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Title: El señorito Octavio
Author: Palacio Valdés, Armando, 1853-1938
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El señorito Octavio" ***

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OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

TOMO III

EL SEÑORITO OCTAVIO

MADRID

Librería de Victoriano Suárez,

PRECIADOS, NÚMERO 48

1896



ES PROPIEDAD DEL AUTOR

MADRID.--Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dup.º



I

Despierta el héroe.


Ni las ventanas cerradas con todo esmero, ni las sendas cortinas que
sobre ellas se extendían, eran dique suficiente para la luz, que
vergonzantemente se colaba por los intersticios de las unas y la
urdimbre de las otras. Pero esta luz apenas tenía fuerza para mostrar
tímidamente los contornos de los objetos más próximos á las cortinas.
Los que se hallaban un poco lejanos gozaban todavía de una completa y
dulce oscuridad. Las tinieblas, desde el medio de la estancia, atajaban
el paso á la luz, riéndose de sus inútiles esfuerzos.

Hé aquí los objetos que se veían ó se vislumbraban en la estancia.
Apoyado en la pared de la derecha y cercano al hueco de la ventana, un
armario antiguo, que debió ser barnizado recientemente, á juzgar por la
prisa con que devolvía en vivos reflejos los tenues rayos de luz que
sobre él caían. Enfrente, y cerca de la otra ventana, un tocador de
madera sin barnizar, al gusto modernísimo, de esos que se compran en los
bazares de Madrid por poco dinero. No muy lejos del tocador, una silla
forrada de _reps_, sobre la cual descansaban hacinadas varias prendas de
vestir, masculinas. Hasta el instante de dar comienzo esta verídica
historia, nada más se veía. Esperemos.

Suenan por la parte de afuera algunos ruidos matinales que dejan
presumir el sitio en que nos hallamos. Nada de carruajes que al pasar
rodando estremecen con leve vibración nuestros cristales y nuestro
lecho; nada de voces ásperas y opacas que pregonan no se sabe qué; nada
de mazurcas, cien veces concluídas y cien veces comenzadas por los dedos
aprendices de alguna vecina. Escúchanse gorjeos suaves de pájaros,
ladridos de perros, golpes de herramienta y una que otra imprecación
lanzada sobre las inocentes bestias que arrastran un carro. En las
habitaciones interiores se alza el cántico, más fresco que melodioso, de
una criada. Tal vez nos hallemos en el campo. Sin embargo, que no se
anticipe juicio alguno acerca de este punto.

La luz, cada vez más atrevida, consigue acorralar á las tinieblas en los
rincones de la estancia. Algo más se ve. Una mesa de escribir tallada
con pésimo gusto, y sobre la cual hay muchos papeles y un enjambre de
baratijas que los sujetan. Detrás de la mesa un sillón forrado de la
misma tela que la silla que antes hemos visto, y detrás del sillón, y
colgada de la pared, la cabeza disecada de un ciervo, sobre cuya profusa
cornamenta descansa una linda escopeta de dos cañones, y debajo de la
cabeza, y también colgados, un par de floretes, otro de caretas y un
guante de esgrima. El pavimento de la sala está cubierto con una
alfombra ordinaria y sus paredes exornadas de varios cromos que
representan... No percibimos bien lo que representan: ya lo sabremos
cuando haya un poco más de luz.

Se oye una respiración suave y acompasada. La luz deja en descubierto el
marco de una puerta con vidriera discretamente entornada. Es la puerta
de una alcoba, y dentro de ella ya es posible observar los contornos
severos de una cama de ébano, obra al parecer del siglo XVII. Contrasta
lastimosamente con la majestad de esta cama la mesilla de noche de
humilde aspecto y exiguas proporciones. Sobre la mesilla hay una
palmatoria con su bujía apagada, un reloj despertador, dos ó tres libros
de cubierta amarilla, un par de guantes y un pañuelo de seda. El
caballero que duerme en la cama del siglo XVII, duerme con la cara hacia
la pared y no podemos decir otra cosa sino que es rubio y disfruta de
abundante y riza cabellera. Pero aguardemos unos instantes, porque el
despertador debe sonar á las siete y no faltan más que cuatro minutos.
Suena al fin con el ruido agrio y estridente que caracteriza á tales
artefactos. El blondo caballero se estremece levemente, alza un poco la
cabeza de la almohada, aspira el aire con fuerza por entrambas narices,
tira hacia sí por la ropa que le cubre y se oculta otra vez en la
almohada, dejando escapar de su garganta un débil y prolongado ronquido.

Al cabo de media hora, poco más ó menos, se escuchan ligeros pasos por
la estancia; ábrese lentamente la puerta y una voz que aspira
inútilmente á ser discreta y suave dice:

--Señorito... señorito Octavio.

--¡Eh!... ¡cómo!... ¿quién va?

--Soy yo, señorito... ya son las nueve.

--¿Cómo las nueve? ¿Y por qué no me has llamado á las siete y media?...
¡Por vida de!... ¿No te he dicho que me llamases á las siete y media?

--Es verdad, pero usted me ha encargado le dijese que eran las nueve.

--¡Ah! ¿De modo que no son las nueve?

--No, señorito; son las siete y media.

--Está bien; vete y vuelve por aquí dentro de un cuarto de hora por si
acaso he vuelto á dormirme.

El señorito es un adolescente de tez blanca, sonrosada, de facciones
puras y correctas como las de un Apolo, los ojos de un azul muy claro,
la frente despejada, quizá demasiado despejada, y la boca pequeña, quizá
demasiado pequeña. Á no ser por el bozo incipiente que mancha su labio
superior, sería su rostro el de una dama y no mal parecida.

Efectivamente, el señorito se durmió otra vez, sin pensar en ello, así
que la criada cerró tras sí la puerta. Su sueño no era tan sosegado como
antes. De vez en cuando le corría un estremecimiento por el cuerpo; la
roja colcha de damasco que le tapaba se agitaba blandamente como si
entrase por las ventanas un soplo de aire: otras veces daba súbito una
vuelta y abría los ojos desmesuradamente y tornaba á cerrarlos con
cierta precipitación nerviosa; más tarde extendía los brazos y se
escuchaban crujir los huesos y lanzaba un fuerte suspiro que le dejaba
aniquilado.

No hay duda, el señorito Octavio batallaba rudamente con el sueño.

--Señorito... señorito... ¿no se levanta usted?

--Sí, sí... allá voy... en seguida.

Y dicho y hecho; abrió los ojos, llevó á ellos los puños y los frotó con
singular encarnizamiento, corrió todo el cuerpo hacia arriba hasta tocar
con la cabeza en la madera de la cama, cruzó los brazos sobre el pecho,
y otra vez quedó dormido.

Hay que confesarlo francamente: nuestro héroe es más hermoso dormido que
despierto. Tiene su rostro dormido tanta pureza, corrección y serenidad,
que hace venir á la memoria el retrato que la historia nos ha dejado de
Alcibíades. Pero los ojos no prestan ningún atractivo á este rostro: son
demasiado claros. Después de todo, no es fácil hallar ojos que
convengan á esta clase de rostros. Tomad los más hermosos de la tierra,
ponédselos á la Venus de Milo, y habréis destruído su encanto.

Trascurre media hora y la criada penetra nuevamente en la alcoba.

--En seguida... en seguida. Corre las cortinas y abre las ventanas.
Antes de cinco minutos estoy vestido.

En efecto, el joven, con la mayor premura, levantó la ropa de la cama de
un solo golpe, echó el brazo fuera y trató de alcanzar el pantalón que
yacía sobre una silla; pero aunque le faltaba poquísimo espacio, no pudo
conseguirlo. Ó el brazo era muy corto, ó la silla estaba demasiado
lejos. De todas suertes, el joven no había podido prever este
contratiempo. Así que dejó caer el brazo desesperadamente sobre la cama
con señales de abatimiento. Á los pocos instantes sintió un ligero
temblor de frío, y dulce y lentamente atrajo la ropa y se cubrió la
mitad del cuerpo. Después fijó los ojos en un punto del espacio, los
puso más tarde en blanco, cerrólos por último y nos parece que volvió á
dormirse.

La luz inundaba vivamente la estancia, que, fuera de cierto
abigarramiento ya indicado, estaba decorada con elegancia y era, á no
dudarlo, la habitación de un joven de espíritu cultivado y con gustos
artísticos. Los cromos de las paredes representaban en su mayoría
mujeres hermosas y escenas de amor. Romeo despidiéndose de Julieta y
bajando por la escala cuando el canto de la alondra se lo ordena
cruelmente: Francesca y Paolo leyendo juntos el libro de Galeoto: Fausto
y Margarita paseando cogidos del brazo por el jardín: una joven
circasiana reclinada sobre cojines de terciopelo, etc., etc.

La puerta torna á abrirse y chilla un poco. Octavio da un salto y queda
sin saber cómo de pie sobre la cama.

--No se puede entrar, no se puede entrar. Me estoy vistiendo. ¿Qué hora
es?

--Las ocho y media.

--Pues aún tengo tiempo. Márchate, Ramona.

Todo el mundo comprende que no es decoroso ni cómodo permanecer mucho
tiempo en pie sobre una cama en paños menores. Nuestro caballero lo fué
comprendiendo paulatinamente, y paulatinamente fué cambiando de postura,
doblando ahora una rodilla, poco después la otra, sentándose más tarde,
y concluyendo por extenderse como antes se hallaba; todo esto como si
cediera á inspiraciones superiores ó á dura necesidad y no á liviano
capricho suyo. La misma necesidad le obligó después á cubrirse las
carnes que tiritaban. Cerráronsele los ojos de golpe; volvió á abrirlos
y volvió á cerrarlos. Al cabo de algunos instantes torna á abrirlos é
inmediatamente se le cierran. Esta vez ya no los abre.

Los ruidos matinales que antes se escuchaban se habían ido trasformando
poco á poco. Oíase ahora el andar acompasado de los transeuntes y los
saludos que al pasar se dirigían. Sonaba también de vez en cuando algún
balcón que se abría con estrépito ó la voz de una mujer que mandaba á su
hijo á la escuela, ó los chillidos penetrantes de los niños que jugaban
en la calle. Envolviendo todos estos ruidos de un modo vago y
misterioso, percibíase el lejano rumor de un río que no corría muy
apacible. Indudablemente no estamos en el campo, pero tampoco en la
ciudad. Todo hace presumir que nos hallamos en una villa de escaso
vecindario, que participa, como todas las de su clase, de la naturaleza
urbana y la rural.

El sol no se contenta ya con bañar alegremente el recinto de la sala, y
penetra en la alcoba, y envuelve la cama y el mancebo en su luz
gloriosa. Con su infinito poder decorativo, trasforma lo que antes era
oscuro lecho, ocupado por un mancebo, en altar fantástico y
resplandeciente donde reposa la juventud. Las columnas lustrosas,
talladas con mil suertes de primores, la roja colcha de damasco, las
sábanas de singular blancura, las guarniciones de las almohadas, el
reloj y la palmatoria que yacen sobre la mesa de noche, los cabellos
dorados del joven y las paredes enjalbegadas, todo brilla, todo arde,
todo lanza vivos destellos. Los diversos colores se igualan y hasta se
confunden bajo el poder adorable de aquella luz risueña. Es una especie
de apoteosis instantánea que atrae y halaga la vista.

El joven duerme con más sosiego que nunca, mientras su cabeza arde y se
inflama con los rayos del sol. Éstos penetran como un torrente por todos
los huecos de la blonda cabellera, y la iluminan interiormente y la
convierten en una masa incandescente que arroja por intervalos llamas
extrañas y fugaces. Su rostro va adquiriendo cierta expresión de
beatitud que coincide perfectamente con el nuevo estado de apoteosis
teatral en que le ha colocado la luz del sol. Es fácil sospechar que sus
tibios rayos han traído consigo los gratos sueños y los bellos fantasmas
de la poesía.

La colcha de damasco sube y baja con un compás monótono que incita á
dormir. La atmósfera, cada vez más encendida y sofocante, empieza á
verse surcada por algunos insectos alados que zumban con tonos agudos y
mareantes. El reloj hace coro, cual otro insecto, con levísimo _tic
tac_, al zumbido de sus compañeros. Una que otra vez se oye el chasquido
de las maderas de la cama ó de los armarios.

En este momento se abre con violencia la puerta de la sala y penetra en
ella una obesa persona del sexo femenino.

--Hijo de mi alma, ¿no te has levantado? No ha venido Ramona á llamarte,
¿verdad? ¡Jesús, qué mujer! ¿Dónde tendrá el sentido? ¡Dios me dé
paciencia para sufrirla!... Pues ahora ya no es tiempo. Acaban de pasar
á escape por la plaza.

--La culpa es mía, mamá. Ramona me ha llamado á la hora.

--Pero ¿cómo te has dormido de ese modo, criatura? Si te hubieras
acostado con cuidado, no sucedería eso. Yo me despierto cuando se me
antoja. No necesito más que fijarme un poco antes de dormirme en la hora
en que quiero despertar, y es cosa sabida... minutos más ó menos, me
tienes enteramente despabilada.

--Lo difícil, mamá, no es despertar, es levantarse--dijo el joven con
profunda filosofía.

--Ya lo comprendo; pero hay que hacer algo por sí, hombre. Claro está
que si uno se abandona al sueño, nunca se levantará cuando necesita ni
tendrá tiempo para nada. Tú duermes mucho, hijo: eso no puede sentarte
bien. Pienso que tu padre tiene razón cuando dice que tus ojeras
provienen de eso.

--¿Quién los ha visto cruzar por la plaza?

--La señora Rafaela, que vino á traerme unas medias que ya más de dos
meses le tenía encargadas--¡ay qué pesada es esa mujer!--me dijo que
había visto á Pedro el del Palacio salir á caballo, como á cosa de las
ocho, por la carretera arriba. Á las nueve, poco más ó menos, llegó un
carruaje con dos caballos, que paró enfrente de la casa de D. Marcelino.
Al parecer, D. Marcelino estaba á la puerta de la tienda, y cuando llegó
el carruaje él mismo paró los caballos. Dentro venía el señor conde, la
señora condesa y en el pescante dos criados de uniforme. D. Marcelino se
empeñó en que se apeasen para descansar un poco y tomar algún refresco,
pero el señor conde se negó completamente, y D.ª Feliciana entonces
salió con una bandeja de dulces y unas copas de Jerez á la calle. El
señor conde no quiso probar nada: la señora condesa tomó una rosquilla
de Santa Clara, y pidió después un vaso de agua. Estando en esto llegó
otro carruaje, donde venían los niños con una señora rubia muy guapa,
que traía sombrero también al igual de la señora condesa. Los niños,
como es natural, comieron algunos dulces, pero la señora rubia, ni por
uno ni por otro fué posible que probase siquiera una almendra.

--Y D. Primitivo y el juez ¿no estuvieron á saludarles?

--Aguarda, hombre, voy allá. En esto se presenta D. Primitivo, y
entonces el señor conde se bajó del carruaje y le dió un abrazo muy
apretado y empezó á hablar con él que no cerraba boca. Después llega D.
Juan Crisóstomo, y un poco más tarde el juez. Me dijo la señora Rafaela
que el señor conde estuvo mucho menos cariñoso con el juez que con D.
Primitivo. Todos se empeñaban en que se apeasen y descansasen un rato,
pero no lo consiguieron, porque el señor conde les dijo que, faltando
tan poco para descansar de una vez, no había necesidad. Y en eso creo
que tenía razón. Á estas horas ya están de seguro en la Segada. Lo que
siento es que tú no hayas ido á darles la bienvenida, porque lo que es
tu padre... ya podía llegar el rey de España, que él seguiría tan quieto
en su despacho, sin asomar siquiera las narices por el balcón para
verle pasar... Pues á poco rato dicen que pasó Pedro á caballo, que
traía al niño mayor delante de sí. El niño iba muy contento, y arreaba
la caballería con un latiguillo. Dicen todos que los chicos son
guapísimos.

--Y la condesa, ¿cómo está?... Ya no me acuerdo de ella.

--La señora condesa dicen que está aún más hermosa, pero de peor color.
¡Qué había de suceder! ¡Si todos los que vienen de la corte parece que
llegan del otro mundo! La vida debe ser muy agitada en aquel Madrid:
¡tanto baile, tanto teatro, tanto café! Y luego tanta gente reunida en
una casa... ya se lo decía á la señora Rafaela, no puede ser sano. En
cambio, el señor conde igual que hace once años. La verdad es que su
cara no podía perder. Toda la vida fué descolorido como la fruta de
invierno. ¡Qué diferente de su padre, que en paz descanse! ¡Aquél sí que
era un mozo como una plata!

--Pues lo que es tipo de conde, me parece que ha de tener más éste. Por
lo poco que recuerdo, su figura debe ser más delicada y más elegante. El
otro era demasiado gordo y tenía las facciones abultadas y traía el pelo
muy corto. Era un tipo de _bourgeois_.

--Sería lo que se te antoje, pero era un hombre muy campechano y muy á
la buena de Dios. ¡Así fuese éste como él! ¡Pobre señor conde, en qué
pocos días se escapó al otro mundo!... Me voy, que aún no le he mandado
el almuerzo á tu padre, y estará furioso. Ahora hazme el favor de salir
de esa bendita cama y no vuelvas á dormirte. Hasta luego, hijo mío.

La señora D.ª Rosario (que así se llamaba la mamá del héroe) dió algunos
pasos por la sala en dirección á la puerta. Su hijo la llamó antes de
llegar á ella.

--Mamá.

--¿Qué se te ofrece, hijo?

--Mira, mamá--dijo bajando la voz y un sí es no es cortado,--al hablar
de los condes ó cuando á ellos te dirijas, no digas señor conde ó señora
condesa, sino conde ó condesa simplemente. El señor antes del título lo
dicen sólo los criados y dependientes de la casa ó las personas
inferiores que no se rozan con ellos en un pie de igualdad.



II

Los señores condes, ó los condes á secas, como pedía el señorito Octavio
que se dijese.


En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Hecha la señal de la cruz, los condes se sentaron, desdoblaron las
servilletas y acercaron las sillas á la mesa.

Los niños continuaron en pie con las manos sobre el pecho murmurando una
oración. El aya, en pie también, con las manos cruzadas, los observaba
atentamente, sin dejar por eso de mover sus labios finos y rojos.
Concluída la oración, los niños miraron al aya: ésta hizo una
imperceptible señal con los ojos y todos se sentaron. Un criado con
librea fué anudando las servilletas á la garganta de los chicos bajo la
atención vigilante de la institutriz. Nadie despegaba los labios. El
criado empezó lentamente á dar la vuelta á la mesa sirviendo el primer
plato del almuerzo.

Ya que nadie habla en la mesa, dediquémonos un instante á observar la
traza y figura de los que á ella se sientan, empezando por el conde,
como jefe que es de la familia.

Es un hombre flaco, de color moreno que tira á aceitunado, de labios
delgados, ojos negros opacos que miran con notable insistencia, lampiño
hasta cierto punto, pues que no adorna su rostro más que exiguo y negro
bigote y no ofrecen sus mejillas señales del paso de la navaja; la nariz
fina y la frente levantada y estrecha. Viste con esmerada corrección y á
par con gravedad. Si á cualquiera, y sólo por la apariencia, se le
preguntase la edad que puede tener, se vería muy embarazado para
contestar; á tal punto parece indefinida y vaga. Su rostro, aunque sin
frescura, es juvenil, y el cabello, lacio y sedoso, todavía no ofrece
entre sus negras hebras ni una sola blanca. Mas con todo eso, hay en la
extraña inmovilidad de sus ojos y en la fijeza de los rasgos de su
fisonomía algo marmóreo y cadavérico que, irradiando sobre toda su
persona, la comunica el sello de la vejez. Al mismo tiempo su modo de
vestir es harto severo para un joven. Sus manos son tan finas y
delicadas que si, como vulgarmente se cree, éste es signo de
aristocracia, el conde debía pertenecer á una de las más antiguas y
esclarecidas familias de España. Y en parte así era la verdad, porque
el señor conde de Trevia pertenecía á una antiquísima familia, pero no
española, sino italiana. Allá en tiempos lejanos, uno de sus antepasados
había contraído matrimonio con cierta rica heredera del Norte de España
y había venido á establecerse á Madrid. Sus descendientes continuaron
residiendo en esta capital, enteramente naturalizados y disfrutando las
pingües rentas que venían de Nápoles y las aún más cuantiosas que
llegaban de la provincia española del Norte, en que ahora nos hallamos.
El abuelo del conde actual quiso todavía ser más español y enajenó su
patrimonio de Nápoles, rompiendo de esta suerte toda relación con
Italia. Decían en Madrid por aquel entonces que una española vistosa y
de mucho rumbo había tenido la culpa de este rompimiento. Los señores de
Trevia, que ya eran españoles por naturaleza, lo fueron desde entonces
también por la hacienda. Á partir de esta época padecieron de nostalgia.

El conde que en este momento preside la mesa había sido educado en
Francia desde sus más tiernos años por la voluntad de su madre, persona
extremadamente caprichosa y extravagante, que nunca pudo acomodarse con
el carácter franco y generoso y un poco rudo y agreste de su marido. De
esta educación francesa quedábale, amén de muchas costumbres que
chocaban abiertamente con las nuestras, una pronunciación extranjera que
se esforzaba en disimular y una exquisita y un tanto afectada urbanidad
en sus modales, que se grababa profundamente en la memoria de cuantos le
trataban. Había en la eterna y leve sonrisa que plegaba sus labios y en
lo insinuante y correcto de sus maneras algo de femenino, que no se
compadecía poco ni mucho con lo firme é insistente de la mirada. Tal vez
no sea femenino el adjetivo más propio para el caso, pero en este
momento no hallamos el adecuado. Aunque no es posible cerciorarse ahora,
dado caso que está sentado, podemos afirmar que es alto. Se encuentra de
cara á la luz y sus negros cabellos, peinados negligentemente hacia
atrás, brillan como el azabache, y sus largas pestañas, cada vez que
levanta la cabeza, bajan y suben con ligero temblor queriendo evitar los
rayos importunos de la luz. El conde no es hermoso, pero tenía mucha
razón Octavio al presumir que era un hombre distinguido. La perfecta
seguridad de sus movimientos y el descuido elegante con que toma los
manjares y alarga la copa al criado para que le eche vino, acreditan en
él al hombre nacido y educado en la opulencia. En este momento toma
entre sus dedos afilados un hueso de ave que lleva á la boca y empieza á
roer con limpieza de gato. Y aquí está la palabra que antes hacía falta.
El conde de Trevia en sus actitudes y maneras tiene más de gato que de
mujer.

La condesa está sentada á su lado y es mujer que seguramente no llega á
los treinta años, pequeñita, de mejillas frescas y sonrosadas, ojos
pardos rasgados, cabellos de un castaño claro, con una boca deliciosa
provista de pequeños y blancos dientes. Una mujer sana y hermosa. Aunque
su figura es menuda, está admirablemente formada, pero se observan en
ella tendencias á engordar que pudieran más adelante dañar su gentileza.
Hoy por hoy, con su cuello mórbido y gracioso, el seno firme y decidido,
que aspira á levantarse hacia la barba, su cintura delicada, los brazos
redondos y macizos, las manos breves de uñas sonrosadas y sus pies
inverosímiles, la condesa de Trevia es una mujer hecha á torno. Guardaba
parecido con la fruta de la tierra, con las manzanas lustrosas y
coloradas que en apretados piños cuelgan por encima de las paredes de
las huertas en el país en que nos hallamos.

Ella también era una fruta del país, sazonada y dulce como pocas. El
conde de Trevia, en una de las expediciones de caza que hizo á su vuelta
de Francia, la vió colgada al balcón tosco y deteriorado de una casa
solariega, y no le costó más trabajo que alargar la mano para cogerla.
¡Y qué tiene esto de particular sabiendo la vida que aquella niña gentil
llevaba en su casa solariega! Hija de un propietario insignificante, de
los que tanto abundan en las provincias del Norte, severo hasta la
crueldad con las cuatro hijas que el cielo le había dado, la pobre
Laura, que así se llamaba la condesa, vivió los primeros años de su
existencia en un fatal estado intermedio entre el señorío y la pobreza.
El escudo de piedra que ornaba la fachada de su casa daba á la familia
de Estrada lugar preeminente en la comarca, pero no redituaba ninguna
clase de interés. Las rentas de la casa eran tan exiguas, que D. Álvaro
Estrada y su familia vivían casi atenidos á los productos de lo que en
este país se llama la posesión, esto es, á los frutos de las tierras que
ordinariamente circundan las casas antiguas. Para explotar sus tierras
D. Álvaro no tenía más servidumbre que dos criados y una moza, que
alternaba entre la dirección de las simplicísimas tareas culinarias de
la cocina y las un tanto más complicadas ocupaciones de bajar por agua
al río, echar de comer á las bestias durante la ausencia de los criados,
lavar la ropa de la familia, amasar el pan y sacarlo del horno, ir al
mercado de la villa los lunes por aceite, especias, estambre para las
señoritas, etc., etc., y durante las interminables noches de invierno
hilar, en compañía de la familia y algunas vecinas, en el vasto y oscuro
salón de la casa, algunas varas de lienzo burdo para sábanas.

¡Qué noches aquellas de invierno! La buena madre de Laura, después de
cenar á primera hora, sentábase en un extremo del anchuroso sofá de
lana, y se ponía á hacer calceta debajo de un colosal velón que ardía
solamente por uno de sus mecheros. Ella y sus hermanas se colocaban en
torno de la mesa y trabajaban, hilando, cosiendo ó haciendo también
calceta. Las vecinas labradoras iban entrando una á una en silencio,
con sus basquiñas negras de estameña, los pañuelos anudados sobre la
cabeza y los brazos mal cubiertos por una camisa de lienzo. Después de
dar las buenas noches en voz baja, buscaban con la vista un rincón
oscuro, y allí se sentaban sobre el pavimento lustroso de madera de
castaño, y fijando la rueca en la cintura, empezaban á hacer rodar los
husos, mojando repetidas veces con la lengua el lino, del cual tiraban
por breves intervalos.

Las pausas eran tan frecuentes y dilatadas en esta reunión, que una sola
llenaba á veces horas enteras y hasta noches. Sin embargo, algunas veces
se hablaba del vecino que había perdido una vaca en el monte, y se le
compadecía sinceramente, y se le encomendaba á San Antonio bendito para
que se la volviese, ó bien de la riqueza improvisada del tío Bernabé,
que con sólo treinta años de trabajo constante y ahorro había comprado
recientemente el prado de la Laguna en ¡treinta mil reales!, ó bien de
la nube de piedra que el año anterior había arrancado toda la flor de
los árboles y arrojado un sin fin de plantas de maíz por el suelo. La
cosecha era el tema general y predilecto de estas tertulias, y aunque
alguna vez se apartasen de él para entrar en otros, la cosa más
insignificante volvía á traerlo á la memoria y á cuento. Rugía un poco
el viento por fuera; pues ya apuntaba una vecina que los años de viento
eran siempre de miseria. Miraba D. Álvaro al cielo por la ventana y
decía que estaba diáfano y estrellado; pues en seguida se suponía que
estaba helando, y se lamentaba grandemente la reunión, porque las
heladas iban á secar toda la siembra. Pasaba un muchacho cantando por
delante de casa; pues no faltaba uno que exclamase: «¡Sí, canta, canta,
que lo que es este año vamos á tener tiempo para llorar!»

En los largos intervalos de silencio se escuchaba el rumor solemne y
misterioso del río, que corría en el fondo del valle, á unos cien pasos
de la casa, y la lluvia que acompasadamente caía casi siempre sobre las
hojas de los árboles produciendo fugaces temblores de frío en los
tertulios. Dentro de la sala crujía el lino al ser desgarrado por los
dedos de las hilanderas y sonaban las agujas de la calceta al chocar
ligeramente unas con otras. La luz del velón iba muriendo poco á poco
por falta de aceite: los tertulios quedaban envueltos en una media
sombra hasta que doña Rosa alzaba la cabeza con impaciencia, y decía:
«¡Jesús, que no veo! Pepa, ¿en qué estás pensando? ¡Echa aceite á ese
velón!» Al revivir de pronto la luz todo el mundo respiraba con fuerza,
y alguna mujer que dormía despertaba lanzando un suspiro.

Al llegar cierta hora, infaliblemente, subía D. Álvaro de la cocina,
donde se había quedado charlando con los criados, también sobre la
cosecha. Los pasos rudos de los tres hombres por la escalera agitaban la
tertulia del salón. Doña Rosa dejaba la calceta y decía: «Laura, vé por
el rosario, que ya sube tu padre». Y ella entonces abría la puerta de un
gabinete oscuro, y temblando de miedo, que se hubiera guardado bien de
confesar, descolgaba á tientas y precipitadamente un rosario que colgaba
sobre la cama de su madre. Tomábalo D. Álvaro de las manos de su hija y
comenzaba las Ave-Marías, paseando lentamente de una esquina á otra del
salón. La familia y los vecinos se arrodillaban devotamente frente á una
estampa ordinaria y ridícula de la Virgen, que, provista de marco negro,
colgaba sobre el sofá, y respondían con sordo y prolongado murmullo á
las oraciones que D. Álvaro decía en alta voz. Las cuatro hijas rezaban
siempre en un mismo sitio, bajo la mirada persistente de su madre. Á la
más leve distracción, al más insignificante descuido, la madre gritaba
con aspereza: «¡Matilde!... ¡Laura! ¿queréis estaros quietas?» D. Álvaro
entonces interrumpía un instante su paseo, callaba, y dirigía á las
culpables una mirada precursora de algún castigo. Después proseguía el
paseo y alzaba nuevamente su voz, que recorría varios tonos agudos y
graves. Empezaba ordinariamente la oración con un sonido grave y
cavernoso, que á poco se debilitaba y moría, se alzaba otra vez hacia el
medio de la cláusula, y terminaba por tres ó cuatro palabras medio
cantadas en tono chillón y plañidero. El coro respondía siempre con el
mismo monotono rumor percibiéndose sobre él las notas gangosas de la
voz de D.ª Rosa. Cuando llegaba la letanía, aquel rumor monotono
cambiaba, se trasformaba en otro diverso, más breve, en el cual la ese
final del _ora pro nobis_ se prolongaba con un silbido dulce que
provocaba en Laura cierta soñolencia lánguida que la hacía feliz por
unos instantes. Venían después las oraciones de pura devoción, y
mientras duraban, las vecinas se sentaban en el suelo y las cuatro
hermanas en sus sillas. Rezábase entonces por cuanto es posible rezar en
este mundo y en el otro, por las ánimas del purgatorio, por el Santo
Ángel de la Guarda, por el santo de su nombre, por los caminantes y
navegantes para que Dios los conduzca á puerto de salvación, á San Roque
bendito, abogado de la peste, por la paz y concordia entre los príncipes
cristianos, etc., etc., terminando siempre con un Padre-nuestro á todos
los santos y santas, ángeles, serafines, tronos y dominaciones de la
corte celestial, para que nos ayuden en la hora de la muerte. Concluídos
los Padre-nuestros, D. Álvaro se hincaba de rodillas en el suelo, y las
mujeres se levantaban para hincarse también, con un rozamiento de
enaguas que infundía siempre en el corazón de Laura la especial
satisfacción que proporciona una tarea concluída. El rosario iba á
terminarse. Hincado D. Álvaro, decía con voz más solemne que antes:
«Cincuenta mil millones de millares de veces sea bendito y alabado el
Santísimo Sacramento del altar», y empezaban los actos de fe, después de
los cuales venía el alabar á Dios. Al llegar aquí las palabras del
dueño de la casa eran cada vez más cortadas y rápidas y el coro apenas
podía seguirle, anhelante y fatigado. Con esto se daba por terminado el
rosario. Eran las diez. Las vecinas se levantaban en silencio y
despedíanse con palabras melosas y serviles. Un criado encendía el
candil de la cocina y bajaba á abrirles la puerta. ¡Cómo se acordaba
Laura de todos estos pormenores! Cuando venían á su memoria aquellas
noches de invierno, sentía correr por su corazón un estremecimiento que
ella misma no podría decir si era de horror ó de alegría.

Por el día, las constantes lluvias del país y la severidad de su padre
reteníanlas en casa limpiando las habitaciones y barriéndolas ó
recosiendo la ropa blanca. En los momentos en que cesaba la lluvia,
solía salir en almadreñas hacia el río ó la fuente con Pepa. Allí se
juntaban algunas mozas de la vecindad con sus jarros de barro oscuro y
sus herradas relucientes, y mientras la fuente llenaba con pausa las
herradas, retozaban las mozas y se decían chistes toscos y cándidos.
Éstos eran los únicos momentos de expansión que Laura tenía los días de
trabajo. Su categoría superior no la impedía tomar parte en aquellos
juegos. Todas las muchachas que allí se juntaban eran sus compañeras
desde la infancia y la trataban familiarmente de tú. Lo único en que se
mostraba la diferencia que entre ellas existía era en que, al llegar
Laura, la que ocupaba el mejor sitio poníase en pie y se lo dejaba con
sonrisa afectuosa. Al mismo tiempo, podía notarse que alguna vez le
daban rudos y sonoros besos en las mejillas, cosa que jamás hacían entre
sí.

Cuando llegaba la época de la recolección, don Álvaro llamaba unos
cuantos jornaleros para auxiliar á los criados. Por la noche, hablando
de los trabajos del día siguiente, solía decir á sus hijas en tono
humilde, que asustaba por lo inusitado, afectando al mismo tiempo
sonrisa campechana: «Si queréis ir á divertiros un poco mañana al prado
de los Molinos, ya sabéis que principian á segarlo.» Las niñas
comprendían perfectamente, y al día siguiente de madrugada tomaban unos
palos ligeros y lustrosos por el uso, y se pasaban el día esparciendo la
hierba segada para que el sol la secase más pronto. Cuando tornaban á
casa al caer de la tarde, con los cabellos en desorden y las mejillas
atezadas, involuntariamente fijaban la vista en el escudo de la fachada.
Los leones de piedra parecían mirarlas tristemente con sus órbitas
inmóviles. Un pensamiento de indefinible y vaga melancolía rozaba
suavemente las cándidas frentes de las señoritas de Estrada. Esto duraba
un instante. Por lo demás, las hijas de D. Álvaro veían siempre con
gusto venir el otoño, y gozaban placeres sin cuento ayudando á los
jornaleros en sus tareas. El aire puro y los aromas del campo las
infundían nueva vida; crecía en ellas el apetito y el sueño, y pasaban
las mañanas y las tardes en perpetua carcajada, escuchando y tomando
parte en las toscas chanzonetas de los criados. D. Álvaro, en esta
época, disfrutaba siempre de mejor humor, y solía, mientras presenciaba,
sentado sobre la hierba, los trabajos de la gente, contarles alguna
anécdota chistosa de su juventud ó dar un poco de cantaleta con pesadez
cómica á alguno de sus criados.

El conde de Trevia vió á Laura, como hemos dicho, á su vuelta de
Francia. La casa solariega de los Estrada distaba nada más que legua y
media del palacio de los condes y se hallaba asentada sobre una
eminencia de la margen derecha del río Lora. Entre la casa y el palacio,
aunque mucho más cerca de éste, encontrábase la pequeña villa de
Vegalora. Laura tuvo amores con el conde y se casó con él en medio de un
estupor que no la dejaba ver lo que pasaba en el fondo de su corazón.
Apenas se acordaba ya de las sórdidas alegrías de sus padres, de la
sorpresa de sus hermanas, de la violenta oposición del viejo conde, de
los plácemes serviles de las vecinas, de las miradas agudas y coléricas
de las muchachas de la villa, de los preparativos fastuosos de la boda,
del caballo blanco en que salió de su casa para la iglesia. Todo pasaba
por su mente como un sueño del cual se escapan los contornos y la luz.
Sobre este sueño flotaba sólo con admirable precisión una verdad, es á
saber: que si hubiera tenido el valor de no amar al conde, D. Álvaro la
hubiese ahogado entre sus manos. Después de casados se fueron á Madrid,
y allí estuvieron once años. Todo lo que pasó en estos años estaba
clavado en la memoria de Laura.

La mesa continúa en el mismo silencio. Cada cual lleva los manjares á la
boca y los traga cual si desempeñase una tarea grave y solemne. El
choque de los platos y copas y los pasos del criado son los únicos
ruidos que á menudo se perciben en el espacioso comedor. Puede notarse
que, á más de no cruzar la palabra, las tres personas mayores que se
sientan á la mesa no se dirigen siquiera una mirada; y este cuidado con
tal escrupulosidad lo realizan, que á cualquiera se le ocurre que hay en
él buena parte de afectación. Sólo los tres niños giran lentamente sus
grandes ojos garzos, posándolos alternativamente y por breves instantes,
en su padre, en su madre y en la institutriz. Algunas veces se miran
entre sí y sonríen inocentemente, como deseando comunicarse sus
pensamientos sencillos, pero lo aplazan para más adelante, como soldados
en formación. Sin embargo, no hay duda que por debajo de la mesa se
encuentra establecida una corriente comunicante en la que sus menudos
pies juegan papel de martillos telegráficos. Á menudo, cuando estos
martillos caen con demasiada pesadez, la fisonomía del yunque se contrae
y deja escapar un ligero grito, que hace volver la cabeza y fruncir las
cejas de la bella institutriz. El yunque entonces despliega su fisonomía
contraída y se apresura á llevar el tenedor á la boca como si nada
hubiese acaecido que mereciera llamar la atención de los presentes. La
condesa frecuentemente dirige á ellos sus ojos y los envuelve en una
mirada dulce y protectora ó les hace alguna rápida seña para que se
limpien ó cuiden del plato, que está á punto de caer. Los niños cambian
con su madre sonrisas y miradas, pero atienden con más empeño á su
padre. La fisonomía indiferente y glacial de éste atrae sus ojos con
singular insistencia, como si despertase en ellos una gran curiosidad.
No pasa un instante sin que ó uno ú otro tengan sus miradas clavadas en
él.

--Me _apieta_ la servilleta--concluye por exclamar en tono lastimero la
niña que se sienta al lado de la institutriz.

Es una hermosa criatura de cinco años á lo sumo, con rostro trigueño y
cabellos negros ensortijados, que caen en profusión sobre el cuello y la
frente.

La institutriz, sin despegar los labios, lleva sus manos al cuello de la
niña y afloja la servilleta. Pero no debió ser grande el desahogo,
porque la criatura tornó á llevar sus diminutas manos á la garganta,
gritando con más ansiedad:

--Me _apieta_, mamá, me _apieta_.

--No es _sierto_--exclama la institutriz;--la servilleta está bien
puesta. No sea usted mimosa, señorita, ó la _enserraremos_ mientras se
come.

La voz de la institutriz, irritada en aquel momento, no dejaba de tener
inflexiones dulces, aunque extrañas. Su acento era marcadamente
extranjero.

--Me _apieta_, mamá, me _apieta_,--repitió á grito pelado la niña, con
creciente angustia.

--Cállese usted, mimosa,--exclama el aya, cogiéndola por el brazo y
sacudiéndola fuertemente.

El conde levanta la cabeza con impaciencia y cambia una rápida mirada
con la institutriz.

--¡Me _apieta_, _me apieta_!...

La institutriz arranca la servilleta, baja á la niña de la silla, la
arrastra hacia una habitación contigua, abre la puerta y la empuja hacia
lo interior, cerrando después. Y tranquilamente vuelve hacia la mesa y
se sienta.

La condesa, durante aquella escena, había seguido con los ojos
desmesuradamente abiertos los movimientos del aya. Después de sentada
ésta, siguió inmóvil, teniendo cogida con una mano la punta de la
servilleta en ademán de llevarla á la boca para limpiarse. Los gritos de
la niña, aunque amortiguados por la distancia y el obstáculo de la
puerta, comenzaron á sonar agudos y lastimeros. La condesa siguió unos
instantes en la misma actitud con los ojos fijos y el oído atento á
aquellos gritos. Después se puso á comer tragando atropelladamente los
manjares. El conde no levantó siquiera la cabeza. Con la misma seguridad
y elegancia siguió comiendo silenciosamente, sin manchar siquiera sus
labios finos y pálidos. La institutriz parecía absorta y abismada en
sus pensamientos, porque no apartaba la vista del frasco de mostaza que
delante de sí tenía y dejaba pasar largos intervalos sin mover el
tenedor que apretaba entre sus dedos. Los lamentos de la niña eran
prolongados y se repetían sin cesar y sin debilitarse. Los dientes de la
condesa continuaban triturando con fuerza grandes pedazos de pan: sus
manos se paseaban un poco temblorosas por la mesa tomando y soltando
precipitadamente los objetos que se hallaban á su alrededor. Á menudo
levantaba la cabeza y parecía concentrar todos sus sentidos en el oído
derecho, que inclinaba ligeramente hacía la puerta del gabinete.

Los gritos de la niña se iban haciendo menos agudos por virtud de la
fatiga, trasformándose en quejidos roncos y profundos. La puerta del
aposento se agitaba á veces á impulso de los pequeños golpes que daba
con sus manecitas. Poco á poco los quejidos fueron cambiándose en
sollozos convulsivos, que expresaban mayor desesperación todavía.
Algunos sonidos articulados empezaron á percibirse confusamente en aquel
torrente de sollozos.

--_Teno_ miedo, mamá... _teno_ miedo.

La condesa llevó una copa de vino á los labios y dejó caer algunas gotas
sobre la ropa. Sin echarlo de ver, siguió tragando pedazos de pan,
abriendo y cerrando los ojos al mismo tiempo con nerviosa rapidez.

--¡Ay, mamita, por Dios! ¡_Teno_ miedo... _teno_ miedo!...

Se oye estrepitoso ruido en la estancia.

La condesa se había levantado súbitamente y con extraña violencia,
dejando caer la silla donde se sentaba. Apresuradamente había corrido á
la puerta del gabinete y la había abierto. Tomó la niña entre sus brazos
y estalló una nube de vivos y sonoros besos. Después vino con ella hacia
la mesa, levantó la silla y se sentó. Un círculo pálido se dibujaba en
torno de sus hermosos ojos, que se paseaban con expresión altiva de su
marido á la institutriz y de la institutriz á su marido. Tenía las
mejillas inflamadas, y por sus narices abiertas entraba y salía el aire
rápidamente y con ruido. Con las manos temblorosas acariciaba la
ensortijada cabeza de la niña y la apretaba contra su pecho anhelante.

Los ojos del aya, mientras duró esta brevísima escena, no se alzaron de
la mesa, y sus labios estuvieron contraídos con sonrisa dura y nerviosa.

El conde clavó la vista en su mujer y se alzó de la silla pausadamente.

En este momento penetró el criado en el comedor diciendo:

--Un señorito joven y rubio, que viene de Vegalora, pregunta por los
señores.

--Que pase adelante.



III

Los amigos del conde.


Á los pies de usted, condesa. ¿Cómo está usted, conde?

Los condes respondieron con algún embarazo al saludo de nuestro héroe,
que no era otro el joven rubio que venía de Vegalora preguntando por los
señores. No procedía solamente este embarazo de la escena violenta que
acabamos de presenciar, sino también de que los condes no tenían el
gusto de conocer al señorito Octavio. Así que mirábanle de hito en hito
mientras arrastraba con sus manos enguantadas una silla y la colocaba
entre los esposos. Y después de sentado aún siguieron mirándole,
esperando sin duda algo que debía decir.

--Octavio Rodríguez--dijo al fin éste mirando á uno y á otro.

--¡Ah!--dijo el conde, sin dejar de contemplarle y esperando sin duda
mejores explicaciones.

--He tenido el gusto--siguió el señorito--de conocer á su papá, que Dios
haya, y de visitar cuando niño esta casa bastantes veces. Su papá era
muy amigo del mío. Á usted no he podido conocerle, porque en la corta
temporada que pasó aquí me hallaba yo fuera de Vegalora estudiando la
segunda enseñanza.

--¡Ah!--volvió á exclamar el conde en tono complaciente.

--Había pensado saludar á ustedes á su paso por la villa, pero tuve la
mala fortuna de llegar á la plaza precisamente en el momento de arrancar
el carruaje que estaba detenido frente á la tienda de D. Marcelino. Lo
he sentido de veras... (Breve pausa durante la cual el joven baja la
vista hacia sus pantalones y los sacude un poco con el junquillo que
lleva en la mano.)--¿Al fin se han decidido ustedes á hacer un pequeño
_tour de promenade_ por estas lejanas tierras?

Al pronunciar estas palabras sonrió con beatitud, y los condes siguieron
su ejemplo.

--No por ser lejanas dejan de ser bonitas. Lo mismo Laura que yo hemos
venido extasiados todo el camino contemplando las hermosas riberas del
Lora.

--¡Oh! Han llegado ustedes en la mejor estación. Es la época en que se
evapora la cortina de nieblas que las ha tapado todo el invierno. Este
país con luz sería muy bonito; pero desgraciadamente no la tenemos sino
dos ó tres meses al año.

El señorito Octavio no dejaba la sonrisa beata. El conde le observaba
atentamente de la cabeza á los pies.

--¿Y piensan ustedes pasar mucho tiempo en esta posesión?

--Quizá todo el verano: después de once años de abandono, ya comprenderá
usted que no me faltarán asuntos que arreglar.

--¡Ah! Indudablemente. La verdad es que han sido ustedes crueles con
nosotros, privándonos de su presencia tanto tiempo.

--Mil gracias... deje usted el sombrero. Me parece que de aquí en
adelante renunciaremos á Biarritz y vendremos á gozar por los veranos de
esta magnífica naturaleza.

El señorito dejó el sombrero sobre otra silla, inclinando repetidas
veces la cabeza para indicar que las palabras del conde le interesaban
profundamente. Y digamos ahora cómo era el señorito fuera de la cama. No
es tan niño nuestro héroe como nos pareció cuando por la mañana le vimos
acostado en su lecho del siglo XVII. Aunque su rostro, cándido y
delicado, es de adolescente, la figura no lo es, y declara en él un
joven de veintidós ó veintitrés años, de mediana estatura y bien
proporcionado. Viste con pulcritud, y si bien un poco retrasado en la
moda respecto á Madrid, está adelantado y mucho respecto á la que
ordinariamente rige en las provincias, sobre todo en los pueblos
secundarios. Su traje se compone de un _chaquet_ de tela azul, chaleco
blanco, pantalón también azul y botas de charol muy empolvadas.

--Pero aquí, conde, resígnese usted á llevar la vida de la naturaleza.
Las personas con quienes se puede alternar son tan escasas, que
realmente se hallan reducidas á una docena á lo sumo; y aun en ellas, no
encontrará usted, ni por pienso, la cultura y las maneras de la buena
sociedad. Si no trae muchos libros, se me figura que se va usted á
aburrir soberanamente. ¡Ah! Los libros son los que hacen posible la vida
en estos rincones del mundo.

Aunque las palabras iban dirigidas al conde, Octavio miraba al decirlas
á la condesa con la misma sonrisa en los labios y un poco ruborizado,
sin duda, de haber hablado tanto tiempo.

El conde le observaba cada vez con más curiosidad.

--Usted es muy joven, y no me sorprende que se aburra en Vegalora. Me
parece, sin embargo, que exagera un poquito.

--No exagero, conde, no exagero. Es un pueblo fatal. Yo lo sé bastante
bien, por desgracia. Si no fuera por no disgustar á papá, me iría á
vivir á Madrid, al menos durante el invierno...

--¿Su papá de usted es de este país?

--Sí, señor, y aquí ha ejercido la profesión de abogado toda la vida...
D. Baltasar Rodríguez... tal vez le conozca usted...

--¡Ah! ¿es usted hijo de D. Baltasar Rodríguez?

El conde pronunció estas palabras con tal pausa y frialdad, que no es
fácil comprender cómo no se helaron antes de salir fuera de los labios.

--Servidor de usted--dijo Octavio, con señales visibles de hallarse
cortado.

--He oído hablar bastante de su papá--prosiguió el conde, con mayor
pausa aún y sin apartar su mirada fría y escudriñadora del rostro del
mancebo.--Es, según tengo entendido, una persona principal en la villa y
ha ejercido varias veces el cargo de alcalde, ¿no es verdad?

--Ha sido alcalde, sí, señor.

--Sí, sí, he oído hablar bastante de su papá y le he visto también
algunas veces durante mi corta residencia aquí.

Cesó la conversación de pronto. El conde se puso á mirar con
indiferencia los árboles y las montañas que se percibían al través de
los cristales. Octavio se obstinaba en sacudir con el junquillo los
pantalones, haciendo saltar nubecillas de polvo, apenas perceptibles. La
condesa se entretenía en jugar con los rizos de su niña, y la
institutriz hacía bolitas de pan con los dedos, mirando fijamente al
frasco de mostaza. Todos parecían estatuas, menos Octavio, que á menudo
mudaba de postura haciendo rechinar la silla.

--Realmente, parece que han traído ustedes el buen tiempo consigo--dijo
al fin.--Hoy es el primer día bueno desde hace lo menos quince.

--¿De veras?--dijo el conde, sin dejar de atender á los cristales.

--Sí, señor, sí; hemos tenido una temporada fatal... Y luego como aquí
se ponen los caminos tan malos... Cuando viene uno de estos temporales,
es necesario encerrarse en casa, hasta que Dios quiere.

Nuevo silencio. El joven, cada vez más cortado, extiende lentamente el
brazo y, tomando por la mano á la niña, que la condesa tiene reclinada
sobre el regazo, la atrae con suavidad hacia sí, la mete entre sus
rodillas y, besándola, la dice muy quedo:

--¿Cómo te llamas?

--Emilia.

--Es un nombre muy bonito. ¿Quieres mucho á tus hermanos?

--Sí.

--¿Y á tus papás?

--Sí.

La niña, al pronunciar esta segunda afirmación, levantó los ojos del
suelo y echó una rápida mirada á su padre. Éste dignóse al fin volverse
hacia los presentes y se encaró con el señorito Octavio.

--Diga usted, señor Rodríguez, ¿su papá no fué el presidente de la junta
revolucionaria?

--Sí, señor, lo fué en los primeros momentos, pero á los pocos días hizo
dimisión. Aceptó el cargo solamente por compromiso, y para evitar los
desmanes que, si no fuese por él, hubiera habido seguramente.

--Hizo perfectamente; ha sido un proceder muy noble.

Y después de breve pausa durante la cual empezó á dibujarse en sus
labios una sonrisa, siguió:

--¡Oh! Ya sé que el papá de usted es una persona muy ilustrada y un
campeón decidido de la libertad.

La sonrisa del conde era tan penetrante que se tiñeron de carmín las
mejillas del señorito Octavio.

--Precisamente un campeón, no, señor... Es hombre que piensa de cierto
modo... Como tiene un carácter muy abierto, se expresa siempre con
calor... Esto le perjudica...

--De ningún modo. Á mí me gustan los hombres resueltos en sus
convicciones, y su papá es un verdadero progresista, según me han dicho,
muy honrado, muy sincero, etc., etc. Los progresistas, por punto
general, son buenas personas. Usted me dispensará, amigo mío, si le dejo
en este momento--añadió levantándose;--tengo muchísimas cosas que
arreglar. Ya sabe usted lo que es un viaje con niños.

Al decir tales palabras, el conde extendía la mano, sin mirarle, al
señorito, que también se había levantado. Después le volvió la espalda y
dió unos pasos hacia el gabinete.

--El señor cura de la Segada desea ver á los señores--anunció la voz del
criado.

Volvióse rápidamente el conde y dió un paso hacia la mesa. El aya llamó
apresuradamente á los niños y cuchicheó con ellos un instante. El
señorito Octavio permanecía de pie.

En el marco de la puerta apareció de pronto la figura de un sacerdote
anciano. Era de estatura más que mediana y vestía un balandrán bastante
deteriorado y grasiento, y mostraba en lo erguido de su cuello y en su
actitud firme que poseía una complexión recia. Como tenía el sombrero en
la mano, dejaba al descubierto una cabeza que aún estaba regularmente
provista de cabellos blancos y rizos sin aliño ni compostura alguna. La
tez excesivamente morena y los ojos negros y un poco hundidos ofrecían
tal fuego y viveza, que contrastaban notablemente con las arrugas del
rostro y la blanca color de los cabellos. Colocado á la puerta, sin
avanzar un paso y sonriendo campechanamente, comenzó á hacer reverencias
mundanas, diciendo al mismo tiempo:

--¡Conque al fin no se nos han perdido por allá! ¡Conque al fin estos
despegados señores se acuerdan de que hay un rincón en el mundo que se
llama la Segada! ¡Conque al fin todavía los lugareños valemos algo para
los cortesanos!

Los niños avanzaron hacia él, y tomándole una mano se la fueron besando
sucesivamente. Después el aya, que venía detrás, quiso hacer lo mismo,
pero el clérigo la retiró velozmente y con sorpresa. El conde le abrazó
respetuosa pero afectuosísimamente.

--¡Vaya si valen los lugareños, y vaya si se les quiere también por
allá!

--Señor conde, usted tiene algún diablo metido en el cuerpo; está usted
tan mozo y tan fresco como la última ves que le vi. La señora condesa no
tiene tan buen color, pero ha de ser por culpa, si no me engaño, de
estos diablejos que veo por aquí tan gordos y sonrosados. Vaya, vaya con
el señor conde, ¿qué le habremos hecho nosotros para que así nos
aborrezca?... ¿Qué le habremos hecho nosotros para que así nos
aborrezca?

El cura de la Segada tenía por costumbre repetir dos, tres y hasta
cuatro veces la misma frase, mirando fijamente al interlocutor, y
abriendo desmesuradamente la boca para reir y también para dejar ver
unos enormes y desvencijados dientes.

--Conque diga usted, criatura, ¿qué le hemos hecho nosotros para que así
nos aborrezca?

--Señor cura, no ha sido todo culpa mía. Crea usted que no dejaba de
acordarme muchas veces de este hermoso país y de los buenos amigos que
aquí tengo.

--¡Ah, tunante! ¡Y qué bien se conoce que viene usted de la corte!
Señora condesa, no le deje usted mentir tan descaradamente. Señor conde,
es usted un grandísimo tunante... sabe usted mucho para un pobre cura
como yo... sabe usted mucho... sabe usted mucho.

Decía todo esto riendo y sin cerrar un momento la cueva de su boca. El
conde le señaló un asiento y todos se sentaron. El cura se hizo cargo
entonces de la presencia de nuestro héroe, y exclamó dirigiéndole una
mirada y una sonrisa ambiguas:

--¡Calle! ¿También el señorito Octavio está por aquí? El señorito
Octavio es muy fino. ¿Y cómo siguen sus señores padres, señorito?

--Muy bien, señor cura, ¿y usted cómo sigue?

--¿Cómo quiere usted que siga un cura en estos tiempos, señorito?
Tirando... tirando por este cuerpo pecador... ¡Válate Dios por el
señorito Octavio!... ¡Válate Dios!...

La risa persistente y las miradas del clérigo no despertaban en el joven
una alegría muy íntima, aunque otra cosa quisiera aparentar.

--Vaya, vaya, vaya... lo que es ahora, señor conde, no se nos escapa
usted tan pronto. Los madrileños se quedarán chupando el dedo por una
temporada... ¿no es verdad, señora condesa?... ¿Dónde mejor que entre
los suyos, señores?...

Y daba palmaditas afectuosas en la rodilla del conde, que le obligó á
ponerse el sombrero.

--¿Y qué tal, qué ocurre por la parroquia, señor cura?

--Pero, hombre de Dios, ¿qué quiere usted que pase en este miserable
rincón? Déjese de miserias y cuéntenos algo de aquel Madrid, de aquel
Madriiid... ¡Ay, qué Madrid de mis pecados! De allí á la gloria, señor
conde. ¡Cuánto señorío!... ¡cuánto coche!... En los días que estuve allá
con el chico no paré en casa un momento. Andaba por las calles con la
boca abierta y no me cansaba de mirar para aquellos palacios tan
magníficos y para aquellos señorotes que pasaban en coche con mucho
ceño... Esto no es para nosotros, querido, le decía al chico... Vámonos,
vámonos cada uno á nuestro rincón... Yo soy un pobre cura... tú un pobre
estudiante... ¿Qué tenemos nosotros que partir con estas grandezas?...

--Vamos, señor cura, que no es precisamente entre el ruido donde más se
divierte uno, y bien se quejaba usted de aquella bulla continua.

--Pero ¿quién se compara conmigo, señor conde? Yo soy un pobre cura que
está más allá que acá. Yo no toco pito en ninguna parte más que en mi
sacristía. Si hay todavía algunas personas como usted, señor conde, que
me aprecian de veras, allá se las hayan... yo me lavo las manos. Me
acuerdo de aquella tarde en que me dejó usted solo en su carruaje y
ordenó al cochero que me llevase á un sitio que llaman la Castellana...
¡Santo Cristo del Amparo!... Señores, aquél era un cruzar de coches á un
lado y á otro, lo mismo, lo mismo que cuando se tropieza con un
hormiguero en la tierra... Aquellos señorotes y señorotas que iban muy
arrellanados me miraban y se reían... Dirían, sin duda: ¿qué diablos
vendrá á hacer aquí este pobre cura de aldea?... ¿Y á mí qué? Tenían
mucha razón... Desengáñese usted, señor conde, los curas vamos de capa
caída... caiiida... caiiida...

--Pues á pesar de todo, señor cura, le aseguro que me va fastidiando
cada día mas la farsa y la frivolidad de la capital. No puedo soportar á
tanto necio, á tanto advenedizo, á tanto sapo hinchado como ahora ha
subido á la superficie al son del himno de Riego...

--Porque usted, señor conde, es muy raro, muy raro, muy raro... Siempre
lo ha sido... siempre lo ha sido... ¿Á que no le pasa otro tanto al
señorito Octavio? ¿no es verdad, señorito?... ¡Cuánto más vale aquel
Madrid tan hermoso, tan suntuoso, que esta miserable aldea!

--Yo no estuve en Madrid, señor cura...

El joven pronunció estas palabras visiblemente turbado. La sonrisa del
cura le inquietaba, le hacía subir los colores al rostro. ¡Era tan fina
y maliciosa!

--Es verdad, señorito... es verdad... es verdad... No me acordaba...
Pero no tiene usted más remedio que ir á Madrid, señorito... no hay más
remedio... Aquí se aburre usted... necesita usted más campo. Los jóvenes
de provecho no pueden estarse en las aldeas toda la vida.

--Oiga, señor cura--dijo el conde,--¿qué noticias hay del chico?

--Tiene salud, gracias á Dios. El pobre, cuando me escribe, nunca deja
de acordarse de usted, y me dice que siempre le tiene presente en sus
oraciones, lo mismo que á su amada esposa y familia. No puede usted
figurarse, señor conde, lo agradecido que le está. Si no fuese por la
beca que ha tenido la bondad de sacarle, ¿cuándo hubiera podido yo darle
carrera? Dentro de dos meses ¡loado sea Dios! cantará misa el pobre.
Ayer le escribí precisamente y le decía: Desdichada ocurrencia es la
tuya al ordenarte. Los tiempos están malos, malos, malos para la
clerigalla. Mucho mejor te vendría meterte por alguno de los _clubs_ que
no dejará de haber por ahí y hacer carrera...

La risa del conde le interrumpió.

--¡Siempre ha de ser usted el mismo, señor cura!

--Pues qué, ¿no digo la verdad? Y á propósito, señor conde: es fácil que
necesite molestarle nuevamente. No sabe usted el trabajo que me cuesta
decidirme á ello, por más que esté bien convencido de la proverbial
bondad de usted y de la estimación que sin merecerlo me profesa... Pero
de estas cosas ya hablaremos más tarde... ¡Qué gana va usted á tener
ahora de escuchar recomendaciones!

--Adelante, señor cura.

--Nada, nada, no quiero molestar á usted ahora que acaba de llegar. Otro
día será.

--Ya sabe usted que no me molesta nunca. Siga usted; ¿qué es ello?

--Ahora no, ahora no... tiempo tenemos... ¡no faltaba otra cosa!...
Quiero, señor conde, que al menos hoy no pueda usted decir cuando me
vaya: «Este cura de la Segada es un posma».

Celebró el conde la frase con mucha risa, y el clérigo contestó á sus
metálicas carcajadas con otras sonoras y campestres, que produjeron
algunos instantes de algazara en el comedor. La condesa sonreía
dulcemente, mientras el señorito Octavio seguía ejecutando esfuerzos
prodigiosos y titánicos para que los chistes del presbítero le
desternillasen de alborozo.

Presentóse nuevamente el criado, y dijo que tres señores que acababan de
llegar de Vegalora deseaban saludar á los condes.

--Hágales usted entrar.

Y á poco rato taparon el hueco de la puerta tres figuras provinciales,
que es bien que describamos brevemente.

El primero es D. Marcelino, el mismo que cuatro horas antes había salido
de su tienda y, con riesgo inminente de la vida, había detenido los
caballos del carruaje en que iban los condes, tan sólo por el placer de
ofrecerles una copa de Jerez y una rosquilla de Santa Clara. Es hombre
ya entrado en días, grueso y bajo, muy moreno, con narices enormes y
unos cabellos tiesos y erizados como los de un jabalí. No gasta pelos en
la cara, pero se afeita de tarde en tarde, lo cual da mayor realce á su
rostro, espléndidamente feo. Es castellano de nacimiento y toda la villa
le había visto llegar de su país con una mano atrás y otra adelante,
como acostumbraban á decir los particulares de Vegalora á la hora de la
murmuración. No era verdad, sin embargo, porque D. Marcelino, cuando
llegó de tierra de Campos hacia treinta años, traía las manos ocupadas
con una porción de saquillos de lienzo crudo repletos de espliego, flor
de malva, manzanilla, sanguinaria, flor de tila, anís y otras varias
hierbas y simientes medicinales, que pregonaba con hermosa voz de
barítono que á los vecinos de Vegalora les penetraba hasta lo más
escondido de los sesos. Después, y sucesivamente, fué pasando por los
estados de rematante de la carne, de los artículos de beber y arder, de
tratante en paños y bayetas, recaudador de contribuciones, síndico del
ayuntamiento, administrador de correos, alcalde y no recordamos si algún
otro cargo más. Hemos dicho que había ido pasando, y no es verdad; D.
Marcelino los había ido adquiriendo todos merced á una serie de trabajos
más espantables que los de Hércules y librando en cada uno una batalla
de suprema delicadeza y habilidad. Á la hora presente ejercía todos los
que no eran incompatibles por la ley y algunos también de los que lo
eran. En el desempeño de estas funciones había llegado á rico, gozando
al mismo tiempo del respeto y la consideración de sus convecinos. Cuando
iba á paseo por las carreteras con D. Primitivo ó con el juez, todos los
labradores y jornaleros se quitaban la boina ó la montera y decían:
«Buenas tardes, D. Marcelino y la compañía». D. Marcelino no veía más
que esto; pero los que venían detrás solían ver á los aldeanos quedarse
parados un instante con la montera en la mano, mirándole á las espaldas
de un modo bastante menos respetuoso que á la cara. Solían oir también á
alguno crujir los dientes y murmurar sordamente: «¡Mal rayo te parta,
ladrón!»

En pos de D. Marcelino venía D. Primitivo, varón formidable, de elevada
estatura y amplias espaldas, rostro mofletudo y encendido, lleno de
herpes, barba escasa y recortada y los ojos siempre encarnizados como
los de un chacal. Era procurador del juzgado. Sentía pasión profunda,
inmensa hacia la horticultura, á la cual dedicaba casi todos sus ocios;
pero era una pasión honrada y platónica, porque D. Primitivo no tenía
huerta. Entreteníala, pues, ya que no la satisficiese, poniéndose
escrupulosamente al tanto de todas las particularidades de las huertas
de sus amigos, dándoles siempre oportunos consejos acerca del cuidado de
la hortaliza y de la conservación de los frutales y regalándoles
semillas exóticas que no se sabía dónde y cómo las adquiriera. Los
propietarios le respetaban y decían de él ahuecando la voz y con asombro
que «conocía sesenta y cuatro castas de peras». Á pesar de esta afición
agrícola, D. Primitivo era un animal carnívoro, esto es, se alimentaba
casi exclusivamente de carne, lo cual, al decir del médico de Vegalora,
introducía en su organismo un exceso de fibrina que ocasionaba las
herpes de que estaba plagado y le exponía á una congestión cerebral, y
que no se anduviera en fiestas, porque tenía la espada de Damocles
suspendida sobre su cabeza.

Con ambos señores venía el licenciado D. Juan Crisóstomo Álvarez Velasco
de la Cueva (que así firmaba siempre sus demandas y réplicas), persona
pulquérrima á quien distinguían de lejos los vecinos de la villa por la
blancura inmaculada de sus pecheras. Gastaba bigote y perilla, lo cual
le daba más aspecto de coronel de caballería que de hombre de toga.
Hablaba poco, casi nada, pero era tan exquisita y ceremoniosa su
cortesía, que los que platicaban con él siempre quedaban un poco
cortados y descontentos de sí mismos. Asentía á todo cuanto se le
dijese, cerrando los ojos, bajando la cabeza y diciendo en tono
melífluo: «¡Perfectamente!» Tenía el Sr. Velasco de la Cueva infinitos
modos de pronunciar este _perfectamente_, alargando, contrayendo,
reforzando ó suavizando las sílabas, de tal suerte que se ajustaba al
tono y significado de las palabras del interlocutor. Á pesar de eso, el
promotor fiscal, que era hombre chusco, hacía su parodia en la tienda de
D. Marcelino, y contaba que un día, explicándole á D. Juan de qué modo
se había caído de un caballo, al llegar al punto de decir «el caballo se
levantó de atrás y me arrojó por la cabeza, estrellándome contra una
pared cercana», D. Juan Crisóstomo le había interrumpido exclamando:
«¡Perfectamente!» Sería invención del promotor, pero era muy verosímil.

Al penetrar los tres varones en el comedor, el conde y Octavio se
levantaron: el cura permaneció sentado lo mismo que las mujeres.

--¡Oh, señores, qué pronto se han tomado ustedes la molestia de venir!

--Señor conde--dijo D. Marcelino,--estábamos impacientes por saber cómo
habían llegado ustedes á la Segada. Aunque calienta un poco el sol, ya
estamos acostumbrados á sufrirlo... ¿no es verdad, D. Primitivo?...
Además, cuando las cosas se hacen con gusto... ¿eh? ¿eh?

Y reía bienaventuradamente D. Marcelino, y reía el conde, y reía D.
Primitivo, y reía el cura, y hasta se reía el señorito Octavio.

--De todos modos, lo agradezco en el alma, señores. ¿Y qué tal, qué tal
por estas tierras?

--Perfectamente.

No hay para qué manifestar quién pronunció este adverbio.

--En la última carta que le escribí, señor conde--dijo D. Marcelino,--le
comunicaba todas las noticias de este pueblo, y ya ve que eran bien poco
interesantes.

--Este pueblo es muy pacífico--apuntó don Primitivo.

--Aquí no llegan esos motines que hay ahora por Madrid un día sí y otro
no. (Otra vez don Marcelino.)

--Alguna ventaja habíamos de tener... alguna ventaja... alguna ventaja.
Dios lo ha compensado todo, señores. Vivimos apartados de los deleites
de la corte... es verdad... es verdad... pero vivimos por ahora
tranquilos. No es poca fortuna, créame usted, no es poca fortuna...

--La gente del país debe ser muy sencilla, ¿no es cierto? En estas
provincias del Norte es donde se conservan todavía restos de aquella
honradez y piedad que caracterizaban á nuestros mayores.

--Es gente honrada á carta cabal--dijo don Primitivo.--Afortunadamente,
todavía no nos los han maleado.

--Unos infelices, señor conde... unos infelices... Lo único que les hace
falta es un poco de filosofía alemana para ser hombres completos.

Todos rieron con estrépito.

--Alguna que otra vez--apuntó D. Marcelino,--cuando tienen una copa de
más dentro del cuerpo, suelen cometer cualquier desmán, pero ya se sabe
que entonces obra el vino por ellos.

--Y tienen bastante afición á lo ajeno--indicó el señorito
Octavio.--Casi todos los años nos dejan sin fruta en la huerta.

--Es verdad, señorito, es verdad... Tiene usted mucha razón... Hay mucha
afición á lo ajeno en esta comarca... Pero, créame usted, señorito, el
gobierno también tiene alguna... y no es precisamente á la fruta...

El conde dirigió una sonrisa al clérigo.

--Desde la muerte del guardamontes, hace ya tres meses--dijo D.
Primitivo,--no se ha oído hablar en este concejo de ninguna tropelía.

--¿Fué el que hallaron estrangulado en un maizal?--interrogó el conde.

--No, señor; ese fué Antuña, el pagador de la carretera. Esa muerte ha
sido mucho antes... á principios del otoño.

--De todos modos, ha sido un asesinato horrible.

--Pero, señor conde--profirió D. Marcelino,--Antuña murió porque quiso.
¿Á quién se le ocurre salir de noche de la villa con veinticuatro mil
reales en el bolsillo? ¿No conoce usted que es una imprudencia
mayúscula?

--¡Perfectamente!

--Hechos aislados, señor conde, hechos aislados... por ahora, hechos
aislados. El trueno gordo no tardará en venir. Pero no hay que tener
cuidado, porque los excesos de la libertad se corrigen con la
libertad... sí, señor, se corrigen con la libertad... Eso decía un
periódico que le viene al señor juez de Madrid todos los días... todos
los días.

El conde se inclinó hacia el cura y le dijo algunas palabras al oído.

--¡Bravo, señor conde, bravo!--exclamó el clérigo, echándose hacia atrás
en la silla y mirándole fijamente con aire triunfal.--Todos haremos lo
que podamos para que se logre. Usted es la persona más á propósito.

Después se pusieron ambos á cuchichear animadamente.

D. Primitivo corrió la silla hacia ellos y preguntó en voz baja:

--¿Hay alguna noticia de allá?

--No se trata ahora de allá, sino de acá--respondió el cura.

Vuelta á cuchichear los tres. D. Primitivo parecía sumamente interesado
en la conversación y movía los gigantescos brazos cual si sirviesen de
volante á sus ojos carniceros, que rodaban por las órbitas con pavorosa
velocidad. Al mismo tiempo hacía supremos y angustiosos esfuerzos para
trasportar su desentonada voz al falsete discreto que usaban el conde y
el sacerdote.

El licenciado Velasco de la Cueva, después de posar en el grupo de sus
amigos varias miradas á cual más imponente, osó también aproximar la
silla, y presto le enteraron del asunto que trataban.

La condesa se levantó y dijo al señorito Octavio, que era el único que
concedió atención á su movimiento:

--Con permiso: soy con ustedes al instante.

Y se fué por la puerta del gabinete.

El aya se puso también á hablar con los niños en voz baja,
dirigiéndoles, á juzgar por su continente severo y el no menos grave de
los oyentes, serias y profundas advertencias.

Nuestro señorito tomó pie de ello para sacar el pañuelo y sonarse con
ruido. Después, con mucha calma, lo paseó repetidas veces por debajo de
la nariz; por último, no sin vacilar un poco, se decidió á meterlo en el
bolsillo. Inmediatamente, y sin ningún preparativo, abrochó un botón del
guante que se había soltado. Después tosió tres veces consecutivas y se
puso á examinar con profundísima atención y frunciendo ferozmente las
cejas el puño del junquillo. No bien hubo terminado esta tarea, pasó á
azotarse con él los pantalones, de la misma traza que lo hiciera al
comienzo de su visita. Todavía se alzaron á los golpes algunas
nubecillas de polvo, aunque más leves y trasparentes.

El cuchicheo del conde y sus amigos proseguía vivo, lleno de expansión.
El del aya y los niños, grave y discreto como antes. El criado entraba y
salía llevando las fuentes, los platos y los demás objetos que yacían en
desorden sobre la mesa, pero todo con mucho silencio y espacio y sin
dejar de dirigir, cada vez que entraba, una mirada insistente y curiosa
á nuestro héroe, el cual procuraba artificiosamente evitar el cambio. El
comedor era una vasta cámara, más vasta que cómoda y elegante, y sus
muebles toscos y ennegrecidos, y sus grandes cortinas de colores
marchitos, y los cristales turbios y emplomados de sus balcones,
mostraban claramente que el viejo conde se curaba poco del aliño de la
casa, y que el nuevo no la habitaba mucho tiempo. El falsete de los
interlocutores producía en este vasto comedor un efecto extraño y
severo, como el murmullo de los fieles en una iglesia. Á nuestro joven
le parecía demasiado severo. De vez en cuando, la voz de D. Primitivo,
no pudiendo resistir tanto tiempo la presión cruel que sobre ella estaba
pesando, lanzaba un _gallo_, y se oía la palabra _votos_ ó
_candidatos_. El aya levantaba sus ojos profundos y los fijaba un
instante en el grupo de los caballeros.

Al fin, nuestro señorito decidióse á tomar una de las copas que aún
quedaban sobre la mesa. Empezó á observarla escrupulosamente, dándole
vueltas y más vueltas en la mano, haciéndola sonar con un golpe de uña y
llevándola después al oído para escuchar sus vibraciones hasta que
morían. Por mucho que le embargasen al joven estas observaciones de
física experimental, no dejaba por eso de mover los ojos con ansia hacia
todas partes, y especialmente hacia la puerta del gabinete, como si por
allí le hubiese de venir su salvación. Respirábase en el comedor un
ambiente cargado de discreción, que á nuestro mancebo le producía la
misma inquietud y malestar y los mismos desmayos enervantes que si
estuviese cargado de electricidad. Y ya se entregaba lánguidamente á
pensamientos tristes de muerte, cuando empezaron á dibujarse en su
desmayado espíritu los contornos de una idea fortificante y
regeneradora: la idea de marcharse. Mas para llevar á cabo este acto era
preciso despedirse, y el despedirse había sido siempre para nuestro
señorito uno de esos problemas pavorosos que pocas veces obtienen
resolución. Antes de levantarse, cuando estaba en visita, tenía que
sostener una batalla consigo mismo, que á veces se prolongaba más de la
cuenta. Sentía el mismo temor y embarazo que los oradores noveles cuando
levantan su voz en público. Pero si siempre había sido un problema
difícil, en aquel instante, considerado el éxito poco lisonjero de su
visita y el carácter y la situación de las personas que allí se
hallaban, ofrecióselo al alma como una utopia. Ni podía ser de otra
suerte. ¿Qué de comentarios no harían aquellos señores después que él
saliese por la puerta? ¿Cuántos chistes no se le ocurrirían al cura
acerca de su persona? Se le ponían los pelos de punta de pensar en ello.
La idea, pues, de marcharse era de todo punto inadmisible. Más valía
seguir haciendo experimentos acústicos con la copa de cristal.

Mientras proseguía embebecido en esta fructuosa tarea, el cura de la
Segada apartóse un momento de la conversación y le clavó los ojos con
expresión reflexiva. Después, volviéndose al conde con la misma voz de
falsete, le dijo:

--La única persona que cuenta en este país con bastantes fuerzas para
ganar unas elecciones es D. Baltasar Rodríguez. El enemigo temible es
ése, y no los que indicó D. Primitivo. Créame usted, señor conde...
créame usted...

--Es lo que yo tenía entendido antes de venir--repuso el conde.--Al
parecer es hombre acaudalado y goza de simpatías en la población...

--No cabe duda, no cabe duda.

El cura volvió á mirar á Octavio, sonriendo esta vez maliciosamente, y
prosiguió:

--Don Baltasar es una buena persona... todo un caballero... muy
cumplido en sus tratos... ¡y un padrazo, señor conde, un padrazo!...

El conde alzó la cabeza y dirigió una larga mirada á Octavio. Los demás
interlocutores también volvieron hacia él la vista.

--Señores,--dijo el conde levantándose,--es lástima que estemos
encerrados en casa en un día tan hermoso. Vamos á dar una vuelta por la
pomarada. Tengo ya deseos de pisar hierba y verme debajo de los árboles.

Los circunstantes se levantaron. La condesa apareció en aquel momento
por la puerta del gabinete. Octavio quiso aprovechar la ocasión, que le
pareció de perlas, para despedirse y dió algunos pasos hacia ella con la
mano extendida.

--Condesa, á los pies de usted... He tenido mucho gusto en ver á ustedes
tan buenos y...

--¿Qué es eso, señor Rodríguez--exclamó el conde viniendo hacia él,--nos
quiere usted dejar tan pronto? ¿Por qué no viene á dar un paseo con
nosotros?... ¿Tanta prisa tiene usted?

Estas preguntas fueron hechas en tono franco y cariñoso, y Octavio, un
poco aturdido, balbució:

--Prisa, precisamente... no... pero...

--Pues si no tiene usted prisa, es usted de la partida. Señores, en
marcha.

El licenciado Velasco de la Cueva, que desde muchos años atrás venía
ejerciendo el monopolio de las buenas maneras en Vegalora y siete leguas
á la redonda, ofreció el brazo á la condesa con una reverencia digna
del siglo XV. D. Primitivo quiso imitarle, y se lo ofreció al aya en la
forma elegante y desenvuelta que un oso lo hubiera hecho; pero la blonda
extranjera lo rehusó, dándole las gracias con una inclinación
ceremoniosa. Seguíalos el cura llevando de la mano á un niño, y cerraba
la marcha el conde, que llevaba cogido familiarmente á Octavio por la
espalda.



IV

La pomarada.


Cuando el licenciado Velasco de la Cueva puso su planta ceremoniosa en
los umbrales del palacio condal, los rayos de un sol fogoso de estío le
obligaron á hacer guiños, con lo cual perdió no poca autoridad su rostro
imponente. La condesa soltó el brazo y le dió las gracias.

Eran las cuatro de la tarde de un día del mes de Junio. Los condes y sus
amigos tenían delante de sí uno de los panoramas más espléndidos y
grandiosos de la provincia en que nos hallamos, que es la más bella de
España. El palacio, como las gentes del país lo llamaban, ó el vetusto
caserón, como mejor se diría, estaba situado á la margen izquierda del
Lora y en el fondo del valle donde radica el concejo y partido judicial
de Vegalora. En torno suyo veíanse quince ó veinte chozas,
pertenecientes en su mayoría y habitadas por colonos de la casa de
Trevia. Esta casa grande y parda y las casuchas más pardas aún que
yacían á su alrededor, semejaban de lejos á una gallina pastando con sus
hijuelos en el campo. Alzábase el pueblo de la Segada en el fondo del
valle y ocupaba el ángulo formado por un riachuelo que venía de las
montañas cercanas á desembocar en el Lora. Distaría del primero unas
cien varas, y de éste unas trescientas. La fachada principal de la casa
no miraba al valle, sino á las altísimas montañas que lo cerraban. Entre
la casa y la falda de éstas no mediaban de tierra llana más de
doscientos pasos, y era el sitio que ocupaban la huerta y la pomarada.
Desde los balcones de la fachada trasera veíase todo el valle, que no
era muy extenso, y también se divisaba como á media legua de distancia
un grupo grande de casas que era la villa de Vegalora. Entre la Segada y
la villa corría bullicioso y límpido el río, el cual tomaba y dejaba á
su talante la parte del valle que mejor le convenía para su cauce. Como
lo cambiaba á menudo, las tierras plantadas de maíz y los prados que
bordaban sus orillas nunca tenían seguro el día de mañana: tan presto
regalaban la vista y el oído con sus maíces sonorosos y su verde césped,
como molestaban y cansaban los pies con sus redondos ó puntiagudos
guijarros. Los vecinos de Vegalora y la Segada, en el espacio de
cuarenta ó cincuenta años, habían visto correr el río por casi toda la
superficie del valle. Á pesar de esto, al poco tiempo de haber dejado el
agua un sitio cualquiera, ya brotaba allí una vegetación briosa, y el
valle continuaba siempre pintoresco y regocijado como pocos. Por todas
partes lo circundaban colinas de regular elevación vestidas de
castañares y prados relucientes, excepto por el fondo, ó sea por el lado
de la Segada. Aquí las colinas ocupaban sólo el primer término. Por
encima de ellas se alzaban enormes y enriscadas montañas, cubiertas de
nieve desde Octubre hasta Junio. Formaban parte de la cordillera fragosa
que separa las provincias del Norte de las del centro. Vegalora era, por
tanto, el último concejo de la provincia en la región en que nos
hallamos. Detrás de aquellas moles inmensas y oscuras se extendían los
campos yermos y dilatados de Castilla.

Nuestros señores, al salir de casa por la puerta principal, alzaron la
vista para contemplar estas montañas soberanas, iluminadas por un sol
que ya empezaba á descender hacia las colinas laterales. La nieve había
desaparecido casi totalmente del paisaje. Sólo en las crestas más
elevadas percibíanse algunas manchas blancas como de ropas tendidas á
secar. Entre aquellas crestas descollaba una de pasmosa elevación y
arrogancia, que la gente del país llamaba Peña Mayor. Era un enorme
peñasco á quien todos los demás que en torno suyo se agrupaban servían
de pedestal. Terminaba en punta, como la aguja de una inmensa y
fantástica catedral; pero los que hasta allá habían trepado alguna vez
afirmaban que sobre esta punta había un campo bastante espacioso. Tal y
tan desmesurada era su elevación. Durante los meses de verano, los
habitantes del valle podían admirar á su placer los majestuosos
contornos de la peña, que se alzaba en el cielo diáfano y cortaba el
éter cual si fuese la reina del espacio. Servíales, además, en estos
meses de reloj, pues el sol hería su frente de lleno, al llegar
precisamente el mediodía. Cuando el otoño era ya un poco entrado, se
ocultaba entre la niebla, y no volvía á parecer sino uno que otro día
muy raro del invierno, en que el viento, soplando fuerte por la noche,
había barrido el tupido manto de los cielos. Pero hasta llegar á la Peña
Mayor había una serie de escaños graníticos, superpuestos los unos á los
otros, de mil extrañas formas é imitando, á veces, enormes edificios y
animales monstruosos. Á la izquierda de la Mayor había una peña
corcovada que semejaba á un dromedario: á la derecha otra que era la
perfecta imagen de la torre de un gran castillo, con sus desmesuradas
almenas por entre las cuales se veía el azul del cielo. Esta cortina de
montañas cerraba herméticamente el valle por aquel lado. Al llegar á
este sitio parecía que se acababa el mundo, y que detrás de la oscura
cortina no había más que el espacio sin fin.

Los condes y sus amigos detuviéronse á la puerta de la casa, y con la
mano puesta sobre los ojos á guisa de pantalla, se estuvieron buen rato
paseando la vista por el gran telón descrito. Después atravesaron la
calle y entraron en la huerta por una gran puerta enrejada de hierro.
Era la huerta cuadrilonga y bastante espaciosa, y estaba cerrada por
altos y toscos muros deteriorados. En el fondo había otra puerta igual á
la primera que daba paso á la pomarada.

La comitiva conversaba y reía dando vueltas por las calles no muy bien
aderezadas de la huerta, parándose á cada instante y entremezclándose
continuamente sin guardar etiqueta. D. Primitivo parecía el dueño de la
casa, y desde que la puerta enrejada se cerrara tras él se creyó en el
caso de no cerrar boca á fin de explicar á los circunstantes las
particularidades y pormenores de todas y cada una de las plantas que
iban encontrando, sin perdonar el más insignificante detalle que pudiera
esclarecer á sus oyentes en asunto tan delicado. Las únicas personas que
ni reían ni tomaban parte en la conversación eran el aya y la condesa.
La primera no perdía de vista á los niños, regulando con señas
imperiosas sus pasos y movimientos. La segunda no apartaba los ojos de
las pardas montañas que tenía delante y deshojaba distraídamente una
rosa que uno de los niños había arrancado de su tallo para ofrecérsela.
Aquellas montañas se veían también, aunque más lejanas, desde la casa
solariega de D. Álvaro. ¡Buena gana de reir tenía Laura en aquel
instante! Su pensamiento volaba, volaba sin detenerse por los días de su
existencia, desde aquellos remotos en que contemplaba absorta, de bruces
sobre el balcón, las nubes que cubrían la cabeza de la Peña Mayor, hasta
las escenas más recientes. Los remotos se le aparecían envueltos en una
gasa blanca que borraba los contornos y aún más los alejaba: los
cercanos veíalos tan bien como si estuviesen tallados en relieve y
parecían saltar hacia ella palpitantes y teñidos de sangre. ¿Por qué no
había permanecido toda la vida en su casa, serena, tranquila,
contemplando aquellas montañas que nada malo la enseñaban? Al pensar que
mientras su espíritu en los últimos once años bajaba y subía en perpetua
agitación, desde el cielo hasta el infierno, ellas habían estado allí
altivas, felices, contemplando noche y día el firmamento augusto, una
envidia sorda se apoderaba de su corazón y comenzaba á nacer en él un
deseo vivo, irresistible, de reposo. Pero ¿qué reposo deseaba? ¡Ay!
deseaba volar á la cima de la Peña Mayor, llevada por un ángel, y allí,
bañándose en el éter azul, sin escuchar una voz maldita que tenía
siempre en los oídos, pasar la vida acariciada por Dios y acariciando á
sus hijos.

Al dar la vuelta á un recodo de la huerta sintió de improviso en su
cuello un aliento cálido y una voz le dijo al oído muy quedo:

--Recuerda que has agraviado á miss Florencia.

Y vió que una sombra se alejaba de ella para unirse otra vez al grupo de
los paseantes. Se estremeció fuertemente, detuvo el paso, y la rosa
mutilada cayó de sus manos. Octavio se le acercó en aquel momento.

--Condesa, la veo á usted muy pensativa. ¿Echa usted de menos ya á
Madrid?

--Sí, señor, lo echo de menos.

--Lo comprendo bien, pero me parece que todavía no tiene usted motivo
para quejarse, pues acaba de llegar. ¡Oh! cuando lleve usted aquí algún
tiempo ya verá lo que da de sí este delicioso país. La materia, condesa,
impera aquí como reina y señora. Usted viene del mundo del espíritu y le
han de doler los primeros pasos sobre esta tierra muerta y silenciosa.
No me sorprende.

--¡Ah, si no me dolieran más que los primeros pasos!

--Es cierto; lo peor en la vida del campo es la monotonía, y ésta crece
y se hace irresistible con el tiempo. Por lo demás, no se debe negar que
este país es hermoso y que encierra mucha poesía. Yo que he nacido en él
y en él he vivido siempre, aún me siento impresionado cuando al abrir
las ventanas de mi cuarto por la mañana fijo la vista en las altísimas
montañas que tenemos enfrente. ¡Qué bien se destacan sobre el fondo
azul! ¡Qué pureza de líneas! ¡Qué contornos! Pero miro en seguida hacia
abajo y viene el desencanto, condesa. Los paisanos no corresponden al
país. Aquí nadie se preocupa sino del dinero. Se respira una atmósfera
sórdida, en la cual se asfixian todos los sentimientos elevados. Hay
algunas personas de alma delicada y generosa, pero aun éstas no pueden
menos de resentirse de la sociedad en que han vivido: son capaces de un
rasgo heroico, de una pasión fuerte, pero no pueden alcanzar ciertas
_nuances_ del espíritu, ciertas delicadezas que sólo se encuentran en
las clases elevadas y en una sociedad culta y refinada.

--¿No piensa usted dar una vuelta por Madrid?

--De buena gana la daría y aun me quedaría allá, pero mis papás no
tienen más hijo que yo... y ya ve usted.

--Quédese usted, quédese usted... No piense en Madrid por ahora...
Tiempo le queda para saber lo que es aquello.

--No vaya usted á creer, condesa, que es curiosidad lo que siento, no;
es el deseo que tengo de llenar ciertos vacíos que hay en mi espíritu lo
que me obliga á pensar en Madrid. Yo no gozo con lo que aquí suele gozar
la gente; antes bien sus placeres son ocasión de padecer para mí, porque
nada hay que atormente tanto como encontrarse aislado entre la
muchedumbre y á mil leguas de sus pensamientos y aspiraciones. Así, que
paso la vida encerrado en mi casa, sin ganas de agregarme á ella...
leyendo... pensando... soñando. Alguna vez he asistido con la
imaginación á las _soirées_ donde usted ha brillado tanto, condesa.

--¿De veras?

--Sí, señora; acostumbro á leer las revistas de salones de _La Epoca_, y
en ellas he visto con frecuencia el nombre de usted rodeado de adjetivos
que ahora me parecen pálidos.

--Mil gracias.

--Me precio de sincero, condesa. En el último baile de los duques de
Hernán Pérez llevaba usted un vestido de _surah_ azul celeste, con
escote sesgado y espalda de forma _princesa_. El vuelo de la falda
formaba por detrás una cascada de _pouffs_ sostenidos por cordones, y
llevaba usted asimismo lazos de _surah_ en los hombros y en el talle.

--¡Ah! Veo que no se le ha escapado á usted nada.

Un rugido de D. Primitivo les obligó á interrumpir el diálogo. Extático,
con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplaba sin pestañear un
cuadro de lechugas, mientras los compañeros le miraban sin comprender el
motivo de tal sorpresa. Al fin, después de largo silencio, exclamó con
voz ronca:

--¡Si no lo viese por mis ojos, nunca lo creyera! Yo mismo le di la
semilla á Pedro; yo mismo le indiqué cuándo debía sacarlas del vivero;
yo mismo estuve una tarde entera ayudándole á plantarlas... ¿Cómo han
espigado estas lechugas?... ¿Por qué han espigado estas lechugas?

Y D. Primitivo movía la cabeza hacia adelante, hacia atrás, á la derecha
y á la izquierda.

--Tal vez la lluvia de estos días habrá influído perniciosamente sobre
ellas--manifestó tímidamente el licenciado Velasco de la Cueva.

--¡Qué lluvia ni qué calabazas!... No diga usted tonterías, D. Juan. La
lluvia, cuando las lechugas se plantan en la época y en la forma en que
deben plantarse, no influye, no tiene por qué influir sobre ellas.

--Perfectamente.

--Aquí no puede menos de haber algún misterio. Pedro habrá hecho alguna
majadería en el cuadro. Ellas por sí estoy seguro de que no hubieran
espigado. ¿Á qué asunto habían de espigar? Así que le tropiece me
enteraré de lo que ha hecho, y ya verá usted cómo resulta lo que yo
dije.

La irritación de D. Primitivo cedió ante la esperanza de ver muy pronto
cumplida su profecía.

Continuaron recorriendo lentamente la huerta, parándose ahora delante de
unas alcachofas, después ante un cuadro de remolachas ó de una
esparraguera. D. Primitivo, maniobrando constantemente en el centro del
grupo, parecía un filósofo de la escuela peripatética.

La condesa y Octavio se habían quedado un poco atrás y siguieron
hablando del baile de los duques de Hernán Pérez, ó sea del «mundo del
espíritu», como decía nuestro señorito. La horticultura no les seducía.
Mas al hallarse en frente de una frondosa y espléndida magnolia, ambos
detuvieron el paso para contemplarla. Era un árbol hermoso y grande como
pocos, y entre sus hojas oscuras y metálicas advertíase crecido número
de bolas blancas que soltaban aroma fresco, acre y penetrante. Las
primeras ramas no pasaban de la altura del rostro. La condesa asió con
la mano de una de ellas provista de flor y la trajo hacia sí. El árbol,
al ser movido, dejó caer algunas gotas de agua sobre las mejillas de la
señora, que hizo una mueca graciosa.

--El árbol la bendice á usted--dijo Octavio mirando extasiado cómo
corría el agua por las mejillas de la dama.

--Hubiera pasado sin su bendición perfectamente--contestó ella riendo.

Y al mismo tiempo hundió su lindo rostro en el cáliz de la flor para
aspirar la fragancia. La condesa de Trevia estaba en aquel instante
bellísima; porque sus ojos grandes, rasgados, se cerraban blandamente
con la expresión de un placer celestial; porque sus mejillas de rosa,
acariciadas por las blancas y carnosas hojas de la magnolia, brillaban y
temblaban de gozo; porque sus cabellos castaños, sedosos, le caían con
cierto desorden sobre la frente; porque inclinaba la cabeza dejando ver
el principio de una espalda de alabastro; porque estaba empinada
graciosamente sobre la punta de sus pies inverosímiles. Levantó la
cabeza y exhaló un largo suspiro.

--¡Oh, qué delicioso aroma!

Octavio se apresuró á hundir también el rostro en la flor que la dama
aún tenía cogida.

--¡Delicioso! ¡delicioso!

--¡Es tan penetrante... tan embriagador!... Siempre fuí apasionada de
este aroma.

--Yo lo seré de aquí en adelante.

La condesa soltó la rama é inclinó la cabeza sonriendo afablemente. Y
emprendieron otra vez la marcha en silencio. Octavio lo rompió al cabo
de un instante diciendo:

--¿De qué perfumista acostumbra usted á surtirse, condesa?

--No tengo ninguno conocido; entro indistintamente en la primer
perfumería que encuentro.

--Pero al menos tendrá usted una marca predilecta.

--Tampoco; nunca me fijo en los rótulos de los frascos.

--Pues yo, después de haber probado las principales marcas, me he
decidido por la de María Farina. Es la que he hallado mejor. Sus
perfumes son menos intensos que los de otras casas, pero son mucho más
delicados. Debemos exceptuar, sin embargo, la rosa blanca que, como
usted sabrá seguramente, es privilegio especial del célebre Hakinsson.
La rosa blanca y el azahar son los únicos perfumes que tomo ahora de
esta casa.

Siguió la conversación de los perfumes por algún tiempo todavía, muy
animada por parte de Octavio, que parecía hallarse en terreno firme y
abierto; lánguida y cortada por parte de la condesa que, como había
dicho, no era inteligente en este ramo. D. Primitivo y sus secuaces
habían entrado ya en la pomarada, y nuestra pareja siguió el ejemplo. Al
llegar á la puerta tropezaron con miss Florencia y los niños. La condesa
dirigió á aquélla una sonrisa. El aya permaneció grave y se inclinó
profundamente dejándoles paso.

Era la pomarada un campo vasto, donde los árboles estaban tan espesos y
habían adquirido tal desarrollo, que el sol no conseguía, sino después
de mucho trabajo, introducir en él algunos delgados rayos. Los manzanos
son árboles de poca imaginación. En vez de gastar sus fuerzas
estérilmente en subir hasta mecerse en las nubes, procuran buenamente
redondearse, ocupando el mayor pedazo posible de este miserable planeta.
Mas al desenvolver su personalidad libremente en el tiempo y el espacio,
nunca dejan de molestar al vecino, de lo cual resulta siempre una bóveda
más sólida y espesa que fantástica. Algunos de ellos tanto descendían en
sus aspiraciones, que tocaban con las ramas á la tierra formando
glorietas naturales, frescas, sombrías, mullidas. Á pesar de los
esfuerzos inauditos que el sol había hecho durante todo el día para
templar sus ardores en la frescura del césped, éste se hallaba todavía
húmedo. Los lindos zapatos de la condesa, que se hundían en él como dos
ratones, aparecían mojados cada vez que levantaba el pie. Dentro de
aquella bóveda enana zumbaba una muchedumbre de insectos, que empezaban
á sentirse inquietos por la marcha cada vez más precipitada del sol. Á
veces se percibía un ruido leve y sordo entre las ramas, y veíase un
pájaro salir de un árbol y posarse en otro cercano. Los árboles no
derramaban aroma, porque los frutos estaban aún demasiado verdes: en
cambio, el suelo exhalaba olor fuerte de tierra húmeda. En uno de los
ángulos de la pomarada se veía una gran mancha de sombra. Era que el sol
estaba besando ya la cima de las colinas y empezaba á abandonar el
valle.

Á todo esto, D. Primitivo había sacado de las profundidades de su gabán
una enorme podadera, y prodigaba minuciosos cuidados á los manzanos,
hacia los cuales se sentía atraído por simpatía irresistible. Aquí le
cortaba un renuevo á uno, más allá le quitaba un caracol á otro, en otra
parte levantaba un rodrigón que se había caído, etc., etc. El procurador
pasaba cerca de ellos como el soplo de la Providencia.

Octavio seguía al lado de la condesa y conversaba con ella sobre cosas
indiferentes, alusivas unas veces á los objetos que tenían á la vista,
otras (las más) á las particularidades de la vida cortesana, que el
joven parecía conocer tan bien como la dama. El rostro y los ademanes
del señorito no correspondían en un todo á la materia de la
conversación. Decía todas sus frases en tono tan insinuante y se
mostraba tan turbado, que cualquiera podría creer, observándole de
lejos, que estaba haciendo una declaración de amor. Siempre le pasaba lo
mismo cuando hablaba con las mujeres. Su fisonomía sonriente, ruborosa y
expresiva con exceso, le había hecho pasar por novio de casi todas las
damiselas á quienes se había acercado en su vida. Claro está que tales
presunciones no tenían fundamento positivo; pero quizá si penetrásemos
en los misterios de la psicología, hallaríamos disculpa para la ligereza
de los vecinos de Vegalora. Porque hay en ciertos temperamentos un fondo
tan grande de materia amorosa (si se permite esta singular locución),
que no necesita más que un leve motivo para mostrarse en la superficie.
El amor reposa en estos temperamentos como una masa de polvo colorante
en el fondo de un vaso de agua; así que se agita, toda el agua queda
teñida. El hecho aparente era que nuestro amigo ni se enamoraba ni se
declaraba á las mujeres que tenía cerca, pero en realidad, hacía uno y
otro. Su plática, pues, con la condesa tenía mucho de dúo amoroso.
Cuando decía, verbigracia: «Se está usted humedeciendo los pies,
condesa», la traducción exacta de la frase, que se dibujaba en sus ojos,
era: «De qué buena gana, señora, se los secaría con mi aliento». Se
había quitado el sombrero, y jugaba con él entre las manos afectando una
posesión de sí mismo que estaba lejos de sentir. Llevaba en la boca un
clavel blanco salpicado de manchas rojas, y lo mordía con displicencia
digna de un socio del Veloz Club. De vez en cuando volvía el conde la
cabeza y le dirigía una sonrisa afectuosa, á la cual nunca dejaba de
contestar el mancebo con un saludo familiar.

--Es muy bonito ese clavel que lleva usted--dijo la condesa, mientras lo
admiraba sinceramente con los ojos muy abiertos.

Octavio lo quitó precipitadamente de la boca.

--Si no fuese porque ya está mordido, tendría placer muy grande en
dárselo... Pero, en fin, le quitaremos un poco del tallo... (al mismo
tiempo cortaba la parte que había estado en la boca). ¿Lo acepta usted
así, condesa?

--Con mucho gusto. Mil gracias.

Estaban ya próximos á la empalizada que circuía la finca, y para no
volver por el mismo sitio empezaron á caminar al lado de ella. Apenas
habían dado algunos pasos, cuando sintieron por la parte de fuera un
aliento jadeante, y vieron en lo alto de la estacada la cabeza de un
perro, el cual cayó inmediatamente á sus pies y se puso á ladrarles, sin
atender á las razones de don Primitivo, que le decía:

--Ven acá, Canelo... ¿No me conoces, Canelo?... ¿Dónde está tu amo,
Canelo?...

El perro recordó que ya había visto aquella cara en otra parte, pero no
quiso dar su brazo á torcer ni confesar que se había equivocado, y
siguió ladrando, aunque sin gana y por compromiso.

--¿Qué es eso, Canelo?... ¿Te olvidas de los amigos?...

--_Guau, guau, guau._

--¿Dónde dejaste á tu amo, Canelo?

--_Guau... guau._

--¿Venís de caza, Canelo?

--_Guau..._

Por detrás de la empalizada empezó á asomar una escopeta de dos cañones,
y se vió un sombrero de grandes alas que ocultaba á medias el rostro de
un joven moreno, el cual, con mucha presteza y agilidad, pasó ambas
piernas por encima de las puntas de las estacas, y dando un salto quedó
en pie delante del conde.

--¡Hola, Pedro! ¿De dónde vienes?

--Señor conde, fuí á matar un zorro que me dijeron andaba por la mata
del tío Bonifacio. En cosa de ocho días le zampó tres gallinas.

--¿Y lo traes?

--Sí, señor; aquí está vivo todavía. No le tocaron más que algunos
perdigones en esta pata... ¡No se acerque usted, señora condesa, que
estos animales son muy traidores!

--Hola, caballerito--dijo el conde dirigiéndose al zorro, que colgaba de
la espalda de Pedro.--¿Conque entretiene usted sus ocios engulléndose
las gallinas del vecindario? ¿Y se figuraba usted que sus proezas no
habían de tener fin jamás?

--Este Pedro--dijo el cura--es un buen muchacho... es un buen muchacho.
Nos va despejando la comarca de alimañas. Señor conde, tiene usted una
alhaja en este muchacho... sobre todo es mozo formal y de palabra.

--Señor cura, si no fuí á ayudarle á usted á arreglar la huerta, fué
porque estos días anduve muy ocupadado preparando las cuentas...

--Bien, hombre, bien; yo no te he preguntado nada. No hago más que
referir tus méritos y cualidades al señor conde.

--Es que entiendo bien las indirectas.

--Pedro, deja aquí el zorro y vé á casa por un poco de paja ó hierba
seca.

--¿Qué es eso, le quiere usted hacer cama á ese bicho?--preguntó D.
Primitivo.

--Sí; le quiero hacer un lecho cómodo para que se cure.

No tardó Pedro en llegar con una muy bastante cantidad de hierba entre
los brazos, y así que la dejó en el suelo, ordenóle su señor que colgase
el zorro por las patas traseras de la rama más baja de uno de los
árboles. La condesa, mientras se practicaba esta operación, alejóse
velozmente del grupo y se perdió pronto de vista entre los árboles.
Mandó en seguida el conde colocar la hierba debajo del zorro, y sacó del
bolsillo una preciosa fosforera de oro.

--¡Hola, señor conde, intenta usted hacer un auto de fe? Ya concluyeron
esos tiempos ominosos... ya concluyeron esos tiempos ominosos. El zorro
le va á llamar á usted oscurantista, y con razón, sí señor... y con
razón.

El conde se bajó sonriendo y aplicó un fósforo encendido á la hierba.

El zorro, colgado boca abajo, permanecía inmóvil, y nadie le tuviera por
vivo á no ser por sus ojos abiertos que giraban lanzando miradas
recelosas á los espectadores. La sonrisa de éstos le contrariaba
visiblemente. Empezaban á sonar los chasquidos de la hierba y el fuego
iba cundiendo poco á poco por lo más interno del montón, que lanzó una
bocanada de humo espeso. El zorro quedó envuelto por un instante y se le
escuchó estornudar.

--Ya le sube el humo á las narices, señor conde--dijo D. Primitivo.

El viento disipó el humo espeso, y el montón comenzó á arrojar una
columnita de otro azulado y trasparente. Quedó el zorro al descubierto,
y observáronse en él señales de una inquietud que iba en aumento. Todos
le contemplaban curiosamente y sin quitarle ojo, excepto Pedro, el cual,
ajeno totalmente al espectáculo, se ocupaba en sacar el cartucho quemado
de la escopeta y en arreglar sus llaves. Una llama brotó súbito de la
hierba y rozó el hocico del animal, que sacudió la rama con violencia.

--Ya le come, ya le come, por do más pecado había--dijo riendo el cura.

Tornó á brotar la llama con más fuerza y esta vez se detuvo algún tiempo
en el hocico del zorro, que lanzó un chillido áspero, ridículo.

El Canelo comenzó á ladrar furiosamente y fué necesario que su amo le
diese un par de puntapiés para hacerle callar. Los espectadores
acogieron con algazara el chillido del animal. El conde no hizo más que
sonreir. Por tercera vez salió la llama del montón, próximo ya á
convertirse en hoguera, y envolvió con una horrenda caricia la cabeza
del zorro, el cual, tratando de huirla, principió á enroscarse, lanzando
al mismo tiempo continuos chillidos. El perro, sin hacer caso de los
puntapiés de Pedro, no cesaba de ladrar y aullar, corriendo de un lado á
otro, unas veces acercándose á la hoguera con las orejas tiesas y los
pelos erizados, marchando otras á ocultarse entre las piernas de alguno
de los presentes. La algazara había ido cesando poco á poco en el
concurso. Los rostros quedaron completamente serios. El conde seguía
sonriendo como antes. Quemaba ya la hierba por todas partes y
chisporroteaba arrojando pavesas inflamadas que se apagaban
instantáneamente y caían convertidas en ceniza. El día estaba
concluyendo. La mancha negra de la esquina se había extendido cual si
fuese aceite por toda la pomarada. Así que la luz de la hoguera trazaba
círculos luminosos en ella y corría á veces impetuosamente por debajo de
la bóveda iluminando una gran extensión y prontamente se replegaba
abandonando el campo á la sombra. Veíanse reflejos vivos y fugaces en
las hojas de los árboles y sentíase en el rostro el calor abrasante de
las llamas. El desgraciado zorro seguía enroscándose y retorciéndose
para salvar su cabeza, pero el fuego le tostaba el lomo cruelmente. Un
hedor irresistible de pelo quemado se esparció por la atmósfera. El
dolor arrancaba al pobre animal gritos cada vez más extraños y
penetrantes que resonaban de un modo siniestro en el silencio de la
pomarada. Á estos gritos desgarradores respondían lúgubremente los
aullidos del perro que daba vueltas en torno de la hoguera, espantado y
trémulo.

Un espectador se desplomó y cayó con ruido sordo sobre el césped. Todos
acudieron á aquel sitio. Era el señorito Octavio que se había desmayado.
Inmediatamente que lo levantaron recobró el conocimiento.

--No es nada, no es nada... muchas gracias... Me pasa esto con
frecuencia.

D. Primitivo sacó de las reconditeces de su faltriquera un vaso de metal
y corrió á un charco que estaba próximo. Cuando llegó con el vaso lleno,
el joven estaba ya de pie y hablaba serenamente con el conde. Mas D.
Primitivo no quiso perder el viaje y acercándose cautelosamente á él,
sin darle aviso alguno le encajó toda el agua en mitad del rostro.
Octavio quedó un instante sin respiración.

--Muuuchas gracias, D. Primitivo... No... había necesidad...

Aunque trató de secarse inmediatamente con el pañuelo, no pudo evitar
que una regular cantidad de agua le entrase entre el cuello de la
camisa y la carne, lo cual le produjo escalofríos y estornudos para buen
rato.

El fuego había quemado en tanto la cuerda que sujetaba el zorro al árbol
y el animal había desaparecido ya en la hoguera. Las llamas fueron
decreciendo poco á poco y presto no hubo allí más que un montón de
cenizas.

--Me parece que es hora de ir aproximándonos á nuestro asilo--dijo el
licenciado Velasco de la Cueva.

--Tiene usted razón, D. Juan--repuso don Marcelino;--la noche se viene
encima, y de aquí á Vegalora todavía hay un paseíto.

Se pusieron todos en marcha hacia la casa. Á los pocos pasos hallaron á
la condesa, que salió de entre los árboles con un niño de la mano y el
clavel de Octavio en la boca. Esta vez sintió nuestro joven un fuerte
escalofrío de placer que le indemnizó con creces de los tormentos que le
había hecho sufrir el agua de D. Primitivo. Acercóse rápidamente á la
dama y se puso á darle cuenta de su desmayo.

--No puede usted figurarse, condesa, lo impresionable que soy. Es
desgracia nacer con un temperamento como el mío. El médico me dice que
soy un manojo de nervios y que debo evitar todas las emociones vivas, lo
mismo las tristes que las placenteras... Pero si he de huir las
últimas--añadió después de breve silencio y fijando sus ojos tímidos en
la condesa--es preciso que no vuelva á parecer por aquí.

--¿Y por qué?

--Porque... la impresión que usted me causa es demasiado placentera.

--¿Sabe usted que sin salir de Vegalora es usted ya un cortesano
perfecto?

Octavio sintióse aún más lisonjeado por estas palabras que por el buen
sitio que la condesa había otorgado á su clavel, y mientras caminaban en
dirección á la huerta se enredó en un laberinto de explicaciones
metafísicas sobre las diferencias y afinidades que existen entre la
galantería, el amor, la amistad, la simpatía, etc., etc. Mientras tanto
D. Primitivo se enteraba con profunda sorpresa de que Pedro no había
tocado siquiera en el cuadro de las lechugas. El procurador se guardó de
comunicar la noticia á sus compañeros, y cuando llegaron á la huerta y
se encontró frente á las malhadadas lechugas, que habían tenido la
audacia de espigar _motu proprio_, bajó la cabeza y pasó de largo sin
conocerlas.

--Adiós, señor cura, mañana pasaré á verle en su rectoral. Adiós, D.
Primitivo. Adiós, señor Rodríguez, que no deje usted de visitarnos con
frecuencia. Adiós, D. Juan. Adiós, D. Marcelino.

Octavio se había quitado un guante apresuradamente, y al dar la mano á
la señora de la casa le dijo en voz baja:

--¡Qué felices son algunos claveles, condesa!

Todos partieron. El cura les dejó á la salida del villorrio y emprendió
el camino pendiente y tortuoso de la rectoral. Los cuatro vecinos de
Vegalora siguieron la calle de avellanos que conducía al río, salvaron
el puente, y una vez en la carretera fué asunto de pocos minutos el
poner el pie en la villa. Octavio apenas despegó los labios en todo el
camino. Una nube de pensamientos flamígeros daba vueltas en torno de su
cabellera y le impedía ver las que se cernían en las alturas, besadas
suavemente por los moribundos rayos del sol. ¡Qué cara pondrían los tres
graves señores que marchaban á su lado si dijese en alta voz lo que iba
pensando!

En una de las calles dejaron á D. Primitivo, que se metió en su casa.
Más adelante al licenciado Velasco de la Cueva. Por último llegaron á
casa de D. Marcelino. La tienda estaba ya iluminada.

--¿No ve usted qué amigos son de la claridad en mi casa?--exclamó el
tendero en tono que no expresaba ninguna satisfacción.--¿Quiere usted
pasar, D. Octavio? No tardará la gente en llegar.

--Con mucho gusto. Pase usted, D. Marcelino.

--Pase usted, D. Octavio.

--Pase usted, D. Marcelino.



V

La tienda de D. Marcelino.


Aunque mucho más clara de lo que su amo hubiera deseado á tales horas,
la tienda no era, á decir la verdad, un farol veneciano. Toda su
iluminación se reducía á una lámpara de petróleo colgada en el centro de
la estancia sobre el mostrador. Y como quiera que la tienda era grande y
la lámpara tenía pantalla, su luz blanca y crecida, en forma de
mariposa, no conseguía traspasar los polvorientos cristales de los
armarios. Si no supiéramos, pues, hace tiempo, que D. Marcelino
comerciaba en paños y bayetas, no era fácil que ahora nos informáramos
del contenido de tales armarios. El mostrador iba de una á otra pared á
lo ancho y era oscuro, y estaba resplandeciente por el uso lo mismo que
si lo acabasen de barnizar. Había clavadas en él algunas monedas
falsas, y en uno de sus extremos se veía una pecera sucia por la cual
nadaban algunos pececillos colorados. Detrás del mostrador, y en un
rincón de la tienda, una mesilla rodeada por un enrejado de madera
pintada de verde. Era el escritorio; el paraje más temible y peligroso
de la comarca. Decía Paco Ruiz á sus amigotes del café que prefería ir á
medianoche al cementerio á llegarse á las doce del día al escritorio de
D. Marcelino.

El contenido oficial (digámoslo así) del establecimiento, y por el que
D. Marcelino pagaba su contribución, si es que la pagaba, que no estamos
seguros, eran los paños y las bayetas. Mas podemos afirmar, bajo palabra
de honor, que un día hemos visto entrar á un niño pidiendo media libra
de fideos y se la dieron; otro día entraron varios jóvenes por cohetes y
salieron con ellos; y, finalmente, en cierta ocasión entró una mujer
pidiendo sanguijuelas y observamos que satisfacían su demanda. Y si D.
Marcelino no era exclusivo en la naturaleza y circunstancias de sus
mercancías, fuerza es confesar que aún lo era menos en el carácter y
opiniones de los tertulios que cotidianamente invadían su tienda. Allí
acudían, como todo el mundo sabe, personajes tan arcaicos y retrógrados
como D. Primitivo, don Juan Crisóstomo, el cura de Vegalora y el de la
Segada; conservadores partidarios del justo medio como D. Lino Pereda,
D. Ignacio Valcárcel y otros; liberales templados como D. Baltasar
Rodríguez, el juez y el promotor fiscal, y, por último, republicanos
federales socialistas con todas sus consecuencias como Paco Ruiz y su
sabio amigo el joven _krausista_ Homobono Pereda, hijo de D. Lino.
Fáciles son de presumir los zipizapes de que sería teatro en muchas
ocasiones el establecimiento de D. Marcelino. Por fortuna éste tenía la
saludable costumbre de dar la razón á todos y cada uno de los
contendientes. De esta suerte nadie se encontraba solo en la defensa de
ninguna causa y la irritación nunca podía alcanzar un grado peligroso.

Cuando nuestros amigos penetraron en la tienda, las únicas personas que
en ella había eran D.ª Feliciana y su hija Carmen cosiendo debajo de la
lámpara, y Paco Ruiz sentado sobre el mostrador con las piernas colgando
hacia fuera, que se balanceaban suavemente como dos péndulos.

--¡Hola! ¿Vienen ustedes de visitar á la ilustre familia de los
Trevia?--dijo Paco Ruiz, que era un mozo guapo y arrogante, de ojos
negros expresivos, barba recortada y que á la sazón mordía, cerrando los
ojos voluptuosamente, un magnífico cigarro habano.

--Sí, venimos de la Segada.

--¿Repartían por allá monedas de cinco duros?

--Lo que se repartía cuando fuimos era un sol magnífico capaz de
derretir las piedras.

--¿De manera que usted cree que yo no debo ir á la Segada?

Paco Ruiz dijo estas palabras con gravedad cómica. D.ª Feliciana y
Carmen rieron.

--¡Siempre ha de ser usted el mismo!--repuso D. Marcelino un poco
amoscado levantando la tabla del mostrador para entrar.

Efectivamente, Paco Ruiz siempre era el mismo, esto es, siempre era un
joven más chistoso que afable y más desvergonzado que chistoso.
Pertenecía á una antigua aunque arruinada familia de Vegalora. Para
subvenir á sus muchas necesidades no tenía otras rentas que el tresillo,
el golfo y el monte, en cuyos juegos, al decir de la villa, era un
asombro de habilidad. Cinco ó seis horas de casino todos los días le
bastaban para gastar más con su persona que otros muchos con toda su
familia. Vestía con lujo, pero caprichosamente y sin someterse á la
moda: traía sortijas de valor en los dedos y fumaba los mejores cigarros
de la provincia. ¿Por qué era republicano? Nunca hemos acertado á
comprenderlo. Verdad que se reía de las preocupaciones nobiliarias y
decía muy buenos chistes á propósito de los conservadores; pero con todo
eso, puede dudarse que hubiese en el fondo hombre más orgulloso y
linajudo que Paco Ruiz. Es posible que este muchacho encontrase muy
original el ser demócrata perteneciendo á una familia aristocrática, y
que sólo buscando la belleza de tal contraste hubiera venido á dar con
sus huesos en el partido liberal más avanzado.

Octavio pasó también con D. Marcelino al interior de la tienda y se
sentó al lado de Carmen, y le dijo en voz baja algo al oído. La niña le
respondió igualmente en voz baja, con mucha amabilidad.

Carmen era una niña hermosa, infinitamente más hermosa que su padre.
Acababa de cumplir los diez y ocho años, y era blanca como la leche y
rubia como el oro. Su madre también lo era. Tenía los ojos azules,
oscuros y profundos como el mar, y como en éste, también fingía la mente
detrás de su misterio palacios encantados de cristal y jardines
deslumbradores. ¡Parecía increíble que tal pimpollo fuese hijo del
puerco espín de D. Marcelino! Cuando más niña, la llamaban en la villa
_el angelito_. Ella se incomodaba mucho y solía venir á casa llorando
cuando al salir de la escuela los chicos la seguían apodándola de este
modo. En efecto, era difícil imaginarse nada más lindo y más aéreo que
Carmen á los doce años. Con la edad, y al hacerse mujer, los contornos
celestes y angélicos se habían borrado un tanto, pero nada había perdido
por eso su belleza. Sobre las líneas puras y gloriosas del querubín, la
naturaleza había trazado otras más curvas y terrenales que le iban á
maravilla.

Además, tenía un modo de mirar dulce, rápido y lleno de timidez que
seducía á la gente joven de la villa. Cuando lanzaba una de esas miradas
fugaces y vivas como un relámpago de estío, parecía que el alma se
asomaba un instante á los ojos, poníase al tanto de todo y se entraba
otra vez, y velozmente, en su retiro. Hablaba poco y sonreía á menudo.
Los tertulios viejos de D. Marcelino no tenían boca bastante para
elogiar su modestia y afabilidad. Los jóvenes no hallaban términos
suficientes para exaltar su belleza.

--Conque diga usted, D. Marcelino, y no se ofenda, ¿el conde viene tan
loco como se fué?

--Vaya, vaya, veo que está usted de mejor humor que yo.

--Me han contado cosas graciosas de su vida en Madrid. Últimamente le ha
dado, según me han dicho, por bañarse todos los días en una porción de
aguas, hasta que la última quede siempre tan cristalina como antes de
meterse en ella. El mejor día le van á salir escamas al pobre señor,
aunque ya me parece que vive escamado... y hace bien, porque su mujer
vale lo que pesa.

--Vamos, Paco, no sea usted malo--exclamó D.ª Feliciana con una mueca
que revelaba la influencia fascinadora que sobre su alma ejercía la
murmuración.

--Si usted fuera á dar crédito á todo lo que se dice, Paco--añadió D.
Marcelino,--pasaría la vida escuchando necedades.

--Pero, hombre de Dios, ¿quiere usted decirme á mí lo que es ese
caballero? ¿Pues no le he visto soltar un tiro á una yegua que le había
costado diez mil reales, porque se le encabritó cerca del puente nuevo?
¿Y no recordamos todos cuando andaba por esas calles vestido de dril
blanco en el mes de Enero?

--Á mí me contó Dolores, la doncella que dejaron aquí--apuntó D.ª
Feliciana,--que recién casado con Laura la obligaba á sentarse en una
mecedora y él se sentaba frente á ella en otra, y pasaba horas enteras
meciéndose, sin quitarla ojo.

--¡Estaría divertido, como hay Dios!... Pero eso también lo hacía D.
Marcelino con usted.

--¡Ya lo creo! Nosotros los plebeyos no podemos darnos el gusto de tener
extravagancias como ustedes los aristócratas.

--¡Adiós! Ya se enfadó D.ª Feliciana.

--¡Buena tonta sería en enfadarme por una simpleza como ésa! Me parece
que ya debía estar acostumbrada á sus ocurrencias.

--_Nosce te ipsum_, D.ª Feliciana. Usted está enfadada y no lo conoce.
Meta usted la mano en el pecho y se hará cargo...

--¡Cállese usted, hombre!--exclamó la señora riendo.--Á usted hay que
meterlo en salmuera para que no se pierda.

--Está visto, D.ª Feliciana no puede enfadarse conmigo.

Y así era la verdad. El espíritu de aquella señora guardaba en sus
adentros notables afinidades con el del jugador. Ambos se comprendían
admirablemente. Para D.ª Feliciana, encerrada noche y día detrás del
mostrador y ocupando todas las horas de su existencia en ir levantando
poco á poco y ochavo á ochavo la fortuna de su marido, Paco Ruiz, con
sus dichos picarescos, á los cuales daba realce la constante gravedad de
su fisonomía, representaba el teatro, el baile, las joyas, los vestidos;
todo lo que constituye el recreo y á menudo la felicidad de una mujer.
Para el jugador, D.ª Feliciana era un ser despreciable, como todos los
de la creación, pero que le comprendía, alcanzando el valor de sus
frases. En muchas ocasiones, pues, y cuando se enredaba en los pliegues
de un _humorismo_ harto sutil, Paco se veía en la necesidad de hablar
sólo para doña Feliciana. El resto de la tertulia adivinaba de un modo
vago la malignidad de que estaban cargadas las palabras, pero no iba
hasta el fondo de su significado.

Llegó, en esto, á la tienda un señor como de sesenta años de edad, alto,
delgado, vestido todo de negro y con sombrero de copa. Y á propósito de
los sombreros de copa, hay que decir que en Vegalora sólo había siete
personas que lo gastasen á diario, entre las cuales se contaban el
licenciado Velasco de la Cueva, el juez, D. Ignacio Valcárcel y el
caballero de las patillas blancas, que ahora da las buenas noches á los
presentes con una reverencia protectora que indica claramente la enorme
respetabilidad de que gozaba.

--Buenas noches, D. Lino--dijo Paco.--¿Dónde ha dejado usted á Homobono?

D. Lino tosió dos ó tres veces, se sentó con mucha calma y se dignó
responder al cabo de algunos instantes:

--Homobono, entregado al estudio con harto más ahinco de lo que aconseja
la higiene y la prudencia, no vendrá hasta dentro de un rato.

--Tiene usted un hijo de mucho provecho, don Lino. Bien que, siendo
republicano, no hay para qué añadir que es un joven excelente.

D. Lino tosió otras tres veces y dejó trascurrir bastante espacio entre
la tos y el discurso.

--¿Qué se os alcanza á vosotros todavía sobre los altos asuntos de la
política? Como sois unos muchachos (Paco tenía treinta años), camináis
desenfrenados persiguiendo un ideal de todo punto imposible. (D. Lino
vuelve á toser y prosigue su oración firme y pausadamente, como hombre
que posee una renta de cinco mil duros en bienes raíces.)--¿Nunca
observasteis cómo el hombre que corre mucho para llegar á un punto á
menudo cae y se inutiliza y no consigue jamás su propósito? ¿Y cómo el
que á su lado camina lenta pero seguramente suele dar cima á su empresa
y logra ver colmados sus deseos?...

--Pero, D. Lino, ese argumento no tiene fuerza, porque...

--Espera, hombre, espera; déjame terminar; los jóvenes sois muy
precipitados. (Nueva y prolongada pausa.) Pues de la misma suerte que
entre estos dos caminantes el segundo es el juicioso y el primero el
insensato, y el uno consigue su intento, mientras el otro derrocha
estérilmente sus fuerzas y las consume, así en el gobierno de las
naciones...

Enredóse una discusión política que se prolongó bastante tiempo.
Repitiéronse hasta la saciedad todos los lugares comunes que á la sazón
llenaban las columnas de los periódicos.

Si á D. Lino le faltase este cachito de discusión que por su edad y
prestigio venía siempre á reducirse á un monólogo conservador, no
tendría ganas de cenar al irse á casa. Paco Ruiz lo respetaba mucho más
de lo que podía esperarse de su carácter díscolo y desvergonzado, lo
cual no sabemos si procedía de la amistad que le unía á su hijo Homobono
ó de otra mayor razón.

Durante la discusión de Paco y D. Lino, fueron entrando en la tienda y
sentándose en los bancos forrados de gutapercha algunas figuras
silenciosas, que resultaron ser las del juez, don Ignacio Valcárcel, el
promotor, el médico y otros dos caballeros.

Callaron buen rato y atendieron á las razones que ambos contendientes se
arrojaban al rostro; pero observando su escasa ó ninguna novedad, se
pusieron á hablar entre sí. D. Ignacio fué el primero que se volvió
hacia sus compañeros entablando conversación.

No le gustaba escuchar, según decía, sino cuando le enseñaban algo. Por
eso él, siempre que hablaba vertía raudales de ciencia enseñando á sus
oyentes á qué hora se había levantado, si el chocolate le había
producido algún ardor en el estómago, cuál era su paseo favorito, si
las últimas botas que le hicieron habían resultado buenas, en qué
postura dormía más á su gusto, etc., etc. Estos conocimientos no salían
de la esfera de su personalidad. Si D. Ignacio fuera un poeta inspirado
ó un gran filósofo ó un estadista notable, tendrían, á no dudarlo,
bastante importancia, sobre todo cuando se tratase de escribir su
biografía; pero, desgraciadamente, no sentía ninguna afición á las
musas, odiaba á los filósofos, y en cuanto á la política, quedaba
reducida su actividad á leer _El Tiempo_, por lo cual no diremos más de
su carácter ni de la influencia que ha ejercido sobre su siglo.

Un grupo de mujeres, abrigadas con mantones grises y envuelta la cabeza
en sereneros de estambre de varios colores entró en la tienda,
animándola repentinamente con una ráfaga de saludos y movimientos
desordenados. D.ª Feliciana y Carmen se levantaron y salieron á
recibirlas. Hubo por breve rato besos sonoros en las mejillas, risas
descompasadas y preguntas sin fin. Todas aquellas señoras querían hablar
á un tiempo, todas tenían en su cabeza un mundo de pensamientos
referentes á si habían salido ó no de casa el día anterior, á si habían
traído el calzado fuerte por causa de la humedad, á si habían cenado
primero que otras noches ó si estaban acatarradas ó no habían tenido
humor para peinarse, etc., etc., que necesitaban echar fuera cuanto más
antes y sin darse punto de descanso. Ya un tanto sosegadas, D.ª
Feliciana propuso que se pasara á la trastienda, y allá se fueron las
hembras acompañadas de Paco Ruiz, el promotor y Octavio. Los caballeros
quedáronse en sus puestos. Y es fama que en toda la noche el infeliz D.
Ignacio no pudo aprender nada, gracias á la prodigiosa facundia de D.
Lino.

Una vez en la trastienda, que era una sala cuadrada bastante sucia,
vestida de estantería de madera llena de piezas de paño y sembrada,
sobre todo hacia los rincones, de multitud de objetos polvorientos y
enmohecidos, las señoras se despojaron de sus abrigos. En el centro
había una gran mesa cubierta con tapete azul, y colgando sobre ella una
lámpara idéntica á la de la tienda. Sentáronse todos con gran algazara
moviendo las sillas mucho más de lo necesario. Octavio se sentó al lado
de Carmen, sin que nadie se acordase de disputarle el sitio, antes por
el contrario, se observó por varias de las señoras que D.ª Feliciana,
distraídamente sin duda, soltó velozmente la silla que tenía cogida al
lado de la de su hija cuando nuestro joven se acercó á ella.

--Venga esa bolsa, Carmelita--dijo Paco, que andaba dando vueltas
alrededor de la mesa, metiendo la cabeza entre las señoras, hablando y
riendo con todas;--¿dónde la ha puesto usted?

--Ahí, en el segundo estante, á la izquierda... cójala usted.

--Señoras, yo llevo la voz cantante esta noche. Les participo que he
tomado antes de venir dos huevos crudos. Ninguna de ustedes está en
situación de hacerme la competencia. Daré el do de pecho y haré algunas
_fermatas_ de última novedad.

Sacó de la enorme bolsa de percal un enjambre de cartones de lotería y
los dejó sobre la mesa. Las señoras se apresuraron á tomarlos y ponerlos
delante de sí, uniéndolos simétricamente. Después sacó un plato de metal
que quedó fijo en el centro.

--Vamos, señoras, dinero al plato--dijo doña Feliciana.

Los tertulios fueron sacando de sus faltriqueras un crecido número de
monedas de cobre y otro mucho más escaso de plata.

--Yo no tomo hoy más que un cartón--dijo una señora que tenía cara de
lagartija.--El domingo perdí seis reales... Ahí va un perro chico.

--Doña Demetria--apuntó Paco,--es usted muy desgraciada en el juego.
Debe usted ser dichosa en amores.

--Sí lo he sido, porque nunca tuve un novio tan insignificante como
usted.

--Por más que usted piense otra cosa, doña Demetria, sigo creyendo que
usted y yo haríamos una pareja muy linda... Ya sabe usted que en cuanto
esos labios de coral pronuncien el ansiado sí, encargo el _trousseau_ á
Madrid... ¿Le gustan las camisas abiertas, D.ª Demetria?

--Vaya, vaya, callen los novios y empiece ya á cantar--manifestó D.ª
Feliciana.

--Vamos allá.

Paco empezó á remover con mucha prisa y donaire la bolsa. Las bolas de
madera de boj que había dentro produjeron un ruido desagradable.

Octavio acercó la boca al oído de Carmen y le dijo suavemente en voz muy
baja:

--¿Te has acordado de mí hoy?

La niña sonrió y siguió mirando para los cartones que tenía delante.

¡Hola, hola! ¿Pero el señorito Octavio es novio de la niña de D.
Marcelino? ¡Quién lo hubiera pensado hace pocas horas al verle tan
rendido y melifluo al lado de la condesa de Trevia! Y no es un novio
cualquiera, según todas las señales, sino un novio consentido y aceptado
por los padres; un novio oficial. ¡Qué bien se conoce que D. Baltasar
Rodríguez ganó mucho dinero á la abogacía y aún más con algunos negocios
de minas en que estaba metido! D. Marcelino poseía un buen capital, pero
tenía varios hijos, mientras D. Baltasar acumulaba riquezas para uno
solo. He aquí el secreto de que nuestro señorito se hallase sentado tan
á sus anchas al lado de la hermosa Carmen.

--Esta noche he soñado--continuó Octavio en voz apenas perceptible--que
te habías muerto. Estabas tendida sobre un lecho de hojas de laurel y
sándalo y tenías ceñida la frente por una corona de azahar. Tu madre me
llevó de la mano adonde yacías y me dijo: «Mira qué hermosa está; ¡si
parece que está dormida!» Yo me incliné sobre ti y te contemplé algún
tiempo y se me saltaron las lágrimas. Mis lágrimas cayeron sobre tu
rostro y levantaste la cabeza con un movimiento rápido, «¡Está viva,
está viva!» gritó tu madre...

--¡Sabes que sueñas unas cosas divertidas! Habrías cenado fuerte.

--Entonces yo me incliné aún más, mucho más, metí las manos suavemente
por debajo de tu cabeza y la aproximé mucho, muchísimo á la mía. Después
hice una cosa que quisiera estar haciendo á todas horas...

--¡Qué tonto eres!--dijo la niña ruborizándose.

--El once; el cuarenta y tres; el setenta pelado, y revuelvo--gritó
Paco.

Mientras agitaba las bolas, todas las miradas se posaron en los dos
amantes, que instantáneamente dejaron de conversar. Paco volvió á sacar
y á gritar los números.

--¿Me quieres mucho?

--¿No te lo he dicho bastantes veces? Ya debías estar cansado de
saberlo.

--Díme, cuando te despiertas por la noche, ¿en qué piensas?

--Yo nunca despierto por la noche, querido. En cuanto apago la luz quedo
como un leño, y si alguna vez, por casualidad, despierto, al día
siguiente no me acuerdo de lo que estuve pensando. Ya sabes que no soy
tan poética como tú... Apunta ese diez y siete que acaba de salir...
Creo que para querer bien no es necesario tener esas ideas románticas.

--Pues yo creo que sí.

--Pues yo creo que no.

--Vaya, no riñamos y mírame un poco. Tú no sabes las cosas que yo veo al
través de tus pupilas azules. Lo más hermoso que existe en la creación
es azul: el cielo, el mar y tus ojos. ¿No has observado qué afición
tengo al color azul desde que te quiero? Mira mi traje; mira mi
corbata...

--El veintiocho; el tres; el cinco; el ochenta pelado, y revuelvo--gritó
Paco.

--Ya tengo terno--dijo D.ª Feliciana.--Oiga, Paco; no ha contado usted á
estas señoras la escena de la llegada de los condes. ¡Si vieran ustedes
qué bien imita á Laura! Es morirse de risa. Vamos, Paco, describa usted
la escena.

--Sí, sí, que la describa--dijeron todos.

--Ahora estamos jugando; más tarde--repuso Paco.

--No, no, ahora--clamaron todos.

El jugador se hizo todavía un poco de rogar; pero al fin, cediendo á las
instancias reiteradas del concurso, dejó la bolsa sobre la mesa y dijo á
D.ª Feliciana:

--Pues bien, ofrézcame usted las rosquillas. D.ª Feliciana se levantó
con la sonrisa en los labios, tomó el plato de los cuartos y se fué
hacia él en ademán humilde y presentándoselo. Entonces el jugador, con
modales grotescos y atiplando la voz, comenzó á remedar á la condesa de
Trevia (que en aquella tertulia se llamaba siempre Laura á secas),
contrahaciendo sus nobles y sencillas palabras y poniendo en caricatura
sus graciosos ademanes. Los tertulios todos, exceptuando á Octavio,
reían con estrépito. Paco Ruiz tomaba con la punta de los dedos, y como
temiendo mancharse, una moneda del plato y figuraba morderla con mucha
delicadeza, diciendo:

--Están muy buenas, D.ª Feliciana; ¿las ha hecho usted? No podía usted
ofrecerme regalo mejor, señora.

Y las frases incisivas y groseras volaban de boca en boca, mientras el
jugador, como un notable comediante, seguía parodiando la escena breve
en la cual aquella D.ª Feliciana que ahora reía con tanto gozo, había
salido á la calle toda sofocada con una bandeja de confites, prodigando
á la condesa las más extremadas y serviles lisonjas. Una señora
exclamaba: «¡Ya lo creo que estarían buenas! ¡Que se acuerde de las que
comía en casa de su padre!» Otra decía: «¡Vaya por Dios, señor; yo con
estas cosas me mareo!» Más allá murmuraba una vieja: «¡Qué mundo éste y
cuántas vueltas da!» Y todas ellas hacían coro con sus risas maliciosas
y sus dichos punzantes á la mímica del jugador, el cual, así que
concluyó de representar la escena, volvió á coger la bolsa y dijo como
hablando consigo mismo en tono entre compasivo y desdeñoso: «Á esta
pobre Laura le sienta el condado como á un Cristo un par de pistolas».
Las señoras lo miraron con respeto y rieron discretamente este chiste
que cerraba la serie de los pronunciados con tal motivo. Octavio dijo á
Carmen en voz baja pero irritada:

--¡Parece mentira que te rías de estas payasadas!

La niña le miró con ojos muy abiertos y asombrados, como si no acertara
á comprender la posibilidad de que fuese malo y feo lo que solazaba á
tanta gente respetable. Desde que tuviera uso de razón no había
escuchado en su tienda otras conversaciones.

--El treinta y dos; el siete; el setenta y uno; la niña bonita...

--Es decir, Carmen--sopló Octavio al oído de su novia, la cual le pagó
con una mirada risueña que sin duda significaba: «¡Acabaras de decir
algo de provecho!»

--Los anteojos de Mahoma; el uno; arriba y abajo...

--¡Alto! ¡alto! ¡alto!--exclamó atropellándose una señora que tenía una
verruga en la nariz y gastaba sortijas de pelo en las sienes.

--Ya principia D.ª Faustina--exclamó D.ª Feliciana con mal
humor.--¡Bendito sea Dios, señora, qué suerte tiene usted!

Mientras se confrontaban los números del cartón con los de las bolas que
se hallaban esparcidas encima de la mesa, tarea que duró buen rato,
porque Paco se complacía en atormentar á la afortunada señora, los
amantes no cruzaron la palabra. Cuando el jugador volvió á agitar la
bolsa comenzó otra vez su arrullo suave.

--Te voy á pedir una cosa.

--¿Qué es?

--¿Me la concederás?

--Díme antes lo que es.

--No, no; quiero que me digas primero si has de concedérmela.

--Mientras no sepa de qué se trata, no te lo puedo decir. Ya comprendes
que si es una cosa que no deba concederte...

--Pues bien, te lo diré; dame un zapatito tuyo.

--¡Ave María Purísima! ¿Y para qué quieres tú eso?

--Para tenerlo guardado siempre como una reliquia en un cofrecito de
cristal y ponerlo al lado de mi cama; para sacarlo cuando me vaya á
acostar y acordarme de ti y darle un millón de besos...

--¡Calla, calla!--exclamó la niña sonriendo ruborizada.

--El diez y seis; el treinta y nueve; el setenta pelado, y revuelvo.

--¡Jesús, qué setenta--interrumpió D.ª Demetria;--ni una sola vez deja
de salir!

--¿Me lo concederás, hermosa?

--No.

--¿Por qué?

--Porque es una suciedad... Apunta ese cuarenta y nueve.

--Todo es límpido y bello tratándose de ti.

--¿Te figuras que soy cuerpo santo? Espera, espera un poco--dijo mirando
para los cartones de Octavio;--has dejado pasar el trece sin dar el
alto.

--¿Qué es eso? ¿qué es eso?--preguntó doña Feliciana introduciéndose en
la conversación.

--Que Octavio ha dejado pasar el trece que le faltaba sin dar el alto.

--Pues ahora ya no tiene derecho--exclamó precipitadamente y lanzando
miradas ansiosas al plato D.ª Faustina.

--¿Y por qué no la ha de tener, si estaba distraído?--repuso D.ª
Feliciana.

--Pues por lo mismo; el juego es juego y se ha de atender á él con
formalidad.

--No se apure usted tanto, señora, que no es puñalada de pícaro. Si
tuviera los cinco sentidos puestos en el cartón, como usted, no le
sucedería eso.

--No se necesita tener puestos los cinco sentidos para apuntar los
números que salen, y es triste gracia que, porque una persona se
distraiga, los demás suframos las consecuencias.

--Más triste es la gracia de ganar una lotería y que otro se la lleve.

--Mire usted--dijo Paco al oído de la señora que tenía á su lado--con
qué energía defiende D.ª Feliciana los perros chicos de su yerno.

D.ª Feliciana comprendió por el movimiento de los labios del jugador y
por la sonrisa de su compañera que había servido de tema á una burla, y
no dijo otra palabra. El juego continuó y volvió á escucharse el cántico
de los números en medio de religioso silencio. Al cabo de unos instantes
D.ª Faustina dió el alto.

Considere el lector lo que entonces pasó por el corazón de D.ª
Feliciana. Si no fuese porque Paco la miraba fijamente y sonriendo, es
seguro que aquella noche D.ª Faustina hubiera oído las verdades del
barquero. Otras cinco veces entraron de golpe las bolas de boj en la
bolsa, y otras tantas salieron una á una y con pausa. Con la vista fija
en los cartones y un grano de maíz entre los dedos, los tertulianos
permanecían silenciosos y atentos, excepto nuestro señorito que á menudo
se inclinaba hacia la oreja nacarada de Carmen para decirle algunas
palabras. Aunque parezca mentira, aquel senado gozaba placeres infinitos
mientras alguno de sus miembros no gritaba «¡alto! ¡alto!» El único que
se aburría soberanamente era Paco, quien procuraba ostentar su
aburrimiento y presentarlo á la tertulia como un nuevo derecho á su
gratitud y admiración. Su grito bronco y desafinado llegaba
perfectamente hasta la tienda y hacía sonreir á los padres graves en los
momentos de silencio. La charla de éstos sólo llegaba á la trastienda
cuando degeneraba en disputa. Á las diez se levantó una señora diciendo
que era muy tarde. Las demás lograron convencerla de que debía esperar
la última lotería. Cuando concluyó, todos empujaron los cartones hacia
adelante. Paco comenzó á tirar granos de maíz á las señoras, que se
alborotaron como gallinas en el corral, y muertas de risa dispararon
iguales proyectiles contra el agresor, quien, haciendo muecas y
contorsiones cómicas, fué á refugiarse en un rincón de la estancia.
Mientras tanto Octavio separaba un lápiz de oro que pendía como dije de
la cadena de su reloj, y volviendo un cartón del revés escribió estas
palabras: «Adiós, dueño mío; voy á pensar en ti». Después presentó el
cartón á su novia. La niña se rió, y pidiéndole el lápiz comenzó á
borrar lenta y cuidadosamente lo escrito.

--Vaya, vaya, que es muy tarde--dijo con impaciencia la señora que
primero se había levantado.

Empezaron á ponerse los abrigos. Paco tomó el serenero de una señora, se
envolvió la cabeza con él y salió de esta traza á la tienda, donde fué
recibido con risas protectoras y benévolas. Las señoras á su vez
chillaban y soltaban carcajadas agudas que provocaban á reir. Hubo, lo
mismo que á la entrada, apretones de manos, besos sonoros y mucho ruido.
Todas las damas hablaban á un tiempo. Octavio aprovechó la confusión
para mandar un beso á su novia con la punta de los dedos. Por fin el
bullicioso grupo salió á la tienda, y de allí, después de haber tomado
en su compañía la parte masculina de la tertulia, á la calle. En la
puerta encontraron á Homobono Pereda, que era un muchacho de veintidós
años con las piernas torcidas y cara de niño llorón. En Vegalora le
llamaban el _Feto_. Acababa de concluir la carrera de Filosofía y Letras
en Madrid y tenía ya escrito y publicado un volumen sobre los _Orígenes
de la vida_; otro, que comprendía sólo la parte general, sobre el _Libre
albedrío_, y un folleto de sesenta páginas titulado _¿Adónde vamos?_ en
el cual se esclarecían de todo en todo las más famosas teorías y
sistemas que han nacido para defender la inmortalidad del alma. D. Lino
deploraba en público «las ideas extraviadas y los sueños» de su hijo,
pero en realidad no dejaba de considerarlo como un milagro y como á tal
lo sacaba á pasear casi todas las tardes por la villa, ofreciéndolo á la
admiración de sus convecinos con la misma unción que el sacerdote al
presentar el Santísimo Sacramento á la vista del pueblo.

--¡Á buena hora llega usted!--dijeron á un tiempo dos señoras, así que
vieron á Homobono.--De seguro estaría usted estudiando... Los libros le
sacan á usted loco.

--No lo crean ustedes--repuso el Feto ruborizándose.--No hice más que
entretenerme un rato... Pensaba venir á jugar, pero se me pasó la hora
sin saber cómo... Aunque ya era tarde, como estaba fatigado, salí á
tomar un poco el fresco... Tengo la cabeza como un horno...

--Eso no puede ser bueno, Homobono--dijo una señora.

--Se está usted matando--añadió otra.

--Todos los extremos son malos--apuntó una tercera.

--¡Sí, sí, estudia, querido,--exclamó Paco Ruiz,--que ya verás cómo te
paga este país!

D. Lino sonreía bienaventuradamente diciendo al promotor «que bueno era
estudiar; que brutos demasiados había en Vegalora». El grupo siguió
marchando por las calles oscuras y mal empedradas, riendo cuando alguno
tropezaba y charlando animadamente. Poco á poco se fué reduciendo el
pelotón por ir deteniéndose cada cual á la puerta de su casa. Octavio no
se fué á la suya hasta después de acompañarlos á todos. Ya sabemos el
trabajo que le costaba despedirse de un concurso. Cuando llegó á ella,
su madre le esperaba y la cena también. D. Baltasar se había ido á la
cama. Durante la cena, madre é hijo hablaron como dos amigos en tono
discreto y confidencial. No diremos lo que hablaron, porque se va
haciendo muy largo este capítulo. Sólo apuntaremos que Octavio llevó
casi todo el tiempo la palabra y que su madre le escuchaba atentamente y
con satisfacción. Los ojos de D.ª Rosario expresaban un orgullo inocente
al posarse sobre el rostro de su hijo, mas lánguido y ojeroso que de
costumbre.

Finalmente, entróse nuestro mancebo en el cuarto donde por la mañana le
encontramos, y mientras se desnudaba perezosamente y arreglaba con
voluptuosidad las cortinas del lecho, no dejó de pensar un instante...
¿En quién, en quién pensaba el hijo único de D. Baltasar Rodríguez? Las
palabras fugaces que se le escapaban una que otra vez de los labios eran
incoherentes. Sólo cuando alzó la ropa del lecho y metió una pierna
dentro se le oyó claramente decir: «¡Que elegancia, qué distinción!» Y
más tarde, cuando apagó de un soplo la luz de la bujía y se zambulló en
las sábanas, también se le oyó murmurar: «Muy linda: tiene un tipo
ideal, pero ¡es tan cursi la pobre!»



VI

Un día más.


La doncella que á la mañana siguiente entró en el dormitorio de la
condesa de Trevia hizo el menor ruido posible al entreabrir los
balcones. Dirigió una mirada triste y compasiva al lecho de su señora y
salió sobre la punta de los pies como había entrado. La condesa se
incorporó y estuvo buen rato paseando la vista por los objetos que en
torno suyo yacían con insistente y extraña curiosidad, como si la
hubiesen trasportado durante el sueño á un paraje que jamás hubiera
visto. Tenía las mejillas encendidas: sus ojos brillaban de un modo
sombrío debajo de la primorosa cofia que mantenía prisioneros los
cabellos. Bien se echaba de ver que no había despertado en aquel
momento. El sueño dulce de la juventud no arrebata de tal suerte las
mejillas; no infunde en los ojos semejante brillo ni deja, sobre todo,
tal expresión aciaga sobre el rostro.

Por delante de aquellos ojos inmóviles y resplandecientes como el acero
bruñido había desfilado durante la noche una procesión de fantasmas. La
mirada de Laura guardaba aún restos del terror y el extravío que las
visiones infunden en el alma.

¿Qué había pasado aquella noche? Sería lo que otras veces. Porque la
joven condesa, en los años que llevaba de matrimonio, había visto
desfilar muy á menudo sobre su lecho la misma procesión de fantasmas
pálidos. Un criado indiscreto dijo al cabo de algún tiempo á un vecino
de Vegalora que aquella noche había visto por la rendija de una puerta á
la condesa de rodillas ante miss Florencia. El conde, con el rostro más
pálido que nunca, los brazos cruzados y un poco tembloroso, estaba en
pie mirándola fijamente. Antes había percibido en el gabinete de sus
amos ruido de pasos precipitados, voces y gemidos.

La condesa concluyó por fijar su mirada extraviada en el brazo que tenía
fuera de la cama: hizo un gesto de dolor, sacó el otro que tenía entre
sábanas, y suave y lentamente empezó á recoger hacia arriba la manga del
primero. La tenue camisa de batista fué poco á poco arrollándose en
torno de aquel brazo como un turbante. Los hechizos de aquel brazo,
prodigio de elegancia y blancura, iban quedando al descubierto sin
recibir el homenaje de admiración que un escultor le hubiera seguramente
otorgado. Cesó de dar vueltas. En una de ellas apareció sobre el fondo
blanco y lustroso una gran mancha morada con bordes amarillentos. Laura,
al ver aquella mancha, no pudo reprimir un leve gesto de espanto.
Después siguió con la vista clavada en ella larguísimo rato con la misma
expresión de extravío ó indiferencia. Poco á poco se fueron contrayendo
sus labios y dejaron paso á una sonrisa dura y cruel como nunca se había
visto en su cándida boca. Y detrás de esta sonrisa quiso percibirse,
allá en el fondo de la garganta, una risa apagada, nerviosa,
amenazadora, como jamás tampoco había salido de su pecho. Todas las
almas, hasta las más puras, se sienten acariciadas en algún instante de
la vida por el crimen. La condesa sentía ahora sobre la frente su beso
ardoroso, maldito. Separó los ojos de la mancha morada y los movió
siniestramente en todas direcciones. Parecía buscar la víctima. Dejó
vagar sus manos crispadas sobre la cama, apretando con fuerza la ropa.
Quizá buscaba el arma.

Pero ni la víctima ni el arma se mostraron. En vez de ellas, tropezaron
sus ojos al pasar por la ventana con los almenados riscos de la Peña
Mayor, que flotaba á lo lejos en el éter azul. Pocas veces apareció tan
pura y limpia de vapores como en aquel momento. La mañana era
espléndida. El sol había madrugado mucho, señal cierta de que á la
tarde se nublaría. Los contornos de la Peña Mayor y de sus compañeras
parecían dibujados sobre el gran lienzo del firmamento por un pincel
monstruoso. Laura miró otra vez á la mancha del brazo y otra vez levantó
la vista hacia las altas montañas del horizonte. El odio y la ira que
habían enturbiado sus claras pupilas se fueron disolviendo y tornaron á
aparecer en ellas las purezas y hermosuras del fondo. No tardaron en
nublarse de lágrimas y aun en dar paso á un torrente de ellas que le
abrasaron las mejillas, refrescándole el alma.

Vistióse con pausa, sin pedir auxilio á la doncella, y arrastrando un
poco los pies, que iban calzados con unos pantuflos de raso amarillo, se
acercó á la ventana. Las mañanas son frescas en este país hasta en el
mes de Junio, y los cristales se habían empañado. Se puso á escribir
distraídamente sobre ellos con su dedo rosado. Primero escribió su
nombre varias veces. Después trazó el de su niña «Emilia»; después el de
su hijo mayor «Pepito». Las letras despedían hermosos reflejos azules.
El dedo de la condesa, al trazarlas, producía débil chirrido. Quedóse un
instante pensativa. De pronto escribió rápidamente con caracteres casi
ininteligibles sobre el cristal el nombre de «Carlos». Era el de su
marido. Y al instante, rápidamente también y con cierta ansiedad feroz,
puso la palma de la mano sobre él y lo hizo desaparecer. Quedó limpio el
cristal. La Peña Mayor, bañada ya por la luz del sol, dejóse ver
risueña y serena como nunca.

Hizo llamar á sus hijos, y pasó más de una hora jugando con ellos como
una niña. El que la hubiese visto retozar locamente y correr de un lado
á otro, ora ocultándose de Pepito, ora persiguiendo á Enriqueta, ora
llevando entre sus brazos á Emilia para sustraerla á las caricias de sus
hermanos, no imaginaría seguramente que pocos momentos antes derramaba
copioso y amargo llanto. Una de las propiedades que caracterizaban á la
joven condesa era el pasar fácilmente del pesar á la alegría. Su
naturaleza sana y equilibrada rechazaba el dolor, como los organismos
rechazan siempre los cuerpos extraños. Aquella sangre, henchida de
juventud, que discurría por sus venas azuladas, tiñendo de carmín las
mejillas y latiendo poderosa en las sienes, tenía fuerza bastante para
ahogar los negros fantasmas de la imaginación. Era el suyo un
temperamento feliz que sólo muy tristes y odiosas circunstancias podían
volver desgraciado.

Después que los niños fueron á estudiar sus lecciones se puso á escribir
una carta. Antes de terminarla recibió la visita de su hermana Matilde,
que habitaba como señora la casa de Estrada. Sus padres habían fallecido
y también una de sus hermanas. Otra, llamada Ángela, se había casado con
un ingeniero belga y se había ido á establecer á Andalucía. Matilde era
la única que vivía en el país, casada con un muchacho más alto y fornido
que rico, gran bebedor y jugador de bolos, que poseía los instintos
groseros y viciosos de un labriego y los humos nobiliarios de un
mayorazgo. Tenían ya siete hijos, y aunque Laura y Ángela les cedieran
su parte de herencia, criábanlos más pobremente aún que D. Álvaro había
criado á los suyos. Raro era el año que no vendían alguna finca ó
tomaban á préstamo dinero para cubrir el déficit de sus ingresos.

Charlaron mucho, muchísimo. Laura no se cansaba de acariciar á su
hermana y de contemplarla con ojos ansiosos y húmedos. Recorrieron toda
la casa. Matilde quiso ver las ropas y objetos de Laura, y ésta, por
complacerla, se tomó la molestia de mostrárselos, sin notar las miradas
penetrantes y codiciosas que aquélla posaba sobre ellos, ni la sonrisa
de despecho que vagaba por sus labios. Las telas deslumbrantes que
derramaban un perfume delicado, los encajes costosísimos y los mil
primores de todas suertes que iban saliendo de los baúles, despertaban
en Matilde la sensualidad y concupiscencia de su naturaleza aldeana.
¡Cómo se hubiera reído de quien le dijese que su hermana, la opulenta
condesa de Trevia, era más desgraciada que ella!

Almorzaron en el palacio, y gracias á esta circunstancia hubo
conversación en la mesa. Poco después de tomar el café, Matilde rogó que
sacasen los caballos de la cuadra, pues había dejado á los pequeños con
la criada y estaba inquieta. Y montando con más arrojo que donaire y
acompañada de su robusto marido, partióse al trote corto, y es fama que
durante el camino no dirigió la palabra á su consorte.

Volvió Laura á la soledad de su cuarto. El día seguía despejado y
caluroso. Era la hora de la siesta. Los ruidos del campo se habían
apagado por completo. En la casa no se escuchaba más que la conversación
de los criados que departían ó altercaban en la cocina y el choque de la
vajilla al ser limpiada. Después de permanecer un rato apoyada en la
ventana, resolvióse á salir, no sin haberse procurado una sombrilla y
tomar su álbum de dibujos y algunos lápices. Cuando salvó la huerta con
ligero paso, el calor había alcanzado su grado máximo. El sol relucía
iracundo en las alturas con grandes ansias de reducir á cenizas todos
los verdores del valle. El viento perezoso no les daba ayuda con leve y
fresco soplo siquiera. Los árboles, las hierbas, las plantas y las
flores sufrían á pie firme aquel chubasco de rayos con dignidad y
resignación. Puesto que no hay otro remedio, parecían decir, dejémonos
tostar por ese bárbaro, esperando mejores tiempos. Algunas hojas más
pequeñas que las otras no podían resistir aquel infierno y se doblaban y
retorcían como pacientes en el tormento.

La condesa avanzaba por la huerta. La sombra desmesurada de su quitasol
corría como densa nube por encima de los cuadros de hortaliza. Algún
pájaro que venía jadeante á refugiarse entre los árboles proyectaba
también su monstruosa silueta al pasar. Abrió la puerta de la pomarada,
y entrando en ella la recorrió á lo ancho hasta dar con su mano en el
pestillo de otra puerta de madera. Detrás de ésta había un vasto campo
poblado de castaños que estaba en declive y era también pertenencia de
la casa. Empezó á subir por él lentamente, apoyándose en el quitasol que
ya había cerrado. Parábase de vez en cuando á tomar aliento con pretexto
de contemplar el valle que se iba desplegando á sus espaldas con
infinitos tonos verdes que la luz del sol matizaba. Cuando se sintió
incapaz de seguir, buscó con la vista el castaño más grande y frondoso y
fuése á sentar debajo de él. Dejó pasear su mirada serena por el hermoso
panorama que tenía delante. El Lora, como una cinta de plata bruñida,
desarrollábase á sus anchas por la parte llana. Las montañas mostraban á
lo lejos sus faldas de terciopelo verde.

Por último abrió el álbum, y tomando el lápiz se puso á dibujar el
tronco añoso y retorcido de un árbol cercano. Embebecida en su trabajo
no escuchaba el crujir de la hierba que no muy lejos de allí estaban
segando. Al cabo de poco tiempo una voz fresca de barítono entonó con
pausa las primeras notas graves de uno de los cantos del país. Laura
dejó reposar el lápiz: le parecía conocer aquella voz y aquel canto.
Sintió vibrar en su corazón los ecos perdidos de aquella balada triste y
monótona como todas las que resuenan en los valles del Norte. En otro
tiempo lejano, muy lejano, esas mismas notas, suaves como el arrullo de
la tórtola y prolongadas como el rumor del río, habían pasado muchas
veces por la garganta de una niña cándida y alegre á quien todos besaban
y llamaban de tú, trasformada después en ilustre dama.

Cuando el canto hubo cesado, se levantó y empezó á caminar hacia el
sitio de donde saliera. No tardó mucho tiempo en ver desde el bosque
donde se hallaba un prado extenso que le seguía. En medio de él una
cuadrilla de segadores inclinados hacia la tierra movían sus brazos á
compás. Cerca de ellos, en pie, estaba un joven vestido de dril azul y
sombrero de paja. Era nuestro conocido Pedro, que vigilaba los trabajos
de la gente y los dirigía. Podría tener unos veinticinco años de edad.
Era de mediana estatura, robusto y bien formado, de rostro moreno y
expresivo, con grandes ojos negros y cabello crespo y enredado. No había
nacido en la Segada, sino muy cerca de la casa de D. Álvaro Estrada.
Tocóle ir de soldado á los veinte años y consiguió llegar á sargento muy
pronto por su buena conducta y rápida comprensión. Cuando volvió á su
país, hacía poco más de un año, había perdido el hábito de trabajar en
las faenas del campo, aunque ganara mucho en el manejo de la pluma y
buenos modales. Por influencia de Matilde y su marido entró como
administrador subalterno de la casa de Trevia, habitando en el palacio
de la Segada y dependiendo del administrador general, que residía en la
capital de la provincia.

La condesa se fué acercando al sitio donde estaba la cuadrilla. Al verla
todos suspendieron el trabajo: apoyados en la guadaña quedáronse
contemplándola mientras Pedro corrió hacia ella con el sombrero en la
mano.

--¿No tiene usted miedo al calor, señora condesa?

--No; viniendo preservada del sol no es tan grande. Ponte el sombrero.
Al parecer, pronto segaréis el prado.

--Pensábamos darlo por concluído esta tarde.

--Mucho es, sin embargo.

Llegaron cerca de los segadores, que la saludaron llevando las manos á
los sombreros, boinas y monteras, que de todo había. La condesa pasó la
vista por aquellos rostros atezados y cubiertos de sudor que sonreían
rústicamente sin quitarla ojo.

--Mal día tenéis, amigos míos--dijo movida á compasión por la fatiga que
revelaban.

--La luna nos incomoda un poco, señora--respondió un viejo
sonriendo,--pero ya estamos acostumbrados.

Los compañeros rieron, y la condesa también, por complacencia.

--Mira, ven á mostrarme el establo: así nos libraremos un poco del
calor.

--Como guste la señora.

El establo se hallaba en la parte superior del prado. Era un edificio
construído con poco esmero, compuesto únicamente de una gran pieza al
nivel de la tierra para el ganado, y otra encima de ella para guardar la
hierba. Pedro corrió el cerrojo de una gran puerta pintada con almagre y
la abrió de par en par. El vaho que despedían los animales les calentó
el rostro. Las diez ó doce vacas que había dentro acostadas sobre hojas
de castaño y rumiando con sosiego volvieron lentamente la cabeza para
mirar á la puerta. Una de ellas, más medrosa que las otras, se puso en
pie. La condesa aspiró aquel ambiente denso y húmedo con más placer que
los perfumes de su tocador.

--¿Cómo se llama esa vaca que se ha levantado?

--Cereza.

--¡Qué hermosa es!

Entró en el establo y dió algunos pasos hacia ella.

--¡Cuidado, señora, que es un animal muy torpe!

Pero la condesa no hizo caso. Llegó hasta la vaca, la cual sacudió la
cabeza y lanzó un resoplido con señales de susto.

--¡Cuidado, señora, cuidado!--volvió á exclamar Pedro.

La condesa, sin vacilar, puso su diminuta mano sobre el testuz del
animal; después lo cogió por un cuerno, y, por último, empezó á
acariciarle el hocico. La vaca al principio sacudía la cabeza, hacía
sonar la cadena que la sujetaba; mas pronto se dió á partido,
contentándose con soplar fuerte y abrir mucho los ojos. Al fin, vencida
de gusto por las caricias, extendió la cerviz y lamió con su áspera
lengua la mano de la señora.

--Ya ves que no hay por qué tenerla miedo--dijo riendo y secando la mano
con el pañuelo.

Pedro la contemplaba con sorpresa.

--Éstas son las crías, ¿verdad?--dijo apuntando para unas cuantas
becerras sujetas á otro pesebre más chico.

--Sí, señora; ahora no hay más que tres, pero muy pronto tendremos otras
dos.

--¿Cuánto tiempo tiene esta pequeñita?

--No tiene más que un mes. Nació el 27 de Mayo.

--¡Qué cosa tan linda! ¡es una monada!

La becerra se puso á dar brincos y á tirar de la cadena cuando se
acercaron á ella. Una de las vacas volvió rápidamente la cabeza y lanzó
un débil mugido.

--¡Mira, mira la madre cómo nos riñe! La pobrecilla cree que vamos á
hacer daño á su hija. No tengas cuidado--exclamó dirigiéndose á ella,
que no la tocaremos.

La vaca, como si quedase satisfecha con aquellas palabras, dejó de mirar
á la cría y siguió ruminado tranquilamente.

--¡Qué animalitos de Dios! Son como nosotros.

--Y á veces mejores que nosotros--respondió Pedro.

--Y á veces mejores que nosotros--repitió la condesa, por cuyos ojos
pasó una nube que apagó un instante su brillo.

Salieron del establo cuando venían hacía él algunas mujeres con cargas
de hierba en la cabeza.

--¿Vais á meter la hierba en el pajar?--les preguntó.

--Sí, señora; la que traemos ya está seca.

--¿Queréis que os ayude?

Todas se echaron á reir. Una de ellas, más atrevida que las otras,
respondió:

--Sí, señora; súbase al pajar y recoja la hierba que nosotras le
daremos.

Pedro alzó una escalera de mano que estaba en el suelo y la arrimó á la
abertura del pajar, subiendo inmediatamente por ella.

--¿Se atreve usted á subir, señorita?--dijo desde arriba.

--Mira si me atrevo--contestó su ama al tiempo que ascendía por la
escala con soltura y decisión.

Pedro la tomó por la mano al tiempo de poner el pie en el pajar. Estaba
éste mediado de hierba. Laura se dejó caer sobre ella pesadamente,
aspirando con voluptuosidad el aroma fresco del heno, del tomillo, saúco
silvestre y otras hierbas aromáticas que se crían en los prados de la
montaña; después se levantó y se puso á dar vueltas de un lado á otro,
hundiéndose hasta la rodilla. Esto le placía sobremanera, á juzgar por
la sonrisa feliz que contraía sus labios. El pajar estaba solamente
cubierto por las tejas. Como éstas no ajustaban herméticamente, por los
claros que dejaban penetraba la luz, que por breves intervalos hería el
rostro de la condesa.

--Yo me colocaré á la ventana y recibiré la hierba que me den las
mujeres. Usted, señorita, ¿quiere ser la encargada de esparcirla?

--Sí, sí; estoy dispuesta á trabajar mucho; empieza cuando quieras.

--Pues á ello; ¡eh! tú, Rosaura, sube esa carga.

Una mujer subió hasta la mitad de la escalera de mano; desde allí
entregó su carga á Pedro, que después de desatarla comenzó á tomar
grandes brazados de hierba y á arrojarlos con fuerza hacia el sitio
donde se hallaba la condesa, que á su vez la tomaba también y la iba
esparciendo convenientemente. Al poco tiempo de ejecutar esta tarea,
algunas gotas de sudor empezaron á correr por su frente.

--¡Si vierais cómo trabaja la señora condesa!--dijo el mayordomo á las
mujeres de abajo.

--Así, así; hoy ganará su jornal--respondió una.

La condesa reía. Tenía ya las mejillas encendidas como la grana. Toda su
sangre de aldeana parecía fluir á ellas velozmente cansada de agitar el
corazón.

--¿No está usted fatigada, señorita?

--No, no; adelante.

--Pronto concluiremos; faltan solamente tres cargas.

Aunque no quería confesarlo, se hallaba horriblemente fatigada. Sus
hermosos brazos, que se trasparentaban dentro de la bata sutil que los
cubría, se iban moviendo cada vez con menos soltura: tenía la boca
entreabierta y respiraba aceleradamente. Al encendido encarnado de las
mejillas había sucedido cierta palidez, sobre todo en los labios y en el
hueco de los ojos. Cuando Pedro dijo «ya hemos concluído», se dejó caer
como una piedra, exclamando:

--¡Qué atrocidad! ¡Cómo me he cansado!

--¿La habrá hecho á usted daño, señorita?--preguntó el mayordomo con
solicitud.

--No, no; esto pasará en seguida.

Poco á poco, en efecto, fué desapareciendo la palidez del rostro, que
volvió á teñirse de vivo carmín. Los labios se fueron plegando para
ocultar las dos filas de primorosos dientes que habían mostrado hasta
entonces. Con el pañuelo se enjugaba el sudor del rostro y cuello. Tenía
la cabeza cubierta de hierbas y hojas menudas que se habían enredado en
el cabello. De vez en cuando levantaba con la mano los rizos que le
caían por la frente.

Después de una pausa bastante prolongada, fijó sus ojos con insistencia
en Pedro, que se había sentado á su lado, y aun estuvo de este modo
algún tiempo sin hablarle. Al cabo le preguntó:

--¿Eras tú el que cantaba hace poco?

--¿Dónde, en el prado?... Sí, señora.

--¡Cuántas veces habré cantado yo ese romance!... En mi casa lo llamaban
el romance de Laura. Tú eras muy niño, pero tu madre se acordará
seguramente de habérmelo oído.

--También yo me acuerdo.

--¿De veras? Debías de ser una criatura. Cuando me casé todavía ibas á
la escuela. Me acuerdo de verte pasar por delante de casa con el
cartapacio de cuero colgado al cuello. ¿No teníais la escuela en el
atrio de la iglesia?... Sí, sí; lo recuerdo perfectamente. El maestro
era un aldeano bastante bárbaro. Mi madre reñía con él algunas veces por
lo mucho que os maltrataba. Tú eras muy guapo de chico, pero también muy
travieso. Un día pasó un muchacho por delante de nuestra puerta con la
cara ensangrentada y nos dijo que tú le habías golpeado. Mi padre se
incomodó mucho...

--¿Era un hijo del tío Pepe, de la casa de abajo?

--Me parece que sí.

--Pues le pegué porque estaba pinchando con un alfiler á una niña de
menos edad que él, hija de Telesforo el tabernero. No se me olvida que
caímos los dos rodando en el barranco que hay junto á la iglesia. Me
acuerdo bien, porque aquel día me puso el cuerpo el maestro lo mismo que
una criba.

--¡Qué bruto!... Pues otra vez un criado de casa te quiso meter miedo
cuando ibas al oscurecer á la iglesia á tocar la oración, disfrazándose
con una sábana á modo de fantasma... ¡Pero bueno eras tú para dejarte
meter miedo!... Así que estuvo cerca tomaste una piedra y se la tiraste
á la cabeza con la mayor frescura. Vino descalabrado para casa, jurando
que se las habías de pagar.

--Pues yo, señorita, me acuerdo de usted en aquel tiempo como si la
tuviera delante de los ojos. ¡Qué divertida y jaranera era usted! Donde
usted estaba no podía haber mal humor, y en todos los horuelos y
_esfoyazas_ se aguardaba á la señorita Laura como al agua de Mayo. Oía
decir en mi casa y en todas partes que no había corazón como el suyo:
así que la quería más que á ninguna de sus hermanas. Después tuve
motivos para quererla mucho más, porque hizo usted por mí una cosa que
no la olvidaré mientras viva, así viva mil años.

--No recuerdo...

--Pues yo lo tengo bien presente. Mi padre, como usted sabe, señorita,
hacía almadreñas, y de eso vivíamos. Marchaba por la mañana al monte y
solía venir á la tarde. Los jueves iba á Vegalora á vender las
almadreñas. Yo acostumbraba á llevarle la comida al monte. En una
ocasión mi madre había estado enferma y en la cama algunos días, y tomó
algunas medicinas que yo le fuí á buscar. Al parecer se gastó en ellas
el único dinero que había en casa, porque me acuerdo bien que un martes
á la hora en que yo solía ir al monte con la comida, me dijo mi madre:
«No tengo que mandar á tu padre; el tabernero no quiso fiarme el pan ni
darme un poco de manteca para componer las patatas. Díle que si tiene
algunos cuartos te los dé. Á mí me proporcionará un poco de caldo la tía
Prudencia y tengo bastante». Marchéme al monte y hallé á mi padre
trabajando con mucho afán. Cuando me vió llegar sin la cesta me
preguntó: «¿No me traes la comida?» «Mi madre me dijo que no tenía que
mandarle; que si usted tenía algunos cuartos me los diera para comprar
pan.» Llevó la mano al bolsillo, pero no sacó nada de allí, y me dijo
con una alegría que yo comprendí que era fingida: «No hay necesidad de
ir por pan; no tengo hoy ganas de comer; conque á trabajar, amigo mío».
Y se puso, en efecto, á manejar el hacha con nuevo afán. Yo, entre
tanto, empecé á corretear por las cercanías, sin sospechar que mi padre
no había tomado alimento desde el día anterior. No obstante, me hice
cargo pronto de que su ardor iba cediendo y las fuerzas le abandonaban
poco á poco. Movía los brazos con dificultad y á menudo se detenía para
tomar aliento. Sin darme cuenta de ello, cesé de enredar y me fuí
acercando á él, mirándole en silencio. Al cabo de un rato dejó caer el
hacha de las manos y fijó en mi una mirada de angustia que aún tengo
clavada en el corazón. «No puedo más, Pedro; tengo hambre», me dijo. Yo
no sé lo que pasó por mí entonces, señorita. Se me hizo un nudo aquí,
en la garganta, como si fuese á ahogarme. Se me figuró que todas las
cosas daban vueltas á mi alrededor, y sentí dentro del pecho un frío
particular, que nunca más volví á sentir. De repente me acuerdo que eché
á correr como un loco por el monte abajo, sin saber adónde marchaba.
Como no seguía la vereda, me iba destrozando los pies con la retama y
las zarzas; pero no lo notaba. No veía nada. Las lágrimas me nublaban
los ojos; pero corría, corría cada vez con más furor, y sin saber cómo
ni de qué manera, me encontré delante de su casa. Estaba usted sola al
balcón cosiendo, y recuerdo que la dije temblando de miedo: «Señorita,
mi padre tiene hambre; déme usted una limosna, por Dios». Me miró usted
con mucha sorpresa, y me dijo: «Aguarda un instante». Al poco tiempo
bajó usted á la calle, se enteró de lo que pasaba, y me dió una peseta,
diciéndome: «Anda, ve á comprar pan, y corre á llevárselo». No había
necesidad de advertírmelo. Partí como una exhalación á la taberna,
compré un pan y un buen pedazo de queso, y subí dando brincos y trepando
como un corzo al sitio donde estaba. Cuando me vió con el pan y el queso
en la mano, lo primero que hizo fué preguntarme: «¿Quién te dió eso?»
«La señorita Laura.» «Que Dios se lo pague y se lo represente de gloria
en el cielo.» Después se puso á comer con un ansia que partía el
corazón. «Come tú también, hijo mío», me dijo al poco tiempo, «Ya me
dieron de comer abajo», le respondí. Era mentira. Yo tampoco había
tomado nada aquel día, pero quise que mi padre comiera lo que le hacía
falta. Cuando bajé, tragando unas cortecillas que había dejado, y la vi
á usted otra vez en el corredor, le juro que me pareció más hermosa que
la Virgen. Quise darla las gracias; pero no fuí capaz de decir una
palabra. Pasé con la montera en la mano, sin dejar de mirarla. Algo
debió usted conocer en mis ojos, porque se sonrió y me saludó con la
mano.

--¡Pobre Pedro!

--Los perros no olvidan la mano que les ha acariciado una vez. El hombre
que olvida los beneficios es peor que un perro.

--Después que yo me fuí has estado en el servicio, ¿verdad?

--Sí, señora; me tocó la suerte. Cuando me marché, la víspera de San
Antonio, creí que todos estos picachos se me venían encima. Iba más
triste que la medianoche. Este pobre Canelo que usted ve aquí era
entonces un cachorrillo, y me siguió más de cuatro leguas, hasta que
tuve que pegarle para que se volviese; pero después de pegarle, todavía
me seguía de lejos. Entonces hice que lo atasen y lo llevasen á
Vegalora. En mi casa no podían mantenerlo: se lo dejé á un amigo
panadero que tengo en la villa. Así que perdí de vista estas montañas,
ya me sentí otro hombre, y canté y retocé como los demás. ¡Qué palos me
tienen costado estos retozos! Había un sargento en mi compañía que
nunca prevenía las cosas más que una vez. Decía que él no era reloj de
repetición. Á la segunda hablaba con el garrote. Pues, á pesar de
santiguarnos de lo lindo, no le queríamos mal, porque era hombre franco
y nunca delataba á nadie. En una acción cayó herido á mi lado: yo lo
cogí y lo llevé sobre las espaldas cerca de una hora, hasta encontrar
una barraca, donde murió á las pocas horas.

--¡No habrás pasado pocos trabajos, Periquillo! Llevarías escapulario
siempre, ¿no es verdad?

--De Nuestra Señora del Carmen.

--¿Caíste herido alguna vez?

--Sí, señora; una vez, en Navarra, me pasó una bala de un lado á otro;
me entró por aquí, salva sea la parte, y me salió por aquí. Poco faltó
para que me echasen la tierra encima. En Cuba, un negro, mas negro que
las tinieblas, grande como un castaño, me descargó un machetazo en un
hombro, que á poco me parte en dos. Sin embargo, me curé más fácilmente
que del balazo. Pero en la guerra lo de menos son las heridas, señora
condesa. Cuando uno cae herido, lo llevan al hospital y allí se está
tres ó cuatro meses como un canónigo, tomando buenos caldos y platicando
con algún compañero, mientras los demás andan con la lengua fuera de
aquí para allá, unas veces comiendo mal y otras veces sin comer, al sol
cuando lo hace y al agua cuando cae... También tienen sus raticos
buenos, no vaya usted á creerse; cuando uno va á atacar una trinchera,
pongo por caso, y suena la corneta en medio del silencio, y se descargan
los primeros tiros, y se huele el humo de la pólvora, y sin verlo,
porque el humo lo tapa, se escucha la voz ronca del oficial que grita:
«Adelante, muchachos»; y se sube, se sube hasta encaramarse sobre la
trinchera, salpicados de sangre, entre los quejidos de los que caen, los
gritos de los que suben y el choque de las bayonetas, aunque parezca
mentira, siente uno unas cosquillas que corren por todo el cuerpo y le
hacen gozar... Hay momentos que no se cambiarían por muchos años de
buena vida, señorita...

Pedro se había ido animando poco á poco. Sus grandes ojos negros giraban
descompasados con fiera expresión. Su crespa cabellera erizábase como la
crin de un corcel de guerra. La condesa le miraba con susto.

--¡Qué atrocidad!--exclamó.--¡Qué gustos tan bárbaros tenéis los
hombres!

--Tiene usted razón, señorita; bien mirado, ¿habrá bestialidad mayor que
la guerra?

--Y sin embargo, yo no sé lo que tiene, que hasta á nosotras las mujeres
nos inflama y entusiasma. ¡Cuántas veces, al ver pasar un batallón
marchando al son de la música con su bandera desplegada y las agudas
bayonetas en alto que brillan al sol y se mueven con siniestro compás,
me ha entrado en apetito el ser hombre para seguir su suerte borrascosa!
Desengáñate, Pedro: á vosotros, cuando los tiempos vienen malos, os
queda el recurso de luchar con el destino, mientras que nosotras...
¡Jesús!... ¿qué me ha picado aquí?

La condesa interrumpió su discurso para sacar vivamente una mano que
tenía metida en la hierba. En la blanca y torneada muñeca apareció una
gota de sangre. Pedro se apoderó instantáneamente de aquella mano, y
poniendo los labios sobre ella, chupó la gota de sangre.

--¿Qué haces?

--Nada, señorita. Si la ha mordido una víbora, no es usted ya la que
muere.

--¡Qué horror! ¡Quiera Dios que no sea víbora! Gracias, Pedro... Has
hecho mal en exponerte... ¡La Virgen del Carmen permita que no sea
víbora!

--No se apure usted. Expuse tantas veces la vida por cosas que á la
larga no me importaban, que nada tiene de particular que la exponga por
mi señora.

--Gracias, gracias, Periquillo... No querrá Dios que sea víbora...
Ofrezco una misa á la Virgen del Carmen si no te sucede nada... Mira,
vámonos de aquí... Estoy agitada... nerviosa... Vámonos, vámonos pronto.

La condesa tornó á bajar la escalera de mano, ayudada por Pedro, y
juntos atravesaron el prado, descendieron por el bosque de castaños y
penetraron en la pomarada, abriendo la puerta de madera. Á los pocos
pasos Laura distinguió á lo lejos entre el follaje á su marido,
acompañado de Octavio.

--Vuélvete, Pedro, que ya no me haces falta--se apresuró á decir.
Después avanzó sola hacia el sitio en que se hallaba el conde. Y como
llegase allá, fué saludada por Octavio que se hizo almíbar al tomarle la
mano y enterarse de su salud. Todos juntos se dirigieron lentamente
hacia el palacio, porque el sol ya declinaba. En una de las revueltas
del camino tuvo tiempo el conde para decir en secreto á su mujer:

--Conviene que te muestres amable con ese muchacho.



VII

Il sol de l'ánima


Trascurrieron bastantes días. Octavio, alentado por la extrema confianza
que los condes le otorgaban, no escaseó sus visitas á la Segada. La
mayor parte de los días iba después de comer y volvía á la caída de la
tarde. Alguna vez se quedaba hasta las diez ó las once de la noche.
Entonces un criado de la casa salía acompañándole con un farol hasta el
puente. Allí le dejaba, y Octavio caminaba solo por la carretera hasta
llegar á la villa. El trayecto era breve, como ya sabemos. Nuestro
joven, emboscado en un laberinto de pensamientos vagos y risueños, lo
convertía en brevísimo. Á tales horas poca gente se hallaba en el
camino. Algún que otro arriero con sus mulas delante y montado en una de
ellas sobre una pirámide de fardos; cualquier vecino que por casualidad
saliese en busca de una vaca extraviada, ó los mozos crudos de Vegalora
que tuviesen arrestos suficientes para ir á cortejar las mozas de la
Segada ó de otros lugares cercanos. El señorito Octavio, aunque no
sintiese miedo precisamente cuando veía blanquear entre las sombras
espesas la camisa de un labrador, no le hacía gracia ninguna. Por un
instante quedaban suspensos en el aire los risueños fantasmas de su
imaginación, esperando que el transeunte pasase. Cuando éste decía:
«Buenas noches, señorito Octavio», dejaba escapar un suspiro de
satisfacción al verse reconocido y murmuraba: «Es una temeridad andar á
estas horas solo por tales sitios: ¡no me vendré otro día sin un arma!».
El acuerdo jamás llegaba á cumplirse, y seguía yendo y viniendo de
Vegalora á la Segada totalmente inerme y á merced de todos los riesgos y
venturas. Quizá tuviese un vago presentimiento de que el arma no le
había de prestar socorro muy eficaz en caso de apuro.

Para comprender bien qué casta de pensamientos alteraban y embebecían al
joven durante sus paseos nocturnos, son necesarios algunos antecedentes
sobre su educación, temperamento y aficiones. El padre del héroe, D.
Baltasar Rodríguez, era hombre que poseía inteligencia clara,
ilustración, si no muy extensa, bastante sólida, y sobre todo una
sensibilidad exquisita que procuraba ocultar cuidadosamente debajo de un
exterior frío y hasta severo. Ésta era la parte flaca, pensaba él, de
su carácter, y la combatía y la refrenaba sin tregua en todos los
momentos de la vida sin lograr resultados satisfactorios. D. Baltasar no
aceptaba su excelente corazón como un beneficio de la Providencia, sino
como carga pesadísima que le había molestado durante su carrera,
estorbándole en el logro de todos sus propósitos. «Si yo hubiese tenido
arranque para dejar á mi mujer y á mi chiquitín y partir para Cuba,
cuando en 1854 me ofrecieron la plaza de secretario del Banco de la
Habana--solía decir á sus amigos íntimos,--á estas horas otra sería mi
fortuna. Si me hubiera aprovechado, como D. Marcelino, de la ruina de la
casa de Argüelles, esa vega que usted ve ahí, señor juez, sería mía. Si
tuviese valor para arrojar de la casería á Modesto Fernández, que hace
ocho años que no me paga renta alguna, podría agregar todas esas tierras
á la posesión y ésta doblaría de valor... Pero ¡si no puede
ser!--concluía siempre en tono desesperado.--¡Si los hombres como yo
debieran estarse quietos en su casa y no meterse en dibujos!» Cuando
alguno por consolarle le decía: «Después de todo, D. Baltasar, es mucho
mejor tener la conciencia tranquila como usted, que no manchada como los
otros», volvíase airadamente exclamando: «¿Y qué es la conciencia? Yo no
creo en la conciencia. Veo que D. Agapito de las Regueras, después de
haberse comido la fortuna de los hijos de su hermano, vive tan
tranquilo y es más feliz que yo. Veo que D. Marcelino goza de su riqueza
con la serenidad de un arcángel y no sueña que hay seres que derraman
lágrimas por su causa... ¡La conciencia, la conciencia! La conciencia es
una cosa que sirve sólo para molestar á los hombres honrados». No dejaba
de ofrecer ribetes de cómico el deseo ardiente que D. Baltasar tenía de
ser un hombre inmoral y perverso.

El temperamento de Octavio guardaba bastantes afinidades con el suyo, lo
cual le traía desesperado. D. Baltasar hubiera dado cualquier cosa por
que su hijo fuese un lagarto que se perdiera de vista, un truchimán
capaz de enredar con sus artimañas á todo el concejo. Pero
desgraciadamente no era así ó, por mejor decir, era todo lo contrario.
«Este chico, decía, me da á mí quince y raya. Cuando yo me muera será
capaz de pedir permiso á los vecinos para comer lo que le pertenece.»
Sintiéndose y sintiéndole tan lejos del carácter que ambicionaba, no
dejaba de exponerle á menudo las ventajas de este carácter ideal. «Mira
al hijo de D. Rodrigo cómo se las ha arreglado para echar á los dos
médicos del municipio y quedarse él solo cobrando el sueldo de ambos.
Mira al secretario del ayuntamiento qué casa tan hermosa está levantando
en la plaza.»

--¿Y qué sueldo tiene el secretario?--preguntaba Octavio.

--Diez mil reales.

--¿Y con diez mil reales al año se levantan casas magníficas?

--Ahí verás tú--respondía D. Baltasar guiñando maliciosamente el ojo
izquierdo.

Y el padre y el hijo, las dos almas más cándidas y nobles de la comarca,
proseguían silenciosamente su paseo abismados en la admiración que les
infundían aquellos miserables á quienes no podían imitar.

D.ª Rosario era digna consorte del buen abogado. Por más que existiesen
entre ambos notables puntos de desemejanza, tocaban sólo á la
superficie, dejando incólume el fondo, igualmente generoso y honrado. El
ingenio y la discreción no eran las cualidades sobresalientes de D.ª
Rosario. Por lo mismo eran aquellas en que más hincapié hacía su vanidad
pueril é inofensiva. También se vanagloriaba de poseer un alma elevada y
poética, que había sabido resistir á la influencia prosaica y á las
costumbres vulgares del pueblo en que vivía. Por la noche, antes de
recogerse, solía abrir el balcón de su cuarto para contemplar la bóveda
estrellada. Alimentaba un canario y una pareja de tórtolas, y cultivaba
esmeradamente en tiestos algunas plantas de claveles y geranios. Los
días festivos dedicábalos íntegros á la lectura de novelas
sentimentales. Por estas razones y por algunas otras análogas, se
consideraba la mujer más sensible del distrito.

Octavio poseía varias propensiones ó cualidades de su madre, entre ellas
la afición á las flores y á la lectura. Pero estas aficiones, al ser
trasmitidas, sufrieron alguna modificación, como sucede casi siempre en
tales casos. D.ª Rosario alimentaba su inclinación á las flores regando
los crecidos y frescos claveles y geranios de sus tiestos. Octavio
desdeñaba estas flores por vulgares y mentaba á menudo en su discurso
otras exóticas, totalmente desconocidas para los habitantes de la villa.

Aseguraba con formalidad que el mejor adorno de los jardines y salones
no eran las flores, sino las plantas y los arbustos. Citaba y describía
con frase pintoresca los que estaban á la moda por aquel tiempo en los
saraos de la corte, tales como las _begonias_, _marantos_, _bambús de la
India_, _pándanos de Java_, _latanieros_, etc., etc. Había llegado hasta
pedir la semilla de muchos de ellos á París; pero como no tenía estufas
en el jardín ni disponía de otros medios indispensables para la vida de
tales plantas, no había logrado aclimatar ninguna. Sin embargo, á fuerza
de cuidados y después de reñir mucho con el criado y de incomodarse,
había conseguido formar una glorieta bastante hermosa y tupida de
_lianas_ y _capullos de Levante_. Era el sitio predilecto de nuestro
joven, donde solía refugiarse á leer en las tardes calurosas de estío.
También crecían en el jardín varias plantas de reseda y heliotropo, y
una muchedumbre de perlas de Oriente y rosales de _malmaisson_, que
debían igualmente su existencia á sus desvelos.

Otro tanto había sucedido con la lectura. Octavio había principiado por
leer los tomos desvencijados y grasientos que su madre guardaba en el
armario de la ropa blanca. No tardó en cansarse de ellos hallándolos
demasiadamente inocentes. Enfrascóse después en el trágico laberinto de
los folletines que, si bien le mantuvieron agitado y divertido una larga
temporada, no consiguieron pegársele al alma. Por último, habiendo
llegado á Vegalora cierto ingeniero belga para dirigir el laboreo de
unas minas de D. Baltasar, tomó algunas lecciones de francés y trabó
conocimiento por su mediación con los más acreditados y flamantes
novelistas de la nación vecina, Alfonso Karr, Julio Janin, Teófilo
Gauthier, Octavio Feuillet y otros. El último fué el que inmediatamente
adquirió la privanza de su corazón: le sedujo hasta un punto indecible.
Encargó todas sus obras á París y las hizo encuadernar lujosísimamente
en piel de Rusia (una de las manías de nuestro héroe era el tener todos
sus libros encuadernados con elegancia). Colocadas en lugar preferente
de su biblioteca, fueron para él, á un tiempo mismo, código de la
cortesanía y biblia de los sentimientos nebulosos y delicados.

Desde entonces vivió una vida ficticia, pero llena de encantos,
incomprensible para la mayoría de los humanos, sobre todo para los
humanos de Vegalora. Alejándose cada vez más del comercio de la gente
que le rodeaba, principió á asistir con la imaginación á las escenas
descritas con más arte que vigor por su favorito Feuillet, y á
representárselas con tal verdad, que ni un solo pormenor les faltaba.
Conocía de un cabo á otro el _faubourg Saint-Germain_, teatro
imprescindible de las novelas de su homónimo, y trataba familiarmente á
los personajes que allí figuraban. Estaba á la vez enamorado de _Julia
Trecœur_ la _Petite comtesse_ y _Sibila_, y admiraba profundamente el
carácter extravagante y las maneras cortesanas y el valor de _Monsieur
de Camors_. No se le caían de la mente aquellos diálogos ingeniosos
donde la respuesta, siempre oportuna, parecía meditada con espacio y no
fruto de la improvisación, ni los rasgos delicados donde se mostraba de
golpe y en cualquier menudencia la elevación y nobleza de un alma, ni la
galantería voluptuosa y discreta, ni el estilo insinuante y perfumado
que caracterizan á tales obras.

Y no solamente fué espectador humilde de estas escenas, sino que,
dejando suelta la rienda á su fantasía desocupada, se puso á tejer
novelas análogas de las cuales siempre resultaba él el héroe ó
protagonista. Ahora se veía á los pies de una duquesa diciéndole con voz
temblorosa frases apasionadas y candentes que ella escuchaba arrobada y
suspensa; ahora se encontraba batiéndose á espada con un joven coronel
en mitad de un bosque, con dos amigos vestidos de negro al lado; ahora
asistía á la caza de un jabalí cabalgando á la par de una hermosa y
egregia dama, á quien salvaba la vida por un acto de valor heroico;
ahora, en fin, resolvía suicidarse escribiendo antes una larga carta de
despedida cuajada de frases elocuentes y tildes psicológicas, nada
claras para el que no estuviese iniciado en el lenguaje cortesano, á la
señora de su mejor amigo, de quien había tenido la desgracia de
enamorarse perdidamente.

Aunque éstas no fuesen más que imaginaciones que vivían ocultas y
satisfechas en el magín de nuestro señorito, todavía lograron
trasladarse un tanto á la vida real por la fuerza de la costumbre y la
huella que iban dejando en su espíritu. Así, de un modo vago é
inconsciente, principió á imitar el carácter y las inclinaciones de los
personajes que más admiraba y á adoptar en la forma estrecha y
deficiente que podía los usos de la sociedad elevada donde tenía puestos
los ojos. Entonces se le vió andar por los parajes más retirados de la
población, solo y vestido con extraordinaria elegancia. Á lo mejor se
paraba ante un niño que lloraba en medio de la calle y lo consolaba y le
limpiaba las lágrimas con su pañuelo, y le metía después una moneda de
plata en la mano. Otras veces se le veía paseando á caballo, también
solo, por las cercanías, dejando las riendas sueltas y contemplando el
paisaje con mucho sosiego, ó bien marchando á todo escape como si huyese
de alguno que le perseguía. Encargó á Madrid cajas de guantes y
corbatas, suscribiéndose á dos periódicos franceses que traían revistas
de salones. También hizo venir floretes y caretas con todos los
restantes adminículos del juego de esgrima. Como en Vegalora y acaso en
toda la provincia no había maestro de armas que le enseñase, compró un
tratado, y ateniéndose á sus explicaciones y á las figuras que
representaban sus grabados, se puso á esgrimir el florete contra las
paredes, sin otro resultado que el de romper dos ó tres cristales y
tirar un frasco de tinta sobre la mesa. También quiso ensayarse en la
caza por ser el recreo favorito de la aristocracia; pero siendo la
tierra donde vivía extremadamente montuosa y quebrada, se fatigaba
demasiado y hubo de renunciar á ella.

Como al fin y al cabo Octavio tenía veinte años y una imaginación nada
apagada, y le bullía la sangre en el cuerpo, por más que en todo el
pueblo no hubiese mujer capaz de inspirarle una pasión aérea y nerviosa
como su entendimiento más que su corazón ansiaba, no pudo sustraerse á
la ley que á todos los humanos encadena. Un día, hallándose en el jardín
de su casa recortando los setos de boj y membrillo, para lo cual, y con
objeto de no lastimarse las manos, solía ponerse guantes, vió en el
balcón cercano unas cabecitas rubias que le sonreían. Eran los hijos de
D. Marcelino, á quienes Octavio, como vecino, no dejaba de conocer
muchísimo. Allí no estaban más que los pequeños. Empezó á hacerles señas
y á enviarles besos con la punta de los dedos, que los niños se
apresuraban á devolver por el mismo procedimiento. Cansado de la
mímica, les dijo esforzando la voz:

--¿Queréis una flor?

Los chiquillos gritaron «sí, sí», moviendo la cabeza afirmativamente
hasta descoyuntarse. Octavio arrancó un clavel y se lo arrojó, pero no
habiendo hecho bien la puntería cayó en el patio contiguo, con grande y
ruidoso sentimiento de los nenes. Tomó otro riendo y volvió á tirarlo.
Esta vez obtuvo un resultado satisfactorio. El niño que lo cogió le dió
las gracias con un beso. Los demás se pusieron á gritar:

--Dame otro, dame otro.

--Allá voy; no hay que impacientarse; para todos habrá.

Mas cuando se disponía á tirar el segundo clavel, vió levantarse
rápidamente sobre las maderas de la galería otra cabeza rubia un poco
mayor, aunque no menos hermosa. Una mano blanca salió por un instante
fuera, y una voz de timbre dulce y sonoro pronunció estas palabras:

--Esa es mejor.

Al mismo tiempo cayó á sus pies una grande y magnífica rosa de
Alejandría. La cabeza y la mano habían desaparecido como un relámpago.
El joven, recogiendo la flor con no poca sorpresa, preguntó:

--¿Quién está ahí con vosotros?

Los niños respondieron á coro:

--Es Carmen, es Carmen. ¡Uy! ¡uy! ¡uy!

Los chicos lanzaron gritos de dolor. Al parecer, su hermana, poco
satisfecha de la sinceridad del coro, les estaba repartiendo sendos
pellizcos en las piernas.

--Decidle que se asome para darle las gracias.

--No quiere... no quiere asomarse.

--Pues entonces dadle las gracias en mi nombre.

--Dice que no las merece.

--Dile que siento mucho que no se asome.

--Dice que por qué.

--Porque me gustaría mucho verla.

--Dice que bien vista la tienes.

Efectivamente, Octavio la veía todos los días, ya en la calle, ya en el
balcón; pero con la superioridad desdeñosa que los mancebos muestran
siempre á los niños, aumentada en este caso por sus aficiones
romancescas y costumbres singulares, no había reparado en ella.
Insensiblemente Carmen había ido creciendo y desarrollándose hasta
convertirse en una mujercita muy linda y apuesta, sin que nuestro joven
lo echase de ver. Cuando se efectuó la anterior escena podría tener
catorce ó quince años.

En la noche de aquel día, Octavio, un tanto preocupado con la aventura
de la flor, que le dejara en la boca cierto sabor novelesco muy de su
gusto, fué de tertulia á la tienda de D. Marcelino, donde casi nunca
ponía los pies. Apenas le vió la niña, se dió á correr por las escaleras
arriba como una cierva huída, y no pareció en toda la noche. Otro tanto
sucedió en las tres ó cuatro siguientes. Al fin, aquella corza
ligerísima, un poco más familiarizada con la vista del joven, principió
á vagar por los contornos de la tienda, aunque siempre recelosa y pronta
á escapar. Una noche Octavio le dió la mano al despedirse, como si se
tratase de una persona formal. La niña se lo agradeció con una sonrisa.
En las noches siguientes se aventuró á mirarle de aquel modo dulce,
rápido y lleno de timidez, de que ya hemos hablado. Octavio llamaba á
estas miradas _de vuelta de llave_, porque, en efecto, parecía que abría
un instante las puertas de su alma, y veloz como un relámpago tornaba á
echar el cerrojo. Para abreviar, Octavio y Carmen se entendieron
perfectamente al poco tiempo. De este noviazgo imprevisto se habló
bastantes días en la villa.

Apenas entró nuestro señorito en amores francos con la hija de D.
Marcelino, principió á desbordarse de su fantasía el torrente de
emociones vagas y refinadas, sentimientos alambicados y caprichos
extravagantes que allí habían ido formando depósito. Y tanto por el
cariño que inmediatamente nació en su corazón, como por conceder un
desahogo á las imaginaciones que desde hacía tiempo bullían en su
cabeza, comenzó á ensayar en sus relaciones todo aquel conjunto de
metafísicas amorosas y zalamerías aristocráticas de que estaban plagadas
las novelas que más á menudo leía. Algo de ello ha visto ya el lector en
uno de los anteriores capítulos; pero no fué más que una muestra
insignificante; porque el depósito de monerías de Octavio era
inagotable. Unas veces pedía el pañuelo á su novia y se lo devolvía al
día siguiente, después de haber dormido con la cabeza apoyada en él.
Otras se levantaba á horas avanzadas de la noche, echaba una escala de
seda, que había comprado, á los balcones de D. Marcelino, subía por
ella, y llamaba muy discretamente en el cuarto de Carmen. La niña,
muerta de miedo, preguntaba: «¿Quién anda ahí?» Octavio, metiendo la voz
por las rendijas del balcón, respondía: «Carmen, te quiero, te quiero»;
y se descolgaba rápidamente riéndose del susto de su novia. Otras veces
reñía con ella por cualquier bagatela y pasaba ocho días sin verla, al
cabo de los cuales, aprovechando un momento en que los dejaban solos, se
arrojaba á sus pies pidiéndole perdón y haciendo mil extremos de
arrepentimiento. Tan pronto ideaba obstáculos insuperables para unirse
con su amada, ya fuese la oposición violenta de D. Marcelino--el cual,
dicho sea entre paréntesis, no pensaba en semejante cosa,--ó algún
funesto misterio que se interponía entre ambos, como se complacía en
llamarla su prometida y su esposa y en que saliera á paseo con su madre
D.ª Rosario ó viniese á comer á su propia casa. En cierta ocasión se
empeñó en que le dijese que le quería más que á Dios; en otra se le
antojó que durmiese con guantes para conservar bellas y tersas las
manos.

Todos estos caprichos y otros infinitos más de nuestro héroe acogíalos
la niña con marcado disgusto y resistiéndose. No acertaba á
comprenderlos. En no pocos casos hubo de negarse rotundamente á las que
ella consideraba burlas más que pruebas de amor.

La verdad es que Carmen estaba formada de una pasta muy distinta de la
de su novio. Por su natural era poco á propósito para sondear las
profundidades más ó menos ridículas y extravagantes, pero siempre
espirituales, del carácter de Octavio. Hubiera preferido, sin duda, unos
amores menos alambicados, un novio más á la pata llana, que hiciera lo
que los demás, esto es, que la acompañara en paseos y romerías, le
contase las especies que corrían por la villa, le dijese que la quería
cuando viniese á cuento y en términos lisos y llanos; y si alguna vez le
entraban tentaciones de ser más tierno que de costumbre, le diese
buenamente un beso en las mejillas y no en la punta de los dedos ó en el
pelo, como hacía el suyo.

Cuando los condes de Trevia llegaron al país, los amores de Octavio y
Carmen contaban cerca de dos años de existencia. En este tiempo los
caprichos del uno y la resistencia de la otra habían ido cediendo
paulatinamente. Ambos se habían llegado á _acostumbrar_ y reñían con
menos frecuencia y hubieran concluído por casarse sin la aparición
inopinada en Vegalora de la condesa de Trevia. Pero esta noble señora
tuvo el privilegio de resucitar inmediatamente, y á la primera
entrevista, todas las ilusiones amortiguadas de nuestro héroe,
removiendo de una vez el depósito de aficiones, esperanzas y sueños
seductores que yacían desmayados en el fondo de su alma. Y en verdad que
nadie que tuviera ojos en la cara y alguna inclinación artística en el
corazón lo extrañaría.

Pocas mujeres pudieran hallarse que reflejasen en su fisonomía más
nobleza, bondad y ternura, ni que supiesen unir de modo más dichoso una
modestia sincera á una firmeza y elegancia en sus modales que alguna vez
la hacían aparecer altiva y desdeñosa. Precisamente esta última cualidad
era la que más atraía y encantaba al hijo de D. Baltasar. Avezado al
trato insustancial y vulgar de las jóvenes de Vegalora, que sin motivo
se reían estrepitosamente ó se mostraban serias como un regidor de
ayuntamiento, de esas niñas que observan las corbatas que uno tiene y
las botas que trae y se enfadan si no se las saluda á una legua de
distancia, y se hacen almíbar así que un joven rico se acerca á darles
las buenas tardes, la condesa fué para él una revelación ó, por mejor
decir, la realización viva, hecha carne y al alcance de la mano, de lo
que los libros le habían ya revelado. Cuando se acercaba á saludarla y
tocaba sus dedos finos enguantados y aspiraba el perfume delicado que se
escapaba de su persona, como si fuese cualidad de ella y no afeite del
tocador, y escuchaba su voz siempre entonada discretamente y veía vagar
por sus labios una sonrisa distraída y melancólica, se acordaba de las
heroínas que sucesivamente habían ocupado su fantasía y se decía que la
condesa nada desmerecía á su lado. Cuando volvía de la Segada después de
haber pasado algunas horas cerca de ella y entraba por los sucios
arrabales de Vegalora, nuestro señorito dejaba escapar siempre un
suspiro y se pasaba la mano por la frente. Allí se rompía el encanto. La
nube brillante que le envolvía durante el camino volaba á unirse con las
que el sol besaba antes de morir.

Una tarde se hallaban ambos asomados de bruces al balcón principal de la
casa. El conde leía un periódico. Miss Florencia paseaba por la huerta
con los niños. El día estaba opaco y caluroso. Montones de nubes espesas
vendaban la frente de la Peña Mayor y bajaban hasta reposar sobre las
colinas más próximas, cubriendo todo el valle de un toldo impenetrable,
sin que por ello hubiese temor de lluvia ó tempestad. En estas tardes,
frecuentes en los países del Norte, el silencio es más completo, el aire
sofocante y abrasa las mejillas. Si no fuese por el rumor del río, se
creería uno sordo, pues los pájaros callan posados inmóviles sobre las
ramas, los perros dormitan tendidos en los parajes más frescos, las
bestias de carga reposan en el establo ó pacen silenciosamente en los
prados, los insectos no zumban y los humanos se esconden no se sabe
dónde. Y, sin embargo, nunca se muestra la vida tan poderosa como en
estos días. Parece que por las entrañas de la tierra circula una fuente
abundosa de actividad que fecunda los gérmenes depositados en ella y
prestos á salir. Hay como una concentración de fuerzas en la naturaleza
y un prurito irresistible de crear. Por eso la gente del país llama con
notable exactitud á estos días _criadores_. Nuestro cuerpo sufre la
misma influencia. Advertimos en él, en medio de cierta pesadez
letárgica, mayor fuerza y salud. La sangre hierve, circulando
activamente por las venas y latiendo con inusitado brío en las sienes;
las mejillas se inflaman; los labios se secan y los ojos brillan
suavemente como las luces encendidas en los dormitorios.

La condesa llevó una mano á la frente y separó un poco los rizos que le
caían.

--¡Qué calor tan sofocante! Prefiero los días de sol; ¿y usted?

--Antes también los prefería. Hoy me he pasado á los nublados.

--¿Y por qué?

--Por algo extraño que está acaeciendo en mi espíritu y que no acierto á
explicarme. He cambiado mucho de gustos de poco tiempo á esta parte,
condesa.

--Pues yo voy á explicarle en dos palabras lo que le sucede. Usted está
enamorado, Octavio.

--Puede ser--respondió ruborizándose.

--Sí, sí, estoy enterada de todo. Ayer me la han enseñado. ¡Es preciosa!
Lo que es en este asunto le aconsejo que no cambie de gusto.

--¿Y si cambiase?

--Iría usted perdiendo en el cambio probablemente.

--¿Y si no perdiese?

--Haría usted mal de todos modos.

La condesa vaciló un instante antes de responder así. Octavio, al
observarlo, sonrió levemente. Los dos callaron hundiendo sus ojos en
aquella gasa impenetrable de vapores. La condesa buscaba el sol. Octavio
buscaba una fórmula. La condesa principió á tararear _piano_ la famosa
frase _il sol de l'ánima_ de _Rigoletto_. Octavio la escuchaba con
arrobamiento: sintió húmedos sus ojos y apretada la garganta. Cuando la
dama distraídamente quiso pasar á otra melodía, la interrumpió
exclamando:

--No puede usted figurarse, condesa, qué impresión tan honda me causa la
frase que acaba usted de cantar. De todas las melodías que hasta ahora
he escuchado, ninguna expresa más vivamente el triunfo del amor. Hay
cantos donde se pinta mejor el amor inocente y puro; los hay también que
reproducen con más verdad las amarguras del amor desgraciado ó los
gritos desesperados de una pasión tempestuosa y loca; pero ninguno donde
el amor se muestre tan feliz y embriagador, henchido de alegría y
cargado de perfumes; donde el alma y los sentidos reposen con más
deleite. ¡Oh! Es el amor con que sueña la juventud; que enciende el
corazón sin consumirlo; que inunda nuestro espíritu de luz y de armonía,
y penetra, cual bálsamo dulcísimo, por todos los poros del cuerpo.

--¡Está usted elocuente!--dijo la condesa mirando con sorpresa al joven,
que daba muestras de hallarse conmovido.

--Lo que estoy es ridículo espetándole á usted un discurso sobre el dúo
de una ópera--repuso él sonriendo y calmándose repentinamente.

--Nada de eso; habla usted perfectamente, y sobre todo, el calor con que
se expresa prueba que tiene usted un corazón sensible.

--Lo cual es una desgracia, condesa.

--No lo crea usted. Aunque se sufra mucho, vale más sentir que no
sentir. Siempre es preferible ser hombre á ser piedra.

--No me atrevo á disputarlo, porque mi causa es antipática; pero crea
usted que hay momentos en que daría uno cualquier cosa por ser piedra.

--Nada, nada, Octavio, está usted enamorado; se le conoce á la
legua--dijo la condesa con alegría infantil y familiar capaz de
trastornar á cualquiera.

--Sí que lo estoy--repuso Octavio con firmeza y clavando sus ojos en la
dama;--pero no sabe usted de quién.

La condesa miró en aquel instante para la huerta y vió á miss Florencia
que parada en medio de un camino los contemplaba fijamente. Después,
arrastrada por cierta fuerza misteriosa que acredita la existencia del
magnetismo, volvió la cabeza hacia la sala y halló los ojos turbios y
fríos del conde que también los contemplaba. Y como si imaginase que con
un arma de fuego le estaban apuntando al pecho y con otra á la espalda,
dejó velozmente el balcón, dió algunas vueltas por la sala, fué, por
último, á sentarse delante del piano y empezó á correr los dedos por las
teclas distraídamente.

Octavio, en la misma postura y absorto en sus pensamientos, no parecía
haber notado su marcha brusca ni escuchar las caprichosas notas que
salían del piano. Los dedos de la dama, cansados sin duda de vagar á la
ventura por el teclado, empezaron á señalar delicadamente una melodía.
Era _il sol de l'ánima_. Á Octavio le dió un vuelco el corazón y volvió
rápidamente la cabeza. La condesa, con la sonrisa en los labios y los
ojos medio cerrados, le miraba por entre sus negras y largas pestañas
con expresión picaresca. Después que hubo cesado, Octavio se dirigió á
ella, apretó su mano un poco más que de costumbre y se despidió hasta el
día siguiente. El rostro del mancebo, al enderezar la marcha hacia
Vegalora, parecía decir á los árboles que sombreaban el camino: «Amigos
míos, esto es hecho».



VIII

La romería.


El conde dijo á la condesa:

--Si tienes gusto en ir á esa fiesta, vé, querida mía. Me has de
permitir, sin embargo, que no te acompañe. Esos recreos campestres no
despiertan en mi corazón los tiernos y bucólicos sentimientos que en el
tuyo.

Lo dijo con la sonrisa de siempre. Estaban presentes el cura de la
Segada y el licenciado Velasco de la Cueva. El conde de Trevia guardaba
á su mujer delante de gente el respeto y atención que la más egregia
dama pudiera exigir de su marido. Aun, en este punto, iba más allá de lo
que ordinariamente se practica en el mundo. Ora fuese resultado de su
carácter extravagante, ora procediese de un prurito de resucitar añejas
y olvidadas costumbres de la nobleza, ó simplemente por apartarse del
vulgo, lo cierto es que su excelencia rodeaba á la condesa públicamente
de un aparato de ceremonia y homenaje que recordaba los buenos tiempos
de la caballería ó la refinada cortesanía de los salones de Luis XIV.

La servidumbre y los amigos íntimos sabían, no obstante, á qué atenerse
sobre esta cortesía.

La condesa quiso ir á la romería de su parroquia. La idea de presenciar
nuevamente una fiesta donde tanto había gozado cuando niña, la
lisonjeaba en extremo. Pedro, por su parte, no dejaba de mentar á menudo
esta romería, que era también la suya, y de prometérselas muy felices
para cuando llegase, lo cual aguijaba más y más el deseo de su señora.
Decidió por fin ésta, con la venia de su marido, acudir á ella y dijo á
Pedro:

--Si no fuese porque no quiero impedir que te diviertas á tu sabor, tú
serías mi acompañante en la expedición.

--Y lo seré, señorita, si es que usted no me echa de su lado. La mejor
diversión para mí hoy es ver honrada la romería de mi parroquia por la
señora condesa.

--¿Lo dices de veras?

--Señorita, le hablo con el corazón.

--No te creo.

El mayordomo hizo mil protestas á cual más exagerada para que le
creyese.

--Gracias, gracias. Ven conmigo, pero ya sabes que no te lo exijo.

--Señorita, por Dios, no me ofenda...

Después de haber hablado algún tiempo sobre ello, decidió la condesa ir
á pie para confundirse con la muchedumbre de los romeros y participar de
todos los placeres y molestias de este género de regocijos.

Salieron poco después de almorzar. Laura llevaba un gracioso traje corto
de rayas blancas y verdes, ligeramente descotado en forma de corazón. La
cabeza descubierta y sueltas sobre la espalda las dos esplendidas
trenzas de su cabello castaño. Pedro vestía pantalón apretado de color
lila, chaqueta negra, también ceñida, sombrero de paja, un pañuelo
blanco de seda al cuello y faja morada. En la mano llevaba un garrote de
acebo muy pintarrajeado con una cinta para colgar de la muñeca. El
Canelo, con el rabo enroscado, marchaba delante, unas veces cerca, otras
lejos, y parándose con frecuencia á ver si sus amos le seguían.

Mientras no salvaron el puente caminaron en silencio. La condesa
observaba con el rabillo del ojo y sonriendo picarescamente la actitud
encogida y espantada de su acompañante. Al llegar á la carretera tuvo
compasión de él y le dirigió la palabra.

--¿Sabes que es un garrote tremendo ese que llevas?

--No es malo, señorita, pero lo que importa es manejarlo bien cuando
llegue el caso.

--Dámelo, y toma. Yo llevaré el palo y tú la sombrilla, que no me hace
falta.

Y empezó á caminar apoyándose en él con mucho donaire. Al cabo de un
rato dijo con gesto de fatiga:

--Mira... Llévalo tú, que no puedo. Está visto que hoy no he de dar
ningún palo en la romería.

Pedro sonrió. Quiso decir algo, tal vez una galantería; movió un poco
los labios; se puso encarnado... y no dijo nada.

--Por más que disimules, Pedro, no puedes ocultar que vas á disgusto
conmigo. Vamos, dí la verdad, ¿no hubieras preferido ir solo?

Trató de convencer á su señora por cuantos medios le sugirió su
imaginación de que iba contentísimo. La condesa le contradecía, riendo
al verle tan sofocado: celebraba con mucha algazara los disparates que
al pobre muchacho se le ocurrían para demostrar su tesis.

--¿Y qué dirá tu novia cuando vea que no bailas con ella? Procuraré que
tengas un rato libre.

--Pero si no tengo novia... ¿Quién le dijo á usted eso?... Apuesto á que
fué Manuel de María... Pues que se ande con cuidado ese charlatán con
las bromas, que bien sabe cómo las gasto...

Dieron un corto rodeo para no pasar por la villa y tornaron á seguir la
carretera, siempre á orillas del Lora. La tarde estaba apacible y
límpida: sólo algunas nubes festonadas asomaban la frente por encima de
la crestería de las montañas. El sol no les molestaba sino á ratos, y su
fuerza estaba deleitosamente mitigada por un vientecillo fresco que el
río traía sobre su corriente. Según se alejaban del palacio y de sus
contornos, crecía pasmosamente la locuacidad de la condesa. Empezó á
descargar una nube de preguntas sobre la cabeza del mayordomo. ¿Había
estado en la romería el año anterior? ¿Había venido con alguna muchacha?
¿Qué casa era aquella que se veía del lado allá del río? ¿Habría
salmones en el pozo que tenían á sus pies? ¿Cuántas veces se había
bañado ya desde que empezó el verano? ¿Cuántos años tenía el Canelo?
¿Era buen cazador?--Á todas iba contestando Pedro con la gravedad y
firmeza que le caracterizaban, satisfaciendo la curiosidad de su señora
y esclareciendo su inteligencia sobre las diversas cuestiones que
sometía á su decisión. Paulatinamente se había ido despojando del temor
y cortedad que le embargaban.

La pobre Laura, con su figurilla menuda y agraciada, con sus manos y
mejillas de clavel, los ojos claros y húmedos, los labios rojos y
sonrientes, y sobre todo, con las palabras amables que dulcemente fluían
de ellos sin compostura, no era á propósito para inspirar temor á nadie.
Quizá en los salones de la corte, fastuosamente ataviada, cuando
aquellos ojos garzos rasgados se clavaran con ceño, y aquellos labios
frescos y cándidos se plegaran duramente con una sonrisa fría, pudiera
aparecer altiva (y tal era la opinión que de ella tenían formada
muchos). Pero la dama orgullosa y severa se había quedado por allá. Aquí
no estaba á la sazón más que una hermosa mujer que charlaba por los
codos y marchaba sin compás, unas veces á brincos y otras arrastrando
los pies, bajándose á lo mejor para tomar una piedra y arrojarla al río,
ó pegando golpecitos con la sombrilla en las ramas de los árboles.

Pronto divisaron la casa solariega de los Estrada encima de la carretera
como á unas cien varas. Allí desembocaba en el Lora un riachuelo.
Nuestra pareja abandonó la carretera y emprendió la marcha por la
estrecha cañada que este riachuelo seguía. Al pasar por debajo de su
casa, la condesa alzó los ojos hacia ella y sacó el pañuelo para enjugar
unas lágrimas.

--Pedro--dijo señalándola con el dedo,--ahí ya no queda nadie.

Siguieron marchando. Bien pronto la variedad amena del camino divertió á
la condesa de los tristes recuerdos que le asaltaron á la vista de su
antigua morada. La garganta por donde caminaban era estrechísima.
Formábanla dos enormes montañas calizas cortadas verticalmente, de
suerte que era tan estrecha por arriba como por abajo. Aquellas
monstruosas paredes eran blancas, pero estaban salpicadas por grandes
manchas de musgo.

--¡Qué atrocidad! ¡Qué altura tienen estas montañas, y qué cercanas
están! ¡Si parece que se vienen encima!

--¿Ve usted, señorita, aquel agujero que tiene la peña allá arriba?

--Sí.

--Pues antes había allí un nido de buitres, y yo entré de chico una vez
á cogerles los huevos.

--¿Y por donde te encaramaste allá?

--Por una cornisa que forma la peña y que apenas se ve desde aquí. Por
cierto que cuando llegué delante del agujero salió de repente el pájaro
y me dió un aletazo en la cara que me hizo vacilar.

--Si te hubieras caído, adiós romerías, ¿verdad, Pedro?

--Iría á las romerías del cielo, que deben de ser mejores que éstas.

--Tienes razón. ¡Qué hermosas serán las fiestas que los ángeles celebran
en honor de Dios! ¿No hubiera valido mucho más morirse de niño, sin
haber pecado, para ser uno de esos ángeles que están á los pies de la
Virgen?... Pero ahora... ahora ya no puede ser... Debemos contentarnos,
si somos buenos, con ir al cielo y estarnos allí muy quietos, gozando
con ver á Dios, y nada más...

Siguieron hablando de cosas del cielo algún tiempo, pero no como
personas graves, sino como niños. Aquella charla pueril parecía
refrescar á la condesa. La niña cándida y bulliciosa volvía á nacer
dentro de ella, y salía lanzando dulces carcajadas á la luz, olvidándose
de la oscura prisión en que había yacido once años. Hablaba por hablar,
como los niños; preguntaba las cosas más sencillas y menudas,
complaciéndose en humillar su inteligencia cultivada y en trocar sus
maneras cortesanas por otras rudas y campesinas.

Mas era de observar cómo, á medida que esta trasformación se operaba,
cambiábase también el encogimiento y temor del mayordomo en franqueza y
libertad. Insensiblemente Pedro empezó á tratar á su señora como á una
compañera, hasta reirse algunas veces de sus preguntas inocentes y
disparatadas. La condesa reía también, así que las hacía; pero le daba
golpecitos con la sombrilla, llamándole burlón y cazurro. Si la
despojasen de su ropa y la pusiesen un traje de aldeana, hubieran pasado
muy bien por novios ó hermanos. Cuando encontraban una saltadera, el
muchacho saltaba primero y alargaba su gran mano endurecida á la
condesa, que sumía dentro de ella la suya breve y fragante como un botón
de rosa. Otras veces, si era demasiado alta y la señorita gritaba desde
arriba que tenía miedo, la tomaba por la cintura y la depositaba en el
suelo con la misma delicadeza que si fuese un objeto de cristal. «¡Qué
fuerza tienes, Pedro! le decía ella. Si me dieses un golpe con esas
manazas, me matarías.» El mayordomo sonreía á modo de sultán acariciado
y se encogía de hombros con desdén. Poco á poco se iba estableciendo
entre ellos la relación trazada por la naturaleza: ella, como ser débil,
delicado y menesteroso, sometiéndose; él, como fuerte y enérgico,
dominándola y protegiéndola.

El camino estaba sombreado por avellanos, que con sus haces de troncos
delgados, formando á modo de enormes canastillos, salían de los prados
vecinos. El verde claro y deslumbrador de éstos resaltaba y hacía
contraste con el oscuro de aquéllos, regalando la vista y convidando á
reposar. El río corría murmurando por el fondo de la cañada. En uno de
los prados que bordaban el camino, corría también un arroyo que servía
para mover el molino que blanqueaba entre los árboles. Era cristalino y
puro, y se desataba tan gentil y suavemente que daba gloria verlo
marchar por la pradera. La condesa significó el deseo de reposar un
instante en su orilla. Estaba cansada y le placía en extremo mirar el
curso del agua. Además, tenían tiempo de sobra para estar en la romería.
Sentáronse sobre el manto de césped salpicado de florecillas blancas, y
empezaron á contemplar con ojos extáticos la serpiente de plata que se
arrastraba perezosamente á buscar su guarida en el molino. La condesa se
bajaba, metía la mano entre sus escamas y la sacaba mojada y la sacudía
riendo sobre la cara de Pedro, el cual reía á su vez y no se tomaba el
trabajo de limpiarse. Pero no por marchar suavemente dejaba de murmurar
la cristalina sierpe algunas cosas al oído de nuestra pareja. Al
principio la condesa pensaba que decía siempre lo mismo.

--¡Qué pesadez! Siempre el mismo _ru, ru_... ¡llega á marear! ¿No
observas con qué gravedad murmura esta gran culebra?... Parece un
maestro que nos está sermoneando, sin cansarse jamás de darnos
consejos... Escucha ahora sin embargo... ¡Qué notas de flauta tan
hermosas!... Ya vuelve al _ru, ru_... Otra vez la flauta... Parece que
interrumpe su sermón para hacernos una caricia...

Pedro con sus grandes ojos abiertos seguía la corriente del agua.

--¡Qué serio te has puesto, Periquillo!... ¿Te vas aprovechando de los
consejos del agua?... ¡No pongas esos ojazos, hombre, que me asustas!

La joven reía sin cesar y sin motivo, como quien se desquita de largo
ayuno. Eran sus carcajadas sonoras y claras, pero no en tono agudo, sino
grave. Las notas firmes y llenas que de su garganta se escapaban cuando
reía, contrastaban un poco con la pureza y trasparencia de su mirada.
Salían teñidas de cierta sensualidad punzante que agitaba los sentidos.
Era una risa dulce y amarga á un mismo tiempo, como la de una bacante.
La cándida Laura estaba muy lejos de sospechar los misterios amables de
su risa. Si los conociese, tal vez notaría el brillo inusitado de los
ojos de sus amigos cuando la dejaba correr por su garganta y se
ruborizara.

--Mire usted, señorita, cómo se inclinan estos avellanos sobre el
arroyo... Parece que arden de sed los pobres. ¡Qué pena debe de ser
mirar el agua tan cerca y no poder beberla!... Mire usted, mire usted,
sin embargo, aquella rama... ya consiguió besar la corriente... ¡Cómo se
pondrá ahora el cuerpo de agua!... ¡Calle, ahora salimos con que nos
estaba escuchando aquel lagarto!...

En efecto, uno de estos animales de pintada piel había asomado primero
la cabeza al ruido de la conversación por entre dos piedras, y no tardó
en salir todo él, quedando inmóvil, según su costumbre.

--¡Ah maldito!--gritó el mayordomo arrojándole una piedra con todas sus
fuerzas.--¡No escucharás más tiempo!

La piedra cayó sobre el lomo del animal, partiéndolo en dos. La cola dió
todavía algunos brincos sobre la arena.

--¡Pobrecillo!--exclamó la condesa.--¡Para qué lo has matado!

--Señorita, dicen que estos animaluchos hablan con las brujas y les
cuentan todo lo que oyen. Parece increíble, ¿verdad?... Pues á mí de
chico me sucedió que una vez hablé mal del maestro con otro compañero, y
prometí vengarme de él cuando fuese mayor. Un lagarto nos estaba
escuchando. Pues al día siguiente lo supo por una bruja que llamaban la
tía Dolorosa. Por poco me deshace á palos. Entonces me puse á cavilar si
sería el lagarto, ¡y les tomé un odio!...

Sin dejar de hablar, levantáronse y emprendieron nuevamente la marcha.
No tardaron en salir de la áspera y estrecha cañada y desembocar en un
valle relativamente ancho. Era casi circular y alcanzaría dos kilómetros
de diámetro. Nada más fértil y frondoso que aquel pedacito de tierra
llana circundado de altísimas montañas. Todo él estaba dedicado á
pradería y semejaba una alfombra donde los setos guarnecidos de
avellanos trazaban los dibujos. El río corría por el medio más sereno y
tranquilo que en la cañada. Á la entrada encontraron la casa de Pedro,
quien se empeñó en que su señora descansara en ella un instante. Laura
no osó negarse. La casa estaba habitada solamente por la madre de Pedro
y por un hermanito de doce años. El padre había muerto. Allí fueron de
oir las exclamaciones de la buena mujer al ver á la señora condesa en
compañía de su hijo. No sabía lo que le pasaba. Corría de un lado á otro
poniéndole dos sillas á un mismo tiempo para que se sentase. Hacía mil
reverencias ridículas y no se cansaba de repetir «¡que cuándo podía
esperar ella que la señora condesa se dignara entrar en una choza tan
miserable!» El joven escuchaba las zalamerías de su madre con
indiferencia: Laura, con semblante risueño y agradecido. La pobre mujer
no podía ofrecer nada más que una taza de leche y torta de borona, pero
«¡cómo había de comer cosa tan ruin la señora condesa!»

--Que lo coma para que sepa cómo viven los pobres--dijo Pedro con
cierto énfasis brutal.

La condesa, lejos de ofenderse, le dirigió sonriendo una mirada humilde
y aceptó de manos de su espantada madre la taza de leche y la torta.
Comió, si no con gran placer, al menos sin hacer ningún asco, mientras
el mayordomo la contemplaba fijamente con expresión triunfal. El Canelo
participó también del festín, y bien lo tenía ganado, pues por milagro
no se le desprendió el rabo á fuerza de menearlo.

--Vamos, vamos, que ya es hora de ir llegando á la fiesta.

Y otra vez emprendieron la marcha, alargando el paso. Salvaron casi todo
el valle caminando por una de las laderas. Á la mitad de él próximamente
sintieron el lejano y débil repiqueteo del tambor. Algo más adelante
percibieron un murmullo ó rumor vago y confuso que despierta siempre
dulce emoción en los que asisten á esta clase de regocijos. La romería
estaba cerca. Caminaron todavía algunos minutos por un espeso maizal que
los ocultaba enteramente, y llegaron por fin á un sitio desde el cual
vieron á corta distancia el campo donde se celebraba. Era un vasto prado
de verde claro, todo circuído de avellanos.

El espectáculo que ofrecía era á par sorprendente y deleitoso. Por
encima de él hormigueaba una muchedumbre compuesta principalmente de
mujeres, cuyos pañuelos de diversos y vivos colores, al moverse,
mareaban y turbaban la vista. Los hombres en su mayoría se hallaban
recostados debajo de los árboles, bebiendo pésimo vino y cantando
desentonadamente. Escuchábanse los gritos desafinados de los pregoneros,
ofreciendo agua de limón, sangría de vino tinto y avellanas tostadas, y
los sonidos agudos y gangosos de la gaita, siempre acompañada del
tambor. Esparcidas por diversos parajes del campo veíanse algunas mesas
vestidas de lienzo blanco y atestadas de ciertos confites peculiares de
la fiesta, como mazapanes, amargos, florones, madamitas, crucetas que se
llevaban los ojos de los niños y los cuartos de las madres. Pocos se van
de las romerías sin algunos de estos dulces en un pañuelo, los cuales
toman el nombre de _perdones_, por ser la ofrenda que los romeros hacen
á su familia en recompensa de haberse quedado en casa mientras ellos se
divierten.

En uno de los ángulos del prado se hallaba el grupo de los bailadores
que movían las piernas con ligereza al son de la gaita y el tambor,
rodeados de otro grupo más numeroso de curiosos. Pero lo que más atraía
la vista era un gran nogal, colocado casi en el centro del campo, que
por lo espeso de sus hojas y lo bien recortado semejaba una enorme
planta de albahaca. Debajo de él una cantina, donde los cueros hinchados
que guardaban el vino yacían insolentemente sobre las mesas, inmóviles
como borrachos. En torno de la cantina y del árbol se había formado una
danza que daba vueltas pesadamente, cantando las baladas del país.

Nuestra pareja se introdujo entre la muchedumbre. Inmediatamente se
vieron rodeados por una porción de aldeanas conocidas de Laura en otro
tiempo, quienes prorrumpieron en exclamaciones de sorpresa y placer,
saludándola con muestras de un regocijo espontáneo, y prodigándola mil
epítetos cariñosos de los que tanto abundan en la lengua rústica y
primitiva de estas comarcas, tales como «botón de rosa, lucero, corazón
de manteca, reitana y palomina sin hiel». Ninguna, sin embargo, se
atrevía á llamarla de tú, ni á besarla, aunque buena gana se les pasaba
á todas. Algunas, no pudiendo resistir la tentación, le tomaban las
manos y se las cubrían de besos. Laura, muy conmovida, consiguió á
fuerza de trabajos desprenderse de aquel grupo y seguir adelante.
Marchaba apoyándose en el brazo de Pedro aspirando con delicia todos los
olores y todos los ruidos de la romería, parándose á cada instante y
fijando su atención en cuanto la rodeaba. Cerca de una mesa de confites
percibió al fin á una joven que hacía tiempo la miraba con ojos tímidos
y ansiosos. Era la amiga más íntima que había tenido. Voló hacia ella y
la estrechó entre sus brazos con fuerza. La aldeana recibió tal
impresión, que no acertó á decir ni hacer nada, y se dejó acariciar por
la condesa, inmóvil y desfallecida, pero soltando por sus ojos tristes
un diluvio de lágrimas. Después charlaron mucho de cuanto les había
pasado. Pedro, que no podía tomar parte en la conversación, derramaba
la vista con semblante distraído por los contornos.

--Perico, te estás aburriendo. De buena gana bailarías un poco, ¿no es
verdad?... Pues mira, por mí no has de dejar de hacerlo. Vamos allá, que
quiero bailar contigo.

Y dicho y hecho: la condesa, á pesar de los ruegos y las protestas del
mayordomo, le arrastró hacia el sitio del baile y se introdujo allá
resueltamente. Y con gran pasmo del grupo de curiosos, puestos uno
enfrente de otro, comenzaron á bailar con brío y arrogancia al son de la
gaita. Los mozos, levantando los brazos y mirando á las mujeres
atrevidamente á la cara, ejecutaban mil suertes de figuras, brincaban
hacia atrás y hacia adelante haciendo ruido con sus fuertes y
claveteados zapatos. Las mujeres, con los brazos y los ojos bajos,
brincaban mucho menos y recibían la ruidosa y tosca adoración de su
pareja dignamente y ruborizándose. Pero ¡quién se acordaba de ninguna de
ellas teniendo á la vista la figura encantadora y risueña de la condesa
de Trevia! La muchedumbre, que discurría con estrépito por el vasto
prado; el manso río, que atravesaba el valle sin prisa de llegar á su
destino, como un viajero que admira la amenidad del sitio; el césped
florido, donde los pies se hundían con deleite; los árboles, y las
imponentes montañas, que cerraban á corta distancia el horizonte, todo
estaba allí colocado por Dios con el objeto exclusivo de ver á Laura.
Por lo menos no habría hombre de mediano sentido práctico que no diera
todas aquellas hermosuras por uno de los rizos que caían en desorden
sobre su frente, alborotándose más y más con los rápidos movimientos del
baile. Cuando ya tenía las mejillas encendidas como amapolas y los pies
se negaban á separarse de la tierra, quedó inmóvil, y empezó á darse
aire con el pañuelo. En aquel momento alzóse un poco de tumulto cerca de
ellos: se oyeron algunos gritos coléricos y también el chasquido de los
garrotes. La gente acudió allá en tropel. Viéronse bastantes palos
enarbolados y otros tantos combatientes ebrios de furor, y alguno de
ellos soltando sangre por la frente. Salió una voz del tumulto gritando:
«¡Pedro, que matan á tu primo!» El mayordomo partió como un rayo, y
vibrando su nudoso garrote empezó á repartir palos lindamente. Pronto
trazó el miedo un círculo espacioso en torno suyo. Las mujeres se cogían
á la cintura de los campeones, queriendo sujetarlos. La condesa, al
igual de ellas, también trataba de contener á Pedro vertiendo lágrimas
de susto. Cesó al cabo la gresca por la misma razón que había empezado,
esto es, por ninguna. Quedaron algunas mesas de dulces por el suelo y no
pocas cestas de fruta volcadas. Los heridos se fueron á lavar al río,
que estaba cerca.

La danza siguió dando vueltas en torno del gran nogal. Á la condesa
también le vino en apetencia el entrar en ella. Ya los hombres y las
mujeres no estaban separados como en los antiguos tiempos, sino
agradablemente confundidos, aunque agarrándose sólo por el dedo meñique.
Los mozos terciaban sus garrotes haciéndolos descansar sobre el brazo,
lo cual prestaba á la danza el aspecto guerrero que indudablemente tuvo
en su origen. Cuando la condesa y Pedro entraron, la mitad de la danza
decía cantando:

    ¡Ay, un galán d'esta villa!
    ¡Ay, un galán d'esta casa!

La otra mitad contestaba:

    ¡Ay, diga lo qu'él quería!
    ¡Ay, diga lo qu'él buscaba!

La melodía era suave y monótona. En una mitad cantaban las voces agudas,
y en la otra las graves, prolongando todas mucho la vocal final del
segundo verso:

    ¡Ay, busco la blanca niña!
    ¡Ay, busco la niña blanca!

Al instante respondían los otros:

    ¡Ay, que no l'hay n'esta villa!
    ¡Ay, que no l'hay n'esta casa!

La condesa se balanceaba cogida al dedo del mayordomo. Á menudo volvía
la cabeza para dirigirle una sonrisa. Todos tenían los ojos puestos en
ella, mostrando gran satisfacción de verse tan honrados.

    Si no era una mi prima,
    Si no era una mi hermana.

Y cantaban las voces graves en seguida, bien enteradas de todo:

    ¡Ay, del marido pedida!
    ¡Ay, del marido velada!

--Pedro--dijo en voz baja la condesa,--¿cómo eres tan quimerista? Yo te
creía más pacífico... ¡Me has dado un susto!... Todavía me late el
corazón con prisa.

--¡Ah, señorita! ¡Si usted supiera el sentimiento que tengo por haber
hecho esa barbaridad!... Me estaría dando de palos hasta romperme la
cabeza, por bruto. Pero ya ve usted, era mi primo... Usted es muy buena,
señorita, y me perdonará, ¿no es cierto?

--Sí, Periquillo, estás perdonado--repuso haciendo una mueca graciosa y
soltando el dedo para apretar la mano del joven.

    ¡Ay, bien qu'ora la castiga!
    ¡Ay, bien que la castigaba!

Y mejor enterados los otros, respondían:

    ¡Ay, con varillas de oliva!
    ¡Ay, con varillas de malva!

Los mozos y las mozas se dirigían en los intermedios del canto palabras
sueltas y se daban leves empellones á guisa de caricias, no siendo al
parecer estos requiebros de hombros los que menos estimaban las
doncellas de sus galanes. Todos cantaban maquinalmente y sin darse
cuenta del drama sombrío que se iba desenvolviendo en su romance. La
misma Laura, que pudiera ver en él tristes analogías, no fijaba la
atención. Pocas veces se la vió tan risueña y despegada de malos
pensamientos. Con la boca entreabierta, los ojos brillantes y el vaivén
incitante de su cuerpo garrido, parecía otra Laura evocada y traída de
los abismos del tiempo por aquel ritmo primitivo.

    ¡Ay, que su amigo l'espera
    ¡Ay, que su amigo l'aguarda!

    Al pie de una fuente fría,
    Al pie de una fuente clara,

    Que por el oro corría,
    Que por el oro manaba.

--¿No le parece á usted, señorita, que podemos ir dejando la romería? El
sol está ya muy bajo...

Laura sacudió la cabeza como si despertase de un sueño y soltó sus manos
del corro. Cuando se alejaron de la danza las voces agudas cantaban:

    Ya su buen amor venía,
    Ya su buen amor llegaba.

Y las graves respondían:

    Por donde ora el sol salía,
    Por donde ora el sol rayaba.

Despidiéronse de cuantos amigos hallaron. La sombra, en efecto, había
invadido todo el valle y empezaba á escalar lentamente las montañas.
Compraron confites y avellanas tostadas y bebieron unos sorbos de vino
para tomar fuerzas. Algunas aldeanas los acompañaron un buen trozo del
camino, despidiéndolos á la salida del valle. Al entrar en la cañada,
una brisa perezosa y blanda vino á acariciarles el rostro y las manos.
Caminaban charlando y comiendo avellanas. Cuando la condesa tenía
reunidos en la mano algunos cascos, los arrojaba riendo á la cara de su
acompañante. La voz de la gaita se perdía moribunda ya en los repliegues
y concavidades de las peñas. El río se quejaba amargamente del poco
sitio que éstas le dejaban. Cerrábanse los avellanos formando túnel y
oscureciendo mucho el camino. Los honrados castaños alargaban sus palmas
sobre las cabezas de los romeros brindándoles protección. Al pasar cerca
del molino Laura le dirigió una mirada. La gran culebra triste y oscura
no acababa de encontrar guarida y seguía arrastrándose silenciosamente
entre las sombras del crepúsculo. Los pedazos del lagarto que Pedro
había matado se reflejaban aún en su lomo tembloroso y plomizo. Cuando
llegó la pareja al palacio era ya noche cerrada.



IX

Fragmentos de un diario.


Cierto no habrá lector que haga al señorito Octavio la ofensa de
suponerle desprovisto de un _diario_. Los héroes de novela tienen
ciertas obligaciones á las que no pueden sustraerse.

Hé aquí algunos trozos arrancados de su cuaderno.

Son de gran utilidad para el curso de esta historia. Están escritos de
su mismo puño en una magnífica letra inglesa.

      Julio 26.

Lo mismo que ayer. ¡Qué tiempo tan fatal! No tengo disculpa para ir allá
con esta lluvia que ahora da en caer por las tardes... ¡Y yo que
atravesaría el Océano en una lancha por tocar un dedo de su hermosa
mano!

      Julio 27.

Lo mismo que ayer y que anteayer. Las mañanas están limpias y claras, y
á la tarde es precisamente cuando estalla la borrasca. Me desespero. Hoy
no pude resistir la tentación: tomé el impermeable y me fuí hacia allá.
Después de pasar el puente salté á los prados para atravesar el camino.
Si me hubieran visto caminar con aquel temporal no sé lo que hubieran
pensado. Mi objeto único y exclusivo era verla, aunque fuese de lejos.
Me aposté detrás de un árbol y estuve esperando no sé cuánto tiempo. El
agua me bañaba el rostro y el cuello. Al fin oí su voz clara y perlada.
Salió al corredor con su hijo y ambos se divirtieron un rato en extender
las manos para recibir en ellas los hilos de agua que caían del techo,
secándose después con el pañuelo. ¡Qué aspecto infantil tan encantador
toma á veces! Y no obstante, yo la prefiero altiva y soberbia, cuando
pasea su mirada distraída por los objetos y contesta á un saludo
profundo con leve inclinación de cabeza. Mujeres hay muchas; damas muy
pocas. Cuando me acerco á ella tiemblo de los pies á la cabeza, pero
este temblor me hace gozar extraordinariamente. Son misterios de mi
organismo que á nadie se pueden confiar, porque nadie los entendería.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

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      Agosto 1.º

Hoy, hablando con ella de la antigüedad de mi familia, me enredé en un
lío de mentiras tan grande, que no sé cómo pude salir de él. Me puse
colorado hasta las orejas, y cuantos más esfuerzos hacía por aparecer
sereno, más me sofocaba. Si lo notó, como es de presumir, ¡qué idea tan
baja habrá formado de mí! Estoy vendido con este rubor estúpido que me
asalta por el más leve motivo. Se me figuró que al despedirme hizo un
gesto de desprecio, ¡Dios mío, que estúpido soy!

      Agosto 2.

Cuando creí que iba á encontrarla fría y seria por mi necedad de ayer,
recibí la deliciosa sorpresa de hallarla más amable y jovial que nunca.
Jamás se acaba de entender á esta clase de mujeres; pero estos vaivenes
y misterios son los que más encienden el amor. Al verla hoy dirigirse á
mí tan cariñosa y risueña, me dió un vuelco el corazón; se me cortó la
voz: seguramente me puse pálido. Nunca me ha pasado esto con Carmen. Á
los ocho días de tratarla ya me la sabía de memoria y predecía todas sus
respuestas y ademanes. ¡Pobre Carmen, qué mal le pago el amor que me
tiene! Pero ella, ó el diablo por ella, se empeña en quitarme las
ilusiones. Ayer me decía con gran amabilidad que esperaba que hoy fuese
á su casa á comer _de mediodía_. ¿Tengo yo la culpa de que la pobre niña
sea tan chabacana?... Hoy ha estado cariñosa en extremo conmigo, hasta
el punto de que su marido fijase alguna vez con insistencia su mirada en
nosotros. Esto ha contenido un poco los ímpetus de la lengua, pronta á
dejar escapar mi dulce secreto. Yo pensaba que á los maridos se les
tenía siempre lástima; pero no es así. Ese hombre me causa pavor. Su
mirada me hace temblar. Hemos merendado en el campo, que estaba
delicioso. He gozado pocas veces tanto en mi vida. El humor de ella
excelente, aunque á veces decaía repentinamente y sin motivo. Como yo me
negase á tomar cierto confite del que se hacían grandes elogios,
levantóse de improviso con una cucharilla en la mano; se acercó á mí; me
hizo con un gesto encantador abrir la boca y me introdujo allá la
cuchara cargada de dulce. Dudo que la ambrosía tuviese mejor gusto.

      Agosto 3.

(Aquí apunta el héroe la escena que se ha descrito al final del capítulo
séptimo.)

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       *       *       *       *       *

      Agosto 5.

Ayer me llamó el conde aparte con aparato de misterio. Confieso que le
seguí más muerto que vivo. No dudé que había sospechado mi pasión; pero
la amable sonrisa con que inauguró su discurso me tranquilizó
completamente. Me dijo que se acercaban las elecciones para diputados á
Cortes y que contaba con mi apoyo y el de mi padre. No tuve valor para
contestarle que yo no tengo ninguna influencia, y que mi padre, como
hombre afiliado á un partido político, tiene compromisos ineludibles,
contrarios, sin duda, á las ideas que él representa. ¡Cuánto siento que
papá figure en un partido tan avanzado! No sé por qué ha tenido la
desdichada ocurrencia de enamorarse de esa chusma insolente que
escarnece todo lo grande y elevado. La igualdad que esa gente pide es la
igualdad en la grosería y la bajeza. Les molesta el brillo de los
salones, y sienten envidia y piden que todo el mundo habite en desvanes.
Se sienten molestados por la superioridad de los nobles, por su cultura,
por su valor, por su exquisita educación, y pretenden que sean torpes y
cobardes como ellos, sin que sus nombres ilustres, que van unidos á las
inmarcesibles glorias de España, les infundan respeto. Odian también la
religión, porque se opone á sus apetitos y les encarece la humildad.
Quieren, en una palabra, destruir las dos cosas más hermosas que los
hombres han poseído jamás: el culto á la divinidad y esa sublime
magistratura de los siglos, que se llama poder real. Me avergüenzo de
haber querido también su destrucción. Todo el que tenga alma de artista
sentirá siempre repugnancia hacia el triunfo de la fuerza numérica.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

      Agosto 9.

Estoy inquieto; no puedo dormir. Me levanto de la cama y escribo estos
cuatro renglones en un estado casi febril. Todo el mundo nota que ando
ojeroso y pálido estos días. Y en efecto, siento una intranquilidad tan
grande en mi alma y en mi cuerpo, como si tuviera una pila de
electricidad en la cabeza y otra en el corazón. ¡Dios mío, por darle un
beso, aunque fuese en su lindo pie desnudo, renunciaría á todas las
dichas de este mundo! Por besar su cuello blanco y perfumado me parece
que daría también las del otro. Hoy hemos dado un paseo relativamente
largo. Seguimos el arroyo que baja de la montaña á unirse en la Segada
con el Lora, caminando siempre entre árboles. Como íbamos formando
grupo, apenas pude hablar con ella. Llevaba un vestido azul oscuro; el
cabello al desgaire; en el brazo derecho un brazalete de esmeraldas y en
el cuello un medallón de las mismas piedras. No necesitaba estampar
estos pormenores, porque los he de recordar mientras me dure la vida. En
cierto paraje estrecho tropezó en una piedra grande, y gracias á D.
Primitivo, que la sostuvo, no cayó. Me he fijado en la piedra, porque
pienso arrojarla al río... Pero no; mejor será llevarla á mi jardín y
conservarla. Llegamos cerca de una capilla llamada de la _Consolación_.
La condesa se empeñó en entrar; yo la seguí. Los demás, incluso el cura
de la Segada, se quedaron fuera con el pretexto de que estaban sudando.
La luz se filtraba con trabajo dentro del exiguo templo por dos
ventanillas estrechas que más parecían grietas. Colgada frente al altar
de la Virgen, chisporroteaba una lámpara de bronce. Aquella Virgen
solitaria, de mejillas y pies rosados, de ojos cándidos y piadosos,
recibiendo como única adoración el triste chisporroteo de la lámpara,
infundía en el alma tierna y amorosa devoción. El silencio era grande.
Las sombras descendían del techo por intervalos y cubrían con tupido
manto alternativamente el altar, el confesonario, la Virgen y el
pavimento. La condesa se hincó de rodillas y me dijo en voz baja y
sonriendo:

--¿Quiere usted rezar unas Ave-marías conmigo?

Me apresuré á hincarme también á su lado. Empezó á rezar delante, muy
bajo, y yo á responderle. No puedo describir la sensación deliciosa que
tal oración me causó, aunque sí presumo que no aprovechó nada á mi alma.
Aquel cuchicheo tan suave que salía de su boca, penetraba en todo mi ser
y lo henchía de voluptuosidad. Hubiese querido prolongar unos instantes
más aquel estado, y morirme después.

Cuando volvíamos para casa traté de explicarle algo de lo que me pasaba,
para que conociese siquiera un parte del amor infinito que me inspira;
pero siempre rehuía la conversación. Una vez, sin embargo, logré que se
fijase.

--Quisiera morirme pronto--le dije repentinamente.

--¿Y por qué?--repuso volviendo el rostro con sorpresa.

--Porque llevo dentro de mí un demonio que me atormenta sin cesar.

--¿Qué demonio es ése?

--Una pasión imposible.

Siguió caminando en silencio unos momentos y se puso grave. Hasta
entonces había estado risueña y habladora.

--No encuentro motivo para que usted desee la muerte, Octavio. Una
pasión, por imposible que sea, arrastra consigo muchos y dulces
placeres. Solamente el amar es ya una felicidad inmensa... á mi entender
mucho mayor que la de ser amado. Si es verdad que usted siente una
pasión, y esa pasión es noble, procure usted encerrarla en el fondo del
alma como una joya preciosa, como una flor delicada. Las flores no
crecen en los parajes infectos ó áridos. Quizá le preserve de cometer
malas acciones; y aunque no fuese más que por esto, debe usted
bendecirla.

No me cabe duda que entendió mi declaración. Su mirada huía de la mía al
decirme estas palabras; su voz temblaba; su paso era precipitado... ¡Oh,
sí, me ama, me ama!... Siento no obstante una turbación... Me encuentro
tan agitado... Todas las noches sueño cosas espantosas...

      Agosto 15.

Me causa vergüenza escribir lo que acaba de sucederme; pero ¿no ha de
ser este libro solamente para mí? No quiero dejar de apuntarlo, aunque
me cueste trabajo. Tendré siempre á la vista la historia exacta de mi
vida.

Hemos estado en el monte á cazar. Salimos á las cinco y media de la
mañana y regresamos á las siete de la tarde. El conde se empeña en que
_ella_ cace también: ¡y por qué sitios! Por mucho que la imaginación
trabaje, es imposible que se forje nada tan fragoso y espantable. Hemos
estado en la misma Peña Mayor; pero antes de llegar allá necesitamos
atravesar bosques espesos de hayas, donde se deja en pedazos la ropa y
hasta la piel, senderos labrados en la roca sobre negros abismos, donde
un tropezón cuesta la vida, y puentes rústicos, formados á veces de un
solo tronco de árbol, que por maravilla no se va uno cien veces al
torrente. Las montañas se elevan á menudo perpendicularmente sobre
nuestras cabezas, dejando sólo un estrecho paso que se reparten el
hombre y el arroyo. En otras ocasiones los peñascos se aglomeran en un
punto, los unos sobre los otros, de tal suerte que el hombre y el arroyo
se ven obligados á dar mil vueltas y rodeos para hallar salida. Ella
pasa por los sitios más peligrosos sin ningún miedo. Á veces parece
gozar desafiando á la muerte. Verdad que lleva consigo á Pedro el
mayordomo, que conoce todos aquellos parajes al dedillo y anda por ellos
lo mismo que por una sala. Le he visto hoy coger á la condesa como si
fuese una muñeca y atravesar de dos brincos un puente hecho de troncos
podridos. Después de andar inútilmente bastante tiempo, y ya bien
mediada la tarde, echamos un rebaño de nueve corzos. Ni ella ni yo, por
haber disparado con precipitación, conseguimos tocar á ninguno. El conde
esperó con calma que estuviesen cerca y dejó dos muertos de dos
disparos. La impasibilidad con que este hombre lo ejecuta todo es para
sorprender á cualquiera. Ella le tiene miedo, y esto me obliga á odiarle
con todo mi corazón, por más que reconozca que es un hombre distinguido.
No creo que la maltrate, pues al fin y al cabo «nobleza obliga», pero me
da el corazón que no la quiere. ¡Qué sacrilegio! ¿Dónde tendrá los ojos
el señor conde de Trevia?

Después que presenciamos las últimas convulsiones de los corzos (cuando
contemplé el dolor de aquellos inocentes animalitos, por nada en el
mundo hubiera querido ser su matador), subimos aún más para ver el lago
_Ausente_, que es un capricho grandioso de la Naturaleza. Está rodeado
de altas y descarnadas montañas que forman un anfiteatro en el cual la
superficie tranquila del agua forma el redondel. Nos asomamos por uno de
los peñascos que lo circundan. La soledad de aquel sitio es aterradora y
oprimió mi corazón. Parece el lugar donde los genios de la montaña
vienen á llorar sus tristezas, y aquellas aguas opacas y pesadas como el
plomo, las lágrimas que derraman. El conde, apenas hubo arrojado sobre
él una mirada, se volvió con Pedro. Quedamos ella y yo en pie sobre el
abismo. ¡Qué hermosa estaba sobre su pedestal granítico! Después de
Dios, jamás contempló aquellas aguas un ser tan bello. Sentí que el
corazón me latía fuertemente; me pasó como un carbón encendido por la
garganta; turbóseme la vista, y sin saber cómo, me encontré á sus pies,
diciendo:

--Más vale morir una vez que morir mil veces cada día. Hace un mes que
tengo un infierno en el corazón... Una palabra, una mirada, un gesto de
usted puede elevarme repentinamente al cielo... Porque quiero que usted
sepa que la amo... sí... la amo como un insensato que soy. Soy un
insensato... pero ya no tiene remedio... Si esa palabra ó esa mirada no
viene, tendrá usted la triste satisfacción de verme rodar ahora hasta
esas negras aguas que me taparán para siempre.

Quedó un momento suspensa, mostrando gran sorpresa. Me dirigió una
mirada altiva y prolongada; y sin proferir palabra volvió la espalda y
echó á andar lentamente.

No sé lo que pasó por mí. Cuanto tenía delante, el lago, la tierra, el
cielo, quedaron confundidos y se oscurecieron. Sentí que era necesario
morir, y vi la muerte delante de los ojos. Pero un pensamiento maldito
de temor se alzó en mi corazón con poder invencible. Vi de improviso y
en un solo instante todo mi pasado: los sitios donde corrieron las
dulces horas de mi infancia, el pequeño lecho donde me dormía oyendo los
cuentos de la criada; sentí sobre la frente los tiernos besos de mi
madre y en las mejillas la áspera caricia de la mano de mi padre, más
suave para mí que el ala de un ángel... ¡El lago estaba tan negro!...
¡Qué rumor lúgubre levantaría mi cuerpo ensangrentado al penetrar en
él!... ¡Ay! Faltóme el valor... ¡Qué vergüenza!... Metí el rostro entre
las manos y rompí á llorar como un niño.

Noté que ya no andaba, y sin verla sentí que su mirada se posaba sobre
mí más dulce y compasiva.

Durante el camino no me atreví á despegar los labios. Ella también iba
silenciosa. El conde y Pedro charlaban de las ocurrencias de la caza.
Cuando llegamos á casa era ya noche. Lo primero que vimos en el portal
fué á la monísima Emilia que extendió los bracitos hacia su madre
gritando de alegría. Ésta se apresuró á levantarla y le dió un sonoro
beso en la frente. Después, señalándomela con ademán imperioso, me dijo:
«¡Ahí!»

Obedecí sumiso y besé también la frente de la niña.

      Agosto 16.

Salgo de la cama en este instante. No he soñado monstruosidades como
otras veces, pero ha sido tan triste mi sueño, que aún estoy conmovido.
Siento dentro del alma una melancolía honda y desgarradora como si me
encontrase solo en el mundo.

Soñé que me hallaba en medio de un salón de baile espléndido y hermoso y
profusamente iluminado. Pero lo raro es que en aquel salón no había
nadie más que yo, que me paseaba en traje de etiqueta, viendo repetirse
mi imagen en todos los espejos. El silencio era casi absoluto. Mis pies
se hundían en la mullida alfombra sin producir ruido. Al cabo de algún
tiempo observé que se abría una puerta y aparecía en ella la torneada
figura de la condesa, rica y elegantemente vestida. Dirigióse á mí
sonriendo y me dijo: «¿Quiere usted que bailemos un poco?» Al mismo
tiempo escuché los acordes de un vals de Strauss, tocado admirablemente
por una orquesta invisible. Nos pusimos á bailar. Ella se abandonó en
mis brazos como una niña y corrimos el salón de un cabo á otro sin tocar
apenas en el suelo. Yo, sin gastar preámbulos, le declaré mi amor con
palabras fogosas y apasionadas. Me respondió que su amor era tan grande
como el mío y empezó á estrecharse más contra mi pecho. Turbado y ebrio
de voluptuosidad, quise acercar mis labios á los suyos; pero en aquel
momento me sentí cogido por unas manos de hierro. Volví la cabeza y se
me figuró ver el rostro pálido del conde. Todo desapareció y mi sueño
quedó disipado, como las imágenes de un cuadro disolvente.

Desperté muy agitado. Aunque estoy mejor, aún me dura la alteración
nerviosa. No sé si llegaré á presentarme otra vez en la Segada. Quisiera
tener fuerzas para huir de estos sitios.



X

Síntomas graves.


EL calor había alcanzado su grado máximo. Los árboles y las plantas,
poco acostumbrados á él, empezaban á sentirse sofocados y demandaban á
las nubes, que pasaban volando sobre ellos, algunas gotas de agua; pero
las nubes se hacían las sordas y seguían inflexibles su camino por el
espacio. Los frutos comenzaban á amarillear; los riachuelos se secaban
dejando al descubierto su lecho de guijarros que los rayos del sol
tornaba blancos. Si se aplicaba un fósforo encendido á la hierba, ardía
como estopa. La gente de la Segada tenía que andar un kilómetro para ir
á la fuente, porque la del pueblo se había agotado.

La vida en el palacio era monótona, pero dulce y amable. Laura tenía
perfectamente distribuído el tiempo, y lejos de aburrirse se encontraba
como el pez en el agua. La idea de su vuelta á Madrid la estremecía. Se
levantaba muy temprano y salía á la huerta, donde hizo por su mano
algunas notables mejoras, como fué la de trasplantar algunos claveles
que estaban demasiado prietos y se molestaban, y limpiar el polvo con
delicado esmero á las hojas de una enredadera: también colocó una
esterita de quitaipón sobre los alelíes para que el sol no los quemase á
ciertas horas del día. Tornaba al palacio siempre fatigada y se
apresuraba á lavarse las manos manchadas de tierra. Después se
desayunaba en compañía de sus hijos, con los cuales permanecía encerrada
en sus habitaciones toda la mañana, alternando los juegos con el
trabajo. Eran las horas más deliciosas de su existencia. Pero venían á
avisarla que el almuerzo estaba servido y era fuerza resignarse otra vez
á ver sonrisas ambiguas, miradas crueles, semblantes odiados.

Por la tarde, cuando no tomaba el álbum y los lápices para ir á dibujar
al campo, salía á dar una vuelta por el pueblo. Entraba en las casas de
los vecinos y se pasaba á veces dos ó tres horas en alguna de aquellas
miserables viviendas sentada sobre un cofre sucio, escuchando sin
pestañear las relaciones de las mujeres gárrulas que no acababan jamás ó
ayudándolas en sus fatigosas tareas. Al principio la trataban con mucho
respeto. Á medida que la conocían, iban tomando confianza, que hubo de
tocar no pocas veces en familiaridad. Pedro solía acompañarla en estas
excursiones, lo mismo que en los trabajos matinales de jardinería. El
pobre debía de aburrirse de un modo lastimoso en aquellas sesiones en
que la condesa servía de paño de lágrimas, pero no lo demostraba. Antes
parecía estar como en la gloria sentado frente á su señora, callando,
sonriendo y sin quitarla ojo. Á las cinco, poco más ó menos, la condesa
volvía á casa para recibir las visitas de los amigos de Vegalora. Al
oscurecer comían y después de rezar el rosario y acostar á los niños se
encerraba en su cuarto y pasaba gran rato leyendo antes de irse á la
cama. Así era la vida que la opulenta condesa de Trevia, gloria y
admiración de los salones de la corte, verdadera estrella Sirio de la
sociedad madrileña, encontraba dulce y amable. Algunos días salía de
caza, con no poca pesadumbre, pues aunque amaba el ejercicio y los
campos, aborrecía la muerte de los animales inocentes. Además, se veía
precisada á estar con _él_ algunas horas.

En cuanto á la manera que el conde tenía de pasar el tiempo en su
palacio, sólo la blonda institutriz pudiera dar cuenta perfecta de ella.

La del mayordomo había cambiado notablemente desde la llegada de sus
amos. Pedro era un buen muchacho, un poco brusco, un poco altivo, un
mucho cándido y noble. Las vicisitudes de su carrera militar, aunque
breve, gloriosa y variada, no le habían enseñado más de lo que ya tenía
aprendido de la naturaleza: á callar pocas veces sus sentimientos y á
ser intrépido y firme en todas ocasiones. Su figura anunciaba claramente
estas cosas. Aquellos ojos negros velados por largas pestañas, aquel
cabello encrespado, los rasgos pronunciados de su rostro trigueño, la
anchura de su cuello y lo fornido de sus hombros acusaban sin ninguna
duda el temperamento sanguíneo puro. En toda la comarca era temido por
sus ímpetus y amado por su franqueza y generosidad. La vida de Pedro
antes era la de un labrador bien acomodado. Odiaba las cifras y las
cuentas y procuraba despachar las que le estaban encomendadas en el
menor tiempo posible y por el procedimiento más breve. En cambio era
apasionadísimo de los trabajos del campo, de la caza, de los caballos y
de los toros. Le costaba mucho trabajo estarse quieto, sobre todo en
casa. Parecía que sus pulmones de gigante no encontraban aire ni aun en
los espaciosos salones del palacio. Pero desde que los señores habitaban
en la Segada, ó mucho habían cambiado sus aficiones, ó muy contrariado
debía estar, pues sus costumbres no eran las mismas. Ya no salía de caza
sino con los condes. Dejó en manos de los criados los trabajos de la
labranza. Apenas visitaba las cuadras y pasaba mucho más tiempo en casa.
La condesa le tenía secuestrado para todas sus excursiones y arreglos de
jardín. Los niños también le retenían como un compañero que les servía
en sus juegos.

Las relaciones entre Pedro y la condesa habían experimentado asimismo
algunos altibajos dignos de atención. Durante los primeros días, el
respeto y la veneración tenían cohibido al mayordomo en presencia de su
señora y le obligaban, contra su natural, á mostrarse tímido y
reservado. Vino después un período de confianza del cual hemos visto ya
una muestra en la excursión á la romería. Su carácter franco y enérgico
concluyó por sobreponerse al espíritu infantil de la condesa. En sus
conversaciones casi llegó á borrarse la línea infranqueable que los
separaba. Mas de repente, y sin que Laura diera motivo para ello, Pedro
cayó de nuevo en una timidez y una reserva inexplicables. No sólo
prescindió de las frases familiares y de los modales descuidados en su
presencia, sino que hasta evitaba el mirarla frente á frente. Á pesar de
esto no se notó que huyera las ocasiones de acompañarla; antes al
contrario, parecía que las solicitaba. Mas, una vez á su lado, dejaba
pasar las horas sin despegar los labios, apresurándose á cumplir sus
órdenes más insignificantes. La timidez del mayordomo no era en verdad
de la misma índole que antes. Había en ella más idolatría á la mujer que
respeto á la señora. La condesa, ó no observaba tal cambio de modales, ó
si lo observaba no quería fijar la atención en ello.

La actividad de Pedro había decrecido notablemente. Aquel Hércules se
enervaba á ojos vistas en los cuidados del jardín. El perfume que la
condesa despedía de su persona había mermado sus fuerzas y el roce
fugaz de su vestido turbado mucho sus costumbres. Cuando quedaba sólo no
buscaba al momento, como antes, una ocupación manual en que
entretenerse. Permanecía grandes ratos contemplando sin pestañear
cualquier objeto que tuviera delante de los ojos y (cosa que hasta
entonces nunca le había sucedido) le llamaban poderosamente la atención
las cimas lejanas y vacilantes de las montañas que cortaban la niebla
del horizonte. Quiso atribuir al calor esta singular postración que
experimentaba, y cuando algún vecino después de sorprenderle con los
brazos cruzados le dirigía alguna pulla, echaba pestes contra el verano,
que le quitaba las ganas de emprender ningún trabajo. Y en realidad, no
mentía. Nunca había sufrido tanto calor. La sangre hervía dentro de sus
venas produciéndole gran desasosiego. Pasaba las noches en claro dando
vueltas en la cama sin lograr prender los ojos. Y de vez en cuando solía
levantarse en lo más hondo de sus entrañas un rumor extraño, doloroso,
que le desazonaba sin acertar á comprender de dónde venía ni qué
expresaba. Parecía el ruido de la sangre al invadir con ímpetu lugares
donde nunca hubiese entrado.

Cierta noche en que se revolvía en el lecho medio sofocado por el calor
y la desesperación de no dormirse, después de haber aligerado la ropa en
vano y abierto de par en par la ventana, concibió el proyecto de salir á
darse un baño en el río. Y como para nuestro mayordomo los proyectos
eran resoluciones, y más tratándose de algo peligroso, dicho y hecho:
levantóse velozmente, abrió una de las puertas traseras del palacio y se
encaminó sin vacilar á las orillas del Lora. Despojóse inmediatamente
del vestido y se zambulló en los cristales opacos del río con estrépito.
La noche era despejada, pero sin luna. El remanso donde se bañaba estaba
envuelto en sombras espesas que los árboles arrojaban. Permaneció más de
media hora tendido de cara al cielo contemplando las estrellas que
flotaban en el éter como él en el agua. Pensaba, ó por mejor decir,
soñaba cosas disparatadas, pero suaves y hermosas. El calor, sin
embargo, no huía de su cuerpo. Dejó pasar más tiempo, y viendo que no
conseguía refrescarse enteramente, salió del baño. Cuando se puso la
ropa sintió un fuerte temblor de frío, que desapareció al instante. En
el camino sintió otros dos ó tres cada vez más prolongados. Al entrar en
la cama tiritaba atrozmente y no consiguió producir la reacción por más
que se echó gran cantidad de ropa encima. Al amanecer se le fijó un
agudo dolor en el costado izquierdo que le obligó á llamar al médico. Á
las diez de la mañana estaba declarada la pulmonía, y el médico de la
villa le daba un fuerte lancetazo y le extraía buena porción de sangre.

La condesa, á las doce del mismo día, asomó su carita graciosa y
sonrosada por la puerta del cuarto y preguntó con interés:

--¿Qué es eso, Pedro, qué te pasa?

--Me he puesto malo, señorita, pero ya estoy bien.

--¡Qué has de estar bien, hombre, si me han dicho que te acaban de
sangrar! ¿Cómo has hecho la atrocidad de bañarte por la noche? Te está
bien empleado por majadero. ¿Crees que se puede jugar con la salud? Lo
que no sucede en un año sucede en un día. Los que estáis robustos os
figuráis que no podéis enfermar jamás, pero cuando menos lo pensáis os
viene el latigazo encima. Voy á preparar el calmante que el médico ha
recetado. Ten cuidado de no sacar los brazos fuera. Gracias á Dios, eso
no será nada. No tengas aprensión.

Desapareció después de pronunciar este sermoncito, que el mayordomo
encontró delicioso.

Al día siguiente á la misma hora volvió á asomar la cabeza.

--¿Cómo va?

--Mejor; ya me ha desaparecido el dolor.

--¿Has dormido?

--Regularmente.

--Ya sé que te probó bien el calmante. Hay que repetir la dosis. Lo que
importa es que sudes mucho. He mandado calentar unas botellas de agua
para los pies, y que te las renueven cada hora. ¡Pero qué majadería has
hecho, Pedro! ¿Cómo se te ha ocurrido la idea de bañarte por la
noche?...

La condesa pronunció un nuevo sermón contra los hombres que juegan con
su salud.

Al otro día, después de preguntarle cómo seguía, Laura observó que la
ropa de la cama se había caído un poco, y sin poder contenerse se acercó
al enfermo.

--¡Ave María Purísima, cómo has puesto la ropa!--exclamó mientras la
arreglaba con solicitud maternal.--Si no te movieses tanto, criatura, no
te sucedería esto. No tienes tú toda la culpa, sino esas torpes de
criadas que no saben hacer una cama.

Al tirar por la ropa hacia arriba, los dedos de la condesa rozaron la
boca del mayordomo, el cual dejó escapar un beso tímido sobre ellos.
Laura quitó rápidamente la mano, se puso colorada y continuó, sin decir
palabra, arreglando la cama.

Al día siguiente sólo asomó la nariz por la puerta para preguntarle cómo
seguía, y se fué sin entrar en conversación. Pero al otro volvió á notar
con disgusto que las almohadas se hallaban completamente fuera de su
sitio.

--Debes de estar muy incómodo, Pedro. Espera... alza un poco la
cabeza.... Así.... ¿No estás mejor ahora?

Arregló después un poquito el lecho, y allá, para concluir, tiró otra
vez por la ropa hacía arriba. La casualidad hizo que otra vez rozasen
sus dedos con la boca del joven. La casualidad también que Pedro
apretase sus labios contra ellos. La condesa no pareció notarlo.

El mayordomo era muy inquieto en la cama. La enfermedad le hacía serlo
aún más, por lo que con mucha frecuencia se le revolvía y marchaba la
ropa. Al menos, la condesa la encontraba siempre muy descompuesta. Las
casualidades de que hablábamos repitiéronse varias veces, sin que Laura
se diese por enterada ni acusase recibo del beso. ¡Era tan leve y tan
tímido! Si hubiese mostrado enojo, el pobre Pedro hubiera empeorado y
acaso sucumbido. Pero con aquella dulce medicina nuestro mancebo se fué
mejorando de un modo rápido, hasta levantarse á los doce días del lecho.
Nunca enfermedad se le hizo más corta á nadie.

Estuvo tres ó cuatro sin salir de la habitación. Durante ellos pudo
observarse una cosa singular, y es que estaba menos contento en la
convalecencia que lo había estado en la enfermedad. La gente del palacio
lo atribuía al abatimiento que le dejara la extracción de sangre.

La condesa venía á verle todos los días, conversaba con él, le traía
golosinas, le mimaba... pero ya no arreglaba la ropa. Su tristeza era
visible para todos, que procuraban animarle, menos para ella.

Una tarde, sin embargo, cuando estaba ya casi sano, la condesa asomó,
como de costumbre, la cabeza y le preguntó si no se decidía á dar una
vuelta por la huerta. El día estaba muy hermoso y el ambiente seco;
alguna vez era preciso salir del cuarto. Pedro contestó, sonriendo, que
no se hallaba con ánimo todavía para pasear. Mas en la sonrisa que
contrajo sus labios reflejábase una tristeza tan profunda y tan grande
abatimiento, que la condesa se le quedó mirando un buen espacio tratando
de sondarle el alma. Al fin, acercóse á él lentamente y le dijo en voz
baja:

--Estás muy triste, Pedro. ¿Te encuentras peor?

--No, señorita, no; me encuentro bien.

--Vamos, no lo ocultes. ¿Te sientes mal?

--No; ya estoy completamente bueno.

--Entonces, ¿te hace falta algo?

Vaciló un instante y, apoderándose rápidamente de una mano de su señora,
empezó á cubrirla de besos apasionados.

--Sí, me hace falta esto.

Á la pobre Laura se le encendió el rostro. Quedó confusa y temblorosa, y
no supo más que decir mientras trataba de sustraer su mano á las
apasionadas caricias del mayordomo:

--¡No, eso no... eso no!



XI

Lo que cuesta un perro de caza.


El Canelo no era uno de esos perros frívolos que se ponen en dos patas
así que se lo ordenan con imperio, ni se entretenía en buscar un pañuelo
cuando se lo ocultaban adrede, ni nunca se oyó que hubiese saltado por
Francia, por Inglaterra ó por cualquier otro país extranjero. Tampoco
era un perro cominero que llevase la cesta al mercado y la bolsa de los
cuartos y viniese muy tranquilo para casa con la carne y el pan sin
tocar de ellos. Había formado opinión muy severa sobre todas estas
niñerías que no tienen inconveniente en ejecutar los perros
sietemesinos. Si alguien le hubiera propuesto una cosa parecida, es
seguro que lo hubiera rechazado enérgicamente. Mas en lo que toca al
cumplimiento de las tareas que estaban encomendadas á su cuidado, bien
puede decirse que ningún perro le ponía el pie delante. Era esclavo de
sus deberes. Así que sentía en el cuello el cascabel de caza y veía á su
amo tomar la escopeta, se le hinchaban las narices de contento y
empezaba á ladrar como un energúmeno (como un perro energúmeno),
manifestando por todos los medios posibles que el deber no era para él
una carga, antes por el contrario estaba deseando ser útil en todo lo
que pudiera. Por esta cualidad tan sobresaliente, y por su maravillosa
aptitud y habilidad para quedar hecho una estatua delante de las
perdices y para _cobrarlas_, aunque se ocultasen en el centro de la
tierra, se había captado la estima y admiración de todos los cazadores
del contorno. Alguno de ellos llegó á ofrecer por él dos onzas de oro;
pero estaba tan lejos Pedro de enajenarlo á ningún precio, como de
tirarse á la mar. Porque aunque no le escaseaba los puntapiés, tal
cariño le profesaba, que primero le faltara el pan á él que á su perro.
Razón poderosa tenía, pues, el Canelo para adorar á su amo y no
separarse de su lado ni de día ni de noche.

Las costumbres del Canelo no podían ser más sencillas y metódicas. En el
invierno se tumbaba al sol, y en el verano á la sombra. La única
variante que á veces introducía en este régimen saludable, era el
tumbarse también al sol por el verano exponiéndose á tomar un tabardillo
ó unas calenturas gástricas. Adoptaba siempre para acostarse posturas
diversas y tan fantásticas en ocasiones, que excitaba la admiración de
los que le miraban. Si no fuese por las pulgas y las moscas, el Canelo
se hubiera juzgado con razón el perro más dichoso de la tierra. Pero
estos inicuos animalejos le habían declarado una guerra cruel; no
perdonaban medio de molestarle y exasperarle, consiguiendo á veces
ponerle en un estado de irritación vecino de la locura.

Los rasgos sobresalientes de su carácter eran la honradez y la
independencia. Mas no dejaba de ser afable con todo el mundo y se dejaba
acariciar de cualquiera, aunque sin hacer aspavientos. Era pacífico por
naturaleza y de un temperamento tan conciliador, que nadie podía venir á
las manos con otro en su presencia: en seguida saltaba hecho una furia
sobre los contendientes, y los obligaba á separarse con grave detrimento
de sus pantalones, cuando no de las pantorrillas. Gozaba de mucha
popularidad en la comarca, siendo conocido por su nombre lo mismo en la
villa que en los caseríos del concejo. Entre los perros también era bien
quisto. Todos confesaban que tenía una razón muy clara y le juzgaban
incapaz de jugar una perrada á nadie. Si la raza canina convocase un
parlamento, el Canelo sería indudablemente el candidato indicado para
aquel distrito.

Mas como al fin no hay mortal que esté libre de defectos, nuestro Canelo
tenía algunos, aunque de poca monta, que la imparcialidad obliga á
confesar. Decíase, con razón, que era un tanto caprichoso y no bastante
justificado en sus antipatías. Todo el mundo, por ejemplo, censuraba la
conducta inconveniente y grosera que seguía con el licenciado Velasco de
la Cueva, al cual sin motivo alguno ladraba, gruñía y hasta pretendía
morder. El pobre D. Juan Crisóstomo no acertaba á explicarse el por qué
de esta aversión, y se le erizaba el cabello cada vez que necesitaba ir
á la Segada. Apeló al recurso de los mendrugos, llevando siempre buena
provisión de ellos en los bolsillos, que se apresuraba á donar
liberalmente al inhumano perro, así que le tenía cerca; mas éste, que
mientras duraba la pitanza movía la cola en señal de amistad y gratitud,
lo mismo era concluir, que tornaba á gruñir de un modo más cruel, sin
consentir por ningún concepto que el licenciado le pasase la mano por la
cabeza. Peor resultado dió todavía el bastón de estoque que D. Juan
Crisóstomo tuvo á bien comprar. El furor del Canelo, cuando se hizo
cargo de que el licenciado había adquirido un nuevo bastón, no tuvo
límites. Era una ofensa que sólo podía lavarse con sangre. Fué menester
que Pedro le machacase á golpes y después le atase para conseguir
apaciguarlo.

Además de esta desigualdad de carácter, que por fortuna sólo se mostraba
de raro en raro, es necesario manifestar que era uno de los perros menos
religiosos que se hubiesen visto nunca. No sabemos si por estar
inficionado de los últimos errores de la filosofía alemana, ó por su
mismo natural refractario á toda idea teológica, es lo cierto que era
muy poco respetuoso con los misterios de nuestra religión. No se dió vez
que hallándose en misa no se hubiera levantado en el instante más
crítico y solemne para desperezarse groseramente abriendo una boca
horrorosa y echando un palmo de lengua fuera. Hecho lo cual con mucha
sangre fría y la cola tiesa, se salía _pian pianito_ del templo. Todo el
mundo censuraba fuertemente estos alardes de impiedad.

Mas á pesar de tales y otros defectos, no es posible negar que era un
perro simpático y de excelente fondo. Desde la llegada de los condes á
la Segada, había experimentado su vida algunas modificaciones que no
eran de su gusto. Confesaba, como no podía menos, que la comida era más
abundante y escogida, pero en cambio se veía obligado á sufrir la soba
continua de los niños que no le dejaban á sol ni á sombra. En todo el
día no cesaban: Canelo para aquí, Canelo para allí; unas veces
montándosele sobre el espinazo, otras tirándole de las orejas y otras
del rabo. Era cosa para desesperarse. Mas todo lo sufría con paciencia
por ser los verdugos hijos de tal madre. Porque es de saber que el
Canelo había tomado grandísimo amor á la condesa desde el punto en que
la vió, sin que para ello hubiese ningún motivo de interés, pues ya
conocemos la generosidad y limpieza de su corazón. Lo mismo era verla
que ya perdía su continente grave y reposado: saltaba y brincaba y
movía la cola haciendo mil suertes de carocas lo mismo que un ruin
cachorro. Algunas veces, sin decir oste ni moste, le ponía las patas
sobre el pecho, y en poco estaba que no la hiciese caer; otras, cuando
la veía sentada en el campo, se acercaba sigilosamente por detrás y le
pasaba la lengua por la cara. La condesa daba un grito y después se
echaba á reír mientras él la contemplaba de hito en hito á distancia
respetable, un poco asustado de lo que había hecho. Verdad que la
condesa le pagaba su afición prodigándole grandes cuidados culinarios y
librándole en no pocas ocasiones de la justa cólera de su dueño. Y basta
de noticia biográfica.

Acaeció que una mañana de los últimos días del mes de Agosto salió la
condesa con sus hijos á solazarse á la pomarada, donde las espesas copas
de los árboles brindaban sombra fresca y deleitable. Reclinada debajo de
uno, sobre un almohadón que le trajo Pedro, miraba con semblante risueño
corretear á los niños y divertirse con el Canelo. Éste, contra lo que
pudiera presumirse, se hallaba de humor excelente: se prestaba de buena
voluntad á que le tirasen por el rabo, sin dejar por eso de hacerse el
enfadado y correr detrás de los muchachos como una fiera que los fuese á
devorar. Pero los niños, que sabían á qué atenerse sobre esta fiereza,
se paraban de repente y le metían sus manos pequeñísimas en la boca con
la mayor tranquilidad del mundo. Miss Florencia paseaba sola en uno de
los parajes más apartados de la finca con un libro abierto en la mano.

La condesa había cambiado bastante desde su llegada á la aldea. Había en
su persona modificaciones sensibles que todo el mundo notaba, y otras
que sólo un ojo perspicaz y avezado á sondar las profundidades del
corazón pudiera distinguir. El cambio de color en las mejillas era lo
que primero saltaba á la vista. Los aires del campo y el ejercicio las
habían tornado más frescas y rosadas: las ojeras madrileñas habían
desaparecido totalmente. Pero la mirada de las gentes que ordinariamente
frecuentaban el palacio deteníase aquí, sin observar los matices
delicados, los detalles casi imperceptibles de esta trasformación. No
observaban, por ejemplo, que sus ojos estaban velados á la continua por
una humedad cristalina que los hacía más brillantes y tiernos y que sus
labios, en cambio, se hallaban casi siempre secos. No observaban que su
marcha era más lenta y sus ademanes más tímidos; que le gustaba mucho
estar sola y que á menudo se la encontraba distraída con los ojos
puestos en el vacío; que vagaba, en fin, constantemente por su boca
hermosa una sonrisa beata muy lejana de aquella aciaga y melancólica del
tiempo en que por primera vez la vimos. Para cualquier hombre aficionado
al estudio y observación de los caracteres, no ofrecía duda que la
condesa de Trevia era feliz. Caso raro, en verdad, dados los
precedentes que de ella tenemos. ¿Cómo se había operado una
trasformación tan súbita en el espíritu de nuestra heroína? ¿Qué
acontecimiento singular y poderoso había conseguido despedir la nube de
tristeza que la envolvía y despertar nuevamente la música dulce de su
temperamento risueño? Para la mujer sólo hay un acontecimiento capaz de
producir tales y tan instantáneos efectos: nuestros lectores lo saben y
aún mejor nuestras lectoras. ¿Estaría la condesa enamorada? Dejemos que
los acontecimientos, próximos por fortuna, vengan á esclarecerlo.

Al poco rato de hallarse disfrutando de la amenidad de la pomarada llegó
también el conde, vestido como siempre de modo caprichoso, con un traje
de franela blanca y gorra negra de caza. Traía pintados en el semblante
el cansancio de todo y la sequedad de su alma. Después de haber
contemplado breves instantes á sus hijos, que ya no corrían, sino que
formaban grupo silencioso, dentro del cual estaba el Canelo, hizo que
Pedro le trajese la escopeta para tirar al blanco. Fijóse éste en el
tronco de un manzano, y por algún tiempo estuvieron resonando tiros en
la finca. Todos los presentes fueron invitados á tirar, exceptuando los
niños. La condesa acertó muchos blancos, lo mismo que Pedro y miss
Florencia. El único que estuvo desgraciado fué el conde, á pesar de ser
un tirador habilísimo en toda clase de armas, de lo cual había dado más
de una brillante muestra en los tiros de pistola y salas de armas de
París y Madrid. Pero aquel día estaba nervioso ó no sabía lo que le
pasaba. Tenía motivos para estar irritado por su torpeza, y no obstante,
su fisonomía no daba señales de alteración, apareciendo fría y tranquila
como siempre y plegada por la misma ambigua sonrisa, aunque un poco más
definida.

El Canelo, desde que oyera los primeros tiros, no paraba ni tenía
sosiego, figurándose, sin duda, que aquello tocaba ya á su ministerio.
Pero estaba sumamente sorprendido de no ver caer ni un miserable pájaro,
y deploraba en su interior la detestable puntería y la torpeza de los
cazadores.

Las carreras y los saltos que daba eran incesantes y prodigiosos. El
conde, que estaba apuntando al blanco, se distrajo una de las veces
mirándole correr, y sin decir palabra movió el cañón y lo dirigió hacia
él. Sonó el tiro. El Canelo se detuvo en su carrera y cayó herido
mortalmente.

El conde soltó una carcajada y dijo alargando la escopeta á miss
Florencia: «Veo que aún no he perdido enteramente la puntería». Todos
los circunstantes quedaron atónitos. Pedro se puso blanco como el papel;
después le subió una ola de sangre á la cara y pasó un relámpago de ira
por sus ojos. Todo su cuerpo se estremeció como el mástil de un barco al
golpe del viento. Por un instante pudo creerse que el fiero león caía
sobre el gato y lo deshacía entre sus garras; mas la chispa se apagó
sin causar estrago. Quedóse otra vez pálido, bajó los ojos y de ellos
brotó una lágrima ardiente y silenciosa. Lo único que sus labios
trémulos murmuraron fué: «¡Señor!» de un modo casi imperceptible. El
conde le arrojó una mirada altiva, volvió la espalda y se fué hacia
casa. La condesa y Pedro corrieron al sitio donde yacía el perro
luchando con las ansias de la muerte. El pobre animal levantó la cabeza
lentamente, y pareció decirles con una mirada angustiosa: «¿Por qué me
habéis matado?» Pedro dijo sordamente:

--Hace falta agua.

La condesa agarró el sombrero del mayordomo y voló á uno de los charcos
cercanos. Después, ambos de rodillas, se pusieron á lavar la herida del
animal. La bala le había atravesado de parte á parte, entrándole por el
vientre cerca de las patas traseras y saliéndole por el pecho. Todos los
esfuerzos fueron inútiles. La sangre corría con tal abundancia, á pesar
de los pañuelos que le ataron, que en breve se hizo un charco á su
alrededor. Los niños, á cierta distancia, contemplaban con ojos de
espanto y dolor la muerte de su fiel amigo. La respiración del Canelo
era cada vez más fatigosa y anhelante: después se fué poco á poco
amortiguando, escuchándose un estertor débil y profundo. Se le vidriaron
los ojos. Levantó, por último, con suavidad la cabeza, que la condesa se
apresuró á tomar entre sus manos. El moribundo perro alargó un poco el
hocico, lamió una de aquellas manos y expiró....

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Acababan de sonar las dos de la noche. El reloj del salón principal,
oculto en su caja de madera negra, había vacilado algún tiempo antes de
darlas. Las tinieblas envolvían el salón y toda la casa. Reinaba el
silencio en todas partes. El latir grave y acompasado del reloj era el
único ruido sedicioso que turbaba la majestad de aquel silencio. Se
había estremecido dentro de su armadura, como si quisiera despertar de
algún sueño triste, y había exhalado un suspiro ronco: después se
escucharon en lo interior de su vientre algunos ruidos huecos y
mecánicos. Por último, lanzó dos campanadas firmes y solemnes que
vibraron largo tiempo por los espacios tenebrosos del palacio. Después
todo quedó otra vez en silencio.

Trascurrieron algunos instantes. Una de las puertas del salón, la que
daba á las habitaciones de la condesa de Trevia, empezó á abrirse
suavemente, y apareció en ella una figura blanca. Cerró tras sí la
puerta y avanzó cautelosamente hasta la mitad de la estancia. El reloj
no la dijo una palabra: se contentó con mirarla desde su rincón oscuro
asomando el rostro por encima de la negra caja de madera. La figura
blanca, después de pararse un instante, avanzó de nuevo y salió por otra
puerta que daba á un pasillo. Siguió avanzando por él cada vez con más
cautela y apoyándose en la pared; subió después una escalera interior y
entró en otro pasillo. En la mitad de él tropezó con un mueble,
produciendo fuerte ruido. Detúvose, quedando inmóvil como una estatua.
Sólo se escuchaba su respiración anhelante y comprimida. Después de un
rato siguió marchando, y cruzó todavía otro pasillo más estrecho y más
largo. Al final de él se paró ante una puerta y aplicó el oído. Dentro
se oía una respiración tranquila y acompasada. Al cabo de buen rato alzó
con la mano suavemente el pestillo, empujó la puerta y penetró
silenciosamente en la estancia. Con los brazos extendidos hacia
adelante, avanzó algunos pasos hasta tropezar con una cama. Quedó
inmóvil otra vez, y con voz apagada dijo:

--Pedro... Pedro...

Nadie contestó. Volvió á repetir más fuerte:

--Pedro... Pedro...

Esta vez la voz de Pedro contestó:

--¿Qué es eso?... ¿Quién va?

--Soy yo; no te asustes.

El joven se incorporó violentamente en la cama y exclamó espantado,
aunque en voz baja también:

--¡Usted, señorita!... ¿Ocurre algo?... ¿Qué es lo que quiere?...

La figura blanca le echó los brazos al cuello y acercando la boca á su
oído le dijo con acento tembloroso, en el cual se percibía al mismo
tiempo cierta ferocidad:

--Quiero... ¡quiero que te vengues de ese infame!

Y acabando de decir estas palabras, volvió la cabeza hacia la puerta, y
sus ojos hermosos, rasgados, centellearon de indignación.



XII

Un paquete de cartas.


De Octavio Rodríguez á la condesa de Trevia.

SERÁ forzoso, pues, que sucumba? ¿El cáliz de la vida habrá agotado para
mí su licor dulce y chispeante? ¿No he de apurar ya más que sus heces
amargas? Cuando torno la vista al pasado, condesa, y contemplo lo que
era hace pocos meses y lo que ahora soy, me acometen deseos inmensos de
odiar á usted. ¡Ah, si esto pudiera ser! ¡Ah, si pudiera borrar, aunque
fuese con mi sangre, la pasión fatal que me atormenta!

Si usted comprendiera mi felicidad pasada, cuando bañado por el sol de
la alegría y dormido suavemente sobre risueñas ilusiones esperaba que mi
alma despertase al rumor de una pasión embriagadora que iluminase mi
espíritu y lo encendiese en placeres celestiales; si usted alcanzara
ahora toda la fuerza de mi desgracia, quizá no fuese tan cruel conmigo.
Yo conocía el amor por las novelas. Nunca vi en él otra cosa que un
sentimiento purísimo, encanto de la vida, sacado por Dios del seno de la
luz para regalo del universo. Todas las melancolías y tristezas que de
él escuchaba referir, todos sus anhelos, dolores y martirios, me
parecían un acompañamiento obligado que servía tan sólo para hacer más
dulce y sonora su música. No había sospechado jamás que los dolores del
amor podían lastimar el alma, que sus lágrimas eran verdaderas lágrimas,
amargas y calientes como las demás que se vierten en el mundo. Era que
aún no había amado.

Un día vino á mí una niña hermosa, tierna y sencilla y me entregó su
corazón. Yo fuí bastante bárbaro para no saber qué hacer de él. Por un
momento creí amarlo, lo calenté contra mi pecho, lo perfumé con la
poesía de mis sueños y lo cubrí con todas las flores de mi espíritu;
pero fué en vano. Aquel corazón, en vez de calentar mi pecho, lo iba
enfriando poco á poco. Mis esfuerzos para gozar la dicha inefable de
amar fueron estériles. Sobre todo en este mundo se puede mandar; sobre
la tierra oscura que pisamos, sobre los abismos recónditos del Océano,
sobre los senos luminosos del aire, menos sobre nuestros propios
sentimientos. Vino usted después, y sonó la hora de mi vida y de mi
muerte. Aunque usted no lo crea, le diré que ya mi alma la había
adivinado, que ya su imagen pura y graciosa flotaba vagamente en lo
íntimo de mis pensamientos. ¡Pero qué lejos estaba de sospechar, cuando
por vez primera fijó usted en mí sus ojos brillantes, lo que había de
suceder tan presto! Tuve la audacia de amar á usted; tuve la audacia de
decírselo y no la tuve para morir. ¡Cuánto debe usted despreciarme!

Soy muy desgraciado; no puedo serlo más, aunque el cielo se empeñase en
ello; pero le juro por mi salvación que no trocaría mi desgracia por la
felicidad de nadie. Y es porque va usted ligada á esta desgracia, porque
es usted la causa de ella, porque en el fondo de este cáliz de amargura
veo brillar sus ojos altivos y serenos. Es de tal suerte mi amor, que la
quiero á usted más, altiva que risueña, que padezco horriblemente con
sus desdenes y padecería aún más si, confundida con el vulgo de las
coquetas, me otorgara los pequeños favores que halagan la vanidad, que
gozo con que usted me desprecie y me haga llorar y que todas estas
extravagancias se las cuento para que usted me desprecie todavía más y
se acreciente el sabor dulce que percibo en el fondo de sus desprecios.
¡Seré insensato!

Debo confesarle también algo que me humilla, porque quiero que usted lea
en mi alma como en un libro abierto. Yo me decidí á hablar á usted de
amor, no porque me inspirara desde el punto en que la vi una pasión
loca, sino por motivos de vanidad; porque me lisonjeaba ser amado de
una dama hermosa y celebrada en el mundo cortesano. Hoy todos estos
motivos se han ido marchando á la tierra, como la escoria, y ha quedado
limpio y acendrado el oro puro de mi cariño ó, mejor dicho, de mi
adoración. El amor es algo que iguala á los seres que lo sienten, y yo
no quiero ser igual á usted, sino infinitamente inferior: quisiera ser
el gusano que usted aplasta con el pie al caminar sobre la hierba. Voy á
confesarle aún otra cosa, pero con mucho misterio, bajo secreto de
confesión. Hay en el fondo de mi desgracia un pensamiento tan
consolador, que casi no me atrevo á decírselo de miedo que usted me lo
arrebate: es una luz suave que esclarece un poco las tinieblas en que
yace mi espíritu acongojado. _Usted no ama á su marido._ No me arranque
usted por Dios esta última ilusión. Usted no ama á nadie: no hay hombre
en el mundo digno de tal honra. ¡Cuánto placer me causa el creer esto!
Su espíritu sereno como las montañas que nos circundan y casto como la
nieve que viene á caer sobre ellas, vive en contemplación eterna del
firmamento azul. Me complazco en considerar á usted como una de aquellas
diosas de mármol que habitaban en el seno de los bosques de la Grecia,
comunicando su pensamiento augusto con la blanca luna que á la noche las
visitaba. ¿Y sabe usted por qué me complazco? Porque aquellas diosas
escuchaban la ferviente plegaria de los peregrinos que venían á
postrarse al pie de su pedestal, inmóviles, frías, sin dignarse siquiera
posar sobre ellos la mirada; porque aquellas diosas, como usted, no
amaban á nadie. ¡Á nadie, á nadie! ¡Qué feliz me hace este pensamiento!
Pero qué triste felicidad debe ser ésta, ¿verdad, condesa? Sí; estoy
triste y de esta tristeza infinita que me oprime tal vez salga algo muy
triste también. Vivo en tal confusión de ideas que ni sé lo que pienso,
ni lo que hago, ó lo que es más cierto, pienso cuanto se puede pensar y
no soy capaz de hacer nada. ¿Qué me aconseja usted? Estoy resuelto á
llevar á cabo cuanto me ordene, menos dejar de adorarla. En sus manos
adorables pongo mi pobre corazón.

¡Por Dios, no le haga usted mucho daño!

      OCTAVIO.

       *       *       *       *       *

     De la condesa de Trevia á Octavio Rodríguez.

Le escribo á usted arrepintiéndome de antemano de hacerlo. No es en
verdad prudente que escriba á un joven que se dice enamorado de mí, por
más que sepa á qué atenerme sobre este amor. Pero dada la exaltación
momentánea de su ánimo y su temperamento excesivamente impresionable, y
como quiera que ya hace algunos días que no pone los pies en esta casa,
tampoco sería prudente dejar de escribirle.

Y ante todo, ¿de dónde ha sacado usted que yo le desprecio? Repaso en mi
memoria todos los momentos que nos ha hecho el honor de dedicarnos, y
no creo que haya salido de mis labios una palabra ni que haya ejecutado
acto ninguno que pueda inducirle á usted á creer cosa semejante. Y si
alguna vez ha observado en mí señales de impaciencia, considere usted de
lo que me estaba hablando y se hará cargo de que no podía menos de
darlas.

Por lo demás, puede creer que, lejos de despreciarle, me ha inspirado
usted siempre una profunda estimación fundada en su corazón generoso y
sensible y en su carácter afable sobre todo elogio. Lo que hay es (y no
se ofenda porque se lo diga) que tiene usted la cabeza llena de ideas
romancescas, las cuales le turban y le hacen ver lo que no es. Ayer se
creía enamorado de una niña de quince años; hoy se juzga usted
apasionado de una mujer de treinta. ¿No comprende usted mismo que en
ello juega muy poco papel el corazón, y que todo tiene su raíz en una
fantasía inquieta y poderosa? Hoy forja usted sobre mi insignificante
persona una novela tan complicada é interesante como la que hace poco
tejía sobre la hermosa niña que es todavía su novia. ¿No se le ocurre
que esta novela necesariamente ha de terminar como aquélla? Estoy muy
lejos de ser lo que su mente exaltada se ha figurado. No soy esa diosa
de la Grecia de que usted habla, que sólo se comunica con la luna y
recibe la adoración de los mortales sin pestañear, sino una pobre mujer
plagada de defectos y que está en el caso de agradecer cualquier prueba
de atención que se le conceda.

Me pide usted que le diga lo que debe hacer. Es una carga superior á mis
fuerzas. No sé lo que convendría que usted hiciese. Sin embargo, yo en
su caso me iría de este país por una temporada hasta que nos hubiésemos
partido á Madrid. Cuando volviera á verme el año que viene, le doy mi
palabra de que se habría deshecho la diosa de la Grecia y de que usted
se reiría grandemente de sí mismo. Haga la prueba y lo verá.

LAURA.

       *       *       *       *       *

     De D. Primitivo Alonso á M. Baltasar Alonso.--27, _rue des
     Feuillantines._--Paris.

Querido sobrino: Leí tu grata del 14, y por ella veo que gozas de salud,
de lo cual nos alegramos mucho, lo mismo tu tía que yo, pues es lo
principal, porque de todo lo demás hay que hacer poco caso. Ya sé que
marchan bien tus negocios, aunque nunca me dices una palabra. Eres lo
mismo que tu padre, que cuando le sale bien una cosa se calla, y cuando
le sale mal no tiene boca bastante para quejarse.

Quizás sepas por los periódicos que vamos á tener elecciones para el mes
de Diciembre. Es el caso que me he comprometido á apoyar con todas mis
fuerzas la candidatura del señor conde de Trevia, persona de quien me
habrás oído hablar más de una vez, muy amigo mío, de sanas ideas y
excelentes sentimientos. En estos tiempos de desorden conviene que los
hombres que no queremos la destrucción de la religión de nuestros
mayores, nos unamos y votemos personas de respeto para oponernos al
torrente impetuoso que nos arrebata al ateísmo y á la demagogia. Te lo
digo para que me contestes á la vuelta de correo si puedo disponer de
los votos que tienes en la Meruca y en Cayacente. La mayor parte de
ellos están obligados también á la fábrica, pero creo que si les
presento una carta tuya amenazándoles con el desahucio no tendrán más
remedio que hacer lo que se les mande. Cuento que no me faltarás en esta
ocasión, pues ya sabes el interés que tengo en el asunto.

Pues hablando de otra cosa, te diré que las judías del Danubio que me
has enviado han salido riquísimas, y que todos andan detrás de mí para
que les proporcione algunas para sembrar. Parece mentira lo que aumentan
de tamaño después que se cuecen. Los perales se los regalé á D. Lino
Pereda, pero todos se secaron, lo cual me ha disgustado mucho, aunque
presumo que habrá sido porque los plantó en tierra demasiado húmeda. Lo
mismo se peca por lo mucho que por lo poco. No dejes de mandarme en
tiempo oportuno algunos otros de buena casta, pues se los he prometido
al cura de la Segada. El nabicol aquí no ha gustado gran cosa, pero es
que no entienden una palabra de legumbres. Si lo hubieran comido á
tiempo y no lo hubiesen dejado endurecerse en la tierra, estoy seguro de
que dirían otra cosa. No sucedió lo mismo con la col de Bruselas, pues
ha gustado tanto que no se cansan de alabar su finura y agradable sabor;
pero como no se aprovechan de ella mas que los repollitos que nacen en
el tronco, dicen que para comer algo es necesario segar un cuadro
entero. En esto me parece que no dejan de tener razón. Es una legumbre
muy rica, pero cara.

No tengo más que decirte por hoy. Consérvate bueno y recibe muchos
recuerdos de tu tía y de toda la demás familia, y un fuerte y cariñoso
abrazo de tu tío

      PRIMITIVO ALONSO.

     Vegalora 18 de Setiembre de 187...

       *       *       *       *       *

     Del provisor de la Diócesis al párroco de la Segada y arcipreste
     del concejo de Vegalora.

Mi estimado arcipreste: Suma alegría y regocijo nos han causado las
noticias que en su última nos comunica, y es en verdad cosa para alabar
á Dios el ver cuán fácilmente se van venciendo en ésa, como en todas
partes, los obstáculos que antes parecían insuperables. Porque
ciertamente, nadie pudiera creer que una comarca tan revoltosa como ésa,
donde el masonismo ha conseguido echar hondas raíces, esté á punto ahora
de mandar á las Cortes un diputado neto y de buena casta. Su
ilustrísima, á quien hice presente los fructuosos trabajos que está
usted ejecutando en pro de la santa causa, se ha dignado recibirlos con
benevolencia, y me encarga le trasmita su bendición para que persista en
ellos con el mismo celo y entusiasmo.

La cuestión de proporcionar misa á los de Cayacente y Romeral, que como
usted me indica nos dará ciento cincuenta votos, puede usted
considerarla como resuelta, y está usted autorizado para decirlo así en
el ofertorio de la misa cuando lo crea oportuno. Á pesar de que usted
cuenta como seguro el apoyo de ese D. Baltasar Rodríguez, yo no me fío.
Tengo las peores noticias de tal individuo, y aunque no sé en qué forma
le tendrá usted cogido, nada más fácil que á la postre tire la cabra al
monte. De todos modos, procure que no se le vea en público con ese
sujeto, y esparza bien la creencia entre la gente de que el apoyo que
nos presta obedece sólo á los remordimientos de su conciencia y á los
deseos de ponerse en paz con la Iglesia.

Mucho me ha sorprendido lo que usted me cuenta del párroco de Solano,
pues nunca pude imaginarme que tratándose de una elección en que está
interesado el Palacio llegara á cerdear; pero á bien que le tengo cogido
por el cuello con motivo de cierta denuncia que nos han remitido hace
tiempo, y si no se decide á trabajar como Dios manda, lo dicho dicho, mi
amigo, que ya le cayó encima tarea para divertirse un rato. ¡Vaya todo
por Dios!

Escribí en nombre de su ilustrísima á ese capellán de la Seo de Urgel
para que recomendara la candidatura del señor conde á su hermano el
estanquero de Romeral. Hasta ahora no se ha recibido contestación.

Suplicándole muchísima reserva, le diré que hemos tocado también la
tecla del gobernador, el cual, á pesar de ser un republicano desorejado,
ha respondido admirablemente. Á su señora, que es hija de un prendero de
la calle del Rubio, le da mucho por la aristocracia y llama _chusma_ á
los partidos avanzados: conque no le digo más, porque esto basta y
sobra: _intelligentibus pauca_.

Los quesos que me ha mandado salieron excelentes, sobre todo el
amarillo. Si puede encargar otros dos, hágalo por mi cuenta, pues los
necesito para regalar á una persona de respeto; no le molesto más por
hoy. Consérvese bueno y no deje de enterarme minuciosamente de todo
cuanto ocurra, pues dará gusto con ello á su amigo y superior, q. b. s.
m.,

      JOAQUÍN LLAGOSTERA.

      N*** 1.º de Octubre de 187...

       *       *       *       *       *

     De Homobono Pereda á su amigo Manuel Ruiz Pérez, secretario primero
     de la sección de literatura del Ateneo de Madrid.

Mi querido Manolo: He leído tu carta con el mismo placer y atención que
si fuese un artículo de Tiberghien ó Leonardi. Eres tan erudito y
piensas tan derecho, que la ciencia fluye de tu pluma hasta cuando
tratas los asuntos más insignificantes. Los párrafos que en tu epístola
dedicas al contenido necesario de la voluntad y á la existencia del
principio sobre-individual en el _yo_ son admirables y me han causado
profunda impresión.

Lo mismo digo de las palabras que consagras al desenvolvimiento de
nuestras facultades interiores, cada una en sí misma y todas en relación
armónica entre sí. Juzgo como tú que es imprescindible apartarse de toda
falsa relación entre estas facultades si se quiere evitar el desorden
interior que es su consecuencia indeclinable. No puede darse la armonía
en las relaciones exteriores del hombre mientras la vida interior no
esté rectamente ordenada en sus facultades y diversas tendencias; y para
que este orden se establezca, precisa que concibamos el destino del
hombre en su unidad, como abrazando todos los fines particulares que en
él se contienen. Tanta mella han hecho en mi espíritu tus atinadas
observaciones, y tanto he meditado sobre ellas, que al cabo me he
decidido á realizar importantes reformas en mi modo de vida. No puedo
ocultarme por más tiempo que hay en ella un principio de desorden que ya
está produciendo notables desequilibrios, el cual desorden se halla
sostenido, á no dudarlo, por un predominio nocivo del pensamiento sobre
las otras facultades interiores. ¡Y cuán cierto es que el cultivo
exclusivo del pensamiento conduce al orgullo!

Mi padre me significó el deseo de que me presentase candidato para
diputado á Cortes en las próximas elecciones. He visto en ello un medio
muy adecuado para ejercitar mi voluntad desmayada, y le respondí que
tendría mucho gusto. Hemos empezado ya nuestros trabajos electorales,
que, entre paréntesis, no puedes figurarte lo que repugnan á mi
educación científica, pues en todos ellos se atacan directa ó
indirectamente las bases fundamentales del derecho público, coartando de
un modo ó de otro la libertad del elector. Tengo por contrincante al
conde de Trevia, apoyado por todos los elementos reaccionarios del
distrito. Los curas me hacen una guerra encarnizada propalando que soy
un impío. Si el ser impío consiste en detestar la forma histórica que
actualmente reviste la religión, es verdad lo que dicen, pero de ningún
modo si consiste en no tenerla. Los que creemos, como tú y yo, que la
religión es uno de los fines racionales de la vida, ¿cómo hemos de ser
irreligiosos?

Me pides que te sugiera algún pensamiento para un drama, pues quieres
hacer tus primeras armas en el teatro, y me preguntas si entre estas
ásperas montañas no encontrarías alguna acción interesante que pueda
servirte de tema. No, amigo mío. Aquí hallarás la belleza objetiva de la
naturaleza en todo su esplendor, la cual no sirve gran cosa para
expresar adecuada y completamente el complejo organismo de la vida
humana, que es lo que tú intentas. La poesía dramática, como sabes
mejor que yo, no expresa la belleza objetiva exterior (aun cuando se den
en ella elementos objetivos), sino la belleza objetivo-subjetiva, donde
se hallan indisolublemente unidos hechos interno-externos y psico
físicos en enlazado concierto. Lo que estas fragosas sierras te pueden
proporcionar es una decoración grande, imponente, pero no el hecho de la
vida humana que constituye el fondo de toda composición dramática,
porque aquí los afectos y las pasiones no se elevan al grado de energía
y dignidad necesario para que exista ese juego encontrado de
sentimientos y caracteres sin el cual no es posible que se produzca la
emoción estética. Por lo demás, con los vastos conocimientos filosóficos
que tú posees y los especialísimos estudios que has hecho en la
estética, no dudo por un momento que escribirás una obra maestra y que
alcanzarás un éxito ruidoso en el teatro. Á mi entender, están haciendo
falta obras macizas, con un fin objetivo, con un pensamiento
trascendental que las informe y las preste consistencia. Las obras más
celebradas hoy á mí me suenan á hueco y no veo en ellas otra cosa que
una forma bella guardando un pensamiento muy frívolo. Mientras los
hombres de ciencia no se apoderen del teatro, no pasará éste de ser un
fútil y agradable entretenimiento.

Nada más por hoy. He estudiado todo el día y tengo la cabeza como un
horno.

      HOMOBONO.

      Vegalora 3 de Octubre de 187...



XIII

El cáliz.


Octavio besó la firma de la carta, dejó caer las manos sobre las
rodillas y la cabeza sobre el pecho. Así estuvo largo espacio inmóvil
como una estatua, delante de su escritorio. Al volver en sí, escapósele
del pecho un suspiro blando y prolongado. Era la nota final, triste y
moribunda de una melodía del corazón. Alzóse de la silla y con paso
vacilante fué á abrir la ventana. El día empezaba á declinar. Su mirada
vagó algún tiempo por los contornos de la casa; por el jardín, cuyos
árboles se iban tornando amarillos; por los prados, que como un cinturón
de esmeraldas lo circundaban; por las tierras dilatadas de maíz que
ostentaban ya con orgullo sus mazorcas rebujadas. Al cabo se detuvo con
insistencia en un grupo de casas que apenas se distinguía en el fondo
del valle. Después alzó los ojos á los adustos riscos de la Peña Mayor y
se estremeció. Creyó sentir una corriente de aire glacial por el
corazón. Quedóse pálido, cual si acabase de ver algo muy espantoso.

--¿Qué será esto?--murmuró mientras cerraba apresuradamente la ventana.

Se fué otra vez al escritorio y apoyó sobre él ambos codos, metiendo la
cabeza entre las manos.

--Sí--tornó á decir en voz baja:--yo debí morir en aquel momento...
¡Gran ocasión!... Hubiera conservado de mí memoria amarga, pero
punzante, como el olor de un cadáver... Ahora me desprecia por
cobarde... Ahora ya no es ocasión de morir, sino de seguir siendo lo que
he sido... un cobarde. Me manda que huya; pues huyamos. Quiero cumplir
su voluntad con el mismo afán que si fuese la de Dios... Sí, sí,
huyamos... Ella lo manda...

Se alzó de la silla vivamente, y dió algunos paseos rápidos por la sala.
Después arrastró desde su cuarto un baúl-maleta, y se puso á introducir
en él ropa que sacaba con precipitación del armario. Cuando vió el
equipaje hecho, lo contempló con ojos de espanto, como si no
comprendiese para qué servía. Acordóse de que aún le faltaba algo, y
sacando una llavecita del bolsillo abrió el cajón central del
escritorio. Inmediatamente tropezó su vista con una relojera que Carmen
le había regalado el día de su santo. Estaba bordada por su mano. La
puso sobre la mesa y la envolvió en una mirada tierna y compasiva.

--¡Pobre niña!--murmuraron sus labios.--¡Por qué andarán tan mal
arregladas las cosas de este mundo!

Y saltaron á su memoria de improviso los instantes felices de aquellos
amores serenos y límpidos como los pensamientos de la infancia, desde
aquella tarde en que su manecita blanca le arrojó una rosa de
Alejandría, estando en el jardín, hasta la noche reciente en que aquella
misma mano le dió un pellizco, mientras su dueño le decía al oído: «¿Qué
tienes? Andas muy triste de algún tiempo á esta parte».

Sintióse conmovido por estos recuerdos. Luego se enfureció contra el
destino, la Providencia, ó lo que sea, que nos hace insensibles para los
que nos aman y nos inflama de amor por los que nos desprecian.

--¿Por qué, por qué no he de querer yo á esta niña como ella me
quiere?--se decía.--Si me fuera posible sentir por ella lo que siento
por la otra, ni en la tierra ni en el cielo habría un ser más feliz que
yo.

Recordó con enternecimiento el primer beso que la dió por sorpresa
viniendo de paseo, y el rubor que se apoderó de ella instantáneamente.
Recordó cuando estuvo enferma, hacía ya tiempo, y le permitieron verla
en su lecho diminuto, donde reposaba pálida y ojerosa, pero más bella
que nunca. Recordó también la vez primera que vino á visitar á su
madre, quien la recibió en la escalera y la echó los brazos al cuello
cubriéndola de caricias y llamándola hija. Poco á poco, y por virtud de
estas memorias, se fué apaciguando la violenta desesperación en que
ardía su espíritu; fué penetrando en él un pensamiento melancólico y
suave que le reconcilió por un instante con la vida. El sentirse amado,
mucho más siendo por una mujer hermosa, aplaca siempre un poco el odio
de la existencia.

«¡Cuántos elementos de dicha perdidos y desbaratados!» pensó mientras
daba vueltas entre los dedos á la relojera. «¡Pobre niña! volvió á
murmurar; ¡qué lejos estarás de presumir lo que te espera!» La compasión
penetraba en su pecho como un torrente, y lo llenaba de inquietudes.
«No; no me escaparé como un ladrón después de haberme introducido
traidoramente en el santuario de su alma inocente. Iré á despedirme de
ella y achacaré mi viaje á un mandato paterno, á un negocio urgente.
Desde allá podré ir poco á poco desengañándola, y tal vez la ausencia
mitigue la aspereza del golpe. Ya que me vea precisado á herir,
procuraré hacer el menor daño posible.»

Tomada esta resolución, encendió una bujía y se aliñó los cabellos
frente á un espejo. Cogió el sombrero y el bastón, apagó la luz y bajó
la escalera velozmente. En un instante salvó el corto espacio que le
separaba de la casa de su novia y penetró en la tienda, dando las buenas
noches con menos aplomo que otras veces.

Había ya alguna gente, porque era noche de lotería. Paco Ruiz se hallaba
sentado sobre el mostrador mordiendo un cigarro, como la vez primera que
le vimos. Escuchaba con suprema indiferencia, guiñando los ojos á
menudo, la historia circunstanciada de un catarro pulmonar que hacía ya
media hora le estaba relatando don Ignacio Valcárcel. D. Lino Pereda
conversaba en un rincón con el promotor, haciéndole saber que su hijo
había recibido el mismo día por el correo un paquete de pruebas de
imprenta que le enviaban de Madrid. No comprendía cómo el chico tenía
cabeza para corregirlas en el plazo que le señalaban.

Casi al mismo tiempo que Octavio, entraron algunas señoras, lo que
sirvió de señal para trasladarse los jugadores á la trastienda. Al
llevarlo á cabo hubo apretura á la puerta y Carmen tuvo ocasión para
estrechar con disimulo la mano de su novio. Octavio le devolvió la
caricia afectuosamente y le dirigió una mirada tierna y grave á la vez.
Estaba un poco pálido, como el cirujano que va á acometer una operación
importante. Sentáronse todos con el estruendo acostumbrado, y como de
costumbre también quedaron juntos los novios. Del otro lado de Carmen se
colocó D.ª Demetria. Paco Ruiz, en su carácter de ídolo de la tertulia,
andaba haciendo de las suyas en torno de la mesa. Mas al poco tiempo se
acercó á D.ª Demetria y con su desenfado habitual le dijo en voz alta:

--Doña Demetria, yo no puedo vivir sin usted. Nada pueden contra mi amor
los desprecios. ¿Me concede usted un sitio á su lado?

La vieja, poniendo cara de vinagre y refunfuñando, apartóse hacia un
lado, y el joven introdujo su silla entre ella y Carmen. Estaba empeñada
á la sazón entre ésta y su novio una plática suave como el gorjeo de las
tórtolas. Octavio, á modo de un goloso que, ahito y empachado por los
confites, todavía, antes de retirar el plato, lleva las manos á él y se
obstina en comer más, preguntaba á la niña blonda con acento melifluo:

--¿Me quieres mucho?

--¡Pero, hombre, qué matraca eres! ¡Cuántos millones de veces lo habrás
oído en tu vida!

--Es que, vida mía, necesito oirlo hoy otra vez. Nunca lo he necesitado
tanto como ahora.

Dijo estas palabras con voz un poco temblorosa. Carmen le dirigió una
mirada de sorpresa.

--Pues si tanto lo necesitas, te lo diré otra vez. Sí: te quiero, te
quiero... Ya está usted serbido, don Caprichoso. Pero no pongas esa
cara, hombre de Dios. ¡Si parece que estás haciendo testamento!

--¿Estas segura de que no lo estoy haciendo allá en mis adentros? Mira,
Carmen, ya conocerás en mi semblante que me pasa algo grave. Te he
querido y te quiero muchísimo, porque eres una niña buena y hermosa, y
porque sé el cariño que me profesas. El afecto que me inspiras es dulce
y profundo, y tiene algo del amor fraternal. Todos los días risueños de
mi existencia van unidos indisolublemente á tu imagen bella. En el curso
de nuestros amores, puedo decir que no tuve motivo serio para quejarme
una sola vez de ti. Nuestras reyertas han sido siempre las de dos niños
y han terminado con la misma brevedad que las de los pájaros que riñen
en el aire. Los pensamientos honrados que abrigo y las pocas acciones
virtuosas que en mi vida pueda llevar á cabo, también creo debértelas á
ti, y suena tu nombre en mis oídos tan suave...

La afortunada D.ª Faustina dió el alto en aquel momento. Carmen, que
había estado escuchando con semblante inquieto y distraído el discurso
de su novio, tomó parte en el alboroto que se armó en la mesa con tal
motivo. Las señoras decían, medio en broma, medio en serio, que aquello
no se podía sufrir. D.ª Feliciana odiaba á D.ª Faustina con todo su
corazón, pero se reprimía. Después que el orden se hubo restablecido,
Carmen se puso á charlar como una cotorra con Paco Ruiz. Los chistes del
jugador la hacían desternillarse de risa, hasta el punto de que algunas
veces le mandaba callar, porque le dolía el pecho. Octavio habló también
un rato con la señora que tenía al lado. Mas aunque aparentase
indiferencia, claramente se leía en su rostro el disgusto que la
conducta ligera de su novia le causaba. Irritado al fin le dió un
golpecito en el brazo y le dijo con acento irónico:

--¿Con cuál de los dos te quedas?

La niña mostróse un poco cortada y respondió mirando para los cartones:

--¡Qué tonto eres!

--Es que como te veo tan entusiasmada...

--Vamos, no digas disparates. ¿Qué tiene de particular que hable un
instante con Paco? Me parece que después del tiempo que llevamos en
relaciones ya podías tener alguna mayor confianza en mí.

--Sí la tengo, querida mía--repuso suavizándose de repente,--pero no se
pueden evitar ciertos impulsos de celos que nacen, sin saber cómo, en el
corazón. Por lo demás, debes convenir en que has obrado con ligereza, y
que sin querer me has colocado en una situación ridícula... Pero dejemos
esto: tengo que hablarte de cosas serias, de las cuales tal vez dependa
tu felicidad y la mía. Necesito que me escuches con atención. No sé qué
profundidad habrán alcanzado las raíces de tu amor, porque esto jamás lo
llega á averiguar un amante. Eres aún muy niña y en tu edad los afectos
suelen ser más bien caprichos que pasiones. Aunque hoy me quieras con
toda el alma, si mañana dejases de verme y estuvieses separada de mí por
algún tiempo, quizá ese amor se fuera debilitando y al cabo concluyera
por extinguirse. No es que deje de tener confianza en ti, hermosa, pero
todo cabe en lo posible. Esa separación acaso esté próxima... quizá
empiece mañana mismo.

El joven daba vueltas entre los dedos desde el comienzo de su discurso
á una bola de la lotería, y al proferir estas palabras se le cayó al
suelo. Bajóse rápidamente á cogerla, mas al hacerlo pudo observar con
estupefacción que las manos de Paco Ruiz y de Carmen se hallaban
enlazadas y que se soltaban á toda prisa al notar su movimiento. Sintió
la misma impresión que si hubiese tocado una víbora. Al levantarse lanzó
una mirada fulminante, abrasadora, sobre ambos. Paco Ruiz parecía
atender con cuidado al juego, mientras en sus labios se dibujaba
vagamente una sonrisa sarcástica. Carmen también atendía á sus cartones,
pero roja y confundida.

El efecto que de repente produjeron á nuestro señorito no sólo aquellos
dos seres miserables que tenía cerca, sino todos los allí congregados,
no es fácil de describir. La indignación en que rebosaba su alma le hizo
ver en ellos, por arte mágico, no una asamblea de seres humanos, sino
una piara de animales inmundos. Acometióle un asco invencible y un
sentimiento vivo y enérgico de la superioridad de su persona. Ninguna de
aquellas almas pequeñas podía gozar el privilegio de ofenderle. De buena
gana les hubiera escupido á todos en la cara. Contentóse con arrojar á
la tertulia una profunda mirada de desprecio, y tomando el sombrero
salió de la trastienda y de la tienda sin percatarse de la sorpresa de
los circunstantes. Una vez en la calle detuvo el paso, y volviendo la
vista atrás murmuró:

--Al fin no pudo desmentir su casta... ¡Su casta de villanos!--añadió
con acento más colérico.

Su cólera cedió, no obstante, muy pronto. No había sido más que una
irritación pasajera levantada por el amor propio. Como la hija de don
Marcelino no había vivido jamás en el fondo de su corazón (por más que
él tratara de engañarse á sí mismo suponiéndolo), la herida no podía
tener mucha profundidad. Después de todo, en el instante de contemplar
su perfidia, ¿no iba él también á engañarla y á hacerla una traición?
Cierto que no era tan grosera, pero al fin era una traición. Por otra
parte, tenía el espíritu tan henchido de sentimientos nebulosos y
filigranas espirituales, que no es maravilla si á los pocos minutos de
vagar por las calles se olvidase enteramente de la escena vergonzosa en
que acababa de jugar papel tan desairado. ¡Ay! Otras escenas más lejanas
se le representaron inmediatamente con mayor energía! Acudieron en
tropel á su mente los pensamientos dolorosos que á la tarde le habían
asaltado en su habitación cuando el sol se ponía y las sombras iban
envolviendo lentamente los ámbitos de la sala.

La imagen celeste de la condesa vino sobre las alas del viento á soplar
la llama que le estaba consumiendo. Era preciso alejarse ó morir. La
carta lo decía... la carta que estaba guardada en su bolsillo. Llevó la
mano allá y la sacó con violencia. No había claridad bastante para
descifrar sus caracteres, pero los tenía bien descifrados. Los estaba
leyendo con los ojos del alma tan perfectamente como si los rayos del
sol del mediodía cayesen de plano sobre ellos. La linda mano de la
condesa había pasado por encima de aquel papel. Lo llevó á los labios
con trasporte y lo tuvo largo espacio sobre ellos. La carta despedía un
perfume suave y delicado. El joven lo aspiró con delicia cerrando los
ojos. Tornó á guardar la carta y siguió andando á la ventura.

Empezó á soñar despierto. Ofrecióle su imaginación inmediatamente un
cuadro risueño y venturoso. La condesa le amaba. Se lo había dicho al
oído cuando menos lo esperaba, despidiéndole en seguida roja de
vergüenza. Á esta confesión hubieron de seguir, como es lógico, horas
muy felices, _horas de juventud, de amor y de ventura_, como las llama
el poeta. La fantasía encendida del mancebo no dejaba de recorrerlas una
á una, complaciéndose y recreándose en ellas, y adornándolas con los
detalles más inefables y primorosos. Una tarde reciente le había dicho
la condesa echándole los brazos al cuello: «Escucha, Octavio; tengo
miedo, mucho miedo de perderte. Vivo en continuo sobresalto, que amarga
y emponzoña los instantes felices que paso á tu lado. Si el conde
llegase á sospechar algo, ten por seguro que te mataría ó te haría
matar. Sólo de pensarlo me estremezco. ¿No sería mejor que huyésemos,
sí, que huyésemos á ocultar nuestra dicha y nuestro amor en cualquier
rincón del mundo, á la margen de un río, en una casita rodeada de
laureles y naranjos?» Después de algunas dudas y vacilaciones, se
resolvieron á llevarlo á cabo. Hicieron sus preparativos y señalaron la
noche en que se había de consumar la fuga. Ya la noche había llegado. La
condesa le aguardaba y no había que perder un instante. Detrás de él un
criado traía dos magníficos caballos que en pocas horas los podían
conducir á la orilla del mar, donde se embarcarían para algún país
hermoso y seguro.

Sacóle de su desvariado ensueño el ruido que produjo al caer á sus pies
un erizo de castañas desprendido del árbol por la madurez, más que por
el viento. Sin darse cuenta de ello, había tomado la carretera de la
Segada, y notó con sorpresa que estaba ya bastante cerca del puente. La
noche era fresca y apacible. El cielo parecía empedrado de nubecillas
redondas y blancas, como pacas de algodón, que dejaban paso expedito á
la claridad de la luna. En ocasiones se la veía por los intersticios
nadando serena por los abismos del aire. Alzó la vista y vió negrear
encima de él los contornos fantásticos de la Peña Mayor. El mismo
estremecimiento singular y doloroso que por la tarde le corrió ahora por
todo el cuerpo.

--¡Cosa extraña!--exclamó, tornando á emprender la marcha. Hallóse
pronto al lado del puente. Después de vacilar un momento penetró en
él.--Puesto que mañana parto--se dijo--quiero echar una última mirada á
los balcones de su habitación; quiero recorrer los sitios en que tantas
veces la he visto por mi desgracia. Cuando tenga noticia de mi marcha,
¡qué ajena quedará de este viaje nocturno! ¡Oh, no puede concebir lo que
la amo!

El río sonaba impetuoso debajo del puente. La claridad de la luna
prestaba fosforescencia á la espuma de sus remolinos. Un poco más lejos
se extendía límpido y tranquilo en un remanso dilatado que sombreaban
por ambos bordes dos filas de espesos avellanos.

Después que hubo pasado el puente, entró por el estrecho y sombrío
camino que le separaba de las casas de la Segada y del palacio condal.
No tardó en llegar al pueblecillo y lo atravesó sin hacer ruido. Todo
estaba en reposo. En las casas no había luz. Sólo al pasar por delante
de una puerta escuchó las voces gangosas de algunas mujeres que rezaban
el rosario. Dió la vuelta con precaución al palacio, pero no pudo
colocarse delante de los balcones de la condesa, porque había demasiada
claridad en aquel sitio. Entonces, con el objeto de contemplarlos á su
sabor y sin riesgo de ser visto, dió un pequeño rodeo. Saltó la cerca de
la pomarada, que no era muy alta y ofrecía grietas donde apoyar los
pies. Desde allí penetró en la huerta, empujando la puerta enrejada. Mas
apenas había avanzado algunos pasos, cuando se detuvo repentinamente con
espanto. Le pareció escuchar ruido en uno de los cenadores próximos.
Quedóse inmóvil como una estatua, conteniendo la respiración. Y, en
efecto, pudo escuchar claramente el murmullo de dos personas que
conversaban discretamente. El señorito, para quien las voces eran harto
conocidas, fué andando á paso de lobo hasta colocarse detrás de un árbol
inmediato. Desde allí no se perdía una palabra de la conversación por
bajo que se hablase. Apenas escuchó las primeras frases, se puso pálido.
Una de las voces era masculina; la otra femenina. El diálogo era tan
suave y discreto, que semejaba el ruido del viento al pasar por la
enredadera. Á nuestro joven, no obstante, aquel débil murmullo le
atronaba los oídos como el estampido de cien cañones, á juzgar por el
susto y espanto pintados en sus ojos. La sangre iba huyendo á toda prisa
de su rostro, dejándole cada vez más pálido, hasta ponerse lívido. Tuvo
necesidad de cogerse al árbol para no caer. Al cabo de pocos minutos ya
no escuchaba. Con la frente bañada en un sudor frío, los ojos
extraviados y agarrado fuertemente al árbol, parecía hallarse en
presencia de un espectro. Su agonía se prolongó cerca de media hora. Por
último, la voz femenina pronunció un adiós y dejó de escucharse. Octavio
pudo ver una figura breve y gentil que se deslizaba por la huerta y
desaparecía.

¡Pero el hombre aún estaba allí, á su lado, inmóvil debajo de la
enredadera! La sangre subió otra vez aceleradamente al rostro y lo tiñó
de fuerte color rojo. Una ola de fuego invadió su yerto corazón
abrasándolo en ira. Dió tres ó cuatro pasos adelante. Al mismo tiempo el
hombre salía del cenador y la claridad de la luna dejó ver las facciones
atezadas y varoniles de Pedro. El señorito no pudo contenerse.

--¿Eres tú, miserable?--exclamó con voz alterada poniéndosele
delante.--¿Eres tú, gañán asqueroso, el que se atreve á profanar lo que
debiera ser tan sagrado para ti como la Hostia?... ¿No sabes que los
criados no pueden atentar á la honra de sus señores?... Pues apréndelo,
villano...

El junquillo del joven silbó al mismo tiempo en el aire y fué á cruzar
la mejilla del mayordomo. Oyóse una exclamación de rabia. Pedro alzó la
mano, y el señorito rodó por el suelo sin sentido.

--¡Oh, qué bárbaro, le he matado, le he matado!--profirió el mayordomo
inmediatamente acercándose á su agresor.--¡Es un chico tan débil!...

Y arrodillándose en el suelo levantó suavemente la cabeza del herido.
Pronto se cercioró de que no estaba muerto, sino desmayado. Pero de
todos modos era gravísimo compromiso. Trató de volverle á la vida
dándole aire con el sombrero (porque no había cerca agua), pero
inútilmente. No era posible pedir auxilio en casa, por el escándalo que
se armaría. Dejarlo allí era una acción indigna y expuesto, además, á
cualquier percance... ¿Qué hacer?...

Después de meditar breves instantes, tomó de pronto una resolución
violenta. Agarró al señorito por el medio del cuerpo y lo echó al hombro
con la misma facilidad que si fuese un canastillo de cerezas. Salió de
la huerta, cruzó el pueblo rápidamente y entró en el camino de Vegalora.
Pronto apareció en el puente y lo atravesó como una saeta. Después
corrió á lo largo de la carretera, ocultándose y desapareciendo por
intervalos, según caminaba debajo de los árboles ó al descubierto. Al
llegar cerca de la villa se detuvo á tomar aliento. Acto continuo se
deslizó con precaución rozando las paredes de las casas, consiguiendo
llegar sin ningún tropiezo á la del joven. El portal estaba oscuro.
Después de buscar á tientas el llamador, lo hizo sonar dos veces
fuertemente. Tiraron desde arriba por un cordel y se abrió la puerta.
Entonces Pedro no hizo más que depositar con presteza el cuerpo del
señorito en tierra, y echarse á huir como un gamo por las calles.

No fué pequeño el alboroto que se armó en la casa de D. Baltasar así que
hallaron al joven en semejante estado. D.ª Rosario, creyendo á su hijo
muerto, se dió á gritar como una loca. Convencidos, sin embargo,
prontamente D. Baltasar y los criados de que no era más que un simple
desmayo, lograron calmarla. En efecto, Octavio no experimentaba más que
un adormecimiento del cerebro producido por la conmoción. Á fuerza de
echarle agua en la cara y hacerle aspirar esencias, consiguieron que
recobrase el conocimiento. Apenas estuvo vivo le abrumaron con
preguntas. ¿Qué había pasado? ¿Quién le había puesto de aquel modo?
¿Quién llamó á la puerta? Negóse á responder algún tiempo diciendo que
no sabía, que no se acordaba de nada. Pero haciéndose cargo de que no
era posible que sus padres se contentasen con esto, prefirió idear una
historia. Su imaginación poderosa le vino en ayuda inmediatamente. Un
hombre de barba con traje de obrero le estaba aguardando en el portal
para robarle. Le pidió lo que traía amenazándole con un puñal, pero él
retrocediendo había llegado hasta la puerta y pudo coger el llamador.
Viéndose frustrado el ladrón le dió un fuerte golpe en la sien que le
hizo venir al suelo. D. Baltasar salió inmediatamente á dar parte al
juzgado. Octavio, después de haber sorbido dos tazas de tila y de
ceñirse la cabeza con un pañuelo empapado en árnica, se retiró á su
habitación pidiendo que le dejasen descansar.

El descanso de nuestro señorito consistió por lo pronto en dar vueltas
por la sala como un lobo enjaulado, sin dignarse echar una mirada al
arqueológico lecho. Así pasó algún tiempo en un estado de agitación que
inspiraba lástima. Las mejillas se le iban inflamando. Sus ojos zarcos
llegaron á inyectarse de sangre. Relámpagos siniestros brotaban de ellos
de vez en cuando, y después de cada uno su cuerpo se estremecía como si
acabase de cometer un asesinato. Y es la verdad que allá en los
profundos abismos del alma los estaba cometiendo, y á cual más
horrible: porque tantas veces como la imagen de Pedro se ofrecía á su
imaginación, otras tantas le cosía á puñaladas con singular deleite.

--Este canalla (murmuraba unas veces y pensaba otras), después de haber
abusado de su fuerza física, quiso burlarse de mí trayéndome á casa...
¡Ah, si hubiera tenido un arma, hubiese matado á las dos víboras en su
nido!... Pero todavía hay tiempo... ¡Miserable!... En mi vida pude
pensar que un hombre tan soez llegase... ¡Si apenas es posible creerlo!
Se necesita tener bien envilecido el corazón para entregarlo á un patán
como ése. ¡Qué risa!... Digo, no... ¡qué vergüenza! ¡Lindo galán ha
elegido la condesa de Trevia!... Este invierno de seguro llamará la
atención en las _soirées_ de los duques de Hernán-Pérez.--(Octavio
sonreía al pensar esto, pero de un modo que daba ganas de llorar.)--Pero
¿es posible que no haya más que podredumbre en el corazón de las
mujeres?... ¡Y yo que no me hubiera atrevido á tocar con los labios la
orla de su vestido!... Buen papel me han hecho jugar ese par de... Pero
no se reirán de mí mucho tiempo... Mañana salen de caza y se las
prometen muy felices...--(El joven se detuvo delante del
escritorio.)--Pues bien, la felicidad no existe en este mundo. Tengo en
mi mano el rayo que os puede pulverizar... ¡Allá os lo envío!

Al decir esto se sentó, y tomando pluma y papel trazó con agitación y
disfrazando la letra la siguiente carta:


      Excmo. Sr. Conde de Trevia.

     _Si mañana sales á cazar con tu señora, abre mucho los ojos y
     quizás podrás ver á quien te roba la honra._

      UN AMIGO.


Después de cerrarla y escribir el sobre llamó á la criada.

--¿Se ha acostado ya tu hermano?

--No, señorito.

--Pues hazme el favor de decirle que suba.

Al poco rato se presentó en la sala un muchacho alto y delgado.

--Díme, Juan, ¿te conocen en la Segada?

--No lo creo, señorito, porque como usted sabe, hace pocos días que he
llegado de Castilla.

--Pues entonces te voy á confiar un encargo muy delicado. Toma esta
carta. Inmediatamente corres á la Segada, llamas en el palacio y dices
que la entreguen al señor conde. Y sin aguardar contestación ni entrar
en plática con los criados, te vienes á todo escape, no por el camino
real, sino por los prados. ¿Seras capaz de hacerlo?

--No es cosa difícil.

--Pues te recomiendo mucho silencio para que esto quede sólo entre los
dos.

Octavio introdujo al mismo tiempo una moneda de plata en el bolsillo del
chico, que salió dando las gracias.

Una vez solo, llevó ambas manos á la cabeza. Se le partía de dolor.
Desnudóse de prisa y se metió en la cama. Pero las emociones de la noche
habían alterado demasiado sus nervios para que pudiese dormir. Los
genios de la cólera y de la venganza batían las negras alas sobre su
frente pálida. Revolcóse sin fin entre las sábanas como si estuviesen
llenas de alfileres. Sólo cuando rayaba el alba logró cerrar los ojos
con un sueño inquieto y fatigoso.



XIV

Á medianoche.


AÚN no ha caído la última hoja de los árboles y ya arde el fuego en la
chimenea. ¿Quién tendrá frío?

El gabinete es rojo. Las espesas cortinas de damasco, que caen formando
pliegues sobre la alfombra, no dejan paso á la claridad de la luna. La
estancia yacería en tinieblas si no fuese por los troncos de roble que
forman allá en el fondo un rincón luminoso.

Arden en silencio; la mitad está convertida en brasa. Algunas llamas
fugaces y azuladas los coronan y se extinguen alternativamente. Al
desaparecer dejan en su puesto blancos penachos de humo, que no tardan
en ascender por el estrecho cañón á tomar el fresco de la noche. De vez
en cuando se desprende, con ruido seco, algún pedazo de brasa, y
rodaría hasta la alfombra sin la intervención salvadora de dos cabezas
de bronce enlazadas por una barra de hierro que guardan la entrada del
agujero. La impasibilidad estoica con que se dejan tostar por los
carbones, antes que consentirles pasar á prender fuego á la casa, es
digna de encomio. Cuando salieron de la tienda eran doradas y
relucientes, y representaban dos mujeres hermosas. Ahora son negras y
nadie sabe lo que representan.

Descansando á un lado están los hierros de la chimenea. La lumbre los
hiere de través produciendo destellos. Delante del fuego y próximas á él
hay dos butacas en actitud de conversar amigablemente. Pero están mudas,
ó por lo menos no se oye lo que dicen. Quizá fatigadas de charlar y
enervadas por el calorcillo agradable que templa la atmósfera del
gabinete, se hayan entregado al sueño ó á la meditación. La claridad las
baña á veces vivamente: otras las deja sólo medio esclarecidas.

Detrás de las butacas empieza ya la sombra; una sombra indecisa. En ella
flotan como masas negras los muebles de la cámara. En ocasiones, cuando
una llama más viva se despierta sobre los carbones, el círculo luminoso
ensancha sus dominios y arroja vivos reflejos á las paredes. Entonces,
entre los vacilantes rayos de la llama, percíbense los contornos severos
de los sillones arrimados al muro. Tal como aparecen, correctos, graves,
inmóviles, semejan un congreso constituído en sesión permanente. Las
sombras temblorosas aprovechan la huída de la llama para envolverlos de
nuevo en su manto tenebroso.

El gabinete está solo. Una fantasía algo viva, espoleada por el miedo,
pudiera, sin embargo, fácilmente imaginar otra cosa. Porque á menudo se
ve correr una gran mancha negra por los muros, y pasar con la brevedad
de un relámpago. Otras veces, la mancha negra surge de improviso detrás
de las butacas, se arrastra lentamente por la alfombra y va á ocultarse
entre los pliegues de las cortinas. Otras, baja por el cañón de la
chimenea un zumbido, aunque leve, extraño por demás y medroso. Y en los
ángulos oscuros de la estancia, y debajo de las sillas, y en los huecos
de los balcones, se agitan á la continua muchedumbre de fantasmas que
esperan la hora de extinguirse el fuego para salir.

Reina el silencio. Es la medianoche. Afuera se oye una vez que otra el
cansado latir de algún perro. De tiempo en tiempo se alza también del
sombrío recinto del valle un grito agudo, prolongado, angustioso, uno de
esos gritos de la noche que nadie sabe de dónde parten, y que hielan de
terror el corazón del más bravo.

Óyese en la estancia el crujir de un vestido. Aparece una mujer de
figura elevada y majestuosa, que marcha con lento paso á sentarse en una
de las butacas que hay delante de la chimenea. La luz que de súbito la
baña deja ver la fisonomía severa, pero bella, de la institutriz de los
Trevia.

¡Oh, no; no hay mentira en declarar que es hermosa! Sus cabellos son
rubios y claros, y están anudados por detrás de un modo sencillo y
original: los ojos de un azul oscuro como el cielo de Andalucía: la
frente un poco estrecha, como la de las estatuas griegas: la nariz
delicada y correcta: los labios delgados y rojos y siempre húmedos: la
barba bien señalada, y el cuello mórbido y flexible. Pero lo que más
resalta en este rostro es la blancura deslumbradora de la tez. No debe
comparársela al marfil, á la nieve, al nácar ó á la leche, porque la tez
de una mujer hermosa vale más que todas estas cosas juntas. La
imaginación no puede concebir nada más delicado, más terso y más suave
que el cutis de la blonda institutriz.

Todas estas perfecciones no han logrado, sin embargo, producir una
fisonomía dulce y apacible. La expresión de aquel rostro admirable es
dura y siniestra. Su frente está siempre ligeramente fruncida. Los ojos
no despiden más que miradas altaneras, como si tuviese al mundo entero
postrado á sus pies. Pero tal expresión soberbia y feroz hacía aún más
incitante su hermosura, porque gusta particularmente á la humana
naturaleza lo inaccesible, y porque es opinión muy seguida entre los
sabios que vale más el pellizco de la mujer arisca que el beso de la
tierna.

Miss Florencia, después de sentarse en la butaca, quedó con los ojos
clavados en la lumbre. Una de las manos, prodigio de finura, descansaba
en el regazo; la otra pendía fuera de la butaca. El fuego la envolvió
también en una mirada larga que prestó á su rostro mayor trasparencia.

El conde de Trevia vino silenciosamente á sentarse en la otra butaca y
quedó mirándola fijamente. El aya no apartó los ojos de la lumbre.

--Ya estoy aquí--dijo con impaciencia al cabo de un rato de
contemplación. Miss Florencia no movió un dedo siquiera.

D. Carlos le tomó una mano y la llevó suavemente á los labios. Tampoco
el aya hizo el menor movimiento.

--¿No oyes, dí, no oyes?--dijo entonces sacudiendo aquella mano.--Soy
yo.

--¿Qué hay?--repuso ella volviendo lentamente la cabeza.

--Te digo que tengo el humor muy negro, que me ahoga la bilis y que en
este momento al menos necesito que seas un poco más humilde que de
ordinario. ¿Lo entiendes?--profirió reprimiendo con esfuerzo la cólera.

La institutriz le miró con sorpresa á la cara, y después de contemplarle
con atención unos instantes, convirtió de nuevo sus ojos á la lumbre,
haciendo una imperceptible mueca de desdén.

El conde siguió contemplándola con mirada colérica un buen espacio.
Luego se alzó bruscamente y comenzó á dar paseos por la estancia. Al
cabo de un rato miss Florencia levantó la cabeza y le dijo con acento
más suave:

--Siéntate. ¿Qué mala hierba has pisado hoy?

El conde vino de nuevo á acomodarse en la butaca, tomó uno de los
hierros y escarbó la lumbre con ademán distraído. Después de larga pausa
dejó el hierro en su sitio y sacó del bolsillo un papel que presentó al
aya.

--Mira lo que acaban de entregarme.

Miss Florencia lo acercó á la chimenea y pasó sus ojos por él.

--Un anónimo--profirió sonriendo y entregándoselo de nuevo.

--Sí, un anónimo... ¿Por qué sonríes?

--Porque me causa mucho placer que te agite tanto la pérdida del cariño
de tu esposa.

--¡No es eso, no es eso!--exclamó D. Carlos con impaciencia, herido por
el tono irónico de aquellas palabras.--Respecto al cariño que nos
tenemos, demasiado sabes á qué atenerte. Pero por encima del cariño hay
otra cosa mucho más importante para mí, que es la honra.

--Dí el amor propio.

--Bien, pues el amor propio. Aunque entre nosotros no exista hace tiempo
verdadero matrimonio, el lazo social que nos une no se ha roto. Ella
tiene el deber de respetarlo... Si no lo respeta--añadió
sordamente,--nos veremos.

Miss Florencia dejó escapar una risita maligna.

--¡Es gracioso! ¡es gracioso!

--¿El qué es gracioso?--preguntó él cogiéndola por la muñeca y
apretándola convulsivamente.

La institutriz se puso un poco pálida, pero dijo con calma sin dejar de
sonreir:

--Te advierto que me estás haciendo daño.

--Dí, ¿qué es gracioso? ¿qué es gracioso?--repitió el conde sacudiéndola
rudamente.

--Vuelvo á decirte que me haces daño. Yo no soy la condesa de Trevia,
sino una pobre institutriz. No merezco ser tratada con tanta confianza.

El conde aflojó la mano y la miró fijamente.

--¿Se puede saber qué es lo que hallas gracioso en este paso?

--Es gracioso el suponer que la condesa había de sufrir toda la vida sin
buscar el desquite.

D. Carlos quedó un instante silencioso. Al cabo dijo alzando los
hombros:

--Está bien. Que lo busque. Pero al final de esos desquites es fácil
tropezar con una bala.

Guardaron ambos silencio obstinado mucho tiempo.

--¿Y tú conoces al Romeo?--preguntó al fin el conde.

--¡Ya lo creo!--respondió el aya sin mirarle.--¡Y tú también!

--¿Por qué no me has llamado la atención hasta ahora? Ni una palabra ha
salido de tus labios.

--Los criados no deben mezclarse en los asuntos de los amos.

--¡Ya pareció la gotita de hiel!--exclamó levantándose de nuevo y
paseando por la estancia.

Al cabo se acercó por detrás á su querida y, tomándole el rostro entre
las manos, le dijo inclinándose:

--No hablemos más de eso. Seamos felices. Hace ya algún tiempo que me
tratas con mucha crueldad, ingrata. Mis caricias no logran despertar en
tu corazón un movimiento de ternura ni en tus labios una sonrisa. Á
medida que mi amor crece parece debilitarse el tuyo. Te encuentro muy
fría.

--Fría no, respetuosa.

--¡Otra vez!--exclamó el conde riendo.--Demasiado sabes--añadió
sentándose y acariciándole una mano--que de hecho no hay en esta casa
más señora que tú hace tiempo. Los criados, los niños, la condesa... yo
mismo, pasamos la vida mirando tu semblante, estamos pendientes de la
expresión de tus hermosos ojos como el marino de las mudanzas del cielo.
Te has apoderado de todo mi ser. Te amo tanto, que por un cabello tuyo
daría cien vidas si las tuviera.

El conde pronunció las últimas palabras con una pasión que nadie
sospecharía en su temperamento impasible.

La bella extranjera sonrió como una diosa que percibe el olor del
incienso. Se levantó para añadir un leño al fuego y vino luego á
sentarse sobre las rodillas del conde con el silencio y la delicadeza
de una gata. Los ojos opacos de aquél brillaron al sentir el blando
peso. El fuego lanzaba sobre ellos reflejos maliciosos.

--Yo también soy feliz con tu amor--le dijo suavemente al oído.--En mis
horas de sueño, en los momentos en que fabricaba castillos en el aire
nunca pude imaginar tanta dicha. Es más: yo pensaba que el amor estaba
vedado para mí. Dios me ha criado con un corazón poco sensible. Dicen
que soy orgullosa, fría, áspera, y acaso tengan razón. Pero tú no puedes
quejarte, porque te has logrado introducir en el único rincón apacible
que hay en mi alma. Si tú no me hubieses enseñado lo que es amor,
moriría sin conocerlo, porque ningún otro hombre haría lo que tú has
hecho. Acuérdate de las humillaciones que has sufrido, las lágrimas de
fuego que has derramado, las noches en vela pasadas á la puerta de mi
cuarto...

--Sí, sí; ¡me lo has hecho pagar caro!--exclamó el magnate riendo.

--¿Te pesa de la compra?--dijo la extranjera tirándole de la oreja.

--Nada de eso. Estoy conforme con el precio, y aun daría algo más
encima.

--Y yo me alegro de haber caído á pesar de mi orgullo... Pero, te lo
confieso; aunque me haga feliz tu amor, tengo momentos en que soy muy
desgraciada. No puedo olvidar la posición, no ya humilde, sino
deshonrosa que ocupo en esta casa. Cada una de las muestras de respeto
que prodigas á tu mujer en público es una saeta envenenada que viene á
clavarse en mi corazón. No te las recrimino, porque los caballeros
ilustres no pueden portarse como los gañanes, pero me hacen mucho daño.
Entonces (dispénsame esta niñería) me miro al espejo y me pregunto: ¿No
tengo yo porte de condesa? ¿Mis manos no son finas y delicadas como las
de una dama? ¿Mi cuello no es erguido y esbelto? ¿Tengo por ventura los
ojos humildes y rastreros como una sirviente?... Y, sin embargo, á pesar
de esto y á pesar de tu amor, jamás, jamás seré otra cosa que una
doméstica distinguida. ¡Oh, no sabes el efecto que produce en mí tal
idea! Hay momentos en que resuelvo tomar mi ropa, huir de tu lado y
buscar en el mundo algún rincón oscuro donde ocultar mi vergüenza.

El conde la apretó amorosamente contra su pecho y la cubrió de besos.
Quedó después largo rato inmóvil con los ojos en el fuego, grave y
pensativo. Al cabo dijo:

--¡Quién sabe! ¡quién sabe! El mundo da muchas vueltas.

--Para mí no dará más que una... ¡La vuelta final!

--¡Calla, calla!--exclamó él riendo y tapándole la boca.--No puedes
deshacerte de esas ideas lúgubres y románticas, porque tienes el cerebro
atestado de folletines.

--Porque lo tengo lleno de tu amor y temo perderlo--manifestó ella,
apretándole á su vez con pasión.

La plática se hizo más alegre, pero más suave y discreta también. Largo
rato sonó en el rojo gabinete un cuchicheo amoroso sobre el cual
estallaba de vez en cuando el eco de una carcajada comprimida ó el rumor
de un beso.

La blonda extranjera estuvo como nunca tierna, mimosa, embriagando á su
noble amante con dulces y exquisitas caricias que jamás éste conociera.
Pero en medio de su frenesí amoroso, un hombre más observador que el
conde hubiera notado cierta inquietud, algo triste y siniestro que
brotaba á la frente por intervalos en forma de arruga, y á los ojos como
relámpagos aciagos.

Trascurrió mucho tiempo. Al cabo la institutriz, después de vacilar
infinitas veces, se atrevió á preguntarle al oído:

--¿Qué piensas hacer después de lo que te han escrito?

El rostro del magnate se contrajo fuertemente.

--¡Silencio! Ni una palabra más de ese asunto.

Quedó serio, taciturno, con los ojos clavados en el fuego. Miss
Florencia no se atrevió á interrumpirle. Al cabo su semblante contraído
se fué dilatando por una sonrisa amarga, y profirió:

--No sé jamás de antemano lo que he de hacer. Obedezco á la inspiración
del momento.



XV

Buscando salvación.


Las ocho de la mañana serían ya bien sonadas cuando el señorito Octavio
abrió los párpados despegándose del sueño febril que le embargara desde
el amanecer. Muy lejos de concederle descanso y reparar sus gastadas
fuerzas, le dejó más inquieto y molido que nunca: las mejillas pálidas;
un círculo oscuro, amoratado en torno de los ojos.

La idea del anónimo cayó de improviso como un rayo sobre su mente y le
hizo dar un salto en la cama. Representósele con espantosos y sombríos
colores la gran atrocidad que había hecho. Le pareció imposible que él,
un hombre de honor, hubiese llevado á cabo acción tan indigna y
repugnante. Por un momento dudó si estaría aún bajo la influencia de
alguna pesadilla. Cuando se cercioró de que era una realidad, de que
había sido un vil delator, de que corría peligro la vida del ser que más
amaba, entregóse á una violenta desesperación, mordiendo la ropa del
lecho y prodigándose con furia epítetos á cual más injurioso. La
imaginación le hizo ver la muerte próxima de la condesa. Ante un cuadro
tan espantable, desapareció al momento la afrenta que había recibido y
se la perdonó de todo corazón. «Después de todo, se decía, yo no tengo
ningún derecho sobre ella. Si se ha enamorado de otro, debo sufrirlo con
resignación como una desgracia. Sólo un corazón pequeño es capaz de
hacer lo que yo hice. Hasta se comprende que los hubiese matado en aquel
momento, porque la pasión ciega el espíritu... ¡pero delatarlos!...
¡Dios mío, qué indignidad!... Cualquiera diría que mi amor no era más
que un deseo vanidoso de ser preferido... Y, sin embargo, no es cierto;
yo la adoraba... La adoro todavía en lo profundo de mi pecho. En un
principio me sedujo el aparato mundano de que estaba rodeada; pero
después se fué infiltrando poco á poco en mi alma, hasta el punto de que
no era yo el que pensaba y sentía, sino ella la que pensaba y sentía por
mí... Hoy daría la vida porque fuese una pordiosera, con tal que me
amase un poco...»

Y embebecido en estas y otras reflexiones estuvo algún tiempo sentado.
De repente le asaltó el pensamiento del grave peligro que corrían las
vidas de los amantes, y se arrojó con ímpetu del lecho. Vistióse á
medias precipitadamente, como si fuese á ejecutar algún acto que
exigiese mucha premura. Una vez vestido, quedóse inmóvil con la mano
puesta sobre el pestillo de la puerta. ¿Adónde iba? Era preciso á toda
costa evitar el crimen que no tardaría en perpetrarse, si no se había
perpetrado ya; pero ¿cómo? Quiso pensar en algún medio, mas no pudo. Las
ideas le daban vueltas en la cabeza. No acertaba á sacar nada en limpio
de su meditación ansiosa. Adivinaba la existencia de algún pensamiento
salvador, pero estaba envuelto en tan tupidas gasas que no percibía de
él absolutamente nada. Y cuantos más esfuerzos hacía para sujetar su
imaginación y enderezarla á un resultado práctico, más se turbaba y más
se perdía en un piélago de lucubraciones absurdas. Lo único que vió
claro fué la imposibilidad de intentar por su cuenta nada con el conde.
Era necesario darles aviso á ellos; pero ¿en qué forma y por qué medios?
Después de mucho vacilar, se resolvió á ir él mismo á la Segada.

Emprendió la marcha inmediatamente y con no poca celeridad, aumentando
ésta á medida que la idea terrible de no llegar á tiempo se iba
apoderando de su revuelto cerebro. Ya estaba en la carretera... ya
cruzaba el puente... ya caminaba por el túnel de avellanos... ya estaba
en el pueblo. Acercóse al palacio lleno de susto, y vió salir á un
criado de una de las cuadras. Después de reprimir su respiración
fatigosa, y fingiendo naturalidad, le abocó diciéndole:

--¡Hola, amigo! ¿Los señores condes se han ido ya de caza?

El momento que trascurrió entre su pregunta y la respuesta del criado
fué de suprema angustia.

--La señora condesa ha salido ya con el mayordomo. El señor conde está
durmiendo.

La noticia, sin sacar á nuestro joven de apuros, le tranquilizó un poco.
Tuvo fuerzas para decir:

--Gracias, muchacho: voy á dar un corto paseo mientras el señor conde se
levanta.

Así que se alejó algún trecho, retoñaron con más fuerza sus ansias.
Aquel extraño sueño del conde en tales circunstancias le causaba gran
inquietud y le parecía precursor de una tremenda desgracia. «¡Oh! tengo
la seguridad, se dijo, de que antes de una hora el conde de Trevia
saldrá de su palacio... Y si sale es para cazarlos como á dos ciervos...
¡Dios mío, es horrible, es horrible!... ¿No habrá un medio de cortar el
paso á la muerte?...»

Se mesaba los cabellos y corría sin tino por la margen del riachuelo que
bajaba de la Peña Mayor. Al dar vuelta á un repliegue del terreno vió
blanquear entre los árboles, no muy lejos de sí, la iglesia de la
parroquia. Al mismo tiempo surgió en su espíritu un pensamiento, al cual
se agarró el desdichado inmediatamente, como se agarra á un clavo
ardiendo el que rueda hacia el abismo. Pensó en el cura de la Segada y
en la influencia poderosa que ejercía al parecer sobre el conde. Pensó
en que como hombre sagaz y de mucho ingenio pudiera tal vez hallar algún
recurso ó excogitar algún medio de conjurar la tormenta. Después de
todo, en su calidad de ministro de Dios, estaba en el deber de hacer
cuanto le fuera posible para evitar la consumación de un crimen. Como
amigo de los condes, hallábase aún más obligado á impedir la desgracia
que les amenazaba. Se determinó á ir á la rectoral y contarle lo que
ocurría, bajo secreto de confesión.

Los momentos críticos y decisivos. Se dió á correr cuanto más pudo hacia
la casa, que por fortuna no estaba lejos. Era, como casi todas las
rectorales de aldea, pobre de aspecto, rodeada de huertas extensas y
feraces, y tenía en la fachada principal un largo balcón de madera sin
pintar, guarnecido todo él por una parra cuyos pámpanos estaban ya
marchitos. La puerta, ennegrecida por el tiempo, no tenía llamador. Se
vió precisado á dar dos golpes sobre ella con la palma de la mano.
Después de un buen rato de espera rechinaron los goznes con cierto
chirrido prolongado semejante á un lamento, y apareció una vieja, la
cual, sin aguardar la pregunta del mancebo, le dijo en tono áspero:

--El señor cura está arriba.

Y á paso acelerado fué á hundirse por una puertecilla, que más parecía
agujero, de donde salían bocanadas de humo y fuerte olor á guisado.
Octavio tomó la escalera estrecha, sucia y llena de agujeros que
conducía al piso primero y último de la casa, y después de atravesar un
corto pasillo, hallóse frente á una puerta sobre la cual dió otros dos
golpes con la mano, aunque más discretos.

--¡Hola! ¿quién anda ahí?--preguntó la voz cascada del cura desde
adentro.

--Soy yo, señor cura; tenga la bondad de abrir.

--¿Sabe que no le conozco, mi amigo?... Pero aguárdese un instante el
que sea, que estoy concluyendo de afeitarme.

Le molestó extraordinariamente aquella dilación. Se puso á dar vueltas
agitadamente por el pasillo. Cada minuto que pasaba le parecía que traía
consigo una calamidad. Por fin se abrió la puerta, y el rostro atezado
del cura, que apareció detrás de ella, expresó una agradabilísima
sorpresa al ver á nuestro joven.

--¡Ave María Puriiiiisima!... ¡Pues no era el señorito Octavio el que
llamaba! ¿Por qué no dijo su nombre, criatura, y le hubiera abierto
inmediatamente? Vaya por Dios... vaya por Dios... Es usted el diantre,
señorito... Pase ahora adelante... Siéntese y cúbrase; siéntese y
cúbrase; siéntese y cúbrase...

La estancia en que penetró era la más original que en su vida había
visto. No tenía grandes dimensiones, pero albergaba trastos suficientes
para amueblar una casa entera, los cuales se hallaban esparcidos de tan
singular y caprichoso modo, que era en verdad cosa digna de verse. Los
sofás, que eran tres, no se hallaban arrimados á la pared como en todas
las salas del mundo, sino que formaban en el medio un cuadrado abierto
por uno de los lados, al modo que se ponen los bancos en las iglesias
los días de funeral. En el centro de este cuadrado se alzaba un ropero
de madera sin barnizar atestado de sotanas, balandranes, manteos,
sombreros de teja, bonetes, etc., etc., todo muy usado y sucio. En el
rincón más oscuro apenas se veía la mesa de escribir cubierta con una
bayeta que habría sido verde; actualmente las manchas de tinta, vino,
leche y otros líquidos la habían puesto casi incolora. Sobre la mesa
descansaban algunos breviarios, algunas plumas de ave, algunos tinteros
y una buena cantidad de polvos de escribir. Había además hasta una
docena de manzanas (ó pomas, como las llamaba el licenciado Velasco de
la Cueva), un paquete de café molido y algunos cigarros. Un armario
inmenso, colosal, tapaba casi por entero uno de los lienzos de la
estancia. Cerca de él, amontonados formando pila, unos cuantos feísimos
y desvencijados cofres. Más allá una cómoda y sobre ella un San José de
madera con su correspondiente niño, algunos paquetes de periódicos y dos
grandes caracoles de mar. Otros muchos muebles había, de los cuales no
se hace mención por no ser prolijos. Las sillas numerosas, siendo de
notar que no se encontraban dos de una misma clase: era una escala que
recorría desde la forrada de vaqueta con respaldo tallado, hasta la
moderna de rejilla. En el suelo y arrimados á la pared había varias
hileras de frascos de todas formas y tamaños, y esparcidos en curioso
desorden yacían no pocos libros forrados en pergamino.

Este cuadro tenía un fondo opaco y pardusco que advertía claramente de
que la escoba no había penetrado jamás en aquel recinto. El polvo
envolvía en su manto protector los muebles, los libros y los frascos de
la habitación, y la tapizaba tan perfectamente que los pies no echaban
menos la mullida alfombra. Al poco rato de estar allí nadie dejaba de
aspirar, mascar y tragar polvo en respetables porciones.

El señorito Octavio, así que estuvo sentado, experimentó un vago
malestar, cuya causa no podía bien explicarse. Se arrepintió también
vagamente de haber acudido á aquel sitio en busca de salvación.

--Vaya, vaya, vaaaya... ¿Y cómo deja usted á su señor padre y á su
señora madre? Tan buenos, ¿eh? ¿No es verdad?... Pero, hombre, ¡qué bien
se conserva su señor padre! El otro día le vi en la calle y me dejó
pasmado: está cada día más joven... Ya le dije yo: «Don Baltasar, la
buena conducta obra milagros». Porque su señor padre, quiero que usted
lo sepa, siempre pisó derecho... es verdad, y si todos hubiesen seguido
su ejemplo cuando jóvenes, no andarían tantos por ahí hechos verdaderas
cataplasmas...

Octavio, para huir el vago malestar que le aquejaba, procuró
representarse bien el apuro en que se veía y el sagrado ministerio de la
persona que tenía delante. Se hizo cargo de que no había más remedio que
entregarse en manos del cura, saliese lo que saliese, y le dijo con
decisión:

--Señor cura, he venido á su casa para hablarle de un asunto muy grave.
Hay circunstancias en la vida en que un consejo dado con oportunidad
puede sacarnos de un serio conflicto. Yo me encuentro, por desgracia, en
una situación bastante apurada, y pienso que ninguna persona mejor que
usted puede serenar la tormenta que me amenaza.

--Vamos, vamos... Al parecer se trata de un caso de conciencia, ¿no es
así?

--Algo de eso.

--Pues entre nosotros los curas, pasa por una gran verdad que la
conciencia se descarga más fácilmente teniendo el estómago repleto que
vacío. Conque así, mi amigo, antes de pasar adelante va usted á
fortalecer el suyo con algo que le voy á dar... Porque ha de saber
usted, señorito, que yo tengo siempre de repuesto en esta alacena un
poco de lastre para los pecadores.

El cura se había acercado efectivamente á una alacena, riendo mientras
la abría.

--Dispense usted, señor cura; no puedo tomar nada en este momento.

--Nada, nada... aquí no hay dispensas que valgan... Ustedes los jóvenes
necesitan nutrirse para tener un poco sosegados esos nervios... ¡esos
nervios!...

--Señor cura, por Dios me dispense, me es imposible...

--¡Quieto! ¡quieto! que este mundo acá ha de quedar... y lo que le voy á
dar no es un veneno... De aquí no sale sin haber hecho algún gasto al
cura de la Segada... Porque, lo que es á terco, no me gana usted á mí,
señorito.

El cura se dirigió al decir esto á la puerta, dió la vuelta á la llave y
se la guardó en el bolsillo. Después tornó á la alacena y fué sacando
con calma y poniendo sobre la mesa un gran pedazo de salchichón, dos
bollos de pan y una botella de vino. Octavio le dejó hacer, mirando todo
aquel aparato con ojos resignados. Comprendió que el cura no escucharía
una palabra si antes no tomaba algo.

--¡Ajá! ya están arreglados los bártulos... Lo mejor que puede hacer
ahora... créame á mí... es meter algo en el cuerpo. El tiempo que se
gasta en comer, no se pierde. Los viejos hemos aprendido estas cosas al
cabo de muchos años, y ustedes los jóvenes las aprenderán también... es
verdad... El salchichón vino directamente de la fábrica. Tengo yo en
Vich un primo hermano establecido, que todos los años se acuerda de
mandarme una buena provisión. El pan está amasado y cocido en casa...
Coma, pues, sin escrúpulo, que luego hablaremos.

Nuestro joven empezó á morder con manifiesta repugnancia un pedacito de
salchichón que tenía entre los dedos.

--Vaya, vaya, vaaaaya con el señorito Octavio... ¿Y qué vientos corren
por la villa, señorito? Nosotros, los curas de aldea, no sabemos nada de
lo que pasa en el mundo hasta que llega el día del mercado.

--Pues lo mismo de siempre, señor cura: nada ocurre de particular.

--¿Qué se sabe de la separación del promotor fiscal?

--No tenía noticias hasta ahora de que...

--Hombre, hombre... ¿Viene usted de la villa y no sabe que el gobernador
pidió al Gobierno la separación del fiscal? Al parecer es cuestión de
elecciones...

--Como yo me entero poco de política...

--Hace usted bien, señorito; hace usted bien; hace usted bien. La
política trae consigo muchos disgustos... Pero en España no hay otro
camino mejor para arribar á los altos puestos y hacerse hombre en un
momento. ¡Cuántos que hoy son grandes personajes y se sientan en la
poltrona andarían por su tierra escribiendo pedimentos y dando consultas
á peseta si no hubiesen metido la nariz en la política!... La verdad es,
querido, que el que no anda se queda atrás, y sólo la ocasión hace al
hombre, y el que no la aprovecha es un tonto. Y en último resultado hay
que tomarlo todo con calma... con calma... con calma; porque lo que es
de tomarlo á pechos no se saca nada... La fe es muy buena para salvar
las almas, pero los cuerpos... _nequaquam_. En la política pienso yo que
no basta ya aquello de ver y creer, sino que es necesario ver y tocar...
¿no es verdad, mi amigo, no es verdad?... ¡eh! ¡eh! ¡eh!...

El malestar de Octavio iba en aumento. Apuntábale ya el deseo de
marcharse. Sintió al mismo tiempo sed, porque el salchichón hacía
ampolla en la lengua.

--¿Podrían traerme un vaso de agua, señor cura?

--No blasfeme usted, señorito... ¡Qué agua ni qué ocho cuartos! El agua
para las ranas y el vino para los hombres... Va usted á beber uno de
misa mayor que tengo reservado para los amigos que estimo de veras...

--Gracias, gracias; tengo mucha sed, y el vino no me la apaga.

--Está usted en un error, señorito... en un error muy grande. Para
apagar la sed no hay nada mejor que el vino; está probado. No diré que
si usted bebe ese peleón que traen los arrieros de Toro, lleno de
campeche y otras porquerías, no quede usted peor que antes; pero en
tratándose del vino de Rueda legítimo y con diez años en la bodega, como
el que tiene delante, diga usted que es una bendición del cielo, y que
apaga la sed lo mismo que hace discurrir á un borrico... ¡Calle!...
¡pues si no le he traído copa para beberlo!... ¡Válate Dios... válate
Dios... válate Dios!...

El cura se levantó, fué otra vez á la alacena y sacó de ella una copa
extraordinariamente sucia. Después de haberla mirado al trasluz, fué á
lavarla á la jofaina con el mayor sosiego. Octavio bebió una copa del
vino de misa mayor, y, en efecto, no le apagó la sed: La impaciencia y
la rabia ayudaban también á abrasarle las entrañas.

--Pues, como iba diciendo, tiene usted razón, señorito. La política trae
muchos disgustos; pero en último resultado vienen á recaer sobre los que
dependen de ella y tienen el pan de cada día ligado á la voluntad de un
cacique. Mas no sucede otro tanto cuando el que se mete en ella es una
persona independiente por su fortuna, como usted, pongo por caso,
señorito. Mañana le da un disgusto la política á un hombre como usted;
pues se mete en su casa muy tranquilo, diciendo: ¡Ahí queda eso!...
Además, no es fácil comprender hasta qué punto facilita el camino de los
altos puestos la circunstancia de gozar una buena renta el que los
solicita... Créame que, averiguado que un hombre es rico, los obstáculos
desaparecen de su vista como por encanto... Pero así que se susurra que
es pobre, todo el mundo corre á ponerle el pie delante para que caiga de
narices. Yo no sé lo que tiene la pobreza, que á todos huele mal. ¿No
es verdad? ¿eh? ¿eh?

La charla del clérigo había conseguido marear á nuestro joven,
poniéndole en completo desorden las ideas. La impaciencia que le
devoraba desde el comienzo de la escena, le había ido subiendo la sangre
á la cabeza y bullía dentro de ella haciéndole pensar en cosas extrañas
bien lejanas del asunto que debía ocuparle. Mientras la voz cascada del
cura le martirizaba los oídos, estaba pensando en un perro que había
encontrado por el camino con una pierna rota. ¿Quién habría puesto de
aquel modo al infeliz animal? Tal vez algún muchacho le tiraría una
piedra. ¡Vaya una proeza!

Poco á poco se fué apoderando de su espíritu una gran repugnancia, una
repugnancia invencible. Al mismo tiempo empezó á brillar en sus ojos la
firme decisión de no decir palabra de su gravísimo asunto al hombre de
sotana que tenía cerca y de marcharse al instante de aquel sitio. Se
había equivocado. Allí no encontró el salvador que buscaba. Todavía, no
obstante, permaneció clavado en la silla como si el cuerpo se negase á
obedecer las órdenes apremiantes del espíritu. El clérigo prosiguió
diciendo:

--El único joven que en esta comarca se encuentra en condiciones de ser
un hombre influyente en la política es usted, señorito. Ya sabe que no
soy adulador y que se lo digo como lo siento... No porque la modestia lo
tape se deja de reconocer el mérito donde lo hay... Pero no se me
afilie, por Dios, en ese rebaño de charlatanes y chorlitos como el hijo
de D. Lino Pereda, porque entonces no conseguirá nada... Si usted
comprende sus intereses, no debe separarse del partido de los hombres
serios y respetables... Los partidos avanzados están llenos de jóvenes,
y para que uno de ustedes llegue á brillar es necesario que sea una
eminencia, y aun así jamás adquiere respetabilidad. En cambio el partido
católico tiene consigo toda la riqueza del país y toda la aristocracia,
pero le hacen falta jóvenes, por lo cual no es difícil que un muchacho
de valer como usted logre distinguirse pronto... Créame á mí, señorito,
créame á mí... Es el Evangelio lo que usted está oyendo. Para alcanzar
dentro de pocos años una posición brillante y mandar como jefe en este
distrito y acaso en la provincia, no tiene más que hablar con prudencia,
alternar con las personas sensatas del pueblo, cumplir con los preceptos
de la Iglesia y dejarse estar... dejarse estar... Lo demás corre de
nuestra cuenta... Los curas valemos poco... es verdad... pero todavía...
todavía... todavía... Hoy por hoy, lo que le conviene es apoyar con
decisión la candidatura del señor conde de Trevia... Hará usted un gran
favor á la buena causa y adquirirá la consideración de todos los hombres
sensatos. Mañana será otro día... El conde no ha de ser siempre
diputado, señorito... y cuando llegue la ocasión, todos arrimaremos el
hombro y le ayudaremos á empinarse...

Octavio sintió un fuerte estremecimiento al oir el nombre del conde de
Trevia, como si despertase de un sueño profundo. De pronto se alzó de la
silla y dijo con tono resuelto que no admitía réplica:

--No me siento bien en este momento, señor cura. Otro día hablaremos del
asunto que aquí me trajo. Hasta la vista.

Y sin aguardar contestación salió como un huracán por la puerta, dejando
altamente sorprendido al clérigo. Al llegar á la calle, sin detenerse un
punto, dióse á correr por la margen del riachuelo en dirección á la
montaña. «Después de todo, se iba diciendo, el conde aún no sabe quién
es el amante de su mujer.»

Y los que por allí cruzasen á la sazón observarían, no sin sorpresa, que
el pálido semblante del señorito resplandecía como el de las estatuas de
los héroes, y su cuerpo afeminado parecía hecho de acero al escalar los
primeros riscos de la Peña Mayor.



XVI

Las heces del cáliz.


Salieron solos. El conde había dormido mal y necesitaba todavía algún
descanso. Les dijo, por medio de uno de sus monteros, que podían ir
andando, pues no tardaría en alcanzarlos.

La mañana estaba nublada y fresca. El toldo de nubes que cerraba
herméticamente el horizonte no era, sin embargo, muy espeso: la luz
pasaba por él sin trabajo. Del lado del Oriente se percibía la redonda
masa inflamada del sol, prisionero entre cendales plomizos. Un vapor
trasparente y azulado llenaba todo el espacio y descomponía y borraba
los contornos de los objetos dejando en ellos únicamente el color, y á
veces sólo la mancha. Allá en los rincones del valle todavía se
observaban algunos jirones de niebla, algunos pedazos blancos de
muselina que no consiguieron levantarse y que se movían temblorosos
entre el amarillo follaje de los árboles. La claridad sembraba de
variados matices el llano y las montañas, compensando en cierto modo la
monotonía del cielo. Sobre el color verde dominante de las praderas
resaltaban las grandes manchas negras y rojas de la tierra labrada. Al
lado de las blancas rocas calizas se alzaban los grupos de árboles
vestidos á medias de hojas amarillas. La tierra traspiraba copiosamente.
El musgo de las laderas ahumaba bajo los tibios rayos del rebozado sol:
de cada hilo de hierba pendía una gota de agua.

Nuestros cazadores caminaban lentamente. El aliento que salía de sus
bocas se cuajaba en la atmósfera. La condesa iba ceñida por un riquísimo
abrigo forrado de pieles, y ocultaba su rostro, encarnado como una
cereza por el fresco de la mañana, debajo de enorme y caprichoso
sombrero de paja. Pedro, en traje de cazador, marchaba llevando sobre el
hombro una carabina de dos cañones y la de su señora, que era un
primoroso juguete encargado exprofeso por el conde á Inglaterra. El
semblante del mayordomo expresaba una melancolía grave y profunda que su
pareja no echaba de ver, á juzgar por el tono indiferente que imprimía á
las palabras que de vez en cuando cruzaba con él. Pocas eran las que
habían salido de los labios de Pedro en la media hora que llevaban de
camino. Marchaba distraído, con la mirada perdida en las nieblas del
horizonte, absorto en vagos y tristes pensamientos. Los celos le tenían
asida el alma desde el encuentro que por la noche tuviera con Octavio.
Mas era su amor tan tímido, á pesar de las victorias alcanzadas, que no
osaba decir una palabra de tal escena á la condesa. Su corazón sencillo
no tenía conocimiento de las mil estratagemas que se emplean tan á
menudo para sorprender los pensamientos y las intenciones de los otros,
sin dejar ver las nuestras. Por otra parte, su naturaleza ruda y leal
rechazaba por instinto la perfidia. Así que, ante la presunción de ser
engañado por la mujer que amaba, su pensamiento se revolvía aturdido
como el pájaro que penetra casualmente en una sala.

Al fin la distracción llegó á ser tan manifiesta que la condesa se le
quedó mirando un rato y le preguntó con inquietud:

--¿Qué tienes?

--¿Yo?... Nada.

--Sí tal... Algo te pasa... ¿Por qué estás triste?

--No estoy triste.

--¡Oh! No puedes engañarme, Pedro. Si no te pasara algo que te causa
pena, dada la suerte que hemos tenido de salir solos, irías contento
como otras veces... Á menos--añadió lanzándole una mirada entre cándida
y maliciosa,--á menos que no te vayas cansando de mí.

Pedro se puso rojo y balbució algunas palabras incoherentes para
protestar de aquella suposición que le lastimaba el alma. Laura se
cercioró aún más de su tristeza, y poniéndole una mano sobre el hombro,
le dijo con mimo:

--Vamos... díme, querido, ¿qué tienes?

El mayordomo dió todavía algunos pasos sin contestar. Una lágrima tembló
en sus negras y largas pestañas, y bajó rodando silenciosa por la
mejilla. Laura al verla exclamó con sobresalto:

--¿Qué es eso? ¿Por qué lloras?

--Porque no me quieres.

El semblante de Laura se serenó, y medio riendo repuso:

--¿Y cómo has llegado á averiguar eso, pícaro?

--No me martirices, por Dios... Tengo aquí en el lado izquierdo un dolor
tan vivo, que parece que me están abriendo el pecho con garfios...
Quiero más morir que padecerlo... Escucha; voy á hacerte una pregunta...
Según como contestes, así me matarás ó me darás la vida... ¿Prometes
decirme la verdad?... ¿Lo prometes por la salud de tus hijos?...

--No necesito jurar para decir verdad... pero sí... te lo juro por la
salud de mis hijos... Habla...

--¿Estás enamorada ó sientes algún interés por el hijo de D. Baltasar
Rodríguez, por ese joven rubio que viene á menudo al palacio?

--No.

La condesa pronunció esta negación con tal fuerza y mostrando tanta
seriedad, que Pedro, sintiendo de improviso una alegría inmensa,
infinita, quedó, sin embargo, confuso. No supo más que decir mirando al
suelo:

--¡Perdóname!

--Estás perdonado; pero mira... no vuelvas á hacerme preguntas tontas...
Tenemos demasiadas cosas en que pensar, para ocuparnos en llorar celos
ridículos.

No necesitó más el mayordomo para quedar enteramente sosegado. La
palabra de la condesa hizo la luz en su atribulado espíritu, y dejó
escapar un suspiro de satisfacción, como si le hubiesen quitado una losa
de plomo de encima de los hombros. Ni se atrevió, ni quiso preguntar
más. Tenía bastante con la mirada límpida y franca que su dueña le
dirigió al responderle. Tornó á brotar en su pecho la pura alegría que
siempre le acompañaba, manifestándose al exterior de una manera
infantil. Empezó á charlar por los codos y á caminar con más celeridad.
De buena gana hubiese dado brincos. Cuando alguna rama ó vástago
importuno interrumpía el camino, ya de muy lejos se daba á correr para
separarlo y que la condesa pasase cómodamente. Si percibía entre las
zarzas alguna madreselva, aunque se arañase las manos, ya estaba
saltando á cogerla para ofrecérsela. Otras veces procuraba quedarse
atrás para contemplarla á sabor. La condesa sentía sobre su espalda la
mirada amorosa del joven, y sonreía.

Caminaban por la margen del río, cuyo declive hasta entonces había sido
bastante suave. Poco á poco, y á medida que se iba estrechando la
cañada, fué haciéndose más agrio y más violento. Cesaron las praderas y
empezaron los bosques de hayas, que se extendían por entrambas laderas
hasta perderse de vista. Los perros se internaron por ellos rastreando
algún corzo ó robezo; pero Laura no quería cazar, y Pedro los hizo venir
inmediatamente con un silbido.

--¿No te parece que dejemos la caza para cuando _él_ venga? Subamos
mientras tanto al lago; no me canso de verlo. En la primer cabaña que
encontremos podemos dejar dicho dónde estamos...

El mayordomo lo halló todo muy bien, y siguieron andando. La selva
ofrecía un aspecto mágico. El otoño, dorando por entero muchas de sus
hojas, haciendo palidecer levemente á otras y dejando verdes las menos,
la había convertido en un rico manto de brocado que cubría los
formidables hombros de la montaña. El rumor que de ella venía no era,
como en la primavera, dulce, sino desapacible. Los olores, acres y
punzantes.

Los pies de los cazadores trituraban las hojas secas de que estaba
sembrado el camino. Al cabo de algún tiempo terminaron los bosques y
empezaron de nuevo las praderas, que se apartaban bastante de las del
llano, pues no eran como éstas de un verde claro, sino oscuras y tersas:
la hierba, en extremo tupida y menuda. Así que dejaron el bosque toparon
con una cabaña, donde hicieron alto. El pastor les sirvió leche acabada
de ordeñar, y quedó avisado para decir al conde y á sus monteros que no
tardarían en descender. Y continuaron su interrumpida marcha por la
senda que serpeaba á la vera del arroyo. La pendiente se hizo muchísimo
más agria. El arroyo, en vez de desatarse sereno y cristalino como
abajo, se despeñaba en espumosos tumbos asordando á los viajeros, los
cuales se detenían con frecuencia á tomar aliento. Con el pecho
anhelante y las mejillas pálidas, quedábanse uno frente á otro
sonriendo.

--¿Estás fatigada?

--Algo.

--¿Quieres que te lleve en brazos un poquito?

--Ni un poquito, ni un muchito... Tú me juzgas demasiado débil,
Perico... Es necesario que te vayas convenciendo de que soy una aldeana
en toda la extensión de la palabra... Y si no, mira... mira...

La condesa emprendía á correr desaforadamente por el monte arriba; pero
á los pocos pasos dejábase caer jadeante sobre el césped, llamando
burlón y cazurro al joven porque se estaba riendo. Entonces éste acudía
á levantarla, cogiéndola por ambas manos. Pero la nueva aldeana se
hacía la pesada: era necesario tomarla por la cintura para ponerla en
pie. El viento del puerto, cargado de aromas saludables, los tornaba
retozones como cabritillos. Escuchábase á lo lejos el sonido de los
cencerros y veíanse pastar tranquilamente algunos ganados. Dejaron las
márgenes del arroyo y se pusieron á ascender por una de las laderas,
siguiendo un estrecho sendero que hacía eses. Pronto se borró el sendero
y tuvieron que caminar sobre el musgo.

--Te advierto--dijo Pedro--que no tardaremos en tropezar con la
niebla... Ya la ves ahí cerca...

--¿Y entonces?...

--Nada, yo tengo la seguridad de que no dura más de doscientos pasos y
de que el corte de la Peña se encuentra á estas horas bañado por el
sol... Pero si tienes miedo á la humedad podemos volvernos...

--No, no... de ningún modo... ¿Crees que vamos á ver el sol de veras?...
Pues adelante.

En efecto, después de subir algo más por un áspero repecho, vestido casi
todo él de tojo y retama, lo cual hacía muy penosa la ascensión, tocaron
en la niebla y se internaron por ella. Pedro cogió de la mano á la
condesa para que no cayese, en el caso de tropezar. Al poco rato
sintieron húmeda la cara y las manos y se rieron como si les hubiese
pasado alguna cosa placentera.

--Debemos parecer dos fantasmas, Pedro... ¿Será cierto que estamos
dentro de una nube?

--¡Ya lo creo!

--¿De una de esas nubes que vemos correr por el cielo?

--¿Pues de qué otras quieres que sea?

--¡Ave María!

Así como el mayordomo lo había predicho, no se habían pasado diez
minutos cuando la niebla comenzó á enrarecerse, convirtiéndose en una
gasa sutil que dejó percibir en vagorosa indecisión las peñas y los
arbustos. Sintieron en el rostro calor, como si se aproximasen á un
horno, y observaron que el leve vapor que aún los envolvía se agitaba.
Allá arriba, delante de sí, vieron una gran mancha de oro. Y de repente,
despojándose de su cendal gaseoso, como el que deja caer una túnica de
los hombros, quedaron anegados en luz, surgiendo como dos manchas negras
en medio del éter azul, debajo de un sol radiante. La condesa lanzó un
grito de entusiasmo. Después, acercándose más á su amante y empinándose
sobre la punta de los pies, le dió un beso claro y sonoro en la mejilla.
Pedro la estrechó contra su corazón. Era la primera caricia que se
hacían desde que salieron de casa.

Poco trecho necesitaron andar para colocarse sobre el mismo corte de la
Peña. El espectáculo que entonces hirió su vista fué uno de los más
hermosos, y sin duda el más sublime que pueden ver los humanos. Por toda
la región que la vista abrazaba se extendía un mar de leche, ligero y
fluido, que cerraba por entero el horizonte. Sobre este mar resplandecía
la esfera luminosa del firmamento, donde nadaba el sol, arrastrando con
orgullo su majestuosa cabellera de oro. Allá á lo lejos, de uno y otro
lado, se alzaban sobre el mar de leche algunos negros ó jaspeados
islotes que eran, sin duda, las crestas de las montañas más elevadas de
la cordillera cantábrica. Parecía que echándose á nadar se podía llegar
á ellas al instante. El sol no teñía por igual la superficie de aquel
océano nubloso: en unas partes lo matizaba levemente de rosa, en otras
de oro; á trechos lo dejaba en sombra y á trechos lo hacía arder en
resplandores. Nuestra pareja se hallaba sobre la misma cresta de la Peña
Mayor, que formaba una de las varias islas de que estaba sembrado.
Debajo de ellos, á los cuarenta ó cincuenta pasos, las olas de leche y
rosa cercaban la Peña y la batían dulcemente con su hálito sutil. Nadie
imaginara que dentro de ellas, allá en el fondo, dormían las aguas
tristes y pesadas del lago Ausente su eterno sueño inalterable.

El corazón de los amantes se estremeció de alegría delante de aquel
cuadro prodigioso, tan lejano de los que se acostumbran á ver en la
tierra. ¡La tierra! La tierra no existía en aquel sitio: era un mito
sombrío, una pesadilla de la imaginación. ¡Quién se acordaba de la
tierra! Allí no había más que cielo; cielo arriba, cielo abajo, cielo en
todas partes.

Sentados sobre la Peña bebían por su entreabierta boca el aire de las
alturas, nítido y fresco como el aliento de los ángeles. La luz se
desprendía en efluvios infinitos por los orbes azules, haciéndoles
centellar. La soledad y el silencio, tan amargos en la tierra, eran allí
dulces y amables. Ningún ruido terrestre profanaba la majestad de
aquella gloria. Sólo la mente, mejor que los oídos, escuchaba un rumor
solemne, una música grave y melodiosa, como el himno que las esferas
entonan sin cesar al Eterno.

Poco á poco fué entrando el vértigo en el alma de Laura. Un deliquio
voluptuoso, dulcísimo, se apoderó de sus sentidos, dejando despierta tan
sólo la fantasía; y empezó á soñar. Imaginóse que ella y Pedro no
llegaban del lodazal de la tierra, sino de los espacios lumbrosos que
los rodeaban. Habían atravesado en raudo vuelo el éter, y vinieron á
posarse como dos pájaros celestes sobre aquella roca. Pero no tardarían
en alzarse de nuevo para sumirse otra vez en los senos azules del
firmamento y alcanzar otros sitios de mayor gloria. Ya estaban muertos
para el mundo, y sólo bajaban á él de raro en raro, envueltos en la
bruma de la tarde ó en la ola de los mares, ó atados, tal vez, á un rayo
de sol. Habían sondado el inefable misterio de los cielos y formaban
parte del coro de los santos que cantan las alabanzas del Señor. Gozaban
entre nubes de incienso y resplandores de la dicha perdurable reservada
á los buenos.

Pero este hermoso sueño fué turbado por un pensamiento cruel que heló su
corazón. Ella no podía entrar en el cielo. Ya no era inocente y pura
como en otros tiempos, y no ofrecería en remisión de sus pecados
veniales una vida de martirios y humillaciones. Había destruído con una
venganza ruin todos sus merecimientos. No era más que una infeliz
pecadora, una despreciable adúltera. Las puertas del infierno se
abrirían para ella cuando muriese, y quedaría sepultada eternamente en
los tormentos de los condenados.

Se estremeció de horror. ¿Sería posible que Dios la perdonase aquel gran
pecado? No dudaba de su misericordia infinita, mas para ser perdonada
era necesario arrepentirse. Entonces pensó vagamente en huir de su
amante y hacer penitencia. Acercóse más á él y le preguntó con voz
temblorosa:

--¿Te has confesado, Pedro?

--¿Por qué me lo preguntas?

--Porque estamos ofendiendo á Dios enormemente... porque estamos en
pecado mortal... Si ahora nos muriésemos iríamos á dar al infierno.

--Yo sí... Tú no, porque eres una mártir.

--Yo soy una pecadora mucho peor que tú, porque he jurado delante de
Dios guardar fidelidad á un hombre y he violado este juramento... Soy
una mujer despreciable que está deshonrando á su marido... Mira, Pedro,
te quiero con toda mi alma. Por ser libre y casarme contigo me
resignaría desde ahora mismo á ganar el pan, como la última labradora,
con el sudor de mi frente... aún más, me resignaría á mendigarlo de
puerta en puerta... Pero no quiero perder mi alma ni la tuya... No puedo
amar á mi marido, pero puedo serle fiel... Lo que estamos haciendo es
muy criminal, y tarde ó temprano caerá sobre nosotros el castigo del
cielo... ¿Por qué no hemos de amarnos puramente, sin manchar nuestras
almas? Tal vez esto sea lícito... Yo me informaré del confesor... Detrás
de ese cielo azul está Dios contemplándonos. Si ahora refrenamos nuestro
gusto, iremos á juntarnos á él después de la muerte y podremos amarnos
por los siglos de los siglos...

Pedro bajó la cabeza sin atreverse á contradecirla. La condesa le
interrogaba con la vista. Al fin repuso:

--Ya no sé si es malo ó bueno lo que estamos haciendo. Tú dices que es
malo, y lo será. De lo que estoy seguro es de que si dejas de quererme
iré para el infierno irremisiblemente... Y en último resultado,
faltándome tu amor, el cielo y el infierno son iguales para mí...

--¡Calla, calla!--exclamó ella tapándole la boca con una de sus
manos.--¡No digas blasfemias!

Todavía prosiguieron algún tiempo hablando seriamente sin hallar ninguna
solución que les contentase. Cuando agotaron el tema permanecieron
tristes y silenciosos sin atrever á mirarse. Los ojos de entrambos se
perdían en los repliegues del océano ondulante que se extendía á sus
pies y parecían seguir con atención el vaivén de sus olas argentadas. Al
fin, la condesa volvió la cara hacia Pedro y le dirigió una tierna
sonrisa. Después aproximóse más á él y reclinó la cabeza sobre su
fornido pecho, sin dejar de contemplar en silencio el espectáculo
sublime de la Naturaleza.

Mas en aquel instante escucharon pasos á su espalda y se volvieron con
presteza. El señorito Octavio estaba delante de ellos. Sin esperar
pregunta alguna ni hacer caso de la sorpresa que en sus rostros se
pintaba, les dijo con tono imperioso:

--¡Huid! El conde puede llegar de un momento á otro.

--Le estamos aguardando--contestó Pedro secamente.

--Pues haces mal en aguardarlo. Lo sabe todo y viene á matarte.

--Razón de más para que no huya.

--¡Eso es, hazle frente, y después de haberle robado la honra,
mátalo!... Los valientes hacen las cosas por redondo. Eres un necio y un
fatuo... Si no amas la vida ahora, no mereces la dicha que has
logrado... ¡Huye, huye, insensato!... El valor no consiste en despreciar
la vida, sino en saberla perder á tiempo.

El viento había derribado el sombrero del señorito. El sol bañaba su
revuelta cabellera dorada, que despedía fugaces destellos como en la
mañana que por primera vez le vimos. Su faz, pálida entonces por el
sueño, lo estaba ahora por la emoción. Pero sus ojos... ¡oh, sus ojos
mudaron mucho desde entonces! Ya no eran aquellos ojos fríos y tímidos
que resbalaban sobre los objetos sin penetrarlos. Brillaban con
inusitado fuego.

Su figura delicada y endeble alzábase soberbia en el sitio más eminente
de la roca y descollaba sobre el azul del cielo. Los dos amantes,
situados en un lugar más bajo, desaparecían delante de él como
desaparecen de los ojos del público los actores secundarios cuando entra
en escena el protagonista del drama. La condesa, que se estrechaba,
muerta de susto y vergüenza, contra su amante, le encontró desconocido.

--Huye, huye, por Dios, Pedro--dijo Laura con voz temblorosa.

--Sí, pero tú conmigo.

--Yo no puedo huir... Tengo hijos... Además, te serviría de estorbo...

--¿Y si pone la mano sobre ti?

--Ya sabes que no puede ser... Por infame que tenga el corazón, no
llegará á tanta cobardía... El conde no tiene derecho sobre mi vida...

El semblante de Octavio se iluminó de repente al escuchar estas palabras
y preguntó en seguida con ansiedad:

--¿Está usted segura, señora, de que su marido no intentará nada contra
usted?

--Estoy segura.

--Ya lo oyes, Pedro... La condesa no necesita tu vida por ahora...
Puedes marcharte sin temor.

Pedro comprendió que tenía razón; pero no hubiera cedido á no
encontrarse con los ojos suplicantes de su amada. Al fin, posando los
suyos sobre ella, y envolviéndola en una mirada grave y tierna, le dijo
con acento enérgico:

--Hasta luego.

Y lanzándose por la pendiente abajo, desapareció á los pocos momentos.

El que siguió fué solemne para los dos seres que quedaban en la roca. La
condesa ocultaba el rostro entre las manos. Octavio la contemplaba en
silencio. Él fué quien primero lo rompió, exclamando:

--¡Está fuera de peligro! Conoce todos estos sitios á palmos. No daría
con él un batallón entero, cuanto más un hombre. Ya no debe usted
afligirse, señora...

--No me aflijo por él.

--¿Pues por quién?

--Por usted.

--¡Por mí!

--Sí; le he hecho á usted mucho daño... Conozco que tiene usted motivo
sobrado para odiarme... y le pido perdón.

--¡Bah!--repuso el joven afectando tono indiferente.--Yo no tengo de qué
perdonar á usted. Si me ha pisado el corazón, es porque me he empeñado
en ponerlo debajo de sus pies. ¿Había de ser forzoso que usted se
enamorase de mí?... Estas cosas no dependen de la voluntad... son
fatales... El amor rara vez encuentra al amor en este mundo... ¿Por qué
he de ser yo la excepción y no la regla?... No se preocupe usted por mí
ni se aflija... Después de todo, las heridas que no matan de repente
suelen cicatrizarse... La vida es un conjunto de lágrimas y quebrantos
donde sólo muy pocos seres privilegiados recogen algunas flores.

Aquel tono indiferente no podía engañar á nadie. Hablaba con el corazón
desgarrado. Sus palabras expiraban á menudo en la garganta, como el eco
de un sollozo reprimido. Las que llegaban á los labios venían envueltas
en lágrimas. Mientras las pronunció no apartó los ojos del nebuloso
horizonte, que el sol teñía de grana. Laura adivinó perfectamente lo que
pasaba en aquel espíritu ardiente y delicado, y guardó silencio.

Al cabo de un rato, el oído de Octavio, fino como el de un tísico,
percibió entre la niebla un rumor. Volvió entonces el rostro hacia la
condesa, y dirigiéndole una sonrisa le dijo con voz apagada:

--Hasta luego.

--¿Cómo? ¿Se marcha usted?

--Sí: pronto nos veremos.

Sonó entre la niebla un tiro, y el señorito Octavio se desplomó sobre la
tierra con la cara mirando al cielo.

Oyóse inmediatamente un segundo disparo, y la condesa vino á caer de
bruces sobre él, cual si fuese á hacerle una caricia.

El conde surgió de la nube al instante. Llegóse á los cadáveres y con un
pequeño esfuerzo los hizo rodar por la pendiente de la Peña. La niebla
los tapó en seguida. Después se oyó el ruido que produjeron al entrar en
el lago.

       *       *       *       *       *

El viento había arrojado muy lejos las nieblas que envolvían el lago, y
la noche se presentó limpia y serena. En el oscuro manto del cielo
principiaron á encenderse, como lejanas luces trémulas, algunas
estrellas. El héspero corría á esconderse entre las montañas. La luna
asomaba ya su disco resplandeciente por detrás de ellas.

Las aguas del Ausente dormían su sueño profundo, quietas, inmóviles como
el día en que Dios las vertió en aquella inmensa pila de granito. No
siempre estaban así. Alguna vez, de tarde en tarde, solían despertar y
esperezarse como un monstruo, con terribles sacudidas, lanzando su baba
espumosa á las paredes que lo guardaban prisionero. Mas ahora el
monstruo callaba como un muerto, y dejaba pasar sobre su lomo bruñido
los rayos temblorosos de la luna, que formaban sobre la oscura linfa un
reguero luminoso.

Negreaban las altas montañas que lo cercan arrojando sobre él capas de
sombra. El cielo parecía cortado por sus enormes masas dentadas. Las
sombras se espesaban en las márgenes del lago y subían por los flancos
de la roca hasta tocar en la cima. El reguero luminoso brillaba en el
centro como una cinta de oro.

Al fin la luna apareció toda entera sobre una de las crestas y emprendió
su marcha callada por el espacio. Las estrellas la seguían con sesgo
vuelo como una bandada de pájaros. Los ámbitos del lago quedaron
iluminados, y los líquidos senos del monstruo se estremecieron levemente
al recibir la caricia del astro de la noche. Allá entre la juncia de la
orilla oyóse la voz dulce y aflautada de un sapo.

Pedro bajó lentamente, apoyándose con las manos en las rocas hasta tocar
con sus pies en los bordes del agua, y permaneció inmóvil. El sapo había
repetido centenares de veces sus eternas notas románticas. La luna
alcanzaba ya el medio de la esfera y flotaba como una isla de oro entre
los pliegues del viento. El lago titilaba bajo su blanda caricia, y la
figura triste y dolorida del mayordomo aún seguía inmóvil al pie de la
orilla con los brazos cruzados y los ojos hundidos en el oscuro seno del
agua.



XVII

Epílogo innecesario.

Carta de Homobono Pereda á su amigo Manuel Ruiz, secretario primero de
la sección de literatura del Ateneo de Madrid.


Mi querido Manolo: Aunque no he tenido el gusto de ver letra tuya hace
ya bastante tiempo, te escribo para noticiarte un suceso que tiene
preocupada hace ya algunos días á toda la población. Ya tienes asunto
interesante y patético para tu drama, si es que no has hallado otro
mejor. Figúrate que mi contrincante el conde de Trevia, hombre de
carácter extravagante, y que algunos daban por loco, llegó á este país
en los comienzos del verano, con toda su familia. La señora era una
mujer de singular hermosura y llena de atractivos en su parte moral, si
no miente la fama. Á los pocos días de hallarse aquí comenzó á
galantearla, según se dice, un joven de esta población llamado Octavio
Rodríguez, bastante simpático é inteligente, pero de escasísima
instrucción. Dícese también que la condesa no tardó en corresponder al
amor del joven, dándole de ello pruebas convincentes. El verano debió
ser para los amantes delicioso, pues Octavio frecuentaba diariamente el
palacio de los condes y los acompañaba á todas partes, sin que el marido
sospechase de la fidelidad de su consorte. Algunos, sin embargo, quieren
suponer que tenía conocimiento de la falta bastante tiempo antes de
consumar su venganza, y que la dilató por uno de esos caprichos
incomprensibles de su carácter. Lo cierto es que hace algunos días les
armó un lazo donde fatalmente fueron á caer los desventurados amantes.
Sorprendiólos, al parecer, en las márgenes del lago Ausente, donde con
pretexto de la caza realizaban sus citas, y dió á ambos la muerte. No se
conocen los detalles de esta misteriosa y terrible venganza. El conde
desapareció, y se da como seguro que ha pasado á Francia á formar parte
de la corte del Pretendiente. Un mayordomo suyo, que la voz pública
designa como el principal auxiliar del asesinato, también huyó del país.

Hé aquí, pues, cómo á consecuencia de una tragedia espeluznante me
encuentro yo en este momento sin competidor en las próximas elecciones.
Por lo tanto, puedes considerar ya á tu amigo Homobono hecho un
diputado y sentado en los escaños del Congreso, no para ser, como la
inmensa mayoría de nuestros políticos, un fiel observador del derecho y
estado reinantes, sino para pensar y obrar en el espíritu del derecho
eterno. Te remito el manifiesto brevísimo que acabo de dirigir á mis
electores, y espero que me digas sinceramente lo que piensas acerca de
su contenido. Me parece que ha de hacer mucho efecto.

He pasado todo el día corrigiendo las pruebas de la Propedéutica, que
saldrá á luz dentro de un mes próximamente, y tengo la cabeza hecha un
volcán. No dejes de escribirme enseguida. Te abraza tu amigo del alma

      HOMOBONO.

Dentro de la carta iba el siguiente documento impreso:

     ELECTORES DEL DISTRITO DE VEGALORA:

Á todo hombre en la tierra debe serle cumplido su derecho, el cual no es
otra cosa que la recíproca y exigible condicionalidad para el destino
humano (individual y total). El derecho quiere que todos los hombres den
y reciban mutuamente y en forma social el sistema de condiciones
permanentes y temporales que su naturaleza armónica reclama, para cuyo
fin hay un organismo interior é interiormente relativo y omnilateral
llamado Estado. Importa, pues, considerar seriamente cuán interesados
nos hallamos en que el Estado se organice y asiente en vista de su fin,
no en atención de otros históricos ó temporales. Las perturbaciones
sociales que la historia nos ofrece y las bárbaras infracciones del
derecho, tienen su origen en el desconocimiento de los principios
fundamentales de la ciencia política, á cuyo estudio he consagrado los
mejores años de mi vida.

Llevando, pues, por canon y norma de mi conducta los eternos principios
del derecho y no las máximas prácticas de los políticos al uso, que no
son sino reglas para explotar en su provecho las miserias de la
corrupción humana y alcanzar el poder, objeto de sus afanes, me presento
ante vosotros solicitando vuestro libre é inteligente sufragio para
representaros en el Parlamento. Los principios inmutables, á los que
rindo fervoroso culto, me impiden haceros ninguna clase de ofrecimiento
de los que tanto abundan, por desgracia, en los manifiestos políticos.
Tales ofrecimientos no pueden menos de ser para todo hombre de recto
sentido altamente inmorales, pues casi siempre se fundan en el
privilegio y la injusticia. No esperéis, por tanto, si llego á honrarme
con el título de vuestro representante, que alce mi voz reclamando para
este distrito ninguna clase de mejora moral ó material que los demás no
posean: antes combatiré con todas mis fuerzas cualquier intento de
llevarla á cabo, porque no quiero ser representante de ningún interés
particular y temporal, sino de los generales y permanentes en que la
sociedad debe asentarse. Lo único que puedo ofreceros como hombre de
honrada conciencia es ponerme siempre del lado de la justicia en el
conflicto diario que las diversas fuerzas sociales promueven, y procurar
en la medida de las mías el reinado de un orden más positivo y orgánico
entre los fines fundamentales humanos y sus sociedades relativas, para
evitar que el pueblo (sistema de familias), preocupado del fin presente,
como absoluto, acabe por pensar que no hay más vida, ni más fin que
proseguir, ni más bien que esperar, sino las condiciones y estados
temporales ó históricos.

      HOMOBONO PEREDA.

      Vegalora 3 de Noviembre de 187...


FIN



ÍNDICE


                                                                 Páginas.

I.--Despierta el héroe                                                 1

II.--Los señores condes, ó los condes á secas,
como pedía el señorito Octavio que se dijese                          14

III.--Los amigos del conde                                            32

IV.--La pomarada                                                      58

V.--La tienda de D. Marcelino                                         82

VI.--Un día más                                                      107

VII.--Il sol de l'ánima                                              131

VIII.--La romería                                                    152

IX.--Fragmentos de un diario                                         173

X.--Síntomas graves                                                  186

XI.--Lo que cuesta un perro de caza                                  197

XII.--Un paquete de cartas                                           210

XIII.--El cáliz                                                      240

XIV.--Á medianoche                                                   244

XV.--Buscando salvación                                              255

XVI.--Las heces del cáliz                                            271

XVII.--Epílogo innecesario                                           290





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