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Title: Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III
Author: Schack, Adolf Friedrich von, 1815-1894
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III" ***

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DE LA LITERATURA Y DEL ARTE DRAMÁTICO EN ESPAÑA, TOMO III ***



produced from images generously made available by the
Digital & Multimedia Center, Michigan State University
Libraries.)



COLECCIÓN
DE
ESCRITORES CASTELLANOS

CRÍTICOS



HISTORIA
DE
LA LITERATURA
Y DEL ARTE DRAMÁTICO
EN ESPAÑA

III

       TIRADAS ESPECIALES

  100 ejemplares en papel de hilo, del      1 al 100.
  25      "      en papel China, del        I al XXV.
  25      "      en papel Japón, del        XXVI al L.

[Illustration: COLECCION DE ESCRITORES CASTELLANOS]

HISTORIA
DE
LA LITERATURA
Y DEL ARTE DRAMÁTICO
EN ESPAÑA

POR

ADOLFO FEDERICO
CONDE DE SCHACK

traducida directamente del alemán al castellano
POR
EDUARDO DE MIER

TOMO III

MADRID

IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TELLO
_Impresor de Cámara de S. M._

Don Evaristo, 8
1887



CAPÍTULO XII.

     Clasificación de las comedias de Lope, y crítica particular de
     algunas.--_El conde Fernán González._--_El casamiento en la
     muerte._--_Las doncellas de Simancas._--_Los Benavides._--_El
     Príncipe despeñado._


En lo relativo á su método de desarrollar los dramas, se observan
notables diferencias, según corresponden á períodos anteriores ó
posteriores. Se comprende, sin esfuerzo, que es imposible trazar entre
unos y otros una línea cronológica divisoria; pero consta del prólogo de
su _Peregrino_ cuáles han sido escritos antes de 1604, y notamos en
ellos tantos rasgos generales comunes, que nos facilitan el señalar
entre los restantes á aquéllos que, por su carácter y concordancias, han
de considerarse como sus trabajos más antiguos. Los signos que
distinguen á estas comedias, pertenecientes á la primera mitad de la
carrera dramática de Lope, son los siguientes: profusión de imágenes,
sentimientos y pasiones; acumulación de unos sucesos sobre otros;
muchedumbre de personajes, hechos é incidentes; en una palabra,
abundante riqueza en la acción, aunque sin distribución juiciosa y
debida economía. Muévese todo con celeridad arrebatadora; suprímense por
completo los largos discursos; el diálogo es rápido y de acritud casi
epigramática. La exposición del asunto no se hace por relación de algún
personaje, sino que forma parte de la acción en las primeras escenas. En
cuanto al lenguaje, se observa que las combinaciones métricas más usadas
son las redondillas y quintillas, empleando también con frecuencia
yámbicos de seis pies, sin rima; el romance, al contrario, se ve pocas
veces, y ordinariamente sólo en las narraciones. _Los tres diamantes_ y
_La fuerza lastimosa_, pueden considerarse como tipos del período más
antiguo de las composiciones de Lope. En las del último se sujeta la
acción á un orden mejor dispuesto: sin perjudicar al curso y á la
movilidad del enredo, se nota una pintura y gradación más delicada en
los detalles; reina más claridad en los afectos y determinaciones de los
personajes y en la transición de unas pasiones á otras; hay también más
simetría en la relación de las partes con el todo y en la agrupación de
los personajes. Renúnciase al propósito de presentarlo todo á la vista
de los espectadores, hasta las circunstancias más insignificantes; si en
las obras anteriores se intercalan escenas inoportunas que interrumpen
la acción principal, y que podrían suprimirse sin violencia, en las
posteriores se sustituyen con las relaciones que hacen los personajes.
Los endecasílabos, no rimados, desaparecen casi enteramente, y en cambio
predomina el romance, que se usa también en el diálogo. _La discreta
enamorada_ y _La dama melindrosa_ personifican esta clase. No es
necesario advertir que Lope conserva hasta el fin de su carrera
dramática la exuberancia y vivo fuego de su imaginación, y su habilidad
para inventar y trazar los planes de sus obras. _La moza de cántaro_, en
la cual dice haber escrito 1.500 comedias, y _Las bizarrías de Belisa_,
á cuya conclusión manifiesta haberse consagrado de nuevo á las musas, á
quienes había abandonado, son dos composiciones de los últimos años de
su vida, por cierto de las más bellas.

Si, con relación á sus argumentos, nos hacemos cargo de la multitud
innumerable de sus dramas, se nos presenta en primer término una larga
serie de cuadros, fundados en la historia ó en la tradición nacional.
Ardientemente inspiraban á Lope los sucesos de su patria, y jamás
desaprovecha las ocasiones que se le presentan de perpetuar el renombre
y el honor de su nación, y de pintar con los más brillantes colores las
hazañas de los héroes españoles. El número y variedad de estas obras
suyas es tan prodigioso, que de las existentes se puede formar una
galería casi completa de todos los cuadros más importantes de la
historia de España. Observamos, pues (para indicar tan sólo algunos
principales), en _La amistad pagada_, la lucha de los antiguos cántabros
contra el poder romano; en _El Rey Wamba_, los anárquicos desórdenes de
la monarquía gótica amenazando desplomarse; en _El último Godo de
España_, la traición del conde D. Julián, la muerte de Rodrigo y la
victoria de las armas mahometanas; en _El primer Rey de Castilla_, los
primeros triunfos de la nueva y vigorosa monarquía cristiana; en _Las
almenas de Toro_, las disensiones entre D. Sancho y sus dos hermanas
Doña Urraca y Doña Elvira, su asesinato por Vellido Dolfos, y al Cid
como al héroe castellano más famoso; en _El sol parado_, las gloriosas
expediciones guerreras de San Fernando; en _Lo cierto por lo dudoso_,
los primeros gérmenes de discordia entre Don Pedro _el Cruel_ y Enrique
de Trastamara, que habían de terminar tan trágicamente; en _Los Ramírez
de Arellano_, el horrible fratricidio cometido en los campos de Montiel;
en _El milagro por los celos_, los tiempos de D. Juan II en uno de sus
más notables sucesos, que fué la caída de D. Álvaro de Luna; en _El
piadoso aragonés_, la historia del desdichado Carlos de Viana, aunque no
exento de culpa; los dos levantamientos contra su padre, su prisión, y
al fin, su trágica muerte, á consecuencia de la cual subió Fernando _el
Católico_ al trono de Aragón; en _El cerco de Santa Fe_, la gloriosa
lucha que acabó con el último baluarte mahometano en la Península; por
último, en _La victoria del Marqués de Santa Cruz_, una guerra en que
tomó parte, en su juventud, el mismo poeta.

No es posible dividir rigurosamente estas obras en históricas y
tradicionales, confundiéndose la tradición y la historia en las leyendas
más antiguas, y mezclándose á menudo con los sucesos más recientes
algunas tradiciones de que no habla la historia, ó las invenciones del
poeta. Pero si ha de denominarse drama histórico al que aparece lleno
del espíritu de la historia, representando los sucesos más importantes
de ciertas épocas, bajo su verdadero punto de vista, es menester
calificar con este dictado á innumerables dramas de Lope, y aun asegurar
que acaso en ninguna otra literatura los haya en su género tan
excelentes. Observamos que el poeta sabe penetrar en el espíritu de los
tiempos pasados; que infunde nueva vida á generaciones humanas, que han
desaparecido de la tierra; que se da traza de crear una imagen fiel de
la vida en su centro más característico, y que en el florecimiento y
caída de otros hombres nos deja adivinar la misteriosa trama, las
creaciones y los estragos del sér que anima al orbe. La claridad con que
nos ofrece los hechos y sucesos de otras épocas, la exactitud con que
imprime tono y colorido á los tiempos más diversos, excita, sin duda,
nuestra admiración, y hasta algunas obras de esta clase arrojan más luz
sobre los períodos á que se refieren, que las crónicas ó áridas
compilaciones de los historiógrafos. Como si les inspirase vida real y
verdadera, hace pasar delante de nuestros ojos la existencia completa de
ciertas épocas, sus pasiones, deseos y relaciones distintas, y las
clases variadas que constituyen á la nobleza y al pueblo. Su propósito
de representar cada período con su colorido especial, se manifiesta á
veces hasta en el lenguaje, como sucede en la comedia titulada _Las
famosas asturianas_, escrita en el estilo que distingue á los más
antiguos monumentos de la literatura castellana. Muchos otros detalles
de poca importancia, que sólo se aprecian estudiándolos con cuidado,
prueban sus profundas y eruditas investigaciones históricas. Ha de
atribuirse, sin embargo, á un don adivinatorio singular, á su intuición
poética, que nos lo ofrezca todo tan claro y perceptible, como si
creyésemos haberlo presenciado realmente.

Del particular agrado de Lope hubieron de ser las pinturas de los
tiempos del primer renacimiento del imperio hispano-cristiano.
Complácese en retratarnos aquellos antiguos castellanos rústicamente
sencillos, que ejercían en sus súbditos patriarcal autoridad, ya
labrasen sus campos, ya desenvainasen la espada contra los infieles.
Todos estos cuadros, que, por ejemplo, se observan en _Los Prados de
León_, en _Los Tellos de Meneses_, en _Los Benavides_ y en otras muchas
comedias suyas, son tan lozanos y enérgicos, que á no estar
completamente estragado por las descoloridas imágenes, que en nuestros
tiempos se han vendido por poesía, no se puede menos de tributarles
nuestra sincera admiración; y por mucho que se repitan, siempre parece
nueva la impresión que nos hacen. La verdadera gracia, el encanto mágico
de la pura poesía pastoral, se confunde en ellos con la más grave
solemnidad de la heróica. Ninguno como Lope ha representado todo el
robusto germen de la nación española; sus sentimientos sencillos,
humildes y religiosos, su suficiencia, sus afectos, nacidos en el seno
de la libertad, y su decisión en defender á cada instante, al precio de
su sangre y de su fortuna, sus piadosas creencias. La materia y la
forma se unen en ellos de la manera más íntima: nótase una facilidad tal
en su colorido, tanta naturalidad é imparcialidad, como suele observarse
sólo en las obras poéticas populares. Sus caballeros no hablan mucho,
pero sus palabras son graves; á los dichos suceden al punto los hechos,
y se llevan á cima las hazañas más extraordinarias como si fuesen
pequeñeces de poca monta. Figúrasenos que los antiguos caballeros,
cubiertos de hierro y armados con su yelmo y su escudo, se levantan de
sus tumbas, ó que tornan á la vida desde los sepulcros marmóreos de la
catedral de Burgos. Todo es gigantesco en estos cuadros: la indomable
voluntad y la fuerza férrea de sus personajes, como la noble hidalguía y
el recato de las señoras, las más eminentes virtudes, como las pasiones
violentas y los crímenes. ¡Y qué diferencias características en todas
estas creaciones! Al lado de la grandeza de alma y de la experiencia del
anciano, la temeraria obstinacion del joven. ¡Qué rasgos individuales
distinguen hasta á los personajes subalternos, clérigos y monjes,
labradores y pastores, generales y guerreros! Característico también de
la época en que se supone ocurrir la acción, es la fiereza y la bravura
pendenciera, casi brutal, de que se hallan dotados los héroes
especiales, como, por ejemplo, Bernardo del Carpio y Mudarra, que los
asemeja de una manera chocante con el Hotspur y el bastardo
Faulconbridge, de Shakespeare. La exposición desordenada y abrupta de la
fábula se harmoniza á maravilla con el conjunto. ¡Y cuán delicada y cuán
inseparable del carácter español es la mezcla de orgullo hinchado y de
amorosa resignación, de arrebatos producidos por la justicia de que los
personajes se creen asistidos, de veneración por los deberes que la
lealtad les impone, y á los cuales todo se subordina; de nobleza y de
barbarie, de invariable constancia en las amistades y de los odios más
tenaces! ¡Cuán característica su devoción, que, á modo de himno que se
eleva en medio de la tempestad, resuena entre el estruendo de las luchas
de tan enérgicas poesías! Por último, si examinamos la acción en su
totalidad, ¡cuán rápido es su curso, cuánta vida y animación en sus
partes! ¡Cuán completa es la ilusión que nos arrastra en medio de la
existencia más agitada, entre estos grupos que pasan con rapidez ante
nuestros ojos, entre estas escenas guerreras cuyo belicoso tumulto
creemos escuchar! Y después, cuando nos imaginamos que vivimos con los
moros y que asistimos á las escenas de su vida, como en _El hijo de
Reduán_, en _El bastardo Mudarra_, etc., ¡cuánto fuego y pompa
oriental, qué gradación de colores tan voluptuosa, qué efectos en los
contrastes de ostentoso orgullo y de sensualismo, por una parte, y
cuánta sencillez y cuánta fuerza, por otra!

Para comprender rectamente estos dramas, menester es que no olvidemos su
inmediato origen de los gérmenes que forman la poesía popular. La última
comedia mencionada, por ejemplo, cuyo argumento es la historia de los
infantes de Lara y su sangrienta muerte; después _El conde Fernán
González_, en la cual aparece el famoso héroe nacional castellano,
celebrado ya en la epopeya del siglo XIV, y los dos, cuyo protagonista
es Bernardo del Carpio, á saber _El casamiento en la muerte_ y _Las
mocedades de Bernardo del Carpio_, se ajustan estrechamente á antiguos
romances, que se conservan, cuyas palabras se copian á veces en ellos.
En otros no es fácil indicar su origen, aunque indudablemente provengan
de leyendas nacionales olvidadas, como _Las doncellas de Simancas_,
comedia de las más brillantes y magníficas de Lope, que celebra á las
jóvenes de Simancas, á cuya grandeza de alma se debió que su patria se
libertase del vergonzoso tributo de las cien doncellas, que los
cristianos habían de pagar anualmente á los infieles[1]; _El primer
Fajardo_, _El Príncipe despeñado_, etc. No se crea por esto que se
disminuya en algo el mérito de Lope por ajustarse á la tradición:
reálzalo, al contrario, la discreción con que utiliza sus materiales, y
hasta se le puede llamar, con justicia, el más perfecto de los poetas
populares, y defender que sus obras son el remate de la poesía nacional
y su más brillante corona.

En breves palabras expondremos el argumento de algunas de estas
comedias.

_El conde Fernán González_ describe la naciente grandeza y la
independencia de los condes de Castilla, sujetos antes al dominio de
León. En la escena primera vemos al conde Fernán González, que se ha
extraviado cazando, y que pide hospitalidad á un piadoso ermitaño.
Anúnciale éste su próxima victoria y la futura fama de Castilla. El
séquito del Conde, inquieto por su suerte, lo encuentra al cabo, y le
participa la noticia de haber atacado los moros á los cristianos. Al
oirla, se apresuran todos á tomar parte en la lid, mandados por tan
famoso héroe, y acompañados de las bendiciones del anacoreta. Las
escenas que siguen inmediatamente á éstas, pintan los estragos hechos
por el enemigo, los ayes de los habitantes de las aldeas, y luego la
brillante victoria de Fernán González, que, á la conclusión del primer
acto, es solemnizada con alegres fiestas por los aldeanos. En el acto
segundo aparece el Conde en León, á donde ha sido invitado para asistir
á las Cortes. La Reina quiere vengarse de él por haber dado muerte á su
hermano el Rey de Navarra; indúcelo á encaminarse á Navarra para
desposarse con una Princesa del país; pero apenas llega el Conde á
Pamplona, accediendo á su invitación, cuando es encerrado en la cárcel.
Sin caudillo entonces los castellanos, son oprimidos por sus enemigos
por todas partes; pero hacen una imagen del Conde de tamaño natural, que
marcha á la cabeza del ejército, y á la cual juran solemnemente seguir
hasta la muerte. Basta la imagen del famoso capitán para infundir miedo
en los moros y dar la victoria á los castellanos. No hay después
necesidad de libertarlo con violencia, porque, con ayuda de la Infanta
de Navarra, se ha evadido de su prisión, juntándose, sin contratiempo, á
sus leales súbditos, y desposándose en seguida con su libertadora. En el
acto tercero aparece el Conde de nuevo en León para cumplir sus deberes.
Disputa con la Reina, y en castigo, es duramente aprisionado; su fiel
esposa viene otra vez en su auxilio, visítalo en la cárcel, trueca con
él sus vestidos, y le facilita la huída, quedándose en su lugar. Fernán
González, no creyéndose en la obligación de guardar más tiempo fidelidad
á sus Reyes, viéndose tan indignamente tratado, toma sin rebozo las
armas contra León; vence á los leoneses, y, después de abrazar á su
esposa, dicta á sus Reyes las condiciones de paz. El soberano de León,
muchos años antes, le había comprado un bello corcel árabe, obligándose
á pagar el doble del precio por cada día que retardase la entrega. El
Conde pide, pues, el pago de esta suma atrasada, ó el reconocimiento de
la completa independencia de Castilla; pero la suma es tan considerable,
que el reino entero de León no es bastante para satisfacerla, y el
Monarca se ve en la necesidad de declarar que los Condes de Castilla,
sus antiguos súbditos, quedan libres de todo vasallaje, y serán, en
adelante, únicos señores de sus dominios.

_El casamiento en la muerte._ Jimena, hermana del rey Alfonso _el
Casto_, ha dado á luz del conde de Saldaña, con quien tenía relaciones
ilícitas, un hijo llamado Bernardo del Carpio. El Rey, furioso con los
amores de su hermana, la obliga á refugiarse en un monasterio; encierra
al Conde en una obscura prisión, y educa al hijo en una absoluta
ignorancia de cuáles fueron sus padres. Bernardo se distingue entre
todos los mancebos en los ejercicios caballerescos, y en breve es el
caballero de más fama por su valor y por su osadía. Alfonso, puesto en
aprieto por los moros, pide ayuda al emperador Carlomagno, prometiéndole
en premio concederle por su auxilio una parte de su reino. Semejante
acuerdo mueve gran alboroto entre los nobles asturianos, y Bernardo, á
la cabeza de los revoltosos, obliga al Rey á revocar su promesa. En las
primeras escenas de la comedia los grandes expresan un sentimiento
nacional exasperado, y Bernardo lee el texto á su tío. Los espectadores
son transportados después á la corte de Carlomagno, en donde justamente
se celebra un suntuoso torneo con motivo del ventajoso tratado del
Emperador con D. Alonso, antes de emprender la expedición á España. Aquí
encontramos á Rolando, á Reinaldos y á los demás paladines, y asistimos
á los amores, tan renombrados en los romances, de Belerma y Durandarte.
Estas escenas son tan notables en su género como las primeras de la
comedia, y llenas de romántico deleite. De improviso, colérico y sin dar
signos de respeto, se presenta Bernardo en medio del salón, en donde se
halla Carlomagno rodeado de su brillante corte de damas y caballeros.
Llega sin más ceremonia delante del Emperador, y le anuncia sin rodeos
que debe renunciar á la esperanza de poseer un solo palmo de tierra en
el suelo español. Su insolencia excita en los paladines general
sorpresa; pero Rolando dice que le place mucho la osadía de Bernardo, y
que se alegrará de medir sus fuerzas con las de tan digno competidor en
la guerra que Carlos declara entonces á Alfonso. El acto segundo nos
ofrece el campo de batalla de Roncesvalles. Alfonso se ha unido con los
moros para impedir al común enemigo el paso de los Pirineos. Bernardo es
el caudillo de todo el ejército, y sabe, mientras tanto, el secreto de
su nacimiento, obteniendo del Rey la promesa de dejar en libertad á su
padre si consigue la victoria. Comienza luego la batalla, en cuya
bellísima descripción se aprovechan, cuando conviene, los romances
populares. Se ve á Durandarte moribundo, que encarga á un compañero de
armas que lleve su corazón á Belerma. La derrota es completa, y Rolando
sucumbe (según la tradición española) á manos de Bernardo. El tercer
acto comienza con un episodio, utilizando la leyenda titulada _La peña
de Francia_. Los moros emprenden por los Pirineos una expedición
asoladora, devastando é incendiando cuanto encuentran. Entre otros
fugitivos aparece Deidón, caballero francés, á quien persigue una
partida enemiga. Trae consigo una imagen de la Santa Virgen que desea
salvar del poder de los infieles; cuando llegan sus perseguidores se
abre una peña, que guarda la sagrada imagen. Múdase en seguida la escena
á la corte de Alfonso _el Casto_, en donde se celebra tan gloriosa
victoria con una brillante fiesta. Bernardo pide la recompensa prometida
á sus hazañas, reclamando no sólo la libertad de su padre, sino también
su casamiento con Jimena, para borrar su mancha de bastardo; pero el
ingrato Rey le contesta con palabras evasivas. Bernardo, aunque fuera de
sí de dolor, no falta, sin embargo, á su lealtad en la comedia de Lope
(mientras que en los romances se declara en abierta rebelión), sino que
cavila en los medios de prestar á su tío nuevos servicios, para
decidirlo al cumplimiento de su palabra. Cuando más adelante libra á
Alfonso de grave peligro de muerte, se lisonjea de haber conseguido la
realización de su más ardiente deseo: logra una sortija que ha de
servirle de señal para rescatar al conde de Saldaña; apresúrase á
encaminarse con ella á la cárcel; estrecha entre sus brazos á su padre,
á quien deseaba conocer tanto tiempo hacía, y lo besa con ardor; pero
permanece en la más absoluta inmovilidad, sin responder á sus
apasionadas caricias, y sus miembros parecen yertos é inflexibles.
Bernardo cae sollozando sobre su cadáver, y llama á su madre, Jimena,
al reanimarse, para que trueque con el muerto su anillo nupcial. Esta
escena es la última de la comedia.

_Las doncellas de Simancas._ Mauregato, usurpador del trono de los Reyes
de Asturias, ha celebrado un pacto con los moros, con arreglo al cual ha
de entregar anualmente al Califa de Córdoba cien doncellas cristianas de
las más hermosas. Este tributo llena de oprobio al país, y muchos
vasallos se rebelan abiertamente contra el Rey, distinguiéndose, entre
ellos, Nuño Valdés y el joven caballero Iñigo López. Nuño tiene dos
hermanas famosas por su belleza, y la mayor, llamada Leonor, es la
prometida de Iñigo. Leonor se ha quejado en algunas ocasiones de la
vergüenza, que recae sobre los españoles en sufrir que se entreguen á
los infieles mujeres cristianas. De aquí que su amante, acompañado sólo
de diez bravos caballeros, trate de libertar á las últimas doncellas que
se han pagado á los moros; pero sucumbe al mayor número y cae prisionero
de Abdallah, hijo del Califa. Amenázale éste con la muerte en castigo de
su osadía; pero le sorprende de tal manera el heroismo, que con este
motivo manifiesta el español, que acaba por concederle la vida y la
libertad. Iñigo, lleno de agradecimiento hacia el noble moro, regresa
de su cautiverio; pero en el camino se le aparece de repente un
caballero con traje cristiano, en el cual reconoce á Abdallah con no
escasa extrañeza suya. Cuéntale éste que ha visto casualmente el retrato
de una cristiana de maravillosa belleza, inspirándole tal amor su sola
imagen, que no piensa reposar hasta que encuentre el original y lo
posea. Dice á Iñigo que, en agradecimiento de la libertad que le ha
concedido, espera de él que le ayude á buscar á su amada, y á traerla á
sus brazos. Iñigo le pide el retrato, y reconoce aterrado á su Leonor.
La lucha entre el amor y el deber de la gratitud es grande en su pecho;
pero no se resuelve á ceder su amada al infiel, y para impedirlo
indefectiblemente, se apresura á casarse con ella; declara en seguida á
Abdallah que ya no le debe favor alguno, y que vuelve á su poder
prisionero. Descontento Abdallah con tal contratiempo, persiste, sin
embargo, en su propósito de poseer á la bella Leonor, y acude con tal
propósito al rey Mauregato. Este, que es enemigo de Nuño, se apresta á
acceder á sus deseos; la casa de Nuño, en Simancas, es cercada por
hombres armados, y sus hijas, con otras cinco señoras de la ciudad, se
reservan para entregarlas á los moros. Desesperado Iñigo, pide al cielo
y á la tierra que liberten á su esposa; excita al pueblo á tomar una
resolución heróica y á sacudir tan ignominioso yugo, aunque sin
conseguirlo, á causa del miedo que inspira el tirano. Las doncellas son,
pues, arrancadas de su país; Leonor, sin embargo, la más atrevida, las
exhorta con ardor á preferir la muerte á su deshonra, y trama después un
plan temerario para libertarse, que se pone en ejecución al punto. Las
prisioneras, aprovechando el momento en que sus guardianes no las
observan, se apoderan de sus armas y se refugian en una torre situada en
el camino, en la cual se fortifican. Cuando las exhortan á que se
rindan, aparecen en lo alto de la torre, y Leonor dice, en nombre de
todas, lo siguiente:

      Cuando firmó esta afrenta Mauregato,

     *       *       *       *       *

    Fué condición, en fin, fué ley, fué trato,

     *       *       *       *       *

    Que de hermosura y sanidad constasen
    Las vírgenes que al Moro se entregasen.

     *       *       *       *       *

    Sin salud, sin ornato, sin belleza,
    Triunfos ya del dolor más lastimoso
    Despojos son del llanto y la tristeza.

y entonces enseñan todas sus brazos izquierdos mutilados, puesto que se
han cortado las manos. Abdallah, á pesar de esto, se empeña en lograr
su propósito; pero el pueblo, á las órdenes de Nuño, admirando tanto
heroismo, se revuelve espada en mano contra Mauregato, del cual obtienen
una ley, en cuya virtud la ciudad de Simancas quedará libre en lo
sucesivo de contribuir al tributo de las cien doncellas.

_Los Benavides._ Grandes altercados hay entre los nobles de León acerca
de la tutela del joven rey Alfonso: Payo de Bivar, uno de los más
poderosos, aunque lleno de orgullo, quiere arrebatarle sus bienes, é
insulta grosera é indignamente al anciano Mendo de Benavides, su
adversario. Mendo quiere vengar en seguida su afrenta, pero conoce que
sus débiles fuerzas se lo impiden, y cede á la resistencia de los demás,
hasta que cae postrado en tierra y abandona quejoso la corte bajo el
peso de sus años. Los grandes se conciertan después hasta confiar la
tutela del Rey al conde Melén González. El poeta nos lleva en seguida á
la casa solariega de los Benavides, y nos representa los inocentes
solaces de Sancho y de Sol, dos jóvenes campesinos, que, si bien todavía
casi niños, se profesan inclinación amorosa. Esta escena es encantadora
y de las mejores de nuestro poeta. Pronto aparece Mendo, que cuenta á su
hija Clara su afrenta, en un discurso apasionado, reprochándole que aún
no se haya desposado, y no tenga hijos que lo venguen. Clara le revela
un secreto hasta entonces oculto: años anteriores había llamado la
atención del rey Bermudo, y recibido de él promesa de casamiento, que no
llegó á realizarse. Sancho y Sol son los frutos de estas relaciones,
quienes ignoran cuáles sean sus padres, habiendo sido criados hasta
entonces como si fueran dos vulgares aldeanos. Esta noticia reanima al
viejo Mendo; perdona la falta de su hija, y se congratula de tener un
nieto, que pueda encargarse de vengar la ofensa de su abuelo. Hace con
Sancho distintas pruebas para experimentar su valor; demuéstranlo todas,
y el anciano se regocija, no dudando ya de la osadía de su nieto;
descúbrele su nacimiento y la obligación en que se halla por su
parentesco con un anciano sin honra; Sancho deplora la necesidad en que
se ve de renunciar al amor de Sol, á quien mira ya como á su hermana,
pero se alegra de saber que corre en sus venas noble sangre, y arde en
deseos de castigar al insolente Payo de Bivar. Mientras tanto surgen
nuevas disensiones en la corte por el orgullo de Payo; pero el joven Rey
comienza á ejercer su autoridad, y aleja al rebelde de su lado; éste se
ausenta murmurando y pensando en la venganza. Poco después se aparece
Sancho, el cual, sin atender á la resistencia de los satélites del
Monarca, penetra hasta la antesala regia y pregunta bruscamente quién es
Payo de Bivar. La viveza y rústica obstinación, con que se presenta,
agradan á los caballeros, y uno de ellos dice ser el ofensor de Mendo;
pero la broma termina en tragedia, porque Sancho acomete en seguida al
supuesto Payo, y lo tiende muerto á sus pies.--No nos es posible
extendernos más en la exposición del argumento de esta comedia, y nos
limitamos á extractar lo más esencial. Sancho vive en el error de haber
realizado la venganza que se le encargara, y ejecuta otras hazañas: la
casualidad hace que salve la vida á Elvira, hermana de Payo, y que con
ella se encamine al castillo de su hermano. En él sabe que vive quien
creía muerto, y surge en su pecho una lucha terrible entre los deberes
que lo ligan á Mendo y su amor á Elvira; éste lo detiene algún tiempo
antes de resolverse á inquietar á Payo. Entre tanto el rencoroso Grande,
para vengarse del Rey, pide auxilio á los moros para atacar á León. Un
enjambre de infieles sorprende entonces al Monarca, que viajaba,
mientras descansa de las fatigas del camino, viéndose abandonado de
todos sus servidores; ya se lo llevan los enemigos, cuando se presenta
Sancho, lo salva, y lo conduce en sus brazos con peligro de su vida. En
este intermedio se manda á Payo de real orden que concurra á un combate
singular y solemne con Mendo, ó con quien lo represente. Mendo, lleno de
ansiedad, y desconfiando de sus propias fuerzas para la lid, pone todas
sus esperanzas en su nieto; pero como no se presenta en el momento
decisivo, se decide á pelear y hace sucumbir á su enemigo. Poco después
llega la noticia de la prisión del Rey; promuévese grande alboroto entre
los grandes, hasta que Sancho aparece con el Monarca; todos celebran su
hazaña, y no sólo es recompensado por Alfonso con ricas posesiones, sino
que lo reconoce como á hermano. El casamiento de Sancho con Elvira
termina al fin las antiguas querellas entre las dos casas de Bivar y de
Benavides.

_El Príncipe despeñado._ Dos partidos disputan en la corte de Navarra
después de la muerte del rey García: uno, el de D. Sancho, hermano del
muerto, que pretende sucederle, y otro, el que defiende los derechos de
su hijo, aún no nacido. A su cabeza se hallan los hermanos Guevara,
sosteniendo D. Martín las pretensiones de D. Sancho, y D. Ramón los
derechos del Príncipe, cuyo nacimiento se espera. Este último se ve
obligado á ceder; acusa el egoísmo de su hermano y de todos sus
parientes; profetízales que la Providencia castigará su injusticia, y
abandona la corte, retirándose á un paraje solitario. D. Sancho es
proclamado Rey, y premia á D. Martín concediéndole honores y dignidades
de toda especie. Doña Elvira, la Reina, que se halla en cinta del
Príncipe póstumo, protesta de aquella resolución ante su cuñado y los
vasallos de la Corona, reservándose usar de los derechos que asisten á
su hijo, sin que se le atienda en lo más mínimo; poco después se le
avisa con sigilo que se ha formado el propósito de asesinarla, por cuyo
motivo se decide á huir. En una de las escenas siguientes aparece en
áspera montaña, por donde va sollozando, cuando siente que se aproxima
el momento del parto, obligándola á buscar un lugar de refugio.
Transpórtanos luego el poeta al próximo castillo de Doña Blanca, esposa
de D. Martín; llega á él un campesino y dice que en las cercanías se ha
visto á una señora desdichada, á quien atormentaban los dolores del
parto; mandan buscarla, y pronto regresa un criado con el Príncipe
recién nacido, y cuenta que la madre del niño, al oir el nombre de la
esposa de D. Martín, se ha ocultado en lo más espeso del monte. Blanca
adopta al Infante, de cuya noble prosapia nada sabe, y lo trata como si
fuera su propio hijo. Poco antes de celebrarse el Bautismo, se presenta
D. Sancho, que cazaba en las inmediaciones, á hacer una visita al
castillo, y se presta á ser el padrino del niño. Pero el Rey, al
contemplar á Doña Blanca, siente arder en su pecho violenta pasión, y
para satisfacerla, toma la indigna resolución de nombrar á D. Martín
general del ejército para seducir en su ausencia á Doña Blanca. D.
Martín, no sospechando nada, accede á los deseos del Rey, el cual,
sobornando á los criados, se introduce la noche siguiente en el
dormitorio de Doña Blanca. La esposa de D. Martín, sorprendida de la
osadía del seductor, le reprocha colérica la infamia de su conducta y su
ingratitud para con su esposo; pero D. Sancho está decidido á poseerla á
todo trance, aunque sea empleando la violencia. El poeta hace entonces
caer el telón. En el acto siguiente vuelve D. Martín de la guerra.
Apresúrase á llegar á su castillo, y encuentra sus muros vestidos de
negro crespón; Blanca se le presenta también con traje de luto: cuéntale
su deshonra; desenvaina el puñal que llevaba en su cinto para
atravesarse el corazón, y cae en tierra desmayada antes de realizar su
propósito; D. Martín jura tomar de su afrenta tremenda venganza,
poniéndola en obra sin demora, cuando oye que el Rey caza otra vez en
las cercanías. Cambia entonces la escena, representando una agreste
montaña. D. Ramón, que como la Reina, vive há largo tiempo en la
soledad, atraviesa fugitivo el teatro, cubierto con pieles de fiera, y
tras él D. Martín vibrando su venablo de caza. Después que se reconocen
ambos hermanos, acuerdan que D. Ramón atraiga al Rey á una escarpada
peña, y que D. Martín lo precipite desde ella en el abismo. El plan se
realiza en toda su extensión: D. Sancho es lanzado desde la enhiesta
peña, y D. Martín hace creer á los caballeros, que corren de todas
partes, que el Rey se ha precipitado víctima de su imprevisión. La
escena es de nuevo en el castillo: traen á él el cadáver mutilado del
Rey, y en su presencia se descubre la inocencia de Doña Blanca. Aparece
al fin la Reina, á la cual se ha mandado buscar, y se rinde homenaje á
su hijo como al sucesor legítimo del trono.



CAPÍTULO XIII.

     _La inocente sangre._--_La judía de Toledo._--_Los novios de
     Hornachuelos._--_Peribáñez y el comendador de Ocaña._--_Los
     comendadores de Córdoba y Fuente-Ovejuna._--_El Hidalgo
     abencerraje._--_La envidia de la nobleza y el cerco de Santa
     Fe._--_Las cuentas del Gran capitán._--_El Nuevo Mundo
     descubierto_, y algunas otras.


Otra es la índole de las comedias, cuya acción se supone ocurrir en los
últimos períodos de la Edad Media en España. Con la misma verdad con que
en las anteriores se describen sus costumbres sencillas, con igual
grandiosidad y energía se retratan en éstas los personajes más sombríos
de una época de degeneración y de desorden. La tiranía de los Reyes; la
repugnante hipocresía de los cortesanos; la criminal ambición de la
nobleza y su obstinado empeño de debilitar el poder real; el despotismo
de los infanzones, ricos-hombres é hidalgos con sus súbditos; las
discordias civiles, que desgarran el seno del país, todo esto se pinta
en ellas magistral y claramente. Formámonos así una idea tan exacta como
triste de la anarquía de los siglos medios, que destrozó á todos los
pueblos de Europa, y á España más que á los restantes de ella, de las
usurpaciones, barbarie y ferocidad de los potentados; de la época, en
fin, deplorable, en que las leyes eran demasiado débiles para proteger
al inocente, y en que hasta la justicia se vió forzada á revestirse de
formas despóticas, y de aquí también el agradable contraste que en este
fondo sombrío nos ofrecen los rasgos aislados de rectitud y grandeza de
alma, y las escenas rústicamente sencillas é infantiles, que traza el
poeta cediendo á la fecundidad singular de su ingenio. Tales son las
siguientes:

_La campana de Aragón_, cuyo argumento pinta enérgicamente la lucha
entre la nobleza aragonesa y el poder real, que al fin deja caer su roto
cetro sobre sus inquietos vasallos.

_La inocente sangre._ Al empezar el reinado de Fernando IV tuvo que
luchar este Rey con un partido contrario, que intentaba ceñir la corona
en las sienes de su tío Alfonso. El primer acto describe esta contienda.
Debióse á los esfuerzos de la heróica reina Doña María, su madre, el
reconciliar á los enemigos y obligar á D. Alfonso á renunciar á sus
pretensiones. En la parcialidad favorable al Rey se habían distinguido
particularmente los dos hermanos Carvajales. Estos, por su conducta algo
orgullosa, se habían enemistado con otros caballeros, y en especial con
uno llamado D. Ramiro. La animosidad de D. Ramiro contra D. Juan de
Carvajal creció mucho de punto por ser éste su rival en los amores de
una bella dama, denominada Doña Ana. Con motivo de las fiestas
celebradas en Burgos para solemnizar el restablecimiento de la
tranquilidad pública, es asesinado en medio del bullicio un favorito del
Rey, llamado Benavides. D. Fernando, que sintió amargamente la muerte de
su amigo, hace todo linaje de ofrecimientos para descubrir al asesino, y
D. Ramiro aprovecha la ocasión de satisfacer su sed de venganza,
acusando con testigos falsos á los hermanos Carvajales como á autores
del delito. El Rey da fácil crédito á esta acusación, á la cual
favorecen otras circunstancias falaces, y condena á muerte á los dos
nobles hermanos, inocentes de toda culpa. Inútiles son los ruegos que,
por salvarlos, hacen al soberano los grandes más influyentes del reino,
y vanos también los de Doña Ana, que se arroja á sus pies sollozando.
Los Carvajales son llevados á una empinada peña y precipitados desde
ella en un abismo; pero antes de dar tan mortal salto emplazan
solemnemente al regio juez y á sus acusadores ante el tribunal de Dios
en un plazo determinado. Doña Ana se arroja silenciosa y traspasada de
dolor sobre el cadáver despedazado de su caro D. Juan, y se aleja, al
fin, desesperada para buscar la muerte en las desiertas montañas. En la
última escena se nos presenta el Rey, presa en un instante de rigidez
convulsiva, como si lo hubiese herido la justicia divina, embargado por
un terror sombrío, mientras se oye una voz que entona el siguiente
canto:

      Los que en la tierra juzgáis,
    Mirad que los inocentes
    Están á cargo de Dios,
    Que siempre por ellos vuelve.
      No os ciegue pasión ni amor;
    Juzgad jurídicamente;
    Que quien castiga sin culpa,
    A Dios la piedad ofende.

Un mensajero anuncia la muerte del falso acusador Ramiro, y poco después
espira también el Rey, para responder al emplazamiento de los
Carvajales, que lo citaron ante el tribunal de Dios.

_La judía de Toledo._ Al principiar la comedia se describen las luchas
de partido entre los Castros y los Laras, que desgarraron á España al
comenzar el reinado de D. Alfonso VIII. Mientras ocurren estas
revueltas, hace el Rey su entrada en Toledo con su esposa Doña Leonor,
hija de Enrique de Inglaterra. Manifiéstale grande amor, y acuerda con
ella hacer una visita á los famosos jardines de Galiana. Después aparece
la bella judía Raquel, que ha presenciado la entrada del Rey, y que cree
haber observado que la miraba con predilección. Va después á bañarse á
un lugar alejado á orillas del Tajo. La casualidad lleva al Rey á este
mismo paraje, y ve oculto á la judía, y siente, al contemplar sus
gracias, la más violenta pasión. Encarga á su favorito Garcerán que le
diga de su parte que desea hablarle; éste hace ver al Rey la
inconveniencia de su amor; pero obligado á obedecerlo, lleva á Raquel al
real palacio. La Reina, mientras tanto, está intranquila por la ausencia
de su esposo, y se sienta á escribirle. El Rey viene entonces, oye las
reconvenciones que pensaba hacerle por escrito, é intenta calmarla con
mil protestas de su amor. Pero la inclinación de Alfonso á la bella
judía es tan poderosa, que no sólo lo fuerza á quebrantar sus mejores
resoluciones, sino á descuidar los asuntos del reino. Encamínase, pues,
de nuevo á visitar á Raquel, para la cual ha mandado preparar
lujosamente un palacio con jardines. Al llegar al dintel de la puerta,
oye triste canto, y una aparición que dice ser enviada de Dios; le
aconseja que no entre, pero su pasión lo arrastra á desobedecerla. La
Reina convoca á los grandes más influyentes á su palacio, y cuando
vienen, se presenta vestida de duelo, trayendo en sus brazos al joven
infante D. Enrique, les descubre su afrenta y los peligros que amenazan
al trono y á la fe; y por último, los excita á dar muerte á Raquel. Esta
nueva produce gran conmoción en los grandes, que juran cumplir los
deseos de la Reina. La escena inmediata nos ofrece á Alfonso y á Raquel,
que se divierten pescando en el Tajo. Conciertan que los pescados que
saque el Rey sean para Raquel, y los de ella para el Rey. Alfonso pesca
la cabeza de un niño muerto, y Raquel una rama de oliva, por cuyo
hallazgo retornan al palacio llenos de sombríos presentimientos. Apenas
llega Raquel á su habitación, cuando sabe los proyectos formados contra
su vida; pero el aviso es ya tardío, porque llegan los conjurados y
matan á ella y á su hermana. Alfonso tiene noticia de su muerte, y
expresa en un apasionado monólogo su dolor, su amor violento y su sed de
venganza. Entonces aparece un ángel, que, al son de la música, reprueba
sus proyectos vindicativos, y le amenaza con la cólera del cielo si
persiste en realizarlos. Alfonso cae de rodillas, presa del
arrepentimiento, y se dirige á una iglesia, en donde encuentra una
imagen maravillosa de la Virgen. En esta iglesia ocurren las últimas
escenas de la comedia. El Rey y la Reina yacen de rodillas á pocos pasos
uno de otra, sin conocerse, puesto que sólo alumbra al templo la escasa
luz de algunas lámparas; sus oraciones, sin embargo, expresan análogos
sentimientos. Al fin se reconocen; el Rey confiesa su extravío, pide
perdón á su esposa, y toda la corte celebra con suntuosas fiestas la
reconciliación del regio matrimonio.

_Los novios de Hornachuelos_ describen las humillaciones, que el rey D.
Enrique III hace sufrir á un orgulloso rico-hombre de Extremadura,
llamado Meléndez. La escena más notable es aquélla, en que el Rey
penetra disfrazado en la habitación de su insolente vasallo para
castigar su orgullo. Cierra las puertas, y se presenta cubierto á
Meléndez, el cual, aun sin conocerlo, cae en tierra como agobiado por el
solo poder de la majestad real. El Rey:

      El enfermo rey Enrique,
    Tercero en los castellanos,
    Hijo del primer Don Juan,
    A quien mató su caballo,
    Comenzó, Lope Meléndez,
    A reinar de catorce años,
    Porque entonces los tutores
    Del reino le habilitaron.
    Por Rey natural Castilla
    Le veneraba, no tanto,
    Que la edad á los descuidos
    No les concediese mano:
    Con la enfermedad también
    Más le desacreditaron
    En la omisión al respeto
    Inobedientes vasallos.
    El Rey, bien entretenido,
    Pero mal aconsejado,
    En la caza divertía
    Atenciones á los cargos.
    Dormido el gobierno entonces,
    La justicia á los agravios
    De los humildes servía,
    Más que de asombro, de aplauso.
    Fuéronle, amigos fieles
    Los días, avisos dando;
    Que en veinte años nunca han sido
    Prodigios los desengaños.
    Volvió á Burgos una noche
    De los montes, más cansado
    Que gustoso; cenar quiso;
    Y ninguna cosa hallando
    Al despensero llamó,
    Y preguntóle enojado
    Qué era la ocasión. Él dijo:
    "Señor, no ha entrado en palacio
    Hoy un solo real; y en la corte
    Estáis de crédito falto,
    Y no hay nadie que les fíe
    A vos ni á vuestros criados."
    Quitóse entonces el Rey
    Un balandrán, que de paño
    Traía, y al despensero
    Se le dió para empeñarlo.
    Una espalda de carnero
    Le trujo... ¡En qué humilde estado
    Se vió el Rey! Comióla al fin,
    Porque en semejantes casos,
    Hacer valor del defecto
    Siempre es de pechos bizarros.
    Díjole, estando á la mesa,
    El despensero: "Entre tanto
    Que vos, señor, cenáis esto,
    Con más costoso aparato
    Los grandes de vuestro reino
    Están alegres, cenando
    De otra suerte, en casa del Duque
    De Benavente, tiranos
    Siendo de las rentas vuestras
    Y del reino, que os dejaron
    Sólo para vos, Enrique,
    Vuestros ascendientes claros."
    Tomó el Rey capa y espada
    Para salir de este engaño,
    Y en el banquete se halló
    Valeroso y recatado,
    Y escuchó tras de un cancel,
    Con arrogantes desgarros,
    Todo lo que cada cual
    Refería, que usurpado
    Al patrimonio del Rey
    Gozaba, con el descanso
    Que pocos años de Enrique
    Aseguraban á tantos.
    Publicó Enrique á otro día
    Que estaba enfermo, y tan malo
    En la cama de repente
    De su accidente ordinario,
    Que hacer testamento le era
    Forzoso, para dejarlos
    El gobierno de Castilla
    En los hombros. No faltaron
    En el palacio de Burgos
    Apenas uno de cuantos
    En cas del Duque la gula
    Tuvo juntos, esperando
    Que orden para entrar les diesen;
    Cuando de un arnés armado,
    Luciente espejo del sol,
    Con un estoque en la mano,
    Entró por la cuadra Enrique
    Dando asombros como rayos.
    Temblando y suspensos todos,
    Con las rodillas besaron
    La tierra, y sentóse el Rey
    En su silla de respaldo,
    Y al condestable Rui López
    Vuelto con semblante airado,
    Le preguntó: "¿Cuántos reyes
    Hay en Castilla?" El, mirando
    Con temeroso respeto
    Dos basiliscos humanos
    En el Rey por ojos, dijo:
    "Señor, yo soy entre tantos
    El más viejo, y en Castilla
    Con vos, señor soberano,
    Desde Enrique, vuestro abuelo,
    Con vuestro padre gallardo,
    Tres Reyes he conocido.
    --Pues yo tengo menos años,
    Replicó Enrique, y conozco
    Aquí más de veinte y cuatro."
    Entonces cuatro verdugos
    Con cuatro espadas entraron,
    Y el Rey dijo: "Hacedme Rey
    En Castilla, derribando
    Estas rebeldes cabezas
    De estos monstruos castellanos,
    Que atrevidos ponen montes
    Sobre montes, escalando
    El cielo de mi grandeza,
    El sol, de quien soy retrato,
    Y sobre todos fulminen
    Rayos de acero esos brazos."
    Lágrimas y rendimientos
    Airado á Enrique aplacaron,
    Que á los Reyes, como á Dios,
    También les obliga el llanto.
    Con esto restituyeron
    Cuanto en Castilla, en agravio
    Del Rey, los grandes tenían;
    Y dos meses encerrados
    En el castillo los tuvo,
    Y desde entonces vasallo
    No le ha perdido el respeto,
    Sino sois vos, que tirano
    De Extremadura, pensáis,
    Lope Meléndez, que estando
    En cama Enrique, no tiene
    Valor para castigaros;
    Respondiendo á cartas suyas
    Con tan grande desacato,
    Que le obligáis que en persona
    El castigo venga á daros
    Que merecéis, porque sirva
    De temor á los contrarios,
    De ejemplo á todos los Reyes,
    De escarmiento á los vasallos.
    Lope Meléndez, yo soy

     _(Levántase de la silla y empuña el Rey la espada, y Lope se quita
     el sombrero.)_

    Enrique; solos estamos:
    Sacad la espada, que quiero
    Saber de mí á vos, estando
    En vuestra casa, y los dos
    En este cuarto encerrados,
    Quién en Castilla merece
    Por el valor heredado
    Ser Rey, ó vasallo lobo
    En Extremadura. Mostraos
    Soberbio agora conmigo
    Y valeroso, pues tanto
    Desgarráis en mis ausencias.
    Venid, que tengo muy sano
    El corazón, aunque enfermo
    El cuerpo, y que está brotando
    Sangre española, de aquellos
    Descendientes de Pelayo.

     LOPE (_de rodillas_).

    Señor, no más: vuestra vista,
    Sin conoceros, da espanto.
    Loco he estado, ciego anduve.
    ¡Perdón, señor! Si obligaros
    Con llanto y con rendimiento
    Puedo, como á Dios, cruzados
    Tenéis mis brazos, mi acero
    A vuestros pies, y mis labios.

_(Eche la espada á las pies del Rey y ponga la boca en el suelo, y
Enrique le ponga el pie en la cabeza.)_

     REY.

    Lope Meléndez, ansí
    Se humillan cuellos bizarros
    De vasallos tan soberbios.

Esta escena admirable ha sido imitada por Moreto en su famoso _Valiente
justiciero_[2].

_Peribáñez y el comendador de Ocaña_, _Los comendadores de Córdoba_ y
_Fuente-Ovejuna_, son tres dramas de asuntos análogos, en cuanto los
tres tienen por objeto representar la tiranía y los abusos de los
comendadores de las Ordenes militares. Es difícil decidirse por
cualquiera de ellos en detrimento de los otros, puesto que los tres, sin
género alguno de duda, son de los más notables que existen, y han de
enumerarse entre las más preciadas joyas de la corona del gran poeta.
_Peribáñez y el comendador de Ocaña_ comienza con la descripción de las
nupcias, que celebra el labrador Peribáñez con la bella Casilda. Estas
fiestas, juegos y cantos son de repente interrumpidos por lamentos, que
se oyen detrás de la escena, y pronto la invade una multitud de gente
del comendador de Ocaña, que, habiendo querido hacer gala de su destreza
en una corrida de toros en las inmediaciones, se ha caído con su
caballo, y está casi moribundo. Peribáñez acoge en su casa al herido, y
le prodiga los más afectuosos cuidados. La dicha doméstica de los recién
casados, la rústica inocencia de su vida, son retratadas con los colores
más bellos de la poesía. El comendador, que se restablece poco á poco,
comienza á sentir cierta grata inclinación hacia su bella huéspeda,
siendo tratado por ella con la más sincera amistad. Al despedirse hácele
ricos regalos, que son recibidos con gratitud. Las escenas siguientes
nos transportan á Toledo, en donde se celebra una fiesta en loor de un
santo. Encuéntrase en ella Peribáñez con su esposa y otros muchos
labradores. El comendador aprovecha esta ocasión de acercarse á ella,
pero es rechazado con desprecio, sospechando ya sus propósitos; su
desdén acrece el amor del comendador, induciéndolo á disfrazar uno de
sus criados para entrar como segador al servicio de Peribáñez, y
facilitar á su amo la entrada en su casa. El esposo de Casilda permanece
algún tiempo en Toledo ocupado en sus negocios, y mientras tanto atiende
ella á todos los quehaceres propios de su estado: se la ve al obscurecer
cantando al frente de los segadores á su regreso, rezar después las
oraciones y retirarse á su dormitorio. El servidor disfrazado del
comendador bebe con los demás compañeros, hasta que caen en tierra
embriagados. Penetra en la casa el comendador, pero encuentra bien
cerrado el dormitorio de Casilda; y cuando bajo sus ventanas se esfuerza
después en ablandarla con las frases más tiernas, aparece ella en la
reja de improviso, grita á los próximos durmientes que ya es tarde, y
despide al comendador, á quien finge no conocer, hablándole unas veces
como de burlas y otras como de veras. Al día siguiente vuelve Peribáñez:
ha visto en Toledo en el taller de un pintor un retrato de su Casilda,
hecho, según averigua, por orden del comendador, aunque ignorándolo la
retratada. Despiértanse entonces sus recelos en el más alto grado: su
sombrío silencio y su mal humor asustan á su esposa y á todos sus
amigos; en todas las palabras que oye, y en los sucesos más comunes,
cree observar pruebas que corroboren sus sospechas. El comendador,
mientras tanto, no renuncia á la esperanza de lograr sus deseos á fuerza
de constancia: ha recibido una orden del Rey mandándole formar un
destacamento de sus súbditos, que ha de reunirse con un ejército
numeroso, organizado contra los moros, y resuelve nombrar su capitán al
esposo de Casilda. Ya entonces no duda Peribáñez del peligro que amenaza
á su honra, ni en ejecutar el proyecto, que ha concebido por esta causa.
No es posible esquivar la orden del comendador. Sale, pues, al frente
del destacamento, y promete solemnemente, delante del comendador, al
ceñirle la espada, que la empleará en defensa de su honor. Esta escena,
en que el esposo ofendido recibe sus armas de manos de su mismo ofensor,
para arrancarle con ellas la vida, es de primer orden: él, amenazado en
su honra, anuncia claramente su propósito, pero el ciego comendador nada
sospecha. Peribáñez emprende su marcha con los soldados, pero apenas
llega al primer paraje, en donde ha de pernoctar, cuando se apresura á
regresar á su aldea, y por una puerta excusada se desliza en su casa y
se oculta. Oye al poco tiempo ruido de pasos: son del comendador, que,
como antes, ha encontrado medio de llegar hasta la habitación de
Casilda. El esposo oculto se detiene un momento para averiguar la
culpabilidad ó la inocencia de su esposa; convencido, al fin, de la
última, sale de su escondrijo y mata al indigno enemigo de su honra. La
última escena es en la corte de Enrique III. Noticioso el Rey de la
muerte del comendador de Ocaña, manda castigar severamente al matador:
preséntase entonces Peribáñez; expone los motivos que tuvo para dar
muerte á su ofensor, y sostiene que se ha visto obligado á hacerlo en
defensa de su honor, sometiéndose al fallo de su justicia, si es
culpable. El Rey, enterado de la verdad del suceso, aprueba su acción, y
nombra á Peribáñez capitán de los soldados, que se han alistado de orden
del comendador. Así termina esta comedia, notable en todos conceptos,
origen indudable, en muchos de sus rasgos, de la célebre de Rojas
titulada _Del Rey abajo ninguno_, aunque los fundamentos de la fábula
sean en ésta diversos.

_Fuente-Ovejuna_ es un drama basado en un acontecimiento verdadero
(véase el cap. 38 de _La Crónica de la Orden de Calatrava_ de Francisco
de Rades y Andrade), que fué imitado más tarde con fortuna por Cristóbal
de Monroy, ocurrido en la guerra civil, que desgarró á Castilla después
de la muerte de Enrique IV, y que concluye ofreciéndonos á la vista, con
sus consoladoras esperanzas, el recuerdo de Fernando é Isabel, enérgico
á un tiempo y grato[3].

Desde esta época comienza una nueva serie de dramas, llenos de vigorosa
poesía, para celebrar el naciente brillo de la monarquía universal
española. En _El mejor mozo de España_ leemos la romántica descripción
del viaje de Fernando á Valladolid (ajustado á lo referido en la crónica
de Alfonso de Palencia, y por Zurita, en el cap. 26 del lib. XVIII).
Sólo existe la primera parte, que sin formar un todo perfecto, nos
ofrece, sin embargo, una serie de cuadros bellísimos de la historia de
España. Somos transportados á los últimos años del reinado de Enrique
IV, tan funestos para la monarquía española. Las primeras escenas nos
muestran á la joven Isabel en su pacífico retiro, ocupada en hilar y en
otros quehaceres de su sexo. España se le presenta en sueños, yaciendo
en tierra, vestida de duelo, quejándose de sus desdichas, y anunciándole
que ella es la elegida para poner término á los infinitos males que la
afligen. Poco después llega la noticia de la muerte de su hermano
Alfonso, que le abre el camino para llegar al trono legalmente, en caso
de fallecer D. Enrique, puesto que las Cortes han declarado ilegítima á
la infanta Doña Juana. El Rey convoca las Cortes para jurar por Reina á
Isabel, y pide á ésta, movido de sus singulares caprichos, que no
contraiga matrimonio mientras él viva. La Princesa accede al principio á
los deseos del Rey, pero los grandes le demuestran con empeño, que, para
atender á la dicha de su pueblo, debe elegir esposo. Envíanse entonces
embajadas á varios Príncipes, para tomar entre ellos esposo; pero
ninguno corresponde á los deseos de los grandes, ni posee las prendas
que Isabel exige. Estas escenas de las condiciones del futuro cónyuge de
la Infanta, están llenas de rasgos característicos del mayor ingenio. El
Rey sabe, mientras tanto, que no se le obedece, é Isabel se ve forzada á
sustraerse á los arrebatos de su ira. Diversos presentimientos y
presagios, que ella interpreta como avisos del cielo, llaman su atención
hacia Fernando de Aragón. La escena se muda á la corte de Zaragoza, en
donde el infante Fernando presiente también su dicha futura por diversas
señales. El Príncipe, que apenas ha salido de la infancia, se solaza
justamente en un baile cuando llega la embajada de Castilla. Hállase
también dispuesto á buscar esposa; pero como el rey Enrique, para
impedirle la entrada en Castilla, ha acordonado con tropas la frontera,
se ve en la necesidad de emprender su expedición en secreto y
disfrazado: vístese, pues, de mozo de mulas, y los caballeros de su
servidumbre fingen ser sus amos. El viaje, con sus peligros y varios
sucesos, se representa en el teatro en sus diversas jornadas,
mostrándose en ellas el Príncipe, por su viveza y edad casi infantil, de
la manera más favorable. Isabel se disfraza de labradora para salirle al
encuentro. Ya en camino, se ve expuesta en distintas ocasiones á ser
conocida de los centinelas y de su mismo hermano; pero los engaña á
todos, y llega felizmente al término de su viaje. Celébranse las bodas
de los dos Príncipes disfrazados, y al acabarse la primera parte de la
comedia aparece España triunfante, no con vestidos de duelo, hollando
bajo sus plantas á sus enemigos, y profetiza las glorias del reinado de
Fernando y de Isabel.

En _El Hidalgo abencerraje_ se nos presenta Granada en todo su
esplendor, aunque caminando ya hacia su ocaso; en _La envidia de la
nobleza_, la muerte de los nobles abencerrajes por los traidores
zegríes; finalmente, en _El cerco de Santa Fe_, la famosa lucha trabada
ante el último baluarte de la morisma, en que tomaron parte activa los
dos Monarcas españoles y los más nobles caballeros del reino, y como su
personificación ó centro, las hazañas casi fabulosas[4] de Hernán Pérez
del Pulgar, cuyo valor temerario corría parejas con su ardiente celo
religioso.

La comedia comienza en el campamento cristiano de Granada. La reina
Isabel pasa revista al ejército, y premia á los más valientes
caballeros; el entusiasmo y ardor bélico de los adalides españoles se
pinta con los colores más vivos. La escena cambia entonces,
representando lo interior de la ciudad sitiada. El moro Tarfe promete á
su amada Alisa depositar á sus pies las cabezas de los tres campeones
cristianos más famosos, á saber, de Gonzalo de Córdoba, del conde de
Cabra y de D. Martín de Bohorques. Ella no atribuye gran precio á este
don, y sólo desea alejar á su amante, porque ama á Celimo, que no le
corresponde por la amistad que lo une á Tarfe. Este acomete, en efecto,
su arriesgada hazaña, pero es herido delante de las puertas, y observa
con dolor que los caballeros cristianos han clavado en una de ellas con
sus puñales un cartel de desafío. A su vuelta á la ciudad es agobiado
por las reconvenciones de su amada á causa de su cobardía. Prométele
entonces, para borrar su afrenta, clavar en la misma tienda de Isabel
una cinta recibida de ella. Alisa en persona ha de asistir á esta
hazaña, y, disfrazada de aguadora, ha de salir de la ciudad bajo la
protección de Celimo. El moro lleva á cabo su temeraria empresa; pero
Alisa cae prisionera del conde de Cabra, el cual cumple de este modo una
promesa hecha á la Reina. Cuando se descubre la cinta clavada en la
tienda de Isabel, se promueve grande alboroto en el campamento
cristiano. Hernán Pérez del Pulgar hace voto de no descansar hasta que,
en castigo de tamaño desacato, clave el Ave María en la mezquita de
Granada, voto que cumple, en efecto, al pie de la letra. Penetra de
noche hasta el centro de la ciudad enemiga, y después de realizar su
propósito, regresa ileso á Santa Fe. Al día siguiente observan los moros
admirados el _palladium_ de los cristianos en la puerta de la mezquita,
y Tarfe jura vengar esta afrenta infiriendo otra mayor á sus enemigos.
Al comenzar el último acto cuenta Garcilaso al Rey, llegado al
campamento hace poco, las temerarias hazañas ejecutadas los días
anteriores; aparecen también varios caballeros, que depositan á los pies
de sus soberanos los trofeos de sus victorias. Anuncia á la sazón un
servidor, que Tarfe se encamina hacia el campamento trayendo el Ave
María en la cola de su caballo. Este sacrilegio excita universal
indignación; el Rey quiere salir en persona para castigar al insolente
criminal; pero el joven Garcilaso consigue la gracia de pelear con él en
vez del Rey, y reviste, al efecto, sus armas invocando antes á la
Virgen. En una escena intermedia se presentan la España y la Fama para
ensalzar los nombres de Garcilaso y de Fernando. El combate entre
Garcilaso y Tarfe, en que éste sucumbe, termina la comedia. Verdad es,
que, rigurosamente hablando, no hay unidad en la acción, puesto que sólo
nos ofrece una serie de hechos y sucesos, enlazados á uno de los
acontecimientos más gloriosos de la historia de España; la unión de las
escenas entre sí es muy escasa, como consta particularmente del extracto
hecho de ellas; pero quien lee la comedia, recuerda el verdadero estilo
homérico en estos cuadros animados de la lucha entablada bajo los muros
de Granada.

El héroe celebérrimo de esta guerra, el Gran Capitán, es también el
protagonista de otro drama titulado _Las cuentas del Gran Capitán_, cuya
copia es, sin duda, la de igual título de Cañizares. Entre sus escenas
se distingue una incomparable, en que Gonzalo da sus descargos al
requerírsele por el Rey que rinda cuentas de las sumas que se le han
entregado. Se ve sentado en una mesa al tesorero del Rey con recado de
escribir, presentándose Gonzalo y su compañero el bravo García de
Paredes.

    CONTADOR.

    Y éstos los libros: aquí
    Se siente vuestra Excelencia.

    GARCÍA.

    Y aquí he de tener paciencia:
    ¿Papelejos? Pesia á mí.

     *       *       *       *       *

     *       *       *       *       *

    El duque de Sesa ¡cielos!
    ¿Con tanta sangre y desvelos?
    ¿Y qué la fama escribió
    Por tan extraños caminos
    Su historia en libros de cuentas,
    Y no con plumas atentas
    En sus anales divinos?

     *       *       *       *       *

    CONTADOR.

    De seis mil escudos de oro
    Que en Valladolid le dieron;
    Otros diez mil en Madrid,
    Y veinte mil en Toledo
    A Nápoles se enviaron.

     *       *       *       *       *

    GRAN CAPITÁN.

    Señor Contador, dejemos
    Partidas de diez y veinte;
    ¿No hay suma?

     *       *       *       *       *

    CONTADOR.

    Suman los cargos doscientos
    Y sesenta mil escudos.

    GRAN CAPITÁN.

    ¿No más? Es poco. No creo
    Que tal reino en todo el mundo
    Se haya ganado con menos.

    GARCÍA.

    Yo se lo voto á los diablos:
    Y que sustento y dinero
    se quitaba á cuchilladas.

     *       *       *       *       *

    GRAN CAPITÁN.

    También traigo yo papel:
    Vayan, vayan escribiendo.

     *       *       *       *       *

    Memoria de lo que tengo
    Gastado en esta conquista,
    Que me cuesta sangre y sueño,
    Y algunas canas también.

     *       *       *       *       *

    Primeramente se dieron
    A espías ciento y sesenta
    Mil ducados.

    CONTADOR.

                ¡Santos cielos!

    GRAN CAPITÁN.

    ¿Qué? ¿Os espantáis? Bien parece
    Que sois en la guerra nuevo.
    Más: cuarenta mil ducados
    De misas.

    CONTADOR.

              Pues ¿á qué efecto?

    GRAN CAPITÁN.

    A efecto de que sin Dios
    No puede haber buen suceso.

    CONTADOR.

    Al paso desto
    Yo aseguro que le alcance.

    GRAN CAPITÁN.

    Como se va el Rey huyendo
    De tantas obligaciones,
    Quiero alcanzarle...
    Más: ochenta mil ducados
    De pólvora.

    CONTADOR.

                Ya podemos
    Dejar la cuenta.

    GARCÍA.

                    Bien hacen:
    Temerosos son del fuego.

    GRAN CAPITÁN.

    Escuchen por vida mía,
    Más: veinte mil y quinientos
    Y sesenta y tres ducados,
    Y cuatro reales y medio,
    Que pagué á postas de cartas.

    CONTADOR.

    ¡Jesús!

    GRAN CAPITÁN.

            Y en correos
    Que llevaban cada día
    A España infinitos pliegos.

    GARCÍA.

    Vive Dios, que se le olvidan
    Más de doce mil que fueron
    A Granada, y á otras partes;
    Y aun era tan recio el tiempo,
    Que se morían más postas
    Que tienen las cuentas ceros.

    GRAN CAPITÁN.

    Más: de dar á sacristanes,
    Que las campanas tañeron
    Por las victorias, que Dios
    Fué servido concedernos,
    Seis mil ducados, y treinta
    Y seis reales.

    GARCÍA.

                  Sí; que fueron
    Infinitas las victorias,
    Y andaban siempre tañendo.

    GRAN CAPITÁN.

    Más: de limosnas á pobres
    Soldados, curas enfermos,
    Y llevarlos á caballo,
    Treinta mil y cuatro cientos
    Y cuarenta y seis escudos.

    CONTADOR.

    No sólo satisfaciendo
    Va Vuestra Excelencia al Rey;
    Mas que no podrá, sospecho,
    Pagarle con cuanto tiene.
    Suplícole que dejemos
    Las cuentas, que quiero hablarle.

_El Nuevo Mundo descubierto_ pertenece á las comedias de Lope más
satirizadas por los galicistas, y hasta los más benévolos la han
calificado de loca extravagancia; pero cuando se fija la atención en lo
que constituye su centro de unidad, que es el ensalzamiento de la fe
católica, es preciso convenir en que no falta en ella, para ser
perfecta, el enlace necesario de sus partes.--Los hechos ocurridos en
tiempo del emperador Carlos V, se representan en _Carlos V en Francia_ y
en _La mayor desgracia del emperador Carlos_: en esta última la
malograda expedición á Argel. _Arauco domado_ describe la conquista de
este pueblo valeroso del S. de Chile, tan célebre por la epopeya de
Ercilla; esta comedia es única en su género, y se distingue por su
aparato escénico, que desenvuelve á nuestros ojos toda la gala de la
naturaleza de los trópicos, y nos transporta á las magníficas soledades
de América, y porque nos ofrece igual heroismo en los dos pueblos que
pelean, el de los esforzados hijos de las selvas, que batallan rudamente
y con ánimo casi sobrenatural por su independencia, formando los
contrastes más chocantes y pintorescos, y el de los españoles, cuyo
entusiasmo y deseos de extender el renombre de su patria y sus creencias
religiosas, nos infunden encanto irresistible; en una palabra, es
difícil imaginar ninguna otra comedia que sobresalga como ésta por sus
atrevidas creaciones, por el vuelo y el brillo de la fantasía[5].--Sucesos
posteriores, ocurridos en vida de Lope, son tratados en _La santa Liga_,
obra animada de espíritu verdaderamente heróico, aunque algo difusa en
lo épico, al exponer la guerra contra los turcos, que terminó en la
batalla de Lepanto; de la misma clase es _La mayor victoria de
Alemania_, que ensalza á un nieto del Gran Capitán; _Los españoles en
Flandes_, etc.

Entre las comedias cuyos argumentos pertenecen á la historia de España,
obsérvanse otras diferencias que no deben pasar desapercibidas,
comprendiendo algunas un hecho ó una anécdota aislada, como, por
ejemplo, _El asalto de Mastrique_, _El marqués de las Navas_, cuya
acción se concentra en estos sucesos y personajes que forman su base, y
otras, por el contrario, una serie completa de sucesos enlazados entre
sí, ya por la unidad que les imprime su protagonista, ya de otra manera
menos estrecha. De esta especie las hay biográficas, como _El valiente
Céspedes_, cuyas dos partes (sólo se conserva la primera), describen la
vida del famoso espadachín Céspedes y sus hazañas en la Península,
Alemania y Nápoles, ó compuestas de actos aislados é independientes,
que, sin embargo, constituyen un todo análogo al de las tragedias de una
trilogía. Sirva de ejemplo de la última clase _El postrer godo de
España_, cuya primera jornada describe la pasión del rey Rodrigo por la
bella Florinda; la segunda, la muerte de este desdichado Monarca en la
batalla del Guadalete, y la tercera, la restauración del reino cristiano
por Pelayo.

En la clasificación de las comedias de Lope hay también que señalar un
lugar determinado á aquéllas que, fundadas en la historia nacional y
representando personajes históricos, tratan más bien de intereses
privados que de sucesos públicos notables. Utilízanse con frecuencia en
ellas asuntos y tradiciones especiales; no pocas veces es la fábula
fingida, enlazándose arbitrariamente con ésta ó aquella circunstancia
histórica, siempre, á la verdad, con exquisito tacto, de suerte que el
suceso inventado convenga al lugar y á la época en que se supone
ocurrir, y encuentre en uno y otra su natural asiento. Nunca Lope,
mientras no sale de los dominios de su patria, se atribuye la licencia
de desfigurar la historia, y de aquí que sus rasgos históricos sean en
estas comedias verdaderos en cuanto á las costumbres y demás condiciones
de igual clase, que tan célebre lo han hecho en las anteriores,
arrebatándonos también en éstas sus magistrales caracteres históricos.
La mayor parte de estos dramas aventajan, bajo cierto punto de vista, á
los puramente históricos, porque es más estrecha la unidad de acción,
más concentrado ó intenso su interés dramático, no oponiéndose, como en
aquéllos, á este resultado el deseo de aprovechar, cuanto se puede,
todos los rasgos especiales diseminados en las crónicas. Observamos en
esta categoría (á la cual, hablando en rigor, pertenecen también algunos
de los mencionados antes) muchas de las obras más notables de Lope, que
hasta hoy se han conservado en el teatro español.



CAPÍTULO XIV.

     _La Estrella de Sevilla._--_Porfiar hasta morir._--_El mejor
     alcalde, el Rey._--_La carbonera._--_La niña de plata._--_La corona
     merecida._--_El vaquero de Moraña._--_El duque de Viseo._--_El
     castigo sin venganza._


_La Estrella de Sevilla_[6] es una tragedia de sorprendente belleza y de
composición vigorosa que, por su clara pintura de los caracteres, por
sus situaciones patéticas y conmovedoras, va aumentando el interés
dramático hasta la catástrofe; ha sido arreglada después por Trigueros,
que la ha alterado en su esencia, representándose de nuevo, y habiendo
llegado al teatro alemán con esta forma. La acción, en la original, hoy
muy rara, es la siguiente: El rey D. Sancho, que reside en Sevilla hace
poco tiempo, habla con su favorito Arias de las beldades que, desde su
llegada á Sevilla, ha visto en ella, y especialmente de la más
encantadora de todas, de Estrella, hermana de Bustos Tavera. Arias atrae
á Bustos, que se humilla en presencia del Rey, y es nombrado por él
alcalde de Sevilla, cargo que acepta, aunque protestando traspasarlo á
otro más digno. El Rey alaba los nobles sentimientos de Bustos, y le
pregunta por su familia, indicándole que case á su hermana. Después
vemos á Estrella que entabla un triste diálogo con su amante Sancho
Ortiz. Bustos entra, ruega á su hermana que se retire, y cuenta á Sancho
el proyecto del Rey de casar á Estrella, prometiéndole hablar en su
favor. A poco se presenta Arias, que viene de parte de D. Sancho;
Estrella se aleja silenciosa y con orgullo; pero soborna á una esclava,
que le promete introducir de noche al Rey en el dormitorio de Estrella.
Llega la noche, y el Rey penetra en la casa de Estrella por mediación de
la desleal esclava. Tavera viene también, se admira de la oscuridad que
reina en su casa, oye hablar al Rey con su esclava, y desenvaina su
espada. El Rey se descubre para salvarse; Tavera expresa su indignación
contra tan villana conducta, y deja huir al Rey, dando muerte á la
esclava. El Rey, de vuelta en su palacio, cuenta á Arias lo ocurrido, y
maquina vengarse. Arias, atendiendo á lo desfavorable de las
circunstancias y á la consideración de que disfruta Tavera, proyecta
quitar á éste la vida ocultamente, valiéndose de la bravura y reconocida
lealtad de Sancho Ortiz. El Rey aprueba el consejo, manda llamar á
Sancho, y le ordena que, sin pérdida de tiempo, desafíe y mate al
caballero cuyo nombre está escrito en una hoja de papel sellado, que le
entrega. Sancho queda solo y abre el papel misterioso. Violenta y
desesperadora es la lucha que se traba en su pecho, porque el caballero,
cuya muerte pide el Rey, es á un tiempo su amigo y el hermano de su
amada. Pero la obediencia á las órdenes de su soberano es el primero de
los deberes de sus súbditos, y Sancho, casi privado de la razón, se
decide á cumplirlas. La escena del desafío y del combate es notabilísima
por su verdad, animación, y por el efecto que hace en el lector. La
escena siguiente nos ofrece á Estrella, que aguarda inquieta á su
Sancho; pide un espejo para engalanarse antes de recibir á su amante;
pero el espejo se rompe, y la sortija de Sancho, que lleva en su dedo,
salta en mil pedazos, lo cual es de funesto agüero para ella. Tráenle
entonces el cadáver de su hermano, y al mismo tiempo, la noticia de
quién ha sido el matador. Expresa su dolor en breves, aunque
desgarradoras exclamaciones, y desea morir para dejar de padecer. El Rey
sabe lo ocurrido, y da sus instrucciones para salvar á Sancho Ortiz.
Preséntase Estrella, acusa al matador de su hermano, y pide que se le
entregue para expiar su delito; el Rey entonces, después de proferir
algunas frases de sorpresa, le da la llave de la prisión del
delincuente. Entremos también en ella. Sancho rechaza los medios de
salvarse, que le ofrece Arias en nombre del Rey. Preséntase una mujer
velada para libertar al preso: es Estrella; escena patética de la
entrevista de los dos amantes, que se encuentran tan trocados; pero ni
Sancho se arrepiente de la acción, que se le ordenó como súbdito del
Rey, ni Estrella se atreve á censurarla: admira la magnanimidad de su
amante, que renuncia á salvarse, pudiendo hacerlo, para morir en el
cadalso, y se retira decidida á esperar la muerte. El Rey se arrepiente
profundamente, mientras tanto, de su conducta, y ordena que Sancho sea
llevado á escondidas á su palacio; al mismo tiempo trabaja para que los
alcaldes pronuncien una sentencia benigna; pero son justos, y condenan á
muerte al prisionero. Estrella asegura que jamás se casará con el
matador de su hermano. El Rey, ejerciendo su derecho de gracia, indulta
á Sancho. Éste resuelve ir á la guerra contra los moros, en donde espera
acabar su triste vida, terminando el drama con la eterna despedida de
los dos amantes.

_Porfiar hasta morir_ es un arreglo felicísimo de la historia del
desdichado trovador Macías (ved á Argote de Molina, _Nobleza de
Andalucía_, Sevilla, 1588, tomo II, cap. 148, pág. 271), rebosando de
estro poético en la pintura del joven poeta, llena de rasgos tan
delicados como naturales en todos sus accesorios, de arrebatadora viveza
en su exposición, é infinitamente superior por estas cualidades á otras
posteriores (_El español más amante y desgraciado Macías_, de tres
ingenios, y _El Macías moderno_, de Larra). Macías, joven caballero
castellano, se encamina á Córdoba para hacer allí fortuna en la corte de
Enrique de Villena, gran Maestre de Santiago. La casualidad hace que, no
lejos de la ciudad, salve la vida á un caballero atacado por
salteadores. Este caballero es el mismo gran Maestre, que después lo
acoge con singular benevolencia á causa del servicio que le prestara. En
la casa de D. Enrique vive también una dama joven llamada Clara, que,
desde el primer instante, inspira á Macías la pasión más viva. El
enamorado se informa del objeto de su pasión de un caballero de la
corte, y oye de sus labios la respuesta siguiente: Doña Clara es mi
prometida, la prometida de D. Tello. Macías se desespera, y va á la
guerra en busca de la muerte; distínguese tanto en ella por su valor,
que se le condecora con la cruz de Santiago; parece huir de él la
apetecida muerte, y su pasión, que trata inútilmente de domeñar, le
obliga á encaminarse de nuevo á Córdoba. Clara no parece mirar con malos
ojos á su fogoso amante, pero la voluntad del gran Maestre y sus
esponsales anteriores con D. Tello la obligan al fin á casarse con éste.
El desventurado Macías es atacado de una especie de delirio; las
endechas de su amor sin esperanza son celebradas en todo el país, y
hasta el día de hoy dura la frase de _enamorado como Macías_. El esposo
de Clara siente nacer en su alma rabiosos celos, y el gran Maestre
exhorta al trovador á renunciar á su loca pasión; pero él persiste en
ella tenazmente, y hasta se aventura á penetrar en el aposento de su
amada, en donde es sorprendido por Don Tello y preso de orden del gran
Maestre. El celoso marido no sosiega, sin embargo, ni aun estando en la
prisión su rival, puesto que sus amorosas canciones son repetidas por
todos, y fuera de sí atraviesa el pecho del cantor arrojándole un dardo
á través de las rejas de su prisión.

_El mejor alcalde el Rey_ (cuyo argumento se funda en un hecho contado
por Sandoval, _Historia de los Reyes de Castilla y de León_ en 1189, y
en el lib. XI, cap. 11, de Mariana) puede calificarse de drama modelo,
de cualquier manera que se le considere, por la profundidad y exactitud
de los caracteres, por los enérgicos contrastes que nos ofrecen el Rey
severamente justiciero, el orgulloso rico-hombre y el pobre y noble
hidalgo, y por la pintura, llena de vida, de la época y costumbres de
los siglos medios, que nos ofrece; hasta el estrecho encadenamiento de
las escenas entre sí, y el efecto de todas sus partes en la impresión
total del conjunto, nada dejan que desear á la crítica más exigente.

En _La Carbonera_, según todas las apariencias, hay una juiciosa mezcla
de la ficción con la historia. Leonor, hermana de D. Pedro _el Cruel_,
es criada por unos carboneros en los montes de Andalucía para librarla
de su receloso y feroz hermano. Pónese después bajo la protección de su
hermano de padre, Enrique de Trastamara, pero así se expone más á las
asechanzas del Rey, temiendo éste que Enrique, si casa á Leonor con un
Príncipe extranjero, dará más fuerza á su partido. Por este motivo
encarga D. Pedro á su favorito Don Juan, que averigüe el paradero de la
Infanta, y la traiga á sus manos. El favorito se apresura á ejecutar
sus órdenes: llega á descubrir el domicilio de Leonor; pero lo encadenan
de tal suerte los encantos y amabilidad de la desdichada dama, que, en
vez de prenderla, la ayuda á huir, anunciando después al Rey que no ha
logrado apresarla. Leonor se oculta de nuevo entre los carboneros, de
los cuales sólo el viejo Laurencio, en cuya casa habita, conoce el
secreto de su nacimiento. La noble conducta de D. Juan conmueve su
corazón, y nacen entonces entre ambos tiernas relaciones, visitándola él
en secreto con frecuencia. Sucede casualmente que el Rey, extraviado en
una cacería, y sin haber visto á su hermana, viene á parar á la choza de
los carboneros, y concibe por la bella Leonor una pasión violenta.
Comisiona entonces á D. Juan para seducirla; la crítica posición, en que
se encuentran entonces los dos amantes, da origen á las situaciones más
conmovedoras é interesantes. Leonor, para salvarse en tal apuro, imagina
fingir que se casa con el rústico Bras, que la pretende largo tiempo
hace. D. Pedro se enfurece sobremanera al saberlo, é intenta impedir
este enlace y apoderarse de Leonor. Esta sabe por Don Juan el inminente
peligro que la amenaza; pero evita el huir, puesto que la cólera del
Rey, si no la encuentra, ha de descargar en su amante; descúbrese al
tirano, que aparece poco después, creyendo segura su muerte; Pedro, sin
embargo, que sabe que es su hermana tan generosa beldad, renuncia á su
odio, y la lleva á los brazos de D. Juan, que obtiene así el justo
premio de su leal amor.

La figura de D. Pedro, delineada con vigoroso pincel, que desde entonces
llamó particularmente la atención de los dramáticos españoles, se nos
presenta de nuevo en _Lo cierto por lo dudoso_, drama, que por su
desarrollo interesante y por la artificiosa unión de sus escenas para
converger en un desenlace sorprendente, y natural, sin embargo, y bien
imaginado, se ha sostenido con justicia en el teatro obteniendo
constantemente los aplausos del público. También sucede lo mismo con _La
niña de Plata_, comedia casi tan bella como la anterior por el interés
que despierta. Dorotea, joven dama tan célebre por sus encantos como por
su talento, ve desde un balcón una procesión solemne, á la cual asiste
en Sevilla el rey D. Pedro con sus hermanos, y atrae especialmente las
miradas de Enrique de Trastamara. Obsérvalo D. Juan, amante de Dorotea,
y siente nacer en su alma rabiosos celos. En la escena siguiente nos
transporta el poeta á los jardines del Alcázar, en donde se divierte la
bella dama, y en donde el infante D. Enrique, que encuentra ocasión de
acercársele, queda tan prendado de ella á causa de su ingenio y
amabilidad, que desea poseerla á todo trance. Con tal propósito toma á
su servicio á D. Félix, hermano de Dorotea, que en su concepto puede
ayudarle á la consecución de su propósito. Asistimos luego á la
iluminación y á las fiestas, que se celebran en Sevilla por la noche,
para solemnizar la llegada del rey. D. Juan, que se halla mientras tanto
en casa de Dorotea, la reconviene vivamente por sus infidelidades;
contéstale ella con frialdad, porque sabe que su futuro suegro se opone
á su casamiento á causa de los escasos bienes de fortuna que ella posee,
é intenta casarlo con otra. Óyese entonces en la calle alegre música: es
una serenata, que le da el príncipe D. Enrique. D. Juan se ve obligado á
ocultarse, y D. Enrique entra en la casa en compañía de sus hermanos. El
ingenio y la gracia de la joven dama encanta á sus visitadores, quienes
le hacen ricos presentes. En el acto segundo vemos á D. Juan,
desesperado por la infidelidad de su amada; hasta la prueba de afecto,
que le ofrece, entregándole todos los regalos recibidos, se estrella en
su incredulidad, y resuelve, por tanto, hacer la corte á otra beldad,
llamada Marcela. Pero acontece que ésta y Dorotea truecan sus domicilios
respectivos, de suerte que las pretensiones amorosas de Don Juan, que
ronda el balcón de la primera, van dirigidas á Dorotea. Nacen de aquí
singulares equivocaciones, cuyo resultado viene á ser que D. Juan se
convence de la fidelidad de su amada. Mientras tanto acomete al Infante
negra melancolía, desesperado del mal éxito de sus ulteriores tentativas
amorosas con Dorotea. Un moro, que se halla en la corte, como embajador
del Rey de Granada, que se dice médico y astrólogo, profetízale las
horribles desdichas que la crueldad de D. Pedro ha de causar á su
familia, la muerte de Doña Leonor de Guzmán y del gran Maestre de
Santiago, así como la de D. Pedro á manos del mismo D. Enrique. Esta
escena, aunque episódica, es de extraordinario efecto, y conmueve aún
más profundamente á D. Enrique, decidiéndose, en un arrebato de pasión,
á poseer á la fuerza á Dorotea. El moro le abre sus puertas y penetra en
su dormitorio; pero la dama lo recibe con la orgullosa majestad de la
inocencia ofendida, y lo reconviene tan vivamente por su indigna
conducta, que él renuncia á su pasión, y para borrar su falta hace á
Dorotea un cuantioso regalo, que, aumentando considerablemente su
fortuna, la habilita para dar su mano á D. Juan con anuencia de su
padre.

En la serie de dramas, que mezclan la historia con caracteres y
situaciones fingidas, ó cuyo centro es tal que no penetra en la
historia general, cuéntanse _La hermosura aborrecida_, _Las aventuras de
D. Juan de Alarcos_, _D. Beltrán de Aragón_, _El primer Fajardo_, _D.
Juan de Castro_, _Quien más no puede_, _La corona merecida_, _El vaquero
de Moraña_, etc.

_La corona merecida_ expone la heróica resistencia de una mujer, de
notable grandeza de alma, á las tentativas de seducción del rey Alfonso
de Castilla. Éste viaja disfrazado para salir al encuentro de la
princesa Leonor de Inglaterra, á fin de observarla en libertad antes de
sus nupcias. Conoce en este viaje á la bella Doña Sol, noble castellana,
y concibe por ella pasión poderosa. El hermano de Sol, que lo sabe, se
apresura á casar á su hermana, para sustraerla así más fácilmente á las
persecuciones del Rey; pero éste nombra al esposo de su amada para un
cargo importante en la corte, para estar más próximo al objeto de su
amor. Doña Sol opone la frialdad y el desdén á las pretensiones de D.
Alfonso, y cuando éste prende á su esposo pretextando un delito supuesto
de traición, finge acceder á sus deseos, y hasta lo cita para recibirlo;
mutílase después y llena su cuerpo de heridas, de suerte que, al verla
el Rey, huye despavorido. El heroismo de esta mujer magnánima se divulga
pronto, y es alabado por todos; la Reina manda llamarla y ciñe sus
sienes con la corona que merece su virtud y grandeza de alma; Alfonso se
arrepiente de su culpable amor, renuncia á él, y premia á ambos
cónyuges, haciéndoles donación de cuantiosos bienes, y de un escudo de
armas para ellos y sus descendientes, que les recuerden hecho tan
heróico.

_El vaquero de Moraña_ es un drama de los más interesantes, y lleno de
encantadoras descripciones pastoriles. Un Conde, que reside en la corte
de León, mantiene relaciones amorosas con una hermana del rey Bermudo,
por cuyo motivo excita contra sí el odio del Rey; huye, pues, con su
amada, y ambos, disfrazados de labradores, se refugian en la casa de un
campesino, en el valle de Moraña. Crúzanse aquí diversos amoríos entre
los individuos de la familia del dueño de la casa y los campesinos; la
bella Infanta, que se hace pasar por segadora, produce aún mayores
complicaciones, excitando con sus encantos en todos los pechos el amor ó
los celos. Llega la noticia de que el rey de León prepara una guerra
contra los moros para apoderarse de los dos fugitivos, creyendo que se
han refugiado ocultamente en la corte del rey de Córdoba. Todos los
vasallos de la Corona se ven obligados á acudir á su llamamiento, y
entre ellos el dueño de Moraña; éste nombra al Conde capitán de sus
soldados, de suerte que lo fuerza á marchar en su propia persecución.
Acabada la campaña, que, como es de presumir, no produce el efecto que
se deseaba, llega el Rey á su vuelta al valle de Moraña, y conoce á la
disfrazada Princesa, que, á la verdad, le recuerda su hermana; pero que
representa tan bien su papel, que lo engaña, y tan agradablemente, que
al fin no teme descubrirse, y obtiene su aprobación para casarse con el
Conde.

Las comedias que tratan de los sucesos de Portugal (_El Príncipe
perfecto_, cuyo argumento es la vida de Juan II; _El duque de Viseo_;
_La discreta venganza_; _El más galán portugués, duque de Braganza_), se
asemejan en todo á las históricas, fundadas en la historia nacional.

En _El duque de Viseo_ se refieren, formando trágico conjunto, los
destinos de Juan de Braganza y del duque de Viseo. El rey Juan II de
Portugal, aconsejado de su pérfido favorito, D. Egas, concibe sospechas
de los cuatro hermanos de la casa de Braganza, y los reduce á prisión.
El duque de Viseo, primo del Rey, y por mediación de su amada Doña
Elvira, cuyos favores solicita también el Monarca lusitano, se esfuerza
en interceder por los prisioneros; pero el Rey recela también del duque
de Viseo, cuya popularidad conoce, temiendo que pretenda subir al trono,
y movido asimismo por las insidiosas insinuaciones de D. Egas. El Rey
manda llamar al Duque, lo destierra á sus dominios, y le descubre,
descorriendo una cortina, el cadáver decapitado de Juan de Braganza,
cuya suerte debe servirle de escarmiento. El Duque se retira á sus
posesiones, pero vuelve á veces á Lisboa disfrazado para visitar á Doña
Elvira. Encuentra casualmente á un pretendido astrólogo, que le
profetiza que algún día llevará ceñida en sus sienes la Corona. Más
adelante, en efecto, al dar una fiesta á sus colonos, lo proclaman Rey
de burlas, y le ponen una corona de flores. Sábese esto en la corte, y
sus enemigos lo explotan para perderlo. Cuando va disfrazado á Lisboa y
habla á la reja con Doña Elvira, entrégale ésta una carta; al
contestarla, en vez de la respuesta, le da equivocado la profecía del
astrólogo. El Rey entra en la habitación de Doña Elvira y le arrebata de
las manos el papel, porque desea casarla con D. Egas, y ella se opone.
El Duque, mientras tanto, permanece solo en la obscuridad. Oye triste
canto de una casa, que le recuerda el deplorable fin del duque de
Braganza, y mira en un rincón de la calle un crucifijo, alumbrado por
una lámpara, á la que se acerca para leer la carta recibida. Una luz
repentina circunda entonces al crucifijo, y cree ver á Juan de Braganza
con el vestido blanco de la Orden y con la cruz, que le exhorta por tres
veces á guardarse del Rey. Éste, cada vez más irritado contra el Duque
por las pérfidas insinuaciones de D. Egas, le ordena que se presente, y
le mata en seguida con su propia mano. Después concede sus bienes y
honores á su hermano Manuel, á quien le avisa le sirva de enseñanza la
suerte de su hermano. Descórrese una cortina y se ve el cadáver del
Duque con cetro y corona á sus pies; á un lado yace Doña Elvira muerta
de dolor. Cuéntase, por último, que D. Egas ha sido asesinado por un
criado del Duque, y el Rey expresa el presentimiento de que el duque de
Viseo ha sucumbido víctima de la traición.

Cuando Lope refiere dramáticamente sucesos de otros pueblos, ó los
combina con sus particulares invenciones, no hace grandes esfuerzos para
darles el colorido local ó el carácter particular de otros tiempos. En
sus costumbres y afectos se vislumbra siempre á España y al siglo XVII.
Esta propensión á imprimir espíritu nacional en elementos extraños, no
merece nuestra censura; pero parece que estos asuntos inspiran más
débilmente al poeta, tan español en todo; por lo menos casi todas las
comedias de esta clase son inferiores á las demás. Entre las que
pertenecen á la antigüedad clásica, sólo merece exceptuarse la de
Nerón, ó según el título español, _La Roma abrasada_, que se distingue
por la pompa lírica de algunas descripciones. En _Las grandezas de
Alejandro_ encontramos otro drama ostentoso, abundante en combates y
magníficas fiestas, cuyas figuras, por lo huecas é hinchadas, dan á
conocer que esta vez ha abandonado al autor su buena estrella. _El
honrado hermano_, que refiere el combate de los Horacios y Curiacios,
contiene, al contrario, muchos rasgos notables y grandiosos, aunque no
merezca nuestra alabanza el arreglo y disposición del conjunto. Más
afortunado ha sido Lope, por lo común, al tratar asuntos del Antiguo
Testamento, á los cuales parece inclinarse con predilección, puesto que
el número de sus obras de esta clase no deja de ser considerable. Sin
mostrarse muy escrupuloso en la observancia de los accesorios externos,
mezcla y harmoniza de tal manera los colores, que resulta un todo
agradable. Muy apropiado á esta especie de argumentos es el tono de
noble sencillez, que se observa en tales dramas. Distínguese
especialmente el que se titula _Los trabajos de Jacob_ (ó José y sus
hermanos, aludiendo con mayor exactitud á la acción), tanto por su
composición sin defectos, como por sus bellos detalles, y por la
profundidad conmovedora y la intensidad de sentimientos que la
caracterizan, de tal suerte, que no parece sino que el poeta ha apurado
en él la superabundancia perenne de su simpático carácter. Comparado
este drama con otros dos, que se titulan _El robo de Dina_ y _Su salida
de Egipto_, ocupa el lugar intermedio, formando los tres una especie de
trilogía. Son de la misma especie, y como la continuación de ellos,
_David perseguido_, _La historia de Tobías_ y _La hermosa Esther_.
Cuando se recorren las demás comedias fundadas en hechos de la historia
antigua ó moderna, se observa frecuentemente, con admiración, que el
inagotable maestro ha tratado con dos siglos de anticipación asuntos,
cuyos primeros autores se creen vulgarmente poetas de los tiempos
modernos. _El castigo sin venganza_ es la historia de los amores
criminales de la duquesa de Ferrara y de su hijastro, que Lord Byron ha
hecho después tan célebre, sin otra diferencia que en la obra de Lope se
da el nombre de Casandra á la que se llama en la de Lord Byron
Parisina[7]. Luis, duque de Ferrara, muestra desde su juventud aversión
al matrimonio, consagrándose á cortejar frívolamente ya á ésta, ya á
aquella dama. De una tiene há tiempo un hijo, nombrado Federico, á quien
ama tiernamente, y á quien espera dejarle sus estados, proyectando
casarlo con su sobrina. Pero como su ministro le representa la
posibilidad de que, á su muerte, se suscite una guerra civil inevitable
entre el pariente legítimo colateral y el hijo natural, se decide, por
último, á casarse, y elige por esposa á Casandra, hija del duque de
Mantua. Federico siente entonces sobremanera verse excluído de la futura
posesión del ducado de su padre; pero éste, que al celebrar su
matrimonio, lo hace más bien por razones políticas que por amor, le
encarga que vaya á recibir á su esposa. Luis, mientras tanto, siguiendo
su costumbre, se entrega á otros amoríos. El drama comienza entonces:
vemos al Duque disfrazado que pasea de noche las calles y galantea á
las beldades de su corte en sus ventanas; una dama, á quien da una
serenata, le reconviene diciéndole que tales galanteos son censurables
atendiendo á sus proyectos de matrimonio. La escena siguiente nos ofrece
á Federico de viaje para recibir á la prometida de su padre en los
límites de ambos estados; encuentra un carruaje, próximo á despeñarse en
un abismo, por haberse espantado los caballos; salva á la dama, que va
dentro, y sabe de ella y de los demás caballeros de su séquito que es su
futura madrastra. En vez del odio, que hasta entonces había sentido
hacia ella, se apodera de su alma, al mirarla, la pasión más violenta;
también Casandra parece mostrar inclinación á Federico, manifestándose
muy retraída. Al acabarse el primer acto, recibe el Duque á la recién
llegada. Al empezar el segundo se ha consumado ya el matrimonio; pero
Luis de Ferrara no muda por esto de vida, sino que, como antes, se
entretiene con otras damas. La bella y joven Casandra, despreciada de su
esposo, consagra á su hijastro toda su ternura, afligiéndole su profunda
tristeza, cuya causa ignora. Descubre al fin, comentando las palabras de
Federico, que el amor es el motivo de su pena, y su inocente inclinación
anterior, aumentándose con la conducta torpe del Duque, degenera poco á
poco en pasión poderosa; vacila, duda, teme y lucha, pero al fin se
abandona á ella. Luis es nombrado mientras tanto general de las tropas
pontificias, y en este concepto se ve obligado á salir al campo. El
valiente y virtuoso Federico, á lo menos hasta entonces, desea
acompañarlo; pero su padre determina encargarle en su ausencia del
gobierno de su ducado, por la confianza que le inspira, y le manda
permanecer en Ferrara. Al comenzar el acto tercero vuelve el Duque
victorioso de la guerra, firmemente decidido á renunciar á su anterior
vida disipada y á consagrarse sólo á su esposa é hijo. El adulterio se
ha perpetrado ya. El Duque concibe algunas sospechas. Federico, para
engañar á su padre, pídele la mano de su sobrina Aurora, despreciada por
él en los primeros arrebatos de su pasión; pero Casandra, ciega de amor,
y celosa á causa del proyectado casamiento, abruma á reconvenciones á su
amante, y el Duque, que los oye, se confirma en sus sospechas. So
pretexto de acordar los preparativos para las bodas de Federico con
Aurora, interroga el Duque á los dos culpables. Esta escena es de
extraordinario efecto. Resulta de ella que el padre y el esposo no puede
ya dudar de su deshonra; pero la pasión de los adúlteros es tan
violenta, que caminan ciegos á su perdición. El Duque ordena á su hijo
que dé muerte á quien encuentre atado en su gabinete, cubierto el
rostro con un velo, y con una mordaza en los labios; Federico ejecuta
sus órdenes, y averigua después que la muerta es su madrastra; luego
perece él á mano de los centinelas por mandato del Duque. Esta horrible
tragedia es sublime por la pintura de afectos, y de singular interés por
el enlace recíproco y verdaderamente dramático de sus distintas escenas.

Otro drama, que se titula _La imperial de Otón_, llama nuestra
curiosidad por el asunto de que trata, que es la historia del rey
Ottokar de Bohemia, representada en los teatros alemanes, no, á la
verdad, con la intención dramática que en la obra de Lope, aunque en
ésta se desfigura no poco la historia. Al principio se describe la
elección del Emperador en Francofordín (Francfort). Los embajadores de
España, de Inglaterra y de Bohemia trabajan en inclinar á los electores
en favor de sus respectivos soberanos; los diversos partidos pelean
también en las calles, pero la elección recae en Rodolfo de Ausburgo, y
por la noche se celebra la coronación del nuevo Emperador con fiestas y
funciones alegóricas. Inglaterra y España declaran legal la elección,
pero el embajador bohemio se retira lleno de ira al ver la inutilidad de
sus anteriores esfuerzos. En la escena inmediata se nos presenta el rey
Ottokar, que conoce ya la inutilidad de sus esperanzas, y que es
excitado por su ambiciosa consorte Ethelfrida á levantarse contra el
nuevo Emperador, y á reclamar para sí la Corona. Ottokar sale, en
efecto, al campo, y en el acto segundo se observan al obscurecer los dos
ejércitos enemigos antes de trabarse la batalla decisiva. El emperador
Rodolfo recibe en su tienda á un adivino, que ha solicitado el permiso
de entrar, y que le anuncia su próxima victoria, y la elevación
posterior de la casa de Ausburgo. Ottokar es, al contrario, visitado por
una aparición, que lo reconviene por su criminal empresa y que le
profetiza su ruina: el espectro hace en él tal impresión, que resuelve
renunciar á su propósito; sin embargo, impone como cláusula de su
sumisión que ningún testigo asista al rendir su homenaje al Emperador y
pedirle perdón. Rodolfo promete cumplirla. Vese en el fondo la tienda
del Emperador, cerrada por todas partes, y delante de ella grupos de
guerreros imperiales y bohemios, que, juntos ya, se confunden unos con
otros; de repente cae la cortina de la tienda, y aparece Rodolfo con
todas las insignias de su cargo, teniendo en sus manos el cetro y la
esfera imperial, y á sus pies, y de rodillas, al humillado Ottokar; éste
se levanta entonces colérico, y acusa al Emperador de haber quebrantado
su palabra; pero Rodolfo le contesta que su homenaje y perdón, con
arreglo á su promesa, sería sólo sin testigos, pero que después era
justo, en castigo de su delito, humillar al vasallo rebelde por haber
osado levantarse contra su legítimo soberano. Ottokar regresa á Praga
lleno de sombrío resentimiento, siendo recibido por su esposa Ethelfrida
con muestras de desprecio por su pusilanimidad. La Reina sale armada á
su encuentro á la puerta del palacio, y embrazando una lanza, y le
prohibe la entrada, de cuyo honor le reputa indigno. Sus reproches y
exhortaciones dan por resultado que se rebelen de nuevo los bohemios y
tomen las armas, y ella en persona lo acompaña á la guerra. Antes de la
batalla decisiva se aparece otra vez la visión á Ottokar, pero ahora no
la atiende, precipitándose en lo más espeso de la pelea, y sucumbiendo
de los primeros. Su cadáver es llevado á la presencia de Rodolfo; viene
también Ethelfrida; ensalza el heroismo de su esposo, cuya muerte
prefiere á una vida deshonrosa, y se aleja de allí para morir; el
Emperador, sin embargo, ordena que se tributen los bélicos honores á su
enemigo difunto.

En _El ejemplar mayor de la desdicha_ hallamos la trágica historia de
Belisario, según su versión fabulosa, y en los términos en que la han
utilizado las novelas, tragedias y óperas, fundadas en las _Chiliadas_
de Juan Tzetze. _El gran duque de Moscovia_ describe la vida y aventuras
del falso Demetrio, aunque sin tener en cuenta la verdadera historia,
sin duda por no ser bien conocida en España. Los demás dramas de la
misma especie, dignos de mención especial, son muy inferiores á los
citados en sus argumentos y en el plan á que se ajustan. _El Rey sin
reino_ pinta, con los más vivos colores, los desórdenes y revueltas que
precedieron á la ascensión al trono de Hungría de Matías Corvinus; los
sucesos y catástrofes se repiten con harta frecuencia para no debilitar
la unidad de acción. _Contra valor no hay desdicha_, que representa la
juventud de Ciro, se distingue por su carácter pastoril, y contiene, en
sus escenas campestres, numerosas descripciones de la especie en que
sobresale particularmente Lope. Por el contrario, _La reina Juana de
Nápoles_, es una producción desdichada, porque, exponiendo pasiones
vulgares en sus arrebatos más vehementes, sólo engendra inconsecuencias,
y, á pesar de su sangrienta catástrofe, anula por entero el efecto
trágico que se propone. Desearíamos que Lope no fuese el autor de esta
tragedia, cuya autenticidad, por desgracia, es irrecusable.

Algunos otros dramas del mismo género, que nos interesarían
especialmente, como _La doncella de Orleans_, _El valiente Jacobín_
(Jacobo Clemente, según se conjetura), no existen ya, al parecer.

Llegamos, pues (para defender aquellas comedias cuyo argumento no es de
invención suya, sino fundadas en materiales anteriores), á los dramas
mitológicos de Lope. Su número no es considerable, comparado con los de
otras clases del mismo. En su mayor parte pertenecen, según se cree, á
sus últimos años (menciónanse algunos en su prólogo del _Peregrino_), y
se escribieron en concurrencia con otros poetas cuando la afición al
lujo escénico y á la ostentación, peculiar de las óperas, comenzó á
enseñorearse del teatro español. Lope no era propicio á esta nueva
dirección del gusto, según asegura rotundamente varias veces, con
especialidad en los prólogos á los tomos XV y XVI de sus comedias, y,
sin embargo, ha sido aún más indulgente de lo necesario con las comedias
de este género. Obsérvase, no obstante, que lo hace más bien por seguir
la moda y por obedecer á motivos externos, que por inspiración propia,
puesto que, por lo común, se nota como cierta frialdad y cansancio que
no puede ocultarse, á pesar del lujo de la exposición y de sus
brillantes descripciones. No por esto ha de condenársele; al contrario,
tanto en el complicado enredo de estas fábulas pomposas, cuanto en la
riqueza y variedad de las situaciones y resortes dramáticos, y en las
innumerables bellezas aisladas que las adornan, se encuentra una prueba
sólida de la flexibilidad de los talentos poéticos de Lope. Tales son
_La fábula de Perseo_, _Las mujeres sin hombres_, _El laberinto de
Creta_, _Adonis y Venus_ y _El vellocino de oro_. Por lo demás, en todas
ellas el asunto mitológico se transforma en romántico, de la misma
suerte que sucedió más tarde en las conocidas de Calderón de igual
índole.



CAPÍTULO XV.

     Comedias caballerescas.--_Castelvines y Monteses._--_El nuevo
     Pitágoras._--_La octava maravilla_, é indicación de los argumentos
     de otras.


A los dramas fundados en las fábulas antiguas sigue
otra serie, cuyos argumentos provienen de leyendas ó romances del gran
ciclo tradicional de la Edad Media. Algunas se asemejan singularmente á
las mitológicas en su propensión á representarnos encantamientos y
maravillas sensibles: tal es _Los palacios de Galiana_, ó la narración
dramática correspondiente al ciclo de tradiciones relativas á Carlomagno
(cons. á Turpín, cap. 20, y los _Reali di Francia_, lib. VI, capítulos
18-51). Esta composición encierra en sí todas las bellezas de los
mejores libros fantásticos de caballería. _La mocedad de Roldán_ (según
indica el prólogo escrito en la juventud de Lope), es la bella
historia, popular entre nosotros por la balada de Uhland titulada _der
klein Roland_. La fuente de donde la tomó el poeta español, es _La
historia del nacimiento y primeras empresas del conde Orlando_, por
Pedro López Enríquez de Calatayud: Valladolid, 1585. _La pobreza de
Reynaldos_ trata de los sufrimientos y hechos de Reynaldos de Montalbán,
hijo de Haimón, durante su destierro, con arreglo al _Libro del noble y
esforzado caballero Reynaldos de Montalbán_, por L. Domínguez: Sevilla,
1525. En _El marqués de Mantua_, la leyenda de Baldovinos y Carloto, muy
conocida en España por los romances populares, y fundada en las
tradiciones pertenecientes al ciclo de Carlomagno y sus paladines,
aunque modificada ya por el sello nacional; en _El nacimiento de Ursón y
Valentín_, un arreglo dramático del libro de las aventuras de los
sobrinos de Pipino, muy parecida en su argumento á la leyenda más
popular del emperador Octaviano (_Histoire de deux nobles et vaillants
chevaliers Valentin et Orson_: Lyon, 1495; la italiana en Venecia en
1558: no sabemos si existe alguna versión española). La patética
historia de la bella Magalona, repetida en todas las lenguas europeas
(en español _La historia de la linda Magalona, hija del rey de Nápoles y
del muy esforzado caballero Pierres de Provenza_: Toledo, 1526;
Sevilla, 1533), es el asunto de _Los tres diamantes_, drama excelente
por su argumento, aunque en la traza del plan se observen algunos
lunares, comunes á las primeras obras de Lope; pero anima al conjunto
tanto vigor, reina en todo él tal encanto romántico, que nos arrebata y
nos hace olvidar sus defectos.

Otros, fundados en los mismos ciclos tradicionales, como _El jardín de
Falerina_ (de Boyardo, lib. II, cap. 3.º, págs. 66 y siguientes), _Los
celos de Rodamonte_ y _La Circe Angélica_ (del Ariosto), _Angélica en el
Catay_ (continuación de Ariosto, por Lope), _Roncesvalles_, _La venganza
de Gayferos_, etc., no los hemos leído, y, según todas las
probabilidades, no existen ya en nuestros tiempos.

Llegamos ahora á los dramas basados en novelas italianas ó españolas.
_El mayordomo de la duquesa de Amalfi_ (del _Bandello_, parte 1.ª Nov.
26), es importante, porque podemos compararlo con la antigua tragedia
inglesa de Webster, cuyo argumento se funda en el mismo suceso (_The
Duchess of Malfy_, en las _Works of John Webster_, ed. Alexander Dyce,
London, 1830, vol. I); pero la ventaja es aquí del autor inglés sin
género alguno de duda, porque su obra, excéntrica á la verdad, pero
original hasta lo sumo, y de notabilísima pintura de afectos, es de lo
más notable que escribieron los coetáneos de Shakespeare, mientras que
el drama español, trazado con ligereza, sólo nos ofrece un tejido de
ordinarias y vulgares intrigas.

_Los Castelvines y Monteses_, de Lope, está fundado en la misma versión
italiana (_Novelle di Bandello_, tomo II, Nov. 9), que el _Romeo y
Julieta_, de Shakespeare. Parécenos interesante exponer la serie de sus
escenas, para compararlo con la célebre tragedia inglesa.

_Jornada primera._ Roselo (el Romeo de Shakespeare) y Anselmo, dos
caballeros del partido de los Monteses, discurren sobre una fiesta, que
se ha celebrado en el palacio de los Castelvines. Se oye á lo lejos la
música de esta fiesta; Roselo desea vivamente asistir á ella; su amigo
intenta disuadirlo de esta locura, porque los Castelvines son
implacables enemigos de los Monteses; pero al fin acuerdan enmascararse
y entrar así con los invitados. La escena segunda representa el alegre
bullicio de la fiesta. Antonio, caudillo de los Castelvines, conversa
con otros de su partido, y manifiesta su ardiente deseo de casar á su
hija Julia con el joven Octavio, aunque sienta que el corazón de ella no
parezca muy inclinado en su favor. Mientras tanto aparecen enmascarados
Roselo y Anselmo. Roselo, al ver á Julia, experimenta tal emoción, que
casi pierde el sentido, y en este desorden se quita la máscara. Antonio
lo conoce al punto, sale de sí de rabia é intenta matarlo, aunque no lo
ejecuta merced á los ruegos de los demás caballeros, que invocan en
favor de su enemigo los derechos de la hospitalidad. Roselo se acerca á
Julia mientras tanto; ella exclama:

    Si el Amor se disfrazara
    Para dar envidia á Febo,
    Pienso que de este mancebo
    El talle y rostro buscara;
    Y yo pienso que Amor es,
    Que, para quitar la paz,
    Viene con este disfraz.

Roselo, por otra parte, prorrumpe en las palabras siguientes:

    ¡Ay, cielos! ¿Que fuí Montés?
    ¡No fuera yo Castelvín!
    ¿Tanto le costaba al cielo?

El enamorado aprovecha estos momentos, en que se imagina que no lo
observan, para declarar su amor á Julia; ésta desliza en su mano un
anillo, y para la noche siguiente lo cita en el jardín. Retíranse los
convidados, y Julia se queda sola con su doncella Celia; confiésale la
repentina pasión que se ha despertado en su pecho, pero se arrepiente de
su precipitada promesa, y expresa su resolución de esforzarse en
dominar su amor; pero éste es tan poderoso, que al fin la vence. Las dos
escenas que siguen, son superfluas para el curso de la acción. Asistimos
luego á la entrevista nocturna de los dos amantes, llena de fuego y de
apasionada ternura; Julia, al fin, después de hacer alguna resistencia,
accede á las súplicas vehementes de Roselo de casarse con él en secreto.

_Jornada segunda._ El enlace clandestino de Roselo y de Julia se supone
ya consumado, pero la dicha de ambos es poco duradera. Al comenzar el
acto vemos una plaza, que hay delante de una iglesia, en la cual se
celebra una misa mayor; durante los Oficios se suscita una ardiente
contienda entre los Castelvines y los Monteses: los caballeros de ambos
partidos salen en tropel de la iglesia para atacarse; Roselo se presenta
en medio de todos, é intenta aplacarlos, manifestándoles que, para
extinguir el odio que se profesan las dos familias enemigas, conviene
que Octavio se case con una dama de los Monteses y él con Julia. Octavio
se enfurece al oirlo; se lanza contra Roselo, y éste, viéndose forzado á
defenderse, lo derriba á sus pies sin vida. Aparece entonces en el
teatro de la lucha el príncipe de Verona, atraído por el choque de las
espadas; ordena á los combatientes que desistan de su contienda, y
destierra á Roselo de la ciudad por largo tiempo. Este, antes de partir,
visita á su joven esposa, de la cual oye la más tierna despedida.
Después de retirarse, sorprende su padre á Julia llorando; pregúntale la
causa de sus lágrimas, y ella finge verterlas por la muerte de Octavio.
Antonio resuelve entonces enlazarla al conde París en vez del difunto
Octavio, y con tal propósito le envía un mensajero. Este encuentra al
Conde en compañía de Roselo, que, atacado por los Castelvines delante de
la ciudad, debe su salvación al conde París, que lo acompaña hacia
Ferrara. El Conde participa á su compañero el contenido de la carta que
recibe; Roselo se conmueve naturalmente al oirlo; cree que Julia le es
infiel, y en un lastimero monólogo se abandona al dolor y á la
desesperación; pero luego prosigue su camino hacia Ferrara, y decide
vengarse de su desleal esposa casándose con otra.

_Jornada tercera._ El padre de Julia, empleando los ruegos y las
amenazas, la conmina á prestar su consentimiento á su enlace con el
Conde; resístese cuanto puede, pero previendo que habrá de ceder á la
fuerza, envía á Celia en busca del sacerdote Aurelio, confesor suyo,
para pedirle en este trance su ayuda y su consejo. Al comenzar este acto
se supone haber sucedido todo lo expuesto. Preséntase Antonio, y
anuncia á su hija que la obligará á obedecer sus órdenes. Julia queda
dudosa; acude entonces Celia, y trae un frasco, que le ha entregado
Aurelio, conocedor de todos los secretos de la naturaleza; Julia, para
salvarse, ha de beber todo el líquido que contiene. Apúralo la
desdichada; siente en seguida los efectos del veneno, y cae en tierra
pronunciando el nombre de Roselo. Las escenas inmediatas son en Ferrara;
forman episodios, y nos muestran á Roselo, que, por vengarse de Julia,
hace la corte á otra dama, pero demostrando claramente que su corazón
siempre se inclina á su primer amor. Por Anselmo sabe la nueva de que
Julia se ha envenenado; se convence así de la fidelidad de su amada, y
prorrumpe en desesperadoras lamentaciones; Anselmo lo consuela, sin
embargo, diciéndole que el supuesto veneno, según asegura Aurelio, ha
sido sólo una bebida soporífera, y que Roselo encontrará viva á su
esposa en la bóveda en que se entierran los muertos. Esta noticia
infunde en el enamorado nuevo vigor, y, aunque no libre del todo de
recelo, se apresura á encaminarse á Verona. En la escena siguiente vemos
á Antonio y al conde París lamentándose de la muerte de Julia. Antonio,
ya sin herederos, resuelve casarse con su sobrina Dorotea, para que su
fortuna no pase á otra familia después de su muerte. Múdase entonces el
lugar de la escena, que nos representa el panteón de la familia de los
Castelvines. Julia ha despertado; su sorpresa, su horror y su amor le
inspiran en esta mansión sombría un monólogo de admirable verdad y
sentimiento. Preséntase Roselo y su servidor; el último tropieza y cae,
apagándose la luz que lleva; su angustia y su manera ridícula de
expresarla, forman el más chocante contraste con lo terrible de la
escena, y con la obscuridad del lugar en donde yace. Roselo estrecha en
sus brazos á su devuelta esposa, y ambos huyen al castillo del padre de
Julia. Esta, Roselo, Anselmo y el criado se disfrazan de labradores,
para aprovechar la primera ocasión de alejarse que se les presente.
Antonio llega al castillo en compañía de otros Castelvines, para
solemnizar sus bodas con Dorotea. Su venida obliga á los disfrazados á
ocultarse. Julia se refugia en la parte superior del aposento, que su
padre habita, lo cual da origen á una escena admirable; Julia habla á
través de las hendiduras del suelo, y Antonio cree oir la voz de su
espectro.

    JULIA.

                                ¡Padre!

    ANTONIO.

    La voz conozco. ¡Muerto quedo!

    JULIA.

                                ¡Padre!

    ANTONIO.

    Esta es Julia ó me la forma el miedo.

    JULIA.

    Oye, ingrato padre mío,
    Si acaso sentido tienes,
    Estas últimas palabras,
    Aunque después de mi muerte.

    ANTONIO.

    ¡Hija! ¿Eres tú?

     *       *       *       *       *

     *       *       *       *       *

    JULIA.

    Padre, pues del otro mundo
    Vengo á hablarte, escucha, atiende.

     *       *       *       *       *

     *       *       *       *       *

    Yo me maté por tu causa.

    ANTONIO.

    ¿Por mi causa?

    JULIA.

                  Claramente.
    Tú me casabas por fuerza.

    ANTONIO.

    Mi intento fué bueno.

    JULIA.

                          Advierte
    Que el Conde me merecía;
    Mas no quiso Amor que fuese
    Mi esposo, porque ya estaba
    Casada.

    ANTONIO.

            Culparte debes
    A ti misma en no decirme
    Lo que tan tarde me ofreces.
    Dijérasme: «Padre mío,
    Yo soy mujer flaca y débil;
    Caséme contra tu gusto,
    Yerros de amor oro tienen.»
    Perdonárate yo entonces;
    Que no es posible eligieses
    Hombre tan vil, siendo cuerda,
    Y en virtud é ingenio un fénix.

    JULIA.

    Cualquier hombre te dijera,
    Por vil y bajo que fuese;
    Y no pude el que me dió
    Para marido mi suerte.
    Casome Aurelio con él;
    Que hasta tanto que tuviese
    La bendición de la Iglesia
    No fué posible moverme.
    Dos meses fué mi marido.

    ANTONIO.

    ¿Que no se supo en dos meses?

    JULIA.

    No, padre, porque el peligro...
    No hay cosa que más enferme.
    Pues como me vi casada,
    Y que casarme pretendes,
    Dime la muerte, y estoy
    A donde imaginar puedes.

     *       *       *       *       *

     *       *       *       *       *

    Sólo te pido que me honres,
    Y que en paz y amistad quedes
    Con el que fué mi marido,
    Y que su muerte no intentes;
    Que si lo haces, te juro
    Que los días que vivieres,
    Con el fuego que me abrasa,
    Cada noche te atormente.

    ANTONIO.

    Pero di, ¿quién es el hombre?

    JULIA.

    El que á Octavio dió la muerte,
    El hijo del que sustenta
    Tus enemigos Monteses.
    Roselo, padre, se llama.

Los demás Castelvines descubren mientras tanto á Roselo, y lo traen
prisionero para saciar en él su sed de venganza. Antonio, sin embargo,
pensando todavía en la voz que ha resonado en sus oídos, abraza á
Roselo, y le cuenta su visión. Aplácanse todos al escucharlo. Aparece
entonces Julia, y cuenta que Roselo la ha librado de las garras de la
muerte, por cuya razón es aprobado por todos el enlace de los dos
amantes, que sella la reconciliación de los Monteses y Castelvines. La
conclusión es, sin duda, la parte más débil de este drama. ¡Cuán grande
es el abismo, que separa á la catástrofe tan patética y tan
profundamente conmovedora de Shakespeare de esta terminación cómica! Al
contrario, las demás partes de la obra de Lope nos ofrecen escenas, que,
por su fuego amoroso, ternura é intensidad de afectos, rivalizan con las
de la tragedia inglesa; y, de todas maneras, la comedia de Lope es
incomparablemente superior al arreglo dramático de la misma novela,
hecho después por Francisco de Rojas.

Infinitamente más bella que las dos últimas comedias es _La quinta de
Florencia_, cuyo argumento se funda también en una novela de Bandelo
(consultad además _Les histoires tragiques_ de Belleforest, tomo I,
hist. 12, y á Goulart, _Histoires admirables_, tomo I, pág. 212), y la
ventaja resultará, indudablemente, en favor de Lope, y en contra de
Beaumont y de Fletcher, quienes, en su _Maid of the mill_, han tratado
dramáticamente de este mismo asunto. Si el drama inglés se divide con
poco criterio en dos acciones, la de Antonio, Ismenia y Aminta, y la de
Otrant y Florinel, el español le excede por su artística composición,
puesto que todas sus escenas están estrechamente enlazadas entre sí, y
la atención del espectador no se distrae un solo instante; hasta la
pintura de caracteres y de afectos, y las situaciones dramáticas,
merecen también nuestra plena aprobación. _El halcón de Federigo_ se
funda en la novela del halcón del Decamerón (Giorn. 5, Nov. 9), y _El
remedio en la desdicha_ en la celebrada leyenda de Abindarráez y Jarifa
de la _Diana_ de Montemayor. _El guante de Doña Blanca_ refiere el mismo
suceso que el _Handschuh_, de Schiller, sin otra diferencia que el lugar
de la escena es la corte de Portugal. En _La prueba de los ingenios_
admiramos la misma fábula oriental, que ha sido adoptada en las novelas
del Occidente, cuyo origen parece ser el _Heft peiger_, de Nisami, tan
famoso por el Turandot de Gozzi. _El mármol de Felisardo_ muestra en su
acción notable semejanza con el cuento de invierno de Shakespeare; y
como este drama, según parece, proviene de la _Pleasant History of
Dorastes and Fawina_, de Roberto Green, es de presumir que todas estas
obras tengan por base una antigua novela, desconocida para nosotros y
aprovechada también por Lope.

Debemos mencionar inmediatamente una serie de producciones literarias,
cuya índole puede caracterizarse con el nombre de _novelas dramáticas_.
Aludimos á aquéllas, cuyas escenas se ajustan entre sí levemente y sin
sujetarse á verdadero plan dramático, y que además, por sus sucesos
novelescos é imprevistos, tienden á impresionarnos insólita y
sobrenaturalmente. Cuéntanse, entre ellas, algunas de las citadas; pero
hay otras muchas que no deben clasificarse con las anteriores, ya porque
son de exclusiva invención del poeta, ya porque nos son desconocidas, á
pesar de nuestra diligencia, las tradiciones ó novelas en que se apoyan.
Cualquiera que sólo hubiese leído estos dramas de Lope, no dudaría en
formar de su talento para la composición dramática la idea más
favorable, puesto que plan y caracteres se sacrifican con demasiada
frecuencia al afán de ofrecer nuevas y sorprendentes situaciones, y á la
propensión á lo sobrenatural y monstruoso. La alternativa de aventuras
maravillosas, que no pocas veces sólo dependen de tenue hilo, pero que
llevan la atención del espectador de una á otra situación interesante,
parece haber sido el blanco principal que se proponía alcanzar el poeta.
Cuando para lograrlo no encuentra mudanzas extraordinarias de fortuna,
sucesos singulares que tocan en los límites de lo increíble, por ser
raros entre los históricos conocidos y por su incompatibilidad con el
tiempo y con el lugar real y verdadero en que hubieron de ocurrir, crea
países imaginarios, funda reinos y eleva al trono dinastías que jamás
existieron. La India y la Persia, la Hungría y Polonia, la Transilvania
y Macedonia, se convierten en teatro de insidiosos asesinatos,
encantamentos y revoluciones soñadas. La geogragía y la historia de
estas obras parece la misma que la de los libros de caballería, y si por
casualidad se aprovecha algún acontecimiento histórico, ó que lo
parezca, va acompañado de los pormenores más novelescos é inconciliables
con la verdad histórica. Lope, según la expresión de Sancho Panza, tiene
siempre á mano el reino de Dinamarca ó de Sobradisa, que le vienen tan
de molde como anillo al dedo, y destroza con portentosa presteza á los
emperadores de Trebisonda ó á los tiranos de la Albania. Obliga á sus
personajes á correr de Levante á Poniente, del Septentrión al Mediodía,
ya dando batallas, ya danzando en amoríos; el lugar de la escena es ya
Alejandría, ya Babilonia, ya Irlanda ó Siebenburga. La acción es
frecuentemente un conjunto de sucesos contradictorios de la más extraña
especie.

La más rara confusión de elementos heterogéneos; la unión más absurda y
caprichosa de catástrofes trágicas y de cómica licencia, de paganismo y
cristianismo; el concurso más singular de personajes; el enlace más
monstruoso de lo completamente sandio y sin sentido con lo más ingenioso
y divertido, se encuentra en _El nuevo Pitágoras_. Si un poeta
fantástico de nuestros días se propusiese, en un arrebato de excéntrica
originalidad, escribir una obra llena de disparates, podría difícilmente
asemejarse á la de Lope, y, sin embargo, este aborto de la imaginación
más desarreglada, nos ofrece muchos rasgos admirables en el oleaje de
sus absurdas visiones. La rareza[8] de esta comedia nos autoriza para
darla á conocer más exactamente.

_Jornada primera._ Cárcel de esclavos en Marruecos. Razonte, joven
castellano de familia distinguida, es cautivado por piratas moros en las
costas de España, cuando se disponía á encaminarse á Madrid para casarse
con la bella Angélica. Yace durmiendo en su prisión subterránea, y es
visitado por el Dios Amor, que lo exhorta á huir de su cárcel, porque,
de no hacerlo, perderá á su prometida. El plan que le sugiere para la
realización de este designio, es el siguiente: la sultana Zelora ha
tramado con el joven Mahamud una conspiración para atentar á la vida del
Sultán la noche inmediata; se encontrará un puñal en poder de Zelora y
una carta á Mahamud, que probarán su traición. El Amor aconseja, pues, á
Razonte que los delate, para que, agradecido el Sultán, le conceda la
libertad, decidiéndose Razonte á seguir su consejo. La escena que sigue
nos ofrece á Zelora y Mahamud hablando de sus amores: tan grande es la
violencia de su pasión, que discurren sin precaución alguna acerca de su
criminal proyecto; es fácil, por tanto, á Razonte conocer hasta los
detalles más insignificantes de la conjuración, y se apresura á
descubrirla al Sultán; éste hace ahogar á Mahamud y á los demás
conjurados, pero perdona á Zelora, á quien siempre ama, y le asegura que
la amará también en lo sucesivo; pero ella lo trata con desprecio,
rechaza su perdón, y se mata en su presencia. El Sultán dispensa grandes
beneficios á Razonte por haberle salvado la vida, embarcándose después
hacia España. Múdase entonces la escena á las costas de Andalucía.
Razonte y su criado Carlino, que es el gracioso, alcanzan nadando la
Sierra, por haberse ido á pique, en una tempestad, el buque que los
traía; los pescadores de la costa los acogen hospitalariamente, y son
llevados á la casa de un rico molinero, llamado Butrago, en la cual
permanecen muchos días. Razonte sufre mil importunidades de Aldonza,
sobrina de su huésped, pero guarda fidelidad á su Angélica. Carlino
busca á un judío para empeñar unos diamantes que su señor ha salvado del
naufragio, y de paso intenta convertir al descreído. Los dos náufragos
prosiguen su viaje á Madrid; Aldonza se queda desconsolada,
aconsejándole Butrago que nunca ofrezca su corazón á gentes principales.
En la escena siguiente vemos un jardín en Madrid, y en él una fuente con
su saltador, adornada con la estatua del Amor. Razonte, fatigado del
viaje, duerme á los pies de la estatua, excitándole en sueños el Dios á
que se encamine á un lugar solitario á orillas del Manzanares, y oiga
los consejos de un piadoso ermitaño que lo habita. Despierta entonces el
viajero, y emprende su peregrinación; á poco encuentra á Mysón, criada
de Angélica, y le pregunta por su amada, informándose también de cuanto
ha ocurrido en su ausencia en casa de Doña Beatriz, madre de Angélica.
«Tranquilizaos--le dice Mysón,--Angélica es fiel á vuestro amor; pero
sabed una nueva extraña: Doña Beatriz se ha casado con el Doctor
Cornágoras.»

«¿Es posible?--le replica Razonte.--Los celos, de seguro, no molestarán
á este matrimonio. Pero dime ¿de qué encanto se ha valido el Doctor para
celebrar esta boda?»

«Su cabeza--añade Mysón--se ha extraviado con la absurda creencia de la
transmigración de las almas. Afirma que fué antes Priamo, César,
Tamerlán, Alejandro y no sé cuántos más; con estas ideas ha trastornado
el seso á Doña Beatriz, habiéndole dicho que en su cuerpo habita el alma
de Elena, dándole ella crédito sólo por ser él quien lo dice. Se ha
casado, pues, con él, aunque no se oponga á vuestros deseos,
proponiéndose que su hija dé su mano á Héctor de Sandrago, por ser para
ella el Héctor troyano.»

Razonte se aflige sobremanera al oir esta noticia, y resuelve buscar al
ermitaño para pedirle consejo.

_Jornada segunda._ Escena superflua, en que Carlino se chancea con el
criado de Cornágoras; el loco doctor viene también, riñe á su servidor,
que es un perfecto imbécil, y sólo sirve para excitar la risa con su
endiablada jerigonza. «¡Sí--exclama,--ya sé quién eres, traidor! Eres el
infame Anaximandro que negaba la existencia de los Dioses, y todo lo
explicaba por la casualidad; te he visto muchas veces, y sostuve
contigo, en Mileto, una larga disputa sobre este punto.»

Múdase el lugar de la acción; vese la residencia del ermitaño Helvidio,
á quien Razonte cuenta sus penas. Helvidio hace jurar al desdichado
amante que, en caso de conseguir algún día la mano de Angélica,
edificará en el paraje en donde se levanta la ermita una hermosa iglesia
con un hospital para los pobres caminantes. Arrodíllanse ambos á orar;
aparécese un ángel que exhorta á Razonte á buscar á una vieja
encantadora morisca, para ser testigo de su maravillosa conversión, y
para averiguar, con su ayuda, el medio de lograr la realización de sus
deseos. Ábrese el fondo del teatro, y se presenta la cueva, en donde
Rustana ejerce su infernal arte: describe en el suelo círculos mágicos,
y recita fórmulas de encantamentos para que sucumban los héroes marinos
españoles, tan peligrosos para los corsarios africanos, volviéndose de
vez en cuando á un mono grande, que le revela los misterios de lo
porvenir. Preséntase el ángel y manda al mono que indique á Razonte los
medios de hacer á Angélica suya; obedécelo el mono, presa de horribles
convulsiones, y dice: «Sólo vencerás, si te vuelves loco como
Cornágoras,» cayendo muerto después de pronunciar estas palabras. El
celestial mensajero se vuelve luego hacia la hechicera, y la exhorta á
renunciar á sus artes diabólicas; ella siente de pronto que todo su sér
se altera, y promete expiar sus anteriores pecados haciendo rigurosa
penitencia. Razonte sale en busca de Angélica; abrázala tiernamente tras
tan larga ausencia; declárale las palabras del oráculo, y acuerdan ambos
que Razonte finja creer en la metempsícosis y pasar por un héroe de la
antigüedad. Entran en la habitación de los padres de Angélica.

BEATRIZ.--¿Qué veo? ¿Razonte? ¿No os he dicho millares de veces, que
renunciéis para siempre á mi hija? Sólo Héctor será su marido.

RAZONTE.--Más humana ¡oh cruel Elena! fuiste antes conmigo; antes no
preferías á Héctor.

BEATRIZ.--¡Cielos! ¿qué oigo?

CARLINO.--¡No dudes ya; éste es Paris, en cuerpo y alma!

BEATRIZ.--Paris, amante mío, ¿eres tú verdaderamente? ¡Sí! ¡Ya te
reconozco! ¿Por qué me has tenido engañada tanto tiempo?

RAZONTE.--Para espiarte tranquilo. He visto tu infidelidad al casarte
con este gran filósofo; pero ya que te he perdido, he determinado
consolarme en mi desdicha y ser tu yerno, porque la bella Angélica es tu
vivo retrato, y te amaré á ti amando á ella.

BEATRIZ.--Que Angélica sea tuya ¡cuenta con mi promesa! Pero dime: ¿en
dónde has estado después de todas nuestras desdichas?

RAZONTE.--Por ti he derramado lágrimas bajo formas infinitas; he sido
tigre, zorro, oso, ave de rapiña, alguacil, y por último, me alojé en el
cuerpo de Razonte.

BEATRIZ.--Y yo, después de haber sido Elena, anduve largo tiempo errante
y sin domicilio fijo; fuí luego ratona y me casé con un ratón, pero la
muerte acabó con nuestras alegrías: un gato nos atrapó al salir de
nuestro agujero, cuando gustábamos de todas las dulzuras del matrimonio,
y el infame nos devoró.

CARLINO.--Yo fuí ese gato: lo recuerdo con deleite, porque vuestro sabor
era exquisito. Cuando érais ratona no estábais tan flaca como ahora.
Sólo habéis conservado el color pardo de vuestro cutis.

CORNÁGORAS.--Y yo fuí antes Pitágoras, Sócrates, Alejandro, Catón,
Escipión... (_A Carlino._) Pero, ¡santo Dios! ¿veo yo bien? Sí; ¡ya te
conozco! ¡Tú eres Aquiles!!

BEATRIZ.--¿Es posible? ¡Aquiles! ¡Cuántos hombres grandes contemplo en
este día!

CARLINO.--¿Cómo? ¡El diablo me lleve! ¿Yo Aquiles? Pero ¿quién era
Aquiles? ¿No fué un Emperador romano?

_Jornada tercera._ Beatriz desea que se celebre el enlace de Angélica y
Razonte, pero para lograrlo ha de rescindir antes el contrato de
casamiento, que se halla en poder de Don Héctor, negándose á hacerlo.
Razonte se desespera y vaga, lamentándose, por lugares solitarios.
Ocurre luego una escena de devoción católica, que forma el más extraño
contraste con las divertidas que le preceden y subsiguen. El ángel se
presenta al desolado amante y le dice que recuerde sus votos, escritos
en el cielo, á cuyo cumplimiento le exhorta, ya que Helvidio ha muerto.
Añade que Rustana, la encantadora, ha fenecido, como el ermitaño, en la
expiación y el arrepentimiento; que sus almas yacen en la mansión de
los bienaventurados, y que, por mandato de Dios, le presenta sus
cadáveres para que su vista le infunda el amor á la virtud y el
desprecio de los goces mundanos. Se ve á Helvidio y Rustana muertos,
descansando en un lecho cubierto de flores: un coro de ángeles se cierne
sobre sus cabezas y canta un himno, mientras Razonte se arrodilla, y al
final de cada estrofa repite el _Gloria in excelsis_. Confirma con
nuevos juramentos su anterior voto, y el ángel le anuncia que, al lado
de su Angélica, vivirá feliz muchos años como fundador del hospital
futuro. Después de estos rasgos de ascetismo recomienzan las escenas
burlescas en la casa del Doctor. El divertido personaje Carlino, llamado
Aquiles por todos, se imagina que es el héroe griego, y al desempeñar
este papel no sale seguramente mal librado, porque lleva vestidos
lujosos, propios de su alto rango, y se regala de lo lindo. Pero esta
dicha es poco duradera, porque Don Héctor lo cita á singular combate;
depone entonces su espada y sus regias insignias, y le dice que el
Demonio se lo lleve si ha sido alguna vez un héroe; que creyó vivir
sosegado y tranquilo llamándose Aquiles; pero que sabiendo ya que ha de
pelear, renuncia á su dignidad y prefiere la vida. Este cambio de
carácter en Aquiles admira á todos, pero no por esto se decide á pelear
con su émulo, habiéndolo ya vencido en Troya.

BEATRIZ.--¡A él, valeroso Aquiles!

CARLINO.--¡Calla, lengua ponzoñosa!

RAZONTE.--¡Desenvaina tu espada!

CARLINO.--¡Sudo de miedo por todos mis poros! (_Desenvaina la espada y
se acerca á Héctor haciéndole cortesías._)

HÉCTOR.--¡Dios mío! ¡Mi ánimo desfallece!

CARLINO.--Tiene voz de trueno. ¿Quisiérais, bondadoso señor Razonte,
tirarle al suelo ó sujetarle las manos?

RAZONTE.--¡Cobarde!

BEATRIZ.--¿Es posible, Aquiles?

CARLINO.--No veo otro recurso que darle el golpe de gracia; si no, me
mata. ¡Toma! (_Tira dos botas á Héctor._)

HÉCTOR.--¡Yo muero!

CARLINO.--¿Me ha alcanzado? ¡Cielos, qué temblor el mío!

HÉCTOR.--Me doy por vencido. ¡Perdón!

CARLINO.--Según parece, también tiene miedo.

MYSÓN. (_La criada abrazando á Héctor._)--Si no nos entregas ahora mismo
todos tus papeles y tu persona, sentirás todo el peso de la cólera de
Aquiles.

CARLINO.--¡Sujétalo bien, Mysón!... ¡Ah, bellaco; ahora verás quién
soy! ¡Muerte y asesinato!

HÉCTOR.--¡Misericordia, héroe invencible! ¡Si me lo mandas, abrazaré tus
rodillas!

CARLINO.--¡No me toques; no pienso en eso ni lo deseo!

HÉCTOR.--Ahí tenéis cuanto pedís.

RAZONTE.--Angélica. ¡Oh dichoso instante!

CARLINO. (_Dando sablazos de plano á Héctor._)--Yo te perdono;
enmiéndate en lo sucesivo, pero recibe esta amonestación cariñosa.

Don Héctor desaparece; los amantes, poseedores ya del documento en que
Héctor fundaba sus pretensiones, se abrazan mutuamente, y Carlino
declara su voluntad de casarse con Mysón. Todos se admiran de que un
vástago de sangre real elija por esposa á una criada; pero Mysón asegura
que es Deidamia, y que hace ya cuatro mil años que busca en vano á su
querido Aquiles, hasta que lo encuentra en este instante; de suerte que
las dos parejas reales se apresuran á contraer matrimonio. A la
conclusión se entona un canto por el coro en alabanza de la doctrina de
la metempsícosis.

En _La octava maravilla_ se nos presenta un Rey de Bengala, dedicado al
estudio de Hipócrates y Galeno, que excitado por las pomposas
descripciones, que le hace un arquitecto español de la geografía de
España y de la genealogía de sus familias más distinguidas, se resuelve
á visitar á la Península, y después de naufragar en las islas Canarias
llega á Sevilla, en donde finge ser un criado y se enamora de una beldad
sevillana, convirtiéndose al cristianismo y regresando después á su
reino para propagar en él su religión. La escena es, ya en Bengala, ya
en las islas Canarias, ya en España. En _El prodigio de Etiopía_ se
apodera un moro, por astucia, de la hija del Rey de Egipto, haciéndose
pasar por su amante; huye con ella, se convierte en salteador, comete
los mayores crímenes y muere al fin ermitaño y mártir. _La doncella
Teodora_ refiere las singulares aventuras que suceden en Orán,
Constantinopla y Persia á una joven española de admirable ingenio y
belleza; figuran también en este drama un profesor de Valencia, un
catedrático de Toledo, el Rey de Orán; Selin, gran señor de Turquía, y
el Sultán de Babilonia. En _El hombre por su palabra_ sube al trono de
Macedonia el hijo de un jardinero, después de ejecutar grandes hazañas y
con el favor de una Princesa. En _La ventura no buscalla_ se refugia
otra Princesa fugitiva en la casa de un noble de los montes Cárpatos;
entra á su servicio, se casa con él, y le trae al fin en dote la corona
de Hungría. En _El animal de Hungría_, un Rey de este país condena á
muerte á su inocente esposa y se casa con la cuñada; pero la que se
creía muerta vive, se cubre con pieles de fiera y pasa por tal, rondando
las selvas próximas al castillo y robando los hijos que el Rey engendra
en su hermana. Parecidos son _El hijo de los leones_, _Los pleitos de
Inglaterra_, etc.



CAPÍTULO XVI.

     _La fuerza lastimosa._--_Don Lope de Cardona._--_La hermosa
     Alfreda._--_Laura perseguida._--Otras comedias.--_El caballero de
     Olmedo._--Lo cómico de Lope de Vega.--_Amar sin saber á quién._


Afortunadamente no es grande el número de estas obras informes, que sólo
deben considerarse como abortos de una imaginación desarreglada, y que
nos ofrece al poeta en sus más singulares extravíos. Otras muchas, que
entretejen también sucesos, sin enlace estrecho y á modo de novela, y
que, por su índole romántica, pertenecen á la misma categoría, muestran
más arte en la traza y ejecución de su plan dramático. _La fuerza
lastimosa_, drama, cuya idea fundamental proviene del conocido romance
del conde Alarcos, y que debió ser de las más famosas de Lope por las
frecuentes alusiones que á él hacen los escritores españoles, no
merece, en verdad, grandes alabanzas en cuanto á su composición, porque
se abusa de las ficciones, y la verosimilitud no siempre se observa;
pero, á pesar de estos defectos, ¿quién no admirará el fuego y el vigor
de la fantasía, y el interés grande que excita en el lector esta extraña
obra dramática? Dionisia, hija del rey de Irlanda, pone sus ojos en el
bello conde Enrique, y encontrándolo en un paraje retirado de los
salones, en una partida de caza, lo cita para la noche siguiente. El
duque Octavio asiste á la entrevista anterior á la cita sin ser notado
de los amantes, advirtiéndose que ama también á la Princesa, aunque sin
esperanza de ser correspondido, por cuyo motivo toma la insidiosa
resolución de fingirse el Conde. Preséntase, pues, al Rey con este
propósito, y sin decir la causa; pero haciendo al Monarca fervorosas y
vehementes súplicas, y prometiendo descubrirle el secreto al día
siguiente, le pide que aprisione al Conde. Concédesele su pretensión, y
el Duque, sin ser conocido, asiste á la entrevista fijada para otro. A
la mañana siguiente pretexta Octavio que la prisión del Conde era
necesaria para libertarlo del peligro que corría de ser asesinado. Sale
de su prisión el Conde, y es nombrado Almirante para demostrar su
inocencia; pero el Duque, atormentado por los remordimientos, y
temeroso de que se descubra la verdad, se refugia en sus dominios.
Firmemente convencida Dionisia de haber estrechado en sus brazos á su
amante la noche de la entrevista, se maravilla sobremanera de que aquél
se haga el desentendido, y cree que se propone negarlo; su pasión se
acrecienta más y más, reconviene amargamente al Conde por su conducta, y
lo obliga, no comprendiendo lo que sucede, á abandonar la corte para
siempre y ausentarse á un país lejano. En el acto segundo acomete á la
Infanta una melancolía profunda, que casi raya en locura, y cuya causa
nadie puede adivinar; nada responde á lo que se le pregunta, y, por
último, escribe lo siguiente, importunada por los repetidos ruegos del
Rey:

      Yo me casé
    Con Enrique de secreto,
    Y en secreto me gozó;
    Fuese á España, y me dejó,
    Padre, sin honra en efeto.

Enrique llega á España mientras tanto, y se casa con Isabel, hija del
conde de Barcelona. Han transcurrido muchos años desde que abandonó la
Irlanda; el deseo de ver de nuevo á su patria no lo deja sosegar, y al
fin se encamina á ella con su esposa é hijos. Apenas sabe el Rey su
llegada, lo invita á verlo, y le dice:

    REY.

      Enrique, este papel es una carta
    Que del Rey albanés recibo agora:
    Contiene, en suma, una desdicha grande,
    Y como amigo, pídeme consejo.
    Yo, que no fío de mi ingenio cosas
    Tan arduas, y del tuyo estoy contento,
    Quiero que me aconsejes lo que pueda
    Escribirle en desdicha semejante.

     *       *       *       *       *

    Tiene el Rey albanés, Enrique amigo,
    Sólo una hija, como yo á Dionisia;
    Pídensela mil Príncipes y Reyes,
    Y ella pone los ojos en un hombre,
    Noble por cierto, mas vasallo suyo.
    Éste la goza, y con temor del padre,
    Huye á otro reino, donde al fin se casa,
    Y casado después á Albania vuelve.

    ENRIQUE.

    Extraño es el suceso, y que pedía
    Más ingenio y mas tiempo; mas si es fuerza
    Obedecerte, digo que aunque mate
    El Rey á ese hombre, no remedia nada,
    Pues se queda la Infanta sin remedio,
    Y casarle con ella está más puesto
    En razón y justicia.

    REY.

                        ¿De qué modo,
    Siendo casado el hombre?

    ENRIQUE.

                              Dando muerte
    Él propio á su mujer, en justa pena
    De su delito.

Después de argumentar ambos sobre la justicia y la necesidad de la
sentencia de Enrique, el Rey da á éste la carta de la Infanta, copiada
más arriba, y le dice:

    Tú me diste el consejo; parte luego,
    Y á la Condesa quitarás la vida,
    Para que aquesta noche seas esposo
    De la Infanta mi hija.

El Conde protesta vanamente no haber tenido jamás con la Infanta
relaciones de tal especie; el Rey no hace caso de ellas, y repite sus
órdenes. Enrique cae en tierra como herido por el rayo: por una parte,
el deber más sagrado de un vasallo es la obediencia á su señor; por
otra, el asesinato de una esposa amada es un hecho superior á las
fuerzas humanas. La horrible lucha, que surge en su corazón, se
manifiesta exteriormente por un silencio sombrío, hasta que Isabel
descubre el secreto, y lo invita á matarla, puesto que ella morirá
contenta con tal que su esposo cumpla sus más imprescindibles deberes
para con el Rey. El desventurado Enrique se decide al cabo á ejecutar
acción tan repugnante. Isabel se despide tiernamente de sus hijos y de
su esposo, á quien asegura, repetidas veces, que recibe gustosa la
muerte de su mano; el Conde, no sintiéndose con fuerzas bastantes para
matarla, encarga á un criado que lleve á la mar en una barca á Isabel, y
que la abandone á merced de las olas. El acto tercero nos ofrece al
mísero Conde atormentado por los remordimientos y presa del delirio. El
horrendo crimen, cometido por orden del Rey, no produce el resultado
apetecido, porque la Infanta se niega á dar su mano al asesino, manchada
con la sangre de su esposa. El conde de Barcelona se acerca con una
armada para vengar la muerte de su hija; un hijo de la muerta es el
Almirante, y el Rey tiembla ya en su capital. Isabel, sin embargo, no ha
perecido en la mar, puesto que, asida á un tronco de árbol, es
arrastrada á la costa, recibiendo la más benévola hospitalidad en los
dominios del duque Octavio. Confía al Duque el secreto de sus desdichas,
y él, que se considera como el principal causante de ellas,
correspóndele participándole que, en aquella noche misteriosa, usurpó
traidoramente el lugar del Conde para poseer á la Infanta. Isabel se
disfraza entonces de hombre, y se encamina á juntarse con la armada de
su padre, en donde no es conocida, aunque se le recibe benignamente por
su semejanza con la que se cree muerta. El rey de Irlanda, viéndose en
grave apuro, entrega á sus enemigos al conde Enrique como autor de todo
lo ocurrido, pero Isabel descubre la verdad dándose á conocer; su padre,
su hijo y su esposo se creen en el colmo de la dicha al recobrar á la
que suponían perdida para siempre, y Dionisia borra la mancha, que
deslustraba á su honor, casándose con Octavio.

Semejante á ésta por el interés que inspira y por la imperfección de las
diversas partes del conjunto, es _Don Lope de Cardona_. El príncipe Don
Pedro de Aragón ha dado muerte en un torneo al hijo del rey de Sicilia;
y en su consecuencia se ha declarado la guerra entre los dos países.
Lope de Cardona, capitán de las tropas aragonesas, vuelve vencedor y
aguarda ser recibido, al desembarcar en Valencia, con las más vivas
demostraciones de alegría; en vez de esto, encuentra cerradas las
puertas: un carro cubierto con negros paños se le acerca, apeándose de
él una dama, vestida también de negro. Esta dama es Casandra, su esposa,
que le cuenta que el príncipe Don Pedro la ha requerido de amores, y que
el padre de Lope, llamado Don Bernardo, ha salido á la defensa de su
honor, sacando su espada contra el Príncipe en el calor de la
contienda. El anciano Bernardo, á causa de su precipitación en obrar,
ha sido acusado de crimen de alta traición y encerrado en la cárcel, y
el Príncipe, lleno de ira, se ha dado trazas de predisponer contra toda
la familia de Cardona al bondadoso y justo Rey. Casandra aconseja la
huída á su esposo, pero él, confiado en su inocencia, se presenta al
Rey, refiere los grandes servicios que ha prestado al trono, y hace
valer las razones que disculpan el hecho de su padre, pidiendo que sea
puesto en libertad y que él entre en su lugar en la cárcel. El Rey se
opone á ello, cediendo á la influencia del Príncipe, y destierra
mientras viva al capitán que le ha ganado una de las más brillantes
victorias. Lope, pues, se embarca para Nápoles en compañía de su esposa,
á la cual intenta retener en vano el príncipe Don Pedro; naufraga en las
costas de Sicilia y arriba á la playa, cayendo en manos de Roger, á
quien ha vencido en la guerra. Regocíjase éste al apoderarse de tan
famoso guerrero, y se esfuerza en atraerle á su servicio, ya haciéndole
las más lisonjeras promesas, ya amenazándolo; pero nada es bastante para
quebrantar la fidelidad de Lope á su soberano, por grande que sea la
injusticia con que lo trata. Roger aprisiona entonces á Casandra, y la
conmina con la muerte si su esposo no accede á sus deseos; Lope sucumbe
á esta prueba dolorosa, se pone al frente de la armada, y llega con
numerosos buques á Valencia. Para economizar la sangre de sus
conciudadanos y antiguos compañeros, exhorta á los aragoneses á decidir
la contienda por medio de un combate singular. Es aceptada su
proposición, y Pedro, para saciar su odio contra los Cardonas, nombra á
Bernardo, todavía preso, para pelear contra su hijo. Los combatientes se
presentan con la visera calada y sin conocerse; cáese el yelmo de uno, y
ambos se reconocen en el momento en que se disponían á pelear hasta la
muerte; obstínanse los dos en morir uno por otro; por último, Lope
persuade á su padre á que huya, y que pretexte que su enemigo es el
príncipe Don Pedro, contra el cual no ha querido levantar su leal mano.
La princesa de Sicilia, enamorada de Don Pedro, se ha esforzado mientras
tanto en atraerlo á una entrevista, para la cual debe serle útil
Casandra, invitándolo á venir á su casa. Él responde afirmativamente á
la invitación, pero es sorprendido por Roger en la tienda de Casandra, y
hecho prisionero. Lope se enfurece sobremanera á causa de la aparente
infidelidad de su esposa, y ésta huye para evitar su cólera, haciendo
correr el rumor de que el rey Roger la ha condenado á muerte, por creer
que mantenía inteligencias con el enemigo. Alegres los sicilianos de
tener prisionero al Príncipe, levantan el sitio y se hacen á la vela;
pero los aragoneses los persiguen y sitian á su vez á Mesina, pidiendo
que se les entregue el príncipe Don Pedro. Cuando se disponen á dar el
asalto á la ciudad, se presenta Don Pedro en las almenas de la muralla,
y los sitiados amenazan matarle, si los sitiadores prosiguen sus
ataques; la princesa de Sicilia se empeña, por su parte, en impedirlo;
para salvar la vida á su amante y establecer la paz entre los
combatientes, se entrega también á los aragoneses, para que su cabeza
caiga al mismo tiempo que la del Príncipe. Su heróica resolución pone
término á tan prolongada lucha; aviénense los dos Reyes, y el casamiento
de sus hijos sella por entonces la paz. Lope de Cardona, que, al saber
la muerte de su esposa, se retira de la armada desesperado, deseando
morir también, ha sido antes llevado á la presencia del soberano de
Aragón, el cual, conociendo su injusticia, le devuelve todos sus cargos
y honores; finalmente, Casandra es descubierta en el ejército disfrazada
de guerrero, y averiguada su inocencia, concluyendo la comedia con la
reconciliación de todos sus personajes.

_La hermosa Alfreda_ es otro drama, que participa de las bellezas y
defectos de los mencionados. El rey Federico, enamorado de la princesa
Alfreda de Cleves por haber visto un retrato suyo, encarga al conde
Godofredo que se encamine á Cleves, y que pida á la Princesa para esposa
suya, en caso de encontrarla tan bella como aparece en su retrato. El
Conde queda tan encantado de las gracias de Alfreda, que,
desentendiéndose de la comisión de su soberano, la pide para sí.
Alfreda, aunque poco aficionada al Conde, accede, sin embargo, á los
deseos de su padre, y Godofredo dice al Rey, á su regreso, que el
original es muy inferior á la imagen, por cuyo motivo induce á su esposa
con fingidos pretextos á que se disfrace con trajes ordinarios y habite
en una obscura aldea. El Rey la conoce aquí, habiéndose extraviado en
una partida de caza, y se enamora de ella violentamente siendo
correspondido. Cuando averigua el engaño del Conde, declara nulo su
casamiento, y se lleva á Alfreda á su palacio para contraer con ella
matrimonio. Godofredo, tanto á causa de su aflicción por el rapto de
Alfreda, cuanto por los remordimientos de su conciencia, hijos de su mal
paso, cae en un estado próximo á la locura, y se presenta sollozando
ante el Rey en compañía de los dos hijos que ha tenido de su esposa.
Alfreda, aunque engañada también por él, intercede conmovida en su
favor y hasta quiere abrazarlo; pero, al intentarlo, observa que la
misma fuerza é intensidad de sus sentimientos le ha arrancado la vida.

El drama _Laura perseguida_ se distingue por la vigorosa pintura de
afectos. Oranteo, hijo del rey de Hungría, ama á Laura, joven dama de
singular belleza, pero cuya condición no es igual á la suya, y tiene de
ella dos hijos. El Rey se opone á que se case el Príncipe con Laura,
proyectando enlazarlo con otra Princesa. Para lograr su propósito,
intenta enemistar á los dos amantes, y se enamora de Laura, á quien no
conoce por su verdadero nombre. Una criada de Laura, que se parece mucho
á su señora, y un cierto Octavio, secretario del Príncipe, se conciertan
para poner en obra los planes del Rey; la criada se viste con el traje
de Laura, y celebra de esta suerte con Octavio una tierna entrevista,
que presencia el príncipe Oranteo. Este se enfurece y renuncia á su
Laura; sin embargo, no le es posible desterrar por completo de su pecho
el amor que le inspira, y, fingiendo ser Octavio, se desliza bajo de sus
ventanas, para convencerse de su infidelidad, puesto que duda de ésta, á
pesar de las apariencias que la confirman. Laura, que ignora la traición
que se trama, le habla amistosamente, creyendo que es el secretario del
Príncipe, y sus palabras afables, por desgracia, son á los ojos de
Oranteo una prueba decisiva de su inconstancia. Laura, pues, es
arrastrada á la cárcel, y sus hijos, sin saber su origen, se envían á un
lugar escondido entre montañas, para ser criados con una familia de
labradores. Un año largo languidece la desventurada en su prisión, al
cabo del cual recobra su libertad y emprende una peregrinación á
Santiago. A su regreso llega á la aldea, en donde viven sus hijos, y los
abraza derramando copiosas lágrimas. El Príncipe, mientras tanto, aunque
convencido de su infidelidad, la ama, sin embargo, y rehusa
obstinadamente casarse con la Princesa. El desenlace, en que se averigua
la inocencia de Laura, y el Rey, que bajo de otro nombre le ha mostrado
su benevolencia, la reconoce como á esposa de su hijo, es fácil de
presumir.

Poco menos interesante, aunque notable por los caracteres de los
personajes, es _Los enredos de Celauro_, llenos de vida y de ingenio, y
de situaciones dramáticas de gran efecto _La boda entre dos maridos_,
_La ocasión perdida_, _Los torneos de Aragón_, _El testimonio vengado_,
_El gallardo catalán_, _Carlos el perseguido_, _Los peligros de la
ausencia_, _La batalla del honor_ y otros muchos. Ningún otro poeta del
mundo nos ofrece en sus novelas, leyendas ó dramas, tantas invenciones
interesantes é ingeniosas, tantas situaciones conmovedoras y dramáticas,
tantos motivos que exciten y encadenen nuestra atención como Lope; pero
en la manera de utilizar estos materiales, en la relación de las partes
con el todo, pertenecen estas novelas dramáticas á sus obras más
imperfectas.

Entre estas últimas y otras obras suyas, que se asemejan más á la
comedia propiamente dicha, hay varias de un género intermedio que, á
causa de su plan más regular, no deben clasificarse con aquéllas, ni
tampoco confundirse con éstas, diferenciándose por su más serio
argumento. Muchas nos ofrecen cierta analogía con los cuadros
sentimentales de familia, tan de moda en los modernos teatros, aunque
los de Lope se distinguen de ellos por su poesía más elevada.
Mencionaremos, entre ellos, á _Las flores de Don Juan_, cuyo
protagonista, en lo relativo al carácter, nos encanta por su fuego y su
ternura; _La moza de cántaro_, _Querer su propia desdicha_, y sobre
todos, _La esclava de su galán_, bellísimo drama en que descuella una
mujer de singular grandeza de alma y pronta á sacrificarse por su
amante. El joven Don Juan renuncia, por amor á Elena, á la posesión de
una rica prebenda, que debe á su padre, por cuyo motivo es abandonado
por aquél. Agradecida Elena al sacrificio que hace por ella su amante,
toma la extraña resolución de venderse por esclava del padre de Don
Juan[9] para aplacar su cólera y reconciliarlo con su hijo. Esta ficción
excita en alto grado nuestro interés, y la serie de escenas en que la
heroina se nos presenta, ya arrebatada de su pasión amorosa, ya airada y
celosa, lo aumenta aún más á la conclusión, en que se descubre y quiere
renunciar á su amante, á quien cree infiel, moviendo entonces al padre,
admirado de su generosidad, á dar su aprobación á su enlace con su hijo.

_El caballero de Olmedo_ nos ofrece un notable ejemplo, así de la
capacidad extraordinaria de Lope, como de la incomprensible ligereza que
tanto le perjudica. Los dos primeros actos son excelentes y de una _vis
cómica_ inimitable; con los rasgos más ingeniosos se describen las
artificiosas intrigas de una vieja alcahueta y supuesta bruja, de la
especie de la Celestina. Don Alonso, caballero de Olmedo, ama á Doña
Inés y es amado de ella; pero el padre de ésta quiere casarla con un
cierto Don Rodrigo. Inés, para evitar en lo futuro el enlace que la
amenaza, pretexta hallarse decidida á entrar en un convento; la
redomada vieja Fabia penetra en la casa, en traje eclesiástico, para
preparar la novicia á la vida conventual, y un criado de Don Alfonso
finge ser maestro de latín; las escenas en que entona cánticos
religiosos mientras Inés lee las cartas de su amante, demuestran que en
aquella época no se miraban como profanaciones estas burlas. La intriga
camina, pues, natural y favorablemente, cuando el drama se convierte en
trágico de improviso, en oposición con su anterior índole. Don Rodrigo,
el pretendiente despreciado por Inés, intenta vengarse de su rival; en
una corrida de toros sálvale Don Alfonso la vida; pero este sentimiento
de gratitud, que le debe en remuneración de su servicio, acrece aún más
su ira; espíalo, pues, y saliendo de su emboscada, lo tiende muerto á
sus pies. Inés pide al Rey justicia contra el matador, y ejecuta
entonces verdaderamente su proyecto, fingido antes, de entrar en un
convento.

Un gran número de las obras de Lope pueden, por último, ordenarse en la
categoría de _comedias_, pero de comedias de gran valor poético, no de
despreciables descripciones de escenas de la vida común, que no debieran
denominarse literarias, aunque conserven aquel nombre en nuestros
teatros. Por regla general, aun en aquellas fábulas, que más descienden
al círculo de la realidad vulgar, la elevación poética del español las
levanta de su humilde esfera. Lo cómico de estas obras no consiste, como
sucede con frecuencia en las comedias de inferior rango, en trasuntos de
locuras ó vicios aislados, con propósitos y exactitud prosáica, ni en
caricaturas ó en algunas escenas burlescas, sino que resplandece en toda
la composición de mil maneras y la penetra y caracteriza en sus diversas
partes. Manifiéstase en el aspecto tranquilo, con que la vida se nos
ofrece en su conjunto, revelándose aquí ó allí en relámpagos burlescos,
ó esgrimiendo el azote de la sátira contra ésta ó aquella extravagancia,
pero en lo esencial presentándonos siempre la parte noble y bella de la
naturaleza humana, que resalta hasta en sus delirios y extravíos. En una
palabra, la comedia española, como la comprende Lope de Vega, es lo que
siempre ha debido ser para llamar nuestra atención, esto es, una poesía
en su esencia; de la vida y sus fenómenos sólo aprovecha lo importante;
concentra, como un espejo prismático, los rayos más serenos de la
naturaleza humana, para reflejarlos con duplicado brillo, y realza
caracteres comunes y sucesos vulgares en un mundo lleno de poesía,
imprimiendo en la realidad el sello de la belleza. Lo burlesco de estas
comedias no consiste en groseros chistes para disipar el mal humor,
sino en la inteligente sonrisa de un espíritu superior, que parece
retozar en todo el conjunto; cuando se muestra lo cómico de más baja
ley, se reviste siempre con las gracias del ingenio; fuérzanos el
gracioso á simpatizar con su alegría, porque sus burlas más locas y
extravagantes no degeneran nunca en perversos y amargos sarcasmos;
reimos con benevolencia, no movidos por amor propio ni por desprecio.
Quien busque en las comedias cuadros comunes prosáicos y naturales,
imitaciones exactas de la realidad ordinaria, personificaciones de
vicios y faltas con ejemplos morales, contrapuestos á ellas; quien
concurra al teatro para oir acerbas invectivas y rasgos satíricos, ó
para presenciar escenas groseras burlescas, que excitan estúpidas risas,
ha de renunciar á Lope de Vega, indemnizándose con Molière ó Wicherley,
Goldoni ó Kotzebue. Pero quien sienta los encantos de la poesía
romántica, de la más florida imaginación, de la inventiva más
inagotable, de los juegos más variados y agudos del ingenio y del
enredo, del análisis más delicado del corazón humano y de sus
sentimientos, lea las comedias de este español distinguido, y podrá
entonces decidir si hay ó no razón para mirar con desprecio, desde tal
altura, las miserias y pequeñeces que en otras naciones usurpan aquel
nombre.

En estas comedias de Lope de Vega resplandece con un brillo más vivo y
con sus diversos colores la llama del genio, que ilumina más ó menos á
todas sus obras. Ya nos detengamos en la traza y desarrollo del plan, ó
en el esmero con que se atiende á sus diversas partes; ya en el tejido
de la fábula ó en su progresivo desenvolvimiento, encontramos siempre al
consumado maestro, y nos alegra y nos encanta siempre el lujo y la
riqueza de su fantasía, la benevolencia y afabilidad de su carácter, lo
noble y puro de los sentimientos, y su penetrante mirada en lo más
íntimo del alma. Cuando leemos estas poesías, nos imaginamos entrar en
un mundo poético completamente nuevo, en una galería infinita de cuadros
de afectos y de esfuerzos humanos, de amor y de odio, de alternativas y
cambios de fortuna. ¡Qué variedad de sucesos tan rica é interesante, y
cuán poderosamente encadenan nuestra atención! ¡Cuánta gracia y cuánta
dulzura en las escenas galantes y amorosas! ¡Cuánto ingenio resalta en
las burlas! ¡Qué maravillosa diversidad en los juegos del acaso, y en
los infinitos cambios que produce! ¡Cuánta corrección en los contornos
de todos estos cuadros, sin omitir un solo rasgo! ¡Qué luz tan
brillante, qué fuego en el colorido!

El poeta, según todas las probabilidades, se aplicó cuidadosamente á la
composición de estas comedias; el argumento de casi todas ellas ofrece
en su arreglo tanto artificio literario; se descubre en su plan tanta
claridad, tanta madurez y reflexión; es tan grande la delicadeza
psicológica que distingue á los caracteres, la simetría que se observa
en la disposición de sus partes aisladas; tanta la sobriedad que se nota
hasta en los pormenores más insignificantes, que, aun teniendo del poder
del genio la idea más favorable, no se concibe que obras tan perfectas
se hayan escrito improvisando, como acontece á muchas otras de Lope.

Su lenguaje llama particularmente nuestra atención. Quizás ningún otro
poeta cómico del mundo ha sido tan feliz en conciliar la dignidad
poética con la viveza y animación del diálogo. Su dicción, ajustándose
siempre perfectamente á la índole del asunto, pasa en ligeras
transiciones desde el tono ligero y fácil de la conversación más frívola
hasta el estilo poético más elevado, revistiéndose de la forma que
cuadra al trato común y ordinario, ó de la que conviene á los rasgos más
cáusticos del ingenio, ó á la violencia arrebatadora de la pasión.

La diferencia establecida entre las comedias de intriga y de carácter
(cuyo valor, en general, puede ponerse en duda), no es aplicable á las
de Lope de Vega. Sólo á algunas, como _El desconfiado_ y _La dama
melindrosa_, puede dárseles el último nombre, á causa de la prolijidad
con que se describen sus caracteres y de la importancia que en ellas
tienen. En las demás, é indudablemente con arreglo á los preceptos del
arte verdadero, se confunden y mezclan de tal suerte los caracteres y
los sucesos externos, deduciéndose unos de otros necesaria é
íntimamente, que es preciso renunciar á la clasificación indicada. Es,
por tanto, absurdo hablar de las comedias de intriga de Lope, para
significar que tal es el carácter esencial que las distingue. Menester
es que en esta parte evitemos usar expresiones impropias, cuyo origen ha
de buscarse en las comedias de Calderón, porque no son aplicables á las
de Lope, ni con frecuencia al teatro cómico español. Calderón ha
estrechado considerablemente el círculo de los resortes que han de jugar
en la comedia; los incomprensibles cambios de la suerte constituyen en
las suyas el móvil capital del interés, y en ellas encontramos ciertos
tipos que siempre subsisten y se repiten, y que sirven de fundamento á
la acción, á las situaciones y á los caracteres de los personajes.
Recuérdense sus comedias de capa y espada, y en todas ellas se nos
ofrecen los mismos resortes dramáticos: celos de amantes de ambos
sexos; luchas del amor con sospechas de padres ó hermanos severos, ó con
los deberes de amigos ó de súbditos; disfraces de mujeres con el velo;
mudanzas de domicilio y de nombre; entradas secretas y casas de dos
puertas. Aunque Lope de Vega haya usado de todos estos motivos
dramáticos largo tiempo antes que Calderón, convergen todos en el nudo ó
intriga de la fábula, y se vale además de otros muchos muy diversos; sus
personajes no se mueven tampoco en el estrecho círculo que los de
Calderón, en los cuales siempre se encuentran dos apasionados amantes,
un rival, un padre severo, una criada astuta, etcétera, casi en
estereotipia. Preciso es ahora que concedamos también á Lope el arte tan
admirado en su célebre sucesor; esto es, el arte de trazar un argumento
interesante y tener en suspenso la atención de los espectadores, porque
si sabe tan bien como Calderón deducir de ciertas luchas ó choques las
situaciones más dramáticas, y siempre nuevas, y complicándolas de un
modo sorprendente, justo es también, por otra parte, que se le atribuya
la gloria de poseer otra dote más importante, cual es la de inventar más
motivos cómicos y derramar más vida y variedad en la pintura de
caracteres.

La notable diferencia en el tono y asunto de estas comedias y la
diversidad de elementos cómicos que en ellas predominan, no consienten
hacer la división cómoda de sus distintas clases, que sería de desear.
Hay gradaciones tan leves é insensibles, que es difícil señalar con
exactitud los límites que las determinan. Sólo las distinciones
generales siguientes, casi externas, pueden establecerse con trabajo. En
primer lugar, hay comedias que, por su índole y argumento, nos recuerdan
sin esfuerzo á Plauto y á Terencio, ofreciéndonos caracteres,
situaciones y relaciones análogos á los de los cómicos romanos. Se
sobreentiende que, ni por asomos, hay que hablar de la imitación de las
formas antiguas; aún menos se proponía Lope llevar al teatro la pintura
de costumbres de tiempos pasados: su intento era tan sólo el de inspirar
nueva vida en caracteres españoles de su época, que ofrecían cierta
semejanza con los protagonistas de los antiguos cómicos. Verdad es que
nos las habemos con libertinos, aventureras, parásitos, cortesanos y
alcahuetas, que se nos ofrecen en situaciones no siempre decentes; pero
Lope ha sabido dulcificar lo repugnante y duro de las mismas con arte
singular, no perjudicando por esto á la verdad de sus descripciones, y
trazando en sus cuadros bellos rasgos, de suerte, que la impresión
total que en nosotros hacen, no tiene nada de repulsiva. En _El rufián
Castrucho_ encontramos los personajes de un rufián disoluto y de una
astuta alcahueta, así como tipos de la licenciosa soldadesca española,
delineados con vigorosos y muy verdaderos contornos, juntamente con una
intriga tan ingeniosa como divertida. En _El anzuelo de Fenisa_, comedia
resucitada en nuestros tiempos, obsérvanse también cuadros análogos,
aunque más delicados. Existen, sin embargo, en la actualidad, pocas
obras suyas de esta especie.

Otras comedias de Lope se distinguen por la particularidad de que sus
motivos de interés cómico son acontecimientos políticos, como, por
ejemplo, en _El palacio confuso_, cuyo argumento consiste en la
semejanza de dos Príncipes, que truecan alternativamente sus nombres, y
corrigen de esta manera las faltas cometidas en su gobierno.

Si siguiéramos ahora la clasificación adoptada por algunos historiadores
de la literatura de sus demás obras, separaríamos las que presentan
personajes reales, de las que sólo nos ofrecen escenas de la vida
privada. Pero como sucede que, aun cuando el lugar de la acción sea
corte de Reyes, sólo refieren hechos particulares; y como ambas
supuestas especies no se diferencian en ningún punto capital y
característico, semejante división sería tan arbitraria como inútil.
Entre las comedias que tienen de común el representar personajes de las
clases más cultas, resplandeciendo en ellas la más fina urbanidad, y
como respirando la flor de la cultura más grata, hállase una larga serie
de las obras más perfectas de Lope, que no es dable analizar sin sentir
grande admiración hacia la riquísima vena poética, que en todas sus
partes se muestra. Pero la misma vida y variedad de los cuadros, que
observamos en ellas, nos fuerzan á prescindir del análisis minucioso de
cada una. Baste decir que, cuanto expusimos antes en general sobre las
bellezas de sus comedias, es aplicable á éstas particularmente,
indicando de paso, que, en nuestro concepto, son las mejores entre sus
más bellas obras.

_Amar sin saber á quién_ se funda en la más felicísima invención, que es
dado inspirar á la musa cómica, exhalándose en toda ella tan romántico
aroma, que no puede menos de arrebatar á cuantos sean capaces de sentir
los encantos de la poesía. Don Fernando y Don Pedro se desafían en las
inmediaciones de Toledo, cayendo el último. Don Juan de Aguilar,
caballero sevillano, que en su viaje pasa cerca del lugar del desafío,
oye ruido de armas, y abandona á su caballo, para poner paz entre los
combatientes, si le es posible; pero llega tarde, y encuentra á Don
Pedro bañado en su sangre, y ve huir al matador. Sobreviene al mismo
tiempo la justicia, y aprisiona á Don Juan como autor presunto del
delito, puesto que se halla al lado del cadáver. La escena inmediata es
en la habitación de Don Fernando: Leonarda, su hermana, discurre con su
criada acerca de las pretensiones amorosas de un Don Luis de Rivera, que
la molestan. Preséntase Don Fernando, y cuenta á su hermana la desgracia
ocurrida; sabe que Don Juan ha sido preso por él, y resuelve entonces
delatarse, á fin de que no padezca el inocente; Leonarda, sin embargo,
lo convence á que aplace por algunos días la realización de su proyecto,
porque intenta escribir una carta al prisionero, á quien no conoce,
fingiendo ser una dama que lo ha visto al pasar hacia la cárcel,
enamorándose de él. De esta manera, y haciéndole algunos regalos, piensa
dulcificar las amarguras de la prisión, hasta encontrar una coyuntura
favorable para libertarlo, y evitar así que vaya su hermano á la cárcel.
Algunas sospechas se suscitan, mientras tanto, contra Don Fernando, y se
presenta á Don Juan para que declare si reconoce en él al matador de Don
Pedro. No lo duda Don Juan á la primera mirada, pero dice generosamente
que nunca ha visto á tal caballero. La carta y el retrato de Leonarda,
que recibe el prisionero, lo regocijan hasta el punto de parecerle la
cárcel el Paraíso; y si bien ignora el nombre de la dama que le escribe,
se enamora de ella ardientemente; crúzanse innumerables billetes entre
ambos, y la pasión fingida de Leonarda se convierte en verdadera. Merced
á la mediación de Don Luis de Rivera, á quien Don Juan viene
recomendado, en Toledo, consigue éste salir á veces de la cárcel y
hablar, por la reja, con su amada, que, sin embargo, no se da á conocer;
averigua después, con harto pesar suyo, que Don Luis, con quien traba la
amistad más estrecha, pretende también á la misma dama; estos lazos y
los de la gratitud, por los muchos favores que debe á su amigo, parece
como que le obligan á renunciar á su amor. Los esfuerzos reunidos de Don
Luis y de Don Fernando lo libran al cabo de la cárcel, y el último se
empeña en hospedarle en su casa. Don Juan acepta la invitación,
descubriendo entonces por vez primera que la desconocida, á quien ha
entregado su corazón, es la hermana de su huésped. Don Luis, que nada
sabe de esto, lo solicita para que hable en su favor á Leonarda, y Don
Juan se compromete á realizar su deseo, movido de la amistad que le
profesa; luchando, pues, con sus propios sentimientos, habla á su amada
de la pureza y fidelidad amorosa de Don Luis, y le ruega que le dé su
mano. Leonarda, por otra parte, cediendo á razones análogas, ruega á Don
Juan que entregue á su amiga Lisena su corazón y su mano; también ella
sacrifica su inclinación á la amistad, y los dos amantes generosos se
despiden engañados recíprocamente acerca de los verdaderos sentimientos
que los animan. A poco lo descubren todo Don Luis y Lisena; resígnanse,
pues, no queriendo cederles en generosidad, y llevan á Don Juan á los
brazos de Leonarda.



CAPÍTULO XVII.

     _No son todos ruiseñores._--_Los ramilletes de Madrid._--_La noche
     de San Juan._--_El mayor imposible._--_El acero de Madrid._--_La
     hermosa fea._--Otras comedias.--Comedias religiosas.--_El Cardenal
     de Belén._--_San Nicolás de Tolentino._--_El animal
     profeta._--Otras comedias de la misma clase.


_No son todos ruiseñores_ nos recuerda la idea fundamental de una novela
de Boccaccio, aunque Lope la idealiza por completo. El amante de una
dama entra como jardinero al servicio de los padres de aquélla, y su
amada visita con frecuencia el jardín, pasando en su compañía horas
deliciosas, so pretexto de escuchar el canto de los ruiseñores. Este es
el principal motivo dramático, aunque combinado con otros diversos. Al
cabo se averigua la causa verdadera de sus visitas al jardín;
desaparecen los obstáculos que se oponían al enlace de ambos amantes,
que estrechan felices sus manos, mientras se cantan estos versos:

    No son todos ruiseñores
    Los que cantan entre las flores.

De igual índole es la fábula de _Los ramilletes de Madrid_. Un joven
caballero, llamado Marcelo, sabe que la bella Rosela encarga á una
jardinera que lleve flores á su casa. Ocúrresele entonces concertarse
con la jardinera, fingirse su hermano, y llevar las flores. El padre de
Rosela lo toma pronto á su servicio para que cuide de un jardín
inmediato á su casa, ofreciéndole de este modo continuas ocasiones de
ver y de hablar con su amada. Entre las demás concausas que excitan
nuestro interés, cuéntase la de que un hermano de Rosela, ofendido antes
por Marcelo, desea vengarse; de que Belisa, su anterior amada, se
esfuerza en traerlo de nuevo á sus redes; por último, la de que un
cierto Fineo, que ama á Rosela, salva la vida al supuesto jardinero,
promoviendo en su pecho una terrible lucha entre su amor y su gratitud.
Con estos hilos urde el poeta una acción de las más entretenidas.

_La noche de San Juan_, comedia de los últimos años del poeta, que, por
mediación del duque de Olivares, se representó en el verano de 1631 ante
Felipe IV y su corte, describe con los más vivos y gratos colores la
velada de la noche de San Juan, y las aventuras é intrigas amorosas que
surgen esta noche en medio de su alboroto y alegría.

En _El mayor imposible_ parecen juntarse toda la gracia, finura y
delicadeza imaginables en una comedia. La reina Antonia de Nápoles
celebra en sus jardines una especie de academia poética, en cuyas
ingeniosas discusiones rivalizan las damas y caballeros de su corte.
Suscítase en ella la cuestión de cuál sea _el mayor imposible_,
sosteniendo la Reina que el mayor es guardar á una mujer. Lisardo, uno
de sus caballeros, es de la misma opinión; pero Roberto la contradice
ardorosamente, alabándose de guardar tan bien á su hermana Diana, que
ningún caballero logrará nunca llegar hasta ella. Interesa entonces á la
Reina convencer á Roberto de la verdad de su aserto con el ejemplo de su
propia hermana; excita á Lisardo, que ya ha puesto en aquélla los ojos,
á apurar su sagacidad para obtener una cita amorosa. Agrada el plan á
Lisardo, y encarga su ejecución á Ramón, su astuto criado. Roberto se
prepara mientras tanto á guardar á Diana con mayor severidad; pero ella,
que tiene noticia de la última aserción sostenida por su hermano, y que
se siente herida en su femenil orgullo, se dispone á probar lo imposible
que es guardar á una mujer. Ramón, disfrazado de buhonero, se desliza
en su casa, y anuda una intriga amorosa llevándole el retrato de
Lisardo. Roberto ve el retrato y se enfurece sobremanera; pero su astuta
hermana le dice que su criada lo ha encontrado en la calle, y Ramón en
seguida, convertido en pregonero, publica la pérdida del retrato,
desvaneciendo las sospechas de Roberto. Para servir más eficazmente á
los enamorados, y con aprobación de la Reina, se presenta Ramón á
Roberto con un soberbio carruaje y un tren de seis caballos, supuesto
regalo del almirante de Castilla, y entra de cochero á su servicio. Una
noche celebra Roberto en su jardín una fiesta de confianza, á la cual,
como es de presumir, sólo son invitados sus más próximos parientes, y,
mientras tanto, el astuto Ramón llama de tal suerte la atención de su
amo, que Lisardo entra sin ser notado; los amantes se hablan en un
bosquecillo, al mismo tiempo que Roberto departe á más y mejor con
Ramón, y los cantores entonan la siguiente estrofa:

      Madre, la mi madre,
    Guardas me ponéis;
    Que si yo no me guardo,
    Mal me guardaréis.

Diana oculta á su amante en un nicho inmediato á su aposento, en donde
permanece muchos días, hasta que huye viéndose en peligro de ser
descubierto. Los amantes acuerdan entonces usar de una nueva astucia,
que promete ser el remate y corona de todas. Diana sale de su casa
disfrazada y con velo, sin ser vista de su hermano, mientras la espera
Lisardo. Roberto los encuentra en la calle; no conoce á su hermana, y
Lisardo le ruega que acompañe á su casa á aquella dama tapada, á quien
persigue un celoso. Roberto no vacila en obedecerlo, y entrega de esta
suerte su propia hermana, que creía tan guardada, al mismo que se había
comprometido á arrebatársela. En la última escena asistimos á la
recepción de Alfonso de Castilla, recién llegado á Nápoles, que ha de
casarse con la Reina; suscítase entonces en la antecámara una disputa
entre los caballeros, porque Roberto ha sabido las astucias de Lisardo,
y le pide satisfacción de ellas; pero la Reina interviene y explica lo
ocurrido, por cuya razón se aplaca Roberto, conviniendo en que su
adversario se case con su hermana.

_El acero de Madrid._ Belisa, hija ya crecida del viejo Prudencio, se
enamora en misa del joven Lisardo, aunque su amor recíproco sólo se
exprese con tiernas miradas. Un día, al salir de la iglesia, deja ella
caer un billete, con objeto de participarle un proyecto para verse y
hablarse con más frecuencia. Piensa fingirse enferma y Lisardo médico, y
éste ha de ordenarle beber agua ferruginosa de Madrid, y en sus paseos
por la mañana para visitar la fuente, encontrarán ocasiones favorables
de verse y de hablar. Bertrán, criado de Lisardo, se encarga del papel
del médico, que sabe desempeñar á las mil maravillas; prescríbele la
medicina consabida, y los dos amantes se aprovechan de ella para
estrechar más sus relaciones; una vieja dueña, que debe cuidar de
Belisa, y que al principio cumple su obligación rigurosamente, da
después fácil oído á la conversación de Roselo, amigo de Lisardo, y éste
y su amada, mientras tanto, se abandonan á su pasión sin estorbos. Los
celos de la prometida de Roselo, de la dueña, y diversos sucesos, que se
oponen á la dicha de Lisardo y de Belisa, completan el desarrollo de la
comedia, que es de las más interesantes y divertidas.

_La hermosa fea._ El príncipe polaco Ricardo se halla en la corte de
Lorena para pedir la mano de la duquesa Estela; pero como le consta su
aborrecimiento á todos los hombres, teme ser rechazado como sus
predecesores, y para evitarla, y excitar en su provecho la curiosidad y
el amor propio de Estela, hace circular el rumor de que él se burla de
su odio. Antes de ser presentado á ella pretexta de repente, que,
después de verla, se ausenta de la corte, tomando el nombre supuesto de
Lauro, é introduciéndose en ella. Esto da origen á una intriga de las
más interesantes. Estela, enferma peligrosamente, se empeña en triunfar
del grosero Príncipe á todo trance, y Lauro hace las veces de mediador
con habilidad, hasta que, convencido del feliz éxito de su intriga,
descubre la astucia, y lleva á su casa á la inconquistable belleza.

_La boba para los otros y discreta para sí._ Diana, hija natural y
heredera testamentaria del duque de Urbino, se ve obligada á luchar con
un partido poderoso, que le hace la guerra, disputándole su herencia, y
pretendiendo colocar en el trono á otra Princesa. Para evitar los
peligros que la amenazan por esta parte, y conseguir la victoria de sus
enemigos, se finge loca, y lo hace con tanto ingenio y maestría, que
engaña á todos, infundiéndoles ciega confianza, hasta que arroja la
máscara, se apodera del trono, destierra á sus adversarios y se casa con
su parcial Alejandro de Médicis. La locura fingida de Diana da origen á
situaciones del mayor efecto.

En _La noche toledana_ admiramos particularmente su ingeniosísimo plan,
y su artístico y bien trazado desarrollo. Florencio, joven caballero
granadino, se ve en la necesidad de huir á consecuencia de un desafío.
Síguelo Lisena, su abandonada amante, y mientras lo busca en vano largo
tiempo, se ve en los mayores apuros y en la necesidad de servir en
Toledo en una posada. Después de transcurrir algunos días llega también
á esta posada su fugitivo amante, pero en compañía de una dama, que dice
ser su hermana. Excita, por tanto, las sospechas de Lisena, que
aprovecha cuantas ocasiones se le presentan de interrumpir sus
coloquios. Complícase más la acción con las persecuciones amorosas, que
sufre la bella sirvienta, de otros muchos huéspedes de la posada, y, por
último, viene el antiguo amante de la pretendida hermana de Florencio,
que intenta suplantar á su rival. Lisena se da trazas de hacer creer á
todos que les ayudará poderosamente á realizar sus deseos. Fija una hora
de la noche, para que cada enamorado celebre una entrevista con su
amada. Pero todos son engañados: el infiel Florencio se encuentra con
Lisena, en vez de la otra dama; la supuesta hermana de Florencio se ve
en los brazos de aquél á quien había abandonado, y los demás
pretendientes, cada uno por su estilo, se encuentran también burlados.

_El secretario de sí mismo_ brilla por la ingeniosa disposición de su
plan, y _La villana de Getafe_, no menos por esto que por lo claro y
homogéneo de la urdimbre de los diversos hilos, que forma su complicada
intriga. _Los milagros del desprecio_ es el primer ejemplo del asunto,
tan repetido después en el teatro español, de la victoria que consigue
un amante de una mujer apática, fingiendo mayor frialdad en su corazón.
Esta comedia de Lope aventaja acaso á todas las posteriores, que tratan
del mismo argumento, por su naturalidad y lozanía, sin cederles tampoco
en el esmerado arreglo de la acción. _El perro del hortelano_ se
distingue, así por la verdad con que nos descubre las fibras más
delicadas é íntimas del corazón humano, como por las pinceladas tan
seguras y acertadas que caracterizan á cada escena. _La viuda de
Valencia_ es un verdadero arsenal de burlas de buen tono y de
situaciones cómicas, infundiendo en el espectador, con fuerza
irresistible, el placer más vivo. En _La bella mal maridada_ y en _El
maestro de danzar_, encontramos al maestro consumado en desenvolver una
fábula, y en exponerla con calor y energía. En todas estas comedias, lo
mismo que en las tituladas _Al pasar el arroyo_, _Los amantes sin amor_,
_El ausente en su lugar_, _Si no vieran las mujeres_ y _Por la puente,
Juana_, nos admiran, además de las bellezas indicadas, el arte del autor
en presentarnos bajo del prisma de la poesía todos los fenómenos de la
vida, de dar importancia é interés á las cosas más insignificantes, y
de imprimir en ellas el sello de la originalidad; admiramos también en
todas su constante buen gusto en exponer, su dicción noble y gráfica,
siempre ajustada á la idea que representa, y su estilo, ya fácil y
ligero, ya elevado y tranquilo.

Concluyamos, por último, diciendo que acaso aventajen á las de Lope, por
ciertas cualidades más brillantes, las comedias de otros poetas
posteriores: las de Tirso de Molina, por ejemplo, por su gracia y el
vivo colorido de ciertas situaciones; las de Calderón, por su plan más
artificioso y elevado; las de Moreto, por sus pinturas tan exactas de
afectos y costumbres; pero en la harmonía de todas las bellezas
indicadas, en el estrecho enlace de los detalles más ricos é
interesantes con la traza bien dispuesta del conjunto, en el cual
huelgan en sus límites debidos la característica con la intriga, ninguno
supera á nuestro poeta.

Los dramas pastoriles merecen sección aparte al clasificar las obras de
Lope. Recordaremos que, ya en sus años juveniles, había escrito dos,
titulados, _El verdadero amante_ y _La pastoral de Jacinto_. Entre los
pocos que fueron compuestos en sus últimos años, brilla _La Arcadia_,
por la bella claridad de su estilo y por los atractivos de sus cuadros,
así de la naturaleza como del sentimiento; pero el interés dramático es
escaso, á semejanza de los dramas pastoriles italianos, que les sirven
de modelo.

De muy diversa especie, con relación á los demás indicados, son los
dramas religiosos, escritos por Lope de Vega en número considerable. Las
solemnidades de la Iglesia, y especialmente los días de ciertos santos,
han sido origen y causa externa de casi todos ellos. Era antigua
costumbre en España, como dijimos en la primera parte de esta obra,
exponer en días determinados la historia de la vida de los santos, en
cuyo loor se celebraban las fiestas, habiendo llegado á nuestra noticia
_comedias de santos_ que se representaron en la época anterior á Lope,
que sucedieron á otras de igual índole, pero más antiguas, que se
confunden con los misterios de la Edad Media[10]. Para alcanzar el doble
fin de edificar y de distraer al pueblo, creíanse obligados los
escritores de tales dramas á repetir fielmente, con todos sus rasgos y
señales, las leyendas y tradiciones admitidas, y á recrear la vista con
la representación de los milagros que se les atribuían. No por esto se
advierte la falta de lo cómico al lado de lo devoto. Lope, pues, siguió
en esta parte á sus predecesores en tales obras; intentó ennoblecer las
suyas revistiéndolas de galas poéticas, y derramando en ellas las perlas
de su creadora fantasía; no le era lícito alterar su índole, fija ya y
establecida con arreglo á la naturaleza del asunto y á las exigencias
del público: veíase, pues, obligado, así por acceder á los deseos de los
espectadores y por su propia veneración al conjunto y á los detalles de
cada leyenda, á entretejer en sus dramas fielmente todos los hechos y
las anécdotas de la vida del santo, que había de ser el protagonista de
cada uno. Conviene no olvidar esta indicación, para comprender bien sus
dramas de este linaje. Sólo así nos explicaremos que el mismo poeta, que
manifiesta en otras obras suyas tan profundo conocimiento de la esencia
y condiciones de cualquiera composición dramática, prescinda de ellas en
las religiosas de tal suerte, como si comenzase á aprender los primeros
rudimentos del arte. Conviene también, para aplicar el justo criterio al
examen de estas obras, esforzarse mentalmente en pensar y sentir en
materias de religión como el público que las escuchaba; no olvidando
cuánto y cuán diversamente penetraba la religión en la vida de los
españoles, y cómo la Iglesia favorecía por su parte este medio de
simbolizar y presentar al pueblo todos sus dogmas. Menester es también
infundir nuevo vigor en este mundo de la fe, que casi pertenece ya á la
historia, y recordar que la imaginación de los pueblos de la Edad Media,
trabajando sin descanso, predominó en España casi hasta los tiempos
modernos, y que no sólo exornaba y transformaba de mil maneras los
asuntos bíblicos, sino que había creado con sus leyendas un nuevo
dominio de las formas é imágenes más varias. Es necesario conocer el
vasto círculo de la alegoría y del simbolismo, en que se había sumergido
con particular afición la época contemporánea, y reflexionar al mismo
tiempo en la autoridad religiosa, inherente á tales ideas. Sólo bajo
este punto de vista se comprende la esencia de las comedias religiosas
de Lope; pero á pesar de esto, son algunas tan singulares, se acercan
tanto á lo monstruoso y arbitrario, que la crítica más indulgente admira
en ellas tan sólo la osadía de algunos conceptos aislados, ó el poético
brillo de algunas escenas.

Muchas historias dramáticas de santos no ofrecen en su acción unidad, y
lo extraño de su composición llega á su apogeo, confundiendo los
elementos más heterogéneos; los religiosos, con los profanos; lo
literal, con lo alegórico, y lo serio, con lo burlesco. Sutiles
discusiones teológicas y escolásticas se leen al lado de escenas
profanas de amor; ángeles y demonios; el Niño Jesús y la Virgen María;
santos y figuras simbólicas se ofrecen en las tablas, con reyes,
labradores, estudiantes y bufones. Los anacronismos y la inobservancia
de los usos y costumbres, se cuentan por millares. No parece sino que la
fe disculpa todas las inverosimilitudes é incongruencias de la poesía.
Lo que más nos sorprende es la forma externa tan grosera de que se
revisten las ideas religiosas; la parte más transcendental de lo
supersensible desaparece por completo, y sólo queda su apariencia
externa; visiones y sucesos milagrosos llenan frecuentemente estas
composiciones desde el principio hasta el fin, y se busca en vano la
verdadera devoción y recogimiento del ánimo y la profundidad de los
afectos.

Singularmente monstruosa es, especialmente, la comedia _El cardenal de
Belén_ ó San Jerónimo. Preséntasenos en ella, además del Santo, que da
nombre á la obra, y que en el primer acto es un joven de veinte años, y
muere en el último á la edad avanzada de noventa y nueve años, nada
menos que San Gregorio Nacianceno, San Agustín y San Dámaso, el arcángel
San Rafael, el Demonio, un León y un Asno; y como si no hubiese bastante
con tales desatinos, figuran también, entre los personajes, el Mundo,
Roma y España. En el primer acto azotan los ángeles en el teatro á San
Jerónimo. En el segundo aparece San Dámaso en pomposa procesión, rodeado
de obispos y cardenales; después viene una escena en que clérigos
disfrazados y con armas recorren las calles de Roma en demanda de
aventuras nocturnas; á la conclusión baja San Mercurio del cielo, y mata
de una lanzada á Juliano el Apóstata. En el tercer acto anuncia el
arcángel San Rafael al Demonio la fundación de la orden de San Jerónimo:
esta noticia lo enfurece sobremanera, pero al fin promete no penetrar
nunca en casa alguna en donde haya una imagen del Santo. El lugar de la
acción es en Constantinopla, Jerusalén, Roma, Persia y Belén.

No menos extraña es la titulada _El serafín humano_, en la cual se
refieren historias de varios santos, como Santa Clara, Santo Domingo y
San Francisco de Asís: las visiones extáticas del último se representan
también en el teatro.

Iguales rarezas se observan en _San Nicolás de Tolentino_. Entre otras
varias escenas, cuéntanse las siguientes: una reunión de estudiantes que
se ejercitan en discusiones escolásticas, hallándose con ellos el Diablo
y el futuro Santo; Dios Padre, sentado en su tribunal y conversando con
la Justicia y la Misericordia; el Santo, que asciende en los aires, en
donde encuentra á la Santa Virgen y á San Agustín; dos Cardenales que
muestran á los fieles devotos el paño de la Santa Verónica; San Nicolás
remienda el vestido de la Orden, y los ángeles invisibles tocan
instrumentos músicos; preséntase el Demonio con séquito de leones,
serpientes y otras alimañas, y es arrojado ridículamente de un convento
de frailes; por último, á la conclusión desciende el Santo del cielo
vestido de estrellas, saca del Purgatorio las almas de sus padres, y
regresa al cielo con ellos llevándolos de las manos. Hay, además,
intrigas amorosas, escenas de la vida militar, etc.

La comedia _El animal profeta_[11], ó la vida de San Julián, pertenece á
este mismo género excéntrico y arbitrario; pero á lo menos hay en la
acción más unidad y enlace entre sus diversas partes. Hela aquí en pocas
palabras: Julián, hijo único, muy amado de sus padres, hiere en la cara
á un ciervo, que, al caer, le dice con voz humana:

      No tengas por grande hazaña
    La que hoy en matarme has hecho,
    Porque le guarda en tu pecho
    Otra más fiera y extraña:
    Que en hombre que le acompaña
    Tal crueldad, que ha de matar
    Sus padres...

El joven, asombrado al oirlo, y creyendo que sus frases son proféticas,
determina abandonar su casa y viajar por países lejanos, para no ver más
á sus padres, y evitar la ocasión de cometer un delito horrible. En el
acto segundo encontramos á Julián en las inmediaciones de Ferrara casado
con Laurencia, á quien ha libertado de un ataque de salteadores,
obteniendo en premio su mano. Federico, hermano del Duque, amaba antes á
la Princesa, que lo abandonó después por Julián. Este, á los pocos días
de celebrar su enlace con la Princesa, observa que el antiguo amante de
aquélla no cesa en sus pretensiones amorosas, habla con él y lo desafía.
El Príncipe acepta el desafío en apariencia; pero con la intención de
utilizar la hora fijada para el duelo, robando á la esposa de su
enemigo. Llega este proyecto á noticia de Julián, y para defender su
honor, se oculta en el aposento de su esposa en vez de ir al lugar del
combate. Es de noche; entra en la alcoba, y ve durmiendo en su lecho á
un hombre y á una mujer: arrastrado por sus rabiosos celos, saca un
puñal y atraviesa con él á ambos. Cuando se dispone á abandonar la
alcoba, se le presenta Laurencia. Pregúntale entonces:

    ¿Quién son dos que ocupan
    Mi noble lecho?

    LAURENCIA.

    Pues son, esposo, tus padres,
    Que en busca tuya han venido
    Pasando montes y valles.

Así se cumple la deplorable profecía. Al mismo tiempo viene el hermano
del Duque para realizar su propósito. Julián, ya fuera de sí, le da
también muerte, y huye con su esposa, encaminándose á Roma para pedir al
Papa la absolución de su crimen. En el acto tercero encontramos á los
dos esposos en la Calabria, en donde han fundado un hospital para los
pobres, y expían sus pecados haciendo obras de caridad. Entre los muchos
que se les presentan implorando compasión, llega también el Demonio
transformado en mendigo, y entra en el hospital: ha imaginado esta
astucia para pervertir al arrepentido Julián, y convencerlo de que jamás
expiará su pecado, puesto que sus padres murieron sin hacer penitencia.
Para confirmarlo en sus escrúpulos le presenta las almas de ambos,
rodeadas de llamas infernales. Julián vacila ya en su fe, cuando se le
aparece Cristo, destruye la obra del Demonio, y le revela que se propone
sacar á sus padres del Purgatorio, y, en efecto, es testigo de la
ascensión de sus almas hacia el cielo. Cree entonces el héroe estar en
gracia de Dios, y resuelve pasar el resto de sus días entregado á
ejercicios devotos.

Lope escribió dramas religiosos, no sólo para los días de los santos,
sino también para otras fiestas, como, por ejemplo, _El nacimiento de
Cristo_ para la noche de Navidad, y _La limpieza no manchada_ para una
solemnidad que celebraba la Universidad de Salamanca en honor de la
Inmaculada Concepción. En la última se presentan la Meditación, la Duda,
el rey David, el profeta Jeremías, el Linaje humano, España, Alemania,
las Indias, Etiopía, la Universidad de Salamanca, estudiantes, pastores,
músicos y danzantes. La Fama convoca á todos los pueblos de la tierra á
celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción; Alemania disputa con el
Pecado, la Reflexión con la Duda; mientras tanto aguzan su ingenio los
estudiantes y el gracioso sobre el objeto de la fiesta; Etiopía y las
Indias vienen con su séquito, y entonan cánticos nacionales en loor de
la Santa Virgen, etc.

_La creación del mundo y primera culpa del hombre_, es el primer
capítulo de la Biblia convertido en comedia religiosa, careciendo, á la
verdad, de enlace dramático propiamente dicho, y de un centro alrededor
del cual gire la exposición poética, pero mostrándonos, bajo un aspecto
más ventajoso, así la poderosa fantasía del autor, que se encumbra hasta
perderse de vista, como también su arte imaginando las escenas más
pintorescas.

Particular mención merece _La fianza satisfecha_. La fantasía del poeta
se desborda también en ella: no escasa parte es tan hueca como
arbitraria; pero tales extravagancias son compensadas con tantos rasgos
de la más acendrada poesía, que nos obligan á rendir homenaje al genio
del poeta hasta en sus extravíos. He aquí un sumario extracto de la
acción. Las primeras escenas representan las calaveradas de Leónido,
joven libertino de Palermo, que, al parecer, inclinado á la perversión y
como si tal fuera su propósito, demuestra querer apurar la copa del
vicio. Adviértase de paso que los dramáticos españoles, cuando intentan
ensalzar el triunfo de la fe y de la gracia divina sobre el pecado,
pintan á éste con los más vivos colores: así lo vemos en el _Condenado
por desconfiado_, de Tirso de Molina; en _La devoción de la cruz_ y en
_El purgatorio de San Patricio_, de Calderón. Cuando se exhorta á
Leónido á acordarse del cielo y corregirse, contesta siempre de esta
manera:

    Que lo pague Dios por mí,
    Y pídamelo después.

Su corrupción llega hasta el extremo de dar un bofetón á su padre y de
atentar al honor de su hermana, cuyo esposo lo desafía. Espéralo en el
lugar designado para el duelo, en donde es atacado por una nube de
moros. El rey de Túnez hace un desembarco en Sicilia para complacer á su
amada, que desea un esclavo siciliano. Leónido vence á los moros que le
atacan, pero se aviene con ellos, y al fin resuelve acompañarlos á
Túnez, en donde reniega de la religión cristiana para poner el colmo á
sus crímenes. En el acto segundo lo vemos en gran favor en la corte de
Túnez; pero su orgullo le ha granjeado muchos enemigos, y además lo
indispone con el Rey. Otros corsarios moros emprenden mientras otra
expedición á Sicilia, y traen con varios cautivos al padre y á la
hermana de Leónido. El renegado desahoga en ellos su ira; ciega á su
padre y lo amenaza con la muerte. Estalla en esto la lucha entre él,
apoyado por un partido considerable, que lo ha elegido por caudillo, y
el mismo rey de Túnez: éste consigue la victoria, y Leónido se ve
obligado á huir. Para escapar á sus perseguidores, se oculta, lleno de
rabia, en un desierto inhabitado. Aquí encuentra á un joven pastor, que
entona cánticos tan piadosos como conmovedores[12]. Este mancebo es
Cristo, el Buen Pastor, que busca su oveja perdida. Las escenas, en que
se presenta, intentando ablandar el duro corazón del delincuente,
respiran tan tierno sentimiento religioso, son tan profundas y llenas de
evangélica unción, y contrastan tan admirablemente con el horror de las
escenas más próximas para aumentar el efecto poético, que quizás haya
pocas comparables á ellas en el vasto imperio de la poesía. Una voz
imperceptible comienza ya á hacerse oir en el pecho de Leónido para
responder á la vocación divina; habla entonces el pastor, y dice:

      En este zurrón pobre
    Está lo que me debes; considera
    Si es justo que lo cobre,
    Pues lo pagué por ti.

Leónido abre el zurrón que el pastor le presenta, y halla en él la
corona de espinas, la lanza y los clavos; cuando torna á mirarlo,
después de contemplar aquellos objetos, ve ante sí á Jesucristo en la
cruz, en vez del pastor, y oye estas palabras:

      Ya, Leónido, llegó el tiempo
    En que al justo satisfagas
    Lo mucho que has mal llevado,
    Haciéndome tu fianza.

El pecador cae en tierra sin sentido, y cuando se recobra de su
aturdimiento, no es ya el mismo que antes; arroja lejos de sí caftán y
turbante, cúbrese con un saco de cerda, pide á Dios con súplicas de
arrepentimiento que le conceda su gracia, y sólo ansía lavar sus
pecados. Acércanse entonces sus perseguidores; entrégase á ellos sin
hacer resistencia; declara en voz alta que vuelve á profesar la religión
cristiana, y considera como un beneficio la muerte de los mártires con
que le amenazan. Llevado á Túnez, pide perdón á su padre y hermana con
lágrimas de arrepentimiento, y á la conclusión, se le ve morir risueño
en la cruz, coronado de espinas. Al mismo tiempo recobra su padre la
vista milagrosamente, y con dolorosa alegría es testigo de los últimos
momentos de su hijo.

Uno de los dramas más notables de Lope es también _El niño inocente de
la Guardia_, que, á la verdad, se distingue por el odio fanático á otras
creencias religiosas, que respira cada verso, produciendo una impresión
penosa, y no satisfaciéndonos en su conjunto dramático, pero lleno, por
otra parte, de bellezas poéticas de primer orden y de rasgos del más
brillante entusiasmo, que derraman en toda la obra seducción
maravillosa. Al principio vemos á la reina Isabel, estimulada por una
aparición de Santo Domingo á purificar á España de los enemigos de la fe
católica. Las escenas siguientes describen la persecución que sufren los
judíos, y las leyes establecidas para espulsarlos por completo de la
Península. Somos trasladados á uno de sus conciliábulos, en donde
maquinan planes de venganza contra los cristianos: uno de ellos promete
preparar un encanto que producirá la muerte y el exterminio de sus
enemigos; pero necesita para esto el corazón de un niño cristiano que se
distinga de todos por su piedad, y en su consecuencia, muchos de la
reunión se obligan á buscar y robar un niño con aquella cualidad. En las
escenas que siguen se describe la fiesta de la Ascención, que se
celebra con la mayor pompa. Juanico, niño de angelical belleza y
singular piedad, sale en compañía de sus padres para asistir á la
procesión; cuando ve pasar ante sí la imagen de la Virgen en toda su
gloria, rodeada de ángeles, exclama:

      Bien quisiera
    Ser desse Sol resplandor
    Algún ángel esta tarde.

Sigue orando á la imagen, se pierde en el tumulto, y es robado por los
judíos. La desconsolada madre observa con dolor la pérdida de su hijo, y
lo busca en vano por todas partes; entra en una iglesia llena de
desesperación, y siguiendo una costumbre establecida en España, hace que
un ciego recite la oración del niño perdido; apenas termina ésta, cuando
suena en el fondo de la iglesia una voz que canta:

      Quien pierda tenga consuelo
    Que el bien que de él se destierra,
    Cuando se pierda en la tierra,
    Se viene á hallar en el cielo.

El martirio del desventurado niño llena el resto de la comedia. Los
judíos, para saciar su rabia, deciden sacrificarlo, como á Cristo, con
iguales martirios, y el último acto nos representa la serie de dolores
que sufre el mísero niño; lo azotan, lo coronan de espinas y lo
crucifican, sin abandonarlo en sus tormentos la paciencia y la
resignación celestial; al fin asciende al cielo su alma, escoltada por
ángeles, mientras los judíos celebran orgías y entonan cánticos alegres,
formando el conjunto cuadros sorprendentes por la profunda emoción que
excitan en nuestra alma, haciéndonos dudar si hemos de admirarlos por
sus bellezas poéticas sublimes, ó censurarlos por su singularidad y
extravagancia.



CAPÍTULO XVIII.

     Autos, entremeses y loas de Lope de Vega.


De las comedias religiosas de Lope pasaremos á los autos. Ya antes
dijimos cuáles son las diferencias, que los separan de aquéllas, y las
especies en que se dividen: ahora trataremos de sus cualidades
esenciales. Desde luego nos ocuparemos en determinar las de los
destinados á la festividad del Corpus, ó _autos sacramentales_. Como en
éstos los papeles más importantes son desempeñados por figuras
alegóricas, que sólo excepcionalmente aparecen en las comedias,
discurriremos primero acerca de ellas, y en general sobre el uso de las
personificaciones poéticas en el drama. Cúmplenos, pues, advertir, por
lo que hace á su historia, que la fantasía de los antiguos españoles,
desde que se escribieron las obras del marqués de Villena, del marqués
de Santillana y de Juan de Mena, se deleitaba extraordinariamente con
los personajes alegóricos; que se habían deslizado en los primeros
ensayos dramáticos españoles, y que más tarde (como lo demuestran con
toda claridad los autos de Gil Vicente), se refugiaron y
connaturalizaron especialmente en los dramas religiosos. Cuando Lope de
Vega acometió la reforma literaria de este linaje de espectáculos, se
apoderó de los elementos tradicionales, que los formaban, é introdujo en
sus autos la alegoría; pero hízolo, en verdad, elevando á extraordinaria
altura su valor poético. Pero la anticuada y grosera invención de
representar externamente fenómenos interiores del alma, ¿es susceptible
de recibir más perfecto cultivo, y lo merece por su valor? ¿No serán
producciones literarias, defectuosas por su esencia, espectáculos
dramáticos, en los cuales se nos muestran obrando y hablando afectos,
símbolos, pensamientos y objetos inanimados de toda especie, aun
revistiéndolos con todos los encantos de la poesía? Algunos estéticos
contestarán afirmativamente á esta pregunta, sin vacilaciones de ningún
género, y los autos españoles y las moralidades, obras informes de un
arte incipiente, serán ordenados por ellos en la misma categoría. Es tan
general la creencia de que han de desterrarse del drama las
personificaciones alegóricas, que casi todos los poetas modernos han
renunciado á ellas. Pero la imparcialidad nos obliga inexorablemente á
hacer una observación. Tanto los antiguos como los modernos conceden á
las artes del diseño la licencia de representar seres alegóricos é
ideales, y la escultura y la pintura han rivalizado en aprovecharse de
ella: recuérdense las virtudes y victorias de los griegos; la _Virtus_,
_Concordia_ y _Spes_ de los romanos; las virtudes de Bandinelli; los
amores celestial y terrestre del Tiziano, y la Venecia de Pablo el
Veronés. A nadie, sin embargo, han causado extrañeza, ni ninguno ha
imaginado excluir del dominio del arte tantas y tan excelentes obras.
¿Cómo, pues, así? El drama, que dispone de medios infinitamente más
variados de penetrar en la comprehensión de lo sobrenatural, y de
expresar su esencia y todas sus relaciones, ¿ha de excluir por completo
de sus dominios tales formas? ¿Por qué no ha de serle lícito infundir en
lo inanimado la vida y la palabra? ¿Acaso las luchas, que se suscitan en
lo más íntimo del alma humana, no pueden jamás adquirir vida y
apariencia corporal, aprovechándolas para dar más vigor á lo patético de
la tragedia? ¿No ha de concederse que la personificación de los
caprichos pasajeros del espíritu humano puede producir efecto cómico?
Seguramente no sera negativa la respuesta á estas preguntas.

La verdad es, sin embargo, que lo dicho no es aplicable á los autos. No
se trata en ellos simplemente de aisladas personificaciones poéticas;
nos vemos trasladados en un todo al terreno de la alegoría; nos hallamos
entre figuras abstractas é ideales, y hasta las históricas que se nos
presentan adquieren personificación alegórica. Se nos arranca así por
entero del círculo de la humana existencia; nos hallamos en las regiones
aéreas de la abstracción, en el imperio de lo sobrenatural, en el cual
sólo vive la fantasía elevándose á grande altura. Todos los personajes
son formas, en cuya realidad é individual existencia nadie cree, ó seres
intermedios que participan de la razón pura y se pierden en las nubes de
la metafísica. No se expresan en ellos los afectos y cualidades humanas
de tal suerte, que sólo momentáneamente llevan su sello íntimo ó
materializan éste ó aquel estado físico, dando origen á un mundo
especial, habitado por ideas generales, revestidas de cuerpo, y distinto
del terrestre. Cierto que el poeta corre grave riesgo de engendrar
monstruos, á no ser un consumado maestro. Vese obligada su fantasía á
crear sólo imágenes obscuras y vagas, ó á congelarse en las yertas
alturas de las abstracciones de la razón. O ha de perderse en ideas
nebulosas y poco claras, que se confundan entre sí, ó caer en la aridez
y frialdad, igualando la alegoría con el logogrifo.

No puede negarse que los autores de autos se hayan estrellado con
frecuencia en tales escollos. Ni Lope ni Calderón han conseguido colmar
por completo el abismo, inherente á este linaje de composiciones
poéticas, entre los elementos de la inteligencia y de la poesía. Con
demasiada frecuencia se agotan sus fuerzas en la perpetua lucha de
penetrar en lo impalpable de la comprensión, en infundir vida real en la
esencia de estas operaciones de la inteligencia. No siempre han evitado
los dos falsos derroteros mencionados, y aparecen obscuros y ampulosos,
por ser incompatible la verdadera claridad con lo que escapa á toda
determinación, ó empleando alegorías enigmáticas é inflexibles, opuestas
á la genuina poesía.

Otro obstáculo se presentaba también al poeta: el de harmonizar con la
poesía la teología escolástica, que constituía por la tradición el fondo
de los autos. No siempre supieron los autores más sobresalientes mezclar
dos elementos tan heterogéneos, de suerte que la metafísica se hiciera
sensible é interviniese en la acción del drama. Al contrario, para
manifestar claramente sus intenciones, se acogen frecuentemente al
refugio que les ofrecen sus diferencias más características. De aquí las
interminables exposiciones del dogmatismo cristiano con la refinada
sutileza de la falsa ciencia escolástica, las arengas difusas de éste ó
de aquel personaje alegórico sobre su significación y naturaleza, y las
preguntas y respuestas sobre las cuestiones más intrincadas de la
ciencia de Dios: defectos todos, sin duda, que perjudican al drama, por
grandes que sean sus bellezas.

Al hacer las observaciones indicadas, nos proponemos tan sólo oponernos
á la admiración incondicional, que con repetición han inspirado los
autos. Pero no se crea por esto que los rechazamos en absoluto, puesto
que los sacramentales españoles, con todas sus faltas, son obras
poéticas de mérito incomparable, y sus mejores poetas, haciendo uso de
su poco común ingenio y de su arte, han sorteado los inconvenientes casi
siempre inseparables de este género literario, si no en todas sus
composiciones, á lo menos en las más notables. Encontramos, pues, en
estos autos una multitud de creaciones puramente alegóricas, que no sólo
personifican ideas, sino que se transforman en individuos, y que nos
interesan vivamente por su existencia y acciones, por sus pensamientos y
voluntades; hasta la metafísica, sin hacerse valer á costa de la
poesía, se convierte, en virtud de la fábula, en resorte de intuición
poética. El poder creador, que revelan estas poesías, excita en alto
grado nuestra sorpresa; y hasta algunos autos, que adolecen de ciertos
defectos, ya apuntados, nos admiran también por otras muchas bellezas.
Sólo era dable á la más exuberante fantasía inspirar alma y vida á
definiciones abstractas y áridas de las facultades del alma; sólo la
imaginación poética más extraordinaria podía infundir en lo sobrenatural
forma y redondez plástica; sólo el buen sentido más exquisito podía
volar sin precipitarse en las regiones de la metafísica y de la razón
pura, y sólo, por último, la más decidida capacidad dramática era capaz
de producir tanta animación é interés en este dominio y con tales
personajes. Pronto veremos cuán cumplidamente lo lograron algunos.

Cuando penetramos por vez primera en el mágico imperio de estas
composiciones, nos parece que respiramos en una atmósfera desconocida, y
que contemplamos otro cielo que se extiende sobre un nuevo mundo.
Sucédenos como si poderes invisibles nos llevasen al seno de obscuras
tempestades; muéstransenos de tal modo los abismos del pensamiento, que
nos dan vértigos; seres maravillosos y enigmáticos brotan de las
tinieblas, y la luz roja y tenebrosa del misticismo, brilla en el germen
misterioso que da origen á todo lo creado. Pero rásganse las nubes que
nos envuelven, y nos encontramos más allá de los límites terrestres, no
sujetos al espacio y al tiempo, y en el dominio de lo infinito y de lo
eterno. Aquí enmudecen todas las discordancias; aquí sólo se oyen las
voces humanas á manera de himnos solemnes, acompañados de las melodías
de la música sagrada. Antójasenos que penetramos en una catedral
gigantesca de la más sublime arquitectura, en cuyas majestuosas naves no
osa aventurarse sonido alguno profano; el misterio de la Trinidad,
alumbrado de luz mágica, yace encumbrado en el trono del altar; los
rayos que despide y que la vista humana apenas puede soportar, llenan
con su resplandor maravilloso inmensas columnatas. Todos los seres que
la pueblan, parecen ocupados en la contemplación de lo eterno, y como
absorbidos y embargados en las profundidades sin fondo del amor divino.
La creación entera canta en coro himnos de júbilo en loor de la fuente
de la vida; hasta lo que no es, siente y habla; la muerte goza del don
de la palabra y de la viva expresión del pensamiento; los astros y los
elementos, las piedras y las plantas tienen alma y conciencia;
ofrécensenos los senos más ocultos del entendimiento y del corazón; el
cielo y la tierra brillan, en fin, alumbrados con luz simbólica.

Aun prescindiendo del germen íntimo de estas poesías, nos encanta además
la pompa que observamos en la exposición de sus partes. Quizás en
ningunas otras obras suyas han concentrado los poetas españoles tanta
riqueza poética ni dominádola tan profundamente. Es una mezcla tal de
colores, una atmósfera tan perfumada, un encanto tal de arrebatadora
harmonía, que arrastran irresistiblemente á nuestros sentidos.

El eje religioso, en torno del cual giran los _autos sacramentales_, es,
como hemos dicho repetidas veces, la alabanza de la Transubstanciación.
Llénase este fin de mil modos diversos, empleando las combinaciones é
imágenes más variadas, maravillándonos la rica inventiva con que el
poeta evita la uniformidad, y nos ofrece el mismo tema bajo de infinitas
formas nuevas.

Tan variamente diversos, como las combinaciones de la acción, son los
personajes alegóricos de _los autos_. Ya encontramos en ellos relaciones
humanas, estados ó situaciones del alma, virtudes y vicios; ya la
personificación de los atributos de Dios ó de los símbolos de la
Iglesia; otras veces los elementos, las producciones de la naturaleza,
los países y pueblos de la tierra, las diversas religiones, etc. En
ocasiones se llega hasta el punto de acudir á la mitología griega para
dar forma á las creencias cristianas; de suerte que resulta una doble
alegoría, como, por ejemplo, en _El Amor y Psiquis_, de Calderón,
significando el Amor á Cristo, y Psiquis á la Fe. Los personajes
históricos que aparecen en ellos, prescinden casi siempre de su carácter
y se convierten en alegóricos.

Parécenos oportuno exponer en general la enumeración de los personajes
más comunes de los autos sacramentales:

El Padre Eterno, el Rey del Cielo, el Príncipe Divino.

La Omnipotencia.

La Sabiduría.

El Amor Divino.

La Gracia.

La Justicia.

La Clemencia.

Jesucristo bajo distintas formas, por ejemplo, como el buen pastor, como
caballero cruzado, etc.

El novio, esto es, Jesucristo, que entona el cántico de los cánticos en
loor de la Iglesia, su prometida.

La Santa Virgen.

El Demonio ó Lucifer.

La Sombra, como símbolo del pecado.

El Pecado.

El Hombre. El linaje humano.

El Alma.

La Razón.

La Voluntad.

El Albedrío.

El Cuidado.

La Ira.

El Orgullo.

La Envidia.

La Vanidad.

El Pensamiento (ordinariamente como loco ó bufón).

La Ignorancia.

La Duda.

La Fe y la Incredulidad.

La Locura.

La Esperanza.

El Consuelo.

La Iglesia.

La Ley natural y la escrita.

El Judaismo ó la Sinagoga.

El Alcorán ó el Mahometismo.

La Herejía y la Apostasía.

El Ateismo.

Los siete Sacramentos.

El Mundo.

Las cuatro partes del mundo.

La Naturaleza.

La Luz, casi siempre como símbolo de la Gracia.

La Obscuridad.

El Sueño y la Ilusión que produce.

La Muerte.

El Tiempo.

Las estaciones y las horas.

Los diversos países de la tierra.

Los cuatro elementos.

Las plantas, y especialmente la espiga y el sarmiento, alusivos al pan y
vino de la cena del Señor.

Los cinco sentidos.

Los Patriarcas, Profetas y Apóstoles y sus atributos, como, por ejemplo,
el águila de San Juan.

Los ángeles y arcángeles.


No hay necesidad de advertir que no se guarda el orden cronológico, y
que los profetas, por ejemplo, aparecen juntos con los apóstoles.
Tampoco hablaremos de los anacronismos, censurados por la crítica
estrecha, puesto que en el imperio de estas poesías se prescinde del
cómputo del tiempo.

Calderón fué quien dió mayor perfección y forma más artística al _auto
sacramental_. Los de Lope de Vega, objeto ahora de nuestro examen, le
son inferiores en este concepto. La alegoría, sin profundidad
psicológica, es sólo representada grosera, no mediatamente; se echa de
menos en ellos la abundancia y la delicadeza de las alusiones morales, y
el profundo misticismo con que sus sucesores sellaron é idealizaron
todas sus creaciones, iluminando al orbe con la luz del espíritu. Lope,
por el contrario, se expone menos al peligro de degenerar en árido y
frío, como sucede con frecuencia á los que abusaron de la alegoría.
Nunca peca contra la sencillez poética é inmediata que los distingue; y
si los poetas, que le sucedieron, nos parecen más adelantados en lo
relativo al arte, él nos encanta por su mayor vigor y naturalidad.

Para conocer más concretamente la esencia de _los autos_ de Lope,
haremos el análisis de algunos.

El elegido para este objeto lleva el título de _La peregrinación del
alma_. El canto que le precede en loor de la Hostia y del Cáliz, y la
loa, que no se relaciona directamente con lo que sigue, no entrarán en
nuestro examen. Al principio del auto aparecen las Almas, como mujeres
vestidas de blanco; la Memoria, en forma de mancebo bello y robusto, y
la Voluntad, con traje de labradora.

    EL ALMA.

      Llegada es ya la ocasión
    De mi nueva embarcación
    A la gloriosa ciudad
    De la celestial Sión.

     *       *       *       *       *

    Esta es la playa arenosa
    De corporal juventud;
    Buscar es cosa forzosa
    Nave, en que nuestra salud
    Corra bonanza dichosa.

    LA MEMORIA.

      Alma para Dios criada
    Y hecha á la imagen de Dios,
    Advierte de Dios tocada
    En que son los mares dos
    De nuestra humana jornada.
    Y así hay dos puertos á entrar
    Y dos playas al salir:
    En uno te has de embarcar,
    Que del nacer al morir
    Todo es llanto y todo es mar.

     *       *       *       *       *

    En estrecho fin paraba,
    Alma, aquel ancho camino;
    Y el que estrecho comenzaba,
    Ancho, glorioso y divino
    El dichoso fin mostraba.

La Voluntad censura las inoportunas advertencias de la Memoria, y
aconseja seguir la senda más bella y desahogada. El Alma vacila, no
sabiendo qué rumbo emprender. Preséntase entonces el Demonio, como señor
de la barca; el Amor propio, el Apetito y otros vicios, en traje de
marineros, y cantan así:

      Hoy la nave del contento
    Con viento en popa da gusto
    Donde jamás hay disgusto.

     *       *       *       *       *

    Se quiere hacer á la mar.
    ¿Hay quien se quiera embarcar?

El Demonio hace una brillante descripción de la belleza del país, á
donde se dirige la barca; la Memoria les advierte el engaño, pero se
aletarga al oir un nuevo canto más melodioso, y cae ensordecida en la
orilla, mientras que el Alma y el Deseo suben en la barca. Preséntase la
Razón para despertar á la Memoria, y las dos juntas gritan al Alma que
vuelva; pero no se oyen sus voces con el ruido de los marineros,
ocupados en levar el áncora. Poco después se ve ya á la barca en alta
mar; el Orgullo lleva el timón, y los siete pecados capitales manejan
los remos; el Alma, sentada sobre cubierta á una mesa brillante, á la
cual cerca un coro de cantores, se solaza con caballeros y frívolas
damas. La Razón exhorta una vez más á los engañados á pensar en su
salvación, y á embarcarse en el buque del arrepentimiento, el único que
los librará de su ruina; pero el Alma nada quiere oir hasta que el mismo
Jesucristo, dueño de este buque, se presenta acompañado de ángeles, y
promete conducirlos á la bahía de la Salud, si llegan á arrepentirse.
Como la vocación divina es irresistible, la seducida resuelve
obedecerla. Vese entonces el barco del arrepentimiento, en cuyo centro,
á manera de mástil, está implantada la cruz; cálices de oro adornan sus
gallardetes; los símbolos de la Pasión forman los aparejos; sobre la
cubierta se halla el Santo Sepulcro, y delante de él, arrodillada, la
Magdalena arrepentida; San Pedro se sienta junto á la brújula, alumbrado
todo por un cáliz de oro, cuya luz se extiende á larga distancia. El
Alma se presenta con vestido de penitente, y se arrodilla contrita
delante del Señor, que la acoge benigno; le promete el perdón, porque su
arrepentimiento es sincero, y le ofrece el Sacramento del Altar como
prenda de su gracia.

El auto segundo, cuyo argumento expondremos también, y que se titula
_Las aventuras del hombre_, comienza con la expulsión del Paraíso de
nuestros primeros padres. El ángel persigue al hombre con su espada de
fuego, censura su pecado con frases enérgicas, y cierra las puertas del
Edén. El desterrado se encuentra en medio de un horrible desierto;
peñascos puntiagudos destrozan sus pies, abismos amenazan tragarlo, y lo
atormentan temibles visiones. Parece que, al componer esta escena, tuvo
presente el poeta el principio de la _Divina Comedia_ del Dante. El
hombre vaga abandonado por el desierto, y se extravía y pierde, no
hallando senda alguna que seguir. Preséntasele entonces una aparición,
que á primera vista lo atemoriza, pero que pronto intenta consolarlo
hablándole dulce y amorosamente, y diciéndole:

      Pues haced cuenta que quiero
    Ser vuestro escudero yo,
    Que el mismo Dios me mandó
    Que fuese vuestro escudero.

     *       *       *       *       *

    Es verdad que está enojado,
    Pero como os ha criado,
    Templa conmigo el castigo.

     *       *       *       *       *

    Que si como Dios le dijo
    Le ha de quebrar la cabeza
    Al Dragón, vuestra tristeza
    Será entonces regocijo.

     *       *       *       *       *

    Porque no pudiendo vos
    Satisfacer de justicia
    Tanto pecado y malicia,
    Satisfaga Dios á Dios.

     *       *       *       *       *

    Esta Señora que os digo
    Será su divina Madre.
    Esperadla, que ha de ser
    De vuestro destierro fin.

     *       *       *       *       *

    Venid conmigo, y los dos
    Esperemos este día.

Los dos juntos prosiguen entonces su peregrinación, y llegan á un
palacio soberbiamente iluminado, dentro del cual se oye plácida
harmonía. En él reina _la locura del mundo_. Alegre muchedumbre rodea á
los extranjeros cantando y bailando, y los invita á entrar en el
palacio. El Consuelo advierte al hombre el peligro que le amenaza, pero
se deja seducir y acepta la hospitalidad que se le ofrece. La Reina lo
recibe afable, y ordena á la Vanidad y á la Ostentación que adornen
lujosamente el aposento del Engaño, á la Sensualidad que le prepare un
filtro amoroso, al Sueño que lo divierta con imágenes halagüeñas, y á la
Curiosidad y á la Mentira que cuiden de distraerlo. Comienza, pues, la
nueva vida con locuras y placeres de los sentidos; pero el hombre, que
siente en su pecho más elevada vocación, se fastidia pronto y abandona
el palacio. Asáltanle en su peregrinación el Tiempo, la Muerte y el
Pecado; lo aprisionan y lo entregan á la Culpa, en cuyos lazos viven
todos los hijos de la tierra. Cargado de cadenas, se lamenta el hombre
en su prisión. Háblale el Consuelo del Salvador, que ha de venir, para
redimirlo del cautiverio.

      Luz del mundo ha de llamarse
    Aquella palabra eterna...

     *       *       *       *       *

    Tú, pues, me alumbra y me guía,
    Tú me ilumina y me enseña,
    Todo se yerra sin ti,
    Todo contigo se acierta.
    Peregrino soy, luz mía,
    Erré la divina senda.

     *       *       *       *       *

    Ven, lucero, que ya tengo
    En estas lágrimas, señas
    Que ya sé, divina Aurora,
    Que no amaneces sin ellas.
    Ven, dulce mañana mía;
    Ven, mi luz, no te detengas;
    No me coja eterna noche
    Antes que tú me amanezcas.

Abrense los muros de la cárcel: preséntase la Santa Virgen hollando al
Dragón con sus pies, y deja caer dulces palabras en el alma del cautivo,
que entonces duerme tranquilo. Mientras tanto desciende del cielo por
una escala el Amor divino, y le anuncia que ha llegado la hora de la
Redención. Giran sobre sus goznes las puertas de la prisión, y el hombre
es recibido por sus guías celestiales, que suben con él en el buque que
ha de llevarlo á la bahía de la Salud eterna. Huyen la Muerte y los
Pecados, y la Culpa aparece transformada y con vestidos ligeros. Al
terminar se ve una barca (la Iglesia), y en ella un altar con el Cáliz y
la Hostia, ante la cual yace el hombre de rodillas.

    EL AMOR DIVINO.

      ¿Ves cómo fué verdadera
    La nueva que yo te di?

    EL HOMBRE.

      ¡Oh pan divino, oh grandeza
    Suma de Dios, reducida
    A una forma tan pequeña!
    ¡Oh inmensidad abreviada,
    Alta Majestad Suprema
    En la cándida cortina
    De los accidentes puesta!
    ¿Cómo te daré las gracias?

    AMOR.

      Con la Fe, para que puedas
    Aquí merecer la gloria
    Y después la gloria eterna.

El _Auto de la Puente del mundo_ comienza con un diálogo entre el Mundo,
el Orgullo y el príncipe de las Tinieblas, sobre la venida de Cristo,
que aparecerá en forma de caballero cruzado, para redimir á las almas de
la servidumbre del pecado. El príncipe de las Tinieblas ha construído un
puente, por el cual han de pasar cuantos entren en el mundo. Leviathán
es nombrado su guarda, con la obligación de no permitir á nadie el paso
mientras no se confiese esclavo del mal. Hácenlo así Adán y Eva, y las
generaciones humanas que les suceden. Pero una virgen más pura que la
más cándida paloma (así dice el príncipe de las Tinieblas), ha entrado
en el mundo sin rendirle homenaje, porque, al pronunciar su nombre,
Leviathán cayó en tierra desmayado. Aparece el Amor divino, y llama con
dulce canto al caballero de la cruz, que es el Redentor. Este se
presenta armado completamente, trayendo en sus manos la lanza adornada
con la cruz; al brazo un escudo, en el cual se representan los símbolos
de la Pasión, y comienza la lucha para redimir los hombres. Leviathán
cae en tierra sin aliento, cegado por el resplandor del divino adalid;
el alma recobra la libertad, y el vencedor edifica otro puente junto al
primero que se dirigía á la servidumbre del pecado, para que el linaje
humano pueda subir á la gloria.

_El heredero del cielo._ El Señor celestial, dueño de una viña, amada
por él sobre todas las cosas, la da en arrendamiento á los sacerdotes y
al pueblo hebráico; nombra guardas al Amor á Dios y al Prójimo, y les
recomienda la más exquisita vigilancia. Pero molesta á los arrendatarios
tan rigorosa guarda; echan de la viña á los nombrados por el Señor para
vigilarla; sólo piensan en vivir entre regocijos y fiestas sensuales, y
llaman á la Idolatría para compartir con ella la posesión de la viña,
celebrando fiestas licenciosas y practicando ritos idólatras. Al cabo de
algún tiempo se presenta el Señor de la viña para visitarla; pero apenas
se acerca, oye cánticos sacrílegos, y al entrar es testigo de una orgía,
y presencia el estrago que hacen en las cepas los pies de los que
danzan. Manda á Jesaías y á Jeremías, que le acompañan y le sirven, que
reclamen el precio del arrendamiento; pero son acogidos con burlas y
llevados después al suplicio, por reconvenir á los sacerdotes y al
pueblo judío á causa de sus irreverencias. Aparece San Juan Bautista y
predica el arrepentimiento, declarando que se acerca el reino de Dios, y
que su Hijo, el heredero del cielo, no tardará en venir para regenerar
la viña destruída; pero también sucumbe. Al fin viene en persona el Hijo
prometido para traer á su redil á los extraviados y plantar de nuevo la
viña; pero se ve tan poco atendido como sus predecesores, y es
arrastrado al suplicio con los mártires. La tierra tiembla, cúbrese de
duelo la naturaleza, y hasta los gentiles deploran los sufrimientos del
inocente. Descúbrese el teatro: se ve á Jesaías con el cuerpo aserrado;
á San Juan, sin cabeza, y entre los dos, al heredero del cielo
suspendido en la cruz; el Señor dice entonces con voz de trueno:

      Entristézcase el cielo,
    Los ángeles derramen tierno llanto,
    Rómpase al Templo el velo,
    Tinieblas vista el sol, la tierra espanto;
    Matóme mi Heredero
    Jerusalem tu viñador grosero

     *       *       *       *       *

    Que yo, Israel rebelde y obstinado,
    Ingrato siempre al cielo

     *       *       *       *       *

    Derribaré tu Templo
    Y no ha de quedar piedra sobre piedra,

     *       *       *       *       *

    Jerusalem, de ti, que hierba y piedra
    Han de cubrir tus calles
    Sin que piedad en los romanos halles.
    Mi viña siempre amada
    Te quitaré, villano pueblo hebreo,
    Y mi Iglesia sagrada
    Daré al pueblo gentil, pues ya le veo
    Dejar la Idolatría
    Por seguir la ley de gracia, mía.

     *       *       *       *       *

    Y dárosla (la viña) prometo,
    Y cercarla de mártires...

     *       *       *       *       *

    Pondré los confesores,
    Las vírgenes también

     *       *       *       *       *

    Dejaréle un tesoro,
    Del cuerpo celestial de mi Heredero.

Para que se conozcan también otros autos, que no han de enumerarse entre
los sacramentales, puesto que no se refieren á la cena del Señor, siendo
su argumento de índole religiosa en general, indicaremos las escenas de
uno, que refiere la historia del Niño perdido. Este pequeño auto,
inserto en _El Peregrino_, se representó el día de Santiago, si nos
atenemos á los datos que se encuentran en aquella obra. Al principio
conversa el joven Damasceno con su paje la Juventud, que le describe las
molestias que le afligen en la casa paterna, y lo excita á vivir más
alegremente. Déjase persuadir el joven, y ruega á su padre que le
entregue su parte de herencia para viajar; opónese á ello el padre,
porque lo prefiere á todos sus demás hijos, pero al fin presta su
consentimiento. Pronto se ve á Damasceno corriendo el mundo con
ostentación y alegría, acompañado de numeroso séquito, en el cual se
cuentan el Deleite, la Locura, la Adulación y otros vicios. La divertida
compañía entra en la casa de la Disolución, y celebra una bacanal con
música y danzas, haciendo de gracioso el Juego, en traje de arlequín.
Asistimos en seguida, desde esta fiesta, descrita con verdadero ingenio,
al lugar en donde un pastor apacienta sus rebaños, y á una de esas
escenas pastoriles en que tanto sobresale nuestro Lope. Después de
algunos episodios aparece Damasceno, despojado de todos sus bienes, y
hasta de sus vestidos, y pidiendo hospitalidad. El compasivo pastor lo
recibe entre sus servidores, y el extraviado joven, avergonzado de sus
locuras, hace cuanto puede para borrarlas á fuerza de arrepentimiento,
de trabajo y fidelidad. Vuelve, por último, contrito al hogar paterno,
rogando que se le perdone, y el padre lo acoge con grandes
demostraciones de júbilo. Uno de sus hermanos se admira que se le
muestre más deferencia que á él, siempre constante en el cumplimiento de
su deber; pero el padre le replica diciéndole, que no hay mayor gozo
para un padre que la vuelta del hijo perdido.

Como ejemplo de _autos al Nacimiento_ puede servir _El Tirano
castigado_. Primero se presentan la Envidia y la Maldad, y deliberan
acerca de los medios que han de emplear para dañar á los hombres.
Después vemos á Lucifer en un trono de fuego, rodeado de los demás
ángeles rebeldes, y teniendo á sus pies á la Humanidad, cargada de
cadenas; ensalza su poderío, que, á consecuencia de la culpa del primer
hombre, se extiende sobre toda la tierra, y excita á los espíritus
infernales á pelear de nuevo contra el cielo. La Humanidad confiesa su
culpa, pero espera la llegada del prometido Redentor, que ha de
rescatarla del cautiverio del pecado. Encolerízase entonces Lucifer;
huella con sus plantas el pecho de la cautiva, y ordena que la lleven á
una obscura prisión; pero aquélla le anuncia que en breve uno, más
poderoso, acabará con el imperio del infierno. Satanás se presenta
consternado, y dice al Príncipe de las tinieblas:

      Las riberas del Cocyto
    Deja animoso Luzbel,
    Y de la laguna Estigia
    Azufre, resina y pez.
    Del Averno los tormentos
    Suspende, si puede ser,
    Y de tu reino de llanto
    Cese el bullicio cruel.

     *       *       *       *       *

    De tus furias el azote
    En ocio y suspenso esté,

     *       *       *       *       *

    Y los condenados, todos,
    Orejas á mi voz den.

Lucifer, furioso al oir esta noticia, resuelve maquinar nuevos enredos
para oponerse á la salvación de la Humanidad. Esta, mientras tanto, yace
en su prisión lamentándose y rogando al cielo que la liberte del
cautiverio; preséntase la Profecía, transformada en gitana, y le
promete la salud esperada. La escena se traslada después á Belén. José y
María llegan pobremente vestidos, y llaman á muchas casas de sus
parientes para pedir hospitalidad; pero Lucifer y Satanás les persuaden
que no abran sus puertas á los recién venidos; permanecen, pues,
cerradas, y no les queda otro recurso que refugiarse en un miserable
establo. Las escenas siguientes, de índole profana, nos ofrecen amores é
intrigas pastoriles; luego aparece un ángel que canta el _Gloria in
excelsis Deo_; anuncia el nacimiento del Salvador, y excita á los
pastores á adorar al recién nacido. Se ve entonces á María arrodillada
ante el Hijo de Dios. Adóralo recitando un soneto, y San José une sus
oraciones á las de ella. Acércanse también los pastores para adorar al
Niño Divino, le ofrecen presentes, y la Profecía convoca al linaje
humano para manifestarle el cumplimiento de sus predicciones.

    LUZBEL.

      ¿Qué hay, Satán?

     *       *       *       *       *

    ¿Rásgase el cielo?
    ¿Llueven las nubes aquel
    Rocío que espera el mundo,
    O el león viste la piel
    De cordero? En la cestilla
    ¿Baja el eterno Moisés
    Por el caudaloso río
    Que mar de las gracias es?
    Desgajado de aquel monte
    De suma altura y poder,
    Deshace el risco la estatua
    Que de ambición fabriqué.

     *       *       *       *       *

    ¿Hase mostrado al Oriente
    El Iris de paz y fe?

     *       *       *       *       *

    ¿Trujo la tierna paloma
    En el pico de clavel
    Al arca la verde oliva
    Y á mí el funesto ciprés?
    ¿Cerca en su claustro al varón
    Aquella fuerte Mujer,
    Que en mi soberbia cerviz
    Me dicen que pondrá el pie,
    Quedando virgen y madre
    Del mismo que su Padre es?

     *       *       *       *       *

    ¿No hablas? Respóndeme,
    Abre esos labios, pronuncia
    Mi muerte...

    SATÁN.

      Esta noche al transmontarse
    El sol, vi el cielo romper,
    Y dél salir con más rayos
    Que en medio el Zénit se ve,
    Entre mil escuadras bellas
    De aquellos que siempre ven
    La Eterna Sabiduría
    Y el sumo y perfecto Bien;
    En hábito y forma humana
    Al Paraninfo Gabriel,
    Bordando las dos esferas
    De zafir y rosicler,
    Y dándole al suelo gloria;
    Paró el vuelo en Nazaret,
    A donde lo vi humillado
    A la esposa de Josef.
    Lo que hizo y lo que dijo
    No lo oí, ni pude ver;
    Que aunque lince, aquel instante
    Ciego y sordo me hallé.

Mientras entonan un cántico religioso cuantos rodean al pesebre,
acompañados de los ángeles, preséntase Lucifer abatido y tétrico, é
intenta ofender al recién nacido; pero al esforzarse en traspasar el
umbral, lo anonada la presencia de Dios, y lo rinde vencido á las
plantas de la Santa Virgen. El Auto concluye con esta humillación de
Lucifer.

Tarea ociosa es, á la verdad, exponer el argumento de algunos autos,
puesto que sólo ofrecería una idea incompleta de las propiedades de
estas composiciones tan diversas de todas las demás dramáticas.
Unicamente veríamos el desnudo esqueleto que forma su acción externa, y
aun esto de una manera incompleta, en virtud de su especial naturaleza.
El brillo deslumbrador de su poesía, la vida que rebosa en su conjunto,
las alusiones simbólicas que enlazan lo más remoto con lo más próximo,
sus profundas miradas en el alma humana y en los secretos de la
creación, en una palabra, cuanto caracteriza en primer término á estas
admirables composiciones, y les asegura un valor duradero, sólo puede
comprenderse con claridad leyéndolas atentamente.

Si de los autos pasamos al examen de los entremeses, nos hallamos en
terreno muy diverso. Estos pequeños dramas burlescos, que á menudo son
sólo escenas aisladas sin verdadero interés dramático, fueron, sin duda,
escritos en algunos ratos de ocio por un poeta tan incesantemente
ocupado; pero su veloz pluma supo también trazar al vuelo rasgos felices
y peculiares de este género de poesías. No faltan en ellos ingeniosos
chistes y cómicas situaciones, ni dejan de ser censuradas con agudezas
de buena ley las locuras y ridiculeces humanas. Sin embargo, no hay que
buscar en los entremeses sátiras delicadas, tratándose de un linaje de
producciones esencialmente burlescas, cuyo principal objeto es hacer
reir, y que, para lograrlo, no desprecia en ocasiones emplear bufonadas
de toda especie.

Las loas de Lope son, por punto general, monólogos, no pequeños dramas
que formen como el prólogo de la acción posterior, como se usaron á
veces en otras obras. Estos monólogos, que de ordinario tienen escasa
relación con la comedia propiamente dicha, consisten, en parte, en
narraciones y anécdotas burlescas; en parte en alegorías alusivas á las
relaciones que hay entre el autor y el público, ó, por último, en
animadas alocuciones á los espectadores, etc. Su mérito literario es
casi siempre escaso, y al parecer, se escribieron más bien por acceder á
los deseos y á la conveniencia de los directores de teatros, que por
inspiración espontánea del poeta.



CAPÍTULO XIX.

     Poetas dramáticos valencianos.--Francisco Tárrega.--Gaspar
     Aguilar.--Ricardo de Turia.--Carlos Boyl.--Miguel Beneyto.--Vicente
     Adrián.--Guillén de Castro.--Su _Cid_ y el de Corneille.


Menester es ahora que interrumpamos el examen de las obras de Lope de
Vega, el cual, por ligero que haya sido, no podía ocupar demasiada
extensión en una obra como ésta, destinada á exponer la historia de toda
la literatura dramática española, puesto que era preciso dejar espacio
suficiente para dar á conocer las composiciones de los innumerables
émulos de nuestro poeta. Si bien es cierto que éste escribió tantos y
tan diversos dramas de toda especie, que hubieran bastado para ocupar el
teatro español por más de un siglo, no es lícito tampoco negar que la
fuerza creadora de la época se revela también en otras muchas obras y en
muchos otros escritores. No se crea por esto, como acaso algunos
piensen, que todos estos dramáticos fueron imitadores de Lope de Vega;
al contrario, gran parte de ellos se distinguen por su originalidad y
cualidades propias, que no es justo desconocer, siempre que prescindamos
de la forma externa de sus composiciones, que, en esta época, fué en
general la misma en todas las obras dramáticas.

Llaman, pues, inmediatamente nuestra atención los diversos poetas
contemporáneos de Lope, que, como él, acometieron también la empresa de
reformar y perfeccionar el drama español. Cervantes, después de haber
hablado de la prodigiosa fecundidad del más famoso de todos ellos, nos
indica la transición del uno á los otros con estas palabras: «Pero no
por esto (pues no lo concede Dios todo á todos) dexen de tenerse en
precio los trabajos del Dr. Ramón, que fueron los más, después de los
del gran Lope. Estímense las trazas artificiosas en todo extremo del
licenciado Miguel Sánchez; la gravedad del Dr. Mira de Mescua, honra
singular de nuestra nación; la discreción é innumerables conceptos del
canónigo Tárraga; la suavidad y dulzura de D. Guillén de Castro; la
agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las
comedias de Luis Vélez de Guevara, y las que agora están en xerga[13]
del agudo ingenio de Don Antonio de Galarza, y las que prometen _Las
Fullerías de Amor_, de Gaspar de Avila, que todos estos, y otros algunos
han ayudado á llevar esta gran máquina al gran Lope[14].»

A dichos nombres hay que añadir otros muchos, correspondientes á este
período, de los cuales trataremos en lugar oportuno. Nuestras miradas se
fijan primeramente en un grupo de dramáticos valencianos, entre los
cuales se cuentan muchos de los mencionados por Cervantes[15].

En la rica y floreciente Valencia, que, como dijimos, poseía con
anterioridad un teatro fijo, y que acaso al mismo tiempo que se
prepararon para las representaciones escénicas los de la Cruz y del
Príncipe, de Madrid, se dispuso con el mismo objeto un local nuevo y
mejor arreglado, que se denominó _El Corral de la Olivera_[16], poco
después de la aparición de Virués adquirió el drama igual carácter y
forma, que conservó luego en su más brillante período. El desarrollo
progresivo de la literatura dramática trazó y fijó de tal suerte esta
forma, que no hay necesidad de suponer que fuese importada de Madrid en
Valencia, adoptándose primero por los poetas de esta última ciudad,
después de conocer las obras de Lope de Vega. Al contrario, es de
presumir que Lope, que, como leimos en su biografía, estuvo en Valencia
desde 1588 á 1595, recibió en ella estímulo y aliento para imprimir en
el drama el carácter que distinguía á las comedias, á cuya
representación asistió, y á trasplantar á los teatros de Madrid la forma
peculiar del drama valenciano.

La Academia _de los Nocturnos_, asociación literaria de los ingenios de
Valencia, consagrada á investigaciones científicas y á trabajos
poéticos, celebró su primera sesión el 4 de octubre de 1591[17]. Entre
los individuos de esta Academia, cuyos nombres se conservan, contábanse
los poetas valencianos más famosos, que descollaban en la literatura
dramática, como fueron Tárrega, Aguilar, Boyl, Ferrer, Beneyto y Guillén
de Castro. Estos poetas, y especialmente los dos primeros y el último,
gozaron en su tiempo de gran celebridad, según testifican las repetidas
alabanzas, que de ellos hacen los autores coetáneos[18]; pero luego
cayeron de tal modo en olvido, si se exceptúa Guillén de Castro, que
acaso desde hace dos siglos se escriben aquí sus nombres por vez
primera.

Francisco Tárrega, doctor en Teología y canónigo de Valencia, parece
haberse ya distinguido en la poesía antes de 1591, puesto que obtuvo el
lugar más honorífico en la Academia citada. Vicente Mariner ha celebrado
su fama en un pomposo panegírico en latín, lleno á la verdad de frases
vagas y sin dar noticia alguna de su vida. Sus comedias corresponden al
espacio de tiempo comprendido entre los últimos años del siglo XVI y los
primeros del XVII, y no dejaron de agradar en su época. No por esto
pueden rivalizar con las de Lope de Vega: fáltanles genio é inventiva y
notable originalidad; pero en lo general están bien combinadas,
demuestran su conocimiento de la escena, y gustan é interesan. La más
favorecida del público fué la titulada _La enemiga favorable_, que
Cervantes elogia en su _Quijote_. Su argumento es, en extracto, el
siguiente: La reina Irene, que ama apasionadamente al Rey su esposo,
infiere grave ofensa á la condesa Laura, de quien estaba celosa. La
Condesa, deseando vengarse, persuade á su amante, Belisardo, que acuse á
la Reina de adulterio con el duque Norandino. Belisardo la acusa, en
efecto, dándose traza de presentar al Rey, bajo un punto de vista
desfavorable á la Reina, las atenciones que ella demuestra al Duque á
causa de su mérito. Ordénase, pues, la celebración de un duelo para que
la justicia de Dios decida de la culpa ó de la inocencia de la Reina. El
delator, cuyo nombre es desconocido, aparece en la palestra con la
visera calada, y provoca al combate á cuantos tengan por falsa su
acusación. Acuden entonces al desafío tres caballeros, también con la
visera calada, declarando que están prontos á defender el honor de la
Reina. Uno de ellos es el duque Norandino; otro el Rey, que duda de la
culpabilidad de su esposa, y el último Laura, atormentada por los
remordimientos de su conciencia y arrepentida de su acción, y ansiando
salvar el honor de la Reina, aun á riesgo de su vida. Irene, á la cual
conceden los jueces del campo el derecho de elegir para su defensa á
uno de los tres caballeros, se decide por Laura, por conceptuarla el más
débil de los tres, creyendo que el acusador es su propio esposo, y con
la esperanza de exponer á menor peligro al Rey, á quien ama cual cumple
á una esposa fiel y enamorada. Al mismo tiempo que se hace la señal del
combate, toca la campana de la torre la de la oración del Ave María;
todos se arrodillan para rezar; descúbrese Laura; declara la inocencia
de la Reina, y excita al acusador á confirmar su aserto, puesto que así
se ha obligado á hacerlo para lograr su mano. Obedécela Belisardo; la
Reina queda libre de toda mancha, y todos se perdonan y se abrazan.

Digna es también de la mayor alabanza la delicadeza con que están
caracterizados los personajes de esta excelente comedia, y en especial
los del Rey, la Reina y Laura, y el arte con que se excita nuestro
interés desde el principio hasta el fin. Tales bellezas, en mayor ó
menor grado, se observan en las demás obras dramáticas de Tárrega.
Además de las nueve que se encuentran en la colección antes citada,
menciónanse otras dos (por Lorenzo Gracián, en su _Arte del ingenio_),
tituladas _La gallarda Irene_ y _El Príncipe constante_, presumiéndose
que el argumento de la última es semejante á la famosa tragedia de
Calderón de igual título. La comedia religiosa de Tárrega denominada _La
fundación de la Orden de Nuestra Señora de la Merced_, aunque ofrece
aventuras extravagantes, cuales se observan en todos los poetas
españoles al tratar de estos asuntos, cuenta muchas bellezas aisladas.
Refiere la historia de Pedro Armengol, ladrón al principio, que de
repente se convierte á la práctica de la virtud, y borra sus anteriores
pecados, consagrando su vida á la religión; encamínase á Argel para
redimir esclavos, y encuentra allí á su hermana, que ha renegado de la
fe católica y es amada por el Dey; conviértela de nuevo á sus antiguas
creencias, y es llevado al suplicio por los moros, salvándose por la
intercesión milagrosa de la Virgen, y rescatando gran número de esclavos
cristianos, con quienes regresa á España y funda, con la protección del
rey de Aragón, la Orden de los mercenarios para redimir cautivos.

Siempre que se habla de Tárrega, se nombra también á Gaspar de Aguilar,
que floreció al mismo tiempo, y, según parece, estuvo ligado á él por
los lazos de la amistad. Este Aguilar, á quien se llama _el discreto
valenciano_, sirvió al conde de Chelva y al duque de Gandía. Nada más se
sabe de su vida; pero se dice de su muerte que fué motivada por la
aflicción que le acometió á consecuencia de no haber agradado, como
merecía, un elegante epitalamio que escribió para solemnizar las bodas
de un magnate. Sus comedias se asemejan tanto, en todas sus cualidades,
á las de su paisano y contemporáneo, que hasta para los más entendidos
es difícil distinguirlas. Sus bien trazados argumentos, su pintura de
caracteres y su elegante y viva exposición, las avaloran en no escaso
grado, aunque no merezcan por esto que se cuenten entre las más notables
de su patria. La fantasía de Aguilar, no del todo infecunda, no era, con
mucho, tan rica, ni su vena poética corre tan copiosa y abundante como
la de Lope, siendo, por tanto, incapaz de impresionarnos y arrebatarnos;
pero moviéndose, á su vez, en más cómodo terreno, lo libertaba de
incurrir en los extravíos á que llevan con demasiada frecuencia las
imaginaciones exuberantes. Su comedia más famosa se titula _El mercader
amante_[19], celebrada por Cervantes y por otros. He aquí, en compendio,
su argumento. Belisario, mercader acaudalado, ama á dos doncellas, y no
sabe por cuál decidirse, puesto que antes desea asegurarse de si la
inclinación que ambas le muestran, reconoce por causa su fortuna.
Pretexta, para averiguarlo, que pierde sus bienes por una desgracia, y
concierta un plan con Astolfo, que ha de ayudarlo, y en cuyas manos pone
sus riquezas, para desvanecer completamente sus dudas. Astolfo, rico ya
en apariencia, enamora á las dos beldades: una de ellas abandona en
seguida al pobre amante, y prefiere al rico; pero la otra sufre la
prueba, y sale de ella victoriosa. El desenlace se adivina sin trabajo,
descubriéndose que son fingidas la pobreza de Belisario y la riqueza de
Astolfo, y casándose la fiel con su amante. En esta comedia (caso, en
verdad, raro en las antiguas españolas), se observan con rigor las
llamadas unidades de lugar y de acción, y la de tiempo tampoco se
quebranta abiertamente, cualidad, por cierto, que, sin duda, fué muy
alabada por los partidarios de estas reglas; pero á nuestros ojos menos
meritoria que la multitud de gratos detalles y notables pinturas de
carácter, que realzan su fábula vulgar. En _Los amantes de Cartago_
refiere Aguilar la historia de Sophonisba, y no, en verdad, sin ingenio
ni trágica grandeza. También en _Venganza honrosa_ nos ofrece algunas
situaciones verdaderamente interesantes, y nos da favorable testimonio
de su talento para trazar y desenvolver un plan dramático. Porcia, hija
del duque de Mantua, accediendo á los deseos de su padre, se casa con
Norandino, duque de Milán, aunque prefería á Astolfo, duque de Ferrara.
Astolfo, profundamente afligido por la pérdida de su amada, la pretende
aun después de casarse, y se encamina disfrazado á Milán, en donde
despierta de nuevo su antiguo amor en el pecho de Porcia, persuadiéndola
á que huya en su compañía. El engañado esposo sale en persecución de los
fugitivos, sin lograr alcanzarlos, por cuya razón se decide á dirigirse
disfrazado á la corte del duque de Ferrara para vengarse de su infiel
esposa y de su seductor. En el camino se le presenta ocasión de salvar
la vida á Octavio, hijo del gobernador de Ferrara, en grave peligro de
perecer á consecuencia del insidioso ataque de un cierto Oracio. Éste
descarga entonces sus iras en Norandino y lo entrega á Astolfo,
pretextando falsamente que es un bandido. Astolfo lo conoce y lo condena
á muerte para librarse de su odioso enemigo, y con la aprobación de la
adúltera Porcia. Ejecútase el suplicio, pero sólo en apariencia, merced
al gobernador, que lo mira como al salvador de su hijo, de suerte que
Norandino queda con vida y puede realizar mejor su plan de venganza.
Mientras tanto, el duque de Mantua se prepara á la guerra para arrancar
su hija del poder de su raptor; Astolfo, para ponerse á cubierto de un
ataque, se refugia entonces en un castillo situado en la cumbre de una
escarpada roca, que fortifica además con el arte. Norandino, á quien se
cree muerto, se mezcla disfrazado entre los trabajadores de las
fortificaciones, esperando una ocasión favorable para realizar su
propósito. Comienza el asedio, y los sitiados resisten valientemente;
pero llega un día en que se abren las puertas de la fortaleza:
Norandino, vestido cual exige su rango, se presenta acompañado de
lúgubre cortejo, y arroja á los pies del duque de Mantua las cabezas de
Astolfo y de Porcia. El Duque, aunque deplora la muerte de su hija,
conoce que es justa la venganza que de ella y de su rival ha tomado
Norandino.

Las cuatro comedias que se conservan de Luis Ferrer de Cardona,
gobernador de Valencia, conocido bajo del pseudónimo de Ricardo de
Turia, no revelan notable inspiración; _La fe pagada_ es una de esas
comedias vulgares, llenas de aventuras novelescas, de combates entre
moros y cristianos, de cautiverios y rescates, como por desgracia se
habían ya visto en la escena española. En _La belígera española_ nos
encontramos en América en la guerra entre araucanos y españoles, con
ruido de batallas y grandes espectáculos teatrales de toda especie,
pero que, á pesar de todo esto, nos interesa muy poco. La mejor obra
dramática de Ricardo de Turia es _La burladora burlada_, comedia de
intriga, cuya acción se distingue por su ingenioso arreglo y delicados
giros. Más importante que sus comedias es su _Apología de la comedia
española_, que precede á la obra ya citada, que se titula _Norte de la
poesía española_. Defiéndese en ella con agudeza, contra _Terencianos_ y
_Plautistas_, la forma dramática nacional, exponiéndose teorías no
comunes en aquella época, puesto que se dice que aquéllos condenan, por
regla general, todas las comedias escritas y representadas en España,
alegando sus razones, y entre ellas, la de que si el drama debe ser el
espejo de la vida humana, ¿cómo ha de permitirse que un personaje nazca
en la primera jornada y aparezca ya hombre hecho en la segunda?[20].

Sólo se conserva una comedia de Carlos Boyl (muerto en 1621), y otra de
Miguel Beneyto: pero como ni uno ni otro se distinguen por su
originalidad, y haya tantos asuntos importantes que llamen nuestra
atención, nos contentaremos sólo con mencionar sus nombres. Vicente
Adrián principalmente, conocido como escritor de autos, pertenece
también á la misma escuela.

El más notable de todos estos poetas valencianos fué Guillén de Castro,
poco conocido, aunque se hable de él con frecuencia. Las frases de
Voltaire, llamándole autor de la primera tragedia verdadera de la Europa
moderna, y las de Corneille, en que confiesa que es el primero que
escribió _El Cid_, han sido repetidas muchas veces, si bien no se han
hecho ulteriores investigaciones acerca de su vida y de su influencia.
El libro de Lord Holland, cuyo título promete dar solución á estas
dudas, no contiene más que un análisis de la tragedia citada, sin
ofrecernos siquiera las noticias biográficas siguientes, escasas á la
verdad, pero no difíciles de adquirir[21].

Guillén de Castro y Belvís, de familia antigua y distinguida, nació en
Valencia en 1569. Su talento poético prematuro, causa de que se le
mirase como la perla de la _Academia de los nocturnos_, le granjeó la
amistad de los más famosos poetas valencianos, como Tárrega, Aguilar y
Artieda, y los favores de los grandes más poderosos de su tiempo. De un
cargo militar subalterno que desempeñaba en Valencia, fué elevado por el
conde de Benavente al mando de una fortaleza napolitana, favoreciéndole
no menos los duques de Osuna y de Olivares. Pero el fin de su vida no
fué tan afortunado como el principio. No se sabe con certeza la causa de
su destitución, ni si ha de imputarse á desgracia suya involuntaria ó á
su carácter inquieto y poco acomodaticio, ni tampoco la época en que
regresó á España. Sólo ha llegado á nuestra noticia que, para sustentar
á su segunda esposa, se vió obligado á escribir para el teatro. Créese
que pasó en Madrid los últimos años de su vida, y, según todas las
probabilidades, trataba á Lope de Vega y á su familia. Dedicó á Marcela,
hija de Lope, la primera parte de sus comedias[22], y _Las almenas de
Toro_, del gran poeta, está dedicada á él, y por cierto con frases muy
lisonjeras sobre su talento y las prendas de su carácter. En una nueva
conjetura descansa la suposición de haber sido amigo de Cervantes,
puesto que lo único que ha llegado á nuestro conocimiento, de las
relaciones que hubo entre ambos ingenios, se reduce á que nuestro poeta
tomó de las obras de Cervantes los asuntos de tres dramas suyos,
rindiendo así homenaje á la elevación de su talento, y á que Cervantes
alaba la dulzura y el agrado de Guillén de Castro[23].

En el año de 1631 murió éste, tan miserable, que fué preciso sepultarle
en el hospital de la Corona de Aragón.

La obra más notable de Guillén de Castro, tanto á causa de la célebre
imitación francesa cuanto de su valor intrínseco, y que por esto llama
principalmente nuestra atención, es la primera parte de _Las mocedades
del Cid_. Indicaremos ahora el orden y sucesión de sus escenas para
facilitar su cotejo con el drama de Corneille[24].

Los conocidos y populares romances del Cid son el fundamento de _Las
mocedades_, y en parte se han entretejido en el diálogo con grande
habilidad. Pero el motivo, que forma el interés capital del drama; la
lucha entre el amor y el honor, parece son de la propia y original
invención de Guillén de Castro: los romances, en efecto, no hablan del
amor anterior del Cid á Ximena.

Al principio del drama es Rodrigo armado caballero ante toda la corte;
la conversación de Ximena y de la Infanta versa sobre la pasión de ambas
por el joven héroe, que es el motivo principal de la acción que sigue;
trázase también excelentemente en esta escena el orgulloso carácter de
Don Sancho, que contrasta con la noble dignidad del Cid. Acabada la
ceremonia queda el Rey en compañía de sus cuatro consejeros, entre los
cuales se cuentan el conde Lozano y Diego Láinez, y les participa haber
elegido al último para ayo del Príncipe; el conde Lozano se cree
entonces despreciado; echa en cara con amargos sarcasmos á Diego Láinez
su vejez y debilidad; disputa con él violentamente, y al fin le da un
bofetón. El anciano, así insultado, expresa en frases entrecortadas su
dolor por el desamparo en que lo dejan sus años, y la sed de venganza
que arde en su pecho. Toda la escena es un modelo en su clase, y el
diálogo de extraordinaria vivacidad. La escena siguiente nos ofrece á
Rodrigo en compañía de sus dos hermanos más jóvenes; su padre, el
deshonrado Don Diego, se acerca á ellos con su báculo roto, y expresa
en un monólogo lleno de pasión la pena que lo aflige, viéndose en la
imposibilidad de vengarse. Llama entonces al hijo más joven en los
mismos términos que dice el romance; estréchale la mano, y la suelta
prorrumpiendo en amargos sarcasmos al oir sus lamentos: lo mismo hace
con el otro hijo. Llama, por último, á Rodrigo, que se encoleriza
observando la preferencia que su padre ha dado á sus hermanos más
jóvenes, y cuando estrecha también su mano, exclama colérico que le
daría un bofetón si no fuera su padre. «Ya no fuera la primera,» le
contesta Don Diego; demuestra su alegría en un fogoso discurso al ser
testigo del varonil orgullo de su hijo, y le encarga que vengue el
insulto hecho á su honor. Síguele un monólogo lleno de elevación lírica,
que pinta la lucha de Rodrigo entre su deber y su amor; el Conde, en
quien ha de vengar la injuria recibida por su padre, es el de su amada
Ximena. En la escena siguiente se desenvuelve esta lucha, que atormenta
el alma del joven, cuando Ximena, que le habla desde un balcón, le hace
oir la voz del amor, y la aparición del Conde lo exhorta al cumplimiento
de su deber; la presencia de su anciano padre pone término á sus
vacilaciones. Entáblase después entre Rodrigo y el Conde un diálogo
breve y rápido, copiado exactamente por Corneille; aléjanse peleando, y
el Conde grita detrás de la escena: _¡Soy vencido!_ Rodrigo reaparece,
huyendo de la persecución de las gentes del Conde, á quienes detiene la
Infanta.

En el acto segundo se anuncia al Rey que Rodrigo ha dado muerte al
Conde; preséntansele Ximena y Don Diego, aquélla con un pañuelo
ensangrentado, éste teñidas las mejillas con la sangre de Rodrigo; ambos
hablan del suceso con notable vivacidad: Ximena dice (como en la
tragedia de Corneille) que la muerte ha impedido á su padre expresar su
voluntad por otros labios que con los de su herida, y que está escrita
con sangre en el polvo; Don Diego, que ha hollado el cadáver del conde
Lozano para lavar con su sangre su ofensa. El Rey promete á Ximena su
protección, y que Rodrigo será preso. El príncipe Don Sancho, cuyo
carácter violento lo arrastra hasta á amenazar al Rey, se declara en
favor de Don Diego. El poeta nos ofrece después á Ximena en conversación
con su confidenta; descúbrele que, á pesar de las prescripciones del
honor, aún no se ha extinguido el amor que profesaba al matador de su
padre. Rodrigo, que la oye oculto, se arroja á sus pies, rogándole que
lo vengue en él como él vengó al suyo en el conde Lozano. Ella no le
encubre su inclinación, pero manifiesta que, obedeciendo á las leyes
del honor, hará todo linaje de sacrificios para que sea castigado el
matador de su padre. Excelente es la escena que sigue, en que Don Diego
revela su apasionada alegría al acercársele su hijo, y su satisfacción
viendo su honor vengado y el valor hereditario de su familia; exhorta á
Rodrigo á persistir en la heróica senda comenzada peleando contra los
moros, obedeciéndolo su hijo, después de recibir su bendición. Forma
contraste con estas escenas, de rudo movimiento, la en que se describe
la vida de la Infanta en su campestre soledad. Muchos caballeros pasan
por ella, entre los cuales se cuenta Rodrigo, que desciende de su
caballo y le da las gracias por haberse salvado por su mediación; pero
no emplea, al hacerlo, sino frases galantes comunes, mientras que ella
oculta difícilmente los tiernos sentimientos que le inspira. Luego
pelean moros y cristianos, y Rodrigo vence á un Rey enemigo, anunciando
que, antes de terminar el día, ha de cautivar á otros dos Reyes; á esta
lucha sigue un episodio de escaso enlace con la acción principal, para
pintar el vehemente y supersticioso carácter del Príncipe. Aparece luego
Rodrigo, que ofrece al Rey el botín recogido en la guerra; el noble
prisionero moro llama á Rodrigo _mío Cid_ (mi señor), y el Rey dispone
que así se le denominará en adelante. Preséntase de nuevo Ximena
acompañada de cuatro servidores llorosos, y acusa á Rodrigo en los
mismos términos que lo hace en el romance. El Rey le promete desterrar
al Cid en castigo de la muerte de su padre.

Acto tercero. La Infanta confía al cortesano Arias Gonzalo, no sin dejar
traslucir sus celos, que Ximena, no obstante su aparente persecución
contra el Cid, lo ama sin duda alguna. El Rey declara su propósito de
resolver, por medio de un combate personal, si tiene ó no derecho al
dominio sobre la ciudad de Calahorra, y que elige al Cid por su campeón.
Un servidor le anuncia la llegada de Ximena, y se queja el Rey de las
molestias que le causa, fastidiándolo con sus pretensiones. Aprovéchase
Arias de la ocasión para participar al Rey las sospechas de la Infanta
acerca de los amores de Ximena y de Rodrigo; á su juicio, el casamiento
de ambos será el mejor medio de reducir al silencio á la hija del conde
Lozano. Forjan entonces un proyecto para averiguar si Ximena ama al Cid
en realidad. Ximena entra, como antes, pidiendo al Rey justicia y
censurando su tardanza en hacérsela, y después un criado que anuncia la
muerte de Rodrigo. Ella, no dudando de la certeza de la noticia, cae en
tierra desmayada. Cuando recobra el uso de sus sentidos, confiesa el
Rey su estratagema y el objeto que se propuso; ella, por su parte, se
esfuerza en debilitar la prueba de su amor que ha dado su desmayo, y
declara estar pronta á entregar todos sus bienes y su mano al noble que
le presente la cabeza de Rodrigo, y la mitad de su fortuna al de otra
clase inferior si cumple su deseo. El Rey, creyendo al Cid invencible,
da á conocer esta promesa. Interpólase entonces el conocido episodio del
mendigo leproso de los romances, que se transforma luego en San Lázaro.
Anúnciase en seguida que un combate personal, en presencia del Rey,
decidirá de la suerte de Calahorra. Un gigante aragonés, llamado Don
Martín, desafía con insolencia á los caballeros castellanos; el Cid
acepta el combate, y se aventura á tomar parte en tan desigual pelea. El
poeta nos describe entonces la inquietud de Ximena acerca del resultado
del combate. Recibe una carta de Don Martín pidiéndole sus bienes y su
mano, y anunciándole que en breve se presentará delante de ella con la
cabeza del matador de su padre. Dominada por el dolor, dice que adora la
sombra de su enemigo, y que llora al hombre á quien mata. La última
escena es en la corte del Rey. Ximena, lujosamente vestida para sus
bodas, se regocija de la muerte probable del Cid; pero cuando sabe, por
asegurárselo así, que es cierta, arrastrada de su amor, no vacila en
confesarlo, y pide al Rey licencia para entregar á Don Martín su
fortuna, rehusándole su mano. Apenas pronuncia estas palabras, cuando se
aparece el Cid, cuenta su victoria y solicita la mano de Ximena. Ésta
accede á sus ruegos, después de oponer breve y afectada resistencia.

La exposición de la serie consecutiva de las escenas de esta comedia
podrá, en verdad, darnos una idea de su estructura externa, pero nunca
del riquísimo colorido que adorna á este bello cuadro; nunca del aroma,
verdaderamente romántico, que espira; nunca, en fin, de la delicadeza
psicológica, con que se pinta la lucha de opuestos sentimientos en el
corazón de Ximena. El lenguaje del drama puede servir de modelo:
ofrécenos la misma sencillez del romance popular, tan propia y peculiar
de este asunto, y no carece de las galas de una poética y rica fantasía,
ni de bellas imágenes, sobriamente distribuídas en las ocasiones en que
sólo habla la pasión.

Podrá censurarse, como opuesto á la unidad de acción, el personaje del
príncipe Don Sancho; y como innecesario, y que sirve de rémora al
desarrollo del drama, el episodio del tercer acto; pero conviene tener
en cuenta que uno y otro se habían arraigado firmemente por los
romances y la historia en la mente del pueblo, que no podía separarlos
de su célebre héroe favorito, y por consiguiente, no merece crítica el
poeta, que se aprovecha de figuras características y de una bella
tradición, para agruparlas alrededor de su protagonista.

Examinando ahora la tragedia francesa, se observa desde luego que todo
el mérito, que se puede atribuir á Corneille, es de índole negativa,
esto es, que consiste en haber suprimido las dos adiciones citadas: lo
que tiene de positivamente bueno, lo debe al poeta español. Pero ¡cuán
inflexible y grosera nos parece su obra! ¿Qué se hizo de aquel aroma
poético, ya tierno, ya apasionado con violencia, que respiramos con
fruición y con ansia en la comedia española? En su lugar encontramos
vana hojarasca oratoria; en vez del lenguaje del sentimiento, hinchada
fraseología; en vez de la lucha entre el honor, y el amor, y los deberes
filiales, tan superiormente motivada en la comedia de Guillén de Castro,
una coquetería opuesta á aquellos sentimientos; en vez de la figura
heróica de Rodrigo, que se refleja y desenvuelve en los hechos
representados como si viviera, un charlatán ostentoso; nos vemos, por
último, obligados á aceptar el juicio de la Academia francesa sobre _El
Cid_, aunque considerándolo con muy distinto criterio. Si recordamos
también que esta tragedia es siempre una de las mejores del teatro
francés, nos admiraremos de que tanta pobreza haya subyugado más tarde á
los españoles, para despreciar las riquísimas flores de sus dramas
nacionales.

Será curioso, sin duda, examinar más profundamente los defectos de la
tragedia de Corneille. Las famosas unidades, que han de anudar la acción
trágica, y que se miran como pináculo y eje de la verosimilitud, han
producido ahora, como en tantos otros casos, un resultado opuesto,
amontonando inverosimilitudes, que indicaremos, puesto que lo merece el
mal comprendido clasicismo, vivo todavía en Francia. La ofensa hecha á
Don Diego; la lucha, la persecución, la ocultación y la huída del Cid;
sus hazañas contra los moros, y finalmente, el combate legal con Don
Sancho, suceden en un espacio de pocas horas. Pero hay más: en la
comedia española disminuye el tiempo el dolor de Ximena por la muerte de
su padre, y aumenta su amor y admiración por el Cid, merced á la larga
serie de sus brillantes hazañas, y á las repetidas pruebas de su eterna
fidelidad y cariño á ella; en la de Corneille, al contrario, bastan unas
cuantas horas para que ofrezca su mano al matador de su padre, poco
después de su muerte, y cuando hasta podría hallarse expuesto su
ensangrentado cadáver[25].

Otra falta notamos en el poeta francés. El lugar de la acción es en la
obra original Castilla la Vieja, de acuerdo con la historia; Corneille,
al contrario, sin motivo alguno fundado, lo traslada á Sevilla, que
supone ser también la corte castellana; falta histórica grosera, puesto
que aquella ciudad, en la época en que ocurre la acción, y más de un
siglo después de la muerte del héroe, se encontraba en poder de los
moros. Tales anacronismos no son por cierto raros en los poetas
románticos; pero es fácil de demostrar, que, en general, los cometen
cuando son indispensables, atendido el fin poético que se proponen
alcanzar; tratándose de Corneille ya es más difícil esta prueba,
pudiendo calificarse de yerro claro y patente, hijo de su completa
ignorancia de la historia, y de los que se califican vulgarmente de
garrafales. Y ¡cosa extraña! los severos críticos, que censuran tan
agriamente en Shakespeare las faltas más insignificantes, contrarias á
la verdad local ó de tiempo, guardan completo silencio sobre ésta.

Ya dijimos antes que, por lo que hace á la exposición y al lenguaje
dramático, toda la obra del poeta francés carece de animación y de vida,
y de elevación poética. Corneille no podía trasladar á su obra las
bellezas poéticas del original español, puesto que los pensamientos
copiados de la comedia de Guillén de Castro, expresados y oídos en
versos alejandrinos[26], se desfiguran por completo con la balumba de
frases pomposas que los rodean. ¿En qué consiste, pues, el mérito de
Corneille? ¿En la omisión de la escena episódica del tercer acto, que
podría haber sido hecho por cualquier zurcidor dramático? ¿Acaso en la
transformación, que sufre la prueba real del valor de Rodrigo, hecha por
Don Diego, que se convierte en la pregunta _Rodrigue, as tu du c[oe]ur?_
Esto último se considera como un signo de su gusto delicado, y quizás
dependa de las mezquinas conveniencias propias y peculiares del teatro
francés; pero no se crea que esta variación sea loable: el poeta español
desconoce con razón aquella regla convencional; su escena nace en la
pura fuente de la poesía popular, invisible, sin duda, para el francés.
Sin embargo, nos place mostrarnos benévolos, y calificar de progreso
real esta mudanza; pero ahora preguntamos: ¿en qué otra parte verdadera
ha corregido Corneille el original, creyéndose naturalmente superior al
poeta español, y con suficiente capacidad para mejorarlo? Seguramente en
nada: no ha añadido un solo rasgo, que no lo desfigure y afee; ha
demostrado su completa ceguedad para comprender lo profundo y lo bello
de la ingenua poesía, ó la absoluta impotencia de reproducirla; ha
transformado un cuadro rico y de vivos colores, en seco y árido
ejercicio académico, sin luz y sin sombra; una composición poética,
llena de vida, en un frío ensayo de declamación. Si, á pesar de todo,
existen algunas bellezas en _El Cid_ francés, no han de atribuirse al
imitador, que ha hecho cuanto podía para borrarlas, sino á la excelencia
del modelo, que no podía desaparecer ni en las manos más torpes. Nada
más diremos de las restantes obras del trágico, que se llama grande por
cortesía; pero si este calificativo se funda en el mérito del _Cid_, no
lo aceptamos sino irónicamente.



CAPÍTULO XX.

     Otras obras de Guillén de Castro.--El Dr. Ramón.--Antonio de
     Galarza.--Gaspar de Avila.--Miguel Sánchez.--Mira de Mescua.


La segunda parte de _Las mocedades_, que refiere las demás aventuras de
la juventud del Cid, y los sucesos enlazados con ellas, como el
asesinato del rey Don Sancho delante de Zamora, etc., se asemeja á la
primera por el interés que excita, pero no en sus bellezas poéticas
aisladas. Distinguen particularmente á este verdadero drama nacional, el
sello y el colorido, que caracteriza á la Edad Media española. El Cid,
más bien en esta segunda parte que en la primera, es el héroe elevado y
constante, que nos describen los romances; y por punto general se
aprovecha en ella con esmero cuanto dicen las crónicas y cantos
populares. Notabilísima es la admirable escena del tercer acto, en que
pelean los tres hijos de Arias Gonzalo. El rey Don Sancho ha sido
asesinado delante de Zamora, en cuya ciudad tiene sitiada á su hermana.
Un caballero del campamento del Rey, llamado Don Diego de Lara, ha
acusado á los habitantes de Zamora de complicidad en la muerte del Rey,
provocándolos á nombrar cuatro campeones, para sostener contra ellos,
con su espada, la verdad de su dicho. El anciano Arias Gonzalo,
gobernador de Zamora, se presenta con sus cuatro hijos para defender el
honor de la ciudad. A pesar de su edad quiere ser el primero en
combatir, y sólo cediendo á las instancias de la hermana de Don Sancho,
cuyo principal apoyo es, consiente que peleen antes sus hijos. La
Infanta, de gran duelo, sube á un tablado para presenciar la lid; Arias
Gonzalo, lleno el corazón de siniestros presentimientos, se sienta á su
lado. En otro tablado frontero se ve al Cid, juez del campo, y á su
alrededor á los caballeros más distinguidos del ejército castellano.
Preséntase el acusador Don Diego de Lara, y en seguida el hijo mayor de
Arias Gonzalo, que se inclina ante la Infanta; pide al padre su
bendición, y comienza la pelea. Al poco tiempo cae á sus pies con una
herida mortal. El padre disimula su dolor, y llama á su hijo segundo.

      Con la muerte de tu hermano
    Das más fuerza á tu razón.
    Como caballero honrado,
    Hizo eterna su alabanza;
    Ve á pagarle en la venganza
    El ejemplo que te ha dado.

El joven embraza su lanza; suenan de nuevo las trompetas; la Infanta
tiembla, y pronto ve Arias á su hijo segundo muerto también como el
primero.

    DON DIEGO ORDÓÑEZ.

    Don Arias, envía el tercero,
    Que el segundo he despachado.

    DON RODRIGO.

    Ya va, Don Diego, ya va.

     *       *       *       *       *

    ARIAS GONZALO.

    Yo quiero salir contigo
    A ser tu padrino, yo.
    Y así en el trance feroz,
    Más cercano, más violento,
    Alcanzaráte mi aliento
    Y animaráte mi voz.

    DON RODRIGO.

    Ya eso parece dudar
    En lo que tengo de hacer.
    ¿No sabes que sé vencer?
    ¿No sabes que sé matar?

     *       *       *       *       *

    Vamos, que corrido estoy
    De que en mi valor dudaste.

     *       *       *       *       *

    Y ojalá que yo saliera
    Primero que mis hermanos.

Embrazan de nuevo las lanzas; Diego de Lara destroza el yelmo de Rodrigo
Arias, pero éste, en su postrer esfuerzo, hiende la cabeza del caballo
de su contrario; el corcel moribundo arrastra á su dueño, que no puede
ya regirlo, fuera de las barreras. Rodrigo Arias, herido mortalmente con
el golpe, que ha roto su yelmo, cae moribundo en los brazos de su padre,
y en sus últimos momentos sólo se acuerda de preguntar quién es el
vencedor. Don Diego de Lara quiere recomenzar la lid, para lograr un
triunfo completo; pero se declara que ha sido vencido, puesto que ha
traspasado las barreras. Suscítase una disputa acalorada, que sólo
termina cuando se anuncia que Zamora queda libre de toda sospecha de
complicidad en el asesinato de Don Sancho, y que Diego de Lara es, sin
embargo, el vencedor.

En otras tres obras, á saber: en _El nacimiento de Montesinos_, en _El
conde de Irlos_ y en _Alarcos_, ha dramatizado también con igual fortuna
Guillén de Castro asuntos tomados de antiguos romances. Si, en concepto
de Cervantes, la dulzura y la gracia son las cualidades distintivas de
este poeta, no le faltan tampoco energía y vigor trágico, como lo prueba
la última de las tres obras citadas. De sus dos dramas, cuyos argumentos
provienen de la antigüedad clásica, sobresale especialmente, por su
fuego y vivo colorido poético, el titulado _Dido_ (alabado también por
Lope en su dedicatoria de _Las almenas de Toro_). Fué menos feliz en
transformar en dramas las novelas de Cervantes; por grande que sea su
habilidad y talento para convertirlas en comedias, queda siempre
inferior á su modelo, como lo demuestra su Don Quijote, en el cual
acumula las historias de Cardenio, Lucinda, Don Fernando y Dorotea, así
como la de la Micomicona y la de la penitencia en Sierra-Morena.

_Engañarse engañando_ abunda en delicados rasgos psicológicos. Un Duque
castellano desea vehementemente casar con la princesa del Bearn á su
hijo mayor, que es Marqués; pero éste es enemigo de las mujeres, y sólo
desea vivir en un desierto solitario. Tras no escasa porfía se deja al
fin convencer de que siquiera conozca á su prometida esposa visitándola
en su corte, pero con la condición de que su hermano Fadrique tome su
nombre, fingiéndose él su criado, para hacer más libremente sus
observaciones. Los encantos de la Princesa lo impresionan de tal modo,
que vacila ya, y no siente su anterior aversión al matrimonio; pero como
para él son todas las mujeres falsas y desleales, resuelve probar antes
á la Princesa, y encarga á su hermano que apure su ingenio para
decidirla á aceptar una cita vituperable. Este último, enamorado también
de ella, hace vanamente cuanto puede para realizar los deseos de su
hermano. La Princesa tiene, mientras tanto, noticia del disfraz del
Marqués y de sus proyectos, y para desbaratarlos maquina á su vez otra
astucia. Da al supuesto criado pruebas indubitables de la inclinación,
que le profesa, y le dice, por último, sin rodeos, que desea casarse con
el Marqués, para pertenecer á él en realidad. Semejante prueba de su
ligereza trastorna al Marqués por completo; descúbrese, pues, y quiere
despedirse para siempre, maldiciendo la frivolidad de las mujeres, hasta
que la Princesa le declara que tiene conocimiento de su disfraz, y que
en este supuesto pudo hacerle, sin deshonrarse, las proposiciones
anteriores, puesto que á una intriga debía contestar con otra.
Desvanécense entonces las ofensivas sospechas del Marqués; alégrase de
su desengaño, y ofrece su mano á la encantadora Princesa.

Especial energía desenvuelve Guillén de Castro en lo trágico, en la
pintura de pasiones poderosas y violentas, en lo que conmueve y nos
aterra, como en los afectos tiernos y dulces. Distínguense,
particularmente por sus escenas patéticas, en las cuales resplandecen en
todo su brillo estas cualidades suyas, las dos tituladas _Pagar en
propia moneda_ y _La justicia en la piedad_, llenas de bellezas poéticas
de primer orden y de situaciones en alto grado patéticas, faltándoles
tan sólo traza mejor ordenada en sus argumentos. La acción de la
primera, prescindiendo de otros sucesos mezclados con ella, es la
siguiente: Habiendo guerra entre Castilla y Aragón, Don Pedro, Príncipe
de este último reino, se dirige clandestinamente á la corte castellana
para pretender la mano de la princesa Elena, siendo descubierto por un
espía y hecho prisionero, y librándose por la intercesión de la
Princesa, que huye con él á Zaragoza. Los dos enamorados son felices
juntos, y esperan obtener, para su enlace, el consentimiento del rey de
Aragón; pero éste los recibe mal, y pone á Elena en la cárcel por ser
hija de su enemigo. Don Pedro proyecta entonces libertar á su amada. Un
cortesano, que se llama el conde Octavio, promete ayudarle. Aconseja al
Príncipe, contra quien el Rey está también enojado, que finja haber
huído á Castilla, ocultándose en una casa de campo, y que mientras
tanto él libertará á Elena y la llevará á sus brazos. Octavio, en
efecto, pone en práctica su plan, pero traidoramente, puesto que,
enamorado también de la Infanta, la entrega á sus criados para que la
encierren en un castillo suyo, dándole tiempo para atraer al Príncipe á
un paraje solitario y darle muerte. Elena, que siempre aguarda ver de
nuevo á su amante, es atacada en el camino por ladrones, que hacen huir
á los que la acompañan y la arrastran consigo. Después de mucho caminar,
llega al paraje donde ha sido herido su amante; oye gemidos de agonía;
mira; conoce á Don Pedro, que se revuelve en su propia sangre, y se
arroja sollozando en sus brazos. Hasta los ladrones se conmueven con sus
lamentos: llevan al mal herido á una caverna, en donde recobra la vida,
merced á los asiduos cuidados de su amada. Los reyes de Aragón y de
Castilla se declaran mientras tanto la guerra, pidiendo el uno su hijo y
el otro su hija. Cuando los dos ejércitos enemigos están á punto de
venir á las manos, se presenta Elena disfrazada, y ofrece entregar á los
dos padres sus respectivos hijos si renuncian á pelear, y convienen en
el enlace del heredero del trono de Aragón con la infanta de Castilla.
Acéptanse naturalmente sus proposiciones; descúbrese ella entonces, y
presenta al Príncipe vivo y sano. Averiguan después que el traidor
Octavio ha muerto trágicamente en las montañas al saber lo ocurrido.

El principal motivo dramático de _La justicia en la piedad_, es el
siguiente: El hijo libertino de un rey de Hungría concibe una pasión
violenta por la bella recién casada Celaura; se apodera de ella y de su
esposo, y los encierra en un castillo. Intenta entonces violentar á la
cuitada para que se abandone á él, amenazándole con matar á su esposo si
se resiste más tiempo á la satisfacción de sus adúlteros deseos. Celaura
lucha entonces horriblemente entre el honor y el afecto á su esposo,
sucumbiendo al cabo el primero; pero á pesar de esto, mata el tirano á
su cautivo para poseer sólo á su esposa, que, desesperada, pide al Rey
justicia contra su deshonrador y el asesino de su esposo, siendo el
Príncipe condenado á muerte. La última parte del drama está consagrada á
describir el combate interior que sufre el Rey entre su amor paternal y
su justicia; el Príncipe cuenta muchos amigos, á causa de algunas nobles
prendas que lo adornan, deslustradas, á la verdad, por su libertinaje y
pasiones violentas, cuyos amigos piden al Rey que le perdone la vida;
pero el Rey opta por cumplir con su deber de juez, y ordena que sufra su
pena su hijo, cuando sobreviene una sedición, y los parciales del
Príncipe lo libertan y lo proclaman Rey. Éste, que había firmado con
dolor su sentencia de muerte, se alegra al tener noticia de la
sublevación, puesto que impide la ejecución de la sentencia que ha dado
como juez; el Príncipe aprende á ser más prudente en la escuela de la
desdicha; se arrepiente de sus maldades, y pone la corona á los pies de
su padre, que le perdona de todo corazón.

Cuando reflexionamos en la excelencia de las obras de este poeta, no
podemos menos de deplorar que no se hayan divulgado como merecen, puesto
que, á excepción de _Las mocedades del Cid_, sólo se hallan impresas en
antiguas colecciones, cuyos escasos ejemplares son hoy muy raros.

De los demás poetas mencionados por Cervantes como fundadores con Lope
de Vega del drama nacional, nos ha conservado poco la imprenta. Así
sucede con el Dr. Ramón, cuya fecundidad, si nos atenemos al número de
sus comedias, es la que se acerca más inmediatamente á la del gran
maestro. Este Alonso Ramón (llamado á veces Remón), era sacerdote y
fraile del convento de descalzos, de Cuenca, y abandonó en sus últimos
años el cultivo de la poesía para dedicarse á escribir historia[27].
Sus comedias, si tenemos en cuenta las escasas que existen, eran de
clase muy inferior, y compuestas principalmente para agradar á la
muchedumbre de los aficionados, nunca á críticos de más delicado gusto.
Su _Español entre todas las naciones_, que refiere la vida de un
aventurero español, llamado el licenciado Pedro Ordóñez Cevallos, en las
partes más remotas del mundo, como, por ejemplo, en la corte del
emperador de Cochinchina, es una comedia deplorable de espectáculo, sin
verdadera poesía, por mucho que admire Lope sus extravagancias; de la
misma índole es _El sitio de Mons por el duque de Alba_, y sólo en la
comedia _Tres mujeres en una_, se observa un plan dramático que no
carece de ingenio.

Corta hubo de ser la carrera poética de Antonio de Galarza, puesto que,
ya en el _Viaje al Parnaso_, se dice que había muerto; así, á lo menos,
lo indican las frases citadas de Cervantes. Únicamente se conservan los
títulos de sus comedias.

Gaspar de Avila, al contrario, también celebrado por Cervantes, hubo de
vivir mucho, aunque sin adquirir por esto lugar importante entre los
poetas dramáticos; poco más que medianas son, en efecto, las comedias
que de él conocemos, á saber: _El valeroso español_, _El respeto en el
ausencia_, _La dicha por malos medios_, _Servir sin lisonja_, _El
familiar sin demonio_, improvisaciones ligeramente trazadas, sin valor
intrínseco ni originalidad: el autor aumenta motivos vulgares
dramáticos, de los cuales podían obtenerse otros frutos que él no
produce; sólo se cuida de la forma externa de la acción, desatendiendo
más elevadas consideraciones. Las más ingeniosas, por su plan, son,
entre las mencionadas, _La dicha por malos medios_ y _El familiar sin
demonio_; ofrécenos, sin embargo, motivos dramáticos repetidos, ya
vulgares hasta el exceso, en el teatro español, y no compensados con
atrevidas y nuevas combinaciones. _El valeroso español_, drama escrito
en alabanza de Hernán-Cortés, contiene algunas escenas interesantes,
como, por ejemplo, la en que el héroe se defiende ante el Emperador de
las acusaciones de que fué víctima; pero son escenas sueltas, echándose
de menos interés dramático en el conjunto de la obra[28].

Si nos atenemos á las exageradas alabanzas de sus contemporáneos[29],
hubo de ser Miguel Sánchez poeta mucho más importante. Era
vallisoletano, y secretario del obispo de Cuenca. Según se deduce de las
palabras de Lope en su _Nuevo arte de hacer comedias_, no vivía ya en el
año de 1609. Llamábanle _el divino_ sus admiradores. No existiendo más
que una comedia suya titulada _La guarda cuidadosa_, carecemos de los
datos necesarios para juzgarlo[30]; pero la verdad es que hay que
concederle no común capacidad. Es una comedia de intriga ingeniosa y
cuerdamente trazada, que no nos sorprende como otras posteriores de la
misma especie, por sus singulares peripecias y complicaciones, sino
que, al contrario, excita el interés del espectador por su acción bien
pensada y curiosa. El anciano Leucato se ha retirado con su hija Nicea á
una casa de campo, en medio de espesos bosques, para pasar
tranquilamente el resto de sus días. El príncipe de Bearn, que, en sus
expediciones venatorias, visita con frecuencia estos parajes, ve á Nicea
y se enamora de ella, con cuyo motivo reside largo tiempo en la casa de
Leucato. Un día, en que instaba vivamente á Nicea á que accediese á sus
deseos, se oyen gritos y lamentos, exhalados por un caballero, que es
derribado del caballo delante de la casa. Traen á esta al caído privado
de la razón, y los dueños de ella lo asisten con el mayor esmero. El
caballero no es otro que Florencio, amante de Nicea, inventor de esta
treta, para estar al lado de su amada y guardarla de las asechanzas del
Príncipe; pero éste sabe pronto que es su rival, y se ingenia de suerte,
que lo hace salir de la casa. Florencio entonces, con el consentimiento
de Leucato, se disfraza de celador de montes para residir, sin
obstáculo, cerca de su amada y desbaratar los proyectos del Príncipe. El
poeta explota esta situación de la manera más agradable. El celoso
amante se convence de la fidelidad de su amada; frustra todas las
tentativas amorosas del Príncipe contra ella, y por último, se casa con
Nicea, merced á su astucia, con la aprobación del mismo Príncipe. La
dicción de esta comedia se distingue por su noble sencillez, y es tan
florida como rica[31].

Dos poetas, mencionados también por Cervantes, llaman particularmente
nuestra atención, así por su fama como por las muchas obras suyas que se
conservan. Las juzgaremos, pues, con mayor extensión.

Mira de Mescua[32], natural de Guadix, en el reino de Granada, era
arcediano de dicha ciudad á principios del siglo XVII; fué protegido por
el conde de Lemos, virrey de Napóles, á quien acompañó á Italia en
1610[33], y vivió más tarde consagrado á sus deberes sacerdotales en la
corte de Felipe III y IV. Como en la loa de Rojas, impresa en 1603 y
escrita muchos años antes, se le llama poeta dramático famoso, hubo
necesariamente de comenzar su carrera dramática durante el siglo XVI.
Grande hubo de ser su fecundidad, puesto que las obras impresas, que
pasan por suyas, y que serán sin duda parte mínima de todas ellas,
ascienden á más de 50[34].

Las pomposas alabanzas de D. Nicolás Antonio á Mira de Mescua, lo
califican de poeta el más eminente de su patria. Si se hubiesen perdido
las obras de éste, conservándose sólo su apasionado encomio, ¿cuán
grande no sería nuestro sentimiento, si no pudiésemos leer poesías
dignas de tan sublime panegírico? Pero como felizmente nos es dado
examinarlas con nuestros ojos, averiguamos que el juicio del literato
carece de racional fundamento. No ya Lope de Vega, sino otros poetas
menos célebres, son infinitamente superiores á Mira de Mescua. No le
falta, por cierto, imaginación é inventiva, pero sí verdadera poesía,
cualidad de más subido precio que aquéllas. Sus obras carecen de vigor
poético, y de aquí que las leamos sin que dejen en nosotros huella
alguna, sin conmovernos profundamente ni impresionarnos por largo
tiempo. Su buen juicio literario es tan escaso como su inspiración; al
contrario, parece que su carácter era raro y excéntrico; desprecia todo
aquello que dicta el sentido común en la invención y desarrollo de las
comedias, y que pudiera enaltecerlas; prefiere lo desordenado y lo
monstruoso; se burla de las leyes del arte y del gusto, y hace llover en
la escena extravagancias y singularidades de toda especie[35].

Pero si los dramas de este autor, en cuanto á valor literario, tienen
poca importancia, son, sin embargo, notables por la riqueza de motivos
verdaderamente dramáticos acumulados en ellos. Parece como si la
invención se prodigara en demasía, como si sus hilos no se entretejiesen
formando confusa urdimbre; pero no puede negarse á Mira de Mescua la
gloria de haber ideado muchos argumentos tan interesantes como
flexibles, que con razón han sido populares en el teatro español, aunque
poetas posteriores hayan segado la mies, que él sembrara. Así observamos
en su _Esclavo del demonio_ el germen de algunas escenas de _La devoción
de la cruz_, de Calderón, y del _Mágico prodigioso_, y en su _Galán,
valiente y discreto_, el del _Examen de maridos_, de Alarcón, y de la
misma manera se hallan en otras comedias suyas los materiales,
utilizados después por otros dramáticos.

En _El ermitaño galán_ se nos transporta á los tiempos primitivos del
cristianismo. Abraham, mancebo egipcio de ilustre nacimiento, es el
prometido de la bella Lucrecia, y piensa casarse con ella, cuando oye de
repente una voz interior, que le dice que su apasionado amor á su futura
esposa pervertirá su alma, alejándola de la senda de la salvación.
Abandónala, pues, á causa de esta vocación interior, y se oculta en un
lugar montañoso y solitario para hacerse ermitaño y ganar el cielo.
Lucrecia, como es natural, se desespera al conocer la infidelidad de su
amante. Resuelve entonces seguirlo. Lo mismo hace María, sobrina de
Abraham, porque necesita obtener el consentimiento de su tío para
casarse con su amante Alejandro. Ve, pues, al ermitaño, y le expone su
deseo; pero el solemne silencio del desierto, y las fervientes
exhortaciones del asceta, hacen en ella tal impresión, que determina
renunciar también al mundo, y consagrar su vida á la devoción en la
soledad. En el valle, en donde se hallan contiguas las dos celdas, se
aparece una noche un caminante con traje de caballero, que pretexta
haberse extraviado, y pide hospitalidad. Este caminante es el Demonio,
que prepara sus asechanzas contra los dos ermitaños. En un discurso
largo y artificioso habla de su anterior estado, suponiendo que la caída
de los ángeles rebeldes ha sido un suceso ocurrido en la corte de un
Rey[36]; añade luego que en su viaje ha visto á la bella Lucrecia, que
se ha enamorado de él violentamente. Así espera despertar los celos en
el corazón del ermitaño, y su antigua pasión. Resuenan entonces voces
angustiosas detrás de la escena; Abraham se apresura á prestar auxilio
al desdichado, que pide ayuda, y encuentra á Lucrecia desmayada,
habiéndose extraviado en su peregrinación y precipitádose desde una
peña. Cuando recobra el uso de sus sentidos, surge en el corazón de su
amante una terrible lucha entre su primera pasión y sus recientes votos,
pero al fin vencen los últimos. Lucrecia, obligada á renunciar á sus
esperanzas, se aleja de allí con el alma desgarrada. Más afortunado es
el Demonio con María, á cuya celda lleva una noche á Alejandro; éste,
desalmado libertino, que nunca ha pensado seriamente en casarse,
deshonra á su amada, y la abandona después de conseguir su propósito.
María, creyéndose indigna de servir á Dios, vaga por el mundo
desesperada, entregándose á todo linaje de excesos, y pasando de escalón
en escalón al estado más abyecto. Abraham, á cuya noticia llegan sus
extravíos, se propone traerla de nuevo al camino de la virtud; consigue,
en efecto, conmover su depravado corazón, pero ella duda recuperar de
nuevo la gracia divina. Asegúrale el ermitaño que, por grande que sea
nuestro pecado, puede lavarse con la ayuda de Dios, y al cabo le
infunde, con sus predicaciones, confianza en la clemencia del Señor.
Vuelve, pues, á su abandonada celda, y hace la debida penitencia;
Satanás torna á tentarla, pero vanamente, porque ella triunfa, y fuerza
al tentador á alejarse para siempre de su lado. Vésela al fin durmiendo
plácidamente en su duro lecho con un cilicio; un ángel revuela
alrededor, que lleva su alma al cielo. Otro accidente influye también en
el corazón de Lucrecia, haciéndola apartarse del mundo; sigue el ejemplo
de su primer amante, y se refugia en una choza solitaria en las montañas
para vivir y morir en ellas.

Otra comedia extravagante, á la que no faltan detalles singulares, es
_El negro del mejor amo_. Sólo expondremos su argumento,
extraordinariamente complicado, en sus rasgos más principales. La escena
es en Palermo. Don Pedro Portocarrero, noble español, jura odio eterno
al conde César, por haber dado muerte á su hermano; después de matar á
dos parientes del Conde, sin poder vengarse de su principal enemigo, se
oculta en el convento de San Francisco para evitar las persecuciones de
la justicia. Entra á servirlo un negro, llamado Rosambuco, hombre
salvaje y feroz, que antes había sido pirata y hecho prisionero en una
pelea con los españoles. El horóscopo del nacimiento de este negro
predecía que su fama sería grande, y que llegaría á ser el favorito del
Soberano más poderoso del orbe, lo cual aumenta aún más su insolencia.
Don Pedro encuentra en él el más dócil y apropiado instrumento para
realizar sus proyectos vindicativos, y concierta con él que fuerce una
noche las puertas de la casa del conde César; que robe á su hermana
Laura, á quien ama Don Pedro, y que vengue en la sangre del hermano la
muerte del suyo. Aborta el plan, sin embargo, y los dos cómplices se ven
de nuevo obligados á regresar á su asilo. Rosambuco quiere hollar el
patio del convento, y pasar por delante de la estatua del fundador
(Benedicto Sforza), cuando éste lo llama y le dice con voz sepulcral,
que cómo malgasta su fuerza en infames acciones, cuando Dios lo ha
elegido para ser la joya y gala de su convento. El negro no lo oye, y
sigue profanando el sagrado recinto con su vida licenciosa. Una noche,
con los más culpables designios, intenta penetrar en el principal
santuario del convento, en la capilla del Hijo de Dios; pero se le
aparece Éste en el umbral, védale la entrada, y se esfuerza en atraerlo
á la buena senda con benévolas frases. Ya comienza á ablandarse el duro
hielo del corazón de Rosambuco; pero sus antiguos hábitos lo dominan
demasiado, y al fin prevalecen. Don Pedro, mientras tanto, es invitado á
una entrevista con Laura; encamínase, pues, con su negro al lugar de la
cita, que en realidad es una treta del Conde para librarse de su
enemigo, á quien sorprende al salir del convento, llevándoselo cautivo.
El negro vuelve al convento mal herido, y mientras yace en su lecho de
dolor, se le aparece San Francisco y el Niño Jesús, para mitigar sus
sufrimientos y convertirlo á la fe y al amor divino. Cuando sana de sus
heridas, siéntese transformado en todo su sér; bautízase y hace voto de
lavar sus anteriores pecados con penitencia y obras de caridad. Don
Pedro languidece mientras tanto en la prisión, en donde se le aparece
San Francisco con traje ordinario de fraile, pero fácil de conocer por
sus llagas señaladas, para arrancarle el esclavo, á fin de que se
dedique en libertad á servir al Señor más poderoso de la tierra. El
prisionero huye de la cárcel con la ayuda de su amada Laura, ofendida
por su hermano, y resuelta á auxiliarle en su venganza. Escápanse, pues,
ambos; reunen una banda de salteadores, y prosiguen con mejores
elementos su lucha contra el Conde y sus partidarios. Atacados en una
ocasión por numerosa muchedumbre de enemigos, se hallan á punto de
sucumbir, cuando se presenta el negro á protegerlos, y dotado de fuerza
tan portentosa, que detiene con sus manos las balas dirigidas contra su
señor. Á la conclusión asistimos al asalto, que da al convento una
tropa de piratas moros, siendo rechazados por Rosambuco con
sobrenatural bravura, aunque cayendo en la pelea herido mortalmente; á
su ruego, le concede el Señor en su lecho de muerte la gracia de
reconciliar á los partidos beligerantes, y termina la comedia con esta
conciliación.

_El esclavo del demonio_ (arreglado luego por Moreto con el título de
_Caer para levantarse_), ha sido aprovechado por Calderón, como
indicamos antes, en dos de sus más famosos dramas. Sin embargo, en la
comedia del poeta más antiguo sólo se muestran groseramente esbozados
los motivos, que, manejados por el más moderno, nos infunden tanta
admiración. La fábula de Mescua es demasiado extensa, para referirla
ahora tal cual es; por consiguiente, sólo indicaremos sus principales
sucesos. Don Diego está enamorado de la bella Lisarda, aunque sin
esperanza de que le corresponda, porque su padre ha prometido su mano á
otro. Para satisfacer su pasión, se decide al cabo á emplear la
violencia. Arrima una noche á la ventana una escala, y quiere penetrar
en su habitación á tiempo que se presenta un piadoso ermitaño, llamado
Don Gil, y lo disuade con sus vehementes exhortaciones de su indigno
propósito. Aléjase Diego arrepentido; pero entonces el mismo Don Gil,
que desde fecha muy anterior lucha con el amor á Lisarda, sucumbe de
pronto á la tentación: se aprovecha de la escala arrimada á la ventana;
entra dentro, y, en lugar de Don Diego, se precipita en los brazos de la
bella Lisarda. Rara por demás es la ocurrencia del poeta en este trance:
el criado de Don Diego ha quedado durmiendo en la calle, y habla en
sueños con su señor; pero Don Gil cree que su voz es la del Demonio.
Después que el ermitaño satisface su pasión, despierta como de una
horrible pesadilla: imagina haber vendido por un momento de placer la
salvación de su alma, y ciego de desesperación, acuerda abandonarse por
completo á su lujuria. Lisarda, conociendo que ha sido engañada, se
desespera también á su vez; ve que le han robado su honor, que su amante
le es infiel, y temiendo la venganza de su padre, decide al cabo huir
con Don Gil. En el segundo acto encontramos á los dos en un paraje
agreste y montañoso, en donde llevan vida de salteadores, matando y
robando á los caminantes, y cometiendo hasta con placer todo linaje de
crímenes. Entre los viajeros, que caen en sus manos, se cuentan el padre
de Lisarda y su hermana Leonarda. Lisarda no puede ser conocida de
ellos, porque cubre su rostro con una máscara: primero quiere
sacrificarlos para saciar su odio á todo el género humano, pero las
palabras de su anciano padre conmueven su endurecido corazón, y desde
este instante determina expiar sus yerros haciendo la penitencia
necesaria. Sin embargo, no se descubre á sus parientes, que, llenos de
gratitud por haberles perdonado la vida, prosiguen su viaje hacia un
monasterio, en donde Leonarda debe profesar. Don Gil, al ver á ésta,
siente inflamarse su pecho con un nuevo amor, é intenta poseerla; pero
todos sus esfuerzos se estrellan en la resistencia, que les opone la
piadosa monja. Lleno de rabia invoca entonces á los poderes infernales.
Aparécesele el Demonio, y le promete su asistencia, con la condición de
que se obligue á su vez á entregarle su alma, escribiéndolo así con su
sangre. Don Gil firma el contrato; Satanás le presenta una mujer con la
forma y las facciones de Leonarda; abrázala para poseerla, y descubre
entonces que sus brazos estrechan á un esqueleto. Obsérvese que esta
escena es la misma, que, en el _Mágico prodigioso_, de Calderón, prepara
la catástrofe. Don Gil cae en tierra bajo la impresión de tan horrible
suceso; anonadado, y sintiendo un cambio completo en todo su sér, invoca
la misericordia de Dios, y su súplica es oída; pelean entonces en los
aires el Demonio y el arcángel San Miguel; éste triunfa, y obliga á su
adversario á renunciar á su presa. El salvado tan milagrosamente de las
garras del Demonio resuelve entonces consagrar el resto de sus días á
servir á Dios, confirmándolo aún más en su propósito la noticia, que
tiene, del arrepentimiento decidido de Lisarda, y de su bienaventurada
muerte.

He aquí, en general, los motivos dramáticos empleados por Mira de
Mescua. Gran número de sus obras son comedias religiosas llenas de
apariciones sobrenaturales. Pero hasta en las profanas (como, por
ejemplo, en _Obligar contra su sangre_ y en _No hay dicha ni desdicha
hasta la muerte_) le agrada sorprendernos con sucesos raros y
extraordinarios, ofreciéndonos á veces las situaciones más singulares,
dignas, acaso, de encomio, si la composición del conjunto no fuese tan
extraña. Lo ficticio de ellas se nos presenta siempre en primer término,
y las catástrofes y peripecias de la acción no son motivadas por causas
internas, hijas de los caracteres y de las diversas relaciones de los
personajes. Falta al autor la energía poética indispensable para fijar
en sus obras un centro seguro y claro, y trazarlas y completarlas como
es debido; conténtase con escribir escenas aisladas y sin estrecho
enlace entre sí, perjudicando á la impresión total que ha de hacer en
los espectadores; y si una de ellas excita vivamente nuestro interés, lo
desvirtúa la siguiente por su falta de gusto y su extravagancia.

Basta citar nominalmente algunos dramas de Mira de Mescua, para
convencerse de esta verdad. _La rueda de la fortuna_ es una comedia de
ruido y sin ingenio, que refiere la historia de Mauricio, Phocus y
Heraclio, pero sin la profundidad que observamos en la de Calderón. _El
conde Alarcos_, de Mira de Mescua, es en todo inferior á la del mismo
título de Guillén de Castro[37]. En _La tercera de sí misma_ y en _El
Fénix de Salamanca_ imita á Tirso de Molina, pero sólo en sus más
groseros rasgos. Mejor es el plan y el desarrollo de _Galán, valiente y
discreto_. La duquesa de Mantua sospecha que los cuatro pretendientes á
su mano se proponen únicamente poseer sus estados. Concierta, pues, con
su dama Porcia que finja ser la Duquesa. Tres pretendientes, en virtud
de esta treta, renuncian á sus pretensiones descubriendo su propósito;
pero el cuarto, llamado Fadrique, adivina el plan, se consagra á
enamorar á la supuesta Duquesa, y lo consigue plenamente. El poeta ha
sabido entrelazar artísticamente con otras esta sencilla combinación, de
tal suerte, que el conjunto resulta interesante, sin ofrecernos ocasión
alguna de censurar las deplorables singularidades, que deslustran á las
demás comedias suyas. El drama de Mescua, titulado _Hero_, que Calderón
menciona con elogio al principio de su _Dama duende_, no existe ya,
según se presume.

Entre los autos de nuestro poeta se distingue por su grandioso
pensamiento, y por muchos otros rasgos verdaderamente poéticos, _La
mayor soberbia humana_, aunque al lado de ellos observemos bufonadas
repugnantes y otras faltas de buen gusto. Este auto, diverso de casi
todas las obras de su clase, no contiene personajes alegóricos, y su
objeto es representarnos el castigo humillante del orgullo de
Nabucodonosor. Su principio, cuando nos ofrece al Monarca asirio en toda
su grandeza, rodeado de los Reyes vencidos por sus armas, es magnífico y
ostentoso: coros de músicos cantan un himno en su alabanza mientras él
duerme. En sueños se le aparece una estatua gigantesca con la cabeza de
oro, que llega hasta el cielo; pero de repente un poder misterioso la
derriba en el suelo. Despierta y llama á sus adivinos, para que le
expliquen su sueño, pero ninguno sabe hacerlo, por cuya razón se
encoleriza y los manda decapitar. No habiendo comprendido el aviso que
daba la aparición, ordena Nabucodonosor que se construya una estatua que
lo represente, á la cual, por mandato suyo, se le tributarán honores
divinos. Todos obedecen al punto sus órdenes, excepto el Rey cautivo de
Judea, que se niega á adorar estatuas, por cuyo motivo dispone
Nabucodonosor que sea quemado vivo. Enciéndese, en efecto, la hoguera,
pero las llamas se transforman en rosas. Aparécese entonces el profeta
Daniel, y anuncia al orgulloso Rey que Dios le castigará rigurosamente,
y que su castigo no cesará hasta que se arrepienta. La última mitad del
auto, en que Nabucodonosor sufre la pena de su orgullo, y al fin se
arrepiente, no es igual en mérito á la primera, y su relación con el
sacramento, necesaria á la conclusión de esta clase de autos, escasa y
como traída por los cabellos.

En el auto al Nacimiento de Mira de Mescua, titulado _El sol á media
noche_, nos ofrece convertida en esclava á la Naturaleza humana,
lamentándose así en la prisión de su desdichada suerte:

      Tierra cercada de abrojos,
    Agostada, mustia y seca,
    Mieses con sudor regadas,
    Plantas de frutas acerbas,
    Mudos peces, mar salado,
    Viento sordo, aves ligeras.

     *       *       *       *       *

    ¿Hay quien de vosotros diga,
    Si mi rescate comienza,
    Si mi cautiverio acaba,
    Si mi descanso se acerca?

     *       *       *       *       *

    ¿Quándo el Dios de las venganzas
    Y de batallas sangrientas,
    Trocado en cordero humilde
    Dejará á la muerte muerta?
    ¿Y del poder del pecado,
    Potentado de la tierra
    Turco Solimán...

     *       *       *       *       *

                      Me librará?

     *       *       *       *       *

    ¿Quándo lloverán las nubes
    El pan, que el santo amor siembra,

     *       *       *       *       *

    Flor de Jericó olorosa,
    Madre y esperanza nuestra,
    Con cuyo pie amenazaste
    La serpiente?...

La cautiva intenta huir de su prisión, pero es sorprendida por su señor
el Pecado, que se aparece en forma de turco. Vigílasela entonces más
rigurosamente, nombrando sus carceleros á la Avaricia, al Deleite y al
Orgullo, cuando el pastor San Juan Bautista entra en la cárcel y la
consuela anunciándole su pronta redención. Lo restante del auto, como
casi todos los de su especie, refiere la llegada á Belén de San José y
de la Virgen, y la anunciación á los pastores del nacimiento de Jesús. A
la conclusión se lleva San Juan Bautista al Linaje humano:


    SAN JUAN.

      Desde aquí podrás mirar.
    Oh Naturaleza hermosa,
    En los brazos de una rosa,
    Al que te viene á salvar.

(_Con música aparece Nuestra Señora sentada en una
silla, la Luna por chapines y el Pecado debajo de los pies;
el Niño sobre sus rodillas._)

    SAN JUAN.

      Este es el _Agnus_ de Dios;
    Este quita los pecados
    Del mundo.

    NATURALEZA.

      A sus pies postrados
    Ya veo los Orbes dos,
    Y que huella con su planta
    La Madre de la belleza
    Al Pecado la cabeza.

     *       *       *       *       *

    Niño Sol recién nacido,
    En brazos de tal Aurora,
    Que mi culpa y yerros dora,
    Seáis para mí bien venido.

     *       *       *       *       *

    Sé que nacéis en Belén
    A remediar mi caída.



CAPÍTULO XXI.

     Luis Vélez de Guevara.--Párrafos de _El diablo cojuelo_, acerca del
     teatro.--Las comedias más notables de Vélez de Guevara.


Escasas, en verdad, son las noticias biográficas de Luis Vélez de
Guevara[38] que han llegado hasta nosotros, reducidas á lo siguiente:
Nació en Ecija, en Andalucía, en el último tercio del siglo XVI[39];
pasó en Madrid la mayor parte de su vida; estuvo al principio al
servicio del conde de Saldaña; desempeñó después un destino en la corte
de Felipe IV, cuyo favor supo particularmente granjearse, y murió en el
año de 1644. En un escrito, impreso á fines del siglo XVI, se le nombra
ya entre los autores dramáticos[40]. En los últimos años de su vida
compuso diversas comedias con Calderón, Rojas y Antonio Coello. El
número de las escritas por él (advirtiéndose que, sin duda, se han
perdido muchas), asciende á más de 400. Entre las demás obras suyas, es
famosa la novela que se titula _El diablo cojuelo_[41].

Antes de hablar de Guevara como autor dramático, creemos oportuno citar
algunos párrafos de aquella obra, en que el autor discurre burlescamente
acerca del teatro y de los poetas dramáticos de su tiempo.

_El diablo cojuelo_. Tranco 4.º--«A las dos de la noche oyó unas
temerosas voces que repetían: ¡fuego, fuego! Despertaron á los dormidos
pasajeros con el sobresalto y asombro que suele causar cualquier
alboroto á los que están durmiendo, y más oyendo nombrar fuego, voz que
con más terror atemoriza los ánimos más constantes, rodando unos las
escaleras para bajar más apriesa, otros saltando por las ventanas que
caían al patio de la posada, otros que por pulgas ó temor de las
chinches dormían en cueros como vinagre, hechos Adanes del baratillo,
poniendo manos donde habían de estar las hojas de higuera, siguiendo á
los demás y acompañándolos Don Cleofás con los calzones revueltos al
brazo y una alfagía, que por no encontrar la espada topó acaso en su
aposento, como si en los incendios y fantasmas importase andar á palos
ni cuchilladas: natural socorro del miedo en las repentinas invasiones.
Salió en esto el huésped, en camisa, los pies en unas empanadas de
frenegal, cinchado con una faja de grana de polvo al estómago, y un
candil de garabato en la mano, diciendo que se sosegasen, que aquel
ruido no era de cuidado, que se volviesen á sus camas, que él pondría
remedio en ello. Apretólo Don Cleofás, como más amigo de saber que le
dijese la causa de aquel alboroto, que no se había de volver á acostar
sin descifrar aquel misterio. El huésped le dijo, muy severo, que era un
estudiante de Madrid, que había dos ó tres meses que entró á posar en su
casa, y que era poeta de los que hacen comedias, y que había escrito dos
que se las habían chillado y apedreado como viñas, y que estaba acabando
de escribir la comedia de _Troya abrasada_, y que, sin duda, debía de
haber llegado al paso del incendio, y se convertía tanto en lo que
escribía que habría dado aquellas voces; que por otras experiencias
pasadas sacaba él que aquello era verdad infalible, como él decía, que
para confirmarlo subiesen con él á su aposento, y hallarían ser
verdadero este discurso.

»Siguieron al huésped todos, de la suerte que cada uno estaba, y
entrando en el aposento del tal poeta le hallaron tendido en el suelo,
despedazada la media sotana, revolcado en papeles y echando espumarajos
por la boca, y pronunciando con mucho desmayo ¡fuego! ¡fuego! que casi
no podía echar la habla, porque se le había metido monja. Llegaron á él
muertos de risa y llenos de piedad todos, diciéndole: «Señor licenciado,
vuelva en sí, y mire si quiere beber y comer algo por este desmayo.»
Entonces el poeta, levantando como pudo la cabeza, y algo alborotado,
dijo: «Si es Eneas y Anquises, con los Penates y el amado Ascanio, ¿qué
aguardáis aquí? Que está ya el Ilión hecho cenizas, y Príamo, Paris y
Policena, Hécuba y Andrómaca han dado el fatal tributo á la muerte, y á
Elena, causa de tanto daño, llevan presa Menelao y Agamenón; y lo peor
es que los Mirmidones se han apoderado del tesoro troyano.» Vuelto en su
juicio, dijo el huésped que aquí no hay almidones ni toda esa tropelía
de disparates que ha referido, y mucho mejor fuera llevarle á casa del
Nuncio, donde pudiera ser con bien justa causa mayoral de los locos, y
meterle en cura, que se le han subido los consonantes á la cabeza como
tabardillo. «¡Qué bien entiende de afectos el señor huésped!» respondió
el poeta incorporándose un poco más. «De afectos ni de afeites, dijo el
huésped, no quiero entender, sino de mi negocio: lo que importa es que
mañana hagamos cuenta de lo que me debe de posada, y se vaya con Dios,
que no quiero tener en ella quien me la alborote cada día con estas
locuras; basten las pasadas, pues comenzando á escribir recién venido
aquí la comedia del _Marqués de Mantua_, que zozobró y fué una de las
silbadas, fueron tantas las prevenciones de la caza y las voces que dió
llamando á los perros Melcampo, Oliveros, Saltamontes, Tragavientos,
etc...; y el ¡ataja! ¡ataja! y el ¡guarda el oso cerdoso y el jabalí
colmilludo! que malparió una señora preñada, que pasaba del Andalucía á
Madrid, del sobresalto, y en esotra del _Saco de Roma_, que entrambos
parecieron, cual tenga la salud fué el estruendo de las cajas y
trompetas, haciendo pedazos las puertas y ventanas de este aposento á
tan desusadas horas como éstas, y el ¡Cierra España! ¡Santiago y á
ellos! y el jugar la artillería con la boca, como si hubiera ido á la
escuela con un petardo ó criádose como el basilisco de Malta, que engañó
el rebato á una compañía de infantería que alojaron aquella noche en mi
casa; de suerte que tocando al arma se hubieron de hacer á obscuras
unos soldados pedazos con los otros, acudiendo al ruido medio Toledo con
la justicia, echándome las puertas abajo, y amenazó hacer una de todos
los diablos, que es poeta grulla que está siempre en vela y halla
consonante á cualquier hora de la noche y de la madrugada.»

»El poeta dijo entonces: «Mucho mayor alboroto fuera, si yo acabara
aquella comedia de que tiene V. en prenda dos jornadas por lo que le
debo, que la llamo _Las tinieblas de Palestina_, donde es fuerza que se
rompa el velo del templo en la tercera jornada, y se obscurezca el sol y
la luna, y se den unas piedras con otras, y se venga abajo la fábrica
celestial con truenos y relámpagos, cometas y exhalaciones, en
sentimiento de su Hacedor, que por faltarme dos nombres que he de poner
á los sayones, no la he acabado.» «Ahí me dirá V., señor huésped, ¿qué
fuera ello?» «Váyase, dijo el mesonerazo, á acabarla al Calvario, aunque
no faltará en cualquiera parte que la escriba ó la represente quien la
crucifique á silbos, legumbre y desperdicio.» «Antes resucitan con mis
comedias los autores, dijo el poeta: y para que conozcan todos Vds. esta
verdad y admiren el estilo que llevan todas las que yo escribo, ya que
se han levantado á tan buen tiempo, quiero leerles ésta.» «Y diciendo y
haciendo tomó en la mano una rima de vueltas de cartas viejas, cuyo
bulto se encaminaba más á pleito de tenuta que á comedia, y arqueando
las cejas y deshollinándose los bigotes, dijo leyendo el título de esta
suerte:» _Tragedia troyana, Astucia de Simón, Caballo griego, Amantes
adúlteros y Reyes endemoniados_. Sale lo primero por el patio, sin haber
cantado, el paladión con 4.000 griegos por lo menos, armados de punta en
blanco dentro de él.» «¿Cómo, le replicó un caballero soldado de
aquéllos que estaban en cueros, que parece que le habían de echar á
andar en la comedia, puede toda ese máquina entrar por ningún patio ni
coliseo de cuantos hay en España, ni por el del Buen Retiro, afrenta de
los romanos anfiteatros, ni por una plaza de toros?» «Muy buen remedio,
respondió el poeta: derribárase el corral, y dos calles junto á él, para
que quepa esta tramoya, que es la más portentosa y nueva que los teatros
han visto, que no siempre sucede hacerse una comedia como ésta; y será
tanta la ganancia, que podrá muy bien á sus ancas sufrir todo este
gasto. Pero, escuchen, que ya comienza la obra, y atención por mi amor.
Salen por el tablado, con mucho ruido de chirimías y atabalillos,
Príamo, rey de Troya, y el príncipe Paris, y Elena, muy bizarra en un
palafrén, en medio, y el Rey á la mano derecha, que siempre de esta
manera guardo decoro á las personas reales, y luego tras ellos, en
palafrenes negros, de la misma suerte, 11.000 dueñas á caballo.» «Más
dificultosa apariencia es esa que esotra, dijo uno de los oyentes,
porque es imposible que tantas dueñas juntas se hallen.» «Algunas se
harán de pasta, dijo el poeta, y las demás se juntarán de aquí para
allí, fuera de que si se hace en la corte, ¿qué señor habrá que no envíe
sus dueñas prestadas para una cosa tan grande, por estar los días que
representaré la comedia, que será por lo menos siete ú ocho meses,
libres de tan cansadas sabandijas?» Hubiéronse de caer de risa los
oyentes, y de una carcajada se llevaron media hora de reloj, al son de
los disparates de tal poeta, y él prosiguió diciendo: «No hay que
reirse, que si Dios me tiene de sus consonantes, he de rellenar el mundo
de comedias mías, y ha de ser Lope de Vega prodigioso monstruo español y
nuevo Tostado en verso, niño de teta conmigo, y después me he de retirar
á escribir un poema heróico, para mi posteridad, que mis hijos ó mis
sucesores hereden, en que tengan toda su vida que roer sílabas. Y ahora
oigan vuesas mercedes, amagando á comenzar, el brazo derecho levantado,
los versos de la comedia,» cuando todos á una voz le dijeron que lo
dejase para más espació, y el huésped indignado, que sabía poco de
filis, le volvió á advertir que no había de estar un día más en la
posada.

»La encamisada, pues, de los caballeros soldados, se puso á mediar con
el huésped el caso, y Don Cleofás, sobre un arte poético de Rengifo, que
estaba también corriendo borrasca entre esotros legajos por el suelo,
tomó pleito homenaje al tal poeta, puestas las manos sobre los
consonantes, jurando que no escribiría más comedia de ruido, sino de
capa y espada, con que quedó el huésped satisfecho, y con esto se
volvieron á sus camas, y el poeta, calzado y vestido, con su comedia en
la mano, se quedó tan aturdido sobre la suya, que apostó á roncar con
los siete durmientes, á peligro de no valer la moneda cuando
despertase.»

Luis Vélez de Guevara es de los poetas más distinguidos de su época.
Quizás no deba enumerarse entre los dramáticos españoles de primer
orden; pero, en cambio, le corresponde entre los de segundo uno de los
primeros lugares. Pocas veces excita nuestra sorpresa ni nos admira por
el insólito vuelo de su inteligencia ó de su imaginación; pero casi
todos sus dramas rinden tributo al buen sentido poético sin hacer
esfuerzos prodigiosos, y obligándonos á confesar el mérito de obras que
no pertenecen, sin embargo, á las creaciones más sublimes del arte. La
intención poética de Guevara no es, por lo común, muy profunda, ni se
propone tampoco en sus comedias producir impresión indeleble: su estilo,
comparado con el de los grandes maestros, es más superficial; el fondo
de sus composiciones se derrama y termina en la acción de tal suerte,
que no hay que buscar más allá ninguna otra poesía más honda y
transcendental; sin embargo, el poeta se mueve con soltura y desembarazo
en la esfera subordinada que se ha trazado; no llena en sus dramas
grandes fines, pero alcanza siempre los que se propone y nos satisface
con ellos. Sus cuadros de la vida real sobresalen por su verdad y por
sus atrevidas é ingeniosas pinceladas; interpreta fiel y noblemente la
historia, y su fantasía es docilísima para crear las invenciones más
variadas, sin profundizar mucho en las sinuosidades del alma; sabe
imprimir en sus caracteres originalidad y vida; es agudo y gracioso
cuando quiere; por último, su dicción es concisa, natural y flexible, y
con frecuencia tan exenta de superfluos adornos y tan epigramática, que
hay pocos dramáticos españoles que en esta parte se le asemejen.

Cervantes tiene razón en celebrar el rumbo, el tropel, el boato y la
grandeza de las comedias de Guevara. En efecto, la mayor parte (lo cual
no sería de presumir, atendiendo á los párrafos copiados de _El diablo
cojuelo_), parecen escritas con el propósito de hacer grande impresión;
son comedias de espectáculo, pero de la mejor especie y de las que
honran á la poesía.

Los dramas superiores de este poeta son los fundados en la historia
nacional. El más notable, bajo todos los aspectos que se le considere,
es el titulado _Si el caballo vos han muerto_, y de tan rara excelencia,
que puede contarse entre los sobresalientes de este género del teatro
español. El eje ó foco de la acción es la batalla de Aljubarrota y la
generosa hazaña de Pedro Hurtado de Mendoza, que salvó la vida al rey D.
Juan I al precio de la suya, cediéndole su caballo para huir (suceso
semejante al de la historia del Gran Elector, que nuestro famoso Enrique
de Kleist refiere en un episodio de su _Príncipe de Hamburgo_). La
descripción de las costumbres de la nobleza española de la Edad Media
está hecha magistralmente, y en la exposición hay una vivacidad
arrebatadora. La titulada _Los hijos de la Barbuda_, es parecida á la
anterior, y escrita, como ella, en castellano antiguo.

En _Más pesa el Rey que la sangre_, se representa la historia de Guzmán
_el Bueno_; pero de tal manera, que se mezclan y confunden las
invenciones del poeta con algunos otros datos suministrados por la
tradición. El argumento de este drama, que nos ofrece muchas bellezas de
primer orden, es, en pocas palabras, el siguiente: Don Sancho _el
Bravo_, rey de Castilla, tuvo que luchar, después de la muerte de su
padre D. Alfonso _el Sabio_, con un partido contrario, que pretendía
sentar en el solio á su sobrino. Sevilla era el foco principal de la
resistencia. La comedia comienza representándonos la entrada del Rey en
esta ciudad, que al fin se entrega. Para solemnizar la victoria se
celebra un brillante torneo, en el cual se distingue, por su valor y por
sus fuerzas, Don Alonso de Guzmán, famoso ya en toda España. Terminada
la fiesta, se ve al Rey rodeado de sus grandes y recibiendo los
homenajes de las personas principales de Sevilla, que, habiendo sido
adversarios suyos, son acogidos con frialdad; con Guzmán se extrema el
Rey más que con ningún otro, por considerarlo como al caudillo de más
valía de sus enemigos. Enfurécese sobremanera por esta causa Pedro, hijo
de Don Alonso de Guzmán, y mancebo de unos catorce años; pero su padre,
siempre leal, no exhala la menor queja, protestando sólo ante el Rey con
frases calurosas del amor y del profundo respeto que le profesa. Don
Sancho, dando oídos á calumniosas insinuaciones, lo destierra de
Sevilla y de sus cercanías. Apenas abandona Guzmán el salón regio, le
siguen los demás grandes, asegurándole que cuente con ellos; pero él
jura, que, por grande que sea la injusticia con que se le trate, jamás
se rebelará contra su Soberano. Don Enrique, hermano del Rey, disputa
con calor por este motivo con Guzmán, separándose los dos enemistados.
La escena siguiente nos representa la despedida de Guzmán y de su
esposa; la honradez de este noble matrimonio, expresada con cierto sello
de rudeza, así en el fondo como en la forma, característica de la época,
está pintada magistralmente. Guzmán resuelve servir á su Rey en el
destierro, ofreciendo contra los africanos sus servicios á Almanzor,
Príncipe moro que sitia á la sazón á Algeciras, con la condición de que
levante el cerco y retire sus tropas del territorio cristiano. El
infante Don Enrique se refugia un día en la casa de Guzmán para evitar
la cólera del Rey y huir después á Portugal. Los dos esposos acuerdan
entonces entregar á Don Enrique su hijo Pedro, para que lo lleve con sus
parientes á la corte de Lisboa. Apenas queda sola la mujer de Guzmán, se
presenta el Rey en busca del Infante, y pronuncia algunas palabras que
afligen sobremanera á tan leal señora; apodérase entonces de una
lámpara, y, sin faltarle al respeto, enseña la puerta á su ilustre
huésped, alumbrándole desde la escalera. Esta escena es excelente.
Guzmán llega mientras tanto á los reales de Almanzor, que se regocija
extraordinariamente de tener á su servicio al caballero cristiano más
valeroso y á su más formidable enemigo, y, aceptando la condición que se
le impone, abandona el territorio español. Guzmán hace en África
prodigios de valor, y su fama se extiende de tal modo, que excita la
envidia del Monarca mahometano, por cuya razón resuelve éste deshacerse
de él, y con tal propósito, le encarga que dé muerte á una horrible
serpiente, contra la cual se han estrellado los esfuerzos y las vidas de
todos sus perseguidores. El héroe sale también victorioso de esta lucha;
pero abandona después al ingrato Almanzor, y regresa á su patria. En el
acto tercero lo encontramos en las costas andaluzas, en donde se ha
reunido con su esposa, que, no pudiendo sufrir más tiempo su ausencia,
se preparaba á encaminarse al África. En el intervalo de estos sucesos,
los moros recomienzan la guerra contra los cristianos con nuevos bríos,
y concentran todas sus fuerzas sobre Tarifa para rendirla. Guzmán logra
penetrar en la ciudad y promover el entusiasmo de los sitiados. El
hambre y las enfermedades reinan ya en la fortaleza; muere el
gobernador, y Guzmán le sucede en el mando; jura entonces que, mientras
él viva, ningún infiel traspasará las puertas de Tarifa. Llega al
campamento enemigo el infante Don Enrique, huyendo de Portugal, en
ninguna de cuyas poblaciones lo han querido recibir por ser adversario
del rey de Castilla; su plan es pasarse al partido de los moros para
tomar venganza de su hermano. El joven Pedro Guzmán, que le acompaña,
ignorando sus planes, reprueba, después de conocerlos, su traidora
conducta con frases enérgicas, é intenta abandonarlo; pero Don Enrique
lo detiene á la fuerza, lo carga de cadenas y lo entrega á los moros. El
Infante proyecta obligar á los sitiados á rendirse, valiéndose del
mancebo cautivo. El Príncipe moro invita al viejo Guzmán á celebrar con
él una entrevista; preséntase en las almenas de la plaza; traen á su
hijo con sus pesadas cadenas; ¡qué escena entre el padre y el hijo al
volverse á ver!

    DON ALONSO.

                          ¿A dónde
    Lleváis maniatado, Infante,
    Ese cordero inocente,
    Que aún apenas balar sabe?

    INFANTE.

    Al sacrificio, Guzmán,
    Si no tratas de entregarme
    A Tarifa antes que el sol
    A los antípodas baje.

Esta escena es admirable, y completamente perfecta en todas sus partes.
El heroísmo del padre, resuelto desde un principio á sacrificar sus
afecciones personales por su Rey y su fe, aunque sin ahogar por entero
la voz de su corazón; la resignación del hijo, dispuesto á la muerte con
alegría, porque muere por su Dios y por su patria, nos conmueven y
afectan de una manera indecible. El noble mancebo es al fin inmolado;
pero convencidos los sitiadores de que el gobernador de la plaza no ha
de ceder ya, se alejan de los muros de Tarifa. A la escena del
sacrificio del joven Guzmán sigue otra, no inferior en belleza. El padre
del muerto se esfuerza en demostrar su firmeza, é intenta ocultar á su
esposa lo sucedido. Vuelve á su casa como si nada hubiera ocurrido, y se
sienta tranquilo á la mesa; pero no prueba manjar alguno, y su dolor
reconcentrado estalla al cabo en ardientes lágrimas. Así se anuncia á la
madre la muerte del hijo: el dolor la domina al principio, pero pronto
se repone, alegrándose de que su hijo sea digno de su padre, y se pone
al frente de los soldados para perseguir á los moros, y arrebatarles los
restos de su hijo. Consíguelo, en efecto, y su cadáver es solemnemente
sepultado al presentarse el Rey, que llega á libertar á Tarifa,
reparando en lo posible la injusticia cometida antes contra Guzmán, cuya
fidelidad ha sido probada de una manera tan brillante, y que desde
entonces adquiere el sobrenombre del _Bueno_.

También en _Cumplir dos obligaciones_ y _Duquesa de Sajonia_, se ensalza
el nombre español, aunque el lugar de la acción sea fuera de España. La
historia, que le sirve de fundamento, es la misma que nos ha dado á
conocer la balada de Stollberg, titulada _La arrepentida_. Encamínase á
la corte imperial de Alemania Don Rodrigo de Mendoza, embajador de
Felipe II. Cerca de Viena es acometido por salteadores, y debe sólo la
vida á la llegada imprevista de un valeroso caballero alemán, llamado el
conde Ricardo. Como le interesa cumplir cuanto antes su misión, por cuya
causa viajaba también de noche, pierde el camino, y se extravía en un
paraje despoblado, en donde vaga largo tiempo, hasta que encuentra un
castillo solitario, al cual se dirige, para pasar en él la noche. Entra
en el patio, en donde parece que reinan el silencio y la muerte; el
castellano lo recibe serio y sombrío, y lo conduce á un aposento
adornado con negros tapices. Pónese una mesa espléndida, á la cual se
sienta el extranjero al lado del castellano; junto á ella se coloca un
féretro, y pronto aparece una mujer con velo y vestida de negro, á quien
sirve el féretro de mesa, bebiendo en el cráneo de un esqueleto, que le
presenta un criado, vestido también de negro. El español pregunta
sorprendido la explicación de este suceso; pero el dueño del castillo
elude todas sus preguntas, y da las buenas noches á su huésped después
de indicar á la del velo que se retire. El embajador, admirado de lo que
ha visto, no puede dormir, y su criado, que es el gracioso, cree
encontrarse en un castillo encantado. Mientras hablan los dos, vuelve la
mujer misteriosa; laméntase en voz alta; póstrase en tierra ante Don
Rodrigo, y le ruega que auxilie á la mujer más desdichada del mundo,
contándole lo siguiente. Casada joven con el duque de Sajonia, y sin
darle motivo alguno de sospecha, ha sido desde un principio víctima de
su desconfianza y de sus celos. El Duque la abandonó poco después de su
matrimonio para ir á la guerra, dejando el gobierno en manos de un
sobrino suyo. Este, violentamente apasionado de la Duquesa, la había
molestado hasta el exceso con sus pretensiones, acogidas por ella con
justo desprecio. A la vuelta del Duque, se vengó de ella el desdeñado
haciendo creer á su esposo que la austera dama tenía relaciones
criminales con un Paje. El Duque, celoso ya por carácter, da fácil
crédito á esta acusación; ordena matar al Paje, y se refugia con la
Duquesa en aquel castillo solitario. Jamás habla con ella, y la obliga á
vestir siempre de luto, y á dormir al lado del cadáver embalsamado del
Paje; y para avergonzarla más, á comer en el féretro delante de todos
los extranjeros, que visitan el castillo, y á beber en el cráneo de su
pretendido amante. Don Rodrigo escucha su relación con gran interés,
prometiéndole desde luego que probará la verdad de ella en combate legal
con el calumniador; pero de repente es interrumpido el coloquio por la
llegada de un importuno, antes de pronunciar la Duquesa el nombre del
calumniador, viéndose obligado el español á continuar su viaje, sin
saberlo, al romper el día. Recíbenle con grandes agasajos en la corte
imperial, y aprueban todos su proyecto de defender la inocencia de la
Duquesa. Encuentra también en la corte al conde Ricardo, que le había
salvado la vida poco tiempo antes; contrae con él una estrecha amistad,
que se consolida con nuevos favores que le debe, y por el lazo aún más
fuerte del amor, que concibe por una hermana del Conde. Envía, mientras
tanto, á su criado para averiguar de la Duquesa el nombre del
calumniador de su honra; el mensajero, para penetrar en el aposento del
receloso guardián del castillo, no halla otro medio que deslizarse por
el cañón de la chimenea, por donde tiene que volver precipitadamente sin
conseguir su objeto, y tan á ciegas como antes. Don Rodrigo, no siendo
dueño de refrenar su impaciencia, desafía por público pregón al delator
de la Duquesa, sea quien sea. Brilla al fin el día de la lucha; ábrense
las barreras del palenque, y el caballero español espera á su contrario.
Preséntase como tal el conde Ricardo. Terrible es el combate, que
suscitan en el pecho de Rodrigo tan opuestos deberes: por una parte, su
palabra de caballero, dada á la Duquesa; por otra, la deuda contraída
con su adversario, dos veces salvador de su vida; la amistad que los
une, y el amor apasionado que profesa á su hermana. No vacila, sin
embargo, en cumplir su palabra: comienza la lid; el Conde es desarmado,
y confiesa que ha levantado la calumnia contra la Duquesa por vengarse
del desdén, con que acogiera su amor; pero á consecuencia de este
acontecimiento, el Duque amenaza con su cólera al calumniador vencido, á
quien defiende Rodrigo, correspondiendo de esta manera á los favores que
le debe.

El drama _La desdichada Estefanía_ se funda en un suceso, que tiene
algunos puntos de semejanza con la historia de Ariodante y de Ginebra
del Ariosto, pero ocurrido, á lo que parece (puesto que otros poetas
hablan también de él), en la corte de Alfonso VIII de Castilla. Este Rey
trata de casar á su hermana Estefanía con uno de sus vasallos. Los
pretendientes á su mano son el conde Vela y Don Fernán Ruiz de Castro.
La Princesa se decide por el último, y deja que el Conde se abrase en un
amor sin esperanza. Fernán Ruiz, poco después de sus bodas, se ve
obligado á acompañar al Rey en una expedición contra los moros. Su
esposa, que lo ama tiernamente, vive en su ausencia en tranquilo retiro;
pero una de sus damas, enamorada del conde Vela, forma el plan aleve de
escribirle cartas amorosas en nombre de Doña Estefanía, y en invitarlo á
una entrevista nocturna. El Conde acepta la invitación, y acude á la
hora prefijada al balcón de la Princesa; recíbelo la astuta dama con los
vestidos de su señora, y responde con otras á sus frases amorosas, sin
que él advierta el engaño. Repítense estas entrevistas, y con tan poco
recato, que son de todos conocidas y llegan, á su vuelta, á noticia de
Fernán Ruiz. Este, convencido de la fidelidad que le guarda su esposa,
no da crédito á tales rumores; pero como son muchos y unánimes los que
lo afirman, concibe al fin sospechas, y se oculta una noche cerca del
balcón. No aguarda, en verdad, mucho tiempo, presenciando la llegada del
amante, y la aparición de una mujer vestida como Estefanía; sale, pues,
furioso de su escondite, mata al Conde y entra en su casa. La dama
disfrazada huye velozmente, y se da traza de que recaiga la ira del
engañado esposo en la inocente Estefanía, que cae en tierra herida de
varias puñaladas. Después de esta catástrofe experimenta la causante de
ella remordimiento de conciencia; descubre la verdad, y se arroja á la
calle desde el balcón; Fernán Ruiz, entonces, con el corazón traspasado,
se acusa ante el Rey de su crimen, y le ruega, convocado un tribunal
compuesto de nobles, que lo condene á muerte. Este drama es excelente,
así en la pintura de tiernos afectos, como en la de las pasiones
violentas, y en muchas escenas se eleva á la mayor altura del trágico
coturno.

Iguales cualidades brillan en _Reinar después de morir_, sin disputa la
producción dramática más notable que describe la muerte de Doña Inés de
Castro.

_La romera de Santiago_, que algunas ediciones antiguas atribuyen á
Tirso de Molina, en nada se asemeja á las demás obras de este poeta,
puesto que su estilo es tan idéntico á las de Guevara, que es preciso
aceptar en todo la indicación de las comedias sueltas que la señalan
como suya. Ordoño, rey de León, ha desposado á su hermana Doña Linda con
el conde Lisuardo, encargándole, sin embargo, cierta misión en
Inglaterra antes de celebrarse el matrimonio. Durante la ausencia del
Conde llega disfrazado de Castilla otro Conde, llamado Garci-Fernández,
fingiendo ser su embajador en la corte de León, y con el propósito de
pretender la mano de la Infanta, que lo acoge friamente, guardando
fidelidad á su prometido. Lisuardo, en su viaje por Galicia, encuentra á
una sobrina del conde de Castilla, denominada Doña Sol, que peregrinaba
á Santiago; apasiónase de ella violentamente, y la deshonra, empleando
la fuerza, habiendo sido inútiles los ruegos. Garci-Fernández se halla
en León cuando llega Doña Sol á esta capital, demandando al Rey justicia
contra su ofensor. Dase á conocer entonces el conde de Castilla, y se
obliga á vengar en el Conde la injuria hecha á su sobrina; pero el Rey
ordena á todos que guarden la mayor reserva, porque él basta y sobra
para castigar al culpable como merece. Lisuardo, en efecto, es encerrado
en la cárcel á su regreso, y condenado á muerte, libertándolo Doña
Linda, cuyo amor hacia él arde todavía en su pecho. Cree entonces
Garci-Fernández que el culpable ha huído con conocimiento del rey
Ordoño, y lo provoca en consecuencia á singular combate; el Rey acepta
el desafío, y cuando está próximo á verificarse, se presenta Lisuardo á
pelear con el conde de Castilla y sustituir á su Soberano, impulsado por
su pundonor; interviene Linda en esta coyuntura é impide el desafío,
ofreciendo su mano á Garci-Fernández; éste, así como Ordoño, se muestran
ya más benévolos respecto á Lisuardo, á causa de su acción caballeresca,
terminando la fábula con la resolución de Doña Sol de enlazarse con
aquél, que, según dice, ha sido arrastrado á cometer un delito por el
exceso de su amor.

Las comedias mencionadas son las mejores de las que conocemos de
Guevara; y las restantes, aun cuando en general nos agraden menos, se
distinguen, sin embargo, por sus motivos dramáticos oportunos é
interesantes situaciones, y prueban en sus rasgos aislados, en su
energía y belleza, y en la animación y fuego de las descripciones, el
talento poco común de su autor. La rapidez de la acción, la viveza y
variedad de la exposición dramática de las comedias de este poeta,
merecen especial alabanza. En la imposibilidad de descender á más
detalles para demostrarlo, nos contentaremos con añadir algunas
indicaciones. _El Príncipe viñador_ sobresale por sus agradables
pinturas pastoriles. La heroína de _El amor en vizcaíno y los celos en
francés_, es una vizcaína que habla medio español y medio vascuence, y
mata en un torneo al delfín de Francia, que la había deshonrado. En _Los
amotinados de Flandes_ se pinta con los más vivos colores la valentía y
generosidad de los soldados españoles. _El valiente toledano_ celebra á
D. Francisco de Ribera, famoso marino del tiempo de Felipe III. Esta
comedia, en que el duque de Osuna aparece en el teatro, hubo acaso de
representarse en vida del tan renombrado virrey de Nápoles, puesto que,
después de su caída, no es de presumir que se le alabase tanto. En _El
marqués de Bastos_, la invención es algo caprichosa y extraña: un
soldado y servidor del Marqués, que comete todo linaje de excesos y es
el verdadero protagonista de la comedia, sufre el último suplicio á
causa de sus crímenes; pero recibe el don maravilloso de servir á su
señor en el combate, aun después de su muerte, en premio de la constante
fidelidad que siempre le ha mostrado, y que ha sido su única virtud. _El
caballero del sol_ se funda en el famoso libro del caballero Febo. _La
niña de Gómez Arias_, representa una tradición de la época del primer
levantamiento de los moriscos en las Alpujarras, muy divulgada también
en los romances populares. Esta comedia de nuestro poeta ha caído en
olvido desde la composición de otra posterior de Calderón, que trata del
mismo asunto, incomparablemente superior á la suya. Entre los autos de
Guevara, merece mención expresa el titulado _De la mesa redonda_.
Carlomagno personifica á Jesucristo; Flor de Lis, á la Iglesia; Rolando,
á San Pedro; Durandarte, á San Juan Evangelista; Montesinos, á San Juan
Bautista, y Garcelón, á Judas.



CAPÍTULO XXII.

     Otros poetas dramáticos de esta época.--Mexía de la Cerda.--Damián
     Salustrio del Poyo.--Hurtado Velarde.--Juan Grajales.--Joseph de
     Valdivieso.--Andrés de Claramonte.--Otros poetas dramáticos del
     tiempo de Lope de Vega.


Aun cuando el examen de las obras de Guevara nos haya hecho penetrar en
el siglo XVIII, hemos de retroceder ahora á los principios del período
precedente, y nombrar á varios poetas, que escribieron para el teatro en
tiempo de Lope de Vega y durante los últimos años del reinado de Felipe
II, ó los primeros de su sucesor. Pocas ocasiones se nos presentarán,
sin embargo, de trazar capítulos detallados de ellos, porque de muchos
se sabe ahora poco, y de algunos, absolutamente nada[42].

Pedro Díaz, según Navarro, uno de los que llevaron las comedias á su
perfección, es mencionado por Rojas entre los predecesores de Lope de
Vega, y como autor de una de las primeras _comedias de santos_ titulada
_El Rosario_. Parece, sin embargo, que su nombre quedó después
prontamente obscurecido por los de los nuevos dramáticos. Es de presumir
que aconteciera lo mismo con Joaquín Romero de Cepeda[43], con Berrio y
Francisco de la Cueva, de quienes tratamos ya en el período anterior de
la historia del teatro español. Los dos últimos eran letrados, y Lope de
Vega dice de ellos (_Dorotea_, parte 5ª), que ofrecieron el raro ejemplo
de ser tan distinguidos intérpretes de las leyes como amables poetas, y
que escribieron comedias que se representaron con general aprobación.
Francisco de la Cueva, natural de Madrid[44], fué bastante amigo de
Lope, y es celebrado por él singularmente en _La Arcadia_, en _El laurel
de Apolo_, y en la dedicatoria de la comedia _La mal casada_.

De las obras dramáticas de esta época de Andrés Rey de Artieda y de
Lupercio Leonardo de Argensola, no conocemos nada, aun cuando sepamos
que ambos escribieron para el teatro hasta en el período anterior.
Artieda, como veremos en breve, era opuesto á Lope y á su escuela, por
cuyo motivo es de sospechar que se inclinaba más bien al sistema
clásico.

De Mejía de la Cerda, licenciado y relator de la chancillería de
Valladolid, poseemos una llamada tragedia, que se titula _Inés de
Castro_, producción literaria muy inferior, que no puede compararse bajo
ningún aspecto con la de Guevara sobre el mismo asunto, ni aun con la de
_Nice lastimosa_, de Bermúdez, conocida y explotada indudablemente por
Mejía. Obsérvanse en el arreglo del plan graves defectos; los caracteres
apenas pueden sostenerse, y el diálogo es pesado, sin gracia ni
animación alguna. Esta obra dramática se escribió probablemente antes
que la de _Reinar después de morir_, de Guevara.

La comedia más notable de las tres, que se conservan de Damián Salustrio
del Poyo (poeta natural de Murcia, aunque domiciliado en Sevilla), es,
sin disputa, la que lleva el título de _La próspera fortuna de Ruy López
de Avalos_, (en dos partes)[45]. Es una especie de comedia biográfica,
cuya acción no ofrece por cierto grande unidad, aunque tenga varias
escenas de bien calculado efecto. La fábula se supone ocurrir en tiempo
de Enrique III de Castilla. Es notable la escena, en que el médico judío
Don Maix intenta envenenar al Rey á ruego del almirante de Castilla. El
envenenador se dispone á entrar desde la antesala en la regia cámara,
cuando el retrato de Doña Catalina, esposa del Monarca, que está colgado
sobre la puerta, cae en tierra, y le impide la entrada; casi al mismo
tiempo se presenta el Rey; el judío queda confuso, arroja el veneno, y
al fin confiesa su propósito. Esta escena ha sido imitada por Tirso de
Molina en _La prudencia en la mujer_, y por Calderón en _El mayor
monstruo los celos_; por lo menos, en ambos domina la idea de convertir
á un retrato en ángel protector de una vida amenazada. Pocos asuntos se
han manejado tanto por los dramáticos españoles como la historia de D.
Alvaro de Luna; pero la verdad es también que acaso la comedia más
débil, que desenvuelva este argumento, es la de nuestro Damián Salustrio
del Poyo.

De las obras de Hurtado Velarde (de Guadalajara), existe sólo una
tragedia titulada _Los siete infantes de Lara_, pieza dramática de
espectáculo de las más débiles. Al parecer este mismo Velarde había
escrito otro _Cid_, antes que Guillén de Castro[46].

Juan Grajales (licenciado, y distinto del actor del mismo nombre que
menciona Rojas), ha representado dramáticamente la historia de Colá
Rienzi en dos comedias, tituladas _La próspera_ y _La adversa fortuna
del caballero del Espíritu Santo_. Tanto el pensamiento como la
ejecución de ambas es grosero y poco acertado, casual el enlace de unas
escenas con otras, y no hay que hablar de la distribución y buen arreglo
del plan, ni de la intención poética, que se revela en el conjunto. Muy
superior á estas comedias es _El bastardo de Ceuta_, drama, que, aun
ofreciéndonos graves faltas, las compensa en parte por un número igual
de importantes bellezas. Su argumento es, en compendio, el siguiente:
Elvira, esposa del capitán Meléndez, creyendo ser abrazada de su esposo,
lo es en realidad por el alférez Gómez de Melo, que se ha deslizado
secretamente en su habitación, y da á luz á Rodrigo, fruto de esta
unión. La misma noche, en que su esposa es engañada de esta manera,
sale Meléndez para la guerra de Africa, enamorándose después de la mora
Fátima, de quien se separa dejándola una prenda de su amor. Supónese que
estos sucesos ocurren veinte años antes de empezar la comedia. Nada dice
Elvira á su esposo de la acción indigna de Gómez de Melo; pero el
carácter de Rodrigo es tan diverso del de su presunto padre, y lo
respeta tan poco, que éste concibe algunas sospechas sobre su
paternidad. La guerra contra los infieles estalla mientras tanto de
nuevo. Grave peligro de muerte amenaza un día á Meléndez en una batalla,
del cual pudiera librarlo Rodrigo; pero lo abandona su cobarde é ingrato
hijo, salvándole inesperadamente un mancebo moro; éste es Celín, nacido
de los amores de Meléndez y de Fátima, que oye la voz de la naturaleza,
y es arrastrado por ella hacia su padre con fuerza irresistible. Ni el
padre ni el hijo se conocen; y aunque enemigos, y preparados á la pelea,
celebran un pacto de amistad y paz. Acabada la guerra toma mayor
incremento la antipatía mutua, que se profesan Meléndez y su pretendido
hijo, osando éste levantar la mano á su padre en una disputa. Meléndez
castiga severamente al degenerado joven, pero cree al mismo tiempo que
ningún hijo es capaz de cometer tales atentados contra su padre, é
intenta averiguar de Elvira si ha sido otro el que lo engendró. Espíala
en sueños, y sabe entonces la afrentosa astucia de su alférez Gómez de
Melo. Trama entonces una doble venganza, así de Gómez, por haber
ofendido su honor, como de Rodrigo, bastante audaz para faltarle al
respeto debido; logra, en efecto, realizarla, suscitando una lucha entre
ambos, en la cual sucumbe Gómez á manos del bastardo. Mientras tanto la
abandonada Fátima, deseosa también de vengarse de la infidelidad de su
antiguo amante, excita á su hijo Celín, que ignora el secreto de su
nacimiento, á dar muerte al capitán Meléndez. Celín, obediente á su
madre, prométela cumplir sus mandatos; pero, al encontrarse frente á
frente de su padre, se le cae la espada de las manos, y siguiendo un
impulso interior, que lo domina, se precipita á los pies del mismo, á
quien intentaba arrancar la vida. Reconócense después padre é hijo, y
éste resuelve vivir entre los cristianos y profesar la religión de su
padre.

José de Valdivieso, sacerdote y capellán del arzobispo de Toledo,
mantuvo estrechas relaciones de amistad con los más célebres poetas de
su época, para quienes su casa era un punto de reunión y trato. Parece
que se consagró á la poesía, más bien por su afición á ella que por
vocación especial. Sus comedias religiosas, á lo menos, apenas merecen
la más ligera alabanza: distínguense por su falta completa de buen
gusto, por el absurdo y exagerado misticismo, peculiar de ordinario de
este linaje de composiciones, aunque sin la osada fantasía, que las
sublima, conciliando lo extraño con lo maravilloso. Su _loco cuerdo_ es
un verdadero caos de prodigios sin fundamento, que en vez de inspirar
devoción, como su autor intenta, sólo excitan aversión y repugnancia.
Cuenta la historia de un rico comerciante, que de repente se convence de
la frivolidad de los bienes mundanos, y se retira al desierto para hacer
rigurosa penitencia el resto de sus días. Después de pasar así ocho
años, víctima voluntaria de los más insólitos tormentos, cree que debe
humillarse aún más para merecer la gracia del Señor, y recorre ciudades
y aldeas fingiéndose loco, y sufriendo las burlas é insultos del
populacho.

Más feliz fué Valdivieso con los autos[47], no pudiendo negarse que
manifestó ingenio en su traza, siempre que prescindimos del extraño
enlace de pensamientos inseparable de este linaje de composiciones.
Lástima es que se hallen sobrecargados de teología escolástica, y que su
estilo sea hinchado y de mal gusto. En el auto _Psiquis y Cupido_, es
Psiquis el Alma humana, la Hija del cielo y el Amor es Cristo. El Mundo,
el Deleite y Lucifer son galanes, que pretenden la mano de Psiquis, y se
ven rechazados de ella, porque en sueños ha visto al Amor, á quien sólo
desea pertenecer. Este se presenta como amante suyo, y se desposa con
ella; el himeneo se celebra primero en su casa, en donde descubrirá su
rostro, velado hasta entonces; para acompañar á la desposada hasta ella,
la entrega á la Verdad y á la Razón. Las hermanas de Psiquis, que se
llaman Irascible y Concupiscible, envidian la dicha de la desposada, y
se conjuran con los tres amantes desdeñados para destruirla. El plan se
realiza. Déjase Psiquis seducir de sus enemigos, anticipándose á la
eternidad, y temiendo en vez de creer. En la ocasión primera, en que
intenta levantar el velo del Amor, es retirada por la Fe; en la segunda
huye de sus brazos el divino amante, y se precipita en un insondable
abismo. La Razón queda ciega de repente, y vaga lamentándose; aparécese
la Verdad para buscar á la perdida; y mientras se conduelen ambas de lo
ocurrido, se ve á Lucifer cabalgando en una serpiente, y teniendo en
sus brazos á la desolada Psiquis, manchada de sangre y con negras
vestiduras. El Amor, sin embargo, accede al fin á celebrar de nuevo su
himeneo, movido por el arrepentimiento del Alma; la Santa Virgen trae á
Psiquis en sus brazos, él estrecha entre los suyos á la recién hallada,
y en este instante la adornan blancos paños; ábrense sus ojos á la
razón; huyen el Mundo, el Deleite y Lucifer; se ve al Cielo, padre de
Psiquis, que ofrece á su hija una corona y una palma, y un coro
solemniza con sus cánticos las bodas del Alma y de Cristo. La
composición del auto, titulado _El hospital de locos_, es singular hasta
lo sumo. El Alma, llevando por guía al Placer, hace una peregrinación;
excítala éste á entrar en una casa, en donde habitan todos los goces,
obedeciéndolo á pesar de las reconvenciones de la Razón, que, desde el
umbral, intenta disuadirla de su propósito. Aquella casa es de locos;
manda en ella el Delirio, y la ocupan las diversas locuras; Lucifer, con
un tambor de niños, llama á la Guerra contra el Cielo; el Mundo Infantil
cabalga en un caballo de juguete; la Curiosidad bebe copiosamente en una
mesa; la Carne toca una guitarra, y entona canciones eróticas, y la
Humanidad yace en un rincón en pacífica locura. Se felicita al Alma por
su venida, y se la adorna con un bonete de loco. Agrádale bastante al
principio la desenfrenada licencia de la nueva vida; pero pronto la
encadena la Culpa, y la encierra en una prisión. Abre entonces los ojos
á la luz, y se arrepiente de sus extravíos; viene en su ayuda la
Inspiración ó la Gracia Divina, llamada por la Razón, y con su auxilio
se liberta de la cárcel.

Andrés de Claramonte, célebre actor y director del teatro de Murcia
(muerto en 1610), fué también famoso poeta, principalmente á causa de su
comedia _El negro valiente en Flandes_, cuya segunda parte escribió
después Vicente Guerrero.

Seguramente no es grande el valor poético de esta composición; falta el
arte en el conjunto de la acción, y su desarrollo es duro y grosero;
pero, sin embargo, respira toda ella cierta frescura y grata sencillez.
Las temerarias hazañas del negro, que milita bajo las banderas del duque
de Alba, y que, á fuerza de osadía, consigue la investidura de caballero
de la Orden de Santiago (entre otras empresas, por haber penetrado solo
en el campamento enemigo y haber hecho prisionero en su tienda al
príncipe de Orange), excitan un vivo interés á causa de las animadas
descripciones, que llenan á esta comedia. La rudeza de su exposición se
harmoniza admirablemente con el colorido popular, que la distingue[48].

Si juzgamos ahora en general á todos los poetas, que hemos mencionado
desde Guevara (en cuanto es lícito, atendido el escaso número de sus
obras existentes), no merecerán, por cierto, grandes alabanzas. Las
comedias de que hablamos, nos recuerdan en demasía la infancia del
teatro; muéstrannos el arte dramático, que alcanzó tanta perfección en
tiempo de Lope de Vega, notablemente degenerado, careciendo, sin duda,
de crítica los literatos, que las comparan con las de aquel gran
maestro. Aun las peores obras de Lope aventajan á las mejores de éstos
en la dignidad del estilo y en la elegancia de la dicción poética. Raros
vestigios se observan en ellas de traza sensata del plan, y aún menos de
sello artístico en los sucesos; al contrario, siguen los unos á los
otros grosera é inmediatamente, y parecen diseñados con toscas
pinceladas. Falta en ellas por completo la delicada veladura de sus
detalles, y las transiciones poéticas; su diálogo es poco flexible y nos
ofrecen en confuso desorden lo ordinario, común y trivial, al lado de lo
patético, y rasgos de mal gusto envueltos en hinchadas estrofas. Verdad
es, que, á pesar de tales defectos, se encuentran á veces aisladas
bellezas, aunque por lo general pertenecen más bien al asunto, manejado
con anterioridad por otros, que al poeta que los expone, cuando es lo
cierto que el verdadero genio les hubiese dado mucho mayor realce. Así
se explica que estos dramáticos no pudieran rivalizar con Lope de Vega,
ni merecer largo tiempo el favor del público; ya en el segundo cuarto
del siglo XVIII apenas se mencionan sus nombres, siendo escaso el
interés que excitaban, aun para imprimir sus obras, no encontrándose
ninguna de ellas en las grandes colecciones de comedias españolas,
hechas posteriormente[49].

Otros muchos poetas contemporáneos son aún menos importantes para que su
memoria se perpetuara en la literatura. Los nombres de estos escritores
dramáticos, que indicaremos á continuación sin más comentarios, puesto
que, al parecer, no existen obras suyas impresas, ó no han llegado á
nuestra noticia, son los siguientes:

El licenciado Justiniano. Atribúyensele en los catálogos de Medel del
Castillo (Madrid, 1735) y de la Huerta dos comedias, tituladas _Los ojos
del cielo_ y _Santa Lucía_.

Juan de Quirós, jurado de Toledo, que no debe confundirse con Francisco
de Quirós, posterior á él.

Navarro, licenciado en Salamanca.

El licenciado Martín Chacón, familiar de la Inquisición.

D. Gonzalo de Monroy, regidor de Salamanca, distinto del más famoso
Cristóbal de Monroy.

El Dr. Angulo, regidor de Toledo.

El Dr. Vaca, sacerdote y beneficiado en Toledo.

Hipólito de Vergara.

Ochoa.

Diego de Vera.

Liñán.

Almendárez.

Félix de Herrera, diverso de otro del mismo apellido, de quien
trataremos más adelante.

Miguel Sánchez Vidal, de Aragón, que hubo de escribir en 1589 una
comedia, en tres jornadas, cuyo título era _La isla Bárbara_[50].

Hay además otros muchos escritores, ya en parte mencionados en el
segundo libro de esta HISTORIA, que prosiguieron componiendo comedias en
el presente período. Tales son Alonso y Pedro de Morales, Grajales,
Zorita, Mesa, Sánchez, Ríos, Avendaño, Juan de Vergara, Villegas, Castro
y otros. En lo sucesivo trataremos de algunos cuando hablemos de los más
célebres autores.

Con los dichos termina la serie de poetas que se distinguieron en la
literatura dramática durante la primera mitad de la carrera también
dramática de Lope[51]. Sígueles una segunda serie de los que trabajaron
en época algo posterior, y cuyo período más floreciente coincide con el
de Lope. Natural es que estas dos series de poetas, y en tiempos tan
próximos, no puedan separarse rigurosamente: la primera toca á la
segunda, y el principio de la última se pierde á su vez en la anterior;
pero conviene señalarlas para orientarnos, dividiendo de esta suerte en
dos grupos á los coetáneos de Lope de Vega, que realmente se
diferencian entre sí en algunos puntos. Sin embargo, antes de proseguir
la historia de la literatura dramática, conviene fijar nuestra atención
en el giro especial que tomaba la crítica de este género poético.



CAPÍTULO XXIII.

     Oposición de algunos críticos al drama nacional.--Andrés Rey de
     Artieda.--Francisco Cascales.--Cristóbal de Mesa.--Esteban Manuel
     de Villegas.--Bartolomé Leonardo de Argensola.--Cristóbal Suárez de
     Figueroa.--Triunfo del partido nacional contra los galicistas.


En breve echó la forma nacional del drama tan profundas raíces en el
ánimo del público, que otro cualquier linaje de ensayos heterogéneos no
podía tener en el teatro favorable éxito. No era ya de temer que la flor
lozana de la poesía original fuese deshojada bajo el peso de la falsa
erudición. Algunas, aunque escasas tentativas, se hicieron, á la verdad,
para escribir dramas á la manera de los antiguos; acaso sean los únicos
ejemplos _El Pompeyo_, de Cristóbal de Mesa, y la imitación del
_Hypolito de Eurípides_, de Esteban Manuel de Villegas; las traducciones
de antiguas tragedias y comedias, como _La Medea de Eurípides_, y las
comedias de Terencio de Pedro Simón Abril, han de calificarse más bien
de trabajos filológicos, que como ensayos para imprimir una dirección
determinada al gusto de la nación. Formóse, sin embargo, un partido de
sabios y semisabios con el propósito de contrariar al drama español, y
cuyo desagrado al observar el desprecio con que se miraban sus
preceptos, se desahogó en invectivas contra todo el teatro nacional. No
es posible negar que, en parte de esta contienda, desplegaron habilidad
é ingenio, y que fueron oportunas algunas de sus censuras de los
extravíos de los poetas más favorecidos del público. Pero el foco de
donde partía el ataque, era en extremo absurdo; siempre el desventurado
Aristóteles, siempre son las tres unidades las que se invocan; entre las
críticas que hacen de Lope, descuellan la de que no es Plauto, ni
Terencio, ni Séneca, que menosprecia la dignidad sensata del estilo
trágico, confundiendo sin mesura lo cómico con lo trágico. La verdad,
confesada ahora generalmente, que cada arte sufre modificaciones
inherentes á las circunstancias de su nacimiento, y al carácter del
pueblo en cuyo seno se desenvuelve, y que, con arreglo á ella, el drama
moderno ha seguido rumbo muy diverso del antiguo para llegar á su
perfección, era entonces completamente desconocida. Si hubiese
triunfado esta secta literaria, el teatro español, lo mismo que el
italiano, hubiese sufrido el yugo de una falsa teoría; la poesía
moderna, á pesar de sus propiedades más gratas y verdaderamente
originales, sería también la más pobre; la literatura dramática española
no podría compararse á un campo de vegetación exuberante, lleno de
flores y frutos de toda especie (aunque se encuentren en él, sin duda,
malas yerbas), sino á una tierra árida, en donde nacen aquí y allí
raquíticos arbustos; y en vez de sus creaciones tan nuevas como
originales, dignas de ser imitadas, sólo nos ofrecería copias glaciales
é insoportables de los antiguos modelos. Felizmente, tal resultado era
menos de esperar en aquella época que en cualquiera otra. La victoria
obtenida por Lope de Vega en favor del teatro nacional fué tan decisiva,
que nada pudieron contra ésta los ataques de una crítica enemiga, aun
empleando la mayor prudencia y todas las armas de la sátira. Pero la
secta erudita de que ahora hablamos, no puede, en verdad, felicitarse de
haber mostrado en la contienda una táctica superior; de ninguna manera
le era dado llegar hasta donde se proponía, y ni aun produjeron efecto
las juiciosas observaciones, que mezclaron con diatribas, ni las
censuras, que hicieron justa mella en algunas comedias, porque sus
autores sostenían principios absurdos y destituídos en general de
fundamento, confundiendo además en sus invectivas las bellezas
superiores en la esencia y en la forma, inseparables del drama moderno,
con otros vituperables olvidos de todas las reglas de la naturaleza y
del arte. A pesar de todo lo expuesto, es digna esta disputa de llamar
nuestra atención, porque, entre otras razones, nos ofrece la prueba de
que todas las preocupaciones estrechas y máximas pedantescas, que
enseñaron Boileau y su escuela con tantas pretensiones, y que dieron
después la vuelta á toda Europa, fueron conocidas en España medio siglo
antes y quizás expuestas con más ingenio que en ningún otro pueblo.

El valenciano Andrés Rey de Artieda comenzó el primero el fuego en una
epístola al marqués de Cuéllar[52], impresa hacia el año de 1605.

      Como las gotas que en verano llueven
    Con el ardiente sol dando en el suelo,
    Se transforman en ranas y se mueven,
    Assí al calor del gran Señor de Delo
    Se levantan del polvo poetillas
    Con tanta habilidad que es un consuelo;
    Y es una de sus grandes maravillas
    El ver que una comedia escriba un triste
    Que ayer sacó Minerva de mantillas.
    Y como en viento su invención consiste,
    En ocho días, y en menor espacio,
    Conforme su caudal la adorna y viste.
    ¡Oh, quán al vivo nos compara Horacio
    A los sueños frenéticos de enfermo
    Lo que escribe en su triste cartapacio!
    Galeras vi una vez ir por el yermo,
    Y correr seis caballos por la posta
    De la isla del Gozo hasta Palermo;
    Poner dentro Vizcaya á Famagosta,
    Y junto de los Alpes, Persia y Media,
    Y Alemaña pintar larga y angosta.
    Como estas cosas representa Heredia,
    A pedimento de un amigo suyo,
    Que en seis horas compone una comedia.

No habla menos resueltamente sobre la última cuestión Francisco
Cascales, de Murcia[53], en sus _Tablas poéticas_, que aparecieron en
1616. En este libro ingenioso, escrito en forma de diálogo, se dice,
entre otras cosas, lo siguiente: «¡Válame Dios! (dice Pierio en la pág.
166 de la edición de Madrid, de Sancha, 1779.) Luego, según eso, no son
comedias las que cada día nos representan Cisneros, Velázquez, Alcaraz,
Ríos, Santander, Pinedo, y otros famosos en el arte histriónica; porque
todas, ó las más, llevan pesadumbres, revoluciones, agravios,
desagravios, bofetadas, desmentimientos, desafíos, cuchilladas y
muertes; que aunque las haya en el contexto de la fábula, como no
concluyan con ellas, son tenidas por comedias.--Ni son comedias (le
replica Castalio), ni sombra de ellas. Son unos hermafroditos, unos
monstruos de la poesía. Ninguna de esas fábulas tiene materia cómica,
aunque más acabe en alegría.»

Pierio dice que á lo menos se llamarán tragicomedias[54].

He aquí ahora cómo contesta á esta observación: «Si otra vez tomáis en
la boca este nombre, me enojaré mucho. Digo que no hay en el mundo
tragicomedia, y si el _Amphitrion_ de Plauto se ha intitulado así, creed
que es título impuesto inconsideradamente. ¿Vos no sabéis que son
contrarios los fines de la tragedia y la comedia? El trágico mueve á
terror y misericordia; el cómico mueve á risa. El trágico busca casos
terroríficos para conseguir su fin; el cómico trata acontecimientos
ridículos: ¿cómo queréis concertar estos heráclitos y demócritos?
Desterrad, desterrad de vuestro pensamiento la monstruosa tragicomedia,
que es imposible en ley del arte haberla. Bien os concederé yo que, casi
cuantas se representan en esos teatros, son de esa manera; mas no me
negaréis vos que son hechas contra razón, contra naturaleza y contra el
arte.»

En otro lugar de sus _Tablas poéticas_, dice así: «Me acuerdo haber dado
(comedia) de San Amaro, que hizo viaje al Paraíso, donde estuvo
doscientos años, y después cuando volvió á cabo de dos siglos, hallaba
otros lugares, otras gentes, otros trajes y costumbres. ¿Qué mayor
disparate que esto? Otros hay que hacen una comedia de una corónica
entera.» Más adelante, en la misma obra, se expresa de este modo: «Los
poetas extranjeros, digo, los que son de algún nombre, estudian el arte
poética, y saben por ella los preceptos y observaciones que se guardan
en la épica, en la trágica, en la cómica, en la lírica y en otras
poesías menores. Y de aquí vienen á no errar ellos y á conocer tan
fácilmente nuestras faltas.» Esta alusión á los dramas regulares
extranjeros, que hace también Cervantes, nos parecerá, sin duda, harto
extraña; probablemente se referirá á las obras del Trissino, Rucellai,
Speroni, Ariosto, Maquiavelo, Lasca y á otras tragedias pesadamente
regulares ó comedias prosáicas y áridas de los italianos, puesto que el
teatro francés estaba á la sazón en su infancia.

Otro esforzado campeón del rigorismo clásico fué Cristóbal de Mesa,
natural de Zafra, en Extremadura. Este erudito y poeta, no escaso, por
cierto, de ingenio, había pasado en Italia casi toda su vida, en donde,
como él cuenta, trató por más de cinco años á Torquato Tasso. Al parecer
había ya muerto á principios del siglo XVII. Sus ataques al teatro
español son notables por lo profundos. En el prólogo á sus _Rimas_
(Madrid, 1611), se queja de que la poesía haya degenerado en un trabajo
mecánico por culpa de los que escriben tantas comedias, y de que se
hagan aparecer desacordadamente Reyes en la comedia, y en la tragedia
personajes de las clases más bajas; en sus epístolas se solaza con la
multitud é irregularidad de los dramas de Lope; se conduele de que,
mientras los poetas cómicos se enriquecen, los trágicos y épicos se
mueren de hambre, y dice que, para alcanzar el renombre y las ventajas
de gran poeta, es preciso que los criados representen las más groseras
farsas, que haya aventuras nocturnas amorosas, y que ocurran en las
tablas altercados entre lacayos y doncellas, etc. En la dedicatoria de
su tragedia _Pompeyo_ (la cual, por lo demás, no guarda con exactitud
las reglas clásicas), explica la observancia de las unidades como
condición fundamental de toda obra dramática perfecta; dice, entre otras
cosas, que, siendo tan breve el tiempo de la acción trágica, que
Aristóteles lo limita al espacio de un día, su unidad será tanto más
perfecta, cuanto más se estreche ese plazo, y cuanto más perfecta sea su
unidad, más lo será también la tragedia.

Esteban Manuel de Villegas, uno de los líricos españoles más
distinguidos (nació en Nágera en 1595), dispara en sus epístolas y
elegías innumerables dardos satíricos contra los poetas cómicos. En la
elegía séptima finge un diálogo con un mozo de mulas, al cual dice:

      Que si bien consideras, en Toledo
    Hubo sastre que pudo hacer comedias,
    Y parar de las musas el denuedo.
    Mozo de mulas eres, haz tragedias:
    Y el hilo de una historia desentraña,
    Pues es cosa más fácil que hacer medias.
    Guissa como quisieres la maraña,
    Y transforma en guerreros las doncellas,
    Que tú serás el cómico de España.
    Verás que el histrión mímico en ellas
    Gasta más artificios que Juanelo,
    En el subir del agua con gamellas.
    Hasta que aparador hace del cielo
    El scénico tablado, que ha servido
    De obsceno lupanar á vil martelo.
    Luego serás del vulgo conocido
    En el cartel que diga: DE FULANO,
    HOY LUNES A LAS DOS, bravo sonido.
    Irás con el magnate mano á mano,
    Por bien que mulas rasques, que el ingenio
    Merece todo honor en el más llano.

Más adelante pone irónicamente en los labios de un mal poeta estas
palabras:

      ... gran barbaria haber solía
    Por cierto, en aquel siglo de Terencio,
    Según lo da á entender su poesía.
    Yo del passado no le diferencio,
    Quando la Propaladia de Naharro
    De nuestra España desterró el silencio.

     *       *       *       *       *

    Pero por Plauto no daré un cabello;
    Miro que su oración toda se agacha;
    No cual la tuya, Lope, que alça cresta,
    Hasta tocar del sol la ardiente hacha.
      ¿Pues qué, si tu Rosaura, en la floresta
    Juega el venablo y bate los ijares,
    Del valiente bridón que la molesta?

     *       *       *       *       *

    ¿Juventud castellana, ya qué temes?
    Yo te prometo honor, suda y escribe,
    Que Apolo hay acá con quien te extremes.

Preceptos más sensatos acerca de la composición y del estilo del drama,
expone á un poeta cómico Bartolomé de Argensola, hermano de Lupercio
Leonardo, á quien ya conocemos; pero sus reglas son, en parte, de esa
naturaleza profunda que nos enseña que un cuerpo humano no puede tener
cabeza de caballo.

      Tras esto, á Musas cómicas te inclinas,
    Si bien las sequedades aborreces
    De las fábulas griegas y latinas.
    Y no lo extraño; pero muchas veces
    En lo que yace desabrido y seco
    Hallan qué ponderar discretos jueces.

     *       *       *       *       *

      Y pues que á la instrucción moral se empeña,
    No traiga para ejemplos de la vida
    Lo que algún delirante enfermo sueña;
    Que ni la plebe es bien que se despida
    Después que te prestó grato silencio,
    Si no desesperada, desabrida.

     *       *       *       *       *

      Fúndate en verosímiles acciones,
    No en la selva al delfín busquen las redes,
    Ni al jabalí en el piélago á los canes,
    Pues que en sus patrias oprimirlos puedes.
    Según lo cual, no quieran los galanes,
    Aunque traten, ó incautos ó sutiles,
    Con rameras, con siervos ó truhanes,
    Envilecerse entre plebeyos viles,
    Sin descuento; ni príncipes ni reyes
    Aplebeyar los ánimos gentiles.

     *       *       *       *       *

      Haz al fin que el lugar, el tiempo, el modo,
    Guarden su propiedad; porque una parte
    Que tuerza de esta ley, destruye al todo.

     *       *       *       *       *

    Y esto de introducir una figura
    Que á solas hable con tardanza inmensa,
    ¿No es falta de invención y aun de cordura?
      Dirán que así nos dice lo que piensa,
    Y lo que determina allá en su mente
    (A mi entender) ridícula defensa.
      ¿No es fácil inventar un confidente
    A quien descubra el otro del abismo
    Del alma lo que duda ó lo que siente?
    Soliloquio es hablar consigo mismo.

     *       *       *       *       *

    ¿Quién no se burlará de una persona
    Que, sin oyente, sobre algún suceso,
    En forma de diálogo razona?

     *       *       *       *       *

      Si airado un padre forma llanto ó queja,
    No para provocar el pueblo á risa
    Le interrumpa el plebeyo, que graceja;
      Que así nuestra piedad, por tan preciosa
    Obligación, socorre al afligido,
    Como naturaleza nos lo avisa...

El adversario más encarnizado y constante de las comedias y del teatro
de su tiempo, fué Cristóbal Suárez de Figueroa. Son muy escasas las
noticias biográficas que se han conservado de este conocido escritor,
autor de muchas obras en prosa y verso, y sólo se sabe que existía á
fines del siglo XVI y á principio del XVII, y que residió largo tiempo
en Italia. Sus críticas del drama español se encuentran, en parte, en su
obra titulada _Plaza universal de todas las ciencias_ (Madrid, 1615); en
parte, en la del _Pasajero, advertencias utilísimas á la vida humana_
(Madrid, 1617). En el primero de los libros citados dice que los poetas
cómicos de su tiempo no conocen las reglas del arte, ó que escriben, por
lo menos, como si las ignorasen. Su única guía es el gusto del público
español, al cual no convienen las fábulas de Terencio y de Plauto, y á
cuyo capricho han de ajustarse las comedias, originándose de aquí que
ministren al público un alimento ponzoñoso y escriban farsas que
carecen casi en absoluto de fondo, de moral y de buen estilo, para que
el auditorio, por vía de pasatiempo, se solace tres ó cuatro horas sin
sacar utilidad alguna de este divertimiento. Según su opinión, esos
poetas modernos no quieren convencerse de que, para imitar á los
antiguos, han de adornar sus escritos con sentencias morales y con
enseñanzas para la vida, deberes de los más propios del buen autor
cómico, aunque su objeto principal sea mover la risa; al contrario, los
escritores de comedias hacen escaso alarde de su buen gusto, y
demuestran lo limitado de su instrucción literaria, desenvolviendo sus
planes sin orden ni regla alguna y sin otra norma que su capricho, y
siendo ésta la causa de que, gentes que apenas saben leer, como el
sastre de Toledo, el pañero de Sevilla y otros estúpidos é ignorantes
personajes del mismo jaez, se atrevan á escribir comedias. Añade que la
consecuencia de este estado deplorable de cosas, es que se representen
en los teatros comedias escandalosas, plagadas de conversaciones
obscenas y de pensamientos vulgares, de inconveniencias y de faltas
contra la verosimilitud. De aquí también proviene que ni á Príncipes ni
á Reinas se respete como merecen, ofreciéndolos en situaciones harto
libres y poco dignas, y poniendo en sus labios palabras nada conformes
con la moral ni con su rango; los criados hablan sin temor, las
doncellas sin vergüenza, los ancianos con cinismo, etc.

Más prolijo se muestra Figueroa al escribir sus ideas sobre esta materia
en su _Pasajero_, pareciéndonos tan importante su opinión acerca del
teatro español en cuanto se refiere á su carácter esencial, que nos
vemos obligados á insertar sus palabras, curiosas en más de un concepto.
La discusión se presenta en forma de diálogo. (El _Pasajero_, folio 103,
alivio 3.º)

»DON LUIS. En la fiesta passada deprendí el modo de componer un libro:
faltame por saber aora el estilo que tengo de seguir en la Comedia.

»DOCTOR. Esse punto nos diera en que entender, si el arte tuviera lugar
en este siglo. Plauto y Terencio fueran, si vivieran oy, la burla de los
teatros, el escarnio de la plebe, por aver introduzido quien presume
saber más[55], cierto genero de farsa menos culta que gananciosa.
Sucesso de veinte y quatro horas, ó quando mucho de tres dias, avia de
ser el argumento de cualquier Comedia, en quiē assentara mejor
propiedad y virisimilitud. Introduzianse personas ciudadanas: esto es,
comunes: no Reyes ni Principes, con quien se evitan las burlas por el
decoro que se les deve. Aora consta la Comedia (ó sea como quieren
representación), de cierta miscelanea, donde se halla de todo. Graceja
el lacayo con el señor, teniendo por donaire la desverguenza. Pierdese
el respeto á la honestidad, y rompen las leyes de buenas costumbres el
mal exemplo, la temeridad, la descortesía. Como cuestan tan poco
estudio, hazen muchos muchas, sobrando siempre animo para mas, á los mas
timidos. Alli como gozques gruñen por invidia, ladran por odio, y
muerden por venganza. Todo charla, paja todo, sin nervio, sin ciencia ni
erudicion. Sean los escritos hidalgos; esto es, de mas calidad que
cantidad, que no consiste la opinion de sabio en lo mucho, sino en lo
bueno.

»Dos caminos tendreis por donde endereçar los passos comicos en materia
de trazas. Al uno llaman Comedia de cuerpo, al otro de ingenio, ó sea de
capa y espada. En las de cuerpo, que (sin las de Reyes de Ungria, ó
Principes de Transilvania) suelen ser de vidas de Santos, intervienen
varias tramoyas, ó aparencias: singulares añagazas, para que reincida el
poblacho tres y cuatro vezes, con crecido provecho del Autor. El que
publica con acierto esto, que con propiedad se puede llamar Espanta
villanos, consigue entero credito de buen convocador, yendose poco á
poco estimando, y premiando sus papeles. Ponense las niñezes del santo
en primer lugar: luego sus virtuosas acciones, y en la ultima jornada
sus milagros y muerte, con que la comedia viene á cobrar la perfecion
q̄ entre ellos se requiere.

»DON LUIS. La materia es bonissima para principiantes: pues aunque se
yerre la traza, y aya descuido en las coplas, no osaran perder el
respeto al Santo con gritarla, siendo forzoso tener paciencia hasta el
fin.

»DOCTOR. ¿Como paciencia? Dios os libre de la furia mosqueteril, entre
quiē si no agrada lo que representa, no ay cosa segura, sea divina, ó
profana. Pues la plebe de negro, no es menos peligrosa desde sus bancos,
ó gradas ni menos bastecida de instrumētos para el estorvo de la
comedia, y su regodeo. Ay de aquella, cuyo aplauso nace de carracas,
cenzerros, ginebras, silvatos, campanillas, zapadores, tablillas de san
Lazaro[56]; y sobre todo de vozes y silvos incessables. Todos estos
generos de musica infernal resonaron no ha mucho en cierta farsa,
llegando la desverguenza á pedir que saliesse á baylar el Poeta, á
quien llamaban por su nombre.

»MAESTRO. ¿Es posible que huvo tan gran desorden? ¿Y que se consintió?
¿Tan mala fué? ¿De que tratava que tanta inquietud concitó en los
circunstantes?

»DOCTOR. No fue entendida ni tuvo nombre señalado, causa de prohijarse
muchos de donaire.

»Digo pues, que estas de cuerpo se suelen acertar mas facilmente. Sastre
conoci que entre diversas representaciones que compuso, duraron algunas
quinze ó veinte dias.

»ISIDRO. Esse fue el que llamaron de Toledo. Sin saber leer ni escribir,
yva haziendo coplas hasta por la calle, pidiendo á Boticarios, y á
otros, donde avia tintero y pluma, se las notassen en papelitos[57].

»DOCTOR. Con tal exemplo bien podiā deshazer la rueda de su inchazon
los pavones comicos, considerando quan poco especulativa sea su
ocupacion, pues la alcanzan sugetos tan materiales, ingenios tan
idiotas. Soy por esso de opinion, sea lo que aveis de componer, de algun
varon señalado en virtud. Podreis escojerle á vuestro gusto, leyendo el
catalogo de los Santos, cuyas vidas escrivieron varios autores. Sobre
todo deveis advertir, no introduzgais en el teatro cosas en demasia
torpes, con fin de que ayan de resultar milagros dellas: porque como los
hombres prestan mas atencion á lo malo que á lo bueno, quedase mas
impreso en la memoria lo que se oyó de mejor gana; así en toda ocasion
es justo evitar lo indigno como escandaloso. El uso (antes abuso) admite
en las comedias de santidad algunos episodios de amores, menos honesto
de lo que fuera razon: no se de que utilidad sean, sino de estragar el
exemplo; y de hazer adulterino, y apocrifo lo verdadero. Aplicad toda
vigilancia en la seguridad de las tramóyas. Hanse visto desgracias en
algunas que alborotaron con risa el concurso: ó quebrandose, y cayendo
las figuras, ó parandose, y assiendose quando devian correr con mas
velozidad.

»DON LUIS. Ruegoos detēgais la vuestra en igual proposito. Assi
advertis las circunstancias, como si del todo estuvierades cierto de mi
gusto. Sabed, que es diferente del que suponeis, porque de ninguna forma
determino sea de Santo la que escriviere. Y si bien carecera del arte
terenciana, porque la ignoro, con todo quisiera no se hallara tan
distante de lo verisimil y propio, como es anteponer la historia á la
fabula, alma de la comedia. Puedē pues caer los avisos sobre igual
assunto, ahorrando los q̄ en razon del otro se os yran ofreciēdo:
ya que de aquellos, y no de estos me pienso valer.

»DOCTOR. Alegrado me aveis con el acertado medio de vuestra inclinacion.
Eligis la parte mejor para la comedia, ques la fabula. Quiere Horacio,
aya en qualquier obra un cuerpo solo cōpuesto de partes verisimiles.
Conviene para q̄ sea uno, tenga un contexto perfecto y cabal de cosas
imitadas y fingidas. Ser uno el sujeto, y la materia q̄ se trata, haze
q̄ la fabula sea tambien otra. Por uno se entenderá lo que no está
mezclado, ni cōpuesto de cosas diversas, q̄ aūque se forma este
cuerpo de muchas partes, deven todas mirar á un blanco, y estar entre si
tan unidas, que de la una verisimil, ó necesariamente se siga la otra.
Pues con la precedencia desto sabreis ser la comedia imitacion Dramatica
de una entera y justa accion, humilde y suave; q̄ por medio de
pasatiempo y risa limpia el alma de vicios. Ser imitacion, consta de que
no seria poesia, si esta le faltasse. Que sea Dramatica, vése claro:
porq̄ el Comico nunca habla por si, sino introduze otros que hablen: y
esso suena esta palabra. La accion conservando su unidad, no ha de ser
simple, sino cōpuesta de otras acessorias, q̄ llaman episodios.
Devēse ingerir en la principal de tal manera, que juntas miren á un
mismo blanco, y q̄ con la mas digna se terminē todas. Ha de ser
entera; esto es, que conste de principio, medio y fin. Justo, quanto á
conveniente grandeza. Humilde, quāto á la accion, siendo los q̄
constituyen la fabula Comica plebeyos, o quādo mucho ciudadanos, en
que tambien puedē entrar soldados: por manera, que si los que se
introduzen son gente comun, forçosamente ha de ser el lenguage familiar,
mas en verso por la suavidad con que deleita. De aquí se infiere
(escriue un Gramatico) ser error poner en la fabula hechos de
principales, por no poder induzir risa, pues forzosamente ha de proceder
de hombres humildes. Los sucessos, porfias, y contiendas destos mueven
contento en los oyentes: no assi en las reyertas de nobles. Si un
Principe es burlado, luego se agravia y ofende. La ofensa pide venganza,
la venganza causa alborotos y fines desastrados: con que se viene á
entrar en la jurisdiccion del Tragico. Siendo, pues, este el fin de la
comedia, su materia sera todo acontecimiento apto y bueno para mover á
risa. No puede el Comico abrazar mas que una accion de una persona
fatal: persona fatal se llama la a quien principalmente mira la comedia.
Las otras que la acompañan para ornamento y extension, aveis de procurar
vayan asidas con lazos de lo verisimil, possible y necessario.

»Deseo desembarazarme con brevedad; por esso voy saltando velozmente,
tocando aquí y alli de passo, sin detenerme como debiera en muchos
requisitos. En razon de costumbres, se devē considerar las
condiciones y propiedades de personas y naciones. Holgara se hallaran en
vulgar comedias tan bien escritas, que os ministraran exemplo para
cualquiera de las personas que se suelen introduzir, por no remitiros á
las de Terencio y Plauto. Mas será forçoso os valgais en esta parte de
vuestro buen juicio y cortesania, dando á cada uno el lenguaje y afecto
conforme á la edad y ministerio, sin guiaros por las que representan en
essos teatros, de quien casi todas son hechas contra razon, contra
naturaleza y arte. Conviene rastrear las calidades de las naciones, para
que se haga dellas verdadera imitaciō. Caminan las costumbres con la
naturaleza del lugar, produziēdo varios Payses varias naturalezas de
hōbres. En una misma naciō las suele aver diferentes, segun la
variedad de los Climas.

»Fuera de la Tragedia, á quien mas sirven las sentencias, es la
comedia. Como esta mira principalmente á las costumbres, y es un espejo
de la vida humana, valese dellas a este fin en muchas ocasiones.
Pondreis cuydado, en que no las diga qualquiera de las personas, sino
gente docta y esperta. Las partes cuātitativas de la Poesia Scenica,
son Prologo, Proposicion, Aumento y Mutacion. Sirve el Prologo para
preparar el animo de los oyentes, a que tengan atencion y silencio: o
para defēder al autor de alguna calumnia, de algunas faltas que le
murmuran, ó para explicar algunas cosas intrincadas, que podrian impedir
la noticia de la fabula. En las farsas que comunmente se representan,
han quitado ya esta parte que llamaran Loa. Y segun lo poco q̄ servia,
y quan fuera de proposito era su tenor, anduvieron acertados. Salia un
farandulero, y despues de pintar largamente una nave cō borrasca, o
la disposicion de un exercito, su acometer y pelear, cōcluia con
pedir atencion y silencio, sin inferirse por ningun caso de lo uno lo
otro. Alegase tambiē ser el prologo narrativo cōtrario á la
suspension, requisito para el comun agrado no poco essencial. En la
proposicion, o primer acto, se entabla el argumento de la comedia. En el
aumento, o segundo, crece con diversos enredos y acaecimientos quanto
puede ser. En la mutacion o tercero, se desata el ñudo de la fabula con
que da fin. Estos tres actos dividē otros en cinco, y qualquiera, en
cinco scenas, y tal vez mas o menos. La persona que representa, no deve
salir al teatro mas que cinco veces. Tampoco han de hablar juntamente
mas que cinco personas. Horacio no consiente sino tres, o quando mucho
quatro. Observaron los Comicos con la experiencia, ser confusion todo lo
que no fuere hablar quatro o cinco.

»Los Italianos usan en la Comedia versos sueltos, ya enteros, ya rotos;
mas, a mi ver, nuestras redondillas son las mas aptas que se pueden
hallar, por ser de verso tan suave como el Toscano, si bien respeto de
su brevedad, recibe poco ornato. Sō pocas assi mismo las
consonancias: lo que no sucede en octava, ó estancia de cancion.

«Conozco, se pudiera aver escusado este advertimiēto, por componerse
oy las farsas en todo genero de verso, mas fue forçoso proponer lo
mejor. Sobre todo os ruego escuseis la borra de muchos romances, porq̄
tal vez vi comenzar y concluir con uno la primera jornada.

»DON LUIS. Por cierto q̄ aveis andado riguroso legislador de la
Comedia. Gentil quebradero de cabeza: en diez años no aprendiera yo el
arte con q̄ dezis se deve escrivir; y despues sabe Dios, si fuera mi
obra aquel parto ridiculo del Poeta: o algun nublado q̄ despidiera
piedras y silvos. Lo que piēso hazer es seguir las pisadas de los
cuyas representaciones adquirieron aplauso, escrivanse como se
escrivierē. Sacarè al tablado una dama y un galā, este con su
lacayo gracioso, y aquella con su criada que le sirva de requiebro. No
me podra faltar un amigo del enamorado que tenga una hermana con q̄
dar zelos en ocasiō de riñas. Harè que venga un soldado de Italia, y
se enamore de la señora q̄ haze el primer papel. Por dar picō al
querido, favorecera en publico al recién llegado. En viendolo, vomitarà
braburas de zelozo. Andaran las quexas con el amigo, y pondrele en punto
de perder el seso; y aun quiza le rematarè del todo, de forma que diga
sentencias amorosas á su propósito, y aquí por ningun caso se podrá
escusar un desafio. Al sacar las espadas los meterán en paz los que los
van siguiendo, avisados del lacayo, que se deshara con muestras de
valentias covardes. El padre del ofendido hara diligēcias por
divertirle de aquella afizion, que aunque muy hōrada ha de ser pobre
la querida. Para esto tratarà casarle cō la hermana del amigo: y
efetuarase el desposorio sin comunicarle cō las partes; no mas que
dando noticia con algunas vislumbres, bastantes para que lo lleguen á
saber los interesados. En tiempo de tantas veras quitarāse los
amantes las mascaras, y descubrirā ser fingido el favor hecho al
forastero. Assi quando entiendan los padres tener ya conclusion el
matrimonio tratado, remaneceran casados los que riñeran. El padre tomarà
el cielo cō las manos, mas al fin se aplacará con ruegos de los
circunstantes. Convendra pues aora consolar á los que intervinieron en
la representaciō, desta manera. Descubrirase ser el soldado hermano
del novio, que desde muy pequeño se fue a la guerra. Harāse grandes
alegrias; y este se juntarà en matrimonio cō la hermana del amigo;
digamos, con la q̄ ha de ser repudiada. Inhumanidad seria, que estos
gozosos por tales acontecimientos, careciessen de una hermana, con quien
poder acomodar al amigo. Pues el gracioso y la criada de suyo se estan
casados: cō esto acabarā la comedia.

»MAESTRO. Gracia particular haveis tenido. En un geme de tierra sin
amonestaciones, quajastes quatro casamientos. Advertid cō todo, q̄
aveis dexado de introduzir una figura, no poco importāte, que es el
vegete, ó escudero, natural enemigo del lacayo.

»DON LUIS. Bueno fuera que se me quedara en el tintero tan donosa
circunstancia. Pondre particular cuidado en sacarle á menudo a motejarse
cō su cōtēdor. Preciarase el viejo de muy hidalgo, por cuyo
respeto, y por su mala catadura tēdra el gracioso larga materia para
los apodos; honrandole el escudero tābien con los títulos de
almohazador, de covarde y vinolento. Yo espero guisar todo esto de
manera que cause mucha delectacion y regozijo. En quanto al hablar,
gentil modo de meternos en pretina cō numero tan corto; si las
demādas ó respuestas passaran entre mas de quatro, ó cinco; si los
versos han de ser en quintillas, ó no. Ciento hare que hablen si fuere
menester, que al passo que subiere de punto la trapala, crecera en los
oyentes la cantidad de la risa. Cinco, o seis romances por ningū caso
los dexarè de poner: pues porque no cinquenta tercetos? Los sonetos no
seran mas que siete, colocados a trechos. En alguna descripciō no es
forçoso q̄ entre la magnificēcia de algunas octavas? Dexo por
ventura escusar diez, o veinte liras amorosas, y mas si las introduzgo
en soliloquios? Podré, aunq̄ quiera excluir el privilegio y comodidad
de las rimas sueltas?: con quien como con prosa, se explicā
facilmente qualquier concetos, libres de peligrosas cōsonancias? En
suma no me apartarè del estilo q̄ siguē todos. Sin duda teneis (si
bien no en virtud de muchos años) adquirido ya mucho de viejo
(perdonadme q̄ esto y mas permite la amistad) cuya condiciō de
buena gana vitupera las cosas presentes, alaba las passadas, y
reprehende con demasia á los mancebos. El mundo està ya aficionado á
este genero de composicion: con el se solaza y rie: que podemos hazer
los pocos contra tantos? Será bien arrimar el pecho á tan furioso raudal
de gustos.

»DOCTOR. No por cierto, sino dexarse llevar de la corriente. Mas siendo
esta vuestra intenzion; para que hazerme gastar tiempo y palabras en lo
de que no os puede resultar provecho, por no usarlo? Alla os lo aved,
que de mi parte cumpli con rendirme á vuestra instancia, dando
satisfacion á las apariencias de vuestro gusto.

»Demos pues que ya esta comedia se halla escrita con arte, o sin el, que
forma observareys para que consiga su fin, que es el de la
representacion?

»DON LUIS. Tambien quereis dificultarme cosa tan facil. Haré llamar un
Autor de los mejores que huuiere en la Corte; y darele a entender el
estudio y trabajo que gasté en la presente comedia. Acometerele con
algunos assomos de lisonja, que hasta con semejantes será importante
medio para negociar bien. Alabarele su compañia. Direle quan bien
recebida se halla; y por este y otros caminos ire disponiendo su
voluntad. Antes de desembaynar el papel, significaré lo que confio de su
buen juyzio y conocimiento, causa de haverme determinado á darle este
primer trabajo, este amado y unico hijo de mi entendimiento.

»MAESTRO. Por lo menos no será muy sabroso manjar el que pide tanto
saynete. Introducion con tan larga arenga fuera para mi sospechosa.

»DOCTOR. Y por ventura señor Maestro, mandan nisperos los Priores de la
farsa? Tan necesarios son de semejantes juegos como quantos ay. Apenas
formará tales concetos nuestro primerizo, quando como platicos fulleros
le irán mirando a las manos, ponderando las palabras, y el fin con que
las dexare caer. Mas no es bien passar adelante sin alguna oposicion.
Haced cuenta, que como Catedratico os poneis al poste; y va de
argumento. Dezidme, quien os assegura que ningun Autor ha de ir a casa
de Poeta incognito? Engañado vivis. Quiera Dios, que aun entrandoos por
la suya, seays admitido, y que os toque vez tras muchos dias de
pretenzion y agasajo. Esto mi Rey, no es componer comedias con arte,
sino referir los estrechos por donde aveis de passar forçosamente; y asi
concededme tantica atencion, y no os de pesadumbre lo que oyeredes. No
ay en esta vida trance tan penoso como es la primera introducion y
noviciado de un poetilla Comico. Los professores de esta mala secta, o
son libres y determinados, o timidos y vergonzosos. Demos que la
insolencia de los primeros no aya menester valedores, sino que ellos
proprio motu se aparecen como Santelmo en la congregacion farseril.
Suele el más alentado proponer al Autor, le quiere leer una comedia la
mas famosa que jamas se presentó en teatro. Dize bellezas de la traza,
sublima las apariencias, encarama los versos, y sube de punto los passos
mas apretados de risa: y quierā, o no las circunstantes, comienza con
abultada voz, y peregrino aliēto a publicar su encarecido papel.
Advierte con grande pūtualidad las entradas y salidas, y
particularmente las diferēcias de trages. Entre otras cosas no da
lugar a q̄ la vayan loando segun la va leyendo; sino quando le parece
menudea las alabanzas con todo genero de exageraciones. Bañanse entanto
los oyentes, como dizen, en agua rosada; pisanse los pies, danse
codazos, y riyendose con demasía de la figura, piensa el relator nace
aquel excesso de risa de la graciosidad de sus dichos, y aumenta con la
propia notablemente la agena. Algunos ay contra quien no bastan escusas
de estorvos, porque con tan obstinada prosecucion llevan adelante su
letura, que ni por pensamiento la desamparan un punto hasta llegar al
Laus Deo[58]. Finalmente tras rendir al trabajo y sudor de sus
acciones, y razonado palabras generales, llenas de mentirosa alabança,
le entretienen dias y meses, y van dando siempre mas largas hasta que se
cansa el presumido pretendiente; si ya oliendo el poste, no se retira
antes que la dilacion no le solicite manifiesto desengaño. Esto quanto á
los que careciendo de todo empacho, se introduxeron sin ser llamados ni
escogidos. Siguense los vergonzosos, cuyo tormento viene á ser mucho
mayor, porque dura mas dias. Acuerdome aver visto rōdar á uno de
estos (y vale a nombrar) la casa de cierto Autor de la forma que suele
la de su dama el mas enternecido galan. Fenecen en sus principios sus
mayores osadías; porque apenas abre camino con la imaginacion para
entrar, quando le cierra y detiene la falta de conocimiento, la
estrañeza de la gente, y la dificultad del motivo que le lleva. Duran
estas irresoluciones tanto, que muchos por falta de valedor, no hazen
sino cōponer, y echar comedias al suelo del arca, con el ansia que
suele el avaro recojer y acumular doblones. Por esta causa se hallan
infinitos con muchas gruessas represadas, esperando se representarán
quando menos en el teatro de Josafat, donde por ningun caso les faltarán
oyentes[59]. Hallanse otros cō mas ventura, porque, o tienen amigos,
con quien poder desimular mejor los colores de la verguença, o son
allegados de algunos Principes, de cuya intercesion y autoridad se valen
para hacer un san Estevan al desdichado Autor.

»La primera clase procede cō mas suavidad. Entra el amigo siendo
garante de aquella desventura. Propone el ingenio del ahijado, celebra
la tersura de su escrivir, aunque apenas conocido hasta entonces. No
olvida la buena eleccion en los argumentos, y haziendole en lo rizo,
crespo y suave, un segundo Vega, pide se le señale hora para manifestar
las hazañas de su noble batallador. Dasele dia, y llegando el punto,
hallan el conclave bastecido de electores: por alegar el Autor no
poderse determinar á recibir nada sin el parecer de los compañeros.
Comienza, pues, el pobre corderillo á recitar su maraña en medio de
tanto lobo. Terribles son los actos publicos. ¡Como se cortan los brios,
como enmudecen las lenguas, y se estrechan los corazones en ellos!
¿Puedese considerar en el mundo gente tan idiota y que tanto yerre como
los farsantes? No, por cierto; pues hombres muy entendidos y cortesanos
se burlan en su presencia, y apenas tiene animo para articular las
vozes. Al fin se va prosiguiendo poco á poco; y si es obra que con
cercenar y añadir puede tener salida, vanle haziendo sus cotas á la
margen: mas si es rematada del todo, leida la primera, ó quando mucho
segunda jornada, dan por visto lo que resta, y despiden; ó por el
respeto que se deve al introductor, alegran al novato con dezir la
hizieran con mucho gusto si no les faltara tiempo para estudiarla. Que
sienten el averse de ir presto; mas que se pueden dar muchos parabienes
al Autor que la recibiere, por aver de ganar de comer con ella
largamente. Animanle tras esto á que no desampare la pluma; que es
lastima no honre sin cesar los teatros con la agudeza de su ingenio.
Suenanle suavisimamente al engañado estas lisonjas, y en su conformidad
publica lo que bien parecio á todos sus comedias, y que solo por aver de
partir con brevedad los Farsantes no la ponen y estudian. Asi se anda de
Autor en Autor, moliendo á los amigos, aunque algunos á la primer
embarcacion descubren el baxio, y escapan, poniendo escusas. Los que se
amparan de los Señores, consiguen por lo menos la primera vez su
intencion; porque como el ruego del poderoso es mandato, obedecen sin
replica, preparandose con paciencia para la furiosa ventisca que
aguardan. En tanto, es de ver la solicitud y satisfaccion con que acude
á los ensayos el que ha de ser causa de su perdicion y apedreo.
Rebientan por dezirle que es un impertinente, un tonto, y en fin, un
mal poeta, mas enfrenalos al punto el temor de la imaginada cicatriz en
el rostro, ó la memoria tremenda del bosque trasladado á sus espaldas.
En suma, puestos en la ocasion del padecer, mueven con las recientes
heridas á conmiseracion al propio imperante. Llegan, pues, á sentir con
exceso los intercesores sufran por su causa los míseros aquella
persecucion, aquel naufragio; en virtud de quien quedan essentos y
libres en lo porvenir: pues no hay coraçones tan de bronze que les mande
entrar en otro, presente el escarmiento de lo passado. Segun esto, no es
aproposito la moneda que corre en el gasto de las comedias? No pueden
tantas dificultades quitar los impulsos de escrivir al mismo Apolo? Ved
si tengo razon en procurar borraros del pensamiento esta ocupacion, de
quien ultimamente se viene á sacar no mas que cumplidissimo disgusto.
Supongamos salga en todo acertada la comedia: que agrade la maraña; que
deleyte el verla; que regozije la graciosidad, solo con un tibio buena
es, queda satisfecho el trabajo: y este no de todas lenguas, por que es
casi imposible agradar á tantos y tan diversos caprichos. Juzgo,
considerado lo que apunté, por imprudencia exponer á riesgo evidente las
cosas de opinion, de suyo tan vidriosas y tan faciles de peligrar.

»DON LUIS. Batis, como se suele dezir, en hierro frio, pesse esta vez el
artificio cortesano. Yo he de vencer, si puedo, esta fantasma que la
llaman temor. Quiero arrojarme á lo que en otros tienen hecho tanto
hábito que en ocho dias y en menos despachan la farsa mas dificil.

»DOCTOR. Sea en buena hora: dad efecto á vuestra voluntad, que desde hoy
no hallará contradiccion en la mia. Pesame de averos tan importunamente
persuadido lo que os estava bien. Podra ser suspireis algun dia por la
falta de recuerdos. Ay dolor como ser señalado y corrido, quando el
negocio no sucede á medida del deseo? Querria entonces aver nacido el
que como potro desbocado solicitó su ruina, guiado de su antojo
indomable? Prodigioso afecto es, sin duda, el de la Poesia. Tan asido
esta al alma, que antes parte ella del Cuerpo, que el desampare el
coraçon.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

»Dízese del amor engendrarse en el alma de un solo mirar. Nace, y es al
principio como niño pequeño, tierno y suave. Crece poco á poco hasta
cobrar estatura y fuerça de gigante, para perdicion de quien le
engendró. Tal es el estilo de qualquera inclinacion. Comiença de
burlas, por divertirse, por entretenerse. Vasele cobrando aficion,
internase en la voluntad: hazese fuerte, y al fin echa en ella tan
hondas raices, que sugeta del todo el alvedrio, faltando brios al dueño
para eximirse de su violencia. Hareis una comedia: representarase con
aplauso, ó no tendra lugar en el teatro. Si fue bien recibida quien
dexará de assegundar? Si halló disfavor, quien no se apercibe para la
enmienda, para la mejoria? De suerte que por un camino, ó por el otro,
no podreis escapar de perpetuo Farsero; perdonad el equivocarme, de
perpetuo Autor de farsas quise dezir; que no puede aver mayor desdicha
que serlo. Conviertese esta Quaresma, ó aquella la pecadora mas
pertinaz, que la mueven al cabo los asombros de su condenacion: mas
acaso aveis visto reduzido algun poeta? Aveisle visto removido un
instante de su obstinacion? En todas edades es molestado deste gusanillo
roedor de la poesia: muchacho, mancebo, varon, viejo, decrepito; al
amanecer, á medio dia, á la tarde, á la noche, todo es versificar; todo
es romances, sonetos, decimas, liras, octavas, etcétera...»

Hasta aquí Suárez de Figueroa; pero sus advertencias, como es de
presumir, fueron vanas.

La afición á escribir comedias crecía más cada día; el número de los
nuevos poetas dramáticos se aumentaba de año en año, y los más
intentaban rivalizar en fecundidad con Lope de Vega. No es posible negar
que la inundación, siempre mayor, de obras dramáticas, que invadía al
teatro español, arrastraba consigo muchas composiciones medianas; pero
también se puede afirmar, que, hasta los dramas peores de esta época, no
fueron nunca tan defectuosos como el conjunto de las obras dramáticas de
casi todas las demás naciones. Reinaba en la España de ese tiempo una
inspiración poética especial, que se extendía desde los autores más
distinguidos á los más inferiores, haciéndolos partícipes de brillantes
cualidades, de las cuales quizás hubieran carecido en circunstancias
menos favorables, por cuyo motivo no es fácil encontrar una obra
dramática del tiempo de Lope ó de Calderón, en que no aparezca alguna
buena propiedad, alguna invención feliz, algún rasgo brillante de
imaginación, ó por lo menos un estilo poético sobresaliente. Entre todos
ellos hubo algunos, que, señalados como poetas de primer orden,
atravesaron así los siglos y serán llamados tales por todas las
generaciones futuras, y otros, que, con facultades más limitadas,
escribieron, sin embargo, algunas obras muy notables, que les han
asegurado para siempre gloria duradera. Daremos, pues, á conocer estos
poetas dramáticos españoles más famosos, y comenzaremos por aquéllos que
llegaron á la cúspide de su arte, en el tiempo en que vivía Lope de
Vega.



CAPÍTULO XXIV.

     Diego Jiménez de Enciso.--Juan Pérez de Montalván.


Diego Jiménez de Enciso, poeta, que no se debe confundir con Bartolomé
de Enciso, algo posterior, era natural de Sevilla. Nada particular puede
decirse de su vida[60]. Como ya se le menciona en la obra de Antonio
Navarro, antes citada, así como en el _Viaje al Parnaso_, su nacimiento
debió ocurrir, lo más tarde, en el último tercio del siglo XVI; sin
embargo, hubo de escribir para el teatro ya adelantado el XVII, porque
su nombre se lee en la gran colección de _Comedias escogidas_, cuyo
primer volumen apareció en 1652, y por cierto con frecuencia, debiendo
advertirse, que, con pocas excepciones, las que se enumeran en esa
compilación pertenecen siempre á poetas existentes. El número de sus
obras dramáticas no es muy considerable, si hemos de atenernos á las que
se conservan, pero hay algunas, entre ellas, que exigen de nuestra parte
la mayor atención[61].

Enciso, entre todos los poetas dramáticos, es el que más sobresale por
su pintura de caracteres. Penetra, en virtud de la observación más
perspicaz, en lo más íntimo del alma de sus personajes, para descubrir
en ella la causa de sus debilidades y de sus virtudes; las espía, por
decirlo así, en las variaciones más secretas de la vida de su espíritu,
y presenta al espectador, con tanto esmero como prolijidad, sus
observaciones psicológicas. Otros poetas dramáticos españoles, á la
verdad, se han propuesto también trazar la pintura de caracteres, pero
son muy contados los que, como Enciso, lo han hecho con tanta constancia
y con tanta claridad y relieve.

Esta prenda especial de nuestro autor resplandece, sobre todo, en los
dos dramas suyos titulados _El príncipe Don Carlos_ y _La mayor hazaña
de Carlos V_, dos grandiosos y verdaderos cuadros históricos, de los más
nobles y dignos. En el primero, con rasgos escasos y decisivos, se
diseñan con el más vivo individualismo los caracteres de Felipe II y del
príncipe Don Carlos. El del Rey, sin duda, está trazado con alguna
parcialidad en su favor y adornado de una dignidad, contraria á la
verdad histórica; pero si se prescinde de esta circunstancia, por otra
parte muy excusable en un español del siglo XVII, en lo demás es obra de
mano maestra. El Príncipe aparece (muy diverso del Don Carlos soñado por
la desarreglada fantasía de la época moderna, aunque más conforme con
los datos históricos) como un libertino caprichoso y arrogante, como un
tirano de todos sus súbditos, cuya muerte, antes de ceñirse la corona,
debe considerarse como una verdadera dicha para España. En la exposición
de su carácter licencioso se observan muchas anécdotas y rasgos de su
vida, transmitidas, al parecer, por la tradición, que ha aprovechado el
escritor para derramar nueva y más interesante luz acerca de la índole
del último. No nos es posible hacernos cargo de cada una de estas
particularidades, limitándonos sólo á indicar el desarrollo de la
acción.

Don Carlos, que se cree cohibido al lado de su padre y esclavizado por
él, y con el auxilio de un flamenco llamado Mons de Monteni, ha formado
el plan de escaparse á Flandes y ponerse al frente de los rebeldes.
Mientras espera ocasión favorable para realizar su propósito, se
abandona á los excesos más indignos, que ya desde antes le halagaron, y
que han sido la causa principal de la pérdida de su salud. Ha concebido
una pasión violenta por la bella Doña Violante; pero ésta, prometida á
otro, rechaza con desprecio sus proposiciones, induciéndole á emplear la
fuerza para conseguir el logro de sus deseos. Esta bella joven viene por
engaño á la habitación del Príncipe, en la cual, al penetrar en ella, se
ve envuelta sola en la más profunda obscuridad, puesto que Don Carlos,
por otro motivo, no puede encontrarse á su lado; comienza á temer alguna
asechanza y busca una salida, llena de desesperación; oye á lo lejos los
ayes inquietos y los suspiros de un moribundo, que aumentan más su
horror, y por último, consigue escaparse. Poco después viene el
Príncipe, lisonjeándose de encontrar á su amada, y entregarse á sus
apetecidos y risueños devaneos. Después de varias tentativas
infructuosas se traslada á otra habitación de Palacio, en la cual cree
ver una forma que, en cuanto las tinieblas lo permiten, se le antoja ser
Doña Violante, y en este momento se presentan criados con antorchas, y
el Príncipe, en vez de encontrarse en presencia de su codiciada beldad,
contempla ante sí, ahogado y cadáver, á su cómplice Mons de Monteni.
Esta escena es, á la verdad, lo que se llama un golpe teatral; pero
también, sin disputa, de extraordinario efecto. El muerto lleva un papel
en la mano, en el cual se expresa la causa de su suplicio, y además un
aviso para el Príncipe. La ira contenida de Don Carlos se exhala
entonces sin freno; intenta matar al duque de Alba, que le es
profundamente antipático por el favor que el Rey le dispensa, y su
padre, sin embargo, en vez de mostrarse con él justiciero, lo exhorta y
aconseja blandamente, hasta que al fin se ve obligado á aprisionarlo
para evitar nuevos y mayores delitos. En la cárcel, y agobiado por sus
pasiones, se ostenta en toda su plenitud el carácter del Príncipe, y
mientras que, ya arrastrado por la ira, ya por el dolor ó el
arrepentimiento, yace en su lecho, se le aparece una figura, que es su
propio retrato, pero con rostro cadavérico, con una corona hecha pedazos
en las manos y profetizándole su próximo fin. Al mismo tiempo se oye un
coro celestial que le anuncia, que la justicia divina lo ha condenado á
perder la vida y el trono, escena, por cierto, de la más sublime poesía.
Don Carlos se queda como anonadado; el Rey llega corriendo, y asiste á
los últimos instantes de su hijo, á quien llora con ternura paternal á
pesar de sus extravíos.

El drama histórico _La mayor hazaña de Carlos V_, que trata de su
abdicación y de su vida y muerte en el monasterio de Yuste, en nada es
inferior al ya citado, y comprende escenas, cuya grandeza, cuyo brillo y
espléndido colorido, no fueron nunca superados. Sobresale en este drama
el carácter del Emperador, magistralmente diseñado, y junto á él el
retrato seductor, por la verdad y lozanía de sus rasgos, del joven Don
Juan de Austria.

Las restantes obras de Enciso, que conocemos, como _El gran duque de
Florencia, Juan Latino_, etc., aunque se distingan por muchas bellezas
análogas á las mencionadas, no pueden, sin embargo, á nuestro juicio,
compararse con las dos anteriores.

Juan Pérez de Montalbán era hijo de un librero de Madrid, en donde nació
en el año de 1602[62]. Parece que, desde su juventud, fué
particularmente favorecido por Lope de Vega, y que vivía en el seno de
su familia como si en realidad perteneciese á ella. La protección del
gran poeta hubo, sin duda, de ayudarle mucho, cuando á los diez y siete
años de edad principió á escribir para el teatro; sus primeros ensayos
fueron alabados, consagrándose á su vocación con tal celo, que, durante
el espacio comprendido entre 1619 y 1638, se habían representado ya cien
comedias suyas[63]. A los treinta y tres años entró en el estado
eclesiástico, y poco después fué nombrado notario apostólico de la
Inquisición. Además de sus comedias, escribió otras diversas obras,
especialmente una colección de novelas, que se leyeron mucho en su
tiempo, y un libro singular, que se tituló _El paratodos_, y que era una
miscelánea de cuentos, comedias, autos, tratados morales y religiosos,
etc.[64]. El público acogía con el mayor favor casi todas sus obras, y
así lo demuestran las muchas ediciones que se han hecho de ellas, aunque
no por eso se viese libre de disgustos en su carrera literaria,
teniendo adversarios encarnizados, no escasos en número, y de notoria y
brillante reputación. El más implacable de todos fué el célebre D.
Francisco de Quevedo y Villegas[65], que publicó un libelo contra el Dr.
Juan Pérez de Montalbán, graduado no se sabe en dónde ni en qué
facultad. En él maltrata al pobre doctor sin compasión; dice que vive
con los retazos de las comedias de Lope de Vega, y que se hizo sacerdote
para plagiar en todo á su modelo; que se ha engalanado con el título de
doctor para que lo confundan con Mira de Mescua, y que ha robado una
comedia entera á Villaizán. Califica al _Paratodos_ de galimatías de
todas las cosas posibles, y añade que es menos un libro que un coche que
corre de Alcalá á Madrid, en donde viajan apretados unos con otros
gentes de toda edad y condición. Su censura es aún más sangrienta al
hablar de las dos comedias suyas _De un castigo dos venganzas_ y _El
segundo Séneca_, y de su auto _El polifemo_. A la conclusión de este
escrito, después de llamarle Sr. Dr. Montalbán, le dice que todos los
hombres son mortales, y que los poetas cómicos, sólo por serlo, se
exponen á ver silbadas sus comedias, y cuando en una representación, en
que hay muchos cambios de decoraciones, salen éstas mal por culpa del
tramoyista, el silbado es él y no el poeta. Dícele, además, que no
califique los silbidos como signo de desagrado, sino, al contrario, como
señal de la alegría de los espectadores, que recibieron á su comedia
como se recibe á los toros en la plaza, aunque el autor, lleno de
confianza en su habilidad para escribir, nunca habría imaginado que
podrían escribirse tales comedias taurinas, destinadas á morir entre
gritos, siseos y silbidos. Dice también que ya él presintió alguna
desgracia viendo las muchas tablas que se traían para el juego de la
tramoya, haciéndole acordarse de las barreras de la plaza, y que el
público se consolaría al cabo si la representación de una comedia
terminaba en corrida de toros. Hubiera convenido, á su juicio, que
Montalbán en su comedia no emplease trompeta ni clarines, constándole
perfectamente que con ellas se da la señal para desjarretar al toro. Las
mujeres fueron las primeras que comenzaron á silbar. Los mosqueteros,
excitados por ellas, descargaron también sus armas, y por consiguiente,
la comedia murió como un toro, entre siseos y silbidos, ó entre
arcabuzazos, como soldado valiente, pareciendo aquello una sublevación
popular, cuyos caudillos eran mujeres. Concluye exhortándole, no á que
cuide de su salud, sino de su razón, porque esta última, después de tal
fracaso, es la que corre más peligro.

Nuestro poeta murió en el año de 1638. Seis meses antes, probablemente á
consecuencia de trabajos excesivos, tuvo la desgracia de perder el
juicio. Su temprana muerte fué muy sentida, y así consta de una
colección de elegías, compuestas con este motivo por los más célebres
poetas españoles[66].

Montalbán, como dramático, tuvo mucha fama, y ha sido célebre en España
hasta la época actual. Esta distinción, de que ha sido objeto, no parece
enteramente justa, si se reflexiona que otros autores de más mérito han
sido casi olvidados. Los dramas de Montalbán tienen, sin duda, sus
bellezas, pero no suficientes, ni por su importancia ni por su brillo,
para que se le señale el primer rango en este género literario.
Participan, es cierto, en más ó en menos de las buenas cualidades,
propias de las obras maestras del período más floreciente del teatro
español, pero no se distinguen tampoco por ninguna dote característica
que les sea peculiar. Se echa de menos en ellas una inspiración poética
enérgica y poderosa, que se apodere del alma y la arrastre consigo sin
hacer resistencia, y el sello victorioso del genio que manda y obliga, y
no aconseja ni persuade. El talento de este autor no era original, ni
vigoroso lo bastante para crearse una esfera de acción, en la cual, como
en territorio suyo, reinase sin obstáculos; al contrario, se dejaba
influir, ya de éste, ya del otro motivo, y de aquí que sus escritos
recuerden siempre, y no en ventaja suya, modelos anteriores. Sus obras
no sobresalen por ningún rasgo característico individual, por ninguno, á
lo menos, digno de alabanza, y acaso no se pueda decir de ellas otra
cosa, sino que su propiedad más notable es la de una locuacidad insípida
é hinchada, por su estilo retórico y ostentoso y por su falta de fondo y
de vida.

El modelo, que se propone imitar casi siempre Montalbán, es
indudablemente Lope de Vega. ¡Ojalá lo hubiese hecho siempre con
formalidad y aplicación! ¡Ojalá que, conociendo plenamente las bellezas
de su maestro, hubiera intentado apropiárselas! ¡Ojalá, por último, que
hubiese trabajado con celo constante y prolijo esmero en perfeccionar
sus facultades personales, y en imprimir en sus obras, con la atención y
el empeño más sostenido, esa morbidez y plenitud artística que Lope de
Vega imprimía en las suyas sin pensarlo siquiera! Por desgracia, nada de
esto puede alabarse en Montalbán. Apreciaba, según parece, el mérito de
su gran maestro más por la cantidad que por la calidad de sus obras,
juzgando que para alcanzar, siquiera aproximadamente, su fama poética,
había de rivalizar con él en la velocidad del trabajo. Pero sólo era
dado al Monstruo de la Naturaleza el ser á un tiempo polígrafo y poeta
en el sentido más riguroso de la palabra, porque cualquiera otro que
creyera igualarlo sólo podría engendrar verdaderos absurdos dramáticos,
en cuyo caso se encuentra Montalbán y la mayor parte de sus obras. Hay,
sin duda, algo suyo con más títulos á nuestra estimación, aunque estos
trabajos, más meditados y hechos con mayor esmero, son excepcionales, y
seguramente no se comete con él ninguna injusticia cuando se sostiene
que, por lo general, escribe casi siempre á la ligera, sin concentrar en
sus obras todo su empeño y todas sus facultades, y sin sentido alguno de
la perfección artística. El fondo de la mayor parte de sus dramas
adolece de falta de solidez y de riqueza esencial, y consiste en una
serie de escenas diversas que, si bien encadenan la atención, carecen de
unidad y de objeto, por cuyo motivo la impresión total que hacen en el
ánimo es siempre superficial y floja. No hay que hablar, por tanto, de
lo que se llama verdadera composición poética; cuanto encuentra la pluma
del escritor de comedias en su rápida carrera ocupa lugar en la obra,
sin consideración alguna á su conveniencia ó inconveniencia con el
conjunto. Este defecto es muy grave, y jamás podrá censurarse como
merece, si se tiene en cuenta la dignidad de la poesía. El ingenio de
Montalbán claudicaba también por su escasa energía, y por consiguiente,
era incapaz de infundir animada vida en los objetos á que se aplicaba;
no podía profundizar nada, lo cual, juntamente con su escaso acierto
poético, le impedía elegir, entre los objetos que se le presentaban,
aquellos conceptos que deben llamar exclusivamente la atención del
poeta, y de aquí que lo trivial y lo insignificante sin belleza valgan
para él lo mismo que sus contrarios, y que, en vez de mostrar ingenio
verdadero y perspicaz, sólo nos ofrezca rasgos de frívola y vulgar
agudeza. Estas mismas faltas que señalamos en sus composiciones, se
observan también en su estilo pesado, y que se arrastra, al parecer, sin
entonación ni fuerzas, aunque se esfuerce vanamente en disfrazar ese
defecto de vigor y de fuego propio usando un lenguaje hinchado y lleno
de hojarasca.

Este juicio general, formado por la lectura de más de treinta comedias
de Montalbán, y sin detenernos á confirmarlo más prolijamente, basta,
sin duda, para nuestro objeto, no sólo por ser siempre harto
desagradable perder el tiempo examinando escritos de poco mérito, sino
también porque llamando nuestra atención otros muchos de valor literario
incomparable, es justo y sensato que le demos la preferencia debida.
Analizaremos, pues, por esta razón las comedias de Montalbán, que, sin
igualar por sus bellezas á las de otros poetas dramáticos españoles
superiores, se distinguen, sin embargo, de las demás, porque parece que
el autor se ha excedido á sí mismo, é indicaremos únicamente por su
nombre las menos importantes que, por cualquier causa, sean dignas de
mención.

En _Los amantes de Teruel_ desenvuelve un argumento, puesto antes en
escena por Andrés Rey de Artieda, y objeto también de los trabajos
dramáticos de Vicente Suárez y de un poeta anónimo, según consta del
tomo II de las comedias de Tirso de Molina. A nuestro parecer es la
mejor la comedia del anónimo, cuando se compara con las demás que han
tratado del mismo asunto; pero la más célebre ha sido la de Montalbán, y
la única que se ha conservado en el teatro. El suceso, que sirve de
fundamento á estos diversos dramas, ocurrió en la ciudad de Teruel, en
Aragón, en tiempo de Carlos V. Don Diego, mancebo noble, pero no rico,
ama tiernamente á Doña Isabel, hija del opulento Don Pedro, y es
correspondido de igual modo por ella; pero tiene por rival á Don
Fernando, protegido por el padre de la doncella, y que cuenta también
con el favor de Elena, sobrina de Don Pedro. Esta ama también á Don
Diego, y emplea todos sus artificios para apartarlo de su afición á
Isabel. Diego, después de muchas vacilaciones, se decide al cabo á pedir
á Don Pedro la mano de su hija; pero es rechazado al principio, si bien
logra al cabo, al expresar su pasión con el mayor calor y elocuencia,
que Don Pedro le prometa que Isabel será libre por espacio de tres años
y tres días, y que si durante este plazo consigue hacerse rico, ningún
obstáculo se opondrá á su deseado enlace con ella.

El noble mancebo entra en el servicio de las armas para buscar fortuna,
bajo las banderas de Carlos V; toma parte en la expedición á Túnez y en
las guerras de Italia, y aunque hace prodigios de valor, son mal
recompensadas sus hazañas, y la tristeza que le produce esta injusticia,
se aumenta todavía por la circunstancia de no recibir noticia ni carta
alguna de su amada. Cuando el plazo de los tres años está á punto de
espirar, y cuando se dispone á regresar á su patria tan pobre como la
dejara, el mismo Emperador le concede al fin la esperada recompensa.
Isabel, mientras tanto, no ha olvidado á su amante; pero todas las
cartas de ambos han sido sustraídas por la traidora Elena. Tan lejos
llega la perfidia de esta última, que soborna á un soldado, que ha
venido de Italia, para que difunda el falso rumor de la muerte de Diego.
Fernando, el antiguo pretendiente de Isabel, renueva entonces por este
motivo sus anteriores pretensiones, y aunque ella llora la pérdida de su
amante, se ve obligada, al espirar el plazo, á acceder á los deseos de
su padre y á dar su mano á Don Fernando. Celébranse, pues, las bodas, á
pesar de la pena profunda de la desposada. Regresa al mismo tiempo el
que se creía muerto; obstáculos insuperables han impedido su vuelta en
la época oportuna. Su primer entrevista es horrible: Diego, al verse
privado para siempre de su amada, se da la muerte, é Isabel, vencida por
la fuerza de su dolor, cae moribunda al lado del cadáver de su primer
amor, diciendo en sus últimas palabras que sólo él es su verdadero
esposo. Estos sucesos son apropiados, por su índole, á mover el interés
y la compasión, á no desfigurarse y manejarse torpemente, y Montalbán,
en escenas llenas de pasión y de fuego, ha sabido excitar, en grado
supremo, las simpatías del público, á cuya circunstancia debe, sin duda,
su comedia la fama de que ha gozado tanto tiempo en el teatro. El plan y
trazos de la misma son, sin embargo, muy defectuosos en el conjunto y
desiguales en sus diversas partes; en el argumento no hay la
concentración necesaria, y en su estilo se ostentan las faltas, ya
censuradas, de este poeta, no una vez, sino muchas, de una manera
chocante.

_La doncella de labor_ es una comedia de intriga, de invención no
censurable, aunque, sin duda, se oponga sobremanera á nuestras actuales
ideas acerca de lo que debe ser la verosimilitud. Doña Isabel de
Arellano, joven dama de provincia, ha concebido una viva pasión por Don
Diego de Vargas, sin conocerlo ni tratarlo, y sólo de verlo. Con el
objeto de sondearlo y á la vez de averiguar si es digno de su amor y
hombre animoso y resuelto, trama el plan astuto de presentarse á él
fingiendo ser una señora casada, perseguida por su marido celoso, y con
este pretexto penetra, cubierta con un velo, en el domicilio de Don
Diego, cuyo auxilio reclama, suplicándole que, por el momento, le
permita residir libremente en su casa. El noble mancebo accede á sus
deseos al instante, como lo exigía en tales casos el deber de todo
caballero, y le entrega además las llaves de su casa, llamándole fuera
otras ocupaciones perentorias, con el propósito de demostrarla que puede
mandar en ella como si fuera la dueña. Don Diego tiene relaciones
amorosas con otra beldad, de nombre Doña Elvira, con la cual, en la
escena inmediata, celebra una entrevista en el Prado, que, en esta
ocasión, es muy acalorada, y Elvira, en su consecuencia, quiere
acompañar á su casa á su amante; éste se ve, por tanto, en una posición
embarazosa, acordándose de su huéspeda y oponiéndose con astucia al
proyecto de su adorada, y logrando disuadirla de él y regresar solo á su
casa. Pero apenas ha entrado en ella y hablado algunas palabras con su
protegida, cuando lo sorprende Elvira, á quien su conducta ha infundido
recelos y sospechas; la última, al ver á la otra dama, siente y expresa
los celos más vivos, y excita en el mismo grado los de Isabel. El acto
primero termina con este enredo, que parece más complicado aún por otros
incidentes que omitimos. En el segundo se nos presenta Isabel con un
disfraz extraño, efecto de un plan que ha forjado, de entrar al servicio
de Elvira como costurera, con el fin de ahondar aún más todavía la
desunión que ha surgido entre los dos amantes, y al mismo tiempo de
emplear todos los medios posibles en atraer á sus redes á Don Diego.
Apenas ha entrado al servicio de su rival, se le presenta la ocasión
oportuna de ejecutar su proyecto. Don Diego se ha reconciliado otra vez
con Elvira y viene á buscarla para llevarla á su casa, desde la cual
puede ver una procesión solemne que ha de pasar por allí. Apenas lo ha
oído Isabel, envía á su doncella á la casa de Don Diego, en donde puede
entrar á cualquier hora teniendo las llaves en su poder, para que,
disfrazada con su velo y haciendo de señora, despierte de nuevo los
celos de Doña Elvira. Su astucia triunfa plenamente, y los dos
enamorados se separan uno de otro llenos de ira. Isabel aprovecha la
coyuntura para aumentar la inclinación de Don Diego á la tapada con el
velo, y le proporciona una cita con la misma. El desarrollo posterior de
esta comedia, como se adivina fácilmente, consiste en que Doña Isabel
sustituye á su doncella, y se da trazas de enamorar vivamente á Don
Diego, mientras que, por otra parte, lo aleja más y más, con sus
intrigas, de Doña Elvira, hasta que al fin logra ver realizados por
completo sus deseos. Menester es, para que no nos choquen tanto las
inverosimilitudes, que, con arreglo á nuestras ideas actuales, se
originan necesariamente de estos disfraces con el velo, sin que los
personajes que lo hacen, sean, sin embargo, conocidos, que no olvidemos
las aventuras á que daba lugar el uso de esta prenda de vestir, y la
habilidad extraordinaria con que la manejaban las damas españolas cuando
las circunstancias lo exigían.

La comedia de _No hay vida como la honra_ es, seguramente, una de las
mejores de Montalbán. La escribió para defender su reputación literaria,
después de haber sido silbada otra obra dramática suya, y su triunfo fué
tan grande, que se representó muchos días consecutivos en ambos teatros,
obteniendo siempre grandes aplausos. Su escena más notable es aquélla en
que Don Carlos, cuya cabeza se había puesto á precio, se entrega
voluntariamente á la justicia para recibir el dinero ofrecido, y librar
de su miseria, por este medio, á su amada esposa.

La comedia titulada _La toquera vizcaína_ se distingue por ofrecer
situaciones muy dramáticas, y sería digna de grandes elogios si esas
situaciones no fuesen contrarias de todo punto á las reglas más notorias
de la posibilidad y verosimilitud.

De los restantes trabajos dramáticos de Montalbán, dignos de loa, sólo
merecen mención especial los que llevan el título de _Cumplir con su
obligación_, _Ser prudente y ser sufrido_, _Como á padre y como á Rey_ y
_La más constante mujer_. Las demás, que conocemos, nos parecen muy
inferiores á las anteriormente citadas. Su Don Carlos (que lleva el
título de _El segundo Séneca de España_, aplicado á Felipe II), no se
puede comparar con la de Enciso. La llamada _De un castigo dos
venganzas_, es la exposición dramática de un crimen de homicidio, de
ferocidad y crueldad, repugnante hasta el extremo; el horrible suceso,
que le sirve de base, había ocurrido en Lisboa el mismo año que se
presentó en el teatro. _La puerta Macarena_, en dos partes, se propone
representar la historia trágica de Doña Blanca de Borbón; pero su
extensión es desmesurada y flojo el enlace de su argumento, y el asunto
que se trata no corresponde de ningún modo, en la obra del poeta, á lo
que de él pudiera esperarse. _El divino nazareno Sansón_ y _Palmerín de
Oliva_, son dos comedias de espectáculo, cuyo principal papel lo
desempeña la tramoya de las máquinas.

_El Polifemo_, auto de Montalbán, es tan extraño, que no es posible
pasarlo en silencio. Ulises simboliza en él al Salvador, Polifemo al
Demonio y Galatea al Alma. De los cuatro cíclopes, el primero es el
Judaísmo, el segundo el Desprecio de Dios, el tercero el Engaño ó Judas
Iscariote, y el cuarto la Ley natural.



CAPÍTULO XXV.

     Tirso de Molina[67].--Su Apología de la Comedia Española.--Sus
     obras dramáticas en general.


Las poesías que satisfacen y deleitan plenamente por su mérito á cuantos
las conocen, excitan ordinariamente el deseo de conocer, también en toda
su extensión, la vida de su autor. Así sucede con las comedias que han
llegado hasta nosotros con el nombre de Tirso de Molina; pero, por
desgracia, son muy escasas las noticias biográficas que se han
conservado del gran poeta, autor de trabajos tan admirables. Su nombre
verdadero era el de Gabriel Téllez, y Madrid el lugar de su nacimiento.
Hasta el año de 1620 no hay dato alguno que revele su existencia, aunque
se sepa que hacia ese tiempo, y ya de edad de cincuenta años, era
fraile en Madrid del convento de la Merced. Hubo, pues, de nacer, con
arreglo á esa indicación, hacia 1570, y por tanto, era de alguna menos
edad que Lope de Vega. Desempeñó en su Orden los cargos más importantes;
fué su cronista en Castilla la Nueva; doctor en Teología, y, por último,
en 1645, prior del convento de Soria, y como tal debió morir en 1648, á
la edad de setenta y ocho años.

Los asuntos, á que hubo de atender en el desempeño de su cargo monacal,
no le impidieron escribir numerosas obras literarias; pero su fecundidad
fué mucho mayor en el género dramático, y en esa parte sólo conoce por
rival á Lope de Vega. Ya en el año 1621[68] había compuesto 300, y sin
duda no permaneció ocioso en los restantes veintisiete años de su vida,
aunque proporcionalmente sólo pocas hayan llegado hasta nosotros. La
colección de sus comedias comprende 59, si bien sólo 51, como después
veremos, son realmente suyas; hay otras 14 sueltas y tres en _Los
Cigarrales de Toledo_; además poseemos algunos entremeses y autos
sacramentales de su pluma[69]. Sin embargo, si se hicieran
investigaciones minuciosas, se encontrarían de seguro algunas obras
suyas que se tienen por perdidas, ya manuscritas, ya en impresiones
antiguas, y la recompensa valdría sin disputa el trabajo empleado en
buscarlas.

Pero antes de examinar detenidamente las obras poéticas de Tirso,
copiaremos aquí algunos párrafos de sus _Cigarrales de Toledo_, en los
cuales defiende una de sus comedias (_El vergonzoso en Palacio_), y
expone con esta ocasión todo su sistema dramático. Supone que esa
comedia se ha representado ante una sociedad poco numerosa. Al terminar
la representación, los espectadores se comunican sus ideas y los juicios
que han formado de la obra.

Los párrafos citados dicen lo siguiente:

«Con la apacible suspension de la referida comedia, la propiedad de los
recitantes, las galas de las personas y la diversidad de sucesos, se les
hizo el tiempo tan corto, que con haberse gastado cerca de tres horas,
no hallaron otra falta, sino la brevedad de su discurso. Esto, en los
oyentes desapasionados, y que asistían allí, más para recrear el alma
con el poético entretenimiento, que para censurarle. Que los zánganos de
la miel, que ellos no saben labrar, y hurtan á las artificiosas abejas,
no pudieron dexar de hacer de las suyas, y con murmuradores cencerros
picar en los deleitosos panales del ingenio. Quién dixo que era
demasiadamente larga, y quién impropria. Pedante hubo historial, que
afirmó merecer castigo el poeta, que contra la verdad de los anales
portugueses, avía hecho pastor al Duque de Coimbra Don Pedro: siendo así
que murió en una batalla, que el Rey D. Alonso su sobrino le dió, sin
que le quedasse hijo sucessor, en ofensa de la casa de Avero, y su gran
Duque, cuyas hijas pintó tan desembueltas, que contra las leyes de su
honestidad, hicieron teatro de su poco recato la inmunidad de su jardin,
como si la licencia de Apolo se estrechasse á la recoleccion histórica,
y pudiese fabricar sobre cimientos de personas verdaderas, arquitecturas
del ingenio fingidas. No faltaron protectores del ausente Poeta, que
volviendo por su honra, concluyessen los argumentos Zoylos (si pueden
entendimientos contumaces, Narcisos de sus mismos pareceres y descritos
mas por las censuras que dan en los trabajos agenos, que por lo que se
desvela en los propios convencerle). Entre los muchos desaciertos (dixo
un presumido natural de Toledo, que le negara la filiacion de buena
gana, sino fuera porque entre tantos hijos sabios y bien intencionados
que ilustran su benigno clima no era mucho saliese un aborto malicioso)
el que me acaba la paciencia es ver quan licenciosamente salió el Poeta
de los límites y leyes, con que los primeros inventores de la comedia
dieron ingenioso principio á este poema, pues siendo así que este ha de
ser una accion cuyo principio medio y fin acaezca lo más largo en veinte
y quatro horas sin movernos de un lugar, nos ha encaxado mes y medio por
lo menos de sucessos amorosos. Pues aun en este término parece imposible
pudiesse disponerse una dama ilustre y discreta á querer tan ciegamente
á un pastor, hacerle su secretario, declararle por enigmas su voluntad y
ultimamente arriesgar su fama á la arrojada determinacion de un hombre
tan humilde, que en la opinion de entrambos, el mayor blason de su
linage eran unas abarcas, su solar una cabaña, y sus vasallos un pobre
hato de cabras y bueyes.

»Dejo de impugnar la ignorancia de Doña Serafina pintada en lo demas tan
avisada, que enamorandose de su mismo retrato sin más certidumbre de su
original, que lo que don Antonio la dixo, se dispusiesse á una baxeza
indigna aun de la mas plebeya hermosura, como fue admitir escusas, á
quien pudiera con la luz de una vela dexar castigado y corrido. Fuera de
que no se yo porque ha de tener nombre de Comedia, la que introduze sus
personas entre Duques y Condes, siendo asi que las que más graves se
permiten semejantes acciones, no pasan de Ciudadanos, Patricios y damas
de mediana condicion.

»Iva á proseguir el malicioso arguyente, quando atajandole don Alexo le
respondio. Poca razon aveis tenido, pues, fuera de la obligacion en que
pone la cortesia, á no dezir mal el combidado de los platos que le ponen
delante, por mal sazonados que esten en menosprecio del que combida. La
Comedia presente ha guardado las leyes de lo que aora se usa: y á mi
parecer (conformandome de los que sin pasion sienten) el lugar que
merecen las que aora se representan en nuestra España comparadas con las
antiguas, les haze conocidas ventajas, aunque vayan contra el instituto
primero de sus inventores. Porque si aquellos establecieron que una
comedia no representasse, sino la accion que moralmente puede suceder en
veinte y quatro horas, quanto mayor inconveniente sera, que en tan breve
tiempo un galan discreto se enamore de una dama cuerda, la solicite,
regale, y festege, y que sin passarse un dia, la obligue y disponga de
suerte sus amores, que començando á pretenderla por la mañana, se case
con ella á la noche? Que lugar tiene para fundar zelos, encarecer
desesperaciones, consolarse con esperanças y pintar los demas afectos y
accidentes, sin los cuales el amor no es de ninguna estima? Ni como se
podra preciar un amante de firme y leal, si no passan algunos dias,
meses y aun años, en que le haga prueva de su constancia? Estos
inconvenientes, mayores son en el juyzio de qualquier mediano
entendimiento que el que se sigue, de que los oyentes sin levantarse de
un lugar, vean, y oygan cosas sucedidas en muchos dias: pues ansi como
el que lee una historia en breves planas, sin passar muchas horas, se
informa de casos sucedidos en largos tiempos y distintos lugares, la
comedia, que es una imagen y representacion de su argumento, es fuerza
que quando le toma de los sucessos de dos amantes retrate al vivo lo que
les pudo acaecer, y no siendo esto verisimil en un dia, tiene obligacion
de fingir passan los necessarios para que la tal accion sea perfeta que
no en vano se llamo la Poesia pintura viva, pues imitando a la muerta
está en el breve espacio de vara y media de lienço pintado lexos, y
distancias que persuaden á la vista á lo que significa, y no es justo
que se niegue la licencia que conceden al pincel, á la pluma, siendo
esta tanto mas significativa que essotro quanto se dexa mejor entender
el que habla articulando silabas en nuestro idioma, que el que siendo
mudo explica por señas sus conceptos. Y si me arguis que á los primeros
inventores devemos los que professamos sus facultades, guardar sus
preceptos, pena de ser tenidos por ambiciosos y poco agradecidos á la
luz que nos dieron para proseguir sus habilidades, os respondo que
aunque á los tales se les deve la veneracion de aver salido con la
dificultad que tienen todas las cosas en sus principios, con todo esso
es cierto, que añadiendo perfecciones á su invencion (cosa puesto que
facil, necesaria) es fuerza que quedandose la sustancia en pie, se
muden los accidentes, mejorandolos con la experiencia. Bueno seria que
por que el primero musico saco de la consonancia de los martillos en la
yunque, la diferencia de los agudos y graves y la armonia mussica,
huviessen los que agora la professan de andar cargados de los
instrumentos de Vulcano, y mereciessen castigo en vez de alabança, los
que á la harpa fueron añadiendo cuerdas y vituperando lo superfluo é
inutil de la antiguedad la dexaron en la perfeccion que agora vemos.
Esta diferencia ay de la naturaleza al arte que lo que aquella desde su
creacion constituyó no se puede variar, y asi siempre el peral produzira
peras, y la encina su grossero fruto y con todo esto la diversidad del
terruño y la diferente influencia del cielo y clima á que están sugetos,
las saca muchas vezes de su misma especie y casi constituye en otras
diversas. Pues si hemos de dar credito á Antonio de Lebrixa en el
prologo de su vocabulario, no crio Dios al principio del mundo, sino una
sola especie de melones, de quien han salido tantas y entre si tan
diversas como se ve en las calabaças pepinos y cohombros, que todos
tuvieron en sus principios una misma produccion, fuera de que ya que no
en todo pueda variar estas cosas el hortelano, á lo menos en parte
(mediando la industria del ingerir) de dos diversas especies compone
una tercera, como se ve en el durazno que engerto en el membrillo
produce el melocoton, en que hazen parentesco lo dorado y agrio de lo
uno con lo dulce y encarnado de lo otro.»

El pasaje copiado contiene, sin duda alguna, la apología más ingeniosa y
elocuente del teatro nacional, que en España, en donde la práctica ha
sido tan superior á la teoría, reinó como soberano, y al mismo tiempo
una réplica satisfactoria á los ataques de Figueroa, de Villegas y de
otros clásicos.

Dejemos ahora los principios teóricos de Tirso, y ocupémonos en el
examen de sus obras dramáticas. Ya hemos dicho, que, de éstas, ni aun la
cuarta parte se conserva. Pero si bien es de deplorar que hayan
desaparecido tantas obras de un poeta tan distinguido como éste, sin
embargo, en las que nos quedan encontramos bellezas de primer orden, que
exceden en mucho á las de otros poetas famosos inferiores, y sobradas,
no obstante, para que nos llene de admiración su inventiva inagotable; y
es tal su fecundidad y son tan distintas unas de otras, que
clasificarlas y caracterizarlas es ya por sí trabajo arduo. Tirso es
como un encantador, que sabe tomar las formas más opuestas. Cuando
creemos conocer perfectamente los rasgos de su fisonomía, nos muestra en
seguida otros completamente diversos. Son tan ricos los brillantes
colores de su poesía, que se burlan de todos los esfuerzos posibles para
expresarlos y reproducirlos debidamente. No es menor, por tanto, la
tarea que ha de proponerse el crítico, porque hasta sus faltas aisladas,
que no se puede menos de conocer y confesar, se hallan revestidas de tan
deslumbrador colorido poético, que se necesita hacer verdaderos
prodigios de calma y reflexión para no hablar de ellos como lo haríamos
cuando nos arrastra ciegamente la admiración más exagerada. El teatro de
Tirso se puede comparar á esos países maravillosos que describen los
poetas románticos, en donde las brisas más perfumadas y la música más
atractiva encadenan el corazón y los sentidos del caminante; en donde
millares de sendas que se cruzan, le llevan ya á jardines soberbios, ya
á valles risueños, ya á abismos insondables que dan vértigos, al lado de
altísimas montañas que se pierden en las nubes; en donde se oyen las
voces burlonas de los duendes que salen de las cavernas, y vuelan los
genios por el aire, y en donde el brillante cielo de la poesía ilumina
con su luz seductora hasta las encrucijadas engañosas y las sendas no
holladas. Y, á la verdad, muy frío y sin alma ha de ser el crítico, que
no sienta el deseo de abandonarse por completo y sin obstáculo al goce
de estas bellas poesías, é insensible ha de ser quien no comprenda, que
lo declarado defectuoso por reglas y principios de estereotipia, puede
llegar, como parte esencial de un organismo superior y como producción
de un genio poético de primer orden, á una excelencia relativa.

Intentemos, sin embargo, dar una idea clara del fondo y de la forma de
estas obras originales, mencionando y examinando las más perfectas;
guardémonos, no obstante, de aplicarles la terminología usada en tales
casos, porque hasta para enumerarlas sería inservible. La mayor parte de
las obras de Tirso pertenecen al género cómico, y aunque algunas
pudieran clasificarse entre las comedias de intriga, no se encuentra
para otras nombre alguno adecuado, á no ser que se apliquen tantos
diversos cuantas son ellas. El general de _comedia_, por esa misma
generalidad, puede bastar para el objeto. Estas comedias son las más
seductoras que se han escrito jamás; pero el que sólo conoce lo que
entre nosotros se distingue con ese nombre, con mucha dificultad podrá
formar una idea completa de las de Tirso, siendo tan inmenso el abismo
que las separa.

Aunque todas las comedias españolas de aquella época se parezcan en su
forma exterior; aunque sean comunes á todas ciertos giros y expresiones,
las bellezas y el ingenio en su objeto y desarrollo, su brillante
manera de exponer y su lenguaje poético, y que las de Tirso de Molina,
en todas estas cualidades, y más en las últimas, sobresalgan
singularmente, su genio es tan original, que ha impreso en ellas hasta
en su forma externa un sello especial, que las distingue de todas por
completo. Llama la atención, desde luego, su inimitable maestría en
cuanto se refiere á la dicción y versificación. Ningún otro poeta ha
conocido y manejado su lengua con tanto brío y desenvoltura; Tirso hace
de ella lo que pudiera hacerse de una tela, con la cual se revistiesen
las formas demás extrañas; juega, sin ser frívolo, bajo todas sus formas
y combinaciones; la aplica á expresar bellezas siempre nuevas é
inesperadas, y se burla de una manera tan asombrosa de las dificultades
de la rima, que parece ser el soberano despótico del magnífico idioma
castellano. Aunque el fondo, envuelto en estas soberbias vestiduras,
fuese menos rico de lo que es, sería imposible dejar de admirar á ese
artista de la palabra, que, dominando siempre y dirigiendo el reino de
la harmonía, nos arrastra en las olas de su maravillosa dicción al
imperio de una música perpetua y agradable. Y, sin embargo, es siempre
natural cuando escribe, y se mantiene siempre libre del culteranismo y
de la afectación hinchada, que invadía poco á poco la literatura.

Otro de los rasgos característicos más notables de estas comedias, es su
fina sátira, rayando en insolencia, que se manifiesta ya aisladamente,
ya en la composición de todo el conjunto. Pero ¡cuán diversa es la
agudeza, siempre poética, de Tirso, de las frías creaciones, que se
califican así entre nosotros! Como discurren las abejas por un jardín de
rosas, vuela él de flor en flor libando el néctar de la más pura poesía;
lleva también aguijón como ellas, pero lleva también su miel. No perdona
al cielo ni á la tierra, pero el suave bálsamo de su poesía sana también
las heridas que hace. La osadía de sus ataques contra los potentados de
la tierra, contra la corte y los cortesanos, contra clérigos y frailes,
es un fenómeno insólito en la literatura española, sorprendiéndonos
sobremanera esa libertad que reinaba en el teatro, y esas sátiras de
Tirso en una época en que el poder de la Inquisición se encontraba en su
apogeo. Nuestra admiración se aumenta sobremanera cuando reflexionamos
que su autor ocupaba una posición importante en el estado eclesiástico.
Sin embargo, á pesar de su atrevimiento, estos rasgos epigramáticos se
presentan con tanta benevolencia y en versos tan harmoniosos, bajo un
velo tan bello de ironía, y con galas tan seductoras, que hasta los
atacados por ellos no pueden menos de reirse también al oir las palabras
del hermano de la Merced.

De lo expuesto se puede deducir, naturalmente, que los papeles del
gracioso en Tirso se distinguen de todos los demás por su riqueza; y así
es, en efecto, porque este tipo dramático aventaja en sus comedias á
todas las demás de la misma clase del teatro español: su carácter, sus
ocurrencias, las situaciones cómicas en que los presenta, descubren una
gracia incomparable, y rara vez descienden de la región de la fina burla
ática á la de groseras bufonadas. Este papel no se presenta en sus obras
tan fijo é igual á sí mismo, como en la de otros muchos dramáticos de su
tiempo, sino variando en ellas y ofreciéndonos rasgos distintos. Y es
tanto más extraña esta excelencia del poeta, y más digna de nuestra
admiración, cuanto que en todas sus obras introduce este papel, y
conformándose con la costumbre general seguida en su época, aunque se
oponga, más bien que favorezca, á su plan dramático, como, por ejemplo,
en _Amar por razón de estado_.

La inclinación de Tirso á la sátira se ostenta hasta en los títulos de
sus comedias, llamando á algunas de ellas _comedias sin fama_, para
burlarse de los empresarios de teatros y de los libreros, que
apellidaban famosas hasta á las de los autores más inferiores.

Este poeta lleva á veces tan lejos su atrevimiento, que no sólo lo
manifiesta en el desarrollo del plan de sus obras dramáticas, sino que
va tan lejos, que al parecer se burla de la poesía, del público y hasta
de sí mismo. Distinguíase, como pocos, por la facilidad de sus
invenciones ingeniosas y originales; y en algunas de sus obras, siempre
calculando su efecto con la mayor habilidad, hace gala de esa prenda
poco común, desde el principio de la acción hasta su término. Pero no es
raro tampoco que, cuando desarrolla un plan dramático, con su acción
dirigida á un fin determinado, se le antoja de repente abandonarlo y
destruir por completo con sus manos lo mismo que había edificado.
Burlando burlando desgarra él mismo su obra; se deplora que así lo haga,
pero con un pincel poético, que se asemeja á una varita mágica, evoca en
un instante á nuestra vista un nuevo edificio más bello que el anterior;
nos arrebata en sus escenas, más seductoras la una que la otra, y de
placer en placer y de sorpresa en sorpresa, nos obliga, contra nuestra
voluntad, en vez de irritarnos contra él, á agradecerle el goce que nos
proporciona. La verosimilitud, por tanto, no le preocupa, por regla
general, y hasta se mofa de ella, ofreciéndonos escenas inesperadas que
forja á su capricho, y levantando en los aires, como extrañas
combinaciones de nubes, las creaciones más singulares; pero exorna lo
que inventa con una luz tan brillante y tan agradable; son tan
sorprendentes y tan atractivas las situaciones de sus personajes, y es
tanta la gracia que brilla en el conjunto de sus composiciones, que nos
arrebata á nuestro pesar, nos deslumbra con tantas bellezas y no nos
deja tiempo para averiguar cómo y por qué hace todo esto, limitándonos á
sentir el placer que excita en nosotros, de vernos tan ingeniosamente
engañados. Tirso es un encantador, que puede forzarnos á creer hasta lo
increible, porque antes que nos sea dado reflexionar en lo que hacemos,
nos vemos envueltos en sus mágicas redes y transportados á los
maravillosos paisajes de su original poesía.

En el trazado de sus caracteres se observa, en parte, la misma libertad.
No es esto decir que le falte la capacidad de diseñarlos con mano
segura, y desarrollarlos después en todo el curso de su obra; al
contrario, en _Marta la piadosa_, en _Amor y celos hacen discretos_, por
ejemplo, nos demuestra que es acabado maestro en esta materia, así como
se encuentran también en todas sus comedias pruebas aisladas de la
profundidad de sus observaciones psicológicas y de su conocimiento
perfecto de lo más íntimo del alma humana, aunque su predilección
innegable por las situaciones interesantes y por lo sorprendente, lo
arrastran con frecuencia á no motivarlo como debe, teniendo en cuenta
los actos de sus personajes. De aquí que éstos hablen á veces de manera
que, agrandándonos y aun deslumbrándonos, no convenga, sin embargo, por
completo al carácter especial de los interlocutores.

D. Agustín Durán ha puesto de relieve, con su penetración acostumbrada,
uno de los rasgos originales de este autor en el trazado de caracteres:

«Los hombres de Tirso--dice en el prólogo á sus comedias de la
Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra,--son siempre tímidos,
débiles y juguete del bello sexo, en tanto que caracteriza á las mujeres
como resueltas, intrigantes y fogosas en todas las pasiones, que se
fundan en el orgullo y la vanidad. Parece, á primera vista, que su
intento ha sido contrastar la frialdad é irresolución de los unos, con
la vehemencia, constancia y aun obstinación que atribuyó á las otras en
el arte de seguir una intriga, sin perdonar medio alguno, por impropio
que sea.»

Esto es decir demasiado, si se refiere á todas las comedias de Tirso,
que á veces nos presentan mujeres débiles y hombres de carácter
enérgico; pero no puede negarse que es exacto este juicio, aplicado á la
mayoría de sus obras dramáticas, y que demuestra cuáles eran las ideas
particulares de este poeta, en general, acerca de los caracteres
esenciales y distintivos del sexo masculino y femenino.

Á esta observación hay que añadir otra acerca del carácter moral de
estas producciones literarias. Lo mismo desconoce Tirso los escrúpulos
poéticos que los morales. Todos los poetas dramáticos españoles han
trazado intrigas amorosas no morales, que á veces degeneran hasta la
licencia; se puede asegurar que, como nunca se propone explicar
lecciones de moral, sino sólo representar las costumbres de su tiempo,
sin aprobarlas ni censurarlas, se limita sólo á satisfacer el agrado que
resulta de sus cuadros, cuidándose muy poco, en lo general, de la
moralidad ó inmoralidad de los mismos. En un drama de Antonio Enríquez
Gómez, titulado _Engañar para reinar_, se desenvuelve la máxima de que,
para la consecución del poder, son lícitas las intrigas y engaños más
groseros, pareciendo deducirse la consecuencia peligrosa de que, para la
satisfacción de las pasiones, no ya sólo del amor, sino también de los
celos y de la venganza, todos los medios son buenos; pero en cuanto al
amor, es preciso confesar que, por lo común, se considera como un afecto
ferviente, no como un capricho frívolo. Nuestro poeta, pues, sobrepuja
en libertad á todos los demás al hacer descripciones de esta índole. Sin
embargo, nunca es grosero ni indecente, y hasta en sus diálogos más
libres y sus escenas más chocantes aparecen revestidas siempre de las
galas más bellas de la poesía, porque sabe presentar los hechos más
dudosos en punto á moralidad, con la sencillez más encantadora y con el
candor más ingenuo. No obstante, es preciso convenir en que levanta con
harta frecuencia el velo, que debiera encubrirlos, y que ofrece
situaciones de tal índole en la escena, que valiera más omitirlas. Acaso
no haya diferencia más característica entre nuestro siglo y el de Tirso,
que las relativas á las ideas sobre moralidad, predominantes en cada uno
de ellos. Pero lo cierto es que los contemporáneos del poeta no se
escandalizaban de asistir á la representación de sus obras; que el mismo
autor pertenecía á una orden monacal; que profesaba principios rígidos y
severos; que existía una censura vigilante, á cuyo examen se sometían
todos los escritos que habían de darse á la prensa, y que el cargo de
censor estuvo siempre desempeñado por eclesiásticos, por lo cual no
puede menos de sorprendernos, al leer en una de las licencias expedidas
para la publicación de las obras de Tirso de Molina, «que nada se
contiene en ellas que se oponga á las buenas costumbres ni comprendan
ningún ejemplo pernicioso para la enseñanza de la juventud.» Es de
presumir, á pesar de esto, que algunos escrúpulos hubo de sentir el
poeta fraile, allá en los repliegues de su conciencia, cuando sólo con
nombre fingido permitió que circulasen sus comedias, publicando otras
muchas obras suyas con el verdadero.

Conviene tener presente, sin embargo, que la crítica indicada sólo es
aplicable á un número proporcionalmente reducido de las comedias de
Tirso, y que la mayor parte de ellas están libres de ese defecto.



CAPÍTULO XXVI.

     Crítica particular de las obras dramáticas más notables de Tirso.


Hay ciertas creaciones suyas en las cuales parece recrearse de
preferencia, por la repetición con que se muestran en sus obras.
Doncellas, por ejemplo, que se disfrazan con traje de hombres para
vengarse de amantes infieles y para indisponerlos con sus rivales, se
reproducen en muchas.

La más notable de las que desenvuelven este tema es, á nuestro juicio,
la que lleva el título de _Don Gil de las calzas verdes_, una de sus más
famosas comedias, que hasta ahora se ha mantenido en el teatro español
con el mayor aplauso de los espectadores de todas las épocas, y lo mismo
se observa en _El amor médico_, en _La huerta de Juan Fernández_ y en
alguna otra. Agrádale también presentar cortes extranjeras en la escena
para el desarrollo de sus intrigas dramáticas, y un aventurero español,
rival de diversos príncipes que pretenden la mano de alguna princesa, el
cual, después de los sucesos más interesantes, sin duda por ser
compatricio del poeta, logra siempre al cabo la victoria. Muchas veces
sus personajes, que pertenecen á la clase más elevada de la sociedad, se
ven contrapuestos á los de las más bajas de la misma, resultando, del
contraste que forman las costumbres cortesanas con las rústicas ó
populares, situaciones divertidas con extremo, que el poeta aprovecha
para su objeto con su ordinario ingenio, formando las delicias del
público. En ocasiones traslada á la corte á campesinos y explota el
contraste de sus hábitos antiguos con los nuevos modales, que intentan
adoptar, convirtiéndolos en fuente inagotable de las más ingeniosas y
agradables ocurrencias. En otras, personajes del más alto rango, ya
disgustados de la monotonía de la vida cortesana, ya por otras causas,
viven entre labradores ó pastores, vestidos como ellos, y cuando la
casualidad los reune con otros cortesanos, aprovechan su disfraz para
mostrar la más fina ironía y hacer las observaciones más mordaces contra
la libertad de los habitantes de las aldeas y su candor aparente. El
talento de Tirso es también incomparable para el idilio en toda su
pureza, sin adición alguna satírica, y nunca pierde la ocasión de
hacerlo brillar en todo su esplendor. No se crea, sin embargo, que sus
trabajos de esta índole son tan insípidos y frívolos como otros de ese
género, populares entonces en toda Europa, porque pinta la vida y
aficiones de los campesinos españoles con la más seductora sencillez,
con pinceladas vigorosas é inimitables, infundiéndoles vida y carácter
real. Sólo Lope de Vega es su rival en esta parte.

Ya hemos mencionado algunas de las mejores comedias de Tirso; pero nos
falta indicar lo que, á nuestro juicio, sobresale más y merece llamar
preferentemente la atención entre sus innumerables obras dramáticas, y
exponer concisamente el argumento de algunas, á fin de conocer la esfera
en que giran sus invenciones y en que más se distingue de los demás
poetas. Así formaremos una idea exacta, y en lo posible metódica, de su
carácter y cualidades. No dejaremos de confesar que nuestro propósito,
tratándose de Tirso, tropieza con graves dificultades, en cuanto se
propone imprimir orden en nuestro juicio sobre sus obras, y con tanta
mayor razón, cuanto que el trazado ó exposición de sus argumentos
dramáticos sólo puede dar una idea muy incompleta del conjunto de cada
una de sus comedias; y si lo hacemos así, es porque no hay otro medio
más adecuado al alcance de quien escribe la historia de la poesía de
presentar á los lectores de su obra las cualidades características de
cualquier poeta, y á la vez el conocimiento concreto y detallado de sus
escritos. Repetimos, pues, la advertencia, que ha de tenerse muy
presente, de que el mérito singular de los dramas de Tirso no se
encuentra ni en el arte con que está trazado su plan, ni en el arreglo
ni unidad del conjunto, sino en la variedad y en el interés de las
situaciones, en el vigor y la vida de los caracteres, en el colorido
seductor de sus imágenes, en la agudeza inimitable de su ingenio y en el
brillo de su dicción poética; que, por tanto, al exponer el argumento de
cada uno de ellos, apenas se ve otra cosa que una especie de _caput
mortuum_, y que sus defectos, en esta forma, son más aparentes que sus
excelencias.

_La villana de la Sagra_ comienza en una posada: dos criados se
entretienen en la antesala jugando á las cartas, mientras sus señores,
en la habitación contigua, hacen lo mismo. Las bromas de los dos
bribones, á costa de sus amos, son muy divertidas; pero pronto pasan de
las burlas á las veras, se acaloran, y el uno da un bofetón al otro. En
el mismo instante se presentan también sus amos disputando vivamente,
sacan las espadas, y Don Luis mata á Don Juan, huyendo en seguida de la
posada para escapar de la justicia. Después se nos presenta en la escena
Doña Inés, la hermana del matador, que se ve perseguida por los ruegos
amorosos importunos de un hermano del muerto, á quien anuncia que se
abstenga en lo sucesivo de visitarla en el instante mismo, en que recibe
la noticia del homicidio y huida de Don Luis; y como se considera por
esta causa sin protector contra las asechanzas y pretensiones de un
amante odioso, resuelve, sin demora, disfrazarse de hombre y reunirse
con el fugitivo.

En la escena inmediata, no ya en Santiago, sino en Toledo, Don Pedro,
joven galán, persigue en la calle á Angélica, seductora doncella
toledana, é intenta acercarse á ella dirigiéndole frases amorosas; pero
es rechazado con desprecio. El fogoso y apasionado mancebo, fuera de sí
por los desdenes de la Angélica, resuelve, en su pasión, realizar á la
fuerza su deseo sin contemplaciones de ningún género. Ofrécele la
ocasión más favorable para saciar su apetito la fiesta de San Roque, que
se celebra en la noche de aquel día en las inmediaciones de Toledo, esto
es, en lo que se llama propiamente la Sagra. Las escenas siguientes
representan esta fiesta, descritas con la más viva y brillante poesía.
Los asistentes á ella se abandonan sin reserva á sus danzas y cantos,
sin aprensión ni temor alguno, cuando de repente se presenta armado Don
Pedro y roba á la bella Angélica. El fugitivo Don Luis llega también al
mismo paraje, después de consumado el rapto. La narración del delito lo
indigna sobremanera, corre en busca del raptor, lo alcanza, y liberta á
la robada.

En el acto segundo aparece Doña Inés, vestida de hombre, en el camino de
Toledo, á donde ella cree que ha huído su hermano, por residir en esa
ciudad un pariente de ambos. Ve acercarse dos caminantes, y conoce que
son su hermano y su criado. Don Luis, en efecto, había estado en Toledo;
pero habiendo muerto su tío, había tomado la resolución de escapar á sus
perseguidores disfrazándose en traje más humilde, y entrando al servicio
del padre de la doncella, á quien había arrancado de manos del raptor.
Inés lo sorprende hablando con su criado, mientras declara su pasión por
la bella Angélica, por cuya causa, ya para estar á su lado sin estorbos,
ya avergonzada de su disfraz, determina no darse á conocer de él, sino,
al contrario, en cuanto le sea posible, permanecer como desconocida
cerca de su domicilio. Se encamina, por tanto, á la aldea de la Sagra, y
entra como paje en la servidumbre de Don Pedro, atraído también al
mismo paraje por su amor á la bella Angélica. Éste, arrepentido entonces
de su reciente atentado, pretende honrosamente á la seductora villana, y
cuenta con la aquiescencia de su padre, el más rico personaje de la
aldea; pero Angélica no quiere oir hablar de él, enamorada ardientemente
de su libertador, á pesar de haberle visto tan á la ligera, que apenas
recuerda sus facciones. Mientras ella se abandona sin freno á su
inclinación, preséntase Don Luis, humildemente vestido; pretexta ser
antiguo criado de su salvador, y le ruega que, por su intercesión, lo
admita su padre en el número de sus servidores. El enredo y las
complicaciones á que dan lugar estos hechos, son tales y tan grandes,
que es imposible referirlos. Sin embargo, en lo más substancial se
reducen á lo siguiente: Angélica, en la apariencia, se muestra dispuesta
á obedecer la voluntad de su padre, y manifiesta á Don Pedro cierta
inclinación, porque espera de este modo, más bien que resistiéndose
directa y abiertamente, impedir su odioso matrimonio. Don Luis, mientras
tanto, jardinero en la casa de la villana, prosigue la ejecución de su
proyecto, ya trayéndole cartas amorosas de su pretendido señor, ya
acercándose, como tal y sin disfraz, á las rejas de Angélica, y
entablando con ella tiernos diálogos amorosos. En el huerto, en donde
se consagra especialmente al cuidado de las colmenas, tiene con ella
frecuentes entrevistas, y asiste también á las que celebra con su
pretendiente Don Pedro. Como le consta que es fingida la inclinación que
Angélica muestra á su pretendiente aprobado, no siente celos algunos,
sino que, al contrario, se burla del pobre engañado, ya entonando
alegres cánticos que expresan su propia dicha, ya mofándose de su
burlado rival, ya interrumpiendo los amorosos diálogos de los dos
amantes con la intervención de un enjambre de abejas que lanza entre
ambos, y hasta golpeando á Don Pedro, so pretexto de librarlo de la
picadura de una de ellas. Estas escenas son de una gracia pastoril
inimitable, por su mezcla de ternura y entusiasmo, y por la ironía y la
libertad poética que las distingue.--La comedia termina de esta manera:
Angélica averigua que Don Luis y su pretendido criado son una misma
persona. Inés, empleada como paje de Don Pedro para llevar mensajes
amorosos, es traidora á su señor al desempeñar su encargo, y hace lo
posible por favorecer á su hermano, y se descubre á él, puesto que antes
no la había reconocido. Angélica llega en el momento en que los dos
hermanos se abrazan estrechamente, y siente rabiosos celos creyendo
infiel á su amante. Determina, para vengarse, dar su mano á Don Pedro,
y Don Luis, al saberlo, como Orlando, por Angélica, se vuelve loco; pero
felizmente todo se arregla al cabo con felicidad, puesto que Don Pedro
es obligado por su padre á celebrar otro casamiento, aunque esto no se
justifique con razones sólidas, y Angélica, averiguado su error, se casa
con su constante y enamorado pretendiente.

_La villana de Vallecas_ (asunto tratado después, primero por Moreto en
_La ocasión hace al ladrón_, y más tarde por D. Dionisio Solís), nos
sorprende por su complicada y animada intriga, y se ha conservado hasta
hoy en la escena española, entre las obras más aplaudidas. El capitán
Don Gabriel de Herrera tiene relaciones amorosas con Doña Violante,
valenciana distinguida, á la que abandona después por encaminarse á
Madrid á solicitar el perdón del Rey, por haber matado á otro en un
desafío mientras vivió en Flandes. Para hacer este viaje toma el nombre
de Don Pedro de Mendoza; un concurso singular de sucesos lo lleva á una
posada próxima á Madrid, en donde conoce á un caballero, llegado de
Méjico, que realmente lleva el mismo nombre, y otra casualidad hace
también que, por una mala inteligencia de los criados, se cambien los
dos cofres de Don Gabriel y del mejicano. El verdadero Don Pedro no
puede, pues, identificar su persona, á lo cual contribuye la existencia
de pruebas de haber cometido un crimen en Madrid, mientras que el
culpable, teniendo á su disposición el cofre de su homónimo, no sólo se
ve dueño de oro en abundancia y ricas joyas, sino también de ciertas
cartas dirigidas á un Don Gómez, con cuya hija había de casarse Don
Pedro. El capitán, desplegando la mayor diligencia, se presenta en la
casa de Don Gómez como su yerno, y es recibido con los brazos abiertos
por el padre y por la hija, mientras que el desventurado Don Pedro, que
llega después y trabaja en restablecer la verdad de los hechos, es
considerado como un farsante, y además de esto, como si fuera Don
Gabriel, es llevado á la cárcel por las gestiones de un hermano de la
engañada valenciana. Doña Violante se ha puesto en camino en este
intervalo para buscar á su infiel amante, y para expiarlo mejor, ha
entrado á servir en Vallecas, pueblo inmediato á Madrid, á un labrador
que se dedica á hacer pan, que ella ha de vender diariamente en la
capital. Se da traza de entrar en la casa de su rival y de indisponer á
los dos amantes, descubriendo el engaño del último y obligándole, al
fin, casándose con ella, á cumplir sus antiguas promesas. Las escenas,
en que la fingida aldeana censura las costumbres de la corte, con
sencillez aparente y en el lenguaje popular, que imita á la perfección,
diciendo la verdad sin ambajes ni rodeos, son de las más bellas que ha
sugerido hasta ahora la musa cómica. No hay necesidad de añadir que el
Don Pedro verdadero es reconocido como tal, y que se casa con la hija de
Don Gómez.

_La celosa de sí misma_ se distingue por su argumento, de invención
excelente y trazado con admirable ingenio y dominio del asunto. Un
caballero joven viene de las provincias á Madrid, en obediencia á las
órdenes de sus padres, para casarse con una dama que no conoce, y de la
que sólo sabe que es muy rica. No muestra gran inclinación á este
enlace, siendo para él indiferentes las riquezas, y deseando sólo que su
mujer sea bella y virtuosa. A poco de llegar á Madrid ve una dama, á la
salida de la iglesia, cuyo porte y aire le enamoran, á pesar de llevar
un velo que oculta completamente su rostro; entra en conversación con
ella y se apasiona aún más con este incentivo. Pero esta dama, por una
extraña casualidad, es la misma destinada á ser su esposa. Cuando visita
después á su prometida, en la casa de sus futuros suegros, manifiesta
poco entusiasmo por ella, enamorado sólo de la desconocida. Doña
Magdalena, adorada con el velo y despreciada con el rostro descubierto,
tiene celos, pues, con razón, de sí misma, y ofendida del
comportamiento de su prometido, resuelve castigar la tibieza de éste y
premiar la fogosa pasión del amante. Tal es el argumento de esta
comedia, notable por sus muchas y divertidas escenas.

_Amar por señas_ es una obra dramática magistral en toda la extensión de
la palabra, tan original como ingeniosa, y llena de bellezas poéticas de
primer orden por su energía y por su dulzura. Un caballero español,
llamado Don Gabriel, ha asistido á un torneo en la corte de Lorena,
rompiendo más lanzas que ninguno de sus contrincantes. A su regreso
pernocta en un bosque, en donde, hablando con su criado, le dice que
viaja muy afligido porque la princesa Beatriz, hija mayor del Duque, á
quien ha visto sólo de paso, le ha inspirado un amor ardiente. Mientras
entabla este diálogo, le roban su equipaje, sin notarlo, y, cuando lo
averigua y corre á buscarlo, observa á lo lejos un hombre que, al
parecer, lo espera. Es un criado de la corte que le confiesa haberlo
robado por orden de una señora, que le ama; Don Gabriel pregunta quién
es ella, y le contesta que una de las tres Princesas. El criado se aleja
de allí mientras tanto, y Don Gabriel le sigue, ya excitado por la
curiosidad, ya para no perder ciertos recuerdos de una de sus anteriores
damas guardados en su equipaje; de repente se ve solo en la obscuridad,
porque, sin notarlo, ha llegado, en persecución de su ladrón y atraído
por él, á un aposento del castillo, y encuentra cerradas las puertas á
su rededor, pero no permanece mucho tiempo en este estado, porque su
servidor, el gracioso, se descuelga con una cuerda por la chimenea; en
una palabra, el caballero extraviado ha caído en un castillo encantado.
No tarda en ponerse en movimiento un torno que hay en la pared, por
medio del cual recibe el caballero luz y un cesto con manjares. Dentro
del cesto viene también una carta, que dice lo siguiente: «Por los
papeles que os he usurpado, sé, Don Gabriel Manrique, parte de vuestros
amores. Quien temerosa de perderos os ha impedido el viaje, mal os lo
consentirá celosa. El cuarto de esta quinta que os detiene está
deshabitado, y imposible en él vuestra salida mientras no juréis, con la
seguridad que los bien nacidos empeñan palabras, y las firméis de
vuestro nombre, no partiros de nuestra corte sin licencia mía, no
revelar á persona estos secretos, y conjeturar por señas cuál de las
tres primeras damas es la que en palacio os apetece amante.»

Doña Beatriz ha ideado esta intriga para probar la perspicacia del
caballero extranjero, y para cerciorarse de que es espontáneo el amor
que le profesa; con este objeto, sin revelar su plan, distribuye, entre
sus hermanas, varias joyas y otras prendas para engañar mejor á su
amante. Don Gabriel presta su juramento, y se presenta de nuevo en la
corte como si no estuviera enamorado: su corazón se inclina á Beatriz;
pero los diversos objetos suyos, que poseen las Princesas, la simpatía
que le manifiestan y otras circunstancias casuales que concurren en este
enredo, le confunden de manera que, complicándose aquél más y más, ya
que no podemos, por desgracia, descender á sus pormenores, se resuelve
al cabo casándose el caballero, como ardientemente deseaba, con la
princesa Doña Beatriz. Esta comedia se distingue, desde el principio
hasta el fin, por una serie de escenas tan ingeniosas como interesantes,
y así en su conjunto como en sus partes es tan bella y tan perfecta, que
debe ser considerada, con justicia, como una de las obras más excelentes
de la poesía cómica.

Poco menos divertido é interesante es el argumento de la titulada _No
hay peor sordo que el que no quiere oir_. Don Diego, con arreglo al
convenio que hay entre su padre y Don García, debe casarse con Catalina,
la primogénita del último; pero en realidad está más enamorado de Lucía,
la hermana menor, que también le corresponde por su parte. Catalina, que
ama apasionadamente á su futuro esposo, por cuya razón está celosa de
su hermana, se esfuerza por todos los medios posibles en persuadir á su
padre que la case con un cierto Don Fadrique; pero los amantes se oponen
á este propósito con todos sus recursos, é intentan, por medio de la
astucia, el logro final de sus deseos. Don Diego pretexta á veces, para
alejar ese enlace, que detesta, tener ya elegida otra esposa, y Doña
Lucía, á su vez, se finge sorda sólo por no oir hablar de Don Fadrique y
de su casamiento. Esta sordera fingida, de la cual toma su título la
obra, da ocasión á las escenas más graciosas. Don Diego induce después á
un primo suyo, llamado Don Juan, á disfrazarse de alguacil y acusar á
Don Fadrique de un delito supuesto. En virtud de otra intriga, Don
García se ausenta algún tiempo de su casa, cuya ausencia aprovechan los
amantes casándose, y á su regreso traen la noticia de que Don Fadrique
ha sido forzado por la justicia á dar su mano á otra dama, á quien había
hecho promesa formal de casamiento; Don Diego y Doña Lucía se le
presentan ya como recién casados, y Doña Catalina, perdidas sus
esperanzas, acepta la mano que Don Juan le ofrece.

_Amar por arte mayor_ es una comedia de mucho mérito, por su gracia, y
conocida probablemente de Calderón y no olvidada cuando escribió su
_Secreto á voces_.

La protagonista de _La fingida Arcadia_ es una Condesa italiana,
entusiasta hasta el extremo de las poesías de Lope de Vega, declarando
por este motivo, á sus diversos pretendientes, que el elegido entre
ellos será sólo el que reuna todas las cualidades que Lope de Vega
atribuye al pastor Anfriso en su _Arcadia_. Todos los galanes adoptan,
pues, los nombres y trajes de los pastores, consiguiendo al cabo la
victoria un español, que sirve á la Condesa disfrazado de jardinero.

_El vergonzoso en Palacio_ goza de singular celebridad, mereciéndola más
por su excelente trazado de caracteres particulares y por sus
situaciones dramáticas numerosas, que por la harmónica trabazón de su
conjunto. _Amar por razón de estado_ abunda también en iguales bellezas,
y sobresale por lo perfecto de su plan. En _Mari Hernández la gallega_ y
_Averígüelo Vargas_ observamos personajes de naturalidad extraordinaria,
y reunen en grato consorcio la dulzura del idilio con el interés de una
acción animada y rica en detalles. _Amor y celos hacen discretos_ nos
ofrecen un aticismo acabado en su exposición, frases de una gracia
inimitable y un espíritu de observación, poco común al representar los
estados más íntimos y diversos del alma. Llama también esta comedia
nuestra atención porque guarda escrupulosamente las tres unidades de
lugar, de tiempo y de acción.

_El pretendiente al revés_ (frisando también en parte con el idilio)
desenvuelve con admirable penetración psicológica los misterios de los
corazones enamorados. _El castigo del pensé que..._ representa en sus
dos partes, de una manera gráfica, la verdad de que la dicha próxima se
gasta por la excesiva reflexión, declarándose, al principio de la
segunda parte, que la primera había sido recibida con el mayor aplauso,
y que había sido puesta en escena en todos los teatros de España, en
ciudades, villas y aldeas. Moreto la utilizó en su comedia _El parecido
en la corte_, como le sirvió también para el mismo objeto _La
entretenida_, de Cervantes. En _Ventura te dé Dios, hijo_, se describen
con tanta gracia como verdad los caprichos de la fortuna, al conceder
sus dones, y cómo se burla la casualidad de todos los cálculos de la
sabiduría humana. Las tituladas _Celos con celos se curan_ y _Del
enemigo el primer consejo_, desenvuelven resortes dramáticos, semejantes
á los empleados por Lope en su comedia _Milagros del desprecio_, y
hubieron de servir después á Moreto para el argumento de su célebre _El
desdén con el desdén_. _Por el sótano y por el torno_ y _Los balcones de
Madrid_ son modelos inimitables de la comedia de _Capa y espada_,
distinguiéndose también por su gracia picaresca y por la libertad que
reina en su intriga amorosa. Pocas obras dramáticas de este género, por
su animación y por su vida, podrán compararse á la que lleva el título
_Desde Toledo á Madrid_. Don Baltasar, que pretende á una dama llamada
Doña Ana, hiere mortalmente á su rival, y después del combate se refugia
en la casa más próxima, y se oculta en una de sus habitaciones más
solitarias. Sorpréndelo aquí Doña Mayor, hija del dueño de la casa,
enamorándose de ella de tal modo, después de celebrar un breve diálogo
con la misma, que se olvida por completo de su primer amor. Sabe que
Doña Mayor está prometida á un cierto Don Luis, y que en aquel mismo
día, acompañada de él y de sus padres, ha de encaminarse á Madrid para
celebrar sus bodas. Don Baltasar, á quien la novia muestra pronto su
inclinación amorosa, porque contra su voluntad ha accedido á contraer el
enlace propuesto con Don Luis, toma la resolución de disfrazarse de mozo
de mulas y entrar en el séquito de su amada. Se da trazas de jugar su
papel á la perfección, y regocija á toda la compañía por la mezcla que
ofrece de rústica grosería y de agudeza y socarronería algo libertina. A
la mula, que lleva á Doña Mayor, arrima un cardo bajo la cola, de suerte
que no se puede refrenar, y que el supuesto mozo, corriendo siempre
detrás de ella, se encuentra solo en el campo con su amada, y ambos
hablan sin obstáculos cuanto les parece. Los demás circunstantes
sospechan tan poco la verdad del caso, que llaman en broma á Don
Baltasar novio de Doña Mayor; y en la parada que hacen para pasar la
noche, y para que parezca menos larga, celebran por burla su boda con la
prometida de Don Luis. Éste, como es de suponer, no toma parte en la
alegría y carcajadas de los demás. Don Diego, mientras tanto, hermano de
la antigua amada de Don Baltasar, sabedor del disfraz de éste, se
propone pedirle una satisfacción de su deslealtad. Lo alcanza en la
posada, en donde pernoctaban, y le echa en cara su conducta poco
caballerosa; Doña Mayor escucha este diálogo, y al oir hablar de los
anteriores amoríos de Don Baltasar, dominada por los celos, le acusa del
homicidio cometido. Los criados intentan aprisionar á Don Baltasar, pero
éste se salva abriéndose camino con su espada. El desenlace de la acción
es el siguiente: Doña Mayor rehusa casarse con Don Luis mientras no
parezca el fugitivo; Don Diego hace saber que el caballero herido por
Don Baltasar no ha muerto, sino que ha recobrado por completo su salud,
habiéndose casado ya con Doña Ana; y, por último, se presenta el mismo
Don Baltasar, ya no disfrazado, sino en el traje propio de su clase, y
pide la mano de Doña Mayor, que se le concede.

_Marta la piadosa_ se acerca más al tipo de la comedia de carácter,
propiamente dicha, ofreciéndonos un cuadro perfecto y muy animado de la
hipocresía, el primero de esta clase en la literatura moderna, y de un
colorido poético infinitamente más rico que las obras famosas de Molière
y de Moratín, que tratan el mismo asunto.--Aventúrome ahora también á
atribuir á Tirso de Molina una composición dramática, cuyo autor se
titula un Ingenio de esta corte en varias impresiones sueltas, y la
cual, en el tomo XXXV de las comedias tituladas de _Los mejores ingenios
de España_ (Madrid, 1671), se atribuyó á Francisco de Rojas. Se denomina
_En Madrid y en una casa_, y concuerda hasta tal punto con las comedias
fidedignas de Tirso en lenguaje, plan y exposición, que, á mi juicio, ha
de considerársele como su verdadero autor. Rojas mismo se queja en el
prólogo del segundo tomo de su comedias (Madrid, 1645), de que algunas
obras dramáticas, no escritas por él, llevan su nombre falsamente,
abundando además los ejemplos de otras muchas comedias españolas, cuyos
autores supuestos no son los verdaderos, y deduciéndose de estos
hechos, que nada prueban las indicaciones de los libreros y de los
catálogos de los teatros, cuando se hallan en completa discordancia con
las razones que se desprenden de la contextura íntima de estas mismas
composiciones. La comedia á que aludimos, es de las mejores que se
conocen, distinguiéndose por su enredo, perfectamente trazado; por su
complicación, y, á pesar de esto, por su claridad extraordinaria.

Como transición del género cómico á otro más serio y formal, han de
considerarse _Palabras y plumas_ (cuyo argumento se funda, al parecer,
en la novela del halcón de Boccaccio), y _El amor y el amistad_, obras
ambas que nos seducen por cierto matiz ligero de sentimentalismo que las
adorna. La regularidad del plan de la última en nada se asemeja á las
demás composiciones de Tirso. Don Guillén, favorito del conde de
Barcelona, es dichoso con su amada y con su amigo; pero esta felicidad
desaparece en breve con motivo de un diálogo íntimo entre ambos que él
escucha, y cuyos motivos ignora, infundiéndole sospechas hasta el
extremo de formar el proyecto de averiguar su verdad. El Conde,
accediendo á sus ruegos, le retira aparentemente su favor, lo encierra
en la cárcel y le confisca todos sus bienes, convenciéndose pronto de la
falsedad de sus sospechas, puesto que tanto su amigo como su amada le
dan pruebas, en la desgracia, de su afecto y fidelidad.--A la misma
categoría pertenecen _Privar contra su gusto_ y _El celoso prudente_,
siendo esta última un drama superior, y en algunos de sus detalles
modelo ó fundamento de la tan famosa de Rojas titulada _Del Rey abajo
ninguno_. Esta se diferencia de las anteriores, que hemos citado, por el
carácter de su poesía, ya más serio. Como la clasificación de las
composiciones dramáticas españolas sólo tiene un valor relativo, la
distinción, que puede hacerse entre las de Tirso en cómicas y serias, es
también, en general, relativo, y nunca supone una separación completa de
ambos elementos. Algunos de los dramas de este poeta son tan diversos
por su carácter de los examinados por nosotros hasta ahora, que es
necesario clasificarlos en una sección aparte, aun cuando tengan ciertos
rasgos fundamentales comunes, que indican evidentemente su parentesco
con aquéllos.

Con admiración observamos que el poeta, hasta ahora semejante á una
mariposa, que vuela de flor en flor, se transforma en águila de
improviso y alza su vuelo hasta las nubes; el Tirso imparcial y burlón
desaparece de nuestra vista y se nos presenta como un poeta histórico,
que celebra con frases inspiradas los hechos memorables del noble pueblo
español, y su estilo, inseguro á veces y del colorido más vario, cobra
vigor inusitado á medida que sus pensamientos se subliman. Algunas obras
de esta especie pueden calificarse de dramas épicos. Tal es _La
prudencia en la mujer_, una de las obras más notables del teatro
español, que describe, con grandes y atrevidas pinceladas, las luchas
feroces de los partidos durante la minoría de Fernando IV y el heroísmo
de la Reina madre, triunfando de la obstinación de sus rebeldes
vasallos. Los dos primeros actos son superiores á todo encarecimiento;
no así el tercero, que es algo inferior en mérito. _Las hazañas de los
Pizarros_, en tres partes, nos ofrecen un cuadro de brillantes colores,
y por lo general, lleno de vida, de los hechos casi fabulosos de los
primeros conquistadores de América; y aunque notemos ciertas
exageraciones é imágenes poco correctas, á nuestro juicio, hay que
convenir en que son semejantes por su naturaleza á aquellas narraciones
maravillosas, que al hablar de los portentos del Nuevo Mundo encontraron
en todos crédito; cuentos y patrañas que se sostuvieron mucho tiempo en
el público antes que se dudara de su veracidad, como, por ejemplo, la
narración de Orellana, la cual se incluye también en este drama, de
haber encontrado una república de amazonas á las orillas del Marañón. La
fantasía de aquellos conquistadores se exaltó de tal manera con esas
imágenes fantásticas y engañosas, que uno de ellos, Manuel Ponce de
León, después de hacer grandes preparativos, emprendió una expedición
para descubrir las fuentes de la juventud perpetua.



CAPÍTULO XXVII.

     Continuación y fin de la crítica particular de las obras dramáticas
     más notables de Tirso.


Si bien el poeta representa las más veces los fenómenos más conocidos de
la existencia humana, en su desarrollo y con sus pasiones, é ilumina con
la luz de su imaginación las manifestaciones de la vida, considerándolas
bajo su aspecto externo, hay, sin embargo, algunos dramas suyos que se
distinguen por su filosófica profundidad, y que excitan y conmueven en
tanto grado á nuestro corazón y á nuestra inteligencia, como interesan á
nuestro espíritu y á nuestra fantasía. En la titulada _Escarmientos para
el cuerdo_, desenvuelve con tanta maestría como ingenio un asunto
esencialmente trágico, porque en este poema, lleno de sombras temerosas,
nos pinta con una verdad horrible los abismos en que se precipita el
crimen, arrastrado por la ligereza y por la pasión, y cómo la justicia
divina alcanza al fin al delincuente perverso. Este asunto se desarrolla
en ella bajo la forma de una poesía sublime, sobre todo en su desenlace,
puesto que el criminal, por su culpa, hace también partícipe de sus
males á sus deudos inocentes, llenando este drama de pinceladas tan
profundas y verdaderas, que se puede llamar su obra tragedia romántica,
única en su especie[70]. Comienza con una suntuosa procesión triunfal,
con que se celebran en Goa las victorias ganadas por Don Manuel de Sousa
contra muchos príncipes indianos. Don Manuel se nos presenta vestido de
rico traje de guerra, siguiéndole su ejército, de gala, y los
prisioneros indianos con cadenas. El triunfador refiere sus hazañas en
un discurso ostentoso al gobernador de la India, García de Sa, el cual,
al contestarle, muestra hacia él la mayor consideración. En la escena
inmediata conocemos á Doña María, dama portuguesa que ha ido á la India
disfrazada de hombre para buscar á Don Manuel, su antiguo amante, de
quien ha tenido un hijo, y que la ha abandonado, llevándose consigo al
tierno Dieguito. Se da á conocer al infiel, y lo conmueve de tal modo
probándole su amor y su fidelidad, que él, atormentado por los
remordimientos de su conciencia, cae arrepentido á sus pies, le pide
perdón y le jura amar sólo á ella en lo sucesivo. El amante pide al
cielo venganza si falta después á sus promesas:

      Plegue á Dios, prenda querida,
    Si llorares ofendida
    Mi lealtad y fe inconstante,
    Que vengativo levante
    Peligros contra mi vida
    Cuanto esta máquina encierra:
    Si navegare, la guerra
    Del mar, llevándome á pique,
    Naufragios me notifique
    Inauditos; si en la tierra,
    Entre caribes adustos,
    Abrasados arenales,
    Tigres del monte robustos,
    Rayos de nubes mortales,
    Rigores del cielo justos,
    Todos juntos, homicidas,
    Verdugos de mis enojos,
    En las prendas más queridas
    Ceben su furia á mis ojos,
    Porque me quiten más vidas.

Don Manuel, antes de la llegada de Doña María, ha contraído relaciones
amorosas con Doña Leonor, hija del Gobernador. Las rompe luego para
consagrarse á su antigua pasión; pero el Gobernador, á cuya noticia han
llegado esas relaciones amorosas de Don Manuel con su hija, desea que se
celebre el matrimonio entre ambos, excitado por las esperanzas
lisonjeras que, para lo futuro, despierta este enlace en su ánimo, si el
amante cumple su promesa. Don Manuel, que no se distingue por su
constancia, duda entonces y vacila. El Gobernador sabe por su parte que
su hija ha dado á luz un fruto de sus amores, y obliga al seductor á
optar entre la muerte ó su casamiento con Doña Leonor. Don Manuel, en
esta situación tan crítica, no resiste al imperio de las circunstancias,
y es perjuro con Doña María. Celébranse las bodas con Doña Leonor; pero
al bendecirlos el sacerdote, la espada de Don Manuel se escapa de la
vaina, y hiere impensadamente á la novia, suceso que se interpreta por
todos como un mal presagio. Los recién casados se embarcan, con arreglo
á las órdenes del Gobernador, y se dirigen hacia Portugal, abandonando
á las Indias, Don Manuel sin ver siquiera á Doña María, y separando
también á esta desdichada de su hijo Dieguito, á quien se lleva consigo
en su viaje. La mísera engañada tiene noticia de su deslealtad, y acude
corriendo á detener al culpable; pero llega tarde al puerto, en el
momento en que el buque leva el áncora, y sólo oye á lo lejos las voces
de su hijo que la ve y quiere volver con ella. Arrodíllase entonces en
la orilla, y pide al cielo que castigue al perjuro, al mismo tiempo que,
impulsada por su amor y por su pena, invoca las bendiciones del cielo
sobre la cabeza de su hijo. Negras nubes llenan entonces el espacio. Una
borrasca está á punto de estallar, y el buque desaparece á lo lejos en
la obscuridad, azotado por las olas. Doña María se apresura entonces á
revelar al Gobernador la traición de Don Manuel, y en seguida se hace á
la mar con ella en otro buque para alcanzar al fugitivo y arrancarle su
hijo. La escena inmediata representa un huracán espantoso, que se ensaña
contra el navío en donde van Don Manuel y Doña Leonor. El amante infiel
comienza entonces á presentir que le persigue la Justicia Divina. El
buque encalla en la costa de África, y empieza entonces una serie de
escenas, en las cuales el terror y la compasión, y las pasiones más
tiernas y enérgicas rivalizan entre sí para perturbar el ánimo de los
espectadores y hacer en ellos impresión profunda. Los náufragos vagan
por el desierto, rodeados de pueblos salvajes, sufriendo todas las
torturas físicas, y expuestos á todos los riesgos de aquellas regiones
inhospitalarias. Don Manuel se abandona á la más sombría desesperación;
la infeliz é inocente Leonor muestra en esta situación deplorable el
amor y la abnegación que siente por su esposo, y los dolores del niño,
próximo á espirar, aumentan los males de ambos. Después que la fantasía
del poeta agota estas terribles escenas, nos ofrece á Leonor robada por
los salvajes cafres, que atacan á los fugitivos. Dieguito es arrebatado
por un tigre, y Don Manuel intenta darse la muerte para poner término á
su existencia. A la conclusión desembarcan también en la costa de África
el Gobernador y Doña María, que siguen las huellas de los extraviados,
alcanzándolos al cabo con una parte de la tripulación, y averiguando el
triste destino de ambas víctimas. Los cadáveres de Doña Leonor y de
Dieguito son conducidos en un féretro provisional, y los perseguidores
de Don Manuel, renunciando á todo proyecto de venganza, lloran la muerte
de los desventurados, inclinándose llenos de respeto ante los decretos
de la Justicia Divina.

Hasta los que menos conocen las obras de Tirso de Molina saben
perfectamente que él fué el primero que presentó en el teatro la célebre
historia[71] de _El Burlador de Sevilla_ y _Convidado de piedra_, que,
por su plan y desarrollo, debe clasificarse entre sus obras menos
importantes, aun cuando se noten en ella ciertos rasgos propios sólo de
un poeta de primer orden. El carácter de Don Juan es de superior mérito
dramático; no así la exposición de sus delitos, defectuosa á nuestro
juicio[72]. Esta composición, según parece, fué más famosa en el
extranjero que en España. En el teatro italiano aparece ya hacia el año
1620[73]. En Francia hay tres imitaciones de la misma con el título
ininteligible de _Le festin de pierre_. La más antigua es del año 1659,
de Villiers; la segunda, de 1661, de Dorimon, y la tercera, de 1665, de
Molière[74]. En España este mismo argumento fué desenvuelto
dramáticamente por Zamora, y su _Convidado de piedra_, no el de Tirso,
se ha mantenido hasta ahora en sus teatros[75].

Entre los dramas de Tirso hay uno solo mitológico, que se titula
_Aquiles_. En el acto primero se describe la locura fingida de Ulises,
para eximirse con ella de tomar parte en la guerra de Troya, y después
la vida salvaje de cazador, que lleva el joven Aquiles, educado por
Chirón en un desierto agreste y montañoso. En el acto segundo Tetis se
lleva á Aquiles, disfrazado de doncella, á la corte del rey Nicomedes,
en la cual vivirá en lo sucesivo entre mujeres vírgenes. El carácter
violento del joven guerrero, que no puede acomodarse á este género de
vida, está trazado de mano maestra. Su madre le enseña una fórmula de
cortesía propia de señoras, y él se inclina como lo hacen los soldados.
Un amante de la princesa Deidamia, de quien Aquiles está celoso, le dice
mil lindezas y le pide que le dé su mano; pero él oprime la del galán
con tal violencia, que éste da gritos de dolor. En el acto tercero viene
Ulises, vestido de mercader, para descubrir á Aquiles, y trae, entre
otros objetos, una lanza y un escudo, de los cuales se apodera el héroe
sin tardanza. Conseguido el propósito de Ulises, se encaminan ambos á
Troya, sin preocuparse mucho Aquiles de Deidamia, antes su amada, la
cual le sigue al campamento griego, disfrazada de hombre. La comedia no
tiene desenlace verdadero, refiriéndose á una segunda parte que ha de
completar su argumento.

En _La república al revés_ se pintan con tanta energía como animación
los disturbios y altercados de familia de la corte de Constantino
Porfirogeneta. Constantino despoja del trono á su madre, la destierra, y
ordena que le quiten la vida. Cásase con Carola, hija del rey de Chipre,
pero se apasiona pronto de una dama de la corte y encierra á la
Emperatriz en la cárcel. Obligado á celebrar una conferencia, para
tratar este asunto, con el padre y el hermano de Carola, siembra entre
ambos tal cizaña, que al fin se matan uno y otro. Da licencia á las
bandas de ladrones para entregarse públicamente á sus excesos, y dispone
que los matrimonios se anulen de cuatro en cuatro años; disuelve el
Senado, obliga á los senadores á vestirse de mujeres para burlarse de
ellos, y renueva la herejía de los Iconoclastas. Por último, los griegos
se sublevan contra este tirano insensato, encargan del mando á la
desterrada Irene y se apoderan de Constantino, á quien su madre condena
á perder la vista y á cárcel perpetua.

_La vida de Herodes_, parte de cuya comedia utilizó Calderón en _El
mayor monstruo los celos_, constituye una transición entre los dramas
religiosos y los mundanos. Mientras Herodes hace la guerra en la Armenia
por mandato de su padre Antipatro, llega á sus manos un retrato de la
bella Mariana, princesa de Jerusalén. Después de regresar victorioso á
Ascalón, sabe que su hermano Fausto está enamorado de Mariana, y se
encamina en secreto á Jerusalén para oponerse á este casamiento. Al
llegar allí, tiene la fortuna de librar á la Princesa de un peligro de
muerte. Disfrázase de pastor para conquistar así el amor de Mariana, y
logra cumplidamente su objeto, siendo preferido por ella á Fausto. Éste,
impulsado por la venganza, lo entrega al general romano Marco Antonio,
que lo carga de cadenas; pero Augusto, que hace la guerra á Marco
Antonio, liberta al prisionero y le nombra rey de Jerusalén. Mariana,
mientras tanto, ha sido confiada á la guarda del ministro Josefo; cae
en manos de Herodes una carta, que le hace sospechar de la virtud de su
amada; oye una conversación entre la última y Josefo, que, al parecer,
confirma sus sospechas, y, lleno de rabiosos celos, condena á ambos á
muerte. En seguida recibe la noticia de la venida de tres magos que,
guiados por una estrella, se proponen adorar al Rey recién nacido de los
judíos, por cuyo motivo da orden de matar á todos los niños menores de
tres años y á todos los descendientes de David. El Salvador, que ha
nacido ya, recibe la adoración de pastores y reyes, y Herodes muere
loco, teniendo en sus brazos dos niños degollados.

Este drama es evidentemente defectuoso en su argumento, aunque contenga
muchos rasgos aislados de extraordinaria y sorprendente belleza. Lo
mismo puede decirse del que lleva el título de _El árbol del mejor
fruto_. Cuando Constantino, hijo del emperador Constancio, camina hacia
Grecia para casarse allí con la princesa Irene, muere asesinado por unos
ladrones, que lo reconocen después de perpetrado su delito, y huyen
aterrados. Encuentran en una aldea inmediata á un labrador, llamado
Cloro, vivo retrato del Príncipe asesinado, y le proponen hacerse pasar
por aquél y casarse de este modo con Irene, para cuyo fin le entregan
las cartas, que servían de credenciales al muerto. Cloro, á quien antes
se le ha profetizado que así él como su amigo Licinio habían de ser
emperadores, acepta el proyecto, y es acogido por la princesa Irene con
la mejor voluntad como su esposo prometido. Cuando el falso Constantino
va con su joven esposa á la corte del emperador Constancio, llega
también el cadáver del asesinado, siendo tan grande la semejanza entre
ambos, que hasta su mismo padre duda si su hijo es el muerto ó el vivo;
el engaño se descubre, sin embargo, por la intervención de un campesino,
y en su consecuencia, es condenado Cloro á perder la vida; pero
sobreviene en tan crítico momento Elena, madre del último, y declara que
en su juventud ha sido amada por Constancio, y que el fruto de este amor
ha sido Cloro, cuyo nombre verdadero es también Constantino. Cloro es
entonces proclamado César con este mismo nombre de Constantino. Después
comienzan las hostilidades entre Magencio y Constantino, anunciándose á
éste, ya inclinado á la fe cristiana, que vencerá en la contienda con el
estandarte de la Cruz; cúmplese la profecía, y Constantino, agradecido,
hace voto de ir en peregrinación á Palestina para buscar la Santa Cruz.
Cuando, después de la muerte de Constancio, sube al trono imperial, se
dirige á Jerusalén con Elena, Irene y Licinio, al cual asocia al
imperio por su valor probado. Los judíos de esta ciudad indican el
lugar, consagrado por muchos mártires, en donde debe estar oculta la
Cruz del Salvador; hácense saltar las piedras que la guardan, y en vez
de una sola Cruz se hallan tres iguales: ¿cuál será, pues, la verdadera?
Un milagro resuelve la duda. Licinio ha muerto por mandato de
Constantino, en castigo de una persecución á los cristianos que ha
promovido, y se acuerda poner el cadáver en presencia de las tres
cruces, porque será la verdadera la que lo resucite. Se hace la prueba,
y apenas toca á Licinio el santo símbolo, recobra el muerto la vida, y
las primeras palabras que pronuncia declaran la divinidad de Jesucristo.
Irene y los judíos, testigos de este portento, se convierten al
cristianismo.

Lope de Vega, en la dedicatoria de su comedia _Lo fingido verdadero_ á
Gabriel Téllez, religioso de Nuestra Señora de la Merced (comedias de
Lope de Vega, tomo XVI), celebra con grandes alabanzas las obras
religiosas de este autor; pero, entre las conservadas hasta nosotros,
hay sólo pocas de esta clase. Ya hemos indicado antes cuán difícil es
señalar los caracteres exclusivos de este género literario. Algunas de
las comedias de Tirso, aunque en el asunto que les sirve de fundamento
lo parezcan, por provenir de la Biblia ó de la Historia Sagrada de la
Iglesia Católica, no se diferencian, sin embargo, en lo demás
considerablemente de los sugeridos por la historia profana. _La elección
por la virtud_ (cuyo asunto es la elevación al Solio pontificio de Sixto
V de su estado de campesino), contiene, á la verdad, elementos muy
profanos, juntamente con otros de una gracia inimitable, como, por
ejemplo, la bellísima escena en que una doncella, disfrazada de pastor,
y con el pretexto de cazar aves, se acerca á la torre en donde está
prisionero su amante, y se comunica con él por medio de un canto de
doble sentido, hasta que al fin consigue su libertad. _La mujer que
manda en casa_ representa con vigorosas pinceladas la historia de
Jezabel, del libro primero de los Reyes. _La venganza de Tamar_, la de
Amnón y Tamar, que hoy se sufriría con trabajo en el teatro. Pocos
poetas dramáticos españoles se han elevado tanto en la poesía trágica
como Tirso en este notabilísimo drama. Nada hay más patético que el
carácter del anciano David, y el tierno amor que muestra ante la pasión
culpable de sus mal aconsejados hijos. Amnón, el mayor de ellos, penetra
una noche en los jardines cerrados del palacio, en los cuales, con
arreglo á la usanza oriental, viven retiradas las mujeres. Oye los
cantos de una voz seductora que lo atraen y encadenan, y entabla un
diálogo con la que canta, á consecuencia del cual se enamora de ella
ardientemente. La obscuridad y el velo que la cubre le impiden ver su
rostro; pero acuerdan ambos que se dé á conocer vistiendo un traje de
púrpura en una fiesta próxima, que ha de celebrarse después en palacio.
Las escenas inmediatas describen esta fiesta. Amnón reconoce horrorizado
que la dama del vestido de púrpura es Tamar, su hermana de padre. Cae en
una melancolía profunda, é intenta primero dominar su pasión; pero no
puede lograrlo, y la expresa ante su hermana en sus acciones y palabras.
El rey David deplora amargamente la tristeza de su hijo, que casi raya
en locura. Amnón pide á su padre la gracia de que Tamar sea la elegida
para cuidarlo en su enfermedad, y así se le concede. Entonces ocurre la
escena violenta, de que nos habla la Biblia, en una forma que rechazan
nuestras ideas modernas; pero presentada, no obstante, con
extraordinaria animación dramática. Después que Amnón ha satisfecho su
deseo, por castigo del cielo se trueca su antiguo amor en el odio más
implacable, y atormenta á la deshonrada Tamar y la maltrata sin cesar.
Ésta acusa al culpable ante el Rey, y concierta un plan de venganza con
Absalón, que la ayuda con el mayor celo, porque suspira hace tiempo por
ceñirse la corona, y desea, por consiguiente, que desaparezca Amnón de
su camino. Tamar se retira á una posesión rural de su hermano á
Baalhasor, en donde vive disfrazada de labradora. Absalón, en el período
de la siega, prepara aquí una fiesta en la cual ha de ejecutarse su
proyecto de venganza. Amnón acude á este lugar, y comienza á enamorar á
una campesina, en la cual reconoce á la mujer, odiada por él
mortalmente, porque le recuerda su horrible crimen. Llénase de temor, y
presiente la proximidad de la catástrofe que le amenaza. Los segadores y
segadoras celebran la fiesta de la recolección con alegres cánticos y
danzas; óyense de improviso gritos lastimeros detrás de la escena;
Adonias y Salomón, hermanos de Absalón, se presentan en el teatro
pálidos como la muerte; cesan los cantos, se transforma el lugar de la
escena, y se ve derribar la mesa, en la cual están colocados los
preparativos de la fiesta, y junto á ella, en el suelo, el cadáver de
Amnón, atravesado de puñaladas y chorreando sangre. Delante del muerto
se ve á Tamar, que se regocija de su venganza, y al ambicioso Absalón,
con la espada desnuda, orgulloso de su triunfo. Esta escena es, sin duda
alguna, de lo más trágico que puede existir en cualquier teatro. El
drama termina con las lamentaciones de David acerca de los males que le
preparan sus hijos en su vejez. Algunas escenas de este drama han sido
imitadas por Calderón en su excelente tragedia titulada _Los cabellos de
Absalón_.

El elemento religioso aparece más claro en una obra dramática de Tirso,
en la cual se desenvuelve la historia de Santa Casilda, leyenda española
muy bella[76], arreglada para el teatro; titúlase _Los lagos de San
Vicente_. La heroína es una hija del rey moro de Toledo, presa de una
profunda melancolía, que emprende una peregrinación hacia el lago de San
Vicente, por habérsele profetizado que bañándose en él recobrará su
salud; el baño á que alude esta profecía, es el agua del Bautismo.
Casilda se hace cristiana durante su viaje, y después ermitaña, á
orillas del lago sagrado, sin volver más á la corte de su padre.

El drama, que lleva el nombre de _Quien no cae no se levanta_, en cuyo
primer acto se desarrolla una intriga amorosa algo libre, toma después
carácter religioso. Margarita, hija de un rico florentino, ha llevado
una vida licenciosa, y promovido, entre los muchos amantes á quienes ha
dispensado sus favores, asesinatos y desastres mortales. Oye un día una
voz celestial, acompañada de melodiosa música, que la reconviene por sus
excesos. Síguese á esta exhortación dos apariciones, mostrándole una el
fin horrible que la aguarda si persevera en la senda del pecado, y la
otra la corona inmortal que ha de ceñir las sienes de la pecadora
arrepentida. La emoción de Margarita es extraordinaria, pero no
suficiente para arrancarla de sus antiguos hábitos. Selio, mientras
tanto, uno de sus adoradores, que ha dado muerte á otro, se ha refugiado
en un convento. Sábelo Margarita, y se dirige á la iglesia del mismo
convento para hablar con él; pero allí hace en ella tal impresión el
discurso de un sacerdote, que, arrepentida de sus faltas y comprendiendo
la enormidad de ellas, cae en tierra anonadada, se despoja de sus galas
y vestidos, y con sus gestos y ademanes hace creer al pueblo que ha
perdido la razón. Vístese después de tosco sayal y vive en el más
completo retiro; pero Selio, disfrazándose y sobornando á una criada de
Margarita, consigue entrar en su habitación, y la hace vacilar de tal
modo en su propósito, que se decide á huir con él. Pero en el momento de
ponerlo en práctica cae en tierra como desmayada junto al umbral de la
puerta; aparécesele su ángel de la guardia, y con su belleza celestial y
su divina elocuencia, borra de su corazón todo pensamiento mundano. El
mensajero de Dios la excita á casarse con él, no para esta vida
terrestre, sino para la vida eterna; la pecadora arrepentida accede á
sus ruegos, apoderándose la muerte de su cuerpo, incapaz de resistir á
tan violentas emociones, y llevándose el ángel su alma á la mansión
celestial.

Semejante á éste es el argumento de _La condesa bandolera_. La condesa
Ninfa, enemiga primero de los hombres, es deshonrada después por el
conde de Calabria; se hace salteadora de caminos y comete innumerables
crímenes, hasta que, hallándose en peligro de muerte, se le presenta un
ángel que le enseña el camino de la virtud, se arrepiente de sus delitos
y los expía en un bosque solitario, en donde muere á mano de la duquesa
de Calabria, que la atraviesa con un venablo, tomándola por una bestia
salvaje.

De mérito singular, y quizás el más notable de todos los dramas
religiosos que se han escrito en España, es _El condenado por
desconfiado_, obra que lleva el sello de un sentimiento religioso
singularmente enérgico y peculiar de aquella época, aunque á nosotros
nos parezca extraño y casi inexplicable. Su objeto es exponer el
contraste que hay entre la pusilanimidad y la fe. Un ermitaño, que ha
pasado su vida en ejercicios de piedad y prácticas de virtud, cae en
las garras del demonio por sus dudas de la misericordia de Dios, y al
fin es condenado; al contrario, un criminal cuya existencia ha sido una
serie no interrumpida de sangrientos delitos de todo género, alcanza al
cabo la gracia divina. Esta idea extravagante está desenvuelta en
conceptos, extraños en parte, pero ingeniosos y sublimes, encontrándose
en inexplicable confusión con los rasgos más sombríos de este cuadro
otros muy diversos, llenos de ternura y de sentimiento religioso, que
impresionan vivamente al lector. Pablo el ermitaño vive há largo tiempo
en una ermita solitaria, exclusivamente consagrado á la devoción y
contemplación de la divinidad. La obra comienza con una escena realzada
por la solemnidad y santidad de las fiestas del descanso, á que se
entregaban los antiguos patriarcas. Pablo, después de orar, cae en un
letargo, durante el cual sueña que va á ser condenado en el juicio
final. Este sueño trastorna y conmueve tan violentamente su alma, que
llega á concebir algunas dudas acerca de la misericordia de Dios. A
consecuencia de ellas, el demonio lo tienta de diversas maneras,
autorizado con el permiso de Dios. Revístese, pues, de la forma de un
ángel, y le dice «que vaya á Nápoles para salir de dudas y recelos, y
que en esa ciudad hay un cierto Enrico sabedor de su propio destino,
puesto que Dios ha ordenado que sea idéntico el fin de ambos.» El
ermitaño da crédito á esta visión engañosa y se pone en camino,
esperando que Enrico será un modelo de virtud y de devoción. ¡Cómo se
engaña el desdichado! Lo encuentra en la compañía de amigos criminales y
libertinos y de mujeres perdidas, celebrando todos una orgía, durante la
cual cada uno de estos dignos personajes refiere satisfecho los delitos
que ha cometido, ornando al fin á Enrico, por más culpable, con una
corona de laurel. Fácil es de comprender el asombro de Pablo ante este
espectáculo. ¿Podrá, pues, Enrico, personificación de todo lo malo,
disfrutar de la gracia divina? Si la suerte del ermitaño ha de ser
idéntica, su condenación eterna es entonces segura, decidiéndose por
desesperación (con tanto mayor motivo cuanto que sus méritos para
obtener la gracia son hasta aquel momento superiores á los del criminal)
á lanzarse como él en la senda del delito. Regresa con esta resolución á
la montaña, en donde vivió antes como piadoso solitario, y se pone al
frente de una banda de ladrones, con la cual comete todo linaje de
crímenes. A veces oye la voz de su conciencia, cuando cesa en su vida
culpable, exhortándolo á emprender de nuevo el buen camino; pero al
pensar en Enrico y en la revelación que se le hizo, insiste de nuevo en
sus censurables excesos.

Como representante de la gracia divina se le presenta un ángel, bajo la
forma de un joven pastor, que teje una corona de flores, con la cual
quiere coronar á los pecadores arrepentidos, y que entona cánticos
llenos de gracia, que celebran la generosidad y misericordia de Dios.
Pablo vacila un instante en sus malos propósitos, pero incurre pronto de
nuevo en su falta anterior de confianza en el Supremo Juez. Enrico,
mientras tanto, perseguido por la justicia á causa de sus crímenes, se
arroja á la mar por escapar de sus ministros. Las revueltas olas se lo
llevan milagrosamente y lo depositan en la costa, teatro de las
fechorías de Pablo. Los bandidos lo hacen prisionero, y su capitán
resuelve someterlo á las pruebas más duras, para deducir de su muerte
cuál ha de ser la suya propia. Enrico es atado á un árbol y asaeteado
sin compasión; pero en vez de asustarse, se burla de Dios y se ríe en
sus barbas de la muerte. Pablo se presenta de nuevo vestido de ermitaño,
y lo exhorta al arrepentimiento con tanta mayor insistencia, cuanto que
cree que el término bienaventurado de la vida de Enrico ha de ser
garantía segura del que le aguarda; pero sus esfuerzos son vanos, porque
Enrico no hace caso ninguno de sus palabras, y al fin le concede la
vida, temiendo que, como impenitente, pueda ser condenado. Después de
esta prueba peligrosa es mayor poco á poco el extravío del pusilánime.
Cuenta á Enrico su vida y su destino, y Pablo hace con él lo mismo; pero
Enrico, á pesar de todos sus crímenes, ha conservado siempre una virtud,
la del amor y la ternura filial que siempre ha tenido á su anciano
padre; y á pesar también de todos sus delitos anteriores, siempre ha
creído que la gracia de Dios puede al fin salvarlo. La existencia de
esta empedernida obstinación en el pecado con la firme confianza en la
misericordia divina, repugna, sin duda, á nuestras ideas actuales; pero
hoy mismo no es rara en los pueblos católicos de la Europa meridional.
Los dos criminales unidos prosiguen su sanguinaria carrera, y roban y
asesinan á cuantos caen en sus manos. Al cabo de algún tiempo resuelve
Enrico encaminarse á Nápoles para visitar á su padre. La justicia se
apodera de él en esta ocasión, y lo encierran en una obscura cárcel. Los
horrores de la prisión y la vida desastrosa de los presos, se describen
con una verdad que infunde miedo. El demonio se aparece á Enrico y le
ofrece la libertad si le vende su alma; pero él oye la voz del cielo,
que lo disuade, y rehusa su oferta. Es condenado á muerte y llevado al
suplicio, persistiendo en su obstinación y en su culpa; pero la única
virtud, que ha conservado en su vida, da entrada en su corazón á la
gracia de Dios; lo que no han podido lograr el miedo á la muerte y á las
penas del infierno, lo consiguen las lágrimas y súplicas de su anciano
padre; Enrico se arrepiente, pide á Dios perdón humildemente de sus
faltas y sufre resignado una muerte vergonzosa para alcanzar después la
vida eterna. Pablo, mientras tanto, aumenta cada día el catálogo de sus
delitos, pero la gracia divina no deja de buscarlo. Aparécesele el alma
de Enrico cuando la llevan al cielo los ángeles; pero esta aparición,
que debiera excitar la esperanza en su ánimo, es inútil. Todas las
exhortaciones celestiales no logran desvanecer su desconfianza. Otra vez
el pastor, mensajero del Eterno, pasa junto á él cantando tristes
endechas y destrozando lentamente la corona de flores, que había formado
para él. Esta escena impresiona vivamente por el terror y la compasión
que excita en nosotros. El criminal, perdido ya sin remedio, sucumbe
poco después en un combate, y el drama termina con el espectáculo que
ofrece su alma, cercada de llamas, en su viaje á los infiernos. Si
Tirso de Molina no hubiese escrito otra obra, sólo por lo patético, y el
ingenio que distingue á ésta, no se le podría negar con justicia el
nombre de gran poeta.

Los pocos autos de este autor (como _El colmenero divino_ y _Los
parecidos hermanos_), no merecen ahora de nuestra parte mención
especial; no así el titulado _La madrina del cielo_, por ser un ejemplo
de obra dramática religiosa, á cuya especie no se ha dispensado la
atención necesaria. Se escribió en loor de Nuestra Señora del Rosario: y
como la compuesta con igual objeto por Álvaro Cubillo de Aragón y la de
Antonio Coello, se diferencia de los autos sacramentales y de los
escritos al nacimiento de Nuestro Señor, no sólo por su tendencia, sino
también por los elementos profanos predominantes, comparados con sus
alegorías. Todas sus partes se dirigen á ensalzar el poder maravilloso
del Rosario. Un libertino, llamado Dionisio, viola y deshonra á la joven
Marcela. La víctima pide al cielo el castigo del culpable, y Jesucristo
le declara que sus súplicas serán oídas. Dionisio, más pecador cada día,
comete toda clase de delitos; pero á pesar de ello, conserva siempre
piadosa devoción por el Rosario. Hácese salteador, y asesina á todos los
caminantes que caen en sus manos. Entre los últimos, cuéntase también á
Santo Domingo: Dionisio se propone matarlo como á los demás, pero al ver
su rosario, que el santo lleva consigo, desiste de su propósito y le
deja en libertad. Marcela ruega de nuevo al Salvador que no deje impune
al delincuente que la ha deshonrado, y, según parece, sus ruegos han de
ser cumplidos. Se ven á lo lejos abiertas las puertas del infierno, y á
Jesucristo como juez, con una espada de fuego en la mano, dispuesto á
condenar á Dionisio á la muerte eterna; pero á su lado se hallan Santo
Domingo y la Virgen María, que se esfuerzan en mover su compasión hacia
el pecador, por la devoción que ha demostrado siempre al santo Rosario,
y en efecto, su respeto á ese signo religioso lo salva de la condenación
á que estaba ya destinado. Por la intervención de la Virgen María, como
patrona del Rosario, obtiene un plazo para expiar sus crímenes. La lucha
de su alma es representada alegóricamente por medio de las diversas
virtudes y vicios, que lo atraen y lo rechazan; pero sus constantes
oraciones lo hacen partícipe, al fin, de la gracia divina, transformando
de tal modo todo su sér, que Marcela conviene, á sus ruegos, en borrar
su antigua falta, dándole su mano. En su boda la Virgen los corona de
rosas, mientras un coro de ángeles canta sus alabanzas.



APÉNDICE.

     Catálogo de la gran colección de comedias nuevas escogidas de los
     mejores ingenios de España.


MADRID (1652-1704).

En la pág. 432 de este tomo III aludimos á esta importante colección.
Algunos volúmenes llevan títulos diversos del general, porque entre los
ejemplares, que me han servido, falta muchas veces la primera hoja, ó se
halla tan estropeada, que sólo puedo afirmar lo siguiente: el IV dice
_Laurel de comedias_; el VII, _Teatro poético_; el X, _Nuevo teatro de
comedias_; el XIII, _De los mejores el mejor_; el XIV, _Pensil de
Apolo_; el XX, _Comedias varias_; el XXXI, _Minerva cómica_; el XLVI,
_Primavera numerosa de muchas harmonías lucientes_. En algunos tomos no
se determina tampoco el año de la fecha.


TOMO I (1652).

1 La Baltasara, de tres ingenios: la primera jornada de Luis Vélez
de Guevara; la segunda, de D. Antonio Coello, y la tercera, de D.
Francisco de Rojas.

2 No siempre lo peor es cierto, de D. Pedro Calderón.

3 Lo que puede el oir misa, del Dr. Mira de Mescua.

4 La exaltación de la cruz, de D. Pedro Calderón.

5 Chico Baturí, y siempre es culpa la desdicha, de D. Antonio de
Huerta, D. Jerónimo Cáncer y D. Pedro Rosete.

6 Mejor está que estaba, de D. Pedro Calderón.

7 San Franco de Sena, de D. Agustín Moreto.

8 El Hamete de Toledo, de Belmonte y D. Antonio Martínez.

9 La renegada de Valladolid, de Luis de Belmonte y de D. Antonio
Bermúdez.

10 Luis Pérez el Gallego, de D. Pedro Calderón.

11 El trato muda costumbres, de D. Antonio Mendoza.

12 Con quien vengo, vengo, de D. Pedro Calderón.


TOMO II (1653).

1 No guardas tú tu secreto, de D. Pedro Calderón.

2 Juan Latino, de D. Diego Jiménez de Enciso.

3 Celos, amor y venganza, de Luis Vélez de Guevara.

4 La firme lealtad, de Diego de Solís.

5 La sentencia sin firma, de Gaspar de Ávila.

6 Fingir lo que puede ser, de D. Ramón Montero de Espinosa.

7 El inobediente ó la ciudad sin Dios, de Claramonte.

8 La rosa alejandrina, de Luis Vélez de Guevara.

9 El fuero de las cien doncellas, de D. Luis de Guzmán.

10 No hay contra el honor poder, de Antonio Enríquez Gómez.

11 La obligación de las mujeres, de Luis Vélez de Guevara.

12 Amor y honor, de Luis Belmonte.


TOMO III (1653).

1 La llave de la honra, de Lope de Vega.

2 Más pueden celos que amor, de Lope de Vega.

3 Engañar con la verdad, de Jerónimo de la Fuente.

4 La discreta enamorada, de Lope de Vega.

5 A un traidor dos alevosos y á los dos el más leal, de Miguel González
de Cañedo.

6 La portuguesa y dicha del forastero, de Lope de Vega.

7 El maestro de danzar, de Lope de Vega.

8 La Fénix de Salamanca, del Dr. Mira de Mescua.

9 Lo que está determinado, de Lope.

10 La dicha por malos medios, de Gaspar de Ávila.

11 San Diego de Alcalá, de Lope.

12 Los tres señores del mundo, de Luis de Belmonte.


TOMO IV (1653).

1 Amigo, amante y leal, de D. Pedro Calderón.

2 Obligar con el agravio, de D. Francisco de Victoria.

3 El lego de Alcalá, de Luis Vélez de Guevara.

4 No hay mal que por bien no venga, de D. Juan Ruiz de Alarcón.

5 Enfermar con el remedio, de D. Pedro Calderón, Luis Vélez de Guevara y
D. Jerónimo Cáncer.

6 Los riesgos que tiene un coche, de D. Antonio de Mendoza.

7 El respeto en el ausencia, de Gaspar de Ávila.

8 El conde Partinuples, de Doña Ana Caro.

9 El rebelde al beneficio, de D. Tomás Ossorio.

10 El español Juan de Urbino, del licenciado Manuel González.

11 Lo que puede una sospecha, del Dr. Mira de Mescua.

12 El negro del mejor amo, del Dr. Mira de Mescua.


TOMO V (1653).

1 Oponerse á las estrellas, de tres ingenios.

2 Amán y Mardocheo, del Dr. Felipe Godínez.

3 Estados mudan costumbres, de D. Juan de Matos.

4 El conde Alarcos, del Dr. Mira de Mescua.

5 Donde hay agravios no hay celos, de D. Francisco de Rojas.

6 El marido de su hermana, de Juan de Villegas.

7 El licenciado Vidriera, de D. Agustín Moreto.

8 Nuestra Señora del Pilar, de Sebastián de Villaviciosa, D. Juan de
Matos y D. Agustín Moreto.

9 El embuste acreditado y el disparate creído, de D. Luis Vélez de
Guevara.

10 Agradecer y no amar, de D. Pedro Calderón.

11 No hay burlas con las mujeres: casarse y vengarse, del Dr. Mira de
Mescua.

12 Los amotinados de Flandes, de Luis Vélez de Guevara.


TOMO VI (1654).

1 No hay ser padre siendo rey, de D. Francisco de Rojas.

2 Cada cual á su negocio, de D. Jerónimo de Cuéllar.

3 El burlador de Sevilla, del maestro Tirso de Molina.

4 Progne y Filomena, de D. Francisco de Rojas.

5 Los trabajos de Job, del Dr. Felipe Godínez.

6 Obligados y ofendidos, de D. Francisco de Rojas.

7 El esclavo del demonio, del Dr. Mira de Mescua.

8 El mártir de Portugal, de D. Francisco de Rojas.

9 La banda y la flor, de D. Pedro Calderón.

10 A un tiempo rey y vasallo, de tres ingenios.

11 El pleito del demonio con la Virgen, de tres ingenios.

12 El gran duque de Florencia, de D. Diego Jiménez de Enciso.


TOMO VII (1654).

1 Para vencer á Amor querer vencerle, de D. Pedro Calderón.

2 La mujer contra el consejo. La primera jornada de D. Juan de Matos; la
segunda, de D. Antonio Martínez; la tercera, de D. Juan de Zavaleta.

3 El buen caballero maestre de Calatrava, de Don Bautista de Villegas.

4 A su tiempo el desengaño, de D. Juan de Matos.

5 El sol á media noche y estrellas á medio día, de Juan Bautista de
Villegas.

6 El poder de la amistad, de D. Agustín Moreto.

7 Don Diego de Noche, de D. Francisco de Rojas.

8 La morica Garrida, de Juan Bautista de Villegas.

9 Cumplir dos obligaciones, de Luis Vélez de Guevara.

10 La misma conciencia acusa, de D. Agustín Moreto.

11 El monstruo de la fortuna, de tres ingenios.

12 La fuerza de la ley, de D. Agustín Moreto.


TOMO VIII.

1 Darlo todo y no dar nada, de D. Pedro Calderón.

2 Los empeños de seis horas, de D. Pedro Calderón.

3 La gran comedia de travesuras son valor.

4 Gustos y disgustos son no más que imaginación, de D. Pedro Calderón.

5 Reinar por obedecer, de tres ingenios.

6 El Pastorfido, de tres ingenios.

7 La tercera de sí misma, de D. Pedro Calderón.

8 Amado y aborrecido, de D. Pedro Calderón.

9 Perderse por no perderse, de D. Álvaro Cubillo.

10 Del cielo viene el buen Rey, de D. Rodrigo de Herrera.

11 El agua mansa, de D. Pedro Calderón.

12 El marqués de las Navas, del Dr. Mira de Mescua.


TOMO IX (1657).

1 Las manos blancas no ofenden, de D. Pedro Calderón.

2 El mejor amigo el muerto, de tres ingenios.

3 Las amazonas.

4 Vida y muerte de San Lázaro, del Dr. Mira de Mescua.

5 El escondido y la tapada, de D. Pedro Calderón.

6 La victoria del amor, de D. Manuel Morchón.

7 La adúltera penitente, de tres ingenios.

8 El Job de las mujeres, de D. Juan de Matos.

9 El valiente justiciero, de D. Agustín Moreto.

10 La razón busca venganza, de D. Manuel Morchón.

11 Gravedad en Villaverde, del Dr. Juan Pérez de Montalbán.

12 El Rey Enrique el Enfermo, de seis ingenios.


TOMO X (1658).

1 La vida de San Alejo, de D. Agustín Moreto.

2 El ermitaño Galán, de D. Juan de Zavaleta.

3 Contra el amor no hay engaños, de D. Diego Enríquez.

4 El hijo de Marco Aurelio, de D. Juan de Zavaleta.

5 El nieto de su padre, de D. Guillén de Castro.

6 Osar morir da la vida, de D. Juan de Zavaleta.

7 A lo que obliga el ser Rey, de Luis Vélez.

8 El discreto porfiado, de tres ingenios.

9 La lealtad contra su Rey, de Juan Villegas.

10 La mayor venganza de honor, de D. Álvaro Cubillo.

11 Sufrir más por querer menos, de D. Rodrigo Enríquez.

12 Los milagros del desprecio, de Lope de Vega.


TOMO XI (1659).

1 El honrador de su padre, de D. Juan Bautista Diamante.

2 El valor contra fortuna, de D. Andrés de Baeza.

3 Hacer remedio el dolor, de D. Agustín Moreto y D. Jerónimo Cáncer.

4 El robo de las Sabinas, de D. Juan Cuello y Arias.

5 El loco en la penitencia y tirano más impropio, de un ingenio de esta
corte.

6 Contra su suerte ninguno, de Jerónimo Malo de Molina.

7 Vencerse es mayor valor, de los Figueroas.

8 El más ilustre francés, San Bernardo, de D. Agustín Moreto.

9 El escándalo de Grecia contra las santas imágenes, de D. Pedro
Calderón.

10 No se pierden las finezas, de D. Andrés de Baeza.

11 La silla de San Pedro, de D. Antonio Martínez.

12 La más constante mujer, burlesca, de Juan Maldonado, Diego La Dueña y
Jerónimo de Cifuentes.


TOMO XII (1658).

1 La dama corregidor, de D. Sebastián Villaviciosa y D. Juan de
Zavaleta.

2 La Estrella de Monserrate, de D. Cristóbal de Morales.

3 Amor y obligación, de D. Agustín Moreto.

4 Vengado antes que ofendido, de D. Jerónimo de Cifuentes.

5 La Estrella de Monserrate, de D. Pedro Calderón.

6 Servir para merecer, de Diamante.

7 Prudente, sabia y honrada, de Cubillo.

8 El vencimiento de Turno, de D. Pedro Calderón.

9 El hércules de Hungría, de D. Ambrosio de Arce.

10 Los desdichados dichosos, de D. Pedro Calderón.

11 Más la amistad que la sangre, de D. Andrés de Baeza.

12 Comedia burlesca del mariscal de Virón, de D. Juan Maldonado.


TOMO XIII (1660).

1 Pobreza, amor y fortuna, de los Figueroas.

2 El conde de Saldaña, segunda parte, de Alvaro Cubillo de Aragón.

3 Triunfos de amor y fortuna, de D. Antonio de Solís, loa y entremeses
que se representaron en esta comedia á SS. MM. en el coliseo del Buen
Retiro, año de 1658.

4 Fuego de Dios en el querer bien, de D. Pedro Calderón.

5 Julián y Basilisa, de D. Antonio Huerta, D. Pedro Rosete y D. Jerónimo
Cáncer.

6 Los tres afectos de amor, piedad, desmayo y valor, de D. Pedro
Calderón.

7 El Josef de las mujeres, de D. Pedro Calderón.

8 Cegar para ver mejor, de D. Ambrosio de Arce.

9 Los bandos de Vizcaya, de D. Pedro Rosete.

10 El amante más cruel y la amistad ya difunta, de D. Gonzalo de Ulloa y
Sandoval.

11 No hay reinar como vivir, del Dr. Mira de Mescua.

12 A igual agravio no hay duelo, de D. Ambrosio de Cuenca.


TOMO XIV (1661).

1 No puede ser, de D. Agustín Moreto.

2 Leoncio y Montano, de D. Diego y D. José de Figueroa y Córdova.

3 El delincuente sin culpa y bastardo de Aragón, de D. Juan de Matos
Fragoso.

4 Mentir y mudarse á un tiempo, fiesta que se representó á SS. MM. en el
Buen Retiro, de D. Diego y D. José de Figueroa y Córdova.

5 Poco aprovechan avisos cuando hay mala inclinación, de D. Juan de
Matos Fragoso.

6 El valiente Campuzano, de D. Fernando de Zárate.

7 El Príncipe villano, de Luis Belmonte y Bermúdez.

8 Las canas en el papel y dudoso en la venganza, de D. Pedro Calderón.

9 La fuerza de la verdad, del Dr. D. Francisco Malaspina.

10 La hija del mesonero, fiesta que se representó á SS. MM. en Palacio,
de D. Diego de Figueroa y Córdova.

11 El galán de su mujer, de D. Juan de Matos Fragoso.

12 La mayor victoria de Constantino Magno, de Don Ambrosio Arce de los
Reyes.


TOMO XV (1661).

1 El Conde Lucanor, de D. Pedro Calderón.

2 Fingir y amar, de D. Agustín Moreto.

3 El mejor padre de pobres, de D. Pedro Calderón.

4 La batalla del honor, de D. Fernando de Zárate.

5 La fuerza del natural, de D. Agustín Moreto.

6 Los empeños de un plumaje y origen de los Guevaras, de un ingenio de
esta corte.

7 El tercero de su afrenta, de D. Antonio Martínez.

8 El Eneas de Dios, de D. Agustín Moreto.

9 Las tres justicias en una, de D. Pedro Calderón.

10 San Estanislao, obispo de Crobia, de D. Fernando de Zárate.

11 Cada uno para sí, de D. Pedro Calderón.

12 Los Esforcias de Milán, de D. Antonio Martínez.


TOMO XVI (1662).

1 Pedir justicia al culpado, de D. Antonio Martínez.

2 Sólo en Dios la confianza, de D. Pedro Rosete.

3 Cada uno con su igual, de Blas de Mesa.

4 El desdén vengado, de D. Francisco de Rojas.

5 El diablo está en Cantillana, de Luis Vélez.

6 El diciembre por agosto, de D. Juan Vélez.

7 Allá van leyes donde quieren reyes, de D. Guillén de Castro.

8 Servir sin lisonja, de Gaspar de Ávila.

9 El verdugo de Málaga, de Luis Vélez.

10 El hombre de Portugal, del maestro Alfaro.

11 No es amor como se pinta, de tres ingenios.

12 Castigar por defender, burlesca, de D. Rodrigo de Herrera.


TOMO XVII (1662).

1 Dar tiempo al tiempo, de D. Pedro Calderón.

2 Primero es la honra, de D. Agustín Moreto.

3 La sortija de Filomena, de D. Sebastián de Villaviciosa.

4 Antes que todo es mi dama, de D. Pedro Calderón.

5 Las dos estrellas de Francia, del maestro D. Manuel de León y del
licenciado D. Diego Calleja.

6 Caer para levantar, de D. Juan de Matos Fragoso, D. Jerónimo Cáncer y
D. Agustín Moreto.

7 La verdad en el engaño, de D. Juan Vélez, D. Jerónimo Cáncer y D.
Antonio Martínez.

8 También da Amor libertad, de D. Antonio Martínez.

9 Amor hace hablar los mudos, de Villaviciosa, Matos y Zavaleta.

10 La ofensa y la venganza en el retrato, de D. Juan Antonio Moxica.

11 No hay cosa como el callar, de D. Pedro Calderón.

12 Mujer, llora y vencerás, fiesta que se representó á SS. MM., de D.
Pedro Calderón.


TOMO XVIII (1662).

1 Dicha y desdicha del nombre, de D. Pedro Calderón.

2 Euridice y Orfeo, de D. Antonio Solís.

3 Séneca y Nerón, de D. Pedro Calderón.

4 La paciencia en los trabajos, del Dr. Felipe Godínez.

5 Los Médicis de Florencia, corregida y enmendada, de D. Diego Jiménez
de Enciso.

6 El lindo Don Diego, de D. Agustín Moreto y Cabañas.

7 Las niñeces del Padre Rojas, de Lope de Vega Carpio, jamás impresa.

8 Lo que son suegro y cuñado, de D. Jerónimo de Cifuentes.

9 El amor en vizcaíno y los celos en francés y torneos de Navarra, de
Luis Vélez de Guevara.

10 Amigo, amante y leal, de D. Pedro Calderón.

11 Firmeza, amor y venganza, de D. Antonio Francisco.

12 El rey Don Alfonso el de la mano horadada, comedia burlesca, de un
ingenio de esta corte.


TOMO XIX (1662).

1 El alcázar del secreto, fiesta que se representó á SS. MM. en el Buen
Retiro, de D. Antonio de Solís.

2 Travesuras de Pantoja, de D. Agustín Moreto.

3 San Froilán, de un ingenio de esta corte.

4 El caballero, de D. Agustín Moreto.

5 El rey Don Sebastián, de Francisco de Villegas.

6 En el sueño está la muerte, de D. Jerónimo Guedeja Quiroga.

7 Los siete durmientes, de D. Agustín Moreto.

8 Los dos filósofos de Grecia, de D. Fernando de Zárate.

9 La lealtad en las injurias, de D. Diego de Figueroa y Córdova.

10 La Reina en el Buen Retiro, de D. Antonio Martínez.

11 Mudarse por mejorarse, de D. Fernando de Zárate.

12 Celos aun del aire matan, fiesta que se representó á SS. MM. en el
Buen Retiro, cantada.


TOMO XX (1663).

1 El mágico prodigioso, de D. Pedro Calderón.

2 Callar hasta la ocasión, de Juan Hurtado Cisneros.

3 Auristela y Lisidante, de D. Pedro Calderón.

4 Guardar palabra á los santos, de D. Sebastián Olivares.

5 La difunta pleiteada, de D. Francisco de Rojas Zorrilla.

6 El rigor de las desdichas y mudanzas de fortuna, de D. Pedro Calderón.

7 Don Pedro Miago, de D. Francisco de Rojas Zorrilla.

8 El mejor alcalde el rey y no hay cuentos con serranos, de D. Antonio
Martínez.

9 Saber desmentir sospechas, de D. Pedro Calderón.

10 Aristomenes Mesenio, del maestro Alfaro.

11 y 12. El hijo de la virtud, San Juan Bueno, del capitán D. Francisco
de Llanos y Valdés.--Dos partes.


TOMO XXI.

1 Cuál es mayor perfección, de D. Pedro Calderón, fiesta que se hizo á
S. M.

2 Fortuna de Andromeda y Perseo, de D. Pedro Calderón.

3 Quererse sin declararse, de D. Fernando de Zárate.

4 El gobernador prudente, de Gaspar de Ávila.

5 Las siete estrellas de Francia, de Luis de Belmonte.

6 El platero del cielo, de Antonio Martínez.

7 La conquista de Cuenca y primera dedicación de la Virgen del Sagrario,
de D. Pedro Rosete.

8 La hechicera del cielo, de Antonio de Nanclares.

9 La razón hace dichosos, de tres ingenios.

10 Amar sin ver, de D. Antonio Martínez.

11 La Margarita preciosa, de Zavaleta, Cáncer y Calderón.

12 El más heróico silencio, de D. Antonio Cardona.


TOMO XXII (1665).

1 Los españoles en Chile, de D. Francisco González de Bustos.

2 Elegir el enemigo, de D. Agustín de Salazar y Torres.

3 El arca de Noé, de D. Antonio Martínez, D. Pedro Rosete y D. Jerónimo
Cáncer.

4 La luna de la Sagra, Santa Juana de la Cruz, de D. Francisco Bernardo
de Quirós.

5 Lavar sin sangre una ofensa, de D. Ramón Montero de Espinosa.

6 Los dos monarcas de Europa, de D. Bartolomé de Salazar y Luna.

7 La corte en el valle, de D. Francisco Avellaneda, D. Juan de Matos
Fragoso y D. Sebastián de Villaviciosa.

8 Amar y no agradecer, de D. Francisco Salgada.

9 Santa Olalla de Mérida, de D. Francisco González de Bustos.

10 Merecer de la fortuna, ensalzamientos dichosos, de D. Diego de Vera y
D. José Ribera.

11 Muchos aciertos de un yerro, de D. José de Figueroa.

12 Antes que todo es mi amigo, de D. Fernando de Zárate.


TOMO XXIII (1666).

1 Santo Tomás de Villanueva, de D. Juan Bautista Diamante.

2 Los dos prodigios de Roma, de D. Juan de Matos Fragoso.

3 El redentor cautivo, de D. Juan de Matos y de Villaviciosa.

4 El parecido, de D. Agustín Moreto.

5 Las misas de San Vicente Ferrer, de D. Fernando de Zárate.

6 No amar la mayor fineza, de D. Juan de Zavaleta.

7 Hacer fineza el desaire, del licenciado Diego Calleja.

8 Encontráronse dos arroyuelos, de D. Juan Vélez.

9 La Virgen de la Fuencisla, de D. Sebastián de Villaviciosa, D. Juan de
Matos y D. Juan de Zavaleta.

10 El honrador de sus hijas, de D. Francisco Polo.

11 El hechizo imaginado, de D. Juan de Zavaleta.

12 La presumida y la hermosa, de D. Fernando de Zárate.


TOMO XXIV (1666).

1 El monstruo de la fortuna, de tres ingenios.

2 La Virgen de la Salceda, del maestro León y Calleja.

3 Industrias contra finezas, de D. Agustín Moreto.

4 La dama capitán, fiesta que se representó á S. M., de los Figueroas.

5 También tiene el sol menguante, de tres ingenios.

6 Lo que puede amor y celos, de un ingenio de esta corte.

7 Los amantes de Berona, de D. Cristóbal de Rojas.

8 El soldado más herido, y vivo después de muerto, de D. Pedro de
Estenoz y Lodosa.

9 El maestro de Alejandro, de D. Fernando de Zárate.

10 San Pedro de Arbués, de D. Fernando de la Torre.

11 Sólo el piadoso es mi hijo, de D. Juan de Matos, D. Sebastián de
Villaviciosa y D. Francisco Avellaneda.

12 La Rosa de Alejandría, la más nueva, de D. Pedro Rosete.


TOMO XXV (1666).

1 El letrado del cielo, de D. Juan de Matos.

2 La más dichosa venganza, de D. Antonio Solís.

3 La fingida Arcadia, de D. Agustín Moreto.

4 Cuantas veo tantas quiero, de D. Sebastián de Villaviciosa y D.
Francisco de Avellaneda.

5 La condesa de Belfor, de D. Agustín Moreto.

6 No hay contra el amor poder, de D. Juan Vélez de Guevara.

7 Sin honra no hay valentía, de D. Agustín Moreto.

8 Amor vencido de amor, de D. Juan Vélez de Guevara, D. Juan de Zavaleta
y D. Antonio de Huerta.

9 Á lo que obligan los celos, de D. Fernando de Zárate.

10 Lo que puede la crianza, de Francisco de Villegas.

11 La esclavitud más dichosa y Virgen de los Remedios, de Francisco de
Villegas y Jusepe Rojo.

12 Lorenzo me llamo, de Juan de Matos Fragoso.


TOMO XXVI (1666).

1 El vaquero de Granada, de D. Juan Bautista Diamante.

2 La dicha del carbonero y Lorenzo me llamo, la nueva, de D. Juan de
Matos Fragoso.

3 Hay culpa en que no hay delito, de D. Román Montero de Espinosa.

4 El mancebo del camino, de D. Juan Bautista Diamante.

5 Los sucesos de tres horas, de Luis de Oviedo.

6 Fiar de Dios, de D. Antonio Martínez y D. Luis de Belmonte.

7 Desde Toledo á Madrid, del maestro Tirso de Molina.

8 El amor puesto en razón, de D. Sebastián de Villaviciosa.

9 San Luis Bertrán, de D. Agustín Moreto.

10 La piedad en la justicia, de D. Guillén de Castro.

11 Resucitar con el agua, de D. José Ruiz, D. Jacinto Hurtado de Mendoza
y Pedro Francisco Lanini Valencia.

12 Todo cabe en lo posible, de D. Fernando de Ávila.


TOMO XXVII.

1 Los sucesos de Orán por el marqués Ardoles, de D. Luis Vélez de
Guevara.

2 Los bandos de Rávena é institución de la Camándula, de D. Juan de
Matos Fragoso.

3 La cortesana en la sierra, de tres ingenios de esta corte.

4 Reinar es la mayor suerte, de un ingenio de esta corte.

5 El laberinto de Creta, de D. Juan Bautista Diamante.

6 La ocasión hace al ladrón, de D. Juan de Matos Fragoso.

7 Nuestra Señora de Regla, de D. Ambrosio de Cuenca.

8 Amar por señas, del maestro Tirso de Molina.

9 Las auroras de Sevilla, de tres ingenios.

10 La Cruz de Caravaca, de D. Juan Bautista Diamante.

11 La ventura con el nombre, del maestro Tirso de Molina.

12 La judía de Toledo, de D. Juan Bautista Diamante.


TOMO XXVIII (1667).

1 El príncipe D. Carlos, del Dr. Juan Pérez de Montalbán.

2 San Isidro Labrador de Madrid, de Lope de Vega Carpio.

3 El sitio de Breda, de D. Pedro Calderón.

4 Los empeños de un engaño, de D. Juan de Alarcón.

5 El mejor tutor es Dios, de Luis de Belmonte.

6 El palacio confuso, del Dr. Mira de Mescua.

7 Victoria por el amor, del alférez Jacinto Cordero.

8 La victoria de Norlingen, de D. Alonso del Castillo Solórzano.

9 La ventura en la desgracia, de Lope de Vega Carpio.

10 San Mateo en Etiopía, del Dr. Felipe Godínez.

11 Mira al fin, de un ingenio de esta corte.

12 La corte del demonio, de Luis Vélez de Guevara.


TOMO XXIX.

1 El iris de las pendencias, de Gaspar de Avila.

2 La razón vence al poder, de D. Juan de Matos Fragoso.

3 El vaso y la piedra, de D. Fernando de Zárate.

4 Píramo y Tisbe, de D. Pedro Rosete.

5 La defensora de la reina de Hungría, de D. Fernando de Zárate.

6 El mejor representante San Ginés, de D. Jerónimo Cáncer, D. Pedro
Rosete y D. Antonio Martínez.

7 Ganar por la mano el juego, de Álvaro Cubillo de Aragón.

8 El primer conde de Flandes, de D. Fernando de Zárate.

9 El Hamete de Toledo, burlesca, de tres ingenios.

10 Tetis y Peleo, fiesta que se hizo á las bodas de la serenísima señora
Doña María Teresa de Austria, reina de Francia, de D. José de Bolea.

11 Nuestra Señora de la Luz, de D. Francisco Salgado.

12 Cómo se vengan los nobles, de D. Agustín Moreto.


TOMO XXX (1668).

1 El bruto de Babilonia, de D. Juan de Matos Fragoso, D. Agustín Moreto
y D. Jerónimo de Cáncer.

2 La montañesa de Asturias, de Luis Vélez de Guevara.

3 El premio en la misma pena, de D. Agustín Moreto.

4 Cuerdos hacen escarmientos, de Francisco de Villegas.

5 Hacer del amor agravio, de un ingenio de esta corte.

6 El mancebón de los palacios, de D. Juan Vélez de Guevara.

7 La conquista de Méjico, de Fernando de Zárate.

8 El príncipe Viñador, de Luis Vélez.

9 El valeroso español y primero de su casa, de Gaspar de Ávila.

10 La negra por el honor, de D. Agustín Moreto.

11 No está en matar el vencer, de D. Juan de Matos.

12 San Antonio Abad, de D. Fernando de Zárate.


TOMO XXXI (1669).

1 Querer por sólo querer, de D. Antonio de Mendoza.

2 Sufrir más por valer menos, de D. Jerónimo Cruz.

3 Mentir por razón de Estado, de D. Felipe de Milán y Aragón.

4 No hay gusto como la honra, de D. Fernando de Vera y Mendoza.

5 El Caballero de Gracia, del maestro Tirso de Molina.

6 El pronóstico de Cádiz, de D. Alonso de Osuna.

7 La trompeta del juicio, de D. Gabriel del Corral.

8 Prodigios de amor, de Villaviciosa.

9 El Amor enamorado, de D. Juan de Zavaleta.

10 El esclavo del más impropio dueño, del maestro Roa.

11 El socorro de los mantos, de D. Carlos de Arellanos.

12 La traición en propia sangre, del maestro Rivera.


TOMO XXXII (1669).

1 La culpa más provechosa, de D. Francisco de Villegas.

2 El bandolero Sol Porto, de Cáncer, Rosete y Rojas.

3 La vida en el ataúd, de D. Francisco de Rojas.

4 Los muros de Jericó, de D. Sebastián de Olivares.

5 Las cinco blancas de Juan de Espera en Dios, de D. Antonio de Huerta.

6 La Virgen de los Desamparados de Valencia, de Marco Antonio Ortiz.

7 Duelo de honor y amistad, de D. Jacinto de Herrera.

8 Selva de amor y celos, de D. Francisco de Rojas.

9 El más piadoso Troyano, de D. Francisco de Villegas.

10 Pelear hasta morir, de D. Pedro Rosete Niño.

11 El legítimo bastardo, de D. Cristóbal de Morales.

12 El afanador de Utrera, de Luis de Belmonte.


TOMO XXXIII (1670).

1 El sabio en su retiro, de D. Juan de Matos Fragoso.

2 Cuerdos hay que parecen locos, de D. Juan de Zavaleta.

3 La romera de Santiago, del maestro Tirso de Molina.

4 Las niñeces de Roldán, de José Rojo y Francisco de Villegas.

5 Vida y muerte de la monja de Portugal, del doctor Mira de Mescua.

6 El voto de Santiago y batalla de Clavijo, de D. Rodrigo de Herrera.

7 Pérdida y restauración de la bahía de todos los santos, de D. Juan
Antonio Correa.

8 El casamiento con celos y el rey Don Pedro de Aragón, de Bartolomé de
Enciso.

9 Mateo Vizconde, de Juan de Ayala.

10 El más dichoso prodigio, de un ingenio de esta corte.

11 El fénix de Alemania: vida y muerte de Santa Cristina, de Juan de
Matos.

12 La más heróica fineza y fortuna de Isabela, de Don Juan de Matos, D.
Diego y D. José de Figueroa y Córdova, caballeros del hábito de Cristo,
Alcántara y Calatrava.


TOMO XXXIV.

1 El lazo, banda y retrato, de D. Gil Enríquez.

2 Rendirse á la obligación, de D. José y D. Diego de Figueroa.

3 El Santo Cristo de Calabria, de D. Agustín Moreto.

4 Pocos bastan si son buenos y Crisol de la lealtad, de D. Juan de Matos
Fragoso.

5 Verse y tenerse por muertos, de D. Manuel Freyre de Andrade.

6 El disparate creído, de D. Juan de Zavaleta.

7 La venganza en el despeño, de D. Juan de Matos Fragoso.

8 La Virgen de la Aurora, de D. Agustín Moreto y D. Jerónimo Cáncer.

9 El galán secreto, del Dr. Mira de Mescua.

10 Lo que le toca al valor y Príncipe de Orange, del Dr. Mira de Mescua.

11 Amor de razón vencido, de un ingenio de esta corte.

12 El azote de su patria, de D. Agustín Moreto.


TOMO XXXV (1671).

1 El defensor de su agravio, de D. Agustín Moreto.

2 La conquista de Orán, de Luis Vélez de Guevara.

3 No hay amar como fingir, del maestro León.

4 En Madrid y en una casa, de D. Francisco de Rojas.

5 La hermosura y la desdicha, de D. Francisco de Rojas.

6 A lo que obliga el desdén, de D. Francisco de Rojas.

7 Celos son bien y ventura, del Dr. Felipe Godínez.

8 La confusión de Hungría, del Dr. Mira de Mescua.

9 El sitio de Olivenza, de un ingenio de esta corte.

10 Empezar á ser amigos, de D. Agustín Moreto.

11 El Doctor Carlino, de D. Antonio de Solís.

12 La escala de la gracia, de D. Fernando de Zárate.


TOMO XXXVI (1671).

1 Santa Rosa del Perú, de D. Agustín Moreto y Don Pedro Francisco Lanini
y Sagredo.

2 El mosquetero de Flandes, de D. Francisco González de Bustos.

3 El tirano castigado, de D. Juan Bautista Diamante.

4 Araspes y Pantea, de D. Francisco Salgado.

5 El prodigio de Polonia, de Juan Delgado.

6 La Fénix de Tesalia, del maestro Roa.

7 El nuncio falso de Portugal, de tres ingenios.

8 La dicha por el agravio, de D. Juan Bautista Diamante.

9 El dichoso bandolero, de D. Francisco de Cañizares.

10 El sitio de Betulia, de un ingenio de esta corte.

11 Darlo todo y no dar nada, burlesca, de D. Pedro Francisco Lanini y
Sagredo.

12 Las barracas del Grao de Valencia, de tres ingenios.


TOMO XXXVII.

1 Un bobo hace ciento, de D. Antonio Solís.

2 Riesgos de amor y amistad, de D. Juan Vélez de Guevara.

3 Satisfacer callando, de D. Agustín Moreto.

4 El nuevo mundo en Castilla, de D. Juan de Matos Fragoso.

5 Los prodigios de la vara y capitán de Israel, del Dr. Mira de Mescua.

6 El amor hace discretos, de un ingenio de esta corte.

7 Todo es enredos Amor, de D. Diego de Córdova y Figueroa.

8 Poder y Amor compitiendo, de Juan la Calle.

9 La gitanilla de Madrid, de D. Antonio de Solís.

10 Escarramán, comedia burlesca, que se hizo en el Buen Retiro, de D.
Agustín Moreto.

11 El mejor casamiento, de D. Juan de Matos Fragoso.

12 La desgracia venturosa, de D. Fernando de Zárate.


TOMO XXXVIII.

1 El águila de la Iglesia, de D. Francisco González del Busto.

2 Las niñeces y primer triunfo de David, de D. Manuel de Vargas.

3 También se ama en el abismo, de D. Agustín de Salazar.

4 Los muzárabes de Toledo, de Juan Hidalgo.

5 La gala del nadar es saber guardar la ropa, de Don Agustín Moreto.

6 Olvidar amando, de D. Francisco Bernardo Quirós.

7 Las tres edades del mundo, de Luis Vélez de Guevara.

8 Del mal lo menos, de un ingenio de esta corte.

9 Vida y muerte de San Cayetano, de seis ingenios de esta corte.

10 El hechizo de Sevilla, de D. Ambrosio de Arce.

11 Enmendar yerros de amor, de D. Francisco Jiménez de Cisneros.

12 El cerco de Tagarete, burlesca, con su entremés, de Bernardo de
Quirós.


TOMO XXXIX (1673).

1 El mejor par de los doce, de D. Juan de Matos Fragoso y D. Agustín
Moreto.

2 La mesonera del cielo, del Dr. Mira de Mescua.

3 La milagrosa elección de Pío V, de D. Agustín Moreto.

4 La dicha por el desprecio, de D. Juan de Matos Fragoso.

5 El veneno para sí, de un ingenio de esta corte.

6 El vaquero emperador, de D. Juan de Matos Fragoso, de D. Juan Diamante
y de D. Andrés Gil Enríquez.

7 La cosaria catalana, de D. Juan de Matos Fragoso.

8 Las mocedades del Cid, fiesta que se representó á SS. MM. el martes de
Carnestolendas, de D. Jerónimo Cáncer.

9 Los carboneros de Francia, del Dr. Mira de Mescua.

10 Cómo nació San Francisco, de D. Román Montero y D. Francisco de
Villegas.

11 La discreta venganza, de D. Agustín Moreto.

12 Contra la fe no hay respeto, de D. Diego Gutiérrez.


TOMO XL.

1 El médico pintor S. Lucas, de D. Fernando de Zárate.

2 El Rey Don Alfonso el Bueno, de D. Pedro Lanini Sagredo.

3 El Fénix de la Escritura, el glorioso San Jerónimo, de D. Francisco
González de Bustos.

4 Cuando no se aguarda, de D. Francisco de Leiva Ramírez de Arellano.

5 No hay contra lealtad cautelas, del propio autor.

6 Amadís y Niquea, del propio autor.

7 Las tres coronaciones del Emperador Carlos V, de D. Fernando de
Zárate.

8 De los hermanos amantes y piedad por fuerza, de D. Fernando de Zárate.

9 El dichoso en Zaragoza, del Dr. D. Juan Pérez Montalbán.

10 Los bandos de Luca y Pisa, de Antonio de Acevedo.

11 La playa de Sanlúcar, de Bartolomé Cortés.

12 Origen de Nuestra Señora de las Angustias y rebelión de los moriscos,
de Antonio Fajardo y Acevedo.


TOMO XLI.

1 Juegos olímpicos, de D. Agustín de Salazar.

2 El mérito es la corona, del propio autor.

3 Elegir al enemigo, del propio autor.

4 También se ama en el abismo, del propio autor.

5 No puede ser, de D. Agustín Moreto.

6 Hacer fineza el desaire, del licenciado D. Diego Calleja.

7 El caballero, de D. Agustín Moreto.

8 El alcázar del secreto, de D. Antonio de Solís.

9 Antes que todo es mi amigo, de D. Fernando de Zárate.

10 El Hamete de Toledo, de Belmonte y de Antonio Martínez.

11 La presumida y la hermosa, de D. Fernando de Zárate.

12 Celos aun del aire matan, de D. Pedro Calderón.


TOMO XLII (1676).

1 Varios prodigios de amor, de D. Francisco de Rojas.

2 San Francisco de Borja, de D. Melchor Fernández de León.

3 Dios hace justicia á todos, de D. Francisco de Villegas.

4 Yo por vos y vos por otro, de D. Agustín Moreto.

5 Lucero de Madrid, Nuestra Señora de Atocha, de D. Pedro Francisco
Lanini Sagredo.

6 La mejor flor de Sicilia, Santa Rosalía, de Don Agustín de Salazar.

7 Como noble y ofendido, de D. Antonio de la Cueva.

8 Endimión y Diana, de D. Melchor Fernández de León.

9 Será lo que Dios quisiere, de D. Pedro Francisco Lanini Sagredo.

10 El hijo de la molinera, de D. Francisco de Villegas.

11 El gran Rey anacoreta San Onofre, de D. Pedro Francisco Lanini
Sagredo.

12 El Eneas de la Virgen y primer Rey de Navarra, de D. Francisco de
Villegas y D. Pedro Francisco Lanini Sagredo.


TOMO XLIII (1678).

1 Cueva y castillo de amor, de D. Francisco de Leiva.

2 Porcia y Tancredo, de D. Luis de Ulloa.

3 Nuestra Señora de la Victoria y restauración de Málaga, de D.
Francisco de Leiva.

4 El Fénix de España, San Francisco de Borja, de un ingenio de esta
corte.

5 El cielo por los cabellos, Santa Inés, de tres ingenios.

6 El emperador fingido, de Gabriel Bocángel y Unzueta.

7 La dicha es la diligencia, de D. Tomás Ossorio.

8 Fiesta de zarzuela llamada Cuál es lo más en amor, ¿el desprecio ó el
favor? de Salvador de la Cueva.

9 La infeliz Aurora y fineza acreditada, de D. Francisco de Leiva.

10 La nueva maravilla de la gracia, de D. Pedro Lanini Sagredo.

11 Merecer para alcanzar, de D. Agustín Moreto.

12 El príncipe de la Estrella y castillo de la vida, de tres ingenios.


TOMO XLIV.

1 Quien habla más obra menos, de D. Fernando de Zárate.

2 El apóstol de Salamanca, de D. Felipe Sicardo.

3 Dejar un reino por otro y mártires de Madrid, de D. Jerónimo Cáncer,
D. Sebastián de Villaviciosa y D. Agustín Moreto.

4 Cinco venganzas en una, de D. Juan de Ayala.

5 San Pelagio, de D. Fernando de Zárate.

6 La confesión con el demonio, de D. Francisco de la Torre.

7 La palabra vengada, de D. Fernando de Zárate.

8 El engaño de unos celos, de D. Román Montero de Espinosa.

9 La prudencia en el castigo, de D. Francisco de Rojas.

10 La sirena de Trinacria, de D. Diego de Córdova y Figueroa.

11 Las lises de Francia, del Dr. Mira de Mescua.

12 El sordo y el montañés, de D. Melchor Fernández de León.


TOMO XLV (1679).

1 Los bandos de Berona, de D. Francisco de Rojas.

2 La sirena del Jordán, San Juan Bautista, de Don Cristóbal de Monroy.

3 Los trabajos de Ulises, de Luis de Belmonte.

4 Hasta la muerte no hay dicha, de un ingenio de esta corte.

5 La mudanza en el amor, de Montalbán.

6 Ingrato á quien le hizo el bien, de un ingenio de esta corte.

7 El gran Jorge Castrioto, de Belmonte.

8 El fin más desgraciado y fortuna de Seyano, de Montalbán.

9 La traición contra su sangre (burlesca), de un ingenio de esta corte.

10 Dejar dicha por más dicha, de D. Juan Ruiz de Alarcón.

11 Quién engaña más á quién, de Alarcón.

12 El amor más verdadero (burlesca), de un ingenio de esta corte.


TOMO XLVI (1679).

1 La mitra y pluma en la cruz, del maestro Tomás Manuel de Paz.

2 Cuanto cabe en hora y media, de D. Juan de Vera y Villarroel.

3 Al noble su sangre avisa, del maestro Tomás Manuel de Paz.

4 El patrón de Salamanca con Monroyes y Manzanos, de D. Juan de Vera y
Villarroel.

5 Las armas de la hermosura, fiesta que se representó á SS. MM., de D.
Pedro Calderón.

6 Perico el de los Palotes, de tres ingenios.

7 La señora y la criada, de D. Pedro Calderón.

8 La corona en tres hermanos, de D. Juan de Vera y Villarroel.

9 La conquista de las Molucas, de D. Melchor Fernández de León.

10 Más merece quien más ama, fiesta que se representó á SS. MM., de D.
Antonio Hurtado de Mendoza.

11 El veneno en la guirnalda y la triaca en la fuente, fiesta que se
representó á SS. MM., de D. Melchor Fernández de León.

12 El marqués de Cigarral, de D. Alonso del Castillo Solorzano.


TOMO XLVII.

_Comedias de D. Antonio de Solís._

1 Triunfos de amor y fortuna, con loa y entremeses.

2 Euridice y Orfeo.

3 El amor al uso.

4 El alcázar del secreto.

5 Las amazonas.

6 El Doctor Carlino.

7 Un bobo hace ciento, con loa.

8 La gitanilla de Madrid.

9 Amparar al enemigo.


TOMO XLVIII (1704).

1 El Austria en Jerusalén, de D. Francisco de Bances Candamo.

2 El sol obediente al hombre, de D. García Aznar Vélez.

3 El duelo contra su dama, de D. Francisco de Bances Candamo.

4 Qué es la ciencia del reinar, de D. García Aznar Vélez.

5 Venir el Amor al mundo, de D. Melchor Fernández de León.

6 Cuál es afecto mayor, lealtad, sangre ó amor, de D. Francisco de
Bances Candamo.

7 Por su rey y por su dama, del propio autor.

8 También hay piedad con celos, de D. García de Aznar Vélez.

9 El español más amante y desgraciado Macías, de tres ingenios.

10 El valor no tiene edad, de Juan Bautista Diamante.

Loa y baile para la comedia de Ícaro y Dédalo.

11 La gran comedia de Ícaro y Dédalo, de D. Melchor Fernández de León.



ÍNDICE.


                                                                   Págs.

CAPÍTULO XII.--Clasificación de las comedias de Lope,
y crítica particular de algunas.--_El conde Fernán González._--_El
casamiento en la muerte._--_Las doncellas de Simancas._--_Los
Benavides._--_El Príncipe despeñado._                                  7

CAPÍTULO XIII.--_La inocente sangre._--_La judía de Toledo._--_Los
novios de Hornachuelos._--_Peribáñez y el comendador
de Ocaña._--_Los comendadores de Córdoba y
Fuente-Ovejuna._--_El Hidalgo abencerraje._--_La envidia
de la nobleza y el cerco de Santa Fe._--_Las cuentas del
Gran capitán._--_El Nuevo Mundo descubierto_, y algunas
otras.                                                                33

CAPÍTULO XIV.--_La Estrella de Sevilla._--_Porfiar hasta
morir._--_El mejor alcalde, el Rey._--_La carbonera._--_La
niña de plata._--_La corona merecida._--_El vaquero de Moraña._--_El
duque de Viseo._--_El castigo sin venganza._                          65

CAPÍTULO XV.--Comedias caballerescas.--_Castelvines y
Monteses._--_El nuevo Pitágoras._--_La octava maravilla_, é
indicación de los argumentos de otras.                                93

CAPÍTULO XVI.--_La fuerza lastimosa._--_Don Lope de Cardona._--_La
hermosa Alfreda._--_Laura perseguida._--Otras
comedias.--_El caballero de Olmedo._--Lo cómico de Lope
de Vega.--_Amar sin saber á quien._                                  123

CAPÍTULO XVII.--_No son todos ruiseñores._--_Los ramilletes
de Madrid._--_La noche de San Juan._--_El mayor imposible._--_El
acero de Madrid._--_La hermosa fea._--Otras
comedias.--Comedias religiosas.--_El Cardenal de Belén._--_San
Nicolás de Tolentino._--_El animal profeta._--Otras
comedias de la misma clase.                                          151

CAPÍTULO XVIII.--Autos, entremeses y loas de Lope
de Vega.                                                             177

CAPÍTULO XIX.--Poetas dramáticos valencianos.--Francisco
Tárrega.--Gaspar Aguilar.--Ricardo de Turia.--Carlos
Boyl.--Míguel Beneyto.--Vicente Adrián.--Guillén
de Castro.--Su _Cid_ y el de Corneille.                              209

CAPÍTULO XX.--Otras obras de Guillén de Castro.--El
Dr. Ramón.--Antonio de Galarza.--Gaspar de Avila.--Miguel
Sánchez.--Mira de Mescua.                                            247

CAPÍTULO XXI.--Luis Vélez de Guevara.--Párrafos de
_El diablo cojuelo_, acerca del teatro.--Las comedias más
notables de Vélez de Guevara.                                        281

CAPÍTULO XXII.--Otros poetas dramáticos de esta época.--Mexía
de la Cerda.--Damián Salustrio del Poyo.--Hurtado
Velarde.--Juan Grajales.--Joseph de Valdivieso.--Andrés
de Claramonte.--Otros poetas dramáticos
del tiempo de Lope de Vega.                                          309

CAPÍTULO XXIII.--Oposición de algunos críticos al drama
nacional.--Andrés Rey de Artieda.--Francisco Cascales.--Cristóbal
de Mesa.--Esteban Manuel de Villegas.--Bartolomé
Leonardo de Argensola.--Cristóbal Suárez
de Figueroa.--Triunfo del partido nacional contra
los galicistas.                                                      329

CAPÍTULO XXIV.--Diego Jiménez de Enciso.--Juan
Pérez de Montalván.                                                  367

CAPÍTULO XXV.--Tirso de Molina.--Su Apología de la
Comedia Española.--Sus obras dramáticas en general.                  389

CAPÍTULO XXVI.--Crítica particular de las obras dramáticas
más notables de Tirso.                                               413

CAPÍTULO XXVII.--Continuación y fin de la crítica particular
de las obras dramáticas más notables de Tirso.                       437

APÉNDICE.--Catálogo de la gran colección de comedias
nuevas escogidas de los mejores ingenios de España.                  465



    _Este libro se acabó de imprimir
      en Madrid, en casa de
        Manuel Tello, el día
          28 de Febrero del
            año de
              1887._



COLECCIÓN DE ESCRITORES CASTELLANOS.


OBRAS PUBLICADAS.

ROMANCERO ESPIRITUAL, del Mtro. Valdivielso.--Un tomo, con retrato
del Autor, y prólogo del P. Mir, 4 pesetas.--Ejemplares especiales,
á 6, 10, 25, 30 y 250 id.

OBRAS de D. A. L. de Ayala--Siete tomos: el 1.º, con retrato del
Autor, 5 pesetas: los restantes á 4 pesetas.--Ejemplares
especiales, á 6, 7-1/2, 10, 25, 30 y 250 id.

POESÍAS de D. Andrés Bello, con prólogo de D. M. A. Caro, Director
de la Academia Colombiana, y retrato del Autor.--(Agotada la
edición de 4 pesetas.)--Hay ejemplares especiales de 6, 10, 25 y 30
pesetas.

OBRAS de D. P. A. de Alarcón.--Diez y seis tomos, 63 pesetas.

(De todas sus obras hay ejemplares de hilo numerados, á 10
pesetas.)

ODAS, EPÍSTOLAS Y TRAGEDIAS, por D. M. Menéndez y Pelayo.--Un tomo
con retrato del Autor y prólogo de D. Juan Valera, 4
pesetas.--Ejemplares especiales.

ESTUDIOS DE CRÍTICA LITERARIA, por el mismo.--Un tomo, 4
pesetas.--Ejemplares especiales.

EL SOLITARIO Y SU TIEMPO, _Biografía de D. Serafín Estébanez
Calderón, y critica de sus obras_, por D. A. Cánovas del
Castillo.--Dos tomos, con el retrato de D. Serafín Estébanez
Calderón, 8 pesetas.--Ejemplares especiales.

HISTORIA DE LAS IDEAS ESTÉTICAS EN ESPAÑA, por D. M. Menéndez y
Pelayo.--Tomos I, II y III (cinco volúmenes) 22
pesetas.--Ejemplares especiales.

ESCENAS ANDALUZAS, por D. Serafín Estébanez Calderón (El
Solitario).--Un tomo, 4 pesetas.--Ejemplares especiales.

DERECHO INTERNACIONAL, por D. Andrés Bello.--Dos tomos, 8
pesetas.--Ejemplares especiales.

VOCES DEL ALMA, por D. José Velarde.--Un tomo, 4
pesetas.--Ejemplares especiales.

PROBLEMAS CONTEMPORÁNEOS, por D. Antonio Cánovas del Castillo.--Dos
tomos, con el retrato del Autor, 10 pesetas.--Ejemplares
especiales.

ESCRITORES ESPAÑOLES É HISPANO-AMERICANOS, por D. Manuel
Cañete.--Un tomo, con el retrato del Autor, 4 pesetas.--Ejemplares
especiales.

CALDERÓN Y SU TEATRO, tercera edición, por D. M. Menéndez y
Pelayo.--Un tomo, 4 pesetas.

ESTUDIOS CRÍTICOS SOBRE LA HISTORIA DE ARAGÓN, por D. Vicente de la
Fuente.--Tres tomos con el retrato del Autor, 13
pesetas.--Ejemplares especiales.

ESTUDIOS GRAMATICALES: introducción a las obras filológicas de D.
Andrés Bello, por D. Marco Fidel Suárez.--Un tomo, 5
pesetas.--Ejemplares especiales.

POESÍAS de D. José Eusebio Caro--Un tomo, con el retrato del Autor,
4 pesetas.--Ejemplares especiales.

DE LA CONQUISTA Y PÉRDIDA DE PORTUGAL, por D. Serafín Estébanez
Calderón (El Solitario).--Dos tomos, 8 pesetas.--Ejemplares
especiales.

TEATRO ESPAÑOL DEL SIGLO XVI, por D. Manuel Cañete.--Un tomo, 4
pesetas.--Ejemplares especiales.

HORACIO EN ESPAÑA.--_Solaces bibliográficos_, por D. M. Menéndez y
Pelayo.--Dos tomos, lo pesetas.--Ejemplares especiales.

LAS RUINAS DE POBLET, por D. Víctor Balaguer.--Un tomo, 4
pesetas.--Ejemplares especiales.

CANCIONERO de Gómez Manrique.--Dos tomos, 8 pesetas.--Ejemplares
especiales.

LEYENDAS MORISCAS, por D. F. Guillén Robles.--Tres tomos, 12
pesetas.--Ejemplares especiales.

OBRAS DE D. JUAN VALERA.--Tomo I: _Canciones, romances y poemas_, 5
pesetas.--Tomo II: _Cuentos, diálogos y fantasías_, 5
pesetas.--Ejemplares especiales.

POESÍAS, por D. Antonio Ros de Olano, con prólogo de D. Pedro A. de
Alarcón.--Un tomo, 4 pesetas.--Ejemplares especiales.

HISTORIA DE LA LITERATURA Y DEL ARTE DRAMÁTICO EN ESPAÑA, por
Adolfo Federico, conde de Schack.--Tomos I, II y III, á 5
pesetas.--Ejemplares especiales.

HISTORIA DEL NUEVO REINO DE GRANADA, por Juan de Castellanos, tomo
I, 5 pesetas.

POEMAS DRAMÁTICOS DE BYRÓN, traducidos en verso por D. J. Alcalá
Galiano.--Un tomo, 4 pesetas.--Ejemplares especiales.


EN PRENSA.

OBRAS de D. J. E. Hartzenbusch.

HISTORIA DE LAS IDEAS ESTÍTICAS EN ESPAÑA, por D. M. Menéndez y
Pelayo, tomo IV y último.

LA CIENCIA ESPAÑOLA, por el mismo.

ESTUDIOS LITERARIOS, por D. Pedro José Pidal.

HISTORIA DE LA LITERATURA Y DEL ARTE DRAMÁTICO EN ESPAÑA, por
Adolfo Federico, conde de Schack, tomo IV.

HISTORIA DEL NUEVO REINO DE GRANADA, por Juan de Castellanos, tomo
II.

OBRAS de D. Juan Valera, tomo III.


EN PREPARACIÓN.

     ESTUDIOS HISTÓRICOS, por D. Aureliano Fernández-Guerra.

     NOVELAS de Salas Barbadillo.

     VIDA DE D. PEDRO LA GASCA, por Calvete de la Estrella.

      Los ejemplares especiales son:

    150 en papel agarbanzado grueso                   á  6 pesetas.
    100 en papel de hilo español, números 1 á 100     á 10    id.
     25 en papel China, números I á XXV               á 30    id.
     25 en papel Japón, números XXVI á L              á 35    id.


Todos los ejemplares numerados llevan dobles pruebas de los retratos
grabados al agua fuerte por Maura.


COLECCIÓN DE ESCRITORES CASTELLANOS.

ALARCÓN (D. P. A. de). Obras: diez y seis tomos, 55 pesetas.

BALAGUER (D. Víctor). _Las ruinas de Poblet_: un tomo, 4 pesetas.

BELLO (D. Andrés). _Poesías._ (Agotada la edición ordinaria, hay
ejemplares de lujo, de 6 pesetas en adelante.)--_Derecho internacional_:
dos tomos, 8 pesetas.

BYRON. _Poemas dramáticos_, traducidos en verso por D. J. Alcalá
Galiano: un tomo, 4 pesetas.

CÁNOVAS DEL CASTILLO (D. Antonio). _El Solitario y su tiempo_: dos
tomos, 8 pesetas.--_Problemas contemporáneos_: dos tomos, lo pesetas.

CAÑETE (D. Manuel). _Escritores españoles é hispano-americanos_: tomo I,
4 pesetas.--_Teatro español del siglo XVI_: tomo I, 4 pesetas.

CARO (D. José Eusebio).--_Poesías_: un tomo, 4 pesetas.

CASTELLANOS (Juan). Historia del nuevo reino de Granada: tomo I, 5 pts.

ESTÉBANEZ CALDERÓN (D. Serafín: El Solitario). _Escenas andaluzas_: un
tomo, 4 pesetas.--_De la conquista y pérdida de Portugal_: dos tomos, 8
pts.

FUENTE (D. Vicente de la). _Estudios críticos sobre la Historia y el
Derecho de Aragón_: tres series, 13 pesetas.

GÓMEZ MANRIQUE. _Cancionero_: dos tomos, 8 pesetas.

GUILLÉN ROBLES. _Leyendas moriscas_: tres tomos, 12 pesetas.

LÓPEZ DE AYALA (D. Adelardo).--Obras completas.--Siete tomos, 29 pts.

MENÉNDEZ Y PELAYO (D. Marcelino). _Odas, epístolas y tragedias_: un
tomo, 4 pesetas.--_Historia de las ideas estéticas en España_: tomos I,
II y III (cinco volúmenes), 22 pesetas.--_Estudios de crítica
literaria_; un tomo, 4 pesetas.--_Calderón y su teatro_: un tomo, 4
pesetas.--_Horacio en España solaces bibliográficos_: dos tomos, 10
pesetas.

ROS DE OLANO (D. Antonio). _Poesías_: un tomo, 4 pesetas.

SUÁREz (M. F.) _Estudios Gramaticales_: un tomo, 5 pesetas.

SCHACK (A. F.) _Historia de la literatura y del arte dramático en
España_: tomos I, II y III, 15 pesetas.

VALDIVIELSO (El M. Josef de). _Romancero Espiritual_: un tomo, 4
pesetas.

VALERA (D. Juan). _Obras._--Tomo I, _Canciones, romances y poemas_: 5
pesetas.

VELARDE (D. José). _Voces del alma_: un tomo, 4 pesetas. Ejemplares de
tiradas especiales de 6 á 250 pesetas.

EN PRENSA.

_Obras_ de D. Juan Valera, tomo II.

_Historia de la literatura y del arte dramático en España_, de Schack,
tomo IV.

_Historia de las ideas estéticas en España_, por D. M. Menéndez y
Pelayo, tomo IV.

_Estudios literarios_, por D. Pedro José Pidal.

_Historia del nuevo reino de Granada_, por Juan de Castellanos, tomo II.

EN PREPARACIÓN.

_Obras de Hartzenbusch._

_Estudios históricos_, por D. Aureliano Fernández-Guerra.

_Novelas_ de Salas Barbadillo.

_Vida de D. Pedro la Gasca_, por Calvete de la Estrella.

JOYAS DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.

(EDICIÓN DIAMANTE.)

ROMANCERO SELECTO. Tomo I: _Romances moriscos_; con grabados y
encuadernación, 2 pesetas 50 céntimos.

CERVANTES. _Novelas_: un tomo encuadernado y con retrato del autor, 2
pesetas 50 céntimos.

LOPE DE VEGA. _La Dorotea_: un tomo encuadernado con retrato del autor,
3 pesetas.

Los pedidos de ejemplares ó suscriciones se harán directamente á la
librería de D. Mariano Murillo, calle de Alcalá, 7.


NOTAS:

[1] Que este suceso no es invención del poeta, sino fundado en una
tradición antigua, se demuestra en la vida de San Millán, del arcipreste
de Hita, publicada por Sánchez. Sobre el mismo asunto versa _Las famosas
asturianas_, de Lope.

[2] Moreto, al escribir su comedia, tuvo también presente otra de Lope
titulada _El infanzón de Illescas_ (distinta de _El caballero de
Illescas_, que se halla en el tomo XIV de sus comedias). Esta comedia
del _Infanzón_ es muy rara, y hasta ahora han sido inútiles todos mis
esfuerzos para poseerla.

[3] Ved esta comedia traducida al alemán en mi _Spanischen Theater_,
Francfort del Mein, 1845, tomo II.

[4] Las cuales son, sin embargo, históricas, como puede verse en
Bermúdez de Pedraza, _Historia eclesiástica_, parte 4.ª, pág. 214, y en
_El tratado de la nobleza y de los títulos y dictados que hoy día tienen
los varones claros y grandes de España_, Madrid, 1591, fol. 98, de Fray
Juan Benito Guardiola. Este mismo suceso ha servido para la composición
dramática de un desconocido, hecha después de Lope, que, con el título
de _El triunfo del Ave María_, se representa hasta hoy en el teatro
español.

[5] Lo histórico de este drama proviene de _La vida del marqués de
Cañete_ (D. García de Mendoza), de Cristóbal Suárez de Figueroa.

[6] La tradición en que se fundó _La Estrella de Sevilla_, se ha
conservado hasta hoy en esta ciudad. No há mucho se enseñaba en la calle
de la Inquisición Vieja la casa de los Taveras y la puerta del jardín,
por la cual hubo de entrar Sancho _el Bravo_ en busca de la bella
Estrella.

[7] Digno de atención es el prólogo de este drama: «Señor lector: esta
tragedia se hizo en la corte sólo un día, por cosas que á V. le importan
poco. Dejó entonces tantos deseosos de verla, que les ha querido
satisfacer con imprimirla. Su historia estaba escrita en lengua latina,
francesa, alemana, toscana y castellana: esto fué prosa, ahora sale en
verso; V. lo lea por mía, porque no es impresa en Sevilla, cuyos
libreros, atendiendo á la ganancia, barajan los nombres de los poetas, y
á unos dan sietes y á otros sotas; que hay hombres que por dinero no
reparan en el honor ajeno, que á vueltas de sus mal impresos libros
venden y compran: advirtiendo que está escrita en estilo español, no por
la antigüedad griega y severidad latina; huyendo de las sombras, nuncios
y coros, porque el gusto puede mudar los preceptos como el uso los
trajes y el tiempo las costumbres.» ¿Se prohibiría acaso la
representación, por que haya en ella alusiones al fin de D. Carlos?

[8] Tan rara es, en efecto, que á pesar de nuestras diligentes
investigaciones en la Biblioteca Nacional; en la de D. Agustín Durán,
hoy de la Biblioteca, y en otras particulares, ricas en obras de esta
especie, no nos ha sido posible encontrarla. Sólo aparece su título en
el catálogo de D. Cayetano Alberto de la Barrera, pero con una
interrogación, signo de la duda que le inspiraba su autenticidad, ó
acaso expresión de su imposibilidad de encontrarla y examinarla. No
extrañe, pues, el lector que, faltando á nuestra costumbre, no se copie
el original castellano, casi siempre citado en alemán por el señor
Schack.--(_N. del T._)

[9] Sobre la servidumbre corporal, ó más bien formal esclavitud de los
criados, que existió durante el siglo XVII en España, y principalmente
en Andalucía, á pesar de prohibirlo diversas leyes, V. á _Bertaud
journal du voyage d'Espagne_: París, 1669.

[10] V. la pág. 384 del tomo I.

[11] El notable drama de Lope _El animal profeta_, proviene de una
leyenda que se encuentra en _Bollandi, acta Sanct._ 2.974, ed., Anto.
Jacobus de Voragine, Legenda Aurea, Hist. 2, y Vicente Bell. Spec. hist.
9.115, y también en _Gesta Romanorum_, cap. 18.

[12] Una escena semejante, en que un ángel se aparece bajo la figura de
un pastorcillo, se encuentra en _La buena guarda_, de Lope, que se
titula también _La Encomienda bien guardada_.

Esta pieza desenvuelve la bella leyenda, que ha servido recientemente á
Charles-Nodier para escribir su _Soeur Beatrix_, y á D. José Zorrilla,
para su poética leyenda de _Margarita la Tornera_.

[13] La frase _estar en jerga_ significa que se ha empezado algo y no se
acaba. Ved más adelante su explicación.

[14] En el mismo año del prólogo de Cervantes á sus comedias nombra
Figueroa en su _Plaza universal_ (Madrid, 1615), como más famosos, á los
siguientes dramáticos: un Lope de Rueda, un Velarde, _único en el
lenguaje antiguo_; un famoso Lope de Vega, Tárrega, Aguilar, Miguel
Sánchez, Miguel de Cervantes, Mira de Mescua, Luis Vélez, Gaspar de
Avila.

[15] Las escasas noticias, que insertamos aquí, relativas á los poetas
de Valencia, han sido sacadas de las obras siguientes: _Biblioteca
Valentina_, por Joseph Rodríguez, con la continuación de Ignacio
Savalls: Valencia, 1747; en fol:--_Escritores del reino de Valencia
desde el año 1238 hasta el de 1747_, por Vicente Ximeno, tomo I y II:
Valencia, 1747.--_Biblioteca valenciana de los escritores que
florecieron hasta nuestros días, con adiciones y enmiendas á la de D.
Vicente Jimeno_, por D. Justo Pastor Fuster; dos tomos en fol: Valencia,
1827-30.--Hállase una colección escogida de las comedias de estos poetas
en las dos obras siguientes, hoy muy raras, cuyo catálogo insertamos
íntegro:

_Doce comedias de cuatro poetas naturales de Valencia_: Valencia, 1608;
Barcelona, 1609, y Madrid, 1614.

_El Prado de Valencia_, _El esposo fingido_, _El cerco de Rodas_, _La
perseguida Amalthea_, _La sangre leal de los montañeses de Navarra_,
_Las suertes trocadas y torneo venturoso_, del canónigo Tárrega.

_La gitana melancólica_, _La suegra humilde_, _Los amantes de Cartago_,
de Gaspar de Aguilar.

_El amor constante_, _El caballero bobo_, de Guillén de Castro.

_El hijo obediente_, de Miguel Beneyto.

_Norte de la poesía española ilustrado del sol, de doze comedias (que
forman segunda parte de laureados poetas valencianos) y de doze
escogidas Loas_. Sacado á luz por Aurelio Mey: Valencia, 1616.

_El marido asegurado_, de D. Carlos Boyl Vives de Canesmas.

_El cerco de Pavía_, del canónigo Tárrega.

_La fundación de la Orden de Nuestra Señora de la Merced_, del mismo.

_La Duquesa constante_, del mismo.

_El triunfante martirio de San Vicente_, de Ricardo de Turia.

_La belígera española_, del mismo.

_La burladora burlada_, del mismo.

_El mercader amante_, _La fuerza del interés_, _La muerte sin
esperanza_, _El gran patriarca D. Juan de Ribera_, por Gaspar Aguilar.

[16] Según dice el _Teatro de Valencia_, de Luis Lamarca, en el año de
1590 se fundó en Valencia una Academia, que, entre otros objetos, se
proponía el fomento de la música, del baile y del arte escénico.

[17] V. las _Notas_ de Cerda á la _Diana enamorada_, de Gil Polo:
Madrid, 1802; págs. 515 y siguientes.

[18] V. á Lope de Vega, _Arcadia_.--V. _Dorotea_.--V. _Laurel de
Apolo_.--Cervantes, _Viaje al Parnaso_.--Rojas, _Loa de la Comedia_.

[19] V. 1 _Donado Hablador_, pág. 534, Autores castellanos Rivadeneyra,
_Novelistas posteriores á Cervantes_.

[20] Poesías de la mayor parte de los poetas nombrados aquí y en las
páginas siguientes, se insertan en el libro _El Prado de Valencia_,
compuesto por D. Gaspar Mercader: Valencia, 1601.

Parece errónea la opinión de los que consideran como una sola persona á
Luis Ferrer y á Ricardo de Turia. En un romance de Carlos Boyl, _un
licenciado que deseaba hacer comedias_ (en el tomo II de las _Comedias
de poetas valencianos_), se distinguen ambas personas.

      Letras, loas y entremeses
    Buscará de mano ajena,
    Porque la propia de todos
    Como propia se condena.
    De Don Gaspar Mercader
    Conde de Buñel, las letras
    Serán, porque siendo suyas
    Tendrán gracia y serán buenas.
    Las loas del gran Ferrer,
    Que ha de gobernar Valencia;
    El divino Don Luis,
    Doctísimo en todas sciencias;
    El verso conceptuoso
    Y las quintillas perfectas
    Del culto Ricardo busque,
    Pero no afecte su estrella.
    Y al fin, fin, de espada y capa
    Dará a las salas comedias,
    Y al teatro para el vulgo
    De divinas apariencias.

Lamarca dice que el verdadero nombre de Ricardo de Turia fué Pedro
Rejaule y Toledo; si este dato es auténtico, lo cual no puedo yo
decidir, es errónea, sin duda, la fecha que se atribuye (mediados del
siglo XVII) á la época en que floreció este poeta.

Por ser muy raro el tomo II de las _Comedias de poetas valencianos_, y
porque además suele faltar en algunos ejemplares la apología de la
comedia española, que le precede en otros, la copio á continuación:

    "APOLOGÉTICO
    DE LAS COMEDIAS ESPAÑOLAS
    POR RICARDO DE TURIA.

»Suelen los muy críticos Terensiarcos y Plautistas destos tiempos
condenar generalmente todas las comedias que en España se hacen y
representan, así por monstruosas en la invencion y disposicion, como
impropias en la elocucion, diziendo que la poesía cómica no permite
introduccion de personas grandes, como son Reyes, Imperadores, Monarcas
y aun Pontefices, ni menos el estilo adecuado á semejantes
interlocutores, porque el que se ciñe dentro de esta esphera es el mas
supino, como lo vieron los que se acuerdan en España del famoso cómico
Ganaça, que, en la primera entrada que hizo en ella, robó igualmente el
aplauso y dinero de todos, y lo ven agora los que de nuestros españoles
estan en Italia, y aun los que, sin desamparar su patria, se aplican al
estudio de letras humanas, en todos los Poetas cómicos, haziendo mucho
donayre de que introduzgan en las Comedias un Lacayo, que, en son de
gracioso, no sólo no se le defienda el más escondido retrete, que bive
la dama y aun la Reyna, pero ni el caso que necesita de más acuerdo,
estudio y experiencia, comunicando con él altas razones de estado y
secretos lances de amor, asi mesmo de ver los Pastores tan entendidos,
tan philosofos morales y naturales, como si toda su vida se huvieran
criado á los pechos de las Universidades mas famosas. Pues al galan de
la Comedia (que cuando mucho se retrata en él un cavallero, hijo
legitimo de la ociosidad y regalo) le pintan tan universal en todas las
ciencias, que en ninguna dexa de dar felize alcanze. Pues si entramos en
el transcurso del tiempo, aquí es donde tienen los mal contentos (cierta
secta de discretos, que se usa ahora, fundando su doctrina y superior
ingenio en recebir con nauseas y hamagos cuanto á su censura
desdichadamente llega) la fortuna por la frente; aquí es donde con tono
mas alto, sin esceptar lugar ni personas, acriminan este delito como
mayor que de lesa Magestad; pues dizen que si la Comedia es un espejo de
los sucesos de la vida humana, ¿cómo quieren que en la primer jornada ó
acto nazca uno, y en la segunda sea gallardo mancebo, y en la tercera
experimentado viejo, si todo esto pasa en el discurso de dos horas?

»Bien pudiera yo responder con algun fundamento, y aun exemplos de los
mesmos Apolos, á cuya sombra descansan muy sosegadamente estos nuestros
fiscales, con decir: que ninguna Comedia, de quantas se representan en
España, lo es, sino Tragicomedia, que es un mixto formado de lo Comico y
de lo Tragico, tomando deste las personas graves, la accion grande, el
terror y la conmiseracion; y de aquel el negocio particular, la risa y
los donayres, y nadie tenga con impropiedad esta mixtura, pues no
repugna á la naturaleza y al arte poético, que en una misma fábula
concurran personas graves y humildes. ¿Qué Tragedia huvo jamás que no
tuviese mas criados y otras personas deste jaez, que personages de mucha
gravedad? Pues si vamos al _Aedipo_ de Sóphocles, hallaremos aquella
gallarda mezcla del Rey Cleonte y Tyresias con dos criados, que eran
Pastores del ganado: y si echamos manos de la Comedia de Aristophanes,
toparemos con la mixtura de hombres y dioses, Ciudadanos y villanos, y
hasta las bestias introduze que hablan en sus fábulas; pues si debaxo de
un Poema puro, como Tragedia y Comedia, vemos esta mezcla de personas
graves con las que no lo son,

»¿Qué mucho, que, en el mixto, como tragicomedia, lo hallemos?...

»Digo que sin defender la Comedia Española, ó por mejor decir
Tragicomedia, con razones philosoficas ni metaphisicas, sino arguyendo
_ab effectu_, y sin valerme de los exemplos de otros Poetas extrangeros,
que felizmente han escrito en estilo y forma tragicomica, pienso salir
con mi intento.

»Quando por los Españoles fuera inventado este Poema, antes es digno de
alabança que de reprehension, dando por constante una máxima, que no se
puede negar ni cabillar, y es que los que escriven es á fin de
satisfacer el gusto para quien escriven, aunque echen de ver que no van
conforme las reglas que pide aquella compostura; y hace mal el que
piensa que el dexar de seguillas nace de ignorallas, demás que los
Comicos de nuestros tiempos tienen tambien provada su intencion en otras
obras que perfectamente han acabado y escrito con otros fines, que el de
satisfacer á tantos que no necesitan para eternizar sus nombres de
escrivir las Comedias con el rigor á que los reduze estos aceptados
Censores, con quien habla mi Apologia. Supuesta esta verdad, pregunto:
¿qué hazaña será mas dificultosa, la de aprender las reglas y leyes que
amaron Plauto y Terencio, y, una vez sabidas, regirse siempre por ellas
en sus comedias, ó la de seguir cada quinze dias nuevos terminos y
preceptos? Pues es infalible que la naturaleza española pide en las
Comedias lo que en los trages, que son nuevos usos cada dia. Tanto que
el principe de los poetas cómicos de nuestros tiempos y aun de los
pasados, el famoso y nunca bien celebrado Lope de Vega, suele, oyendo
asi Comedias suyas como agenas, advertir los pasos que hazen maravilla y
grangean aplauso: y aquellos, aunque sean impropios, imita en todo,
buscándose ocasiones en nuevas comedias, que como de fuente perenne
nacen incesablemente de su fertilisimo ingenio: y asi con justa razon
adquiere el favor que toda Europa y America le deve y paga
gloriosamente. Porque la cólera Española está mejor con la pintura que
con la historia; dígolo porque una tabla ó lienzo de una vez ofrece
quanto tiene, y la historia se entrega al entendimiento ó memoria con
mas dificultad, pues es al paso de los libros ó capitulos en que el
autor las distribuye. Y asi, llevados de su naturaleza, querrian en una
comedia no solo ver el nacimiento prodigioso de un Principe, pero las
hazañas que prometió tan estraño principio, hasta ver el fin de sus
dias; si gozó de la gloria que sus heroycos hechos le prometieron. Y
assimismo en aquel breve término de dos horas querrian ver sucesos
Comicos, Trágicos y Tragicomicos (dexando lo que es meramente Cómico
para argumento de los entremeses que se usan agora), y esto se confirma
en la musica de la misma Comedia, pues si comienzan por un tono grave,
luego lo quieren no solo alegre y jolí, pero corrido y bullicioso, y aun
abivado con saynetes de bayles y danzas que mezclan en ellos.

»Pues si esto es así, y estas Comedias no se han de representar en
Grecia, ni en España, y el gusto Español es deste metal ¿por qué ha de
dexar el Poeta de conseguir su fin, que es el aplauso (primer Precepto
de Aristóteles en su Poética) por seguir las leyes de los pasados, tan
ignorantes algunos, que inventaron los Prólogos y Argumentos en las
Comedias, no más que para declarar la traça y maraña dellas, que sin
esta ayuda de costas, tan ayunos de entendellas se salian como entraban?
Y la introduccion de los Lacayos en las Comedias no es por que entiendan
que la persona de un lacayo sea para comunicalle negocios de estado y de
gobierno, sino por no multiplicar interlocutores; porque si á cada
Principe le huviesen de poner la casa que su estado pide, ni hauria
compañía por numerosa que fuese, que bastase á representar la Comedia,
ni menos Teatro (aunque fuese un Coliseo) de bastante Capacidad á tantas
figuras; y assí haze el Lacayo la de todos los criados de aquel
Principe; y el aplicar donayres á su papel es por despertar el gusto,
que tal vez es necesario, pues con lo mucho grave se empalaga muy
facilmente. Como se vió en la donosa astucia de que usó aquel grande
orador Demostenes, cuando vió la mayor parte de sus oyentes rendida al
sueño, y para recordallos en atencion y aplauso les contó la novela de
Umbra Asini, y, en cobrandolos, añudó el hilo de su discurso. Y hacer
faciles dueños á los rudos Pastores de materias profundas no desdice de
lo que famosos y antiguos Poetas han platicado, y por evitar proligidad,
bolvamos solo los ojos á la tragicomedia, que el Laureado Poeta Guarino
hizo del Pastor Fido, donde un Satiro que introduce (á imitacion de los
que en esta figura reprehendian los vicios de la República, de donde le
quedó nombre de Satiras á los versos mordaces) habla en cosas tan altas
y especulativas, que es el mejor papel de la fabula y define el mismo
poeta al Satiro diziendole en boca de «Corisea: Messo homo, messo capra
é tuto bestia.» Pues obra es la del Pastor fido, y opinion es la del
Autor de las primeras que en Italia se celebran. Assi que no está la
falta en las Comedias españolas, sino en los Zoilos Españoles,
pareciendoles breve camino y libre de trabajo para conquistar el nombre
de discretos la indistinta y ciega murmuracion, y si le preguntays al
mas delicado destos que os señale las partes, de que ha de Constar un
perfeto Poema Cómico, le sucede lo que á muchos Poetas pintores de
hermosuras humanas, pues les atribuyen facciones tan disformes, que si
el mas castigado pincel las redugera á platica, no huviera inventado
demonio tan horrible Geronimo Boscho en sus trasnochados diabolicos
caprichos.»

[21] Provienen principalmente de D. Nicolás Antonio, Ximeno, Rodríguez y
Fuster, habiendo sido este último el que averiguó el año de su
nacimiento y de su muerte.

[22] Es hoy tan rara la colección de las comedias de Guillén de Castro,
que creemos oportuno copiar aquí sus títulos: Primera parte de las
comedias de D. Guillén de Castro: Valencia, por Felipe Mey, 1621.

_El perfeto caballero_, _El conde Alarcos_, _La humildad soberbia_, _Don
Quixote_, _Las mocedades del Cid_ (1.ª y 2.ª parte), _El desengaño
dichoso_, _El conde Dirlos_, _Los mal casados de Valencia_, _El
nacimiento de Montesinos_, _El curioso impertinente_, _Procne y
Filomena_.

Segunda parte de las comedias de D. Guillén de Castro: Valencia, por
Miguel Sorolla, 1625.

_Engañarse engañando_, _El mejor esposo_, _Los enemigos hermanos_,
_Cuánto se estima el honor_, _El Narciso en su opinión_, _La verdad
averiguada y engañoso casamiento_, _La justicia en la piedad_, _El
pretender con pobreza_, _La fuerza de la costumbre_, _El vicio en los
extremos_, _La fuerza de la sangre_, _Dido y Eneas_.

Hay también otras dos comedias suyas en la obra citada antes, que se
titula _Doze comedias de cuatro ingenios valencianos_.

[23] En una hoja volante del año 1623, titulada _Sucesos desta corte,
desde 15 de agosto hasta fin de octubre de 1623_, se lee: «Hanse dado
hábitos (sin duda de Santiago) á... (se nombran varias personas) y á D.
Guillén de Castro.»

Hay un prólogo al tomo II de las _Comedias_ de Guillén de Castro, que
copio, tanto á causa de la rareza de este libro, cuanto como ligero dato
que aumenta las pocas noticias existentes de la vida de este poeta:

_Al lector_:

«No quiero llamarte discreto ni sabio, por que tal vez podras ser que no
lo seas, ni lisongearte quiero tampoco, con la comun avilidad de
llamarte piadoso; pues si sabes, no tengo mis cosas por tan levantadas
de punto, que te Causen embidia y dexes por eso de alaballas: y si
ynoras, tus alabanças me servirán de vituperios: solo quiero advertirte,
que demás de imprimir estas doze Comedias por hacer gusto á mi sobrino,
lo hize tambien por que en mi ausencia se imprimieron otras doze, y
tanto porque en ellas avia un sin fin de yerros, porque la que menos
años tiene tendrá de quince arriba, que fué cuando la poesía Comica,
aunque menos murmurada, no estaba tan en su punto, me animé á hazer esta
segunda impresion. Si me engañé en imprimir estas por disculpar
aquellas, causa he tenido bastante, pues en toda España las siguieron y
celebraron con grande esceso.»

En la biblioteca del duque de Osuna se guardan las comedias de Guillén
de Castro:

_La tragedia por los celos_, autógrafa.

Al fin se lee: «Acabóla D. Guillén de Castro á 24 de diciembre de 1622
para Antonio de Prada.»

_Ingratitud por amor_, autógrafa con firma.

_Quien no se aventura..._

_Allá van leyes donde quieren Reyes._

_La manzana de la discordia y robo de Elena_, de Don Guillén de Castro y
Mira de Mescua.

[24] Se ha sostenido que Corneille utilizó también otro drama, _El
honrador de su padre_, de Juan Bautista Diamante, muy parecido á su
_Cid_. La conformidad de este drama con el francés es, sin duda, tan
grande, que sólo puede explicarse, suponiendo que el uno es imitación
del otro; es quizás el único caso de esta índole, que se encuentra en la
antigua literatura española, habiendo de admitirse necesariamente que el
poeta español imitó al francés. El _Cid_ de Corneille apareció en el año
de 1636, y la impresión más antigua de _El honrador de su padre_ parece
ser del año de 1659 (véase el tomo XI de las _Comedias nuevas escogidas
de los mejores ingenios de España_: Madrid, 1659), y Diamante no hubo de
figurar como poeta antes de esa época, porque su nombre no aparece en
ninguna de las colecciones anteriores de comedias españolas, ni es
mencionado tampoco por ninguno de los escritores de la primera mitad del
siglo XVII. No puede alabarse, por lo demás, de esta imitación de su
_Cid_ el poeta francés, porque _El honrador de su padre_ es una comedia
muy mediana, que no merece compararse por ningún concepto con _Las
mocedades del Cid_.--V. lo que decimos de Diamante en el curso de esta
HISTORIA.

[25] La Harpe niega que Ximena consienta en su casamiento, pero olvida
sus palabras antes de verificarse la lucha entre el Cid y Don Sancho:
¡Sors vainqueur d'un combat, dont Chimène est le prix!

[26] Que muchos versos del original han pasado casi palabra por palabra
al arreglo francés, lo prueban, entre otros ejemplos, los que siguen:

          .................. escribió
          Con sangre mi obligación.
    Son sang sur la poussière écrivoit mon devoir.
          ......... la mitad de mi vida
          Ha muerto la otra mitad;
          Al vengar
          De mi vida la una parte,
          Sin las dos he de quedar.
    La moitié de ma vie a mis l'autre au tombeau
    Et m'oblige á venger après ce coup funeste
    Celle que je n'ai plus sur celle qui me reste.
          Por mi honor he de hacer
          Contra ti cuanto pudiere,
          Deseando no poder.
    Je ferais mon posible à bien venger mon père,
    Mais malgré la rigueur d'un si cruel devoir,
    Mon unique souhait est de ne rien pouvoir.
          El honor que se lava
          Con sangre se ha de lavar.
    Ce n'est que dans le sang où on lave un tel outrage.
          Toca las blancas canas que honraste,
          Llega la tierna boca á la mejilla
          Donde la mancha de mi honor quitaste.
    Touche ces cheveux blancs à qui tu rends l'honneur,
    Viens baiser cette joue et reconnois la place
    Oúù fut jadis l'affront que ton courage éfface.
          .............aliento tomo
          Para en tus alabanzas empleallo.
    Laisse moy prendre haleine afin de te louer.
          Como la ofensa salía
          Luego caí en la venganza.
    Dès que j'ai su l'ffront j'ai prevu la vengeance.
          Ese sentimiento adoro,
          Esa cólera me agrada.
    ............. Agréable colère!
    Digne ressentiment à ma douleur bien doux!


[27] Lope de Vega: _Obras sueltas_, tomo I, pág. 22.--Cervantes: _Viaje
al Parnaso_, pág. 64.

[28] D. Agustín Durán poseía la tercera jornada de la comedia _Las
fullerías del amor_, que es, probablemente, la de igual título de Gaspar
de Ávila, de que habla Cervantes en el prólogo á sus _Comedias_.

[29] Lope de Vega dice así en _El laurel de Apolo_:

      «Aquél en lo dramático tan sólo,
    Que no ha tenido igual desde aquel punto,
    Que el coturno dorado fué su asunto.

    Miguel Sánchez, que ha sido
    El primero maestro que han tenido
    Las musas de Terencio.»

V. también _La Arcadia_, lib. V.--_Viaje al Parnaso_, pág. 23.

[30] Como dijimos antes, así la tercera como la quinta parte de la gran
colección de las comedias de Lope, contienen muchas de otros autores, y,
entre ellas, _La guarda cuidadosa_. Pero como ambas son interesantes
para conocer la literatura dramática española á principios del siglo
XVII, copiaremos aquí el catálogo de ellas:

Parte tercera de las comedias de Lope de Vega y otros autores con sus
loas y entremeses: Barcelona, 1614. (De la licencia que le precede, se
deduce que hay otra edición más antigua hecha en Sevilla.)

_Los hijos de la barbuda_, de Luis Vélez de Guevara.

_La adversa fortuna del caballero del Espíritu Santo_, del licenciado
Juan Grajales.

_El espejo del mundo_, de Luis Vélez de Guevara.

_La noche toledana_, de Lope de Vega.

_La tragedia de Doña Inés de Castro_, del licenciado Mexía de la Cerda.

_Las mudanzas de fortuna y sucesos de Don Beltrán de Aragón_, de Lope de
Vega.

_La privanza y caída de Don Alvaro de Luna_, de Damián Salustrio del
Poyo, vecino de la ciudad de Sevilla. _La próspera fortuna del caballero
del Espíritu Santo_, de Juan Grajales.

_El esclavo del demonio_, de Mira de Mescua.

_La próspera fortuna del famoso Ruy López de Avalos, el Bueno_, de
Damián Salustrio del Poyo. Dos partes.

_El Sancto negro Rosambuco de la ciudad de Palermo_, de Lope de Vega.

Además cinco loas y tres entremeses: _del Sacristán Soguijo_, _de los
Romances_ y _de los Güevos_.

Flor de las comedias de España de diferentes autores, recopiladas por
Francisco de Ávila, parte 5.ª: Madrid, 1616.

_El ejemplo de casadas y prueba de la paciencia_, de Lope de Vega.

_La desgracia del rey D. Alfonso, el Casto_, de Mira de Mescua.

Tragedia de _Los siete infantes de Lara_, en lenguaje antiguo, de
Hurtado Velarde, vecino de la ciudad de Guadalajara.

_El bastardo de Ceuta_, del licenciado Juan Grajales.

_La venganza honrosa_, de Gaspar Aguilar.

_La hermosura de Raquel_, de Luis Vélez de Guevara, gentil-hombre del
conde de Saldaña. Dos partes.

_El premio de las letras por el rey Felipe II_, de Damián Salustrio del
Poyo, natural de Murcia.

_La guarda cuidadosa_, del divino Miguel Sánchez, vecino de la ciudad de
Valladolid.

_El loco cuerdo_, del maestro Joseph de Valdivieso, capellán mozárabe de
la Santa Iglesia de Toledo.

_La rueda de la fortuna_, de Mira de Mescua.

_La enemiga favorable_, del licenciado Tárrega.

D. Nicolás Antonio y el catálogo de la Huerta, atribuyen falsamente
todas estas comedias á Lope de Vega.

[31] En la biblioteca del duque de Osuna existía manuscrita la comedia
de Miguel Sánchez _La isla Bárbara_, con la licencia para representarse
de 25 de enero de 1611, y de 12 de enero de 1614. Es verosímil que el
Miguel Sánchez Vidal, después mencionado, siguiendo á Latassa, sea este
mismo.

[32] D. N. Antonio le consagra un largo artículo en su _Bibl. Hisp.
nova_, I, 114, igualándolo á Lope de Vega. Dice, entre otras cosas, lo
siguiente: _Natus quantumvis in musico hoc c[oe]lo, velut alter æthereus
sol_.

[33] Suárez: _Historia de Guadix y Baza_, pág. 323.--Navarrete: _Vida de
Cervantes_, pág. 120.

[34] Las comedias de Mira de Mescua, ya sueltas, ya en las colecciones,
se atribuyen frecuentemente á otros autores; no conocemos la colección,
de que nos habla Don Nicolás Antonio.

[35] Muy rica es la colección de manuscritos del duque de Osuna, en
comedias de Mescua. Citaré, entre ellas, las siguientes:

_El ejemplo mayor de la desdicha y capitán Belisario_ (atribuída á Lope
de Vega). Autógrafa, con firma de Mira de Mescua; al fin la censura: «He
visto esta comedia, y puesto que no contiene nada contra las buenas
costumbres, puédese representar, y su autor, Mira de Amescua, obtener
nuevos aplausos. Madrid y julio de 1625.--Lope de Vega Carpio.»

_El animal profeta_, con el año de 1631 (se ha atribuído también á
Lope).

_El mártir de Madrid_, con la licencia de 1619.

_El primer conde de Flandes_, fecha 24 de noviembre de 1616.

_La tercera de sí misma_, fecha en 1626.

_La casa del tahur_, con licencia de 1621.

_Auto de la Inquisición._ Representóse en esta corte año de 1624.

_Auto de la jura del Príncipe._ Hízose en los carros de Madrid, año de
1632.

D. Agustín Durán poseía:

_Los carboneros de Francia_, de Mescua, copia de 7 de marzo de 1608, y
además:

_Hero y Leandro._

_Cuatro milagros de amor_, y

_El clavo de Joel_, del mismo.

[36] En _El mágico prodigioso_, de Calderón, se observan, al parecer,
ciertas reminiscencias del argumento de esta obra.

[37] La comedia _La rueda de la fortuna_, de Mescua, fué en su tiempo
muy famosa, según consta de la presente mención, que de ella se hace en
los escritores contemporáneos. En un manuscrito, perteneciente á D.
Pascual Gayangos, obra de un morisco del tiempo de Felipe III, y que
contiene reflexiones morales interpoladas con narraciones, se habla en
una de éstas de la representación de dicha comedia, á la cual asistió el
autor. Copio, pues, su principio, con su misma ortografía, porque no
deja de ser curioso: «Despues desto passe por la puerta de una casa, á
donde bide entrar mucha gente así hombres como mugeres; entré con ellos
y bide un patio muy grande, adonde en sillas y bancos se sentaban los
hombres y las mugeres, en un sitio alto las hurdinarias y luego muchos
balcones, á donde estaban los grabes con sus mugeres, y en este patio un
tablado á donde todos miraban, y despues que estaba todo lleno bi salir
dos damas y dos galanes con sus biguelas y cantaron estas decimas:

      «Quien se vio en prosperidad
    »y se vé en misero estado,
    »considere que es prestado
    »el bien y la adversidad.»

»Acabado de cantar, se entraron y salió uno con una Ropa de damasco y
dixo una loa, y dicha se entró, y salieron á representar la comedia de
_La rueda de la fortuna_, que significa los estados del mundo, y como se
truecan, y para que se conozcan, y las zizañas y trayciones, que en él
ai, y el tormento y ynquietud, con que, aun los que estan en alto
estado, padecen, y el engañoso bibir con que biben, etc...»

A esto sigue una exposición detallada del argumento de la comedia.

[38] Hijos ilustres de Madrid, por Baena: Madrid, 1789.--D. Nicolás
Antonio.

[39] El Sr. Schack, sin duda por inadvertencia ú olvido, critica la
fecha de 1570, señalada por Ochoa al nacimiento de Guevara, cuando él
mismo la confirma en la nota 2.ª de la página siguiente.--(_N. del T._)

[40] V. los párrafos de Antonio Navarro, que copiamos más adelante.

[41] En los _Avisos históricos de D. Josef Pellicer_, especie de
periódico que desde 1639 daba noticia semanal de los sucesos más
importantes, se habla así de la muerte de Guevara:

«Madrid 15 de noviembre de 1644.--El jueves pasado murió Luis Velez de
Guevara, natural de Ecija, Uxier de Cámara de S. M., bien conocido por
mas de 400 Comedias que ha escrito, y por su gran ingenio, agudos y
repetidos dichos, y ser uno de los mejores cortesanos de España. Murió
de 74 años de edad. Dexó por Testamentarios á los Sres. Conde de Lemos y
Duque de Veraguas, en cuyo servicio esta D. Juan Velez su hijo.
Depositaron el cuerpo en el Monasterio de Doña María de Aragón, en la
Capilla de los Sres. Duques de Veraguas, haciendosele por sus meritos
esta honra. Ayer se le hicieron las honras en la misma iglesia con la
propia grandeza que si fuera titulo, asistiendo cuantos Grandes, Señores
y Caballeros hay en la corte. Y se han hecho á su muerte y á su ingenio
muchos epitafios, que entiendo se imprimirán en el libro particular,
como el de Lope de Vega y Juan Perez de Montalvan.»

En la biblioteca del duque de Osuna se conservan manuscritos de Guevara.

_La serrana de la Vera_, autógrafa, fecha en Valladolid 1603. En el
título se ve la nota: _Para la señora Josefa Vaca_.

_El águila del agua y batalla naval de Lepanto_, con licencia de 25 de
julio de 1642.

_Auto de la mesa redonda_, año de 1634.

_La christianísima Lis._

_El Rey muerto._

_También tiene el sol menguante._

_Lo que piensas hago._

D. Agustín Durán poseía el manuscrito original de Guevara de _El Rey en
su imaginación_, con licencia de 20 de agosto de 1625 y copias de

_La creación del mundo_;

_Diego García de Paredes_; y

_Los agravios perdonados_ (segunda parte).

[42] Fija la época de la vida de los poetas que vamos á nombrar, además
de la loa de Rojas, un escrito que se conserva del Dr. Antonio Navarro
de fines del siglo XVI y en favor de las comedias, de cuya autenticidad
se ha dudado mucho en la época ya mencionada. Este escrito suministra el
siguiente catálogo de los dramáticos más célebres de aquel tiempo:

El licenciado Pedro Díaz, jurisconsulto, que fué de los primeros que
pusieron las comedias en estilo; el licenciado Cepeda; el licenciado
Poyo, sacerdote; el licenciado Berrio, insigne letrado y tan conocido de
los Consejos del Rey nuestro Señor, el licenciado D. Francisco de la
Cueva, tan docto y tan celebrado coma sabemos de todos los ingenios de
España; el licenciado Miguel Sánchez, secretario del Ilustrísimo de
Cuenca; el maestro Valdivieso, capellán del Ilustrísimo de Toledo y cura
de Santorcaz; el Dr. Vaca, cura y beneficiado en Toledo; Lupercio
Leonardo de Argensola, secretario de la Emperatriz y después del rey de
Nápoles; el licenciado Martín Chacón, familiar del Santo Oficio; el Dr.
Tárrega, canónigo del Aseo de Valencia; Gaspar Aguilar, secretario del
duque de Gandía; Juan de Quirós, jurado de Toledo; el Dr. Angulo,
regidor de Toledo y su alcalde de Sacas; D. Guillén de Castro, capitán
del Grao de Valencia; D. Diego Jiménez de Enciso, caballero de Sevilla;
Hipólito de Vergara; el maestro Ramón, sacerdote; el licenciado
Justiniano; D. Gonzalo de Monroy, regidor de Salamanca; el Dr. Mira de
Mescua, capellán de los Reyes de Granada; el licenciado Mejía de la
Cerda, relator de la Chancillería de Valladolid; el licenciado Navarro,
colegial de Salamanca; D. Francisco Quevedo Villegas, caballero de la
Orden de Santiago, señor de la villa de la Torre de Juan Abad; Luis
Vélez de Guevara, gentilhombre del conde de Saldaña; D. Luis de Gonzaga,
prebendado de la Santa Iglesia de Córdoba, y Lope de Vega Carpio,
secretario del duque de Alba y del conde de Lemos.

[43] En la biblioteca del duque de Osuna se conserva una comedia de
Cepeda titulada _El amigo el enemigo y á las veces lleva el hombre á su
casa con quien llore_, con la licencia para la representación del año de
1626, que parece ser de las últimas obras dramáticas de Joaquín Romero
de Cepeda.

[44] Baena: _Hijos ilustres de Madrid_.

[45] Esta comedia, ya en vida del poeta, fué la más estimada de las
suyas. Lope de Vega dice en la dedicatoria de su comedia _Muertos
vivos_, á Damián Salustrio del Poyo: «Lo que la antigüedad llamaba
llevar vasos á Samo, esto es, dirigir á V. M. una comedia, habiendo las
muchas que ha escrito adquirido tanto nombre, particularmente _La
próspera y adversa fortuna del condestable Don Ruy López de Avalo_, que
ni antes tuvieron ejemplo, ni después imitación.»

[46] V. el _Ragguaglio di Parnasso del sign. Fabio Franchi_ (Essequie
poetiche álla morte di Lope de Vega). tomo XXI, pág. 63 de las obras
sueltas de Lope.

[47] Doce autos sacramentales y dos comedias divinas del maestro José de
Valdivieso: Toledo, 1622.

Los autos contenidos en este volumen, hoy muy raro, son: _El villano en
su rincón_, _El hospital de locos_, _Los cautivos libres_, _El phénix de
amor_, _La amistad en el peligro_, _Psiquis y Cupido_, _El hombre
enamorado_, _Las ferias del alma_, _El peregrino_, _La serrana de
Plasencia_, _El hijo pródigo_, _El árbol de la vida_. Las dos comedias
se titulan, _El nacimiento de la mejor_ y _El Angel de la guarda_.

Hállanse otros autos de Valdivieso en la colección siguiente: _Navidad y
Corpus Christi_, festejados por los mejores ingenios de España: Madrid,
1644.

Este volumen, además de algunos entremeses de Luis de Benavente, y de
loas de diversos autores, contiene los siguientes autos:

_El divino Jasón_, auto sacramental, de D. Pedro Calderón.

_La mayor soberbia humana de Nabucodonosor_, auto sacramental, del Dr.
Mira de Mescua.

_La mesa redonda_, auto sacramental, de Luis Vélez de Guevara.

_El tirano castigado_, auto del nacimiento de Cristo, de Lope de Vega.

_El premio de la limosna_, auto sacramental, del Doctor Felipe Godínez.

_El caballero del Febo_, auto sacramental, de D. Francisco de Rojas
Zorrilla.

_Las santísimas formas de Alcalá_, auto sacramental, del Dr. D. Juan
Pérez de Montalbán.

_El sol á media noche_, auto del nacimiento de Christo, de Mira de
Mescua.

_La gran casa de Austria_, auto sacramental, de Don Agustín Moreto.

_Entre día y noche_, auto sacramental, del maestro José de Valdivieso.

_La cena de Baltasar_, auto sacramental, de D. Pedro Calderón.

_La madrina del cielo_, auto de Nuestra Señora del Rosario, de D. Alvaro
Cubillo de Aragón.

_La amiga más verdadera_, auto de Nuestra Señora del Rosario, de D.
Antonio Coello.

_El nacimiento de Christo Nuestro Señor_, del maestro José de
Valdivieso.

_El nacimiento de Christo Nuestro Señor_, de Lope de Vega.

[48] Entre los manuscritos de la misma biblioteca de Osuna, cuéntanse
las comedias siguientes de Andrés de Claramonte:

_De lo vivo á lo pintado._

_El mayor Rey de los Reyes._

_El tao de San Antón._

_El horno de Constantinopla._

_El atahúd para el vivo y el thálamo para el muerto._

_De los méritos de amor el silencio es el mayor._

La noticia de Casiano Pellicer, de haber muerto Claramonte en 1610, es
falsa, porque D. Agustín Durán poseía manuscrito el original de sus
dramas _La infeliz Dorotea_, con la fecha de 1622, y _La católica
princesa Leopolda_, de 1612.

[49] En la rica colección del duque de Osuna existen algunas comedias de
poetas dramáticos antiguos, mencionados en la loa de Agustín de Rojas,
cuyas obras se creían perdidas, como, por ejemplo:

_Los ojos del cielo_, compuesta por el licenciado Justiniano. Sacóse en
Valladolid, 30 de março de 1615. (En otro manuscrito de esta pieza, que
poseía Durán, llevaba la misma el título de _La abogada de los ojos_,
_Santa Lucía_, llamándose el autor el licenciado Lucas Justiniano.)

_La famosa toledana_, hecha por el jurado Juan de Quirós, vecino de
Toledo.

_Comedia del bruto Ateniense_, compuesta del licenciado Gaspar de Mesa,
año de 1602, autógrafa, con la firma del mismo Gaspar de Mesa.

Doy aquí también noticia de algunos otros manuscritos de la misma
biblioteca de Osuna, que por llevar las fechas, pueden servir de punto
de partida para ulteriores investigaciones.

_La loca del cielo_, de D. Diego de Villegas, con la licencia de 1625.

_El levantamiento del ilustre Teófilo_, anónima, con la fecha del año
1619.

_La inclinación española_, anónima, 1617.

_Mientras yo podo las viñas..._ de Agustín Castellano, 1610.

_La paciencia en la fortuna_, anónima, con licencia de 1615.

_El burlado burlador_, anónima, acabóse en 1627.

_El bastardo de Castilla_, anónima, con licencia de 1641.

_Los contrarios parecidos, desdicha venturosa y confusa Inglaterra_,
anónima, 1642.

_La esclava del cielo, Santa Engracia_, anónima, licencia de 1619.

_Los condes de Montalbo_, autógrafa, de Roque Francisco Romero, acabóse
año de 1638.

_San Mateo en Etiopía_, anónima, 1639.

_Fingir la propia verdad_, de Alonso de Osuna, licencia de 1641.

_El campo de la Berda_, anónima, licencia de 1635.

_Bellaco sois, Gómez_, anónima, licencia de 1640.

_Auto del labrador de la Mancha_, anónima, 1615.

_La aurora del sol divino_, de Francisco de Monteser, licencia de 1640.

_Más pesan pajas que culpas_, autógrafo de Francisco Llobregat, 1659.

_Poder y amor compitiendo_, de Francisco de la Calle, autógrafo de 1675.

_Los tres hermanos del cielo y mártires de Carlete_, anónima, 1660.

_El vaquero Emperador_, anónima, licencia de 1672.

_Pachecos y Palomeques_, de D. José Antonio García de Prado, licencia de
1674.

_El mejor maestro Amor_, de D. Manuel González de Torres, licencia de
1683.

_Amar sin favorecer_, de Román Montero, 1660.

_Casarse sin hablarse_, anónima, licencia de 1641.

_Vida y muerte de San Blas_, de Francisco de Soto, licencia de 1641.

De los manuscritos de D. Agustín Durán, mencionaré también:

_La despreciada querida_, de José Antonio García de Prado, autógrafa,
acabada en París el 1.º de agosto de 1625.

_Venganzas hay, si hay injurias_, autógrafa, de Antonio de Batres, con
licencia de 1632.

_El divino portugués San Antonio do Padua_, de Bernardino de Obregón,
fecha en 1623.

_Hallar la muerte en sus zelos_, de D. Félix Pardo de Lacasta, á 1659.

_El noble siempre es valiente_, autógrafa, de Fernando de Zárate; y el

_Auto del hospital_, de Roque de Caxés, autógrafa, con la fecha de 14 de
julio de 1609.

[50] _Biblioteca nueva de los escritores aragoneses que florecieron
desde el año de 1500 hasta el de 1802_, por Don Félix de Latassa y
Ortiz: Pamplona, 1798-1802.

[51] A esta serie pertenecen, sin duda, algunos otros, como, por
ejemplo, Enciso y Godínez; pero como las obras de éstos, que conocemos,
caen en época algo posterior, haremos mención de ellos más adelante.

[52] Se ha reimpreso de nuevo en _El Parnaso español_, de Sedano.

[53] D. Nicolás Antonio: _Bib. nova_.

[54] Francisco Cascales hubo de modificar más tarde sus ideas rigurosas
acerca de la comedia. En sus _Cartas filológicas_, Murcia, 1634, se
encuentra una á _Lope de Vega en defensa de las comedias y de la
representación dellas_, cuyo principio dice así:

«Muchos días ha, Señor, que no tenemos en Murcia comedias: ello deve ser
porque aquí han dado en perseguir la representacion, predicando contra
ella, como si fuera una secta ó gravísimo crimen. Yo he considerado la
materia y visto sobre ella mucho, y no hallo causa urgente para el
destierro de la representacion, antes bien muchas en su favor, y tan
considerables, que si oi no hubiera comedia ni theatro dellas en nuestra
España se devieran hazer de nuevo por los muchos provechos y frutos que
dellas resultan. A lo menos á mi me lo parece. V. m. se sirva de oirme
un rato por este discursillo, y decirme lo que siente, y pasar la pluma
como tan buen crítico, por lo que fuere digno de asterisco; que siendo
V. m. el que mas a ilustrado la poesia comica en España, dandole la
gracia, la elegancia, la valentia y ser que oi tiene, nadie como V. m.
podria ser el verdadero censor, etc.»

[55] Lope de Vega.

[56] Tablillas de San Lázaro, especie de cascabeles con los cuales se
recogían las limosnas para los hospitales.

[57] Quevedo, en su _Perinola contra el Dr. Montalbán_, inserta un par
de versos de ese sastre de Toledo, que copiamos aquí por lo curiosos:

      Si de aqueste pelo á pelo
    Pelícano vengo á hacer,
    La piel del diablo recelo;
    Y pues tercio en su querer,
    Quiero ser su terciopelo.

Probablemente son éstos los únicos restos que han llegado hasta nosotros
de esta poesía singular de sastres.

[58] Fórmula que los autores de entonces ponían al fin de sus
manuscritos.

[59] Esto parece una alusión sarcástica á las comedias posteriores de
Cervantes.

[60] En los _Hijos ilustres de Sevilla_, por Don Fermín Arana de
Valflora, Sevilla, 1791, se omite su nombre.

[61] En una hoja volante, titulada _Carta de un cortesano á uno de los
señores obispos destos reynos, Madrid y noviembre 18 de 1623_, se dice:
_Han dado hábito á Don Diego Ximénez de Enciso, veinte i quatro de
Sevilla_. Montalván, en su _Para todos_, celebra particularmente _Los
Médicis de Florencia_, de Enciso, que califica de regla y arquetipo de
todas las grandes comedias.

[62] Baena: _Hijos ilustres de Madrid_.--D. Nicolás Antonio.

[63] La colección de las comedias de Montalbán (comedias de Juan Pérez
de Montalbán, tomo I: Alcalá, 1638; tomo II: Madrid, 1639, y después los
dos en Valencia, 1652), contiene sólo 24 títulos, pero existen otras
muchas sueltas.

[64] La edición más antigua es de Huesca, de 1633. Entre los diversos
materiales incluídos en esta obra, hay también un catálogo de escritores
y poetas famosos, naturales de Madrid, importante para la historia de la
literatura española, puesto que por ellos se puede fijar la época de la
vida de muchos autores, sobre los cuales faltan de todo punto datos
cronológicos.

[65] Curiosa seguramente es la anécdota que sigue. Un día se encontraban
juntos en la corte Quevedo y Montalbán; estaba expuesto un cuadro de
Velázquez, y el Rey y los cortesanos lo examinaban y juzgaban. El cuadro
representaba á San Jerónimo, azotado por ángeles por leer libros
profanos. Montalbán, por indicación del Rey, improvisó los versos,

      Los ángeles a porfía
    Al Santo azotes le dan
    Porque á Cicerón leía...

Y Quevedo entonces, interrumpiéndolo, terminó la estrofa de esta manera:

    Cuerpo de Dios, ¡qué sería
    Si leyera á Montalbán!


[66] De las comedias manuscritas de Montalbán, del duque de Osuna,
llevan fecha del año:

_La deshonra honrosa_, 1622;

_Como padre y como Rey_, 1629, y

_La ventura en el engaño_, 9 de mayo de 1630.

[67] D. Agustín Durán en su introducción á la _Talía Española_: Madrid,
1834.--D. Nicolás Antonio.--Montalbán: _Para todos; Hijos ilustres de
Madrid._

[68] Así lo dice el mismo en _Los Cigarrales de Toledo_: Madrid, 1621.

[69] Aquéllos en el tomo segundo de las comedias, éstos en _Deleitar
aprovechando_: Madrid, 1635. La extrema rareza de la colección de las
comedias de Tirso, que se halla completa en la biblioteca del Sr.
Ternaux-Compans, y que me ha sido facilitada todo el tiempo necesario
por la bondad de su dueño, es digna de ser conocida con exactitud, y con
tanto más motivo, cuanto que ningún bibliógrafo ha dado noticia de ella.
Consta de cinco partes en este orden:

Parte primera de las comedias del maestro Tirso de Molina, publicada por
el autor: Madrid, 1627. 4º, reimpresa en Valencia en 1631.

_Palabras y plumas, El pretendiente al revés, El árbol del mejor fruto,
La villana de Vallecas, El melancólico, El mayor desengaño, El castigo
del pensé que..._ (dos partes), _La gallega Mari-Hernández, Tanto es lo
de más como lo de menos_ (el rico avariento), _La celosa de sí misma_.

Duran, en su _Talía española_, y después de él Ochoa, afirma que la
edición de esta parte se hizo en el año 1616; pero esto no es posible,
porque la comedia _La villana de Vallecas_, una de las incluídas en la
misma, no se escribió antes del año de 1620, como resulta de una carta,
que la precede, fecha en 25 de marzo de 1620, y de otras alusiones á
sucesos de la misma época. Si aparece, por tanto, alguna edición de
1616, la portada no puede ser auténtica, cosa, por lo demás, no rara,
cuando se trata de libros españoles.

Parte segunda de las comedias, etc., publicada por el autor: Madrid,
1627, y reimpresa también en Madrid, en 1635.

_La Reina de los Reyes, Amor y celos hacen discretos, Quien habló pagó,
Siempre ayuda la verdad, Los amantes de Teruel, Por el sótano y por el
torno, Cautela contra cautela, La mujer por fuerza, El condenado por
desconfiado, Don Alvaro de Luna_ (dos partes), _Esto sí que es
negociar_.

En la dedicatoria de este volumen dice Tirso al gremio de libreros de
Madrid, que les dedica cuatro en su nombre, por ser suyas, y las ocho
restantes en nombre de su autor, el cual, sin saber por qué, las expuso
ante sus puertas. Por consiguiente, cuatro de las comprendidas en esta
parte, de las doce de que consta, son de nuestro poeta, y ya que él no
dice cuáles son, menester es averiguarlo. Acerca de dos de ellas no cabe
duda ninguna, porque _Amor y celos hacen discretos_ termina con las
palabras

    Dad ánimo á vuestro Tirso
    Para que despacio os sirva;

y _Por el sótano y por el torno_, con estas otras:

    ... esto sirva
    De entretener solamente;
    No porque haya estas malicias,
    Que por el sótano y torno
    Tirso escribe, mas no afirma.

La tercera es, seguramente, _Esto sí que es negociar_, arreglo corregido
de _El melancólico_, inserto en el primer tomo; y en cuanto á la cuarta,
lo es _El condenado por desconfiado_, de la cual hablaremos después.

Las otras ocho comedias de este tomo son todas de mucho mérito. _La
mujer por fuerza_ es en todo como las de nuestro Tirso, y suponiendo que
no sea él el autor, la escribió un poeta de mucho talento, que imitó con
tanta habilidad como destreza el estilo de su famoso coetáneo. _Cautela
contra cautela_ fué copiada después por Moreto en _El mejor amigo el
Rey_, y _Siempre ayuda la verdad_, y por Matos Fragoso en _Ver y creer_.
De _Los amantes de Teruel_ tratamos ya en ocasión oportuna. _La Reina de
los ángeles_ celebra la victoria de los cristianos sobre los mahometanos
en la toma de Sevilla por San Fernando.

Parte tercera de las comedias, etc., publicada por Francisco Lucas de
Avila, sobrino del autor: Tortosa, 1634; reimpresa en Madrid, en 1652.

_Del enemigo el primer consejo_, _No hay peor sordo que el que no quiere
oir_, _La mejor espigadera_, _Averígüelo Vargas_, _La elección por la
virtud_, _Ventura te dé Dios, hijo_, _La prudencia en la mujer_, _La
venganza de Tamar_, _La villana de la Sagra_, _El amor y la amistad_,
_La fingida Arcadia_, _La huerta de Juan Fernández_.

Parte cuarta: Madrid, 1635.

_Privar contra su gusto_, _Celos con celos se curan_, _La mujer que
manda en casa_, _Antona García_, _El amor médico_, _Doña Beatriz de
Silva_, _Todo es dar en una cosa_, _Las amazonas en las Indias_, _La
lealtad contra la envidia_, _La peña de Francia_, _Santo y sastre_, _Don
Gil de las calzas verdes_.

Parte quinta: Madrid, 1636.

_Amar por arte mayor_, _Escarmientos para el cuerdo_, _Los lagos de San
Vicente_, _El Aquiles_, _Marta la piadosa_, _Quien no cae no se
levanta_, _La república al revés_, _Vida y muerte de Herodes_, _La dama
del olivar_, _Santa Juana_ (dos partes).

En _Los Cigarrales de Toledo_ están incluídas _El vergonzoso en
Palacio_, _Cómo han de ser los amigos_ y _El celoso prudente_.

Y sueltas se hallan también las siguientes:

_El caballero de gracia_, _El cobarde más valiente_, _Amar por señas_,
_El burlador de Sevilla_, _Desde Toledo á Madrid_, _La firmeza en la
hermosura_, _El honroso atrevimiento_, _La joya de las montanas_ (Santa
Orosia), _Quien da luego da dos veces_, _Los balcones de Madrid_, _La
ventura con el nombre_, _La condesa bandolera_, _Las quinas de
Portugal_.

[70] El suceso, en que se funda, se halla en Maffei, _Historiarum
indicarum_, libri XVI, 1593, fol., y en _Les Histoires memorables_, de
Goulard; también un portugués, Jerónimo de Corte Real, lo desenvuelve en
una poesía narrativa, titulada _Naufragio de Manuel de Lora de
Sepúlveda_: Lisboa, 1594, 4. Camoëns alude también á este suceso en las
_Luisiadas_, canto 5.º, est. XLVI-XLVII. La comparación del desarrollo
histórico de este hecho con la dramatización del mismo, no deja de ser
interesante, porque demuestra el ingenio, el arte y el cálculo de Tirso
para revestirlo de su forma poética.

[71] En la recepción de Académico de la Real Academia Española del
popular poeta D. José Zorrilla, el 31 de mayo de 1885, contestóle, á
nombre de tan ilustre Corporación, el Excmo. Sr. Marqués de Valmar; y en
su discurso se ocupa, entre otras cosas, en exponer sus conceptos,
relativos al origen y vicisitudes históricas del _Don Juan Tenorio_ de
aquel poeta, quizás el drama moderno español más popular. El señor
Marqués, hombre muy instruído y versado en nuestra literatura, atribuye
á Tirso de Molina, en su _Burlador de Sevilla_, la creación del tipo del
famoso héroe popular, investigando su genealogía dramática, desde _El
infamador_, de Juan de la Cueva, hasta nuestros días.

Posible es que tenga razón el señor Marqués de Valmar; pero, á nuestro
juicio, aunque siempre con la natural sospecha del probable error que
nos inspira nuestro ningún mérito comparado con los muchos del docto
Académico, creemos que, si bien Tirso de Molina pudo tener presente la
comedia de Juan de la Cueva, ó por lo menos, reminiscencias de ella, se
fundó principalmente, para escribir la suya de _El Burlador_, en _La
fianza satisfecha_, de Lope de Vega, no sólo porque las obras del fénix
de los ingenios sirvieron con frecuencia de base á las del insigne
fraile de la Merced (y eso que no conocemos muchas de las de Lope, que
acaso puedan haber inspirado otras de Tirso), sino también porque el
pensamiento fundamental de _La fianza satisfecha_ y de _El Burlador de
Sevilla_, es en el fondo el mismo: pensamiento profundísimo,
eminentemente católico y religioso, y del cual no se halla vestigio
alguno en la obra de Zorrilla. El personaje de Don Juan es, sin duda
alguna, creación del maestro Tirso, aunque no todo original suyo; pero
el móvil dramático del autor es idéntico en todo al de Lope en _La
fianza satisfecha_. Ese pensamiento fundamental es la muletilla de
hombre despreocupado, que ve la muerte lejos, muy semejante al famoso
_Tan largo me lo fiáis_ de _El Burlador de Sevilla_, de que habla el
señor Marqués, y expresada por Lope en _La fianza_, de esta manera:

    Que lo pague Dios por mí
    Y pídamelo después.

Repetimos que desconfiamos de nuestro juicio; pero este pensamiento
fundamental de las dos obras de Lope y de Tirso, distingue á ambas
esencial, profunda y preferentemente de todas las imitaciones, que se
han hecho después, haciéndolas también superiores á todas ellas.--(_El
T._)

[72] La tradición de los crímenes y muertes de _Don Juan Tenorio_ se
funda en un acontecimiento que, al parecer, sólo se ha transmitido por
la tradición oral, puesto que los Anales de Sevilla nada dicen acerca de
este punto. Viardot afirma, en sus estudios sobre España, que el
sepulcro del Comendador existía en el último siglo en Sevilla; pero se
deduce de las últimas palabras de la comedia que fué trasladado á San
Francisco de Madrid mucho tiempo antes.

Este mismo escritor francés indica que la familia de los Tenorios existe
todavía en Sevilla. Yo, durante mi residencia en esta ciudad, y curioso
de conocer á uno de los descendientes del célebre Don Juan, porque
quizás me comunicara noticias desconocidas de sus antepasados, averigüé
sólo, con sentimiento, que esa familia distinguida había desaparecido
hacía ya largo tiempo. La tradición, sin embargo, subsiste en el pueblo,
y yo vi vender en las plazas de Sevilla hojas sueltas impresas en que se
refería esa historia en forma de romance.

[73] Riccoboni: _Histoire du theatre italien_, tomo I, pág. 47.

[74] Hippolyte Lucas: _Histoire du theatre français_: París, 1843, págs.
395 y 397.

[75] Curioso sería saber de dónde ha tomado Coleridge la noticia en sus
notas al _Don Juan_, de Byron, de que la más antigua forma dramática de
la tradición de _El Convidado de piedra_ es una comedia religiosa,
llamada _El ateista fulminado_, acomodada después al teatro mundano por
Tirso de Molina. No he descubierto rastro alguno de la existencia de
semejante composición.

Un artículo del núm. 117 de la _Quarterly review_, de Richard Ford, el
autor del _Manual del viajero en España_, sostiene que el personaje
histórico, origen de la tradición de _El Convidado de piedra_, lo fué un
Juan Tenorio, mayordomo, nombrado varias veces, de D. Pedro _el Cruel_,
en la _Crónica_ de este soberano. Pero, como el mismo Ford indica, el
nombre de Juan aparece antes á menudo en la familia, muy numerosa, de
los Tenorios; y como no aduce ningún hecho relativo á esa tradición,
porque dicha _Crónica_ nada dice tampoco, no se puede comprender por qué
este Tenorio ha de ser precisamente el famoso Don Juan.

Además de las imitaciones francesas de la comedia de Tirso, ya citadas,
hay también una de Thomás Corneille, _Le festin de pierre_, y además
otra, de 1667, de Rosimont, titulada _L'Atheê foudroyé_. La imitación
italiana más antigua de este asunto es la de Lione Allacci: _Il
Convitatto di pietra, rappresentazione di Onofrio Giliberto, di Jolofra.
Napoli_, 1652. La obra del mismo título, y más conocida, de Cicognini,
apareció por primera vez á fines del siglo XVII.

[76] Cuéntase en la _Hystoria ó descripcion 73 de la imperial cibdad de
Toledo, con todas las cosas acontecidas en ella desde su principio y
fundacion_, etc. En Toledo, por Juan Ferrer, 1551 y 1554, fol.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III" ***

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