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Title: Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Author: Villaverde, Cirilo, 1812-1894
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Cecilia Valdés o la Loma del Ángel" ***

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_CECILIA VALDES_

_O_

_LA LOMA DEL ANGEL_

NOVELA DE COSTUMBRES CUBANAS

POR

CIRILO VILLAVERDE


    _Que también la hermosura
    tiene fuerza de despertar
    la caridad dormida._

    CERVANTES



INDICE


INTRODUCCIÓN

DEDICATORIA

PRÓLOGO


PRIMERA PARTE

Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX, Capítulo X, Capítulo XI,
Capítulo XII,


SEGUNDA PARTE

Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX, Capítulo X, Capítulo XI,
Capítulo XII, Capítulo XIII, Capítulo XIV, Capítulo XV, Capítulo XVI,
Capítulo XVII


TERCERA PARTE

Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX,


CUARTA PARTE

Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII

GLOSARIO

BIBLIOGRAFÍA



_INTRODUCCION_


_Cirilo Villaverde nació el 28 de octubre de 1812 en el ingenio_
Santiago, _cercano al pueblo de San Diego de Núñez (Pinar del Río). Su
padre era médico del ingenio y en ese medio pasó sus primeros años._

_En 1823 vino a La Habana, donde cursó estudios de pintura, filosofía y
derecho. Se recibió de Bachiller en Leyes en 1832, pero apenas ejerció
esta profesión. Sus principales actividades fueron la enseñanza y el
periodismo._

_Trabajó como maestro en los colegios Buenavista y Real Cubano de la
capital y La Empresa de Matanzas. Publicó para uso de las escuelas un
Compendio geográfico de la isla de Cuba (1845), El librito de cuentos y
las conversaciones (1847) y El librito de los cuentos (1857)_.

_Su obra es extensa y variada como periodista y literato. Colaboró en
las principales publicaciones de la época._

_Dio a conocer sus primeras narraciones--El ave muerta, La peña blanca,
El perjurio y La cueva de Taganana--en Miscelánea de Útil y Agradable
Recreo (1837) y en El Album, Engañar con la verdad, El espetón de oro y
la primera parte de Excursión a Vuelta Abajo, todas en 1838. La Cartera
Cubana insertó en su sección de folletines Amores y contratiempos de un
guajiro y Una cruz negra, en 1839. La Siempreviva en ese mismo año
publicó la primera versión de Cecilia Valdés o La loma del Ángel._

_Mientras desempeñaba su cátedra en el colegio_ La Empresa _comenzó a
escribir para_ Faro Industrial de La Habana. _De regreso a la capital,
fue uno de sus principales redactores y condueño junto a Bachiller y
Morales. En este diario aparecieron entre 1842 y 1847 la segunda parte
de_ Excursión a Vuelta Abajo _(1842)_, El guajiro _(1842)_, La peineta
calada _(1843)_, Dos amores _(1843)_, El penitente _(1844)_, La tejedora
de sombreros de Yarey _(1844-45) y otras de menor importancia, así como
multitud de notas, crónicas y artículos de crítica literaria y de
costumbres calzados con su nombre o con los seudónimos de_ Sansueña, Yo,
El ambulante del oeste, Lola de la Habana _y otros_.

_Villaverde, defensor de los ideales independentistas, participó como
propagandista activísimo en la conspiración de_ La Mina de la Rosa
Cubana _de 1848. Al ser descubierta la misma por delación de un
conjurado fue apresado en La Habana y condenado primero a muerte «en
garrote vil» y más tarde a diez años de prisión. Escapó el 31 de marzo
de 1849 con otros presos y escondido en la bodega de una goleta costera,
llegó a los Estados Unidos._

_En Norteamérica continuó luchando por sus principios políticos. Fue en
Nueva York secretario de Narciso López, a quien conocía desde 1846, y
redactor en jefe de_ La verdad. _Publicó en Nueva Orleans entre 1853 y
1854 el periódico_ El independiente, _etc._

_Se trasladó a Filadelfia en 1854, donde vivió como profesor de español
y contrajo matrimonio con Emilia Casanova, una destacada activista de la
independencia cubana._

_Regresó a La Habana en 1858, acogido a la amnistía. Aquí trabajó al
frente de la imprenta_ La Antilla, _que publicara algunas obras de
interés para nuestras letras, como los artículos de costumbres de
Anselmo Suárez y Romero, y colaboró en el periódico literario_ La Habana
_en compañía de Sterling y Calcagno, con importantes juicios críticos
sobre Betancourt y otros contemporáneos. Volvió poco después a Nueva
York, donde continuó sus labores de maestro y periodista. Fue entonces
redactor de_ La América _(1861-62)_, La Ilustración Americana
_(1865-1869)_, El Espejo _y_ El Avisador Hispanoamericano. _En 1864
fundó con su mujer un colegio en Wechawken. Durante esta segunda
estancia en los Estados Unidos continuó luchando por la independencia de
Cuba, como muchos otros cubanos de su tiempo. Sólo regresó a la Isla en
1888 por dos semanas._

_Murió en Nueva York el 20 de octubre de 1894. Su figura al morir
contaba con la admiración y el reconocimiento de sus contemporáneos por
su doble condición de patriota y novelista._

_La novela que consolidó su fama literaria fue_ Cecilia Valdés o La loma
del Ángel, _publicada en su forma definitiva en Nueva York en 1882.
Ninguna de sus obras anteriores respondió a empeño tan elevado ni
despertó como ésta el entusiasmo del público y la crítica. En ella
Villaverde recoge el panorama de la vida cubana desde 1812 hasta 1831.
Muestra sus categorías políticas, sociales y económicas y las terribles
lacras que padecían. La obra, con sus clases poderosas y sus clases
oprimidas, con sus funcionarios venales y su burguesía indolente, con
sus mulatos discriminados y sus negros esclavos, con sus familias
enriquecidas por el régimen esclavista y sus aristócratas de blasones
comprados a la decrépita monarquía española, sirve de esclarecedor
prólogo a nuestra historia republicana._

_El ambiente de esta época colonial, trasladado con amplitud y
minuciosidad a las abundosas páginas del libro, es lo decisivo en la
obra, lo que determina su vigencia en la apreciación de los críticos.
Porque_ Cecilia Valdés _está muy lejos de ser una obra perfecta. El
autor explica en el prólogo su proceso de creación; proceso que
indudablemente resintió el saldo final del trabajo. El asunto
central--drama de amor, celos, venganza y muerte--apenas difiere de los
usuales en los folletines de la época; los personajes en su mayoría no
trascienden de los rasgos externos; la acción es desarticulada y
digresiva, hurtada a la historia y los personajes principales por
criaturas y sucesos de menor cuantía; el estilo, híbrido, plagado de
debilidades románticas entre las que alborean atisbos realistas; el
lenguaje, oscilante entre el arcaísmo más rebuscando y el espontáneo
giro popular nuestro; el desenlace, atropellado, en contradicción con
las dimensiones de la narración._

_Pero_ Cecilia Valdés _es en nuestra historia literaria, a pesar de esas
abundantes y graves deficiencias, la mejor creación novelística del
siglo_ XIX.

_Muchos cubanos de hoy la conocen a través de la adaptación teatral de
Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla, musicalizada admirablemente
por Gonzalo Roig; versión que necesariamente fue vertebrada con la
historia de los protagonistas. Despojado del lujo descriptivo de su
ambiente, el asunto resulta endeble y melodramático. Esta aplaudida
adaptación confirma que lo fundamental en_ Cecilia Valdés _es el
ambiente. Su costumbrismo, de vigorosa indagación política, social y
económica, es el que atenúa sus defectos y sitúa a la obra en las
puertas de la novelística realista._

_A LAS CUBANAS_

_Lejos de Cuba y sin esperanza de volver a ver su sol, sus flores, ni
sus palmas, ¿a quién, sino a vosotras, caras paisanas, reflejo del lado
más bello de la patria, pudiera consagrar, con más justicia, estas
tristes páginas?_

EL AUTOR



PROLOGO


Publiqué el primer tomo de esta novela, en la _Imprenta Literaria_ de
don Lino Valdés a mediados del año de 1839. Contemporáneamente empecé la
composición del segundo tomo, que debía completarla; pero no trabajé
mucho en él, tanto porque me trasladé poco después a Matanzas como uno
de los maestros del colegio de _La Empresa_, fundado recientemente en
dicha ciudad, cuanto porque una vez allí, emprendí la composición de
otra novela, _La joven de la flecha de oro_, que concluí e imprimí en un
volumen el año de 1841.

De vuelta en la capital el año de 1842, sin abandonar el ejercicio del
magisterio, entré a formar parte de la redacción de _El Faro
Industrial_, al que consagré todos los trabajos literarios y novelescos
que se siguieron casi sin interrupción hasta mediados de 1848. En sus
columnas, entre otros muchos escritos de diverso género, aparecieron en
la forma de folletines:--_El Ciego y su Perro_; _La Excursión a La
Vuelta Bajo_; _La Peineta Calada_; _El Guajiro_; _Dos Amores_; _El
Misionero del Caroní_; _El Penitente_, etc.

Pasada la media noche del 20 de octubre del último año citado, fui
sorprendido en la cama y preso, con gran golpe de soldados y alguaciles
por el comisario del barrio de Monserrate, Barreda; y conducido a la
cárcel pública, de orden del Capitán General de la Isla, don Federico
Roncaly.

Encerrado cual fiera en una oscura y húmeda bartolina, permanecí seis
meses consecutivos, al cabo de los cuales, después de juzgado y
condenado a presidio por la Comisión Militar Permanente como conspirador
contra los derechos de la corona de España, logré evadirme el 4 de abril
de 1849, en unión de don Vicente Fernández Blanco, reo de delito común y
del llavero de la cárcel García Rey; quien de allí a poco fue causa de
una grave dificultad entre los gobiernos de España y de los Estados
Unidos. Por extraña casualidad los tres salimos juntos en barco de vela
del puerto de La Habana; pero nuestra compañía sólo duró hasta la ría de
Apalachicola, en la costa meridional de Florida, desde donde me encaminé
por tierra a Savannah y Nueva York.

Fuera de Cuba, reformé mi género de vida: troqué mis gustos literarios
por más altos pensamientos; pasé del mundo de las ilusiones, al mundo de
las realidades; abandoné, en fin, las frívolas ocupaciones del esclavo
en tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre en
tierra libre. Quedáronse allá mis manuscritos y libros, que si bien
recibí algún tiempo después, ya no me fue dado hacer nada con ellos;
puesto que primero como redactor de _La Verdad_, periódico separatista
cubano, luego como secretario militar del general Narciso López, llevé
vida muy activa y agitada, ajena por demás a los estudios y trabajos
sedentarios.

Con el fracaso de la expedición de Cárdenas en 1850, el desastre de la
invasión de las Pozas y la muerte del ilustre caudillo de nuestra
intentona revolucionaria en 1851, no cesaron, antes revivieron nuevos
proyectos de libertar a cuba, que venían acariciando los patriotas
cubanos desde muy al principio del presente siglo. Todos, sin embargo,
cual los anteriores terminaron en desastres y desgracias por el año de
1854.

En 1858 me hallaba en La Habana tras nueve años de ausencia. Reimpresa
entonces mi novela _Dos Amores_, en la imprenta del señor Próspero
Massana, por consejo suyo acometí la empresa de revisar, mejor todavía,
de refundir la otra novela, _Cecilia Valdés_, de la cual sólo existía
impreso el primer tomo y manuscrita una pequeña parte del segundo. Había
trazado el nuevo plan hasta sus más menudos detalles, escrito la
advertencia y procedía al desarrollo de la acción, cuando tuve de nuevo
que abandonar la patria.

Las vicisitudes que se siguieron a esta segunda expatriación voluntaria,
la necesidad de proveer a la subsistencia de familia en país extranjero,
la agitación política que desde 1865 empezó a sentirse en Cuba, las
tareas periodísticas que luego emprendí, no me concedieron ánimo ni
vagar para entregarme a la obra larga, sin expectativa de lucro
inmediato, y por lo mismo tediosa--que demandaba el expurgo, ensanche y
refundición de la más voluminosa y complicada de mis obras literarias.

Tras la nueva agitación de 1865 a 1868 vino la revolución del último año
nombrado y la guerra sangrienta por una década en Cuba, acompañada de
las escenas tumultuosas de los emigrados cubanos en todos los países
circunvecinos a ella, especialmente en Nueva York. Como antes y como
siempre, troqué las ocupaciones literarias por la política militante,
siendo así que acá desplegaban la pluma y la palabra al menos la misma
vehemencia que allá el rifle y el machete.

Durante la mayor parte de esa época de delirio y de sueños patrióticos,
durmió, por supuesto, el manuscrito de la novela. ¿Qué digo? no progresó
más allá de una media decena de capítulos, trazados a ratos perdidos,
cuando el recuerdo de la patria empapada en la sangre de sus mejores
hijos, se ofrecía en todo su horror y toda su belleza y parecía que
demandaba de aquéllos que bien y mucho la amaban, la fiel pintura de su
existencia bajo el triple punto de vista físico, moral y social, antes
que su muerte o su exaltación a la vida de los pueblos libres, cambiaran
enteramente los rasgos característicos de su anterior fisonomía.

De suerte, que en ningún sentido puede decirse con verdad que he
empleado cuarenta años (período cursado de 1839 a la fecha) en la
composición de la novela. Cuando me resolví a concluirla, habrá dos o
tres años, lo más que he podido hacer ha sido despachar un capítulo, con
muchas interrupciones, cada quince días, a veces cada mes, trabajando
algunas horas entre semana y todo el día los domingos.

Con esta manera de componer obras de imaginación, no es fácil mantener
constante el interés de la narrativa, ni siempre animada y unida la
acción, ni el estilo parejo y natural, ni el tono templado y sostenido
que exigen las producciones del género novelesco. Y tal es uno de los
motivos que me impelen a hablar de la novela y de mí.

El otro es, que después de todo, me ha salido el cuadro tan sombrío y de
carácter tan trágico, que, cubano como soy hasta la médula de los huesos
y hombre de moralidad, siento una especie de temor o vergüenza
presentarlo al público sin una palabra explicativa de disculpa. Harto se
me alcanza que los extraños, dígase, las personas que no conozcan de
cerca las costumbres ni la época de la historia de Cuba que he querido
pintar, tal vez crean que escogí los colores más oscuros y sobrecargué
de sombras el cuadro por el mero placer de causar efecto a la Rembrandt,
o a la Gustavo Doré. Nada más distante de mi mente. Me precio de ser,
antes que otra cosa, escritor realista, tomando esta palabra en el
sentido artístico que se le da modernamente.

Hace más de treinta años que no leo novela ninguna, siendo Walter Scott
y Manzoni los únicos modelos que he podido seguir al trazar los variados
cuadros de _Cecilia Valdés_. Reconozco que habría sido mejor para mi
obra que yo hubiese escrito un idilio, un romance pastoril, siquiera un
cuento por el estilo de _Pablo y Virginia_[1] o de _Atala_ y
_Renato_;[2] pero esto, aunque más entretenido y moral, no hubiera sido
el retrato de ningún personaje viviente, ni la descripción de las
costumbres y pasiones de un pueblo de carne y hueso, sometido a
especiales leyes políticas y civiles, imbuido en cierto orden de ideas y
rodeado de influencias reales y positivas. Lejos de inventar o de fingir
caracteres y escenas fantasiosas e inverosímiles, he llevado el
realismo, según entiendo, hasta el punto de presentar los principales
personajes de la novela con todos sus pelos y señales, como vulgarmente
se dice, vestidos con el traje que llevaron en vida, la mayor parte bajo
su nombre y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaron
en las escenas históricas en que figuraron, copiando en lo que cabía,
_d'après nature_,[3] su fisonomía física y moral, a fin de que aquéllos
que los conocieron de vista o por tradición, los reconozcan sin
dificultad y digan cuando menos: el parecido es innegable.

Apenas si he aspirado a otra cosa. Lo único que debo agregar en descargo
de mi conciencia, por si alguien juzgare que la pintura no tiene nada de
santa ni de edificante, es que, al situar la acción de la novela en el
teatro habanero y época corrida de 1812 a 1831, no encontré personajes
que pudieran representar con mediana fidelidad el papel, por ejemplo,
del payo Lorenzo, o el del pacato de don Abundio, o el del enérgico
padre Cristóbal, o el del santo arzobispo Carlos Borromeo; al paso que
abundaban los que podían pasar, sin contradicción, por fieles copias de
los Canoso, los Tramoya y los don Rodrigo, matones, bravos y
libertinos, cuya generación parece ser de todos los países y de todas
las épocas.

Tampoco ha de achacarse a falta del autor si el cuadro no ilustra, no
escarmienta, no enseña deleitando. Lo más que me ha sido dado hacer, es
abstenerme de toda pintura impúdica o grosera, falta en que era fácil
incurrir, habida consideración a las condiciones, al carácter y a las
pasiones de la mayoría de los actores de la novela; porque nunca he
creído que el escritor público, en el afán de parecer fiel y exacto
pintor de las costumbres, haya de olvidar que le merecen respeto la
virtud y la modestia del lector.

Por lo demás, si la obra que ahora sale a luz completa, no contiene
todos los defectos de lenguaje y de estilo que sacó el primer tomo
impreso en La Habana, si hay mayor corrección y verdad en la pintura de
los caracteres, si resultan eliminadas ciertas escenas y frases de
escasa o dudosa moralidad, si el tono general de la composición es más
uniforme y animado, en mucha parte a los consejos de mi esposa, con
quien he podido consultar capítulo tras capítulo, a medida que los iba
concluyendo.

C. VILLAVERDE

Nueva York, mayo, 1879



PRIMERA PARTE



CAPÍTULO I

     _Tal es el fruto de la culpa,
      Tello, cosecha de dolor._

        SOLÍS


Hacia el oscurecer de un día de noviembre del año de 1812, seguía la
calle de Compostela en dirección del norte de la ciudad, una calesa
tirada por un par de mulas, en una de las cuales, como era de costumbre,
cabalgaba el calesero negro. El traje de éste, las guarniciones de
aquéllas y los ornamentos de plata maciza, mostraban a las claras que
era rica la persona a que pertenecía tan lujoso equipaje. Prendida
estaba de los calamones, no sólo por el frente, sino también por un
costado y hasta la mitad del otro,--la cortina o capacete de paño con
banda de vaqueta. Sea el que fuese quien ocupaba el carruaje a la sazón,
no puede negarse que tenía interés en guardar la incógnita, aunque
parecía excusada la precaución, por cuanto no había alma viviente en las
calles, ni se divisaba otra luz que la de las estrellas, o la artificial
de algunas casas que se escapaba por las anchas rendijas de las puertas
cerradas.

Pararon de repente las mulas al trote en la esquina del callejón de San
Juan de Dios y salió a espacio y con no poco trabajo de la calesa un
caballero alto, bien puesto, vestido de frac negro abotonado hasta el
cuello, dejando ver por debajo el chaleco o chupa de color claro,
pantalones de _carranclán_ de pie, corbatín de cerda y sombrero de
castor con copa enorme y ala angosta. Por lo que podía distinguirse en
aquella media luz de las estrellas, las facciones más notables del
hombre eran la nariz, que tenía aguileña, los ojos bastante vivos, el
rostro ovalado y la barba pequeña. El color de ésta y el del cabello,
las sombras del sombrero y de las paredes alterosas del convento vecino,
lo oscurecían tal vez sin ser negro.

--Sigue hasta la calle de lo Empedrado--dijo el caballero en tono
imperioso, más bajo, apoyando la mano izquierda en la silla de la mula
de varas--y espera inmediato a la esquina. En caso que diese la ronda
contigo, di que perteneces a don Joaquín Gómez y que aguardas sus
órdenes. ¿Entiendes, Pío?

--Sí, señor, contestó el calesero; quien desde que empezó a hablar su
amo tenía el sombrero en la mano.

Y siguió al paso de las mulas hasta el punto que le indicó aquél.

El callejón de San Juan de Dios se compone de dos cuadras solamente,
cerrado por un extremo en las paredes del convento de Santa Catalina y
por el otro en las casas de la calle de la Habana. El hospital de San
Juan de Dios, que le da nombre, y que por sus altas y cuadradas
ventanas, siempre deja salir el vaho caliente de los enfermos, ocupa
todo un lado de la segunda cuadra y los otros tres, casitas pequeñas de
tejas coloradas y un solo piso, el de las últimas en particular más alto
que el nivel de la calle, con uno y dos escalones de piedra a la puerta.
Las de mejor apariencia de ellas eran las de la primera cuadra entrando
de la calle de Compostela. Eran todas de un mismo tamaño, poco más o
menos, de una sola ventana y puerta, ésta de cedro con clavos de cabeza
grande, pintadas de color de ladrillo, aquélla o de espejo o volada[4] y
de balaustres de madera gruesa. El piso de la calle se hallaba en su
estado primitivo y natural, pedregoso y sin banquetas.

El caballero desconocido, arrimado a las paredes, debajo de los
salientes aleros de tejas, se detuvo a la puerta de la tercera casita de
su derecha y dio dos golpecitos con la punta de los dedos. Allí sin duda
le aguardaban, porque tardaron en abrir lo que tardó en pasar de la
ventana a la puerta la persona que quitó la tranca con que se cerraba
por dentro. Esa resultó ser la ama de la casa; mulata como de 40 años de
edad, de estatura mediana, llena de carnes, aunque conservaba el talle
estrecho, los hombros redondos y desnudos, la cabeza hermosa, la nariz
algo gruesa, la boca expresiva y el cabello espeso y muy crespo. Vestía
camisa fina bordada, de manga corta, y enaguas de sarga sin pliegues ni
adorno ninguno.

Había pocos muebles en la sala: arrimada a la pared de la derecha una
mesa de caoba, sobre la cual ardía una vela de cera, dentro de una
guardabrisa o fanal, y varias sillas pesadas de cedro con asiento y
respaldo de vaqueta, clavados con tachuelas de cobre. En aquella época
esto se tenía por lujo, mucho más tratándose de una mujer de color, que
ocupaba aquella habitación como ama y no como criada. El caballero no le
dio la mano al entrar, sólo le hizo un saludo grave sin dejar de ser
gracioso y amable; lo que sin disputa era aún más extraño, pues aparte
de su diferencia de condición y de raza, la de sus edades respectivas
era notable a primera vista y no cabía entre ellos otra relación que la
de la amistad, más o menos sincera y desinteresada. Enseguida preguntó
en tono triste y acercándose a la mujer cuanto podía, a fin de no
levantar la voz, que la tenía algo bronca:

--¿Y qué tal la enferma?

La mulata sacudió la cabeza con aire todavía más triste y contestó con
tres monosílabos:

--¡Ah! muy mal.

Algo más animada, aunque sin despejársele el semblante, agregó poco
después:

--¿No se lo dije al señor? _Entodavía_ ha de acabar con ella el golpe.

--Pues qué, replicó desazonado el caballero, ¿no me dijo Vd. anoche que
estaba mejor y más tranquila?

--Lo estaba, sí, señor; pero la mañana la ha pasado muy _desinquieta_ y
agitada. Decía que le daban calor las sábanas, que le ardía la cabeza, y
varias veces ha tratado de salirse de la cama buscando aire. De manera
que fue preciso mandar por el médico. Vino y recetó un calmante: lo
tomó, porque la pobrecita toma cuanto le dan. De sus resultas ya se
duerme como una piedra, ya _dispierta_ sobresaltada. ¡Ay, señor, su
sueño se parece tanto a la muerte! Me da miedo, mucho miedo. Yo se lo
decía al señor desde un principio, el golpe era demasiado para ella. Esa
muchacha no tiene fuerzas para soportarlo. ¡Ah! mi señor, de esta hecha
la perdemos, lo estoy mirando; me lo ha dado el corazón.

Y no dijo más, porque la emoción le ahogó la voz en la garganta.

--Veo que Vd. se acobarda, _seña_ Josefa, dijo el desconocido con
dulzura y sentimiento. ¿Pues no ha tratado Vd. de convencerla de que la
separación es sólo por muy corto tiempo? No es ella ninguna chiquilla...

--¡Que si no he tratado! El señor parece que no la conoce _entodavía_.
Ella no oye razones. Es la más voluntariosa y cabecidura que ha nacido.
Además, _dende_ ese lance no está en su cabal juicio y razón. ¿El señor
mismo no trató aquella noche fatal de consolarla y tranquilizarla? ¿Y
qué sacó? Acuérdese lo que _semos_: nada. El señor va a ver por sus
propios ojos que se escogió mal el momento de someterla a semejante
prueba. No se habían pasado los cuarenta días y luego tenía una
calentura que volaba. Sí, concluyó ya del todo conmovida y llorosa--me
tengo tragado que de ésta no sale ella con juicio o con vida.

--Dios querrá, _seña_ Josefa, que no se realicen tan funestos
pronósticos, dijo el caballero preocupado. Después de breve rato
añadió:--Ella es joven y robusta, y todavía la naturaleza triunfará de
todos sus males y penas. Fío más en esto que en la ciencia oscura de los
médicos. Aparte de eso, Vd. sabe que se ha hecho lo hecho por el bien de
todos, mejor dicho... Más adelante me lo agradecerán, estoy seguro. Yo
no podía ni debía darla mi nombre. No, no, repitió como azorado del eco
de su propia voz. Nadie mejor que Vd. lo sabe. Vd. que es mujer de
razón, conocerá y confesará que así tenía que ser. Es preciso que la
chica lleve un nombre, nombre de que no tenga que avergonzarse mañana,
ni esotro día, el de Valdés, con que quizás haga un buen casamiento.
Para ello no había más remedio sino pasar por la Real Casa Cuna. Esto no
ha podido ser más doloroso para la madre, bien lo sé, que para... todos
nosotros. Pero dentro de breves días la habrán bautizado y entonces haré
que la traiga aquí María de Regla, mi negra, que tres meses hace perdió
un hijo del mal de los siete días, y la está amamantando en la Casa Cuna
por orden mía. Ella la devolverá sana, salva y cristiana a los brazos de
su madre. Yo tengo arreglado todo eso con Montes de Oca, el médico de la
Real Casa, por quien a menudo sé de la chica. Al principio lloraba mucho
y se negaba a tomar el pecho de María de Regla, por lo que enflaqueció
un poco. Pero ya todo eso ha pasado y ahora está gorda y rozagante, es
decir, según me ha informado Montes de Oca, porque yo no la he visto
desde la noche en que la hice pasar por el torno... Los ojos se me
fueron tras ella. Es indecible cuánto me costó ese paso... Pero, a otra
cosa. Vd. sabe, sin embargo, que no cabe equivocación.

--Demasiado que lo sé--dijo la mulata enjugándose las lágrimas. No puede
equivocarse, no. Por lo tocante a eso estoy tranquila, como que a pesar
de sus chillidos, que me partían el alma, le hice la media luna azul en
el hombro izquierdo, según el señor me ordenó. Yo no sé a quién le
dolería más, si a ella o a mí... La madre, la madre, mi señor, es la que
me tiene sin sosiego. Ella no puede resistir. De por fuerza pierde el
juicio o la vida. Yo se lo repito al señor.

_Seña_ Josefa, como la llamó el desconocido, se conocía que era mujer
inteligente, si bien por el descuido de su educación incurría a menudo
en las faltas de lenguaje comunes al vulgo de las gentes en Cuba. A
pesar de la madurez de sus años y de sus pesares, conservaba las
muestras de una juventud bella y distinguida, buenos ojos, la expresión
amorosa de la boca y la redondez del cuello, de los hombros y de los
brazos. Tenía el color cetrino que resulta de la mezcla de hembra negra
y varón indio; pero lo crespo del pelo y el óvalo del rostro no admitían
la probabilidad de semejante maridaje, sino el de madre negra y padre
blanco. Cuando joven llevó vida acomodada, tuvo goces y se rozó con
gente bien criada y de buenas maneras. Honda debía de ser la pesadumbre
que a la sazón la aquejaba, según eran la frecuencia de sus suspiros, la
contracción repetida de su entrecejo y la abundancia del humor acuoso en
que nadaban sus grandes ojos y le empañaban el brillo. Por lo demás,
había en su actitud más desesperación que verdadero pesar. En efecto,
como luego veremos, tenía razón sobrada para lo uno y no le faltaba para
lo otro.

Hacía ratos que ambos personajes estaban callados, cada cual a vueltas
con sus propios pensamientos, que de seguro no coincidían en ningún
punto, a tiempo que se oyeron un lamento y un grito desgarrador salidos
del interior de la casa. La mujer hizo una exclamación dolorosa, se
llevó ambas manos a la cabeza y corrió como desalada por el primer
aposento al segundo cuarto. Maquinalmente el caballero hizo con las
manos el mismo movimiento y siguió sus pasos en silencio, aunque a
cierta distancia. Allí no había más luz que la mortecina de una
lamparita de aceite en una mesa, sobre la cual se veía un nicho o
retablo de titiritero, donde se veneraba una figura de talla, con traje
talar o de mujer, que miraba al cielo y tenía clavada en el pecho una
espada, cuya empuñadura parecía de plata. En el lado opuesto había un
catre, con colgaduras de seda, ya ajadas, y a la cabecera una silla de
cuero, que en el momento que entró allí _seña_ Josefa, la había
desocupado una anciana negra, escuálida, imagen de la muerte, cuya
cabeza blanca contrastaba con el ébano de su cuello largo y huesoso.
Tenía en la mano derecha un rosario y varios escapularios al pecho sobre
la camisa blanca; ciñéndola el talle de la falda de cañamazo, una correa
negra y larga a lo fraile agustino. Estaba como embebida o rezando con
gran fervor, y al tocarle en el hombro _seña_ Josefa, alzó de repente la
cabeza, la volvió hacia la puerta del aposento, vio en ella de pie al
desconocido, hizo un movimiento de horror o de susto y desapareció por
la puerta del fondo sin decir palabra.

Ocupó su lugar _seña_ Josefa. Abrió con tiento las cortinas del lecho, y
por señas indicó al caballero que se acercara; lo que hizo éste, al
parecer, con repugnancia. Los ojos de ambos se clavaron en el rostro
pálido de una muchacha de 20 años, yaciente boca arriba y aparentemente
muerta. Porque no se movía a la sazón, tenía los ojos hundidos y
cerrados los párpados, cuyas pestañas eran tan largas que daban sombra a
las mejillas. La cabeza era lo único que tenía fuera de las sábanas, y
eso casi enterrada en la almohada, la cual desaparecía bajo una mata de
pelo negro, undoso y esparcido por todas partes en el mayor desorden. De
en medio de aquel fondo negro se destacaba el rostro ovalado, pálido de
cera de la enferma, con la barba aguda, la frente cuadrada y alta, la
boca pequeña, los labios belfos, y la nariz bastante bien hecha para
mujer de raza mezclada, como sin duda era aquélla de que ahora se trata.
El conjunto era bueno, femenil; pero había tal expresión de angustia y
melancolía en el semblante marchito por la enfermedad, que daba lástima
el contemplarle. Movida por este sentimiento tal vez _seña_ Josefa dijo
al oído del caballero:--Se ha dormido.

La contestación del caballero fue sacudir la cabeza negativamente, acaso
porque en aquel instante creyó notar un temblor convulsivo que recorría
de pies a cabeza todo el cuerpo de la paciente. Tras el temblor empezó a
levantársele el pecho, movimiento fácil de percibir por encima de la
sábana, como una ola en mar sereno que repunta, de repente, y precursor
del suspiro que exhaló enseguida del fondo del corazón, acompañado de un
gemido doloroso y agudo. Comprendiendo el caballero lo que debía
sobrevenir, sin poderlo remediar, apartó primero la vista y disimulada y
paulatinamente se retiró a los pies de la cama. Incorporada en aquel
instante la enferma, exclamó con aire de espanto:

--¡Mamita! ¿Era su merced?

--¡Hija mía! ¿Qué quieres? ¿Estás mejor?

--¡Ah! ¡Mamita! prosiguió la muchacha en el mismo aire de azorada.--La
he visto, la acabo de ver. Sí, no me queda duda. ¡Ahí está! agregó
señalando al cielo. ¡Se va! ¡Me la llevan! Debe estar muerta. ¡Ay!--Y se
le escapó otro grito desgarrador.

--¡Hija! le observó la madre afligida. _Dispierta._ Tú estás soñando o
esas son ilusiones tuyas.

--Venga acá, mamita, mire su merced misma.

Diciendo esto la atraía a sí por el brazo.

--¡Véala! ¿No es aquella la Virgen Santísima dentro de una nube dorada,
con los pies desnudos, apoyados en las alas de infinitos ángeles? Ella
es. ¡Mire! Por aquí. ¡Allá! Vea. ¡Se eleva!

--Visiones, hija mía. No hagas caso. Acuéstate y descansa.

--¿Cómo quiere su merced que me acueste, si veo que se llevan a mi hija,
la hija de mis entrañas?

--¿Pero quién se la lleva, mi vida?

--¿Quién se la lleva? ¿Pues no lo ve su merced? La Virgen Santísima. Se
la lleva en los brazos. Debe estar muerta. ¡Ah!

--Ella no se ha muerto, no lo creas; le dijo débilmente _seña_ Josefa,
pues sobre este punto no estaba más segura que la enferma. Tu niña está
viva y pronto la verás. Esos son sueños tuyos.

--Sueños, sueños, repitió la muchacha, distraída. ¿Yo soñaba? ¿No será
más que un sueño? Pero, ¿y mi hija? ¿Dónde está? ¿Por qué me la han
quitado? Y de que yo la perdiera su merced tiene la culpa, concluyó
diciendo con iracundo ademán y acento.

No tuvo valor _seña_ Josefa para replicar palabra, bien por no irritar
más a la enferma con una contradicción poco menos que inútil, bien
porque la acusación era directa y fundada. Sólo acertó a volver los ojos
hacia su derecha, con lo que los de la enferma naturalmente siguieron la
misma dirección y en consecuencia tropezaron con el bulto oscuro del
desconocido, que hacía por ocultarse tras las colgaduras de la cama.

--¿Quién está ahí? preguntó apuntando con el dedo. ¡Ah! ¡El es, el
ladrón de mi hija! ¡Mi verdugo! ¿Qué vienes a buscar aquí? ¿Vienes,
basilisco, a gozarte en tu obra? A tiempo llegas. Gózate a tus anchas.
Mi hija ha volado al cielo, lo sé, de ello estoy convencida, yo la
seguiré muy pronto; pero tú, tú, causa de nuestra condenación y muerte,
tú bajarás... al infierno.

--¡Jesús! exclamó _seña_ Josefa santiguándose. Tú no sabes lo que dices.
Calla.

Y anegada en lágrimas se arrojó sobre su hija con el doble objeto de
impedirle que se levantara y de que siguiera en aquella terrible
increpación contra el caballero desconocido. Por prudencia o por
remordimiento, éste callaba e inclinó más la cabeza. El, de todos modos,
estaba muy disgustado y luchaba consigo mismo a fin de tomar una
resolución. Porque, previéndolo, había venido a ponerse al alcance de
las recriminaciones, al parecer justas, de la enferma, quien aunque
delirante, le echaba en cara la pérdida de su hija y la ruina de su
razón. Mas no hizo por defenderse. Se sentía, al contrario, humillado,
altamente ofendido por cuanto siendo sus intenciones las más puras,
guiadas por el deseo del bien de todos los inmediatamente interesados,
las resultas llevaban camino de ser muy desastrosas. A los ojos de su
propia conciencia la justificación era fácil; el mundo, sin embargo,
debía juzgarle por los hechos. Y a este juicio le tenía él horror
cerval.

Continuaba entre tanto la lucha entre la madre y la hija. Esta, con los
ojos de espantada, los cabellos desgreñados, la frente cubierta de sudor
copioso, las mejillas encendidas por la fiebre, repelía con ambas manos
a la madre y le repetía:--Déjame, mamita, déjame ver esa cara de hereje.
Quiero pedirle cuenta de mi hija. El me la ha quitado, él, entrañas de
fiera. Y la madre, siempre inundada en lágrimas estrechándola en sus
brazos, le respondía:--Por el amor de Dios, hija mía, por la Purísima
Concepción de María Santísima, por tu salud, por la de tu hija, que vive
y está buena, cállate, tranquilízate. Yo te lo ruego por lo que más
quiera.

Pero como se prolongase demasiado aquella lucha, se acercó el caballero
a la cama, tomó en la suya una mano de la enferma, la cual ella no
rechazó, y con voz grave, mas llena de exquisita ternura, le dijo:

--Charo, óyeme. Te prometo que mañana verás a tu hija. Vuelve en ti.
¡Cálmate! No más locuras.

Séase que de tanto bregar se le agotasen las fuerzas, séase que la
impusiese respeto la voz del desconocido, es lo cierto que la enferma,
exhalando un profundo suspiro, cayó repentinamente de espaldas en la
almohada y allí quedó por breve rato sin movimiento. No creyó menos la
madre, al pronto, sino que había expirado. Púsola con ese motivo la mano
en el corazón, y como, ya por el susto, ya porque en efecto se le había
paralizado la sangre en las venas a la paciente, no sintió por unos
instantes las pulsaciones. Así que, grandemente asustada, se volvió para
el caballero, que al parecer contemplaba impasible aquella escena muda,
y con acento de amarga reconvención le dijo:

--¿Lo ve el señor? Está muerta.

No fue esto parte a hacerle perder al caballero su natural ecuanimidad.
Lejos de ello, con mucha calma y deliberación le tomó el pulso a la
muchacha, a guisa de médico, y después dijo:

--Traiga Vd. éter. Se ha desmayado. Esta moza está muy débil, necesita
alimento.

--El médico lo ha prohibido, observó _seña_ Josefa.

--El médico no sabe lo que se pesca. Dela Vd. caldo. Pero despache con
el éter.

Traído el álcali volátil, se le aplicaron a la nariz; pero las únicas
señales de vida que dio la muchacha fue un estremecimiento de los
párpados, que no abrió por cierto, y un llorar en silencio, o hilo a
hilo, según reza la gráfica expresión vulgar. Mientras esto pasaba
delante de la cama de la enferma, asomó la cabeza blanca por entre la
puerta del fondo, medio abierta, la anciana negra antes mencionada; pero
la retiró de golpe persignándose cual si viese al diablo, sin duda
porque aún estaba allí el caballero desconocido. Al fin, éste se alejó
de aquel sitio de dolor y de tribulación, saludó a _seña_ Josefa con una
mera inclinación de cabeza, y salió a la calle murmurando en su
despecho:

--¡Y nadie más que yo tiene la culpa!



CAPÍTULO II

     _Sola soy, sola nací,_
     _Sola me tuvo mi madre,_
     _Sola me tengo de andar,_
     _Como la pluma en el aire._


Algunos años adelante, mejor, uno o dos después de la caída del segundo
breve período constitucional, en que quedó establecido el estado de
sitio de la Isla de Cuba y Capitán General de la misma don Francisco
Dionisio Vives, solía verse por las calles del barrio del Ángel una
muchacha de unos once a doce años de edad, quien, ya por su hábito
andariego, ya por otras circunstancias de que hablaremos enseguida,
llamaba la atención general.

Era su tipo el de las vírgenes de los más célebres pintores. Porque a
una frente alta, coronada de cabellos negros y copiosos, naturalmente
ondeados, unía facciones muy regulares, nariz recta que arrancaba desde
el entrecejo, y por quedarse algo corta alzaba un si es no es el labio
superior, como para dejar ver dos sartas de dientes menudos y blancos.
Sus cejas describían un arco y daban mayor sombra a los ojos negros y
rasgados, los cuales eran todo movilidad y fuego. La boca tenía chica y
los labios llenos, indicando más voluptuosidad que firmeza de carácter.
Las mejillas llenas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba,
formaban un conjunto bello, que para ser perfecto sólo faltaba que la
expresión fuese menos maliciosa, si no maligna.

De cuerpo era más bien delgada que gruesa, para su edad antes baja que
crecida, y el torso, visto de espaldas, angosto en el cuello y ancho
hacia los hombros, formaba armonía encantadora, aun bajo sus humildes
ropas, con el estrecho y flexible talle, que no hay medio de compararle
sino con la base de una copa. La complexión podía pasar por saludable,
la encarnación viva, hablando en el sentido en que los pintores toman
esta palabra, aunque a poco que se fijaba la atención, se advertía en el
color del rostro, que sin dejar de ser sanguíneo había demasiado ocre en
su composición, y no resultaba diáfano ni libre. ¿A qué raza, pues,
pertenecía esta muchacha? Difícil es decirlo. Sin embargo, a un ojo
conocedor no podía esconderse que sus labios rojos tenían un borde o
filete oscuro, y que la iluminación del rostro terminaba en una especie
de penumbra hacia el nacimiento del cabello. Su sangre no era pura y
bien podía asegurarse que allá en la tercera o cuarta generación estaba
mezclada con la etíope.

Pero de cualquier manera, tales eran su belleza peregrina, su alegría y
vivacidad, que la revestían de una especie de encanto, no dejando al
ánimo vagar sino para admirarla y pasar de largo por las faltas o por
las sobras de su progenie. Nunca la habían visto triste, nunca de mal
humor, nunca reñir con nadie; tampoco podía darse razón dónde moraba ni
de qué subsistía. ¿Qué hacía, pues, una niña tan linda, azotando las
calles día y noche, como perro hambriento y sin dueño? ¿No había quien
por ella hiciera ni rigiera su índole vagabunda?

Entre tanto la chica crecía gallarda y lozana, sin cuidarse de las
investigaciones y murmuraciones de que era objeto, y sin caer en la
cuenta de que su vida callejera, que a ella le parecía muy natural,
inspiraba sospechas y temores, si no compasión a algunas viejas; que sus
gracias nacientes y el descuido y libertad con que vivía, alimentaban
esperanzas de bastardo linaje en mancebos corazones, que latían al verla
atravesar la plazuela del Cristo, cuando a la carrerita y con la
sutileza de la zorra hurtaba un bollo o un chicharrón a las negras que
de parte de noche allí se ponen a freírlos; o cuando al descuido metía
la pequeña mano en los cajones de pasas de los almacenes de víveres en
las esquinas de las calles; o cuando levantaba el plátano maduro, el
mango o la guayaba del tablero de la frutera; o cuando enredaba el perro
del ciego en el cañón de la esquina, o le encaminaba a San Juan de Dios,
si iba para Santa Clara:[5] que todas éstas eran travesuras dignas de
celebración en una niña de su edad y parecer.

Su traje ordinario, no siempre aseado, consistía en falda de zaraza, sin
más pañizuelo ni otro calzado que unas chancletas, las cuales anunciaban
de lejos su aproximación, porque sonaban mucho en las banquetas de
piedra de las pocas calles que entonces tenían tales adornos. Llevaba
también el cabello siempre suelto y naturalmente rizado. El único
ornamento de su cuello era un rosarito de filigrana, especie de
gargantilla, con una cruz de coral y oro pendiente, memoria de la madre
cara y desconocida.

A pesar de aquella vida suya y de aquel traje, parecía tan pura y linda,
que estaba uno tentado a creer que jamás dejaría de ser lo que era,
cándida niña en cabello, que se preparaba a entrar en el mundo por una
puerta al parecer de oro, y que vivía sin tener sospecha siquiera de su
existencia. Sin embargo, las calles de la ciudad, las plazas, los
establecimientos públicos, como se apuntó más arriba, fueron su escuela,
y en tales sitios, según es de presumir, su tierno corazón, formado
acaso para dar abrigo a las virtudes, que son el más bello encanto de
las mujeres, bebió a torrentes las aguas emponzoñadas del vicio, se
nutrió desde temprano con las escenas de impudicia que ofrece
diariamente un pueblo soez y desmoralizado. ¿Y cómo librarse de
semejante influjo? ¿Cómo impedir que sus vivarachos ojos no viesen? ¿Qué
sus orejas siempre alerta no oyesen? ¿Que aquella alma rebosando vida y
juventud no se asomara antes de tiempo a los ojos y a los oídos para
juzgar de cuanto pasaba en su derredor, en vez de dormir el sueño de la
inocencia? ¡Bien temprano, a fe, llamó a sus puertas la legión de
pasiones que gastan el corazón y abaten las frentes más soberbias!

Una tarde, entre otras, pasaba la chica, como de costumbre, a la
carrerita, por cierta calle de que no hay para qué mencionar ahora el
nombre. Asomadas a una de las altas y anchas rejas de hierro de las
ventanas de una casa de apariencia aristocrática, estaban dos niñas poco
más o menos de su edad y una joven de 14 a 15, las cuales, como viesen
pasar aquella exhalación, según se expresó una de ellas mismas, excitada
grandemente la curiosidad de todas, la llamaron con instancia. No se
hizo de rogar la mozuela, antes se entró, desde luego por el zaguán, y
se presentó con mucho desembarazo a la puerta de la sala, donde ya la
esperaba el grupo de las tres jovencitas. Allí, éstas la tomaron por la
mano y la llevaron delante de una señora algo gruesa, vestida con mucho
aseo, que estaba arrellanada en un ancho sillón y descansaba los pies en
un escabel.

--¡Ah! exclamó ésta cuando la hubo visto de cerca. ¡Y qué mona es! Dicho
lo cual se enderezó en el asiento, operación que le costó un buen
esfuerzo, y agregó:

--¿Cómo te llamas?

--Cecilia, respondió vivamente.

--¿Y tu madre?

--Yo no tengo madre.

--¡Pobrecita! ¿Y tu padre?

--Yo soy Valdés, yo no tengo padre.

--Esa está mejor, exclamó la señora recapacitando.

--Papá, papá, dijo la mayor de las señoritas dirigiéndose a un caballero
que estaba recostado en un sofá a la derecha del estrado. Papá, ¿ha
visto Vd. niña más preciosa?

--Ya, ya, contestó el padre casi sin volver el rostro. Dejadla en paz.
Pero apenas salieron esas palabras de sus labios, reparó en él Cecilia,
y entre admirada, y reída, dijo:

--¡Ay! Yo conozco a ese hombre que está ahí acostado. Este, por debajo
de las manos, con que ya se sombreaba la frente, le echó una mirada
fiera, en que iban pintados su mal humor y disgusto. Enseguida se
levantó y dejó la sala, sin decir más palabra. Extraño es en verdad que
sólo este hombre no sintiese simpatía por la linda callejera.

--¿Conque no tienes padre ni madre? Tornó a preguntar la buena señora,
un si es no es preocupada por la anterior escena. ¿Y cómo vives? ¿Con
quién vives? ¿Eres hija de la tierra o del aire?

--¡Ave María Purísima! exclamó la niña doblando la cabeza sobre el
hombro derecho y mirando fijamente a sus preguntadoras. ¡Ay, Jesús! ¡Qué
gente tan curiosa! Yo vivo con mi abuela, que es una viejecita muy
buena, que me quiere mucho y que me deja hacer cuanto yo quiero. Mi
madre se murió hace mucho tiempo y... mi padre también. No sé más ni me
pregunten más.

Bien quisieran las jovencitas hacer más preguntas, e informarse de otros
pormenores acerca de la vida y parentela de Cecilia; pero, por una
parte, su padre les había dicho que la dejaran en paz, y, por otra, su
madre, ya incapaz de dominar su desazón, les indicó por un gesto muy
significativo que era tiempo saliese de allí mozuela tan procaz. Colmada
de regalos y despedida al fin, Cecilia, pasaba por el zaguán en vuelta
de la calle, a sazón que bajaba de los altos un jovencito en traje
veraniego, es decir, de chupa y pantalón de Arabia quien apenas la vio,
la reconoció y le dijo desde lo alto:

--Cecilia, ¡eh, Cecilia! Oye, mira.

Ella, sin contener el paso, mas sin dejar de mirar al que le daba voces,
le decía hasta la puerta de la calle: ¡Cuico! ¡Cuico! Y al mismo tiempo
abría la mano derecha, ponía el dedo pulgar en la punta de la nariz y
movía los otros con gran rapidez. Que es una manera de burla que a
menudo se hacen los muchachos en nuestras calles, como diciendo: ¡Ah!
¡que te engañé! ¡Ah! que me escapé de tus majaderías.

No es para referir aquí la escena que se siguió a la ida de la chica de
aquella casa. Del señor y de la señora puede decirse que no volvieron a
mencionar su nombre. Las señoritas, al contrario, aún cuando tornaron a
la ventana para ver y saludar a sus amigas, que de vuelta del paseo
pasaban en sus lujosas volantas, no cesaron de hablar de Cecilia y de
repetir su nombre, ayudándoles entonces el hermano mayor, quien la
conocía y a menudo se encontraba con ella cuando iba a la clase de latín
del padre Morales, enfrente del convento de Santa Teresa.

En el medio tiempo la chica, siguiendo por la calle adelante salió a la
plazuela de Santa Catalina, cuyo terraplén, que corre por todo el
frente, subió a saltos, y luego bajó a la calle del Aguacate por una
escalera de mampostería. Una vez allí, se dirigió derecho, aunque con
cierta cautela, a la casita inmediata a la esquina ocupada por una
taberna. No tocó ni se detuvo delante de la puerta, sino que empujó con
suavidad la hoja de la derecha o macho, la cual estaba sujeta con una
media bala de hierro en el suelo. Había sido de bermellón la pintura de
dicha puerta, pero lavada por las lluvias, el sol y el tiempo, no le
quedaban sino manchas oscuras en torno de la cabeza de los clavos y en
las molduras profundas de los tableros. La ventanilla, que era de espejo
y alta, sólo tenía tres o cuatro balaustres, había perdido la pintura
primitiva, quedándole un baño ligero de color de plomo. Por lo que toca
al interior, su apariencia era más ruin, si cabe, que el exterior. Se
componía de una salita, dividida por un biombo para formar una alcoba,
cuya puerta daba precisamente hacia la de la calle, y otra a la derecha
con salida al patio angosto y no más largo que el fondo de la casita. A
la izquierda de la entrada y a la altura de una vara, había un hueco en
la pared medianera, a modo de nicho, en cuyo fondo se veía una Madre
Dolorosa de cuerpo entero, aunque muy reducido, con una espada de fuego
que le atravesaba el pecho de parte a parte. Alumbraban día y noche tan
peregrina pintura dos mariposas, es decir, dos hornillas con su pabilo
correspondiente, flotando en tres partes de agua y una de aceite, dentro
de vasos ordinarios de vidrio. Una guirnalda de todas flores
artificiales y de pedazos de cartulina dorada y plateada, ajadas,
descoloridas y polvorosas adornaba el retablo. Y en torno, por las
paredes, en el biombo y detrás de las puertas y ventanas, gran número de
letreros, por ejemplo: ¡Ave María Purísima! ¡La Gracia de Dios sea en
esta casa! ¡Viva Jesús! ¡Viva María! ¡Viva la Gracia y muera el Pecado!
Con otros muchos por el estilo, que no hay para qué repetirlos. Las
estampas, sin cuadro, pegadas a las paredes con obleas o engrudo, eran
más numerosas que los letreros, todas de santos, impresas por el
impresor Boloña[6] en papel común y recogidas de manos de los
demandantes de los conventos a cambio de limosnas, o compradas a la
puerta de las iglesias en los días de fiestas.

Reducíase a bien poco el mueblaje, aunque en su poquedad y ruina se
conocía que había visto mejores tiempos cuando nuevo. El más apetecible
de la casa era una butaca de Campeche, ya coja, con orejas grandes y
desvencijada. Agregábanse tres o cuatro sillas de cedro con asiento y
respaldo de vaqueta, del mismo estilo, fuertes, macizas y antiquísimas.
Hacía juego con ellas una rinconera de la propia madera, cuyos pies
estaban labrados en forma de pezuña de sátiro, con molduras y hojas de
parra.

A pesar de la estrechez de aquel albergue, había un gato dormilón,
varias palomas y gallinas, muy familiarizadas sin duda con sus dos
únicos huéspedes humanos, pues que iban y venían, saltaban sobre los
respaldos de las sillas, maullaban, arrullaban y cacareaban sin
consideración ni temor. A un lado de la alcoba había una cama alta,
cuadrilonga, que siempre estaba de recibo, como que era de cuero sin
curtir, cuya dureza la suavizaba un colchón de plumas, cubierto
perennemente con una colcha de mil y un retazos o taracea. Las columnas
salomónicas, en vez de colgaduras, sostenían San Blases, escapularios,
cruces de cartón, piedras de vidrio y palmas benditas de los domingos de
ramos de muchos años atrás.

En realidad aquélla no era casa sino en cuanto daba abrigo a dos
personas, porque, fuera de las dos piezas mencionadas, no tenía
comodidad ni más desahogo que el patio dicho, donde estaba la cocina,
mejor, fogón, cajoncito de madera lleno de ceniza, montado sobre cuatro
pies derechos, y protegido de la lluvia por una especie de alero de
mesilla. Nos hemos detenido tanto en la descripción de la casucha donde
entró Cecilia, porque pare su imaginación el benigno lector en el
contraste que ofrecería una niña tan linda, rebosando vida y juventud,
en medio de tanta antigualla, que no parecía sino que el cielo la había
colocado allí para decirle a cada rato al oído:--Hija, contempla lo que
serás y sé más cuerda.

Pero estamos seguros que eso era lo menos en que ella pensaba, y
entonces con doble motivo, cuanto que más le importaba que no la
sintiese entrar cierta persona que, de espaldas en la butaca, frente al
nicho, parecía rezar o dormitar. Sin embargo, por más tiento que pusiese
la picaruela en el modo de asentar la planta, no lo pudo hacer tan
callandito que no la oyese y sintiese distintamente la vieja, cuyos
oídos eran muy finos, y que entonces no rezaba ni dormía, sino que leía,
hecha un arco, en un libro pequeño de oraciones con forro de pergamino.

--¡Hola! le dijo mirándola de soslayo por encima de los aros
perfectamente redondos de sus gafas, enhorquilladas en la punta de la
nariz, a guisa de muchacho a la grupa de un caballo, ¡Hola señorita!
¿Aquí está Vd? ¿Eh? ¡Qué bueno! ¿Son éstas horas de venir a pedir la
bendición de su abuela? (Porque la chica se acercaba con los brazos
cruzados.) ¿Dónde has estado hasta ahora, buena pieza? (Habían tocado ya
las oraciones.) ¡Qué linda estabas para ir por los óleos! Y echándole
mano de pronto, en cuyo acto se le cayó el libro y se espantaron el gato
que pestañeaba a menudo sentado en una silla, las palomas y las
gallinas. Ven acá, espiritada, añadió; mariposa sin alas, oveja sin
grey, loca de cepo; ven, que he de averiguar dónde has estado hasta
estas horas. ¿Qué, tú no tienes rey ni Roque que te gobierne, ni Papa
que te excomulgue? ¿Adónde se ha visto de eso? ¿Tú no tienes más vida
que correr por las calles? ¿No se puede averiguar nadie contigo? Yo te
haré entender que hay quien puede. ¡No me quedaba que ver!

Cecilia, lejos de asustarse, ni de huir, con mucha risa se echó en
brazos de la malhumorada y gruñidora abuela, y, como para anudarle la
lengua, le entregó cuanto le habían regalado las señoritas donde había
estado.



CAPÍTULO III

     _Malditas viejas,
      Que a las mozas malamente
      Enloquecen con consejas._

         ZORRILLA


Con más zalamería y astucia de las que cabían en una niña de su edad,
Cecilia abrazó y besó a su abuela, a la cual dio el nombre de Chepilla
(alteración caprichosa de Josefa), que así generalmente la llamaban.
Bastó eso para aplacar su enojo, y nada hay en ello que extrañar,
porque, según adelante veremos, había sido tan infeliz aquella mujer,
sentía tal necesidad de ser amada por el único ser que la interesaba de
cerca en el mundo, que mantener seriedad con la nieta, hubiera sido lo
mismo que prolongar su propio martirio. Por supuesto que selló sus
labios de golpe, y no acertó a otra cosa que a contemplarla, bien así
como momentos antes había estado contemplando el dulce rostro de María
Santísima, en fervorosa oración.

Mientras la niña estrechaba por la cintura a la vieja con sus torneados
brazos y recostaba la hermosa cabeza en su pecho, semejante a la flor
que brota en un tronco seco y con sus hojas y fragancia ostenta la vida
junto a la misma muerte, la figura de _seña_ Josefa se mostraba más
extraña y fea de lo que era naturalmente. Su rostro mismo formaba
contraste con lo demás del cuerpo. Ya fuese porque tenía la costumbre de
llevarse el cabello atrás, ya porque lo sacó de naturaleza, la verdad es
que le lucía la frente demasiado ancha, la nariz grande y roma, la barba
aguda, y la cuenca de los ojos hundida. Esto daba aviesa expresión a su
semblante, no muy fácil de pasar por alto al menos avisado observador.
Aún había morbidez en sus brazos, y sus manos podían calificarse de
lindas. Pero lo más notable de su fisonomía eran sus ojos grandes,
oscuros y penetrantes, restos de una facciones que habían sido
agradables, desarmonizadas ahora por una vejez prematura.

Mulata de origen, su color era cobrizo, y con los años y las arrugas se
le había vuelto atezado, o _achinado_; para valernos de la expresión
vulgar con que se designa en Cuba al hijo de mulato y negra, o al
contrario. Podía tener 60 años de edad, aunque aparentaba más, porque ya
empezaba a blanquearle el cabello, cosa que en las gentes de color suele
suceder más tarde que en las de raza caucásica. Los padecimientos del
ánimo aniquilan primero el semblante que el cuerpo mortal del hombre.
Como veremos después, la resignación cristiana, obra de su fe en Dios,
pasto con que al fin alimentaba su espíritu en las largas horas
consagradas al rezo y a la meditación, sólo la hubiera mantenido en pie
contra los embates de su miserable suerte. Por otra parte, con el triste
convencimiento del que de una ojeada midió su pasado y su porvenir, y lo
que debía y podía esperar de su nieta, hermosa flor arrojada en mitad de
la plaza pública, para ser hollada del primer transeúnte, ya en el
último tercio de su vida, con los remordimientos de la pasada, antes de
airarse, comprendió que le tocaba aplacar la cólera de su juez invisible
y procurarse momentos de calma, ínterin sonaba la hora postrimera.

En aquélla en que la sorprende nuestra narración, aunque hubiese
cumplido los 80 de su vida, habría creído que había vivido muy poco
tiempo si llegaban sus últimos momentos y dejaba tras sí a la nieta
joven y desamparada en el mundo, y no le era dado asistir al desenlace
de un drama en que ella, bien a su pesar, sin ser la heroína,
representaba, hacía tiempo, papel muy importante. Acomodado el carácter
de _seña_ Josefa, naturalmente irascible, a la regla de conducta de que
antes se ha hablado, como medio de alcanzar el perdón de sus propias
culpas, fácil es comprender por qué, si bien justamente enojada con
Cecilia porque llegaba tarde, y por otras muchas faltas anteriores, se
sentía más bien dispuesta a disculparla que a reñirla. Después, como
ella le vino con sus zalamerías, en vez de hurtarle el cuerpo, esto la
sirvió de pretexto plausible para confirmarse en su propósito. En su
virtud, cambiando prontamente de tono y aspecto, se contentó con
preguntarle por segunda vez dónde había estado.

--¿Yo? repitió la niña apoyando ambos codos en las rodillas de la abuela
y jugando con los escapularios que le pendían del pescuezo. ¿Yo? En casa
de unas muchachas muy bonitas que me vieron pasar y me llamaron. Allí
estaba una señora gorda sentada en un sillón, que me preguntó cómo me
llamaba yo, y cómo se llamaba mi madre, y quién era mi padre, y dónde
vivía yo...

--¡Jesús! ¡Jesús! exclamó _seña_ Josefa persignándose.

--¡Ay! continuó la chica sin parar mientes en la abuela. ¡Qué gente tan
preguntona! ¿Y no sabe su merced cómo una de las muchachas aquellas me
quería cortar el pelo para hacer una _cachucha_? Sí, señor. Pero yo me
zafé.

--¡Vea Vd. espíritu maligno y por dónde trepa! volvió a exclamar la
abuela como si hablase consigo misma.

--Y si no es por un hombre, prosiguió Cecilia, que estaba acostado en el
sofá, y regañó a las muchachas y les dijo que me dejaran quieta y luego
se fue para su cuarto bravísimo... ¿Su merced no sabe quién es ese
hombre, abuelita? Yo lo he visto hablar con su merced algunas veces allá
en Paula, cuando vamos a misa. Sí, sí, él es, no me cabe duda. Y ahora
recuerdo que es el mismo que cada vez que me encuentra en la calle me
dice callejera, perdida, pilluela y muchas cosas. ¡Ah! Y dice que
mandará a los soldados que me cojan y me lleven a la cárcel. ¡Qué sé yo
cuánto más! Le tengo mucho miedo a ese hombre. ¡Debe ser muy regañón!

--¡Niña! ¡Niña! exclamó sordamente la anciana apartándola un poco de su
pecho y mirándola de un modo extraño y fijo, más enojada que
sorprendida. Pero como si le ocurriese un grave pensamiento o un
doloroso recuerdo y entre amonestarla y aconsejarla, lo que acaso
equivalía a alumbrarle aquello de que debía estar ignorante toda la
vida, su ánimo triste luchase en un mar de dudas, con sorpresa de la
nieta selló de golpe sus labios. Poco a poco fue serenándose el piélago
alborotado: se desvanecieron una después de la otra las nubes apiñadas
en aquel horizonte naturalmente sombrío; y volviendo a estrechar la niña
en sus desnudos brazos, añadió con toda la dulzura que pudo dar a su
voz, por naturaleza bronca, con toda la calma de que pudo revestir su
semblante:

--¡Cecilia! Hija de mi corazón, no vayas más a esa casa.

--¿Por qué, mamita?

--Porque, contestó la abuela como distraída, no sé verdaderamente, mi
alma, no lo sé, no podría decirlo si quisiera..., pero es claro y
constante, niña, que esa gente es muy mala.

--¡Mala! repitió Cecilia azorada, ¿y me hicieron tantas caricias, y me
dieron dulces, y raso para zapatos? ¡Si tú supieras lo que me
chiquearon...!

--Pues no te fíes, niña. Tú eres muy confiada y eso no está bien. Por lo
mismo que te chiquearon tanto debías de andar con cuatro ojos. Querían
atraerte para hacerte algún daño. Uno no puede decir de qué son capaces
las gentes. ¡Tantas cosas suceden ahora que no se veían en mi tiempo...!
Cuando menos lo que procuraban era que te descuidaras, para coger unas
tijeras y ¡tris! tumbarte el pelo. Sería una lástima, porque tú lo
tienes muy hermoso. Además, que ese pelo no te pertenece, sino a la
Virgen, que te salvó de aquella grave enfermedad... ¡Acuérdate! Yo le
ofrecí que si te ponías buena le daría tu cabellera para adornar su
efigie en Santa Catalina. No te fíes te digo.

Esto diciendo, le cogía la cabeza a la nieta entre ambas manos y le
desparramaba los copiosos rizos por la espalda y los hombros.

--Sí, replicó Cecilia apretando los labios y levantando con aire de
desdén la frente, como yo soy tan boba para que me engañen así, así...

--Sin embargo, hija, lo mejor de los dados es no jugarlos. Yo bien sé
que tú eres una muchacha dócil y entendida; pero estoy cierta que no
conoces a esa gente. Mira, no les hagas caso; aunque se les seque el
gañote llamándote, no vayas a donde están. Mas ahora que me acuerdo: lo
mejor es que ni por cien leguas te acerques por su rededores. Luego, ese
hombre que tú misma dices que donde quiera que te topa te pone mala
cara. ¡Sabe Dios quién será! Aunque no debemos pensar mal de nadie, con
todo, como puede ser un santo puede ser un de... (Y se persignó sin
concluir la palabra.) El Señor sea con nosotras. Además, Cecilia, tú
eres muy inocente, algo atolondrada, y en esa casa... ¿Tú no lo sabes?
hay una bruja que se roba a las muchachas bonitas. Por milagro de su
Divina Majestad has escapado. Tú estuviste allí por la tarde, ¿no?

--Por la tardecita; todavía no habían encendido las luces en las casas.

--¡Ay de ti si llegas a entrar de noche! Vamos, no vayas más en tu vida
a esa casa, ni pases tampoco por la cuadra.

--¡Anjá! Con que allí vive también un muchacho ya grande, que a cada
rato lo topo por Santa Teresa con un libro debajo del brazo. Siempre que
me ve me quiere coger, me corre detrás y sabe mi nombre...

--Estudiante, perverso, como todos ellos. Cuando menos se le cayó de las
uñas al mismo Barrabás. Pero voy viendo que tú tienes una cabecita dura
como una piedra, y que por más que me afano en aconsejarte no consigo
nada. En efecto, ¿quién ha visto que una niña tan linda como tú se ande
azotando calles, con la chancleta arrastro y el pelo suelto y
desgreñado, hasta las tantas más cuantas de la noche? ¿De quién aprendes
estas malas mañas? ¿Por qué no me has de hacer caso?

--Y Nemesia, la hija de _seño_ Pimienta el músico, ¿no se está en la
calle hasta las diez? Antenoche nada menos la topé en la plazuela del
Cristo jugando a la _lunita_ con una porción de muchachos.

--¿Y tú te quieres comparar con la hija de _seño_ Pimienta, que es una
pardita andrajosa, callejera, y mal criada? El día menos pensado traen a
esa espiritada, a su casa en una tabla con la cabeza partida en dos
pedazos. La cabra, hija, siempre tira al monte. Tú eres mejor nacida que
ella. Tu padre es un caballero blanco, y algún día has de ser rica y
andar en carruaje. ¿Quién sabe? Pero Nemesia no será nunca más de lo que
es. Se casará, si se casa, con un mulato como ella, porque su padre
tiene más de negro que de otra cosa. Tú, al contrario, eres casi blanca
y puedes aspirar a casarte con un blanco. ¿Por qué no? De menos nos hizo
Dios. Y has de saber que blanco, aunque pobre, sirve para marido; negro
o mulato ni el buey de oro. Hablo por experiencia... Como que fui casada
dos veces... No recordemos cosas pasadas. Si tú supieras lo que le
sucedió a una muchachita, cuasi de tu misma edad, por no hacer caso de
los consejos de una abuela suya, la cual le pronosticó que si daba en
andar por las calles tarde de la noche le iba a suceder una gran
desgracia...

--Cuéntemelo, cuéntemelo, Chepilla, repitió la niña con la curiosidad de
tal.

--Pues, señor: una noche muy _escura_, en que soplaba el viento recio,
por cierto que era día de San Bartolomé, en que, como ya te he dicho
otras veces, se suelta el diablo desde las tres de la tarde, estaba la
muchacha Narcisa, que éste era su nombre, sentada cantando bajito en el
quicio de piedra de su casa, mientras su abuela rezaba arrinconada
detrás de la ventana... Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Pues
señor, habían tocado ánimas en el Espíritu Santo, y como el viento había
apagado los pocos faroles, las calles estaban muy _escuras_, silenciosas
y solitarias, como boca de lobo. Pues según iba diciendo, la muchachita
cantaba y la vieja rezaba el rosario, cuando estando así, cate que se
oye tocar un violín por allá en vuelta del Ángel. ¿Qué se figuró la
Narcisa? Que era cosa de baile, y sin pedirle permiso a la abuela, sin
decir oste ni moste, echó a correr y no paró hasta la loma. Así que la
vieja acabó de rezar, creyendo que su nieta estaba en la cama, según era
natural, cerró la puerta.

--¿Y dejó en la calle a la pobrecita? interrumpió Cecilia a la contadora
con muestras de ansiedad y lástima.

--Ahora verás. La viejecita, antes de acostarse, porque ya era tarde y
se caía del sueño, cogió una vela y fue al catre de la nieta para ver si
dormía. Figúrate cuál no se quedaría ella que la amaba tanto, al
encontrarse con el catre vacío. Corrió a la puerta de la calle, la
abrió, llamó a gritos a la nieta: ¡Narcisa! ¡Narcisa! Pero Narcisa no
responde. Ya se ve, ¿cómo había de responder la infeliz si el diablo se
la había llevado?

--¿Cómo fue eso? preguntó azorada la niña.

--Yo te lo contaré, prosiguió _seña_ Chepa con calma, notando que
producía el efecto deseado su cuento de cuentos. Pues, señor, al llegar
Narcisa a las cinco esquinas del Ángel, se le apareció un joven muy
galán, que le preguntó a dónde iba a aquella hora de la noche.--A ver un
baile, contestó la inocente.--Yo te llevaré, repuso el joven; y
cogiéndola por un brazo la sacó a la muralla. Aunque era muy _escuro_,
reparó Narcisa que según iban andando el desconocido se ponía prieto,
muy prieto, como carbón; que los pelos de la cabeza se le enderezaban
como lesnas; que al reír asomaba unos dientes tamaños como de cochino
jabalí; que le nacían dos cuernos en la frente; que le arrastraba un
rabo peludo por el suelo, vamos, que echaba fuego por la boca como un
horno de hacer pan. Narcisa entonces dio un grito de horror y trató de
zafarse, pero la figura prieta le clavó las uñas en la garganta para que
no gritara, y, cargando con ella, se subió a la torre del Ángel, que,
según habrás reparado, no tiene cruz, y desde allí la arrojó en un pozo
hondísimo que se abrió y volvió a cerrarse tragándosela en un instante.
Pues esto es, hija, lo que le sucede a las niñas que no hacen caso de
los consejos de sus mayores.

Dio aquí fin a su cuento _seña_ Chepa y comenzó la admiración, el pavor
de Cecilia, la cual se puso a temblar de pies a cabeza y a dar diente
con diente, aunque sin cesar de bostezar, porque más era el sueño que el
miedo; con lo que, dando traspiés, se fue a la cama, que es a lo que
tiraba la astuta vieja. Muchos otros cuentos por el estilo le hizo a la
andariega muchacha; pero estamos seguros que no sacó otro fruto con
ellos que llenar su cabeza de supersticiones y amilanar su espíritu.
Ello es, que no por eso dejó la chica de hacer su gusto, escapándose a
veces por la ventana, aprovechándose otras del momento en que la
enviaban a la taberna de la esquina inmediata, para andarse de calle en
calle y de plaza en plaza: cuándo en pos de la incitativa música de un
baile; cuándo tras los tambores de los relevos; cuándo de los carruajes
del entierro; cuándo, en fin, de la turba muchachil que arrebata el
medio de plata en el bautizo.



CAPÍTULO IV

     _Traen el pensamiento_
     _Lleno de impudicia, y lo derraman_
     _En torpes mil escandalosas voces,_
     _Que inficionan el viento_
     _Y altamente publican lo que aman._

         GONZÁLEZ CARVAJAL


Cinco o seis años después de la época a que nos hemos contraído en los
dos capítulos anteriores, a fines del mes de setiembre, había dado
principio el convento de la Merced a la serie de ferias con que hasta el
año de 1832, acostumbraban a solemnizar en Cuba las fiestas titulares
religiosas, consagradas a los santos patrones de las iglesias y
conventos; novenarios coincidentes a veces con el circular del
Sacramento, introducido en el culto de Cuba desde los primeros años del
siglo por el Señor Obispo Espada y Landa.

El novenario, de paso diremos, comenzaba nueve días anteriores a aquél
en que caía el del santo patrono, prolongándose hasta otros nueve, con
lo que se completaban dos novenas seguidas. Es decir, dieciocho días de
fiesta, religiosas y profanas, que tenían más de grotescas y de
irreverentes que de devotas y de edificantes. En ese tiempo se decía
misa mayor con sermón por la mañana y se cantaba salve a prima noche
dentro de la iglesia, con procesión por la calle el día del santo.

Fuera del templo había lo que se entendía por feria en Cuba, que se
reducía a la acumulación en la plazuela o en las calles inmediatas, de
innumerables puestos ambulantes, consistentes en una mesa o tablero de
tijeras, cubiertos con un toldo y alumbrados por uno o más candiles de
quemar grasa, donde se vendía, no ciertamente artículo alguno de
industria o comercio del país, ni producto del suelo, caza, ave ni
ganado, sino meramente baratijas de escasísimo valor, confituras de
varias clases, tortas, obra de masa, avellanas, alcorza, agua de Loja y
ponche de leche. Aquello no era feriar en el sentido recto de la
palabra.

Pero esto no era por cierto el rasgo más notable de nuestras fiestas
circulares. Había en el espectáculo algo que se hacía notable por
demasiado grosero y procaz. Nos contraemos ahora a los juegos de envite
y de manos que hacían parte de la feria y que provocaban con sus
estupendas, aunque mentirosas ganancias, la codicia de los incautos. Los
dirigían y ejecutaban en su mayoría hombres de color y de la peor ralea.
Si bien groseros los artificios, no dejaban de engañar a muchos que se
daban por muy avisados. Estos tenían lugar en la plazuela o en la calle,
a la luz mortecina de los candiles o de los faroles de papel, y tomaban
en ellos parte gentes de todas clases, condiciones, edades y sexos. Para
las de alta posición social, queremos decir, para los blancos, había
algo más decente, había la casa de bailes, donde un Farruco, un Brito,
un Illas o un Marqués de Casa Calvo tenían puesta la banca o juego del
monte desde el oscurecer hasta pasada la media noche, mientras duraban
los dieciocho días de la feria.

Procurábase que la casa o casas de bailes estuviesen lo más vecino que
se pudiera a la parroquia o convento en que se celebraba el novenario.
En la sala se bailaba, en el comedor tocaba la orquesta, y en el patio
se jugaba al juego conocido por del monte. La mesa era larga y angosta,
para que cupiesen los más de los jugadores sentados a ambos lados, el
tallador a una cabeza y en la otra su ayudante, que dicen gurrupié. Para
la protección de los jugadores y de los naipes, en caso de lluvia,
frecuentes en el otoño, se tendía un toldo del alero de la casa al
caballete de la tapia divisoria de la vecina. No todos los tahures, para
vergüenza nuestra sea dicho, eran del sexo fuerte, hombres ya maduros,
ni de la clase lega, que en el grupo apiñado y afanoso de los que
arriesgaban a la suerte de una carta, quizás el sustento de su familia
el día siguiente, o el honor de la esposa, de la hija o de la hermana,
podía echarse de ver una dama más ocupada del albur que de su propio
decoro, o un mozo todavía imberbe, o un fraile mercenario en sus hábitos
de estameña color de pajuela, con el sombrero de ala ancha encasquetado,
las cuentas del largo rosario entre el índice y el pulgar de la mano
izquierda, y la derecha ocupada en colocar la moneda de oro o plata en
el punto que más se daba, perdiendo o ganando siempre con la misma
serenidad de ánimo que de semblante.

El banquero, para llamarle por su nombre más decente, era quien hacía el
gasto del alquiler de la casa, el de la música y el de las velas de
esperma con que se alumbraban la sala de baile, el comedor y la mesa del
juego. Todo esto se hacía para atraer a los jugadores. La entrada, por
supuesto, era libre, aunque el bastonero, que también tiraba sueldo, no
admitía toda clase de persona. En aquella época corría mucho la moneda
fuerte, los duros españoles y las onzas de oro. La plata menuda
escaseaba, y era cosa de oír el continuo retintín de los pesotes
columnarios y sonoras onzas, que maquinalmente dejaban caer los tahures
de una mano a otra o sobre la mesa, como para distraer el pensamiento y
de algún modo interrumpir el solemne silencio del azaroso juego.

Que nada de lo que aquí se traza a grandes rasgos estaba prohibido o no
más que tolerado por las autoridades constituidas, se desprende
claramente del hecho de que los garitos en Cuba pagaban una
contribución al gobierno para supuestos objetos de caridad. ¿Qué más? La
publicidad con que se jugaba al monte en todas partes de la Isla
principalmente durante la última época del mando del capitán general don
Francisco Dionisio Vives, anunciaba, a no dejar duda, que la política de
éste o de su gobierno se basaba en el principio maquiavélico de
corromper para dominar, copiando el otro célebre del estadista romano:
_divide et impera_. Porque equivalía a dividir los ánimos, el
corromperlos, cosa que no viese el pueblo su propia miseria y su
degradación.

Pero esta digresión, por más necesaria que fuese, nos ha desviado un
tanto del punto objetivo de la presente historia. Nuestra atención la
atraía por completo un baile de la clase baja que se daba en el recinto
de la ciudad por la parte que mira al Sur. La casa donde tenía efecto,
ofrecía ruín apariencia, no ya por su fachada gacha y sucia, como por el
sitio en que se hallaba, el cual no era otro que el de la garita de San
José, opuesto a la muralla, en una calle honda y pedregosa. Aunque de
puerta ancha con postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba por
zaguán, pues abría derecho a la sala. Tras ésta venía el comedor con el
correspondiente tinajero, armazón piramidal de cedro, en que persianas
menudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barrigona,
los búcaros, de una especie de _terra cotta_ y las pálidas alcarrazas de
Valencia, en España. Al comedor dicho daba la puerta lateral del primer
aposento, ocupado en su mayor parte por dos órdenes de sillones de
vaqueta colorada, una cama con colgaduras de muselina blanca y un
armario, al que dicen en La Habana escaparate. Otros cuartos seguían a
ése, atestados de muebles ordinarios, y paralelo a ellos un patio largo
y angosto, también obstruido en parte por el brocal alto de un pozo
cuyas aguas salobres dividía con la casa contigua, terminando cuartos y
patio en una saleta atravesada y exenta.

En esta última se hallaba una mesa de regular tamaño, ya vestida y
preparada con cubiertos como para hasta diez personas; algunos refrescos
y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces, confituras, panetelas
cubiertas, suspiros, merengues, un jamón adornado con lazos de cintas y
papel picado, y un gran pescado, nadando casi en una salsa espesa de
fuerte condimento. En la sala había muchas sillas ordinarias de madera
arrimadas a las paredes, y a la derecha, como se entra de la calle, un
canapé, con varios atriles de pie derecho por delante. Aquél, a la sazón
que principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatos
músicos, tres violines, un contrabajo, un flautín, un par de timbales y
un clarinete. El último de los instrumentos aquí mencionados se hallaba
a cargo de un mulato joven, bien plantado y no mal parecido de rostro,
quien, no obstante sus pocos años, dirigía aquella pequeña orquesta.

Ese se veía de pie a la cabeza del canapé por el lado de la calle. Sus
compañeros, casi todos mayores que él, le decían Pimienta, y ya fuese un
sobrenombre, ya su verdadero apellido, por éste lo designaremos de aquí
adelante. Su mirada distraída y aun sombría, no se apartaba de la puerta
de la calle, como si esperase algo o a alguien, en los momentos de que
hablamos ahora.

Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor cuadrado, se
veía asediada de una multitud de curiosos de todas edades y condiciones,
que apenas permitían acceso a la sala a las mujeres y hombres con
derecho o voluntad de entrar. Y decimos con derecho o voluntad porque
nadie presentaba papeleta, ni había bastonero que recibiese o
aposentase. El baile, conocidamente era uno de los que, sin que sepamos
su origen, llamaban _cuna_ en La Habana. Sólo sabemos que se daban en
tiempo de ferias, que en ellos tenían entrada franca los individuos de
ambos sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco a los
jóvenes blancos que solían honrarlos con su presencia. El hecho, sin
embargo, de tenerse preparado en el interior un buen refresco, prueba,
que si aquella era una _cuna_ en el sentido lato de la palabra, parte al
menos de la concurrencia había recibido previa invitación o esperaba ser
bien recibida. Así era en efecto la verdad. La ama de la casa, mulata
rica y rumbosa, llamada Mercedes, celebraba su santo en unión de sus
amigos particulares, y abría las puertas para que disfrutaran del baile
los aficionados a esta diversión y contribuyeran con su presencia al
mayor lustre e interés de la reunión.

Serían las ocho de la noche. Desde por la tarde habían estado cayendo
los primeros chubascos de otoño, y aunque habían suspendido hacia el
oscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando las calles
intransitables, no habían refrescado la atmósfera. Lejos de ello, había
quedado tan saturada de humedad, que se adhería a la piel y hervía en
los poros. Pero no eran estos inconvenientes para los curiosos que,
según hemos dicho antes, asediaban la puerta y la ventana, hasta llenar
casi la mitad de la angosta y torcida calle; ni para los concurrentes al
baile, que a medida que avanzaba la noche llegaban en mayor número, unos
a pie, otros en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era un
hervidero de cabezas humanas; las mujeres sentadas en las sillas del
rededor y los hombres de pie en medio, formando grupo compacto, todos
con los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresalía, de
seguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de una vigueta
por tres cadenas de cobre, en que ardía la única vela de esperma para
alumbrar a medias aquella tan extraña como heterogénea multitud.

Bastante era el número de negras y mulatas que habían entrado, en su
mayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres de la misma clase,
cuya concurrencia superaba a la de las mujeres, no vestían con mejor
gusto, aunque casi todos llevaban casaca de paño y chaleco de piqué, los
menos chupa de lienzo, dril o Arabia, que entonces se usaban
generalmente, y sombrero de paño. No escaseaban tampoco los jóvenes
criollos de familias decentes y acomodadas, los cuales sin empacho se
rozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversión más
característica, unos por mera afición y otros movidos por motivos de
menos puro origen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no se
recataban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por el
desembarazo con que se detenían en la sala de baile y dirigían la
palabra a sus conocidas o amigas, a ciencia y presencia de aquéllas que,
mudas espectadoras, los veían desde la ventana de la casa.

Distinguíase entre los jóvenes dichos antes, así por su varonil belleza
de rostro y formas, como por sus maneras joviales, uno a quien sus
compañeros decían Leonardo. Vestía pantalón y chupa de dril crudo con
listas rosadas, chaleco blanco de piqué, corbata de seda ajustada al
cuello por un anillo de oro y las puntas sueltas, sombrero de yarey, tan
fino que parecía hecho de holán Cambray, calcetín de seda de color de
carne y zapato bajo con hebillita de oro al lado. Por debajo del
chaleco, asomaba una cinta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y
sujetas las puntas con una hebilla también de oro. Esta servía de cadena
al reloj en el bolsillo del pantalón. Había allí otro hombre que se
distinguía más si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, esto
es, por lo que diferían a su opinión y se reían de sus chocarrerías los
negros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mujeres,
sobre todas al ama de la casa. Frisaba ya en los cuarenta años de edad
ese sujeto, no tenía pelo de barba, era blanco de rostro, con ojos
grandes y alocados, la nariz larga, roja hacia la punta, indicio de su
poca sobriedad, la boca grande, más expresiva. Portaba siempre debajo
del brazo izquierdo una caña de Indias con puño de oro y borlas de seda
negra. Le acompañaba a todas partes, como la sombra al cuerpo, un
hombre de facha ordinaria, notable por la estrechez de la frente, por
sus movibles y ardientes ojicos, y, sobre todo, por sus enormes patillas
negras, que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleo
que desempeñaba entonces, pues el otro a quien seguía era nada menos que
Cantalapiedra, comisario del barrio del Ángel, el cual abandonaba por
andarse tras la tentadora cuna.

Rato hacía que la música tocaba las sentimentales y bulliciosas
contradanzas cubanas, aunque todavía el baile, para valernos de la frase
vulgar, no se había rompido. Acomodaba afanosa el ama de la casa a sus
amigas particulares y de más edad en los sillones del aposento, para que
a salvo de las pisadas y tropiezos pudiesen gozar de la fiesta al mismo
tiempo que no perder de vista a los objetos o de su cuidado, o de su
cariño, que como jóvenes quedaban en la sala. Pimienta, el clarinete, se
mantenía en pie a la cabeza de la orquesta, tocando su instrumento
favorito, casi de frente para la calle, cual si no hubiese entrado aún
la persona digna de su música, o quisiera ser el primero en verla
entrar. Parecía, sin embargo, inútil este cuidado, por cuanto no entraba
hombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A todos estos
saludos contestaba él invariablemente con un movimiento de cabeza, si se
exceptúa que cuando le tocó su vez al capitán Cantalapiedra, quien con
su acostumbrada familiaridad le puso la mano en el hombro y le habló en
secreto, contestó quitándose el instrumento de la boca:--Así parece, mi
capitán.

Podía advertirse que cada vez que entraba una mujer notable por alguna
circunstancia, los violines, sin duda para hacerle honor, apretaban los
arcos, el flautín o requinto perforaba los oídos con los sones agudos de
su instrumento, el timbalero repiqueteaba que era un primor, el
contrabajo, manejado por el después célebre Brindis,[7] se hacía un
arco con su cuerpo y sacaba los bajos más profundos imaginables, y el
clarinete ejecutaba las más difíciles y melodiosas variaciones. Aquellos
hombres, es innegable, se inspiraban, y la contradanza cubana, creación
suya, aun con tan pequeña orquesta, no perdía un ápice de su gracia
picante ni de su carácter profundamente malicioso-sentimental.



CAPÍTULO V

     _--¿Habéis visto en vuestra vida_
     _Mujer más airosa?_
                        _--No._
     _Ni al Parque jamás salió_
     _Más aseada y bien prendida_

         CALDERÓN

     Mañanas de Abril y Mayo


Después de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra se
entró de rondón en el aposento, y en son de broma le tapó por detrás los
ojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobre
la cama para depositar la _manta_ de una de sus amigas que acababa de
entrar de la calle. La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era una
mulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y pico
cumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo
por detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un movimiento
natural acudió con entrambas manos a tentar las del que la impedía ver,
y sin más dilación dijo:--Este no puede ser otro que Cantalapiedra.

--¿Cómo me conociste, mulata? preguntó él.

--¡Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.

--¿El aquel mío o tuyo?

--El de los dos, señor, para que no haya disgusto.

Tras lo cual el comisario la atrajo a sí suavemente por la cintura con
el brazo derecho y le dijo una cosa al paño que la hizo reír mucho;
aunque, apartándole con ambas manos, repuso:

--Quite allá, lisonjero. La que trastorna el juicio está al caer. Ya yo
ya... Cátela Vd.

Si con estas últimas palabras aludía la Ayala a una de las dos muchachas
que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso carruaje a la puerta de
la casa, hecho anunciado por el movimiento general de cabezas de dentro
y fuera de ella, no cabe duda que tenía sobrada razón. No la había más
hermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era
la más alta y esbelta de las dos, la que tomó la delantera al descender
del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo con un
mulato que salió a recibirla al estribo, y la que, así por la
regularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrecho
del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la
expresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado,
bien podía pasar por la Venus de la raza híbrida etiópico-caucásica.
Vestía traje de punto ilusión sobre viso de raso blanco, mangas cortas
con ahuecadores, que las hacían parecer dos globos pequeños, banda de
cinta ancha encarnada a través del pecho, guantes de seda largos hasta
el codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blanca
de marabú con flores naturales, las que, con el pelo hecho un rodete
bajo y un orden de rizos de sien a sien, por detrás, daban a su cabeza
el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que es lo que ella o
su peluquero se había propuesto contrahacer. La compañera iba vestida y
peinada con poco más o menos como ella, pero no siendo ni con mucho tan
esbelta y bella, no atrajo tanto la atención.

Volvíanse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le abrían paso,
le decían alguna lisonja o chocarrería, y en un instante el rumor sordo
de:--La _Virgencita de bronce, la Virgencita de bronce_, recorrió de un
extremo a otro la casa del baile. Que la reina de éste acababa de
presentarse, sin la orquesta, dieron de ello claras muestras la
animación y el movimiento difundidos por todas partes. Al pasar ella por
junto al clarinete Pimienta, le tocó con el abanico en el brazo,
acompañando la acción con una sonrisa, que fueron parte para que el
artista, que por lo visto esperaba aquel instante con ansia devoradora,
sacara de su instrumento las melodías más extrañas y sensibles, cual si
la musa de sus sueños platónicos hubiese bajado a la tierra y adoptado
la forma de una mujer sólo para inspirarle. Puede decirse en resumen que
el golpe del abanico surtió en el músico el efecto de una descarga
eléctrica cuya sensación, si es dable expresarlo así, podía leerse lo
mismo en su rostro que en todo su cuerpo, desde el cabello a la planta.
No se cruzaron palabras entre ellos, por supuesto, ni parecían
necesarias tampoco, al menos por lo que a él tocaba, pues el lenguaje de
sus ojos y de su música era el más elocuente que podía emplear ser
alguno sensible, para expresar la vehemencia de su amorosa pasión.

También le tocó con su abanico y se sonrió con Pimienta la compañera de
la llamada _Virgencita de bronce_ pero el menos observador pudo advertir
que el toque y la sonrisa de la una no tuvieron sobre él, ni con mucho,
la influencia mágica de los de la otra. Al contrario, sus miradas se
encontraron con natural y sereno movimiento, por donde era fácil colegir
que había inteligencia entre ella y el músico, pero aquella inteligencia
que tiene por origen la amistad o el parentesco, no el amor. Sea de esto
lo que se fuere, Pimienta siguió con la vista a las dos muchachas, en
cuanto se lo permitían las gentes, hasta que entraron en el primer
aposento, por la puerta del comedor, entonces cesó de tocar y paró la
música.

Los jóvenes blancos, con Cantalapiedra a su cabeza, se habían situado al
fin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicación, para hallarse a
la mira, lo mismo de las mujeres que entraban de la calle, como de las
que salían a bailar en la sala. El que llamaban Leonardo, no bien notó
la aproximación del carruaje en que llegaban las dos muchachas arriba
mencionadas, se abrió camino a la calle con alguna dificultad, y se
dirigió derecho al calesero, al cual le habló en baja voz. Este, para
oírlo, se inclinó desde la silla del caballo que montaba, se quitó el
sombrero en señal de respeto, y diciendo,--sí, señor,--al punto echó a
escape con el carruaje la vuelta del hospital de mujeres de Paula.

Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto, la más hermosa
preguntó a su amiga en tono de voz que pudieron oír algunos de los
circunstantes:

--¿Lo has visto, Nene?

--¿Te ciega el amor? contestó la compañera con otra pregunta.

--No es eso, china, sino que no lo he visto. ¿Qué quieres?

--Pues por tu lado pasó como un reguilete, cuando nosotras entrábamos.

Con esto la otra echó una rápida ojeada en torno del grupo de cabezas
que la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afán de verla a su
sabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda que sus ojos no
tropezaron con los del individuo, cuyo nombre ninguna de las dos
mencionó, porque torció el ceño y dio claras muestras de su desazón.
Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus palabras y observando su
semblante, dijo: ¡Cómo! ¿Qué, no me ves? ¡Aquí me tienes, cielo!

La joven hizo un mohín muy sonoro y no replicó palabra. Por el
contrario, Nemesia, que se perecía por los dimes y diretes, contestó con
más viveza que gracia:

--Ahí se podía estar el señor toda la vida. _Naide_ preguntaba por el
señor.

--Ni yo hablaba contigo, poca sal.

--Ni se necesita, cristiano.

--¡Qué lengua, qué lengua! repitió el comisario.

Todo esto pasó en un instante, sin volver atrás la cara las muchachas,
ni pararse a conversar, sino el tiempo necesario para que los hombres
les abrieran paso. Ya en la puerta del aposento, la Ayala recibió a sus
amigas con los brazos abiertos y muchas demostraciones de alegría y de
cariño. Y ya fuese por cumplimiento, ya porque así en efecto lo sentía,
dijo casi a gritos:--Por ustedes se aguardaba para romper el baile.
¿Cómo está Chepilla? continuó hablando con la más joven. ¿No ha venido?
Empezaba a creer que había habido novedad.

--Por poco no vengo, contestó la preguntada. Chepilla no se sentía
buena, y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrín esperó por
nosotras media hora por lo menos.

--Más vale que no haya venido, continuó la Mercedes. Porque la cosa va a
durar hasta el alba y ella no podría resistir. Denme sus _mantas_.

Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tardó en
presentarse en el aposento ocupado por las matronas un mulato alto,
calvo, algo entrado en años, aunque robusto, quien plantándose delante
de la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca y con los brazos levantados:

--Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.

--Pues, hermano, a la otra puerta, que aquí no es, repuso la Ayala con
mucha risa.

--No hay que venirme con ésas, señora, porque yo soy porfiado. Además,
que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper el
baile; con más que es su natalicio.

--Eso sería bueno si no hubiera en esta selecta reunión muchachas
bonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria en
todas partes.

--Ya se ve, agregó el calvo, que no faltan esta noche en tan selecta
reunión muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, que
concurre también en el ama de la casa, no les da derecho a romper el
baile. Hoy en el día de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa,
donde celebramos tan fausto día, y es Vd. la gracia y la sal del mundo.
¿He dicho algo? concluyó recorriendo con la vista los circunstantes en
busca de su aprobación.

Todos, que más que menos, ya con palabras, ya con la acción,
manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse en
pie, y mal su grado seguir al compañero a la sala. Por entonces ya
habían despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en el
centro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadró de
frente para la orquesta, a la cual mandó en tono imperioso que tocase un
minué de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en la
época de que hablamos; pero por ser propio de señores o gente principal,
la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a sus
fiestas.

Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de la
mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera los
circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin más demora,
comenzó de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificación tan
especial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir su
origen. Uno de tantos presentes se arrestó a invitar a la joven de la
pluma blanca, como si dijéramos, a la musa de aquella fiesta, y ella,
sin hacerse de rogar ni poner ningún reparo, aceptó de plano la
invitación. Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puesto
en las filas de la danza, se le escapó a una de las mujeres la siguiente
audible exclamación:

--¡Qué linda! Dios la guarde y la bendiga.

--El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agregó otra.

--¡Cómo! ¿Que murió la madre de esa niña? preguntó muy azorada una
tercera.

--¡Toma! ¿Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habló en
segundo lugar. ¿Pues no oyó Vd. decir que había muerto de resultas de
haber perdido a su hija a los pocos días de nacida?

--No entiendo cómo la perdió si vive.

--No me ha dejado Vd. explicar, _seña_ Caridad. Perdió a su hija a los
pocos días de nacida porque se la quitaron cuando menos lo esperaba. Hay
quien diga que la abuela, para ponerla en la Real Casa Cuna y hacerla
pasar por blanca; hay quien diga que la abuela no fue la ladrona, sino
el padre de la muchacha, que era un caballero de muchas campanillas y ya
se había arrepentido de sus tratos y contratos con la madre. Esta perdió
junto con la hija el juicio, y cuando le volvieron la hija, por consejo
de los médicos, ya fue tarde, porque si recobró el juicio, que hay quien
lo duda, no recobró la salud, y murió en Paula.

--Ha contado Vd. una historia, _seña_ Trinidad, dijo pasito la Ayala con
sonrisa de incredulidad a la mulata que acababa de hablar.

--Hija, replicó la Trinidad alto, como me la contaron la cuento; ni
quito ni pongo de mi caudal.

--Pues según mis informes, que son de buena tinta, continuó la Ayala,
Vd. o la que le contó la historia añadió mucho de su propio caudal. Lo
digo porque no se sabe de cierto si la madre de la niña ésta vive o
muere; lo único que está bien averiguado es que la abuela oculta a la
nieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo o
conocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguiéndole
los pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece que
ese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con la
infeliz Rosarito Alarcón, no halla otro medio de expiar su culpa que
seguir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina, para ver si la
liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando.
Como que así así se le cortan las alas al pájaro que una vez emprendió
el vuelo.

--Pero se puede saber, preguntó la que dijeron Caridad, ¿quién es el
señorón de que se trata? Porque aquí tiene Vd. una persona que no lo
conoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.

--Como sé lo que es una curiosidad no satisfecha, _seña_ Caridad, voy a
sacarla de dudas, dijo la Ayala acercándose. Creo que hablo con una
mujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto.
Apuradamente no tengo por qué andar con tapujos a estas horas. Sepa que
el hombre es...; y poniéndole ambas manos en los hombros a la curiosa,
le comunicó en secreto el nombre del individuo. ¿Lo conoce Vd. ahora?
concluyó preguntando la Ayala.

--Por supuesto que sí, contestó _seña_ Caridad. Como a mis manos. Lo más
que yo conocía. Por cierto que...; pero cállate, lengua.

Serían las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile.
Bailábase con furor. Decimos con furor porque no encontramos término que
pinte más al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrándolos
muellemente junto con el cuerpo al compás de la música; aquel revolverse
y estrujarse en medio de la apiñada multitud de bailadores y mirones, y
aquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido
de la orquesta con sus estrepitosos timbales, podía oírse, en perfecto
tiempo con la música, el monótono y continuo chis, chas de los pies; sin
cuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el compás
con exacta medida en la danza criolla.

En la época a que nos referimos, estaban en boga las contradanzas de
figuras, algunas difíciles y complicadas, tanto que era preciso
aprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas, pues se
exponía a la risa del público el que las equivocaba, equivocación a que
decían _perderse_. Aquel que se colocaba a la cabeza de la danza ponía
la figura, y las demás parejas debían ejecutarla o retirarse de las
filas. En todas las _cunas_ generalmente había algún maestro a quien
cedían o se tomaba el derecho de _poner la figura_, la misma que al
volver a la cabeza de la danza la cambiaba a su antojo. El que más raras
y complicadas figuras ponía, más crédito ganaba de excelente bailador, y
se tenía a honra entre las mujeres el ser su compañera o pareja. Con el
maestro _per se_, fuera de esa distinción, que se disputaba a veces,
había la seguridad de no _perderse_, ni verse en la triste necesidad de
sentarse, sin haber bailado, después de haberse colocado en las filas de
la danza.

En la noche en cuestión, bailaba el maestro con Nemesia, la amiga
predilecta de la joven de la pluma blanca. Había él puesto muchas y muy
raras figuras, dejando conocidamente para lo último la más difícil y
complicada. La segunda, tercera, cuarta y quinta parejas salieron
airosas de la prueba, ejecutando la figura con los mismos enlaces,
desenlaces y actitudes del maestro; pero no obstante el espacio que tuvo
para estudiarla y aprenderla el compañero de la apellidada _Virgencita
de bronce_, pues ocupaba en las filas el sexto lugar, a medida que se
acercaba su turno, crecía su ansiedad y volvía el rostro hacia los
músicos, en ademán suplicatorio, como esperando que adivinaran su
aprieto y parasen la música. Aquella inquietud se comunicó a la
muchacha, la cual conoció que iba a pasar por la vergüenza de tener que
sentarse en lo más animado y divertido de la danza. El temor llegó a
dominar todo su ser, poniéndola pálida y nerviosa. Lo que pasaba en el
ánimo de esa pareja no tardó en hacerse visible a los ojos de las demás
parejas y de muchos de los espectadores del baile.

La idea no más de que la hasta allí reina de la _cuna_ podía verse
obligada a retirarse, antes de tiempo, de las filas, había llenado de
cruel y envidioso regocijo a las otras muchachas a quienes habían
mortificado sobre manera las preferencias y públicos elogios que de
ella hacían los hombres desde el momento de su entrada en el baile. En
aquellas críticas circunstancias, Pimienta, que no la había perdido
tampoco un punto de vista en medio de sus caprichosos giros y del
tumulto de la danza, comprendió al vuelo lo que pasaba, y sin advertir a
nadie de su intento, paró la música de golpe. Respiró con desahogo el
compañero de la joven, y ésta pagó con una sonrisa celestial aquel
socorro tan a tiempo del director de la orquesta.



CAPÍTULO VI

     _Y del tumulto indiscreto_
     _Que ardiente en su torno gira,_
     _Ninguno le dijo: "mira,_
     _Aquél te adora en secreto._
     _Que oyendo y viéndote está"._

         RAMÓN DE PALMA

     Quince de Agosto


Habrá comprendido ya el discreto lector, que la _Virgencita de bronce_
de las anteriores páginas no es otra que Cecilia Valdés, la misma
jovenzuela andariega que procuramos darle a conocer al principio de esta
verídica historia. Hallábase, pues, en la flor de su juventud y de su
belleza, y empezaba a recoger el idólatra tributo que a esas dos
deidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual y desmoralizado.
Cuando se recuerde la descuidada crianza y se una a esto la soez
galantería que con ella usaban los hombres, por lo mismo que era de la
raza híbrida e inferior, se formará cualquier idea aproximada de su
orgullo y vanidad, móviles secretos de su carácter imperioso. Así es
que, sin vergüenza ni reparo, a menudo manifestaba sus preferencias por
los hombres de la raza blanca y superior, como que de ellos es de
quienes podía esperar distinción y goces, con cuyo motivo solía decir a
boca llena,--que en verbo de mulato sólo quería las _mantas_ de
seda[8], de negro sólo los ojos y el cabello.

Fácil es de creer, que una opinión tan francamente emitida como
contraria a las aspiraciones de los hombres de las dos clases
últimamente mencionadas, no les haría buena sangre, según suele decirse.
Con todo eso, bien porque no se creyese sincera a su autora cuando la
expresaba, bien porque se esperaba que hiciera una excepción, bien
porque siendo tan bella era imposible verla sin amarla, lo cierto es que
más de un mulato estaba perdido de amores por ella, sobre todos
Pimienta, el músico, como habrá podido advertirse. Este tal gozaba la
inapreciable ventaja sobre los demás pretendientes, de ser hermano de la
amiga íntima y compañera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivo
podía verla a menudo, tratarla con intimidad, hacérsele necesario y
ganar tal vez su rebelde corazón a fuerza de devoción y de constancia.
¿A quién no ha halagado en su vida esperanza más efímera? De todos
modos, él siempre tenía presente aquel canto popular de los poetas
españoles, que principia:--Labra el agua sin ser dura, un mármol
endurecido,--y puede decirse, en honor de la verdad, que Cecilia le
distinguía entre los hombres de su clase que se le acercaban a
celebrarla, si bien semejante distinción, hasta la fecha presente, no
había pasado de uno que otro rasgo de amabilidad con un hombre por otra
parte muy amable, cortés y atento con las mujeres.

Acabada la danza, se inundó de nuevo la sala y comenzaron a formarse los
grupos en torno de la mujer preferida por bella, por amable o por
coqueta. Pero en medio de la aparente confusión que entonces reinaba en
aquella casa, podía observar cualquiera que, al menos entre los hombres
de color y los blancos, se hallaba establecida una línea divisoria que,
tácitamente y al parecer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte.
Verdad es que unos y otros se entregaban al goce del momento con tal
ahinco, que no es mucho de extrañar olvidaran por entonces sus mutuos
celos y odio mutuo. Además de eso, los blancos no abandonaron el comedor
y aposento principal, a cuyas piezas acudían las mulatas que con ellos
tenían amistad, o cualquier otro género de relación, o deseaban tenerla;
lo cual no era ni nuevo ni extraño, atendida su marcada predilección.
Cecilia y Nemesia, por uno u otro de estos motivos, o por su estrecha
amistad con el ama de la casa, no bien concluyó la danza se fueron
derecho al aposento y ocuparon asiento detrás de las matronas hacia el
comedor. Allí, sin más dilación, se formó el grupo de los jóvenes
blancos, porque, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las más
interesantes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo, sin
disputa que eran tres: el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y su
amigo íntimo el joven conocido por Leonardo. Este último tenía apoyada
la mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocupada por
Cecilia, quien, por casualidad o a posta, le estrujó los dedos con la
espalda.

--¿Así trata Vd. a sus amigos? Le dijo Leonardo sin retirar la mano,
aunque le escocía bastante.

Contentose Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos cual si la
palabra amigo sonase mal en quien debía saber que era tratado como
enemigo.

--Esa niña está hoy muy desdeñosa, dijo Cantalapiedra, que notó la
acción y la mirada.

--¿Y cuándo no? dijo Nemesia sin volver la cara.

--Nadie te ha dado vela en este entierro, repuso el comisario.

--Y al señor ¿quién se la ha dado? agregó Nemesia mirándole entonces de
reojo.

--¿A mí? Leonardo.

--Pues a mí, Cecilia.

--No hagas caso, mujer, dijo esta última a su amiga.

--Si no fuera por qué... yo te ponía más suave que un guante, añadió
Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia.

No ha nacido todavía, dijo ella, el que me ha de hacer doblar el cocote.

--Tienes esta noche palabras de poco vivir, le dijo entonces Leonardo,
inclinándose hasta ponerle la boca en el oído.

--Me la debe Vd. y me la ha de pagar, le contestó ella en el propio tono
y con gran rapidez.

--Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi padre.

--Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Sólo sé que Vd. me ha desairado
esta noche.

--¿Yo...? Vida mía...

En aquella misma sazón se acercó Pimienta por la puerta de la sala
saludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se puso al alcance
de Cecilia ésta le echó mano del brazo derecho con desacostumbrada
familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire volubles:--¡Oiga! ¡Qué
bien cumple un hombre su palabra empeñada!

--Niña--contestó con solemne tono, aunque acaso no era para tanto--José
Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.

--Lo cierto es que la contradanza prometida aún no se ha tocado.

--Se tocará, Virgencita, se tocará, porque es preciso que sepa que a su
tiempo se maduran las uvas.

--La esperaba en la primera danza.

--Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la primera, sino
en la segunda danza, y la mía no debía salir de la regla.

--¿Qué nombre le ha puesto? preguntó Cecilia.

--El que se merece por todos estilos la niña a quien va dedicada:
_Caramelo vendo_.

--¡Ah! Esa no soy yo por cierto, dijo la joven corrida.

--¡Quién sabe, niña! ¡Qué tarde vinieron! agregó hablando con su hermana
Nemesia.

--No me digas nada, José Dolores, repuso ésta. Costó Dios y ayuda
persuadir a Chepilla el que nos dejase venir solas, porque lo que es
ella no podía acompañarnos. Consintió a lo último porque vinimos en
quitrín. Y aún así, (para añadir estas palabras miró a Cecilia como
consultando su semblante), si no tomamos la determinación de meternos en
él, nos quedamos... Chepilla se puso furiosa en cuanto que se asomó a la
puerta y conoció...

--Chepilla no se puso _brava_ por nada de eso, mujer; interrumpió
Cecilia con gran viveza a su amiga. No quería que viniésemos porque la
noche estaba muy mala para baile. Y tenía mucha razón, sólo que yo había
dado mi palabra...

Por prudencia o por cualquier otro motivo, Pimienta se alejó de allí sin
aguardar a más explicaciones. No sucedió lo mismo con Cantalapiedra, que
era hombre curioso si los hay, por lo que con sonrisa maliciosa le
preguntó a Nemesia:--¿Se puede saber por qué la Chepilla se puso furiosa
luego que reconoció el quitrín en que ustedes vinieron al baile?

--Como que yo no soy baúl de _naiden_, contestó la Nemesia prontamente,
diré la verdad. (Cecilia le pegó un pellizco, pero ella acabó la frase.)
Claro, porque conoció que el quitrín era del caballero Leonardo.

Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los demás presentes al
alcance de las palabras de Nemesia, se concentraron en el individuo que
ella había nombrado, y aquél, tocándole en el hombro, le dijo:

--Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje a dos reales
mozas como éstas en noche tan fea, no es motivo para que nadie sospeche
malas intenciones de un caballero.

--Ese quitrín, lo mismo que el corazón de su dueño, repuso Leonardo sin
cortarse, están siempre a la orden de las bellas.

Salía entonces Pimienta por la puerta del comedor y oyó distintamente
las palabras del joven blanco, convenciéndole, desde luego, de quién era
el quitrín en que Cecilia y su hermana Nemesia habían venido al baile.
El desengaño le hirió en lo más vivo del alma; por lo que echando una
mirada triste al grupo de jóvenes blancos, de seguidas pasó a la sala
donde, después de armar el clarinete, tocó algunos registros a fin de
que entendieran sus compañeros que era tiempo de que se reuniera de
nuevo la orquesta. Afinados los instrumentos, sin más dilación rompió la
música con una contradanza nueva, que a los pocos compases no pudo menos
de llamar la atención general y arrancar una salva de aplausos, no sólo
porque la pieza era buena, sino porque los oyentes eran conocedores;
aserto éste que creerán sin esfuerzo los que sepan cuán organizada para
la música nace la gente de color. Se repitieron los aplausos luego que
se dijo el título de la contradanza, _Caramelo vendo_, y a quién estaba
dedicada, a la _Virgencita de bronce_. De paso puede añadirse que la
fortuna de aquella pieza fue la más notable de las de su especie y
época, porque después de recorrer los bailes de las ferias por el resto
del año e invierno del subsecuente, pasó a ser el canto popular de todas
las clases de la sociedad.

Excusado parece decir que con una contradanza nueva, guiada por su mismo
autor y tocada con mucho sentimiento y gracia, los bailadores echaron el
resto, quiere decirse, que llevaron el compás con cuerpo y pies; cuyo
monótono rumor en toda apariencia duplicaba el número de la orquesta.
Bien claro decía el clarinete en sus argentinas notas: _caramelo vendo,
vendo caramelo_; al paso que los violines y el contrabajo las repetían
en otro tono, y los timbales hacían coro estrepitoso a la voz
melancólica de la vendedora de ese dulce. Pero ¿qué era del autor de la
pieza que tanta impresión causaba? En medio del delirio de la danza,
¿había quien se acordara de su nombre? ¡Ay! No. Como la noche avanzaba
sin señales de bonanza, desde temprano la gente curiosa de la calle
empezó a desamparar la puerta y ventanas del baile, y a las once no
quedaba en ellas caras blancas, al menos de mujer. De esta circunstancia
se aprovecharon los jóvenes de familias decentes, a que nos hemos
referido más arriba, que abrigaban un cierto escrúpulo para ponerse a
bailar con las mulatas amigas o conocidas. Cantalapiedra tomó por pareja
a la ama de la casa, Mercedes Ayala; Diego Meneses, a Nemesia y Leonardo
a Cecilia; y parte por guardar en lo posible la línea de separación,
parte por un resto de ese mismo tardío escrúpulo, establecieron la danza
en el comedor, no obstante la estrechez y desaseo de la pieza.

Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agonía de alma de
Pimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada, se hallaba en brazos de
un joven blanco, tal vez del preferido de su corazón; pues como sabemos,
no ocultaba ella sus sentimientos, se entregaba toda al delirio del
baile, mientras él, atado a la orquesta cual una roca, la veía gozar y
contribuía a sus goces sin participar de ellos en lo más mínimo. La
turbación de su espíritu no fue, sin embargo, bastante a perjudicar su
dirección de la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo de
su instrumento favorito. Por el contrario, su inquietud y su pasión no
parece sino que encontraron desahogo por las llaves del clarinete; se
exhalaron, por decirlo así, según lo peregrino y suave de las notas que
de él sacaba, esparciendo el encanto y la animación entre los
bailadores. Como suele decirse, no quedó títere con cabeza que no
bailara, pues se armó la danza en la sala, en el comedor, en el aposento
principal y en el angosto y descubierto patio de la casa. ¿Qué mucho,
pues, que entonces no pasara siquiera por la mente de los que tanto se
divertían y gozaban, que el autor y el alma de toda aquella alegría y
fiesta, José Dolores Pimienta, compositor de la contradanza nueva,
agonizaba de amor y de celos?

Pasadas serían las doce de la noche cuando cesó de nuevo la música, con
lo que a poco empezaron a retirarse las personas que podían
considerarse extrañas para el ama de casa, porque hasta entonces no
levantó ésta la voz diciendo que era hora de cenar. Y para apresurar la
marcha, agarró ella por el brazo a dos de sus mejores amigas y arrastro
casi las llevó al fondo del patio donde dijimos que estaba puesta la
mesa del ambigú. Tras ellas siguieron las demás mujeres y los hombres,
entre los segundos Pimienta y Brindis, los músicos; Cantalapiedra y su
inseparable corchete, el de las grandes patillas, Leonardo y su amigo
Diego Meneses. Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, únicas
que cupieron, aunque eran pocas; los hombres se mantuvieron en pie cada
cual detrás de la silla de su amiga o preferida. Quedaron juntos a una
de las cabeceras Cantalapiedra y la Ayala, sin que sepamos decir si por
casualidad o por hacer honor al comisario y a su categoría.

No cabe duda sino que el ejercicio del baile había aguzado el apetito de
los comensales de ambos sexos, porque apoderándose los unos del jamón,
los otros del pescado, aceitunas y demás manjares en algunos minutos,
todos comían y habían aliviado la mesa de una buena porción de su peso.
Satisfecha la primera necesidad, hubo lugar a los rasgos de galantería y
cariño que en todos los países llevarán el sello de la educación que
alcanzan las personas que los ejercen. Las de la verídica historia cuya
fisonomía trazamos ahora a grandes pinceladas, no eran, en general, de
la clase media siquiera, ni de la que mejor educación recibe en Cuba, y
puede creerse sin esfuerzo que sus rasgos de galantería y de cariño en
ninguna circunstancia tenían nada de delicados ni de finos.

--Que diga algo Cantalapiedra, dijo alguien.

--Cantalapiedra no dice nada cuando come, contestó él mismo mientras roí
a la pierna del pavo.

--Pues que no coma si ha de callar, saltó otro.

--Eso no, porque comeré y diré hasta el juicio final, repuso el
comisario. ¿Cómo quieren, sin embargo, que diga si aún no he remojado la
garganta?

--¡Ahí va mi copa! ¡Ahí va la mía! ¡Tome ésta! exclamaron diez voces por
lo menos, y otros tantos brazos se cruzaron sobre la mesa en dirección
del comisario, quien, empuñando una tras otra copa, cada cual llena de
un vino diferente, se las fue echando al coleto, sin presentar más
muestra del efecto que le causaban que ponerse algo rubicundo y
aguársele los ojos. Después, llenando su propia copa de rico champaña,
tosió, levantó el pecho, y en voz campanuda, aunque un si es no es
carrasposa, dijo:

--¡Bomba! En los felices natales de mi amiga Merceditas Ayala, décima:

    _Yo te digo en la ocasión,_
    _Merceditas de mis ojos,_
    _Que tu vista guarda abrojos,_
    _Pues que punza el corazón._

    _Ten de un triste compasión,_
    _Que por tus ojos suspira,_
    _Que por tus ojos delira,_
    _Que por tus ojos alienta,_
    _Que por tus ojos sustenta_
    _Esta vida de mentira._

Tras esta improvisación ramplona y de mal gusto, resonaron vivas y
aplausos repetidos y estrepitosos, con destemplado golpeo de los platos
con los cuchillos. Y como en recompensa de su poética labor, de ésta
recibió una aceituna ensartada en el mismo tenedor con que acababa de
llevarse el alimento a la boca, de esotra una tajada de jamón, de la de
más allá un pedazo de pavo, de aquélla un caramelo, de su vecina una
yema azucarada, hasta que la Ayala puso término al torrente de obsequios
levantándose y pasando su copa, llena de Jerez, a Leonardo para que
improvisara también como lo había hecho el complaciente comisario.
Aprovechose éste de la tregua que se le concedía tácitamente, para
levantarse de la mesa, ir derecho, aunque disimuladamente, hasta el
brocal del pozo, donde, introduciéndose dos dedos en la boca, arrojó
cuanto había comido y bebido, que no había sido poco. Y muy fresco y
repuesto se volvió a la mesa. Merced a un medio tan sencillo como
expedito, pudo tornar a comer y a beber cual si no hubiera probado
bocado ni pasado gota en toda la noche. De los demás hombres que habían
bebido con exceso y no conocían el remedio eficaz de Cantalapiedra, que
más que menos, pocos acertaban a tener firme la cabeza, sin exceptuar al
mismo joven Leonardo.

A esa lamentable circunstancia debe atribuirse el que un mozo tan fino
como bien educado, se prestara también a hacer coplas y en obsequio de
aquella heroína de la fiesta. Pero bien que mal las hizo, siendo no
menos aplaudido y regalado que el anterior coplero, aunque fue de
notarse que, lejos Cecilia Valdés de celebrar, como los demás, su
esfuerzo poético, se mantuvo callada y visiblemente corrida. Tampoco
tomó parte Nemesia en la celebración, si bien por causa muy distinta, a
saber: por hallarse empeñada en un diálogo rápido y secreto con su
hermano José Dolores Pimienta.

--¿Pues no va desocupada la zaga? le decía él.

--Tal vez no, le replicaba ella.

--¿Y tú cómo lo sabes?

--Como sé muchas cosas. ¿Necesito yo tampoco que me den la comida con
cuchara?

--Ya, pero tú no te explicas.

--Porque no hay tiempo ahora.

--Sobrado, hermana.

--Luego, las paredes oyen.

--¡Vaya! Cuando se grita.

--Vamos, no seas porfiado. Te digo que no lo hagas.

--Yo no pierdo la ocasión.

--Vas a pasar un mal rato.

--¿Qué me importa si hago mi gusto?

--Te repito, José Dolores, no te metas en camisa de once varas. No seas
cabezadura. Con esa porfía me quitas las ganas de ayudarte. Yo entiendo
de eso mejor que tú, lo estoy viendo.

Antes que se hubiese calmado el ruido de voces, de palmadas y de golpes
en los platos y la mesa, Leonardo le dijo algo en secreto a Cecilia, y
salió a la calle arrastrando a Meneses por el brazo, sin despedirse de
nadie, a la francesa, como dijo Cantalapiedra cuando los echó de menos.
Una vez fuera, a pesar de la lluvia menuda, ambos jóvenes, siempre de
brazo, tomaron a pie la calle de La Habana hacia el centro de la ciudad,
y en la primera esquina, que era la de San Isidro, Meneses siguió
derecho y Leonardo tomó la vuelta del hospital de Paula.

Nubes ligeras, claro oscuras, despedazadas por el viento fresco del
nordeste, pasaban unas tras otras en procesión bastante regular por
delante de la luna menguante, que ya traspasaba el cenit, y a veces
dejaba caer rayos de luz blanquecina. La calle traviesa, angosta y
torcida que llevaba el joven Leonardo no se despejó jamás, ni vio él a
derechas su camino hasta que llegó a la plazuela del hospital antes
dicho, y entonces sólo el lado izquierdo se alumbraba a ratos, pues las
paredes de la iglesia de Paula, elevadas y oscuras, proyectaban una
doble sombra sobre el espacio exento. Arrimado a ellas, sin embargo,
pudo distinguir su carruaje, los caballos del cual agachaban la cabeza y
las orejas, en su afán de evitar la lluvia y el viento que les herían de
frente. Estaba echado el capacete y no parecía el jinete por ninguna
parte, ni en la silla, su puesto acostumbrado, ni en la zaga, ni en el
vano de la ancha puerta de la iglesia, que podía servirle de abrigo.
Pero a la segunda ojeada comprendió Leonardo dónde estaba. Sentado en el
pesebrón del quitrín, le colgaban las piernas cubiertas con las botas
de campana, mientras descansaba la cabeza y los brazos, medio vuelto, en
los muelles cojines de marroquí. En el suelo yacía la _cuarta_ que en el
sueño se le había desprendido de las manos, la recogió Leonardo al
punto, levantó un canto del capacete y con todas sus fuerzas le pegó dos
o tres zurriagazos a manteniente, por las espaldas presentadas.

--¡Señor! exclamó el calesero, entre asustado y dolorido, descolgándose.

Ya de pie pudo verse que era un mozo mulato, bastante fornido, ancho de
hombros y de cara, más fuerte si no más alto que el que acababa de
calentarle las espaldas con el zurriago. Vestía a la usanza de los de su
oficio en la isla de Cuba, chaqueta de paño oscuro, galoneado de
pasamanería, chaleco de piqué, el cuello de la camisa a la marinera,
pantalón de hilo, botas enormes de campana, a guisa de polainas, y
sombrero negro redondo, galoneado de oro. Debemos mencionar también,
como signos característicos del calesero, las espuelas dobles de plata,
que no llevaba a la sazón el mulato de que ahora se habla.

--¡Oiga! le dijo su amo, pues lo era en efecto el joven Leonardo;
dormías a pierna suelta, mientras los caballos quedaban a su albedrío.
¿Eh? ¿Qué hubiera sucedido si espantados por casualidad, echan a correr
por esas calles de Barrabás?

--Yo no estaba _dormiendo_, niño; se atrevió a observar el calesero.

--¿Conque no dormías? Aponte, Aponte, tú parece que no me conoces, o que
crees que yo me mamo el dedo. Mira, monta, que ya ajustaremos cuentas.
Lleva el quitrín a la _cuna_, toma las dos muchachas que trajiste en él
y condúcelas a su casa. Yo te espero en el paredón de Santa Clara,
esquina a la calle de La Habana. No consientas que nadie monte a la
zaga. ¿Entiendes?

--Sí, señor; contestó Aponte, partiendo en dirección de la garita de San
José. En la puerta de la casa del baile, sin desmontarse, dijo a un
desconocido que entonces entraba:

--¿Me hace el favor de decirle a la niña Cecilia que aquí está el
quitrín?

A pesar del aditamento de _niña_ de que hizo uso el calesero hablando de
Cecilia, que sólo se aplica en Cuba a las jóvenes de la clase blanca, el
desconocido pasó el recado sin equivocación ni duda. Y ella incontinente
se levantó de la mesa y fue a coger su _manta_, seguida de Nemesia y de
la Ayala. Esta última las acompañó hasta la puerta de la calle, en donde
ya se habían agrupado los pocos hombres que aún no se habían despedido.
Allí, teniendo todavía por la cintura a Cecilia, en señal de amistad y
cariño, la dijo:

--No te fíes de los hombres, china, porque llevas la de perder.

--Y ¿yo me he fiado de alguno a estas horas, Merceditas? repuso Cecilia
sorprendida.

--Ya, pero ese quitrín tiene dueño, y nadie da palos de balde. Tenlo por
sabido. Me parece que me explico.

Con esto y con fingir Cantalapiedra que lloraba por la partida de
Cecilia, cosa que causó mucha risa, ésta y Nemesia subieron al carruaje
dándoles la mano Pimienta, y de hecho quedó desbaratada la reunión.

Podía ser entonces la una de la madrugada. El viento no había abatido ni
cesado la llovizna que, de cuando en cuando, arrojaban las voladoras
nubes sobre la ciudad dormida y en tinieblas. Conforme reza la expresión
vulgar, la oscuridad era como boca de lobo. No por eso, sin embargo,
perdió el joven músico la pista del carruaje que conducía a su hermana y
a su amiga, antes por el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de las
calles, le fue siguiendo las aguas, primero al paso redoblando y luego
al trote, hasta que le alcanzó cerca de la calle de Acosta. Puso la mano
en la tabla de atrás, se impulsó naturalmente con la carrera que
llevaba y quedó montado a la mujeriega. Al punto le sintió el calesero
e hizo alto.--Apéate, le dijo Nemesia por el postigo.--No hay para qué,
dijo Cecilia.--Yo les voy guardando las espaldas, dijo Pimienta.--Apéese
Vd., dijo en aquella sazón Aponte, que ya había echado pie a
tierra.--¿No te lo decía? añadió Nemesia, hablando con su hermano.--Aquí
dentro va mi hermana y mi amiga, observó el músico dirigiéndose al
calesero.--Será así repuso éste; pero no consiento que nadie se monte
atrás de mi quitrín. Se echa a perder, camará; agregó notando que se las
había con un mulato como él.--Apéate, repitió Nemesia con insistencia.

Obedeció José Dolores Pimienta, conocidamente después de una lucha sorda
y terrible consigo mismo, en que triunfó la prudencia; pero cediendo y
todo en aquella coyuntura, no renunció a la resolución tomada de seguir
el carruaje. Volvió a montar el calesero y continuó la carrera derecho
hasta desembocar en la calle de Luz, torciendo allí a la izquierda hacia
la de La Habana. Cerca del cañón de la esquina estaba un hombre de pie,
guarecido del viento y de la menuda llovizna, con las elevadas tapias
del patio perteneciente al monasterio de las monjas Claras. En ese
punto, paró Aponte por segunda vez el quitrín, el hombre en silencio
subió a la zaga, diciendo luego a media voz: ¡Arrea! Partió entonces
aquél a escape, pero no sin dar tiempo a que se acercara lo bastante el
músico, para advertir que el individuo que le reemplazó en la zaga del
carruaje era el mismo joven blanco, Leonardo, que tantos celos le había
inspirado en la _cuna_.



CAPÍTULO VII

     _¿Y qué modo de hombre es él,_
     _es negocio moscatel,_
     _es discreto vergonzoso,_
     _o dulce o acibaroso?_

         LOPE DE VEGA

     La Buscona

En el barrio de San Francisco y en una de las calles menos torcidas, con
banquetas o losas en una o dos cuadras, había, entre otras, una casa de
azotea, que se distinguía por el piso alto sobre el arco de la puerta, y
balconcito al poniente. La entrada general, como la de casi todas las
casas del país--para los dueños, criados, bestias y carruajes, dos de
los cuales había comúnmente de plantón--era por el zaguán; especie de
casapuerta o cochera, que conducía al comedor, patio y cuartos
escritorios.

Llamaban bajo este último nombre los que se veían a la derecha, a
continuación del zaguán, ocupados, el primero por una carpeta doble de
comerciante, con dos banquillos altos de madera, uno a cada frente, y
debajo una caja pequeña de hierro, cuadrada, que en vez de puerta tenía
tapa para abrirse o cerrarse, siempre que se guardaban en ella o se
sacaban los sacos de dinero. En el lado opuesto de la casa se veía la
hilera de cuartos bajos para la familia, con entrada común por la sala,
puerta y ventana al comedor y al patio.

Este formaba un cuadrilátero, en cuyo centro sobresalía el brocal de
piedra azul de un aljibe o cisterna, donde, por medio de canales de hoja
de lata y de cañerías enterradas en el suelo, se vertían las aguas
llovedizas de los tejados. Una tapia de dos varas de elevación, con un
arco hacia el extremo de la derecha, separaba el patio de la cocina,
caballeriza, letrina, cuarto de los caleseros y demás dependencias de la
casa.

Entre el zaguán y los cuartos llamados escritorios, descendía al
comedor, apoyada en la pared divisoria, una escalera de piedra tosca con
pasamanos de cedro, sin meseta ni más descanso que la vuelta violenta
que hacían los últimos escalones casi al pie. Esa escalera comunicaba
con las habitaciones altas, compuestas de dos piezas: la primera que
hacía de antesala, tan grande como el zaguán; la segunda, todavía mayor,
como que tenía las mismas dimensiones que los escritorios sobre los
cuales estaba construida y servía de dormitorio y estudio. Con efecto,
los muebles principales que la llenaban casi, eran una cama o catre de
armadura de caoba, cubierto con un mosquitero de rengue azul, un armario
de aquella propia madera, un casaquero o percha de lo mismo, un sofá
negro de cerda, unas cuantas sillas con asiento de paja, una mesa a modo
de bufete, y una butaca campechana.[9] Sobre los tales muebles se
hallaban varios libros, unos abiertos, otros cerrados o con una o más
hojas dobladas por la punta, empastados a la española, con canto rojo,
todos al parecer de leyes, según podía notarse, leyendo los letreros
dorados en los lomos de algunos. En el sofá únicamente dos periódicos en
forma de folletos: el más voluminoso con un malísimo grabado que
representaba los figurines de un hombre, una mujer y un niño, y llevaba
por título _La moda o Recreo Semanal_,[10] el otro _El Regañón_.[11]

Abajo, en el comedor había una mesa de alas de caoba, capaz para doce
cubiertos, hasta seis butacas en dos hileras frente a la puerta del
aposento; en el ángulo el indispensable jarrero, mueble _sui generis_ en
el país, y para proporcionar sombrío a la pieza y protegerla contra la
reverberación del sol en el patio, había dos grandes cortinas de
cañamazo, que se arrollaban y desarrollaban lo mismo que los telones de
teatro. En la pared medianera entre el zaguán y la sala, había una reja
de hierro, y para dar paso a la luz exterior en esta última, dos
ventanas de lo mismo voladizas, que desde el nivel del piso de la calle
subían hasta el alero del techo. De la viga principal colgaba por sus
cadenas una bomba de cristal; de la pared del costado dos retratos al
óleo, representativos de una dama y de un caballero en la flor de su
edad, hechos por Escobar;[12] debajo de éstos un sofá, y en dirección
perpendicular al mismo, en dos filas, hasta seis sillones con asiento y
respaldo de marroquí rojo; en los cuatro ángulos, rinconeras de caoba,
adornadas con guardabrisas de cristal o con floreros de china. En la
pared, entre ventanas, una mesa alta con pies dorados y encima un espejo
cuadrilongo; llenando los huecos intermedios, sillas con profusión.

Era de notarse la cortina de muselina blanca, con fleco de algodón, que
pendía de los dinteles de las puertas y ventanas de los cuartos, como
para dar libre paso al aire y ocultar sus interioridades de las miradas
de los que pasaban por el comedor y el patio. En resumen, la casa
aquella, peculiarmente habanera, según se habrá echado de ver por la
menuda descripción que de ella hemos hecho, respiraba por todas partes
aseo; limpieza y... lujo, porque tal puede llamarse, en efecto, si se
tiene en cuenta el país, la época de que se habla, el estilo y calidad
del mueblaje, los dos carruajes en el zaguán y la capacidad misma de la
morada. ¿Vivía allí una familia decente, bien educada y feliz? Vamos a
verlo en breve.

A la hora en que principia nuestro cuento, entre seis y siete de la
mañana de uno de los días de octubre, ocupaba una de las butacas del
comedor un caballero de hasta cincuenta años de edad, alto, robusto,
entrecano, nariz grande aguileña, boca pequeña, los ojos pardos y vivos,
la color del rostro rubicunda, la cabeza redonda por detrás; signos
éstos característicos de pasiones fuertes y firmeza de carácter. Llevaba
el cabello corto, la barba rasurada completamente; vestía bata talar de
zaraza sobre chaleco largo de piqué blanco, pantalones de dril y
chinelas de ante. Descansaba los pies en una silla con asiento de paja y
con ambas manos se llevaba a los ojos un periódico impreso en papel
español de hilo del folio común, titulado _El Diario de la Habana_.[13]

Mientras leía se le presentó un muchacho como de doce años de edad,
vestido de pantalones y camisa de listadillo, que venía del fondo del
patio y traía en la mano derecha una taza de café con leche, puesta en
un plato, y en la otra un azucarero de plata. El caballero, sin
enderezarse en la butaca, tomó la taza, endulzó y se puso a sorber y
leer con toda calma, mientras el criado, con los brazos cruzados sobre
el pecho, se quedó delante de él en pie, conservando en las manos
respectivas el plato y el azucarero. Concluida la poción de café con
leche, no obstante que el muchacho se hallaba a pocos pasos, le dijo en
tono de voz atronadora:--¡Tabaco y lumbre! Salió aquél de carrera a la
cocina y volvió a poco por los cuartos escritorios, trayendo entonces
una vejiga grande con algunos cigarros[14] arrollados en el fondo y un
braserillo de plata con una brasa de carbón vegetal, medio enterrada en
un montón de cenizas. El caballero encendió un cigarro y cuando el
muchacho se disponía a emprender de nuevo la carrera, le gritó:--¡Tirso!

--¡Señor! contestó también en alta voz como si ya estuviera en la cocina
o hablara con sordo.

--¿Has estado arriba? le preguntó el amo.

--Sí, señor, _dende_ que llegó de la plaza el cocinero.

--¿Y cómo es que el niño Leonardo no ha bajado todavía?

--Es querer decir a su merced que el niño Leonardo no quiere que lo
_dispierten_ cuando ha pasado mala noche.

--¡Mala noche! repitió el caballero mentalmente. Anda (al esclavo),
despiértale y que baje.

--Señor, dijo el muchacho titubeando y confuso. Señor, su merced sabe...

--¿Qué sucede? volvió a tronar el amo, luego que echó de ver que el
esclavo se estaba parado y no le había obedecido.

--Señor, es querer decir a su merced, que el niño se pone bravo cuando
lo _dispiertan_, y...

--¿Qué? ¿Qué dices? ¡Ah! ¡Perro! Anda, corre si no quieres subir a
puntapiés.

Y como el caballero medio se incorporase para ejecutar la amenaza, no
esperó a que se la repitieran para obedecer la orden. En cuatro saltos
se puso en lo alto de la escalera, desapareciendo en el dormitorio del
joven Leonardo. A tiempo mismo que el muchacho corría escaleras arriba,
asomaba por la puerta del aposento una señora algo gruesa, hermosa, de
amabilísimo aspecto, las facciones menudas, con el cabello todavía
negro, aunque pasaba de los cuarenta de edad, vestida de holán clarín
blanco, y abrigada con una manta de burato color canario y toda ella muy
pulcra y de ademán reposado y señoril. Sentose al lado del caballero de
la bata, a quien, preguntándole por las noticias del día, dio el nombre
de Gamboa. Este le contestó entre dientes que la única importante que
traía _El Diario_ era la aparición del cólera morbus en Varsovia, donde
hacía estragos espantosos.

--¿Y dónde es eso? preguntó la señora bostezando.

--¡Toma! contestó Gamboa. Eso es muy lejos. Figúrate, allá, cerca del
Polo Norte, en Polonia. Ya tiene que rodar el señor cólera para llegar
hasta nosotros, y entonces... ¡quién sabe dónde estaremos tú y yo!

--¡Dios nos libre de horas menguadas, Cándido! volvió a exclamar la
señora con el mismo aire de indolencia de antes.

Bajaba Tirso en este punto los escalones con doble precipitación, si
cabe, de aquella con que los había subido; y a no ser porque en tiempo
agacha la cabeza, le alcanza en ella un libro que le arrojaron de lo
alto, el cual, con la violencia del golpe se hizo pedazos en la puerta
del escritorio. Don Cándido alzó la cabeza y la señora se levantó y fue
hacia el pie de la escalera, preguntando:--¿Qué ha sido eso? Por toda
respuesta el muchacho, muy asustado, le indicó con los ojos al joven
Leonardo, que se hallaba en lo alto, envuelto en la sábana, con los
puños apretados en señal de cólera y de amenaza. Pero no bien descubrió
a su madre, pues lo era aquella señora, cambió de actitud y de
semblante; e iba sin duda a explicarle la ocurrencia, cuando ella le
contuvo haciéndole una seña muy significativa, que equivalía, poco más o
menos a decirle:--Calla, que ahí está tu padre. Por lo que él, sin más
demora, dio media vuelta y se volvió al dormitorio.

--¿Viene el niño Leonardo? preguntó Gamboa al esclavo, cual si no
hubiera notado la carrera de éste, el librazo contra la puerta del
escritorio ni la acción de su esposa.

--Sí, señor, contestó Tirso.

--¿Le diste mi recado? insistió don Cándido en tono de voz más recio y
áspero.

--Es querer decir a su merced, repuso el esclavo todo turbado y
tembloroso, que... el niño... el niño Leonardo no me dio tiempo.

La señora se había vuelto a sentar, y seguía llena de ansiedad las
palabras y los movimientos del semblante de su marido. Le vio ponerse
rojo a medida que Tirso soltaba las pocas frases de que en su turbación
pudo hacer uso; aún le pareció que iba a levantarse, acaso para pegarle
al esclavo, o hacer bajar por la fuerza a Leonardo; en cuya confusa
alternativa, a fin de ganar tiempo, le dejó caer la mano derecha en el
brazo izquierdo y le dijo en voz muy baja y musical:

--Cándido, Leonardito se viste para bajar.

--Y tú ¿cómo lo sabes? replicó don Cándido con gran viveza, volviéndose
para su esposa.

--Acabo de verle a medio vestir, en lo alto de la escalinata, contestó
ella con calma.

--Pues tú siempre estás al tanto de cuando Leonardo cumple con su deber,
pero eres ciega para sus faltas.

--No sé yo que el porbrecito haya cometido ninguna, al menos
recientemente.

--¡Ya! ¿No lo decía yo? Ciega, cieguecita, Rosa, tus mamanteos van a
perder a ese muchacho. ¡Tirso! tronó don Cándido.

Antes que volviese Tirso de la cocina, en donde se había refugiado,
luego que sus amos entablaron el anterior, brevísimo diálogo, entró por
el zaguán adelante el mulato calesero que ya conocen nuestros lectores,
por aquella escena en el barrio de San Isidro y noche del 24 de
setiembre. Vestía ahora solamente camisa y pantalones cuyas piernas
estaban arremangadas hasta poco más abajo de las rodillas, como para
dejar ver el borde de los calzoncillos blancos, que formaba dientes en
vez de dobladillos. Los zapatos eran de vaqueta muy escotados, con
hebilla de plata al lado, y tenía argollas de oro en las orejas, pañuelo
atado en la cabeza, el sombrero de paja en la mano derecha, y en la
izquierda el ronzal de un caballo que traía rabiatado otro del mismo
color y estampa, ambos recién salidos del baño, pues aun escurrían agua
o sudor, y el último tenía la cola hecha un nudo. El mulato había
cabalgado en el primero desde la caballeriza al baño, cerca del Muelle
de Luz, porque todavía llevaba el sudadero, a falta de silla.

--Pero aquí está Aponte, agregó don Cándido viéndole asomar. ¡Aponte!

--No hay necesidad de que preguntes a los criados interpuso doña Rosa.

--Quiero que oigas una de las recientes gracias de tu hijo, insistió el
marido. ¿A qué hora trajiste anoche (_hablando con Aponte_) a tu amo?

--A las dos de la _madrugá_, contestó Aponte.

--¿Dónde pasó tu amo la noche? añadió don Cándido.

--Es inútil que lo diga, interrumpió la señora. Aponte, lleva esos
caballos al pesebre.

--¿Dónde pasó tu amo la noche? repitió don Cándido en voz de trueno,
viendo al calesero dispuesto a obedecer la orden de su ama.

--Es dificultoso que yo le diga a su merced mi amo, dónde pasó la noche
mi amo el niño Leonardito.

--¡Qué! ¿Cómo se entiende?

--Le digo a su merced, mi amo, que es muy dificultoso, apresuróse Aponte
a explicar, notando que don Cándido montaba en cólera; porque
primeramente yo llevé el niño Leonardito a Santa _Catarina, dispués_ lo
llevé al muelle de Luz, _dispués_ lo estuve esperando en el muelle de
Luz hasta las doce de la noche, _dispués_ lo llevé otra vuelta a Santa
_Catarina, dispués_...

--¡Basta! dijo doña Rosa enojada. Quedo enterada.

Aponte se retiró con los caballos, pasando por el comedor y el patio en
dirección de la caballeriza, y don Cándido, volviéndose para su mujer,
le dijo:

--¿Qué te-a-ele-tal? ¿No te parece reciente la de anoche? Yo no sabía
nada, sospechaba únicamente, porque conozco a mi hijo mejor que tú, y ya
has oído que se ha estado en Regla hasta las doce de la noche. Tal vez
no fue solo. ¿Quiéres oír ahora con quiénes y cómo pasó la mitad del
tiempo en Regla? ¿No lo adivinas? ¿No lo sospechas?

--Suponiendo que lo adivinase, que lo palpase, observó doña Rosa con
ligero desdén, ¿qué aprovecharía? ¿Dejaría yo por eso de quererlo como
lo quiero?

--Pero si no se trata de quererle ni desquererle, Rosa; saltó impaciente
don Cándido. Se trata de poner remedio a sus faltas, que ya rayan en lo
serio.

--Sus faltas, si las comete, no pasan de calaveradas propias de la
juventud.

--Es que las calaveradas, cuando son repetidas y no se les pone coto a
tiempo, suelen parar en cosas graves que dan mucho que llorar y que
sentir.

--Pues tus calaveradas no te trajeron, que yo sepa, serios ni graves
resultados, y eso que las suyas, comparadas con las tuyas, son meros
pasatiempos juveniles; dijo doña Rosario con refinado sarcasmo.

--Señora, repuso don Cándido irritado, por más que hiciese esfuerzo
visible por ocultarlo: sean cuales fueren las locuras que yo haya podido
cometer en mi juventud, ellas no autorizan a Leonardo para que lleve la
vida que lleva con... aprobación y aplauso de Vd.

--¡Mi aprobación! ¡mi aplauso! Esa sí que está buena. Nadie mejor que tú
es testigo de que, lejos de aprobar y aplaudir las locuras de
Leonardito, siempre le estoy aconsejando y aún reprendiendo.

--¡Ya! Por un lado le aconsejas y le reprendes, y por otro le das
quitrín y calesero y caballos y media onza de oro todas las tardes para
que se divierta, triunfe y corra la tuna con sus amigos. No apruebas ni
aplaudes sus locuras, pero le facilitas el modo y medios de cometerlas.

--Eso es, yo facilito el modo y medio cómo se pierda el muchacho. Tú no,
tú eres un santo. ¡Oh! Sí, tu vida ha sido ejemplar.

--No sé a qué conduce tan amarga sátira.

--Conduce a que eres muy duro con él, y a que estaría buena tu aspereza
si fueses intachable, si no hubieses pecado...

--¿Me tiene él en tan buen concepto como el que la merezco a Vd. señora?
¿Sabe que yo haya pecado?

--Tal vez lo sepa.

--Si Vd. no se lo ha contado...

--No hay necesidad de que yo le enseñe cosas malas. Sería madre
desnaturalizada si tal hiciera. Pero él no es ningún tonto, y luego fue
demasiado público, escandaloso lo de María de Regla.

--No sería mucho que haya llegado a sus oídos y le provoque a imitarte.
El mal ejemplo...

--Basta, señora, dijo don Cándido más desazonado que irritado. Creía,
tenía razón para esperar que Vd. hubiese dado eso al olvido.

--Mala creencia, porque hay cosas que no es posible olvidarlas jamás.

--Ya lo veo. Lo que quiere decir eso es, que me he engañado; quiere
decir que las mujeres, algunas mujeres, no olvidan ni perdonan ciertas
faltas de los hombres. Pero, Rosa, agregó cambiando de tono, nosotros
vamos fuera del carril y eso no está bien. La verdad es que si yo soy
muy duro, como dices, con Leonardo, tú eres muy débil, y no sé yo qué
será peor. El es un loco, voluntarioso y terco, necesita freno más que
el pan que come. Advierto, sin embargo, con dolor, que, por pensar en mi
dureza, le llevas sin querer, por supuesto, como por la mano a su pronta
perdición. De veras, Rosa, tiempo es ya de que sus locuras y sus
debilidades cesen; tiempo es ya de tomar una determinación que le libre
a él de un presidio y a nosotros de llanto y de infamia eternos.

--¿Y qué remedio adoptar, Cándido? Ya es tarde, ya él es un hombrecito.

--¿Qué remedio? Varios. En los buques de guerra de S. M. hasta a los
hombronazos se les mete en cintura. Pensando estaba que no le vendría
mal oler a brea por corto tiempo. Apuradamente mi amigo Acha, comandante
de La Sabina, está empeñado en enseñarle la maniobra. Ayer nada menos me
dijo que me resolviera y se lo entregara, seguro de que le pondría más
derecho que un mastelero de gavia. Sí, ésa fue la expresión de que hizo
uso. De todos modos, estoy resuelto a poner freno a las demasías de ese
mozo.

Conmoviose doña Rosa al oír las últimas palabras de su marido, mucho más
al notar el tono de firme resolución con que las emitió; y parte para
ocultar las lágrimas que le rebosaban en los ojos, parte por variar el
objeto de una conversación que le hería en lo más vivo del alma, se
levantó otra vez y se dirigió al patio. En aquel momento mismo bajaba
Leonardo la escalera, vestido como para salir a la calle; y ella, que
sintió sus pasos, retrocedió al sitio que acababa de dejar al lado de su
marido, y en tono de humilde súplica, con voz temblosa por la emoción,
le dijo:

--Por el amor de ese mismo hijo, Gamboa, no le digas nada ahora. Tu
severidad le rebela y me mata a mí.

--¡Rosa! murmuró don Cándido echándole una mirada de reconvención. Tú le
pierdes.

--¡Prudencia, Cándido! replicó doña Rosa, respirando más libremente;
porque comprendió que su esposo estaba inclinado por entonces a ejercer
aquella virtud. Advierte que ya es un hombre y que le tratas como si
fuera un niño.

--¡Rosa! repitió don Cándido con otra mirada de reconvención ¿Hasta
cuándo?

--Será ésta la última vez que interceda por él, se apresuró a decir doña
Rosa. Te lo prometo.

En esto acababa de bajar la escalera el joven Gamboa y se encaminó
derecho a su madre, la cual le salió al encuentro como para mejor
protegerle del enojo de su padre. Pero éste, silencioso y cabizbajo, ya
penetraba en el escritorio y no vio o se hizo que no vio al hijo besar a
la madre en la frente, ni la seña con que ella le indicó que debía
saludar también a su padre.

Leonardo no dijo palabra, ni hizo ademán de cumplir con la indicación.
Sólo se sonrió, levantó los hombros y se encaminó a la calle, llevando
debajo del brazo izquierdo un libro empastado a la española, con los
cantos rojos, y en la mano derecha una caña de Indias cuyo puño de oro
figuraba una corona.



CAPÍTULO VIII

     _¡Para hacer bien por el alma_
     _Del que van a ajusticiar!_

         ESPRONCEDA

     El reo de muerte


Tiró el estudiante en dirección de la Plaza Vieja por la calle de San
Ignacio. En la esquina de la de Sol tropezó con otros dos estudiantes
poco más o menos de su edad, que en toda apariencia esperaban su
llegada. El uno de ellos no es desconocido para el lector, pues le ha
visto en la _cuna_ de la calle de San José. Nos referimos a Diego
Meneses. Era el otro de figura menos galana y esbelta, agregando a su
baja estatura un cuello muy corto y hombros bastante levantados, entre
los cuales llevaba como enterrada una cabeza redonda y chica. Había
cierta confusión en su frente más angosta y levantada; los ojos tenía
pequeños y penetrantes, la nariz algo arremangada, la barba aguda y la
boca fresca y húmeda, por cierto la más expresiva de sus menudas
facciones; el cabello crespo y así en su semblante como en su cuerpo se
descubría desde luego la gran malicia que animaba su travieso espíritu.
Junto con una fuerte palmada en el hombro, Leonardo le dio el nombre de
Pancho Solfa. Este, medio sonreído, medio mal humorado del golpe dijo:

--Cada animal tiene su lenguaje, y el tuyo, Leonardo, es a veces muy
expresivo.

--Porque te quiero te aporreo, Pancho. ¿Quieres otra caricia?

--Basta, chico. Y se desvió, haciendo un movimiento con la mano
izquierda.

--¿Qué hora es? preguntó Leonardo. Recuerdo que no le di cuerda anoche a
mi reloj y se ha parado.

--Las siete acaban de dar en el reloj del Espíritu Santo, respondió
Diego. Nos marchábamos sin ti, creyendo que se te habían pegado las
sábanas.

--Por poco no me levanto en todo el día. Me acosté tarde y mi padre me
hizo llamar al amanecer. Él, como se acuesta con las gallinas, madruga
siempre. ¿No les parece a ustedes que hay tiempo de dar una vueltecita
por la Loma del Ángel?

--Soy de opinión que no, dijo Pancho. A menos que tú, cual otro Josué,
tengas la virtud de parar el sol.

--Te pereces por una cita, Pancho, venga o no venga a pelo. ¿Pues no
sabes que el sol no camina desde que Josué le mandó parar su carrera? Si
hubieses estudiado astronomía sabrías eso.

--Di, más bien, que si hubiera estudiado historia sagrada, dijo Meneses.

--El cuento es, observó Pancho, que sin estudiar a fondo una cosa y
otra, sé que el caso participa de ambas y no son ustedes los que me
corrigen la plana.

--A todas éstas, caballeros ¿qué lección tenemos hoy? No concurrí a la
clase el viernes, ni he abierto el libro en todo este tiempo.

--Govantes señaló para hoy el título tercero, que trata del derecho de
las personas, respondió Diego. Abre el libro y verás.

--Pues no he saludado esa materia siquiera, agregó Leonardo. Sólo sé que
según el derecho patrio, hay personas y hay cosas; que muchas de éstas,
aunque hablan y piensan, no tienen los mismos derechos que aquéllas. Por
ejemplo, Pancho, ya que te gustan los símiles, tú a los ojos del Derecho
no eres persona, sino cosa.

--No veo la similitud, porque no soy esclavo, que es a quien considera
cosa el derecho romano.

--Ya. No eres esclavo, pero alguno de tus progenitores lo fue sin duda y
tanto vale. Tu pelo al menos es sospechoso.

--Dichoso tú que le tienes flechudo como los indios. Si vamos a
examinar, sin embargo, nuestros árboles genealógicos respectivos,
hallaremos que aquéllos que pasan por ingenuos entre nosotros, son
cuando menos libertinos.[15]

--Resuellas por la herida, compadre. Vamos, que no es ningún pecado
amarrar la mula tras de la puerta. Mi padre es español y no tiene mula;
mi madre sí es criolla y no respondo que sea de sangre pura.

--Es que tu padre por ser español, no está exento de la sospecha de
tener sangre mezclada, pues supongo que es andaluz, y de Sevilla
vinieron a América los primeros esclavos negros. Tampoco los árabes, que
dominaron en Andalucía más que en otras partes de España, fueron de raza
pura caucásica, sino africana. Por otra parte, era común ahí, entonces,
la unión de blancos y negros, según el testimonio de Cervantes y de
otros escritores contemporáneos.

--Ese rasguito histórico, don Pancho, vale un Potosí. Se conoce que la
cuestión de razas te ha costado algunos quebraderos de cabeza. No paro
yo en eso la atención, ni creo que hace bulto ni peso la sangre
mezclada. Lo que puedo decir es que, no sé si porque tengo algo de
mulato me gustan un puñado las mulatas. Lo confieso sin empacho.

--La cabra siempre tira al monte.

--El refrán no viene al caso; mas si lo dices para afirmar que no te
gusta la _canela_, peor para ti, Pancho, porque eso quiere decir que te
gusta el _carbón_, género mucho más inferior.

En este punto de su conversación iban, cuando entraron por los portales
de la Plaza Vieja llamados del Rosario. Estos los forman unas cuatro o
cinco casas, pertenecientes a familias nobles o ricas de La Habana, con
anchos balcones, apoyados en altos arcos de piedra, cuyas luces cubren
durante el día unas cortinas de cañamazo, a manera de velas mayores de
barcos. El piso superior de esas casas lo ocupan los dueños o
inquilinos, que viven de sus rentas; pero en los bajos, salones en
general oscuros y poco ventilados, tienen sus tiendas unos mercaderes al
por menor, que llaman baratilleros, quinquilleros propiamente dichos,
los cuales, en absoluto, son españoles, por lo común montañeses. Dentro
guardan el acopio de géneros y baratijas, y al frente, bajo los arcos de
piedra, exponen lo que se entiende por quincalla en unas vidrieras o
muestrarios portátiles, que descansan sobre una especie de tijeras. Por
la mañana temprano los exponen y por la noche los guardan.

Poco después de las siete de la mañana se principia generalmente la
primera de las operaciones aquí mencionadas. Los mercaderes, de dos en
dos, sacan las vidrieras, sujetando uno por una cabeza, otro por la
otra, como si fueran ataúdes o que pesaran mucho para un solo hombre.

Algunos estaban ya expuestos, y los vendedores se paseaban por delante
de ellos en mangas de camisa, a pesar del airecillo de la mañana, cuando
entraron en los portales nuestros tres estudiantes.

Llevaban la delantera Leonardo y Diego, riendo y charlando, sin hacer
caso de los mozos españoles que iban y venían, afanados en la obra de
exponer sus mercancías a tiempo. Detrás, y a paso mesurado, inclinada la
cabeza y taciturno, los seguía su condiscípulo Pancho, y ya por esto, ya
porque les chocase su facha, la verdad es que el primer buhonero con
quien tropezó le echó mano por un brazo y le dijo: ¡Hola, rubio! ¿no
quieres comprar un par de navajas de primera? Se desprendió de éste con
un esguince y le cogió otro para decirle: Acá, primo, vendo gafas
excelentes. Adelante se le interpuso un tercero para ofrecerle tirantes
elásticos; un cuarto para meterle por los ojos cortaplumas vizcaínos,
superiores a los ingleses. Rodando de uno para otro, ora sonriéndose,
ora haciendo un gesto de enfado, el ya molesto estudiante logró
adelantar algunos pasos. Al fin, rodeado por varios baratilleros más
dispuestos a la burla que a encarecer sus baratijas, se quedó parado y
cruzó los brazos. Por fortuna en aquel momento le echaron de menos sus
compañeros, volvieron la cara y notaron el cerco que le habían formado.
Ignorando la causa, Leonardo, que era intrépido, retrocedió a la
carrera, penetró por fuerza por el corrillo y sacó a su amigo del apuro.
Mas así que se informó por él mismo de lo que había pasado, rió de ganas
y le dijo: Te tomaron por montuno, Pancho. Tú también tienes una
figura...

--Mi figura no tiene nada que ver con el asunto, le interrumpió Pancho
de mal talante; es que estos españoles tienen más de judíos que de
caballeros.

Siguiendo la calle de San Ignacio nuestros estudiantes, a poco andar
desembocaron en la Plazuela de la Catedral. Cuando llegaban a los
portales de la casa conocida por de Filomeno, les llamó la atención un
grupo numeroso y compacto de pueblo que entraba en la misma por el lado
opuesto, es decir, por la calle de Mercaderes y el Boquete. La
vanguardia, compuesta en su mayor parte de gente de color, hombres,
mujeres y muchachos sucios, harapientos y descalzos, ya marchaba, ya
hacía alto, y de cuando en cuando volvía atrás la cabeza, como por
resorte. Entre dos filas de soldados equipados a la ligera, pues su
uniforme consistía de chaqueta de paño azul, pantalón blanco, canana
atada al cinto por delante, sombrero redondo y carabina corta, que
portaban por los tercios, iban hasta doce mulatos y negros vestidos en
traje talar de sarga negra, con caperuza de muselina blanca, cuya punta
larga flotaba por detrás de la cabeza, a guisa de gallardete; y cada
cual llevaba en la mano derecha una cruz negra de brazo corto y árbol
largo. Cuatro de esos lúgubres hombres conducían al hombro, en silla de
mano, a una al parecer criatura humana, cuya cabeza y cuerpo
desaparecían bajo los pliegues de un paño negro (manto de estameña),
cayendo a plomo por fuera de todo el aparato.

A un lado de este ser misterioso venía un sacerdote con sotana negra de
seda, bonete en la cabeza y un crucifijo en ambas manos; al otro un
negro bastante joven, robusto y ágil. Este vestía pantalón blanco,
sombrero redondo y chaqueta de paño negro, en cuya espalda se le
descubría una como escalera bordada de seda amarilla. Eso indicaba su
oficio, y era nada menos que el verdugo. Andaba a paso medido y no
levantaba los ojos del suelo. Detrás venía un hombre blanco vestido de
calzón corto, medias de seda, chupa de paño y sombrero de tres picos,
todos de color negro. Este era el escribano. Inmediato a él marchaba un
militar de alta graduación indicada por los tres entorchados de la
casaca y el sombrero de tres picos galoneado de oro, con pluma blanca de
avestruz. Cerraban el cortejo otros negros y mulatos en el traje negro
talar y caperuza blanca, ya descrito, y más pueblo, todos moviéndose en
solemne y silenciosa procesión, pues no se oía otro ruido que los pasos
acompasados de la tropa y la voz gangosa del sacerdote recitando las
oraciones de los moribundos.

Por esta rápida descripción advertirá el lector habanero que se trataba
de un reo de muerte que conducían al patíbulo, acompañándole los
hermanos de la Caridad y de la Fe, institución religiosa compuesta
exclusivamente de gente de color que se ocupaba en asistir a los
enfermos y moribundos y en enterrar a los muertos, principalmente los
cadáveres de los ajusticiados. Es bien sabido que la justicia española
lleva su saña hasta las puertas del sepulcro, y he ahí la necesidad de
la institución religiosa dicha, que se encarga de recoger el cadáver del
criminal y de darle sepultura, en vez de los parientes y amigos,
privados de esos oficios por la ley o la costumbre.

La tropa que custodiaba al reo en tales circunstancias, en La Habana al
menos, era un piquete de la célebre partida de Armona, especie de
guardia civil, establecida por Vives, que desempeñaba el papel de la
policía de otras partes: el militar de alta graduación, el mayor de
plaza, a la sazón coronel Molina, después castellano del Morro, en cuyo
empleo murió cargado con el odio de aquéllos a quienes había oprimido y
explotado mientras desempeñó el primero de estos cargos: el individuo
que conducían al suplicio de la manera referida no era hombre, sino
mujer y blanca; la primera tal vez de su clase que ejecutaban en La
Habana.



CAPÍTULO IX

     _...Esta es la justicia_
     _Que facer el Rey ordena..._

         EL DUQUE DE RIVAS

     D. Alvaro de Luna.


Contarse merece, siquiera sea brevemente, la historia de la mujer cuyo
delito se castigaba con la pena de muerte. Casada con un pobre
campesino, vivía en los arrabales de la pequeña población del Mariel, no
sabemos cuanto tiempo hacía, ni hace mucho al caso tampoco. Pero sin ser
joven ni hermosa, contrajo ella relaciones ilícitas con un hombre
soltero del mismo pueblo. Séase que el marido averiguara lo que pasaba y
amenazara tomar venganza, séase que los amantes quisieran librarse de
aquel estorbo, el hecho fue que entre los dos concertaron matarle. Y
conseguido esto, que no cuesta gran trabajo matar a un hombre, trataron
de ocultar las huellas del crimen descuartizando el cadáver y arrojando
a un río inmediato los cuartos ensangrentados, cosidos en un saco. Tales
fueron los hechos principales dilucidados en la causa.

Ahora bien, ¿qué papel desempeñó la mujer en el horrible drama? Eso no
se puso en claro. En su defensa desplegó tan desinteresada como rara
elocuencia el joven y brillante abogado Anacleto Bermúdez,[16] que
acababa de llegar de España, en cuyos consejos se había recibido de
abogado e hizo en esa causa su estreno como hábil criminalista. El hecho
era atroz, sin embargo, y la criminalidad de la mujer quedó probada,
pues si no había herido con su propia mano, había tomado parte principal
en el asesinato y en la ocultación del cadáver. Se hizo, por tanto,
necesaria su condenación a último suplicio, aunque éste fuese el de
horca, pues que entonces sólo se aplicaba el del garrote a la gente
noble, suceso todavía más raro en Cuba que el de ejecutar a una mujer
blanca.

La pena de muerte en horca, en los dominios españoles era, si cabe, más
terrible que la del garrote, introducida o generalizada algún tiempo
después de aquel a que nos referimos ahora. El verdugo, así que ataba
dos sogas al pescuezo del reo, le lanzaba desde lo alto de la escalera,
se le montaba a horcajadas en los hombros, y con los calcañales le
golpeaba el estómago para apresurar su fin; deslizándose por los pies
del ajusticiado, cuyo cadáver, dentro de un traje talar, quedaba
meciéndose al aire libre por ocho horas, a dos varas del suelo.
Semejante espectáculo no debía presentarse en La Habana con una mujer
blanca, por vulgar que ella fuese u horrible su delito.

En tal situación, y cuando hubo fallado el recurso de una supuesta
preñez, Bermúdez solicitó y obtuvo como gracia especial que se la
hiciera morir en garrote. Recordará el lector que siete u ocho años
después de aquel a que nos contraemos ahora, se abolió el suplicio de
horca en Cuba, y que hallándose la cárcel en el ángulo occidental del
edificio conocido por la Casa de Gobierno, donde funcionaba asimismo el
Ayuntamiento con todas sus dependencias, donde residía el Capitán
General con las suyas, y existían las escribanías públicas, tenía el
reo que recorrer una larga y angustiosa carrera antes que se pusiera fin
a su vida en el campo de la Punta, inmediato a la mar. En efecto, por la
calle de Mercaderes pasaba a la plazuela de la Catedral, torcía luego a
la de San Ignacio, luego a la de Chacón, luego a la de Cuba, enseguida
por la orilla de la muralla a pasar por debajo de la puerta abovedada y
oscura llamada de la Punta, en que había cuerpo de guardia y daba salida
a los cadáveres de la ciudad que llevaban a enterrar en el cementerio
general.

Al salir por aquella puerta de plaza sitiada, podía distinguir el reo a
lo lejos, frente al arrecibe de la costa contra la cual se rompían las
olas del mar en menudos copos de brillante espuma, la máquina terrible,
horca, garrote o banquillo en que había de tener fin su vida. Para los
de ánimo apocado, la muerte con todos sus horrores era fuerza que se les
presentase mucho antes de recibirla. Por suerte, la mujer de que ahora
hablamos, desde el momento que la metieron en capilla perdió las
fuerzas, y con ellas la conciencia de su horrible situación, siendo
preciso, como se ha visto, que la condujeran al lugar del suplicio en
silla de mano, sentarla a brazos en el banco del garrote, y, muerta ya,
dislocarle la vértebra del cuello para sofocar en su pecho el último
soplo de vida.

Cinco o seis años después de los sucesos que acaban de referirse, había
cambiado de un todo el aspecto del campo de la Punta. Al yermo desolado
y polvoroso que limitaba al oeste las primeras casas de madera de la
barriada de San Lázaro, por el sur rimeros de tablas y alfardas
importadas de los Estados Unidos del Norte de América, por el norte la
mar y el castillo de la Punta, que asomaba sus enanas almenas detrás de
apiñadas calderas férreas de Carrón para la elaboración del azúcar,
sucedió un edificio de tres cuerpos, macizo, cuadrangular, erigido por
el Capitán General don Miguel Tacón para cárcel pública, depósito
presidial y cuartel de infantería.

El espacio descubierto que quedó al lado septentrional de ese edificio,
todavía se obstruyó más con la construcción de unos cobertizos de madera
para abrigo de una parte del presidio, empleada en picar piedra menuda a
martillo, con destino al empedrado de las calles de la ciudad, según el
sistema de McAdam. Pero, de todos modos, así quedó separada la prisión
de la Casa de Gobierno; los presos pasaron a un edificio, aunque
defectuoso en muchos respectos, fabricado expresamente para su desahogo
y seguridad; hubo más conveniente separación de sexos y de delitos, y,
en especial, se redujo a la tercera parte la _via crucis_ de los
infelices reos de muerte, pues que apenas se cuentan doscientos pasos de
la cárcel nueva a la orilla del arrecife, donde se efectuaban las
ejecuciones capitales. De allí y de la Punta, a la parte opuesta,
salieron a recibir la muerte del patriota y del héroe, años adelante,
Montes de Oca y el joven Facciolo; el General López y el español Pintó;
el bravo Estrampes; y, en nuestros días, Medina y León y los inocentes
estudiantes de la Universidad de La Habana.

Incorporáronse los tres amigos a la lúgubre procesión, y la acompañaron
por el costado de la Catedral hasta la puerta del Seminario, edificio
que se extiende por el fondo de ella y da sobre el puerto. No habían
abierto aún la entrada a las aulas, y el golpe como de doscientos
estudiantes de derecho, filosofía y latín, la flor de la juventud
cubana, se dilataba desde las gradas de piedra de la portería hasta el
cuartel de San Telmo por un lado, y por el otro largo trecho hacia las
bocacalles del Tejadillo y de San Ignacio, a causa de la estrechura de
la vía. Por un movimiento espontáneo, la muchedumbre estudiantil se
dividió en dos filas, dando paso franco por medio de la calle a la
extraña comitiva, a la cual precedía un rumor sordo como de enjambre de
abejas que busca donde posarse.

Hizo alto por un momento ante la puerta del Seminario, para dar tiempo a
que cuatro hermanos de la Caridad y de la Fe relevasen a los que
portaban la silla de mano desde la cárcel. La figura entre tanto, no
cambió de posición ni hizo el menor movimiento; pero aunque los pliegues
del manto negro ocultaban por completo sus facciones, su nombre y la
historia de su crimen corrieron de boca en boca entre todos los
estudiantes.

--Nadie diría que llevan ahí a una mujer, dijo un estudiante de latín.

--En efecto, más parece la estatua de una llorona que ser viviente,
agregó otro.

--El remordimiento la agobia, dijo un tercero. Por eso dobla la cabeza
sobre el pecho.

--Ya, exclamó un estudiante alto, de aspecto amulatado; el caso no es
para menos. Ahora supongo yo que está horrorizada de su propio crimen.

--¿Pero está probado, como luz del mediodía, según reza la ley de
Partida, preguntó nuestro conocido Pancho, que Panchita mató a su
marido?

--Tan cierto es que lo mató que le van a dar garrote, volvió a observar
el estudiante amulatado, con cierta sonrisa de desdén. Por más señas que
después de muerto le hizo tasajo, y, cosiéndole en un saco de henequén,
le arrojó al río para pasto de los peces.

Todo eso no constituía un argumento de la criminalidad de Panchita
Tapia, y su tocayo iba a replicar cuando otro estudiante se interpuso
diciendo en voz campanuda y acento español:

--Por un tris hace la chica con su consorte lo que dispone la ley de
Partida que se haga con el parricida. Sólo faltó que el saco fuera de
cuero, que tuviese pintadas llamas coloradas al exterior y que hubiese
puesto en el interior un gallo, una víbora y un mono, animales que no
conocen padre ni madre.

--La ley de las Doce Tablas,[17] se apresuró a decir Pancho alzando la
voz y empinándose un tanto, contento de poder corregirle la plana al
estudiante españolado--copiada _pedem litterae_ en las Partidas, que
mandó compilar don Alfonso el Sabio--no habla de gallos, sino de perro,
víbora y mono, y no porque estos animales conozcan o desconozcan padre o
madre, sino simplemente para entregar el criminal a su furor. El Código
Alfonsino considera parricida aún a la mujer que mata a su marido. La
práctica hoy día es arrastrar al reo en un serón atado a la cola de un
caballo hasta el pie del patíbulo. De suerte que, si no arrastran a
Panchita Tapia, acusada de ese horrendo crimen, la razón es porque no lo
consienten nuestras costumbres. He dicho.

Con esto Pancho se alejó prontamente de aquel grupo, cosa de no dar
tiempo a una réplica de parte del estudiante españolado. Pero éste se
contentó con decir, viéndole alejarse:

--Se conoce que el chico ha estudiado la lección.

En aquel mismo punto se abrieron las ponderosas hojas de cedro de la
puerta del Seminario, más conocido entonces bajo el nombre de Colegio de
San Carlos. El gran patio lo constituían cuatro corredores anchos, de
columnas de piedra, formando un cuadrado. En el centro había una fuente,
y por todo el derredor naranjos lozanos y frondosos. En el lado opuesto
a la entrada principal, a la izquierda, había una escalera de piedra que
conducía a los claustros de los profesores; a la derecha, una reja que
separaba el corredor de un callejón oscuro y húmedo, por el cual se
penetraba en un salón lateral, largo y sucio, separado de las aguas del
puerto por un jardín o huerto de tapias elevadas. Hacia allá daban unas
cuatro ventanillas altas por donde entraba la única luz que a medias
alumbraba el salón. Contra la pared de enfrente, en el centro, se
poyaba una mala cátedra, y a ambos lados de ella había muchos bancos de
madera, rudos, fuertes y de elevado respaldo, colocados
transversalmente.

Ahí se enseñaba filosofía; ahí enseñó por la primera vez esta ciencia a
la juventud cubana el ilustre padre Félix Varela, quien para ello
redactó un texto, apartándose enteramente del aristotélico, único
seguido en Cuba hasta entonces, desde la fundación de la Universidad de
La Habana, en 1714, en el Convento de Santo Domingo. Cuando después, en
1821, el padre Varela marchó de representante a las Cortes españolas,
quedó sustituyéndole en la misma cátedra el más aventajado de sus
discípulos, José Antonio Saco, y en los momentos de nuestra historia la
desempeñaba el abogado Francisco Javier de la Cruz, por ausencia en el
norte de América del propietario y expatriación de su virtuoso fundador.

En el ángulo de la izquierda había otro salón, con entrada directamente
del corredor, donde enseñaba latín el padre Plumas. Luego, ocupando casi
todo el otro lado, estaba el refectorio de los seminaristas y algunos
profesores que residían permanentemente en el mismo edificio, y a la
izquierda de la entrada principal estaba la ancha escalinata, dando
acceso a los corredores del piso alto. Por ésta subían los estudiantes
de derecho no seminaristas; mientras los de filosofía y latín entraban
en los salones respectivos, ya mencionados, por las puertas al ras del
patio.

En la mañana del día que vamos refiriendo, cuando los estudiantes de
derecho ponían el pie en el primer escalón de la escalinata, se
detuvieron en masa como reparasen en un grupo de tres sujetos en animada
conversación cerca de allí, bajo el corredor. El que llevaba la palabra
podía tener de 28 a 30 años de edad. Era de mediana estatura, de rostro
blanco, con la color bastante viva, los ojos azules y rasgados, boca
grande de labios gruesos y cabello castaño y lacio, aunque copioso.
Había cierta reserva en su aspecto y vestía elegantemente, a la inglesa.
El otro de los tres personajes se podía decir el reverso de la medalla
del ya descrito, pues a un cuerpo rechoncho, cabeza grande, cuello
corto, cabello crespo y muy negro: los ojos grandes y saltones, el labio
inferior belfo, dejando asomar dientes desiguales, anchos y mal puestos
agregaba un color de tabaco de hoja que hacía dudar mucho de la pureza
de su sangre. El tercero difería en diverso sentido de los dos
mencionados, siendo más delgado que ellos, de más edad, de color pálido
y aspecto muy amable y delicado. Este era el catedrático de filosofía,
Francisco Javier de la Cruz; el anterior José Agustín Govantes,
distinguido jurisconsulto que regentaba la cátedra de derecho patrio; y
el primero, nombrado José Antonio Saco, recién llegado del Norte de
América.

Precedía a éste la fama de sus escritos en el _Mensajero Semanal_, que
publicaba en Nueva York, según decían, con la cooperación del muy amado
padre Varela, principalmente los que versaban acerca de los sucesos y
eminentes personajes de la revolución de México y de Colombia. Sobre
todo, acababa de leerse en La Habana, produciendo un vivo entusiasmo, su
polémica crítico-política con el encargado del Jardín Botánico, don
Ramón de la Sagra, en defensa del poeta matancero[18] José María
Heredia.

De resultas de eso, los jóvenes cubanos, que ya se daban a la política,
comenzaron a alejarse de la clase de botánica que pretendía enseñar La
Sagra, burlándose de él a medida que admiraban a Saco, a quien tenían
por un insurgente decidido, con cuya opinión, cosa singular, concurría
de plano el gobierno de la colonia.

Algunos de los estudiantes de derecho le reconoció, desde luego, por
haber estudiado filosofía con él en 1823 y murmuró su nombre, lo que fue
bastante para que se pararan e hicieran una exclamación más bien de
curiosidad que de otra cosa. Esto hubo de atraer la atención de
Govantes, el cual, por señas, ordenó a sus discípulos que salieran al
salón de clase, adonde él los seguiría en breve.

Allá, en efecto, se encaminaron de tropel y entraron en el salón con
gran algazara, hablando de Saco, de Heredia, de su célebre _Himno del
desterrado_ y su no menos famosa oda _Al Niágara_, inclusa en la
colección de sus poesías impresas en Toluca, México; de las lecciones de
botánica de La Sagra, y de los héroes de la revolución de Colombia,
aunque entonces imperfectamente conocida por la juventud habanera.
Cuando, poco después, entró Govantes a paso tardo, con un libro debajo
del brazo y el semblante risueño y animado, callaron de golpe los
estudiantes y reinó allí completo silencio. Ascendió los tres o cuatro
escalones de la cátedra, puso el libro en el ancho pretil y se sentó en
la silla de paja, a mano constantemente.

No era el salón de la clase de derecho sólo el más amplio y extenso del
seminario, sino también el mejor situado bajo todos conceptos. Tenía la
entrada por un extremo, con cuatro ventanas anchas abiertas al corredor,
y otras tantas al puerto de La Habana, que daban luz y aire, dejando ver
los valuartes de la ciudadela de la Cabaña y parte de los del Morro.
Apoyada en la pared medianera, entre las ventanas centrales, se elevaba
la cátedra; en frente había dos órdenes de bancos paralelos y a
entrambos lados otros muchos colocados transversalmente, de modo que el
catedrático, desde su elevado asiento, dominaba toda la clase, no
obstante su extensión. Probablemente habría allí congregados hasta 150
estudiantes de varios cursos.

Los que habían estudiado la lección y creían poder explicarla con alguna
claridad, presentaban el cuerpo y seguían los movimientos del
catedrático. Los que no habían abierto siquiera el libro de texto, por
el contrario, no sabían donde esconder la cara ni cómo encogerse. En
este caso se hallaba nuestro conocido Leonardo Gamboa, según él mismo lo
había dicho a sus amigos Meneses y Pancho Solfa. Como por su talla y su
carácter no le fuera fácil ocultarse, nunca se sentaba en frente de la
cátedra, sino a los costados, y eso en los últimos bancos. El día que
vamos narrando ocupó el asiento de la cabeza en el rincón, desalojando
para ello a su amigo Solfa. Después de recorrer Govantes con la vista
toda la clase, se dirigió a un estudiante de su derecha, a quien llamó
por el apellido de Martiartu, el españolado antes dicho, y le ordenó
explicara la lección, cosa que hizo con facilidad y aún lucidez. Luego
ordenó hiciera lo mismo al amulatado, que llamó Mena; enseguida a otro
de apellido Arredondo, el cual ocupaba puesto frente a frente de la
cátedra. Cuando éste hubo concluido la explicación más o menos textual,
Govantes volvió los ojos a su izquierda, los pasó por encima de
Leonardo--el cual de golpe bajó la cabeza con achaque de recoger el
pañuelo dejado caer de intento y los detuvo en el joven que se sentaba
en la otra cabecera del mismo banco. No se sabía éste la lección y se
quedó callado, por lo cual, tras breve rato, el amable profesor
dijo:--el otro, con idéntico resultado. Saltó enseguida al cuarto, luego
al sexto, que tampoco pudo responder, hasta que dejando tres o cuatro
por medio, dijo a Gamboa:--Usted. Disimuló él cuanto pudo, hizo como que
no había oído ni entendido, mas su amigo Pancho le llamó la atención, y
entonces, medio mohino, medio corrido, se puso en pie y dijo:

--Maldito si he estudiado la lección.

Semejantes palabras produjeron una risa general. Gamboa, sin inmutarse,
continuó:

--Mas, por lo que han dicho los señores que me han precedido en el uso
de la palabra, saco en consecuencia que el asunto de que hoy se trata es
de los más importantes, y creo que no se me olvidarán los puntos
principales para el caso de su aplicación en nuestro foro.

Con esto se sentó de pronto, pegando al mismo tiempo un puntazo con el
dedo índice al sufrido Pancho, por el costado, quien, ya de dolor, ya de
las cosquillas que le produjo, no pudo menos de dar un salto en el
asiento. Su discurso, lo mismo que su acción, por inesperados, causaron
una explosión de risa de que, no obstante su seriedad, participó el
mismo Govantes; quien, sin más dilación, comenzó la explicación del
texto, que versaba, como ya dicho, sobre el derecho de las personas.
Definió primero lo que se entendía por persona, según el derecho romano;
luego por estado, que dijo se dividía en natural y civil, y que este
último podía ser de tres maneras, a saber: de libertad, de naturaleza y
de familia. Y entró de lleno en lo que podía denominarse historia de la
esclavitud, pintándola no ciertamente en sus relaciones con la sociedad
antigua o moderna, sino con el derecho romano, el de los godos y el
patrio; porque si bien reinaba bastante libertad de enseñanza entonces
en Cuba, las ideas abolicionistas no habían empezado a propagarse en
ella.

Govantes en aquel día, como solía, estuvo inspirado, elocuente, dando
muestras repetidas de su vasta erudición; en lo cual sin duda no había
tenido pequeña parte su reciente entrevista con Saco, el traductor y
anotador de las _Recitaciones de Heinecio_,[19] de texto en el Colegio
San Carlos desde el año anterior de 1829. Al ponerse él en pie, pues
había sonado la hora de las nueve, los estudiantes imitaron su ejemplo,
prorrumpiendo en estrepitosos aplausos.



CAPÍTULO X

     _Engañó al mezquino_
     _Mucha hermosura;_
     _Faltó la ventura,_
     _Sobró el desatino;_
     _Errado el camino_
     _No pudo volver_
     _El que por amores_
     _Se dejó prender._

     D. HURTADO DE MENDOZA


Decíamos que los estudiantes de derecho patrio imitaron el ejemplo de su
profesor poniéndose todos de pie. Pero aunque ganosos de salir del aula,
según es de suponerse, permanecieron en sus puestos respectivos hasta
que aquél descendió de la cátedra y se dirigió a la puerta de salida,
cabeza baja y libro de texto debajo del brazo; entonces desfilaron en
dos columnas tras él, en respetuoso silencio.

Los pocos que le acompañaron hasta la puerta de su celda, al fondo de la
galería, fueron los seminaristas, pupilos del colegio, los cuales se
distinguían por la ropa talar de estameña color pardo que vestían y que
les daba la apariencia de monacillos; si bien es seguro que ninguno de
ellos seguiría la carrera eclesiástica.

Los otros estudiantes no seminaristas, en el número ya dicho, luego que
se alejó el catedrático, deshicieron la formación que traían, se
precipitaron por la ancha escalera de piedra, en tropel bajaron al
corredor y en el mismo desorden salieron a la calle, cual si los hubiera
vomitado de un golpe la amplia portería del Colegio de San Carlos.

Ya en la calle, se derramaron por diferentes rumbos de la ciudad. Un
grupo bastante numeroso tomó la vuelta del cuartel de San Telmo en que
termina la calle de San Ignacio, torció la de Chacón, enseguida a la de
Cuba, en fin, por la de Cuarteles se encaminó a la Loma del Ángel, que
era su destino. En este grupo estudiantil, marchando con gran algazara,
bien podía notar el curioso lector de anteriores páginas, a los tres
constantes amigos: Gamboa, Meneses y Solfa. El primero de éstos sin duda
capitaneaba a los demás, porque iba a la cabeza blandiendo en la mano
derecha, a guisa de bastón de tambor mayor, la caña de Indias con puño
de oro y regatón de plata. A medida que se acercaban a la iglesia del
Santo Ángel Custodio, que, como sabe el lector habanero, se halla
sentada en la planicie de la Peñapobre, se estrechaba más la vía a causa
del declive y del golpe de gentes de ambos sexos, de todos colores y
condiciones que llevaban la misma dirección.

Las mujeres blancas, al menos las que no se dirigían a la iglesia, iban
en quitrines, los cuales entonces empezaban a generalizarse y a
sustituir a las _volantes_ o calesas, que venían usándose desde fines
del siglo pasado. Casi todos los ocupaban tres señoras sentadas en el
único asiento o de testera de esos carruajes, las mayores a los lados,
recostadas muellemente; la más joven en medio y erguida siempre, porque
nuestros quitrines ni nuestras _volantes_ se construyen en realidad para
tres personas, sino para dos. Aunque pasadas las nueve de la mañana, no
calentaba demasiado el sol, a causa de lo adelantado de la estación; por
eso casi todos los quitrines llevaban el fuelle caído, mostrando a toda
su luz la preciosa carga de mujeres, jóvenes en su mayor parte,
vestidas de blanco o colores claros, sin toca ni gorra, la trenza negra
de sus cabellos sujeta con el peine de carey llamado peineta de teja, y
los hombros y brazos descubiertos.

Las mujeres blancas que iban a pie por aquellas calles pedregosas sin
aceras, de seguro se dirigían a la iglesia; lo que podía advertirse por
el traje negro y la mantilla de encaje. La gente de color de ambos
sexos, en doble número que la blanca, iba toda a pie, parte también a la
iglesia, parte paseando o vendiendo tortillas de maíz en tableros de
cedro, que era uno de los motivos de la fiesta. Las que se hallaban
arrimadas a una u otra pared de la calle, eran por lo común negras de
África, pues las criollas desdeñaban la ocupación, sentadas en sillas
enanas de cuero, con una mesita por delante y el burén en el brasero a
un lado. En la tal losa de piedra oscura tendían con una cuchara de
madera la porción de harina de maíz mojada que constituía una torta de
tres o cuatro onzas de peso, y cuando estaba doradita con el calor del
burén, le esparcían por encima un poco de manteca de vacas, y así
calientita y jugosa la ofrecían de venta al transeúnte a razón de medio
de plata el par. Muchas señoritas no tenían a menos parar el carruaje y
comparar las tortillas de San Rafael, según las denominaban, calientes
todavía del indiano burén, pues por lo que parece, era como sabían
mejor.

La ocasión de todo aquel bullicio y movimiento era la fiesta de San
Rafael, que cae el 24 de octubre, cuya celebración se había principiado,
según ya indicamos, nueve días antes. En cada uno de ellos se decía una
misa rezada en las primeras horas de la mañana, misa mayor y sermón de
diez a doce y salve a la hora de víspera. Durante la novena o circular
se mantenía de manifiesto el Santísimo Sacramento, y con tal motivo la
iglesia nunca se veía desocupada de los fieles que acudían de todas
partes del barrio a ganar indulgencia plenaria.

Como hemos dicho anteriormente, la pequeña iglesia del Santo Ángel
Custodio se halla asentada en la planicie estrecha de la Peñapobre,
especie de arrecife de poca extensión, aunque bastante elevado respecto
al plano general de la ciudad. Para subir a ella había, y hay ahora, dos
escalinatas de piedra oscura y tosca, con repechos de lo mismo: una que
arranca del fondo de la calle de los Cuarteles, la otra que desciende a
la de Compostela, siendo ésta la más larga y pendiente.

En llegando a lo alto de la meseta, que también tiene repecho de piedra,
se está en el piso del templo, cuya única nave, en los días de función,
como de la que ahora se trata, se descubre toda entera--el altar mayor
al fondo, retablo de madera de dos cuerpos--más allá de las dos puertas
laterales, casi oculto tras el bosque de cirios blancos, candelabros
dorados y plateados, macetas de flores artificiales y gran profusión de
relumbrantes cartulinas. A izquierda y derecha se veían dos retablos de
menos adornos, en el promedio de la puerta principal y las laterales, y
en la media naranja otros dos retablos, en cada uno de los cuales se
veneraba algún santo, por lo regular de madera de talla, encerrado en un
nicho de cristal. El techo, en forma de caballete, dejaba al desnudo el
maderamen de la armadura que estaba cubierta de tejas coloradas, y
encima del arco toral, dentro del que había un pequeño coro, se
levantaba el cuadrado campanario de piedra de tres cuerpos en
disminución ascendente. Hacia el oeste, detrás del cuerpo de la iglesia,
se hallaba la sacristía, la habitación del cura enseguida, y otra
escalera de piedra menos espaciosa que las del frente, que daba salida a
la calle de Egido, especie de callejón hondo, torcido y desigual que
corre a lo largo de las paredes de las casas y los baluartes que
circundaban la ciudad por la parte de tierra. El patio, por el frente,
tiene un malecón de mampostería, al modo de muro de azotea. Pues en ese
malecón, en la mañana del día que vamos refiriendo, el segundo o tercero
de la novena de San Rafael, varios negros carpinteros se entretenían en
levantar con tablas de pino, pintadas de color de cantos de piedra, algo
que se asemejaba a las almenas de un castillejo, habiendo ya plantado el
asta bandera y casi concluido la obra principal.

Los estudiantes se habían apoderado de todo el repecho de las
escalinatas y mesetas; Leonardo Gamboa en lo más alto, con su caña al
hombro dirigiendo la maniobra, y no subía por éstas persona alguna, ni
pasaba por la calle mujer especialmente, en carruaje o a pie, sin que
tuvieran ellos algo que decirle y aún hacerle. El más conspicuo por su
voz, por el puesto que ocupaba y por su aventajada talla era Gamboa,
prodigando, sin cesar dichos y requiebros, sobre todo a las muchachas
bonitas, con sobra de galantería y lastimosa falta de buena crianza.
Ellas, sin embargo, ya por el hábito de oírlos desde la cuna, ya porque
siempre halaga la celebración, no se daban por ofendidas, antes éstas se
sonreían; aquéllas, con el abanico entreabierto, hacían un saludo
gracioso a los conocidos o amigos, y no faltaban quienes correspondían a
una pulla, con otra pulla, por cierto no de la mejor ley.

Había Leonardo arrebatado un pedazo de tortilla a uno de sus compañeros,
y, teniéndole en la mano izquierda, lo brindaba a la joven que mejor le
parecía, sin ánimo de dársela a ninguna, ni probarlo él, hasta que, de
tres que iban en un quitrín, creyó reconocer la que ocupaba el lado
opuesto; por cuya razón, en vez de hacerle el mismo ofrecimiento que a
las demás, bajó la mano de pronto y trató de ocultarse tras el repecho
de la meseta. La joven le había visto, y reconocido desde luego; sólo
que, lejos de sonreírse, como es natural cuando se divisa a un amigo
entre multitud de gentes extrañas, se puso más seria y pálida de lo que
era, aunque mientras pudo estuvo mirando el sombrero y la frente del
estudiante, asomados a pesar suyo por encima del borde del muro de
piedra. A tiempo de agacharse Gamboa, por un movimiento involuntario,
le echó garra por un brazo a su amigo Meneses, y de modo le apretó, que
éste no pudo menos de quejarse y preguntarle:

--¿Qué sucede, Leonardo? Por Dios bendito, suelta, que me desprendes el
brazo.

--¿No la conociste? repuso Leonardo enderezándose poco a poco.

--¿A quién? ¿Qué dices?

--A la muchacha aquella del quitrín azul que va sentada a la parte
opuesta de nosotros. Pasa ahora las Cinco esquinas. Todavía mira hacia
acá. De seguro me ha reconocido. ¡Y yo que la hacía a muchas leguas de
distancia! ¿Si creerá que todavía duran los aguinaldos de pascuas?

No sé aún de quién hablas.

--De Isabel Ilincheta, hombre. ¿No la conociste? Bien que te gustaba su
hermana Rosa.

--Acabáramos. No la conocí, en efecto. Me pareció muy delgada y
trigueña, allá era la más linda del partido.

--Todas las muchachas cuando van para tías se ponen delgadas y
palidecen; y lo que es Isabel tiene razón para ambas cosas, pues cuenta
mi edad y no abriga esperanzas de casarse pronto.

--Todavía te casas tú con ella el día menos pensado.

--¿Yo? Primero con una escopeta. La chica me gusta, no lo niego; pero
más me gustaba allá, en medio de las flores y del aire embalsamado, a la
sombra de los naranjos y de las palmas, en aquellas guardarrayas y
jardines del cafetal de su padre. Y luego, es una bailadora... de
primera. No menos que tu Rosa.

--Deja tranquila a Rosa y volvamos a tu Isabel. Estaba lo que se llama
enamorada de ti. ¡La pobre! no te conoce, a lo que entiendo. Porque si
vale decir verdad, eres el más inconstante y voluble de los hombres.

--Lo confieso, lo siento, mas no puedo remediarlo; me empeño por una
muchacha mientras me dice que no; en cuanto me dice que sí, aunque sea
más linda que María Santísima, se me caen a los pies las alas del
corazón. Desde mayo no le escribo. ¿Qué pensará de mí? Y es que estas
muchachas criadas en el campo son tan empalagosas con su querer... Se
figuran que nosotros los mozos de La Habana somos todo cera y miel.

--¿Dónde parará ella?

--De seguro en casa de las Gámez, sus primas, detrás del Convento de las
monjas Teresas.

--¿Esperas tropezar ahí con Rosa? Cuando no estaba en el quitrín con
Isabel, es claro que no ha venido del campo. En cuanto a mí, te juro que
no deseo y temo encontrarme cara a cara con Isabel. Estará ella hecha un
moderno virago conmigo. No es mujer a quien se puede ofender
impunemente.

--Razón tiene sobrada para estar enojada contigo, y en conciencia debes
hacer por aplacar su enojo...

--Conciencia, conciencia, repitió Leonardo en tono desdeñoso. ¿Quién la
tuvo jamás en tratándose de mujeres?

--¡Hombre! No digas blasfemias, que hijo eres de mujer.

Esta última observación la hizo Pancho Solfa, que había estado oyendo el
breve diálogo de los dos amigos. Leonardo le miró de alto a bajo; no por
desprecio, sino porque le sacaba al menos dos palmos de ventaja en
estatura, y le dijo serio:

--Tú vas a parar en fraile capuchino. Luego, volviéndose con viveza para
Meneses, añadió: Esa muchacha va a trastornar todos mis planes.

--No lo comprendo, dijo Meneses.

--Ya lo verás, repuso Leonardo pensativo. Caballeros, prosiguió hablando
con los que le seguían desde el colegio; vámonos que ya esto fastidia.

Conocidamente Leonardo se había puesto de mal humor; algo le contrariaba
el ánimo, y él no era hombre para sobrellevar estorbos. Pero apenas bajó
a la calle por el lado de la de Compostela, y se vio una vez más en
medio del bullicio popular, cuando volvió a su ser natural y a las
vivezas de su carácter. En efecto al llegar a las Cinco esquinas,
alcanzó un caballero de mediana edad que llevaba la misma dirección que
los estudiantes. Leonardo le pasó los brazos por debajo de los suyos, le
cubrió los ojos con ambas manos y le dijo, variando el acento:--Adivina
quién soy.

En vano el desconocido trató de desasirse de las garras del estudiante,
en la persuasión quizás de que el objeto de aquella violencia era
robarle a la claridad del día y a la vista del pueblo. Pero Leonardo,
luego que se le reunieron los compañeros y multitud de curiosos, soltó
al hombre; y, con el sombrero en la mano y la cabeza inclinada, en señal
de respeto y arrepentimiento, le dijo:--Pido a Vd. mil perdones,
caballero. He sufrido una equivocación lamentable, pero Vd. tiene la
culpa, porque se parece a mi tío Antonio como un huevo a otro huevo.

Los estudiantes soltaron la carcajada, por lo mismo que el caballero
desconocido, comprendiendo la burla, estalló en expresiones de mal humor
y de enojo contra la juventud malcriada e insolente de la época. Aquella
ridícula escena pasó con más rapidez de lo que hemos acertado a
pintarla, y, como para hacer contraste con ella, no bien pasó Leonardo
la calle de Chacón, metió la punta de su caña de Indias en una rolliza
tortilla de maíz que empezaba a dorarse al calor del burén de una negra
más rolliza todavía y casi desnuda, arrimada a la pared de la esquina y
rodeada de sus cachivaches, y la levantó en el aire. Hizo la tortillera
una exclamación de angustia, y al enderezarse en el enano asiento, como
era tan gorda y pesada, echó a rodar la mesita que tenía delante, donde
había otras tortillas ya cocidas, con lo cual se aumentó su disgusto y
se menudearon sus gritos. Todos rieron de la ocurrencia, Diego Meneses,
quien, por uno de aquellos impulsos nobles y generosos de su buen
corazón, sacó del bolsillo del chaleco unos cuantos reales, se los
arrojó al pecho abultado de la negra, y acertó a depositárselos en el
seno, no obstante el bajo escote del cuerpo de su escasísimo traje.

Si con esto se le pasó el enojo o cesaron sus lamentos, los estudiantes
no se detuvieron a averiguarlo. Adelante, en la calle del Tejadillo
corta la de Compostela en ángulo recto y luego se encuentra la del
Empedrado, dicha así por haber sido la primera en que se empezó a
ensayar el sistema de pavimento de las calles de La Habana con chinas
rodadas y arroyo en medio. Por ella torció Leonardo a la derecha, y
después de saludar a sus compañeros y decir a sus íntimos amigos Meneses
y Solfa que podían, si querían, esperarlo en la plazoleta inmediata de
Santa Catalina, donde se reuniría con ellos dentro de un cuarto de hora.
Pero siendo ya la de almorzar, según la costumbre de Cuba, ellos
prefirieron continuar a sus casas respectivas, y así se separaron de
Leonardo hasta la noche en la feria del Santo Ángel Custodio.

Una vez solo el estudiante de derecho, cambió de paso y de aspecto
repentinamente. Se puso serio y pensativo, mucho más de lo que cabía
esperar en un carácter tan alegre y vivaz. Era que le preocupaba
demasiado la aparición en La Habana y en la feria, de la joven de
Alquízar a quien denominó Isabel Ilincheta. No obstante que lo negase,
estaba enamorado de ella, y recelaba que su repentina llegada diese
ocasión a revelaciones desagradables, sobre todo, al descubrimiento de
sus veleidades, que, por pervertido que tuviese el sentimiento de la
decencia, no podían hacerle honor ni dejar de sacarle los colores a la
cara.

Varias veces se detuvo y pegó con la punta del bastón en las angostas
losas de la acera, de cuyo lujo gozaba entonces, entre otras pocas, la
calle famosa de lo Empedrado. Entre seguir y volverse fluctuaban
grandemente, pues es bueno que se sepa que aquella no era la dirección
de su casa. Dio, al fin, un golpe más recio que los demás con la caña,
se la echó al hombro, como solía, y apresuró el paso, murmurando:--¡Qué
diablos! A lo hecho, pecho. Todo esto, para confirmarse en la resolución
tomada.

A poco andar se encontró en la esquina de la calle del Aguacate, y
arrimado a las alterosas paredes del Convento de Santa Catalina, no hizo
alto hasta cerca de la esquina en que la calle de O'Reilly corta la que
llevaba a la sazón. Allí, dirigió una mirada oblicua a la ventanilla
cuadrada y alta de una casucha en la acera opuesta, inmediata a la
esquina. Dicha casucha la hemos descrito minuciosamente al final del
capítulo II de esta verídica historia. Las hojas de la ventanilla se
hallaban entornadas, y por entre los balaustres de cedro, se veían los
pliegues de una cortinilla de muselina blanca, la cual se agitaba
ligeramente entonces, ya a causa del airecillo de la mañana, ya de los
movimientos de alguna persona que estuviese detrás. En la misma
disposición, aunque inversa, se veía la desvencijada puerta: la media
bala de hierro, de que hemos hablado en otra parte, impedía que se
cerrase del todo.

Que había una persona apostada entre la hoja entornada de la ventanilla
y la cortina blanca, no cabe duda ninguna, porque apenas Leonardo cruzó
y puso la mano derecha en el hueco que dejaba en el marco un balaustre
caído, cuando se asomó la cara más linda de mujer que quizás existía en
aquel tiempo en La Habana. A su vista, aunque los ojos de la mulata
despedían rayos, y no de amor, sino de cólera, quedó completamente
subyugado Leonardo, y se olvidó de Isabel, de los bailes de Alquízar y
de los paseos por las guardarrayas de palmas y de naranjos en los
cafetales de esa comarca. El lector de los primeros capítulos de esta
historia tiene delante a Cecilia Valdés. Mantenía los ardientes labios
apretados, la sangre quería brotarle de sus redondas mejillas, el
abultado seno con dificultad se contenía dentro de las ligaduras del
traje de yocó. Al fin fue ella la primera a hablar, diciendo más con el
semblante que con la voz:

--¿Para qué ha venido?

--Acabo de salir de la clase, contestó Leonardo en tono humilde y bajo,
mas recio.

Cecilia miró al soslayo para adentro, con la mano izquierda abierta hizo
seña a Leonardo que bajara algo más la voz y añadió con vehemencia:

--Le han visto hace poco en la loma del Ángel.

--Puede ser, venía para acá.

--Pero se ha detenido mucho, la distancia no es tan grande. ¡Ah!
¡Maldita la mujer que ama!

--Nada se ha perdido, Cecilia. Heme aquí.

--Ya. ¿Mas quién sabe la causa de su demora? Tal vez una mujer...

--Mujer no, te lo juro.

--No me jure, porque entonces menos le creo. El caso es que Chepilla ya
está de vuelta de Paula y Vd. se aparece ahora. Ya no hay tiempo de
hablar. Hace rato que llegó. Rezaba y dormitaba, supongo que de cansada;
y ya levanta la cabeza y pone el oído de ético. (Esto lo dijo mirando
otra vez hacia dentro.) A Vd. no le interesa mi amistad, se conoce, y
soy una boba que le espero. ¡Maldita sea la mujer que quiere como yo!

--Tu desesperación me asusta, alma mía. Siento el percance, será mañana.

--Es que Chepilla no va todos los días a Paula.

--Me levanté cerca de las siete. Tú sabes a la hora que vinimos de
Regla, cerca de la una de la madrugada.

--Eso no impidió que yo me despertase al amanecer. Me acosté con el
cuidado y Vd. no, esto hace mucha diferencia.

--Déjate de ese tono irónico que no te sienta ni un poquito. Demasiado
sabes tú que te idolatro.

--Obras son amores y no buenas razones, y el hombre que no cumple con
una cita...

--No me condenes de ligero. Ya te he dicho la causa de mi demora. Te
protesto, sin embargo, que lo siento en el alma, y ya te probaré...

--Malhaya viene tarde. En vano me protesta de su cariño. La persona que
quiere bien no engaña. Sí, Vd. me está engañando. Me tiene muy herida.
Váyase. Truena Vd., no habla.

Leonardo le cogió la mano y se la llevó a los labios, sin que ella
opusiera la menor resistencia, por donde conoció que había pasado el
furor de la tormenta y que la muchacha admitiría su visita en primera
oportunidad. Con esto él siguió camino y al entrar en la calle de
O'Reilly, puso el pie izquierdo en el estribo de una volanta que bajaba
de la puerta del Monserrate, zarandeándose dentro de dos larguísimas
varas, pendientes de dos enormes ruedas y del lomo de un verdadero
Rocinante, y quedó sentado en el cojín de vaqueta. El estremecimiento
producido por la repentina entrada del joven, llamó la atención del
calesero, quien incontinente volvió la cara a fin de ver la casta de
pasajero que había conseguido sin solicitarlo ni esperarlo. Este, a
tiempo de caer en el asiento, tronó en voz campanuda y de mando:--A
casa.

--¿Y dónde vive el niño? naturalmente preguntó el azorado calesero.

--¡Bruto! ¿Que no lo sabes? Calle de San Ignacio esquina a Luz. Arrea.

--¡Ah! exclamó el calesero, y le pegó tan fuerte latigazo a la pobre
bestia en los ijares, que se estremeció toda dentro de la armazón de
huesos, doblándose casi en dos, bien del dolor, bien del peso del
carruaje, del pasajero y del jinete.

Mientras el estudiante, sacudido como una pelota va camino de su casa en
la desvencijada volante séannos permitidas algunas reflexiones. ¿A qué
aspiraba Cecilia al cultivar relaciones amorosas con Leonardo Gamboa? El
era un joven blanco, de familia rica, emparentado con las primeras de La
Habana, que estudiaba para abogado y que, en caso de contraer
matrimonio, no sería ciertamente con una muchacha de la clase baja, cuyo
apellido sólo bastaba para indicar lo oscuro de su origen, y cuya sangre
mezclada se descubría en su cabello ondeado y en el color bronceado de
su rostro. Su belleza incomparable era, pues, una cualidad relativa, la
única quizás con que contaba para triunfar sobre el corazón de los
hombres; mas eso no constituía título abonado para salir ella de la
esfera en que había nacido y elevarse a aquélla en que giraban los
blancos de un país de esclavos. Tal vez otras menos lindas que ella y de
sangre más mezclada, se rozaban en aquella época con lo más granado de
la sociedad habanera, y aún llevaban títulos de nobleza; pero éstas o
disimulaban su oscuro origen o habían nacido y se habían criado en la
abundancia; y ya se sabe que el oro purifica la sangre más turbia y
cubre los mayores defectos, así físicos como morales.

Pero estas reflexiones, por naturales que parezcan, estamos seguros que
jamás ocuparon la mente de Cecilia. Amaba por un sentimiento espontáneo
de su ardiente naturaleza y sólo veía en el joven blanco el amante
tierno, superior por muchas cualidades a todos los de su clase, que
podían aspirar a su corazón y a sus favores. A la sombra del blanco, por
ilícita que fuese su unión, creía y esperaba Cecilia ascender siempre,
salir de la humilde esfera en que había nacido, si no ella, sus hijos.
Casada con un mulato, descendería en su propia estimación y en la de sus
iguales: porque tales son las aberraciones de toda sociedad constituida
como la cubana.

El calesero, entre tanto, bajó por la calle de O'Reilly al trote, tomó
la de Cuba, cruzó diagonalmente la plazoleta de Santa Clara, torció
luego a la calle de San Ignacio, y sin adelantarse un paso paró la
carrera a la puerta de la casa que le habían designado. Aquélla era una
prueba de que el negro calesero no merecía el dictado de bruto que le
dio Leonardo al entrar en la volante. No había acabado de parar ésta,
cuando el estudiante saltó a la acera y con la misma rapidez le lanzó
una moneda al calesero. Recibiola él en el aire, se la llevó a los ojos,
vio que era una peseta columnaria, se persignó con ella, picó espuelas y
siguió viaje, diciendo:--Mucha salud, niño.



CAPÍTULO XI

     _De mi patria_
     _bajo el desnublado cielo_
     _no pude resolverme a ser esclavo,_
     _ni consentir que todo en la natura_
     _fuese noble y feliz menos el hombre._

         JOSÉ MARÍA HEREDIA

     A Emilia.


Creyó advertir Leonardo cuando saltó de la volante a la acera, que un
militar, en completo uniforme, que caminaba de prisa hacia la Plaza
Vieja, se había separado de la segunda ventana de su casa, y que
contemporáneamente se había desprendido de un postigo de la misma el
bien conocido rostro de una de sus hermanas. Apresuró el paso, y, en
efecto, a través de otro postigo de la reja del zaguán, vio a su hermana
mayor Antonia, en el acto de alzar la cortina para entrar en el primer
aposento, por la puerta que daba a la sala. Le desazonó más de lo que
puede imaginarse este inesperado descubrimiento, porque atando cabos se
convenció, a no quedarle duda, de que mientras él galanteaba a la mulata
allá por el barrio del Ángel, un capitán del ejército español, a la
clara luz de una mañana de octubre, le galanteaba la hermana acá por el
barrio de San Francisco. El recuerdo del momento placentero que había
gozado y que aún se cernía en su mente cual visión brillante, quedó
enturbiado, se desvaneció del todo ante la desagradable escena a la
ventana de su casa.

De la generación que procuramos pintar ahora bajo el punto de vista
político-moral, y de la que eran muestra genuina Leonardo Gamboa y sus
compañeros de estudios, debemos repetir que alcanzaba nociones muy
superficiales sobre la situación de su patria en el mundo de las ideas y
de los principios. Para decirlo de una vez, su patriotismo era de
carácter platónico, pues no se fundaba en el sentimiento del deber, ni
en el conocimiento de los propios derechos como ciudadano y como hombre
libre.

El sistema constitucional que había regido en Cuba, la primera vez de
1808 a 1813, la segunda de 1821 a 1823, nada le había enseñado a la
generación de 1830. Para ella habían pasado como un sueño, como cosas
del otro mundo o de otro país, la libertad de imprenta, la milicia
nacional, el ejercicio frecuente del derecho del sufragio, las reuniones
populares, las agitaciones y propaganda de los más exaltados, los
conciliábulos de las sociedades masónicas, las cátedras de Derecho y de
Economía Política, las lecciones de Constitución del Padre Varela.
Después de cada uno de esos dos breves períodos había pasado sobre Cuba
la ola del despotismo metropolitano y borrado hasta las ideas y los
principios sembrados con tanto afán por ilustres maestros y eminentes
patriotas. Habían desaparecido los periódicos libres, los folletos y los
pocos libros publicados en las dos épocas memorables, de los cuales, si
existía uno que otro ejemplar, era en manos del bibliógrafo, que tenía
doble empeño en ocultarle.

Sujeta a la previa censura, había enmudecido la prensa en toda la Isla
desde 1824, no mereciendo ese nombre los poquísimos periódicos, que
después se publicaban en una que otra población grande de la misma. El
estado de sitio en que desde entonces quedó avasallado el país, no
consentía la discusión de las cuestiones que más podían interesar al
pueblo. Delito grave era tratar de política en público y en privado,
hasta el uso de ciertos nombres de personas y aún de cosas estaba
estrictamente prohibido. Los sucesos pasados, pues, así dentro como
fuera de Cuba, los conatos de revolución en ésta, las resultas de la
tremenda lucha por la libertad e independencia en el continente, todo
esto quedó sepultado en el misterio y en el olvido para la generalidad
de los cubanos. La historia, además, que todo recoge y guarda para la
ocasión oportuna, aún no se había escrito.

No faltaban fuera quienes tratasen contemporáneamente de la política
militante y se afanasen por hacer llegar a la patria la noticia de lo
que pasaba en torno de ella y que podía enseñar al pueblo sus deberes y
recordarle sus derechos. A ese fin, entre otros, el virtuoso Padre
Varela publicó en Filadelfia _El Habanero_, de 1824 a 1826; pero el
gobierno español le declaró papel subversivo y prohibió su entrada en
Cuba. De suerte que puede asegurarse que muy pocos ejemplares circularon
en ella. Más tarde, es decir, de 1828 a 1830, emprendió Saco también en
el Norte de América la publicación de _El Mensajero Semanal_, periódico
científico-político-literario, el cual, por iguales motivos que el
anterior, tuvo escasa circulación en La Habana y no ejerció influencia
apreciable en las ideas políticas. Lo único que en ese periódico hizo
eco en la juventud habanera, según se ha indicado anteriormente, fue la
polémica que su ilustre redactor sostuvo con el director del Jardín
Botánico de La Habana, don Ramón de la Sagra, por la apasionada crítica
que éste había hecho del tomo de poesías dado a luz en Toluca, en el año
de 1828, por el insigne Tirteo[20] cubano, José María Heredia.

Mayor y más general influencia ejercieron en el ánimo de la juventud los
patrióticos versos de ese célebre poeta. Sobre todos su oda _La Estrella
de Cuba_, octubre de 1823; su epístola _A Emilia_, 1824; su soneto a don
Tomás Boves. Su _Himno del Desterrado_, 1825, causó un vivo entusiasmo
en La Habana; muchos lo aprendieron de memoria y no pocos lo repetían
cuando quiera que se ofrecía la ocasión de hacerlo sin riesgo de la
libertad personal. Pero ni aquellos periódicos, ni estos fogosos versos,
magüer que rebosando en ideas libres y patrióticas, bastaban a inspirar
aquel sentimiento de patria y libertad que a veces impele a los hombres
hasta el propio sacrificio, que les pone la espada en la mano y los
lanza a la conquista de sus derechos.

Quedaban, además, confusas, si ya no tristes, reminiscencias de las
pasadas conjuraciones. De la del año 12 sólo sobrevivía el nombre de
Aponte,[21] cabeza motín de ella, porque siempre que se ofrecía pintar a
un individuo perverso o maldito, exclamaban las viejas:--¡Más malo que
Aponte! De la del año 23 se sabía por tradición, que Lemus, el
cabecilla, gemía en un presidio de España; que Peoli se había escapado
del cuartel de Belén disfrazado de mujer; que Ferrety, el delator,
gozaba de la privanza o favores del Gobierno; y que Armona, el
aprehensor y perseguidor de los principales conjurados, continuaba
siendo el jefe de la única gendarmería del Capitán General don Francisco
Dionisio Vives.

Como rumor no más había corrido que el gobierno de Washington se había
opuesto a la invasión de Cuba y Puerto Rico por las tropas de México y
de Colombia, y que de esas resultas habían ahorcado allá por Puerto
Príncipe en 1826, como emisarios de los insurgentes, a Sánchez y a
Agüero.[22] Pero a tal punto habían llegado el olvido y la indiferencia,
que en los mismos días a que nos referimos en las anteriores páginas, se
seguía causa de infidencia a los cómplices de la conjuración llamada del
_Aguila Negra_, muchos de los cuales estaban presos en el cuartel de
Dragones, en el de las Milicias de color, en el castillo de la Punta y
en otras partes, y no se echaban de ver síntomas de descontento,
siquiera de interés en el pueblo.

También los conjurados cubanos de anteriores intentonas malogradas, o se
hallaban aún lejos de la patria, o habían muerto en el destierro, o se
les había entibiado el ardor patriótico y llevaban vida oscura y
pacífica, consagrados a la reparación de los estragos que habían
producido en su salud y su fortuna, el tiempo y las contradicciones de
los hombres. No era, pues, ni podía ser ocupación de los que habían
vuelto a la patria, la propaganda de las opiniones y proyectos políticos
concebidos y acariciados durante los días de la exaltación y de la fe
ciega en la libertad.

Por su parte, los criollos y peninsulares emigrados del continente, como
para subsanar su conducta cobarde, egoísta o retrógrada en la guerra por
la independencia, a su llegada a Cuba, sólo se ocuparon de falsear el
carácter de los sucesos, calificando de injustos, de perversos y de
innobles los motivos de los sacrificios patrióticos de los
revolucionarios, amenguando sus hazañas, convirtiendo en ferocidad hasta
sus actos de justicia y de meras represalias. Para esos renegados el
republicano o patriota era un insurgente, esto es, un sedicioso, enemigo
de Dios y del rey; el corsario, un pirata o musulmán, como llamaba el
pueblo a los argelinos que hasta fines del siglo pasado infestaban las
costas del Mediterráneo.

El lector habanero, conocedor de la juventud de la época que procuramos
describir, nos creerá fácilmente si le decimos que Gamboa no se cuidaba
de la política, y por más que le ocurriese alguna vez que Cuba gemía
esclava, no le pasaba por la mente siquiera entonces, que él o algún
otro cubano, debía poner los medios para libertarla. Como criollo que
empezaba a entrar en el roce de las gentes mayores y a estudiar
jurisprudencia, sí se había formado idea de un estado mejor de sociedad
y de un gobierno menos militar y opresivo para su patria. Sin embargo,
aunque hijo de padre español, que, siendo rico y del comercio visitaban
con preferencia paisanos suyos, ya sentía odio hacia éstos, mucho más
hacia los militares, en cuyos hombros, a todas luces, descansaba la
complicada fábrica colonial de Cuba. No cabía, por tanto, que le hiciera
buena sangre el que un militar le soplase la hermana querida, antes
fueron tan vivos los celos que experimentó, como profundo era el odio
que le inspiraba el hombre en su doble carácter de soldado y de español.

En consecuencia, entró en su casa disgustado. La mesa estaba puesta para
el almuerzo, y Leonardo, en vez de ir en busca de su madre, como solía,
sin ver a nadie se quitó la casaca de paño y arrojó el libro de clase en
un asilla, se quitó la casaca de paño y se puso una chupa de dril de
rayitas de color. Por breve rato estuvo indeciso entre si se echaría en
la cama, la cual con su frescura y mosquitero de rengue azul le
convidaba a reposar, o si salía al balcón, donde aún había sombra, se
apareció el negrito Tirso y dijo:--Niño, el almuerzo está en la mesa. Y
se apresuró a bajar, encontrando ya sentados a su madre y a su padre. A
las calladas tomó asiento al lado de la primera, quien desde lejos le
echó una mirada amorosa, cual si extrañara y la tuviese desazonada el
que él no se le presentara cuando entró de la calle. El segundo ni
siquiera levantó la vista del plato en que comía huevos fritos con salsa
de tomates, aunque a derechas no había visto al hijo desde el día
anterior.

Enseguida fueron saliendo una tras otra de las alcobas las hermanas de
Leonardo, preparadas para salir a la calle, y sentándose a la mesa, en
silencio, como monjas en el refectorio. Cada cual ocupó en ella su
puesto respectivo, es decir, doña Rosa con su hijo preferido a un lado,
las tres hijas de esa señora al otro, y don Cándido y el mayordomo en
las opuestas cabeceras de la mesa. No era casual, pues, sino constante y
deliberada esta distribución; salvo que se alterase por la aparición de
algún comensal con quien debía usarse cumplimiento. Indicaba claramente
el carácter, los hábitos y predilecciones de la familia entre sí y sobre
todo de los padres respecto de sus hijos.

Las preferencias de doña Rosa no podían equivocarse: todas en favor de
Leonardo. Las de don Cándido, si algunas dejaba ver en ocasiones
señaladas, hacían foco en su hija mayor Antonia.

Era él hombre de negocios, más bien que de sociedad. Con escasa o
ninguna cultura, había venido todavía joven a Cuba de las serranías de
Ronda, y hecho caudal a fuerza de industria y de economía, especialmente
de la buena fortuna que le había soplado en la riesgosa trata de
esclavos de la costa de África.

Su tráfico principal en La Habana, aquel que le sirvió de peldaño para
subir a la cima de la riqueza, consistió en la negociación de maderas y
ripia del Norte de América, teja colorada, ladrillos y cal del país, si
bien en el día no se ocupaba de eso exclusiva ni personalmente,
sonándole mejor en los oídos el título de hacendado que le daban sus
amigos, por el ingenio de fabricar azúcar, _La Tinaja_, que poseía en la
jurisdicción del Mariel, el cafetal _Las Mercedes_, en la Güira de
Melena, y el potrero o dehesa de Hoyo Colorado.

Por hábito, antes que por índole, era reservado y frío en el trato de su
familia, teniéndole de ella alejado la naturaleza de sus primitivas
ocupaciones y el afán de acumular dinero que se apoderó de su espíritu,
luego que contrajo matrimonio con una criolla rica, y de las más
encopetadas familias de La Habana.

Al principio de su nueva vida no había sido ejemplar su conducta, ni
digna de servir de guía a Leonardo, según nos lo ha dado a entender doña
Rosa al final del VII capítulo. Por uno y otro motivo, quizás por su
ignorancia supina, no se ocupaba de la educación de sus hijos, mucho
menos de su moralidad. Ambos deberes corrían a cargo de aquella discreta
señora que, si no poseía la ciencia, sí el instinto y el amor materno
más acendrado, con los cuales bien se puede dar la mejor dirección a las
arrebatadas pasiones de la juventud. Señaladamente en materia de
educación, la caridad es la fuente y el espejo de todas las virtudes.

Como hombre ignorante y rudo, tenía, además, don Cándido, extraño modo
de reprender a sus hijos. Ya se ha visto que cuando Leonardo se presentó
en el comedor, ni siquiera le miró a la cara. Esta era señal infalible
que continuaba enojado con él. En efecto, siempre que alguno de ellos le
daba motivo de queja, cosa al parecer frecuente, le castigaba, o creía
castigarle, negándole la palabra por días y aún meses seguidos. De
suerte que por el padre casi nunca averiguaban los hijos la causa real
de su enojo; la madre en estos casos, servía siempre de conducto o
intermediario para mantener la paz y la concordia en el seno de la
familia.

Antonia, el vivo retrato de doña Rosa en lo físico, contaba 22 años de
edad. Leonardo pasaba de los 20, y fluctuaban entre los 18 y 17 sus
hermanas menores, Carmen y Adela. Esta última podía pasar en cualquier
parte por un modelo acabado de belleza. Poseía todas las condiciones que
requerían los estatuarios griegos en la persona cuya estatua debía
tallarse: buena cabeza, facciones regulares, formas simétricas, airoso
porte, talla esbelta, frente alta y mirada de fuego. Con parecerse ella
a la Venus[23] griega más bien que a una de las Parcas,[24] tenía más
semejanza con don Cándido que con doña Rosa. Había entre la hija y el
padre algo más de lo que se entiende generalmente por aire de familia:
la misma expresión fisonómica, el mismo espíritu, llevaba impreso en el
rostro el sello de su progenie.

Ocupaba Leonardo en la mesa sitio opuesto al de su hermana Adela, y
siempre que el padre se hallaba delante, mientras duraba el almuerzo, o
la comida, se cruzaban entre ellos miradas de inteligencia, se sonreían
a menudo, sostenían, en suma, conversaciones cariñosas y fraternales con
los ojos y los labios, sin proferir una palabra. Que ligaban a los
hermanos fuertes lazos de simpatía, parecía del todo evidente. Había del
uno para la otra lo que se llama ángel. A no ser hermanos carnales se
habrían amado, como se amaron los amantes más célebres que ha conocido
el mundo. En la mañana del día que vamos refiriendo no sucedió, sin
embargo, lo de costumbre. Leonardo estaba enojado o triste, o extraña y
honda preocupación le dominaba el ánimo; lo cierto es que en vano Adela,
cual solía, buscó su mirada, puso el entrecejo y trató de quemarle la
frente con los rayos de sus divinos ojos, a través de la mesa. Ni una
vez se cruzaron sus miradas, no hubo para ella en aquel rostro
repentinamente petrificado, un rasgo de cariño. La inocente niña llegó a
afligirse. ¿Habíale dado motivo de enojo sin saberlo? ¿Qué tenía su
hermano querido? ¿Por qué en las dos o tres veces que le sorprendió
mirándola en sorda y muda contemplación, bajó él los ojos de repente o
fingió perfecta abstracción e indiferencia? Quizás Leonardo no se
explicaba claramente y Adela era muy joven para comprender que aquél
hacía, sin quererlo, un estudio comparativo de la encantadora fisonomía
de su hermana. ¿Qué pensamientos cruzaban entonces por su mente? Difícil
es decirlo; lo único que puede asegurarse como cosa positiva es que
había en la contemplación de Leonardo más embebecimiento que distracción
mental, más deleite que fría meditación, cual si hubiese descubierto
ahora en el semblante de su hermana algo en que antes no había reparado.

Duró el almuerzo como una hora, reinando todo ese tiempo en la mesa el
mayor silencio, pues apenas se oía otro ruido que el de los cubiertos de
plata, ni más voz que la del que pedía éste o aquel plato distante al
negrito Tirso, que ya conocen nuestros Lectores, y a una negra joven y
bien parecida, los cuales, con los brazos cruzados sobre el pecho cuando
esperaban órdenes, estaban atentos a las exigencias del servicio. El
primero, con todo eso, servía principalmente a los hombres, la segunda a
las mujeres. Pero uno y otra, era de notarse, le adivinaban a don
Cándido hasta los pensamientos, poniéndole delante el plato designado
con un mero movimiento de los ojos, a cuyo efecto no apartaban de él los
suyos Tirso ni la criada Dolores, mientras servían a los demás
comensales. ¡Ay de ellos si esperaban la orden o equivocaban el plato
con que deseaba reemplazar el saboreado! El castigo no se hacía esperar:
le arrojaba a la cabeza lo primero que se le venía a las manos.

La abundancia de las viandas corría pareja con la variedad de los
platos. Además de la carne de vaca y de puerco frita, guisada y
estofada, había picadillo de ternera servido en una torta de casabe
mojado, pollo asado relumbrante con la manteca y los ajos, huevos fritos
casi anegados en una salsa de tomates, arroz cocido, plátano maduro
también frito, en luengas y melosas tajadas, y ensalada de berros y de
lechuga. Acabado el almuerzo, se presentó un tercer criado, en mangas de
camisa, y que por el pringue de su ropa parecía el cocinero, con una
cafetera de loza en cada mano y principió a llenar de café y de leche,
primero la taza de don Cándido y sucesivamente la de doña Rosa, la de
Leonardo, las de las hermanas de éste, acabando por la del Mayordomo,
aunque no ocupaba el último lugar en una mesa donde hacía de cabeza el
amo y de cola la hija mayor. El Mayordomo no era sino un criado blanco,
y nadie mejor que los otros criados definían su posición en aquella
casa.

Tomaba la familia el café con leche hirviendo cuando pasó por el comedor
en dirección de la calle, nuestro conocido, el calesero Aponte. Aunque
todavía en mangas de camisa, llevaba calzadas las altas botas de montar
y las macizas espuelas de plata. Conducía del diestro dos caballos
enjaezados, cuyas colas estaban cuidadosamente trenzadas y las puntas
atadas por un cordón de estambre a una argolla en el fuste de la silla
por detrás. Al entrar en el zaguán soltó Aponte la pareja, y sin más
demora abrió de par en par la ancha puerta de la calle, suspendió en
peso las varas del quitrín por las argollas plateadas que tenían
atornilladas al extremo, y gritando:--¡Atrás!, le sacó rodando hasta el
medio de la calle, le hizo girar, y le arrimó a la acera de su casa.
Enseguida volvió a tomar por la brida la misma caballería de antes, le
pegó una fuerte palmada en el vientre con la mano izquierda, casi por
fuerza la metió entre varas, y luego colgó éstas por las argollas a unos
ganchos dobles de hierro que pendían de la silla, cubiertos por pequeños
faldones de vaqueta negra. La otra caballería, la de monta, quedó atada
al carruaje por dos fuertes tirantes de cuero, adheridos por sus gazas a
un balancín.

Después del café sacó don Cándido la vejiga de los tabacos (cigarros) y
metió en ella el brazo hasta el codo; tan honda era. A su vista, Tirso
voló a la cocina en busca del braserillo de plata con la brasa del
carbón vegetal. Antes que el amo mordiera el remate del cigarro, sin
cuyo requisito no arde bien, ya el esclavo, con expresión humilde
mezclada de temor, le acercaba la lumbre para que encendiera de su mano.
Con la primera bocanada de humo azuloso y acre que sacó del cigarro, se
puso en pie y, seguido del Mayordomo, se entró en el escritorio, tan
callado como cuando salió de él, una hora antes, para sentarse a la mesa
del almuerzo.

La desaparición del padre determinó por sí sola un cambio repentino y
completo en el ánimo y conducta de la familia, sin excluir la madre. El
corazón de los hijos quedó aliviado, por lo visto, del peso que lo había
oprimido, siendo así que a todos ellos, como por concierto, se les
alegró el semblante y se les desató la lengua. Leonardo especialmente
llevó el entusiasmo al punto de atraer a sí a su madre con el brazo
izquierdo para darle uno y otro beso en la mejilla y decirle:

--¿Y qué tiene? (indicando su padre). ¿Está _bravo_?

--Contigo; repuso concisamente su madre.

--¿Conmigo? Pues ya le mando trabajo.

A poco, sin embargo, se puso de nuevo serio porque, habiendo reparado en
su hermana Antonia, que no mostraba tanta expansión como los demás,
recordó el incidente en la ventana de la calle.

--Mamá, agregó con más seriedad, se me figura que a ti te pasan la mota
y que no lo sientes.

--¿Por qué me dices eso, hijo mío? replicó doña Rosa en el tono de voz
más blando imaginable.

--¿Se lo digo, Antonia? preguntó a su hermana con aire malicioso.

Antonia, en vez de contestar, se puso más seria e hizo ademán de
levantarse de la mesa, con lo cual añadió Leonardo a la carrera:

--Peor para ti, Antonia, si te levantas y me dejas con la palabra en la
boca. No diré nada a mamá; pero es porque tengo ya hecha mi resolución.
Se acabaron las visitas de los militares en mi casa.

--Hablas como si fueras el amo, repuso Antonia con desdén.

--No soy el amo, es cierto, mas puedo romperle las patas a uno el día
menos pensado, y tanto vale.

--Te expones a que te la rompan a ti.

--Eso lo veremos.

--Supón que en vez de militar español fuera un cadete el que nos
visitase, ¿también te opondrías?

--¡Cadete! ¡Cadete! repitió Leonardo con marcado desprecio. Nadie habla
de cadetes, que cual los oficiales de milicia son nada entre dos platos.
Ya la moda de los cadetes pasó; los últimos quedaron enterrados en las
playas de Tampico, a donde, por dicha, se los llevó Barradas. Los que de
ellos han sobrevivido a la desastrosa campaña, de seguro le han perdido
la afición a las armas. Gracias a Dios que nos vemos libres de su
fatuidad.

--De suerte que tu tirria es contra los españoles, como si tu padre
fuese habanero.

--Ese odio tuyo a los españoles, dijo doña Rosa, todavía ha de costarnos
caro, Leonardo.

--Es que mi odio no es ciego, mamá, ni general contra los españoles,
sino contra los militares. Ellos se creen los amos del país, nos tratan
con desprecio a nosotros los paisanos, y porque usan charreteras y sable
se figuran que se merecen y que lo pueden todo. Para meterse en
cualquier parte, no esperan a que los conviden y una vez dentro se
llevan las primeras muchachas y las más lindas. Esto es insufrible.
Aunque si bien se mira, las muchachas son las que tienen la culpa.
Parece que les deslumbra el brillo de las charreteras.

--Respecto de mí, observó Carmen, la regla padece una excepción.

--Y respecto de mí, añadió Adela, sucede la misma cosa. Los militares,
por decentes que sean, trascienden a cuartel.

--No hables así, niña, le dijo su madre, que hay militares muy dignos, y
sin ir lejos, mi tío Lázaro de Sandoval, que fue coronel del Regimiento
Fijo de La Habana, estuvo en el sitio de Pensacola y murió lleno de
honores y de cicatrices.

--Pero no se habla de esos militares, mamá, saltó y dijo Leonardo. Se
habla de los militares que vinieron de España para reconquistar a
México, y que habiendo fracasado allá vuelven aquí para que nosotros
paguemos el mal humor de la ignominiosa derrota. A estos militares son a
los que ahora me refiero. No es lo peor que trasciendan a cuartel, como
dice Adela, sino que son, como hombres, malditísimos maridos. Mientras
no llegan a brigadier, viven en los cuarteles o en los castillos, donde
tienen por casa pabellones; por criados, asistentes rudos y
desvergonzados; por diversión las palizas y carreras de baqueta que les
pegan a los soldados; por música, el tambor de diana. Casi nunca se
fijan en ninguna parte, porque cuando menos lo esperan, tienen que salir
destacados, ya para Trinidad, ahora para Puerto Príncipe, luego para
Santiago de Cuba, después para Bayamo... Y si son casados, la mujer y
los hijos y los penates, por supuesto, tienen que seguirlos de cuartel
en cuartel, de castillo en castillo, de destacamento en destacamento
cuando por motivos de economía no se queda ella con sus padres y él no
se marcha con sus soldados. Como su objeto es encontrar mujer rica con
quien casarse, poco se cuidan del carácter y de los antecedentes de las
que al cabo toman por esposa, tarde que temprano, ellas les arañan la
cara y ellos las arrastran por el pelo.

No pudo Antonia sufrir más: se levantó de la mesa y se fue a la sala,
callada y muy molesta.

--Has zaherido a tu hermana sin motivo, le dijo doña Rosa. Ella no
piensa en militar alguno, por mucho que alguno la celebre.

--No piensa en ellos, pero admite galanteos por la ventana, y he aquí lo
que me irrita.

--Antonia no es de ésas, por fortuna, hijo mío.

--¿No?--¡Ay, mamá! Parece vas perdiendo la vista del entendimiento y de
la cara... No quiero hablar, lo único que digo y repito es que el día
menos pensado le rompo una pata a uno de esos soldados.

Enseguida se levantó y cual si nada hubiese ocurrido, o dicho que le
desazonara, fue para el puesto que ocupaba su hermana Adela, la estrechó
con ambos brazos por la cintura y le dio muchos besos.

--Quita, quita, dijo ella. ¿Pues no estabas enojado conmigo? Me lastimas
con la barba.

--¿A dónde bueno, tan emperifollada? le preguntó Leonardo esquivando el
asunto indicado por la hermana.

--Vamos a la tienda de Madama Pitaux, que ahora vive en la calle de La
Habana número 153. Hace poco que ha llegado de París y, según dicen, ha
traído mil curiosidades. De camino pensábamos dar una vuelta por la Loma
del Ángel.

Para ir a la Loma ya es muy tarde. Pasa de las once. Y ahora que me
acuerdo, ¿han visto Vds. el número IV de _La Moda o Recreo Semanal_?[25]
Desde el sábado se repartió, y está muy interesante.

--¿Tú le tienes ahí? preguntó Carmen. Es extraño que no nos hayan
enviado nuestro ejemplar, estando suscritas.

--¿En dónde se suscribieron ustedes?

--En la librería de _La Coba_, calle de la Muralla, que es el punto más
cercano.

--Pues reclamen allá. El ejemplar que yo leí estaba en el mostrador de
la botica de San Feliú, porque el mío me ha faltado también. No son nada
exactos, que digamos, los repartidores.

--¿Has averiguado quién es la Matilde de que habla _La Moda_? preguntó
Adela a su hermano. Porque Carmen cree que es una que todos nosotros
conocemos.

--A mí se me figura, dijo Leonardo, que es un ente imaginario. Tal vez
Madama Pitaux sepa algo.

--Pues a mí se me ha puesto, dijo Carmen, que la Matilde de _La Moda_ no
es otra que Micaelita Junco. Sucede que ella es la más elegante de La
Habana; que su hermano, un verdadero lechuguino, se llama Juanito; que
tiene una abuela de nombre doña Estefanía de Menocal--apellido semejante
al de Moncada--que le dan en _La Moda_.

--Voy creyendo que tienes razón, dijo Adela. No puedo negar que el
vestido y el peinado que llevaba anteayer en el Paseo Micaelita Junco
son idénticos al figurín de _La Moda_ del sábado antes pasado. Por
cierto que no me gustó el peinado a la Jirafa. La trenza es demasiado
ancha y los bucles muy altos; luego, por detrás la cabeza luce
desairada. Las mangas cortas, aglobadas, con sobremangas de blonda, sí
me parecen bonitas y le sientan bien a la que tiene el brazo torneado,
como Micaelita. Su hermano Juanito, que nos saludó junto a la fuente de
Neptuno, ¿te acuerdas?, iba también a la última moda igual al figurín.
Le sentaban los pantalones de Mahón sin pliegues, el chaleco blanco y la
casaca de paño verde sin carteras. Esa es la moda inglesa, según dicen.
¿Reparaste en el sombrero? La copa tropezaba en las ramas de los árboles
de la Alameda con ser Juanito Junco un chiquirritín.

--El corbatín es lo que no me peta, dijo Leonardo. Es tan alto que no
deja juego al pescuezo. No los usaré jamás. No me gustan esos collares
de perro. Tampoco me petan las casacas a _la dernier_;[26] parecen de
zacatecas. Los angostos faldones bajan hasta las corvas y se me figura
que con esa moda se ha querido imitar la cola de las golondrinas. Sobre
que se ha empeñado Federico en vestirnos a la inglesa y nosotros estamos
mejor hallados con las modas francesas. Uribe tiene más gracia, si no
más hábil tijera.

--No saques a Uribe, que es un sastre mulato de la calle de la Muralla y
no sabe jota de las modas de París ni de Londres, dijo Carmen con
marcado desprecio.

--No piensa así la gente principal de La Habana, repuso Leonardo
prontamente. Los Montalvo, los Romero, los Valdés Herrera de Guanajay,
el Conde de la Reunión, Filomeno, el Marqués Morales, Peñalver,
Fernandina... no se visten con otro sastre. Yo le prefiero a Federico.
El, además, recibe los periódicos de modas de París por todos los
paquetes[27] del Havre.

Tan entretenida conversación de los hermanos, la interrumpió el calesero
presentándose con la _cuarta_ engarzada en la muñeca de la mano derecha
y el sombrero redondo en la izquierda, para anunciar que el quitrín
estaba listo a la puerta. Luego al punto las dos hermanas menores fueron
en busca de la mayor y de sus características _mantas_ y juntas rodearon
a la madre para pedirle sus órdenes. Esta señora les hizo el encargo de
algunas compras en las tiendas de lencería, o de ropa, y luego se
dirigieron ellas por el zaguán a la calle.

No ha de extrañar el lector forastero ver a tres señoritas de la clase
que podemos llamar media, salir a las calles de La Habana sin dueña,
padre, madre o hermano que las acompañase. Pero con tal que no fueran a
pie ni a pagar visita de etiqueta, bien podían dos, mucho más tres
jóvenes, recorrer toda la ciudad, hacer sus compras, picotear con los
mozos españoles de las tiendas y en las noches de retreta en la Plaza de
Armas o en la Alameda de Paula, recibir al estribo del carruaje el
homenaje de sus amigos y la adoración de sus amantes. Eso sí, aún para
hacer una visita en la vecindad de su casa y a pie, exigía la costumbre,
que la cubana, cuando no había pariente de respeto, se acompañase
siquiera de su mismo esclavo.

Al entrar Carmen en el quitrín, le dio la mano para subir un joven
desconocido que acertó a pasar por allí, después a Adela y últimamente a
Antonia, recibiendo de ellas, en pago de su galantería, una sonrisa de
agradecimiento.

Así, la más joven y bella de las hermanas ocupó el asiento de en medio,
el menos cómodo ciertamente, pero sin duda el más conspicuo y propio
para desplegar la habanera sus gracias naturales a maravilla. Desde
luego, montó el calesero el caballo de fuera de varas, el que por su
suave paso, buena estampa y cola cuidadosamente trenzada, era al mismo
tiempo el descanso y el orgullo del jinete; y partió a escape el
carruaje en vuelta de la Plaza Vieja.



CAPÍTULO XII

     _Por sus juguetes se conoce el niño,
      y se conjetura cuales han de ser sus obras._

        Parábolas de Salomón


Quedaron al fin solos doña Rosa Sandoval de Gamboa y su hijo Leonardo.

No había sacado éste el talento de su padre para los negocios. Tampoco
anunciaba disposición ninguna para la carrera literaria a que le
dedicaban, aunque solía hacer versos y escribir articulejos para el
_Diario_ y otros periódicos. Su madre, sin embargo, quería que fuese
abogado, doctor de la Universidad de La Habana, halagándola la esperanza
de que podría por este camino, llegar a oidor de la Audiencia de Puerto
Príncipe, y hasta a Teniente Gobernador, como llamaban entonces a los
jueces letrados de nombramiento real. Creía ella con razón que, mediante
el dinero y las relaciones de su marido en la Corte, bien podía
conseguirse para su primogénito cualquier gracia, honor o título, entre
los muchos que, merced a aquellos estímulos, es uso conceder la Corona.

De comerciante, en concepto del padre, no había esperanza de que el mozo
llegase a más que alcalde municipal, a consiliario o diputado del
Tribunal de Comercio o Real Consulado, empleos de mala muerte, sin
honores ni emolumentos. Por otra parte, don Cándido, en realidad, no
hacía hincapié en que su hijo estudiase y siguiese ésta ni esotra
carrera literaria. ¿Abogado? Ni pensarlo. Se aficionaría a los pleitos,
y acabaría con un caudal y con el de sus clientes. Tampoco don Cándido
conocía más letras que las del Catón,[28] lo que no le había impedido
acumular una fortuna respetable.

Ahora, además, le había nacido el deseo de titular, y no le parecía bien
que su hijo, al menos, trocase los libros o la vara del mercader, ni el
bonete de doctor, por la corona del conde, aunque hubiese un Santovenia,
que por aquellos días precisamente, había hecho el último de los
trueques mencionados. No obstante su ignorancia, reconocía que Leonardo
no haría raya como hombre de letras, ni como de negocios, y decía para
sí o cuando trataba del asunto con su esposa:

--No debemos forjarnos ilusiones. El (su hijo) no dará nunca mucho de
sí, por más que uno se afane y gaste dinero en sus estudios. Ahí no hay
cabeza sino para enamorar y correr la tuna. Eso se conoce a tiro de
ballesta. Pero ¿necesita él tampoco de grandes conocimientos para hacer
papel en el mundo?

--¡Ca! No, señor. Fortuna, esto es, dinero te dé Dios, hijo, que el
saber poco te vale; reza el proverbio castellano. Y dinero no ha de
faltarle cuando yo muera. Luego si logro el título de Conde de Casa
Gamboa, que pretendo en Madrid, reunirá el monis con la nobleza, dos
adminículos éstos con que el más bruto puede figurar en primera línea,
gozar fuero y echarse a roncar a pierna suelta, cierto y seguro de que
no le atropellarán por deudas, antes todos le sacarán el sombrero, le
traerán en palmitas y le bailarán el agua delante, lo mismo los chicos
que los grandes, los hombres de copete que las mujeres bonitas. ¡Ah!
¡Qué tiempo se ha perdido! Si yo hubiese titulado diez años ha, otro
gallo nos cantara.

En efecto, Leonardo descubría menos ambición que talento. Por sentado,
la esperanza de ser algo por sus conocimientos, por sus estudios, o por
su industria, jamás calentó su corazón. Antes confiado en que a la
muerte de sus padres sería bastante rico, no hacía esfuerzo ninguno por
saber, ni se apuraba por estudiar las lecciones de derecho, y se reía a
carcajadas cuando, en son de broma, se decía entre la familia que él
podía llegar a ser oidor o conde, o que su padre hacía construir en
España, con el fin de titular, un árbol genealógico en que no había de
verse ni una gota de sangre de judío ni de moro. Por otra parte, tan
humildes eran a la sazón sus inclinaciones, como sus pasiones fuertes e
ingobernables.

Gozar era, por aquel tiempo al menos, la suprema ley de su alma. Y es
que su madre, porque le quería demasiado, cualquiera creería que, lejos
de regir sus desapoderados impulsos, parecía complacerse en darles
rienda suelta. ¿Qué necesidades podía experimentar un mozo de sus años y
ocupaciones? Libros, trajes, caballos, carruajes, criados, dinero, todo
le sobraba; ni el trabajo de pedir casi nunca tenía, porque desde la
cuna se había acostumbrado a ver satisfechos sus deseos y aún caprichos,
apenas indicados. Con todo eso, no pasaba día sin que le hiciera la
madre algún regalo costoso, teniendo además la costumbre de ponerle
todas las tardes en la faltriquera del chaleco media onza de oro, a
veces una onza. Naturalmente, como entraba ese dinero, así salía, sin
conciencia de su valor, y era lo malo que jamás pasaba por la mente del
hijo pródigo, que debía guardar para mañana lo que no fuese necesario
para los gastos de hoy. ¿Cómo derramaba el oro nuestro imberbe
estudiante? Adivinarlo puede el discreto lector, siendo como eran, el
juego, las mujeres y las orgías con los amigos la vorágine que consumía
el caudal de Gamboa y le agotaba el perfume del alma en la flor de su
vida.

Estaba él, pues, sentado, luego que partieron las hermanas, en el puesto
que dejó Adela, opuesto a su madre, a la que miraba de hito en hito, de
codos en la mesa, con la cara entre las manos y le dijo de repente:

--¿Sabes una cosa, mamá?

--Si no me la dices... contestó ella como distraída.

--No creas que te voy a pedir. Yo no quiero nada.

--Ya, dijo doña Rosa; y se sonrió, pues que comprendió por el exordio
que quería algo su hijo muy amado.

--¿Te ríes? Entonces me callo.

--No lo tomes a mal, hijo; me sonrío para que veas que te escucho con
complacencia.

--Pues al pasar ayer tarde por la relojería de Dubois, en la calle del
Teniente Rey, me llamó para enseñarme... ¿Te vuelves a sonreír? Vas a
creer que te voy a pedir alguna cosa. Desde ahora te digo que te
engañas.

--No hagas caso de mis sonrisas. Continúa. Deseo oír el fin; ¿qué te
enseñó Dubois?

--Nada. Unos relojes de repetición que acababa de recibir de Suiza. Son
los primeros que llegan a La Habana, según me dijo, directamente de
Ginebra.

Callose en diciendo esto Leonardo y su madre imitó su ejemplo, aunque
ésta, al parecer pensativa. Al fin ella fue la primera que rompió el
silencio diciendo:

--¿Y qué tal los nuevos relojes de repetición? ¿Te gustaron, hijo mío?

Se le iluminó al joven el semblante, el cual exclamó:

--Muchísimo. Son magníficos, ginebrinos..., pero yo no quiero reloj
nuevo, te lo advierto. Todavía sirve el inglés que tú me regalaste el
año pasado, sólo que ya no es de moda. Yo no he visto nunca un reloj de
repetición y mucho menos ginebrino, que no hay que abrirlo para saber la
hora a cualesquiera del día o de la noche. Se empuja el botón de un
resorte que tiene dentro de la argolla, y una campanilla interior da la
hora y los cuartos. ¡Qué ventaja! ¿Eh, mamá?

--¿Por qué no me hablaste de eso antes de salir tus hermanas? Le habría
encargado a Antonia que se pasara por la relojería.

--No me acordé ni tuve ocasión. Papá, además, estaba delante y luego
entramos en una conversación... y me distraje. Bien que ellas no
entienden de relojes.

Volvió a callar doña Rosa por corto rato, siempre con aire meditabundo,
aunque sin manifestar enfado ni seriedad. Entretanto, Leonardo fingía no
advertir la actitud abstraída de su madre, ni dar indicios de
arrepentimiento por el embarazo en que la había puesto con sus
antojadizas indicaciones. Por el contrario, mientras la pobre señora
meditaba y echaba cálculos, él no cesaba de sobarse las mejillas con la
punta de los dedos y de mirar al techo, cual si contara las vigas del
colgadizo.

--¿Te dijo Dubois, continuó al cabo doña Rosa, el precio de sus nuevos
relojes?

--Sí... No. ¿Para qué quieres saber el precio? ¿Para comprarme uno? Ya
te he dicho que no lo necesito, que no lo quiero. ¿Para comprarles a mis
hermanas? No los tiene Dubois de mujer, de hombre únicamente.

--Bien, pero ¿cuánto pide Dubois por sus relojes de repetición para
hombre?

--Poca cosa, dieciocho onzas de oro. No pueden ser más baratos, porque
son de oro, legítimos ginebrinos y de repetición.

--¿Tu reloj inglés no salió bueno?

--No tan bueno como creía al principio. Ese mismo Dubois te lo vendió,
bien me acuerdo; pero es claro que se engañó o te engañó, porque se
atrasa y se adelanta a cada rato, y ya le he llevado a la relojería más
veces que onzas de oro pagaste por él. Y eso que te costó veinte, más de
lo que piden por los ginebrinos. Dinero echado a la calle, mamá. Está
visto, los relojes ingleses, aún los de Tobías, fallan a menudo; al
contrario, los legítimos ginebrinos son otra cosa, casi todos salen
buenos, exactos. Así al menos me dijo Dubois, que tú sabes entiende de
relojes y es relojero de primera. Pero no hay que pensar más en eso,
mamá; olvidémoslo, lo pasaré sin un reloj de confianza ¡cómo ha de ser!

--No te apures ni te aflijas, hijo, replicó Doña Rosa bastante alarmada.
Ya veremos modo de que tengas el ginebrino si tan bueno es como dices y
como cree Dubois. Yo siempre pensaba hacerte un regalo de pascuas, será
el reloj ese que tanto te ha gustado, aunque de aquí a Navidad va
todavía una pila de días. Pero se presenta una seria dificultad.

--¿Cuál? preguntó Leonardo asustado, por más que trató de dominarse.

--Sucede, continuó doña Rosa con suavidad, que en mi bolsa particular no
creo que haya ahora todo el dinero requerido para la compra, y se me
hace muy cuesta arriba acudir a la de tu padre.

--Pues si depende de papá, debo dar desde ahora por perdida la esperanza
del reloj nuevo. El se ha vuelto más tacaño que un judío, al menos todo
para mí le parece o caro o inútil; que lo que es para Antonia, ya
sabemos que su bolsa siempre está abierta. Yo no sé para qué guarda él
tanto dinero.

--Eres injusto con tu padre. ¿De quién es el dinero que tú derrochas?
¿Quién provee al lujo en que vives? ¿Quién trabaja para que tú goces y
te diviertas?

--El trabaja, es verdad; él se industria y ahorra, no cabe duda ninguna,
pero ¿tendría ahora tanto dinero si cuando se casó con contigo hubieras
sido una mujer pobre? ¿A que no?

--Yo aporté al matrimonio unos doscientos mil pesos, que no es ni la
cuarta parte de nuestro caudal hoy día. El aumento, ese gran aumento, se
debe a los afanes y economías de tu padre, quien no era un pobrete
tampoco cuando se casó conmigo; no, señor; tenía sus reales, y tú menos
que nadie debías censurar su conducta, la cual, por otra parte, es hija
de la tuya con él.

--En eso había de parar el sermón, en mi conducta con papá. El es seco y
duro conmigo, ¿puedo yo ser cariñoso y blando con él? Vamos, di tú.
Nunca me da tampoco ocasión de mostrarle mi cariño, aunque quisiera. Mas
no hablemos del asunto, volvamos la hoja y tratemos de otra cosa, de lo
otro. ¿Qué tenía papá cuando se casó contigo?

--Tenía algo, tenía bastante, sí, señor. Tenía un taller de maderas del
Norte, tejamaní, ladrillos, cal..., allá en la Alameda o Paseo, cerca de
la Punta. El terreno en que se hallaba también le pertenecía, si bien
valía poco por ser muy pantanoso y bajo. Tenía asimismo por allí, donde
ahora se ha fabricado la casa del colegio de Buena Vista, un barracón.
Por cierto que de los últimos bozales que se marcaron en el hombro
izquierdo con las letras _G_ y _B_ todavía quedan algunos en el ingenio
_La Tinaja_, que heredé de mi padre. Cándido, en sociedad con don Pedro
Blanco, suele traer todavía negros de África. Pero persiguen tanto los
ingleses la trata, que se pierden muchas más expediciones que se
salvan...

--Figúrate, mamá, dijo Leonardo con mucha risa, aunque bajando la voz,
un plagiario de hombres convertido en Conde... del Barracón, por
ejemplo. ¡Qué lindo título!--¿No te parece mamá?

--¿Qué quieres decir con esa salida de pie de banco? preguntó doña Rosa
molesta no menos que sorprendida.

--¡Ay, mamá! ¿Tú no sabes que según las leyes romanas son plagiarios
todos aquellos que roban hombres para venderlos?

--Ya. En ese caso tu padre no es el verdadero plagiario, como dices,
sino don Pedro Blanco, quien es sabido, desde su factoría en Gallinas,
en la costa de Guinea, (tantas veces he oído esos nombres que se me han
quedado impresos) trata negros por baratijas y otras cosas y remite los
cargamentos a esta Isla. Tu padre toma los que necesita para sus fincas
y los demás los vende a los hacendados, porque él hasta hace poco ha
estado actuando como consignatario y antes como socio de Blanco, cuando
no se tenía por contrabando la trata de África, o se toleraba. Por su
cuenta al menos, no ha despachado sino contadas expediciones. De un
momento a otro espera la vuelta de su bergantín _Veloz_. ¡Dios quiera
que no haya caído en las garras de los ingleses!

--Tú, sin querer, estás abogando en mi favor. Yo dije lo que dije en
broma, pero es claro, mamá, que conforme a un principio de derecho tanto
delito comete el que mata la vaca como el que le sujeta la pata.

--No me vengas con tus principios, tus fines ni tus leyes romanas. Digan
ellas y ellos lo que gustes, la verdad es que existe mucha diferencia
entre la conducta de tu padre y la de don Pedro Blanco. Este se halla
allá, en la tierra de esos salvajes; él es quien los procura en trato,
él es quien los apresa y remite para su venta en este país; de suerte
que, si hay en ello algún delito o culpa, suyo será, en ningún caso de
tu padre. Y, si bien se mira, lejos de hacer Gamboa nada malo o feo,
hace un beneficio, una cosa digna de celebrarse, porque si recibe y
vende, como consignatario, se entiende, hombres salvajes, es para
bautizarlos y darles una religión que ciertamente no tienen en su
tierra. Conque si lo dices por esto, ya sabes que, en caso de titular,
en lo que por ahora no piensa, no le faltarían títulos bonitos y sobre
todo, honrosos. Pues como te decía antes, esta vez no me será dado
complacerte sin acudir a la bolsa de tu padre.

--¿Por qué no acudes?

--Porque tendría que decirle la verdad, esto es, que quería el dinero
para hacerte un regalo.

--Bien, ¿y qué? El nunca te niega nada.

--Es cierto; pero como está tan enojado contigo, temo que me lo niegue.

--¿Cuándo no está él enojado conmigo, mamá? Esa es enfermedad endémica
suya, crónica, mejor dicho. Si salgo, porque salgo; si no salgo, porque
me estoy en casa. De todos modos, entra el año y sale el año y papá
nunca está contento conmigo. Me ha cogido entre ojos, mamá, ésta es la
verdad pura y dura. ¿Para qué andarnos con rodeos? El resultado es que
no le pareces bien nada de lo que yo hago o deshago.

--No es tu padre tan injusto, ni tan falto de amor paternal, que si te
portaras bien, creería que te portabas mal. Mira, sin ir más lejos,
anoche estuviste de correntón en Regla. ¿A qué hora volviste?

--¿Por quién lo ha sabido él?

--Importa poco el conducto, pero sabe que se lo dijeron esta mañana en
el muelle de Caballería.

--¡Vamos! Esa no cuela. Al muelle no acuden temprano sino los
_tasajeros_ y husmeadores de noticias, porque ése es su mentidero,
pasándose la mañana esperando que el Morro señale el Correo de España,
barco de Santander o de Montevideo, con harina o con tasajo. Semejantes
nenes no frecuentan los bailes del Palacio de Regla. El cuentista ya
caigo en quién fue, no pudo ser otro que Aponte. Te aseguro que ya me la
pagará el muy perro conversador.

--No fue ese el soplón. Sin embargo, aunque lo hubiese sido, harías mal
en pegarle por eso, pues si tu padre le preguntó, no sé yo cómo pudo
ocultarle la verdad.

--Pudo decir que no sabía, que no oyó la campana del reloj del Espíritu
Santo, que... cualquier cosa, menos que yo vine a tal o cuál hora, ni
que estuve acá ni allá. Tiene muy floja la lengua el taita Aponte y papá
le dio por la vena del gusto preguntándole. Milagro que no le contó...
Pero, en resumidas cuentas, ¿qué estuve yo haciendo en Regla anoche?

--No me lo digas, no quiero saberlo, supongo que no hacías nada malo. El
resultado es, Leonardito, que tú no te aplicas a los estudios, que no
adelantas en nada bueno ni útil, y que el tiempo que debías dedicar a
la lectura y a la meditación, lo desperdicias en fiestas frívolas y en
correrías tan dañinas como peligrosas. Eso no puede gustarle a él, ni...
a mí tampoco, por lo mismo que te quiero entrañablemente. Quiere tu
padre y quiero yo que estudies más y que pasees menos, que te diviertas,
pero que no te entregues a la disipación, que no pases malas noches, que
te moderes, que..., en una palabra, te portes bien.

La emoción que experimentó doña Rosa la privó del uso de la palabra,
arrasándose de lágrimas sus hermosos ojos.

--Tú no sirves para predicador, le dijo Leonardo, tal vez con ánimo de
distraer su atención, porque te posesionas demasiado del asunto.

--Por lo que toca a Aponte, continuó doña Rosa luego que se hubo
serenado, ya sé que es un conversador, mas, en honor de la verdad, debo
decir que tu padre supo la hora a que volviste por el ruido que se hizo
en el zaguán con la apertura de la puerta, la entrada del carruaje y las
pisadas de los caballos. Con el silencio de la noche, todo ruido es un
trueno. El despertó, encendió un tabaco con el yesquero, consultó el
reloj e hizo una exclamación de enojo. Yo me hice la dormida. Eran las
dos y media de la madrugada... Aún se te conoce en la cara la mala
noche.

Hubo otro breve intervalo de silencio entre aquellos dos interlocutores,
durante el cual Leonardo bostezó y se esperezó diferentes veces, hasta
que, puesto en pie, dijo:

--Me voy a dormir... Si me compras el reloj, bueno; si no, poco importa.

Dio media vuelta y emprendió la subida de la escalera de su dormitorio,
paso ante paso, cual si contara los escalones o le costara un grande
esfuerzo. La madre, entre tanto, le siguió con los ojos, sin decirle
otra palabra ni moverse de la silla; pero así que le perdió de vista en
los altos de la escalera, se agitó con viveza y llamó en voz
fuerte:--¡Reventos!

A una llamada tan apremiante, no tardó en responder en propia persona el
mayordomo mencionado en el anterior capítulo. Era un hombre bajo de
cuerpo, rechoncho, trigueño, con la cara redonda y el pelo muy crespo,
que así en su aspecto como en sus maneras manifestaba resolución y
agilidad. Aunque vestido de limpio, venía en chaleco, trasluciéndose a
leguas que procedía de Asturias, tipo no muy común del español entonces
en La Habana. Hacía de mayordomo en casa de don Cándido Gamboa, y si
llevaba ciertos libros, no se ocupaba tanto en el escritorio, como en
otras comisiones más en consonancia con su empleo. Cuando se presentó
delante de doña Rosa, tenía la pluma detrás de la oreja, y ella le dijo
en tono de mando:

--Reventos, diga a Gamboa que me mande con Vd. veinte onzas.

Fue el hombre y volvió sin demora con el dinero pedido, el cual sacó de
la caja de hierro pequeña, debajo de la carpeta, en que había varios
sacos atestados de monedas de oro y plata.

--Póngase la chaqueta, añadió doña Rosa derramando las onzas sobre la
mesa para contarlas, y vaya ahora mismo a la calle del Teniente Rey, a
la otra puerta de la botica de San Agustín, relojería de Dubois, y se
compra Vd. el mejor reloj de repetición que haya recibido últimamente de
Ginebra. Diga Vd. que es para mí. ¿Se ha enterado Vd.?

--Sí, señora.

--Supongo que Vd. no entiende de relojes.

--No se me alcanza mucho, que digamos, pero en Gijón, donde yo nací y me
crié, hay más de una relojería; y un tío mío, hermano de mi madre, que
en paz descanse, tenía en la uña, como quien dice, el mecanismo de los
relojes.

--No lo decía por tanto, don Melitón, lo decía para prevenirle contra
cualesquier engaño que pudieran practicar con Vd., si se creyese que el
reloj era para Vd. u otra persona así... ¿Vd. me entiende?

--Ya, ya, estoy enterado.

--Oiga. Recalque Vd. a Dubois que el reloj es para mí. El me conoce y
debe saber que le costaría caro...

--Dar a Vd. gato por liebre, interrumpió el mayordomo. Por sentado que
le costaría un ojo de la cara, si tal hiciera el muy bellaco. Demasiado
lo sé y lo sabe él.

--Yo no le tengo por bellaco, como Vd. dice; sin embargo, bueno es estar
prevenido...

--Porque el soldado prevenido nunca fue vencido, volvió a interrumpir el
mayordomo, interpretando a su modo el pensamiento del ama.

--¡Ah! Haga que le pongan en una caja fina, como para un regalo.
¿Entiende Vd.?

--¡Toma que si lo entiendo! Perfectamente.

--Bien. Vaya Vd.

--Volando.

--¿Se acordará Vd.? Reloj de oro, de repetición, suizo; quiero decir,
ginebrino, de los últimamente recibidos de Ginebra por el relojero
Dubois, que vive en la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la
botica de San Agustín.

--Sí, sí, señora doña Rosa. Todo eso lo recuerdo y lo tendré presente. Y
en un salto...

--¡Oiga! No me limito a 18 onzas. Se quiere el mejor reloj de
repetición, ginebrino legítimo, cueste lo que cueste. Si más dinero se
necesita, venga Vd. por él.

--Será servida la señora doña Rosa al pie de la letra.

--¡Ah! ¡Reventos! ¡Reventos! Venga acá. Lo principal se me olvidaba.
Haga que le pongan por dentro de la tapa esta marca: L. G. S. oct. 24,
1830. No se olvide.

En efecto, en poco más de una hora el Mayordomo estuvo de vuelta y puso
en manos de doña Rosa un estuche pequeño, cuadrado, de tafilete, con
filetes de oro. Sin duda dicha señora le aguardaba impaciente, porque
tomarle, abrirle, contemplarle por breve rato con una especie de alegría
infantil, levantarse y meterse en su aposento, sin hacer más caso del
Mayordomo, fue todo uno.

No pasó más tiempo que el que acabamos de emplear en la relación de la
cómica escena.

Leonardo por su parte, tan seguro estaba de que no se pondría el sol de
aquel día, sin que un nuevo reloj viniese a adornar su traje en el
bolsillo de sus pantalones, que habiendo tendido éstos en el sofá,
enfrente de su cama, se acostó tranquilo, resuelto a dormir y reparar
las fuerzas quebrantadas por la fatiga y la falta de sueño de la noche
anterior. Dormitaba solamente cuando el ruido de menudos pasos y de las
ropas de una mujer, vino a confirmarle en su esperanza. Era su madre.
Fingió que dormía y la vio acercarse quedito al sofá, levantar en alto
los pantalones, meter en el bolsillo delantero algo redondo que
relumbraba mucho, pendiente de una cinta de seda rosada y azul, formando
aguas, de más de una pulgada de ancho y seis de largo, sujetas las
puntas por una hebilla de oro. Sonriose de placer, y cerró los ojos, a
fin de que su madre se retirase en la persuasión que le había preparado
una sorpresa.

Al volver doña Rosa los pantalones al sofá, cuidando de que la cinta del
reloj quedase visible y deslizar en la faltriquera del chaleco las dos
onzas que sobraron de la compra de aquél, le pareció que su hijo se
había movido en la cama. Se sobresaltó cual si hubiera estado cometiendo
un delito, y entonces, en efecto, entró un rayo de luz en su conciencia
de madre, recordó vivamente las palabras de su marido en la conversación
de por la mañana temprano, y sintió una especie de arrepentimiento. Algo
en su interior la dijo que si no hacía actualmente mal, no resultaría
tampoco un bien conocido y sólido de sus demostraciones tiernas y
cariñosas con Leonardo, cuando no nacían de méritos contraídos por él,
sino de la efusión espontánea e indiscreta de su corazón de madre.

Perpleja, entre recoger la prenda, cosa de guardarla para ocasión más
oportuna, y arrostrar por ende la aflicción y el desagrado del hijo, se
quedó inmóvil, como transfigurada. Aquél, aunque brevísimo, fue un
momento supremo para la triste madre. Al fin echó una mirada furtiva
hacia el lecho, vio a Leonardo desnudo de medio cuerpo arriba, con los
brazos en la almohada y la hermosa cabeza apoyada en las palmas, el
pecho abierto y levantado, subiendo en la aspiración y bajando en la
respiración, cual la ola que no llega a romper, la nariz dilatada, la
boca entreabierta para dar franco paso a la entrada y salida del aire,
pálido el semblante por el sueño y la agitación del día, aunque lleno de
salud y de fuerza, un sentimiento de orgullo se apoderó de todo su ser,
cambiando de golpe y por completo el orden de sus pensamientos.

--¡Pobrecito! exclamó en tono casi audible. ¿Por qué había yo de
privarle de nada, cuando está en la edad de gozar y de divertirse? Goza
y diviértete, pues, mientras te duran la salud y la mocedad, que ya
vendrán para ti, como han venido para todos nosotros, los días de los
disgustos y de los pesares. La Virgen Santísima, en quien tanto fío y
pongo toda mi esperanza, no dejará de oír mis ruegos. Ella te proteja y
saque en bien de los peligros del mundo. Dios te haga un santo, hijo de
mi corazón.

Movió los labios juntos, en señal de lanzar un beso, y fuese tan
callandito como vino.



SEGUNDA PARTE



CAPÍTULO I

     _Tarde venientibus ossa._
 (Los que llegan tarde al banquete roen los huesos.)


Tenemos que dejar por breve tiempo estos personajes, para ocuparnos de
otros que no por ser de inferior estofa, representan en nuestra verídica
historia papel menos importante. Nos referimos ahora al célebre tocador
de clarinete, José Dolores Pimienta.

Para verle con la aguja en la mano sentado a la turca junto con otros
oficiales de sastre en una tarima baja, hilvanando una casaca de paño
verde oscuro, todavía sin mangas ni faldones, fuerza es que pasemos a la
sastrería del maestro Uribe, en la calle de la Muralla, puerta inmediata
a la esquina de la de Villegas, donde hubo una tienda de mercerías
llamada del Sol.

El primero de estos establecimientos se componía de una sala cuadrilonga
con tres entradas: la de la primitiva puerta ancha y alta y las de las
dos ventanas, cuyas rejas habían arrancado. Frente a ellas, en sentido
longitudinal, había una mesa larga y angosta en que se veían varias
piezas de dril, de piqué, de arabia, de un género de algodón que
llamaban coquillo, de raso y de paño fino, todas arrolladas y apiladas
en un extremo. Y hacia el opuesto, tendidos dos pedazos de tela de
Mahón, en que ya se había trazado un par de pantalones de hombre con
una astilla de jabón cenizoso.

Detrás de la mesa o mostrador, de pie, en mangas de camisa, con delantal
blanco atado a la cintura, la tijera en la mano derecha, y echada en
torno de los hombros, por medida, una cinta de papel doblada por medio
en toda su longitud, con piquetes de trecho en trecho, se hallaba el
maestro sastre Uribe, favorito en aquella época de la juventud elegante
de La Habana. Aunque quisiera, no hubiera podido negar la raza negra,
mezclada con la blanca a que debía su origen. Era de elevada talla,
enjuto de carnes, carilargo, los brazos tenía desproporcionados, la
nariz achatada, los ojos saltones, o a flor del rostro, la boca chica, y
tanto que apenas cabían en ella dos sartas de dientes ralos, anchos y
belfos; los labios renegridos, muy gruesos y el color cobrizo pálido.
Usaba patilla corta, a la clérigo, rala y crespa, lo mismo que el
cabello, si bien éste más espeso y en mechones erectos que daban a su
cabeza la misma apariencia atribuida por la fábula a la de Medusa.[29]

Como sastre que debía dar el tono en la moda, vestía Uribe pantalones de
mahón ajustados a las piernas, de tapa angosta, figurando una _M_
cursiva, sin los finales de enlace, y las indispensables trabillas de
cuero. En vez del zapato de escarpín, entonces de uso general, llevaba
chancletas de cordobán, dejando al descubierto unos pies que no tenían
nada de chicos, ni bien conformados, porque sobre mostrar demasiado los
juanetes, apenas formaban puente. Por poco que previniese en su favor el
aspecto de Uribe, no cabe duda que era el más amable de los sastres, muy
ceremonioso y un si es no es pagado de la habilidad de sus tijeras.
Estaba casado con una mulata como él, alta, gruesa, desenvuelta, quien
en casa al menos, gustaba tanto de ir en piernas, arrastrando la
chancleta de raso, como de enseñar más de lo que convenía a la decencia,
las espaldas y los hombros rollizos y relucientes.

Comenzaba la tarde de uno de los últimos días del mes de octubre. Subían
y bajaban muchos carruajes, carretones y carretas la angosta calle de la
Muralla, tal vez la de más tráfico de la ciudad, por ser la más central
y estar toda poblada de tiendas de varias clases. El ruido de las ruedas
y de las patas de los caballos en las piedras, resonaba como un trueno
continuado en el interior de las casas abiertas a todos los vientos. No
pocas veces chocaban unos contra otros, y obstruían el paso por largo
rato. En semejante caso, al trueno de los carruajes sucedían las voces y
los ternos de los carreteros y caleseros, sin consideración ni respeto a
las señoras. El transeúnte a pie, si no quería ser atropellado por los
caballos o estrujado contra las paredes de las casas con los bocines
salientes de los cubos de las ruedas, tenía que refugiarse en las
tiendas hasta que se despejara la vía.

En la tarde de que hablamos ahora, ocurrió una de esas frecuentes
colisiones entre un quitrín ocupado por tres señoritas, que bajaba, y un
carretón cargado con dos cajas de azúcar, que subía. Chocaron con fuerza
los cubos opuestos de ambos vehículos, de cuyas resultas el del segundo
levantó la rueda del primero y se entró por sus rayos, rindiendo uno.
Del choque los dos carruajes quedaron casi de través en la calle, el
quitrín con la zaga hacia la puerta de la sastrería de Uribe, donde
penetró la cabeza de la mula del carretón. El carretonero, que venía
sentado a la mujeriega en una de las cajas de azúcar, con un zurriago en
la mano derecha, perdió el equilibrio y dio en el lodo y piedras de la
calle un terrible costalazo.

Y este hombre, africano de nacimiento, lo mismo que el otro, mulato de
La Habana, en vez de acudir cada cual a su vehículo respectivo, a fin de
deshacer el enredo y facilitar el pasaje, con atroces maldiciones y
denuestos se embistieron mutuamente, ciegos de furor salvaje. No era que
se conocían, estaban reñidos o tenían anteriores agravios que vengar;
sino que siendo los dos esclavos, oprimidos y maltratados siempre por
sus amos, sin tiempo ni medio de satisfacer sus pasiones, se odiaban a
muerte por instinto y meramente desfogaban la ira de que estaban
poseídos, en la primera ocasión que se les presentaba. En vano las
señoritas del quitrín, muy sobresaltadas, pusieron el grito en el cielo,
y la mayor de ellas amenazó repetidas veces al calesero con un fuerte
castigo si no desistía de la riña y atendía a los inquietos caballos.
Pero los combatientes, en su furor y en la lluvia de zurriagazos que se
descargaban, no oían palabra. Luego los españoles de las tiendas, los
oficiales de la sastrería, todos asomados a las puertas en mangas de
camisa, aumentaban el ruido y la confusión con su vocería y sus
risotadas, señales ciertas del júbilo con que presenciaban el combate.

En esto, un hombre de mala catadura entró por una puerta de la
sastrería, como para evitar las ruedas del carruaje, y al salir por la
otra extendió el brazo por encima del fuelle caído y le desprendió la
peineta de teja de la cabeza de la más joven de las señoritas; con lo
cual la larga y abundosa trenza de sus cabellos se desarrolló y
desmadejó toda, cubriéndole la espalda con sus ondas sedosas y
brillantes cual las alas del totí. Dio ella un grito y se llevó ambas
manos a la cabeza; en cuyo momento, José Dolores Pimienta, mero
espectador hasta entonces como los demás, hizo una exclamación de
asombro, murmuró el nombre de la «Virgencita de bronce» y se lanzó sobre
el ratero, o más bien sobre la presa, que se la llevaba en triunfo.
Logró echarle garra; mas como era de quebradizo carey y estaba, además,
primorosamente calada, se le quedó hecha pedazos en la mano: única cosa
que pudo devolver a su afligida y asustada dueña. A favor de la
confusión logró escapar el ratero, bien que ningún otro que el oficial
de sastre había parado mientes en aquella ocurrencia. Sin embargo, la
exclamación de éste, su acción generosa cuando la generalidad de los
espectadores sólo pensaba en divertirse, llamó la atención de Uribe, que
volviéndose de repente para él, le dijo:

--¿Estás loco? ¿Te figuraste que esa también era Cecilia Valdés? Si digo
yo que tú ves visiones.

--No, contestó secamente José Dolores. Yo sé lo que me digo. Esas niñas
son hermanas del caballero Gamboa.

--¡Acabáramos! exclamó a su vez Uribe. Yo bien quería conocerlas. Se
parecen mucho. No pueden negar que son hermanos. Pues es preciso
ampararlas. ¡Las hermanas de uno de mis rumbosos _clientes_! No faltaba
más...

En efecto, entre el maestro sastre, sus oficiales y otros, consiguieron
separar a los combatientes y desenredar las ruedas de los vehículos,
tras lo cual uno y otro pudieron seguir su camino, llevando el
carretonero las manchas de sangre de la _cuarta_ del calesero en la
camisa de listado azul. Protegió quizás las espaldas de este último la
chaqueta de paño de su librea; a lo menos no se le veían en ella las
señales de la refriega.

Y una vez despejado aquel campo de Agramonte y vueltos, el maestro
sastre a la mesa de cortar, los oficiales a su tarima, el primero sacó
de pronto el reloj del bolsillo del pantalón y, con aire sorprendido,
dijo:--¡Las tres! añadiendo enseguida más alto:--¡José Dolores!

No tardó éste en aparecer ante la presencia del maestro Uribe. Traía al
hombro dos madejas trenzadas, una de hilo blanco de lino, otra de seda
negra; clavadas en los tirantes de los pantalones varias agujas cortas,
no muy finas, y en el dedo del medio de la mano derecha un dedal de
acero, sin fondo.

Al nacimiento de José Dolores Pimienta y de Francisco de Paula Uribe
concurrieron, sin duda, por igual las razas blanca y negra, con esta
esencial diferencia: que aquél sacó más sangre de la primera que de la
segunda, circunstancia a que deben atribuirse el color menos bilioso de
su rostro, aunque pálido, la regularidad de sus facciones, la amplitud
de su frente, la casi perfección de las manos y la pequeñez de los pies,
que así en la forma como en el arco del puente podían competir con los
de dama de raza caucásica. Ni con ser de constitución delicada
sobresalían mucho los pómulos de su rostro ovalado, ni tenía el cabello
tan lanudo como el de Uribe. En sus maneras, lo mismo que en la mirada,
y a veces hasta en el tono de la voz, había aire marcado de timidez o
melancolía, pues no siempre es fácil discernir entre ambas, que
revelaba, o mucha modestia o mucha ternura de afectos.

De organización musical tenía que hacerse gran violencia, cosa que no
podía echar a puerta ajena, para trocar el clarinete, su instrumento
favorito, por el dedal o la aguja del sastre, una de las artes bellas
por un oficio mecánico y sedentario. Pero la necesidad tiene cara de
hereje, según reza el característico adagio español, y José Dolores
Pimienta, aunque director de orquesta, ocupado a menudo en el coro de
las iglesias por el día y en los bailes de las ferias por la noche, no
le bastaba eso a cubrir sus propias necesidades y las de su hermana
Nemesia, desahogadamente. La música en Cuba, como las demás bellas
artes, no hacía ricos, ni siquiera proporcionaba comodidades a sus
adeptos. El célebre Brindis, Ulpiano, Vuelta y Flores y otros se
hallaban poco más o menos en este caso.

--¿Qué tal la casaca verde indivisible? le preguntó Uribe. ¿Se halla en
estado de prueba? Son las tres y dentro de poco tendremos aquí al
caballero Gamboa, como el reloj.

--Para el tiempo que hace que Vd. me la entregó, _señó_ Uribe, repuso
Pimienta, la tengo bastante adelantada.

--¿Cómo es eso? ¿Pues no te la di desde tras de antier?

--Perdone Vd., _señó_ Uribe, yo no vine a recibir esa prenda, si hemos
de hablar claro, hasta ayer por la mañana. Antier toqué la misa mayor
del Santo Ángel Custodio, a prima toqué la salve y luego en el baile de
Farruco hasta más de media noche. Conque no sé...

--Bien, bien, replicó Uribe serio interrumpiéndole: ¿Se halla o no en
estado de prueba? Eso es lo esencial.

--Diré a Vd., lo que es probarse, puede ahora mismo. Las solapas están
basteadas, lo propio que el cuello. Iba ahora a hilvanarle los forros de
seda, para abrirle los ojales. Los hombros se hilvanarán cuando venga el
caballero que Vd. dice, y las espaldas idem per idem. Las mangas las
está cerrando _seña_ Clara, su mujer de Vd., aunque con probar una
basta. De manera que a las ocho de la noche, cuando más tarde, estará
concluida la casaca y lista para el baile, que no principiará hasta las
nueve.

--El caso es que se quiere para mucho antes y no se dirá nunca que
Pancho de Paula Uribe y Robirosa no cumple su palabra una vez empeñada.

--Entonces tendrá Vd. que poner otro oficial que me ayude; mejor dicho,
que la concluya, porque a las seis debo tocar en la salve del Santo
Ángel Custodio y luego después en el baile de Brito. Farruco abre sus
bailes esta noche en la casa de Soto y yo no he querido llevar mi
orquesta hasta allá. En la Filarmónica dirige Ulpiano con su violín y
Brindis está comprometido a tocar el contrabajo. Conque considere Vd.

--Pues lo siento en el alma, José Dolores, y si hubiera sabido que tú no
ibas a rematar esa pieza, no te la hubiera dado. Yo me estoy mirando en
ella. Temo que si otro oficial la coge ahora en sus manos, le echa a
perder el estilo. El caballerito Leonardo es el más quisquilloso de
todos mis clientes. ¿No ve Vd. que nada en riqueza? ¿No ve cómo derrama
la plata? ¡Para lo que le cuesta! Y vea Vd. su padre don Cándido, el
otro día como quien dice, andaba con la pata en el suelo. Me parece que
lo veo cuando llegó de su tierra: traía zapatos de empleita (quiso decir
_pleita_, mejor, _alpargatas_), chaqueta y calzones de bayeta y gorro
de paño. A poco más puso taller de maderas y tejas, después trajo negros
de África a montones, después se casó con una niña que tenía ingenio,
después le entró dinero por todos cuatro costados y hoy es un
caballerazo de primera, sus hijas ruedan quitrín de pareja y su hijo
bota las onzas de oro como quien bota agua. _E intertanto_ aquella pobre
muchacha... Mas, cállate lengua. Pues, según te decía, José Dolores, el
caballerito Leonardo vino aquí la semana pasada y me dijo:--Maestro
Uribe, tenga Vd. este paño verde indivisible que he hecho traer de París
expresamente para que Vd. me haga una casaca como se debe. Pero déjese
Vd. de vejeces, de talle encaramado en el cogote, ni de colas de
golondrinas. Yo no soy ningún zacateca, Juanito Junco, ni Pepe Montalvo.
Hágame una casaca como la gente, a la _dernier_, que yo sé que Vd. sabe
pintarlas en el cuerpo, cuando le da la gana. Ese mozo tiene tanto
dinero, que es preciso darle gusto o reventar. Además, como es tan
elegante y bien parecido, da el tono en la moda, y si acierto a hacerle
una cosa buena, me pongo las botas. Aunque a decir verdad, ya no tengo
manos para todo el trabajo que me ha caído. Por donde se ve claro que la
competencia del inglés Federico, lejos de dañificarme, me ha favorecido.
Conque, mi querido José Dolores, al avío.

--Ya le he dicho, _señó_ Uribe, haré lo que pueda; pero sépalo, no
tendré tiempo para darle la última mano. Lo principal, sin embargo, está
hecho, esto es, las solapas y el cuello. La montura de los faldones y la
espalda Vd. puede dirigirla, y los ojales nadie los hace mejor que
_seña_ Clara.

--Trae acá la casaca.

Trájola el oficial, y con ella en la mano, para suspenderla a la altura
de sus ojos, Uribe se encaminó a un espejo que había en la pared
medianera de la primera ventana y la puerta. Allí le siguió
maquinalmente José Dolores. Cuando los dos estuvieron delante del
espejo, dijo el maestro a su oficial:

--Vamos, José Dolores, sirve tú de modelo... Apuradamente, tienes el
mismo cuerpo que el caballerito Leonardo.

--Está bien, _señó_ Uribe, contestó Pimienta de malísimo humor. Pero sin
ejemplar ¿eh?

--Compadre, tienes hoy palabras de poco vivir. ¿Qué te está labrando
allá dentro? Antes tomaste una de las niñas Gamboa por Cecilia Valdés;
ahora te pones bravo porque, para ganar tiempo, pruebo la casaca del
hermano en tu cuerpo. Si lo haces porque ese blanco le pisa la sombra,
lo peor que puedes hacer es tomarlo tan a pecho. ¿Qué remedio, José
Dolores? Disimula, aguanta. Haz como el perro con las avispas, enseñar
los dientes para que crean que te ríes. ¿No ves que _ellos_ son el
martillo y nosotros el yunque? Los blancos vinieron primero y se comen
las mejores tajadas; nosotros los de color vinimos después y gracias que
roemos los huesos. Deja correr, chinito, que alguna vez nos ha de tocar
a nosotros. Esto no puede durar siempre así. Haz lo que yo. ¿Tú no me
ves besar muchas manos que deseo ver cortadas? Te figurarás que me sale
de adentro. Ni lo pienses, porque lo cierto y verídico es que, en verbo
de blanco, no quiero ni el papel.

--¡Qué ley tan brava, _señó_ Uribe! No pudo menos de exclamar por lo
bajo el oficial, sorprendido más bien que alarmado de que abrigara
principios tan severos.

--Pues qué, continuó el maestro sastre, ¿te figurabas que porque le hago
el _rande vú_ a todos cuantos entran en esta casa, es que no sé
distinguir y que no tengo orgullo? Te equivocas; en verbo de hombre,
nadie creo mejor que yo. ¿Me estimaría en menos porque soy de color?
Disparate. ¿Cuántos condes, abogados y médicos andan por ahí, que se
avergonzarían de que su padre o su madre se les sentara al lado en el
quitrín, o los acompañara a los besamanos del Capitán General en los
días del rey o de la reina Cristina? Quizás tú no estás tan enterado
como yo, porque no te rozas con la grandeza. Pero recapacita un poco y
recuerda. ¿Tú conoces el padre del conde...? Pues fue el mayordomo de su
abuela. ¿Y el padre de la marquesa...? Un talabartero de Matanzas, más
sucio que el cerote que usaba para untarle a la pita con que cosía los
arneses. ¿A que el marqués de... no enseña su madre a los que van a
visitarlo en su palacio de la Catedral? Y ¿qué me dices del padre del
doctor de tantas campanillas...? Es un carnicero de ahí al doblar. (Tuvo
Uribe la discreción de pronunciar los nombres de las personas aludidas a
la oreja del oficial, como para que los demás no le oyeran.) Pues yo no
tengo por qué esconder mis progenitores. Mi padre fue un brigadier
español. A mucha honra lo tengo, y mi madre no fue ninguna esclavona, ni
ninguna mujer de nación. Si los padres de esos señorones hubieran sido
siquiera sastres, pase, porque es notorio que S. M. el Rey ha declarado
noble nuestro arte, lo mismo que el oficio de los tabaqueros, y podemos
usar don. Tondá, con ser moreno, tiene don por el rey.

--Yo no me ocupo de eso, ni a derechas sé quién es mi padre, sólo sé que
no fue negro, volvió Pimienta a interrumpir el torrente impetuoso del
maestro sastre. Lo que yo sostengo es, que ni a Vd., ni a mí, ni... a
nuestros hijos, según van las cosas, nos tocará ser martillo. Y es muy
duro, durísimo, insufrible, _señó_ Uribe, agregó José Dolores, y se le
nubló la vista y le temblaron los labios, que _ellos_ nos arrebaten las
de color, y nosotros no podamos ni mirar para las mujeres blancas.

--¿Y quién tiene la culpa de eso? continuó Uribe hablando otra vez al
oído del oficial, como para que no le oyera su mujer: la culpa la tienen
_ellas_, no _ellos_. No te quepa género de duda, porque es claro, José
Dolores, que si a las pardas no les gustaran los blancos, a buen seguro
que los blancos no miraban para las pardas.

--Puede ser, _señó_ Uribe; pero, digo yo: ¿no tienen los blancos
bastante con las suyas? ¿Por qué han de venir a quitarnos las nuestras?
¿Con qué derecho hacen ellos eso? ¿Con el derecho de blancos? ¿Quién les
ha dado semejante derecho? Nadie. Desengáñese, _señó_ Uribe, si los
blancos se contentaran con las blancas, las pardas no mirarían para los
blancos.

--Hablas como un Salomón, chinito, sólo que eso no es lo que sucede, y
es preciso atenerse a cómo son las cosas y no como queremos que sean. Yo
me hago este cargo: ¿qué vale quejarse ni esperar que todo ha de salir a
medida del deseo de uno? Ni ¿qué puedo yo solo, qué puedes tú, ni qué
puede el otro contra el torrente del mundo? Nada, nada. Pues deja ir.
Cuando son muchos contra uno, no hay remedio sino hacer que no se ve, ni
se oye, ni se entiende, y aguardar hasta que le llegue a uno su turno.
Que ya llegará, yo te lo aseguro. No todo ha de ser rigor, ni siempre ha
de rasgar el paño a lo largo. _Intertanto_ aprende de mí, recibo las
cosas como vienen y no pretendo enderezar el mundo. Podría salir
crucificado. Tú todavía vas a tragar mucha sangre, lo estoy mirando.

--¿Qué importa? dijo el oficial con calor. Con tal que otros la traguen
al mismo tiempo que yo...

--Ese es el caso, que si tú te calientas y tomas las cosas por donde más
queman, no logras que otros traguen sangre, sino que la tragas tú a
borbollones. Y eso es lo que pretenden los pícaros de los blanquitos.
Bien, no te digo que te dejes sopetear de nadie, pues yo tampoco me he
dejado pasar la mota. Lo que te digo es que no pierdas los estribos y
aguardes la ocasión. ¿Ves ahí a Clara, tan formalota, tan seria? Ella
cuando moza tuvo también más de un blanco tentador, y logré espantarlo
sin mucho trabajo ni quebradero de cabeza. Así te digo, José Dolores, no
te apures, ni te pongas bravo, porque llevas la de perder: te comes los
hígados y sacas... lo que somos. Deja correr y aprenderás a vivir.

Durante esta larga y animada conversación, no cesó un punto la probadura
de la casaca. Ya cogía Uribe una solapa con la mano derecha, la sacudía
y atraía a sí, a tiempo que con la izquierda abierta comprimía los
pliegues de la camisa del oficial por el pecho y el costado; ya mataba
las ondas de la espalda, de los hombros para el centro; ya con el jabón
de piedra trazaba crucetas a lo largo de las costuras de los costados;
ya, en fin, metía las tijeras por la orilla del cuello y de las
boca-mangas y sisaba el paño adherido por los hilvanes de hilo blanco a
las entretelas de cañamazo. Así el embrión de frac tomaba poco a poco la
forma del cuerpo del oficial bajo la tijera y la astilla de jabón de
Uribe, sin que a todas éstas tuviese él la certidumbre de que le viniese
bien a su legítimo dueño; pero fiaba el maestro mucho en su experiencia
y conocida habilidad. Siempre que se le ofrecía alguna duda respecto al
tamaño, ocurría a la tira de papel doblada en dos con piquetes en ambas
orillas, que le servía de medida y rectificaba las dimensiones.

Media hora larga se había pasado en esta faena del maestro con su
oficial, cuando paró una volante de alquiler a la puerta de la sastrería
y se apeó de ella, de un salto, el intrépido joven que había servido de
asunto, por la mayor parte, de su sazonada conversación.



CAPÍTULO II

     _No es caballero el que nace,
      sino el que lo sabe ser._


La llegada repentina del joven mencionado al final del capítulo
anterior, esperada y todo, sorprendió al maestro sastre, con tanto más
motivo que su oficial aguardaba precisamente aquel momento para echar
atrás los brazos y soltarle en las manos la pieza de ropa en estado de
prueba.

Esto, sin embargo, no fue parte para que él dejase de salir al encuentro
de Leonardo Gamboa y recibirle con muchas sonrisas y zalamerías.

Si el joven recién llegado observó o no la retirada precipitada de
Pimienta, o si adivinó el motivo, es más de lo que puede afirmarse con
probabilidad de acierto. Fuerza es decir, no obstante, que hasta allí
Leonardo ignoraba que tuviese un enemigo acérrimo en el músico; y que,
además, se creía superior para ocuparse de las simpatías o antipatías de
un hombre de baja esfera, mulato por añadidura. Lo seguro es que ni
siquiera sospechó que había acabado de ser el objeto casi exclusivo de
la conversación del maestro sastre y de su oficial. Venía, además, allí
a hora fija y por cita expresa, sólo se demoraría el tiempo necesario.
No había, por tanto, ocasión ni motivo de dar su atención y pensamientos
a cosas ajenas al traje que hacía el maestro Uribe. Tampoco éste le dio
lugar a divagaciones.

Como tenía por costumbre Leonardo, al apearse sacó una peseta del
bolsillo del chaleco y se la arrojó al calesero, el cual la recibió en
el aire. Luego, sin más demora, se encaminó derecho al sastre,
cortándole, en medio de sus obsequiosas demostraciones, con la pregunta:

--¿Qué hay de mi ropa? ¿Lista?

--Casi concluida, señor don Leonardito.

--Lo temía, lo esperaba, replicó éste impaciente. Un zapatero remendón
tiene más palabra que tú, Uribe.

--Pues ¿qué hora es, caballero Gamboa?

--Son las cuatro y más de la tarde; y me prometiste la ropa para ayer
tarde.

--Perdone el caballero, se la prometí para hoy a las siete de la noche.
Es decir, concluida y planchada de un todo. Porque el caballero debe
estar enterado que de mi taller no sale pieza sin todos sus periquitos y
ringo rangos. Cuente el caballero que este pobre sastre no posee otra
cosa que su reputación, como que viste, hace más de diez años, a la
grandeza de La Habana, y nadie podría decir en justicia que Francisco de
Paula Uribe y Robirosa...

--¡Ah! ¡Maestro Uribe! ¡Maestro Uribe! volvió a interrumpirle el joven
con mayor impaciencia. El que no te conozca que te compre. Dale con la
palabra y vuelta con su reputación y pocas veces, si alguna, cumpliendo
con exactitud. Dejemos toda esta palabrería para otra ocasión y vamos a
los hechos. Al fin ¿tendré la ropa esta noche, en tiempo para el baile o
no? He aquí lo que importa saber.

--La tendrá el caballerito o pierdo el nombre que llevo. Por lo que toca
al chaleco, que es lo único que se hace fuera de casa, lo espero por
momentos. Apuradamente, está en manos de una pardita que se pinta sola
para chalecos y es como el reloj. Ya que el caballero ha tenido la
bondad de honrar mi taller con su presencia, probaremos la casaca,
aunque estoy cierto y seguro que el caballero va a confesar que tengo
buen ojo, si no otra cosa. Le ruego que no repare en su estado presente,
porque sé que para las personas que no son del arte aquí hay trabajo de
dos días, cuando para un oficial experto sólo hay trabajo de dos horas.
Si alguna vez se me atrasa la obra, no es por culpa mía, ni por falta de
oficiales, sino porque me cae mucha de golpe. En el taller sólo tengo
cinco oficiales, fuera, en sus casas, cuantos quiero, aunque yo prefiero
tener mi gente siempre a la vista.

Por entonces, plantado Leonardo delante del espejo, se había despojado
del frac con la ayuda del sastre, y mientras le probaban el nuevo, creyó
ver reflejada en aquél la imagen de alguien que le miraba a hurtadillas
desde atrás de la puerta del comedor. Aunque le pasó por la mente que
había visto aquella cara en alguna parte, de pronto no pudo recordar
dónde ni cuándo. En este esfuerzo de imaginación se quedó un rato
pensativo, completamente abstraído. Por supuesto, durante ese tiempo no
vio lo que pasaba, no oyó ni entendió la charla del maestro Uribe.

Acertó a entrar en aquella sazón en la sastrería una muchacha de color,
medio cubierta la cabeza en la _manta_ de burato pardo oscuro, a la
usanza persa. Dio las buenas tardes, y como si no hubiese reparado en lo
que allí se hacía, pasó de largo hacia el aposento, por detrás de la
mesa de cortar. Pero Uribe la esperaba impaciente y la detuvo antes de
alcanzar la puerta, preguntándole:

--¿Traes el chaleco, Nene?

--Sí, señor; contestó ella con voz muy suave y musical, deteniéndose a
la cabeza de la mesa, en la cual depositó un lío pequeño que sacó de
debajo de la manta.

El nombre, lo mismo que la voz de la muchacha, sacaron a Leonardo de su
abstracción; volvió a ella el rostro y le clavó la vista. Ambos se
reconocieron desde luego, y cambiaron una mirada de inteligencia y una
sonrisa de cariño, señales que por cierto no se escaparon a la
penetración de Uribe.--Aquí hay gato encerrado, pensó él. ¡Pobre
muchacha! ¡la compadezco! ¡En qué garras has caído! Cuando menos ésta es
la causa de las quemazones de sangre de Pimienta... Tiene razón,...Pero
no, debe ser por algo más de eso.

Después sacó el chaleco del pañuelo de seda en que estaba envuelto, y
dándole éste a su dueño, añadió hablando con Gamboa.

--¿No se lo dije al caballero? Aquí tiene la prenda. La costurera vale
un Potosí.

Era el chaleco de raso negro, sembrado de abejas color verde brillante,
entretejidas en la tela. No se lo probó Leonardo, ni lo juzgó necesario
el sastre. Tampoco hubo desde allí tiempo para mucho, porque, cual por
cita, acudió la mayor parte de los parroquianos de Uribe. Entre ellos,
Fernando O'Reilly, hermano menor del conde de este nombre; el
primogénito de Filomeno, después Marqués de Aguas Claras; el secretario
o confidente del Conde de Peñalver; el joven Marqués de Villalta; el
Mayordomo del Conde de Lombillo; y uno que le decían Seiso Ferino,
protegido por la opulenta familia de Valdés Herrera. Casi todos éstos
habían ordenado piezas de ropa para sí o para sus amos en la sastrería
del maestro Uribe, y, ya de paso para el Paseo de extramuros en sus
carruajes, ya ex profeso, entraban en ella y se detenían el tiempo
necesario para esa averiguación.

Al entrar el primero de los personajes arriba nombrados, le puso
familiarmente la mano en el hombro a Leonardo, le llamó por este nombre,
y le trató de tú por tú. Habían sido condiscípulos de Filosofía en el
Colegio de San Carlos desde 1827 a 1828, en cuya última fecha O'Reilly
se había separado para ir a España y proseguir sus estudios hasta
recibirse de abogado, como se recibió, tornando a los patrios lares sólo
unos pocos meses antes del día de que aquí hablamos, con el empleo de
Alcalde Mayor. Después de dos años de ausencia, aquélla era la primera
vez que se veían, no habiendo tenido Leonardo ocasión ni humor de ir a
saludarlo, quizás porque, si bien antiguos condiscípulos, no había
dejado él de ser miembro de una familia la más orgullosa de La Habana,
de la primera grandeza de España. Por otra parte, partió soltero y
volvió casado con una madrileña, motivo de más para que sus gustos y
aficiones ahora fuesen muy distintos de lo que fueron cuando juntos
concurrían a oír las elocuentes lecciones del amable filósofo Francisco
Javier de la Cruz.

La ocasión de aquella afluencia de señores y sus criados no era otra que
el baile de tabla que se celebraba por la noche del mismo día, en los
altos del palacio situado en la calle de San Ignacio esquina a la del
Teniente Rey, alquilado para sus funciones por la Sociedad Filarmónica,
en 1828. Desde los días del carnaval, a fines de febrero, en que
coincidieron los festejos públicos por el casamiento de la princesa de
Nápoles, doña María Cristina con Fernando VII de España, la Sociedad
antes dicha no había vuelto a abrir sus salones. Ahora lo hacía como
para despedir el año de 1830, pues es sabido que la gente principal de
La Habana, única con derecho a concurrir a sus funciones, se marchaba al
campo desde principios de diciembre y no volvía a la ciudad sino hasta
mucho después de Reyes. En vísperas del sarao, la juventud de ambos
sexos acudía en tropel a los establecimientos de modas y novedades para
hacerse de trajes nuevos, de adornos, joyas y guantes. Las sastrerías
como la de Federico, Turla y Uribe, que eran las favoritas; los
almacenes como los del «Palo Gordo» y de «Maravillas»; las joyerías como
las de Rozan y «La Llave de Oro»; las tiendas de modistas como la de
madama Pitaux; las zapaterías como la de Baró, en la calle de O'Reilly y
la de «Las Damas» en la calle de la Salud esquina a la de Manrique,
extramuros de la ciudad, varios días anteriores al señalado para el
baile se veían asediados a mañana y tarde, por las señoritas y jóvenes
más distinguidos por su elegancia y el lujo de sus trajes. Las primeras
por esa época empezaban a usar los zapatos o escarpines de raso blanco
a la China, con cintas para atarlos a la garganta del pie y mostrar las
medias de seda caladas, siendo así que el vestido se llevaba sobre lo
corto. Los hombres usaban también escarpines de becerro con hebillita de
oro al lado de fuera y calcetas de seda color de carne.

Con los caballeros, Uribe echó el resto de la cortesía y de la
amabilidad, de que sabía revestirse cada vez que le convenía; con los
criados, aunque acudían en nombre de personas de elevada posición, fue
seco y parco en demostraciones civiles. Pero tuvo habilidad bastante
para dejarlos a todos contentos y satisfechos, como que nada le costaba
prodigar promesas a diestro y a siniestro, que es moneda imaginaria con
que se pagan la mayor parte de las deudas en sociedad. De esta manera
cumplió exactamente con los que le hablaron gordo desde el principio; a
los restantes dio un solemne chasco, sin perder por eso su patrocinio. E
idos todos, porque ninguno calentó asiento, se puso desde luego a
habilitar las piezas que se proponía concluir para aquella noche. No
descuidó, por supuesto, la casaca verde invisible de Gamboa; quien,
satisfecho de que no sería chasqueado de nuevo, cedió a las vivas
instancias de su amigo Fernando O'Reilly y le acompañó en el quitrín al
paseo, llamado por imitación del famoso de Madrid, el Prado.

Ocupaba éste, y ocupa en el día, el espacio de terreno que se dilata
desde la calzada del Monte hasta el arrecife de la Punta al Norte, al
morir el glacis de los fosos de la ciudad por el lado del oeste.
Cienfuegos extendió el paseo de la calzada del Monte hasta el Arsenal
hacia el sur; pero jamás se ha usado como tal esa parte sino como calle
Ancha, cuyo nombre lleva. Entre las obras de adorno que tuvieron origen
en el gobierno de don Luis de las Casas, se cuenta el _nuevo Prado_ (el
de que hablamos ahora). El Conde de Santa Clara concluyó la primera
fuente que dejó en proyecto las Casas, y construyó otra más al norte;
nos referimos a la de Neptuno en el promedio del Prado, y la de los
Leones al extremo. Ambas se surtían de agua de la Zanja real, que
atravesaba el paseo (y aún le atraviesa) por el frente del Jardín
Botánico, hoy estación principal del ferrocarril de La Habana a Güines,
y por la orilla del foso iba a verter sus turbias aguas en el fondo del
puerto, al costado del Arsenal. Mucho después, al extremo meridional del
Prado, donde estuvo originalmente la estatua en mármol de Carlos III,
que don Miguel Tacón trasladó en 1835 a su paseo Militar, hizo construir
a su costa en 1837 el Conde de Villanueva la bella fuente de la India o
de La Habana.

El nuevo Prado constaba de una milla de extensión, poco más o menos,
formando un ángulo casi imperceptible de 80 grados, frente a la
plazoleta donde se elevaba la fuente rústica de Neptuno. Le constituían
cuatro hileras de árboles comunes del bosque de Cuba, algunos con la
edad muy corpulentos, e impropios todos de alamedas. Por la calle del
centro, la más ancha, podían correr cuatro carruajes apareados; las dos
laterales, más angostas, con unos pocos asientos de piedra, servían para
la gente de a pie, hombres solamente, quienes en los días de gala o
fiesta se formaban en filas interminables a lo largo del paseo. La mayor
parte de éstos, especialmente los domingos, se componían de mozos
españoles empleados en el comercio de pormenor de la ciudad, en las
oficinas del gobierno, en la marina de guerra y en el ejército, pues por
su calidad de solteros y por sus ocupaciones, no podían usar carruaje y
visitar el Prado en días comunes. Es de advertirse además, que a la hora
del paseo, estaba prohibido atravesar siquiera el Prado en vehículo de
alquiler; y si algún extranjero lo hacía por ignorancia de la regla o
consentimiento del sargento del piquete de dragones que daba allí la
guardia, llamaba la atención y excitaba la risa general del público.

La juventud cubana o criolla tenía a menos concurrir al Prado a pie;
sobre todo el confundirse con los españoles en las filas de
espectadores domingueros. De suerte que allí tomaba parte activa en el
paseo sólo la gente principal: las mujeres invariablemente en quitrín,
algunas personas de edad en volante y ciertos jóvenes de familias ricas,
a caballo. Ninguna otra especie de carruaje se usaba entonces en La
Habana, a excepción del Obispo y del Capitán General que usaban coche.
El recreo se reducía a girar en torno de la estatua de Carlos III y la
fuente de Neptuno cuando la concurrencia era corta, que cuando era
mucha, se extendía hasta la de los Leones u otro cualquier punto
intermedio, donde el sargento del piquete calculaba que debía plantar
uno de sus dragones, a fin de mantener el orden y de que se guardase la
debida distancia entre carruaje y carruaje. Mientras mayor era la
afluencia de éstos, menor era el paso a que se les permitía moverse; de
que resultaba a menudo un ejercicio muy monótono, no desaprovechado en
verdad por las señoritas, cuya diversión principal consistía en ir
reconociendo a sus amigos y conocidos, entre los espectadores de las
calles laterales, y saludarlos con el abanico entreabierto, de la manera
graciosa y elegante que sólo es dado a las habaneras.

Por fortuna la monotonía y la funérea gravedad de tan inocente recreo, a
que las autoridades españolas daban el nombre arbitrario de orden,
duraban lo que la presencia de los dragones del piquete en la avenida
central del Prado, es decir, de las cinco a las seis de la tarde. Porque
es cosa sabida que, unas veces con la punta de la lanza, otras a
varazos, hacían que los caleseros guardasen el paso y la fila. Pero
después de saludar el pabellón español en las fortalezas del contorno,
ceremonia previa para arriarlo, lo mismo que las señales del Morro,
desfilaba el piquete por la orilla de la Zanja, en dirección de la calle
y cuartel de su nombre, y al punto empezaban las carreras, el verdadero
ejercicio, la belleza y novedad de la diversión. Espectáculo digno de
contemplarse era, en efecto, entonces, el paseo en carruaje y a caballo,
del nuevo Prado de La Habana, iluminado a medias por los últimos rayos
de oro del sol poniente, que en las tardes de otoño o de invierno se
degradan en manojos de plata, antes de confundirse con el azul purísimo
de la bóveda celeste. Los caleseros expertos se aprovechaban con ganas
de la ocasión que se les presentaba para hacer alarde de su habilidad y
destreza, no ya sólo en el regir de los caballos, en el girar violento y
caprichoso de los quitrines, sino en el tino con que los metían por las
estrechuras y la confusión, y los sacaban sin choque ni roce siquiera de
unas ruedas con otras. Aún las tímidas señoritas, en el colmo del
entusiasmo por el torbellino de las carreras y giros, arrebatadas en sus
conchas aéreas, con la acción y a veces con la palabra, animaban a los
jinetes; con que unos y otros contribuían hasta donde más al peligro y
grandeza del espectáculo. Poco a poco desaparecía la vaporosa luz
crepuscular; una polvareda sutil y cenicienta se elevaba remolinando
hasta las primeras ramas de los copudos árboles y cubría todo el paseo;
de manera que, cuando uno tras otro los quitrines, con su carga de
mujeres jóvenes y bellas, dejaban el estadio en vuelta de la ciudad o de
los barrios extramuros, no creía menos el desapercibido espectador sino
que salían de las nubes, cual otras Venus, de la espuma de la mar.

En aquellos tiempos en que la Metrópolis creía que la ciencia de
gobernar las colonias se encerraba en plantar unos cuantos cañones de
batería, se ideó la construcción de las murallas de La Habana, obra que
se comenzó a principios del décimo séptimo siglo y se terminó casi al
finalizar el décimo octavo. Las tales murallas eran parte de una
fortificación vasta y completa, así por el lado de tierra como por el
del mar o el puerto; no faltándole cuatro puertas hacia el campo,
poternas hacia el agua, puentes levadizos, foso ancho y hondo,
terraplenes, almacenes, estacadas, aspilleras, y baluartes almenados; de
modo que la ciudad más populosa de la Isla quedaba de hecho convertida
en una inmensa ciudadela. Así existieron las cosas hasta la venida del
memorable don Miguel Tacón, quien abrió tres puertas más y sustituyó
los puentes levadizos con puentes fijos de piedra. Pero en la época de
la historia que vamos refiriendo, esto es, cuando sólo existían las
cinco puertas originales, las tres del centro llamadas de Monserrate, de
la Muralla y de Tierra, eran para el uso del público en carruaje, a
caballo y a pie, y las de los extremos, denominadas de la Punta y de la
Tenaza estaban destinadas especialmente al tráfico. Por ellas, pues, se
acarreaba el azúcar, el café y otros efectos pesados en el único medio
de trasporte de entonces, a saber, las enormes primitivas carretas,
tiradas por cachazudos bueyes. La guarnición de la plaza, numerosa en
los últimos tiempos, daba la guardia en las puertas y en las poternas,
juntamente con el resguardo, constituido en todas ellas; pues nadie ni
nada entraba ni salía sin estar sujeto a un doble registro, todo según
se acostumbra en las plazas sitiadas.

Después de entrado el carruaje en que iban O'Reilly y Gamboa, en el
rastrillo interior, donde se hallaba la garita del resguardo, asomó, por
la parte opuesta del puente levadizo, un caballo tan cargado de forraje
verde de maíz, a que llaman vulgarmente _maloja_, que no se veían más
que los pies y la cabeza, la cual procuraba alzar cuanto podía, a causa
sin duda del demasiado peso. Sobre aquella montaña de hierba venía
montado a la mujeriega, mejor dicho, recostado a la grupa el conductor o
malojero, mozo natural de Islas Canarias, vestido a la usanza de los
campesinos cubanos. El centinela español, que se paseaba entre las dos
puertas con el fusil al brazo, miró primero hacia el puente, luego hacia
el rastrillo, y se plantó en medio de la vía en señal de que ambos
debían pararse, hasta que se resolviera cuál de los dos tenía que ciar o
desviarse. Pararse el caballo del forraje equivaldría a obstruir el
paso; volverse en el estrecho puente era imposible sin exponerse a una
caída; en tanto que al carruaje le era fácil arrendar los caballos sobre
el cuartel del cuerpo de guardia y dejar expedito el camino. A pesar de
su natural torpeza, esto lo vio claro, desde luego, el centinela; así
que ordenó con la mano al malojero que se parase y avanzó a paso de
carga al carruaje y gritó:--¡Atrás!

Pero orgulloso el calesero de la nobleza y autoridad de su amo,
envanecido de los escudos de arma bordados en su librea, lo mismo que de
sus espuelas de plata, metal de que estaban sobrecargadas las
guarniciones, aún el mismo carruaje, en vez de obedecer la orden del
centinela, plantó los caballos delante de la puerta interior, y miró de
medio lado a su amo. Venía éste muy embebecido contándole a Gamboa los
peligros que había corrido en su ascención al monte Etna en Sicilia, y
hasta la parada repentina del carruaje no echó de ver que se había
presentado un obstáculo. Naturalmente los ojos del amo se encontraron
con los del esclavo que le pedía órdenes:--¡Arrea! le dijo, y como si
nada ocurriese, continuó la íntima conversación que traía con su
condiscípulo y amigo.

Moviéronse los caballos y entonces el centinela repitió la voz
de:--¡Atrás! presentando la bayoneta a sus pechos; a cuya vista
O'Reilly, que era soberbio, se puso rojo de la indignación. Medio se
incorporó en el asiento, como para mostrar mejor la cruz roja de
Calatrava que llevaba bordada en la solapa de la casaca, y gritó:--¡Cabo
de guardia! Y luego que éste se le presentó con la mano derecha abierta
sobre la frente, agregó:--¡Haga Vd. despejar el paso!

Informose el cabo en un instante de lo que pasaba, y aunque no conocía
el sujeto que le había hablado, por el tono imperioso que usó y por la
cruz roja, supuso que era un señor principal, jefe, o cosa parecida, y
le contestó, siempre con la mano abierta, a la altura de la frente:--El
malojero no puede retroceder.

--¿Cómo es eso? exclamó Fernando en el colmo de la cólera. ¿Sabe Vd. con
quien habla? Llame al oficial de guardia.

--No hay para qué, repuso el cabo. Ya veremos modo de arreglarlo. No se
incomode V. E.

--Haga ciar ese caballo de la maloja... Pronto.

A las voces, acudieron el oficial de guardia, que se entretenía en jugar
a los naipes con unos cuantos amigos, y los soldados de facción, los
cuales esperaban órdenes sentados en un banco sin respaldo a la puerta
del cuartel, mientras los demás dormían a pierna suelta en las tarimas
fijas del interior. Aquel militar, que debíamos suponer más enterado que
el cabo de la noción de lo justo y de lo injusto, no vio más sino que un
caballero cruzado no podía proseguir su paseo porque se lo impedía un
paisano con su caballo cargado de forraje. Así que dio la orden
perentoria de despejar el puente. Ejecutada en un dos por tres, el monte
de forraje verde quedó montado en la barandilla del puente levadizo,
única cosa que ocurrió a los soldados hacederos en aquella
circunstancias. En efecto, así pudo pasar el carruaje, aunque llevándose
en el bocín del cubo parte de la maloja. Todo aquello sucedió tan
repentina como inesperadamente para el mozo conductor, que sólo tuvo
tiempo de echarse al suelo, no para resistir el atropello, sino para no
ser lanzado al foso. Expresó su sorpresa con algunos juramentos, y su
enojo con mudas demostraciones; mas nadie le hizo caso. Por el
contrario, temeroso de mayor violencia, se apresuró a descargar parte de
la hierba, a fin de que el caballo pudiera enderezarse y seguir camino a
la ciudad.

En saliendo de la cabeza del puente para coger el estrecho rastrillo de
la estacada, había que orillar el foso por corto trecho, pasar por
encima de la esclusa de la Zanja, parte de cuyas aguas se vertía en
aquél, formando un charco de regulares dimensiones. Pues en el borde del
alto terraplén, en el instante en que hablamos, había un grupo de
hombres y muchachos en observación de algo que ocurría abajo, en el
charco.

--¿Qué es ello? preguntó O'Reilly.

--No sé, contestó su amigo; supongo que gentes que se bañan.

Preguntado el calesero, informó a su amo sin titubear, que eran el
mulato Polanco y el negro Tondá, célebres nadadores, riñendo a
zapatazos. En efecto, desnudos completamente, cual salvajes del África,
zambullían, giraban bajo del agua, y luego procuraban hacerse daño,
descargándose tremendos golpes con las piernas, al modo como dicen que
hace el cocodrilo cuando ataca la presa. Esto llamaban en Cuba tirar
zapatazos. Parece que el inmoral espectáculo se repetía a menudo,
supuesto que el calesero de O'Reilly desde luego dijo los nombres de los
bañistas y lo que hacían en el agua. El primero más de una vez había
acometido a un tiburón en el puerto y le había rendido a puñaladas;
además de excelente nadador el segundo, era bien conocido en toda la
ciudad por su valor heroico y actividad desplegada en la persecución de
los malhechores de su propia raza, con autoridad especial del mismo
capitán general don Francisco Dionisio Vives.

El fácil triunfo obtenido sobre el mozo del forraje en la puerta de la
Muralla, había envalentonado al calesero, el cual quiso entrar en el
paseo por la orilla de la Zanja; pero se lo impidió el dragón con lanza
en ristre. A pesar de las protestas de O'Reilly, quien invocó su
carácter de Alcalde Mayor, hubo que dar la vuelta a la estatua de Carlos
III y esperar allí un claro para incorporarse en la fila. Este fue el
primer motivo de mortificación para tan orgulloso joven; el segundo le
aguardaba en el punto donde la calle de San Rafael corta el Prado.
Desembocaban por ella el coche del general Vives con su escolta de a
caballo, todos a galope tendido; y mientras, para abrir campo, los
dragones del piquete interrumpían el movimiento de los quitrines de
ambas filas, en el paseo, entre los cuales se hallaba el de O'Reilly;
dos flanqueadores con sable desnudo detenían y arrollaban a los que
pretendían entrar o salir por la puerta del Monserrate, antes que su
excelencia el Capitán General.

Probaba esto que había en La Habana alguien superior y más privilegiado
que un segundo génito de conde, aunque Grande de España de primera
clase. En la acepción recta de la palabra, no era demócrata Leonardo,
mas le disgustó mucho el atropello del malojero y casi se alegró de las
mortificaciones que experimentó su amigo en el paseo, cual si hubiesen
querido humillarle el orgullo. Evidente, pues, aparecía que las
distinciones sociales del país, sólo aprovechaban en todas
circunstancias a la autoridad militar, ante la cual nobles y plebeyos
debían doblar la cerviz.



CAPÍTULO III

     _Y al compás se agitaban mil bellezas
      Que ropajes fantásticos vestían,
      Y a mí cual las visiones se ofrecían
      De un poeta oriental._

         R. PALMA


Aquella noche[30] el teatro de la elegancia habanera sentó sus reales en
la Sociedad Filarmónica. Brillaron allí con todo su esplendor el gusto y
la finura de las señoras, lo mismo que el porte decente de los
caballeros. Además de los socios y convidados de costumbre, asistieron
los señores cónsules de las naciones extranjeras, los oficiales de la
guarnición y de la real Marina, los ayudantes del Capitán General y
algunos otros personajes notables por su carácter y circunstancias, como
fueron el hijo del célebre Mariscal Ney, que estaba viajando, y el
cónsul de Holanda en Nueva York.

Hiciéronse notables los vestidos de tul bordados de plata y oro sobre
fondo de raso blanco, por ser de última moda e iguales al que Mme.
Minette hizo en París para la actual soberana de España. Las mangas de
este traje conocidas con el nombre de a la _Cristina_, eran cortas,
abobadas y guarnecidas su parte inferior con encaje muy ancho. También
se vieron otros de tul bordados con muchísima delicadeza, sobre fondo
celeste. Llamaron así mismo la atención general los vestidos de tul
sobre raso blanco con guarnición en puntas encontradas, adornadas éstas
de encaje estrecho y mangas a la _Cristina_. Otros iguales a estos
últimos, pero con diferentes guarniciones, pudieron señalarse, sin que
dejase de haber muchos más cuya elegancia y gusto en nada desmerecían de
los ya descritos.

Los peinados armonizaban con los vestidos. Llevaban unas turbantes
egipcios, otras plumas blancas puestas con mucho donaire; las más,
jirafas de todos tamaños, adornadas con flores azules o blancas,
guardando unión con el color del traje, y algunas tenían lazos de oro
graciosamente colocados. Era grandioso y bello el efecto que producía la
reunión de tantas y tan hermosas lechuguinas. Animaba la concurrencia
una completa alegría, y rebosaba la sonrisa en los labios de todos. La
etiqueta, que generalmente caracteriza a los bailes de la Sociedad, no
se vio más que en los vestidos de las señoras y en los trajes de los
hombres, los cuales lucieron a porfía sus recamados uniformes de
gentiles-hombres, de generales, de brigadieres, de coroneles, de altos
empleados, Cadaval y Lemaur sus fajas rojas de seda, al paso que los que
no poseían título ni condecoraciones se contentaron con la última moda
de París en semejantes reuniones.

Adornaba la testera principal de la sala el magnífico dosel, cuyo centro
ocupaba el retrato del rey Fernando VII. Los paños de la pared sostenían
cuadros históricos y de las cornisas pendía una colgadura de damasco
azul con pabellones blancos guarnecidos de vistosos flecos de seda,
sostenida por adornos dorados y clavos romanos, de los cuales caían con
gracia cordones y borlones de seda. El cielo raso de la sala estaba
vestido de damasco del mismo color de la colgadura.

Cosa de las diez empezó el baile y a las once el salón principal estaba
completamente lleno. En los intermedios servían sorbetes y refrescos de
todas clases en grandes bandejas de plata sostenidas por lacayos. Las
señoras que preferían tomarlos fuera del salón tenían preparada para
este efecto una sala alumbrada perfectamente, en donde estaba la
repostería y criados prontos para servirlas; pero la política y la
urbanidad de los socios y convidados les ahorró un trabajo que para los
caballeros se convierte en placer cuando se emplea en servicio de las
damas.

La cena se principió entre doce y una de la madrugada, y consistía en
pavo fiambre, jamón de Westfalia, queso, gigote excelente, ropa-vieja,
dulces secos, conservas, vinos generosos de España y extranjeros,
chocolate suculento, café y frutas de todos los países en comercio con
la isla de Cuba. Y fue lo más notable que, compitiendo la esplendidez de
la mesa con su pródiga abundancia, los manjares no costaban sino el
trabajo de pedirlos.

Puede afirmarse sin temor de ser desmentidos que la elegancia y la
belleza de La Habana se habían dado cita aquella noche en la Sociedad
Filarmónica. Porque allí estaba la marquesa de Arcos, hija del famoso
marqués Pedro Calvo, con Luisa, su hija mayor, entonces de quince años
de edad. Por ésta había improvisado Plácido aquellos versos que dicen:

      _Andaba revoloteando_
    _En el ambiente exquisito,_
    _Muerto de sed un mosquito,_
    _Jugo de flores buscando;_
    _Llegó a tu boca, y pensando_
    _Que era una rosa o clavel,_
    _Introduciéndose en él,_
    _Porque allí el placer le encanta_
    _Murió en tu dulce garganta,_
    _Como en un vaso de miel._

Allí las hermanas Chacón, que merecieron por su hermosura figurar en el
gran lienzo pintado por Vermay[31] para perpetuar la memoria de la misa
que se celebró en la inauguración del Templete de la Plaza de Armas.
Allí las Montalvo, de tipo teutónico, una de las cuales fue declarada
reina de la belleza, cuando la corrida de cañas el año anterior, en la
antigua plaza de Toros del Campo de Marte; allí la Arango, célebre por
haber contribuido a la evasión del poeta Heredia, y que después se casó
con un Ayudante de campo del Capitán General Ricafort; allí las hermanas
Aceval, Venus de Milo en las formas, tan distinguidas por su talento
como desdichadas por sus pasiones; allí las hermanas Alcázar, modelos de
perfección, así por la simetría de sus menudas facciones, como por las
rosas de sus mejillas y el color negro de sus cabellos; allí las Junco y
las Lamar, de Matanzas, conocidas bajo el poético vocativo de las Ninfas
del Yumurí; allí las tres hermanas de Gamboa, las cuales ya hemos tenido
ocasión de describir; allí la Topete, hija del Comandante general del
Apostadero de La Habana, que más adelante inspiró a Palma su inmortal
«_Quince de Agosto_», allí la menor de las Gámez, Venus de Belvedere,
cuyo cabello castaño, ondulante y copioso, llevaba suelto sembrado de
estrellas de oro; allí, en fin, entre otras muchas que sería prolijo
enumerar, Isabel Ilincheta, hija del que había sido asesor del Capitán
General Someruelos, quien poseía los rasgos principales del tipo severo
y modesto celtíbero, a que debía su origen.

Como modelos de varonil belleza, entre los jóvenes concurrentes al baile
de la Sociedad aquella noche, pudiera hacerse mención del Teniente
coronel de Lanceros del Rey, Rafael de la Torre, quien unos días después
murió estrellado contra las ruedas de los quitrines en el Paseo, junto
a la estatua de Carlos III, víctima de la fogosidad de su caballo;
Bernardo Echeverría y O'Gabán, que en los días de gala gustaba vestir el
uniforme de gentil-hombre de Cámara con entrada, por cuanto podía lucir
las bien hechas y rollizas piernas; Ramón Montalvo, en la flor de su
edad, bello como un inglés de la más pura sangre; José Gastón, el
verdadero Apolo de Cuba; Dionisio Mantilla, recién llegado de Francia,
que venía hecho un cumplido parisiense; Diego Duarte, el feliz campeón
de las corridas de cañas celebradas el año anterior, con motivo de las
nupcias de Fernando VII con María Cristina de Nápoles; varios oficiales
de la marina y del ejército español en sus vistosos uniformes, más
propios de una parada que de un baile particular.

También contribuyó al lustre de la fiesta la presencia de algunos
jóvenes que empezaban a distinguirse en el cultivo de las letras, a
saber: Palma, que había sido uno de los competidores en la corrida de
cañas; Echeverría empleado en la Hacienda, que el año siguiente alcanzó
el premio en el concurso poético abierto por la Comisión de Literatura,
con objeto de celebrar el nacimiento de la Infanta de Castilla, Isabel
de Borbón; Valdés Machuca, conocido por _Desval_ en la república de las
letras; Policarpo Valdés, que se firmaba _Polidoro_; Anacleto Bermúdez,
que solía publicar versos bajo el nombre de _Delicio_; Manuel Garay y
Heredia, que imprimía sus versos en _La Aurora_ de Matanzas; Vélez
Herrera, el autor del romance cubano _Elvira de Oquendo; Delio_, el
cantor de las ruinas del Alhambra; Domingo André, joven abogado,
elocuente y amable; Domingo del Monte, que introdujo el romance cubano,
de variados conocimientos y muy distinguido porte.

Diego Meneses, Francisco Solfa, Leonardo Gamboa y otros varios, que
también se hallaban en el baile, si se exceptúan el segundo que era dado
a los estudios filosóficos, y el tercero que entraba ya en la clase
rica, no se hacían notables por su talento, aunque los tres solían
escribir en los periódicos literarios; y el último pasaba, además, por
mozo de buen parecer y varoniles formas. Los literatos, mejor dicho, los
aficionados a las letras, sobre todo los que cultivaban la poesía,
empezaban a tener entrada con la gente que podía tenerse por noble en
Cuba, o que aspiraba, por su caudal, a la nobleza y alternaba con ella.
Mostraban al menos distinción por ellos algunas familias tituladas de La
Habana y los atraían a sus fiestas y reuniones, entre otras, por
ejemplo, los condes de Fernandina, los de Casa Bayona, los de Casa
Peñalver, los marqueses de Montehermoso y los de Arco. Dichas fiestas y
reuniones en los días de pascuas de navidad se trasladaban a los
lindísimos cafetales de San Antonio, de Alquízar, de San Andrés y de la
Artemisa, que pertenecían a la gente rica.

No se presentaron en los salones de la Sociedad nuestros amigos Gamboa,
Meneses y Solfa, sino hasta cerca de las once de la noche. Durante las
primeras horas habían estado visitando los bailes de la feria del Ángel,
el de Farruco y el de Brito, sin olvidar la _cuna_ de la gente de color,
en la calle del Empedrado, entre Compostela y Aguacate. En ninguno de
esos sitios habían tomado ellos parte activa, si se exceptúa el primero,
quien al juego del monte perdió en un instante las dos onzas de oro que
aquella misma tarde le había metido su madre en el bolsillo del chaleco.
No conocía el valor del dinero, ni jugaba por amor a la ganancia, sino
por el placer de la excitación del momento; pero sucedió que los bailes
no le prestaron atractivo ninguno, desertados de las muchachas bonitas;
que no logró ver a Cecilia Valdés en la ventana de la casa, ni en la
_cuna_, cosas todas que se conspiraron para ponerle de malísimo humor.
Para remate de desdichas, cuando perdidoso y disgustado volvía con sus
amigos en busca del quitrín, que había dejado apostado en la calle del
Aguacate al abrigo de las altas paredes del convento de Santa Catalina,
descubrió que no estaba allí, ni fue posible encontrarle sino media hora
después y en punto opuesto y distante.

Por otra parte, preguntado el calesero sobre el motivo que le indujo a
desobedecer una orden terminante de su joven amo, dio al principio
respuestas evasivas, y al fin, apretado, dijo que un desconocido, medio
cubierto el rostro con un pañuelo, le había forzado a abandonar el
puesto y fingir que se volvía a casa, valiéndose de amenazas terribles.
No parecía creíble el cuento: hubo empero que aceptarlo como bueno y
verídico; lo que, si cabe, aumentó el mal humor de Leonardo, porque en
caso de ser cierta la relación del calesero, ¿quién podía ser ese
sujeto, ni qué interés tener en que el carruaje aguardase en una u otra
esquina de la calle? ¿Por qué emplear amenazas? ¿Qué autoridad tenía
para ello? Aponte no pudo decir si el desconocido era militar o paisano,
comisario de barrio o magistrado, hombre blanco o de color. Tal vez era
un inesperado y desconocido rival que de aquel modo se preparaba a
disputarle el cariño de Cecilia Valdés.

Corroboraba tan desagradable sospecha, el hecho de que ni ella, ni su
amiga Nemesia se habían presentado en parte alguna de la feria del
Ángel. Además de eso, la circunstancia de no haber abierto la ventana,
aún cuando Gamboa hizo la señal convenida pasando la punta del bastón
por los pocos balaustres que aún le quedaban, casi no dejaba duda de que
algo extraordinario había ocurrido en el humilde y oscuro hogar.

Mas sea de esto lo que se fuere, que no hay tiempo de verificarlo ahora,
Leonardo Gamboa entró en el baile de la Filarmónica preocupado y de muy
mal talante. Armada sin embargo la danza, en la sala principal y el
aposento del palacio, bastante espaciosos por cierto, según dice el
poeta:

      _Una noche por fin: entre cristales_
    _La luz reverberaba en los salones;_
    _Y la sangre inflamaba con sus sones,_
    _La danza tropical;_

no pudo nuestro héroe sustraerse a su arrobadora influencia. La
orquesta, que dirigía el célebre violinista Ulpiano, ocupaba el
anchísimo corredor sobre la mano izquierda, como se sube de la regia
escalera de piedra oscura. Luego, a la derecha, estaba la puerta del
salón, enfrente de otra que daba sobre los más amplios balcones, que
formaban los portales llamados del Rosario. Dejados los sombreros y los
bastones en manos de un lacayo negro, a la puerta de un cuarto
entresuelo que abría al descanso de la escalera de doble tramo, y
tendiendo la vista por el soberbio salón, que podía tener «la carrera de
un caballo», si se nos permite la exageración, descubrieron los
estudiantes que las animadas parejas le llenaban de extremo a extremo.
Recibían los hombres de espalda, y las mujeres de frente, mientras
esperaban su turno para hacer cedazo, el aire fresco de la media noche,
que entraba por las puertas y ventanas abiertas de par en par.

Como hemos dicho antes, allí se hallaba reunido lo más granado y florido
de la juventud cubana de ambos sexos, entregada, por el momento al
menos, con alma y cuerpo a su diversión favorita. Y a la luz
deslumbrante de las arañas de cristal, en olas de una música tan
plañidera como voluptuosa, pues que procede del corazón de un pueblo
esclavizado, al través de la nube sutil de polvo que levantaban los
bailarines con los pies, las mujeres parecían más hermosas, los hombres
más bizarros. ¿Podía, pues, entregarse el ánimo de la juventud a otros
pensamientos que los que le sugerían los halagadores objetos que tenía
delante? No es posible.

Gamboa se ocupó, desde luego, en buscar compañera para tomar parte en el
baile, aunque no le gustaba mucho; pero Meneses, que rara vez bailaba, y
Solfa, que no bailaba nunca, se quedaron de espectadores en el medio del
salón, observando el último, con sonrisa amarga, que mientras aquella
loca juventud gozaba a sus anchas de los placeres del momento, el más
estúpido y brutal de los reyes de España parecía contemplarla con aire
de profundo desprecio desde el dorado dosel donde se veía pintada su
imagen odiosa.

Andando con algún trabajo entre las apiñadas filas de espectadores y
bailarines, tropezó Gamboa con la más joven de las señoritas Gámez, cuyo
retrato hemos hecho arriba a vuela pluma, en lo más empeñado de la
danza. Por todo saludo, sin dejar de girar, como una sílfide, en brazos
de su pareja, le dijo ella antes con los ojos que con la lengua:--Ahí
está Isabel.

--¿Bailando? preguntó el joven.

--¡Qué bailar! Esperando por Vd.

--¿Por mí? Qué descanso el suyo. Pues por un tris no vengo al baile esta
noche.

En efecto, aquella señorita se hallaba a la sazón en toda apariencia
comiendo pavo, según reza la frase vulgar en Cuba, es decir, sentada a
la izquierda, cerca de la puerta del aposento entre una señora de
mediana edad y el culto abogado Domingo André, con quien sostenía
animada conversación. No obstante su natural despreocupación, sintió
Gamboa un arranque de celos que le fue imposible reprimir, no ya porque
estuviese de veras enamorado, sino porque el caballero en cuya compañía
la encontraba, era asaz galán y sabía insinuarse en el ánimo de las
mujeres discretas. De paso debemos decir, sin embargo, que el norte de
las galanterías de André por aquella época, se dirigían a otra beldad
muy distinta de Isabel Ilincheta, la misma que perdió por tímido y que
ganó por osado el literato dominicano Domingo del Monte, si no estamos
muy equivocados, en la noche de que estamos hablando. Por lo que hace a
Isabel, recibió a Leonardo con una sonrisa adorable, lo cual, lejos de
tranquilizarle, fue parte a causarle mayor desazón. Cambiados los
saludos de costumbre, pues la compañera de Isabel, madre de las Gámez,
era amiga del joven estudiante, lo mismo que André, en prueba de que no
tenía nada de coqueta, tampoco de vengativa, dijo muy risueña:

--Decía a este caballero poco hace, que tenía comprometida esta danza, y
no me quiere creer.

--Es que Vd. no ha bailado ninguna todavía, que yo sepa, repuso André.

--Cierto que dos se han bailado solamente, replicó Isabel sin cortarse,
pero hasta ahora que se baila la tercera, no ha venido Vd. a invitarme.

--Lo que quiere decir en sustancia, continuó André, que he llegado en
hora menguada. ¡Cómo ha de ser!

--Esta señorita tiene razón, interpuso Leonardo repuesto de su embarazo.
Por compromiso anterior, en cualquier baile donde nos encontremos, me
reserva ella la tercera danza. No he podido llegar, pues, a mejor hora
según veo. Por eso se dice que más vale llegar a tiempo que rondar un
año.

--Ya, exclamó el galante abogado, el caso es que con las buenas mozas
pocos somos los que llegamos a tiempo.

André saludó y fue a formar coro a las dos hijas del potentado Aldama,
de las cuales la menor, de nombre Lola, cedía a muy pocas aquella noche
la palma codiciada de la belleza. Entretanto Leonardo e Isabel, cogidos
por la mano, se metieron en las filas de la danza, no distante de la
cabecera, mediante el favor de amigos mutuos, que, aunque llegaron
tarde, no les dejaron incorporarse a la cola, como era de rigor. La
cubana danza sin duda que se inventó para hacerse la corte los
enamorados. En sí el baile es muy sencillo, los movimientos cómodos y
fáciles, siendo su objeto primordial la aproximación de los sexos, en un
país donde las costumbres moriscas tienden a su separación; en una
palabra, la comunión de las almas. Porque el caballero lleva a la dama
casi siempre como en vilo, pues que mientras con el brazo derecho la
rodea el talle, con la mano izquierda la comprime la suya blandamente.
No es aquello bailar, puesto que el cuerpo sigue meramente los compases;
es mecerse como en sueños, al son de una música gemidora y voluptuosa,
es conversar íntimamente dos personas queridas, es acariciarse dos seres
que se atraen mutuamente, y que el tiempo, el espacio, el estado, la
costumbre ha mantenido alejados. El estilo es el hombre, ha dicho
alguien oportunamente; el baile es un pueblo, decimos nosotros, y no hay
ninguno como la danza que pinte más al vivo el carácter, los hábitos, el
estado social y político de los cubanos, ni que esté en más armonía con
el clima de la Isla.

La noche en cuestión lucía Isabel Ilincheta a maravilla las gracias
naturales de que la había dotado el cielo. Era alta, bien formada,
esbelta, y vestía elegantemente, conque siendo muy discreta y amable,
está dicho que debía llamar la atención de la gente culta. Hasta la
suave palidez de su rostro, la expresión lánguida de sus claros ojos y
finos labios, contribuía a hacer atractiva a una joven que, por otra
parte, no tenía nada de hermosa. Su encanto consistía en su palabra y en
sus modos. Entraba en la pubertad cuando perdió a su madre, y para
educarla, lo mismo que para libertarla de los peligros del mundo, su
padre la puso al cuidado de las religiosas Ursulinas, venidas de Nueva
Orleans y establecidas en su convento de puerta de Tierra desde
principios de este siglo. Después de un pupilaje de más de cuatro años,
en que recibió una educación antes religiosa que erudita y completa, se
retiró al campo, en el cafetal de su padre, cerca de la población de
Alquízar, junto con su hermana menor, Rosa y una tía, viuda de un
cirujano de marina, de nombre Bohorques. Este individuo había hecho
varios viajes a la costa de África en las expediciones despachadas por
cuenta de la sociedad de Gamboa y Blanco. Contrajo de esas resultas una
enfermedad terrible, murió en la travesía y le arrojaron al agua, cual
otros muchos de los infelices salvajes a quienes había ayudado a plagiar
de su nativo suelo. En más de una ocasión fue la viuda, con tal motivo,
el objeto de la munificencia de don Cándido Gamboa. Leonardo la visitó
en el cafetal de Alquízar, y no pudo menos de enamorarse de la sobrina,
cuya modestia y gracias realzaban su clara inteligencia y fina
discreción.

No había nada de redondez femenil, y, por supuesto, ni de voluptuosidad,
ya lo hemos indicado, en las formas de Isabel. Y la razón era obvia: el
ejercicio a caballo, su diversión favorita en el campo; el nadar
frecuentemente en el río de San Andrés y en el de San Juan de Contreras,
donde todos los años pasaba la temporada de baños; las caminatas casi
diarias en el cafetal de su padre y en los de los vecinos, su exposición
frecuente a las intemperies por gusto y por razón de su vida activa,
habían robustecido y desarrollado su constitución física al punto de
hacerle perder las formas suaves y redondas de las jóvenes de su edad y
estado. Para que nada faltase al aire varonil y resuelto de su persona,
debe añadirse que sombreaba su boca expresiva un bozo oscuro y sedoso,
al cual sólo faltaba una tonsura frecuente para convertirse en bigote
negro y poblado. Tras ese bozo asomaban a veces unos dientes blancos,
chicos y parejos, y he aquí lo que constituía la magia de la sonrisa de
Isabel.

No debe extrañarse que, siendo Leonardo un tanto descreído y despegado,
sintiese pasión por una joven tal como la que acaba de describirse.
Entraba él por las puertas doradas de la vida. A pesar de sus
connotaciones y de su riqueza, no había tenido aún trato con las mujeres
de su esfera y educación, ni había empezado a buscar en ellas tampoco la
compañera futura de su vida. La aspereza suya no era sino externa,
estaba en sus maneras bruscas, porque allá en el fondo de su pecho, como
habrá ocasión de observarlo, había raudal inagotable de generosidad,
ternura de sentimientos. Dios, por dicha, no le había negado la
capacidad de amar, sólo que las mujeres con quienes hasta allí había
tropezado, o habían cedido a la fogosidad de sus afectos, a la
intrepidez de sus pocos años, o a la influencia de su _lluvia de oro_.
Ninguno de estos móviles podía tener ascendiente en el ánimo de una
joven rica, bien educada, modesta y virtuosa como Isabel Ilincheta.
Atraído Leonardo primero por sus prendas físicas, seducido después por
sus relevantes dotes morales, comprendió desde luego que para ganar su
afecto fuerza era tocar su corazón, hablar a su entendimiento. Por otra
parte, aquella mujer que se presentaba a los ojos de Leonardo bajo un
nuevo aspecto, habitaba el trasunto del paraíso terrenal cuando la vio
por la primera vez.

Si podemos prescindir del esclavo y de sus padecimientos, que son, sin
embargo, más llevaderos en los cafetales, se convendrá en que Isabel, su
hermana Rosa, su tía doña Juana, su padre y criados, llevaban una vida
de paz y quietud, lejos del bullicio de la ciudad, rodeados de olorosas
flores, de los cafetos y naranjos siempre verdes, de las airosas palmas,
del clásico plátano, embebecidos con el canto perenne de las aves y el
susurro melancólico de la brisa en los campos de Cuba. Hasta la estación
de los aguinaldos y de los azahares, en que Leonardo conoció a Isabel,
contribuyó a rodearla de encanto a sus ojos y a despertar en su pecho
algo que no había sentido nunca a los 21 años de su vida: el amor.



CAPÍTULO IV

     _Princesa.--Su nombre al menos_,
     _Rey.--Nunca, nunca, nunca._

        Sueños de amor y ambición.


El callejón de la Bomba, como el de San Juan de Dios, que parece ser su
continuación, se compone de dos cuadras. Es, si cabe, más estrecho,
hondo y húmedo, aún cuando sus casas son en general más amplias. En una
de éstas, inmediato a la calle del Aguacate, vivía Nemesia Pimienta con
su hermano José Dolores, ocupando dos cuartos seguidos, cuyo mueblaje se
reducía a un par de sillas, un columpio, una mesita de pino y un catre
de viento, que se abría de noche y se cerraba de día, a fin de despejar
el campo.

Anochecido ya, Nemesia salió de la sastrería de Uribe y se encaminó a
paso menudo hacia el barrio del Ángel. Prefirió para ello la calle del
Aguacate, que si bien más solitaria y oscura, por la ausencia de
establecimientos públicos, conducía derecho a dos puntos en donde de
paso quería detenerse. Cuando llegó a las cuatro esquinas formadas por
la calle de O'Reilly y la traviesa que llevaba, se detuvo un breve rato,
pensativa e indecisa. Miró primero atrás, luego a su derecha, después
adelante, fijando la mirada en la ventanilla de la casucha inmediata a
la taberna de la izquierda, aunque por estar en línea paralela a la
observadora, sólo se distinguían las molduras de los balaustres que
sobresalían un poco del plano de la pared. Difícil era, pues, saber si
había o no persona asomada allí o a la puerta. En consecuencia, la
mulata se trasladó a la esquina de abajo y dio un silbido peculiar muy
agudo, haciendo pasar el viento con fuerza por entre los dientes del
medio de la mandíbula superior.

Algunos segundos después vio asomar por los balaustres de la ventana un
canto de la cortina blanca; pero al acudir al reclamo, notó que
descendía del terraplén del convento un caballero a paso largo, que se
dirigía derecho al punto objetivo de sus miradas. Estúvose a observar lo
que pasaba. ¿Quién sería ese sujeto? ¿Quién le aguardaba en aquella
casa? Vestía de frac oscuro, pantalón claro y sombrero de ala angosta y
copa desproporcionadamente ancha, sobresaliéndole por detrás el cuello
blanco y recto de la camisa. No era joven, ni anciano, sino de mediana
edad. A pesar de la oscuridad, todo eso lo pudo notar Nemesia a la corta
distancia a que se encontraba, que no excedía de treinta pasos. Su
porte, sus movimientos acompasados y firmes, no podían confundirse con
los de un mozalbete ni de un viejo.

Se dirigió, sin embargo, con aparente cautela al punto donde se veía el
canto de la cortina blanca, sostuvo un breve diálogo con la persona que
se hallaba oculta detrás de sus pliegues, y entonces, a paso largo
siguió al abrigo de las altas paredes del convento, la vuelta de la
Punta. Nemesia le perdió bien pronto de vista en la oscuridad; pero no
le quedó duda de que le esperaba un carruaje a mediados de la cuadra,
porque oyó distintamente el ruido de las ruedas en las piedras de la
calle, corriendo en sentido opuesto a aquél en que ella estaba, y
favorable al que seguía el desconocido.

Aguijada por la curiosidad, volvió la muchacha a silbar como lo había
hecho antes; le contestaron desde la ventanilla moviendo la cortina
blanca, y acudió al punto; pero en vez de su querida amiga Cecilia,
sólo encontró a la abuela. ¿Cuál de las dos mujeres había recibido y
hablado con el caballero del frac oscuro y el sombrero de copa abultada?
Nuevo motivo de curiosidad y de mayor confusión.

--¡Ah! ¿Era Vd., Chepilla? exclamó Nemesia.

--Entra, le dijo ésta, pasando a la puerta y quitando con la punta del
pie la media bala que la aseguraba.

No se hizo de rogar la muchacha. Parecía seria y desazonada la abuela; y
la nieta, sentada en un rincón, con el traje flojo, el aspecto
desaliñado, la cabeza doblada sobre el pecho, los brazos extendidos y
los dedos cruzados en la falda, era viva imagen del abatimiento y de la
desesperación.

--Entra, hija mía. Seas bienvenida, repitió Chepilla. Entra y siéntate;
hazme el favor de sentarte, añadió notando que la moza se mantenía en
pie, como azorada y confusa.

--Ya es tarde y estoy de prisa, repuso ésta dejándose caer maquinalmente
en la butaca de cuero delante del nicho en que se veneraba la imagen de
la Dolorosa.

Iba Chepilla a repetir la instancia, pero visto que la recién llegada se
sentaba sin más demora, se quedó parada entre ella y su nieta.

--Decía, agregó Nemesia a poco rato, que es tarde y venía de prisa. Fui
a llevar unas costuras al taller de _señó_ Uribe, y _me se_ ha hecho de
noche. Porque resulta que Clarita su mujer es muy conservadora, y
después quiso que la ayudara a cerrar la saya de un túnico que está
haciendo para la Nochebuena chiquita.[32] José Dolores debe de estar
esperándome. El salió del taller mucho antes que yo, pues tenía que
tocar en la salve del Santo Ángel Custodio. Por cierto que ha habido
mucha gente de fuste esta tarde en la sastrería, todos a buscar ropa
para un baile en la Filarmónica, y para las Pascuas de Navidad. A _señó_
Uribe hay que hacerle el encargo con tiempo. Bien que el trabajo le
llueve. Todos dicen que está haciendo mucho dinero, pero es más
gastador... Mas ahora que me acuerdo, ¿qué sucede por acá? Parecen Vds.,
muy atribuladas, dijo Nemesia notando que ninguna de las dos mujeres le
prestaba atención.

Suspiró Cecilia únicamente y la abuela dijo:

--No es cosa lo que sucede; sólo que esta muchacha (señalando para la
nieta con un movimiento de los labios) parece poseída... ¡Dios nos
asista! (y se persignó). Iba a decir un disparate. Quiero que seas el
juez y la consejera en este caso, aunque tú puedes ser dos veces mi
hija. Por eso te he hecho entrar. Vamos, dime, hija mía, ¿qué harías tú
si tu protector, tu amigo constante, tu único apoyo en el mundo, como si
dijéramos, tu mismo padre, que es verdaderamente un padre para nosotras
pobres, desvalidas mujeres, sin otro amparo bajo el cielo, ¿qué harías
tú si te aconsejaba, vamos, si te prohibía el que hicieras una cosa? Di,
¿tú lo harías? ¿Tú le desobedecerías?

--Mamita, saltó y dijo Cecilia sin poder contenerse; su merced no ha
pintado el caso como es.

--Cállate, replicó la abuela con imperio. Deja que Nemesia conteste.

--Pero su merced parte de un principio equivocado, y Nene no puede
contestar derecho, aunque quiera. Su merced dice que nuestro amigo,
nuestro protector, nuestro apoyo y qué sé yo qué más, ha rogado y ha
prohibido que hagan y deshagan. Y en primer lugar, la persona a que su
merced se refiere, no creo que es nada de lo que su merced dice para
nosotras, al menos para mí. En segundo lugar, por más que me devano los
sesos, no veo la razón ni el derecho que tenga para meterse en mis cosas
y ver si salgo, o si entro, si me río o si lloro... Voy a acabar,
agregó Cecilia de pronto, advirtiendo que la abuela iba a cortarle la
palabra. Sobre todo, su merced no tenía para qué haberme _rompido_ el
túnico de punto de ilusión y la peineta de teja, sólo por darle gusto a
un viejo que me tiene ojeriza, y está celoso porque yo no lo quiero ni
lo querré nunca, así...

--No creas nada de lo que dice esa chica, la interrumpió la anciana.

--¿Pues no me rompió su merced el túnico y la peineta? ¿Por culpa de
quién fue? ¿No fue por culpa de ese viejo narizón que Dios...?

--Calla, calla, le atajó la abuela. No blasfemes después de haber
rabiado, porque creeré que estás en pecado mortal. Si se rompió el vuelo
del vestido ¿no fue porque te propusiste ponértelo contra mi expresa
voluntad? ¿Quién tuvo la culpa de que se cayera y se quebrara la
peineta? Tú, nadie más que tú, porque si no tuvieras esos actos de
soberbia, nada de eso hubiera sucedido. Sí, sí, es preciso que te
confieses, es preciso que hagas penitencia, que te arrepientas de tus
pecados y que te enmiendes. Estás en pecado mortal, y si sigues así vas
a parar en mal. Hay que poner remedio a esto en tiempo.

--¡Esa sí que está mejor! continuó Cecilia a pesar de los ojos que le
echaba la abuela. Nunca había oído decir que era pecado no querer a
quien no le gusta a uno.

--¿Y quién te dice que le quieras, espiritada? exclamó la Chepilla con
vehemencia. ¿El te enamora acaso? El pecado consiste en no agradecer los
favores que nos hacen y en morder la mano que nos acaricia.

--Vamos a ver, ¿cuáles son los favores de que habla su merced? ¿La
mesada que nos pasa? ¿Los regalos que me hace de Corpus a San Juan? Dios
y él sólo saben el motivo que le guía. ¿No es extraño, muy extraño, que
sea tan generoso con nosotras, pobres mujeres de color, un hombre
blanco y rico que no es nada de su merced, ni mío tampoco?

--¿Y vuelta, Cecilia? No prosigas ni ensartes más disparates. El enemigo
malo únicamente pudiera inspirarte unas ideas tan contrarias a la
humildad y a la caridad cristianas. ¿Cómo puede ser buena hija, buena
esposa, buena madre, ni buena amiga, la mujer que no agradece favores ni
paga beneficios? Por pequeños que sean (que no lo son) los favores que
nos hace el caballero dicho, nuestro deber es agradecérselos, ya que no
podemos otra cosa. Es grave pecado pagar bien con mal. Tus murmuraciones
y tu ingratitud nos van a costar muy caro.

--No sé cómo su merced entiende mi conducta con él. Apenas le conozco.
Ni le doy ni le quito; lo que no quiero es que me mande y se meta en mis
cosas.

--Es que tú tampoco parece que lo entiendes a él. Si desea que no hagas
esto o aquello, ¿es por su bien o por tu bien? Si aprueba o desaprueba
algo de lo que tú dices o haces, ¿qué mejor prueba puede darse de su
cariño para contigo, y de su buen corazón? Figúrate, Nemesia, que el
individuo de que hablamos (bueno es que tú lo sepas) es una dama en su
trato, y su generosidad para nosotras tan grande como desinteresada, y
debe dolerle muchísimo...

--¿Desinteresada? repitió Cecilia. He ahí lo que no puedo...

--No me interrumpas, niña; estoy hablando con Nemesia. Nos da cuanto
necesitamos y muchas cosas que apetecemos. Apenas le indico un deseo de
esta niña, cuando se apresura a complacerla. Di que no. Preciso es que
no tengas conciencia si lo niegas.

--Y no lo niego. Todo eso es muy cierto, pero ¿por qué lo hace?

--Lo mejor de todo, prosiguió la Chepilla, es que de mí no exige nada, y
de ti no espera otra cosa que cariño, gratitud, y... respeto.

--Hete aquí la que me mata, saltó otra vez Cecilia con vehemencia.
¿Sabes tú, Nene, de alguna persona que dé palos de balde? Yo no la
conozco. Que no exija nada de mamita, se comprende; pero que espere de
mí sólo cariño, gratitud y respeto, como dice ella, eso que lo crean los
tontos. Tú sabes de quién hablamos. ¿No es así? Pues bien, el tal no se
puede tener en rigor por viejo. Le sobra el dinero y ha sido toda su
vida, según dice mamita, un correntón y enamorado como hay pocos. Hasta
ayer, como quien dice, según me ha contado mamita, a pesar de ser casado
y con hijos, mantenía mujeres, con preferencia las de color. Ha perdido
más muchachas que pelos tiene en su cabeza; y mamita parece empeñada en
hacerme creer que su generosidad conmigo es inocente y desinteresada.
Quien no lo conozca que lo compre.

--Hablas por hablar, niña, dijo la abuela al cabo de un largo espacio de
meditación y de silencio. Nada de lo que has dicho viene al caso, ni se
trata de eso tampoco. Se trata de que tú no le complaces, ni le tienes
voluntad a una persona que es tan buena contigo y sólo le lleva el bien
que te puede resultar de que hagas o no hagas ciertas cosas. _Verbi
gratia_: ¿por qué habías de salir esta noche si él no quería que
salieras? Cuando él se oponía, algún motivo tenía. Ese motivo no puede
ser otro que tu bien. Considera, Nene, agregó la anciana en tono más
blando, que poco antes de llegar tú estuvo aquí el buen señor... No
entró. ¡Qué! El nunca entra. Lo primero que hizo fue preguntar por
Cecilia. Siempre pregunta y se ocupa mucho de ella, por supuesto
desinteresadamente; quiero decir, sin otra mira que la de saber cómo va
de salud. Tú lo sabes, Nemesia; al menos me lo has oído decir muchas
veces... Estuvo por la ventana... Sólo un momento. Luego que preguntó
por la salud de Cecilia, como te he dicho, con mucho interés, con el
interés de un... Así que le dije que ella se preparaba para ir a la
_cuna_ del Ángel, me dijo muy agitado, sí, muy agitado, se le conocía,
porque hasta le temblaba la voz:--No la deje ir, _seña_ Chepa, no la
deje ir, deténgala; esa chica busca su perdición... (Ese es su modo de
hablar). No la deje ir, deténgala, en otra ocasión le explicaré lo que
pasa. Luego se fue, arrimadito a la pared como si temiera de que lo
viesen. Al irse me puso una onza de oro en la mano para zapatos para
Cecilia. ¿Puede darse mayor generosidad ni nobleza de alma? ¿Estará
enamorada una persona que siempre obra así? Vamos. Di. ¿Ves en esto
interés malicioso, celos mundanos, amor? ¿De esa manera enamoran los
hombres de su edad hoy en día? Bien, ¿qué te parece, Nemesia? ¿Qué
opinas?

--Yo, en verdad, contestó Nemesia, consultando con la vista el semblante
de su amiga, no sé qué decir, ni me atrevo a dar una opinión franca. Sin
embargo, añadió luego más animada: yo que Cecilia me reía de todo eso,
en vez de ponerme brava. Si el hombre estaba enamorado de veras, porque
lo estaba, y si no para burlarse de él y que me pagase por todo lo malo
que me hicieran los demás. A mí no me importaría un comino que uno como
ése me hiciera la rueda y me celara a todas horas; mientras me daba
dinero, le pagaba con sonrisas. Y no se diga que yo procedía mal, ni
cometía un pecado, porque los hombres son todos falsos, fingen amor
cuando no lo sienten, y tienen tantas tretas que es difícil conocer
cuando quieren de verdad y cuando se proponen engañar a las pobres
mujeres. Piensa mal y acertarás, dice el proverbio. ¿Qué daño te puede
resultar tampoco, Celia, de no ir esta noche a la _cuna_?

--Daño ni bien no me podía resultar de ir o no ir esta noche, claro
está, replicó Cecilia. El caso es que el hombre de que habla mamita se
ha propuesto meterse en mis negocios y gobernarme, por puro capricho o
por gana de moler la paciencia, y eso es lo que hallo intolerable.

--Está bien, mujer, observó Nemesia blandamente; mas no veo que te cause
ninguna extorsión con meterse.

--¿Cómo que no? repuso Cecilia prontamente. Mamita toma su parte desde
luego, y me regaña, y me pelea, y me rompe el túnico para que me quede
en casa y le dé gusto al viejo majadero. ¿Te parece poco?

--Ya, a mí tampoco me gusta que se meta _naiden_ en mis negocios. Con
todo, a veces tiene una que hacerse la boba, a fin de sacar mejor
partido de ciertos hombres. A ése se le ha metido en la cabeza mandarte
y celarte; déjale seguir su capricho, mujer; haz que le das gusto; no le
deseches de una vez; sonríete con él, por lo menos mientras se muestra
dadivoso, y gozarás y vivirás hasta ponerte vieja.

Por entonces la conversación se concretaba a Nemesia y su amiga, porque
la anciana había vuelto a su butaca y a sus cavilaciones.

--Mira, prosiguió aquélla, que el que se apura se muere. Por otra parte,
ten por seguro que ningún viejo por marrullero que sea es peligroso para
una muchacha como tú.

--No, yo no lo creo peligroso, no le temo ni un tantico, dijo Cecilia.
Yo soy muy independiente y no consentiré jamás que nadie me gobierne,
mucho menos un extraño.

--¡Extraño! repitió la abuela para sí, con voz ronca y profunda.

Las dos muchachas se miraron como azoradas, así por el tono como porque
ambas la creyeron absorbida completamente en sus tristes pensamientos.

--Su hijo, prosiguió Nemesia en baja voz. Tú me entiendes... Ese sí que
es de temer... Joven, bien plantado, rebosándole la gracia por todas
partes, con mucha labia y dinero para derramarlo como quien derrama
agua... No hay mujer de corazón que se resista. ¿Es verdad, china? No es
posible verlo y oírlo sin quererlo. Yo me guardaría de un hombre como él
como del diablo. Ya le ha dado quebraderos de cabeza a más de una
muchacha. Tiene a quien salir.

Continuaba la Chepilla en su abstracción, sin oír ni entender, en la
apariencia, las palabras de Nemesia. Cecilia al contrario, desde que su
amiga mencionó a su amante, se volvió toda oídos, comprendiendo que ella
se proponía comunicarle alguna noticia importante.

--Pues como te iba diciendo, añadió Nemesia, cuando salí de la sastrería
de _señó_ Uribe, tomé por la calle del Aguacate, y al enfrentar con la
casa de las Gámez, que sabes tú está detrás del convento de las monjas
Teresas, oí música y voces de hombres y mujeres. Me arrimé a una de las
ventanas que tiene el poyo alto. Estaban abiertas las hojas y las
cortinas echadas. Había en la sala una gran reunión: tocaban, cantaban y
bailaban. ¿Qué día es hoy? ¡Ah! El 27 de Octubre. ¡Toma! ¡Si es el santo
de la más chica de las Gámez, Florencia! Por eso estaba vestida de
blanco y tenía el cabello suelto, y muy crespo para ser de mujer blanca.
Cuando menos... Eso sí hermosísimo, porque es largo y abundante, aunque
me gustaría de color más oscuro.

Cecilia dio un suspiro y Nemesia continuó ya sin más rodeos:

--Decía que rodeaban a Florencia delante del piano varias señoritas y
caballeros. ¿Sabes quién estaba allí también? Sí, no me cabe duda, era
ella. ¿Te acuerdas de la muchacha alta, pálida, buena moza, que te dije
pasó por la Loma del Ángel en el quitrín de las Gámez, la mañana de San
Rafael? La misma. Conversaba con Meneses, el amigo de... tú sabes. Por
allí estaba el otro también, que siempre anda junto con los dos
individuos... ¿Cómo se llama? Sola, Sofa. ¡Ah! Ya, Solfa. Pero el
individuo no estaba, mencionaron su nombre únicamente. Estoy cierta que
lo mencionaron...

--¿Quién lo mencionó? preguntó Cecilia con ansiedad.

--No te pudiera decir lo cierto; mas si no me engaño, entre Meneses y la
muchacha pálida. Ellos hablaban de él. Según entendí, todos iban al gran
baile que se da esta noche en la Filarmónica.

--Lo temía, dijo Cecilia.

--¡Ay! exclamó Nemesia. Ahora caigo para quién era el chaleco de seda
que tuve que hacer con tanta premura. ¡Oh! Si lo averiguo antes no me
apuro para acabarlo en tiempo. Cosí hasta bien tarde de la noche, porque
me lo dieron ayer tardecita y se quería para hoy a las tres. ¡Quién lo
hubiera adivinado! Al menos no hubiera ido él al baile de la gente
blanca con un chaleco hecho por mí. Para lucírselo a Dios sabe quién.
Nadie sabe para quién trabaja. Digo esto por ti, chinita, porque a mí no
me va ni me viene. El no me pertenece; sólo me intereso por ti, que has
puesto tu cariño... ¡Cuidado que los hombres son ingratos! Pero más vale
callar y no ponerle más leña al fuego.

Bastaba, en efecto, y sobraba lo dicho para poner en ascuas a una joven
menos fogosa que Cecilia. A medida que la amiga fue desarrollando su
pensamiento, pues lo había de seguro en las noticias que comunicó y aún
en el modo de comunicarlas, fue creciendo su cólera y desazón. ¿Qué
hacer en aquellas circunstancias a fin de impedir, si era tiempo, que el
individuo, según Nemesia, se viese en la Filarmónica con la señorita
desconocida? Eran celos, rabia, desesperación lo que sentía. No cabía en
la silla, cerca de la ventana. Se levantó varias veces en ademán de
entrar en el aposento, sin duda para mudarse de traje y salir a la
calle, y otras tantas volvió al asiento. La sangre estaba a punto de
ahogarla.

La abuela entre tanto seguía como absorbida en devotas oraciones,
sobando, al parecer, con el pulgar e índice de la mano derecha, una tras
otra, las cuentas negras del rosario que tenía en el regazo, y con los
ojos cerrados. Nemesia miraba de soslayo a su amiga, leía, como al
través de un cristal purísimo, la fiera batalla que se libraba en su
pecho, y de cuando en cuando se sonreía ligeramente, cual si hubiera
previsto todo aquello, o no temiese que tuviera un resultado
desagradable. Al cabo Cecilia se desplomó en la silla, exhaló un suspiro
profundo y murmuró:

--Más vale que no; yo sé lo que he de hacer. De mí no se burla nadie...
Casi me alegro... No salgo a ninguna parte.

Chepilla alzó entonces la vista y miró a la nieta con cierta alegría
mezclada de compasión. Por su parte Nemesia, en toda apariencia
satisfecha, más diremos, orgullosa de que su venida hubiese surtido todo
el efecto deseado, se marchó, despidiéndose cariñosamente de sus
amigas.



CAPÍTULO V

     _Aún pienso estaros mirando..._
     _La faz terrible y airada,_
     _La vista desencajada,_
     _El látigo vil sonando._

         J. PADRÍÑEZ


Llegaba Nemesia a la puerta de su casa, a tiempo que salía de ella su
querido hermano José Dolores con el clarinete en la funda debajo del
brazo y un rollo de papeles de música en la mano. Según costumbre,
caminaba cabizbajo y meditabundo. Por esta razón y por estar muy oscura
la calle, no habiendo tampoco luz en la casa, por poco se cruzan los
hermanos sin reconocerse, a pesar de la proximidad. Así como así, ella
le reconoció primero, se le atravesó en el camino y le preguntó
repitiendo dos versos de una canción tan popular entonces como llena de
malicia:

«--¿A dónde vas con ese gato y la noche tan oscura?»

--¡Qué! dijo José Dolores sorprendido. ¡Ah! ¿Eres tú? Me cansé de
esperarte.

--¿Tan temprano para el baile?

--Pues, ¿qué hora es?

--Tocaban a vísperas ahorita mismo en Santa _Catarina_, cuando pasé por
el costado del convento.

--Te equivocas; debe ser más tarde de lo que tú te figuras.

--Puede ser, porque traigo la cabeza como un güiro, y no sé lo que me
pasa.

--¿Pues qué sucede, hermana? Despacha que estoy de prisa.

--Bien. No quiero detenerte mucho. Sin embargo, creo que tenías tiempo
de tomar un bocado... Una taza de café.

--Ya anduve yo ese camino. Tomé café con leche, pan y queso, y esto me
basta hasta media noche en que haré por tomar gigote o cosa así. Di.

--En la casita a la otra puerta de la taberna de la esquina de la calle
de O'Reilly, tú me entiendes, ha habido una _San Francia_ esta noche.

--¿Cómo así? Y tú parece que te alegras.

--Hay de todo. Te diré. Pasaba yo por allá... _Seña_ Clara me detuvo más
de lo regular en la sastrería. Pues pasaba por allá, aunque era bastante
tarde, porque había quedado con Cecilia en que daríamos una vuelta por
el Ángel después de la salve. Ella sospechaba que el individuo que
estuvo esta tarde en la sastrería a buscar su ropa nueva iba al baile de
Farruco para verse con la muchacha del campo del día de San Rafael, y se
proponía pillarlo _en fragante_. Cálculos de mujer celosa. Apenas llegué
a la esquina vi acercarse un hombre a la ventana de la casita y hablar
con una persona que estaba detrás de la cortina. Aquello picó más mi
curiosidad, y así que se separó el hombre me acerqué yo... Y ¿con quién
te figuras tú que me topé? Con Chepilla. Me hizo entrar. Acababa de
haber allí una de mar y morena. Parece que Cecilia se había vestido para
salir conmigo; y la abuela, en la brega de impedírselo, le rompió el
túnico y la peineta de teja. Todo eso sucedió en un momento.

--¡Pobre muchacha! exclamó el músico compadecido.

--Cecilia es muy cabezadura. Cuando se le pone una cosa, eso ha de ser;
de manera que la abuela vio los cielos abiertos luego que yo me
aparecí. Ya ella no puede con la nieta. Pues bien, me hizo entrar para
ver si entre las dos lográbamos que Cecilia no saliera.

--¿Lo lograron? preguntó José Dolores con muestras de interés.

--Por supuesto, dijo Nemesia con intención. Yo sabía por donde atacarla
y no erre el golpe. La abuela no quería que la nieta saliera; yo tampoco
quería, y sucedió que el hombre del barrio de San Francisco que las
mantiene, lo había prohibido. Ese fue, como luego supe, el que estuvo
por la ventana hablando con Chepilla antes que yo.

--¿Qué es _él_ de _ella_? Quisiera saberlo.

--Yo, verdaderamente, no lo sé. A veces _me se_ figura que es mucho
cuidado el suyo para mero enamorado...

--¡Si será su padre! _Señó_ Uribe cree a puño cerrado que lo es y
sostiene que la madre vive. ¿Pero dónde está la madre? ¿Quién la conoce?
¿Quién la ha visto?

--Eso es lo que yo digo.

--Ahí tienes. Yo me tengo tragado que el padre y el hijo están
enamorados de Cecilia hasta la punta del pelo.

--Puede ser, hermana, porque se han visto muchos de esos casos en el
mundo. Ella preferirá al hijo...

--Se entiende, y ¿quién no preferiría el joven al viejo?

--La hermosura de Cecilia será al fin la causa de su perdición. ¿Qué
puede esperar ella de esos dos blancos? ¿El viejo quizás le dé dinero,
lujo y cuidados, mas el joven...? Este no es posible que se case con
ella; gracias si la toma de querida por algún tiempo, se fastidia y la
deja con dos o tres hijos el día menos pensado. Yo no sé qué será de mí
si tal cosa sucede. No quiero pensar en eso.

--Ella te tiene voluntad, pero no amor. Bien claro que lo veo. Sin
embargo, si yo pudiera hacer que olvidara a Leonardo, estaba vencida la
principal dificultad.

--La que bien quiere, tarde o nunca olvida.

--Hay sus excepciones, y Celia, que es muy soberbia, no es imposible que
por lo mismo que quiere mucho olvide pronto. Del amor al odio no hay más
que el salto de una pulga.

--Esa, al fin, es una esperanza.

--Te juro que le ha de costar mucho trabajo engañarla y engañarme a mí.
Yo conozco mejor que él el flaco de Celia y tengo esta ventaja. Ahora
poco le dije a ella una cosa que la puso como candela. Está que trina
contra el individuo. Ya se le pasará la rabieta, pero volveré a la carga
y estoy segura que la haré saltar las trancas... Todo lo que sea
alejarla de él, es acercarla a...

No le dejó concluir la frase José Dolores. Se sonrió tristemente, y
diciendo a su hermana que no le esperase, se marchó en dirección de la
calle del Aguacate. Nemesia entró en su cuarto repitiendo cual si
hablara con otro:

--¡Cómo que yo me mamo el dedo! No siempre había de trabajar para el
inglés. Si no ha de ser para mí, que no sea para ella tampoco. El es muy
enamorado y le gustan mucho las pardas. No es tan difícil la cosa como
parece. Veamos si de una vía hago dos mandados. Ella para José Dolores y
_él_ para mí. Se puede, se puede...

Ahora corresponde que volvamos al sarao en la Filarmónica donde hemos
dejado a Leonardo Gamboa en las filas de la danza con Isabel Ilincheta.
Comprendiendo bien ella el carácter de su pareja, no le dio queja
ninguna sobre su falta de puntualidad en escribir, ni de su aparente
desvío; le habló, al contrario, de asuntos indiferentes: de los amigos
mutuos en el campo; de las ocurrencias en el partido de Alquízar; del
rosal rojo que él había injertado en el rosal blanco del jardín
fronterizo del cafetal; del naranjo a cuya sombra, las pascuas pasadas,
habían comido tantas veces las naranjas más dulces que producía la
finca; de la hija mayor del mayoral de su padre, que, para casarse,
como se casó, en la Ceiba del Agua, se había fugado con un joven guajiro
del pueblo.

--Tía Juana, añadió Isabel, se empeñó con el padre y lo hizo
reconciliarse con la hija. Así es que los novios hoy día están hechos
cargo del sitio de papá, en que sabe Vd. se crían gallinas y se ceban
algunos animales. La muchacha se quedó con su marido, y su padre,
nuestro mayoral, tuvo que salir. Yo lo sentí por su esposa, porque era
una buena mujer y nos acompañaba bastante; pero, desde que se casó la
hija, se le puso el humor atroz: no dejaba resollar a los negros, los
castigaba por cualquier falta, siempre con verdadera sevicia, hasta que
papá le despidió. Al presente pasamos algunas soledades, y nuestras
salidas en el cafetal se reducen a ir al sitio todas las tardes y volver
a las puestas del sol. Cuando hace luna...

--Te acuerdas de mí, ¿no es eso? la interrumpió Leonardo, con indiscreto
despecho, al ver su glacial indiferencia.

--Naturalmente, contestó ella, al parecer sin notar lo que pasaba por su
compañero. No puedo olvidar que en tardes divinas, como son todas las de
invierno en el campo, más de una vez hemos hecho juntos ese paseo en
compañía de Rosa y de tía Juana.

--Te encuentro algo cambiada, observó el joven después de breve rato de
silencio.

--¿Yo cambiada? Pues está buena. Vamos, Vd. se chancea.

--Hasta me tratas de Vd.

--Creo que siempre le he tratado del mismo modo.

--No al pie del naranjo dulce.

Isabel se puso colorada, y luego dijo:

--Es ya una costumbre en mí el tratar de Vd. a todo el mundo. Aún con
mis propios esclavos, si son viejos sobre todo, se me escapa el decir
Vd. A papá le sucede lo mismo frecuentemente.

--El _tú_ es más cariñoso.

--¿Lo cree Vd. así? El _Vd._ es más modesto.

Cortábase a cada paso este chispeante diálogo, es decir, tantas veces
cuantas la pareja que bajaba hacía figura con la pareja que subía la
danza. Al fin, hubo de cambiarse del todo el tema de la conversación
cuando Meneses y Solfa, que habían venido saludando a las amigas,
llegaron al puesto ocupado por Isabel y Leonardo. Ambos habían visto a
la joven aquella misma tarde en casa de las Gámez. Poco tenían que
decirse que de nuevo fuera; Isabel, sin embargo, distinguía a Meneses, y
se alegró de volver a verle.

--¿Qué es eso? ¿No baila Vd? le preguntó con interés.

--Casi nunca bailo por mera cortesía.

--¡Ay! Si le oyese Florencia se ofendería.

--Me cae en gracia Florencia, me parece bonita, la quiero, pero si
bailase con ella ahora sería por mera galantería. Mi amiga del alma está
lejos de aquí, Vd. lo sabe, y es mucha crueldad en Vd. atribuirme
intenciones de galantear a otra.

--Sobre que le voy cogiendo miedo al amigo Solfa, dijo ella volviéndose
de repente para éste, con el doble objeto de atender a todos y de no
seguir la broma con Meneses.

--¿Qué he hecho para inspirar temor a la impávida Isabelita?

--¿No ve Vd.? Esa es una sátira.

--Lo sería, señorita, repitió Solfa prontamente, si la mía fuese una
opinión aislada, pero no lo es. De ella participan, estoy seguro,
Leonardo y Diego, juntamente con cuantos conocen a Vd. ¿Cómo pues, puedo
inspirarle temor?

--Porque voy viendo que es Vd. implacable, que no perdona enemigos ni
amigos.

--¿Esa más? Me aturde Vd. señorita.

--Sí, hágase Vd. ahora el inocentico, el que no quiebra un plato. ¡Cómo
que desde que asomó Vd. a la puerta del salón no noto que ha venido
hasta mí cortando cada traje que es un primor! Apelo al amigo Meneses;
él dirá si me he equivocado o no.

Solfa y Meneses cambiaron una mirada y una sonrisa, con que corroboraron
implícitamente la observación aguda de Isabel, y el primero dijo:

--Ya eso es distinto, lo declaro, me gusta la tijera; mas se me ha hecho
pedazos entre las manos al llegar a Vd.

En esto cesó la danza, y las diferentes parejas de bailarines,
deshaciendo la formación, corrieron las unas a ocupar sus asientos en la
sala y cuartos, las otras a respirar el aire libre de los corredores.
Los hombres, por la mayor parte, se dividieron en grupos para hablar de
las conquistas amorosas de la noche, y casi todos para fumar un cigarro
puro o de papel. Leonardo dio un paseo por los corredores con su amable
compañera de baile, la cual, si hemos de juzgar por la frecuencia de sus
sonrisas, no tuvo a mal que se prolongara la entrevista, aunque había
terminado el encanto de la música.

Continuando, entretanto, por su parte la revista de la fiesta que se
habían propuesto pasar Meneses y Solfa, se detuvieron por breve rato
ante la madre y hermanas de su amigo y condiscípulo Leonardo Gamboa.
Hallábanse ellas sentadas en el lado norte del salón, debajo del dosel
donde dijimos que se ostentaba el retrato colosal al óleo de Fernando
VII de Borbón. Antonia, la mayor, tenía a su derecha a un capitán del
ejército en completo uniforme, con quien cambiaba en tono bajo frases
breves de inteligencia; después seguía su madre, y a la izquierda de
ésta, las dos hermanas Carmen y Adela. Con la primera de estas tres
hablaba el Mariscal de campo don José Cadaval; con las dos últimas los
currutacos más célebres que conocía La Habana entonces: Juanito Junco y
Pepe Montalvo, cadete del regimiento Fijo. Asomó a poco Leonardo Gamboa,
y como por magia desapareció el capitán español del lado de Antonia, a
una insinuación suya con el codo; Cadaval siguió adelante, y el
lechuguino y el cadete hicieron lo mismo con un profundo saludo.

Al descubrir de lejos Leonardo al militar español mano a mano con su
hermana, se renovó en su mente la memoria de las escenas de por la
mañana, primero al postigo de la ventana y después en la mesa del
almuerzo, sintiendo el mismo rapto de celos y de odio que ya había
experimentado. Todo el deseo que tenía de ver y hablar un rato con su
madre y hermanas en el baile, se enfrió y apagó en el instante, y sólo
por respeto y cariño a aquélla no les volvió la espalda. A un gesto
suyo, Antonia ocupó el asiento que dejó vacante el capitán, y así pudo
sentarse Leonardo y decir al oído de doña Rosa:

--¿Es posible, mamá, que tú consientas que ese soldado pele la pava con
Antonia en tu presencia?

--¡Cállate! replicó doña Rosa seria. Ese caballero ha venido a traernos
un recado de tu padre, el cual no puede venir por nosotras hasta la una
y creo que tú tendrás que acompañarnos. De la ocurrencia me alegro con
doble motivo; lo uno porque ya podré irme cuando quiera o me dé sueño;
lo otro porque no te quedarás tú por detrás, ni me harás pasar otra mala
noche.

--Debo acompañar a Isabel Ilincheta y a las Gámez a su casa, pues su
carruaje ha sufrido una avería y no pueden usarlo esta noche.

--¡Cómo! ¿Isabel está aquí y no ha venido a saludarnos?

--No lo extrañes, porque sin duda ella ignoraba que Vds. hubiesen venido
al baile, y luego ha habido una concurrencia extraordinaria.

--Bien, manda en tu quitrín a tus amigas a su casa.

--Antes, sin embargo, es preciso que Vds. vean a Isabel, o que Isabel
salude a Vds.

--¿Ya te has enamorado de ella? Eres un veleta. No pienses en burlarte
de esa muchacha también. Tráela aquí y la veremos.

--No. He pensado que debemos tomar algo y en la mesa nos reuniremos
todos. El ambigú dicen que no es menos abundante que exquisito. ¿Qué te
parece, Adela?

--Aprobado, contestó ésta alegre.

--Pero es el caso, dijo Leonardo, que si alguna de Vds. no me saca de
apuros, no tendré con qué cubrir el gasto.

--Pues, ¿y las dos onzas de oro que te puse en el chaleco por la tarde
cuando dormías la siesta? preguntó doña Rosa con seriedad.

--No he visto semejante dinero, mamá. Bien que si lo pusiste en la
faltriquera del chaleco de esta mañana, allá en mi cuarto se quedó.
Apenas tengo tres o cuatro pesos en este chaleco que me puse a la vuelta
del paseo para venir al baile.

No hizo Leonardo esta explicación con la franqueza que solía; se puso
colorado y titubeó varias veces. Lo advirtió su madre y le preguntó:

--¿Por qué te has aparecido en el baile tan tarde? Creí que ya no
venías, y eso que tú saliste de casa antes que nosotras. Quién sabe por
donde has andado.

--Había reunión y piano en casa de las Gámez con motivo de ser el santo
de Florencia...

--Ellas no vinieron contigo, que yo sepa. Tú no dices la verdad,
Leonardo, lo conozco y de veras te digo que haces mal, muy mal. Yo soy
tu mejor amiga, hijo, y tengo el desconsuelo de ver que cada día eres
menos franco conmigo. Vamos al ambigú, añadió no poco desazonada; yo
pago los costos y aquí tienes mi bolsa, que contiene unas seis onzas de
oro.

Era de punto de seda roja, formando dos senos separados por un nudo o
lazada en el medio, para dividir el oro entero del menudo y la plata. Se
la sacó del seno, porque las señoras en esa época no usaban bolsillos en
las faldas como al presente, sino que se colgaban la bolsa del cinto o
cordón del traje casero. Leonardo recibió el dinero con las mejillas
encendidas de la vergüenza, porque a la humillación de recibir dos veces
la suma que había perdido al juego, se agregaban las mentiras conque
había pretendido encubrir su falta. La madre, tal vez sin quererlo ni
saberlo tampoco, había leído en el fondo de su alma como a través de un
cristal. ¿Le servió eso de correctivo? No es tiempo todavía de
examinarlo. Pero aquel incidente había pasado para el hijo y la madre no
más, para la última ciertamente no en toda su genuina deformidad, pues
puede decirse que sin conciencia de ello había puesto el dedo en la
llaga. Del choque recibido trabajo le costó reponerse a Leonardo, quien
dijo a su madre luego que se puso en pie y le tomó el brazo para
conducirla a la sala del ambigú:

--¿Y dónde quedaba papá?

--Quedaba en casa de don Joaquín Gómez, a donde han concurrido varios
otros hacendados; entre ellos Samá, Martiartu, Mañero, Suárez Argudín,
Lombillo, Laza...

--¿No se sabe cuál es el objeto de semejante junta?

--El capitán Miranda no ha podido explicarlo, sin duda porque él mismo
lo ignora; pero por lo poco que me dijo tu padre cuando salió de casa,
saco en consecuencia que va a tratarse de las expediciones a la costa de
África. Vives está ya cansado de las quejas de Tolmé y de las
impertinencias de los jueces de la maldita comisión mixta, y ha hecho
decir a Gómez por trasmano que procuren que las expediciones de bozales
no desembarquen por los alrededores de La Habana. También llegó un
expreso del Mariel, participando que se ha presentado un bergantín
parecido al _Veloz_, que se esperaba con un buen cargamento, perseguido
por un buque inglés.

--Tal vez lo ha apresado.

--¿A la vista del torreón del Mariel? Sería demasiado atrevimiento. Con
todo, esos ingleses protestantes se figuran que el mundo entero les
pertenece, y no lo extrañaría. Si la expedición se pierde, tu padre
pierde un pico regular. Es la primera que él emprende en sociedad con
sus amigos de aquí por ser muy costosa. Cuando menos trae quinientos
negros.

--¿Quién mete a papá en tales trotes, al cabo de sus años?

--¡Ay, hijo! ¿Echarías tú tanto lujo, ni gozarías de tantas comodidades,
si tu padre dejase de trabajar? Las tablas y las tejas no hacían rico a
nadie. ¿Qué negocio deja más ganancias que el de la trata? Di tú que si
los egoístas ingleses no dieran en perseguirla como la persiguen en el
día, por pura maldad, se entiende, pues ellos tienen muy pocos esclavos
y cada vez tendrán menos, no había negocio mejor ni más bonito en qué
emprender.

--Convenido, mas son tantos los riesgos, que quitan las ganas de
emprender.

--¿Los riesgos? No son muchos comparados con las ganancias que se
obtienen. El costo total de la expedición del bergantín _Veloz_, por
ejemplo, según me dijo tu padre, no ha pasado de 30,000 pesos, y como la
empresa es de varios, su cuota fue de algunos miles de pesos solamente.
Ahora bien, si se salva la expedición, ¿cuánto no le tocará?... Saca la
cuenta. Pero aquí está Isabel.

Doña Rosa la recibió con los brazos abiertos; excepto Antonia, las
hermanas de Leonardo con sinceras demostraciones de cariño; sobre todas.
Adela la abrazó y besó repetidas veces. Era ésta la más joven,
entusiasta y franca e Isabel la preferida de su hermano querido. Después
de los saludos de costumbre y las quejas mutuas, juntas todas con las
Gámez, llevando Leonardo, Meneses y Solfa cada uno dos mujeres del
brazo, pasaron a la sala del ambigú, espléndidamente iluminada, al fondo
del palacio. Eran muchos y no cabían en una sola mesa, por cuya razón
ocuparon dos, aunque inmediata una de otra.

Señoras y caballeros tomaron gigote de pechuga de pavo, fiambre de esta
ave, con rico jamón de Westfalia, algunos arroz y frijoles negros,
ninguno vinos ni espíritus, todos café con leche para terminación de
cena. Esta, conforme al precio usual de los platos pedidos en funciones
semejantes, calculó Leonardo que no bajaría el costo de onza y media de
oro, o veinticinco y medio duros, cuando menos. Deseoso de hacer alarde
del dinero, sacando la bolsa de seda roja, preguntó al mozo blanco, que
servía ambas mesas con destreza imponderable:

--¿Cuánto es?

--Nada, contestó el hombre con la misma brevedad, a tiempo que formaba
en el brazo izquierdo una _torre de porcelana_ con los platos y tazas.

--¿Cómo se entiende? repuso el joven asombrado. Pues ¿quién ha pagado
por mí?

--Se conoce que Vd. no pertenece a la junta directiva, dijo el mozo con
cierta impertinencia. La sociedad costea el ambigú de esta noche, y si
yo fuese uno como hay muchos le hacía pasar a Vd. plaza de primo.

--¡Ah! exclamó Leonardo, corrido como una mona y no poco mortificado.

Se puso en pie murmurando:

--Estos mozos españoles son a veces demasiado impertinentes.

Si él oyó o no, es cosa que no se sabe, aunque por la mirada de través
que le echó al joven, parece que resonó en sus oídos lo de español e
impertinente. Bien quisieran Adela y Florencia Gámez tomar parte en la
siguiente danza, la primera hasta se lo indicó a su hermano; mas él se
sonrió distraídamente y no contestó palabra.

Entre tanto doña Rosa dispuso que las _niñas_, según se expresó, pasaran
al camarín a recoger sus _mantas_ de seda. Al mismo tiempo los tres
jóvenes bajaron al entresuelo a reclamar sus sombreros y bastones
respectivos; pero tanto aquí como en el camarín, ya se habían adelantado
otras muchas personas en demanda de sus prendas; de suerte que antes que
obtuvieran las suyas nuestros conocidos, se pasó algún tiempo. Después
bajó Leonardo al portal para prevenir a su calesero que estuviese listo.

De este intervalo se aprovecharon las más jóvenes de las señoritas para
acercarse a los sitios en que se había armado la danza última, que dicen
es la que mejor acompañan los músicos. No faltó quien las invitara, y
ellas, en son de marcha, se pusieron a bailar con más gusto que nunca.
Doña Rosa, Isabel, Antonia, la señora de Gámez y la mayor de sus hijas
se sentaron en grupo a esperar la hora de la partida.

Pasada era la una de la madrugada. Cuando Leonardo descendía las
escaleras de piedra del palacio de la Filarmónica, lo primero que hirió
sus oídos fue el repiqueteo de las espuelas de plata de los caleseros en
las sonoras piedras del portal, bailando el zapateo al son del tiple
cubano. Tocaba uno, bailaban dos, haciendo uno de ellos de mujer; y de
los demás, quiénes batían las palmas de las manos, quiénes golpeaban la
dura losa con los puños de plata de los látigos, sin perder el compás ni
cometer la más mínima disonancia. Algunos de ellos cantaban las décimas
de los campesinos, anunciando por esto, por el baile y por el tiple que
todos ellos eran criollos.

Aún aquí se habían adelantado muchas familias que se retiraban del baile
lo más temprano posible; y eran de oírse los apellidos de las más
distinguidas de La Habana repetidos de boca en boca, como ecos en
escala, por todos los caleseros:--¡Montalvo! gritaba una voz y Montalvo
repetían veinte sucesivamente, hasta que se perdía a lo lejos o
contestaba el llamado acercando el carruaje; en cuyo acto ocurrían
algunos choques, no pocas peloteras entre los esclavos, más de un
varapalo asestado por el dragón que mantenía el orden en la calle, todo
esto acompañado del estallido de los látigos, del ruido de las ruedas,
cual truenos lejanos, y de las patadas de los caballos en las chinas
pelonas del pavimento. En medio de toda aquella batahola, no cesaba el
clamor de los caleseros por el nombre de las familias a que pertenecían.
A saber: ¡Peñalver! ¡Cárdenas! ¡O'Farril! ¡Fernandina! ¡Arcos! ¡Chacón!
¡Calvo! ¡Herrera! ¡Cadaval! repetido tantas veces cuantas era necesario
para que llegara la palabra al calesero que se quería; el cual, después
de todo, si no estaba a la cabeza de la fila que rodeaba la manzana,
tenía que esperar a que le tocara su turno para mover el carruaje si no
quería que el dragón de guardia le midiera las costillas con la vara de
su lanza.

Apenas se pronunció el apellido de Gamboa, cesó el baile del zapateo,
porque el tocador del agudo tiple no era otro que nuestro antiguo
conocido Aponte. El triste esclavo se divertía al parecer con todas
veras, o punteaba el instrumento primorosamente para distracción suya y
de sus compañeros, porque pesaban sobre su espíritu, nada obtuso por
cierto, dos amenazas terribles, la de su señorita por la tarde y la de
su joven amo a las diez y media de la noche; y sabía, bien a su pesar,
que ellos no olvidaban ni perdonaban faltas de sus esclavos. Pero si
aquella era su suerte y no había remedio, ¿a qué apurarse ni afligirse
anticipadamente? Así reflexionaba él, y así poco más o menos
reflexionanban todos sus compañeros, a quienes Dios, en su santa merced,
no había negado un alma pensante.

Acabada la junta de hacendados, don Joaquín Gómez puso su carruaje a la
disposición de don Cándido Gamboa, para retirarse a su casa, como lo
hizo, poco después de la media noche; con lo que éste pudo despachar el
suyo a la familia en la Filarmónica, para que hiciera lo mismo cuando lo
tuviera por conveniente. Mediante aquel refuerzo inesperado, las Gámez y
su amiga Isabel pudieron trasladarse de una sola vez desde el baile a su
morada a espaldas del convento de Santa Teresa, y enseguida la familia
de Gamboa.

Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zaguán, llevaron
los caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las monturas en
sus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros en clavos fijos en
la pared de un cuartucho; y por lo que hace a Aponte, acabado el
trabajo, con la tarima a la espalda, cual Cristo con la cruz, volvía al
zaguán para ver de descansar de las fatigas del día, durmiendo las pocas
horas de la madrugada. Por entonces habían sonado las dos hacía rato en
el reloj de la parroquia del Espíritu Santo. La luna menguante trasponía
el tejado de la casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba la
altura de la tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinaba
oscuridad en el primero, aunque no tanta que no se viesen los bultos ni
se reconociesen los rostros. De repente un hombre interceptó el paso de
Aponte, quien levantó los ojos y vio que agitaba el látigo en la mano
derecha. Se paró al instante, porque reconoció a su amo, el joven
Gamboa.

--Suelta la tarima, le ordenó éste con voz bronca por la cólera;
arrodíllate y quítate la camisa.

--Niño, ¿su merced me va a castigar? dijo el atribulado esclavo,
ejecutando por parte lo que se le había ordenado.

--Vamos, despacha, agregó el amo acompañando a la vez el golpe, por la
vía de apremio.

--Espere su merced, niño. ¿En qué le he faltado yo?

--¡Ah! ¡Perro! ¿Y me lo preguntas? ¿No te dije que te iba a castigar
porque no me esperaste como te mandé, en la esquina del convento?

--Sí, señor, niño; pero yo no tuve la culpa.

--¿Pues quién la tuvo? Yo le probaré que cuando te mando una cosa la has
de hacer o reventar.

Y sin más ni más empezaron a llover zurriagazos en las espaldas desnudas
del infeliz esclavo. Se retorcía, porque los golpes los descargaba un
brazo vigoroso, y decía:--Bueno está, mi amo (por basta). Por la niña
Adela, mi amo. Por Señorita (como llamaban los criados a doña Rosa
Sandoval de Gamboa), mi amito. Si yo pudiera decir la verdad, niño, su
merced vería que no tuve yo la culpa. ¡Bueno está ya, niño Leonardito!

Pero aquella boca había callado, embargada por la cólera; aquel corazón
se había vuelto de piedra; aquella alma había perdido el sentimiento;
aquel brazo sólo parecía animado, de hierro, no se cansaba de descargar
golpes. ¡Qué cansarse! los menudeaba cada vez con más furor, si no con
más fuerza. Dormía ya don Cándido, cuando le despertaron asustados los
estallidos del látigo y los lamentos del calesero.

--¿Qué es eso? preguntó a su esposa.

--Nada, Leonardo que castiga a Aponte.

--Pero ¡qué escándalo! ¿Qué horas son éstas de castigar a los criados?
Di a ese muchacho de Barrabás que pare la mano, o por Dios bendito...

--Acuéstate y duerme, repitió la mujer. Aponte está muy perro y necesita
un buen castigo.

--Sí, mas estoy seguro que esta vez no ha cometido falta. Véase qué
pasada le han jugado a tu hijo y ahora se la paga el pobre mulato.

--Tú no sabes lo que hizo por la tarde a las muchachas en la calle de la
Muralla.

--Será así, pero que pare el muchacho la mano o me levanto y le rompo
una costilla como me llamo Cándido. ¿Hase visto mayor desvergüenza?

Claro vio doña Rosa que por poco que continuasen el vapuleo, los
clamores y las protestas de inocencia del calesero, se levantaba don
Cándido y hacía una de las suyas, pues a la natural rudeza de quien no
había recibido educación, agregaba un carácter violento, se asomó al
postigo de la ventana de su alcoba y dijo:--Leonardo, basta.

Esto fue lo suficiente. Bien que ya era tiempo de que el joven hubiese
desfogado la cólera que le dominaba, o de que se le desmayase el vigor.

Después de eso, ¿cuál de los dos, la víctima o el verdugo, encontró
primero reposo en la cama? Mejor dicho ¿qué pasaba por el alma del amo
cuando se echó en la suya? ¿Qué por el alma del esclavo cuando se
desplomó en la rígida tarima? Difícil es que lo expliquen los que no han
sido una ni otra cosa, e imposible que lo entiendan en toda su fuerza,
aquéllos que no han vivido jamás en un país de esclavos.



CAPÍTULO VI

     _¡Hola! del bergantín._
     _--¿Qué dirá?--¿Cómo se llama?_
     _--El Condenado.--¿De dónde procede?_
     _--De Sarrapatán.--¿Qué carga trae?_
     _--Sacos vacíos.--¿Cómo se llama el capitán?_
     _--Don Guindo Cerezo._

     Escenas a la vista del Morro de la Habana.


Como es de suponer, a las nueve de la mañana del día después del baile
en la Filarmónica, con dos excepciones, todo el mundo dormía en casa de
Gamboa. Hablamos aquí del mundo de los amos, en cuyo número no entraban
los ocho o nueve criados de la familia, porque éstos desde el amanecer
debían estar en pie, desempeñando las obligaciones cotidianas, no
embargante el cómo habían pasado la noche.

Don Cándido, a pesar del poco dormir y de los graves pensamientos que le
ocupaban a consecuencia de lo ocurrido en la junta en casa de don
Joaquín Gómez, se levantó temprano y salió a la calle a pie, por pura
impaciencia de carácter.

Su esposa, algo más tarde, tomaba café con leche muellemente arrellanada
en uno de los sillones del comedor.

No carecía de objeto el sentarse doña Rosa todas las mañanas en ese
sitio. Registrábase desde allí el interior de la casa, y se veía si las
lavanderas preparaban la lejía para el lavado de la ropa, o el brasero
con carbón vegetal para el aplanchado desde temprano; si las costureras,
en vez de ponerse a coser las _esquifaciones_, perdían el tiempo en
conversaciones con los otros siervos; si los caleseros lavaban los
carruajes, daban sebo y limpiaban las correas de las monturas; si Aponte
volvía temprano o tarde de bañar los caballos, lo que probaba que había
ido al muelle de Luz o a la Punta, más distante; si Pío, el anciano
calesero de Gamboa, hacía zapatos de mujer en el zaguán para uso de las
criadas de la casa y a veces hasta para las amas, al mismo tiempo que
desempeñaba el oficio de portero, cuando no tenía que ponerle el
carruaje a su amo; por último, si el cocinero, negro de aire
aristocrático, bien hablado y racional, según dicen los esclavistas,
había ido o no de madrugada al mercado inmediato de la Plaza Vieja, en
busca de las vituallas y hortalizas que se le habían encargado la noche
anterior.

Era éste el que más madrugaba en la casa. Debía hacer el fuego y
preparar el café con leche, a fin de que Tirso y Dolores pudieran
servirlo tan luego como despertaran los amos. No siempre despachaba el
cocinero el mercado a la misma hora, ni en breve tiempo, aun cuando la
Plaza Vieja distaba poco de la casa de Gamboa. En la madrugada de que
hablamos ahora, por ejemplo, salió para allá demasiado temprano. Pero
andando en esa dirección con el farolito en una mano, según estaba
mandado por las Ordenanzas municipales desde los tiempos de Someruelos,
y un canasto en la otra, sonó el cañonazo de las cuatro, el capitán de
llaves abrió las puertas de la muralla y al silencio mortal de la ciudad
se sucedieron el tumulto y toda clase de ruidos tan disonantes como
desapacibles.

A la vuelta del mercado había siempre ajuste de cuentas del cocinero con
su ama, regaños y amenazas de castigo por el precio de las carnes, por
su calidad y aun peso; porque en vez de pollos trajo gallinas, por la
hortaliza, pues en vez de habichuelas trajo guisantes, y berros por
lechuga, o viceversa. Porque es condición del esclavo no acertar nunca a
complacer a sus amos. Para doña Rosa, en suma, siempre había motivo de
queja; su cocinero pecaba a menudo por torpe, por malicia o por
descuido.

--Dionisio, ¿no te encargué pollos tiernos? decía ella levantando del
canasto el par de aves atadas fuertemente por los pies, ¿por qué me has
traído gallinas? Tu amo no come sino pollos.

--Son pollonas, señorita, contestaba el cocinero; lo que tiene es que
están gordas y parecen gallinas hechas. También no se encuentran pollos
en la plaza.

--No me vengas con esas, Dionisio, que no soy boba ni nací ayer. Si tú
sabes mucho, yo sé más. Vamos, ¿cuánto te costaron?

--Dos pesos, señorita. Las aves están caras ahora.

--¡Ave María Purísima! ¿A que se las compraste a tu _carabela_, la negra
lucumí más carera de la plaza?

--No, señorita, se las compré a un placero del campo. Mírelas su merced
bien, todavía tienen las plumas sucias de tierra colorada.

--Esa no es prueba, Dionisio, porque bien pudo tu comadre dejarles la
tierra para hacer creer que eran frescas del campo, y no de segunda
mano.

--Señorita, la morena de los pollos no es mi comadre ni mi _carabela_
tampoco. Ella es de nación.

--Yo sé lo que me digo, Dionisio, y no vengas tú a corregirme la plana.
Si tú tienes leyes, yo sé a dónde se enderezan a los doctores como tú.
Ahí está la maestranza de artillería[33] ahí está el Vedado.[34] No
cuesta nada un curso de derecho en esos lugares. ¡Eh! Conque ande Vd.
listo, taita Dionisio. Lo que no quiero es que Vd. se festeje ni festeje
a sus comadres con mi dinero.

Al buen callar llaman Sancho, y por dolorosa experiencia de largos
treinta años de esclavitud, sabía bien Dionisio que debía guardar
silencio desde el punto en que sus amos empezaban a tratarle de Vd.
Aquella era señal segura de que subía la marea de la cólera. Se
aproximaba la tempestad y en breve estallaría el rayo. En tal virtud, el
cocinero recogió a toda prisa los avíos de la comida y se refugió en su
cocina, como buen piloto que busca abrigo temporal en el primer puerto
que le depara el cielo.

Este esclavo había nacido y se había criado en Jaruco, en el palacio de
los condes de ese título. Sabía leer y escribir casi por intuición,
dones adquiridos que le revestían de mérito extraordinario a los ojos de
sus compañeros de esclavitud, mucho más ignorantes que él, en general,
bajo esos respectos. Era aficionadísimo al baile, gran bailador de
minué, que aprendió en las suntuosas fiestas de sus amos, pues en su
calidad de paje, que fue su empleo primitivo, siempre estaba en contacto
con ellos; y allí conoció a la después Condesa de Merlín, a varios
Capitanes Generales, al primer conde de Barreto y a otras notabilidades
de Cuba, de España y del extranjero, por ejemplo, a Luis Felipe de
Orleans, después rey de los franceses.

A poder de tiempo, de industria y de economía, viviendo entre gente rica
y rumbosa, que visitaban personajes notables, logró Dionisio reunir
dinero suficiente para _coartarse_, quiere decir, para fijar el precio
en que se le vendería, si lo vendían, dando a su amo diez y ocho onzas
de oro, o 306 duros. Sacáronle, sin embargo, a remate junto con otros
varios esclavos, por ante el Escribano público don José Salinas, a la
muerte del Conde, para cubrir las grandes costas que ocasionaron su
testamentaría y división de bienes. La habilidad de Dionisio en la
cocina y la repostería, a que le aplicaron apenas llegó a la virilidad,
le daba más valor en el mercado que a los otros esclavos sin oficio; de
consiguiente, la _coartación_ sólo le sirvió para que le vendieran en
500 pesos, en vez de los 800 en que le estimó el amo cuando le aceptó la
suma arriba mencionada. En el _lote_, don Cándido le obtuvo por menos de
los 500 pesos en que quedó coartado, aunque él no fue el mejor postor;
pero supo untarle en tiempo la mano al oficial de causas, y no
aparecieron las otras pujas. De dos graves faltas adolecía Dionisio,
graves por su triste condición: era la una su afición a las mujeres; la
otra ya se ha dicho, su afición al baile propio de los blancos.

Dadas las 9 de la mañana, entró don Cándido Gamboa por el zaguán de su
casa. Parecía cariacontecido, cansado y sudoso, no ya por el calor, que
no dejaba de sentirse, aunque estábamos a fines de octubre, sino por la
agitación de las primeras horas del día y los pensamientos que ocupaban
su espíritu. Sin reparar en su esposa, que inquieta le aguardaba junto a
la mesa del comedor, puesta ya para el almuerzo por el ágil Tirso, de la
calle pasó derecho al escritorio, donde estaba el Mayordomo don Melitón
Reventos encaramado en el banquillo, con la pluma detrás de la oreja y
de codos en la carpeta, meditando sobre un pliego de papel español,
escrito en renglones desiguales, a manera de versos de arte mayor, que
tenía delante.

--¿Qué hace? le preguntó entrando don Cándido, sin darle los buenos
días, acaso porque aquél era uno de los peores de su vida.

--Hacía el apunte de los efectos que ordena el Mayordomo de _La Tinaja_
para la próxima molienda, y miraba si se me había escapado algo. El
patrón Sierra estuvo aquí y dijo que salía...

--Deje Vd. eso de la mano, que no precisa, y vamos a lo que importa.
Reventos, ahora mismo se pone Vd. la chaqueta y se va corriendito al
baratillo de Suárez Argudín en el portal del Rosario, y recoge Vd.
cuantas camisas de listado y pantalones de rusia tenga hechos, y le dice
Vd. que los cargue en cuenta. Probable es que no tenga cuanto se
necesita, 400 mudas; pero él puede completar el número en los otros
baratillos de los paisanos. Mas en caso que ni así se consigan todas,
300, 250, 200, las que se puedan... ¿Qué remedio? Si no salvamos tantos,
salvamos cuantos.

--¿Cuántos qué? preguntó Reventos, demasiado curioso para dejarlo para
luego.

--Bultos, hombre, bultos, repuso brevente don Cándido. ¿No sabe Vd. que
ha llegado el _Veloz_?

--¿Sí? A fe que no lo sabía.

--Pues ha llegado, mejor dicho, lo han traído al puerto. El número fijo
a bordo no se sabe todavía. Las escotillas están clavadas, y dice el
Capitán Carricarte que, aunque embarcó sobre 500, con el largo viaje y
la atroz caza que le han dado los ingleses, se le han muerto algunos y
tenido que echar al agua... muchos, vamos, la broza por fortuna. ¿Está
Vd.? Ahora bien, tome las mudas de ropa, forme tres o cuatro líos,
según; los conduce Vd. en un carretón al muelle de Caballería, frente a
Casa Blanca, y se los entrega al patrón del guadaño _Flor de Regla_. Vd.
le conoce. Bien, le entrega Vd. todo, que él está ya avisado y sabe a
dónde ha de llevarse eso. Vd. le acompaña, pues que conoce al contador.
¡Eh! conque al avío. Se le guardará a Vd. el almuerzo si no da la
vuelta en tiempo. De cualquier modo, la ropa debe estar a bordo antes de
las once. ¿Lo oye Vd.?

El Mayodomo ido, de seguidas entró doña Rosa en el escritorio. Se
paseaba su marido arriba y abajo agitado; mas al verla se detuvo por un
instante esperando la pregunta, que, en efecto, no tardó ella en
dirigirle:--¿Qué ocurre, Gamboa? Ahí va Reventos que se desnuca y tú
aquí inquieto. Di, por caridad, ¿qué pasa?

--Lo de siempre, hija; que si seguimos como vamos, todavía los pícaros
de los ingleses han de causar la ruina de este hermoso florón de S. M.
C. el rey, que Dios guarde.

--No me digas.

--Como lo oyes, porque si los ingleses no nos dejan importar los brazos
que nos hacen tan suma falta, no sé con qué ni cómo vamos a elaborar el
azúcar. Sí, esto se lo lleva Barrabás, no me canso de decirlo.

--Tal es mi tema, Cándido; pero al grano.

--Al grano. Esta mañana a las siete señaló el Morro buque inglés de
guerra a sotavento. Nos hallábamos en el muelle varios: Gómez, Azopardo,
Samá, en fin, casi todos los de la junta de anoche. A poco el Morro
señaló presa y media hora después se presentó en la boca del puerto la
corbeta inglesa _Perla_, su comandante el Lord Pege o Pegete, según nos
dijeron después los que desde la Punta oyeron la contestación que dio el
práctico al vigía de señales.[35] ¿Cuál te figuras que era la presa?

--¿El bergantín _Veloz_?

--El mismo, Rosa; con casi todo el cargamento a bordo.

--Luego se ha salvado el cargamento. ¡Qué bueno!

--¿Salvado? repitió don Cándido con amargo acento. Pluguiera a Dios.
Desde el punto que nuestro bello bergantín entra aquí como presa...

--Están perdido barco y cargamento, ¿no? ¡Sería una gran desgracia!

--Lo que es perderse todo no será si los que estamos interesados en la
salvación de una cosa y otra no nos dormimos en las pajas. Por lo
pronto, los pasos que se han dado y que se darán más adelante nos hacen
abrigar la esperanza de que cuando no todos los bultos, al menos las dos
terceras partes lograremos arrancarlos de las garras de los ingleses.
¿Has de creer, Rosa, que a veces se me figura que más dolor me causaría
la pérdida del bergantín que la del cargamento, aunque es el más valioso
de cuantos ha traído del África, según la factura del Capitán
Carricarte? Pues no te quepa duda ninguna. Con mi bergantín se pueden
traer con seguridad y en corto tiempo no uno, sino varios cargamentos, y
no hay muchos como él. Habrá tres años que se lo compré a Didier, de
Baltimore, y ya ha dado cuatro viajes felices al África. Este era el
quinto viaje y ya me he reembolsado tres veces de su costo. Admírate,
Rosa, salió de Casa Blanca... ¿te acuerdas? a mediados de julio y a los
cuatro meses no cabales ha dado la vuelta. Eso se llama andar. ¿Quién
negará ahora que es el más velero de cuantos se emplean en la carrera al
presente? Ahí están el _Feliz_, de Zuaznávar; la _Vencedora_, de
Abarzusa; la _Venus_, de Martínez; la _Nueva Amable Salomé_ de Carballo;
el _Veterano_ de Gómez, y muchos otros de fama. ¿Qué son en comparación
de mi _Veloz_? Potalas, urcas. Sí, sentiría mucho perderlo; no por el
dinero, aunque no son un grano de anís los diez mil pesos que di por él,
sino porque difícilmente se construye buque de más pies.

--¡Ah! Cándido, no te hagas ilusiones. Tú y tus amigos abrigan
esperanzas, yo no. Cuando los ingleses agarran, no sueltan, tenlo por
seguro. Cada vez me parecen más odiosos esos judíos protestantes. Vea
Vd. ¿quién los mete en lo que no les va ni les viene? Yo me hago los
sesos agua y no atino a comprender por qué se ha de oponer Inglaterra a
que nosotros traigamos salvajes de Guinea. ¿Por qué no se opone también
a que se traiga de España aceite, pasas y vinos? Pues hallo más
humanitario traer salvajes para convertirlos en cristianos y hombres que
vinos y esas cosas que sólo sirven para satisfacer la gula y los vicios.

--Rosa, los enemigos de nuestra prosperidad, quiero decir, los ingleses,
no entienden esa filosofía, no la quieren entender tampoco; de otra
manera tendrían más miramientos con nosotros los vasallos de una nación
amiga y en otro tiempo aliada de la suya. Pero yo no les echo toda la
culpa a ellos, a quienes culpo principalmente es a los que aconsejaron a
nuestro augusto soberano don Fernando VII celebrar el tratado de 1817
con Inglaterra. Aquí está el mal. Por la miserable suma de 500,000
libras esterlinas los indiscretos consejeros del mejor de los monarcas
concedieron a la pérfida Albión el derecho de visita de nuestros buques
mercantes y de insultar, como insulta un día con otro, impunemente, el
sagrado pabellón de la que no ha mucho fue señora de los mares y dueña
de dos mundos. ¡Qué vergüenza! No sé cómo toleramos... Mas al caso,
Rosa. Como te decía, la llamada repentina de Gómez ayer tardecita tuvo
por objeto oír la historia de lo ocurrido con el _Veloz_, de boca del
capitán Carricarte, que llegó a revienta cinchas del Mariel, y ver lo
que se hacía por si era posible jugarle una buena a los ingleses; porque
tú sabes que, hecha la ley, hecha la trampa. Cuando llegué a casa de
Gómez, que serían cerca de las ocho...

--¿Cómo así? le interrumpió su mujer. Tú saliste de acá antes de las
siete. ¿En qué te demoraste? ¿Cómo echaste más de una hora en ir a casa
de Gómez?

--No me demoré en ninguna parte, no; repuso el marido, visiblemente
embarazado. ¿Dije que serían cerca de las ocho? Pues cuenta que quise
decir poco después de las siete, a las siete y cuarto, a las siete y
media... La hora precisa no importa.

Parecía que no importaba; pero no dejó de llamar la atención de doña
Rosa, que, yendo en carruaje su marido, para trasladarse de la esquina
de la calle de San Ignacio y Luz, donde vivía, al extremo de la de Cuba,
hacia el norte, donde se celebró la reunión, echase una hora, cuando
esta distancia puede recorrerse a pie en la mitad de ese tiempo
descansadamente. Natural fue que Doña Rosa, que parece no las tenía
todas consigo, en tratándose de la lealtad conyugal de su marido, se
callase, es cierto, mas a todas luces perdió el entusiasmo, y con éste
el interés en lo que pensaba hacerse para salvar la presa y su
cargamento. Advirtiéndolo don Cándido, pues harto conocía a su mujer,
diose una palmada en la frente y dijo:

--¡Tate! me dilaté porque tuve que ver si Madrazo, el cual vive frente a
Santa Catalina, era o no de la junta o le habían avisado. El Capitán
Miranda puede decir la hora a que llegué a casa de Gómez. Esa fue la
única parada que hice en el camino. Pío también es testigo. Vamos ahora
al caso. Como te decía, cuando llegué a casa de Gómez, que tú sabes está
allá lejos, frente a la muralla, encontré toda la gente reunida. Madrazo
fue conmigo, Mañero entró después. Samá, Martiartu, Abrisqueta, Suárez
Argudín y La Hera, sobrino de Lombillo, porque el tío había ido de
carrera a su cafetal _La Tentativa_ en la Puerta de la Güira; Martínez,
Carballo, Azopardo y otros varios que, si bien no inmediatamente
interesados en el cargamento del _Veloz_, como principales importadores
que son de esclavos, deseaban informarse a fondo de lo ocurrido en el
Mariel y de cómo nosotros pensábamos sacar el caballo del atolladero.
Carricarte se mudaba de ropa en los entresuelos de la casa de Gómez, y
bajó así que todos estábamos reunidos. Formábamos una corte regular en
la sala baja. Depositó el Capitán unos papeles en la mesa del centro, y
luego, sin más ceremonia, comenzó la relación de lo que le había pasado
desde las costas de África hasta las de nuestra Isla. Dice que desde que
salió de Gallinas, a fines de setiembre, navegó de bolina y mar
bonancible hasta reconocer a Puerto Rico. Allí, sin embargo, una vela
sospechosa por sotavento le hizo variar de rumbo. Durante la noche,
siempre con viento fresco, volvió a su derrota, esperando avistar el
_Pan de Matanzas_ el día siguiente por la tarde. Hacia el oscurecer, en
efecto, le avistó; pero la misma vela de antes se le presentó en lo más
estrecho del canal de Bahama, empezando desde luego la caza. Dice
Carricarte que su primera intención fue entrar en Arcos de Canasí. No
fue posible: el crucero inglés, porque resultó serlo, como que llevaba
la línea recta y más inmediata a la costa de Cuba, a pesar de los buenos
pies del bergantín, siempre se presentaba a su costado, mayormente a la
altura de las _Tetas de Camarioca_. Cerró la noche de nuevo, el _Veloz_
se hizo mar a fuera y luego viró con ánimo de meterse en Cojímar, en
Jaimanitas, en Banes, en el Mariel, en Cabañas, en el primer puerto
sobre el cual le amaneciese. Aflojó el viento, por desgracia el terral
le fue contrario, así que, cuando tornó a dar vista a la tierra, ya
asomaba el sol y el crucero amagaba ganarle el barlovento. Vio entonces
Carricarte que no podía escapar sino a milagros, por lo que resolvió
jugar el todo por el todo. Dio orden, pues, de despejar el puente, a fin
de facilitar la maniobra y aligerar el buque lo que se pudiese, y como
lo dijo lo hizo. En un santiamén fueron al mar los cascos del agua de
repuesto, no poca jarcia y los fardos que había sobre cubierta...

--¿Los bozales quieres decir? ¡Qué horror! exclamó doña Rosa, llevándose
ambas manos a la cabeza.

--Pues es claro, continuó Gamboa imperturbable. ¿Tú no ves que por
salvar 80 ó 100 fardos iba a exponer su libertad el Capitán, la de la
marinería y la del resto del cargamento, que era triple mayor en
número? El obró arreglado a sus instrucciones: salvar el barco y los
papeles a toda costa. Además, había que despejar el puente y aligerar,
como te he dicho. No había tiempo que perder. ¡Pues no faltaba otra
cosa! Eso sí, dice Carricarte, y yo lo creo, porque él es mozo honrado y
a carta cabal, que en la hora del mayor peligro sólo tenía sobre
cubierta los muy enfermos, los enclenques, aquéllos que de todos modos
morirían, mucho más pronto si los volvían al sollado donde estaban como
sardinas, porque fue preciso clavar las escotillas.

--¡Las escotillas! repitió doña Rosa. Es decir, las tapas de la bodega
del buque. De manera que los de abajo a estas horas han muerto
sofocados. ¡Pobrecitos!

--¡Ca! dijo don Cándido con el más exquisito desprecio. Nada de eso,
mujer. Sobre que voy creyendo que tú te has figurado que los sacos de
carbón sienten y padecen como nosotros. No hay tal. Vamos, dime, ¿cómo
viven allá en su tierra? En cuevas o pantanos. Y ¿qué aire respiran en
esos lugares? Ninguno, o aire mefítico. ¿Y sabes cómo vienen? Barajados,
quiere decir, sentados uno dentro de las piernas de otro, en dos hileras
sucesivas, cosa de dejar calle en el medio y poder pasarles el alimento
y el agua. Y no se mueren por eso. A casi todos hay que ponerles
grillos, y a no pocos es fuerza meterlos en barras.

--¿Qué son barras, Cándido?

--¡Toma! ¿Ahora te desayunas? El cepo, mujer.

--No me quedaba que oír.

--A todo esto y mucho más da lugar la persecución arbitraria de los
ingleses. El único sentimiento de Carricarte ahora es que con el afán y
la precipitación de limpiar el puente, echaron al agua los marineros una
muleque de 12 años, muy graciosa, que ya repetía palabras en español y
que le dio el rey de Gotto a cambio de un cuñete de salchichas de Vich y
dos muleques de 7 a 8 años que le regaló la reina del propio lugar por
un pan de azúcar y una caja de té para su mesa privada.

--¡Ángeles de Dios! volvió a exclamar doña Rosa sin poder contenerse. Y
reflexionando que acaso no estaban bautizados, añadió: de todos modos,
esas almas...

--Y dale con creer que los fardos de África tienen alma y que son
ángeles. Esas son blasfemias, Rosa; la interrumpió el marido con
brusquedad. Pues de ahí nace el error de ciertas gentes... Cuando el
mundo se persuada que los negros son animales y no hombres, entonces
acabará uno de los motivos que alegan los ingleses para perseguir la
trata de África. Cosa semejante ocurre en España con el tabaco: prohíben
su tráfico, y los que viven de eso, cuando se ven apurados por los
carabineros, sueltan la carga y escapan con el pellejo y el caballo.
¿Crees tú que el tabaco tiene alma? Hazte cuenta que no hay diferencia
entre un tercio y un negro, al menos en cuanto a sentir.

No había similitud ninguna en el ejemplo aducido, tampoco tiempo para
discutir, porque en aquella sazón se presentó Tirso en la puerta del
escritorio y dijo que el almuerzo estaba listo. Eran las diez y media de
la mañana; por donde se ve claro que la conversación de don Cándido con
su mujer había durado largo tiempo; y, sin embargo, no le había dicho
los medios de que pensaba valerse para arrancar el _Veloz_ y la mayor
parte de la carga, compuesta de seres humanos, diga él lo que quiera, de
las garras de los testarudos ingleses.



CAPÍTULO VII

     _"Por lo cual deberían poner tasa los magistrados, a quien toca, a
     la codicia de los mercaderes, que ha introducido en Europa, y no
     menos en estas Indias, caudalosísimos empleos de esclavos, en tanto
     grado, que se sustentan de irlos a traer de sus tierras, ya por
     engaño, ya por fuerza, como quien va a caza de conejos o perdices,
     y los trajinan de unos puertos a otros como holandas o cariseas."_

         FR. ALONSO DE SANDOVAL


Paseábase don Cándido Gamboa largo rato hacía en su escritorio, después
de levantado el mantel del almuerzo, cuando entró su Mayordomo don
Melitón Reventos. Venía con la cara hecha un ascua por el calor del día,
las carreras desde temprano, y la satisfacción que experimentaba y que
se le conocía por encima del pelo de la ropa. De modo que, advirtiéndolo
el amo, paró los paseos, se quitó el tabaco de la boca y se apoyó de
espaldas contra la carpeta, a fin de escuchar a sus anchas la relación
de las diligencias practicadas en los baratillos y el puerto. Hasta doña
Rosa, cuyo interés en el asunto cedía tan sólo ante el de su marido,
acudió ganosa al escritorio; y entre los tres personajes tuvo lugar la
siguiente escena.

No venía, sin embargo, dispuesto don Melitón a satisfacer de plano la
ansiedad de sus señores. Creía, por el contrario, que acababa de vencer
una gran dificultad, mas que había alcanzado una hazaña; y, como hombre
de poco seso, se daba importancia inmerecida. Después de ir y venir
arriba y abajo del escritorio recogiendo papeles, arreglando las plumas
de ave en el tintero, abriendo y cerrando gavetas, se volvió para don
Cándido y su esposa, que seguían sus movimientos, no poco disgustados, y
dijo:

--¡Qué calor! ¿eh?

Ninguno de sus oyentes le replicó palabra, y él continuó muy satisfecho:

--Vea Vd. en Gijón. Por este mismo tiempo empieza a soplar un airecillo,
que ya... Es preciso abrigarse, so pena de coger un _costipado_...pero
esta Isla se ha hecho para los negros. Bien pudo el señor don Cristóbal
haberla descubierto en otra parte, donde no hubiese tanto calor. Porque,
pongo por caso, llega aquí un mozo de Castilla, o de Santander, llega
robusto, con unos cachetes que parecen dos cerezas, vamos, rozagante,
fuerte como un toro, y en menos de seis meses, si escapa con vida del
vómito,[36] se queda escueto y desmazalado por el resto de su vida. ¡Qué
tierra ésta! Sí, ¡digo a Vd. que es ésta mucha tierra!

En estos momentos sus ojos tropezaron con los de don Cándido y doña Rosa
que le miraban de hito en hito, y, cual si volviera en su acuerdo,
agregó en diferente tono:

--Pues, señor, me parece, sí, me parece que todo ha salido a pedir de
boca.

--¡Acabáramos! dijo don Cándido respirando fuerte.

--Allá iba, prosiguió don Melitón, respondiendo antes a la intención que
a la palabra de Gamboa. Allá iba, pero Vd. me conoce, señor don Cándido,
y sabe que yo no soy escopeta catalana.

--No tiene Vd. que repetirlo, replicó don Cándido con énfasis.

--Al caso, terció doña Rosa en tono blando, pues conoció que iba a
armarse una disputa interminable.

--Al caso, repitió el Mayordomo, entonces más en caja. Pues como decía,
ha salido la cosa mejor de lo que esperábamos. Marché, ¿qué digo? partí
como una saeta para el portal del Rosario y me entré de rondón en el
baratillo de don José a pesar que el mozo de las vidrieras, en el
portal, lo mismo que los otros dos detrás de los mostradores dentro,
creyendo que iba a comprarles la tienda en peso, me tira éste del brazo,
aquél de la chaqueta... Vd. sabe que ellos son bromistas y más pillos,
que ya...

--Lo que sé, repuso don Cándido molesto, es que Vd. gasta una
pachorra...

--Pues decía, continuó como si no hubiese oído a su amo, que me costó
algún trabajillo deshacerme de esos bellacos. ¿Dónde está don José?
pregunté a don Liberato. Quiero ver a don José. Traigo un recado urgente
para él. ¡Chite! me dijo el mozo; ahora está muy entretenido para que
Vd. le vea. Venga acá, y me llevó por la mano a la puerta del patio, y
agregó:--Véale. En efecto, muy acicalado estaba y arrimadito a la pared,
en interesante conversación por señas y medias palabras, con la sombra
de una mujer que se entreveía a través de las persianas del balcón en el
principal de la casa. Sólo vi dos ojazos como dos carbones encendidos y
la punta de unos deditos de rosa asomándose de cuando en cuando por
entre los listoncillos verdes. ¿Qué significa eso? pregunté a don
Liberato. ¿No lo entiende Vd.? me contestó. Nuestro don José que se
aprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo para camelarle
la hermosa dama.

Don Cándido y doña Rosa cambiaron una mirada de inteligencia y de
asombro, y el primero dijo:

--Don Melitón de mis culpas ¿qué tenemos que hacer nosotros con un
cuento con todos los visos de calumnia?

--¡Calumnia! repitió el Mayordomo serio. Pluguiera al cielo. Nada de
eso; ya verá Vd. mis trabajos, ya. No se puede negar que es el más buen
mozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro, porque sabe hablar,
que ya... Es cosa notoria que ahora años, cuando el sistema
constitucional, le comparaban con el divino Argüelles, y una vez le
pasearon en triunfo en esos mismos portales de la Plaza Vieja. Y, con
perdón de la señora doña Rosa, todo eso le peta mucho a las mujeres, y
la Gabriela que es joven y bella... ya, ya. La intención, las ausencias
del marido, las galanterías, el diablo que nunca duerme...

--Don Melitón, saltó otra vez Gamboa muy molesto, ¿de quién nos habla
Vd.?

--¡Toma! Pues creía que me estaba Vd. atento. Le hablo de don José, mi
paisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del país por lo blanca
y rosada.

Doña Rosa, que era criolla y que no lo tenía a menos, se sonrió al oír
la grosería de su Mayordomo, el cual prosiguió:

--Pues el señor don José ni me hizo caso, sino que le dijo de muy mal
humor a don Liberato:--despache Vd. a ese mozo y no permita que me
molesten. Al punto nos pusimos a revolver los entrepaños y las cajas, y
con mucho trabajo conseguimos tres líos de mudas de ropa, de 50 pares
cada uno. No era bastante. Corrí al baratillo de Mañero, donde sólo
había 30 mudas. Sabe Vd. que por esta época empiezan las _refacciones_
de los ingenios, según se dice aquí. Los que se proveen por tierra, se
adelantan hasta dos meses. Las carretas echan semanas en andar cualquier
distancia, con que escasea la ropa hecha de los esclavos. Pues como
decía, del baratillo de Mañero pasé al del vizcaíno ese... Martiartu,
donde Aldama estuvo de mozo. Ahí conseguí 60 mudas más, y por no perder
tiempo y porque juzgué que serían suficientes, llamé a un carretonero,
cargué con todos los bultos y andando, andando para el muelle de
Caballería, hice cinco líos, los até con unos cordeles, y al avío...
Pero cate Vd. que al pasar por delante de la casilla del resguardo, sale
el hombre y detiene la mula por la brida.--¿Cómo se entiende? ¿Qué hace
Vd.? le grité encolerizado.--Se entiende, me dijo él con mucha sorna,
que si Vd. no trae guía, para embarcar estos efectos, yo no los dejo
pasar.--Guía, guía, le dije. ¿Para qué diablos ese requisito? Estos líos
no son para embarcar a ninguna parte. Son _esquifaciones_.--Sean lo que
fueren, prosiguió el hombre sin soltar la presa. La guía al canto o no
hay paso.--¿Qué quería Vd. que hiciera en semejante aprieto? Eran
pasadas las once. Ya había oído yo el reloj de la Aduana. Me registré
los bolsillos, encontré un dobloncejo de a dos, le saqué, se lo puse en
la mano al carabinero, diciéndole: Vaya la guía, hombre; y sin más ni
más soltó las bridas y dio paso franco. La cara del rey posee magia.

--Eso es, dijo don Cándido en tono de aprobación.

--Pues es claro, añadió el Mayordomo satisfecho. Para ciertas gentes no
hay mejor lenguaje. Mas aquí no pararon mis trabajos. Llegados al
muelle, allí estaba el botero. ¿Sabe Vd. que el hombre es listo? En un
santiamén descargamos el carretón y luego dimos con los líos en el bote.
Tomé el timón bajo la carroza, y a viaje. Viramos, y en poco más que lo
cuento nos pusimos en Casa Blanca, a vela y remo. Opuesto estaba el
famoso bergantín sobre las anclas y con la proa para Regla, tan ufano y
orgulloso cual si libre cortara las aguas del océano y no se hallara
cautivo de los perros ingleses. En la cubierta se paseaban varios
soldados de marina; algunos de los cuales me pareció que no era de los
nuestros; pero alcancé a ver el cocinero Felipillo hacia popa, quien no
tardó en conocerme y hacerme señas de que no atracara por el costado de
estribor, sino por el de babor, hacia la parte de tierra. Así se hizo,
corriendo a un largo la vuelta de Triscornia y luego virando por redondo
a ganar la popa del bergantín, bajo la cual nos acoramos, y como quien
no quiere la cosa, bonitamente fuimos metiendo lío tras lío por un
ventanillo, donde el cocinero los recibía con toda seguridad.

--¡Vamos! exclamó don Cándido en un arranque de entusiasmo, rarísimo en
sujeto tan grave. Esa sí que estuvo buena. ¡Magnífico!, don Melitón. Ya
se puede dar por seguro que al menos se salvará una buena parte del
cargamento y habrá para cubrir los gastos. No todo se ha perdido. Hecho,
hecho.

Bien quisiera doña Rosa participar de la alegría y entusiasmo de su
marido; pero sucedía que ella no entendía jota del bien que pudiera
traer a la salvación del cargamento del bergantín _Veloz_, el hecho de
haber introducido a hurtadillas por un ventanillo de popa, las mudas de
ropa nueva compradas por don Melitón en los baratillos de los portales
de la Plaza Vieja. Así es que se contentó con mirar primero a uno y
luego al otro de sus interlocutores, como si les pidiera una
explicación. Entendiolo así Gamboa, porque continuó con la misma
animación:

--Ciego el que no ve en día tan claro. Rosa, ¿no comprendes que si
vestimos de limpio los bultos pueden pasar por ladinos, venidos de... de
Puerto Rico, de cualquier parte, menos de África? ¿Estás? No todo se ha
de decir. Estos son secretos... porque... hecha la ley, hecha la trampa.
Reventos, agregó con volubilidad, que le den de almorzar. Rosa, a Tirso
que le sirva el almuerzo... Debe traer hambre canina, y además, quizás
tenga que volver a salir. Por lo que a mí toca, a la una debo estar en
casa de Gómez, quien me espera en compañía de Madrazo, de Mañero... Vaya
(empujando suavemente por el hombro a su Mayordomo), despache.

--Corriendito, contestó él. No necesito que me rueguen. Apuradamente,
tengo un hambre que ya... ¿Pues no ando de ceca en meca desde las nueve
de la mañana? Ya, ya... Se la doy al más pintado. Lo extraño sería que
no sintiese una gazuza, que ya...

Hacia el medio día don Cándido, que había hecho venir al barbero para
que le afeitase, estaba listo para salir, y el quitrín le esperaba a la
puerta. Antonia, su hija mayor, le puso la corbata blanca con puntas
bordadas y colgantes, untándole aceite de Macastar, de olor fuerte,
especie de esencia de clavo, muy generalizado entonces, y peinándole a
la Napoleón, es decir, con la punta del pelo traída sobre la frente
hasta tocar casi la unión de las cejas y la nariz. Adela le trajo la
caña de Indias con puño de oro y regatón de plata, y Tirso, que andaba
por allí, viéndole desdoblar la gran vejiga de los cigarros, le acercó
el braserillo. De seguidas, medio envuelto en la nube azulosa de su
exquisito habano, sin sonreírse ni decir palabra a ninguno de su
familia, salió con aire majestuoso por el zaguán a la calle y se metió
en el carruaje.

--¡A la Punta! fue lo único que dijo en su voz bronca al viejo calesero
Pío.

No era un enigma este brevísimo lenguaje para el anciano calesero.
Significaba que debía dirigirse al trote a casa de don Joaquín Gómez,
que entonces vivía en aquel pedazo de calle frente a una cortina de la
muralla que da hacia la entrada del puerto.

Allí esperaban el amo de la casa, el hacendado Madrazo y el comerciante
Mañero. Este último era el más inteligente de los cuatro; se ocupaba en
importar géneros y quincalla de Europa, que vendía a plazos a mercaderes
de la plaza. Aquel era un medio muy tardío de hacer fortuna, fuera de
que los vendedores no siempre cumplían exactamente con sus compromisos,
de que resultaban pérdidas en vez de ganancias. Mañero, por esto, como
otros muchos paisanos suyos, había emprendido en las expediciones a la
costa de África, hasta allí con mejor suerte que en el comercio de
géneros.

Al salir, como salieron a poco para el palacio del Capitán General,
Gómez dijo a Mañero que llevara la palabra, cosa que aprobaron de la
mejor gana Madrazo y Gamboa, reconociéndose incapaces para desempeñar el
papel de orador siquiera con mediano lucimiento. Las dos de la tarde
serían cuando entraban ellos por el ancho y elevadísimo pórtico de ese
edificio que, según se sabe, ocupa todo el frente de la Plaza de Armas.
A aquella hora estaba lleno de gente no por cierto del mejor pelaje,
aunque no podía calificársele, en general, como de la clase del pueblo
bajo de Cuba. El movimiento era incesante y activo. El rumor de pasos y
de voces ruidoso y aún chillón. Unos iban, otros venían, observándose
que los que más agilidad mostraban, mozos en su mayoría y nada atildados
en su porte ni en su traje, llevaban debajo del brazo izquierdo,
doblados por la mitad en sentido longitudinal, unos legajos de papeles
del folio español. Por lo común entraban en o salían de los cuartos o
covachuelas, que dicen en Cuba accesorias, cuya única puerta y acaso
ventana daban al pórtico, al ras del piso de chinas pelonas de que
estaba formado. A la primera ojeada, era de advertirse que esa multitud
de gente no acudía a solazarse ni por mera curiosidad; porque se
distribuía en grupos y corrillos más o menos numerosos, en los cuales se
hablaba a voz en cuello, mejor, a veces se gritaba, acompañando siempre
la acción a la palabra como si se discutieran asuntos de gran
importancia, o que mucho interesaban a los principales actores. Desde
luego, puede asegurarse que no se trataba de política; estaba
absolutamente prohibido, y el derecho de reunión no se practicaba en
Cuba desde al año de 1824 en que acabó el segundo período del sistema
constitucional. Y sin embargo, aquel era un Congreso en toda forma.

Mientras esto pasaba en medio del pórtico, arrimado a una de las macizas
y gruesas columnas, se veía un grupo compuesto de una negra y cuatro
niños de color, el mayor de doce años de edad, la menor una mulatica de
7, todos cosidos a la falda de la primera, la cual tenía la cabeza
doblada sobre el pecho y cubierto con una _manta_ de algodón. Enfrente
de este melancólico grupo se hallaba un negro en mangas de camisa, y a
su lado un hombre blanco, vestido decentemente, quien leía en voz baja
de un legajo de papeles abiertos, que a guisa de libro sostenía en ambas
manos, y el primero repetía en voz alta, concluyendo siempre con la
fórmula:

--Se han de rematar: éste es el último pregón. ¿No hay quien dé más?

Cada una de estas palabras parecía herir, como con un cuchillo, el
corazón de la pobre mujer, porque procuraba ocultar la cabeza más y más
bajo los pliegues del pañolón, temblaba toda y se le cosían a la falda
los hermosos niños. Llamó el grupo o la escena aquella la atención de
Mañero, se la indicó con el dedo a Gómez, y le dijo al paño:--¿Ves?
Farsa, farsa. El remate ya está hecho aquí (señalando entonces para una
de las covachuelas a su derecha). Pero, tate, agregó dándose una palmada
en la frente y tocándole después en el hombro a Madrazo, que iba por
delante al par de Gamboa, ¿pues no es esa negra la María de la O de
Marzán que tú tenías hace tiempo en depósito judicialmente? Yo que tú la
remataba con sus cuatro hijos. Dentro de unos pocos años valen ellos
cuatro tantos lo que te cuesten con la madre ahora.

--¿Qué sabes tú si no la ha rematado ya? observó Gómez con naturalidad.

--¿Interesa a ustedes el asunto? dijo Madrazo desazonado, contestando a
Gómez y a Mañero.

--Me intereso por ti y por la mulatica, repuso este último con malicia,
dándole un buen codazo a su compañero. La madre de los chicos es
excelente cocinera, lo sé por experiencia propia, y luego la chica...
Sobre que se me figura mucho a su padre.

--A Marzán querrás decir, dijo Madrazo.

--¡Ba! No. ¿Cuánto tiempo hace del pleito de Marzán con don Diego del
Revollar y del depósito de los negros del primero en tu ingenio de
Manimán? preguntó Mañero con aparente sencillez.

--Cerca de ocho años, dijo Gómez. Marzán es curro y del Revollar
montañés como nosotros, y siempre han vivido como perro y gato en sus
cafetales del Cuzco.

--No creo que hace tanto tiempo, interpuso Madrazo.

--Sea como fuere, continuó Mañero, el caso es que la chicuela esa de
padre blanco y madre negra no tiene arriba de siete años de edad y...

No continuó Mañero, porque en aquel instante se acercó a Madrazo un
hombre sin sombrero, le tocó en el brazo, le llamó por su nombre y le
atrajo a una de las covachuelas de que antes hemos hablado. Madrazo con
la mano abierta indicó a sus amigos que le esperaran, y desapareció
entre la multitud de gente, casi toda a pie, que llenaba la pieza.

--¿No se los decía? añadió Mañero hablando con Gómez y Gamboa. Madrazo
ha hecho el remate de María de la O con sus cuatro hijos, uno de los
cuales, o el diablo me lleve o es la mismísima efigie del rematador, y
el pregón no ha sido una farsa para guardar las apariencias y mostrar
imparcialidad con el amigo Marzán. Al fin tiene entrañas de padre y se
porta como buen amo: no habrá extrañamiento ni dispersión de la familia.

Según debe haberlo comprendido el lector avisado, aquellas eran las
escribanías públicas de la jurisdicción judicial de La Habana.
Componíanse de un saloncito cuadrilongo con puerta al pórtico y ventana
de rejas de hierro al patio del palacio de la Capitanía General de Cuba.
Eran unas diez o doce al frente, unas tres más había en el costado del
norte o calle de O'Reilly y otras tantas o más en la de Mercaderes,
entre éstas la de hipotecas. De medio día a las tres bajaba la
audiencia, como se decía allí, y los oficiales de causa, junto con los
procuradores, que venían a tomar nota de los autos en los pleitos a su
cargo, los escribanos que daban fe, uno u otro abogado de poca clientela
y aún bachilleres en derecho que comenzaban la práctica de los juicios
por su propia cuenta, llenaban las escribanías hasta el exceso. Fuera de
esto, el cuarto no era nada amplio y estaba flanqueado de mesas cargadas
de tinta y de papeles o procesos, y detrás de ellas, arrimados a las
paredes, había anchos y altos armarios, con redes de alambre o cuerda
por puertas para que se viesen entre sus entrepaños los numerosos
protocolos forrados de pergamino cual códices de antiguas bibliotecas.

El hombre sin sombrero llevó a Madrazo a la derecha de la escribanía,
ante la primera mesa, algo más grande y decente que las demás, pues
tenía barandilla, y el tintero se conocía que era de plomo, es decir,
que no estaba tan cargado de tinta. El individuo que ocupaba una silla
de vaqueta detrás de dicha mesa, se puso en pie lleno de respeto luego
que vio al hacendado, le saludó con amabilidad y en voz alta pidió los
autos de Revollar contra Marzán. Traídos por el hombre del pregón y
abiertos por una hoja que estaba doblada longitudinalmente, apuntó con
el índice de la mano izquierda para una providencia compuesta de unos
pocos renglones manuscritos, y dijo a Madrazo que pusiera debajo su
firma. Hízolo así éste, con una pluma de ganso que le alcanzó el
escribano, y saludando, fuese enseguida a reunirse con sus compañeros.



CAPÍTULO VIII

     _Hecha la ley, hecha la trampa._

     Proverbio castellano.


Mira, como se sabe, hacia la Plaza de Armas o el Este el frontispicio
del palacio de la Capitanía General de Cuba. La entrada es amplia,
especie de zaguán, con cuartos a ambos lados, cuyas puertas abren al
mismo, y sirven, el de la izquierda para el oficial de guardia, el de la
derecha para cuartel del piquete. Los fusiles de los soldados
descansaban en su astillero, mientras la centinela, con el arma al
brazo, se paseaba por delante de la puerta.

Tenía Mañero formas varoniles, maneras distinguidas y vestía traje de
etiqueta, como que debía presentarse con decencia ante la primera
autoridad de la Isla. No era, pues, mucho tomarle, a primera vista, por
un gran personaje. Además, habiendo servido en la milicia nacional
durante el sitio de Cádiz por el ejército francés en 1823, había
adquirido aire militar, al que daba mayor realce el cabo de una cinta
roja con crucecita de oro, que solía llevar en el segundo ojal del frac
negro. Luego que Madrazo se reunió con sus amigos, Mañero se volvió de
pronto y a su cabeza marchó derecho a la entrada del palacio.

Reparó entonces en él la centinela, cuadróse, presentó el arma y gritó:

--¡La guardia! El Excelentísimo Señor Intendente.

Armáronse en un instante los soldados de facción con su caña hueca,
púsose a su cabeza el oficial con la espada desnuda, y la caja empezó a
tocar llamada. El grito de la centinela y el movimiento de los soldados
llamaron la atención de Mañero y de sus amigos, los cuales, a fin de
despejar el campo, apresuraron el paso; pero como les presentasen armas
y el oficial hiciese el saludo de ordenanza, comprendieron que uno de
ellos, el que marchaba delante, había sido tomado por el Superintendente
de Hacienda, don Claudio Martínez de Pinillos, con quien, en efecto,
tenía alguna semejanza. No tardó, sin embargo, en reconocer el error el
oficial de guardia, y en su enojo mandó relevar la centinela y que
guardara arresto en el cuartel, por el resto del día.

Los cuatro amigos entonces, reprimiendo la risa para no excitar más la
cólera del teniente de facción, emprendieron la subida de la ancha
escalera del palacio. Una vez en los espaciosos corredores, a la
desfilada y con sombrero en mano, se dirigieron a la puerta del salón
llamado de los Gobernadores. En ella estaba constituido un negro de
aspecto respetable, quien a la vista de los extraños que se acercaban,
se puso en pie y se les atravesó en el camino, como para pedirles el
santo y seña.

En pocas palabras le manifestó Mañero el objeto de la embajada; pero
antes que el negro replicase, se presentó un ayudante del Capitán
General, e informó que S. E. no se hallaba en el palacio sino en el
patio de la Fuerza, probando la calidad de un par de gallos finos o
ingleses que había recibido de regalo de la Vuelta-Abajo recientemente.

--No tengan Vds. reparo en ir a verle allá, si urge el asunto que les
trae a su presencia, añadió el ayudante notando la incertidumbre de los
recienvenidos; porque S. E. suele dar audiencia en medio de sus gallos
de pelea, hasta al general de marina, a los cónsules extranjeros...

Aunque la cosa urgía sin duda, pues iba a reunirse pronto la comisión
mixta para dar un fallo decisivo sobre si eran buena presa el bergantín
_Veloz_ y su cargamento, o no, gran alivio experimentaron Gómez Madrazo
y Gamboa especialmente, así que se convencieron de que podía verificarse
la entrevista con el Capitán General algo después y en sitio menos
aristocrático e imponente que su palacio. Entre la Fuerza y la
Intendencia de Hacienda, detrás de los pabellones en que más adelante se
estableció la escribanía de la misma, había y hay un patio o plaza,
dependencia del primero de estos edificios, donde el Capitán General don
Francisco Dionisio Vives había hecho construir en toda forma una _valla_
o reñidero de gallos con su piso de serrín, galería de bancos para los
espectadores, en suma, una verdadera _gallería_. Allí se cuidaban y se
adestraban hasta dos docenas de gallos ingleses, que son los más
pugnaces, producto de crías famosas de la Isla y regalos todos que de
tiempo en tiempo habían hecho al general Vives individuos particulares,
bien conocida como era de todos su afición a las riñas de esa especie. Y
allí tenían efecto también éstas de cuando en cuando, sobre todo,
siempre que se le antojaba a S. E. obsequiar a sus amigos y subalternos
con uno de esos espectáculos que, si no bárbaro como el de las corridas
de toros, no dejan de ser crueles y sangrientos.

El individuo a cuyo cargo corría el cuidado y doctrina de los gallos del
Capitán General de Cuba, era hombre de historia, como suele decirse. Le
llamaban Padrón. Había cometido un homicidio alevoso, según decían unos;
en defensa propia según otros; lo cierto es que, preso, encausado y
condenado a presidio en La Habana, mediante los ruegos y
representaciones de una hermana suya, joven y no mal parecida, y la
influencia del Marqués don Pedro Calvo, que le abrigaba y protegía,
vista su habilidad en el manejo de los gallos finos, Vives le hizo
quitar los grillos y le llevó al patio de la Fuerza donde, a tiempo que
cuidaba de la gallería de S. E., podía cumplir el término de su condena,
sin el mal ejemplo ni los trabajos del presidio. Quieren decir que
Padrón había cometido otras picardihuelas además del homicidio dicho y
que los parientes del muerto habían jurado eterna venganza contra el
matador. Pero ¿quién se atrevía a sacarle del patio de la Fuerza, ni del
amparo del Capitán General de la Isla? Padrón, pues, el penado Padrón,
sin hipérbole, se hallaba allí protegido por una doble fuerza.

En el patio de aquélla de que ahora hablamos, se presentaron sin
anunciarse, con sombrero en mano y el cuerpo arqueado, en señal de
profundo respeto, nuestros conocidos, los asendereados tratantes en
esclavos, Mañero y amigos. Ya los habían precedido en el mismo sitio
varios personajes de cuenta, entre otros el comandante de marina
Laborde, el mayor de plaza Zurita, el teniente de rey Cadaval, el
coronel del regimiento Fijo de La Habana Córdoba, el castellano del
Morro Molina, el célebre médico Montes de Oca, y otros de menor cuantía.
Con excepción de Laborde, Cadaval, Molina y un negro joven que ceñía
sable y lucía dos charreteras doradas en los hombros de su chaqueta de
paño, los demás se mantenían a respetable distancia del Capitán General
Vives, quien a la sazón se hallaba arrimado a un pilar de madera que
sostenía el techo de la valla por la parte de fuera de las graderías.

La atención de este personaje estaba toda concentrada en las carreras y
revuelos de un gallo cobrizo y muy arriscado, al cual Padrón provocaba
hasta el furor, dejando que otro gallo que tenía por los encuentros en
la mano izquierda le pegara de cuando en cuando un picotazo en la cabeza
rapada y roja como sangre. Vestía Padrón a la usanza guajira, quiere
decirse: de camisa blanca y pantalón de listas azules ceñido a la
cintura por detrás con una hebilla de plata, que recogía las dos tiras
en que remataba la pretina. No sabemos si por dolencia, por abrigo o por
costumbre, tenía la cabeza envuelta en un pañuelo de hilo a cuadros,
cuyas puntas formaban una lazada sobre la nuca. Los zapatos de vaqueta
apenas le cubrían los pies pequeños y el empeine arqueado como de mujer,
y sin calcetines. Por respeto sin duda al Capitán General, sujetaba el
sombrero de paja con la mano derecha, apoyada por el dorso en la
espalda. Era de talla mediana, enjuto, musculoso, fuerte, pálido, de
facciones menudas, y podía contar 34 años de edad.

No era mucho más aventajada la talla del Capitán General don Francisco
Dionisio Vives, el cual vestía frac negro de paño, sobre chaleco blanco
de piqué, pantalones de mahón o nankín y sombrero redondo de castor,
siendo el único distintivo del rango que ocupaba en el ejército español
y en la gobernación político-militar de la colonia, la ancha y pesada
faja de seda roja con que se ceñía el abdomen por encima del chaleco. Ni
en su aspecto ni en su porte había nada que revelara al militar. En la
época de que hablamos podía tener él cincuenta años de edad. Era de
mediana estatura, como ya se ha indicado, bastante enjuto de carnes,
aunque de formas redondeadas, como de persona que no había llevado una
vida muy activa. Tenía el rostro más largo que ancho, casi cuadrado; las
facciones regulares, los ojos claros, el cutis fino y blanco, el cabello
crespo y negro todavía, y no llevaba bigote, ni más pie de barba a la
clérigo. Sí, aquel hombre no tenía nada de guerrero, y, sin embargo, su
rey le había confiado el mando en jefe de la mayor de sus colonias
insulares en América, precisamente cuando parecían más próximos a
romperse los tenues y anómalos lazos que aún la tenían sujeta al trono
de su metrópolis.

Aunque la traición de don Agustín Ferrety había puesto en manos de Vives
sin mayor dificultad los principales caudillos de la conspiración
conocida por los _Soles de Bolívar_ en 1826, muchos afiliados de menos
metas, si bien no menos audaces, pudieron escapar al Continente y desde
allá, por medio de emisarios celosos, mantenían viva la esperanza de los
partidarios de la independencia en la Isla y llevaban la zozobra al
ánimo de las autoridades de la misma.

La prensa había enmudecido desde 1824, no existía la milicia ciudadana,
los ayuntamientos habían dejado de ser cuerpos populares, y no quedaba
ni la sombra de libertad, pues por decreto de 1825 se declaró el país en
estado de sitio, instituyéndose la Comisión Militar permanente. El paso
repentino de las más amplias franquicias a la más opresiva de las
tiranías, fue harto rudo para no engendrar, como engendró, un profundo
descontento y un malestar general, con tanto más motivo cuanto que en
los dos cortos períodos constitucionales el pueblo se había acostumbrado
a las luchas de la vida política. Privado de esa atmósfera acudió con
más ahinco que antes a las reuniones de las sociedades secretas, muchas
de las cuales aún existían a fines del año de 1830, no habiéndolas
podido suprimir el gobierno con la misma facilidad que había suprimido
las garantías constitucionales. La conspiración fue desde allí un estado
normal y permanente de una buena parte de la juventud cubana. Tomaba
creces y se extendía a casi todas las clases sociales la agitación más
intensa en las grandes poblaciones, tales como La Habana, Matanzas,
Puerto Príncipe, Bayamo y Santiago de Cuba.

En todas ellas hubo más o menos alborotos y demostraciones de
resistencia, porque tardó algún tiempo antes que el pueblo doblara la
cerviz y se sometiera al yugo de la tiranía colonial. Numerosas
prisiones se habían efectuado en todas partes de la Isla, saliendo de
ellas para el extranjero cuantos pudieron eludir la vigilancia de la
policía, muy obtusa y de organización deficiente entonces.

A todas éstas la metrópolis no tenía marina de guerra digna de este
nombre; se reducía a unos pocos buques de vela viejos, pesados y casi
podridos. Con excepción de La Habana, no había verdaderas plazas
fortificadas. Muy escasa era la guarnición veterana, y sobre escasa
había cundido en sus filas la insubordinación. Componíase de cumplidos y
de capitulados de México y Costa-Firme, y ni todos sus jefes generales
eran españoles; los había también naturales del país o criollos en las
tres armas, y éstos nunca podían inspirar confianza al más suspicaz de
los gobiernos que ha tenido España, si se exceptúa el de Felipe II.

Por otra parte, el desorden de la administración de la colonia, la
penuria del erario, la venalidad y la corrupción de los jueces y de los
empleados, la desmoralización de las costumbres y el atraso general, se
combinaban para amenazar de muerte aquella sociedad que ya venía
trabajada por toda suerte de males de muchos años de desgobierno.
Durante los seis que duró el mando de Vives, ni la vida, ni la propiedad
estaban seguras, así en las poblaciones como en los campos. De éstos se
enseñoreaban cuadrillas de bandoleros feroces que todo lo ponían a
sangre y fuego. En los mares circunvecinos cruzaban triunfantes los
corsarios de las colonias que acababan de emanciparse y destruían el
mezquino comercio de Cuba. En las islitas adyacentes se abrigaban
piratas que para ejercer el contrabando apresaban los buques escapados
de los corsarios y, después de robarles, mataban a los tripulantes y
hacían desaparecer toda huella del crimen con el fuego.

Tal era, en resumen, el estado de cosas en la isla de Cuba hasta bien
entrado el año de 1828. Y es perfectamente claro que, sin la oficiosa
intervención de los Estados Unidos en 1826, se habría llevado a efecto
la invasión de las dos Antillas españolas por las fuerzas combinadas de
México y de Colombia, de acuerdo con los planes de Bolívar y los deseos
de los cubanos, una diputación de los cuales fue a encontrarle con ese
objeto cuando volvía vencedor de los famosos campos de Ayacucho. Suceso
éste que, realizado, infaliblemente hubiera sido el golpe de gracia al
dominio español en el Nuevo Mundo. En tan críticas circunstancias, al
menos para neutralizar las maquinaciones de los enemigos de España en
el interior de la colonia, se requerían las artimañas de un diplomático
más bien que la espada de un guerrero; un hombre de astucia y de doblez,
más bien que de acción; un hombre de intriga, más bien que de violencia;
un gobernante humano por política, más bien que severo por índole; un
Maquiavelo, más bien que un duque de Alba, y Vives fue ese hombre:
escogido con grande acierto por el más despótico de los gobiernos que ha
tenido España en lo que va del presente siglo, para la gobernación de
Cuba.

Mucho se alegró don Cándido Gamboa de encontrarse un conocido en el
grupo de los cortesanos que venían a saludar al Capitán General en su
gallería del patio de la Fuerza. El aspecto de ese sujeto no prevenía
nada en su favor, porque sobre ser de baja estatura y raquítico, llevaba
la cabeza metida entre los hombros, tenía la cara larga y el color
aceitunado, como la persona muy biliosa, siendo su desaliño general,
casi repugnante. En sus ojos chicos y de hondas cuencas había, sin
embargo, bastante para redimir las faltas y las sobras del cuerpo y del
semblante, había fuego e inteligencia. Al saludarle don Cándido, le dio
el título de Doctor.

--¿Cómo está Vd.? contestó él en voz chillona y risa que bien pudiera
llamarse fría.

Para ello tuvo que levantar la cabeza, porque su interlocutor le sacaba
dos palmos, por lo menos, de altura.

--Bien, si no fueran los trotes en que sin quererlo me veo ahora metido.

--Y ¿qué troles son esos? preguntó el Doctor como por mero cumplimiento.

--¡Toma! ¿Pues no sabe Vd. que los perros de los ingleses _nos_ acaban
de apresar un bergantín bajo los fuegos del torreón del Mariel, como
quien dice en nuestras barbas, so pretexto de que era un buque negrero,
procedente de Guinea? Pero esta vez se han llevado solemne chasco: el
bergantín no venía de África, sino de Puerto Rico, y no con negros
bozales, sino ladinos.

--¡Qué me dice Vd.! Nada sabía. Bien que con los enfermos, no tengo
tiempo aun para rascarme la cabeza, cuánto más para averiguar noticias
que no me tocan de cerca. Aunque si he de decir a Vd. la verdad, si a
alguno le causa perjuicio el celo exagerado de los ingleses es a mí,
pues harta falta me hacen brazos para mi cafetal del Aguacate.

--¿Y a quién no le hacen falta? Eso es lo que todos los hacendados
necesitamos como el pan. Sin brazos se arruinan nuestros ingenios y
cafetales. Y tal parece que es lo que buscan esos judíos ingleses, que
Dios confunda. ¿No le parece a Vd., Doctor, que el Capitán General,
sobre este punto es de la misma opinión que nosotros?

--¡Hombre! Acerca de este particular no le he oído expresarse.

--Ya, pero pudiera ser que Vd. le hubiese oído declamar...

--¿Contra los ingleses? interpuso el Doctor. Mucho que sí. Por cierto
que Tolmé le carga y a duras penas le sufre sus impertinencias y
desmanes.

--Eso, eso, repitió Gamboa alegre. No en vano se dice que Vd. tiene vara
alta con S. E.

--¿Sí? ¿Tal se corre? dijo el Doctor con muestras de que la especie
halagaba no poco su vanidad. Es cierto que le merezco a S. E. una buena
voluntad y aun distinción; pero nada de extraño tiene porque yo soy el
médico de él y de su familia desde que vinieron de España, y por otra
parte, es cosa sabida su llaneza. Me distingue bastante, mucho.

--Lo sé, lo oigo repetir a distintas personas y por lo mismo, estaba
pensando, me ocurre, mejor dicho, que, como Vd. se prestase a ejercer su
influjo todavía podríamos jugarle una buena pasada a los ingleses y
dejarlos con tamaño palmo de narices. Estoy seguro que tampoco le
pesaría a Vd., amigo Doctor, el darnos la mano en este aprieto.

--No lo entiendo. Explíquese Vd., don Cándido.

--Hágase Vd. el cargo, Doctor, que la expedición apresada por los
ingleses, salvada íntegra, nos vale a nosotros los dueños de ella, por
lo bajo dieciocho mil onzas de oro, libres de polvo y paja. En caso de
perderse la mitad, todavía nos deja una ganancia líquida de nueve mil,
que no es ningún grano de anís. Con que vea Vd. si podemos ser liberales
con el que nos ayude. Escogería Vd. mismo media docena de mulecones
entre la partida, que es de lo mejor que viene de la costa de Gallinas,
y no le costaría sino el trabajo de...

--Aún no entiendo jota, señor don Cándido.

--Pues me explicaré más. La expedición consta de unos 500 bultos, 300 de
los cuales es posible hacerlos pasar por ladinos importados de Puerto
Rico, habiéndose remitido a bordo, desde esta mañana, sobre 400 mudas de
ropa de cañamazo. Ahora bien, si S. E. es de parecer que tenemos
necesidad de brazos para cultivar los campos, y que no debe permitirse
que los ingleses destruyan nuestra riqueza agrícola, es claro que, como
haya quien le hable y le pinte bien el caso, no podrá menos de ponerse
de nuestra parte. Una palabra suya al señor don Juan Montalvo, de la
comisión mixta, bastaría a decidir el pleito en favor nuestro; y ya ve
Vd. si nos sería fácil ser liberales con... Además, cinco o seis bozales
no van a ninguna banda, ni nos harían más ricos ni más pobres a nosotros
los armadores, que por todos somos ocho... ¿Comprende Vd. ahora mi idea?

--Claro que sí. Cuente Vd. con que pondré de mi parte cuanto esté en mi
mano, aunque no me estimula tanto la oferta de Vd. como el deseo de
servirle y de contribuir al castigo de la ambición y malas intenciones
de los ingleses. Supongo que Vd. viene a hablar con S. E. sobre el
asunto.

--Si, vengo a eso con mis amigos Gómez, Mañero y Madrazo. Creo que Vd.
los conoce.

--Conozco de oídas a Madrazo, cuyo ingenio de _Manimán_ está en la misma
jurisdicción de Bahía Honda que mi cafetal del Aguacate.

--Pues bien, ellos y los otros interesados estarán y pasarán por todo lo
que yo acuerde con Vd. Si Vd. cree que S. E. acepte un regalito de unos
cuantos centenares de onzas...

--Deje Vd. eso a mi cargo. Yo sé como entrarle a S. E. Le hablaré esta
noche misma. Véanle Vds. primero. Y ahora que me acuerdo, ¿qué se hizo
de la chica aquélla?...

--¿Cuál? No atino, dijo Gamboa poniéndose colorado.

--Pobre memoria tiene Vd., según parece. Bien que de eso hace ya algún
tiempo, pero Vd. estaba muy interesado, pues me recomendó mucho la
asistencia de la chica.

--Ya ése es otro cantar... En Paula...

--¿Cómo en Paula? ¿Enferma?

--Peor que eso, Doctor. Creo que ha perdido el juicio sin remedio.

--¡Qué me cuenta Vd.! ¿Tan joven?

--No tanto.

--Jovencita, digo. Veamos, ¿qué tiempo hace? Dieciséis o diecisiete
años. Fue en 1812 ó 1813. Sí, estoy seguro. No puede ser más joven.

--¿Pues no se refería Vd. a la madre?

--Pregunto por la chica, la que conocí en la Real Casa Cuna. Prometía
ser un pimpollo cuando grande.

--Ya, acabáramos para mañana. El enredo nace de que tengo por chica
cualquier moza, como sea de pocos años, y la madre, en rigor, no
pertenece a esa categoría.

--Recordará Vd., dijo el Doctor, que yo no curaba a la mujer que Vd.
dice, sino Rosaín, aunque me consultó varias veces el caso. No tenía
idea de que la enferma del callejón de San Juan de Dios tuviese nada
que ver con la chica de la Real Casa Cuna. Ahora me desengaño. Padecía
de fiebre puerperal en combinación con una meningitis aguda...

En este punto Gamboa cortó bruscamente la conversación y volvió a
reunirse con sus amigos, y Mañero le preguntó:

--¿Qué ha sido ello? ¿Gato encerrado?

--No, gata, replicó Gamboa prontamente.

--Lo presumía, dijo Mañero con naturalidad. Tú fuiste siempre aficionado
a las empresas gatunas. Pero ¿quién es con mil de a caballo ese
hombrecito que llamas _Doctor_?

--Pues qué, ¿no le conoces, hombre?... El Doctor don Tomás de Montes de
Oca.

--Le había oído mentar. No le había visto la facha, sin embargo. Figura
asaz ridícula, y _ainda mais_...[37]

--Buen medido y diestra cuchilla.

--Dios me libre de sus manos.

--Es el que cura a la familia del Capitán General.

En este punto se notó un movimiento en el grupo de las personas que
rodeaban a ese personaje más de cerca, cesando desde luego los diálogos
en voz baja de las más distantes. Padrón había llevado los gallos a sus
respectivas casillas, y Vives saludaba afectuosamente a Laborde, a
Cadaval, a Zurita, a Molina y a Córdoba, pasando de uno a otro hasta que
llegó al joven negro, arriba mencionado, a quien dijo, sin darle la mano
ni más saludarle:

--Tondá, preséntate en Secretaría a recibir órdenes.

Tenemos que hacer un paréntesis en este punto, para decir dos palabras
acerca de Tondá. Era el protegido del Capitán General Vives, quien le
sacó de la milicia de color donde tenía el grado de teniente, y después
de ascenderle a capitán, previa la venia de S. E. el rey, de facultarle
para usar el don y ceñir sable, le dio comisión para perseguir
criminales de color en las afueras de la ciudad, sin duda por aquello de
que no hay peor cuña que la del mismo palo.

Y en este caso, como en otros muchos que pudieran citarse, se echaron
bien de ver el tacto y tino con que solía Vives escoger sus hombres.
Parece ocioso agregar que el protegido llegó en breve a distinguirse por
su actividad, celo y astucia en la averiguación de los crímenes, la
persecución y captura de los criminales. En estas empresas difíciles
cuanto riesgosas, le ayudaron mucho su juventud y robustez, su
presencia, que era gallarda, su educación regular, sus finas maneras y
modesto porte, en fin, su valor sereno, que a veces llevaba hasta la
temeridad; prendas éstas que al paso que le ganaron la admiración de las
mujeres, le dieron ascendencia mágica en el ánimo fantasioso de las
gentes de su raza. Y como a menudo acontece con los personajes
novelescos, el pueblo le compuso y dedicó canciones y danzas alusivas a
sus hechos más notables, y le dio un apodo que de tal modo ha
oscurecido, apagado su nombre patronímico, que hoy, al cabo de cuarenta
años, sólo podemos decir que le llamaban Tondá.

Empleado activo y leal, tardó en cumplir la orden recibida lo que tardó
en pasar del patio de la Fuerza a los entresuelos del palacio de la
Capitanía General. Desempeñaba entonces la secretaría política don José
M. de la Torre y Cárdenas. Este, aunque recibió a Tondá con semblante
risueño, no le brindó asiento, ni a derechas contestó a su respetuoso
saludo; sólo se ocupó de decirle que en la noche anterior, por parte del
Comisario del barrio de Guadalupe, Barredo, se sabía que se había
cometido un crimen atroz en la calle de Manrique esquina a la de la
Estrella, y que S. E. deseaba se hiciese la pronta averiguación del
hecho, a fin de descubrir el autor o autores, y se pudiera perseguirlos
sin descanso hasta capturarlos y entregarlos a los tribunales; porque
estaba empeñado en hacer un señalado escarmiento.

Enseguida le llegó su turno a los de la comisión, y Mañero expresó su
embajada lisa y llanamente, reducida a decir que no procedía en ley ni
en justicia se declarase buena presa, si se declaraba por la comisión
mixta, la del bergantín _Veloz_, ahora mismo en el puerto de La Habana,
aunque traía un cargamento de negros, pues como atestaban sus papeles,
despachados en toda forma, venía de Puerto Rico y no de las costas de
África directamente; y aun cuando se considerase contrabando el tráfico
en esclavos con esta última, no lo era respecto de la primera, que por
fortuna aún pertenecía, al par de Cuba, a la corona de S. M. el rey de
España e Indias, don Fernando VII, Q. D. G.

Sonriose el General Vives y dijo al postulante que le presentara un
memorial expresivo de todas las razones y hechos alegados, que él lo
pasaría a la comisión mixta con los papeles del buque; que ya tenía
noticias de lo ocurrido, por boca del mismo cónsul inglés, el cual se le
había presentado antes de la hora de audiencia en compañía del
comandante del apresador, el Lord Clarence Paget, y añadió con cierta
severidad de tono y de semblante:

--Reconozco, señores, la injusticia y los daños que nos ocasiona un
tratado por el cual se concede a Inglaterra, la enemiga natural de
nuestras colonias, el derecho de visita sobre nuestros buques mercantes;
pero los ministros de S. M. en su alta sabiduría tuvieron a bien
aprobarlo, y a nosotros, leales súbditos, sólo nos toca acatar y
obedecer el mandato del augusto monarca Q. D. G. Y se me figura,
señores, que si Vds., están dispuestos a respetar el tratado, no lo
están ni poco ni mucho a cumplirlo. En vano me hago de la vista gorda
respecto de lo que Vds. hacen día tras día (señores, cuando hablo así no
me refiero a Vds., personalmente, sino a todos los que se ocupan en la
trata de África), que según va la cosa, no pararán hasta meter sus
expediciones en Banes, en Cojímar, en los Arcos de Canasí y aun en este
mismo puerto. En vano he hecho cerrar y derribar los barracones del
Paseo, que Vds. no escarmientan y siguen introduciendo sus bozales en
esta plaza, persuadidos, sin duda, que no hay mejor mercado para esa
mercancía. En tal momento no se acuerdan Vds., del pobre Capitán
General, contra quien el cónsul inglés endereza sus tiros, porque no
bien entra aquí un saco de carbón, como Vds. dicen, cuando él lo huele y
viene hecho un energúmeno a desahogar conmigo su mal humor.

--¡Ea! Vayan Vds., con Dios y otra vez sean más prudentes. Y a propósito
de prudencia: ayer tarde vino a mí un joven dependiente de una casa de
comercio para quejarse de que a la luz del día, en la plaza de San
Francisco, le habían arrebatado un saco de dinero de su principal. ¿Cabe
mayor imprudencia que la de ir por la calle enseñando el dinero a todo
el mundo y tentando a la gente de mala índole? También se me quejó de
que al oscurecer del día de ayer, dos negros con puñal en mano le
pararon cerca de la estatua de Carlos III y le desvalijaron de cuanto
llevaba encima de valor, el reloj, etcétera. Si Vd. hubiera tenido un
tantico de prudencia, le dije, no se habría expuesto a perder la vida
atravesando sitio tan solitario como ese del Paseo, a la entrada de la
noche, hora que escoge la gente mala para cometer sus fechorías. Aprenda
de mí que no salgo de noche a la calle. Lo mismo digo a Vds.: no se
metan en las garras de los ingleses y salvarán sus expediciones, ni
comprometan la honra del Capitán General. La prudencia es la primera de
las virtudes en el mundo.



CAPÍTULO IX

     _En ti pensaba y en aquel instante
      Me mandaba llorar naturaleza._

         JOSÉ MARÍA HEREDIA


Personaje de más cuenta de lo que nadie puede imaginarse era en casa de
Gamboa su Mayordomo don Melitón Reventos. Tenía en el manejo general
económico más voz que su amo, y a las veces se hombreaba en ese terreno
con doña Rosa.

Pero donde ejercía un poderoso imperio era entre los esclavos. Corría
con su provisión de vestuario y de alimentos, tanto de los del servicio
doméstico en La Habana, como de los de las fincas rurales. Para con los
primeros, sobre todo, se daba los aires de señor; más que eso, de
déspota. Hacía, sin embargo, respecto de éstos, dos excepciones el feroz
Mayordomo. En primer lugar, no gustaba de estrechar lance con el
calesero Aponte. No ya sólo era hombre serio y temible sino que
pertenecía al hijo mimado de la casa, el cual no quería delegar en nadie
el derecho de castigarle.

Tampoco tenía don Melitón malas obras ni malas palabras para Dolores.
Lejos de eso, para ella reservaba sus sonrisas, sus agasajos y
atenciones. De cuando en cuando la hacía regalos de pañuelos y dijes,
que la muchacha aceptaba sin reparo, aunque para usarlos tuviese que
mentir a sus señoritas; porque, después de todo, no halagaba poco su
vanidad el que un hombre blanco emplease con ella tales galanterías.

No tenían origen estas distinciones del Mayordomo en favor de Dolores en
la circunstancia de que era la doncella de las señoritas de la casa,
tratada por ello con ciertas consideraciones por toda la familia, no;
tenían diverso origen, procedían de los méritos de la moza como mujer:
joven, bien formada y bonita para negra.

Aquel día en que por llegar tarde de su comisión al bergantín _Veloz_,
almorzaba don Melitón a la cabecera de la mesa en el comedor, con todos
los aires de amo, servido atentamente por Tirso, acertó a pasar Dolores
y tropezar con su codo en los momentos en que se llevaba un vaso de vino
a la boca. Fuese aquello por casualidad o de hecho pensado, el Mayordomo
se aprovechó de la ocasión para pegarle un pellizco en el desnudo y bien
torneado brazo.

--¡Ay, don Melitón! exclamó ella sin alzar la voz, aunque llevándose la
mano al punto dolorido.

--¡Ay, Dolores! remedó él lleno de risa.

--Eso duele, agregó la muchacha.

--¡Ca! No hagas caso. Si todavía te he de libertar.

Dolores hizo con la boca el ruido onomatopéyico que llaman freír un
huevo, cual si no creyera ni jota en la sinceridad de las últimas
palabras del Mayordomo. No obstante, harto dulce es el nombre de la
libertad para que la joven esclava cerrase el oído a la promesa y el
corazón a la esperanza de verla realizada, fuera el que fuese el
sacrificio que la exigiese el donante. De cualquier modo, siguiola él
con la vista hasta que traspasó el arco del patio, y entonces murmuró:

--Esta todavía se casa con el bribón de Aponte. ¡Sería una lástima!

María de Regla, mencionada al principio de esta historia, tuvo Dolores
de su unión legítima con Dionisio el cocinero, quince años antes de la
época actual. Contemporáneamente tuvo doña Rosa a Adela, su hija menor,
la cual entregó a María de Regla para que se la lactase, por no sentirse
ella en condiciones para desempeñar por entonces aquél, el más dulce de
los deberes de madre. Por supuesto, para llenar encargo tan delicado,
necesario se hizo destetar a Dolores y criarla con leche de cabra o de
vaca, aparte enteramente de la hija de su señora y ama.

Prohibiósele explícitamente a María de Regla el dividir sus caricias y
el tesoro de su seno entre las dos niñas, siquiera el tomarlas juntas en
brazos. Pero aunque esclava, temerosa del castigo con que la habían
amenazado, era madre, quería a su propia hija entrañablemente, quizás
más por lo mismo que no la permitían criarla; así que siempre que las
otras esclavas le proporcionaban la ocasión, tarde de la noche y fuera
del alcance de la vista de los amos, se ponía ambas niñas a los pechos y
las amamantaba con imponderable delicia. La robustez de la nodriza, al
parecer sin detrimento ni desmedro, proveía ampliamente a aquella doble
lactancia. Criábanse las dos hermanas de leche sanas y fuertes. María de
Regla no hacía diferencia entre ellas, y así en la mayor armonía habría
corrido su infancia si tan luego como empezó a disminuir el sustento no
trataran de disputárselo y armar llanto, en especial la blanca, no
acostumbrada a semejante división.

Al cabo, atraída una noche doña Rosa por el llanto de su hija,
sorprendió a la nodriza dormida entre las dos niñas, que, con ambos
brazos extendidos, se impedían el mutuo goce del delicioso líquido. ¿Qué
hacer en aquellas circunstancias? ¿Castigar a la esclava en el acto por
su desobediencia? ¿Cambiar de nodriza? Tan malo sería lo uno como lo
otro, pensó doña Rosa. Lo primero, porque el castigo envenenaría la
leche de la esclava; y lo segundo, porque en el octavo mes de la
lactancia, el cambio repentino produciría resultados no menos fatales a
la salud y tal vez a la existencia de Adela. Tan perpleja estaba que
consultó a su marido, quien, hombre violento si los hay, aconsejó la
prudencia y el disimulo hasta ocasión más oportuna. Descubierta su
primera falta, dijo él, no es probable que María de Regla reincida. De
cualquier modo, así continuaron las cosas por un año y medio más, al
cabo de cuyo tiempo, el día menos pensado, se le ordenó al Mayordomo
echara por delante a la _criandera_ y la embarcara a bordo de una goleta
que hacía viajes de La Habana al Mariel, dejándola en el ingenio de _La
Tinaja_, bien recomendada al Mayoral. Allí se hallaba de enfermera el
año de 1830, es decir, purgando la culpa de ser madre amorosa, cometida
trece años antes de esa fecha.

Que la esclavitud tiene fuerza de trastornar la noción de lo justo y de
lo injusto en el espíritu del amo; que embota la sensibilidad humana;
que afloja los lazos sociales más estrechos; que debilita el sentimiento
de la propia dignidad y aun oscurece las ideas del honor, se comprende;
pero que cierre el corazón al amor de padres o de hermanos a la simpatía
espontánea de las almas tiernas, he aquí lo que no se ve a menudo. No
es, pues, extraño que María de Regla sintiese en lo profundo del pecho
su separación a un tiempo de la hija, del padre de ésta y de Adela
misma, para pasar el resto de sus días en el destierro del ingenio _La
Tinaja_.

En el código no escrito de los amos de esclavos no se reconoce
proporción ni medida entre los delitos y las penas. Es que no se castiga
por corregir, sino por desfogar la pasión del momento; de que resulta
que casi siempre se le apliquen al esclavo varias penas por un solo
delito. Luego, llovía sobre mojado, como vulgarmente se dice, en el caso
de María de Regla. Su destierro de La Habana, la separación de la hija y
del marido, quizás para no verlos más en la vida, el cambio de ocupación
de ama de leche en la ciudad por el de enfermera en el campo, el
traspaso de dependencia bajo el capricho del Mayordomo en aquélla, al
del Mayoral en el ingenio, en concepto de doña Rosa no bastaban a purgar
la culpa de su triste esclava.

No había logrado averiguar esa señora a ciencia cierta de quién era la
niña que había estado lactando María de Regla, cosa de año y medio antes
de haber dado a luz a Dolores. Lo único que pudo sacar de don Cándido
fue que el médico Montes de Oca la había contratado para lactar a la
hija ilegítima de un amigo, cuyo nombre no debía revelarse. El precio
del alquiler, dos onzas de oro, las recibió doña Rosa mes tras mes, con
la mayor puntualidad mientras duró la lactancia, por mano de don
Cándido. Esto poco no pudo bastar a satisfacer sus celos, antes fue a
sembrar fuertes sospechas en su ánimo, siendo el misterio motivo
constante de quejas y disgustos entre ella y su marido, y, por rechazo,
de gran preocupación, que a veces rayaba en odio, contra María de Regla.

Por fortuna, tales ejemplos de injusticia y de crueldad ocurrieron
cuando ambas niñas no tenían uso de razón, y como crecieran juntas, como
en realidad mamaran una misma leche, no obstante su opuesta condición y
raza, se amaron con amor de hermanas. Adela entró en años y concurrió a
una escuela de niñas poco distante de su casa en compañía de su hermana
Carmen, a donde Dolores les llevaba los libros junto con la fruta y el
refresco a medio día, y a las tres de la tarde las acompañaba en su
vuelta a la casa. Carmen y Adela alcanzaron la edad de la pubertad,
Dolores antes que ellas, y en dejando la escuela no se les separaba ésta
ni de día ni de noche. Las vestía, las peinaba, les lavaba los pies a la
hora de acostarse; durante el día cosía al lado de sus señoritas, y de
noche, bien dormía en el duro suelo al lado de la cama de Adela, bien en
el cuarto inmediato sobre la rígida tarima, a la vista de otra criada,
la más anciana de la servidumbre.

Dolores y Tirso eran hermanos uterinos. La primera, nacida en La Habana,
salió negra, porque a esa raza pertenecía su padre; el segundo, nacido
después en el ingenio La Tinaja, salió mulato, porque su padre, fuera el
que fuese, era de la raza blanca. De aquí provenía el que ellos no se
viesen como tales hermanos, y que María de Regla quisiese más a Tirso,
que mejoraba la condición, que a Dolores, la cual perpetuaba el odioso
color, causa aparente y principal, creía ella, de su inacabable
esclavitud. Pero aun en este particular estaba María de Regla condenada
a ver defraudadas sus más risueñas ilusiones de madre. Tirso, su
preferido, no la quería, mas se avergonzaba de haber nacido de negra,
enfermera del ingenio por añadidura. Al contrario, Dolores adoraba en su
madre. Cada vez que llegaba a sus oídos la noticia del mal trato que le
daban en _La Tinaja_, era motivo de amargo llanto para ella y para
suplicar a Adela la hiciese venir a La Habana y la sacase de aquel
purgatorio donde la tenían penando, hacía tanto tiempo, sólo por haber
dado de mamar a la vez a su propia hija y a la hija de sus amos. Sentía
Adela la fuerza de estas dolorosas quejas, y, no obstante sus pocos años
y muchas distracciones, oyendo continuamente, en el silencio de la
noche, ella acostada y Dolores de rodillas junto a su cama, la triste
historia de los trabajos y padecimientos de María de Regla en el
ingenio, se conmovía hasta verter lágrimas, y entre bostezo y bostezo la
prometía que al día siguiente hablaría a doña Rosa sobre el asunto. Así
se quedaban dormidas muchas veces aquellas hermanas de leche, casi
siempre con las mejillas aún húmedas del llanto.

Mas sucedía que al día siguiente no encontraba Adela ocasión favorable
para hablarle a su madre, señora algo seria con sus hijos, con la sola
excepción de Leonardo, el niño mimado de la casa, y harto severa con los
esclavos. De esta manera se pasaba el tiempo. Una tarde, al fin,
mientras se hallaba Adela recostada en el sofá de la sala por un ligero
dolor de cabeza, como se le acercase la madre, se le sentase al lado y
empezase a pasarle la mano por la frente, en son de acariciarla o por
mera distracción, cobró ánimo la joven, y agarró la ocasión por los
cabellos, cual suele decirse:

--Quisiera pedirte un favor, mamá; dijo con voz trémula por la emoción o
el temor.

Por breve rato no contestó palabra doña Rosa; sólo miró a su hija, entre
sorprendida y pensativa. Esto aumentó la turbación de Adela, quien, no
embargante, añadió a la carrera:

--Tú no me vas a decir que no.

--Estás enferma, niña, dijo doña Rosa secamente. Tranquilízate. Y se
levantó para marcharse.

--Un favor, mamá. Escucha un momento, prosiguió Adela, ya con los ojos
humedecidos, deteniendo a su madre por la falda.

Esta volvió a sentarse, tal vez porque le llamaron la atención las
palabras, y más la actitud de su hija, indicativas todas de
extraordinaria agitación y zozobra.

--Vamos, te escucho. Di.

--Pero tú no te negarás a mi ruego.

--No sé qué quieres de mí; mal puedo decir de antemano si me negaré o
no. Supongo, sin embargo, que es una de tus boberías. Acaba.

--¿No crees tú, mamá, que ya María de Regla ha purgado la culpa?...

--¿No lo dije? la interrumpió doña Rosa enojada. ¿Y para esa necesidad
me detienes y me ruegas que te oiga? ¿Ni quién te ha dicho que esa negra
está purgando culpa alguna?

--¿Por qué la tienen tanto tiempo en el ingenio?

--¿Y dónde estaría mejor la muy perra?

--¡Jesús, mamá! Me duele que hables así de quien me crió.

--Ojalá que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes tú cuánto me ha
pesado la hora en que te puse en sus manos. Pero bien sabe Dios que lo
hice a no poder más. No me hables de María de Regla, no quiero saber de
ella.

--Creía que la habías perdonado.

--¡Perdonado! ¡perdonado! repitió doña Rosa alzando la voz. ¡Jamás! Para
mí ya ella ha muerto.

--¿Qué te ha hecho para tanto rigor?

--¿Quién la trata con rigor?

--¿Te parecen pocos los trabajos del ingenio? ¿El maltrato que le dan?

--No sé yo que la maltraten más de lo que ella merece.

--Pues todos dicen que sí.

--¿Quiénes son esos todos?

--Uno de ellos creo que ha sido el patrón Sierra que estuvo aquí la
semana pasada, cuando vino por las _esquifaciones_ para el ingenio.

--Lo que extraño es que el patrón hablase contigo.

--Yo no, mamá, sino otra persona, y como saben lo que quiero a María de
Regla, me contaron lo que ella decía. Me han afligido mucho las cosas
que allá le pasan, y quisiera, de veras, que tú hicieras algo por ella y
por mí. Me ruega le sirva de madrina y haga que la saquen del ingenio...

--Adela, dijo doña Rosa afectada con el tono de ingenuidad y de
exquisita ternura de su hija. Adela, tú no sabes el sacrificio que
exiges de mí. Pero se acercan las Pascuas, toda la familia irá al
ingenio y ya veremos lo que puede hacerse con esa negra de Barrabás.
Debo advertirte, sin embargo, que no esperes me ablande de pronto y sin
madura reflexión. Esa negra está perdida y muy sobre sí. Lejos de
arrepentirse y enmendarse, como esperaba, para lavarse de la culpa de su
desobediencia a mi expreso mandato, la ha hecho peor desde su llegada a
_La Tinaja_. Va para doce años que la tengo allá, y cada vez me traen
más quejas de ella y oigo cosas más escandalosas. El Administrador que
teníamos allí trinaba con la negra. Yo no te había dicho nada, hija,
porque no se había ofrecido la ocasión; pero me parece que ya María de
Regla no puede vivir con nosotros. Sería un mal ejemplo para ti, para
Carmen y aun para la misma Dolores. Desde que entró en el ingenio, entró
allí la guerra civil; de cuyas resultas ha habido que cambiar a menudo
de mayordomos, de mayorales, de maestros de azúcar, de carpinteros, en
fin, de cuantos tienen la cara blanca, pues no parece sino que la
maldita negra tiene un encanto para los hombres o que todos ellos son
fáciles de infatuarse con cualquiera que lleva túnico. Tirso es una
acusación viva contra la moralidad de María de Regla, pues su padre fue
un carpintero vizcaíno que tuvimos hace tiempo en _La Tinaja_... Los
_bocabajos_ que ha llevado no la han corregido...

Las últimas palabras de doña Rosa estremecieron a Adela de pies a
cabeza, pues a pesar de los lamentos de Dolores, ignoraba que le
hubiesen impuesto a su adorada ama de leche otro castigo que el durísimo
del destierro de La Habana y de las personas que más quería en el mundo.
Pareciole oír el chasquido del látigo, los gritos de la víctima y el
crujido de las carnes; se llenó de horror, se cubrió la cara con ambas
manos, y por entre sus dedos de rosa saltaron dos lágrimas como dos
gotas de rocío, y fueron a estrellarse en su casto y agitado seno,
exclamando solamente.

--¡Pobrecita!

Conoció entonces doña Rosa que había ido muy lejos, y apresuradamente
añadió:

--¿Lo ves? Tú también estás infatuada con la negra. Por desgracia te dio
de mamar, debes de tenerle algún cariño, lo comprendo; no obstante, es
preciso que reconozcas que es muy mal empleado y ya te convencerás que
ella no merece tu compasión. Espera: de aquí a Navidad no va mucho. Ya
veremos el medio de arreglar lo que haya de hacerse.

De todos modos aquella era una esperanza, que Adela tardó en impartirle
a su hermana de leche lo que tardó la madre en alejarse de su lado.
Dolores no sabía más que amar a su joven señorita, siendo todavía muy
joven para amar a otra persona de contrario sexo, y hacía esfuerzos
constantes para identificarse con ella, imitar el tono de su voz, sus
modos, su aire de andar y de llevar el traje, sus coqueterías; de manera
que los compañeros de esclavitud, cuando querían decirle algo que la
complaciera mucho, la llamaban allá entre ellos: Niña Adela.



CAPÍTULO X

     _--Ya sé lo que me pides,
     Llévate en él mi corazón y... toma._

     RAMÓN MAYORGA


Promediaba el mes de noviembre de 1830. Los vientos del norte ya habían
arrojado sobre las playas cubanas las primeras aves de paso de la
Florida, probando así que se había adelantado el invierno en el opuesto
continente. El mar a menudo se hinchaba y con bramidos atronadores
rompía contra los arrecifes de las costas que sembraba por largo trecho
de blanca espuma, de conchuelas y sedimentos salinos.

A las cuatro de la mañana no había bastante claridad en las calles de La
Habana, ni a cierta distancia se reconocían las personas, excepto
aquéllas, pocas en verdad, que llevaban un farolito encendido
balanceándose en la mano, mientras a paso acelerado se dirigían, bien a
los mercados, bien a los templos; en algunos de los cuales se oía a
medias el órgano con que las monjas o los frailes acompañaban el canto
de los maitines.

Hacía aún noche, decimos, y ya don Cándido Gamboa, en su bata de zaraza
y gorro de dormir, se hallaba asomado al postigo de la ventana de la
calle, abrigado tras de la cortina de muselina blanca, en espera de _El
Diario de la Habana_, o para respirar aire más libre que el pesado de la
alcoba.

A poco más empezó a oírse el ruido, al principio sordo, después más
vivo, de los pasos de alguien que se acercaba de la parte de la Plaza
Vieja. Hacia allá tornó los ojos don Cándido; mas no vino a salir de
dudas hasta que tuvo delante la persona en cuestión. Vestía traje de
cañamazo, compuesto de una especie de chal para cubrirse la cabeza y de
la falda corta que ceñía a la cintura con una correa de cuero larga y
negra. Contribuía además a disfrazarla, el color cobrizo mate del
rostro, propio de los mulatos, mayormente cuando van para viejos, que le
daba la apariencia de mujer de la raza india.

--Buenos días, señor don Cándido, le dijo en tono gangoso.

--Téngalos muy buenos la _seña_ Josefa, contestó él procurando bajar la
voz. Temprano ha madrugado.

--¿Qué quiere el señor? Quien tiene cuidados no duerme.

--Pues, ¿qué se ofrece de nuevo? Al grano.

--Se ofrece mucho y me pareció que si me dilataba hasta la venida del
día, la cosa no tenía remedio.

--Entiendo. La orden que se ha dado el otro día por la Capitanía General
sobre pordioseros y locos trae aquí a _seña_ Josefa. La esperaba.

--Lo acertó el señor. No sé como tengo vida, ni cuando acabarán mis
tribulaciones. Se creía al principio que sólo iban a recoger a los
pobres y los locos que andan por las calles. Pero ayer por la tarde me
dijo la madre de Paula que hasta los locos en las casas privadas y en
los hospitales van a ser trasladados a San Dionisio o a una casa que han
fabricado en el patio de la Beneficencia. El señor podrá calcular cómo
estará mi espíritu con tal noticia. No he cerrado los ojos en toda la
noche. _Dende_ que se publicó la orden el corazón me anunció una
desgracia.

--Tal vez haya tiempo todavía de remediarla.

--Quiéralo Dios, mi señor, porque si en el hospital la muchacha sufre,
¿qué no será cuando la lleven a San Dionisio, o a la casa nueva, allá
por San Lázaro? Ahí no hay quien la cuide ni haga por ella. La tratarán
a palos. ¡Y yo que no había perdido la esperanza de verla en su sano
juicio y cabal salud! Ahora mi pobre Charito irá por delante, yo por
detrás. Acabaremos de pena... Hágase la voluntad de la Virgen Santísima.

--¿Cree la _seña_ Josefa que se podrá hacer algo de provecho en este
caso?

--Creo, mejor dicho, _seña_ Soledad, la madre del hospital, cree que si
hay una persona de influjo que le hable al _Contralor_, sujeto muy
caritativo y temeroso de Dios, se hará de la vista gorda y no se
cumplirá la orden por lo tocante a Charito. Todo depende de él. Tal vez
_haiga_ que buscar un médico que dé una certificación. El _Contralor_ es
bueno como el pan, y quiere servir, lo _mesmo_ seña Soledad. Conque,
para que vea el señor...

--Entiendo, entiendo, repitió don Cándido pensativo. Digo a Vd., por lo
tanto, que he consultado a Montes de Oca, quien es de opinión lleven al
campo a la enferma y la hagan tomar baños de agua salada. Veremos lo que
puede hacerse...

Pero como sintiera pasos en el zaguán, se interrumpió e hizo señas a la
anciana mulata para que se alejara a toda prisa.

El toque de diana primero y de seguidas el disparo de cañón a bordo del
navío _Soberano_ anclado junto al muelle de la Machina, estremeciendo
las ventanas del cuarto, hicieron despertar sobresaltado a Leonardo
Gamboa. Sacó lumbre en el mechón de escarzo, y abriendo el reloj, vio
que eran las cuatro de la madrugada.--A tiempo, dijo entre sí, y se
apresuró a salir de la cama y vestirse. Para esto encendió una vela de
esperma, valiéndose de una pajuela, pues aún no se conocían los cerillos
en La Habana.

Mientras se peinaba delante del tocador, soltó de repente el peine de
carey, volvió a requerir el reloj, y murmuró:

--¡Las cuatro y cuarto! Muy temprano todavía y de aquí allá no podré
echar arriba de quince minutos andando despacio. Ella me dijo que cerca
de las cinco... ¿No sería mejor aguardar en la esquina? Sí, concluyó
diciendo con resolución. Y vestido y perfumado y con la caña de Indias,
salió de su cuarto y empezó a bajar la escalera de piedra.

Apoyábase con la mano izquierda en el barandal de cedro, cosa de no dar
pisadas recias; mas así que descendió al zaguán, donde no había tal
apoyo, antes reinaba gran oscuridad, por más cuidado que puso, aunque no
tuviesen tacones sus zapatos de escarpín, hizo demasiado ruido, aquel
ruido sordo que se oye cuando uno camina por encima de un suelo hueco,
abovedado. No parece sino que se habían despertado de improviso todos
los ecos del zaguán y de la sala vecina, donde él sospechaba que podía
estar su padre, madrugador por excelencia. Andando a tienta paredes,
tropezó con el viejo calesero, quien, acostumbrado a la oscuridad, vio
venir desde luego al joven y le salió al encuentro para servirle de guía
y evitar que se diera de narices contra la llanta férrea de uno de los
carruajes.

--¡Pío! ¿Eres tú? dijo él en voz muy baja. Abre.

--El amo está _asomao_ en la ventana de la calle, contestó el negro.

--¡Diablos! ¿Tiene cerrojo el postigo de la puerta?

--No, señor. _Dende_ que salió Dionisio _pa_ la plaza quité el _serojo_.

--Abre poco a poco.

No crujieron los goznes; pero ya don Cándido había oído los pasos en el
zaguán, y arrimado a la reja tronaba:

--Pío, ¿quién va?

--El niño _Lionar_, mi amo.

--Sal. Llámale. Detenle. Dile que yo le llamo. Corre, patas de plomo.

Entre tanto volvía el esclavo no cesó don Cándido de ir y venir, muy
desazonado, de la ventana de la calle a la reja del zaguán y vice versa,
murmurando:

--¿A dónde irá el muy bribón a estas horas? A nada bueno por cierto.
Allá ha ido. Claro que sí, por decontado. Le estoy mirando. ¿Y no habrá
dejado aquella santa mujer nadie al cuidado?... Tal vez no, lo más
probable es que no. A ciertas gentes se les pasea el alma por el cuerpo,
se descuidan mucho, no toman precauciones y de aquí provienen las
desgracias... El demonio no más podría imaginar un cúmulo de
circunstancias... La ocasión, la edad, la tentación, el enemigo malo que
no duerme... Yo también me he descuidado. Debí preverlo, evitarlo, sí,
impedirlo... Pero ¿cómo? ¡Si yo pudiera dar la cara! Veremos. Le
desnuco, le meto en un buque de guerra como me llamo Cándido, y hago que
le den chicote a ver si suelta alguna de la sangre criolla que tiene en
las venas. No es hijo mío, no. Todo esto se hubiera evitado si le mando
a España como tenía pensado hace más de cuatro años. Su madre tiene la
culpa. Casi, casi me alegraría de que no le encontrase Pío, porque
podría matarle. Tal me siento contra él.

En esto volvió Pío fatigado, sin aliento y dijo:

_--Na, lamo, el niño no parece po ningún parte._

--¡Bruto! tronó don Cándido. ¿Por dónde fuiste a buscarle?

_--Po la mano e larienda, lamo._

--¿Por la izquierda, quieres decir? ¡Animal en dos pies! Si marchó por
la derecha ¿cómo habías de dar con él, pedazo de bestia? Vete. Quítate
de mi presencia, porque si Dios no me tiene de su mano, me parece que te
destripo de una patada.

A las voces destempladas de don Cándido se asomó doña Rosa a la puerta
del aposento que daba a la sala, y asustada preguntó:

--¿Qué ha sucedido, Gamboa? ¿Por qué gritas?

--Pregúntale a tu hijo que acaba de salir por ahí hecho un facineroso.

--¿Un facineroso? No lo entiendo. ¿Ha hecho algo malo? ¿Va a hacerlo?

--No sé mucho más que tú; sin embargo, sospecho, temo, se me ha puesto
que el muy bribón va a hacer una de las suyas. Se necesita ser ganso
para no sospechar que ese muchacho no ha podido salir a la calle a estas
horas en que no se ven ni las manos, y recatándose de mí, para oír misa
ni confesarse.

--Quizás ha ido a tomar el fresco, quizás ha querido darte gusto
levantándose de madrugada. No hay razón para sospechar nada malo. Tú, al
menos, no estás seguro, no lo sabes. ¿Por qué has de pensar siempre mal
de tu hijo?

--Porque dice el refrán español: piensa mal y acertarás.

--Te repito, él no ha ido a nada bueno. Le conozco mejor que tú que le
pariste. Yo sé lo que he de hacer con él.

--El pobre muchacho no acierta nunca a complacerte. Ni que fuera tu
hijastro. Si lo fuera, tal vez serías más indulgente...

--Compadécele. Dios quiera que no tengas que llorarle antes de mucho.

Luego que salió Leonardo a la calle notó que, arrimado a la acera de la
izquierda caminaba en la dirección de Paula un bulto oscuro como de
mujer. Entre seguirlo hasta cerciorarse de quién podía ser y alejarse de
su destino, estuvo un momento titubeando, pero la voz de su padre, que
llamaba a Pío, le decidió a marchar la vuelta contraria, a fin de ganar
lo más pronto posible la esquina de la calle de Santa Clara. Así lo hizo
en segundos de tiempo. Por esta casualidad no le dio alcance el esclavo.
En poco más se puso en la calle de O'Reilly, y subió al alto terraplén
o terrado del convento de Santa Catalina, lo atravesó de este a oeste y
descendió a la calle del Aguacate por la escalera de tres o cuatro
escalones mencionada al principio de esta historia, yendo derecho a la
casita enfrente de ella.

Pareciéndole que la puerta no estaba cerrada con llave ni tranca, empujó
una hoja con la punta de los dedos. Cedió algo, en efecto; por lo cual
hizo mayor esfuerzo, rodó la silla en que se apoyaba y se abrió lo
bastante para que el joven se deslizara por entre las dos hojas y
quedase dentro, sin más ni más. De pronto no vio nada. Allí eran las
tinieblas tan espesas como el aire húmedo que llenaba la estrecha pieza.
Sin embargo, a favor de la lámpara que ardía aún en el poyo del nicho
sobre la izquierda, pudo al fin distinguir al alcance de su mano un par
de palomas caseras dormidas en el respaldo de una silla, un gato
enroscado en el fondo de un sillón de vaqueta, y una gallina bajo una
mesa protegiendo con sus amorosas alas varios pollitos, que asomaban los
picos por entre las plumas y empezaron a piar del modo suave y repetido
que suelen siempre que sienten temor o frío.

Gradualmente sus miradas fueron elevándose del suelo hasta la altura de
la puerta del cuarto del fondo, donde vio algo que le pareció una mujer
o visión, de pie, escasamente vestida con un ropaje blanco, y el copioso
cabello suelto hecho mil anillos y revueltas ondas, desparramadas por el
seno y los hombros sin alcanzar a ocultarlos, con ser tan abundoso y
largo. Reconocerse, correr el uno hacia la otra y abrazarse
estrechamente en medio de los besos ardientes y sonoros, fue todo uno.

El hospital de Paula no es más que la continuación de la iglesia del
mismo nombre, inmediato al ángulo de la muralla, por la parte que da al
sudeste de la bahía. Tiene la entrada al norte, abierta en una alterosa
tapia de una galería que sirve de pasaje entre la iglesia y el
hospital. Precede a la entrada un vestíbulo con tejadillo, que más
parece mampara de convento que otra cosa. Allí se estaciona un centinela
para impedir el escape de los presos o dementes que reciben asistencia
médica en el hospital. Generalmente sólo se admiten mujeres en uno u
otro estado, cuando ni el delito es grave, ni la demencia de carácter
furioso.

La mujer que había visto Leonardo caminando a paso vivo en la dirección
del sur de la ciudad, por la calle de San Ignacio abajo, no paró hasta
llegar al vestíbulo de que antes hemos hablado. Empezaba a clarear el
horizonte entonces por el lado de oriente. Era su ánimo entrarse de
rondón, pero ya la centinela con el sable desnudo se paseaba de un
extremo al otro del tejadillo, y se le encaró cerrandole el paso:

--Buenos días tenga Vd., señor militar, dijo la anciana tratando de
congraciarse con la centinela.

--Buenos o malos, contestó con rudeza el soldado, hace ratos que acá los
tenemos.

--El señor militar parece que no me conoce, agregó ella en tono y
actitud suplicatorios.

--No tiene nada de extraño, porque el diablo me lleve si he tenido
tratos con brujas.

Se persignó la mujer y añadió que deseaba hablar con _seña_ Soledad, la
madre del hospital.

--Tampoco conozco a esa tía, repuso la centinela reasumiendo sus paseos.
Por allá dentro nadie se menea. Entrar, entrar y despejar el campo.

En traspasando el umbral del vestíbulo, se está en un gran patio
cuadrangular que lo forman, por la derecha el costado de la iglesia y
por los otros tres lados unos anchos pasadizos, de los cuales el de la
izquierda, por tres anchas puertas conduce a la sala de la enfermería.
Varias columnas cuadradas de fábrica de mampostería dividen ésta en dos
naves longitudinales, llenas de camas, cuyas cabeceras se apoyan en las
paredes maestras del edificio, con lo que queda despejado el centro. No
había allí mamparas ni compartimientos, de manera que el observador
situado en cualquiera de las puertas, podía registrar con la vista todas
las camas. Hacia la bahía o el este, lo mismo que hacia el sur y el
norte, había ventanas altas que daban claridad y saludable ventilación a
la espaciosa sala.

Apenas la mujer con el cilicio de cañamazo puso el pie en el patio, vio
asomar por el lado de la iglesia a la madre _seña_ Soledad, con un
farolito, y detrás de ella un clérigo en sotana negra de sarga, sin
bonete, llevando en ambas manos, a la altura de su pecho, un copón de
plata con tapadera de lo mismo. Ambos caminaban a paso largo y
murmuraban ciertos rezos que en el silencio del patio resonaban con los
zumbidos de muchos moscones. Se encaminaron derecho a la enfermería y
atravesaron la sala de un lado a otro. Al pasar los dos por junto a la
anciana, conoció ésta de lo que se trataba y cayó de rodillas
exclamando:

--¡Los óleos! Dios reciba en su seno el alma del moribundo.

Rezado el credo con mucho fervor, recogió todas sus fuerzas hecha casi
un arco con su cuerpo y dando traspieses, continuó hasta la puerta del
medio de la sala y volvió a caer de rodillas. Era que acababa de notar
que el clérigo de pie al lado de una cama enfrente, administraba la
extrema unción a una de las enfermas, mientras la madre de rodillas en
el lado opuesto suspendía cuanto podía el farolito para alumbrar aquella
triste y desolada escena.

De vuelta de la iglesia a donde había acompañado al clérigo, la madre
tornó a la sala y encontró todavía de rodillas a la mujer del cilicio,
con la cabeza doblada sobre el pecho, absorbida en sus oraciones. Tocole
en el hombro _seña_ Soledad y le dio los buenos días, en cuyo momento
la mujer, en tono de voz casi ahogado por la angustia:

--¿Conque ha muerto? preguntó.

--Ya descansa en paz, contestó la madre brevemente.

--¡Ah! dijo la anciana y cayó desplomada en el suelo.

--¡Jesús! ¡_Seña_ Josefa! repitió la madre haciendo esfuerzos por
levantarla. ¿Qué le pasa? ¡Va que Vd., no me ha entendido! Mire que todo
ha sido una equivocación de las dos. No comprendí su pregunta de Vd., ni
Vd., tampoco comprendió mi _contesta_. La muerta no ha sido Charo. No,
señor, no ha sido ella, sino una pobre morena que hacía pocos días había
entrado en el hospital. Charo va mejor, está más aliviada del pecho. Sí,
no cabe duda. Así lo dice el médico y yo lo veo. Vamos, venga, quiero
que Vd. se desengañe por sus mismos ojos.

Poco a poco, con tales seguridades, empezó a volver en sí _seña_ Josefa.
Después de derramar un mar de lágrimas en silencio, se sintió en actitud
de seguir a la madre hasta la cama de la enferma por la cual se
interesaba tanto. Hallábase la tal a la sazón sentada, sin más abrigo
que la sábana que le cubría las piernas encogidas, las cuales sujetaba
con ambos brazos desnudos, apoyando la frente en las rodillas. Tenía
cortado el cabello casi de raíz, como se hace generalmente con los
locos, y bajo la piel floja, descolorida y seca mostraba la armazón de
huesos, tanto más cuanto que la camisa, sola pieza interior que llevaba,
no le cubría sino parte de la espalda. Por su posición en la cama y por
una tos hueca y débil que a veces le acometía, se conocía que estaba
viva.

--Charo, Charito, le dijo la madre con amabilidad. Mira quién está aquí.
Levanta la cabeza, niña. Anímate.

--¡Hija mía! se atrevió a decir _seña_ Josefa. Mírame. ¿Me oyes? ¿Me
conoces, mi vida? Soy tu madre, quiero verte la cara. Respóndeme
siquiera. Te traigo buenas noticias; pronto vamos a sacarte de aquí. Te
llevaremos al campo para que te cures y tengas el gusto de conocer y
abrazar a tu hija. ¡Ah! ¡Si la vieras! Está lindísima. Es tu retrato
cuando eras de su edad.

--Véala Vd. tan callada, dijo _seña_ Soledad. Cuando está así no habla,
no se mueve y cuesta Dios y ayuda que pase un bocado. Otras veces la
coge por gritar, como si la estuvieran matando, por llorar o por reírse
a carcajadas.

Pero en vano empleó _seña_ Josefa los medios que juzgó más eficaces para
moverla. En vano acudió a los ruegos, a las caricias, a las lágrimas; la
enferma se mostró insensible a todo, no contestó palabra, no alzó la
cabeza, no cambió la posición acurrucada. Claro era que no había tenido
conciencia de la escena de muerte que acababa de verificarse en una cama
opuesta a la suya, y, por supuesto, no dio señal alguna de haber
reconocido la voz familiar de _seña_ Soledad, ni la angustiosa de su
desconsolada madre.

En fin, se adelantaba el día y era preciso que _seña_ Josefa se
apresurase a volver a su casa, donde había dejado sola a la nieta. Dijo,
pues, a la carrera a _seña_ Soledad que el caballero que las protegía a
ellas se proponía hacer el último esfuerzo para curar a Charo, si es que
aún tenía remedio, y que para ello la llevaría al campo, cerca del mar,
en donde respirase otro aire y se bañase a menudo, bajo la vigilancia de
un médico.

--Pues a ello, _seña_ Josefa, y que para bien sea, dijo alegre la madre.
Lo que es aquí, está visto que esa pobre muchacha no tiene cura. Además,
es preciso sacarla o no hay modo de impedir que se la lleven para la
nueva casa en la Beneficencia. Todos estos días atrás han andado
recogiendo pobres y locos por las calles. Ayer se llevaron a Dolores
Santa Cruz, tan alborotosa. Y el Comisario Cantalapiedra ya me ha
notificado la orden de traslación de todas las locas en disposición de
moverse.

Figurarse puede cualquiera cómo llevaría el corazón _seña_ Josefa
después de lo que había visto, escuchado y sentido en el hospital de San
Francisco de Paula.



CAPÍTULO XI

     _...Pero si el vicio mancha su limpieza
     Vertiendo en ella su funesto hielo,
     Levanta el ángel de su guarda el vuelo,
     Y Dios torna a otro lado la cabeza._

         LUISA PÉREZ DE MONTES DE OCA


Era el día claro y calentaba bastante el sol cuando _seña_ Josefa volvió
a su casita de la calle del Aguacate. Al parecer nadie allí se había
movido, excepto la gallina con sus polluelos, que buscaban la salida al
patio por entre el cabio y el quicio de la puerta. El primer cuidado de
la anciana fue ver si la nieta reposaba en el alteroso lecho; y
satisfecha de que dormía tranquila, se quitó el chal de cañamazo, se
desciñó la correa y se dejó caer en la butaca, desalojando para ello al
gato, que al ruido de la entrada de su ama entonces se esperezaba, abría
tamaña boca y mostraba la roja lengua con los afilados dientes.

En desplomándose dio un profundo suspiro. Apuraba ahora el cáliz más
amargo que jamás apuraron labios humanos. Su única hija languidecía en
un hospital, privada de los cuidados maternales, falta de juicio y
devorada por la consunción, si que ella pudiera valerle en nada. Que no
tendría remedio ni alivio mientras continuara en ese lugar, plenamente
convencida quedó en aquella mañana _seña_ Josefa, si era que antes
abrigaba dudas.

¿Por qué estaba la madre afligida separada hacía tanto tiempo, de la
hija doliente y moribunda? Esta separación tenía dieciséis años de
fecha, porque, según recordará el lector, María del Rosario Alarcón
había perdido el juicio a consecuencia del sentimiento y sorpresa que le
produjo el secuestro de su hija recién nacida, para pasarla por la Casa
Cuna. Cuando se la devolvieron, bien amamantada y rolliza, ya era
demasiado tarde, ya se había apagado en su mente el último rayo de la
divina luz. Todavía si su demencia hubiese tomado un carácter manso y
tranquilo, habría sido posible dejarla pasar el resto de su vida al lado
de la madre y de la hija; pero a veces le entraban accesos de furor, en
cuya disposición era difícil sujetarla e impedir que se hiciera daño o
le hiciera a los suyos.

Además, aun cuando por no haber casa de dementes en La Habana, admitían
en los hospitales, por ejemplo, en el de Paula, algunas mujeres en ese
estado, aquéllos cuyas familias no podían guardarlos en sus casas que
eran los más, andaban sueltos por las calles, hechos el hazmerreír de
los muchachos y el escándalo de las gentes timoratas. Tal, entre otros,
Dolores Santa Cruz, a que hizo referencia la madre del hospital de
Paula.

Esta negra había sido esclava de la familia distinguida de Jaruco cuyo
apellido llevaba. Con su industria y economías había logrado libertarse
y reunir un capital. Compró casa y esclavos, dedicándose a la reventa de
carnes y frutas, que entonces era negocio bastante lucrativo.

Sin que sepamos el motivo, alguien le disputó en juicio el dominio
directo a su pequeña hacienda. Esto la enredó en un pleito largo y
costoso, que si bien ganó con costas, en honorarios, sobornos, propinas,
entre abogados, procuradores, escribanos, oficiales de causa, jueces y
asesores, se consumió el valor de la casita, juntamente con el de las
dos esclavas. El resultado fue, que el día menos pensado la pobre mujer
se quedó literal, no figuradamente, por puertas.

Golpe rudo debió de haber sido éste para quien amaba mucho el dinero y
las satisfacciones que procura. La que siendo esclava fue libre, dueña
de esclavos y de fincas, y de nuevo se vio atada al poste de otra
esclavitud: la miseria; no era posible sobrellevar el cambio sin que su
razón perdiese el equilibrio. Se le desvaneció en efecto, y desde
entonces, vestida de harapos, y adornada la cabeza con flores
artificiales y pajas, a la Hamlet,[38] recorría día y noche las calles
apoyada en un palo largo, de que pendía una jaba, gritando
desaforadamente por las esquinas: _¡Po! ¡po! Aquí va Dolores Santa Cruz.
Yo no tiene dinero, no come, no duerme. Los ladrones me quitan cuanto
tiene. ¡Po! ¡po! ¡Poó!_

Figúrese el lector la hija de _seña_ Josefa, madre a su vez desgraciada,
revelando al pueblo en sus arrebatos de locura los pasos, los medios y
el nombre, quizás, de la persona o personas por cuya agencia se veía en
aquel tristísimo estado. No debía darse, y no se dio semejante
espectáculo; antes por doloroso que fuese el sacrificio hubo que hacerlo
todo entero, como que de ello dependían hasta cierto punto la salud y la
felicidad de la inocente niña que había sido la causa indirecta de la
desgracia de su madre. Tampoco debía crecer y desarrollar su razón
viendo que ésta la había perdido y era el ludibrio de los extraños. Ni
había llegado el tiempo, creía la abuela, de que la hija y la madre se
conociesen. La separación, pues, podía ser eterna.

Tales pensamientos ocupaban el ánimo de la anciana con más fijeza que
nunca en los momentos que llamaron a la puerta de la calle. Cual si
despertara de un sueño pesado, levantose a abrir y se encontró con el
lechero, isleño de Canarias que en el traje usual de los campesinos, con
una botija debajo del brazo y un jarrito de lata en la mano, la saludó
en el tono peculiar de su país, con las palabras:

--Pues abriera para mañana la casera. _Veríficamente_ ésta es la tercera
vez que le traigo la leche.

--Yo estaba en misa, contestó _seña_ Josefa trayendo la cazuela para
recibir la poción láctea.

--Como que iba creyendo que se habían muerto toditos en esta casa.

--Acabo de entrar de la calle.

Después de mirar a la vieja con aire peculiar, añadió:

--Andese con cuatro ojos la casera, continuó el lechero; porque enseña
el refrán que el que tiene enemigos no duerme.

--Yo no tengo enemigos, a Dios gracias.

--Parécele a la casera. Toditos tenemos enemigos ocultos en este mundo.
¿No tiene la casera una hija bonita?

--¿Hija? No, señor, nieta.

--Es lo _mesmo_. Pues en el palmito de esta nieta está el enemigo del
reposo de la casera. No hay mozo que no se perezca por los buenos
palmitos. El _demongo_ me lleve si esta madrugada mesma no _vide_ por
aquí un lindo don Diego. Ahora no me atrevo a decir si estaba juntito a
la puerta o a la ventana... Pero _de que lo vide lo vide_.

--El casero se engaña, observó la anciana desazonada y temblorosa. No
estuve fuera sino por corto tiempo, y mi nieta no tiene mozo que le
persiga el lindo palmito como dice el casero.

--Dígole a la casera lo que le digo, ándese con cuatro ojos, y no se
duerma en las pajas, porque _de que lo vide lo vide_.

Nuevo motivo de inquietud y de tormento para la desventurada abuela.
Sabía que un joven blanco, de familia rica, seguía a su nieta como la
sombra al cuerpo, que la hacía regalos costosos, que la facilitaba su
carruaje para concurrir a los bailes de las ferias, que ella
decididamente se pagaba de esas atenciones y obsequios; pero estaba muy
distante de creer, siquiera de sospechar, que él se aprovechase de su
ausencia en la iglesia o el hospital para soplarle la nieta, corromperla
y malograr su porvenir.

Entonces pensó que la había dejado sola, encomendada a la vecina de la
casa inmediata, y bien pudieron los dos amantes ponerse de acuerdo,
darse cita de antemano y reunídose allí mismo, mientras ella se andaba
por Paula. De cualquier modo, afirmaba el lechero haber visto temprano a
la puerta de su ventana o casita a un lindo don Diego.--¿Quién sabe si
estuvo dentro? ¿Cúya era la falta si ocurría una desgracia? ¿Sería
posible que la nieta siguiese el mismo camino y casi por los mismos
medios se perdiese como su desventurada madre?

--¡Ah! exclamó _seña_ Josefa cayendo de rodillas al pie del nicho donde
se veneraba la imagen de la Dolorosa. ¡Virgen Santísima! ¿Qué he hecho
yo para este duro castigo? ¿Cuál ha sido mi grave culpa? ¿Habré estado
toda la vida en pecado mortal sin saberlo? Tú sabes que he sido buena
hija, buena hermana y cariñosa madre. Yo he procurado criar mis hijos en
el santo temor de Dios. Yo me he desvelado por infundirles sanos
principios de moral, de virtud y de religión. Yo cumplo estrictamente
con lo que manda la santa madre Iglesia. ¿Por qué consientes, Virgen
purísima, amparo de los débiles, madre de misericordia, por qué permites
que el Tentador en figura humana aleje a mi nieta, niña inocente, tierna
oveja del señor, del camino de la virtud, la empuje al pecado y la haga
caer de la gracia divina como a su infeliz madre? ¿Me abandonarás tú
también, piadosísima Señora, en éste el más duro trance de mi vida?

Aunque _seña_ Josefa había tomado casi al pie de la letra las ideas y
hasta las palabras de los libros de devoción, únicos que leía, no cabe
duda ninguna sino que el fervor de su fe religiosa, la consideración de
la nueva desgracia que le venía encima, la conciencia de la tremenda
responsabilidad que le cabía en caso de salir ciertas sus sospechas, en
medio de su poca cultura, la habían inspirado, al punto de improvisar
una oración elocuente, por cuanto expresaba con verdad los sentimientos
que la dominaban en aquellas circunstancias. Poco fue, no obstante, el
alivio que proporcionó a su desgarrado corazón el ferviente desfogue.
Porque el aviso del canario, por oportuno y certero, hacía en su pecho
el mismo efecto del cuchillo, hincado en las carnes, que si se mueve
lascera, si se clava, mata. Tampoco era fácil olvidar las últimas
sentenciosas palabras de aquél, no pensar en ellas; antes continuamente
resonaban en sus oídos: _De que lo vide lo vide._

También resonaron en los oídos de Cecilia, la cual no dormía desde mucho
antes que volviese su abuela de la iglesia; sólo que le causaron
impresión muy distinta. Encendiéronle el pecho en cólera e indignación.
Porque, pensaba ella, ¿quién mete al hombre a dar semejante aviso? ¿Qué
le iba ni le venía conque ella tuviese o no tuviese un amante, en que se
viese con él o no por la puerta o por la ventana? ¿Por qué insistir en
haberle visto? ¡Maldito hombre! ¡No se le hubiera secado la lengua antes
de decir lo que dijo! Seguramente también vio al joven entrar o salir, y
si no lo afirmó con la misma pertinacia, fue porque la abuela no le dio
tiempo ni ocasión.

Pero fuerza era atender a las demostraciones de dolor y sentimiento de
la abuela, que parecían extraordinarias y debían tener causa poderosa y
legítima. ¿Cuál podía ser ésta? Ignoraba Cecilia lo ocurrido en Paula.
Su conciencia alarmada vino a descifrarle el enigma. Había cometido una
grave falta admitiendo en su casa, a ocultas de la abuela y contra su
expresa orden, al joven blanco con quien cultivaba relaciones amorosas.

Desde ese punto, la soberbia e independiente Cecilia experimentó algo
que no había experimentado nunca, algo que no atinaba a explicarse ella
misma, una revolución en todo su ser. Es que ante la culpa empezaba a
verse débil, temerosa, irresoluta, y tener vergüenza de sí, de su abuela
y de sus amigas. ¿Con qué cara se les presentaría ella? El hombre de la
leche iba a publicar su falta por todas partes aquella misma mañana.
Cuando menos el vecindario ya estaba impuesto de todo, y en cuanto
saliera a la calle la señalarían con el dedo y dirían de manera que lo
oyese:--Ahí va la muchacha que se aprovecha de la ausencia de su abuela
en la iglesia para admitir en su casa al hombre que públicamente la
corteja.

Pero en medio de aquella confusión de ideas, comprendió Cecilia sin
mayor esfuerzo dos cosas importantes: la una, que tal vez la abuela no
estaba aún convencida de su culpa; la otra, que a la tranquilidad de las
dos, pues que ya no había remedio, convenía disimular lo más posible
hasta averiguar la verdad de lo que pasaba y tomar un partido. En esta
disposición, se levantó con tiento, se echó por encima de la camisa un
traje y se asomó a la puerta de la alcoba. Aún se hallaba la anciana de
rodillas y concluía la improvisada plegaria. Corrió a arrodillarse a su
lado, le pasó un brazo por la cintura y, dándole un beso en la mejilla,
le preguntó con exquisita ternura:--Mamita, ¿qué tiene su merced? ¿Por
qué está tan afligida?

No le respondió palabra la anciana, volvió a la butaca y rompió a llorar
en silencio. No hay cosa más pegadiza que el llanto, y Cecilia estaba
predispuesta a contraer el mal. Se arrojó en brazos de la abuela y
confundió sus lágrimas con las de ella; desahogo necesario de dolores
que, sin embargo, tenían contrapuesto origen. Tal vez habrían
aprovechado aquella coyuntura para tener una explicación que no podía
menos de ser satisfactoria para entrambas, porque así lo predisponía el
estado de sus ánimos; pero llamaron de nuevo a la puerta y _seña_ Josefa
se apresuró a abrir, enjugándose de camino las mejillas empapadas. Era
la vendedora de carne, manteca y huevos, negra de África, con tablero
cuadrilongo equilibrado en la cabeza sobre un rodete, y un
espanta-moscas, hecho de varetas de palma de coco, en la mano derecha.

Bien por cierta tendencia a la obesidad, por el calor, o por el desaliño
natural de la gente de color, el traje de la vendedora consistía de
falda de listadillo y camisolín, que cuando limpio debía de ser blanco,
y apenas le llegaba a los hombros, quedándose más corto por las
espaldas, cuyas partes, junto con los brazos desnudos a la griega o
romana y las mejillas redondas y rollizas, le brillaban cual si, a la
usanza de su tierra, se las hubiese untado con grasa. Por supuesto, no
calzaba zapatos, sino que al caminar arrastraba un par de chancletas con
la punta de los dedos. Luego que abrió _seña_ Josefa, depuso el tablero
en el quicio de la puerta, y en tono de voz chillona, cuyo volumen no
correspondía con el de su cuerpo, dijo:

--_Güenos días, caserite. ¿No me toma naa hoy? Entoavía no ha hecho la
cru._

Contestado brevemente el saludo por la anciana, ayudó a deponer el
tablero en el suelo, agregando de prisa que le diera un real de carne de
puerco, medio real de huevos y medio de manteca. La vendedora cortó la
carne a ojo de buen cubero, y con los demás artículos pedidos la puso en
un plato que trajo Cecilia; y no bien la vio, parece que la entraron
ganas de hablar hasta por los codos.

     _--Labana etá perdía, niña. Toos son mataos y ladronisio. Ahora
     mismito han desplumao un cristián alantre de mi sojo. Uno niño
     blanca, muy bonite. Lo abayunca entre un pardo con jierre po atrá y
     un moreno po alantre, arrimao al cañón delasquina de Sant Terese.
     De día crara, niño, lo quitan la reló y la dinere. Yo no queriba
     mirá. Pasa batante gente. Yo conose le moreno; e le sijo de mi
     marío. ¡Ah! Me da mieo. Entoavía me tiembla la pecho._

Con semejante descuadernado e ininteligible relato, se asustó mucho
Cecilia, porque le pasó por la mente que el robado podía ser su amante;
pero disimuló cuanto pudo y la carnicera prosiguió:

     _--Allá por los Sitios ha habio la mar y la morene lotra noche.
     Tondá quiee prendré los mataores del bodeguer de la calle Manrico y
     la Estreya. Elle estaba en un mortorio. El gobernaó manda
     prendeslo. Dentra Tondá, elle solito con su espá, coge dos;
     Malanga, lo sijo de mi marío juye po patio y toavía anda escondió.
     Ese, ese, ma malo que toos. Conque pa que vea la caserite. No se
     pue un fía de naide. ¡Adiós, caserite! Mucha salú._

Ida la carnicera vino el panadero con la cesta de pan a la cabeza de un
negro que le seguía los pasos, como la sombra verdadera de su cuerpo.
Entonces _seña_ Josefa se acordó que debía preparar el almuerzo. Según
dijimos al principio de esta historia, el fogón se hallaba en el patio,
debajo de un alero de mesilla, sin chimenea ni cosa que lo valga. Allí
la anciana hizo lumbre valiéndose del eslabón, el pedernal, el azufre,
el cabo de vela y unos cuantos carbones vegetales, y en poco más el
almuerzo quedó listo. Entretanto Cecilia puso la mesa y ambas mujeres se
sentaron a ella. Por largo rato estuvieron sin probar bocado, levantar
los ojos del plato, ni hablar palabra. Es que a cada rato esperaba la
nieta que la abuela le leyese la culpa en el semblante, y no se atrevía
a mirarla de frente; al paso que ésta parecía muy nerviosa y
desazonada. Varias veces intentó decir algo; harto se le conoció por el
movimiento de los labios, y otras tantas la voz se le atravesó en la
garganta, porque en vez de sonidos articulados sólo se le escaparon
sollozos. Por último, hizo un esfuerzo y dijo:

--Yo debía morirme ahora mismo.

--¡Jesús, mamita! No diga eso, exclamó Cecilia sin alzar la cabeza.

--¿Por qué no, si tal es lo que siento? ¿Qué hago yo en el mundo? ¿De
qué sirvo? De estorbo, nada más que de estorbo.

--Nunca había hablado así su merced.

--Puede ser, pero mis penas, aunque grandes, he podido sobrellevarlas
hasta ahora. Ya estoy vieja; sin embargo, me faltan las fuerzas, no
puedo más. Estaba pensando que sería mejor echarme a morir.

--¿No dice su merced que es pecado murmurar de los trabajos y penas que
Dios nos manda? Acuérdese que Jesucristo llevó la cruz hasta el
calvario.

--¡Pobre de mí! Mucho tiempo hace que he andado la _vía crucis_, y que
estoy en el calvario. Sólo falta mi crucificación, y tal parece que me
la tienen decretada aquellos mismos que más quiero en este mundo.

--Si mamita lo dice por mí, mire su merced que comete una verdadera
injusticia. Bien sabe Dios que por aliviarle los pesares, de buena gana
daría la sangre de mis venas.

--No lo demuestras, no se te conoce. Al contrario, parece que te
complaces en hacer siempre lo que yo no quiero que hagas, lo mismo que
te prohíbo. Si tú me quisieras como dices no harías ciertas cosas...

--¡Eh! Ya veo por donde va su merced.

--Voy por donde debo ir, por donde va toda madre que estima en algo el
porvenir de sus hijos y su propio decoro.

--Si su merced no diera oídos a chismosos, lengua largas, se ahorraría
más de un disgusto.

--Sucede, niña, que esta vez el chisme viene bien con lo que yo vi con
estos ojos y oí con estas orejas que se han de comer la tierra.

En el calor de la discusión la muchacha había cobrado aliento y dijo:

--¿Qué ha podido ver ni oír su merced que no sea un chisme? Vamos,
dígalo.

--Cecilia, lo que yo veo claro como la luz del día es que a pesar de mis
amonestaciones y de mis consejos, tú buscas tu perdición como la
mariposa la luz de la vela.

--Y si cierta persona, que es a quien su merced se refiere, se casa
conmigo, me colma de riquezas y me da muchos túnicos de seda, y me hace
una señora y me lleva a otra tierra donde nadie me conoce, ¿qué diría su
merced?

--Diría que ese es un sueño irrealizable, un disparate, una locura. En
primer lugar él es blanco y tú de color, por más que lo disimule tu
cutis de nácar y tus cabellos negros y sedosos. En segundo lugar, él es
de familia rica y conocida de La Habana, y tú pobre y de origen
oscuro... En tercer lugar... Pero, ¿a qué cansarme? Hay otro
inconveniente todavía mayor, más grande, insuperable... Tú eres una
chicuela casquivana... Mujer perdida, sin remedio. ¡Dios mío! ¿qué he
hecho yo para que me castiguen así?

La última exclamación la hizo _seña_ Josefa, ya en pie y con las manos
en los oídos, como para no oír por boca de la nieta la confirmación del
mal juicio que se había formado acerca de sus opiniones sobre el
matrimonio. Cecilia se puso también en pie y quiso seguir a la abuela,
sea con la intención de calmarla, sea con la de justificarse, explicando
o ampliando su idea; pero se detuvo de repente porque en aquel momento
asomó por la entreabierta puerta de la calle el bien conocido rostro de
Nemesia.



CAPÍTULO XII

     _...Pero ponme_
     _esa mano en este pecho._
     _¿No sientes en él, Matilde,_
     _Un volcán? ¡Pues son mis celos!_

         J. J. MILANÉS

--Santos días por acá, entró diciendo muy risueña Nemesia sin llamar a
la puerta.

Pero se quedó callada e inmóvil no bien echó de ver la cara y actitud de
sus dos amigas. La abuela había vuelto a desplomarse en la butaca, su
sitio favorito; la nieta se mantenía de pie, junto a la mesa, en la cual
apoyaba una mano, fluctuando visiblemente entre el dolor y la
desesperación.

No pudo ser más oportuna la aparición de la amiga en aquellas
circunstancias. La anciana había dicho más de lo que la prudencia
aconsejaba, y la joven temía averiguar el sentido íntimo de las últimas
palabras de la abuela. ¿Qué sabía ella? ¿Por qué usar un lenguaje tan
embozado? ¿Abrigaba fundadas sospechas o sólo pretendía intimidar?

La verdad es que en la disputa, con la conciencia alarmada, si no en
posesión de hechos, ambas habían avanzado a un terreno resbaladizo,
hasta allí vedado para ellas, donde la primera que entrase había de
recoger larga cosecha de pesares y remordimientos. Por su parte, no
creía _seña_ Josefa llegado el momento de enterar a Cecilia de su
verdadera posición en el mundo. Tal vez el lechero se había equivocado
respecto de la identidad del joven; tal vez éste meramente pasaba por la
puerta de la casa. Si usted quiere conservar la inocencia de una
doncella, no la acuse, sin pruebas de haber pecado. Por estas razones
_seña_ Josefa, aunque desazonada, y llena de profundo pesar, desde lo
íntimo del pecho saludó con alegría la venida inesperada de Nemesia.

Por fortuna también, para sacar a las tres mujeres de su embarazosa
situación, llamaron entonces a la puerta de la calle con un fuerte golpe
de aldaba, modo desusado de llamar. _Seña_ Josefa, siempre lista para
estos casos, corrió a abrir, recibiendo, junto con un saludo profundo,
un papel que le alargó un negro ya canoso, vestido decentemente de
limpio. Tenía todo el aire de calesero de casa principal. Dada la carta,
se marchó diciendo:--No contesta.

No tenía, en efecto, contestación, ni venía dirigida a _seña_ Josefa,
sino al «Dr. Don Tomás de Montes de Oca. En mano propia». Llegaba a
tiempo de calmar la ansiedad mayor de su espíritu atribulado. Con el
auxilio de las gafas, que le alcanzó Cecilia, pudo ella mascullar para
sí:

     «Muy señor mío: De conformidad con lo que hemos hablado, doy la
     presente a la portadora, que se le presentará hoy mismo, a fin de
     que Vd. la explique lo que haya de hacerse en el asunto consabido.
     Está de más repetirle que responde a todo y que le vivirá
     eternamente reconocido S. S. S. y amigo Q. B. S. M.[39]

     _C. de Gamboa y Ruiz._»

Leída una y otra vez la carta para enterarse mejor del contenido, miró
por encima de las gafas, primero a la nieta, luego a Nemesia, que se
estaba callada a esperar el resultado de aquella escena muda,
conocidamente absorbida, y como dudosa del partido que debía tomar. Pero
el «hoy mismo» de la carta la obligó a formar una resolución
preguntando:

--¿Qué hora es?

--Son las ocho, contestó Nemesia prontamente. Acaban de mudar las
guardias de la _suidad_. Como que oigo los tambores _entodavía_.

--¡Qué me alegro! repuso _seña_ Josefa. ¿Estás tú hoy muy de prisa, hija
mía? añadió hablando con Nemesia.

--No, señora, ni un tantico. Iba a la sastrería de Uribe en busca de
costura. Pero si la vida dura, el tiempo es largo. Iré más tarde. Lo
mismo da.

--Ahora bien, hija, tú me vas a hacer un favor: te quedas aquí en la
compaña de Cecilia, intertanto doy un saltico a la Merced y vuelvo en un
santiamén. ¿Te quedarás?

Sin aguardar respuesta se ciñó de nuevo la correa, se echó el chal de
cañamazo por la cabeza y salió a la calle. Y no bien lo hizo cuando
Nemesia se volvió de improviso para Cecilia, la cogió por ambas manos y
le dijo:

--¿Qué te cuento, china? Acabo de toparme con él.

--¿Con quién? preguntó Cecilia.

--Con tu adorado tormento.

--¿Y qué bienes nos vienen con esa gracia?

--¿Es posible, mujer? Lo dices como si no te importara. Cuando digo que
me he topado con él es porque creo que te interesa saber cómo, cuándo y
dónde lo he visto. Vengo a buscarte.

--Yo no puedo salir.

--Para estos casos siempre hacen un poder las mujeres de pelo en pecho
como tú.

--Mamita puede volver pronto y yo no quiero que me encuentre fuera.

--¿Qué importa? ¿Quién dijo miedo? No es lejos tampoco. Detrás de Santa
Teresa.

--No sé qué sacaré yo con ir hasta allá.

--Tal vez un desengaño.

--Pues para eso no voy. No quiero desengaños tan temprano.

--Es preciso que vengas, mujer. Te interesa, te lo repito. Pronto.

--No estoy vestida ni peinada.

--No le hace. En un momento te pones el túnico, te alisas el pelo, te
echas la manta por la cabeza y _naide_ te conoce. Yo te ayudaré.

--Nene, ¿cómo dejamos la casa?

--Le echamos la llave a la puerta, y ojos que te vieron ir, paloma
torcaza. Vamos, anda. No hay tiempo que perder. Podemos llegar tarde,
cuando _haygan_ volado los pájaros.

--Me da vergüenza salir a la calle de trapillos.

--_Naide_ te verá. ¡Hombre! Ni que fueras a perder por eso el
casamiento. ¿Vienes? Sería una lástima llevarnos chasco.

--¿Qué será? pensó Cecilia entrando en el cuarto para prepararse, como
lo hizo, en un dos por tres.

Había logrado Nemesia despertar la curiosidad y aún la alarma en el
ánimo de la amiga, y de antemano saboreaba el placer de verla morir de
celos.

Bastante trabajo costó a las dos muchachas el cerrar la puerta con
llave. La oxidada cerradura estaba fija en el ángulo del marco y la
traviesa a un lado, el picolete adherido a su armella en la hoja macho
al otro, mal ajustado en la alcayata que le servía de apoyo, y de
consiguiente no entraba el cerradero en la hembrilla para que hiciera
presa el pestillo. Al fin, lograron su objeto, haciendo uso Cecilia de
más maña que fuerza; y echaron a andar a paso menudo, bajo la sombra de
los tejados, en dirección del sur de la ciudad.

Detrás de las tapias del convento de Santa Teresa, opuesto a una casa de
ventanas de poyo alto y rejas voladizas, había parado un carruaje, al
cual se veían enganchados tres caballos apareados, de frente para la
calle de la Muralla. El calesero montaba el de la izquierda, armado de
machete largo y demás adminículos del oficio, en son de marcha. Al
estribo inmediato a la acera había un joven dando los últimos adioses a
una señorita en traje de viaje, que se hallaba sentada a la derecha de
un caballero entrado en años y de aire respetable.

Ocupaba el poyo de la ventana mencionada un grupo compuesto de varias
señoras y caballeros, todos conocidos nuestros; es decir, la familia
Gámez, Diego Meneses y Francisco Solfa, despidiéndose de Isabel
Ilincheta que, en unión de su padre, se volvía para Alquízar. Casi a un
tiempo todos aquéllos le dirigían la palabra desde la ventana y ella les
contestaba, asomando a veces la cabeza por debajo del capacete, sin
desatender el joven al estribo, que apoyaba en él un pie mientras asía
con la mano izquierda la abrazadera del quitrín.

En esto llegaban las dos muchachas por la parte del norte de la calle.
Desde lejos reconoció Cecilia al joven que hacía de lacayo, Leonardo
Gamboa. Y aunque no había visto todavía a la dama del carruaje, ni a
derechas la conocía tampoco, adivinó quién podía ser. Andando, andando,
formó la resolución de dar un buen susto a los dos, tal que les sirviera
de castigo, si no de saludable escarmiento. Para ello, adelantose a su
compañera, le pegó un fuerte empellón a Leonardo, que, por no estar
prevenido, perdió el equilibrio, resbaló y dio de costado en la concha
del quitrín, a los pies de la sorprendida dama. Esta, ignorante de lo
que pasaba, o juzgando que aquello no era más que una broma, aunque
pesada, sacó la cabeza por debajo de la cortina para ver a la agresora,
en cuyo momento, creyendo reconocerla, entre asustada y reída,
exclamo:--¡Adela!

En efecto, Cecilia, sin el disfraz, pues se le había rodado el embozo a
los hombros, la negra cabellera flotando, sólo sujeta a la altura de la
frente por una cinta roja, con las mejillas encendidas y los ojos
chispeantes de la cólera, era el trasunto de la hermana menor de
Leonardo Gamboa, aunque de facciones más pronunciadas y duras. Mas ¡ay!
reconoció ella pronto su error. Apenas se cruzaron sus miradas, aquel
prototipo de la dulce y tierna amiga se transformó en una verdadera
arpía, lanzándole una palabra, un solo epíteto, pero tan indecente y
sucio que la hirió como una saeta y la obligó a esconder la cara en el
rincón del carruaje. El epíteto constaba de dos sílabas únicamente.
Cecilia lo pronunció a media voz, despacio, sin abrir casi los
labios:--¡Pu...!

Nemesia se llevó por fuerza a Cecilia, Leonardo se incorporó como pudo,
el señor Ilincheta dio la orden de marcha, el calesero pegó con el pie
en los ijares del caballo de varas, dejando caer al mismo tiempo la
punta del látigo en las espaldas del de fuera y el carruaje partió a
buen paso, con lo que a poco más se perdió de vista en la esquina de la
calle inmediata, por donde torció a la derecha en dirección de la puerta
de las murallas de la ciudad, llamada _de Tierra_. En vano las señoras y
caballeros en el poyo de la ventana esperaron ver alzarse la cortina del
postigo posterior del quitrín y asomar el pañuelo blanco para decir el
último adiós. Ni aquélla se movió, ni apareció éste tampoco, pregonando
el hecho, desde luego, la desagradable impresión que había producido el
lance en el ánimo de los desapercibidos viajeros. Mas todavía cuando
recapacitaron en lo que acababa de suceder, ya no estaban allí las
mulatas, ya había desaparecido Leonardo juntamente con el carruaje.

En la calle de la Merced, cerca del convento de este nombre, como quien
va para la alameda de Paula, sobre la mano derecha, hay una casa de
azotea, la única de la cuadra. La entrada, aunque amplia, pues admitía
hasta dos carruajes en fila, no era de las llamadas propiamente de
zaguán. Delante de la puerta había estacionada una mala volante a la que
se hallaba enganchado entre varas, un caballo que para no desdecir de
aquélla tenía más de Rocinante que de Bucéfalo. Encaramado allá en la
alterosa silla, hecha así por la multitud de sudaderos para mejor
resguardo de los lomos de la bestia, descansaba a horcajadas el calesero
negro, cuyo traje y aspecto no desdecían un punto del resto del
equipaje. Mientras esperaba por el dueño, o dormía, o tenía en la
mollera más aguardiente del necesario, porque le costaba trabajo
mantener la cabeza erecta y alta, antes daba a veces con la frente en el
pescuezo del caballo, que por su inmovilidad parecía de piedra.

Se le acercó _seña_ Josefa por el lado de dentro y le dirigió la palabra
repetidas veces, sin lograr que despertara o diera señales de vida. Bien
es que ella, por respeto o por natural timidez, ni alzaba bastante la
voz, ni osaba tocarle. No sabía su nombre tampoco, pero sospechando que
se llamaba José, le dijo éste repetidas veces en tono cariñoso:--José,
José, Joseíto, ¿está ahí el Doctor?

Medio se incorporó el negro en la silla, e hizo muecas horribles en el
afán de abrir los ojos, casi cegados por el polvo blanco de la calle, y
dijo al fin:--_Yo no me ñama José, me ñama Ciliro, y mi amo el Dotor
está ahí aentro, si no ha salío. Dentre, dentre._

Después de darle las gracias al amable calesero, entró, en efecto, la
anciana. Había en la sala varias personas de aspecto pobre y ambos sexos
esperando por el médico, el cual en aquel momento no se hallaba
presente. _Seña_ Josefa le conocía, y desde luego le buscó por todas
partes con cierta inquietud, pues tal vez había salido; aunque el hecho
de la volante a la puerta y la presencia de los pacientes en la sala,
indicaban que si estaba fuera de casa, no era para la visita ordinaria
de enfermos que giraba todos los días después de almuerzo. Al fin
alcanzó a verle en el patio, inclinado sobre un hombre que, sentado en
una silla, emitía de cuando en cuando quejidos apagados, más dolorosos,
por donde se conocía que el Doctor ejecutaba una operación quirúrgica
difícil. Era Montes de Oca cirujano hábil, no cabe duda, al menos
atrevidísimo en el manejo de la cuchilla, tajando carne humana como
quien taja hogazas de pan, siempre, es verdad, con acierto, tal vez por
la misma sangre fría con que ejecutaba esas operaciones carniceras.
Cuéntase, en efecto que en cierta ocasión le abrió el vientre a un
individuo para extirparle un absceso que se le había formado en el
hígado, y que lo ejecutó con la mayor fortuna, pues no se le murió el
paciente entre las manos, sino que sanó, al menos de aquella dolencia.
Eso sí, era tan hábil como interesado y codicioso de dinero. A nadie
curaba de balde; ni se movía de su casa sino para hacer visitas de paga
al contado violento, o con promesa explícita de que se le pagaría bien
su habilidad, reconocida generalmente, tarde que temprano.

Conoció luego _seña_ Josefa que había terminado la operación, así porque
había cesado de quejarse el paciente, como porque el Doctor, alzando el
instrumento con que la había ejecutado, dijo:

--¡Ea! ya está Vd., despachado. Vea lo que tenía en el oído: un frijol,
como un garbanzo, pues con la humedad de esa parte creció dos tantos de
su natural tamaño.

--Gracias, Doctor, mil gracias. Dios se lo pague y le dé mucha salud. No
sabe Vd. cuánto me ha atormentado ese frijol en el oído. Hacía más de
diez días que no dormía, no comía ni...

--Lo creo, le interrumpió el Doctor con aire triunfante y no poco
receloso. Buen trabajo me ha costado extraerle el cuerpo extraño. Luego,
la parte esa es tan delicada, que por poco que me fallase el pulso
podían resbalarse las pinzas y dañarle el tímpano del oído y dejarle
sordo por el resto de sus días. Bien. Ahora me paga Vd. mi trabajo, se
marcha a casa y se da unos bañitos de cocimiento de malvas con unas
gotas de láudano para calmar la irritación...

--¿Cuánto le debo Doctor? preguntó el hombre temblando, no ya del dolor,
sino del recelo de que le pidiesen mucho dinero por una operación
ejecutada, y eso brevemente.

--Media onza de oro, contestó Montes de Oca con sequedad e impaciencia.

No tuvo el hombre más remedio que meterse la mano en el pantalón y sacar
un pañuelo nada limpio, en una de cuyas puntas tenía atadas varias
monedas, que ciertamente no hacían mucha mayor suma de la que había
exigido el cirujano por la curación. Volvía éste para la sala, como
acostumbraba con la cabeza baja y el hombro derecho derribado, cuando se
encontró de manos a boca, cual se dice, con _seña_ Josefa, a la que
preguntó con su voz gangosa:

--¿Qué quiere Vd. buena mujer?

Por toda respuesta _seña_ Josefa le alargó la carta de recomendación.

--¡Ah! agregó el cirujano después de haberla leído. Tenía ya noticias de
esto. El mismo señor don Cándido estuvo aquí bien temprano y me habló
del asunto. Pero debo decirle a Vd. lo que a él le dije, a saber: que no
he visto aún a la enferma, que no conozco el caso y que sin conocerlo
tendría que ser adivino para decidir lo que deba hacerse.

--¿No le contó el señor don Cándido, se atrevió a observar la anciana,
toda temblorosa, que el caso es desesperado, digo, que no da espera,
porque depende la vida o la muerte...?

--Sí, sí, la interrumpió el cirujano. Algo me dijo sobre eso el señor
don Cándido. El caso es que no puedo atender a todo. Si me dividiese en
diez me parece que no daba avío. ¿Ve Vd. los que aquí aguardan por mi?
Pues fuera me esperan muchos más, y todos con premura. Estimo al señor
don Cándido, sé que es generoso, desprendido y que sabe agradecer los
favores que se le hacen. Deseo, puedo y está en mi mano servirle; creo
que si le sirvo esta vez, ha de pagármelo bien. Mas Vd. es mujer
racional, conocerá que necesito tiempo, que debo examinar por mí mismo
el caso antes de aventurar un diagnóstico. Tal vez no tenga cura, tal
vez sea peor el remedio que la enfermedad. No soy el médico brujo que a
ciegas decidía y así salía ello. Sin embargo, quizás Vd. pueda darme
mejores informes de lo que ha podido el señor don Cándido, que, por lo
que entiendo, conoce el caso de oídas. ¿Quién es la enferma?

--¡Mi hija!, señor don Tomás.

--¿Hija de Vd. eh? ¿Qué edad tendrá ahora?

--Va en los treinta y siete.

--Vamos, no es vieja. Hay ahí cuerpo todavía, y habrá resistencia. ¿Qué
tiempo hace que enfermó?

--¡Ay, señor! Mucho tiempo, la vida de un cristiano, hará ahora
dieciocho años más bien más que menos.

--No, no quiero decir eso. ¿Desde cuándo entró en el hospital de Paula?

--Poco después de haber enfermado. Hace ahora algo menos de diecisiete
años, porque la niña tendría unos dos meses de nacida cuando, por no
poderla sujetar en casa, me vi obligada a ponerla en el hospital de
Paula, según me aconsejó el médico Rosaín. Ya puede imaginar el señor
Doctor lo que me costaría esta separación. Se me arrancó el alma...

--De suerte, añadió pensativo Montes de Oca, de suerte que la niña...

--¿Mi nieta? dijo _seña_ Josefa.

--Sí, su nieta de Vd., hija de la enferma, ¿tendrá...?

--Va en los dieciocho años de edad.

--¿Y qué tal?

--A Dios gracias, buena y sana.

--No, no es eso. Pregunto que qué figura tiene, qué tal parece la
muchacha.

--¡Ay, señor Doctor! su figura y su parecer son los que van a acabar
conmigo antes de mucho tiempo. Aunque me esté a mal el decirlo, es lo
más lindo en verbo de mujer que se ha visto en el mundo. Nadie diría que
tiene de color ni un tantico. Parece blanca. Su lindura me tiene loca y
fuera de mí. No vivo ni duermo por guardarla de los caballeritos blancos
que la persiguen como moscas a la miel. Me tiene sin sombra.

--¿Y esa muchacha encantadora acompañaría a la enferma si la sacamos del
hospital?

--Si el señor Doctor lo cree conveniente, me parece que sí la
acompañaría.

--De convenir, creo que convendría y mucho; pero se ofrece una
dificultad. Veamos. ¿Qué tiempo hace que no se ven la madre y la hija?

--¡Qué! Hace una pila de tiempo. Más de diecisiete años.

--¿Tanto? Malo. ¿Pero Vd. u otro le habrá hablado a menudo a la madre de
la hija y a la hija de la madre?

--A la madre sí le he hablado frecuentemente de la hija, cada vez que he
ido a verla; a la hija nunca de su madre. Estoy por creer que no sabe
que existe.

--¿Conque no se ha intentado nunca el que se vean la madre y la hija?

--Nunca.

--Mal hecho.

--Así creí yo, pero el señor Doctor Rosaín, que fue quien la asistió en
el parto y después del parto, me aconsejó que las separase, y después
que a la madre se le remató el juicio, me repitió que no le hablase de
eso a la hija, porque querría verla y era fácil que la loca en uno de
sus arrebatos la ahogase con sus propias manos. Pues es preciso que sepa
el señor Doctor don Tomás, que tomó la locura con la hija, diciendo que
como había nacido blanca tenía a menos el tener madre de color.

--Vaya, pues. Se equivocó Rosaín. Es un buen médico, no se puede negar,
sólo que en este caso me parece que perdió los papeles o que se le fue
el santo al cielo. Si la madre y la hija se ven de repente, después de
una larga separación, tal vez se efectúe una reacción, y las
enfermedades se curan con reacciones o revulsiones, no con medicinas,
particularmente aquéllas en que aparece afectado el sistema nervioso.
Somos todo nervio, nada más que nervio. Irritados los nervios cate Vd.
la locura. Estaba pensando... Se había pensado llevar la enferma al
campo, a una finca que poseo cerca del puerto de Jaimanitas, a fin de
ver si cambiando el aire y dándose unos baños de agua salada, se lograba
la revulsión que se busca. Pero es que la hija no puede ir allá con la
madre. Figúrese Vd. que en esa finca, en el ingenio de Jaimanitas, digo,
tengo sociedad con los Padres Belenitas. Lo administran y muchos de
ellos se pasan en él buenas temporadas, en particular durante la
molienda. ¿Qué escándalo no se armaría con la aparición de una joven tan
linda, como Vd. dice, en medio de aquellos benditos Padres? ¡La
tentación! Dios nos libre. Más de uno de ellos perdería el juicio y se
diría que yo tenía la culpa... Mas ya veremos modo de arreglar eso.
Vuélvase Vd. por acá pasado mañana, que yo veré a la enferma entre tanto
y diré a Vd. lo que haya de hacerse. Quiero servir al señor don Cándido,
puedo servirle, y me parece que será con beneficio de todos los
interesados.



CAPÍTULO XIII

     _La alegría del corazón conserva
      la edad florida, la tristeza seca
      los huesos._

     Parábolas de Salomón.


En la época de que venimos hablando, eran _rara avis_ los dentistas de
profesión en La Habana. Siguiendo aquel refrán castellano que enseña: al
que le duele la muela que se la saque, el oficio o arte dental lo
ejercían, por la mayor parte, en las poblaciones, los barberos; en los
campos los cirujanos, quiénes armados con el potente gatillo de acero,
no dejaban diente ni muela con vida.

Había también sacamuelas intrusos o aficionados. Entre éstos, uno de
nombre Fiayo se había hecho célebre por la destreza y habilidad con que
ponía las raíces al aire y sin dolores de esos apéndices de la
masticación. Su fama y popularidad, sin embargo, provenían del hecho,
primero, de no emplear instrumento quirúrgico de ninguna clase; segundo,
de no llevar dinero por sus mágicas operaciones dentarias.

La hija mayor de los señores Gamboa, Antonia, hacía tiempo venía
padeciendo de una neurosis de carácter agudo a la cara, cuyo asiento en
la mandíbula superior daba lugar a presumir tenía por causa la carie de
un molar. Los médicos consultados, después de probar la aplicación de
apósitos, sanguijuelas, enjuagues y cabezales, sin fruto aparente,
decidieron se hiciera la extracción. Pero la idea no más de que para
llevarse a efecto había de emplearse el temible gatillo, ocasionaba
sudores y desmayos en la dolorida joven.

Por aquellos días llegó a La Habana, desde el campo, el mágico dentista
Fiayo, y, como de costumbre se hospedó[40] en casa del Doctor Montes de
Oca. No bien llegó a oídos de doña Rosa la noticia, cuando dispuso la
engancharan el quitrín, y sola, con la hija doliente, se dirigió a la
calle de la Merced. Llena estaba la sala de pacientes, unos en solicitud
de los consejos o remedios del médico, otros de los servicios del famoso
sacamuelas. Este ocupaba el segundo cuarto, cuya puerta y ventana daban
al patio, y era por eso el más claro y a propósito para las operaciones
de la boca. Allí tenía una silla común de madera, en que hacía sentar al
paciente con la cara para el este, y en un dos por tres ponía al aire
las raíces de la muela o el diente que le indicaba el interesado.
Sucedía a veces que encontraba mayor resistencia de la que podía vencer
con la fuerza del pulgar y del índice de la mano derecha; en cuyo caso,
disimuladamente metía ésta en la faltriquera del chaleco, cual si
pretendiera enjugársela, se armaba de una llavecita de hierro, convertía
el paletón en gatillo, el tronco en palanca, y el éxito era instantáneo
y seguro.

La entrada de doña Rosa Sandoval de Gamboa con su hermosa hija Antonia
no causó poca sorpresa en las personas presentes en la sala,
principalmente en Montes de Oca, que si bien era el médico de palacio y
gozaba de extensa y merecida fama, no estaba acostumbrado a que le
consultasen en su propia casa, señoras tan distinguidas y en la
apariencia ricas. Tamaña condescendencia y amabilidad no podían menos de
obligar a un médico de las condiciones y calidades del que tratamos
ahora; así fue que, abandonando desde luego a sus pacientes, salió a
recibir y atender a las recién llegadas. No conocía él sino de nombre y
de vista a doña Rosa, a pesar de la estrecha y antigua amistad que le
ligaba con su marido. Pero a tiempo de acercársele y hacérsela presente,
le pasó por la mente que tal vez la inesperada venida de aquella
respetable señora tenía que ver algo con la enferma del hospital de
Paula, de la cual hablaba precisamente con la anciana _seña_ Josefa, en
los momentos en que entró en la sala. Y una vez metido este extraño
pensamiento en su cabeza, ya no hubo forma de sacarle de ahí.

--La señora esposa de mi caro amigo el señor don Cándido Gamboa y Ruiz,
si no estoy equivocado, dijo Montes de Oca.

--Servidora de Vd., contestó secamente doña Rosa.

--Yo lo soy de Vd. muy atento. ¿Y ésta es su señorita hija de Vd.?

--Sí, señor.

--Bien se conoce. Hermosa niña. Dios se la guarde. Tengan la bondad de
pasar adelante y sentarse.

--No hay necesidad, dijo doña Rosa. Vd. es persona muy ocupada, y luego
venía solamente...

--Lo adivino, lo sé, mejor dicho, y perdone que la interrumpa, dijo
Montes de Oca con desusada oficiosidad. Me complace el ver que Vd.,
también se interesa por la salud de la enferma en el hospital de Paula.
Tanta bondad y nobleza de alma son mucho de celebrarse. Lo veo, lo
comprendo perfectamente, desea Vd., conocer cuanto antes cuál es mi
diagnóstico acerca del estado de la pobre muchacha. Es de celebrarse.

No teniendo noticias de semejante enferma, la madre y la hija se miraron
azoradas, azoramiento que el médico no sólo no entendió, sino que lo
interpretó por uno de aquellos sentimientos de admiración mezclados de
gratitud que sienten las personas bien criadas cuando les adivinan sus
pensamientos y se anticipan a sus caros deseos. Halagada de este modo
su vanidad, continuó diciendo, cada vez más satisfecho de su
penetración:

--Diré a Vd., señora mía, con gran sentimiento, lo mismo que acabo de
decirle a la anciana madre de la enferma, con quien me ha visto Vd.,
hablando hace poco. No es nada favorable mi diagnóstico. Con Vd. aun
puedo ser más franco que con la madre. Ahí no hay ya fuerzas, sujeto,
como decimos; quedan sólo alma en boca y huesos en costal, según se dice
de los bozales recién llegados de Guinea. Su mal trae origen de una
meningitis aguda, superveniente de un susto, que bajo el influjo de una
fiebre puerperal, la privó del juicio y produjo un desorden general del
sistema nervioso, cuyo estado ha pasado a crónico, para el que hasta
ahora no se conoce remedio en la ciencia médica. En el día los síntomas
más marcados son los de una consunción lenta, ya en el último período,
cuyo término puede ser más o menos cercano, pero cierto y fatal que, o
mucho me engaño, o no podría alargar una hora, un minuto el mismo
Galeno[41] si para ello solamente volviese al mundo. Esta clase de
enfermos acaban como las velas así que se evapora el sebo de que están
hechas. Se apagará su vida el día y a la hora menos pensada. Lo peor de
todo, _misea_[42] Rosa, es que ya es demasiado tarde para sacarla del
hospital. Corremos riesgo de que se nos quede muerta entre las manos,
que se apague la vela en cuanto le dé el aire libre del campo. Siento
mucho no poder llenar los deseos del señor don Cándido...

En este punto hizo Rosa un movimiento de sorpresa que llamó la atención
aun del embebecido médico, obligándole a dejar trunca la frase. No era
para menos la especie. Mujer más joven, menos precavida que ella, habría
hecho una exclamación demostrando mayor desazón y cólera. De tal
naturaleza fue, sin embargo, la impresión que le causaron las últimas
palabras de Montes de Oca, que cambió de color, poniéndosele rojo en el
primer instante el rostro, y luego pálido, y desapareció, por supuesto,
la plácida expresión con que había estado escuchando el ininteligible
diagnóstico. Aunque de origen bien diverso, la misma sensación de
extrañeza experimentó Antonia. No comprendía ésta, es cierto, por su
juventud y ninguna experiencia, toda la malicia que podía encerrar el
hecho de que su padre desease sacar del hospital de Paula a una muchacha
enferma y desconocida para toda la familia, con el objeto de que se
curase en alguna otra parte. Pero no se hallaba doña Rosa en el mismo
caso. Lo que era oscuro e insignificante para la hija, era un mar de luz
para la madre, la verificación de continuas sospechas, el aguijón de
celos antiguos y siempre vivos. ¿Quién podía ser aquella moza, ni qué
clase de relaciones tenía o había tenido con ella su esposo, que estaba
empeñado en sacarla del hospital de Paula por medio del médico Montes de
Oca? Debía de ser una mulata, pues que su madre era casi negra. Se
hallaba gravemente enferma, el médico la había desahuciado, estaría
hecho un esqueleto, fea, asquerosa, moriría ciertamente en breve; pero
había sido su rival, había gozado a la par con ella del amor y de las
caricias de Gamboa.

¿Por qué disposición del cielo averiguaba en la hora postrera un secreto
tras el cual venía corriendo hacía más de una década? Ya era poco menos
que inútil la venganza. La muerte se interpondría en breve entre la
esposa y la manceba. ¡Qué desesperación! ¡Qué tumulto de pasiones! ¡Qué
atar y desatar de cabos sueltos, ocultos mas no olvidados en los
rincones del pensamiento! Quería hablar, gritar, desahogar de alguna
manera su corazón oprimido. ¡Cuánto alivio no la habrían proporcionado
las lágrimas! Cristiana y discreta como era doña Rosa, sin duda hubiera
dado en aquel instante la mitad de su vida por retrotraer los sucesos
al año 13 ó 14, en que, joven todavía, llena de fuerza y de encantos
personales, con menos cordura y calma, la hubiera sido fácil, plausible,
hacer valer sus derechos de esposa, de madre y de señora.

Mientras revolvía todas estas cuestiones en la cabeza, obra que no le
costó muchos minutos, sino segundos de tiempo, y sentía que la sangre se
asomaba toda a sus mejillas, pasole por la mente lo de la niña en la
Casa Cuna y su lactancia por María de Regla, la esclava ahora de
enfermera en el ingenio _La Tinaja_; y dedujo, por necesaria
consecuencia, que esa historia se relacionaba estrechamente con la mujer
enferma en el hospital de Paula. ¿Buscaba, pues, Gamboa salvarle la vida
a la madre de su hija bastarda? ¿Quién sería ésta? ¿Vivía aún? ¿La
reconocía como tal el padre? Fuerza era averiguarlo. Tal vez Montes de
Oca estaba enterado. Haciendo un esfuerzo supremo, logró dominar la
agitación ya a punto de embargarle los sentidos; y decidió apurar hasta
las heces la copa de la curiosidad y de los celos. Así, tomando de nuevo
el hilo de la conversación con Montes de Oca, que mostraba deseos de
manifestar cuanto sabía, dijo:

--Yo también siento en el alma que no se pueda hacer nada de provecho
con la pobre...

--Rosario Alarcón, sugirió el médico, viendo que doña Rosa titubeaba.

--Rosario Alarcón, repitió ésta. Lo más presente que yo tenía. Mi
memoria es flaca en esto de recordar nombres. Se lo dije a Gamboa que ya
era demasiado tarde y no dudo que el desengaño le causará un verdadero
pesar. Luego la hija, así que lo sepa...

--En cuanto a eso, repuso prontamente Montes de Oca, pierda Vd. cuidado,
_misea_ Rosa. La abuela ha tenido la habilidad de ocultarle a la hija
hasta la existencia de la madre enferma.

--¡Es posible! exclamó doña Rosa. Parece increíble...

--Nada más fácil, continuó el médico. Esto es, repito lo que me ha
contado la anciana que acaba de salir de aquí y que yo no hallo
absurdo. Supongo que Vd. no ignora que cuando pusieron en Paula a la
Rosario Alarcón, la hija era una chiquilla, sin uso de razón para echar
de menos a una madre a quien después no ha visto.

--Con que la hija, una mujer hecha y derecha...

--Y muy linda, sin desdoro de los presentes, dijo Montes de Oca,
cortando otra vez la palabra a su interlocutora para interpretar a su
manera un pensamiento no más que indicado.

--Quiere decir, dijo doña Rosa, que Vd. conoce a la mozuela. Estaría
aquí con la abuela.

--No, señora, no la he visto nunca. Hablo por boca de ganso, repito lo
que me ha contado la abuela. Mejor dicho, no la veo desde el primero o
segundo mes de nacida, cuando la Real Casa Cuna o de Maternidad estaba
situada en la calle de San Luis Gonzaga, cerca de la esquina de la del
Campanario Viejo.

--Luego tal es la niña para cuya crianza se tomó en alquiler a mi
esclava María de Regla.

--Puede ser, yo no sé de eso jota.

--¿Cómo que no, si por orden de Vd. se me pagaron las dos onzas
mensuales del alquiler mientras duró la lactancia de la susodicha niña?

--¿Por orden mía? Perdone Vd. _misea_ Rosa. No tengo idea de semejante
inquilinato, y, por supuesto, de la tal mensualidad. ¿No estará Vd.
equivocada?

--Vaya, señor Doctor, repuso doña Rosa. ¿Es olvido o pura modestia de
Vd.?

--Ni lo uno ni lo otro, mi señora. Positivamente no tengo noticias de lo
que Vd. dice.

--Así será, dijo al fin doña Rosa advirtiendo que el médico se ponía en
guardia. Comprendo lo que pasa por Vd.: no quiere que se hable más de
este asunto. No añadiré palabra. Eso no obsta para que yo le manifieste
mi complacencia por el uso que hizo Vd. de los servicios de mi esclava,
cuando se le ofreció sacar de apuros a un amigo. Permítame le agregue,
ya que se presenta la ocasión, que me negué a tomar un peso por el
alquiler de la criatura, y que si al fin recibí el dinero fue porque se
me dijo que de otro modo Vd. no la aceptaba.

Guardó silencio Montes de Oca. Únicamente inclinó respetuoso la cabeza
como hombre que, cogido en un fallo, y sin salida plausible ni medios de
defensa, se resigna y aguarda la sentencia. Pero lo poco que negó fue
precisamente aquello de que debía estar más convencida doña Rosa, es a
saber, del inquilinato de la nodriza y del salario que por ello la
abonaron mes a mes, durante cierto tiempo. En lo que sí se equivocaba
lastimosamente era en dar por hecho que Montes de Oca había sido el
contratante y pagado el dinero del supuesto alquiler. Sobre este
particular importante había sufrido dicha señora un engaño: ¡su marido
no le había dicho la verdad!

Ahora bien: a la vista de la persistente negativa del médico, ¿salió
doña Rosa de su error? Difícil es la comprobación en tales casos, y por
lo mismo nos limitamos a decir que, aclarados ciertos particulares
oscuros sobre la mujer enferma y las relaciones que con ella y con la
hija tenía su marido, lo demás se caía de su peso, se infería sin
esfuerzo, y no era digno de una señora el informar a una persona extraña
de secretos de familia que quizás realmente ignoraba. Desistió, pues,
del ataque y concluyó pidiendo al médico que la perdonase las molestias
que le había ocasionado, sirviéndose decirla si Fiayo se hallaba
dispuesto a examinarle la boca a su hija Antonia. Por sentado que lo
estaba, y se ejecutó la operación con toda felicidad. Después, don Tomás
Montes de Oca tuvo la cortesía de acompañar a las dos señoras hasta el
estribo del carruaje y de ayudarlas a montar en él. Y una vez sentada y
emprendida la marcha en vuelta de la casa, doña Rosa se cubrió la cara
con las manos y dio a llorar y sollozar sin medida ni consuelo; todo
esto con extrañeza grande de la hija, quien, ocupada de su propio dolor
físico, no había echado de ver la transformación del semblante de su
madre así que se alejó de la presencia del médico.

Conviene advertir aquí que a consecuencia de un disgusto con su padre
por la salida a la calle tan de madrugada, según hemos referido ya,
Leonardo hacía tres o cuatro días que no paraba en su casa, sino en la
de una tía materna. Esto contribuyó a aumentar el pesar de doña Rosa. No
sólo se negó a sentarse a la mesa, lista para el almuerzo, sino a darle
explicación alguna a don Cándido sobre los motivos de su sentimiento. En
medio del llanto y de los suspiros, pronunció varias veces el nombre del
hijo favorito, razón por qué las hijas, suponiendo que la ausencia de
éste era la causa original de sus lamentos, despacharon a Aponte en su
busca con el carruaje. Vino el joven, y al punto doña Rosa, rodeándole
con sus brazos, le cubrió la frente de besos y de lágrimas. Dábale entre
tanto los epítetos más cariñosos y le decía:--Hijo del alma, ¿dónde
estabas? ¿Por qué huías de las caricias de tu madre? Mi amor, mi
consuelo, no te apartes de mi lado. ¿No sabes que tu triste madre no
tiene otro apoyo que el tuyo? Tú no mientes, tú dices siempre verdad, tú
eres el único en esta casa que conoce lo que vale una madre y esposa
leal. Mi vida, mi corazón, mi fiel amigo, mi todo ya en el mundo, ¿qué,
ni quién tendrá bastante poder ahora para arrancarte de mis brazos? Sólo
la muerte.

Al fin esta señora, casada, madre de familia, halagada por los dones de
la fortuna y de la naturaleza, al llegar a su casa se encontró rodeada
de varias personas que le eran muy queridas, que la respetaban y que se
apresuraron a enjugar sus lágrimas, a ofrecerle consuelos y
distracciones. Al fin, aquella angustia suya, dado que legítima, nacía
de un mero desengaño en su vida conyugal, que por la época en que le
recibió, bien se conocía que el ángel de su guarda se le había apartado
de los ojos hasta la hora en que su conocimiento la fuese menos
doloroso. Hasta allí un golpe de celos era lo único que venía a turbar
la serenidad de sus días, por otra parte siempre plácidos e iguales.

Pero ¿qué había de común entre el pesar, el desengaño ni los celos de
doña Rosa Sandoval de Gamboa, y el pesar, el desengaño y la desolación
de la pobre _seña_ Josefa, más desamparada y sola que antes desde el
punto que se separó del médico Montes de Oca y volvió a cruzar el umbral
de su casita en la calle del Aguacate? Con razón pudo entonces exclamar
con el salmista:--Venid, cielos y tierras, aves que pobláis el aire,
peces que llenáis las aguas, brutos que holláis los campos, y decidme:
¿Hay dolor comparable con el dolor mío?

Nadie le preguntó por qué lloraba y se mostraba tan afligida. Cecilia, a
quien encontró allí de vuelta, estaba harto disgustada para pensar en
los disgustos ajenos. Nemesia también guardó un profundo silencio,
diciendo sólo al despedirse de las dos:--Hasta después. Aun la imagen de
la Virgen en el nicho, frente a su butaca, parecía que no debía
ofrecerla esta vez consuelo. Transida por el dolor de la espada que le
atravesaba el pecho, dirigía hacia otra parte sus amorosos ojos.

Y tal fue, después de todo, la indicación oportuna que recibiera _seña_
Josefa en medio de su pavorosa soledad. La madre del Salvador del mundo,
en los momentos de perderle enclavado en una cruz, claramente le
enseñaba con su resignada, sublime actitud, que hay dolores tan grandes
para los cuales no se encuentra consuelo aquí abajo, sino allá arriba,
¡en el cielo!



CAPÍTULO XIV

     _Meditando su pena_
     _Dentro del pecho el corazón se abrasa:_
     _El fuego desordena_
     _Los límites y pasa:_
     _Y suelta ya la lengua, hablé sin tasa._

         GONZÁLEZ CARVAJAL


La extraña conducta y las frases irónicas de su cara esposa traían
alarmado a don Cándido Gamboa. Nunca había usado ella un lenguaje tan
sarcástico. Por el contrario, en sus arranques de celos siempre había
pecado por franca y desembozada. ¿Qué había averiguado de nuevo? ¿Dónde
había estado aquella mañana, que la produjo tal cambio?

No entraban en el carácter, ni en las ideas de honor y dignidad de don
Cándido el pedir a su esposa la explicación del misterio, menos a los
hijos con quienes pocas veces hablaba, mucho menos a los criados, alguno
de los cuales sabía más secretos de la familia de lo que convenía a la
paz y a la dicha del hogar. Hombre de mundo y astuto, creyó que podía
dejar al tiempo y a la indiscreción de la mujer o de los hijos el salir
de dudas más tarde o más temprano.

Adoptó, eso sí, mayor cautela, observó con doble atención; y he aquí la
sola novedad que se operó en su conducta en adelante respecto de su
familia. Ni tuvo que mantener larga espectativa tampoco, porque días
después, en la mesa del almuerzo, se habló de la neurosis facial de
Antonia y del alivio que sentía después de la extracción de la muela por
Fiayo. No necesitó de más don Cándido: su mujer había estado en casa de
Montes de Oca, donde era notorio que aquél paraba y ejecutaba sus
operaciones dentarias.

Precioso dato éste; sólo que, en vez de ayudarle a resolver el enigma,
contribuyó a desorientarle y hasta cierto punto a adormecer sus recelos.
Porque no cabía en su cabeza que el médico hubiese hablado a su esposa
de la moza enferma en el hospital de Paula. Por flojo de lengua que le
supiese, no podía imaginar siquiera que llevase la candidez (malicia no
era) al extremo de comunicar a una persona extraña que veía por la
primera vez, un asunto con el cual no tenía relación ni interés alguno.
¿Con qué motivo, tampoco, suscitar la conversación? Daba por hecho
Gamboa, además, que él había hablado al médico sobre la enferma en
confianza, y aunque no le había exigido el secreto, se entendía que
debía observarse en todas circunstancias.

Ya se ha visto cuán falaces eran todos estos razonamientos de don
Cándido. Del mismo erróneo tenor fue la reflexión de que _seña_ Josefa,
encontrándose por casualidad con doña Rosa en casa de Montes de Oca,
tuvo una explicación, o habló delante de ella de la enferma en el
hospital de Paula. En esta persuasión la esperó varias mañanas seguidas
al postigo de la ventana de su casa.

Inútilmente. El médico había sido todavía más franco, diríamos más rudo
con la anciana que con doña Rosa. De una vez le quitó toda esperanza,
cuando en el lenguaje vulgar, no en el de la ciencia, le desahució a la
hija. Para una mujer de sus años, agobiada por los trabajos y los
pesares, cada vez más descontenta de su nieta, que llevaba, al parecer,
el mismo camino de la madre moribunda, era aquella noticia más de lo
que su espíritu y su cuerpo podían sobrellevar. Para valernos de sus
propias palabras, ya había ella andado la _via crucis_, se hallaba en la
cima del calvario, sólo faltaba la _crucificación_, la muerte que
compasiva, pondría fin a una existencia ya muy larga para lo que había
sufrido, tela inacabable de privaciones y de sacrificios.

De este golpe no se repuso más. Tras el llanto y otras demostracciones
de dolor, acudió con doble ahinco que antes, al rezo, a la oración, a la
confesión y comunión casi diarias, a la penitencia continua, recayendo
al cabo en aquel estado de indiferencia y apatía mental y corporal para
los negocios del mundo, que tanto se asemeja a la fatuidad o a la
demencia. No parece sino que de repente se le había apagado el fuego
misterioso que desde los primeros años de su existencia venía
comunicando calor a su sangre, actividad a su espíritu. Porque dejó de
ser comunicativa, se encerró en sí misma, descuidó a la nieta, se ocupó
solamente de los actos de devoción que eran en ella una segunda
naturaleza, un movimiento automático, se echó a dormir, en una palabra,
desde entonces, el sueño de la vida.

Tal y tan repentino cambio no pudo menos de llamar la atención de
Cecilia, quien, si al principio se aprovechó de él para satisfacer sus
pasiones y caprichos, sintió luego mayor compasión y ternura por su
abuela. Conociendo que sin enfermedad aparente, el día menos pensado
caería muerta, empezó a asustarse y ocuparse más de su propio porvenir.
En breve se quedaría sola en el mundo, destituida de parientes, de
amigos respetables, de amparo, y redobló sus cuidados con la abuela, fue
con ella más amable y servicial de lo que jamás había sido en su vida.
Pero sus caricias, sus palabras amorosas, sus asiduos oficios de hija
sumisa y tierna no obtenían correspondencia digna de este nombre, no
excitaban a veces más que una sonrisa fría y... pavorosa para la
inexperta joven, que creía ver en eso un signo de anticipada
decrepitud, si no de demencia. Ni era que la anciana había perdido ya la
facultad de sentir, porque más de una vez la sorprendió la nieta con las
mejillas húmedas de las lágrimas. Si éste fue el estado de _seña_ Josefa
inmediatamente después de su última entrevista con Montes de Oca, mal
pudo ella acercarse a don Cándido para hablarle de un asunto casi
borrado de su memoria.

No era por cierto mucho más llevadera la situación de este caballero.
Seguía guardando con él su esposa desusada reserva, tal que rayaba en
despego; al paso que, como por pique, hacía con su hijo Leonardo dobles
extremos de cariño y de ternura. Cada vez que salía a la calle, le
acompañaba hasta el zaguán y allí le despedía con besos y abrazos
repetidos. Si volvía tarde de la noche, cosa frecuente, le esperaba
anhelosa a la reja de la ventana cual se espera a un amante, y lejos de
reñirle cuando llegaba, le besaba y abrazaba de nuevo, como si hubiese
durado largo tiempo su ausencia, o corrido un grave peligro fuera de
casa. Todo le parecía poco a dicha señora para el hijo mimado. Ocioso es
añadir que se anticipaba a sus gustos, que le adivinaba los pensamientos
y que acudía a satisfacérselos, no como madre, sino como enamorada, con
apresuramiento y afán de pródiga, sin pérdida de tiempo y costara lo que
costase. Si al volver de una de sus correrías insinuaba siquiera que se
sentía cansado o doliente, ¡santo Dios! ponía ella la casa toda en
movimiento, haciendo que las hermanas, los criados, el Mayordomo, todos,
no se ocupasen de otra cosa que del alivio y bienestar del enfermo.

Así tuviese don Cándido la calma del buey o la paciencia de Job, por
fuerza que habían de cargarle estas cosas; más, hacerle hervir la
sangre, no tanto porque la madre contribuía con sus halagos
intempestivos a la perversión del hijo, cuanto porque así tiraba a
mortificar al padre. Tan hostigado se vio, que la dijo un día:

--Si de propósito te pusieras, Rosa, a perder al muchacho, me parece que
no lo harías mejor.

--No eres tú quien puede hacerme el cargo, contestó ella con mucho
énfasis.

--No obstante, te lo hago.

--Lo veo, y lo atribuyo a que los hombres pierden a veces el... pudor.

--Dura es la palabra, mas la paso en obsequio de la paz.

--No la pases, si te parece. Lo mismo da.

--Es que se me figura que olvidas que yo estoy tan interesado en este
asunto como tú.

--¡Tú interesado! ¡Tú interesado como yo en la buena o mala conducta del
niño! Graciosa salida por cierto. Lo dudo, no lo creo, lo niego.

--En vano es negarlo, señora; no sería su padre si otra cosa dijese.

--Pues bien, yo que soy su madre, que le di el ser, que le crié en mis
brazos, digo a Vd. que puede excusarse el trabajo de velar por la suerte
del niño. El no tiene necesidad de los cuidados de padre, le bastan los
de su madre.

--Eso no quita que yo mire con inquietud cómo la madre a posta echa a
perder cada vez más al mozo.

--No creo que le importe mucho al padre que se pierda o se salve.

--Me importa más de lo que Vd. se figura, señora mía. Si no llevase mi
nombre...

--¡Lindo nombre en verdad, donoso!

--Tan bueno es como el de otro cualquiera. Para mí vale mucho.

--Creería que eso era así si no hubiese visto que Vd. mismo le ha
arrastrado por el suelo. Lindo nombre, digo. Esté Vd. seguro que si lo
que he sabido ahora lo hubiese sabido hace veinticuatro años, mi hijo no
llevaría el nombre que lleva. Pero yo tengo la culpa. No me sucedería
esto si me hubiera llevado por los consejos de mi madre, que santa
gloria haya.

--¿Y qué os aconsejó vuestra buena madre? ¿Se puede saber?

--No tengo embarazo en decirlo, pues me dijo: hija, no te cases con
hombre de opuesta religión o naturaleza a la tuya.

--Lo que tanto vale como decir, me parece, agregó don Cándido bastante
mortificado, que a Vd. la pesa ya haberse casado conmigo. ¿Hubiera Vd.
preferido a un criollo jugador y botarate? Por supuesto.

Tal vez, repuso doña Rosa con mayor suavidad de tono mientras más
punzantes eran sus palabras. Pero jugador o no, es probable que el
criollo, el paisano mío, se hubiera portado conmigo con más lealtad y
decencia. De seguro que el criollo no me hubiera engañado por el espacio
de doce o trece años...

--¡Acabáramos! exclamó Gamboa respirando con más libertad. Protesto
contra la acusación. Yo no la he engañado nunca.

--¿Y tiene Vd. valor de negarlo? ¿Quién sino Vd. me aseguró una y otra
vez que María de Regla criaba a la hija bastarda de un amigo de Montes
de Oca? ¿Quién inventó lo del alquiler de la negra? ¿Quién pagó las dos
onzas de oro del supuesto inquilinato mientras duró la crianza de la
chiquilla? No, no fue Vd. Fue otro, fue el amigo reservado de Montes de
Oca. El dinero, sí, es verdad, no salió del bolsillo de Vd., salió del
mío; por mejor decir, me lo quitó Vd., con una mano para devolvérmele
con la otra.

--Ladrón, ladronazo; ni más claro ni más turbio, dijo don Cándido
tratando de echar la cosa a broma.

--Lo ha dicho Vd. Y de que es exacta la calificación, se prueba con el
hecho notorio de haber sido mi caudal mucho mayor y más saneado que el
de Vd. cuando nos casamos.

--No tiene Vd., necesidad de recordármelo.

--¡Cómo que no! estalló doña Rosa con entereza. Aún tengo que recordarle
otras cosas. Pues debo decirle que en caso igual mi marido el criollo
quizás juega su dinero y el mío, pero de seguro que no hubiera gastado
un peso en amoríos con mulatas. De seguro que no habría ido a Montes de
Oca para que le sacara la manceba del hospital de Paula y se la curase
en el campo. De seguro que no se desatinaría por una mozuela cuyo padre
verdadero sabe Dios quién es.

--¿Conque todo eso me tenía reservado la señora doña Rosa Sandoval y
Rojas?

--He aquí como me explico, continuó ésta sin hacer cuenta de la salida
burlona de su marido, el odio, sí, el odio, ni más ni menos, que Vd.
siempre le ha profesado a mi hijo. He aquí el verdadero motivo del
empeño de Vd., en separarlo de mi lado y mandarlo a comer cebollas y
garbanzos en España. Temía Vd. que descubriese lo que su madre acaba de
descubrir por una rara casualidad. Temía que le despreciase y tuviese a
menos el llevar el nombre de Vd., al ver con sus ojos los cenagales por
donde Vd., ha venido arrastrándolo. Temía que se avergonzase e indignara
de que su padre, no un criollo jugador y botarate, sino todo un hidalgo
español, se la pegaba a su madre con una mulata sucia, que purga sus
penas y pecados en un hospital de caridad.

--Espero que Vd. acabe para...

--¿Que yo acabe espera Vd.? le interrumpió doña Rosa sonriendo
desdeñosamente. No tengo cuando acabar. ¿Para qué tampoco había de
acabar? ¿Ni qué puede decir Vd., si yo lo oyera, en atenuación de su
mala conducta con la más leal y consecuente de las esposas? ¿Podría, se
atrevería Vd., a negar los hechos que le acusan?

--Negarlos a bulto no, explicarlos sí, y de manera que Vd. misma se
convenciese que no soy el malvado que su imaginación la pinta.

--No quiero oír más explicaciones. Sobrado tiempo me ha tenido Vd.,
engañada con sus cuentos y enredos.

--Veo, pues, que Vd., lo que se propone es desfogar su cólera, no dar
oídos a la razón y a la justicia.

--Lo que yo me propongo, señor don Cándido Gamboa y Ruiz, dijo su mujer
alzando la voz y con ademán solemne, es que Vd. no continúe derrochando
mi dinero ni el de mis hijos en _querindangos_ y en la familia de la
querida. Sobre esto y sobre lo de maltratar a mi hijo para que le pague
sus desengaños en amor, mi resolución está tomada: o Vd., se enmienda o
yo me divorcio.

Con lo dicho don Cándido se retiró a su escritorio callado y serio. Y su
retirada la saludó doña Rosa con sinceros aplausos desde el fondo de su
pecho. Porque es bueno que se sepa, que mientras duró el vivo diálogo
que acaba de leerse, estuvo ella haciendo un grande esfuerzo sobre sí
misma, a fin de decir cuanto tenía encerrado en largos años de zozobras
y sospechas, antes que sus más nobles sentimientos recobrasen el
acostumbrado imperio y se echase a perder la lección que había pensado
darle a su marido. Bueno es decir, además, que ella se había casado por
amor, no obstante la oposición de su madre, y quizás por eso mismo; y no
quería romper con el padre de sus hijos y constante compañero. Después,
en los veinticuatro años de matrimonio, no había tenido ocasión
plausible de arrepentirse, por mucho que no hubiese sido nunca ejemplar
la fidelidad de don Cándido.

También se habrá echado de ver en el curso de la presente verídica
historia, que don Cándido, antes y después de casado, como se dice
vulgarmente, no había reservado pluma. Bastante galán y de apuesta
persona, en su mocedad había sido muy enamorado o mujeriego; y tal era
su falta mas de bulto. Pero a pesar de la rudeza de sus maneras y de su
poca cultura, había bondad e hidalguía en el fondo de su corazón,
prendas éstas que redimían en gran parte aquel defecto. Precisamente
porque amaba mucho y bien y era hombre de conciencia, cuando contraía un
compromiso, fuera de la naturaleza que fuese, hacía cuanto estaba en su
mano por cumplirlo, arrostrando a veces para ello con frente serena las
dificultades todas que se le presentaban.

Dieciocho o veinte años atrás, esto es, cuatro o cinco después de
casado, va con dos hijos de su legítima mujer, tropezó con una mozuela
de singular belleza. Sin saber cómo ni cuándo contrajo con ella
relaciones clandestinas; lazo fácil de formar cuando el hombre es joven,
rico y buen mozo y la mujer bella, en los quince y de la raza mezclada.
De estos necios amoríos resultó una niña, la cual don Cándido se empeñó
en salvar, primero de la muerte cuando infante, luego de la miseria, de
la oscuridad y de la degradación cuando joven. Un compromiso le metió en
otro y otro, no ya sólo respecto de esa niña, sino de su abuela, que
pronto tuvo que ejercer con ella los oficios de madre; aunque ninguna de
las tres estaba ya en aptitud ni situación de apreciar sus favores ni de
reconocer sus costosos sacrificios.

Pasado el tiempo de la efervescencia, el más propicio para las locuras
de la mocedad, empezó a turbarle no poco el ánimo el recuerdo de sus
debilidades. De esa fecha datan sus luchas tremendas para llenar sus
obligaciones de amante y padre adúltero, sin descuidar las sagradas de
esposo y honrado padre de familia. Pero los celos de doña Rosa,
excitados a lo sumo por el orgullo de raza y de señora casada, por sus
ideas sobre la virtud de la mujer y los deberes de la madre de familia,
la ocupaban de manera y ofuscaban hasta tal punto su razón, que no la
permitían notar que su marido estaba plenamente arrepentido de sus
anteriores faltas, y que para enmendarlas ponía todos los medios que
estaban a su alcance. Mientras dicha señora, justamente ofendida, le
echaba en cara sus extravíos de mozo, no veía que laceraba una a una
toda las fibras de su corazón; no veía que ya no existían ni podían
existir después los motivos de celos que tanto la habían desazonado; no
veía, en fin, que deplorando el pasado desde el fondo de su alma, don
Cándido de algún tiempo a esta parte sólo trataba de evitar un gran
escándalo, una catástrofe en no lejano porvenir.



CAPÍTULO XV

     _Perdí el desamor
     Con las libertades;
     Quísele bien luego,
     Bien le quise, madre.
     Empecé a quererle,
     Empezó a olvidarme:
     Rabia le dé, madre.
     Rabia que le mate._

       L. DE GÓNGORA


Cursaban las horas, los días y las semanas y no llegaban a la ciudad
letras ni noticias de Isabel Ilincheta, desde su partida para Alquízar.
Cierto que eran entonces difíciles y raras las comunicaciones de la
capital, aún con los pueblos de su misma jurisdicción. Pero no
escaseaban los correos privados, trajinantes o buhoneros, que se
prestaban a llevar y traer cartas y líos sin cargar porte. Y de éstos
acostumbraba a valerse Isabel para mantener correspondencia con sus
primas las Gámez y con Leonardo.

Salía éste bastante preocupado de casa de esas señoritas al oscurecer
del 6 ó 7 de Diciembre, al propio tiempo que bajaba la calle en
dirección de la de Teniente Rey una mujer, cubierta la cabeza con una
manta oscura. Pareciéndole que la conocía, apresuró el paso, le ganó
pronto la delantera, la observó de soslayo y la detuvo, visto que era
Nemesia.

--¿Qué prisa es ésta? la preguntó Gamboa.

--¡Ay, Jesús! exclamó la muchacha. ¡Cuidado que el caballero me ha dado
un buen susto!

--Como que te me querías escapar de rengue liso, dijo Leonardo haciendo
uso del lenguaje de la gente de color.

--No es mi natural el escaparme de rengue liso ni labrado, y menos de
las personas de mi estimación.

--De tu estimación. ¿Soy yo por ventura de ese número?

--El primerito.

--El que te crea que le compre.

--¿Lo duda el caballero?

--¿Cómo que si lo dudo? No lo creo, porque dice el refrán que obras son
amores y no buenas razones.

--¿Qué pruebas tiene el señor para decir eso?

--Muchas. Te daré una, la más reciente. El día en que me despedía de una
amiga a la puerta de la casa de donde acabo de salir, ¿quién trajo a
Celia para que me viese y se encelara conmigo? Tú. Nadie más que tú.

--¿Quién se lo dijo?

--Nadie. Lo sospeché entonces y ahora estoy convencido de ello. Tú eres
más mala que Aponte, como decía mi abuela.

--No lo crea el señor, dijo Nemesia retozándole la risa en los ángulos
de la boca. Créame el caballero, todo fue una pura casualidad. Yo iba a
buscar costura en la sastrería de _señó_ Uribe y Celia quiso
acompañarme.

--Sí, hazte ahora la santica y la inocente. Sábete que cometes un pecado
en declararme la guerra. Si lo haces porque te figuras que no hay en mi
corazón amor más que para Celia, mira que te equivocas. Hay para ella,
para la amiga en el campo y todavía queda para las malagradecidas como
tú un mundo de cariño.

--Ahora sí que yo digo que el que crea al caballero que lo compre.

--Tienes que creerme, porque te lo digo y porque tú eres la mulata más
salerosa que pisa la tierra.

--¡Lisonjero! ¡Veleidoso! exclamó Nemesia conocidamente pagada del
requiebro. Cuidado que los hombres son malos. Sólo que a mí no me gusta
partir con _naiden_ ni ser plato de segunda mesa.

--En siendo plato, mujer, no importa de qué mesa. ¡Ay de las que no son
plato de ninguna! porque es la prueba de que se quedaron para tías y
para vestir santos. Celebremos un trato: no me hagas la guerra.

--Dale con la tema: yo no le hago la guerra al caballero.

--Sí, sí, me la haces. Lo veo, lo conozco. Celia está _brava_ conmigo
por ti. Pero has escogido un mal camino para alejarme de ella. No le
eches leña al fuego. Aquí, aquí, añadió oprimiéndose el lado izquierdo
del pecho con ambas manos, aquí hay lugar para Celia y para su más
tierna amiga.

--No. Para que yo _dentrara_ ahí habría de ser sola, solita. No quiero
compaña en el corazón del hombre que yo ame.

--¡Egoísta! la dijo Leonardo echándole una mirada amorosa. Y se
separaron, tirando Nemesia hacia la calle de Villegas en dirección de su
casa en el callejón de la Bomba, y Leonardo todo derecho a la calle de
O'Reilly.

Había aquélla oído de los labios del joven, de quien estaba perdidamente
enamorada, que cabía en su corazón juntamente con Cecilia. Tal vez la
cosa no pasaba de una mera galantería. ¿Qué decimos? Leonardo sólo se
propuso propiciarla, halagando de paso su vanidad femenil con la
esperanza de que en cierta contingencia podría ver realizado su amoroso
deseo. Mas ella reflexionó que si cabía, lo más difícil en su concepto,
bien podría suceder que entrase acompañada y se quedase sola y dueña del
campo. Así que el descubrimiento, además de causarla un regocijo
indecible, la confirmó más en el plan sobre cuya ejecución venía
trabajando hacía algún tiempo. Para llevarle a debido efecto, dos medios
se ofrecían a su traviesa imaginación. Con el conocimiento que tenía de
los rasgos más marcados del carácter de su amiga, una índole
eminentemente celosa, unida a una soberbia desapoderada, juzgó Nemesia,
y juzgó bien, que si excitaba a lo sumo ambas pasiones, aún cuando no
lograse que rompiera con el amante, ni suplantarla en el amor de éste,
haría al menos que él la abandonase.

En la escena debía jugar José Dolores su hermano un papel principal.
Daba por hecho que Cecilia no le amaría nunca. Esto poco importaba,
porque una vez torcidos los amantes, no sería difícil infundir celos a
Gamboa, por lo mismo que en su pique con el blanco era natural que ella
se prestase a coquetear con el mulato. Ya veremos el desenlace fatal de
estas intrigas.

Sucedió que al desembocar Leonardo Gamboa en la calle de O'Reilly, se
separaba de la ventanilla de la casa de Cecilia un hombre que tenía toda
la traza del hermano de Nemesia. Picó aquello su curiosidad, por lo
cual, sin previo aviso, se acercó a media carrera, y con la punta de los
dedos levantó el canto de la cortina blanca. Detrás se hallaba Cecilia
sentada en una silla, con el codo descansando en el poyo de la ventana y
la barba en la palma de la mano. Al reconocer a su amante en la persona
que había levantado la cortinilla, no manifestó sorpresa ni alegría.

--Sí, la dijo él, muy mortificado por lo que había visto y por la
indiferencia con que ella le recibía. Sí, disimula ahora. ¿Quién no la
ve ahí? Parece que no quiebra un plato. ¿Qué haces?

--Nada, contesto seca y lacónicamente.

--¿Está fuera tu abuela?

--Sí, señor. Ha ido a la salve, ahí enfrente.

--Abre pues. Déjame entrar.

--De ninguna manera.

--¿De cuándo acá tanto rigor? Quisiera saberlo.

--No sé. Vd. dirá.

--Lo que yo sé es que de aquí acaba de salir un hombre.

--No, señor. Aquí no ha estado nadie desde que salió Chepilla.

--Le he visto con mis ojos.

--Sus ojos le engañaron. Ha sido una ilusión.

--Qué ilusión ni que niño _muerto_. Le vi, le vi, no me queda género de
duda.

--Entonces creeré que Vd. ve visiones.

--No me hables más con ese aire desdeñoso, despreciativo diría, que me
parece intolerable y ajeno de ti y de mí. No disimules tampoco ni
busques persuadirme que fue un duende y no un hombre de carne y hueso,
el que acaba de alejarse de esta ventana, tras de la cual te encuentro
sentada y al parecer muy tranquila.

--¡Ah! Ya eso es otro cantar. Puede Vd. haber visto un hombre parado
donde está Vd., ahora. Lo que yo niego y negaré siempre es que Vd. le
viera salir de aquí, porque él no puso los pies en esta casa.

--De todos modos salió de aquí, de este lugar, estuvo conversando
contigo y necesito saber quién es y qué buscaba.

--«Necesito», repitió Cecilia con desdén. ¡Qué _guapo_! ¿Ha de ser a la
fuerza? Pues no lo digo.

--Sea como fuere, tienes que decírmelo, o de lo contrario me peleo
contigo y no me vuelves a ver la cara en la vida.

--Eso es lo que yo quisiera ver.

--Lo verás. En fin, ¿me dices quién es?

--No lo digo.

--Tú parece que quieres jugar conmigo.

--No juego, hablo de veras.

--Bien. Abre la puerta y déjame entrar, porque me da vergüenza que me
vea la gente que pasa. Van a figurarse que estamos peleando.

--Y se figurarán lo cierto.

--Vamos. ¿Te dejas de retrecherías?

--Yo digo lo que siento.

Leonardo la miró un rato con fijeza, como para medir el alcance de sus
palabras, y trató luego de cogerla la mano que ella retiró, y después la
cara con igual resultado. Cecilia no parecía dispuesta a ceder un punto
de la actitud tomada desde el principio. ¿Sería ella capaz de dejarle
por otro hombre? ¿Era el preferido aquél que vio alejarse de la ventana?
Tanteemos un poco más, se dijo para sí, y enseguida añadió alto:

--¿Qué tienes tú en realidad? ¿Se puede saber?

--¿Yo? Nada.

--Si te encierras en ese círculo vicioso de: no sé nada, no lo digo,
creo que lo mejor será que yo me vaya con la música a otra parte.

--Como Vd. guste.

--Cada vez te entiendo menos, Celia. Sospecho, sin embargo, que no dices
ahora lo que sientes, y que si diera ascenso a tus palabras de poco
vivir y me marchase, habías de derramar lágrimas de sangre. ¡Cómo! ¿Te
quedas callada? ¿Qué dices? Contesta.

Iba siendo demasiado larga y violenta la posición asumida por Cecilia
para que durase mucho tiempo. Amaba de veras. Si persistía en su
desacostumbrada severidad, tal vez ahuyentaba al amante; fuera de que no
tenía prueba patente de su inconstancia. Por todas estas razones, cuando
precisada a responder categóricamente, inclinó la cabeza y rompió a
llorar con grandes sollozos.

--¿Lo ves? la dijo él bastante conmovido. Ya sabía yo que en esto
vendrían a parar tus bravezas. Tu corazón me quiere cuando tus labios me
desdeñan. ¡Bah! Se acabó todo. No llores más, mi vida, porque concluiré
por llorar contigo. Ahora lo que corresponde es: pelillos a la mar y tan
amigos como siempre.

--Sólo bajo una condición haría yo las paces contigo, acertó a decir
Cecilia entre sollozo y sollozo.

--Admitido. Afuera con esa condición.

--No. Es preciso primero que prometas cumplirla.

--¡Hombre! Eso es mucho pedir. Tal vez no está en mis facultades. Pero,
¿quién dijo miedo? Sí, prometo.

--No vayas al campo en las próximas Pascuas...

--¡Celia, por Dios!... ¡qué caprichos tan extraños tienes tú! ¿De qué
nace tamaña exigencia? Sin duda te figuras que me alejo para siempre o
que te he de olvidar. Reflexiona y no me pidas imposibles.

--Lo tengo bien pensado. ¿Te vas o te quedas?

--No me voy, ni me quedo; porque una ausencia de quince días en el campo
no va a ninguna banda, no es una ida ni una quedada formal.

--Está bien, dijo Cecilia con firmeza, enjugándose las lágrimas. Ve. Yo
sé lo que he de hacer.

--No tomes resolución que luego te pese. Te ruego de nuevo que
reflexiones y veas mi posición tal cual es. ¿Te parece fácil que yo
permanezca en La Habana mientras toda mi familia está en el ingenio de
_La Tinaja_ cerca del Mariel? Pues no lo es; en primer lugar no habrá en
casa sino el mayordomo con algunos criados. En segundo lugar, aunque yo
pretendiera quedarme, mi madre no lo consentiría, mucho menos mi padre.
La marcha será del 20 al 22 para volver después del domingo de Niño
Perdido. ¿Comprendes ahora?

--Lo que comprendo es que vas a divertirte en el campo con una mujer que
detesto sin conocerla a derechas, y que no puedo, no debo, ni quiero
consentirlo.

--Eres muy celosa, Celia. He aquí tu único defecto. Si yo te amo más que
a mi vida, más que a todas las mujeres del mundo, ¿no te basta? ¿qué más
quieres? Por otra parte, esta corta ausencia nos conviene a los dos,
así nos querremos con mayor ternura a mi vuelta. Después, en Abril
entrante me recibiré de Bachiller en derecho y entonces tendré más
libertad para hacer lo que me dé la gana. Ya verás, ya verás cuanto
vamos a gozar. Yo para ti, tú para mí.

Para este tiempo Cecilia se había puesto en pie, esperando quizás la
retirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso busto, sus
hombros y brazos torneados cual los de una estatua, el estrechísimo
talle que casi se podía abarcar con ambas manos lucían a maravilla,
alumbrados a medias por la bujía en el interior, en contraste con la
oscuridad ya reinante en la calle. Más enamorado que nunca Leonardo de
tanta belleza, añadió con la mayor ternura:

--Lo que falta ahora, cielo mío, es que me des un beso en señal de paz y
de amor.

Cecilia no respondió palabra ni hizo el menor movimiento. Parecía
transfigurada.

--¡Vaya con Dios!, dijo el joven desconsolado. ¿Tampoco me darás la
mano?

El mismo silencio, igual inmutabilidad. La conversión no podía ser más
completa, pues si respiraba, no daba señales el redondo y levantado
seno, de agitación ni de perceptible movimiento.

--Tu abuela va a venir, agregó Gamboa. ¿Oyes? Se concluye la salve en
Santa Catalina; yo no quiero que me vea. ¡Adiós, pues!... ¡Ah! ¿Me dirás
el nombre de la persona que hablaba contigo cuando yo llegué?

--José Dolores Pimienta, contestó Cecilia en tono tan breve como
solemne.

Sintió Leonardo que toda la sangre se le agolpaba al rostro y que le
quemaba las mejillas; y como para mejor ocultar la impresión que le
había causado aquel nombre en boca de Cecilia, se alejó de allí a toda
prisa, a la sazón que los fieles salían del convento vecino.

Por su parte Cecilia se dejó caer en la silla y lloró amargamente.



CAPÍTULO XVI

     _¡Conciencia, nunca dormida,
     mudo y pertinaz testigo
     que no deja sin castigo
     ningún crimen en la vida!
     La ley calla, el mundo olvida;
     mas ¿quién sacude tu yugo?
     Al Sumo Hacedor le plugo
     que a solas con el pecado,
     fueses tú para el culpado
     delator, juez y verdugo._

         NÚÑEZ DE ARCE


Llega una época en la vida de cada hombre culpable de falta grave, en
que el arrepentimiento es el tributo forzoso que se paga a la conciencia
alarmada; pero la enmienda, como sujeta a otras leyes y dependiente de
circunstancias externas, no siempre está el cumplirla en la voluntad
humana. Porque tiene eso de característico la culpa, que, cual ciertas
manchas, mientras más se lavan, más clara presentan la haz.

Bien quisiera don Cándido romper de una vez con el pasado, borrar de su
memoria hasta la huella de ciertos hechos. Pero sin saber cómo, sin
poderlo evitar, cuando más libre se creía, sentía, puede decirse así, en
sus carnes el peso de los grillos que le ataban al misterioso poste de
su primitiva culpa. Mucha parte tenían en esto los testigos y cómplices
de ella. Recordábansela sin cesar y se la ponían delante a doquiera que
tornase los ojos.

Aquí tiene el lector algunas de las razones por qué, a raíz del serio
altercado con doña Rosa, don Cándido se hizo el encontradizo con Montes
de Oca. No le riñó por las indiscreciones que había tenido con su
esposa. ¡Qué reñirle! Al contrario, nunca le apretó con más efusión la
mano. Es que le necesitaba para el arreglo de un proyecto en que venía
meditando de poco tiempo a esta parte. Quería que, como médico,
certificase que sin riesgo de la vida no era posible la traslación de la
enferma en el hospital de Paula, a la nueva casa de locos. Esto, en
primer lugar. En segundo lugar, pretendía que se prestara a servir de
conducto por medio del cual _seña_ Josefa, o en su defecto la nieta,
recibiera una pensión mensual de veinte y cinco duros y medio por tiempo
indefinido.

Estimulada la codicia de Montes de Oca con un espléndido regalo, no hubo
dificultad en que despachara la certificación, ni en que aceptara el
encargo de la mensualidad. Este era un modo, por parte de don Cándido,
de hacer del ladrón fiel; fuera de que sería quizás más riesgoso probar
la discreción de tercera persona en aquel asunto.

Así cortaba, creía Gamboa, toda directa relación futura con las tres
cómplices de su grave culpa, sin fallar a los compromisos con ellas
contraídos. Pero aún quedaba el rabo por desollar. ¿Cómo librar a
Cecilia Valdés de los lazos que la tendía su hijo Leonardo? Ellos se
amaban con delirio, se veían a menudo, no bastaban a separarlos los
regaños a ella de la abuela, ni las amenazas a él, por medio de doña
Rosa, de don Cándido. No había, pues, más remedio que embarcar al galán
y echarlo del país, o que secuestrar a la dama y ponerla donde no se
viese ni se comunicase con él. Lo primero no había que pensarlo
siquiera: doña Rosa se opondría con todas sus fuerzas. Lo segundo, era
riesgoso en alto grado y estaba I rodeado de dificultades casi
insuperables. Tales eran los pensamientos que más preocupaban el ánimo
de don Cándido y le hacían sufrir las torturas del infierno por la época
que vamos historiando.

Ahora bien: ¿convenía proceder desde luego al secuestro de la muchacha?
Convenía, mas no era de urgente necesidad en aquel momento, por dos
razones principales, a saber: porque vivía la abuela, aunque achacosa y
decadente; y porque dentro de dos semanas marcharía la familia a pasar
las Pascuas en el ingenio de _La Tinaja_, y se había acordado que
Leonardo fuese de la partida.

Efectivamente: una semana antes despachose al Mariel la goleta
_Vencedora_: su patrón Francisco Sierra con las vituallas, conservas y
vinos que no se encontraban por amor ni por dinero en aquellas partes, y
con los criados del servicio particular de la familia de Gamboa, entre
ellos Tirso y Dolores. También debían ser de la partida la señorita
Ilincheta con su tía doña Juana; para lo cual Leonardo y Diego Meneses
les darían escolta desde Alquízar.

El motivo de la próxima reunión de las dos familias en el ingenio de _La
Tinaja_, tenía por objeto presenciar el estreno de una máquina de vapor
para auxilio de la molienda de la caña miel, en vez de la potencia de
sangre con que hasta allí se venía operando el primitivo pesado
trapiche.

No quiso partir Leonardo sin tener una entrevista con Cecilia. Obtúvola
fácilmente, así porque ambos la deseaban como porque a la fecha parecía
que _seña_ Josefa había perdido todo dominio sobre la nieta. Pero de
nada valieron ruegos, halagos, promesas de mayor ventura ni amenazas de
rompimiento. Cecilia cerró los oídos a todo eso y se mantuvo firme, cual
una roca, en negar su consentimiento a la partida del amante para el
campo. El corazón leal la anunciaba que él corría a reunirse con su
temible rival; lo que equivalía a perderle para siempre. Otro, que el
atolondrado joven habría parado mientes en la actitud y firmeza de la
muchacha, y le habría concedido admiración ya que no simpatía. Mas él,
ligero de cascos y soberbio, principió por creer que vencería su
resistencia y acabó por darse por ofendido y retirarse despechado.

Esta vez no lloró Cecilia. Con el corazón partido de dolor, en silencio
vio alejarse a Leonardo. No abrió los labios para llamarle ni consintió
que sus lágrimas, aun ido él, viniesen a revelar la angustia de su alma,
dando así, a sus propios ojos, muestra indigna de flaqueza. Antes que
rendirse al rigor de la suelte, creyó la soberbia muchacha que debía
armarse de valor a fin de tomar señalada venganza de su ingrato amante.
Dicho y hecho, apenas se alejó de su lado, se vistió ella a la carrera,
dio un beso a la abuela, que, como solía, se hallaba hundida en el fondo
de enana butaca de Campeche y salió a la calle. Mas yendo en la
dirección de la casa de Nemesia, en el callejón de la Bomba, se encontró
en la esquina con Cantalapiedra, a quien no veía desde la noche del 24
de Setiembre. No le valió inclinar la cabeza, ni estrechar en torno del
rostro los pliegues de la manta de burato. El Comisario la reconoció al
punto, y, quiera que no, la detuvo en medio de la calle diciéndola:

--Alto a la justicia. Date o te va la vida.

--Con su licencia, replicó Cecilia seria, en ademán de seguir camino.

--Date presa, digo, o de lo contrario haré uso de la autoridad que me
concede la ley. Respeta estas borlas (enseñándole las del bastón que
llevaba bajo el brazo izquierdo) o le ordeno a Bonora (su esbirro, el de
las grandes patillas, que se mantenía a respetable distancia) que
proceda a prenderte.

--Como no he cometido ningún delito, contestó Cecilia muy tranquila, es
inútil que me enseñe las borlas y me amenace con su teniente. Déjeme
pasar, que no estoy para bromas.

--Sin ver antes esa carita fuera de la manta, no esperes que te deje dar
un paso más.

--¿Tengo acaso monos pintados en la cara?

--¡Muchachita! Juégate conmigo y todavía te dan las doce sin campana.

--Yo no me juego, no estoy para juegos. Déjeme ir.

--¿A dónde vas?

--A una parte.

--¿Es cosa de cita?

--Yo no tengo citas con nadie, ni dejaría mi casa por ver al rey de los
hombres.

--Quien te oye, segurito que se traga que hablas de veras.

--¿Sabe Vd., que yo haya hablado de mentira sobre estas cosas?

--Bien, veremos si eso que dices es verdad.

--¿De qué manera?

--Fácilmente, siguiéndote las aguas.

--¿Está Vd. loco, Capitán?

--No, sino muy cuerdo. Soy el Comisario del barrio y ¿qué se diría de mí
si por descuido dejaba que una muchacha tan linda como tú daba un mal
paso y luego andábamos de tribunales y pleitos?

--No me doy por ofendida de sus palabras, porque sé que Vd. es muy
_jaranero_.

--Es que no jaraneo ahora. No deseo ofenderte ni en el negro de una uña;
pero, repito, que ni como Comisario, ni como hombre, debo consentir que
andes a estas horas por las calles sin galán que te guíe y te defienda.

--No me sucederá nada. Esté Vd. seguro. Voy aquí cerquita.

--Está bien, quiero creerte. Ve con Dios y la Virgen. ¿Mas no me dejarás
verte la carita?

--¿No la está Vd. viendo?

--Así no me gusta verla. Echa hacia atrás los malditos pliegues de esa
manta.

Hizo Cecilia lo que la dijeron, quizás para verse libre de aquel
impertinente, descubriendo casi todo el busto con sólo dejar caer la
manta sobre los hombros. En ese tiempo Cantalapiedra atizó el cigarro
puro que fumaba, y produjo mayor claridad de la que reinaba en torno,
puesto que no había faroles por allí, y las estrellas no alumbraban
bastante.

--¡Ah! exclamó el Comisario lleno de entusiasmo. ¿Habrá quien no se
muera de amor por ti? ¡Maldito de Dios y de los hombres el que no te
adore de rodillas como a los santos del cielo!

Ante el cómico ademán y las exageradas expresiones del Comisario, no
pudo menos de sonreírse Cecilia, la cual después continuó derecho a casa
de Nemesia, sin cuidarse de averiguar si aquél seguía o no sus pasos.
Conociendo ella bien las entradas y salidas, no tocó en ninguna puerta,
sino que pasó de la calle al cuarto de su amiga, a quien sorprendió muy
afanada cosiendo una pieza de sastrería, delante de una mesita de pino,
a la luz dudosa de una vela de sebo de Flandes en un candelero de hoja
de lata.

--¡Qué atareada que está una mujer! dijo entrando.

--¡Hola! exclamó Nemesia soltando la costura y yendo al encuentro de
Cecilia con los brazos abiertos. ¡Tanto bueno por acá! ¿Quién se querrá
morir? Es preciso hacer una raya en el agua.

--¿Estás sola? preguntó Cecilia antes de sentarse en el columpio de
madera que le presentó la amiga.

--Solita en alma, aunque José Dolores no tardará mucho.

--No quisiera que me encontrase aquí.

--¿Por qué, china?

--Porque los hombres luego se figuran que una los busca.

--Mi hermano no es de esos, chinita. El te ama, te adora, te idolatra,
se le conoce, suspira siempre por ti; pero es tan vergonzoso que no se
atrevería a decirte negros ojos tienes, cuanto más a figurarse que
vienes por él.

--¡Ay, Nene! continuó Cecilia desentendiéndose de las manifestaciones de
su amiga. La otra tarde me encontró Leonardo hablando con José Dolores
por la ventana de casa. En mala hora. Me ha costado una tragedia con él.

--¡No me digas! repuso Nemesia sin poder ocultar del todo su contento.
Pero ya habrán hecho las paces. ¿No?

--¡Ojalá! exclamó Cecilia suspirando. Se puso _bravo_ y se ha ido
peleado conmigo. ¿Quién sabe cuándo nos Núñez de Arce? Tal vez... nunca
más. Él es muy perro y yo poco menos.

En diciendo estas palabras, callose por breve rato. Se le había
atravesado la voz en la garganta, y en sus bellos ojos aparecieron
gruesas lágrimas.

--¡Cómo! dijo Nemesia sorprendida. ¿De veras tú lloras? ¿No te da
vergüenza?

--Sí, lloro, repuso Cecilia con visible sentimiento. Lloro, no de dolor,
lloro de rabia conmigo misma, porque conozco que he sido una tonta.

--¡Anjá! Me alegro oírte. Ya te lo había dicho yo muchas veces, no debe
fiarse una de ningún hombre.

--No lo digo por eso, Nene. ¿Llamas tú fiarme de un hombre el amarlo
mucho? Puede ser; y yo te digo, ¿acaso está en tu mano amar o no amar?
¿Conoces algún remedio contra el amor y los celos? Lo mejor sería,
china, no tener corazón. Así no sentiríamos cariño por nadie.

--Luego, parece que tú te das por engañada.

--Tal como engañada no. ¡Dios me libre! Leonardo no me ha dejado por
otra ni creo que me deje. Si lo sospechase siquiera no estaría
diciéndotelo desde esta silla.

--¿Y qué más quieres, mujer? Mucho temo que ese peje no vuelva a picar
en tu anzuelo.

--¿Qué sabes tú? preguntó Cecilia asustada.

--Nada, nada, repitió Nemesia. Mas no puedo olvidar el dicho de _seña_
Clara, la mujer de Uribe: cada uno con su cada uno.

--No entiendo.

--Más claro no puede ser. ¿_Seña_ Clara no tiene más experiencia que
nosotras? Desde luego. Es mayor de edad y ha visto doble mundo que tú y
que yo. Pues si a menudo repite ese dicho, razón buena ha de tener.
Aquí, inter nos, _naiden_ me lo ha contado, pero yo sé que a _seña_
Clara siempre le gustaron más los blancos que los pardos, y bien durita
ya se casó con _señó_ Uribe. Por supuesto, llevó más quemadas y
desengaños que pelos tiene en la cabeza, y por eso ahora se consuela
repitiendo a las muchachas como tú y como yo: cada uno con su cada uno.
¿Entiendes?

--Sí, bastante, sólo que no veo cómo me venga el refrán.

--Te viene pintiparado, chinita; te coge por derecho. ¿Tú no prefieres
los blancos a los pardos, como seña Clara?

--No lo niego, mucho que sí me gustan más los blancos que los pardos. Se
me caería la cara de vergüenza si me casara y tuviera un hijo
_saltoatrás_.

--Desengáñate, mujer: bonitura, amor, cariño, constancia, nada sujeta a
los blancos. Después, Leonardo no se va a casar tampoco contigo por la
iglesia.

--¿Por qué no? replicó Cecilia con vehemencia. El me lo ha prometido y
cumplirá su palabra. De otro modo yo no lo querría como lo quiero.

--¡Ay! Me da mucha pena oírte hablar así, mas no quisiera quitarte la
ilusión. Sólo te digo que abras los ojos, no sea que mal haya venga muy
tarde. No te fíes, no te fíes, y ten siempre presente que la hormiga por
meterse a volar se quemó las alas.

--El que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe.

--Lo comprendo, mas si una muriese de repente, sin dolor, ni trabajos,
pase, sea todo por Dios. El caso es, china, que antes de morir se sufre
mucho. Ven acá, ¿duele tanto cuando un hombre blanco nos deja por una
mujer de color, como cuando nos deja por una blanca? ¿A que no? Eso sí
que duele. Y _me se_ figura que a ti te está pasando eso ahora. Conque
no hables, ni digas de esta agua no beberé.

Disponíase Cecilia a negar la exactitud del símil cuando apareció por la
puerta del patio José Dolores Pimienta, y si ella no pudo o no supo
decir lo que pensaba, él se quedó mudo y estático en el quicio del
cuarto. No esperaba semejante compañía, mucho menos a aquella hora de la
noche. Repuesto luego de su sorpresa, la manifestó en breves y escogidas
frases cuánto se alegraba de verla. Cecilia dijo que había venido
solamente a darle una caradita a Nemesia, y se puso en pie para
marcharse.

--Tengo una buena noticia que darles, dijo el músico. El baile de
etiqueta de la gente de color se ha convenido en darlo la víspera de la
Noche buena, en la casa de Soto, esquina a Jesús María. Por supuesto, la
señorita está convidada en primera línea, y se espera que vaya Nemesia y
_seña_ Clara, y Mercedita Ayala, y todas las amigas.

Será un baile de ringorrango. Hará raya, yo se lo digo a la señorita.

--Lo más fácil es que yo no pueda asistir, dijo Cecilia. Chepilla no
está buena y temo dejarla sola.

--Pues si falta la señorita, cuente que no habrá luz para alumbrar el
baile.

--No sabía que Vd. era tan lisonjero, dijo Cecilia sonriendo y
moviéndose hacia la puerta.

--No debe la señorita ir sola, dijo José Dolores.

--Nadie me comerá, pierda Vd. cuidado. No se moleste. ¡Adiós!

No obstante su negativa, el músico y su hermana acompañaron a Cecilia
hasta la puerta de la casa en que vivía.



CAPÍTULO XVII

     _Y al punto que el triunfo creyera posible_
     _De lúcido acero se vio traspasar._

        J. L. LUACES


Dijo José Dolores Pimienta que el baile de la gente de color se
celebraría en la casa de Soto. Ocupa la esquina occidental de la calle
de Jesús María, en su encuentro con la calzada del Monte, opuesta al
Campo de Marte.

Precede al zaguán o entrada un ancho portal con barandilla de madera.
Desde éste, por las alterosas ventanas, enteramente abiertas, pudo el
público, sin derecho a entrar, presenciar a su sabor la fiesta. En el
cuadrado patio, que se cubrió con un toldo, se pusieron las mesas del
ambigú; en el comedor tocaba la orquesta; en la amplísima sala se
bailaba y en los cuartos se reposaba y tenían las conversaciones íntimas
de los amigos o los amantes.

Los adornos de la sala se reducían a unas colgaduras de damasco rojo, el
color nacional, recogidas con cintas azules en pabellones, a la altura
de los dinteles de las puertas y ventanas. El alumbrado lo
proporcionaban bujías de pura esperma, ardiendo en grandes arañas de
cristal, con profusión de prismas de lo mismo que reflejaban la luz, la
multiplicaban y descomponían en todos los colores del iris.

Con la frase _baile de etiqueta o de corte_, se quiso dar a entender uno
muy ceremonioso, de alto tono, y tal, que ya no celebraban los blancos,
ni por las piezas bailables, ni por el traje singular de los hombres y
de las mujeres. Porque el de éstas debía consistir y consistió en falda
de raso blanco, banda azul atravesada por el pecho y pluma de marabú en
la cabeza. El de los hombres, en frac de paño negro, chaleco de piqué y
corbata de hilo blanco, calzón corto de Nankín, media de seda color de
carne y zapato bajo con hebilla de plata; todo según la moda de Carlos
III, cuya estatua, hecha por Canova,[43] se hallaba al extremo del
Prado, donde hoy se ostenta la fuente de la India o de La Habana.

Para entrar y tomar parte en la fiesta no bastaba el traje especial de
los hombres; era preciso venir provisto de papeleta, la que debía
presentarse en el zaguán a la comisión allí constituida para recibirla y
aposentar a las mujeres. Observose esta medida estrictamente al
principio; pero tan luego como llegó la hora de bailar, Brindis y
Pimienta, principales aposentadores, delegaron el encargo en sujetos
menos escrupulosos y rectos. A semejante descuido se debió el que, tarde
de la noche, penetrasen algunos individuos que, si bien en traje de
ceremonia, no presentaron papeleta ni eran artesanos tampoco.

De este número fue un negro de talla mediana, algo grueso, de cara
redonda y llena, con grandes entradas en ambos lados de la frente, que
por poco que pasase él de los cuarenta años de edad, terminarían en una
calva completa. Aunque se vestía como se había dispuesto, el frac le
venía algo estrecho, el chaleco se le quedaba bastante corto, las medias
estaban descoloridas por viejas, carecían de hebillas sus zapatos, no
tenía vuelos la camisa y el cuello le subía demasiado hasta cubrirle
casi las orejas, tal vez por ser él de pescuezo corto y morrudo.

Sea por estas faltas, o sobras, de que no estamos bien enterados, el
negro de las entradas se hizo el blanco de las miradas de todos desde
que puso el pie en el baile. Advirtiolo él, que no era ningún tonto, y
naturalmente andaba al principio como azorado, esquivando la sala, donde
la luz era más profusa y brillante; pero hacia las once de la noche hizo
por incorporarse en los corrillos que se formaban en torno de las
muchachas bonitas, hasta que se atrevió a invitar a una y bailar un
minué de corte, con tanto compás y donaire que llamó por ello la
atención general. Dos o tres veces se acercó al grupo que galanteaba o
adoraba en Cecilia Valdés a la más hermosa de las mujeres de aquella
reunión heterogénea; la contempló de reojo largo rato y luego se alejó
con visibles muestras de despecho.

En uno de estos momentos, un oficial de la sastrería de Uribe que le
observaba de cerca, le siguió fuera de la sala, le puso la mano en el
hombro con alguna familiaridad y le dijo:

--¡Oiga! ¿Estás aquí?

--¿Qué, qué se ofrece? contestó él volviéndose y estremeciéndose de pies
a cabeza.

--¿Qué haces por estos barrios, chiquete? le preguntó el oficial con
mayor familiaridad.

--Sírvase decirme, señor mío, replicó el de las entradas, enfadado:
¿cuándo y dónde le he echado maloja?

--¡Hombre! repuso el oficial bastante mortificado, esas son palabras
mayores.

--Mayores o menores, son las que uso con los importunos como Vd.

--No te vengas haciendo el misterioso y el señorón, que yo sé quién eres
tú y tú sabes quién soy yo. Apéate, compadre, del tablado. _Te se_
puede desvanecer la cabeza, y si te caes, das en el fogón de la cocina.

--Vamos, ¿y qué quiere Vd. conmigo ahora?

--Nada, no quiero nadita de este mundo. Reparé sólo que le hiciste el
feo a la niña más linda del baile y esto picó mi curiosidad.

--¿Le va o le viene a Vd. algo en este ajiaco?

--Bastante, más de lo que tú te figuras.

--Y Vd. se propone defender a esa niña, ¿no?

--Creo que tú no las has injuriado. Las mujeres no son la cara del rey
para agradar a todos. En gustar o disgustar no hay ofensa.

--Bien, entonces déjeme Vd. el alma quieta.

--Eres un mal agradecido, le dijo el oficial, serio. No tienes tú la
culpa, sino yo que me ocupo de un individuo inferior a mí, cocinero y...
esclavo. Llenose de ira el negro con esto y levantó la mano para pegarle
una bofetada a su contrincante; pero, por razones que él se sabía, no
descargó el golpe. Había penetrado en aquella casa sin papeleta, no
conocía a nadie, era un intruso y todo escándalo que se armase debía
redundar en su daño. Contentóse, pues, con amenazarle y decirle que
arreglaría cuentas luego que terminase el baile; volviéndole la espalda
con desprecio. Semejante salida excitó a lo sumo la risa del oficial de
sastre, y dijo por burla:

--Casaca, suelta a ese hombre.

De seguidas buscó a su amigo José Dolores Pimienta, le contó la
ocurrencia con el negro de las grandes entradas rieron los dos de la
ocurrencia y no se ocuparon más del asunto.

Desde temprano el baile estaba lleno, de bote en bote, según reza la
frase familiar. El golpe de gente de todos colores, sexos y condiciones
que se apiñaba ante ambas ventanas del ancho portal, presentaba aspecto
tan animado, como interesante y tumultuoso. En el gran salón no se cabía
ni de pie, al menos mientras no se bailaba; los hombres se codeaban unos
con otros, y ocultaban casi del todo a las mujeres sentadas alrededor.
Cecilia, con Nemesia y _seña_ Clara, la mujer de Uribe, ocupaba un
asiento de frente para la calle, en el lienzo de pared medianero entre
la puerta del comedor y la del aposento, y siempre que lo permitían los
grupos de hombres que acudían a saludarla, podían oírse las
exclamaciones de admiración que su peregrina belleza excitaba en las
personas del portal.

A veces, tras las ponderaciones de las gracias de la muchacha, podían
oírse voces de compasión, pues tomándola por una joven de pura sangre,
era natural que les chocase de verla allí y que creyesen de bajos
sentimientos a quien consentía en rozarse tan de cerca con la gente de
color. Cecilia, entretanto, saboreaba a sus anchas el triunfo mayor que
jamás alcanzó mujer alguna en la flor de su juventud y de su belleza.
Uno tras otro, cuantos hombres de cierto viso llenaban el baile aquella
noche, conociéndola o no, vinieron a saludarla y rendirla homenaje, cual
saben rendirlo los negros criollos de Cuba que han recibido alguna
educación y se precian de finos y atentos con las damas. Entre éstos
podemos citar a Brindis, músico, elegante y bien criado; a Tondá
protegido del Capitán General Vives, negro joven, inteligente y bravo
como un león; a Vargas y a Dodge, ambos de Matanzas, barbero el uno,
carpintero el otro, que fueron comprendidos en la supuesta conspiración
de la gente de color en 1844 y fusilados en el paseo de Versalles de la
misma ciudad; a José de la Concepción Valdés, alias _Plácido_, el poeta
de más estro que ha visto Cuba, y que tuvo la misma desastrada suerte de
los dos precedentes; a Tomás Vuelta y Flores, insigne violinista y
compositor de notables contradanzas, el cual en dicho año pereció en la
Escalera, tormento a que le sometieron sus jueces para arrancarle la
confesión de complicidad en un delito cuya existencia jamás se ha
probado lo suficiente; al propio Francisco de Paula Uribe, sastre
habilísimo, que por no correr la suerte del anterior, se quitó la vida
con una navaja de barbear en los momentos que le encerraban en uno de
los calabozos de la ciudadela de la Cabaña; a Juan Francisco Manzano,
tierno poeta que acababa de recibir la libertad, gracias a la
filantropía de algunos literatos habaneros; a José Dolores Pimienta,
sastre y diestro tocador de clarinete, tan agraciado de rostro como
modesto y atildado en su persona.

Con este último y con Vargas se dignó Cecilia bailar danza, minué de
corte con Brindis, otro con Dodge; conversó amablemente con Plácido,
contestó con un saludo gracioso al que le hizo Tondá, habló de
contradanzas con Vuelta y Flores, y celebró mucho el talento músico de
Ulpiano, que dirigió la orquesta del baile.

Cualquiera mediano observador pudo advertir que, a vueltas de la
amabilidad empleada por Cecilia con todos los que se le acercaban, había
marcada diferencia entre los negros y los mulatos. Con éstos, por
ejemplo, bailó dos contradanzas, con los primeros sólo minués
ceremoniosos. Pero dio amplia rienda a su innato exclusivismo cuando se
le presentó el negro de las entradas profundas y la rogó le admitiera
como pareja para una danza o un minué. Eso sí, no llevó su negativa
hasta el no áspero y seco; le dio sus razones para no bailar con él, que
tenía comprometida la siguiente pieza, que se sentía muy cansada, etc.
El hombre no se dio por satisfecho, antes se mortificó lo que es
indecible y se alejó murmurando frases groseras y amenazantes.

No paró mucho en esto la atención Cecilia; pero cuando poco después se
paseaba con Nemesia y _seña_ Clara en torno de las mesas del ambigú y
tropezó con el negro de las entradas, que parecía en acecho reclinado en
la jamba de la puerta de uno de los cuartos laterales, tuvo miedo; y
apretando el brazo de su amiga la dijo en voz baja y apresurada:--¡Ahí
está!

--¿Quién? preguntó Nemesia volviendo el rostro.

--Mira, agregó Cecilia. Por acá. Ese.

En este momento el hombre se desprendió de la puerta y avanzó hasta
tocar con la barba en el hombro de Cecilia, a la cual sin más preliminar
le dijo:

--¿Conque no me ha creído la niña digno de ser su compañero esta noche?

--¿Qué dice Vd.? preguntó Cecilia más asustada que antes.

--Digo, continuó el negro echando una mirada siniestra a Cecilia, digo
que la niña me ha hecho un desaire.

--Si lo cree Vd. así le pido mil perdones, porque no be tenido tal
intención.

--La niña me dijo que estaba cansada y enseguida salió a bailar con
otro. No busque disculpa la niña (añadió de carrera conociendo que
Cecilia quería replicar), comprendo la razón por qué la niña me ha
desairado. La niña me ve prieto, pobremente vestido, sin amigos en esta
selecta reunión y se ha figurado que soy un cualquiera, un malcriado, un
pelagatos.

--Se equivoca Vd.

--Yo no me equivoco. Sé lo que digo, como sé quién es la niña.

--Señor, Vd. me toma por otra.

--La conozco más de lo que imagina la niña. La conozco desde que la niña
mamaba y gateaba. Conocí a su madre, conozco a su padre como a mis manos
y tengo muchos motivos para conocer a la mujer que la crió por más de un
año seguido.

--Pues yo no lo conozco a Vd., ni...

--¿Ni le importa tampoco a la niña? Lo comprendo. Debo decirle a la
niña, sin embargo, que la niña me desprecia porque se figura que como
tiene el pellejo blanco es blanca. La niña no lo es. Si a otros puede
engañar, a mí no.

--¿Me ha detenido Vd. para insultarme?

--No, señorita. Yo no estoy acostumbrado a insultar a las personas que
gastan túnico. Si como lleva túnico la niña, lleva calzones, crea que
no le hablaría así. Me molesta tanto más el orgullo que la niña gasta
conmigo...

--Bastante hemos hablado, le interrumpió Cecilia volviéndole la espalda.

--Como la niña guste, continuó él altamente irritado, mas déjeme decirle
que baje un poco el cocote, porque si su padre es blanco, su madre no es
más blanca que yo, y además, la niña es la causa de que me vea separado
de mi mujer por más de doce años.

--¿Y yo qué tengo que ver con eso?

--Debía de tener algo, pues mi mujer ha sido la verdadera madre de la
niña, como que la crió desde que nació, no pudiendo criar a la niña su
madre por estar loca...

--El loco es Vd., exclamó Cecilia en alta voz.

Nemesia y _seña_ Clara rodearon entonces a su amiga y trataron de
llevársela para la sala. Pero se detuvieron al ver a Tondá, a Uribe, al
oficial de éste y al mismo José Dolores Pimienta (bajo cuya protección
implícita estaba Cecilia), que oyeron el grito y acudieron presurosos
para averiguar lo que pasaba. El último nombrado fue el primero a
preguntarla.

--Nada. Ese moreno, dijo ella con soberano desprecio, se ha empeñado en
tener un lance conmigo... como me ve mujer.

--¡Cobarde! gritó Pimienta, convertido de repente en león el modesto
cordero.

Y se avalanzó al desconocido para castigarle; pero hurtó el cuerpo y se
puso en guardia.

José Dolores estaba desarmado y se contentó con añadir:

--¿Quién es Vd.?

--Soy quien soy, contestó el otro con impavidez.

--¿Qué busca Vd. aquí?

--Lo que me da la gana.

--Pues ahora mismo sale Vd. de la casa o lo echo a patadas.

--Quisiera verlo.

--¡A, perro! Habías de ser esclavo. ¡Afuera!

En ese punto intervinieron Tondá, Uribe y el oficial de sastre, sin cuya
presencia de seguro que se arma una riña sangrienta entre el galante
músico y el desconocido de las grandes entradas. El oficial dicho le dio
el nombre de Dionisio Gamboa, y habiéndole rodeado todos poco a poco,
fueron empujándole hasta ponerle materialmente de patitas en la calle.
Mientras se le llevaban así, volvía con frecuencia la cara y decía,
dirigiéndose a Cecilia:--Se figura que es blanca y es parda. Su madre
vive y está loca. Hablando después con Pimienta, decía:--Señor defensor
de las niñas, sangre de _chincha_, el que la debe la paga. No se ha de
quedar riendo. Ya nos veremos las caras. Al oficial de sastre, que le
repetía:--Cállate la boca, Dionisio Gamboa, vete a cocinar a casa de tu
amo, no te metas a farolero, porque pueden darte un bocabajo que te
chupes los dedos; casaca, suelta a ese hombre, le decía:--Yo no me llamo
Gamboa me llamo Jaruco. Y acuérdate que también me la debes.

Afectaron un tanto a Cecilia la conducta y sobre todo las palabras del
negro de las entradas. Daba la casualidad que cuanto dijo respecto de
sus padres, coincidía extrañamente con lo que ella misma había antes
oído y sospechado. El lenguaje misterioso que empleaba la abuela siempre
que del caballero que las favorecía se trataba, era bastante para
hacerla pensar a veces que debía de tener con ella alguna otra relación
que la de un mero galanteo, aun cuando no le pasara por la mente que
fuese su padre el padre de su amante. Este no la amaría ni la prometería
unión eterna si supiera, como debía saberlo, que ligaba a los dos tan
cercano parentesco. Por lo tocante a su madre, la abuela, mejor
autoridad que el cocinero de Gamboa, si bien no la aseguró jamás que
hubiese muerto, no la afirmó tampoco que viviese, menos aun que
estuviese loca. La mujer a quien _seña_ Josefa solía visitar en el
hospital de Paula, según lo poco que se le había escapado de los labios
en momentos de vivo pesar y honda tristeza, no era hija suya, siquiera
sobrina; tal vez pariente de pariente de una amiga íntima de la mocedad.
El cocinero Dionisio Gamboa o Jaruco estaba por fuerza equivocado,
repetía meros rumores, hablaba de memoria.

En tal virtud, y teniendo en cuenta la edad y carácter alegre de
Cecilia, no es de extrañarse que, tras pasajera preocupación, se
entregase de nuevo en brazos de los placeres que le brindaba el baile.
Sin embargo, en medio del torbellino de la danza y del incienso de
adulación con que los hombres pretendían embebecerla, la inquietaba a
veces el pensamiento del riesgo que corría el hermano de su amiga
Nemesia, por haberla defendido de los insultos de un loco o de un
asesino.

Por eso, como mujer agradecida, desde aquel punto empezó a sentir por
José Dolores una especie de simpatía que no había sentido nunca, y en
descuento de la deuda contraída no tuvo empacho en manifestarle sus
temores. Riose él de ganas al oírla, replicándole, quizás para
tranquilizarla que el Dionisio Gamboa, Jaruco o lo que fuese, era un
miserable esclavo, muy bocón para parársele delante fuera del baile,
porque dice el refrán que perro que mucho ladra no muerde. Observole
Cecilia que siendo esclavo y cobarde era más de temer, pues atacaría a
traición, no cara a cara. Replicó a esto José Dolores, que,
efectivamente, tenía que ir prevenido y con los ojos muy abiertos, no
fuera que le dieran por la espalda; pero que por lo demás ya él se había
armado con un cuchillo que le acababa de prestar un amigo, y que tenía
que ser lince el hombre que le matase del primer _viaje_.

Después del ambigú y de otra danza entre las doce y la una de la
madrugada, terminó el baile y cada cual marchó para su casa. _Seña_
Clara, de brazo con Uribe, su marido; Cecilia y Nemesia con el hermano
de ésta, en unión agradable se dirigieron a lo largo de las casuchas que
había por aquel lado de la calzada, en dirección de la puerta de la
muralla, llamada _de Tierra_ por ser la más inmediata. Al acercarse a
la primera esquina de la calle de Cienfuegos o Ancha, notó Cecilia la
sombra de un hombre que, ganándoles la delantera, torció por allí a la
derecha. Sospechó desde luego quién podría ser y trató de llamarle la
atención a su compañero, al lado opuesto, indicándole el café nombrado
de Atenas, solitario y oscuro, cerca de la estatua de Carlos III, a la
entrada del paseo. Pero el hombre no pasó de largo cual ella esperaba;
se plantó en la esquina y dijo alto:--Sinvergüenza, sangre de _chincha_,
ven para acá, si eres guapo.

Preciso era que José Dolores tuviese sangre de ese insecto para que se
desentendiese de un desafío semejante, hecho delante de la dama de sus
pensamientos. Hizo, pues, por desprenderse de sus compañeras, las
cuales, sujetándole cada una por un brazo, habrían conseguido el intento
si no acude en su ayuda Uribe diciendo a las muchachas:

--Dejen que le dé una _mojada_.

Así fue. José Dolores sacó el cuchillo, tomó el sombrero en la mano
izquierda para usarle como la capa el matador delante del toro, y siguió
los pasos del contrario sin acercarse demasiado.

Cecilia, con Nemesia y _seña_ Clara, agarradas de las manos y de Uribe,
todas temblorosas y con la ansiedad que es de imaginar, se estuvieron a
esperar cerca de la esquina el resultado de una lucha que no podía menos
de ser sangrienta. A poco más oyeron la voz argentina de José Dolores
que dijo:--Aquí; y la ronca del negro que respondió:--Aquí. Y comenzó
sin más la horrible brega.

La carencia absoluta del alumbrado público, junto con la oscuridad de
una noche sin luna, impedían ver claro los movimientos de los
combatientes, no obstante la proximidad a que estaban del grupo
espectador. Suponiendo que Dionisio tuviese el valor sereno de José
Dolores, no tenía su agilidad y mucho menos su destreza en el manejo del
cuchillo. Esto se echó de ver pronto, porque tras unos pocos esguinces y
quites con el sombrero, se oyó primero un ruido extraño, como de tela
nueva que se rasga con fuerza, y de seguidas el bronco de un cuerpo
pesado que da en tierra. Cecilia y Nemesia dieron un grito penetrante y
cerraron los ojos. ¿Quién de los dos había caído? ¡Momento de terrible
ansiedad!

Mientras el caído continuaba gimiendo sordamente, el otro pareció
acercarse a paso menudo hacia la calzada. En segundos, que no en
minutos, salió de la densa oscuridad que le rodeaba, mucho más densa
para los ojos de los que le aguardaban y que del sobresalto no podían
ver claro. Venía riente, ligero como un gamo, envainaba el cuchillo y se
ponía el sombrero hecho trizas. Era José Dolores Pimienta. Cecilia fue
la primera a recibirle, y sin saber lo que hacía, por un impulso de su
alma generosa y sensible, le echó los brazos al cuello, preguntándole
con cariño:--¿Te han herido?

--¡Ni un arañazo! contestó él, tanto más orgulloso cuanto que sentía
sobre su corazón la cabeza de la mujer a quien adoraba sin esperanza de
correspondencia. En oyéndole ella, lloró de pura alegría cual la niña
que recupera su muñeca cuando la juzgaba irrevocablemente perdida.



TERCERA PARTE



CAPÍTULO I

     _Tú vistes de jazmines Al arbusto sabeo,
      Y el perfume le das que en los jardines
      La fiebre insana templará a Lieo._

         A. BELLO


Separose Leonardo Gamboa de su familia después de almuerzo en la dehesa
o potrero de Hoyo Colorado, y en la amable compañía de Diego Meneses
tomó por entre Vereda Nueva y San Antonio de los Baños, la vuelta de
Alquízar, rumbo al sudoeste de su punto de partida.

A pocas leguas se hallaron en lo que llaman por ahí _Tierra Llana_,
planicie extensa e igual, cuyo centro por esa parte lo ocupa la
población últimamente nombrada. Su fondo es un calcáreo muy poroso y
puro, cubierto de una capa de tierra rojiza, o color de ladrillo, a
trechos bastante espesa y suelta, acusando el óxido de hierro de que
está cargada y de una fertilidad prodigiosa. Con algunas interrupciones
de nivel se dilata hacia el oeste hasta Callajabos, al pie de las
serranías de la Vuelta Abajo y hacia el este hasta los últimos límites
de Colón, siendo su latitud general estrecha.

Por supuesto, en las porciones más elevadas de dicha mesa, no se ven
fuentes naturales, ni llueve tampoco a menudo; pero es tan copioso el
rocío nocturno, que moja el suelo y refresca la vegetación. No
conociéndose en el país ningún sistema de regadío, a ese fenómeno
meteorológico hay que atribuir la lozanía con que crecen y el verde
esmeralda con que se visten las plantas en todas las estaciones del año.
En cambio, el descuaje del arbolado, el cultivo general de la mesa,
particularmente de aquella parte que iban recorriendo nuestros dos
viajeros, habían ahuyentado los pájaros de cuenta, y apenas si se veían
uno que otro grupo de judío de vuelo pesado y penetrante graznido, un
par de tímidas tojosas, una fugaz bijirita y pequeños tomeguines
escondidos en los arbustos inmediatos.

Mientras más se alejaban de Hoyo Colorado, más cafetales encontraban a
uno y otro lado del camino; como que esas eran las únicas fincas rurales
de cierta importancia en la porción occidental de la mesa, al menos
hasta el año de 1840. Hablamos ahora del famoso jardín de Cuba,
circunscrito entre las jurisdicciones de Guanajay, Güira de Melena, San
Marcos, Alquízar, Ceiba del Agua y San Antonio de los Baños. No se
fundaban entonces ahí granjas para la explotación agronómica, en el
sentido estricto de la palabra, sino verdaderos jardines para la
recreación de sus sibaritas propietarios, mientras se mantuvo alto el
precio del café.

Contra el sistema legal de mensuras observado en Cuba desde _ab initio_,
estaban divididas esas bellísimas fincas en figuras regulares,
prevaleciendo el cuadrado, y acotadas todas con setos de limoneros
enanos, con zarzas y más comúnmente con tapias de piedra seca, o cercas
primorosas y artísticamente construidas. Cubríanse éstas de enredaderas
o aguinaldos, especialmente de campanilla blanca, los cuales abrían por
Pascuas de Navidad, daban aspecto risueño a la campiña con sus níveas
flores, en contraste con el verdor fuerte del arbolado cercano, mientras
que con su exquisito y trascendental perfume embalsamaban el ambiente
por millas y millas a la redonda.

Sus ostentosas y cómodas viviendas no caían en las anchas calles o
calzadas que separaban entre sí los diferentes predios. Más bien
buscaban la reclusión y el sombrío que brindaba el interior, como que
crecía ahí más frondoso el naranjo de globos de oro, el limonero
indígena y exótico, el mango y la manga de la India, el árbol del pan,
de ancha hoja; el ciruelo de varias especies, el copudo tamarindo de
ácidas vainas, el guanábano de fruta acorazonada y dulcísima, la
gallarda palma, en fin, notable entre la gran familia vegetal por su
tronco recto, cilíndrico, liso y grueso como el fuste de una columna
dórica, y por el hermoso cerco de _pencas_ con que se corona
perennemente.

A flor del camino sí erigían la entrada, portal, mejor, arco triunfal,
bajo cuya sombra, como por las horcas caudinas, había que pasar para
coger la ancha avenida, flanqueada de palmas y naranjos, que conducía a
la apartada vivienda señorial, oculta allá en el espeso arbolado. Aún
después de haber avanzado bien adentro, no siempre descubría de lleno el
caserío, ni se llegaba a él derecho; porque a menudo ocurría dividirse
la avenida en dos ramales, describiendo dos medios círculos, uno de
entrada, otro de salida, que limitaban de un lado los cafetos o setos de
zarzas, y del opuesto los jardines de flores, desplegados a un tiempo a
la vista del sorprendido viajero. Siguiendo por cualquiera de esos
medios círculos, de seguro que se daba con la morada de los dueños y sus
dependencias inmediatas en primer término; después con la casa, por lo
general exenta, del molino, en el centro de una como plaza o batey, en
torno del cual se hallaban los tendales o secaderos de café, los
almacenes o graneros, las caballerizas, palomar, corral de gallinas y la
aldea formada por las cabañas de paja de los esclavos.

Leonardo Gamboa y su amigo, con los caballos algo sofocados, cubiertos
ya unos y otros del polvo bermejo y sutil de la tierra llana, avistaron
los linderos del cafetal _La Luz_, perteneciente a don Tomás Ilincheta,
cosa de media legua distante del pueblo de Alquízar, pasadas las cuatro
de la tarde del 22 de Diciembre de 1830. Por la derecha de los viajeros,
bajo un cielo azul y sin nubes, se ponía entonces el glorioso sol de los
trópicos, cuyos abrasadores rayos lanzaban manojos de luz a través de
las ramas de los árboles, tendiendo cada vez más larga la sombra de las
palmas sobre el campo verde, tachonado de gayadas flores, a tiempo que
encendían el átomo térreo impalpable que se cernía en el tranquilo
ambiente.

Resonaba a lo lejos con las pisadas de las caballerías el fondo poroso y
hueco de la tierra llana; de manera que, mucho antes de que los jinetes
tocaran el portal de la finca, ya se hallaba en la reja de hierro,
dispuesto para abrirla, el portero negro, que acababa de salir de una
especie de garita grande de mampostería y teja plana, hacia la
izquierda. Reconoció desde luego a aquéllos y los recibió con los
escorrozos tan propios de las gentes de su raza y condición diciendo:

--_¡Ojó! ¡ojó!_ Niño Leonardito ¿_ya sumerce vinió_? ¡Ah! ¡Ah!, y el
niño Dieguito _asina_ mismo.

--¿Cómo está la familia, congo? le preguntó Leonardo.

--_Toos güenos, grasi Dió._ Ahorita _dentraron_ las niñas con doña
Juanita. _Vinían_ del _protero_. Milagro que no se toparon con ellas los
niños. Si susmercés _jarrean_ un poco _entoavía_ las alcanzan más _pacá_
de la casa.

Y agregó luego hablando con Leonardo:--¡Ah! ¡_Qué si va a legrá_ la niña
Isabelita! ¡Y la niña Rosita! (hablando con Meneses). _¡No mi diga!_

Los dos jóvenes se sonrieron y continuaron al paso de sus caballerías
por el centro de la magnífica alameda, deseando en secreto, por extraña
coincidencia de sentimientos, que se alargase algo más el término de su
camino. Es que en los momentos de comparecer ante las damas de sus
amores, temía Leonardo que le recibiese la suya, no cual solía, como
amiga y amante tierna, sino como juez severo y duro, por sus pasadas
flaquezas y veleidades. Para decir verdad, sentía algo que se parecía
más a la vergüenza que al contento. Diego, por su parte, próximo a
realizar el deseo más vivo e íntimo de su pecho, el de volver a ver a
Rosa en su paraíso de Alquízar, después de un año de ausencia, quería
probar si retardando el momento apetecido, se calmaba un tanto el
tumulto de su sangre y podía saludarla con la compostura del respetuoso
caballero.

Pero por ahora, ni la satisfacción de este capricho les fue dado
realizarlo a nuestros amigos. Porque en desviándose de la avenida que
traían, alcanzaron a ver a las hermanas penetrando en lo más intrincado
del jardín, allí donde los rosales de Alejandría, los jazmines del Cabo
y las clavellinas, competidores de los más bellos de que se precian
Turquía y Persia, si no acertaban a envolverlas con sus ramas, sin duda
que las envolvían con sus emanaciones aromáticas.

También las jóvenes, por las pisadas de los caballos, se apercibieron de
la presencia de los viajeros, reconociéndolos, especialmente al primero
que puso pie a tierra, abandonando la montura a su albedrío, y fue
Leonardo Gamboa. Rosa, más joven y cándida que la hermana, hizo una
exclamación involuntaria de alegría; Isabel experimentó sentimiento
opuesto. Recordaba que su despedida de La Habana no fue agradable ni
cordial, y creía que antes de dar entrada en su pecho al placer con que
solía recibir a Leonardo, necesitaba cuando menos una explicación suya
satisfactoria de lo pasado.

Ni Leonardo ni Diego se hallaban en aptitud de leer claro en el
semblante de sus amigas lo que pasaba en sus espíritus cuando llegó el
momento de saludarse, según el modo frío y rígido que piden las
costumbres cubanas, esto es, sin el significativo apretón de manos. Fue
bien marcado, no obstante, el cambio que se operó en el rostro de las
dos hermanas. El de Isabel asumió aspecto serio y pálido; el de Rosa
tomó el color de la flor de su nombre; y por breve rato, ellos ni ellas
supieron qué hacerse ni qué decir. Tocó al cabo a la más avisada de las
mujeres el advertir la embarazosa posición de todos, y, para salir
pronto del paso, acudió a una de las coqueterías características de su
edad y sexo. Tenía Isabel en la mano una rosa de Alejandría, abierta
aquella misma tarde, y se la prometió a Meneses diciendo:

--¿No es ésta su flor preferida?

Asomáronsele los colores a la cara del agraciado, y se puso más colorada
que antes la de Rosa, quien, ya quisiese ocultar su propio rubor, ya
enmendar el aparente desaire hecho a Gamboa, se quitó un clavel que se
había prendido en el cabello y se lo dio balbuceando:--¿No es ésta la
flor que prefiere el amigo Leonardo?

Bastó esto poco a romper el encanto; sólo que por aquella tarde y noche
Isabel se dedicó a obsequiar y atender a Meneses, aunque no veía el
momento de conciliación con Leonardo. Entre tanto, juntos los cuatro
fueron al encuentro de doña Juana y del señor Ilincheta que venían a
saludar a los recién llegados.

Desaparecía por entonces la claridad del día, y el airecillo de la
noche, por más que viniese cargado de los perfumes de las flores y de
las emanaciones gratas que emite el campo a esa hora, empezó a dejarse
sentir. Las señoras, sobre todo, tuvieron que apelar al abrigo
acostumbrado, el pañolón de seda, echado al desgaire sobre los hombros.
Pero en los momentos de trasladarse a la sala, resonó el melancólico
tañido de la campana de la queda en los cafetales circunvecinos y en el
de _La Luz_, llamando a amos y esclavos a la oración y al recogimiento.
En oyéndolo doña Juana, sus sobrinas, los dos jóvenes y don Tomás
Ilincheta, éstos con los sombreros en la mano, y los criados del
servicio inmediato de la familia con los brazos cruzados, todos de pie,
aquella señora comenzó diciendo:--¡Ave María Purísima!; a que
contestaron los circunstantes en coro: Sin pecado concebida.--El Ángel
del Señor (prosiguió la señora) anunció a María que el Hijo de Dios
Padre encarnaría en sus entrañas, para redención del mundo. ¡Ave María!
María Santísima lo admitió diciendo: ves aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra ¡Ave María! El Hijo de Dios se hizo
hombre, y vivió entre nosotros. ¡Ave María!

Dadas las buenas noches, las hijas primero y tras ellas los criados,
besaron la mano de doña Juana y de don Tomás, y recibieron en
contestación el usual _Dios te haga una santa_, o _un santo_.

De seguidas una criada avisó a Isabel que el Contramayoral la esperaba
en el otro lado del pórtico. Pidió ella permiso a los huéspedes. Su
padre, hablando con éstos, explicó el motivo de su ausencia
diciendo:--Es mi Mayordoma, cajera y tenedora de libros, y cree que
primero es la obligación que la devoción. Lleva cuenta del café que se
recolecta, del que se descascara, escoge y ensaca, del que se remite a
La Habana. Cuando se vende, glosa ella las cuentas del refaccionista,
cobra y paga. Todo como un hombre. En una palabra, desde que murió mi
esposa, que santa gloria haya, mi Isabel está hecho cargo de la casa,
del cafetal y de todos mis negocios. ¡Ay! No sé qué sería de mí si
también ella me faltase.

¿Quién era el Contramayoral? Un negro como un trinquete, del color de la
pez, cari-ancho, de aspecto franco y mirada inteligente. No bien se
apareció su ama, la hizo una genuflexión para pedirla su bendición,
porque él mismo acababa de dirigir el rezo de sus treinta o más
compañeros en medio del batey, a la luz de las estrellas.

--Niña, la dijo, aquí está la cuenta de _lo barrí llenao_ hoy. ¿Y le
alargó un papel? ¿La hoja de una planta con signos caligráficos o
aritméticos? Nada de eso. Aunque aquel esclavo había aprendido de coro
ciertas oraciones del catecismo que le enseñaron para bautizarle, no
sabía escribir ni pintar guarismos. La cuenta de que hablaba se reducía
a dos o tres varas cortas de un arbusto del campo, con muchos cortes o
muescas de través, tarjas o quipos modernos para indicar el número de
barriles de café recolectados durante ocho horas de trabajo.

Con pasar Isabel las yemas de los dedos por las muescas de las tarjas,
conoció que no había sido abundante la recolección, y así se lo dijo al
esclavo.

--Niña, se apresuró él a explicar en su guirigay especial la causa de la
deficiencia. _Niña, la safra va de vencía_, no queda café _maúro_ en la
mata, _ni pa remedia. Brujuliando po aquí y po allí se ha llenao 25
barrí._

--Está bien, Pedro, repuso Isabel. No hay para qué estropear las matas,
ni que tumbar el grano verde. Sería mucho menor la zafra el año entrante
si eso se hiciera. Escúchame Pedro, con atención. Mañana bien temprano
pon toda la gente a limpiar el batey y las guardarrayas principales
hasta las nueve. Tenemos visitas y quiero que todo esté aseado y bonito.
Por la tarde es preciso que unos pilen y avienten el café seco, y que
otros, las mujeres y los más débiles, a escoger. El caso es aviar todo
el pilado y aventado, mañana mismo si es posible.

--_Asina si jará, niña._

--¡Ah! Lo principal se me olvidaba, agregó Isabel en tono triste. A
Leocadio que dé bastante maíz y yerba al trío moro y al trío dorado,
porque tienen que emprender largo viaje pasado mañana.

--_¿Va a salí lamo?_

--No, tía Juana, Rosita y yo, que vamos a pasar las Pascuas en la Vuelta
Abajo.

--_¡Anjá! La niña si va otra vuelta, la casa parece robá._

--Papa se queda. Estamos convidados a pasar las Pascuas como digo, con
la familia del señor Gamboa en su ingenio _La Tinaja_, allá lejos, muy
lejos, por el Mariel. Han puesto una gran máquina de vapor para moler
caña; romperá la molienda la víspera de Pascuas y aguardan por nosotros.
Aquí han llegado a buscarme el niño Leonardito y el niño Diego Meneses,
que tú conoces.

--_¿Con que si va otra vuelta?_, repitió el Contramayoral pensativo.

--Estaremos ausentes muy poco tiempo, cuando más hasta después del
domingo de Niño perdido. Me da mucha pena dejar a papá solo. Pero espero
en Dios que no le sucederá nada, antes me prometo que Vds. le cuidarán
bien.

--_Asina si jará niña._

--Pero si por desgracia se enfermare en nuestra ausencia, te encargo,
Pedro, que sin pérdida de tiempo me despaches un propio al ingenio _La
Tinaja_, cerca del pueblo de Quiebrahacha. Acuérdate de estos dos
nombres: _Tinaja_ y _Quiebrahacha_.

--_Asina si jará, niña._

--Rafael o Celedonio, cualquiera de los dos, sirve para el mandado.
Ellos conocen el camino de aquí a Guanajay; de allí al Quiebra Hacha se
sabe que quien tiene lengua a Roma va.

--_Asina si jará, niña._

--Bueno, confío en ti, Pedro. Es un gran descanso para nosotros, cuando
salimos, dejar el cuidado de la casa y de la finca a un hombre tan
racional y honrado como tú.

Ni porque le hicieron este elogio franco cuanto sincero, hizo uso el
negro de su conocida muletilla. Sólo sacudió la cabeza cual si quisiera
desterrar una idea enojosa, y volvió a un lado el rostro, sin darle la
espalda a su señorita, lo cual habría sido una falta de respeto.

--Atiende, Pedro, continuó Isabel. Hay que traer del potrero el caballo
careto para llevar a Guanajay uno de los dos tríos. El que le lleve, sea
Rafael o Celedonio, debe salir al Ave María o con los primeros claros
del día de pasado mañana, apearse en la posada de Ochandarena, frente a
la plaza, hacer que bañen y den un buen pienso a los caballos y aguardar
por nosotros, pues tendrá que regresar con el trío que saquemos de acá.
¿Recordarás todas estas cosas, Pedro?

--_Mi ricorde, niña_, dijo el Contramayoral afectado; añadiendo a la
carrera: _Le pobre negre va a tené una Pacua mu maguá._

--¿Por qué? preguntó Isabel con exagerada sorpresa. Le diré a papá que
les deje tocar tambor en los dos días de Pascuas y el día de Reyes.

--_Ma como la niña no etá allante, le negre no se diviete._

--¡Qué bobería! Nada, a bailar, a divertirse para que esté contenta la
niña cuando vuelva del paseo. ¡Eh! Nada más, Pedro.

Se retiraba éste despacio y de mala gana, e Isabel, que quedaba
pensativa apoyada en el barandal del pórtico, llamole luego,
diciendo:--Pedro, ¿ya lo ves? Por tus interrupciones y majaderías se me
iba o olvidar una de las cosas que tenía más presente. Debo hacerte otro
encargo, mi último encargo. Mira, Pedro, estoy pensando que por sí o por
no, lo mejor será que guardes el látigo en tu bohío hasta después de
Pascuas. Sí, sí, mejor será pues mientras le tengas en la mano has de
querer usarlo, y yo no quiero que se levante el látigo para nadie, ¿lo
oyes, Pedro? Que no suene el látigo en mi ausencia.

--_Le negre etá perdío_, dijo Pedro sonriéndose, _por mor de la niña_.

--Me importa poco, replicó Isabel con firmeza. Tú sabes que papá botó al
mayoral en abril porque daba mucho cuero. Recuerda que la cogió contigo.
No ha de oírse un latigazo en el cafetal en mi ausencia. Lo repito, lo
quiero así, lo mando, Pedro.

Volviendo de su breve diálogo con el Contramayoral, encontró Isabel
puesta la mesa para la cena en medio de la sala. Serían las ocho de la
noche. El lujo de la vajilla de plata, de cuyo metal eran hasta los
grandes macizos candeleros, parecía competir con la abundancia de los
manjares. Mas nada de esto se hacía por vano alarde. En primer lugar,
porque habiendo comido la familia a las tres de la tarde, según la
costumbre del campo entonces, suponían que los dos huéspedes tuviesen
hambre y querrían satisfacerla. En efecto, las señoritas, la tía y el
señor Ilincheta, que por cumplimiento habían ocupado juntos un costado
de la mesa, participaron únicamente del chocolate o del café con leche;
haciendo, eso sí, Isabel, los honores con gracia y naturalidad
características.

Tras la cena y una conversación agradable, se levantó don Tomás y se
retiró a su cuarto, recomendando a sus hijas no detuvieran mucho a los
huéspedes, quienes por fuerza estarían cansados y desearían reposar de
las fatigas del viaje.

La casa vivienda del cafetal _La Luz_ estaba hecha a la francesa, es
decir, conforme al sistema que para habitaciones tales se seguía en las
fincas de igual naturaleza por los criollos de la Guadalupe y Martinica;
pues de hecho la había trazado y dirigido un arquitecto natural de una
de esas islas. El plano figuraba una cruz con dobles brazos, cuyo centro
lo ocupaba la sala, y las ocho alcobas, ambos brazos de la misma,
formadas por dos pasillos que terminaban en dos saletas, debajo de los
cobertizos de las culatas de la casa. En los ángulos de los pórticos
había cuatro cuartos que interiormente se comunicaban con las saletas
dichas, y exteriormente con los jardines y aquéllos. Los pórticos, pues,
se extendían cuanto la sala, corrían paralelos a ella y estaban cerrados
por barandillas de madera y por cortinas de cañamazo en vez de
persianas. El techo del cuerpo principal estaba formado con las hojas de
la palma llamada _cana_, por su espesor, duración y frescura; y el de
los pórticos o cobertizos con teja plana. Las puertas y ventanas, en
número por cierto excesivo, abrían todas hacia afuera, dejando entrar a
raudales, al menos de día, la luz y el aire siempre cargado con el
perfume de las flores o de las frutas en que tanto abundaba aquella
morada encantadora.

Por razones que es fácil colegir, las señoras no siguieron desde luego
el ejemplo del amo de la casa. Los jóvenes no sentían inclinación
ninguna a separarse por el resto de la noche, sin comunicarse con una
palabra, con una mirada aunque fuese algo de lo mucho que bullía en sus
cabezas. Así es que, por instinto casi, después de la cena volvieron al
pórtico fronterizo y emprendieron paseos de arriba a abajo, en dos
grupos: el de Isabel con su tía y Meneses y el de Rosa y Leonardo a
retaguardia. A la primera vuelta preguntó éste a aquélla, en tono bajo,
indicando a la hermana mayor:

--¿Qué tiene la niña?

Este era casualmente el primer verso de una canción muy popular
entonces; y Rosa, que era viva y traviesa, contestó al punto con el
segundo verso que la daba nombre:

--Sarampión.

--¿Con qué se le cura?, volvió a preguntar Leonardo con el tercer verso.

--Con coscorrón; concluyó Rosa sin poder tener la risa.

--¿De qué se ríen Vds.?, preguntó Isabel muy atenta a lo que pasaba a
sus espaldas.

--No le diga, Gamboa, dijo Rosa. Déjela con su curiosidad. Ella no es de
nuestro bando.

Parecía que Isabel se proponía monopolizar por el resto de la velada la
conversación y la sociedad de Diego Meneses. De aquí el motivo aparente
del pique de Rosa con ella, según lo revelaban sus últimas palabras. La
misma sospecha y con igual copia de razones podía abrigar Isabel
respecto de su hermana menor, dado que desde el principio se apropió las
atenciones y compañía de Leonardo. Mas ninguno de los jóvenes estaba
satisfecho de sí mismo ni del otro. Esta era la verdad; de suerte que se
cansaron de los paseos más pronto de lo que podía razonablemente
esperarse, sólo que en vez de sentarse se apoyaron como por acaso en la
barandilla, quedando, también casualmente, cual deseaban en secreto:
Isabel al lado de Leonardo. Rosa al de Meneses, y doña Juana fuera del
grupo. Amaba ésta a sus sobrinas con amor de madre, como quien las había
criado desde pequeñuelas; deseaba su establecimiento, y, siendo ella
casamentera de índole, claro está que no tomó a mal una eliminación
mediante la cual aquéllas podían tener un rato de íntima comunicación
con sus galanes.

Reinaba en torno de la casa la calma más profunda, habiendo abatido el
airecillo que se levantara a las puestas del sol. No se movían las ramas
de los árboles, ni era bastante la luz de las estrellas, ni la
transparencia del cielo para reflejarse en las anchas hojas del plátano,
cuyo tallo fibroso sobresalía entre los enanos y espesos cafetos. El
único rumor que se apercibía era el distante y sordo procedente de
esclavos, los cuales, antes de entregarse al descanso, preparaban la
frugal cena a la lumbre de sus bohíos mientras discutían la novedad de
la noche, a saber: la próxima ausencia de su señorita. Pero más cerca de
nuestros jóvenes no puede decirse con exactitud que formaban ruido
apreciable el chirriar de los grillos ocultos en la yerba, ni el aleteo
de las mariposillas nocturnas que con fugaz zumbido pasaban del jardín a
la casa, atraídas por la luz de la vela dentro de la guardabrisa o fanal
en la mesa del centro de la sala.

El sitio, pues, la hora, el silencio de la tierra y del cielo, el
aspecto sombrío del pórtico ancho, gacho y de limitado horizonte por el
espeso arbolado inmediato, la misma lucha de la débil claridad
artificial interior con la oscuridad exterior, todo predisponía a la
exaltación de las pasiones de los jóvenes, arrobadas sus almas en la
contemplación del bellísimo cuadro que los rodeaba por todas partes. En
tales momentos, las mujeres menos agraciadas parecen aéreas y adorables;
los hombres más tímidos se atreven a todo, y sintiendo más se expresan
con mayor elocuencia.

--Isabel, dijo Leonardo, me extraña tu conducta conmigo.

--Califíquela, repuso Isabel sonriendo.

--No me corresponde calificarla, por la sencilla razón de que soy el
agraviado.

--¿Eso más? Pues era lo que faltaba.

--¿Te sorprende? ¿Cómo se compagina, si no, nuestra amigable despedida
de La Habana (por mi parte, se entiende), con tu silencio e indiferencia
enseguidas...?

--¿Sin motivo que justificara el cambio?

--Sin motivo que lo justificara. Yo al menos no he podido penetrarlo
todavía.

--Refresque Vd. la memoria de los hechos.

--Nada, Isabel, no alcanzo, desconozco el motivo.

--¿De verás?

--De veras.

--Entonces he sido una loca, una tonta, he visto visiones.

--Tanto como eso no, Isabel. ¿No te ocurre que hayas podido interpretar
mal un acto inocente mío o de otra persona hacia mí?

--Si no se trata de interpretaciones, señor don Leonardo, se trata de lo
que yo vi con mis ojos.

--Sepamos lo que vio mi señora doña Isabel con sus ojos.

--Vi lo que Vd. vio, mejor dicho, lo que le pasó Vd. al estribo del
quitrín.

--¿Y ése era motivo suficiente para que tú me perdieras el cariño y
estuvieras a punto de olvidarme?

--Lo era y grande, para enojarse cualquier mujer de vergüenza, por mucho
que la cegara la pasión.

--Veo claro, Isabel, que en todo ello ha habido una equivocación de tu
parte, y que, sin quererlo has sido injusta conmigo.

--Explíquese Vd., dijo Isabel con aparente ansiedad.

--Te diré en pocas palabras lo que pasó, continuó Leonardo, poniéndose
colorado, porque de hecho pensado iba a mentir. Mientras te decía el
último adiós, naturalmente extendí un pie sobre la acera. Una de las dos
mulatas que pasaban tropezó conmigo, y, creyendo que le había armado una
zancadilla, llena de ira me dio un empellón. Tú sabes lo insolente que
son esas mujerzuelas cuando se creen ofendidas.

--Sí, dijo Isabel pensativa. Después de un breve rato añadió: Mas ¿qué
motivo le di yo para que me dijese la palabra indecente que aún me zumba
en los oídos?

--Tu exclamación, Isabel, y luego el llamarla Adela, cuando tal vez se
llamaba Nicolasa o Rosario fue sin duda lo que aumentó su cólera.

--Si la llamé por el nombre de Adela, mejor dicho, si en mi exclamación
solté ese nombre, fue porque me figuré que era ella su hermana de Vd.
Además de tomarla por el vivo retrato de Adela, no pude, ni debí
imaginar que otra mujer tuviese con Vd. semejantes bromas.

--¡Toma! El cuento es que no hubo broma de su parte.

--Luego ella le conoce a Vd. y le maltrató por... celos.

--La conozco de vista, lo confieso, ya me había llamado la atención su
semejanza con mi hermana Adela; mas no la he dado jamás ocasión a
encelarse de mí.

--Quizá le ama a Vd. en secreto.

--No tendría nada de particular, sólo que en mi vida le he dicho «ojos
negros tienes».

--Sentiría hacer a Vd. una injusticia, Leonardo. Las apariencias, sin
embargo, le condenan.

--No, Isabel, no. Soy inocente. Si te engañase en este momento, si no te
dijese toda verdad, si te pintara una pasión que no sentía, si en
consecuencia te hubiese dado justo motivo de agravio, sería el más malo
de los hombres...

--Está bien; doblemos la hoja, le interrumpió Isabel convencida.

--¿Pelillos a la mar?, le preguntó Leonardo con amoroso acento.

--Pelillos a la mar, contestó ella con celestial sonrisa. No habría
dicha para mí si me viese condenada a dudar de la palabra del hombre a
quien tenía por amigo y caballero.

--Bien, agregó Leonardo más animado. ¿No crees tú que debíamos sellar
esta dulce reconciliación...?

Diciendo esto dejaba correr disimuladamente la mano por el barandal para
coger la de Isabel, que se apoyaba en el mismo. Pero ella, evitando la
ocasión, evitó el peligro. Se puso seria y pasó al lado de su tía, a
quien dijo alto que era hora de recogerse. El reloj de Leonardo marcaba
las once de la noche.

Había volado el tiempo. Diego Meneses, no obstante sabedor de que la
ocasión la pintan calva, supo aprovecharla lo que bastaba para hacer a
Rosa una formal declaración de amor; habiendo encontrado el tema o
pretexto de la conversación en el regalo del clavel que esa joven hizo a
Leonardo en el jardín. ¡Cándida paloma del vergel de Alquízar! Ella, que
no había escuchado antes un «te amo, Rosa» dicho con intención y con
fuego. Ella, que se sentía atraída hacia aquel joven como la aguja al
imán, como la avecica a la serpiente, no pudo desviar la atracción,
deshacer el encanto; no encontró a mano gesto, palabra ni ardid para
negar que había sucumbido y que también amaba a su tentador desde la
primer temporada que pasaron juntos en el cafetal _La Luz_.



CAPÍTULO II

     _Y en los bellos cafetales
      todo es frescura y olores,
      besadas sus blancas flores
      por las brisas tropicales._

         J. PADRÍÑEZ


Como novia de Cupido desde la víspera, Rosa Ilincheta, por el temor
pudoroso de encararse con su cómplice a la clara luz del día, retardó
cuanto pudo su salida del tocador. Pero Isabel tenía obligaciones que
llenar y bien temprano apareció en el pórtico del sur de la casa con la
sombrilla en la mano derecha, una cestita calada al brazo izquierdo por
el aro, y por todo abrigo el pañolón de seda bordado de realce.

Asomaba entonces el sol por un ángulo de la casa, alumbrando una parte
del jardín y proyectando la sombra de aquélla y de los árboles, por
largo trecho, sobre el espacioso batey de la finca. Había sido abundante
el rocío de la madrugada. Empapado estaba el césped, apagado el polvo
bermejo de los caminos y las hojas de las plantas y las corolas de las
flores cuajadas de menudos aljófares; otros tantos prismas que
descomponían la luz del almo sol, al recibirla de soslayo.

Echó Isabel una mirada inquisitiva por todo el país desplegado ante
ella, y se aventuró fuera del pórtico; porque desde allí echó a ver una
rosa de Alejandría que acababa de abrirse al dulce calor solar, en el
cuadro del sudeste del jardín. Cortola sin punzarse ni mojarse, y cuando
se adornaba con ella la espléndida trenza de sus cabellos, volvió
maquinalmente los ojos hacia la casa y le pareció que uno de sus
huéspedes la observaba desde el postigo de la ventana del cuarto, en el
extremo del pórtico, donde en efecto se habían los dos alojado. Era
Diego Meneses, que por no haber disfrutado de sueño tranquilo, dejó la
cama desde el amanecer y aspiraba el puro ambiente del campo, a la sazón
que Isabel apareció en medio de sus gayadas flores.

De tal modo la turbó este incidente, que por breve rato estuvo indecisa
entre si volvía atrás o seguiría adelante, porque los actos de adornarse
el cabello y de mirar para la casa, magüer que inocentes y casuales,
podían interpretarse de diversas maneras, y ella huía tanto de la
frivolidad como de la necia coquetería. Pero tenía que salir y salió con
firme paso.

Por el lado del sur, una cerca de piedra separaba el campo del cuadrado
en que se comprendía el variado caserío de la finca. En el centro se
alzaba el molino del café, entre los dos pares de tendales, capaces de
contener a un tiempo, secándose, la mitad de la cosecha. Más lejos,
cerrando el gran espacio por la izquierda, se veía el grueso y oscuro
brocal del pozo con su horca y garrucha para la extracción del agua; el
palomar después, el corral de las aves y algunos chiqueros; al fondo y a
la derecha, el campanario, o más bien el pilar de madera de cuyo brazo
cubierto con un tejadillo, pendía la campana; los graneros o almacenes,
las caballerizas, el establo de las vacas y las otras dependencias. Los
bohíos de los esclavos figuraban una aldea de regular tamaño.

Ni estaba desprovisto de vegetación el magnífico batey que hemos venido
describiendo, pues muchos árboles, y sin duda los más copudos y
corpulentos de toda aquella hacienda, le adornaban y daban sombra. Entre
ellos varios aguacates, mameyes colorados, mangos y caimitos; sobre todo
los primeros, cual las coníferas del continente, parecían escalar el
cielo con la cúspide de sus ramas. Aquéllos más empinados y coposos eran
los escogidos por las gallinas de Guinea (_Numidas Meneagris_ de
Cuvier), conocida la hurañía de esas aves exóticas, para sus querencias
de noche. La banda, que bien podía componerse de cien, desde antes de
aparecer el sol empezaron a removerse y a repetir el clamor o cacareo
peculiar suyo, en que parece que una dice _pascual_ y la otra contesta,
_pascual_, hasta que todas despiertan y se preparan para descender de
sus elevadísimas y naturales alcándaras. Ni los pichones ni las gallinas
daban aún señales de vida: aquéllos por no ser madrugadores, éstas por
el encierro y la oscuridad de su casa.

Por lo demás, se notaba bastante movimiento en todo el batey. De los
esclavos de ambos sexos, quiénes recogían con sus guatacas o azadones
las hojas secas y briznas del suelo; quiénes con los mismos instrumentos
rozaban la yerba de los caminos; quiénes con ambas manos abiertas
levantaban la basura amontonada y la metían en canastas que otros
conducían fuera a la cabeza; quiénes a brazo sacaban agua del profundo
pozo y la vertían en una amplia cubeta de piedra al pie del brocal para
que otros, en unos baldes rústicos hechos del pecíolo de la palma, la
distribuyesen en los depósitos de los varios departamentos de la
hacienda. A la vera del pozo daba agua y bañaba los caballos de dos en
dos o de tres en tres, el calesero Leocadio. Dentro del molino resonaba
la voz penetrante del negrito, que, sentado al extremo del eje de la
rueda vertical, con que girando en la solera se descascaraba el café,
aguijaba sin cesar a la caballería que servía de motor. Cuatro esclavas,
entre tanto, tendían el grano, aún no bien seco; mientras otros
conducían el _pilado_ o descortezado al aventador, cuyas paletas hacían
un ruido tremendo y despertaban los ecos doquiera que la ola sonora
encontraba obstáculo elástico en su trayecto. Y una vez limpio de toda
paja o polvo, era llevado a los almacenes para que allí se escogiese y
clasificase por otros esclavos.

Ninguno de los que pasaban al alcance de Isabel dejaba de darla los
buenos días y de pedirla su bendición, doblando la rodilla en señal de
sumisión y respeto. Pedro, el Contramayoral, sin la insignia ominosa de
su oficio, yendo de un lado a otro, animaba a sus compañeros al trabajo
y daba la mano en muchos casos, como para imprimir mayor peso a la
palabra con la obra. La subida o aparición de Isabel en los tendales fue
la señal para que el negrito del molino alzase la voz argentinada y
aguda con la canción, tan ruda como sencilla, improvisada quizás la
noche anterior, la cual principiaba con esta especie de verso: _La niña
sen va_, y terminaba con este otro, repetido en coro por todos los demás
negros: _Probe cravo llorá_. Entre la primera letra y el estribillo o
pie insertaba el guía, no obstante que criollo, nacido en el cafetal,
frases en congo puro, a que también contestaba el coro con el obligado:
_Probe cravo llorá_.

Inútil fuera pedir armonía, siquiera música a una canción, ni civilizada
ni salvaje del todo; pero si parecía asaz monótona a oídos delicados,
también es verdad que el tono y la letra rebosaban en melancólico
sentimiento. Así lo estimó Isabel, aunque hizo como que no oía ni
entendía palabra, y siguió adelante hasta el pie de los árboles, donde
ya bullían y corrían en todas direcciones las aborotosas gallinas de
Guinea. Algunas, las más ariscas, al verla quisieron emprender vuelo,
estallando en el grito nasal, chillón y alto con que suelen dar la voz
de alarma a sus compañeras. Mas conocida la voracidad de esas aves,
bastaron a tranquilizarlas y contenerlas unos granos de maíz que Isabel
sacó de la cestita que llevaba al brazo y que tuvo cuidado de arrojarlos
en un punto dado, cerca de sí. La banda en masa se echó sobre el escaso
alimento, depuesta la vigilancia, olvidado el peligro, y sólo ocupada
de egullir granos o pedrezuelas. De esta circunstancia se aprovechó una
de las esclavas, a una señal de su señorita, para arrastrarse por el
suelo y pillar dos, sin que lo echaran de ver las otras. Muy gustosa es
la carne de estas aves, tan gustosa como la de la perdiz, razón por qué
Isabel se propuso obsequiar a sus huéspedes con un par de ellas, asadas,
en el almuerzo.

A la vista del alimento, arrojado ahora a puñados, acudieron presurosos
los pichones. Estos, menos huraños que las guineas, a las cuales temían,
y más capaces de simpatía que ellas, revolotearon al principio en torno
de la joven, luego se posaron en su cabeza, en sus hombros y en el brazo
de la cesta, acabando por arrebatarle el maíz de las manos y aun picarle
en la boca. Tales y tan tiernas demostraciones de inocentes avecicas,
por más que repetidas un día con otro, siempre la enternecían, y jamás,
sino en casos extraordinarios, consintió que las matasen fuera de su
vista. Por éste y otros actos parecidos en que se ponía de manifiesto la
influencia ejercida por Isabel sobre cuantos seres se le acercaban, no
creían menos sus esclavos sino que Dios la había dotado de una especie
de encanto o poder secreto, el cual no cabía aludir ni repeler.

Seguía Diego Meneses con la vista los pasos de su amiga, y, bien que, a
fuer de hombre civilizado, no estaba dispuesto a conceder nada
sobrenatural en ella, sí creía, como los demás, que era una mujer
extraordinaria. Desde su puesto de observación daba cuenta fiel de lo
que veía u oía, a Leonardo, quien continuaba en la cama descansando y
gozando de las finísimas sábanas cargadas de encajes y perfumadas con
los pétalos de las rosas de Alejandría, obra toda de las industriosas
manos de Isabel. Decía Meneses a Gamboa, entre otras cosas:

--Es mucha mujer ésa, amigo.

--¿No te lo decía yo?, contestaba éste satisfecho.

--Vale un Perú. No se ven muchas como ella por ahí.

--¿Quieres cambiar? La cambio pelo a pelo por Rosa. Vamos.

--No te burles, compadre, contestaba Diego serio. Que reconozca en
Isabel prendas raras, dignas de encomio, no quiere decir que me guste
más que otras mujeres, ni que esté prendado de ella. Pero la verdad es
que cada vez me convenzo más de que tú no te la mereces.

--¡Pues qué! ¿Te figuras que ella es mejor que yo? replicaba Leonardo,
herido de la observación de su amigo. Te equivocas, chico, de medio a
medio. Ten presente que Isabel es hija de un antiguo empleado del
gobierno, empleado cesante, un cafetalista arruinado, un pobretón, en
suma; mientras que mis padres tienen potreros, cafetal, ingenio, son
hacendados ricos y hacen diferente papel en La Habana. ¿Está Vd.?

--Estoy, sólo que no me referí a nada de eso cuando te dije que no te
merecías esa muchacha. Hablando en plata, Leonardo, tú no la quieres.

--¿Por qué supones que no la quiero?

--¡Qué! ¿Acaso no tengo ojos? Desde que llegamos vengo observando tus
acciones y palabras, y nada en ti me persuade que amas a Isabel.

--¡Hombre, Diego! Te diré francamente lo que me pasó, dijo Gamboa tras
breve rato de silencio. No siento por Isabel aquella pasión ciega y
ardiente que sientes tú, por ejemplo... por Rosa.

--Di mejor, le atajó prontamente Meneses, que la que tú sientes por
Cecí...

--¡Calla! exclamó Leonardo alarmado, y medio incorporado en la cama. No
se mienta la soga en casa del ahorcado. Te pueden oír: las paredes oyen.
Ese nombre es vedado aquí.

--Poco importa un nombre. Es muy común y no creo que Isabel lo haya oído
en su vida.

--Probable es que no, pero por el hilo se saca el ovillo, cuanto más que
Isabel no tiene pelo de tonta.

--Y ahora que viene al caso, ¿cómo te has compuesto respecto a la escena
delante de la casa de las Gámez en el momento de la partida de Isabel?

--Creo que sospecha algo y tengo para mí que sus primas le han contado o
escrito sobre eso algún cuento. Ello es que Isabel se muestra recelosa y
al parecer muy sentida conmigo.

--No dudo que las primas hayan despertado sus celos. La cosa fue, no
obstante, muy clara para que se dejase de alarmar Isabel y sospechar lo
mismo que tú y yo sabemos. ¡Qué osadía la de aquella muchacha!

--¿Qué quieres? La cegó el demonio de los celos, comprometiéndome a los
ojos de Isabel y de sus primas. No puedes imaginarte cuánta fue mi
vergüenza.

--Lo considero. Yo, en tu lugar, escondo la cara bajo siete estados de
tierra. Mas ¿de dónde sacó Isabel que podía haber sido tu hermana Adela?

--Ahí verás, Diego. Con todo, si bien recuerdas, se parecen mucho a
primera vista.

--Ya había hecho yo la misma observación. ¡Qué malo que tu padre tuviese
que ver con semejante parecido!

--¿Quién sabe? A él le gusta la _canela_ tanto como a mí. No tendría
nada de extraño que, andando a salto de mata, como solía cuando mozo,
hubiese dado un tropezón... Lo que es de C... está que se le cae la
baba. Me consta.

--Luego no puede ser su padre.

--¡Qué había de serlo! Ni pensarlo. ¡Disparate!

--Pues por ahí se corre que lo es.

--Habladurías de las gentes, Diego. ¿Conciben que estaría enamorado de
C... si le ligasen esas relaciones de parentesco con ella?

--Quizás lo ignore, porque tú dices, fue todo a consecuencia de un
tropezón. Quizás también la cela de ti, sabedor del parentesco que media
entre Vds. dos. ¡Cuando el río suena!...

--En este caso el río no lleva agua, ni piedra. Sólo porque da la
casualidad que se parecen mucho C... y Adela se encapricha la gente y
habla... Lo que te sé decir es que él me ha hecho pasar más sustos que
pelos tengo en la cabeza. Cuando menos lo espero me doy con él de manos
a boca. Casi, y sin casi, me causa doble inquietud que el músico
Pimienta. Lo único que me tranquiliza por esta parte, es que ella
desdeña tanto a los viejos como desprecia a los mulatos.

--No te fíes, sin embargo. Cosa sabida es que hijo de gato ratón caza, y
que por donde salta la madre salta la hija. Mas volviendo a nuestro
cuento, el resultado de estas misas es que tú no estás en el mejor pie
con Isabel.

--No. Como te decía, ella sospecha algo, o alguien la ha predispuesto
contra mí. Isabel es, además, muy perra para explicarse con franqueza;
yo soy punto menos, de modo que así iremos pasando hasta que Dios
quiera, o ella deponga el orgullo y se reconcilie conmigo.

--Esa misma conformidad tuya, observó Meneses, me confirma en la
creencia de que tú no amas a Isabel.

--O yo no me he sabido explicar, o tú no me entiendes, Diego. No
habiendo puntos de comparación bajo ningún concepto entre las dos
mujeres, no puedo querer a la una como quiero a la otra. La de allá me
trae siempre loco, me ha hecho cometer más de una locura y todavía me
hará cometer muchas más. Con todo, no la amo, ni la amaré nunca como amo
a la de acá... Aquélla es toda pasión y fuego, es mi tentadora, un
diablito en figura de mujer, la Venus de las mula... ¿Quién es bastante
fuerte para resistírsele? ¿Quién puede acercársele sin quemarse? ¿Quién
al verla no más no siente hervirle la sangre en las venas? ¿Quién la oye
decir: _te quiero_, y no se le trastorna el cerebro cual si bebiera
vino? Ninguna de esas sensaciones es fácil experimentar al lado de
Isabel. Bella, elegante, amable, instruida, severa, posee la virtud del
erizo, que punza con sus espinas al que osa tocarla. Estatua, en fin,
de mármol por lo rígida y por lo fría, inspira respeto, admiración,
cariño tal vez, no amor loco, no una pasión volcánica.

--Y pensando como piensas, Leonardo, ¿te casarás con Isabel?

--¿Por qué no? Precisamente así es como debe buscarse la mujer para
esposa. El que se casa con Isabel está seguro de que no padecerá de...
quebraderos de cabeza, aunque sea más celoso que un turco. Con las
mujeres como C... el peligro es constante, es fuerza andar siempre cual
vendedor de yesca. No me ha pasado jamás por la mente casarme con la de
allá, ni con ninguna que se le parezca, y sin embargo, aquí me tienes
que me entran sudores cada vez que pienso que ella puede estar
coqueteando ahora mismo con un pisaverde o con el mulato músico.

--Lo que prueba, amigo mío, que no hay forma de servir a dos amos.

--En negocios de amores, o galanteos, se puede servir hasta a veinte,
cuanto y más a dos. La de La Habana será mi Venus citerea,[44] la de
Alquízar mi ángel custodio, mi monjita Ursulina, mi hermana de la
caridad.

--Es que no se trata aquí de amores ni de meros galanteos, se trata de
amar mucho a una y de casarse con otra que no se ama tanto.

Ya veo que tú no entiendes de la misa la media. Para gozar mucho en la
vida el hombre no debe casarse con la mujer que adora, sino con la mujer
que quiere. ¿Entiendes ahora?

--Entiendo que tú no has nacido para casado.

Prosiguiendo Isabel en su excursión matutina, muy ajena de la
conversación que se tenían los jóvenes habaneros sobre ella, se llegó al
pozo. Allí, como en todas partes, impuso respeto su presencia. Por lo
que toca al aguador, suspendió el trabajo, no fuera que al verter el
agua en la cubeta salpicase el traje de su señorita, que se había
acercado demasiado. Al contrario, el calesero criollo, poco más o menos
de la edad de aquélla, y que por haberse criado a su vista la trataba
con más confianza, no detuvo el bañado de los caballos, dado que se
quitó el sombrero. Tampoco dobló la rodilla, cual su compañero, al
desearla los buenos días, circunstancia que estamos seguros no advirtió
Isabel, ya por estar acostumbrada, ya por no concordar con sus
sentimientos filantrópicos la humillación, ni en el esclavo.

--Blas, dijo dirigiéndose al aguador, ¿tiene mucha agua el pozo?

--_A bombón_ (por mucha), _niña._

--¿Cómo lo sabes tú?, le preguntó ella.

--_¡Ah, niña! Yo oye siempre bu, bu, bu._

--Luego se podrá ver el movimiento del agua.

--_Se pue, niña, se pue. Yo mira jervir._

--Veamos, dijo Isabel acercándose todavía más al brocal.

--_¿Sumelsé mira?_, preguntó el negro muy asustado. _No, no mira. Mu
jondo. Diablo rempuja la niña._

De los aspavientos del compañero riose Leocadio y sugirió que la
señorita podía satisfacer su curiosidad sin riesgo si se afirmaba de un
ramal de la soga mientras ellos dos sujetaban el otro cabo. De esta
manera se hizo; pero Isabel no alcanzó a ver el fondo por la demasiada
profundidad, por el espesor del brocal de mampostería y por los
innumerables helechos adheridos a las paredes interiores, que con sus
graciosas palmas casi cerraban la boca del pozo.

Enseguida Isabel preguntó al calesero si los caballos estaban en
disposición de emprender el viaje del día siguiente:

--Niña Isabelita, contestó él en lenguaje más inteligente que el de su
compañero: _Pajarito_ y _Venao_ necesitan _herraura_ nueva.

--¿Por qué no me lo habías dicho, Leocadio de mis culpas?

--¿Y yo he tenío tiempo? Hasta anoche no supe na del viaje. _Dispués_ de
bañar los caballos iba a decírselo a la niña.

--Pues tienes que ir al pueblo a herrarlos.

--Iré _dispués_ de almuerzo. Deme la niña la papeleta para el _herraor_.
Si no se ha _emborrachao_, estamos bien.

--Por eso, ve lo más temprano que puedas. Y echa ahora a correr y
sofocar los caballos antes de tiempo.

--La niña siempre se figura que uno mata los caballos.

--Debías llamarte mata-caballos, no Leocadio.

No se detuvo Isabel en las otras dependencias de la finca por aquel lado
del batey; mas al cruzar al opuesto, echó de menos a uno de los esclavos
de campo y la informó el Contramayoral que por enfermo no se había
presentado en la fila la noche anterior. Reprendió a Pedro que no le dio
el aviso oportuno, siguiendo derecho a la enfermería. Se hallaba sentado
el enfermo en el suelo, junto a la lumbre, abatido y con un pañuelo
atado en la cabeza. Por pronta providencia la enfermera le había
suministrado sendas jícaras de infusión de corteza de naranja, endulzada
con azúcar de _raspaduras_. Isabel le tomó el pulso, comprendió que
tenía fiebre y dispuso se recogiera entre tanto venía el médico. De
vuelta a la casa de vivienda, examinó la caballeriza y el salón en que
se escogía el café.

La esperaban en el pórtico los huéspedes, junto con su hermana, su tía y
su padre. Parecía natural que quien tan puntualmente había desempeñado
las obligaciones de administradora de la heredad y de las _cosas_ a ella
adscritas, se sintiese satisfecha de sí misma y más dispuesta para el
desempeño de sus deberes como ama de casa. En el semblante risueño y
animado con que tornó al lado de la familia, se echó bien de ver que la
dueña cariñosa y blanda de esclavos sumisos, sabía ser amable y atenta
con sus iguales y amigos. Desde ese momento se consagró a obsequiarlos
y a hacerles cuanto agradable se pudiese su corta estada en el cafetal.

Como la mañana siguiese siendo fresca y de poco sol, propuso Isabel a
sus amigos una breve visita al jardín fronterizo de la casa. Ese era su
Edén. Poca cosa se le alcanzaba del arte de la jardinería, mucho menos
de botánica; tampoco se había propagado en Cuba el gusto por la
floricultura, ni Pedregal u otros jardineros franceses habían importado
de Francia la gran variedad de rosas que adelante trajeron la invasión
rosada a La Habana. Pero Isabel era florista por instinto y por afición
decidida, y como había plantado con sus manos, sabía de coro la historia
de todas las flores que crecían en su delicioso pensil. Guardóse, no
obstante, de mencionar siquiera el rosal de flores pálidas en que
Leonardo, hacía un año cabal, había injertado de púa el rosal de flores
encarnadas. Vigoroso y lozano se mostraba, ostentando en cada nudo rosas
de uno y otro color; remedo fiel y poético de dos seres sensibles
ligados por la más humana de las humanas pasiones: el amor.

Más tarde la visita a los jardines la extendió Isabel a una excursión a
caballo de los cuatro jóvenes por los cafetales vecinos. Sentía ella la
necesidad de distraerse, más aún, de aturdirse con el continuo
movimiento. Aparte de que no la había dejado satisfecha su explicación
de la víspera con Leonardo, le dolía alejarse del apacible hogar y del
amoroso padre, y ya la acometía aquella especie de fiebre, síntoma
infalible de la extrema dolencia conocida por nostalgia.

Así cursó el 2 de diciembre y vino la melancólica mañana del 24. Mucho
antes de aclarar había partido para Guanajay el postillón con el relevo
de las tres caballerías. En la silla, y armado al uso general con el
látigo y largo machete de cabo de carey y plata, aguardaba por las
viajeras el apuesto calesero Leocadio. Cerca de allí se veían varias
esclavas y algo más distante los otros siervos, aparentemente
preparándose para emprender las faenas del nuevo día, en realidad, como
después se vio, en expectativa de la tristísima escena que allí se
representaría.

Deseosa Isabel de abreviar el doloroso momento de la separación, abrazó
a su padre de carrera, tomó el brazo que le brindaba Gamboa y, con los
ojos empañados por las lágrimas, salió a la avenida del este para tomar
el carruaje. Las señoras iban en el traje riguroso de camino, de seda
oscuro y el sombrerito de paja o gorra al estilo francés. A su aparición
se observó un movimiento general seguido de un murmullo entre los
esclavos espectadores, quienes prorrumpieron a una en el clamor o canto
monótono de la víspera: _La niña sen va, probe cravo llorá_, repetido en
coro solemne a la luz matinal del nuevo día, que apenas alumbraba la
cúspide de los más empinados árboles.

Este inesperado saludo acabó de desconcertar a Isabel. Flameó el pañuelo
hacia el grupo de esclavos en señal de despedida y apresuró más el paso.
Entonces reparó en el Contramayoral.

A pie firme, callado, la cabeza erguida, dejando ver a través de los
cabezones de la camisa el cuello rollizo y parte del membrudo pecho,
Espartaco por su varonil musculatura, flaca mujer por la sensibilidad de
su inculto espíritu, tenía de la cama del freno de plata el inquieto
caballo de Gamboa. Junto a él se hallaba su mujer, también inmóvil y
callada, con un niño en los brazos, hondamente afligida, según lo
mostraban las gruesas gotas de lágrimas que rodaban por sus mejillas de
ébano. Tan conmovida como ella, Isabel le puso la mano en el hombro,
imprimió un dulce beso en la frente del niño y dijo a su marido:

--¡Pedro, Pedro!, no le olvides de mis encargos.

Sin aguardar respuesta tomó refugio en el carruaje.

En ese asilo comenzaron las que pudieran llamarse cariñosas
importunidades de los esclavos. Las negras especialmente, convencidas de
que se marchaba su señorita, rodearon el quitrín y las más expresivas
se agolparon al estribo, metían la cabeza por debajo de la cortina o
capacete, y, según su costumbre, clamaban a grito herido:

--¡Adiós, niña! ¡Vuelva pronto, niña! ¡No se quede por allá, niñita mía!
¡Dios y la Virgen lleven con bien a la niña! Acompañando estas frases,
que hemos traducido en gracia del lector, con sus extravagantes
demostraciones, como oprimirle suavemente los pies, besárselos cien
veces, lo mismo que las manos con que ella quería rechazarlas. Todo esto
dicho y expresado con verdadero sentimiento, con exquisita ternura, y
sin dejar de contemplar su angelical semblante, cual el de un ídolo o de
una imagen sagrada.

Pobres, sensibles, aunque ignorantes y sencillos esclavos, tenían a su
ama por la más hermosa y buena de las mujeres, por un ser delicado y
sobrenatural, y se lo demostraban a su manera ruda e idólatra.

Poco a poco, ya por ruegos, ora por amonestaciones suaves, logró Isabel
apartar de sí a las más petulantes, dio la orden de partir, y anegada en
llanto exclamó:--Yo no sirvo para estas escenas.

A tiempo de montar echó Gamboa una mirada desdeñosa al espectáculo en
torno del carruaje, y dijo alto, de modo que lo oyó Pedro, que le tenía
el estribo:

--¡Ay! ¡Qué falta hacía aquí un buen _cuero_!

El calesero llamó la atención hacia las riendas del caballo de fuera, y
cuando Isabel pudo tomarlas en la mano ya el quitrín y los viajeros
habían salvado la portada y se hallaban casi en los límites, por el
oeste, del cafetal _La Luz_.



CAPÍTULO III

     _¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran
      en el grado más alto y profundo,
      las bellezas del físico mundo,
      los horrores del mundo moral._

         JOSÉ MARÍA HEREDIA


Llaman Vuelta Abajo o Vuelta Bajo en la isla de Cuba, a aquella región
que cae a la parte poniente del meridiano de La Habana, y que,
principiando en las cercanías de Guanajay, termina en el cabo de San
Antonio. Se ha hecho famosa por el excelente tabaco que se produce en
las fértiles vegas de sus numerosos ríos, principalmente sobre la
vertiente meridional de la cordillera de los Organos. Para darla
semejante dictado parece que hay una razón de mucho peso, a saber: la
baja nivelación del suelo de ese territorio, comparada con la alta del
ya descrito.

Empieza el descenso a pocas millas al oeste de Guanajay, advirtiéndose
desde luego un cambio brusco en el aspecto del país. El color del suelo,
sus elementos componentes, la vegetación, el clima y el género de
cultivo en general son del todo diferentes. Así es que el rápido declive
constituye una rampa para el que va y un cerro para el que viene de la
Vuelta Abajo.

Al borde de esta precipitosa rampa se desplega ante los ojos del viajero
un cuadro inmenso, magnífico, que no hay lienzo que le contenga, ni ojos
humanos que le abarquen en toda su grandeza. Figuraos una aparente
planicie, limitada al oeste por las brumas del lejano horizonte, al
norte por las colinas peladas que corren a lo largo de la costa, y al
sur por las ásperas y alterosas sierras que forman parte de la extensa
cordillera de montañas de la Vuelta Abajo. Y hemos dicho aparente
llanura, porque de hecho es una serie sucesiva de valles transversales,
estrechos y hondos, formados por otros tantos riachuelos, arroyos y
torrentes que descienden de las laderas septentrionales de los montes y,
después de un curso torcido y manso, se pierden en las grandes e
insalubres cuencas paludosas del Mariel y de Cabañas.

A la vista del grandioso cuadro, Isabel, que era artista por sentimiento
y que amaba todo lo bueno y bello en la naturaleza, mandó parar los
caballos a los bordes de la rampa y echó pie a tierra, sin aguardar a
que se aceptara la proposición por sus compañeros. Serían las ocho de la
mañana. Ensanchábase allí el camino, describiendo una zeda para
disminuir en lo posible lo precipitoso de la bajada. Por esta razón,
aunque ambas laderas se hallaban cubiertas largo trecho de un arbolado
crecido y hojoso, ni sus copas sobresalían mucho del nivel de la
planicie que ocupaban los viajeros, ni obstruían, que digamos, la vista
panorámica de más allá. Asombrosa era la vegetación. A pesar de lo
avanzado de la estación invernal, parece que había vestido sus mejores
galas y que orgullosa sonreía a los primeros rayos del almo sol. Do
quiera que no había hollado la planta del hombre ni el casco de la
bestia, allí brotaba, por decirlo así, a raudales el modesto césped o
rastrera grama, el dulce romerillo, el gracioso arbusto, el serpentino
bejuco y el membrudo árbol. Hasta de las ramas verdes y gajos secos,
cual cabelleras de seres invisibles, pendían las parásitas de todas
clases y formas, que viven de la humedad de que está constantemente
saturada la atmósfera de los trópicos. El suelo y la floresta, en una
palabra, cuajados de flores, ya en ramilletes, ya en festones de variada
apariencia y diversidad de matices, formaban un conjunto tan gallardo
como pintoresco, aun para aquellas personas acostumbradas a la vista de
los campos feracísimos de Cuba.

Para mayor novedad y encanto, se ofrecía allí la vida bajo sus formas
más bizarras: bullía materialmente el bosque vecino con todos los
insectos y pájaros casi que cría la prolífica tierra cubana. Todos a una
zumbaban, silbaban o trinaban entre el sombrío ramaje o la espesa yerba,
y hacían concierto tal y tan armonioso como no podrán jamás hacerlo los
hombres con la voz ni los instrumentos músicos. Dichosos ellos que de
puro pequeños e inermes no excitaban la codicia del cazador, ni temían
ser interrumpidos en sus inocentes correrías y revoloteos mientras
recogiendo la miel en el cáliz de las flores, o saltando de rama en
rama, hacían temblar las hojas, desprendían el rocío cuajado en ellas y
las gotas, al dar en la hojarasca seca del suelo, remendaban una lluvia
en que no tenían parte las nubes.

No hay paridad ninguna en la fisonomía del país visto por ambos lados de
las montañas. Por el del sur, la llanura con sus cafetales, dehesas y
plantaciones de tabaco, continúa casi hasta el extremo de la isla y es
lo más ameno y risueño que puede imaginarse. Al contrario por el lado
del Norte, en el mismo paralelo se ofrece tan hondo, áspero y lúgubre a
las miradas del viajero que cree pisar otra tierra y otro clima. Ni
porque está ahora cultivado en su mayor parte hasta más allá de Bahía
Honda, se desvanece esa mala impresión. Quizás porque sus labranzas son
ingenios azucareros, porque el clima es sin duda más húmedo y cálido,
porque el suelo es negro y barroso, porque la atmósfera es más pesada,
porque el hombre y la bestia se hallan ahí más oprimidos y maltratados
que en otras partes de la Isla, a su aspecto sólo la admiración se
trueca luego en disgusto y la alegría en lástima.

Tal, poco más o menos, sintió Isabel en presencia de aquel pedazo de la
famosa Vuelta Abajo. Sus puertas, que eran de hecho las alturas en que
se hallaban detenidos los viajeros, no podían ser más espléndidas;
podían calificarse de doradas. Pero ¿qué pasaba por allá abajo? ¿Sería
aquélla la morada siquiera de la paz? ¿Habría dicha para el blanco,
reposo y contentamiento alguna vez en su vida para el negro, en un país
insalubre y donde el trabajo recio e incesante se imponía como un
castigo y no como un deber del hombre en sociedad? ¿A qué aspiraba ni
qué podía esperar tanto ser afanoso cuando pasado el día y venida la
noche se entregaba al sueño que Dios, en su santa merced, concede a la
más miserable de sus criaturas? ¿Ganaba alguno, entre tanto trabajador,
el pan libre y honradamente para sostener una familia virtuosa y
cristiana? Aquellas fincas colosales que representaban la mayor riqueza
en el país, ¿eran los signos del contento y de los puros placeres de sus
dueños? ¿Habría dicha, tranquilidad de espíritu para quienes a sabiendas
cristalizaban el jugo de la caña-miel con la sangre de millares de
esclavos?

Y la ocurrió naturalmente que si se casaba con Gamboa, tarde que
temprano tendría que residir por más o menos tiempo en el ingenio de _La
Tinaja_, a donde ahora se dirigían en son de paseo. Naturalmente
también, se agolparon a su mente, como en procesión fantástica, los
rasgos principales de su breve existencia. Recordó su estada en el
convento de las monjas Ursulinas de La Habana, donde en medio del
silencio y de la paz se nutrió su corazón de los principios más sanos de
virtud y caridad cristiana. Como en contraste recordó la muerte de su
piadosa madre; la orfandad en que quedó sumida; su desolación y hondo
pesar; los días serenos e iguales que después había venido pasando en el
cafetal _La Luz_, bello jardín, remedo del que perdieron nuestros
primeros padres, acariciada por sus más allegados e idolatrada por sus
esclavos como no lo fue reina alguna sobre la tierra. Recordó, en fin,
la situación aflictiva en que dejó a su padre, achacoso y ya entrado en
años, el cual no aprobaba del todo aquel viaje, tal vez porque podía ser
el preludio de separación más grave y prolongada.

Brevísimos fueron el silencio y recogimiento de la joven; pero tan
intensa, tan viva su emoción, que no pudo evitar se le llenaran de
lágrimas los ojos. Leonardo se hallaba a su lado, teniendo por la brida
el brioso caballo, y ya por divertirla de sus tristes ideas, ya por
echarla de _cicerone_, comenzó a describir los puntos culminantes del
magnífico panorama que tenían a la vista. Había pasado él varias veces
por aquellos lugares; conocía a palmos el terreno que pisaba y quería
dar muestras a las amigas de su buena memoria. El primer ingenio a
nuestros pies, dijo, es el de Zayas. Los árboles de esta parte de la
loma nos impiden ver las fábricas, pero aquéllos son sus últimos
cañaverales. Debe de estar moliendo, porque hasta acá llega el olor del
melado. Muele todavía con trapiche y mulas. Tenemos que pasar por el
mismo batey. Después, en el centro de este gran valle, un poco hacia
nuestra derecha, por junto al tronco de aquella ceiba, pueden verse las
tejas coloradas de la casa de calderas del viejísimo ingenio de Escobar
o del Mariel. Según me cuenta mamá, fue el primero que se _fomentó_ en
esta parte de la Vuelta Abajo. También debe de estar moliendo pues veo
salir humo de entre la arboleda del batey. Luego, ¿no ven Vds., una nube
blanca que atraviesa el valle en toda su latitud a la altura de los
árboles describiendo una porción de vueltas y revueltas? Un poeta diría
que era un cendal de gasa. A mí me parece la piel de una culebra soltada
en la huida del monstruo de las montañas al mar. Pues no es otra cosa,
si bien reparan Vds., que los vapores que van marcando el curso torcido
del río Hondo, notable por lo estrecho de su cause y por las grandes
avenidas que hace en tiempo de lluvias. Ahora estará bajo y habrá
puentes para pasarlo sin necesidad de mojarnos los pies. Del otro lado,
por aquí derecho, en vuelta del noroeste, ¿divisan Vds., un bosque muy
verde y tupido del cual asoman unas torres que parecen redondas? Ese es
el ingenio _Valvanera_, de don Claudio Martínez de Pinillos, recién
creado Conde de Villanueva. A la izquierda, al pie del monte de Rubín o
Rubí, se ven los cañaverales del ingenio _La Begoña_, y a la derecha,
aún no discernible, _La Tinaja_, cerca de una legua del pueblo de
Quiebra Hacha.

Muy pendiente era la bajada por aquel lado al vastísimo valle de los
ingenios de azúcar, y aunque trazada en zig zag, todavía trabajaban
mucho los caballos para mantener el carruaje en el conveniente nivel.
Acortaba el calesero las riendas del de varas, temeroso de un resbalón;
y se abatía de nalgas y se deslizaba que no marchaba de firme. Con esto
crujían las sopandas de cuero, sobre las cuales se mecía la caja del
quitrín a guisa de zaranda, y el sudor empezaba a brotar del tronco de
las orejas y de los ijares de las fatigadas bestias.

--Poco a poco, Leocadio, dijo Isabel en llegando a lo más agrio de la
cuesta. No había visto yo camino más pendiente.

Cabalgaba Leonardo al estribo derecho del carruaje, y dijo en son de
broma:

--¿Es Isabel la que habla? La creía yo más guapa que eso.

--Si se figura Vd. que tengo miedo, repuso ella prontamente, se engaña
de medio a medio. No temo ni pizca por mí, temo por los caballos. Mire
Vd., el de barras: la carga es mucha y la bajada precipitosa; se ha
bañado en sudor, y estoy esperando verle caer y rodar. Sí, mejor será
apearnos. Para Leocadio.

--No, no se apee, niña, dijo el calesero con instancia, arriesgando un
choque con sus amas. Como su merced se apee en este paraje, tendrá que
apearse en todas las lomas. _Pajarito_ es _mu_ resabioso y sabe más que
las bibijaguas. Déjeme su merced darle _cuarta_ y verá cómo no se hace
más el chiquito.

--Eso es lo que tú quisieras, que te dejase maltratar al pobre caballo.
¿No sabes que no está acostumbrado a las lomas? De ningún modo
consentiré que le pegues. Para, te digo.

--La niña tiene _perdíos_ los animales y la gente, murmura Leocadio
recogiendo las riendas para parar. Cuando estaba viva la señora estos
caballos volaban como pájaros. A ella sí que le gustaba _jarrear_ de
duro.

En este punto intervino Leonardo, oponiéndose al propósito anunciado por
su amiga, no ya sólo porque de hacerlo así el tronco adquiriría el vicio
de que hablaba el calesero, sino porque de resultas de la sombra del
arbolado de la derecha aun no había enjugado el sol la humedad del suelo
barroso del camino. Cedió ella con visible repugnancia, y como para no
tomar parte directa en el martirio, según dijo, de los caballos, entregó
los cordones del de la pluma a su hermana Rosa y cerró los ojos mientras
duró la bajada.

No deseaba ésta cosa mejor. Joven y viva de carácter, amaba el peligro y
se perecía por manejar, fueran las que fuesen las fatigas que
experimentasen las caballerías en trasportarla por aquellos
derrocaderos, como al niño en su cuna de viento.

Molía Zayas en efecto. Las pilas de caña miel recién segada cerraban
casi los costados exentos de la casa de ingenio, pues sólo dejaban un
pasaje bastante amplio, eso sí, por el lado del batey, o camino que
traían los viajeros. Notábase allí gran vocerío y movimiento, lo mismo
dentro que fuera. Dentro, las mulas del trapiche pasaban y repasaban por
delante del espacio abierto en su precipitado giro, azotadas
despiadadamente por los mozos negros que corrían a par de ellas con ese
único propósito. Por entre aquel estrépito infernal se oía distintamente
el crujir de los haces de caña que otros esclavos desnudos de medio
cuerpo arriba metían de una vez y sin descanso en las masas cilíndricas
de hierro. Al otro lado del trapiche, aunque eran mayores si cabe la
batahola y la algarabía, por decirlo así, de los ruidos confusos, no se
veía cosa alguna; impedíalo completamente el denso humo revuelto con el
vapor que se desprendía de las hirvientes calderas, donde se cocía el
dulcísimo jugo de la caña y llenaba con sus inmensas olorosas columnas
todo el interior del gran laboratorio.

Afuera, una doble fila de carretas, o se acercaban cargadas a dicha
casa, o se alejaban de vacío en dirección del campo o del _corte_ de
caña, como se dice; todas tiradas por un par de bueyes no menos flacos
que tardos en sus movimientos. Pie a pie de cada yunta marchaba el
conductor o carretero esclavo, armado de ahijada larga y pincho agudo de
hierro; y a todo lo largo de la doble fila de carretas, ya en una
dirección, ya en otra opuesta, cabalgaba en su mula marchadora el bovero
blanco, armado también, mas no de vara, sino del indispensable _cuero_,
con el que de cuando en cuando cruzaba las espaldas de aquel negro que
creía remiso en el uso de la férrea ahijada.

La hechura de las carretas era lo más zurdo y primitivo que puede
imaginarse; el engrase de los ejes por darse, con lo que las cargadas
chirriaban sin cesar; al paso que las de vacío, con sus desmesuradas
ruedas y holgura de manga, sobre no guardar jamás la perpendicular,
fuera cual fuese la nivelación del piso, hacían un retintín
desagradable, chocando de continuo las sueltas bilortas contra los
sotrozos de hierros fijos, y saliéndose de su sitio las tablas de la
cama. Por largo trecho en una y otra dirección, el batey y las
guardarrayas desaparecían bajo las hojas pajizas y aun los trozos útiles
de caña dejados caer por incuria, por exceso de carga o por defecto
material de los vehículos empleados en su trasporte. A este lamentable
desperdicio contribuían como los que más los conductores. No bien se
alejaba el boyero de un punto dado, se aprovechaba el conductor
inmediato para sacar de la carga el trozo de caña que mejor le parecía,
en cuyo acto arrastraba otros varios que se caían en el camino y allí
quedaban para ser hollados y molidos por las carretas que venían detrás.
No se cuidaba de eso, antes se llevaba a la boca por un extremo el trozo
de caña y le chupaba afanoso, sin dejar de animar a los bueyes con voces
descompasadas y repetidos pinchazos hasta sacarles sangre: puede ser en
desquite por la que el boyero hacía saltar de sus espaldas con la pita,
o llámese punta, del terrible látigo.

Tales escenas u otras muy parecidas a éstas se repitieron a la vista de
los viajeros, a su paso por los ingenios de _Jabaco_, _Tibotibo_, _El
Mariel_ o antiguo de _Escobar_, _Ríohondo_ y _Valvanera._

Entre las dos plantaciones últimamente mencionadas, sólo avistaron una
pequeña _sitiería_, a la margen derecha del camino, quiere decir, de un
grupo de cabañas pajizas donde algunas familias pobres cultivaban un
corto paño de tierra y criaban animales domésticos. No podía dársele
siquiera el nombre de aldea, dado que allí, ni en muchas millas a la
redonda, había escuela ni iglesia. Los ingenios de fabricar azúcar no
consentían, por lo general, en su inmediata vecindad, esos símbolos del
progreso y de la civilización.

Para librarse de aquellos amargos pensamientos procuraba separar los
ojos del suelo negro, duro y sin lustre, cual hierro dulce, del camino,
y los pasaba por cima de las flores o güines color violado claro, de las
cañas en sazón, hasta tropezar en la zona azulosa donde se unía el
horizonte con las cumbres oscurísimas de las distantes montañas.

Pero por más de un motivo poderoso no la era dable a Isabel aquella
concentración que demandaba el espíritu en su agonía. Bruscas cuanto
frecuentes eran las ondulaciones del terreno; el camino, aunque ancho,
necesariamente torcido; las cañadas estrechas y hondas; la mayor parte
de las cuales había que pasarlas por puentes hechos sin arte ni
solidez, con maderos rollizos, o con tablas sacadas de los troncos de
las palmas. Tenía que ser la marcha, en consecuencia, lenta y cautelosa,
y luego no sabía Rosa regir el caballo de fuera; razón por qué más bien
que de ayuda servía de estorbo al de varas, ya atravesándosele delante,
ya no tirando a la par, o tirando en dirección opuesta a la del
movimiento del carruaje. Quejose más de una vez el calesero de estos
tropiezos, hasta que Isabel, para acallarle y evitar un contratiempo
serio, reasumió los cordones del caballo de la pluma.

Si Rosa supiera, no habría podido manejar mejor en aquella alegre mañana
de viaje. A la izquierda del quitrín, donde lo permitía la amplitud del
camino, iba Diego Meneses, tan galán a caballo como decidor y amable a
pie y entonces inspirado y elocuente, dispuesto más que otras veces a
ver las escenas que recorrían sólo por su lado poético y brillante. A
cada paso hallaba motivo para empeñar la atención de su entusiasta
amiga, ya indicándole los festones de aguinaldos blancos o campanillas
pendientes de todos los arbustos a orillas de los cañaverales, ya los
güines de las cañas, que comparaba con las garzotas de innumerables
guerreros en marcial arreo, mecidos blandamente por la gentil brisa de
la mañana; ora los grupos de tomeguines que con rumor sordo, cual de
viento rastrero y en gran tropel, seguían por algún trecho la dirección
de los viajeros, rozando con las yerbas y luego desapareciendo por entre
los troncos de las cañas; o el vivaracho sabanero de tardo vuelo, que
salía con estrépito del espeso matorral y se posaba con mucha dificultad
en la primer hoja de caña con que tropezaba en su desatentada fuga; o la
esquiva garza blanca que se abría paso por entre las ramas del roble
ribereño, y con el largo cuello replegado a la espalda y los pies
colgando seguía en su huida el curso del arroyo; o la bandada de
alborotosas cotorras que cubrían los naranjos silvestres y sólo se veían
cuando se aferraban a la dorada fruta para extraerle la simiente; o el
gavilán, en fin, águila de Cuba, que daba gritos y gritos penetrantes
mientras se cernía por encima de las palmas más alterosas, entre la
tierra y el cielo.

Finalmente, pasadas las diez de la mañana, atravesaron los viajeros los
cañaverales del ingenio _Valvanera_, a la vista de sus grandes fábricas.
Dos millas adelante se acercaron al pueblo de Quiebra Hacha. Aquí se
dividía en dos el camino que traían, uno que torcía al oeste y era el
carretero de la Vuelta Abajo, y el otro, el de La Angosta, que servía de
entrada a los ingenios de azúcar, ya establecidos en esa región de la
costa. Este tomaron nuestros viajeros. A su paso por el pueblo varias
personas reconocieron y saludaron con amistoso respeto a Leonardo
Gamboa.

Presentábase adelante el país tan áspero, desigual y montuoso como el
anterior recorrido, aunque el arbolado era más frondoso y lozano, casi
primitivo, y el suelo surcado de arroyos bulliciosos y de limpias aguas
que corrían a perderse al fondo de la bahía del Mariel, o en el mar
abierto al Norte. Tras media hora de camino debajo del bosque, donde no
penetraban los rayos del sol, se avistaron los cañaverales de un ingenio
en el repecho de una colina, acotados por una cerca rústica hecha de
gajos, que mantenían en posición horizontal rajas de leña o estacas con
horquilla hincadas en tierra y atados juntos de trecho en trecho, para
mayor seguridad, con un bejuco que, cuando verde, es bastante flexible y
elástico, conocido en la Vuelta Abajo con el nombre vulgar de colorado,
_Bauchinis heterophyllas_.

Luego que, siguiendo por breve espacio, paralelo a dicha ruda cerca, en
cuyo tiempo ganaron los viajeros la altura de la colina, se les
ofrecieron en toda su extensión y grandeza los campos de caña y allá, en
el centro del cuadro, el variado grupo de sus fábricas, coronando otra
colina de mayor planicie y más ancha base. Aquél era el ingenio de _La
Tinaja_, y Leonardo Gamboa, que servía de guía, se las mostró a sus
amigos con cierto sentimiento de orgullo. Para ello había motivo
sobrado, no ya sólo por el valor en dinero que representaba la finca, y
por las consideraciones sociales que se les guardaban a sus dueños, mas
también por el cuadro bello y pintoresco del conjunto, contemplado a
buena distancia; encubridora eficaz de los lunares y manchas inherentes
a casi todas las obras, así humanas como divinas.

El camino por donde se habían internado los viajeros hasta allí era el
denominado de la Playa, porque servía para el acarreo de los azúcares al
pueblo del Mariel, desde el cual se embarcaban y conducían en goletas al
mercado de La Habana. Cruzaba la colina por su cúspide y había
establecida en ella una talanquera no menos rústica que la cerca, pues
se reducía a unas varas en bruto, metidas por sus cabezas en los
orificios de dos largueros paralelos. Arrimada a la cerca, y en su
encuentro con la talanquera, se alzaba una cabaña o bohío de los de vara
en tierra o de dos aguas, tan gacho que la techumbre se componía de
hojas enteras de la palma tendidas en los costados o vertientes, con las
puntas descansando en el suelo.

Adelantose Leonardo para ver por qué no se hallaba en su puesto el negro
guardiero y abría la talanquera. Con tal objeto, plantó su caballo ante
la única entrada del bohío, e inclinando el cuerpo, trató de registrar
el interior. Inútil trabajo: la puerta o boca era muy estrecha y baja, y
más allá de dos pies del umbral no podían penetrar ojos humanos, no
tanto por la viva claridad del día afuera, cuanto por la densa nube de
humo de leña que ardía dentro y no tenía otro medio de escape que ése.

--No veo nada y dudo que haya alma viviente en el bohío, dijo Gamboa
hablando con las señoras en el quitrín, parado en medio del camino.
¡Maldito negro!

--Tal vez duerme, dijo Isabel.

--Si no es el sueño de la muerte, repuso Gamboa, juro que no le salva
nadie de un bocabajo.

--¿De qué se trata? preguntó Meneses. ¿De abrir la talanquera? Yo abriré
y no perderé el casamiento por eso.

--No harás tal, replicó Leonardo colérico. No lo consiento.

--Bien, sugirió Isabel con su voz argentina y dulce. Abrirá el calesero;
los caballos están harto cansados para echar a correr. Leocadio, apéate.

--No, no, Isabel, replicó Leonardo, cada vez más colérico. Tampoco puedo
consentir en eso, no debo consentirlo. Si el guardiero está vivo abrirá
la talanquera, que para eso y para más le han puesto ahí.

Sacó el reloj y añadió enseguida:

--Ya han dado las doce, hora en que sueltan la negrada para que coma. Si
hubiéramos llegado aquí un poco antes, habríamos oído la campana del
ingenio. Apostaría a que el _taita_ guardiero se ha metido en el
cañaveral para verse con alguna de sus carabelas. ¡Por Dios vivo que la
paga! Nada, no está en parte alguna. ¡Caimán! ¡Caimán!, gritó a todo
torrente.

Los montes del rededor fueron los únicos que le devolvieron el eco de
sus voces con temblor continuado, hondo y siniestro; y luego empezó a
ladrar un perrillo dogo dentro del bohío. Ahí está el guardiero, pensó
el joven, y se hace el dormido para no tomarse el trabajo de abrir la
talanquera. Lo haré salir a patadas, agregó alto, dando un puñetazo en
el pomo de la silla. Echó pie a tierra sin más demora y se metió en el
bohío, teniendo siempre el caballo de la brida.

Muy mal sonaron estas palabras y aquellos juramentos en los oídos de la
modesta Isabel, aun cuando para no avergonzar a su amigo ni irritarle
más contra el pobre esclavo, se guardó de representarle lo absurdo y aun
el riesgo de su final propósito, si a posta éste se escondía por tener
oculto algún compañero en el bohío o por otra causa cualquiera.
Afortunadamente, nada de eso ocurría. En aquel mismo instante las
señoras del carruaje, Meneses y el calesero a caballo oyeron un ruido de
ramas en el bosque vecino, agitadas por una persona o animal que se
abría paso con alguna dificultad, y después apareció en la orilla un
negro anciano mal vestido, con un gorro de lana en la cabeza, un palo
largo y nudoso en la mano, que le servía de apoyo, tal vez para no besar
la tierra con la frente, pues tenía el cuerpo hecho un arco por la edad,
por los trabajos o por la costumbre inveterada de vivir en casas de
techo bajo. Echó de ver a los viajeros apenas salió del bosque, porque
se detuvo un momento indeciso del partido que debía tomar, y en soltando
entre las altas yerbas algo que brillaba a los rayos del sol y parecía
botella u otra vasija por el estilo, después continuó andando derecho al
carruaje por la parte opuesta al bohío.

Esta circunstancia casual le salvó del primer choque de la ira de su
amo, el cual, no bien salió del bohío, le reconoció desde lejos y se
lanzó sobre él a carrera tendida. Pero mientras montó a caballo y salvó
la distancia que le separaba de su intentada víctima, dio tiempo para
que éste se pusiera inconscientemente al amparo de las señoras. Lo
probable es que el infeliz esclavo no tuviese noticias de que aquellas
personas eran esperadas en el ingenio, ni que entre ellas viniese
guiándolas su joven amo. A derechas no le conocía tampoco. Pero al notar
que se le venía encima a todo correr, y que gritaba:--¡Ah, perro! ¡Ahora
lo verás!, no pudo desconocerle ni dejar de caer de rodillas a los pies
del caballo, quien, conteniéndose y todo, le echó a rodar con el solo
bote del pecho.

El susto de las señoras fue grande. Rosa hizo una exclamación de horror;
doña Juana repitió:--¡Jesús! ¡Jesús! e Isabel medio que se incorporó en
el asiento, sacó el brazo fuera del carruaje y dijo más indignada que
asustada:--¡No le mate, Leonardo!

--Agradecer debe que están Vds. delante, dijo Leonardo; de otro modo me
parece que le mataba. Tan indignado me siento contra él.

--¡Ah, mi _suamito_!, exclamó el viejo incorporándose trabajosamente
hasta ponerse otra vez de rodillas, como humildísimo pecador en
presencia de su airado juez.

--¿Dónde te habías metido, perro brujo? le preguntó el joven, y sin
aguardar por la respuesta continuó preguntando o diciendo: ¿Qué hacías
en el monte? ¿Por qué no estabas en tu bohío? ¿A que habías ido a
_cambalachar_ por aguardiente con el tabernero del pueblo la raspadura
que robas en el ingenio? Sí, sí. Lo juraría.

--_¡No, mi suamito, no siñó, sumercé! ¡Caimán no roba rapaúra! ¡Caimán
no bebe aguaurdiente!_

--¡Cállate, perro viejo! Anda, corre a abrir la talanquera. ¿No corres
todavía? ¿No sabes correr? Ya haré que el Mayoral te avive un poco con
el cuero. ¡Anda! ¡Vuela!... y trató de pegarle (sin alcanzarle por
fortuna) un puntapié en la cabeza desde el caballo.

Parecía ser el guardiero hombre de más de sesenta años de edad. Tenía al
menos encanecida la cabeza, y aun la escasa barba, que le cubría el
labio superior, señal segura de vejez en las gentes de su raza. A unos
brazos desproporcionadamente largos y huesosos, unía dedos crispados,
cual si padeciese lepra; ojos chicos de expresión hosca y triste, nunca
más triste que, cuando después de abierta la talanquera, echó una mirada
a las señoras del quitrín y pareció rogarles le protegieran de la cólera
de su amo.

Pasado el primer momento de irritación y de ceguedad, comprendió éste
que había mostrado demasiado apasionamiento y bastante grosería delante
de señoras que, además de hallarse bajo su protección, iban a disfrutar
de su hospitalidad en el ingenio. El caballo había sido más generoso que
él puesto que, pudiéndolo, no atropelló al esclavo cuando le halló
postrado en su camino. Tuvo vergüenza Gamboa de su conducta, pero muy
soberbio para reconocer su falta y enmendarla con la franqueza que
demandaba el caso, se limitó a referir los rasgos principales de la vida
del guardiero, por supuesto, calumniándole de paso.

--No se figuren Vds., dijo, que el _taita_ Caimán es lo que parece, un
viejo inerme y manso o esclavo leal y humilde. Han de saber Vds. que el
sobrenombre que lleva no se lo han puesto a humo de paja; es lo más
astuto, maligno, con ribetes de taimado que existe; ni tan ignorante que
no practique ciertas artes, que le dan importante consideración entre
los suyos. Pasa por brujo y por hacerse invisible cuando le conviene o
se halla en peligro. Construye ídolos y encantos que tienen propiedades
mágicas en ciertos casos. Nadie diría que ve, oye ni entiende, y sin
embargo, tanto de día como de noche nada ni nadie se le escapa; y sabe,
como el caimán, hacerse el dormido para asegurar mejor la presa. La
juventud la ha pasado en el monte huido, y en sus repetidas fugas ha
visitado todos los palenques del Cuzco y hecho amistad con los negros
cimarrones más famosos de la Vuelta Abajo. Ahora está muy viejo para
tales trotes, y, en consideración a haber sido uno de los fundadores del
ingenio de _La Tinaja_, el único que sobrevive de los que tumbaron aquí
los primeros palos, mamá hizo que lo pusieran de guardiero, y le
conserva en ese puesto contra la opinión de los empleados que conocen su
historia y sus malas mañas. Cuando quiere o le conviene no le gana a
vigilante ni el perro más fino. Puede decirse que es libre: cría
gallinas, engorda todos los años uno o dos cochinos que vende, y
entierra el dinero en alguna parte, y posee una yegua, en la cual puede
dar vueltas de noche a los linderos de la finca. Pero como digo, es muy
taimado y maligno y apostaría cualquier cosa a que no se hallaba lejos
del bohío y de su puesto sin algún objeto doloso y reprobado a la mira.
Por el cañaveral se ve con sus compañeros del ingenio; por el monte
sólo con los cimarrones o con los taberneros del pueblo para cambiar
azúcar por tabaco, aguardiente u otra cosa por el estilo.

--Así debe de ser, Leonardo, comenzó diciendo Rosa, pues me pareció que
traía una...

La tía y la hermana, más avisadas que ella, no la dejaron terminar la
frase; y nadie más habló en el resto del camino.

Entre la una y las dos de la tarde, bajo un sol de fuego cuyos rayos los
reflejaban las hojas de la caña cual si fueran bruñidas espadas, se
desmontaron los viajeros en la gran casa de vivienda de La Tinaja.



CAPÍTULO IV

     _Lo más negro de la esclavitud
      no es el negro._

         JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO


Bajo más de un concepto era una finca soberbia el ingenio de _La
Tinaja_, calificativo que tenía bien merecido por sus dilatados y
lozanos campos de caña-miel, por los trescientos o más brazos para
cultivarlos, por su gran boyada, su numeroso material móvil, su máquina
de vapor con hasta veinticinco caballos de fuerza, recién importada de
la América del Norte, el costo de veinte y tantos mil pesos, sin contar
el trapiche horizontal, también nuevo y que armado allí había costado la
mitad de aquella suma.

La casa de calderas o de ingenio era tan fuerte como vasta: edificio
exento casi enteramente, cuya armadura se componía de pares rollizos,
apoyados en soleras pesadas y éstas en pilares, dichos horcones en el
país, sin escuadría ninguna ni más pulimento que el que pudo darles con
la zuela el vizcaíno carpintero-arquitecto contratado en la finca para
esos trabajos. Tenía el aire imponente y rústico que parecía demandar su
destino. Debajo de su cubierta de tejas coloradas se abrigaban el
trapiche, la máquina de vapor y el tren Jamaiquino de elaborar el
azúcar, montado sobre tres hornos o fornallas. No se hallaban en el
mismo nivel todos estos aparatos: el de las calderas era varios pies más
bajo; y para pasar de un departamento a otro había que descender dos
anchas escalinatas de piedra, flanqueando el plano del trapiche y
máquina de vapor. Esto se hacía así para que tuviese una caída fácil el
guarapo, que al salir de las masas corría por una canal de madera a la
artesa, llamada allí mansera, donde algo se limpiaba y seguía al tacho o
paila para recibir el primer hervor.

Paralelo con este edificio había otro tan grande y más gacho, cerrado
por sus costados con paredes de mampostería y una sola entrada, haciendo
frente a la parte de las calderas mencionadas. Este era la casa para la
purga y el secado del azúcar. En otros separados se hallaban la
carpintería, la herrería, la enfermería, y la que puede llamarse casa de
maternidad; las habitaciones del mayoral, del boyero, carpintero,
mayordomo y maestro de azúcar, quien temporalmente residía también en el
ingenio. Para el maquinista, cuyo oficio a la sazón desempeñaba un joven
americano, se había construido una habitación provisional con tablas de
cedro, cerca de la máquina de vapor; único sitio abrigado en aquel feo
caserón. Seguían después, formando grupo, sobre doscientas cabañas o
bohíos de paja, con sus correspondientes corrales y gallineros adjuntos,
para la morada de los trescientos esclavos, o dotación del ingenio. Las
otras casas exentas, a saber: las del bagazo, la de batir el barro para
la purificación del azúcar, y otras de menos importancia, se hallaban
erigidas en el espacio medianero entre la de calderas y la de purga.

La planta de aquélla, denominada por antonomasia «de vivienda», figuraba
en paralelogramo trapezoidad, sentada en el suave declive de una colina,
cuya diferencia de nivel se había procurado remediar alzando el piso por
el frente. Era de un solo cuerpo de fábrica de manipostería gruesa con
cubierta de tejas huecas coloradas, amplio pórtico, la sala cuadrada al
medio, flanqueada a ambos lados por dos crujías de cuartos, pasadizos
corridos por el interior, patio rectangular en el centro, cerrado por
una tapia alta con caballete de vidrios, y una portada en el lienzo del
fondo, que se cerraba con cerrojo y cerradura y servía para la
comunicación interior de la servidumbre de la casa. En el patio crecían
muchas flores, algunos naranjos, higueras y parras, que no contribuían
poco con su verdor y su sombrío a la frescura de los cuartos; aunque
para quebrar la reflexión de los rayos solares en puntos de medio día,
habían puesto cortinas de cañamazo en todo el derredor de los pasadizos.
Arreglo igual se advertía en el pórtico, que por su elevación y
amplitud, se hallaba más expuesto a los embates del viento y a los
efectos desagradables de la reflexión solar en el extenso y desolado
batey.

Desde lo alto de la escalinata del pórtico se registraba de un extremo a
otro la casa de calderas al frente, la de purga algo más a la derecha,
aunque sólo por el lado de las gavetas para secar el azúcar; el barracón
de los negros o la estacada que encerraba sus habitaciones rústicas; en
suma, la mayor parte de las que componían la vasta población del
ingenio; los campos de caña hacia el oeste, los techos pajizos de las
casas del potrero, y más allá un palmar inmenso, un codo del río y luego
la selva alterosa y primitiva, que formaba como el fondo oscuro de este
variado cuadro campestre.

Cosa del medio día del 24 de diciembre de 1830, arrellanados en cómodas
butacas de vaqueta, se hallaban los amos del ingenio en cómodas butacas
de vaqueta colorada, se hallaban los amos del ingenio _La Tinaja_, junto
con otras varias personas, al abrigo de la reflexión solar, tras las
cortinas de cañamazo. Casi todos los caballeros, don Cándido Valdés,
cura de Quiebra Hacha, el capitán del partido y el médico fumaban
tabaco; doña Rosa, la esposa del capitán antes dicho, la mujer y cuñada
del mayoral del potrero y las señoritas Gamboa, comían unas dulces cañas
de la tierra, otras, naranjas de China y guayaba del Perú, etc.,
productos éstos de la estancia del ingenio. Por allí andaban nuestros
conocidos de La Habana: Tirso, Aponte, Dolores, junto con otra de las
negras que habían venido por mar, y dos o tres más de la dotación del
ingenio, que por criollas y de mejor apariencia las habían destinado al
servicio doméstico, todos haciéndose útiles.

De las señoritas Gamboa, Carmen y Adela no calentaban asiento, picaban
un pedazo de guayaba o de naranja y emprendían luego largos paseos,
enlazadas de las manos, de un extremo a otro del pórtico, con
manifiestas señales de impaciencia por la tardanza, a su juicio, de las
amigas de Alquízar. Adela en particular, cada vez que tocaba en el
ángulo del sur, levantaba un canto de cortina de cañamazo y echaba una
ansiosa mirada por toda la guardarraya maestra adelante hasta su
intercepción en el camino de la Playa. Al fin, poco después de la una de
la tarde, se oyó a lo lejos ruido de ruedas de un carruaje y la marcha
precipitada de varias caballerías; y Adela, sin ver nada aún, exclamó
alegre:--¡Ahí están!

No se engañó esta vez. A poco más llegaron al pie de la escalinata del
pórtico las señoritas Ilincheta en su carruaje, el cual, junto con sus
ocupantes, los caballos y los jinetes, venían cubiertos con el polvo de
la tierra colorada. Inútil sería detenernos a describir punto por punto
las variadas escenas del encuentro de ambas familias en medio de las
soledades de la Vuelta Abajo. Más de un motivo había para que, al menos
algunos de los presentes, mirasen aquel instante como un evento
verdadero, digno de nota. Sucede, además, que los jóvenes, y también a
veces las personas mayores, cuando se reúnen en un sitio de campo con
ánimo de pasar sólo unos días en franca y cordial sociedad, lejos de los
lugares donde se han acostumbrado a vivir y divertirse, se sienten
fuertemente atraídos; si son amigos lo son y lo expresan más; si
parientes, se persuaden que los unen más estrechos lazos; si amantes,
¡ah!, su amor les parece eterno, la dicha de amarse, celestial.

Las mujeres se estrecharon fuertemente entre los brazos. Adela lloró de
alegría al apretar entre los suyos a Isabel, por la cual sentía afición
extraordinaria. Para ella era la más modesta y amorosa de las mujeres.
También doña Rosa distinguía a la mayor de las Ilincheta, y en la
ocasión de que hablamos la mostró señalada cordialidad. Hasta don
Cándido tan seriote y desmañado, que no tuvo ni una sonrisa para su hijo
cuando éste se acercó a pedirle la bendición, recibió a las señoritas
Ilincheta con desusadas demostraciones de cariño, y se las presentó a
los caballeros que estaban de visita, diciendo:--También éstas son mis
hijas. Y hablando con Isabel añadió: He aquí tu casa; espero que goces y
te diviertas en ella como en la tuya encantadora de Alquízar.

Ya no duró el recibimiento en el pórtico sino corto rato. Sobre
estropeadas las señoras del viaje, necesitaban algún reposo, asearse,
cambiar de traje, antes de sentarse a la mesa. Doña Rosa, o la mujer del
Mayoral Moya, que hacía de ama de llaves para ahorrarle trabajo a esa
señora, había hecho preparar alojamientos para las señoritas Ilincheta y
para su tía, inmediatos a los aposentos ocupados por la familia de
Gamboa en la crujía de la derecha, después de la sala.

Ya de tardecita se sentaron a la mesa en la gran sala de la casa de
vivienda, entre señoras y caballeros, unas dieciséis personas, atendidas
por la mitad de ese número de siervos. Doña Rosa hizo los honores. La
secundó cuanto era compatible con su carácter don Cándido, aunque éste
guardó sus cumplimientos para el administrador de _Valvanera_ en primer
lugar, en segundo lugar para el cura de Quiebra Hacha, en tercero para
el médico de su finca y para el Capitán del partido. Todos debían pasar
la noche en el ingenio para tomar parte en las ceremonias que iban a
celebrarse al día siguiente, o primero de Pascua de Navidad. Fuera de
la esposa y de la cuñada del Mayoral del potrero, ninguno de los
empleados del ingenio fue invitado a comer en la casa de vivienda; y el
mismo Moya, que tenía vara alta con los amos actuales de _La Tinaja_, no
tomó asiento, aún invitado por don Cándido, so pretexto de haber comido.

Reinaron en el banquete la jovialidad y animación, templadas por las
maneras decentes propias de la buena crianza, aunque excepto Meneses, el
joven Gamboa y el cura, nadie de los presentes había recibido educación
esmerada ni frecuentado el trato de la alta sociedad cubana. El último
nombrado, don Cándido Valdés, criollo, se había educado en el Seminario
de San Carlos, de La Habana. En materias religiosas era tolerante hasta
la despreocupación; en política profesaba opiniones liberales que solía
llevar hasta la exaltación.[45] El médico Mateu, de Galicia, había hecho
la práctica de su profesión a bordo de los buques negreros, y ahora
curaba por iguala en varios ingenios de la comarca. Pasaba por buen
mozo; pero su bien parecer corría parejas con su necedad y pedantería.
Creía que todas las mujeres se enamoraban de él, y desde su puesto en la
mesa le lanzaba miradas a hurtadillas a Rosa Ilincheta, cuya graciosa
figura, viveza y fogocidad de carácter sobraban para volverle el juicio
a hombre de más seso que él. El cura simpatizó desde luego con Isabel,
que en todas sus palabras y acciones revelaba las altas prendas de su
espíritu. Don Manuel Peña, asturiano, casado con una criolla buena moza,
desde el mostrador o taberna del pueblo había ascendido a Capitán
pedáneo, especie de Juez de paz, y única circunstancia por la cual los
amos del ingenio de _La Tinaja_ le sentaban a su mesa. Don José de Cocco
era otra especie de hombre; natural de Cádiz, tenía fina apariencia,
los dientes muy blancos y los ojos azules, poca talla, bastante chiste y
escasa instrucción.

Este se dedicó a obsequiar a la segunda de las señoritas Gamboa, a cuyo
lado quedó en la mesa, con la conciencia, sin embargo, de bajo ninguna
circunstancia una de las amas del ingenio _La Tinaja_ daría su corazón
ni su mano al Administrador del ingenio _Valvanera_. Por lo que toca a
Adela, la más linda de todas, su extremada juventud la ponía a cubierto
de los galanteos de los hombres allí reunidos.

Circuló entre éstos libremente la copa del vino desde el principio hasta
el fin de la comida; terminada la cual, se levantaron los manteles para
servir los postres sobre la tabla desnuda, de bruñida caoba. Trájose
enseguida el café puro en tazas de trasluciente China, la espumosa
champaña, el coñac francés y el ron de Jamaica. Después don Cándido
Gamboa sacó a relucir su gran vejiga olorosa y dorada, y repartió sendos
tabacos, cual brevas, entre el Capitán, el Médico y el Cura, pues Cocco
no fumaba, tampoco Meneses, y Leonardo no se hubiera atrevido a tocar un
cigarro delante de su padre.

Puesto el sol terminó el banquete. Pero pasando la familia y las visitas
al amplísimo pórtico donde ya los criados habían enrollado las cortinas
de cañamazo, pudo echarse de ver que hacía suficiente claridad en el
campo circunvecino. Era que por un lado surgía la luna creciente de
entre el bosque lejano y hería oblicuamente las hojas y flores de las
cañas y los troncos blancos de las palmas, al paso que desde lo alto del
cielo azul y diáfano como el cristal, vertían innumerables estrellas
chispas de plata y oro.

Por sus pasos contados, después del banquete, todas las personas
reunidas en la casa de vivienda se dividieron en tres grupos. Doña Rosa,
en compañía de doña Juana, la Moya, la mujer del Capitán y Antonia, la
mayor de las señoritas Gamboa, volvieron a ocupar los sillones de
vaqueta colorada. Don Cándido, con el Cura, el Capitán y el Mayoral del
potrero, para digerir mejor la comida y saborear sus olorosos tabacos,
daban cortos paseos y conversaban en una cabeza del portal. El primero,
sobre todo, aprovechó la ocasión de tomar algunos informes, más
imparciales que los de su mayoral, acerca de las ocurrencias en la finca
durante los quince o más días que precedieron al de su llegada a ella.
Con este motivo dirigió como de paso varias preguntas a Moya, el cual,
honrado con aquella distinción por el amo del ingenio delante del Cura y
del Capitán pedáneo, se apresuró a contestarlas con lisura y no poca
satisfacción. Por ejemplo, preguntado:

--¿No se ha sabido nada, Moya, acerca de los negros que se fugaron la
semana pasada? El Mayodomo me ha dicho que son siete, entre ellos una
negra.

--_Veríficamente_, señor don Cándido, no se ha _sabío naitica_ entre dos
platos, contestó.

--Pero, ¿se ha hecho alguna diligencia?

--¡Pues no, señor don Cándido! Se han _registrao_ los montes de Santo
Tomás y los montes de La Angosta. En _toas_ partes se han _encontrao_
rastros frescos, mas como los perros de don Liborio Sánchez no son
_buscaores_ sino _mordeores_, _anque_ le tienen gran interés a los
negros no han _dao_ con ellos. Y _me se_ ha puesto que no han _salío_ de
los linderos del ingenio, porque no se han _juío en denantes_ y no saben
andar por el monte. Con buenos perros ya se hubieran _topao_, segurito.
¡Ah! Dios me dé perros que huelan un negro _dende_ una legua...

--Por lo que a mí toca, dijo el capitán Peña cortándole la palabra a
Moya, debo informar al señor don Cándido que he hecho en su obsequio
cuanto cabía en mis facultades. En efecto, apenas tuve aviso de la
ocurrencia por parte que me dio su mayoral de Vd., don Liborio Sánchez,
no perdí tiempo en pasar atento oficio, valiéndome del correo de Bahía
Honda, a los señores don Lucas Villaverde y don Máximo Arosarena,
inspectores en San Diego de Núñez, de la partida que capitanea don
Francisco Estévez, que acaba de formarse por disposición de la Real
Junta de Fomento, para perseguir negros cimarrones en las jurisdicciones
desde el muelle de Tablas o el Mariel, Callajabos, Quiebra Hacha, etc.,
hasta los límites occidentales de Bahía Honda. Con mi oficio a los
señores inspectores incluí la filiación, edad y naturaleza (poco más o
menos, se entiende, pues Vd. sabe que todos los negros se parecen) de
los siete que se le han fugado a Vd. Espero, pues, que si tropieza con
ellos la partida, cosa factible, porque sospecho que han tirado hacia
las sierras cercanas del Cuzco, que los capture y... Ni debe extrañar al
señor don Cándido que se le hayan fugado siete negros, cuando por la
misma época se han alzado 12 de _Santo Tomás_, 8 de _Valvanera_, 6 de
_Santa Isabel_, 20 de _La Begoña_, y 40, sí señor, 40, como Vd. lo oye,
de _La Angosta_, el ingenio aquí inmediato, perteneciente al Excmo.
Señor Conde de Fernandina. La lista de todos éstos obra ya en poder de
los señores inspectores, y, supongo también, del capitán Estévez.

--No me extraña la fuga de mis siervos, dijo don Cándido pensativo. Ni
son éstos los primeros negros que se me huyen. Ahí están, si no,
Chilala, José, Sixto, Juan, Lino, Nicolás, Picapica, etc., que no me
dejarán mentir. Esos, cuando no se hallan alzados en los montes, sufren,
como ahora, una condena más o menos larga en la finca, y llevan grillos
de doble ramal, o arrastran cadena con maza. Goyo, o Caimán, el
guardiero de la talanquera en el camino de la Playa, se sabe que ha
pasado su juventud entre esas serranías que se ven desde aquí... Mas
todos ésos son congo real, congo loango o congo musundi, raza humilde,
sumisa, leal, la más propia para la esclavitud, que parece su condición
natural. Sólo tiene un defecto, eso sí, grave, capital: es la raza más
holgazana que sale del África. Si pudieran los congos vivir sin comer,
no habría fuerzas humanas que les obligaran a doblar el lomo y trabajar.
Serían capaces de pasarse la vida echados panciarriba... Y por no
trabajar, a menudo se huyen... Lo que me extraña mucho, lo que no
acierto a explicarme es el por qué han seguido el ejemplo de los congos
Pedro y Pablo carabalí, Julián arará, Andrés bibí, Tomasa suama, Antonio
briche ni Cleto gangá. Estos negros industriosos, incansables para el
trabajo, fuertes, robustos, formales, éstos no se fugan sin causa. No,
negros que siempre tienen tiempo para sus amos y para sí, que juntan
dinero y a menudo se libertan, no se huyen por poca cosa. Son muy
soberbios, tal es su único defecto, para alzarse sin causa poderosa.
Antes se ahorcan que fugarse al bosque...

Podía echarse de ver por esto poco que algo se le alcanzaba a don
Cándido Gamboa de achaque de etnología africana. Ya se ve, el tráfico
constante en esclavos por muchos años, la posesión de dos o tres
centenas de éstos, le habían enseñado que según su raza eran más sumisos
o levantiscos, más o menos a propósito para llevar hasta la muerte el
pesado yugo de la esclavitud. Sucedía, sin embargo, que otra cosa le
había enseñado a Moya su larga experiencia en el manejo de negros suyos
y ajenos, y todo su ser se sublevaba cuando oía decir que los había
buenos y malos, y que algunos no se huían jamás sin causa poderosa, más
bien se quitaban la vida. Por eso Moya, a riesgo de quebrar pajita con
el amo, dijo:

--Se conoce que el señor don Cándido ha visto negros y sabe los que
sirven _pa_ esto y no sirven _pa_ lo otro. Con permiso del señor don
Cándido yo digo que _toos_ los negros son lo _mesmo_ cuando la Guinea se
les mete en la cabeza. Entonces _toos jalan pa_ atrás como los mulos y
es preciso _jarrearlos_ con el cuero. Vamos a ver. ¿Por qué se han
_juío_ los siete de acá? ¿Por falta de _comía_? ¿Por falta de _frasá_?
¿Por falta de cochino? ¿Por falta de conuco? _Naa_ de eso les hace
falta. _Too_ eso lo tienen ellos a bombón. ¿Por el mucho trabajo? ¿Por
el mucho cuero? Ahora no trabajan, como quien dice, y _veríficamente_
don Liborio de Corpus a San Juan da un bocabajo.

--Si me es dado decir lo que pienso, terció en este punto el Cura
modestamente, mi opinión es que no debe esperarse de gente tan ignorante
como son los negros, el que juzguen y actúen cual las criaturas
racionales. Sería excusado buscar la razón de sus alzamientos y delitos
en los instintos de la justicia y el derecho. No. La causa ha sido
quizás la más quimérica, la más absurda, la menos justificada... Es, sin
embargo, coincidencia rara que a un tiempo se hayan alzado tantos negros
y de aquellas fincas precisamente que han cambiado de poco acá su
sistema de moler caña. ¿Será que esas estúpidas criaturas se han
figurado que se les aumenta el trabajo porque en vez de moler con bueyes
o mulas se muele con máquina de vapor? ¿Qué sabemos? Vale la pena
investigarlo.

--Ya, dijo don Cándido, siempre pensativo, siguiendo con los ojos
entreabiertos las columnas de humo cenizoso que se le escapaban de la
boca. El argumento de mi tocayo es bueno tratándose de negros congos,
falso, hablándose de negros de otras naciones de África. He observado de
cerca sus índoles diversas y sé lo que digo. El trato más que otra cosa
tiene que ver con la conducta de ciertos negros. Todos han nacido para
la esclavitud, ésa es su condición natural; en su mismo país no son otra
cosa que esclavos, o de unos pocos amos o del demonio. Los hay, no
obstante, que necesitan rigor, mucho rigor, el látigo siempre encima
para que trabajen; los hay que por las buenas se saca de ellos cuanto se
quiere.

--_Asina_ es, como dice el señor don Cándido, volvió Moya a meter la
cucharada. Mas yo digo que si hay negros que no se _pueen_ quejar del
trato, ésos son los del señor don Cándido. Ellos están como las flores:
bien _comíos_, bien _vestíos_, _ca_ uno con su conuco y su cochino,
muchos _casaos_, no trabajan más que de sol a sol, y no se les da cuero
por _náa_ y _náa_, como yo he visto que se hace en otros ingenios. Sacan
_mu_ poca fajina: dos o tres horas los domingos. Y cuando no se muele
caña casi _too_ el resto del tiempo es suyo para hacer canasta, engordar
sus cochinos, guataquear sus conucos... Casi todas las ascuas tienen un
día de tambor. ¿Qué más quieren esos _endinos_? Ni el obispo está mejor.

--Y vuelta a la misma tema, dijo don Cándido molesto. Moya, está bien lo
que Vd. asegura y repite; pero nada de eso me convence, ni me explica la
causa, la causa real y verdadera de la fuga de mis carabalíes. Lo peor
es que sospecho que Vd. sabe algo y no quiere decirlo delante del señor
Cura y del Capitán.

--Pues por _toas_ éstas y por la en que Jesucristo murió, dijo Moya con
vehemencia besando las cinco cruces que había formado con los diez dedos
de las manos enlazadas, que no sé _naitica_ más. Y si dejo algo
_embuchao_, que aquí _mesmo_ me parta un rayo, y _ustees_ perdonen mi
_moo_ de hablar.

--No hay que maldecir por tan poca cosa, dijo el Cura.

--Registre Vd. su memoria, Moya, dijo sonriendo don Cándido al ver su
apuro.

--El caso es, repuso éste después de breve detención, que yo no sé que
_puée_ ser la causa y que no _puée_ ser causa _pa_ que se _juya_ un
negro. El señor don Cándido dice que unos negros se _ajorcan_ y no se
_juyen_; y _dispués_ dice que el mal trato es la causa de los
cimarrones. Bueno. También dice el señor don Cándido que los _carabalí_
son _mu_ soberbios. Yo digo que son _mu_ perros y más perros que _toos_
los negros juntos. Pedro briche es el cabecilla de sus carabelas en el
ingenio. Siempre habla lengua con ellos, y el Mayoral está _quemao_ con
él. Yo lo sé; pero no le había puesto nunca la mano encima, ni _dende_
que vino de África creo yo que _naiden_ le sacó sangre con el cuero.
Pues, señor, la semana antes _pasáa_, Pedro briche no se presentó en la
_jila_, ni _dormió_ por la noche en el barracón. ¿Qué querían que
hiciera don Liborio? Al día siguiente va y lo coge _sotaventao_, y le da
unos cuerazos por arriba de la camisa, lo puso en el cepo por dos días,
le quitó el mando de contramayoral y lo sopló al campo a chapear. Se
emperró más. Yo le dije que le diera un buen bocabajo, pero temió que le
levantara _toa_ la _negráa_. Y ya se ha visto el _resultao_, se fue al
monte con seis compañeros porque no se le castigó bastante.

--¿No lo decía? dijo don Cándido con aire satisfecho. Y añadió, antes
que Moya le quitara la palabra:--¿Y qué dice de todo eso Goyo, el
guardiero del camino de la Playa? ¿Sabe Vd. si le han sondeado?

--¿Cómo que no? contestó Moya prontamente. El primerito que se vio _pa_
eso. ¿No ve el señor don Cándido que hasta la puerta _mesma_ de su
_bujío_ se encontró rastro fresco de negros que venían del monte, del
lado de allá? Pero él juró por _toos_ los santos del cielo que no vio,
oyó ni sintió _náa_ en _too_ este tiempo. Se calentó don Liborio contra
él y quiso arrimarle unos cuerazos _pa_ que cantara; mas yo se lo quité
de la cabeza, porque pensé que se iba a poner brava la señora doña Rosa
en cuanto que supiera que habían _castigao_ al taita Caimán.

Con esto don Cándido menudeó sus paseos sin curarse de las personas que
le hacían compañía, quizás para que no le interrumpieran en sus
meditaciones. Luego, volviéndose de improviso para Moya, en tono breve e
imperioso le preguntó por el Mayoral.

--Cuando yo venía del potrero, contestó Moya, estaba él con la gente en
el corte de caña, enfrente de la tumba nueva. No debe de tardar ya,
pues como no hay que cortar yerba de Guinea pa la comía de los caballos,
porque hay _cojollo_, soltará la gente más temprano. Mire, ahí vienen
las carretas con las últimas cañas _pa_ probar la máquina... Allá lejos
se ve el boyero en su mula, y más lejos _entoavía_, por la otra
guardarraya, veo ahora a don Liborio. El cañaveral me tapa sus perros y
yo no _pueo_ decir si va solo o con la gente. El viene a caballo.



CAPÍTULO V

     _9. Limpio soy yo, y sin delito..._

     _10. Por cuanto ha hallado achaques
        contra mí, por eso me ha tenido
        por enemigo suyo._

     _11. Ha puesto en un cepo mis pies,
        ha guardado todas mis sendas._

         JOB, XXXIV


Mientras en un extremo del pórtico ocurría la escena trazada ya, tenía
lugar en el opuesto otra muy diversa. Formaban allí grupo animado e
interesante las señoritas Ilincheta, junto con las dos más jóvenes de
Gamboa, rodeadas por el medio círculo de los caballeros que las
galanteaban o admiraban. Todos en pie. Las señoras apoyadas de espaldas
en la barandilla, y los caballeros pendientes de los labios de Rosa
Ilincheta que, en pocas palabras, llenas de gracia y gráfica expresión,
describía los pequeños incidentes del viaje, su mal manejo parte del
camino, y sus propias impresiones.

Leonardo se sonreía, Cocco aplaudía, Mateu el médico hacía piruetas de
gusto, y Meneses se mantenía serio de celos, porque crecían con esto los
admiradores de su linda amante. Adela e Isabel, dadas las manos,
escuchaban y callaban. De pronto alguien le tiró de la falda a Adela por
el lado de fuera del pórtico. Volvió ella el rostro con viveza y vio a
una negra de buen aspecto, en traje muy diferente del que usaban las
demás esclavas de la finca.

--¿Qué quieres?--preguntó Adela bastante asustada.

--Su merced me dispense, niña. Venía por el médico. (No le veía por la
oscuridad y las faldas de las señoras interpuestas.)

--Y ¿quién eres tú?

--Soy la enfermera, criada de su merced.

--¡La enfermera! repitió Adela sorprendida.

--Sí, niña, la enfermera María Regla. ¿Y su merced no es la niña
Adelita?

--La misma que viste y calza.

--¡Ah! exclamó la esclava, apretándole suavemente los pies a la joven,
ya que no podía otra parte de su cuerpo. Me lo decía el corazón. Ayer la
vi pasar por el batey desde la ventana de la enfermería. Quedé en dudas
de cuál sería mi niña, si la niña Carmen o su merced. ¡Cuánto ha
cambiado! ¡Qué linda se ha puesto mi hija, Virgen Santa!

--Me lo decía el corazón, linda, mi hija, remedó Adela. Si soy tu hija,
si me quieres tanto, ¿por qué no has venido a verme? Te avisé con
Dolores. ¿Por qué no saliste a hablarme? Me tienes muy brava.

--¡Ay! exclamó la negra. No me diga eso, niña, que me mata... Su merced
no iba sola.

--No. Iba con mamá, Carmen, la mujer de Moya y su cuñada Panchita. ¿Qué
tenía eso de particular?

--Bastante, niña de mis ojos.

--Habla, explícate.

--No puedo ahora, niña mía.

--¡Qué! ¿Tú no piensas pedirle la bendición a mamá?

--Sí, niña. Debo, lo deseo en el alma, venía... Desde el punto que llegó
Señorita de La Habana, pensé correr y echarme a sus pies...

--¿Por qué no lo has hecho así? ¿Quién te lo ha impedido?

--Señorita misma.

--¿Mamá? No, no puede ser. Te engañas, sueñas, María de Regla.

--Ni me engaño, ni sueño, niña Adelita. ¡Ojalá! Señorita ha prohibido
que ponga los pies en esta casa.

--¿Cómo es que yo no sé nada de eso? ¿Quién te ha ido con semejante
cuento?

--No ha sido cuento, niña Adelita. Dolores me refirió una conversación
que Señorita tuvo con el amo sobre mí...

--¿Ya lo ves? Dolores entendió mal. Mamá no está brava contigo. Y si no,
ahora mismo voy a averiguarlo.

--No lo haga, niña Adelita, no, por el amor de Dios, replicó la esclava
muy asustada, deteniendo a la joven por un canto del vestido. Por sí, o
por no, será mejor que Señorita no me vea ahora. ¿Está ahí el médico?

--Pues yo quiero verte a solas. Arreglaremos el modo. Con Dolores te
avisaré. ¿Y para qué quieres al médico?

--Para un moreno que han traído del monte mordido por los perros.

--¡Mordido por los perros! repitió Adela. ¡Ay! Debe de ser muy serio el
caso cuando llaman al médico. ¡Si le habrán despedazado! Es probable.
Esos perros son como fieras. ¡Qué horror, Dios mío! Mateu, añadió en
alta voz, ahí le buscan.

Cosas bien extrañas en verdad empezaba Isabel a averiguar respecto de la
familia bajo cuyo techo se hallaba hospedada y del ingenio tan ponderado
de _La Tinaja_. Interesada vivamente en la suerte de la enfermera,
antigua nodriza de su tierna amiga, ahora desterrada de la casa
solariega, y conmovida, horrorizada con lo que había oído respecto del
esclavo, mordido por perros feroces, cosas todas inauditas para ella,
no pudo ocultar Isabel de Leonardo, ni su intenso disgusto ni sus hondas
emociones.

--¿Qué tienes? ¿Qué te ha dado? le preguntó él.

--No sé, contestó ella. Me siento mal.

--Me pareció, continuó Leonardo, que te había afectado el cuento del
negro herido. No seas boba. ¿Qué apostamos a que no ha sido mayor la
cosa? ¿A que no pasa de unos cuantos rasguños? Si conocieras a la
enfermera pensarías como yo. Mamá no la puede ver por escandalosa. Ni
hay que dar nunca entero crédito a lo que dicen los negros. Todo lo
exageran y abultan.

--¿Qué fue, Adela? preguntó doña Rosa desde su asiento oyéndola llamar
al médico.

La enfermera desapareció en un instante, y antes que Adela contestase a
su madre se apareció el Mayoral a caballo, precedido por sus dos
hermosos alanos, para dar cuenta en voz campanuda de todo lo que había
pasado. Era éste hombre alto, enjuto de carnes, mas de recios miembros,
muy moreno de rostro, ojinegro, el cabello crespo y poblado de barba,
cuyas grandes patillas le cubrían ambos lados de la cara hasta tocar en
los ángulos de la boca, que por esto parecía más chica. A pesar del
sombrero de ala ancha que llevaba siempre puesto, lo mismo en el campo
que en la casa, al aire libre que bajo techo, pues muchas veces hacía
uso de él como de gorro de dormir, cuando se lo quitó para hablar con
don Cándido viose que mientras la parte superior de su frente parecía de
un hombre blanco, la nariz, las mejillas y las manos nadie diría sino
que eran de un mulato; tan quemadas estaban del sol. Venía armado, como
suele decirse, hasta los dientes, de machete de cinta, puñal con cabo de
plata o que brillaba como tal, y el ponderoso látigo, cuyo mango, hecho
de un gajo de naranjo silvestre, no era arma menos terrible por ser sólo
contundente.

Comenzó diciendo:

--Santas tardes tenga el señor don Cándido con _toa la compaña_. Yo soy
_venío a participasle_ que han _traío_ a Pedro brichi con algunas
_mordías_. Se _arresistió_ y fue preciso atojarle los perros.

--¿Quién le ha capturado? preguntó el amo con mucha calma.

--La _partía_ de don Francisco Estévez, _nombráa pa_ coger negros
cimarrones.

--¿Sabe Vd. dónde le han capturado?

--En los cañaverales de _La Begoña_, cerquitica de las sierras.

--¿Estaba él solo? ¿Y los compañeros?

--_Náa_ se sabe de ellos, señor don Cándido, ni Pedro _quie decislo_
tampoco. _Me se_ figura que será preciso _biraslo pa que cante_. Por eso
vengo a donde el señor don Cándido _pa_ que me diga qué hago con Pedro.
Está muy _emperrao_...

¿Dónde le tiene Vd. don Liborio? preguntó el amo después de larga pausa.

--En la enfermería.

--¿Qué, tan estropeado está?

--No por eso, señor don Cándido. Lo tengo en el cepo de la enfermería
_pa_ mayor _seguriá_, y no he _querío ponesle_ grillos por las _herías_;
y luego _dispués me se_ figura que tiene malas intenciones. Sus ojos son
dos tomates _maúros_, y he _reparao_ que cuando se le ponen _asina_ los
ojos a los negros es que _quieen_ hacer una _fechuría_. Yo le digo al
señor que está _mu emperrao_ ese negro. Mire el señor si es perro, que
cuando lo metí en el cepo me dijo:--el hombre no muere más que una vez,
y que «ya estaba _cansao_ de trabajar _pa_ su amo». El señor debe de
saber que luego que los negros cogen y hablan _asina_ es porque, como
dice mi compadre Moya, que está presente, se les ha _metío_ la Guinea en
la cabeza. _Apuráamente_ ellos se tienen _tragáo_ que cuando se
_ajorcan_ aquí van derechitos a su tierra.

--¡Aberraciones de la ignorancia! exclamó el Cura.

--Sí, señor don Cándido, continuó el Mayoral, ese negro está pidiendo
cuero como los muertos misa.

Se sonrieron el Cura y don Cándido, y éste dijo:

--A su tiempo, don Liborio, a su tiempo se maduran las uvas. Por lo
pronto no me parece conveniente azotarle. Se pondrá bueno de las
mordidas, y entonces habrá lugar de castigarle por su falta, una de las
más graves que pueden cometerse en estas fincas. Alzarse, fugarse el
esclavo, privar al amo de sus servicios sin causa poderosa y bastante,
por más o menos tiempo, es imperdonable; no sólo por él mismo, sino por
el mal ejemplo a sus compañeros. Se le castigará, no lo dude. No habrá
quien le apadrine. En otro negro cualquiera esa misma falta aparecería
leve. A bien que Pedro puede resistir un novenario... Tiene buenos
jarretes. A otra cosa. ¿No sabía la partida de Estévez que ese negro era
mío? ¿No la informó Vd. que estaba yo aquí?

--Sí, señor, sabía _toito_ y yo le dije que viniera a la casa de
vivienda _pa_ entregar el cimarrón y _recebir_ la captura, que es un
doblón de a cuatro. Mas me contestaba y dice que prefería dormir en el
monte. Además, que no quería que lo viesen los negros mansos, porque
_le_ daban el soplo a los cimarrones; además que tenía que _dir_ donde
_La Angosta_ a ver si cogía los cuarenta negros que se le _juyeron_ a
_suescelencia_ el señor Conde la Fernandina la semana _pasáa_ arriba, y
el Mayoral lo había _mandao_ a _ñamar_...

En aquel punto desfilaban en el batey del ingenio de _La Tinaja_, entre
la casa de vivienda y la de calderas, los 300 y más esclavos de su
dotación, y el Mayoral diciendo, «con licencia», fue a ponerse a su
cabeza para pasarles revista y darles las últimas órdenes por medio de
los contramayorales, que eran también esclavos. Desde buena distancia
les había precedido el rumor de sus conversaciones y el sonido de las
prisiones de los penados. Dos de ellos llevaban grillos, con barra
atravesada y cadena de dos ramales suspendida a la cintura, y caminaban
con mucho trabajo, pues para avanzar tenían que describir medios
círculos, ya con un pie, ya con el otro. Uno llevaba grillete, del cual
pendía una cadena como de unos seis pies de largo, cuyo extremo inferior
iba engarzado al anillo de una masa férrea como pesa de reloj, la que,
al caminar, era fuerza que llevara al brazo, so pena de que el roce de
la argolla moliera el hueso de la canilla, aunque se lo había abrigado
con un trapo. Este mismo se detenía de cuando en cuando y alzaba la voz
en tono melancólico y timbre argentino, que resonaba por todas partes
diciendo:--«Aquí va Chilala, cimarrón».

Penados o no, varones o hembras, todos traían algo a la cabeza, ya haces
de cogollo, ya de ramas de ramón de que tanto gustan las caballerías en
Cuba, ora racimos de plátanos verdes o maduros, ora de _palmiche_ para
los cerdos; éste una calabaza, aquel un brazado de leña. Unos pocos,
quince o veinte, llevaban camisa y calzón de cañamazo nuevos o de pocos
meses de uso y estaban enteros; el traje de los restantes se componía de
harapos, a través de cuyos agujeros se les veían las carnes negras y sin
lustre. Ninguno calzaba zapatos, uno que otro, abarcas de cuero sin
curtir, ajustadas al pie por cordones de majagua, bien de arique de
yagua que no son menos resistentes. Las hembras, de treinta a treinta y
cinco por todas, sobre andar revueltas entre los hombres, apenas se
distinguían por otra cosa que por la especie de saco talar de cañamazo
con que se cubrían el cuerpo desde los hombros hasta un poco más abajo
de las rodillas, sin mangas; para que no faltase nada a la tosca
imitación de la túnica romana.

--_¡Ajilar!_ gritó don Liborio con su voz de trueno, recorriendo a
caballo las desordenadas filas como un general que ordena una evolución.
Con lo cual, sin tropiezo, por el mero hábito, la mayor parte formó;
pero los perezosos, los torpes, los impedidos por las prisiones, por la
demasiada carga o por la prisa que se dieron los delanteros a cerrar las
filas, ésos se quedaron detrás, menos visibles que los otros. Contra
estos infelices estalló la cólera del Mayoral. Enarboló el látigo y
empezó a repartir latigazos a diestro y a siniestro, sin distinguir
inocente de culpable, hasta lograr la formación deseada.

Si así es como se ha razonado con el esclavo en todos tiempos y países,
¿podría esperarse que fuesen una excepción a esta regla general los
señores del ingenio de _La Tinaja_? De ninguna manera. En su opinión,
como en la de la mayoría de los amos, no era el negro la _cosa_ de que
habla el derecho romano. Había bastante diferencia. Para ellos, que
entendían por derecho únicamente aquello que no torcía el cumplimiento
de sus pasiones y caprichos, el hombre-cosa de la antigua Roma tal vez
no pensaba, era una máquina de trabajo; al paso que el hombre-cosa
actual, estaban plenamente convencidos, pensaba al menos en tres cosas:
en el modo de sustraerse al trabajo, en quemarle la sangre a su
detentor, y en obrar siempre en oposición a sus miras, deseos e
intereses.

Para el amo en general, el negro es un compuesto monstruoso de
estupidez, de cinismo, de hipocresía, de bajeza y de maldad; y el solo
medio de hacerle llenar sin murmuración, reparo ni retraso la tarea que
tiene a bien imponerle, es el de la fuerza, la violencia, el látigo. El
negro quiere por mal, es dicho común entre los amos. Por eso, en
concepto de éstos, aquel Mayoral que no disimula ni perdona falta, que
como rayo hiere al que delinque, que en todas ocasiones tiene entereza
bastante y valor para «meter en cintura» a gente tan perversa e
ingobernable, ése es más meritorio, más digno de consideración y
respeto. Siempre se ha admirado más al inquisidor que más herejes
mandaba al quemadero.

Así se explica por qué, luego que el Mayoral dio la orden de _tumba_, y
todos soltaron la carga a sus pies, no importa si de forraje o de
frutos, de cuyas resultas éstos se reventaron con la caída, dando
ocasión a que el Mayoral hiciese nuevo uso del látigo, los señores del
ingenio de _La Tinaja_ aprobaron y celebraron el _castigo_; porque era
claro que los culpables habían procedido de malicia y no por torpeza y
ofuscación a causa del anterior vapuleo.

Doña Rosa, mujer cristiana y amable con sus iguales, que se confesaba a
menudo, que daba limosna a los pobres, que adoraba en sus hijos, que en
abstracto al menos estaba dispuesta a perdonar las faltas ajenas para
que Dios, que está en el cielo, la perdonara las suyas; doña Rosa,
sentimos decirlo, al ver las contorsiones de aquéllos a quienes la punta
del látigo de cuero trenzado del mayoral abría surcos en sus espaldas o
brazos, se sonreía, tal vez por creer grotesco el espectáculo, o
exclamaba, exclamación en que la hacían coro las personas de que se
hallaba rodeadas:--¡Hase visto gente más bruta!

También se sonrieron los caleseros Aponte y Leocadio, junto con dos
mozos más, que desde el colgadizo de la gran caballeriza del ingenio,
atraídos por el continuo estallar del temible cuero, presenciaban a
salvo la escena y esperaban se despejase el campo para salir y recoger
el forraje destinado a las caballerías de que estaban hecho cargo
inmediatamente.

Si añadimos que en estas circunstancias hasta los perros del Mayoral
mostraron a su modo una alegría desusada, no creemos decir nada nuevo.
Ello, mientras don Liborio hablaba con los amos del ingenio, se
mantuvieron echados a los pies de su caballo; pero apenas se dirigió a
los negros, se colocaron a sus flancos y no perdieron de vista ni sus
ojos ni los movimientos de su brazo derecho, aguardando sin duda la
orden de echarse sobre la víctima y rematarla.

Es de consignarse aquí, sin embargo, que no todas las señoras presentes
se unieron al coro a que antes se ha aludido. Doña Juana, al contrario,
apartó los ojos para no ver, ya que la política la vedaba retirarse y
era fatal el oír los latigazos y los quejidos sordos de las víctimas. En
igual caso se hallaban las sobrinas de esta señora y las dos hijas
menores de Gamboa; pero éstas tuvieron siquiera el arbitrio de
refugiarse en el patio. Allá las seguían Meneses, Cocco y Leonardo, a
tiempo que don Cándido llamó a este último y le ordenó acompañase al
médico al hospital y se informase menudamente de lo ocurrido con el
preso. En conversación íntima a poco con el cura y el capitán, agregó:

--Quiero acostumbrarle (a su hijo) a estas cosas desde temprano, porque
yo mañana o esotro día me muero y él por necesidad habrá de reemplazarme
en el manejo del caudal; sobre todo en la administración de esta finca,
que por más de un motivo le pertenece. Este ha de ser su mayorazgo.

De aquel mandato imperioso de don Cándido nació el que Leonardo,
repugnándole y todo la visita, ya que no le era dado desobedecer, ni
excusarse tampoco, pretendiera le acompañasen sus amigas y hermanas.
Cedieron éstas sin dificultad, lo mismo que Rosa, tanto más cuanto que
se brindaron a ir de la mejor gana Meneses y Cocco. Isabel de pronto se
negó; mas instada y reflexionando que tal vez habría ocasión de ejercer
en aquella visita uno de los actos de misericordia, cedió también, y
cuando salía del brazo con Leonardo, dijo al paso a doña Rosa en tono
amable y risueño:--Me llevan.

--Bien hecho, repuso doña Rosa.

--¡Buena pareja! dijo doña Teresa, la mujer del capitán Peña, a tiempo
que Leonardo e Isabel descendían por las gradas del pórtico al batey.

--¡Hermosa! dijo doña Nicolasa, la mujer de Moya.

--¿No crees, Rosa, (dijo don Cándido a la suya al paño, concordando
mentalmente con la oportuna observación de aquellas dos mujeres), cada
vez más acertada la idea de casar cuanto antes a Leonardo con Isabel?

--Sí, contestó doña Rosa distraídamente.

--A ella la tengo por una buena cosa. Y se conoce que está enamorada de
Leonardo. Luego el matrimonio es un freno...

No sabía don Liborio contar de _cálamo currente_[46] más de una decena.
Pero tenía feliz memoria y era buen fisonomista; de modo que,
exceptuando los siete esclavos prófugos, ocho enfermos en el hospital y
los veintiocho adscritos a las diversas dependencias de la finca,
carpinteros, albañiles, herreros, mozos de cuadra y sirvientes, los
demás, hasta el número de 306, varones, hembras, solteros, casados,
grandes y chicos, no le quedó género de duda que uno tras otro habían
pasado por delante de sus ojos y entrado en el barracón. Satisfecho
sobre este particular cerró la portada, pasó el cerrojo horizontal de
figura de T, y le echó la llave; la cual, junto con el látigo colgó de
un clavo fijo en la jamba de la puerta de su casa, por la parte fuera,
debajo del colgadizo.

Si hubiera leído el _Quijote_, habría podido decir con el caballero
andante: «Nadie las mueva, que estar no pueda con Roldán a prueba.»
Porque al pie de esos símbolos del poder señorial cubano, lloviese,
ventease, hiciese calor o frío, dormían los feroces alanos del Mayoral y
¡ay del sin ventura que osase acercarse para desprender la llave o el
látigo!

Después de comer solo, porque la familia estaba de visita en la
estancia, don Liborio a pie, con machete y puñal al cinto, acompañado de
sus perros, se dirigió de prisa a reunirse con el médico en el hospital.
Para llegar a él, allá en los confines del plano o cuadrado donde se
habían erigido todas las fábricas del ingenio, había que pasar por junto
al ángulo de un seto de piñones que protegía un cañaveral en flor. Allí
los perros se separaron de su amo y en el vano empeño de traspasar el
obstáculo, gruñeron, o más bien gimieron de aquel modo que suelen cuando
husmean la presa cercana. Pero ya hemos dicho que el Mayoral estaba de
prisa, y siguió adelante llamando a sus perros.

Apenas penetró en la enfermería, bajó por la guardarraya al batey un
negro a caballo, lo atravesó de un lado a otro, entró en el colgadizo de
la casa del Mayoral, observó bien por todas partes, vio que no había luz
ni gente, y sin apearse de la yegua flaca y desvencijada que montaba en
pelo, cogió la llave, descorrió con ella el pestillo de la cerradura y
la volvió a su sitio. Después de esta hazaña, siguió a la casa de
vivienda y solicitó ver a sus amos, los cuales, hallándose aún en el
pórtico, no tuvieron embarazo en recibirle.

No se desmontó, se deslizó por los costados de la bestia al suelo no
teniendo estribo en que apoyar el pie. Su primer cuidado fue quitarse el
gorro de lana con que se cubría la cabeza, y hecho todo un arco su
cuerpo y tembloso, se echó de rodillas delante de doña Rosa, y en su mal
español dijo:

--_La bendició, mi suamita._

--¡Ah! exclamó dicha señora algo asustada. ¿Eres tú, Goyo? Dios te haga
un santo. ¿Cómo estás?

--_Mala, mi suamita._

--¿Qué te duele, Goyo?

Contestó con muchos rodeos y perífrasis ininteligibles las más, que ya
le pesaba el cuerpo demasiado; que le faltaban las fuerzas y deseaba
descansar en el cementerio; que estaba muy viejo; que el padre de doña
Rosa le había sacado del barracón de La Habana cuando esta señora no
había nacido; que fue uno de los esclavos fundadores del ingenio _La
Tinaja_, uno de los primeros en derribar los montes con el hacha. Todo
esto, que se tenía harto sabido la señora con quien hablaba, para
informarla, en medio de aspavientos y circunloquios, que sabía donde se
hallaban ocultos algunos de los esclavos prófugos, quienes deseaban
presentarse desde que supieron que sus amos habían llegado de La Habana,
porque estaban casi seguros que no se les castigaría por la falta
cometida, en gracia de ser la primera vez; mayormente si el guardiero,
que tan largos servicios había prestado en la finca, pedía perdón para
ellos a la señora.

--Bien, dijo doña Rosa habiendo consultado con una mirada la opinión de
su marido. Está bien, Goyo. Ve. Di a tus ahijados que pueden presentarse
sin miedo; que por ti se les hará justicia... ¿Oyes?

Con dirigirse a doña Rosa para pedirla el perdón de los prófugos, dio a
entender el guardiero que a lo menos podía concebir su cerebro dos ideas
bien definidas. La una, que juzgaba más capaz de caridad el corazón de
doña Rosa, por el hecho de ser mujer, que el de don Cándido; la otra,
que siquiera por ama legítima del ingenio, pues le había heredado de su
padre, había de ser ella más indulgente con las faltas de sus esclavos
que él, quien, aunque señor de hecho, no lo era de derecho.

El pensamiento así expuesto parece demasiado abstruso para caber en la
cabeza de un negro doblemente estúpido por sus largos años de
esclavitud. Pero fuéralo o no en efecto, de esta manera fue como don
Cándido interpretó el discurso del esclavo, hiriéndole en lo vivo, de un
lado, que prescindiera de él en su embajada; del otro, la odiosa
diferencia que marcó entre ama y amo. Es que llovía sobre mojado, como
suele decirse, y cogió la ocasión por los cabellos para vengarse del
insulto y recobrar, ante las personas testigos de la escena, la que él
creía rebajada dignidad del señor amo. En esta disposición de ánimo, y
cuando el anciano todo tembloso hacía los mayores esfuerzos para ganar
de nuevo el lomo desnudo de su mansísima yegua, dijo don Cándido:

--Lindos estaríamos si por el primer zopenco que se interpone,
hubiésemos de perdonar, no ya sólo las faltas más graves, sino hasta los
delitos de nuestros esclavos.

Mirole asombrada doña Rosa, y luego dijo con aparente calma:

--¿Pues no estabas tú de acuerdo con mi decisión?

--Tal vez.

--¿Luego...?

--Luego es preciso que se haga justicia a esos bribones que osaron
fugarse cuando más necesidad teníamos de sus servicios.

--¿Qué entiendes, Gamboa, por hacer justicia?

--Entiendo, repuso él con sorna, dar a cada quisque su merecido,
castigar cual se debe al que delinque.

--Pero eso no sería hacer justicia.

--¿Cómo que no? pregúntale a tu hijo que estudia leyes, qué se entiende
por hacer justicia. Recuerda, si no, cómo rezan los edictos de los
fiscales de la comisión militar permanente que publica con frecuencia
_El Diario_. «Yo, Fulano de tal, capitán del ejército por S. M., etc.,
cito, llamo y emplazo por éste mi primer edicto, a Zutano de Cual, para
que se presente en la cárcel pública de esta ciudad dentro del
improrrogable plazo de tantos días, a descargarse de la culpa que le
resulta en la causa que le sigo por asalto y robo en despoblado o por
infidencia; cierto y seguro de que si compareciere dentro del término
señalado, _se le hará cumplida justicia_...» ¿Oíste? Cumplida justicia.
Me le sé de memoria.

--No creo yo que la comisión militar, o como se llame, castigue a todo
el que cita para hacerle justicia.

--Tienes que creerlo, porque por fas o por nefas, así sucede. ¿Cómo es
que por más que le citen, llamen y emplacen, nadie se presenta de _motu
proprio_? Claro, porque lo de _hacer justicia_ no pasa de ser jarabe de
pico. Puede ser el emplazado tan inocente como un recién nacido; con
todo, si le pillan, de seguro que mamá cárcel por tres o cuatro años, y
ya esto es un castigo... que de buena gana le daría a todos los que me
quieren mal.

--Bien, Cándido, está bien todo eso; el caso es que yo no hablé en el
sentido que dices. En resumidas cuentas, prometí el perdón que Goyo vino
a pedirme para sus compañeros.

--Pues ahí está el engaño tuyo, Rosa. Tú no has prometido tal perdón ni
calabazas. Ni si hubieras prometido era posible cumplir...

--Pero es que mi palabra está empeñada.

--Ese es el ajo, mi cara Rosa. En pocas palabras, tú no has prometido
nada y tal fue lo que me propuse probarte para evitar mayores males. Por
el mero hecho de decir _se les hará justicia_ no se deduce que
prometiste el perdón, lisa y llanamente... sin condiciones.

--Sí, pero Goyo creerá otra cosa, creerá que le he engañado.

--¿Y qué importa el quedar mal con el negro en la apariencia? Nadie
tampoco guardó lealtad con los desleales _a nativitate_.[47]

--Tal vez no importe mucho por Goyo, que al fin es un negro viejo e
ignorante, y de seguro no me entendió. Pero, ¿y mi conciencia, Cándido?
Mi intención fue...

--Tu intención fue perdonar, la interrumpió don Cándido. Lo sé. Por lo
que respecta a tu conciencia, añadió con exquisita ironía, debe estar
más tranquila y serena que una balsa de aceite, en este caso. Y si hay
en ello alguna culpa, échala sobre mí. Tú sabes que el diablo las carga.
Quien sintió alguna vez escrúpulos de conciencia respecto de lo que dijo
o no dijo, hizo o no hizo a los negros, ese santo varón, o esa santa
mujer no ha debido tener esclavos jamás. ¡Escrúpulos de conciencia por
semejantes bestias! ¡Ja! ¡Ja!

A este tiempo volvieron de la enfermería las señoritas y caballeros. El
médico dijo que el negro había recibido varias mordeduras de carácter
grave, no peligroso, en los brazos, antebrazos, canillas y carpos de las
manos y de los pies. Parecía desgarrada la epidermis de algunos de los
dedos de la mano derecha.--Pero por fortuna, agregó en su lenguaje
peculiar, los incisivos de la fiera no han interesado lo bastante para
romper ningún vaso principal y no hay temor de hematosis, aunque se ha
presentado la hemalopia consiguiente a la exasperación física y moral,
bajo la cual viene laborando hace tiempo el enfermo. Esto es preciso
combatirlo con aplicaciones de sanguijuelas a las sienes; las que, de
paso sea dicho, habrá que traer del pueblo, pues faltan en el botiquín
de la finca. Por lo que hace al tétano, fácil es que se presente
mediante a que el negro se ha mojado después de recibir las heridas. Con
este motivo he dispuesto se le den unturas frecuentes de sebo y aceite
con unas cabecitas de ajo majadas. Puedo decir, sin embargo, que hasta
ahora no aparece dañado ningún nervio...

Leonardo fue más conciso. Hablando con su madre, dijo de manera que lo
oyese su padre: que Pedro apenas le había reconocido a él como su amo;
que estaba negado a declarar; que nada sabía de sus compañeros; que,
como para intimidarle y obligarle a hablar le dijese don Liborio que
ahora sí no se escaparía del cepo y que ahí le tendría hasta que doblase
el cogote, contestó riendo que no había nacido el hombre capaz de
sujetarle en ninguna parte contra su voluntad. Leonardo, lleno de
indignación, le había vuelto la espalda; y, cosa extraña, agregó éste,
luego que nos retirábamos, me llamó para decirme que deseaba ver a su
amo, a papá.

--Lo esperaba, murmuró don Cándido alejándose. Hay tiempo mañana; no me
molestaré ahora por su señoría.

Si se hubiera pedido informe a las señoritas sobre lo que habían visto
en la enfermería, habrían referido muy diferente historia de la relatada
por el médico y Leonardo. Hubieran dicho que el Hércules africano
tendido boca-arriba en la dura tarima, con ambos pies en el cepo, con
los hoyos cónicos de los dientes de los perros aún abiertos en sus
carnes cenizosas, con los vestidos hechos trizas, por toda almohada para
descansar la cabeza, las palmas de las manos, a pesar de tener rasgados
los dedos y, necesariamente doloridos, Jesucristo de ébano en la cruz,
como alguna de ellas observó, era espectáculo digno de conmiseración y
de respeto. Su arrepentimiento de haber concurrido a aquel lugar no
podía compararse sino con el dolor que experimentaron, singularmente la
piadosa Isabel, cuando se desengañaron que no podían hacer nada en
alivio de esta otra víctima de la tiranía civil en su desventurada
patria.



CAPÍTULO VI

     _Los negros... ¡Oh! mi lengua se resiste
      A formular de su miseria el nombre!_

         D. V. TEJERA


Por mostrar celo y actividad a los dueños, o por equivocar la hora
precisa, como se guió por el canto de los gallos, el Mayoral del ingenio
de _La Tinaja_, en la mañana de Pascua, puso la _gente_ en pie mucho más
temprano de lo acostumbrado.

Con el último solemne tañido de la campana, después de tomar sendas
tazas de café, de encender un tabaco y de armarse, descolgó la llave,
llamó a sus perros y se encaminó a pie al barracón para abrir la reja de
hierro. Metió resueltamente la ponderosa llave en la cerradura, quiso
hacerla girar en la guarda y no pudo: ¡Qué _demongo_! dijo para sí. Aquí
han _andao_. Me parece que voy a dar más cuero... que Dios toca a
juicio.

Alumbró con el tabaco el ojo de la llave, dio media vuelta en sentido de
cerrar y oyó distintamente correr el pestillo y entrar en el cerradero
del cerrojo.--¡Voto a Dios! exclamó. Si estaba abierta la puerta y yo he
_sío_ tan caballo que la he _cerrao_. ¡Va que la dejé abierta anoche!
¿Estaba yo _bebió_, o loco, o _trastornao_? ¿O ha _habío_ aquí brujería?
¿Qué pasa, Liborio?

Salían en aquel punto los negros de sus bohíos y fue preciso que don
Liborio pensase en lo que había de hacer con ellos. Descorrido el
cerrojo, se plantó junto a la jamba de la puerta para verlos desfilar
uno a uno, según tenía ordenado. Por eso, aunque hacía bastante oscuro,
pudo observar que una negra se parapetaba del compañero y quería pasar
desapercibida. Malicioso y vigilante, no necesitó de más para echársele
encima, cogerla por un brazo y acercarle la lumbre del tabaco a la cara.
Con sorpresa mezclada de alegría vio que era la negra Tomasa suama,
prófuga hacía entonces precisamente dos semanas. Mientras sujetaba ésta,
apareció recatándose también Cleto gangá, y tras él Julián arará, Andrés
bibí y Antonio Macuá, los cuales detuvo y colocó a un lado.

Así que pasaron todos los demás y que formaron en medio del batey, echó
por delante a los cinco presos y les ordenó hacer alto frente a frente
del centro de la fila, tanto más larga cuanto que era sencilla.
Seguidamente empezó el interrogatorio:

--Venga acá, mamá Tomasa, y dígame por _vía_ suyita, ¿de _aónde_ viene
la niña ahora?

--_De la monte_, contestó ella imperturbable.

--¡Oiga! ¿Y qué fue a buscar al monte la niña Tomasa?

--_¿Siñó...?_

--No lo diga. No se tome ese trabajo la niña; lo sé: fue a _pajariar_.
Yo le daré pajareo. Pero, ¿cómo es que se aparece ahora doña Tomasa
suama?

--_Venga a presentarse a la suamos._

--¡Bueno! _Asina_ se hace. Pero ¿por _aónde dentraron_ ustedes en el
barracón?

--_Po la pueta._

--¿Quién abrió la puerta a la niña?

--_Naide._ Tenía la _pueta abieta_.

Aquí se remató la paciencia del cómitre.

--Conque estaba abierta la puerta, ¿eh? ¡Ah, pedazo de p...!

Y sin más ni más la pegó tan fuerte bofetón, que la tendió en el suelo
aturdida. Mientras ella se ponía en pie, dirigió poco más o menos las
mismas preguntas a los cuatro compañeros de la negra y obtuvo poco más o
menos idénticas respuestas.

--¡_Vírate_!,[48] dijo a la esclava echándole garra por un hombro con el
objeto de derribarla de bruces.

Mas ella joven, robusta y ya prevenida, se mantuvo firme y dijo:

--_Sumecé no me catiga, mi suama mi madrina._

--¡Ja! ¡Ja! déjame reír. ¿La señora tu madrina? Pues dile que se levante
de la cama y que venga a salvarte del bocabajo. Mira, negra de Barrabás,
vírate o te mato...

--_¡Mata!_ repuso ella con arrogancia.

--Agárrala tú. Túmbala tú, gritó el Mayoral, ya en el paroxismo de la
ira, a los compañeros de la esclava.

Tres de éstos obedecieron sin tardanza. Dos la cogieron por un brazo y
el otro por un pie, con lo que fue fácil hacerla perder el equilibrio y
dar con ella en tierra boca abajo.

De presumir es que la misma ciega obediencia con que los tres se
prestaron a ejecutar la orden perentoria del Mayoral, excitara más la
cólera de éste respecto a Julián arará, que parecía dispuesto a
desobedecer. Midiole don Liborio de alto a bajo con ojos en que se
traslucía algo de la rabia que le dominaba, no poco de sorpresa y un
mundo de recelos, porque era amenazadora la actitud del negro y, como la
mayoría de sus compañeros allí presentes, estaba armado de machete corto
o calabozo y azadón. Vino a comprender entonces que había andado algo
imprudente, y que estaba perdido como flaquease en el momento crítico.
Así que, haciendo de tripas corazón, gritó con más aparente brío que
nunca:

--¿Y tú qué haces, perro? ¿Por qué no metes mano? Dobla el lomo...
(soltando uno de los ternos que acostumbraba, a falta de mejor
expletivo).

Acompañó, además, las palabras con tan fuerte garrotazo con el mango del
látigo en la cabeza del esclavo, que le hizo titubear y caer luego de
rodillas a los pies de Tomasa. Aun allí, abatido y todo, no dio muestras
Julián de que iba a obedecer; antes temiendo el Mayoral que se recobrara
del golpe y se pusiera de nuevo en pie, agregó:

--Sujeta por la pata a esa grandísima p... o ¡vive Dios! que te muelo a
palos.

Y por vía de apremio le asestó un segundo garrotazo, que no por más
fuerte que el primero, sino porque quizás acertó a darle en lugar donde
el cabello lanudo no protegía completamente el cráneo, le dividió la
piel como con un cuchillo y brotó un chorro de sangre de la herida.
Julián a tientas apoyó la mano abierta en la garganta del pie de su
compañera, y... empezó el bocabajo.

Tan singular conducta de parte de aquel negro en tales circunstancias,
habría llamado la atención imparcial de persona menos estúpida o menos
cegada por la pasión que don Liborio; habría inspirado consideración, ya
que no respeto, en toda alma noble y generosa; habría excitado siquiera
la curiosidad de averiguar el origen de un sentimiento que no dejaba de
ser bello porque se abrigase en el pecho de un hombre semi-salvaje.

Varias circunstancias, además, concurrían en el caso del negro y de la
negra, que servían para explicar la conducta de ambos en estos momentos
de prueba. Y es de creerse que porque estaba al cabo de ellas don
Liborio, mostraba tanta saña con la pareja. Julián y Tomasa eran poco
más o menos de la misma edad; joven, robusta, agraciada ella; joven,
atlético y gallardo él; procedían del mismo país en África; se tenían
por paisanos o carabelas, según dicen. ¿Qué extraño sería que se amasen?

Tomasa, por su juventud, alegre humor y buena presencia era la favorita
de sus camaradas y de los empleados blancos de la finca. La esclavitud
no pesaba tanto para ella, ni tenía motivo para quejarse de su suerte,
comparativamente hablando. ¿Por qué se había fugado? Parecía claro: por
seguir a Julián, que, arrastrado por Pedro, su padrino de bautismo, el
cabecilla del motín, adoptó esa malhadada resolución. Hizo más Tomasa:
luego que cayó prisionero Pedro, del modo trágico referido, recabó de
Julián el que se presentase y solicitase perdón de los amos por medio de
Caimán, que ellos sabían tenía ascendiente en doña Rosa.

Para mayor abrigo, llevaba don Liborio atado a la cabeza un pañuelo de
algodón, dos puntas de la lazada del cual le caían por detrás, y encima
se había encasquetado el sombrero de paja. Traía la camisa suelta por
fuera o faldeta, el puñal en la cinta y el machete en su puesto,
asegurado con una faja de lienzo blanco. Apoyó la mano izquierda en la
empuñadura, y con la extremidad del mango del látigo arrolló las faldas
del vestido de la esclava hasta más arriba de las caderas y soltó la
trenza del cuero crudo, que había sujetado en el hueco de la misma mano
derecha. Todo esto por su orden, bien calculado con calma y formalidad,
como quien no tenía prisa, antes se proponía saborear goce exquisito, a
cuyo efecto no debía precipitar los sucesos.

Clareaba el horizonte por el este con las purísimas luces del alba.
Descargado el primer latigazo con el aplomo y tino de quien posee brazo
experimentado y de hierro, pudo convencerse el Mayoral que la _pajuela_
o punta de cáñamo torcida y nudosa, con chasquido peculiar, había
trazado un surco ceniciento en las carnes de la muchacha. Enseguida
descargó otros y otros en más rápida sucesión hasta saltar pedazos de
la piel y fluir la sangre; sin que a todas éstas la víctima exhalase una
queja, ni hiciese otro movimiento que contraer los músculos y morderse
los labios.

Así tuvo un desfogue momentáneo la ira del Mayoral, mas el estoicismo de
la muchacha le privó en mucha parte del placer que se prometía al
azotarla. El dolor, sensación fatal en todo ser animado, no la redujo,
como él esperaba, al extremo de pedir perdón a su verdugo. Por eso, y
porque deseaba concluir antes de salir el sol, encomendó a los dos
contramayorales el castigo de Julián y de sus compañeros, contentándose
él con observarlos de cerca para hacerles «apretar la mano» cada vez que
por compasión o por otro motivo cualquiera suponía que no daban bastante
recio. Tan pronto como se despachaba uno, le hacía lavar la llaga con
orines en que se habían echado de antemano unas puntas de tabaco, a fin
de evitar el _pasmo_ o tétano, ordenando que los herreros les pusieran
los grillos que para eso se hicieron venir de la mayordomía de la finca.
Por lo que respecta a Julián, que se había desmayado dos o tres veces, o
por el rigor del castigo, o por la pérdida de la sangre, juzgó prudente
fuese trasladado a la enfermería para que le curasen la herida de la
cabeza. A los demás penados, impedidos por el peso de los grillos y el
dolor de los crueles azotes, los obligó a trabajar, junto con los
restantes negros, en el _chapeo_ de las guardarrayas alrededor del
_caserío_ del ingenio, que fue la _fajina_ que desde el principio se
propuso sacar don Liborio.

--¿Escuchas, Cándido? dijo doña Rosa entre sábanas a su marido. Me
parece que oigo el cuero. Temprano ha madrugado hoy don Liborio.

Dormía profundamente don Cándido para que le despertase la música de los
latigazos de su Mayoral, no obstante que por el vigor con que los
descargaba y la calma de la naturaleza, resonaban por millas a la
redonda. Pero repetida la pregunta a sus oídos, entre bostezo y bostezo,
contestó luego con esta otra:

--¿Qué tengo de oír, Rosa?

--El _cuero_ del Mayoral. Ni que fueras sordo.

--Ya, ya. Como que oigo algo. Sí. Está castigando. ¿Y qué?

--Alabo tu sangre fría. Aparte de otras cosas, ¿te parece poco habernos
quitado el sueño tan temprano? De seguro voy a tener hoy un dolor de
cabeza de los bravos. Me ha puesto nerviosa ese maldito hombre. Lo peor
es que voy creyendo que el tal don Liborio no tiene ni pizca de
consideración con nosotros. Nunca me gustó su cara de bandolero.

--¿Y qué querías que hiciera el hombre?

--Lo que toda persona decente hubiera hecho en su lugar. Irse a otra
parte, lejos de la casa de vivienda a castigar los negros, si es que han
cometido una gran falta y no podía dejar el castigo para luego.

--Quizás no ha podido remediarlo. Los negros a veces se empeñan en que
los azoten y fuerza es darles gusto o se expone uno a que se le vayan a
las barbas. También suele convenir en muchos casos que la pena siga al
delito sobre la marcha para que surta el debido efecto.

--¿Pero tú no sabes mejor que yo la causa de este escándalo tan de
madrugada?

--La supongo, Rosa, y es lo mismo. Me basta saber que los negros se le
cayeron de las uñas al diablo.

--Sean o no malos los negros en general, y los nuestros en particular,
la verdad es que don Liborio no para la mano desde ayer. Y si esto hace
estando nosotros aquí, ¿qué no será cuando estamos lejos? Crucifica
vivos a los negros.

--Pues tú le celebrabas anoche de hombre recto, y...

--¿Qué querías que dijera delante de la gente? Por dentro estaba que me
comía los hígados. También no había él enseñado todas las uñas. Mas ya
esto es demasiado. Qué ¿no sabrá el muy bestia que tenemos visitas? ¿Qué
dirá Meneses, joven instruido, casi extraño para nosotros, no
acostumbrado a estas escenas? Lo menos que se figurará es que éste es un
presidio, el Vedado, y que somos de alma negra...

--No te dé cuidado por el mozo, dijo don Cándido. Apostaría cualquier
cosa a que duerme a pierna suelta, arrullado con la música de los
latigazos...

--Sí, pero ahora que me acuerdo, ¿qué dirá Isabelita si ha despertado?
Por fuerza que ha de haber despertado. Deben oírse los cuerazos en el
muelle de Tablas. Resuenan en mis oídos como cañonazos. Vea Vd.; y esa
muchacha que es tan delicada, tan enemiga de los castigos. No será mucho
que de esta hecha rompa con tu hijo, creyendo que sus padres son dos
verdugos y que él le ha bebido los vientos. Lo sentiría por ti que estás
tan empeñado en que se casen...

--Poco a poco, mi cara Rosa, la interrumpió don Cándido con más viveza
que de costumbre. Hablas cual si no aprobaras el matrimonio en proyecto.

--¿De dónde has sacado tú que yo lo apruebo?

--¡Hombre! Hasta habíamos acordado el día de la boda, poco más o menos.

--Tú has arreglado eso, yo no. Si consiento en el matrimonio no es que
lo apruebo de corazón, no es que me empeño en que se casen. Por una
parte, no podré aprobar nunca que mi hijo querido deje mi abrigo y se
vaya a vivir en otra casa. Por otra parte, no conozco mujer bastante
buena para mi Leonardo. Ni Isabelita, a quien tengo por una santa, ni la
diosa Venus que bajara de nuevo a la tierra, me parecería digna de él.
Si consiento en que se casen (todavía puede que se arrepientan) es por
ti, es porque no te cansas de repetirme y cantaletearme noche y día que
el mozo se va a perder, que tendrá mal fin, que es preciso sujetarlo,
que es muy enamorado (el pobrecito hasta ahora no ha mirado sino para
Isabel), que asoma inclinaciones bajas... Me pones la cabeza tamaña con
tales agüeros, me asustas y digo para mí: no es mal sastre el que conoce
el paño: tal padre, tal hijo, y desaprobando, doy el consentimiento. El
es un niño todavía, necesita de mis caricias; pero tú eres implacable,
quieres casarlo y te saldrás con la tuya. Se casará, si es que la
muchacha no se vuelve atrás... A veces creo contigo que el matrimonio es
un freno, aunque si hemos de juzgar por ti... las mayores locuras las
has cometido después de casado, y sabe Dios...

--En esto había de venir a parar la cerrazón, volvió a interrumpir don
Cándido a su mujer. Más vale así. Al fin te has distraído y dejado en
paz a don Liborio.

--Lo que es a ese pícaro no pararé hasta botarlo...

--Sería mala política despedir a don Liborio a raíz de haber castigado
con mano fuerte las desvergüenzas de los esclavos. ¿A dónde iría a parar
el prestigio de la autoridad? El Mayoral representa aquí el mismo papel
que el coronel delante de su reglamento, o que el capitán general
delante de los vasallos de S. M. en esta colonia. ¿Cómo, si no, se
conservarían el orden, la paz ni la disciplina en el ingenio, en el
cuartel o en la Capitanía General de la isla de Cuba? Nada, Rosa, el
prestigio de la autoridad lo primero.

--¿De manera, repuso doña Rosa con la lógica parda de las mujeres, que
por conservar el prestigio de la autoridad de don Liborio vas a dejar
que acabe con los negros?

--¡Acabar con los negros! repitió don Cándido fingiendo sorpresa. No
hará tal, por la sencilla razón de que de ellos está llena el África.

--Allá se pueden estar todos los negros del mundo; el caso es que cada
vez se dificulta más la reposición de los que se pierden por causa de
los ingleses.

--Tampoco es eso como suena, Rosa. Aparte de que por un bocabajo más o
menos no se muere negro ninguno, ríete de que los ingleses lleguen a
impedir la trata al punto de hacer escasear los brazos. Ya ves cómo les
pasamos por los bigotes los de la última partida del _Veloz_,
haciéndoles creer que eran ladinos de Puerto Rico.

--Continúa el cuero, Cándido. Es preciso averiguar qué es eso. Haz que
venga el Mayordomo. Levántate, dispón alguna cosa.

--Ahí llaman. Dile a Dolores que pregunte entre tanto me visto.

Esta dormía en el cuarto inmediato con las señoritas. A las voces de su
ama se asomó a un postigo y dijo:

--Es Tirso, con el café para el amo y para Señorita.

--Pregúntale qué pasa allá por el batey, dijo ésta a la esclava. ¡Qué
día de ascuas se nos depara! ¡Y luego la mala noche... y el bochorno!
¡Qué prestigio de autoridad ni qué calabazas! ¡Al infierno con don
Liborio!

Informó Tirso, temblando del frío o del miedo, que se habían aparecido
los negros fugados, que el Mayoral los estaba castigando y que había
matado a Julián porque no había querido _virarse_.

--¿No te lo decía? dijo doña Rosa. Ni siquiera ha respetado que yo les
servía de madrina.

--Probable es que él no lo supiera.

--Ellos han debido decírselo.

--No los ha creído sobre su palabra. Además, Tirso miente como un
bellaco. Me levantaré, sin embargo, por darte gusto. Cuando se te pone
una cosa en la cabeza, eso ha de ser.

--Me da no sé qué tu santa calma. Te están matando a los negros y no
corres. ¡Cómo si no costaran dinero!

--Ahora sí que has hablado como un Salomón, dijo don Cándido saliendo al
pórtico.

Según es de suponer, mucho antes que de costumbre estaban en movimiento
toda la familia y las visitas en la casa de vivienda del ingenio de _La
Tinaja_. El sitio que ofrecía más desahogo y sombrío era el pórtico, y
allá acudieron todos. El sol hería la casa por la espalda, proyectando
la sombra por largo trecho adentro del batey donde, entre las ocho y las
nueve de la mañana, se hallaba tendida la dotación de esclavos de la
finca, en su traje ordinario, sucio y harapiento.

Acercose don Liborio al pórtico a caballo, se desmontó, le ató por el
ronzal a la barandilla y ascendió la escalinata hasta situarse en el
último escalón. Desde allí, quitándose respetuosamente el sombrero,
saludó a la compañía en general, y en particular a doña Rosa, quien,
sentada con mucha gravedad en el sillón más conspicuo, cual reina en su
trono, y rodeada de sus hijas y amigas, contestó con un murmullo
inaudible. No podía perdonarle esta señora a aquel hombre el mal rato,
si es que don Cándido se había dado por satisfecho después de oírle el
relato parcial de lo sucedido por la madrugada.

Las criadas al inmediato servicio de la familia presenciaban el
espectáculo desde la puerta de la sala, y doña Rosa, por conducto de la
más anciana, hizo decir al Mayoral que llamara a los dos
contramayorales. Venidos, hicieron la genuflexión de costumbre en
presencia de sus amos, cruzándose de brazos y permaneciendo en silencio,
cual dos estatuas de piedra negra. El aire de dignidad con que se
presentaron aquellos dos hombres, indicaba claramente que no eran
congos. Eran lucumíes, raza guerrera del África y está dicho todo.

--¿Qué tal les va? fue la primera pregunta que les dirigió doña Rosa.

Se miraron el uno al otro y de soslayo a don Liborio, como si se
animaran mutuamente a decir algo, o dar algún desahogo a su espíritu
atribulado. Adivinó doña Rosa el motivo del embarazo de sus esclavos: se
morían por hablar, mas temerosos de las consecuencias, por la presencia
del Mayoral, juzgaron más cuerdo callarse. No necesitó ella de más para
hacerles salir de su reserva. Cambió la pregunta.

--¿Tienen bastante comida?

--Sí, _siñora_, contestaron a una sin titubear.

--¿Mucho trabajo?

--No, _siñora_.

--¿Están Vds. contentos?

Volvió a sucederse la escena mímica de antes. Después de mirarse el uno
al otro, y de reojo al Mayoral, que empezaba a manifestar bastante
inquietud, quizás se disponía el más viejo de los dos a hacer la breve
cuanto dolorosa relación de sus trabajos y miserias, cuando don Cándido
los atajó ordenando en alta voz que les entregaran la ropa nueva traída
de La Habana para regalo de Pascua de la dotación del ingenio.

Constaba cada muda para los varones, de camisa de cañamazo o rusia, nada
cumplida, pantalón de lo mismo, gorro y frazada de lana; para las
hembras, de una como camisa talar llamada túnica, también de rusia,
pañuelo de algodón de colores y frazada. Estas piezas constituían lo que
en lenguaje marino de Cuba se entendía por la _esquifación_ de los
negros que trabajan en el campo.

Buena dosis de soberbia había en el carácter de doña Rosa, no siendo de
aquellas mujeres a quienes es fácil desviar de sus propósitos con
subterfugios ni sutilezas dialécticas. La mera suposición de que don
Cándido, con achaque de proteger el prestigio de la autoridad investida
en el Mayoral, tendía a rebajar sus derechos de ama, delante de personas
extrañas, bastó a poner espuelas a su deseo de afirmarlos, y de un modo
señalado. En tal virtud, no bien se retiraron los contramayorales
cargados con las esquifaciones para ellos y sus compañeros, siempre por
medio del Mayoral hizo comparecer en su presencia al negro que
denominaban Chilala. Acercose despacio y con bastante trabajo, clamando,
como le estaba ordenado:--Aquí va Chilala, cimarrón.

Así que depositó la masa de hierro en el piso del pórtico, se arrodilló
delante de doña Rosa, cruzó los brazos sobre el pecho, y con gran
humildad en su peculiar lenguaje, dijo:

--_La bendició, mi suama sumecé._

--Dios te haga un santo, Isidoro, contestó doña Rosa amablemente.
Levántate.

--_Asi ta mijó mi suama sumecé._

--¿Por qué te huyes, Isidoro? le preguntó el ama en tono compasivo.

Extrema era la flacura de este esclavo. Apenas tenía otra cosa que
huesos y nervios. Luego, el color rojizo de sus cabellos, la palidez
cenicienta del rostro, su mirar vagaroso e inquieto, comunicaban a su
semblante una expresión de azoramiento como de animal montaraz.

--_¡Ah, mi suama sumecé!_ exclamó dando un suspiro. _Tlabaja, tlabaja;
poco comía; no conuca; no cuchina; no mujé: cuera, cuera, cuera..._

--De modo, replicó doña Rosa con mucho reposo y cierta sonrisa de
satisfacción, de modo que si te acortan el trabajo y te dan mejor
comida y un conuco, y un cochino, y mujer con quien casarte y no te
castigan tanto, ¿tú no te huyes más y te portas bien?

--Si, _siñó, mi suama sumecé. Chilala no juye ma: Chilala tlabaja;
Chilala fino, fino_.

--Pues bien, Isidoro, ya que tú me prometes que no te huirás más y que
te portarás como hombre formal, haré que no te castiguen tanto, que no
te hagan trabajar mucho, que te den bastante comida, y un cochino, y un
conuco, y mujer con quien casarte. ¿Estás contento?

--_Sí, siñora, mi suama sumecé; Chilala contente, mu contente._

--Más todavía quiero hacer por ti, segura de que no me has de engañar.
Don Liborio, añadió en tono alto e imperioso: quítenle ahora mismo los
grillos a este negro.

La larga esclavitud, la ignorancia crasa en que había vivido, el
durísimo trato del ingenio, nada había podido borrar la sensibilidad, el
sentimiento de la gratitud en el pecho del esclavo. Costole trabajo y
esfuerzo de imaginación entender lo que su ama le decía; mas tan luego
como entendió que iban a quitarle los grillos, faltándole las palabras
apeló a las demostraciones para expresar su inmenso agradecimiento. Se
echó de bruces a las plantas de doña Rosa, cual lo hiciera delante de un
fetiche en su país natal, y con grandes aspavientos y exclamaciones
incoherentes de una alegría loca, besó muchas veces el suelo que ella
había hollado.

En todo son extremadas las mujeres de la índole de Isabel: o aman, o
aborrecen; las medias tintas de sus pasiones se quedan para casos raros.
En las pocas horas de su estada en el ingenio, había podido observar
cosas que, aunque oídas antes, no las creyó nunca reales y verdaderas.
Vio, con sus ojos, que allí reinaba un estado permanente de guerra,
guerra sangrienta, cruel, implacable, del negro contra el blanco, del
amo contra el esclavo. Vio que el látigo estaba siempre suspendido
sobre la cabeza de éste como el solo argumento y el solo estímulo para
hacerle trabajar y someterle a los horrores de la esclavitud. Vio que se
aplicaban castigos injustos y atroces por toda cosa y a todas horas; que
jamás la averiguación del tanto de la culpa precedía a la aplicación de
la pena; y que a menudo se aplicaban dos y tres penas diferentes por una
misma falta o delito; que el trato era inicuo, sin motivo que le
aplacara ni freno que le moderase; que apelaba el esclavo a la fuga o al
suicidio en horca como el único medio para librarse de un mal que no
tenía cura ni intermitencia. He aquí la síntesis de la vida en el
ingenio, según se ofreció a los ojos del alma de Isabel, en toda su
desnudez.

Pero nada de esto era lo peor; lo peor, en opinión de Isabel, era la
extraña apatía, la impasibilidad, la inhumana indiferencia con que amos
o no, miraban los sufrimientos, las enfermedades y aún la muerte de los
esclavos. Como si a nadie importara su vida bajo ningún concepto. Como
si no fuera nunca el propósito de los amos corregir y reformar a los
esclavos, sino meramente el deseo de satisfacer una venganza. Como si el
negro fuese malvado por negro y no por esclavo. Como si tratado como
bestia se extrañara que se portara a veces como fiera.

¿Cuál podía ser la causa original de un estado de cosas tan opuesto a
todo sentimiento de justicia y moralidad? ¿Tendría el hábito o la
educación, fuerza bastante para sofocar en el corazón, sobre todo de la
mujer, el sentimiento de la piedad? ¿La costumbre de presenciar actos
crueles sería capaz de encallecer la sensibilidad natural del hombre y
de la mujer ilustrada y cristiana? ¿Tenía algo que ver en el asunto la
antipatía instintiva de raza? ¿No estaba en el interés del amo la
conservación o la prolongación de la vida del esclavo, capital viviente?
Sí lo estaba, a no quedar género de duda; pero eso tenía de perversa la
esclavitud, que poco a poco e insensiblemente infiltraba su veneno en
el alma de los amos, trastornaba todas sus ideas de lo justo y de lo
injusto, convertía al hombre en un ser todo iracundia y soberbia,
destruyendo de rechazo la parte más bella de la segunda naturaleza de la
mujer: la caridad.

Repasando Isabel todas estas cosas en la mente, mientras los demás
contraían su atención a las escenas que se representaban en el pórtico y
en el batey, la ocurrió preguntarse:--¿Por qué quiero yo a Leonardo?
¿Qué hay de común entre mis ideas y las suyas? ¿Llegaremos alguna vez a
ponernos de acuerdo sobre el trato que ha de darse a los negros?
Suponiendo que sobre este particular cupiera concordancia entre
nosotros, ¿me resignaría a seguirle a este infierno? Y siguiéndole,
¿vería yo, cual doña Rosa, con impasibilidad, los horrores e injusticias
que aquí se cometen día y noche impunemente?...

En este punto del soliloquio de Isabel, empezaba doña Rosa a mostrar el
lado bello de su carácter, que aquélla ni muchas otras personas aún
habían visto. Como va dicho, a su voz cayeron las prisiones del más
infeliz, por humilde, de sus esclavos. Y una vez empeñada en esta línea
de conducta, la prosiguió hasta el fin. Era que la impelia la especie de
fiebre que produce el deseo de las buenas o las malas acciones, y
procedía a ciegas en la obra del bien. Aún tenía de bruces a sus pies a
Isidoro, cuando ordenó se quitaran los grillos a los seis compañeros del
mismo, y no contenta con esta trascendental medida, hizo comparecer a su
presencia a Tomasa y a los tres castigados por la madrugada; oyó con
paciencia sus quejas, les dio algunos consejos, los consoló cuanto pudo
en aquellas circunstancias y acabó por decir en tono airado:--Contra mi
voluntad y expreso mandato los han azotado a Vds hoy. ¡Ea, don Liborio!,
quítenle los grillos a estos negros.

Fuera el que fuese el motivo secreto que impelía a doña Rosa a reasumir
_coram populi_[49] la autoridad domínica en su ingenio de _La Tinaja_,
los actos piadosos con que la afirmó produjeron honda y sincera
impresión en el ánimo de la concurrencia. Los hombres aprobaron y
aplaudieron; las mujeres, conmovidas, derramaron lágrimas de alegría. A
los ojos de Isabel, la señora de Gamboa se transfiguró, pasando de
golpe, allá en su noble corazón, de las profundidades del desprecio a la
más alta cima de la admiración. La vio entonces la más hermosa y buena
de las mujeres. La hubiera estrechado en sus brazos con el mismo cariño
que solía estrechar a su madre sana y risueña tras días y horas de
ausencia; la hubiera adorado de rodillas con el mismo fervor que el
primer esclavo, objeto de la piedad del ama, la había mostrado su
agradecimiento.

--¡Qué dulce es, exclamó, perdonar las faltas de aquellos que dependen
de nosotros! ¡Para esto únicamente es una dicha ser ama de esclavos! Y
dio a llorar ya sin fuerzas para dominar su emoción.

--¡Qué! ¿Llora Vd., señorita? la preguntó el cura compadecido.

--No me es dado, contestó ella sollozando, contemplar las acciones
generosas y caritativas con los ojos enjutos.

--Muchas más lágrimas derramaría Vd. tal vez por motivos opuestos, si
continuase en el ingenio.

--No me parece que pudiera vivir aquí mucho tiempo.

--Señorita, observó el cura admirado de tanta sensibilidad y discreción:
veo que no es Vd. de carne y de los huesos de los amos de esclavos.

--No, no lo soy. Si me viera en el caso forzoso de escoger entre ama y
esclava, preferiría la esclavitud, por la sencilla razón de que creo más
llevadera la vida de la víctima que la del victimario.

Adela, en su entusiasmo, rodeó el cuello de su madre con los brazos,
imprimió una porción de amorosos besos en sus mejillas y la dijo:

--Pues que es hoy día de perdones, ¿llamo a...? No dio el nombre en voz
alta.

--¿Quién? preguntó doña Rosa torciendo el ceño.

Con mayor timidez que antes repitió Adela al oído de su madre el nombre
reprobado.

Cambió doña Rosa de repente de semblante y de actitud, pasando del
fervor piadoso a la seriedad y... a la ira.

--No, no. Ella no merece perdón... Tampoco se ha dignado pedírmelo.

--Ahí cerca está para pedírtelo. Sólo aguarda mi aviso.

--No, no, hija. Que no se me presente. Me haría arrepentir de lo que he
estado haciendo. No, que no se me presente.

Alejose Adela del lado de su madre afligida y llorosa.

Enseguida se procedió al bautizo de los 27 negros bozales de la
expedición del bergantín _Veloz_ que le tocaron en suerte a don Cándido
Gamboa; luego al casamiento de tres o cuatro esclavas, cuya voluntad no
se exploró ni por mera forma; en fin, se dio permiso para que hubiera
tambor (baile) en la finca hasta la puesta del sol.

Por disposición de doña Rosa, el boyero tomó interinamente el bastón,
quiere decir, el látigo, mejor, el mando de los esclavos del ingenio de
_La Tinaja_.



CAPÍTULO VII

     _15. ¿En dónde, pues, está ahora mi
           esperanza?_

     _16. A lo más profundo del sepulcro
          descenderán mis cosas, ¿crees tú
          que siquiera allí tendré yo reposo?_

             JOB. XVII


Declinaba a toda prisa la tarde. Allá, por el rincón más apartado del
batey, aún se oía el rudo tambor con que los negros se acompañaban el
melancólico canto y el baile salvaje de su país natal.

Acá, por la casa de ingenio, había gran agitación y ruido. Las torres o
chimeneas de los hornos para hacer vapor y calentar las pailas del tren
Jamaiquino,[50] lanzaban al aire columnas de humo negruzco y espeso.

El bozal del maquinista, recién llegado del granítico Maine, en los
Estados Unidos de Norte América, con la alcuza de cuello largo y corvo
en la mano, iba del trapiche para la máquina y de ésta para aquél,
dando aceite a las juntas y ejes, a fin de moderar la fricción, causa
fatal de las pérdidas de fuerza.

Impaciente y desazonado el maestro de azúcar, aguardaba la corriente del
guarapo que debía poner a prueba su habilidad en hacer ese dulce con
caña molida según un nuevo sistema. Por su parte los negros del cuarto
de prima miraban recelosos y azorados los preparativos que se hacían
para resolver el problema de hacer azúcar sin necesidad de las ariscas
mulas ni de los cachazudos bueyes.

Se ponía el sol, redondo y encendido cual bala roja, por detrás del
inmenso palmar del potrero, cuando invadieron la casa de calderas los
dueños de la finca, en compañía de su familia, amigos y empleados.
Guiaba la procesión el cura de Quiebra Hacha, revestido de la sotana y
el bonete de ceremonia. Marchaban a su lado dos caballeros conduciendo
cada uno un haz de cañas, atados con cintas de seda blanca y azul, que
sujetaban por la punta cuatro señoritas. Llegados delante del trapiche,
murmuró el cura una breve oración en latín, roció los cilindros con agua
bendita, valiéndose para ello del hisopo de plata, los caballeros
colocaron enseguida las cañas en el tablero de alimentación y dio
comienzo la primer molienda con máquina de vapor el célebre ingenio de
_La Tinaja_.

Más tarde, o entre dos luces, se sirvió el banquete de tabla en la casa
de vivienda. En el intermedio de la comida a los postres vinieron a
avisar al médico que su presencia era necesaria en la enfermería. Fue, y
volvió al cabo de media hora un si es no es cariacontecido, saliendo a
recibirle don Cándido con desusada solicitud para preguntarle:

--¿Novedad, Mateu?

--Novedad y gorda, señor don Cándido, contestó el médico con el mismo
laconismo.

--Bien vengas, mal, si vienes sólo, dijo don Cándido revestido de toda
su calma. Afuera con el embuchado.

--Acaba Vd. de perder su mejor negro.

--Sea todo por Dios. ¿Cuál?

--Pedro carabalí. Se ha suicidado en el cepo.

--¡Bah! Más ha perdido él que yo. ¿Qué arma ha empleado?

--Ninguna.

--¡Cómo! Entonces ha hecho uso del dogal.

--Menos. En pocas palabras, señor don Cándido, el negro se ha tragado la
lengua.

--¡Qué me dice Vd.! ¡Ahora menos lo entiendo!

--Lo entenderá Vd., cuando le diga que este es un caso de asfixia por
causa mecánica.

--¡Si creerá Vd., doctor, que yo hablo el griego!

--Diré a Vd., señor don Cándido. Ora haya hecho uso el negro de los
dedos, ora de un poderoso esfuerzo de absorción, evidente es que,
doblando la punta de la lengua hacia dentro, empujó la glotis sobre la
tráquea y quedó ésta obliterada, impidiendo la entrada y salida del aire
en los pulmones, o cesando la inspiración y la expiración. He aquí lo
que el vulgo llama tragarse la lengua, y que nosotros llamamos asfixia
por causa mecánica. Durante mis viajes a la costa del África he tenido
ocasión de observar varios casos; pero en mi larga práctica de los
ingenios de la Isla, éste es el primero que se me presenta. Tal género
de muerte, lo mismo que el del ahogado, debe ser muy doloroso, peor que
el de estrangulación en horca, porque no se produce la asfixia
instantáneamente, sino por grados, en todo su conocimiento, y después de
una agonía atroz. Si hiciéramos la autopsia del cadáver, veríamos que el
sistema venoso está ingurgitado de sangre de color negruzco muy oscuro,
lo mismo el pulmón y el cerebro.

--A fe que no había oído en mi vida semejante cosa, dijo Cándido. Vamos
a la enfermería.

En esta excursión (no fue otra cosa) acompañaron a don Cándido sus
huéspedes y algunos empleados. El Cura y el Capitán del partido
meramente por hacerle honor, pues para el primero ya había pasado la
ocasión de ejercer su santo ministerio con el suicida; para el segundo,
ni antes ni después de la muerte del esclavo habría tenido ocasión de
ejercer el suyo, mediante a que dentro de los límites de sus haciendas o
dominios era _ipso jure_ señor de horca y cuchillo don Cándido Gamboa.

Dispuso éste retiraran el cadáver del cepo. Horrorosa era su vista,
habiendo adquirido ya la rigidez de la muerte. Tendido de espaldas en la
tarima, su lecho de agonía, aún apretaba los bordes con los dedos
crispados. A consecuencia de las mordidas de los perros, tenía hinchados
los brazos, las piernas y el levantado pecho; los ojos casi fuera de sus
cuencas e inyectados de sangre, de la cual estaban salpicadas sus ropas
en girones.

Contribuía a darle un aspecto feroz el tener la piel de la frente
arrollada desde la línea de las cejas hasta el nacimiento de la pasa, y
zajadas las mejillas verticalmente desde el párpado inferior hasta la
orilla de la quijada, a usanza de la tribu en su país natal. Parte de
esa costumbre era el aguzarse los dientes superiores, que dejaba ver a
través de los labios entreabiertos, trabados con los de la mandíbula
inferior: nueva prueba ésta de la lucha entre la vida y la muerte. No
acusaba su semblante más de 27 ó 30 años de edad; de modo que se hallaba
entonces en todo el vigor y desarrollo de su juventud.

--¡Lástima de negro!, dijo Cocco.

--Valía lo que pesaba en oro para el trabajo, dijo don Cándido
interpretando en su verdadero sentido la exclamación del administrador
de _Valvanera_.

--He ahí la vera efigie de un salvaje africano, dijo el Cura. Dios tenga
piedad de su alma.

--Debió haber sido ese negro la pura soberbia, dijo el Capitán Peña con
aire sentencioso.

--Y dígalo, dijo Moya satisfecho, porque había allí uno que diera forma
a su pensamiento en aquel instante. Más cachorro no ha _salío_ de la
Guinea.

--Ha muerto en su ley, dijo el gallego mayordomo de la finca. Dios no le
tome en cuenta sus muchos pecados.

--Veamos lo que dice María de Regla, dijo don Cándido sin mirar de lleno
a la cara de la enfermera.

Insensiblemente las personas que acababan de hablar se habían situado en
torno del cadáver, que entonces alumbraba a medias con la vela de cera
amarilla, desde el pie de la tarima, la negra mencionada por don
Cándido. Ella, con los ojos bajos, dijo:

--Le contaré a mi señor lo que ha pasado.

La precisión y claridad de las pocas palabras vertidas, junto con el
acento argentino y medido de su voz, pregonándola como mujer de talento
y de algún trato social, le ganaron desde luego la atención de los
circunstantes. Poseía ella ambas cosas en grado notable, relativamente a
su falta de escuela y a su condición de esclava desde la cuna. A la
natural perspicacia y carácter dulce y simpático, combinados con un
exterior agradable y fino, se agregaba el haber servido de doncella a
sus primeros amos; teniendo ocasión de rozarse más con éstos y con las
personas decentes que visitaban la casa que con las ignorantes de su
misma condición, y de aprender, no ya sólo las maneras, sino el modo de
decir y de portarse en sociedad la gente blanca y educada. Frisaba en
los 36 ó 40 de la edad, como la atestaban sus formas redondeadas y
voluptuosas. Dos medias lunas grandes de oro pendían de sus orejas, y
para ocultar las pasas, que detestaba, se cubría la cabeza con un
pañuelo de algodón, dicho de Bayajá, atado con bastante gracia y
coquetería, a guisa de turbante turco. En el momento de que hablamos, su
aspecto y tono de voz revelaban mucho disgusto y tristeza.

--Le contaré a mi señor lo que ha pasado a mi vista, dijo ella cual si
hablara con el muerto y no con su amo. Pedro, desde que le pusieron en
el cepo, se negó a comer y hablar. Sólo esta madrugada bebió un poco de
sambumbia, que le hice tragar, como quien dice, de por fuerza. El hambre
se aguanta, la sed no hay quien la entretenga siquiera, y él, por las
mordidas, debía de sentir una sed ardiente. Después, como hacía
veinticuatro horas que no pasaba bocado, como había ya perdido mucha
sangre y se le habían inflamado las heridas, a pesar de las unturas que
ordenó el médico, estaba muy débil, irritado, no podía reconciliar el
sueño. Se calmó un poco luego que apagó la sed. Pero no ladraba un
perro, no cantaba un gallo, no se oían pasos de gente o de animales en
el batey sin que él se moviera, le crujieran los huesos en la tarima y
se pusiera a escuchar. Los primeros cuerazos de don Liborio esta
mañanita le causaron un sobresalto grandísimo y no tuvo un momento de
reposo. A cada cuerazo se estremecía de pies a cabeza, lo mismito que
hace el caballo (y perdonen sus mercedes la comparación) cuando le
quitan la silla después de un largo viaje.

«Estoy segura, añadió la enfermera con cierta timidez, que más le
dolieron los bocabajos a Pedro que a aquéllos a quienes se los dieron.
Le entró una especie de furia. Murmuraba en su lengua palabras que yo no
entendía. Parecía loco. En esto trajeron a Julián más muerto que vivo,
entre cuatro morenos. Pedro lo vio. Era su ahijado de bautismo y se
convenció de que estaban castigando a sus compañeros de fuga. Entonces
se remató. Estoy persuadida que si hubiera podido, hace añicos el cepo.
Le cogí miedo. Trataba de sacar los pies de los agujeros; dejé la cura
de Julián y me acerqué cuanto pude a la tarima de Pedro. Le encontré
sentado, mirando para todas partes, cual si esperara que vinieran por él
a cada rato para darle un bocabajo.

«¿Qué tienes, Pedro?, le pregunté. ¿Qué sientes? ¿qué te duele? ¿qué
quieres? Me miró fijamente, dio un gran suspiro y dijo con la garganta,
no con la lengua:--_Lamo._ ¿Llamo?, le pregunté. ¿A quién llamo, al
médico? Se quedó callado. Di, Pedro, ¿quieres que mande por el amo?
Abrió tamaños ojos, enseñó los dientes y repitió: _Lamo, lamo... su
mercea_, concluyó diciendo María de Regla con mayor timidez, sin
levantar la vista para don Cándido.»

Este no hizo más que sonreírse ligeramente y la enfermera prosiguió su
gráfica narración.

«Yo le contesté: todavía no, Pedro; todo el mundo duerme en la casa de
vivienda; velaré, y así que salga el amo, le avisaré que quieres verlo.
Duerme, descansa un rato. Por fortuna en aquella misma hora se oyó
alejarse a la gente y Pedro dio un suspiro. No venían por él. Después me
pareció inútil avisar al amo. Estaban ocupados con la repartición de las
esquifaciones, el bautismo de los bozales... Señorita estaba quitando
grillos y perdonando a todos; ¿quién no creería que se había pasado el
peligro? Pero en mala hora entró aquí don Liborio a buscar algo que se
le había quedado anoche. Venía furioso. Dijo que lo habían botado por
culpa de Pedro, pero que no se quedaría riendo el muy cachorro, pues
había ordenado el señor don Cándido que le dieran un novenario luego que
se pusiera bueno, y que si él no tenía el gusto de dárselo se lo daría
el otro Mayoral. No se aparecía el amo y Pedro creyó que estaba bravo y
que don Liborio decía verdad. Desde este momento decidió quitarse la
vida. Me asomé a la ventana para ver el baile de tambor por un instante,
cuando sentí que Pedro se movía; volvía la cara y noté que se andaba en
la boca con los dedos. No pensé nada malo, pero hizo un movimiento cual
si le entraran náuseas. Corrí a su lado... Acababa de sacarse los dedos
de la boca, apretaba los dientes y procuraba agarrarse de la tarima con
las dos manos. Entonces le entraron convulsiones. Me dio horror; mandé
llamar al médico, y sin saber cómo ni cuándo se me quedó muerto entre
los brazos. Así como está ahora le encontró el señor don José (el
médico). Muchos he visto morir desde que estoy aquí, pero ningún muerto
me ha causado tanto horror.»

--Se explica la negra, dijo Cocco a don Cándido cuando salían de la
enfermería.

--No sabe Vd., todas las letras menudas que tiene, repuso don Cándido a
media voz. He aquí la causa de su perdición. Si fuese menos bachillera
estaría quizás más contenta con su suerte.

--Pues qué, ¿es mujer de aspiraciones?

--¡Que si es! Demasiado. Apresurémonos no sea que perdamos el plus café.
Luego Rosa extrañará nuestra demora y no conviene todavía que sepa la
muerte del negro.

Conocidamente pasaba don Cándido por el carácter de la enfermera como
por sobre ascuas. No era indiferencia la suya, tampoco desdén, menos
desprecio: era miedo, puro miedo no fuera que se averiguase la posición
en que se hallaba colocado respecto de ésa su humilde esclava. Porque es
bueno se diga una vez más, que don Cándido Gamboa y Ruiz, caballero
español, rico hacendado de Cuba, fundador de una familia distinguida que
llevaría su preclaro nombre quién sabe hasta qué generación, con ínfulas
de noble, ya en camino de titular y ganoso de rozarse con la gente
encopetada y aristocrática de La Habana, se sentía atado a la enfermera
de su ingenio de _La Tinaja_ por lazos que, no por invisibles eran menos
fuertes e inquebrantables. María de Regla poseía el único secreto de su
vida libertina que le avergonzaba y hacía infeliz en medio de la
grandeza y el boato de que ahora se veía rodeado.

El día siguiente armose en _La Tinaja_ divertida cabalgata, compuesta de
las señoritas Ilincheta y las dos más jóvenes de Gamboa, escoltadas por
el hermano de éstas, por Meneses y por Coceo.

Hacía tiempo hermoso, quiere decir, que las nubes aplomadas que
encapotaban el cielo, impedían el brillo del sol en toda su fuerza,
mientras el aire seco del norte, que a su paso por el angosto brazo del
Golfo no había podido despojarse de los fríos vapores del vecino
continente, refrescaba que era una delicia la atmósfera de toda esa
costa cubana. Isabel, diestra jinete, orgullosa de su habilidad, amaba
el ejercicio a caballo y se hacía la ilusión que dominaría a su sabor el
campo desde la silla, respiraría aire más puro y más libre y ensancharía
los horizontes de su existencia, cruelmente circunscritos en el ingenio
de _La Tinaja_. Este inesperado desahogo lo demandaban a una su cuerpo,
su espíritu y su corazón.

El tropel de las caballerías, esguazando el río, camino de la estancia,
hizo levantar a los vocingleros totíes y a las hurañas palomas rabiches
que habían bajado a beber o a bañarse a la lengua del agua, abrigadas
por las tendidas ramas de los robles.

--¡Qué sombrío! exclamó Isabel. Convida ese charco a bañarse.

--Es muy hondo al pie de la palma sobre la margen derecha, observó
Gamboa.

--¿Cómo que hondo? preguntó la joven.

--Tapa a un hombre.

--Entonces se podrá nadar con desembarazo.

--Sí, pero es muy peligroso bañarse allí a causa de los caimanes que
suelen ascender el río desde la boca. En ese mismo charco que tanto
incita a Isabel, perdió papá un perdiguero que quería mucho. Yo era un
chicuelo entonces y le acompañaba en la caza. Le disparó un tiro a un
aguaitacaimán y cayó en mitad del charco; tras él se lanzó el perro para
traerle a la orilla, pero sin darle alcance se hundió bajo de las aguas
cual si le faltaran las fuerzas de repente. Luego apareció en la
superficie un borbollón de sangre, por donde conoció papá que le había
atrapado un caimán.

Buen efecto producían el arrozal en lo más hondo de un vallecito,
irguiendo sus innumerables espigas, todavía verdes, en busca del calor
solar y el campo de maíz en las laderas de las colinas, con sus flores
de color morado y las barbas rubias de sus mazorcas.

En el platanal inmediato abundaban los racimos amarillos, que por su
mucho peso hacían inclinar la cepa hasta besar la tierra con la punta de
sus anchas y largas hojas, cual láminas de acero.

Corriendo a la ventura, sin detenerse en ninguna parte, nuestros
paseantes repasaron el río por un vado más abajo del anterior, dejando
tras sí los terrenos de la estancia y entrando en los del potrero, por
medio de un dilatadísimo palmar. Sus enhiestos y blancos troncos
remedaban las gigantes columnas de un templo antiguo arruinado. Tenía
establecido en él su campamento una banda de aquellas aves, especie de
cuervos que en su canto o grito expresan por onomatopeya el nombre bajo
el cual se les conoce vulgarmente en Cuba: cao, cao.

En tan gran número se habían juntado que ennegrecían el racimo de la
palma o la penca donde se posaban; y lejos de asustarlas o hacerlas
abandonar el puesto las pisadas de las caballerías o las voces alegres
de los jinetes, eso mismo pareció aumentar su algarabía y desfachatez,
expresada en las miradas de soslayo que lanzaban desde sus naturales
alcándaras, cual si poseyeran inteligencia y quisieran burlarse de
quienes no tenían alas para llegar hasta ellas.

--No se reirían Vds. de mí, dijo Gamboa, si tuviera a mano mi escopeta.
Yo haría descender más que de prisa a algunos de esos bribones.

--Tan dudoso es lo que Vd. dice, dijo Cocco con sorna, que viene bien
aquí aquello de «al mejor cazador se le va una liebre».

--¿Por qué así? preguntó Isabel, que se daba por diestra tiradora.

--Diré a Vd., señorita, repuso Cocco con su vocecilla gangosa e innata
cortesía. Porque con el calor del día se le pone la pluma muy
resbaladiza lo mismo al cao que a la paloma torcaz, y no le entra
fácilmente la munición.

Luego cambiaron de rumbo los paseantes, rodeando la finca por el lado
norte, que era la porción más elevada del terreno. Desde una de sus
alturitas se alcanzaba a ver un pedazo del mar azul, en la apariencia
sereno, y allá en el horizonte algunas velas blancas como otras tantas
aves acuáticas rizando la linfa de un manso lago.

Cerraba la guardarraya que recorrían los paseantes, un bosque alteroso
que servía de línea divisoria entre el ingenio de _La Tinaja_ y el de
_La Angosta_ del otro lado. Según recordaba Leonardo debía de haber una
vereda que atravesaba dicho bosque, y siguiendo la cual podía llegarse a
la finca del Conde de Fernandina en la mitad del tiempo que se emplearía
en caso de ir por el camino real o de la Playa. La vía naturalmente era
muy estrecha y estaría en parte obstruida por ramas bajas y espinosas de
los árboles y plantas trepadoras, en las cuales bien podían dejar las
señoras, como se descuidasen, girones de sus vestidos. Esto entendido,
les propuso acometer la ardua empresa.

Había novedad en la propuesta, por lo mismo que se corría peligro; razón
de más para que las señoritas, ganosas de aventuras, la aceptasen de
plano y aun con entusiasmo. ¿Qué importaba un arañazo más o menos si se
prolongaba un poco aquel rato de libertad y de expansión? La intrépida
Isabel, sobre todas, a quien el aire del campo y el ejercicio ecuestre
habían devuelto las rosas a sus mejillas, el fuego a sus ojos y la
sonrisa a sus labios, exclamó:--¿Quién dijo miedo? Adelante. No se diría
nunca que por donde pasó un hombre a caballo Isabel se quedó atrás.

Penetraron todos en el sombrío bosque, llenos de alegría. Pero apenas
anduvieron corto trecho, uno detrás de otro, abriéndose paso a veces con
las manos, cuando tuvieron que detenerse. Empezó a sentirse un hedor
fuerte, como de cuerpo muerto; y de seguidas descubriose una vasta
congregación de _auras tiñosas_, rindiendo con su peso las ramas de los
árboles que servían como de arcos triunfales a la vereda. Algunas de
esas asquerosas aves, las más cercanas, a la vista de los caminantes
emprendieron el vuelo, y haciendo un ruido tremendo con sus amplias y
pesadas alas, fueron a posarse algo más lejos. Otras, las más distantes,
no sólo no se movieron de sus perchas naturales, sino que se pusieron a
ojear en todas direcciones con aire siniestro. La causa de su
amenazadora actitud se echó luego de ver: se entretenían en devorar el
cadáver de un negro, colgado por el pescuezo de la rama de un árbol a
orillas de la vereda, e interrumpidas en lo más interesante del festín,
manifestaban su indignación de la manera dicha.

En los momentos de acercarse los jóvenes, oscilaba ligeramente el
cuerpo. Esta circunstancia engañó de pronto a Leonardo, que llevaba la
delantera, respecto de su estado actual; pero la reflexión de que las
auras al abandonarle le habían impreso el movimiento oscilatorio, aun
observable, le sacó prontamente del error. Habíanle extraído los ojos y
la lengua, y cuando fueron interrumpidas buscaban afanosas el corazón
con sus encorvados picos.

--¡Mira! dijo Gamboa a Isabel, que le seguía de cerca indicándola, con
el brazo tendido, el horrible cadáver contra el cual estuvo él mismo a
punto de tropezar.

--¡Ay, Leonardo! exclamó ella horrorizada.

Perdió el color y el habla, y hubiera perdido también el conocimiento y
caído de la silla al suelo si Leonardo, advirtiendo su imprudencia, no
revuelve a toda prisa el caballo, la coge de la mano, le da los dictados
más cariñosos, le pide mil perdones y la saca al limpio, invirtiendo el
orden de la marcha.

Mientras Leonardo despachaba el guardiero Caimán al bosque para
identificar, si era posible, la persona del suicida, Meneses acudió por
agua al arroyo inmediato, la trajo y se la hizo beber a Isabel en un
vaso rústico, de forma de cartucho, hecho de una yagua recién
desprendida de la palma.

Averiguose que el muerto era Pablo, compañero de Pedro, que se quedó en
el bosque cuando los otros cinco prófugos, inducidos por Tomasa y con el
apoyo de Caimán, resolvieron presentarse a los amos.

La estaba reservado a Isabel, en su breve correría por los campos del
ingenio de _La Tinaja_, encuentro no menos desagradable que el anterior.
Dando la vuelta con lento paso por una guardarraya paralela a la que
llevaron antes, no a fin de alargar el paseo, sino con el de distraer a
Isabel, aun no repuesta del choque, avistaron un cercado de regular
tamaño, con puerta de tablas mal unidas y una cruz tosca de madera
sobrepuesta en el centro. Parecía indicar su destino este signo de la fe
del cristiano; pero ante la ausencia absoluta de monumentos, losas o
camellones de sepulturas, ante la lujosa vegetación herbácea del suelo,
costaba creer que era el cementerio donde se enterraban los esclavos que
morían en el ingenio de _La Tinaja_. El señor Obispo Espada había
concedido su establecimiento en aquellas fincas rurales que por su
lejanía de los centros de población o de las parroquias hacía difícil a
la salud pública la conducción de los cadáveres.

Sin duda porque todos, o casi todos, sabían el destino del cercado,
nadie habló de él. Pasaron de largo y tomaron otra guardarraya en
dirección del ingenio. Descendían luego una cuesta suave y prolongada a
medida que la subían tres negros a pie. Dos caminaban delante, cada cual
con su azadón al hombro. El otro algo más atrás, conducía del diestro un
caballo de mal pelaje. A cierta distancia no era fácil conocer, al menos
por las señoritas de la cabalgata, el objeto de la procesión ni la
naturaleza de la carga.

Descubríanse solamente dos como cilindros o trozos de cepa de plátano,
asegurados longitudinalmente en los lados del aparejo común de carga en
el país, a guisa de cañones de campaña trasportados a lomos de acémilas.
Para Leonardo todo este misterio desapareció desde el momento que pudo
ligar la idea de los tres negros que marchaban en esa dirección,
preparados para abrir una sepultura.

Pero, ¿quién era el muerto? ¿dónde estaba? Iba de espaldas en lo que
puede llamarse la batalla del aparejo encajonado entre las dos cepas de
plátano. Por más señas que, sobresaliendo el cuerpo, la cabeza cubierta
con un pañuelo a cuadros, batía colgando un lado del pescuezo del
caballo, por más despacio que marchaba; al mismo tiempo que le golpeaba
las ancas con los calcañales de los pies desnudos.

La guardarraya era muy angosta. A un lado y otro se desplegaban
cañaverales extensos y cerrados. El encuentro se hacía inevitable. En
tal aprieto, y deseoso Leonardo de ahorrar a sus amigos, en cuanto
cabía, el nuevo mal rato que se les esperaba, mandó picar el paso so
pretexto de que se hacía tarde, y él mismo procuró tomar la derecha de
Isabel y divertir su atención hacia el otro lado del campo. Inútil
cuidado. Todas las jóvenes, que entonces marchaban de dos en fondo,
vieron y entendieron perfectamente de lo que se trataba, tributando
quien un ¡pobrecito! quien una lágrima silenciosa a la memoria del
muerto Pedro; el cual, por ser negro y esclavo, no era menos digno de su
compasión. Porque ellas, aunque criadas a la leche de la esclavitud,
como tiernas flores que abrían sus pétalos a los primeros rayos del sol
de la vida, bien podían exclamar con el orador latino: _homo sum; humani
nihil a me alienum puto_.[51]

Recibió doña Rosa a los paseantes con vivas muestras de cariño y
regocijo. Tomó a Isabel por la mano y dijo hablando en general:

--Gracias a Dios que han vuelto. Sobre que ya iba entrando en cuidado.
Me pareció que les había sucedido algo. Luego, me acaban de decir que
ésta (Isabel) pierde el juicio en cuanto monta a caballo. Supongo que se
han divertido mucho.

Isabel se sonrió meramente y se retiró a su cuarto con Adela; pero
Leonardo, Meneses y Cocco protestaron del juicio con que todas las
señoritas se habían portado en el largo paseo.

--Me alegro, me alegro, dijo doña Rosa. Mas luego, dirigiéndose en
particular a su hijo, añadió: ¿Qué tiene? (Se refería a Isabel.)

--Nada, que yo sepa, replicó Leonardo.

--Me parece que ha venido más triste. ¿Se ha enfermado en el paseo? ¿O
tú le has hecho algo?

--¿Yo, mamá? Jamás he estado más amable y cumplido con ella.

Entonces Leonardo refirió a su madre cuanto habían visto en su malhadado
paseo; su encuentro con el negro ahorcado en el bosque y con el entierro
de Pedro.

--Pero ¡hombre! ¿a quién se le ocurre llevar a las muchachas por
semejantes andurriales?

--¿Y yo qué sabía, mamá? Para adivino, Dios.

--¿No lo decía yo? De esta hecha Isabel no vuelve a poner los pies en el
ingenio. Se figurará que siempre es lo mismo.

--Ella no se ha quejado.

--Sabe mucho Isabel y es demasiado discreta para decir lo que siente,
sin ton ni son; pero se conoce que esto no le ha gustado ni un poquito.
Y tu padre está creído que cuando te cases con ella vendrán Vds. a
menudo a _La Tinaja_ a pasar largas temporadas. El dice que tú tarde que
temprano, has de ser el administrador, y parecería muy feo que tu mujer
se quedase en La Habana...

--¿Han arreglado ya Vds. el plan?

--¡Cómo! ¡Qué! ¿No te gusta?

--¿El plan o la novia?

--La novia y el plan, hijo.

--La novia me gusta un puñado, no lo puedo negar; pero, ¿es hora de
casarme, mamá? El casamiento es cosa seria, tú lo sabes. No ha de
hacerse cochiherviti. En cuanto a la administración del ingenio, ¿crees
tú que yo deba encerrarme en este desierto, cuando empiezo a gozar?

--No sabes cuánto gusto me da el oírte hablar así, hijo mío. Salomón no
se expresaría con más juicio. Eso mismo le decía yo a tu padre anoche.
¿Para qué tanta prisa? Pero él es muy porfiado, testarudo y caprichoso,
más que un vizcaíno. Se le ha puesto que te cases el año entrante y eso
ha de ser. Tú, sin embargo, no tienes por qué apurarte ni afligirte.
Como tú eres quien se casa y no tu padre, se hará el casamiento cuando
convenga. Mas si bien se mira, Leonardito, tu padre no deja de tener
razón. El me ha hecho sus reflexiones, y... casi, casi que me ha
convencido. Porque dice: Mañana es otro día nos morimos nosotros. ¿Qué
será de todo esto? ¿Qué de nuestros cuantiosos bienes? ¿qué de tus
hermanas si aún no se han casado? Soltero tú no podrás cuidarlas,
dirigirlas ni protegerlas. Todo andará manga por hombro, vendrán a menos
los bienes cada día, y, sobre todo, se destruirá la casa que tanto
trabajo nos ha costado fundar... El cree que en el primer correo de
España le viene el título de Conde de La Tinaja o de Casa Gamboa. Ha
dejado el nombre a la elección de su agente en Madrid. El título pasará
a ti, mejor dicho, tú lo disfrutarás, pues para ti verdaderamente se ha
pedido. Entonces, además que sería una vergüenza que trabajaras
personalmente, como tu padre ha trabajado toda su vida, ¿qué necesidad,
tampoco tendrías tú de ello? Al contrario, si nuestra muerte y el
condado te encuentran casado y firmemente establecido, ¿cuán diferente
no será tu suerte y la de tus hermanas? ¿Ni con quién pudieras enlazarte
mejor que con Isabel que es tan buena y virtuosa? Cada vez me gusta más
esa muchacha. Si yo fuera hombre me parece que la enamoraba y me casaba
con ella. Por otra parte, hijo mío, ¿quién atendería esto mejor que tú
que eres su dueño y que te duele? Mira, cada vez que me acuerdo que por
debilidad mía... No tal, por majaderías de tu padre, se dejó tanto
tiempo de Mayoral de esta finca a don Liborio, a ese bandolero, cara de
hereje, me da cólera de mí misma. ¿Para qué servía ese condenado? Nada
más que para enamorar las negras y desollar los negros con el cuero. Se
deleitaba en dar bocabajos, según me ha contado la mujer de Moya. Tenía
convertido el ingenio en un presidio. Por nada y nada cargaba de grillos
al mejor negro después de arrancarle la tira del pellejo. Creo
firmemente que si no le boto no me deja uno vivo. El tuvo la culpa de
que se huyeran tantos; por él es fácil que se muera de pasmo todavía
Julián. Le dio un bocabajo a Tomasa sabiendo que yo le servía de
madrina, lo mismo que a los otros que se habían huido con ella.
¡Bárbaro! Estamos de malas. Dios quiera que el año venidero sea mejor
para nosotros. Para complemento de desgracias, acaba de recibirse carta
de La Habana en que participa don Melitón que desapareció Dionisio desde
el día 24, y que ha oído decir lo mataron de una puñalada por el barrio
de Jesús María. Descerrajó el escaparate de tu padre y se llevó la
casaca, el calzón corto de paño, las medias de seda y los zapatos con
hebillas de oro que usaba antes de la Constitución del año 12. ¿Qué se
propuso hacer con esa ropa? ¿Venderla? Nadie se la compraría. ¿Has visto
qué pícaro? ¡Qué malvado! ¡Y después de esto crea Vd. en la honradez y
formalidad de los negros! Dios me perdone, pero el mejor... merece que
lo quemen vivo. ¡Cuánta ingratitud contra amos tan buenos!



CAPÍTULO VIII

     _¡Ay del señor, que sus vasallos deja
      Al cielo remitir su justa queja!_

         LOPE DE VEGA


La familia de Gamboa, en unión de sus huéspedes, pasó la mayor parte de
la noche del segundo día de Pascuas en la casa de calderas.

Alumbraban el trapiche unas fogatas que habían encendido los negros, no
tanto para obtener claridad en aquel ancho y tenebroso edificio, como
para calentarse; pues se sentía un relente desapacible y ellos carecían
de abrigo, excepto el gorro de lana que algunos llevaban puesto. Ruidos
distintos y gran batahola reinaban por todas partes. Hombres y mujeres
pasaban y repasaban del tablero de alimentación del trapiche a las pilas
de cañas, ya con los brazados a la cabeza, ya de vacío, según era el
caso; todos siempre de carrera, estimulados por el látigo del
contramayoral, que no les concedía momentos de descanso ni de respiro.
En sus idas y venidas pasaban lo más cerca que podían de las fogatas,
así para atizarlas con el pie como para recibir de lleno el calor, en
cuyas ocasiones la llama rojiza, cual siniestro relámpago en medio de
una noche tempestuosa, solía iluminarlos de pies a cabeza, con lo que
se podía echar de ver que eran seres humanos y no fantasmas de las
regiones infernales quienes desempeñaban tan recias faenas en horas que
la mayoría de los obreros se entrega al sueño.

En esta parte de la casa de calderas no se oían, pues, más que los
estallidos de los ramos verdes y del bagazo todavía húmedo con que los
negros alimentaban el fuego, o el crujido de los haces de caña al pasar
por entre los cilindros macizos y relucientes del trapiche, o el zumbido
sordo, peculiar del volante de la máquina de vapor en sus vertiginosos
giros. Con este afanoso trabajar, desaparecían una tras otra las pilas
de caña, especie de murallas verdes, que al principio circunvalaban casi
la casa de ingenio; de suerte que la corriente del guarapo en la canal
de madera hacía el mismo murmurio que un arroyuelo ordinario.

El departamento propio de las calderas estaba pobremente alumbrado por
unos cuantos candiles de grasa común colgados a trechos de las gruesas
vigas, en derredor del laboratorio o tren Jamaiquino. Más humo que luz
emitían, soltando de cuando en cuando gotas de grasa encendidas, que se
apagaban luego que tocaban en el suelo de ladrillos. Por su parte, el
vapor que desprendía la miel en cocimiento, cargaba más la espesa
atmósfera de aquel sitio, disminuyendo a compás la poca fuerza luminosa
de los candiles. De tal modo era esto así, que pisando el suelo caliente
y pegajoso de las calderas, por largo rato las personas recién venidas
sólo veían a los fabricantes del azúcar como a través de un espeso velo
de gasa. A veces un rayo de luz penetraba la nube de humo y vapor, hería
el busto de los negros y del maestro de azúcar afanados en torno de las
calderas; y entonces se repetía aquí al vivo uno de aquellos cuadros en
que suelen representar a las ánimas del purgatorio.

Trajéronse sillas y se estableció el estrado en la parte opuesta a los
hornos o fornallas, que era la más despejada y la menos calurosa. La
reunión se aumentó con la presencia de los empleados blancos, los cuales
acudieron presurosos para saludar a los amos del ingenio. El maestro de
azúcar hizo traer tazas y servir guarapo hirviendo con algunas gotas de
aguardiente a las señoras y a los caballeros. El mismo, echándola de
cortés, sirvió del dulcísimo brebaje con su propia mano a doña Rosa y
doña Juana, y habría servido a las demás señoras si Cocco y Meneses,
modelos de cortesía, no se le anticipan y le ahorran el trabajo.
Leonardo e Isabel no se habían sentado; continuaron de bracero
paseándose arriba y abajo, en cuanto lo permitían la estrechez relativa
y los inconvenientes del sitio. Tampoco se sentaron Adela y Rosa
Ilincheta, prefiriendo registrar, acompañadas de Dolores, los diversos
departamentos de la casa de calderas, sin aventurarse, no obstante, en
los rincones muy oscuros.

No parecía mal el maestro de azúcar. Era mozo arriscado y despierto,
bastante joven y de apuesta persona, aunque vestía el traje puro de los
guajiros, el cual no contribuye por cierto al bien parecer de todos los
que le llevan. Llamábase Isidro Bolmey y había nacido en Guanajay, de
padres pobres, quienes careciendo de letras y no habiendo escuelas en el
pueblo, mal pudieron dejar al hijo, al morir, ni la más común educación.
Apenas si sabía leer y escribir su nombre. No profesaba religión
ninguna, aun cuando le habían bautizado y confirmado en la católica,
apostólica, romana, durante la visita que giró por el lugar de su
nacimiento el señor Obispo Espada y Landa el año de 1818. Lo cierto es
que, a los 26 de su vida no recordaba haber entrado en una iglesia a oír
misa, menos haber rezado alguna vez, por no saber ni la más breve de las
oraciones cristianas: el Padre nuestro. Pues este mozo ignorante,
demasiado joven para haber aprendido algo por la práctica, era, hacía
algún tiempo, el maestro de azúcar del famoso ingenio de _La Tinaja_,
finca que representaba en aquella época un capital cuando menos de medio
millón de duros.

El estallido repentino del látigo en la parte opuesta de la casa de
calderas, en el acto de llevarse Isabel la bebida a la boca, la hizo
estremecer de pies a cabeza, y, perdido el tino, se le deslizó la taza
de las manos.

--Se ha manchado la niña el túnico, dijo el maestro de azúcar como
pesaroso.

--No le hace, dijo Isabel sacudiéndose la falda.

--Diga Vd. al contramayoral, dijo Leonardo serio, que no vuelva a sonar
el látigo.

--Si la niña quisiera otra taza, agregó Bolmey con acento en que se
revelaba un gran fondo de tierna solicitud. _Entodavía_ está el guarapo
en estado de beberse.

--No, no, repitió Isabel. No se moleste. ¿Para qué, tampoco? No me
gusta, que digamos, esa bebida.

Sin duda que no agradó al mozo de Guanajay la negativa de Isabel, porque
murmuró en tono que pudo oírsele:

--Parece que los cuerazos le han _queitado_ las ganas a la niña. Vea
Vd., y nosotros nos dormimos con esa música.

Tomó Leonardo como una impertinencia la observación del maestro de
azúcar y le volvió la espalda disgustado. Al contrario Isabel, no
atendió sino a su penetración y suaves modales, y sintiendo hacia él una
especie de gratitud, la pesó de que su amante no participara del mismo
noble sentimiento. Mas, tuvo la candidez de decírselo al paño. Por lo
que Leonardo, picado ahora, se propuso _quinar_ y poner en ridículo al
maestro de azúcar, examinando allí mismo los puntos que calzaba en el
arte de fabricar ese dulce.

Para ejercer el cargo de examinador, no poseía Leonardo otras
condiciones que aquéllas de que le revestían por el momento el despecho
y la osadía de quien compara su propia alteza y superioridad casuales,
con la bajeza y la humildad relativas del primer contrincante con quien
acontece medir sus fuerzas morales e intelectuales. La clase de
educación que su estado social y caudales le habían procurado a
Leonardo, estaba muy lejos de ser científica; había sido puramente
literaria y nada profunda por cierto. No había saludado siquiera ninguna
de las ciencias naturales, puesto que no existían en su patria entonces
cátedras libres de ellas. Verdaderamente sólo se enseñaba filosofía,
jurisprudencia y medicina, sin otros ramos principales que tanto
contribuyen a su complemento. Leonardo Gamboa, como la mayoría de los
estudiantes de su época, no entendía jota de Agronomía, por supuesto, ni
de Geología, ni tampoco de Química, menos de Botánica, aunque de esta
última ciencia daba a la sazón, o pretendía dar lecciones don Ramón de
la Sagra en el Jardín Botánico de La Habana. Mas sea de esto lo que se
fuese, ello es que la índole buena y la ignorancia supina del maestro de
azúcar concedieron esta vez triunfo fácil y señalado al futuro dueño del
ingenio de _La Tinaja_.

--¿Dónde aprendió Vd. a hacer azúcar, don Isidro? le preguntó de
improviso y con cierto tono arrogante.

--En el ingenio del Sr. don Rafael de Zayas, aquel que topamos como se
viene de Guanajay al pie de la loma de la Yaya.

Ahí estaba de maestro de azúcar mi padre, que en paz descanse, y yo lo
acompañé y lo ayudé a hacer bastantes zafras.

--Es decir, que su padre le enseñó a Vd. el oficio de maestro de azúcar.
¿No es eso?

--Pues, él hacía azúcar delante de mí y yo aprendí por mi gusto haciendo
lo que él hacía.

--¿Qué hacía su padre de Vd.? En otras palabras, ¿cómo hacía el azúcar?
Esto es lo que deseo que Vd. me explique; diciendo lo cual apretó el
brazo de Isabel.

--Diré al señor don Leonardito, repuso Bolmey revolviendo allá en su
mente por si daba con las palabras que pudieran ser nuevas para su joven
amo. Si vale decir verdad, no se necesita _cencia_ para hacer la azúcar;
basta un poco de práctica y un buen ojo. Yo veía que mi padre, que en
paz descanse, en cuanto que se llenaba de guarapo fresco el tacho de la
torre, lo dejaba _sentar_ un poco y le quitaba la basura; que después lo
bombeaba de ese tacho a la paila del medio, y que después mandaba meter
candela de duro. Verbi gracia, así como yo voy a hacer ahora.

Mientras hablaba, dos negros con sus bombas y una canal movible
trasegaron el guarapo _desfecado_ de la segunda paila de la izquierda a
otra de la derecha, y el joven Bolmey agregó:

--¿Ve el niño? Ahora quito la basura y _vaceo_ el guarapo de este tacho
en este otro y le echo un poco de cal viva...

--Bien, ¿para qué le echa Vd. cal?--le interrumpió preguntándole
Leonardo, con regocijo secreto de tenerlo cogido en un renuncio
ridículo.

--Eso sí que no sabré decir al niño, contestó el mozo con naturalidad.
(Y como se sonriera Leonardo, agregó)--Yo no sé por qué se le echa cal,
sólo sé que si no se le echa no se puede sacar una templa buena. Dios
solamente sabe eso. La azúcar se pone agria, no se hace cuando le falta
la cal. Así hacía mi padre, que en paz descanse, y yo hago lo _mesmo_,
aunque si vale decir verdad, yo creo que va en suerte más que en otra
cosa, el hacer o no la azúcar. Lo que puedo decir al niño es que parece
que yo tengo suerte, que ya llevo hechas cinco zafras en este ingenio, y
ésta será la quinta, y está por la primera vez que se me _hayga_
perdido una templa. También yo conozco los cañaverales de _La Tinaja_.

--¿Qué diferencia encuentra Vd. entre un cañaveral y otro cañaveral? La
caña es la misma en todos.

--Le parece al niño, pero no es así; y perdone que le contradiga.

--¡Cómo! exclamó Leonardo sorprendido y visiblemente mortificado, pues
no estaba seguro de que sabía sobre este punto más que su maestro de
azúcar. ¡Si querrá Vd. venir ahora a darme lecciones acerca de la
naturaleza y calidades de las cañas de azúcar! Las hay de varias
especies, y aquí las tenemos de Otahití, de la cinta o morada, de la
cristalina, que es la última introducción en el país y de la criolla o
de la tierra, que no sirve para moler. Todas dan más o menos jugo
sacarino, y ésta es la única diferencia digna de notar entre ellas. La
más recia y menos a propósito para moler es la morada o de la cinta,
porque contiene más parte leñosa y menos jugo sacarino. No sabe Vd., por
supuesto, lo que estos términos significan, pero tengo que usarlos, a
falta de otros que sean inteligibles para Vd. En mi ingenio abunda más
la de Otahití que las otras pues se ha probado que es todo jugo
sacarino, todo dulce, y es, además, la que mejor se da en la tierra
negra. Cada carretada de esta caña da pan y medio o dos arrobas y media
de azúcar blanco, y tan sabroso como no se hace en ningún otro ingenio
de la Vuelta Abajo.

--Dice mucha verdad el niño, tiene muchísima razón el señor don
Leonardito... pero... yo no hablaba de las cañas, hablaba de los
cañaverales.

--Esa sí que está mejor, dijo el joven, cuadrado y cruzado de brazos
delante de su maestro de azúcar, esperando oírle tan solemne disparate,
que hiciese reír a Isabel, la cual mantenía una extraña
imperturbabilidad. Veamos la diferencia que Vd. descubre entre los
cañaverales...

--La _diferiencia_ que yo encuentro (repuso Bolmey con gran aplomo),
mejor dicho, que mi padre, que en paz descanse, encontraba entre los
cañaverales, era ésta: que los de tierra baja y pantanosa son más agrios
y salados que los de lometicas, y mientras más agrio el cañaveral más
cal necesita para que no se revenga el azúcar.

Sin más volvió Leonardo la espalda, y así que se puso a buena distancia
de Bolmey, dijo:

--Será buen sastre, pero a mí no me trabaja, lo juro. Quiero decir, que
cuando yo mande aquí, que será pronto, no es ese zopenco el que me hace
el azúcar. Lo primero que haga es ponerlo de patitas en el camino real.

En su rápida excursión tuvieron también su aventura Adela, Rosa y
Dolores. Muy entretenidas se hallaban las tres, viendo batir la miel en
una de las refriaderas, a tiempo que se les acercó por la espalda una
negra desconocida, que les preguntó con mucho misterio:

--¿Quién de las niñas es la niña Adelita?

--Yo, contestó la misma precipitadamente y algo asustada.

--Pues ahí fuera, detrás de aquel horcón, aguarda por su merced su
madre...

--¡Mi madre! repitió Adela sorprendida. Señorita, querrás decir...

--No, niña, digo la enfermera.

--¡Ah! Dile que se acerque, que entre.

--Ella no quiere que la vean los amos. No se atreve a _dentrar_.

--Ve, Dolores. Mira qué quiere tu madre. Si ella tiene miedo de entrar,
más miedo tengo yo de salir. ¡Qué! ¡Si eso está tan oscuro! Como boca de
lobo. Ni pensarlo.

A la vuelta dijo Dolores que su madre sólo deseaba darle un abrazo muy
apretado a la niña Adela y decirle una cosa que no podía comunicársela
por una tercera persona. Entonces la joven dio cita a la antigua nodriza
para más tarde de la noche en su aposento de la casa de vivienda.
Dolores quedó encargada de esperar a su madre en la puerta falsa para
descorrer el cerrojo con que cerraba por dentro y conducirla a presencia
de su joven ama e hija de leche.

Efectivamente, entre once y doce de la noche mencionada, las dos
señoritas más jóvenes de Gamboa se hallaban reunidas con las dos
hermanas Ilincheta y su tía doña Juana Bohorques, en el cuarto de la
casa de vivienda, asignado a éstas desde el principio. A medida que se
acercaba la hora de la cita aumentaba la inquietud de Adela; de modo
que, cuando llamaron a la puerta, arrastrando las yemas de los dedos en
uno de sus tableros, de un salto se puso en pie y acudió a abrir.
Dolores se presentó tan asustada como su ama, y dijo:--Ahí está.

--Que entre, repuso ésta; y en busca de conhorte por la falta que al
parecer cometía, hablando con Isabel agregó:--Mía no es la culpa si doy
este paso... No veo otro medio de averiguar por qué mamá está tan brava
con la mujer que me crió...

En este momento entró María de Regla conducida de la mano por su hija
Dolores, e interrumpió Adela un acto de contrición. Una sola vela de
esperma dentro de su guardabrisa alumbraba a medias el cuarto, que si
bien espacioso, reducían bastante los diversos muebles de que se hallaba
atestado. Las señoras, sentadas en un medio círculo, aguardaban con
bastante ansiedad la entrada de la enfermera. Venía vestida del modo
como la describimos la última vez en la enfermería. Pasando de un medio
oscuro a otro relativamente claro, quedó por un instante como
deslumbrada y confusa ante el improvisado congreso femenil. Examinó uno
a uno los rostros, y de pronto se lanzó sobre la señorita que ocupaba el
centro del medio círculo, Adela, y diciendo:--Esta es mi hija, la
levantó en sus robustos brazos, y mientras la estrechaba en ellos y
giraba como loca, la cubría de besos y repetía:--¡Mi cielo! ¡mi lindura!
¡mi pimpollo! ¡mi hija idolatrada!

Después la volvió a la silla, se arrodilló a sus pies, la rodeó con los
brazos por la cintura, dobló la cabeza sobre sus rodillas y lloró a
sollozos sin consuelo por largo rato.

--¿Qué haces, María de Regla? le dijo Adela conmovida a la vista de
tanto sentimiento y tan afectuosamente expresado. Cálmate, mujer. Ni
hagas bulla, porque puede oírte mamá y entonces sí que la habremos hecho
buena. Levántate, tranquilízate...

--¡Ay, niña del alma!, exclamó la negra enjugándose las lágrimas con la
palma de las manos. Déjeme llorar, déjeme desahogar el corazón dolorido
a los pies de mi adorada hija. No creo que si me ve Señorita se ponga
brava conmigo y me eche de aquí. ¡Ah! ¡Y cómo deseaba este momento,
justo Dios del cielo y de la tierra! ¡Hacía tanto tiempo que no veía a
su merced y he pasado tantos trabajos en este destierro, que ha sido mi
verdadero valle de lágrimas... que si me matasen ahora me dejaría matar
con la sonrisa en los labios! ¿Qué vale la vida en medio de tantas
penas? Y esto no es vivir, esto es morir todos los días y a cada hora.
Su merced no comprende la causa de mi llanto. Su merced es muy joven, es
blanca, es libre, es la niña bonita de la casa. Si su merced se casa y
tiene hijos, ¿quién se atreverá a quebrar su gusto ni a separarla de su
marido, ni de sus hijos? Su merced no sabe, ni Dios quiera que sepa
nunca lo que pasa por una esclava. Si es soltera porque es soltera; si
es casada porque es casada; si madre porque es madre, no tiene voluntad
propia. No le dejan hacer su gusto en ningún caso. Parta su merced del
principio que no le permiten casarse con el hombre que le gusta o que
quiere. Los amos le dan y le quitan el marido. Tampoco está segura de
que podrá vivir siempre a su lado, ni de que criará a los hijos. Cuando
menos lo espera, los amos la divorcian, le venden el marido, y a los
hijos también, y separan la familia para no volver a juntarse en este
mundo. Luego, si la mujer es joven y busca a otro hombre y no se muere
de dolor por la pérdida de los hijos, entonces dicen los amos que la
mujer no siente, ni padece, ni le tiene cariño a nadie. Piense su merced
en lo que pasa por mí. Hace más de doce años, como quien dice la vida de
un cristiano, que no veo a mi marido, y casi otro tiempo que he estado
separada de mis hijos. ¿No ve su merced la injusticia, niña? Está bien
que se me castigue si he pecado; pero, ¿por qué han de castigar también
a mi marido y a mis hijos? Y no digan que no es castigo esta larga
separación; lo es, niña y de los más duros. Sé que el objeto no ha sido
castigar en mi esposo, ni en los hijos de mis entrañas la culpa que yo
haya podido cometer. No; mis señores no son tan malos; pero Dionisio es
un buen cocinero y hacía falta en La Habana; Tirso y Dolores son buenos
criados de mano, y se necesitaban también allá. No me quejo porque
sirven a los amos, son esclavos y tienen que servir. ¿A dónde irá el
buey que no are? Y, servir por servir, mejor lo pasarán allá que acá. Me
quejo porque estamos separados. La ausencia mata. Unidos, las penas son
menos. Además, yo y Dionisio nos queríamos...

--Dionisio, Dionisio, repitió Adela con énfasis, cortándole la palabra a
su nodriza. Buen pájaro es Dionisio. El no te quiere, te ha olvidado.
Mira lo que acaba de hacer. Don Melitón le escribe a papá que Dionisio
se huyó de casa desde la víspera de Nochebuena, y no se ha sabido más de
él. Dicen que tuvo una tragedia y salió mal herido.

--Lo sabía, niña, dijo María de Regla con sentimiento. Dolores estaba
presente cuando Señorita leyó la carta y me lo contó todo. Mas, ¿quién
tiene la culpa de eso? ¿Por qué Dionisio parece que no me quiere y que
me ha olvidado? Por nuestra separación. A mi lado él no hubiera
cometido esa locura. Siempre fue tierno y fiel esposo para conmigo. ¡Tan
querendón...! Yo fui cariñosísima esposa para con él. Mientras vivimos
juntos, mientras pudimos decir que éramos casados, no tuvimos un sí ni
un no. Porque ha de ver la niña que nosotros nos casamos por amor.
Nuestro casamiento se celebró con un gran baile en el mismo palacio de
los señores conde de Santa Cruz en Jaruco. Se hizo venir al cura para
casarnos. La señora Condesa se miraba en mí y se empeñó en que me
casara... para quitarme con tiempo de los peligros... Aquí internós,
niñas (agregó la enfermera con aire malicioso), aunque me esté mal el
decirlo, yo, para mujer de color, cuando muchacha, era bien parecida,
bonita, y la señora Condesa sospechó que le caía en gracia a mi amo el
señor Conde... ¡Era tan enamorado! ¡Vaya que si lo era...! Más enamorado
que Cupido... Hizo bien la señora Condesa en casarme con Dionisio. Pero
¿qué me dicen las niñas del condecito? Ese parecía que decía a su señor
padre, que en paz descanse: aparta, que aquí estoy yo. No podía negar la
casta. Estaba que se bebía los vientos por mí. No me dejaba ni a sol ni
a sombra.

«Pero, en fin, nos casamos y fuimos los más felices esposos del mundo.
Murió de repente al salir del baño mi amo, el señor Conde; hubo pleito
por la herencia; se hicieron costas por castigo, y para pagarlas se
sacaron a remate varios esclavos, y a mí y a Dionisio nos tocó en suerte
el ser vendidos juntos. Desde ese momento se nubló nuestra felicidad. Si
mi amo el señor Conde no se muere de repente, estoy persuadida que nos
deja libres en su testamento, a mí y a Dionisio. Pasamos a poder de mi
amo el señor don Cándido y de Señorita, yo para servir a la mano y
peinarla, Dionisio para cocinero. Su merced no había nacido. Todo fue
bien hasta que tuve un hijo, el cual se me murió del mal de los siete
días...

«Mi amo el señor don Cándido me alquiló con el médico don Tomás Montes
de Oca para criar a una niña de una persona que jamás pude averiguar
quién fuese, cómo se llamaba... nada. Y aquí está, niña mía, el origen y
el principio de todos nuestros males, quiero decir, míos y de Dionisio.

«Tendría yo a todo tirar veinte años y Dionisio veinticuatro cuando nos
separaron. Éramos dos muchachos sin juicio ni experiencia del mundo. Por
mucho que nos quisiéramos, y cuente, niña, que nos queríamos muchísimo,
si no nos veíamos, si nos hallábamos muy lejos uno de otro, si parecía
eterna nuestra separación, si estábamos destinados a morir, yo de
enfermera en este ingenio de mis culpas, él de cocinero en La Habana; si
Dionisio era joven y bien parecido, según decían las mujeres, yo joven y
bonita, según decían los hombres, ¿qué querían que hiciéramos? ¿Echarnos
a morir o pasarnos la vida llorando la ausencia? Preciso era ser santo,
o hecho de palo, para haber sido consecuente. Supongo que Dionisio,
perseguido por mujeres bonitas, no ha podido imitar al casto José. Yo,
aquí donde sus mercedes me ven, hecha una vieja antes de tiempo,
lidiando con enfermos y con muertos, yo, he sido solicitada por cuantos
han llevado calzones en este infernal ingenio.

«El Mayoral que me recibió a mi llegada de La Habana no fue don Liborio
Sánchez, sino don Anacleto Puñales. Alto él, flaco, prieto, patilludo,
con una voz de campana mayor que parecía que iba a tragarse el mundo.
Estaba armado de machete, puñal y cuero, y recostado contra un horcón
del colgadizo de su casa, fumando un tabaco, y con el sombrero puesto.
Lo rodeaban sus perros, y a la puerta se hallaba su mujer sentada en una
silla de cuero. Me pareció bonita y fina para guajira. En cuanto me
columbró el Mayoral, se enderezó y le brillaron los ojos como al gato
cuando siente ratón. Hasta sus perros se levantaron del suelo. Yo me
dejé rodar por el aparejo a bajo, temblando de pies a cabeza, porque me
dio en el corazón lo que iba a pasar.--Acerqúese, mamá, me dijo; y sin
más, con la punta del palo me voló el pañuelo de la cabeza. ¡Moños!
¡moños! gritó furioso. ¡Ah! ¡Perra! A ver. Sacó el puñal, me agarró las
trenzas, y ¡tras! de un viaje me las cortó _arrente_ del pellejo. Hasta
aquí no parecía tan mal; pero me vio los zapatos y las medias y se puso
más furioso.--¡Oiga! gritó de nuevo casi sin poder hablar. ¿Tú con
zapatos? ¿Quién ha visto negra con zapatos y medias? ¿Venías a bailar,
no? Yo te daré baile. Apuradamente la señora dice que tú no vienes aquí
de paseo, sino para que te enderecen y aprendas a obedecer. Vamos,
quítate pronto todos esos féferes. Aquí no se se necesitan zapatos para
bailar. Despacha.

«¡Ay, niñas! no quisiera acordarme. Se me erizan las carnes cada vez que
me acuerdo. Nadie, ninguno de mis amos me había puesto la mano encima
todavía. El Mayoral me tumbó en el suelo de un galletazo, hizo que dos
morenos me sujetasen por los pies y las manos y me estuvo dando cuero
hasta cansarse, creo yo, porque a los pocos cuerazos me desmayé y no
supe más de mí. Ni volví en mi acuerdo hasta la noche en la tarima de la
enfermería, donde estuve sin poder moverme como dos semanas. Pues para
que vean las niñas, ese mismo Mayoral que me había recibido tan mal,
después me llevó a su casa para que sirviera de criada de mano, y me
echaba unos ojitos... Se puso celosa su mujer y entonces me mandó don
Anacleto de enfermera a la enfermería, habiéndose muerto la vieja que
era antes que yo. Después me solicitó y me solicitó con instancia, mas
yo no podía quererlo. ¡Qué quererlo, si me había desollado viva! Se me
revestía el demonio cada vez que lo veía. No me le negué por lo claro,
me zafé de él con diferentes pretextos, pues temía que se pusiera bravo
y me diera otro bocabajo. La mujer me ayudó mucho en este caso sin
saberlo. Le dio tal fraterna de celos conmigo, que el hombre, aburrido,
pidió su cuenta y se colocó de Mayoral en otro ingenio.

«¡Qué lucha, niñas! Se la doy a la más pintada. Aquí quisiera haber
visto a la mujer más virtuosa del mundo. Ningún hombre se ha acercado a
mí sino para hablarme de amores. Lo primerito que me ha dicho es:--Tú no
mereces pasar tu juventud en esta soledad, quiéreme y te liberto. Así me
habló Sierra, el patrón de la goleta en que vine de La Habana; así me
habló el mandadero zarrapastroso que me trajo delante del aparejo del
caballo desde el muelle; así me hablaron el tejero, el maestro de
azúcar, el Mayordomo, todos. Parecía que no habían visto mujer en su
vida y que ninguno era casado ni tenía hijos.

«Mas, ¿qué me dicen las niñas del señor don José, el médico del ingenio?
Ese también me ha enamorado y sigue enamorándome con otra música. No se
rían, niñas, es la pura verdad. Ahí donde sus mercedes lo ven tan
blanco, andando siempre en puntillas, creído que es un real mozo, y que
todas las mujeres se mueren por él..., pues está que se le cae la baba
por mí. No lo he querido nunca. ¡Es más agarrado...! Don Alejandro en
puño.[52] No le dará una sed de agua ni a la paloma del Espíritu Santo.
¡Yo! Ni saber de él.

--Luego, dijo Adela enfadada, ¿tú quieres a los hombres por dinero?

--No, niñita, no me haga su merced esa injusticia. Yo no podía querer;
no me salía de adentro el querer a nadie. No se quiere más que una vez
en la vida. Mi corazón se había secado. Tampoco quería dinero para echar
lujo, lo quería para libertarme. Resistí, resistí...; pero la juventud,
el deseo de mejorar de suerte, de salir de este infierno; el diablo que
pone el fuego junto a la estopa y luego sopla. ¡Qué sé yo! Lo cierto
fue, niña... Se me cae la cara de vergüenza. Entre todos mis
pretendientes, el carpintero vizcaíno que estaba aquí a mi llegada, creí
que me cumpliría la palabra de libertarme; y en mal hora le fui infiel a
Dionisio. Entonces nació Tirso, ese cuervo que todavía me ha de sacar
los ojos.

Las señoras del auditorio, escandalizadas del descoco de la negra,
manifestaron su desaprobación con un murmullo general y marcado. La
nodriza, tirando a enmendar la falta, añadió a la carrera:

--Las niñas me han de dispensar si he dicho algo malo. Pero pónganse en
mi lugar por un momento. Vamos a ver: si por una desgracia impensada,
por un trastorno de la naturaleza cualquiera de las niñas que me
escuchan se vuelve mujer de color, y cuando más dura le parece la
esclavitud viene un individuo, sea blanco, mulato o negro, feo o bonito,
y le dice: no llores más, consuélate, anímate, te compadezco, voy a
libertarte. ¿Pensaría como piensa ahora de mí? ¡A que no! ¡Qué dulce no
le parecería la palabra! ¡Qué buena, qué amable, qué angelical no le
parecería a la persona! ¡Te voy a libertar! ¡Ay, niñas! Yo no he oído
nunca esas palabras sin estremecerme, sin un regocijo interior
inexplicable, como si me entraran calofríos... ¡La libertad! ¿Qué
esclavo no la desea? Cada vez que la oigo pierdo el juicio, sueño con
ella de día y de noche, formo castillos, me veo en La Habana rodeada de
mi marido y de mis hijos, que voy a los bailes vestida de ringo rango,
con manillas de oro, aretes de coral, zapatos de raso y medias de seda;
todo como hacía cuando muchacha en el palacio de los señores condes de
Jaruco.

«Pero, siguiendo mi cuento, niñas, lo peor de todo era que si yo me
sonreía con el maestro de azúcar se ponía bravo el boyero, o el tejero,
o el Mayordomo, o el médico, o el Mayoral, don Liborio Sánchez quiero
decir, ése que acaba de botar Señorita por fiera con los negros, y que
entró cuando salió don Anacleto Puñales. Ese era el más temible de mis
enamorados. Quería que le quisieran a la fuerza, y si me negaba, allá
iba el cuerazo. Por celos y piques me ha dado dos bocabajos y me ha
crucificado las espaldas con el cuero. No saben sus mercedes cuánto me
he alegrado de que lo botara Señorita. Tiente, niña, tiente aquí en los
hombros y las paletas. Meta la mano.

La deslizó Adela, con cierto recelo, por entre la piel y las ropas de la
negra y las retiró precipitadamente porque sus dedos de rosa fueron
tropezando con verdugón tras verdugón, trazados en todos los sentidos, a
la manera de los camellones del terreno recién arado, por la punta del
látigo del celoso capataz. Entonces comprendió la joven una parte del
martirio de su ama de leche. Doña Juana e Isabel se horrorizaron y
vertieron más de una lágrima de simpatía por la martirizada esclava.

«Y de contra, niñas, prosiguió ella su interesante relación, don Liborio
hacía que el Mayordomo le escribiera una carta al amo, donde le decía
mil cosas de mí; que yo era una tal por cual; que traía revuelta la
finca con mis enamoramientos; que por mí tenía que cambiar de operarios
a cada rato. En efecto, botaba a los que suponía que me gustaban.
También decía que apenas entraba un nuevo operario, yo me daba mi arte
para _vajearlo_, y hacer que descuidara sus obligaciones por enamorarme.
En fin, que yo sonsacaba a los hombres. ¡Yo sonsacadora! ¿Qué culpa
tenía de que los blancos se enamoraran de mí? Si les correspondía, malo;
si los rechazaba, peor. ¡Vaya mirando, niña, qué triste era mi
situación!

«La _contesta_ a la carta del Mayoral era siempre: Castigue a esa perra.
Por supuesto, él se vengaba a su gusto de los desaires que yo le hacía.
¡Pobre de mí! ¡No tenía ni a quien quejarme! Vinieron unas Pascuas el
amo y el niño Leonardo, más ninguno de los dos quiso oírme ni verme
tampoco. Otra vez le dije al patrón Sierra lo que me pasaba: fue a La
Habana, volvió y me contó que no pudo hablar con Señorita ni con su
merced; sólo logró decir algo a Dolores.» Confirmó Adela en todos sus
detalles esta última circunstancia, refiriendo brevemente la escena con
su madre, descrita al final del Capítulo IX, Segunda parte.



CAPÍTULO IX

     _Por sorda y ciega haber sido
      Aquellos breves instantes,
      La mitad diera gustosa
      De sus días miserables._

         EL DUQUE DE RIVAS


Enseguida, la antigua nodriza continuó diciendo:

--Verá ahora la niña la causa verdadera del rigor con que he sido
tratada. Un día... no me acuerdo bien, sólo sé que hace mucho tiempo,
después de la tormenta grande de Santa Teresa, o el año en que ahorcaron
a Aponte,[53] me llamó el amo al comedor. Estaba solo, y me dijo:

--María de Regla, como has perdido al chico y tienes buena y abundante
leche, he pensado que debe aprovecharse. En tal virtud, te he alquilado
por medio del señor doctor don Tomás Montes de Oca, con un amigo suyo
para dar de mamar a una niña de algunos días de nacida. ¡Ea! con que
estar lista para después de almuerzo.

«Después de almorzar, el amo salió y se metió en la calesa. Yo seguí
detrás de él para ir a pie. Pero me hizo subir y me sentó a su lado. Me
quedé sorprendida. ¡Sentarme el amo en los cojines de la calesa, cuando
los negros sólo se sientan en el pesebrón! Luego ordenó a Pío que
arreara para allá fuera. ¿Qué será? ¿qué será? pensaba yo. Salimos por
la puerta de Tierra, cogimos la calzada de San Luis Gonzaga todo
derecho, y no paramos hasta unas pocas casas de esquina del Campanario
Viejo. Delante de una de dos ventanas de hierro y zaguán, mandó parar el
amo junto a otra calesa vacía que se hallaba a la puerta. Creí que allí
vivía el médico o el padre de la niña a quien iba a criar. El amo se
apeó y me dijo:--Apéate. Entró en el zaguán y yo atrás de él. Entonces
vi que había un torno grande, como para meter niños, en la pared de la
derecha y que la vista del patio la ocultaba un cancel alto, con una
puerta en medio.

«Se paró el amo y me dijo bajito y muy serio:--María de Regla, llamarás
a esa puerta, preguntarás por el señor doctor Montes de Oca, y harás al
pie de la letra cuanto él te ordenare. Oye bien lo que voy a decirte.
Cuidado como hablas palabra con alma viviente de lo que aquí vieres,
oyeres o entendieres. Tampoco, mientras dure la lactancia (sí, lactancia
dijo) de la niña, pienses en ver a Dionisio ni a ningún otro de casa.
Sobre todo, nadie ha de saber por tu boca quiénes son tus amos ni quien
te trajo a esta casa. Para todo el mundo, ¿lo oyes? vas a ser de aquí
adelante sorda, muda y tonta respecto de mí, de Señorita, de la niña que
has de criar y de las personas que la rodearán en esta casa y en
cualquiera otra a donde la llevaren, ¿me has oído? ¿Me has entendido?
¡Eh! No te digo más. Llama.

«Allí me dejó el amo hecha un mar de confusiones. Aunque el amo se
retiró de prisa, no subió a la calesa hasta que vio que yo soné el
aldabón y abrieron la puerta. ¡Si se figuraría que me iba a huir! Me
abrió una morena vieja, y en cuanto que puse el pie dentro, conocí donde
me hallaba. De todas partes oí llantos y chillidos de muchos niños. Me
hallaba en la Casa Cuna. Había de todo en ella, quiero decir, niños
blancos y mulatos y crianderas casi todas negras como yo. No tuve que
preguntar por el señor de Montes de Oca, pues estaba en el comedor
examinando un niño enfermo en los brazos de su criandera, y, sin más ni
más, me dijo:--María de Regla Santa Cruz, ¿eh? Antes que yo pudiera
contestarle sí, señor, o no, señor, me cogió por la muñeca, me tomó el
pulso, me hizo sacar la lengua y me abrió los párpados con dos dedos
para ver el color de los ojos. Todo esto callado o por señas. Luego me
llevó al primer aposento. En el medio había una camita de caoba tapada
con un mantón o velo grande de punto blanco, que el médico levantó con
una mano, mientras que con la otra me señalaba para una niña blanca
dormida entre pañales de holán batista, bordados o con encajes anchos.
¡Qué lujos, niñas, qué lujos! Me quedé boba. Debían ser muy ricos sus
padres, más ricos que el Buey de Oro. El médico, con su vocecita fañosa,
me dijo:--Esta es la niña que vas a criar. Cuídala como si fuera hija
tuya, que no te pesará. Tú eres joven, eres buena y sana y debes tener
mucha leche. Ve la marca azul que tiene en el hombro izquierdo. No se ha
bautizado todavía.

«Me hice cargo de la niñita y me propuse criarla como si fuera mi hija,
no tanto por la amenaza del amo como por la promesa del médico y porque
me pareció una divinidad. Me encantó. Mejorando los presentes, no había
visto niña más linda en la vida. Sólo podía compararse con su merced
cuando nació. Se parecía tanto a su merced entonces, que si vive y no se
ha descompuesto, es el mismo retrato de su merced. Ni jimaguas se
hubieran parecido más.

«¡Qué blanca! añadió la nodriza, trazando a grandes rasgos el retrato de
la chica en la Casa Cuna. «Blanca como coco, niñas: la cara redonda, la
barba puntiaguda, la nariz afilada, la boca un botón de rosa, chiquita
y colorada. ¿Y los ojos? No me diga nada: hermosísimos; las pestañas
tamañas. No me cansaba de mirarla. Lo primero que hice en cuanto
_dispertó_ fue registrarle los hombros para verle la marca. Tenía una
media luna pintada con aguja, salva sea la parte (sentando María de
Regla la mano abierta en el omóplato izquierdo) aquí...

«Al principio la niña no quería darse conmigo: extrañaba el olor de la
madre o de la primera mujer que le dio de mamar. Los días que estuve en
la Casa me trataron como una princesa... ¡Ah! ¡Qué cuidado tenían
conmigo! Eso sí, no me dejaban salir a la calle. El médico estuvo tres o
cuatro veces a ver a la niñita y él fue quien trajo al padre Manjón,
cura de la Salud, para que la bautizara. Le pusieron por nombre Cecilia
María del Rosario, de padres no conocidos, y, por supuesto, Valdés.»

--¡Cecilia Valdés! repitió asombrada Carmen. Ese nombre no suena en mis
oídos por la primera vez.

Confirmó Adela el parecer de su hermana, si bien ninguna de las dos pudo
recordar la época precisa, la ocasión ni el lugar. Con esto se despertó
más vivamente la curiosidad y el interés de las señoras.

«Por todas estas cosas, dijo la enfermera, me pasó más de una vez por la
idea que podía ser el médico el padre de la niñita. Pero era tan feo,
que me convencí que de él no podía nacer niña tan preciosa, aunque la
hubiese tenido con la misma diosa Venus. Unos pocos días después de
bautizada la niña vinieron a buscarla en un carruaje muy lujoso, de
orden del médico. Entramos en La Habana por la puerta de la Muralla,
dimos muchas vueltas y fuimos a parar a una casita del callejón de San
Juan de Dios. Al apearme le pregunté al calesero de quién era, y me
contestó:--De Montes de Oca. Pero cuando le pregunté quién vivía en
aquella casita, echando a correr dijo:--Yo no sé.

«Me recibió a la puerta una mulata gorda, bien vestida y hermosa.
Diciéndome:--Entra, María de Regla (sabía mi nombre), me arrebató la
niña de los brazos y por poco se la come a besos. Esta es la madre,
pensé yo. Mas luego me desengañé que no lo era, pues siguió con la niña
hasta el segundo cuarto y se la presentó a otra mulata más joven, más
bonita que ella, que se hallaba en una cama.--¡Charito! ¡Charito! le
dijo. _¡Dispierta!_ Alégrate. Mira a quien tienes aquí, a tu Cecilita.
¡Mira qué linda está!

«Aunque estaba pálida como muerta, casi desnuda, flaca, con el pelo
alborotado, se me dio aire a Cecilia, sí, se me pareció mucho a ella, me
convencí de que era su madre.

«Tardó mucho en _dispertar_ la tal Charito, pero más valía que no,
porque se armó allí la San Francia. Abrió los ojos, miró para todas
partes como azorada y se sentó en la cama. Me pareció que hacía como si
estuviera loca; y lo estaba, niñas, no me quedó duda. Cuando la mulata
gorda, que la llamaban Chepilla, le metió la niña por los ojos, ella
empujó a las dos y se echó fuera de la cama furiosa. Agarró a Cecilita
por el pezcuezo con las dos manos y trató de ahogarla, y la hubiera
ahogado si Chepilla no echa a correr para la sala con la niña y cierra
la puerta del primer aposento. También entre una negra vieja, alta, que
parecía un esqueleto andando que se apareció de repente por la puerta de
la cocina, y yo, logramos sujetar a la loca y tumbarla en la cama.
Tumbada y todo peleaba con nosotras, valiéndose de las uñas y de los
pies, sin decir palabra, hasta que la negra esqueleto, hecha un mar de
lágrimas, me dijo por señas que la amarrara con una sábana en el catre.
Así lo hice y... remedio santo; la loca se quedó como en misa. Por eso,
bien decía mi amo el señor Conde, que el loco por la pena es cuerdo.

«Quieta por aquí la gente, fui a coger la niña, pues la oí llorar; y
encontré las puertas cerradas por dentro con la aldaba de garabato, y
aunque toqué varias veces, no vino _seña_ Chepilla a abrirme. Supuse que
por miedo de la loca, y traté de _aguaitar_ por un agujero, por si veía
lo que estaba haciendo. La vi efectivamente de espaldas, asomada a un
postigo de la ventana, presentándole la niña a un caballero que se
hallaba en la calle y del cual sólo alcancé a verle el sombrero negro de
ala angosta y copa como campana. Era de los llamados del _situayén_, que
estaba de moda y me pareció haberlo visto antes.

«Sin duda con ese caballero hizo _seña_ Chepilla venir al médico Rosaín,
pues se apareció en la casa de buenas a primeras y derecho pasó al
cuarto de la enferma y la estuvo examinando despacio. Su _pronóstico_
fue fatal. Charito está loca de cepo, le dijo sin rodeos a _seña_
Chepilla; y lo que es peor, hay que separar cuanto antes la hija de la
madre o la madre de la hija. Ha tomado con ella el tema de su locura y
es muy fácil que la ahogue en uno de sus arrebatos. _Seña_ Chepilla,
afligidísima, como deben figurarse sus mercedes, dijo que aunque veía el
riesgo de que durmieran bajo el mismo techo la madre y la hija, no se
atrevía a tomar una determinación hasta consultar a un caballero con
quien ella consultaba todas sus cosas.--¿Será ese sujeto con quien Vd.
me mandó a llamar? preguntó el médico.

«--El mismo, contestó la mulata gorda.

«--Pues me espera en la esquina, agregó el señor de Rosaín, para oír de
mi boca el pronóstico del estado de la enfermedad de la doliente, y como
el caso urge y no hay tiempo que perder, le haré venir para que Vd. le
consulte...--No, no señor, repuso _seña_ Chepilla asustada. Se perderá
más tiempo. El no vendría ahora aquí. Mejor será que si Vd. tiene la
bondad le haga por mí la consulta allá mismo y me diga después su
resolución. Fue a la esquina el médico, a poco volvió y comenzó a
decir:--Don Cán...--Calle, señor doctor, le atajó más azorada que nunca
_seña_ Chepilla. Calle, por vida suya, no diga más, yo sé su nombre y
basta.

«--Bien está, continuó el médico con toda su calma; el caballero de la
esquina es de opinión que se lleve a Charito a Paula, ahora mismo
dispondrá que la conduzcan en una litera. ¡Ah! También es de opinión que
se quede la niña con su criandera en esta casa.

--¿Quién era el caballero de la esquina? preguntaron a una Carmen y
Adela.

--Yo no lo sé verdaderamente, niñas mías; contestó titubeante la antigua
nodriza. No me atrevería a jurar que el médico dijo don Cán. Bien pudo
decir en vez de don Cán, don Juan, don San u otra palabra acabada en an.
Me hallaba distante, temía que me sintieran, y luego la niña continuaba
llorando. Me pusieron en sospechas, lo confieso, los aspavientos de
_seña_ Chepilla, y el recuerdo del sombrero de moda que vi por el
postigo de la ventana.

--¡Anjá! exclamó Carmen. Según eso, si no sabes de cierto quién fue el
caballero que no acabó de nombrar Rosaín, lo sospechas. ¿Cómo crees tú
que se llamaba?

--Yo no creo ninguna cosa, niña Carmita, contestó María de Regla
turbada. Tampoco me atreveré a decir esta boca es mía.

--¿Qué temes? le preguntó Adela en tono blando.

--¡Ay, niña Adelita! Temo mucho, temo todo. Los negros han de mirar
primero cómo hablan.

--Tu temor es vano. ¿Qué puede sucederte? Tanto tiempo hace de lo que
vas a referir, que ya casi se ha olvidado. Además, el sospechar no es
malo, la sospecha es natural algunas veces.

--Pero, niña, su merced parece que se olvida que lleva siempre la de
perder el esclavo que sospecha de sus amos.

--¡Cómo! ¡Qué! interrumpió a la negra, Carmen, visiblemente enojada.
¿Acaso sospechas que fue papá?

--Yo no, niña de mi corazón, se apresuró a decir la antigua nodriza.
Dios me libre de sospechar nada malo del amo. Me equivoqué, niña
Carmita, se me trabucó la lengua. Yo no quise decir amos, yo quise decir
blancos. Los esclavos no deben pensar nada malo de los blancos.
¿Entiende ahora la niña lo que quise decir?

--No, repuso Carmen con marcada seriedad. No quiero creer lo que dices
ahora para disculparte y no referir lisa y llanamente lo que sucedió. Te
haces la mosquita muerta cuando te conviene, y crees que sabes más que
nosotras. Pero te engañas, y lo peor es que te contradices a las claras.
Voy a probártelo. No te pareció malo contar que al médico don José Mateu
se le caía la baba por ti, que lo mismo o poco menos le sucedió al Conde
de Jaruco y a su hijo, y que la Condesa, por celos, se apresuró a
casarte con Dionisio. ¿Qué más podías decir de unos caballeros blancos?

Hubo un momento de silencio, si penoso para la narradora, mucho más para
Isabel, cuya viva imaginación traspasaba los límites del presente, junto
con los del lugar; y, atando cabos, veía, como a través de un cristal,
el cuadro nada limpio ni edificante de la familia con la cual iba a
contraer lazos que no se rompen sino con la existencia. Nada preguntó,
no desplegó los labios para hacer una exclamación o exhalar un suspiro;
con lo que había referido la negra tuvo bastante para adivinar lo demás.
En el mismo caso no se hallaban Carmen y Adela. Estas no poseían el
talento, la edad ni la experiencia de su amiga, y fue natural que, lejos
de asustarse, disgustarse o darse por satisfechas, sintieran mayor
curiosidad y desearan averiguar hasta los más menudos incidentes de una
historia que tenía todos los visos de escandalosa, si no de altamente
inmoral.

--Vamos a ver, volvió a la carga Adela con su voz melosa y persuasiva
expresión. Di de una vez, ¿quién te figuras que fue el caballero que
viste por el postigo de la ventana?

--Voy a decirlo porque sus mercedes me lo exigen, no porque me sale de
adentro. Dios me castigue si digo mentira, y no me tome en cuenta mis
palabras si levanto un falso testimonio. Pero me figuré, niñas, que el
caballero que vi al postigo de la ventana besando a la niña era... el
amo. Se parecía mucho.

--¡Papá! exclamaron a una, ahora indignadas, Carmen y Adela. Eso no
puede ser. Te engañaron tus ojos. Papá no ha tenido que ver nunca con
mulatas y gente sucia.

--¡Mentira! recalcó Carmen, que no sentía ningún género de consideración
por María de Regla. No fue papá. No, no, no. ¡Papá, tan serio, tan
caballeroso, noble por nacimiento y por carácter, papá besar a
hurtadillas, desvivirse por una muchachuela de la Cuna, una mulatica
quizás! ¡Es imposible! Lo niego, lo rechazo con indignación. Si me lo
juran por todos los santos del cielo no lo creo.

--Me engañé, niñas, dijo la negra compungida. Sus mercedes no deben dar
crédito a mis palabras. Me engañé, vi mal. Tomé a otro caballero por el
amo. Me confundía. Háganse cargo sus mercedes que yo estaba sofocada por
la pelea con la loca, y de contra, que vi lo que pasaba en la ventana de
la sala, por un agujerito en la puerta del aposento. No es mi culpa que
yo haya guardado esa figuración tanto tiempo en el pecho. ¿Qué culpa
tuve yo de que el amo me alquilara para criar la niñita? ¿qué culpa tuve
yo de que el amo me llevara en su calesa a la Casa Cuna? ¿qué culpa tuve
yo de que el amo me encargara el mayor silencio sobre lo que iba a ver y
oír en la Cuna y en toda otra parte a donde llevarían la cría? ¿Sus
mercedes no ven el misterio? Luego, ¿quién era el padre legítimo y
verdadero de Cecilia? El médico Montes de Oca no era; el médico Rosaín
no era; el amo no era, porque estaba casado con Señorita. ¿Quién era?
Claro, el hombre que venía a menudo a ver la niñita, siempre
escondiéndose de mí. ¿Por qué se escondía de la criandera de su hija y
no de la ama de la casa? Yo cavilaba en esto, y luego daba la casualidad
que ese hombre se parecía tanto al amo, que muchas veces me tragué que
los dos eran uno. Pero sus mercedes me han sacado de la duda.

--Por supuesto, dijo Carmen, en quien la diplomacia de ama empezaba a
ejercer su imperio sobre la pasión de hija. Por supuesto, tú estabas
equivocada. Papá no ha tenido más arte ni parte en ese enredo que el
buen deseo de sacar al médico Montes de Oca de un compromiso con un
amigo suyo que necesitaba una negra para criar a una niña ilegítima. Tan
claro se ve esto como la luz del día. Lo extraño es, muy extraño, agregó
dirigiendo la palabra a sus amigas, que esta negra, la más despierta y
resabida de las negras, no hubiese procurado averiguar quiénes eran las
mujeres de la casita en el callejón de San Juan de Dios; ni cómo se
llamaba el caballero que solía venir a ver la muchachita por el postigo
de la ventana. He aquí la cosa más incomprensible para mí.

--¡Ah! exclamó la taimada enfermera. ¿Conque su merced cree eso? Pues
mire la niña que trabajé todo el tiempo lo que fue bueno para averiguar
lo más mínimo; y unas cosas supe y otras cosas no logré saberlas. ¡Vaya
que si metí los dedos! ¡Vaya que si _escarbaté_! Más que una gallina con
pollitos. Pero nada, no había modo de sacarles una palabra. Las dos
mujeres, o eran muy sabichosas, o las habían _alicionado_ gentes que
sabían más que nosotras. Lo único que logré averiguar de cierto fue que
la morena esqueleto se llamaba Madalena Morales y era madre de _seña_
Chepilla, que _seña_ Chepilla Alarcón era madre de _seña_ Charito, y
_seña_ Charito era madre de Cecilia Valdés. Es querer decir, que
Madalena, negra como yo, tuvo con un blanco a _seña_ Chepilla, parda;
que _seña_ Chepilla tuvo con otro blanco a _seña_ Charito Alarcón, parda
clara, y que _seña_ Charito tuvo con otro blanco a Cecilia Valdés,
blanca. Ahora, ¿quién mantenía a esas mujeres? ¿quién pagaba la casa, la
comida, el médico y el lujo? ¿Quién era el padre de la niña? Nunca pude
averiguar lo cierto. No me valía meter los dedos con mucho disimulo.
_Seña_ Chepilla siempre estaba alerta. Porque si yo le hacía una
pregunta, por inocente que fuera, de seguro que me salía con otra
pregunta:--¿A dónde aprendiste esa labia?

«Una vez le pregunté a Madalena cómo se volvió loca Charito. En mala
hora. No habló ni una palabra; se _dimudó_, se puso ceniza; resopló como
un animal espantado; soltó muchos ufs y afs y salió disparada y se metió
en la cocina. Otra vez le pregunté quién metió a Cecilita en la Casa
Cuna. ¡Jesús! acabó de rematarse. No pudo hablar. Le pregunté otra vez:
¿cómo es la gracia del padre de Cecilita? Pareció que le pegaron
candela; materialmente echó chispas por todo el cuerpo; se le pararon
como culebras los moñitos de pasas en la cabeza; dijo:--¡oh! ¡ah! ¡abrió
los brazos, uno para acá, otro para allá, formó dos cruces con los dedos
cual si hubiera visto al diablo y me dejó con tamaña boca abierta. Le
digo a las niñas que no me descuidaba.

«Lo malo es que yo, partiendo por la primera, creí que el caballero
blanco, que venía casi todas las semanas a ver la niñita a escondidas
mías, era el amo, y se lo dije a Dionisio en cuanto nos vimos. Por Pío
supo él que el amo se apeaba a menudo en al callejón de San Juan de
Dios, y que seguía luego a tomar el carruaje, o en la calle del
Empedrado, o enfrente de la casa de don Joaquín Gómez, donde jugaba
todas las noches al tresillo. Con estas señas, tanto hizo Dionisio hasta
que dio conmigo. _Seña_ Chepilla no me dejaba salir a la calle ni para
hacer los mandados; pero yo y Dionisio nos veíamos, o de madrugada
cuando él iba a la plaza, o tarde de la noche mientras todos dormían en
la casa. Entonces conoció Dionisio a Cecilia y le tomó un odio...
mortal, porque ella era la causante de nuestra separación. Para salir
Dionisio de casa tarde de la noche, hacía que la vieja Mamerta robara la
llave de la puerta de la calle, que se guardaba en el aposento de
Señorita.

«Por fin, una madrugada nos pilló _seña_ Chepilla a mí y a Dionisio
conversando en la sala, y se puso tan brava que me quitó la niña y me
prohibió darle de mamar. Por fortuna esto fue como a los nueve o diez
meses de estarla criando, en que ya caminaba y podía mantenerse con
mascaditos... A los pocos días _seña_ Chepilla me dijo que ya no me
necesitaba más y que podía irme para mi casa. Yo le contesté que no
sabía las calles de La Habana y temía perderme. Admírense, niñas, al día
siguiente vino Pío por mí. ¿Quién le avisó? El me dijo que el amo había
mandado a buscarme. Pero, ¿cómo supo el amo que me habían botado?

«En casa me aguardaba Señorita con espada en mano. Yo, sin embargo, no
temía nada, porque esperaba que me defendería el amo. ¡Qué había de
defenderme! Al contrario, me pareció que se puso en contra mía y que
atizó a Señorita para que me mandara al ingenio, sin hacer ninguna
averiguación. Dionisio me había contado que Señorita y el amo habían
tenido muchas pendencias por mi causa, por la niña que yo criaba, por
haberme llevado el amo en la calesa a la Casa Cuna, porque no creía que
el médico Montes de Oca me había alquilado; en fin, por otras mil cosas.
Lo cierto es, que apenas entré por la puerta del zaguán, me llevó
Señorita al cuarto escritorio donde estaba el amo sacando cuentas, y
allí me puso en confesión. No recuerdo todo lo que me preguntó, ni lo
que yo le contesté; lo que yo recuerdo bien es que le dije muchas
mentiras y que me amenazó con mandarme al ingenio. El amo no dijo ni jí,
ni já.

«Pero ya estaba yo embarazada de Dolores y Señorita de su merced. Ella
se enfermó de estas resultas, y cuando nació su merced, como estaba
delicada y yo había salido felizmente de mi cuidado, tuve que criar a su
merced para que la vieja Mamerta criara a Dolores con leche de vaca y
migas.

«Vean ahora, niñas, mi mala suerte. Yo, madre querendona, obligada a
criar la hija de mi señora, mientras a la hija de mis entrañas, la
primera que se me lograba, no podía darle de mamar, tan siquiera cogerla
en mis brazos para besarla y calentarla en mi seno. Bien sabe Dios que a
mí siempre me han gustado los niños; que si crié bien a Cecilia, con más
veras la crié a su merced y la quise y la quiero como si la hubier
aparido. Pero póngase en mi lugar, niña Adela, y considere cómo no
sufriría yo cuando veía a su merced sanita, sonrosada, rolliza, limpia,
con mucho birrete de punto, mucha faja bordada, mucha camisita de holán,
faldellines con encajes, mediecitas de hilo y zapaticos de seda,
durmiendo en cuna de caoba que la mandaron al amo de regalo desde el
Norte, siempre en mis brazos o en los de Señorita, en los de la niña
Antoñica, hasta en los del amo, porque su merced era muy chiqueada por
todas las personas; porque su merced lloraba, o se quejaba de algo, se
venía la casa abajo y eran pocos los amos, los amigos y los criados para
correr por el médico, para ir a la botica y atender a la niña, hasta que
se le pasaba el dolorcito y se ponía buena. La mayor parte de las veces
yo tenía la culpa, según decía Señorita, del llanto de su merced, porque
la había pellizcado al fajarla, porque el agua del lebrillo en que la
bañé estaba muy fría o muy caliente, porque le prendí mal un alfiler y
le arañaba, y por otras mil cosas. E intertanto ¿qué era de mi hija
Dolores? Figúrese su merced cómo no me partiría el corazón de verla
flaca, enfermiza, mocosa, sucia, casi desnuda, arrastrándose por el
suelo, entre las gallinas del patio o entre las patas de los caballos
en la caballeriza, o al lado del anafe de las planchadoras, o en la
cocina salpicada de manteca caliente; chupando en una muñequita el pan o
el arroz mojado en leche que para entretener el hambre le envolvía en un
trapo sucio la mujer que la criaba. Si lloraba... ¡Jesús! En vez de
consolarla, Señorita era la primera que decía:--¡Llévense esa negrita
para la cocina! Me atormentan sus chillidos. Dionisio no sabía manejar
niños, ni podía tampoco abandonar sus obligaciones. Mamerta, la
encargada, era una solterona vieja que tampoco sabía cuidar niños, que
no había tenido hijos en su vida y... no conocía el amor de madre.

«Yo me pasaba los días y las noches llorando. Me quedé en la espina. No
me faltó por eso la leche, al contrario, luego que Señorita me hacía
comer más de lo regular, se me derramaba en el seno. Podía haber criado
a las dos niñas con descanso si me hubieran dejado. Pero ¡qué había de
consentirlo Señorita! Ni pensarlo. Viendo Mamerta mi aflicción y mi
tristeza, me trajo una noche a Dolores al cuarto donde yo dormía junto a
la cuna de su merced. ¡Ah! ¡Con qué gusto le di de mamar! ¡No he sentido
en mi vida mayor delicia! Aquella noche salió bien la trampa. Luego,
Dolores se engrió conmigo; como que conoció la diferencia que había de
chupar arroz mojado en la muñequita de trapo, a chupar leche en el seno
de su madre. Para librarse Mamerta del llanto de Dolores y que la dejara
dormir, me la trajo otras noches, cuando creía que todos dormían en
casa. Mas tanto va el jarro al pozo hasta que se rompe. Una noche,
estando conmigo en la tarima, despertó su merced, y fue preciso sacarla
de la cuna para que no oyera Señorita y nos pillara a todos juntos.
Coloqué a su merced a mi derecha, y a Dolores a mi izquierda y acostada
boca arriba entre las dos, dejé que, como dos alacrancitos me chuparan
hasta la última gota de leche. Pero sucedió, supongo, porque yo me dormí
pronto, que Dolores se cansó de mamar por un lado, trató de chupar por
el otro, y de buenas a primeras tropezó con las manos y la cabeza de su
merced, abrazada con su parte. Allí fue Troya. Armaron las dos tal
pelotera, que dispertó Señorita, vino al cuarto con una vela en la mano
y nos pilló en el acto.

«Mamerta fue la que pagó el pato, porque le dio una de chuchos el
Mayordomo, por mandato de Señorita, que no le quedaron más ganas de
traerme a Dolores a la tarima. A mí no me dijeron nada; pero al mes
siguiente o por ahí, Señorita consultó con el amo lo que había de
hacerse conmigo; dio orden de embarcarme en la goleta de _señó_ Pancho
Sierra y me soplaron en el ingenio de _La Tinaja_ el día menos pensado,
para que purgara mis culpas y pecados.»

    _Ellos en aquesto estando,
    Su marido que llegó._

Pasadas las doce de la noche, entreoyó doña Rosa un murmullo de voces en
el interior de la casa, y no creyendo menos sino que ocurría alguna
novedad entre sus hijas, se levantó, y empujando puerta tras puerta por
toda la crujía de los cuartos, no paró hasta el tercero, donde se
celebraba el congreso femenil. Su primer impulso fue reprender a sus
hijas, pero se contuvo a la vista de las señoritas Ilincheta y de su
respetable tía doña Juana Bohorques. Entonces trató de averiguar el
motivo de la velada.

Todas las señoras, más que menos asustadas, no acertaron a decir palabra
en justificación de la desusada escena. No así Adela. Lejos de turbarse,
salió con mucha risa a recibir a su madre, procurando ocultarle la
antigua ama de leche con los pliegues de la falda; y en pocas palabras
la explicó el objeto de la reunión y sus resultas. Enseguida
agregó:--Aquí tienes a María de Regla. Te pide perdón (se había echado a
los pies de su señora) y nosotras todas nos unimos a su ruego para que
la dejes ir a La Habana al lado de Dionisio.

Cogida de sorpresa doña Rosa entre los brazos de su hija y la esclava a
los pies, no supo qué responder; mas luego dijo con sentimiento.

--¡Ay, hija! ¡qué me pides! Eso es más, mucho más de lo que yo puedo
concederte si he de cumplir con mi deber y mirar por mi tranquilidad y
la de algún otro de la familia.

--¡Mamá! repuso Adela, ella nos ha contado su historia y la creemos
inocente de todo cuanto la acusan. Oyéndola hemos llorado como unas
niñas.

--Inocente, tú, dijo doña Rosa con sarcasmo, que has creído en sus
cuentos y lágrimas de cocodrilo. No ha nacido negra más hipócrita y
maligna que ésta. Me ha causado más disgustos que pasas tiene en la
cabeza. Nunca me ha dicho palabra de verdad; ha tratado siempre de
engañarme y me ha desobedecido muchas veces. Sí, aquí está donde merece.
En ninguna otra parte podrían aguantarla, y me da lástima cuando te
empeñas por semejante negra. Lo peor es, niña, que ella no te quiere,
porque es incapaz de querer a nadie.

--Pero yo la quiero, mamá. Ella me crió y siempre me llora y me pide que
le sirva de madrina contigo. No tengo ya fuerzas para resistir sus
lágrimas y sus ruegos.

--Está bien, Adela, replicó doña Rosa después de breve rato de
reflexión. Por ti y por Isabelita (que no podía reprimir el llanto)
perdono a María de Regla. Que vuelva a La Habana, pero no a servirme, ni
a vivir en casa, sino para que se alquile por su cuenta. Yo le daré
papel. Con eso, el jornal que gane será para que tú y Carmen tengan
todos los meses algún dinerito con que comprar alfileres.



CUARTA PARTE



CAPÍTULO I

     _Del contrario el pecho roto
      Lanza ya de sangre un río..._

         EL DUQUE DE RIVAS


Por necesidad mortal no resultó la herida que en riña al cuchillo con el
músico José Dolores Pimienta, recibió Dionisio Jaruco o Gamboa. No le
asestaron el golpe de punta, sino de corte, y aunque el hierro dividió
diagonalmente los músculos del lado izquierdo del pecho, a la altura de
la tetilla, no lastimó parte ninguna delicada en su largo trayecto. De
manera que, si cayó de espaldas, no fue porque la herida le privó de
hecho de las fuerzas. Tropezó con una piedra de la calle al esquivar el
golpe, abatiéndole el susto y el fluir de la sangre.

Postrado y lamentoso, oprimiéndose la herida con ambas manos, se hallaba
en medio de la calle Ancha cuando acertó a pasar un hombre de color, de
formas atléticas. Iba descalzo y llevaba una correa de cuero crudo que,
pasándole por el hombro derecho, se unía por las dos gazas de las
extremidades en el costado izquierdo, a manera de tahalí. Era aguador o
carretillero, como dicen en La Habana. Se acercó al oír los quejidos y
se retiró luego de prisa, murmurando:--_¡Matá! Dio mi libra._

Enseguida pasó otro, también hombre de color, aunque más civilizado que
el precedente, si hemos de juzgar por el traje. Traía al brazo algo que
parecía un instrumento músico, envainado en una funda de bayeta. Paró la
atención en los lamentos del herido, se detuvo a respetable distancia,
y, cerciorado de lo que pasaba, exclamó compadecido:--¡Pobre! _¡Qué
mojáa le han dao!_ No se ha _muelto entuavía_. Pero ¿quién me mete a mi
en honduras? ¡La justicia!... _¡Allá su arma su parma!_

Este siguió camino a toda prisa, volviendo la cara atrás de cuando en
cuando, no fuera que alguien le hubiese visto y le siguiera las huellas
para achacarle el homicidio mañana o esotro día.

El tercero de los transeúntes, hombre así mismo de color, era un tipo
_sui generis_; marcado, tanto por el traje que vestía como por sus
acciones y su aspecto. Componíase aquél de pantalones llamados de
campana, anchotes por la parte de la pierna, estrechos a la garganta del
pie, lo mismo que hacia el muslo y las caderas; camisa blanca con cuello
ancho y dientes de perro en vez de borde; pañuelo de algodón tendido en
ángulo a la espalda y atado por delante sobre el pecho; zapatos tan
escotados de pala y talón, que apenas le cubrían los dedos ni le
abrigaban el calcañar, de modo que los arrastraba cual si fueran
chancletas; y un sombrero de paja montado en un zarzal de trenzas de
pasas, que tras de abultarle la cabeza demasiado, afectaban la forma de
los cuernos retorcidos de un borrego padre. Pendían del lóbulo de sus
orejas dos lunas menguantes que parecían de oro, pero que, tocadas en la
piedra de toque, estamos seguros, el más inexperto platero las habría
declarado de ordinaria tumbaga.

Trazamos ahora aquí con brocha gorda la vera efigie de un _curro_ del
Manglar, en las afueras de la culta Habana, por aquella época memorable
de nuestra historia. No es nuestro original el majo que viste traje
andaluz. Es, ni más ni menos, el negro o mulato joven, oriundo del
barrio dicho o de otros dos o tres de la misma ciudad, matón perdulario,
sin oficio ni beneficio, camorrista por índole y por hábito, ladronzuelo
de profesión, que se cría en la calle, que vive de la rapiña, y que
desde su nacimiento parece destinado a la penca, al grillete o a una
muerte violenta.

Si hubiera cabido en la naturaleza del que nació curro, el aplicarse a
alguna cosa buena o de provecho, no cabe duda que el de que hablamos
ahora habría aprendido cuando menos las primeras letras; pues es un
hecho histórico que en la época de su muchachez había en La Habana más
escuelas de ese grado servidas por maestros de color que por blancos, y
su padre, bien intencionado africano, tuvo siempre particular empeño en
que recibiera alguna educación su callejero hijo.

Ahí cerca de la calle de los Corrales, donde nació y se crió nuestro
curro, estaba la escuela de Lorenzo Meléndez, Teniente de granaderos de
la milicia de color, concurrida de niños pardos, negros y blancos, donde
se distribuía la enseñanza casi de balde, como que la pensión consistía,
por la mayor parte, en legumbres, aves, huevos y velas de cera. Pero en
vano el padre le condujo muchas veces en persona; en vano recomendó al
maestro que le sentara la mano, porque el rapaz era de mala cabeza; en
vano él por propia cuenta le propinó castigos atroces; no aprendió ni el
_cristus_,[54] en las poquísimas visitas que hizo a la escuela del
venerable maestro Meléndez.

Prefirió siempre la pesca de sardinas en Tallapiedra, o la de camarones
en la Zanja Real, o el juego de papalotes en el placer de Peñalver, o
el de mates en la plazuela de San Nicolás, o el del picado en las
paredes de la iglesia de Jesús María. Esto, en el lenguaje vulgar de los
chicos de la escuela, se llamaba _fugitivarse_. La fuga de ella traía
consigo la necesidad de pasarse los días enteros al sol y al agua en las
calles, hecho la piedra de escándalo de todo transeúnte pacífico, cuando
no había oportunidad para guarecerse de algún cobertizo, como el del
matadero de cerdos, o de una taberna, donde infaliblemente se sobraban
las ocasiones de birlar algo con que entretener el hambre. Pero ya en
una, ya en otra parte, lo más cierto era que sacaba siempre la cabeza
descalabrada, bien a manos del compañero curro con quien jugaba, bien a
las del tabernero, que no buscaba nunca en los tribunales de justicia la
defensa y amparo de su propiedad.

Así aprendía él a fuerte, así se curtía desde pequeño, en la pillería y
la maldad. Y como no era el único curro, pues abundaba la especie en la
época mencionada, acontecía muchas veces el reunirse con otros varios de
su edad y de sus aficiones, en cuyos casos sus correrías tomaban
carácter más agresivo y malévolo. Formaba, en efecto, partido o bando
con los de su barrio para batirse a pedradas con los del vecino, sus
enemigos mortales; para arrebatar los medios que los padrinos solían
arrojarles a la calle después del bautizo; para atarle mazas de lata a
la cola de algunos perros y soltarlos en los sitios más concurridos de
paseantes; para lanzar piedras a los tejados o patios de ciertas casas
cuyos moradores les eran antipáticos: para hurgar con pinchos y
embravecer en los corrales a los cerdos y toros destinados a la matanza;
en fin, para esgrimir el cuchillo de palo hasta arañarse y sacarse
sangre unos a otros, cosa de aprender y adquirir agilidad en el manejo
de esa arma traidora.

Rayaba en la adolescencia cuando su padre, desengañado de que las letras
no le entraban ni con sangre, le puso de aprendiz con el maestro
zapatero Gabriel Sosa, que tenía su obrador en la calle de Manrique
esquina a la de la Maloja, dándole carta blanca para tratar al mozo en
todo conforme a la medida de sus merecimientos. Era el maestro Sosa
hombre duro de carácter y recio de mano, por lo que, a fuerza de golpes
con las hormas, de correazos con el tirapié y de atarle con cadena de
hierro, cual animal indómito y montaraz, para quebrantarle la propensión
a la fuga, al cabo de cuatro años logró que aprendiese siquiera a hacer
zapatos de mujer. Después de cumplido el término del aprendizaje, solía
concurrir dos o tres veces por semana a la misma zapatería con el objeto
de ganarse la subsistencia, siempre que no se le presentaban las
ocasiones de ganársela por medios, si no más honrosos, a lo menos más
cómodos y de acuerdo con sus innatas inclinaciones.

La zapatería del maestro Sosa se hallaba en la cresta de una barranca
cavada por las aguas llovedizas. Descendían por la calle de Manrique, y,
después de recoger las de la calzada de San Luis Gonzaga, las de la
Estrella y la Maloja, se precipitaban en cascada por entre los patios de
las casas de más abajo, formando arroyo caudaloso. Había, pues, un
desnivel grande entre el piso de la casa y el de la calle, y,
consiguientemente, dificultad mucha de acceso por la altura del umbral.

Al entrar en la calle Ancha, traía nuestro curro la vuelta del Campo de
Marte. Venía a paso largo, mejor a trancos, formando con los brazos un
ángulo de 45 grados (tal vez para disimular su demasiada largura), a
guisa de cigüeñas de piedra de afilar. No bien oyó los quejidos y echó
de ver el bulto en el suelo, paró de repente el trote. Luego de llevarse
ambas manos a las orejas, por si permanecían en su sitio las dos
menguantes de tumbaga, diciendo para sí:--_no están rompía, no me va a
sucedel náa_, resueltamente se dirigió al herido.

--¡Anjá! Paisano, le preguntó en su lenguaje y tonillo peculiares,
¿quién es _usté_?

--Yo soy Dionisio Jaruco, contestó él con voz apagada así que se
cercioró que se las había con un moro de paz.

--_Yo no ha oído ese nombre en mi vía._

--No es extraño, señor, porque soy medio forastero en esta ciudad. Y
¿cuál es su gracia de Vd.?

-¿Qué?

--Que cómo se llama Vd.

--_Me ñaman Malanga._

--¿Malanga? repitió Dionisio cual si no hubiese oído bien.

--Malanga. Aunque éste no es mi nombre, sino Polanco. _Er_ amo de mi
_paire_ era un _tar_ Polanco. Pero _asina_ me _ñaman_ en el _Manglal_,
_polque_ mi _paire_ es de nación, y mi _maire tambié_, y yo soy
_crioyo_. _Dende_ chiquito me _ñaman asina_.

Mentía el bellaco. Dábanle en el barrio del Manglar el apodo de Malanga
por ser él desmalazado de porte y de carácter, por tener las zancas y
brazos largos, en contraste con el tronco, que era corto, y sobre todo
los pies grandes y gruesos.

--_¿Y que hace el señol ahí tendió pansa arriba?_ ¿Se le ha _subió el
aseite a la chola_?

--Yo no estoy borracho, Malanga, estoy mal herido.

--_¡Jerío!_ ¿Y quién le ha hecho ese flaco _selvisio_?

--Un pardito que no vale una guayaba. Mire aquí.

--_¡Güeña jeria! Se conoce que el paidito sabe su oficio. ¿Pero aónde ha
estao el señol?_ ¿En un entierro?

--No he estado en ningún entierro. Yo venía de un baile, cuando me topé
con el pardito; tuvimos unas palabras y en la pendencia me hirió a
traición. Mas ¿por qué me hace Vd., esa pregunta?

--_Pol náa._ Como lo veo _vestío de sacateca_...

--Mi traje no es de zacateca, es traje de corte.

--Si es de _colte arto_ o _colte bajo_, yo no sé, _ma_ estoy mirando que
si no es _pol_ la bota, digo, la casaca, le _coltan_ al _señol_ la pata,
digo, lo viran como cangrejo. _Dispué_, me _paese_ que el _señol_ es
_argo goldo pa pelial_ con _cuchiyo_. _Dispué_, es _mu fatible_ que el
_señol hayga aprendió_ ya grande, y ése es un _alte_ que debe de
_aprendeise dende_ que uno es chiquito. _Dispué_, _usté_ tiene _mu
colto_ el brazo y no _pué defendeise_ de los _goipes_ de arriba.
_Dispué_...

--¡Hombre!, le interrumpió el herido con voz desmayada. ¡Por el amor de
Dios y la Virgen Santísima! no hablemos más de eso. Si Vd. es una
persona caritativa y quiere favorecerme que sea pronto, porque me voy en
sangre.

--Le amarraré un pañuelo _pa_ que no _saiga_ la sangre.

--No, es preciso lavar primero la herida.

--_¡Laval!_ ¿Está loco _er señol_? ¿Y si se pasma? ¿Y si se muere?
_Dispué_ dirá el _señol_ que _pol mor de mí_.

--No, no lo diré, esté Vd. seguro de ello. Si muero, no será por culpa
de Vd., sino porque me llegó la hora. Vaya, señor Malanga, corra a la
taberna de la esquina y tráigame una botella de vino seco y un vaso de
aguardiente.

--Sí, _señol_, yo _diré_ corriendo, _ma_ el _tabelnero_ ha _serrao_. Ya
es _mu talde_. _Dispué_ está él más _escamao colmigo quel_ diablo,
_polque_ me _conose_ y sabe que, _anque mestá mar_ en _desislo_, he
_birao_ más de uno de esos cangrejos. Yo no _pueo miral pa_ un catalán
sin que _me se_ suba la sangre...

--Bien, hombre, vaya, haga la diligencia. Tal vez abre. Toque recio.

--Es que... paisano, ¿_el señol_ no entiende? digo que... que siel
_señol no pinta_, le hago _sabel_ que no tengo ni _Jilacha_. No he hecho
ni la cruz esta noche.

--Vamos, amigo, ¿por qué no me lo dijo antes con antes? Aquí hay dinero.
Meta Vd., la mano en esta _faldriquera_ del chaleco. Ahí debe haber una
amarilla, dos doblones y un dobloncito. Coja Vd. el más chico y corra,
que se me va la cabeza... no veo nada.

Y se desmayó el herido. El curro, sin embargo, no hizo alto en ello.
Sólo se ocupó de registrar el sitio designado y de coger en la mano la
moneda de oro que rara vez, si alguna había poseído en su vida, con
permiso del dueño. Enseguida partió para la taberna que, cual esperaba,
encontró cerrada a cal y canto; y se puso a tocar con las falanges de
los dedos, al principio a la sordina, luego con el puño a golpes recios
y repetidos. De suerte que así fuera sordo de cañón el tabernero, hubo
de oír y acudir presuroso al llamado, a fin de evitar que le echaran la
puerta abajo. No había de ser un ladrón quien le sacaba de la cama de
aquel modo en hora tan avanzada de la noche. Por precaución, sin
embargo, no abrió ni el postiguillo enrejado; contentose con echar la
voz con acento puro catalán por el ojo de la llave, preguntando:

--_¡Oya! ¿Qui ets?_

--_Yo, ño Juan._

--_Ma, ¿qui est jo?_

--_Malanga, ño Juan, ¿no me conose?_ Abra la _puelta_.

--_¡Abrit le porta! ¡Vota va Deus! ¿y per questa embajat m'ha fet salir
del cama? Andat, andat tu camin, Malangue. Jo no abrirat le porta. ¡Qué
cinich descaro!_

--Abra, _ño_ Juan, pol _er amol de su maire_. Ahí está un _probe_ moreno
_jerío_.

--_¿Ferido dises? Pera el diable que te abra. ¡Mare de Deu! ¡la
justicia! ¡Perderat cuant jo tinga! ¡Meus dinés! Bona nit, noy._

--Oiga, oiga, _ño_ Juan. Yo no _dentraré_. Abra la gatera. Aquí hay
_mejengue_.

--_¡Ah! Ese's altre contare. Vinga lo diné._

--Dando y dando, _ño_ Juan. Deme una _boteya_ de _bino_ seco. No
_mojao_. ¿Entiende? Y un _baso_ del que quema.

--_Done, done._

--¿Cuánto?

--_Un pese fort et mitje._

--Tenga una _amariya_ chiquita.

--_Ten la boutelle et ten lo vaso. Et ten el volte. Per caridat te sirve
esta vegada, noy._

Con la botella en una mano y el vaso en la otra, que recibió por el
ventanillo enrejado, sin pararse a contar el cambio que le dio el
tabernero, acudió en socorro del cocinero. Luego que le lavó la herida,
es decir, que se la empapó por encima de la camisa, que se la vendó lo
mejor que supo y pudo con dos pañuelos, que le dio a beber el
aguardiente, le ayudó a levantarse y por la mano le condujo hasta un
cuarto de tablas en el interior de una ciudadela o casa de vecindad que
había a la puerta inmediata del teatro de Jesús María. Por fortuna,
mientras duró esta cómico-trágica escena, no pasó por allí alma
viviente, si exceptuarse puede uno que otro gato o perro que, lejos de
emprenderla con nuestros personajes, o huyó despavorido, o se retiró
ladrando.

¿Pero de dónde nacía la no vista amabilidad que desplegó aquella alma de
cántaro, el malvado Malanga, en tan crítica ocasión? Procedía del hecho
que, habiendo tocado las monedas de oro en la faltriquera del chaleco de
Dionisio, calculó con razón que, ora muriese de la herida, ora sanase,
sería él su heredero forzoso, o se valdría de la fuerza o del engaño
para heredarle en vida. A este fin primordial llevó Malanga más adelante
todavía sus buenos oficios para con un hombre que le era enteramente
desconocido. Cediole la cama, consistente de un catre de viento, sucio y
desvencijado, sin más ropa ni manta con que cubrir las _mataduras_; y a
la mañana siguiente muy temprano fue hasta la esquina de la calle de la
Maloja y la del Campanario Viejo, donde vivía el cirujano romancista
Zarza, le despertó, y, quiera que no, le condujo ante el enfermo,
encargándole inviolable secreto. Servicios tales se pagan sólo con
dinero entre gente honrada y leal. Así lo comprendió Dionisio, quien,
tanto por gratitud cuanto por precaución, se apresuró a pagar la deuda,
dando al nuevo amigo que se había echado, la mayor parte de la suma que
poseía, no fuera que se cobrase de mano poderosa.

Durante la convalecencia de Dionisio, le entretuvo Malanga con la
gráfica relación de su arrastrada vida y de sus aventuras. Nada le
ocultó: sus trabajos de muchacho; sus raterías de mayorcito; sus
puñaladas dadas y recibidas en riñas desiguales; por último, sus
maravillosas escapadas de las persecuciones de la justicia.
Especialmente refirió, por cierto con feroz complacencia, llevando la
cuenta con marcas hechas en el brazo izquierdo, el número de los
_cangrejos_ (según llamaba a los taberneros o pulperos, en su mayoría
catalanes), que había _birado_ en sus pocos años de vida; esto es,
asesinado a sangre fría.

Como hiciese Malanga en estos casos frecuente uso de los vocativos
Dionisio y aún Jaruco, prevínole éste no le diera ninguno de estos
dictados, exponiéndole las razones que tenía para aquella precaución.

--Llámame paisano, prosiguió. Así me dirigió Vd. la palabra cuando me
encontró más muerto que vivo en medio de la calle. Desgraciadamente soy
esclavo, amigo mío, y no me hallo aquí con licencia de mis amos. Yo me
aproveché de su ausencia en el campo para coger del escaparate de la
señora la ropa que Vd. se figuró era de zacateca. Ahí _tomé_ también el
dinerito con que nos hemos venido bandeando. Dentro de dos días no queda
ni para encenderle una vela a las ánimas del purgatorio. Gana Vd. poco y
eso con mucho riesgo. Así, es necesario pensar en salir a la calle y
ver cómo se hace por la vida.

--No se aflija _er señol_, dijo Malanga en confianza, que _entuavía_
tengo yo una prenda con que se _puée haseil_ plata.

--Venga la prenda, repuso Dionisio alegre.

Desenvainó el matón el buido cuchillo, que siempre llevaba consigo
debajo de la camisa, escarbató el suelo natural del cuarto hacia un
rincón, oculto por el catre, y sacó algo pesado, envuelto en un trapo.
Enseguida, teniendo el bulto alto, añadió:

--_Es querei desisde ar señol, que dende el año pasao, entre yo, un
paidito ñamao Picapica y un morenito ñamao Cayuco, paranos de mañanita
temprano, junto a la plasoleta de Santa Teresa, a un blanquito mu
currutaco que en cuanto que le enseñé el jierro me se quedó muelto entre
las manos y mos dio toas las prendas que tenía arriba de su cueipo.
Misamigos se cogieron la plata y yo me cogí esta prenda. Dispué se la
yebé a un platero de la Calsáa pa vel si me la meicaba; ma en cuanto que
la miró bien, va y me dise: Esta prenda es robáa, y yo no doy poleya ni
un cabo de tabaco. Míe, paisano, cogí piche, y dende ese día la tengo
enterráa. Es factible quer señol puea vendesta._

--Daca la prenda dichosa, dijo Dionisio con gran prosopopeya.

Pero no bien la tuvo en la mano, exclamó sorprendido:

--¡Yo conozco este reloj, amigo Polanco!

--_¿Beldá? dijo Malanga, ¡míe que caso!_

Era de oro, y de la argolla pendía, doblada en dos, en vez de cadena o
cordón, una cinta moaré azul y encarnado, cuyas extremidades recogía una
hebilla, así mismo de oro.

--Conozco este reloj, repitió Dionisio. Señorita, quiero decir, mi
señora, se lo regaló al niño Leonardo en octubre del año pasado. Debe
tener una marca.

Abierta la contratapa, el ex-cocinero leyó: L. G. S., oct. 24-1830;
Leonardo Gamboa y Sandoval, que pasa las Pascuas con su familia en el
campo.

--Y ¿qué _endivíos_ son ésos?, preguntó Malanga desconcertado.

--Mis amos, contestó Dionisio. La señora chiquea mucho a su hijo y le
hace cada día un regalo.

--_Pue me ha de peidoná er señol_, agregó el curro apesarado. _Yo no
sabía que esos endivíos eran conosíos der señol._

--No hay para qué perdonarle, amigo Malanga. Si para hacer uno por la
vida tuviera que pararse en melindres, se moriría de hambre. Estoy
seguro, prosiguió Dionisio, que a estas horas se hallan mis amos muy
descansados en La Habana, y su primer cuidado ha sido pregonarme por el
_Diario_. Me parece que leo el edicto en que se ofrece pagar bien por mi
captura. No faltará quien, por ganarse la propina, me siga los pasos, y
desde ahora digo, que bien puede amarrarse los calzones el que pretenda
echarme garra... Yo no me entrego vivo, tendrán que hacerme picadillo.
Tal vez Tondá, que me conoce, se habrá hecho cargo de la comisión... No
le arriendo la ganancia. Pero no hay necesidad de comprometer un lance,
porque dice el refrán que el que evita la ocasión evita el peligro, y yo
estoy resuelto a vivir y ser libre ahora que me he escapado. Yo no nací
para ser esclavo toda la vida, señor Malanga. No. Yo me crié en medio de
la grandeza y de la abundancia; ni conocí los rigores de la esclavitud
mientras estuve con mis primeros amos. Esos sí que eran caballeros.
Ahora estoy casado y tengo dos hijos. Digo mal. La mujer hace muchos que
me la tienen desterrada allá en las quimbámbulas del silencio, en un
ingenio, y ha tenido un mulato con un blanco. Pero yo la quiero y quiero
con el alma a mi hija, y debo trabajar para comprarles su libertad y la
mía. Con que vaya viendo, amigo Malanga, si conviene que no me llame
Dionisio, ni Jaruco, los dos únicos nombres por los cuales soy conocido
en esta ciudad. Mientras Tondá no oiga mi nombre, ni me vea la cara,
estoy seguro.

--_Pa_ eso que a mí no me vale _er_ que me _ñamen_ Polanco o Malanga,
dijo éste con cierta resignación. Lo mismito da. _Tóos_ me _conosen pol_
los dos nombres. Yo soy más _conosío_ en esta _suidá_ que los perros. Y
_míe er_ caso, yo _tambié_ estoy _pregonao_. _Mes capé_ de las uñas de
Tondá _pol_ un milagro. _Pue, señol, dentré_ yo una noche _der_ año
_pasao_ con dos amigos, _argo talde_, en la _tabelna_ que está en la
esquina de Manrique y la _Estreya_. Pedimos un poco _der_ que quema,
_bebinos_ y _salinos_ de rengue liso, cuando _er tabelnero_ va y me coge
_pol_ la camisa _pa_ que le _pagáranos_ la _bebía_. _Míe_, paisano, _me
se_ subió el diablo: metí mano _ar jierro_ y le di una _mojáa na_ más
aquí (pasándose el índice por la garganta) _sarva_ sea la _paite_. _Der_
viaje _sortó_ un caño de sangre como un toro _jerío_, y _pa_ que vea _er
señol_, _sartó_ el _mostraól_ y nos corrió atrás hasta la esquina, donde
_tubo_ que _agarraise_, cayó y dejó _maicaos_ los _deos_ con sangre en
la _paré_.[55] _Dispué_, Tondá se olió que _habíanos_ sido nosotros, y
tanto nos buscó hasta que dio con los tres en un velorio, allá _pol lo_
Sitios. Yo salí _safando_, _ma_ mis dos amigos cayeron en _er laso_, y
_entuavía maman cáisel_. _Dende entonce_ ando sin sombra, _polque_ Tondá
es _mú júbilo_. ¿No ve? _Sargo_ solo de noche y _a pena_ ni paso _pol_
la tienda.

--¿Qué tienda?

--La tienda _der_ maestro Sosa.

--¿Maestro de qué?

--De _sapatos_.

--¿Zapatos de hombre?

--De _tóo_. Yo trabajo ahí cuando no _pueo ganai_ la _vía_ de otra
manera. Yo hago _sapatos_ de _mujé_.

--Y yo también los hago, dijo Dionisio animándosele el semblante.
Aprendí a hacerlos con el calesero Pío, de mi casa. No soy un chambón en
el oficio. Y me ocurre una idea: que si Vd. tiene la bondad de hablarle
al maestro Sosa, quizás me tome, en cuyo caso nos hemos salvado. No
podrá sospechar siquiera Tondá, que me he refugiado en una zapatería.

--_Güeno_, si _er señol quié_ lo _yebaré_ una _talde destas_, _mejol_,
una mañanita, _polque_ como Tondá anda siempre en _cabayo_, no sale
nunca temprano a la calle.

Efectivamente, Malanga, así que su amigo recobró la salud y se halló en
disposición de trabajar, lo condujo a presencia del maestro Gabriel Sosa
y se lo recomendó de todas veras, no ya sólo como oficial experto en
zapatos de señora, sino como persona distinguida y hombre honrado a
carta cabal; que había caído en desgracia y apelaba al oficio para no
morirse de hambre. Por donde vino a repetirse aquí el cuento, algo
parecido, del león herido a quien recogió un esclavo prófugo en las
soledades del África, para que después el animal alimentara al hombre y
le protegiera contra las demás fieras, cuando al cabo de muchos años se
encontraron los dos en el circo de Roma.



CAPÍTULO II

     _Ille dolet tere qui sine teste dolet
      Verdadero es el dolor del que
      sin testigos llora._

         MARCIAL


Hasta la puerta de la casita en la calle del Aguacate, acompañaron a
Cecilia el sastre Uribe, Clara su mujer, Pimienta y su hermana Nemesia.

Así que llamó Cecilia del modo particular convenido, rodó la tranca y se
abrió por sí misma la puerta. Es que la abuela, muy enferma para esperar
en pie a la nieta, había atado el cabo de una cuerdecita al extremo de
la tranca, cerca de su punto de apoyo, y el otro cabo a uno de los
pilares de la cama, al alcance de su mano. Por lo pronto no se hablaron
una palabra.

Mientras Cecilia se desnudaba casi a tientas, por la poca claridad de la
mariposa en el nicho, se le escaparon uno tras otro involuntarios y
hondos suspiros. Esos eran los amarguísimos dejos de la fiesta. Allá
había corrido para aturdirse con el movimiento de la danza, las armonías
de la música y las adulaciones de los hombres; para ahogar en el tumulto
de las vastas y heterogénea reunión el recuerdo del amante ausente,
desdeñoso y quizás olvidadizo, para ver de vengarse de su ingratitud,
para probar, en fin, si podría olvidarle en caso de más indefinida y
seria separación.

Todo le salió al revés. Repasó en la mente las peripecias de la
diversión, y halló que había sido demasiado prolongada, la música
ruidosa y chillona, las mujeres desgarbadas y feas, los hombres
petulantes y necios, la reunión harto vulgar e insípida para haberla
alegrado y entretenido. Comparó esa fiesta con la del 24 de setiembre en
casa de la Ayala, donde gozó como reina del amor y de la hermosura en
brazos de su amado, hoy ausente, y se le oprimió el corazón y estuvo a
punto de que la ahogara el sentimiento. Pensó en su suerte, deduciendo,
por necesaria consecuencia, que peor había sido el remedio que la
enfermedad, y que la venganza entre los amantes terminan siempre en el
castigo de una de las partes contendientes, en la muerte para la dicha o
para la vida terrenal.

Tan triste y miserable se sentía Cecilia, que hasta el momento de
meterse en la cama no advirtió que la abuela era presa de una desazón
terrible. La pobre anciana se retorcía y gemía sordamente, cual si
estuviera a punto de acabársele la vida. Buscó entonces su frente, y no
bien le puso la mano encima, la retiró exclamando:

--¡Ay, mamita! Su merced tiene calentura.

--¿Ya viniste? replicó la anciana con voz moribunda. Si tardas un
poquito más no me encuentras viva.

--Su merced no estaba así cuando yo salí para el baile. Véase qué
disparate ha hecho en mi ausencia.

--Ninguno. Me pasé la prima rezándole a la Virgen; pero desde por la
mañana me siento malísima. Me ha dado en el corazón que se acerca mi
fin. ¿Qué hora es?

--Son las dos. Acabo de oír el reloj del convento.

--¿Crees tú que está levantado el padre Aparicio?

--No lo creo, mamita. El no llega al convento antes de las cuatro, que
es cuando principian los maitines. Pero ¿para qué quiere su merced el
padre a estas horas?

--¡Hija mía!, para confesarme. Siento que se me acaba la vida y no
quiero morir como un perro.

--¿Su merced no se confesó y comulgó ayer por la mañana?

--Sí, niña. ¿Y qué?

--Bien. Pues eso basta.

--No basta. Somos pecadores. A cada momento pecamos y debemos estar
preparados para que cuando llegue la hora, nuestra alma comparezca ante
su Divina Majestad, limpia como una patena.

--No estaba su merced anoche de cuidado. Si lo sospecho ¿cómo hubiera
ido al maldito baile? Nunca. Lo que no comprendo es por qué se ha puesto
su merced tan mala que le haga temer la muerte en horas.

--De la salud a la enfermedad no hay más que un paso, y lo mismo se vive
que se muere.

--¿Podría su merced explicar lo que siente ahora?

--Es imposible, mi vida. Lo único que te diré es que se me arranca el
alma, y que mientras más pronto vayas por el padre...

--El padre no va a curarle la calentura, y su merced no tiene otra cosa.
Es muy aprensiva su merced. Mejor será que vaya por el médico. Si iré
por él en cuanto amanezca. Entretanto le daré un baño de pies y le
pondré unos sinapismos para que se le quite el dolor de cabeza. Verá,
verá su merced cómo la alivia, si no la pongo buena. Su merced no puede
estar tan mala que no tenga cura. Todavía su merced me entierra a mí.

--Nuestro ángel custodio San Rafael y la Virgen Santísima te oigan, hija
mía. Sentiría morir por ti, no por mí. Tú principias a vivir, ya yo
terminé la jornada... Pero, ve, haz como gustes y sea lo que Dios
quiera... Se me parte la cabeza, agregó, oprimiéndose con ambas manos la
frente...

Con esto se apresuró Cecilia a hacer lumbre en el fogón, debajo del
cobertizo en el patio, valiéndose de la usual pajuela y de unos pocos
carbones. Así, en minutos quedó listo el baño y puesto en un lebrillo
grande. Enseguida procedió a darle el baño a la abuela con no menos fe y
cariñosa humildad que la mujer que le lavó los pies a Jesucristo en casa
de Simón. Mientras se los enjugaba, mejor dicho, enjugándoselos, se los
sobaba blandamente, y de cuando en cuando les imprimía un ardiente beso,
o se los arrimaba a las mejillas para comunicarles algo del calor que
ardía en sus venas.

Conmovida la abuela, puso una mano en la cabeza de la nieta, y
dijo:--¡Pobre Cecilia! Esto quiere decir, mi vida, que tú misma conoces
que mis horas están contadas. Digo mis horas, cuando pueden ser mis
minutos, mis segundos... y me preparas para la cena antes de
emprender...

No prosiguió; la emoción o el dolor le ahogó la voz en la garganta. Por
su parte Cecilia, al sentir la mano de la abuela en la cabeza,
experimentó una sensación muy parecida a la que se experimenta cuando
recibimos una descarga eléctrica, y sus lágrimas, hasta entonces
contenidas por fuerza, empezaron a correr hilo a hilo por sus mejillas,
aumentando el agua del lebrillo.

Advirtiolo la anciana, y sacando fuerzas de flaqueza, como suele
decirse, agregó:

--No llores, alma mía, que me afliges más de lo que estoy. Consuélate.
Tú eres una niña todavía: tienes delante un porvenir risueño. Aunque no
te cases nunca, todo te sobrará. Siempre habrá quien mire por ti y te
proteja. Y si no, allá está Dios en el cielo que no le falta a nadie. Ya
siento algún alivio. Tal vez el mal da tiempo... ¿Qué sabemos? Vamos,
hijita, cálmate. Valor. Necesitas descanso. Si te acuestas ahora mismo,
de aquí al día tienes dos horas de sueño para recuperar las fuerzas...
Las muchachas de tu edad son como la flor de la maravilla: cátala
muerta, cátala viva. Ven, dame un beso, y... hasta mañana. El ángel de
la guarda te proteja con sus amorosas alas.

¡Qué había de dormir ni de reposar Cecilia! No bien abrieron las puertas
de la ciudad y comenzó a oírse, en las calles el cencerro desconchado de
los arrieros de carbón, dejó furtivamente la cama y corrió en demanda de
su cara amiga Nemesia, para que se quedara al cuidado de la enferma
mientras ella iba por el médico en la calle de la Merced. Días antes le
había dado la abuela, a prevención, las señas de la morada del galeno
con estas palabras: casa de azotea con una ventana de reja de hierro,
puerta colorada de zaguán, en medio de la cuadra, acera del Sur. No se
equivocó la nieta, pero estaba cerrada y en silencio. ¿Qué hacer en
aquellas circunstancias? El caso urgía y se decidió a llamar. Pegó un
aldabazo y esperó en grande ansiedad el resultado.

Al cabo de corto espacio de mortal silencio, se abrió un postiguillo de
la ventana y asomó por él el rostro de una dama tan por extremo hermoso
y sonrosado, que se quedó Cecilia estupefacta. Figúrese el lector unos
ojos negros y rasgados, a los que dan sombras cejas espesas en arco, una
boca pequeña de labios encendidos, una nariz aguileña y muy expresiva,
una cabeza amorosa poblada de profusa cabellera negra que azuleaba, el
todo encuadrado y puesto de relieve por una graciosa papalina de
batista, «cual la nieve blanca», guarnecida de un vuelo menudo de tiras
bordadas. Tales eran los rasgos fisonómicos que más sobresalían en doña
Agueda Valdés, joven esposa del célebre cirujano don Tomás Montes de
Oca.

Este bosquejo a la pluma es copia del retrato al óleo de esa dama, hecho
por el pintor Escobar,[56] que cuando jóvenes pudimos contemplar
extasiados, pendiente de las desmanteladas paredes de la sala de su
casa, en la calle de la Merced. Respecto de su fisonomía moral, el rasgo
más prominente, a lo menos aquél de que nos es dado hablar en estas
páginas, eran los celos. Su propia sombra se los inspiraba, no
embargante que su marido carecía de aquellas prendas físicas que hacen
atractivo al hombre a los ojos de las mujeres. Pero era médico, célebre
y rico, y ella tenía muy pobre opinión de las hembras, diciendo a menudo
que no había hombre feo para la enamorada y ambiciosa.

Movida por los malditos celos, ejercía una vigilancia constante sobre su
marido, sobre los clientes que él visitaba y sobre los que acudían en
demanda de sus profundos conocimientos médico-quirúrgicos, especialmente
si arrastraban faldas. Por eso madrugaba tanto; por eso cuando no podía
adquirir informes por sí misma, cometía la debilidad de poner en
confesión al estúpido y malicioso calesero, su esclavo, el cual, aun
cuando a veces la revelaba hechos reales y positivos, casi siempre la
llenaba la cabeza de un centón de cuentos de brujas.

Es de suponer cuál no sería el regocijo interior de doña Agueda al
descubrir que la que había llamado a la puerta era una moza de medio
pelo que, pues se recataba bajo la _manta_ de burato bordada de colores
y, por supuesto, costosa, de lujo, no podía menos de ser alguna de sus
amigas con el disfraz de paciente.

--¿Qué quieres?, le preguntó la celosa señora con cierta aspereza y
precipitación, no fuera que volviese a tocar.

--Vengo por el señor doctor, contestó tímidamente Cecilia, acercandóse a
la ventana y levantando entonces los ojos de lleno a la desconocida
señora.

--¡Tate! dijo ella entre sí, luego que notó el buen parecer de la
muchacha. Aquí hay gato encerrado. El médico, añadió alto, ha pasado
mala noche, y duerme...

--¡Qué lo siento! exclamó Cecilia dando un suspiro desgarrador.

--¿Qué médico es el que buscas, muchacha? preguntó la señora sonriendo
maliciosamente. Porque podría ser que estuvieses equivocada.

--Vengo por el señor doctor don Tomás Montes de Oca, repuso Cecilia en
voz alta, aunque temblosa. ¿No vive aquí el caballero?

--Sí, aquí vive Montes de Oca. ¿Tú le conoces?

--Lo he visto muy pocas veces.

--¿Dónde vives tú?

--En la calle del Aguacate, al costado del convento de Santa Catalina.

--¿Eres tú la enferma?

--No, señora, mi abuela.

--¿Es él su médico?

--No, señora.

--Entonces, ¿por qué vienes por este médico en vez de solicitar
cualquiera otro que quizás vive más cerca de tu casa?

--Porque mi abuela conoce al señor don Tomás y el señor don Tomás la
conoce a ella.

--¿Dónde se han visto?

--En casa y aquí también.

--¿Tú vives con tu abuela?

--Sí, señora.

--¿Tú abuela es casada?

--Viuda. Enviudó mucho antes de que yo naciera.

--¿Cuántas veces ha estado Montes de Oca en casa de tu abuela?

--Yo no las he contado. Pocas veces.

--Ni más claro ni más turbio. ¿Te conoce a ti Montes de Oca?

--No lo creo. Es decir a la señora, no creo que me haya visto nunca cara
a cara.

--¿Dónde has estado tú cuando él ha ido a visitarlas?

--En casa, pero mi abuela es quien siempre le ha recibido, yo no me le
he presentado...

--¡Cosa extraña! ¿Qué motivo has tenido para esconderte de él?

--Ninguno, señora, sólo que ha dado la casualidad de no estar yo bien
vestida cuando él ha ido a ver a mi abuela.

--¡Oiga! ¿Conque pretendías coquetear con él? ¿Tú no sabes que es feo y
viejo para ti?

--Yo no he pretendido coquetear con el señor doctor.

--¿Qué tratos y contratos tiene Montes de Oca con tu abuela?

--Yo no sé, señora. Nada malo.

--¿Eres casada?

--No, señora.

--Pero tendrás novio y te casarás pronto, ¿no es así?

--No tengo novio ni me voy a casar pronto. En fin, tendrá la señora la
bondad de decirme si el señor doctor...

--Ya te he dicho, interrumpió doña Agueda, que Montes de Oca ha pasado
mala noche y dio orden de que no lo despertaran hasta las diez.

--¡Ay de mí! exclamó Cecilia profundamente afligida. ¡Qué desgracia!

Tocado con esto a lo vivo el corazón amoroso de doña Agueda, preguntó
con intención:

--¿Y tú quién eres?

--Yo soy Cecilia Valdés, contestó la joven llorando.

--¡Cecilia Valdés! repitió doña Agueda entre sorprendida y cavilosa.
Después añadió con vivacidad: Ven, entra.

Sin aguardar respuesta ni esperar objeción ninguna de parte de la
muchacha, fue por sí misma a correr el cerrojo de te con que se cerraba
el postigo de la puerta, y la dio franca y amable entrada en su casa.

En medio de su aflicción creyó notar Cecilia algo extraño en la hermosa
señora, algo que tenía semejas con la locura. Pero no la inspiró eso el
más leve temor, antes se sintió fuertemente atraída hacia ella, no ya
sólo por la naturalidad de sus palabras, sino también por la gracia de
sus acciones y la dulzura imponderable de su voz. Ello es, que como
dominada por una poderosa fuerza magnética, callada y sumisa se dejó
llevar hasta el comedor, donde penetraba alguna claridad, gracias a su
inmediación al patio, y donde su conductora tomó asiento de espaldas
contra una mesa grande de bruñida caoba. Allí, teniendo a la joven (que
se conservó en pie) por ambas manos, muy cerca de sus rodillas, la
estuvo contemplando y examinando desde el cabello a la planta un buen
espacio, y, cual si hablara con una estatua, o con una persona que no
entendía su idioma, repetía con énfasis: ¡No se parece! ¡Qué! Nada, no
se parece. No puede ser hija suya. Tal vez ha salido a la madre, que es
la cierta.

--¿Sabes quién es tu padre? le preguntó de repente.

--No, señora, contestó Cecilia con la mansedumbre de antes.

--¿No te lo ha dicho nunca tu madre?

--No, señora. Yo no conocí a mi madre. Ella se murió poco tiempo después
de nacer yo.

--¿Quién te ha contado ese cuento?

--¿Qué cuento?

--Pues, el de que murió tu madre después de nacer tú.

--No es cuento, señora, lo de la muerte de mi madre. No tengo ni el más
mínimo recuerdo de ella.

--¿Qué edad tienes tú ahora?

--Yo nací, según me ha dicho mi abuela, en el mes de octubre de 1812.
Haga la señora la cuenta.

--Y ¿cómo es que tu abuela no te ha dicho quién es tu padre? ¿No lo
conoce ella? ¿Sabes que te echaron a la Casa Cuna?

--Sí, señora. Me pusieron en la Casa Cuna para que me bautizaran con el
apellido de Valdés.

--Pues yo no soy inclusera y también llevo ese apellido. De suerte que
tu padre, aun sin pasarte por la Casa Cuna bien pudo bautizarte,
poniéndote en la fe de bautismo «de padres no conocidos», como es
costumbre. Se conoce que tenía malas entrañas. ¿Te crió tu madre?, esto
es, te dio el pecho?

--Creo que no. A mí me crió una negra.

--¿Dónde te crió? ¿En la Casa Cuna?

--No, señora, en casa de mi abuela.

--¿Cómo se llamaba tu criandera?

--Me parece que María de Regla Santacruz.

--¿Vive? ¿En dónde está ahora?

Después de titubear por breve rato, contestó Cecilia conocidamente
confusa:

--Entiendo que mi madre de leche se halla desterrada en el campo por sus
amos. Al menos así me lo dijo un negro con quien tuve anoche unas
palabras en el baile de la gente de color, allá afuera.

--Otro cuento tenemos. Mentira. Tu criandera no es esclava de los condes
de Jaruco. El que alquiló a esa negra para que te diera de mamar en la
Casa Cuna y en casa de tu abuela, ése es tu padre. ¡Míralo!

Aprovechose doña Agueda del momento en que Cecilia buscaba el objeto que
ella le había indicado con la palabra y la mano, para levantarse y
desaparecer en el cuarto más próximo, empujando la puerta que daba al
patio. Perpleja y azorada la muchacha, giró en torno y casi se le escapa
un grito del susto, cuando reparó que un hombre de cara larga y pálida,
sin pelo de barba, cual si fuera de la raza india, cuya cabeza cubría
hasta las orejas un gorro mugriento de seda, la miraba fijamente con
ojicos de mono, a través de la reja de hierro, medianera entre el
aposento y el comedor.

--¿Qué traes?, la preguntó el hombre en voz gangosa de falsete.

--Caballero, repuso Cecilia dudosa, vengo por el señor don Tomás
Montes...

--Yo soy, la interrumpió él. ¿Qué se ofrece?

--¡Ay! ¿Es el caballero? ¿Pues no decía la señora...?

--No hagas caso. La señora está... (e hizo un movimiento rotatorio con
el índice de la mano derecha, apuntando para su propia cabeza) ¿Para
quién?

--Para mi abuela.

--¿Qué tiene tu abuela?

--¡Ay! señor doctor, está muy mala. Se muere... Si el señor doctor
tuviera la bondad de ir ahora mismo...

--¿Quién es tu abuela?

--Creía que el señor doctor me había conocido... Josefa Alarcón, criada
del señor doctor...

--¡Ah! La madre de... Sí, sí, ya, protegida por el señor don... ¡Qué!
¡tengo la cabeza!... ¡Ah! y tú eres su hija... ¡Toma! Tu nombre es...
Cecilia. Yo bien decía. Cecilia, Cecilia Gam... Pues, Cecilia Valdés. No
era posible que yo me olvidase. Sólo que como tengo la cabeza hecha un
güiro, se me habían trabucado las especies. Tu abuela y tú me están muy
recomendadas. Pero aquí entrenós (añadió en tono más bajo), no hagas
caso de lo que ha ensartado mi mujer de mí, de ti, de tu madre, de tu
padre, de tu criandera, etcétera, porque todas ésas son cosas de su
cabeza. Ella está... (y volvió a barrenarse las sienes con el dedo
índice de la mano derecha). Tú no entiendes. No creas nada. Cecilia
Gam... quiero decir, Valdés. Te pareces bastante, te pareces mucho...
¡Ah! Dile a tu abuela que para allá iré así que me pongan la volante.
El calesero debe haber ido a bañar los caballos al muelle de Luz... Si
no ha tomado un trago por el camino, ahorita está de vuelta; y detrás de
ti... Ve. Di a tu abuela que para allá voy. El señor don, don, don...
digo, que paga bien los servicios... Es generoso, espléndido... Ve
pronto.

Al retirarse Cecilia despechada y firmemente persuadida de que aquélla
era una casa de orates en toda la acepción de la palabra, echole el
médico una mirada intensa y escudriñadora, y se quedó clavado a la reja,
repitiendo a media voz:--¡Se parece bastante, mucho, muchísimo! Estaba
por decir que es su vivo retrato. No creía yo que fuese tan linda como
me la pintaban. ¡Guapa muchacha! Sí, guapa, ¡muy guapa! ¡Mira! Si la
mandamos con su madre al ingenio _Jaimanita_, allá con los padres de
Belén... ¡Qué belén no se habría formado! ¡Ja, ja, ja!--Y rió como un
verdadero loco.

Puntual fue Montes de Oca a la promesa hecha a Cecilia, presentándose en
su casa a las nueve de la mañana; con lo cual dio, además, prueba
palmaria de que sabía llenar los compromisos que contraía con sus
amigos.

Para asistir a la enferma, pues que no entendían de eso Cecilia ni
Nemesia, ya se había constituido en la casita _seña_ Clara, la mujer de
Uribe, a quien no tuvo empacho Montes de Oca de comunicar en secreto el
juicio que había formado acerca de la enfermedad, según el breve examen
hecho. En una palabra, pronosticó adversamente. Y aunque no dio las
razones en que se fundara para pronosticar con la franqueza y
certidumbre que solía, era claro que, dados los años, las desventuras y
la rigurosa vida ascética y de mortificación de la enferma, debía
esperarse un fin próximo y fatal. En tales sujetos adquiere, además,
carácter grave cualquier dolencia, por ligera que sea en su origen.

Lo único que dijo en general Montes de Oca fue, que ante todo y sobre
todo era preciso combatir con mano fuerte el síntoma comatoso que
presentaba la enfermedad (con cuya palabra es seguro que dejó
completamente a oscuras a sus oyentes), y, en consecuencia, siguiendo al
pie de la letra el método antiflogístico de curar, muy en boga entonces,
recetó al exterior tres vejigatorios bien cargados de cantáridas, una a
la nuca y los otros dos a las pantorrillas; al interior una opiota para
calmar los nervios y ver de provocar el sueño restaurador, y nada de
alimento hasta que no declinase el estado inflamatorio de la calentura
cerebral.

Cecilia, anegada en llanto, acompañó al médico hasta la puerta de la
calle, esperando sin duda una palabra suya de consuelo antes de
marcharse, pero él, o no la entendió, o estaba embebida su mente en
cosas muy ajenas a la enfermedad de la abuela y al dolor de la nieta.
Ello es, que sólo se ocupó de decirla que no la sentaba tamaña
aflicción, que _su amigo_ (con énfasis en esta frase de doble sentido)
la tenía muy presente, y que volvería por la tarde para ver qué tal
seguía la enferma.

La tomó una mano, puso en ella, sin explicar de quien procedía, una onza
de oro, y a tiempo de partir le dio un apretón que podía traducirse de
diversos modos. En nada de eso paró la atención Cecilia; pero hecho todo
a ciencia y paciencia del malicioso calesero, aunque al parecer no veía,
oía ni entendía, podía apostarse cualquier cosa a que le fue con el
canutazo a su ama doña Agueda Valdés de Montes de Oca.

Menudeó el médico las visitas profesionales. ¿Y cómo no? Nada temía por
lo que respectaba a la paga de su trabajo ni por el monto tampoco, que
podía ser cuantioso; y luego las lágrimas de Cecilia, realzando sus
naturales encantos, eran capaces de ablandar las piedras, cuanto y más
que el corazón de Montes de Oca no tenía nada de duro ni de piedra.
Pero si de veras se propuso acertar esta vez y curar al enfermo, la
erró, y muy probablemente por carta de más. Recordó infinidad de casos
parecidos e iguales que había tratado felizmente en su larga práctica;
registró todos sus libros de medicina, entre otros el publicado
últimamente en París por Broussais, padre del método antiflogístico,
titulado «La irritación y la locura», que había hecho tanto eco en el
mundo; probó las tisanas más aceptadas, las cataplasmas, las unturas,
las ventosas, los vomitivos, los purgantes, las sanguijuelas; como
último recurso propinó la píldora de Ugarte, con cuyo heroico remedio
había salvado más de un moribundo de las garras de la muerte. No cabe
duda ninguna que si hubiese habido más resistencia y jugo vital en el
cuerpo descarnado de la triste _seña_ Josefa, más pruebas y experimentos
habría hecho en él Montes de Oca. A los doce o quince días de lucha
incesante y fiera, al menos por su parte, convencido de que el momento
final se acercaba al galope, entregó la enferma en brazos de la religión
y se retiró con sus honores.

Su retirada repentina naturalmente causó sorpresa, con mayoría de razón
que en las primeras horas de la noche del 12 de enero, noche nublada y
fría por cierto, había abierto los ojos la enferma y dado otras señales
de vida. Con todo, habiendo ordenado que se dispusiese _seña_ Josefa,
pues que había vuelto en su acuerdo, no había mas que obedecerle.
Cecilia, en tal virtud, rogó a José Dolores Pimienta, que velaba con
ella mientras dormían Nemesia y _seña_ Clara Uribe, fuese por los santos
óleos a la iglesia de San Juan de Dios. Entretanto la joven, sin pérdida
de tiempo, ni de valor, improvisó un altar de su propia cómoda en el
cuarto de la enferma, poniendo sobre la empolvada tabla un lienzo
blanco, a falta de mejor mantel, y un crucifijo entre dos velas de cera
en sus respectivos candeleros de cobre.

Como advirtiese la abuela los preparativos de la nieta, le preguntó en
tono de voz casi inaudible:

--¿Qué haces ahí, niña?

--¿No lo ve su merced?, contestó ella temblando del susto y de la
pesadumbre. Compongo el altar.

--¿Para qué?

--Para el padre.

--¿Han llamado a misa?

--Todavía. Mas el padre ha de venir pronto...

--¿Por qué no me has _dispertado_ en tiempo? Yo no estoy vestida.

--Su merced puede confesarse como está.

--¡Confesarme!

--Sí, mamita, confesarse. ¿No se acuerda su merced que me pidió el
confesor?

--¡Ah! Sí, ¡es verdad! Ya me acuerdo. Bien, niña, échame una _manta_ por
encima. ¿Qué hora es?

--Son las siete o las ocho.

--¿Tan tarde?

En esto se oyó el sonido peculiar de la campanilla tocada por un
muchacho, anunciando desde lejos la aproximación de los santos óleos.
Conducíalos el padre Llópiz en las manos juntas y altas, caminando a pie
entre José Dolores y el sacristán de la iglesia, cada cual con un farol
encendido para hacer reverencia al Sacramento y alumbrar la vía. A su
paso por las calles se asomaban los vecinos a la puerta de sus casas, se
postraban en tierra y alumbraban también con una vela en la mano. Todos
estos ruidos y rumores llegaron a los oídos de Cecilia, a tiempo que la
procesión desembocó en la calle de O'Reilly, viniendo por la de
Compostela. Aún las monjas en el convento de Santa Catalina, enteradas
de lo que pasaba en su vecindario, hicieron tocar agonías, y en sus
fervientes oraciones encomendaron el alma del moribundo a la merced de
su munífico creador.

Puede afirmarse con verdad que _seña_ Josefa no estaba en su cabal
juicio y sentidos cuando se confesó, comulgó y recibió la extremaunción.
A haber vivido horas no más después de esos actos solemnes e imponentes,
de nada de ello habría sabido darse cuenta. Fue todo para ella el
resultado de un hábito inveterado. De otra manera, la vista del cuadro
que se ofreció en torno de su lecho de agonía, mientras el padre la
auxiliaba a bien morir, habría sido bastante conmovedor para apresurarle
la muerte. Cecilia y Nemesia de un lado, _seña_ Clara y José Dolores del
otro, un oficial de la sastrería de Uribe que llegó en aquellos momentos
y el sacristán a los pies, todos arrodillados, murmurando devotas
oraciones y alumbrando la triste escena con un farol o una bujía,
formaban grupo interesante, original y digno del pincel de un inspirado
artista.

A la conclusión de la tristísima ceremonia, todos los circunstantes, que
más que menos, experimentaron una especie de alivio interior, porque se
cree en general que trae aparejada la muerte. Aun la enferma pareció
reanimada, en vista de que sacó el brazo derecho de debajo de las
sábanas y empezó a tentar por varias partes del lecho, como si buscase
algo que se le había perdido. Le detuvo la mano Cecilia, y preguntó:

--¿Qué buscas, mamita?

--A ti, mi corazón, respondió la abuela con mucho trabajo.

Esta tierna solicitud, esta salida inesperada hizo saltar las lágrimas
de Cecilia, quien, para que la abuela no se impresionara, volvió el
rostro a otro lado.

--Pues aquí me tiene su merced, dijo, apretando la mano de la enferma.

--No te veía, agregó ella con sentimiento. ¡Está esto tan _escuro_...!

--Apagué las luces por su merced.

--¿Estás sola?, preguntó la anciana después de largo silencio.

--Sí, mamita.

Dijo verdad, porque en oyéndola, prudentemente se retiraron a la sala
las otras dos mujeres; y los hombres aún no habían vuelto de la iglesia,
a donde habían ido para acompañar al viático.

--Querría... decirte una... cosa, dijo _seña_ Josefa muy despacio,
después de otra larga pausa.

--Pues diga, mamita, diga. Ya escucho.

--Acércate. ¿Por qué te alejas, mi vida?

--Yo no me alejo. No. Estoy cerquita de su merced.

--¡Pobre Charito! ¿Qué será de ella? Me voy primero... me voy.

--¡Jesús, mamita! No se aflija ahora su merced pensando en eso. Le hace
daño, mucho daño. Sosiéguese.

--¡Pobrecita! Pero tú... rompe... relaciones... el caballerito... Ese es
tu...

--¿Mi qué, mamita?, preguntó Cecilia sobresaltada y con instancia, pues
la abuela tardaba en terminar la frase. ¿Mi qué, mamita del alma? Hable,
diga; por la Virgen Santísima, no me deje en esta terrible indecisión.
¿Es mi enemigo? ¿Mi tormento? ¿Mi infiel amante? ¿Mi que?

--Es tu... tu... tu... t..., continuó repitiendo _seña_ Josefa, cada vez
a más largos intervalos y más bajo tono, hasta que el ruido de la sílaba
misteriosa se convirtió en lúgubre murmullo y el murmullo en un mero
movimiento de los labios, que no duró mucho tampoco. La enfermedad tuvo
su crisis. Había expirado.

No había visto Cecilia morir a nadie, así que, al convencerse por el
tacto de que la abuela no alentaba precisamente cuando la creía más
viva, el horror más bien que el pesar le arrancó un grito terrible y le
privó del sentido. Acudieron _seña_ Clara y Nemesia, y la encontraron
en la cama abrazada con el cadáver, del cual les costó trabajo
separarla. Justo era su inmenso dolor. Desde aquel momento le faltaron
de una vez su protectora, su compañera, su tierna amiga, su pariente, su
madre adorada; y para mayor desesperación, quedole siempre después el
remordimiento de que en la confusión había olvidado poner en la mano de
la moribunda la vela del alma, preparada con tanta anticipación para ese
mismo caso.

Mientras duró la enfermedad de la Josefa Alarcón, fue entregando el
médico a Cecilia, siempre sin decirla palabra de quien procedían,
diversas cantidades de dinero, las mismas que ella recibía con una mano
y con la otra pasaba a las de José Dolores Pimienta, creado de hecho su
mayordomo y cajero. Corrió él, en efecto por ese breve tiempo (brevísimo
para quien ansiaba se repitieran las ocasiones de acercarse a Cecilia y
de prestarle cada día nuevos servicios), con todos los gastos que
ocasionó la enferma; y muerta, ajustó con el conocido muñidor Barroso
los preparativos para el entierro. Siendo muy estrecha la casita de la
calle del Aguacate para recibir a las visitas que vendrían a dar el
pésame a Cecilia, y para celebrar el velorio, dispuso Pimienta se
trasladara el cadáver a la sala de la casa en que él y su hermana
vivían, en la calle de la Bomba, donde estuvo de cuerpo presente desde
las diez de la noche hasta las tres de la tarde del siguiente día. No se
erigió catafalco: vestida de muerta con el hábito mercedario, color de
pajuela, que ceñía la correa negra usual de la Orden de la Merced, y
metida en su caja forrada de paño negro, se depositó en unas andas
comunes, entre grandes cirios de cera y candelabros plateados.

El maestro Uribe, con sus oficiales y amigos y los numerosos de
Pimienta, velaron toda la noche, y a la hora del entierro condujeron las
andas a hombro, relevándose de cuatro en cuatro hasta el cementerio,
situado en el pequeño arrabal de San Lázaro, al extremo de la calzada de
este nombre.

El único incidente que en cierto modo marró la solemnidad del acto, fue
el que en breves palabras vamos a referir. Distaba la casa mortuoria del
cementerio sobre media legua, y la vía más corta no conducía por las
calles de la población, sino por veredas tortuosas, sombreadas del
lujoso arbolado de las quintas y jardines, que entonces ocupaban el área
toda del hoy extenso barrio titulado del Monserrate.

Allí donde se alza la moderna iglesia que le da nombre, se unió de
repente a la fúnebre comitiva, procurando confundirse con ella, un negro
desconocido y de mala catadura, que parecía cansado de mucho correr.
Tras éste se apareció a poco otro a caballo en traje militar, de
chaqueta de paño, con dos charreteras de oro y sable de caballería. Era
joven y de ademán bizarro. Sin andarse en chiquitas, se precipitó sobre
el fugitivo, y, apuntándole con el arma al pecho, gritó:--Date, Malanga,
o te mato.

--¡Tondá! ¡Tondá! exclamaron los de la comitiva que le conocían de vista
o de trato.

Cogido, pues, Malanga entre la punta del sable y las andas en que iba la
difunta, no tuvo más remedio que entregarse a merced del captor; el
cual, sin desmontarse, le amarró codo con codo, le echó por delante, y
saludando a la militar con el arma al aire, dijo a los del
duelo:--Señores, espero me dispensen el mal rato. Tenía orden de Su
Excelencia el Capitán General, de coger a este pícaro, vivo o muerto, y
la he cumplido. Que siga el entierro. Salud, señores.

La primera parada de la fúnebre procesión se hizo a la reja grande que
mira al azulado mar Atlántico de la casa de la Beneficencia, a fin de
que los niños hospicianos de ambos sexos cantasen un responso por el
alma del difunto, mediante el pago de una moneda de oro, en calidad de
limosna.

La segunda parada se efectuó delante de la reja del cementerio, debajo
del gracioso arco de entrada, para que el capellán hiciese la aspersión
del ataúd con agua bendita, antes de consignarle al sepulcro. Cuando se
ejecutaba este acto final y siempre triste, los acompañantes, en actitud
reverente, permanecieron de pie y descubiertos, formando grupo en torno
de la huesa.

José Dolores Pimienta, Uribe y algunos otros arrojaron un puñado de
tierra sobre el ataúd de la que fue en vida Josefa Alarcón y Alconado,
no menos distinguida por su belleza que por sus desgracias, su ardiente
amor de madre y prácticas religiosas de sus últimos años; y el primero,
que hacía de cabeza del duelo, al darles las gracias a sus amigos y
despedirlos, no pudo evitar que se le humedecieran los ojos, acaso
porque se le vino a la mente en aquel instante el cuadro de su
idolatrada Cecilia, transida del dolor y desmayada en brazos de
Nemesia.



CAPÍTULO III

     _¿Qué es la vida? Por perdida
      Ya la di,
      Cuando el yugo
      Del esclavo,
      Como un bravo Sacudí._

         J. DE ESPRONCEDA


A mediados de enero volvió del campo la familia de Gamboa: los criados
por mar, los amos por tierra. Leonardo llegó algunos días después.

Lo primero que hizo doña Rosa en la ciudad fue darle licencia o papel a
María de Regla para buscar acomodo o amo. El papel (así se le llama por
antonomasia en Cuba) en cuestión, firmado por don Cándido, rezaba poco
más o menos como sigue: «Concedo papel a mi esclava María de Regla, para
que en el término de diez días de la fecha busque acomodo o amo en la
ciudad. Es criolla, racional, inteligente y ágil, sana, robusta, no ha
padecido nunca enfermedad, no tiene tacha conocida, sabe coser de llano,
entiende de lavar y aplanchar, de cuidar niños y enfermos. Se le da
papel porque ella lo ha pedido. No ha conocido más amos que aquél donde
nació y el que ahora la vende. Habana, etc.»

Despachado este asunto, que doña Rosa juzgaba de mucha importancia, se
ocupó del negro fugado. Achacaba toda la culpa del suceso al Mayordomo,
motivo por el cual en la primera oportunidad se le fue a las barbas con
la irónica inquisición de:

--Supongo que Vd. ha hecho muchas diligencias para averiguar el paradero
de Dionisio.

--Sí, mi señora doña Rosa, varias, muchas diligencias, contestó él
embarazado, pues mentía como un turco. Sólo que estos negros... vamos,
son el mismo dianche. Saben agazaparse... ¡Vaya que si saben!

--Veamos qué ha sacado Vd. en limpio.

--Poca cosa, mi señora, casi nada. Se dijo que le habían muerto de una
puñalada, y... pare Vd. de contar. Porque no habiéndose levantado
sumaria del hecho, que yo sepa, ni aprehendido al hechor, ni enterrado
al muerto, he supuesto, suposición bien fundada, me parece, que lo de la
puñalada ha sido mero rumor, una farsa, esparcido quizás por el mismo
Dionisio para desorientar y evitar que le sigan la pista. Digo a Vd., mi
señora doña Rosa, que saben mucho estos negros, mucho...

--Quedo enterada, dijo la señora en su despecho. Luego añadió: Pues es
preciso que aparezca ese negro.

--Preciso, repitió don Melitón.

--Muerto o vivo ha de estar en alguna parte, agregó doña Rosa.

--Eso digo yo, dijo el Mayordomo.

--Nada ha dicho Vd. de provecho, exclamó doña Rosa incomodada. ¿Cómo es
que no se le ha ocurrido poner un avisito en el _Diario_?

--Vaya que sí se me ha ocurrido, señora doña Rosa, replicó el hombre,
contento de poder vindicarse. Se me ha ocurrido más de una vez, muchas.
Sí, señora, se me ha ocurrido.

--Entonces, ¿por qué no lo ha puesto en planta?

--Pues ahí está el ajo de la dificultad, mi señora doña Rosa. Es que no
sé como redactar esos avisos. Jamás las he visto más gordas. Cosa
natural; en mi pueblo no había gacetas.

--La cosa es lo más fácil del mundo. ¿No recuerda Vd. las señas de
Dionisio? ¿Su figura? ¿Su empaque? Negro criollo, prieto rechocho,
marcado de viruelas, cara redonda, grandes entradas, boca grande, nariz
chata, buenos dientes, ojos saltones, cuello corto, aire aristocrático,
oficio cocinero, sabe leer, debe darse por libre, falta de la casa de
sus amos desde _tal_ fecha; se dará una buena gratificación al que lo
capture y entregue en _tal_ parte, haciendo responsable a daños y
perjuicios, etc., etc. Todo como se lee cada día en el _Diario_, bajo el
epígrafe o como se llame, de... _Esclavos prófugos._

--Ya, ya, me parece bien dicho todo eso, señora doña Rosa. Suena
lindamente de palabra, mas cójase la pluma y póngase en el papel...
Declaro sin vergüenza, mi señora, que no me da el naipe en achaque de
escritos para gacetas. Claro, yo no nací para gacetillero, y el que no
nació para casado, dice el refrán, que no engañe a la mujer.

--En muy poca agua se ahoga Vd., don Melitón. ¿Se atrevería Vd. a
repetir lo que acabo de decirle?

--Creo que sí. Talento me falta, memoria no, me sobra.

--Está bien. Pues para que no se olvide, ahora mismo se va Vd. a la
imprenta del Diario. Se halla en esta calle, pasados los portales del
Rosario, una casa de zaguán, con dos ventanas de espejo, donde antes se
jugaba a la lotería de cartones... Ahí. Entra Vd. y busca a don Toribio
Arazoza, el redactor. No puede Vd. equivocarse: es hombre de facha
ordinaria, gordiflón, barbudo... Casi nunca se afeita, siempre se ríe
con los labios, no con el semblante... Vd. me entiende. Pues a ése le
relata Vd. cuanto le he dicho de Dionisio, que él sabe cómo se redactan
los avisos sobre esclavos prófugos.

Apenas salió don Melitón, doña Rosa levantó los ojos y las manos juntas
al cielo, y exclamó:--¡Ah! ¡Qué Mayordomo tan bruto tiene mi marido! Por
milagro anda en dos pies.

A la vuelta de éste de la imprenta, le despachó el ama en una volante de
alquiler, camino del Cerro, para inquirir si ya había sido conducido
Dionisio al depósito de negros cimarrones que tenía establecido el
Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana e isla de Cuba,
contiguo al elegante sitio de recreo de los señores condes de
Fernandina. No se hallaba allí el prófugo, por la sencilla razón de que
sólo se remitían a ese depósito general aquellos negros de las fincas
rurales que, alzados a los montes, se cogían vivos con perros, y que,
por su ignorancia o malicia, no podía averiguarse de pronto el nombre de
sus legítimos dueños.

Pesquisas tan infructuosas empezaban a sembrar el desaliento en el ánimo
de doña Rosa, cuando se presentó en su casa un negro en traje militar
para pedirla con la mayor cortesía una audiencia de pocos minutos. Le
midió ella de alto a bajo con una mirada inquisitiva, y dijo:

--¿Tondá?

--Muy humilde criado de la señora, contestó él haciendo un arco de su
esbelto cuerpo.

--¿Qué se ofrece? preguntó seria doña Rosa.

--¿No es de la señora un aviso sobre un moreno huido?...

--Sí.

--¿Cómo se llama el moreno? y perdone la señora...

--Dionisio.

--¿Dionisio Jaruco?

--No, Gamboa, pues es mi esclavo. Bien que, como criollo de Jaruco, no
es extraño que pretenda pasar por ese apellido.

--El mismo que yo sospechaba. En el baile de corte que dio la gente de
color allá afuera la antevíspera de Nochebuena, conocí a un moreno que
se decía Dionisio Jaruco. Sus señas corresponden fielmente con las que
le dan en el _Diario_, y creo no me será difícil cogerlo, si la señora
me concede el permiso para buscarlo.

--Regalaría dos onzas de oro al que lo capturase, tres, cuatro,
cualquier dinero. Ha cometido una gran falta y deseo castigarlo cual
merece. Temo que se resista. El la echa de guapetón.

--No tenga la señora pena por eso. Se lo voy a traer amarrado codo con
codo.

--Mi regalía es segura.

--No me lleva el dinero, me lleva solamente aquello de que quien la debe
que la pague. Cumplo con las órdenes de mi jefe, el Excelentísimo señor
don Francisco Dionisio Vives, que, con la aprobación de S. M. el Rey,
que Dios guarde muchos años, me ha comisionado para prender a los
delincuentes de color.

Salía temprano María de Regla de la casa en la calle de San Ignacio;
llamaba a la puerta de la de mejor apariencia, mandaba el papel a la
señora, y sentada en el umbral, mientras descansaba venía la respuesta,
reducida invariablemente a que el ama tenía bastantes criados y no
necesitaba ninguna de alquiler. Teníase por denigrativo entre la gente
de color el servir a otra persona que el amo, género de idiosincrasia de
que no tuvo María de Regla ni sospecha sino al cabo de muchos chascos y
desengaños parecidos al que acaba de mencionarse. En realidad no
abrigaba ella intención ni esperanza de obtener alquilador o amo: ambas
cosas la repugnaban altamente, estimando uno u otro extremo como la
mayor desgracia que podría sobrevenirla. Si hubiera sido mujer capaz de
mostrar en el rostro a primera vista las emociones del espíritu, el más
miope habría podido observar cómo se enrojecía de la vergüenza cada vez
que sacaba el papel del seno para darlo al criado que venía a abrirla la
puerta.

Su intención, su esperanza, el deseo más vehemente de su alma al
solicitar la vuelta a La Habana, fue buscar a Dionisio para unirse a él
si estaba vivo, o quitarse la vida si había muerto. Por eso, lejos de
sentirlo, experimentaba una especie de regocijo secreto siempre que la
devolvían el papel acompañado de un no, seco y decisivo. Pero el plazo
que la habían concedido era, sobre corto, fijo; ya habían cursado varios
días en vanas diligencias; si se cumplía y no presentaba alquilador ni
amo, ¿qué haría su señora, mujer de carácter tan firme y severo con sus
esclavos? En estos críticos momentos su hija Dolores la reveló la
substancia de la conversación que doña Rosa acababa de tener con Tondá,
cuyo nombre y hechos andaban en boca de todos; y aguijada por el temor
de perder de una vez a su adorado Dionisio, resolvió dedicar los pocos
días que del plazo fatal la restaban, a la consecuencia del que ya era
el único objeto de su existencia.

Tomando lengua, se dirigió una mañana temprano al mercado de la Plaza
Vieja, uno de los dos que entonces existían dentro de los muros de la
ciudad. Era aquel un hervidero de animales y cosas diversas, de gentes
de todas condiciones y colores, en que prevalecía el negro; recinto
harto estrecho, desaseado, húmedo y sombrío, circunscrito por cuatro
hileras de casas, quizás las más alterosas de la población; todas, o la
mayor parte, de dos cuerpos, el bajo con anchos portales de alto puntal,
que sostenían balcones corridos de madera.

Al pie de uno de los pilares de aquéllos se apoyó María de Regla y se
estuvo largo rato contemplando en melancólico silencio el abigarrado y
revuelto cuadro del mercado. Todo allí era nuevo para ella. En el
centro se alzaba una fuente de piedra, compuesta de un tazón y cuatro
delfines que vertían con intermitencias chorros de agua turbia y gruesa
que, sin embargo, recogían afanosos los aguadores negros en barriles
para venderla por la ciudad a razón de medio real de plata uno. De ese
centro partían radios o senderos, nada rectos por cierto, en varias
direcciones, marcados por los puestos de los placeros, al ras del piso,
en la apariencia sin orden ni clasificación ninguna, pues al lado de uno
donde se vendían verduras u hortalizas, había otro de aves vivas, o de
frutas, o de caza, o de raíces comestibles, o de pájaros de jaula, o de
legumbres, o de pescados de río y de mar, todavía en la cesta o nasa del
bote pescador; o de carnes frescas servidas en tablas ordinarias
montadas por sus cabezas en barriles o en tijeras movibles; y todo
respirando humedad; sembrado de hojas, cascaras de frutas y de maíz
verde, plumas y barro; sin un cobertizo ni un toldo, ni una cara
decente; campesinos y negros, mal vestidos unos, casi desnudos otros;
vaharadas de varios olores por todas partes; un guirigay chillón y
desapacible, y encima el cielo azul, visto como a través de una
claraboya, en que aparecía uno que otro volador celaje, imitando, ya
transparente cendal, ora las alas de ángeles invisibles.

Entraban en la plaza y salían de ella negros y negras; éstas con el
propósito de hacer la provisión diaria de casa de sus amos, aquéllos con
el de procurarse al precio de por mayor las carnes, verduras o frutas
que revendían al por menor dentro de la ciudad o en sus barrios
extramuros: tráfico éste, de paso sea dicho, bastante lucrativo en no
pocos casos.

Había algo en el traje nuevo de prusiana que vestía María de Regla; en
el modo de llevar el pañuelo de seda con que se velaba a medias los
mórbidos hombros y el de Bayajá con que se cubría las pasas; en el color
negro lustroso de la cara y brazos desnudos y torneados, anunciando
salud y robustez; en su aspecto general de forastera; en la tristeza o
timidez que su semblante y actitud revelaban, había algo, decimos, en
todo esto, que no podía menos de llamar la atención, aún de las personas
indiferentes y muy ocupadas de sus propios quehaceres.

Pero todas, quier curiosas, quier compasivas o naturalmente
observadoras, ya entrando en la plaza, ya saliendo de ella, le echaban
una mirada de través a la ex enfermera, y seguían de largo. Su actitud
aparentemente contemplativa (de ningún modo su traje) hacía sospechar a
primera vista que la aquejaba una dolencia extraña, o que, siendo
demasiado novicia o corta de genio, no acababa de tender la mano y pedir
una limosna por el amor de Dios al transeúnte. Cualquiera de estos
motivos era bastante para enfriar la compasión y apagar la curiosidad en
la clase de gente que acudía al mercado. Solamente una negra gruesa, con
tendencia a la obesidad, y de fisonomía franca y alegre, que salía con
un tablero lleno de carne a la cabeza, tuvo suficiente resolución para
detenerse delante de la cuitada forastera, preguntándole de un modo
brusco, mas benévola expresión:

--¡Ah! _¡Critiana!_ ¿Qué hace ahí _pará_? ¿Qué ha _perdió_?

--Mi marido, contestó de plano María de Regla.

Lo inopinado de la pregunta no la dio tiempo a ocultar aquello que más
fijo tenía en el pensamiento.

--¡Su _marío_! replicó asombrada la carnicera. _Pué échatelo a buscá._

Remedó con esto el dicho de los muchachos en el juego de la gallina
ciega.

--En eso ando (repuso la ex enfermera con un suspiro lastimero) hace
mucho tiempo.

--¿Cómo _cuanta_?

--¡Uf! Como doce años.

--_¡Ojó! La vía de un critiana. ¿Cómo ñama su marío?_

--Dionisio.

--_¡Dionisia! ¡Dionisia! No mi ricorda. ¿Aónde viva?_

--Yo no sé. Por eso lo busco.

--_¿Uté no e de la suidá?_

--No, no soy de la ciudad. He vivido en el campo más de doce años.

--_¡Anjá! ¿Uté deja su marío atrá?_

--Yo no lo dejé, mis amos me separaron de él.

--_Uté e cravo, ¿no?_

--Sí, esclava soy por desgracia. Me han tenido desterrada en la Vuelta
Bajo por todo el tiempo que le he dicho, y hace pocos días que me
trajeron a la ciudad para buscar amo o una persona que me alquile. Aquí
en el seno tengo el papel. De tanto guardarlo ya está sucio. He andado
de ceca en meca y no he encontrado quien me compre, ni me tome en
alquiler. Estoy cansada, aburrida, y ahora busco a mi marido que
desapareció de casa en los días de Pascuas.

--Venga _colmíga_, dijo la carnicera; y mientras subían por la calle del
Teniente Rey o Santa Teresa, preguntó:--_¿Cómo ñama uté?_

--Yo soy María de Regla Santa Cruz, para servir a usted.

--_¡Ah! ¿Uté e sija de Dolore Santacrú?_

--No. Dolores y yo fuimos esclavas de los señores condes de Jaruco. A la
muerte del señor Conde, viejo, nos vendieron en pública subasta para
pagar las costas de la testamentaría y las deudas. Yo estaba recién
casada con Dionisio, y por fortuna nos compró juntos don Cándido Gamboa,
comerciante de esclavos de África. Desde entonces no sé de Dolores. ¿La
conoce Vd.?

--_La conoca bien, bien. Dolore vende carne, vende fruta, vende tóo, y
Dolore se liberta. Depué, Dolore me saca del barracó. Aquí tiene la
jierre entoavía._ (Sobre el homóplato derecho se le veían las iniciales
G. B. marcadas con un hierro candente) _Dolore compra un casite y yo
vende carne, vende duse y vende tóo pa elle. Yo trabaja, trabaja y mi
liberta tambié. Lo branco mete pleito con Dolore, Dolore mete pleito con
lo branco y le ecribán, y le ajobá, y le procuraó y se jué se come le
dinero, la casite, tóo que Dolore tien. Dolore se pone loco y ahora elle
etá serrá a San Dionisia._

--¡Pobrecita! No sabía su triste suerte. ¡Loca! ¿Qué llama Vd. San
Dionisio?

--_La casa de lo loca que ha jecho la gobernaó._

--Me parece que si las cosas siguen como van, un día de éstos voy a
hacerle compañía a Dolores en la nueva casa de San Dionisio.

--_Si uté quiée trabajá, yo le da trabaja pa jace dinera._

--Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de ganar dinero y ver
si puedo libertarme con mi marido y mis hijos. ¿Dónde vive Vd.?

--_Vive ne la calle Ancho._

--¿Dónde es eso?

--_Allá fuer. Yo tien marío. Mosotro no son casá por le iglese. Elle e
carretiller, que vende agua, y yo vende carne, mantec, güeve, frute, tóo
que pué._

--¿Cómo se llama Vd.?

--_Me ñama Ginoveve Santa Crú. Mi marío e Tribusio Polanca. Elle tien
uno sijo ñamao Malanga que ha sacao mala cabesa. ¡Ha matao ma branco!...
Tondá lo coge como ratón con quesa le dominga depué de Niño perdío,
cuando diba nel entierre de ña Chepa Alarcó._

--¿Chepilla Alarcón? repitió preguntando María de Regla.

--_Sí, sí, agrego Genoveva. Le meme. Asín se ñamaba. Ha perdío un güen
caserite._

--¿Tenía una nieta?

--_Sí, tube un. ¡Ma linde! ¡Ah! ¡qué bunite! No la ha vito ma bunite en
la vía._

En este punto, trayendo la calle del Aguacate, las dos negras cruzaron
la de O'Reilly, e indicó de paso Genoveva, con el dedo, a María de Regla
la casita, entonces cerrada, donde había fallecido la anciana de que
hablaban. En la inmediata calle de la Bomba, la guía torció a la
izquierda y llamó a la tercer puerta de la derecha con el acostumbrado
pregón de: _¡Caserite! ¿No mi toma na hoy?_

Respondió al llamado nada menos que Nemesia Pimienta, sólo conocida de
la vendedora como su parroquiana reciente, desconocida del todo para la
ex enfermera del ingenio de _La Tinaja_. Mientras aquella servía la
carne de puerco, la manteca y los huevos que le pidieron, ésta que se
había quedado algo atrás, cosida al batiente cerrado, registró a su
sabor una buena porción de la sala. Arrimada a la testera de frente para
la calle, se hallaba sentada en un columpio con los pies apoyados en el
travesaño de la silla que tenía delante, una joven que a María de Regla
le pareció blanca. De este color era su vestido; pero negro el del
pañuelo de batista que ceñía su torneado cuello; negro el del copioso
cabello hecho dos trenzas que coronaba la bien modelada cabeza; negro el
de los zapatos de carro de oro que aprisionaban sus piececitos de
elevado empeine y arqueado puente; la hermosa desconocida vestía luto en
el cuerpo y en el corazón, según la honda tristeza que anunciaban, tanto
su semblante como su actitud. Por las prendas de ropa que se veían en el
suelo, en el respaldo de la silla y en su mismo regazo, se echaba de ver
que cosía; de cuya labor no levantó los ojos sino en los momentos en que
su compañera, que se ocupaba del mismo modo, abría la puerta de la calle
y ayudaba a deponer en el quicio el tablero pesado de la vendedora.

Para que se fijara la imagen hechicera de la enlutada en la viva memoria
de María de Regla, no pudo ser más propicia la ocasión; y de tal modo
fue así, que luego repetía a media voz, paso a paso detrás de su
protectora:--¡La niña Adela! ¡la niña Adela!, comparando allá en su
mente la fisonomía de aquélla con la de la más joven de sus amas.

Como oyese la carnicera la cantinela, dijo en tono de represión:

--_¡Ah! Ese niñe no ñama Adel, ñama Sesil._

Más vale callar, pensó María de Regla, y no replicó palabra; pero se
quedó en sus trece, por cuanto siguió creyendo en que había singular
semejanza entre su niña y la enlutada de la casa en la calle de la
Bomba, cuyas señas guardó para la primera oportunidad.

Hasta las dos de la tarde anduvieron las negras vagando por las calles
de la ciudad; y en el medio tiempo logró la carnicera reducir a plata
los efectos que llevaba en el tablero. Por la puerta llamada
popularmente de la Muralla, salieron a la Alameda y se sentaron en un
asiento de piedra, protegido por un árbol frondoso, entre el antiguo
café de Atenas y la estatua de Carlos III.

De una mugrienta bolsita de cañamazo cuya boca se recogía con un
bramante, y que Genoveva llevaba en el seno, sacó y contó hasta doce
pesos en pesetas sevillanas, reales y medios de plata, de los cuales,
deducidos los siete, poco más o menos, costo de las mercancías
negociadas, restó una ganancia neta de cinco duros. No se requería
conocimiento de los números para hacer la cuenta, ni de más convincente
argumento para probar lo remunerativa de aquella industria. Convencida
de ello, se decidió a adoptarla María de Regla.

Hablaba después ella de lo que se decía respecto de su marido, de la
herida que había recibido en riña, por aquel mismo barrio, y de su
desaparición desde la víspera de Nochebuena. Entonces recordó Genoveva
haber oído decir a Malanga, que por esa fecha había amparado a un moreno
que encontró mal herido a la entrada de la calle Ancha. Esta especie la
había corroborado en todas sus partes el carretillero aguador, quien
momentos antes que su malévolo hijo, según se recordará, pasó por allí y
no se detuvo porque juzgó muerto al herido. Preso en la cárcel Malanga,
no era fácil averiguar de pronto quién fuese, ni qué se había hecho el
moreno herido; pero María de Regla se convenció que no podía ser otro
que Dionisio, y se propuso explotar en todos sus alcances datos tan
preciosos.

En este punto de la conversación de las dos mujeres, pasó a caballo por
delante de ellas, y atravesó el centro del Campo de Marte, en dirección
de la calzada de San Luis Gonzaga, el joven negro militar, de que hemos
hablado varias veces.

--¡Tondá!, dijo Genoveva indicándoselo a su compañera.

Sin poderlo remediar, a su vista diole un vuelco el corazón a María de
Regla. Es que creyó ver a Dionisio en las garras de aquel joven
intrépido que portaba sable, que la ley protegía, y que el prestigio de
sus muchos actos de valor heroico hacía casi invulnerable. Se puso en
pie por un impulso desconocido, dio algunos pasos en la dirección que
llevaba cuando le perdió de vista tras la nube de polvo que levantaban
las patas de su veloz caballo en la distante calzada, retrocedió al
asiento y se desplomó sin habla junto a su asombrada amiga.

Fue causa este ligero incidente para que las dos mujeres tardaran
todavía algún tiempo antes de ponerse de nuevo en camino. Pero no bien
entraron en la calle Ancha, echaron de ver desusada agitación y extraño
movimiento de pueblo. Hombres, mujeres y muchachos corrían como
desatentados en opuestas direcciones. Los más se refugiaban en sus
casas, cerraban las puertas con estrépito y se asomaban a los postigos
de las ventanas para preguntar al vecino o al transeúnte el motivo de
aquellas carreras, cerramientos de puertas y exclamaciones. Este
contestaba:--Un fuego en Jesús del Monte; el otro:--Un levantamiento de
negros en la tenería de Xifré; aquél:--Un robo en la calle de las
Figuras; quién:--Un _matado_.

El último en hablar fue el único que se acercó a la verdad, confirmando
la noticia algo después de las tres de la tarde, con muchos aspavientos
y palabras inconexas, el carretillero o aguador Polanco. Muy conocido en
el barrio, su aparición en la calle Ancha fue saludada con un escopeteo
graneado y cruzado de preguntas de ventana a ventana. Ocioso era aquel
trabajo, porque él de _motu propio_ venía anunciando la muerte alevosa
de Tondá, delante de la zapatería de la calle de Manrique esquina a la
de la Maloja.

Por Malanga, preso en la cárcel pública, había averiguado Tondá el asilo
de Dionisio Gamboa, y corrió a prenderlo con aquella confianza y
descuido que nacen del valor llevado hasta la temeridad. Llamado a la
puerta del obrador por un hombre tan conocido como Tondá, no pudo
Dionisio equivocar sus intenciones, y desde luego, formó su resolución.
Se levantó del banco en que trabajaba, y se acercó con las manos a la
espalda, en ademán de entregarse.

El movimiento de avance por parte del prófugo determinó otro opuesto por
parte del perseguidor, que le fue fatal. Grande, como se ha dicho, era
el desnivel de la calle, y había además detenida entonces a la puerta de
la zapatería una volante alquilona que obstruía el paso. Para hacer
campo, Tondá, ya desmontado, retrocedió corto trecho; descuido éste de
que se aprovechó en el instante el astuto cocinero, para metérsele
dentro y abrirle el vientre de lado a lado con el mismo trinchete de que
se servía para las reparaciones de la suela de los zapatos. Herido y
todo el heroico Tondá, persiguió al asesino, cayendo exánime a poco
andar en medio de la honda calle.

El hecho es histórico en casi todos sus pormenores.



CAPÍTULO IV

     _¿Qué soñar con el que adora,
      y qué sufrir cuando tarda,
      y qué temer cuando llega,
      y qué llorar si se marcha?_

         J. VELARDE


En una mañana del benigno enero diole a Cecilia un vuelco el corazón, y
dijo entre sí:--¡Eh! Viene él hoy. Y desde ese momento no pudo pensar en
otra cosa, ni hacer nada de provecho. Veces infinitas se asomó al
postigo de la ventana, creyendo la cuitada que así apresuraría la venida
del objeto de sus ansias; y otras tantas se dejó caer, desfallecida de
alma y cuerpo, en el columpio arrimado a la testera opuesta.

De poco le valió el volverse toda oídos y ojos. Por el contrario, tal
era la ofuscación de sus sentidos, que escuchando no oía, mirando
intensamente no veía. Esto explica por qué se pasaron algunos segundos
antes que ella realizase la presencia del amante, llenando el hueco de
la entornada puerta de la calle, cual en un espejo su imagen adorada.
Entonces, olvidada por completo de sus propósitos de venganza, de los
desdenes anteriores, de los supuestos agravios recibidos con sus
veleidades y su marcha al campo, corrió a su encuentro con los brazos
abiertos, le besó y se dejó besar por él en el delirio de la pasión. No
cabe duda, el hecho de la corta ausencia había obrado el milagro de
convertirlos en íntimos amigos, en cariñosos hermanos, en ternísimos
amantes.

--¿Estás sola? la preguntó él.

--Sola, contestó ella con lánguida expresión.

--¿Me esperabas? agregó tiernamente teniéndola estrechada todavía por la
cintura.

--Con el alma y con la vida, repuso la joven en su amoroso entusiasmo.

--¿Quién te dijo que yo venía hoy?

--¡El corazón!

La besó de nuevo en los ojos y en la boca, y añadió:

--Te hallo pálida y más delgada que a mi partida para el campo.

--¿Le parecen poco las noches y los días que he pasado sin pegar los
ojos velando a mamita? Tampoco han faltado otros sinsabores...

--¿Cuándo se enfermó tu abuela?

--Desde el año pasado mamita no gozaba de salud. Pero su gravedad se
puede decir que principió la víspera de Nochebuena. Cuando yo llegué, a
eso de las dos de la madrugada, la encontré con una calentura que
volaba... No se levantó más.

--¿Dónde habías estado tú hasta esa hora?, preguntó el joven
sorprendido.

--En una parte.

--¿En qué parte?

--¡Oh! En una parte.

--¿Me dirás dónde?, la preguntó Leonardo poniéndose serio.

--Espero que me diga Vd., antes dónde ha estado todo ese tiempo, replicó
ella no menos seria, tratando de herir por los mismos filos.

--Yo he estado donde tú sabes.

--Ya, en el campo, Vd. me lo dijo, ¿pero se fue Vd. por mi voluntad?

--¡Ah! ¡Vengativa! ¿Esas teniendo? Según eso, tú has estado en _una
parte_ por pique conmigo.

--Por pique no. No tengo nada de vengativa. Ni un tantico. Lo que yo no
quiero, lo que no puedo aguantar es que me la den de boba. Fue Vd. a
divertirse con sus amigas en el campo, ¿había de quedarme en casa
encerrada como monja? No faltaría más.

--Fui de mala gana. Hubiera preferido quedarme, pero mamá se propuso
llevarme... ¿No te lo dije así?

--Me lo dijo con la lengua.

--Yo no digo mentira.

--¿No tiene Vd. la boca debajo de la nariz como los demás hombres? Va
que sí. Ninguno dice mentira. ¡Qué! Sería un pecado. ¿Pero cuál de Vds.,
si se ofrece, no engaña a la mujer más buena del mundo?

--¿Qué sabes tú de eso?

--Mucho más de lo que Vd. se figura. Muy lépero ha de ser el que se
burle de mí.

--No hables boberías y dejémonos de cosas que no tienen fundamento. Es
gana que busques motivos de quejas. Tú no puedes ponerte _brava_
conmigo. Dime, ¿en dónde estuviste la víspera de Nochebuena?

--¿De mal a mal?

--De bien a bien, cielo mío. De ti no quiero ni la gloria de por fuerza.

--Eso sí. Pues venía del baile de etiqueta que dio la gente de color en
la casa de Soto, allá afuera.

--¿Cómo fuiste?

--A pie.

--No quiero decir eso. ¿Quién te convidó? ¿Con quién fuiste al baile?

--Me convidó Uribe el sastre, que fue uno de la comisión, y fui al baile
con Clara su mujer, con Nemesia y con José Dolores su hermano...

Leonardo torció el ceño y no supo ni pudo ocultar su disgusto.

--El que se pica ajos come, dijo Cecilia sonriendo. ¿Qué diré yo cuando
recuerde que Vd. fue al campo para seguir a una guajira?

--Veo que no pierdes la ocasión de zaherirme, dijo Leonardo disimulando
su desazón. Y me parece que serías capaz de querer a cualquier hombre
con tal de darme _caritate_.

--No tanto, ni tan calvo que se le vean los sesos. Hay muchos hombres a
quien no podría querer por más picada que estuviese con el preferido de
mi corazón.

--Malo es que tú seas de naturaleza celosa y vengativa.

--Sea Vd. leal y constante y nada tendrá que temer de la mujer más
vengativa y celosa nacida.

--Con las celosas no valen la lealtad ni la constancia del amante más
fino. Mucho menos valen si tú das entrada a hombres con quien no debes
ligarte.

--¿A quién he dado yo entrada? Vamos, explíquese.

--¿Quieres oírlo de mi boca? ¿Quién te acompañó al baile estando yo
ausente? ¿Con quién bailaste? ¿En casa de quién vives ahora?

--¿Y eso es lo que Vd. llama darle entrada a los hombres?

--Por ese camino al menos se va derecho al corazón de las mujeres.

--No al mío que está forrado y claveteado en cobre. Pero si de alguno no
debe Vd. abrigar recelo es del hermano de Nene. Entre nosotros no ha
cabido nunca, creo yo, más que una sincera y desinteresada amistad.
Nosotros nos conocemos y tratamos desde chiquitos. Hemos jugado juntos a
la gallina ciega y a la lunita, hemos crecido el uno al lado del otro
sin pensar en amores, al menos por mi parte. Sé que siente por mí un
cariño entrañable; sé que se desvive por mí; sé que su mayor delicia es
serme útil; sé que tiene orgullo en adivinar mis pensamientos; sé que si
le pido un favor se aflige y se culpa a sí mismo porque no se adelantó a
mi deseo; sé que no consentirá me ofendan ni las moscas; sé que es capaz
de cometer cualquier locura por agradarme; sé que me cree el _non plus
ultra_ de las mujeres; sé que tiene celos de Vd. que se lo comen vivo;
pero aún no me ha hecho una declaración de amor. Sabe, el pobre, porque
no tiene un pelo de tonto, que yo no he de quererlo, ni casarme con él
en la vida. Muchas veces lo he sorprendido mirándome cual se mira a las
santas; yo he hecho como si no lo notase o entendiese y él no se ha
atrevido a declararse. De aquí no ha pasado desde que nos conocemos. En
su trato es una dama, muy galán y respetuoso con las mujeres, bien
criado con los hombres; sólo le falta la cara blanca para ser un
caballero en cualquier parte. Le hablo con esta claridad de José Dolores
porque se me figura que a Vd. no le cae en gracia, qué no lo ve con
buenos ojos.

--Te engañas, dijo Leonardo alarmado por el hermoso retrato que acababa
de trazar Cecilia de José Dolores Pimienta. No tengo prevención ninguna
contra _tu amigo_. No lo miro con buenos ni con malos ojos, por la
sencilla razón de que no me cuido si vive o si muere. A mí no puede
hacerme sombra semejante sastrecito. Siento, sí, que en estas
circunstancias hayas creído necesario explicarme la clase de relaciones
que han existido y existen entre Vds. dos. No me interesa eso en lo más
mínimo.

--A Vd. le corresponde hablar así, a mí no. Sería la más descastada de
las mujeres si olvidara por un momento los muchos favores que le debo a
José Dolores. El fue mis pies y mis manos, mi todo, durante la
enfermedad de mamita; él hizo los mandados; él llamó varias veces al
médico; él trajo las medicinas de la botica; él hizo caldos de gallina
para la enferma; él veló conmigo a su cabecera; él fue por los óleos a
San Juan de Dios; él corrió con el entierro; él lloró tanto como yo la
muerte...

En este punto los sollozos y las lágrimas le cortaron la palabra a
Cecilia. Después continuó como ofendida por el tono y las frases
despreciativas que había empleado Leonardo respecto de José Dolores:

--Hay favores que no se pueden pagar bastantemente; la mujer que los
olvida no merece el pan que come. José Dolores siempre me ha distinguido
y respetado, y lo que es en el baile sacó la cara por mí, exponiéndose a
la muerte.

--¿Con qué motivo sacó la cara por ti?

--Con motivo de haberme ofendido un negro.

--¿Por qué te ofendió?

--Porque me negué a bailar con él.

--¿Le desairaste?

--No. Yo no le conocía. Era un intruso, ¿por qué había de bailar con él?
Además, tenía comprometido el minué con Brindis. Tampoco quería yo
bailar pieza con los negros. Las dos o tres que bailé con ellos fue por
compromiso.

--El mal estuvo en tu concurrencia a un baile de gente de color...

--Lo sé, lo confieso, me pesará toda la vida haber ido. Eso me parece
que le apresuró la muerte a mamita.

Volvió a llorar Cecilia; y Leonardo, para alejar de su mente aquella
idea, o para averiguar lo que había ocurrido dentro y fuera del baile,
la preguntó:

--¿Qué casta de negro era el que te ofendió?

--No sé. En mi vida le había visto. Tampoco me conocía él a mí sino por
mera inferencia. Creo que me invitó a bailar para tener la ocasión de
insultarme y vengar así un agravio que supuso alguien le había hecho por
mi causa.

--¿Quién le hizo el agravio?

--No lo dijo. Sólo dijo a gritos que yo tenía la culpa de que se viera
separado de su mujer.

--Debía estar loco o borracho.

--Borracho no, más bien loco. Daba miedo. También me dijo que me vio
cuando yo gateaba; que sabía quien era mi madre y que conocía a mi padre
como a sus manos.

--Mal pudo conocer a tus padres, observó Leonardo con aire sentencioso,
siendo así que eres hija de la Cuna. ¡Disparate!

--¡Ah! Escuche, agregó Cecilia recordando: dijo que su mujer fue quien
me crió, que yo era mulata y que mi madre vivía y estaba loca.

--¿No se averiguó cómo se llamaba ese diablo de negro?

--Sí, se supo al fin. Lo reconoció un oficial de la sastrería de Uribe.
Lo llamó por el nombre de Dionisio Gamboa, aunque él sostuvo que no se
llamaba así, sino Dionisio Jaruco.

--¡Ah! ¡Perro! exclamó Leonardo apretando los puños al mismo tiempo que
los dientes. ¡Qué buen novenario merece! Lo llevará, como hay un Dios en
el cielo, en cuanto se le capture. A bien que ya Tondá le sigue la
pista. No hay tal Dionisio Jaruco ni calabaza. Su nombre sí es Dionisio,
pero su apellido debe ser Gamboa, porque pertenece a mamá. El muy
indigno, mal agradecido, infame, al robo de la ropa antigua de papá ha
añadido la fuga y dejado a mamá sin cocinero. A ningún negro se le han
consentido en casa más desvergüenzas que a él. Y véase el resultado. La
pagará. Que se esconda bajo siete estados de tierra, de ahí le sacarán.
Se le castigará cual merece, lo juro. Me parece que si le desuellan vivo
no paga las que debe. Después, ¡atreverse a insultarte...!

Arrebatado por la cólera, tardó algún tiempo en comprender Leonardo que
había asustado a Cecilia con tan inoportunas amenazas, además de ponerse
en ridículo a sus ojos, pues ésta advirtió sin esfuerzo que el furor de
su amante contra el negro no procedía tanto del agravio a ella inferido,
cuanto de haber dejado la familia sin cocinero. Volviendo sobre sus
pasos, aunque tarde, añadió el joven:

--Pero, a todas éstas, ¿qué has tenido tú que ver con la separación de
Dionisio de su mujer? Nada, absolutamente nada. Dudo que fueses nacida
cuando mamá zampó a María de Regla, la mujer de Dionisio, por
escandalosa y desobediente, en el ingenio de _La Tinaja_. Y si no habías
nacido, ¿cómo pudo criarte? Ella sí crió a mi hermana Adela. Vamos, es
un disparate, una equivocación suya, pretexto para desfogarse contigo
que no podías devolverle el insulto.

--Para eso, dijo Cecilia con satisfacción, que le costó caro el meterse
conmigo. A la salida del baile esperó a José Dolores en la esquina de la
calle Ancha. Pelearon con cuchillo y el negro cayó a los primeros
golpes...

--¿Muerto? exclamó Leonardo, que no esperaba semejante desenlace.

--Me parece que no. El quedó en el suelo quejándose mucho. ¿Le duele a
Vd. que se le hubiese castigado tan pronto la falta?

--No, no, se apresuró Gamboa a corregir la falta de galantería que
acababa de cometer manifestando sentimiento por la herida de su esclavo.
No me duele perder un negro. Tenemos muchos. Siento sí que tú hayas
estado por medio. Fue un escándalo. ¡Tú complicada en un homicidio! Mas
hablando de otra cosa, ¿qué médico asistió a tu abuela en su enfermedad?

--Montes de Oca.

--¿Cómo vino él a curarla?

--Yo fui por él.

--¿Le conocías?

--De vista.

--¿Le conocía tu abuela?

--Ella sí. Mamita fue a verlo a su casa y él venía a verla todos los
meses.

--¿Para curarla?

--No. Mamita no había estado casi nunca enferma de médico.

--¿Qué dares o tomares se traían ellos?

--Mamita recibía una mesada por conducto de Montes de Oca.

--¡Una mesada! Ahora recuerdo que hace mucho tiempo Montes de Oca le
tomó a papá en alquiler esa misma María de Regla, mujer del cocinero,
para criar a una niña, hija ilegítima de un amigo suyo. Y he aquí
descifrado el por qué de la equivocación de Dionisio. Seguro, se figuró
que tú eres la tal niña. Por supuesto, tú no fuiste, pero ¿quién saca al
muy bestia del error? Ni habías nacido entonces. Mira tú, después de eso
María de Regla crió a Adela por cerca de dos años. Lo que te sé decir es
que esa crianza le ha costado muchos disgustos a mamá. Montes de Oca se
comprometió a pagarle dos onzas de oro a papá por el precio del alquiler
de María de Regla. Sospecho que nunca cumplió, porque él es mal pagador.
Hallo, pues, extraño, incomprensible, que Montes de Oca le pasara una
mesada a Vds. ¿No sabes tú su origen?

--No entiendo, contestó Cecilia dudosa.

--Quiero decir, repuso Leonardo, que si tú sabes el motivo, la razón, o
como se llame, del por qué le pasaban la mesada a tu abuela.

--No lo sé; mejor dicho, no me he puesto jamás a averiguarlo.

--Tú lo sabes y no quieres decírmelo. Lo leo en tus ojos.

--Mal lector es Vd. entonces.

--Niego a pie puntillas que Montes de Oca pasaba la mesada por cuenta
propia.

--También lo niego yo.

--¡Ah! ¿Ves? Tú sabías y me lo negabas.

--Vd. no me preguntó eso. Vd. me preguntó que si yo sabía el origen o el
motivo de la mesada, y todavía estoy en ayunas. Lo único que sé es que
Montes de Oca la pasaba por cuenta de un amigo...

--Que tú conoces. ¿No? la interrumpió Leonardo.

--De vista, contestó Cecilia a medias.

Su nombre.

--¡Ay! Ese se queda para el curioso lector.

--Dilo, dilo, la instó el joven cogiéndole la mano. No deseo saberlo por
mera curiosidad, sino por algo que te diré después.

--Vd. lo conoce como a sus manos.

--¿Quién, pues?

--Su padre de Vd.

--¡Mi padre! exclamó Leonardo asombrado de la revelación. ¡Será posible
que mi padre lleve la pertinacia....! (Se contuvo y agregó luego:)
¿Estás segura?

--Segurísima.

--¿Desde cuándo le conoces tú?

--¡Uf! Desde que yo era chiquitica.

--¿Cómo le conocías?

--De verlo en las calles. A cada rato tropezaba con él. Cuando menos lo
esperaba lo tenía encima. Se ponía _bravo_ y me decía muchas cosas: que
estaba hecha una mataperros, perdida, mal criada, y que iba a hacer que
me prendieran los soldados.

--¿Sabías tú su nombre entonces?

--No, ni lo supe hasta mucho después, cuando me había hecho una mujer.
Conmigo no ha tenido él amistad, con mamita sí. De Corpus a San Juan,
solía hablarle por la ventana, siempre de mí.

--¿Qué la decía?

--Nada bueno, por cierto. Le decía, por ejemplo, que me celara de Vd.;
que no me dejara ir a bailes con Vd., que Vd. era muy enamorado; que
tarde que temprano me dejaría Vd. por otra; en fin, que Vd. estaba para
casarse con una muchacha muy rica y sólo aguardaba a recibirse de
Bachiller en Leyes.

--Me sorprende oír eso de mi padre. No lo creería si otra persona me lo
dijera. ¿Qué objeto le lleva verdaderamente en el asunto? Su conducta
contigo aleja la idea del amor. No está enamorado de ti, no. Tampoco ha
sido él hombre de enamorarse por andar alegre. Ahora me desengaño...

--Es que mamita también estaba opuesta a nuestras relaciones. A la hora
de su muerte me mandó que no lo quisiera a Vd.

--Tú no piensas en obedecerla, ¿no es así?, dijo el joven
apasionadamente.

--Ya es demasiado tarde, contestó Cecilia poniéndose colorada. (Después
añadió en voz baja:) Dios quiera que no me pese haber desobedecido a
mamita.

--Nunca te pesará, repuso Gamboa con calor, te lo juro por lo más
sagrado, el haberme querido bien. Veo, entre tanto, que nada de lo que
me has dicho explica el enredo de la mesada. ¿Por qué, a santo de qué se
la pasaba mi padre a tu abuela? Ve aquí lo que me encalabrina y
desespera. Es posible que no continúe pasándotela a ti...

--Tal pienso yo, dijo Cecilia bastante afectada.

--No es eso lo peor, agregó el joven reflexionando, sino que el médico
te cobrará la cura de la enferma. Del árbol caído todos hacen leña.

--Por esa parte estoy tranquila. En toda la enfermedad de mamita, en vez
de pedirme estuvo el médico dándome dinero para los gastos.

--¿Cómo cuánto te dio?

--Como quince onzas de oro. Yo no llevé la cuenta... José Dolores.

--Dale con José Dolores. No quisiera volver a oír su nombre en tu boca.

--¿Qué tienes?

Interrumpiose a lo mejor el prolongado diálogo de los amantes por la
llegada de Nemesia, con grande disgusto de los tres. De Cecilia, porque
así quedaba sumergida en el mar de confusiones respecto de su suerte
futura, do la había arrojado la muerte repentina de su abuela. Con
disgusto de Leonardo, porque después de lo averiguado acerca de la
posición de Cecilia en aquella casa, comprendió que debía sacarla de
ella cuanto antes, so pena de perderla para siempre, y no había tenido
tiempo de arreglar con su acuerdo el nuevo plan de vida.

Por su parte Nemesia también experimentó un vivo disgusto; porque sin
más argumento ni prueba que la presencia allí del temible rival de su
hermano, cuando le creía más distante y olvidado de Cecilia, quedó
convencida que ni los celos en ella, ni la ausencia en él, habían obrado
el milagro de trocar en odio, siquiera en indiferencia, el profundo
afecto que se profesaban los dos. ¡Pobre José Dolores! exclamó Nemesia
entre sí. De ésta la perdiste. ¡Tontos de nosotros que nos habíamos
halagado con la esperanza de que se quedaría en el monte!

--Está de Dios, hijo, que no ha de ser tuya Celia, dijo Nemesia con gran
sentimiento, a su hermano cuando volvió de la sastrería.

--¿En qué te fundas para darme tan mala noticia?, preguntó el hermano
alarmado.

--Me fundo en que _él_ ha vuelto. Los topé a los dos esta mañana como
uña y carne.

--¿A dónde?

--En esta sala. Solitos...

--Luego _él_ no fue al campo para casarse.

--¡Casarse! Tal vez se ha casado y ahora anda atrás de la querida.

--¡Qué! ¿Crees tú que va a sacarla de aquí pronto?

--Cuando menos... Para ponerle casa.

--Cuando menos no, dijo José Dolores irritado a lo sumo.

--No. Si la destina para querida, mientras más pronto se la lleve mejor;
porque primero me dejo escupir a la cara que hacer el papel de tapa. No
es _él_ hombre para pasarme la mota y reírse de mí. Que no se ponga en
mi camino. ¿Dónde está ella?

--Vistiéndose allá dentro. Eso es que lo espera esta noche.

--Es posible. Así será bueno que me arrime a un lado por ahora. Una
tragedia le causaría más pesar a ella que a él.

--Todavía no se ha perdido todo, José Dolores, dijo Nemesia pensativa.
Mientras la vida dura, hay esperanza.

--¿Qué esperanza, hermana? O él o yo. Los dos juntos no cabemos. ¿Me
resignaría yo a servir de tapa tampoco? Creo que no, Nene.

--Bobería, José Dolores: del lobo aunque sea un pelo. ¿Quién puede decir
con verdad que es el primero en el corazón de una mujer? _Naiden._ Ten
por sabido que ella no es firme ni de ley. Dice una cosa ahora y luego
otra. Se dobla como la hoja del caimito: cátala colorada, cátala blanca.
Si tú la hubieras oído cuando él se fue para el monte atrás de la
muchacha blanca..., sabrías quién es ella.--¡No lo _quedré_ más en mi
vida! No volverá a verme la cara. Aunque _me se_ arrodille, aunque me
bese los pies, no le perdonaré la que me ha hecho. De mí no se burla ni
el sol de los hombres. Apuradamente, con él no se acabaron para mi. Hay
muchos, _me se_ sobran. ¿Cuántos, cuántos tan buenos mozos como él no se
darían santos con una piedra en el pecho con tal que yo los quisiera? No
seré de las que se quedan para vestir santos o cuidar sobrinos. Juro que
el primero que me diga jí, le digo já. Y veremos quién pierde más, si él
o yo.



CAPÍTULO V

     _El que excusa la vara, quiere mal
      a su hijo; y el que lo ama, con
      muchas varas lo corrige._

         Proverbios, XIV, v. 24


Llegado había inopinadamente el momento de poner en planta el plan
ideado por don Cándido antes de su marcha al campo.

La muerte de _seña_ Josefa había arrojado a Cecilia en brazos de
Leonardo, el cual, sabía su padre, no era tan simple ni tan virtuoso que
desaprovechase la ocasión que se le presentaba de tomarla por manceba,
con achaque de ampararla.

Miraba don Cándido este evento casi como una catástrofe, cuyo único
medio de evitarla, en su concepto, consistía en sustraer a Cecilia de la
vista y comercio de Leonardo, aún cuando para lograrlo fuese necesario
usar de fuerza. Pero le ocurrió que tal vez podría ejecutarse la misma
cosa sin ruido ni responsabilidad como se le diese una apariencia legal.
Movido por esta idea feliz, decidió aconsejarse con el abogado y Alcalde
mayor don Fernando O'Reilly, amigo y condiscípulo de Leonardo, con quien
él tenía bastante amistad.

Mientras caminaba en la dirección de la calle de los Oficios, componía
mentalmente un discurso regular en forma de diálogo para presentar su
caso bajo la mejor y más plausible luz, ante el señor Alcalde Mayor.
Sucedió, sin embargo, que en presencia de Su Señoría se le fueron de la
mente las especies, cual pichones espantados del palomar, y sólo acertó
a decir:--que la Valdés le sonsacaba a su hijo Leonardo, le seducía con
sus artimañas, y no le dejaba seguir los estudios de derecho, y quería
saber qué remedio podía poner la justicia a tamaño escándalo.

Oyole el Alcalde con una sonrisa de satisfacción y de marcada
condescendencia, y dijo:

--¡Cuánto me alegro, señor don Cándido, de oírle! ¡Estoy encantado,
sorprendido! ¿Pues no ha de llamarme la atención y complacerme, si desde
que presido en este tribunal de justicia, por disposición soberana, ha
más de un año, es Vd. el primero que se acerca a él en queja semejante?
No es que no ocurran en La Habana casos iguales, no; ocurren a millares;
es que tales son la ignorancia y la relajación de las costumbres, que
sólo se consideran delitos los atentados contra la vida y la propiedad
ajena, aquéllos a que se sigue daño inmediato de la persona o de los
bienes del vecino. Los ataques a la moral, a la honestidad, a las buenas
costumbres, a la religión, éstos no son delitos, son meras faltas,
pecados veniales, deslices que no tienen pena señalada en ningún código
escrito. ¡Qué error, amigo don Cándido! ¡Qué confusión de ideas sobre lo
que es bueno y lo que es malo, lo que es honesto y lo que es deshonesto,
lo que es permisible y lo que es vedado, lo que es loable y lo que es
reprehensible!

«Saco, en su _Memoria sobre la Vagancia_, que acaba de premiar la
Sociedad Patriótica, atribuye al juego, que llama guarida de nuestros
hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro
de las fortunas de las familias, el origen funesto de la mayor parte de
los delitos que infestan la sociedad en que vivimos.

«Yo difiero de tan autorizado parecer, y opino que reconocen dos causas
principales los males de que todos nos quejamos, a saber: la ignorancia
y la política de gobierno de Vives. No hay escuelas. ¿Y cuáles son los
resultados? Los robos frecuentes a la luz del día, los asesinatos sin
causa ni provocación, los pleitos interminables, las injusticias
notorias, la prostitución de las mujeres, el desorden social. La
política de gobierno de Vives es también causa de corrupción y extravíos
sin término ni paralelo en el mundo. Se pudren los presos en la cárcel y
no se castiga a los grandes delincuentes. Tampoco se averigua sino rara
vez el origen de los crímenes más atroces, gracias, si alguna se atrapa
a los malhechores. ¿Quién ha matado a Tondá?

--¡Cómo! exclamó don Cándido, interrumpiendo al Alcalde. ¿Han muerto a
Tondá?

--Ayer tarde le abrieron el vientre de una cuchillada.

--¿Tiene V. S.[57] los pormenores del lamentable suceso?

--No, señor. Anoche se me comunicó la noticia en el teatro,
extrajudicialmente. Se dice sólo que el matador fue un negro prófugo a
quien él trató de prender.

--Tengo motivos para sospechar que el asesino ha sido mi cocinero. Días
pasados encargó mi mujer su captura a Tondá...

--No tendría nada de extraño, prosiguió el Alcalde. En caso que le
prendan, caso dudoso en estos tiempos que corren, me tomo la libertad de
darle a Vd. un consejo: entregue el esclavo a la noxa...

--¿A la qué señor don Fernando?

--A la noxa, digo.

--Estamos. ¿Mas quién es esa dama?

--Natural es que no lo sepa Vd., puesto que no ha estudiado leyes. Se
entiende en derecho entregar el esclavo a la noxa, al acto de la
renuncia del dominio directo que sobre él tiene el amo, en favor del
tribunal de justicia que le juzga por el delito o daño cometido. Pierde
Vd., de este modo un negro que cuando más y mucho vale en buena venta
500 pesos; pero ahorra Vd. los costos y las costas del proceso, los
cuales suelen montar al doble de esa suma, si el amo se hace parte en el
juicio. Sábese que si no se le unta la mano al juez pedáneo, levanta una
sumaria negra contra el reo. Luego hay que hacer lo mismo con el
escribano que da fe, con el oficial de causas que provee a veces a su
antojo, con el fiscal que acusa y no quiere trabajar de balde, con el
juez, con el asesor, etcétera, etcétera.

--¿Pleitos yo, señor don Fernando? No en mis días. Valdría mejor
colgarse de un farol.

--Hace Vd. bien... Pero volviendo a la pretensión... ¿Decía Vd.?

--Decía, señor Alcalde, repuso don Cándido cual si saliera de un sueño,
que una mozuela trae loco a mi hijo Leonardo, le seduce y encanta con
sus mañas y no le deja concluir sus estudios de abogado...

--Vamos por partes, dijo O'Reilly con calma. ¿Cómo se llama la
seductora?

--Cecilia Valdés, contestó tímidamente el querellante.

--Bueno. ¿Qué casta de mujer es ésa?

--No entiendo.

--Quiero decir: ¿es joven o de edad mediana? ¿Casada o soltera? ¿Bonita
o fea? ¿Blanca o de color? Todo esto es fuerza que sepamos antes de
proceder a la graduación del tanto de culpa y a la aplicación de la pena
que en justicia le quepa.

--Diré a V. S., señor Alcalde, con lealtad cuanto sé en el particular,
dijo Gamboa titubeando y con las orejas encendidas de la vergüenza. La
chica es joven, bastante joven, como que apenas contará 18 años de edad.
No ha sido casada; tampoco, a lo que entiendo, puede calificársela de
fea, más bien de bonita, de real moza, diría. Es pobre, sí, pobre,
pobrecita, y de color, aunque pasará por blanca donde quiera que no
conozcan sus antecedentes...

--Muy bien, perfectamente, replicó el Alcalde pensativo. Se conoce que
está Vd. enterado del caso. Así me gusta. Ya podremos juzgar con pleno
conocimiento... Sólo ocurre un vacío, llamémosla duda, a saber: ¿conoce
Vd. los hechos que expone, por sí mismo o por referencia de tercera
persona?

--Unos conozco por mí mismo, otros, digamos, por inferencia.

--Entendámonos. En primer lugar, diga Vd. si sabe con quién vive la
joven.

--Ahora, supongo que con alguna amiga suya.

--Nada de suposiciones, señor don Cándido. ¿Le consta a Vd.? ¿Sí o no?

--No, señor, no me consta, lo infiero.

--Eso me gusta. En esta clase de negocios la franqueza es lo primero. Al
abogado y al juez hay que hablarles como se le habla al confesor, con el
corazón en la mano. Y antes, ¿con quién vivía la pardita?

--Con la abuela.

--¿Viven sus padres? ¿Tiene parientes, allegados, protectores en suma,
alguien que haga por ella? Siendo tan linda, como Vd. dice, bueno es
saber todo eso, averiguarlo en tiempo.

--Poco ha murió la abuela. La madre (añadió balbuciente y más enrojecido
que nunca), la madre... Verdaderamente no sé a estas horas si vive o si
muere. De cualquier modo, de nada le valdría si viviera. En cuanto al
padre... ella no le tiene conocido... Es hija de la Real Casa Cuna.
¿Está V. S.?

--Bien. ¿Conoció Vd. a la abuela de persona?

--Sí, señor, la conocí, aunque nunca tuve trato íntimo con ella. Sería
largo de referir y ajeno de este lugar el detenerme en detalles. Me
consta, sin embargo, que para mujer de color (era parda) llevó vida
ejemplar, que practicaba la virtud, que se confesaba y comulgaba a
menudo, que criaba a la nieta en el santo temor de Dios, que la vigilaba
estrechamente, y, sobre todo, que no la consentía holgorios, devaneos
con mozuelos ni cortejos de ventana.

--Luego la muchacha de que se trata es bien criada, de vida honesta y no
ha dado aún qué decir.

--Así es la verdad; sólo que, como de raza híbrida, no hay que fiar
mucho en su virtud. Es mulatilla y ya se sabe que hija de gata, ratones
mata, y que por do salta la cabra, salta la que la mama.

--Bien dicho. Confesemos que nuestros refranes encierran gran fondo de
sabiduría. Confesemos también que nuestras mulatas, generalmente
hablando, son frágiles por naturaleza y por el deseo, ingénito en las
criaturas humanas, de ascender o mejorar de condición. Y he aquí la
clave para descifrar el por qué de su afición a los blancos y de su
esquivez para con los hombres de su propia raza. A bien que hablo con
persona que debe entenderme. Nadie como Vd. que, por su larga residencia
en el país, ya se ha _aplatanado_, habrá tenido mejores oportunidades de
observar la idiosincrasia de nuestra clase de color libre. Pero una
regla general, una fuerte presunción, una teoría, por plausible y
brillante que parezca, sobre la índole o aficiones de éstas o de esotras
gentes, no constituye hecho, no denuncia delito, siquiera cuasi-delito,
que es lo que penan las leyes y juzgan y castigan los tribunales de
justicia.

«Resumamos. Comparece Vd. ante mí, el Alcalde Mayor, en queja contra la
Valdés a quien acusa Vd. del cuasi delito de seducción y distracción
inferido a su primogénito de Vd., que se halla aun bajo la patria
potestad. Por ende, pide Vd. se lance un mandamiento de prisión contra
la seductora, y que, sin oírla, se la castigue, privándola de su
libertad. De acuerdo. Hasta aquí no hay irregularidad aparente, la
querella está fundada en derecho y Vd. le tiene excelente para no
consentir en que una pelandusca extravíe y pervierta a su hijo, mucho
más cuando sigue una carrera tan honrosa y noble como es la de la toga.
Aplaudo la vigilancia y severidad de principios que Vd. mantiene.

--Me confunde V. S., exclamó don Cándido, contento por la vuelta que, al
parecer, tomaba su pretensión. No merezco esos elogios. ¡Ca! No los
merezco ni por cien leguas.

--Pero (continuó con seriedad el Alcalde) como juez recto y de
conciencia, demando las pruebas del delito; espero que el actor haga
buena la acusación, interrogo para conocer los antecedentes y
consecuencias del reo, y lejos de provocar una sumaria condenatoria,
obtengo la más brillante declaración absolutoria. Permítame Vd., señor
don Cándido, que le diga con la franqueza que me caracteriza que Vd.
mismo, llevado sin duda del amor innato a la verdad y a la justicia,
abona la conducta de la acusada, hace cumplido elogio de su carácter, y
la vindica de toda imputación o mala fama; atándome las manos, por
supuesto, para proceder en justicia.

Abrumado don Cándido por la salida inesperada del juez, durante un buen
espacio de tiempo no atinó a decir palabra, sólo a estrujarse los dedos
e inclinar la cabeza. Luego dijo en voz tímida y confusa:

--Por mi madre, señor Alcalde, que nunca pude pensar fuese tan seria la
cosa. ¡Vaya que si lo es! ¡Pues no estaba yo engañado! De medio a medio.
Y suponía que no había más sino llegar y besar. O ¿no es que V. S. toma
el asunto por donde más quema, cual si dijéramos, a punta de lanza? No
estoy seguro, lo pienso nada más, señor don Fernando.

--Aun cuando sea siempre cosa seria (dijo el Alcalde con su acostumbrada
ecuanimidad), el lanzar mandamiento de prisión contra un individuo
cualquiera que sólo se sospecha haber cometido un delito, no es eso lo
que me detiene en el caso presente; me detiene el hecho de que Vd. mismo
con su franca declaración me ha quitado el asidero de que se podría
echar mano para proceder con las apariencias de legalidad. Deme Vd. el
asidero y le sirvo de la mejor gana, no obstante que sé le voy a causar
disgusto al amigo Leonardo, contribuyendo al plagio de su amiga.

--¡Maldito asidero! dijo don Cándido para sí. ¿Pues no se aparece a la
hora nona? Luego añadió alto: Tratárase de tablas sin nudos ni alabeos,
señor don Fernando, o de ladrillos sin caliches, o de tejas sin marras,
y me tendría V. S. más listo que un gerifalte. ¿Qué se me alcanza a mí
de asideros judiciales? Ni jota. ¿Por qué V. S. que sabe tanto, no le da
un corte al negocio y me saca del atolladero?

--Porque no sería eso legal, ni quedarían cubiertas las apariencias, a
lo menos en el fuero interno del juez. La sugestión debe venir de Vd.
Estaba entretanto pensando, señor don Cándido, suponga Vd. que doy orden
de arresto, que Vd. prende a la muchacha, que la mete en la cárcel o
logra Vd. esconderla por algún tiempo. ¿Ha meditado Vd. en las
consecuencias?

--¡Consecuencias! repitió el hacendado sorprendido. A fe que no he
pensado en ello. Ni me ocurre que me traiga consecuencias el paso... a
menos que haya un tonto que salga a su defensa.

--Precisamente, porque creo que le sobrarán los defensores, digo lo que
digo.

--Pues, ¿no he dicho a V. S. que es pobre, oscura, desconocida,
huérfana, sola en el mundo...?

--También me ha dicho Vd. de ella dos cosas que valen más que el dinero,
el nacimiento, el parentesco y las buenas relaciones: me contraigo a su
juventud y a su belleza. Recuerde Vd. las palabras de Cervantes; vienen
aquí de molde: «que también la hermosura tiene fuerza de despertar la
caridad dormida». Con tales adminículos no estará ella nunca sola en el
mundo.

--Contra esa sentencia de don Quijote, hay esta otra que no sé de quién
es: «Santo que no es visto, no es adorado». Dígolo, porque si logro
atraparla, cuenta V. S. con que la pondré donde no la vean ni los
pájaros.

--Repito a Vd. que la cosa no es tan fácil como parece a primera vista.
Ni ¿dónde la pondría Vd. que nadie la oyese, la viese, la compadeciese y
la amparase? Leonardo, si está de veras enamorado de ella, será el
primero en declararse su campeón, la buscará, la encontrará y la
salvará, mal que les pese a sus captores. ¿No sería, por tanto, más
derecho, más cuerdo y puesto en razón, que se deje quieta a la muchacha
en su casa y no provoque un conflicto? Quizás él la corteje por
pasatiempo, por capricho o porque no ha tropezado con otra que le guste
más. ¿Qué sabemos?

--Lo que yo me sé de memoria, señor don Fernando, es que mi hijo es muy
terco, tan terco como un vizcaíno, y que aunque no sea más que por
terquedad, todavía comete una locura y trae una desgracia a la familia.

--¡Desgracia! repitió el Alcalde admirado. No lo concibo. Dice Vd. que
la chica es bien criada, de estado honesto, linda, que puede pasar por
blanca, ¿qué mayor desgracia podría sobrevenirle a Vd., a la familia, a
Leonardo, en una palabra, si olvidado de sí mismo, cegado por la pasión,
en un momento de extravío toma por esposa a la Valdés?

--¿Por esposa dice V. S.? exclamó don Cándido con ademán fiero y tono
resuelto. Antes que tal haga, por Dios vivo que le desnuco de un
trancazo. No, no, yo se lo aseguro a V. S., él no se casará con la
Valdés.

--¿Cuál es, entonces, la desgracia que Vd. tanto teme?

--Para hablarle en plata, señor don Fernando, no recelo, ni me pasa por
la cabeza, que mi hijo lleve su fatuidad hasta el punto de tomar por
esposa a la Valdés; lo que temo, lo que miro como una gran desgracia
para la familia es que se la eche de querida. Estas mulatas son el
diablo.

--¿Conque no es otra la desgracia a que Vd. alude? preguntó el Alcalde
sonriendo. Mírese el asunto bajo el punto de vista que se quiera, o yo
soy muy obtuso que no alcanzo a descubrir el lado malo, o no es, ni ha
sido nunca, causa original de desgracia para una familia, sea cual fuere
su posición social, el que uno de los hijos solteros se eche de querida
a una moza de la clase inferior a la suya. Si no fuese así, señor don
Cándido, ¿qué familia sería feliz en la tierra? Todas tendrían que
lamentar igual o peor desgracia. En todo país de esclavos no es uno ni
elevado el tipo de la moralidad; las costumbres tienden, al contrario, a
la laxitud, y reinan, además, ideas raras, tergiversadas, monstruosas,
por decirlo así, respecto al honor y a la virtud de las mujeres.
Especialmente no se cree, ni se espera tampoco, que las de la raza
mezclada sean capaces de guardar recato, de ser honestas o esposas
legítimas de nadie. En concepto del vulgo, nacen predestinadas para
concubinas de los hombres de raza superior. Tal, en efecto, parece que
es su destino. Gracias, pues, debe Vd. dar a Dios de que no se le haya
metido en la cabeza a su hijo de Vd., que parece ser testarudo y
voluntarioso, el enredarse con una _negrita_. Esa sí que sería una
desgracia para la familia. Ahora bien, señor don Cándido, ¿por qué no
prohíbe Vd. a Leonardo que visite a la Valdés? Esto lo hallo más fácil y
puesto en razón, sobre todo, no tan ocasionado a escándalo. El culpable
es él que la solicita y persigue, no ella que se está quieta en su casa.
Y aquí entre nos, amigo don Cándido, tiene todos los visos de una
injusticia que Vd. pretenda el castigo de la víctima y la absolución del
victimario.

--El error nace de que V. S. supone inocente a la Valdés.

--¿Qué pruebas hay para suponer lo contrario?

--Varias. Entre otras, la de habérsela avisado que desistiera de esos
amores.

--¿Por medio de quién se la avisó?

--Por medio de la abuela.

--¿En nombre de quién?

--En... mi nombre.

--¿Y ella no hizo caso?

--¡Qué había de hacer la muy pizpireta! Peor la ha hecho desde entonces.

--La ha hecho divinamente.

--¡Cómo! ¿La apoya V. S. en su maldad?

--No tal, no la apoyo, le hago la justicia de creer que ama bien y
mucho, y opino que en los negocios del corazón no mandan las abuelas, ni
los padres de los amantes. Nada: es preciso darle un corte a este
asunto. Prohíbale Vd. a Leonardo que visite a la Valdés. ¿No es Vd. su
padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre él? ¿Sí? Prohibición absoluta; no
más visitas a la Valdés, y asunto concluido.

Quedose estupefacto don Cándido.

--¡Eh! Aquí te quiero ver, escopeta, pensó él. Vea Vd.; las mismísimas
preguntas que yo esperaba;--«¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd.
autoridad sobre su hijo?» Y es que tenía preparada una respuesta. Se ha
marchado. Sí, échale un galgo. Cabeza de chorlito, chorlito, chorlito...

--Señor don Fernando, añadió resueltamente, cortando de pronto el
monólogo. Carezco de palabras para explicarme con la debida claridad,
pero trataré de darme a entender. La prohibición que V. S. aconseja
no... puede hacerse...

--¿No sería impertinencia el preguntar?...

--Me expongo a que me desobedezca el muchacho.

--¿Es posible?

--Cierto. Sabe V. S., sin duda, cómo son las madres criollas con sus
hijos, principalmente con el primogénito, como sucede en mi caso. El
varón es la idolatría de Rosa. De tanto mimarle le tiene perdido, hecho
un badulaque, un camueso, irrespetuoso con los mayores y desobediente
conmigo. Su madre, sin embargo, se ha tragado que es un ángel, una
paloma sin hiel; no cree nada malo de él, y no consiente que nadie,
incluso yo, le toque a un pelo de la ropa. Por mí ya estaría en un barco
de guerra aguantando chicote. Apuradamente, no le da el naipe para los
estudios; y quiere la madre hacerle abogado, doctor de la Universidad,
oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe. ¡Qué sé yo cuánto más! En vano
la digo que, con nuestro caudal y el título de Casa Gamboa que espero de
un día a otro de Madrid, nuestro hijo no tiene necesidad de quebrarse la
cabeza con los libros. Aunque no sepa ni el cristus, ha de hacer papel
en el mundo. Pero ella está empeñada en hacerle hombre de letras menudas
y se saldrá con ello, o... revienta. Yo le digo, primero que tu hijo
llegue a abogado a doctor y oidor, tiene que hacerse Bachiller. Los
exámenes son en abril, y el mozo, por seguir tras la mozuela, no abre un
libro de derecho, no asiste a las clases. Luego, quisiéramos casarle, su
madre y yo, este mismo año, con una señorita muy virtuosa y agraciada,
hija de un paisano y antiguo amigo mío. Quizás sienta la cabeza y se
dedica a la administración de nuestros cuantiosos bienes. Ya vamos para
viejos mi mujer y yo, mañana o esotro día morimos los dos, que somos
hijos de la muerte. ¿Quién entonces tomará el timón? El, que es hombre,
no ninguna de sus hermanas, débiles mujeres y solteras aún. ¿Comprende
ahora V. S. cuál no será nuestra desgracia si nuestro primogénito, el
hijo que ha de llevar el nombre de la familia, el título de nobleza, la
administración de los bienes, etc., no estudia, no se recibe de
Bachiller, no se casa con la señorita con quien está comprometido, e
infatuado con la Valdés se la echa de querida? Sin el auxilio de V. S.,
en estas circunstancias aflictivas, ¿qué serán de la paz y de la
felicidad de mi familia?

--Pues hablara para mañana, señor don Cándido, exclamó el Alcalde. ¿Por
qué no hizo uso Vd. de esos argumentos desde el principio? El último,
sobre todo, no tiene réplica, lleva el convencimiento al ánimo más
reacio y frío. Me doy por vencido, y desde este punto me tiene Vd. a sus
órdenes. ¿Qué quiere Vd. que haga con la Valdés?

Extraña y honda impresión produjeron en el rico hacendado las últimas
palabras del Alcalde. Parado y cariacontecido se quedó por largo rato,
incapaz de bullir ni de hablar. ¿Qué le pasaba? Había realizado el
objeto de su solicitud. ¿Qué más podía apetecer? ¿Se había arrepentido
de la pretensión? ¿Empezaba a sentir el peso de la responsabilidad que
se iba a echar encima? ¿Dudaba del buen éxito de la medida? ¿Sentía
causarle gran pesar al hijo? ¿Hacerle grave injusticia a la moza? ¿Temía
ahora al escándalo? No es fácil explicarlo. El mismo, si le hubiesen
preguntado, no habría podido dar cuenta de sus sentimientos.

Como notase el Alcalde su perplejidad, repitió la anterior pregunta con
mayor énfasis.

--No sé, respondió don Cándido a espacio; no sé verdaderamente. Lo que
es en la cárcel... lo pensaría mucho. Sería demasiado para la pobre
muchacha. Estaba pensando que en mi potrero de Hoyo Colorado... El
Mayoral es casado, con hijos pequeños, y ese punto dista buen trecho;
pero se ofrecen varias dificultades, grandes, insuperables. No, no, tal
vez convendría más ponerla en el ingenio de un amigo mío que ya conoce a
la chica y está enterado... Aquí cerca: en Jaimanita. El también es
casado... entrado en años. Incapaz... ¿Qué cree V. S.?

--Yo no creo nada, señor don Cándido; Vd. es el que debe pensar y
resolver. A mí me toca dar la orden de arresto tan luego como se me pida
en toda forma.

--¿Qué quiere decir V. S. «con toda forma»?

--Quiero decir, espero que la parte interesada me presente la queja por
escrito.

--¿Pues no ha oído V. S. mi queja en toda forma?

--No basta eso, es preciso reducirla a escrito.

--¿Y tendría que firmarse?

--Por supuesto.

--Que me emplumen si me había pasado por la mente que se exigían tantos
requisitos... ¿No podría hacerse la cosa de otra manera,
extrajudicialmente? Le tengo miedo a las formalidades judiciales.

--En esta clase de delitos no se puede proceder de oficio. Para que Vd.
vea que deseo servirle, voy a indicarle un medio.

--Veamos. V. S. sabe de estas cosas más que yo.

--¿En qué barrio reside la Valdés?

--En el del Ángel.

--¿Conoce Vd. al Comisario?

--Sí, señor. Entiendo que es Cantalapiedra.

--El mismo. Ahora bien. Véale Vd., preséntele la queja y dígale que me
pase un oficio comprensivo del caso. El sabe cómo se redactan esos
documentos.

--Bien, le veré hoy mismo; ¿mas no habría modo de evitar que apareciera
mi nombre?

--No importa, hombre, replicó O'Reilly casi enfadado. La cosa no pasará
de nosotros tres. Al oficio le doy yo carpetazo apenas lo leo; al
Comisario se le tapa la boca y se le estimula a obrar con discreción y
celo poniéndole unas cuantas amarillas en la mano, y Vd., sabido se
tiene que al buen callar llaman Sancho.

--Entiendo. ¿Dónde ponemos a la chica?

--Eso corre de mi cuenta. Será en un lugar donde no corra peligro su
honestidad ni su persona, al mismo tiempo que esté segura y nadie pueda
extraerla sin mi permiso, o el de Vd.

--No será en la cárcel.

--No, de seguro que ahí no.

--Menos en Paula.

--Tampoco en Paula, y por obvias razones. En fin, la pondré en las
Recogidas, en el barrio de San Isidro, bien recomendada a la madre.

--Está bien. Ahí no entran mozuelos, supongo.

--No, que yo sepa. Tal vez uno que otro empleado. Ahora bien, ¿por
cuánto tiempo se la encierra?

--Por seis meses.

--Corriente: por seis meses.

--A ver. Pienso que será mejor un año. Largo tiempo es; pero mi hijo no
se recibirá de Bachiller hasta abril y no se casará hasta noviembre. Sí,
por un año...

--Hecho. En cuanto a mí, concluyó diciendo el Alcalde con solemnidad, lo
de menos es el término del encierro, lo demás es la sinrazón, la
tropelía, la arbitrariedad que se comete con esa muchacha. Entiéndalo
Vd., don Cándido, no hago esto por consideraciones a Vd., con cuya
amistad me honro, hágolo por respeto a las frases finales de su anterior
peroración, «por la paz y la felicidad de la familia», cosas para mí
sagradas.



CAPÍTULO VI

     _Querer estorbar el paso
      a dos que se quieren bien,
      es echarle leña al fuego
      y sentarse a verlo arder._

          Canción popular


A pretexto de tener que sacar a cierto amigo de un compromiso de honor,
logró Leonardo que su bonísima madre le hiciese un préstamo irredimible
de cincuenta onzas de oro, de su caja particular.

Con este dinerillo se apresuró el joven a tomar en alquiler una pequeña
casa en la calle de Las Damas, y con la misma premura se ocupó del
ajuar. Nada olvidó; ni se hizo de las cosas que creyó necesarias en un
solo establecimiento central, que no los había entonces en La Habana.
Para ello visitó los baratillos de la Plaza Vieja; las ferreterías de la
calle de Mercaderes; las hojalaterías de la de San Ignacio; las locerías
de la de Riela o Muralla; una mueblería de segunda mano de la de San
Isidro y otros más cercanos a su nueva casa.

Cosa extraña en verdad que este mozo, viva encarnación de la pereza, la
volubilidad y el egoísmo, en un momento dado desplegase la actividad, la
delicadeza, el tino y la inteligencia de la hacendosa y más consumada
ama de llaves. Pero era que le movía una pasión desaforada y que le
inspiraba la imagen hechicera de la joven cuya ruina había decidido en
los recesos más oscuros de su corazón salaz.

Completados estos arreglos y altamente satisfecho de su obra, salió una
tardecita del ventoso marzo, cerró la puerta, se metió la ponderosa
llave de hierro en la faltriquera de la casaca, y a paso ligero,
palpitándole el corazón más de lo usual, fue en busca del ave rara que
decía adornar con su bello plumaje aquella jaula y convertirla en un
paraíso con sus trinos de amor.

Pero en vez del ave rara, tras la cual corría en alas del deseo, se
encontró con una especie de arpía, con Nemesia, parada y fría en medio
de la sala de la casa, en el callejón de la Bomba, cual estatua de
llorona en el cementerio. Reprimió él cuanto le fue dable su disgusto, y
se esforzó en ser más amable y fino con la compañera y amiga de Cecilia.

--¿Qué dice mi mulata santa?, la preguntó haciéndola una rendida
cortesía.

--Esta mulata no dice nada porque no es santa, contestó ella sin
moverse.

--Entonces diré yo, agregó Leonardo risueño.

--El caballero puede decir lo que guste.

--¿Tienes tú hoy el moño tuerto?, preguntó el joven examinándole la cara
de cerca.

--No más que ayer ni que otras veces.

--Nene, ésa es grilla, y si la pisan chilla. Tienes la cara más seria
que un _chico_ de especias.[58]

--Alabo la penetración del caballero.

--Sobre que pasa de castaño oscuro.

--No siempre está la marea para tafetanes. (Quiso decir la Magdalena).

--Habla, canta claro, mulata de mis culpas, añadió alto Leonardo para
que le oyese Cecilia si estaba en el aposento inmediato. No me gustan
los tapujos.

--Ni a mí tampoco, repuso Nemesia.

--En fin, Nene, si tu enfurruñamiento es conmigo, desembucha,
desembucha. Mientras más pronto mejor, porque temo más tu enojo que a
una espada desnuda.

--No se le conoce al caballero, pues hace lo que hace.

--¿Y qué hago yo?

--¿Me lo pregunta a mí? Meta la mano en su pecho.

--La meto hasta el codo y nada me revela, al menos contra ti.

--Contra mí no, contra Dios y la Virgen, que miran al caballero desde el
cielo.

--¿Hablas de veras? Ni que hubiera yo cometido un gran pecado sin
saberlo.

--Así parece cuando acabado de hacer lo que ha hecho, se presenta el
caballero en esta casa tan fresco como si no hubiera _rompido_ un plato.

--¿Pues no voy entrando en cuidado?

--Menos lo da a entender el caballero.

--Uno de los dos ha debido perder el juicio. Acabemos de una vez: llama
a Celia.

--¿Qué la llame, eh?, exclamó Nemesia con sarcástica sonrisa. ¡Qué valor
tiene el caballero!

--¿Se necesita de valor acaso para rogarte que llames a tu queridísima
amiga?

--Para lo que se necesita de valor, de mucho valor, es para preguntar
por Celia la persona que sabe donde está ella.

--¿Y yo lo sé mejor que tú? Vamos, doña Josefa o doña Nemesia, no me
haga eso. Tú te burlas.

--Quien tiene la sangre como agua para chocolate no puede burlarse.

--Pues si no está aquí Celia, ¿dónde se halla? preguntó Leonardo
verdaderamente alarmado.

--Le digo al caballero, repuso Nemesia enfadada, que yo no nací ayer, ni
me mamo el dedo.

--Por Dios bendito, Nene, te juro que no sé de Celia desde hace cuatro
días. ¿Se han peleado Vds.? ¿La ha mortificado tu hermano? ¡Ah! Dime,
dime, por lo que más quieras en este mundo, ¿qué ha pasado entre Vds.?
¿Qué sabes tú?

Empezó Nemesia entonces a creer en la sinceridad de las palabras
angustiosas del joven, y dijo llorando:

--No me hallaba presente, y me alegro ahora, porque no sé qué hubiera
hecho yo para impedir que se llevaran a Celia.

--¡Qué se la llevaran! repitió Leonardo aterrado y colérico. ¿Quién ha
podido llevársela contra su voluntad?

--_Me se_ figura que ella del susto perdió las fuerzas.

--¡Susto! ¿Por qué? ¿De quién?

--Del Comisario.

--¿Qué tenía que ver el Comisario con Celia?

--Vino a prenderla.

--¿A prenderla sin haber cometido delito? No puede ser... ¡Ah! Aquí ha
habido un engaño, una intriga, un complot infame para arrebatarme a mi
Celia. Cuéntame lo sucedido, todo.

--No me hallaba presente, repitió, pero una mujer de la casa, que vio
cómo pasó la cosa, me contó que ayer por la tarde entró de repente
Cantalapiedra, preguntó por Celia, y en cuanto ella salió, le dijo que
estaba presa, la cogió por un brazo, y sin más se la llevó para no se
sabe donde.

--Lo extraño es que Celia se dejara prender sin defenderse, sin
averiguar el motivo de la prisión. ¡Ni que hubiera estado ella de
acuerdo y avisada! Cosa que me resisto a creer. ¡Ay del miserable
esbirro que le puso la mano encima! ¿No sabes a donde la llevaron?

--Nada hemos podido averiguar yo y José Dolores. El Comisario se llevó a
Celia en una volante.

--¡Qué intriga! Tan infame como audaz. Pero averiguaré la verdad, y sea
el que fuere el autor del ultraje, me la pagará con las setenas.

Sin más, partió Leonardo a la carrera en busca del comisario
Cantalapiedra, quien, según hemos dicho, vivía en el recuesto de la loma
del Ángel, por el lado que mira a la Muralla. No se hallaba en casa, y
la querida informó al joven que era posible estuviese en el palacio de
Gobierno recibiendo órdenes.

Yendo, pues, Leonardo en esa dirección, ocurriole que, si Cecilia había
sido presa por mandamiento del juez, no podían haberla conducido a otro
lugar que a la cárcel (situada entonces en el ángulo sudoeste del
palacio de la Capitanía General) y se detuvo delante de la reja.

Detrás de ella, mejor, en la jaula formada por las dos rejas de hierro,
había de pie un hombre mal vestido y de peor catadura. A fin de obtener
una respuesta categórica, se encaró con él Leonardo y le preguntó con
aire y tono de autoridad:

--¿Sabe Vd. si han traído ayer presa a esta Real Cárcel a una muchacha
blanca, bonita, vestida de luto...?

--No sé, contestó el hombre. Soy el segundo llavero y ayer no estaba de
guardia. Vea el señor en el libro del Alcaide.

--La alcaidía está cerrada.

--Eso es que el Alcaide ha ido a manducar. Tendrá el señor que esperar
hasta mañana. Porque yo sólo aguardo por el campanazo de la Fuerza para
entregar la cárcel al oficial del retén y guiñarme.

--¿Quién es aquel negro que sostiene una viva conversación con otros
presos en medio del patio?

--¿Cuál dice el señor? ¿El de la chupa blanca?

--Sí, ese mismo.

--A ése lo denominan Jaruco.

--¿Nombre supuesto, no?

--Pues, su nombre legítimo no es Jaruco, es pegado; pero _asina_ se le
puso en el libro y _asina_ se denominará mientras esté en esta Real
Cárcel. _Dende_ antier entró en _gayola_. ¿Lo conoce el señor?

--Me parece que sí. Llámele Vd. a la reja, si no hay inconveniente.

--No hay embarazo, porque aunque está incomunicado, ya no tenemos
bartolinas para tantos presos. ¡Eh de Jaruco! gritó el llavero desde su
puesto.

Y repetida la palabra por otros presos en el mismo tono de voz, se
acercó Jaruco; reconociéndose sin dificultad el amo y el esclavo.
Entrole a éste tan fuerte temblor convulsivo, que tuvo que agarrarse con
entrambas manos a la reja.

--Sumerced me eche la bendición, balbuceó anegado en lágrimas.

--¿Por qué lloras?, le preguntó Leonardo colérico.

--Lloro, niño Leonardito, recordando el mal rato que le habré dado a la
familia con mi ausencia.

--¿Con tu ausencia, perro? Con tu fuga.

--Niño, yo no me huí. Mi salida de casa la víspera de Nochebuena tuvo
por objeto asistir a un baile de la gente de color allá afuera. A la
vuelta para la ciudad tuve una tragedia con un mulato. Fui herido en el
pecho, me recogió un conocido en la calle y me llevó al cuarto en que
vivía. Mientras me curaba se pasó el tiempo. Después me sucedió esta
desgracia.

--¿Qué desgracia?

--La de esta prisión injusta. Todos los hombres estamos expuestos a un
golpe de mala suerte.

--De mala suerte, no, de mala cabeza. Está visto, Dionisio, que ustedes
los negros no quieren por bien sino por mal. Si mamá te hubiera
despachado para el ingenio cuando hiciste aquella perrada de marras, no
te verías ahora en la cárcel. ¿De qué delito te acusan?

--Todavía ignoro la causa de mi prisión, niño Leonardito.

--¿La ignoras, eh? ¿No será por la muerte de Tondá?

--Puede ser que me levanten ese falso testimonio, niño; porque quien
está de mala se cae de sus pies y se mata. Hágase el cargo, niño, que yo
estaba muy tranquilo, cosiendo zapatos en una zapatería de la calle de
Manrique, cuando se presentó a la puerta el capitán Tondá. Desde que lo
vi llegar conocí que venía a buscarme, y traté de escabullirme. Se apeó
del caballo y me fui para él como si quisiera entregarme. A la puerta de
la tienda había una volante parada y me escurrí por entre ella y la
pared de la casa. Tondá me cayó atrás gritando:--¡Date, date! ¡Ataja!
Tropezó con una piedra, cayó sobre el sable que llevaba desnudo y se
hirió en la barriga. ¿Tuve la culpa de su muerte?

--¿Quién te prendió?

--El Capitán pedáneo de la Salud. Me cogió cuando yo salía para mi
trabajo.

--Supongo que te dijo por qué te prendía.

--Ni palabra. Sólo me dijo que tenía orden de cogerme, vivo o muerto.

--En buena te has metido, Dionisio. Será mucho y darás gracias a Dios si
de ésta escapas con el pellejo.

--Sea lo que Dios y la Virgen quieran. Fío en mi inocencia. ¿Pero no
cree el niño que el amo y Señorita harán algo por mí?

--¿Hacer? Nada. No lo esperes. ¡Por cierto que te has portado
decentemente con tus amos! Por ellos, por la familia toda, por ti mismo,
Dionisio, será mejor que te tuerzan el pescuezo en el campo de la Punta.
Con eso no volverás a insultar a las niñas blancas.

--¿Yo, niño yo he insultado a alguna niña blanca o de color? No, niño
Leonardito, no tengo conciencia de haber insultado a ninguna.

--¿Y aquélla que fue la causa de tu riña con el mulato a la salida del
baile?

--Yo no la insulté, niño. Por los huesos de mi madre que yo no le dije
una mala palabra. Le pedí un minué, me dijo que estaba cansada y luego
salió a bailar con José Dolores Pimienta. Me quejé a ella del desaire,
tomó él su defensa, nos trabamos de palabras y nos batimos en la calle.

--Si te dejan hablar no te ahorcan. A otra cosa. ¿Sabes si han traído
aquí presa a la misma joven de tu tragedia con Pimienta?

--Estoy seguro que no está aquí. Apenas pone un preso el pie en el
patio, se publica y circula su nombre a gritos.

--Dios te proteja, Dionisio.

--Niño, por caridad, una palabra más. Recuerdo que debo entregar a su
merced una prenda que le pertenece.

--¿Qué prenda? Acaba pronto, prontito.

--Tenía yo en la faltriquera, con la esperanza de entregárselo algún
día, el reloj que Señorita le regaló a su merced el año pasado; pero me
lo quitaron al entrar en esta cárcel. Debe de estar en manos del
Alcaide.

Contó Dionisio, en las menos palabras, el cómo y cuándo vino a su poder
el reloj, y dijo conmovido al retirarse su joven amo:

--¿Podría decirme el niño cómo está María de Regla?

--Mamá la trajo del ingenio. Se halla ahora en la ciudad ganando jornal.
¿No la has visto?

--No, señor. Esta es la primera noticia que tengo de su venida. ¿Por qué
Dios no quiso que tropezara con ella? No me vería hoy en esta cárcel. Me
hubiera servido de madrina para con Señorita y estaría cocinando en
casa.

Ya de noche volvió Leonardo a casa del Comisario y le sorprendió en el
acto de sentarse a la mesa a cenar con su querida.

--¡Hola! ¡Tanto bueno por aquí! exclamó Cantalapiedra muy risueño, yendo
al encuentro de Leonardo, con la mano abierta y tendida.

--Me alegro de encontrarle, dijo éste serio y frío, haciendo como que no
había reparado en la demostración amistosa del Comisario.

--Le aguardaba, añadió Cantalapiedra disimulando la mala impresión del
desaire hecho. Fermina acababa de decirme que Vd. había honrado con su
presencia este humilde albergue.

--¿Puedo hablar dos palabras con Vd.?

--Y doscientas también, señor don Leonardito. Sabe Vd. que soy su más
obediente ser