forzoso retiro a que mi vejez y mis achaques me
condenan.

No he de negar yo que me he divertido escribiendo los cuentos, pero me
guardo bien de inferir de ahí y de dar por seguro que se divertirá
también quien los lea. Los cuentos, sin embargo, no aspiran más que a
divertir. Si no divierten, la crítica no puede ni debe ir más allá que
hasta el extremo de calificarlos de fastidiosos, y en cambio, si
divierten o entretienen algo, su fin y su objeto están cumplidos. No son
ni quiero yo que sean sino una obra de mero pasatiempo, con cuya
lectura, sin la menor ofensa de Dios ni del prójimo, logren los
desocupados entretenerse durante algunas horas. Los que quieran aprender
algo, de sobra tienen libros a que acudir. Para saber de religión lean
los _Nombres de Cristo_, para saber de moral, lean la _Guía de
pecadores_, y para saber de filosofía, la que está publicando el Padre
Urraburu en muchos y muy gruesos tomos.

Este librejo no pretende tampoco conmover hondamente el corazón de los
lectores. La musa que me le ha inspirado (suponiendo también que ha
habido musa) no ha sido melancólica, ni trágica, sino regocijada y
alegre, según convenía para consolarme de mis penas reales y no para
agravar su peso con otras penas imaginarias. Por lo demás, yo creo y
siempre he creído que toda producción artística o literaria implica buen
humor y no desabrimiento ni aflicciones. Hasta cuando un poeta o un
novelista toma por asunto los sucesos más lastimosos, importa que la
lástima y el pesar se hayan disipado ya casi del todo, a fin de que el
asunto, que estaba en el sujeto y que atormentaba al sujeto, salga fuera
de él, y él le contemple serenamente y sea el objeto o la primera
materia con que él compone o construye su obra, cincelándola y
puliéndola.

Cada cual tiene su modo de hacer las cosas. Yo no he de dar reglas ni he
de disputar sobre esto. Diré sólo que no comprendo al que embargado de
un profundo dolor se pone a cantar o a escribir sobre el dolor que le
embarga. La muerte de un ser querido, las desventuras de la patria, las
tremendas luchas y los espantosos infortunios que suelen afligir al
linaje humano, todo esto, cuando llega a convertirse en materia para
nuestras creaciones literarias es cuando ya menos nos duele, porque si
nos doliera, no escribiríamos, sino trataríamos de remediar el mal por
medios prácticos, o le lloraríamos, informe e inefablemente y sin
literatura, si no acertásemos a remediarle.

Acaso parezca sofisma; pero, si no lo fuese, y si no temiese yo hacerme
pesado, llegaría a demostrar por este camino que a fuerza de ser
sentimental cuando no escribo, soy poco sentimental en lo que escribo.
No gusto de afligirme ni de llorar, ni gusto de afligir ni de hacer
llorar a los otros. El que busque, pues, emociones terribles y profundas
que no lea ni compre este librejo. Si yo logro que el librejo no aburra,
cómprele y léale el que anhele deshechar u olvidar las terribles y
profundas emociones, por virtud de otras superficiales, amenas y gratas.



EL CABALLERO DEL AZOR



I


Hará ya mucho más de rail afios, habla en lo más esquivo y fragoso de
los Pirineos una espléndida abadía de benedictinos. El abad Eulogio
pasaba por un prodigio de virtud y de ciencia.

Las cosas del mundo andaban muy mal en aquella edad. Tremenda barbarie
había invadido casi todas las regiones de Europa. Por donde quiera
luchas feroces, robos y matanzas. Casi toda España estaba sujeta a la
ley de Mahoma, salvo dos o tres Estadillos nacientes, donde entre breñas
y riscos se guarecían los cristianos.

En medio de aquel diluvio de males, pudiera compararse la abadía de que
hablamos al arca santa en que se custodiaban el saber y las buenas
costumbres y en que la humana cultura podía salvarse del universal
estrago. Gran fe tenían los monjes en sus rezos y en la misericordia de
Dios, pero no desdeñaban la mundana prudencia. Y a fin de poder
defenderse de las invasiones de bandidos, de barones poderosos y
desalmados o de infieles muslimes, habían fortificado la abadía como
casi inexpugnable castillo roquero, y mantenían a su servicio centenares
de hombres de armas de los más vigorosos, probados y hábiles para la
guerra.

La abadía era muy rica y famosa: rica por los fertilísimos valles que en
sus contornos los monjes habían desmontado, cultivándolos con esmero y
recogiendo en ellos abundantes cosechas; y famosa, porque era como casa
de educación, donde muchos mozos de toda Francia y de la España que
permanecía cristiana acudían a instruirse en armas y en letras. Entre
los monjes había sabios filósofos y teólogos y no pocos que habían
militado con gloria en sus mocedades antes de retirarse del mundo. Estos
enseñaban indistintamente las artes de la paz y de la guerra; cuanto a
la sazón se sabía. Y luego, según la índole de cada educando, los
pacíficos y humildes se hacían sacerdotes o monjes, y los belicosos y
aficionados a la vida activa salían de allí para ser guerreros y aun
grandes capitanes.

Cincuenta novicios había en la abadía de continuo. Y todos, salvo en las
horas consagradas a ejercicios caballerescos, vestían el hábito de la
orden.

En una tarde de abril, terminadas las vísperas, salieron los novicios
del coro, donde habían estado entonando salmos, y fueron, según
costumbre, a pasar dos horas de recreo jugando en un gran patio.

Había un novicio de origen obscuro, lo cual se contraponía a la alta
nobleza de que se jactaba con razón la mayoría de los otros. Este
novicio era español.

Seis años hacía que había venido a refugiarse en el convento sin saber
de dónde. El caritativo abad le dio asilo, y él, con su humildad
profunda, con su aplicación constante, con la rara inteligencia que
desplegó en el estudio y con la robustez y agilidad que mostró en todos
los ejercicios corporales, se ganó la voluntad de aquel venerable siervo
de Dios, que le amaba como a un hijo y que candorosamente le admiraba.
De aquí la envidia que le tenían los otros novicios y especialmente los
franceses. Tratábanle con desdén, le hacían mil burlas y hasta le
dirigían improperios, que él sufría con resignación evangélica. Por esto
le llamaban Plácido.

En aquella ocasión la envidia de los otros novicios había llegado a su
colmo. Plácido acababa de alcanzar brillante triunfo. Había compuesto un
devoto e inspirado himno latino a la Santísima Virgen María, tan lleno
de bellezas y tan rico de amor místico, que, entusiasmados los monjes,
le habían cantado en el coro, dando al joven poeta mil alabanzas y
bendiciones.

Sus malos compañeros, deseosos de humillarle, y tal vez fiados en que
Plácido era pacífico y sufrido, se encararon con él, aunque él se
apartaba de ellos con mansedumbre y modestia, y llegaron dos de los más
insolentes al último extremo de la injuria. Recordando la obscuridad de
su origen, se la echaron en rostro y calificaron a su madre de la más
infame manera.

El cordero se convirtió entonces de repente en bravo león. Por dicha, no
tenía armas, pero le valieron los puños. Con certero y fuerte golpe
derribó por tierra, maltrecho y con la boca ensangrentada, al primero
que le había ofendido. Después siguió peleando él solo contra otros tres
o cuatro, apoyado contra el muro y acosado por ellos.

Fue todo tan rápido, que nadie había acudido a interponerse y a
restablecer la paz, cuando otro de los novicios, de nobilísima alcurnia
francesa, intervino en la contienda, diciendo:

--Es cobardía que vayáis tantos contra él; apartáos; dejádmele a mi
solo; yo le castigaré como merece.

Fue tan imperiosa la voz, fue tan imponente el ademán de aquel muchacho,
que se apartaron todos, formando ancho cerco en torno suyo.

Cayó entonces el francés sobre Plácido, el cual paró los golpes que le
asestaba, sin recibir ninguno, y le ciñó con fuerza terrible en sus
nervudos brazos.

Pasmosa fue la lucha. Firmes se mantenían ambos. Ninguno cejaba ni caía.
Hubieran semejado dos estatuas de bronce, si no se hubiera sentido el
resoplido de la fatigada respiración de los combatientes y si no se
hubiera visto correr abundante sudor por sus encendidas mejillas.

¡Quién sabe cómo hubiera terminado aquel combate! Mal hubiera terminado,
sin duda, si no llega precipitadamente el abad y logra al punto
separarlos.

Después de censurar con breves y enérgicas palabras la acción de todos,
ordenó a Plácido que le siguiese, y le llevó a su celda.


II

--En balde he esperado, hijo mío, hacer de ti un dechado de santidad y
de paciencia, para que con el tiempo llegases a ser mi sucesor en el
gobierno de esta abadía. Sé todo lo ocurrido y no me atrevo a culparte.
La afrenta que te han hecho era difícil, era casi imposible de tolerar.
Está visto, Dios no te quiere para la vida contemplativa. Imposible es
además que permanezcas ya ni una hora en esta santa casa, donde has
promovido un escándalo feroz, aunque disculpable. Por otra parte, el
mozo con quien luchabas es poderosísimo por su nacimiento y riqueza y tú
no puedes seguir viviendo donde él está. No me queda más recurso que el
de obligarte a salir inmediatamente de la abadía. Pero no saldrás
desvalido y sin prendas de mi afecto hacia ti. La abadía es rica, el
abad también lo es, y en nada mejor puede emplear su dinero. Toma esta
bolsa llena de oro; Hugo, el capitán de los arqueros, tiene orden mía
para entregarte enjaezado el mejor de los corceles que hay en nuestras
caballerizas. Corre, revístete a escape de tus armas, monta a caballo y
vete.

Vertiendo muchas lágrimas de gratitud y besándole respetuosamente las
manos, Plácido se despidió del abad y éste le abrazó y le bendijo.

Dos horas después cabalgaba Plácido, solo y armado, por medio de un
pinar espeso y por senda apenas trillada, que iba serpenteando junto a
la orilla de un arroyo, entre cerros altísimos.


III

Llegó la noche medrosa y sombría. En aquella soledad asaltaron a Plácido
mil ideas tristes. Los recuerdos de la niñez surgieron en su mente con
claridad extraña.

Recordó que, seis años hacía, le habían arrojado de otro asilo con
severidad y dureza harto diferentes. Desde muy niño, desde el albor de
su vida, de que no tenía sino muy confusas memorias, se había criado en
el castillo del terrible D. Fruela, poderoso magnate de la montaña. El
castillo estaba en una altura muy cerca de la costa. Desde allí, ora
salía D. Fruela con buen golpe de gente a caballo para penetrar en
tierra de moros y talar y saquear cuanto podía, ora embarcaba a sus
satélites en algunas fustas y galeras de su propiedad, e iba a piratear
o a dar caza a otros más crueles piratas que infestaban aquellos mares
e invadían y asolaban a menudo las costas de España: eran los idólatras
normandos de Noruega y de la última Tule.

Plácido, recogido por caridad en el castillo, e hijo de padres
desconocidos, había sido criado con amor por doña Aldonza, la mujer de
don Fruela. Hasta la edad de ocho años, vivió Plácido en fraternal
familiaridad con Elvira, la hija de doña Aldonza, que era de edad poco
menor que él. Juntos jugaban los niños, y juntos aprendieron a leer y la
doctrina cristiana.

Plácido y Elvira sintieron que sus almas se habían unido con el lazo del
cariño más inocente.

Algo hubo de recelar o de prever D. Fruela, y ordenó a su mujer que
alejase al expósito del trato y de la convivencia de su hija.

Sumisa doña Aldonza, cumplió las órdenes de su marido; pero no hasta el
extremo de evitar por completo que el pajecillo y la niña se viesen y se
hablasen.

La menor frecuencia en el trato produjo un efecto contrario al que D.
Fruela deseaba. En las mentes candorosas de él y de ella se trocó en
adoración el afecto, y se iluminó y hermoseó con las galas y el
esplendor de los sueños la imagen de la persona querida.

Así llegaron ambos a cumplir catorce años. En un día en que salieron de
caza con D. Fruela, el caballo de Elvira corrió desbocado y fue a
perderse en la espesura de un bosque. Plácido la siguió para salvarla, y
acertó a llegar cuando el caballo que ella montaba tropezó y cayó,
derribándola por el suelo. Elvira, por fortuna, no se hizo el menor
daño. Plácido se apeó con ligereza, acudió en su auxilio y la levantó en
sus brazos.

Instintivamente, sin saber qué hacían, cediendo ambos a un impulso
irreflexivo, tal vez movidos por los invisibles genios y espíritus de la
selva, acercaron sus rostros y se dieron un beso. Plácido se creyó por
breves instantes transportado al paraíso; pero la realidad más cruel
hubo de mostrarle en seguida que estaba en la dura y áspera tierra. Una
lluvia de infamantes latigazos cayó sobre sus espaldas. D. Fruela le
había sorprendido, le castigaba y le afrentaba furioso. La jauría de sus
podencos y lebreles y sus monteros se acercaban ya. Afrentado el mozo,
aunque en edad tan tierna, no reflexionó en el peligro ni en lo desigual
de la lucha, y venablo en mano se lanzó contra D. Fruela para matarle.
Elvira se interpuso, dispuesta a recibir las heridas y salvar a su
padre. Plácido dejó caer al suelo el venablo. La humillación le hizo
verter amargas lágrimas.

El feroz D. Fruela, lejos de apiadarse, le azuzó los perros para que le
devoraran, y ordenó a los monteros que disparasen contra él sus agudas
flechas.

--¡Sálvate, Plácido, sálvate!--dijo entonces Elvira.--Si no huyes, mi
cuerpo te servirá de escudo y me matarán antes de que te maten.

Plácido conoció entonces lo peligroso, lo imposible de la defensa. Temió
más por la vida de ella que por la suya. Era ágil y ligero como un
gamo; conocía los más intrincados sitios y las más extraviadas sendas
del bosque, y pronto desapareció como por encanto, no sin exclamar antes
con su voz de niño, que se contraponía a la firmeza del tono:

--Ser padre de ella te ha salvado de la muerte. Ahora huyo, pero tal vez
un día vuelva a buscarte y a exigirte su mano como sola satisfacción de
mi afrenta.

Refugiado Plácido en la abadía, no olvidó la afrenta jamás, pero guardó
oculto su recuerdo en el lastimado centro del alma. El horror que le
causaba volver de nuevo contra el padre de Elvira, la humildad y la
resignación y otros sentimientos religiosos inclinaron su espíritu y le
excitaron a desistir de vengarse. Y como afrentado y sin venganza no
quería vivir en el mundo, se decidió a hacer la vida del claustro. Hasta
el día en que el insulto hecho a su madre despertó en él de nuevo la
ingénita fiereza, fue el más paciente y dulce de los cenobitas. Lanzado
ya al mundo de nuevo, con veinte años de edad, con aliento y brío y con
caballo y armas, ¿dónde había de ir Plácido sino al castillo de D.
Fruela a pedirle estrecha cuenta de todo?


IV

Sin detenerse sino para tomar el indispensable descanso, llegó Plácido a
la morada donde había pasado la niñez. Confiado en Dios, en su derecho
y en su valentía, sin arredrarse, se acercó a la puerta del castillo.

Todo estaba mudado. En torno, soledad y silencio. Aunque era medio día,
Plácido no vio ni hombres de armas ni campesinos. El puente levadizo,
tendido sobre el foso, dejaba franca la entrada. El escudo de piedra
berroqueña, que había sobre la puerta principal, estaba cubierto de
negro paño de luto.

Pronto, por un anciano criado, única persona que halló y que al
desmontar le tuvo el estribo, se enteró de la inmensa desventura que
abrumaba a aquella familia. D. Fruela, acusado de alta traición, estaba
en Oviedo y debía ser condenado a muerte. Su acusador era D. Raimundo,
mayordomo de Palacio. Tres caballeros de la casa de D. Raimundo estaban
prontos a sostener la acusación en palenque abierto contra los
defensores de D. Fruela, el cual había apelado al Juicio de Dios. Pero
D. Raimundo era tan poderoso y temido, y por su inaudita soberbia era D.
Fruela tan odiado, que nadie acudía a defenderle. Sólo faltaban tres
días para expirar el plazo. No bien Plácido supo todo esto, el rencor
antiguo se convirtió en lástima en su alma generosa, y resolvió ser el
campeón de quien tan rudamente le había ofendido, probad su inocencia y
librarle de la muerte. En el castillo no había nadie, sino el anciano
servidor. Doña Aldonza y Elvira habían ido a Oviedo a echarse a los pies
del rey y pedirle el perdón, si bien con poquísima esperanza, por ser
muy justiciero el soberano. De todos modos, la honra de la familia
quedaría manchada.

Sin demora se dispuso Plácido a salir para Oviedo, pero antes el anciano
servidor le refirió y encareció lo mucho que doña Aldonza y Elvira
habían pensado en él durante su ausencia, y le dijo que habían dejado
para él un presente a fin de que le recibiese y se le llevase si por
dicha aparecía por el castillo.

El anciano fue por el presente y se le entregó a Plácido. Era una fuerte
rodela, en cuya plancha de acero figuraba en esmalte, sobre campo de
gules, un azor, cubierta la cabeza por el capirote y asido por la
pihuela a una blanca mano que parecía de mujer.

--Tú tienes en el hombro derecho--dijo el anciano--grabado con indeleble
marca, un azor semejante al del escudo. Por él serás un día reconocido y
se sabrá quiénes son tus padres. Entre tanto mi señora y su hija te
declaran y apellidan Caballero del Azor, y te dan en testimonio de ello
esa prenda. Concédate Dios, Caballero del Azor, la buena ventura en
lides y amores que ellas y yo te deseamos.


V

A los tres días, pocas horas antes de expirar el plazo, después de
reposar en Oviedo y de aprestarse para el combate, sonaron las
trompetas y entró en el palenque el Caballero del Azor, con la visera
calada y la lanza en la cuja.

En alta y sonora voz proclamó la inocencia de D. Fruela, llamó
calumniadores a los que le acusaban, y retó a los tres, o sucesivamente
o juntos contra él solo. Los campeones de D. Raimundo fueron
sucesivamente apareciendo. Los combates fueron muy cortos.

El Caballero del Azor, con pasmosa destreza y bizarría, logró que en
menos de media hora los tres mordiesen el polvo, muy mal herido uno de
ellos.

El gentío que rodeaba el palenque rompió en estrepitosas aclamaciones y
vítores. El Caballero del Azor fue llevado en triunfo a palacio e
introducido en la regia cámara.

El rey, informado de todo el suceso, ansiaba verle, y más lo ansiaba aún
su noble y desventurada hermana, la infanta doña Ximena, que estaba con
el rey en aquel momento.

--Caballero del Azor--dijo la infanta antes de que el rey hablase--¿por
qué llevas un azor esmaltado en la rodela?

--Alta señora--contestó Plácido--porque le tengo también estampado en el
hombro derecho, como indeleble marca.

Doña Ximena puso entonces los ojos con cariñoso ahínco en el rostro
hermosísimo de Plácido, e imaginó que veía al Conde de Saldaña, como
estaba en su muy lozana juventud, veinte años hacía.

Ya no pudo contenerse doña Ximena; se acercó al joven, le estrechó en
sus brazos y le cubrió el rostro de besos, exclamando:

--¡Hijo mío, hijo mío!

El rey depuso su severidad, y dirigiéndose al joven, le estrechó también
en sus brazos, y le dijo:

--Yo te reconozco; eres mi sobrino Bernardo; te hago merced de la Casa
Fuerte y señorío del Carpio. Como Bernardo del Carpio serás en adelante
conocido y famoso en todos los países y en todas las edades. Perdonado
tu padre, saldrá de la prisión y será el legítimo esposo de mi hermana.

En efecto; el rey cumplió su promesa. El Conde de Saldaña salió del
castillo de Luna donde estaba encerrado. Se aseó y se atavió con esmero,
de suerte que todavía tenía buen ver, a pesar de su prolongado martirio.

Durante cinco días consecutivos hubo magníficas fiestas en Oviedo. Las
bodas de Bernardo del Carpio y de Elvira se celebraron al mismo tiempo
que las del Conde de Saldaña y doña Ximena.

Pocos días después pudo averiguarse que don Raimundo, el mayordomo de
Palacio, había sido quien robó al niño Bernardo y quien le mandó matar,
furioso como desdeñado pretendiente que fue de doña Ximena. Los
sicarios, encargados de matar al niño, habían tenido piedad de él y le
habían expuesto a la puerta del castillo de D. Fruela. Por esta y por
otras muchas maldades que se descubrieron, se comprendió que don
Raimundo era un monstruo abominable, por lo cual el rey pudo ejercer
provechosamente su justicia mandándole ahorcar, como le ahorcaron con
general regocijo de los ciudadanos de Oviedo, porque D. Raimundo era muy
aborrecido y porque en aquella edad tan ruda la filantropía no era cosa
mayor y no infundía repugnancia la pena de muerte.

Sólo queda por decir que Bernardo fue felicísimo con su Elvira y que
vivieron siempre muy enamorados ella de él y él de ella.

Por los antiguos romances y por la historia se sabe que aquella lucha a
brazo partido, que interrumpió el abad en el convento de los Pirineos,
se reanudó más tarde no lejos de allí, y terminó gloriosamente para
Bernardo, muriendo ahogado entre sus brazos hercúleos el paladín D.
Roldán, pues no era otro quien había luchado con él, cuando los dos eran
novicios.

Y aquí terminan los sucesos de la mocedad de Bernardo del Carpio,
ignorados hasta hace poco, y recientemente descubiertos en ciertos
vetustos e inéditos Anales de la orden de San Benito, escritos en latín
bárbaro en el siglo X y conservados en el monasterio de la Cava, cerca
de Nápoles.



LOS CORDOBESES EN CRETA

NOVELA HISTÓRICA A GALOPE


SR. D. MIGUEL MOYA.

Mi distinguido amigo: Para _El Liberal_ del domingo próximo me pide
usted amablemente que escriba yo algo sobre las cosas que en las
antiguas edades pasaron en la isla de Creta. Grande es mi deseo de
complacer a usted, pero tropiezo con dos dificultades. En breves
palabras y ciñéndome a lo consignado por mitólogos e historiadores, ¿qué
podré yo decir que tenga alguna novedad, que no sea un extracto de lo
que ellos dijeron, y que no esté mejor dicho en cualquier Diccionario
enciclopédico? Y si acudo a mi imaginación y añado con ella algo a lo ya
sabido, no tendrá consistencia ni se entenderá lo que yo añada, si lo ya
sabido no se pone por base, lo cual no es posible que quepa en una o dos
columnas del apreciable periódico que usted dirige. De aquí que ni de
una suerte ni de otra pueda yo escribir con acierto para el fin que
usted quiere. No es esto, sin embargo, lo que más me aflige. Lo que más
me aflige es que, desde hace muchísimos años, desde antes que hubiese
pensado yo en escribir novelas de costumbres del día, se me había
ocurrido escribir una novela histórica sobre Creta, y hasta había
forjado el plan, aunque confusa y vagamente. Hubiera sido mi novela un
pasmoso tejido de extraordinarias aventuras, con un fundamento real del
que la historia da testimonio, aunque conciso. Mi deseo de escribir esta
novela no se ha disipado nunca. Lo que se ha disipado es mi esperanza.
Para escribirla como yo me la figuraba era menester reunir y formar un
inmenso aparato de erudición, y para esto me faltó siempre la paciencia.
Hoy, por mi desgracia, además de la paciencia, me falta la vista. No
puedo consultar la multitud de librotes, antiguos y modernos, y escritos
en diferentes lenguas, de donde sacaría yo el color _local_ y _temporal_
que mi proyectada obra requiere. La obra, pues, tiene que quedarse en
proyecto. Y ya que en proyecto se queda, para libertarme de su obsesión
y para probarle a usted que si no puedo, quiero darle gusto, voy a poner
aquí el proyecto en muy breve resumen.

       *       *       *       *       *

En el reinado de Alhakem I, por los años 218 de la Egira, había en
Córdoba un rico mercader llamado Abu Hafáz el Goleith, natural del
cercano lugar de Fohs Albolut. En su bazar, situado en una de las calles
más céntricas, se veían reunidos los más preciosos objetos de la
industria humana, así de lo que en nuestra Península se producía como de
lo traído de remotas regiones; de Bagdad, de Damasco, de Bocara, de
Samarcanda, de la Persia, de la India y del apenas conocido inmenso
imperio del Catay. Abu Hafáz tenía naves propias, que iban a los puertos
de Levante a proveerse de mercancías.

En una tarde de primavera entró en el bazar de Abu Hafáz una dama
tapada, acompañada de su sirvienta. Aunque él no le vio la cara, admiró
la gracia y gallardía de su andar, la esbeltez y elegancia de su talle,
cierto inefable prestigio seductor que como nimbo luminoso la
circundaba, y la aristocrática belleza de sus blancas, lindas y bien
cuidadas manos.

La dama quiso ver cuanto de más rico en el bazar había. Abu Hafáz, lleno
de complacencia, fue ofreciendo ante sus ojos, y poniendo sobre el
mostrador, mil extraños primores en joyas y en telas. Ella no se saciaba
de mirarlas. Era muy curiosa. El mercader le dijo:

--Aún no te he mostrado, sultana, lo más espléndido y peregrino que mi
tienda atesora.

--¿Y para qué lo escondes y no me lo muestras?--dijo ella.

--Porque soy interesado y no quiero trabajar en balde. Muéstrame tú la
cara y yo en pago te enseñaré mis mejores riquezas.

La dama no se hizo mucho de rogar. Apartó el rebozo, y dejó ver el más
bello y agraciado semblante que el mercader había podido ver o soñar en
toda su vida. Agradecido y entusiasmado, trajo entonces perlas de Ormúz,
diamantes de Golconda y tejidos de seda, venidos del Catay y bordados
con tal esmero y maestría, que no parecía labor de seres humanos sino de
hadas y de genios.

De la mejor y más estupenda de aquellas telas bordadas se prendó la dama
incógnita, quiso comprarla, y pidió el precio.

--Es tan cara--dijo el mercader--que acaso no quieras o no puedas
pagarla; pero si tienes buena voluntad, la tela te saldrá baratísima.

--Acaba. Di lo que me costará la tela.

--Pues un beso de tu boca--replicó el mercader.

Enojada la dama de aquella irrespetuosa osadía, se cubrió el rostro,
volvió las espaldas a Abu Hafáz y salió del bazar seguida de su sierva.

Quiso el mercader seguirla para averiguar dónde moraba y quién era; pero
la dama había desaparecido en el laberinto de las estrechas calles.

Pintaría luego la novela el furioso enamoramiento de Abu Hafáz y su
desesperación durante cinco o seis días, a pesar de mil cuidados y
misteriosos asuntos que le preocupaban y ocupaban.

Al cabo la sierva viene al bazar y le dice que su señora no puede dormir
ni sosegar, pensando siempre en la tela y anhelando poseerla; que cede,
por lo tanto, y que al día siguiente, al anochecer, vendrá al bazar con
mucho recato y dará por la tela el precio que se le pide.

La dama acude en efecto a la cita. El mercader averigua entonces que
ella está en el harén del sultán, de donde ha salido a hurtadillas,
mientras el sultán está en la sierra cazando jabalíes. Ella se llama
Gláfira. Es natural de una pequeña aldea situada en la falda del monte
Ida. Aunque su familia era pobre, presumía de alta y antigua nobleza. Su
estirpe se remontaba a las edades míticas. Contaba entre sus antepasados
curetes y dáctilos ideos, de los que tejiendo danzas guerreras al son de
los clarines y al estruendo de sus broqueles heridos por el pomo de las
espadas, rodearon a Zeus, cuando niño, e impidieron que Cronos le oyera
y le devorara.

En su agreste retiro, la familia de Gláfira se había resistido a hacerse
cristiana y guardaba vivos y frescos, por tradición, los recuerdos del
paganismo. Hasta se jactaba de poseer virtudes mágicas y prendas
sobrenaturales, adquiridas por iniciación en venerandos y primitivos
misterios. Afirmaba Gláfira que uno de sus progenitores había sido
Epiménides, sabio, legislador, poeta y profeta, diestro en el arte de
suspender la vida, permaneciendo aletargado en profundas cavernas, para
conocer por experiencia el sesgo y tortuoso curso que llevan al través
de los siglos los sucesos humanos.

Gláfira había perdido el secreto de las artes mágicas, pero tenía no
pocas habilidades. Cantaba o recitaba mil antiguas leyendas en verso de
las edades divinas, de héroes y semidioses: de la venida de Europa a su
isla, del furor amoroso de Pasifae y del triunfo y de la perfidia de
Teseo. Y bailaba aún, según ella aseguraba, la misma ingeniosa danza que
Dédalo compuso para la princesa Ariadna de las trenzas de oro.

Acusado de hechicero y de gentil, y huyendo de la intolerante
persecución religiosa, el padre de Gláfira salió de Creta con su hija.
Anduvo errante por varios países y al fin murió dejándola abandonada.
Vagando como Io, Gláfira llegó a Hesperia, sin Argos que la vigilase,
pero también sin tábano o estro que la picase. No tenía más estro que su
voluntad ambiciosa.

Alhakem, encantado y seducido por su talento y por su hermosura, la
había hospedado en su alcázar. Ella soñaba con ser la favorita y la
reina en el imperio de los Omniadas.

El irresistible capricho de poseer la tela y cierto anhelo casi
inconsciente, que le había infundido el joven mercader, atrajeron a
Gláfira y la impulsaron a dar el precio que se le pedía.

Llama más ardiente y más dominadora encendió el beso en el corazón de
Abu Hafáz en vez de aquietarle. El era atrevido y capaz de arriesgarlo y
de aventurarlo todo, confiado en la pujanza de su ánimo y juzgándose con
bríos para allanar montes de dificultades. Resolvió, pues, guardar a
Gláfira en su casa como prenda suya, sin soltar la esclava para que no
descubriese el secuestro.

Al saber la determinación de Abu Hafáz, Gláfira se enfurece: dice que la
que espera ser reina de Hesperia, de las islas adyacentes y de parte del
Magreb, no puede resignarse a ser esposa o amiga de un mercader
cualquiera, de un plebeyo renegado de la vencida y dominada raza
española. Considera además delirio lo que Abu Hafáz pretende. Pronto
llegaría a saberlo el sultán y tomaría cruda venganza. En su rabia,
Gláfira insulta a Abu Hafáz y quiere matarle con un puñalito que lleva
en la cintura. El la desarma y le paga su beso y sus insultos con un
beso de vampiro. Se le ha dado en el blanco cuello; y a la luz de una
lámpara, en un espejo de acero bruñido, hace que ella mire la huella que
en su cuello ha dejado.

--Es el sello--le dice--de que eres mi esclava.

Gláfira tenía un círculo amoratado de la extensión de un _dirhem_.

--Más de un año--dijo Abu Hafáz--tardará en borrarse ese signo. ¿Cómo
has de atreverte a volver con él a la presencia de tu antiguo amo? Ya
eres mía; pero antes de que se borre la marca con que te he sellado,
conquistaré un trono y serás reina conmigo.

       *       *       *       *       *

Hacía poco que Alhakem había hecho jurar a su hijo Abderahman como
_Vali-alahdi_ o sucesor en el imperio. El hijo cuidaba de todo,
mientras que el padre se entregaba a los placeres y sólo intervenía en
el gobierno cuando le agitaban sus dos más tremendas pasiones: la ira y
la codicia. El pueblo gemía agobiado por enormes tributos y vejado y
humillado por la guardia personal del príncipe, compuesta de mercenarios
eslavos, de eunucos negros y de tres mil muzárabes andaluces. Una
reyerta entre gente del pueblo y varios cobradores de tributos,
sostenidos por hombres de la guardia del rey, promovió un motín que fue
sofocado mientras que Alhakem estaba de caza. Volvió de ella, y
dejándose llevar de su crueldad, dispuso que crucificasen a los diez
principales promovedores del motín.

Tiempo hacía que se conspiraba contra Alhakem. El horroroso espectáculo
de los diez ajusticiados excitó la compasión y el furor del pueblo. La
conjuración estalló prematuramente. La rebelión fue vigorosa. Casi todos
los muladíes o renegados españoles tomaron parte en ella. Abu Hafáz los
dirigía y capitaneaba. Esto fue al día siguiente del secuestro de
Gláfira. La guardia del rey y los demás armados de la guarnición fueron
dos o tres veces vencidos y rechazados, teniendo que refugiarse en el
alcázar. La muchedumbre le sitiaba y se aprestaba a dar el asalto,
Alhakem receló que aquello iba a ser el fin de su reinado y de su vida.
Llamó a su paje favorito, le hizo verter sobre su cabeza y sus barbas un
pomo de olorosas esencias, para que por su fragancia se le reconociese
entre los muertos, y salió a morir o a vencer a los rebeldes.

Por orden de Alhakem vadeó el Guadalquivir un buen golpe de sus
guerreros, fue a caer sobre el arrabal de los muladíes, que estaba del
otro lado del río, y le entregó al saqueo y a un voraz incendio. Los
muladíes vieron las llamas y el humo; pensaron que ardían sus casas y
tal vez sus mujeres y sus hijos, y abandonaron la pelea para acudir a
socorrerlos. La batalla entonces se convirtió en derrota y en atroz
carnicería y matanza de los muladíes, atacados por todas partes, así por
los que mandaba Alhakem como por los que, atravesando el puente, volvían
del arrabal después de haberle incendiado.

Vencido Abu Hafáz, tuvo bastante fortuna y presencia de espíritu para
poder escapar con no pocos de los suyos, con lo mejor de su tesoro y
llevando a Gláfira consigo. Corriendo mil peligros y venciendo mil
obstáculos, llegó Abu Hafáz hasta Adra. Allí tenía diez grandes naves
suyas. Se embarcó en ellas y abandonó a España para siempre.

Alhakem, después de la victoria, aún castigó fieramente a los rebeldes.
Más de cuatrocientas cabezas de los que habían caído vivos en sus manos
aparecieron cortadas y clavadas en sendas estacas en la orilla del
Guadalquivir. Después quiso mostrarse clemente, porque no había de matar
millares de personas: pero las expulsó de España a millares. Unas fueron
a Marruecos y poblaron un gran barrio de la ciudad de Fez. Otras
emigraron más lejos y se establecieron en Egipto.

Abu Hafáz, entre tanto, con sus naves, y con los más valerosos entre los
forajidos, se hizo pirata.

Aquí entraba en mi plan una serie de aventuras y de incursiones en la
Provenza, en Cerdeña, en las costas de Calabria y en otras comarcas.

Abu Hafáz, cargado de botín y con mayor número de naves y de gente que
se le había allegado, aporta a Alejandría. Merced a las discordias
civiles que allí hubo entonces, logra apoderarse de aquella ciudad
magnífica y la conserva durante algún tiempo. El califa de Bagdad envía
contra él un poderoso ejército. Abu Hafáz se defiende, y si bien
capitula y abandona la ciudad, es después de una capitulación honrosa y
lucrativa, recibiendo cuantiosa suma por el rescate.

Con veinte naves y con unos cuantos cientos de guerreros, Abu Hafáz se
dirigió, por último, a Creta. Llevaba siempre consigo a Gláfira,
mantenía su promesa jactanciosa de hacerla reina, y ahora esperaba
hacerla reina en su patria, mucho antes de que se le borrase el
apasionado signo de esclavitud que le había puesto en el cuello. Creta
estaba en poder de los bizantinos cuando los forajidos andaluces
desembarcaron en sus costas.

Aquí pensaba yo lucirme describiendo las bellezas naturales de la isla,
sus antiguallas, sus famosas ciudades, como Gnosos y Gortina, los
vestigios del Laberinto donde estuvo encerrado el Minotauro, los
esquivos lugares en que los dáctilos y los curetes bailaban sus danzas
guerreras en torno del futuro monarca de los hombres y de los dioses, la
sagrada caverna en que durmió su sueño secular Epiménides, y el punto en
que se embarcó Ariadna con el falaz e ingrato Teseo, que luego la
abandonó en Naxos, de donde la sacó en triunfo el dios Ditirambo con
toda aquella comitiva estruendosa de faunos y de ménades, que tan
gallardamente nos describen los poetas.

Sería menester relatar también cómo los guerreros de Abu Hafáz, después
de saquear algunos lugares de la isla, quisieron abandonarla para no
tener que luchar con el ejército del emperador de Grecia; y como Abu
Hafáz, precediendo en esto a los catalanes en Galípoli y a Hernán Cortés
en México, hizo incendiar las veinte naves, para que no quedase otro
recurso que vencer o morir a la gente de armas que llevaba consigo.

Pintaría yo, por último, la guerra sostenida contra los soldados del
imperio griego y cómo fueron vencidos.

Abu Hafáz entonces se enseñorea de la isla toda y pone su trono y la
capital de su dominio en una fortaleza, fundada por él y cuyo nombre fue
Candax. Así borró por espacio de siglos su antiguo nombre a la isla que
vino a llamarse Candía.

Gláfira fue reina, como Abu Hafáz se lo había prometido. La marca no
desapareció hasta mucho después que Gláfira había subido al trono. Y el
hijo de Gláfira y su nieto y su biznieto reinaron en Creta, porque su
dinastía duró dos o tres siglos.

Todo esto cantado aquí a escape, tal vez no tenga chiste; pero yo creo
que dándole la debida extensión e iluminándolo eruditamente con los
colores _locales_ y _temporales_ de que ya he hablado, sería
divertidísima novela, y pondría además de realce la hazaña de los
andaluces, musulmanes entonces en vez de ser católicos, y que fueron los
primeros en llevar a Creta el islamismo, de que ahora con tanta razón
quieren los cretenses libertarse. Dios se lo conceda y a mi la gracia de
no haber fastidiado a los lectores de _El Liberal_ con este a manera de
aborto de mi seco ingenio. Válgame por disculpa que lo hago por
complacer a usted.



EL DOBLE SACRIFICIO

EL PADRE GUTIÉRREZ A DON PEPITO


_Málaga, 4 de Abril de 1842_.

Mi querido discípulo: Mi hermana, que ha vivido más de veinte años en
ese lugar, vive, hace dos, en mi casa, desde que quedó viuda y sin
hijos. Conserva muchas relaciones, recibe con frecuencia cartas de ahí y
está al corriente de todo. Por ella sé cosas que me inquietan y
apesadumbran en extremo. ¿Cómo es posible, me digo, que un joven tan
honrado y tan temeroso de Dios, y a quien enseñé yo tan bien la
metafísica y la moral, cuando él acudía a oír mis lecciones en el
Seminario, se conduzca ahora de un modo tan pecaminoso? Me horrorizo de
pensar en el peligro a que te expones de incurrir en los más espantosos
pecados, de amargar la existencia de un anciano venerable, deshonrando
sus canas, y de ser ocasión, si no causa, de irremediables infortunios.
Sé que frenéticamente enamorado de doña Juana, legítima esposa del rico
labrador D. Gregorio, la persigues con audaz imprudencia y procuras
triunfar de la virtud y de la entereza con que ella se te resiste.
Fingiéndote ingeniero o perito agrícola, estás ahí enseñando a preparar
los vinos y a enjertar las cepas en mejor vidueño; pero lo que tú
enjertas es tu viciosa travesura, y lo que tú preparas es la desolación
vergonzosa de un varón excelente, cuya sola culpa es la de haberse
casado, ya viejo, con una muchacha bonita y algo coqueta. ¡Ah, no, hijo
mío! Por amor de Dios y por tu bien, te lo ruego. Desiste de tu criminal
empresa y vuélvete a Málaga. Si en algo estimas mi cariño y el buen
concepto en que siempre te tuve, y si no quieres perderlos, no desoigas
mis amonestaciones.


DE DON PEPITO AL PADRE GUTIÉRREZ

_Villalegre, 7 de Abril_.

Mi querido y respetado maestro: El tío Paco, que lleva desde aquí vino y
aceite a esa ciudad, me acaba de entregar la carta de usted del 4, a la
que me apresuro a contestar para que usted se tranquilice y forme mejor
opinión de mí. Yo no estoy enamorado de doña Juana ni la persigo como
ella se figura. Doña Juana es una mujer singular y hasta cierto punto
peligrosa, lo confieso. Hará seis años, cuando ella tenía cerca de
treinta, logró casarse con el rico labrador D. Gregorio. Nadie la acusa
de infiel, pero sí de que tiene embaucado a su marido, de que le manda
a zapatazos y le trae y le lleva como un zarandillo. Es ella tan
presumida y tan vana, que cree y ha hecho creer a su marido que no hay
hombre que no se enamore de ella y que no la persiga. Si he de decir la
verdad, doña Juana no es fea, pero tampoco es muy bonita; y ni por alta,
ni por baja, ni por muy delgada ni por gruesa llama la atención de
nadie. Llama, sí, la atención por sus miradas, por sus movimientos y
porque, acaso sin darse cuenta de ello, se empeña en llamarla y en
provocar a la gente. Se pone carmín en las mejillas, se echa en la
frente y en el cuello polvos de arroz, y se pinta de negro los párpados
para que resplandezcan más sus negros ojos. Los esgrime de continuo,
como si desde ellos estuviesen los amores lanzando enherboladas flechas.
En suma; doña Juana, contra la cual nada tienen que decir las malas
lenguas, va sin querer alborotando y sacando de quicio a los mortales
del sexo fuerte, ya de paseo, ya en las tertulias, ya en la misma
iglesia. Así hace fáciles y abundantes conquistas. No pocos hombres,
sobre todo si son forasteros y no la conocen, se figuran lo que quieren,
se las prometen felices, y se atreven a requebrarla y hasta a hacerle
poco morales proposiciones. Ella entonces los despide con cajas
destempladas. En seguida va lamentándose jactanciosamente con todas sus
amigas de lo mucho que cunde la inmoralidad y de que ella es tan
desventurada y tiene tales atractivos, que no hay hombre que no la
requiebre, la pretenda, la acose y ponga asechanzas a su honestidad,
sin dejarla tranquila con su D. Gregorio.

La locura de doña Juana ha llegado al extremo de suponer que hasta los
que nada le dicen están enamorados de ella. En este número me cuento,
por mi desgracia. El verano pasado vi y conocí a doña Juana en los baños
de Carratraca. Y como ahora estoy aquí, ella ha armado en su mente el
caramillo de que he venido persiguiéndola. No hallo modo de quitarle
esta ilusión, que me fastidia no poco, y no puedo ni quiero abandonar
este lugar y volver a Málaga, porque hay un asunto para mí de grande
interés, que aquí me retiene. Ya hablaré de él a usted otro día. Adiós
por hoy.


DEL MISMO AL MISMO

_10 de Abril_.

Mi querido y respetado maestro: Es verdad: estoy locamente enamorado;
pero ni por pienso de doña Juana. Mi novia se llama Isabelita. Es un
primor por su hermosura, discreción, candor y buena crianza. Imposible
parece que un tío tan ordinario y tan gordinflón como D. Gregorio, haya
tenido una hija tan esbelta, tan distinguida y tan guapa. La tuvo D.
Gregorio de su primera mujer. Y hoy su madrastra doña Juana la cela, la
muele, la domina y se empeña en que ha de casarla con su hermano D.
Ambrosio, que es un grandísimo perdido y a quien le conviene este
casamiento, porque Isabelita está heredada de su madre, y, para lo que
suele haber en pueblos como éste, es muy buen partido. Doña Juana aplica
a D. Ambrosio, que al fin es su sangre, el criterio que con ella misma
emplea, y da por seguro que Isabelita quiere ya de amor a D. Ambrosio y
está rabiando por casarse con él. Así se lo ha dicho a D. Gregorio, e
Isabelita, llena de miedo, no se atreve a contradecirla, ni menos a
declarar que gusta de mí, que yo soy su novio y que he venido a este
lagar por ella.

Doña Juana anda siempre hecha un lince vigilando a Isabelita, a quien
nunca he podido hablar y a quien no me he atrevido a escribir, porque no
recibiría mis cartas.

Desde Carratraca presumí, no obstante, que la muchacha me quería, porque
involuntaria y candorosamente me devolvía con gratitud y con amor las
tiernas y furtivas miradas que yo solía dirigirle.

Fiado sólo en esto vine a este lugar con el pretexto que ya usted sabe.

Haciendo estaría yo el papel de bobo, si no me hubiese deparado la
suerte un auxiliar poderosísimo. Es éste la chacha Ramoncica, vieja y
lejana parienta de D. Gregorio, que vive en su casa, como ama de llaves,
que ha criado a Isabelita y la adora, y que no puede sufrir a doña
Juana, así porque maltrata y tiraniza a su niña, como porque a ella le
ha quitado el mangoneo que antes tenía. Por la chacha Ramoncica, que se
ha puesto en relación conmigo, sé que Isabelita me quiere; pero que es
tan tímida y tan bien mandada, que no será mi novia formal, ni me
escribirá, ni consentirá en verme, ni se allanará a hablar conmigo por
una reja, dado que pudiera hacerlo, mientras no den su consentimiento su
padre y la que tiene hoy en lugar de madre. Yo he insistido con la
chacha Ramoncica para ver si lograba que Isabelita hablase conmigo por
una reja: pero la chacha me ha explicado que esto es imposible.
Isabelita duerme en un cuarto interior, para salir del cual tendría que
pasar forzosamente por la alcoba en que duerme su madrastra, y
apoderarse además de la llave, que su madrastra guarda después de haber
cerrado la puerta de la alcoba.

En esta situación me hallo, mas no desisto ni pierdo la esperanza. La
chacha Ramoncica es muy ladina y tiene grandísimo empeño en fastidiar a
doña Juana. En la chacha Ramoncica confío.


DEL MISMO AL MISMO

_15 de Abril_.

Mi querido y respetado maestro: La chacha Ramoncica es el mismo demonio,
aunque, para mí, benéfico y socorrido. No sé cómo se las ha compuesto.
Lo cierto es que me ha proporcionado para mañana, a las diez de la
noche, una cita con mi novia. La chacha me abrirá la puerta y me entrará
en la casa. Ignoro a dónde se llevará a doña Juana para que no nos
sorprenda. La chacha dice que yo debo descuidar, que todo lo tiene
perfectamente arreglado y que no habrá el menor percance. En su
habilidad y discreción pongo mi confianza. Espero que la chacha no habrá
imaginado nada que esté mal; pero en todo caso, el fin justifica los
medios, y el fin que yo me propongo no puede ser mejor. Allá veremos lo
que sucede.

DEL MISMO AL MISMO

_17 de Abril_.

Mi querido y respetado maestro: Acudí a la cita. La pícara de la chacha
cumplió lo prometido. Abrió la puerta de la calle con mucho tiento y
entré en la casa. Llevándome de la mano me hizo subir a obscuras las
escaleras y atravesar un largo corredor y dos salas. Luego penetró
conmigo en una grande estancia que estaba iluminada por un velón de dos
mecheros, y desde la cual se descubría la espaciosa alcoba contigua. La
chacha se había valido de una estratagema infernal. Si antes me hubiera
confiado su proyecto, jamás hubiera yo consentido en realizarle.
Vamos... si no es posible que adivine usted lo que allí pasó. D.
Gregorio se había quedado aquella noche a dormir en la casería, y la
perversa chacha Ramoncica, engañándome, acababa de introducirme en el
cuarto de doña Juana. ¡Qué asombro el mío cuando me encontré de manos a
boca con esta señora! Dejo de referir aquí, para no pecar de prolijo,
los lamentos y quejas de esta dama, las muestras de dolor y de enojo,
combinadas con las de piedad, al creerme víctima de un amor desesperado
por ella, y los demás extremos que hizo, y a los cuales todo atortolado
no sabía yo qué responder ni cómo justificarme. Pero no fue esto lo
peor, ni se limitó a tan poco la maldad de la chacha Ramoncica. A D.
Gregorio, varón pacífico, pero celoso de su honra, le escribió un
anónimo revelándole que su mujer tenía a las diez una cita conmigo. D.
Gregorio, aunque lo creyó una calumnia, por lo mucho que confiaba en la
virtud de su esposa, acudió con D. Ambrosio para cerciorarse de todo.

Bajó del caballo, entró en la casa y subió las escaleras sin hacer
ruido, seguido de su cuñado. Por dicha o por providencia de la chacha,
que todo lo había arreglado muy bien, D. Gregorio tropezó en la
obscuridad con un banquillo que habían atravesado por medio y dio un
costalazo, haciendo bastante estrépito y lanzando algunos reniegos.

Pronto se levantó sin haberse hecho daño y se dirigió precipitadamente
al cuarto de su mujer. Allí oímos el estrépito y los reniegos, y los
tres, más o menos criminales, nos llenamos de consternación. ¡Cielos
santos!--exclamó doña Juana con voz ahogada:--Huya usted, sálveme: mi
marido llega. No había medio de salir de allí sin encontrarse con D.
Gregorio, sin esconderse en la alcoba o sin refugiarse en el cuarto de
Isabelita, que estaba contiguo. La chacha Ramoncica, en aquel apuro, me
agarró de un brazo, tiró de mí, y me llevó al cuarto de Isabelita, con
agradable sorpresa por parte mía. Halló D. Gregorio tan turbada a su
mujer, que se acrecentaron sus recelos y quiso registrarlo todo, seguido
siempre de su cuñado. Así llegaron ambos al cuarto de Isabelita. Esta,
la chacha Ramoncica como tercera, y yo como novio, nos pusimos
humildemente de rodillas, confesamos nuestras faltas y declaramos que
queríamos remediarlo todo por medio del santo sacramento del matrimonio.
Después de las convenientes explicaciones y de saber D. Gregorio cuál es
mi familia y los bienes de fortuna que poseo, D. Gregorio, no sólo ha
consentido, sino que ha dispuesto que nos casemos cuanto antes. Doña
Juana, a regañadientes, ha tenido que consentir también, a lo que ella
entiende para salvar su honor. Y hasta me ha quedado muy agradecida,
porque me sacrifico para salvarla. Y más agradecida ha quedado a
Isabelita, que por el mismo motivo se sacrifica también, a pesar de lo
enamorada que está de D. Ambrosio.

No he de negar yo, mi querido maestro, que la tramoya de que se ha
valido la chacha Ramoncica tiene mucho de censurable; pero tiene una
ventaja grandísima. Estando yo tan enamorado de doña Juana y estando
Isabelita tan enamorada de D. Ambrosio, los cuatro correríamos grave
peligro, si mi futura y yo nos quedásemos por aquí. Así tenemos razón
sobrada para largarnos de este lugar, no bien nos eche la bendición el
cura, y huir de dos tan apestosos personajes como son la madrastra de
Isabelita y su hermano.

DE DOÑA JUANA A DOÑA MICAELA,
HERMANA DEL PADRE GUTIÉRREZ

_4 de Mayo_.

Mi bondadosa amiga: Para desahogo de mi corazón, he de contar a usted
cuanto ha ocurrido. Siempre he sido modesta. Disto mucho de creerme
linda y seductora. Y, sin embargo, yo no sé en qué consiste; sin duda,
sin quererlo yo y hasta sin sentirlo, se escapa de mis ojos un fuego
infernal que vuelve locos furiosos a los hombres. Ya dije a usted la
vehemente y criminal pasión que en Carratraca inspiré a D. Pepito, y lo
mucho que éste me ha solicitado, atormentado y perseguido viniéndose a
mi pueblo. Crea usted que yo no he dado a ese joven audaz motivo
bastante para el paso, o mejor diré, para el precipicio a que se arrojó
hace algunas noches. De rondón, y sin decir oste ni moste, se entró en
mi casa y en mi cuarto para asaltar mi honestidad, cuando estaba mi
marido ausente. ¡En qué peligro me he encontrado! ¡Qué compromiso el mío
y el suyo! D. Gregorio llegó cuando menos lo preveíamos. Y gracias a que
tropezó en un banquillo, dio un batacazo y soltó algunas de las feas
palabrotas que él suele soltar. Si no es por esto, nos sorprende. La
presencia de espíritu de la chacha Ramoncica nos salvó de un escándalo y
tal vez de un drama sangriento. ¿Qué hubiera sido de mi pobre D.
Gregorio, tan grueso como está y saliendo al campo en desafío? Sólo de
pensarlo se me erizan los cabellos. La chacha, por fortuna, se llevó a
D. Pepito al cuarto de Isabel. Así nos salvó. Yo le he quedado muy
agradecida. Pero aún es mayor mi gratitud hacia el apasionado D. Pepito,
que, por no comprometerme, ha fingido que era novio de Isabel, y hacia
mi propia hija política, que ha renunciado a su amor por D. Ambrosio y
ha dicho que era novia del joven malagueño. Ambos han consumado un doble
sacrificio para que yo no pierda mi tranquilidad ni mi crédito. Ayer se
casaron y se fueron en seguida para esa ciudad. Ojalá olviden, ahí,
lejos de nosotros, la pasión que mi hermano y yo les hemos inspirado.
Quiera el cielo que, ya que no se tengan un amor muy fervoroso, lo cual
no es posible cuando se ha amado con fogosidad a otras personas, se
cobren mutuamente aquel manso y tibio afecto, que es el que más dura y
el que mejor conviene a las personas casadas. A mí, entretanto, todavía
no me ha pasado el susto. Y estoy tan escarmentada y recelo tanto mal de
este involuntario fuego abrasador que brota a veces de mis ojos, que me
propongo no mirar a nadie e ir siempre con la vista clavada en el suelo.

Consérvese usted bien, mi bondadosa amiga, y pídale a Dios en sus
oraciones que me devuelva el sosiego que tan espantoso lance me había
robado.



LOS TELEFONEMAS DE MANOLITA

(DRAMA EN DOS CUADROS)

Manolita, _personaje único_.


CUADRO PRIMERO

Salón elegante y rico. Es de noche. Lámparas y bujías encendidas. Hay
teléfono. Manolita sola. Inquieta, yendo y viniendo de un extremo a
otro, había consigo misma.

Mucho quiero a mamá. No faltaba más que yo no la quisiera. El cuarto
honrar padre y madre. Además, harto fácil es para mí cumplir este
mandamiento. No estoy resentida, sino agradecida de que me haya tenido
cerca de tres años en el colegio. Yo estaba imposible de mimada, de
traviesa y de voluntariosa. Yo era un diablillo y necesitaba que me
metiesen en costura. Ahora, que he vuelto de nuevo a casa, soy persona
de mucho juicio. ¿Y cómo no he de querer a mamá? Me mima, me celebra, me
idolatra. Mis caprichos son ley. Mamá me regala mil dijes; gasta un
dineral en mis vestidos y sombreros. Nunca rabia cuando vienen las
cuentas. Hasta le parece poco lo que paga. Y con todo, no puedo
negarlo: mamá me tiene quejosa.

Buena y santa es la inocencia; sí, señor; muy buena y muy santa; pero yo
acabo de cumplir diecisiete años, y aunque apenas hace tres meses que
salí del Sagrado Corazón de Jesús, no por eso ha de imaginar mamá que
soy tonta y que no veo ni entiendo nada.

Algo más de ocho años lleva ya de viuda. Mucho cuidó a mi padre en su
última enfermedad. Sintió su muerte y le lloró muy de veras; pero, en
fin, ella no tiene en el día más que treinta y seis años. Parece mi
hermanita mayor. A menudo me da envidia, aunque dulce y no amarga,
porque la encuentro y noto que la encuentran por ahí más bonita que a
mí. ¿Qué extraño es que mamá se haya consolado? Dios me lo perdone, si
es mal pensamiento. Sospecho que mamá se consuela con el general. No la
condeno. Sea en buen hora. Es libre: bien puede hacer lo que le agrade
sin ofender a Dios. Lo que a mí me ofende es la falta de confianza en
mí; que mamá me engañe sin necesidad.

Que el general tiene cerca de cincuenta años: que era un antiguo amigo
de papá, o mejor dicho, del papá de mi papá; y que ya no está para
amoríos ni nadie puede suponer semejante cosa. Y entre tanto, tenemos
general a todo pasto. El es divertido y marrullero: pero ya me tiene
cargada. En el teatro, el general se viene a nuestro palco y está con
nosotras un entreacto y un acto entero y a veces hasta dos entreactos.
Dice una chuscada; eso sí, limpia siempre y sin olorcillo de cuartel, y
mamá se destornilla de risa. Mamá se entusiasma en el Real con la misma
música con que el general se entusiasma. Cuando mamá ríe en Lara los
chistes de la Valverde, el general los ríe también; y en el Español no
aplaude a la Guerrerito hasta que mamá la aplaude. En política ambos
están siempre de acuerdo. En lo único en que el general no conviene con
mamá y le arma hasta acaloradas disputas, es cuando mamá pondera la
elegancia, la discreción y la hermosura de otras señoras. Buen tunante
está el general, pero a mí no me la pega. Vamos a una tertulia y él es
la primera persona a quien veo. En la mesa de tresillo, en que mamá
juega, el general ha de estar siempre jugando. Salimos en coche, y no
bien llegamos al Retiro, diviso al general, hecho un pollo, trotanto y
haciendo corbetas en su fogoso caballo inglés. A casa viene todos los
días en que mamá recibe y no pocos días en que mamá no recibe. ¡Y que se
empeñe mamá en hacerme creer que esto es amistad pura! Ya, ya. Venga
Dios y lo vea.

Yo lo hallo muy natural. Si yo no celebrara, disculparía hasta que ella
se casase. Lo que me enoja, es su falta de franqueza. Y también me
enoja, no ya el que no piense en mí y me busque novio, que tiempo hay de
sobra y yo no tengo priesa, sino que distraída ella con su general, no
me vigile y me deje confiada al adefesio de doña Rita, que, si bien fue
su aya, tiene más conchas que un galápago.

Por fortuna, aunque me esté mal el decirlo, yo soy tan prudente que ni
el descuido de mamá ni el inútil amparo de doña Rita pueden
perjudicarme. Y cuenta que me he visto, desde que salí hace tres meses
al mundo, en ocasiones peligrosas.

Si mamá tiene sus secretos y se los calla, yo también tengo el mío y me
le callo, usando de represalias. Mi secreto es un novio... y guapísimo.

Aunque novicia, no he ido a ciegas ni he hecho ningún disparate. Y eso
que me encantó desde que le vi la vez primera. ¡Qué distinguido! ¡Qué
elegante! ¡Qué lindo muchacho! ¡Y qué respetuoso sin timidez ni
encogimiento! Siempre que salía yo con doña Rita, a la iglesia, de
paseo, o para ir en casa de alguna amiga, ¡zás! indefectiblemente, como
si le evocasen, se mostraba él y casi tropezaba con nosotras. Y me
miraba con unos ojos... ¡Válgame el cielo, qué ojos! Pero no se atrevía
a hablarme.

Jamás le he visto ni en bailes, ni en tertulias, ni en teatros. Y sin
embargo, no es cursi: no hay más que verle para conocer que no lo es.
Será forastero; me decía yo. Y notando en él un no sé qué de peregrino,
imaginé que no venía de ninguna provincia, sino de tierras extrañas y
tal vez remotas.

Así pasó más de un mes, largo para mí como un siglo, porque me
atormentaba la curiosidad de saber quién era este ser misterioso. Andaba
yo deseosa y temerosa a la vez de que él me hablase; deseosa por
hallarle tan de mi gusto, y temerosa porque si él me hubiese dirigido la
palabra sin conocerme, sin la previa y debida presentación, hubiera
tenido yo que atribuirlo a mala crianza o a falta de respeto.

Parece providencial lo que ha ocurrido. El cielo ha premiado mi piedad y
lo mucho que quería yo a mi abuela. Era una santa. Pero, en fin, con
algunos pecadillos pudo irse al otro mundo cuando murió dos años ha. Tal
vez aún esté por ellos en el Purgatorio. No sobran, pues, las misas que
se digan por su alma. Pensando de este modo, hace ocho días justos entré
en la sacristía a encomendar al Padre González veinte misas, pagándolas
yo de mis ahorrillos. ¿Y a quién pensarán ustedes que me encontré allí?
Pues me encontré a mi perseguidor hablando familiarmente con el Padre.
Quise aguardar desde lejos a que terminase aquella plática, y el Padre
me vio, y me dijo: ¿Qué se le ofrece a usted, señorita doña Manuela? No
deje de hablarme ni se retraiga porque vea aquí a este caballero. El, su
madre y otros individuos de su ilustre familia, son amigos míos de toda
la vida. Permítame usted que le presente a D. Narciso Solís.

De esta suerte, el Padre González ha tenido la culpa de que yo conozca a
Narcisito.

Después, la verdadera culpada de que hable yo con Narcisito, de que me
ponga con él de acuerdo, y de que el _flirteo_ se convierta en noviazgo,
ha sido esa hipocritona de doña Rita. Bien hacen algunas muchachas
desenfadadas en llamar _carabinas_ a tales ayas o acompañantas: son la
carabina de Ambrosio.

Por eso he dicho y lo repito, perdóneseme la inmodestia, que mi
prudencia me ha valido. Parece inverosímil que tenga yo tanto mundo y
tanta perspicacia. No, yo no me equivoco. Es persona muy digna. Por su
devoción a los santos merece la amistad del Padre González, y por la
devoción que me tiene a mí, que soy también una santa, merece que yo le
quiera. ¿Qué pecado hay en esto?

Quedó ayer conmigo en que hablemos por teléfono, a las diez de la noche,
cuando mamá no esté en casa. Su número, el 4.500. Para impedir que,
oyendo mal y no reconociendo su voz, hable yo con otro sujeto, hemos
convenido en empezar por decirnos cuatro palabras mágicas: la primera y
la tercera, yo: él, la segunda y la cuarta. ¡Y qué palabras tan raras!
(_Sacando un papelito_). En este papelito me las escribió con lápiz. Van
a dar las diez. Como tengo una jaqueca atroz, sí, la tengo, no es todo
estratagema, no he podido acompañar a mamá, que se ha ido al teatro con
la vizcondesa. (_Suenan las diez en el reloj de la chimenea_.)

Llegó la hora. Ea, miedo a un lado (_Se acerca al teléfono, toca el
timbre y a poco suena la campanilla._) Central..... comunicación con el
4.500. (_Pausa. Vuelve a sonar la campanilla_.) _Logos_..... Reconozco
su voz; dice _Theos_... _Sares_... Ha contestado _Egéneto_.

--¡Ay, Narcisito! ¡Qué locura! ¡Qué picardía! Razón tendría mamá de
reñirme si me sorprendiese hablando por teléfono con usted: con un
hombre a quien ella no conoce.--¡Qué desenvoltura! ¡Qué modo de sacar
los pies del plato! ¿Es esta la educación que en el convento te han dado
aquellas benditas madres?--exclamaría mamá.--Si usted me quiere de
veras, si es usted un joven formal y como Dios manda, y si quiere usted
que nuestras relaciones continúen, es indispensable que se haga usted
presentar a mamá lo más pronto posible. (_Nueva pausa. Las pausas serán
más o menos largas, según la contestación que se exprese o se presuma_.)

No: lo que hemos hecho hasta ahora no puede ni debe seguir. A
hurtadillas de mamá, en paseo, en la calle, haciendo cómplice a doña
Rita, no he de hablar ya con usted sino muy de tarde en tarde. Hablar
así de diario sería muy feo. Usted mismo pensaría mal de mí. Las gentes
que nos viesen murmurarían. Mamá llegaría a saberlo y regañaría mucho y
con razón sobrada. (_Pausa_). Bueno, me alegro con toda el alma de que
esté usted decidido a hacerse presentar cuanto antes. Eso es lo recto y
lo leal.

¿Qué?... No me atrevo a contestar a eso. Yo no entiendo bien esta
maquinaria. Temo que las mujeres de la Central me oigan y se rían.
(_Otra pausa_.)

Pues ya que se empeña usted, ya que lo pide con tanto fervor, no hay más
remedio. Lo diré, aunque me oigan. Repetiré lo que ya le dije tres o
cuatro veces, cuando echábamos migajitas de pan a los patos y peces del
estanque del Retiro: para usted las migajitas de mi corazón, que será
todo suyo, si con amor me paga. (_Pausa_.)

Mucha precipitación es esa. Mamá dirá, si no se niega, que conviene que
antes nos tratemos; que pedirme en seguidita, de sopetón, es puñalada de
pícaro...

Adulador. ¿Con que mis ojos son los pícaros que dan las puñaladas? ¿Con
que usted es el herido? Pues yo declaro que el pícaro es usted. Si el
Padre González hubiera sospechado siquiera lo perverso que es usted y el
mal incurable que iba a causarme, de seguro que no le presenta a su hija
de confesión, que soy yo...

Allá veremos si, como usted pronostica, de este mi mal incurable se dice
con toda verdad «que no hay mal que por bien no venga». Adiós; basta de
charla. Temo que nos sorprendan. Preséntese usted a mamá y venga a casa
pronto. Mamá recibe dos veces a la semana.


CUADRO SEGUNDO

La misma decoración del cuadro primero. Manolita sola, entrando en el
cuarto del teléfono y cerrando al entrar. (A fin de no repetir
acotaciones, se confía en la capacidad de quien lea o recite este
soliloquio para distinguir por el sentido, cuando Manolita se dirige al
público como si hablase para sí, y cuando se acerca al teléfono y habla
por él).

Hoy estoy muy mal de salud. Estoy furiosa. Mamá, sin creer en mi mal, se
largó tranquilamente a su tertulia. Como no comí a la mesa, a poco de
irse mamá tuve mucha hambre y vengo de cenar. Me amenazan grandes penas
y trabajos y conviene restaurar las fuerzas.

Me muero de impaciencia por hablar con Narcisito. Tengo mil cosas
tristes que decirle ¡Cuantas novedades desde ayer a hoy! Ya es inútil
que se presente a mamá. Sería muy mal recibido. Pero... (_Suenan las
diez en el reloj de la chimenea_). Las diez. Voy a hablarle. (_Toca el
timbre. Suena la campanilla_). Central... comunicación con el 4.500.
(_Nueva pausa. Vuelve a sonar la campanilla_). _Logos_... contestan
_Theos_. ¿Estará resfriado Narcisito? ¡Qué voz tan ronca tiene hoy!
_Sares_... Está bien. _Egéneto_. ¡Pero qué voz tan ronca!

--Me quiere usted decir, Narcisito, ¿qué significan esas palabras
enrevesadas?...

Mentira parece que haya idiomas tan concisos y que en solo cuatro
palabras se enjareten tantas cosas. De modo que las palabras son griegas
y significan: «Tú eres un ángel que bajaste del cielo a la tierra,
tomaste cuerpo gentil y te convertiste en Manolita.»

Sospecho que usted se chancea. ¿Cómo han de decir tanto cuatro palabras
nada más?...

¿Que es paráfrasis y no traducción? Entonces ya se comprende. Pero
dejémonos de paráfrasis. No estoy para ellas, ni para que me echen
piropos.

Estoy desesperada. Tan desesperada estoy, que me inclino a creer que no
he tenido que fingir la enfermedad, sino que en realidad estoy enferma.
El doctor lo ha creído y ha dejado una receta muy larga, que doña Rita
ha leído y debe cumplir. Serán simplezas del doctor...

¡Ay, Dios mío! ¿Qué burla pesada es esta? ¿Con que no me contesta
Narcisito? Me contesta el doctor, que está con él, y dice que para ver
que él no es tan simple, lea yo su receta, que, después de bien
estudiada, ha puesto doña Rita bajo la peana de aquel reloj de chimenea.
Veamos. (_Manolita busca, halla y lee la receta_.)

«_Récipe_: A eso de las nueve, _consommé_ con huevo fresco, _filet
mignon_, _chaud froid_ de perdices, vino del marqués de Riscal,
panecillos de Viena, una chirimoya gruesa de las que gusta tanto la
enfermita, dulces, café y media copa de _chartreuse_ para entonar el
estómago. De sobremesa, un rato de palique con Narcisito por teléfono o
más de cerca.»

¿Habráse visto desvergüenza mayor? Esto es burlarse de mí a casquillo
quitado. En el pecado llevo la penitencia. El general llama griegos a
los fulleros. Hice muy mal en fiarme de un griego desconocido. Nada más
lógico que esta fullería y esta infame burla. (_Manolita acude al
teléfono, llena de ira_.)

Narcisito, lo que está usted haciendo conmigo es una maldad. Se me acabó
el amor. Aborrezco a usted.

Las circunstancias son, sin embargo, muy difíciles y escabrosas y me
obligan a refrenar mi enojo y a hablar aún con usted de asuntos
importantes.

Dice mamá que la vizcondesa y otras muchas damas son cómplices e
instigadoras de un amor en que ella ni soñaba. El general, dirigiéndose
a mí en latín, y diciéndome _tu quoque, filia_, me acusa también de
complicidad y de provocación al delito. A fuerza de decir que tenían
ellos relaciones amorosas, aunque ni soñaban en tenerlas, les hemos
hecho creer que será verosímil, juicioso y gustoso el que las tengan.
Ambos han exclamado: Pues tengámoslas. En efecto; ayer se declararon y
ya las tienen. Y no queriendo que el hechizo y el deleite de tales
relaciones consistan en que se presten a la murmuración, han resuelto,
para evitarla, casarse a escape. Vea usted por dónde, echándome mamá
parte de la culpa, ha decidido darme padrastro y tirano, que, sin duda,
vendrá a instalarse, dentro de poco, en esta casa...

¡Jesús, María y José! ¿Qué lío es este? No es Narcisito, es mamá quien
me responde muy picada. Afirma que no me trae el tirano a casa, sino que
se va ella a la casa del tirano y me deja aquí sola.

(_Vuelve Manolita al teléfono_.)

Oye, mamá. Por Dios no me dejes sola. Perdóname. Yo seré buena. Vuélvete
a casa y vive conmigo, aunque me traigas también a tu tirano. Solo te
ruego que me dejes a mí elegir el mío y que no te empeñes en que yo
acceda a lo que el general ayer me proponía. Te lo confieso; hay un tal
Narcisito, que a pesar de que ahora se está conduciendo conmigo muy mal,
y por ello debiera yo aborrecerle, me tiene perdidamente enamorada, y no
lo puedo remediar. Imagina tú, ¿cómo he de poder yo casarme con ese
sobrino del general, estando perdidamente enamorada de otro? Será rico,
será buen mozo, será conde, será todo lo que el general quiera, aunque
yo sospecho, no sé por qué, que ha de ser un señorito andaluz, nacido y
criado en un poblachón, ceceando mucho, echándola de gracioso, y más a
propósito para brillar en las ferias, vestido de majo, y cautivar el
corazón de las gitanas y de las chulas, que para mostrarse como conviene
en los salones elegantes, inspirar amor verdadero y profundo a una
señorita bien educada y hacerla luego dichosa. Ya ves, mamá, que tengo
razón para no querer a tu futuro sobrino político y para preferir a mi
griego. Y no me pongas la objeción de que mi griego ha de ser hereje o
cismático. De fijo que es muy buen católico. Si no lo fuera, no sería
tan amigo del Padre González, que me le presentó en la sacristía, hace
ya más de una semana. ¿Oyes, mamá?... ¿Qué?... ¿Ustedes me quieren
volver loca? Ahora es el propio Padre González quien me contesta. Dice
que Narcisito no es griego natural y de siempre, sino trashumante y
temporero. Dice que es el primer secretario de la legación de España en
Atenas y en Constantinopla, que ha venido a Madrid con cuatro meses de
real licencia.

(_Vuelve Manolita a hablar por teléfono_.)

Oiga usted, Padre González, como quiera que sea, usted tiene casi toda
la culpa de que yo haya conocido y tratado a Narcisito, me haya paseado
con él por las calles más solitarias del Retiro y por las orillas del
estanque, dejando a doña Rita a muy respetable distancia: conque así,
apiádese usted de nosotros y predique a mi madre y al general, para que
no persistan en que yo me case con ese abominable sobrino...

¡Cielos santos! Qué tramoya horrible, qué complicada conspiración contra
una pobre niña inexperta. Ya no me habla el Padre González; me habla el
general. Es su casa y no la de Narcisito desde donde me habla.--¿Sí?...
¿Eh?... Hoy está conmigo más desaforado y más insolente que nunca.

Mamá se ha puesto a jugar al tresillo con el doctor y con el Padre
González. El general aprovecha la ocasión para desatar la lengua contra
mí:

Que su sobrino no es abominable, sino adorable; que yo presumo demasiado
de discreta y de lista, y que soy una criaturita mimada, voluntariosa y
terca; y que si él me hubiera presentado a Narcisito como sobrino, yo le
hubiera encontrado vulgar y feo y le hubiera dado calabazas; y que ha
sido menester armar toda esta tramoya y conjuración, en que han entrado
mamá, el general, el doctor, el Padre González y hasta doña Rita, para
que yo crea a Narcisito griego o turco y de él me enamore.

Oiga usted, general; repórtese usted y no me insulte. Piense usted lo
que se le antoje. Lo que yo pienso y sostengo es que quiero y requiero a
Narcisito, aunque ya sé, no diré si con gusto o con rabia, que es
sobrino de usted, y que es casi tan insolente como usted, tan burlón y
tan desalmado. Usted me ofende de palabra, porque está lejos de mí. Si
estuviera yo ahí, se moriría usted de miedo al verme, porque estoy hecha
una fierecita...

¡Hola, hola! Me desafía usted, me cita y me emplaza para que vaya a su
casa al punto. Pues iré... y nos veremos las caras. ¿Pero como ir?...

Agradezco el deseo que usted muestra y la esperanza que me infunde de
que no sea a muerte nuestro duelo y de que a las doce de esta noche, que
es la de San Silvestre, bebamos un vaso de Champagne para celebrar
nuestra reconciliación y la entrada del nuevo año. También agradezco la
noticia que me da usted de que en esa casa se acaban de echar los
estrechos, y de que usted ha salido con mamá y yo con Narcisito. Pero
como usted todavía no es mi padrastro, bien puedo yo faltarle al
respeto, y así le digo, que eso es un embuste o una fullería para
burlarse de mí y para demostrar lo que ya no necesita demostración; que
es usted más griego y más trapacero que su sobrino. Y, sin embargo, ¡qué
corrupción la de los tiempos que corren!--como decían las benditas
madres que me han educado.--¡Qué perversa condición tenemos las mujeres!
¿Quiere usted creer que a pesar de todo, me es usted muy simpático y me
hace muchísima gracia? Lo que no apruebo, es que tenga usted tan
estrafalarias ocurrencias. Me pone usted en un apuro con que vengan ya a
buscarme la berlina de mamá y Narcisito en la berlina. Si fuera el
landó, si fuera al menos el _clarence_, no habría dificultad. Pero en la
berlina que es muy estrecha... ¿quiere usted decirme, diantre de general
y aborrecible padrastro, dónde voy a colocar yo a doña Rita, que pesa
doce arrobas y parece una urca holandesa?

Más vale tomarlo a risa para no pelearme con todos, porque me están
tomando por juguete. El general se ha ido del teléfono a hacer el cuarto
en la mesa de tresillo. Dice que su hermana la condesa viuda, mamá de
Narcisito, estaba jugando por él, y como es una chambona, le lleva
perdida casi toda la paga del mes corriente. ¿Y quién me comunica todo
esto? La taimada de doña Rita, que está muy sofocada. Afirma que no es
urca y que no pesa tantas arrobas, y que de todos modos no puedo
llevarla conmigo, porque considerando que yo no la necesito para nada,
por lo prudente que soy, y que la califico de carabina de Ambrosio, se
fue con mamá, para acompañarla, desde esta calle de Don Pedro, donde
vivimos, hasta el último extremo de la fuente de la Castellana, donde el
general vive.

(_Vuelve Manolita al teléfono_.)

Explíquese usted, doña Rita. ¿Por qué no viene usted a buscarme?

(_Después de escuchar por el teléfono_.)

       *       *       *       *       *

¡Conque usted no ha cumplido la orden de mamá! ¡Conque el general ha
tolerado que Narcisito deje a usted plantada y se venga él en la
berlina! ¡Doña Rita, es usted un monstruo!

       *       *       *       *       *

_(No responde nadie. Doña Rita ha cortado la comunicación.)_

Pues, señor, meditemos con serenidad y con calma. Yo tengo muchísima
gana de conocer a la condesa viuda que va a ser mi suegra; tengo también
muchísima gana de brindar con Champagne en punto de las doce, en
compañía del general y de sus tertulianos; y como Narcisito no es un
galopín, sino un caballero, y no ha de querer empañar en lo más mínimo
el espejo en que su honra se mire, me parece que bien puedo irme con él
sin menoscabar mi decoro.

No es necesario que el público sepa esta determinación que he tomado;
pero si la sabe...

_(Suena la campanilla de la puerta.)_

Ya está ahí Narcisito. Voy a ponerme el sombrero y el abrigo para irme
con él. _(Dirigiéndose al público.)_ ¿Quieren ustedes ser indulgentes
conmigo, perdonar mi falta y aplaudirme antes de que me vaya?

_(El autor supone que el público aplaude.--Cae el telón.)_



EL DUENDE-BESO


I

Notabilísimo huésped había llegado al convento de Capuchinos de la
villa, allá por los años de 1672. Famoso era el huésped en todas partes
por la agudeza de su ingenio, por el profundo saber que había adquirido
y por las obras científicas en que le divulgaba. Baste decir, y está
todo dicho, que el huésped era el reverendísimo padre fray Antonio de
Fuente la Peña, ex-provincial de la Orden.

Después de comer con excelente apetito y de dormir una buena siesta,
para reposar de las fatigas del viaje, fray Antonio recibió en su celda
al padre guardián, fray Domingo, y habló a solas con él sobre el
importante asunto que le había impulsado a ir a aquella santa casa.

--Sé por fama--le dijo--el extraño caso de mi señora doña Eulalia, hija
única del ilustre caballero D. César del Robledal. Y considerado bien y
ponderado todo, me atrevo a sostener que la joven no está posesa ni
obsesa.

--Vuestra reverencia me ha de perdonar si le contradigo. No veo prueba
en contra de la posesión o de la obsesión de la joven. Aunque me esté
mal el decirlo, sabido es que, a Dios gracias, ejerzo bastante imperio
sobre los espíritus malignos, y que he expulsado a no pocos de los
cuerpos que atormentaban. Si los que atormentan a la joven doña Eulalia
no me obedecen, no es porque no estén en ella o en torno de ella, sino
porque son muy ladinos y marrajos. Si están en ella, se esconden, se
recatan y se parapetan de tal suerte, que se hacen sordos a mis
conjuros; y si la cercan, para atormentarla, andan sobrado listos para
escapar cuando yo llego, y no volver a las andadas sino después que me
voy. Los síntomas del mal son, sin embargo, evidentes. Sobre lo único
que estoy indeciso y no disputo, es sobre si el mal es posesión u
obsesión.

--Pues bien,--replicó fray Antonio,--mi conclusión es enteramente
contraria, y mientras más lo reflexiono más me afirmo en ella. Doña
Eulalia no habla nunca en latín ni en ningún otro idioma que no sea
nuestro castellano puro y castizo; sus pies se apoyan siempre en el
suelo cuando no está sentada o tendida; en vez de estar desmedrada,
pálida y ojerosa, sé que está muy guapa y de tan buen color que parece
una rosa de Mayo; y el que ella repugne casarse con ninguno de los
novios que su señor padre le ha buscado, y el que ande melancólica y
retraída, y el que tenga por las noches y a solas, en su retirada
estancia, coloquios misteriosos con seres invisibles, no prueba que esté
endemoniada ni mucho menos. Los demonios jamás son tan benignos y
apacibles con una criatura. Ser, por consiguiente, de menos perversa y
dañina condición, que los ángeles precitos, es quien tiene trato y
coloquios con mi señora doña Eulalia. _Ergo_, no es demonio, sino duende
quien la visita y habla con ella. Y conocedor yo de este suceso, y
empleándome como me empleo en el estudio de los duendes, según lo
testifica mi ya celebérrimo libro _El ente dilucidado_, he venido por
aquí a ver si me pongo en relación con el duende que visita a doña
Eulalia y logro arrojarle de su lado, valiéndome de los medios que me
suministra la ciencia.

--Extraño es--dijo fray Domingo--que afirme todo eso vuestra reverencia
por meras conjeturas.

--No son meras conjeturas--repuso fray Antonio.--Aunque por mis pecados
nunca he sido digno de tener revelaciones sobrenaturales, lo que es
naturales las tengo con frecuencia, y tal es el caso de ahora. Aquí
estamos solos y puedo hablar con libertad, confiando en el indispensable
sigilo.

Fray Domingo hizo señal de que no descubriría lo que se le dijese y fray
Antonio continuó en voz misteriosa y baja:

--El duende que visita a doña Eulalia se ha franqueado conmigo y me lo
ha explicado todo. Harto se comprende que sea yo estimado, querido y
familiar entre los duendes, a quienes he defendido de las injurias y
calumnias que propala contra ellos el vulgo ignorante. Yo he demostrado
que no son diablos, ni almas en pena, sino criaturas sutilísimas e
invisibles, casi siempre traviesas y alegres, que se engendran en lo más
delgado del aire. Agradecidos los duendes, ¿qué tiene de particular que
acudan a conversar conmigo? Además, que mis estudios y meditaciones
sobre todos los secretos de la madre Naturaleza y mi asídua
investigación acerca de los seres más menudos y casi incorpóreos, han
aguzado de tal suerte mis sentidos, que veo, toco y oigo lo que por
ingénita y grosera rudeza del sentir no notan ni descubren los otros
mortales. Perdóneseme la jactancia: yo descubro, al tender mi penetrante
mirada por el Universo, cien veces más vida y más inteligencia que la
que ve la inmensa mayoría de los hombres. En suma, y contrayéndonos al
presente singular caso, el duende, hará cerca de diez años, desde que
doña Eulalia cumplió quince, hasta dentro de tres días, que cumplirá
veinticinco, se entiende con ella, la aparta de la convivencia de la
gente y la hace arisca y zahareña: pero me ha predicho que desaparecerá
dentro de los indicados tres días, y hasta que antes se dejará ver bajo
la figura de un gallardo mancebo. Doña Eulalia quedará libre entonces de
toda molestia, y aunque siempre recatada, honestísima y decorosa,
depondrá sus desdenes, dejará de ser huraña y se hará para todo el mundo
conversable y mansa.

Con acento irónico, aunque templado o velado por el respeto exclamó
entonces fray Domingo:

--Sin duda que a fin de que la revelación no haya sido a medias, el
duende habrá pronosticado a vuestra reverencia el punto y la hora de su
desaparición y de la aparición del mancebo.

--Sí que me lo ha pronosticado--respondió fray Antonio.--Ello ha de ser
a media noche, en la propia habitación de doña Eulalia, a donde hemos de
acudir, recatadamente y sin que doña Eulalia ni nadie se entere, el
padre de ella, desarmado para evitar un funesto rapto de ira, vuestra
reverencia con sus exorcismos y yo pertrechado de mi ciencia _duendina_.
Tengo la más perfecta seguridad de que todo tendrá allí desenlace
dichoso.


II

En la noche y hora prefijadas, de concierto ya D. César con los dos
reverendos, acudieron en misterioso silencio y de puntillas a la puerta
de la habitación de doña Eulalia, armado fray Domingo del libro de los
exorcismos y de un hisopo; armado fray Antonio de un turíbulo donde
quemaba hierbas mágicas, esparciendo el humo; y armado D. César de
paciencia, después de haberse comprometido solemnemente a no perderla y
a no enfurecerse, ocurriera lo que ocurriera.

Celebrados ya sus ritos y evocaciones fray Antonio y fray Domingo
prescribieron a D. César que llamase con brío a la puerta de la
habitación de doña Eulalia, cerrada con llave y que ordenase que se
abriera de par en par, inmediatamente, sin excusa ni pretexto alguno.

No hubo modo de evitarlo ni de retardarlo, y la puerta se abrió de par
en par y de súbito. En medio de ella, como magnífico retrato de Claudio
Coello, encerrado en su marco, apareció un galán muy bizarro y apuesto,
con traje e insignias de capitán, larga espada al cinto, airosas plumas
en el sombrero que llevaba en la diestra, rica cadena de oro y veneras
que en su pecho brillaban y espuelas, de oro también, asidas a sus
amplias botas de camino.

D. César, que era muy violento y celoso de su honra, no hubiera sabido
contenerse y hubiera caído sobre el forastero, si ambos frailes, cada
uno de un lado, no le contienen.

El galán con voz reposada y serena dijo entonces:

--Sosiéguese mi Sr. D. César y no tome a mal que me presente tan a
deshora. Yo soy el capitán D. Pedro González de la Rivera, de cuya renta
y condiciones ha escrito a su señoría mi amigo el banquero genovés
Jusepe Salvago, y de cuyos altos hechos de armas en Portugal, en
Flandes, en Italia y en el remoto Oriente le han dado noticias otras
varias personas muy respetables. Aspiro a la mano de doña Eulalia; ella
me ha dado prueba de que me quiere para esposo; y sólo nos falta el
consentimiento paterno y después la bendición del reverendo Padre fray
Antonio, que está presente y que espero no ha de negarse a bendecirnos.

--Todo eso estaría bien--respondió D. César con mal reprimida cólera--si
vuesa merced no lo pidiese, después de ofender mis canas, hollar mi casa
y atropellar todo respeto.

--Yo, Sr. D. César--replicó el capitán sonriendo--tenía que vengar con
esta aparente injuria otra nada aparente que vuestra merced me hizo hace
diez años, cuando me sorprendió en este mismo sitio en dulces coloquios
con mi señora doña Eulalia, que aún no había cumplido quince años. Yo
era entonces un rapazuelo de dieciséis, y vuesa merced me arrojó de aquí
a empellones nada paternales. Por amor de doña Eulalia, lo sufrí todo y
mayor afrenta hubiera sufrido a ser posible mayor afrenta. Harto he
demostrado después mi valor. Acrisolada está mi honra. La fortuna además
me ha favorecido. La satisfacción que espero y pido para los pasados
agravios es que vuesa merced me acepte como yerno.

En este punto, apareció doña Eulalia al lado del galán. Estaba linda en
extremo, muy elegante y ricamente engalanada con magníficas joyas, y
manifestando en el rostro juvenil y ruboroso gran satisfacción y
contento. ¿Qué había de hacer don César? Consintió en todo y abrazó
cariñosamente a sus hijos, no sin exclamar, mirando al capitán
detenidamente:

--Válgame Dios, muchacho, ¡y cómo has crecido y embarnecido en este
decenio! ¿Quién al pronto había de reconocer en ti al rubio y travieso
monaguillo de Capuchinos que repicaba tan bien las campanas?


III

No bastó la respetuosa consideración que fray Antonio inspiraba al padre
guardián, para que éste se callase y no dijese claro que, si no había
habido demonio, tampoco había habido duende, y que todo había sido
farsa.

Fray Antonio quiso entonces justificarse, y antes de volver a Madrid,
donde habitualmente residía, habló al padre guardián como sigue:

--No sólo ha habido duende sino uno de los duendes más poéticos que en
este mundo sublunar puede darse. Era ella tan pura, tan cándida y tan
ignorante de lo malo, que a los quince años parecía ángel y no mujer. Él
era bueno y sencillo como ella. Ambos se amaban con la más ardiente
efusión de las almas, sin la menor malicia, sin que la dormida
sensualidad en ellos despertase. Anhelaban unirse en estrecho y santo
lazo: vivir unidos hasta la muerte, como en unión castísima habían
vivido desde la infancia. A esto se oponía el desnivel de posición
social. Menester era que Periquito ganase posición, nombre, gloria y
bienes de fortuna. Al separarse para irse él a dar cima a su empresa,
sin estímulo vicioso, con inocencia de niños y con fervoroso amor del
cielo, se unieron sus bocas en un beso prolongadísimo. Sin duda se
interpuso entre labios y labios una levísima chispa de éter, átomo
indivisible, germen de inteligencia y de vida. El fuego abrasador de
ambas almas enamoradas penetró en el átomo, le dio brillantez y tersura,
y cuanto hay de hermoso y de noble en el mundo, vino a reflejarse en él
como en espejo encantado que lo purifica y lo sublima todo. Los santos
anhelos de amor de él y de ella, se fundieron en uno; y, sin
desprenderse enteramente de ambas almas, tuvieron en la misteriosa unión
ser singular y substancial suyo y algo a modo de vaga, indecisa y propia
conciencia. Se separaron los amantes. Él fue muy lejos; peregrinó y
combatió. Durante diez años, no supieron ella de él, ni él de ella, por
los medios ordinarios y vulgares. Pero el unificado deseo de ambos, el
duende que nació del beso, con pintadas alas de mariposa y con la
rapidez del rayo, volaba de un extremo a otro de la tierra: y ya se
posaba en ella, ya en él, y hacía que se estrechasen como presentes, y
renovaba el casto beso de que había nacido, no como recuerdo vano, sino
como si nuevamente y con la misma o con mayor vehemencia ellos se
besaran. No dude, pues, vuestra reverencia de que el tal duende existe o
ha existido. ¿Cómo explicar sin él la tenaz persistencia, durante diez
años, de los mismos amores? El deseo no era sólo de ella. El deseo no
era sólo de él. En ambos estaba, pero, al unirse, se separó de ambos,
creando la unión un ser distinto. Este ser no tiene ya razón de ser:
desaparece, pero no muere. No debe decirse que ha muerto o que va a
morir la chispa inteligente, enriquecida con la viva representación de
toda la hermosura de la tierra y del cielo, cuando, cumplida la misión
para que fue creada, se diluye en el inmenso mar de la inteligencia y
del sentimiento, que presta vigor armónico, y crea la luz y hace
palpitar la vida en la indefinida multitud de mundos que llenan la
amplitud del éter.

Fray Domingo oyó con atención todo esto y mucho más que dijo fray
Antonio, y acabó por convencerse de que había duendes; unos prosáicos,
otros poéticos como el de D. Pedro y doña Eulalia, sin que la teoría de
fray Antonio pugnase en manera alguna con la verdad católica, pues
redundaba en mayor gloria de Dios, hasta donde alcanza a concebirla el
limitado entendimiento humano.



EL ÚLTIMO PECADO

(NOVELA CORTA)


I

El Sr. D. Emilio Cotarelo es un erudito de notable ingenio y de muy buen
gusto, a quien debemos estar agradecidos y dar grandes alabanzas los
aficionados a la amena literatura y a todas las artes de la palabra. Sus
libros nos maravillan por la diligencia y el tino con que el autor ha
sabido recoger noticias. Sus libros enseñan mucho y deleitan más.
Natural es que sean leídos, comprados y celebrados.

Los ha compuesto ya el Sr. Cotarelo sobre don Enrique de Villena, sobre
el conde de Villamediana y sobre el gran poeta Tirso. Pero lo que ahora
me mueve a hablar de este escritor es la serie de estudios que está
publicando sobre actores y actrices del siglo pasado. Ya han salido a
luz la vida de la divina María Ladvenant, y más recientemente la vida de
_La Tirana_. Ambas obras tienen mayor interés que las novelas, y más
que novelas parecen intrincadas selvas de aventuras, lances y casos
raros. Al leerlos, no podemos menos de exclamar casi con envidia.
¡Vamos, vamos, no dejaban de divertirse nuestros morigerados abuelos!

Y lo que es para mí el mayor mérito que tienen los libros de que voy
hablando, es ser muy _sugestivos_. El autor no cuenta ni afirma nada sin
probar su exacta verdad con documentos fehacientes. Quedan, pues, por
contar o apenas indicados entre renglones, mil sucesos importantes y
ocultos, los cuales explican o pueden explicar otros cuyas causas no
vislumbramos, porque el Sr. Cotarelo, como historiador severísimo y
veraz, tiene que dejarnos a media miel, sin decir como cierto lo que no
está evidentemente demostrado, aunque se presuma y haya acerca de ello
rastros e indicios. Siguiéndolos, voy a permitirme yo poner aquí algo
muy importante de la vida de _La Caramba_, que el Sr. Cotarelo, por
virtud de su severidad histórica, no ha podido menos de dejarse en el
tintero, tal vez a pesar suyo.


II

El 8 de Septiembre de 1785, día en que celebra la iglesia la Natividad
de la Virgen Santísima Nuestra Señora, en vez de acudir al templo a
rezar sus devociones, la desenfadada María Antonia Fernández bajó a
pasear en el Prado, a provocar a los galanes y a escandalizar, según
tenía de costumbre. Estaba en lo mejor de su edad, como sol que culmina
en el meridiano; famosa por sus conquistas y celebrada por su gracia,
por su primor en el vestir, por su gallardo cuerpo, por su andar airoso
y por su marcial y bulliciosa desenvoltura. Iba aquel día bizarramente
ataviada: brial de raso azul, justillo recamado de seda y oro y bien
peinada la negra y undosa mata de pelo, sujeta en rodete en lo alto de
la gentil cabeza por rascamoño de oro, lleno de piedras preciosas.

Completaban su tocado el lindo adorno que ella inventó y al que dio su
nombre de guerra, llamándole _La Caramba_, y una mantilla blanca de
preciosa y ligera blonda de Almagro.

De repente se obscureció el cielo; se levantó terrible tempestad; el
aire silbaba y formaba remolinos; deslumbraban los relámpagos, y los
truenos espantosos ensordecían y aterraban. Se abrieron luego las nubes
y abundante lluvia, un verdadero diluvio, empezó a caer sobre la tierra.
No había coche ni silla de manos en que irse, y María Antonia Fernández,
alias _La Caramba_, se refugió en la iglesia de Capuchinos del Prado,
donde se celebraba en aquel momento una solemne función religiosa.
Predicaba fray Atanasio, predicador tan elocuente como severo. El horror
de la tempestad que continuaba y crecía, las frases tremendas con que el
padre fustigaba los vicios y con que describía las penas eternas que
Dios justiciero les impone y tal vez asimismo el devoto cuadro de Lucas
Jordán, que en aquella iglesia se parecía, representando a la Magdalena
a los pies de Cristo, todo compungió por tal arte a la bella pecadora,
penetrando en sus entrañas como agudas saetas de fuego, que se llenó de
atrición y aun de contrición, sintió que el Altísimo la llamaba a sí y
como por milagro quedó convertida.

María Antonia Fernández no volvió a pisar las tablas, hizo desde aquel
punto vida retirada y ejemplar; y la amargura de su arrepentimiento
tardío, las duras mortificaciones con que se castigó ella misma y la
vergüenza y el profundo pesar que el recuerdo de sus pecados le causaba,
acabaron pronto con la salud de su cuerpo, concediéndole en cambio la
salud del alma.

Todo esto es perfectamente histórico, notorio y sabido entonces en
Madrid, y recordado ahora con puntualidad por el Sr. Cotarelo. Lo que yo
voy a referir como apéndice es lo que generalmente se ignora.


III

Cualquier pecado mortal es abominable, pero cuando el pecado no
contamina a ningún sujeto inocente y puro y no le aparta de la senda de
la virtud, su malicia es mucho menor que cuando extiende su pernicioso
influjo sobre criaturas humanas, y cuando todo lo inficiona y corrompe.
María Antonia Fernández, aunque arrepentida y llorosa, tenía el consuelo
de no haber pecado nunca en este segundo sentido. Cuantos habían caído
en sus redes y habían sido con ella pecadores, estaban pervertidos muy
de antemano, de modo que ella no agostó ninguna virtud en flor, ni
remedando al demonio robó ángeles al cielo para llevárselos consigo. A
María Antonia no remordía la conciencia, sino de su propia perdición y
no de haber procurado la ajena.

Sólo en una ocasión se mostró ella propicia a cometer tan doble y feo
delito, pero se frustró y quedó en conato, gracias a la entereza de un
sujeto y sobre todo, gracias a la misericordia divina. Con horror
recordaba _La Caramba_ aquel caso.

El duque de Campoverde, a quien llamo así para ocultar su verdadero
título, protegía y albergaba en su casa a un sobrino suyo, tan ilustre
como pobre, llamado D. Jacinto de la Mota, gallardo mancebo en la
florida edad de veinticuatro años, elegantísimo, discreto y agradable
por todo extremo. Y lo más singular y raro que en él había era su
espiritual e inmaculada limpieza. No pocas damas desaforadas tenían el
descoco de reír y burlar sobre su condición arisca, apellidándole el
nuevo Hipólito y tal vez sintiendo el prurito de remedar a Fedra con
mejor éxito y ventura.

El duque, viejo alegre y algo librepensador, y dos amigos suyos, muy
curtidos y versados en aventuras ligeras y galantes mortificaban de
continuo a D. Jacinto, ridiculizando su honesto recato y urdiendo tramas
y buscando ocasiones peligrosas en que de todo punto le perdiese.

Conjurados para tan inicuo fin, buscaron el poderoso auxilio de _La
Caramba_. Hubo una cena, a la que asistió D. Jacinto, ignorando lo que
iba a haber en ella, y le sentaron al lado de la seductora actriz, bella
como nunca aquella noche, con leves y casi transparentes vestiduras, y
adornados sus brazos y su desnuda y cándida garganta con ricos
brazaletes y espléndido collar de perlas.

Pasaré aquí de largo, a fin de que nadie tilde de licencioso este
escrito, sobre las infernales artes con que _La Caramba_, industriada
por los tres libertinos, excitado su amor propio, anhelante de la
victoria, y prendada además de la gallardía e inocencia del casto mozo
se esforzó por avasallarle y rendirle a todo su talante. Don Jacinto
estuvo más firme que una roca; eclipsó casi la memoria del hijo
predilecto del patriarca Jacob, todo ello con tal dignidad y tan sin
melindres ni remilgos, que la risa y la chacota, que el tío y sus dos
amigos empezaron a mostrar, hubo pronto de trocarse en admiración y
respeto. Desde entonces dejaron tranquilo al mozo, sin fastidiarle y sin
embromarle más con disolutas disertaciones e impuras acechanzas.

Lo que resultó de este frustrado delito, del que no pudo menos de tener
noticia la sociedad elegante y aristocrática de Madrid, fue la fama casi
de santidad con que resplandeció D. Jacinto, a quien se dieron a
reverenciar las señoronas devotas, citándole como modelo. Y resultó
también, y este fue más profundo resultado, un alto aprecio, una amistad
sublime y una extraordinaria gratitud en el generoso corazón de la
mujer desdeñada. Porque el mozo, al rechazarla con energía, no faltó en
lo más mínimo a cuanto cumple a todo cortés caballero, y nada dijo ni
hizo que exacerbase el desdén y que pudiera ser considerado como
injuria. Antes bien, con dulces y piadosas palabras suavizó lo agrio del
desvío, y vertió en la herida que acababa de abrir bálsamo celestial de
consuelo.

Con tal eficacia penetraron en el centro íntimo del alma de María
Antonia Fernández estos sentimientos delicados que me atrevo a sospechar
que predispusieron a aquella mujer para que a poco, estimulada por la
tempestad, por el sermón elocuentísimo del padre Atanasio, y hasta por
la pintura de la Magdalena, se obrase de súbito su conversión milagrosa.
Aquellos nobles sentimientos fueron como abejas, que empezaron por
clavar sus punzantes aguijones en el pecho de _La Caramba_, y después
labraron en su centro panal suave de místicas flores.

Lo cierto es que María Antonia y D. Jacinto quedaron amigos y que la
amistad hubo de estrecharse no bien se convirtió María Antonia. Nadie la
veía ni en paseos, ni en teatros, ni en toros, ni en verbenas y veladas.
Iba solo a las iglesias, humildemente vestida con basquiña y negro manto
de beata. Sólo un hombre además de su confesor, hablaba ya en ocasiones
con ella. Este hombre era D. Jacinto. Ora se hablaban en la misma
iglesia de Capuchinos, donde fue la conversión de ella y donde ambos
solían asistir; ora acudía él a casa de la actriz, si bien con prudente
recato para evitar la maledicencia.

No podía ésta tener el menor fundamento, pero la malicia humana levanta
en el aire castillos de torpes embustes, y conviene evitar que la
malicia los levante y se haga fuerte en ellos.

María Antonia Fernández se sentía atraída hacia D. Jacinto por un afecto
angelical y todo del espíritu, y se lisonjeaba además de que afecto no
menos puro impulsaba a D. Jacinto a venir a visitarla.

Sus pláticas eran edificantes y propendían a lo místico, pero María
Antonia distaba mucho de caer ni de tropezar siquiera en el error de los
_alumbrados_. Para precaverse, leía con frecuencia los _Desengaños_, del
Padre Arbiol. Y por otra parte, si algo había en su mente y en su
corazón de que, después de examinarlo, su conciencia pudiera tener
escrúpulos, era un leve asomo de complacencia, al imaginar o al notar
que, si no había triunfado pecaminosamente de aquel mozo por los
sentidos, había logrado elevar su alma ya purificada hasta el alma de
él, enlazándolas con amistoso y casto lazo.

Aquel nuevo género de vida daba al espíritu de María Antonia grata paz y
regalo; pero la austera crueldad con que trataba ella su cuerpo, los
ayunos, las largas vigilias, el cilicio con que maceraba su carne, y
acaso la dura disciplina con que se atormentaba en su más secreto
retiro, quebrantaron tanto su salud, que cayó gravemente enferma, y
estuvo, durante tres meses, postrada en el lecho y a punto de exhalar
el último suspiro.

La ciencia de un buen médico y el cuidadoso esmero de su criada Juana,
lograron conservar su vida y devolverle la salud.

Durante la enfermedad y más aún en la convalecencia, en voz baja, al
oído, tiñéndose sus pálidas mejillas de leve color de rosa, preguntaba
ella con frecuencia a Juana:

--¿Ha venido a saber cómo estoy? ¿No le has visto? ¿No ha hablado
contigo?

Contrariada y afligida Juana, tenía que confesar que D. Jacinto no había
parecido por aquella casa; no había enviado, al menos a un criado, a
informarse de cómo estaba la enferma.

Por último, _La Caramba_ supo una novedad imprevista. La marquesa viuda
de Montefrío, prendada de las virtudes de D. Jacinto, y después de oír
los consejos e informes del Padre Atanasio, su confesor, había decidido
tomar a don Jacinto para yerno, casándole con su hija, la marquesita,
heredada ya y señora de una renta anual de más de veinte mil ducados. Se
afirmaba que la marquesita era fea y tonta; pero prevaleció la razón de
estado; todo se concertó pronto y bien, y D. Jacinto de la Mota era ya
rico y marqués de Montefrío.


IV

Honda melancolía se apoderó del alma de María Antonia. Y sin embargo,
ella se esforzaba por disculpar a su amigo. El matrimonio, pensaba, no
es para santificar por medio del Sacramento el deleite y la satisfacción
de una pasión amorosa: es, en todos los que le contraen, para cumplir
con una obligación y servir a Dios en aquel estado: y es, además, en los
nobles, para conservar y perpetuar el lustre y decoro de sus familias, y
sus apellidos y títulos, gloria y ejemplo de la patria e inmediato
sostén de las bien concertadas monarquías. Así se explicaba María
Antonia que D. Jacinto, severamente, sin amor y en cumplimiento de
deberes impuestos por su nobleza, se hubiese al fin casado.

Esto discurría para disculpar a su amigo, pero se afligía de no verle,
de no conversar con él y de la soledad y del abandono en que la había
dejado.

En medio de su pena, pudo tanto aún la briosa mocedad de María Antonia,
fortalecida por el modo de vivir, menos duro y penitente que su larga
convalecencia le había impuesto, que vino al cabo a encontrarse de nuevo
sana y hermosa.

Vehemente deseo de volver a ver a D. Jacinto dominó entonces su alma.
Sin dejar su humilde traje de beata, pero, con extremada, pulcra e
inconsciente diligencia, peinado el undoso cabello y acicalada toda su
gentil persona, _La Caramba_ acudió de diario a rezar en la iglesia de
Capuchinos y a pasar allí largas horas.

No se lo confesaba, no quería confesárselo; pero tal vez recelaba con
miedo que no era sólo la devoción la que allí le llevaba, sino también
la esperanza de volver a ver a D. Jacinto.

Y la esperanza se cumplió. María Antonia volvió a verle; mas ¡ay! ¡cuán
diferente del que antes era! Había descendido de un coche lujoso y
llevaba al lado a la señora marquesa, su mujer, muy engalanada y muy
fea.

María Antonia cerró involuntariamente los ojos para no ver aquello; y
para no ser vista, se echó muy a la cara el manto y se arrimó a la pared
en el lugar del templo que le pareció más sombrío.

María Antonia volvió, no obstante, a la iglesia de Capuchinos. No
deseaba ya ver a D. Jacinto en compañía de la marquesa. Deseaba verle
solo y hablarle. Tardó en cumplirse su deseo, mas se cumplió por último.

Don Jacinto, saliendo de la sacristía, atravesó el templo. Ella le vio y
salió antes que él y le aguardó a la puerta, entre varios mendigos que
pedían limosna. La palidez limpia y mate de su rostro tenía soberano
hechizo y sus negros y rasgados ojos brillaban como dos soles de luto.

Iba tan distraído el flamante marqués que no reparó en ella, hasta que
al ir a pasar la tocó con el hombro. Viola entonces y se paró encarnado
como la grana.

--Ingrato--exclamó ella--te aguardaba aquí para cerciorarme de que no me
has olvidado del todo y para pedirte la limosna de una mirada y el favor
y la honra de que te dignes hablarme todavía.

--Estoy casado--dijo él, y en el tono con que pronunció aquellas
palabras, se mostraba el temor de que alguien le viese con ella.

Don Jacinto, con todo, parecía más mundano y menos timorato que de
soltero. Se diría, y ella lo sospechó de repente, que D. Jacinto casi
había desechado su mogigatería, logrado ya el fin principal que le había
movido a tenerla. María Antonia, por primera vez después de su
conversación y olvidada de su conversión, le dirigió entonces una mirada
larga, fogosa, dulce y llena de promesas. Aproximando luego su rostro al
de él, hasta el punto de que penetró por su boca y por sus narices el
aliento de ella, dijo ella quedito y con desmayada dulzura:

--Ven de noche a casa. Nadie te verá y no lo sabrá nadie.

En seguida María Antonia le volvió la espalda y se apartó de aquel
sitio.


V

Salieron a relucir las galas y las joyas que se custodiaban en el fondo
del arca. María Antonia no parecía ya la penitente. Estaba vestida,
harto ligeramente vestida, como en la noche de la tentación y de la
cena. Había vuelto la espalda a Dios y dádose de nuevo al diablo. Estaba
perfumada su estancia, y lucían en ella los primorosos presentes de sus
antiguos amadores y el lujo de la plata labrada.

Don Jacinto no dejó de acudir a la cita. Era ya otro hombre. Había
desechado la máscara del misticismo. Hasta el recuerdo de la fealdad y
de la tontería de su consorte estimulaba su liviano deseo. Para
disculpar su ingratitud, brotaron de sus labios entrecortadas frases.
Después pronunció ardientes palabras de amor, y roto ya el freno de su
bien utilizada hipocresía, se abalanzó a María Antonia, que le atraía
con los ojos y le embelesaba con blanda risa, medio abierta la húmeda
boca y dejando ver los iguales y apretados dientes, que parecían dos
hilos de perlas.

El la estrechó frenéticamente entre sus brazos y buscó los labios de
ella con sus labios.

Con ambas manos, María Antonia le rechazó tan violentamente, que faltó
poco para que le derribase por el suelo. No parecía mujer, sino
furibunda leona. No era la lánguida y complaciente enamorada: ni era
tampoco la penitente mística; era la maja de rompe y rasga, insolente y
soberbia, capaz de herir con groseros y ponzoñosos insultos, y capaz de
matar con la llama fulmínea de sus ojos, cuando no con puñales.

--Vete, huye--exclamó--apártate de mi presencia. No pienses que la
amistad y la admiración que me infundiste con tus embustes, se ha
trocado en amor lascivo. Se ha trocado en asco. Si continúas aquí
corres peligro de que te asesine. Sólo muriendo a mis manos y no
gozándome conseguirás ya arrojarme en el infierno. Vete, repito; es un
hurto ruin el que intentas, dándome tu alma y tu cuerpo vendidos ya para
siempre y sin rescate a ese espantajo de mujer que te da título y
dinero.

Don Jacinto pensó que _La Caramba_ se había vuelto loca. Si no de su
material violencia, tuvo miedo del alboroto, del escándalo y de la
resonancia ridícula que podía tener aquella escena, si se prolongaba.
Huyó, pues, casi despavorido. Y como era hombre que entendía bien su
interés y su conveniencia, pero que de almas sabía poco, jamás llegó a
comprender ni a darse cuenta de las singulares transformaciones del alma
de María Antonia, convertida de súbito de libre cortesana en austera
penitente, y de austera penitente en algo a modo de vengadora y
aterradora Furia.

Cuando María Antonia se vio libre de la presencia de D. Jacinto, quedó
inmóvil y de pie por algunos instantes: rompió luego en insana risa y en
descompuesta y nerviosa carcajada; y por último, se arrojó al suelo,
retorciéndose, derramando un mar de lágrimas y balbuceando entre dientes
el _yo, pecadora_.

De allí en adelante no volvió a pecar María Antonia, ni en pensamiento
ni en acto. Persistió en sus rezos; redobló sus vigilias, ayunos y
mortificaciones y logró, pocos meses después, temprano y dichoso
tránsito a mejor vida.



EL SAN VICENTE FERRER DE TALLA

(PALINODIA)


En la capilla de la hermosa quinta que posee el marqués de Montefico en
las cercanías de Valencia, hay una devota y diminuta imagen de San
Vicente Ferrer, esculpida en madera y bien pintada luego. Se debe esta
obra al ilustre escultor D. Manuel Alvarez, a quien sus contemporáneos
llamaron _el griego_, por su habilidad para imitar los grandes modelos
que del arte de Fidias nos dejó la antigüedad clásica. Elegante ornato
del Prado es aún la fuente del Apolo y de las cuatro estaciones, trabajo
del escultor susodicho; pero mayor talento e inspiración mostró en el
San Vicente de que voy hablando y que pocos conocen. El Santo está
representado muy joven aún. Su cabeza es hermosísima y tiene noble
expresión de triunfante alegría, como si acabase de alcanzar una gran
victoria. En el rostro de esta efigie, alta toda ella de poco más de
veinte centímetros, se diría que Alvarez ha procurado reproducir el
júbilo orgulloso del Apolo de Belvedere, después de haber dado muerte
con sus flechas a la serpiente monstruosa, si bien la humildad cristiana
refrena el orgullo y calma el júbilo del Santo con la consideración de
que él no ha vencido por su mérito propio, sino por la gracia y el favor
del cielo. Asimismo se nota en el rostro del Santo cierto vergonzoso
rubor, por donde se barrunta que la victoria que ha ganado ha sido en
combate espiritual contra el tercer enemigo del alma, según lo refiere
el Padre Rivadeneira, hablando de aquella hembra insolentísima, que
quiso tentar y rendir al Santo y dio ocasión para que se le llamase _el
que no se quemó en medio del fuego_ y para que se le comparase a los
tres mancebos del horno de Babilonia, de quienes habla Daniel profeta.

La efigie, en suma, sobre poseer muy notable valer artístico, es digna
de consideración por causas nada comunes. En el pecho, en el sitio bajo
el cual debe de estar el corazón, lleva clavado un puñalito de fuerte
acero y agudísima punta. Todo él, menos la empuñadura de oro, ha
penetrado en la madera, impulsado por mano sacrílega. Y cuenta la gente
piadosa que, todavía a principios de este siglo, se realizaba en la
mencionada efigie un singular milagro. Todos los años, el 8 de
Septiembre, día de la Natividad de la Virgen Nuestra Señora, una gotita
de color rojo, a modo de sangre, manaba de la herida. No ha de
extrañarse que el prodigio no se realice hoy, porque no merecen verle
los que de fe carecen.

Como quiera que ello sea, la linda efigie atrae mucho la atención, y más
cuando llega a saberse que entre los documentos existentes en el archivo
de la casa del marqués hay un escrito de don Melchor de la Mota, tío del
marqués actual y cuarto hijo del abuelo de éste, D. Jacinto, donde se
refiere la historia de la imagen y se explica el suceso de la herida que
lleva en el pecho. El escrito que pongo aquí, ya copiando y ya
extractando o saltando no pocos párrafos, es como sigue:

La admirable escultura de D. Manuel Alvarez, que representa a San
Vicente Ferrer, vino a poder de mi madre en el año de 1801. Se la legó
al morir el reverendo padre capuchino fray Atanasio, que la custodiaba
en su celda desde el año de 1785. Mi madre, que era discreta y callada,
o no sabía o aparentaba no saber del San Vicente sino el nombre del
autor, su mérito como objeto de arte y la inmediata procedencia por
donde llegó a sus manos. De sobra reconocía además, y no lo disimulaba,
que el artista había tomado para modelo de su Santo el bello y noble
rostro del marqués, marido de ella, y le había retratado con fidelidad
pasmosa.

En varias conversaciones que tuve con el Padre Atanasio, ya muy viejo y
que me estimaba y quería mucho, logré entender y rehacer en mi mente la
historia toda de la imagen y de cuanto a ella se refiere. Y como es
curioso y no redunda en perjuicio, sino más bien en honra de mi padre,
voy a dejarlo consignado por escrito en el archivo de nuestra casa.

D. Jacinto de la Mota jamás fue hipócrita ni falso en sus devociones, ni
en la austeridad de su vida. Educado severamente, muy correcto en todo y
guiado por el santo temor de Dios, cumplía con sus deberes, sin el menor
asomo de jactancia. Así como no le arredraban las burlas que de él
pudieran hacer los libertinos, tampoco calculó jamás la honra y el
provecho mundanos que su recato y demás virtudes pudieran acarrearle.
Cuando se libró de los lazos que el duque de Campoverde y otros amigos
le tendieron, valiéndose de María Antonia Fernández, alias _la Caramba_,
hizo lo que hizo por su delicadeza de sentimientos y por repugnancia a
toda sensual grosería, sin pensar en la buena fama que ganaba.

Tan convencida quedó _la Caramba_ de la sinceridad de D. Jacinto y tan
prendada de las dulces palabras con que él mitigó la amargura de su
desdén, que el vicioso prurito con que ella acudió a seducirle, se
transformó en verdadera y profunda pasión amorosa.

Por aquel tiempo, el escultor D. Manuel Alvarez, que visitaba con
frecuencia al duque de Campoverde, oyó contar a éste lo que había pasado
entre D. Jacinto y _la Caramba_, e inspirado en aquel suceso, hizo la
diminuta imagen de San Vicente, poniéndole por rostro el de D. Jacinto,
que acertó a retratar fielmente de memoria.

Hubo de saber María Antonia Fernández que D. Manuel Alvarez había
terminado tan linda obra y resolvió adquirirla a toda costa para sí,
como lo realizó en efecto, pagándosela bien al escultor, el cual no
quiso ni pudo negarse a ello.

_La Caramba_, aunque ya sublimemente enamorada de D. Jacinto, distaba
mucho aún de haberse convertido. Como no pocas mujeres aventureras y de
vida muy rota, estaba llena de extravagantes supersticiones. Creía amar
y amaba con frenesí a D. Jacinto y aspiraba a ser amada de él por
cualquier medio. Su amor adquiría a veces la condición del odio y a
veces tomaba el aspecto de la abnegación y del sacrificio. _La Caramba_,
ya quería matarle, ya quería morir ella por amor de él; pero de todos
modos ansiaba ser amada.

Consultó a una famosa gitana hechicera, que había entonces en Madrid, y
esta gitana le vendió el puñalito con puño de oro para que le clavase en
el corazón de la efigie, como _la Caramba_ lo hizo. No por eso conquistó
ella el vivo y verdadero corazón de D. Jacinto. Y movida, poco tiempo
después, de sus pasiones y desengaños, y de un muy elocuente sermón que
oyó por acaso al Padre Atanasio, en el convento de Capuchinos, abandonó
la desastrada vida que hasta entonces había seguido y se volvió a Dios
de todas veras.

Pronto llegaron a oídos de D. Jacinto las nuevas de conversión tan
ejemplar y milagrosa, y de aquí nació la mayor falta que en su vida
cometió D. Jacinto, estimulado, sin duda, por el demonio del orgullo,
el cual demonio hubo de prevalerse de sentimientos, muy otros, llenos de
caridad y misericordia.

Consistió el orgullo en no tener miedo de caer en la tentación y en
atreverse a arrostrar los peligros, y consistió la caridad
misericordiosa en admirarse del cambio repentino de aquella mujer
pecadora, en compadecer el dolor agudo y tremendo que para la conversión
la había apercibido, y en la irresistible simpatía de que se dejó
vencer, yendo a tratar con ella de cosas del espíritu y a darle amistad
pura y grato consuelo.

Don Jacinto se alucinó de tal suerte, que ni por un instante pensó que
en esto pecaba; pero un día habló de ello al padre Atanasio, su
confesor, y habló, no como revelándole una culpa suya, sino para
ponderar la virtud penitente de _la Caramba_ y para tratar de que el
padre Atanasio la conociese y admirase.

Entonces fue cuando el padre Atanasio pintó ante los ojos de su alma y
con colores muy vivos, el peligro espantoso de caer en pecado mortal a
que él y María Antonia Fernández se exponían, y le prohibió resuelta y
terminantemente que volviese a visitarla y a tratar con ella.

Obedeció don Jacinto, no sin combatir enérgica y dolorosamente contra la
amistad y contra la pura simpatía que María Antonia Fernández le había
inspirado.

Nada más natural; nada con menos premeditación y malicia que lo ocurrido
después de esto.

La envidia calumniaba a la joven marquesita de Montefrío, sin otra
razón que la de ser ella rica e ilustre. Educada con el mayor
recogimiento, tímida y silenciosa, sin el menor esmero en trajes y
tocados de moda y sin desenfado alguno en sus ademanes y conversaciones,
la marquesita fue declarada harto injustamente tonta y fea. No era ni lo
uno ni lo otro. No avergonzarse, sino bien podía envanecerse quien
llegase a tenerla por suya. Y de cierto había entonces, en esta villa y
corte de Madrid, no pocas damas de alto copete, cuyo talento y cuya
hermosura eran muy inferiores a los de la marquesita; pero que
completaban con el desenfado la carencia o la escasez de tan altas
cualidades, e infundían vehementes pasiones y eran heroínas de mil
galantes aventuras.

El casamiento, cristianamente considerado, no presupone historia
amorosa, por muy delicada y limpia que sea. Es más bien un contrato,
purificado, santificado y sancionado por la religión, cuyo fin principal
es la fundación de las familias, la educación de los hijos y la
conservación de los linajes. Tan cumplir con un deber es casarse como
entrar en religión. Esto prueba que puede la persona honrada y piadosa
servir a Dios en cualquier estado. Así lo entendió don Jacinto.
Respetables individuos de su familia y de la familia de la marquesita
concertaron la boda de ambos. Apenas se vieron ellos y apenas se
hablaron tres o cuatro veces: lo bastante para reconocer que no había
motivo para que ellos se repugnasen el uno al otro, sino que, por el
contrario, el mutuo agrado, la satisfacción vanidosa de tener por
consorte a una persona de gentil presencia y el pleno convencimiento de
la inmaculada reputación de esta persona, todo coincidía con la
conveniencia de intereses y de miras que había en el proyectado
casamiento, en cuyos conciertos intervino más que nadie el padre
Atanasio.

En suma, don Jacinto se casó con la marquesita y de pobre hidalgo que
era se transformó en rico señor titulado; pero en cierto modo pudo
seguir llamándose pobre de espíritu, porque poseyó la riqueza como si no
la poseyese; cuidó de los bienes cuantiosos de su mujer, más como celoso
administrador que como propietario y dueño de ellos; y a su muerte, que
no fue tardía, porque murió a los trece años después de la boda, había
acrecentado de tal manera el caudal de la casa con su tino y su
economía, que de la parte de gananciales que a él tocaba pudo dejar y
dejó cerca de tres mil ducados de renta a cada uno de sus cuatro hijos.

Yo, que redacto estos apuntes, soy el menor de ellos. Nada digo de mí
porque nada merezco; pero sí diré de mis tres hermanos que todos son muy
guapos, entendidos y capaces para la profesión que siguen; y que mi
hermana es el encanto y la gala de la corte, a quien ponderan y ensalzan
todos por su apacible y honesto trato, por su discreción y hermosura,
honrando y glorificando así la noble casa donde como cabeza y madre de
familia entró hace años.

Bastaría mirar sin prevención todo esto, aunque se careciese de otras
pruebas, para entender que el marqués y la marquesa se amaron de verdad;
porque del enlace frío y por mero cumplimiento de un deber, no nace
jamás tan lucida y generosa prole.

Asegurado esto, voy a declarar y a explicar aquí cuál fue la conducta
del marqués en sus relaciones con María Antonia Fernández, y cómo esta
conducta, si bien en ciertos puntos digna de censura, sólo en un momento
de vergonzoso extravío no dejó de conciliarse con el respeto y con el
verdadero y santo amor que consagró a su mujer la marquesa. Por lo
demás, la culpa del marqués fue castigada severamente por el cielo,
siendo el mismo marqués, con sus remordimientos y profundo y secreto
pesar, instrumento de aquel castigo.

Mucho le amargaban y atormentaban las injuriosas frases, justas con él e
injustas con la marquesa, con que _la Caramba_ le arrojó de su casa;
pero más le compungió y más honda herida hizo en su corazón lastimado,
un escrito que le dirigió _la Caramba_, arrepentida de las injurias.

_La Caramba_ redactó aquel escrito poco antes de morir; y, legándole
además el San Vicente Ferrer de talla, se lo confió todo al padre
Atanasio. Este consideró conveniente que el marqués tuviese noticia del
escrito, pero no se le comunicó y le guardó entre sus papeles. El padre
Atanasio consintió en que yo le leyera y en que sacase de él la copia
exacta que aquí traslado.

«Ilustre señor marqués, a quien ya no me atrevo a llamar amigo: Creo
cumplir con un deber de conciencia dirigiéndome a usía, para pedirle
perdón de las muchas faltas que he cometido en su daño. Ni remotamente
tenía yo derecho a imaginar que las caritativas visitas que usía me
hizo, después de mi conversión, más aparente que real, le enlazaban
conmigo, por ningún estilo, y le ponían en la obligación de consagrarse
a mi persona con amistad exclusiva y única y de ser constante compañero
mío en la penitencia, cuando nunca lo fue en el pecado. Mi extraña
conversión y el refinamiento vicioso de quien, sin caer en ello, era aún
enamorada pecadora, me inducían a deleitarme con aquellas visitas, a
aliñarlas con el sabor picante de un falso misticismo y con las
mortificaciones y castigos que yo imponía a mi cuerpo, y a saborearlas
regalándome y alimentándome con la dulzura de ellas, como si usía fuese
mi Dios y no el que está en el cielo.

»De aquí mi descompuesta furia y mi loca desesperación cuando usía,
advertido a tiempo del peligro, dejó con razón de visitarme. Mi enojo
fue mayor aún cuando supe que usía se había casado; enojo absurdo,
porque usía ni me había prometido ni podía prometerme no casarse, para
ser fiel a las relaciones indefinibles en que soñé yo que estábamos. De
aquí que, rabiosa yo, maldijese de la marquesa, y ciega con mis celos me
la figurase un monstruo.

»Y de aquí, por último, que olvidando y echando a rodar todas mis
penitencias, mis cilicios, ayunos y disciplina, me entregase yo de
nuevo al demonio, cuya esclava y servidora había sido durante mucho
tiempo. Y el demonio me prestó, sin duda, el poder sobrenatural y los
medios de seducción casi irresistibles, con los cuales tendí a usía mis
infernales redes, donde por vez primera logré que usía cayese, para
insultarle y maltratarle luego con infamia. Y más vale así, porque peor
hubiera sido que hubiésemos caído ambos en más honda sima y en pecado
más grave.

»No me arrepiento, pues, de haber rechazado a usía: de lo que me
arrepiento es de haberle atraído con inaudita perfidia para rechazarle
luego. Cuando en esto pienso me doy a cavilar y a recelar que tal vez,
al principio, no hubo en mí perfidia, sino que me movió otra pasión,
cuando no peor, más peligrosa. ¿Me movió tal vez amor frenético y
desesperado? ¿Fue repentino y súbito el cambio en odio de este amor,
cuando le vi triunfante? El corazón de la mujer es un abismo de malvadas
inconsecuencias. Para abrazarme a mi ídolo le derribé del altar, y
cuando le vi por tierra, me llené de orgullo, y la adoración se trocó en
desprecio, y le pisoteé en lugar de recibir con júbilo y con vehemente
gratitud su beso.

»En fin, más vale que haya sucedido todo como ha sucedido. Dios tenga
piedad de mí y perdone mis culpas. Conozco que se acerca la hora en que
me llamará Dios a su tremendo tribunal. Aun así, no puedo menos de
pensar en usía y de anhelar que usía me perdone. Yo he sido su ángel
malo, y me arrepiento de ello y lo deploro. Compadézcame usía; pero no
me llore, porque descansaré con la muerte. Y no permita el cielo que la
paz del alma de usía se turbe y que se obscurezca su luz, al pensar usía
en mi último pecado y en el único sin duda que usía cometió por mi causa
e instigado por mí y por todos los espíritus del Averno que me
auxiliaban entonces.»

Así terminaba el escrito de _la Caramba_.

En cuanto al marqués, solo el padre Atanasio, su confesor, supo lo que
padecía, recordando su fea, aunque momentánea falta, y pensando, ya en
el misterioso afecto que _la Caramba_ le había inspirado, ya en la
singular pasión que tuvo por él aquella mujer, pasión que fue tomando
diversas formas y condiciones, que sin duda no extinguió el desengaño ni
la penitencia, y que no se desprendió del ser de ella hasta que se
desprendió de ella el alma al exhalar el postrer suspiro.



GARUDA O LA CIGÜEÑA BLANCA


I

En las fértiles orillas del azul y caudaloso Danubio, no muy lejos de la
gran ciudad de Viena, vivía, hace ya cerca de medio siglo, la Condesa
viuda de Liebestein, nobilísima y fecundísima señora. Al morir el Conde,
su marido, le había dejado en herencia muchos pergaminos, poquísimo
dinero, escasas rentas, abundantes deudas, y once hijos, entre varones y
hembras, el mayor de dieciocho años.

La Condesa, con admirable economía, fue poco a poco pagando todas las
deudas del Conde, y halló además recursos para dar carrera a sus hijos
varones, que fueron militares, unos al servicio de Prusia, otros al de
Austria, y otros al de Baviera. Casó además con caballeros de su clase,
que todos eran Condes, y el que menos tenía dieciséis cuarteles, a
cuatro de sus hijas, condesas también desde su nacimiento.

Conseguido tan difícil triunfo, la Condesa viuda vivía tranquila y
retirada en el castillo o mansión señorial que le había dejado en
usufructo y de por vida su difunto esposo.

Las hijas, casadas, se habían ido con sus respectivos consortes. Los
hijos, militares, andaban por los campamentos, o de guarnición, o
asistiendo y sirviendo en distintas residencias imperiales y regias.

La Condesa se hubiera quedado sola con su servidumbre, si el cielo no
hubiera dispuesto que el más alegre y entendido de sus hijos, cuando
apenas tenía doce años, hiciese la travesura de montar en un potro
cerril, que se despeñó y rodó con él por un barranco, dejándole lisiado
para siempre, y tan cojo, que difícilmente podía salir de casa, a no
tomar muletas, en vez de tomar las armas. El conde Enrique vivía en el
castillo; acompañaba a su madre, y, pensador y estudioso, se iba
haciendo gran sabio y leía mucho, porque en el castillo daba pábulo a su
afición una copiosa y escogida biblioteca, fundada hacía siglos por sus
antepasados y acrecentada de continuo.

No pequeña parte del castillo estaba muy cómoda, elegante y hasta
ricamente amueblada aún, gracias al esmero cuidadoso de la Condesa
viuda. Tapices flamencos cubrían las paredes de dos amplios salones. Los
antiguos muebles se hallaban en perfecto estado de conservación. En las
alcobas había camas de roble primorosamente esculpido y con colgaduras
de damasco. Varios retratos de familia, de pomposas damas y de
caballeros armados, prestaban autoridad a las habitaciones y les ponían
muy aristocrático sello. Durante los fríos y las nieves invernales se
estaba allí muy a gusto, gracias a enormes chimeneas donde podían arder
troncos enteros de encina y a colosales estufas de loza vidriada que
había también en no pocos cuartos. Pero el edificio era vastísimo, y
proporcionalmente era pequeña la porción de él que se conservaba
amueblada y habitada. Largas y desiertas galerías, salas sin muebles,
pasadizos misteriosos y estrechas y torcidas escaleras que bajaban a los
profundos sótanos o subían hasta lo más alto de las torres, prestaban al
conjunto del edificio muy medroso aspecto y a la imaginación fértil y
extenso espacio donde crear fantasmas y sobrenaturales prodigios.

Acostumbrada y encariñada la Condesa viuda con su antigua vivienda,
nada, sin embargo, temía. Al contrario, tal vez se hubiera complacido
ella en ver con los ojos de su cuerpo mortal y en hablar y en oír hablar
a varias almas en pena de los progenitores de su marido, las cuales
almas, según afirmaba el vulgo, solían aparecerse durante la noche, y
andaban vagando por los más recónditos camaranchones y obscuros
escondrijos de aquel laberinto arquitectónico.

Tampoco el conde Enrique, algo descreído y volteriano, tenía miedo de lo
sobrenatural. Casi sobrenatural se consideraba él mismo. Vivía
artificialmente, merced a un severo régimen y a la atinadísima ciencia
de su médico. En su primera mocedad, y, a pesar de su cojera, había
gozado de mejor salud relativa, y había podido pasar largas temporadas
en Viena, asistiendo a las aulas y dedicándose al estudio. Empeoró
después su salud y se encerró tan obstinadamente en el castillo, que
nunca salía de él y acompañaba siempre a su madre. Por su carácter era
un ángel, y por su facha, a no ser tan bondadoso, hubiera parecido un
demonio, aunque por lo feo y pequeñuelo no dejaba de parecer un duende.

El ser que iluminaba el castillo con esplendores de poética hermosura,
era la gentil Poldy, única hija de la Condesa viuda que permanecía
soltera, aunque frisaba ya en los veintiocho años.

Como era muy distraída y muy corta de vista, y tenía, si es lícito
valernos de una expresión gráfica aunque harto vulgar, grandes humos
aristocráticos, apenas había tratado ni fijado siquiera la mirada en
individuo alguno de la humanidad circunstante, como no tuviese por lo
menos dieciséis cuarteles de nobleza. A los criados, a los campesinos y
a los desvalidos y pobres, sí los miraba, pero los miraba para
protegerlos y ampararlos hasta donde alcanzaban sus medios y recursos.
Lo que es de igual a igual, la condesa Poldy no trataba a nadie, ni
fijaba su atención en nadie como no fuera de su clase. Para excitar su
caridad, para pedir consejo o auxilio, toda criatura humana, por
miserable y desvalida que fuese, podía llegar hasta ella, segura de que
ella le tendería sin repugnancia sus blancas y piadosas manos, como las
de Santa Isabel, reina de Hungría, sobre la inmunda cabeza del tiñoso;
pero, si Poldy había de recibir a una persona en su estrado y conversar
familiarmente con ella, esta persona necesitaba contar, entre sus
ascendientes, héroes y príncipes, y ser además por sí atildado, culto y
perfecto dechado de cortesía, de discreción, y de otras mil raras
prendas.

Alguien calificará tal vez a esta señorita de engreída, fastidiosa y
hasta inaguantable. Yo ni la defiendo ni la injurio. La pinto como ella
fue, sin quitar ni poner nada. Su orgullo, a la verdad, aunque es falta
que no merece disculpa, no carecía de fundamento, porque, sobre ser
Poldy de nobilísima estirpe y contar entre sus ascendientes a un héroe
que peleó en Legnano, al lado de Federico Barba-roja, contra el ejército
de la liga lombarda, y a otro que estuvo de cruzado en Palestina, con el
impío Emperador Federico II, era ella de por sí hermosa y discreta y de
tan fino temple de carácter y de tales bríos, que parecía una reina y
avasallaba todas las voluntades.

Habían bastado sus breves apariciones en Viena, en casa de una tía suya,
para que se llevase a las gentes tras de sí y la proclamasen
_hauptcomtesse_ o como si dijéramos Condesa capital o princesa y
capitana de las condesas todas.

Es evidente que, siendo ella así, no había carecido de novios, entre los
señores de su clase; pero, como era tan descontentadiza y dificultosa de
gusto, ningún pretendiente le agradaba ni le satisfacía. Uno le parecía
tonto, otro ordinario, otro feo y otro vulgar. En suma, ninguno la
enamoró, y, repugnando casarse por casarse, sin estar enamorada,
permaneció soltera.

Vivía casi siempre retraída en el castillo, donde no veía ni hablaba a
nadie más que a su madre, a su hermano y a las gentes que los servían.

A fin de gozar, no obstante, de cierta libertad y de poder ir de vez en
cuando a Viena sin otra custodia que la de su doncella, a los veintidós
años se había hecho _stiftdame_ o sea canonesa. Ningún voto perpetuo la
ligaba, apenas tenía obligación de vivir algunos días en comunidad, y
alcanzaba en cambio no cortos privilegios, exenciones y autorizada
consideración.

A pesar de estas facilidades y ventajas, hacía ya tiempo que la condesa
Poldy se había aficionado tanto a la soledad, que no iba a Viena, ni
salía del castillo y de sus rústicas cercanías.

Su conversación con el conde Enrique acabó por infundir en su espíritu
idéntica curiosidad, igual afán de saber y no menos decidida afición a
toda clase de estudios. En ella, sin embargo, predominaba el amor a la
poesía, sobre todo, cuando tenía por objeto el examen de lo íntimo del
alma propia para sondear sus misteriosos abismos y buscar y hallar luego
en el lenguaje humano la expresión adecuada de sus ensueños, anhelos y
vagas creencias y esperanzas.

El misticismo algo panteísta que llenaba y colmaba su espíritu, rebosaba
y trascendía a lo exterior convertido en hondo sentimiento de la
naturaleza y en arrobo contemplativo y extático de las remotas estrellas
del cielo y de las flores y plantas del intrincado y frondoso bosque que
casi rodeaba el castillo.

Durante el invierno, la Condesa Poldy, retenida en el castillo por las
lluvias y los hielos, no daba tan largos paseos ni eran sus excursiones
tan reposadas y contemplativas como en la primavera y en el verano.
Pero, durante la primavera, se desquitaba bien de su forzada reclusión
permaneciendo largas horas en el bosque. Ya se paraba a meditar, ya iba
con lentitud y sin dirección determinada, y ya se detenía, o bien
mirando una flor, una mariposa, una libélula, o los caprichosos efectos
de la luz al través de las verdes ramas, o bien oyendo cantar los
pájaros, o el murmullo del agua del arroyo al quebrarse en las guijas, o
el manso susurrar del aura entre las verdes y tempranas hojas.

Cuando la condesa Poldy daba estos paseos meditabundos, cuando salía,
como solía ella decir, a caza de impresiones poéticas, no gustaba de que
nadie la acompañase; siempre iba sola.


II

En un hermoso día de los últimos del mes de Mayo, la condesa Poldy se
hallaba sola, en lo más intrincado del bosque, entre diez y once de la
mañana. Sencilla y elegantemente vestida, llevaba en la airosa cabeza un
gracioso sombrero de paja de Italia y pendiente del brazo izquierdo un
ligero canastillo de mimbre. Aquel día no eran la meditación y la
contemplación de las bellezas naturales el único propósito de su paseo.
Tenía otro más práctico. Iba ella a coger fresas silvestres, de las muy
delicadas que en abundancia producía aquel bosque, y a coger también
cierta florida hierbecilla, llamada _waldmeister_, que se pone y conque
se perfuma y sazona el _maitrank_, deliciosa bebida propia de aquella
estación y de la que gustaba muchísimo la Condesa viuda.

Buscando fresas y _waldmeister_, Poldy se había alejado del castillo y
penetrado en la profundidad del bosque, harto más de lo que solía. Así
vino a encontrarse en sitio muy solitario y agreste, donde, rota la
espesura que los apiñados árboles formaban con su denso follaje, había
una pequeña laguna. En la orilla opuesta de aquélla a la que Poldy se
había acercado, se alzaba un obscuro y ruinoso torreón. Todo el terreno
que circundaba la laguna era húmedo y vicioso. Las emanaciones palúdicas
habían ahuyentado las aves de aquel sitio. Las aves no le alegraban con
sus trinos y gorjeos como hacían en otros lugares del mismo bosque. Casi
hundidas las raíces en el agua se veían a trechos espadañas y juncos en
muy pobladas matas. Sobre el haz del agua dormida, que no rizaba
entonces el más ligero soplo de viento, se extendían la verde lama y las
redondas y anchas hojas de nenúfar, cuyas blancas flores se levantaban
en el aire tranquilo. Los pies de Poldy se hundían en la hierba que
había crecido muy alta. Cada vez que fijaba en el suelo uno de sus
menudos pies, se espantaban las ranas que entre la hierba se hallaban
ocultas, y daban estupendos brincos, zambulléndose en el agua estancada.
El ruido que hacía el agua, al chapuzar en ella las ranas, era lo único
que interrumpía el maravilloso silencio que reinaba en torno.

Poldy, por irreflexivo y curioso instinto, siguió andando por la margen
de la laguna hacia el sitio donde el torreón se parecía. Y estando ya
muy cerca de él, vio de improviso un objeto que, si bien ella no era
tímida, le produjo un sacudimiento nervioso, por mostrarse tan de
repente y cuando menos lo recelaba. Era una corpulenta cigüeña blanca,
que salió de detrás del torreón, y que sin el menor espanto, sino mansa
y serena, se vino hacia Poldy con paso lento, grave y majestuoso. De vez
en cuando movía la cabeza a un lado y a otro con graciosa coquetería.
Cuando estuvo más cerca, dio algunos saltitos, extendió y batió las
largas alas como en señal de júbilo, y abriendo y cerrando repetidas
veces el rojo pico, produjo un son muy semejante al de las castañuelas.
Volviendo luego a andar con mayor lentitud y con cierta vacilación, como
si el respeto le contuviera, siguió el pájaro peregrino caminando hacia
Poldy, y parándose a cada dos o tres pasos como si aguardase el permiso
de llegar hasta ella.

Comprendió Poldy la intención del pájaro; no temió nada porque le
consideró inofensivo, pero extrañó que se le mostrase tan cariñoso y
que tan resueltamente y a largos trancos de sus zancas enjutas viniese
hacia ella como si fuese un antiguo amigo suyo. ¿Le habría conocido y
tratado antes y no lo recordaría entonces? Poldy buscaba en balde por
todos los más hondos y olvidados senos de su memoria algún vago recuerdo
de aquel conocimiento y trato. No hallaba el menor rastro ni la más
ligera huella de haberlos tenido jamás. La misma cigüeña dejaba ver que
nunca había conocido a Poldy, pues aunque no atinaba a expresarse en
ningún idioma humano sino sólo con los resonantes castañetazos de su
pico, la lentitud de su marcha, sus paradas frecuentes y cada una de las
miradas que sus pardos ojos dirigían a Poldy parecían significar
interrogación y súplica, como si dijesen: graciosa Condesa, ¿me permite
V. E. que me aproxime y la trate? Había además en la cigüeña un no
sabemos qué de exótico: cierto raro modo de ser, bastante parecido al
que se nota en un viajero de distinción, venido de muy remotos países,
con quien por dicha tropezamos y entablamos conversación sin pensarlo ni
pretenderlo y solamente a causa de súbita y misteriosa simpatía.

Poldy, sin duda, simpatizó con la cigüeña. Le cayeron en gracia y le
ganaron la voluntad el respetuoso acatamiento y la amistosa dulzura
conque la cigüeña la miraba. Confesó, allá en sus adentros, que la
cigüeña sabía tratar a las gentes como merecían, y que, naturalmente,
estaba dotada de exquisita buena crianza, aunque por ser crianza no
aprendida, más bien debiera llamarse soltura fina o refinado tacto de
mundo.

En fin, Poldy se allanó a tratar a la cigüeña sin que nadie se la
presentase y sin saber quién era ni cuántos cuarteles tenía; dio también
hacia ella algunos pasos, y extendió la mano y le tocó regaladamente la
cabeza. La cigüeña se dejó acariciar y mostró la satisfacción y el gusto
que aquellas nobles caricias le causaban, entornando los párpados como
si se adormeciese y restregando suavemente el largo cuello sobre la
vestidura de la linda dama. Pasó ésta la mano por el cuello de la
cigüeña, bajándola hasta el ancho buche, cubierto todo de abundantes y
blancas plumas. Entonces advirtió con sorpresa que la cigüeña tenía
allí, suspendido de listón muy sutil, un pequeño retazo de tela de seda,
que, flexible y apiñada, formaba poquísimo bulto.

Poldy no pudo resistir la curiosidad ni vencer el deseo de apoderarse de
aquella prenda. Pronto desató el lazo conque por medio del listón
colgaba la prenda del cuello del pájaro y se quedó con la prenda en las
manos.

No se sabe si espantada entonces la cigüeña o enojada del que pudo
considerar despojo, se apartó bruscamente de la dama, extendió las alas,
salió volando, se remontó en los aires y acabó por perderse de vista.

Avergonzada quedó Poldy como si hubiese cometido un hurto villano, pero,
al fin, desechó los escrúpulos, pensando que no había ella tenido la
intención de quedarse con la prenda y que estaba dispuesta a
devolvérsela al pájaro, si el pájaro acudía de nuevo a ella y de algún
modo la reclamaba.

Desenredó luego Poldy más de un metro de listón que estaba devanado en
la tela de seda, dándole forma de ovillo, y desenvuelta la tela, que era
del color de los albaricoques, vio escritos en ella con muy negra tinta
varios renglones en extrañas y menudas letras. Ella las miró y las
remiró, pero en vano, porque no conocía una sola. Y aunque era
medianamente sabia y aprovechada discípula de su hermano el conde
Enrique, no acertaba a determinar con fijeza a qué alfabeto y lengua
aquellos signos y palabras pertenecían. Sospechó, no obstante, que las
inscripciones de la tela de seda estaban en sanscrito, lengua que
estudiaba con asiduidad y provecho su hermano el conde Enrique.


III

Volvió Poldy al castillo aguijoneada por la curiosidad y deseosa de que
le descifrase su hermano lo que la tela decía. Almorzó con muy buen
apetito, y luego, mientras que la Condesa viuda dormía después del
almuerzo, como tenía de costumbre, se fue a la biblioteca con su hermano
Enrique, le contó su encuentro con el pájaro zancudo, le enseñó la tela
de seda y le rogó que tradujese lo que en ella había escrito.

El conde Enrique confesó que no estaba bastante versado en la lengua de
Valmiki para traducir de repente los versos, pues indudablemente eran
versos los que había en la tela; pero pidió tiempo y prometió a su
hermana presentarle una exacta traducción de todo en aquel mismo día.

En efecto; pocas horas después buscó el conde a Poldy, la llevó de nuevo
a la biblioteca, y con aire de triunfo le mostró los versos ya
traducidos.

--No se qué pensar, dijo a su hermana. A veces imagino que la cigüeña
vino de la India, donde pasó el invierno, y que los versos son obra de
algún brahman, Rajá o nababo muy ilustrado, y, a veces, sospecho que
bien puede ser algún erudito compatriota nuestro quien compuso los
versos y quien colgó la tela al cuello de la cigüeña para embromar al
que la encontrase.

--¿Qué fin--contestó Poldy, había de proponerse algún compatriota
nuestro con ese engaño? Yo no conozco aún los versos, pero doy por
seguro que su autor vive en las orillas del Indo o del Ganges, y no en
las del Rin o del Danubio. A ver... lee.

--Ya verás y notarás en los versos cierta inspiración más europea que
asiática. Las composiciones son tres: dos muy breves; y una de estas dos
parece calcada sobre cuatro versos del _Prólogo en el cielo_ del
_Fausto_. La coincidencia es inverosímil. Y, aunque no es imposible, yo
encuentro raro y sospechoso que un brahman lea a Goëthe y le imite.

--Vamos, lee los versos sin más prólogo.

--Los versos dicen:

    Pido al cielo su estrella más brillante;
    Pido al suelo su dicha más completa;
    Y ni cercano amor, ni amor distante
    Mi conmovido corazón aquieta.

--Es verdad, dijo Poldy; los versos son muy semejantes a los de Goëthe,
salvo que el poeta dice de sí mismo lo que dice Mefistófeles de Fausto.

--Pues oye estos otros que tienen no se qué dejo de metafísica
cristiana; de misticismo por el estilo del de Tauler o del del maestro
Eckart:

    Sin alas y sin luz la mente humana
    En balde en pos de lo ideal se lanza;
    Pero la voluntad recorre ufana
    La eterna inmensidad de la esperanza.

--Eso es verdad,--exclamó Poldy, y lo mismo se le puede ocurrir a un
indio que a un cristiano. En la India hay desde muy antiguo, según he
oído decir, místicos tan profundos como los de Alemania. Además, en
todos los países, ha de haber habido pensadores y poetas que imaginaran
y expresaran que se podía penetrar y subir con el amor a donde nunca
sube y penetra el raciocinio por sutil y elevado que sea.

--No quiero discutir. Convengo en que un brahman puede haber compuesto
la copla que acabo de decirte traducida. Tal vez yo en la traducción le
he prestado una apariencia europea que en el original no tiene. Oye
ahora la última composición. El poeta desciende en ella de las
elevaciones místicas, y se abate y se humana como cualquier enamorado
con el amor terrenal y sensual que las mujeres inspiran. Algo, no
obstante, queda aún en esta composición del misticismo de las otras. Es
como un pequeño fragmento de _El cantar de los cantares_, o mejor diré
del Gita-govinda, cuyos requiebros, ternuras y descripciones materiales
pueden interpretarse por estilo ultramundano y trascendente. La
composición además tiene en este caso una singularidad que no tiene ni
el idilio erótico de los hebreos ni el de los indios. Salomón y Crishna
veían, oían y tocaban a sus bellas y enamoradas amigas, pero este poeta
ni toca, ni ve, ni oye a la suya, si no se la imagina con indecisa
vaguedad, y de tal suerte, que lo mismo puede vivir en este planeta que
en otro remotísimo, y lo mismo puede ser nuestra contemporánea, que
haber nacido hace cuarenta siglos o que estar aguardando aún otros
cuarenta, en el mundo de las ideas, antes de que llegue el día de su
encarnación y de su aparición entre los seres de nuestra casta.

--Muy curioso es lo que me cuentas, pero no es original ni nuevo. ¡Es
tan difícil ser nuevo y original! ¿No se enamora Fausto de Elena, que
vivió dos mil quinientos años antes de que él naciese? ¿No hay un cuento
árabe o persa, donde un príncipe musulmán, que vivió doscientos o
trescientos años después de Mahoma, está perdidamente enamorado de
cierta reina o infanta de Serendib o de Sabá, que floreció en tiempo de
Salomón y fue rival de la Sulamita?

--Todo eso es así, pero aún es más vaga e indeterminada la señora de los
pensamientos de nuestro poeta indio. El príncipe musulmán enamorado de
la rival de la Sulamita, había hallado y admirado el retrato de ella en
el tesoro de su padre, mientras que no hay retrato ni hay el menor
indicio por donde pueda entrever o tener alguna idea o noción de su
dama, el autor de los versos que he traducido. Óyelos con atención.

--Soy toda oídos.

El conde Enrique leyó de esta suerte:

    ¿Dónde te escondes, hermosa mía,
    que no consiguen verte mis ojos,
    Como te sueña mi fantasía,
    Llena de gracia, libre de enojos?

    Ven do el kokila dulce gorjea,
    Do presta el loto su aroma al viento,
    Ven que mi anhelo verte desea
    Y comprenderte mi entendimiento.

    No eres ensueño, realidad eres;
    No finge el alma hechizos tales,
    Aunque más bella que las mujeres
    Suya te llamen los inmortales.

    En la luz pura de tu mirada
    Amor enciende sus dardos de oro,
    y son tus labios urna sellada
    De sus deleites fuente y tesoro.

    Ora residas lejos del suelo
    Ora aparezcas en otra edad,
    Por los tres mundos en raudo vuelo
    Irá buscándote mi voluntad.

    Perla brillante, aunque escondida
    En lo profundo del mar estés,
    Yo sabré hallarte, bien de mi vida,
    Para que excelso premio me des.

Poldy oyó atentamente los versos y habló de ellos con su hermano y hasta
los juzgó con aparente frialdad crítica, concediéndoles algún mérito y
señalando sus muchos defectos. Lo que ella disimuló, y no reveló ni a su
hermano ni a nadie, fue el enjambre de suposiciones y de ensueños que
los versos suscitaron en su fantasía. Ya se figuraba ver escribiéndolos
a un elegantísimo y joven brahman, no lejos de su magnífica quinta, bajo
verde enramada, en las fértiles orillas del Kausikí, ya que los componía
en su propio alcázar el príncipe heredero de Ayosia, de Cachemira o de
cualquiera otro de los reinos y países que describen las antiguas
epopeyas. Pero el autor de los versos era contemporáneo de ella y se
parecía a ella en extremo por la dolencia y la pasión que le
atormentaban. Amaba o mejor dicho deseaba amar; nada veía en torno suyo
digno de su amor; y buscaba lejos, a ciegas y sin guía el raro y
precioso objeto que mereciese ser amado.

En lo más íntimo de su alma caviló mucho Poldy sobre todo esto, y urdió
y tejió infinidad de historias, en su sentir bellísimas, con las que
ella se deleitaba en secreto sin comunicárselas a nadie, ni siquiera a
la anciana institutriz Justina que era su confidente.


IV

Engolfadísimo en sus estudios, el Conde Enrique no tenía voluntad ni
entendimiento sino para continuarlos. En las demás cosas de la vida
estaba sometido siempre al entendimiento y a la voluntad de su hermana
Poldy, a quien él amaba en extremo. Prohibiole ésta que hablase con
nadie del encuentro de la cigüeña, de los versos y de la traducción, y
el Conde Enrique obedeció y se lo calló todo.

No quería Poldy que su madre se enterase de nada. La Condesa viuda era
una señora dotada de un espíritu tan prosaicamente positivo, que sin
duda hubiera destruido con sus discursos todo el caramillo de
suposiciones poéticas que Poldy había levantado y que en manera alguna
quería ella que nadie derribase.

La Condesa viuda acusaba además y zahería con frecuencia a su hija,
calificándola de extravagante, de soñadora, de alucinada, de acérrima
enemiga de lo juicioso y de lo razonable, y de temeraria perseguidora de
ideales inasequibles y absurdos. Si la Condesa viuda pensaba así de
Poldy ignorando el suceso de la cigüeña, ¿qué no pensaría y qué no diría
si lo supiese?

Poldy no volvió, pues, a hablar de él ni con su mismo hermano, como si
su mismo hermano lo ignorara, o como si ella tuviese la pretensión de
que él lo olvidase.

A solas, pues, y en toda libertad, Poldy se figuraba a medida de su
deseo, al autor de las tres poesías. Ya le suponía en Benarés, ya en
Delhi, ya en Calcuta, ya en otros lugares de la India, pero siempre
noble, joven y hermoso, y _chatria_ o brahman, cuando no príncipe.

El incógnito personaje padecía una enfermedad mental semejante a la de
Poldy. Eran sus síntomas el desdén y el hastío de cuanto le rodeaba, y
la vaga aspiración a un bien remoto, confusamente trazado y medio
desvanecido entre las nieblas y vapores de mil ensueños.

Poldy desechaba por vulgar y necia la creencia de su hermano, de que un
erudito alemán hubiese compuesto los versos sanscritos para entretenerse
o para mostrar su pericia. Para ella no cabía la menor duda: los versos
eran obra de un ilustre y joven señor de la India.

Poldy iba amenudo más adelante en sus atrevidas imaginaciones. No creía
ella que el pájaro zancudo que se le había aparecido tuviese la menor
semejanza ni con el cisne de Leda ni con el toro blanco de la gallarda
hija de Agenor; pero ¿no podría la cigüeña ser instrumento de algún gran
sabio; acaso de un genio o de una hada, cuyas poderosas sugestiones
hubiese obedecido al venir a visitarla? ¿Quién se atreverá a limitar la
extensión de lo posible? Si no fuésemos a creer sino lo que
comprendemos, apenas creeríamos nada.

Acudía a veces a la memoria de Poldy un cuento de las _Mil y una
noches_, y se deleitaba en presumir que lo que a ella le pasaba tenía
algún parecido con dicho cuento. En las más elevadas regiones del aire,
se encontraron una noche un hada y un genio que iban volando en opuestas
direcciones. Allí se hablaron y se confiaron que el hada venía de
visitar y dejar dormido al más hermoso príncipe que había en el mundo, y
que el genio, procedente del otro extremo de la tierra, venía de
contemplar y de admirar también a una maravillosa princesa dormida en su
lecho virginal, allá, en el más recóndito, elegante y perfumado camarín
de su magnífico palacio. Genio y hada se proponen que príncipe y
princesa se conozcan, se enamoren y se casen, y los medios a que
recurren para lograrlo constituyen el enredo de la mencionada historia.
Poldy, aunque suavizando mucho lo sobrenatural, así por modestia, como
por el escepticismo que es tan propio del siglo presente, se dio a
sospechar que en todo lo sucedido podría muy bien y casi naturalmente
haber algo que con el cuento oriental coincidiera.

Ella había oído decir y hasta había leído en obras recientes que tratan
de Teosofía, que hay • en la India ciertos sabios llamados _mahatmas_,
que a fuerza de introinspección y de asiduo examen en las honduras del
propio ser, adquieren poder estupendo y descubren raros secretos de la
naturaleza, por cuya virtud realizan acciones que tienen apariencia de
milagrosas, aunque no lo sean. ¿No sería quizás el autor de las tres
poesías alguno de esos hábiles _mahatmas_ que había adivinado a Poldy,
que la había entrevisto mentalmente, que se había prendado de ella y
•que para comunicarle sus impresiones y enviarle sus versos sin
infundirle mucho asombro, se había valido del medio naturalísimo del
pájaro zancudo, cuya condición propia le lleva, sin nada de brujerías ni
de otras malas artes, a pasar el verano en Austria y el invierno en la
India?

De esta suerte cavilaba Poldy, forjando y desbaratando casos
fantásticos. Era como el niño que se entretiene en levantar con esmero y
conservando bien el equilibrio un alto y complicado castillo de naipes,
y luego le derriba para divertirse y jugar levantando otros.

En suma; Poldy no sabía a qué atenerse ni por qué decidirse. No se
declaraba a sí misma cuál de los castillos por ella levantados era el
que más le agradaba. Lo que no podía menos de reconocer era que la faena
de levantarlos y de •derribarlos la deleitaba no poco.


V

Poldy buscaba la soledad entonces más que nunca. En las conversaciones
con su hermano, con su madre y con su aya, se mostraba distraída. Y
esquivando amenudo toda compañía, iba a dar por el bosque solitarios
paseos.

Aunque sea ordinaria comparación, así como puede conjeturarse y preverse
que el sitio más apropósito de hallar a un goloso es una buena
confitería, así Poldy conjeturaba que de seguro volvería a hallar a la
cigüeña a orillas de la laguna donde la halló por vez primera. Había
allí tal abundancia de ranas, lagartos, sapos, escuerzos y otras
sabandijas, que era la tierra de promisión para aquel pájaro zancudo, el
cual, por su gran tamaño y por la extraordinaria longitud de sus alas,
cubiertas en los extremos de lustrosas y negras plumas, dejaba conocer
que era del género masculino. Lo que Poldy no acertaba a determinar era
si el pájaro estaba casado o soltero. Poldy le veía siempre solo y como
no entendía su lenguaje, no le preguntaba si era casado, como en España
solemos preguntar a los loros, que responden a la pregunta.

Era también un misterio para Poldy el lugar donde anidaba la cigüeña.

La veía a orillas de la laguna. El pájaro la saludaba con sonoros
castañetazos, dando saltitos y batiendo las alas, que abiertas abarcaban
más de dos metros y medio. Era en su especie un individuo de
notabilísimo mérito.

Parecía meditabundo y pensativo, pero debía callarse muy buenas cosas.
En vano esperaba Poldy y hasta fantaseaba el milagro de que la cigüeña
hablase, pero la elocuencia de la cigüeña jamás iba más allá de los
castañetazos de costumbre y de algunos roncos y desentonados silbos, que
eran todo su lenguaje.

Con esto nada podía ponerse en claro.

La cigüeña se mostraba muy amiga y muy mansa con la joven Condesa. No le
guardaba rencor porque le hubiese quitado la tela de los versos.
Restregaba la cabeza y el cuello contra la vestidura de la linda dama, y
parecía gustar de que ella le pasase la mano por el largo cuello y por
las alas, y le alisase las plumas.

Estas mudas conferencias, que tenían lugar dos o tres veces cada semana,
duraban poco y no se puede decir que fuesen muy amenas. Por lo demás, la
cigüeña tenía el instinto de no aburrir, y siempre terminaba las
conferencias pronto y de un modo brusco, lanzándose repentinamente en el
aire, trazando graciosas espirales en su sereno vuelo y al cabo
perdiéndose de vista.

Pasó la primavera, pasó el verano, vino luego el otoño, como sucede
siempre, y empezó por último a aparecer el invierno. Poldy tuvo entonces
barruntos de que la cigüeña iba a emigrar y a volver sin duda al soñado
palacio, a la ciudad oriental, al templo o a la quinta, donde el autor
de los versos moraba.

Irresistible fue la tentación que sintió de escribirle. ¿Porqué no había
de hacerlo por estilo prudente y decoroso que no la comprometiera?

Poldy pensó además que, si bien no era inverosímil que por ministerio de
los genios o de las hadas o por virtud de la ciencia de los _mahaturas_,
el autor de los versos hubiera logrado tener clara visión de ella, nunca
estaría de sobra enviarle un buen retrato suyo en fotografía. En
nuestros tiempos no implica esto muy decidido favor. Cualquier sujeto,
el más plebeyo de los mortales, podía comprar por un florín el retrato
de Poldy, expuesto en los escaparates de muchas tiendas de Viena, entre
las bellezas de la corte y del teatro, entre princesas, actrices y
bailarinas. Si cualquier pelafustán compatriota de Poldy podía poseer su
imagen, ¿qué atrevimiento ni qué falta de decoro habría en enviársela
por medio del pájaro zancudo al poeta incógnito, que no podía menos de
ser príncipe, nababo, brahaman o _chatria_, allá en la tierra de Rama y
de Sita, de Nal y de Damayanti?

Hechas estas reflexiones y otras por el mismo orden, que, se omiten aquí
para evitar prolijidad, Poldy, escribió una extensa carta, en papel muy
fino para que abultase poco; tomó un retrato suyo, sin cartón, en el
cual retrato estaba ella descotada y lindísima en su elegante traje de
baile; lo incluyó todo en un sobre con fuerte forro de tela que cerró y
selló con lacre; escribió encima: _al incógnito poeta indio_; agujereó
la carta con un punzón; pasó una fuerte cinta al través del agujero; y
así preparado todo, lo colgó al cuello de la cigüeña como si fuese la
insignia de comendador de cualquiera ilustre Orden.

La cigüeña se estuvo muy quieta, aguardando que Poldy sujetase bien la
cinta a su cuello para que no se desatase y para que la carta no se
cayese. Y apenas comprendió que estaba ya bien condecorada, dio un
tremendo salto, alzó el vuelo, se remontó en el aire y voló con tanto
brío como si se largase ya a la India sin parar en rama.

Dejémosla ir en paz, mientras nosotros, que estamos en todos los
secretos, nos adelantamos a copiar aquí lo que Poldy había escrito, que
era como sigue:

«Irresistible impulso me lleva a escribiros sin conoceros. Sé que me
expongo a que me juzguéis poco circunspecta, muy atrevida y harto libre.
Ignoro vuestra condición en el mundo, vuestro linaje, vuestras creencias
religiosas, vuestra edad y vuestra patria. Mi espíritu, no obstante, se
siente arrebatado hacia donde vuestro espíritu se halla y se cree unido
a él por el estrecho y fuerte lazo de los mismos sentimientos y de las
mismas ideas. En torno mío todo me es indiferente, todo me parece
rastrero y mezquino. No es extraño, pues, que busque yo como vos, en
apartadas regiones, un alma que simpatice con la mía, aunque sea sólo
por sentirse atormentada de la misma dolencia. No acierto a explicarme
el fin que pueda tener yo enviándoos estos renglones y hasta enviándoos
mi retrato. Lo hago sin propósito, fatal e irreflexivamente. Mi único
anhelo es acaso que sepáis que pienso y siento como vos, que ardiente
sed de tiernos afectos agita y quema mi corazón sin que la satisfaga ser
alguno de cuantos miro cerca de mí. La clara nitidez del cielo poblado
de estrellas, el silencioso apartamiento del bosque, la belleza y la
gala de los campos floridos, todo embelesa mi alma, todo hasta cierto
grado la enamora, pero todo deja en ella inmenso vacío, que sólo otra
inteligencia y otra voluntad, humanas o divinas, iguales o superiores a
mi voluntad y a mi inteligencia, pueden llenar si me acuden; si prueban
el afán que yo pruebo y si logran infundirse en el abismo de mi
pensamiento, compenetrándole, fundiéndose con él y haciéndose con él uno
solo. No os conozco: no sé si sois vos a quien yo busco. Por esto mismo
declaro sin ruborizarme mi extraña pasión, de la que en realidad no sois
objeto. Criatura mortal sois sin duda como yo lo soy. En esta vida
terrenal, que vivimos ahora, únicamente podría yo amaros si se
cumpliesen determinadas condiciones de criatura mortal que en vos tal
vez no se cumplan. Tal vez las que yo poseo no respondan a vuestra
aspiración tampoco. Y sin embargo yo soy joven, de nobilísima estirpe, y
muy alabada de hermosa, aunque por modestia debiera callarlo. Os
confieso lo más íntimo, lo más oculto y delicado de mi sentir y de mi
pensar. Os declaro quien soy, donde vivo y como me llamo. La confesión y
la declaración van dirigidas a un ser que yo me finjo: a un ser que mi
imaginación ha forjado. ¿Querréis vos y podréis vos demostrar que
convenís sustancialmente con lo imaginado por mí; que sois la forma
material y visible del espectro etéreo por quien estoy obsesa, y el
astro luminoso cuyos matinales resplandores columbro, y el ansiado
aliento de primavera, que al venir el alba despierta y mueve a cantar a
las aves, y separa y extiende los pétalos de las flores para recoger su
aroma y darles en pago su rocío? Yo explico aquí mi sueño. Si tiene
algún fundamento real, a vos os toca manifestarlo. Si no estáis muy
seguro de la existencia de tal fundamento, lo mejor es que calléis.
Respondiéndome, sólo conseguiríais disipar la más bella de mis
ilusiones, reemplazándola con una realidad ruin y triste y con el
consiguiente desengaño. Pero si estáis seguro de que mi sueño no carece
de fundamento, respondedme, decidme quien sois, venid a mí y mostraos. A
orillas del azul y caudaloso Danubio, en el castillo de Liebestein, os
espera

POLDY.»


VI

Apresuradamente por el temor de que la cigüeña se fuese a la India sin
llevar prenda suya, y con vehemente exaltación, sublimada por la soledad
y como destilada en el encendido alambique de sus ocultas cavilaciones,
escribió Poldy la apasionada carta que acabamos de transcribir; mas no
bien voló la cigüeña, llevándosela colgada en el cuello, Poldy se
arrepintió y aun se avergonzó de haber escrito la carta, mostrándose tan
tierna y tan afectuosa con un desconocido. La suerte, sin embargo,
estaba echada. El mal no tenía ya remedio. Menester era resignarse y
callar. ¿Quién, desde la India, por poco sigiloso y por muy jactancioso
que fuese, había de tener el capricho de hacer saber en Viena que Poldy,
la orgullosa, la siempre esquiva, con condes, con príncipes y hasta con
archiduques, se había humillado a escribirle cosas de amor, sin saber
quien era e ignorando hasta su nombre?

Poldy esperaba que permaneciese secreto su impremeditado desliz; el mal
paso que había dado y que por lo menos calificaba ya de imprudente
locura.

Por otra parte, en ocasiones en que su humor era menos negro, Poldy se
juzgaba con alguna indulgencia y hasta llegaba a absolverse de su culpa,
dado que la hubiese. Porque, si el autor de los versos era un joven y
hermoso príncipe oriental o algo por el estilo, era muy cruel para el
príncipe y para ella no llevar adelante tan poética y misteriosa
aventura y destruir las vagas esperanzas de ambos, como quien arranca de
bien cultivado terreno una planta lozana a punto ya de cubrirse de
flores.

Como quiera que fuese, Poldy vivió en adelante muy retraída y
melancólica.

Aquel año fue el invierno muy crudo. Ni una vez sola, ni por muy breves
días, fue Poldy aquel invierno a Viena.

Penoso y terrible cuidado vino a aumentar las causas de su retraimiento.
La condesa viuda, su anciana madre, agobiada, más que por el peso de la
edad, por las penas, los desengaños y hasta por las miserias y los
apuros económicos, enfermó gravemente.

Hizo Poldy cerca de ella el oficio de la más vigilante, devota y
cariñosa enfermera; pero ni sus desvelos, ni sus fervientes oraciones,
ni la docta asistencia de un sabio médico, amigo de la casa, fueron
bastantes a retardar el cumplimiento de las inexorables leyes de la
naturaleza que tenía marcado el término de aquella trabajada vida. La
condesa viuda, llena de santa y dulce resignación, tuvo pronto una
muerte ejemplar y cristiana.

Durante algunos días reinó muy lúgubre animación en el castillo. A
recoger los últimos suspiros de la egregia dama había acudido la mayor
parte de sus hijos, yernos y nueras.

Pronto, no obstante, volvieron todos a sus respectivos destinos y
residencias, y el castillo quedó en abandono y en más honda soledad y
silencio.

El conde Enrique, Poldy, su aya y tres criados, fueron ya los únicos
moradores del castillo. Poldy sintió profundamente la irreparable
pérdida que había tenido. Y sin que refrenase su dolor la inquebrantable
fe religiosa que daba vigor a su alma, la joven condesa, lloró durante
meses a su difunta madre sin hallar consuelo, y olvidada casi de cuantos
devaneos, ilusiones y esperanzas habían poetizado su solitaria
existencia en aquellos últimos tiempos.

Poldy, sin embargo, aunque no se consoló, hubo al cabo de serenarse y
calmarse. Apacible tristeza endulzó el manantial de sus lágrimas y luego
logró represarle.

Pesares de condición harto menos noble, y mil preocupaciones de un orden
tan rastrero como práctico, invadieron y ocuparon el corazón de Poldy,
como cuadrilla de desalmados e impíos bandoleros que entran a saco,
profanan y destrozan un augusto santuario.

Dos meses hacía ya que había muerto la condesa viuda. Eran los primeros
días del mes de Febrero. El frío era intensísimo. Un manto de nieve
cubría en torno la tierra y coronaba a trechos con blancos penachos las
erguidas y sombrías copas de robles, abetos y pinos. Rara vez abandonaba
Poldy la abrigada habitación del castillo, donde apenas tenía más
persona con quien conversar que su hermano el conde Enrique.

Él y ella, habían quedado morando allí provisionalmente, pero pronto
tendrían que abandonar su antigua vivienda de la que era propietario y
había tomado ya posesión el hermano mayor de ambos.

Poldy, pues, cavilaba con tristeza y desesperanza sobre su suerte
futura.

Su hermano Enrique, que gozaba de alta y merecida reputación de sabio,
muy versado en varias disciplinas, estaba llamado a ser profesor en una
Universidad, donde su ciencia y su trabajo, habrían de remediar la
escasez de su patrimonio, dándole para vivir honrada y decorosamente, si
bien con sobrada estrechez.

Pero ¿cómo Poldy, que era pobre y desvalida también, había de irse con
su hermano y serle constantemente gravosa? Esto no era posible. A Poldy
además le dolía en el alma tener que abandonar aquellos lugares, tan
llenos para ella, de dulces y misteriosos recuerdos.

Por otra parte, Poldy, que amaba la soledad, sentía invencible
repugnancia a irse a vivir vida conventual, entre otras canonesas, en la
casa de su instituto. Para vivir sola, según su clase, ya en Viena, ya
en otra ciudad, sus rentas eran insuficientes. Y por último, contra lo
que más se sublevaba era contra agregarse a la familia de cualquiera de
sus hermanos o hermanas y hacer allí el triste papel de huésped
perpetua, de tía y de acompañanta, viviendo en algo a modo de poco
airosa dependencia y de mal disimulada servidumbre.

Horror causaba a Poldy cualquiera de estos planes en que trazaba y
representaba su porvenir. Aún tenía delante de sí todo aquel año que
empezaba entonces, y durante el cual ella y el conde Enrique, habían
concertado ya con su hermano mayor, permanecer en el castillo, mientras
duraba el riguroso luto y acababa de hacerse el deslinde y las
particiones de la muy corta hacienda, en la que todavía muy poco les
tocaba.

Pasado el mencionado plazo, Poldy consideraba inevitable su salida del
castillo, así como tomar decidida resolución para vivir a su gusto y con
independencia y decoro.

Tal era la desengañada posición de Poldy. Sólo negras nubes, que
presagiaban tempestad, columbraba, al mirar en todas direcciones, en el
horizonte de la vida. Sólo una luz incierta, vaga, errante, que bien
podía ser una estrella, pero que tenía más trazas de engañoso fuego
fatuo, iluminaba de vez en cuando el vacío y obscuro espacio de su
cielo. Poldy acababa además de cumplir veintinueve años. Estaba en el
apogeo de su belleza, en el mejor y más glorioso momento de su mocedad
briosa, y con la imaginación rica de ensueños y la voluntad movida y
solevantada por poderosos impulsos de ternura.


VII

Pronto desaparecieron las nieves; se oyó el canto de la alondra; calentó
más el sol y vertió luz más clara; discurrió por el bosque que
circundaba el castillo un aura vital y fecunda; se tapizó el suelo de
nueva y menuda yerba, y en los sotos y umbrías de las hondonadas, en la
margen de los arroyos, comenzaron a brotar florecillas tempranas,
despuntando con timidez en los álamos, mimbrones y chopos, más
resguardados de los vientos del Norte, las primeras tiernas hojas.
Entonces Poldy salió de su retraimiento casero y se lanzó con más
frecuencia y por más largo tiempo que nunca a sus excursiones y
meditabundos paseos por los sitios más solitarios de aquellas cercanías.

No poco gustaba ella de ir por intrincados senderos, por donde había más
flores, por donde era más tupida y frondosa la enramada. No poco gustaba
ella de sentarse en algún poyo rústico o de pararse a meditar al pie de
corpulento roble, cuyo añoso tronco estaba revestido de trepadera yedra
y de madreselva olorosa. Pero todo esto era para después y como recurso
y consuelo. Lo primero que Poldy hacía todas las mañanas, lo primero de
que gustaba y a donde iba precipitadamente apenas salía de paseo, era a
la margen de la laguna a ver si se le aparecía de nuevo la cigüeña
blanca.

Y como no se le aparecía, ya se quedaba aguardándola largas horas, ya se
ponía a buscarla por uno y otro lado y hasta penetrando en el obscuro y
ruinoso torreón que pudiera acaso servirle de refugio. Luego que se
cansaba de sus vanas pesquisas, cesaba de hacerlas y se dirigía a otros
puntos del bosque; negra tristeza embargaba su alma, y a veces asomaban
a sus hermosos ojos, harto involuntariamente, algunas lágrimas que no
eran ya de las nacidas por el afectuoso recuerdo de su madre difunta.

¿Por qué no volvía la cigüeña blanca? ¿Habría muerto en la India o
habría emigrado desde la India a otra región distante, olvidando con
ingratitud el bosque y castillo de Liebestein y la amistad de Poldy?

En estas dudas angustiosas transcurrió todo el mes de Abril.

Era el primer día de Mayo. Poldy, casi desesperada ya de volver a ver la
cigüeña, acudió, no obstante, como de costumbre, entre diez y once de la
mañana, a la orilla de la laguna.

Apenas hacía dos minutos que estaba allí, absorta, pensativa y fijando
larga y melancólica mirada en la tranquila haz del agua, cuando un
precipitado sonar de alas que venía acercándose estremeció todo su
cuerpo y alborozó su alma con agradable susto. La cigüeña blanca había
venido volando, se había abatido a pocos pasos de ella, y ya se le
acercaba con su lento y majestuoso paso y dando con el pico los
castañetazos con que solía siempre saludarla.

Indescriptible fue la alegría de Poldy. Su impaciencia fue mayor que su
alegría. Impulsada por su impaciencia, echó las manos al cuello del
pájaro zancudo, y empezó a buscar el cordón o la cinta de donde pendiese
la respuesta que a su carta esperaba. ¡Qué cruel aflicción tuvo
entonces! No hallaba carta pendiente. No hallaba cinta ni cordón de que
pendiera. A punto estuvo Poldy de llorar de rabia. Pero la cigüeña, como
si adivinase su sentimiento, abrió las largas alas y al punto con
alegría y sorpresa advirtió Poldy que la cigüeña tenía debajo del ala
izquierda y muy bien atado allí con un fuerte y sutil cordoncillo que
bajo las plumas se escondía, un largo y delgado canuto o rollo.

Poldy se apoderó de él en seguida y notó que era ligerísimo, que estaba
precintado y sellado y que era tan fuerte la cuerda del precinto y
estaba tan bien anudada, que no podía romperse ni desatarse sin tijeras.
Sobre la exterior superficie del rollo, se veía escrito en lengua y
letras alemanas: _A su excelencia la graciosa señorita Condesa Poldy de
Liebestein_.

Hizo Poldy algunos cariños a la cigüeña a fin de mostrar su gratitud, y
hasta hay quien dice que besó su cabeza en albricias del buen recado.
Luego Poldy se fue corriendo al castillo para encerrarse en su cuarto,
cortar el precinto con tijeras y ver lo que el rollo contenía. Había en
el rollo varios objetos que Poldy fue sucesivamente examinando. Era uno
la vista fotográfica, prolija y magistralmente iluminada con colores, de
un extenso y magnífico salón oriental, lleno de primores y de peregrinas
elegancias. En todo se advertían y se admiraban pasmoso lujo asiático y
muy acendrado buen gusto. Se diría que era aquello la prodigiosa cámara
subterránea, donde encontró Aladino la lámpara del Genio. Pendían de las
paredes armas brillantes, indias, chinas y japonesas; colgaban del techo
cinceladas lámparas de oro; se veían en torno jarrones, tibores y vasos,
artísticamente esculpidos, de metales preciosos, de jaspes rarísimos, de
antigua porcelana y de ataujía o menuda labor de pedrería, marfil,
bronce y otras materias ricas. Varios ídolos de extrañas cataduras y de
simbólicas formas, autorizaban y caracterizaban la estancia. Allí
estaban representados Agni, dios del fuego; Kamala o Kamela, Venus de la
India, de cuyo nombre proceden, en nuestro vulgar idioma _camama_,
_camelo_ y sus derivados; y allí estaban también Indra, Varuna y hasta
la misma Trimurti.

En primer término, sobre una espléndida alcatifa de Persia, y sentado en
mullidos almohadones de seda, admirablemente bordados, se parecía un
señor, en la flor de la juventud, cubierto de blanca y rozagante
vestidura y coronada la gentil cabeza de un amplio turbante, cándido
también, sobre el cual se erguía un airón o copete de rizadas y lindas
plumas, sujeto el airón al turbante por una enorme piocha de perlas,
diamantes y rubíes, que debía valer un imperio. Delante del señor había
varias mesillas enanas, donde en aúreos y repujados azafates, en ligeros
canastillos, en esbeltas ánforas y en cálices esmaltados, se ofrecían
para regalo de la vista, del olfato y del paladar, licores, conservas y
sazonados frutos. A un lado y a cierta distancia del joven señor, se
hallaba un rico y elegantísimo narguilé, cuyo flexible y luengo tubo
tenía el joven señor asido por el extremo, dejando ver la gruesa
boquilla de ámbar, prendida al tubo por un anillo de refulgentes
esmeraldas. Al lado opuesto del narguilé, aunque mucho más cerca del
joven señor, se alzaba, en muy graciosa postura, nuestra ya conocida
amiga la cigüeña blanca, cuya vista complació a Poldy no poco. No la
complació tanto, sino que hubo de enojarla y de escandalizarla, aunque
reprimió el enojo, atribuyendo lo que veía a inveteradas e
imprescindibles modas orientales, que en el fondo del salón apareciesen
tres bayaderas, con traje de Apsaras o inmortales ninfas, las cuales
tejían voluptuosa danza, desceñido y leve el transparente ropaje, los
brazos y los pies desnudos, luciendo en las gargantas de los pies y en
los brazos, ajorcas y brazaletes, y dejando ver además las torneadas
espaldas y los firmes y redondos pechos. Varios músicos, vestidos como
dicen que se visten los Gandarbas o músicos del cielo de Indra,
acompañaban la danza con arpas, flautas y violines, y con eróticos
cantares.

Poldy quedó deslumbrada al contemplar todo esto y formó el concepto más
alto del esplendor y de la riqueza del señor indio. De su traza personal
es de lo que aquella fotografía no le daba idea completamente
satisfactoria. Y no era ese tampoco el propósito de la fotografía, por
bajo de la cual había este letrero: _mi modo de vivir en Oriente_.

En otra fotografía más pequeña, aparecía ya el joven señor con más
claros pormenores. Estaba él solo, de cuerpo entero, pero sin accesorio
ninguno. Su traje, aunque sobrado pintoresco, era más europeo que indio,
salvo el extraño sombrero que llevaba en la cabeza y que era de los que
llaman heroínas en Filipinas. La chaqueta o dormán, muy ceñido al cuerpo
y adornado con alamares, revelaba las formas robustas de su torso y de
sus brazos. Los calzones eran anchos y cortos. Desde la rodilla hasta la
planta de los pies calzaba botas de becerro. Pendientes de la ancha
charpa, de cuero también, que ceñía su cintura, había un revólver a un
lado y al otro lado un enorme cuchillo de monte. En la mano derecha
cubierta de guante de gamuza, tenía una escopeta de dos cañones, que
descansaba en el suelo y sobre la cual se apoyaba. Por bajo, había un
rótulo que decía: _al ir a caza de tigres_.

Por último, había una tercera fotografía que no dejaba nada que desear.
Allí estaba el joven señor clara, fiel y nítidamente retratado. Su
rostro era hermosísimo. Los ojos eran grandes y expresivos; la barba
parecía sedosa, abundante y muy bien cuidada y atusada. La nariz, un
tanto cuanto aguileña, daba cierta majestad a su expresión. Y la anchura
y la rectitud de su frente revelaban poco común inteligencia. Se notaba
en todo su aspecto un no sé qué de bondadoso, de simpático y de
egregiamente distinguido. Sus manos sin guantes, aunque fuertes y
varoniles, eran aristocráticas, muy cuidadas y bonitas, con dedos
afilados en la extremidad y encanutadas las uñas, en vez de ser cortas y
chatas. En este retrato, el joven señor estaba vestido enteramente al
uso de Europa, de toda etiqueta, con corbata blanca y con un frac, tan
admirablemente cortado y que le caía tan bien, que no soñaría hacerle
mejor, ni Frank, el de Viena, ni el sastre más famoso de Londres. Por
bajo de este retrato había otro letrero que decía: _en traje de etiqueta
para ir a un baile del Lord Gobernador de la India_.

Hechizada quedó Poldy al contemplar los mencionados retratos. Se prendó
de la hermosura y distinción de su remoto amigo. Y no pudo menos de
confirmarse en la creencia de que era un príncipe indio _mediatizado_,
un nababo, o por lo menos un brahman o un _chatria_ de primer orden y de
mucho fuste.

Imagine ahora el lector el afán, el asombro, las palpitaciones de gozo y
el raro deleite con que leería Poldy la carta, que también venía en
rollo y que estaba concebida en estos términos:


VIII

«Me repugna y hallo difícil escribir cartas dando tratamiento a quien
las dirijo, y así, adopto la antigua costumbre de los orientales. Tú me
permitirás, bella condesa Poldy, que desde luego te tutee sin
ceremonias.

La cigüeña blanca, que anida años ha en el tejado de la espléndida
quinta que yo poseo en las floridas márgenes del Ganges, me ha traído
gratas noticias tuyas, tus dulces palabras y tu divina imagen. Bendita
sea la cigüeña blanca que tanto bien me ha hecho. Con razón la llamaba
yo antes Garuda. Ahora le confirmo este nombre sagrado, con el que se
designa en mi patria al Dios-rey de las aves todas, al alado destructor
de los dragones y de las serpientes.

En extremo me complace saber que eres de noble extirpe y bastante
antigua hasta donde cabe en un pueblo que hace pocos siglos era salvaje
todavía, careciendo de documentos y de archivos que pudiesen acreditar
la nobleza de persona alguna, y las hazañas de sus progenitores. Estos,
errantes en las ásperas selvas y en el rudo clima de los países del
Norte, decayeron de su ilustre origen y olvidaron la primitiva cultura
de los arios del Paropamiso de donde proceden, y sólo recientemente se
han civilizado, aprovechándose de los estudios y progresos de los
hombres del Mediodía. Pero sea de lo dicho lo que se quiera,
relativamente tú eres noble y me basta, aunque mi clara nobleza preceda
a la tuya en dos mil años lo menos.

Te hablo con franqueza y desecho adulaciones y galanterías. Así darás
mayor crédito a mis alabanzas sinceras.

Garuda, por caprichosa y feliz inspiración mía, te llevó unos versos que
distaba yo mucho de imaginar que pudiesen caer en tan hermosas manos. En
ellos ponderaba yo mi hastío de cuanto me rodea y el anhelo vehemente,
que consume mi alma, de hallar objeto, escondido y lejano, que satisfaga
mis aspiraciones amorosas, las comprenda y las comparta.

Tu retrato y tu escrito han colmado mis votos. Tú eres la mujer de mis
sueños.

Venerandos brahmanes, antiguos sabios de por acá, que han escrito de
amores en el Kama Sutra y en otras disertaciones y tratados, exigen
sesenta y cuatro potencias, prendas o aptitudes, para que exista en
realidad la _Padmini_ o mujer perfecta. Yo te declaro que, al ver tu
imagen y al leer tus palabras, he descubierto en ti las sesenta y cuatro
aptitudes y te he entronizado en mi corazón como reina y señora y he
reconocido en ti mi _Padmini_, sin cuyo amor no podré tener nunca
bienaventuranza. Ámame pues, como yo te amo, y hazme dichoso como quiero
yo que tú lo seas.

Nada puede oponerse a nuestra unión futura. La distancia importa poco.
No tardaré yo en salvar la distancia, y el día en que menos lo pienses,
apareceré a tu lado y me verás de hinojos a tus plantas, pidiéndote que
correspondas al inmenso amor que me inspiras.

No hay ya en mí calidad exótica y peregrina que te prohíba amarme. Yo
poseo el antiquísimo saber de los brahmanes y de los _chatrias_, de
cuyas castas combinadas desciendo; pero, he estudiado también y he
logrado adquirir bastante del moderno saber de Europa. Y no le miro con
prevención injusta, sino con cariño paternal, como retoño lozano de
nuestras primeras, altas y fecundas doctrinas. Ya habrás notado que no
escribo muy mal tu idioma y hasta que he imitado y casi traducido en
sanscrito versos de Goëthe. No ignoro tampoco las literaturas francesa,
inglesa y de otros pueblos. Y en lo tocante a religión, te diré con todo
sigilo, pues no quiero aun escandalizar y alborotar a mis parientes y
amigos, brahmanes y _chatrias_, que he renegado, tres años ha, de la
religión brahmánica, y me he hecho, en secreto, tan católico cristiano,
como tú eres. Se debe esta conversión a cierto Padre jesuita, de nación
española, que llegó a esta ciudad, procedente de Filipinas y se detuvo
algún tiempo entre nosotros. Era varón tan ilustrado, tan piadoso y tan
elocuente y melifluo, que logró convencerme. Dios le bendiga y se lo
pague. Callo su nombre, porque de seguro no te importa y porque no
quiero lastimar su extremada modestia. Sólo añadiré que de mi trato
frecuente con este bendito Padre, ha nacido en mí grande afición a la
lengua castellana y que he adquirido y leído los mejores prosistas y
poetas, que en ella han escrito o escriben.

Te callo también mi nombre indio, porque no quiero que le estropees y
porque es tan enrevesado, que sólo aprenderás bien a pronunciarle por
medio de la voz viva. Conténtate por ahora, con saber que el venerable
padre jesuita mi catequizador, me puso al bautizarme, el sevillano
nombre de Isidoro. No seas voluble: ámame y no me olvides: no te
enamores de ninguno de esos _dandies_ de la _Hof-Adel_ o nobleza
palatina de Viena: persuádete de que mi nobleza es por lo menos tan
clara y sin la menor duda muchísimo más rancia que la de ellos. La de
ellos constará acaso en antiguos pergaminos, pero la mía consta en
documentos fehacientes, redactados veinte siglos antes de que el
pergamino se inventase, y muchos más siglos antes de que en Austria se
usara y se contara entre los recados de escribir.

Ámame, repito, y ten fe y esperanza en mi amor. No necesitas buscarme,
sino aguardarme. Pronto me verás a tus pies, adorándote rendido y
suplicándote con toda el alma que seas la _Padmini_ de tu

ISIDORO.»


IX

Contentísima estaba Poldy al inferir y considerar, por la lectura de la
carta, que su indio era ilustre y rico y que estaba perdidamente
enamorado de ella. Puntos había, no obstante, en la carta, que hacían
surgir en el espíritu de Poldy, reparos, contradicciones y hasta quejas.
Harto jactancioso y nada galante ni fino le pareció el encomio que hizo
el indio de su nobleza, con grave detrimento y aun menosprecio de la
nobleza austriaca; pero Poldy excusaba y hasta absolvía al indio,
conjeturando que en este particular había de estar un tanto cuanto
agriado su carácter, por que siendo él descendiente de Crishna, de Rama,
de los Pandues, o tal vez de algún Avatar, encarnación de Vishnú, de los
que el Mahavarata celebra, se veía sometido a la extranjera dominación
de los pícaros ingleses.

Poldy disculpaba así a su amigo, pero distaba mucho de darle la razón.
Pensaba ella que los documentos nobiliarios valen solo cuando goza de
poder, alta posición y riqueza quien los exhibe, y que todo esto, salvo
la riqueza, estaba menoscabado y deteriorado en su indio, que al fin era
un humilde súbdito de S. M. Británica y cualquier inglés empleado de
Hacienda o cualquier coronel de caballería podría mirarle de alto a
bajo.

Poldy discurría además, que el que vence y domina es siempre el heredero
legítimo del vencido y dominado. Y esto en todas las épocas y regiones.
En la Edad Media, por ejemplo, ya en una encrucijada, ya en abierto
palenque, topaba un caballero andante con otro, y para probar la
bizarría respectiva o para hacer confesar al contrario, que su dama era
la más hermosa, o por quítame allá esas pajas, se arremetían ambos con
furia y se daban de lanzadas. De resultas caía derribado de la silla uno
de los dos caballeros, y en el instante, toda la gloria de sus proezas,
toda la nombradía que sus aventuras y hazañas le habían granjeado, se
transferían al caballero vencedor como aditamento o apéndice.

Poldy recordaba también haber leído que, allá en América, cuando un
cacique bisoño, que no había hecho aun cosa de provecho, se encontraba
de manos a boca con otro cacique veterano, enemigo suyo, y célebre autor
de doscientas mil ferocidades, y acertaba a darle tan terrible golpe con
la macana que le derribaba y vencía, la fama toda del cacique veterano
se trasladaba al cacique bisoño, y hasta era general creencia que en el
bisoño se transfundían los bríos y la audacia del veterano, sobre todo
si el bisoño le bebía la sangre o se le comía, crudo o guisado, después
de haberle muerto.

Deducía Poldy de cuanto va dicho, que los verdaderos nobles del día, son
los europeos, y muy singularmente los alemanes, porque ejercen con los
adelantos y mejoras de nuestro siglo, todas las antiguas artes de la paz
y de la guerra, por donde se señalaron y dominaron el mundo asirios y
babilonios, medos y persas, egipcios, fenicios y cartagineses, y griegos
y romanos, cuyas glorias todas, excelencias y privilegios se hallan hoy,
según Poldy, en resumen, cifra y compendio, en sus egregios
compatriotas, y por consiguiente en ella también.

A pesar de todo, y después de haber hecho la indispensable rebaja, Poldy
se complacía en que fuera noble su indio y hasta se figuraba llanísimo
que fuese él naturalizado, _hof-fähig_ sin la menor dificultad, y que
asistiese con ella a la corte cuando estuviesen casados.

Como en Austria, además de la nobleza alemana, checa, polaca, húngara,
rumana, croata, serba, dálmata, etc., la hay de origen irlandés,
francés, español e italiano, claro está que podría haberla también de
origen brahmánico y _chatriesco_.

Otra cosa, de las que enojaban algo a Poldy, era la presencia en la
fotografía de aquellas tres bayaderas tan ligeramente vestidas y tan
poco modestas y comedidas en sus bailes. Pero también Poldy se mostraba
indulgente con este desafuero del indio, y si no le disculpaba, le
explicaba y casi le perdonaba. El indio había tenido bayaderas, y había
hecho aquella vida rota, de puro oriental, cuando estaba aun sumido en
las tinieblas del paganismo, pero cuando, gracias al padre jesuita, se
convirtió a la verdadera religión, Poldy daba por segura su enmienda y
el abandono en que había dejado sus viciosos deportes.

Lo único que en este negocio la apesadumbraba era que no hubiese sido el
indio su catecúmeno, porque ella le hubiera convertido mejor que el
padre jesuita, y no le hubiera dado en la pila bautismal un nombre tan
feo como el de Isidoro. Poldy ignoraba quizás que había habido un santo
arzobispo de dicho nombre, famosísimo sabio, que recogió y ordenó en
sus libros todo el saber de su tiempo, y se atenía a lo que había oído
decir a una vieja princesa, tía suya, terrible antisemita, la cual
princesa se empeñaba en afirmar que el nombre de Isidoro era muy común
entre judíos, por donde le repugnaba de tal suerte, que tuvo tentaciones
de despedir a un excelente criado suyo porque se llamaba Isidoro, y sólo
se resignó a conservarle en su servicio obligándole a llamarse Filidoro
en adelante.

Por lo demás, Poldy no podía estar más alegre ni más satisfecha. El
istmo de Suez, acababa de abrirse y ya se presentía Poldy atravesando el
canal, salvando el estrecho de Bab-el-Mandeb, y navegando por el Mar
Eritreo, con rumbo hacia la India, para visitar las quintas, jardines y
palacios de su joven esposo.

La venida de éste no podía ya tardar mucho, y Poldy se moría de
impaciencia por verle vivo y no pintado, en cuerpo y alma y no en
imagen. Lo que excitaba su curiosidad y le cosquilleaba suavemente las
telas del cerebro era la condición de _Padmini_, que el joven indio le
concedía. Ansiosa estaba de leer o de que le leyesen el _Kama Sutra_, y
de estudiar bien allí las sesenta y cuatro aptitudes o excelencias de la
_Padmini_, para buscarlas en ella y convencerse de que las poseía y de
que no era lisonja de su amigo.

En resolución, Poldy estaba inquieta y alborozada, pero con inquietud y
alborozo, llenos de dulces esperanzas y de amorosas y poéticas
venturas.


X

Muy distraída o muy afanada debía de andar Garuda, cuando no se mostraba
en la margen de la laguna a donde Poldy iba a buscarla de diario.

El indio seguía también tan invisible como Garuda.

Poldy languidecía de impaciencia, e imaginaba en ocasiones que iba a
marchitarse su juventud como entreabierta rosa, en cuyo seno, donde no
cayó el rocío, penetran los rayos del sol en la estación estiva.

En efecto, estaba para acabar ya el mes de Junio y el indio no había
aparecido.

Una mañana, como de costumbre, entre diez y once, volvía Poldy de la
laguna, donde en balde había buscado a la cigüeña.

Fatigada y triste, en medio de la senda por donde se volvía al castillo,
Poldy se sentó, al pie de un olmo, en un asiento rústico, y en lo más
frondoso, intrincado y bonito del parque. Un arroyuelo cristalino corría
cerca murmurando. Crecían en su margen blancas y moradas violetas, y
otras no cultivadas florecillas, que embalsamaban el aire con suave y
grata fragancia. Floridos rosales de enredadera y otras plantas, que se
ceñían a los troncos, y pasaban de un árbol a otro, como festones y
guirnaldas, formaban allí misteriosa espesura y apartado recinto.

Sentada ya Poldy, se puso a meditar, y hubo de distraerse por tal arte,
que, como vulgarmente se dice, se le fue el santo al cielo. Cual no
sería su asombro y cual no sería su júbilo, cuando de repente sintió
ruido y sin tener tiempo para recobrarse, vio llegar a un gentil
caballero, que se aproximó respetuoso y vino a ponerse de hinojos a sus
plantas.

Imposible dudar. Era el original de los tres retratos en fotografía.
Vestido estaba con elegante traje de cazador, pero sin armas, porque no
iba ya a caza de tigres, sino de palomas. Y en vez del salacot oriental,
cubría su cabeza un airoso sombrero tirolés adornado con una pluma de
águila.

El joven derribó por tierra el sombrero y descubrió los negros y
abundantes rizos de su cabeza, antes de postrarse de rodillas.

Profunda fue la emoción de Poldy. El corazón le daba brincos en el
pecho. El joven le pareció mucho más bello en el original que en los
retratos, y cuando oyó su voz, argentina, melodiosa, y rica de tonos
persuasivos y suaves, que roban la prudencia y la calma, apenas pudo
sostenerse y pensó que se desmayaba.

En aquella situación no era dable diálogo alguno. ¿Qué podían decirse
los dos enamorados? ¿Con qué frases, en qué sobrehumano idioma
acertarían a expresar sus agitadores sentimientos?

Solo dijo él:

--Aquí estoy, Poldy. Tuya es mi vida. Quiero ser y seré tuyo para
siempre. Yo te amo, yo te idolatro, yo te adoro.

¿Qué había de contestar Poldy, muda de asombro, radiante de alegría, y
con el amor y el pudor luchando en su alma?

Hizo, no obstante un esfuerzo y se puso de pie, aunque turbada y
vacilante.

Entonces él se levantó también y la estrechó irresistible y
cariñosamente entre sus brazos. Luego, juntó su rostro al de ella y
cubrió de besos su frente, sus mejillas y su fresca boca.

Conoció Poldy al fin el peligro en que se hallaba, se avergonzó de ceder
con tanta facilidad a quien veía y oía por vez primera; y, prestándole
fuerzas su lastimado decoro, rechazó con violencia a su amante, se
desprendió de entre sus brazos, y procuró guarecerse de su atrevimiento
huyendo desalada y refugiándose en el castillo.

A solas en su estancia, se repuso Poldy de su temor, logró calmarse, y
en el fondo de su alma no pudo menos de conceder su perdón al príncipe
indio. ¿Qué no perdonará una mujer a un joven gallardo y elegante,
enamoradísimo de ella, y que viene a buscarla y a ofrecerle su mano
desde tan remotos países? Y por otra parte, ¿qué había de hacer él
cuando ella había enmudecido, trémula y palpitante, y no respondía a sus
palabras? Si el indio no hubiera hecho lo que hizo, o hubiera sido un
ente sobrehumano de los que no se estilan, o un mozalvete ruin,
desmedrado y muy para poco.

Así pensó Poldy. Yo no digo si pensó bien o si pensó mal. Digo solo que
pensó así y que, en consecuencia de tales premisas, echó allá en su
mente la absolución al joven indio.

Sacó luego de un cajón de su escritorio la fotografía iluminada y con
morosa delectación se puso a contemplarla.

Tan embebecida estaba en esto, sentada junto a su bufete, donde había
extendido la fotografía, que no vio ni oyó lo que pasaba en torno suyo.

De súbito, y cuando menos lo temía, oyó detrás de ella una estridente y
sonora carcajada, tan diabólica y tan burlona como puede darla el más
consumado cantante, haciendo el papel de Mefistófeles y atormentando a
Margarita, en la ópera del _Fausto_. Con mucho sobresalto volvió Poldy
la cara y vio apoyado en el respaldar de su silla a su hermano Enrique,
con su facha de duende maligno, que se reía a casquillo quitado.

De ordinario era Poldy apacible y afectuosa con todas las gentes y
singularmente con su enfermizo hermano, para quien no tenía palabra
mala. Pero entonces la cegó la ira y dijo con cruel desabrimiento al
Conde Enrique:

--¿De qué te ríes, imbécil? ¿De qué te ríes?

--Pues me río, contestó el conde tartamudeando, pues me río...

--Vamos... interrumpió ella. Di, explícate. Dios te dé habla.

--Pues me río del enredo novelesco que has armado en tu cabeza,
convirtiendo en príncipe indio o en algo semejante... a mi antiguo amigo
y camarada de universidad, Isidoro Ziegesburg.

--Esas son simplezas tuyas. El indio se parecerá a un estudiante que tú
conociste. ¿Pero de dónde había de sacar el tal estudiante todas las
magnificencias indostánicas, todos los peregrinos tesoros de que en esta
fotografía aparece rodeado?

--Mira, hermana, mi amigo es tan rico y abundan tanto en su casa los
objetos de toda laya, que lo mismo que aparece como indostaní en la
fotografía, hubiera podido aparecer griego del tiempo de Pericles,
magnate egipcio de la época de los Faraones o de los Ptolomeos, Mirza
contemporáneo de Hafiz o señor feudal del siglo de la primera cruzada. Y
siempre con las alhajas, primores, requisitos y demás accesorios que a
cada personaje caracterizan y son propios. Isidoro Ziegesburg, en una
palabra, posee el más completo y admirable bazar de antiguallas y
curiosidades que hay en Viena. ¿Qué digo en Viena? en toda Europa no hay
otro que se le iguale. Isidoro, así por lo que heredó de su padre, como
por lo que ha traído de sus peregrinaciones por todo el mundo, durante
cuatro años, es el más notable y acreditado de todos los chamarileros.
Comprendo lo que ha pasado y por eso me río. Me río sin poderlo
remediar.

Y el conde Enrique se reía, y Poldy poniéndose colorada como las
amapolas, estuvo a punto de darle de bofetones.

El conde advirtió que su hermana estaba furiosa, refrenó su hilaridad y
siguió diciendo:

--Lo comprendo todo, porque Isidoro posee una bonita casa de campo a
ocho kilómetros de este castillo. No extraño que lo ignores, porque tú
estás siempre en Babia, arrobada en tus ensueños y sin ver la realidad
de las cosas. Sin duda, en la citada casa de campo, ha de tener Isidoro
algunos animales domesticados, y entre ellos la cigüeña blanca. Tuvo un
día el capricho de colgar al cuello de la cigüeña las tres poesías
sanscritas, de cierto compuestas por él, porque es muy ingenioso y
aprovechado estudiante. El quiso embromar a alguien, sin prever a quien
embromaría. Y quiso la suerte que los versos cayesen en tus manos y
fueses tú la embromada. Lo demás que ha podido ocurrir, lo sabes tú
mejor que yo.

--Sí que lo sé, dijo Poldy, más triste ya y más abatida que airada. Y
pregunto yo ahora: ¿es incompatible el ser chamarilero y el pertenecer a
la nobleza?

--En manera alguna es incompatible. Sujetos de muchas campanillas gustan
en el día de hoy de hacer cambalaches y de comprar y vender antiguallas
y curiosidades de todo género. Yo he oído decir al mismo Isidoro, cuando
acababa de volver de sus peregrinaciones, que en Lisboa tenía un
estupendo baratillo nada menos que un Palha, individuo de una de las más
ilustres y antiguas familias portuguesas, según lo atestigua Cervantes
en el _Quijote_. Y sin ir tan lejos, en la misma capital de Austria, hay
un egregio conde que tiene tienda de cristalería, y otro muy distinguido
caballero que la tiene de tejidos de lana en la calle de Carintia.
¿Porqué pues, sin desdoro de sus timbres y blasones, no ha de tener un
baratillo un señor de noble prosapia?

--Acaso, dijo Poldy, Isidoro de Ziegesburg entre en esa cuenta. Acaso
figure su nombre en el cuadro genealógico de las casas principescas,
ducales y comitales, que publica todos los años el almanaque de Gotha, o
por lo menos en el libro de los condes, que también da anualmente a la
estampa el mismo editor Justo Perthes.

--Desengáñate, hermana. No te canses. Yo debo decirte la verdad, aunque
te aflijas. Y la verdad es que Isidoro Ziegesburg es un judío.

No bien el conde Enrique hubo pronunciado aquella palabra, que sonó como
la trompeta del juicio en las encendidas orejas de Poldy, criada y
educada, por su madre y por su tía, desde la tierna infancia en el más
feroz antisemitismo, cuando Poldy empezó a temblar como una azogada y
tuvo un violento ataque de risa nerviosa. Tan violento fue que el conde
Enrique se llenó de miedo, llamó al aya e hizo que trajesen a Poldy una
taza de tila.

Cuando al fin se calmó Poldy, y cuando pasó su risa insana, empezó a
suspirar y a sollozar, y derramó un mar de lágrimas.

Todavía se notaba en ella un raro movimiento nervioso. Con el pañuelo se
secaba el llanto, pero se restregaba el pañuelo con violencia por las
mejillas y por los labios, como si quisiese arrancarse la piel y los
besos que en ella había estampado el príncipe indio, convertido ya en
chamarilero israelita.


XI

Luego que Poldy consiguió sosegarse un poco, cayó en muda y honda
melancolía. Nada dijo a su hermano ni a su aya. Ellos no se atrevían a
interrogar a Poldy. Encerrada en su estancia, no iba ya a pasear por el
bosque. Apenas se dejaba ver y tratar por las personas que en el
castillo moraban.

Entre tanto, el joven Isidoro fue tan audaz que se aventuró a venir a
visitarla, no ya recatadamente, sino en elegantísima victoria, tirada
por dos soberbios trotones rusos, con la cual llegó hasta la puerta del
castillo, subió las escaleras, y se empeñó en entrar a ver a la joven
condesa. Por fortuna se opuso el aya que le recibió en la antesala.
Isidoro dejó tarjeta y se retiró mal contento.

No desistió sin embargo, y repitió otras tres veces la tentativa. A la
cuarta vez, por orden de Poldy, el aya salió a desengañar a Isidoro, le
afeó su tenacidad y atrevimiento, y le dijo que era inútil que volviese
por allí a enojar y a atormentar a Poldy, que nunca habría de recibirle
y a quien no volvería a ver en la vida.

El horror antisemítico que embarga el ánimo de la nobleza austriaca
explica la conducta de Poldy, que parece extravagantísima y hasta
inexplicable en España.

Poldy se había enamorado entrañablemente de Isidoro, pero, siendo él
judío, juzgaba ella imposible aceptarle primero por novio y luego por
esposo. El caso sería mirado como una abominación sin ejemplo. Los
hermanos de Poldy dejarían de reconocerla por hermana, sus tíos y tías,
por sobrina, y toda la _hig-life_ vienesa de dieciséis cuarteles, la
expulsaría de su seno como individuo degradado y corrompido.

Al pensar Poldy en esto, los cabellos se le erizaban y temblaba y
tiritaba todo su cuerpo como si discurriese por él el frío que precede a
la calentura.

Resuelta estaba Poldy a no volver a ver a Isidoro: pero no había
previsto otra cosa y no había formado sobre ella plan ni propósito.

A los pocos días de haberse negado ya por completo y para siempre a ver
a Isidoro, Poldy recibió por el correo una carta suya. Tal vez, sin
reconocer la letra, abrió la carta, tal vez reconoció la letra del sobre
y sin embargo le rompió. De todos modos, una vez abierta la carta, Poldy
no pudo resistir a la curiosidad y al interés que le inspiraba lo que en
ella estaba escrito. Leyó pues, y vio que decía: «El enojado, el
quejoso, debía ser yo y no tú, hermosa Poldy: pero el amor que me
inspiras es tan alto que no se le sobreponen los enojos y es tan firme
que no hay queja que le hunda ni acabe. Sigo, pues, adorándote, apesar
de todos los agravios. No fui yo quién te solicitó. Tú me provocaste, tú
me excitaste a que te amara enviándome tu retrato con un apasionado
escrito. Me creiste brahman, nababo, príncipe de la India o cosa por el
estilo; y, no puedes negarlo, me amaste entonces. ¿Hay nada más
irracional, ni más absurdo que tu desamor y tu furor de ahora, porque
sabes que, en vez de ser brahman, soy israelita? Yo seguí tu humor al
principio, fingiéndome brahman, pero, en lo tocante a nobleza no fingí
nada. ¿Quién te ha dicho que un judío no puede ser noble? ¿De dónde
infieres que tengo yo menos cuarteles que tú? Yo puedo presentarte mi
evidente genealogía que se remonta hasta el mismo patriarca de Ur de los
caldeos, pasando por reyes, caudillos, jueces y profetas. ¿Dónde andaban
los germanos ni qué eran cuando el poderoso rey Salomón, mi pariente,
erigía suntuoso templo al Dios único?

Creado su concepto en la mente de los hombres de mi casta, por ellos fue
revelado al resto del humano linaje, idólatra y ciego. También el rey
Salomón fundaba a Tadmor, espléndido oasis para las caravanas que iban a
las orillas del Eufrates, y mandaba sus triunfadoras naves juntas con
las de Hiram, a Ofir y a Lanka por un extremo, y a Gadir, a Tarsis y aún
a las remotas Casitérides por el otro. Desde allí le traían, para
autoridad, pasatiempo y deleite de él y de sus súbditos, cobre, estaño y
ámbar, cándidas pieles de armiños y de cisnes, jimios y papagayos,
especierías y perfumes, perlas y diamantes, marfil y oro.

Alguien de mi familia privó con Ciro el Grande y volvió con Zorobabel a
reedificar la Ciudad Santa. De mi familia fue también el glorioso
pontífice que infundió en el ánimo engreído y triunfante del Macedón
Alejandro, súbito acatamiento y saludable temor de las cosas divinas.
Alguien de mi familia combatió gloriosamente por la patria al lado de
los Macabeos y derrotó al rey de Siria Antioco Epifanes. Ve tú pensando
mientras yo recuerdo estos sucesos que puedo demostrarte, en que pobre
choza o en que miserable zahurda estaba metida entonces tu desarrapada y
salvaje parentela. Las brutales persecuciones de Demetrio Soter, después
de la funesta batalla y de la heroica y gloriosísima muerte de los
Macabeos, movieron a mi familia a emigrar a España. No quiero pecar de
prolijo ni ser tildado de jactancioso, y por eso no cuento aquí por
menudo las cosas extraordinarias que en España hicimos. Te diré, no
obstante, que fue mi cercano pariente aquel gran rabino de Toledo que
redactó la exposición, y fue el primero en firmarla, dirigiéndose a
Caifás y tratando de convencerle, para que no condenase al santísimo
Hijo de María. Al lado del rey Alfonso VI de Castilla combatieron como
héroes mis antepasados, contra la bárbara invasión de los almoravides,
en la sangrienta rota de Zalaca. Yo cuento en mi familia inspirados
poetas y admirables filósofos y teólogos, gloria de la Sinagoga española
y de todo el judaísmo. Entre ellos descuella Jehuda Leví, el Castellano,
a quien Heine celebra con entusiasmo fervoroso. El beso que Dios, al
crearla, dio a su alma, viéndola tan bella, resuena aún en los cantares
de aquel trovador admirable y produce divino encanto en los nobles
espíritus que son capaces de sentirle y de comprenderle. Mi familia se
estableció más tarde en Lucena, provincia de Córdoba, centro floreciente
de las academias y liceos judaicos, donde las ciencias y las artes se
cultivaron con abundante fruto. De allí salieron médicos, astrónomos,
hombres de Estado y ministros de hacienda para multitud de monarcas,
cristianos y muslimes, de los que reinaron en la península. Nosotros
poseíamos un pintoresco castillo o quinta de recreo, en el ameno
nacimiento del río, cerca de la villa (hoy ciudad) de Cabra, y por eso
tomamos el apellido de Castillo de Cabra, que traducido al alemán llevo
ahora. Arrojados de España por el fanatismo antisemita, vinimos a parar
a Austria, donde somos hoy víctimas de no menor absurdo fanatismo. Y no
es lo peor el odio, sino el infundado desprecio con que nos tratáis.
¿Qué he hecho yo, qué ha hecho mi casta para que seamos así
menospreciados? El dinero que ha ganado mi padre y el dinero que he
ganado yo, ha sido ganado honradamente. Y para no cansarte, no digo aquí
nada más de mi nobleza. Sólo me atreveré a indicar que todavía hay en
España familias de las más altas clases, que se convirtieron a la
religión cristiana en el siglo XV, y con las cuales me sería harto fácil
probar mi parentesco. Baste lo dicho para que te inclines, oh hermosa
Poldy, a desechar tu loca repugnancia, impropia del clarísimo
entendimiento que Dios te ha dado, y para que vuelvas a recibirme, me
ames y seas mía.»

En Austria nadie sabe de fijo lo que hizo Poldy después de leer tan
arrogante y disparatada carta. La general creencia es sin embargo la de
que Poldy, aunque perdidamente enamorada del judío, no cedió ni se
rindió a sus razones. Muy por el contrario, todos por allá dan un fin
trágico y misterioso a la presente historia.

El castillo de Liebestein está solitario y ruinoso. En sus sombríos y
desapacibles salones, llenos de polvo y telarañas, se afirma que vagan y
circulan por la noche duendes y almas en pena.

El conde Enrique se fue de profesor a no sé qué universidad, donde vive
aún.

Y en cuanto a Poldy, unos aseguran que se ahogó bañándose, y dan otros
por cierto que, de propósito y movida por la desesperación, se arrojó
desde una barca en la vaguada o centro mismo de la corriente del
Danubio, y hasta añaden que con una gruesa piedra atada al cuello, para
hundirse en el fondo, para que nadie pudiera salvarla y para que no
resurgiese y se encontrase su cadáver.


XII

Sin faltar descaradamente a la verdad, no hubiera podido tener mi cuento
fin menos lamentable y menos vago, a no ser por un dichoso encuentro
casual que tuve en Nueva York diez o doce años después de la
desaparición de Poldy.

En el espléndido club, donde iba yo a comer casi de diario, me encontré
a un rico y amable comerciante de origen español, trabé con él amistad y
acabamos por hacernos muy íntimos.

Era hombre de cuarenta y cinco años a lo más, pero parecía más joven por
lo muy guapo, alegre y elegante.

Nos reconocimos como paisanos de la patria chica, o sea de determinada
comarca, porque si no él, no pocos de sus antepasados fueron cabreños.

Ya adivinará o sospechará el lector que este amigo mío, aunque
naturalizado ciudadano de la Gran República, era y se llamaba Don
Isidoro Castillo de Cabra.

Pronto me contó hasta los ápices y hasta los más escondidos lances de su
vida. Poldy había luchado, durante algunos meses, en espantosa
indecisión, entre el amor que Isidoro le inspiraba y los deberes más o
menos artificiales, que la ligaban a su patria, a su familia y a la alta
clase a que pertenecía.

Por último, el amor triunfó en el alma de Poldy, mas no para quedarse en
Austria desdeñada y aborrecida de sus hermanos y parientes. No: esto era
imposible. Poldy tomó una resolución extrema, pero, en su caso, bastante
justificada. Hizo correr la voz de que había muerto, se casó
católicamente con el judío converso, y cambiando, o mejor dicho
traduciendo su nombre, se vino a vivir con él a los Estados Unidos.

Isidoro se trajo todo el dinero que tenía y no pequeña parte de los
preciosos chirimbolos, joyas y antiguallas de su bazar. El resto, así
como los predios urbanos y rústicos de que en Austria era dueño, lo
dejó al cuidado de un tío suyo muy de fiar y muy hábil.

En los Estados Unidos entró en grandes empresas y especulaciones y
aumentó sus bienes de fortuna en vez de disminuirlos.

El venía a Nueva York dos o tres días cada semana para despachar sus
negocios que, por haber muy entendidos dependientes en su escritorio, no
requerían de continuo su presencia. De aquí que la mayor parte del
tiempo se le pasase en una quinta que había hecho construir a las
orillas del Hudson, imitando en lo posible la traza y arquitectura del
castillo de Liebestein. Como la quinta estaba sobre una peña, a
semejanza del castillo, tuvo Isidoro la ocurrencia de darle casi el
mismo nombre, aunque en lengua castellana y recordando un sitio muy
romántico que hay entre Antequera y Archidona. La quinta de Poldy se
llamó la _Peña de los Enamorados_.

Distaba la quinta mucho más de Nueva York que de Albany, capital del
Estado de Nueva York, pero, como los trenes del ferrocarril van con
extraordinaria rapidez en aquella tierra, y es deliciosa la navegación
en los magníficos vapores que suben y bajan por el río, poco molestaba a
Isidoro para ir y venir que fuese algo mayor la distancia. En cambio
Poldy gustaba del sosiego y de la tranquilidad del campo y aborrecía el
bullicio malsano de las ciudades muy populosas.

Rara vez Poldy iba a Albany y más rara vez aun iba a Nueva York. En su
quinta gozaba ella de todo el bienestar, lujo y regalo, que ofrece la
civilización moderna a los que son muy ricos.

Poldy, aun saliendo poco, y para verse al espejo, y para que su marido
la viese, se vestía a la última moda, con esmero, buen gusto y acendrada
elegancia.

Isidoro me llevó a la quinta, me presentó a Poldy y tuve el placer y la
satisfacción de admirarla. Aunque frisaba ya en los cuarenta años, el
sol de su hermosura brillaba en el cenit y ella parecía una diosa.

Admirable era la hospitalidad conque acogía en su casa a los huéspedes,
contribuyendo a este fin el privilegiado talento de su cocinero, artista
de primer orden.

Dos hijos tenía Poldy: una niña de ocho años y un niño de seis, que eran
dos ángeles de puro bonitos.

Garuda, la cigüeña blanca, animal que goza de larguísima vida, vivía
mansa, doméstica y feliz en la quinta, como si para ella el tiempo no
corriese. Más bien había ganado que perdido, porque el plumaje de la
pechuga, que tenía antes un viso ceniciento, había adquirido el brillo y
la blancura de la nieve. Garuda parecía el genio familiar de la casa, el
vivo resumen de los lares y penates de aquel hogar transportado desde el
centro de Europa a la opuesta orilla del Atlántico.

No quiero decir más para encarecer la felicidad de que Isidoro y Poldy
gozaban, a fin de no excitar la envidia de los que me lean. Voy, pues,
a terminar, haciendo una súplica a los lectores: que se callen lo que
aquí revelo y no se lo escriban a los treinta o cuarenta condes y
condesas, hermanos, tíos, cuñados y sobrinos de Poldy, para que no se
aflijan ni se escandalicen.



EL CAUTIVO DE DOÑA MENCÍA


I

Pocos días ha recibí el prospecto de un libro muy curioso que va a
publicarse en Córdoba. Contendrá la historia de las ciudades, villas y
fortalezas de aquel antiguo reino. Me hizo esto recordar ciertos
sucesos, que me contó mi amigo D. Juan Fresco, como ocurridos hace ya
cuatrocientos treinta años en el castillo de la población en que él
vive. Ignoro si dichos sucesos serán todo ficción, o si tendrán algún
fundamento histórico. Ya se encargarán de dilucidarlo los que escriban
el mencionado libro, ora consultando otros antiguos que deben de andar
impresos, ora en vista de Memorias y demás documentos manuscritos que ha
de haber en abundancia. Yo no quiero meterme en semejantes honduras. Me
inclino, sin embargo, a creer que en mi historia, si hay alguna ficción,
hay también mucho de verdad en que la ficción se funda: el grave
testimonio de mi querido y erudito amigo D. Aureliano Fernández-Guerra,
a quien oí referir no pequeña parte de los sucesos cuya narración me
complazco en dedicar ahora a su inolvidable espíritu.

D. Aureliano tenía hacienda de olivar y viña en el cercano lugar de
Zuheros; iba a menudo por allí, y se preciaba de saber, y había
investigado y de seguro sabía, todo cuanto desde muchos siglos atrás
había acontecido en aquella comarca. A pesar de todo, desisto de
averiguar, para no comprometerme, lo que hay de verdad y lo que hay de
mentira en el cuento, y voy a referirle aquí como me le contó mi tocayo.

Los fuertes muros y las ocho altas torres están hoy como en el día en
que se edificaron. No falta ni una almena. Dentro de aquel recinto
pueden alojarse bien doscientos peones y más de ochenta caballos. De la
cómoda vivienda señorial no queda ni rastro. Han venido a sustituirla un
molino aceitero con alfarge, trojes y prensas, que durante la vendimia
sirven también de lagar, un grande alambique con agua corriente, y
extensas bodegas para aceite, aguardiente, vinagre y vino.

Allá por los años de 1470 era todo aquello muy distinto. Extraordinaria
importancia estratégica tenía la fortaleza, como construida en una
altura, sobre enormes peñascos, que en gran parte le servían de
cimiento. En el centro había cómoda habitación, casi un palacio, donde
se albergaba el alcaide o señor que mandaba la hueste. Veinte años
hacía que dicho alcaide, lleno de ardor juvenil, había salido en
imprudente expedición contra los moros de Granada. Pasando por Alcalá la
Real, había entrado en la Vega por Pinos de la Puente, causando mucho
daño, talando algunos plantíos y sembrados, y cobrando no poco botín en
cortijadas y alquerías. Pero al volver rico y triunfante para su
castillo, en los agrios cerros y en el espeso bosque de encinas que hay
entre Pinos y Alcalá, cayó en una celada que los moros, más de mil en
número, le habían preparado, y allí murió combatiendo heroicamente
contra ellos.

La viuda de D. Jaime, que así se llamaba el muerto adalid, quedó como
única señora y alcaidesa del castillo.

Era su nombre doña Mencía. Sobrina del Conde de Cabra, se había criado
en la casa de aquel ilustre prócer. Apasionadamente enamorada del gentil
caballero D. Jaime, venido de Aragón a ponerse al servicio del Conde, y
muy señalado ya por su habilidad y su brío en todos los ejercicios
caballerescos, por sus notables proezas y hasta por su talento y
maestría en el gay saber, el Conde no tuvo que oponer razón alguna
contra la boda, y consintió en que don Jaime y doña Mencía se casasen,
dando en dote a la doncella el dominio y la alcaidía del castillo de que
voy hablando.

Sin duda para mostrarse más digno de su encumbramiento, D. Jaime
acometió la arriesgadísima empresa que causó su muerte. Diecisiete años
acababa de cumplir doña Mencía cuando se quedó viuda. Amarga y
desconsoladamente lloró la muerte de su gentil e idolatrado esposo.
Vistió severísimo luto, hizo una vida retirada, y en los veinte años que
se siguieron hasta el día en que empieza esta historia, no salió del
castillo sino para dar solitarios paseos.

En aquellos tiempos, las tierras todas del Rey de Castilla estaban
llenas de discordias y alborotos. No había paz ni seguridad en parte
alguna, sino robos, sangrientos combates, muertes y estragos. Los
grandes señores, por particulares rencillas y opuestos intereses, se
hacían cruda guerra unos a otros. El reino, además, estaba dividido en
dos opuestos y principales bandos. Fiel uno al rey D. Enrique, pugnaba
por sostenerle en el trono. El otro le había negado la obediencia, le
había depuesto en Avila con cruel e infamante ceremonia, y reconocía
como soberano al príncipe D. Alfonso, hermano menor del rey. El reino de
Córdoba ardía en disensiones, como todo el resto del país. Rara
prudencia y singular entereza supo mostrar doña Mencía para conservarse
en cierto modo neutral estando tan divididos los ánimos, sin dejar de
ser fiel y sin faltar al pleito homenaje que a los de su casa y familia
les era debido.

Todos respetaban a doña Mencía, la cual, gracias a su austeridad y
recogimiento, estaba en opinión de santa. La hacía aún más respetable,
prestándole algo de misterioso y sobrenatural, el que hubiese pocas
personas que se jactasen de haberla visto, ni menos hablado. Se
aseguraba, no obstante, que era hermosísima mujer, de treinta y siete
años, pero que parecía mucho más joven por la esbeltez, elevación y
gallardía de su cuerpo. Se decía que sus cabellos eran negros como la
endrina, que sus ojos brillaban como dos soles, que tenía manos muy
bellas y señoriles, y que la palidez mate de su terso y blanco rostro
estaba suavemente mitigada por el sonrosado y vago matiz que arrebolaba
sus frescas mejillas. Doña Mencía apenas conversaba con más personas que
con el Padre Atanasio su capellán, con Nuño, su escudero y maestresala,
y con la hija de Nuño, Leonor, que era su íntima servidora y confidenta.

Mucho lamentaba doña Mencía, en sus conversaciones con el Padre
Atanasio, los escándalos y las civiles contiendas que asolaban el país y
tenían a sus hombres de más valer armados unos contra otros.

Doña Mencía había deplorado la violenta resolución tomada por D. Alonso
de Aguilar de prender en la misma casa del Ayuntamiento de Córdoba al
mariscal D. Diego, primo de ella, y de tenerle encerrado durante algunas
semanas en el castillo de Cañete; pero más deploraba aún el desafuero de
D. Diego desafiando a D. Alonso, contra la expresa voluntad y orden del
Rey, que quería paz entre ellos, y de llevar adelante el desafío bajo el
amparo del Rey moro, que le dio campo y palenque en la vega de Granada.
Allí citó y aguardó D. Diego a D. Alonso; y como éste no acudiese al
desafío, D. Diego, declarado vencedor por el Rey moro, ató a la cola de
su caballo un cartelón donde iba escrito el nombre de D. Alonso de
Aguilar con la calificación de alevoso, y le arrastró por el suelo con
ignominia. Terrible fue la afrenta; pero D. Alonso la sufrió con
paciencia magnánima, reservando su valor para más patrióticos y altos
empeños, según supo mostrarlo en el resto de su vida y en su muy
gloriosa y trágica muerte.


II

La soledad y la monotonía de la existencia de la alcaidesa no habían
tenido la menor alteración a pesar de una extraña novedad que había en
el castillo desde hacía una semana. Doña Mencía custodiaba en él a un
huésped, o, mejor dicho, a un prisionero. Su primo D. Diego había
exigido que le custodiase, imponiéndole además como un deber el
abstenerse de preguntar el nombre del huésped, el cual, por su parte,
había prometido también no revelar su nombre. Don Diego tenía grande
interés en que no se supiese el nombre de su prisionero, y hasta en que
se ignorase que tenía prisionero alguno. Por eso no quiso llevarle ni a
Cabra ni a Baena, y le llevó al castillo de doña Mencía, donde no había
más gente que la guarnición, y bajo cuyo amparo no se había fundado aún
la villa que hoy existe. Doña Mencía tuvo que ceder a la imposición de
su primo; pero gustaba tanto de la soledad, y era tan poco lo que le
importaban los sucesos del mundo, que no quiso ver al cautivo que su
primo le trajo, y le confió a Nuño, para que éste le vigilase, alojase y
cuidase con esmero, como a persona principal, y según D. Diego quería.

La dama del castillo supo sólo que su huésped o prisionero era un rapaz
imberbe, que tendría dieciséis años a lo más, y del que D. Diego se
había apoderado, sorprendiéndole sin armas y en compañía de otros
rapaces cazando pajarillos con red y con liga, cimbel y reclamos, en las
orillas de un arroyo no lejos de Monturque.

En su estrado estaba doña Mencía, sola y entregada a sus rezos, en una
hermosa mañana del mes de Abril, cuando su doncella Leonor entró
precipitadamente, asustada y llorosa, y se echó a sus pies pidiendo
perdón y refugio.

--Yo no tengo la culpa, señora; yo no tengo la culpa. Mi padre se enoja
contra mí, y quiere matarme sin justo motivo. El rapaz que está
prisionero es el más descomedido e insolente de los rapaces. Me
sorprendió al pasar yo sola por la galería, me requebró con
desenvoltura, me asió luego entre sus brazos, y a pesar de mi
resistencia y de mis gritos, me dio muchos besos. No sé cuántos, porque
me los dio tan de prisa que no tuve tiempo para contarlos. Llegó en esto
mi padre y agarró al rapaz de una oreja, tratando de castigarle; pero el
rapaz, que debe de ser fuerte y ágil, le echó la zancadilla, le derribó
por tierra y se largó con risa. Mi padre se levantó renqueando, y,
ansioso de vengar el agravio recibido, vino furioso contra mí. Yo,
señora, me refugio aquí, y me pongo bajo tu amparo. Defiéndeme, señora;
mira que soy inocente.

La grave doña Mencía frunció el entrecejo al oír la narración de aquel
lance; pero en la cara, en el acento y en las frases de Leonor reconoció
su sinceridad y que no era culpada; la levantó del suelo en que estaba
de hinojos y le aseguró que la defendería. Toda su cólera estalló con
vehemencia contra el atrevido rapaz, que con tan liviano desacato
ofendía su casa. Llamó a Nuño, le exigió que absolviese a su hija de
culpas que en realidad no tenía, y le ordenó que, sin entrar en nueva
lucha con el rapaz, y sin acudir tampoco a otras personas para que no se
enterase nadie de lo ocurrido, trajese al rapaz a su presencia para que
ella le reprendiese duramente, como él merecía.

Cumplió Nuño las órdenes, y pocos instantes después compareció el rapaz
ante la hermosa dama, que le recibió, como juez severísimo, con
imponente autoridad y compostura. Nuño y Leonor se retiraron a una señal
de la dama. Esta quedó sentada en un sillón de brazos, como si fuera
tribunal o trono. El rapaz estaba de pie enfrente de ella, con ademán
muy respetuoso por cierto, pero en manera alguna temeroso ni turbado.
Con enérgicas palabras la dama le echó en cara su fea conducta, le
amonestó para que se corrigiese, y le exigió que pidiera perdón de su
culpa. Él contestó de esta suerte:

--Yo, señora mía, me confieso culpado, y estoy dispuesto a pedirte
humildemente perdón, de rodillas delante de ti. Si alguna disculpa
tengo, válganme como tal mis verdes mocedades y mi completa
inexperiencia de las cosas del mundo. Yo me figuré, señora, que me
hallaba en la cumbre de una montaña, y muy cerca de una nube que parecía
de carmín y de oro, por lo cual gusté tanto de ella que me atreví a
abrazarla y aun a besarla; pero la nube se me desvaneció y deshizo, y
entonces apareció el sol que la nube me ocultaba, y cuyos divinos
reflejos eran los que habían dado a la nube los brillantes matices que
me enamoraron, me sedujeron y me hicieron incurrir en la falta, que como
tal deploro, si bien, por otra parte, casi me alegro de haberla
cometido. Cometiéndola he apartado la nube y he logrado al fin ver el
sol, que desde hace una semana anhelaba yo ver y que ahora extasiado
contemplo.

Colorada como la grana, en parte de ira y en parte de gustosa sorpresa,
se puso doña Mencía al oír el desenfadado discurso de aquel audaz
muchacho. A pesar de su austeridad, tan probada y acendrada durante
veinte años, sintió que en el fondo de su pecho pugnaba por salir y le
retozaba la risa al notar tanta juvenil desvergüenza; pero al fin
triunfó la condición austera de la egregia dama, y despidió al mancebo,
diciéndole:

--Está bien, niño; pero mejor estaría si tu maestro o tu ayo te hubiera
enseñado menos retórica y más comedimiento y circunspección para no
faltar al respeto que a una ilustre dama se debe, y que se debe también
a su casa y a su servidumbre. Vete y corrígete, y haz de modo que no
tenga yo que apelar a dolorosos extremos para poner coto a la audaz
conducta de que parece que te jactas en vez de arrepentirte.

Quiso replicar el rapaz, pero la dama hizo tan imperioso gesto de
desagrado y despedida, y fulminó contra él tan terrible mirada de sus
negros ojos, que le hizo enmudecer y que le arrojó de la estancia como
si lo hiciera a materiales empellones.


III

Escarmentado el joven cautivo y acaso más cautivo aún de su propia
cortesía y de la veneración y del afecto que le había inspirado la dama
con sólo verla, se condujo durante los diez días que se siguieron con la
corrección más cumplida, mostrando paciencia ejemplar para sufrir sin
quejas su triste y enojoso cautiverio. La severa doña Mencía advirtió
entretanto que atormentaba a veces su alma cierto arrepentimiento de
haber empleado con el rapaz severidad sobrada. Allá a sus solas pensaba
en él casi de continuo, y se complacía en saber lo mucho que su
reprimenda había valido, y cuán juiciosamente se conducía el mozo. Luego
recordaba su rostro y toda su gentil figura, que no había dejado de
examinar cuando le tuvo delante de ella. Y por virtud de este recuerdo
vino a nacer en su alma la más singular alucinación, la más curiosa y
rara fantasía que puede soñarse. En balde procuraba apartar de su mente
aquel ensueño peligroso. El ensueño volvía con tenacidad sobre ella, y
ni dormida ni despierta la dejaba en libertad y en sosiego. Imaginó que
el insolente rapaz a quien había reprendido era el vivo retrato de D.
Jaime, su difunto esposo; y yendo más adelante en aquellas cavilaciones,
se dio a recelar o a sospechar que las hadas benéficas, o algunos otros
seres o genios sobrenaturales, para premiar sus largos años de rígida
viudez, le devolvían con vida al esposo a quien habían tenido durante
todo aquel tiempo encantado y oculto en un mágico submarino alcázar, no
ya conservándole joven, sino poniéndole más joven y más gallardo de lo
que antes era. Y como las imaginaciones no vienen solas, sino que nacen
unas de otras, enredándose y trabándose como áurea cadena, doña Mencía
no se contentó con fingir pasado lo que se acaba de decir, sino que se
creyó conocedora y zahorí de lo presente y aun inspirada profetisa para
ver a las claras las cosas futuras. Así dio por cierto que el rapaz, su
cautivo, llevaba en la frente la marca y el sello de un genio casi
sobrehumano, y que delante de él se abrían luminosos horizontes de
gloria y largo camino de triunfos y de grandezas.

Como quiera que fuese, doña Mencía no pudo resistir a la tentación de
volver a ver al rapaz. Para cohonestarla, antes de caer en ella, se le
ofrecían tres razonables motivos. Era el primero que, en virtud de la
buena conducta del joven, debía ella endulzar lo amargo de su reprimenda
llamándole y dándole su absolución. Era el segundo que, por la gran
diferencia de edad que entre ambos mediaba, el afecto de ella hacia él
tenía mucho de maternal y muy poco o nada de pecaminoso. Y era el
tercero, que el recordar es siempre mil y mil veces más poético que el
mirar, por donde tal vez cuando ella mirase de nuevo al muchacho, caería
en la cuenta de que no se parecía a su difunto esposo, de que ni él
estaba encantado ni la encantaba a ella, y de que eran sueños vanos y
sin sustancia todos los pronósticos en que prestaba al rapaz las
grandezas y los triunfos que expresados quedan. En suma, doña Mencía se
humanó, se apiadó del aislamiento de su cautivo, y, en vez de dejarle
comer solo en la torre en que vivía, le convidó a comer a su mesa.


IV

Con este trato familiar y diario, doña Mencía dio por seguro que pronto
acabarían por desvanecerse las ilusiones algo malsanas que había
concebido; pero, por desgracia, aconteció muy al revés de su buen
propósito y honradísimo intento.

Don Juan Fresco pasa aquí como sobre ascuas, sin aclarar ni determinar
nada. Yo no he de ser más explícito y terminante que mi tocayo. Diré
sólo que, pocos días después, doña Mencía apareció más bella y remozada,
iluminando su rostro una alegría dulce y mucha satisfacción y contento,
vistiéndose con más primor y saliendo a caballo a dar largos paseos, por
los más solitarios y ásperos caminos, acompañada sólo del mancebo
cautivo y del anciano Nuño, a quien el mozo había ganado la voluntad y
con quien estaba muy bien avenido. Nuño tenía además la más completa
convicción de que el mancebo no perseguía ya ni inquietaba a Leonor,
cuya honestidad estaba segura.

Harto había notado Nuño la fina devoción y el acendrado rendimiento con
que el mancebo cautivo miraba y servía a su señora; pero no se atrevía a
sospechar que ella pagase con amor tan delicados extremos, si bien
advertía que a veces, bajo la ardiente mirada del joven, doña Mencía
bajaba suave y lánguidamente los ojos, y tal vez se ponía encarnada como
las amapolas, y aun creyó percibir en ocasiones, por entre los párpados
y sedosas pestañas de ella, asomar una lágrima, que más que amarga
parecía ser de ternura.

Tales observaciones daban vigor a sus sospechas; pero no tardaba en
disiparlas la consideración de que el P. Atanasio, grave y reverendo
siervo de Dios, comía siempre en la misma mesa con doña Mencía y el
mancebo, y terciaba al parecer en todos sus coloquios.

Por otra parte, no cabía en la imaginación ni en el pensamiento de Nuño
que doña Mencía olvidase a su esposo D. Jaime y fuese infiel a su
memoria.

La desproporción de edad hacía, por último, inverosímiles las relaciones
amorosas. Doña Mencía hubiera podido ser holgadamente madre de aquel
lindo muchacho.

De aquí que Nuño desechase siempre como suposición maliciosa la idea que
a veces se le presentaba de que doña Mencía tuviese amores. Lo que tenía
era afecto casi maternal, y algo de satisfacción de amor propio y mucho
de gratitud al considerarse querida. De esto sí que no dudaba Nuño. La
admiración entusiasta y el vehemente enamoramiento del mozo estaban
harto poco disimulados y eran patentes a todos los ojos.

Los guerreros de la hueste lo veían claro. Y muchos de ellos, menos
respetuosos que Nuño, y con muchísima menos fe en la probada austeridad
y virtud de la alcaidesa, afirmaban, con más malicia que respeto, que
aquella ilustre dama no desdeñaba las pretensiones del misterioso
cautivo casi adolescente.

Provino de todo ello un germen de disturbio que hubiera podido terminar
en escándalo, si la prudencia de Nuño no le hubiera sofocado al nacer.

Juan Moreno Güeto, uno de los cabos de la hueste, favorito de Nuño y
aspirante a la mano de su hija Leonor, a quien requería de amores, era
asimismo respetuoso y ferviente admirador de D.ª Mencía. Y como oyese en
cierta ocasión, en boca de algunos compañeros de armas, groseros
chistes en ofensa de su señora, no pudo contenerse y se decidió a
castigarlos de palabras y aun de obras. Por dicha, Nuño acudió a tiempo
y pudo evitar la inminente lucha, calmando los ánimos, restableciendo la
paz y procurando que no se divulgase lo que había ocurrido.

Doña Mencía, no obstante, hubo de entrever algo del caso y de sentirse
lastimada y avergonzada de andar en lenguas de sus vasallos, y de ver
que empezaba a perderse la inmaculada reputación que ella tan justamente
había adquirido en veinte años de la vida más ejemplar y de las más
severas costumbres.

Fuesen como fuesen sus relaciones con el rapaz misterioso, doña Mencía
comprendió que daban harto pábulo a la maledicencia.

Sin duda el P. Atanasio, que era su director espiritual, y, según hemos
dicho, grave y severísimo, la amonestó o la reprendió, ora por el
peligro a que se exponía o por la ocasión que daba a que la censurasen,
si no había pecado, ora por el pecado mismo si, dejándose ella caer en
la tentación, había cometido alguno.

En resolución, las causas por lo pronto permanecieron ocultas, y cuando
menos podía preverse hubo un suceso inesperado.

Revestido con las armas del difunto D. Jaime, que parecían expresamente
forjadas a la medida del mancebo cautivo, apareció éste a la puerta del
castillo en una hermosa mañana del mes de Mayo, acompañado de Nuño y de
Juan Moreno Güeto, los tres en sendos caballos; tomaron el camino de
Cabra, y no tardaron mucho en salvar la cima de los cercanos alcores,
perdiéndose de vista.

Alguien aseguró después que, hasta que de vista se perdieron, doña
Mencía estuvo en el balcón de su estancia, que se elevaba sobre el muro,
y desde donde se oteaba el circunstante paisaje, mirando a los que
partían, y dando al mancebo cautivo un postrer adiós con el blanco
pañizuelo de holanda que hacía ondear su diestra, cuando no se le
llevaba a los ojos para enjugarse el llanto delator que los humedecía.

A la caída de la tarde del día siguiente, Nuño y Juan Moreno Güeto
volvieron al castillo, pero volvieron solos. Del mancebo nada se supo
después. Nuño y Juan Moreno Güeto no quisieron satisfacer nunca la
curiosidad de la gente de la guarnición diciendo dónde le habían dejado.


V

Seis días pasaron después del suceso que acabamos de referir, durante
los cuales vivió doña Mencía en el más completo retraimiento. No salía
de sus apartadas estancias, y sólo la veían y hablaban con ella el P.
Atanasio, Leonor y Nuño.

Un domingo por la mañana ocurrió algo que allí podría pasar por novedad,
ya que sólo de tarde en tarde recibía la alcaidesa visitas de sus
parientes.

No se sabe si llamado por ella, o por iniciativa propia, vino el
mariscal D. Diego desde el castillo de Baena a visitar a su prima. De
todos modos, D. Diego no sabía, o aparentó no saber, que el mancebo
cautivo había recobrado su libertad. Preguntó por él a doña Mencía y
mostró deseo de verle.

Doña Mencía contestó entonces:

--No es posible que ahora le veas. Aborrezco el disimulo y el engaño. No
sólo le he dejado ir libre, sino que le he absuelto del compromiso que
contrajo y de la palabra que dio de permanecer en cautiverio. Él no se
hubiera ido si yo no le hubiera obligado a que se fuese, mandándoselo y
despidiéndole. Échame a mí toda la culpa; toda la culpa es mía.

Don Diego no pudo reprimir su enojo, y exclamó con airado acento:

--¡Vive Dios, prima, que te has conducido con fea deslealtad y te has
mostrado harto ingrata a los beneficios que a mi casa y familia debes!

--Vuestras quejas--replicó ella--son harto infundadas, Sr. D. Diego, y
son además muy ofensivas para mí. Yo he dado libertad al joven por
respeto al honor de vuestra casa y familia, y para no ser cómplice de un
delito que la denigraba. El rapaz no ha sido maltratado en este
castillo; pero había sido robado y secuestrado por nosotros, como si
fuésemos bandidos. Yo no podía consentir largo tiempo en esto y
coadyuvar a vuestros planes. Supe que el ilustre hermano del cautivo le
buscaba inquieto y desolado, indagaba en balde su paradero y hasta
lamentaba y lloraba su por él imaginada temprana muerte. Lo mejor que
podía yo hacer, y eso he hecho, es enviarle a Montilla a que tranquilice
y aquiete a su hermano, exigiéndole, como le he exigido, y él cumplirá
su promesa, no revelar nunca a su hermano quien le robó y le tuvo
prisionero. Mi deseo es que se restablezca la concordia entre vuestra
casa y la de ellos, y sería nuevo inconveniente para que mi deseo se
lograse que D. Alonso supiera que el mariscal D. Diego, de quien tantos
agravios ha recibido, le había agraviado también siendo el raptor de su
hermano, a quien quiere con toda su alma.

--No es de maravillar ese cariño--dijo don Diego,--porque el joven posee
extraordinarios atractivos, se gana la voluntad de las personas a quien
trata, aunque sean muy adustas, y si a él le roban toma represalias
terribles, y, según parece, roba los corazones, y los trastorna y los
hechiza por tal arte, que les hace olvidar los más sagrados deberes y el
conveniente decoro.

Subió la sangre al rostro de doña Mencía y le tiñó de rojo al escuchar
aquellas palabras; pero con serenidad y calma, para que lo que había
resuelto no se atribuyese a momentáneo arrebato, sino a resolución
premeditada e irrevocable, dijo a D. Diego de esta suerte:

--No hubiera yo presumido ni creído nunca, Sr. D. Diego, que faltando a
nuestro parentesco, a nuestra amistad de toda la vida y a cuanto un
caballero cortés y bien nacido debe de respeto a una dama, hubierais vos
venido a mi propia habitación y estrado a insultarme con injuriosas
reticencias. De nadie dependo, y sólo a Dios tengo que dar cuenta de mi
conducta. Aunque fuese mala, no tenéis derecho para afrentarme ni para
acusarme, siquiera sea en términos embozados y ambiguos. Respetad a una
mujer como a vuestra hidalguía conviene. Y ya que juzgáis que yo me he
conducido mal en lo que importa al servicio de vuestra casa y familia,
yo me extraño desde este instante de dicho servicio. Por lo pronto, os
ruego, dije mal, os exijo que salgáis de mi presencia. No tardaré yo en
evacuar el castillo y fortaleza cuya custodia me habíais confiado. El
alférez Calixto de Vargas quedará mandando la hueste, y dentro de
veinticuatro horas os hará entrega de todo. Yo me extraño, como acabo de
deciros. Mañana mismo saldré de aquí, llevando en mi compañía a Nuño, a
su hija Leonor y a Juan Moreno Güeto. El mayor favor que podéis hacerme
es no volver a acordaros de mí, y no empeñaros en averiguar ni adónde
voy, ni cuáles serán en lo futuro mis propósitos y las andanzas de mi
vida.

Aunque harto sabía D. Diego que era irrevocable toda resolución que
tomaba su prima, y que su carácter era más firme que la roca en que
descansaba el castillo a que ella había dado su nombre, todavía D. Diego
hubiera querido contestar a aquel discurso y procurar amansar a la dama;
pero ella lo estorbó retirándose de súbito a su habitación más
reservada y cerrando la puerta de golpe.

No se atrevió el Mariscal a seguirla: no quiso tampoco enterar a nadie
de los términos poco amistosos con que aquella entrevista había
terminado, y así, aparentando reposo y sin dejar traslucir lo que
pasaba, salió del castillo con los escuderos que le habían acompañado, y
se volvió a Baena.


VI

Cruel y deshecha tempestad de encontrados sentimientos hubo de agitar
aquella noche el alma de doña Mencía. Durmió poco y se levantó del lecho
apenas rayaba la aurora.

Como si le quedasen pocas horas de vida y estuviese a punto de
desaparecer de sobre el haz de la tierra, dispuso de todos sus bienes,
haciendo donación de las joyas, de los más ricos vestidos y de parte de
sus cuantiosos ahorros a favor de Leonor, su fiel camarera.

Hallándose presente ésta, así como también el P. Atanasio, hizo venir a
Juan Moreno Güeto y le indujo a contraer con Leonor solemnes esponsales,
que autorizó el P. Atanasio, prometiendo, por su parte, ser pronto el
ministro que santificase por la virtud del sacramento la unión de los
novios.

Confió doña Mencía al P. Atanasio una respetable suma de dinero para que
la repartiera con juicioso tino entre los soldados de la hueste y los
campesinos pobres de las cercanías.

Y reservó, por último, buena porción de su caudal para entregarla a la
Superiora del convento de Santa Clara en Córdoba, antigua fundación del
rey D. Alonso _el Sabio_ y de su mujer la reina doña Violante, hija de
D. Jaime de Aragón, el que ganó a los moros la ciudad de Valencia. En
aquel convento había determinado doña Mencía encerrarse para siempre y
acabar su vida.

A fin de cumplir tan devota determinación, de que sólo dio noticia
entonces al P. Atanasio, se despidió de la hueste como si tratase de
hacer una breve ausencia, y acompañada solamente del mencionado Padre,
de Nuño y del futuro yerno de éste, salió para Córdoba aquel mismo día.

Como los cuatro iban en sendos caballos, ligeros y briosos, pudieron
llegar, y llegaron, antes de anochecer a la antigua capital del
califato.

Doña Mencía tardó poco en cumplir su propósito. Abandonó el mundo, y se
retiró al convento de Santa Clara. El P. Atanasio y Juan Moreno Güeto
volvieron al castillo inmediatamente. Nuño tardó algo más en volver,
pues tuvo antes que llevar un mensaje a Montilla, cumpliendo las órdenes
de su señora y el último de sus encargos, en relación y enlace con
personas y cosas de esta vida mortal, del siglo y de la tierra que nos
sustenta. Nuño llevó a Montilla, y entregó recatada y secretamente al
hermano menor de D. Alonso de Aguilar, una extensa carta, escrita por
doña Mencía, y que decía de esta suerte:


VII

«Cuando te despedí pocos días ha desde el castillo, devolviéndote la
libertad y mandándote y exigiéndote que la recobrases, no tuve valor aún
para despedirme también de la esperanza de volver a verte en este mundo,
¡oh mi dulce y joven amigo! Tomada estaba ya y escondida en el centro de
mi alma la firme resolución de no volver a verte nunca; pero no quise
decírtelo hasta ahora. Ahora que te lo digo, ahora que por última vez
voy a hacer que mi palabra llegue hasta ti, aunque sea desde lejos, Dios
habrá de perdonarme si me complazco en recordar mi extravío, no ya para
llorarle y lamentarle arrepentida, sino para deleitarme y glorificarme
con su recuerdo. Toda la austeridad de mi vida durante veinte años, todo
mi primer amor, suavemente conservado en la memoria con afán religioso y
puro como rescoldo del fuego sagrado entre las cenizas del ara, y mi
orgullo y el respeto debido al nombre que llevo y a mi decoro de honrada
y casta matrona, todo se desvaneció y falleció en mi alma al ver tu
rostro y al oír tus palabras, acaso desde la vez primera que me
hablastes. No creas que me ofusqué, que me cegué y que no comprendí
desde el primer momento la intensidad y la fealdad de mi delito y el
casi irresistible impulso que a cometerle me llevaba. Claro apareció en
mi conciencia el amor que me habías inspirado, y cuán abominable lo
hacía la gran diferencia de nuestra edad, más propia que para
convertirme en amiga o en esposa tuya, para prestarme, con relación a
ti, por manera espiritual, el casto y limpio carácter de madre.

»Yo, con todo, no supe resistirme. Fue mi pasión tan vehemente que, no
ya inútil, necia y vulgar me pareció la resistencia. Hasta en la misma
tardanza vi yo algo de mezquino y grosero que aparecía en mi mente como
frío artificio y estudiado melindre de mujer que anhela vender más caras
sus finezas y realzar más de lo justo el precio y valer de sus favores
retardando el concederlos. No extrañes, pues, que, vencida y rendida yo,
cayese desde luego en tus brazos sin defenderme, y te diese mi corazón y
fuese toda tuya.

»Había yo querido antes cohonestar la inclinación que hacia ti había
sentido, imaginándote vivo retrato del hombre a quien yo había amado en
mis primeras mocedades, y a quien había llorado largos años después de
muerto. Pero no tardé en desechar este pensamiento, considerándole
cobarde hipocresía con que mi entendimiento, más mentiroso que sutil,
trataba de atenuar el poderoso conato de mi voluntad viciosa. No: no me
pareciste semejante a D. Jaime, sino mil y mil veces mejor que él. Su
imagen, grabada en mi alma, se borró y desapareció no bien vino tu
imagen a estamparse en ella, como sello y marca de esclavitud que la
hace tuya para siempre. Ni el temor de la maledicencia; ni el odioso
pensamiento de que hasta tú mismo pudieras menospreciarme y tenerme por
liviana, nada me contuvo. La fuerza, no obstante, que no bastó para
detenerme al borde del abismo y para salvarme de la caída, me ha valido
luego para romper materialmente el lazo, para huir de ti, para
levantarme lastimada y penitente y refugiarme en este retiro. Yo no
podía ser legítimamente tuya. Vivir de otra suerte a tu lado, hubiera
sido escándalo, ignominia y vergüenza. Los sabios consejos de mi
confesor, a quien, dominando el rubor que encendía y quemaba mi rostro,
mostré la herida de mi alma para que la curase, y el bálsamo de nuestra
santa religión que él vertió en la herida, me prestaron aliento y brío
para desbaratar las cadenas en que me tuviste aprisionada, para
apartarte de mí y para tomar luego la determinación que he tomado.

»Dios, en su infinita misericordia, habrá de perdonármelo. No acierto a
que así no sea. Ahora que me dirijo a ti, acuden a mi mente, la turban y
la llenan de amargo deleite aquellos momentos de embriaguez amorosa y de
completo abandono en que toda yo fui para ti y creí que eras tú todo
mío.

»Resuelta estoy a restaurar con plegarias, cristianas meditaciones y
dura penitencia la espantosa ruina en que mi virtud se deshizo.
Humillada y contrita estoy, y con todo, no noto en mí el
arrepentimiento. A mi mente acuden en tropel ideas y razones, si no para
justificar, para disculpar en parte mi pecado, y, cuando no para
absolverme, para mitigar la sentencia que me condena.

»A los indiferentes parecerá locura lo que voy a decirte. A pesar de tu
modestia, tú debes creerme. Algo de sobrenatural, del cielo sin duda en
su origen, aunque torcido y maleado después por el infierno, ha sido el
móvil principal de mi enamoramiento y de mi súbita flaqueza. He sentido,
al verte y al oírte, no atino a explicar qué extraño modo de profética
revelación, qué profundo convencimiento, qué fe y qué segura esperanza
en tus futuros y soberanos destinos. Sí, yo no he amado sólo en tu
persona al gallardo y floreciente mancebo en toda la frescura y lozanía
de su edad primera. Yo he amado y prefigurado en ti al héroe en flor,
gloria y grandeza de la patria, al que contribuirá más que nadie a que
Castilla, disuelta hoy en bandos y asolada por guerras civiles, con
España toda unida a Castilla, sea la primera de las naciones. Yo, no
sólo veía en tus ojos la llama del amor, sino la luz refulgente y el
fuego del entusiasmo con que un numen inspirador encendía tu alma. Yo
veía lucir en tu frente la estrella de la inmortalidad, y su resplandor
me cegaba: tus sienes se me mostraban circundadas de un nimbo luminoso.

»Así explico yo y así disculpo mi inevitable rendimiento; así explico yo
y así disculpo también el valor cruel que he tenido para echarte lejos
de mí y para apartarme de ti, después y por siempre. Reteniéndote en mis
brazos me hubiera rebelado yo contra los designios y decretos del
cielo. La gloria te quiere para sí, y yo no quiero ni puedo ser rival de
la gloria. Básteme la que alcanzo con haber poseído tu corazón y con que
me hayas tributado las primicias de tu amoroso y juvenil afecto.
Básteme, sobre todo, la gloria de haber sido acaso el primer ser humano
que ha visto con toda claridad en tu frente el signo que Dios puso en
ella, señalándote así para que honres, prosperes y ensalces a tu pueblo,
y para que venzas y domines a los otros.

»Adiós. No me llores por desventurada. ¿Por qué no confesártelo? Estoy
orgullosa y soy dichosa por mi propia falta. La única obligación tuya,
lo único que me debes es el cumplimiento de mi esperanza y de la fe que
puse en ti. No desmayes. Lánzate valerosamente en el sendero de la vida.
Sé grande, sé glorioso, como yo te he soñado, y paga así con usura todo
el amor que te tuve y que te tengo todavía, y cuantos sacrificios hice a
ese amor justificado por tu maravilloso valer y harto premiado por el
deleite supremo que logré al ser tu amada.

»No quiero yo que me olvides, dueño mío. Tuya soy yo, toda yo y por toda
la vida. Recuérdame, pero más con ternura que con pena. Y adiós de nuevo
y para siempre.»

Cuatro años después de escrita esta carta, doña Mencía, apartada del
mundo y de todo trato de gentes, salvo el de sus hermanas las
religiosas, se consumió como si un fuego interior la devorase, se
marchitó como rosa aromática en el ardor del estío, y entregó a Dios su
alma en el convento de Santa Clara de Córdoba, edificando con su
resignada, ejemplar y cristiana muerte a las pocas personas que por
entonces la trataban.


VIII

Más de cuarenta años habían transcurrido desde la muerte de doña Mencía.

Gonzalo Fernández de Córdoba se hallaba de paso para Granada en la
ciudad que se honra con darle su nombre por apellido.

Todos los ensueños de doña Mencía se habían realizado. Estaba él
cubierto de gloria, era llamado el Gran Capitán. Su nombre se
pronunciaba y se oía con respeto en todas las regiones de Europa. De él
había dicho el más discreto y perfecto caballero cortesano que en
aquella edad tuvo Italia, que, «en paz y en guerra fue tan señalado, que
si la fama no es muy ingrata, siempre en el mundo publicará sus loores y
mostrará claramente que en nuestros días pocos reyes o señores grandes
hemos visto que en grandeza de ánimo, en saber y en toda virtud no hayan
quedado bajos en comparación de él». Él había combatido a los
portugueses en Toro, a los muslimes en Granada, en las Alpujarras a los
moriscos rebeldes, en Ostia al más feroz de los piratas, al turco en
Cefalonia, y en Italia a los franceses, desbaratando sus ejércitos,
venciendo a sus reyes y más ilustres caudillos y ganando para España lo
más hermoso de aquella península. Había adquirido y prodigado inmensas
riquezas, había ganado como trofeo de sus victorias más de doscientas
banderas y dos estandartes reales, y había conseguido que le celebrasen
y admirasen en toda España, así en Aragón como en Castilla.

Víctima ya de la suspicacia, y tal vez de la envidia del Rey, se
retiraba harto desengañado a sus dominios de Loja, después de haber
visto arrasada la fortaleza de Montilla, que fue su cuna, y castigados
con dureza no pocos de sus parientes y amigos.

Se cuenta que Gonzalo visitó un día a su anciana parienta doña Beatriz
Enríquez, que había sido amiga del ya difunto almirante D. Cristóbal
Colón, a quien retuvo largo tiempo en España a pesar de los desdenes de
la Corte.

Contra la sentencia del Dante, tan a menudo citada, no siempre es
doloroso, sino sabroso y dulce, el recuerdo de la edad feliz, de los
amores juveniles y de los triunfos y venturas que entonces se lograron.
Doña Beatriz, en su vejez y en su aislamiento, se sintió consolada al
ver y al hablar a su glorioso deudo. Animada fue la conversación que con
él tuvo.

Doña Beatriz se mostró expansiva y acabó por estar justamente
jactanciosa. Declaró con orgullo que tenía por gloria suya el haber
amado al aventurero genovés, el haber descubierto y reconocido todo el
valer de su espíritu y el haber creído y esperado en la alta misión que
le habían confiado los cielos, cuando todavía eran muy pocos los
hombres que no le desdeñaban.

--Por mí--dijo--se quedó en España aquel hombre enviado de Dios. En gran
parte me debe España la gloria de haber roto ella el misterioso secreto
de los mares y de haber descubierto islas florecientes y extensa tierra
firme, rica en perlas y en oro, que todavía se pone como valladar para
impedirnos llegar a Cipango, al Catay y al imperio del preste Juan, por
donde ya penetran los portugueses, siguiendo opuestos caminos y
navegando hacia las regiones donde se pensaba que tenía su tálamo la
Aurora.

El Gran Capitán comprendió y aplaudió el orgullo de su parienta; pero su
mismo aplauso hizo brotar en su alma otro orgullo muy parecido. Gonzalo
Fernández de Córdoba no supo contenerse, y dijo a doña Beatriz:

--Yo admiro la perspicacia de vidente y la fe profunda y la esperanza
certera con que amaste y detuviste al inspirado piloto. Pero perdona mi
vanidad. No has sido tú en esta época la única cordobesa a quien hizo el
amor profetisa. Otra hubo antes que tú, que compitió en esto contigo. No
merece tanto, porque el hombre cuyo valer futuro descubrió ella en su
amorosa visión profética, vale mil y mil veces menos que el que por
esfuerzo de su reveladora inteligencia y de su enérgica voluntad ha
duplicado o triplicado la grandeza del mundo conocido, y ha magnificado
el concepto de la creación en toda mente humana. Comparada a la gloria
de ese hombre, vale poco la que se alcanza derrotando ejércitos,
conquistando reinos y avasallando y humillando a los príncipes más
poderosos. Merece, sin embargo, más que tú esta mujer de que te hablo,
porque tú no revelaste a Colón mismo lo que él ya sabía de su propio
valer. Tú le prestaste crédito, aliento y esperanza y confianza en los
hombres y en su fortuna; pero esta mujer de que te hablo, en su
exaltación de amor hacia mí, porque fue mi enamorada, no se limitó a
darme crédito, aliento y esperanza, sino que hizo patente a mi alma la
por ella soñada grandeza que mi alma tenía, me infundió la fe que en mí
puso, convirtió mi ambición en deber de gratitud hacia ella, y me obligó
a ser grande para que ella no fuese, ni motejada de ligera, ni tenida
por mentirosa.

El Gran Capitán no supo callar entonces. Contó a doña Beatriz los
fugitivos amores de su mocedad primera. Y hasta hay quien dice que le
citó, asomando el llanto a sus ojos, algo de la carta que le había
escrito doña Mencía, y que él conservaba piadosamente en la memoria.

Gonzalo dijo por último:

--Quiero confesarte, con el debido sigilo, que después he amado a otras
mujeres y he sido amado por ellas. Ninguna, sin embargo, ha derribado y
arrojado del santuario de mi alma la venerada imagen, puesta allí sobre
todo lo terrenal y caduco, de la mujer que me reveló a mí mismo mi ser
propio: que tal vez con la virtud creadora de su amor sembró en mi
espíritu el germen de todo lo bueno y de todo lo noble que he podido
hacer en mi vida.

Al referir esta historia que me contó D. Juan Fresco, y cuya certidumbre
confirmó, hasta cierto punto, mi querido amigo D. Aureliano, no puedo
menos de recordar un estudio que escribió y publicó, años ha, Rosa
Cleveland, hermana del que fue Presidente de los Estados Unidos. El
estudio se titula _Fe altruista_, y procura demostrar que la capital
misión de la mujer es la de revelar al hombre sus altos destinos,
alentarle en la lucha e inspirarle el brío y la confianza que son
menester para alcanzarlos.



EL MAESTRO RAIMUNDICO


I

En varios tratados de Economía política he visto yo una cuenta, de la
que resulta que la industria de los zapateros en Francia ha producido,
desde el descubrimiento de América hasta hoy, seis o siete veces más
riqueza que todo el oro y la plata que han venido a Europa desde aquel
nuevo e inmenso continente. Esto me anima, sin recelo de pasar por
inventor de inverosímiles tramoyas, a hablar aquí del maestro
Raimundico.

Haciendo zapatos empezó a ser rico; acrecentó luego su riqueza, dando
dinero a premio, aunque por ser hombre concienzudo, temeroso de Dios y
muy caritativo, nunca llevó más de 10 por 100 al año; después, fundó y
abrió una tienda o bazar, donde se vendía cuanto hay que vender: azúcar,
café, judías, bacalao, barajas, devocionarios, libros para los niños de
la escuela, y toda clase de tejidos y de adornos para la vestimenta de
hombres y mujeres. El maestro se fue quedando también con no pocas
fincas de sus deudores, y llegó a ser propietario de viñas, olivares,
huertas y cortijos.

Ya no esgrimía la lezna, ni se ponía el tirapié, ni se ensuciaba los
dedos con cerote, pero fiel a su origen, conservaba la zapatería, donde
trabajaban expertos oficiales, discípulos suyos. El magnífico bazar
estaba contiguo. Y junto a la zapatería y al bazar podía contemplarse la
revocada y hermosa fachada de su casa, situada en la calle más ancha y
central del pueblo. A espaldas de esta casa y en no interrumpida
sucesión, había patios, corrales, caballerizas, tinados, bodegas,
graneros, lagar, molino de aceite, y en suma, todo cuanto puede poseer y
posee un acaudalado labrador y propietario de Andalucía. La puerta
falsa, que daba ingreso a estas dependencias agrícolas, pudiera decirse
que estaba extramuros del pueblo, si el pueblo tuviera muros, mientras
que la puerta principal, según queda dicho estaba en el centro.

El maestro Raimundico nunca había querido comprometerse ni mezclarse en
política; pero de súbito acababa de cambiar. Se había hecho fusionista y
había consentido en ser jefe de aquel partido político y alcalde en
Villalegre.

Era viudo, hacía ya quince años. Y hacía cerca de siete que tenía a su
único hijo, D. Raimundo Roldán de Cadenas, estudiando o paseando y
holgando en Madrid, pues sobre este punto, difieren no poco los
autores. Difieren asimismo sobre la causa de la larga y no interrumpida
ausencia del hijo, atribuyéndola unos a la viudez más alegre que
recoleta del padre, para la cual hubiera sido estorbo o escándalo la
presencia del hijo, y atribuyéndola otros al despego y a la soberbia de
éste, que vivía en Madrid como caballerito muy elegante e ilustre, que
hablaba de su casa solariega, y que repugnaba volver al lugar a ver la
plebeya ordinariez de su padre y la primitiva y fundamental zapatería
tenazmente conservada.

Como quiera que ello fuese, D. Raimundo se daba en Madrid tono de muy
hidalgo, y su gentil presencia, su elegancia en el vestir y el dinero
que solía gastar con rumbo, prestaban a su hidalguía no corto crédito.
Él era además robusto y ágil en todos los ejercicios del cuerpo, gran
tirador de pistola, florete y sable, buen jinete, mejor bailarín, y muy
divertido, ocurrente y chistoso. Tenía multitud de amigos y estaba en
Madrid como el pez en el agua.

Hacía muy poco que se había graduado de Doctor en Jurisprudencia, y
había enviado a su padre la tesis doctoral. El padre leyó con suma
atención las cuatro o cinco primeras páginas, pero no entendió palabra,
se mareó y dejó la lectura. Y como era muy escamón, se puso a cavilar
entonces, sobre si el no entender aquello, sería culpa de su ignorancia,
o si sería, según frase de Cánovas, que hasta aquel lugar había llegado,
porque su hijo era un tonto adulterado por el estudio o si sería porque
no había habido tal estudio ni tal adulteración, sino porque el chico
había estudiado poquísimo y para disimularlo, había llenado su discurso
de frases huecas, fiado en su audacia y en la simplicidad de muchas
personas que lo que no entienden es lo que más admiran.

De todos modos, corregido ya el maestro Raimundico, morigerado por la
ancianidad, reverdeciendo en su corazón el amor paternal sobre los
restos de otros ya muertos y menos santos amores, y tal vez proyectando
que el muchacho, que había cumplido veinticinco años, ganase popularidad
y simpatías en el distrito, para que fuese elegido diputado, le mandó
llamar con términos harto imperativos y hasta dejando de enviarle
dinero, que era el medio más eficaz de que podía valerse.

D. Raimundo, pues, no pudo menos de obedecer. Complació a su padre, vino
a Villalegre y se halló en Villalegre muy a gusto.

Para que se vea la sinceridad de su contento y el placer y la
satisfacción que en el lugar tenía, vamos a poner aquí una
circunstanciada carta que, al mes de estar en Villalegre, escribió don
Raimundo a su mejor amigo de Madrid. La carta decía como sigue.


II

«Mi querido Pepe: Muy a despecho mío vine por aquí para no rebelarme
contra los mandatos de mi señor padre; pero te declaro con franqueza que
ahora me alegro en el alma de haber venido. Este lugar es lindísimo; los
fértiles campos que le rodean hacen un paraíso de sus cercanías; y sus
habitantes son amenos y regocijados. Yo aquí me divierto la mar. Y no
sólo me divierto, sino que, ¿por qué no he de confesártelo? me siento
como nunca me sentí en Madrid, perdidamente enamorado de una mujer. Pero
¡qué mujer, chico! Es un encanto, un prodigio de bonita. Y no sé decir
si por desgracia o por fortuna, de la más pasmosa severidad de
costumbres. La llaman el Sol de Tarifa, porque de aquella ciudad salió
ella como el sol por oriente. Tal es su apodo significativo. Su
verdadero nombre es doña Marcela Gutiérrez de los Olivares, por ser
viuda del teniente de la clase de sargentos, del mismo apellido, muerto
en Cuba un año ha, a manos de los insurrectos. Llora ella aún a su
difunto marido, con cuya tía, doña Pepa, vive en este lugar en ejemplar
recogimiento, y desdeña y rechaza al enjambre de galanes que la
pretende. Tremendo es uno de ellos por su obstinación y ferocidad. Es su
nombre Currito el Guapo, y es hermano de la estanquera, mujer también de
notable mérito, muy joven aún y famosa por su hermosura y gallardía.
Currito, tan celoso de su honra como los galanes de Calderón en las
comedias de capa y espada, no consiente que nadie requiebre a la
estanquera si no viene con la buena fin. Y aplicando este modo de
proceder de su casa a la ajena y de su hermana a su pretendida novia, no
consiente tampoco que nadie se acerque a doña Marcela, ni le diga
chicoleos, celándola de suerte, que ella vive aislada, porque Currito
tiene metidos en un puño a casi todos los mozos del lugar. Navaja en
mano es tremendo, y ya que no quiera por piedad abrir a nadie una gatera
en el vientre, lo que es para pintar un jabeque en la cara al propio
lucero del alba, no tiene el menor escrúpulo si se enoja.

»Doña Marcela está con esto que trina, porque gusta de ser desdeñosa sin
que el desdén parezca forzado, y porque no acepta la tutela o mejor
dicho el cautiverio en que galán tan crudo la tiene.

»A fuerza de oír tales cosas, pues no es otro el principal asunto de las
más frecuentes conversaciones de por aquí, pronto comenzó a hervirme la
sangre contra la insolencia de Currito el Guapo. Me entraron ganas de
libertar de su cautiverio a doña Marcela. Y crecieron mis ganas y se
hicieron irresistibles cuando vi, primero en la iglesia y después en la
feria, a la recatada y joven viuda, con quien quise _timarme_, como
decimos por ahí; pero, por lo pronto fue en balde mi conato, porque sin
duda, no lo consentían la modestia y la honestidad de la dama. ¿Qué no
logran, sin embargo, la terquedad y la audacia de un mozo como yo,
curtido en toda clase de aventuras y acostumbrado a los más peligrosos
lances de amor y fortuna? Doña Marcela me miró al fin con mal disimulada
complacencia; yo le hablé, valiéndome de la tía Pepa que desde niño me
conoce, y, al fin logré, que en una de estas últimas noches, que fue de
las más calurosas del verano, doña Marcela saliese a la ventana a tomar
el fresco.

»Me hice como por casualidad el encontradizo y me puse a hablar con
ella. No vayas a creer que es ninguna palurda. Culta y discretísima es
su conversación. Y no sólo habla buen castellano si bien con un gracioso
dejo tarifeño, sino que se explica corrientemente en inglés, por haber
estado algún tiempo en Gibraltar, cuando era ella mocita soltera,
acompañando a su padre, que iba allí para asuntos de comercio. Pero aquí
entra lo trágico. Embelesado y engolfado estaba yo charlando con doña
Marcela, a ratos en andaluz y a ratos en inglés, cuando la temerosa
aparición de Currito el Guapo, vino a interrumpir nuestro palique.

»--¡Huya usted, por Dios!--exclamó ella con voz trémula y llena de
susto. Ahí viene ese monstruo que sin que yo le haya dado motivo es en
este lugar el tirano de mi vida. Sálvese usted, caballero. Currito viene
navaja en mano y puede escabechar a usted en un santiamén. Como es loco
frenético no repara en nada. No es cobardía sino prudencia, escapar de
ese forajido.

»Ya te harás cargo Pepe de que yo no hice caso ninguno de aquellas
medrosas exhortaciones. Me enredé la capa en el brazo izquierdo y saqué
de la vaina una larga y recta espada de caballería que llevaba a
prevención conmigo. Currito no se arredró por eso, sino que cayó sobre
mí, ora agachándose, ora dando brincos, ora acometiéndome por un lado,
ora por otro. Por dicha, y si he de decir la verdad, yo sospecho que él
no tenía gana de herirme, sino de asustarme. Y como yo también tenía más
ganas de asustarle que de herirle, aquella a modo de danza, duraba ya
demasiado y se hubiera hecho interminable, a no ser por los gritos que
daba doña Marcela pidiendo socorro.

»Los gritos no fueron inútiles. Aunque ya era tarde, acudieron muchos
vecinos y bastantes mozos que andaban de ronda, y Currito y yo nos vimos
forzados a poner término a nuestro descomunal combate, envainando yo la
espada sin ensangrentar todavía, y doblando él su truculenta navaja, que
era de virola y golpetillo, y produjo al cerrarse ruido muy temeroso.

»Allí intervinieron y mediaron en nuestra contienda las personas de más
respeto, que habían acudido y que en torno nuestro formaban corro, y
casi nos obligaron a echar pelillos a la mar, a hacer las amistades y a
convertir las casi homicidas manos en cariñosas, enlazándolas y
apretándolas generosamente.

»Desde entonces veo y hablo por la reja a doña Marcela todas las noches,
sin que Currito me perturbe. Y doña Marcela se me muestra
agradecidísima por haberla yo libertado de aquel espantajo o bu que sin
querer ella la defendía como el dragón en _Las tres toronjas del Vergel
de amor_ y en otros cuentos de hadas.

»No imagines por eso que estoy más adelantatado en mis pretensiones. La
virtud de doña Marcela es más firme que una roca, aunque para mi amor
más que roca es _lata_. Erre que erre está ella siempre, volviendo por
su honor, también como las damas calderonianas, por donde me temo que
voy a sufrir constantemente el suplicio de Tántalo, o voy a tener que
hacer la barbaridad o digamos la _plancha_ de acudir al cura. Porque eso
sí, doña Marcela tiene poquísimo dinero, pero lo que es en punto a
conducta, ni las lenguas más maldicientes, y no son pocas las de este
lugar, se atreven a decir nada contra ella ni a empañar con ponzoñoso
aliento el terso y limpio espejo de su fama.»

Este era el contenido de la epístola, salvo los saludos y cumplimientos
de costumbre que en obsequio de la brevedad se omiten.


III

Se cuenta que el maestro Raimundico era escéptico por naturaleza; dudaba
mucho de todo y apenas se decidía a formar juicios, sin examinar antes
detenidamente las cosas y enterarse bien de ellas. Sobre su hijo hacía
tiempo que tenía su juicio en suspenso, sin decidir si el chico era
discreto o tonto. Tratar de ponerlo en claro era uno de los propósitos
que tuvo al llamarle al lugar. Desde que estaba en él, le espiaba, le
estudiaba y le seguía recatadamente los pasos. Prevalido además de su
posición de alcalde, interceptó la carta que acabamos de poner aquí, la
abrió y la leyó. El maestro se desconsoló con aquella lectura e imaginó
que al chico le faltaban por lo menos dos o tres tornillos en la cabeza.
Doña Ramona, hermana del maestro y viuda del pellejero, quería mucho al
chico, de quien había cuidado en la niñez, y sostenía que su candor no
debía calificarse de simplicidad, sino de exceso de imaginación poética.
Una vez cortados los vuelos de esta imaginación, el chico, según doña
Ramona, sería apto para todo, se abriría camino y subiría como la
espuma.

--Cortemos, pues, los vuelos de la imaginación del chico, dijo para sí
el maestro, y mostrémosle la realidad tal cual es.

Después de haber recapacitado, formado su plan, y hecho los convenientes
preparativos para realizarle, el maestro, a solas una noche con su hijo,
en la principal sala alta de la casa, al toque de ánimas, le habló de
este modo:

--Mira, Raimundo, tú eres hijo de un zapatero y no puedes ni debes
presumir de aristócrata; pero no conviene tampoco que por seguir ciertas
opiniones, muy de moda en nuestros días, te des a creer que las almas
heroicas, el semillero de las virtudes y de las proezas y los corazones
donde brota el germen de los más nobles sentimientos, se hallan en las
tabernas y en los presidios, y que la educación esmerada más bien agosta
y comprime que desenvuelve tan excelentes facultades. Quien piensa así
es lo contrario de progresista, ya que debe entender que nada conduce
mejor a la virtud que retroceder al estado selvático. Tu padre, con su
zapatería, hubiera entonces contribuido no poco a la corrupción humana,
porque los hombres calzados deben de ser mil veces más perversos que los
descalzos. Pero no quiero aturrullarme. Ya no sé lo que te digo.
Discursos, pues, a un lado. Y así, en vez de abrir los oídos para oírme,
abre bien los ojos para ver lo que ocurra en la tertulia que voy a tener
aquí, echando una cana al aire y renovando esta noche, por
extraordinario, mis retozonas costumbres de otros días.

Doña Ramona, hermana del alcalde y viuda como él, fue la primera que se
presentó en la sala. Tres años hacía que había muerto su esposo el
pellejero, pero la fabricación, la recomposición y el despacho de
corambres, seguían más florecientes que nunca, si bien, en aquellos
últimos meses, había surgido y continuaba una crisis en los asuntos de
doña Ramona. Currito el Guapo, su más aventajado oficial, hábil como
nadie en remendar y zurzir cueros y sobre todo en poner botanas, se
había despedido de casa de la maestra, y se había lanzado en la vida
heroica del jaque, buscando aventuras y aterrando a toda la gente
pacífica de la población. Naturalmente la pellejería de doña Ramona, se
resentía ya y empezaba a perder crédito y marchantes con la retirada de
Currito.

Las malas lenguas del lugar daban por causa de esta retirada el sobrado
empeño de Currito en vigilar y celar a doña Ramona, aislándola de todo
pretendiente, y el amor de ésta a la libertad y su indómito
aborrecimiento a todo linaje de tutela. Currito salió, pues, de su casa,
como de estampía; y, según hemos visto, se puso a ejercer su misión
avasalladora y morigeradora de mujeres, en defensa y custodia de su
hermana la estanquera y del resplandeciente Sol de Tarifa, de quien
estaba o aparentaba estar enamorado. Se sonaba, no obstante, en el lugar
que el verdadero objeto del amor de Currito era la maestra doña Ramona,
la cual no había cumplido aún cuarenta años, estaba colorada y sana, y
por los bríos y robustez de sus frescas y apretadas carnes era una
bendición de Dios y daba gloria verla. Recelaba la gente que los amores
de Currito, por el Sol de Tarifa, eran fingidos o por lo menos fruto de
anterior despecho amoroso y que estos amores ponían la mira, más o menos
conscientemente, en dar picón a doña Ramona.

La segunda persona que acudió a la tertulia fue el ciego organista, D.
Antonio, a par que gran músico y maestro en el órgano, hábil tocador de
guitarra, así rasgueando como de punteo.

El Sol de Tarifa entró poco después en la sala, seguida de la tía Pepa.
Y vinieron por último, y según vulgarmente se dice, con este melón se
llenó el serón, Currito el Guapo, acompañado de Rosita la estanquera, su
linda hermana.

No había ni vinieron más convidados, porque el alcalde quiso que su
tertulia fuese aquella noche de lo más íntimo, selecto y _cremoso_ que
en el lugar podía imaginarse. La sala, sin embargo, resplandecía como un
ascua de oro, porque estaba iluminada con tres magníficos velones de
Lucena de a cuatro mecheros cada uno y con algunas velas de cera que
ardían en los candeleros de media docena de hermosas cornucopias,
colgadas en las paredes sobre el rojo damasco que las tapizaba.

El maestro Raimundico sabía vivir y vivía con todo el boato y la pompa
que conviene a un señor lugareño. Y ya se presentía por ciertos indicios
y hasta se olfateaba y casi se mascaba, merced al grato tufillo y a los
vapores crasos que al través de pasadizos llegaban desde la cocina a la
sala, que aquella noche iba a haber allí pavo en arrope, y no sólo
_refrescanda_, sino _papandina_ también, y de lo más delicado y costoso.


IV

El maestro Raimundico había leído no pocos periódicos y algunos libros,
iniciándose en varias ciencias morales y políticas, y sobre todo en una
novísima, que las comprende casi todas, y que se llama Sociología. Mas
no por eso presumía de orador, de sabio o de hombre de consejos. Su
orgullo se cifraba en ser hombre de acción y completamente práctico. No
aseguraré yo que él hubiese leído los _Ensayos_ de Lord Macaulay, aunque
me parece que hay de ellos versión castellana; pero, si no los había
leído, su mérito era mayor, pues coincidía con el positivista noble Lord
en uno de sus más singulares pensamientos. Séneca había compuesto un
elocuentísimo discurso contra la ira, lo cual de nada sirvió, ya que no
se sabe de sujeto alguno que haya dejado de ponerse iracundo y de hacer
mil barbaridades, convencido y corregido por los razonamientos de
Séneca. Y como no se sabe que nadie haya ido con zapatos sin que los
haya hecho algún zapatero, así el Lord como el maestro Raimundico
inferían, con juiciosa dialéctica, que es más útil que Séneca, en toda
sociedad humana, el más humilde de los zapateros. El maestro Raimundico,
por consiguiente, como era o había sido zapatero y como nunca había sido
humilde, se estimaba en mucho más que Séneca, sobre todo en lo tocante a
utilidad y arte de la vida.

Despreciaba o aparentaba despreciar la oratoria; pero, sin darse cuenta
de ello, y dejándose arrebatar de sus convicciones, echaba amenudo
discursos, si bien, más que floridos, enérgicos y breves.

Veamos ahora lo que dijo a Currito el Guapo, hallándose presentes las
demás personas que hemos enumerado:

--Tu modo de proceder, amigo Currito, me tiene ya harto, y como soy
alcalde no he de consentir que siga. Nadie te ha dado el encargo de
vigilar y de celar a las muchachas y de hacer el papel, navaja en mano,
de Catón censorino. Ya sabes tú que yo pertenezco al partido liberal,
que gusta ahora de la autonomía y la concede a varias provincias de
Ultramar. Considera, pues, si no quieres enojarme, a tu hermana Rosita y
a mi señora doña Marcela, y déjalas autónomas, o sea en completa
libertad de hacer cuanto se les antoje. Sólo así y no por violencia,
miedo o tutela constante, tendrá verdadero mérito que resplandezcan en
ellas la entereza y la persistencia con que mantienen su inmaculada
virtud, defendiéndola de todos los ataques y asechanzas de los galanes
seductores. Si ellas quieren de verdad que no entre en sus dominios
contrabando ni matute, no es menester que tú asustes ni que mates a los
contrabandistas y matuteros. Y si ellas quieren contrabando o matute le
habrá aunque mates a docenas a los matuteros y contrabandistas. No puede
ser el guardar a una mujer: ha dicho no sé qué sabio, y con sobrada
razón a lo que entiendo. En suma, aunque el sabio no tuviera razón ni yo
tampoco, yo tengo aquí la autoridad y la fuerza, que para el caso
importan más que la razón, y te declaro que si continúas amedrentando a
la gente, a mí no me amedrentas, y te empapelo, y si me empeño te envío
a Ceuta o a Melilla para que allí luzcas tu valor matando moros. Si eres
tan animoso, ¿por qué no te vas a Cuba o a Filipinas a espantar y a
vencer a los rebeldes en vez de espantar al pacífico vecindario que yo
gobierno ahora?

--Yo, maestro, me hallo bien en este lugar, y maldita la gana que tengo
de ir a Cuba o a Filipinas. Con que así no me amenace usted, que ya
procuraré enmendarme. De todos mis furores tiene la culpa la penilla
negra, y de la penilla negra que hay en mi corazón, bien me sé yo quien
tiene la culpa.

Aquí intervino doña Ramona y dijo:

--Ea, hermano, déjate de sermones que aquí no hemos venido a sermonear
sino a divertirnos. Ya se enmendará Curro y se pondrá más suave que un
guante. D. Antonio, rasguee usted esa guitarra y que bailen el fandango
estas niñas. Currito tiene buena voz y mejor estilo y cantará las
coplas.

No fue menester decir más. El organista tocó un fandango estrepitoso.

Doña Marcela y Rosita bailaron con gracia y primor, repiqueteando las
castañuelas.

El maestro Raimundico, la tía Pepa y doña Ramona batieron palmas. Fue
tal el estruendo que armaron que no parecía que hubiese allí siete sino
setecientas personas.

Cuando las palmas y las castañuelas cesaron y sólo sonó la guitarra,
Currito cantó con voz sentimental y suave la copla siguiente:

    Atame con un cabello
    a los palos de tu cama,
    y aunque el cabello se rompa
    no hay miedo que yo me vaya.

Mostró Currito al cantar inspiración tan amorosa y miró con ojos tan de
carnero a medio morir a doña Ramona, que estaba sentada cerca de él, que
doña Ramona no acertó a dominarse por más tiempo; sintió que se derretía
y hasta que se evaporaba el hielo de sus desdenes; y, desechando sus
propósitos de resistencia y echando a rodar hasta cierto punto su
señoril o _magistral_ recato, dijo dirigiéndose a Currito:

--Vamos, hombre, si al fin ha de ser, no quiero molerte más. Mejor es
vergüenza en rostro que mancilla en corazón. No te ataré con un cabello,
pero voy a atarte con este hilo, de la lana con que, sin que tú lo
supieses, te estaba haciendo calcetines y pensando en ti, ¡ingratón,
prófugo, arrastrado!

Doña Ramona sacó entonces de la faltriquera de su delantal un enorme
ovillo de lana parda, que allí tenía, desenvolvió un par de metros, hizo
un lazo corredizo y se le echó a Currito cogiéndole por el pescuezo y
teniéndole por el otro extremo a modo de brida.

Aplaudieron todos que al fin se hubiera humanado la maestra y
aplaudieron más aún que, en virtud de nuevas declaraciones y promesas de
Currito, se reconociese y se proclamase allí la autonomía de Rosita y de
doña Marcela. Para solemnizarla, ambas niñas bailaron unas sevillanas
con notable garbo y maestría.

Tres doncellas, de la servidumbre del maestro Raimundico, las tres muy
aseadas y graciosas, sirvieron luego la cena en el comedor contiguo.

En Villalegre se vive aún a la antigua usanza. Todos los vecinos
acomodados comían la sopa y el puchero a las dos de la tarde. No se ha
de extrañar, por consiguiente, que los asistentes en la tertulia
tuviesen voraz apetito a eso de las once de la noche en que se sirvió la
cena.

En ella hubo lomo de cerdo en adobo, conservado en manteca, semejante a
líquidos rubíes por el color rojo que le prestaba el aliño. Hubo también
pavo asado y boquerones; exquisito vino de los Moriles; y, para postres,
frutas y piñonate. Por último, como apéndice y complemento de festín tan
opíparo, chocolate con hojaldres, mostachones y bizcotelas.

El festín fue todavía más regocijado y alegre que suculento,
prolongándose hasta las dos de la madrugada.

Como despedida, quiso el maestro Raimundico poner el sello y dar la
conveniente firmeza a lo que allí se había concertado. Impuso silencio y
habló de esta suerte:

--Yo tengo en Chinchón un excelente amigo, llamado D. Arturo González,
el cual es tan profundo sociólogo como hábil fabricante o cosechero de
aguardiente de anís doble. De este producto suyo me ha enviado algunas
botellas, en cuyo marbete, que hoy se llama _etiqueta_, se lee con
asombro: _Espíritu-Sociológico o líquido altruista_. Yo he querido
competir con mi amigo D. Arturo, y sin robarle su _marca registrada_ he
hecho aguardiente de anís doble también, que es tan altruista y tiene un
espíritu tan sociológico como el suyo. Estas muchachas traerán en
sendas bandejas copas y aguardiente de Villalegre y de Chinchón. Cada
uno de nosotros se beberá dos copitas, una de cada clase, dirá cual le
parece mejor, y brindará luego, así por el futuro consorcio de mi
hermana y de Currito el Guapo, como por la gloriosa autonomía y plena
libertad de Rosita y de doña Marcela.

En efecto, trajeron el aguardiente, y cada uno bebió dos copas. Los
pareceres se dividieron. Hubo quien votó por Chinchón, y hubo quien votó
por Villalegre: pero, como cada cual bebió por lo menos segunda copa del
aguardiente que le pareció mejor, el resultado vino a ser que salieron a
tres o a cuatro copas por barba.

Todo fue luego regocijo y afecto mutuo, y quedó demostrado que ambos
aguardientes eran altruistas y estaban dotados de igual espíritu
sociológico.

Entonces el cortesano D. Raimundo, merced a varios evidentes indicios,
no tardó en convencerse de que la virtud de doña Marcela no era cosa del
otro jueves, ni con autonomía, ni sin autonomía.

Pocos días después, se volvió D. Raimundo a la corte, convencido ya de
que los inocentes idilios no son más fáciles que en ella en los más
rústicos y apartados lugares. En la corte se olvidó pronto de doña
Marcela, puso la mira en distinguirse como personaje político, logró
salir diputado, y hay quien asegura que es hombre de gran porvenir, que
llegará a ser Director General, Embajador o Ministro, y que al cabo el
Gobierno español, o cuando no el pontificio, le concederá el título de
Conde de Cartabón o de Hormabella.

Doña Marcela, reconociendo que Villalegre es mezquino recinto para sus
expansiones y propósitos, se ha ido a Tarifa, su patria, y desde Tarifa
ha pasado a Gibraltar, cuya reconquista tal vez haga. Lo cierto es que
así como a los Escipiones y a otros héroes de la antigua Roma, los
apellidaron el Africano, el Numantino, el Británico y el Germánico,
según la ciudad de que se habían apoderado o según la nación que habían
subyugado, a ella, sin dejar de ser nunca el Sol de Tarifa, la apellidan
la Gibraltareña, y como tal es famosa y celebrada en las cinco partes
del mundo.

Rosita se ha distinguido y ha prosperado menos desde que es autónoma;
pero tampoco se duerme en las pajas. Sigue con el estanco, y por
comprarle tabaco, hasta los que antes no fumaban, ya fuman, y la
Tabacalera hace en Villalegre doble o triple negocio. Por comprarle
sellos de correo no hay villalegrino que no escriba hoy más cartas de
las que solía escribir. Y por último, Rosita vende tanto papel sellado
que es una maravilla. Para explicarla racionalmente, hay quien da por
seguro que ella no recibe ni acepta declaración alguna amorosa si no
viene escrita en folios de a peseta.

Entretanto doña Ramona y Currito, convertido ya en maestro, son cada día
más venturosos y prosperan mucho haciendo y vendiendo corambres. No
sabemos cómo se las compone Currito, pero es el caso que nunca sabe a
pez el vino que se echa en sus odres; que hace botas lindísimas; y que
también construye otra clase de cueros muy apropósito para llevar en
ellos aceite a las Alpujarras, porque los _mangurrinos_, que así llaman
en Villalegre a los alpujarreños, no producen aceite. En cambio producen
miel de caña o de prima, de la cual miel llenan los arrieros los odres
en que llevaron el aceite, y la traen a la provincia de Córdoba. Esta
miel hace las delicias de las golosas lugareñas cordobesas, que la sacan
del plato a pulso empapando en ella pedacitos de pan, y luciendo así las
lindas manos con los deditos engarabitados en forma de cresta de gallo.

No acierto a decidir qué lección moral pueda sacarse, ni qué tesis pueda
probarse, en vista de los sucesos que he referido. Diré, pues,
sencillamente, que cada cual saque la lección moral o pruebe la tesis
que se le antoje, o no saque lección moral ni pruebe tesis alguna, con
tal de que no se fastidie demasiado leyéndome.



DOS CUENTOS JAPONESES


Mi cuñado el Excmo. Sr. D. José Delavat, siendo Ministro de España en el
Japón, tuvo la buena idea de enviarme de allí, por el correo, un lindo y
curioso presente. Consiste en doce tomitos, impresos en un papel tan
raro, que más parece tela que papel, y con multitud de preciosas
pinturas intercaladas en el texto. Lo pintado es mucho más que lo
escrito, y está pintado con grande originalidad y gracia.

Si lo escrito estuviese en japonés, yo me quedaría con la gana de
entenderlo, porque no sé palabra de la lengua o lenguas que se hablan o
escriben en el Japón. Sólo sé que los japoneses tienen muchos libros, y
que algunos de ellos, novelas sobre todo, están ya traducidos en varias
lenguas europeas, y particularmente en inglés, francés y alemán. Por
dicha, los doce tomitos o cuadernitos que poseo, aunque impresos y
pintados en Tokio, están en lengua inglesa, y son cuentos para niños, a
fin de que los niños del Japón aprendan el inglés. Parece que estos
cuentos, enteramente populares, están tomados palabra por palabra de
boca de las niñeras japonesas; y debe de ser así porque la candidez de
la narración lo deja ver a las claras.

Me han agradado tanto estos cuentos que no sé resistirme a la tentación
de poner un par de ellos en castellano. Elijo los dos que me parecen más
interesantes: uno porque se diferencia mucho de casi todos los cuentos
vulgares europeos; y otro por lo mucho que se asemeja a ciertas leyendas
cristianas; como la de San Amaro, la de otro santo, referida por el
Padre Arbiol en sus _Desengaños místicos_, y la que ha puesto en verso
el poeta americano Longfellow en su _Golden Legend_. Sin más
introducción allá van los cuentos.



EL ESPEJO DE MATSUYAMA


Mucho tiempo ha vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y
rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los
nombres de marido y mujer, que ya cayeron en olvido, pero diré que el
sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.

Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se
vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan
lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fue solo,
despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos
regalos.

La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía
desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo
viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese
él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica
ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver
tantos primores y maravillas.

En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de
gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que
sabía que a él le gustaba en extremo.

No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al
marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía
con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se
hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la
peregrinación, y en la capital misma.

--A ti--dijo a su mujer--te he traído un objeto de extraño mérito; se
llama espejo. Mírale y dime qué ves dentro.

Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la
abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como
plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro,
brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y
asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios
entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.

--¿Qué ves?--preguntó el marido encantado del pasmo de ella y muy ufano
de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.

--Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si
hablase, y que lleva ¡caso extraño! un vestido azul, exactamente como el
mío.

--Tonta, es tu propia cara la que ves;--le replicó el marido, muy
satisfecho de saber algo que su mujer no sabía.--Ese redondel de metal
se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que
nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada
momento, porque, como ya dije, era la primera vez que había visto un
espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con
todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usada de
diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más
estimados tesoros.

Pasaron años, y marido y mujer vivían aun muy dichosos. El hechizo de su
vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y
tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia
pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo,
recelando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca
del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la
muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su
propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.

Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia
hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y
aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue
empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.

Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija,
se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre
todo por la niña.

La llamó, pues, y le dijo:

--Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a
morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca,
prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al
acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti.

Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo.
La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y
resignada, expiró a poco.

En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto
materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que
estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía
la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y
enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba
de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba
aliento y cariño para cumplir con sus deberes.

De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando
complacerla en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer
cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era
mirar en el espejo y poder decir:

--Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.

Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo,
cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le
preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

--Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre
y hablar con ella.

Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había
dejado de cumplirle.

Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió
él lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a
su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia
dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada
vez más semejante a la de su difunta madre.



EL PESCADORCITO URASHIMA


VIVÍA muchísimo tiempo hace, en la costa del mar del Japón, un
pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caña
y el anzuelo.

Cierto día salió a pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, ¿qué
piensas que cogió? Pues bien, cogió una grande tortuga con una concha
muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno
será que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas
viven mil años: al menos las japonesas los viven.

Urashima, que no lo ignoraba, dijo para sí:

--Un pez me sabrá tan bien para la comida y quizás mejor que la tortuga.
¿Para qué he de matar a este pobrecito animal y privarle de que viva aún
novecientos noventa y nueve años? No, no quiero ser tan cruel. Seguro
estoy de que mi madre aprobará lo que hago.

Y en efecto, echó la tortuga de nuevo en la mar.

Poco después aconteció que Urashima se quedó dormido en su barca. Era
tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al medio día
a echar una siesta.

Apenas se durmió, salió del seno de las olas una hermosa dama que entró
en la barca y dijo:

--Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del
Dragón, allende los mares. No fue tortuga la que pescaste poco ha, y tan
generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo
misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si tú eras bueno
o malo. Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho,
que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres,
nos casaremos y viviremos felizmente juntos, más de mil años, en el
Palacio del Dragón, allende los mares azules.

Tomó entonces Urashima un remo y la Princesa marina otro; y remaron,
remaron, hasta arribar por último al Palacio del Dragón, donde el dios
de la mar vivía e imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas
y peces. ¡Oh que sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran
de coral; los árboles tenían esmeraldas por hojas, y rubíes por fruta;
las escamas de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro.
Piensa en todo lo más bonito, primoroso y luciente que viste en tu vida,
ponlo junto, y tal vez concebirás entonces lo que el Palacio parecía. Y
todo ello pertenecía a Urashima. Y ¿cómo no, si era el yerno del dios
de la mar y el marido de la adorable Princesa?

Allí vivieron dichosos más de tres años, paseando todos los días por
entre aquellos árboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubíes.

Pero una mañana dijo Urashima a su mujer:

--Muy contento y satisfecho estoy aquí. Necesito, no obstante, volver a
mi casa y ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas.
Déjame ir por poco tiempo y pronto volveré.

--No gusto de que te vayas, contestó ella. Mucho temo que te suceda algo
terrible: pero vete, pues así lo deseas y no se puede evitar. Toma, con
todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no lograrás
nunca volver a verme.

Prometió Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada
del mundo. Luego entró en su barca, navegó mucho, y al fin desembarcó en
la costa de su país natal.

Pero ¿qué había ocurrido durante su ausencia? ¿Dónde estaba la choza de
su padre? ¿Qué había sido de la aldea en que solía vivir? Las montañas,
por cierto, estaban allí como antes: pero los árboles habían sido
cortados. El arroyuelo, que corría junto a la choza de su padre, seguía
corriendo: pero ya no iban allí mujeres a lavar la ropa como antes.
Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en sólo tres
años.

Acertó entonces a pasar un hombre por allí cerca y Urashima le
preguntó:

--¿Puedes decirme, te ruego, donde está la choza de Urashima, que se
hallaba aquí antes?

El hombre contestó:

--¿Urashima? ¿cómo preguntas por él, si hace cuatrocientos años que
desapareció pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de
sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua.
Loco debes de estar cuando buscas aún la tal choza. Hace centenares de
años que era escombros.

De súbito acudió a la mente de Urashima la idea de que el Palacio del
Dragón, allende los mares, con sus muros de coral y su fruta de rubíes,
y sus dragones con colas de oro, había de ser parte del país de las
hadas, donde un día es más largo que un año en este mundo, y que sus
tres años, en compañía de la Princesa, habían sido cuatrocientos. De
nada le valía, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus
parientes y amigos habían muerto, y donde hasta su propia aldea había
desaparecido.

Con gran precipitación y atolondramiento pensó entonces Urashima en
volverse con su mujer, allende los mares. Pero ¿cuál era el rumbo que
debía seguir? ¿quién se le marcaría?

--Tal vez, caviló él, si abro la caja que ella me dio, descubra el
secreto y el camino que busco.

Así desobedeció las órdenes que le había dado la Princesa, o bien no las
recordó en aquel momento, por lo trastornado que estaba.

Como quiera que fuese, Urashima abrió la caja. Y ¿qué piensas que salió
de allí? Salió una nube blanca que se fue flotando sobre la mar.
Gritaba él en balde a la nube que se parase. Entonces recordó con
tristeza lo que su mujer le había dicho de que, después de haber abierto
la caja, no habría ya medio de que volviese él al Palacio del dios de la
mar.

Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr, hacia la playa, en pos
de la nube.

De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se
cubrió de arrugas, y sus espaldas se encorvaron como las de un hombre
decrépito. Después le faltó el aliento. Y al fin cayó muerto en la
playa.

¡Pobre Urashima! Murió por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho
lo que le mandó la Princesa, hubiese vivido aún más de mil años.

Dime: ¿no te agradaría ir a ver el Palacio del Dragón, allende los
mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas
y peces, donde los árboles tienen esmeraldas por hojas y rubíes por
fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?



ESTRAGOS DE AMOR Y CELOS

DRAMA TRÁGICO


ESTE drama, tan excesivamente trágico, carece de todo valer literario,
pero se publica aquí para satisfacer la curiosidad de no pocas personas
que deseaban verle cuando se representó y no lo consiguieron a causa de
la pequeñez del salón que sirvió de teatro. El autor compuso el drama a
petición de la graciosa y discreta señorita doña María de Valenzuela,
que prescribió determinadas condiciones a las que debía sujetarse la
obra. El drama no había de durar más de catorce o quince minutos, la
acción había de ser tan tremenda como rápida, y, salvo los comparsas y
personajes mudos, sólo habían de figurar en él seis interlocutores, tres
varones y tres hembras, todos los cuales habían de morir de desastrada y
violenta muerte en la misma escena. Tan espantoso desenlace no había de
tener por causa ni peste, ni hambre, ni fuego del cielo, ni ningún otro
medio sobrenatural, sino que todo había de ocurrir sencillamente por
efecto del truculento frenesí que el amor y los celos producen en el
alma de una mujer apasionada. Yo creo haber cumplido con las condiciones
que la mencionada señorita me impuso y de ello estoy orgulloso.
Reconozco, no obstante, que mi drama no hubiera sido tan aplaudido y
celebrado a no ser por el mérito de los actores y de las actrices que me
hicieron la honra de representarle. Fueron éstos la simpática señora
doña Rosario Conde y Luque de Rascón, las dos señoritas doña María y
doña Isabel de Valenzuela y los Sres. D. Alfonso Danvila, D. Javier de
la Pezuela y D. Silvio Vallín. A ellos, y no a la menguada y pobre
inspiración del poeta, se debe el éxito pasmoso que obtuvo el drama, en
el precioso teatro que el Sr. D. Fernando Bauer improvisó en su casa, y
cuya magnífica decoración mudéjar pintó lindamente el Sr. Conde del Real
Aprecio. Debo añadir aquí que no se prescindió de medio alguno, ni se
excusó diligencia para procurar que los trajes y la pompa y aparato
escénicos correspondiesen y hasta realzasen la grandeza y solemne
majestad del argumento. Despojada ahora mi producción de todos los
primores que entonces le prestaron valer, será muy difícil que agrade.
Yo, sin embargo, me atrevo a insertarla aquí, confiado en la indulgencia
del público y para complacer a varios amigos y conocidos míos que desean
tenerla en letra de molde.



ACTO ÚNICO

Magnífico vestíbulo del Castillo. Gran puerta en el fondo. Puertas
laterales. Es de noche. Ruge la tempestad. Obscuridad profunda,
iluminada a veces por relámpagos vivísimos. Mucho trueno.


ESCENA PRIMERA

Entra _D.ª Brianda_ vestida con traje de mediados del siglo XV, y con un
candil en la mano.

    _Doña Brianda_.

    ¡Ay que noche, Dios mío!
    Siento a veces calor y a veces frío.
    Truena y relampaguea,
    y con furor tan bárbaro graniza
    que el cabello en la frente se me eriza,
    y tengo el corazón hecho jalea.
    Y eso que soy valiente cual ninguna:
    bien lo conoce D. Ramón, mi hermano,
    que me abandona en noche tan fatal
    y sale, confiado en su fortuna,
    con todo el escuadrón fuerte y lozano
    que manda y rige cual señor feudal.
    Lo que piensan hacer es un misterio,
    pero debe de ser lance muy serio.
    A media legua de esta casa fuerte
    está ya el reino moro de Granada,
    donde estragos y muerte
    van a llevar entrando en algarada.
    Mas bien puede en el ínterin venir
    a este castillo el moro,
    y darme que sentir,
    y hasta faltar un poco a mi decoro.
    ¡Grandes son mis recelos!
    (Dan fuertes aldabonazos a la puerta de entrada.)
    ¡Qué horror! ¿Quién llamará? ¡Divinos cielos!
    (Suena desde fuera una voz.)

    _Voz._

    ¡Ah del castillo! ¡Hola!

    _Doña Brianda_.

    (Que se ha acercado a la puerta y ha mirado por el agujero de
    la llave.)
    Voz de mujer parece y está sola.
    (Vuelve a mirar por el agujero.)
    Mas no, que un negro bulto la acompaña.
    ¿Quién es?

    _Voz de fuera_.

    ¡Ábreme!

    _Doña Brianda_.

    ¡Cielos! ¿Qué maraña
    es aquesta? ¿qué voz ora me saca
    el corazón de quicio?
    o he perdido el juicio,
    o esta es la propia voz de doña Urraca.

    _Doña Urraca_.

    Yo soy. Abre, Brianda.

    _Doña Brianda_.

    Entra. Ya estoy como la cera blanda.


    ESCENA II


    Dicha. _Doña Urraca_ y el moro _Tarfe_ embozado en su capa hasta los
    ojos.

    _Doña Brianda_.

    ¿Tú por aquí a horas tales?
    ¿Qué sucesos fatales
    te hacen vagar en tan horrible noche,
    sin pajes, sin caballos y sin coche
    por esos andurriales?

    _Doña Urraca_.

    Decirlo todo quiero,
    mas tu favor y tu indulgencia pido.
    Es mi padre, D. Suero,
    el padre más ruin y cicatero
    que en el mundo ha nacido.
    Por no dar dote no me da marido.
    Para empapar dinero,
    mas no para soltarle, es una esponja;
    y en lugar de buscarme un buen partido,
    se empeña cruel en que me meta monja.
    Yo al vendaval de mi pasión amante
    me doy sobreexcitada a todo trapo,
    y con un novio tierno y arrogante
    de la casa paterna al fin me escapo.
    Con él huyendo voy a morería,
    pero la tempestad nos extravía.
    El bagaje, una tropa
    de malhechores nos robó en la vía.
    De mi amigo el valor me ha libertado,
    mas hasta aquí con pena hemos llegado
    cada cual con la lluvia hecho una sopa
    y en lastimoso estado.

    _Doña Brianda_.

    ¿Y quién, oh mi señora,
    es el tal novio con que vas ahora?

    _Doña Urraca_.

    Es Tarfe, un mahometano,
    mas me promete que se hará cristiano.

    _Doña Brianda_.

    Entonces menos mal.
    (El moro se desemboza. Doña Brianda le acerca el candil y le
    mira con detención.)
    ¡Es muy buen mozo!

    _Doña Urraca_.

    Ya lo creo.

    _Doña Brianda_.

    Yo aplaudo tu alborozo.
    (Suenan clarines y se oyen muchas voces.)
    ¡Ay Dios de los ejércitos! ya llega
    mi fiero hermano de la atroz refriega.
    Él considerará grave delito
    fugarse con un moro, e infelices
    seréis los dos, si os coge en el garlito.
    Le cortará a tu moro las narices,
    y a ti te mandará bien escoltada
    de tu padre D. Suero a la morada.

    _Doña Urraca_.

    Pues escóndenos pronto, cara amiga.

    _Doña Brianda_.

    Venid a un escondite.

    _Doña Urraca_.

    Puede que así se evite
    el presentido mal que me atosiga.

    (Queda por un momento la escena vacía. Vuelve a poco doña Brianda y abre
    de nuevo la puerta principal. La trompetería ha sonado más cerca. Entra
    D. Ramón con toda su hueste, armada de brillantes armas, y dos personas
    cubiertas de negros capuces. Algunos de la comitiva traen antorchas o
    candelabros, que colocados en lugar conveniente iluminan la escena.)


    ESCENA III


    _Doña Brianda_, _D. Ramón_, la hueste y los encubiertos.

    _D. Ramón_.

    Ya estás en salvo en mi casa.
    Valientemente reñías
    cuando acudí con mi hueste
    y rechacé a la morisma,
    haciendo tremendo estrago
    en sus apretadas filas.

    _D. Tristán_.

    (Sin descubrirse.)

    Mucha gratitud te debo.
    Sin ti perdiera la vida.

    _D. Ramón_.

    Descúbrete y di quién eres.

    _D. Tristán_.

    A estar oculto me obliga
    la prudencia, mas a solas
    te descubriré en seguida
    quién soy y de dónde vengo.
    Despide a tu comitiva.

    _D. Ramón_.

    ¡Despejad!

    (Vanse todos los guerreros y solo quedan los dos de los capuces y doña
    Brianda.)

    _D. Tristán_.

    Aún queda alguien.

    _D. Ramón_.

    Esta es mi hermana querida.

    _D. Tristán_.

    Pues aunque sea tu hermana
    haz que se vaya.

    _D. Ramón_.

    Hermanita
    lárgate.

    _Doña Brianda_.

    Me largaré.
    (Ap.) ¡qué sospecha, suerte impía!
    ¡Qué fatal presentimiento
    en mi corazón se agita!
    La voz del encapuchado,
    la de D. Tristán imita.
    ¿Será D. Tristán acaso?
    Yo me quedaré escondida
    atisbando y escuchando
    para descubrir la intriga. (Vase.)


    ESCENA IV


    _Don Tristán_, _D. Ramón_ y _Zulema_. _Doña Brianda_ entre bastidores
    atisbando lo que pasa y asomando de vez en cuando la cabeza.

    _D. Ramón_.

    Solos ya, satisface mi deseo:
    desembózate.

    _D. Tristán_.

    ¡Mira!

    _D. Ramón_.

    ¡Ay, Dios! ¡qué veo!
    Don Tristán eres tú, mi amigo caro.
    ¿Por qué caso tan raro
    te encontré solo en la tremenda lid,
    más valiente que el Cid,
    entre fieros paganos?

    _D. Tristán_.

    Yo me volvía a tierra de cristianos
    después de estar en la imperial Granada,
    de donde traigo a esta mujer robada.
    Es mi dicha suprema,
    es mi esposa, es mi bien,
    es la hermosa Zulema,
    hija mayor del rey Muley Hacen.
    Contempla su hermosura.

    (Don Tristán se dirige a Zulema, le quita el negro capuz y ella aparece
    deslumbradora, con rico traje oriental, todo cuajado de oro y de piedras
    preciosas.)

    _D. Ramón_.

    (Mirando a Zulema y como en éxtasis.)

    ¡Un sol en el zenit se me figura!
    ¿qué vas a hacer con tan sin par doncella?

    _D. Tristán_.

    Me casaré con ella
    cuando esté en mi lugar y busque al cura,
    que de antemano le dará el bautismo:
    Ya una esclava católica
    le enseñó el catecismo.
    Ella está melancólica
    porque deja a su padre y a su grey
    en la maldita ley
    del Profeta Mahoma,
    que sin fallar los llevará al infierno.

    _D. Ramón_.

    Harto pesada broma
    das tú entretanto al rey
    con hacerte su yerno.

    _D. Tristán_.

    Déjate de discursos y razones.

    _D. Ramón_.

    Me callo, pues. Di tú lo que dispones.

    _D. Tristán_.

    Aquí pernoctar quiero
    hasta que raye el matinal lucero.
    Entonces prosiguiendo en mi camino
    me volveré al castillo de D. Suero,
    mi padre muy amado,
    conduciendo a mi dueño idolatrado
    sobre las ancas de mi fiel rocino.

    _Zulema_.

    ¡Ah! sí, vámonos pronto, D. Tristán.
    Temo que aún nos ocurra algún desmán.

    _D. Ramón_.

    No tema Vuestra Alteza,
    que está segura en esta fortaleza.
    Venid, pues, al mejor de mis salones
    a descansar del hórrido combate,
    y a lavaros también.
    Después os servirán el chocolate,
    con bollos de manteca, mojicones,
    buñuelos y otras frutas de sartén. (Vanse.)


    ESCENA V


    _Doña Brianda_ sola.

    _Doña Brianda_.

    ¡Malvado! ¡traidor, infiel!
    Por esa perversa mora
    me deja quien me enamora
    en abandono cruel.
    Palabra de casamiento
    me dio el impío hace un año.
    ¡Espantoso desengaño!
    ¡Todo se lo lleva el viento!
    Pero no; ruda venganza
    tomaré de ese salvaje.
    Daré a la mora un brevaje
    que le destroce la panza
    y la vida le arrebate.
    Mi criada, que es ladina,
    esta esencia de estricnina
    verterá en su chocolate.

    (Enseña un pomo que tiene en la mano y se va por donde ha entrado.)


    ESCENA VI


    Sale _D. Ramón_ por el lado opuesto, después de haber dejado lavándose a
    sus dos huéspedes.

    _D. Ramón_.

    (Meditando.)

    Confieso que me escama
    el empeño que tiene D. Tristán
    de ocultar a mi hermana que el galán
    es él, en esta novelesca trama.
    Catástrofes barrunto;
    pero será mejor no cavilar.
    A mis huéspedes quiero agasajar.
    Haré que lleven chocolate al punto.

    (Vase por el otro lado. Queda un momento la escena vacía.)


    ESCENA VII


    Aparece la criada con una bandeja, dos jícaras de chocolate y bollos, y
    pasa de largo. Entra _Doña Brianda_.

    _Doña Brianda_.

    El veneno vertí ya
    en la jícara espumante,
    y dentro de breve instante
    la mora le beberá.
    De fijo reventará,
    dando así satisfacción
    a mi burlada pasión
    y a mis espantosos celos,
    y cumpliendo mis anhelos
    de hacer a Tristán tristón.


    ESCENA VIII


    Dicha y _D. Tristán_ que trae entre los brazos medio desmayada a
    _Zulema_.

    _D. Tristán_.

    ¡Qué espanto! ¡Qué maravilla!
    Apenas bebe Zulema
    el chocolate, se quema
    cual si comiese morcilla
    de la que echan a los perros
    para darles cruda muerte.
    ¡Qué bien castiga la suerte
    mis enamorados yerros!

    _Zulema_.

    ¡Ay, D. Tristán! Yo reviento,
    ¿qué chocolate endiablado
    es el que ahora he tomado?
    ¡Fuego en mis entrañas siento!

    _Doña Brianda_.

    ¿Qué es esto, señor, qué pasa?

    _D. Tristán_.

    ¡Que Zulema se me muere!

    _Doña Brianda_.

    Pues me alegro. Ella me hiere
    y mi corazón traspasa
    de los celos con la punta.
    ¡Infiel Tristán, asesino,
    de ti me venga el destino
    al dejártela difunta!

    _Zulema_.

    ¡Yo me muero!

    (Hace una horrible mueca, se desprende de entre los brazos de don
    Tristán y cae muerta en el suelo.)

    _Doña Brianda_.

    Ya espichó. (Con júbilo feroz.)

    _D. Tristán_.

    ¡Muerta está! ¡Trance funesto! (Tocándola.)

    _Doña Brianda_.

    Pues no me basta con esto.
    Mi furia no se calmó,
    y para vengarme más,
    te haré saber que tu hermana
    más que esa mora liviana
    y peor que Barrabás,
    se ha escapado con un moro
    de la morada paterna
    y está locamente tierna
    ofendiendo tu decoro.

    _D. Tristán_.

    ¿Qué me dices? ¡Maldición!
    ¡Ha de costarle la vida!
    ¿Dónde se encuentra?

    _Doña Brianda_.

    Escondida
    la tengo en esta mansión.
    Ella y el alarbe juntos
    se esconden en el granero.

    _D. Tristán_.

    Voy a buscarlos y espero
    que pronto estarán difuntos.

    (Desenvaina la espada y echa a correr.)


    ESCENA IX


    _Doña Brianda_ sola.

    _Doña Brianda_.

    Muertes hoy y guerra ruda
    los celos producirán.
    Ya habrá subido al desván,
    y habrá encontrado sin duda
    al moro y a doña Urraca.
    Ya está la pobre aviada...
    Tristán no envaina la espada
    sin sangre, cuando la saca.


    ESCENA X


    Entra huyendo _Doña Urraca_, y _D. Tristán_ persiguiéndola con la espada
    desnuda.

    _Doña Urraca_.

    ¡No me mates, hermano!
    Tarfe se hará cristiano
    y será mi marido:
    Así quedará todo corregido.

    _D. Tristán_.

    No puedo perdonarte tu pecado.
    ¡Tú mi honor has manchado
    con un perro sectario de Mahoma!
    ¡Toma el castigo que mereces! ¡Toma!

    (Le da una tremenda estocada y doña Urraca cae muerta.)

    _Doña Brianda_.

    Mi agradable venganza va adelante.


    ESCENA XI


    Dichos y el moro _Tarfe_ que entra furioso y con el chafarote
    desenvainado.

    _Tarfe_.

    ¿Dónde está ese tunante,
    que por el intrincado laberinto
    de esos mil corredores
    se escabulló siguiendo a mis amores?

    _D. Tristán_.

    Aquí me tienes, moro majadero,
    y ya en la sangre de tu amiga tinto
    está mi fuerte acero.

    _Tarfe_.

    ¡Pues vivo no saldrás de este recinto!
    Pague tu desalmada
    sangre, la que vertiste de mi amada.

    (Riñen. Don Tristán atraviesa al moro de una estocada y el moro cae
    muerto.)


    ESCENA XII


    Dichos y _D. Ramón_ que entra apresurado.

    _D. Ramón_.

    ¿Qué ocurre aquí? ¡Qué estruendo!
    ¡Qué horror! ¡cuántos cadáveres!

    _D. Tristán_.

    ¡Oh, dura
    inevitable ley del hado horrendo!

    _Doña Brianda_.

    ¡Ay don Ramón! El mostruo que estás viendo
    me burló con infame travesura.
    Su palabra me dio de matrimonio,
    y engañándome luego,
    de ángel que fui, me convirtió en demonio,
    y del infierno me lanzó en el fuego.
    ¡De mi horrible venganza estoy ufana!

    _D. Ramón_.

    (Dirigiéndose a D. Tristán.)

    D. Tristán, o te casas con mi hermana,
    o tu maldad te costará muy cara.

    _D. Tristán_.

    No puedo: un mar de sangre nos separa.

    _D. Ramón_.

    Pues aun la sangre me parece poca,
    y esa tu negativa del casorio
    a derramar la tuya me provoca.

    _D. Tristán_.

    Esto va a ser sobrado mortuorio,
    pero es irresistible mi arrebato...
    Defiéndete o te mato.

    (Riñen los dos y ambos se hieren mortalmente y caen muertos en tierra.)

    _Doña Brianda_.

    Ya de mi celoso ahínco
    el resultado me asombra;
    en pie estoy como una sombra
    entre cadáveres cinco.
    De demonios un enjambre
    muy pronto vendrá por mí.
    Mi celoso frenesí
    ha roto el vital estambre
    de estos cinco personajes,
    a quien yo tanto quería.
    Ahora siente el alma mía
    remordimientos salvajes.
    No está bien, es indecente
    que yo conserve el vivir,
    cuando logré hacer morir
    a tan buena y noble gente.

    (Dirigiéndose al cadáver de D. Ramón.)

    Perdona, hermano, perdona
    si por mi culpa estás muerto.

    (Dirigiéndose a doña Urraca.)

    Aunque ya cadáver yerto,
    estás, Urraca, muy mona.

    (Dirigiéndose a Zulema.)

    Y tú, gallarda Zulema,
    ¿qué culpa de amar adquieres
    a quien para las mujeres
    fue más dulce que la crema?

    (A D. Tristán.)

    ¡Ay D. Tristán! de mi rabia
    me arrepiento ya muy tarde.
    ¡Aún te adoro! Asaz cobarde
    fuera la que así te agravia,
    si en tan solemne ocasión
    a vivir se resignara,
    y al punto no se matara
    con firme resolución!

    (Saca el pomo del veneno.)

    Aún se esconde en este frasco
    gran cantidad de veneno.
    Valiente soy... Daré un trueno;
    me lo beberé sin asco.

    (Apura todo el veneno que hay en el pomo.)

    Ya me lo bebí; ya miro
    de feos demonios un bando,
    que están en torno esperando
    que yo dé el postrer suspiro,
    para ir en procesión,
    con horrenda algarabía,
    a llevarme a la sombría
    honda cárcel de Plutón.
    Allí expiaré mi delito
    con fieras penas, mas antes
    no quieran los circunstantes
    castigarme con el pito;
    sino que, para consuelo
    de mi agonía mortal,
    con aplauso general
    se dignen calmar mi anhelo.

    (Hace contorsiones horribles y cae muerta por virtud del veneno.)

FIN


OBRAS DEL MISMO AUTOR


Pepita Jiménez; un vol. en 8.º, Ptas. 3.

Doña Luz; un vol. en 8.º, 3.

El comendador Mendoza; un vol. en 8.º, 3.

Algo de todo; un vol. en 12.º, 2,50.

Las ilusiones del doctor Faustino; dos vols. en 12.º, 5.

Pasarse de listo; un vol. en 12.º, 2,50.

La buena fama; un vol. en 16.º con grabados, 2,50.

El hechicero. El bermejino prehistórico. Las salamandras azules; un vol.
en 16.º con grabados, 2,50.

Dafnis y Cloe (traducción del griego); un vol. en 12.º, 3.

Estudios críticos; tres vols. en 12.º, 9.

Disertaciones y juicios literarios; dos vols. en 12.º, 6.

Cuentos y diálogos; un vol. en 12.º, 2,50.

Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia; tres volúmenes en 12.º,
9.

Tentativas dramáticas; un vol. en 12.º, 2,50.

Canciones, romances y poemas; un vol. en 12.º, 5.

Cuentos, diálogos y fantasías; un vol. en 12.º, 5.

Nuevos estudios críticos; un vol. en 12.º, 5.

Cartas americanas (primera serie); un vol. en 12.º, 1.

Nuevas cartas americanas (segunda serie); un vol. en 8.º, 3.

Pequeñeces... Currita Albornoz al P. Luis Coloma; un folleto en 8.º, 1.

Las mujeres y las Academias, cuestión social inocente; un folleto en
8.º, 1.

Ventura de la Vega, biografía y estudio crítico; un vol. en 8.º con el
retrato del biografiado, 1.

Juanita la larga; un vol. en 8.º, 3,50.

A vuela pluma, artículos literarios y artísticos; un vol. en 8.º.

Genio y figura; un vol. en 8.º, 3.





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