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Title: Recuerdos y bellezas de España; Córdoba
Author: Madrazo, Pedro D.
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Recuerdos y bellezas de España; Córdoba" ***

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RECUERDOS Y BELLEZAS
DE
ESPAÑA.

CÓRDOBA.

_Es propiedad de F. J. Parcerisa._

MADRID.--IMPRENTA DE REPULLÉS.--1855.



RECUERDOS Y BELLEZAS DE ESPAÑA

BAJO
LA

REAL PROTECCION DE

S.S.M.M. LA REINA Y EL REY.

_obra destinada a dar a conocer sus monumentos y
antiguedades, en laminas dibujadas del natural_

POR

F.J. Parcerisa

_escrita y documentada por_

P. de MADRAZO.

CORDOBA.



RECUERDOS Y BELLEZAS DE ESPAÑA.

SEVILLA, CÓRDOBA, CÁDIZ.

INTRODUCCION.


Doraban los primeros rayos del sol las cumbres de Sierra Nevada cuando,
próximos á empezar á escribir este viaje, quisimos gozar por última vez
de la frescura que respiran las alamedas del Generalife y de la
Alhambra. Apoderóse de nosotros una dulce melancolía, y no tardamos en
dejar por veredas ocultas y solitarias los caminos deliciosos en que se
confunden con el murmullo de las aguas los suspiros del viento entre los
árboles. Llegamos involuntariamente al pié de la torre del Agua: nos
detuvimos, contemplamos de nuevo aquel sombrío paisage donde no se
destacan sobre el azul del cielo mas que torres silenciosas coronadas de
almenas, y sentimos por instantes latir precipitadamente el corazon y
concentrarse el alma en la tristeza. Un viajero no menos entusiasta, á
quien servimos de guia en todas nuestras escursiones, estaba sentado á
poca distancia de nosotros entre las ruinas de la torre: levantó la
cabeza, pronunció algunas palabras que solo vimos errar entre sus
labios, y volvió á caer en una meditacion profunda. Nos acercamos á él,
y entonces dijo:

«¿Os conmueve mi dolor? ¡Ah! veo que brotan tambien lágrimas de vuestros
ojos: teneis corazon y me comprendereis. He recorrido muchos paises, y
no he visto una ciudad como Granada. Los rios que se enlazan á sus
puertas corriendo entre orillas cubiertas de álamos y flores, la Vega
que se estiende á sus piés como una alfombra de verdura, la pintoresca
sierra sobre cuyas blancas vertientes se destacan sus arboledas y sus
muros, los cerros en cuyas cumbres estan sentados su Albaicin y su
Alhambra ceñidos de torreones, sus angosturas del Darro donde canta el
agua en el fondo del follage, su cielo oriental en que he llegado á
descubrir con los ojos de la imaginacion el fantástico paraiso del
Profeta, el gorgear de las aves en el seno de sus deliciosas enramadas,
la dulce armonía de sus brisas perfumadas por el aliento que despiden
sus cármenes floridos, los caprichosos reflejos del sol en las verdes
faldas de sus colinas, la melancólica luz de la luna que cruza su
horizonte entre coros de estrellas como una reina de hadas entre las
vaporosas ninfas de sus lagunas y corrientes, hasta esas mismas noches
tenebrosas en que apenas cabe distinguir la silhueta de sus viejos
monumentos, han escitado en mí sensaciones que nunca habia tenido,
sentimientos que no habian hecho palpitar nunca mi corazon gastado,
ideas que no me hubiera atrevido á concebir ni aun al desbordarse á
torrentes mi loca fantasía. A todas horas, en todas ocasiones he
contemplado con indefinible placer esa ciudad que brota de las orillas
de dos rios como una hija del agua del fondo de su lago, esa cadena de
montes que á la vaga luz del crepúsculo parecen colosos sentados en el
espacio para guardar la Vega, ese cielo diáfano y trasparente prendido
en las cumbres de esos cerros como una estrellada colgadura de seda en
las cúspides de las palmeras que constituyen la tienda de un califa. Ora
ligeramente recostado en uno de esos árboles sobre cuyos ramages han
sacudido su manto de nieblas mas de cuatro siglos, ora entre los
escombros de ese viejo alcázar que va desmoronando el tiempo, he
recordado con la cabeza sobre el pecho la historia y las tradiciones de
Granada; y al levantar la frente he mirado aun con mayor interes esa
naturaleza que desplegaba á mi alrededor tanta riqueza y hermosura. En
esa sierra coronada de nieves eternas no he visto mas que el sepulcro de
un rey moro; en ese valle cubierto de flores, olas de garzotas y
penachos flotando sobre relucientes armaduras; en esos rios que se
deslizan mansamente bajo la sombra de los álamos, aguas destinadas á
bañar las adelfas y cipreses que embellecen la tumba de los héroes
muertos en ese vasto campo de batalla; en esos montes apartados,
circuidos de precipicios, tiendas de reyes que vinieron á estender sus
pendones de guerra sobre los muros de esta fortaleza; en esa ciudad que
está aqui, á la estremidad del valle, reclinada sobre colinas
pintorescas, una reina de torneo dispuesta á ceñir las sienes del
vencedor con la corona de sus palacios y baluartes. He vuelto á inclinar
la cabeza á meditar: ¡ay! y he sentido una amargura inmensa al observar
que no eran los sentidos sino la imaginacion lo que habia puesto entre
mi cuerpo y la naturaleza ese velo de la historia y la poesía. He
recogido mi alma y escuchado en silencio. No he oido mas que el rumor
del insecto sobre la yerba, el del tiempo entre las grietas de los
torreones medio caidos, el de la brisa entre los escombros, el del agua
sobre las guijas que cubren el fondo de su cauce. Deseaba oir acentos de
vida, y no he oido sino voces salidas del seno de las ruinas, no he oido
sino la voz de la muerte. Granada me ha parecido entonces un panteon, y
he derramado sobre ella lágrimas que han abrasado mis megillas.

»¿Qué has hecho de tu gloria, le he dicho lleno de dolor? ¿de qué muro
cuelgan las espadas de tus héroes? ¿dónde estan el trono de tus reyes y
la silla de tus cadíes? ¿ninguno de tus libros pudo salvarse de la
hoguera? ¡Ay! cada siglo va arrancando una hoja de la corona de tu
gloria; y permaneces muda é impasible como un cadáver. Húndense las
últimas casas de tus moriscos; desaparecen bajo la mano del embadurnador
los bien labrados estucos de tus monumentos árabes; las columnas de
marmol de tus alcázares rechazan ya los arcos festonados de tus
misteriosas galerías; ¿cómo no corres á detener con tu mano la
artesonada techumbre de tus antiguos salones, las fuentes que decoraban
tus jardines, las murallas que sirvieron de escudo á tus guerreros, los
voluptuosos patios en que soñaron tus sultanas, los encantados miradores
en que distrajeron su melancolía las cautivas de tus reyes? Esa ciudad
que miro cercada de viejos muros y torreones ¿será tal vez solo el
sepulcro en que dormirá Granada? ¿será quizás solo una sombra de la
espléndida corte de los árabes?

»He creido oir entonces á la ciudad diciendo: Sí, soy solo una sombra de
lo que fuí algun dia: los que me levantaron estan para siempre
proscritos, las joyas con que me engalanaron han sido entregadas al
hierro y al fuego de mis enemigos, los vestidos que me dieron han sido
desgarrados por el acero de los que ofendí con mis miradas. Me han
dejado pobre y desnuda al margen de dos rios, han arrebatado de mis
sienes la diadema que podia recordar los dias de mi grandeza, y han
dicho al mundo: héla aqui á la orgullosa reina musulmana: héla aqui
reducida á contemplar en sus aguas cristalinas su marchita hermosura.
Manaba en oro y hoy está condenada á recoger el que contienen las arenas
de sus rios; armábanse á su voz millares de soldados, y hoy se pierden
en la cavidad de su boca sus palabras; mirábanla los reyes con envidia
desde lo alto de sus cerros, y hoy pasa junto á ella el viajero
preguntando con indiferencia por la mendiga que reflejan el Genil y el
Darro. Sí, soy ya una sombra; pero, yo sombra, me rio aun de los que
para afrentarme pusieron sobre mi cabeza la ceniza de mis monumentos y
la de los hijos que perdí en la hoguera. ¿Quién podrá quitarme ese
horizonte azul, mi cielo de oro? ¿quién mis colinas cubiertas de
naranjos, mis paseos ocultos bajo las copas de los álamos? Esta esclava
es aun reina á pesar de sus contrarios. Tiene aun lechos de flores en
que descansar de sus fatigas, rios de aguas puras y trasparentes en que
templar sus fuerzas, montes poblados de arboledas en que divertir sus
ojos, cármenes que embalsamen el aire que respira, laureles que coronen
su frente y le recuerden sus dias de ventura, estrellas que la rodeen de
una esplendente aureola, auras apacibles que agiten su flotante
cabellera. Levantaos sobre la mas alta de vuestras torres, ciudades
españolas: miradme por encima de las cumbres que de mí os separan,
miradme y ved si no trocariais la mejor de vuestras joyas por mis cerros
de nacar y mis pintados valles, por la margen de mis arroyos y las
orillas de mis rios, por el sol que tiñe de fuego mi horizonte y la
luna que cubre mis bosques de misterio. Soy ya una sombra; pero el genio
de la belleza y la armonía velan aun mi sueño como en los dias de mis
reyes. La naturaleza no me ha sido nunca infiel: ciñó de flores mi cuna
y está ciñendo de flores mi sepulcro; á cada paso que doy hácia la tumba
hace brotar bajo mis pies una vegetacion mas caprichosa. No hay en mí
desnudez que ella no compense con sus brillantes galas, no derramo una
lágrima que ella no recoja con amor para fecundar mi vega, no exhalo un
acento de dolor á que ella no conteste con la dulce voz de las brisas,
el murmullo de las aguas y los melodiosos trinos del ave que canta en la
enramada. ¡Gracias mil te sean dadas, naturaleza bienhechora! tú, tú
eres mi reina y mi consuelo. Mis palabras mueren ya en mis labios; pero
tú oyes la voz de mi corazon y sabes cuanto te amo: hasta el pie de mi
ataud entonaré por tí cánticos de gloria y de alabanza. La hermosura y
riqueza que nos dan los hombres perece bajo la espada de los hombres:
solo tus inagotables tesoros sobreviven al furor de las armas, al
tremendo empuje de los siglos, á la devastadora fuerza de las
revoluciones que pasan como el huracan sobre la frente de los pueblos.
Me siento morir, pero no temo: las ramas de mis árboles se mecerán aun
sobre la losa de mi tumba, y tú dirás al viajero con la voz del aura que
suspira entre sus hojas: dobla la rodilla sobre estas tristes ruinas,
viajero; son las ruinas de Granada.

»Adoraba la naturaleza y gozaba en medio de los escombros; pero nunca
como despues de haber creido oir en boca de esa ciudad estas palabras.
La naturaleza es ahora mi único espectáculo, mi templo. Las mas sublimes
armonías inspiradas por el arte me parecen frias ante el susurro del
viento entre las hojas, el canto del arroyo entre las peñas, el eco del
torrente en el fondo de los bosques, el rugido del viento sobre las
cumbres de los cerros y el estallido del rayo entre las nubes. Las
sombrías iglesias bizantinas, las misteriosas catedrales góticas, los
risueños templos de la Grecia, las aterradoras profundidades de la India
me parecen mezquinas ante ese inmenso santuario que lleva sobre haces de
montes la estrellada bóveda del cielo. El sol es su lámpara de oro; los
demas astros, sus lámparas de plata; prados cubiertos de flores, su
pavimento; selvas frondosas, sus ricas colgaduras; colinas tapizadas de
musgo, sus altares; todos los seres que existen son sus dioses. No, no
hay otro templo como ese globo que rueda eternamente en el espacio
envuelto en el torbellino de los mundos: la vida se transforma sin
cesar, y hallan cada dia en él los sentidos un nuevo espectáculo, la
razon nuevas alas para remontarse al origen de los seres, la reflexion
nuevos motivos para las meditaciones mas severas. No solo siento amor
por la naturaleza; siento entusiasmo y hasta delirio. ¿Cómo he de
separarme sin dolor de estos lugares en que estan encerradas tantas y
tan grandes bellezas? ¿Dónde he de volver á encontrar el horizonte de
Granada? ¿dónde esas torres doradas que surgen del seno de las alamedas,
esos cerros de nieve en que el sol refleja sus colores, esos arroyos que
bullen entre el musgo de las ruinas? Amo tambien los monumentos en que
está condensada la historia de los siglos: ¿dónde encontraré este
alcázar cuya riqueza deslumbra aun al través del polvo que la cubre?
¿esas misteriosas galerías en que á la luz de la tarde se cree ver
diseñadas las sombras de gallardas moras? ¿esos salones pintados de oro
en que la imaginacion evoca la brillante corte de los antiguos reyes y
los sangrientos espectros de los abencerrages muertos á traicion por la
mano del verdugo? ¿esos patios encantados cuyos arrayanes plantados á
las orillas de sus estanques salpica el agua de una que otra fuente? Os
he seguido paso á paso en todos vuestros viajes; mas no me siento ya con
fuerzas para seguiros en el de Córdoba y Sevilla. He dado con mi bello
ideal: ¿cómo quereis que descienda de ese cielo donde los sentidos, el
corazon, la fantasía se espacian sin encontrar límite alguno? Idos en
paz y dejadme respirar aun el aire de Granada. Este suelo es ya el suelo
de mi patria: dejadme contemplar en él desde los escombros de lo pasado
el espectáculo de esa naturaleza siempre bella que rejuvenecen
incesantemente el soplo de la eternidad y la mano de los hombres. Deseo
vivir y espirar en medio de este vasto panorama: ¡ay! ¡ojalá que al
cerrar mis párpados el dedo de la muerte haya quien me sepulte al margen
de esos rios bajo la copa de esos álamos frondosos!»

Estuvimos por unos instantes en silencio. El entusiasmo con que este
viajero habia hablado de la naturaleza acababa de herir una de las mas
delicadas fibras de nuestra alma; y buscábamos en vano palabras con que
pudiésemos dominar su exaltada fantasía. No las encontramos hasta que
algo recobrados de la primera impresion, ¿amais le dijimos, la
naturaleza y os encerrais en uno de sus cuadros? ¿Qué es todo este vasto
espectáculo de Granada para el de ese inmenso Océano cuyas olas azotan
sin cesar las murallas de Cádiz como legiones de combatientes que han
jurado su ruina? ¿qué son estos rios de Genil y Darro para ese imponente
Guadalquivir que despues de haber cubierto de flores las fecundas
praderas de Córdoba y Sevilla baja precipitadamente á sepultarse en el
fondo de los mares? ¿qué las alamedas de la Alhambra para los encantados
jardines del Alcázar de Sevilla y los bosques de naranjos que circundan
el palacio de S. Telmo? ¿Es acaso comparable esta vega con las dilatadas
llanuras á que dan sombra los mas decantados olivos de la Andalucía?
¿con los pintorescos valles de Carmona, cuyos oteros y altozanos
vestidos de mil colores sorprenden aun al que los contempla desde las
desmoronadas torres de su antigua fortaleza? ¿con los feraces campos de
Sevilla, donde se oculta el hombre entre las mieses? La naturaleza es
aqui mas bella que grandiosa. Ni el bramido del mar, ni el eco del
torrente llegan hasta la cumbre de estas alturas solitarias. Crecen en
esas faldas el laurel y el álamo; pero no el castaño, el haya, el pino
abeto, entre cuyas ramas ahulla el viento de una manera salvage y
misteriosa. El agua no salta aqui en cascadas á lo profundo de los
abismos. El fuego de la tempestad alumbra raras veces esos montes; la
tierra no se estremece sino instantáneamente al impulso de horribles
terremotos. No, no es Granada donde cabe admirar mas el poder de Dios y
la grandeza del mundo. Hemos visto en Cádiz al sol sumergiéndose en las
aguas del Océano con una aureola de tinieblas; hemos visto á ese mismo
Océano invadiendo silenciosamente la playa y retirando despues con una
calma aterradora sus hinchadas olas; hemos visto esas olas, altas como
montes, arrojándose heridas por la luz del rayo sobre los muros de la
ciudad sumida en duelo: alli es donde la naturaleza se ostenta con toda
la sublimidad de que pudo revestirla su autor al hacerla brotar llena de
vida de entre la confusion y el caos, alli es donde se ensancha el
corazon, alli es donde la imaginacion cruza el espacio y rasga el velo
que oculta á nuestros ojos lo infinito.

Bella, bellísima es Granada; mas ¿faltan acaso pueblos que rivalicen con
ella en hermosura? Refléjase en las aguas del Guadalquivir una ciudad
aun árabe que fue en otro tiempo corte de los califas. No es ya la
rival de Bagdad ni el segundo santuario del Profeta; no cuenta ya en su
recinto los palacios llenos de grandeza y de poesía que dejaron atrás la
magnificencia del Oriente; no tiene ya los encantados vergeles ni los
bosques de palmeras que perfumaron sus brisas y la defendieron de los
ardores del verano; pero os cautivará aun, cuando la veais medio dormida
al pie del rio, sobre una de las mas pintorescas faldas de Sierra
Morena, á la sombra de frondosas arboledas cuyos ramages mece el viento
sobre sus viejos muros. Circúndanla aun huertas deleitosas salpicadas de
flores; báñanla arroyos cristalinos cuya sonora corriente se desliza
entre campos de verdura; cércanla á distancia montes escarpados en cuyas
cimas se destacan sobre el azul del cielo ruinas imponentes de antiguas
fortalezas. Vastos olivares cuyas ramas sucumben al peso de los frutos
cubren el suelo de su feraz campiña; álamos, naranjos, una que otra
palmera solitaria verdean entre sus monumentos abrasados por los siglos.
Tiene junto al rio un edificio grande, inmenso, coronado de almenas,
circuido de ricas ventanas de herradura, adornado de hermosas celosías,
dominado por una torre que arroja hoy á lo lejos la voz de sus campanas,
edificio medio musulman, medio cristiano que ni bien presenta el aspecto
de un templo, ni bien el de un castillo, construccion rara, heterogénea,
híbrida, donde cada pueblo ha puesto su piedra y cada estilo ha
pretendido imprimir su forma y su carácter: no cabe ya mas en
arquitectura para subyugar la fantasía y turbar nuestros sentidos.
Penetramos en él y nos creemos de repente trasportados á la region de
los sueños. Centenares de columnas de marmol sostienen los arcos de sus
bóvedas. Aquellas son todas de diferente color, estos de distinta curva.
Vése al través del ultra-semicircular el de herradura, sobre el de
herradura el de segmento, entre unos y otros la cimbra romana, la ojiva,
el arco rebajado. Enlázanse entre sí los de segmento cruzándose,
sobreponiéndose, formando varios y vistosos juegos; presentan en todas
partes rasgos de originalidad y de hermosura. Capiteles que apenas
parece haber tocado el cincel árabe, puertas de mosáico donde aparecen
pintados de colores y oro los mas caprichosos adornos bizantinos,
cúpulas levantadas sobre ligeras columnas, bóvedas de alabastro,
ajimeces de elegante calado donde la naturaleza hace oir aun voces
misteriosas, muros cubiertos de relieves de estuco, preciosos alicatados
en que de las mismas leyes geométricas se ve brotar á raudales la
armonía, objetos á cual mas bellos detienen por momentos los pasos del
viajero, que apenas acierta á contemplarlos sin que en medio de la
soledad y el silencio que le rodea crea percibir aun el dulce aliento de
los genios que crearon tan vasto monumento. Está encerrada en medio de
la mezquita árabe una catedral cristiana; y se pierde de vista entre
aquellos inmensos grupos de columnas como una cabaña entre las hayas del
bosque ó una pequeña nave entre las embravecidas olas del Océano.

[Illustration: CURVAS EMPLEADAS EN DIVERSOS ESTILOS ARQUITECTÓNICOS.

_Ojival lancetal._ _Angrelado ó de ondas._ _Trebolado apuntado._

_Ojival lúmido._ _Conopial._ _Apuntado ú ojival equilátero._

_Apainelado ó de vuelta de cordel ó carpanel._

_Ultrasemicircular ó de herradura._ _De medio punto ó plena cimbra._

_Florenzado._

_Apainelado apuntado._

_Trebolado de herradura._

_De segmento ó rebajado ó escarzano._ _Quinquefoliado._ _Remontado ó
peraltado._]

Lo que habeis visto en este alcázar árabe es bello, voluptuoso, rico;
refleja perfectamente el sensualismo oriental, la suntuosidad de los
reyes nazaritas, la imaginacion poética del musulman que siente latir su
corazon por el amor ó por la gloria; mas no es siquiera comparable con
lo de aquel templo, donde todo es magestuoso, donde todo respira
ascetismo, donde en medio de la variedad se ve campear esa misma unidad
que estableció el Profeta por base de su sistema religioso. La Alhambra
fue empezada á construir en el siglo XIII, cuando acababan de humillar
la frente bajo los estandartes cristianos las ciudades de Córdoba y
Sevilla, cuando á no ser por la audacia y el talento de un jóven
guerrero, descendiente de una de las antiguas dinastías[1], hubieran
pasado los ejércitos de S. Fernando sobre el reino de Granada como las
aguas del Mar Rojo sobre las tropas de Egipto; fue construida en una
mala época, en una época en que todo estaba ya dividido, relajado,
oscurecido por las tinieblas de la filosofía, medio destruido por el
orgullo de las sectas y los hábitos de desorden que engendra la guerra
civil y hasta las mismas luchas nacionales. El arte, que sigue la misma
marcha que los pueblos, habia ido degradándose en medio de tan graves
trastornos, y al encargarse de edificar este palacio, no supo hacer mas
que cubrirse de brillantes velos para ocultar su decadencia. Las curvas
de la Alhambra son ya vagas, exageradas, sin carácter: pasan del
semicírculo y no son ultrasemicirculares; presentan mayor profundidad en
los arranques, y no son, sin embargo, de herradura; han perdido la
sencillez que debia constituir principalmente su hermosura, y han pasado
de complicacion en complicacion hasta el arco festonado, el arco de
onda, el arco estalactítico[A]. Enjutas irregulares y sin objeto han
venido á sentarse sobre los arcos, y no constan aquellas sino de tablas
de yeso labrado separadas y sostenidas por una armazon de madera que el
tiempo va descubriendo á los ojos del artista. Las lineas geométricas
van dominando, las tradicionales perdiéndose en un confuso mar de
adornos, faltos absolutamente de sentido. Multiplícanse unos sobre otros
los relieves, distribúyense caprichosamente acá y acullá las leyendas
religiosas, repítese mil veces en las paredes de los salones y los
patios un mismo verso del Coran, un mismo mote. Reina en muchas partes
un gusto frívolo: hay en todo belleza, pero belleza de ejecucion, no esa
belleza que el sentimiento inspira. La Alhambra es hija de la fantasía,
es si se quiere un palacio encantado concebido en una noche de insomnio;
mas está lejos de ser una de esas obras en que está retratada la vida
interior no ya de una época, sino de todo un pueblo.

La mezquita de Córdoba fue empezada por Abd-el-rhaman, por aquel ilustre
vástago de la familia de los Ommyadas á quien pareció haber salvado la
Providencia del furor de los Abassydas para que viniera á cortar las
discordias que ensangrentaban el suelo de la patria. El fanatismo
religioso estaba á la sazon en todo su vigor entre los árabes: acababan
de arrastrar consigo al grito de _no hay mas Dios que Dios_ las naciones
de Asia y Africa, y se sentian con entusiasmo para ir á clavar el
estandarte del Profeta en los mas apartados límites de Europa. Eran
antes que todo creyentes: invadian los imperios con el objeto de hacer
preponderar su ley, y aun despues de mil derrotas persistian con
tenacidad en sus empresas, seguros de que habian de encontrar en el
campo de batalla el camino del Paraiso. Emancipados ya de la silla de
Oriente los que aqui vivian, sentian mas que nunca la necesidad de
recordar los templos y lugares en que estaban vinculados los recuerdos
de Mahoma; suspiraban por no poder visitar Zahara, Meca, Medina, todos
esos pueblos en que empezó á constituirse su nacionalidad y su
independencia; no deseaban mas que ver reproducida de algun modo en
Occidente la memoria de los hechos consignados alli en el pavimento de
sus mezquitas, en las piedras de sus muros y en las praderas de sus
fecundos valles. Abd-el-rhaman se propuso satisfacer esta necesidad; no
levantó ya un templo para su corte, levantó un segundo santuario para el
islamismo, levantó una mezquita que rivalizara con la de la Meca y fuese
otro lugar de peregrinacion para todo el que creyese en el nuevo
enviado de Alá sobre la tierra. Nada perdonó para que saliese su obra
llena de magestad y de grandeza: derramó sobre ella á raudales mármoles,
alabastro, cristal, oro; recogió con avidez de entre las ruinas del
antiguo imperio las columnas que adornaron algun dia los templos de los
ídolos; aprovechó todos los elementos que le ofrecia lo pasado; convocó
á los artistas árabes, á los europeos, á los bizantinos; y logró que
contribuyeran á la construccion de tan gran monumento las religiones
vencidas, las que sostenian aun la lucha con la del Profeta, los
imponentes restos de la antigüedad, la ciencia de su época. No pudo
hacer prevalecer en ella la igualdad de ornamentacion ni la de formas;
no pudo imprimir en todos sus detalles el sello de la originalidad; no
pudo arrojarla á los ojos del mundo como una construccion puramente
árabe; mas ¿quién duda que presentó en ella el mas fantástico y el mas
acabado conjunto que cabia esperar de un siglo en que dominaba sobre
vencedores y vencidos la barbarie?

Es preciso conocer á fondo la arquitectura árabe. La arquitectura árabe
no es primitiva, es derivada; pero no es tampoco posible convenir en que
sea una simple restauracion del arte antiguo. Desarrolló sobre las
líneas romanas formas caprichosas, y logró hacer desaparecer sus plagios
bajo la oriental armonía del conjunto. Adoptó, ademas de las líneas
romanas, el capitel bizantino, el abaco de los egipcios, la ojiva de los
cruzados, el ornato de los arquitectos del bajo imperio; mas combinó con
tanto acierto y novedad estos confusos elementos, que identificada con
ellos se presentó original como la mejor de las arquitecturas á que dió
origen la edad media. La arquitectura árabe es indudablemente una
paradoja: está compuesta de miembros heterogéneos y forma sin embargo un
cuerpo del todo compacto y homogéneo; apenas tiene un detalle suyo, y es
sin embargo suyo el conjunto. Es generalmente sensualista y caprichosa:
se apodera hoy de un arco, de un adorno, de una forma cualquiera, y
mañana hace ya con ella mil combinaciones; busca para mejor deslumbrar
los mármoles mas preciados, dora los capiteles, pinta el fondo de los
relieves, engasta ópalos y cornalinas en las celosías, forma con menuda
piedra los mosáicos, distribuye con profusion y de la manera mas vistosa
todos los elementos de que dispone, columnas, arcos, cúpulas y
cupulinos, almocárabes, cintas, hojas, entrelazos, flores; procura que
cada monumento tenga su perspectiva, estudia con detencion cómo ha de
sorprender los sentidos, y apela para alcanzarlo no solo al arte, sino á
la vegetacion, á la naturaleza. Llevó en su último período al estremo
este sensualismo; mas no en el primero, en que procuró conservar siempre
un carácter esencialmente religioso. Las columnas de sus mezquitas
aparecen casi entre tinieblas; los ajimeces no derraman sobre ella mas
que una luz dudosa. Sus techos de cedro son bajos y de sencillos
artesones; sus ricas capillas de mosáico y oro estan cubiertas de
misterio. Sus ostentosos mihrabs respiran la mayor magnificencia y
hermosura; pero yacen tambien en la oscuridad y no es posible distinguir
sus detalles sino á la luz de la lámpara que baja del centro de la
bóveda. La mayor parte de los capiteles no estan mas que bosquejados; la
ornamentacion es severa; las inscripciones escritas en las portadas
encierran casi siempre un sentido muy profundo. Las paredes son muros
almenados, ceñidos de torreones; los patios, vastos cuadros en que crece
cuando mas el arrayan á las orillas de un estanque. Llevan las fachadas
bellísimos relieves; pero está muy lejos de respirar la suntuosidad del
interior, donde el arte desarrolla el inagotable tesoro de sus variadas
y caprichosas formas.

El primer período de esta arquitectura corresponde á la época religiosa
de la historia de los árabes: ¿cómo podia el artista, que vive de la
vida de su siglo, dejar de inspirarse en los libros sagrados, ni dejar
de obedecer á la irresistible fuerza de las creencias nacionales? Toda
religion es en sus principios misteriosa y sombría: señala con la mano
el cielo y hace olvidar la tierra; preocupa con la idea de una vida
futura el entendimiento y arroja al hombre en el mas ascético
estoicismo. Personifica en Dios mas el poder que el amor, mas la
justicia que la misericordia; le presenta colérico y dispuesto á
precipitar al fondo de los abismos á cuantos no hayan concentrado en él
su corazon y su inteligencia; impone los ánimos por medio del terror, y
convierte á los pueblos mas bien que en creyentes, en esclavos de la
creencia. El mahometismo procedió del mismo modo; y el arte, aun
disponiendo de elementos llenos de gracia y de belleza, no pudo menos de
comunicar severidad á la mayor parte de sus obras. Relajóse algo despues
el esclusivismo; mas la arquitectura lejos de sentir esta relajacion,
fue aun mejorando y armonizando mas y mas sus formas, fue dulcificando
su carácter, fue embelleciéndose y procurando con mayor ahinco cautivar
los ojos y la fantasía. No decayó sino mucho mas tarde, cuando ya
quebrantada la unidad política quedó minado por su base el sistema del
Profeta, cuando no era ya la religion mas que un vano simulacro, cuando
cada valí aspiraba á la corona y cada árabe se creía con derecho para
levantar un rey sobre su escudo. Siguió aun entonces ataviándose; pero
con adornos frívolos, con esos adornos de la Alhambra, bellos y
brillantes, sí, pero falsos, poco artísticos, destituidos los mas, si no
de gusto, de sentido. No es solamente en la Alhambra donde debe ser
estudiado el estilo de los árabes; merece ser estudiado en Sevilla, y,
mas aun que en Sevilla, en Córdoba, en esa Córdoba medio musulmana aun
despues de haber pasado sobre ella la tea de las discordias civiles, la
espada de los reyes cristianos, el hacha de las revoluciones y el pico
de la ignorancia y la barbarie. El Alcázar de Sevilla es casi una
reproduccion del de Granada; mas la mezquita de Córdoba, ademas de ser
un monumento del todo original en su género, es el álbum en que está
consignada toda la historia del arte árabe, es la obra en que cabe
seguir paso por paso la infancia, la virilidad, hasta la decadencia de
ese estilo oriental que tanto os habrá hecho gozar y soñar en medio de
estos encantados salones que perfuma aun el aliento de las flores, anima
el murmullo de las fuentes, poetiza el recuerdo de los hechos en ellos
ocurrídos y cubre de interes la tradicion y la leyenda.

Ameis la naturaleza ó ameis el arte, conviene que dejeis ya estos
lugares donde tanto habeis sentido el placer y la melancolía. En Granada
apenas habeis admirado mas que el genio de los árabes: no habeis
penetrado en el seno de ninguna de esas catedrales góticas en cuyas
altas y oscuras bóvedas se pierden las miradas del hombre, ni atravesado
el umbral de ninguna de esas capillas bizantinas creadas por la sombría
imaginacion del sacerdote; no habeis recorrido en silencio ruinas de
pueblos sepultados bajo sus escombros, no habeis encontrado monumentos
donde os fuese licito evocar el espectro de esos temidos héroes del
Imperio, cuyas figuras se destacan brillantemente sobre las nieblas de
tan remotos siglos. Sevilla os mostrará una catedral gótica y templos
bizantinos; Itálica ruinas de que estan brotando aun torrentes de
poesía, ruinas medio cubiertas de musgo en que la fantasía cree
distinguir aun la sombra de los emperadores cuyas _cunas de marfil y
oro rodaron_ dentro los muros de aquella ciudad famosa. Jerez os
manifestará al través de una puerta del renacimiento sus ricas naves en
ojiva, cuajadas de molduras desde el pavimento hasta la bóveda;
Sanlucar, su castillo y los restos de un palacio donde murieron los
últimos rayos del sol de la edad media. Marchena y Utrera no os hablarán
ya de esas épocas lejanas sino en sus muros y en una que otra iglesia;
pero os asombrarán con sus gigantescas fachadas del siglo XVI, páginas
en que se presenta unido el misticismo del arte cristiano con la
magestad y la grandeza del que floreció en tiempo de los Césares.
Castillos, alcazabas, torres llenas de recuerdos se os ofrecerán á cada
paso: á cada paso podreis volver los ojos á ese pasado por que sentís
tanto entusiasmo. Veredas abiertas bajo las copas de árboles frondosos,
dilatadas llanuras en que vereis ondear las mieses al soplo de las
brisas, yermos en que podreis contemplar el mar por entre bosques de
sombríos pinos, rios en cuyas orillas pacen innumerables rebaños y estan
sentados pueblos risueños y pintorescos á la sombra de los naranjos,
mares cuyas playas estan ocupadas por puertos y arsenales de antigua
nombradía os conducirán á estas ciudades notables por sus monumentos; y
admirareis alternativamente aqui la mano del hombre amontonando piedra
sobre piedra, cortándola, cincelándola, dándole significacion,
pensamiento, vida; alli la mano de Dios dirigiendo el curso de los rios
y deteniendo las olas del Océano, cubriendo de vegetacion campos y
colinas, haciendo brotar bosques hasta en el fondo de los arenales,
prestando al viajero árboles que le defienden contra los ardores del
verano y al marino puertos que le salven del furor de las borrascas. La
industria está casi muerta en Granada: los árabes que la cultivaban
estan para siempre proscritos y han llegado á perder hasta el recuerdo
de ella en medio de su postracion y su miseria; en Cádiz, en Sevilla, en
la Carraca la vereis como en Cataluña armada de sus cien brazos, aqui
arrojando al mar buques que mas tarde han de imponerle silencio con la
boca de sus cañones, alli fundiendo el hierro y haciéndolo bajar como
una corriente de fuego desde lo alto de la fragua, acullá sujetando cien
telares á la accion del vapor, agente universal de nuestro siglo. La
industria es una lucha eterna entre el hombre y la naturaleza, es la
aplicacion y la multiplicacion de las fuerzas ocultas en el seno del
mundo, es la continuacion del mundo mismo, el complemento de la obra de
Dios: si os sentís inspirado á la vista de un templo ó de un palacio,
¿cómo no ha de enardecerse vuestra fantasía y latir vuestro corazon al
presenciar esos espectáculos sublimes en que la inteligencia humana
subyuga y hace servir en su provecho todos los elementos que le rodean?
Dejad estos silenciosos lugares en que el hombre yace en un triste
abatimiento; seguid como habeis seguido hasta ahora nuestras huellas. El
hombre, la naturaleza, Dios son el triple objeto de vuestra alma: romped
el encanto que os detiene en esta bellísima comarca: quedan aun
ciudades, paisages, talleres, monumentos donde podais ver la divinidad
creando, la naturaleza obedeciendo á leyes inviolables, la humanidad
arrancando el secreto de estas mismas leyes y utilizándolas hoy para
surcar los mares, mañana para cruzar el espacio en alas de los vientos,
al otro dia para disipar con una sola luz las sombras de la noche.

Oyónos al principio nuestro viajero como absorvido en una meditacion
profunda; mas fue animándose poco á poco al eco de nuestras últimas
palabras. Ya que hubimos concluido guardó aun algunos momentos de
silencio: parecia que mil ideas contrapuestas luchaban en su frente y
que no sabia por dónde empezar á desarrollarlas. «He visto tambien, dijo
al fin, bajar el metal fundido en torrentes de viva lumbre; he visto
inmensas máquinas de hierro moviéndose á la accion del vapor como á
impulsos de una voluntad secreta y misteriosa; he contemplado de noche
esas fantásticas locomotoras que atraviesan el espacio con la rapidez
del rayo; he visto con asombro la electricidad disipando las tinieblas y
trasmitiendo á largas distancias nuestros pensamientos; he visto la
naturaleza reproduciéndose á sí misma en el oscuro fondo de una
_cámara_; he seguido con los ojos al audaz viajero que se atreve á
rasgar en un fragil globo el seno de las nubes; he sido espectador de
todas las maravillas del siglo. He sentido en aquellos instantes
entusiasmo, he concebido ideas de orgullo, he elevado el hombre á la
altura de ese ser infinito que gobierna el mundo; mas no bien he vuelto
á fijar las miradas en la creacion, cuando he conocido mi error y he
adorado de nuevo la armonía de esos astros que ruedan eternamente dentro
de sus órbitas, la de esta tierra que rueda, gira y oscila sordamente
bajo mis plantas, la de ese mar prendido en ella como un manto, la de
ese sol al rededor del cual siguen centenares de mundos su veloz
carrera. Las obras del hombre me conmueven; las de Dios me imponen, me
turban, me confunden. He subido con vosotros á los montes que levantan
sus cúspides mas allá de las nubes; no he podido menos de doblar la
rodilla sobre aquellas altas cumbres. El silencio que ha reinado en
torno mio, los pueblos que he visto en la llanura parecidos á pequeños
rebaños que estan paciendo entre la yerba de los prados, las lejanas
nieblas, las sierras coronadas de nieve que han terminado mi horizonte,
el mar, el cielo, todo ha anonadado mi espíritu y me ha hecho reconocer
el dedo de un Ser superior ante el cual debia prosternarme y sentir la
frivolidad de mi existencia. Me visteis ya al borde de los precipicios,
junto á las cascadas, al pie de los torrentes: he pasado horas enteras
sobre el musgo de una roca oyendo el murmullo de las aguas y
contemplando el tenebroso fondo del abismo. Me he detenido
involuntariamente al cruzar un bosque de abetos; me he estremecido sin
querer al pasar por un bosque de pinos. El silbido del viento entre las
ramas de esos árboles salvages ha tenido siempre para mi algo de
siniestro y de profundamente religioso, que ha arrojado mi ser en la
inquietud y la zozobra. He tenido ocasion de ver las copas de las hayas
flotando sobre un mar de nieblas, he visitado las solitarias orillas de
los sumideros, he recorrido cuevas donde jamas entró la luz del dia, he
contemplado desde lo alto de los cerros las aguas silenciosas de las
lagunas; y he creido distinguir aun en todos estos lugares los seres
fantásticos de que los cubrió la poética imaginacion de la edad media.
La tempestad me ha hecho reconocer á Dios cabalgando en la nube que
lanza el rayo, en la ola que se encrespa y sube al cielo, en el huracan
que troncha los árboles del bosque, en el témpano que rueda hácia el
abismo arrastrando consigo cuanto encuentra al paso. Hasta la soledad,
el páramo, el desierto me impresionan vivamente: la naturaleza es alli
menos bella pero mas sublime. He cruzado en una de las mas claras noches
de verano una llanura yerma y erizada de peñascos: he creido encontrarme
en el imperio de la muerte. Cada peñasco me ha parecido una fantasma, y
me he estremecido hasta al ver mi sombra apareciendo y desapareciendo
sobre cada una de las rocas. No hay espectáculos como los de la
naturaleza para que el hombre sienta: al revolver de cada encrucijada,
al trasponer de cada monte esperimentan una revolucion el alma y los
sentidos. En las verdes y risueñas colinas cuyo pie bañan las aguas de
un arroyo, en esos dulces y apacibles valles á que dan sombra esbeltos
álamos y ligeros chopos, al pie de esas fuentes que murmuran bajo los
caidos ramajes de los sauces, en medio de la pradera y la enramada late
el corazon de amor, el pensamiento vuela hácia los seres mas queridos,
suspiramos por tenerlos á nuestro lado y gozar con ellos de aquellos
paisages deliciosos. Vemos largas y dilatadas llanuras; y recordamos al
punto hechos de guerra, batallas sangrientas, ejércitos que se estrellan
contra otros ejércitos como las olas del mar contra la playa. Trepamos á
la cumbre de los cerros, ensanchamos ilimitadamente el horizonte,
dominamos aldeas, pueblos, ciudades; y si la idea de la grandeza de Dios
no nos abruma, sentimos crecer por instantes la ambicion, lamentándonos
quizás de no poder subyugar tan vasto espacio. Todo habla al hombre en
la naturaleza: todo dispierta en él ideas que no se borrarán jamas de su
memoria. Los monumentos hablan tambien y reflejan en sus piedras lo
pasado; mas las obras de cada estilo tienen un mismo lenguaje y he oido
ya la voz de todos los estilos. Dejaré esta encantada comarca de
Granada; mas no ya para recorrer alcázares y templos, sino para ver ese
Guadalquivir que fecunda los campos de Córdoba y Sevilla, ese Océano sin
fondo que azota las murallas de la ciudad de Cádiz, ese sol que baja
alli al fondo del mar ceñido de una corona de tinieblas. ¿Qué puedo ver
ya en los monumentos de aquellas tres ciudades? He visitado en Ripoll el
monasterio de los monasterios bizantinos, en Toledo la catedral de las
catedrales góticas, en Granada el alcázar de los alcázares construidos
por el moro: ¿qué significacion pueden tener al lado de esos colosos la
catedral y el alcázar de Sevilla? Habeis hablado de castillos, de muros
y torreones llenos de recuerdos: ¿dónde he de encontrar ya ni la sombra
de los de Almería? Ve uno condensados alli los siglos sobre cada torre,
escrita la historia de toda la edad media sobre cada almena. Hablásteis
tambien de ruinas: ¿mas qué ruinas podrán compararse con las de
Iliturgis, grandioso sepulcro de todo un pueblo de héroes, con las de
Tarragona, en cuyos restos imponentes se descubre aun la que fue corte
de la mitad de España?»

Cada monumento, le contestamos, tiene su vida propia; cada ciudad, su
historia. Las obras de cada estilo tienen un mismo lenguaje; mas no hay
una obra que en ese lenguaje no anuncie distintas ideas, no hay en ella
elementos en que no esten consignados nuevos hechos. El arte está en un
perpetuo movimiento: hoy no es lo que ayer, por mas que ayer y hoy
obedezca á las mismas causas y no pueda apelar á otros recursos. No hay
dos monumentos iguales sobre la faz de la tierra: aun los que ha
concebido una misma imaginacion y producido un mismo sentimiento, tienen
en sí algo que los caracteriza y los distingue. El alcázar de Sevilla es
hijo de la misma época que la Alhambra, es una imitacion, es hasta
cierto punto una reproduccion de la Alhambra misma; mas tiene un
carácter peculiar, distinto, muy distinto del de su modelo. Hay algo en
él de misterioso y sombrío que nos hace olvidar pronto el alegre y
voluptuoso palacio de Granada, que nos preocupa, que se apodera de
nuestra alma, que fija y absorve nuestra atencion en una historia
lúgubre y sangrienta escrita por las tradiciones de cuatro siglos en las
galerías, en los salones, en los patios, hasta en los jardines. El
espectro de un rey que en medio de la exageracion de sus sentimientos
llegó á confundir la crueldad con la justicia, las sombras de víctimas
sacrificadas de una manera aterradora flotan aun á nuestros ojos en lo
alto de las bóvedas; y no parece sino que lo vemos todo al través de un
velo fúnebre. Hay en él mas variedad de arcos, mas perspectiva, mas
efectos de luz, mas contrastes de claro-oscuro: hechos todos que
contribuyen á aumentar la ilusion que al principio se concibe, á escitar
mas y mas la fantasía, á dar un aire mas vago y misterioso á aquel
palacio. Brillan entre los adornos árabes algunas líneas del arte
cristiano: vése aqui un capitel medio corintio, alli una ojiva, mas acá
una serie de retratos de reyes que corre como una orla al rededor de una
techumbre ricamente artesonada, mas allá una figura de relieve que
levanta sus miradas hácia un cráneo, simbolo al parecer de un suceso que
ocultó la historia; y hasta esa mezcla de estilos sirve para darle mas
originalidad y comunicarle un interes que buscariamos inútilmente en los
mas tristes y mas apartados salones de la Alhambra. Al través de sus
ajimeces se descubren por un lado jardines solitarios, por otro las
caladas agujas y la torre de una catedral sombría: nada, absolutamente
nada hay en él que pueda distraer la imaginacion del fantasma que ya al
entrar se ha concebido.

La catedral no tendrá quizás el vistoso conjunto de otras catedrales;
mas apenas la distingue desde las aguas del Guadalquivir el artista que
va de Cádiz á Sevilla, cuando la contempla ya como una obra original en
su estilo, y suspira por abarcar de cerca su misterioso y tétrico
conjunto. Está adosada á una de las mas imponentes torres árabes,
erizada de pirámides y agujas, perforada, calada, ataraceada, cubierta
de fachadas y coronada de gárgolas, embellecida por un patio de naranjos
que refleja aun el islamismo. Es en su interior grande y sencilla,
sobria de adornos, mas llena de magestad que de delicadeza, homogénea,
compacta, bella. No abunda en detalles; pero reune en sus capillas las
mejores obras de pintura, en su presbiterio las mejores obras de
escultura. Es toda ella un poema, un libro de piedra en que estan
escritas con los mas brillantes caractéres la ley de Moisés y la de
Cristo, las escenas de la vida de los patriarcas, los profetas, los
apóstoles, la Vírgen, el Redentor del mundo. Los últimos rayos del sol
mueren en otoño al pie del Crucifijo que corona su inmenso tabernáculo:
no hay conjunto como el que entonces se ofrece al que está situado en
una estremidad de su crucero. Los cristales de las ventanas son todos de
colores; la luz que pasa por ellos ilumina de la manera mas fantástica
aquel lúgubre madero. Uno que otro reflejo hiere desigualmente las
bóvedas, los haces de columnas, el pavimento, el coro; aparece el
tabernáculo en la oscuridad, lo demas del templo envuelto en vagas y
confusas sombras. No es ya posible detener la imaginacion: vuela al
Calvario y ve en todo su horror el final de aquel sangriento drama en
que un hijo de Dios muere por la humanidad como un esclavo. En la parte
posterior del presbiterio, allá en lo alto hay una doble línea de
estátuas ennegrecidas por los siglos: se conmueve, se estremece el
cristiano al verlas á la luz del crepúsculo suspendidas en el muro.
Vuelve los ojos, y bajo una bóveda, cuajada tambien de figuras, ve un
sepulcro, un cetro y una corona sobre la losa, una que otra bandera;
comprende que está alli enterrado un héroe y dobla involuntariamente la
rodilla. Yace dentro de aquel sepulcro S. Fernando.

No, no se ha cerrado aun para nosotros la historia del arte: no estan
agotadas aun las impresiones que podemos recibir en el seno de los
monumentos. Sentireis en la mezquita de Córdoba como no habeis sentido
nunca. Andareis errante y lleno de entusiasmo por aquel bosque de
columnas, os turbareis ante la espléndida magnificencia del santuario,
dejareis el mihrab como un creyente del Profeta; y vos, sectario de la
doctrina de Jesucristo, llegareis á maldecir al que se atrevió á
derribar sus techos y á interrumpir la armonía de sus naves para
levantar en ellas altares á vuestro Dios, altares á los que por él
arrostraron el martirio. El puente que tiene la misma ciudad sobre el
Guadalquivir, el castillo gótico que lo defiende, el humilde molino
árabe sentado en la orilla del rio cautivaran vuestro corazon hasta el
estremo de haceros pasar horas enteras al pie de aquellas aguas
cristalinas. Las iglesias de Utrera os sorprenderán con sus portadas,
altas, gigantescas, asombrosas para el que no haya visitado los
monumentos que dejó en Italia el genio colosal de Miguel Angel. No
constan estas fachadas mas que de un solo cuerpo cuya continuacion es la
torre de las campanas, y se presentan á los ojos del que las observa á
alguna distancia como pirámides inmensas. Una de ellas es gótica, otra
greco-romana; mas producen ambas la misma impresion, admiran todas por
la magestad de sus líneas y la grandiosidad de sus formas. Los reinos de
Córdoba y Sevilla no son tan fecundos en obras monumentales como otras
provincias; mas hasta en pueblos de segundo orden ofrecen páginas
notables. Los castillos de Carmona y Moron son ruinas que seguireis con
placer y terminarán por sumergiros dulcemente en la melancolía; la
fachada de las antiguas casas consistoriales de Jerez es una de las
flores mas delicadas del Renacimiento; la iglesia de S. Miguel en la
misma ciudad, uno de los mas ingeniosos rasgos del goticismo en los
primeros tiempos de su decadencia. ¿Deberé hablaros ahora de Cádiz? ¡Ah!
la primera ciudad de España mentada por la historia apenas tiene una
piedra que recuerde su pasado. De sus murallas fenicias, de su templo de
Hércules, de los monumentos que le dejaron las repúblicas de Cartago y
Roma quedan solo una tradicion vaga y oscura y uno que otro fragmento.
Hubo un siglo en que fue la reina de los mares, hubo un tiempo en que
manaba en oro, en que miraba cubierta su bahía de buques de cien
naciones que codiciaban su riqueza: engalanóse entonces, levantó en sus
plazas templos y palacios; y, sin embargo, nada, casi nada le queda ya
tampoco de aquellos dias felices, de aquella época brillante. Su pasada
grandeza solo está ya reflejada en una que otra iglesia y en el infinito
número de mármoles que adornan hasta los umbrales de sus mas humildes
edificios. ¡Cosa singular! tiene un solo templo verdaderamente notable;
y este rico y suntuoso templo ha sido levantado hoy, en este mismo
siglo, cuando han pasado ya sus dias de esplendor y gloria, cuando la
ciencia ha empezado á estender las sombras de la duda sobre las
creencias religiosas. Es greco-romano y está aun incompleto; mas
gozareis en él cuando veais el tabernáculo solo y aislado en medio de
tres anchas naves cuyo pavimento, cuyas columnas, cuyas capillas
ostentan los mas ricos y bruñidos mármoles. Construido segun el orden
corintio, presenta unidas la mayor opulencia y la hermosura. No, no
parece de nuestra época aquella catedral soberbia; es en nuestra época
un fenómeno, un verdadero anacronismo. Se presenta fria, tiene defectos
ademas de los que son propios de su estilo; mas hasta en ella
sentireis... sí, ¿quién no siente ni se inspira ante el monumento que ha
ido creciendo piedra sobre piedra mientras no lejos de él iba
desmoronando el huracan las casas levantadas al Señor por hombres de
otros siglos, ya medio derribadas por la revolucion que llevan inoculada
en sí las generaciones que viven hoy sobre el ensangrentado suelo de
todas las naciones? No hay un solo monumento que no encierre interes
para el que desee leer en la piedra los secretos de la historia y sepa
enlazar con ellos la vida de los pueblos. Sois hombre de corazon, de
sentimiento: nos lo revela vuestro mismo estado, vuestras mismas
palabras, hijas del mas puro entusiasmo por todo lo que es grande y
bello: habeis empezado con nosotros vuestros viajes, y estamos seguros
de que con nosotros los concluireis: ¿á qué arredraros ni desmayar
cuando solo estamos á la mitad de la jornada?

«Flaqueza de ánimo habrá parecido en mí, repuso entonces el viajero, la
irresolucion que he manifestado para seguir como hasta ahora vuestras
huellas; mas les debo tanto á estos lugares solitarios... dejé un dia el
arte por la ciencia y ¡ay! no encontré mas que veneno en el fondo de
esta engañosa copa. Desfallecieron mis creencias, entronizóse en mi
espíritu la duda, y vagó por mis labios la blasfemia. Cuanto mas
pretendí sondar el origen de las cosas, tanto mas se entenebreció mi
alma, tanto mas fui impío. Cobré tedio á la sociedad, cobré tedio al
mundo; me encerré en un egoismo fatal de que hoy mas que nunca me
avergüenzo. Parecióme todo un juego de azar, y miré con indiferencia mi
propio destino y el destino de los pueblos. En un estado tal, quise
arrojarme desenfrenadamente á los placeres, quise ahogar el grito de mi
dolor en el estrépito de la bacanal y de la orgía; mas en vano: mi
corazon era ya la hoja que se desprende del árbol al soplo de las auras
del otoño, mi actividad estaba muerta, muerta como mi alma. Supe que
íbais á salir para el reino de Granada, y resolví seguiros. ¿Quién sabe,
dije, si la vista de nuevos paises me restituirá la calma, si los
grandes espectáculos de la naturaleza volverán á alumbrar mi fé
estinguida, si las ruinas de los monumentos que nos legaron otros siglos
encenderán de nuevo la llama de mi amor al arte? Atravése Sierra Morena,
y al ver sus bosques, sus coronas de peñascos, sus abismos, sentí ya
dentro de mí otro ser, otra personalidad, otro sentimiento. La idea de
Dios hirió otra vez mi espíritu, levanté al cielo los ojos, y reconocí
en la naturaleza el orden, en el orden á Dios. Cayó de repente el velo
que habia entre mí y el mundo; mas solo por un breve plazo, solo por
momentos. La sombra de la duda se alzó en mí como un espectro; y creí
oirla echándome en cara la facilidad con que sucumbia al recuerdo de mis
antiguas creencias. Continué el viaje siendo presa de la misma
inquietud, sumergido por completo en la melancolía. Llegué á Iliturgis;
y no me referísteis en aquellas tristes ruinas sino hechos sangrientos
que hicieron estremecer aun mi corazon gastado: bajé á Arjonilla, á
Arjona, á Martos; y solo oí de vuestra boca en aquellas pequeñas y
silenciosas villas infidelidades de príncipes y de caballeros, raptos,
asesinatos, injusticias de reyes: recorrí Jaen, Baeza, Úbeda; y vi en
todas partes junto al suntuoso palacio la mísera cabaña, el brillo de
los pasados encubriendo los vicios de los presentes, el sepulcro de los
que ya murieron sirviendo de escudo á los que de ellos descienden para
defender contra los demas hombres el fruto de su crímen. Vi en Guadix el
tercio de la poblacion condenado á vivir y morir en el fondo de una
cueva; crucé leguas de campos incultos y desiertos á poco de haber
dejado pueblos sumidos en el abatimiento y la miseria; llegué en una de
las horas de mas animacion á la ciudad de Almería, y entré en ella en
medio del silencio mas profundo. Visité Motril, Velecillos, la
Alpujarra; hallé donde quiera la quietud del sepulcro, la calma de la
muerte. En vano me hicísteis observar perspectivas tan grandiosas como
pintorescas: en vano llamásteis mi atencion sobre los templos que erigió
la fé de otras generaciones: preocupado por los grandes problemas de la
ciencia, no atendia mas que al estudio de los hombres con el objeto de
reconocer por ellos la existencia y la naturaleza de esa causa de las
causas, de esa incógnita que será tal vez un misterio eterno para la
inteligencia humana. No encontré vestigios de bienestar sino en la
ciudad de Málaga, que hoy animan á la vez la industria y el comercio; y
aun alli ¡qué de funestas rivalidades! ¡qué de almas que lloran en
secreto las calamidades que las afligen! ¡qué de crímenes cometidos á la
sombra de la noche! Vine á Granada, al fin, desesperando de los hombres,
desesperando de Dios. ¡Ah! decia yo para mí, ¿quién curará mi alma
lastimada? ¿quién podrá levantar ya mi espíritu caido? ¿quién devolverme
la paz de que gocé en mejores dias?

»Granada fue la que operó en mí esta revolucion benéfica. Su bella
situacion, la grandiosidad de sus paisages, los recuerdos de su historia
empezaron por subyugar mi razon y encender mi fantasía: revivió en mí el
amor al arte: pensé, soñé de nuevo, y logré por de pronto olvidar, si no
curar, mis males. La vista de esos valles y esos montes serenó mi
espíritu; el espectáculo sublime que ofrecen aqui el cielo y la tierra
me reconcilió con la idea de una divinidad coexistente con el mundo; el
orden que observé en todos los fenómenos me hizo reconocer la
Providencia; y al volver la vista á mis semejantes, me vi obligado á
sospechar que aun en medio del desorden que reina en las sociedades
obedecemos sin sentirlo á una ley por la que tarde ó temprano se ha de
cumplir nuestro destino. Volvieron á aparecer entonces en mí la creencia
y la esperanza; y me sumergí todos los dias mas y mas en esa naturaleza
seductora y evidentemente poética, único medio por el cual puedo llegar
á unirme con lo eterno y lo infinito.

»¿Cómo quereis que no deje con sentimiento esta comarca? Mas os ofreceis
á dirigirme por los reinos de Córdoba y Sevilla, decís que vais á
ponerme frente á frente con una naturaleza, si no mas bella, mas rica
aun y mas grandiosa, con mezquitas árabes que respiran mas el arte, con
monumentos que tienen un carácter mas severo y sombrío, con templos cuya
grandeza ha de imponerme: mis ojos estan sedientos de nuevas
impresiones, de nuevas sensaciones mi alma: partamos, suspiro ya por
hallarme en la corriente del Guadalquivir, en las olas del Océano. La
plateada serpentina de los rios caudalosos, la inmensidad de los mares
han cautivado siempre mi imaginacion y mis sentidos: partamos: quiero
bañarme en las aguas de ese rio en que cayó roto y ensangrentado el
manto de los califas, quiero surcar ese Océano sin fondo, bajo cuyas
olas supusieron los poetas de la antigüedad el lóbrego reino de Pluton,
las vastas profundidades del infierno. ¡Córdoba, Sevilla, Cádiz! ¡qué de
recuerdos han agrupado alli los siglos! partamos: llevadme á estas
ciudades llenas, como decís, de arte, de historia, de poesía. Llevadme
donde quiera que pueda ver, donde quiera que pueda sentir, donde quiera
que pueda soñar con lo pasado: necesito aun estar ébrio de arte para
olvidar el dolor de mis heridas. Hablad, pero olvidando siempre las
miserias de lo presente y la incertidumbre de lo futuro: ocupad por
completo mi imaginacion con la memoria de lo que fue, exaltad mi corazon
en amor á todo lo bello: la realidad, el porvenir estan ya por desgracia
ante mis ojos.»

No dirigimos ni una palabra mas á nuestro viajero: reconocimos en él á
la mayor parte de nuestros lectores; y no pudimos menos de convencernos
de cuán necesarias son en nuestra sociedad las obras destinadas á ocupar
principalmente el corazon y la fantasía de los que no pueden menos de
vivir atormentados por las calamidades presentes y el deseo de preparar
un porvenir mas halagüeño.

[Illustration]



RECUERDOS Y BELLEZAS DE ESPAÑA.

SEVILLA, CÓRDOBA, CÁDIZ.



Capitulo primero.

_Primeras impresiones recibidas en Córdoba.--Ojeada general sobre su
historia._


[Illustration: M] Mediaba[B] ya la noche, cuando entramos por primera
vez en esa ciudad de Córdoba, á que han comunicado tanto interes la
historia y la poesía. Yacía la ciudad sepultada en silencio: apenas se
percibia mas que el dulce susurro del viento entre sus frescas
arboledas. La luna resplandecia en lo alto del horizonte; pero no
alumbraba sino los techos de sus viejos monumentos: sus estrechas y
tortuosas calles estaban casi todas cercadas de tinieblas.

Sentiamos una viva inquietud. Éramos aun niños cuando la leyenda nos
habia hecho ver ya con los ojos de la fantasía esa segunda Damasco,
sentada bajo la sombra de sus palmeras á orillas de un caudaloso rio.
Agolpábanse á la sazon en nuestra frente las ilusiones de la infancia; y
temiamos verlas deshojadas por el soplo de la realidad, soplo helado y
funesto que pasa sobre nuestra imaginacion como el del cierzo sobre el
caliz de las flores.

No distinguimos por de pronto nada que revelase la mano de los árabes;
pero debimos reconocer á poco la antigua ciudad musulmana en lo desigual
de sus calles y sus casas, en lo mezquino de sus portales, en la
sencillez de sus fachadas. Vimos á trechos asomar por encima de estos,
árboles frondosos que subian al parecer desde el fondo de los patios:
recordamos que los orientales guardan para el interior la belleza que
otros pueblos se complacen en desarrollar en el esterior de sus
edificios; y no pudimos menos de concebir la esperanza de descubrir
todavía, aunque desfigurada y rota, una ciudad morisca.

Esperábamos con impaciencia que rayase el alba: no veíamos llegada la
hora de penetrar en esos templos donde tantos emires y califas adoraron
al Profeta, en esos ricos alcázares donde fueron recibidas tan
brillantes embajadas y perpetrados los mas negros crímenes, en esos
ensangrentados muros de que colgaron los reyes moros las cabezas de sus
enemigos, en esos encantados jardines donde languidecieron de amor
tantas sultanas, en esos profundos acueductos, abiertos en las peñas,
donde gimió sin ser oida tanta muchedumbre de cautivos.

Contemplamos en tanto gran parte de la ciudad desde un ajimez de la casa
en que viviamos. El espectáculo que á nuestros ojos se presentaba no
podia ser mas bello. Alzábanse acá y acullá de entre techos desiguales
torres mas ó menos imponentes cuya negra silhueta se destacaba sobre los
montes inmediatos ó sobre el azul del cielo. Brillaban á un lado las
aguas del Guadalquivir; estendíanse al otro las faldas de Sierra Morena,
sobre cuyas cumbres centelleaba una que otra estrella, como el ojo de un
cíclope que está para conciliar el sueño. Ligeras nubes, blancas cual la
nieve, recorrian el espacio en alas de suaves brisas embalsamadas por
las flores: sutiles, transparentes, dejaban ver al través de sí la
bóveda del firmamento, y no parecian sino aéreas gasas destinadas á
realzar la hermosura de ese estrellado manto de los cielos. Murmullaba
debajo de nosotros el follage de los naranjos y los álamos; allá á lo
lejos, en el fondo, se distinguia una palmera; mas allá aun, ya fuera de
las murallas, masas oscuras que parecian otras tantas arboledas.
Ostentaba alli sus ricos dones la naturaleza; aqui sus ricas galas, el
arte; y brotaba de todas partes una armonía indefinible que hablaba al
corazon, dejaba cautiva el alma y suspensos los sentidos.

Apoderóse en breve de nosotros una dulce melancolía. Arrojó la historia
sobre la ciudad un velo fúnebre; asaltaron nuestra imaginacion tristes
recuerdos. Esta ciudad, ahora dormida, nos dijimos, ¡qué de veces no ha
dispertado llena de sobresalto al grito de la rebelion y al rumor de los
combates! Estalló un dia una guerra encarnizada entre César y Pompeyo.
Vino César sobre Córdoba y la ganó: aqui fue donde recibió el homenage
de casi todos los pueblos de la Bética, aqui donde vió rendido á sus
plantas á su enemigo Varron, aqui donde terminó en medio de los aplausos
de todo un reino la primera y la mas gloriosa de todas sus campañas.
Retoñaron algun tiempo despues las discordias civiles. Ocupó Sexto
Pompeyo la ciudad y César se vió obligado á cercarla. Era de un carácter
benigno y generoso este soldado; mas, creyendo ver en este hecho una
defeccion, cegó de cólera. Levantó el sitio apenas supo que Pompeyo
habia salido de la ciudad, le derrotó en Munda, bajó de nuevo á Córdoba,
y pasó á cuantos le opusieron la menor resistencia por el filo de la
espada. ¡Qué dias aquellos tan aciagos! Estaban divididos los cordobeses
en cesarianos y pompeyanos: los pompeyanos querian morir bajo las ruinas
de la ciudad antes que entregarse á César; los cesarianos conspiraban
sin tregua contra los pompeyanos; rompieron en un momento dado los dos
bandos; y perecieron no solo los principales cesarianos, sino hasta sus
hogares y sus hijos. Subian aun al cielo los vapores de la sangre y las
llamaradas del incendio, cuando entró César para consumar la obra. La
ley del talion fue aplicada en todo su rigor; el espíritu de venganza
quedó completamente satisfecho. Murieron bajo el hierro del vencedor mas
de veinte mil partidarios de Pompeyo; fueron echados los demas de sus
albergues; condenados muchos á andar errantes por la tierra llevando en
su frente el sello del proscrito. ¡César! ¡César! no era esta la mision
que te habia confiado tu destino. ¿Cómo pudiste en un instante de ira
venir á cubrir de luto una ciudad á que antes y despues consagraste tus
recuerdos? ¿cómo no supiste acallar aqui tus pasiones, tú que
acostumbrabas á levantar entre tus brazos al vencido, tú que no tuviste
corazon para ver la cabeza de Pompeyo y dejar de verter sobre ella una
lágrima de compasion y de ternura? ¡César! ¡César! hemos creido ver aun
tu sombra airada pasando sobre esta ciudad de Córdoba: perdónanos si
llevados por la fuerza del sentimiento hemos recordado con placer que
fuiste á espirar bajo el puñal de Bruto.

¡Ah! fuiste indudablemente bien desgraciada, ó Córdoba. No habia caido
aun la república en manos de los emperadores, cuando eras ya colonia y
viste cubierto de monumentos tu recinto; de quintas, tu campiña. Viriato
pasó junto á tus muros y no tuviste que sentir el peso de sus armas.
Metelo dió en tu seno sus espléndidos banquetes: César, el mismo César,
te coronó de gloria. Mas ¡cuán pasagera fue tu dicha para el dolor y la
amargura que hubiste de devorar en medio de las tinieblas y el silencio!
Casto Longino, gobernador en nombre de César, te arrancó tu libertad y
tus tesoros: sufriste, lloraste; y cuando no pudiste ya con tus pesares,
no encontraste otro medio para salvarte de su codicia que lanzarte al
campo de batalla. Vino á poco el mismo César á herirte de muerte; cuatro
siglos despues, los vándalos, ese terrible azote enviado por la mano de
Dios para regenerar la embrutecida Europa. Te mostraste poderosa contra
Agila, cuyo hijo anegaste en la sangre de sus tropas: fiera, romana
siempre, llegaste entonces á reconquistar tus leyes municipales, á
hacerte libre, á emanciparte, sola y sin mas que tus propias fuerzas,
del imperio godo. Mas ¡cuán en breve tuviste tambien pendiente sobre tí
el cetro asolador de Leovigildo! Destruyeron el hierro y el fuego tus
soberbios monumentos: fueron tus mejores hijos sepultados en el fondo de
tus ruinas. Cayó sobre tí la mas horrible tiranía; y ni libertad tuviste
para quejarte de tus infortunios. Fuiste el sepulcro de tu pueblo, el
monte en que sentaron sus trofeos tus implacables enemigos.

Cayó Córdoba en poder de los árabes poco despues de la batalla del
Guadalete. Anocheció libre y amaneció cautiva. Fue asaltada de noche por
las tropas de Mugueith; y cuando al dispertar se vió por todas partes
cercada de invasores, no pudo hacer mas que doblar humildemente la
cabeza y sufrir la ley de los vencidos. Corte á poco de los emires que
gobernaban la España en nombre de los califas de Damasco, no tardó en
recibir animacion y vida de las gloriosas espediciones militares
dirigidas contra las fronteras de las Galias; mas no tardó tampoco en
estar amenazada por esas funestas guerras de tribu á tribu que socavaron
desde un principio los cimientos de este nuevo imperio sujeto á las
banderas del Profeta. Vivió pronto no ya en medio de la animacion, sino
en una agitacion febril alimentada sin cesar por odios y ambiciones
personales: hoy vió entronizar á un emir, mañana le vió deponer por una
muchedumbre insensata ó por una soldadesca ébria; precipitóse todos los
dias mas á la anarquía y estuvo próxima á una completa ruina. Recobró
aliento al entrar por sus puertas el jóven Abd-el-rhaman, último resto
de la familia ommyada; mas hasta bajo esos mismos ommyadas tuvo dias de
luto y de amargura. Encendióse sobre el sepulcro de Abd-el-rhaman una
guerra fratricida que retoñó por mucho tiempo al fin de cada reinado y
engendró los mas horrendos crímenes; subió pocos años despues al trono
el vengativo el Hakem que tomó el terror por sistema de gobierno, y
sumergió de nuevo esta ciudad en la sangre de sus hijos. El Hakem, sobre
todo, fue para ella fatal: creó con objeto de oprimir á sus súbditos una
milicia permanente, recargó de una manera escesiva los tributos, y
sublevó contra sí los ánimos del pueblo. Irritado este, se arrojó á la
calle y desahogó su ira contra los recaudadores. Súpolo el Hakem, rugió
de cólera, y mandó empalar públicamente en una de las orillas del rio á
diez de los rebeldes. Exaltado el pueblo á la vista de tan bárbaro
espectáculo, no pudo ya contener sus ímpetus: lanzóse como un tigre
sobre los soldados de la nueva guardia, descuartizó á cuantos
pretendieron oponerle resistencia, se dirigió al alcázar, prorumpió en
alaridos y amenazas, protestó enérgica y fieramente contra la tiranía de
sus reyes. El hijo del emir, los altos funcionarios de palacio, cuantos
rodeaban á el Hakem le suplicaban con instancia que les permitiese salir
para aplacar el tumulto con palabras de paz y de concordia; pero el
Hakem, sediento ya de sangre, no quiso escuchar mas que la voz de sus
pasiones. Acometió de improviso la desarmada muchedumbre, alanceó, mató,
desgarró las mal heridas victimas bajo los pies de sus caballos, mandó
clavar vivos en las orillas del rio á trescientos prisioneros.

No estuvo contento aun: los fugitivos se habian retirado al arrabal:
entregó por tres dias el arrabal á merced de sus soldados. No haya
perdón, dijo, ni aun para las casas que han servido de asilo al
delincuente; casas, hombres, mugeres, ancianos, niños, todo pereció por
el fuego ó por la espada. Cansado ya de destruir, pregonó al cuarto dia
un indulto: ¡oh! la sangre hierve en las venas al considerar tan grande
ultraje. ¡Un indulto despues de cuatro dias de saqueo y de esterminio!
¡y qué indulto! Desterróse en él para siempre á centenares de familias,
condenóse á mas de quince mil hombres á andar errantes y desnudos por
las costas de Africa. ¡Pobres proscritos! Los hubo que tuvieron que ir á
buscar un albergue en el Egipto, conquistando á fuerza de armas la
ciudad de Alejandría. ¡Cuántos entre estos no perecieron en el camino de
hambre y de fatiga! Las tribus que se internaron por España no hallaron
descanso ni tregua á sus dolores hasta que, compadecida Toledo de tan
amargas desventuras, les abrió sus puertas y les dió un lugar en su
recinto. ¡Pobres proscritos! La muerte de sus hijos, la usurpacion de
cuanto habian poseido, el incendio de las casas en que habian abierto
por primera vez sus ojos á la luz del mundo, no eran aun bastantes para
acibarar su vida: faltaba la emigracion, el desconsuelo de deber
abandonar para siempre el suelo de su patria. Faltaba aun mas: faltaba
que anduviesen de pueblo en pueblo mendigando un asilo y no encontrasen
por mucho tiempo un corazon sensible; faltaba que debiesen los mas regar
con nueva sangre el pais en que pretendian fijar su residencia; faltaba
que echados de este por un gobernador de Egipto, tuviesen que armarse en
corso y piratear por los mares de la Grecia hasta haber dado con una
isla poco menos que desierta, donde pudiesen levantar sin necesidad de
lucha sus míseras tiendas de campaña; faltaba que perseguidos hasta en
aquella isla por la mano del destino, se viesen obligados á rechazar por
dos veces las fuerzas del imperio griego y á sucumbir por fin á una dura
servidumbre. Terrible, terrible fue su suerte: ¡ay! ¡y no hubo quien la
vengara! Tú, Córdoba, te anonadaste y no hiciste mas que verter un
llanto inútil. ¿Cómo no te alzaste y heriste la frente del malvado?
¿cómo no hallaste en medio de tu furor armas con que reducir á polvo á
los impíos que abrieron con mano airada tu palpitante seno? Esperaste en
Dios y venciste: confiaste tu venganza en la Providencia y la
Providencia te la dió cumplida. Veo aun á el Hakem cruzando á pasos
descompuestos los salones de su alcázar, lleno el corazon de pesares y
de remordimientos. Las sombras de sus víctimas le siguen sin cesar y le
precipitan á los mas violentos arrebatos de demencia. ¡Sangre! ¡sangre!
grita á cada momento: sacadme de ese mar de sangre, esclama. Toda mi
generacion está manchada con la que yo he vertido. Huid, huid de mí;
dejadme solo con mis espectros y mi sangre hasta que esta sangre me
ahogue. Desesperado, abatido, cae despues en una profunda melancolía: no
puede ya con sus recuerdos, no puede ya con su dolor: vedle exhalando su
último suspiro. Ha muerto, y no suena en todo el palacio ni un gemido;
no hay quien derrame una lágrima siquiera. Todo es silencio en torno del
cadáver: apenas hay quien se atreva á mirarle, y hasta sus mismos hijos
se cubren el rostro por no verle. Solo el pueblo llora; pero llora de
gozo, de gratitud al cielo por verse libre ya del monstruo que acuchilló
á sus hijos. ¡Regocijaos, vosotros tambien, pobres proscritos!

Dias de tanto horror no se borrarán jamas de la memoria de los hombres.
Buscamos en vano el lugar en que estuvo situado el arrabal; no quedan ya
ni escombros. Brota aun sangre de tu profunda herida, desventurada
Córdoba: ¿cómo en siglos mas felices no encontraste quien la
cicatrizase? Recuerdo tiempos para tí dichosos, dias llenos para tí de
magestad y gloria. Cien años despues ¿no tuviste aun en el trono de los
califas á ese magnánimo Abd-el-rhaman III, que despues de haber llevado
sus armas vencedoras al interior de Castilla, al Africa, al Egipto,
construyó junto á tus muros los palacios de Medina Azarah y te arrulló
al melodioso son de los sublimes cantos que inspiró á tus poetas? ¿No
viste á poco brillar de nuevo la estrella de Augusto en la frente del
generoso el Hakem, de ese el Hakem II de quien dijeron los árabes que
habia logrado convertir en rejas de arar tus armas, en pacíficos
labradores tus guerreros? ¿No viste entonces cubrirse de flores tu
campiña; de numerosos rebaños, las cumbres de tus cerros; de una rica
vegetacion, las faldas de tus colinas pintorescas; de sabios, tus
alcázares dorados; de peregrinos, tu mezquita djehma; de oro, tus
robustas arcas? Sucedió á Hakem el débil Hescham II; mas ¿no fue bajo el
reinado de este que salió de entre la muchedumbre de tus soldados ese
intrépido Almanzor, terror de los ejércitos cristianos, héroe que hizo
morder el polvo de la tierra á cuantos se atrevieron á medir con él su
lanza, varon tan celoso de su dignidad, que al sentirse herido en
Calatañazor y al creer segura su derrota, rasgó los vendajes que
detenian su sangre para morir sobre el campo de batalla? ¿Cuándo arrojó
mas vivos resplandores el astro de tu fortuna y de tu gloria? Las
ciudades del norte y del oriente de España te enviaron sus mas hermosas
cautivas y espléndidos tesoros; Santiago de Compostela te mandó enormes
campanas que sirvieron de lámparas para tus mezquitas; el Africa coronó
tus sienes con las mejores palmas del Desierto. Fuiste la reina de las
naciones, fuiste la luz del mundo. La ciencia tuvo en tí su templo; el
arte, su logia; la industria, su taller; la poesía, su palenque. No solo
los pueblos que adoraban al Profeta, la Italia, hasta la Grecia te
cedieron en tributo sus mas grandes sabios. Los mas bellos monumentos de
Europa estaban dentro de tu recinto; las mejores calzadas conducian á
tus soberbios muros; los mas vistosos campos se estendian á tus pies
como una alfombra. Huertas deleitosas, jardines encantadores matizaban
la sierra donde estás sentada; bullian donde quiera entre los pomposos
ramajes de tus árboles aguas cristalinas bajadas de lo alto de los
cerros, estraidas de las mas hondas concavidades de la tierra. El
Guadalquivir te traía aun en alas de sus ligeros buques los frutos de la
feraz Sevilla; las opulentas regiones del Tarteso te regalaban aun el
oro de sus fecundas minas. Una nacion entera estaba humillada á tus
plantas y obedecia al menor de tus caprichos. Oía tu grito de guerra, y
se lanzaba como un leon á la pelea; ordenabas la paz, y volvia al cinto
su formidable espada. Ese mismo Almanzor, cuya imaginacion embargaban
sin cesar sus espediciones militares, apenas sabia guardar para otra que
para tí los laureles que recogia entre la polvareda del combate: te
acariciaba al volver de sus audaces correrías como un cazador á su perro
de caza, como un soldado á su corcel de guerra. Córdoba, Córdoba, ¿cómo
no se cerraron entonces tus heridas?

¡Ah! con razon, con sobrada razon guardas silencio, desdichada Córdoba.
No ignoramos quién era ese Almanzor. Sabemos bien que si te elevó á la
cumbre de tu grandeza, fue tambien el primero en motivar tu caida.
Almanzor no era tu califa; no era mas que un hadjib, un valido de tu
soberano. ¿Qué hacia Hescham en tanto que él tenia aterrada la Península
con el ronco fragor de sus batallas? Tu infortunado rey vivia en una
eterna infancia ageno de los negocios del gobierno: no ejercia su
imperio sino sobre las flores de su jardin, sobre el corazon de sus
esclavas. Muerto Almanzor, tuvo que entregarse en brazos de otro hadjib;
murió este segundo hadjib, y tuvo que entregarse en brazos de un
tercero. Pertenecieron los tres á una familia; pero no todos le fueron
igualmente fieles. Almanzor, celoso de la autoridad omnímoda que ejercia
sobre la España Arabe, le distrajo de los negocios del gobierno, aunque
no intentó nunca usurparle el trono á que hubiera podido subir llevado
sobre el escudo de los ejércitos que habia conducido á la victoria;
Abd-el-melek, hijo primogénito de Almanzor, siguió guardándole la
lealtad jurada; Abd-el-rhaman Anasir, hermano de Abd-el-melek, le movió
á impulso de su propia ambicion á que le declarara sucesor al trono.
¡Declaracion fatal, terriblemente fatal para tí, ciudad desventurada,
sobre cuya cabeza fue desde entonces amontonando el Señor todo género de
males: la guerra, el crímen, el hambre, la anarquía!

Duerme, duerme, ciudad: duerme tranquila tu tranquilo sueño. No quieras
oir otra vez tus espantosos infortunios: no quieras recordar de nuevo
tan sangrienta historia. Se estremecen de horror hasta los que la leen
en el silencio de sus corazones: ¿qué no sufrirías tú que tienes aun
impresa en tu cuerpo la roja huella de los que á la sazon le
precipitaron al fondo de un abismo? La declaracion de Hescham armó á
Mohammad su primo; y Mohammad y Abd-el-rhaman se batieron bajo tus
murallas. Vencedor Mohammad, hizo morir en una cruz á su enemigo,
encerró secretamente á Hescham, le dió por muerto á los ojos de tus
hijos, y empuñó al fin teñidas en sangre sus manos el cetro de tus
califas. Quiso desarmar á los berberiscos; y estalló una rebelion en que
tu pueblo tuvo ya que tomar parte contra tan odiosos africanos. Salieron
estos vencidos, abandonaron tus hogares; mas para volver pronto á
desgarrar tu seno con sus armas y las armas de Castilla. Te ocuparon por
segunda vez despues de haber derrotado á Mohammad en la batalla de
Jabalquinto; y no te dejaron ya sin haber antes devastado y saqueado tus
palacios de Medina Azarah. Mohammad, acompañado de un ejército cristiano
que le enviaron los condes de Barcelona, invadió de nuevo el trono de
tus antiguos reyes; mas para corto, para muy corto tiempo. Vencido á
poco en un combate que tuvo con los berberiscos, falto del apoyo de sus
aliados, enemistado con tus hijos, te puso al borde de un precipicio,
del que solo pudo arrancarte la mano de su hadjib sacando del ignorado
encierro á Hescham, tu legítimo califa. Mohammad vió alzarse ante sí á
su primo Hescham como una sombra: quiso conjurar su enojo con humildes
súplicas, pero inútilmente. Fue decapitado, entregado su cuerpo á la
muchedumbre, llevada su cabeza sobre la punta de una lanza al audaz
Soleyman, á quien Hescham trató de dar con esto ejemplo. Tuviste
entonces restablecida la legitimidad sobre tu trono; mas ¿qué podias
esperar de ese cobarde Hescham, que nunca aspiró mas aliento que el de
sus jardines, ni conoció mas placeres que los de su serrallo? Estás
condenada á languidecer y á morir; de tu suelo no brotan ya sino la
ambicion y el odio para prolongar el horrible dolor de tu agonía.
Duerme, duerme, ciudad: duerme tranquila tu tranquilo sueño.

Hescham no supo hacer mas que acelerar tu ruina. Tenía en todo el reino
un solo hombre capaz de sostener su vacilante trono; y le entregó por
meras sospechas de traicion al hacha del verdugo. Cercado por todas
partes de berberiscos que devastaban sin cesar la Andalucía, se anonadó,
y no pudo dar nunca un paso mas allá de tus murallas. Te vió con dolor
abatida, devorada por el hambre, consumida por la peste; pero no fue
capaz ni aun de procurarte pan teñido con la sangre de tus hijos. No se
sintió con fuerzas ni aun para salvarte del poder de Soleyman, que cayó
al fin sobre tí y vengó en tí las afrentas recibidas por sus feroces
africanos. Afeminado, débil, dejó que su enemigo te tomara por asalto;
desapareció á la hora del peligro tras los soldados que habian de velar
por tu defensa; y te abandonó medio moribunda al furor de los que venian
dispuestos á acabar contigo. No pereciste aun; mas ¿quién podia creer
que no hubiese llegado ya tu última hora? Dueño de tí Soleyman, «robad,
saquead, dijo á sus tropas: ahogad la voz en la garganta de los que os
ultrajaron.» Por tres dias tuviste hundida en tu seno la lanza de los
bereberes; por tres dias te viste condenada á asordar el aire con
inútiles gemidos. Desencadenado contra tí el odio profundo de una raza
que fue en todos tiempos el azote de tu pueblo, sola, aislada, no
encontraste por eco de tus lamentos sino un contínuo grito de venganza,
y llegaste hasta á perder la voz para quejarte de tus acerbos males.

Soleyman no se contentó ya con ser el general de tus ejercitos: levantó
de las oscuras gradas del trono la espada de tus reyes. Orgulloso,
intolerante, destituyó de sus destinos á los árabes y te sujetó por
completo al dominio de sus soldados. Ejerció sobre tí una tiranía
insoportable: te injurió, te oprimió, arrojó con desden sobre tu frente
los restos de tu antiguo imperio. No contaba con simpatías, no contaba
con mas apoyo que el de sus propias armas; mas estas armas eran fuertes
en la pelea, él bravo y fiero como uno de esos leones del Desierto. Se
hacia dificil quebrantar su poder, romper su lanza. En otro tiempo tú
misma hubieras bastado á quebrantarlo; mas ¿cómo podias entonces tener
fuerzas ni aun para levantar al cielo tus suplicantes brazos?

Hayran, hadjib que fue de Hescham, fue entonces el único que concibió la
esperanza de salvarte. Habia sido herido en el asalto del Alcázar y
recogido por un desgraciado que se compadeció de él y le ocultó en su
casa. Cicatrizado apenas su cuerpo, no pudo mirar con indiferencia la
suerte de su patria: salió de España, pasó al Africa, conjuró al valí de
Ceuta Aly ben Hamud á que viniera con su ejército á rasgar las ataduras
que te unian ya al sepulcro. El interes que tenia por tu pueblo le
inspiró elocuencia para traer consigo al esforzado Aly. Entró; dirigióse
al punto contra Soleyman que, temiendo esperar al enemigo en tu recinto,
abandonó tus muros; le halló, luchó con él, y no paró hasta presentarle
herido y maniatado al valí, que no pudo verle sin afearle sus hechos y
cortarle la cabeza con su cimitarra. No pudo ser mas rápido ni mas
eficaz el ausilio del hadjib; mas ¿qué podia sobrevenir que no fuese
para tí un nuevo motivo de dolor y de amargura? Saludaste gozosa á
Hayran y á ben Hamud, los aclamaste como tus libertadores: ¡ay! y no
pasaron tres años sin que debieses ver á Hayran muerto por la mano de
Aly, á Aly ahogado en un baño por los servidores del último califa.
¡Pobre Hayran! habia sido él quien habia entronizado principalmente al
valí, él quien mas habia procurado arrancarte del borde de la tumba; y
obtuvo en premio la muerte. Temeroso ben Hamud de su influencia, le
alejó de sí apenas hubo tomado posesion del trono, le incitó á la
rebelion, salió contra él, y no sintió temblar su espada al ir á
sumergirla en el pecho de su antiguo aliado.

Hayran, al sublevarse contra Aly, habia hecho proclamar califa en la
ciudad de Jaen al ommyada Abd-el-rhaman IV, biznieto del magnánimo
Abd-el-rhaman III. Muerto Aly, vió ya el nuevo príncipe franqueado el
paso para subir al trono; mas no tardó en deber luchar con otros dos
rivales poderosos que hubiera quizás vencido á no haberse conjurado
contra él su desdichada suerte y el rigor de tu destino. El-Khassem,
hermano de Aly, vino á apoderarse de tu alcázar, al parecer solo para
dictar decretos de proscripcion y de muerte contra tus mejores hijos;
Yahhyay, primogénito del mismo Aly, reunió al momento cuantas fuerzas
pudo para reclamarte como una herencia, como el patrimonio de su padre.
Tres reyes se disputaron á la sazon en el campo de batalla los girones
de tu solio. Volvió á recorrer la muerte tus ciudades y tus campos:
volvió á estender de nuevo su fúnebre crespon sobre tu reino. Trémulo
el-Khassem ante Yahhyay, se ofreció á compartir con él su imperio y
entregarle por de pronto el gobierno de tu pueblo. Yahhyay aceptó y
prometió guardar el pacto, mas ébrio á poco con tus homenages y sinceros
aplausos, no pasó ni dias sin aspirar al dominio absoluto y violar la fé
jurada. Irritóse el-Khassem, ya algo repuesto de su primer cuidado;
regresó, cayó sobre tí con la celeridad del rayo, y le obligó á la fuga.
Te alzaste entonces y le venciste: no mas tiranos, dijiste, no mas
abatimiento; pero fue inútil tu cólera; vano, enteramente vano, tu
generoso ardor contra tus rudos opresores. No pudiste ni aun muerto
el-Khassem gozar de la vista de ese Yahhyay á quien amabas.
Precipitáronse los sucesos de una manera espantosa, y en menos de dos
años tuviste que obedecer á la voz de cuatro reyes. El que no murió bajo
el puñal de los conjurados ni bajo la espada de sus enemigos, murió
infamemente atosigado; y tú, huérfana de contínuo, de contínuo colocada
entre el despotismo y la anarquía, rodaste con mas y mas velocidad á lo
profundo del abismo sin encontrar otro apoyo en tu fatal caida que
débiles arbustos, rocas apenas sumergidas en la tierra que se quedaban
en tus manos ó se desplomaban al peso de tu cuerpo para apresurar tu
ruina.

Habia sido ya destronado el-Khassem, cuando su ejército, que habia
salido poco antes contra Abd-el-rhaman, entraba en batalla con el de
este ommyada, en quien cifraban tantos la esperanza de su patria. Venció
Abd-el-rhaman; pero murió de un flechazo al acabarse ya el combate.
Arrojó este hecho en la consternacion todos los ánimos. Desesperaron los
mas de la salud del reino, y tú fuiste la primera: dicen que lloraste al
saberlo lágrimas de sangre. Hiciste, sin embargo, un esfuerzo que no
era ya de esperar de un ente moribundo: soy yo quien me he de dar mis
reyes, esclamaste; y levantaste sobre tu escudo á otro ommyada, á otro
Abd-el-rhaman, hermano de aquel Mohammad que Hescham hizo decapitar al
ascender por la segunda vez al trono. Era tu nuevo Abd-el-rhaman jóven
de grandes dotes, de un porvenir brillante; mas ¿qué habia de poder ya
ni aun el hombre de mayor genio con las bastardas pasiones que se
agitaban en tu seno? Quiso enfrenar la licencia de tus soldados,
arrebatar la dictadura á los guardias de tu alcázar, proteger á tus
ciudadanos contra los escesos de la fuerza armada, reprimir el
desorden... ¡ah! el desorden pudo mas que él y le denunció como su
víctima. Morian un dia los últimos rayos del sol en tus montes de
Occidente cuando tu palacio estaba cernido en todas partes por una horda
de asesinos. Dáse el grito de alarma, é invaden tumultuosamente los
salones del alcázar. Los esclavos del califa son los primeros en caer
bajo la punta de los puñales. Se adelantan luego los agresores hasta el
mismo Abd-el-rhaman; pelean con él unos instantes, le derriban al
pavimento, le cosen á estocadas hasta oirle exhalar su último suspiro.
Veo aun la luz del crepúsculo iluminando fantásticamente el
ensangrentado cadáver: el silencio que reina en torno suyo me turba y me
confunde. ¡Bandidos miserables! ¡raza inicua de hombres corrompidos á
quienes no espanta verter la sangre humana para satisfacer vuestros
deseos! ¿cómo no temblais ante vuestra propia obra?

Mohammad, primo del califa, habia sido el gefe de estos conjurados:
muerto Abd-el-rhaman, fue proclamado rey. Encumbrado á tan alta dignidad
solo por el favor de esos criminales llamados guardias del alcázar, ya
tan codiciosos y perjuros como los que se atrevieron á poner un dia en
almoneda la corona del Antiguo Imperio, no pensó ni pudo pensar durante
su reinado sino en ir asegurando con inmensas dádivas la alianza que
habia sido establecida entre él y ellos por tan infame alevosía.
Consumió el tesoro del divan, disipó el tesoro público, agotó hasta las
últimas rentas del Estado; mas nunca, en ningun tiempo pudo satisfacer
la sed de oro que les devoraba. Vióse al fin privado de todo género de
recursos. Empezó á temblar, pero no á retroceder, porque conoció que era
imposible. Los puñales que hirieron á Abd-el-rhaman, dijo, estan
asestados contra mí: las manos que los empuñan no los sueltan ya sino
para recoger los escudos que les arroje desde lo alto de mi trono.
Entregóse á la mas desenfrenada arbitrariedad, creó nuevos tributos,
vejó todos los dias mas y mas á los hijos de tu pueblo. ¡Inútiles
esfuerzos! las exigencias de esa turba de sicarios crecieron á
proporcion de la generosidad que con ellos ejercia: no pudo ni aun con
ese sistema de opresion encontrar medios para cumplirlas. Sintióse
aislado, perdido; y no vió otro camino para escapar de la muerte que le
amenazaba que el de abandonar secretamente los palacios de Medina Azarah
en medio de las tinieblas de la noche. Alcanzó asi prolongar algunos
dias mas su vida; mas ¡ay! ¿en tanto, qué fue de tí, ó desgraciada
Córdoba, en poder de esas insolentes guardias pretorianas? Robáronte,
saqueáronte, complaciéronse en ir agravando mas y mas tu bárbara agonía.
Oyeron tus gemidos y los apagaron con el hierro de su lanza: «sufre y
obedece, dijeron, á los que son hoy tus reyes. ¿No eres acaso tú la que
contemplaste impasible la muerte de trescientos de tus hijos y la
proscripcion de una gran parte de tu pueblo? La primera vez que salimos
armados del alcázar de tus califas salimos ya para abrir y desgarrar tu
seno: ¿callaste entonces, y te atreves á quejarte ahora de que ejerzamos
en tí nuestros instintos? Sufre y muere no ya bajo el hierro, sino bajo
el cuento de nuestras alabardas.»

¡Pobre ciudad! no bastaba que hubiese sufrido los horrores del hambre y
la anarquía: faltaba aun que la insultasen sus verdugos. ¿Quién vendrá
ya á salvarla? ¿quién podrá ya venir siquiera á dulcificar sus postreros
instantes de amargura? Yahhyay reina aun en Ceuta y en Algeciras: ¿cómo
no ha tomado las armas para reconquistar su codiciado imperio? ¿tan
pronto se ha estinguido en él la llama de esa noble ambicion que le
indujo en otro tiempo á venir á arrancar esta ciudad de la orilla misma
del sepulcro? ¿tan pronto han dejado de resonar en sus oidos los vítores
con que le acogió la muchedumbre, las afectuosas palabras con que le
rindieron homenage los valíes? No le mueve ya á Yahhyay el deseo de
alcanzar un reino; pero le mueve en cambio el amor á su Dios y á su
patria. Córdoba, Córdoba, abre tus puertas á tu libertador: no hay ya en
todo tu reino otro hombre capaz de contener las lágrimas que brotan á
torrentes de tus ojos. Su prudencia y su desinteres corren al par con su
bravura: su sola mirada basta para imponer á tus viles opresores.
Aclámale por tu rey, aclámale por tu califa, aclámale por tu Dios sobre
la tierra: nadie como él puede vengar ahora tus ultrajes; nadie sino él
levantarse como la sombra de los Abd-el-rhamanes á la vista de tus
enemigos.

Entró Yahhyay en esta ciudad sin la menor resistencia y entre los mismos
aplausos que la vez primera. Su principal cuidado fue restablecer el
orden. Tan cuerdo como severo, logró restaurarlo en breves dias. Sus
palabras, dulces para unos, para otros amargas, producian todas el mismo
efecto: no parecian sino hálitos de esas templadas brisas que vienen á
serenar el cielo despues de las tempestades de verano. Asegurada ya la
tranquilidad, trató de reconstituir la unidad de la monarquía, rota á
pedazos por esa larga serie de revoluciones que habian removido este
agitado suelo. Llamó á los valíes de las provincias para que fueran á
jurarle obediencia según las prácticas del reino: escribió á todos sus
funcionarios para que no retardasen un solo instante el cumplimiento de
sus leyes. Lleno de fé en sus propias fuerzas, y sobre todo convencido
de la necesidad de llevar á cabo su proyecto, se mostró no solo
dispuesto á realizarlo echando mano de los medios que su autoridad le
sugería, sino tambien decidido á ir á sujetar por sí mismo á los
rebeldes. Esto fue lo que le perdió. Habia entonces en Sevilla un valí
orgulloso y fiero que no reconocia otra autoridad que la de Dios y su
Profeta, que no se arredraba ante ninguno de sus enemigos, que como los
reyes escandinavos gustaba de beber en el cráneo de los que habia
vencido en el campo de batalla. Yahhyay le escribió como á los demas
valíes; pero no tuvo de él mas que un silencio, equivalente en un hombre
de su carácter al desprecio. ¿Cómo podía dejar de irritarse Yahhyay?
Tomó de improviso las armas y salió para Sevilla deseoso de castigar
tamaño ultraje: dió en el camino con el valí, le acometió, luchó como
una fiera con él, le puso en retirada, le obligó al parecer á llevar
consigo la ignominia y el pesar de una derrota. Arrebatado por su brio,
no se contentó con haber condenado á su contrario á volverle las
espaldas; se precipitó tras él seguido de su escasa comitiva, corrió,
voló, cayó en una celada, donde murieron bajo el hierro de los soldados
del valí él y sus valientes caballeros. Llora, Córdoba, llora si es que
lágrimas pueden brotar aun de estos tus ojos: ya no existe el que ha
sido tu última esperanza; ya no podrá volver á desnudar por tí la
espada. Llora, desdichada ciudad, llora porque no es ya solo el califa
quien ha muerto, ha muerto tambien el califato. Acabas de perder tu
corona de reina en esa fatal jornada: levanta como en otro tiempo la
voz... nadie te escucha.

Sabida la desgracia de Yahhyay, reunióse el divan y eligió por sucesor á
un ommyada llamado Hescham, que desde la decapitacion de su padre
Mohammad vivia casi del todo ignorado en una fortaleza de Castilla.
Libre de ambicion, y sobre todo severamente aleccionado por el trágico
fin de su hermano y de su padre, rehusó por mucho tiempo la peligrosa
dignidad que le ofrecian, sin llegar á ceder nunca sino ante la
consideracion de que asi lo exigia la causa de su patria. Al fin aceptó
y tomó la direccion de los negocios del gobierno. Propúsose en un
principio conciliar todos los ánimos por medio de la persuasion y la
dulzura: manifestó á los valíes la necesidad de restablecer la unidad
del Imperio para detener la marcha de los ejércitos cristianos
internados ya hasta el corazon de la Península; les puso por delante los
intereses del Islam, el bienestar de los pueblos fatigados de tan largas
y sangrientas guerras; apeló á los generosos sentimientos que debia
abrigar todo buen muzlim, al recuerdo de las antiguas glorias, á lo que
exigia por fin el cumplimiento de las leyes del Profeta. Todo en vano.
Quiso despues recurrir á las armas: organizó ejércitos, nombró
generales, les dió órdenes terminantes para que no perdonaran medio
alguno á fin de reducir á su obediencia á los rebeldes... Todo en vano
tambien. Confuso y desconfiado ya, apenas sabia adonde volverse:
insistió en su antiguo sistema de moderacion, no porque lo creyese mas
eficaz, sino porque le repugnaba derramar en luchas estériles mas
sangre. Sufria en tanto el pueblo é ignoraba la causa de su sufrimiento.
Cansado de padecer, la atribuyó como de ordinario á su califa y le
depuso. Le depuso sin ira, y Hescham bajó del trono sin disgusto: todo
estaba ya muerto en esta ciudad, todo era ya para ella un hecho
indiferente.

Bajó por fin del trono de tus reyes el último de los Ommyadas, ciudad
infortunada: ¿qué te quedó luego de tu grandeza de otro tiempo? Agesilao
suponia las fronteras de su patria alli donde alcanzaba la punta de sus
lanzas: ¿adónde alcanzan ya las tuyas, desdichada corte de los califas?
Levántate y vuelve los ojos á tu alrededor: Sevilla obedece á Mohammad
Abu-el-Khassem, el que perdió á Yahhyay en una pérfida emboscada;
Carmona y Écija, á uno de tus mas intrépidos valíes; Málaga y
Algeciras, á Edrys; Granada, al berberisco Hhabus; Almería, Murcia, las
Baleares, al guerrero Zohayr, valí de Denia. Reina en Valencia A'mery;
en Zaragoza, Almondhar; en Toledo, Ismail; Abdallah-Ben Moslemah en las
dos Estremaduras y el Algarbe. Cataluña, Aragon, Navarra, los reinos de
Castilla y de Leon estan contemplando tu ruina desde los montes en que
tienen establecidas sus tiendas de campaña. Cada uno de tus antiguos
valíes es un emir, un emir que dispone de ejércitos, acuña moneda, exige
tributos, impone leyes á todo un pueblo con el hierro de su espada: cada
uno de esos emires es uno de tus implacables enemigos. Háblales, y
acogerán tus palabras con desprecio; recuérdales que eres su reina, y
despues de llenarte de oprobio se dispondrán á la venganza. Eres aun
reina; pero tus dominios no se estienden ya fuera de tus murallas;
vendrá dia, y no está lejos, en que pierdas hasta esa independencia y
llegues á ser la cautiva de otro pueblo.

Depuesto Hescham, fue elegido califa su wazir Gehwar-ben-Mohammad,
hombre de talento, de severas costumbres, de tanta resolucion como
prudencia, de mucho menos celo por su gloria que por la causa de su
patria. Gehwar-ben-Mohammad conocia perfectamente la situacion de
Córdoba: sabia que su papel de reina habia concluido, y que podia
aspirar cuando mas á salvarse del furor de la anarquía. Procuró antes
que todo asegurar su paz interior, tranquilizarla. Llamó al divan á los
principales ciudadanos, abjuró en favor de este senado el poder absoluto
de que gozaba como gefe supremo del Imperio, redújose de califa que era
á ser el presidente de una aristocracia. Proscribió de sí el lujo,
disminuyó el ejército, rebajó cuanto pudo los enormes gastos del Tesoro.
Declaró gratuita la administracion de justicia, puso puertas á las
calles para impedir los robos y asesinatos que se cometian con
frecuencia á la sombra de la noche, distribuyó armas entre los vecinos
para que pudiesen por sí mismos velar por la seguridad y mantener el
orden. Facilitó la entrada de víveres y proveyó abundantemente los
graneros públicos. Colocó inspectores en todos los mercados para evitar
la mala fé en los contratos; no consintió por mas tiempo la tiranía que
ejercian sobre los contribuyentes los recaudadores. Se obligó á
presentar todos los años al divan una cuenta detallada de sus ingresos y
sus gastos. Deseaba inspirar confianza y la inspiró; deseaba robustecer
el poder y lo robusteció; deseaba cerrar el paso á todo género de
turbulencias y lo cerró; pero no pudo hacer mas que mejorar el gobierno
de la ciudad, como ciudad, no como corte del antiguo Califato.

Se acordó una que otra vez Ben-Mohammad de cuán necesaria era la
sumision de los valíes que se habian proclamado independientes; mas ni
siquiera para intentarla se sintió con fuerzas. Trató de conciliarlos, y
encendió sin querer el fuego de la guerra. Quiso sujetar á fuerza de
armas á los que coartaban mas de cerca la accion de los poderes
públicos; y escitó contra sí á Ismail, el mas audaz de los rebeldes.
Perdió en la lucha su reputacion, su ejército, su vida.

Murió Gehwar y volviste á caer en un abismo. Su hijo Mohammad, temeroso
de Ismail, solicitó la alianza de los emires de Badajoz y de Sevilla. La
obtuvo, y escitó con esto la cólera de tus enemigos. Vió en breve contra
tí las tropas de Al-Mamun, mas belicoso que el mismo Ismail su padre;
quiso hacerle frente, y salió vencido en la primer jornada. Lleno de
sobresalto, imploró entonces por medio de su hijo Abd-el-Melyk el favor
de Aben-Abed. Logró salvarte del furor de Al-Mamun; mas acabando para
siempre con tu independencia.

Aben-Abed, emir de Sevilla, era á la sazon uno de los reyes mas temidos
de la Andalucía. Llevado de una ambicion sin límites, no perdonaba medio
para ir dilatando sus vastas posesiones: donde creía infructuoso el
valor, empleaba la astucia y la perfidia. Entretuvo al jóven
Abd-el-Melyk divirtiéndole con fiestas que afectaba darle como un
homenage debido al heredero de un califa; dejó que se adelantara sobre
tí Al-Mamun y esperó verte cercada. Ya que consideró inminente el
peligro en que te hallabas, salió de Sevilla como un leon; mas no con el
deseo de libertarte, sino con el de hacerte esclava. Favorecido por una
salida que hicieron tus tropas se arrojó con ímpetu sobre Al-Mamun y le
derrotó al primer encuentro. Logró escitar con su brillante victoria tu
entusiasmo. Entró en tí primero que Abd-el-Melyk, cerró de improviso tus
puertas, ocupó tus muros, se apoderó de tu alcázar, donde estaba medio
moribundo tu califa, te impuso su voluntad desde el mismo solio de tus
antiguos reyes. Encontró alguna resistencia en Abd-el-Melyk, que á las
pocas horas vino del campamento enemigo cargado de despojos y trofeos;
mas la venció sin dificultad dejando al desgraciado príncipe muerto á
estocadas en la misma puerta por donde procuraba abrirse paso. Te habló
luego de tu porvenir y tu pasado; dispertó en tí ilusiones y
esperanzas; te embriagó con fiestas y espectáculos que recordaban tu
grandeza de otros dias; y alcanzó que, degenerada por tus infortunios,
tú misma llegases á aplaudir su infame alevosía. La sangre de
Abd-el-Melyk estaba aun caliente, cuando, henchida de gozo, levantabas á
Aben-Abed sobre tu escudo: ¿qué se habian hecho ya tus sentimientos? ¿ni
una lágrima tenias siquiera para el nieto de Gehwar, de ese califa que
habia sabido inmolar en tus aras todas sus pasiones? ¿qué creías poder
aguardar de esos emires de Sevilla? no hicieron mas que cubrirte de
vergüenza y de ignominia: no respetaron ni tu trono. El título de califa
de Córdoba habia sido hasta entonces el sueño de oro de cuantos sentian
en su pecho sed de gloria: Aben-Abed lo despreció, tal vez para hacer
mas evidente tu miseria y acabar de sepultarte en el olvido. Hasta el
nombre de reina has ya perdido: no es ya Sevilla tu rival, es tu señora.

Conservaste tu orgullo, te acordaste alguna vez de que habias sido la
capital de una vasta monarquía; pero en vano: tus enemigos pasaron sobre
tí, como pasa el hombre sobre todo miserable reptil que se atraviesa en
su camino. Al-Mamun te sujetó sin perder un soldado de su ejército:
Aben-Abed te recobró sin desnudar la espada. Vinieron los almoravides y
te vencieron: te rebelaste contra ellos y no pudiste escitar ni su
venganza. Aly, su gefe, se contentó con que restituyeras lo que en los
dias de tu rebelion hubieses usurpado. Secundado tu movimiento por otras
cien ciudades, intentaste por segunda vez sacudir el yugo de esos
feroces africanos: lo sacudiste y volviste á caer en él apenas se
presentaron frente tus muros las tropas aliadas de Ben-Ganya y el
emperador Alfonso. Saliste del poder de los almoravides para entrar en
el de los almohades: desplomóse el imperio de los almohades, y tampoco
supiste reconquistar tu independencia. Formáronse en España varios
reinos como á la caida de tus Ommyadas: ni voz tuviste para recordar tus
derechos. Tú, cuyas órdenes habian sido obedecidas desde las orillas del
Ródano al Desierto, te humillaste á recibir las de una ciudad hasta
entonces desconocida, las de la ciudad de Baeza. Decapitaste á poco á
Mohammad, tu nuevo rey; pero cuando habia entregado ya á Fernando III de
Castilla la vecina Andújar y esa misma Baeza de que se habia hecho
soberano, ¡Ay! ¡que se va acercando la hora de tu completa ruina! Ciudad
de las ciudades musulmanas, Damasco del Occidente, segundo templo del
Islam, vas á morir: el espíritu del Profeta va á abandonar para siempre
tus mezquitas. Alza tu frente y observa: legiones de nazarenos estan
ordenándose en batalla á la sombra de sus grandiosos estandartes, de
esos estandartes con que vencieron en las Navas de Tolosa. El que las
acaudilla es un rey que goza del favor del cielo: ángeles enviados por
Cristo sostienen su bandera; palabras de bendicion estan escritas por la
misma mano de Dios sobre la hoja de su espada. Hélas ya alli sobre la
cumbre de tus montes: ¡ay del dia en que cierres al sueño tus cansados
ojos! ¿Oyes? tus templos se estremecen; en tus alcázares no resuenan mas
que hondos gemidos. Voces misteriosas conmueven de noche el aire que
respiras; gritos de desolacion turban de contínuo la paz de tus hogares.
¿Qué remedio has de hallar para conjurar la tempestad que te amenaza?
Tus armas estan melladas; tus reyes, dispersos y ocupados en luchas
intestinas; tus intrépidos guerreros de otro tiempo, en el sepulcro.
¡Córdoba! ¡Córdoba! vas á luchar inútilmente contra ese ejército de
infieles: sucumbirás, y no al hierro, sino al hambre y al desorden.

Acababa de salir S. Fernando de la villa de Andújar, cuando un hombre
oscuro á quien habia conferido el gobierno de la plaza, sabiendo por
algunos prisioneros que Córdoba dormia confiada en la inaccion de los
cristianos, concibió el atrevido proyecto de ir á tomarla por sorpresa.
Solia haber por aquellos tiempos en las fronteras de las dos Españas
turbas de hombres medio salvages cuyo único placer era la guerra, cuyos
únicos medios de subsistencia eran las sangrientas algaradas que hacian
á cada paso en pueblos enemigos. Este hombre oscuro los llamó y les
comunicó su intento. No tuvo que hablar mucho para decidirlos: los
exaltó, organizó en secreto la espedicion, y vino á la primera
oportunidad sobre estos muros. Era de noche: el cielo estaba cerrado; la
lluvia azotaba los techos de la ciudad dormida. Lleno de fé en su
empresa, se adelanta el audaz cristiano hácia el barrio de Oriente,
escala en silencio los adarves, degüella las guardias, se estiende por
las calles, se atrinchera, se prepara para resistir los ataques que le
darán probablemente al asomar el alba. Seguro ya de su conquista, envía
en tanto mensageros á Alvaro Perez, al rey, á cuantos podian hacer que
no quedase ineficaz su temerario empeño.

Rayaba apenas el dia, cuando, sorprendidos los habitantes de la ciudad,
tomaron las armas y acometieron á los invasores. Larga y reiterada fue
la lucha, pero inútil. Las fuerzas cristianas lejos de menguar
crecieron: crecieron por de pronto con el socorro de Alvar Perez, poco
despues con el del rey, que, no bien tuvo noticia del suceso, dió la
vuelta para esta ciudad sin aguardar á que se reuniese su ejército bajo
sus banderas. ¿Cómo no habia de empezar á desfallecer una ciudad
estenuada por tantos sacrificios? Disputábanse á la sazon el imperio de
la España Arabe Abu Zeyan, Aben-Hud, Mohammad Al-hamar el fundador del
reino de Granada: reconociéndose débil para luchar sola contra sus
enemigos, dirigió los ojos á Aben-Hud, le escribió, le suplicó que no la
dejase abandonada en medio de tan gran peligro.

Aben-Hud, aunque ambicioso, era de noble corazon: no se hizo ni pudo
hacerse sordo al llamamiento de una de las primeras ciudades de su
patria. Pospuesto todo interes personal, se dejó caer sobre la ciudad
con el grueso de su ejército. La encontró medio cercada; mas no por esto
cejó; antes se mostró dispuesto á combatir hasta que S. Fernando
levantase el sitio. Iba á trabar el primer asalto contra los reales
enemigos, cuando le ocurrió, sin embargo, un pensamiento que detuvo sus
ímpetus guerreros. «Ciudades como Córdoba, dijo, no se sitian con
escasas tropas ni sin esperanzas de buen éxito: ¿de qué servirá empeñar
una lucha en que he de salir vencido? La ruina de la ciudad producirá la
mia; Murcia caerá; el poder del Islam llegará al borde del abismo.
Millares de creyentes confian en mi espada: ¿me espondré á perderla en
defensa de una ciudad que salvaré hoy y morirá mañana? ¿en defensa de
una ciudad sobre la cual pesa hace siglos la mano de un fatal destino?»
Quiso cerciorarse de las fuerzas de que disponia S. Fernando, y
aumentaron sus temores. Un caballero cristiano que militaba en sus filas
y á quien confió esta mision, deseoso de reconciliarse con su rey,
exageró el número de los enemigos, y pintó no solo peligroso, sino hasta
quimérico el proyecto de atacarlos. «Vais á morir, le dijo á Aben-Hud:
vais á sacrificaros en vano por una ciudad que está condenada desde
mucho tiempo á los horrores de la servidumbre. Murcia os proclama emir;
Valencia os ofrece una corona; si venceis á Al-hamar, es vuestro todo el
pais de Andalucía: ¿qué puede importaros, atendido vuestro brillante
porvenir, una ciudad que ya no es mas que un nombre? Id y recoged los
restos del imperio de los Abd-el-rhamanes; restableced la unidad,
agrupad en torno vuestro á cuantos se sienten aun decididos á sostener
la causa del Profeta: no tardareis en derribar de un soplo la obra de
Fernando ni en enarbolar vuestros estandartes vencedores hasta en el
mismo alcázar de Toledo.» Aben-Hud, aunque con gran pesadumbre suya,
cedió á las falsas palabras del cristiano. «¡Cuán triste es tu suerte!
esclamó: ¡no te queda mas recurso que sucumbir, desdichada ciudad! pero
confio en que han de brillar para ti mejores dias. No querrá Dios que
yazga por mucho tiempo esclava la que ha sido el segundo templo del
Profeta.»

S. Fernando, apenas se vió libre de Aben-Hud, no dudó un instante mas de
la victoria. Multiplicadas de dia en dia sus fuerzas con las huestes que
afluían á su campamento, comprendió cuán facil era triunfar de la ciudad
sin verter sangre: estrechó el sitio, imposibilitó toda salida, y esperó
con calma que los mismos cercados fuesen á sus pies á deponer las armas.
Desmayó el pueblo cordobés; mas no perdió aun del todo la esperanza.
Recordó sus antiguas glorias, su poder, el respeto que su nombre
infundia á todas las naciones, y se resistia á creer que no hubiese
siquiera quien por el interes general de los árabes pasase á socorrerle.
Olvidaba el infeliz que ya no habia en toda la España musulmana ni un
solo estado que pudiese aventurarse á luchar con las tropas de Castilla,
ni un solo cadí que supiese acallar su ambicion en beneficio de su
patria. Confió, pero sin fruto: vió que todos los dias se aumentaban sus
enemigos, nunca sus soldados. Falto de víveres y sobre todo de un gefe,
fue pasando de la abundancia á la escasez, de la escasez al hambre, del
hambre á la anarquía. No pudo, al fin, sufrir mas: tuvo que apelar á la
piedad del vencedor, y hasta en ese momento fue el mas desdichado de los
pueblos. No obtuvo de él sino la vida, no obtuvo siquiera el derecho de
permanecer en sus hogares, de conservar su hacienda. No quedó ni un solo
musulman en Córdoba despues que hubo entrado en ella S. Fernando: todos,
absolutamente todos fueron condenados á la proscripcion y á la miseria.
El rey llevó el rigor hasta el estremo de no consentir que saliesen sino
con lo que pudiese cada cual llevar consigo. ¿Qué hubiera hecho mas si
hubiese debido conquistar la ciudad á fuerza de armas?

Estoy oyendo tus gemidos, Córdoba; estoy viendo las lágrimas que brotan
de tus ojos, ¡Qué dia de desolacion para tí aquel terrible dia! Mientras
tus árabes te dejaban en silencio, tus enemigos te ocupaban entonando
cánticos de triunfo. Tus alcázares fueron saqueados; tus templos
profanados; violados los hogares de tus hijos. Tu mezquita fue
consagrada á otro Dios, invadida por soldados y sacerdotes de Cristo. La
voz del muezin dejó de animar tus minaretes; la del rudo africano, tus
torreones. Hablaste y no te comprendieron; te hablaron y no
comprendiste. Tus escuelas quedaron para siempre cerradas; tus baños,
secos; tus palacios, desiertos. Estabas aun radiante de hermosura; mas
tu hermosura no bastó para conmover á tus vencedores. ¿Qué se hicieron
tus encantados palacios de Medina Azarah ¿qué tus embalsamados jardines
de la Rusafa, donde plantó su palma Abd-el-rhaman I[2]? ¿qué tu
biblioteca de Merwan, tesoro de la ciencia y la poesía de tus ilustres
hijos? Nada respetaron en tí los invasores: no satisfechos con haber
despoblado y talado tu campiña[3], con haber desterrado á todos tus
creyentes, con haber llevado la espada hasta el interior de tus
santuarios, destruyeron uno á uno tus monumentos complaciéndose en hacer
saltar á hachazos tus ricas techumbres de cedro y tus paredes de oro.
Salvaste de la destruccion comun tus viejos muros[4]; mas para tu
castigo: ¿quién entre los árabes se ha de atrever ya á venir sobre
ellos para restituirte al seno del Profeta? Desciñe tu bello turbante,
sultana del Guadalquivir: ni derecho tienes ya para llamarte mora. Te
han hecho cristiana; y cristiana serás mientras dure en la tierra el
poder de la cruz. Es inútil que alientes en tu pecho la esperanza:
inútil que en el silencio de la noche cuentes tus pesares á las aguas
del rio para que las refieran á tus hijos: inútil que pretendas leer en
tu pasado un porvenir menos sombrío é infeliz que tu presente: verás
construir en tu seno sinagogas para judíos, basílicas para cristianos,
jamas una mezquita. No encontrarás eco ni en la ola que pasa ni en el
corazon de tus proscritos: sufrirás hoy mas que ayer; sufrirás mas que
hoy mañana. Has sido víctima de cuantos pueblos cayeron sobre tí: lo
serás en adelante, de las sangrientas parcialidades que nacerán entre
cristianos. No está cerrada aun la página de tus infortunios, desdichada
Córdoba.

Apoderado S. Fernando de esta ciudad, no fijó ni pudo fijar su
pensamiento sino en buscar medios para repoblarla. Redactó una carta de
fuero mas ámplia que las que se habian hasta entonces concedido[5], la
comunicó á todas las ciudades de Castilla, prometió y otorgó singulares
mercedes á cuantos se resolvieron á pasar á vivir en Córdoba con su
esposa y con sus hijos. Distribuyó tierras entre los principales
caballeros que le habian acompañado en la conquista, dió al concejo los
pueblos, aldeas y castillos que fueron sucumbiendo en la comarca[6].
Para mas animarla y asegurarla, convirtió la ciudad en centro de
operaciones militares; restauró la silla de Osio, de aquel famoso
prelado á quien cupo la gloria de haber presidido el primer concilio de
Nicea. Comprendia S. Fernando la gran dificultad que habia en conservar
una ciudad rodeada de enemigos; y estaba dispuesto á no perdonar
sacrificio alguno para traer á ella cristianos que tuviesen un interes
personal en defenderla. Logró irla poblando; pero lentamente, tan
lentamente que tres siglos despues habian los reyes de conceder
privilegios á los que prometiesen habitar en ella por espacio de veinte
años[7]. Dícese que en tiempo de Abd-el-rhaman III contenia esta ciudad
doscientos mil vecinos[8]: ni siquiera una décima parte ha llegado á
contener despues á pesar de los esfuerzos hechos por los monarcas de
Castilla.

La favorecieron muy poco los sucesos para que pudiese volver al estado
en que la dejaron los Abd-el-rhamanes. D. Alfonso el Sabio vino con el
rey de Marruecos á cercarla contra el infante D. Sancho, que había
entrado pocos dias antes en ella con su esposa D.ª María de Molina: tuvo
al fin que levantar el sitio, pero despues de haber talado sus
alrededores[9]. Talólos años despues el rey D. Pedro, al ver que ni con
el ausilio de Mohammad de Granada habia podido arrancarla á D.
Enrique[10]. La peste diezmó horrorosamente á sus hijos al empezar el
siglo XV: acabó con mas de veinte mil en el espacio de tres meses.
Sobrevinieron graves disturbios en los reinados de Enrique III y Juan
II; y fue sacrificada ya por el uno ya por el otro bando[11]. Siguieron
tras aquellos tristes acontecimientos las escandalosas guerras civiles
entre Enrique IV y sus hermanos; y se vió destruida y ensangrentada por
los mismos habitantes. Los Reyes Católicos le arrebataron sus mejores
soldados para la conquista de Granada; el tribunal del Santo Oficio
consumió parte de la poblacion en los tormentos y la hoguera[12]. Los
judíos, que ya en el siglo XIV habian sido inhumanamente acuchillados
por el pueblo, la abandonaron á poco en virtud de una orden que solo
pueden cohonestar las circunstancias especiales en que se encontraba á
la sazon una nacionalidad, apenas constituida por otro principio que por
el de la unidad de sentimientos religiosos. No sufrió poco bajo los
reinados de Carlos y Felipe: el peso de los tributos llegó á hacerse
insoportable; y hubo familias enteras que atravesaron para no volverlo á
pisar el umbral de sus hogares. La emigracion voluntaria fue tan grande,
que los reyes se creyeron obligados á otorgar nuevas mercedes á los que
viniesen á poblarla. No podemos menos de recordar con dolor la terrible
carestía que la afligió á mediados del siglo XVII: como si tantas
calamidades políticas no bastasen aun para abatirla, castigóla Dios con
este nuevo azote. El hambre llegó á tal estremo, que armados los
ciudadanos en número de diez mil, se arrojaron á la calle y forzaron los
graneros de los particulares. Cuentan que se encontraron casas donde
habia hasta cuatro mil arrobas de harina corrompida: ¿con qué razon se
hubiera podido castigar á un pueblo hambriento que á la vista de tan
lamentable espectáculo hubiese desplegado todo el furor de su venganza?

Desangróla en el siglo XVIII la guerra de sucesion: en el XIX, la guerra
con la Francia. En la última sobre todo padeció mucho esta ciudad de
Córdoba. Supo apenas los sucesos del 2 de mayo en Madrid, cuando
pretendió ya sublevarse. El 10 secundó abiertamente la insurreccion de
Sevilla; el 11 estaba armándose; el 7 de junio batiéndose en el puente
de Alcolea. Desdichada como siempre, tuvo que volver la espalda al
enemigo. Cerró apresuradamente sus puertas; mas para capitular, no para
defenderse. No bien vió á Dupont frente sus muros, le envió á uno de sus
principales hijos para negociar su entrega. Temia ver pasar sobre sí la
espada de un vencedor que debia sentir naturalmente el deseo de imponer
con los horrores de un asalto á una nacion rebelde; y estaba en
transigir bajo cualesquiera condiciones antes que esponerse á ser
entregada al saqueo y la matanza. Fue tal su desventura, que ni aun asi
pudo evitar lo que temia. Habia empezado á entrar en pláticas con los
franceses, cuando, bajo pretesto de algunos tiros disparados desde la
muralla, apuntaron aquellos sus cañones contra la Puerta Nueva, y
entraron de repente en la ciudad hiriendo y matando sin compasion hasta
á los indefensos que acertaban á cruzar las calles. Un cordobés, que no
pudo mirar con sangre fria la entrada de los enemigos, hirió á Dupont
desde uno de los balcones de su casa; encendiéronse mas y mas en ira los
franceses; y saquearon templos, palacios, edificios privados, oficinas
públicas, cuanto podia satisfacer su sed de oro y de pillage. Ha sufrido
Córdoba en todos tiempos; pero raras, rarísimas veces como en esos tres
dias de horror en que estuvo á merced de una soldadesca cuyo corazon
estaba endurecido por las sangrientas escenas de cien campos de batalla.
¡Pobre ciudad! ¿cuándo será que concluyan para ella tan amargas
desventuras? Idólatra, cristiana, mora, ¿siempre habrá de gemir abrumada
por los infortunios? Los dioses del Olimpo no pudieron salvarla del
furor de César: el Profeta la ha visto morir sin tenderle una mano desde
su sepulcro: Cristo la ha entregado al hambre y á la peste cuando no la
ha envuelto en los horrores de la guerra. Su destino ha sido el mismo
bajo todas las religiones; y ella sin embargo ha sido bajo todas
creyente.

No acabaron aun aqui sus tristes vicisitudes: las guerras civiles que
han desgarrado posteriormente el seno de nuestra patria han sacudido
sobre ella sus funestas alas; y la han cubierto tambien de luto, de
dolor, de ruinas. Quisiéramos recordarlas; mas brota aun sangre de tus
heridas, desventurada Córdoba, y tememos acibarar con negros recuerdos
tus inmensos males. ¡Paz, Córdoba, paz! perdona si hemos venido quizás á
interrumpir tu sueño con tan lúgubre historia.

Tenia ya tanto interes para nosotros lo pasado de esta ciudad de
Córdoba, que sentíamos ir apurando los grandiosos hechos que lo
constituían. Asomaba la aurora, y teníamos aun embargada la imaginacion
por los recuerdos. Nuestra curiosidad artística habia llegado á
desvanecerse: no buscábamos ya con los ojos esos monumentos en que ha de
estar encerrado el genio de otros siglos; buscábamos los objetos en que
podia estar vinculada una serie de acontecimientos; buscábamos la
biblioteca de Merwan, la palma del primer ommyada, el plátano de César.
La biblioteca, la palma, el plátano no existen: ¿cómo al convencernos de
que habian desaparecido podiamos dejar de caer en el abatimiento y en la
melancolía? Tantas calamidades, nos dijimos, habrán minado esta ciudad
hasta por sus cimientos: ¡ay! ¿quién sabe si habrá siquiera vestigios de
los pueblos que han venido á chocar y á destruirse en ella? Empezamos á
distinguir las formas de las torres: en ninguna vimos ni el magestuoso
sillar de los romanos, ni el ajimez esbelto de los árabes, ni la
entallada cimbra bizantina, ni la aguja gótica. Teníamos á la espalda la
mezquita de los Abd-el-rhamanes, y no nos era dado descubrirla: perdimos
la esperanza. Entre los techos de la ciudad apenas aparecia mas que el
estremo de algun roseton, uno que otro muro ennegrecido por los siglos y
los árboles que dan frescura y sombra á algunos patios: ¡ah! repetimos
con dolor: ¿nada de lo pasado guardará al fin esa Córdoba tan decantada
por la historia y la poesía?

La inquietud se apoderó nuevamente de nuestra alma; y recorrimos con
afan la ciudad. Nos hallamos por mucho tiempo en un laberinto de calles
á cual mas estrechas y tortuosas que van, vienen y se cruzan en todas
direcciones. La desigualdad del piso, el humilde aspecto de las casas,
la escasa animacion que reinaba en todas partes llamaron por de pronto
nuestra atencion: nos parecia que estábamos en una de esas villas
puramente agrícolas en que los habitantes dejan la poblacion por la
campiña al primer crepúsculo del alba. Levantábamos á cada paso nuestras
miradas esperando siempre que en alguna de aquellas modestas fachadas
habiamos de dar con líneas propias de otra civilizacion, hijas de otro
pueblo; mas inútilmente, ni el color siquiera permitia apreciar en
muchas la huella de los siglos. Hay en Córdoba, como en casi toda la
Andalucía, la costumbre de blanquearlas: costumbre detestable para el
que pretende leer en las piedras la historia del arte y el carácter
general de las naciones.

Existen en apartadas y silenciosas calles palacios en cuyas paredes
estan escritos grandes recuerdos y sangrientas tradiciones; mas estan
lejos de respirar la severa grandeza de los que vimos en algunas
ciudades del reino de Granada. Son casi todos frios, monótonos, sin
colorido local, sin arte, sin poesía. Abandonados desde hace muchos años
por las familias que los fundaron, unos estan ya medio caidos, otros
amenazando ruina, los mas invadidos por la tristeza y el silencio. Del
que suponen haber pertenecido al Gran Capitan no queda ya mas que una
portada; de otros no menos notables han desaparecido hasta los restos.
Los hay entre los que permanecen en pie que presentan aun brillantes
líneas del Renacimiento; mas ni uno siquiera que refleje la mano de los
siglos medios. Hemos buscado en vano los que fueron elegidos por los
caballeros de la corte de S. Fernando: no hemos encontrado ni los
sepulcros de tan ilustres héroes. Hablan poco á los ojos y menos aun á
la imaginacion estos palacios: no llevan escritos en el esterior de sus
paredes ni los hechos de su época. Una leyenda antigua nos hizo
preguntar con interes por el de los condes de Cabra: esperábamos hallar
en él algo de sombrío, de misterioso, de siniestro; mas nada,
absolutamente nada vimos que pudiera traer á la memoria el horror de
aquella noche en que ciego de cólera uno de los condes por la
infidelidad de su esposa, pasó de una sola estocada á los adúlteros,
mató á criados, pages, escuderos, doncellas, amas, y al fin hasta el
negro que le acompañaba[13]. No solo no es ya posible distinguir en él
la pálida y desencajada sombra del marido; no solo no es ya posible
percibir el lastimoso eco de las víctimas; su fachada, sus patios, sus
salones parecen estar encargados de desmentir á los que le han hecho
teatro de tan espantosa escena. Es grande su soledad y aislamiento; pero
¿difiere acaso en esto de los demas palacios?

Hay pocas ciudades cuyo conjunto revele menos su pasada gloria que el de
la ciudad de Córdoba. En otros pueblos, ya que no se conserven los
palacios de los conquistadores, descubre á cada paso el viajero aun en
las casas mas humildes, acá una hermosa ventana gótica por cuya
entallada ojiva trepan las hojas de la enredadera y de la yedra, allá un
lindo ajimez árabe tras cuya transparente celosía se cree distinguir
aun el animado rostro de una gallarda mora, acullá un sillar romano
donde estan entalladas en caractéres ya medio borrados las hazañas de
los que mas engrandecieron el antiguo Imperio; en Córdoba se observa
cuando mas á lo largo de sus calles una que otra galería construida en
nuestros tiempos, uno que otro ventanage historiado, bello solo por su
aspecto pintoresco. La arquitectura ojival no desarrolla algunos de sus
encantos sino en las fachadas y rosetones de templos medio bizantinos
edificados al parecer sobre un mismo prototipo; la arquitectura oriental
no ostenta la belleza de sus formas sino en la mezquita, en parte de los
muros, en el interior de un escaso número de edificios, en el fondo de
costosos acueductos abiertos en la peña por manos de cautivos; la
arquitectura romana no guarda sino algunas de sus piedras en los
cimientos de la fortificacion y en el interior de algunos monumentos.
Asoman en el esterior de una que otra torre algunas líneas árabes; pero
no son mas que una imitacion no son mas que reminiscencias de otras
épocas.

El viajero que recorra por primera vez la ciudad de Córdoba y desee
apreciarla en conjunto apenas puede hacer mas que ir siguiendo sus
murallas, cercadas aun de gigantescos torreones almenados entre los
cuales se ocultan estrechas puertas defendidas por recias barbacanas.
Álzase junto á ellas, en el interior, la vasta mezquita de
Abd-el-rhaman, á cuya espalda abre un S. Rafael sus alas de oro sobre un
monumento de bruñidos y esquisitos jaspes: corren, en el esterior, las
aguas del Guadalquivir bajo el famoso puente reedificado por Hescham, á
que sirven de apoyo el castillo de la Calahorra y la puerta de Sevilla;
descuellan no lejos de aqui sobre el mismo adarve las macizas torres del
alcázar de Alonso XI, edificado en 1328 al pie de las ruinas de otro
palacio de que no existen sino tristes restos y fúnebres memorias[14].
Las frondosas y estensas alamedas del campo de la Victoria estienden
algo mas allá las sombras de sus ramajes sobre gran parte de sus negros
y elevados cubos; la torre de la Malmuerta[15], construida á fines del
siglo XV, cubre otras mas allá con el misterioso velo de la tradicion y
la poesía.

[Illustration: PUERTA DE SEVILLA.

(_Córdoba._)]

Crecen á espaldas de esta torre vastas y deleitosas huertas cuyos
cuadros matizados de flores verdean agradablemente bajo la sombra de
árboles frutales; estiéndese tras estas huertas la Arrizafa, el ameno
vergel en que suponen lloró Abd-el-rhaman I recordando á la vista de una
palma el suelo de su patria. Conserva ya este lugar escasos vestigios de
lo que ha sido un dia; mas no deja de tener aun interes, ora se atienda
á su pintoresca posicion en una de las vertientes de la Sierra, ora al
realce que le dan las frondosas arboledas de los cerros de cuyo fondo se
destaca, ora al espectáculo que desde alli presenta la ciudad cuando el
sol no ha logrado disipar aun la neblina en que está ligeramente
envuelta, ora á las ideas que inspira la memoria de haber sido
enterramiento[16], ora por fin á que corren debajo de ella entre paredes
de estaláctitas aguas puras y cristalinas que brotan gota á gota del
seno de las peñas[17]. Detras de la Arrizafa corren á lo largo las
faldas de la Sierra, coronada de pinos: allá en las faldas mismas
blanquea entre los bosques una que otra ermita: ¡ah! el corazon se
ensancha al ver tanta belleza, al contemplar tan deliciosa soledad, tan
dulce calma. El arroyo de las piedras que corre por un áspero cauce
entre orillas cubiertas de lozanos y fecundísimos olivos, la tranquila
Fuen-Santa, pequeña capilla que alza sus modestos muros en medio del mas
seductor paisage, la vista del imponente Guadalquivir que se desliza
magestuosamente al pie de la ciudad besando sus murallas, una que otra
escena campestre acaban de embellecer sus alrededores, donde pueden á
cada paso espaciarse los sentidos descubriendo entre lejanos
montes pueblos y castillos en cuyas coronas de almenas estan incrustados
los recuerdos de diez siglos. Desde cada altillo puede uno considerar en
conjunto la ciudad, puede verla levantando al cielo las torres de sus
baluartes y sus templos, los álamos de sus paseos y sus patios, los
desiguales techos de sus casas, sobre los cuales cree uno aun distinguir
en pie las sombras de sus antiguos héroes. Descúbrese principalmente la
ciudad desde algo mas allá del castillo de la Calahorra[18], á la otra
parte del Guadalquivir, á corta distancia de su árida ribera. ¡Qué bello
conjunto el que desde alli se ofrece! Figura en primer término la parte
posterior del castillo: mas allá el puente[19]: al fin del puente la
severa puerta de Sevilla, atribuida á Juan de Herrera[20]: á la derecha
de la puerta el ábside de la gran mezquita, á la izquierda el palacio
episcopal y el triunfo[21], en el fondo la Sierra, á nuestros pies el
rio rugiendo entre las ruedas de un molino árabe: no puede darse ya en
Córdoba un grupo que mas imponga, ni una vista que mas cautive.

[Illustration: CÓRDOBA DESDE EL CASTILLO DE LA CARRAHOLA]

Mas basta ya de generalidades: empecemos á describir los monumentos.



Capítulo segundo.

_Catedral de Córdoba._


Es ya sabido que Abd-el-rhaman, último resto de la familia de los
Ommyadas, fué quien declaró la España independiente de los califas de
Damasco. Deseoso de robustecer su nuevo imperio, no solo trató de romper
las relaciones civiles y políticas que habian enlazado hasta entonces el
oriente con el occidente, sino que hasta se propuso cortar las que los
preceptos del Coran hacian hasta cierto punto indispensables. «La
peregrinacion al templo de la Meca, dijo, es fácil que recordando
constantemente á mis árabes su orígen, les haga suspirar un dia por
volver á vivir bajo la sombra de los que se llaman descendientes del
Profeta: urge que detenga esta peligrosa emigracion, concentrando sobre
otra mezquita el ardor de mis creyentes. Los ya despedazados monumentos
de Mérida acaban de llenarme de asombro: levantaré una djama con las
ruinas de los antiguos templos, y dejaré atrás en grandeza y en
magnificencia la de Jerusalen, la de Bagdad, la de la misma capital de
los califas. Convertiré mi mezquita en una segunda Meca, y haré que el
árabe devoto venga desde las mas apartadas regiones del Asia á adorar el
libro santo que encerraré bajo la rica techumbre del santuario. Mi djama
reclamará pronto un califa; tomarán mis hijos este título; y la cuestion
entre oriente y occidente quedará para siempre terminada. Nuestra
constitucion está basada toda sobre el principio religioso: mis pueblos
se acostumbrarán á no ver mas allá de mis hijos sino el ojo de Alá y la
espada del Profeta.»

Cuentan que Abd-el-rhaman concibió y estendió por sí mismo el plan de
esta mezquita; que despues de haber mandado derribar un templo godo
construido sobre las ruinas de otro gentílico consagrado á Jano, puso él
mismo la primera piedra de la nueva fábrica y dedicó una hora diaria á
levantarla con sus propias manos; que derramó el oro á manos llenas; que
no perdonó sacrificio para que se la edificara con rapidez, con
suntuosidad, con toda la riqueza con que se la habian hecho trazar su
fervor religioso y su poética y brillante fantasía: todo revela la
importancia que tenia á sus ojos una construccion que, á no ser creada
como instrumento político, hubiera debido revelar las circunstancias de
una época en que la nueva monarquía estaba aun vacilante, el poder de
los emires era débil, la poblacion de Córdoba, recien convertida en
capital, escasa é incoherente.

Empezóse la obra en 786. En 787, año del fallecimiento de su fundador,
estaba ya muy adelantada. Hescham, hijo y sucesor de Abd-el-rhaman, la
continuó: comprendió al parecer el pensamiento de su padre, y no alzó la
mano hasta que la dejó concluida. Lo estaba ya en 796, diez años despues
de haber echado sus cimientos. Ignórase cuáles fueron á punto fijo las
cantidades invertidas; mas se sabe que Abd-el-rhaman llevaba ya gastadas
á su muerte cien mil doblas de oro, que Hescham destinó á solo el
embellecimiento del templo cuarenta y cinco mil que le tocaron del botin
de una batalla, que la ciudad de Córdoba mantuvo á sus espensas los
obreros, que otras ciudades contribuyeron con subsidios: no es difícil
calcular á qué enorme total ascenderia la suma de sus gastos. Puede ser
considerada con razon como la obra de todo un pueblo esta mezquita: es
la primera que los árabes conciben y crean en España, es la en que por
primera vez revelan su poder, su saber, sus sentimientos.

Constaba entonces el templo de solas once naves, diez menores y una
mayor terminada al norte por una capilla llamada Mihrab donde entraba el
creyente á la escasa luz de las lámparas para adorar el libro santo de
Otman y dar siete vueltas al rededor, hincado de rodillas. No tenia aun
ni bellos minaretes ni soberbios patios; no ostentaba aun en su interior
esa magnífica capilla de Villaviciosa donde es fama que se reunian los
imanes para interpretar las leyes del Profeta[22]; no deslumbraba ni
imponia aun al fervoroso musulman con los mármoles, los mosáicos, los
colores, la rica y caprichosa pedrería del santuario. Grave, severo como
todo lo que lleva sobre sí el sello teocrático, no presentaba aun mas
que calles de columnas con capiteles medio bosquejados, sobre cuyos
arcos de herradura descansaban techumbres de madera. Ofrecia ya en el
esterior el aspecto de una fortaleza: estaba circuido de muros y
torreones almenados, tenia entre cubo y cubo puertas que abrian paso
hácia otras tantas naves; mas no habia ocultado aun el adusto semblante
de sus paredes bajo esa caprichosa decoracion que corre hoy en torno de
sus ajimeces, y se estiende como una red sobre el area de sus arcos
ultrasemicirculares, sobre los dinteles de sus puertas, sobre los
suntuosos recuadros en que se desarrollan todas sus hermosas y elegantes
curvas.

Abd-el-rhaman III fue el que levantó su mas gallardo minarete y
embelleció su patio[23]: El-Hakem II, el que revistió el Mihrab de esos
innumerables y riquísimos detalles que le constituyen hoy uno de los mas
acabados y seductores conjuntos que puede presentar la arquitectura del
oriente. Cuando el reinado de El-Hakem, habia ya tenido lugar en Córdoba
la recepcion de aquellas brillantes embajadas enviadas por los
emperadores de Bizancio: las huestes árabe-españolas habian hecho
estremecer el Africa al sangriento choque de sus armas vencedoras; la
Europa entera fijaba aqui los ojos conociendo que habia de partir de
aqui la civilizacion de pueblos sumidos aun en la ignorancia y la
barbarie. Las relaciones con todos los estados y sobre todo con el
imperio de Constantinopla, el cambio recíproco de conocimientos á que
habian dado orígen estas mismas relaciones, el lujo creado y fomentado
por las incesantes victorias alcanzadas en dos vastos continentes, la
inteligencia y el delicado gusto del monarca cuya mano estaba siempre
abierta para coronar de favores á todos los que se acercaban á los
umbrales de su palacio con los inmarcesibles laureles del arte ó de la
ciencia, todo contribuyó entonces á que se fuese cubriendo de oro, de
magnificencia, de hermosura, un monumento que por su naturaleza y por la
del pueblo que lo habia construido estaba destinado á ser la espresion
mas fiel y mas legítima de todos los adelantos de los árabes. Decoróse
entonces no solo su Mihrab, sino sus puertas principales: el arte
bizantino se apoderó de él como de un campo conquistado; y esplayó asi
sobre el interior como sobre el esterior sus kaleidoscópicas y
complicadas formas.

Era ya esta mezquita en el reinado de El-Hakem bella, arrogante,
grandiosa como ningun otro monumento; mas no tardó, á pesar del vasto
espacio que ocupaba, en ser incapaz de satisfacer las necesidades
religiosas de aquel pueblo. Voló su fama por las naciones sujetas al
poder del islamismo; y se llenó de peregrinos que vinieron á visitarla
desde los mas apartados límites del mundo. Córdoba creció todos los dias
mas y mas ya con la afluencia de árabes asiáticos, enemigos de los
Abassydas, que deseaban acogerse bajo la sombra de sus antiguos reyes,
ya con la de árabes españoles rechazados por la temible espada de los
príncipes cristianos, ya con la de africanos enemigos de la paz que
traspasaban el Estrecho aterrados por las luchas que ensangrentaban sin
tregua el suelo de su patria, ya con la de hombres á quienes el amor al
arte y á las letras traía á respirar el aire de esta universidad y este
palacio, impregnado todo de ciencia y de poesía: no bastó la mezquita
para tanta poblacion, y se hizo una necesidad absoluta el ensancharla.

Almanzor, hadjib de Hescham II, se propuso llenar este vacío. Mandó que
se construyeran otras ocho naves: dispuso que junto á la mayor, á corta
distancia del Mihrab se levantase una capilla en que pudiesen reunirse
los imanes.--Es ya sabido quién era este Almanzor: casi todas las
ciudades del norte y oriente de España conservan aun tristes recuerdos
de su lanza irresistible: casi todos los campos de Castilla fueron
removidos con furor por sus batallas. Llevaba encadenada á sus banderas
la victoria: no regresaba á la corte sino cargado de botin, lleno de
despojos, de tesoros.--Aumentaba asi en Córdoba la riqueza al mismo paso
que el vecindario; y se hacia fácil la construccion de toda obra
pública, por mas que exigiese grandes sacrificios.

Aconsejaba la euritmia del conjunto que se repartiesen por igual las
ocho naves al uno y otro lado de las que ya existian; mas no lo permitió
desgraciadamente la proximidad del alcázar de los califas, cuya inmensa
mole se estendia tambien al pie del Guadalquivir, al occidente de esta
gran mezquita. Tuvo que hacerse el ensanche solo por la parte de
oriente; y esta circunstancia es fácil comprender cuánto no habia de
quebrantar la unidad y la armonía. El Mihrab dejó de estar en el centro;
la puerta principal dejó de ser el estremo del eje mayor del edificio;
las ocho naves, por necesarias que entonces fuesen, no pudieron menos de
parecer una añadidura, y, mas que añadidura, una superfluidad, una
escrescencia. No ganó la mezquita en el ensanche: perdió: perdió en
hermosura, en gracia, en buen efecto.

Perdió aun mucho mas en la construccion de lo que es hoy capilla de
Villaviciosa. La falta de simetría, la interrupcion de la agradable
perspectiva que presentarian desde cualquier punto de vista las
columnas, la pérdida de la grave y religiosa sencillez que constituía
antes el encanto de tan vasta fábrica, estan apenas compensados por las
gallardas curvas y las acertadas combinaciones de líneas de la nueva
obra. Templos tan inmensos y de tanta significacion para la historia de
las artes desea el espectador abarcarlos en conjunto, verlos en toda su
estension, admirar de una ojeada toda su grandeza. Cuanto perjudica la
impresion total es una verdadera fatalidad para estos monumentos, lo es
aunque reuna en sí las mas brillantes cualidades.

Dudan algunos de que esta capilla pueda ser atribuida ni aun al siglo de
Almanzor, por quien la suponemos fundada; mas estamos íntimamente
convencidos de que no cabe siquiera lugar á tales dudas. Júzgase
generalmente de su época por las molduras interiores; y esto es á
nuestro modo de ver una falta censurable. Las molduras interiores, del
mismo modo que los alicatados, pertenecen cuando mas á la época en que
fué edificado el alcázar de Granada[24]: las paredes, los grandes arcos
de segmento abiertos en ellas, los ajimeces inferiores pertenecen
evidentemente á la primera época de esta arquitectura. Un simple cotejo
entre estas líneas y las del Mihrab bastarán mas tarde para demostrar
hasta la evidencia esta idea, que es para nosotros una verdad
incontestable.

Empezaron ya los mismos árabes á falsear el aspecto artístico de esta
gran mezquita; mas ¿qué fueron estas ligeras innovaciones para las que
hicieron algunos siglos despues, si no los conquistadores de Córdoba,
sus infaustos sucesores?--S. Fernando se contentó con purificarla y
levantar un altar provisional donde pudiese celebrar el triunfo de sus
armas; el obispo Mesa con apoyar respetuosamente en las columnas de las
naves occidentales una capilla cuyos restos han desaparecido sin dejar
huella ni haber lastimado en nada el monumento. Dicen si el mimbar ó
capilla de Villaviciosa sirvió en los primeros tiempos de sala de
consejos y despues de sacristía; pero nada tuvo que sufrir tampoco ni de
la mano de los concejales ni de los del cabildo. Tardó siglos en sufrir
mutilaciones este singularísimo edificio; mas ¡ay! ¡fueron bien crueles
los que ya por primera vez hizo en él la escuadra y el compás de los
cristianos! Corria el año 1521 cuando el obispo D. Alonso Manrique,
llevado esclusivamente de su celo religioso, concibió el fatal proyecto
de levantar en medio de la mezquita una capilla que pudiese rivalizar
con las mejores de aquel siglo. Comunicólo al cabildo, halló
desgraciadamente en él no solo proteccion, sino entusiasmo, y puso dos
años despues, en 7 de setiembre, la primera piedra de la nueva obra.
Quiso oponerse la ciudad; pero inútilmente. El emperador, que no habia
visto nunca la mezquita, tuvo que fallar la contienda; y falló... en
favor de D. Alonso. Tres años despues que pasó el emperador á Andalucía,
cuentan que al ver lo que se habia destruido dobló tristemente la cabeza
y manifestó un profundo sentimiento por haber otorgado su permiso; mas
¿de qué podian servir entonces sus estériles é infundadas quejas? ¡era
ya tarde![25]

Merece sin disputa alguna ser considerada esta capilla como una de las
mas acabadas creaciones del estilo plateresco: es bella, suntuosa,
abundante en riquísimos detalles, magestuosa, grande, obra llena de
verdad y de poesía; mas ¿cómo han de bastar todas sus dotes para atenuar
el dolor que producen en el ánimo del artista los recuerdos de lo ya
destruido? Llega uno á perderla de vista en el seno de aquel estenso
bosque de columnas: recorre el monumento, da con ella y siente palpitar
de ira el corazon al ver tal sacrilegio. ¿Qué? ¿no habia otro local en
Córdoba donde levantar esta capilla? ¿Cómo no fueron á sentarla sobre
las ya dispersas ruinas de otros monumentos? ¿no advirtió Alonso
Manrique que iba á profanar una mezquita respetada por las armas del
mismo S. Fernando? ¿una mezquita, única en su género, sin igual no solo
en España, sino en las opulentísimas ciudades del oriente? ¿una mezquita
que encierra en sí sola toda la historia del arte árabe, una mezquita
que es el mas bello álbum que nos legó un gran pueblo? ¡Ah! diria él:
¡es preciso que la cruz brille radiante de magestad y gloria en el
último templo del Profeta! ¡es preciso que desaparezca el carácter
marcadamente sensual del monumento! ¡es preciso que el viajero respire
en él solo el aire de la religion cristiana! No fué todo esto mas que
una ilusion; pero una ilusion funesta. No era posible, no lo es, no lo
será nunca cambiar el aspecto eminentemente oriental de esta mezquita.
La cruz del Redentor brillará siempre alli medio amortiguada por los
vivos reflejos del mahometismo; el viajero oirá con asombro bajo
aquellas bóvedas los cantos de la Iglesia. Acompañad á ese templo al mas
fervoroso creyente en Jesucristo sin decirle que aquella es la catedral
cristiana: entrará con la cabeza erguida y cubierta, levantará la voz,
no doblará nunca la rodilla. Admirará la obra del arte; y embebido en la
contemplacion de tantas maravillas, lo olvidará todo para pensar tan
solo en el Profeta. Estrañará ver apoyados en aquellas columnas altares
levantados á la memoria de los mártires: oirá con sorpresa los sonidos
del órgano, si por acaso hieren sus oidos antes que haya llegado á
descubrir la capilla de Manrique. Llegará á la capilla y maldecirá
instintivamente la mano del que se atrevió á destrozar asi la unidad del
templo. ¿Cómo podrá dejar de ver en ella un espantoso anacronismo, una
planta exótica, un delirio artístico? ¡Que los que hayan tenido la
suerte de visitar esta mezquita recuerden la primera impresion que
recibieron! ¿Quién despues de haber visto las naves árabes, el mimbar,
el santuario del Coran, ha podido fijar jamás los ojos en las
innumerables bellezas que cuenta la capilla? Cuando ha querido hacerse
cargo de ellas y estudiar uno á uno los detalles, ¿no ha debido acaso
hacer abstraccion de la mezquita, y concentrar toda su fuerza de
atencion en la obra de D. Alonso?

La mezquita de los Abd-el-rhamanes no era susceptible de modificacion: ó
debia ser destruida ó conservada por el sacerdote cristiano en toda su
pureza. Comenzó, empero, á inutilizarla un prelado tan lleno de celo
religioso como de ignorancia artística; y desde entonces ¡qué de
profanaciones! ¡qué de absurdos! ¡Ay! ¿quién sabe si la exagerada fé de
otro prelado llegará un dia á querer destruir las paredes del santuario
musulman para erigir un altar bajo su concha de alabastro? ¡Quién sabe
si para acabar de hacer triunfar el cristianismo sobre el islamismo hará
saltar los ricos mosáicos que cubren los brillantes muros del vestíbulo!

¡Mezquita para siempre célebre! ¡mezquita levantada y frecuentada por
emires y califas! ¡mezquita por cuya pérdida lloran aun bajo su cielo
oriental los que creen en Alá y en su Profeta! ¡mezquita á que han
venido á inspirarse ya tantos poetas y á estudiar tantos artistas!
¡Salud! Un viajero desconocido va á atravesar con respeto tus umbrales y
á revelar tus encantos á las generaciones presentes y futuras. Eleva su
lenguaje al par de tu belleza, evoca ante él todas tus glorias y
recuerdos, enardece hasta donde puedas su corazon, exalta hasta donde
quepa su humilde fantasía. La pluma se estremece en su mano al
contemplarte en toda tu grandeza, y necesita de todo tu favor para no
sucumbir en tan árdua y aventurada empresa. ¡Que el genio de creacion y
de armonía que te construyó dirija mis acentos! ¡que sea yo quien
escriba! ¡que seas tú quien dictes![C]

Huyen á mi extasiada vista de repente todas las importunas
construcciones, reformas y mutilaciones consumadas por el fervoroso celo
de los cristianos triunfadores para convertir en templo del Crucificado
la suntuosa aljama; renueva mi enardecida mente las deslumbradoras
escenas de la dominacion del Islam en la mas florida region de España, y
llegan á mi embelesado oido los mágicos acentos que Azazil[26] dirigió
sin duda al hijo de los califas[27] Abde-r-rahman ben Moavia, cuando á
los treinta y un años de haber derrotado al rebelde Jusuf el Jehri en la
famosa batalla de Musara, robustecido ya su poder con otras insignes
victorias, hechos tributarios los cristianos de Castilla[28], desarmados
los sediciosos walís de las provincias, y dilatada la fama de su
fortaleza, de su clemencia y de su justicia desde la aterrada
Cairvan[29] hasta la amedrentada corte de Carlomagno[30], resolvió
poner un espléndido sello á las obras aceptas al Todopoderoso, que hasta
entonces habia llevado á cabo, erigiendo en su deliciosa Córdoba una
casa de oracion que le asegurase un puesto en el Paraiso. Recorro aquel
encantado bosque de columnas, silencioso y sombrío como las poéticas
florestas del Eufrates; respiro la fragancia del ámbar y del aloe
quemado bajo sus incorruptibles techumbres de alerce, suave al
embriagado olfato como el aroma que exhala de sus verjeles la gran
ciudad edificada sobre las ruinas de Seleucia y Ctesifon reunidas;
báñome todo en la templada luz que por las naves difunden multitud de
lámparas reflejando en el terso pavimento, en los bruñidos jaspes de las
columnas y en las portentosas labores del santuario; no diviso ya ni
aquella catedral, obra de nazarenos, que un momento há se alzaba en
medio de la gran mezquita, interceptando mi vista ansiosa de abarcar su
primitivo conjunto; ni aquella multitud de capillas y altares, obra
indiscreta y confusa de todas las épocas y gustos reunidos, capillas y
altares odiosos al fiel muslim que ve erigidos en ellos otros tantos
ídolos; ni los infinitos sepulcros que profanaban la santa casa donde no
osó mandarse enterrar ningun Califa: veo la gran rival de las mezquitas
de Damasco, Bagdad y Jerusalen, restituida por ensalmo á su primitivo
destino, y dando al olvido mi orígen, mi siglo y mi fé, me encuentro
trocado en fervoroso y entusiasta islamita.

Por una rápida sucesion de recuerdos y sensaciones vive mi mente en
pocos instantes un período de dos siglos, y desde el reinado del ilustre
Omeya proscripto hasta el gobierno del altivo Al-Mansúr, todos los
timbres de gloria y grandeza de los hijos de Moavia que tienen relacion
con la célebre aljama pasan por ante mis ojos como fantásticos cuadros
de un largo delirio de sensualismo que quizá no volverá á reproducirse
en el mundo.

Oye, pues, amado lector, la historia probable de la gran mezquita, y
acoge con tu benevolencia acostumbrada la restauracion descriptiva que
te ofrezco de tan inestimable monumento, segun las tradiciones de los
que lo conocieron, ó intacto, ó menos desfigurado que está hoy.

Hallábase Abde-r-rahman en su predilecto palacio de Ruzafa. Aunque veía
por fin cumplidos los deseos de paz que siempre habia abrigado su
magnánimo corazon, la tristeza hacia inclinar su gloriosa frente, porque
en medio de uno de sus jardines se alzaba esbelta y gallarda una
solitaria palma que, como nacida en el Occidente, lejos de la region de
las palmeras, le traía á la memoria su propio destino.

Recordaba que él tambien vivia en un suelo estraño separado de sus mas
queridos Coraixis, desterrado del dulce clima de la Siria donde tan
alegremente habia trascurrido su primera juventud; deploraba el hado
fatal que le hacia enemigos los parientes y deudos á quienes habia
sacado de la proscripcion colmándolos en su reino de beneficios, hado
sangriento que le habia obligado á quitar la vida á dos de sus sobrinos
y á desterrar á Africa á su propio hermano Al-walíd, con cuyo auxilio,
si no hubieran sido ingratos y rebeldes, habria podido tal vez invadir
la Siria y lavar con la sangre de los aborrecidos Abbassides el polvo de
la proscripcion que afrentaba á los hijos de Moavia; pensaba en suma que
con la defeccion de los caudillos y tribus árabes no podria arribar en
la colosal empresa de fundar en Andalucía un Califato para los Omeyas, á
pesar de la lealtad y pujanza de sus asalariados Berberiscos, y aquel
mismo Azazil, que fingiendo la voz del ángel Gabriel habia dictado el
Koran á Mahoma, tomando ahora el acostumbrado disfraz, murmuró
suavemente al oido de Abde-r-rahman El-Dakhel estas palabras:

--¿Es posible, descendiente de Merwan, que tan facilmente hayas perdido
de vista el objeto con que el omnipotente Allah te salvó por mi mano del
sangriento banquete en que fueron traidoramente inmolados tus
parientes[31]? Ya has olvidado sin duda aquel beneficio: yo te le
recordaré. Cuando despues de la usurpacion de As-Seffáh acudías
diligente al llamamiento del pérfido Addullah Ibn Alí, gobernador de
Palestina, fiado en la falsa promesa de paz y de perdon con que fueron
engañados tantos Omeyas, un ángel, revistiendo la forma de un amigo
tuyo, te salió al camino y te dijo:--«Obedéceme hoy, y en el dia del
juicio hazme el cargo que quieras. Huye, huye de aquí: marcha al
Occidente, donde te espera un reino: el convite de As-Seffáh es una
traicion para aniquilar de un solo golpe á toda tu familia.» Ese ángel
era yo. «¿Qué será de mí siguiendo tu consejo? me dijiste.»--Entonces te
hice descubrir la espalda buscando en ella la señal que para reconocerte
me habia dado tu tio Moslemah, el sabio versado en el _libro de los
sucesos futuros_; mal podia yo engañarme, vi en efecto el gran lunar
negro que matiza tu cuerpo, y te repetí: «¡huye, huye! vete al
Occidente, donde te aguarda el reino de Andalucía: yo te acompañaré
parte del camino: veinte mil dineros traigo para tí de orden de
Moslemah: tómalos, y sígueme pronto.» La profecía del _Kitábu-l-hodthán_
se ha cumplido; pero no te condujo Allah al Occidente para darte de por
vida estériles conquistas. ¿Qué has hecho para asegurar á tu posteridad
este nuevo imperio? ¿Qué podrán prometerse tus sucesores si decae la fé
de los muslimes? ¿Te imaginas por ventura cumplido tu destino dejándote
morir sepultado en el harém de tu Ruzafa sin haber dado á los andaluces
una aljama digna en la corte de tu reino? No en vano, hijo de Moavia,
mecían las feris tu cuna en los verjeles del Forat aquel año en que otro
caudillo islamita de tu mismo nombre era derrotado en tierra de
Afranc[32] por un rey de nazarenos. Medio siglo no ha transcurrido desde
aquel ultraje, y has visto al nieto de ese mismo rey, al emperador mas
grande de las gélidas regiones de algufia[33], amedrentarse al rumor de
tus victorias, perder la color al asomar allende el Ebro tus
campeadores, y solicitar tu amistad ofreciéndose á emparentar contigo.
Pero entre el Islam y la Cruz la alianza es imposible, porque es preciso
que el Occidente se prosterne bajo la ley del Profeta. Mira como por
todas partes erigen templos á sus ídolos los sectarios de Jesus: sus
reyes desafian tu poder fundando en sus estados basílicas y monasterios.
Con ellos dan pábulo á su falsa religion y aumentan el número de los
ilusos cenobitas que huyen los placeres y se imaginan hallar la
felicidad en el propio sacrificio. No les bastan ya á los infieles los
templos de ricos mármoles y vistosas pinturas de los vencidos godos,
cuya mentida santidad ha seducido á los incultos bárbaros: á las
fundaciones de Sisebuto, Chindasvinto, Wamba, y de los activos pastores
del descarriado rebaño de Cristo, agregan hoy nuevas fundaciones los
tenaces hijos de Pelayo[34]: el mismo impulso da la Iglesia en Afranc,
en Italia, en Alemania, á los sucesores de Carlos Martel, y el
infatigable Carlomagno, que ya se presume emperador de Occidente con
afrenta tuya y de tu raza predestinada, presume levantar en la sombría
Aquisgram un gigantesco domo revestido de pinturas y mosáicos[35] que
rivalice con el que erigió Justiniano sobre el azulado espejo del
Bósforo. Los infieles, que trabajan afanosos por cubrir la tierra de
cruces, van estendiendo la colmena de la Iglesia, y como las abejas á la
floresta acuden en tropel á Bizancio en busca de nuevas artes y
fascinadoras invenciones. Antes que los domos de mosáico y las
refulgentes manzanas de oro que intentan erigir los del Rhin cautiven el
corazon de los pobladores de España, apresúrate á desplegar ante sus
ojos el lujo seductor del Oriente; erige un santuario en que reunas á la
disposicion perfecta que prescribe la Sunnah toda la belleza que la
exaltada imaginacion de tus árabes sea capaz de concebir, auxiliada de
las mas esquisitas formas del arte asiático, y una riqueza tal que cause
maravilla á los infieles españoles, no familiarizados aun con las galas
del imperio griego[36]. Carlomagno echará mano para su construccion de
las columnas y esculturas de los edificios de Roma y de Ravena[37]: tú
tienes para la tuya los suntuosos monumentos antiguos de Mérida,
Itálica, Tarragona, Narbona y otras ciudades grandes. Dedica al santo
libro de Othman una maravilla que haga acudir los cristianos convertidos
á su recinto como las bandadas de palomas á los alminares, y que desde
sus mimbares se reparta á esos incultos sectarios del Evangelio,
obstinados en la mortificacion de los sentidos, el grano fecundo de la
_Sunnah_[38], abriendo sus almas de hierro á las inefables delicias que
promete á los fieles la única religion verdadera. Este obsequio debes á
la mision civilizadora que te trajo á Andalucía, porque no fué tu
destino el de conquistador solamente, sino tambien el de propagador del
Islamismo: la Meka gime cautiva bajo el yugo de hierro de los
usurpadores, y el alhige[39] á la Caaba es peligroso para tu autoridad:
Allah consiente en favor tuyo la relajacion de aquel precepto, y el
Profeta verá gozoso desde su etéreo trono que para preservar á tus
súbditos del contagio de los pérfidos _Schiitas_ sustituyes á la
trabajosa peregrinacion impuesta á los de Oriente la visita á un nuevo
santuario, á la casa cuadrada de Abraham una suntuosa aljama, y á la
piedra negra de Gabriel[40] una copia del libro santo que le fué enviado
del cielo en la mística noche del Al-Kadar[41]. ¡Animo, pues, hijo de
Moavia! Acompañe al descanso de las espadas la obra de la predicacion;
suceda al tráfago de la guerra y al clamor de los combates la agitacion
pacífica de los ingenios; enmudezcan en buen hora los atabales, pero
óigase por do quiera el rumor de la gente consagrada al trabajo de la
palanca, de la fragua, del cincel y del martillo: para el grandioso
objeto á que eres llamado Allah te permite tambien esplorar y remover
las secretas entrañas de los montes: haz abrir las canteras de la vecina
sierra, haz amasar la tierra regada con la sangre de los infieles y
rebeldes, haz cortar los árboles de los bosques en que fueron clavados
los caudillos traidores; yo te inspiraré la forma que has de ordenar
para la Caaba del Occidente, y cuando ya la tengas erigida, la poderosa
voz de los lectores y alkhatibes[42] arrullará el sueño de los leones
africanos, y el armonioso concierto de los almuedanes[43] lanzado á los
cuatro vientos desde el enhiesto alminar, hará enmudecer cinco veces
cada dia el importuno clamor de las campanas de Cristo[44]. «Dios es
grande. No hay mas Dios que Dios. Mahoma es su Profeta. Venid á orar;
venid á adorarle. ¡Dios es grande, Dios es único!» entonarán con
acordadas voces, y yo encomendaré á las auras la propagacion del sagrado
llamamiento. Tú quizás no llegarás á ver la santa obra terminada, pero
la verá tu amado Hixem, en quien sobrevivirán tu esfuerzo y tus
virtudes; y cuando Allah fuere servido llamarte á juicio, pondré yo en
la balanza de tus buenas obras tu piadosa fundacion, por sus méritos
pasarás el Sirath como relámpago apenas visto[45], y llegarás feliz y
triunfante al jardin de los eternos placeres, donde te saldrán á recibir
los setenta almalekes encargados por Allah de darte la posesion de sus
ansiadas promesas[46].

Estas palabras de Azazil avivan en el pecho del Coreixí la amortiguada
llama del entusiasmo: hierve de nuevo en sus turgentes venas la sangre
del impetuoso Merwan, y al pensar en las delicias del _Genna_[47], en la
deleitosa sombra del granado inmortal plantado cabe el trono invisible
del Eterno, en los cuatro místicos rios que brotan de su pié, y en las
hurís etéreas nacidas de sus incomparables frutos[48]; al recordar que
su muerte está tal vez próxima y que solo le falta emprender aquella
grande obra para asegurarse la posesion del Paraiso y el don de la
perpetua juventud en brazos de aquellas encantadoras vírgenes, sacude el
letargo y la tristeza, y resuelve inmediatamente seguir la inspiracion
del ángel que ha hablado á su oido.

Era la hora de _adohar_[49], y Abde-r-rahman, que á pesar de su edad
avanzada solia dejar el blando lecho al alba para recrearse con sus
favoritos en la caza de aves, no habia aun salido de su apartamiento.
Cinco horas hacia que sus halconeros le esperaban con los caballos y los
perros en el límite de la Ruzafa, cuando les despachó por uno de sus
esclavos la orden de retirarse. Mandó á su eunuco Mansur, hagib á la
sazon por muerte de Abde-r-rahman Ibn Mugheyth, que convocase á los
jeques de su consejo[50] y á los secretarios de su mayor confianza, y
despues de referirles la sugestion que aquella mañana le habia ocupado,
les habló así en tono inspirado y solemne:

«Dos gigantes aspiran á dominar el mundo; el tercero que rivalizaba con
ellos no lleva en sus entrañas corazon ni culto[51]. El dragon imperial
que habia trabado alianza con la Cruz[52] está herido de muerte. ¿Quién
dudará de la victoria del leon del desierto?

»El cristiano idólatra dice: Europa es la reina, Asia su sirviente. El
fiel musulman esclama: del Oriente sale la luz, Algufia duerme en las
tinieblas.

»La Iglesia y el Islam se miran frente á frente como el leon y el tigre
despues de la primera embestida: dos barreras que antes los separaban
ceden ya al poder de Allah clemente y misericordioso: en las montañas de
Afranc deja el tigre cauteloso la presa por la vuelta[53]: en la ciudad
de Constantino devoran las hogueras los monasterios, los monges y los
ídolos, y á los golpes del martillo Isáurico se va desmoronando Santa
Sofía[54].

»Los bárbaros de las regiones del hielo se estremecen de placer en sus
pellizas esperando que un pontífice romano ponga en la diestra de
Károloh[55] el globo de Constantino; pero las hermosas hijas del Yemen
celebran con las zambras y cantares de sus alméas las victorias de los
hijos de Ismael, que por la virtud del Koran se abren las puertas del
Oriente y del Occidente.

»La perla de la Propóntide no pasará á ornar la sien del Franco, aunque
la amedrentada Irene le brinde con su mano y su diadema[56]. Bizancio
aborrece los ídolos y se entregará en brazos de los Emires.

»Los hijos de Odino se han cubierto de ignominia doblando las cervices
bajo la maza Carlovingia: Witikindo se ha sostenido solo contra el
bárbaro de Austrasia, los demas caudillos germanos han palidecido como
mugeres y revestido en Paderborn las blancas túnicas de los Catecúmenos
incircuncisos[57].

»Pero los hijos del Yemen han sombreado con el velo del Islam la parte
mejor de la tierra, desde el Thibet hasta el Pirineo, y á impulso de la
cimitarra de los fieles espiran el dragon imperial en los páramos de
Sem[58], la escuela de Cristo en los verjeles de Japhet.

»Los Salvages, cubiertos de pieles, aullaron como lobos hambrientos con
la esperanza del botin durante las disensiones de los hijos de Ismaël:
vieron que sobre las orillas del Eufrates se cernia el fatídico cuervo,
y que la blanca paloma habia desamparado su antiguo nido, y se
imaginaron cebarse en las riquezas y placeres; mas estaba escrito que no
sería para ellos la hermosa tierra del azahar y de la oliva, y el pastor
del rebaño del Profeta los hizo rodar perniquebrados por las vertientes
de sus ásperas montañas[59].

»Entonces cantaron las vírgenes y los ancianos del Hedjaz: no hay mas
Dios que Dios, ¡Mahoma es su Profeta! Poderosa es la raza Coreixí: Dios
clemente ha vinculado en ella el precioso collar de Cosroës y las veinte
y cinco coronas de los reyes de Iberia[60].

»Se imagina el gigante idólatra ser el sucesor de César: no advierte que
sobre el plátano se ha levantado la palma en el Andalús[61], y que á su
gallardo columpio acuden hoy de Africa y Asia las aves vocingleras.

»Nuestro es en verdad lo mas aventajado de la tierra: en nuestro
dominio se crian las aves de mas vistoso plumage, las piedras preciosas
de mas valor, y las plantas de mas fragancia. Es el predilecto del sol
que le da fuego fecundo, del mar que siempre le arrulla enriqueciéndole
con el coral y la perla.

»El idólatra de algufia no ha abierto aun los ojos: la Iglesia le educa
y ya le enseña á deletrear con su dedo[62]; pero el sucesor del Profeta
ha gozado las delicias del saber y mojado el labio en las límpidas aguas
de la elocuencia y de la poesía. No tiene, pues, que temer que el
bárbaro rey de Afranc rivalice con él en virtud, magnificencia y
cultura.

»No entregará Dios el mundo á los que se embriagan predicando
penitencia, y se enriquecen ensalzando la pobreza, y se dan al
libertinage recomendando la castidad[63]; mas nosotros, que buscamos la
dicha en la tierra y la felicidad en el cielo, bendeciremos á Allah
porque nos ha dado la miel dulce, la rosa balsámica, el rubí encarnado,
la seda joyante y la muger hermosa.

»Para ellos los monasterios pobres y sombríos; para nosotros los
verjeles, el harem, los baños y las aljamas: aljamas revestidas en lo
interior de bruñidos jaspes y esplendorosos estucos, que con su luz y su
fragancia transportan al fiel muslim á la casa celeste de la
Adoracion[64] construida de jacintos rojos y cercada de lámparas
inextinguibles.

»Para ellos claustros lóbregos y silenciosos, para nosotros las
cristalinas fuentes y verdes arrayanes de los jardines; para ellos la
vida triste y recelosa del castillo, llena de privaciones; para nosotros
la existencia risueña y tranquila de la academia; para ellos la
intolerante y suspicaz tiranía; para nosotros la monarquía clemente y
paternal; para ellos la ignorancia popular; para nosotros la
instruccion, pública y gratuita; para ellos los yermos, el celibato, el
sacrificio, el martirio voluntario; para nosotros los campos fértiles,
el amor, la fraternidad, la bienandanza, las comodidades y deleites;
para ellos los penosos preceptos de la Iglesia, las enconadas disputas
de los concilios; para nosotros los fáciles mandatos de la Sunnah y los
entretenidos certámenes de los sabios y poetas.

»¡Gran contienda se inaugura entre la barbarie y la cultura, entre las
sombras y la luz, entre Cristianos y Muslimes! Preparado está el mundo y
dispuesto para grandes cosas, como el hierro que sale de la fragua
enrojecido y solo espera la nueva forma que van á darle sobre el yunque.

»El Franco y el Arabe son la tenaza que le tiene asido, y cada cual
levanta sobre él su martillo.

»Pero el Franco habrá de volver la maza á menudo contra otros bárbaros
procedentes de los vastos páramos de hielo[65], y al Arabe le bastará
sacudir con el ruido de sus corceles el indolente sueño del Ganges y del
Indo que se mueren sobre las flores.

»No resta mas que vigorizar el brazo del forjador donde mas tenaz es la
resistencia: un esfuerzo mas, y la vida del Oriente trasmigra al
magestuoso Guadalquivir; un acto más de fé, y la magestad de Bagdad se
humilla ante la reina del Andalús, y el Godo casto y salvage que hoy
proclama rey la enriscada Asturias[66], hunde entre sus pobres templos
de cal y piedra tosca[67] la férrea corona de puntas heredada de
Pelayo.

»Alcemos, pues, á Allah que ha protegido nuestras armas; alcémosle sobre
el gran rio del Andalús una aljama que supere en magnificencia á las de
Bagdad y Damasco, solo comparable á la santa Alaksa de Jerusalem; y los
legítimos sucesores en la herencia de Othman impíamente sacrificados,
exultarán aunque insepultos.

»Levantemos la Caaba del Occidente[68] en el solar mismo de un templo
cristiano que tengamos que derruir, para que caiga la Cruz entre
escombros y sobre su polvo descuelle el Islam radiante.

»Ostentará la gran mezquita todas las galas del mediodia y del Oriente:
su arquitectura será un espléndido compuesto de todos los estilos, para
que en ella puedan leer los venideros todas nuestras conquistas.

»Sea su planta parecida á la de las basílicas del Crucificado, para que
la casa de Dios oprima la casa de los ídolos: atrio, pórtico, naves y
santuario; todo en un recinto de cuatro ángulos y cuatro lados, como la
santa casa de la Meka[69].

»Sea el atrio vasto, espacioso, desahogado: con abundantes y puras aguas
para tas abluciones: tal que despues de edificado no haya lengua que
ensalce el atrio de Santa Sofía. Descanse todo él sobre una anchurosa
cisterna de bóveda subterránea, de modo que el peregrino de tierras de
Asur, al refrescarse á la sombra de sus naranjos se crea transportado á
los pensiles de Babilonia.

»Ábrase paso el gentío de los creyentes al cuerpo de la mezquita por
once puertas circulares que correspondan á otras tantas naves, tendidas
del algufia á la quibla[70], y la nave central sea mas espaciosa que las
laterales, descubriendo en su fondo á los extasiados ojos de los
muslimes la maravilla nunca vista.

»El cuerpo de la aljama aventajará por lo sorprendente de su perspectiva
á la famosa mezquita de Amrú y á la santa casa de Jerusalem[71], porque
sus once naves estarán cruzadas en ángulo recto por treinta y tres mas
angostas: todas sostenidas en ricas columnas de mármoles variados, que
al que las mire le representarán la imágen de una lucida hueste en
simétrica formacion y belicosa apostura.

»Verdaderamente se asemejarán esas mil columnas al bosque de lanzas que
presentaban en el inolvidable dia de las Víctimas mis leales
Zenetes[72], fundamento de mi poderío. Sobre esas columnas voltearemos
arcos que imiten sutiles banderas henchidas por el viento de la fortuna,
y sobre el conjunto descansará una rica techumbre de alerce
incorruptible, así como en mis soldados descansa en España la
incontaminada Sunnah, que á todos nos ampara.

»¿Qué espectáculo será semejante al de esos mil arcos ligeros descritos
en el espacio, apenas sostenidos en sus arranques y dejando pasar la
luz, como un bosque ornado de guirnaldas que sacude y levanta la brisa?
No sabrán las gentes á qué compararlo, porque no habrá monumento antiguo
ni moderno que ofrezca tan original combinacion.

»No profanarán nuestro templo simulacros groseros, no tendrán en él
cabida los ídolos de los adoradores de los astros y del fuego, ni los
emblemas impuros de la India y del Egipto, ni los perecederos dioses de
Grecia y Roma. Ormuz y Siva, Venus y Rea, Jesus y María, no recibirán de
los Muslimes idolátrico culto; el único símbolo que en nuestra aljama
pondremos será esa gallarda curva sostenida en el aire, que recordará á
los verdaderos creyentes la afortunada huida del Profeta á Medina.

«Esa es la mística forma que en aquella memorable noche dibujaron en el
cielo la luna nueva que le iluminó el camino, y en la tierra el poderoso
casco de su caballo[73].

»Como en la marea creciente dibuja la ola en la arena de la playa su
círculo, pasando sobre la huella de la oleada anterior, así el dichoso
flujo de nuestras conquistas fué pasando triunfante sobre los pueblos
sojuzgados. Quiero, pues, que nuestro rápido crecimiento marque sus
grados en esas suntuosas columnatas, y que los arcos que lleven la
incorruptible techumbre se levanten sobre otros arcos inferiores.

»Espanto y lágrimas producirá en los Cristianos la amenaza de esa
creciente marejada; pero los que se conviertan verán en esos arcos el
iris de la paz y de la bonanza.

»Coronarán los pulidos fustes de mármol y jaspe elegantes capiteles en
que alternen el gracioso canastillo corintio y el magnífico compuesto
romano; los arcos de la nave central aparecerán ricamente ataviados, y
en el vestíbulo del mihrab prodigará la exuberante imaginacion del Arabe
las encantadoras y lujosas combinaciones de la ornamentacion asiria y
griega. En él se elevará la magestuosa cúpula bizantina, que protegerá
la tranquilidad del hijo de los Califas durante sus oraciones[74].
Cerrarán esta incomparable aljama cuatro altos y gruesos muros
fortalecidos con torreones, cuya solidez desafiará á la de las insignes
obras romanas de Africa y España, y cuyas endentadas almenas traerán á
la memoria nuestras lejanas conquistas[75].

»Despues de terminada nuestra obra, vengan en buen hora á disputarnos
los adoradores del hijo de María el predominio sobre el Occidente. El
libro santo que tengo reservado[76] para el inimitable mihrab que ha de
ser la maravilla del Andalús, conservará la unidad de nuestra fé:
inalterable é inflexible nuestra creencia, crecerá el islamismo pujante
en Europa arrollando esa multitud de leyes, sectas é instituciones que
traen divididos á los incultos Godos y Germanos, y la Ley del Profeta,
que es hoy el vínculo áureo de su pueblo predestinado, será con el
tiempo la férrea argolla que fuerce á los rebeldes imperios idólatras á
prosternarse ante la _Quiblah_ de la grande aljama.»

Así habla Abde-r-rahman, y los jeques de su consejo, que con respetuoso
silencio le han escuchado, aplauden su piadoso propósito, añadiendo que
verdaderamente ha espuesto con elocuencia la situacion actual del mundo
y predicho con tono de adivinacion el futuro engrandecimiento del nuevo
Califato. Alguno de ellos, contagiado tal vez de las doctrinas que
públicamente se enseñan en las iglesias y monasterios cristianos de
Córdoba, baja la vista al suelo y guarda silencio, dudando del triunfo
que el hijo de Moavia cuenta por seguro, y juzgando que este no ha
comprendido la moral de los que siguen al Crucificado.

Umeya Ibn Yezid, secretario favorito de Abde-r-rahman, y que por su
oficio de Katib era el encargado de estender las órdenes del
soberano[77], y de la proteccion y seguridad de los Cristianos y Judíos
de Córdoba, fué inmediatamente comisionado para tratar con el Obispo y
con el Conde[78] de los Cristianos la compra formal del templo sobre
cuyo solar habia de erigirse la nueva mezquita. Mandóle que llamase á
sus arquitectos para comunicarles su plan y darles sus instrucciones, y
añadiendo algunas órdenes para su tesorero y para el colector de los
impuestos relativamente á las sumas que se proponia destinar á dicho
objeto, despachó á sus consejeros. La hacienda de Abde-r-rahman se
hallaba en estado floreciente á pesar de los cuantiosos gastos que habia
tenido que hacer para dar esplendor al naciente Califato: sus
prodigalidades con los hombres dedicados á la ciencia y la literatura,
el numeroso ejército que habia constantemente mantenido en pié para
sofocar en todas partes los gérmenes de la rebelion, las costosas obras
que habia emprendido para que rivalizase Córdoba en lujo, magnificencia,
palacios, jardines, alamedas, casas de recreo y de placer, con las
ciudades de Bagdad y Damasco, habian agotado á veces sus arcas; pero
estas se habian vuelto á colmar cuantas veces habia sido menester merced
á la habilidad con que el descendiente de Merwan sabia hacer fecunda la
estéril roca de la _Sunnah_. El impuesto legal prescrito por esta,
denominado de _la limosna_ (_sadakah_)[79], el que satisfacian los
Judíos, el tributo del _azaque_, y el que pagaban los Cristianos por
razon de sus personas, iglesias, monasterios y catedrales, no habian
podido cubrir tan exorbitantes gastos; y habia sido necesario que el
Sultan gravase á sus súbditos con contribuciones no autorizadas por su
código religioso. Habíanse establecido nuevos impuestos despreciando las
reverentes reclamaciones de algunos meticulosos Cadís contra la
manifiesta violacion del texto de la ley, y habia recursos mas que
suficientes para atender á la obra proyectada por dispendiosa que fuera.
La sola compra del solar habia de costarle una gran suma.

Pero las primeras negociaciones encomendadas al katib Umeya fueron
infructuosas. Los Cristianos, firmes en los artículos de la capitulacion
que se les habia otorgado por los Sarracenos conquistadores de Córdoba,
no querian vender á Abde-r-rahman el templo en que este habia fijado sus
miras, y que era una espaciosa basílica cuya posesion compartian con los
sectarios del Profeta[80]: pues los Musulmanes, en efecto, fieles á la
práctica entre ellos establecida por consejo del Califa Omar, de dividir
con los Cristianos las iglesias de las ciudades conquistadas, al tomar á
Córdoba habian partido en dos la principal de sus basílicas, dejando una
mitad á los naturales y apropiándose la otra, que habian al punto
convertido en mezquita. Los Cristianos satisfacian religiosamente el
tributo que se les habia impuesto para poder permanecer con sus
iglesias, obispos y sacerdotes[81]: y si bien habian sufrido despojos y
exacciones injustas de parte de los gobernadores nombrados por los
Califas de Oriente en los años pasados, la justificacion y buen nombre
del hijo de Moavia estaban interesados en que la deseada cesion ó venta
se hiciese sin asomo de violencia. Conocia Abde-r-rahman con su natural
talento, que el celo de los naturales estaba notablemente entibiado, que
el fervor religioso era mayor en los conquistadores que en los
conquistados; creía que el cautiverio y la afliccion habian domado la
pasada entereza de los Cordobeses; que la Córdoba de su tiempo no era ya
aquella heróica colonia patricia convertida, tan dispuesta al martirio y
pródiga de su propia sangre, cuando guiaba el rebaño de Cristo el grande
Osio bajo la persecucion de Diocleciano y Maximiano, ni la Córdoba
ortodoxa que habia padecido guerras, hambres y peste, por no
contaminarse con el arrianismo; sabia, por último, que á pesar de la
enseñanza católica dada á la juventud cristiana en las escuelas y
colegios de los monasterios, donde tanto se distinguian ya algunos
abades y jóvenes seglares, formidables quizá á los Mahometanos para lo
venidero[82], la iglesia de Córdoba ahora padecia dolorosas excisiones
por las nuevas doctrinas de Migencio y de Elipando[83], y se imaginaba
que sus pastores no seguian ya las huellas de aquellos primeros obispos
tan ominosos á los Donatistas, á los Luciferianos, á los Gnósticos y á
los Priscilianistas, y cuya vida habia sido una lucha continuada contra
los enemigos de la Iglesia[84]. Sorprendióle, pues, sobremanera la
repulsa de los Cristianos, pero la idea entre verdadera y falsa que se
habia formado del pueblo sojuzgado y de los encargados de su gobierno,
le hacia esperar que venceria su resistencia con solo insistir y
encomendar al tiempo el resultado de las proposiciones entabladas en su
nombre. Así realmente sucedió, pero quizás no por la causa en que él
confiaba.

¿Cómo fué el conseguir Abde-r-rahman tan grande sacrificio de los
Cristianos? ¿Cómo el resolverse estos á abandonar su basílica principal
á los Mahometanos? ¿No habian sido aquellos santos muros testigos de sus
promesas y juramentos en las épocas solemnes de la vida? ¿No habian
ellos escuchado sus votos, los votos de sus hijos y los de sus esposas
al recibir los divinos Sacramentos? ¿Por ventura les era ya indiferente
ver profanada aquella tierra que santificaban las preciosas reliquias de
sus mártires; removida la pila bautismal que les habia abierto la
entrada al gremio de los fieles; derribado el santo tabernáculo que
constante y amoroso habia habitado el mismo Jesucristo trasustanciado en
pan de vida eterna; despojada, desnuda y despedazada, por fin, el ara
santa donde diariamente desde pequeñuelos, ellos, sus padres y sus
abuelos, habian presenciado el Santo Sacrificio de la Ley? ¿Era posible
que no tuviesen apego y cariño al baptisterio donde al nacer habian
recibido la blanca vestidura de la inocencia y las armas de soldados de
Cristo, al altar ante el cual se habian desposado, á todo aquel recinto,
en fin, centro de su vida moral, donde habian aprendido á orar y á
merecer, donde habian temido y esperado, entonado himnos y vertido
lágrimas de amor y de penitencia? «Solo Dios omnipotente lo sabe,»
diremos nosotros segun la costumbre de los historiadores árabes cuando
no aciertan á darse razon cabal de alguna cosa.

Es cierto que bajo Abde-r-rahman I los Cristianos de Córdoba no fueron
jamás molestados por causa de su religion: pagaban, sí, como pueblo
conquistado crecidos tributos, pero eran respetados en sus creencias,
tenian sus iglesias y monasterios, donde celebraban públicamente su
culto, y no se cuenta que sus ministros, simples sacerdotes ó prelados,
sufriesen vejaciones de parte del primer rey Umeya del Occidente. Al
contrario, si comparaban su estado presente con el pasado, podian
considerarse ahora como muy dichosos, porque la tiranía que á sus padres
habia afligido desde el cruel Alahor hasta el codicioso Toaba, no la
habian conocido ellos[85]. Cierto que se alzaba en Córdoba, ominoso á
la ley de Cristo, un nuevo imperio cuyo formidable crecimiento se
palpaba, cuya dominacion se temia: no empezaba amenazando, por lo mismo
era mas imponente; no revelaba todos sus instintos, pero estos se
presentian. Los mas doctos y perspicaces veían aunque lejana cernerse ya
sobre la iglesia de la Bética la hosca nube de una persecucion
sangrienta; mas la generalidad gozaba de la presente tolerancia; no era
pues el miedo por entonces motivo para ceder al capricho del intruso
soberano, el cual, si bien significaria su deseo con el tono propio del
dominador cuando se dirige al dominado, habia resuelto por lo visto no
hacer uso de la fuerza en esta ocasion. ¡Y sin embargo el templo fué
vendido![86]

A pesar de las sensibles reticencias de la historia respecto de este
suceso, cuyos pormenores no pueden determinarse mas que los vagos
contornos de una escena que se sueña, discurramos, lector amado, segun
las probabilidades, y hagámoslo de manera que no resulte injurioso el
relato de la venta de la basílica cristiana, ni calumniosa la semblanza
del prelado que la consintió, si algun dia llegan á descubrirse
documentos que aclaren el hecho. No imitemos la peligrosa práctica de
muchos modernos novelistas y dramaturgos, que apoderándose de los
personages históricos para entretener con sus hechos los ocios de los
aficionados á aventuras prodigiosas, y fundando en la mera posibilidad
sus invenciones, suplen el silencio de las crónicas acumulando sobre
ellos á placer _interesantes monstruosidades_, esponiéndose al riesgo de
que un ignorado y empolvado documento producido á nueva luz los deje
como infamadores convictos. Sea diversa nuestra regla: creamos que donde
hubo maestros para hombres tan insignes en letras y en virtudes como S.
Eulogio y Paulo Alvaro, no pudieron faltar virtudes para proceder con
conciencia pura, ni letras para obrar con pleno conocimiento de lo que
permitia y vedaba la disciplina de la iglesia goda; tengamos por seguro
que el clero de Córdoba fué siempre digno de la alta reputacion que supo
granjearse en todas las épocas conocidas de nuestra historia sagrada,
pues no haremos escesiva gracia al que en todos sus actos notorios
procedió como santo, si en alguno de sus hechos ignorados le suponemos
consecuente. Y si con este espíritu de justicia procedes, facilmente
comprenderás si pudieron mediar causas que hiciesen la enagenacion de la
basílica catedral de Córdoba no solo legítima y válida segun el derecho
canónico de aquellos tiempos[87], sino tambien oportuna y beneficiosa.

Ocurriría quizás lo siguiente: recibido que fuese por el obispo de
Córdoba el mensage del rey árabe, el prelado reuniria su cabildo, y al
esponerle la voluntad y proposicion del mahometano, al punto, como en
toda reunion numerosa acontece, se pronunciarian divididos los
pareceres: no porque la oferta de Abde-r-rahman tentase la codicia de
los que desde luego se hubiesen declarado por la cesion de la basílica,
sino porque su propio celo les hiciese mirar como ventajosa su
traslacion á otro punto. Acaso el mismo obispo sustentaria esta opinion
y la esforzaria ante el cónclave ó cabildo canonical con las sólidas
razones que hoy mismo podemos colegir de aquellas circunstancias; y
aquellos piadosos presbíteros se convencerian de la necesidad de admitir
el ofrecimiento del monarca infiel. Tal vez los mismos que al principio
lo repugnaban, acabarian por reconocer que lo que ahora se les pedia en
tono amistoso, mañana otro se lo podia exigir en son de amenaza, y que
lo que ahora rehusaban entregar con ventaja, tal vez se lo quitarian
mañana violentamente con gran profanacion y daño. ¿Qué podian prometerse
de la resistencia? Que ese pagano poderoso que los toleraba, se
convirtiese en tirano que los acosase y destruyese. ¿Quién les aseguraba
que á la muerte de ese rey, ya anciano, habian de disfrutar la paz y
libertad que ahora se les concedia? Los sucesores serian quizá de
condicion menos apacible, y entonces caerian en poder suyo todos los
edificios sagrados sin resistencia. Considerarian por otra parte la
mancilla que llevaban desde que la secta de Mahoma habia ido á
albergarse bajo la santa techumbre de su propia basílica; los males que
de esta nefanda promiscuidad se seguian á su grey, en desdoro del pastor
que toleraba permaneciese el rebaño de Cristo en el redil de que se
habian apoderado los lobos; los grandes inconvenientes que esta odiosa
cohabitacion llevaba consigo; la imposibilidad de celebrar dignamente
sus santos ritos y adorables misterios en el angosto recinto á que se
veían reducidos; lo mucho que retraía al pueblo de la asistencia á los
divinos oficios de la catedral el temor del contacto con los impuros
prosélitos del falso Profeta; finalmente, las ventajas que podian
prometerse de trasladar á lugar mas decoroso las santas reliquias allí
depositadas, erigiendo al propio tiempo á los tres gloriosos mártires
Fausto, Januario y Marcial, cuyo templo veían lastimosamente
derruido[88], una nueva iglesia que fuese su principal basílica; y
tributando acciones de gracias y loores al Omnipotente que así mitigaba
las tribulaciones de su Iglesia permitiéndoles edificarle nuevos templos
durante su mismo cautiverio, abrazarian con resolucion el partido que su
Divina Magestad les sugería tomando al rey infiel por instrumento de sus
altos designios. ¡Solo, en efecto, el Dios todopoderoso é infinito sabia
entonces si algun dia habian de exultar las venideras generaciones
libertadas de la triste servidumbre en que vivian, plantando de nuevo la
gloriosa enseña de la redencion sobre la soberbia mezquita que ahora
consentía se erigiese en castigo de sus pecados!

Ya una vez habia descollado la cruz triunfadora sobre el magnífico
cornisamento del templo de Jano cuadrifronte; ahora parecia eclipsarse
el resplandor del santo Lábaro, derribado de la famosa basa antigua; y
era que efectivamente le tenia reservado el Eterno como pedestal el
monumento incomparable producido por el último esfuerzo de todos los
genios del Oriente conjurados contra el cristianismo.

Resuelve el cabildo entregar el templo con la condicion de que se le
permita reedificar la basílica de los tres mártires en los pasados años
destruida, y admitido por el Sultan el pacto, autoriza el obispo la
enagenacion. El árabe jactancioso manda al punto que se dé á los
Cristianos el precio convenido, que reciben en dinares de oro, y les
insta para que desocupen prontamente el local, porque Abde-r-rahman es
ya de edad avanzada, y urge que los suntuosos despojos de Itálica,
Mérida y otras ciudades monumentales de los orgullosos Romanos, reciban
su providencial colocacion en el soberbio edificio que levanta á Mahoma
junto al gran rio de la Bética la raza predestinada que avasalló á los
antiguos dominadores del orbe en cuantas provincias reconocian la
autoridad de Heráclio. Llenas todas las formalidades consiguientes al
convenio celebrado, verifícase la traslacion de las reliquias, vasos
sagrados, imágenes y demas objetos religiosos al lugar provisional en
que debia celebrarse el culto mientras se hacia la nueva iglesia: los
Cristianos mas fervorosos acuden á presenciar la remocion de aquellos
amados objetos, á regar con lágrimas aquella tierra santificada con
despojos de mártires, á dirigir una mirada de tierna despedida á aquel
magnífico templo, bajo cuyos dorados artesones habia un tiempo
circulado, como trueno de nube fecunda, la voz del santo confesor Osio
repitiendo los artículos del Símbolo que su inspirado labio habia
dictado en presencia de Constantino en la asombrada Nicea[89]. Despojado
por fin el templo, desocupados los claustros de los eclesiásticos y de
los niños ofrecidos al servicio del culto[90], hecha tambien la
traslacion de la escuela y biblioteca[91], reúnense á hora desusada de
la noche bajo las silenciosas y desnudas columnatas romanas,
sentenciadas á inmediata demolicion, el prelado, los presbíteros con su
arcipreste, los diáconos con su arcediano, los subdiáconos y todos los
clérigos menores con su primicerio, el instructor de los clérigos, el
presidente de la sacristía, el archiscrinario, por último el seminario
de los oblatos con el docto y piadoso anciano que los educa y rige, los
ostiarios, y todos los seglares consagrados al servicio subalterno de la
basílica, con no pocos feligreses devotos; y en solemne y lúgubre
cortejo, despues de dichas las preces oportunas, entonando á media voz
con sigiloso modo el breve y elocuente salmo _Usque quo, Domine,
oblivisceris me in finem_, tan adecuado á los sentimientos del alma
atribulada que recurre á Dios con firme esperanza, en el cual sobresalen
las argentinas voces de los descuidados é inocentes niños y algunos mal
reprimidos sollozos de los apesarados feligreses, salen del profanado
templo por su orden, sin iluminacion ni aparato, y van desfilando
magestuosamente á favor de las nocturnas tinieblas hácia una de las
parroquias de la Ajarquía, en cuyas angostas y tortuosas calles se
pierde en breve la piadosa comitiva.

¡Con cuánta ansia aguardaba el hijo de Moavia este momento! No bien
llega á su noticia la entrega de la basílica, manda cerrar la mezquita
provisional á ella contigua, deja su quinta de la Ruzafa, trasládase al
alcázar de la ciudad para dirigir mas de cerca la obra que proyecta,
traza por su propia mano diversos planos segun las grandiosas ideas que
habia comunicado á sus hijos y consejeros, y dispone que empiece al
punto el derribo del antiguo edificio. Con prodigiosa actividad llévanse
á efecto sus órdenes. Las adiciones que habian tenido que hacer los
Sarracenos en su primitiva mezquita mayor habian sido tantas hasta
entonces, y tantos los techados que sucesivamente habian tenido que ir
añadiendo con la necesaria degradacion para facilitar los desagües, que
apenas podia ya el pueblo musulman estar en pié bajo las últimas
cubiertas del edificio, cuya capacidad obstruía por otra parte el gran
número de pilares de madera en que aquellas se habian ido sosteniendo.
En esta incómoda mezquita, como en terreno prestado, se habia celebrado
el culto público de Mahoma en los años mas gloriosos, si no los mas
felices, del reinado de Abde-r-rahman I; pero ahora en su venerada vejez
anhelaba dilatar sus arrogantes miradas en nueva, espaciosa y magnífica
aljama, haciendo una sola casa de adoracion de la mezquita y la basílica
reunidas, sustituyendo al tabernáculo el libro del Profeta, al ara
sagrada el lujoso mimbar, al ambon el púlpito de los khatibes, y á las
nubes de incienso los fragantes pebeteros de aloe y ambar-gris. Ansioso
de ver la obra terminada, constitúyese en ella diariamente el
infatigable anciano, mira con placer rodar sobre el marmóreo pavimento
romano los fustes y capiteles que habian sustentado la enseña de Cristo
confundidos con los pilares en que se habia sostenido la glorificacion
del sensualismo; píntase en su atezado y enjuto rostro la alegría cuando
ve enteras las magníficas columnas corintias tendidas á sus piés;
confundido con la turba de los obreros, entre cuyos variados trages,
indicio inequívoco de diversidad de naciones, se divisa con frecuencia
la blancura de su ámplia vestidura habitual y de su turbante de finísimo
lino, dispone solícito la conservacion de aquellos preciosos fragmentos,
los hace clasificar cuidadosamente, manda que se unan á los que sus
walíes le van enviando de Itálica y Mérida, y al mismo tiempo que avanza
la obra de demolicion, promuévense sin levantar mano los trabajos para
la construccion nueva. ¡Qué actividad, qué movimiento en toda la ciudad
y sus cercanías! Diríase que la ereccion de la aljama principal es el
único negocio que ocupa á la corte del naciente Califato. No hay en el
alcázar dependencia que no intervenga en la gran novedad que se
inaugura, ni en la poblacion industria que no reciba impulso. Mientras
en las fábricas y talleres, en los bosques y canteras de la sierra, en
los caminos de la montaña á la ciudad, en las caleras y hornos de
ladrillo, todos se agitan afanosos; mientras el arquitecto sirio medita
sobre sus planos y los que ha trazado la mano misma del rey, y el Katib
escribe pidiendo artistas útiles al Africa y al Asia, y los maulís y
poetas protegidos por Abde-r-rahman se esfuerzan en merecer los agasajos
del monarca colmándole de elogios por su grandioso pensamiento, el
pueblo desocupado y curioso hormiguea á todas horas en torno de los
espaciosos fundamentos, y todo presenta una animacion y un interés
difícil de describir.

Presiente Abde-r-rahman que no verá concluida la grandiosa aljama, y
anhela que con toda presteza queden cubiertas al menos las peregrinas
arquerías que forman sus naves, para tener antes de morir el consuelo de
inaugurar en la Caaba de Occidente el culto del Islam con una de
aquellas sentidas y elocuentes arengas que tenia por costumbre dirigir á
su pueblo en la mezquita antigua los dias de juma[92]. La rapidez con
que avanza la obra solo es comparable á la que se observa en la
ejecucion de todas las empresas que acomete el soberano, el cual, si
bien procede con pausa y reflexion en sus determinaciones, cuando
resuelve llevarlas á cabo no consiente demora. Alzanse como por encanto
los gruesos muros, las torres que les sirven de estribos, los espaciosos
machones de la gran cisterna: tiéndese sobre estos la espaciosa bóveda
subterránea destinada á sostener el ameno pensil de las abluciones:
elévase ya sobre cimientos de asombrosas dimensiones el cuerpo primero
del alminar, de donde ha de partir cinco veces cada dia el sonoro
clamoreo del aliden[93]: no parece, en fin, sino que los genios gigantes
de las montañas de Kaf[94] hacen rodar hácia el Guadalquivir desde las
canteras de la selvosa sierra de Córdoba los poderosos sillares
cortados, y que las encantadas péris del Eufrates, jugueteando en las
túmidas ondas del gran rio y sus cañaverales, dirigen en las nocturnas
horas al son de las inefables armonías asirias la obra de los _jines_
propicios que Azazil envía como invisibles auxiliares al creyente
fundador. ¿Quién, en efecto, sino ellas puede inspirar á los ingeniosos
artífices levantinos empleados en la decoracion de ese monumento, los
inimitables y bellísimos adornos que traza su mano sin fatiga, y como
trasladando á los planos de estuco y de mosáico los contornos de las
flores y vástagos del jardin del Paraiso?

Apenas han transcurrido dos años desde que se empezaron á echar sus
cimientos, y ya se levanta la cuadriforme ciudadela del Islam por encima
de las alamedas del rio, emparejando en altura con el severo alcázar de
Rodrigo[95], y descollando entre las construcciones de la antigua ciudad
romano-visigoda, recientemente decorada con sutiles alminares en que
tremola la bandera blanca de los Umeyas, á la manera que descuella el
casco de un magestuoso navío aun no aparejado entre las empavesadas
góndolas de un puerto de mar. Pocas lunas mas, y los muros interiores,
las soberbias columnatas de gallarda é inusitada forma[96], las
elegantes hileras de dobles arcos sostenidos en corintios capiteles, los
anchurosos pórticos, la hermosa fachada de once atrevidas puertas, las
riquísimas portadas laterales flanqueadas de recamados ajimeces, la
incomparable techumbre, en fin, de madera incorruptible labrada y
pintada, quedarán terminados; pocas lunas mas, y la hotba[97] por la
salud de Abde-r-rahman leida al pueblo desde el mas lujoso mimbar[98]
del Occidente, se repetirá por mas de doce mil creyentes á una voz,
ahogando con las vibrantes oleadas de la inmensa y atronadora
deprecacion los vergonzantes himnos de los vencidos Nazarenos. Pasan en
efecto esas pocas lunas, y no solo aparece la mezquita en disposicion de
poderse habilitar para que se celebren en ella las públicas ceremonias
el primer dia de juma, sino que hasta se descubre ya en la estremidad de
su nave principal dirigida al austro el umbral del santuario, revestido
de rica y deslumbradora ornamentacion bizantina: el venerado trasunto de
la santa casa de la Meca, centro y norte de la adoracion de todo fiel
muslim, cuyo acceso solo es permitido á la augusta persona del Amir. La
grande aljama no está concluida, pero supliendo con ricos tapices de
Siria y de Persia la decoracion de las paredes y la labor de las
columnas, apenas comenzada, los obsequiosos arquitectos del Sultan han
hallado medio de satisfacer la impaciencia de su señor. Prodíganse en
las naves principales los esbeltos capiteles corintios, los gallardos
fustes marmóreos de los monumentos romanos, destrozados por los walíes
de las provincias para agasajar con sus despojos al monarca; colócanse
en las naves secundarias los capiteles aun no cincelados y las columnas
mas comunes: cúbrese el pavimento de flores y yerbas aromáticas;
inúndase el sagrado recinto de luz y de aromas, aquella difundida por
centenares de candelabros provisionales, estos exhalándose de cien
pebeteros improvisados... ¿Podrá ya al menos el dichoso Umeya dirigir en
la aljama de sus ensueños una vez antes de morir, como Imam[99] de la
Ley, los ritos de un culto á cuya propagacion ha consagrado tantos
sacrificios, tantos afanes, tantas esperanzas?... No podrá, no, que el
almaleke encargado de cumplir el decreto de Dios le ataja el paso en
medio de su rápida carrera. Ayer el glorioso invasor[100], recorriendo
tal vez segun su costumbre las obras, rodeado de sus consejeros y
favoritos, se entregaba á la vanagloria de un éxito venturoso; ¡y hoy
cunde por toda la ciudad la siniestra noticia de que el hijo de los
Califas tiene sentado á su cabecera al ángel de la muerte! A las dulces
armonías de bien acordados instrumentos que resonaban dentro del harem y
en los apartamientos de las esposas, han sucedido desgarradores ayes y
lamentos; los eunucos y los esclavos mesan sus cabellos á las puertas de
la augusta morada; los médicos hebreos mas afamados han agotado los
recursos de la ciencia esterilmente, y entregan cabizbajos el ilustre
moribundo á los últimos y piadosos obsequios de la sultana favorita, la
hermosa Holal, madre de Hixem, _la de los ojos negros_. Ella es la que
recibe su postrer suspiro, ella la que con solícita ternura baña y lava
su cuerpo, ella la que le amortaja en siete blancos y finísimos
lienzos, ungiéndole con preciosos aromas la frente, las manos, los piés
y las rodillas, ella, en fin, la que, asistida de sus esclavas, le
deposita en su lecho mortuorio[101]. Allí yace, en una de las estancias
de su alcázar, cubierto con las mismas blancas vestiduras que son el
distintivo de su preclaro linage, el sabio, el virtuoso, el victorioso,
el afamado Abde-r-rahman, llorado por sus mugeres, sus hijos, sus
consejeros, sus oficiales, sus protegidos, sus soldados, sus servidores
y esclavos, por todos los que ayer le cercaban respetuosos mostrándole
en sus labios la sonrisa del afecto ó de la lisonja. El juez superior de
la aljama de Córdoba, Ab-du-r-rahman Ibn Tarif, anuncia al pueblo el
doloroso acaecimiento desde el mismo mimbar que estaba dispuesto para el
glorioso príncipe, y salen las turbas de la mezquita esclamando: ¡Duerme
el Amir en la sombra de la paz! Allah le sonreirá en la hora de las
cuentas porque guerreó en su camino. Ha muerto Abde-r-rahman, hijo de
Moavia, hijo de Hixem Ibn Abd-el-Malek. El halcon Coreixí[102] que vino
de Damasco ahuyentado por la negra bandera de los Beni Abbas, plegó sus
alas en la perfumada orilla del Guadalquivir; descansa de su largo y
rápido vuelo en la bendecida tierra del Andalús, donde es el mejor
rebato, y donde hay promesas del Annabí de que un dia de pelea en ella
es mas ensalzado y meritorio que dos años en cualquier otra
frontera[103]. Ábransele de par en par las puertas del Eden, pues
verdaderamente edificó en la Genna al fundar esta gran mezquita en el
pais donde contarán de él y de su posteridad los convertidos rumíes:
mandóseles que nos combatiesen hasta que dijéramos «no hay mas Dios que
Allah,» y cuando esto dijimos ganamos por su medio esperanza y hacienda.
Estas y otras semejantes esclamaciones hacen, acordes en su sentimiento
por tan dolorosa pérdida, todos los que acuden á visitar al Sultan
difunto, y entre ellos se señalan por sus estremadas demostraciones los
jeques de las tribus Modharitas[104], los caudillos de los Eslavos, los
adalides Bereberes y Zenetes, todos los walíes, capitanes, alcaides,
cadíes y alfaquís de las circunvecinas provincias, que sin distincion de
partidos, y depuesta toda rivalidad de razas, acudieron á la Sede del
naciente Califato atraidos por la fama de la nueva fundacion. Todos,
despues de hecha en sus personas la purificacion que prescriben la Ley y
la Sunnah, se acercan en respetuoso silencio á la regia cámara, y entre
el numeroso tropel que rodea el lecho mortuorio distinguimos
primeramente á un hombre de rostro lampiño y macilento, abultado de
cuerpo y lujosamente ataviado: es el eunuco Mansur, primero entre los
de su especie que alcanzó en la España árabe el honor de ser encumbrado
al cargo de hagib, y en quien el mérito personal justifica lo que á los
ojos de los varoniles Yemenitas solo la tradicion asiática puede hacer
tolerable. Ceden á este el puesto de preferencia otros siete personages,
jeques del consejo privado del Sultan difunto, que son los siguientes:
Abú Othman, el impetuoso caudillo árabe que habia sido el primero en
levantar el estandarte de Abde-r-rahman en Andalucía; Abdullah Ibn
Khaled, yerno del rey; Abú Abdah, gobernador de Sevilla; Shoheyd, hijo
de Isa, hijo de Shoheyd, descendiente de un bereber, segun algunos de un
griego, que habiendo caido prisionero en las primeras guerras del Islam,
fué esclavo de Moavia hijo de Merwan; Abdu-s-sellám Ibn Basil, griego
tambien, y liberto de Abdullah Ibn Moavia; Thálebab Ibn Obeyd Ibn
Annadhdhám Al-jodhamí, gobernador de Zaragoza; y por último, A'ssen Ibn
Moslem Ath-Thakefí, que era uno de los mas celosos partidarios de
Abde-r-rahman, y el que en la famosa batalla de Músarah dió á sus tropas
el ejemplo de cruzar á nado el rio. Vemos luego presentarse en la
fúnebre estancia, con rozagantes aunque enlutadas vestiduras, y
haciéndole cortejo una lucida guardia de honor, al príncipe Abdullah,
grave y taciturno, que viene á sustituir á su hermano Hixem, sucesor en
el trono, y ausente en Mérida, en el oficio de Imam, y á quien el Cadí
de los Cadíes deja respetuosamente el puesto junto al féretro. Después
de algunos momentos de absoluto silencio, y pasada la hora de la primera
azala, procédese á la conduccion del augusto cadáver al cementerio del
alcázar: concédese entrada franca al pueblo que recibió de su rey en
vida tantas pruebas de amor y de justicia, y entre los que corren
presurosos á presenciar el solemne entierro formando apiñadas turbas, se
mezclan y confunden el Egipcio de piel tostada, procedente de Beja ó de
Lisboa, el Emeseno que olvida la tierra del Líbano por la de Sevilla ó
Niebla, el Palestino, descendiente de Filisteos, que habita en Medina
Sidonia ó en Algeciras, el Persa de voluminoso turbante arraigado en la
antigua _Julia_[105], el Asirio morador de la montuosa Elvira, el
Kinserita que disfruta las minas y los pastos de Jaen, y el Damasceno
que goza las preeminencias de Cortesano; sobresalen por sus ricos trages
y por el privilegio de llevar el cabello largo recogido á un lado, los
Cadíes de la capital y sus aledaños, distínguense los turbantes
amarillos de muchos Judíos, y llaman la atencion por los lineamientos de
sus bermejos semblantes no pocos Españoles de orígen godo, que habiendo
nacido en la grey de Cristo, renegaron ¡oh mengua! de su religion, y
seducidos por el interés sirven como _mulados_ en el ejército musulman.
Todas las clases de la poblacion hallan cabida en los espaciosos patios
del alcázar, donde junto al capuchon del jeque, se despliega el taylasan
de la gente comun, luce la vistosa sobrevesta ó la limpia cota del
soldado, y hace pardusco fondo el raido darwazah del mendigo. Abre calle
el gentío á la prolongada hilera del acompañamiento fúnebre, y llegado
el cadáver al lugar de su sepultura, comienza Abdullah con lentitud y
magestad la oracion ritual que repiten á media voz los asistentes:
"_Allah ua aqbar_, loores á Allah que mata y resucita: suyas son las
gracias y las grandezas y los imperios, él es sobre toda cosa poderoso!
Señor, haz gracia y merced á Mohammad y á los de Mohammad, apiádate de
Mohammad y de los de Mohammad! Señor, este es tu siervo Adde-r-rahman,
hijo de tu siervo Moavia: tú lo criaste y mantuviste y lo revivificarás;
tú sabes lo que hay en él secreto y paladino; venímoste á rogar por él.
Señor, á tí nos acercamos, que tú eres cumplido de homenage. Señor,
defiéndele de la tentacion de la huesa y de las penas de la Jehenna.
Señor, perdónale y hónrale su morada, y ensánchale su huesa, y límpiale
de sus yerros y pecados, y dale compañía mejor que la que tiene. Señor,
si es bueno, crécele en descanso, y si es que faltó en tu servicio,
pásale sus pecados, que tú eres sobre toda cosa poderoso. Señor,
afírmale la lengua al tiempo de la pregunta de la huesa, y no lo
repruebes, ni le escandalices con que no tiene poder para defenderse de
ello. _Allah ua aqbar, Allah ua aqbar, Allah ua aqbar._» Y despues de
breve pausa añade en tono de oracion, sin que repita sus palabras la
comitiva: «Señor Allah! perdona á nuestros vivos y á nuestros muertos, á
los presentes y á los ausentes, á los grandes y á los pequeños, hombres
y mugeres, que tú sabes nuestros fines: y pues tenemos esperanza en tu
piedad, perdona nuestros yerros y pecados. Señor, defiéndele del
escándalo de la huesa y de las penas de la Jehenna, y danos buen fin en
nuestros dias: amen." Abdullah da salam[106] á la concurrencia, en
seguida es entregado el cadáver á los sepultureros, y al hundirle en la
huesa, donde es cuidadosamente depositado de cara á la quibla, dice por
última vez el príncipe: «Señor Allah! nuestro hermano dejó el mundo y va
hácia tí. Señor, afírmale la lengua en la demanda de la huesa, que tú
eres sobre toda cosa poderoso!»

¿Para quién reserva Dios la tremenda gloria de acabar la gran mezquita?
Para Hixem, hijo predilecto de Abde-r-rahman, jurado ya por todos los
walíes como sucesor en el imperio, á quien aclama hoy solemnemente la
ciudad de Mérida, cuyas calles recorre con gran pompa y numeroso séquito
de caballería. Por él se hace ya la hotba y se pregona desde todos los
alminares de las principales mezquitas de España, y en todas partes
repite el pueblo: ¡Dios ensalce y guarde á nuestro rey Hixem, hijo de
Abde-r-rahman!--¿Sabeis por qué la mezquita mayor de Córdoba fué tambien
objeto de particular solicitud del nuevo monarca? Os lo voy á referir.

Residia en Algeciras un astrólogo afamado, cuyo nombre era Adh-dhobí. No
bien subió Hixem al trono, le mandó llamar para que le predijese su
destino, lo que el astrólogo rehusó hacer al pronto temiendo desagradar
al nuevo rey. Cediendo por fin á sus insistencias, le dijo Adh-dhobí:
«Tu reinado, oh amir, será glorioso y feliz, y señalado con grandes
victorias; pero, si mis cálculos no salen fallidos, su duracion será de
unos ocho años solamente.» Hixem permaneció largo rato silencioso y
meditabundo, mas luego alzó sereno la frente y esclamó: Oh Adh-dhobí, tu
prediccion no me amedrenta, aun cuando sea sugerida á tu boca por el
mismo Omnipotente, porque si el tiempo de vida que me concede logro
pasarlo en su adoracion, cuando llegue mi hora diré resignado: ¡hágase
su voluntad! Despidió el rey al astrólogo despues de remunerarle
fastuosamente, y cuenta la tradicion que desde aquel dia se abstuvo de
los placeres mundanales, siendo la piedad, la justicia y la benevolencia
la única guia de sus acciones. Con esta elevada mira fué su breve
reinado fecundo en grandes empresas, reprimió la rebelion de sus dos
hermanos Suleyman y Abdullah, llevó la guerra santa hasta la Cerdaña,
entró y saqueó á Narbona, imponiendo á los infelices cristianos la dura
obligacion de llevar en sus hombros hasta Córdoba la tierra de sus
demolidas murallas, para hacer en sus alcázares una mezquita[107],
hízose ominoso á la España y á los Francos, y por último contribuyó
poderosamente á cimentar el imperio del Islam en Andalucía
engrandeciendo su capital, reparando su magnífico puente, creando
institutos de pública utilidad, y terminando la grande aljama fundada
por su padre, donde estableció y dotó escuelas y madrisas: todo con los
recursos del azaque y de su legítima parte en las conquistas, sin exigir
de sus muslimes tributo alguno estraordinario. Tanto fructificó en el
corazon de este grande y temido rey el germen de seria meditacion que en
él depositó el agorero.

La grande aljama quedó concluida el año 177 de la Egira (año 793 de J.
C.), contribuyendo á sus obras, lo mismo que bajo el reinado de
Abde-r-rahman, el Amir con su asídua proteccion y personal asistencia,
los walíes de las provincias con ricos despojos de antiguos monumentos,
los artífices con su ingenio, las victorias con su pingüe botin, la
ciudad con ceder los operarios, las sierras de Córdoba y Cabra con
suministrar los tesoros de sus canteras, Africa con prestar sus
incorruptibles troncos de pino-alerce, Asia con inocular en el naciente
arte árabe-hispano el genio de la ornamentacion, sus inspiraciones, su
poesía, y Dios en fin con permitir, en castigo de las culpas de nuestros
padres, que la moral bastarda de los hijos del Yemen impregnada de letal
materialismo se entronizase en la Bética como regla suprema de una
sociedad rebelde al luminoso y casto yugo del Evangelio.

[Illustration: CATEDRAL DE CÓRDOBA.

_Puerta de las Palmas desde el patio._]

Sí, la grande aljama está concluida: ¡tambien Hixem cree haber asegurado
su puesto en el jardin eterno de las delicias! Ved esa nueva casa de
adoracion magestuosamente asentada al confin meridional de la gran
ciudad, junto á la verde orilla del mas ancho rio del Andalús, ocupando
una estensa area regular de 460 piés del septentrion al mediodia, y de
280 de oriente á occidente, cercada de altos y gruesos muros almenados y
bien guarnecidos, flanqueada en su recinto por robustos estribos de
torres albarranas y un enhiesto alminar, abierta á los muslimes por
nueve espaciosas y riquísimas puertas esteriores y once interiores,
cuatro á cada lado de oriente y occidente, una principal al norte, y las
once en la fachada interior, dentro del pensil de las abluciones,
comunicando á otras tantas naves del templo. Contemplad la hermosa
disposicion interna de ese insigne monumento, el gran patio que le sirve
de atrio, con anchos pórticos en las tres bandas de norte, oriente y
poniente, fuentes para el alguado[108] y las purificaciones, y frescas
alamedas de naranjos y palmeras enlazados al pié por bien dispuestas
plantaciones de flores; luego el magestuoso buque de la inmensa casa de
oracion, sencillamente compartido en once largas naves, que dirigiéndose
de norte á sur, se cruzan en ángulo recto con veinte y una naves menores
que van de oriente á occidente; luego la elegante é ideal combinacion de
esas arquerías en que las pilastras se sobreponen á las columnas, y unos
arcos á otros arcos, dejando paso á la luz entre la columnata superior y
la inferior, como remedando la arquitectura los atrevidos juegos
gimnásticos de las ágiles caravanas del desierto; luego la sabia y
ligera forma de esas once riquísimas techumbres de alerce, labradas,
pintadas y doradas, que recuerdan al que las mira las sutiles armaduras
de las voladoras naves sirias con que conquistó otro Moavia á las
Cícladas, á Rodas y á Sicilia; luego, finalmente, el misterioso y
recóndito santuario donde se guarda el Koran, en cuyo recinto ha agotado
el arte oriental toda la riqueza de sus recursos fascinadores. Figuraos
ahora realzada la imponente magestad de esa gran mezquita con las galas
de que pueden revestirla el mas esquisito gusto y la riqueza, de consuno
con las exigencias de una religion inventada para cautivar los sentidos,
y se deslumbrarán vuestros ojos con la masa de luz de los candelabros,
se embriagará vuestro olfato con las preciosas esencias quemadas bajo
aquellos taraceados artesones, halagarán todo vuestro cuerpo las tibias
auras primaverales impregnadas de azahar, que se deslizarán por vuestra
sien trayéndoos deshechos en ráfagas los trinos de los ruiseñores con
los brillantes globulillos del agua que se estrella en el duro mármol de
las fuentes. Las once grandes puertas que conducen del patio á la
mezquita estan abiertas: son once soberbios arcos ultra-semicirculares y
dobles, todos en fila, sostenidos en esbeltas columnas de mármol que de
cuatro en cuatro rodean á los recios machos de piedra en que se afirman,
como lindas esclavas gemelas que dando la espalda al magestuoso diseño,
se enlazan entre sí volteando dobles guirnaldas[109]. Estas once puertas
muestran á los que cruzan el atrio el interior del templo como en
combustion, y á los que ocupan el templo les descubren los jardines del
suspirado Eden, donde bullen las aguas y los rayos del sol por entre las
verdes ramas cuajadas de pomas de oro. Hé aquí la santa casa de
adoracion que sobrepuja en suntuosidad, belleza y gallardía á las mas
afamadas mezquitas de Arabia, Siria y Africa: oid lo que de ella canta
el poeta Mohammed Ibn Mohammed Al-baluní[110]:

«Ha gastado Abde-r-rahman por amor á su Dios y en honor de su religion
ochenta mil dinares de plata y oro.

»Los ha invertido en construir un templo para uso de su piadosa nacion,
y para la mejor observancia de la religion del profeta Mohammed.

»En él vereis relucir el oro prodigado en sus artesones con la misma
brillantez que el relámpago que atraviesa las nubes.»

No exageraba el poeta, porque realmente á la luz de las lámparas y
candelabros, velada por la neblina de los aromas, debia parecer aquella
rica techumbre lo que en enérgico lenguaje vulgar llamamos una _ascua de
oro_.

¿Pues qué impresion no causaria el espléndido interior que contemplamos
al ver algunos años despues el oro prodigado en los mismos capiteles de
las columnas y en las pilastras de las arquerías? A medida que se va
cimentando el Califato, va este soberbio templo creciendo en riqueza.
Así como el famoso milímetro de Rhaudhá marca en Egipto las crecientes
del desbordado rio que le hace fecundo, así la gran mezquita de Córdoba
señala en Andalucía los progresos del arte arábigo invasor. Bien
necesitan en verdad los descendientes de Moavia dar á la corte de su
imperio esplendor y lustre; forzosamente han de ser grandes y magníficas
las huellas de su dominacion, norma y estímulo para sus sucesores;
porque sus émulos los Abassides estan resucitando en las bíblicas
llanuras fertilizadas por el Eufrates y el Tigris las fantásticas
creaciones de Belo y de Semíramis, reproduciendo las pasadas glorias de
los Ninivitas y Babilonios, sobrepujando en fastosidad á los Persas,
oscureciendo la cultura de los Griegos Seléucidas, y afrentando la
artística voluptuosidad de los Sassanidas. El año mismo en que el
ilustre vástago proscrito de los Umeyas abrió los fundamentos de la
aljama de Córdoba, subia al trono del imperio musulman de Oriente el
famoso Harun-al-Raschid, el Pericles de los Arabes, dirigido por su
sabio wazir Yahia, de la preclara familia de los Barmácidas, á quien
debe su reinado sus principales títulos de gloria. ¡Cuenta que este gran
Califa, al fijar la planta en el trono de los Abassides, ostenta ya
ceñida la sien con el lauro de la victoria; que las huestes de la
emperatriz Irene han huido ante él despavoridas en los campos del Asia
menor; que la Providencia le tiene reservado para hacer inmensas
conquistas en el Asia y escarmentar el orgullo de Nicéforo; que no en
vano parece haberle dotado la naturaleza de un corazon de hierro y de la
mas esquisita sensualidad, puesto que para levantar la tiranía del
Islamismo á la altura de sistema político capaz de contrabalancear la
vigorosa accion del Occidente, es preciso que Harun pueda ver sereno
espirar en horribles suplicios á muchos individuos de su propia sangre
desde el asilo y templo de los placeres![111] El hijo de Harun se jacta
de que sabrá mover el Oriente y el Occidente con la misma facilidad que
si fueran piezas de ajedrez: bravata verdaderamente asiática, pero que
compromete á los emancipados sultanes de Andalucía á sobrepujar,
siquiera sea por arte satánica, en fasto, en gloria, en prestigio y
poderío, á los que así presumen ser árbitros del mundo. Grande y hermosa
es Córdoba, pero bella y grande es tambien la nueva _ciudad de la paz_,
la rica y voluptuosa Bagdad, que Abu-Giaffar Al-mansur confió á las
zalamas del Tigris en el asiento mismo de una poética quinta regalada
por Cosroes Anuschirevan á su querida. Grande y próspero ha sido el
reinado de Abde-r-rahman I: su hijo Hixem, continuador de su sabia
política, ha logrado ruidosos triunfos que contribuyen á consolidar la
mas preciosa conquista sarracena: Al-hakem asciende ahora á la suprema
dignidad en Córdoba, y se anuncia como príncipe de incomparables
cualidades para la obra que está llamado á secundar, porque ama el
bélico tráfago y le devora el deseo de la ciencia y de los deleites;
pero tal vez mas próspero y grande, mas victorioso, mas sabio, mas
ilustrado y mas fecundo en goces de toda especie, va á ser el reinado de
Harun, de ese genio singular en quien brillan reunidas las dotes de
todos los sultanes de España juntos. ¡Qué terrible competencia, qué
triste rivalidad la de los dos imperios musulmanes, la de las dos
providenciales familias de los Beni Abbas y de los Beni Umeyas, para las
infelices provincias ya medio amortajadas en los girones de púrpura y
oro de los Isaurios, ó aun medio envueltas en los cendales de la
barbarie godo-germánica! Como esos briosos caballos que en el circo de
Bizancio se disputan el premio de la carrera, único espectáculo que hace
latir el mezquino corazon de los degenerados Imperiales, así se lanzan á
la conquista de la grande unidad islamita en el estadio del antiguo
mundo romano esos dos gigantes enemigos de la civilizacion del
Cristianismo, que para mejor cautivar á los amantes del progreso de la
humana inteligencia, hacen resonar con acentos de armoniosa poesía las
florestas de los dos rios históricos, Tigris y Betis, honran con
magníficas fundaciones el tranquilo culto grato á Academo, ponen sobre
su cabeza los libros de Aristóteles y Platon, y levantando en alto el
gracioso canastillo corintio, tributan al arte de la Grecia el homenage
de su admiracion y respeto.

Pero dirigiendo alternativamente nuestras miradas del Guadalquivir al
Tigris, de la magestuosa Córdoba á la risueña Bagdad, advertimos en los
dos colosos genio idéntico y temperamentos diversos. El de Oriente,
ávido de lujo y de sensaciones, prodiga sus riquezas con frenética
magnificencia: Al-Mamún el dia de su boda siembra mil gruesas perlas en
el sedoso cabello de su amada, y pide setecientos porteros para su
palacio, y árboles de oro y plata para sus jardines[112]. El de
Occidente, igualmente pródigo de sus tesoros, asombra con sus rasgos de
generosidad á los avaros hijos del Norte: Abde-r-rahman II para aplacar
el justo enojo de su querida Tarúb hace tabicar la puerta de su aposento
con sacos llenos de dinares, á fin de que al hacer la hermosa concubina
las paces con su señor, sea una lluvia de oro la recompensa de su
perdon[113]. Codicia el de Oriente la posesion de la ciencia y se
esfuerza por alcanzarla, porque Mahoma habia dicho en su Koran: «Un
entendimiento sin erudicion es como un cuerpo sin alma.» Harun llama á
su corte á los médicos, á los filósofos, á los literatos, á los
artistas, sin distincion de patria y de religion[114], los colma de
agasajos y de honores, forma con su auxilio el vínculo moral único capaz
de contener la disolucion de su imperio, y á su benéfico influjo las
nociones antiguas, momentáneamente proscritas por la inexorable
cimitarra de los Arabes conquistadores, renacen y reaparecen del mismo
modo que vuelven á levantar sus vívidas corolas á los rayos del sol las
tiernas flores envilecidas en el lodo durante la tormenta. Imposible es
abarcar de una sola ojeada todos los timbres de gloria de los Califas
Abassides: animados de la mas generosa tolerancia, encomiendan á los
Cristianos de Bagdad la version de las obras de los filósofos griegos,
fomentan entre los Sarracenos el estudio de la _ciencia de la razon_,
protegen las escuelas judáicas fundadas en Sora y Pundebita para la
propagacion de la filosofía alejandrina, no contentos con favorecer la
investigacion de todos los manuscritos que se habian salvado de los
desastres de la invasion, piden á los emperadores de Bizancio que les
envien sus libros y sus sabios[115], enriquecen sus bibliotecas con los
tesoros de la literatura persa, nombran comisiones que traduzcan las
obras preciosas de la antigüedad, á Homero, á Tolomeo, á Aristóteles,
crean academias é institutos científicos en Bagdad, en Ispahan, en
Firuzabad, en Samarkanda, en Damasco, en Kuffah y Bassorah, con escuelas
gratuitas y públicas, en una de las cuales[116] llegan á juntar hasta
seis mil alumnos, y consiguen que sean la lengua árabe el idioma de la
ciencia, y el Islamismo la religion general del Asia entera, que adopta
gustosa la lengua de su Profeta. Y esa lengua que en sonoros versos de
cantos antiguos habia cautivado á los apasionados Arabes cuando hijos
del desierto, ¿de qué bellezas no será susceptible ahora que el círculo
de las impresiones se ha dilatado tanto para los que viven entre las
riquezas de la naturaleza domada por el arte, y á la benéfica sombra de
un soberano que retribuye con cincuenta mil doblas un sencillo
poema[117], y que premia al bardo vencedor en los certámenes de Ocadh
con cien dinares de oro, un caftan bordado, un arrogante caballo, una
linda esclava, y el título de príncipe durante un año? Figúrasenos estar
viendo los caminos de la Meka á Bagdad, a Balk, a Samarkanda y á
Nisapur, frecuentados á todas horas del dia y de la noche por tranquilas
caravanas: ¿son por ventura los esclavos africanos, las sederías de la
India, los perfumes del Cabúl el único comercio que alimentan esos
ambulantes bazares conducidos en interminables y pulverulentas filas de
camellos? No: sobre aquellas gibosas y pacientes acémilas se transporta
tambien la riqueza intelectual, la ciencia, el arte, la poesía: ved esas
blancas construcciones que de trecho en trecho asoman sus dilatadas
terrazas por entre los grupos de palmeras tan gratos á la sedienta
caravana; esas son las hospederías de los poetas y de los sabios, los
depósitos de las letras, los paradores de la inteligencia, espresamente
erigidos en obsequio de los sabios peregrinantes por los magnates que
como Saïfed'dullah se disputan el honor de albergarlos y de recoger sus
historias, sus dogmas, sus improvisaciones. ¿Por qué los Califas de
Occidente no marchan con la misma rapidez que los afortunados Abassides
hácia el fin glorioso que estos ya tocan con sus manos, de construir el
mundo islamita sobre la poderosa base de la unidad de lenguaje y de
creencias, convertido el Koran á pesar de sus errores en piedra angular
del edificio social, intelectual y político? ¡Ah! porque los hijos de
Beni Abbas gobiernan pueblos sosegados que pasaron ya del período de las
conquistas, pueblos ademas criados en las tradiciones asiáticas, en
quienes es índole peculiar el amor á la vida regalada, ociosa y
contemplativa; y los Umeyas por el contrario rigen un pueblo conmovido y
agitado aun por la fiebre de las invasiones, que aunque ansioso tambien
de ciencias y de placeres, se ve contrastado por las rebeldes razas del
Norte, tenaces en sus ideas de independencia y aleccionadas en una
religion que hace de las fatigas y privaciones el ejercicio normal de la
vida. Lo que en el Oriente es ingénito y espontáneo, es en el Occidente
artificial é ingerto. Lo que allí es una improvisacion, tiene que ser
aquí una formacion trabajosa, lenta y paulatina. Dia vendrá en que el
Califato andaluz oscurezca con su brillantez las glorias de los Califas
negros[118], y en que asombrados y llenos de maravilla los altivos reyes
godos y francos, y hasta los mismos pontífices del Cristianismo[119],
claven fascinados sus miradas en la sabia y magnífica Córdoba. Como
águilas que beben la luz del sol, mirarán inciertos ya á los horizontes
de la feliz Mesopotamia, ya á las cumbres de la rica Andalucía, sin
saber cuál sea el verdadero astro del Oriente. Pero esto no será hasta
que la perseverante lima de la cultura atenúe las punzantes antipatías
de las razas, y la seductora vida asiática contamine y enerve los
corazones de los discípulos de Cristo.

Por ahora la misma capital del Califato es tierra de rebato: los Umeyas
no viven seguros ni en su propia corte. ¿Cómo ha de pensar Al-hakem en
las glorias de las artes cuando la consolidacion de su Estado es una
obra comenzada apenas? Harta ocupacion le darán los Francos que avanzan
hasta Tarazona, los rebeldes de Toledo y Calatrava, los Cristianos de
Galicia, y hasta los sediciosos de su misma sangre, que introduciendo la
division en los súbditos musulmanes, abren las puertas á los enemigos
esteriores. Energía en la guerra, economía en la administracion,
imparcialidad en la justicia, sagacidad y cautela en el modo de vivir,
son las dotes que distinguen á este Sultan. Veréisle aumentar su hueste
de renegados hasta reunir mil mamelucos de infantería y cinco mil de á
caballo, y la guarda de su persona hasta dos mil eunucos; oirá y juzgará
por sí mismo las causas de los pobres, perseguirá severamente á los
malhechores, será liberal con los necesitados, estrenuo y sabio en sus
determinaciones. Tendrá constantemente á las puertas de su alcázar un
numeroso cuerpo de caballería, y en ambas orillas del rio, junto al
alcázar mismo, una guardia permanente de mil renegados. No invertirá
sumas de consideracion en la mezquita mayor, pero construirá para sus
tropas cómodos cuarteles y espaciosos establos. Mantendrá numerosos
espías que le enteren del estado de la opinion pública: estallará mañana
una insurreccion en el suburbio occidental, y al dia siguiente al rayar
el alba aparecerán colgados en las alamedas del Guadalquivir
trescientos cadáveres desfigurados!...[120] Al-haken enriquece la aljama
de Córdoba con una joya de mucho mayor prez que el oro y el mosáico:
confiere el cargo de su Justicia mayor ó Cadí de los Cadíes al sabio y
virtuoso Mohammad Ibn Bashír, y con este solo acto ha hecho lo
suficiente para que su nombre resuene siempre venerado en las aulas del
templo. Ibn Bashír, teólogo profundo, despreciador filósofo de las
mundanas pompas, justo y recto juzgador de las humanas intenciones,
¡cuánto vale el prestigio de tu ciencia y de tus virtudes para la
tranquilidad de ese mismo pueblo orgulloso que te moteja escandalizado
porque el primer Viernes despues de tu nombramiento entras en la aljama
con el cabello suelto y tendido, un amarillento ridá[121] sobre tus
hombros, y abarcas en los piés! Un dia, despues de orar y predicar al
pueblo, siéntase Ibn Bashír en el tribunal anejo al templo, y llégase á
él un forastero, que al verle tan singularmente vestido, despeinado y
con la cara mal enjugada[122]: enséñame, le dice, dónde está el Cadí.
Héle aquí, le responde señalando á Bashír uno de los que se hallan allí
presentes.--No te diviertas conmigo, replica el forastero; te pregunto
por el Cadí, y me diriges á un soplaflautas.--Convencido sin embargo de
que no le han engañado, encamínase al Cadí, ruégale le disimule su
desatencion, espónele luego el caso que le trae al tribunal, y obtiene
el consejo mas justo é imparcial que podia jamás haberse prometido.
Creereis tal vez que ese filósofo original es como muchos cortesanos, en
la apariencia desinteresados é independientes, y en realidad tan
flexibles al poder como solícitos en su propio negocio: todo al
contrario, arrostrará por la verdad y la justicia la cólera de su rey.
Cuando uno de sus leales amigos, receloso de los peligros á que le
espone su escesiva rectitud, le escriba: «Si sigues como hasta aquí,
mucho me temo que te cueste tu destino,» le contestará impávido: «¡Dios
haga que cuanto antes me vea con mi mulita Ashshakrá en el camino de
Beja!» y si ocurre alguna vez que un ciudadano cualquiera tenga que
sostener un pleito contra el Amir, como le sucedió á un oscuro molinero,
á quien quisieron arrebatar su propiedad para incorporarla al palacio
los oficiosos cortesanos, ciertamente no se retirará del tribunal del
Cadí desconsolado si la razon está de su parte. ¿Por ventura no se
lisonjeaba ayer uno de los hijos de Adde-r-rahman I de que ganaria
cierto ruidoso pleito por tener en favor de su accion el testimonio de
su sobrino Al-hakem cuando príncipe heredero, y el íntegro Bashír
sentencia contra él por no haber comparecido en su tribunal el Amir en
persona á ratificarse en el testimonio dado antes de subir al trono?
Pues notad otro insigne ejemplo de la justificacion de este notable
funcionario, y meditad si avanzará camino en cualquiera pais del mundo
una monarquía que se ostenta sostenida en principios tan seguros como la
igualdad ante la ley y el amor á la justicia. Un oficial palatino de
Al-hakem, gefe de sus caballerizas, llamado Musa Ibn Semáh, acude en una
ocasion al Sultan en queja del Cadí, esponiendo que este se ha escedido
de su autoridad y sentenciado contra él injustamente.--Pronto veré yo,
dícele Al-hakem, si lo que me refieres es cierto. Vé inmediatamente al
Cadí, y di que quieres hablarle: si te lo concede, te creeré, y él será
castigado y destituido de su cargo; pero si te lo niega á pesar de tus
instancias, mi estimacion hácia él será mayor, porque tengo por seguro
que no es un tirano, sino un hombre probo y amante de la verdad.--Va
Musa segun se le ordena á casa de Ibn Bashír, y manda al propio tiempo
Al-hakem á uno de los eslavos de su guardia que sin ser visto espíe á
Musa, y le dé cuenta de lo que ocurra entre su caballerizo y el Cadí. De
allí á poco vuelve el eslavo y refiere al Amir, cómo al llegar Musa á la
habitacion del Cadí le habia recibido un portero, el cual, despues de
avisar á su amo, salió con este recado: «me manda el Cadí que te diga,
que si algun asunto legal se te ocurre, mejor harás en dirigirte al
tribunal en las horas en que administra justicia.» Al oir esto Al-hakem,
se sonríe y esclama: bien sabia yo que Ibn Bashír era un juez recto sin
parcialidad para ninguno. Un rey que tiene magistrados como Ibn Bashír
no importa que no tenga en el Guadalquivir, como el hijo de Harun en el
Tigris, cinco naves cubiertas de plata y oro, una en forma de dragon,
otra en forma de caballo, otra en forma de leon, otra en forma de águila
y otra en forma de elefante.

Puede decirse que si Abde-r-rahman II logra el descanso y gusto
suficientes para consagrarse al mayor engrandecimiento de la mezquita y
cubrir de oro sus labradas pilastras y capiteles, lo debe esclusivamente
á la prudencia y sabiduría de su padre Al-hakem. Imitando sus cualidades
bélicas, hace temido su nombre entre los enemigos del Islam, y siguiendo
su acertada administracion prepara para los postreros años de su vida un
reinado de paz y de esplendor. De paz y de esplendor, sí, porque los
ayes de agonía de los humildes mártires cristianos no turbarán su
sosiego, ni su inocente sangre copiosamente derramada mancillará á los
ojos de la divertida corte mahometana los timbres y blasones del
monarca. ¿No le proporciona este paz y riquezas para disfrutar las
comodidades y placeres de la vida? Para Abde-r-rahman II tenia reservada
el cielo la triste gloria de inaugurar en la España árabe la tiranía en
nombre de la fé religiosa, y de establecer por medio de la fuerza la
unidad islamita en sus dominios, lanzando en un dia de enojo á los
cuatro ángulos de la escarnecida Iberia, en plena paz, aquella terrible
intimacion que los sanguinarios Abu-Obei-dah y Khaled habian dirigido á
los malhadados habitantes de Bosra: «¡Haceos Musulmanes, ó tended la
cerviz bajo la cimitarra!» Es muy de notar, en efecto, que empiecen la
persecucion de la intolerancia bajo el imperio de la justicia, los
escesos de la inhumanidad con la afinacion de las costumbres, y que
vayan desarrollándose paralelamente la prosperidad del Estado y el
envilecimiento del individuo. ¡Ah! ¡por qué la crueldad y la sensualidad
han de reemplazar tan facilmente con hipócrita disfraz á los dos ángeles
tutelares de los tronos, la Justicia y el Amor! ¡por qué esos dos
maléficos instintos han de ser los compañeros inseparables de la mundana
felicidad y como las cariátides del lecho en que duerme la civilizacion
prevaricadora y descuidada! ¿Qué ley fatal determina esa chocante
contradiccion que hace al hombre rústico é incivil capaz de altos y
nobles afectos, y al hombre culto insensible y desnaturalizado? La
cultura que halaga y afemina es la misma que endurece el corazon, del
propio modo que el martillo que bate y limpia de escorias el hierro es
el que lo convierte en duro y liso acero.

Todos los grandes tiranos han tenido sus panegiristas, unos por el temor
que inspiran, otros por la seduccion que ejercen. Abde-r-rahman II es un
tirano fastuoso, galante, lleno de dotes y de ingenio para rendir
voluntades. ¿Cómo no perdonarle las crueldades que contra los infieles
cristianos comete, si posee el arte de representarlas como actos de
estricta justicia? Ademas, á un rey valiente y enamorado, que en el
campo de batalla triunfa como un héroe y en las florestas suspira como
un afeminado doncel; á un rey que lisonjea el gusto de un pueblo amante
del lujo, de la ostentacion y de la cultura, dándole escuelas y madrisas
que le instruyan, jardines y casas de placer que le recreen, embajadores
como Al-ghazal que le acrediten de grande y culto á los ojos de la corte
de Constantinopla[123], maestros de música y de modas que le entretengan
como Zaryáb[124], capitanes que le defiendan como Obeydallah[125],
aliados como el emperador griego y el rey franco[126], y una
consideracion superior á la que logran los Beni Abbás; á un rey, por
último, que emplea un reinado de treinta años en labrar la prosperidad
de sus vasallos haciéndolos cultos, vencedores, ricos, y á su manera
felices, no es mucho que estos le celebren y le ensalcen aunque los
míseros cautivos giman y lloren. Compréndese que su pueblo, fautor de
sus placeres, le perdone, y no solo le perdone, sino que aplauda su
severidad con los Cristianos, á quienes esa misma prosperidad agovia y
aniquila. Lo que no se concibe si no se tiene muy en cuenta la natural
perfidia del hombre, es que el Califa encontrase en vida panegiristas,
aun entre los mismos alumnos de Cristo, y los mártires hallasen verdugos
entre los que con ellos debian compartir las cadenas y el oprobio[127].

Almas afectuosas que amais la memoria de esas otras almas sublimes, y
fuertes á la par que delicadas, que en vida fueron valerosos soldados
de la fé, y alcanzaron muriendo la opinion de mártires santos entre la
grey que con su fecunda sangre ilustraron[128], no os imagineis al
repasar las páginas en que la piedad y la devocion consignaron sus
gloriosos triunfos, que todos los perseguidores del nombre de Cristo son
como furiosos y bárbaros asesinos sedientos de sangre y de tormentos.
Leeis que en el año 824, cuando puede decirse que Abde-r-rahman II
acababa de subir al trono, y en lo mas florido de su juventud puesto que
solo tenia 34 años de edad, dos interesantes mancebos cristianos,
llamados Adulfo y Juan, fueron martirizados solo por no querer abrazar
la secta mahometana; y creeis quizá que el que esto autorizó tenia un
corazon de tigre, inaccesible á todo humano afecto; os le figurais tal
vez como un bárbaro fanático esclusivamente preocupado de la propagacion
del Islamismo, encarnizado en el placer de los tormentos, y ciego de
furor al solo anuncio de cualquier enemigo de su sanguinario error.
¡Cómo os engañais! Acercaos á ver á esa supuesta fiera en su caverna: no
solo no hallareis en el semblante de Abde-r-rahman el ceño torvo y la
pupila sangrienta, sino que su persona, su gesto, sus ademanes, sus
palabras, su vivir y todo lo suyo, os cautivarán el corazon. Vereis á un
ser nacido para cosas grandes y privado de alcanzar la verdadera
grandeza, un corazon capaz de un amor casto y puro, esclavizado á un
amor indigno, un entendimiento susceptible del mas alto vuelo sojuzgado
por el error y la impostura; y seguramente al dar el tributo de vuestras
generosas lágrimas á los egregios mártires que bajo su imperio fueron
inmolados, no negareis un suspiro de compasion á ese príncipe que por
los inescrutables designios de Dios alcanzó dotes de ángel y al
desplegar sus alas las halló sujetas con una cadena.

Vedle, en efecto, á ese hombre inhumano, á ese implacable perseguidor
que en los últimos años de su vida presumió anegar en sangre ortodoxa la
valiente hueste evangélica; oidle mas bien, describiendo por su propio
labio su existencia de guerrero enamorado y las penas de la
ausencia[129]:

    Tus brazos dejé, alma mia,
    y al campo acudí veloz
    como flecha despedida
    por el arco zumbador.
    Los horizontes que miro
    desnudos páramos son;
    venzo un obstáculo, y hallo
    otro obstáculo mayor.

    El veneno de la ausencia
    me devora el corazon;
    las mismas piedras al verme
    se apiadan de mi dolor.
    Del Islamismo el triunfo
    por mi brazo quiere Dios:
    cubre valles y montañas
    mi ejército vencedor.

Así escribe desde el campo de batalla á su amada Tarúb, y en estos
sentidos, concisos y brillantes pensamientos, muestra bien claro el
privilegiado temple de su alma. Como poeta y como enamorado, es ya
conocido[130]; como político y como guerrero, harto le dan á conocer sus
conquistas y las paces ajustadas con Teófilo y Cárlos el Calvo; como
administrador, basta decir que utilizó sus victorias en proporcionar á
su pueblo paz, ilustracion, riquezas y goces[131]. Dice Ibnu Said que
antes de su reinado el producto de los impuestos no habia jamás escedido
de seiscientos mil dinares, y durante él llegó á producir mas de un
millon. Gastó sumas inmensas en construir palacios y quintas de
recreacion, puentes y mezquitas en las principales poblaciones, y en
ennoblecer su capital de nuevas maneras, empedrando sus calles y plazas
con losas, y llevando á ella desde la vecina sierra abundantes y
cristalinas aguas por medio de un largo y fuertísimo acueducto que como
gigantesca serpiente ondulaba por aquellas hermosas llanuras atravesando
repetidas veces las mismas entrañas de los montes[132]. A tal opulencia
y gloria llegó la capital de Andalucía bajo este rey, que escribió de él
S. Eulogio: «Córdoba, llamada antes la patricia, y hoy la ciudad real
por tener en ella su asiento, le debe el hallarse en la cumbre de la
grandeza, de los honores y de la gloria, colmada de riquezas, y
convertida en emporio de las delicias del mundo entero hasta un punto
inesplicable é increible.» ¿Creereis ahora que el sultan Abde-r-rahman
II es una intratable y sanguinaria fiera? El que tanto ama el lujo, la
magnificencia, las artes, los placeres, bien podeis asegurarlo, no tiene
corazon de bronce. ¡Pobre sultan, mas desgraciado en medio de su
aparente felicidad que esos inocentes mártires cristianos entre el
horror de sus aparentes tormentos! La conciencia de su deber le arranca
de los brazos de su amada Tarúb para volar al campo de batalla; esa
misma conciencia le sugirió como actos agradables al Omnipotente dos
leyes que fueron orígen de su suplicio y de nuestra gloria, con las
cuales no se imaginó seguramente que dirigia el pié al ensangrentado
camino donde en sus postreros años se encenagó. Pertenecen estas dos
leyes al órden político, aunque el carácter de la una mas parece á
primera vista religioso, y el de la otra de mera policía y buen
gobierno; y cumple recordarlas aquí porque, aunque ominosas á nuestra fé
cristiana, ellas contribuyeron poderosamente á cimentar el poder
islamita en España, á fomentar el espíritu de proselitismo sin el cual
la nacionalidad mahometana no puede existir, á hacer la monarquía
musulmana una y compacta, y prepararon finalmente las vias al tremendo
aluvion de conquistas con que cubrió despues los aniquilados restos de
la España cristiana el impetuoso Almanzor. «Todo hijo de padre ó madre
mahometano, será mahometano tambien, so pena de muerte,» decia la
una[133]; la otra venia á ser una mera confirmacion de un artículo del
fuero otorgado por Alboacem: «El que dijere mal de Mahoma ó de su Ley,
sea muerto[134].» Con esta draconiana sencillez consignaba Abde-r-rahman
el victorioso[135] su celo por el completo triunfo del Islamismo y su
obsequio á la alta _razon de Estado_. Con este tristísimo preludio, sin
mas de lo que estrictamente exigian de consuno la conservacion del órden
social y las necesidades de la política musulmana, sin lujo alguno de
tormentos accesorios[136], y como una cosa muy natural dentro del
círculo del derecho penal mas escrupuloso, comenzó la sangrienta
persecucion sarracénica como una verdadera lucha instestina entre el
Estado que pugna por consolidarse y la conciencia que forcejea por la
conservacion de su libertad, y en la cual, si bien los instrumentos del
poder se encruelecieron al compás de la exaltacion en la santa protesta,
el principio que guió al Estado al castigar inflexible el delito de
subversion no dejó de ser por eso legítimo en la esfera de las ideas
islamitas. Acabó para siempre la antigua tolerancia: si cristianos y
muslimes procedieron en alguna época de concierto, cuando todavía no se
hallaban bien penetrados del antagonismo de sus orígenes[137], ahora ya
ambas religiones han avanzado mucho camino y se han separado para no
volverse mas á encontrar. Ni el mahometismo de Bagdad y de Córdoba es el
mahometismo del Yemen, ni el cristianismo de los Paulos, Eulogios y
Perfectos, es aquel cristianismo desfigurado de los Nestorianos de
Oriente[138]. Dos principios que aun no han producido resultados pueden
parecer idénticos, así como en su orígen nadie diferenciará el manantial
destinado á ser magestuoso rio del manantial que corre á perderse en
inmundos lodazales; pero cuando esos dos principios han arrojado ya de
sí todas sus consecuencias, cuando cada uno de ellos ha apurado por
decirlo así el sueño de la crisálida para estender libremente sus alas á
la luz, no es posible que se amalgamen y confundan. El mahometismo
desarrollado ha ofrecido al mundo como legítimo producto la mas refinada
voluptuosidad; el cristianismo, vuelto á sus genuinas aspiraciones
despues de la breve escursion que sus malos intérpretes han hecho por el
dominio gentílico, proclama por la voz de los penitentes y contritos que
la perfeccion de la vida solo se encuentra en la ley del sacrificio, de
la caridad y de la propia abnegacion. ¡Guerra implacable, pues, á los
que condenan la cómoda religion del Profeta! ¿Qué mayor honor, qué mayor
obsequio puede tributarse á la Ley escrita en las portadas y columnatas
de la gran mezquita, que inmolar á su ciego acatamiento á todo el que la
desobedezca, ridiculice ó contradiga? ¡Compareced á nuestra vista,
sombras augustas y queridas de tantos mártires incontaminados: desfilad,
santos y puros sacerdotes, nobles mancebos, vírgenes bellas y pudorosas
que componeis la sagrada hueste de víctimas á quienes hoy la Iglesia de
España tributa agradecido culto; deslizaos como leve legion de espíritus
por entre esas crepusculares naves que fueron un tiempo teatro de
vuestra generosa y heróica confesion, y podamos al menos con el dolor y
la compasion de ver correr vuestra inmaculada sangre bajo el hierro de
los verdugos, fortalecernos contra la seduccion que hizo sucumbir á los
que fueron indignos hermanos vuestros en la fastuosa corte de ese
sultan! ¡Ah! mientras vosotros recibís en el tribunal del Cadí la
terrible sentencia; mientras entregais á los sayones ya vuestros piés y
manos para que os sean cortados, ya vuestras cervices para morir de un
solo golpe, ya vuestras espaldas para que con crueles azotes os las
destrocen; mientras gemís en tenebrosas cárceles y derramais lágrimas
más sobre la apostasía de vuestros hermanos que sobre vuestros propios
hierros, la gran corte de los Umeyas se entrega placentera al flujo de
las mundanas prosperidades, y viento en popa navega la nave del Estado
cordobés hácia el ansiado puerto de la paz, de la bienandanza y de los
placeres. Vosotros sucumbís como flores modestas é ignoradas que caen
bajo la hoz del segador; pero el próspero sultan que causa vuestro
martirio no percibe siquiera el eco de vuestras desinteresadas
esclamaciones. Allá en la orilla del rio, al pié de su mismo altivo
alcázar, y junto á sus deleitosos baños, donde tan sabrosas trascurren
para él las soñolientas horas del estío, es donde se ejecutan como
comunes y saludables escarmientos de una recta justicia esos sangrientos
castigos; vuestros opresores en tanto se solazan en las frescas
alamedas, en las huertas y jardines que abre á su querido pueblo la
magnificencia del Amir, á costa tal vez del despojo y de la
desesperacion de vuestras familias[139], agoviadas por los tributos;
alguno de vosotros alcanzará quizás el triste privilegio de verse
inmolar sirviendo de espectáculo á las despiadadas turbas[140], mas no
lograreis todos que vuestra constancia y resignacion sirva de fecunda
enseñanza á los poderosos estraviados. ¿Por ventura no tiene mas en que
pensar el prepotente sultan que en recibir caritativas amonestaciones de
las pobres víctimas que mueren perdonando? Sabed que á sus ojos no sois
sino despreciables reos de sedicion, y que no hay en vuestro martirio
lances estraordinarios que merezcan interrumpir las ocupaciones ni los
ocios favoritos de los magnates. ¿Es acaso mas interesante vuestro
suplicio que una batida en la sierra, ó una partida de ajedrez en
palacio, ó que la recepcion de una embajada importante y lujosa como la
de los legados de Teófilo, ó que la discusion de un caso de
conciencia[141] en plena reunion palatina, ó que la consulta sobre una
innovacion en la etiqueta real[142], ó que el grato entretenimiento de
escuchar los cantos, las historias, los versos y lisonjas de un Zaryab?

Hartas calamidades han llovido sobre la trabajada Andalucía para que
vengais ahora vosotros con vuestras siniestras predicciones á conturbar
el reposo que empieza apenas á disfrutar la España islamita. Pocos años
há vísteis repentinamente invadidas las hermosas orillas del
Guadalquivir por las formidables hordas de los Normandos, que sedientos
de sangre y de botin, de incendio y destruccion, asestaron contra la
opulenta Sevilla las proas de sus terribles _dragones_[143], asolaron la
tierra de Sidonia y maltrataron la costa de Niebla. ¡Aquella sí que fué
tribulacion grande! Los bárbaros se burlaban de los elementos: lo mismo
se deslizaban en sus voladoras naves por los mas caudalosos rios,
corriente arriba, que se burlaban de la furia de las tempestades en el
Océano, donde con razon eran denominados _los reyes del mar_; dejábanse
caer como nube de langostas sobre las ciudades y los campos, á su
contacto ardian de súbito las mieses, las casas quedaban reducidas á
humeantes escombros, los moradores á dura servidumbre, y los ganados y
riquezas pasaban á sus naves! ¡Grande turbacion padecia la cristiandad
durante aquella invasion sangrienta, pagana, encarnizada! Sin embargo
vosotros, cristianos de Córdoba y Sevilla, ¿no debísteis entonces á este
mismo rey Abde-r-rahman la seguridad y defensa de vuestras haciendas, de
vuestras hijas y esposas, de vuestros hogares y de vuestra fé? Poco há
tambien que afligida esta tierra, que os obstinais en fecundar con
vuestra sangre, por la gran sequía con que á Dios plugo castigarla,
perecian vuestros ganados de sed, se abrasaban vuestros árboles y viñas,
y se frustraban vuestras cosechas sin que quedase en vuestras heredades
planta verde; en lo cual no se manifestaba el Omnipotente mas
misericordioso con vosotros que con los muslimes; y merced á la
liberalidad y á la generosa proteccion de este mismo rey que os dió
abrevaderos, y aguas cristalinas, y otros bienes de los cuales
disfrutais lo mismo que los mahometanos, no siguió la mortandad en
vuestros ganados, ni la esterilidad en vuestros campos. A Abde-r-rahman
se lo debeis todo. No ofendais pues sus ocios con vuestra desobediencia,
ni sus oidos con las injurias que contra el profeta sumo proferís:
tributadle el honor y alabanza debidos, y reverenciad en él á uno de los
reyes mas justos y grandes de la tierra. ¿Qué exige de vosotros? ¿Os
pide por ventura que abjureis vuestras creencias y que le ofrezcais el
sacrificio de vuestras íntimas convicciones? No en verdad. Solo quiere
que públicamente vivais como vasallos obedientes y sumisos, que no
hableis mal de Mahoma y de su Ley, y que no hostigueis con vuestras
temerarias confesiones á los jueces para que os entreguen á los
verdugos. Seguid el ejemplo de vuestro metropolitano Recafredo, el cual
condena ya ese falso celo que os lleva desalados al suplicio, y obedeced
tambien los decretos que este justo prelado acaba de dictar para
desengañaros de vuestras falsas doctrinas[144]. No busqueis la muerte,
no corrais con ciego afan al suicidio, pues no sereis mártires, sino
malhechores y temerarios, si en ello os obstinais: sabed que
presentándoos á los jueces sin ser violentados, estais excomulgados, y
que como infames sereis quemados despues de muertos, dejando á vuestros
hermanos y descendientes el baldon del castigo, y no la aureola de la
glorificacion. ¡Oh mezquinas consideraciones humanas!

Vosotras, empero, almas sublimes que formais esa gloriosa legion de
mártires, rechazais con santa indignacion los cobardes pensamientos que
sugieren á los corazones tibios el egoismo ó la seduccion, firmes en
vuestro propósito evangélico os lanzais á predicar públicamente la
verdad, y devoradas por la santa sed de la salvacion de las pobres almas
ignorantes y obcecadas, llevais vuestro amor hasta el inconcebible
estremo de sellar con la propia sangre, para que se convenzan y
conviertan, el testimonio que ya les habíais dado con vuestra
irreprensible vida y luminosa predicacion.

Y ¿cómo paga el divertido monarca los esfuerzos de vuestra heróica
caridad? ¡Ah! Mejor que nosotros lo dirá la piadosa leyenda. Óyese rumor
de turbas hácia la plaza del alcázar, y va creciendo por grados en
direccion á la gran mezquita. Los artesanos dejan sus obradores, salen
los vecinos á las puertas de las casas, los devotos que estaban en el
nuevo templo haciendo sus annefilas[145] acuden á las puertas esteriores
del atrio: asoma por la parte de occidente una apiñada muchedumbre, y
distínguese á intérvalos una voz aguda á la que sigue una algazara
estraña de aplausos, silba y descompasados ahullidos. Aproxímase el
gentío, y percíbese con claridad un pregon que va diciendo: «Así será
castigado quien se burlare de nuestro profeta y de su religion.» El
objeto del triste anuncio es un hombre á quien conducen en medio de
aquella frenética multitud, desnudo, montado en un asno con el rostro
vuelto á la cola del animal, cargado de cadenas, y tan estropeado á
fuerza de azotes, que mas parece muerto que vivo. Llévanle por las
calles principales hácia el barrio de los cristianos, en cuyas iglesias
le presentarán para escarmiento á la conturbada y casi dispersa grey de
Jesus, despues de lo cual será encarcelado hasta que le llegue la hora
de volver á la plaza del alcázar á recibir la muerte.

Mientras el confesor Juan, que tal es el nombre del azotado, sufre este
inícuo trato por amor de Cristo, y mientras á este santo mártir siguen
otros quince, entre los cuales descubren nuestros ojos horrorizados y
atónitos la mas varonil fortaleza en las mas delicadas criaturas, en el
lindo page[146] y la tierna doncella[147]; el rey Cordobés vive
entregado á los placeres de la poesía, de la música y del amor, y no
consiente siquiera que los Cadíes molesten á sus consejeros sometiendo á
su conocimiento las causas de los infelices cristianos.

Quiero, oh tú que revuelves conmigo los anales de estos lejanos tiempos,
que conozcas al hombre privilegiado que embellece los dias pacíficos del
reinado de Abde-r-rahman II, al genio incomparable que preside á todas
las grandes innovaciones de la corte de Córdoba, á todas sus nuevas
instituciones y á su progreso, para que juzgues si en un corazon
entregado á semejante valido y al vértigo que él produce, pueden hallar
acogida las doctrinas de abnegacion y sacrificio que los valerosos
mártires cristianos estan llamados á mantener y propagar.

La España árabe se iba, como decimos hoy[148], _civilizando_: es decir,
iba progresando en la via del desarrollo material; íbase puliendo,
aumentando su riqueza, sus goces, su esplendor, y perdiendo su primitiva
rusticidad, su sobriedad y sencillez de costumbres. Ali Ibn Nafí, por
otro nombre Zaryab, era en este tiempo el mas celoso promovedor de la
cultura de los árabes andaluces. Versado en la astronomía y en la
geografía, sabía la _division de la tierra en siete climas_, las varias
producciones peculiares de cada uno de ellos, su temperatura, sus mares,
y el órden y poblacion de cada pais; poseía ademas todos los ramos del
arte que tienen relacion con la música, y era tan prodigiosa su memoria,
que podia ejecutar mil canciones distintas con sus correspondientes
palabras y tonadas, y repetir otras tantas historias de reyes y califas
amenizadas con sentencias de los sabios de todo el Oriente. A este
candoroso retrato, añaden los historiadores árabes que era Zaryab como
un manantial inagotable de tradiciones, leyendas y aventuras, y que su
elegante, entretenida y sabrosa verbosidad solo podia compararse á un
golfo sin fondo. Sobresalia principalmente en la música y el canto, y
desde su llegada á Córdoba en el año primero del reinado de
Abde-r-rahman, pues él era natural de la Iraca, habia fundado una
escuela de música vocal con la que estaba haciendo una total revolucion
en este arte. Si como artista y hombre científico le habia cobrado
afecto el Sultan, que se pasaba las horas muertas oyéndole referir
anécdotas é historias, no era menos agasajado y querido entre los nobles
y potentados de la corte por la elegancia de sus costumbres y la amena
novedad de sus traeres. El Amir le honró con su intimidad; los grandes
adoptaron sus usos y estilos; su privanza llegó hasta el estremo de
vivir y comer con el rey, y disfrutar una crecida pension él y sus
hijos, y ser el confidente de todos los secretos del monarca, y tener en
el aposento de este una puerta secreta para entrar á verle siempre que
se le antojára; su popularidad subió hasta el punto de imponer á toda la
corte sus modas y caprichos, en tales términos, que no era posible en
ella ser hombre de gusto delicado no imitando en todo las invenciones de
Zaryab. Era este en suma el Antinoo de Abde-r-rahman, y este sultan era
el Adriano de Zaryab.

Conocido el personage con sus dotes intelectuales, vas á verle con sus
atavíos esteriores y en el pleno ejercicio de sus hábitos y costumbres.
Si te conduce la piedad en pós de alguno de esos olvidados y pobres
mártires, al abrigo de las nocturnas sombras, á la temerosa orilla donde
los sayones de los Cadíes acaban de suspender como bárbaro trofeo los
cadáveres de sus víctimas, tal vez herirán tus oidos los melodiosos
acentos de mágicos laudes, que de uno de los macizos muros del alcázar
se elevan á deshora como ténue vapor mezclándose al murmullo del agua en
las azudas. No pasarán muchos años sin que los mismos coros celestiales
desciendan con sus inefables armonías sobre el mutilado cadáver de un
gran santo, que hallará en las melancólicas ondas del profanado Bétis la
piedad que no alcanzó de los hombres; mas por ahora son esos acentos
puramente humanos, y los produce el célebre cantor de Iraca que ahuyenta
la melancolía de la noche con sus dos esclavas favoritas Gazzalán é
Hindah, á quienes concede el privilegio de alternar con él en el
ejercicio de su instrumento predilecto por la gracia y destreza con que
sus lindos dedos recorren las cinco sonoras cuerdas combinando sus
diversos tonos[149]. Dícese que los _jines_[150] le enseñan en las
horas del misterio y del silencio ese arte encantador con que tiene
embelesada á la corte, y que suele pasar la noche entera con esas dos
hermosas esclavas ejecutando las inspiraciones que de ellos recibe,
refiriendo cuentos y escribiendo versos hasta dibujarse en el oriente la
primera hebra de plata y rosa de la aurora. Entonces las dos esclavas
vuelven á sus aposentos si él se recoge en su harem, ó permanecen con él
si se lo manda, y Zaryab se entrega á la deliciosa vision de las
fantásticas imágenes que la poesía, la música, el amor y las libaciones
de vino de palma y aromático Sahbá[151] van produciendo en su exaltado
cerebro hasta hundirse completamente en la nada del sueño. A la hora en
que el respetado señor reposa en su blando lecho de bien preparado
cuero, del cual está proscrita la manta de algodon de la antigua usanza,
los eunucos y esclavos se emplean en su servicio. Su vestir, su mesa, su
método de vida son enteramente escepcionales: todo en su morada respira
comodidad, voluptuosidad y molicie; todo es allí peregrino é inusitado.
Zaryab muda de vestidos en las cuatro estaciones del año, cosa antes
nunca vista, porque los andaluces, hasta que se introdujo esta novedad,
llevaban ropa de invierno ó de color hasta el dia 24 de junio (dia de
_mahraján_), en que empezaban á usar el trage blanco ó de verano, y con
este continuaban hasta el dia primero del mes solar de octubre, en que
volvian á vestirse de invierno. En la estacion media entre el aterido
invierno y el abrasado estío, lleva aljuba de joyante seda ó de vistoso
_mulham_, y jubon ceñido, de estofa ligera sin forro; en la otra
estacion intermedia en que cede el calor y encalvecen las florestas, usa
el _mihshah_ persa[152], trage de un solo color, y otras prendas de
varias formas y tintas, acolchadas para preservarse del viento frio de
la mañana. En invierno abandona el trage de otoño, y se reviste de ropas
de abrigo de varios colores, forradas de pieles si el tiempo lo
requiere. Sus trages blancos de lino no se lavan segun la antigua
costumbre con agua de rosas y otras flores que las manchan con sus
jugos: lávanse en agua de rosas con sal, que pone el lino como el ampo
de la nieve. La vagilla en que come no es de plata ni de oro, es de
trasparente, fino y brillante cristal, materia que no se afea ni se
desforma, y que imita los objetos etéreos en que los almalekes sirven
los banquetes del Paraiso. Su comida no se sirve en mesas de madera,
sino en elegantes bandejas de terso cuero; en su cocina, finalmente,
nunca se aprestan manjares comunes, sino platos esquisitos, el
_at-tafayá_[153], la _takalliyah_, y otros que escitan el apetito con su
sabor peregrino halagando el olfato con las especias de la India y el
aromático cilantro.

Este profundo maestro de la vida muelle y regalona ejerce en la corte y
palacio una seduccion irresistible: desde que él, sus hijos y mugeres se
presentaron peinados como los eunucos y concubinas, ya todos han
proscrito la pristina usanza del cabello crecido sobre la frente;
pártenlo ahora por el medio, sin cubrirla, y recógenlo detrás de las
orejas con afeminacion y estudio[154]. El Sultan que se deleita en
tenerle de contínuo á su lado, va insensiblemente contagiándose de su
refinado sensualismo, y por lisonjear los gustos del Sultan se contagia
toda su corte. Las bellas artes, las nobles hijas de la inspiracion,
ceden el puesto á las artes del deleite: la gran mezquita no nos
descubre mejora alguna de importancia debida á este reinado; lo único
que le debe son dos pórticos[155] y el oro con que se cubren unos
cuantos capiteles. Casi diríamos que al influjo de la refinacion de las
costumbres se va amortiguando la llama del genio...

Así es en efecto. Los pueblos son como los niños: la aspereza y la
contradiccion los aviva y estimula, y acariciándolos se los duerme. Las
artes del pensamiento, noble ejercicio del humano anhelar combatido
entre las esperanzas y dolores de la vida, desarrollan y enaltecen los
sentimientos morales; las artes de los sentidos, ministros solícitos de
la voluptuosidad, los enervan y degradan. Parece á primera vista que hay
contradiccion entre la decadencia del espíritu religioso[156] y el
encono en la persecucion del cristianismo; no la hay sin embargo, porque
el móvil de esta persecucion no es la fé, sino la razon de Estado. Con
ser el celo religioso de Abde-r-rahman II menor que el de sus
progenitores, es mayor su intolerancia, porque es el Estado mas
exigente, y mas despiadado el corazon del que le rige. Un gemido de
dolor, una lágrima sola, traspasan una coraza de hierro cuando el
corazon que late debajo de ella es varonil y generoso; pero no hay
coraza mas impenetrable á las saetas de la caridad que un pecho
embriagado de perfumes, avezado á femeniles afeites y cubierto de
lustrosa seda. El pecho del hombre estragado en los deleites es la losa
de un sepulcro vacío.

Cuando en el campo de la moral luchan la verdad y el error, si el Estado
destruye la posibilidad del equilibrio prestando al error su apoyo, el
antagonismo necesariamente ha de formularse en _persecucion_; y cuando
la verdad perseguida renuncia al derecho natural de la resistencia, el
vencimiento se ha de formular necesariamente en _martirio_. Ahora bien,
¿podia el Estado no prestar su brazo al mahometismo, siendo este el que
le habia formado? ¿Y podia por otra parte el cristianismo no protestar
de contínuo contra la ley funesta del Koran, sancionando con su
aquiescencia el retroceso del estado normal al estado de imperfeccion?
¿Habia de contemplar la España cristiana con rostro sereno y ojo enjuto
la ruina de todas las grandes conquistas del evangelio; destruida la
familia con la vergonzosa concesion de la poligamia y del divorcio;
desmentida la divina regeneracion del hombre por la asquerosa lepra de
la servidumbre, que el Redentor habia lavado con su propia sangre;
desfigurada la santa nocion de la justicia por transigir con la
venganza, y restablecida la monstruosa pena del talion por deferencia al
espíritu material y grosero del pueblo sarraceno? Efectivamente, la
poligamia con todos sus tristes adherentes, la deslealtad, la seduccion,
el concubinato, el adulterio; la esclavitud con sus legítimas
consecuencias, el envilecimiento del ser racional y las sediciones; el
justiprecio de la sangre derramada por el homicida; y el talion por
último con su horrible desigualdad retributiva, son las facciones
características de ese Estado musulman que con un barnizado antifaz de
prosperidades y placeres materiales se anuncia al mundo como émulo de la
civilizacion de la cristiandad y su superior en el cultivo de la humana
inteligencia.

No al acaso he tocado el delicado punto de la poligamia, cáncer
destructor de la familia musulmana, porque siendo la familia la norma
del Estado, pueda comprenderse por aquí hasta qué punto es ruinosa la
basa en que estriba esa vanagloriosa sociedad. Acompañadme en una breve
escursion por fuera de la gran mezquita. Grato es de vez en cuando
esplayar el pensamiento, como es grato al ave nacida bajo la magnífica
cornisa de piedra de su espacioso atrio, pasar volando sobre las casas
circunvecinas para volver á posar despues entre las grandiosas ménsulas
donde fabricó su nido. Abarcaremos con una rápida mirada toda la vida
doméstica del pueblo mahometano, y luego regresaremos al interior de su
templo, donde fortalecidos con el convencimiento de que el progreso y
esplendor de las artes es por desgracia compatible con el deshonor de
las leyes y de las costumbres, no nos dejaremos alucinar como muchos
fanáticos partidarios de la cultura arábiga por las deslumbradoras
maravillas que su arquitectura tiene que realizar todavía en un
monumento que es el prototipo mas acabado de su genio. No me acuseis de
parcialidad: voy desapasionadamente á poneros ante los ojos la vida
doméstica segun el Koran. Apartaremos la vista de los escesos y
desórdenes que la ley condena y castiga. Sabemos que todos los pueblos
los cometen, y que hay una edad en la vida de las naciones en que las
costumbres presentan la corteza de la barbarie. Pero vamos á observar
cómo vive la familia mahometana dentro de la permision de la Ley, para
deducir cómo vivirá con la trasgresion, inevitable en toda humana
sociedad.

Recorramos el interior del hogar doméstico en cualesquiera gerarquías,
desde el tugurio hasta el palacio. Estudiemos la condicion verdadera de
la muger, ya bajo el dorado arteson, donde para endulzar su cautiverio
se la embriaga de placeres, haciéndola pasar del tocador al divan, del
divan á la danza, de la danza á la música y á los cuentos, de la música
al perfumado baño, del baño á la mesa, de la mesa al palanquin y del
palanquin al lecho; ya bajo las tejas del pobre zaquizamí, donde á la
dura servidumbre de su sexo se reune la brutal inconsideracion de su
marido. Veamos, é interroguemos, y recojamos con atencion las
respuestas.--Dime, hermosa africana, ¿por qué estás triste? ¿por qué
palidece el ébano en tus lánguidas megillas y se estingue el fuego en tu
mirada? ¿No se deslizaban felices tus dias en este encantado y magnífico
recinto, descuidados como esas cuentas de coral que por el roto hilo de
tu gargantilla caen á ese tapiz de flores? El sol abrasador de Tunez
marchitaba tu juventud en los aduares: caiste en poder de los enemigos
de tu tribu, fuiste vendida como esclava, y ahora disfrutas las delicias
del harem y el cariño de tu dueño.--¡Ay mi sol de Africa! ¡Ay mi
libertad! ¿Te imaginas por ventura que una esclava no es una muger? Fuí
vendida, es cierto; pero amé con toda mi alma al dueño que me compró, y
el ingrato ahora me abandona por una muger de linage, porque el profeta
le autoriza á tener á un tiempo mugeres y esclavas[157]; y no contento
con arrancarme un corazon que la ley natural habia ya hecho todo mio, me
vende á un hombre que aborrezco pudiéndome tener consigo[158]!

Vuélvome á otro lado, y pregunto:--Linda damascena, tú pareces
completamente feliz: huérfana en Siria, hallaste en Andalucía un jóven
esposo que te sirve de padre, cuya opulencia te proporciona cuantos
goces puedes apetecer. La ventajosa posicion de tu marido debe llenarte
de orgullo, y cuando la edad te permita aparecer en público con el
rostro descubierto, brillará en tus ojos la satisfaccion de ver honrados
y aventajados á tus hijos.--¡Cuánto te engañas! Ahora que soy jóven nada
me halaga, porque la riqueza de mi esposo solo sirve para dorar las
prisiones en que vivo. Su desconfianza me humilla, y la vida de esposa
me es mucho mas insoportable que la horfandad. No gozo un solo instante
de libertad: mis siervas espían mis mas inocentes acciones; los eunucos
que de noche velan mi sueño, las almeas que tú crees destinadas tan solo
á divertirme con sus bailes, las _tellaks_[159] que te imaginas
consagradas esclusivamente á mi servicio en el baño, son, sin
sospecharlo tal vez, los ciegos instrumentos de la tiranía marital.
Oyes susurrar el aura entre las flores, no sabes si gime ó si rie; así
son mis suspiros. Oyes cantar al pájaro entre sus dorados alambres, no
sabes si está alegre ó si llora; así es mi canto.--Tu esposo es fiel sin
embargo al mandamiento del profeta, y no te niega su cariñoso homenage,
¿para qué quieres la libertad?--Di mas bien para qué quiero ese homenage
forzado si hay otras esposas que lo obtienen igualmente, y no soy yo la
que impera en su corazon. Ese obsequio legal me repugna: el profeta le
consiente darme hasta tres rivales, de modo que su obligacion se limita
á envilecerme una vez cada cuatro dias[160] renovando en mi corazon la
herida de los celos. Mira lo que dice nuestro libro sagrado al hombre:
«No contraigas matrimonio sino con dos, tres, ó cuatro mugeres. Elige
las que mas te agraden. Si no puedes mantenerlas, cásate con una sola ó
conténtate con tus esclavas[161].» Tambien te engañas si te figuras que
el renombre y la gloria del marido pueden ennoblecer á la esposa
sepultada en vida, y que el velo que ahora cubre mi semblante[162] caerá
con los años para otra cosa que para hacer manifiesto el rubor de mis
megillas cuando mis hijos sean postergados á los de una advenediza
preferida.

¿Cómo suceden tan repentinamente en esa otra vivienda al son de los
laudes, inhumanos latigazos, y agudos lamentos á las dulces modulaciones
de los cantares? ¡Ah! Una jóven yemenita acaba de ser azotada por su
marido de resultas de una infame delacion.--Pobre muger: ¿es posible que
el hombre que parte contigo el pan y el lecho te trate tan bárbaramente?
¿Qué ley puede autorizarle á ser juez de su propio agravio si eres
culpada, y á ser el ejecutor de tu castigo?--¡Ay de mí! el profeta se lo
concede. He sido acusada de desobediencia: mi culpa era bien leve por
cierto; pero no hay quien me defienda contra el brazo de mi irritado
esposo, porque la ley declara que «los maridos agraviados por la
desobediencia de sus esposas pueden castigarlas, dejarlas solas en el
lecho, y _aun golpearlas_[163].»

Veo á la puerta de la vivienda de un jeque poderoso un crecido
acompañamiento de caballos y camellos. Pasó la hora de alatema[164], y
entran y salen los esclavos con gran recato y silencio sacando de
aquella casa fardos y lios que colocan sobre las acémilas. Parece de
pronto que se dispone algun largo viaje. A poco sale al zaguan, apoyada
en dos mugeres, con la frente inclinada al suelo y sollozando
amargamente, precedida de dos jóvenes de semblante ceñudo, hermanos
suyos, una esbelta Kinserita, toda velada de la cabeza al pié: al
colocarla en un camello vuelve los ojos llenos de lágrimas á los
arrayanes y cipreses que se descubren por entre los arcos del patio que
acaba de atravesar, y esclama:--¡Adios para siempre, objetos queridos
que me acompañásteis en un breve sueño de felicidad ya disipado!--¿Adónde
vas, jóven hermosa, ayer tan feliz y hoy tan afligida?--¡Me han
repudiado!--¡Te han repudiado, y no hace un año se cubria de rosas y de
mirto el suelo de esa morada para recibirte, y resonaban los adufes
alzando las mugeres tu nombre en gritos de alegría[165] hasta las
nubes!--¡Ah! bien lo recuerdo: encendidas mas que aquellas rosas estaban
mis megillas cuando al pedirme para ese gallardo jeque, á quien yo
secretamente amaba, me dijeron mis testigos: el noble walí de Jaen te ha
pedido para esposa y te dá de acidaque[166] presente una gran riqueza.
Si estás contenta, calla y no respondas, y tu callar es señal cierta
que consientes. Mi padre acababa de morir en guerra de frontera, y mis
dos hermanos se holgaban de mi buena estrella... ¡Todo acabó para mí! El
cielo no ha querido dar hijos á mi esposo en su Kinserita antes tan
querida, y me repudia por estéril. ¡El profeta permite romper por
esterilidad un vínculo que la naturaleza hace indisoluble! «Esperad tres
meses antes de repudiar á las mugeres que han perdido las esperanzas de
concebir[167].»

--Tú al menos, digo á otra bella mora á quien veo salir de su elegante
retiro llevando de la mano dos niñas, no serás repudiada por estéril; y
sin embargo tus ojos hinchados, el velo que tambien te cubre, el atavío
de tus hijas, indican que te dispones á dejar la casa conyugal.--No soy
estéril, no, pero tambien me veo repudiada. La causa apenas yo misma la
sé: sé tan solo que perdí el corazon de mi marido, y que el ingrato juró
que me repudiaba. Cuatro meses hace que pronunciando él su juramento, me
cubrí con este velo y me retiré á ese aposento. Sostúvome la esperanza
de la reconciliacion, mas esperé en vano; nuestro vínculo está disuelto,
y yo recobro mi libertad[168]. ¿Qué digo mi libertad? ¡La muger lo deja
todo donde tuvo el primer tálamo, y solo el hombre recobra despues del
divorcio su primer estado! Llévome mis hijas, único bien del alma de que
no se me despoja; mis hijos quedan aquí, y es fuerza separar á los
hermanos unos de otros como se separan las ramas que crecieron
entretegidas, cuando el hacha despiadada hiende á muerte el tronco.
Pasarán los años, y si llegan á encontrarse se desconocerán, lo mismo
que se desconocen la viga de una dorada techumbre y su hermana la viga
que se pisa enterrada en un pavimento.

Sorprendo en otra casa á una muger meditando con el Koran en la mano el
modo de cometer un delito para obtener la _atalca_[169] de su
marido.--¿Qué estás pensando en este recóndito y solitario paráge,
atrevida cordobesa? El libro del profeta está abierto en tus manos, y la
espresion de tu semblante denota sin embargo que tu espíritu vaga
incierto sobre el _araf_[170] entre el cielo y el infierno.--El crímen
que medito me brinda con la suprema felicidad en la tierra. Estoy
estudiando si puedo volver á los brazos de un marido que me amaba y á
quien yo entregué toda mi alma.--Pues ¿y el marido que hoy tienes?--No
le amo: prendado de mi hermosura me pidió en casamiento, y yo solo
consentí con la esperanza de ser repudiada.--No comprendo á qué fin te
has envilecido pasando por el tálamo de un hombre á quien no dabas tu
fé.--Toma este libro, y lée: «El que repudie tres veces á una muger, no
podrá volverla á hacer suya sino despues de pasar por los brazos de otro
hombre que tambien la haya repudiado[171].»--¿Y prefieres al marido que
tienes ahora el que por tres veces te repudió?--Le prefiero sin duda
puesto que solo á él amo; él tambien me prefiere á sus demas esposas, y
la tristeza le devora desde que me perdió. Ambos somos infelices por esa
ley que hace la tercera _atalca_ irredimible con la reconciliacion; pero
afortunadamente ella misma nos ofrece el remedio en un cuarto repudio, á
costa de un sacrificio que consentido por el primer esposo pierde su
vileza. Mi actual marido es de genio apacible, y sin embargo le detesto;
mi primer marido era irascible y arrebatado, y sin embargo le adoro:
misterios del corazon que no ha comprendido el que al tercer repudio
verbal hace la separacion forzosa.

La triste condicion de la muger mahometana me conduce á examinar la
condicion de los hijos y de los siervos. Veo declarado impune al padre
que prostituye á la sierva de su hijo[172]; impune tambien al que
prostituye á la muger de su siervo[173]; veo que el amo casa á sus
esclavos sin consultar su voluntad[174] como se unen los animales para
que encasten; veo que la condicion de mercancía, sujeta á las
alternativas de la estimacion y del desprez, empieza para la muger en la
misma infancia, porque el padre casa á la hija desde niña sin contar con
su parecer[175], y el tutor casa á su pupila si entiende que así le
conviene, prescindiendo de que ella entienda lo contrario[176].

Tal es la constitucion de la familia bajo esa secta dominadora. La
poligamia, destructora de todo órden doméstico y público, que produce la
opresion de un sexo y la mutilacion del otro[177], que hace que el
matrimonio no sea un vínculo, ni la familia una sociedad, introduce
costumbres totalmente contrarias á la naturaleza del hombre social;
estas á su vez originan hábitos opuestos á la naturaleza del hombre
físico; y de este modo se verifica que una religion que prohija como
inocentes las inclinaciones naturales corrompidas, condena á perpetua
barbarie al pueblo que la observa. No hay progreso donde no se señala á
las humanas acciones un tipo ideal y sublime á que aspirar, donde el
hombre llega sin esfuerzo, sin lucha, sin sacrificios, al que se supone
estado normal de la ley religiosa y civil.

¡Cuán de otro modo comprende la humana perfeccion la religion del pueblo
dominado! ¡Cuán diversa es bajo sus santas leyes la familia! «Nuestro
matrimonio, pudieran haber esclamado los perseguidos cristianos, no es
la promiscuidad de los irracionales, sino un consorcio indisoluble
elevado por Jesucristo al carácter augusto de Sacramento. No juzgueis
nuestra ley por nuestras acciones: sabemos que somos débiles y
prevaricadores, pero se nos manda que seamos perfectos. Dios que conoce
al hombre y sus inclinaciones, porque conoce su obra y la obra del
hombre, no nos dió leyes débiles, cómplices de nuestras pasiones como
las vuestras y testigos impotentes de nuestros desórdenes, sino que nos
puso un freno, y este freno escluye de nuestra familia la poligamia y el
divorcio, restableciendo entre nosotros el matrimonio edénico, de dos
espíritus en una sola carne, inviolable en su pacto, legítimo en su fin,
vivificador por su pudicicia. Nuestro matrimonio no reconoce por fin
legítimo el placer: su objeto es la formacion de una sociedad eventual,
blanco de las bendiciones de la religion como Sacramento. Lejos estamos
de la perfeccion que como un deber se nos inculca, porque la perfeccion
se halla en el complemento natural de las cosas, y nosotros empezamos á
vivir. La perfeccion de la simiente es la planta, la perfeccion del feto
es el hombre, la perfeccion del pueblo bárbaro es el pueblo civilizado;
pero ¿cómo habeis de civilizaros vosotros mas de lo que exige vuestra
ley? Tolerad, pues, que os enseñemos lo que no sabeis, y si no lo
tolerais matadnos en buen hora; pero nosotros no podemos en conciencia
menos de advertiros que vais descarriados, porque es tambien deber
nuestro indeclinable amaros como á nosotros mismos aunque nos
aborrezcais. Podia el imperfecto paganismo, vanaglorioso con la virtud
privada de Arístides y Caton, satisfacerse con que estos se abstuvieran
de los infames juegos de Olimpia y de la diosa Flora; pero el
cristianismo no se contenta con la tolerancia del pagano, ni con el
olvido del levita, sino que exige la caridad solícita del
samaritano[178].» No era otro en verdad el móvil que impulsaba á los
mártires españoles, porque cuanto mas se acercaba el estado musulman á
su pleno desenvolvimiento, mayor tenia que resultar el contraste entre
las dos religiones tan opuestas en sus principios. De este contraste
resultaba el escándalo, del escándalo el celo, del celo la pugna, de la
pugna la persecucion y la muerte. Como serenas estrellas que en una
noche de bulliciosa y espléndida orgía mandan á la tierra su vívido
resplandor por entre las negras nubes de un cielo de tormenta, así
vosotros, mártires purísimos, brillais con hermosa claridad en los
sangrientos anales de la perseguida Iglesia de España, contrastando la
divinidad de vuestra doctrina y testimonio con la falsa brillantez de
esa corte corrompida que tan á costa vuestra estais evangelizando.

¡Oh valor incomparable! Saben esos humildes y generosos confesores que
la persecucion arrecia, que el desacato de la profesion de fé es ya
mirado como asunto digno de ocupar al consejo del rey[179], que la
estirpacion completa de la religion cristiana va á ser en breve el
negocio capital de la gobernacion interior del Estado; ven aumentarse el
número de los apóstatas, entibiarse el celo de sus afligidos hermanos,
dilacerarse con nuevas heregías el seno de la Iglesia perseguida, ceder
los débiles á la opresion y al oprobio, los tímidos á las amenazas, los
codiciosos á la agravacion de los tributos, los ambiciosos á las
liberalidades y promesas; dícenles que sus prelados mismos los obligan á
jurar que no comparecerán ante los jueces á hacer pública confesion de
su fé, que en el consejo del Amir se ha acordado conceder á todo
musulman permiso para quitar la vida á cualquier cristiano que hable en
desdoro de su profeta y secta; y sin embargo nada les arredra. ¡Allá va
la gloriosa falange! En ella la dama de esclarecido linage que hasta
ahora habia vivido ocultando su verdadera fé, y que, depuesto ya todo
humano respeto, ha consumado el sacrificio para una madre mas costoso,
cual es el abandono de sus cariñosos hijos[180]; en ella el rico
hacendado, hijo de mahometanos, que tomando de su heróica esposa ejemplo
de abnegacion y fortaleza, y aleccionado en la provechosa escuela de los
justos perseguidos y encarcelados, reparte su riqueza entre los pobres y
las iglesias, y confia su prole ¡ya en breve huérfana! al tranquilo
amparo de un humilde claustro de religiosas[181]; en ella el mendicante
peregrino de lejanas tierras enseñoreadas por los infieles, que nacido
en la gloriosa Belen y profeso en el célebre monasterio de S. Sabas,
termina su trabajosa cuestacion por Africa y España, pidiendo en
Córdoba al consejo de Abde-r-rahman el eterno descanso á la sombra de la
palma de los mártires[182]; en ella numerosos monges, unos nacidos de
noble linage, otros nobles por sus hechos y virtudes; en ella finalmente
ricos y pobres, sabios é ignorantes en las humanas letras; versados en
los estudios y trato de los árabes, y extraños de todo punto á su lengua
y comercio; aventajados en la corte, y oscuros mozárabes de la Ajerquía;
casados, célibes, eunucos; los unos criados entre parientes mahometanos,
y sin embargo cristianos desde la infancia; los otros hijos de
cristianos, pero tenidos por musulmanes hasta el momento de recibir de
Dios el don de caridad y fortaleza, que los convierte de repente de
tibios y meticulosos en paladines declarados de la fé, sedientos de la
salvacion de las almas y de las salutíferas aguas de la tribulacion. La
edificacion de sus hermanos, la conversion de sus obcecados dominadores,
la espiacion de la pasada prevaricacion de España[183], reclaman ese
sacrificio. Allá van, pues, gozosos y tranquilos: los mancebos
renunciando á sus doradas esperanzas, á su brillante porvenir, á la
ciencia, á los honores, á la gloria, al amor, á todo lo mundano; las
madres despidiéndose para siempre de sus inocentes hijuelos, en quienes
se compendian para ellas todos los placeres de la tierra, y estampando
en sus rosadas megillas el último beso, que reciben dormidos, ignorantes
de su próxima horfandad. Allá van, animosos y decididos, á dar su sangre
por su fé, por el cristianismo, por la verdadera civilizacion del mundo,
por la gloria del Criador, y á dejarse sepultar cadáveres desangrados en
ese hondo rio, momentáneamente agitado y luego otra vez magestuoso y
sereno. No podrán decir sus enemigos que los impulsa la vanagloria,
porque saben que sus nombres serán execrados prevaleciendo los apóstatas
partidarios de Recafredo, y que el culto de los mártires es severamente
castigado por los musulmanes y por los obispos prevaricadores[184]. Ese
es el premio que esperan de los hombres, esa la recompensa que les
tiene reservada el mundo, que los moteja de fanáticos y alucinados, en
pago de lo que ellos se afanan y sufren por su emancipacion y progreso.
¿Vivirán al menos sus nombres en la memoria de la España restaurada?
Vivirán, sí, en los corazones de la gentecilla humilde y oscura, que es
la que ama las tradiciones piadosas y los recuerdos de sus santos;
perpetuaránse en las leyendas, en los martirologios y santorales, que,
fuera de las iglesias y monasterios, solo manejarán el devoto madrugador
que vive ignorado del mundo, y el solitario campesino que solo ve de la
gran ciudad las azuladas torres; pero los poderosos, los cortesanos, el
Estado, nada creerán deberles ni se cuidarán de ellos, porque la
memoria, peso abrumador para la vida de los grandes, es como un mar de
plomo en que se hunden todas las antiguas glorias y escarmientos. El
calor de las nuevas impresiones le hace hervir un instante, y luego
gradualmente recobra la inmobilidad de la masa inerte. En él las cosas
de quilate se sepultan, y solo sobrenadan cañas huecas y espumajos.

Pero si los hombres son ingratos con los mártires, el Omnipotente al
menos se les declara propicio, y armado con todos sus horrores y
prodigios, atestigua por ellos, conturbando á los jactanciosos
dominadores. Corria el mes de setiembre, delicioso en la tierra de
Córdoba, y en uno de sus mas claros y serenos dias, los consternados
cristianos veían clavar en la ribera del Guadalquivir los cuerpos de dos
mancebos, nobles por su sangre y afamados por su ciencia, que acababan
de ser degollados, durando aun la ceniza de la hoguera encendida para
quemar los cadáveres de otros dos mártires. Oscurecióse de repente el
cielo; cubrióse de negras nubes sin que precediese anuncio de tempestad,
rompió esta con grandes truenos y relámpagos y granizo, y mientras los
hombres ofendian á la naturaleza con la muerte de aquellos dos justos,
con tanta crueldad sacrificados, esta demostró hacer por ellos
sentimiento enlutándose en medio de su mas esplendorosa gala[185].
Insensible el orgulloso Amir á tan evidente testimonio, jura lleno de
furor que raerá de sus vastos dominios la cizaña de la fé cristiana. Ya
el valor de los mártires le conturba y le quita el sosiego, ya la
poblacion mozárabe le ocupa y le causa insomnios; la poesía, la música,
las artes, los cuentos y relaciones de Zaryab y de sus favoritos no le
desenojan; conoce el valor de los buenos cristianos, el prestigio que
entre ellos alcanzan los prelados como Saulo, los doctores como Eulogio,
pero fia demasiado en la intimidacion que ejercen los malos obispos con
sus decretos y él con sus edictos, y desconoce la fecundidad de la
sangre derramada. El año 852 se halla en su tercio final: veintiocho
cristianos han muerto á manos de los verdugos del Amir; su obispo y su
mas caro maestro conocen ya el rigor de las prisiones. ¡Ay de los que se
atrevan en lo sucesivo á desafiar su saña! Dos eunucos cristianos, sin
embargo, uno natural de Granada y otro venido del Oriente, llamados el
primero Rogelio y el segundo Serviodeo, aquel monge y anciano, este mozo
y de estado á nosotros desconocido, penetran denodadamente en la
mezquita mayor un viernes, en ocasion de hallarse el templo todo lleno
de gente allí congregada para hacer su azala. Sabida es la escrupulosa y
nímia atencion con que observan los musulmanes viviendo entre cristianos
hasta las mas pequeñas prescripciones de su ritual, porque los sectarios
de Mahoma son esclavos de su religion como de su gobierno: no hay
creyente que antes de entrar en la mezquita á orar, ya sea en dia juma,
ya en otro dia cualquiera, no haga en las fuentes del atrio sus
purificaciones ó abluciones, con todos los requisitos prevenidos por la
Ley y la Sunnah; ni hay quien se atreva á penetrar en el recinto sagrado
sin dejar en el pórtico el calzado con que anduvo por las calles y
plazas; ni quien una vez dentro de la casa de adoracion, no ocupe el
parage asignado á su edad y sexo, no haga mirando á la kiblah las
incurvaciones y postraciones á que estan obligados los fieles, y no siga
en todas las oraciones y actos de su ceremonial al Imam con aquel órden,
regularidad mímica y afectada compostura, propios de una religion de
meras formas. Rogelio y Serviodeo, despreciándolo todo, se entraron en
el templo con ímpetu extraño, sin ablucion, sin despojarse del calzado
inmundo, sin hacer acto alguno de los que el culto musulman impone.
Debieron los servidores de la mezquita mirarlos al pronto como dementes;
al verlos atravesar con infraccion de todas las reglas establecidas, á
paso precipitado, por las hileras y departamentos de hombres, niños,
hermafroditas[186] y mugeres, fijarian en ellos los muslimes sus ojos
atónitos sin esplicarse la causa de tan punible desacato. Pero antes de
presenciar el gran delito que se prepara, cúmplenos observar, aunque sea
de ligero, esas singulares ceremonias de que hemos hecho mérito, para
comprender mejor el sangriento escándalo, la alarma y el enojo, que los
dos osados cristianos debieron producir en los musulmanes cordobeses y
su gobierno. Un poco de paciencia, buen lector: luego terminaremos el
cuadro de los furores de los Amires, y de las justas venganzas del
cielo.

Los musulmanes dan una importancia suprema á todos los actos exteriores,
porque las grandes promesas de Mahoma se libran en ellos. «Al que se
lava el cuerpo segun manda la _Sunnah_, y va temprano al templo, y se
pone cerca del Imam para oirle con atencion sin hablar palabra, le
escribe Dios nuestro señor, dicen los doctores del Koran, por cada paso
que dá, el premio correspondiente á un año de adoracion, y á un ayuno de
todos los dias.» «El dia del juicio, añaden, se le aparece la Aljama en
forma de hermosa figura ataviada con vistosos arreos: él pregunta:
¿quién eres? y ella le responde: soy la Aljama, que vengo á atestiguar
delante de Dios cómo acudiste al cumplimiento[187].» Ceremonias
exteriores tan poderosas, que sirven de espiacion y justificacion, y que
equivalen en mérito á la mas rigorosa penitencia, escusado es decir si
se observarán escrupulosamente. Verdad es que estas fórmulas se
consideran nulas sin la recta intencion, así que «la azala, dicen los
teólogos árabes, es una estátua que figuró Dios lo mismo que figuró los
animales, poniéndole por alma la intencion[188].» Pero como la mera
intencion es fácil de formar, no por eso la religion mahometana resulta
menos cómoda. La pureza del corazon se recomienda, pero no se dá
medicina para lograrla: no importa: todo va bien mientras el cuerpo
aparezca puro de inmundicia exterior, y mientras las azalas obligatorias
se hagan en los tiempos y con las posturas, lecciones y jaculatorias
requeridas, siguiendo al Imam con precision automática, y como si
dijéramos á golpe y medida de resorte: exactamente de la misma manera
que hacen la carga á once voces los héroes de oficio que entretienen las
naciones para un caso de guerra, y sus habilidades los perros sabios
que en teatrillos ambulantes los imitan en casos de paz. Hé aquí pues
cómo se santifica el pueblo que rige el poderoso Abde-r-rahman II.
Estamos en plena festividad, dia de viernes, dia juma: dia por cierto en
que sufrió un solemne desaire el gran profeta Mahoma mientras estaba
predicando en la mezquita de Medina. Hallábase en lo mas crítico de su
peroracion, cuando sonaron de repente los tambores que anunciaban la
entrada de la caravana de mercaderes en la ciudad; y todos entonces,
escepto doce fieles de fé tenaz y aguerrida, abandonaron el templo
dejando al predicador con la palabra en la boca. Esta falta de respeto
le sugirió la feliz idea de hacer bajar del cielo la Sura ó capítulo
LXII de su Koran, titulada _el viernes_, y cuya aleya undécima dice así:
«Cuando el interés los estimula, corren los hombres al punto adonde su
voz suena, y abandonan al ministro del Señor. Diles pues: los tesoros
con que Dios os brinda son mas preciosos que todo bien perecedero. Dios
es el mas generoso de los bienhechores[189].» Este pesado chasco no
quita que sea el viernes el mas dichoso dia que alumbra el sol, y que en
él (los muslimes al menos así lo suponen) criase Dios á nuestro padre
Adan; que en él lo pusiese en la gloria, y luego lo bajase á la tierra,
y que en él muriese; que en él deba ser el juicio, y que no haya en él
animal que no esté en confusion desde que amanece hasta ponerse el sol
esperando la hora de la comparecencia, esceptuadas las gentes y
espíritus[190]. En este dia al que hace la azala le son perdonados todos
los pecados que tenga sobre su alma.

Siendo por consiguiente la azala del viernes tan eficaz, es claro que no
se descuida el hacer con toda minuciosidad la purificacion que á ella
precede, y que es como la raiz y fundamento de la Ley musulmana; porque
está escrito que _no recibirá Dios la oracion sin la purificacion_[191],
y Mahoma ha pronunciado que _la religion está cimentada sobre la
limpieza_[192]. «_Oh vosotros los que creeis, antes de comenzar vuestra
oracion lavaos el rostro, y las manos hasta los codos, y restregaos la
cabeza, y los piés hasta los talones, y purificaos si hubiéseis tenido
polucion. Si estuviéseis enfermos, ó hubiéseis tenido coito, tomad á
falta de agua polvo limpio, y frotaos con él la cara y las manos. No
quiere Dios angustiaros, sino haceros puros y derramar sobre vosotros
sus gracias para que seais agradecidos._» Así se espresa el Profeta en
la Sura quinta de su Koran, y sobre estas palabras arman los musulmanes
toda la artificiosa y ridícula máquina de su purificacion y abluciones.

Amanece, pues, el gran dia, y empieza en las casas de los fieles
muslimes la faena de los lavatorios, que no concluye sino en el atrio de
la mezquita; porque los viernes es obligatoria la asistencia á la azala
del templo, y obligatoria tambien una ablucion general de todo el
cuerpo, la cual no puede hacerse cómoda y decentemente sino en el propio
hogar. Esta ablucion general, llamada _tahor_, ó _tahara_, es tambien de
precepto en las dos principales festividades de pascua de Ramadan y
pascua de Carneros, en la peregrinacion á la casa santa de la Meca, y en
ciertos casos de natural impureza[193]. El que hace _tahara_ no solo
tiene que lavar todo su cuerpo, enjuagarse, limpiarse la dentadura,
espeler las mucosidades, y raerse el bello, sino que está obligado á
observar el órden y la forma establecidos para estas diversas
operaciones; de tal manera, que no le sirve la ablucion, si en vez de
concluir lavándose los piés, segun está prescrito, acaba lavándose las
manos ó la cabeza, y si en lugar de mojarse el cuerpo tres veces, como
es tambien precepto tradicional, se lo moja dos ó cuatro. Los requisitos
de la _tahara_ son varios: se empieza lavándose las manos, siguen los
demas miembros por su órden, y se concluye por los piés. Ademas debe
hacerse en lugar limpio, y empezarse el lavatorio del cuerpo desde la
cintura abajo, invocando al Criador, echándose luego el agua por la
cabeza, restregándose el casco con los dedos, sin necesidad de que
deshagan sus trenzas las mugeres, y finalmente, mojándose primero el
hombro derecho y despues el izquierdo; todo esto con agua limpia de rio
ó de mar, de pozo ó fuente, ó llovediza, con tal que no haya caido en
ella cosa muerta por pequeña que sea. Como sin embargo de la ablucion
general se requiere para antes de orar la purificacion ceremonial ó
sagrada, llamada _alguado_, que consiste solamente en lavar la cara, las
manos hasta los codos, la cabeza, y los piés hasta los tobillos, con el
aditamento de enjuagarse la boca, sonarse sorbiendo el agua y frotarse
los oidos, que ha establecido la _Sunnah_, es claro que el que se
propone cumplir religiosamente estas ceremonias tiene bastante en que
entretenerse antes de principiar la oracion pública. Esta segunda
ablucion, ó purificacion sagrada, cuya virtud se pierde segun los
expositores de la ley y tradicion por veinte causas (que omitimos
especificar por poco decentes)[194], y que por lo tanto es forzoso
repetir con mucha frecuencia, tiene sus requisitos y prácticas que la
hacen bastante curiosa á los ojos de los profanos. Llega el muslim al
atrio de las abluciones, y antes de visitar la casa donde se custodia y
venera su Koran, hace una visita oficial á la letrina: lava luego sus
manos, vuélvese de cara á la quibla, se sienta, enjuaga su boca,
descarga sus narices, y entre tanto pronuncia la fórmula: «En nombre de
Dios.» Mientras se hace esta ablucion se suspende todo coloquio: cada
cual va por su órden cumpliendo con las ceremonias establecidas sin
curarse de lo que hacen los demas. A la locion de la cara, con la cual
pide el creyente á Dios que la emblanquezca el dia del juicio, sigue la
del brazo derecho, por la que pide que le dé su carta aquel dia en su
diestra; luego la del brazo izquierdo, con lo que intenta significar que
no se la dé en la siniestra; luego sigue la frotacion de la cabeza, para
que Allah le cubra con su piedad y le conserve sus cinco sentidos; luego
la de los oidos para que le haga oir Allah su divina palabra y el pregon
de Bilel[195] en el Paraiso; luego la locion del pié derecho para que se
le afirme en el puente del _Sirath_, y la del izquierdo finalmente para
que no le sirva de embarazo al atravesarlo. Si reparas bien en los actos
de los que van acudiendo al hermoso patio de los naranjos, llamados por
el aliden[196] á la azala de adohar, observarás que los ritos para
hombres y mugeres son los mismos, que unos y otros comienzan la ablucion
con la mano derecha, que jamás ayudan con la izquierda á la absorcion
del agua por la boca y narices, que la mano izquierda se destina á otros
usos menos nobles, que todos repiten las abluciones hasta tres veces, ni
mas, ni menos, que todos se abstienen de consumir en esta operacion
demasiada agua, de frotarse los piés desnudos, de echarse el agua en la
cara de golpe, y de ensuciarla con salivas y otras inmundicias. Habrás
advertido tambien que á medida que van entrando en el patio los muslimes
van dejando bajo los pórticos el calzado con que andan por la calle, y
que para penetrar en la mezquita usan otro calzado limpio, sobre el cual
hacen la locion de los piés. Verás á los hombres descubrirse la cabeza
para la frotacion que impone la Ley, y á las mugeres no, porque la
tradicion les consiente que cumplan esta ceremonia por debajo del velo ó
manto que las cubre todas, con tal que puedan llevar las manos al
colodrillo sin deshacer la mata de sus cabellos. Ultimamente, no verás
hombres y mugeres juntos ni en el atrio ni dentro del templo: cada sexo
tiene asignadas sus puertas para entrar en uno y otro, y sus
departamentos ó secciones en el interior de la mezquita: la muger recoge
el manto sobre su rostro dejando solo destapado un ojo[197], y hace sus
abluciones separada de los hombres, porque en ella todo es pudendo,
hasta los brazos y el cuello: todo, á escepcion de las manos, los piés y
la cara. Entiéndase esto de la muger libre, porque en la esclava no se
consideran pudendas mas partes que las que el hombre mismo está obligado
á ocultar, á saber, desde la region umbilical hasta las rodillas. En
cuanto á la costumbre de taparse la cara con el velo ó manto,
propiamente llamado _almalafa_[198], ya dejamos apuntada la disposicion
legal en que se funda esta que de pronto parece señal de esquisita
pudicicia[199], y que en realidad es solo cebo artificioso y pretesto
hipócrita del lenocinio, segun muy autorizados votos[200]. Mahoma la
recomienda sin duda porque la halló establecida en el Oriente, donde era
el manto considerado como ornamento para las casadas, y como adorno y
velo para las doncellas. Las almalafas eran de lino por el estilo de las
que se tejian en Galilea, ó de seda como las usaban las Fenicias, unas
blancas, otras de diversos colores: muchas veces finísimas, sutiles y
trasparentes como el _theristro_ griego, cuyo nombre, así como el de
_palio_ y _caliptra_, le dan algunos historiadores del Bajo-Imperio y
otros escritores de la Iglesia; y en esta forma la usaban las meretrices
en el mundo antiguo, las cuales se envolvian en un theristro diáfano
como el ambiente para poder presentarse en público desnudas[201].

En el atrio de la mezquita, donde hay aguas abundantes, no puedes gozar
el espectáculo de los que con mucha fé y entusiasmo se restregan los
miembros con polvo, tierra, y aun barro, imaginándose quedar muy
curiosos y aseados. La ley musulmana exige que á la hora de la azala se
haga siempre la purificacion ceremonial, y que donde falte el agua, como
puede muchas veces acontecerle al caminante, al encarcelado, al que esté
escondido huyendo de fieras ó de enemigos, se eche mano de la tierra, de
la arena, de la yerba, de las piedras, del césped, del barro, de todo lo
que la naturaleza haya criado sin intervencion humana[202]. Esta
singular purificacion se llama el _tayamun_; ya puedes figurarte si será
edificante y hermosa la figura de un devoto muslim apeado de su caballo
en medio del campo, haciendo sus incurvaciones con la cara tiznada de
lodo, vuelto hácia la Meca[203]. No deliraron tanto jamás las naciones
paganas que mas materializaron la razon de las purificaciones; no
digamos los Romanos, que hacian sus decorosas y solemnes lustraciones,
en manera alguna ridículas, antes bien interesantísimas por el
sacrificio de las víctimas; pero ni los Baneanos del Mogol[204], ni los
Bracmanes, de quienes se cuenta que todos los dias antes de salir el sol
van al rio y en él se meten, unos hasta el pecho, otros hasta la
garganta, creyendo quedar allí limpios de sus pecados; ni la gente india
vulgar, que, persuadida de que las aguas limpian el alma, corre desalada
á los grandes estanques de las Pagodas, y á los dos sagrados rios Ganges
y Cason, en cuyas ondas purificadoras aman muchos dejar la vida[205].
De estos al menos no se refiere que se hayan entretenido ó se
entretengan en hacer objeto de ceremonias la inmundicia natural,
cotidiana, y aun necesaria, del organismo animal, ni que sean tan
materiales y nímios que se crean obligados á repetir la ablucion si
omitieron en ella alguna pequeñez, ó si al lavarse los brazos empezaron
v. g. por los codos, en vez de empezar por las puntas de los dedos[206].

Cesaron las abluciones de los creyentes, óyese dentro de la mezquita la
_alicama_ ó convocacion que los llama á orar. «Ya está levantada la
azala, ya comienza la oracion[207];» es la hora de _adohar_, el sol está
en la mitad exacta de su carrera, el Imam ocupa el mimbar, entra el
pueblo con paso grave y mesurado por las espaciosas y elegantes puertas
que conducen á las once naves mayores. Los hombres entran por unas
puertas, las mugeres por otras, á fin de que cada sexo ocupe su
respectivo compartimiento[208]. Todos al pisar el umbral sagrado
levantan en señal de admiracion las manos, esclamando en voz baja:
«¡Dios es el mas grande!» Este primer acto no creas que es espontáneo;
es de ritual. «El que entre á orar magnifique á Dios, y levante sus
manos de modo que sus pulgares se hallen á la línea de sus oidos:
aplique luego la mano derecha sobre la izquierda, y ambas debajo del
ombligo, y diga alabando á Dios: bendito sea, oh Dios, tu nombre,
exaltada tu dignidad, glorificada tu alabanza; no hay mas Dios que
tú[209].» Así lo verifican todos: á la _magnificacion_ sigue la
_estacion_; durante la estacion, en la cual no le es permitido al muslim
separar las manos de la postura referida, ni doblar las rodillas, ni
cargar el peso del cuerpo sobre una pierna mas que sobre otra, se
implora el auxilio del Altísimo contra Satanás apedreado, y luego se
pronuncia la célebre invocacion _Besm ellah elrohman el rahim_ (en
nombre de Dios clemente y misericordioso), que para los mahometanos es
como para nosotros los cristianos la señal de la cruz, y con la cual
principian todos los actos importantes de la vida. Las dos últimas
palabras se dicen secretamente. Refiere uno de los mas famosos
comentadores del Koran, que cuando esta invocacion bajó del cielo, las
nubes huyeron al oriente, los vientos se calmaron, la mar se conmovió,
los animales empinaron las orejas para oir, y los demonios cayeron
precipitados de las esferas celestes[210]. Empieza el Imam en seguida, á
la cabeza de todos los creyentes formados en hileras, la lectura del
proemio ó Sura primera del Koran, y ellos en secreto le van siguiendo.
Magnífica en verdad es esta primera oracion, despues de la cual puede
decirse que en la azala no hay otra. Dice así:

    ¡Gloria á Dios, Señor de los mundos!
    La misericordia es su atributo:
    Él es el rey del dia del juicio.
    Adorámoste, Señor, é imploramos tu auxilio.
    Dirígenos por los caminos de aquellos á quienes has colmado de beneficios,
    De aquellos que no provocaron tu cólera y se preservaron del error.

Al proferir el Imam estas últimas palabras, los asistentes dicen:
_Amen_. Sigue inmediatamente otra magnificacion con la fórmula conocida
«Dios es el mas grande» (_Allah ua aqbar_), y despues tienen lugar las
incurvaciones y postraciones y asentaduras, interpoladas con
jaculatorias, y dispuestas por la tradicion y los teólogos musulmanes
con tantos requisitos, tanto subir y bajar, tanto encorvar la espalda y
enderezarla, tanto sacar y remeter el vientre, tanto jugar de piernas y
de cuello, y tanto agitar de piés encogiendo uno y estirando otro, y
volviendo los dedos á la quiblah, que ni tengo yo paciencia para írtelo
desmenuzando, ni tú la tendrias para seguir atendiéndome[211].
Observemos, si te place, que desde el comienzo de la azala hasta el fin
van siguiendo los asistentes toda la mímica del Imam que la rige,
exactamente lo mismo que siguen en sus movimientos los reclutas al cabo
instructor, ó como en ciertos juegos de los niños (¡oh recuerdo
agridulce!) sigue todo el corro al que dirige la farsa repitiendo sus
palabras é imitando sus gesticulaciones[212]. Mejor que pudiera yo
hacerlo, te esplicará el dibujo que aquí te pongo lo que es
_incurvacion_ y _postracion_[213]. Mira en él reproducidas estas dos
posturas capitales: el que hace la incurvacion (_rucúz_) pone las manos
sobre las rodillas, y las espaldas al nivel de la cabeza; en esta
posicion pronuncia las esclamaciones de ritual, y ó bien vuelve á
enderezarse, ó bien se postra en tierra, segun el estado y período de la
oracion. Al postrarse para hacer su _adoracion_ (_çuchud_), procura con
todo esmero que toquen en la tierra la frente, la nariz, los codos, las
manos abiertas, las rodillas y los dedos de los piés. Al sentarse
procura tambien no hacerlo sobre ninguno de los dos piés, sacándolos por
el lado derecho, o juntando con el muslo derecho la planta del pié
izquierdo.

[Illustration: INTERIOR DE LA MEZQUITA DE CORDOBA.]

Ocupados en este ejercicio mas propio de jimios que de seres racionales
estaban los muslimes cordobeses, y la soberbia mezquita de bote en bote,
cuando penetraron resueltamente en ella los dos cristianos Rogelio y
Serviodeo. El pueblo suspende sus ritos, álzase un imponente murmullo,
señal segura de un grave escándalo; el Imam enmudece asombrado; al
murmullo sucede una amenazadora gritería, como siguen en la mar los
bramidos de las olas á la susurrante brisa que anuncia las tempestades.
¿Qué intentan esos dos hombres temerarios que abriéndose paso por las
apiñadas hileras se adelantan forcejeando hasta cerca del Santuario?
¿Qué palabras son las que vienen á proferir en este venerando recinto,
interrumpiendo solemnes ceremonias, infringiendo leyes y tradiciones,
desafiando las mas terribles prohibiciones[214] y esponiendo la vida al
justo furor de la escandalizada muchedumbre? ¡Oh abominacion! ¡oh delito
monstruoso y nefando! El magestuoso y sonoro idioma del Hedjaz
consagrado por el profeta de Dios á la promulgacion del Koran, es
prostituido y vilipendiado por sus atrevidas lenguas en obsequio del
profeta nazareno[215]: nada menos intentan esos criminales
alucinados que convertir con una insensata predicacion los corazones de
tantos miles de creyentes, fieles y fervorosos, al culto del Hijo de
María, escarneciendo la doctrina y nombre de Mahoma. ¡Pobres insensatos!
Como si no supiéramos distinguir el bien del mal, vienen ellos á
predicarnos que son males los bienes de la tierra, que miente y nos
engaña el que nos prometió el placer en este mundo y la felicidad en el
otro[216]. ¡Perezcan esos dementes, acabemos con todos ellos, estíngase
en el Andalús la abominable peste de la Palestina! Así claman los mas
celosos, y arremolinándose en torno de los dos indefensos cristianos,
emprenden con ellos á golpes, los derriban á bofetadas y empellones, y
de buena gana los habrian muerto dentro del mismo templo como en
desagravio de su[217] profanacion; mas acudiendo el Cadí de la Aljama,
se los entregan para que les aplique la pena de muerte y mutilacion de
manos y piés, á que se hicieron acreedores por su delito, y excitan á
sus regidores á concluir de una vez con el nombre de cristianos por
medio de una persecucion sangrienta y sin tregua. El fuego de la ira
popular prende en el corazon del sultan, y el monarca que en su juventud
blasonaba de justo abandonando á los jueces las causas de los cristianos
sediciosos, se jacta en la vejez de cruel, consagrándose personalmente á
discurrir penas atroces y medios escepcionales de intimidacion. Pero
conociendo que la crueldad le ahuyenta los vasallos, y que la misma
razon de Estado que manda castigar la rebeldía le aconseja no trasformar
en héroes á los rebeldes, imagina que es preferible poner á los
confesores la mordaza de la obediencia, robusteciendo el decreto del
desautorizado Recafredo con un solemne canon conciliar, al cual no
puedan oponer los cristianos objecion alguna. Cosa fué pensada y hecha
la reunion de metropolitanos y obispos llamados á secundar tan satánica
invencion. Celebróse el concilio convocado por el tirano islamita[218]:
el miedo y el rigor luchó en los pechos de los prelados con el amor á
la justicia: querian no faltar á esta, ni exasperar mas al rey.
Ofrecióseles conciliar lo uno con lo otro disponiendo el decreto
artificiosamente, de suerte _que la corteza de la letra, á que habian de
mirar los infieles, sonase á prohibicion de presentarse al martirio,
pero que bien mirado el sentido, cual podian conocerle los prudentes
cristianos, no incluyese ofensa de los mártires_[219]. Pero esta
resolucion causó escándalo entre los cristianos ignorantes, desagradó á
los mas ilustrados, y fué objeto de severas impugnaciones; causa tambien
de reprobaciones y persecuciones nuevas. Saulo y Alvaro la censuraron:
créese que S. Eulogio hizo lo mismo[220]. El obispo fué segunda vez
encarcelado: el sabio doctor tuvo que ocultarse: los seglares nobles y
conocidos temian por instantes la misma pena: todos andaban acobardados,
atribulados, huidos. Abde-r-rahman al ver frustradas sus esperanzas se
entrega de nuevo á su delirante saña. Una infernal complacencia le
conduce á una alta galería de su alcázar, desde donde espera cebar la
ansiosa mirada en un espectáculo horrible, pero adecuado á su sed de
venganza. ¡Ah, que el infeliz no cuenta con que en favor de los
desvalidos mártires está ya armado el cielo!... Penden de sendos árboles
allá abajo, reflejándose siniestramente en las claras aguas del _gran
rio_[221], dos objetos denegridos que se destacan sobre el verde
pardusco de las alamedas: la brisa que mueve las hojas mueve tambien en
ellos una especie de copo de leve crespon que á veces se desvanece como
una bocanada de negro humo. Fija bien en ella tu vista, cruel anciano.
¿Qué descubres entre las copas de la arboleda? ¡Oh intenso y bárbaro
placer! Son los cadáveres de Emila y Jeremías, tostados y desecados por
el sol de otoño, con sus cortadas cabezas clavadas en los troncos ó
hincadas en las puntas de las ramas. Allí cerca se mueve alguna gente:
óyense, soplando el viento de mediodia, algunos martillazos que dobla
el eco de los vecinos collados, y á poco aparecen clavados tambien otros
dos cuerpos horriblemente mutilados. Sin manos, sin piés, sin cabeza,
bañados en su propia sangre, aun fresca, que brilla cuajada á gran
distancia, presentan un cuadro espantoso que hiela el corazon y hace
cerrar los ojos á los que por allí transitan descuidados. Solo
Abde-r-rahman puede contemplarlo sin horror, y no solamente sin horror,
sino con esa terrible sonrisa propia de los placeres que asesinan. Ha
reconocido los cadáveres de los dos últimos mártires, y esclama como
fuera de sí: ¡Aquí mis hijos, aquí mis consejeros y mis maulis! ¡Aquí
todos los mios! Vedlos dónde asoman aquellos dos temerarios que
profanaron nuestra Aljama con sus cuerpos impuros: parecióles buena la
suerte de los otros dos insensatos cuyos despojos denegridos son hoy
pasto de los cuervos, sin duda porque vieron que despues de degollados
les hacian duelo las nubes y los vientos: id, y mandad en mi nombre que
á los cuatro les pongan fuego, para que sus inmundos cadáveres no causen
mas espanto á mis muslimes; y ahora verán los obstinados secuaces del
Hijo de María, que así como su Dios no envió á esos un ángel que los
librase de la cuchilla del verdugo, tampoco les envía ahora lluvias para
apagar la hoguera que ha de reducirlos á ceniza. Comunícase velozmente
el mandato; pero ¿qué acontecimiento inesperado ha turbado de súbito al
glorioso Amir? Inclina mústio la frente sobre el pecho, y su semblante
se cubre de una palidez mortal: su pié vacila, acuden los suyos á
sostenerle, todos le preguntan, y á nadie responde. ¡Ah! el Dios de
quien acaba de blasfemar ha anudado su lengua, y el ángel esterminador
ha estendido sobre él sus alas invisibles[222]. El rey altivo que habia
subido á los altos miradores á gozarse en la ejecucion de su bárbaro
decreto desafiando la cólera del cielo, baja á su lecho de muerte
convertido en insensible tronco en brazos de sus esclavos. Acudan presto
los médicos y los astrólogos; lloren las hijas, mesen sus cabellos Tarúb
y Kalam[223], Ashifá y las concubinas[224], las esclavas y los eunucos;
enmudezcan Algazzal y Ben Xamrí[225] y todos los cortesanos y maulis
lisonjeros; abandone Zaryab su laud enriquecido, y olvide por ahora sus
entretenidas aventuras... ¡Paso al cadáver del Amir, conducido al
sepulcro mientras consumen las hogueras los restos de sus cuatro últimos
mártires[226]!

Su hijo Mohammed ocupa el trono: para él y para todos sus consejeros son
tambien meras coincidencias casuales las señales tremendas con que el
Omnipotente ha hablado á los opresores. El sistema de Abde-r-rahman II
continúa en pié, pero sus resultados van siendo cada vez de mas bulto:
mas culto á la razon de Estado, alma de la política pagana, y mas
víctimas en el hogar doméstico; mas bondad y complacencia con los
sumisos, y mas tiranía con los que disienten; mas cobardía y
envilecimiento en los malos cristianos, y mas entereza y heroismo en los
confesores (si es posible que fuera de los límites de lo ordinario haya
grados en lo maravilloso) Recafredo, Bodo, Samuel, Esteban Flaco,
Hostigesio, Servando[227]: prelados sacrílegos, cristianos apóstatas,
¡cuánto llanto costais vosotros á la dilacerada Iglesia de España!
Vosotros, unidos á los perseguidores, atizais la hoguera en que se
purifica la fé; mas ¡ay, que entre tanto fomentais la ruina y la
despoblacion, contribuís á ahuyentar á los buenos, introducís el cisma
entre los perseguidos, corrompeis á los sencillos, avergonzais á los
doctos, escandalizais la cristiandad! Vosotros sois los únicos autores
de muchas abominaciones que la posteridad no podrá ver escritas sin
rubor y confusion. No los satisface ver á los pobres cristianos echados
de palacio[228], privados de estipendio los que militan, y todos en
general agoviados con los tributos; ni ver derribados por tierra los
templos y monasterios[229] donde quizás vosotros mismos celebrásteis el
sacrosanto sacrificio. Sacrílegos, blasfemos, apóstatas, hereges,
réprobos ante Dios y ante los hombres, maldecís de vuestros propios
hermanos, confesores y mártires, infamais y calumniais á sus mas dignos
prelados, inventais satánicos ardides para esquilmar y desustanciar á
los atribulados mozárabes, haciendo tributarias las iglesias y altares
para enriquecer el erario del tirano con las sagradas oblaciones del
templo, y consumais con inicua farsa la deposicion de los buenos
obispos. ¡Oh qué tiempos! ¡qué angustia y turbacion! «Las cárceles están
llenas de clérigos; las iglesias privadas del oficio de sus prelados y
sacerdotes; los tabernáculos divinos en horrenda soledad; las arañas
estienden sus telas por el templo; el aire calma en un total silencio;
no se entonan ya en público los cánticos divinos; no resuena en el coro
la voz del Salmista, ni en el púlpito la del Lector; el Levita no
evangeliza en el pueblo; el sacerdote no quema incienso en los altares,
porque herido el pastor, se desparramó el rebaño: esparcidas las piedras
del santuario, faltó la armonía en sus ministros, en los ministerios, en
el santo lugar. ¡Y en tanta confusion solo resuenan los Salmos en lo
profundo de los calabozos[230]!» Y sin embargo, ¿qué preciosa no será la
fé cuando se mantiene á toda costa? ¿Qué viva cuando no se apaga en tal
tormenta? Es que la fé se asemeja mas al ascua que á la llama, y mas
arde mientras mas la combaten los vientos de la tribulacion.

Dios por otra parte sigue alentando á sus fieles y correspondiéndoles
amoroso con recíprocos testimonios. ¡Pero cuán tremendo para sus
enemigos es el modo de atestiguar del Señor de los mundos! El monarca
que al estampar la huella en el solio causa una especie de frenesí de
júbilo en su corte; que al año siguiente de su entrada en Córdoba en
medio de entusiastas aclamaciones pudo decir con orgullo á sus enemigos
«la gracia del sultan hace llover beneficios sobre las casas de los
buenos vasallos, pero su cólera es capaz de coronar ochocientas almenas
de sus murallas con ochocientas cabezas de rebeldes[231]; finalmente,
ese rey tan halagado de la suerte en las batallas, que difundiendo el
terror del nombre agareno por los estados de D. Ordoño lleva sus armas
victoriosas hasta las orillas del Garona[232], no es mucho que
embriagado por el incienso de las lisonjas, sea ciego como su padre á
los patentes avisos del cielo. Un dia del año 871 estaba el Amir en su
cámara entretenido con un esclavillo muy lindo y gracioso que tenia
sobre sus rodillas. Era un dia cubierto de pardas nubes, con gran
tempestad de truenos y relámpagos. El katib Abdallah ben Aasim entró
para despachar, y el rey le pregunta: ¿á qué vienes en semejante dia?
¿qué podemos hacer hoy?--Señor, responde Abdallah, dicen las gentes que
es bueno estar con niños cuando truena, y yo digo lo mismo:

    Bueno es estar con niños--cuando retumba el trueno,
    de copas y convite      --el estrépito oyendo:
    que gira á la redonda   --el escanciano bello
    mientras nubes coronan  --los árboles del huerto.
    ¿Ves las ramas engadas  --del dulce y grato peso,
    que el viento las menea,--que brillan en el suelo?

Tanto agradó al rey esta improvisacion, destello genuino del
materialismo horaciano, que mandó traer dulces y colacion, copas y licor
Sahbá, y que viniesen los músicos y cantores. Durante el convite hacia
el rey que el esclavillo provocase la verbosidad de su katib: díjole al
oido que le tirase una copa á la cabeza, y el niño lo ejecutó al punto:
felizmente Abdallah acertó á evitar el golpe, y esclamó: Oh linda cara,
no seas cruel, que no está bien la crueldad con la hermosura: el cielo
hermoso cuando sereno es muy apacible, y ahora su saña nos horroriza y
espanta[233]. Sus palabras parecian un agüero. Aquel mismo dia fué
Mohammed á la mezquita á la hora de la azala, y hallándose en ella
arreció la tormenta: ya el trueno y el relámpago se percibian juntos, y
á poco con horrísono estruendo cayó un rayo en el soberbio edificio de
Abde-r-rahman I, sobre la alfombra misma en que oraba el sultan, dejando
instantáneamente sin vida á dos personas de su comitiva[234].--¡Justo
castigo del cielo! pensarian espantados algunos de los cristianos
ocultos, que por temor de la persecucion fingian seguir de grado la vida
y costumbres de sus opresores[235].--¡Allah está por el sultan!
prorumpirian los muslimes mas fervorosos al ver que el rayo habia
dejado ileso á Mohammed matando á su mismo lado á dos hombres. ¿Dirán
estos lo mismo cuando lleguen á la envanecida corte las tristes nuevas
de calamidades mayores?

El año 873 toca á su término: en Córdoba no se reciben mas que noticias
de infortunios y desastres. Ha sido tan grande la sequía en todas las
tierras dominadas por los islamitas, en Arabia, Siria, Egipto, África y
España, que han fallado los manantiales y las fuentes, los campos no han
producido frutos, y la esterilidad y carestía han sido como fabulosas.
Ha muerto de hambre la gente pobre, el hambre y las aglomeraciones de
cadáveres han producido una horrible pestilencia, causa á su vez de una
gran despoblacion. En Arabia va quedando la madre de las ciudades
desierta de sus vecinos; apenas se ve en ella mas que gente pasagera, y
la Caaba está cerrada á naturales y peregrinos[236]. Viene el año 874, y
con él nuevos escarmientos. El dia veintidos de la luna de Xawal,
habiendo amanecido el sol claro como de costumbre, empieza hácia la hora
de _almagréb_ á moverse la tierra, con espantoso ruido y
estremecimiento. Acompañan al terremoto ráfagas violentas que desploman
muchos edificios, torres y alminares; envuelven la ciudad rápidas y
densas nubes oscureciéndola de repente; los estampidos del trueno suenan
tan terríficos y repetidos, que el pueblo congregado en la mezquita
mayor se siente sobrecogido de invencible espanto. Seis musulmanes caen
en pocos instantes muertos; los demas, cediendo al terror, huyen en
encontradas direcciones dejando la azala interrumpida. Solo el Imam y
unos pocos devotos permanecen en sus puestos. Entre tanto el huracan
arranca de cuajo las arboledas seculares, la tierra se abre,
desmorónanse los peñascos, muchas fortalezas y palacios quedan nivelados
con el polvo: las aves abandonan sus nidos, las fieras salen de sus
madrigueras, y los habitantes, temiendo ser sepultados vivos entre sus
desquiciados muros, buscan en el campo abierto un refugio donde implorar
la clemencia del Eterno[237].

Nunca los hombres han visto ni oido cosa semejante. Para colmo de
infortunio, este mismo año sufre Mohammed una gran derrota en sus
huestes toledanas y cordobesas que le obliga á solicitar la paz del rey
leonés. Las armas cristianas empiezan á adquirir nuevo brillo: Alfonso
III fortifica á Zamora y á Toro, funda á Porto y restaura á Chaves y
Viseo; y Mohammad muere disertando como filósofo[238], mientras sus
vasallos rebeldes desafian su poder como guerrero. A no ser por las
enojosas disensiones ocurridas entre los cristianos, quizás el imperio
islamita occidental se hubiera disuelto bajo los dos inmediatos
sucesores de este Sultan.

Es muy de observar cómo se refleja en la famosa mezquita cordobesa la
suerte de cada reinado. Abde-r-rahman II y Mohammad, menos afortunados
con los cristianos y con los muslimes sediciosos que sus antecesores,
solo dejan en ella un leve recuerdo de su pasagera grandeza. No son
monarcas que conquistan y fundan: esta gloria solo pertenece á
Abde-r-rahman I é Hixem; pero son monarcas conservadores, obsequiosos
con la razon de estado, celosos de su autoridad, amantes del fausto y de
la magnificencia; y es sabido que los reyes llamados á conservar son mas
espléndidos que creadores, mas propensos al lujo y á los placeres que á
los goces de las grandes innovaciones. Todo el tributo que un personage
rico de medios y sin mision innovadora puede ofrecer al genio de su
siglo, se reduce á derramar sus tesoros sobre las obras de los artistas.
Así literalmente lo ejecutan Abde-r-rahman II y Mohammad, á cuya
oriental prodigalidad debe la gran mezquita el oro que aun hoy ostenta
en muchos de sus capiteles. Sus sucesores Al-Mundhir y Abdullah alcanzan
el mismo destino: enérgicos y resueltos cuando se trata de hacer la
guerra y de administrar justicia, nada hacen por el progreso del arte.
¿Ni cómo es posible que consagren al mundo de la belleza sus
meditaciones un príncipe como Al-Mundhir, que apenas brilla cual fugaz
metéoro pasando en dos años escasos de su proclamacion en Córdoba á su
muerte en el campo de batalla, y un príncipe como Abdullah, su hermano,
que aunque llamado á encanecer bajo el solio, vive siempre envuelto en
una atmósfera de sangre y de esterminio? Ambos fueron justos, ambos
valientes y generosos, piadosos y clementes, en ambos lucieron las dotes
que distinguen á los grandes reyes, y sin embargo ni el uno ni el otro
lograron hacer época en los anales de la civilizacion árabe-hispana. Tal
vez por lo mismo que fueron mas humanos con los vencidos, mas tolerantes
con los infelices cristianos mozárabes que sus jactanciosos
predecesores; por lo mismo que mantuvieron con religiosidad las paces
que con los reyes de Asturias y Leon ajustaron, y porque fué menos
visible bajo su imperio el antagonismo de las dos civilizaciones; por
eso mismo quizá palidece en cierto modo la arábiga cultura á su sombra,
y á pesar del incremento que durante su administracion alcanza la
riqueza pública, ningun monumento grande marca la huella de las bellas
artes en sus dominios. Porque no es precisamente el oro el fomento de la
noble arquitectura; no son las épocas de mayor riqueza ni los estados
mas prósperos los que escogen las varoniles doncellas hijas predilectas
del genio para hacer sus apariciones en la tierra: muchas veces por el
contrario se complacen en visitar á las generaciones mas trabajadas por
las públicas calamidades, mas menesterosas y mas faltas de sosiego, como
para hacer ver á los mortales que los goces de la inteligencia no se
compran, sino que solo se obtienen cuando á Dios place dispensarlos.

No busquemos, pues, en la suntuosa Aljama recuerdos de la grandeza de
los sultanes despues de los tiempos de persecucion y de escándalo, de
lucha y de encono, que personifican Abde-r-rahman y Mohammad, hasta que
llegue el dia en que el primer Califa cordobés ponga el complemento al
proyecto gigantesco del primer Amir. Diríase que al desaparecer de la
escena de horrores y protestas las colosales figuras de S. Eulogio,
Alvaro, Saulo, Samson y Valencio, gloriosos maestros de mártires,
desaparecen con ellos los esfuerzos del islamismo fascinador. Cristianos
y muslimes parecen olvidados de sus respectivos destinos: malgastan
aquellos en sus discordias intestinas el fecundo calor que solo debian
emplear en la santa empresa de la reconquista, y embotan en luchas
fratricidas el noble sentimiento de religion y patriotismo que inspiró
á sus mayores la generosa protesta de Covadonga; los mahometanos por su
parte desperdician tambien en interminables guerras de partidos la
energía que comunicaba antes á sus corazones el precepto de la guerra
santa, y ocupados en sofocar sediciones, celebran paces cuando á sus
reyes conviene con los enemigos del Islam. Cristianos y musulmanes viven
por espacio de medio siglo como vecinos tranquilos, con mas paz aun de
la que entre sí se conceden los hijos de una misma religion y de una
misma sangre. Pero el hombre no es dueño de alterar los decretos de la
Providencia, y muslimes y cristianos tienen que terminar forzosamente la
obra para que fueron conducidos á acampar frente á frente en las
fértiles llanuras de España. Llegará la época en que recobrando los dos
antagonistas sus instintos primitivos, y ambos interiormente impelidos á
ventilar la secular contienda iniciada en el Oriente, se determinen á
declararse implacable guerra, aspirando cada cual á quedar dueño
esclusivo del campo; y entonces volverán nuevamente á pronunciarse las
facciones genuinas de los dos opuestos principios. Y entonces tomarán de
cada parte el templo y el palacio, en que se reflejan la vida civil y
religiosa del magnate y del pueblo, su fisonomía especial y privativa,
para no volverse á confundir[239] hasta que en uno ú otro campo la
soberbia mole de la civilizacion se desplome y quede reducida á
escombros.

El arte musulman ha iniciado su carrera admirablemente al abrigo de las
asiduas meditaciones de los dos primeros amires. ¿Cómo no habia de salir
una cosa grande de un nido calentado por águilas caudales? Pero hé aquí
reproducida la fábula de Leda[240], porque tambien el arte cristiano
comienza á desplegar vistosas alas, cobijado por los Alfonsos y Ordoños,
no menos respetables que los Abde-r-rahmanes y los Hixemes, y este, lo
mismo que su émulo, aspira á la inmortalidad. Los dos fueron engendrados
en la hermosa reina griega, porque en realidad es la misma musa que
inspiró á los arquitectos de Pericles y de Alejandro la que revela ahora
sus graciosos y nobles contornos bajo el tosco paludamento visigodo y
bajo la abigarrada vestidura siria; los dos se jactan de haber sido
producidos por un aliento divino, los dos se llaman hijos de Júpiter, y
efectivamente tan egregias dotes ostentan á porfia cada cual por su
lado, que muchos dudan cuál sea la verdadera obra inspirada por la
Divinidad. Pero cuenta que el uno es Cástor, y el otro Pólux, es decir,
que el uno es mortal y el otro no. El arte arábigo, formado por el
consorcio de la belleza griega con la fantasía oriental, como Cástor
engendrado en la union de Leda con Tíndaro, perecerá lo mismo que
pereció el héroe griego, al paso que el arte cristiano, producto de la
belleza antigua desarrollada en Atica y Corinto y del espíritu fecundo
que la gracia de Dios comunicó á la humana mente por mediacion del
Verbo, durará cuanto dure el mundo, así como es inmortal tambien el
hermoso Pólux, hijo de Júpiter y Leda. Los dos artes gemelos, pues, son
aventajados en belleza: los dos crecen y se desenvuelven paralelamente
ricos de medios y de seduccion; y ha de llegar el dia en que á fuerza de
trato y de comunicacion, se identifiquen tanto en sus gustos, que llore
el uno con inestinguible llanto la prematura muerte del otro, así como
Pólux lloró la muerte de su hermano y le amó hasta el estremo de cederle
la mitad de su inmortalidad para que los dioses le restituyesen por
intervalos á la vida.

Es muy curioso ver cómo se dispone el Cástor musulman á disputar la
palma de la inmortalidad, mientras el Pólux cristiano crece bajo su
sombra. ¿A quién mejor que á los tres califas cuyas imágenes van ahora á
deslizarse por ante nuestros ojos, pudiera estar encomendado el
desarrollo de ese poderoso vástago oriental? Ved á Abde-r-rahman el
Grande, á ese esclarecido príncipe que encadena con una mano el Africa á
España y con la otra sofoca las añejas rebeliones, dando al cabo de dos
siglos unidad é independencia al imperio mahometano de Occidente. Es el
primer Califa andaluz, el primero que toma el nombre de Miramamolin
(_Amiru-l-mumenin_) ó gefe de los cristianos, y de defensor de la
religion (_An-nasir lidin-illah_), y que consigue dar á su corte una
magnificencia y un esplendor que igualan, si no esceden, á la pompa y
gala desplegadas por los soberanos de la estirpe de Abbás. Nada faltó á
su educacion para hacer de él un príncipe modelo segun las ideas de su
secta. A la edad de ocho años ya sabia las máximas del Koran y las
tradiciones de la _Sunnah_, la gramática, la poética, los proverbios
árabes, las biografías de los príncipes, la política y el arte de regir
los imperios. Monta á caballo con gallardía, maneja con destreza el arco
y el dardo, sabe hacer uso de toda clase de armas. La fama de su
grandeza se dilata por el mundo, y solicitan su amistad los soberanos de
Constantinopla, de Alemania, Francia, Esclavonia, Italia, Navarra y
Barcelona; los embajadores estrangeros regresan á sus córtes admirados
de la cortesía y suntuosidad con que fueron recibidos: un rey cristiano
destronado[241] refiere como obtuvo de él agasajadora hospitalidad, y
confiesa que por su mediacion recobró la perdida salud y el trono. Con
razon esclama un inspirado poeta al contemplar su grandeza: _Empieza una
nueva luna; ¡oh tú que por la gracia de Dios imperas, dime quién es
capaz de sobrepujar tu gloria[242]!_ Verdaderamente se inaugura tambien
para el arte una nueva era de progreso y esplendor bajo la proteccion de
este Augusto de los califas: la arquitectura arábigo-bizantina llega por
su impulso al cenit en su atrevida carrera: la elegante y rica
ornamentacion neo-griega acaba de cubrir los garbosos lineamientos
latino-pérsicos, á la razonada distribucion del ornato se agrega la
magnificencia y gala de los colores y esmaltes, de los estucos y
mosáicos, de los nuevos procedimientos introducidos en Córdoba por los
artistas de Constantinopla, que con habilidad mágica convierten la dura
pasta del vidrio y de los metales en deslumbrador brocado de oro y
terciopelo[243]. Llegó ya la época de cultura y grandeza que habian
soñado Abde-r-rahman II y Al-hakem I, y que ellos á pesar de su ardiente
anhelo no habian podido disfrutar por no consentírselo las indómitas
razas cristianas. Acabó la superioridad de Bagdad: la corte de
Abde-r-rahman III brilla como brilló la corte de Al-Raschid, y la misma
capital del imperio griego ha de envidiar á Córdoba sus maravillas
despues de haberla ayudado á crearlas. ¡Oh siglo afortunado para los
hijos del Islam! En pós de la colosal figura del Augusto cordobés vienen
igualmente benéficos para su pueblo y formidables á los cristianos otros
dos gigantes: Al-hakem III y Almanzor. Despues de ellos, rápida será la
decadencia del Califato, porque á ningun Estado pagano le fué dado jamás
clavar la estrella de su fortuna en el punto culminante de su órbita;
pero en tanto que trascurren para los muslimes las bonancibles lunas de
estos tres reinados, y para la España cristiana los dias de llanto y
luto á que la condenan enconosas rivalidades y sangrientas escisiones;
en tanto que el décimo siglo consuma su temida evolucion entre ruinas y
siniestros presagios en que la cristiandad acobardada lée la sentencia
de muerte de la humanidad y del mundo[244], ¡qué de prodigios, qué de
fantásticas escenas va á realizar el arte sarraceno! Como un misterioso
nigromante que por arte satánica evoca de la region de las sombras,
contrastando con el general espanto, deliciosos cuadros que mienten los
placeres del Paraiso, así la arquitectura sarracena, ese Cástor valiente
é impostor de la España árabe, hace surgir antes de entonar el Califato
su himno de muerte, creaciones incomparables, tales que despues de
volverse á hundir en la sima de la nada, las han de tener por fabulosas
las generaciones venideras.

Al pié de la quebrada sierra, al abrigo de los helados vientos del
norte, y sobre una alfombra de esmeralda, lecho regalado para una
sultana viciosa y mimada, nace consagrada al amor y á los placeres del
mas ostentoso Califa, la peregrina Medina Azzahra: poblacion mágica en
que el caprichoso arte oriental parece agotar sus tesoros, como para
demostrar que la arquitectura puede con sus fábricas igualar las mas
fantásticas descripciones de la poesía. A su lado, y formando con ella
como un broche de dos perlas gemelas con que adorna su cinto de torres
la reina de Andalucía, descuella la encantada Medina Azzahírah,
magestuosamente asentada en la ribera del Guadalquivir, rodeada de
deleitosas quintas y vergeles, que gozan los wazires, katibes, generales
y favoritos de Almanzor, como prenda y testimonio de su liberalidad.
Azzahra y Azzahírah ocupan con la galana y soberbia Córdoba, cúpula del
Islam, tienda de sus guerreros, trono de los sultanes, una extension de
diez millas de tierra florida, en que brotan sin cultivo el azahar y la
rosa, y esas diez millas de paraiso terrenal estan de noche iluminadas
por una sola hilera de fanales, tan unidos entre sí, que forman una zona
de deslumbradora luz. En estas dos poblaciones y en todos los veintiun
suburbios de la gran ciudad, erígense como por encanto mezquitas,
mercados, baños y bazares, en que acumula el arte sus bellezas.
Prodíganse sus primores, y máquinas ingeniosas de juegos hidráulicos y
otros entretenimientos, en las casas de campo propias del Sultan y de
los ciudadanos poderosos, notables todas por la magnificencia de su
estructura ó por su deliciosa situacion[245]. Para aumentar sus
seducciones el arte islamita, prohija con infraccion de la ley religiosa
los recursos de la escultura como medio de reproduccion de la naturaleza
animada, y aunque este poderoso auxiliar no entra declaradamente con
todas sus facultades sino como un mero accesorio de la ornamentacion
monumental, sin embargo los muslimes timoratos ven con escándalo campear
sobre la fachada del palacio de Azzahra una estátua de muger, figuras de
animales en las fuentes de sus jardines[246], en la puerta principal del
palacio de Córdoba una figura de hombre, y finalmente, en el acueducto
que une la sierra con la parte occidental de la ciudad, un leon colosal
revestido de láminas de oro puro con dos piedras de inestimable valor en
los ojos, el cual vierte por la boca las aguas traidas de la montaña en
el gran depósito de la poblacion.

Observemos la accion del arte en la Aljama bajo los tres Califas, y
veamos si se justifica el entusiasmo del que escribió esta jactanciosa
sentencia: Córdoba sobrepuja á todas las ciudades de la tierra por
cuatro cosas: por el puente que tiene sobre el Guadalquivir; por su gran
mezquita; por su Azzahra, y por las ciencias que en ella se
cultivan[247].

Vemos primeramente á un sabio é intrépido arquitecto del califa
An-nasír[248] demoler el antiguo alminar, y levantar en su lugar otro
cuya mole de considerable altura no tiene igual en el mundo por su
distribucion y proporciones. Empléanse en echar sus cimientos cuarenta y
tres dias, profundizándolos hasta encontrar agua. Trece meses dura la
construccion de la soberbia torre, toda de piedra franca y mortero, y de
tan singular artificio por dentro, que conteniendo dos ramales de
escaleras en una sola caja, pueden las gentes subir por uno y otro sin
verse hasta llegar arriba. Ciento siete peldaños tiene cada ramal. Esta
elegante almenara que el pueblo cordobés contempla absorto, mide
cincuenta y cuatro codos desde su arranque hasta la parte superior del
domo abierto, al cual vuelven la espalda los almuedanes que convocan á
la oracion girando por el balcon saliente, cuya graciosa balaustrada
ciñe en derredor los cuatro muros como un ligero anillo; y desde este
balcon corrido hasta el remate, levanta otros diez y ocho codos[249],
coronándose con tres hermosas manzanas, dos de oro y una de plata, de
tres palmos y medio de diámetro cada una, de las cuales parten dos
gallardos lirios de seis pétalos que sostienen una granada de purísimo
oro. Presenta en sus cuatro frentes catorce ventanas, la mitad con dos
claros y la otra mitad con tres, formados con columnas de jaspe blanco y
encarnado, y sobre las ventanas un coronamiento de arquitos macizos
sustentados en columnillas del mismo jaspe. Estas ventanas comparten
admirablemente el macizo de los muros, todo cubierto interior y
esteriormente de preciosa tracería relevada, cuyos lindos dibujos es
imposible describir. Al recibir la noticia de que está terminada la
obra, acude An-nasír presuroso desde su predilecta mansion de Medina
Azzahra, sube á lo alto de la torre por una escalera bajando por la
otra, y despues de examinar cuidadosamente el edificio, pasa al Maksuráh
de la mezquita, hace dos arracas, y se retira complacido. Con razon
puede estarlo, porque la mezquita Aljama de su Córdoba es ya un
verdadero tesoro del arte arábigo-bizantino. El emperador Constantino
porfirogénito, cuya corte dirige la marcha del arte en Oriente y
Occidente, se esmera en proporcionar á la capital del Califato nuevas
seducciones, sin creer desdorada su dignidad por convertirse en joyero
de la Sultana del Bétis[250]. Todos los demas emperadores y reyes que
directa ó indirectamente reciben de Constantinopla ideas de buen gusto y
magnificencia, trasmiten tambien á la poderosa corte de Andalucía los
frutos hermosos de aquellos trasplantados gérmenes[251]. Hoy es una de
las primeras dignidades de la Iglesia Bética el encargado de trasladar
desde el asiento de la reina del Bósforo al encantado palacio de
Azzahra, las primorosas esculturas que admiran con mezcla de placer y de
escándalo los rígidos observadores del Koran[252]; mañana es nada menos
que un santo, procedente de uno de los mas austeros cenobios de
Alemania, el comisionado para llevar al temido Califa los esquisitos
productos del arte germánico[253]; un obispo Eliberitano, mandado
consagrar por el mismo Abde-r-rahman, es luego el elegido para promover
y fomentar ese comercio y correspondencia mútua de las dos
civilizaciones cristiana é islamita[254]; finalmente, la Córdoba de
An-nasír es el emporio de las artes, los ingenios de los paises mas
adelantados acuden á ella poniendo á competencia sus creaciones, y todo
lo grande, todo lo bello, todo lo primoroso del arte monumental en Asia,
en Africa y en Europa, deja su sello, su ofrenda y su tributo en la
soberbia Caaba de los Umeyas.

[Illustration: PUERTA DE LAS PALMAS.

_Catedral de Córdoba._]

Y sin embargo el fervoroso entusiasmo de Al-hakem encuentra todavía
nuevos medios de embellecimiento: resuelve prolongar las once naves
ciento cincuenta piés más hácia el mediodia, construyendo un santuario
que no tenga igual en el orbe. Dejemos á un historiador árabe[255], cuya
autorizada voz suena hoy por primera vez en nuestro idioma vulgar,
referir la meritoria reforma de este Sultan. «Lo primero que hizo
Al-hakem, luego que sucedió en el Califato, fué ocuparse en aumentar y
hermosear la mezquita Aljama de Córdoba. Fué este el primer acto de su
gobierno, encargando la inspeccion de las obras á su hagib y espada de
su estado Chaâfar ben Abde-r-rahman, el Eslavo, por decreto espedido á
cuatro dias por andar de la luna de Ramadhan del año 350 (961 de J. C.)
al dia siguiente de haber sido jurado Califa. En el decreto se prevenia
al mencionado Chaâfar que comenzase por hacer los acopios de piedra
necesarios para los cimientos; y así fué que el acarreo comenzó en la
misma luna de Ramadhan. Habíase el alcázar de Córdoba llenado de
gente[256], de manera que á las horas de la azala la mezquita no podia
contenerla, y los asistentes se apretaban y atropellaban por falta de
espacio. Al-mustanser[257], pues, se dió prisa á la construccion del
nuevo edificio que se habia de añadir, y salió en persona de su alcázar
para hacer las mediciones y trazar la construccion, llamando para que le
asistiesen en dicha operacion á los maestros y geómetras, los cuales
trazaron el nuevo edificio desde la quibla de la mezquita hasta lo
último del atrio, cogiendo esta añadidura en su longitud las once naves.
Tenia de largo lo añadido noventa y cinco codos de norte á mediodia, y
de ancho de oriente á occidente otro tanto, como el ancho de toda la
mezquita. De esto cortó el pasadizo del alcázar, destinado para la
salida del Califa á la azala, al costado del mimbar, dentro de la
Maksuráh, con lo cual el nuevo edificio llegó á ser la mas hermosa
añadidura jamás hecha á mezquita alguna.»

«En el año 354 se terminó la obra de la _cubba_[258] que coronaba el
mihrab en la parte de la mezquita que añadió Al-hakem. Fué esto en la
luna de chumada postrera.»

«En el mismo año se comenzó á colocar el _sofeysafá_[259] en la mezquita
Aljama de Córdoba. Habia el emperador de los griegos regalado á Al-hakem
una porcion de aquella manufactura, y este le habia escrito rogándole le
enviase tambien operarios, tomando ejemplo de lo hecho en una ocasion
semejante por Al-walid ben Abde-l-malek, cuando estaba construyendo la
mezquita de Damasco. Volvieron, pues, los embajadores que Al-hakem envió
al emperador griego, trayendo consigo un artífice y ademas trescientos
veinticinco quintales de _sofeysafá_ que aquel príncipe le mandaba de
regalo. Al-hakem mandó luego hospedar convenientemente al artífice
griego, y proveerle de todo lo necesario con la mayor abundancia; lo
cual hecho, dispuso que varios de sus esclavos trabajasen con él á fin
de instruirse en su arte. Hiciéronlo así, ayudándole en la colocacion
del _sofeysafá_ traido del Oriente, y aprendiendo con aquel maestro
hasta lograr perfeccionarse en dicha industria y trabajar por sí solos,
como lo verificaron luego que el maestro se volvió á su tierra, pues
Al-hakem le despidió por no necesitar mas de él, con muchos regalos de
vestidos y otros objetos. Por lo demas, en la añadidura de Al-hakem
compitieron y rivalizaron los maestros mas afamados de toda la tierra.»

«Del 10 al 20 de Xagüel del citado año cabalgó Al-hakem de Azzahra á la
mezquita de Córdoba, y entró en ella, y examinó detenidamente las obras,
y lo que ya estaba concluido. Luego mandó recoger las cuatro columnas
que estaban antes sirviendo de jambas á la puerta del antiguo _mihrab_,
y que se custodiasen en lugar seguro para colocarlas en el nuevo, que
por su mandato se construía á la sazon con la mayor perfeccion y
solidez. Eran las cuatro columnas de incomparable hermosura en su
género.»

La historia de lo construido por órden de Al-hakem es en todo notable.
Mientras se estaba haciendo la obra, se suscitó una acalorada disputa
entre los arquitectos respecto del punto hácia el cual debia mirar la
quibla, con objeto de colocar el nuevo mihrab ó santuario donde debiese
estar realmente. Unos pretendian que debia estar al sur como habia
estado siempre, y como la habia situado An-nasír en su mezquita de
Azzahra; al paso que los mas entendidos en matemáticas y astronomía
sustentaban que debia fijarse un tanto inclinada hácia el oriente[260].
Divididos así los pareceres, el faquíh Abú Ibrahim se presentó á
Al-hakem, y le dijo: ¡Oh príncipe de los creyentes! Todas las gentes de
esta nacion han vuelto constantemente sus rostros al sur al hacer sus
oraciones: los Imames que te precedieron, los doctores, los cadíes y
todos los muslimes en general, dirigieron siempre sus miradas al sur
desde los tiempos de la conquista hasta hoy: al sur inclinaron siempre
todos los _tabíes_ como Musa Ibn Nosseyr y Haush As-san'aní (¡Dios los
perdone!) las quiblas de cuantas mezquitas erigieron en esta region.
Recuerda, oh príncipe, aquel proverbio que dice: mejor es seguir el
ejemplo de los otros y salvarse, que perderse por no seguir la senda
trillada. Oido lo cual, esclamó el Califa: ¡Por Allah, dices bien!
Seguiré el ejemplo de los _tabíes_, cuya opinion en esta materia es de
gran peso. Y mandó que la quibla se pusiese donde el faquíh proponia.

Erigióse entonces el santuario al estremo de la prolongacion de las
naves, en la central como habia estado siempre, mirando exactamente á
mediodia. Entre el muro interior del sur y el muro esterior reforzado
con torreones, se dejó un espacio de unos quince piés, que se dividió en
once compartimientos correspondientes á las once naves de la mezquita;
el del centro se destinó al santuario, y los de los lados se reservaron
para habitaciones de los ministros del culto y otros usos. Quedaba de
este modo el Mihrab en la mitad justa del lado del sur, con dos alas
iguales una á cada lado. En el ala de occidente habia un pasadizo
secreto, que conducia desde la mezquita al alcázar por medio de un arco
que unia ambos edificios, pues el palacio que habitaban en Córdoba los
califas se dilataba hasta muy cerca del templo por el lado de poniente.
Este pasadizo, cuyas puertas estaban artificiosamente dispuestas[261],
sin duda para la mas completa seguridad del alcázar y de la mezquita,
abria paso á lo interior de la Maksurah, recinto suntuoso y reservado,
que por los tres lados de oriente, norte y poniente, comunicaba con las
naves cortando tres de estas en su longitud, y por el mediodia formaba
cuerpo con el muro interior de la mezquita. Era la Maksurah un lugar
privilegiado, cerrado en contorno por una especie de cerca ó verja de
madera, primorosamente labrada por ambas haces interior y esterior[262]:
estaba coronada esta preciosa cerradura de almenas, para que por su
destino de cortar toda comunicacion entre el Califa y el pueblo imitase
mas propiamente la forma de una muralla. Esta magnífica armazon, de
veinte y dos codos de altura hasta su remate, daba su nombre á la parte
de fábrica que ocupaba, mas magnífica aun que su contenido y que el
nuevo trozo de la nave central que iba desde la antigua hasta la moderna
quibla, que era rico en sumo grado por las labores y dorados de sus
capiteles y pilastras[263]. La fábrica en que se armaba la Maksurah
propiamente dicha formaba en su planta un gran rectángulo partido en
tres, casi cuadrados, sobre los cuales se levantaban tres domos
bizantinos de peregrina esbeltez. El domo de enmedio servia como de
vestíbulo al santuario, y era de los tres el mas sorprendente por sus
proporciones, perfiles y decoracion. ¿A qué deciros lo que era? Esta
parte de la mezquita se conserva en lo principal; mejor pues os referiré
lo que todavía es para asombro y mengua del arte moderno. Figuraos un
recinto donde la solidez de la construccion, las dificultades mas
grandes del arte y los cálculos de la ciencia, se hallan tan
admirablemente disfrazados, que el conjunto que se ofrece á la vista
aparece como una concepcion fantástica que no puede subsistir. Nueve
siglos de existencia tiene ya, sin embargo, esta especie de creacion
poética, que mas que una construccion de piedras, mármoles y mosáicos,
columnas, arcos, impostas, zócalo y cúpula, se creeria una morada
encantada, aérea é impalpable, labrada por las fadas del Oriente; y no
hay el menor indicio de que tan maravillosa fábrica no pueda durar aun
otros nueve siglos en igual estado. Estriba toda la mole en una especie
de cámara claustreada con una tan sutil arquería, que las columnas
parecen las varas del pabellon de una princesa tártara, y los arcos
inferiores que de unas á otras voltean, festones de recamadas cintas,
primero apretadamente arrolladas, y dispuestas luego en forma de aspa,
entregadas á sus naturales ondulaciones, solo prendidas por las
estremidades. Digna hubiera sido esta peregrina decoracion del vestíbulo
del palacio de Malek Johanna en Susa aun para el dia de boda de una de
sus hijas[264]. Sobre los arcos de festones, ó propiamente hablando
_angrelados_, que se cortan como queda dicho formando un aspa dentro de
cada intercolumnio, se elevan siete graciosos y leves arcos de
herradura, que muriendo en el muro de mediodia, cierran el cuadro y
terminan el cuerpo bajo del suntuoso vestíbulo que describo. Encima de
esta doble arquería, en que las esbeltas columnillas superiores se
representan como lindos y ágiles mancebos circasianos encaramados en
hombros de esclavos indios con las ballestas levantadas, corre una
imposta, labrada y ligera, que abraza y corona los cuatro frentes y
divide la fábrica del domo en dos zonas, alta y baja, esta cuadrangular,
aquella de distinta forma, segun vas á ver. Sobre esta imposta que acabo
de mostrarte descansan gráciles columnillas emparejadas, volteando
grandes y atrevidos arcos semicirculares, con tal arte dispuestos, que
parecen imitar sus curvas guirnaldas entrelazadas de un corro de
hermosas odaliscas, porque los arcos voltean, no desde cada columna á la
correspondiente de la pareja inmediata, sino dejando la pareja inmediata
en claro: de este modo, siendo dos las parejas de columnillas que
estriban en la imposta en cada frente, se forman en el espacio ocho
arcos torales, en dos grandes cuadriláteros contrapuestos, sus arranques
se cruzan formando ocho puntas de estrellas (prosáicamente diriamos
_pechinas_), y en el centro resulta un anillo octógono con ocho
graciosas caidas como prendidas á los capiteles de las ocho parejas de
columnas. Entre punta y punta, un elegante arco ultra-semicircular, al
cual se adapta una tabla de alabastro calada, deja á la vista paso
dudoso al azul del cielo; con esto, ostentando la cúpula que sobre el
octógono y sus pechinas se levanta un verdadero prodigio del arte
mosáica por los dibujos y vivos esmaltes con que en ella se fingen las
mas preciadas estofas del Asia, el domo bizantino reproduce á la
imaginacion del que absorto lo mira una ligera tienda de campaña de
sedas, lino y oro, fija en tierra con ocho varas dobles colocadas en
círculo, henchida por un recio viento, y como tirando para desprenderse
y alzarse rápida á la region de las nubes. Parecida á esta concibe la
mente enardecida con las maravillosas descripciones de las leyendas
orientales, las tiendas de Baharam Gur y de los ostentosos reyes del
Catay.

[Illustration: CAPILLA DEL MIHRAB, desde un angulo (Catedral de
Cordoba)]

[Illustration: CAPILLA DEL MIHRAB.

(Catedral de Cordoba.)]

Por entre la elegante arquería que mas que sostener el domo parece
pender de él, como penden de un chal de Persia sus entretejidos
caireles, y que á los ojos esperimentados de un famoso viajero del siglo
XII era superior por la delicadeza de su ornato á las mas esquisitas
producciones del arte griego y musulman[265], aparece al fondo la
sorprendente fachada del _Mihrab_[266], que cuando recibe los
reflejos del sol poniente brilla como un paño de brocado cuajado
de pedrería, y que debia deslumbrar como la vision de un palacio
encantado de lapislázuli, oro, carbunclos, rubíes y diamantes, cuando en
el mes de Ramadhan ardian bajo aquella esmaltada cúpula las mil
cuatrocientas cincuenta y cuatro luces de la lámpara mayor y el gran
cirio de sesenta libras que lucía al lado del Imám[267]. Esta fachada, á
pesar de su imponderable riqueza, no presenta la menor confusion: todas
sus líneas estan trazadas para servir de ornato y realce al arco que dá
entrada al santuario, pues no tiene mas partes que estas: el arco con su
espaciosa archivolta, sus jambas lisas con columnillas entregadas en su
grueso, su arrabá[268] contornado de grecas, y una ligera arquería sin
vanos en la parte superior, sobre cuyo macizo descansa la imposta que
divide los dos cuerpos alto y bajo del domo[269]. Pero es tal la
profusion y galanura del ornato de cada una de estas partes, que es
preciso renunciar á pintarla con la pluma. ¡Qué dovelas, qué archivolta,
qué enjutas, qué tableros, qué recuadros, qué arquería trebolada, qué
tímpanos, qué entrepaños! Y despues, ¡qué deliciosa combinacion de las
grecas con los follages persas y bizantinos, y con las figuras
geométricas! No son estas últimas, sin embargo, las que mas campean,
como sucede luego en la degenerada ornamentacion propiamente musulmana;
lo principal ahora son las grecas, mas ó menos sencillas, unas de
garbosos vástagos con sus hojas formando postas, otras de caprichosas
ajaracas en que los troncos y las folias, la palmeta griega y el loto
asirio, el lirio y el tulipan, las piñas, las flores de ojos y los
contarios, se combinan de mil diversos modos, trazando siempre los
tallos y las hojas las mas graciosas curvas, y el todo reunido las mas
elegantes cenefas, la mas caprichosa tracería. Añádase que esta
ornamentacion está toda ejecutada sobre mármol delicadamente esculpido,
ya desnudo y blanco, ya revestido de menudísimo mosáico de diversos
colores cuajado con vidrio y oro; que las inscripciones cúficas que se
leen en ella alternando con el luciente _sofeysafá_ son tambien de oro
sobre fondo encarnado ó azul ultramarino; finalmente, que las
columnillas de los dos cuerpos alto y bajo son de mármol con los
capiteles dorados; y si ademas teneis á la vista el dibujo de este
bellísimo vestíbulo, os podreis formar una leve idea de la creacion mas
maravillosa que existe del arte árabe-bizantino, y del arrobo que
produce en el alma del que en su original la contempla. En el grueso de
cada jamba del arco de entrada al santuario hay dos columnillas, una de
mármol negro y otra de jaspe, con capiteles de mármol blanco
prolijamente esculpidos. Si no le engañó á Al-Makkarí su ciego
entusiasmo, estas cuatro columnillas fueron antiguamente dos de jaspe
verde y dos de lapislázuli. Sobre ellas asienta á modo de cimacio una
imposta de donde arranca el arco, y en ella se lée en caractéres cúficos
de oro sobre fondo encarnado una inscripcion partida en tres cenefas ó
listones. Unidos ambos lados, dice así: «En el nombre de Dios clemente y
misericordioso: dése alabanza á Dios que nos dirigió á esto, á que no
podríamos por nosotros ser dirigidos si no nos hubiera dirigido Dios, á
cuyo fin vinieron á nosotros los legados de nuestro Señor con la verdad.
Mandó el pontífice Al-mostanser Billah Abdallah Al-hakem, príncipe de
los creyentes (favorézcale Dios), á su presidente y prefecto de su
cámara Giafar ben Abde-r-rahman (complázcase Dios en él) añadir estas
dos columnas, despues que lo fundamentó en el santo temor de Dios y su
beneplácito. Concluyóse esta obra en el mes de Dhilhagia, año 354 (965
de J. C.).» Esta inscripcion parece dar á entender que de las cuatro
columnillas que hoy se ven entregadas en el grueso de las jambas que
sostienen el arco de _sofeysafá_, dos fueron mandadas poner por
Al-hakem, y las otras dos pertenecian al antiguo Mihrab que se habia
demolido para prolongar la mezquita; pero ¿quién es capaz de decir hoy
si fueron las de mármol negro ó las de jaspe las que se añadieron por
órden de tan magnífico Califa, ó si realmente podrian ser de
lapislázuli, juzgándose este inestimable congiario digno de
perpetuarse en caractéres de oro? Solo Dios lo sabe.

[Illustration: (_Córdoba._)

ÁNGULO DE UNO DE LOS TABLEROS DEL ZÓCALO DEL MIRHAB.

_Piezas de marmol de siete pies._]

El santuario es un pequeño recinto heptágono con pavimento de mármol
blanco, zócalo formado por siete grandes tableros de lo mismo, arquería
ornamental, y bóveda tambien de mármol, labrada de una sola pieza en
figura de concha, orillada de una elegante moldura. Los seis lados de
fábrica del heptágono, pues el sétimo lo ocupa el vacío que sirve de
ingreso, estan decorados con preciosos arcos trebolados sostenidos en
columnillas de mármol con capiteles dorados de esquisito trabajo; y
estas columnillas descansan en una cornisa bajo cuyos módulos corre una
faja de caractéres dorados esculpidos en el mismo mármol de las tablas
que componen el zócalo ó subasamento. Dentro de este santuario se
custodiaba el famoso mimbar de Al-hakem II, que era una especie de
púlpito ó reclinatorio, al cual aseguran los historiadores árabes que no
habia otro en el mundo que se igualase, por la materia de que estaba
construido y por su trabajo. Era de marfil y de las maderas mas
preciosas, como ébano, zándalo rojo y amarillo, bakam, aloe de la India,
limonero y otras; costó 35,705 dineros y 3 adirhames[270]. Tenia nueve
escalones ó gradas. Asegúrase tambien que estaba compuesto de treinta y
seis mil piececitas de madera, unidas entre sí y realzadas con clavos de
plata y oro, y con incrustaciones de piedras preciosas. Su construccion
duró siete años, empleándose en él diariamente ocho artífices. Este
púlpito, que por lo visto era de mosáico de madera, pedrería y metales,
de gran prez, estaba reservado al Califa, y en él se depositaba tambien
el objeto principal de la veneracion de todos los muslimes de Andalucía
y Almagreb[271], que era una copia del Koran que se suponia escrita por
Othman, y aun manchada con su preciosa sangre. Guardábase este ejemplar
en una caja de tisú de oro sembrada de perlas y rubíes, cubierta con una
funda de riquísima seda encarnada, y se ponia en un atril ó facistol de
aloe con clavos de oro. Su peso era estraordinario, tanto que apenas
podian entre dos hombres sostenerlo; colocábase en el mencionado púlpito
para que el Imám leyese en él el Koran á la hora de la azala, y
concluida la ceremonia se sacaba de allí y se llevaba á otro parage,
donde permanecia cuidadosamente guardado con los vasos de oro y plata
destinados á la iluminacion del mes de Ramadhan[272]. El parage que
segun las ligeras indicaciones de Edrisí servia de tesoro era una
especie de capilla que hoy se levanta en sitio inmediato al antiguo
Mihrab al norte de la actual Maksurah, parte de otro espacioso y
magnífico recinto que interceptaba la nave central y las dos laterales
adyacentes, y donde se armó sin duda la Maksurah antigua por disposicion
de Al-hakem. De este modo puede suponerse que quedando el cuarto mas
noble de la mezquita completamente cerrado al pueblo por ambos lados de
norte y sur con las dos Maksuras, y ocupada esta seccion por los
principales personages de la corte y oficiales palatinos, no sería fácil
que se cometiese ninguna irreverencia en la persona del Imám ni en el
venerado Mushaf[273] cuando este era sacado ó restituido al tesoro por
dos ministros y un tercero delante llevando un cirio encendido[274].
Quedaban las dos Maksuras una enfrente de otra, y ambas á dos
comprendian el mismo espacio, al menos en su longitud de oriente á
poniente, puesto que interceptaban las tres naves del medio de las once
que la mezquita tenia. Ambas Maksuras ó canceles se han perdido: hoy ni
siquiera podemos formarnos una idea cabal de su dibujo; lo que se
conserva casi intacto de aquel tiempo es ese suntuoso recinto de tres
capillas que ocupaba la Maksurah de Al-hakem; y del recinto que ocupaba
la Maksurah antigua, que el propio Califa mandó armar, solo existen dos
capillas desfiguradas, la de la nave mayor y la de la contigua á
oriente[275]. Esta última se hallaba dividida en dos partes, alta y
baja, por un piso de unos cuantos piés de elevacion sobre el suelo de la
mezquita: en lo alto se hacia la alicama ó pregon interior para la
oracion, y en la parte baja, que hoy aun se conserva en forma de covacha
ó capilla subterránea, estaba el tesoro. En la capilla del centro, hoy
capilla de Villaviciosa, tenia su sitio reservado el Califa cuando no
hacia de Imám, y en la de Occidente, que ya no existe[276], se veía el
puesto del Cadí de la Aljama. De la decoracion interior de estas tres
capillas cerradas por la antigua Maksurah, nada puedo, benigno lector,
referirte, porque ni la soberbia sacristía de Villaviciosa, ni mucho
menos la capilla de nuestra Señora de este nombre, eran en tiempo de
Al-hakem lo que son ahora: por la decoracion del Mihrab que ligeramente
te he bosquejado, podrás forjarte á tu gusto ó dejar en tinieblas las
bellezas que yo suprimo. De la decoracion esterior tan solo se conserva
de aquella época la arquería que hace frente al Mihrab, semejante en un
todo á la de la fachada de su vestíbulo, donde si te place volverás á
representarte una atrevida suerte gimnástica de esclavos indios y
saeteros circasianos, ó lo que mas te cuadre segun los recuerdos que se
despierten en tu mente.

Obras de este género en ninguna parte se construían mas que en Córdoba:
nunca, cristianos ni muslimes, habian visto creaciones artísticas
semejantes; así que, unos y otros contemplaban absortos el Mihrab y sus
mosáicos cuajados de cinabrio, lapislázuli y oro, el vestíbulo y sus
tres elegantes cúpulas lanzadas gallardamente al espacio, el domo
principal reverberante y deslumbrador suspendido en el aire sobre un
sutil anillo de puntas, la nueva Maksurah y su soberbia talla, las
encintadas arquerías de los dos recintos coronados de cimborios, las
puertas de oro, el pavimento de plata[277], la nave de tracería dorada,
el mimbar de maderas aromáticas. Todos confesaban que ni en
Constantinopla, ni en Damasco, ni en Aquisgran habia maravillas
semejantes... Y sin embargo el poderoso Titan mahometano no se dá por
satisfecho. Parécele á Al-hakem que las fuentes del patio de las
abluciones no corresponden á la grandiosidad de la mezquita, y manda
colocar en él cuatro magníficas pilas de una sola pieza, dos para las
mugeres á la parte de oriente, y dos mayores para los hombres á
occidente; pero quiere que estas pilas mayores asombren por su tamaño y
vengan labradas de la misma cantera de la sierra. Empleáronse en esta
obra digna de romanos mucho tiempo, mucha gente, muchísimo dinero; mas
se ejecutó con felicidad, y la muchedumbre atónita vió llegar lentamente
por un plano inclinado, espresamente construido, hasta el lugar
destinado en el atrio de la mezquita, las dos enormes pilas, una tras
otra, en fuertes carras de roble hechas al intento, y tiradas cada una
por setenta robustos bueyes. Tomóse para los cuatro pilones el agua del
acueducto erigido por Abde-r-rahman II, depositándola en un gran
recipiente revestido de mármol: corria dia y noche, y lo que sobraba,
despues de empleada en los menesteres de la mezquita, se distribuía por
tres cañerías que iban á surtir otras tantas fuentes públicas en los
tres muros de norte, oriente y poniente del edificio.

Con estas grandiosas empresas se entretenia el arte musulman en España
cuando espiraba el décimo siglo para la cristiandad y con él el
entusiasmo artístico en los reyes y pueblos del Occidente. ¿Y qué mucho?
La Europa cristiana se hallaba ceñida como por un anillo de hierro y
fuego: por el norte los normandos, por mediodia y oriente los
mahometanos, la estrechaban con nueva furia. Los monasterios se trocaban
en fortalezas, y al divisar de lejos en el horizonte la polvareda de
los escuadrones ó los dragones de los bárbaros, los pobladores se
guarecian entre sus muros; cerrábanse las puertas, acudíase á las armas,
y todos se aprestaban á la defensa ó á las salidas. Para elegir un abad
se echaba mano del personage mas temido de la comarca; por otra parte
los magnates ambicionaban los bienes de la iglesia, la mitra y el
báculo, y los conseguian en cambio de su protectorado. De aquí
desórdenes irremediables, violacion de reglas, desprecio de los cánones,
olvido de los estudios, depravacion del clero, ignorancia universal.
Abandono de las ciencias, de las letras, de las artes, de la oracion y
del recogimiento, que son sus fuentes fecundas, todo se esplica
perfectamente en el décimo siglo, y bien se comprende que en vista de la
desorganizacion presente concibiese la humanidad temores de ruina
general y muerte. Lo único que humanamente no se esplica es que el
espíritu cristiano, el espíritu de regeneracion y vida, resistiese á
tantos embates, y que en el momento de hacer lugar aquel caos al primer
crepúsculo de luz, aun hubiese santos en la tierra.

Va pues á cerrarse el primer milenario del cristianismo. La cristiandad,
semejante á Israel al pié del Horeb y del Sinaí, espera la voz de Dios
prosternándose con vagos terrores y estremecimientos. El mahometismo
gárrulo y triunfante se arma de nuevo contra la cruz: al sabio y
pacífico y sensual Al-hakem sucede el intrépido, osado y duro Almanzor;
y con él nuevas desolaciones para los cristianos de España, nuevas
derrotas, nuevas cadenas; y nuevas conquistas, nuevos trofeos para los
sectarios del Islam. La monarquía asturiana y leonesa, tan llena de
gloria antes, cubierta de oprobio ahora por el forzado reconocimiento de
Castilla como condado independiente, y por haber trabado alianza con los
infieles para domar á sus vasallos sediciosos, cree llegada su hora
postrera: el victorioso Almanzor pasea por ella sus banderas
triunfadoras y nunca humilladas, invade las marcas españolas, apodérase
de Barcelona, conquista á Leon forzando sus montañas y obligando al
enfermizo Bermudo á refugiarse en Oviedo con sus tesoros y reliquias,
entra en Galicia asistido de caudillos cristianos traidores que reciben
del pródigo hagib pingües remuneraciones[278], alarga la pujante mano á
Santiago de Compostela, á la famosa Caaba de los bautizados de
Occidente, y vuélvese á Córdoba á ocupar con magestad el usurpado trono,
haciendo que los míseros vencidos acompañen á sus veloces ejércitos
llevando en hombros las campanas bendecidas del gran templo profanado.
Cataluña, Leon y Galicia, sufren alternativamente el tremendo azote: no
hay año en que el Atila del décimo siglo no alcance contra los reyes de
la trabajada España una ruidosa victoria. Todos los años al abrirse en
los campos los rojos botones de las primaverales amapolas, tiene tambien
que abrirse á impulso de las lanzas y saetas bereberes la ancha vena de
la fecunda sangre cristiana; y hay años en que sobre la misma nieve dura
el rojo matiz en el campo desde una á otra primavera, si por acaso al
recogerse sus huestes á cuarteles de invierno, se encuentran con bandas
enemigas asaz temerarias para cerrarles el paso de los montes[279].
¿Quién creerá, sin embargo, que no es la monarquía cristiana la que
sucumbe, sino el Califato cordobés? ¿Quién podrá imaginarse que no va á
ser el Catolicismo sino el Islam el que salga herido de muerte en los
campos de Calatañazor? Este resultado, no obstante, podia preverse: la
molicie de la vida oriental iba enervando insensiblemente á los árabes
andaluces. No es ese terrible Almanzor, no, la verdadera personificacion
del Estado cordobés: advertid que no es él el Califa, sino un mero
hagib; el Califa es el afeminado é impotente Hixem II. Vedle ahí, y no
confundais al uno con el otro, que son hombres de temple muy diverso.
Ese que por única vez en muchos años quizá se presenta hoy á vuestros
ojos saliendo de Córdoba á una hora insólita, cabalgando en compañía de
algunas mugeres, entre una numerosa escolta de guardianes mas que
guardias de honor, que so pretesto de dejarle espedito el camino
ahuyentan á todos los viandantes y gente curiosa para que no se acerquen
á su persona, ese es el Califa reinante, último vástago de los
degenerados Umeyas. Observad como él y sus mugeres van para no ser
conocidos encubiertos con ámplios albornoces, con los capuchones calados
sobre los ojos. La escolta entre la cual va como preso, aunque
satisfecho el menguado, no obedece mas voluntad que la del déspota
Almanzor, y cuando le haya dejado solazarse unas cuantas horas entre los
arrayanes y cipreses de la quinta regia, adonde ahora le conduce,
volverá á depositarlo en su alcázar, como se deposita en su joyero una
rica insignia de que se ha hecho el uso oportuno en una pública
ceremonia. De todos los atributos de la soberanía no conserva ya ese
desdichado mas que el de estampar su nombre en la moneda y en la franja
de su vestidura. Desentendiéndose del belicoso tráfago que repugna á sus
instintos, y desconociendo la índole de la agitacion que causan en su
Estado los numerosos ejércitos de berberiscos, egipcios, mamelucos,
esclavos y renegados, que dirige el usurpador de su autoridad, pasa la
indolente é inútil vida en los brazos de sus sultanas y concubinas,
encerrado en sus palacios y jardines. ¡Cuán diverso su omnipotente
ministro! Ceñido siempre el arnés de batalla, no dá punto de reposo á
los enemigos del Islam, y mientras el Califa se hunde con la gloria de
los Umeyas en su lecho de flores, hace él que sus soldados recojan
cuidadosamente despues de cada refriega el polvo de sus arreos militares
para que á su muerte no le sepulten en otra tierra que la recogida en
sus innumerables victorias. Mas, ay, que la sangre africana, aunque
enciende la pupila y ennegrece las manos[280], es impotente para
regenerar lo que los vicios asiáticos han corrompido. Las victorias de
Almanzor solo significan que el poder pertenece momentáneamente á las
razas bereberes, pero que el astro del Islam, antes deslumbrador, se
aproxima á un ocaso preñado de tempestades. Sus terribles invasiones y
conquistas son los sacudimientos convulsivos de un moribundo que se cree
lleno de juventud y vida porque rompió unas miserables ligaduras.
Sujétenle como es debido, unan sus esfuerzos renunciando á mezquinos
odios esos príncipes cristianos que separados son nada, y cuyos brazos
juntos pueden encadenar á ese rabioso gigante, y se verá repetida en la
última batalla que este les presente la lucha de Hércules con Anteo.

Tambien el arte musulman tiene que espirar sofocado por el arte
cristiano, como muere, cuando el grano de mostaza se convierte en árbol
robusto, la débil planta que al brotar le daba sombra. Pero antes de que
esto se verifique hará nuevos esfuerzos para asegurarse la vida: se
trasformará, intentará seducir como fantástica decoracion, y para
perpetuarse al amparo del engaño, fingirá que renuncia á la condicion de
_monumental_ y que solo aspira, fiel compañero de los refugiados en
Granada, á permanecer con ellos sirviéndoles de leve y lujosa tienda
real el tiempo que tarden en verse repelidos allende el estrecho.

Esfuerzos de un arte que declina, sacudimientos de un Estado moribundo,
todo lo personifica Ben Abi Aamir Almanzor, cuyo anhelo es sellar una
gloriosa protesta contra la inevitable decadencia del Califato, entre
los cristianos con sus triunfos, entre los muslimes con sus grandes
construcciones. Sus magníficos palacios y dorados pabellones igualan, si
no sobrepujan en riqueza, á los construidos por los sultanes Umeyas.
Azzahira se levanta en pocos años en la frondosa ribera del Guadalquivir
emulando las portentosas construcciones de Azzahra; agrúpansele en torno
las deliciosas quintas de los wazires, katibes, generales y cortesanos;
puéblanse de torres, granjas y jardines, todos los terrenos hasta ahora
no cultivados de la sierra y de la campiña, y la Aljama de la capital,
notablemente engrandecida, va á ostentar como trofeos del mahometismo
triunfante los despojos de la mas rica catedral cristiana clavados en su
techumbre. En efecto, las campanas de la arruinada basílica de Santiago
penden ya de sus poderosos trabes, mutiladas y mudas, sirviendo de
lámparas al culto del Koran despues de haber proclamado con sus
clamorosas lenguas el culto del santo apóstol: las chapadas puertas del
mismo profanado templo yacen tendidas sobre las pintadas vigas de
alerce[281]; la gran catedral de Compostela, abierta, saqueada, llena de
escombros, solo habla de ruina y desolacion á los devotos peregrinos de
lejanas tierras; y la mezquita de la orgullosa corte musulmana se
ostenta ensanchada, enriquecida, pintada, embellecida con mármoles y
mosáicos, y esmaltes, y doradas cúpulas, y maksuras, y alfombras y un
cuento de luces, y embalsamada con el azahar, el ambar-gris y el aloe, y
ceñida con su cinto de torres, y festonada con sus dentadas almenas, y
guardada con sus ricas puertas de piedra, estucos, mosáicos y bronces, y
finalmente, hecha oasis, no de un desierto, sino de un paraiso, con las
murmuradoras fuentes y los olorosos naranjos y las esbeltas palmeras de
su atrio pensil. ¿Quién no habia de temer, si no el fin del mundo, por
lo menos el fin del cristianismo?

Mientras el rey Bermudo, resuelto á no ver repetida en mengua propia la
pérdida que afrenta la memoria de Rodrigo, vence el desaliento, olvida
sus achaques, triunfa de vanos terrores, hace el noble sacrificio de sus
enojos y resentimientos, y procura reducir los inquietos ánimos del
castellano y del navarro á una poderosa liga contra el formidable
enemigo de la cristiandad, Almanzor pone en Córdoba el complemento á su
gloria terminando las obras de la mezquita. Hacia ya algunos años que la
Aljama habia recibido el ensanche con que hoy se conserva, y por ser
esta la última modificacion hecha por los califas en el gran templo
sarraceno, referiremos su causa y modo segun de los historiadores árabes
se colige.

Habiéndose aumentado el vecindario de Córdoba con las cabilas enteras
que á ella acudian de la costa de Berbería y otros puntos de Africa, y
creciendo cada vez más en importancia y esplendor la corte de los
califas, no bastaban ya los arrabales y las afueras de la capital para
contener esta superabundancia de poblacion, ni tampoco la mezquita
Aljama era suficientemente espaciosa para que cupiesen en ella los
fieles que se agolpaban á la oracion los dias de juma. Ideó pues
Almanzor ensancharla por la parte de oriente, no pudiendo verificarlo
por la de poniente por la demasiada proximidad del alcázar, que convenia
conservar separado de la mezquita, y lo primero que hizo fué ganarse las
voluntades de los dueños de las casas y almacenes que habia que derribar
por aquel lado, ofreciendo indemnizarles con toda liberalidad. Todos
accedian, y todos eran ámplia y generosamente indemnizados, pues ademas
de pagárseles sus casas en dinero contante, se les construían nuevas
viviendas en otros puntos de la capital. Pero entre las personas
expropiadas debia entrar tambien una anciana, que siendo dueña de una
casita en que habia una hermosa palmera, se negaba rotundamente á
cederla por ninguna suma mientras no se le diese otra casa que tuviera
asímismo su palma. Mandó Almanzor que se buscase á toda costa, aunque
hubiese que pagarla un millon de dinares; así se hizo, púsose á la
exigente vieja en posesion de su nueva casa y de su nueva palmera, y
vencidas todas las dificultades, empezaron los arquitectos del califa
Hixem la obra. Los exigentes suelen ser afortunados: todos los edificios
del terreno incorporado á la mezquita vinieron al suelo, y es probable
que solo se conservase en pié la palma de la vieja, porque dice
Al-Makkarí que este árbol venia á caer en el proyecto dentro del
ensanche del patio, donde el afortunado vegetal tenia ya otros
compañeros[282].

¡En la nueva edificacion trabajaban arrastrando cadenas los infelices
cristianos que Almanzor habia llevado á Córdoba cautivos, de vuelta de
sus periódicas espediciones!

[Illustration: PLANTA DE LA MEZQUITA DE CORDOBA SEGUN ESTABA EN TIEMPO
DE LOS ARABES.

1    _Vestíbulo del Mihrab._

2    _Mihrab ó santuario._

3    _Maksurah, recinto privilegiado y cercado, solo accesible al Ymám y á
      los ulemas, alkhatibes, almocries y demas ministros del templo._

4    _Habitaciones de los ministros del culto y sirvientes de la Mezquita;
      sobre las de la derecha estaba el pasadizo que por medio de un puente
      comunicaba con el Alcazar._

5    _Recinto donde se armopor orden de Al-hakem la Maksurah antigua._

6    _Tribuna desde donde se hacia la alicama ó pregon interior convocando
      á la azala. Debajo de ella estaba el tesoro ó joyero._

7    _Puesto del Califa._

8    _Puesto del cadi de la Aljama._

9    _Dar-as-sadaca ó cámara de la limosna._

a    _Atrio ó patio-jardin de la Mezquita._

b    _Pórticos._

c    _Entrada principal y Alminar._

A    _Mezquita primitiva de Abde-r-rahman é Hixem._

B    _Parte añadida por Al-hakem, luego cuarto noble; reservado á la
      nobleza y personajes de la corte._

C    _Ensanche dado por Almanzor._
]

Derribóse el muro de oriente[283], y se abrieron los cimientos para el
nuevo muro á distancia de ciento ochenta piés del antiguo en toda la
línea de norte á mediodia. Añadiéronse á la mezquita propiamente dicha,
esto es, al cuerpo cubierto del edificio, ocho naves grandes, todas
iguales y del mismo número de arcos que las ya existentes, prolongándose
de resultas ciento ochenta piés las treinta y tres naves menores que se
cruzan en ángulo recto con las principales corriendo de oriente á ocaso.
Formábanse sin embargo en el nuevo departamento treinta y cinco naves
trasversales en vez de las treinta y tres del antiguo, porque no se
prolongó el ala de habitaciones que caía á oriente del Mihrab y que
ocupaba el espacio de dos naves. La prolongacion de las naves menores no
se hizo con la servil y monótona uniformidad á que solemos esclavizarnos
los modernos: los arquitectos árabes no entendian las reglas de la
simetría como se profesan hoy, huían de lo que llamamos _euritmia_ y se
satisfacian produciendo la unidad por medio de la variedad sin buscar
correspondencia forzosa de partes semejantes[284]. En la parte añadida
por Almanzor se creyó inútil dar á los machones de carga del muro del
norte las mismas dimensiones, un tanto exageradas, que tenian los del
muro primitivo reforzado por An-nasír[285], y se ganaba por consiguiente
un espacio de seis piés en la longitud de las naves mayores por el lado
del norte. Mas no pudiendo dar á la primera de las menores seis piés más
de anchura de la que tenian, por no consentirlo la altura de las
columnas, imaginaron sin duda los arquitectos, que en vez de repartir
ese pequeño esceso por igual entre los treinta y tres arcos de la
tirantez de norte á sur, era preferible para el buen efecto conservar en
línea y perfecta correspondencia las tres ó cuatro primeras naves,
añadiendo una nave más en el espacio ganado por la dimininucion del
grueso de los machones, y ensanchando las naves sucesivas donde
pareciese mas conveniente. De resultas de esto, la nave primera
trasversal de la parte prolongada no pudo por la estrechez suma de sus
intercolumnios conservar la plena cimbra de sus arcos; fué preciso
aproximar los arranques de estos, y romper su elegante curva para que no
bajase de la altura apetecida, y entonces por la primera vez quizá se
vió en los edificios de la España árabe el arco apuntado, ú arco
_ojivo_, llamado despues á cambiar totalmente la fisonomía del arte
monumental en la edad media[286]. El arco de este modo roto en el punto
culminante de su curva, adoptó desde luego en aquella pequeña nave
todas las decoraciones de que es susceptible: adaptó á su intrados los
lóbulos, prodigados como ligeros festones en las arquerías del _Mihrab_,
lo adornó graciosamente con el sencillo trébol, y prolongó por la parte
inferior sus dos arranques formando la ojiva túmida, tan repetida
despues durante el segundo período del arte hispano-musulman. Allí en
efecto, en aquel breve espacio de siete piés escasos de anchura y ciento
ochenta y cinco de longitud, apuró la arquitectura de una sola vez, y al
primer ensayo, aun no terminado el crítico y terrible milenario primero,
todas las formas de arco que habian de emplearse en los cuatro siglos
consecutivos: circunstancia puramente casual, y de la cual sin embargo
no dejarán de sacar partido para sostener la primacía de España en el
sistema ojival los que equivocadamente miran estos meros accidentes como
generadores de las grandes innovaciones arquitectónicas, y no como su
resultado. No se intentó disimular el ensanche de que vamos hablando; al
contrario, parece que se trató deliberadamente de señalarlo de una
manera inequívoca, para lo cual, donde estaba el antiguo muro de
oriente, ahora línea divisoria entre la undécima y duodécima de las
naves mayores, se levantó una fila de robustos machones,
convenientemente espaciados, y entre sí unidos por grandes arcos
angrelados, arrancando de esbeltas columnas pareadas, unidas al grueso
de los referidos machos. Nunca el arte clásico antiguo hubiera fiado tan
espaciosos vanos á tan sutiles apoyos, como son esas columnas que de dos
en dos envían á las parejas opuestas los gallardos arcos festonados que
sirven como de embocadura al edificio de Almanzor. Pero los arquitectos
de Abde-r-rahman I y de Al-hakem II habian hecho ya con felicidad igual
alarde en la grande arquería de la fachada interior que mira al patio, y
en la de refuerzo que divide la mezquita primitiva de su prolongacion
hácia el mediodia, y no habia por qué temer ahora su repeticion. Pasa
hoy uno con cierto sobrecogimiento por debajo de esos atrevidos arcos de
ocho metros de elevacion, y seis, siete, y aun ocho de vuelo, al
considerar que descansan en columnas de unos tres metros de altura
incluso su capitel, y solo la robustez de los machos á los cuales se
arriman las gráciles parejas, puede inspirarle la confianza de que no
vendrán al suelo cansadas de tan sobrenatural esfuerzo.

Para mayor solidez del largo edificio agregado por Almanzor, se prolongó
hasta su muro oriental, cruzando en ángulo recto con la mencionada
arquería de refuerzo tendida de norte á sur, la línea de pilares y
grandes arcos que señalaba el límite meridional de la mezquita
primitiva: con lo cual quedó la actual Aljama dividida en cuatro partes
desiguales, á que se dió el destino que diremos, completando tal vez la
separacion entre una y otra, aunque esto no consta de una manera
positiva, por medio de canceles ó tabiques de madera. La parte añadida
por Al-hakem, en cuyas estremidades se alzaban las dos maksuras nueva y
antigua, se denominó _cuarto noble_: estaba reservada, como queda dicho,
á la nobleza y personages de la corte, ocupando los ulemas, alkhatibes,
almocries y demas ministros del templo, con el Imam, el recinto
inmediato al Mihrab. Los tres cuartos restantes eran para el pueblo, y
probablemente estaban en ellos divididos los sexos, si es cierto, como
asegura un historiador citado por Al-Makkarí, que dentro de las naves
habia dos puertas que conducian al recinto de las mugeres.

Con la parte añadida por Almanzor formaba la mezquita Aljama un gran
cuadrilátero rectángulo de seiscientos cuarenta y dos piés de longitud
de norte á sur, y cuatrocientos setenta y dos de anchura de oriente á
poniente[287], encerrado en cuatro gruesos muros almenados,
fortalecidos con torres albarranas cuadrangulares, en considerable
número, y de distintos cuerpos, disminuyendo segun su elevacion. El muro
del sur, que por el declive del terreno alcanzaba una altura formidable
y prodigiosa, internándose sus cimientos hasta una profundidad
descomedida, estaba guarnecido con diez y nueve torres, contando las que
le flanqueaban en ambos esquinazos, que eran mas voluminosas, y comunes
á los dos muros de oriente y occidente. El muro de occidente tenia
catorce; el del norte tenia cinco, ademas del magestuoso alminar erigido
sobre la puerta principal; por último, el de oriente estaba robustecido
con diez torres, todas correspondientes á la parte que sufria el empuje
de las naves, pues en el muro del patio no habia por aquel lado ninguna.
La mayor parte de estas torres se conservan: subsisten tambien aquellos
venerables y anchos muros: y si la casualidad, ó el deseo, te llevan, oh
paciente lector, á esa antigua ciudad que fué un tiempo el emporio de la
civilizacion musulmana de occidente, no dejes de subir á lo alto de la
gran mezquita: cuando te halles entre aquellas denegridas y fuertes
almenas, que forman un dilatado feston de puntas, ó mas bien dientes de
sierra, hollando con tus piés aquellas altivas torres, te imaginarás
hallarte recorriendo las terrazas solitarias de los magníficos palacios
de los Persas Sassanidas; creerás oir los gritos de guerra del ejército
de Khaled y el zumbido de sus voladoras flechas, y ver á la fugitiva
dinastía de Cosroes abandonándote el silencioso recinto de sus
endentadas construcciones. Entonces comprenderás á la primera impresion,
de quiénes aprendieron los árabes vencedores á erigir sus monumentos.
Verás tambien magestuosamente tendidas ocupando el inmenso cuadrilátero
que bordan las sagradas almenas, y en perfecto paralelismo, las diez y
nueve quillas de las naves con que parecia cubierto el gran templo antes
de abrumarle con sus actuales bóvedas, y te figurarás que al despedirse
los árabes de su amada Córdoba cuando surcaban su rio veloces carabelas,
dejaron en carena esas diez y nueve naves para volver algun dia por
ellas.

Las puertas esteriores de la mezquita eran diez y seis: seis al patio ó
atrio de las abluciones, dos á oriente, dos á poniente, dos al
septentrion; diez al edificio cubierto, de esta manera, tres por
occidente al cuarto noble, con otra puerta que daba ingreso á las
dependencias de la mezquita, dos, tambien por occidente, y cuatro por
oriente, al gran buque destinado al pueblo. Las puertas interiores eran
veintiuna, sin contar las de las dependencias del templo y la del
pasadizo secreto del Califa: diez y nueve en la estensa y magestuosa
fachada del patio, y las dos arriba mencionadas que dentro del buque de
la mezquita conducian al recinto ó departamento reservado á las mugeres.
Todas las puertas esteriores eran por lo general rectangulares, formadas
por arcos-dinteles inscritos en otros arcos ornamentales de herradura:
sus dovelas blancas y de color alternadas: las blancas ricamente
exornadas de follages relevados, de estuco; las de color de precioso
mosáico de ladrillo rojo y amarillento cortado en menudas piececitas
rectilíneas. Ceñía al arco de herradura un ancho y precioso arrabá de
cenefas cuajadas de labores, y ostentaban igual riqueza de ornato los
tímpanos entre el arco y el dintel, las enjutas, las fajas, y las
ventanillas de tablas de alabastro perforado que, ya encerradas en
arquitos sobre marmóreas columnillas, ya partidas en graciosos agimeces,
flanqueaban en uno ó en dos órdenes las referidas puertas[288]. En
algunas de estas veíanse cornisas voladizas sostenidas en ménsulas
formando antepecho con sus almenillas dentadas y sus matacanes, dando al
sagrado edificio aspecto de fortaleza y recordando los belicosos
orígenes de la propaganda islamita.

[Illustration: ORNAMENTACION DE UNA DE LAS PUERTAS DE LA CATEDRAL

(_Córdoba._)]

[Illustration: CAPILLA DE VILLAVICIOSA.

(_Catedral de Córdoba._)]

[Illustration: ESTERIOR DE LA MEZQUITA DE CÓRDOBA.]

Supónese que no contento el altivo hagib de Hixem II, ó mas bien su
tirano, con haber hecho lo que dejamos referido, fué él tambien el que
reformó la capilla de la tribuna desde donde se pregonaba la alicama,
bajo la cual estaba el tesoro[289]. Quiso sin duda rivalizar en
magnificencia con Al-hakem y dejar al amparo del edificio religioso
algun recuerdo duradero de la galana imaginacion de sus _amines_[290],
presintiendo quizá la triste suerte que amagaba á su predilecta
fundacion de Azzahira, muestra suntuosa de la cultura de su tiempo
ilustrada con lágrimas de sus ojos[291]. Tal vez existian ya á manera de
ventanas en los dos costados de norte y mediodia de la referida tribuna,
los dos atrevidos arcos dobles de diez y siete piés de vano que hoy
tiene, iguales en sus columnas y en su medida á los de la gran línea de
pilares de Al-hakem que corre de oriente á ocaso; pero si realmente
estaban ya construidos, si no era la decoracion esterior de esta capilla
análoga á la de la central frontera al Mihrab, indudablemente su
intrados era liso y los adornos de su archivolta, si los tenia, eran de
un gusto que pasaba ya por anticuado. El plano de este recinto era un
rectángulo de lados desiguales. Hizo el que dirigió la obra por Almanzor
que en los costados de oriente y occidente, que eran los de mayor
longitud, se abriesen otras ventanas menores, de distinta forma de las
que habia, de arcos exornados tambien segun el nuevo estilo, y que en
los paramentos de los cuatro muros y en la cúpula que los corona,
estampase el arte sarraceno emancipado de la tradicion bizantina el
sello indeleble de sus aspiraciones, ya mas voluptuosas si bien menos
monumentales. Fueron sin duda africanos los _amines_ de Almanzor. Dieron
á estos arcos, y á los de la pieza baja ó tesoro, los festones de
lóbulos que tan gallarda y viciosamente disfrazan el verdadero objeto de
estas curvas, convirtiéndolos en orlas de cintas y nexos de encaje, y
solo respetaron las antiguas columnas y sus capiteles románicos.
Adornaron las archivoltas con menudos pometados, inscribieron los arcos
en vistosos y ámplios recuadros formados de muchas cenefas
primorosamente labradas á cincel y punzon: pusieron en las enjutas
grandes florones de nueva forma, en que campean y se enroscan sutiles
vástagos prendidos á sus bayas, formando postas y ondulosas lazadas
sobre fondo de espeso ataurique picado, á modo de culebras que se
desnudan de sus escurridizas y pintadas pieles revolviéndose en un tapiz
de flores. Coronaron los arrabás con lindas cornisillas de arquitos
entrelazados y calados, y sobre ellos hicieron correr por todos los
cuatro frentes una ancha faja de bovedillas apiñadas que fingiesen
estalactitas de oro cristalizado, en la naturaleza imposibles, pero
tambien de efecto sorprendente y hasta entonces desconocido. En las
paredes de oriente y ocaso, que eran los lados mayores del rectángulo,
figuraron de relieve los arcos de lóbulos que no podian estar abiertos,
y descansando en la ligera cornisa de su arrabá, esculpieron, á plomo
sobre las enjutas del grande arco figurado, dos ricas ménsulas con
leones asomando por ellas la cabeza y el pecho. Eran cuatro los leones,
dos en cada una de las fajas de levante y poniente, todos equidistantes,
y desde cada leon al que tenia enfrente volteaba un grande arco, cuyo
paramento avanzaba algunos piés sobre la zona inferior, y desde cada
leon al que tenia á su lado volteaba otro grande arco figurado y que no
avanzaba sobre el paramento del muro inferior. Estos cuatro grandes
arcos superiores, cada uno de ellos de veintiun lóbulos de crestería
trebolada y primorosamente adornados en las enjutas y en el fondo como
los de la zona inferior, formaban un cuadrado perfecto por haber quedado
á igual distancia sus cuatro apoyos, merced al ingenioso modo de acortar
los lados mayores poniendo los leones á plomo sobre las enjutas de los
grandes arcos de abajo. Vencida esta dificultad, y regularizado el
espacio superior encerrado en cuatro arcos torales, era ya muy sencillo
levantar sobre ellos la cúpula que habia de coronarlo. Sobre los arcos
se tendió una cornisa general, y en esta se apoyaron, cruzándose en el
espacio y deslumbrando con sus colores y dorados, como fuegos de
artificio cuyas curvas se cruzan en el domo sombrío del estrellado
firmamento, los arcos de segmentos que forman la elegante y estraña
cúpula morisca. El primoroso alizar de alicatado que cubria el zócalo de
este mágico aposento, su piso de ladrillo barnizado á la manera
persiana, sus paredes cuajadas de estucos pintados de verde y rojo
opaco, y á trechos dorados, haciendo un fondo de espeso y menudo
ataurique cubierto con un enrejado de flores, sus arcos de lóbulos
detenidamente calados y contornados con otros adornos, dan á esta
capilla, perdida en el bosque de columnas de la inmensa mezquita, el
aspecto de un cenador de apretado lúpulo y graciosas enredaderas,
recortado por la mano de las péris en medio de una selva
encantada[292].

No terminaremos la restauracion ideal de la gran mezquita de Córdoba sin
hacer mérito de otra obra preciosa, en la cual hoy nadie repara, que á
nuestro entender se ejecutó tambien en tiempo de Almanzor. Hablamos de
la decoracion de la _Cámara de la limosna_, toda de estuco, con arcos
ornamentales afiligranados, por el estilo de la capilla ó tribuna que
acabamos de describir. Habia hecho construir Al-hakem II á la parte
occidental del templo un departamento para la distribucion de las
limosnas, en el cual cualquier pobre viandante estraviado, que se
encontrase en la ciudad sin amparo y sin medios de subsistir en ella,
hallaba caritativa hospitalidad y recibia cuanto podia necesitar para
continuar su viaje. Para este objeto habia el Califa dotado el
establecimiento de una manera espléndida. El departamento que ahora nos
ocupa no era propiamente hablando una hospedería, y aun nos inclinamos á
creer que ni una noche siquiera podia pasar en él el caminante perdido;
primero, porque su limitado recinto, de una sola cámara, igual en
proporciones á la tribuna restaurada por Almanzor, no lo permitia; y
ademas, porque para hospederías, donde pudiesen los pobres permanecer,
tenia el mismo Al-hakem dispuestos otros edificios fuera de la mezquita,
y tambien á la parte occidental, frente por frente á la cámara de la
limosna (_Dar-as-sadaca_)[293]. Y no se crea que en estas hospederías
se albergaba solo la gentecilla menuda y de poco valer: Ibnu Bashkuwal
nos cuenta que el célebre poeta Ahmed Ibn Khaled estuvo largo tiempo
alli mantenido, y segun él acudian á este establecimiento los teólogos
pobres y los estudiantes necesitados que iban á Córdoba á cursar leyes,
los cuales, mientras buscaban, ó fingian buscar, en la capital
alojamiento acomodado á sus escasos recursos, vivian en el ameno trato
de muchos hombres graves, literatos, historiadores, oradores y poetas,
que eran en él agasajados. Los estudiantes, de mejor condicion que los
modernos _sopistas_, recibian comida diaria, provisiones de todo género,
y ademas una pequeña cantidad en metálico; los sabios formados tenian
asignadas pensiones anuales sobre el tesoro, cada cual segun su mérito y
circunstancias personales. La cámara _Dar-as-sadaca_ no estaba en rigor
destinada mas que á repartir la limosna entre los pobres. Su riquísima
puerta, hoy tapiada, se dibuja todavía en ambos lados interior y
esterior del muro de la mezquita, y segun Al-Makkarí era la principal
del costado de Occidente. Ya no es posible formarse una idea exacta del
aspecto que presentaria esta cámara cuando acabó de decorarla al estilo
africano el hagib Almanzor: una espesa capa de cal cubre y desfigura las
labores de estuco pintado y dorado que convertian sus paredes en
primorosa filigrana; su belleza, mejor apreciada en la edad de hierro de
la reconquista, se oculta hoy olvidada y oscurecida despues de haber
servido con brillantez á la primera catedral cristiana de Córdoba, que
hizo de dicha cámara su rico vestíbulo; y la hermosa convertida, que
halló gracia á los ojos del austero S. Fernando, no ha alcanzado piedad
en nuestros dias de tolerancia y de indiferentismo, y ahí permanece
arrinconada, vergonzante, cubierta de polvo, esperando el dia de su
rehabilitacion, y dando gracias sin embargo á su nuevo dueño porque,
aunque la tiene envuelta en una fria mortaja de yeso y cal, al menos no
la ha mutilado y reducido á polvo para poner en su lugar una capilla
churrigueresca ó greco-romana[294].

Así se conserva la interesante estancia que en la mezquita árabe servia
para repartir la limosna, y nadie se imagina que esa pieza desnuda y
pobre, que pasado el postigo de S. Miguel se ve hoy separada del cuerpo
del templo por un miserable tabique y una puerta de pino, y donde tiene
el cabildo el archivo de la estinguida capilla de música y sus libros de
coro, sea aquella suntuosa _Dar-as-sadaca_ donde la religion musulmana
se mostró menos opuesta á la religion evangélica de caridad y amor,
donde mas honrada fué la humanidad por el paganismo sarraceno, donde
menos agravio recibió la divinidad de los profanadores de la antigua
basílica cristiana, y por último, donde mas interesantes y patéticas
escenas presenció quizás la corte de las califas.

La tribuna de la _alicama_ y la _cámara de la limosna_ debieran ser
fecundas en recuerdos; pero no nos los han trasmitido los historiadores
árabes, tan minuciosos en otras cosas; y los únicos hechos gloriosos que
á estas construcciones podemos hoy referir, estan tan identificados con
la triste época del decaimiento del poderío árabe en España, como la
misma mudanza de estilo que en ellas se advierte comparándolas con las
obras arábigo-bizantinas de la época anterior. A la verdad el estilo de
su ornamentacion se diferencia notablemente del empleado en el Mihrab y
en todo el resto de la mezquita: pero ¿quién es capaz de calcular el
tiempo que necesita el arte para variar de fisonomía, cuando concurren
en una nacion trastornos tan radicales como los que acaecieron en el
Estado cordobés bajo la administracion de Almanzor? Ya lo hemos
indicado: el solo predominio de las razas africanas pudo bastar para
trocar completamente las tendencias del arte musulman. Y es muy de
advertir que el arte, menos significativo en sus formas para los mismos
que lo practican, que para nosotros que de lejos estudiamos sus
sucesivas trasformaciones, como el que desde una eminencia observa
perfectamente las varias revueltas de un magestuoso rio, ha eludido
siempre las prohibiciones que tienden á separar é incomunicar las ideas;
por lo cual, del mismo modo que las prácticas de la arquitectura arábiga
habian logrado carta de naturaleza en los pueblos cristianos de España,
así las prácticas de los africanos habrian hallado acceso entre los
arquitectos del Califato á despecho de la guerra sangrienta que se
hicieron Almagreb y Andalucía, si ya antes la amistad y fusion de estos
dos Estados no les hubiesen dado fácil y halagüeña acogida. Con solo
saber que al espirar el décimo siglo andaban andaluces y africanos en
comunicaciones tan frecuentes y amistosas como las que bajo los
Abde-r-rahmanes habian tenido andaluces y bizantinos; con solo observar
que el famoso caudillo de los Zenetes Zeyrí Ibn Atiyah envía á Almanzor
embajadas y ricos presentes en que lucen á la par las grandes
pretensiones del donador, las de la naturaleza y las del arte, y luego
le visita personalmente en Córdoba admirándole con sus nuevos presentes
y su brillante comitiva, podiamos desde luego haber adivinado una
trasformacion esencial en la fisonomía del arte andaluz. Lo que era
antes Bizancio para la sede de los califas, es ahora el Africa
occidental: es posible que el gérmen africano ingerto en el robusto
vástago hispano-oriental haya producido un arte mas bello que el
africano-berberisco, acre por su naturaleza como la índole de las tribus
auxiliares de Almanzor; pero de todos modos es africano el genio que
preside á la trasmutacion del arte cordobés y á su emancipacion de la
tutela bizantina; y es indudable que con solo atender á las fechas, y
con saber que la intimidad entre Almanzor y Zeyrí fué anterior á su
enemistad sangrienta, podiamos ya sospechar qué escena tendrian
dispuesta los arquitectos del poderoso hagib para los dos actos
capitales en que por última vez figura la gran mezquita, de anunciar á
los creyentes congregados la conquista del Africa occidental, y de
distribuir entre los pobres inmensas sumas en celebridad de la ruidosa
victoria.

Podia el Andalús celebrar con locas demostraciones de júbilo su triunfo;
pero el Africa estaba ya vengada, porque todo era en Córdoba africano:
el hagib, el ejército, las autoridades, la vida pública y privada, la
arquitectura que es su fórmula material, todo en suma. La misma tribuna
en que se leyó al pueblo de Córdoba la carta del hijo de Almanzor
refiriendo la gran batalla y victoria de Wadamena, estaba decorada al
estilo berberisco; la misma cámara ó estancia en que se dieron aquellas
cuantiosas limosnas en accion de gracias al Todopoderoso que se habia
dignado humillar y confundir al Africa rebelde, parecia en su ornato un
lujoso aposento del harem de un Edrisita.

Dejemos ya al gran monumento de la civilizacion arábigo-hispana, tal
como acabamos de describirlo, dormir un sueño secular, mientras ruedan
por encima de su espaciosa techumbre las tormentosas nubes de las
revoluciones, que, preñadas de calamidades, descargan sobre la hermosa y
desventurada reina del Guadalquivir. Las razas que alternativamente se
apoderan del trono cordobés, no dejan en la mezquita la menor huella:
pasan todas por delante de la gran fábrica silenciosa, como las
espumantes olas de un rio desbordado que con imponente murmullo se
empujan sin batir la dura peña de la orilla; y el incomparable edificio
de los Abde-r-rahmanes y Al-hakemes se mantiene intacto, sin que al
parecer introduzcan modificacion alguna en él los almoravides ni los
almohades, esperando el término del castigo que sufre la grey de Cristo
y el momento de volverse á enarbolar la triunfante enseña de la
redencion sobre las columnas que habian sustentado el templo de
Jano[295].

Acabó el renacimiento griego[296] de mas de dos siglos fomentado por los
Umeyas; desfalleció el genio árabe del Asia, y el astro de la cultura
cordobesa llegó á su ocaso. ¡Cuán cierto era que el altivo Cástor
musulman no estaba dotado del aliento divino que ahora mas que nunca
empezaba á revelar el Pólux cristiano! En vano pugnaron las huestes del
hagib por la integridad del Califato en los campos de Calatañazor; el
Estado y el arte siempre mueren juntos. El Estado cordobés muere con
Almanzor, y despues de la consternacion que con tan siniestra noticia se
apodera de sus soldados, despues del llanto que todos derraman por el
ilustre general que siempre los habia conducido á la victoria, y á quien
miraban como su padre y defensor, no es ya posible que el genio del
Oriente vuelva á sonreir en mucho tiempo sobre la tierra del
Guadalquivir.

Hemos recorrido, lector amigo, un período de doscientos diez y seis años
desde el dia en que vimos al ilustre Umeya proscrito comenzar en Córdoba
la edificacion de la mezquita Aljama, hasta la hora, para el Califato
aciaga, en que cesan con la muerte de Almanzor los embellecimientos de
este suntuoso templo, Caaba del Occidente. Durante este período hemos
presenciado grandes cosas estudiando el soberbio monumento reflejado en
el espejo mágico de la historia. Vimos primero los esfuerzos de un
hombre lleno de genio, que, entronizándose en Córdoba con su gloriosa
dinastía, y con una cultura llena de seducciones, sucesivamente rival y
amigo de Carlomagno, disputa al gran organizador de la cristiandad el
lauro de civilizador, saca de la rica mina de Bizancio los materiales
para su grande obra, y envía la luz sobrante del faro que levantó sobre
el Guadalquivir á iluminar la corte del nuevo César. Despues hemos visto
al hijo de Abde-r-rahman I secundar admirablemente la obra de
fascinacion comenzada por el famoso _intruso_; despues, dividirse su
tarea sus descendientes, encargándose unos de todo lo relativo á la
política y á la guerra, á fin de proporcionar á los otros el sosiego y
los medios necesarios para hacer florecer las artes de la paz.
Paralelamente á la cultura hispano-musulmana, se ha ido desarrollando la
civilizacion hispano-cristiana, y despues que ambas han adquirido todo
su natural crecimiento, ha sido preciso que la una fuese gradualmente
cediendo el campo á la otra, como sucede con dos árboles corpulentos que
no caben en el mismo terreno. Primero el genio del Occidente estuvo como
adormecido desde que se eclipsó la estrella de Carlomagno: la Europa se
creyó condenada á perpétua barbarie, á pesar de las escitativas promesas
de la Iglesia; los encargados del regimiento de las naciones católicas
perdieron de vista su divino norte, y en momentánea y triste oscuridad
unos contra otros blandieron truculentos las fratricidas lanzas: período
funesto de desórden y confusion que estimuló los brios y alentó las
esperanzas de los sectarios del falso profeta. Pero la reconciliacion de
los hijos de la Iglesia trajo al cabo el iris de paz á la cristiandad
sobre un mar de sangre musulmana en Calatañazor; y mientras la _peña de
las águilas_[297] estaba bañada de roja espuma, el sol del Califato
doraba apenas las torres de la mezquita con sus crepusculares fulgores.
¡Grande fué para la verdadera civilizacion del Occidente el triunfo de
aquella jornada! El orgulloso tronco de los Umeyas fué tronchado por el
rayo; el árbol cristiano, ya lozano y pujante, puede ahora dilatar
libremente sus ramas hasta sombrear la misma tierra de donde procede su
gérmen; y el arte occidental, en un principio menesteroso y mendicante
cuando el Epulon musulman derramaba á manos llenas sobre la reina del
Bétis las galas de Bizancio, se está disponiendo para ir á llamar con
arrogancia á las puertas de Córdoba musulmana con la civilizacion de la
cruz exaltada por los ejércitos del hijo de Berenguela.

Descanse pues el gran templo por tantos califas reformado y
engrandecido, y manténgase como mudo testigo de las rápidas invasiones,
insurrecciones sangrientas, guerras civiles y traiciones que hormiguean
y zumban á su pié[298], hasta que le llegue el dia de mostrarse como una
aparicion fantástica á los ojos atónitos de los guerreros de S.
Fernando. No se crea sin embargo que todo este tiempo han de contemplar
pasivos los reyes de Castilla la integridad del símbolo islamita. Tres
veces se pusieron sobre Córdoba las huestes cristianas. Dos veces
penetraron en ella conducidos por el valiente emperador D. Alfonso
VIII, y otras dos fué la mezquita ocupada, purificada luego y consagrada
al verdadero culto. Estos hechos de armas merecen referirse.

Vivian los mozárabes de Córdoba bajo los almoravides pacífica y
cómodamente, aunque cautivos. Adormecidos bajo el suave yugo de sus
dominadores, iban ya casi olvidando su religion y su lengua
materna[299]: Alí, hijo de Juceph, que era á un mismo tiempo monarca en
Africa y en Andalucía, los colmó de distinciones: les concedió armas, y
les dió por capitan á otro cautivo, caballero catalan, que le habia
fielmente servido en Africa ganándole muchas victorias contra los
almohades. Pero esta paz era funesta á los desdichados mozárabes, y la
Providencia habia decretado volverlos á purificar en el fuego de las
tribulaciones. Entra el famoso D. Alfonso _el Batallador_ con grande
ejército en Andalucía, pónese á vista de Córdoba, causando tanto terror
en los mahometanos, que abandonan sus haciendas y se encierran en sus
fortalezas; y entonces los cristianos cautivos, como súbitamente
libertados de un lánguido y peligroso desmayo, armados de sobrenatural
energía, corren en tropel en busca del rey D. Alfonso, y con súplicas y
lágrimas le piden se les lleve á su reino, pues mas quieren perder sus
casas y bienes que la religion de sus mayores. Condesciende el rey á su
peticion, y al levantar el campo, aléjanse con él de Córdoba diez mil
familias mozárabes, á las cuales dió luego _el Batallador_ en sus
dominios tierras y privilegios[300]. Fué tal la exasperacion de los
mahometanos de Córdoba por esta fuga de los cristianos, que de comun
consejo determinaron estinguirlos. ¡Ay de los infelices que quedaban
dentro de la ciudad! A muchos quitaron cruelmente la vida, á otros
castigaron atrozmente poniéndolos en estrechas prisiones. A todos
despojaron de sus bienes, y á los que quedaron con vida, despues de
muchas injurias, los deportaron al Africa. Algunos tal vez podrian
librarse huyendo al reino de Toledo, y estos dejarian despues las
noticias de los parages donde habian quedado ocultas las reliquias y
santas imágenes que veneraban. Tambien entonces destruirian los
mahometanos muchas basílicas y profanarian otras convirtiéndolas en
mezquitas[301].

No tardó mucho el rey de Castilla y emperador D. Alfonso VIII en lavar
esta afrenta. Las guerras contínuas entre los almoravides y los
almohades en Africa ponian frecuentemente á los muslimes de Andalucía á
merced de los cristianos. Alí habia muerto desastradamente: era rey de
Africa y Andalucía su hijo Taxfin, el cual, no pudiendo guarnecer con
tropas africanas sus dominios de España, los tenia entregados á la buena
fé y lealtad de su virey y gobernador Ben Ganiyah. Pero este, que vivia
mas como soberano que como gobernador, habia hecho numerosos
descontentos. Al mismo tiempo un ambicioso vecino de Córdoba, muy rico y
poderoso, llamado Ben Handí, que gozaba entre los mahometanos la opinion
de santo, habia ido poco á poco insurreccionando la plebe, hasta ser por
ella aclamado rey. Noticioso Ben Ganiyah del levantamiento, se presentó
á las puertas de la ciudad con escogidas tropas y fué admitido sin
resistencia, teniendo el usurpador que desampararla para salvar la vida.
De Córdoba pasó Ben Ganiyah á sitiar á Andújar, persiguiendo á Ben Handí
que se habia refugiado en ella con sus parciales; y estos para conjurar
la venganza del ofendido virey y distraer su atencion, llamaron en su
auxilio al emperador D. Alonso, que con gran celeridad asentó sus reales
sobre la capital. Abandonó Ben Ganiyah la venganza y acudió al peligro;
pero reconociendo la superioridad del castellano, le entregó la ciudad
el dia 18 de mayo de 1146. Dia de grande abominacion fué este para los
sectarios del Islam: los historiadores árabes lo recuerdan con dolorosa
execracion, y refieren con escándalo que los cristianos penetraron en la
mezquita Aljama, ataron sus corceles á las columnas del _Maksurah_ y
profanaron con sus manos impías el sagrado Koran que se custodiaba en
su _Mihrab_[302]. Purificó este suntuoso templo el arzobispo de Toledo
D. Raimundo, y dedicándolo á Dios, celebró en él de pontifical.
Desgraciadamente no podia el emperador conservar á Córdoba ni dejar
gente para guarnecerla, y así habiéndole Ben Ganiyah prestado juramento
sobre el Koran de ser su fiel vasallo, y de mantener la ciudad en su
nombre, se la dejó confiada. No bien se alejaron de sus muros las
huestes cristianas, quebrantó su juramento el infiel musulman, y no se
contentó con esto, sino que ademas atrayendo á Andalucía con falaces
promesas á varios caballeros castellanos que mandó el emperador á
posesionarse de Jaen, los aprisionó luego que entraron en la
ciudad[303]. Irritado Alfonso con tan infame traicion, dispuso ir sobre
Córdoba con ejército muy poderoso. Cabalmente acababa de apoderarse de
Almería, habiendo reunido para esta empresa tan numerosas huestes, suyas
y de otros príncipes aliados, que la muchedumbre de los ginetes y peones
cubria las montañas y la campiña, el agua de los rios y fuentes no era
bastante á apagar la sed de todos sus caballos, ni las yerbas de aquella
comarca suficientes para darles pasto[304]. El rey Rogerio de Sicilia,
que era uno de los aliados, se habia en verdad despedido de él, despues
de espugnada Almería, para ir á campear por su propia cuenta en Africa;
tambien el conde de Barcelona y el duque de Montpellier, y los genoveses
y pisanos, que le habian auxiliado por mar con sus numerosas y bien
armadas naves, se habian ya dispersado. Nada por otra parte habrian
podido favorecerle ahora estas fuerzas de mar por el Guadalquivir,
siendo ya Sevilla conquista de los almohades. Pero sin contar los
ejércitos del rey D. García de Navarra y del conde de Urgél, podia
disponer D. Alfonso de las mesnadas de sus condes y ricos-hombres: allí
tenia á D. Fernando Joanes con las tropas de Galicia, á D. Ramiro Florez
Frolaz con las de Leon, á D. Pedro Alfonsez con las de Asturias, al
conde Ponce y á D. Fernando Ibañez con las de Estremadura alta y baja, á
D. Martin Fernandez con las de Ita y Guadalajara, á D. Gutier Fernandez
de Castro y D. Manrique de Lara con las de Castilla la Vieja, y á D.
Alvar Rodriguez con las de la Nueva y Toledo. No se descuidó Ben Ganyah
en prevenirse: reconociendo que le faltaban fuerzas para contrarestar la
acometida de Alfonso, trató solo de aumentarlas, é imitando el ejemplo
del rey Al-Mu'tamed, que por esquivar el yugo de D. Alfonso el
Conquistador de Toledo se habia entregado al de los almoravides,
prefiriendo _apacentar camellos en el Desierto á guardar puercos en
Castilla_[305], para librarse de las manos del emperador llamó en su
socorro á los almohades. Atento solo á la necesidad de rechazar á los
altivos cristianos que se disponian á sitiarle, envió un mensage á
Berraz Ibn Mohammed, general de Abde-l-mumen, emperador de los
almohades, que el año anterior habia vencido á Taxfin y estinguido el
poder de los almoravides en Africa; y en este mensage solicitó de él una
entrevista. Abocáronse los dos generales en Écija, y allí estipularon
que Berraz asistiria a Ben Ganyah con tropas, con la condicion de que el
almoravide le pondria en posesion de Córdoba y Carmona, reservándose el
dominio de Jaen. Sin esperar á que este tratado fuese ratificado en
Africa por Abde-l-mumen, tomó Berraz posesion de Córdoba y de Carmona, y
Ben Ganyah se retiró á Jaen. Arrepentido sin duda de haberse entregado á
los enemigos de su raza sin haber probado fortuna contra los enemigos de
su fé, rompió pronto Ben Ganyah su alianza con los almohades: resuelto á
contrastar en lo posible sus rápidos triunfos, quiso arriesgar contra
ellos una batalla campal en la vega de Granada, que ya recorrian
impetuosos llevándolo todo á sangre y fuego, y en el calor de la
refriega, herido de muchas lanzadas, de que no bastó á defenderle su
armadura, murió el día 21 de la luna de Xaban del año 543 (A. D. 1149).
Los almohades se apoderaron de Jaen. Aprovechando esta oportunidad el
emperador Alfonso, marchó con su ejército sobre Córdoba y la sitió. Así
que esto se supo en Sevilla, trataron los almohades de enviar á los
sitiados poderosos refuerzos. Dispusieron saliese de Sevilla con tropas
escogidas Abu-l-ghamr Ibn Gharun, y que el gobernador de Niebla Yusuf
Al-betruhí saliese con las suyas: incorporáronse estos dos ejércitos, y
á marchas forzadas avanzaron á Córdoba. Envió ademas Abde-l-mumen un
tercer ejército bajo el mando de Yahya Ibn Yaghmur; pero antes de que
este llegase, ya habia el rey cristiano tomado parte de la ciudad
haciendo una sangrienta incursion en ella, profanando de nuevo la
mezquita mayor y llevándose un rico botin[306]. Al llegar á Córdoba el
refuerzo de Ibn Yaghmur, el prudente emperador levantó el campo:
arrolláronse las tiendas, emprendióse la retirada, y no entró el
ejército auxiliar en la capital de Andalucía sino para ver desde sus
almenas relumbrar á lo lejos en la sierra las lanzas y escudos de las
mesnadas cristianas. En esta segunda entrada de las tropas de Alfonso en
la mezquita Aljama no hubo al menos desacato contra el sagrado _Mushaf_:
Berraz Ibn Mohammad se lo habia ya enviado á Africa á su rey
Abde-l-mumen con otras preciosidades recogidas en la ciudad cuando la
ocupó de resultas de su convenio con Ben Ganyah, y el Amir de los
muslimes lo tenia cuidadosamente guardado en su tesoro. Cuéntase que
este Mushaf acompañó luego á Abde-l-mumen en todas sus espediciones
militares, llevado delante de él dentro de su preciosa caja sobre un
camello, bajo un dosel, entre cuatro banderas, en las cuales se leían en
caractéres de oro versículos adecuados del Koran[307].

Grande era ya en esta época el poder de Castilla, creciendo
considerablemente al par el de los demas reinos de la España cristiana.
Grande tambien habia sido desde principios del undécimo siglo el
desarrollo del arte occidental. Pero ¿se hallará este ya por ventura en
estado de sustituir dignamente á su émulo el arte del Oriente? La
tentativa del emperador Alfonso ha sido prematura: espláyese y domine en
buen hora la forma románica en todas las grandes ciudades arrebatadas á
los califas allende los montes, en Toledo conquistada por D. Alonso el
VI, en Zaragoza y Tarragona rescatadas por D. Alfonso el Batallador. El
imperio musulman que parecia exánime despues de la muerte de Almanzor ha
recobrado nueva vida: una raza nueva le ha inoculado su sangre activa y
poderosa, los almohades aspiran á regenerarlo en Andalucía, y todavía es
la corte de los Abde-r-rahmanes reconocida por capital y centro del
mahometismo en España. No ha llegado pues la época del vencimiento
definitivo para Córdoba y su arte. Dejad que esa nueva sangre anime
nuevas formas; dejad que los almohades terminen en Sevilla el gigantesco
ensayo del arte que se proponen sustituir al arte de los Umeyas[308];
dejad que entre tanto las dos grandes monarquías enemigas que ya no
caben juntas en España desahoguen su plétora en las sangrientas batallas
de Alarcos y Muradal; y entonces será tiempo de decidir cuál de estas
dos nacionalidades tan llenas de vida, tan pródigas de su sabia, tan
épicas en sus hechos, ha de quedar dueña esclusiva de las hermosas
ciudades del Guadalquivir, con sus usos, sus artes, su lengua y su fé.

Pronto llegará el dia de la decision. Ved cuán rápidamente se pulveriza
el coloso hecho pedazos en los hondos valles de las Navas de
Tolosa[309]. La anarquía ha vuelto á apoderarse de la España musulmana
despues de la gran derrota, y los cristianos van cada dia ensanchando
sus fronteras. El arte de Occidente avanza con ellos, y tanto sube de
punto su jactancia, que ya en el primer tercio del siglo XIII (A. D.
1229) presume implantarse en Africa á la sombra de un tratado de
alianza, levantando en medio de la fastosa corte de los almohades una
iglesia cristiana. Deseoso el amir El Mamun de escarmentar á los
rebeldes almohades, solicitó del rey de Castilla tropas que pasasen con
él á Mauritania, y el rey cristiano le respondió: «No te daré ejército
si tú no me das diez plazas fronterizas que yo señale, y si Dios te
concede entrar en Marruecos, habrás de construir para los cristianos que
te acompañen una iglesia en el centro de la ciudad, en que puedan ellos
celebrar públicamente su culto tocando las campanas todo el tiempo que
duren las ceremonias. Si algun cristiano quisiese hacerse mahometano, no
se lo consentirás, sino que le entregarás á los de su ley para que sea
juzgado, y por el contrario, si algun musulman quisiese hacerse
cristiano, no permitirás que nadie se lo estorbe[310].» Cuando la
nacionalidad y la fé española podian imponer semejantes condiciones, y
cuando la nacionalidad y la fé islamita las admitian, era prueba de que
se estaba ya robusteciendo el brazo del predestinado que habia de
desquiciar las puertas de bronce de la Caaba del Occidente.

Muy urgente era por cierto la victoria, porque los terribles almohades,
en su fervoroso celo por el triunfo del Islam, á nada menos habian
aspirado que á la completa estincion de la fé de Cristo en Andalucía, y
así en Córdoba, Sevilla, Jaen y Murcia, no habia ya cristianos mas que
entre los cautivos[311].

Pero ¿qué jubiloso clamor es ese que sale de las mazmorras donde há poco
solo resonaban dolorosos alaridos y prolongados ayes de agonía? ¿Por qué
sacuden sus vibradoras lenguas con tanto brío las antes sujetas y mudas
campanas de las basílicas, ayer desiertas, abandonadas y amenazando
ruina? ¿Qué significa ese imponente rumor con que despierta sobresaltada
la poblacion entera? ¡Ah! ¡Es que ha amanecido el dia del gran desastre
para el Islam! Nadie se lo esperaba: hace unas cuantas horas solamente,
los cordobeses descansaban descuidados. Velaban solo los corazones
rencorosos ó atormentados por la ambicion, enconados en las rivalidades
de partidos; pero nadie pensaba que todo reino dividido tiene muy
próxima su ruina. Caía la lluvia á torrentes, la ciudad parecia
suficientemente defendida contra cualquiera tentativa: no habia sobre
Córdoba ejército enemigo: decíase solo que los puertos de los Montes
Marianos estaban ocupados por un puñado de almogávares[312]... ¿Cómo
pues ha podido fraguarse tan grande calamidad en tan cortos instantes en
el silencio de la noche?

Los cristianos, favorecidos por los cordobeses descontentos, se han
apoderado de la Aljarquía[313] escalando la muralla y matando á las
centinelas dormidas. La puerta de Martos está abierta á los terribles
almogávares y á la caballería de Tafor; Colodro[314] y Baños con sus
compañeros dominan las torres de aquella parte; los cautivos levantan
hácia ellos los brazos aun agoviados por las esposas; los moros muestran
en sus semblantes el pavor que hiela sus corazones, refúgianse
tumultuando en la Almedina, y obligando á tomar las armas á todos,
ancianos, mozos y niños, se aprestan á la defensa. Los valerosos
cristianos se fortalecen en el barrio de oriente mientras D. Ordoño
Alvarez y D. Alvar Perez de Castro envían corredores á Fernando con la
noticia de tan inopinado suceso, y pidiendo refuerzos. Los moros por su
parte, trocado el primer espanto en rabioso corage, piden tambien
auxilio á su Amir ausente para esterminar á los invasores. ¿Qué hace
Aben Hud al recibir la triste nueva? Emprende su marcha para libertar á
Córdoba; pero en el camino vacila, duda, reune sus alcaides, oye su
consejo, y abandonando á sus propios vasallos, se dirige á socorrer á
los agenos[315]. ¿Qué hace Fernando? Monta al punto á caballo[316],
acompañado solo de unos cien caballeros, despachando órdenes á las
ciudades, villas y concejos, para que le sigan los ricos-hombres é
hijosdalgo con sus milicias, y recomendando á los maestres de las
órdenes militares que le envíen la flor de su caballería. Así, mientras
los musulmanes se defienden desesperadamente en la ciudad alta
molestando á los cristianos con hondas, flechas, dardos y catapultas,
mientras la corte de los califas lanza su postrer grito de agonía entre
el clamoroso estruendo de los lelilís, tambores, bocinas y clarines, el
amir Aben Hud, último vástago de una gloriosa dinastía[317], va á
encontrar la muerte en manos de un correligionario traidor, y el hijo
santo de Berenguela va á sentar sus reales en el campo de Alcolea como
águila que se cierne sobre la presa. Júntansele aquí los obispos, los
ricos-hombres, los caballeros, y las mesnadas de los concejos con los
carros de guerra, las municiones y las interminables filas de reses que
van acudiendo destinadas á la vitualla. Estréchase el asedio, y los
sitiados exánimes, hambrientos, desesperanzados de todo socorro,
agoviados por el calor y la fatiga, capitulan para salvar tan solo la
vida; y el dia de los gloriosos apóstoles S. Pedro y S. Pablo (A. D.
1236) entregan la ciudad. Entra en Córdoba triunfante S. Fernando, no
coronado de laurel ni en carro tirado de tigres, leones y panteras, como
acostumbraban los orgullosos emperadores romanos, sino en humilde y
devota procesion, acompañado de los obispos D. Juan, de Osma; D.
Gonzalo, de Cuenca; D. Fr. Domingo, de Baeza; D. Adan, de Plasencia; D.
Sancho, de Coria; de los eclesiásticos y religiosos que han concurrido á
la espugnacion, y de los principales de su ejército. De este modo llegan
á la mezquita mayor, y al mismo tiempo que los tristes musulmanes
abandonan sus hogares para refugiarse en otras ciudades de Andalucía,
los cristianos enarbolan la enseña vivificadora de la redencion
juntamente con el estandarte real sobre el enhiesto alminar de
Abde-r-rahman An-nasír, donde se invocaba y encomendaba á los cuatro
vientos el nombre del falso profeta; y el ejército vencedor entona
espontáneamente en su fervoroso entusiasmo el solemne _Deus adjuva_ que
acompañan electrizados, con lágrimas de júbilo en las megillas, los
cautivos mozárabes redimidos.

¡La grande Aljama de Abde-r-rahman el _Proscrito_; la Aljama suntuosa y
deslumbradora de Al-hakem el _Sabio_ y de Almanzor el _Victorioso_; la
Caaba del Occidente, dejó ya para siempre de ser templo del Islam! El
obispo de Osma, D. Juan, que representa al arzobispo D. Rodrigo, primado
de Toledo, ausente por hallarse cerca de la Santa Sede en tan fausto
dia, la bendice con las ceremonias y preces acostumbradas, la purifica
con agua y sal, cantando los asistentes el _Te Deum laudamus_, la dedica
á la inmaculada Madre del Verbo en su glorioso misterio de la Asuncion,
hace provisionalmente erigir un altar en honor de la excelsa Señora,
celebra en él de pontifical, y dirige por último una breve y sentida
plática á los circunstantes exhortándolos á tributar gracias sin fin al
Dios de los ejércitos.

       *       *       *       *       *

Es ya tiempo, benigno lector, de que vayamos reponiendo por su órden
histórico, los objetos heterogéneos que por arte de abstraccion
eliminamos de golpe en un principio, para hacerte ver con toda claridad
en la catedral cristiana de Córdoba la mas grande y bella mezquita
musulmana. Has contemplado en su estado primitivo y en su genuina
destinacion el mas precioso monumento que refleja en su largo curso el
tranquilo y magestuoso Guadalquivir; vas á verlo ahora en las
transformaciones que sucesivamente ha ido sufriendo desde la reconquista
hasta venir al estado en que hoy se encuentra.

No se dice con fijeza en qué dia empezó la mezquita purificada á tener
destino de catedral. Sábese solamente que la Sede episcopal y cabildo de
canónigos, que durante la ocupacion de la ciudad por los árabes habia
estado en la basílica de los tres mártires[318], no se restituyó á ella
sino cuando volvió de Roma el arzobispo D. Rodrigo, primado de España,
que era quien por decreto del pontífice Inocencio III tenia desde el 4
de marzo de 1210 el encargo de restituir las iglesias catedrales en
todas las ciudades que se reconquistasen, y por otro de S. S. Gregorio
IX de 26 de junio de 1234 estaba autorizado para poner y consagrar
obispos en las ciudades que antes los habian tenido. Pero consta que en
el año 1238 estaba ya electo obispo de Córdoba D. Lope de Fitero,
consejero del rey, y constituido el cabildo de canónigos de la iglesia
catedral de Sta. María[319]. La basílica de los tres mártires Fausto,
Januario y Marcial, que habia servido de catedral á los mozárabes,
recibió el título y advocacion de S. Pedro, en conmemoracion del dia en
que habia sido recuperada la ciudad.

Desde esta época ¡cuántos dias de júbilo para la nueva poblacion
cristiana, señalados en su grandiosa catedral en páginas indelebles y
sucesivas del arte nacional!

No se crea que el arte cristiano prevalido del triunfo invadió la
mezquita haciendo gala de un celo intolerante y mutilando sin necesidad
el grandioso edificio. Al contrario, tributando una sincera admiracion á
la belleza que en ella descubria, se propuso conservar cuanto fuese
compatible con las necesidades mas absolutas del templo en que habia de
darse culto á Dios crucificado. Era indispensable desde luego establecer
una capilla mayor, orientándola como era costumbre desde los primeros
siglos de la iglesia. No se conserva memoria del sitio en que fué
colocada, pero lo cierto es que por no derribar nada de la fábrica
arábiga subsistió la capilla mayor provisional por espacio de veintidos
años, y que no se celebrarian en ella muy cómodamente los divinos
oficios no teniendo presbiterio, ni sacristía, ni Sagrario adecuado. Si
fué dispuesta en lugar exento y principal, en el centro de la mezquita,
hoy al menos no se descubre rastro de ella; es posible que con la obra
de la catedral hecha en tiempo de Cárlos V haya desaparecido; pero lo
mas probable es que se arrimase al muro de oriente, ó bien que se
situase en la cámara árabe, donde pocos años despues, como veremos, se
erigió la cabecera de la primitiva catedral. Lo que sí se sabe es dónde
estuvieron la pila bautismal y el Sagrario: aquella se situó arrimada al
muro de poniente ocupando las dos naves trasversales undécima y
duodécima[320]; el Sagrario se colocó en la rica cámara de la izquierda
de las tres que forman el vestíbulo del Mihrab[321]. Decimos que
subsistió la capilla mayor provisional veintidos años, suponiendo que
permaneciese allí donde se habia colocado el altar en honor de la
Asuncion de nuestra Señora el dia solemne de la purificacion del templo;
pero en rigor no consta haya habido formal ereccion de catedral hasta
fines del año 1238. En noviembre de este año concedió S. Fernando á la
iglesia catedral de Sta. María de Córdoba y á su obispo electo D. Lope,
para sí y sus sucesores, con todas las fórmulas y solemnidades de
cancillería, las décimas de los almojarifazgos, salinas y rentas, que
tenia en Córdoba, con quinientas aranzadas de viña, y la tercera parte
de sus olivares, y cien aranzadas de huertas[322]. Ya D. Lope, antes de
ser electo obispo, habia recibido pruebas de la munificencia y
predileccion de su soberano[323]. En el año 1240 y siguientes hizo el
santo rey nuevas donaciones al obispo y cabildo, y á 15 de febrero de
1245 le hizo la última. A 13 de agosto de 1246, muerto ya el obispo D.
Lope de Fitero, y habiéndole sucedido D. Gutierre Ruiz de Olea, hicieron
el obispo y el cabildo un Estatuto, en que se estableció que todos los
bienes muebles é inmuebles, rentas, villas ó fortalezas adquiridas, ó
que se adquiriesen por uno ú otro, ó _intuítu_ de ambos, se dividiesen
en dos partes iguales, la una para el obispo y la otra para el cabildo.
La ciudad de Córdoba finalmente dió á este mismo obispo D. Gutierre por
juro de heredad, en 8 de setiembre de 1246, quince yugadas de tierra por
año y vez en el término de Carchena. Las prebendas á la sazon eran:
decanato, arcedianato de la villa, maestrescolía, chantría, arcedianato
de Castro, arcedianato de Belmez ó Pedroche, tesorería y priorato,
canonicatos y raciones. Representó el cabildo á S. S. Inocencio IV que
no eran bastantes las rentas para mantener el número de dignidades y
canónigos que habia, pidiéndole los redujese al que resultase
correspondiente á sus facultades, y habiendo el pontífice dado comision
para que con asenso del cabildo determinase dicho número, se resolvió
que el de dignidades quedase como estaba, que los canonicatos se
redujesen á veinte, y á veinte tambien las raciones; lo que confirmó S.
S. por rescripto de 26 de junio de 1247. Ocurrió la conquista de
Sevilla, y el santo rey en reconocimiento al mismo obispo D. Gutierre,
que le ayudó mucho con su cabildo para llevar á cabo aquella memorable
empresa, les dió el castillo y villa de Bella con todos los términos que
tenian bajo la dominacion sarracena. Al volver de la toma de Sevilla
hizo D. Gutierre con su cabildo un nuevo Estatuto, á 1.º de abril de
1249, dividiendo en dos partes iguales todos los derechos, tierras,
castillos y heredamientos de dentro y fuera de Córdoba y su obispado. Al
obispo tocaron Lucena y Bella con otras posesiones, y al cabildo otras
con el castillo de Tiñosa, que volvió despues á la corona. Este
instrumento es curioso, porque nos dá noticia cabal de las diversas
rentas y bienes que á la sazon poseían el obispo y cabildo de Córdoba,
entre las cuales vemos ya establecidos el tributo de treinta dineros que
habian de pagar los judíos, el arrendamiento de las tiendas hechas y por
hacer, el diezmo de la tienda de los alcaldes y el de la alhóndiga[324].
Determináronse tambien en su virtud los préstamos ó beneficios que
habian de gozar el decanato en S. Salvador, en S. Miguel la
maestrescolía, en S. Andrés la chantría, y en Santiago la tesorería; que
los arcedianatos tuviesen el _rediezmo totius pontificalis_ en sus
territorios; en cuanto á los canónigos, que cada uno tuviese cincuenta
maravedís, y veinticinco el racionero en las parroquias del obispado que
el obispo señalase, y que el derecho del cabildo en las demas parroquias
de la ciudad con las de Montoro, Castro, Ovejo y Belmez, quedase en la
mesa comun para las distribuciones cotidianas. Ultimamente, existiendo
desde el año 1246 alguna discordia entre el obispo y cabildo de una
parte, y la ciudad con el clero de las parroquias de otra, sobre algunos
artículos de concurrencias, diezmos y modo de dividirlos, inmunidad
eclesiástica y otros puntos, el Papa Inocencio IV comisionó para
ajustarlos al cardenal D. Egidio de Torres, y este por medio de un
subdelegado consiguió la concordia, que aprobó S. S. á 11 de junio de
1250. Este documento precioso nos instruye de quiénes fueron las
personas, órdenes y casas pias heredadas en Córdoba por el repartimiento
del santo rey, y de muchas de las posesiones que les fueron dadas, todas
las cuales debian contribuir con el diezmo de sus productos á la
iglesia[325].

Con estas donaciones empezaban ya á ser pingües las prebendas al morir
el rey D. Fernando y sucederle su hijo D. Alfonso X. El nuevo rey,
animado del mismo espíritu religioso que su padre, dispensó mercedes al
obispo y cabildo de Córdoba desde los primeros años de su advenimiento
al trono, y no contento con haberles concedido en el año 1258 una renta
anual de mil maravideses chicos en el almojarifazgo de Écija, en
recompensa del agravio que la iglesia de Córdoba dijo habérsele inferido
en el arreglo de términos entre su obispado y el arzobispado de Sevilla,
les auxilió aquel mismo año en la ereccion de la capilla mayor de la
catedral, concediendo muchos privilegios á la obra y fábrica.

Ya por este tiempo se habia introducido entre los piadosos ganadores de
Córdoba la práctica de fundar capillas junto á los desnudos muros de la
gran mezquita. Desde el año siguiente al de la espugnacion de la ciudad
habia dado el ejemplo el santo rey labrando para sí una, dedicada á S.
Clemente[326], contra el muro de mediodia, en un espacio que abrazaba
de oriente á poniente tres naves principales y de norte á sur cuatro
trasversales. Habíase cerrado este ámbito con paredes, dejando dentro
intactas dos arcadas árabes y arrimando á la pared de oriente el altar
del Santo á quien estaba consagrada la capilla[327]. En la décima nave
mayor contando desde el muro de poniente, pegada tambien al muro
interior de mediodia, y ocupando solo dos naves trasversales, habia
labrado Pedro Diaz de Haro en 1250 otra capilla á Sta. Inés[328]. Muy
modestas eran en verdad estas construcciones, y vergonzoso en cierto
modo para los nuevos pobladores, que los judíos que habian quedado en la
ciudad, no contentos con tener una sinagoga, estuviesen fabricando por
este mismo tiempo otra muy soberbia y elevada[329] con grande escándalo
para la cristiandad. No sabemos hasta qué punto pudo esto contribuir á
que se avivase el celo de los caballeros cristianos y del clero; pero lo
cierto es que en el año 1258 se estaban simultáneamente construyendo la
capilla de S. Bartolomé, por un famoso adalid llamado Domingo Muñoz, y
por el cabildo y el monarca juntos una catedral cristiana, en que la
gallarda arquitectura occidental, rompiendo el artesonado sarraceno para
desarrollar su elegante bóveda ojival, mostraba ya por defuera en su
gigantesca grupa[330] la emancipacion de un arte victorioso, al cual
estaba reservado trocar la faz monumental de Europa. El adalid hacia su
capilla en el ángulo que formaba con el muro interior de mediodia el
costado occidental del vestíbulo ó maksurah de Al-hakem II, tomando de
area dos naves principales y otras dos trasversales. No pudiendo esta
capilla recibir luz directa del esterior por tener detrás el ala
occidental del Mihrab, que ocupaban las habitaciones de los Ulemas y
otros ministros del culto islamita, y el pasadizo secreto del Califa, se
le dió por la pared del norte luz del templo, abriendo en ella, ademas
de su puerta ojival, dos lindos ajimeces y dos pequeñas claraboyas. El
cabildo labraba su catedral con mayor esplendidez. Eligió á este fin las
tres primeras naves trasversales del cuarto noble, empezando desde el
muro de refuerzo que marca la prolongacion de Al-hakem, y dando al buque
de la nave única que abrió, cortadas las armaduras de cuatro naves
mayores de la mezquita, una longitud de cien piés desde la puerta
interior de la cámara de la limosna hasta la cámara del centro de las
tres que cerraba la antigua maksurah. Hizo de la cámara de la limosna,
respetando su rica ornamentacion berberisca, el vestíbulo ó narthex para
entrar en la catedral: dejó el muro de refuerzo de Al-hakem tal como
estaba, sin tocar á sus atrevidos arcos ultra-semicirculares de columnas
emparejadas; pero derribó la cámara del Cadí de la Aljama[331] para
dejar espedito el crucero, y ademas las arcadas de las tres naves
trasversales que habia ocupado; derribó asímismo tres columnas fronteras
á los tres robustos machones árabes que quedaban exentos en la longitud
del buque de oriente á poniente; construyó en su lugar tres machos mas
esbeltos fortalecidos en ángulo recto con muros á modo de estribos, que
interceptaban en toda su anchura una nave trasversal; de macho á macho
volteó grandes arcos ojivales, correspondientes á los tres de herradura
de enfrente; tendió de un lado á otro una ligera y sencilla bóveda sin
nervios enlazados, dividida en cuatro compartimentos por tres grandes
arcos de baquetones, de los cuales el mas inmediato al presbiterio
descansaba en delgadas y altas columnillas, y los otros dos en bien
esculpidas repisas de cenefas caladas suspendidas á regular altura en
los entrepaños; y finalmente, tomando de costado la cámara central de la
antigua maksurah, donde presumimos tenia su asiento el Califa[332],
colocó en ella la Capilla mayor. Costeó esta capilla el rey _sabio_, y
aun contribuyó como hemos dicho á los gastos de la obra del templo, por
la cual agradecido el cabildo resolvió celebrarle un aniversario que
hasta hoy se ha venido religiosamente cumpliendo.

La disposicion de esta cámara se acomodaba perfectamente al destino de
capilla mayor, convirtiendo en sacristía la otra cámara que tenia
contigua á oriente, y que hemos minuciosamente descrito como tribuna de
la _alicama_. Existia sin duda tal como la habian dejado los amires de
Al-hakem. En el lado del norte tenia un grande arco de herradura,
correspondiente al muro de refuerzo de la prolongacion debida á aquel
Califa; en el lado de oriente tenia una gran ventana de arco angrelado,
y dos puertas pequeñas á los lados, que comunicaban á la tribuna
embellecida por Almanzor; en el lado de mediodia ostentaba, haciendo
gala del estilo bizantino del tiempo de Al-hakem, una combinacion de
arcos de segmentos que se cruzaban en el espacio y formaban aspas de
undosas cintas en los intercolumnios, en todo semejante á la decoracion
que desplegaba enfrente el vestíbulo del Mihrab. En el lado de poniente,
por donde esta cámara se unia con la del Cadí de la Aljama, que acababa
de derribarse, no sabemos qué decoracion tenia. Para convertirla en
capilla mayor no habia necesidad de desfigurarla completamente: bastaba
cegar el grande arco del norte, en tiempo de los califas cerrado por la
maksurah primitiva, cegar asímismo la gran ventana que comunicaba por
levante con la tribuna de la _alicama_, poniendo en su lugar el altar
mayor; dejar las dos puertecillas laterales abiertas para la
comunicacion del presbiterio con la sacristía; dar al presbiterio el
ensanche necesario y su correspondiente gradería; cerrar el lado de
mediodia con vidrios, y últimamente hacer su portada ó embocadura con el
cancel de costumbre. Así tal vez se haria; pero ¿quién es hoy capaz de
adivinar el grado de respeto de los arquitectos del rey D. Alfonso hácia
la obra arábigo-bizantina? Puede ser que la conservasen, como sin duda
alguna conservaron la tribuna de Almanzor convertida en sacristía; mas
habiendo sido despues dos veces reedificada, una bajo el imperio del
gusto tudesco[333] y otra bajo el funesto influjo del estilo de
Churriguera, no permite hoy este doble disfraz apreciar ninguno de los
lineamientos de la obra del rey sabio.

Al mismo tiempo que se terminaba la obra de la catedral (año de 1260),
fundaba D. Gonzalo Yañez, primer señor de Aguilar, arrimada al muro de
oriente, una capilla consagrada á S. Juan Bautista, donde dos años
despues dió sepultura al cadáver de su esposa D.ª Juana. Cinco años
despues fundó el obispo D. Fernando de Mesa en el ángulo S-E. de la
mezquita, y contigua por el oriente con la capilla de S. Clemente que
habia labrado el santo rey, la capilla de Santiago[334], cómoda y
espaciosa como la adyacente, en la cual tambien dejó subsistir las
arcadas árabes comprendidas en su area. De igual data es un rescripto
pontifical memorable por el rápido incremento que revela en las rentas
de la iglesia de Córdoba, mas próspera naturalmente á medida que iba
perdiendo mas tierra en la provincia la morisma. Concedia por este
rescripto el pontífice, á peticion del obispo y cabildo, que de las
veinte raciones que habia, cada una de las cuales se juzgaba ya ser
cóngrua competente para dos personas, se dividiesen diez en veinte
medias: de modo que ya los prebendados empezaban á vivir en la
abundancia, cuando solo veintiocho años antes (en 1237 á 27 de
setiembre) habia tenido Gregorio IX que escitar con indulgencias el celo
de los buenos cristianos en favor de la iglesia de Córdoba, que padecia
gran penuria por tenerla en cierto modo los islamitas sitiada por
hambre, reducidas sus rentas al casco de la ciudad[335]. No debia
espirar el siglo XIII sin que la restaurada catedral se engrandeciese
con nuevos privilegios y fundaciones. El mismo D. Alfonso X, que habia
labrado su capilla mayor y ayudado á costear el resto de la fábrica,
habia concedido al cabildo el dominio directo de todas las tiendas que
tenia la corona en el corral de la alhóndiga y en la alcaicería ó
mercado de la seda, que eran treinta y tres, sin otra condicion que la
de celebrar cada año dos aniversarios, uno por el alma de su padre el
rey D. Fernando, y otro por la de su madre la reina D.ª Beatriz, y hacer
ademas todos los años la fiesta de S. Clemente _muy honradamente_ y con
gran solemnidad[336]. Esta importante donacion tuvo efecto el año 1261;
á los dos años (1263) ocúpase solícito el rey sabio en asegurar á la
iglesia el disfrute del agua que en soberbios acueductos vimos traer á
Córdoba los califas, estableciendo una contribucion para reparar los
antiguos caños[337]; doce años despues (1275) el infante D. Fernando,
que gobierna el reino por su padre, á la sazon ausente en persecucion
del sueño dorado de su vida[338], dá carta al cabildo en Peñafiel á 7 de
abril, autorizándole á tener en la obra y fábrica de la iglesia cuatro
moros para que trabajen en ella, los cuales esten libres de pechos,
segun lo habia ya concedido el rey D. Alfonso[339]; vuelve este á tomar
las riendas del Estado (en 1280), y habiendo perdido el cabildo la carta
de gracia en que por la primera vez se le concedia la de poder emplear
en las obras de la iglesia cuatro moros exentos de todo tributo, le
confirma este privilegio. Esta nueva carta nos esplica en qué clase de
obras se empleaban los cuatro moros, pues dos de ellos eran carpinteros
y los otros dos albañiles[340]: privilegio curioso en que descubrimos,
nó la falta de artífices inteligentes entre los cristianos, sino un
ilustrado celo por la conservacion del monumento árabe, y que nos sirve
de clave para descifrar un misterio artístico hasta ahora inesplicado, á
saber, cómo se ha perpetuado tan íntegro hasta la época de la nueva
catedral ese monumento de los siglos octavo y noveno, y quiénes fueron
los que trabajaron en las admirables restauraciones moriscas que mas
adelante tendremos que notar en la Capilla Real ó sacristía de la
antigua Capilla mayor. Bien se comprende por otra parte esa ilustrada
tolerancia artística, tan impropia de un siglo inflexible en toda Europa
con respecto á las formas de su fé, en el inmortal autor de las
Partidas, cuya prematura tolerancia literaria fué escándalo de los
mismos genios del gran siglo XV. Este privilegio recibió en los años
siguientes varias confirmaciones, y habiendo usurpado en vida de su
padre el gobierno del reino el impaciente y bravo D. Sancho, hallamos
una carta firmada en Córdoba á 25 de octubre de la era 1320 (año 1282),
por la cual vemos habia adquirido mayor estension, puesto que en ella se
confirma que todos los moros que viven en la ciudad, sean ó nó maestros
en los oficios de albañilería y carpintería, tengan obligacion de
trabajar dos dias en el año en la obra de la iglesia. Este singular
documento dice así: «El cavildo de la Eglesia de Sancta María me
mostraron una carta del rey en que mandava que todos los moros forros et
annaiares (_carpinteros_) et alvannís (_albañiles_) et serradores et
todos los otros que labrassen en la labor de la Eglesia sobredicha dos
dias en el anno. Et agora el cavildo de la Eglesia de Sancta María
querellóseme que los moros que non son maestros que non quieren y
labrar, porque dizen que lo non dizia en la otra carta que les el rey
dió primeramient, et despues que ge lo mostraron et que les mando dar su
carta con su sello colgado, et mando que tambien los moros maestros como
todos los otros de la villa fuessen labrar dos dias en el anno en la
lavor de la Eglesia, et que me pidiese merced que mandasse y lo que
toviesse por bien. Onde vos mando vista esta mi carta que veades la
carta que el cavildo tiene del rey con su sello colgado en esta razon,
et conplídgela en todo segund que en ella dize, etc. Dada en Córdova XXV
de octubre, era de mill et CCC et veinte annos. Yo Roi Diaz la fiz
escrevir por mandado del Infante, etc. (A. D. 1282)[341]» Esta medida no
parece ya dictada esclusivamente por un respeto ilustrado al monumento
sarraceno, sino mas bien como contribucion de sangre en desagravio de
las pasadas injurias hechas por los mahometanos á los cristianos en la
misma mezquita. No eran en efecto todos los muzlimes que habian quedado
en la villa útiles como artífices, cual podian serlo los albañiles,
carpinteros y aserradores; pero, ¿cómo no disculpar en cierto modo
pasiones por otra parte fecundas en gloriosas hazañas, en una época en
que el celo religioso era tan activo, y en que aun vivia el recuerdo de
los dias de llanto y luto, durante los cuales el mas altivo burlador de
la humanidad y del cristianismo habia dado por cimiento al ensanche de
la Aljama argamasa remojada con lágrimas, sudor y sangre, de cautivos
gallegos y leoneses[342]? Cuéntase que el mismo S. Fernando, recien
purificada la mezquita, hizo restituir á la catedral de Santiago, en
hombros de infieles, las campanas que Almanzor habia hecho llevar á
Córdoba en hombros de cristianos. Estas represalias eran entonces
admitidas como justas, y no se consideraba en ellas mas que el
desagravio de la religion ofendida. Pero conviene no olvidar que los
enemigos del nombre de Cristo, así moros como judíos, daban con su
conducta en Córdoba harto motivo para ser tratados con dureza. Con los
judíos habia menos rigor, y sin embargo, ¿qué desmanes no cometian unos
y otros? Favorecidos por la semejanza del trage, pues debe suponerse que
todos, cristianos, muzlimes y judíos, vestían casi lo mismo, robaban los
hijos á los cristianos que se ausentaban de sus casas para proseguir la
guerra contra los infieles; los muzlimes para sí ó para mandarlos á sus
correligionarios de la frontera, y los judíos para vendérselos á los
muzlimes. Este nefando tráfico no era nuevo entre los pérfidos judíos;
en el primer tercio del siglo IX los israelitas de Francia, codiciosos
como todos los de su raza, alentados por los escesivos privilegios de
que gozaban, lo habian introducido en España vendiendo en la corte de
Al-hakem I muchos párvulos robados allende el Pirineo, despues de
ejecutar en ellos todo género de maldades y torpezas[343]. Habiendo
estos crímenes retoñado despues de la conquista, con ocasion de vivir
juntas dentro de Córdoba gentes de tan opuestas religiones, tuvo que
mandar severamente el pontífice Gregorio IX al obispo en el año 1239,
que obligase á los judíos á traer siempre una señal pública para que en
el trage se distinguiesen y fuesen conocidos de los cristianos, segun lo
habia dispuesto el Concilio Lateranense. El Código de las Partidas, fiel
espejo de las costumbres y de las ideas de aquella época, y mas útil
para ser consultado bajo este concepto que como norma de la vida pública
y privada de los hombres del décimotercio siglo, cuya aquiescencia no
obtuvo, nos esplica por qué era tolerada la maligna gente judáica á
pesar de estos atentados. «La razon porque la Eglesia, et los
emperadores, et los reyes et los otros príncipes sufrieron á los judíos
vivir entre los cristianos es esta: porque ellos viviesen como en
cautiverio para siempre, et fuese remembranza á los homes que ellos
vienen del linage de aquellos que crucificaron á nuestro Señor
Jesucristo.» Solo para que se cumpliese la divina promesa de su
dispersion y cautiverio se les consentia morar entre cristianos; pero
para que de su trato y comunicacion no se originasen males semejantes á
los que ahora se padecian, tenian asignado para sus viviendas un barrio
separado, con el nombre de _judería_, y se les obligaba á llevar un
distintivo especial. Eludian no obstante el precepto, y fué preciso que
renovára el mismo mandato Inocencio IV, en 1250, de resultas sin duda de
nuevas quejas de los cristianos[344]; y debieron los muzlimes ser
acusados de iguales delitos, puesto que se hizo estensiva á ellos la
obligacion de llevar en el vestido una señal para ser reconocidos y
diferenciados de los cristianos y de los israelitas[345]. Ademas de
estos robos y torpezas cometian otras infracciones, pues se negaban á
cumplir los privilegios otorgados á la iglesia catedral de Córdoba por
D. Fernando III y su hijo D. Alfonso, en los cuales se mandaba que los
judíos y moros que comprasen heredades de cristianos en todo el
obispado, pagasen cumplidamente el diezmo como si los cristianos las
poseyeran, y lo mismo de las heredades que arrendasen[346]. Resistieron
muzlimes y judíos esta prestacion forzosa; querian los vencidos ser de
mejor condicion que los vencedores; y eran contínuas las quejas del
obispo y del cabildo por la obstinacion de ambas sectas. No era solo el
diezmo lo que repugnaban: negábanse tambien á pagar todos los demas
tributos que satisfacian los cristianos. Consta de un privilegio que
estos contribuían á la Iglesia con cierto derecho por razon de las
fincas urbanas en que habitaban; y el mismo instrumento nos informa de
que los judios y moros no querian pagarlo[347].

Puesto que hemos hecho mencion de las cartas y privilegios relativos á
los tributos y prestaciones especiales impuestos á los muzlimes que
permanecian en Córdoba con los cristianos despues de la reconquista, no
sería ahora fuera de propósito echar una rápida ojeada sobre el estado y
condicion de las personas de la secta vencida, si tuviéramos los datos
suficientes para hacerlo. Pero son tan escasos en esta materia las
crónicas y los antiguos documentos legislativos por lo que respecta á
Córdoba, que casi nos atrevemos á asegurar no hay para semejante tarea
mas nociones que las que de sí arrojan los pocos instrumentos que hemos
citado. ¿Hallábanse los mahometanos de las provincias reconquistadas en
situacion análoga á la en que habian vivido los cristianos que por no
poder desamparar sus casas quedaron cuando la invasion agarena sujetos á
los muzlimes? En unas ciudades sí, en otras nó. Vasallos y tributarios
de sus dominadores por regla general, habian los mozárabes disfrutado de
cierta libertad profesando públicamente su religion, y gobernándose en
todo lo relativo al régimen civil segun las estipulaciones concertadas
al admitir el yugo sarraceno. Nunca habian quedado enteramente á merced
de los invasores, ni aun en aquellas pocas poblaciones que habian hecho
tenaz resistencia y que habian sido tomadas á viva fuerza, porque no
eran asaz numerosas las huestes agarenas para poblar y conquistar á un
tiempo, y no les convenia ahuyentar á los naturales con la servidumbre.
Eran, sí, en las mismas ciudades ganadas por capitulacion frecuentes las
persecuciones contra los mozárabes cuando la tiranía ó la razon de
Estado arrollaban la barrera de los convenios, y entonces la suerte de
los vencidos seguia todas las alternativas del capricho ó del temor, y
los infelices sojuzgados no tenian mas arbitrios que la fuga, ó el
martirio, ó la rebelion, ó la abjuracion de su fé. Pero estas eran
épocas escepcionales, y ya hemos visto trascurrir largos reinados sin
que los mozárabes se lamentasen de la tiranía de los califas,
mostrándose por el contrario demasiado avenidos y contentos tal vez con
el yugo de oro de los muzlimes. En muy semejante estado quedarian
probablemente los mahometanos bajo el dominio de Leon y Castilla. En las
ciudades como Toledo[348], Valencia[349], Sevilla[350] y otras, tomadas
por capitulacion, se observarian con los muzlimes los tratos y convenios
celebrados; cuando la poblacion habia sido entrada á viva fuerza, ó sin
mas concesion, como en Córdoba, que la vida y la libertad de
espatriarse[351], es evidente que los que no pudieron usar de este
beneficio y permanecieron en sus casas, quedaron entregados á merced de
los conquistadores. En ambos casos se hacian tributarios de los
cristianos; pero con esta notable diferencia, que los entregados por
capitulacion conservaban derechos de que no podian ser legalmente
despojados, y los rendidos á la fuerza, no pudiendo alegar ningun pacto
escrito, solo por humanidad y equidad no eran tratados como cautivos y
no se veían reducidos á ese tristísimo estado que el sabio rey D.
Alfonso reconocia como _la mayor malandancia que los homes pueden haber
en este mundo_[352].

Unos y otros sin embargo llevaban indistintamente el nombre de
_mudéjares_[353], porque nunca los piadosos reyes cristianos
permitieron que los muzlimes que se habian entregado á la clemencia
fuesen tratados como siervos, y en rigor estos no eran cautivos. No
habian sido hechos prisioneros con las armas en la mano y en la guerra
misma, sino que se habian rendido y entregado á merced del vencedor en
medio de su triunfo, y como acogiéndose á los sagrados derechos de la
naturaleza. Pero ¿podremos afirmar que los mudéjares de Córdoba gozasen
en la ciudad reconquistada del libre uso de su culto público, como los
judíos que tenian su sinagoga? No porque esta tolerancia estuviese en
contradiccion manifiesta con el motivo religioso que declaraba santa la
guerra contra los infieles, y hacia aplicables á ella las gracias
espirituales concedidas por la Iglesia á las cruzadas en Oriente, hemos
de concluir que no la disfrutaron los mudéjares cordobeses, pues los de
Toledo, Valencia y otras ciudades, la disfrutaron. Si así lo creemos, es
solo por no haber mediado estipulacion espresa acerca de la conservacion
del culto islamita en Córdoba, y porque no hallamos un solo documento
que nos autorice á creer que á los muzlimes que permanecieron en esta
ciudad y tierras circunvecinas con los cristianos conquistadores, se les
hubiese reservado una sola mezquita en que congregarse para hacer sus
azalas. Así pues, si estos mudéjares no vivian en la tristísima y dura
condicion de los siervos, tampoco disfrutaban la libertad religiosa y
demas derechos que en aquella misma época aseguraban el fuero de
Valencia á los muzlimes vasallos de D. Jaime el Conquistador, y á otros
vasallos mas felices de Fernando, Alfonso y Sancho, las capitulaciones
de Toledo y Sevilla. Tal vez se observarian con ellos aquellos mismos
principios de equidad natural ya consignados en el sabio Código de las
_Partidas_, y á la sazon aun no observados como legislacion general del
reino.[354] No podria obligárseles á que abrazáran el cristianismo, pero
serían entre ellos frecuentes las conversiones, porque abjurando la fé
de sus mayores, se habilitaban para gozar de todos los privilegios
concedidos á los cristianos de sangre pura. Tendrian sus tribunales
particulares donde todas sus contiendas se decidirian por el Koran y la
Sunnah; pero en los litigios con los cristianos estarian sujetos á los
tribunales ordinarios. Podrian santificar privadamente el dia _juma_
(viernes) como santificaban los judíos el sábado; pero no podrian
trabajar en público los domingos y demas festividades de la iglesia
cristiana. En cuanto á tributos, vemos que los que se les imponian eran
realmente arbitrarios. Ademas del diezmo que pagaban como los
cristianos, contribuían á la iglesia catedral con su trabajo corporal en
determinados dias, y en esto verdaderamente mas bien eran siervos que
hombres de condicion libre.

No sabemos á punto fijo cuándo caducó el privilegio de obligar á todos
los mudéjares sin distincion á trabajar en las obras de la catedral;
pero nos inclinamos á creer que duraria cuanto duró en Córdoba aquella
clase de gente, es decir, hasta el tiempo de los reyes católicos D.
Fernando y D.ª Isabel. Si el islamismo, como nacionalidad y Estado,
quedaba al espirar el siglo XIII arrinconado en Granada como en su
último refugio, acosado por las victorias de las tres grandes monarquías
castellana, aragonesa y portuguesa; como reliquia y fermento duraba en
todas las poblaciones reconquistadas. Aún habian de dar las funestas
discordias de los príncipes cristianos de la Península dos siglos de
aliento y de esperanzas á la morisma, antes que despuntasen para Granada
auroras de fuego y sangre de la parte de Castilla y Aragon unidos. En
tan largo período, los mudéjares cordobeses, privados de culto público,
sin mezquitas, sin escuelas, sin academias, irian gradualmente olvidando
la ley y la tradicion, se entibiaria su celo, muchos cederian á las
amonestaciones y á la intimidacion y se harian cristianos, otros se
convertirian al judaismo; otros finalmente acabarian por vivir sin
religion alguna. La arquitectura, sin empleo, decaeria entre estos
degenerados muzlimes como todos los otros ramos del saber. No hallamos
en la mezquita rastro alguno del arte musulman en todo el tiempo
trascurrido desde D. Sancho hasta Enrique II. Los artífices de la secta
vencida se emplean solo en trabajos de mera conservacion, y si toman
alguna parte en la construccion de las capillas que van paulatinamente
cubriendo por el interior los cuatro muros de esta famosa ciudadela del
Islam, debe creerse que lo hacen mas como obreros subordinados á los
arquitectos cristianos, que como artistas dueños de su pensamiento.
Convertida Córdoba por otra parte en plaza de armas permanente contra
los infieles y trabajada ademas por las guerras de partidos, mal podia
sobresalir en obras artísticas. Los ricos hombres y caballeros ocupados
en funestas parcialidades ó en correrías por las fronteras de los
enemigos de la fé, gastaban sus rentas en las cabalgadas, y solo cuando
era preciso dar honrosa sepultura á los amados restos del padre, del
hijo ó de la esposa, y asegurar á sus almas los sufragios de la iglesia
y de los fieles, se acordaban de construir capillas y de fundar en ellas
capellanías; lo que se verificaba casi siempre con la economía que
reclamaba su capital ocupacion, la guerra. No merecen mencionarse por su
arquitectura las obras de esta especie; solo los grandes recuerdos que
despiertan en la mente por los héroes que en ellas estan ó estuvieron
enterrados, hacen preciosa su antigüedad, y deplorables las
trasformaciones que la mayor parte han sufrido. Si de ellas hacemos
mérito es únicamente por esta circunstancia, y para que el lector, al
desfilar por ante sus ojos las sombras de los ilustres varones
cordobeses que mas adelante vamos á evocar, sepa en qué capillas oraron
prosternados, y en cuáles se hicieron enterrar humildes tantos y tantos
vástagos de los mas gloriosos linages de la Bética.

Despues de la capilla que fundó al apóstol Santiago el obispo D.
Fernando de Mesa, no hallamos en el período de quince años ninguna otra
capilla anterior á la _segunda de S. Bartolomé_, costeada en 1280 por
Martin Muñoz, sobrino del famoso adalid Domingo Muñoz, y contigua á la
de su tio por la parte de poniente. No es esto decir que no se hiciese
antes en la catedral cosa alguna notable. Sobre el enhiesto alminar del
califa An-nasír[355] se colocó por los años de 1278 la primera imágen
del Arcángel S. Rafael que la gigantesca torre de la catedral levanta
hoy á la region de las nubes, y que el devoto pueblo cordobés empezó
desde entonces á venerar en cien monumentos como su Paladion tutelar
contra las públicas calamidades. La causa segun la piadosa tradicion fué
esta. Padecia Córdoba una gran peste, de la cual moria innumerable
gente: el obispo D. Pascual, fiel á su ministerio de pastor, previniendo
con su vigilancia y celo todos los remedios corporales y espirituales
para librar á su grey del tremendo contagio, habia mandado que se
implorase la clemencia divina con contínuas rogativas, y no cesaba de
clamar á María Santísima para que su pueblo esperimentase el saludable
efecto de su maternal intercesion. Hallábase en esta ocasion de
comendador del convento de nuestra Señora de la Merced Fr. Simon de
Sousa, varon de singular virtud; y pidiendo á Dios el mismo remedio, se
le apareció el Arcángel S. Rafael, y le habló así: «Dirás al obispo D.
Pascual que está Dios muy satisfecho de su vigilancia y cuidado, y que
por sus oraciones y las de otros fieles, y por la intercesion de su
santa Madre, se ha compadecido de este pueblo. Que ponga mi imágen en lo
alto de la torre de la iglesia catedral, y exhorte á todos sus
feligreses á que me sean devotos y celebren mi fiesta todos los años:
que si así se hace, este contagio cesará de todo punto.» Ejecutólo el
venerable obispo, cesó la plaga, y de entonces mira la poblacion de
Córdoba campear triunfante en lo mas alto de su catedral, á modo de
gloriosa enseña, ó de eficaz para-rayo para los dias críticos en que
fulmina sus formidables castigos el Eterno, la imágen de su santo
patrono y abogado. La contempló primero sobre el elegante alminar árabe
donde tremoló el pendon real de S. Fernando, y luego en la torre
reedificada, desde fines del siglo XVI. Seguiria á la nueva capilla de
S. Bartolomé la célebre de S. Pablo, propia de la familia de los Godois,
si fuese cierta la aseveracion de un cronista que entre los caballeros y
ricos-hombres que salieron de Córdoba con el infante D. Juan á recibir á
D. Sancho en 1284 reconociéndole por su rey y señor, muerto D. Alfonso
el sabio, nombra al maestre de Santiago D. Pedro Muñiz de Godoy,
añadiendo que _poco despues murió y fué sepultado en su capilla del
apóstol S. Pablo en la santa iglesia catedral_[356]. Con las capillas
de S. Nicolás[357], de S. Benito[358], de S. Vicente[359], de nuestra
Señora de las Nieves[360] y de S. Gil[361], fundacion la primera de un
devoto arcediano de Córdoba que la situó á levante, en el décimoquinto
tramo de la última nave principal, y erigida la de nuestra Señora de las
Nieves por un chantre y dos particulares de quienes no hallamos mencion
particular, los cuales eligieron el octavo tramo de la primera nave
principal al poniente, termina el siglo XIII su casi insignificante
tarea en la mezquita de Córdoba, donde por no innovar demasiado, ó por
no considerarse seguro el arte occidental en una ciudad espuesta todavía
á volver á caer bajo el yugo de los infieles, no realiza la arquitectura
ojival ninguna de aquellas portentosas creaciones que lega en Francia S.
Luis á la admiracion de las edades futuras, y que el mismo S. Fernando
emprende en Burgos y Toledo.

No se muestra realmente en la catedral de Córdoba con su verdadero
carácter la arquitectura de ese gran siglo que de su sola fé sacó tantos
tesoros de gracia, de sublimidad y de fuerza. Pero si su arte no dejó en
ella una fiel estampa, dura al menos en sus tradiciones el sello de
aquel espíritu ardiente y celoso en las cosas divinas, que tan
noblemente supo triunfar de las costumbres é ideas semi-bárbaras y
semi-gentílicas de la edad media. Y es por cierto admirable cómo la
Providencia favorecia las piadosas estratagemas de los hombres de buena
intencion y viva fé. Porque no siempre ocurria implorar proteccion de la
autoridad y de la fuerza contra los escesos y desmanes: esto era á veces
lo mas sencillo: padecian, por ejemplo, la Iglesia y el estado
eclesiástico vejaciones y gravámenes de los ministros reales y hombres
poderosos, porque tomaban violentamente las rentas de los obispados
vacantes y quitaban á los cabildos la libertad en las elecciones de
obispos y beneficiados, imponian tal vez pechos y nuevas cargas á los
prelados, cabildos, abades y clero, contra la inmunidad que debian gozar
por reales privilegios: y todo se remediaba quejándose al rey y
pidiéndole la correccion de los escesos cometidos[362]. Pero ¿cómo
corregir la aspereza de las costumbres? ¿cómo refrenar los fogosos
arranques del puntilloso honor ofendido, en los mismos individuos del
estado eclesiástico, que, avezados á esgrimir el acero en el campo de
batalla, hacian como el Cid _campaña la Iglesia_ al mas ligero viso de
desprecio ó de insulto? Un celoso obispo sin embargo[363] halló un medio
ingenioso para corregir el desacato de las ofensas personales entre
eclesiásticos. Conociendo la ineficacia de las penas puramente
canónicas, imaginó celebrar con el cabildo un Estatuto en virtud del
cual, todo individuo del clero catedral, fuese dignidad, canónigo,
racionero ó medio-racionero, que injuriase á otro en la iglesia, ciudad
ú obispado, tenia que pagar al obispo y al cabildo _un buen y cumplido
yantar_. Este Estatuto, acordado en 5 de marzo de 1298, perseveró hasta
el año de 1366, y aunque nada nos dicen los cronistas cordobeses de los
efectos que produjo, debemos sospechar que no sería ineficaz considerada
la cuantía de la pena pecuniaria que se echaba encima el que se
deslizaba en la via de las ofensas personales, pues ademas de ser en
todos tiempos el bolsillo el mejor fiador de la probidad legal de los
hombres vulgares, era tal el lujo introducido en las mesas en aquella
época, que para que un _yantar_ se reputase _bueno_ y _cumplido_, habia
de costarle al prebendado incurso en semejante pena por lo menos la
renta de medio año. Cuéntase un hecho que pinta muy bien la maravillosa
asistencia que prestaba la divinidad al poder eclesiástico en aquella
época en que la autoridad espiritual era la primera necesidad de las
sociedades: y no queremos pasarlo en silencio. Corria el año 1286, y era
obispo en Córdoba el mismo D. Pascual antes nombrado. «En este tiempo,
refiere un timorato cronista, sucedió en la iglesia catedral el prodigio
siguiente: Acudian muchedumbre de golondrinas á hacer sus nidos en la
santa iglesia, y con sus molestos cantos perturbaban á los ministros de
Jesucristo, al tiempo que se celebraban los oficios divinos. Con sus
escrementos y cosas que traian para fabricar sus nidos, ensuciaban la
iglesia y los altares. Ponian cuidado en quitárselos y derribárselos, y
nada bastaba, porque como la iglesia es tan grande, cuantos remedios se
hacian nada importaban. Para quitar este grande estorbo, no hallaron
otro mas conveniente remedio que acudir á las armas espirituales. Hízose
cabeza de proceso contra ellas, formóse pleito en forma, nombrando parte
para que las defendiese; llegó el tiempo de sentenciarse, y la sentencia
fué: que con censuras fuesen echadas de la iglesia. ¡Cosa rara! Desde el
punto que se les leyó la sentencia, jamás han sido vistas en esta santa
iglesia, siendo sus techos tan á propósito para sus nidos. ¡Oh dichosos
tiempos en que se celaba el ruido que se hacia, porque no perturbase á
los ministros de Dios en los divinos oficios[364]!» Este hecho en sí
parecerá ridículo á los que solo miran la superficie de las cosas:
¡emplear las armas espirituales contra las golondrinas! ¡qué disparate!
Nosotros avanzaremos mas: negaremos el hecho. Pero, aun suponiendo que
esta anécdota sea invencion de algun apasionado de esas inocentes
avecillas, que el vulgo cristiano mira y casi reverencia como piadosos
auxiliares de la compasion del hombre hácia su Redentor clavado en la
cruz y coronado de espinas, de todos modos podrá entenderse como fórmula
de una gran verdad, á saber, que nunca las armas espirituales fueron
desairadas por Dios en la creyente edad media cuando se emplearon en su
honra y acatamiento, y que él mismo inspiró á sus vicegerentes en la
tierra una confianza ciega en la asistencia divina para llevar á cabo
obras que parecian humanamente imposibles, dándoles imperio no ya sobre
los seres racionales, sino tambien sobre los irracionales y sobre la
misma naturaleza inerte. Las colosales obras que llevó á cabo el
décimotercio siglo sin mas elementos que la fé y el amor, su portentosa
cruzada contra los albigenses, su cruzada épica en la Tierra Santa, las
universidades que fundó, los institutos religiosos que vió florecer, las
gigantescas catedrales que vió erigir, los hombres eminentes que vió
descollar, testigos son de esta verdad insigne: el amor divino hace
fecunda la edad media, y un acto de fé de la humanidad concorde basta
para que salga de ella completamente armada la nueva Minerva, asistida
de genios adecuados para todas las artes y ciencias. Son _santos_ todos
estos genios, y no hay mas que decir, porque cada uno de ellos es un
prodigio de abnegacion, de pureza y de amor. Este sentimiento enérgico
es el que los hace grandes; ¡cosa admirable! ¡El siglo en que viven es
un siglo de guerras y de sangre, de licencia y desenfreno, y el culto
puro y delicado de la casta Madre del Verbo se propaga con la doctrina y
el ejemplo del tierno y afectuoso Sto. Domingo, del sublime Sto. Tomás,
del profundo S. Alberto, del seráfico S. Buenaventura, y en pós de ellos
los pueblos, los reyes, los magnates y los siervos caen prosternados
tendiendo los brazos hácia la hermosa Reina del cielo, clara y pura
estrella de la mañana, consuelo de los afligidos! ¡El siglo en que viven
es pobre é ignorante en las cosas materiales, sin recuerdo de las reglas
y teorías de la antigüedad, y el mismo esfuerzo que hace por emanciparse
completamente de la tradicion pagana le conduce á un arte nuevo,
imponente y gigantesco, en que bajo la direccion de genios tan
privilegiados como humildes, tan amantes de la gloria del catolicismo
como de su propia oscuridad, la escultura se convierte toda en espíritu,
sentimiento, espresion, plegaria y dolor, y la arquitectura se eleva
como un himno incesante, como una oracion perpetua, desapareciendo la
piedra bajo la idea, la forma bajo el concepto, la materia ante el
espíritu!

Acercábase á la mitad de su curso el turbulento siglo décimocuarto, y
casi nada se habia labrado de nuevo en la catedral[365]. Las disensiones
civiles ocasionadas por las competencias sobre el gobierno del reino
durante la menor edad de D. Alonso XI, las correrías de Ozmin por el
reino de Córdoba, las talas hechas en el mismo por el rey de Granada,
las pérdidas de varios pueblos y castillos, los crueles escarmientos
ejecutados por el monarca adolescente en los parciales de D. Juan
Manuel, eran causas harto poderosas para que muriesen de inanicion las
artes en la antigua corte de los califas. La inmensa catedral recibia de
vez en cuando en sus escasas capillas los inanimados despojos de los mas
nobles y valerosos caballeros, muertos en deplorables lides intestinas ó
en gloriosas algaradas y defensas contra la morisma; pero no
interrumpian su solemne silencio las tareas de los bulliciosos y alegres
artesanos. Ni resonaban bajo sus espaciosos artesonados los golpes del
cantero, ni se oía ruido alguno de albañiles y carpinteros, á escepcion
de la franca algarabía de los mudéjares rara vez ocupados en los
reparos de la gran fábrica. Desde el año de la terrible muerte del rey
emplazado (1312), seis capellanes venian cada noche á decir su vigilia á
la capilla mayor cabe la regia huesa: como espíritus del otro mundo allí
misteriosamente congregados, deslizábanse silenciosos por las largas y
tenebrosas columnatas, murmuraban su rezo, y volvian á dispersarse.
Todos los años cumplia el cabildo por el mes de setiembre el aniversario
fundado por la aterrada D.ª Constanza; y por espacio de trescientos
sesenta y cinco dias con sus noches, hasta cumplirse el año de la muerte
de D. Fernando, habian constantemente ardido cuatro cirios sobre la
misma sepultura, yendo diariamente el obispo y el cabildo á decir su
responso por el alma del malhadado rey. Memorias fúnebres, ceremonias
lúgubres, ocasiones repetidas de lágrimas y lamentos para los amigos y
deudos, de exaltacion y mayor encono para los enemigos, son casi las
únicas dedicaciones que ocurren en la iglesia mayor hasta el reinado de
D. Enrique el Bastardo. Solo cuatro capillas se edifican en este
desgraciado período, la de _S. Ildefonso_, al poniente, en 1347; la de
_nuestra Señora de la Encarnacion_, al sur, en 1365; la de _S. Pedro_,
tambien al sur, en 1368; y la de _Sancti Spiritus_, al poniente, en
1369. Fundó la de S. Ildefonso el obispo D. Fernando Nuñez de Cabrera,
que tres años despues falleció y fué enterrado en ella, cubriendo su
humilde sepultura una pequeña lápida de mármol blanco que dice así:
_Aquí yace el muy reverendo Sr. D. Fernando de Cabrera, obispo de
Córdoba, que Dios haya_. D. Martin de Argote su sobrino, tambien obispo
de Córdoba, fué enterrado en la misma capilla por los años de 1362, y
yacen sus despojos bajo otra lápida no menos humilde, con inscripcion
igualmente sencilla. Ultimamente, yace asímismo en ella el infeliz Pedro
de Cabrera, á quien mandó degollar el rey D. Pedro el Cruel juntamente
con D. Fernando Alonso Gahete, por haberse pronunciado partidario de la
desgraciada reina D.ª Blanca[366]. La de nuestra Señora de la
Encarnacion fué cedida por el cabildo á Vasco Alfonso de Sousa[367],
caballero portugués de gran cuenta, segun se colige de la curiosa
inscripcion que se conserva en dos arcos al lado de su altar, y que dice
así: _Esta capilla dotó el muy honrado caballero Vasco Alfonso, el cual
vino de Portugal mozo e trújolo D. Juan Alfonso, señor de Alburquerque,
que era su tio, el cual trujo á los reyes, e fué alcalde mayor de
Córdoba, e casó con D.ª María, fija de Gomez Fernandez, señor de
Santofimia: e este Vasco Alfonso fué padre de D.ª Juana, madre del duque
D. Enrique, fijo del rey D. Enrique el primero_ (entiéndase D. Enrique
II el Bastardo), _y este duque está sepultado en una tumba dorada debajo
del arco dorado que está en la capilla del altar mayor, e padre de Diego
Alonso de Sosa, que está sepultado en esta capilla con sus padres, padre
de Juan de Sosa, veinticuatro de Córdoba, el cual es patron y
administrador desta capilla para él e para los que dél descendiesen, el
cual mandó facer esta bóveda de enterramiento, el cual mandó escrebir
aquí esta memoria año del Señor de mil e quatrocientos y ochenta y dos
años, jueves 3 de enero_. La capilla de S. Pedro fué fundada por el
valeroso caballero D. Alonso Fernandez de Montemayor, adelantado mayor
de la frontera, en el magnífico vestíbulo del mihrab que le dió al
efecto el cabildo en reconocimiento de la heróica defensa que hizo de
Córdoba contra los ejércitos combinados de los reyes D. Pedro el Cruel y
Mohamad de Granada. Felizmente al erigir esta capilla para nada se tocó
á su decoracion peregrina: lo único que se hizo fué arrimar el altar á
la fachada del mihrab ó santuario, y destinar sin duda este á sacristía,
adornando los entrepaños de sus paredes con imágenes pintadas, que en
cierto modo es doloroso no se conserven hoy siendo tan escasas en España
las reliquias de la antigua pintura mural cristiana.

El magnánimo fundador yace enterrado en medio de esta capilla, en una
sencilla urna de mármol, en cuyo tablero superior se ve solamente la
banda de Castilla atravesada, entre dos dragantes: armas que tomó su
padre D. Martin Alonso de Córdoba venciendo al rey de Granada en el
memorable sitio de Castro el Rio, en 1333. Cerca de su tumba en una
pequeña lápida se lée un epitáfio que dice: _Aquí yace la noble señora
D.ª Leonor Bocanegra, nieta del adelantado D. Alonso Fernandez, señor de
la casa de Montemayor_.[368] Habia en esta capilla fundadas doce
capellanías, y era su patrono el conde de Alcaudete, de cuyo estado fué
tambien fundador el famoso adelantado. El cabildo concedió á las casas
de los señores de Alcaudete, de Aguilar, de Lucena y de Guadalcázar, del
apellido de Córdoba, y á los descendientes de este glorioso tronco, la
honrosa distincion del _doble de la cepa_,[369] que consiste en hacer
por ellos el doble ó toque de campanas con la principal de la torre, á
la cual acompañan otras tres. Fuéles este privilegio concedido en
conmemoracion de la famosa defensa de Córdoba: cúmpleseles
religiosamente hoy dia; y el viajero advertido que recorre nuestras
antiguas ciudades en busca de recuerdos consoladores, que la moderna
civilizacion no le ofrece en las bulliciosas córtes, al oir el
melancólico y grave tañido que por la desierta ciudad se difunde como
voz que se dirige á las actuales generaciones desde la augusta mansion
del eterno reposo, cree escuchar sentidos y varoniles acentos de
reconvencion de los antiguos héroes de la monarquía castellana, y
bendice la piadosa constancia que nos los conserva y perpetúa, en medio
de un siglo incrédulo y disipado, solo atento á los goces materiales, y
consagrado á pulverizar y entregar al olvido sus venerandos despojos,
sus preciosas memorias, y los saludables documentos de su honor y de su
fé. La capilla de Sancti Spiritus se fundó contigua al vestíbulo de la
antigua catedral por el mediodia, por Diego Fernandez de Córdoba, á
quien cedió ese sitio el cabildo. Luego el primer marqués de Comares,
tercer nieto del Diego Fernandez, la dió á Luis de Angulo, su tio,
veinticuatro de la ciudad, de quien la hubieron los marqueses de
Guadalcázar, sus descendientes. A esta capilla de Sancti Spiritus se
trasladó por los años de 1523 la que con el título de S. Lorenzo habia
fundado en 1298 el arcediano de Castro D. Sebastian Ruiz para su
entierro y el de los señores deanes, y entonces perdió su título
primitivo por el de S. Lorenzo[370].

El año mismo que se fundó esta capilla subió al trono de Castilla el
fratricida D. Enrique, con cuyo advenimiento sosegados los partidos,
recobraron algun aliento las artes. Deseoso este rey de cumplir la
última voluntad de su padre el vencedor de Benamarin, que yacia
depositado en la capilla real de Sevilla, y de darle un enterramiento
digno de su esclarecido renombre, mandó fabricar á espalda de la capilla
mayor, en la misma tribuna árabe que le servia de sacristía, una capilla
real, y resolvió colocar en ella no solamente el cuerpo de su padre D.
Alonso XI, sino tambien el de su abuelo D. Fernando el Emplazado, que
yacía en la capilla mayor, donde lo habia hecho enterrar la reina D.ª
Constanza. No debió ser de larga duracion esta obra, porque lo único que
se hizo fué reformar el cuerpo inferior de la referida cámara,
demoliendo su antigua decoracion de estuco y poniendo en su lugar la que
ahora se observa, que, á pesar del cuidado con que se llevó á cabo esta
restauracion siguiendo el estilo sarraceno, se distingue perfectamente
de la obra morisca por las armas de Castilla y Leon esculpidas entre los
florones de su tracería, y por la misma ejecucion de la labor, menos
concluida y menos brillante que la de los artífices de Almanzor. Serían
probablemente moros mudéjares los que la hicieron, y acaso de los mismos
que tenia la catedral á su disposicion por el privilegio atrás
mencionado. Obra de mero ornato, no tiene importancia sino para el
estudio del gusto de la época, en que, como luego veremos, reinan dos
estilos enteramente opuestos, el del sarraceno conquistado y el del
cristiano conquistador, pero adoptado aquel con preferencia por los que
rigen y gobiernan á la escandalizada gente castellana. Su distribucion
es la siguiente. Hay hácia el medio del lado de levante un arco formado
de bovedillas estalacticias, ligeramente apuntado, de bastante
profundidad, encerrado en una especie de arrabá de estuco dorado
formando ramos bellamente entretejidos. Termina el arrabá ó recuadro por
la parte inferior en una ancha faja, que corre á ambos lados sobre un
alto zócalo de menudo y vistoso alicatado, y entre sus complicados
adornos de relieve se forman círculos que ocupan las armas de Castilla y
Leon. Al lado derecho campea sobre esta misma faja un arco ornamental de
once lóbulos, encerrado en otro arrabá cuajado todo de tracería
relevada, sostenido por dos muy ligeras columnillas entregadas en el
muro. Junto á este hay otro arquito, mucho mas bajo, de siete lóbulos,
tambien ornamental, y sostenido en columnillas del mismo estilo que las
anteriores, llevando encima un escudo con las armas referidas. El lado
izquierdo ofrece igual decoracion, con la sola diferencia de ser dos los
arquitos de siete lóbulos, por tener el lienzo de pared mayor estension
á este lado, y de llevar el mas inmediato al ángulo N-O en vez de escudo
un adorno de menudísimo calado. En la pared de enfrente hay una
distribucion análoga, con un arco central profundo y arquitos figurados
y angrelados á los lados, con columnillas á la manera gótica, en las
cuales se deja ver desde luego que esta decoracion no es de estilo
morisco franco y decidido, sino de un gusto bastardo en que se asocian
elementos heterogéneos, propios de los dos artes oriental y occidental.
En esto quizás, mas bien que la falta de pureza en el arte que
tradicionalmente practicaban los artífices mudéjares, debemos considerar
una concesion hecha por el estilo favorito de la corte al celo
sacerdotal, resentido tal vez, y con razon sobrada, de que se erigiese
una Capilla Real sin contar para nada con el magestuoso estilo del
occidente.

Ejecutada la obra que ligeramente hemos descrito, mandó D. Enrique el
Bastardo trasladar á esta capilla con regia y solemne pompa los cuerpos
de su padre D. Alfonso XI y de su abuelo D. Fernando el Emplazado, que
descansaban, el primero en la capilla real de Sevilla, y el segundo en
la capilla mayor de la misma catedral de Córdoba, donde lo habia hecho
enterrar, segun queda dicho, la reina D.ª Constanza. No sabemos qué
lugar ocuparon los dos regios cadáveres; posible parece que se
destináran á cobijarlos los dos arcos rehundidos que vienen á ocupar el
centro de los dos lienzos de oriente y poniente, donde vemos hoy dos
altares. Ni hemos podido rastrear tampoco qué paradero tuvieron las
arcas de madera en que yacían, y que algun autor supone de talla
preciosa atendido el estado de la escultura en la época en que se
labraron. Las que hoy se conservan dentro de los sepulcros de jaspe que
pocos años há se les dieron en la Colegiata de S. Hipólito, no pueden
ser las primitivas, porque son enteramente lisas y no corresponden ni á
aquellos ilustres personages ni á la costumbre de aquellos tiempos.
Volvamos al carácter de la obra de D. Enrique.

Sorprende en verdad que teniendo España en el siglo XIV una arquitectura
tan bella, tan gallarda, tan cristiana en su fisonomía como la gótica
del segundo período, fuese ese rey á servirse de la sarracena para
labrar la capilla real de Córdoba; pero si bien lo consideramos, este
hecho nada tiene de estraño. La aficion á las ideas y costumbres
islamitas no es como vulgarmente se cree carácter distintivo y peculiar
de aquel otro rey tirano á quien motejó de renegado su pueblo porque le
vió dado á la poligamia, inclinado á sangrientas venganzas, acompañado
siempre de una escolta de moros granadinos, y viviendo en un alcázar de
voluptuosa y oriental decoracion como la Alhambra. No es solo D. Pedro
el que prefiere la cultura morisca á la cristiana. En la fisonomía
particular del siglo XIV es una faccion muy principal la divergencia
entre las ideas nacionales ó populares ó las ideas de la corte, y este
antagonismo se observa mas marcado en España que en ningun otro pais. En
el siglo que inaugura la era moderna es biforme entre nosotros la
espresion de todas las grandes ideas sociales: la religion, la política,
la literatura, el arte, se formulan de dos maneras enteramente opuestas
en la corte y entre el pueblo: fórmula nacional y popular, católica,
esclusista y celosa por un lado; fórmula de corte y gabinete,
filosófica, reformista, incrédula, tolerante y sin celo, por el otro. La
corte y el pueblo piensa en todo de distinto modo: la corte es escéptica
y el pueblo es creyente; la corte transige con los dos implacables y
constantes enemigos del cristianismo, los pueblos mahometano y judáico,
y la nacion anhela su completo esterminio; la política de la corte
ajusta paces con el rey de Granada para mover guerra al de Aragon, y la
política nacional abandona al renegado á su descabellado empeño
protestando de todas las maneras posibles contra la violencia que
padece; la corte ama una literatura impregnada de sensualismo y un arte
seductor y pagano, y la nacion prefiere la nervuda y varonil literatura
de sus romances y el arte austero, místico y sombrío, florecido á la
sombra de los claustros.

Tampoco debemos sorprendernos de hallar en muchas construcciones de los
siglos XIV y XV la amalgama de los dos artes gótico y sarraceno. Las
artes, por lo que tienen de práctico y consuetudinario, se prestan á la
fusion de los mas opuestos caractéres; no son como las teorías
abstractas, entre las cuales puede haber antagonismo perpétuo sin
tentativas de aproximacion y concordia; y dos estilos arquitectónicos,
en su razon filosófica contrarios, apenas pueden coexistir sin una
recíproca inoculacion de formas. Así como el famoso alcaide de
Antequera[371] no dejaba de ser el terror de los agarenos por
presentarse en las lides _tocado á la morisca_, del mismo modo podia ser
cristiana la idea que motivaba la construccion de que vamos tratando, á
pesar de ser pagano el estilo en que se realizaba. La clase sacerdotal
sin embargo, mas unida en sus tendencias con la masa nacional que con la
corte, repugnaba estos recuerdos de cultura profana. Era el monarca el
que costeaba la obra y habia que aceptarla tal como se le daba; pero
siempre que el clero podia obrar con independencia, imponia como cánon
para las construcciones sagradas la severa y magestuosa forma ojival,
verdadero emblema de sus pasados triunfos. La arquitectura oriental en
la España reconquistada aparece pues dominadora y esclusiva en las
principales construcciones palatinas; en las religiosas, menos exigente,
tiende á combinarse con el estilo occidental, produciendo un estilo
híbrida; solo las fábricas propiamente monásticas la escluyen
completamente. Pero el estilo popular y el de la corte luchan en el
terreno del arte como en el de la política, en el de la religion y en el
de la literatura, hasta que en la gran contienda queda por fin el
principio espiritualista vencido en el siglo del _renacimiento_. Esto
hace que en las antiguas ciudades de Andalucía, donde la larga práctica
del pais favorece la conservacion del estilo oriental, y donde por
consiguiente es mas interesante y empeñada la lucha, sea mas dificil que
en el resto de la monarquía distinguir y caracterizar las diversas
épocas del arte monumental.

Solo en los tiempos de fé incontaminada y pura toma el arte aquel
carácter decidido y significativo que revela claramente á primera vista
la idea que le ha dado el ser. Pero ¿cómo prometerse semejante carácter
de pureza del arte de unos tiempos como aquellos en que manchaban el
solio de S. Fernando el concubinato, la tiranía, el fratricidio, la
disipacion, la impotencia, y desdoraban los timbres de los mas ilustres
linages la venalidad, la adulacion, la traicion, el lenocinio? El siglo
en que comienza para Europa la era de la division y del individualismo,
en que al grandioso pensamiento que llevó á S. Luis á morir en las
playas africanas, en defensa comun de la cristiandad, se sustituye la
mezquina política de rivalidades que termina en el sistema moderno del
equilibrio europeo; el siglo en que la humanidad, poseida de un vértigo
de independencia, rompe el áureo lazo de la fraternidad y unidad
católica y se entrega al inmoderado ejercicio de sus facultades
aisladas, no es siglo en que puede aspirar á grandes creaciones un arte
como la arquitectura, que há menester mas que otro alguno de esfuerzos
colectivos y de unidad de pensamiento. En España, ya lo hemos dicho, la
nacion y el gobierno siguen sistemas opuestos en política, en
literatura, en artes: D. Juan I, D. Enrique III, D. Juan II, D. Enrique
IV, que suceden á los dos hermanos enemigos D. Pedro y D. Enrique el
Bastardo, en cuyos reinados se marca mas particularmente el apego de la
corte á las costumbres y artes islamitas, erigen es cierto monumentos
religiosos muy notables en que brilla el sistema occidental denominado
_gótico_; pero para sus alcázares y construcciones palacianas prefieren
la arquitectura oriental. El mismo estilo gótico de estos tiempos se
muestra en visible decadencia, comparado con el sistema imponente,
augusto, sacerdotal y solemne de la época de S. Luis y S. Fernando, y
hasta la gala y riqueza de que aparece sobrecargado es seguro indicio de
que el antes sencillo y grave hijo del claustro se ha vuelto jactancioso
y presumido en el roce de la corte. El mundo europeo, insensible á las
cuestiones de causa comun, mal puede interesarse en el progreso de un
arte que nació y creció comun. La grande época de la arquitectura
occidental es el siglo XIII: los dos siglos que le siguen se consumen en
esfuerzos estériles, en agitaciones infecundas, en tentativas ilusorias,
contradictorias entre sí, sin carácter, sin plan, sin forma, en que todo
es indeciso é imprevisto. La época que media desde la última cruzada
hasta el descubrimiento del nuevo mundo es época de confusion y caos, en
cuyo fondo sin embargo duerme el sueño de la gestacion el mundo moderno.
Es por consiguiente de transicion el período que el arte va recorriendo
en todas las naciones europeas desde los tiempos del rey santo, y del
mismo modo que en el orbe político se van lentamente formando las
diversas nacionalidades, en el orbe artístico van pronunciándose
gradualmente las diversas fisonomías monumentales de las córtes ó
centros de gobierno, que sólidamente se constituyen y engrandecen á
costa del sistema general, católico y popular.

En una cosa convienen sin embargo todos los nuevos sistemas nacionales,
y es en la ausencia del carácter religioso. El interés religioso es en
este período de transicion el mas postergado por las naciones
cristianas, y la católica España, si no pierde de vista completamente
los deberes que su fé le impone, parece al menos no curarse de ellos
sino de tarde en tarde, cuando puede utilizarlos como derechos en pró de
su ambicion particular.

Este período interesante y trabajoso de la formacion de las
nacionalidades y su emancipacion del centro religioso, que abraza los
dos siglos XIV y XV, merecia un estudio especial á que no presta campo
la historia del monumento que estamos describiendo. Pero conviene no
perder de vista el espíritu de esta época singular, tan dramática en sus
diversas escenas, tan fatal por la uniformidad con que se cumplen los
designios de la Providencia en todas las naciones europeas á un mismo
tiempo, para saber apreciar los esfuerzos aislados de un arte que,
estraño ya al poderoso resorte de la civilizacion religiosa, tiende á
formularse de una manera local como los idiomas, como las costumbres,
como las legislaciones, á medida que el sentimiento nacional se exalta y
el individualismo político triunfa á costa de mil sangrientas batallas.
A la unidad ha sucedido la diversidad en la Europa toda: al sentimiento
religioso el sentimiento patriótico: decaen las enseñanzas de la escuela
católica, y empieza á surgir el racionalismo en los nebulosos cerebros
de Juan de Paris y Guillermo de Occam; ocupan los reformadores la brecha
abierta por los racionalistas, y á los atrevidos vuelos de la teología
se sustituyen las maravillas de la física, alternando con los delirios
de la alquimia y de la astrología. Arnaldo de Villanueva, Raimundo
Lulio, Rogerio Bacon, Pedro de Ailly, degradan su elevada inteligencia
por penetrar los misterios de las ciencias ocultas; las universidades,
obsequiosas con la ambicion de los príncipes, empiezan á combatir con
los recuerdos de Roma antigua la supremacía de la Santa Sede, tomando
parte en la deposicion de los pontífices, exagerando las regalías,
dejando perder la escolástica y abandonando el cetro de la ciencia, que
hasta entonces con tanta dignidad habian llevado, por mezclarse en las
contiendas de los reyes con la Iglesia. Fórmanse las literaturas
nacionales: la clásica pagana, infecta de libertinage y seductora por su
belleza, se va restaurando á medida que el comercio del Bósforo reune
sus dispersos fragmentos y que las galeras bizantinas depositan en
Italia á los intérpretes prófugos de la antigua cultura. Las deleitosas
formas de la poesía gentílica van cautivando los corazones, y todos en
las córtes de los príncipes pugnan por desterrar el rústico y severo
atavío de la inesperta musa cristiana. Mientras Juan de Mena, Juan de la
Encina y Guevara continúan en España el impulso pedantesco y mitológico
de D. Enrique de Villena y su discípulo el marqués de Santillana, la
poesía cristiana y pura se refugia en las obras religiosas de Fernan
Perez de Guzman. Así las literaturas nacionales, desfloradas en su cuna
por innumerables legiones de poetas materialistas que invaden las
regiones del mediodia de Europa, la Italia, la Provenza, el Condado de
Barcelona, Aragon y Castilla, arrastrando como bagage la artificiosa
insipiencia y los afectados suspiros del coro de Helicona, fomentan la
general corrupcion de las costumbres. A este renacimiento de las ideas,
de la enseñanza y de la literatura paganas, se agregan las heregías y el
cisma para acabar con la supremacía espiritual de la Iglesia. El cisma,
inaugurado por la ambicion de los príncipes y por la arrogancia de los
pueblos, se perpetúa por la malhadada intervencion de las iglesias
nacionales. La heregía, armada é impetuosa al abrigo de los magnates
codiciosos, truena por boca de Wiklef, de Juan de Huss y de Gerónimo de
Praga, y conquista cómplices en todos los Estados. Fuerza es confesarlo,
aunque con dolor profundo: todo contribuía al progreso de las ideas
reformadoras. La disciplina eclesiástica estaba relajada; los altos
dignatarios daban muy funesto ejemplo; las cosas santas no eran ya
respetadas; en las relaciones internacionales habia sucedido á la
sinceridad y franqueza la diplomacia; desaparecian lentamente las
gerarquías sociales; violábase la fé del juramento, grande y solemne
garantía de la edad media; el interés personal, el egoismo, eran la
norma de los pueblos y de los reyes; todos estos elementos de disolucion
reunidos minaban el órden social, y anunciaban grandes catástrofes. Dios
de vez en cuando amonestaba á la Europa prevaricadora con tremendos
castigos. Solo en la segunda mitad del siglo XIV visitó cuatro veces la
escuálida y mortífera peste la floreciente region de Andalucía: la
primera vez hizo presa real matando sobre Gibraltar al orgulloso
vencedor de Benamarin; las otras tres produjo tan grande mortandad, que
para repoblar el reino yermo de gente, fué preciso revocar en el año
1400 la ley antigua que prohibia á las mujeres contraer nuevas nupcias
antes de cumplir el año de viudez. No crecía menos amenazante como
castigo de la Europa pervertida la barbarie otomana. El imperio
Tártaro-Mongol, perseguidor del islamismo, que por mano del formidable
Genghiz-Khan habia desgarrado las páginas del libro de Mahoma, y que
habia coadyuvado á la grande obra de los cruzados de Occidente,
abandonaba los destinos del mundo oriental. En vano el horrible
Tamorlan, semejante á un lúgubre metéoro, azotando al orbe incrédulo á
diestro y siniestro, desde Samarcanda hasta Delhy, y desde Moscovia
hasta la China, cubre los páramos del Asia de ruinas y de sangre; los
batallones turcos bajan de la region de los _Lobos_ como los aludes que
se desprenden de las montañas de nieve, y sojuzgan brevemente la Persia,
el Asia menor, el Asia central. La raza invencible de los hijos de
Othman se precipita sobre Constantinopla, y dispersa por toda la
cristiandad sus ricos despojos. Los pueblos heróicos de la Hungría y de
la Albania, aunque nuevos en el gremio del cristianismo, se aprestan á
repeler á las impetuosas hordas turcas; y entre tanto ¡oh vergüenza!
¡una de las naciones primogénitas de la Iglesia, muellemente adormecida
al son de las zambras moriscas, no se cuida de cerrarles la via al
corazon de Europa por el califato granadino! ¿Qué hubiera sido de la
monarquía española, qué del catolicismo entero, si los sucesores de D.
Pedro, de los Juanes y de los Enriques, hubiesen seguido la funesta
política de aquellos, y no hubieran producido Castilla y Aragon primero,
luego España y Alemania de consuno, reyes que hiciesen frente á las
pujantes embestidas del otomano, triunfante en Belgrado y en Rodas,
jactancioso en Viena, tremebundo en Lepanto?

Hemos procurado abarcar con una rápida ojeada la vida pública de las
sociedades europeas en un espacio de dos siglos. Bastan estos ligeros
trazos para delinear el triste fondo sobre que figuran las obras
artísticas del período indicado. Con este tracto del siglo XIV al primer
tercio del XVI coincide próximamente la historia de la catedral de
Córdoba desde la obra de la Capilla Real hasta la ereccion del nuevo y
grandioso crucero.

Conocida la época en general, la correspondencia entre las ideas y los
hechos tiene que resultar forzosamente. Estos hechos, públicos y
privados, constituyen la historia civil y religiosa, política, militar,
legislativa, administrativa: historia de las creencias, de la ciencia,
del arte, de la literatura, de todo lo que tiene vida y accion en el
cuerpo social, su inteligencia y sus pasiones. Los hechos del arte son
los que narramos, y solo para darles vida, color y voz, los colocamos
sobre el campo de las ideas y costumbres. Últimamente, nuestra tarea
ahora se circunscribe al arte en un monumento determinado, y por la
misma razon le conviene al lector, si es posible, evocar todos los
recuerdos notables de la historia de este monumento[372]:

Podemos ya limitarnos á una rápida reseña cronológica de las obras
ejecutadas en la catedral durante el período referido.

En el año 1377 fué restaurada la puerta principal del recinto esterior
de la mezquita, llamada _del Perdon_. De esta obra, hecha segun el
estilo árabe-africano, tan grato á la corte en tiempo de los Enriques,
hablaremos detenidamente al tratar de la decoracion mixta de otras
puertas.

Capilla de _S. Agustin_. La fundaron Ruy Gonzalez Mesia, comendador de
Segura en la órden de Santiago, y su mujer D.ª Leonor Carrillo por los
años de 1384, arrimada al muro de poniente, ocupando los dos tramos
cuarto y quinto de la primera nave principal. En la pared que cierra
esta capilla por el lado de mediodia se ve al esterior un arco árabe con
inscripcion al rededor y muy delicadas labores, ya casi borradas con
las repetidas enjalbegaduras á que son por desgracia tan aficionados los
andaluces de nuestros tiempos. Creemos este arco resto de la primitiva
fábrica de la capilla.

Capilla de _S. Antonio Abad_. Fué fundada en 1385 por Ruy Fernandez de
Córdoba, hermano de D. Gonzalo, primer señor de Aguilar, en la misma
nave principal que la anterior y contra el mismo muro, ocupando los
tramos catorce y quince. Yacen en ella el célebre veinticuatro Fernando
Alonso de Córdoba, primer señor de Belmonte, y su segunda mujer D.ª
Constanza de Baeza y Haro.

Capilla de _la Cena_. Es la primera á levante de las tres cámaras que
constituían en tiempo de los árabes el vestíbulo del _Mihrab_, y fué
Sagrario desde la reconquista hasta el año de 1583 en que se acabó el
que hay hoy. En 1393 á 7 de febrero dió el cabildo la propiedad de esta
capilla á D. Diego Gutierrez de los Rios, señor de Fernan Nuñez.

Capilla de _Sta. Úrsula_ ó de las _Once mil Vírgenes_. La fundó en 1398
el Dr. D. Miguel Bermudez, racionero de la santa iglesia, por donacion
del cabildo, arrimada al muro del norte, en el tramo primero de la
décimosexta nave principal, pagando la fiesta á las Once mil Vírgenes el
obispo Gonzalez Deza.

[Illustration: _Dibº. del nat.l y litª. por F. J. Parcerisa Lit. de
J. Donon, Madrid._

PUERTA DEL PERDON.

(_Catedral de Córdova._)]

Capilla de _S. Acacio_. Fué fundada por el obispo D. Fernando Gonzalez
Deza en el año 1400, junto al muro de poniente, mas abajo de la de S.
Antonio Abad, ocupando otros dos tramos de la misma nave principal, y
dejando entre ambas un espacio igual. El fundador fué enterrado en ella.
Su sobrino el piadoso chantre D. Fernando Ruiz de Aguayo la mejoró, y
trasladó á ella los cuerpos de su madre y hermanas que yacian en la
capilla de las _Once mil Vírgenes_, dotando en febrero de 1460 doce
memorias por las ánimas de su tio, de sus padres y hermanos, que se
habian de cumplir sobre la sepultura de dicho señor obispo. En esta
capilla se venera una devota imágen de _Ecce Homo_ que el fundador trajo
de Roma. De aquí, segun algunos, el llamarse comunmente esta capilla _de
la Sangre_; pero hay quien escribe que es debida esta advocacion á un
triste caso de tremenda profanacion ocurrido por los años de 1482 con el
tesorero de la catedral D. Pedro Fernandez de Alcaudete, que habiendo
escondido en el Sacrificio la Hostia Sacramentada en un zapato, fué
sorprendido en este abominable delito por el rastro de sangre que dejó
su pié en dicha capilla.

Capilla de _S. Antonio de Pádua_. Es fundacion de Alonso Fernandez de
Córdoba, quien la labró en el año 1400, contra el muro de levante, en el
cuarto tramo de la última nave principal, ocupando parte de los dos
tramos adyacentes. En 1532 la dotó D.ª Beatriz de Sotomayor, su patrona.

Terminan con esta capilla las obras ejecutadas durante el siglo XIV
dentro del templo. Tambien al esterior dejó su huella el arte morisco
bastardo, tan grato á los Enriques, con la reforma que el segundo de
este nombre mandó ejecutar en la puerta llamada _del Perdon_, que es la
entrada principal al _patio de los Naranjos_. Debió entonces variarse
mucho de como habia estado desde el tiempo de los árabes. Dejando su
forma al arco primitivo de herradura, se le adornó de menudas y
delicadas labores de estuco, esculpiendo en los lados los escudos de
Castilla y Leon; y sobre el grande arco labraron otros cinco pequeños,
ornamentales y trebolados, sostenidos por seis columnas de seis piés de
altura, formando cinco nichos en que se pintaron al fresco otras tantas
imágenes. Esta galana y sencilla decoracion superior varió mucho en los
tiempos posteriores. Eran las seis columnas referidas de finísima
turquesa, segun testimonio del concienzudo Ambrosio de Morales;
singularidad que merece notarse por la dificultad de hallar piezas de
turquesa de tan grandes dimensiones, lo cual haria creer que estas
columnas se trajeron de muy lejos, de Grecia tal vez, ó del Oriente,
donde han solido hallarse masas voluminosas de dicha sustancia. Al
rededor del arco principal se léen estas dos inscripciones en hermoso
carácter gótico: «_Dias dos del mes de marzo de la era del César de mil
et quatrocientos et quince años, reinante el muy alto et poderoso D.
Enrique, rey de Castilla._» «_Visita quæsumus Domine habitationem istam
et omnes insidias enemici ab ea longe repelle, et angeli tui habitantes
in ea nos in pace custodiant et benedictio tua._» Las hojas de esta
puerta, obra de la misma época, aunque posteriormente restauradas, estan
chapadas de láminas de bronce primorosamente trabajado, formando
artesoncillos relevados de figura exágona irregular que componen una
ingeniosa labor. Sus aldabones figuran una cinta enlazada con florones
enmedio, y en ella esta letra: _Benedictus Dominus Deus Israel_. Esta
puerta, llamada _del Perdon_ por las indulgencias que en ella se
ganaban, conduce á un vestíbulo magestuoso de bóveda esférica sostenida
en arcos, y de este vestíbulo se baja al patio de los Naranjos por nueve
espaciosas gradas de jaspe azul, modernamente labradas.

Continuemos la reseña de las obras interiores en el siglo XV.

Capilla de la _Santísima Trinidad_. Se formó entre las dos capillas de
S. Antonio Abad y de S. Acacio, costeándola en 1401 Fernan Ruiz de
Aguayo y María García, su mujer, señores de los Galapagares. En ella
está enterrado un caballero de la familia de Aguayo y Manrique, que
siendo marqués de Santaella y señor de Villaverde y los Galapagares,
despreciando las vanidades y honores mundanos, se retiró al desierto y
ermitas de la Sierra de Córdoba, donde vivió santamente con el nombre de
Juan de Dios de S. Antonino, y murió en olor de santidad siendo allí
hermano mayor, en febrero de 1788. Hubo en esta capilla un monumento
curioso de la dominacion sarracena. Eran dos piedras que cubrian una
sepultura, las cuales por la cara interior tenian grabada una larga
inscripcion cúfica, denotando haber servido de losas en un sepulcro
donde se habian mandado enterrar juntos dos jóvenes guerreros, que
habian sucumbido peleando contra los cristianos en el año 345 de la
Egira, bajo el califato de Abde-r-rahman An-nasír. El orientalista D.
Miguel Casiri tradujo y anotó esta inscripcion, dando algunas noticias
interesantes sobre la lengua africana mixta de árabe en que está
concebida.

Capilla de _S. Simon y S. Judas_. Fué labrada á espensas de Ruy Mendez
de Sotomayor y su mujer D.ª Leonor Sanchez de Cárdenas, en el sitio que
les dió al efecto el cabildo en 9 de diciembre de 1401, contiguo al
primitivo bautisterio por el lado del norte, contra el muro de poniente
de la iglesia, ocupando los dos tramos noveno y décimo de la primera
nave principal.

Capilla de _S. Matías_. Hoy bautisterio. La erigió en 19 de marzo de
1411, contra el muro de levante y en los tramos doce y trece de la
última nave principal, acupando parte de las adyacentes, el canónigo y
arcediano D. Gonzalo Venegas. Dícese que esta capilla quedó desierta por
_cierto acontecimiento que ocurrió en ella_, si bien no nos refiere qué
acontecimiento fué el autor de quien tomamos esta noticia; y en 1679 la
pidió al cabildo para trasladar á ella la pila bautismal, D. Fr. Alonso
de Salizanes. Entonces las memorias de la capilla de S. Matías fueron
trasladadas por el cabildo á la _del Punto_.

Capilla de _Sta. Ana_. Se labró junto á la anterior por el lado del
norte: fué su fundador y la dotó el racionero Gaspar de Ganza en 1470.
Tiene dos lápidas de jaspe azul colocadas en 1.º de agosto de 1622 y
dedicadas por el Dr. Cristóbal de Mesa Cortés, canónigo é inquisidor de
Córdoba y el racionero Andrés de Mesa, su hermano, á la memoria del
caballero D. Andrés de Mesa, del hábito de Santiago y gobernador de
Puerto Hércules en Toscana, su tio, sepultado en esta capilla, y á la
del pontífice Gregorio XIII, protector de los mismos.

Capilla de _S. Antonino_. La reedificó el canónigo Diego Sanchez de
Castro en el año 1497, y no se sabe quién la fundó. Su situacion es
contigua á la de Sta. Inés, contra el muro de mediodia, en los dos
tramos últimos de la undécima nave principal.

Capilla de los _Stos. Acisclo y Victoria_. No se sabe con seguridad la
época en que se fundó; pero debió ser ciertamente antes de espirar el
décimoquinto siglo, porque en los primeros años del XVI estaba ya
ruinosa. Se labró en los tramos treinta y treinta y uno de la última
nave principal, arrimada al muro de oriente, entre el postigo del
Sagrario y la puerta de Jerusalen hoy tapiada.

Vemos que la brillante centuria que hizo florecer en todas las ciudades
de España la última trasmutacion del estilo llamado gótico, nada notable
dejó dentro de la catedral de Córdoba. Los estilos en las artes tienen
como las plantas sus estaciones, sus épocas de crecimiento y
florescencia; pero á ninguno se puede con mas propiedad aplicar esta
similitud con las vicisitudes del desarrollo vegetal, que al estilo
gótico arquitectónico, pues de tal manera se advierte la riqueza de
hojas y flores de su forma terciaria apuntar en la ornamentacion de la
forma secundaria, y esta insinuarse en la primaria, que no parece la
decoracion gótica sino un compuesto de tallos, que durante la primera
época contornan sencillamente la estructura ojival, durante la segunda
se llenan de brotones y capullos, y en la tercera se cuajan de hojas y
flores, torciendo con su peso la direccion de los vástagos, y hasta
albergando en ellos caprichosos seres animados. Pues este rico y
exuberante estilo, que cubrió de frondas de piedra los botareles y
pináculos de nuestras antiguas ciudades, é hizo que, trasformadas las
puertas y ventanas y cornisas y postes de los edificios en glorietas de
florecidas enramadas, acudieran á alojarse en ellas ángeles y pájaros, y
jimios, y animalillos de fantásticas formas; este estilo, repetimos, no
visitó con su magnífica si bien decadente pompa el interior del gran
templo cordobés; solo en su átrio dejó una ligera huella. En el siglo
XV, en efecto, debieron construirse los machones que sirven de refuerzo
en los dos pórticos de oriente y occidente, y que cortan ambas arquerías
árabes en tres crujías de á tres arcos cada una; la mayor parte de la
cornisa que sostiene el alero, en que solo se conservan á trechos
algunos canes ó modillones de la fábrica primitiva, alternando con las
molduras del estilo ojival; y por último las repisas del mismo estilo
que sostienen las canales de desagüe de los estribos, entre las cuales
se distinguen tres preciosas gárgolas de ingeniosa forma, y sobre todo,
un ángel que sirve de ménsula, con las rodillas dobladas y las manos
juntas, tan bello por su espresion y por el estilo de su ropage, que á
no estar en aquel silencioso y místico paraiso del _patio de los
Naranjos_, donde parece imposible se hagan sentir jamás las inclemencias
del invierno, causaria lástima verlo espuesto á la accion destructora de
las brumas y las nieves. Linda creacion de un genio ignorado, ó quizás
de un mero artífice rutinero, ¡cuánta animacion dás tú á ese humilde
rincon en que nadie repara, y cuánto hablas al alma del viajero
creyente, que así como suele encontrar los destellos de la virtud en los
mas pobres hogares, halla á veces las perlas del arte en los olvidados
escondrijos, donde solo las acompañan las sencillas aves y los aromas de
las silvestres flores!

[Illustration: Dibdo del nat.al y lit.do por F X Parcerisa Lit
de J J Martinez Madrid

PATIO DE LA CATEDRAL.

(Cordoba.)]

Capilla de _S. Ambrosio_. Fué fundada y dotada por D. Juan Ruiz de
Córdoba, maestrescuela de la catedral, el año 1501, contigua á la de S.
Agustin en los tramos segundo y tercero de la primera nave principal.

A esta capilla sigue en antigüedad la de Sta. Cruz de Jerusalen; pero
antes debemos hacer mencion de otras obras ejecutadas por estos años. En
1507 se abrieron en la catedral dos puertas nuevas, una en el muro de
poniente para que el obispo pudiese mas cómodamente ir y volver á su
palacio, y otra junto á la fuente que llaman del _Caño gordo_ en el muro
septentrional del patio de los Naranjos. En 1510 el dean D. Fernando del
Pozo pidió al cabildo la capilla de los Stos. patronos de Córdoba
Acisclo y Victoria, que estaba arruinada, para reedificarla: el cabildo
se la concedió, y despues de reparada fundó el espresado dean en ella
dos capellanías y una sacristía, dejando al cabildo el patronato de
ellas por testamento que otorgó el año 1517.--En 1512 reedificaron los
descendientes de D. Pedro Muñiz de Godoy por intimacion del cabildo la
capilla de S. Pablo, que tambien amenazaba ruina. Pero de estas obras es
sin duda la mas notable la de las puertas. Ofrece en su ornamentacion la
del muro de poniente, frontera al palacio obispal y última en el
referido muro bajando de norte á mediodia, una preciosa combinacion de
los dos estilos morisco y gótico florido. La archivolta del arco de
herradura está adornada de arquitos de tracería trebolada que forman en
la caidas graciosas flores de lis. El dintel es árabe, de dovelas rojas
y blancas: las rojas de mosáico de ladrillo á manera de alicatado; las
blancas con labores de estuco realzadas formando flores bizantinas. No
es esta la única puerta que merece citarse por la galanura del estilo
mixto gótico-sarraceno; otra hay en el mismo muro de poniente en que el
arrabá, convertido en ligero recuadro de cañas, se entrelaza con las
molduras que perfilan las archivolta ultra-semicircular produciendo
bellísimo efecto. De esta manera, el ancho recuadro de orígen oriental
en que está inscrito el arco, pierde la pesadez que ofrece faltando el
afiligranado de su fondo, y esplica perfectamente la procedencia del
elegante lambel que suele encerrar el arco del décimoquinto siglo, y que
es uno de los mas característicos y graciosos ornamentos del gótico
florido.

Capilla de _Sta. Cruz de Jerusalen_. Se labró segun unos el año 1517 en
el sitio de la antigua puerta de Jerusalen, que cerró el cabildo dicho
año cuando hizo la estantería para colocar la numerosa librería que le
habia legado el obispo D. Martin Fernandez de Angulo. Segun otros no se
fundó hasta el año de 1578, en que se mudó la librería al lugar que hoy
ocupa en los cuartos altos. De todas maneras la puerta de Jerusalen, que
es la primera del muro de levante, subiendo de mediodia á norte, se
tapió en el siglo XVI, bien para hacer esta capilla, bien para colocar
la referida estantería, segun parece colegirse del acuerdo del cabildo
de 7 de enero de 1517 en que se mandó: que _la librería que agora se
hace en la capilla de Santiago, vaya continuando... hasta dar en el
adarve de la iglesia, que es enmedio de la puerta que dicen de
Hierusalem_.

Capilla _antigua de la Concepcion_. Se hizo en 1521, siendo su fundador
el canónigo Cristóbal de Mesa, en el tramo veintidos de la última nave
principal.

Así veinte y ocho capillas de fábrica modesta, en que alternaban los
estilos gótico y sarraceno marcando las vicisitudes del arte desde el
tiempo de S. Fernando hasta el de Cárlos I; todas ellas arrimadas á los
muros maestros de la gran mezquita, una sola al norte, nueve al
mediodia, nueve á levante, y nueve á poniente; unos cuantos altares en
los postes; una humilde iglesia de arquitectura ojival primaria, de una
sola nave, aunque elevada y gallarda, enclavada hácia una de las
estremidades del inmenso bosque de columnas del templo islamita, cuya
capilla mayor tenia á la espalda una Capilla Real de peregrina
decoracion africana, seguida de otra capilla de pertenencia particular;
una gran puerta de forma oriental; otras menores de estilo
gótico-sarraceno, y finalmente un átrio con pórticos árabes ataviados en
parte con la decoracion del sistema ojival terciario, completaban por
los años de 1522 el conjunto del insigne y heterogéneo monumento
cordobés, en el cual el arte occidental, tan magestuoso y soberbio en
otras ciudades, figuraba aun como un huésped tímido y encogido de su
émulo y predecesor, ya de toda Europa desterrado. ¿Por qué no habia de
ocupar el templo cristiano su lugar correspondiente implantándose
triunfante en el centro mismo de aquella gran selva silenciosa y muda y
despoblada de altares? ¿Por qué no habia de descollar por encima de su
estensa y rasa techumbre la emblemática mole de cuatro brazos, empinando
hasta las nubes su cimborio la gloriosa enseña de la redencion del
mundo? Este fué sin duda el pensamiento que animó al digno obispo D.
Alonso Manrique al proponer al cabildo la construccion de un nuevo coro
con su capilla mayor y crucero en el centro mismo de la mezquita. La
idea fué buena, por mas que en nuestros dias sea moda censurarla
afectando tal vez mas amor al arte del que se tiene: porque ni á un
obispo le es permitido postergar el interés religioso al interés
arqueológico, ni es probable que la suntuosa Aljama de los Umeyas
hubiese subsistido contra los embates del tiempo, del fanatismo, y del
esclusivismo artístico de algunas épocas pasadas, á no hallarse bajo la
egida del culto católico, que, aun en los dias de mayor intolerancia y
barbarie, solo ha consentido se alterase una parte mínima de sus
bellezas. Lo que mas debemos deplorar á fuer de amantes de las artes, no
es que la nueva catedral haya venido á interrumpir en el centro de la
mezquita la monótona repeticion de sus interminables arquerías, sino que
la idea de erigir el gran monumento cristiano no hubiese ocurrido un
siglo ó siglo y medio antes que el arte ojival llegase á su decrepitud.
«No pareció bien á nuestro prelado D. Alonso, dice un acreditado
historiador cordobés, que estuviese el coro á un lado de la iglesia; y
así propuso en cabildo el chantre y provisor D. Pedro Ponce á 22 de
julio de 1521, que la voluntad del señor obispo era que el coro de esta
iglesia se hiciese en el altar de Sta. Catalina, porque venia en compás
en medio de la iglesia, y que estaria mejor que no donde agora estaba
por ser al rincon de la iglesia, y que queria inviar por maestros de
cantería, para lo facer con su consejo, y que el cabildo viese y
diputase personas para que entendiesen en ello. Este gran intento se
pensó y consideró muy despacio, y últimamente se resolvió emprender obra
tan suntuosa y costosa como se ve; y así en setiembre del año de 23 tuvo
principio el crucero, que en cien años no se pudo acabar. Viendo la
ciudad la obra empezada, hizo un requerimiento al cabildo, sábado 2 de
mayo, ante Antonio de Toro, escribano público, _sobre el edificio nuevo
que en esta iglesia se face del altar mayor, y coro, y entre coro; con
que se pretendió estorbar_. Siempre las obras grandes padecen varios y
opuestos dictámenes para emprenderse. La ciudad pretendia conservar la
antigüedad y fábrica particular que no habia en otra parte. El obispo y
cabildo solicitaban hacer un crucero magestuoso aunque pereciese parte
de lo antiguo. Subió esta contienda al emperador, y decidió que se
hiciese la obra; pero habiendo venido á Córdoba, y visto la iglesia año
de 1526, dijo: _Yo no sabia que era esto; pues no hubiera permitido que
se llegase á lo antiguo; porque haceis lo que puede haber en otras
partes, y habeis deshecho lo que era singular en el mundo._» Si el César
hubiese podido prever la infeliz suerte que los siglos posteriores
tenian reservada á tantos preciosos monumentos de la España musulmana y
cristiana, hoy reducidos á polvo por no haberlos protegido una idea
poderosa, cualquiera que fuese, de seguro no habria desconocido la
conveniencia de la obra que estaba llevando á cabo el cabildo de
Córdoba, conservador inadvertido é involuntario del arábigo edificio,
puesto que el sacrificio de una pequeña parte iba á asegurar la duracion
del todo.

En 7 de setiembre de 1523 se comenzó pues la nueva fábrica, dirigida por
Hernan Ruiz, maestro de arquitectura el mas afamado que habia por aquel
tiempo en Andalucía. El obispo D. Alonso Manrique, promotor de la obra,
habia sido ya presentado por el emperador para el arzobispado de
Sevilla: tambien habia sido presentado para sucederle en el obispado de
Córdoba D. Fr. Juan Alvarez de Toledo, hijo de los duques de Alba D.
Fadrique Alvarez de Toledo y D.ª Isabel de Zúñiga. El nuevo obispo fué
confirmado en Roma á 8 de setiembre, y á 26 de noviembre del mismo año
1523 dió el cabildo la posesion del obispado á sus procuradores el
canónigo D. Juan de Córdoba y el reverendo P. Fr. Gregorio, prior del
convento de S. Pablo. Entró D. Fr. Juan de Toledo en su obispado en
febrero de 1525: ya el año anterior, estando ausente, habia dado impulso
á la obra comenzada, momentáneamente paralizada con la promocion de D.
Alonso Manrique; prosiguieron los cimientos aquella primavera, y luego,
habiéndose dedicado con empeño el obispo y cabildo á buscar caudales,
con gran fervor continuó la obra sin interrupciones por espacio de trece
años. Contribuyeron con sus rentas la Fábrica y el cabildo, y con
pingües donativos la ciudad, el duque de Cardona y otros varios
personages; el duque de Sesa, que se hallaba en Roma, pidió y obtuvo que
aplicase el Papa por veinte años las vacantes de todos los beneficios de
la ciudad y obispado, y que para el dia 8 de setiembre se publicase en
la catedral un jubileo, á fin de que la limosna y producto de todo
sirviese para continuar la nueva fábrica. Tambien se dispuso que se
beneficiasen á favor de la obra todos los Misales y Breviarios con los
demas libros sagrados que se habian impreso en Sevilla el año 1524, y
que los vasos de plata que no eran necesarios en la iglesia se vendiesen
para el mismo fin. Con este poderoso fomento avanzó rápidamente la obra
hasta llegar á las cornisas que estan encima de los arcos de las naves,
y mas todavía hubiera adelantado si hubiese confirmado S. S. un Estatuto
que hicieron el obispo y cabildo en enero de 1529 aplicando á la Fábrica
de la iglesia para siempre los frutos de seis meses de todos los
beneficios y prestameras de la ciudad y obispado vacantes por muerte de
los poseedores.

[Illustration: PLANTA DE LA CATEDRAL DE CÓRDOBA.

a    _Oficinas del Cabildo._
b    _Puerta del perdon._
c    _Puerta de la grada redonda._
d    _Puerta del caño gordo._
e    _Postigo de la leche._
f    _Puerta de los deanes._
g    _Puerta de S.ta Catalina._
h    _Postigo de los juanes._
i    _Postigo._
j    _Postigo sin uso._
k    _Postigo del Sagrario._
l    _Postigo de S.n Esteban._
m    _Postigo de S.n Miguel._
n    _Postigo de palacio._
o    _Puerta de las bendiciones ó de las palmas._
p    _Puerta principal del sagrario._

_CAPILLAS._

1    _Altar mayor de la Catedral._
2    _San Eulojio._
3    _San Esteban._
4    _La Magdalena._
5    _N. S. de la Antigua._
6    _San Miguel._
7    _La Epifania._
8    _Del Rosario._
9    _De las animas._
10   _Santa Ursula._
11   _Descendimiento._
12   _San Antonio de Padua._
13   _Santa Ana._
14   _La Concepcion._
15   _S.n Juan Bautista._
16   _Paptisterio._
17   _S.n Nicolás obispo._
18   _La Anunciacion._
19   _De los obispos._
20   _La Concepcion._
21   _San José._
22   _La Natividad._
23   _La Asuncion._
24   _La Resureccion._
25   _San Acisclo y Victor._
26   _S.ta Elena._
27   _Del Sagrario._
28   _S.n Clemente._
29   _La Encarnacion._
30   _San Antonio._
31   _Santa Ynes._
32   _Del cardenal salazár hoy sacristía mayor._
33   _La Cena._
34   _S.n Pedro vulgo el Zancarron._
35   _S.n Felipe y Santiago._
36   _S.n Bartolomé._
37   _S.n Ildefonso._
38   _S.n Lorenzo._
39   _S.n Acacio._
40   _La Trinidad._
41   _S.n Antonio abad._
42   _N. S. de la Concepcion._
43   _S.n Simon y Judas._
44   _N. S. de las Nieves._
45   _S.n Agustin._
46   _S.n Ambrosio._
47   _El Cristo de las penas._
48   _S.n Andres._
49   _La Concepcion._
50   _Capilla de villaviciosa._
51   _S.n Pablo._
52   _S.n Cristobal._
53   _Sin uso._
54   _Del Angel de la Guarda._
55   _S.ta Barbara._
56   _S.ta Cruz._
57   _S.ta Maria._
58   _S.n Felipe y Santiago._
59   _S.ta Lucia._
60   _S.to Cristo del punto._

_Puntos de donde se han sacado las láminas que acompañan este tomo._]

La obra que se hacia formaba en su planta una gran cruz latina por la
interseccion de dos naves, tendida la mayor de oriente á poniente
cortando perpendicularmente las nueve naves del centro de las diez y
nueve principales de la mezquita, y tendido el crucero de norte á sur,
en el ángulo mismo que forma el muro de refuerzo de Al-hakem con el muro
de refuerzo de Almanzor. Enclavada la nueva catedral dentro de la
mezquita, y en exacta correspondencia sus pilares con las arquerías
existentes, no debia ser muy dificultoso desenlazar las naves antiguas
para unirlas con los mencionados pilares, ni muy espuesto el levantar
las bóvedas bajas, puesto que se podian dirigir todos los empujes en el
mismo sentido longitudinal haciéndolos recaer en pilares que enfilasen
con las largas arquerías árabes. Para mayor solidez existia ya á la
parte del mediodia la fila de machones que marcaban una de las
ampliaciones verificadas en la mezquita, los cuales podian servir de
contraresto á la bóveda del trascero y trasaltar por este lado:
construyendo á la parte del norte otra fila de pilares correspondiente,
conformados á modo de estribos, se apeaban las bóvedas de aquel otro
lado. La dificultad debia aparecer mas adelante, cuando se tratase de
levantar las bóvedas de la capilla mayor, crucero y coro, á la altura
proyectada.

El obispo D. Leopoldo de Austria, hijo del emperador Maximiliano I, y
tio por consiguiente de Cárlos I, prelado de grandes ánimos y no menos
grande celo asociados con gustos y flaquezas de príncipe, así que tomó
posesion de su obispado se propuso adelantar todo lo posible la obra
comenzada; llevó á cabo las bóvedas de las naves inferiores que rodean
la gran fábrica y aseguran su solidez, y para que sirviesen de
contraresto por el poniente al empuje de la bóveda del coro, levantó dos
gruesos pilares, de quince piés en cuadro en su planta, unidos por medio
de sendos arcos con los dos recios machones angulares de la fachada del
trascoro. Aunque este obispo tenia á la puerta de su palacio una
numerosa guardia de soldados con alabardas y armas de fuego á imitacion
de lo que en su época solo estilaban los reyes, no le bastó el augusto
aliento para dar cima á la gran catedral comenzada. No hizo poco sin
embargo, pues ademas de lo indicado, para que no se gravase la Fábrica y
continuase la obra, ofreció dar cada año seis mil maravedís para los
cantores que hasta entonces se habian pagado de los fondos de aquella;
adelantó ademas la construccion del muro del coro, demoliendo la capilla
del obispo D. Fernando de Mesa que la impedia, y fabricó en el mismo
muro por la parte de afuera un gran mausoleo de alabastro con cinco
nichos para los cuerpos de los cinco obispos enterrados en dicha
capilla.

Sucedióle el obispo D. Diego de Alava y Esquivel, bajo cuyo episcopado
se acabó en 1562 la bóveda del crucero del lado del Evangelio.

D. Cristóbal de Rojas y Sandoval atendió tambien muy particularmente á
la continuacion de la obra; la catedral en su tiempo gozó para la
Fábrica de cierto aumento en las rentas de pan y maravedís, llamadas
_escusados_, que pagaban las parroquias desde el año 1487 á proporcion
de los diezmos de cada una. La fábrica de la capilla mayor y crucero
marchaba no obstante con gran lentitud por falta de caudales. El coro
estaba descubierto hacia algunos años, y padecia gran daño con los
temporales. En semejante situacion, representó el cabildo al rey para
que permitiese volver á publicar el Jubileo antiguo, que estaba
suspenso, para continuar la obra con las limosnas de los fieles; y
acudió tambien al Pontífice para que concediese al obispo la facultad de
absolver los casos reservados á los que contribuyesen con alguna limosna
para la obra de la iglesia. Ambas gracias se obtuvieron, pero por breve
tiempo; mas se recogió con ellas un buen socorro para adelantar la
construccion, porque estaba suspensa la cruzada. Tambien solicitaron el
obispo y cabildo que concediese el Papa las annatas de los beneficios á
la Fábrica de la iglesia, en atencion á la cortedad de rentas y muchos
gastos que tenia; pero no se consiguió que esta gracia fuese perpétua
como se deseaba. El rey D. Felipe II presentó á D. Cristóbal de Rojas
para el arzobispado de Sevilla, y habiendo sido confirmado declaró el
cabildo la Sede vacante el 26 de junio de 1571. Antes de retirarse de
Córdoba dejó techada la capilla mayor de la nueva catedral, y cerrados
los grandes arcos que sirven de entivo y fuerza para el crucero, como
hoy aparece por sus armas labradas en la clave del arco inmediato al
altar de Sta. Lucía. Liquidada ademas la cuenta de las limosnas
recogidas en virtud de la Bula de la absolucion de casos reservados,
dejó al cabildo una libranza de un millon ciento veintisiete mil y
ochenta y ocho maravedís en que resultaba alcanzado, para que los
cobrase de sus rentas la Fábrica de la catedral.

Aunque la capilla mayor se habia techado, no estaba concluida. Esta obra
y la del crucero continuaban lentamente por falta de medios, y deseando
el obispo D. Antonio de Pazos y Figueroa que se terminase, el dia 9 de
enero de 1584 se presentó en el cabildo á tratar este asunto. Para ello
se congregaron en la sala capitular el clero catedral y los enviados de
la ciudad, que tambien deseaba ver finalizada la grande obra.
Propusiéronse varios medios por ambos cabildos, y todo bien discutido,
pareció lo mas prudente recurrir al rey; y á 27 de febrero nombraron el
obispo y cabildo al Dr. Diego Muñoz, canónigo magistral, para que
juntamente con los diputados que tenia la ciudad en la corte se hiciesen
presentes á S. M. y sus ministros los arbitrios que podrian tomarse para
llevar á cabo la empresa. Se trató de mudar los cuerpos reales de D.
Fernando IV y D. Alfonso XI á la capilla mayor nueva, y de otras
providencias útiles; pero nada tuvo el efecto que se deseaba, y fué muy
corto el socorro que se logró para la obra.

Poco adelantaria esta cuando nueve años despues (en 1593) estaba aun
lejos de terminarse el crucero. El coro nuevo se hallaba tambien muy
atrasado; sin embargo leemos que en este año fué preciso abandonar el
coro viejo, y que el clero empezase á residir provisionalmente en las
naves del altar de S. Sebastian, y no sospechamos la causa. La obra mas
notable de este tiempo fué la de la torre. Ya dijimos atrás que esta
fábrica era una elegante zoma ó alminar de setenta y dos codos de
altura, obra del tiempo de Abde-r-rahman An-nasír, y que el siglo XVI la
habia notablemente quebrantado por poner en ella su mano profana. Una
gran tempestad acababa de completar en 1589 el acto del vandalismo
artístico, que no merece otro nombre á pesar de llamarse su autor Hernan
Ruiz; y el peregrino edificio ya disfrazado, mutilado, desfigurado y
feamente cubierto con un chapitel ochavado de madera y hoja de lata, á
guisa de caperuza, y despues descaperuzado por el referido temporal,
estaba amenazando ruina. Reunido el cabildo en Sede vacante por muerte
de su obispo D. Gerónimo Manrique y Aguayo, determinó en 4 de mayo de 93
que se restaurase la torre conforme al modelo y traza que el maestro
mayor de las obras, Hernan Ruiz, nieto del otro del mismo nombre, le
habia presentado; para lo cual se libraron de pronto mil y quinientos
ducados del caudal de las Fábricas de las iglesias. Figuraba la traza
ciento veinte piés de altura sobre los ciento cinco que tenia la torre,
aumentando el grueso de los muros desde los cimientos por la parte
esterior hasta los sesenta piés, y cerrando como caja lo antiguo del
alminar que podia conservarse. De este modo se empezó la obra, y para
mayor seguridad fueron llamados Asensio de Maeda, maestro mayor de la
iglesia de Sevilla, y otros oficiales con Juan de Ochoa y Juan Coronado,
vecinos de Córdoba, quienes reconocida la construccion la aprobaron y
dieron por firme y sólida, segun resulta del acuerdo capitular de 24 de
julio del mismo año. No se acabó de una, sino que tambien esta fábrica
sufrió interrupciones, y solo llegó á su término en 1664 bajo la
direccion de Juan Francisco Hidalgo. No te describo, amigo lector, su
pesadísima arquitectura: en la lámina que representa la _puerta de las
Palmas_ puedes á tu sabor contemplarla, bien seguro de que yo no te
envidio este deleite.

Promovido al obispado de Córdoba D. Francisco Reinoso, en cuanto dijo la
primera misa en su iglesia y recibió la visita del cabildo, pasó á ver
la obra nueva del crucero y la fábrica toda, y admirado de la bella
arquitectura del templo, se condolió de ver parada y espuesta á
sensibles deterioros la nueva construccion. Aunque la capilla mayor,
como queda dicho, estaba ya cubierta, el crucero y el coro iban
sumamente atrasados, pues por falta de caudales y por diversas
dificultades propuestas sobre la firmeza del edificio, no tenia cerrado
de bóveda mas que el brazo del Evangelio, y lo demás no pasaba de las
cornisas. Pero ni las dificultades ni la falta de medios pecuniarios
arredraron á este animoso prelado, y así manifestó desde luego al
cabildo su deseo de acabar la obra. Pidió que nombrase diputados para
conferenciar con ellos, lo que ejecutó el cabildo en 23 de diciembre
(del año 1597), y de la conferencia resultó que se celebrase una junta
de los maestros mas afamados del arte para que reconociesen lo
construido y trazasen el proyecto para la continuacion. En cuanto á
medios, ofreció el obispo dos mil ducados en el acto, y otros dos mil
cada año, con otros arbitrios que procuraria aplicar de otras fábricas.
Tambien cedió tres mil ducados que debia dar su antecesor para las obras
del palacio y posesiones propias de la dignidad. El cabildo en vista del
fervor del prelado, y tocado de generosa emulacion, determinó en 12 de
enero del siguiente año (1598) que por tres años se diese una prebenda
entera para la obra, á pesar de que los años habian sido muy faltos y
los prebendados se hallaban, dice Bravo, _muy gastados_. Lo peor era que
todos tenian por defectuosa la obra, y que si esta general opinion se
confirmaba, de nada iban á servir tan generosos sacrificios. Florecia á
la sazon en Valladolid un maestro de obras de gran fama, llamado Diego
de Praves: era reputado por el mejor arquitecto de su tierra. Mandóle á
llamar el obispo secretamente: acudió, diligente, y habiendo considerado
despacio la obra en presencia del venerable prelado, presentóse en la
junta de alarifes y maestros del arte, ya congregados, y les dió á
entender cómo se podia proseguir y llevar á término el grande edificio.
No nos dicen en verdad los analistas cordobeses en qué se fundaba la
vulgar opinion de no poderse continuar la fábrica tantos años atrás
comenzada: veamos si el edificio mismo nos lo revela.

La gran dificultad del arte moderno en las construcciones religiosas,
admirablemente resuelta por la arquitectura ojival, vulgarmente llamada
_gótica_, fué cubrir de bóveda de piedra las naves mayores de los
templos, dando á estas luces altas y directas, y sosteniéndolas, no en
gruesos pilares que ocupasen una grande area como en las construcciones
romanas, sino en delgados y esbeltos apoyos, que obstruyesen lo menos
posible el espacio destinado á los fieles. Espacio grande y
desembarazado, luz abundante en todas partes, techado sólido y de buen
aspecto, esto es, de dificil destruccion por el agua ó por el fuego, y
de esa forma augusta tan magestuosamente adaptada por el antiguo
pueblo-rey al cerramiento de los vanos en sus termas, en sus cloacas, en
sus arcos de triunfo, en sus anfiteatros, en sus templos, en todos sus
edificios públicos al parecer imperecederos; por último, puntos de apoyo
de poco diámetro y grande altura: hé aquí los datos al primer aspecto
contradictorios é inconciliables que tenia que reunir la arquitectura
religiosa para satisfacer las necesidades del culto cristiano. Fueron
menester nada menos que dos siglos de tentativas y de ensayos, con
frecuencia infructuosos, para que el arte moderno llegara á resolver
satisfactoriamente este problema. Era preciso que no fuese ya el macizo
y voluminoso pilar romano el que contrarestase el empuje de la bóveda,
sino que el contraresto viniese de otro empuje diametralmente opuesto y
esterior, para que el pilar sobre que arrancaba el arco toral quedase
simplemente reducido al oficio de apoyo y sosten de un peso obrando
verticalmente. Las bóvedas hacen su empuje en sentido oblicuo, y se
sostienen oponiendo resistencias oblicuas: este fué el luminoso
principio en que fundó el arte ojival todo su sistema de equilibrio.
Reconocióse al propio tiempo que el arco romano de medio punto hacia un
empuje demasiado considerable para poderlo levantar á grande altura
sobre muros delgados ó pilares aislados, especialmente en naves muy
espaciosas, y se sustituyó al arco de plena cimbra el arco ojival ó
apuntado: renuncióse por completo á la bóveda cilíndrica, cuyo empuje
contínuo exigia un contraresto tambien contínuo, y colocando en los
pilares todos los puntos de resistencia, se procuró que recayesen en
ellos todo el peso y todo el empuje de las bóvedas: el peso en los
pilares interiores, y los empujes al esterior del edificio en otros
pilares mas sólidos, ligados con los puntos de arranque de la bóveda por
medio de arbotantes. Para dar mas asiento y aplomo á estos pilares
esteriores, propiamente hablando _botareles_, se les agregó un
suplemento de peso que se convirtió en breve en motivo de elegante y
rica decoracion. Descubierta la nueva ley de los empujes y resistencias
oblicuos, y ensayado con facilidad el medio de llevar al esterior del
edificio los empujes de las bóvedas y sus contrarestos, y de reducirlos
á puntos determinados, estaba hecho todo: entre los puntos de arranque
de cada bóveda podian abrirse grandes ventanas, las bóvedas ojivales
podian elevarse á considerable altura, los pilares maestros del interior
del templo podian adelgazarse cuanto se quisiera, no habia en rigor
necesidad de muros, toda la construccion se reducia á una especie de
armazon elástica sostenida por la ley del equilibrio, y los arquitectos
de la edad media, en suma, habian descubierto el modo de trasformar los
templos en bosques de piedra y sus pilares en árboles; pues no de otra
manera que las poderosas ramas que sostienen una leve cortina, se juntan
y entretejen los robustos nervios que sostienen los ligeros cascos de
bóveda, ni parecen otra cosa las pintadas vidrieras que ocupan casi todo
el vano entre pilar y pilar, que recamados y vistosos tapices colgados
de árboles para una fiesta. Nada hay falso sin embargo en semejante
sistema de construccion, porque el edificio manifiesta desde luego en su
aspecto esterior toda su osificacion interna: el templo gótico es la
basílica latina engrandecida, embovedada, y fortalecida con botareles y
arbotantes.

Pero sin arbotantes, la bóveda gótica espaciosa no es posible, porque
los pilares sobre que arranca no tienen fortaleza bastante para
contrarestar los empujes oblicuos; y sin embargo, el arquitecto que
habia trazado la obra de la catedral nueva de Córdoba se habia propuesto
en un temerario alarde de su ciencia, levantar sin arbotantes á mas de
ochenta y ocho piés de altura bóvedas por arista de cincuenta piés de
vuelo. La gran mole levantada sobre la techumbre de la mezquita con su
inmensa cúpula en la interseccion de la nave mayor con el crucero, debia
estribar toda en los diez y ocho pilares que dibujan la cruz latina de
su planta: no habia medio de dirigir los empujes de las bóvedas sobre
otros pilares esteriores mas sólidos que sirviesen de contrafuertes,
porque en el sistema gótico la mayor fortaleza está en los cuerpos de
fábrica de donde arrancan los arbotantes, como otros tantos brazos de
piedra que sostienen la balumba de la bóveda que tiende á descuajar y
separar los pilares en que apoya; y en el templo de Córdoba por el
contrario, los postes de donde podian arrancar los arbotantes eran de
menos volúmen y resistencia que los pilares de apoyo de las bóvedas.
Aumentaba la dificultad la circunstancia de ser notablemente rebajados
los cuatro arcos torales sobre que habia de erigirse el cimborio, porque
estos arcos marcaban muy baja la clave de las bóvedas del crucero y de
la capilla mayor, y es sabido que cuanto mas rebajadas son las bóvedas
mayor es su empuje. Esta es sin duda la dificultad artística con que se
habia tropezado al querer terminar el edificio en otras épocas
anteriores, porque leemos que la construccion no habia pasado de las
cornisas desde el tiempo del obispo D. Juan de Toledo, y esto nos induce
á creer que el peligro de continuarla se veía única y esclusivamente en
el embovedado. Triunfó de todos los obstáculos el genio del maestro
llamado por el obispo Reinoso, el cual dió la traza para la terminacion
de la obra: enfervorizóse el animoso prelado, y el cabildo obsequioso
con su deseo tomó la determinacion que dejamos referida. Con esto
volvieron á activarse los trabajos.

Por fin, el sábado 29 de abril del año 1600 se acabó de cerrar el
crucero que tanto deseaban todos ver finalizado. «Fué el obispo á la
iglesia, dice Bravo, y con el fervor que tenia no pudo contenerse, hasta
subir á ver sentar la última piedra y registrar toda la obra.» Acto de
entusiasmo que nos trae á la memoria aquel otro de que habia sido objeto
la Aljama mahometana seis siglos y medio antes, cuando el califa
An-nasír, sabedor de la terminacion de la soberbia zoma que habia
mandado construir, acudió presuroso en alas de su deseo, y no contento
con admirar la arquitectura del gallardo edificio, lo registró todo
subiendo y bajando por dentro de él como para gozar mas palpablemente de
su obra. Repicaron las campanas y sonaron los instrumentos músicos en
demostracion del general regocijo, y se tributaron á Dios las debidas
gracias. Murió el celoso obispo con el consuelo de ver asegurada la
conclusion de la grande obra, si bien no alcanzó á verla decorada y en
disposicion de poderse celebrar en ella el culto. Dió su alma al Criador
el 12 de agosto de 1601 dejando por heredera á la Fábrica de la catedral
en la parte que quedase despues de pagadas las deudas: el cabildo
dispuso darle sepultura en el nuevo crucero junto al obispo D. Leopoldo
de Austria, al lado del Evangelio, pero estando este sitio ocupado con
los materiales de la obra, se depositó su cuerpo en el hueco ó bóveda
que ahora es capilla debajo del altar mayor. Fué trasladado al sepulcro
que se le tenia destinado en julio del año 1607, y aunque debajo de las
vestiduras se le habia puesto cal para que se resolviese pronto, por si
le habia tocado algo del terrible contagio que habia padecido la ciudad
en los dias de su enfermedad, se halló incorrupto sin habérsele
consumido mas que la punta de la nariz, tratable, hermoso y fresco como
estaba cuando fué enterrado. Duró pues hasta el año 1607 la obra de
decoracion del crucero y coro: el obispo D. Pablo Laguna habia legado á
la Fábrica hacia poco tiempo cinco mil ducados; antes habia remitido
otros tres mil el venerable arzobispo de Santiago D. Juan de San
Clemente Torquemada con destino espreso á la obra de la iglesia, por lo
cual acordó el cabildo cumplirle perpetuamente un aniversario y poner
sus armas en el arco del trascoro. A 27 de setiembre del año 1606
estaban tan adelantados los trabajos, que determinó el cabildo se
mudasen las sillas y órganos al coro nuevo, y se hiciese el altar mayor.
Mientras se verificaba dicha mudanza continuó el coro en el sitio
correspondiente al altar de S. Sebastian en verano, y en invierno en la
capilla del Sagrario; y á 9 de setiembre de 1607 con la mayor solemnidad
se llevó el Santísimo al altar nuevo, y se celebraron en él la Misa y
Divinos Oficios.

Quedaba vacante y sin uso la capilla mayor antigua, y pareciendo que
convenia conservarla, se determinó á 27 de noviembre que en dicha
capilla se pusiesen otros dos altares para que en ellos dijesen Misa los
prebendados, dando la Fábrica los ornamentos necesarios. Verificóse esto
siendo obispo de Córdoba D. Fr. Diego Mardones, anciano piadoso,
caritativo y austero, infatigable en el trabajo á pesar de sus muchos
años, y cuya avanzada edad significó el rey D. Felipe III en la carta
que escribió al cabildo diciéndole: _ahí os envío los huesos del obispo
Mardones_, muy ageno de pensar que aquel costal de huesos habia de
sobrevivirle mas de tres años á él jóven y robusto. La memoria de este
venerable y religiosísimo obispo, cuyo gobierno duró diez y siete años,
permanecerá siempre en la iglesia de Córdoba llena de bendiciones, no
solo por las donaciones y dotaciones grandes que hizo, sino tambien por
sus incomparables virtudes. Vivió noventa y seis años, los ochenta y
ocho con gran vigor para cumplir admirablemente los árduos deberes de su
ministerio; despues fué todo trabajos y dolores, pues padeció mucho y
estuvo baldado de piés y manos, y así le llama el autor del _Catálogo de
los obispos cordubenses_ varon de dolores, añadiendo con justicia que
deberian agregarse al epitáfio de su sepulcro aquellas palabras del
paciente Job: _Expecto donec veniat immutatio mea: vocabis me, et ego
respondebo tibi: operi manum tuarum porriges dexteram._ Siendo de
ochenta y tres años, y á pesar de haber quedado tan débil con una
enfermedad que padeció, que por órden de los médicos se alimentaba al
pecho de dos amas y dormian con él dos niños robustos para calentarle,
vivió lo suficiente para hacer su nombre digno de eterna memoria: bajo
su episcopado se verificó la famosa expulsion de los moriscos, y á su
ilustrada tolerancia debió el no ser echado de Córdoba un morisco
insigne por su sabiduría en las ciencias físicas, llamado Felipe de
Mendoza, hombre útil á la república. Empezó la obra del nuevo palacio
episcopal, y gastó en ella mas de sesenta mil ducados: en cuya ocasion
se demolió el pasadizo que habian fabricado los califas para ir desde su
alcázar á la mezquita, y que dejamos descrito en su lugar
correspondiente[373]. En su tiempo promovió el cabildo singularmente el
culto de la Purísima Concepcion, dando su piadoso celo ocasion á que la
iglesia de Córdoba fuese la primera en celebrar este misterio, aun no
declarado de fé, como una de las mayores festividades del año, imitando
su ejemplo las demas iglesias, ciudades y universidades de España[374].
El obispo Mardones fué quien costeó la obra del retablo y ornato que
faltaba á la capilla mayor, ofreciendo al cabildo para este objeto _una
gruesa cantidad de dineros cada año_ al tiempo de enviarle las buenas
Pascuas. Los felicitados nombraron cuatro diputados que le diesen las
gracias y tratasen con su ilustrísima todo lo conducente á poner en
ejecucion obra tan plausible. Hiciéronse diversos diseños por artífices
afamados: el Hermano Alonso Matías, reputado insigne arquitecto, se
hallaba en Córdoba en su colegio de la Compañía de Jesus, é hizo uno,
que pareciendo bien á todos se escogió por universal aplauso; y para que
su idea se ejecutase perfectamente, le nombró el cabildo á 16 de
febrero de 1618 superintendente de la obra con facultad plena de
escoger los jaspes y materiales necesarios y de traer maestros y
operarios de su satisfaccion[375]. La Fábrica de la catedral recibió
repetidas muestras de la gran liberalidad de este prelado. En 1616 le
hizo una donacion pura de veinte mil ducados en que estaba gravada, para
que redimiese sus censos. Por el mismo tiempo dotó la octava del
Santísimo Sacramento con diez mil ducados. Asistió á la fiesta de
Santiago, y en lugar del doblon que se daba de ofrenda, dió una cruz y
dos candeleros de plata dorados con óvalos de oro y esmalte rojo: tres
urnas y aguamaniles de plata dorados, y una casulla de raso bordada,
_todo muy precioso y de mucho valor_, dice Bravo, mas tolerante que
nosotros con el gusto artístico de aquel tiempo. Al año siguiente (1617)
ofreció en la misma fiesta una fuente de plata dorada, estimada en mas
de doscientos ducados. En 29 de mayo de 1620 donó al cabildo una cruz
grande de plata sobredorada con muchos engastes de oro y piedras
preciosas, de ciento nueve marcos de peso. En el mismo año, habiéndose
acabado el nicho del lado del Evangelio en la capilla mayor, colocó en
él una imágen del apóstol Santiago á caballo, y en una lápida de jaspe
negro puso la siguiente inscripcion: _B. Jacobo Hispaniarum Dei dono
singulari, unico certiss. antiquiss. que Patrono, triumph. hostium
invictiss. D. Fr. Dieg. Mardones. Epis. Cord. D. D. anno MDCXX._ En 1623
á 24 de julio, en agradecimiento al cabildo por las rogativas y fiesta
de accion de gracias que habia celebrado durante su enfermedad y en su
convalecencia, le envió por medio de su provisor una lámpara de plata
para la capilla mayor, y un terno de raso blanco bordado. Finalmente,
antes de morir dió muchas limosnas y dotes á pobres y huérfanas, y fundó
una obra pia de sesenta mil ducados de principal y treinta mil de renta
para casar doncellas pobres y socorrer necesidades en la ciudad y
lugares del obispado. Noventa y tres años de edad contaba este
virtuosísimo y respetabilísimo patriarca cuando murió el rey D. Felipe
III, y aun parecia que el cielo le queria conservar muchos más al amor y
agradecimiento de su clero y pueblo, que como verdadero padre dirigia y
santificaba. El bendijo el pendon real en la capilla mayor cuando con
las ceremonias y solemnidades acostumbradas fué aclamado en Córdoba el
rey D. Felipe IV. El dió la bendicion solemne á la ciudad, y despues
llevó á su palacio á todo el cabildo para que viese la aclamacion hecha
en la Torre del Homenage y Campo Santo desde un tablado que para este
fin tenia prevenido, contemplando toda la ceremonia sin fatiga hasta el
acto de enarbolar el pendon real por el nuevo rey. ¡Con cuánta solicitud
y cariño correspondia el cabildo á sus contínuas mercedes, fomentándose
en la por tantos títulos ejemplar iglesia de Córdoba esa envidiable
armonía entre los prebendados y el prelado, que tan noblemente la
distingue, y en que la reverencia, el obsequio y el amor que se tributan
por un lado, son correspondidos con igual estimacion y fineza por el
otro! No de otra manera que un padre octogenario entre sus hijos, todos
atentos á prolongar y dulcificar con esquisitos cuidados sus últimos
dias, se nos representa en la imaginacion el digno anciano que regía la
iglesia de Córdoba por los años de 1621, cuando para no privarle de
asistir á las grandes solemnidades de la catedral, y no privarse ellos
de su amada presencia, modificaban los prebendados en su obsequio las
inflexibles prescripciones de ritual y de costumbre, y para que pudiese
oir con mas facilidad la palabra divina le aderezaban en desusado
lugar, en medio de las barandillas, un cómodo asiento junto al altar
mayor provisional, y allí le asistian los dos presidentes del cabildo
esmerándose en hacer fáciles y agradables los postreros actos pastorales
de aquella vida próxima á estinguirse. ¡Con cuánto anhelo esperaba la
terminacion de aquel suntuoso retablo junto al cual habia de ser
sepultado! Parecia que se resistia á morir mientras no pudiera elegir
por sí mismo el parage donde habia de descansar su cuerpo; y sin
embargo, el nicho de jaspe reservado para su sepulcro y para su estátua
estaba ya bruñido. Murió cuatro años antes de que se acabase la obra del
retablo (en 1624), y en el referido nicho, al lado de la Epístola, se
lée hoy este epitáfio:

     DOM. FR. DIDACUS MARDONES, EPISCOP.
      CORD. OB. L. AUREORUM. M. IN ARÆ
                 MAXIMÆ
    CULTUM DONATA SENATUS ECCLES. CORDUB.
                 SEPULT.
     HIC ET STATUAM CUM BASI GRATI ANIMI
                  ERGO
        B. M. P. ANNO MDCXXIIII
            VIXIT ANNOS XCVI.

Y en el crucero, en uno de los arcos de medio punto del mismo lado de la
Epístola, se grabó esta inscripcion: «_Acabóse esta capilla mayor con su
crucero en 7 de setiembre de 1607 años, siendo obispo de Córdoba y
confesor del rey nuestro señor Felipe III el Illmo. Sr. D. Fr. Diego de
Mardones, á quien los señores dean y cabildo se la dieron para su
entierro por haber dejado el suntuoso que en su vida tenia en S. Pablo
de Burgos, cuyo convento, siendo prior dél, lo dispuso y dotó en mas de
setenta mil ducados, y en agradecimiento de haberle dado la capilla
mayor dió á esta santa iglesia cincuenta mil ducados para hacer
retablo._»

Ochenta y cuatro años duró por consiguiente la obra de la catedral
nueva, puesto que se habia dado principio á ella en 1523 siendo obispo
de Córdoba D. Alonso Manrique. Comenzó cuando la arquitectura gótica era
todavía considerada como característica de los edificios religiosos, y
para las demas construcciones estaba ya admitido en toda la Europa culta
el nuevo estilo italiano conocido con el nombre de _Renacimiento_.
Introducido este estilo en España con motivo de las guerras que la
dinastía austriaca sostuvo en Italia y en Francia, contagiado el gusto
de todos los personages de cuenta de los dos estados militar y
eclesiástico con el ejemplo de la admiracion que en las citadas naciones
alcanzaban las obras de Leonardo de Vinci, del Primaticio, de Benvenuto
Cellini, de Serlio, y las de sus discípulos los franceses Jean Bullant,
Philibert Delorme y Pierre Lescot, facilmente se esplica que la catedral
nueva de Córdoba, trazada y costeada por hombres formados en la moda
italiana y francesa, aparezca como una creacion bastarda del gusto
ultramontano en transaccion con el antiguo estilo practicado por todo el
Occidente.

Indicaremos ligeramente las causas de donde procedió este nuevo estilo
_renacido_, para bosquejar en seguida los caractéres principales que le
determinan. La arquitectura ojival, que era á fines del siglo XII y
principios del XIII la espresion mas acabada del nuevo estado social en
el momento de emanciparse el estado llano en las naciones que
antiguamente habia agrupado el brazo de hierro de Carlomagno, habia
quedado exhausta. Prohijada por el feudalismo, aceptada por la Iglesia,
admitida por la potestad real cuando acababa apenas de salir de los
modestos focos de la plebe emancipada, sirvió admirablemente á los
intereses y designios de cada una de estas clases en su desarrollo
sucesivo: dió á los altivos señores feudales y á los reyes castillos y
palacios, espaciosos por dentro para contener un numeroso séquito,
sombríos y de dificil acceso por de fuera para imponer respeto y
resistir los asedios; dió á las nacientes corporaciones municipales y á
la clase popular, casi toda á la sazon de traficantes y mercaderes,
casas de ayuntamiento, mercados, lonjas, bolsas, tribunales, y fuertes
murallas para defender sus conquistados derechos; dió á la Iglesia un
brillante simbolismo, templos desahogados y capaces, mas acomodados al
grande incremento de las poblaciones que las pequeñas y sombrías
iglesias erigidas en los siglos XI y XII segun las inflexibles reglas
del arte monástico. Pero cuando llegó á inaugurarse en el siglo XV la
época de la fusion y centralizacion de los poderes, de la supremacía
real, y de la desaparicion del feudalismo, y cuando las antiguas
libertades locales de los pueblos dejaron de ser una necesidad, entonces
tambien fué insensiblemente decayendo el arte que habia sido la mas
genuina espresion de sus nobles y osados pensamientos. Acabaron las
libertades feudales y comunales como incompatibles con la nueva
organizacion de la sociedad; tambien debia lógicamente acabar un sistema
de arquitectura inadecuado ya para la vida pública y privada atendida la
nueva direccion que habia tomado el entendimiento humano en todas las
cosas. Y habia acabado en efecto por la impotencia de producir formas
nuevas. No era ya posible dar un paso más en la arquitectura de la edad
media: la materia, domada y sometida durante un penoso trabajo de tres
siglos, nada inspiraba ya; la estraordinaria habilidad de los artífices
habia llegado á su término racional; el ingenio y la razon, el arte y la
ciencia de consuno, habian hecho de la piedra, de la madera, del hierro,
del plomo, cuanto era dable hacer, traspasando no pocas veces los
límites del buen gusto. Si se hubiera continuado apurando la docilidad
de la naturaleza física en el mismo sentido, esta al fin se habria
declarado rebelde, y las concepciones artísticas no habrian podido salir
del cerebro ó de los planos de sus autores.

Nuevas ideas, nuevos instintos, nuevos deseos atormentaban á la Europa
moderna. La razon humana devorada por su sed de ciencia, llena de
actividad y ansiosa de libertad, habia roto el vínculo de la autoridad
religiosa, única que por entonces le era molesta. Reformar la Iglesia,
reformar la religion y lanzarse en pós de un progreso indefinido y
quimérico, repudiando como insuficiente la enseñanza católica y buscando
nuevas vias de desahogo á la fermentacion del espíritu de innovacion,
eran las aspiraciones de los hombres grandes de la época. Intenta la
reforma eclesiástica el concilio de Constanza; aborta esta reforma en
Basilea, y Cárlos VII de Francia se atreve á ponerla en planta por medio
de una pragmática sancion; pero de nuevo la deja frustrada el concordato
de Francisco I con Leon X. Intenta la reforma religiosa Juan de Hus en
Bohemia, y en la misma ciudad de Constanza es quemado como herege. En
ambas tentativas salió la autoridad triunfante; pero la del Papa no pudo
impedir que las nuevas doctrinas del concilio de Basilea y de los
príncipes acerca del gobierno de la Iglesia y de las reformas que en
ella habian de hacerse, echáran hondas raices en Francia, se
perpetuáran, pasáran á los parlamentos y se convirtieran en opinion
poderosa; ni pudo estorbar el imperio que la reforma religiosa popular,
sofocada con fuego en la hoguera de Juan de Hus y Gerónimo de Praga, y
luego con sangre en los campos de Boehmischbrod, volviese á levantar
la cabeza con mayor pujanza en Wittemberg. Finalmente, en medio de este
movimiento religioso empieza en Europa una escuela política, filosófica
y literaria, cuya influencia, no combatida por el poder espiritual ni
por el temporal, antes al contrario favorecida por ambos, fué el orígen
principal de la gran revolucion que en instituciones, opiniones,
filosofía, literatura y artes esperimentó el mundo moderno. Lo que
Cárlos VII y los Husitas no habian logrado, aquel con su pragmática y
estos con sus largas y terribles campañas, se hubiera de seguro
conseguido en el siglo XVI aun sin el auxilio de otros príncipes y de
otros reformadores, solo por efecto del movimiento intelectual que con
su idolatría hácia la clásica antigüedad habian inaugurado el Dante,
Petrarca y Bocaccio. ¿Qué mayor golpe podia sufrir el antiguo y
venerando edificio de la severa civilizacion cristiana en todas sus
faces, que la admiracion tributada por los genios mas eminentes á todas
las creaciones de la antigüedad pagana? ¿Y sabian por ventura qué brecha
abrian en la fortaleza de la autoridad espiritual desechando las
costumbres groseras, las ideas humildes, las formas semi-bárbaras de su
tiempo, aquellos libres pensadores del siglo de Leon X, eclesiásticos,
prelados, jurisconsultos y literatos, que como el licencioso Berni, el
sibarita Bembo, el escéptico Sadoleto, y tantos otros, se entregaban con
orgullo á los placeres de una vida materialista, elegante y licenciosa?
Cuando Lorenzo de Médicis _el Magnífico_ se afanaba tanto por resucitar
en la bella Italia la cultura y costumbres del siglo de Augusto con las
artes del tiempo de Pericles y el _neoplatonicismo_ del Bajo Imperio,
educando á su prole en el desprecio de todo lo que no era antigüedades
griegas y romanas, y en la amistad íntima de un Marsilio Ficino y de un
Pico de la Mirándola, estaba por cierto muy lejos de imaginarse que la
autoridad pontifical de su hijo Juan habia de sufrir mayor descalabro
por el influjo destructor de aquel renacimiento pagano que por los
envenenados tiros del mismo Lutero. Tampoco se imaginaba Francisco I al
anular la pragmática reformista de Cárlos VII, que él iba á ser el
principal continuador de la obra intentada por el padre y por el hijo de
Luis Onceno. Cárlos VII en efecto habia sido innovador secundando las
ideas proclamadas por un concilio; Cárlos VIII lo habia sido tambien
introduciendo en Francia el arte renacido de la Italia; pero ninguno mas
apasionado por las nuevas ideas italianas que el galante y caballeresco
émulo de Cárlos V, por cuya mediacion se consumaron en la monarquía de
S. Luis el ostracismo definitivo de la civilizacion _gótica_
espiritualista, y la exaltacion perpétua del principio materialista en
todas sus formas. Los enemigos mas formidables del principio católico y
de cuanto él habia creado no eran, no, Lutero y Calvino; estaban en el
corazon de la misma Iglesia romana, eran los cardenales eruditos y
sensuales, los filósofos epicúreos platónicos, los jurisconsultos
regalistas, los poetas licenciosos que á su sombra florecian. Si el
acalorado monge de Eisleben pretendia reducir el cristianismo á su
primitiva pureza, los sabios, literatos y artistas que florecian en
torno de los Médicis, conspiraban, sin propósito deliberado tal vez,
nada menos que á anular el cristianismo y sus consecuencias. Eran pues
sin pensarlo los genios de la Italia en el décimosexto siglo los mas
poderosos auxiliares de la funesta emancipacion religiosa.

Atraía la corte pontificia las miradas de la Europa entera por la
espléndida aureola con que habian rodeado el solio de Leon X los poetas
y los artistas; al propio tiempo la _reforma_ se habia granjeado
poderosos valedores entre la nobleza católica, seducida con la esperanza
de sustraerse á la preponderancia intelectual del clero, y de apoderarse
de los bienes temporales del feudalismo monástico. Margarita de Navarra
ofrecia un asilo á Calvino en su pequeña corte de Nérac, la duquesa de
Etampes se declaraba mediadora entre el rey Francisco y los reformistas,
las damas principales de la corte ridiculizaban la misa católica y se
rebelaban contra el _incómodo_ sacramento de la penitencia; los antiguos
estudios teológicos, las sérias y profundas meditaciones de los doctores
de los siglos XII y XIII se miraban como rancias sutilezas del
escolasticismo. Todo está ligado en el órden intelectual, y el arte es
un ejercicio del pensamiento demasiado noble para que no participe de
todas sus vicisitudes. Condenadas al descrédito y al olvido las
ciencias, la filosofía y las letras de la edad media, es claro que el
arte de los siglos XII y XIII tampoco podia sobrevivir á la condena
general implícita en el grito de triunfo de _reforma_ y de
_renacimiento_. Siguió en Francia la aristocracia el impulso dado por su
rey, desplegando un lujo hasta entonces desconocido en la construccion
de sus palacios y casas de placer. Daba la corona el ejemplo demoliendo
el antiguo Louvre de Felipe Augusto y Cárlos V, cuya imponente torre
feudal fué desde luego arrasada para dar lugar á las elegantes y
risueñas construcciones de Pierre Lescot. La nobleza desmanteló sus
antiguos torreones para erigir en su lugar viviendas accesibles,
placenteras, decoradas con pórticos y columnatas, fuentes y estátuas de
mármol. Cayeron las murallas almenadas, las torres de homenage y vela,
los parapetos y matacanes, los puentes levadizos y toda clase de
defensas: cegáronse los fosos, abriéronse las puertas, rasgáronse y
ensancháronse las angostas lumbreras. El feudalismo derribaba sus
fortalezas por sus propias manos prodigando sus tesoros á los artistas
para que se las trasformasen en risueños y elegantes palacios.

Así fué abandonado el antiguo estilo francés llamado _gótico_, que tan
gloriosos monumentos habia producido en toda la Europa occidental.

Los maestros del nuevo modo de construir no podian ser mas que los
italianos, porque para los arquitectos formados en el antiguo sistema,
la arquitectura del renacimiento era un lenguaje del cual ni siquiera el
abecedario comprendian. Apegados al vetusto arte ojival, ya convertido
en rutina, acostumbrados á renunciar á toda direccion ante la petulante
práctica de las corporaciones de oficios, cada una de las cuales se
apropiaba el derecho de decidir por sí del carácter é importancia de su
obra particular sin consideracion al conjunto; despojados en cierto modo
de la responsabilidad de sus trazas por la costumbre ya generalmente
establecida por los prelados, cabildos y señores, de entenderse por
separado con los gremios de oficios y ajustar con ellos la obra que
apetecian; ni sentían los arquitectos la dignidad de su profesion, ni
eran ya propiamente hablando tales arquitectos. Habia sí grandes
escuelas ó gremios de francos-mazoneros, que conservando todos los
secretos y tradiciones del arte gótico, erigian con admirable presteza,
solidez y elegancia de proporciones, aquellos arcos ojivos y aquellas
elevadas bóvedas de piedras ligerísimas y sabiamente cortadas, que
tendian sobre los robustos nervios de las aristas como una lona sobre
una armadura de hierro; habia canteros y carpinteros familiarizados con
todas las dificultades del trazado geométrico, perfectamente entendidos
en las mas complicadas secciones de planos; escultores que con gran
primor recortaban la piedra y cubrian de hojas, enramadas, pájaros y
figuras caprichosas las cenefas, las franjas, los doseletes y
marquesinas, las repisas, los capiteles, las gárgolas; imagineros que
esculpian bellamente figuras de santos para las andanas de las portadas,
los frontoncillos y las hornacinas; plomeros y pizarreros expertos en el
modo de cubrir las armaduras; pintores en vidrio que habian mejorado
este precioso procedimiento; pero cada oficio obraba segun sus
aspiraciones y su amor propio, y faltaba en las construcciones el agente
principal de la idea artística en globo, el que habia de dar unidad y
armonía al pensamiento arquitectónico. Sucedia en los últimos tiempos
del arte ojival en las provincias mismas donde se habia formado, lo que
no sucedió jamás en su buena época: los francos-constructores hacian v.
gr. el buque de la iglesia, sus naves, sus pilares, sus bóvedas, segun
un modelo y traza ya conocidos y uniformemente repetidos: luego venian
todos los artífices encargados de los demas objetos accesorios y de
decoracion. El que habia pintado las vidrieras no se curaba de lo que
habia trabajado el escultor, ni este de lo que labraba el imaginero; ni
el plomero se cuidaba de si el desagüe segun su proyecto corresponderia
ó no con las vertientes que el carpintero habia dado á la armadura del
comblo. Los monstruosos resultados de esta falta de conjunto y de
armonía, mejor dicho aun de esta falta de subordinacion á la suprema
idea del arquitecto, se advierten en las reedificaciones de las mas
célebres catedrales de la cristiandad[376].

El feudalismo espiraba, el protestantismo dejaba ociosos á muchos
constructores y les hacia ir insensiblemente olvidando las prácticas
tradicionales de su profesion; por otra parte el celo religioso
ferviente y espansivo de los siglos XIII y XIV habia poblado la tierra
de suntuosos y muy duraderos templos, y habian de transcurrir muchas
generaciones antes de que fuese necesario construir más. Con tales
condiciones, forzosamente tenia que decaer el arte ojival en el siglo
XV; y si á esta decadencia se agregaba en el siglo XVI el abandono que
de él hacian los pontífices y el fomento que daban al nuevo sistema
arquitectónico los príncipes y magnates, y la misma Iglesia un tanto
secularizada, claro es que del antiguo modo de edificar no podian quedar
en breve mas que los mudos ejemplos en los monumentos y el indiferente
recuerdo en los hombres.

De consiguiente, si los mismos edificios de carácter gótico se hacian en
Francia al finalizar el siglo XV casi sin intervencion de los
arquitectos, ¿cómo era posible que hubiese allí artistas aptos para
llevar á cabo sin tomar lecciones de los italianos la regeneracion de la
arquitectura clásica antigua? Es evidente que ni siquiera estaban á su
alcance sus reglas mas elementales. La revolucion verificada en las
ideas y en las costumbres era demasiado exigente: querian palacios
abiertos con elegantes y ligeras columnatas jónicas, con espaciosas
escalinatas y anchos pórticos los que habian hasta entonces vivido en
alcázares, castillos y calahorras, cercados de fosos y fuertes muros,
entre macizas paredes con angostísimas lumbreras; apetecian elevadas
cornisas y bruñidos subasamentos, y cimbras romanas en los vanos, y
pilastras estriadas en los muros, y frisos ornados de bajo-relieves
mitológicos, y galerías con estátuas, y _logias_ pintadas al fresco, y
terrazas con balaustradas, y zócalos con grecas y molduras, y toda la
riqueza en suma de los cinco órdenes del antiguo, los que en las torres
y borges de sus mayores solo habian paseado parapetos y adarves, y
asomado la vista por merlones, troneras y matacanes, y entretenido la
curiosidad en las largas horas del ocio feudal con las alfardas y
almizates de los artesonados de madera, ó con los alizares de las
paredes. Así pues, la Francia que en tiempo de Cárlos VIII habia
rechazado á los arquitectos ultramontanos que en su comitiva llevaba
aquel rey de vuelta de sus descabelladas empresas bélicas, sin tomar de
ellos mas que tal cual mascaron ó tal cual capitel antiguo, recibió con
los brazos abiertos á los artistas que le dieron Luis XII y Francisco I,
y bajo los reinados de los últimos Valois y de los primeros príncipes de
la línea Robertina hasta Luis XIV, en que se inauguró una nueva era para
la arquitectura francesa, no cesó de enviar á Italia sus mas
privilegiados genios para que se educasen en los principios que con
tanto éxito habian establecido en Nápoles, Florencia y Roma, los
Masuccios, los Brunelleschis y los Bramantes.

Así se verificó la revolucion arquitectónica en Francia. En España puede
decirse que la hizo por sí sola la moda con su incontrastable poder.
Porque el genio cristiano no habia entre nosotros abandonado de tal
manera el campo al genio pagano del renacimiento, que se pudiese decir
estinguida su influencia. El arte gótico, tal vez por haber comenzado en
nuestro suelo mas tarde, no habia degenerado aun como en Francia, no se
hallaba reducido á la rutina de los oficios, ni le faltaban profesores
que le ejerciesen con dignidad é independencia. Cabalmente estaba en su
mayor auge en los fines del siglo décimoquinto y principios del
décimosexto en toda la Península, principalmente en Castilla, la célebre
escuela de los Colonias, rama de fecunda sávia desgajada del poderoso
tronco del norte por el ilustre prelado D. Alonso de Cartagena, y
convertida en árbol lozano y pomposo cuando en las guerras por la
posesion de Italia, por el dominio del Imperio de Alemania y por la
preponderancia en Europa, se contagiaba del nuevo gusto estrangero el
católico Cárlos V.

No teníamos el luteranismo que dejaba desiertos en Francia los templos
católicos y los talleres de los artífices criados á su sombra; tampoco
abundancia escesiva de catedrales y otros edificios religiosos; al
contrario, los cabildos, los prelados, los príncipes, rivalizaban en la
ereccion de templos suntuosos. Del siglo XV y principios del XVI son las
catedrales de Astorga, de Calahorra, de Coria, de Gerona, de Huesca, de
Plasencia, de Sevilla, lo mejor y principal de las de Burgos, Toledo,
Valencia y Salamanca, muchos notabilísimos conventos, iglesias,
colegiatas, colegios y seminarios, y tambien gran número de lonjas,
casas de diputacion y de ayuntamiento, audiencias y otros edificios de
arquitectura civil. Los cabildos catedrales se disputaban la posesion de
los Egas, de los Hontañones, de los Badajoz, de los Alavas, de los
Comptes: cuando no podian lograr los servicios esclusivos de estos
hombres privilegiados, se contentaban con que revisasen y reconociesen
sus fábricas, diesen trazas para mejorarlas, y dejasen en ellas cuál una
torre, cuál un retablo, cuál una portada. Y sin embargo fué preciso
ceder al nuevo torrente y adoptar la arquitectura exótica.

Verificóse esta trasmutacion casi sin intervencion de artistas
estrangeros, modificando gradualmente los naturales primero la parte
decorativa, luego la reparticion de sus construcciones; y á esta
circunstancia, sea dicho de paso, debemos atribuir tal vez la fusion que
en nuestros edificios civiles de la primera mitad del siglo XVI se
advierte de los dos estilos italiano y gótico, á diferencia de lo que se
observa en el renacimiento francés, obra esclusiva de italianos ó de
franceses educados con ellos. Enrique Egas, el hijo del famoso Anequin
Egas, maestro flamenco de la catedral de Toledo, y Pedro de Ibarra,
arquitecto de un obispo de Salamanca, daban muestras evidentes de
conocer la arquitectura greco-romana en insignes obras anteriores á la
primer construccion francesa del nuevo estilo[377], en las cuales se
advertia ya el principio de la escuela que estaban llamados á
desarrollar con tanta gloria Pedro de Machuca, Alonso de Covarrubias,
Diego Siloe y otros igualmente españoles: «un no sé qué, dice
oportunamente Llaguno, parecido á las pequeñas nubes que en dia claro
suelen anunciar la mutacion del tiempo.»

Eran los principales caractéres de este nuevo estilo el arco de medio
punto ó de plena cimbra, que acababa de reconquistar su absoluta
preeminencia; los cinco órdenes antiguos, mas ó menos modificados en
algunas molduras y en sus proporciones; los follages, los vástagos
espirales, los grotescos con animales reales ó fantásticos, dispuestos á
la manera de los arabescos antiguos, y aplicados á los entablamentos, á
las pilastras, á los frisos, á los tableros; la mezcla de órdenes,
sobrepuestos unos á otros, los revestidos de mármoles, los medallones,
las columnas balaustradas, etc.[378] Y para que fuese mas evidente que
el antiguo estilo gótico no habia sido completamente derrotado, sino
que habia de grado cedido el campo al italiano, los arquitectos
españoles del siglo XVI conservaron muchas veces en las portadas
formadas con los órdenes antiguos las andanas de estatuitas con sus
afiligranadas repisas y marquesinas, y en los macizos y entrepaños
aquellos filetes perpendiculares y enlazados con circulitos trebolados y
losanges, que cubrian en la decadencia del arte ojival los miembros de
mayor resistencia imitando ajimeces ornamentales y caprichosos
enrejados.

Volviendo ahora á nuestra catedral de Córdoba, que vimos salir de
cimientos en el año 1523, es decir, cuando ya Enrique Egas, Pedro de
Ibarra y otros maestros habian iniciado en las construcciones civiles la
manera ultramontana, y proseguir lenta y trabajosamente hasta los
primeros años del siglo XVII, esto es, hasta la época de la decadencia
de nuestra arquitectura, ya facilmente sospechará el lector que vamos á
encontrar dentro de ella todos los caractéres buenos y malos, todas las
huellas de las diferentes trasformaciones de nuestro gusto artístico,
desde las elegantes proporciones dadas al estilo plateresco por
Cristóbal de Andino, Juan de Badajoz, Machuca, Covarrubias, Siloe y
Borgoña, hasta las frias, secas y pesadas invenciones de los imitadores
de Juan de Toledo, Herrera, Vega, Becerra, Bustamante y Villalpando.
Porque son dos los estilos que se dividen el siglo XVI en España: el
primero es el _plateresco_, formado y cultivado casi esclusivamente por
artistas españoles bajo el reinado de Cárlos V, el cual se perpetúa
hasta dentro del reinado de Felipe II, y al que se deben, entre muchos
edificios justamente célebres, el bellísimo claustro del monasterio de
Sta. Engracia de Zaragoza, trazado por Tudelilla; el monasterio y templo
de S. Miguel de los Reyes de Valencia, obra de Covarrubias y Vidaña; la
preciosa fachada principal del alcázar de Toledo, del mismo Covarrubias
y de Enrique Egas; la capilla del Salvador de Úbeda, y el palacio del
comendador mayor Cobes, secretario de Cárlos V, obra de los Valdeviras
de Sevilla; la casa de ayuntamiento de esta ciudad, de autor
desconocido; el famoso claustro de S. Zoil de Carrion y la fachada del
convento real de S. Marcos de Leon de la órden de Santiago, ideados por
Juan de Badajoz, etc. Muchos de estos edificios compiten por la gracia,
la originalidad y el esquisito gusto y conclusion de sus decoraciones,
con los mas afamados que en sus respectivas naciones construyeron
Serlio, Alberti, Bramante, el Rosso, el Primaticio, Filiberto Delorme,
Pedro Lescot y Juan Bullant. El segundo estilo, de tal manera
identificado con el espíritu de gravedad y de misticismo austero que
caracteriza á la política y gobierno de Felipe II, que no parece sino
que el arte quiso simbolizarlo, es el llamado _greco-romano_, debido á
la revolucion que acababa de hacer en la arquitectura el genio altivo,
osado y un tanto sombrío de Miguel Angel, sustituyendo á los órdenes
acumulados y sobrepuestos del estilo del renacimiento un órden único y
colosal en cada edificio, y proscribiendo como futilidades pueriles los
follages, grotescos, estípites, candelabros y demas adornos prodigados
por los adeptos de aquel. Comienza este severo y desnudo estilo á dar
indicios de su existencia en España con las construcciones de Gaspar de
Vega en Uclés y en Madrid, y las del P. Bustamante en Toledo, notables
por su gran sencillez y pureza de líneas, mas no se desarrolla
plenamente hasta la época en que para la construccion del Escorial, cuna
y escuela futura de esclarecidos artistas, trae Felipe II de Italia á
Juan de Toledo y suscita al renombrado Juan de Herrera, elevándole en su
munífica proteccion á tanta altura, que se le miró como el grande astro
del arte destinado á iluminar todos los ángulos de la Península,
creyéndose de buena fé que antes de recibir su claridad habia dormido
España en las tinieblas de la ignorancia. La ocasion que tuvieron
nuestros vireyes y gobernadores en Nápoles y Milan de conocer á
arquitectos italianos de mérito, contribuyó tambien poderosamente á que
algunos de estos, como Benvenuto, Juan Bautista Castello, Francisco
Sissoni, Felipe Trezzo y los Antonellis, viniesen á nuestras ciudades á
reforzar, digámoslo así, la invasion de las ideas de Vignola y Miguel
Angel. De ambos estilos, plateresco y greco-romano, participa pues en su
construccion y decoracion la catedral que vamos describiendo, si bien su
primer arquitecto, Hernan Ruiz el Viejo, ideó sin duda alguna erigirla
con arreglo al sistema gótico, que en su tiempo se consideraba todavía
como el mas adecuado para los templos del cristianismo. Reconócese desde
luego esta intencion en la forma ojival de sus arcos torales, y si no
presentan este mismo carácter su presbiterio, su cúpula elíptica y su
coro, es porque, como dejamos indicado, estas partes y su ornamentacion
no se obraron hasta mucho despues de haber muerto aquel eminente
artista. La decoracion de la catedral en rigor pertenece casi
esclusivamente á los tiempos del rey D. Felipe III, que, como nadie
ignora, fueron de visible decadencia en todo respecto de los tiempos
anteriores.

El presbiterio está formado por cuatro grandes arcos de medio punto, dos
á cada lado, decorados con follagería de estuco y otros adornos con
filetes dorados, entre los cuales se ven dos grandes escudos de España
con las insignias y timbres imperiales. Sobre estos arcos corre una
pequeña columnata con su arquitrabe y con arquitos ornamentales en los
intercolumnios formando una hilera de hornacinas, y luego un
entablamento de gran trabajo, en cuya faja inferior hay una inscripcion
que dice el tiempo en que se acabó la obra de la capilla mayor. A cierta
distancia de la cornisa se levanta á cada lado un cuerpo compuesto de
tres arcos, el del medio remontado, que sirve de ventana, y los otros
dos adintelados, en los cuales se ven cuadros que al parecer representan
hechos de la vida de S. Fernando. Todos tienen su correspondiente
cornisamento sostenido de columnas jónicas estriadas, con los pedestales
al aire cargando en sendas repisas. Encima de cada arco hay una
lumbrera, con que se llena el lienzo del testero, y á cada lado un
nicho. Esta misma decoracion ocupa la parte que media desde el
cornisamento hasta la bóveda de los frentes de la nave del crucero. La
bóveda de la capilla es cuadrangular rebajada. De sus cuatro ángulos
parten manojos de baquetones interrumpidos á trechos por círculos ó
medallones con bustos de varios santos: mezcla de estilos que produce
una decoracion pesada y de mal efecto. Las bóvedas de la nave del
crucero son semejantes á esta, y estan igualmente decoradas con
baquetones góticos. Los dos testeros del crucero que cortan las naves
principales de la mezquita ofrecen una ornamentacion mixta de plateresco
y sarraceno: redúcese á dos robustos arcos cubiertos de follagería en
las molduras de sus archivoltas, descansando en cornisas sostenidas por
columnas, con otros dos encima ornamentales, sobre los cuales corre una
ancha faja de arquitos entrelazados. Del medio de esta faja baja otra
perpendicularmente hasta el suelo, dejando un arco á cada lado con su
arco ciego encima, y encerrándolos á manera de arrabá. En la faja
perpendicular se ve una imágen sostenida en una peana cuya base es una
columna de jaspe, y debajo de una marquesina gótica muy labrada que
descansa en dos columnitas espirales. Sobre la marquesina hay un
recuadro con un escudo, y en los tímpanos de los arcos ciegos que hemos
mencionado, adornos de arquitos angrelados entrelazados al gusto
sarraceno. Los lados que abren paso á las naves trasversales de la
mezquita presentan una combinacion muy feliz y graciosa de los estilos
árabe y plateresco, pues subsisten en ellos tres antiguos arcos de
herradura con sus arcos remontados encima, arrancando de las lindas
pilastras que entre uno y otro estan como suspendidas en el aire; y
sobre los tres arcos abiertos voltea un grande arco ornamental de medio
punto, cuyo tímpano llena una greca de filetes perpendiculares con
lacería angrelada en el centro[379].

[Illustration: _Dibº del natl y litª por F. J. Parcerisa._

_Lit de J Donon._

INTERIOR DE LA CATEDRAL DE CÓRDOBA.]

Dijimos que los arcos torales estaban labrados á la manera gótica; pero
aun en su misma ornamentacion se advierte la mano bastarda del arte
moderno, porque si bien sus baquetones lisos y de aristas, sus funículos
y sus relevadas cenefas de hojas y animales, forman como un haz vistoso
de cañas, cuerdas, y tallos cuajados de flores, las claves de los del
presbiterio y coro estan enmascaradas con feas cartelas de forma
elíptica recargadas de adornos de mal gusto. Sostienen estos arcos
torales una cúpula oval con su cornisa de mútulos y friso adornado de
festones pendientes. Tanto la cúpula como las pechinas estan cuajadas de
recuadros, medallones, festones, cartelas, y hasta estátuas de todo
bulto. Dan luz á aquella ocho espaciosas lumbreras.

El coro está decorado en su parte superior de una manera muy poco
adecuada para un templo. Su bóveda es de cañon, atravesada por cuatro
grandes lunetos, entre los que se ven cariátides pareadas que la
sostienen. Adornan su parte central en toda su longitud estátuas de
santos colocadas en recuadros de estuco, con florones y otros adornos en
los intermedios. Entre los ángulos que forman los lunetos hay estátuas,
colocadas tambien en recuadros sostenidos de niños ó genios, de músculos
hercúleos y carnes superabundantemente nutridas, con escudos del obispo
Reinoso. Bajo cada luneto hay una gran ventana con jambaje y dintel
correspondiente á lo demas de la fábrica, y sobre los dinteles campean
escudos del prelado D. Leopoldo de Austria, tio del emperador. Por la
parte inferior de las ventanas corre á alguna distancia un cornisamento
cuyo friso está adornado de follagería con medallones de muy alto
relieve á trechos; debajo hay en cada lado tres arcos ojivales
figurados, y en su vano estan abiertos otros algo menores de medio
punto, que dan salida á las tribunas. El tímpano entre ambos arcos está
lleno de adornos formando cenefa. Entre los arcos hay en cada machon dos
estátuas, una sobre otra al modo gótico, la superior bajo su
afiligranada marquesina y descansando en su peana, que sirve á la
inferior de doselete. La luz escesiva de aquellas anchas ventanas, la
abundancia de los estucos y dorados, la presencia inoportuna de aquellas
cariátides y genios, dan á esta parte del templo un aspecto profano, mas
propio de una galería ó aula régia que de un coro de canónigos. Y aun
prescindiendo de su destinacion, como obra artística es á nuestros ojos
lo menos feliz de la gran catedral cordubense.

[Illustration: INTERIOR DE LA CATEDRAL DE CÓRDOBA.]

Pero donde resulta todavía mas disonante la reunion de estilos de
diversas épocas y de opuestos sistemas, es fuera del buque de la nueva
catedral, en la sexta nave principal de la antigua mezquita, cortada en
una estension de trece naves trasversales para formar el trascoro. Abre
paso á este un grande arco de herradura, primorosamente cuajado de labor
gótica relevada, en su archivolta y en su intrados, y despues de
atravesarle se halla uno debajo de una bien perfilada bóveda ojival del
siglo XVI. Otro grande arco gótico, levemente apuntado, adornado de
molduras, cenefas y funículos, sobre pilares ornados de treboles,
cenefas y columnillas platerescas de estrías espirales en la parte baja
de su fuste, conduce á la fachada posterior del coro. Esta fachada ya no
es ni árabe, ni gótica, ni plateresca; como de la época en que se
terminaba la gran fábrica del _Escorial_, es puramente de aquel estilo
greco-romano desnudo y severo que estaba allí en boga, practicado por
Francisco de Mora, el discípulo predilecto de Herrera, y que era tambien
muy del gusto de Diego de Praves, quien pudiera quizá ser su autor[380].
La obra es toda de piedra franca: compónese de dos cuerpos, el inferior
de ocho columnas dóricas estriadas y pareadas. Las del centro, entre las
cuales se ven algunos recuadros resaltados, sostienen el segundo
cuerpo, formado por dos columnas jónicas, tambien estriadas, con su
correspondiente cornisamento y fronton triangular, sirviendo de templete
á una estátua del tamaño natural de S. Pedro sentado en actitud de
bendecir. Entre las columnas del centro y laterales del cuerpo inferior
estan los postigos del coro, de arco adintelado, con cornisa dórica
arquitrabada, sobre la cual carga un óvalo de jaspe azul sostenido por
genios, y un fronton triangular afianzado con mútulos. Del mismo estilo
que esta fachada es la entrada principal al trascoro, que está enfrente,
con un grande arco central de diez y seis piés de luz flanqueado de
hermosas pilastras dóricas, las cuales sostienen un cornisamento del
mismo órden, con un ático que sirve de base á un segundo cuerpo de arcos
adintelados y columnas jónicas estriadas, rematando el conjunto en un
tercer cuerpo de arcos y pilastras pareadas. No deja de producir efecto
en el ánimo esta composicion en cierto modo grandiosa, sea que realmente
exista en esta arquitectura el mérito que sus apasionados le atribuyen,
ó sea que en sus no interrumpidas y desnudas líneas descanse con placer
la vista despues de fatigada con la recargada decoracion de los estilos
gótico-florido y plateresco. Continuando nuestro paseo por el trascoro,
atravesaremos ahora por debajo de otro grande arco ojival, compañero al
que nos sirvió de ingreso al tramo de las dos portadas greco-romanas,
cubierto por la alta bóveda plateresca del coro, y volveremos á entrar
en la nave baja que circuye el gran buque de aquel, cubierta como
dejamos dicho de bóveda ojival del siglo XVI[381]. Nos hallamos en el
ángulo S-O. de la catedral nueva, y tenemos enfrente la fachadita
esterior del norte de la capilla de Villaviciosa, toda encerrada en un
arco de herradura, en cuya archivolta labró el genio paciente y
minucioso del renacimiento español veintidos compartimentos cuajados de
lindas figuritas en sus correspondientes nichos. Los galanos arreos del
renacimiento, empleados con sobriedad, hacen muy buena mezcla con las
líneas de la primera arquitectura árabe: así tambien los tres arcos de
herradura que presentan en ambos lados los brazos del crucero, llevan
con bellísimo efecto en sus archivoltas una cenefita de hojas gótica,
que no parece sino la marca de bautismo puesta al arte musulman por el
arte cristiano al prohijar una de sus mas graciosas invenciones. La
fresca y sencilla corona de azahar que ciñe la frente de la jóven
desposada, no tiene mas encanto y mas poesía que esa angosta cenefa en
aquellos garbosos arcos, limpios y desnudos de todo ornato, restos de un
monumento que puede considerarse como la creacion mas gallarda y robusta
del genio islamita en España.

Las arquerías de la antigua Aljama que no alcanzaron el privilegio de
entrar en el recinto de la gran cruz que forma la planta de la catedral,
no por esto dejan de contribuir á una bellísima perspectiva desde el
interior; el dicho vulgar de que la mezquita de Córdoba parece un bosque
de piedra nunca es mas exacto que cuando registra la vista las largas
calles en que estan dispuestas sus numerosas columnatas, mirando por los
gigantescos arcos del presbiterio y del crucero[382]. Esta perspectiva
sería infinitamente mas vistosa si se conservasen los preciosos alfarges
árabes que cubrieron las naves hasta los primeros años del siglo pasado,
en que por no hacer el debido aprecio del artesonado antiguo, se
sustituyó el embovedado de mal gusto que hoy tienen[383].

Pasamos por alto la descripcion de muchas cosas que como obras del arte
no podemos elogiar, ni aisladamente, ni en su relacion con el edificio:
tales son, el retablo de la capilla mayor, en que solo nos es dado
encarecer el escelente trabajo manual de los jaspes en sus lechos y
juntas, superficies planas y molduras; el tabernáculo, en que solo
admiramos el perfecto ajuste y bruñido de los mármoles; los púlpitos de
Verdiguier, _borrominescos_, y no obstante grandiosos; últimamente la
sillería del coro, obra del escultor D. Pedro Duque Cornejo, recargada
de adornos, estatuitas y medallones del estilo amanerado que privaba en
la segunda mitad del siglo XVIII, con su elevada silla episcopal llena
de figuras de gran tamaño, composicion en alto grado churrigueresca. Y
sin embargo de merecer poco encomio como objetos artísticos, no puede
negarse que la sillería del coro con su profusa talla, los púlpitos de
caoba con sus grupos de pulido mármol al pié, el tabernáculo con sus dos
cuerpos y cúpula de variados jaspes, y el retablo con su séria riqueza,
forman un conjunto magestuoso, augusto, lleno de pompa, realzados con el
oro prodigado en toda la arquitectura del templo, con la espaciosa
escalinata del presbiterio, con las losas de Génova del pavimento, con
las verjas, postigos y balaustradas de bronce, con la gran lámpara de
plata que pende en la capilla mayor, y el altar calado de bronce y
plata, cuando antes de analizar una por una las partes de la moderna
catedral, se percibe de golpe la primera impresion producida, no por las
formas, sino por la nobleza de la materia.

Hemos querido presentar en un cuadro general la marcha del arte en todo
el siglo XVI para que resultase mas fácil la clasificacion filosófica de
los diferentes estilos que en la obra de la nueva catedral se advierten.
Ahora, continuando la interrumpida historia cronológica de las capillas
y demas obras, cada cual podrá formarse idea de su carácter
arquitectónico con solo tener presente la época de su edificacion.

El obispo D. Fr. Juan de Toledo, á quien hemos visto promover con ardor
la obra del nuevo crucero desde el segundo año de su inauguracion, ya
que no podia dejar un recuerdo de lo que alcanzaba la composicion
arquitectónica de su época dentro del templo, por hallarse este apenas
comenzado, quiso dejarlo en su portada principal mirando al átrio, y
quizás con este intento mandó construir el cuerpo de piedra que hoy
existe sobre el arco llamado _de las bendiciones en la Puerta de las
Palmas_, que dá ingreso á la nave central y mayor de la mezquita
primitiva[384]. Reconócese en esta obra á la primera ojeada la
arquitectura del tiempo de Cárlos V, aun sin necesidad de leer la
inscripcion dedicatoria del referido prelado á la salutacion angélica de
nuestra Señora, que ocupa en ella un lugar muy preferente. Sobre el
grande arco de herradura de la puerta árabe se labró á modo de tejaroz
una cornisa saliente sostenida en modillones e molduras horizontales,
muy juntos y con un escudito en su frente, y sobre esta cornisa se
levantó á guisa de espadaña un paralelógramo rectángulo con dos
pilastrones ó antas á los lados, decoradas en su grueso de floroncillos
de relieve. En la parte alta de este cuerpo rectangular hay dos nichos,
entre columnas balaustradas, sobre grandes repisas de follagería con
ancho tablero, unidas entre sí por una imposta. Descansa sobre las
columnas un arquitrabe con su cornisa, que sobresale de la cornisa
general; ocupan los nichos las imágenes de nuestra Señora en el misterio
de la Anunciacion, y el ángel Gabriel, y sobre el centro de la imposta
que une las dos repisas descansa un jarron de azucenas. En la parte baja
se ve un escudo con las armas del prelado, y á los lados dos cartelas de
elegante forma con la inscripcion siguiente: «_Hoc Sacrum opus angelicæ
salutationis divæ Mariæ Virgini dicatum, Frater Joannes á Toleto
sculpendum curavit, episcopatus sui anno decimo, nativitatis vero domini
nostri MDXXXIII._» Sirve de remate á este cuerpo una hilera de escudos y
balaustres á modo de jarrones.

Capilla de _S. José_ y _Sta. Úrsula_. La erigió á levante el canónigo D.
Alonso Sanchez Dávila entre la antigua de nuestra Señora de la
Concepcion y una puerta, en el año 1550, tomando el tramo veintitres de
la última nave principal.

Capilla de la _Resurreccion_. Fué fundada, no se sabe precisamente en
qué año, por el prior y familiar del obispo D. Leopoldo de Austria, el
aleman D. Matías Muitenhoamer, que murió en 1569 y yace enterrado en
ella. Ocupa un pequeño espacio al levante entre el postigo del
_Sagrario_ y la capilla de los _Stos. Acisclo_ y _Victoria_.

Capilla de la _Asuncion de nuestra Señora_. Es fundacion del
maestrescuela D. Pedro Fernandez de Valenzuela, quien la labró en 1554
al otro lado del postigo del _Sagrario_.

Capilla del _Espíritu Santo_, ó de los _Obispos_. El arcediano de
Córdoba D. Francisco de Simancas, en nombre de su hermano D. Diego
Simancas, obispo de Ciudad-Rodrigo y electo de Badajoz, acudió al
cabildo representando que deseaba fundar y dotar una capilla para su
entierro y el de sus padres, cuyos cuerpos habian estado depositados en
otra debajo de la de los Reyes. Pedia al efecto que se le señalase sitio
para labrarla, y el cabildo en 4 de setiembre de 1568 concedió la
capilla y señaló para ella el espacio de una puerta del muro de levante
que quedaba entre la _antigua de la Concepcion_ y otra titulada de la
_Expectacion_, fundada á mediados del siglo XIII por el chantre D. Pedro
Hoces. Hízosele esta concesion _con tanto_ (dice el acta capitular) _que
se cierre la puerta en manera, que por fuera de la dicha iglesia se
quede muy formada y señalada_. Así se cumplió; hoy sin embargo, por de
fuera, no se ven de la puerta árabe que entonces se tapió mas que las
jambas: el gallardo arco de herradura está sin duda sepultado, con los
ajimeces que tendria probablemente á cada lado en la parte superior,
bajo las gruesas capas de cal y ocre con que el moderno vandalismo ha
presumido hermosear todos los antiguos monumentos de España. La capilla
de que hablamos se llama tambien de los _Obispos_ por estar sepultados
en ella el mencionado D. Diego Simancas, y su hermano D. Juan, obispo de
Cartagena en Indias[385].

Quizás no estaba acabada esta capilla cuando á fines de diciembre del
año 1569 se aderezaba con toda premura para que sirviese de salon de
córtes la Sala Capitular, que, como queda dicho en su lugar
correspondiente, se hallaba establecida en la capilla de S. Clemente,
fundada por el rey S. Fernando[386]. Diremos sumariamente por qué iban á
reunirse aquí las córtes del reino.

La parte meridional de la herencia de Cárlos V atravesaba uno de sus
mas dificultosos períodos. Balanceábase magestuosa en un mar lleno de
escollos la nave del Estado regida por la inflexible mano de Felipe II,
cuya severidad escesiva embravecia los ánimos de los hereges flamencos y
traía alterados y en declarada rebelion á los moriscos granadinos.
Personificacion terrible de la autoridad y de la razon de estado, reunia
este monarca, como condiciones para reconstituir con la fuerza la
disuelta union de la cristiandad, al celo religioso el arte de
sacrificar á la política todo humano instinto. Del pantano de sangre en
que habia convertido los Paises-Bajos, revolvia ahora amenazante hácia
la parte donde retoñaba bajo la influencia otomana el peligroso
proselitismo islamita. Córdoba y Sevilla le preparaban arcos triunfales
y emblemáticas adulaciones aunque le sospechaban parricida: temianle las
mismas ciudades ortodoxas que defendia, y es de creer que al recibirle
en su Puerta Real la reina del Guadalquivir, de mejor gana que el
Parnaso y el coro de Helicona[387], le hubiera presentado alguna otra
alegoría mas acomodada á sus empresas; por ejemplo, el carro triunfal de
la España católica conducido hácia la gran fantasma de la monarquía
universal, llevando por guiones la _Inquisicion_ y el _Consejo de
justicia_[388], por un campo lleno de hogueras, destrozos, poblaciones
asoladas, familias diezmadas y despavoridas; sobre el carro la Fé
católica desfigurada y abatida, condenada por el rey á un triunfo
forzado, y en torno por el aire, en vez de divinidades protectoras y
genios, de una parte el espantable espectro del príncipe D. Cárlos, de
otra los de los malhadados condes de Egmont y de Horn acaudillando una
interminable legion de indignadas sombras. Como quiera que fuese, las
dos principales ciudades de Andalucía rivalizaban en la manera de
obsequiarle y de granjearse su sonrisa, porque aunque los hereges
vencidos le llamasen el _demonio del mediodia_, el poderoso clero de
España le llamaba el _piadoso_ y el _prudente_, y aunque la nacion se
empobrecia, y se dejaba arrebatar los últimos restos de sus antiguos
fueros y libertades, la aparente riqueza de las Américas la alucinaba, y
las gloriosas hazañas de D. Juan de Austria, del duque de Alba, del de
Parma y del de Saboya, entretenian su imaginacion aventurera. Que entre
los moriscos de la Alpujarra y del Albaicin y el Imperio turco habian
mediado tratos, era cosa indudable. Pudo Selim II dejar á los de Granada
comprometidos, sin mas apoyo que el que les mandó el rey de Argel; pero
de todos modos el rey católico obró con cordura y como agente
providencial al dar una importancia máxima á aquella insurreccion,
puesto que era un anuncio de la grande amenaza que al año siguiente le
iba á arrastrar á un combate glorioso contra el turco, y porque contra
ella iba á ensayar su militar pericia el glorioso jóven destinado á
hundir la arrogancia de la media luna en las aguas de Lepanto. Además,
entre las fuerzas del rebelde Aben Humeya habia considerable número de
otomanos y socorros cuantiosos de Berbería, capitanes prácticos en su
manera particular de hacer la guerra, armas y vituallas en abundancia.
Veía por otra parte el rey que la reunion de gente y de provisiones se
hacia muy despacio, y pareciéndole que con acercarse él mas al reino de
Granada daria mas eficaz impulso á las ciudades y señores, y que con la
fama y autoridad de su venida andarian mas retenidos los príncipes de
Berbería en dar auxilios, resolvió pasar á Andalucía y llamar córtes en
Córdoba para dia señalado, convocando á los procuradores de las ciudades
y mandando disponer aposentos.

Sabido es lo que eran las córtes en España bajo la casa de Austria. La
guerra de los _comuneros_ habia sido la última llamarada deslumbradora
de la antigua representacion nacional: despues de ella nada quedó del
principio democrático, nada de la independencia nobiliaria, nada del
predominio del alto clero. Lo que ahora se llamaba córtes era la reunion
de diez y ocho ó veinte diputados para aprobar cuanto mandaba el rey. No
debe por lo tanto estrañarse que una sala capitular de sesenta piés de
longitud se considerase parage muy adecuado para celebrar sus córtes el
reino con toda comodidad y decoro. Preparóse para aposento del rey el
palacio del obispo, pasando este su habitacion al hospital de S.
Sebastian, que pidió al cabildo, trasladando los enfermos al de Anton
Cabrera; y para que S. M. pudiera ir desde el templo á su palacio sin
que le importunase el gentío, se engalanó como era regular el pasadizo
por donde los reyes árabes se trasladaban de uno á otro edificio. En la
puerta del Perdon aderezó el cabildo un altar con una imágen de nuestra
Señora y una reliquia. Tambien la ciudad se esmeró en disponer un
recibimiento digno del augusto huésped y de su corte. Hizo blanquear la
torre de la Puerta Nueva, por donde debia entrar el rey, y lo mismo
todas las otras torres vecinas y parte de muralla que desde allí se
descubren. Ensanchó considerablemente la puerta, renovó la imágen grande
de nuestra Señora que estaba encima, y puso en lo alto de la torre un
escudo con las armas reales y dos con las de la ciudad á los lados. En
la _Corredera_, que es la plaza principal, por donde habia de pasar
igualmente la regia comitiva, acababa de hacer construir el corregidor
D. Francisco Zapata de Cisneros, conde de Barajas, una hermosa fuente de
jaspes encarnados y negros, de tres cuerpos con pilon ochavado y dos
tazones de elegante forma, que llamó despues la atencion del rey. Llegó
el dia señalado para la entrada, lunes 20 de febrero: ya el viernes
antes habia hecho la suya el cardenal Espinosa con muy solemne
recibimiento. Ahora la Puerta Nueva estaba lujosamente revestida con los
paños del cabildo concejil, de terciopelo carmesí y amarillo, bordadas
en medio las armas de la ciudad; al lado derecho habia un dosel de
brocado, muy espacioso para que debajo de él pudiera situarse el rey á
caballo á prestar su juramento de guardar á la ciudad sus preeminencias
y libertades; habia tambien muchos tablados, ricamente guarnecidos, para
las damas ansiosas de presenciar tan solemne acto; todas las calles de
la carrera estaban colgadas vistosamente, y por último tenia preparados
la ciudad seis castillos con grandes luminarias para despues de
anochecer, á mas de las caprichosas iluminaciones de las casas
particulares, muchas de las cuales debieron malograrse con el aguacero
que descargó aquella noche misma desde las nueve en adelante[389]. Salió
la ciudad á recibir á Felipe II, vestidos los jurados de amarillo con
ropones de terciopelo verde y vueltas de raso amarillo, los
veinticuatros de blanco con ropas de terciopelo carmesí y vueltas como
el vestido, sus maceros delante con ropas de damasco carmesí: todos
cabalgando. Apeáronse en el campo del Marrubial, y cuando llegó el rey,
uno á uno le fueron besando la mano. Lo mismo hicieron el obispo y el
cabildo eclesiástico, con el entretenimiento consiguiente á la gran
muchedumbre de gente de á pié y á caballo que allí habia acudido.
Prosiguiendo luego el rey su entrada, al llegar á la puerta de la ciudad
se situó bajo el dosel que le estaba preparado, prestó su juramento,
entró despues bajo el palio de brocado que tenian enfrente el corregidor
y otros veinticuatros, y tomando con su numeroso y lucido cortejo la
calle derecha, llegó á S. Pedro, se enderezó á la Corredera, subió los
Marmolejos arriba, bajó por la calle de la Feria, y salió por la
platería al ángulo S-E. de la iglesia mayor[390]. Recorriendo toda su
fachada oriental, se apeó en la puerta del Perdon, donde le esperaban ya
á pié el obispo con asistentes y diáconos, la procesion de todo el clero
y cruces de las parroquias, y los prebendados con sobrepellices y capas
de brocado. Arrodillóse ante el altar que allí se habia colocado, el
cardenal le dió el agua bendita, el obispo le dió á besar la reliquia, y
entonando la música el responsorio _elegit Deus_, caminó la procesion al
altar mayor antiguo, donde dijo el obispo las oraciones que previene el
Pontifical y dió la bendicion solemne al rey, á la ciudad y á la corte.
Era este obispo D. Cristóbal de Rojas y Sandoval, que estaba en esta
misma época grandemente consagrado á dar impulso á la obra del nuevo
crucero, como dijimos en su lugar oportuno.[391]

Acudieron á Córdoba además de los procuradores de las ciudades, muchos
señores y caballeros de toda Andalucía, con no pocos personages notables
de la corte. El rey se detuvo dos meses tomando con sus córtes las
providencias convenientes para la reduccion de los moriscos, y antes de
pasar á Sevilla recibió un fastuoso homenage del duque de Medinasidonia,
quien desde sus estados fué á Córdoba á besarle la mano, con tan lucido
acompañamiento que ocupó las lenguas de la fama por mucho tiempo[392].

Capilla de _Nuestra Señora de la Concepcion_. Fué esta capilla fundada
por un racionero hácia el año de 1571, contra el muro de levante, entre
la capilla de Sta. Ana y el postigo llamado _de los Juanes_, que es el
mas próximo al patio de los Naranjos por aquel lado.

Hemos hecho mérito de un acuerdo del cabildo, de enero de 1517[393], del
que se colige que en este año se destinaba á la librería el local de la
antigua y espaciosa capilla de Santiago. Posteriormente, en la sede
vacante del obispo D. Fr. Bernardo de Fresneda (año de 1577), determinó
el cabildo hacer de la librería un nuevo Sagrario, por ser pequeño el
antiguo que estaba en la capilla de la _Cena_. Esta obra se continuó con
ardor por el obispo D. Fr. Martin de Córdoba; mas con su muerte,
acaecida en junio de 1581, quedó suspendida, hasta que en agosto de 1583
la continuó y acabó el obispo Pazos y Figueroa. Hízose el _Sagrario_
propiamente dicho al fondo de la nave central de las tres que contenia
la mencionada capilla de Santiago, rozando el muro en todo su espesor
para abrir en él una especie de camarin entre las dos torres árabes que
sirven de contraresto á las dos arquerías tendidas de norte á sur. Estas
dos torres quedaron por su haz esterior unidas con un fuerte muro, segun
aparece hoy. Ciérrase este camarin con una puerta de talla dorada; á sus
lados hay dos altares, en que se ven pinturas al fresco representando á
dos profetas; en las naves laterales hay tambien altares; las paredes
estan todas cubiertas de pinturas al fresco de los mártires de Córdoba,
costeadas por el obispo Pazos y ejecutadas por el italiano César Arbasi,
pintor de la escuela de Leonardo de Vinci[394]. La puerta principal de
esta capilla es una verja de hierro muy bien trabajada por Fernando de
Valencia: en su parte superior campean las armas del obispo D. Fr.
Martin de Córdoba. Sobre las puertas laterales por la parte interior se
léen los siguientes versos:

    «_Consecrata solo coelo exaltata triunphat
        Corduba tot tantis inclyta martyribus._»

    «_Concives Sancti vos Corduba vestra precatur
        Sit vestro semper salva patrocinio._»

Yacen en ella sepultados varios obispos, pero solo D. Antonio de Pazos
tiene delante del comulgatorio una lápida de jaspe rojo con inscripcion
que él mismo dictó en vida.

Capilla de _Nuestra Señora la Antigua_. En 1597 la labró el jurado
Alonso Cazalla en el ángulo N-E. de la mezquita primitiva anterior al
ensanche dado por Almanzor. Puso en ella una imágen de Nuestra Señora,
pintada al parecer sobre fondo dorado y menudamente labrado que le dá
ciertos visos de verdadera antigualla. Apenas hay ciudad importante
donde no se venere alguna de estas imágenes, que la tradicion supone
reliquias de la España visigoda, milagrosamente salvadas durante la
dominacion sarracena y restituidas con la reconquista á la pública
devocion. Ofrecen por lo general un carácter evidentemente bizantino;
pero esto no obsta para que la piadosa tradicion prevalezca si se
considera que los griegos de Constantinopla eran los únicos pintores en
los primeros siglos de la Iglesia. Esta capilla es la postrera huella
artística del siglo XVI en la catedral de Córdoba.

Habiendo de mencionar ahora las obras ejecutadas en el siglo XVII y
primera mitad del XVIII en que terminan las fundaciones hechas en
nuestra catedral, diremos antes en pocas palabras el carácter de la
arquitectura en este período. Aquella severa grandiosidad, aquel purismo
clásico que distinguia las construcciones de los restauradores de la
arquitectura greco-romana, y que tanto agradaron durante el reinado de
Felipe II y la mayor parte del de Felipe III, empezaron á abandonarse
desde los primeros años del siglo XVII. Comenzaba desgraciadamente para
España la época de su gran decadencia en política, en armas, en letras:
¿cómo no habia de languidecer un arte como la arquitectura que necesita
mas que otro alguno para desarrollarse, la juventud, la energía y la
vida de la inteligencia? Cuando declinan las ideas decaen necesariamente
las formas: así el que quiera estudiar _à priori_ las vicisitudes del
arte bajo los últimos monarcas de la casa de Austria, no tiene mas que
hojear los libros de los prosadores y poetas contemporáneos.

Los italianos, reñidos ya con la austera grandiosidad de Palladio,
comenzaban á disgustarse de la desnudez de los miembros arquitectónicos:
revestían de follages, festones, lazos y entallos los frisos y
entrepaños, los frontones, los dados, si bien conservaban puras las
líneas y los perfiles. Las relaciones de nuestra Península con Roma eran
demasiado estrechas para que no se nos hiciese familiar el estravío que
allí padecia el buen gusto; además, el estilo introducido por la escuela
de Herrera habia en cierto modo agotado sus recursos, y se deseaba la
novedad. Poco á poco aquella especie de manía de ornamentacion, que al
principio respetó los distintivos característicos de cada órden
arquitectónico, se fué comunicando á la esencia misma de los cuerpos, á
la estructura y combinacion del conjunto. Hacer desaparecer los perfiles
de un monumento bajo la balumba de los follages, como lo ejecutó en el
Panteon del Escorial el italiano D. Juan Bautista Crescencio, era una
verdadera profanacion segun las reglas de los Vignolas, Albertis y
Sagredos; pero hasta los de juicio mas severo se fueron paulatinamente
acostumbrando á la nueva manera, y ya en 1626 no tuvo escrúpulo el
hermano Francisco Bautista en adornar con hojas de acanto los capiteles
dóricos de la fachada de S. Isidro el Real de Madrid. Autorizada la
peligrosa innovacion con tan insigne ejemplo, pronto se rompió el dique
del respeto á la antigüedad, y Donoso, Barnuevo, Churriguera, Thomé,
Ribera y sus prosélitos, inundaron en pocos años el pais con sus
licenciosas y amaneradas invenciones. Era esta la época en que los
ingenios españoles contagiados del culteranismo literario y artístico,
construían gongorismos lo mismo con piedras y estuco que con palabras.
Es tal la paridad entre los arquitectos y los poetas de aquel tiempo,
que al leer uno la crítica que hacia el Milizia de Borromino, podria
creer que estaba aquel severo escritor juzgando á nuestro célebre Luis
de Góngora: «fué, dice, uno de los primeros hombres de su siglo por la
elevacion de su ingenio, y uno de los últimos por el uso ridículo que de
él hizo.» Juan Martinez, Crescencio, y el hermano Francisco Bautista,
eran ya puristas comparados con estos últimos, cuya incontinencia de
estilo rayaba en enagenacion mental y delirio.

Conviene marcar las épocas. El estilo severo de los Herreras y de los
Moras persevera sin contagio hasta la segunda década del siglo XVII, en
que el Bernino y el Maderno hallan imitadores entre los españoles,
estimulados quizá de la proteccion concedida á Crescencio por el
poderoso duque de Olivares. Empieza pues á insinuarse el amaneramiento
desde antes de florecer como arquitecto de S. Pedro de Roma el
Borromino. Declárase más el divorcio con el clasicismo pasado cuando el
Borromino logra secuaces entre nosotros, cuando Alonso Cano traza en
1649 su arco para la entrada de la reina D.ª María Ana de Austria en
Madrid, es decir en la segunda mitad del reinado de Felipe IV. Entonces
el Rizi contribuía quizá mas que otro alguno á precipitar esta
revolucion artística, con las decoraciones que como perspectivo
ejecutaba para el teatro del Buen Retiro, y que la corte entusiasmada
aplaudia. Secundábale Herrera Barnuevo con la pesadísima decoracion de
la capilla de S. Isidro de Madrid. Todavía sin embargo se conservaban
enteras las cornisas y se miraban con cierto respeto las líneas rectas;
pero vino Donoso en el reinado infeliz de Cárlos II, con su claustro de
Sto. Tomás, con su iglesia de la Victoria, con sus fachadas de la
Panadería y de la iglesia de Sta. Cruz, con su portada é iglesia de S.
Luis, obras todas ejecutadas en la corte; siguiéronle en Madrid, y aun
extremaron su detestable escuela, D. José Churriguera con el túmulo que
levantó para las exequias de la reina D.ª María Luisa de Orleans, D.
Pedro Ribera con sus portadas del Hospicio y del Cuartel de Guardias de
Corps; y en las provincias Herrera el mozo, autor del templo del Pilar
de Zaragoza; Thomé, que trazó el intrincado y célebre Trasparente de la
catedral de Toledo; Arroyo, que hizo la casa de moneda de Cuenca;
Rodriguez, que ideó la portada del colegio de Santelmo de Sevilla;
Moncalan y Portelo, que dirigieron la fábrica del hospital de S. Agustin
de Osma; y rivalizando estos entre sí en el deseo de producir cosas
nunca vistas y de separarse en todo de las reglas de la antigüedad,
rompieron las líneas, hicieron cortes y resaltos revesados, retorcieron
los entablamentos y los interrumpieron, alteraron todos los miembros
arquitectónicos, y abandonándose al frenesí de su imaginacion
desarreglada, llegaron á una completa dislocacion de las formas y de los
miembros. El carácter de esta deplorable arquitectura consiste
esencialmente en habérselo quitado á todos los órdenes antiguos. Un
entendido y juicioso escritor de bellas artes hace la siguiente
felicísima enumeracion de partes del monstruoso estilo arquitectónico
practicado en tiempo de Cárlos II[395]. «Las columnas, ora espirales y
cubiertas de emparrados, ora surcadas de singulares estrías y agallones,
ora panzudas y rechonchas, ó larguiruchas y chupadas, alternaban con
estípites y cariátides, balaustres y pilastras, aquí y allí esparcidas y
estrañamente apolazadas con recortes, escocias, gargantillas, y hasta
nuevos capiteles, encaramados unos sobre otros. Ni cupo mejor suerte á
las cornisas. Cortadas y retorcidas de mil maneras, habrian parecido
harto desabridas y monótonas á los innovadores si se hubiesen conservado
en ellas la direccion recta y una sola moldura por picar. Diéronles
tormento, é hicieron de sus diversas partes ondulaciones y resaltos:
menudos frontones, arquillos, retozos y almenados, y hasta una especie
de capacetes para cubrir las cornisas de las columnas, como si fuesen
los remates truncados de un frontispicio, y sin otro objeto que servir
de cabalgadura á un angelote rollizo, ó de arranque á un enlace
fantástico de garambainas y chucherías. Convirtieron además en repisas ó
enormes mascarones los pedestales, para sostener encima una fábrica
pesada é informe; y cuando bien les pareció, no dudaron en colocar dos
ó mas, unos sobre otros, hacer nichos de sus dados, y hacinar así los
miembros arquitectónicos, sembrando el todo de hornacinas caprichosas,
de figuras grandes y pequeñas, como si jugaran al escondite entre las
columnas; mientras que la máquina entera aparecia cubierta de
tarjetones, pellejos, lazos, manojos de flores, conchas, querubines,
sartas de corales, y otros diges y baratijas revesadamente
combinados[396].» Este pésimo estilo, tan arraigado en España mientras
la Francia, por el benéfico influjo de Luis XIV, veía erigir en su suelo
monumentos de carácter tan varonil, grandioso y severo como la columnata
del Louvre, el palacio de Versalles, el Observatorio y el Hospital de
Inválidos de París, se conservó hasta muy entrado el reinado de Felipe
V; y solo en la tercera década del siglo décimoctavo consiguió el
ilustrado vástago de la casa de Borbon empezar á introducir un nuevo
órden de ideas en el arte, reduciendo á su cauce natural el desbordado y
desperdiciado genio de los arquitectos españoles. Trájonos este príncipe
distinguidos profesores formados en las grandiosas máximas de Perrault y
de Fontana: Juvara, Sachetti, Raveglio, Bonavía, trasportándolas de las
orillas del Tiber á las del Manzanares, desterrando de todo punto las
licenciosas prácticas churriguerescas, inauguraron la segunda
restauracion. No faltaron arquitectos españoles que rivalizasen con
ellos; pero cuando empezaron á florecer nuestros Ascondos ya el siglo
XVIII tocaba á la mitad de su carrera.

Cuatro son pues los estilos que caracterizan á la arquitectura del siglo
XVII y primera mitad del XVIII: primero, el _greco-romano_ de Herrera y
Mora, mas ó menos puro hasta la época de Crescencio; segundo, el
greco-romano desfigurado con follages, que podriamos denominar
_crescentino_, y que dura hasta la mitad del reinado de Felipe IV, en
que empiezan los ejemplos de la innovacion borrominesca; tercero, el
_borrominesco_ propiamente dicho, que se desarrolla por obra de Cano,
Rizi y otros, en la segunda mitad de aquel mismo reinado; cuarto y
último, el _churrigueresco_ puro de la infelicísima época de Cárlos II,
parto de los delirantes cerebros de Donoso, Ribera, Churriguerra, Thomé,
etc., que se perpetúa hasta espirar el período que hemos abarcado,
despues del cual comienza la restauracion promovida por Felipe V. Esta
clasificacion no debe sin embargo entenderse de una manera empírica:
sabido es que en todos tiempos hay hombres apegados á las ideas antiguas
y en quienes no ejerce influjo la moda. Así no debemos estrañar, que del
mismo modo que se decoraba á la manera plateresca el coro de la catedral
de Córdoba cuando mas acreditados estaban los discípulos de Juan de
Herrera, se decorase tambien con forzada sencillez escurialense el
retablo de su capilla mayor cuando ya el famoso marqués de la Torre
cautivaba el pervertido gusto del público con sus pesados follages. Las
protestas contra la moda reinante son muy frecuentes, si bien siempre
mancas y defectuosas por lo que tienen de violento[397]. Con escasas
escepciones por lo tanto, resultará la indicada clasificacion en exacta
correspondencia con los años en que respectivamente han sido ejecutadas
las obras cuya enumeracion vamos á continuar[398].

Capilla de _S. Pablo apóstol_. Segun queda dicho atrás, D. Gonzalo Yañez
de Godoy, caballero de Santiago y comendador de Beas, fundó en el siglo
XIV esta capilla á espaldas de la Capilla Real (hoy sacristía de
Villaviciosa) para enterrar en ella á su padre el maestre D. Pedro
Godoy. Por el abandono en que habia estado se hallaba ya sumamente
deteriorada por los años de 1512: en esta época obligó el cabildo á la
familia de Godoy á reedificarla; pero es probable que á los cien años
escasos estuviese segunda vez arruinada, cuando un descendiente del
maestre llamado D. Fernando Carrillo, presidente del Consejo de
Hacienda, y despues de Indias, tuvo la idea de restaurarla. Comenzóse
esta obra el año 1610, siguiendo en todo el gusto clásico de la escuela
de Herrera, y se acabó en 1614. Adornan esta reedificacion varias
esculturas de tamaño considerable y de mérito escaso, y grandes escudos
de la familia de Godoy.

Capilla de _S. Eulogio_. Es la sexta á la derecha en la banda del norte
entrando por la puerta del Sagrario. La fundaron Gabriel y Francisco
Chirino de Morales en 1612. Se la nombra vulgarmente de S. Miguel por
tener en su retablo un cuadro que representa al santo arcángel.

Capilla de los _Stos. Varones_. Es la segunda á la derecha entrando por
la misma puerta del Sagrario, en la misma banda del norte. Fué fundada
por el jurado Gonzalo Muñoz de Velasco en 1614.

Capilla de las _Animas_. Se halla contigua á la anterior por el
poniente: la fundó antes del año 1616 el Inca Garcilaso de la Vega,
natural del Cuzco, hijo de D. Pedro Suarez de Figueroa, y se halla
sepultado en ella: á los lados de su altar, en dos lápidas de jaspe
negro, tiene la siguiente inscripcion con letras doradas: «_El Inca
Garcilaso de la Vega, varon insigne digno de perpétua memoria, ilustre
en sangre, perito en letras, valiente en armas, hijo de Garcilaso de la
Vega, de las casas de los duques de Feria é Infantado y de Elisabet
Pella, hermano de Huayna Capac, último emperador de las Indias, comentó
la Florida, tradujo á Leon Hebreo y compuso los Comentarios reales.
Vivió en Córdoba con mucha religion. Murió ejemplar. Dotó esta capilla:
enterróse en ella. Vinculó sus bienes al sufragio de las Animas del
Purgatorio. Son patronos perpétuos los señores dean y cabildo de esta
santa iglesia. Falleció á 22 de abril de 1616. Rueguen á Dios por su
ánima._»

Capilla de la _Epifanía_. La erigió por los años de 1622, al levante de
la de S. Eulogio, el licenciado Baltasar Nájera de la Rosa, racionero
entero de la santa iglesia. Es su patrono el cabildo, y como tal cumple
la memoria que instituyó el fundador de una misa rezada todas las veces
que ajustician á algun reo de la ciudad de Córdoba, sea hombre ó mujer,
en sufragio de su alma. Cumplia tambien la de dotar con cincuenta
ducados á las mujeres de mal vivir que quisiesen tomar estado, y la de
socorrer con cierta porcion ánua á todo el que, siendo pariente del
fundador dentro del cuarto grado, viniese á pobreza, haciéndolo
presente.

Capilla de _S. Andrés_. Es la primera á la izquierda entrando por el
arco de las Bendiciones, y fundacion del Dr. D. Andrés de Rueda Rico,
provisor que fué de Córdoba y canónigo doctoral de su santa iglesia, del
Consejo de la Inquisicion, quien la labró en el año 1628. La llaman
comunmente de S. Eulogio por un buen cuadro de este santo que se ve en
su altar, pintado por Vicente Carducho.

Capilla de _S. Esteban_. Cae al levante de la de S. Andrés. La fundó en
1648 un D. Fernando de Soto, de quien no queda mas memoria. El cuadro de
su altar representa el martirio del Santo titular; es obra de Juan Luis
Zambrano, y no carece de mérito.

Capilla de _Nuestra Señora del Rosario_. Está situada entre la de la
_Epifanía_ y la de las _Ánimas_; segun unos fué fundada por D. Juan
Jimenez de Bonilla, familiar del Santo Oficio, en 1614; segun otros, y
esto parece lo mas probable atendido el mal gusto arquitectónico de su
retablo, la hizo labrar en 1669 D. Pedro Bojeda y Bonilla dejando por
patronos á los racioneros y medio racioneros. Es lo cierto que á estos
pertenece hoy en propiedad, y que en ella tienen su entierro.

Entre esta capilla y la de la Epifanía hay una columna, de las de la
antigua mezquita, en cuyo fuste está groseramente grabada una imágen de
Jesus crucificado. En el muro donde está recibida esta columna, pusieron
en el siglo XVII dentro de un recuadro, un bajo-relieve pintado que
representa á un cautivo de rodillas. Cuenta la piadosa tradicion que
fué un cautivo cristiano el que trazó en la columna aquella santa
imágen, cuando la catedral era mezquita de los sarracenos, y que lo hizo
solo con la uña, cediendo milagrosamente la dureza del mármol al poder
de su fé. A este prodigio aluden los siguientes versos latinos
esculpidos sobre el mencionado bajo-relieve:

    «Hoc sua dum celebrat mahometicus orgia templo
      Captivus Christianus numina vera vocat.
    Et quem corde tenet rigido saxo ungue figurat
      Aureolam pro quo fune peremptus habet.»

cuya traduccion, mas que libre, puesta al lado, dice así:

    «El cautivo con gran fé
    en aqueste duro mármol,
    con la uña señaló
    á Cristo crucificado,
    siendo esta iglesia mezquita
    donde lo martirizaron.»

Hay quien ve en esta tradicion un recuerdo desfigurado de la historia de
los santos mártires Rogelio y Serviodeo, que atrás dejamos referida, y
no se nos alcanza en verdad por qué no ha de ser la memoria fiel de
algun hecho auténtico no registrado por la historia; porque mas
dificultad hay en acomodar á la tradicion el suceso de aquellos
mártires, que ni estuvieron como cautivos dentro de la mezquita, ni en
ella fueron martirizados, como no podia nadie serlo sin una violenta
infraccion de las leyes alcoránicas, que en suponer desde luego que
aquella columna hubiese pertenecido á otro lugar, que el cautivo hubiese
sido atado junto á ella en alguna cárcel ó mazmorra, y que al tiempo de
la reconquista, despues de purificada la mezquita y convertida en templo
cristiano, hubiese sido trasportada al puesto que hoy tiene para dar
culto á la imágen milagrosamente esculpida en su fuste.

Capilla de la _Natividad de Nuestra Señora_. Se halla situada en la
banda de levante, al norte de la de la Asuncion: fué fundada en 1675 por
el arcediano de Pedroche D. Andrés Perez de Bonrostro.

Capilla de _Nuestra Señora de la Concepcion_. Ocupa el sitio donde se
colocó la primitiva pila bautismal recien purificada la mezquita, y
donde permaneció hasta que fué trasladada á la desierta capilla de S.
Matías.

El piadoso obispo D. Fr. Alonso de Salizanes, movido de la gran devocion
que tenia al misterio de la Purísima Concepcion de María, deseaba
ardientemente que en su tiempo se celebrasen en la catedral el dia y
octava de este sagrado misterio, con el mismo aparato y grandeza con que
se celebraban el dia y octava del Corpus. La abundancia con que
favoreció Dios á Córdoba el año 1679 le determinó á escribir al cabildo
manifestándole su ánimo resuelto de dotar la referida octava y de hacer
nueva capilla á la Concepcion de Nuestra Señora. Habia ya con este mismo
título otras dos capillas fundadas en el décimosexto siglo; pero sin
duda no llenaban por su estructura el objeto del buen prelado, quien
debió creer de buena fé que para glorificar á Nuestra Señora y darle
pomposo culto, era arquitectura mas acomodada el pomposo y exuberante
_churriguerismo_. En la nave del Sagrario estaba desierta de muchos años
atrás y casi arruinada la capilla de S. Matías, llamada del Sol, y se
habia adjudicado á la Fábrica con el intento de mudar á ella la pila
bautismal por estar en sitio mas proporcionado para que los curas
administrasen el Sacramento del bautismo; y valiéndose de este intento
el obispo Salizanes mudó la pila, y empezó desde luego á labrar la nueva
capilla de la Concepcion. Empleó en ella mucho jaspe rojo, mucha pintura
al fresco, mucho bronce, mucho embutido de mármol blanco, muchos
relicarios de plata y oro de entortijadas formas, lámparas, vasos, y
otras alhajas del mismo estilo, y algunas estátuas en actitudes
sumamente movidas; y logró un conjunto tan poco feliz, tan inarmónico y
desarreglado, que no hay ojos familiarizados con las buenas obras del
arte que lo puedan resistir.

Capilla de _Sta. Teresa_ ó del _cardenal Salazar_: _sacristía mayor_. La
sacristía de la catedral era muy estrecha para la cómoda custodia de los
ornamentos y vasos sagrados, y así no correspondia á la grandeza y
necesidad que tenia la Fábrica. El cardenal Salazar, sucesor de D. Fr.
Alonso de Salizanes en el obispado de Córdoba, deseaba darle sacristía
capaz; pero no hallaba sitio á propósito para hacerla. Habia una capilla
de S. Martin, que estaba casi desierta, cuyo patronato pertenecia por el
apellido de Cabrera al mayorazgo de las Escalonías. Esta capilla, y
otras dos á ella contiguas dedicadas á S. Andrés y Sta. Bárbara, que
habian servido de sacristía y antesacristía de la catedral antigua,
ocupaban un espacio bastante considerable: llenaban entre las tres los
últimos tramos de las dos naves principales octava y novena, con todo el
fondo de la construccion árabe que servia de ala derecha al mihrab. La
fundacion de S. Martin se trasladó al Sagrario; la de S. Andrés fué á
parar á uno de los pilares de la iglesia; la de Sta. Bárbara se mudó á
otro pilar. Admiraba por este tiempo con sus resaltos, retruécanos y
enorme hojarasca, un arquitecto, maestro mayor de Madrid, llamado D.
Francisco Hurtado Izquierdo, que habia construido la capilla del
Sagrario de la Cartuja del Paular: profesor contemporáneo del famoso
Churriguera, con quien rivalizaba en el desarreglo de la fantasía. De
este, á quien el juicioso Llaguno cuenta entre el número de los
principales _gerigoncistas_, se valió el escelente cardenal, poco
versado por lo visto en las reglas del buen gusto, para que dirigiese la
obra. Debió hacerlo muy á su satisfaccion, porque bajo el influjo de la
prostitucion artística la ornamentacion mas licenciosa es la que mas
agrada. El pródigo D. Francisco Hurtado llenó de bollos de estuco y
escayola todo el cornisamento y toda la cúpula de la cámara principal,
que es de planta ochavada, así como los arcos de cada uno de sus siete
frentes, los medallones de los altares, las repisas de los entrepaños,
todo en suma cuanto perfiló su lápiz en el papel al hacer la reparticion
de miembros de su proyecto. Al lado derecho hay una puerta, que para el
arte mas valiera estuviese tapiada, la cual conduce á otra capilla baja
por una costosísima escalera de treinta y una gradas de jaspe rojo. Esta
cámara tiene la misma forma ochavada que la superior, y es de piedra
caliza dura, y su pavimento de losas blancas y azules. Al lado izquierdo
hay otra puerta por donde se entra á la pieza en que se custodian las
alhajas de la iglesia, las reliquias y otras preciosidades. Lo mejor de
este tesoro para los que aman el arte de los buenos tiempos, es la
custodia de Enrique de Arfe, que dejamos descrita mencionando las cosas
notables del siglo XVI. Del mismo gusto, y tal vez de las mismas
primorosas manos, es una cruz que llaman la _cruz antigua_, y que en las
grandes festividades suele quedar encerrada y oscurecida, postergada á
otra de insignificante estilo que regaló el año 1620 el obispo Mardones.
Podríamos decir de aquella que está toda cuajada de primorosa crestería
del gótico-florido, con preciosos arquitos conopiales de gran pureza y
garbo (hoy por desgracia imperfectamente restaurados); pero de la nueva
¿qué diremos? Lo que dicen los _cicerones_ á los ingleses que visitan
estas alhajas, y que por lo general es todo cuanto necesitan saber: que
es toda de plata sobredorada con esmaltes, engastes de oro y pedrería,
que pesa ciento nueve marcos, y que es _obra de esquisito trabajo_.

La capilla del cardenal Salazar, llamada tambien de Sta. Teresa por el
altar dedicado en ella á esta santa famosa, fué acabada de construir el
año 1705. Al año siguiente murió el prelado, y sus albaceas le erigieron
en su capilla un gran mausoleo, suntuoso á la manera que esto se hacia
en aquella época, es decir, con urna de forma estraordinaria sostenida
de leones de raza imposible, con profusion de molduras y embutidos, y su
estátua barroca encima cobijada por un abultado pabellon de jaspe. En la
urna grabaron este epitáfio, en que oportunamente se recuerda uno de sus
mas gloriosos hechos de caridad, el hospital general que fundó: H. S. E.
_Emmus. D. D. frater Petrus de Salazar, Ordinis Beatæ Mariæ de Mercede
Generalis, Episcopus Salmantinus, et Cordubensis; ab Innoc. XI Caroli II
Hispaniar. regis nominatione tituli Sanctæ Crucis in Hierusalem,
Presbyter S. R. E. Cardinalis creatus. Omnibus virtutum et litterarum
ornamentis clarissimus, ecclesiasticæ disciplinæ vindex, pauperum
parcus, quos, ut etiam mortuus sublevaret, insigne xenodochium erexit et
dotavit. Obiit 14 augusti 1706. Vixit annos 76, menses 4, dies 3.
Communi Parenti bene precare._

Capilla de _Sta. María Magdalena_. Está situada contra el muro del
norte, y es la tercera á la izquierda entrando por la _puerta de las
Palmas_. Se ignora en qué época fué fundada[399].

A esta humilde capilla se refugiaron en 1842, mediante la buena obra de
un prebendado piadoso, las devotas imágenes que habian estado en las
calles siglos enteros atestiguando como pública profesion de fé el
antiguo catolicismo de Córdoba. Entonces fueron proscritos esos
venerandos objetos, que otras naciones, verdaderamente tolerantes y
liberales, creen muy compatibles con lo que se llama regeneracion social
en nuestro siglo de gongorismos políticos.

Capilla de _Nuestra Señora de Villaviciosa_. Era la capilla mayor de la
catedral antigua, labrada como en su lugar oportuno se dijo á espensas
del rey D. Alonso el Sabio[400]. Restaurada segun algunos creen por el
obispo D. Íñigo Manrique en 1489[401], y renovada por tercera vez en
1710 con arreglo al antipático gusto dominante en los primeros años del
reinado de Felipe V, ni rastro queda en ella de la arquitectura del
siglo XIII. Todo es hoy allí churrigueresco á escepcion del elegante
arco árabe angrelado que tiene al lado derecho mirando al Santuario de
la antigua mezquita, el cual subsiste, no sabemos por qué milagro, como
náufrago libertado de una furiosa tempestad. No hay en la decoracion de
esta capilla una línea recta en que pueda reposar la vista: todas
aparecen ondulosas, disfrazadas, interrumpidas, como si las mirase uno
por un vidrio lleno de visos. Su bóveda, sus paredes, su gran retablo,
sus altares de Sto. Tomás y de S. Fernando, cuajados de cogollos y
follages dorados, podrian en pequeña escala pasar por verdaderos
primores si fueran obra de monjas.

Guarda celosa Córdoba en esta capilla una santa imágen que es su númen
tutelar, como lo era para la antigua Troya la famosa estátua de Palas.
Es una imágen de Nuestra Señora, que tomó el nombre de una villa del
reino de Portugal, de donde se supone que la trajo á la Sierra á
principios del décimosexto siglo un pastor de vacas llamado Hernando.
Manifiestas desde luego en su humilde ermita de la montaña las grandes
maravillas obradas por su intercesion, cundió rápidamente su fama por
toda la provincia: el obispo D. Fr. Juan de Toledo, que acababa de
confirmar las constituciones de su cofradía, fué en 1529 el primero que
dispuso se acudiese á la sagrada imágen para implorar la clemencia
divina en las públicas calamidades, y desde entonces comparte la Vírgen
de Villaviciosa la proteccion y defensa de Córdoba con el arcángel S.
Rafael, con los santos patronos Acisclo y Victoria, y con los demas
célebres mártires del arzobispado. A su benéfico influjo, ya se agolpan
las nubes sobre los estensos campos descendiendo de su seno en copiosa
lluvia la fecundidad á los sedientos surcos, ya huyen como derrotados
escuadrones recogiendo las rotas cataratas del cielo cuando la tierra
saturada parece anegarse. Por su influjo las olas devastadoras de los
rios desbordados vuelven mansamente á su cáuce, como dispersas reses al
rebaño, y cesan las inundaciones; por su influjo las legiones invisibles
de ángeles esterminadores que ejecutan las iras divinas llevando á los
pueblos las pestes, se replegan respetuosas sin descargar la tremenda
plaga. En las sequías, en las anegaciones é inundaciones, en los
contagios, en todas las grandes calamidades, recurre Córdoba á su
milagrosa abogada con fiestas, novenarios, rogativas y procesiones. Pero
es en las sequías principalmente, tan frecuentes en toda la Andalucía,
cuando se implora su maravilloso poder. Antes del referido año 1529 se
hacian en casos semejantes procesiones á los santuarios de la Fuen-Santa
y de Nuestra Señora de las Huertas; desde entonces se introdujo la
costumbre de traer la imágen de Villaviciosa á la iglesia de S. Salvador
de Córdoba, y de aquí á la catedral, en cuya capilla mayor antigua
permanecia depositada el tiempo que duraban las solemnes deprecaciones.
Sin embargo desde un principio manifestó el cabildo su deseo de no
desprenderse de ella: las limosnas que producia á la Fábrica fueron
primero escelente pretesto para retenerla desde la primavera del año
1529 hasta fines del año 31; la mala vigilancia que con ella se habia
tenido en su santuario, dando lugar á que un rústico de Antequera, nuevo
Diomedes, osase robar el paladion de la moderna Córdoba, fué despues
motivo suficiente para que en 1536 se declarasen el cabildo y la ciudad
con derecho de patronazgo á su custodia en su santa casa; en el año 1576
el obispo D. Bernardo de Fresneda, con la gran devocion que cobró á esta
santa imágen, la detuvo en Córdoba casi tres años, en cuyo tiempo mandó
hacerle un vestido de plata y un precioso trono con peana de lo mismo,
con la estátua de S. Bernardo y la suya de rodillas, y en los cuatro
lados del trono grabada en grandes láminas, tambien de plata, la
historia del pastor que trajo la milagrosa imágen de Portugal; el obispo
Pazos intentó formalmente en 1586 que no volviera á salir de la
catedral, donde quiso erigirle nueva capilla; el cabildo en 1596 probó
con hechos que á fuer de patrono podia en caso necesario llevársela
adonde mejor le pareciese, porque ofendido de la ilegal donacion que el
obispo Portocarrero habia hecho de su santuario, la tuvo depositada en
la capilla de S. Pedro hasta que aquel prelado fué trasladado á Cuenca;
y finalmente la sequía del año 1699 fué la que dió ocasion á fijar
definitivamente la permanencia perpétua de la milagrosa imágen en la
catedral, para consuelo del pueblo cordobés y remedio en sus aflicciones
y necesidades[402].

Protectora de esperanzas casi nunca frustradas, objeto de súplicas
fervorosas de los corazones atribulados, causa de inefables é inocentes
alegrías, permanece desde entonces la santa Vírgen de Villaviciosa en la
capilla que lleva su nombre, sin habérsela bajado de su altar mas que
para las procesiones que en torno de la catedral se celebran cuando se
implora su poderosa mediacion, y en el año 1710 para la costosa y poco
acertada obra de renovacion que hizo el medio racionero D. Antonio Monge
Maldonado. Describa otra pluma, esclusivamente consagrada á la nunca
escesiva alabanza de esta santa patrona, las escenas patéticas y
afectuosas de que ha sido constantemente teatro su capilla,
particularmente aquella del año de hambre de 1750, en que mil párvulos
de ambos sexos, abandonados por sus infelices padres á la pública
caridad, vestidos y alimentados por los piadosos capitulares, acudieron
á ponerse bajo el patrocinio de Nuestra Señora cantando sus letanías.

Es hoy su sacristía la que para capilla real habia destinado D. Enrique
II. Habiéndose unido esta en virtud de bula del papa Benedicto XIII á la
real iglesia colegial de S. Hipólito, fundada por el rey D. Alonso XI y
restaurada en 1727, los reales cadáveres que estaban en ella depositados
fueron trasladados á su nuevo panteon el dia 8 de agosto de 1736, entre
dos y tres de la madrugada, pobremente, sin luces ni acompañamiento.
Lleváronse en las mismas arcas antiguas de madera en que estaban en la
catedral, y en ellas se conservaron bajo sendos arcos á los lados del
coro de la nueva colegiata hasta el año de 1846, en que se les hicieron
sepulcros de jaspe rojo, de forma nada bella.

Hemos estudiado juntos, lector pacientísimo, la interesante historia de
mil años del monumento mas grande y memorable que descuella en el suelo
andaluz. Faro glorioso del arte bizantino desde su ereccion hasta el
siglo de Almanzor, difundió su luz hasta las gélidas márgenes del Rhin
ayudando á alumbrar con ella el dilatado imperio de Carlomagno y de sus
sucesores. Modelo despues del arte africano en la peregrina decoracion
de algunas de sus cámaras[403], fué la escuela matriz donde aprendieron
aquella elegante y voluptuosa ornamentacion morisca que finge arcos de
cintas rizadas, paredes de encajes y flores, frisos de estalactitas y
armaduras de caprichosos lazos, los discípulos de los mudéjares
cordobeses, que mas tarde construyeron sobre columnas sutiles como el
pensamiento alcázares para los reyes moros de Sevilla y Granada y para
los reyes y magnates semi-renegados de Castilla. Convertido de mezquita
en catedral, nada bastó á despojarle de su primitivo carácter, y cuantos
elementos arquitectónicos le prestó el arte occidental cristiano en los
tres siglos de su gran desarrollo, XIII, XIV y XV, todos se los
subordinó, empleándolos en obras secundarias para que campease siempre
como principal la hermosa creacion de los Umeyas. El siglo del
_renacimiento_ no hizo mas que descuajar dentro de su gran bosque de
columnas el espacio en que habia de implantarse una catedral nueva.
Sufrió la arrogante sultana del Bétis que se derribase en torno del
espacioso rectángulo su rico artesonado de alerce para poner en su lugar
bóveda gótica; pero favorecida en cambio por multitud de circunstancias
contrarias á la nueva edificacion, vió pasar los sistemas artísticos que
representaban algo de bello ó de grande, el plateresco de Cárlos V y el
greco-romano de Felipe II, sin que dejasen en su recinto concepciones
que pudieran amenguar su prestigio. Cuando la nueva favorita que la
obligaron á abrazar, y aun á sostener con sus columnatas, llegó á punto
de exornarse, la vió impasible recurrir á un sistema mixto de todos los
estilos anteriores, formándose una ostentosa vestidura llena de gala y
riqueza, pero desprovista de verdadera belleza artística. Por último al
comenzar la décimoctava centuria, todos los estilos buenos y malos, los
buenos en obras de poca importancia, los malos en construcciones muy
capitales y de gran coste, habian dejado en él su huella, ya en las
cuatro bandas de capillas que ceñian por dentro su perímetro, ya en las
edificaciones que interceptaban sus largas naves, ya en el misérrimo
embovedado de estas, ya en su atrio y pórticos adyacentes, ya finalmente
en sus fachadas esteriores, torre, puertas y postigos; y á pesar de
tantas y tan radicales mutilaciones y transformaciones, todavía
conservaba indeleble la gran fábrica sarracena el sello del arte
religioso islamita. Y hoy mismo, para nosotros, viajeros del siglo XIX,
todavía le conserva á pesar de las plagas que le han caido encima, á
pesar de las innumerables manos de cal y ocre que le han envuelto por
defuera, y de los cuajarones churriguerescos que le han brotado por
dentro. Hoy, sí, mal que le pese á nuestra fervorosa fé, la catedral de
Córdoba es todavía la mas elocuente defensa del genio que avasalló á la
España visigoda; y como el poderoso arte cristiano del siglo XIII que
tenia títulos respetables para haber trocado toda su fisonomía, quiso
hacer alarde de tolerancia, y el ridículo arte _gerigoncista_ se limitó
satisfecho á provocar competencia, poniendo dos muestras de su habilidad
una en jaspes y escayola, otra en dorada talla, cerca de aquella
preciosísima perla del arte arábigo-bizantino (el _Mihrab_) que formaron
de consuno para maravilla del Occidente los genios del Bósforo y del
Guadalquivir reunidos: de aquí resulta, que, una vez visitado este
singular monumento, en cuanto descubrimos al fin de una tortuosa calleja
de las que á él guian las almenas dentadas de sus muros y torres, aun
sin entrar en su embalsamado _patio de los Naranjos_, aun sin asomar la
vista á aquellas rectas y soberbias alamedas de columnas en cuyo fondo
resplandece como un brocado de oro la fachada del _Mihrab_, al punto
creemos oir el clamoroso pregon de los almuedanes que nos grita: «¡Venid
á orar, venid á adorarle: Dios es grande, Dios es único!» olvidándonos
completamente de que el esbelto alminar de donde partia á los cuatro
vientos el aliden es hoy una pesada torre del siglo XVII.

Al estudiar la historia de este monumento has visto desarrollarse la
historia del arte en los siglos medios y en la edad moderna: te has
hecho cargo de sus vicisitudes y transformaciones, de las causas que las
han producido, de los agentes que las han consumado. Larga ha sido
nuestra primera jornada, porque no era posible en ella hacer alto: ahora
discurriremos á placer por un campo mas variado y ameno.



Capítulo tercero.

_Córdoba mozárabe._


Producto singular de dos opuestas civilizaciones, donde si bien la una
prepondera, la otra no se extingue, osténtase la antigua _Colonia
patricia_ en la época mas floreciente que alcanzó la dinastía de Merwán,
exaltada de consuno por el genio del placer y por la religion del
sufrimiento. Engrandécenla, por una parte, la paz esterior que corona
las bien aseguradas conquistas, la prosperidad de la industria y del
comercio, las riquezas que á ella afluyen, las ciencias y letras que en
ella se cultivan, las maravillas con que la engalana el arte
arquitectónico, sus palacios, sus mezquitas, sus baños, sus mercados,
sus jardines y casas de recreacion; por otra parte la engrandecen la
vida ejemplar y evangélica de casi todos los desgraciados cristianos que
viven en ella por el pacto de la conquista, las iglesias y monasterios
en que se congregan para cultivar la ciencia divina, ejercitarse en la
práctica de las virtudes y estimularse al adelantamiento en el camino de
la perfeccion, las persecuciones sufridas, las celestes maravillas en su
favor obradas, la sangre de los mártires fecunda en santos. Entre la
muchedumbre de gentes que la pueblan, sobresalen dos aventajadas razas:
la una procedente de las nobles tribus de Ma'd y del Yemen, mixta de
sangre siria y árabe, brava, gárrula, valiente, conquistadora, sensual,
fanática, cruel con los fuertes, generosa con los rendidos; la otra
hispano-goda, de ánimo noble, pero abatida ahora, acobardada por causa
de sus prolongados infortunios, dispuesta sin embargo á imitar el
ejemplo de los que sacuden decorosamente el yugo de la tiranía. Encierra
la magestuosa reina del Guadalquivir dos poblaciones en una: Córdoba
musulmana, y Córdoba cristiana; aquella hace alarde de la deslumbradora
cultura que alcanza manteniendo su fé en el Islam; esta solo anhela la
exaltacion de la fé en Jesucristo, y resignada con la pobreza de sus
basílicas y monasterios, acostumbrada ya á que los violentos dominadores
no la permitan siquiera levantar en lo alto de sus torres una humilde
cruz, tan solo aspira á que la sagrada señal de la redencion se perpetúe
hondamente grabada en los corazones y en el entendimiento de la raza
vencida hasta que llegue el dia de su vindicacion gloriosa. Diez millas
de longitud mide la populosa ciudad unida con las dos mágicas
poblaciones de Az-zahra y Az-zahirah, estension inaudita de la mas
variada y deliciosa perspectiva, tan risueña de dia como animada de
noche, durante la cual puede recorrerse toda entera á la claridad de
miles de linternas; y dentro del vasto recinto solo ocupan los fieles
mozárabes la porcion menos estimada, reducidos al barrio de la Ajarquía
ó parte baja de la antigua ciudad, separados de la parte principal
(_Al-Medina_) por una muralla, cuyo límite no traspasan sin esponerse á
graves insultos y atropellos.

El que solo consulte á los historiadores árabes, se imaginará que los
cristianos que vivian en Córdoba bajo la dominacion sarracena, podian
disfrutar de toda tranquilidad mientras cumpliesen religiosamente la
obligacion de pagar su respectiva capitacion (_jiz'yah_) y la
contribucion territorial (_kharaj_), que satisfacian todos, así
cristianos como muslimes; pero podrá convencerse de que solo gozaba una
proteccion de mero nombre ese pobre _pueblo patrocinado_[404], con solo
echar una ojeada sobre las páginas veridicas de S. Eulogio, de Alvaro
Cordobés y del abad Sanson, que con tanta elocuencia y energía retratan
los desafueros y desmanes de que era víctima la poblacion cristiana. Es
preciso tener presente que en los tiempos de persecucion no regian las
leyes ordinarias, y los ministros de los califas rompian caprichosamente
la valla de las estipulaciones. Los tributos eran entonces arbitrarios,
la jurisdiccion del _Kitábatu-dh-dhimám_ ó magistrado instituido para
decidir los negocios contenciosos de los cristianos y judíos, quedaba en
suspenso; y aun hubo ocasiones en que los mozárabes no pudieron
presentarse en público sin riesgo de ser asesinados, puesto que todos
los musulmanes fueron autorizados para proceder con mano violenta contra
cualquier cristiano por el mero hecho de serlo.

A la persecucion que estos sufrian bajo los mas ilustres y poderosos
califas, agregábanse para aumento de sus tribulaciones las escisiones
funestas que á cada paso se declaraban dentro de su Iglesia y Estado,
donde algunos personages ambiciosos y ciertos prelados sin fé, lobos en
su propio rebaño, por granjearse el favor y las mercedes del rey y de la
corte, promovian la celebracion de conciliábulos, mas bien que
concilios, contra los mártires, la deposicion de los buenos obispos, la
imposicion de gabelas y tributos estraordinarios que empobrecian las
iglesias y las haciendas de los particulares mas acomodados, la
destitucion de los mozárabes que el califa tenia á su servicio, la
afliccion en suma, la miseria y la ruina, la diseminacion y destruccion
de esa pobre grey que estaban llamados á regir y defender. Entre estos
sobresalia Recafredo, metropolitano de la Bética, de triste celebridad
por la violencia con que impugnó la santa causa de los martirios
voluntarios, suscitando uno de los mas deplorables cismas que afligieron
jamás á la iglesia de Córdoba; y por haber oprimido y encarcelado al
venerable obispo Saulo y al santo y sabio maestro de mártires Eulogio.
Tenia por auxiliar Recafredo á un publicano ó esceptor de tributos, cuyo
nombre no se ha conservado. Era el único cristiano que habia consentido
el rey Mohammed en este cargo, por la oficiosa diligencia con que habia
cooperado á la publicacion de un célebre decreto del impío metropolitano
anatematizando el martirio voluntario, y obligando á jurar á todos los
mozárabes que no se presentarian á declarar su fé. Este esceptor fué sin
embargo destituido á los pocos meses de haber prestado aquel servicio, y
por recobrar su posicion, apostató de la religion de sus padres, primero
en secreto, luego paladinamente, consolándole del desprecio y vilipendio
con que se veía espulsado del gremio mozárabe y de las iglesias todas,
que profanaba sacrílego, la privanza que halló en el indigno prelado y
en el palacio.

Además de este fautor, tenia otros muchos del estado secular la satánica
empresa del falso metropolitano. Ni faltaba por desgracia quien hubiese
allanado el camino para la maligna obra, acostumbrando á los califas á
menospreciar los fueros de la gente dominada; porque un jóven francés
renegado, diácono que habia sido del palacio de Ludovico Pio, y que
usurpando el nombre de _Eleázaro_ profesaba ahora la religion judáica,
casado con una hebrea, habia venido á Córdoba pocos años antes, tomando
con astucia el cíngulo militar para introducirse mejor en la corte de
los sarracenos, y habia logrado concitar de tal manera contra los
cristianos el ánimo del califa y de sus wazires ó ministros, que á no
acudir pronto al remedio los afligidos mozárabes, suplicando con
lágrimas al rey Cárlos de Francia que reclamase la persona del
apóstata[405], todos hubieran sido compelidos á hacerse judíos ó
mahometanos bajo pena de la vida.

Otro obispo, por nombre Samuel, depuesto por justas causas de la silla
Eliberitana, se vino igualmente á Córdoba, y renegó, uniéndose á los
muzlemitas. Autorizado con el poder que el favor de la corte daba al
malvado gobernador de los cristianos Servando, su pariente, fué uno de
los que mas atribularon á los fieles. Usurpó el obispado de Córdoba
prevalido sin duda de la timidez y ausencia del legítimo prelado, que
era Saulo, el cual por temor de la persecucion, aun no favorecido
entonces por el cielo con la imperturbable fortaleza de ánimo que luego
mostró, andaba escondido y separado del cuerpo del rebaño. Servando por
su parte, no obstante la bajeza de su orígen, pues descendia de esclavos
de la iglesia de Córdoba, habia escalado con sus maldades la dignidad de
_conde de los cristianos_; honra que solo correspondia á los de linage
ilustre; y baste saber que era avariento, soberbio, cruel, malvado
finalmente en todo, para imaginarse hasta dónde llegaria lo opresivo de
su conducta.

Pero todavía, como si no bastasen estos dos para afligir á las iglesias
de la España sojuzgada, permitió el Señor que se agravase la lamentable
condicion de los mozárabes por el concurso y obra de otros prelados que
favorecieron los errores ya introducidos en el dogma, y de otros
auxiliares de las mas repugnantes heregías. El conde Servando habia
emparentado con un obispo perjuro y de pésima condicion, cuyo nombre de
Hostigesio ú _Hostigesis_ se divisa como un negro borron en la historia
de la Iglesia mozárabe; y este era el mas ardiente promovedor de
aquellas divisiones y cismas. El conde imponia tiránicamente á los
cristianos que estaban debajo de su patrocinio las mas exorbitantes
contribuciones, vendía los sacerdocios, causando con esto el escándalo
de que el seglar metiese la hoz en lo sagrado, y de que la Iglesia
recibiese ministros poco dignos. Hostigesio exigia con rigor las
_tercias_ eclesiásticas, y las invertia, no en restaurar los templos, ni
en socorrer á los pobres, segun estaba prescrito por los cánones
conciliares, sino en regalarse y hacer agasajos á los ministros del
palacio; reprendia severamente á los que predicaban la verdad contra
los errores de ciertos hereges á quienes protegia; hacia que el rey moro
convocase conciliábulos, en que los obispos, compelidos del terror,
anatematizasen á los que se proponia perder. Otros dos hombres
perversos, Romano y Sebastian, padre é hijo, cada uno de ellos peor que
el otro, se declararon hereges _antropomorphitas_, de los que daban á
Dios cuerpo negando la universalidad de su presencia; salió á la defensa
de la verdad el intrépido y santo abad Sanson, y fué por Hostegesio
perseguido. El legítimo obispo de Córdoba, Valencio, y el asidonense,
Miro, pronunciaron en nombre de todos los prelados fieles la inocencia
del abad: Servando y Hostegesio resentidos, maquinaron la deposicion de
Valencio; sugirieron al rey que no podia haber paz mientras aquel no
fuese depuesto, protestando que era la causa de todas las inquietudes y
trastornos; decretóse lo que pedian, que era la celebracion de uno de
aquellos conciliábulos[406] no raros en tan infelices tiempos, y
juntando precipitadamente unos cuantos obispos y clérigos de la faccion
de la corte, lograron que pronunciasen sentencia de deposicion contra
Valencio, poniendo en su lugar, con infraccion de todos los requisitos
canónicos, á Esteban Flacco, persona de su confianza, cuya residencia
establecieron en la iglesia de S. Acisclo por no atreverse á consumar su
obra echando á Valencio de la catedral.

Iban los cristianos cordobeses que permanecian fieles á su fé corriendo
el deshecho temporal de estas persecuciones, cuyos horrorosos truenos
los hacian estrecharse mas y mas y tributarse mútuos consejos y
consuelos: bogaban por aquel revuelto piélago como bajeles que el comun
peligro agrupa y que el furioso vendabal dispersa. Mientras unos se
aprestaban valerosos en las casas, en los monasterios, en las cárceles,
á dar la vida por su creencia, otros huían del estado cordobés, y entre
ellos retiráronse muchos monges y eclesiásticos á varias ciudades del
norte de España, donde se vivia con menor peligro, ó se refugiaron en
los nacientes dominios de los reyes cristianos. Pasó á Barcelona el
presbítero Tyrso, que alcanzó gran favor entre el pueblo predicando y
administrando los Sacramentos, aunque como intruso, en una iglesia de la
ciudad. El rey Cárlos de Francia, cuyo vasallo era ahora, por queja del
obispo Frodoino de que el Tyrso se llevaba las dos partes de los diezmos
de la ciudad, y por otros escesos de indisciplina, tuvo que mandar al
conde de la Marca que le refrenase é hiciese que en la percepcion de los
diezmos se observaran estrictamente los Capitulares. A los dominios de
D. Alfonso III, el Magno, acudieron un abad y varios monges, y dióles el
rey una iglesia de S. Miguel, donde fundaron el monasterio de S. Miguel
de Escalada, despues tan famoso. Tambien se fué allí el abad Alonso con
sus monges, y el mismo rey les donó el monasterio de Sahagun con sus
antiguas posesiones para que le reedificasen y viviesen en él, como lo
hicieron hasta el horrible dia en que fueron martirizados aquellos
infelices monges, y destruido el monasterio[407]. Mas adelante, bajo la
persecucion suscitada por Abde-r-rahman III, el mas grande de los
califas, se pasaron tambien al reino de Leon el abad Juan y sus monges,
donde hallaron una ermita dedicada á S. Martin junto á Sanabria, y
edificaron en ella un monasterio que tomó el título de S. Martin de
Castañeda. De este modo se iban lentamente consumando la dispersion de
los cristianos de Córdoba, y la despoblacion y ruina de muchos insignes
cenobios que florecian con gran opinion en tiempo de S. Eulogio.

Es evidente que en tiempos tan poco afortunados, no podian emplear los
mozárabes cordobeses mucha magnificencia en la construccion y
reparaciones de sus parroquias y monasterios. Habia basílicas de remota
antigüedad, cuyos deterioros se reparaban con las tercias y las
oblaciones de los fieles en los tiempos normales y tranquilos; pero
algunas de las cuales habian de arruinarse forzosamente cuando aquellos
recursos se distraían de su legítimo objeto y los cristianos acaudalados
venian á empobrecerse. Sin embargo era tal la piedad de estos, que no
tan solo se atendia en muchas á las restauraciones necesarias, como
atestigua S. Eulogio, si bien añadiendo que esto se hacia económicamente
y con cierta rudeza, sino que tambien se erigian de nueva planta
basílicas en la ciudad y monasterios para ambos sexos fuera de ella.

Objeto de alta curiosidad artística y arqueológica sería investigar qué
lugares ocuparon dentro de la ciudad, y en aquella pintoresca sierra de
Córdoba, de donde bajaron un tiempo á la orgullosa corte de los amires
huestes enteras de mártires y confesores, todas las basílicas y
monasterios de que vamos hablando; qué se conserva hoy de las primeras
en las parroquias que la tradicion supone renovadas despues de la
reconquista sobre los primitivos muros, ó construidas de nueva planta en
los mismos solares de aquellas. Pero este estudio es hoy imposible: dia
llegará, al menos lo esperamos, en que cundiendo el amor á las
investigaciones relativas á la historia del arte nacional, la discreta y
prudente mano del arqueólogo pueda hacerse cargo de las mutilaciones y
renovaciones, sondear las gruesas capas de cal que ahora revisten por
dentro y fuera esos antiguos templos, y descubrir la verdadera forma de
los miembros arquitectónicos hoy dislocados, ó enmascarados con obras
que no ofrecen carácter alguno apreciable. Debemos en la actualidad
contentarnos con lo que buenamente puede deducirse de los escritos de
los coetáneos: de ellos se deduce la casi seguridad de que algunas de
las parroquias hoy existentes conservan los muros, la disposicion
interior y tal vez las mismas columnatas de las basílicas erigidas
durante la irrupcion sarracena. Con esta luz, y con la que nos
suministra la historia del arte monumental respecto de las formas
generales de la arquitectura religiosa y monástica del Occidente en los
siglos á que nos referimos, podremos presentar un cuadro aproximado del
aspecto interior y esterior de los templos y monasterios de los
mozárabes de Córdoba. Y con este motivo pasemos de la historia al arte:
de la razon filosófica á la forma.

Habia en la ciudad antes de la conquista gran número de basílicas:
despues de apoderados de ella los sarracenos, y reducidos los indígenas
á su barrio separado, muchas de ellas quedarian como la antigua catedral
convertidas en mezquitas[408]; las que subsistieron consagradas al culto
cristiano eran sin embargo no pocas, puesto que solo en las obras de S.
Eulogio y del abad Sanson se mencionan seis iglesias mozárabes; de otra,
que era la de _Sta. María_, dan noticias conformes historiadores que
probablemente no se han consultado, ni quizás oido nombrar[409]; y por
último puede sostenerse con muy sólidos argumentos que lo eran asímismo,
aunque quizás con otras advocaciones, las que hoy se denominan de _S.
Andrés_, de _la Magdalena_, de _S. Lorenzo_ y de _Sta. Marina_, todas
situadas en la Ajarquía ó parte baja de la ciudad[410], que era la que
habitaban los mozárabes, segun queda referido.

[Illustration: Dibº del natl y litº por F J Parcerisa _Lit de J Donon
Madrid_

PARROQUIA DE SANTA MARINA,

_PUERTA LATERAL_.

(Córdoba.)]

Las iglesias de que nos dejaron memoria los antiguos y santos escritores
nombrados, son: la de _los tres Stos. Mártires_ Fausto, Januario y
Marcial, hoy S. Pedro, que como queda referido sirvió de basílica
catedral desde que los cristianos, vendiendo á los muzlemitas la parte
que de la catedral primitiva retenian segun las estipulaciones de la
conquista, reedificaron con autorizacion del amir Abde-r-rahman I aquel
templo para erigirlo en catedral. La de _S. Zoilo_, que algunos creen
sea la de S. Miguel de ahora, aunque no nos parece probable por la razon
de hallarse esta parroquia en la Almedina ó parte alta de la ciudad, y
no en la Ajarquía. La de _S. Acisclo_, que ha debido en muchas épocas
sufrir grandes modificaciones hasta llegar á ser un grande y magnífico
monasterio: lo que hoy por desgracia escasamente se presume, atendido el
bárbaro deterioro que en él se ha causado incluyéndolo en los
inventarios de la desamortización. La de _S. Cipriano_, que no se sabe
qué lugar ocupó; célebre por haberse educado en ella los mártires Emila
y Jeremías; por haber tenido de presbítero al ilustre Leovigildo,
escritor del tratado _de habitu clericorum_, compuesto por escitacion de
sus compañeros los otros clérigos de la misma iglesia; célebre tambien
por haber sido hospedage de los monges Usuardo y Odilardo del monasterio
de S. German de Paris, cuando vinieron á Córdoba en demanda de las
santas reliquias de los mártires Jorge y Aurelio enterradas en el
monasterio de Peñamelaria. La de _S. Ginés mártir_, que supone el P. Roa
se hallaba situada donde está ahora el hospital llamado _de la lámpara_,
y que S. Eulogio pone en el arrabal de _Tercios_, del cual hoy nadie dá
razon. En esta iglesia estuvo sepultada la célebre Sta. Leocricia,
discípula de S. Eulogio y su compañera en el martirio, hasta que sus
reliquias fueron llevadas con las de su insigne maestro á la Cámara
Santa de Oviedo por el presbítero Dulcidio, enviado espresamente por el
rey D. Alonso al califa Mohammed para este objeto. Ultimamente la de
_Sta. Olalla_, ó _Eulalia_, que refiere S. Eulogio estaba situada en el
arrabal _Fragelas_, estramuros de la ciudad, del cual hoy nadie conserva
memoria. Dícese sin embargo[411] que el antiguo templo y monasterio de
Sta. Olalla fué dado á S. Pedro Nolasco en 1252 por S. Fernando para que
fundase en él el convento de padres mercenarios, los cuales fueron
vulgarmente llamados por mucho tiempo _los frailes de Sta. Olalla_.
Segun esto, ya es fácil señalar hácia qué parte caía el arrabal
_Fragelas_.

Otras iglesias habia en Córdoba durante la ocupacion sarracénica, pero
por lo visto no merecieron la celebridad que estas, ni se conservó la
memoria de sus respectivas dedicaciones. Cuando S. Fernando conquistó la
ciudad, puede decirse que la poblacion cristiana habia ya faltado de
allí por ciento y doce años, y así por sola la tradicion tomada de los
cautivos, ó por conjeturas razonables, podian deducirse algunas
advocaciones. Sabríanse las de muy pocos templos; las de la mayor parte
no; _S. Acisclo_, los _tres Stos. Mártires_, y _Sta. Olalla_,
conservaron sus antiguas denominaciones; los demas recibieron
dedicaciones nuevas. Esto debió suceder con mucha mas razon en las
iglesias de la Almedina ó parte alta de la ciudad que habian conservado
los sarracenos convirtiéndolas en mezquitas[412].

No se crea que los templos de los visigodos anteriores á la invasion
islamita eran pobres y de tosca arquitectura. En toda la cristiandad se
habian erigido iglesias cristianas antes del siglo de Constantino[413];
de consiguiente el arte religioso podia hallarse en un alto grado de
esplendor en la Europa meridional, que era sin disputa la mas culta,
cuando todavía el arte musulman no habia sacudido el envoltorio de la
barbarie. Ahora bien, ¿cuál era la forma de las basílicas de Córdoba
antes de la ocupacion sarracena? Probablemente la misma que la de todas
las iglesias del Occidente. Los primeros fieles se congregaban, segun se
nos refiere en los _Hechos de los apóstoles_, en las casas de los
últimos convertidos. Un acreditado historiador de la Iglesia nos dice
que los lugares donde se reunian los primeros cristianos parecian mas
escuelas públicas que templos. Adriano, tolerante con la ley de Cristo
desde que leyó la apología de S. Cuadrato, permitió á sus adeptos la
construccion de ciertos templos, que llevaban el nombre de _Adrianéos_,
y cuya forma era próximamente la de las basílicas paganas. Pero hasta la
época feliz en que, proclamado el cristianismo religion del Estado por
Constantino, pudo el culto de la ley de gracia y de amor desplegarse
libremente saliendo de sus lóbregas criptas y catacumbas, no hubo en
realidad plan fijo y uniformidad en la construccion de los edificios
religiosos. Al glorioso vencedor de Magencio, alistado bisoño de
Jesucristo, fué á quien principalmente se debió que los templos del
Crucificado adquiriesen en lo sucesivo la planta sencilla y simbólica
que se ha venido despues perpetuando hasta nuestros dias. Así es en
efecto: autorizados por él los obispos de Roma á elegir entre los
edificios públicos los mas adecuados al ejercicio del nuevo culto; las
basílicas claras y espaciosas, destinadas hasta entonces á las
transacciones comerciales y á la decision de las contiendas jurídicas,
fueron instantáneamente convertidas en iglesias. Allí mejor que en los
lujosos templos del paganismo, manchados con los mas vergonzosos é
impuros misterios, hallaba cómoda acogida la muchedumbre cristiana; no
en los lóbregos aunque magníficos receptáculos de los antiguos dioses,
donde, segun la feliz espresion de un escritor moderno, podia
desaparecer el ídolo con el humo de un solo grano de incienso.[414] Eran
las basílicas por lo comun de planta cuadrangular y oblonga, terminada
en un hemiciclo, con dos hileras de columnas que dividian
longitudinalmente su espacio en tres secciones ó naves, la central mas
elevada que las laterales. Estas construcciones, severas y sencillas al
esterior, é interiormente decoradas con magestuoso y no profuso ornato,
eran muy aplicables al nuevo culto: en el centro del hemiciclo, donde
estaba antes el tribunal, se colocaba el ara consagrada, en la que
celebraba el obispo, ocupando los lados la clerecía; las tres naves del
edificio se destinaban al pueblo, el cual, como es sabido, nunca habia
penetrado en los templos del paganismo; y ocupaban, los hombres la nave
de la derecha, las mujeres la de la izquierda, y los catecúmenos que aun
no tomaban parte en la celebracion de los divinos misterios, la seccion
inferior de la nave central en las horas dedicadas á su instruccion.
Esta nave, dividida por lo comun en su altura en dos cuerpos, formaba
una especie de galería alta ó tribuna, que se reservaba para las viudas
y las vírgenes particularmente consagradas á la oracion. Entre el ábside
donde residia el tribunal, y las naves, ocupadas por el pueblo que
acudia á sus diferentes negocios, habia en las basílicas romanas un
espacio privilegiado, separado del cuerpo de las naves por una
balaustrada ó cancel, y reservado á los abogados y gente de la curia:
este espacio, al convertirse la basílica en iglesia, se destinó á los
cantores, y tomó el nombre de _coro_. A su entrada se colocaron como dos
pulpitillos á modo de cátedras, con gradería para subir á ellos á leer
al pueblo reunido la Epístola y el Evangelio; y estos púlpitos se
llamaron _ambones_. Adaptábase pues la basílica antigua á las
principales necesidades del culto cristiano; pero es claro que cuando la
iglesia se alzaba de nueva fábrica, al reproducir en su planta general
la forma de aquellos edificios tan cómodos y apropiados, habia de
procurar el arte satisfacer además otras exigencias. Entonces la
basílica (que este nombre pagano, equivalente á _morada_ ó _casa real_,
adoptó el templo cristiano como agradecido á la acogida que en ella
habia encontrado al salir de los subterráneos de Roma) se erigia con el
ábside al oriente, y marcando bien en su planta la forma simbólica de la
cruz del Redentor. Las arquerías que la dividian en tres naves nunca
invadian el espacio destinado al coro, sino que la central y el
presbiterio formaban con este una verdadera cruz latina. Cubríase el
edificio con techumbre de madera y tejas planas, adaptando interiormente
á los pares un entablado pintado, ó dejando descubierta la armadura. El
coro, que se llamó despues _crucero_ en su interseccion con la nave
central, solia revestirse de mármoles: separábale del presbiterio un
segundo cancel, cuyas puertas custodiaban los acólitos. Una escalinata
conducia al santuario ó presbiterio. Alzábase en este el altar, con su
tabernáculo encima (_ciborium_), y debajo de él abríase una especie de
cripta (_confessio_) donde se custodiaban las reliquias amadas de los
mártires. Detrás del altar, á modo de corona, se sentaban en coro los
presbíteros, con los obispos á la derecha, y la silla pontifical en el
lugar preeminente. Esta silla era por lo comun de preciosos mármoles,
tenia sus cojines, y estaba mas alta que las otras sillas del coro de
sacerdotes, y cubierta con su correspondiente paño (_thronum... linteo
ornatum_). Al pié del cancel del presbiterio tenian puesto separado á un
lado los príncipes y magnates (se llamaba _senatorium_), y las matronas
al lado opuesto. Exornábase el ábside con profusion de mármoles, estucos
y mosáicos, y de su semi-bóveda ó cascaron pendian para mayor adorno
lámparas circulares, vasos (_coronæ et calices pendentiles_) y otros
objetos preciosos. El tabernáculo que se alzaba sobre el altar estaba
sostenido por cuatro columnas (_umbraculum_, _propiciatorium_), y sus
lados cubiertos con cuatro cortinas (_tetravela cuadruplicia_). Tambien
tenian grandes cortinas las puertas de la basílica. La sacristía
(_secretarium_) tenia su lugar en la parte inferior de la nave del
mediodia, y en ella ó en el presbiterio solian celebrarse los concilios.
Aunque las paredes de las naves solian estar desnudas de todo ornato
artístico, sin embargo no es probable que esta desnudez fuese regla
invariable en todas las iglesias de la España goda, erigidas por un
pueblo tan sensible al halago de lo bello. La monarquía de Rodrigo era
al comenzar el VIII siglo una de las mas cultas y florecientes del orbe:
quien lo dude no tiene mas que recordar el testimonio de los mas
respetables historiadores coetáneos. _Obras maravillosas y elegantes_
llama S. Isidoro á las construcciones de Wamba en Toledo. Iguales
encomios hace S. Eulogio de la basílica de Sta. Leocadia de la misma
ciudad, y de la de S. Félix de Córdoba, renovada y embellecida por el
obispo Agapio II antes del año 618 para que sirviese de sepultura al
cuerpo del mártir S. Zoil. Por S. Gregorio Turonense sabemos que la
iglesia erigida por Carrarico á S. Martin en la ciudad de Orense era una
construccion _admirable_ (_miro opere expedita etc._). Paulo Diácono nos
habla de un baptisterio en la iglesia de S. Juan de Mérida, todo
cubierto de pinturas... ¿ A qué amontonar citas? Todos los que han
escrito de nuestras antiguas cosas sagradas se han deshecho en alabanzas
de la hermosura y riqueza, de la magnificencia y fasto de muchos templos
erigidos durante los siglos VII y VIII por nuestros reyes, prelados y
magnates. Ellos nos pintan á la imaginacion espaciosos atrios sostenidos
de columnas, encumbradas torres, muros cubiertos de bruñidos mármoles;
¿qué mucho, pues, que se decorasen alguna vez con frescos ó mosáicos
simbólicos las naves de aquellas basílicas españolas compañeras de las
que á S. Eulogio le merecieron tantos encomios?[415] La regla general,
no obstante, era que solo se adornasen con obras artísticas la
semi-cúpula del ábside, el presbiterio con los objetos que incluía, como
el altar y el tabernáculo, y el coro ó escuela de los cantores. Tambien
la pila bautismal solia decorarse con bajo-relieves y pinturas.

Pero en la desemejanza de las iglesias cristianas con las basílicas
antiguas, el fenómeno artístico de mas interés y trascendencia es la
sustitucion del arco descansando sobre los capiteles, al arquitrave
horizontal, para las columnatas que dividen á lo largo el edificio:
innovacion que puede atribuirse, ya á la falta de materiales para hacer
una construccion romana regular, ya á la prisa con que á la sazon se
edificaba, que no permitia reunir muchas columnas de proporciones
iguales, ya por fin á la necesidad misma de variar y presentar cosas
nuevas, que tan natural es en el hombre en las épocas de grandes
revoluciones sociales. Todas las nuevas basílicas en efecto aparecieron
con sus ligeras arquerías volteando de capitel en capitel, sin
arquitrave que les sirviese de nivel comun, y este sistema inventado por
los cristianos, sea ó no preferible al de la antigua arquitectura
clásica, es el que desde entonces ha prevalecido en las edades media y
moderna: en la arquitectura bizantina; en la musulmana que la reconoce
por madre, ó cuando menos por nodriza; en la románica del Occidente; en
la ojival llamada gótica, y por último en la del renacimiento, con la
cual parecen agotarse todas las combinaciones de las formas
monumentales.

Es de suponer, pues, que siendo en aquellos siglos homogénea la
arquitectura cristiana en el Occidente, las basílicas de Córdoba
anteriores á la irrupcion sarracena y las erigidas luego por los
mozárabes, presentasen todas con cortísimas diferencias la disposicion
interior que acabamos de describir. Su conjunto esterior tenia tambien
que ser próximamente el mismo en todas partes: en el imafronte ó
fachada, remate angular, marcando la declinacion de los pares de la
armadura ó techumbre de la nave principal; luego las verticales de los
muros de esta en su parte superior, por donde recibe las luces; luego
las otras dos vertientes de la armadura de las naves colaterales,
descansando sobre los muros de estas; últimamente, portada mas ó menos
rica de ornamentacion, compuesta de un arco de plena cimbra, bajo un
tejaroz sostenido en mútulos de formas caprichosas, y en lo alto un
_oculus_ ó claraboya, de sencilla forma, destinado a dar mayor luz al
cuerpo de la iglesia. En los costados, muros lisos, sin estribo ni
refuerzo alguno, por considerarse suficientes á contrarestar el leve
empuje de aquellas pequeñas armaduras; descollando sobre el tejado de
cada nave colateral el cuerpo de luces de la nave del centro; y las
ventanas, todas de medio punto, con mas ó menos ornato en las
archivoltas. En la parte posterior, que mira á oriente, una especie de
media torre de planta semicircular ó poligonal, con ventanas de la forma
misma que en los costados, revelando la presencia del ábside ó
presbiterio. Al edificio de la basílica propiamente dicha, se agregaban
otras construcciones indispensables. La forma de estas no sabemos que
estuviese sujeta á plan determinado; segun el número de personas que
hubiesen de vivir en ellas, y segun la mayor ó menor liberalidad con que
se hubiese la iglesia fundado[416], serian mas ó menos cómodas y
espaciosas, mas ó menos suntuosas, y si se quiere mas ó menos humildes,
las dependencias de cada parroquia mozárabe. Considerábanse estas como
esencialmente sujetas á la catedral, y reconocíase la Iglesia Mayor como
madre aun de aquellas mismas que gozaban de alguna independencia por
derechos ó privilegios de patronato[417]. Así el clero parroquial hacia
una vida análoga á la del cabildo de canónigos; esto es, los
beneficiados y clérigos que le componian, vivian como regulares bajo la
autoridad del rector ó abad de la parroquia[418], el cual, con la parte
que le tocaba de las rentas de la misma, tenia que vestirlos y
mantenerlos con la debida decencia, estando al propio tiempo autorizado
para castigarlos si no cumplian con su obligacion en el servicio del
coro y de la iglesia. Además del edificio que para este objeto se
necesitaba, con sus aposentos separados, su refectorio comun, sus aulas
para la enseñanza, y lugar á propósito para la pequeña biblioteca[419]
que en aquellos tiempos y aquellas ciudades era dado reunir, debia tener
la iglesia mozárabe alojamiento aparte para los niños _oblatos_[420],
para los esclavos que constituían parte de su riqueza, para los pobres y
peregrinos á quienes debia dar hospedage. Estas construcciones
adicionales, por grande que fuese la munificencia de los fundadores, se
hacian todas con la mayor sencillez: paredes lisas, con lucientes
alizares á lo sumo, despues que el gusto oriental se fué infiltrando en
el arte cristiano; pavimentos de piedra comun, techos de madera,
descubriendo la armadura del comblo, ó de bóveda latina; ventanas poco
rasgadas con arco de medio punto; puertas cuadradas ó de plena cimbra,
con escasísimo ornato, reducido por lo comun á un simple cordon de
piedra ó de ladrillo marcando la curva de la archivolta.

Esta era la forma general de las basílicas latinas, godas y mozárabes:
esta la que próximamente debian presentar aquellas antiguas iglesias de
S. Acisclo, de S. Zoil, de S. Ciprian, etc., que tanto ilustraron con su
virtud y su ciencia, ya mártires hoy gloriosos, como el presbítero S.
Perfecto, el levita S. Sisenando, el diácono S. Pablo, los Stos. Emila y
Jeremías y otros; ya doctores insignes en todas las disciplinas
eclesiásticas, y hasta en las artes liberales. Entre estos últimos
¿quién no recuerda al famoso abad _Esperaindeo, doctor ilustrísimo, de
feliz recordacion, luz brillante de la iglesia_ en aquellos tiempos
borrascosos, varon elocuente, maestro de los mas grandes genios que
florecieron en la España mozárabe, y de quien se escribió que entre las
amarguras que por entonces inundaban toda la Bética, prevalecian los
raudales de su prudencia con los cuales endulzaba lo mas salobre? ¿Quién
no descubre al punto á Eulogio, cuya figura colosal nos sale siempre al
paso en nuestras indagaciones sobre aquellos oscuros tiempos, como nos
atrae la mirada un hermoso planeta cuando nuestra vista se sumerge en
los insondables piélagos del firmamento: luminar de la iglesia española
durante su persecucion, restaurador de las ciencias eclesiásticas y de
las humanidades, maestro de mártires y mártir gloriosísimo? ¿Quién
finalmente se olvidará del caballero cordobés Alvaro Paulo, tambien
discípulo sobresaliente de Esperaindeo; del doctor Vicente, á quien este
mismo caballero nombra, y en cuyo elogio basta decir que el título de
_doctor_ era á la sazon de mucha dignidad en la Iglesia, y que por lo
mismo se daba muy raras veces; de aquel eximio abad Sanson, rector de la
iglesia de S. Zoil, de quien poco há hemos hablado; del sabio
Leovigildo, presbítero de la iglesia de S. Ciprian, que tan elocuentes
páginas escribió sobre la observancia del trage clerical? Ved, lectores,
á cualquiera de esos santos sacerdotes ¡qué bien le cuadra la
descripcion que del buen eclesiástico hacia S. Isidoro! «Vive enagenado
del mundo y de sus placeres; abomina de espectáculos, banquetes y
diversiones; no comercia, ni trata negocios seculares; habla con
moderacion, camina con sosiego, mira con modestia, no frecuenta casas de
mujeres, ocúpase en la leccion y en los divinos oficios, cultiva su
espíritu en el estudio, instruye al pueblo en la doctrina, y le dá
ejemplo con las buenas obras[421].» ¿Quereis asomar ahora rápidamente la
vista dentro de la basílica é informaros de sus ocupaciones
relativamente al culto? Pues desde el amanecer estad alertos. Apenas
quiebra sus rayos el sol en las alabastrinas ventanas del ábside, ya
estan ocupando el coro en torno del altar los presbíteros en una hilera,
y los diáconos detrás en otra. Los cantores y demas clérigos ocupan su
lugar, y comienzan el grave canto de los maitines. Siguen las misas y
las horas canónicas: eran estas _tercia, sexta y nona_, y se decian
tambien en coro á media mañana, á medio dia, y á media tarde, cantando
siempre al fin de los salmos y responsorios el _Gloria et honor_ que era
costumbre de la Iglesia española. La misa se dividia en dos partes, la
_de los catecúmenos_ y la _del Sacrificio_: leíase primero una profecía
del Antiguo Testamento, una Epístola de S. Pablo y una parte de los
Evangelios; añadíanse algunos responsorios y unos versículos con
_Alleluya_, que era lo que entonces llamaban _Laudes_; seguia el
_Ofertorio_, y luego un diácono en voz alta mandaba á los catecúmenos
retirarse. Queda desembarazado el tramo inferior de la nave central: la
segunda parte va á empezar. El celebrante, vuelto al occidente, dirige
una amonestacion al pueblo para que se recoja y disponga á orar: cada
cual ocupa el sitio que le corresponde, los nobles y patronos el
_senatorium_, sus mujeres y las otras damas de gerarquía et _matroneum_,
la gente comun se divide por sexos en las dos naves colaterales de
derecha é izquierda: las vírgenes, veladas á la usanza oriental, con las
viudas en su tribuna ó galería alta; los hombres y mujeres casados con
sus trages de diferentes colores y estofas, en que se advierte una fácil
promiscuidad con las modas sarracenas, y el temor de algunas matronas
poco fuertes, que por no parecer en público cristianas cubren su rostro
con el velo de las mahometanas[422]. En el pintoresco y variado conjunto
contrastan las galas de los magnates con el humilde estambre de los
religiosos;[423] la cabeza del intonso y barbudo seglar, con la del
clérigo que ostenta su corona en forma de cerquillo y su barba
raida[424], (y con la del infeliz _decalvado_, que por sus pasadas
culpas mereció una corona de ignominia hecha á repelones). Pide á Dios
el celebrante que oiga las oraciones de los fieles: hace la
conmemoracion de los muertos, nombrando particularmente á los fundadores
y bienhechores de la iglesia; siguen los abrazos de paz en señal de
union y caridad; luego la _Ilacion_, que ahora llamamos el _Prefacio_;
luego la _Consagracion_; rézase despues el _Padre nuestro_, distribúyese
la comunion, y últimamente se dá la bendicion al pueblo, como se
acostumbra al fin de los maitines y vísperas. Sábese que tanto las
catedrales como las parroquias en la misa mayor debian rogar cada dia
por la salud del rey, segun el consejo de S. Pablo, y mientras hubiese
guerra, ofrecer á Dios el Sacrificio por la prosperidad de las armas
cristianas. Concebimos que este último precepto se cumpliese; ¿pero no
nos será lícito dudar que rogasen las iglesias de la afligida Córdoba
mozárabe por la salud de los califas? La consagracion se hacia en pan
entero (azimo) blanco y pequeño, hecho de propósito para el Sacrificio,
y sobre corporales de lino, á diferencia de la Iglesia griega que
consagraba en pan fermentado sobre corporales de seda. En los dias de
Domingo no doblaba el pueblo las rodillas para orar: se oraba asímismo
en pié todos los cincuenta dias pascuales, desde Resurreccion hasta
Pentecostés, en cuyo tiempo tampoco habia ayunos públicos ó de precepto.
Despues de la caida del sol volvia á reunirse en coro el clero
parroquial para cantar vísperas; y durante la noche se decian los
_nocturnos_, en tres tiempos, lo mismo que las _horas_. Cada dia el
rector con su clero celebraba en la parroquia los divinos oficios con
esta distribucion de horas y nocturnos, y con diferencia de himnos y
oraciones segun se rezaba de santo mártir, ó confesor, ó vírgen. A este
asíduo culto, lo mismo que al Santo Sacrificio, era convocado el pueblo
cristiano con toque de campanas; cuyo débil tañido, que por cierto no
sería muy atronador atendidas las dimensiones y forma del
instrumento[425] en aquellos tiempos, se nos refiere escitaba de tal
modo el enojo de los mahometanos en los dias de intolerancia y
persecucion, que por no oirlo se tapaban los oidos prorumpiendo en
maldiciones[426]. Con tanto rigor observaban los sacerdotes mozárabes en
general su liturgia, que en las referidas épocas de persecucion, sin
aparato alguno celebraban cada dia su misa, y cantaban los salmos dentro
de las mismas cárceles en que estaban presos[427]. En los tiempos
normales siempre era grande el aseo en el servicio de las basílicas. Sus
aras, pues solia en cada una haber varios altares desde que se introdujo
la costumbre de abrir nuevos ábsides en el muro de levante del crucero,
eran de piedra, y estaban cubiertas con telas blancas de lienzo, y por
delante con frontales de variedad de colores y tejidos. Ardía en ellas
la cera no solo durante los divinos oficios, sino tambien de noche y á
puertas cerradas. El sacerdote para el Sacrificio vestía amito, alba,
cíngulo, manípulo, estola y casulla, y el diácono en lugar de esta se
cubría con dalmática. Las casullas, capas, frontales y otras ropas
semejantes eran de lana ó seda, y muchas veces con guarniciones de plata
y oro. Es dificil formarse idea de la bella forma de aquellas vestiduras
sacerdotales, tan ámplias y magestuosas, no habiéndolas visto
reproducidas segun los antiguos monumentos del arte.

No menos que estas iglesias florecian por entonces los monasterios de
toda la provincia, en especial los de la Sierra de Córdoba, que así como
rinde en tributo á la campiña las aguas de sus veneros y los aromas de
sus plantas, le tributaba á la sazon con estos y aquellas sangre copiosa
y fecunda de mártires, y purísima fragancia de virtudes evangélicas.
Cerca de la ciudad, y á su vista por la parte del mediodia, reflejaba
sus muros en la corriente del Bétis la iglesia y monasterio de _S.
Cristóbal_, donde se educó S. Habencio, y donde fueron sepultados varios
otros mártires. En Froniano, lugar de la montaña por la parte de
occidente, á tres leguas ó doce millas de la ciudad, tenia iglesia y
monasterio _S. Félix_ mártir. Presidia este monasterio un piadoso
sacerdote llamado Salvador, y debia ser de los dúplices ó mixtos, tan
comunes entonces, por cuanto leemos en S. Eulogio que se fué á vivir á
él con su mujer y sus hijos el padre del santo mártir Walabonso. En el
lugar llamado _Rojana_, tambien de la montaña, sin que nos sea dado
señalar hácia qué parte de ella, habia otro monasterio dedicado á _S.
Martin_. Distaba unas dos millas de la ciudad, segun se colige de la
vida de S. Juan Gorziense[428], y á su iglesia acudia el santo mientras
permaneció con el carácter de legado del rey Oton, en los domingos y
grandes festividades, únicos dias que le permitia el gobierno de
Abde-r-rahman III salir del palacio donde le retenia mas como preso que
como huésped. En este santuario floreció el mártir S. Cristóbal,
discípulo del grande Eulogio. En lo interior de la Sierra, en un sitio
llamado Fraga, entre agrios montes y enmarañadas selvas, junto al
lugarcillo _Leiulense_, distante de Córdoba poco mas de seis leguas,
habia un monasterio consagrado á los mártires _S. Justo y Pastor_, del
cual bajó el jóven Leovigildo, natural de Granada, á padecer martirio.
El famoso monasterio dúplice de la _Peñamelaria_, titulado de _S.
Salvador_[429], fundado por los padres de Sta. Pomposa, y memorable por
haber vivido en él esta santa mártir y el monge S. Fandila, estaba
edificado en la sierra que sirve de anfiteatro á la campiña al norte de
Córdoba, á unas cuatro millas largas de la ciudad, á la falda de una
peña donde desde los tiempos mas antiguos formaban las abejas sus
panales: circunstancia á que debieron su nombre vulgar la peña y el
monasterio. Aun se ven de él escasos vestigios en alguno de los claros
de la selvosa y sombría montaña que se levanta al norte del castillo de
la Albayda. Los cuerpos de los mártires S. Jorge y S. Aurelio fueron
sepultados en este santuario.

Mas internado en la Sierra, pero en la misma direccion norte de la
ciudad, y á dos leguas escasas de esta, alzábase antes de la cruel
persecucion de Mohammed, entre quebrados montes y bosques seculares,
otro monasterio, tambien _mixto_, celebérrimo en toda la cristiandad
como glorioso gimnasio de mártires, del cual se escribe que era tal su
fama, que de fuera de España acudian gentes á visitarlo. Era este el
monasterio _Tabanense_, fundado con toda magnificencia en tiempo de S.
Eulogio por los piadosos cónyuges seglares Jeremías é Isabel, personages
de gran cuenta y de bienes de fortuna considerables, los cuales
emplearon en él todo su ingente patrimonio y se retiraron con su familia
á vivir en aquella aspereza huyendo el contagio de la fascinadora
cultura musulmana. Allí florecieron, y de aquellas paredes salieron para
recibir el martirio, los dos citados esposos; el venerable abad Martin,
hermano de Isabel, abadesa del monasterio de mujeres; la vírgen Columba,
hermana de ambos, que con su dote habia contribuido á la fábrica del
convento, y que luego recibió tambien la corona del martirio; allí fué
monge el mártir Isaac, sobrino del fundador Jeremías; allí vivió Fandila
bajo la disciplina del abad mencionado; allí vivió retirada y
alentándose para el martirio la matrona Sabigoto, que hizo por
Jesucristo dos sacrificios heróicos: separarse de dos hijas,
entregándolas al cuidado de Isabel y demas santas religiosas, y volar
despues al martirio[430]; de allí finalmente salió á confesar su fé en
Cristo la fervorosa Digna, discípula de Isabel, y allí Aurelio, el
esposo de la varonil Sabigoto, fué á estampar el beso de despedida en
las puras y sonrosadas megillas de sus inocentes hijas antes de entregar
su cuello á los verdugos del _Mexuar_[431]. Corta fué la duracion de
este monasterio tan fecundo en prodigios de virtud, puesto que la misma
Columba que habia contribuido á su edificacion, lo vió destruido, con
otras iglesias y lugares sagrados en que se cebó la furia de los
sarracenos durante la persecucion decretada por el califa Mohammed, de
que hemos hecho mencion en otras ocasiones. Sin duda por ser tan famoso
se encarnizaron mas contra él los enemigos de la fé cristiana, los
cuales completamente lo arrasaron. Las religiosas que en él moraban
huyeron á la ciudad, y allí se recogieron en una casa que tenian, pared
por medio con la iglesia de S. Cipriano.

Otro célebre monasterio de aquellos tiempos, y del cual aun existen
algunos vestigios, era el _Armilatense_, intitulado de S. Zoil, que
tenia su situacion á unas siete leguas ó mas al norte de Córdoba, en
una espantable soledad y aspereza de montes[432], sin mas comodidad
temporal que la del rio Armilata (hoy _Guadamellato_), del que tomaba el
nombre. Iba la corriente por la márgen de la montaña en cuya falda se
habia fundado el monasterio, y siendo muy abundante en pesca, contribuía
á los monges con su producto. En esta clausura se educó el mártir
Wistremundo.

Cerca de Córdoba por la parte occidental habia un lugarcillo denominado
Cuteclara, donde desde tiempos muy remotos existia un monasterio de
monjas con advocacion de la Santísima Vírgen María. Hízose este
monasterio cuteclarense muy famoso por la santa matrona Artemia, madre
de los mártires Adulfo, Juan y Aurea, y maestra de la mártir María. En
él florecieron Pedro Astigitano y Walabonso Eleplense, el primero en
grado de presbítero, y como diácono el segundo, dando ambos á dos su
sangre por Jesucristo[433].

Estos son los monasterios de que se conservan mas circunstanciadas
noticias. De algunos otros que se supone existian tambien en la Sierra y
en la parte occidental de la campiña, no hay para qué hacer mencion
espresa, puesto que ni sus nombres son claramente conocidos. Todos
estaban sujetos á la regla de S. Benito, introducida en España desde el
sexto ó séptimo siglo de la Iglesia (que de cierto no se sabe), y
advertíase en ellos, comparados entre sí, la variedad de construcciones
en la uniformidad del vivir, que era resultado natural de la mayor ó
menor holgura con que habian sido erigidos; sin que á esto se opusieran
las constituciones del santo fundador de la órden, el cual permitia una
racional libertad para acomodarse en todo lo esterno á las condiciones
de los diversos paises en que se establecia su piadosa hueste. Los mas
afamados eran _dúplices_ ó _mixtos_; cada uno de ellos formaba como dos
monasterios contiguos, uno de hombres, otro de mujeres, sin mas
dependencia entre sí que la que los antiguos cánones habian establecido
mandando que todo monasterio de religiosas estuviese sujeto en lo
económico y administrativo á un abad nombrado por el obispo, á fin de
que las monjas y su abadesa pudiesen libremente consagrarse á la vida
ascética lejos de toda relacion y trato con la gente mundana. Monges y
monjas vivian en sus respectivos edificios en celdas separadas: entre el
monasterio de los hombres y el de las mujeres habia altas y fuertes
paredes que los mantenian en completa incomunicacion, de manera que no
podian verse unos á otros. Solo cuando la concurrencia de hermanos ó
huéspedes les obligaba á prestarse mútuo auxilio, era lícito entablar
correspondencia entre la clausura de religiosas y el edificio de los
monges; pero aun entonces se limitaba la plática á lo puramente preciso,
saliendo la abadesa á la ventana. El Concilio Hispalense II en su cánon
onceno habia mandado que en toda la Bética los monasterios de monjas
fuesen gobernados por monges; pero cercenando de tal manera las pláticas
de los religiosos de ambos sexos entre sí, que solo á los abades y
vicarios permitia hablar con las abadesas, y esto estando presentes
otras dos ó tres monjas y versando la conversacion sobre cosas
espirituales y doctrina. Los demas monges, ni siquiera al vestíbulo del
monasterio de mujeres podian acercarse. Para cuidar de la administracion
é incremento de las fincas rústicas y urbanas del convento de
religiosas, atender á la conservacion y reparacion de sus edificios, y
ocurrir á todas las demas cosas precisas, nombraba el abad un monge de
capacidad y virtud esperimentada, y este nombramiento habia de ser
confirmado por el obispo. En España, lo mismo que en Francia y en
Inglaterra[434], siempre que se fundaba una clausura de religiosas, se
construía con arreglo á las necesidades de un monasterio mixto, por la
indicada condicion de que habian de ser precisamente monges los que la
gobernasen. No es esto decir que fuesen dúplices todos los monasterios
de la provincia de Córdoba que dejamos mencionados; éranlo los mas
principales, pero podia haber, y habia en efecto, otros que eran solo de
hombres. El aspecto general de unos y otros debia ser próximamente el de
los demas monasterios benedictinos de la cristiandad, sobre todo despues
de la famosa congregacion de Aquisgran, celebrada el año 817 por
disposicion de Ludovico Pio, cuyos capítulos ó cánones se hicieron
obligatorios á cuantos vivian bajo aquella regla en el Occidente. La
lucha contínua que los mozárabes consagrados á la vida religiosa tenian
que sostener contra los infieles y los hereges, el peligro que sin cesar
les amagaba de ser perseguidos y martirizados, hacia que no perdiesen
nunca de vista los santos y eternos objetos de su mision y vocacion, y
las duras pruebas á que diariamente se les sometia los afirmaban en la
fiel observancia de la doctrina y profesion que habian abrazado. Por
esto la vida monástica en general, y en particular la regla de S.
Benito, produjeron en Andalucía, y en toda España, tantos y tan insignes
santos; por esto se conservó entre los mozárabes intacto el oficio
divino de la primitiva Iglesia goda, que era el mismo que habian
introducido en España los siete Apostólicos[435]; y por esto finalmente
la disciplina monástica española brillaba con incontaminada gloria,
mantenida en toda su pureza por los concilios nacionales y los grandes
genios, como S. Leandro, S. Isidoro, y otros muchos que llenaron con sus
obras las bibliotecas y con sus imágenes los altares en todos los siglos
hasta el undécimo, antes que el prurito de imitar á los franceses, hecho
moda en la corte de D. Alfonso VI, viniese á reformar lo que no
necesitaba ser reformado, dándole la disciplina cluniacense por modelo.
Por esta misma escrupulosa observancia de las constituciones escritas,
observamos que la referida congregacion de Aquisgran inculca en muchos
de sus cánones ó capítulos preceptos que desde los tiempos mas remotos
vienen puestos en práctica en los monasterios españoles[436], y que los
monges de otros paises de todo punto abandonaron. Así pues, no te
parecerá temeridad, mi buen lector, el suponer que los monasterios de
que vamos tratando, los principales al menos, como el Tabanense, tan
encomiado por la esplendidez con que habia sido fundado, fuesen en su
fisonomía arquitectónica general semejantes á los que fuera de España
alcanzaban por aquellos tiempos mas fama de observantes, edificados
tambien en la aspereza de las montañas. Puede decirse de los monasterios
benedictinos de Europa en los siglos medios lo que de sus monges: todos
eran iguales, sin mas diferencias que las dimanadas de los respectivos
usos y necesidades de los paises en que se establecian. Lo mismo que
podia variar en cada nacion el color del hábito, porque S. Benito no
habia determinado color ninguno, podia tambien y debia forzosamente
variar la arquitectura de los edificios, ya por su mayor ó menor número
de oficinas, ya por los materiales con que fueran construidos, ya
finalmente por el estilo artístico peculiar de cada pais. Pero en lo
sustancial habia completa uniformidad: todos los monges benedictinos
llevaban escapulario y cogulla: que en esto consiste lo esencial del
hábito; del mismo modo todos los monasterios, fuesen grandes ó pequeños,
tenian su distribucion interior, sus oficinas y departamentos, adecuados
á las prescripciones inviolables de la regla[437]. A falta de
intérpretes de esta regla que nos hayan legado un recuerdo gráfico de
los monasterios de la Bética en el noveno siglo, citaremos las palabras
con que el capítulo general del Cister, que redactó la constitucion
definitiva de la órden en 1119, formuló lo relativo á la disposicion
material de los monasterios restituidos á la fiel observancia de la
regla primitiva. «El monasterio se construirá (dice esta obra maestra de
organizacion monástica) de modo que reuna si es posible en su recinto
todas las cosas necesarias: agua, molino, huerta, talleres para los
diferentes oficios, á fin de que los profesos no tengan que salir
fuera... Habrá alquerías y cortijos en las tierras de la abadía, y el
cultivo de estas estará á cargo de los hermanos _conversos_ (ó
novicios)...» Esta constitucion se observa escrupulosamente cumplida en
la edificacion del convento de Claraval, cuyo entendido arquitecto supo
reunir, á una comunicacion fácil con el esterior del monasterio, para el
buen servicio de sus oficinas, una clausura completa para los religiosos
profesos. Al mismo tiempo destinó un lugar muy principal al pasto
espiritual y literario de la comunidad, rodeando uno de sus claustros
con la biblioteca, las celdas de los copistas, el salon donde se
discutian las tésis teológicas, etc.; y para recordar á los monges que
no debian vanagloriarse por tener dotes y talentos que les hicieran
sobresalir entre sus hermanos, situó la enfermería y el departamento de
los ancianos, en quienes la edad y los trabajos enervan todas las
facultades del alma y del cuerpo, inmediatos al centro intelectual de la
comunidad. Las necesidades materiales de la vida estaban representadas
en los graneros, cillerezía, molinos, cocinas, etc.; estas oficinas se
hallaban próximas al claustro, pero fuera de clausura. Junto á la
iglesia estaba el claustro, con todas las dependencias necesarias para
los profesos. Las máquinas, hornos, alquerías, establos, talleres para
los artesanos, y demas objetos de la industria y de la agricultura,
ocupaban un primer recinto fuera de la clausura monacal, sin simetría, y
segun la disposicion particular de la localidad. Este vendria á ser sin
duda alguna el repartimiento interior de los monasterios de religiosos
en la tierra de Córdoba, sin mas diferencia en los dúplices, ó de ambos
sexos, que la que se colige de la necesidad de mantener á las religiosas
en una incomunicacion completa respecto de los monges, sin estorbar sin
embargo el acceso del templo á estas, y el del monasterio de mujeres á
los que estaban autorizados para acercarse á ellas. Y que era así en
efecto lo persuade la perfecta similitud que se advierte entre los
monasterios de todos tiempos mas afamados por la escrupulosa observancia
de la regla del santo fundador. Tómese el plano de cualquier abadía
reformada, cluniacense ó cisterciense, trácense en su iglesia dos coros,
uno á un lado y otro á otro, y en comunicacion con los mismos dos
claustros, uno para hombres y otro para mujeres, con sus
correspondientes dormitorios, refectorios, capítulos, enfermerías,
hospederías, cocinas y lo demas necesario para el servicio corporal y
espiritual de cada clausura; establézcase una division de altas y
gruesas paredes entre ambas casas, poniendo los puntos de comunicacion
entre una y otra bajo la vigilancia y custodia del abad y de sus
delegados; agréguense al recinto general aquellas oficinas en que se
emplean monges solos, sin acceso para las religiosas, que son todas las
que requiere la administracion y gobierno económico de ambas
comunidades, los graneros, los depósitos de las prestaciones decimales,
las huertas, molinos, establos, habitaciones de criados, etc.; y se
tendrá aproximadamente la planta de uno de los principales monasterios
de Córdoba del tiempo de S. Eulogio, como el Tabanense ó el de
Peñamelaria. Diferirán uno de otro en la arquitectura de su alzado, en
su aspecto esterior y parte decorativa: y esta diferencia dependerá del
estilo dominante en cada region, en cada siglo. El monasterio
cluniacense ostentará la riqueza del gusto occidental generalmente
denominado _bizantino_; el cisterciense ofrecerá una gran sobriedad de
ornato, «_una iglesia sumamente sencilla, con esclusion de todo género
de pintura ó escultura, sin vidrieras de color, sin cruces ni adornos en
ellas, sin torres de grande elevacion ni cosa alguna que forme contraste
con la simplicidad y humildad de la regla_»;[438] el monasterio
cordubense, como fundado por descendientes de visigodos apegados á las
prácticas y tradiciones de la arquitectura latina que usaron sus
mayores, y dóciles sin embargo al contagio del modo neo-griego y
arábigo-bizantino, y poblado por monges cuya fidelidad á la santa regla
primitiva se citaba como modelo y provechoso ejemplo en los dominios de
los reyes cristianos, presentará ese mismo estilo mixto cuyos caractéres
generales hemos señalado tratando de las basílicas mozárabes de la
ciudad. Veránse en él arcadas sin arquitrabes, puertas cuadrangulares y
ventanas de plena cimbra, portaditas sencillas y galanas con su dintel
recto, su arco de medio punto encima y su tímpano ligeramente decorado;
alguna que otra imitacion del arte oriental; como el arco de herradura,
la pequeña cúpula sobre pechinas, los ajimeces, los ladrillos
barnizados, las molduras y cenefitas de pometados, puntas de diamantes y
flores de loto, los capiteles de forma cúbica, etc. Aquella puerta que
nos dice S. Eulogio se dejó abierta por descuido despues de los
maitines el monge que cuidaba de la clausura de las religiosas en el
monasterio de Peñamelaria, y por la cual se evadió Sta. Pomposa para
volar al martirio, sería sencillamente una puerta con arco de ladrillo,
y si era, como parece regular, la que conducia del convento de mujeres
al coro de la iglesia, tendria á lo sumo algun adorno sencillo esculpido
en su dintel, realzado tal vez con vivos colores. Aquella ventana donde
se asomaba segun nos refiere el mismo santo la venerable abadesa Isabel
en el monasterio Tabanense para avisar la llegada de nuevos huéspedes ó
peregrinos, podria ser quizás un ajimez con su esbelta columnilla de
jaspe y sus dos arcos á la manera sarracena, puesto que consta por las
muchas reminiscencias arábigas con que los religiosos prófugos de
Córdoba matizaron y embellecieron la severa arquitectura de Asturias y
Leon, que no repugnaban los ejemplares monges mozárabes, racionales en
todo, las novedades que con ventaja para el arte y sin significacion
alguna moral habian introducido sus dominadores.

Para completar este bosquejo será bien dar una ligera idea de la devota
gente que poblaba estas santas casas, de su modo de vivir, de sus usos y
sus trages, ciñéndonos, como la índole de nuestro trabajo lo requiere, á
la parte gráfica y pintoresca de la veneranda regla, y dejando sérias
investigaciones sobre la disciplina religiosa para los escritores de
historia eclesiástica: que por cierto, y sea dicho de paso, tienen mas
ámplios y abundantes fundamentos que nosotros los amantes de las
antigüedades artísticas, para desenvolver sus elucubraciones. No vamos
por lo tanto á sacar á luz una nueva edicion de la regla de S. Benito y
de los capítulos del concilio de Aquisgran; vamos solamente á trazar con
rasgos caracteriscos una breve filiacion de los valientes soldados de la
hueste benedictina, y solo por lo que interesa el saber qué especie de
vida interior hacian bajo su santa bandera, aquella animosa monja que
burlando la vigilancia del convento fué por entre las nocturnas
tinieblas atravesando montañas, bosques, peligrosos barrancos, hasta
llegar con el alba á la corte sarracena; aquella otra venerable abadesa,
que salia á la ventana del muro divisorio entre las dos clausuras del
monasterio Tabanense, para ver de agasajar á Jesucristo en la persona de
sus pobres despues de haber gastado su gran patrimonio en fundar aquella
casa; toda aquella legion de mártires en suma, arriba mencionada, que en
los períodos de persecucion, y como por secciones, iba bajando de la
Sierra á la orgullosa corte de los Amires á fortificar con su sangre los
retoños de la cruz que presumian estirpar los infieles. Aquellos santos
varones, pues, aquellas respetables matronas, devotas vírgenes y niños
ofrecidos, descendientes la mayor parte de nobles familias godas, como
de sus meros nombres se colige, vivian todos, sin distincion de sexos ni
de cuna, entregados á la oracion y meditacion, á las obras de caridad,
al cultivo de la inteligencia, á los trabajos manuales que la regla
prescribe, en los cuales no habia para los profesos de mas ciencia,
virtud y nobleza, exencion de trabajos serviles[439] dentro de la
clausura. Habitaban en celdas desnudas de todo aparato, vestian los
monges de negro[440], con túnica, escapulario y cogulla[441], las monjas
con túnica tambien negra, y velo del mismo color, ó encarnado,
simbolizando, bien la tristeza del destierro en que el alma consagrada á
Dios vive en este mundo, bien su continua disposicion á dar la sangre
por Jesucristo. Los monges profesos llevaban coronas de cerquillo lo
mismo que los presbíteros, y la barba crecida como los demas cenobitas y
ermitaños; pero los novicios ó confesos no llevaban corona hasta que
pasaban á profesos[442], ni tampoco capilla; así como no usaban velo
las vírgenes hasta que en alguno de los dias solemnes marcados al efecto
se lo daba el obispo pronunciando ellas sus votos. Levantábanse á las
dos de la noche á rezar maitines y laudes, y despues no se volvian á
acostar, sino que se empleaban en la oracion, la meditacion y el
estudio; dormian vestidos, y solo se les permitia al acostarse mudar de
calzado: en el refectorio se les servian únicamente dos viandas, que
eran frutas ó verduras, y pescado, para que el que no pudiese comer de
la una comiese de la otra; prohibíaseles absolutamente el uso de las
carnes[443], y en cuanto á la bebida, que era el agua pura, regia una
costumbre muy digna de ser observada: solo cuando habia obras ó ayunos
estraordinarios, se les consentía beber entre comidas, y entonces,
reunida toda la comunidad antes de entrar al rezo de las _completas_,
daba el abad su bendicion, y el que tenia sed, bebia. Ayunaban todos los
miércoles y viernes del año, además de hacerlo en las épocas señaladas
por la Iglesia á todos los fieles, y el ayuno no les eximia del trabajo
corporal y obras de manos, ni de la lectura acostumbrada. No era el abad
preferido á ninguno de sus súbditos ni en la comida, ni en la bebida, ni
en la cama, ni en el vestido. Solo cuando sobrevenian huéspedes de mucho
respeto y calidad, le era permitido comer con ellos fuera del
refectorio; pero las pequeñas distinciones de esta especie estaban mas
que compensadas en beneficio de la humildad cristiana, porque ese mismo
abad que gobernaba la comunidad y podia castigar á los monges rebeldes é
viciosos, y ante el cual se prosternaba el castigado hasta tocar con su
frente el suelo, cubriéndose con la cogulla en señal de confusion, ese
superior respetado y temido lavaba y besaba imitando á Jesucristo los
piés á sus subordinados en el dia solemne que consagra la Iglesia á esta
conmemoracion conmovedora. Tampoco para envanecerlos y exaltarlos, sino
para que se les denotase amor y reverencia, queria S. Benito que los
monges al llamarse unos á otros hiciesen preceder sus nombres de
apelativos afectuosos y respetuosos: los mayores debian llamar á los
menores _hermanos_ (_fratres_), los menores á los mayores _padres_
(_nonnos_); todos ellos al abad _señor y maestro_ (_dominus et
magister_). Los pobres tenian como declarado en la regla de S. Benito un
derecho que por su singularidad merece mencionarse: para que no les
faltase alimento, estaba terminantemente prohibido que ningun monge
cediese á otro parte de su comida ó cena; de esta suerte, las sobras que
dejaban los desganados ó de estómago pequeño llegaban intactas á los
mendigos que socorria el monasterio. La regla del silencio se observaba
con toda escrupulosidad: cada religioso se ocupaba en su celda en la
oracion y meditacion, ó en el estudio; los no profesos se dedicaban á
las faenas de la labranza y del cultivo; la comunidad solo se reunia en
el coro, en el refectorio, en el capítulo y en las aulas. Durante las
refacciones de comida y cena se leía; en ninguna parte del monasterio y
á ninguna hora habia bullicio, y para desterrarlo completamente, las
escuelas en que enseñaban los monges doctos estaban fuera de los
edificios claustrales, y las aulas que habia dentro de ellos eran solo
para los educandos del convento.

Exaltada nuestra imaginacion con estos recuerdos, cuando recorriamos
aquella fragosa y pintoresca Sierra de Córdoba, que hoy siguen
santificando con su vida ejemplar los humildes _hijos del Yermo_; al
señalarnos con el dedo nuestro complaciente guia alguno de los lugares
matizados de ruinas donde la piadosa tradicion ve los devastados solares
de los antiguos monasterios benedictinos, creimos muchas veces percibir
el ténue tañido de una modesta campanita entre el blando susurro de las
auras y de los arroyuelos, con que lloran hoy su soledad aquellas
montañas que casi nos atreveríamos á llamar _sagradas_. Figurábasenos
que aun hallaríamos en pié alguna de aquellas santas casas: que en ella
íbamos á sorprender, usando del derecho de hospitalidad, á fuer de
fatigados peregrinos, á la pequeña comunidad rezando sus horas; ó á ser
agasajados como lo habian sido allí muchos en otros tiempos, viniéndonos
á la memoria de contínuo aquella preciosa pintura que hace S. Eulogio de
la vida de los monges de S. Zacarías de Navarra[445]: «_resplandecen
como estrellas del cielo con méritos de diferentes virtudes, unos de una
manera, otros de otra. Florece en unos la caridad perfecta que desecha
todo temor; á otros engrandece la humildad; otros con cuidado se
ejercitan en recibir á los peregrinos y huéspedes, y condescienden con
la voluntad de los que llegan de nuevo, como si Cristo se inclinára á
ser recibido en su hospedería._» ¡Oh vida dulce y tranquila!
esclamábamos: ¡oh deliciosa soledad silvestre, morada única en que
descansa con placer el ocupado pensamiento del viajero de lejanas
tierras, mientras encomienda á tus vagarosas auras, embalsamadas al
contacto del azahar y de la madreselva, los suspiros que le arranca su
amada familia ausente! Y ahora que restituidos al hogar doméstico
escribimos aquellas impresiones, trayendo á la memoria aquellas punzadas
de melancolía por la ausencia de la esposa y de los hijos, que tenemos
ya á nuestro lado, volvemos á esperimentar una suave tristeza de no ver
más lo que entonces vimos. ¡Oh mezquina condicion de la humana criatura,
nunca del todo satisfecha! Como si aquellos monasterios durasen todavía;
como si pudiéramos aun ver por allí la figura de aquel santo sacerdote
que los visitaba y edificaba á todos; espiarla trepando hácia ellos por
las mismas trochas y senderos que nosotros recorrimos, y perderse como
una mota negra[446] entre aquellos carrascales y encinares, enseñándonos
el camino á todas las santas casas de la Sierra; duélenos no haber
fijado nuestro albergue entre aquellas montañas de tan magníficos
horizontes; é internándonos con la mente hasta la horrible soledad y
montuosa aspereza donde estuvo edificado el famoso monasterio
Armilatense, cuyas ruinas retrata todavía en su impetuoso nacimiento el
Guadamellato, dirigimos á los gloriosos santos formados en sus claustros
aquella misma salutacion afectuosa de Carlomagno á Paulo Diácono, monge
de Monte Casino.

    Hic celer egrediens, facili mea charta volatu,
    Per sylvas, colles, valles quoque proepete cursu:
    Alma Deo cari Benedicti tecta require.
    Est nam certa quies fessis venientibus illuc.
    Hic solus hospitibus, piscis, hic panis abundat.
    Lætus amor, et cultus Christi, simul omnibus horis.
    Pax pia, mens humilis, pulchra, et concordia fratrum.
    Dic patri el sociis cunctis, salvete: valete: etc.[447]

Mas, ¡ay! que esta grata vision retrospectiva va á concluir con un
espectáculo terrible y sangriento; porque la vida del monge del siglo IX
no era, como vulgarmente nos figuramos, una série bonancible de gozos
espirituales y prosperidades terrenas. Muy halagüeño es sin duda,
despues de domado el ímpetu de las pasiones, vivir lejos del bullicio de
la capital, conversar con Dios en medio de esa agreste soledad,
solazarse inocentemente á la orilla de ese rio, sorprendiendo entre las
espumosas ondas que se quiebran en los peñascales á los incautos
pececillos... Pero ¿y si llega un dia en que un rey poderoso decrete la
persecucion y el esterminio de todos los cenobitas?... Pues ese temido
instante llega en efecto. Porque la cristiandad está en dias de prueba,
y como férrea tenaza la estrechan por el norte y mediodia los bárbaros
normandos y los sarracenos. La Europa entera está humeando con
monasterios incendiados y sangre de mártires: ¡Gante, Amiens, Arras,
Corveya, Cambray, Tarvana, y cuanta tierra riega el Escalda, forman ya
una inmensa hoguera! Los mismos estragos manchan con sangre y calcinados
escombros la corriente del Rhin: los soberbios claustros erigidos por el
emperador Lotario quedan en el espacio de tres dias convertidos en
inútiles ruinas. La Francia ve aterrada cundir la devastacion por toda
la Neustria: Suesion, Noviomago, Lauduno, Reims, son envueltas en la
sentencia de esterminio que provocan los templos y monasterios. Caen
desplomados los fuertes muros de S. Salvador de Prumia, de S. Martin de
Turs, de las mas insignes abadías francesas... Si esto hacen los
bárbaros inciviles del norte, ¿cómo esperar mas clemencia de los
bárbaros cultos de oriente y mediodia, que asuelan ya el reino de
Nápoles y Sicilia, que incendian á Monte Casino, á S. Plácido de Mesina,
á S. Vicente de Vulturno, pasando á cuchillo á sus indefensos moradores?
¡Ah! Tambien en la trabajada España suena de un confín á otro la
tremenda voz esterminadora: ¡las tropas del altivo Muhammed entran con
espada en mano en el suntuoso monasterio de Cardeña, y al salir de él
dejan en sus pavimentos doscientos cadáveres de mártires!... ¿Qué
repentino rumor sube á la montaña desde la llanura, turbando la paz de
los santos claustros confusos gritos de destruccion y muerte? Son
tambien soldados y verdugos de Mohammed los que trepan hácia ellos
armados de fuego y hierro. La Sierra de Córdoba, un momento há
silencioso teatro de santos y ordenados ejercicios, se estremece toda
con los clamores de los monges que huyen despavoridos, de las vírgenes y
matronas que se apiñan desaladas en los coros, de las turbas de
mozárabes que, precediendo á los implacables muzlimes, buscan asilo en
lo enmarañado de los bosques y en las cavernosas breñas. Vuelvo la vista
á la ciudad, magestuosamente asentada en medio de la campiña, y cuyos
edificios claramente distingo; y no veo ya descollar en ella las
modestas torres de las parroquias nuevamente erigidas. Veo por el
contrario alzarse nubes de denso polvo en algunos parages de la
Ajarquía. ¡La satánica obra de destruccion ha comenzado; publícase ya en
la montaña con furibundas amenazas el feroz decreto llevado á cabo en
las parroquias; y dentro de pocos dias los mas afamados cenobios, el
Armilatense, el Tabanense y otros, no ofrecerán á nuestra vista mas que
humeantes ruinas, y sangrientos despojos de mártires inmolados en ellos!

Segun el edicto del tirano debieron derribarse todas las iglesias
edificadas en tiempo de los árabes, y en las basílicas de la ciudad
erigidas mas de trescientos años atrás, demolerse todas las adiciones
modernas[448]; pero Dios no consintió que esto se cumpliese á la letra.
El monasterio de la Peñamelaria subsistió á pesar de la furiosa
destruccion de que fué teatro la Sierra[449], y con él permanecerian
tambien en pié otros de menos importancia. Sin embargo, la grande
afliccion y tubracion de los mozárabes empezaba realmente por este
tiempo. Porque á la ruina de los templos y monasterios acompañaron ahora
aquellas enconadas persecuciones de los mismos cristianos apóstatas de
que dejamos hecho mérito; aquellos conciliábulos prohibiendo declarar la
fé; los padecimientos de Sanson y de Eulogio, de todos los mártires
mencionados por ellos en estos años, y de otros infinitos de quienes no
hicieron memoria: puesto que el mismo santo doctor dice que eran tantos
los que se ofrecian al martirio, que los infieles pedian á los
cristianos los contuviesen, y que era tan universal el fervor de padecer
por Cristo, que hasta los párvulos se ofrecian al cuchillo de los
verdugos.

Muchos que escaparon de Córdoba con vida fueron á darla por Jesucristo
algunos años despues en los dominios de los reyes cristianos, á manos de
los mismos muzlimes cordobeses. Este fin alcanzaron en 883 en el
monasterio de Sahagun todos los religiosos prófugos que allí vivian
refugiados bajo el abad Walabonso, de resultas de una entrada á sangre y
fuego que hizo Almundhyr en los dominios cristianos[450]. Hasta diez
años despues[451], en que padece martirio Sta. Eugenia[452], no volvemos
á ver sangre de mozárabes derramada en Córdoba. De allí á poco (en 925)
murió por no mancillar la flor de su pureza el santo niño Pelayo, que el
obispo Hermoigio, con mas amor de sí mismo que buen consejo, habia
dejado á Abde-r-rahman III en rehenes para rescatarse del cautiverio
despues de la rota de la Junquera. Por las actas referentes á este
inocente mártir sabemos que las basílicas de S. Ginés y S. Cipriano
subsistian en su tiempo, puesto que en el cementerio de la una fué
sepultado su cuerpo, y en el de la otra su cabeza.

Como por un vergel encantado que se representa en sueños, donde se hunde
el pié de trecho en trecho, así discurre la imaginacion por la
maravillosa y singular historia de estos tiempos. An-nasir, Al-hakem,
Almanzor, poseen para los míseros mozárabes la magia de Circe:
alucínanlos con el esplendor de su cultura, y cuando mas desprevenidos
estan los aterran con sentencias de muerte. Bajo sus reinados acontecen
la solemne embajada del Gorziense, aquellas legacías y comisiones de
prelados, como las de los obispos Ermenhardo, Juan, Recemundo, Dudo,
etc., entre los califas y los emperadores de Alemania y Constantinopla,
en que el arte y sus bellezas figuran tanto; aquellos agasajos contínuos
entre infieles y cristianos, en que se comercia por una parte con las
santas reliquias de los mártires, haciendo alarde de civilidad y
tolerancia; aquel incesante acudir de los cristianos á la corte de los
califas, á la nueva Atenas, buscando la salud[453], buscando alianzas y
proteccion[454], buscando la luz de las ciencias y de las artes[455];
aquel interminable despuntar de genios en todos los ramos del humano
saber, á quienes aun hoy el mundo venera: hechos todos de que hemos dado
ligera noticia al lector en el discurso del capítulo precedente. Pero á
vueltas de tan sorprendentes espectáculos, los dejan helados de espanto
haciéndoles ver que el odio al nombre de Cristo es en ellos
inextinguible. A los seis años de la decolacion del niño Pelayo, padecen
martirio Vulfura y Argentea[456]; luego Almanzor, que como violento
torbellino penetra cincuenta y dos veces por los dominios de la España
católica, llena las mazmorras de cautivos cargándolos de pesadas
cadenas[457]; por último, á impulso de su desprecio altanero y cruel
perecen en tenebrosas cárceles el ejemplar Domingo Sarracino y sus
compañeros.

A la historia de Córdoba mozárabe pertenece aquella famosa prision de D.
Gonzalo Gustios, padre de los malhadados Infantes de Lara, que, aunque
omitida por los principales historiadores, se confirma por la Crónica
General, los romances populares y la tradicion. En uno de los mas
suntuosos edificios de la Almedina, no lejos de los reales alcázares,
gime encarcelado el buen señor de Salas, víctima de una infame traicion
urdida por su cuñado Rodrigo ó Ruy Velazquez, el cual con una falsa
carta de albricias le mandó á la corte de Hixem para que fuese
degollado, mientras sus siete hijos perecian en la celada que tambien
les tenia dispuesta. Los Infantes de Lara, generosos y confiados como su
padre, se dejan conducir á la frontera enemiga por el traidor que los
entrega, y allí abandonados por él á un numeroso ejército de infieles,
pelean varonilmente en el campo de Albacar[458], vendiendo caras sus
vidas. El desdichado D. Gonzalo Gustios recibe en tanto lisonjeros
agasajos de Almanzor y de sus allegados: la hermana del prepotente
hagib, vencida de sus atractivos, le visita en su prision con frecuencia
haciéndose recatadamente acompañar de sus esclavas; y de este amoroso
comercio, cuyas dulzuras ilícitas va á castigar inexorable el cielo,
nacerá un famoso bastardo[459], cuya historia no entra en nuestro
cuadro. Está el ilustre prisionero sentado á un banquete á que le
convida el magnate sarraceno... Dígalo mejor el romance.

    «Y despues de haber servido
    mil manjares á su usanza,
    dice el rey:[460]--Gonzalo amigo,
    un costoso plato falta.

      *       *       *       *       *

    En esto vino una fuente
    que cubria una toalla,
    y en ella siete cabezas,
    de aquel tronco muertas ramas.
    Mira la fuente Gonzalo,
    y dice:--¡Ay, fruta temprana!

      *       *       *       *       *

    Mas, ay mis hijos, que son
    mis preguntas escusadas,
    que con sangre viene escrito
    que es Rodrigo y Doña Lambra.»

Aun existen en Córdoba la calle y casa donde pasó este tremendo drama;
llámanlas _de las Cabezas_, y dicen tomaron este nombre por dos
arquillos que allí se ven todavía, en los cuales pusieron las cabezas de
los desgraciados Infantes, _mal trofeo de tan infame victoria_[461].

Muerto Almanzor palidece para los muzlimes el astro de la fortuna, y la
suerte de los mozárabes pasa alternativamente de la cumbre de la
esperanza al abismo del desconsuelo. El conde de Castilla D. Sancho, D.
Ramon, conde de Barcelona, el rey cristiano que conquistó á Toledo,
plantan sucesivamente sus reales sobre Córdoba: lo mismo hacen los
régulos sarracenos rebeldes al legítimo califa; con lo cual los
estenuados cristianos cobran aliento. Ya el conde D. Fernando Gomez saca
de la ciudad, que todo el orbe católico mira como el mas glorioso
panteon de mártires despues de Roma, las preciadas reliquias de dos
insignes santos[462], sin que osen estorbarlo los islamitas; ya D.
Alfonso VI en 1108, por vengar la muerte de su hijo D. Sancho en Uclés,
hace quemar á las puertas mismas de la orgullosa corte á su gobernador
Abdalla con otros veintidos capitanes, á quienes logra envolver en una
batalla, y obliga á los pobladores á que le entreguen mil y setecientos
cautivos cristianos, con todo lo que pertenecia á los almoravides sus
auxiliares. Ya entra D. Alonso de Aragon en Andalucía (año 1125), con
tan poderoso ejército, que la mayor parte de las familias mozárabes de
Córdoba se pasan á su campo juzgándose en él seguras. ¡Ahora sí que es
lamentable la condicion de los cristianos que no abandonan sus hogares!
Despojados de sus bienes, perseguidos, azotados, encarcelados,
martirizados de mil modos, desterrados al Africa, ven consumarse la
dolorosa estincion de la ley evangélica en Andalucía si el soplo
vivificador de Dios no la reanima. Ocultan presurosos sus sagradas
reliquias, las santas imágenes que veneran[463]. ¡Cuántos en esta
sangrienta tragedia alcanzaron la palma del martirio! Sus sañudos
enemigos empiezan á destruirles los templos que las anteriores
persecuciones habian respetado: algunos convierten en mezquitas ó en
sinagogas. Un mahometano poderoso y sus parciales llaman á D. Alfonso el
emperador contra Ben-Ganyah, ofreciéndole vasallaje; así queda en
suspenso (año 1146) la ruina de la iglesia mozárabe cordobesa.
Ben-Ganyah es vencido: el emperador castellano entra triunfante en la
ciudad de tantos amires: dá un gobernador ó alcalde á los cristianos
para que sean regidos con justicia segun sus propias leyes[464]. ¡Mas
ay, que los jactanciosos nazarenos han violado el gran templo del Islam
atando á sus columnas sus fatigados caballos y poniendo sus atrevidas
manos en el sagrado _Mushaf_! ¡Así que el castellano vuelva la espalda
pagarán aquella insolente profanacion los cristianos cautivos[465]; y
los caballeros de ese altivo emperador que puedan ser atraidos bajo un
falso seguro, serán cargados de cadenas! Pero el castellano irritado se
apresta brioso á castigar el infame perjurio de Ben-Ganyah; muchos
príncipes de la cristiandad, muchos condes y señores se le agrupan en
torno: sus huestes cubren la campiña; el fragor de sus armas atruena la
vecina sierra. El musulman por su parte llama en su auxilio á los
fanáticos y furibundos Almohades.

Antes que los formidables ejércitos de africanos se lancen al Estrecho,
habrá el perjuro reconocido segunda vez por su rey y señor al de
Castilla (año 1150); mas al retirarse este nuevamente cargado de botin
ante la siniestra nube que cierra por el mediodia, los infelices
cristianos de Córdoba, abandonados á la barbarie de sus últimos
opresores, se irán paulatinamente dispersando como leves yerbecillas que
marchita y arrebata la asoladora tempestad.

[Illustration]



Capítulo cuarto.

_Panorama de Córdoba en su estado actual._


Voy ahora, lector amigo, á desarrollar á tu vista los varios cuadros del
panorama que hoy la ilustre Córdoba presenta.

La antigua reina del Guadalquivir, que ya solo cobra de este gran rio el
tributo de sus aguas sin cansarle con sus bajeles, se ofrecerá á tus
ojos como un mayorazgo arruinado que pasa la vida en magestuosa holganza
instalado en su espaciosa casa solariega, de cuyas paredes penden
empolvadas, desgarradas y descoloridas tapicerías, en otro tiempo
magníficas, y entretenido con los ahumados retratos de sus abuelos
mientras las goteras acaban de arruinar sus artesones, y en tanto que
sus tierras yacen abandonadas á la cizaña, á la oruga y á la langosta.
Sube conmigo á esa enhiesta torre[466] y mira á tu alrededor: á tus piés
un gigantesco templo; á tu frente un caudaloso rio, ya despojado de las
frondosas alamedas de sus orillas; á tu derecha tristes reliquias de
suntuosos alcázares derruidos; á tu izquierda una dilatada y heterogénea
aglomeracion de edificios de todas las épocas, partidos en dos grandes
secciones por una larga y anchurosa via que marca las sinuosidades de
una antigua muralla divisoria, en la que descuellan á trechos algunos
torreones mutilados, últimos centinelas heridos de una hueste
esterminada. Esa espaciosa via es la calle de la Feria, arteria
principal de la industria y comercio de la antigua Córdoba, hoy sin
sangre apenas. Entre ese singular compuesto de todas las edades,
divisarás en miserables callejas y en plazoletas de forma irregular,
casas no pocas que por sus soberbias fachadas merecian, á no estar hoy
la mayor parte desiertas, el envidiado nombre de _palacios_; portadas
elegantes del estilo del _Renacimiento_ con esbeltas columnas estriadas
y medallones de gran relieve; graciosos ajimeces en paredones
carcomidos; altas galerías de aéreas arcadas moriscas sobre edificios
restaurados con bárbara simplicidad, sin una imposta, sin una faja, sin
una moldura, con agujeros cuadrangulares por ventanas, y de arriba
abajo enjalbegados; casuchas miserables con magníficos fragmentos de
jaspe y mármol embutidos en sus sarrosos tapiales:--allí un soberbio
capitel corintio sirviendo de piedra angular,--allá un hermoso fuste de
granito haciendo de escalon en un umbral,--acullá una basa de estátua
romana puesta como sillar á pesar de la borrosa inscripcion denunciadora
de su antiguo y noble empleo:--y esto á cada paso, en cada esquina, en
cada calle. Verás tambien como en posicion alegórica dos grandes
edificios, S. Francisco y S. Pablo, situados en línea en frente de la
Ajarquía, á guisa de paladines del cristianismo en avanzada contra los
errores que simboliza la Almedina. Eran conventos poderosos: hoy se
alberga en el uno como vergonzante la suprema autoridad política y
gubernativa de la provincia; el otro, medio arruinado, no tiene mas
morador que un pobre sillero, al cual le viene tan grande la regia
clausura, que como corrido de su pequeñez dentro de ella, se ha bajado á
un rincon de su inmenso patio á teñir sus palos y tejer sus eneas. Si
paras la atencion en las humildes fábricas que de trecho en trecho
despuntan, unas con torres, otras sin ellas, asomando sobre las
techumbres circunvecinas sus denegridas fachaditas angulares, cuál con
un santo en su vértice, cuál con una simple cornisilla de canes, cuál
entre dos robustos estribos, pero todas con su gran claraboya como el
ojo único de los cíclopes, facilmente reconocerás, aunque algo
disfrazadas, algunas de las basílicas mozárabes de que te he hablado en
el anterior capítulo. El clero parroquial ha carecido de medios para
enmascararlas con fachadas greco-romanas ó churriguerescas. ¡Feliz
pobreza, que nos las ha conservado libres de columnas panzudas y
guirnaldas de piedra! A tu espalda se dilata formando cien tortuosas
calles y otros tantos callejones la parte mas alta de la ciudad: en ella
habia repartido la arábiga dominacion setecientas mezquitas con sus
alminares, novecientas casas de baños, muchísimos mercados, bazares,
zocos, talleres, fábricas, posadas; pero de tan portentosa grandeza no
existe hoy ni la huella. Do quiera que vuelvas los ojos hallarás en suma
fachadas sin viviendas, entre cuyos sillares brotan el musgo y la malva,
por cuyas ventanas pasan revolando los pájaros amantes de las grandes
ruinas; monasterios inhabitados, templos desiertos, plazas donde crece
la grama, calles á todas horas silenciosas, mercados donde no se
trafica, talleres donde no se trabaja, tiendas donde no se vende; una
poblacion en fin inactiva, dormida, mermada, pobre, privada de las
delicias de la cultura islamita, divorciada con las dulzuras de la
progresiva civilizacion cristiana, y marcada con el estigma de una
dolorosa decadencia material y moral[467].

Tiene un no sé qué la holgazanería que á primera vista se confunde con
la dignidad; pero, sea ó no holgazana, es indudable que la moderna
Córdoba arrastra con decoro los girones de la toga pretexta romana, del
tiráz musulman, y de la cota española. Contenta con los timbres
heredados, los deja subsistir hasta que se le caen á pedazos: no aspira
presuntuosa á sustituir al arte monumental de los tiempos que fueron
otro arte nuevo; y sin embargo no vive sin arte como otros pueblos.
Conserva hoy cuidadosa sus lápidas latinas, sus reliquias arábigas, sus
edificios ojivales: bien quisiera ella tener medios para realizar
empresas mayores; pero como caballero pobre se pasa con digna
resignacion sus hambres sin pedir á nadie prestado. Cuando necesita un
edificio lo labra á la antigua usanza, haciendo en sus patios graciosas
y esbeltas arcadas sobre bien torneadas columnillas decoradas con
capiteles moriscos; y no incurre en plágios insípidos y de mal gusto, ni
comete el crímen de copiar la irracional arquitectura de la coronada
villa de Madrid[468].

¡Salve, pues, noble y magestuosa cuna de Lucano, de los Sénecas, de
Osio, de Averroes, de S. Eulogio, de Juan de Mena, del Gran Capitan, de
Morales, de Góngora, de Céspedes, de tantos insignes varones! Inspírame
con las memorias de tu pasada grandeza para descubrir á mis lectores en
cuadros verídicos, aunque fugaces, el sumo interés histórico que en sí
llevan algunas de las reliquias que cubren tu suelo.

_La muralla y sus puertas._ Esos muros que cercan la ciudad,
fortalecidos á trechos con gallardas torres, cilíndricas unas, cuadradas
otras, y algunas ochavadas, fueron obra de muchos siglos, pero toda de
sarracenos y cristianos; de los romanos quedarán quizá cimientos. Lo mas
notable en ellos son las puertas, y algunas torres desviadas de la
cerca, y unidas á ella con pasadizos, que los árabes solian construir en
vez de baluartes para señorear mejor la muralla, y que luego
construyeron tambien los cristianos[469]. Son principalmente dignas de
observarse, la puerta _de Sevilla_ por la elegancia de su labor
almohadillada; la _de Almodovar_ por lo bien que se marca en ella la
diferencia entre la obra morisca y la renovacion hecha despues en la
parte alta del muro; la puerta _del Osario_, obra de la reconquista,
edificada segun la manera comun de la edad media con dos robustas torres
que la flanquean; la puerta _de Colodro_, célebre no como obra del arte,
sino por haberle dado su nombre el valiente almogavar que con Benito
Baños escaló el muro de la Ajarquía dando ocasion á que ganaran esta
parte de la ciudad las huestes de S. Fernando; la _de la Misericordia_,
llamada antes _puerta Escusada_ por cierto dicho oportuno del rey moro
que perdió á Córdoba, conservado por la tradicion[470]; la _del Sol_,
antes _puerta de Martos_, y en tiempo de romanos puerta _Piscatoria_,
famosa por haber sido la primera que se abrió al adalid Domingo Muñoz y
á los capitanes Argote y Tafur, en aquella noche oscura y lluviosa en
que los dos terribles almogavares nombrados, y otros bravos, precedidos
de sus guias, iban recorriendo en silencio como indignadas sombras toda
la muralla oriental, sus torres y puertas, degollando á los centinelas y
guardias muzlemitas[471]. Finalmente la puerta _del Puente_, que se cree
diseñada por el célebre Juan de Herrera, y que indudablemente lleva el
sello de su escuela[472] en la severidad y buenas proporciones de sus
cuatro columnas dóricas y de su cornisamento. Dos bajo-relieves de
mérito sobresaliente, atribuidos al Torrigiano, ocupan la parte superior
de sus intercolumnios. Donde se halla esta puerta habia en tiempo de los
árabes otra, llamada del mismo modo (_babu-l-kantarah_): la de Sevilla
se denominaba vulgarmente _puerta de los Drogueros_ (_babu-l'-attarin_):
la del Sol llevaba el nombre de _puerta de Algeciras_
(_babu-l-jezirati-l-khadrá_). Habia además otras puertas: la _de los
Judíos_ (_babu-l-yahud_); la _de Talavera_ (llamada asímismo _de Leon_);
la _del amir Koreixí_; y la _de los Nogales_ (por otro nombre _puerta de
Badajoz_). ¿Qué puertas eran estas? No es fácil ya averiguarlo. La de
Almodovar quizás podrá haberse llamado puerta de los Judíos, por caer
hácia aquella estremidad el barrio de estos, como lo indica la calle que
aun conserva su nombre. Allí continuaron morando despues de la
reconquista, y allí erigieron recien ganada la ciudad la suntuosa
sinagoga[473] que mandó demoler el papa Inocencio IV[474]. Allí tambien
sufririan la gran matanza del año 1392.

Al estremo septentrional de la Ajarquía, entre las puertas del Rincon y
de Colodro, se eleva una gran torre de planta octógona, unida á la
muralla por un arco de medio punto, bajo el cual se ve una lápida
borrosa, en que se dice habia una inscripcion por donde constaba haberse
hecho la obra desde el año 1406 al 1408, de órden del rey D. Enrique
III. Acerca de esta torre circulan diversas tradiciones; pero la mas
válida cuenta que se labró á costa de un caballero, que, habiendo
asesinado á su esposa, obtuvo del monarca, necesitado á la sazon de
hombres y dinero, la gracia de poder rescatar con ella la pena de muerte
merecida por su crímen.

_El alcázar._ El antiguo alcázar de Córdoba debia ser un edificio
inmenso, ó mas bien un conjunto de varios y magníficos edificios, porque
en su irregular recinto se comprendia todo lo que es hoy palacio
episcopal, alcázar viejo y nuevo, caballerizas, y huertas del alcázar.
Cae á la parte occidental de la ciudad, teniendo por límites á levante
la catedral, al mediodia el rio y su ribera, á occidente y norte el
_arroyo del Moro_; y en este sitio estuvo erigida desde la dominacion
romana la principal fortaleza de la ciudad, permaneciendo en los
tiempos sucesivos como baluarte y defensa de la poblacion. Los godos
tuvieron allí el palacio de Teodofredo, padre del rey D. Rodrigo; los
árabes se encontraron el palacio construido, y los califas de la casa de
Merwan se instalaron en él. Propensos á poetizarlo todo con misteriosos
orígenes, sus escritores en la edad media le supusieron obra de los mas
remotos tiempos, descubierta casualmente por un antiguo rey, de esos que
como los de los cuentos de las nodrizas no tienen nombre ni época en la
historia[475]. Pero el diligente y verídico Ibnu Bashkuwal, que le vió
en la época mas brillante del califado, nos dá á entender que se
juntaban en él reliquias arquitectónicas de cuantas gentes habian
dominado la Andalucía desde los persas y griegos. Este historiador, sin
describirlo minuciosamente, habla en general de muchas bellezas
atesoradas en sus salones y jardines por los amires de la dinastía de
los Umeyas, y dando luego razon de sus magníficas entradas, dice así:
«Entre las puertas de este palacio, que Dios omnipotente abrió para
reparacion de las injurias, auxilio de los oprimidos y declaracion de
justas sentencias, es la principal una sobre la cual campea un terrado
saliente sin igual en el mundo. Esta puerta abre paso al alcázar, y
tiene sus hojas revestidas de hierro, con un anillo de bronce de labor
esquisita, en figura de hombre con la boca abierta: obra de mérito
estraordinario que trajo de una de las puertas de Narbona un califa. En
la misma línea de esta hay otra puerta, llamada _de los Jardines_
(_babu-l-jennan_), y al lado opuesto, en un terrado que domina al
Guadalquivir, dos mezquitas, famosas por los muchos milagros obrados en
ellas, y en las cuales el sultan Mohammed, hijo de Abde-r-rahman II, se
sentaba á administrar justicia á sus súbditos. Las puertas tercera y
cuarta, llamadas _del Rio_ (_babu-l-wadi_) y _de Coria_
(_babu-l-koriah_), daban salida al norte. La quinta y última, denominada
_de la Mezquita mayor_ (_babu-l-jamí_), era la que se abria á los
califas cuando iban los viernes á la azala de la Aljama; cuyo tránsito
se cubria todo de alhombras[476].» Nada mas sabemos del soberbio alcázar
árabe. ¿Qué queda hoy de él? Poco mas que una especie de fortaleza
cuadrada que el rey D. Alfonso XI reformó á su manera (denominada hoy
_el alcázar nuevo_), y algunos torreones desmochados y ruinosos que se
divisan como perdidos en la grande area desierta que se estiende detrás,
donde ya no es posible conjeturar lo que allí existió. Créese que el
palacio episcopal conserva algunos muros de aquel gran palacio: debe
serlo forzosamente el que mira á levante y sirve de fachada, pues hasta
el siglo XVI estuvo unido á la mezquita por medio del pasadizo ó
tránsito mencionado[477].

Tenian los alcázares unos deliciosos baños, que se surtían del agua del
Guadalquivir por medio de una grande azuda. Esta máquina, sostenida en
un elegante edificio de ladrillo, cuyos restos aun subsisten con el
nombre de Albolafia, en la orilla del rio al pié del muro que limita por
el sur la Huerta del alcázar, subia el agua á un recipiente ó depósito,
del cual pasaba sobre un arco al cauce abierto en dicho muro, y por
encima de este corría hasta verter en el baño, del cual tambien se ven
las ruinas allí cerca. En el baño habia una torre, memorable por
haberse parado en ella despues que la ahuyentaron, segun cuenta la
piadosa leyenda, la paloma blanca que se dejó ver sobre el cadáver del
mártir S. Eulogio arrojado al rio. En el ángulo S-E. del alcázar había
otra torre, llamada _de la Vela_, tambien célebre por la misma
leyenda[478]. Ambas sin embargo han sido demolidas sin escrúpulo despues
que la reina D.ª Isabel la Católica, estando en Córdoba ocupada en
proveer lo necesario para la guerra de Granada, dió el mal ejemplo de
hacer desbaratar el galano artificio de la Albolafia porque su ruido le
quitaba el sueño.

Pero ¿cómo es que ni el _alcázar nuevo_, hoy cárcel, que sirvió de
residencia al terrible Tribunal del Santo Oficio, ni el _campillo del
rey_ saturado de sangre de mártires mozárabes, han hallado á los ojos de
los cordobeses gracia suficiente para eximirse de la dura ley del
abandono? Siquiera por el singular contraste que en aquel parage
ofrecian la ominosa fortaleza, donde el falso celo religioso habia
perpetrado por obra del malvado Luzero tantos crímenes horrendos[479], y
aquella sagrada palestra, donde el verdadero amor de Jesucristo habia
recogido tantas celestiales palmas; por esto solo parece que debieran
los hijos de Córdoba haber mantenido con esmero aquel edificio
libre de la devoradora carcoma de las cárceles, conservando en él hasta
los muebles del tiempo del pérfido inquisidor: é intacto el sencillo
monumento que la piedad discreta, generosa y tierna de Ambrosio de
Morales, consagró á la legion de mártires que desde aquella esplanada se
habia elevado triunfante al Empíreo[480].

[Illustration: ALAMEDAS DEL GUADALQUIVIR.

(_Córdoba._)]

_El puente y la Calahorra._ Algunos historiadores árabes atribuyen á
Octaviano Augusto la construccion del antiguo puente de piedra.
Destruida la obra romana, los sarracenos la reedificaron sobre sus
mismos cimientos[481], y todos los califas de la dinastía de Merwan se
esmeraron en su conservacion. Consta de diez y seis arcos, volteados
sobre pilares que fortalecen robustos estribos cilíndricos coronados de
chapiteles semicónicos. A modo de cabeza de puente se eleva en su
estremo opuesto á la ciudad una fortaleza con su barbacana, una
verdadera Calahorra, que el vulgo, aficionado á estropearlo todo, llama
la _Carraola_. Forma la planta de este castillo una especie de cruz,
cuyos brazos y cabeza son en el alzado tres severos torreones
cuadrangulares almenados, que llevan en su interseccion otros dos
cuerpos cilíndricos de igual altura[482]. La barbacana es poligonal, con
estribos cilíndricos, en dos ángulos. En la defensa de la ciudad contra
el rey D. Pedro de Castilla, el puente y su Calahorra fueron teatro de
heróicas lides.

Habia brindado aquel malvado rey con el saco de Córdoba al rey moro de
Granada si le ayudaba á conquistarla. Accediendo Mohammed, juntáronse
los ejércitos de ambos, y el castellano puso cerco á la ciudad con
ochenta mil moros de á pié y siete mil de á caballo, y unos siete mil
cristianos. Combatiéronla los moros con corage, y al primer asalto
entraron por fuerza el castillo de la Calahorra. Pasaron el puente,
abrieron seis portillos en la muralla del alcázar viejo, y por ellos
penetraron en la ciudad una porcion de compañías ganando rápidamente las
calles con banderas desplegadas y estruendo de lelilíes. El Adelantado
D. Alonso Fernandez de Córdoba, los maestres de Santiago y Calatrava D.
Gonzalo Mesía y D. Pedro Muñiz de Godoy, y otros caballeros, Córdobas y
Guzmanes, estaban dentro indignados de ver que los soldados cristianos
se dejaban arrollar por la morisma; y mientras se esforzaban inútilmente
en contenerlos, las matronas y doncellas mas principales salieron sin
tocas por las calles, dando animosos y dolientes gemidos, escitando con
varonil ademan á sus hijos y esposos á la pelea. Produjo esto tanto
entusiasmo, que los soldados cristianos, convertidos repentinamente en
leones, cerraron con tanto brío con aquel enjambre de moros que los
tenia acosados, que los obligaron á huir, arrojándose muchos por la
muralla al rio para salvar la vida, y abandonando el ejército sitiador
el puente y su fortaleza. Los dos coligados repitieron la embestida por
separado al siguiente dia, pero en vano; y al cabo volvieron unidos
sobre la ciudad, que asediaron con nuevo ardimiento. Los sitiados
resolvieron salir á darles batalla, y eligieron por su general al
Adelantado, á quien de derecho tocaba serlo. Juntóse un lucido escuadron
de caballeros y gente ciudadana, decididos todos á morir ó vencer; pero
divulgóse entre el pueblo crédulo la calumnia de que el Adelantado
tramaba la entrega de la ciudad al rey de Castilla, y al salir la hueste
cordobesa al puente se presentó al caudillo su madre D.ª Aldonza de
Haro, y le dijo: _mirad, hijo, que me dicen salís á entregar la ciudad á
nuestros enemigos; recordad que en vuestro linage no ha habido
traidores: no hagais menos que vuestros pasados_. Y D. Alonso respondió:
SEÑORA, EN EL CAMPO SE VERÁ LA VERDAD[483]. Pasó el escuadron el puente,
hizo el Adelantado cortar dos de sus arcos, y dijo á los suyos: _¡pensad
que salimos á vencer ó morir!_ Trabóse la batalla, y puso Dios tal brío
en los corazones cordobeses, que sin reparar en la muchedumbre de los
contrarios los embistieron de tropel, con tanto denuedo, tanta furia y
vocería, tan recio herir y golpear, que al punto se cubrió la llanura de
cadáveres de infieles y castellanos mezclados; visto lo cual, las
haces enemigas aterradas volvieron las espaldas, y á mas correr se
encaminaron á Castro el Rio, dejando ricos de despojos á los cordobeses.
Estos regresaron á la ciudad por el vado que hoy llaman _del
Adelantado_.

[Illustration: _Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa._

_Lit. de J. Donen, Madrid._

IGLESIA DE S.ta MARINA.

(_Córdoba._)]

_Iglesias, conventos y capillas._ Cuando S. Fernando conquistó á
Córdoba, los cristianos habian ya casi perdido la memoria de las
advocaciones de sus basílicas; algunas sin embargo subsistian aunque
deterioradas por el largo abandono, y solo de dos ó tres de estas se
sabian por tradicion las primitivas dedicaciones[484]. A las otras que
hallaron en pié aplicaron advocaciones nuevas[485]. Reparáronse las que
amenazaban ruina, las ya asoladas se volvieron á levantar; las torres
que los sarracenos habian desmochado quedaron truncadas como glorioso
testimonio de las persecuciones sufridas. Catorce parroquias resultaron
de esta obra de restauracion tan meritoria: siete en la Ajarquía, siete
en la Almedina, uniformes en las líneas generales de sus sencillas y
humildes fachaditas, en un todo acomodadas á la forma comun de las
primitivas basílicas cristianas del Occidente, en que se dibujan las
tres naves, central y laterales, y sus vertientes. En la parte
decorativa conservaron las parroquias de la Almedina algunos rasgos muy
marcados de su profana destinacion mientras sirvieron de mezquitas; en
algunas de la Ajarquía quedó también sellada con reminiscencias del
estilo árabe la larga dominacion padecida. Ved esa adusta mole que se
levanta en la plazoleta del conde de Priego, de fachada desnuda de
ornato y sombría, pero bien razonada y de carácter profundamente
cristiano: esa es Sta. Marina, tipo de los primitivos templos ojivales
de nuestra nacion. Alienta en ella cierto espíritu de magestad, de
fortaleza, de santa sobriedad cristiana que cautiva[486]. Falta en las
zonas que dividen sus estribos la simetría, de la cual somos hoy
esclavos; pero, ¿qué importa? Este defecto, dado que lo sea, no se
advierte siquiera; y en cambio su deliciosa portada de molduras lisas,
su claraboya de anillos concéntricos, su puerta del norte con las dos
severas agujas que la flanquean, los chapiteles piramidales de su
imafronte, constituyen un precioso modelo de arquitectura religiosa,
económica en su coste, y popular como adaptable á toda clase de
poblaciones desde la poderosa ciudad hasta la humilde aldea. Una
fisonomía menos adusta presentaria la fachada de S. Lorenzo antes que
levantase en 1555 su rector y obrero Alonso Ruiz la torre que tanto
desdice del carácter primitivo de esta basílica[487]. Tenia entonces un
gracioso pórtico cuyas arcadas se ven cegadas hoy: era la pared de su
imafronte enteramente lisa, y en ella un grande roseton calado, al cual
no hay otro comparable en Córdoba, inundaba de luz la nave central.
Aumentaban su claridad las ventanas de los muros laterales de la misma
nave, de forma estraña y caprichosa, á manera de ajimeces sin parteluz,
en que el rosetoncillo del vértice está como sujeto por un cordon
ondulante. Casi todas las parroquias de Córdoba presentan en sus
portadas antiguas gran semejanza: unas sin embargo son mozárabes, otras
son obra posterior á la reconquista. Esto consiste sin duda en que el
arte mozárabe que desaparece, coincide con el arte cristiano del norte
que viene á ocupar su puesto, en muchos elementos que uno y otro
conservan del bizantino; pero por regla general creemos poder
establecer, que cuando las archivoltas de muchas molduras ó toros van
exornadas de puntas de diamante, de zigzags y dientes de sierra, de
pometados y otros objetos de procedencia oriental, descansando además en
columnillas de capiteles cúbicos y orlados de funículos, debe
sospecharse sea esta decoracion anterior á la época de S. Fernando[488].
Lo que indudablemente pertenece á su tiempo es el embovedado ojival de
todas ellas. Pero la deplorable comezon de greco-romanizarlo todo que
empezó en el siglo XVII, tiene á estas interesantísimas parroquias
completamente estropeadas por dentro. En la mayor parte han desaparecido
los nervios de las bóvedas, los capiteles y repisas de donde partian,
los nudos y florones en que remataban; las arcadas de las naves llevan
encima ridículos cornisamentos, los esbeltos pilares de piedra estan
sepultados en la pesada masa de cal y canto que sostiene los modernos
arcos de medio punto, y estos arcos suelen estar flanqueados de
pilastras romanas de risibles proporciones. Las hermosas claraboyas del
siglo XIII, tan primorosamente trabajadas y á tanta costa, se han
reputado inútiles, y estan la mayor parte tapiadas por el interior[489].
El siglo XV, aunque menos tolerante de lo que se cree, demostraba mas
genio en sus restauraciones. Dígalo la graciosa torre de _S. Nicolás de
la villa_[490], que pareceria un elegante alminar árabe á no haberle
añadido el rústico campanario que la afea.

[Illustration: _Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa_

_Lit. Donen, Madrid._

TORRE DE S.n NICOLAS.

(_Córdoba._)]

[Illustration: _P. P. del._

ROSETON DE LA IGLESIA DE S.n MIGUEL.]

[Illustration: _J. S. del._

Lab. de G.D.Marimes, Madrid

CAPITEL ÁRABE BIZANTINO.]

[Illustration: _G. D. P. del._

ID. AFRICANO.]

[Illustration: _Dib.º del nat.l y por F. J. Parcerisa. Lit. de J.
Donen._

IGLESIA DE S.^N LORENZO.

(_Córdoba._)]

La misma dolorosa observacion puede hacerse respecto de la arquitectura
de los conventos y capillas. Aquellos soberbios edificios de S. Pablo y
S. Francisco, Stos. Acisclo y Victoria, Trinitarios Calzados, S.
Agustin, etc.[491], nada apenas conservan ya de su original belleza: la
cual se deduce de algunas escasas reliquias que ni el tiempo ni la
ignorancia con su accion corrosiva han logrado destruir. Con algun
trabajo sin embargo puede el pensamiento entresacar y reunir muy
preciosos fragmentos del interesante período del siglo XIII al XVI, y
formar con ellos un pequeño museo fantástico de la arquitectura
religiosa y monástica en Córdoba. Veamos, lector amigo, de agruparlos
brevemente haciendo abstraccion de las edificaciones insignificantes en
que estan perdidos. Mira desde la plaza de S. Salvador aquella fachada
angular que sobre los modernos tapiales de S. Pablo descuella: las
atrevidas restauraciones que desfiguraron el templo por dentro, han
respetado ese sencillo paredon del siglo XIII; en su vértice hallarás
metida aún en su nicho una linda estatuita de Sto. Domingo, que sin duda
por estar muy alta se ha librado de la injuriosa brocha de los
embadurnadores. Igual suerte ha tenido la portada del norte de este
mismo templo, y lo debe quizás á estar oscurecida en un patinillo del
convento. Desde este se registra cómodamente la obra antigua con su
alero de canes carcomidos, y el ábside octógono que forma la capilla de
Nuestra Señora del Rosario, del siglo XV. Nada mas gracioso que la
combinacion de nervios de la bóveda de esta capilla, cuya forma de
estrella cuadra tan perfectamente á una de las advocaciones mas ideales
que dá á Nuestra Señora su santa letanía. Los padres de Sto. Domingo han
sido los principales propagadores de una devocion muy acepta á la Madre
virginal de Jesucristo; y la huerta de su casa en Córdoba es todavía
célebre por la planta que allí sembraban, de la cual recogian la
frutilla redonda llamada _lágrimas de Moisés_, escelente para cuentas de
rosario: hacíanlos en tan gran cantidad, que cargando con ellos un
jumentillo, los iban repartiendo por los pueblos. En esta capilla de
Nuestra Señora del Rosario está sepultado el maestre de Calatrava y
Alcántara D. Martin Lopez de Córdova, criado del rey D. Pedro, que
habiéndose hecho fuerte en Carmona contra los parciales de D. Enrique,
fué por este mandado decapitar en Sevilla (A-D. 1370). Observando
cuidadosamente esta iglesia de S. Pablo, es fácil reconocer que sus tres
naves primitivas arrancaban desde el mismo muro del imafronte y formaban
cinco grandes arcos ojivos á cada lado. Al fin de la nave de la Epístola
hay una puerta con espaciosa escalinata, por donde se baja á la sala de
capítulos: contiguo á esta un recinto, que cubre un domo árabe octógono
decorado con ocho fajas, paralelas de dos en dos enlazándose bellamente,
y al cual se llega por debajo de dos arcos robustos y severos, apuntado
el uno, de herradura el otro. ¿Es este edificio anterior á la fundación
del convento? Parécelo en efecto; pero ¿cómo comprobarlo no
conservándose ninguno de los papeles antiguos de la órden anteriores á
la espulsion de los claustrales en el siglo XVI? Sábese por tradicion
inmemorial que en este sitio hubo cárcel romana, donde imperando
Diocleciano estuvieron encerrados los santos patronos de Córdoba
Acisclo y Victoria, primeros mártires de esta ciudad; y en el lugar
mismo donde se cree gemian aherrojados, hay en la actualidad una pequeña
capilla que mantenian los condes de Oropesa, alguno de los cuales dijo:
_la estimo mas que todos mis estados juntos_. ¿No pudo la cárcel romana
ser despues basílica, y esta con la irrupcion sarracena reedificarse
para mezquita siglos antes de recuperar la ciudad el santo rey?

Acompáñame ahora, la calle abajo, al destrozado convento de S.
Francisco, digno rival un tiempo del de S. Pablo, y como él poderoso
antemural del catolicismo por la religiosa órden fecunda en santos que
allí se albergaba. Hay en un ángulo de su espacioso claustro bajo, una
fuente, cubierta con pequeña cúpula pintada por dentro, que denota
grande antigüedad. Los robustos arcos que la sostienen descansan en
columnas de fustes y capiteles desiguales, romanos unos, árabes otros.
La pintura de la bóveda, casi del todo destruida, representaba la bajada
del Espíritu Santo en lenguas de fuego. La pila ochavada de la fuente, y
su tazon de forma tosca, sostenido en cuatro fustes cilíndricos sin
ninguna moldura, que son evidentemente trozos de columnas antiguas,
parecen reliquias de un bautisterio mozárabe.

Pues vamos ahora á contemplar el arte cristiano del siglo XV con toda la
gala de sus cenefas caladas, conopios, agujas y frondarios. Al norte de
un patio silencioso y tranquilo que por un gracioso vestíbulo de estilo
latino abre paso á un claustro de religiosas, hay una pequeña joya de
ese tiempo, que es una portada de iglesia, adornada con todos los
caprichos que distinguen la decoracion gótica del estilo terciario, y
flanqueada de dos elegantes estribos que rematan en agujas prismáticas y
pináculos. Lleva sobre el dintel de su puerta un arco apuntado de varias
molduras con una ancha y hermosa cenefa de hojas y animales. Sobre el
arco apuntado un conopio, y bajo el tope de este encaramados dos gimios,
como en actitud de ir á saltar sobre el que los mira. Es la iglesia del
convento de Sta. Marta.

Junto al palacio episcopal, frente á una de las puertas de la catedral,
hay otra perla de este mismo género arquitectónico. Es la fachada del
Hospital de Niños Espósitos. No te la describo porque te la doy
dibujada[492], y sales ganancioso. Observa las estátuas que coronan su
dintel, su noble actitud, el grandioso estilo de sus ropages; las
repisas en que estriban, las caladas umbelas que las cobijan; las
cenefas de hojas y animales que contornan sus arcos, que tapizan las
agujas de sus estribos.

[Illustration: _Dib.ª. del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa Lit. de.
J. Donen, Madrid._

CLAUSTRO DEL CONVENTO DE FRANCISCANOS.

(_Córdoba._)]

[Illustration: _Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa Lit. de
Donen, Madrid._

HOSPITAL DE ESPÓSITOS.

(_Córdoba._)]

[Illustration: _Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa._

_Lit. de J. Donen, Madrid_

DETALLES DE LA FACHADA DEL HOSPITAL DE ESPÓSITOS.

(_Córdoba._)]

[Illustration: Sacado del natural y lit.ª por F. J. Parcerisa. Lit. de
J. J. Martinez. Madrid.

DETALLES DEL HOSPITAL DE ESPOSITOS Nº 2.

(Córdoba.)]

Mira una feliz combinacion de este estilo con el árabe en la casa
llamada de D. Juan Conde, que perteneció á la Hermandad del Sagrario; en
cuyo frente verás tres lindos balcones, el del centro en forma de ajimez
con garbosos calados de crestería y lambel que le contorna.

Y por último observa otra combinacion no menos pintoresca de estos dos
estilos con el greco-romano en los patios interiores del convento de los
santos mártires Acisclo y Victoria, reedificado en tiempo de Felipe II.
El patio principal que hoy subsiste, aunque ya muy arruinado, se
presenta rodeado de ligera arquería latina de dos cuerpos: el inferior
con capiteles dóricos, el superior con capiteles árabes y un antepecho
corrido y perforado que conserva restos de azulejos de relieve. A la
parte del rio hay un pequeño recinto con la bóveda desplomada y el
pavimento cubierto de espesa yerba; y en él una preciosa portadita de
ladrillo agramilado, obra de albañilería limpia y hermosa en que se ven
mezclados con gracia los tres estilos: es un arco de angrelado menudo,
corre sobre él una cornisa romana, y está flanqueado de dos delgadas
columnillas góticas. Bien conocemos la falsedad de este estilo mixto y
los inconvenientes del sistema de decoracion por hiladas horizontales
cuando se usa en grande escala en los templos ojivales; pero tiene un no
sé qué indefinible que seduce aquella especie de juguete arquitectónico,
en aquel solitario recinto arruinado, donde el solemne murmullo del rio
quebrado en la presa de Martós parece arrullar el eterno y feliz sueño
de los dos hermanos mártires. ¿Será quizá porque el santo espíritu de
paz y concordia del cristianismo se halla como simbolizado en la union
de todos los estilos pasados? La iglesia de este monasterio debió ser
notable por mas de un concepto; hoy solo para angustiar el corazon del
que la visita conserva los soberbios escudos de armas de sus patronos en
el muro de su presbiterio, y una riquísima techumbre de madera pintada y
dorada, de peregrina labor morisca, que tal vez al trazar yo estas
líneas será en vano objeto de tu curiosidad ansiosa. Hoy cerrado al
culto, profanado, despojado, convertido en almacen de maderas, ofrece
dificil paso á la célebre capilla de los mártires patronos de Córdoba
este templo, cuyo pavimento cruzaba de rodillas desde la entrada un
monarca tan prepotente como Felipe II cuando iba á venerar las santas
reliquias de aquellos.

_Edificios árabes y moriscos._ Cuando el hagib Almanzor usurpando al
menguado Hixem II su autoridad gobernaba la monarquía cordobesa, tenia
su palacio al norte del alcázar real, y sus jardines se estendian á todo
lo que es hoy _huerta del rey_, entre el _arroyo del moro_ y las _heras
de la salud_. Ese palacio tenia su correspondiente mezquita, y esta
mezquita subsiste hoy casi intacta por dentro, aunque convertida en
capilla cristiana por el santo rey con la advocacion de S. Bartolomé. Su
fachada indica claramente el cambio de destino que en ella se verificó
entonces[493]. El interior es una _cella_ ó cámara con bóveda ojival de
nervios que arrancan de sendas repisas bizantinas. Su decoracion forma
dos zonas: la primera de alicatado dibujando entrelazados florones; la
segunda de delicada labor morisca en la disposicion siguiente. Primero
tres fajas de inscripciones de caractéres africanos sobre fondo de
ataurique; luego otra de recuadros con escudos de armas, sin mas blason
que la banda diagonal usada por algunos reyes islamitas; despues un
entrepaño menudamente trabajado de laceria formando estrellas y
rosetones, en que alternan escudos y estrellas en escaques; encima una
hermosa faja de lazo-laberinto, y por remate almenitas dentadas
ornamentales. Es capilla de hospital desde que fundó el que lleva su
nombre el cardenal D. Fr. Pedro de Salazar, obispo de Córdoba.

[Illustration: VISTA DE CORDOBA.

(desde _los Mártires_.)]

[Illustration: _Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa. Lit. de
J. Donen, Madrid._

CAPILLA DEL HOSPITAL DEL CARDENAL.

(_Córdoba._)]

Del estilo musulman africano existen, además de esta mezquita, otros
restos de bellísimo carácter. Frente á la parroquia de Santiago hay una
casa de humilde apariencia: por encima de sus paredes asoma una gallarda
palma; dentro resuenan veinte ó treinta voces argentinas que con unísono
tonillo recitan oraciones. En todas partes tiene Córdoba reservadas para
el amante del arte gratas sensaciones: ahora las encontramos en una
escuela de niñas. Abre ese portal y entra: te hallarás desde luego en un
espacioso zaguan morisco, al pié de una galana arquería á cuyos tres
vanos hace alegre fondo un fresco jardinillo. El arco del centro es de
medio punto: su intrados forma un calado primoroso sobre ataurique
picado; los laterales son ojivales angrelados, de finísimo ladrillo:
todos estan encerrados en recuadros, cuyas fajas perpendiculares
descansan en lindas repisas de cuatro cañas horizontales; y sus enjutas
descubren, á pesar de las repetidas manos de cal con que han procurado
obstruir sus labores, la mas delicada filigrana de vástagos y postas. En
el piso superior se conservan otros arcos mas pequeños y una puertecilla
de dintel trebolado en muro macizo y denegrido. Lleva este edificio el
nombre de _casa de las Campanas_. Las niñas que allí aprenden la costura
y la doctrina cristiana, familiarizadas con la belleza de aquellos arcos
y columnas, no comprenderán tu ansiosa curiosidad, y clavarán en tí como
admiradas sus negros ojos. No las compadezcas: la rosa silvestre que
nace á orilla de un fragante naranjal no sabe tampoco por qué agrada su
sencillez y por qué aquellos árboles son tan hermosos; pero esto no
impide que ella sea flor, y que otro terreno menos privilegiado solo
produzca espinos.

Semejante á la arquería que dejamos descrita es otra que se ve dentro de
la casa del _conde del Aguila_ (_plaza de Anton Cabrera_), con la
diferencia de ser cuatro los arcos que la componen, y todos
ultra-semicirculares. Descansan en columnas de mármol con capiteles
moriscos de selectas formas, todos entre sí diversos. La entrada á este
resto de patio islamita es un magnífico arco con un arrabá de florones
de tracería rectilínea de estilo africano.

De los novecientos baños públicos que es fama habia en Córdoba en los
tiempos de su mayor esplendor, solo dos han quedado, y estos soterrados
bajo otros edificios modernos[494]. No creais que vais á poder templar
en ellos el ardor que comunica á vuestra sangre el sol de Andalucía. Los
baños árabes de Córdoba no tienen pilas, ni albercas, ni agua: figuráos
un sótano de bóveda sumamente baja, sostenida en macizas arcadas de
herradura, lisas, sin adorno alguno en su paramento, y sobre robustas
columnas de jaspe, que contornan un espacio rectangular, cuyo centro
ocupaba en otro tiempo un estanque. Lo único que revela su antiguo
destino son las lumbreras ó respiraderos que de trecho en trecho
atraviesan la bóveda de piedra. Por allí se exhalaban los vapores y los
perfumes.

_Edificios del Renacimiento._ Eran muchos los que dejaron en Córdoba
aquellos ilustres caballeros en ella nacidos que militaron bajo los dos
primeros monarcas de la casa de Austria en Alemania, en Flandes y en
Italia: de quienes se propagó el gusto italiano á otros hombres
poderosos. Hoy la mayor parte de estos edificios estan reducidos á sus
simples fachadas: el empeño de sus dueños de residir en la corte los ha
tenido abandonados, y por otra parte la mala calidad de la piedra franca
empleada en su construccion ha contribuido mucho á su pronta ruina. Pero
las reliquias de las casas de renacimiento italiano é ítalo-hispano[495]
son en Córdoba tan frecuentes como los fragmentos arábigos y moriscos,
como los capiteles, fustes y lápidas romanos. En la plazuela llamada de
_D. Gerónimo Paez_ está la mas notable de estas grandes casas[496]. Esta
tambien la de _Villaseca_ en la calle de _Sta. Clara_, en cuya portada,
de piedra arenisca deleznable, parece ya irónico el sentido del lema
_non nobis sed saltem posteris_ que lleva al frente. En su patio hay
otra fachada de gusto italiano muy selecto, y en ella una galería en
cuya base se lée esta otra sentencia que el tiempo ha hecho igualmente
inadecuada en su segunda parte: _vivimus sicut altera die morituri,
ædificamus quasi semper in hoc sæculo visuri_.

En la calle _del Sol_, entre la parroquia de Santiago y la romántica
puerta de Baeza, se conserva el segundo cuerpo de otra bella portada de
escuela bramantesca. Es de graciosas proporciones, tiene columnillas
estriadas de órden compuesto sobre pedestales adornados con bustos de
gran relieve de buena escultura, y lleva en su cornisamento la fecha del
1520, que es la mejor época del arte plateresco.

En la cuesta del Bailío hay una buena muestra de aquella feliz
combinacion de estilos gótico é italiano que usaron algunos arquitectos
españoles del siglo XVI.--Dos columnas de estrias espirales flanquean
una puerta cuadrangular. De sus capiteles arrancan un arco conopial con
frondario y tope, y el lambel que le cobija: entre el dintel y el
conopio resulta un témpano adornado de grutescos realzados, y entre el
conopio y el lambel resultan como dos enjutas que llevan círculos
tambien reelevados, destinados al parecer á trabajos de escultura, como
bustos ó escudos. De este gracioso estilo del renacimiento hay otros
muchos ejemplares en ajimeces esquinados, en galerías, ventanas,
aldabones y otros resíduos de construcciones palacianas[497], que
vió erigir Córdoba en aquellos dias, para ella mas afortunados, en que
los nobles de su tierra no se desdeñaban de habitar una ciudad de
provincia despues de haber adquirido fama, riquezas y nuevos blasones en
sangrientas campañas de mar y tierra lejos de su patria.

[Illustration: _Dib.º del nat.l y lit.ª por F. J. Parcerisa._

_Lit. de J. Donen, Madrid._

CASA DE GERÓNIMO PAEZ.

(Córdoba.)]



Capítulo quinto.

_Medina-Azzahra._


El grande y generoso Abde-r-rahman An-nasír tenia una concubina que dejó
al morir una ingente riqueza, y el califa dispuso que se emplease toda
en redimir muzlimes cautivos. Cuentan los escritores árabes que en
cumplimiento de este mandato se enviaron pesquisidores á los dominios
cristianos, y regresaron á Córdoba sin haber encontrado en las cárceles
de _Afranc_[498] un solo islamita. Despues de haber dado gracias
An-nasír al Todopoderoso por la señalada merced que esta grata noticia
le habia revelado, estaba un dia pensando qué uso haria de aquel tesoro,
cuando se le presentó la hermosa Azzahra, á quien amaba con pasion, y le
dijo: ¿Por qué no edificas con ese dinero una ciudad para mí, y que
lleve mi nombre? Y An-nasír, que aventajaba á sus ilustres predecesores
en magnanimidad y gusto artístico, empezó á edificar desde luego á la
falda del _Monte de la novia_ (_giebal-al-arús_), á unas tres millas de
distancia al N-O. de Córdoba, el soberbio palacio que, unido luego á la
ciudad paulatinamente formada á su alrededor, tomó el nombre de la
esclava predilecta y se llamó _Medina-Azzahra_. Redujéronse al principio
las obras á una elegante casa de recreo para la amada del califa, pero
este se prendó tanto del nuevo edificio y su deliciosa situacion, que
pronto se convirtió en vasto alcázar, donde empezó á residir con su
familia y mujeres, colocando en desahogadas dependencias toda su
servidumbre y guardia. Era este alcázar de piedra, mármoles y jaspes, de
hermosa traza, y por dentro espléndidamente decorado: y la imágen de la
esclava lucia esculpida de relieve sobre su puerta principal[499].

Cuentan tambien las historias arábigas que cuando Azzahra se vió por
primera vez sentada junto á su glorioso dueño en uno de los salones de
aquella especie de palacio encantado, estuvo largo tiempo recostada en
un ajimez contemplando embebecida la bella perspectiva que desde allí se
ofrecia á su vista; é hiriendo de repente su imaginacion el contraste
que presentaba la blancura y alegría de las nuevas construcciones con el
sombrío cerro que les servia de fondo, esclamó: ¡Mira, y cuán linda
parece esta doncella en brazos de ese etíope! Oido lo cual, mandó al
instante An-nasír que se allanase aquella montaña; si bien, convencido
luego de que esta empresa era superior á todo humano poder, revocó sus
órdenes y dispuso que se talasen sus pinares y encinas y se plantasen en
su lugar almendros, higueras y otros árboles de mas grata sombra y mas
risueño aspecto.

Encomendó An-nasír los planos del palacio de Azzahra al arquitecto mas
afamado que habia á la sazon en Constantinopla, emporio de las artes en
aquel tiempo. Distribuyóse la obra en tres partes ó secciones. La que
apoyaba en la misma montaña para los alcázares del califa: en los cuales
se alojaban además del dueño 6300 mujeres entre concubinas de mayor ó
menor categoría, criadas y sirvientes; y donde habia para ellas 300
baños. La inmediata al mediodia para las viviendas de su servidumbre,
eunucos y guardias: comprendia 400 casas: los pages y eslavos que
mantenia el sultan en ellas eran 3750, los eunucos y guardias 12000,
magníficamente vestidos, con espadas y cinturones dorados; á los pages
se pasaban diariamente 13000 libras de carne, sin contar las gallinas,
perdices y otra volatería, además de muchas especies de pescados. La
tercera y mas desviada de la montaña para jardines y huertas que
dominaban los alcázares. Ocupáronse en estas grandes obras desde el año
325 de la Egira (A-D. 936-7), por espacio de muchos años, el mismo
Abde-r-rahman en persona, su hijo Al-hakem, varios arquitectos, y doce
artífices cristianos de grande habilidad; y habia además tres hombres
entendidos comisionados para traer mármoles de Africa, que eran
Abdullah, el inspector principal de las obras, Hasan Ibn Mohammad, y Alí
ben Ja'far, á quienes pagaba An-nasír 10 dinares de oro por cada trozo ó
fuste de mármol, grande ó pequeño, puesto en Córdoba. Era tan grande el
placer que el califa esperimentaba en dirigir por sí mismo las
construcciones, que entregado á su pasion de lleno, llegó en una ocasion
á faltar tres viernes consecutivos á la azala de la Aljama, y al
presentarse el cuarto viernes, el austero teólogo Mundhir ben Sa'id que
predicaba aquel dia, aludió á él en su plática, y delante de todo el
gentío le amenazó con el fuego del infierno. Gastábanse en la
edificacion diariamente 6000 sillares de todos tamaños y formas,
labrados y sin labrar, sin contar el ladrillo y la piedra tosca
empleados en los cimientos: conducian los materiales 1400 acémilas, y
400 camellos del sultan, y 1000 mulas de alquiler. Cada tres dias se
consumian 10,000 cargas de cal y yeso. Columnas, grandes y pequeñas, de
sosten y de peso, entraron mas de 4300, traidas algunas de Roma, 19 de
tierra de cristianos, probablemente de Narbona, 140 regaladas por el
emperador griego, 1013 de mármol verde y rosa de Cartagena de Africa,
Tunez y otras plazas de allende el Estrecho; las demas sacadas de las
canteras del Andalús, como las de mármol negro y blanco de Tarragona y
Almería, y las de _mármol de aguas_ de Raya. Los operarios y eslavos
empleados diariamente eran 10,000; tenian de jornal, unos un adiram y
medio, otros dos adirames y un tercio. El gasto hecho en las obras de
Azzahra ascendió anualmente á 300,000 dinares durante el reinado de
An-nasír, y habiéndose formado el cómputo de su costo total en los
veinticinco años trascurridos desde el 325 al 350 en que murió el
califa, resultó haber gastado en aquellos palacios siete millones y
medio de dinares ó pesantes de oro. Asegúrase que las hojas de sus
puertas, de todas dimensiones, eran 15,000, revestidas de hierro bruñido
ó cobre dorado y plateado. Sufragóse este inmenso gasto con el tercio de
las rentas del imperio destinado á las construcciones y obras
públicas[500].

Sería cosa interminable el referir una por una todas las bellezas que el
arte y la naturaleza de consuno habian aglomerado en el delicioso
recinto de Azzahra: bellezas realzadas con el esplendor de la corte, la
muchedumbre de soldados, pages, eunucos y eslavos, de todos paises y
religiones, costosamente vestidos de seda y brocado, que circulaban por
sus anchas calles, y los grupos de jueces, katibes, teólogos y poetas
que gravemente paseaban aquellos suntuosos salones, aquellos espaciosos
vestíbulos y antecámaras. Habia allí, además del régio alcázar,
viviendas magníficas para hospedar á los altos funcionarios del Estado;
allí acueductos que mantenian con el agua de la sierra en perpétuo
verdor las huertas y vergeles; allí jardines con toda clase de flores y
boscages de azahar, de mirto y de laurel; allí sorprendentes juegos de
aguas, y fuentes, estanques y lagunas de todas formas; allí cenadores y
deliciosas umbrías en que guarecerse de los ardores del estío. Los
historiadores de aquel tiempo, los oradores y poetas, agotaron los
raudales de su elocuencia describiendo aquellas maravillas. Cuantos
forasteros las visitaban en los dias de Al-hakem, cuando ya la nueva
ciudad habia llegado á su apogeo, confesaban no haber otras semejantes
en los vastos dominios del Islam. Los viajeros de lejanas tierras, los
príncipes, los embajadores, los traficantes, peregrinos, teólogos y
poetas mas familiarizados con las construcciones de aquella especie,
todos reconocian no haber visto nada comparable en el mundo. Y en verdad
que solo el terrado de mármol pulido que se elevaba en su alcázar al
mediodia dominando sus jardines, los pabellones de oriente y occidente
que sobre él descollaban, el salon dorado del pabellon circular que
ocupaba el centro; solo las incomparables labores de su arquitectura, la
belleza de sus líneas y proporciones, la riqueza de su ornamentacion
interior, ya de mármol luciente, ya de oro deslumbrador con columnas de
caprichosos jaspes, con pinturas émulas de los mas floridos vergeles;
solo su lago de líquida plata, sus cisternas perpétuamente llenas de
purísimas aguas, sus preciosas fuentes ornadas de bajo-relieves; cada
uno de estos objetos de por sí hubiera sido suficiente para hacer los
palacios de Azzahra superiores á los de Bagdad, Damasco y
Constantinopla.

Entre sus maravillas se distinguian el pabellon central, las fuentes y
la mezquita. Estaba el mencionado pabellon sostenido en columnas de
mármol _de aguas_, taraceadas de rubíes y perlas, con capiteles de oro:
llevaba el nombre de Salon de los Califas (_Kasru-l-kholafá_), porque en
el advenimiento de estos al trono debia hacerse allí su jura y
proclamacion. Sus paredes estaban cubiertas de oro y mármoles
trasparentes de diversos colores: su techo de lo mismo, y pendia de su
centro una perla de incomparable tamaño y valor que entre otros
preciosos dones habia regalado á An-nasír el emperador Constantino
Porfirogénito. Las tejas de este pabellon eran de plata y oro
alternadas. Ocupaba el centro del mágico recinto un estanque de pórfido,
lleno de purísimo azogue, que limitaba una arquería poligonal de ocho
arcos de herradura de ébano y marfil, incrustados de oro y piedras
preciosas, sobre columnas de mármol pulido y cristal. Cuando penetraba
el sol por ellos, solo el reflejo que producian sus rayos en el techo y
las paredes bastaba para cegar á cualquiera; así, cuando An-nasír queria
intimidar á algun personage de cuya lealtad no estaba seguro, con una
seña que hiciese á uno de sus eslavos, al punto la masa de azogue
empezaba á moverse, y sus vívidos reflejos producian en todo el salon
unas luces como relámpagos deslumbradores.

Nada mas imponente y magestuoso que la jura de un califa ó la recepcion
de un personage estrangero en el palacio de Azzahra. En ambos actos se
retrata fielmente la tradicion oriental derivada desde los prepotentes
reyes asirios y babilonios, y considerada por todas las gentes que
sucesivamente dominaron en el Asia menor como el tipo y la norma de la
humana grandeza. En ambas ceremonias el objeto principal es imponer,
ofuscar, amedrentar con el espectáculo de un poder formidable y de una
riqueza superior á toda fantasía. Por eso estas solemnidades no se
celebraban nunca de improviso. Llégale á un califa la noticia de que un
emperador griego, por ejemplo, le manda una embajada[501], y ya empieza
á disponer su recibimiento. Al tomar tierra el legado en los dominios de
Andalucía, ya los comisionados del califa se apoderan de su persona só
pretesto de cuidarle para que nada le falte en su viaje; y le conducen,
con poderosa escolta de ginetes armados, á un palacio designado de
antemano en las cercanías de la capital, donde dos eunucos cubicularios
del rey (funcionarios de elevada categoría en Córdoba lo mismo que en la
antigua corte de Assur) encargados del servicio inmediato del sultan y
de su harem, se emplean en agasajar al enviado y á su comitiva,
vigilando al propio tiempo que nadie, sea noble ó plebeyo, tenga con
ellos roce alguno. Para este fin se agregan á los eunucos otros
oficiales palatinos y _maulís_ del califa, que con mucha habilidad hacen
despejar el campo á los intrusos. Entre tanto el califa se ocupa en el
ceremonial de la recepcion, va y viene del palacio antiguo al palacio
nuevo, dicta órdenes, y señala por último el dia de la admision del
estrangero á su presencia. Ya es el pabellon central[502], ya el
pabellon de oriente ó el de occidente, el destinado á la augusta
ceremonia. Aparece el salon nueva y lujosamente decorado, y en él un
trono, joya resplandeciente de oro y pedrería, que ocupa el sultan. A su
derecha é izquierda sus hijos: luego los wazires; luego los
gentiles-hombres, los hijos de los wazires, los libertos del califa, y
los wakiles ú oficiales de su servidumbre. El patio del alcázar está
cubierto de ricas alfombras y vistosos guadamecíes; velas, doseles y
cortinages de lustrosa seda sombrean las puertas y arcadas reflejando en
ellas los vivos colores de sus pájaros y ramajes. Figuráos la recepcion
del enviado de Constantino al califa An-nasír. Al verse introducido el
griego en el magnífico salon, no acierta á disimular su asombro: los de
su comitiva le siguen deslumbrados y confusos al acercarse al poderoso
sultan que llena con su noble magestad el trono. Pone en manos de este
el enviado sus credenciales[503], y en seguida el faquíh Mohammed ben
Abdi-l-barr, elegido por Al-hakem al efecto como orador eminente por su
ingenio y elocuencia, empieza una pomposa arenga que tiene preparada
sobre el poderío y esplendor del imperio de An-nasír y la consolidacion
del califado cordobés bajo su reinado. Pero la imponente ceremonia, el
silencio de la ilustre asamblea, la deslumbradora luz que rodea al
sultan, le turban en medio de su discurso; desfallece su voz, anúdase su
lengua, y cae en tierra sin sentido. Un forastero consumado en la
retórica y reputado en Iraca como príncipe de la oratoria, Abú Alí
Alkalí, huésped á la sazon del califa, se encarga de sustituir á
Mohammed: dirige á los circustantes varias frases elocuentes; pero
faltándole luego las palabras, enmudece, y se retira. Mundhir Ibn Saíd
que advierte la inoportuna y brusca conclusion, toma el discurso donde
lo ha dejado Abú Alí, é improvisa una peroracion brillante en prosa y
verso con que deja á todos atónitos y complacidos, y el califa con
agradable gesto le demuestra su satisfaccion, reservándose premiarle
despues... Esta ceremonia, cuyo final dejan indeterminado los escritores
árabes, quedará tambien para nosotros entre nubes; y ahora haremos
presenciar al lector en este mismo pabellon, trasformado para la
ceremonia de la jura de Al-hakem, otra escena que podria figurar
dignamente entre los mágicos cuadros de las _mil y una noches_. Los ocho
hermanos del nuevo califa, conducidos á Azzahra entre destacamentos de
tropa armada, medio de grado y medio por fuerza, ocupan los dos
pabellones de oriente y occidente; otros salones del palacio estan
llenos de nobles, empleados, y cortesanos que esperan con impaciencia el
momento de dar el parabien al digno soberano. Al-hakem está sentado en
el trono del pabellon dorado: empieza la ceremonia, y entran los
primeros sus hermanos, los cuales se acercan á él, leen la fórmula de la
inauguracion, y prestan el juramento de costumbre con todas sus
sanciones y restricciones. Siguen por su turno los wazires, sus hijos y
hermanos, los guardias del rey y la servidumbre de palacio. Hecho esto,
los hermanos del califa, los wazires y los nobles, toman asiento á ambos
lados del trono, escepto Isa ben Foteys que queda en pié á un lado para
juramentar á todos los que van entrando. En el salón dorado estan además
los eunucos del sultan en filas á derecha é izquierda de su señor, todos
vestidos de túnicas blancas y armados con espadas; inmediatos á ellos, y
formando dos filas sobre el terrado, los eunucos sirvientes, cubiertos
de malla y empuñando lucientes espadas. Los eunucos de guardia, con
espadas también, y los eunucos esclavones, vestidos de blanco é
igualmente armados, se estienden á lo largo del parapeto. A estos siguen
otros esclavones de inferior categoría, y vienen luego los arqueros de
la guardia con sus arcos y aljabas. Próximos á los eunucos esclavones
estan los esclavos negros, lujosamente uniformados y cubiertos de armas
resplandecientes: llevan túnicas blancas, yelmos sicilianos, y al brazo
escudos de varios colores, y armas cuajadas de oro. En la puerta de
_As-suddah_ estan los alcaides del alcázar, y junto á ella la guardia de
á caballo de eslavos negros, que se estiende hasta la puerta _de las
cúpulas_ (_babu-l-akabá_). Continúa la formacion la guardia de _maulís_
ó libertos del califa, tambien de caballería, y el resto del ejército y
de los eslavos y arqueros la prolongan sin interrupcion hasta la puerta
de la ciudad que sale al campo. Terminada la ceremonia, el pueblo se
retira, y los hermanos del califa, los wazires y los otros dignatarios
permanecen en el palacio, para conducir á Córdoba el cadáver de An-nasír
y darle sepultura en el cementerio de los califas[504].

Pues ya que insensiblemente nos hemos convertido en narradores de las
ostentosas ceremonias de la corte de los Umeyas en Azzahra, justo será
antes de pasar á describir las demas bellezas artísticas de este
palacio, evocar aquella magestuosa escena de la recepcion del rey D.
Ordoño IV de Galicia, cuando fué á solicitar del mismo califa Al-hakem
auxilio y proteccion para recuperar el trono de que le habia despojado
su primo D. Sancho con la poderosa intervencion de Abde-r-rahman
An-nasír. Despues de alojado espléndidamente el augusto huésped en el
palacio llamado _de la Noria_ (_An-ná'urah_) en Córdoba, y fijado el dia
del recibimiento, previas las órdenes competentes para que todas las
tropas estuviesen armadas, la guardia real de esclavones lujosamente
uniformada, y los Ulemas, teólogos, katibes y poetas, invitados para
asistir á la regia audiencia y amenizar la solemnidad con sus arengas é
improvisaciones, apareció Al-hakem sentado en su trono en el pabellon
oriental del terrado, con sus hermanos y parientes á uno y otro lado, y
con los wazires, cadíes, magistrados, teólogos y principales
funcionarios, todos sentados por su órden segun su respectiva gerarquía.
Ordoño, á quien acompañaban los principales personages cristianos de
Córdoba, entre ellos el juez de los mozárabes Walid Ben Khayrun y
Obeydullah, hijo de Kasím _Al-matrán_ (obispo) de Toledo[505], iba
vestido con túnica de brocado blanco y albornoz de la misma estofa, y
cubria su cabeza un birrete á la usanza cristiana ornado de costosos
joyeles. Llegó á caballo con su comitiva hasta la puerta esterior del
palacio de Azzahra, llamada _de las cúpulas_, donde se apearon los que
habian salido á recibirle; luego en otra puerta interior
(_babu-s-suddah_) y su introductor Ibn Talmis recibieron órden de echar
pié á tierra. Desmontó á la puerta del pabellon meridional en el
edificio llamado _daru-l-jandal_, sobre una plataforma, donde tomó
asiento con su séquito esperando se le mandase entrar. Salió un
palaciego con el deseado aviso, y Ordoño subió al terrado de los
pabellones, y al llegar al de oriente donde el califa le aguardaba, dejó
su albornoz, se descubrió la cabeza, y en actitud de admiracion y
respeto permaneció un rato como absorto contemplando la magestad y
grandeza que tenia delante. Acercóse á la entrada con paso mesurado por
entre las hileras de soldados formados en el terrado, y al cruzar el
umbral se postró en el pavimento con humildad profunda; luego dió
algunos pasos más, volvió á postrarse, y llegando por último al trono
alargó su mano con timidez, y Al-hakem le dió la suya. Retrocediendo
despues sin volver al califa la espalda, ocupó un asiento cubierto con
paño de oro que le estaba preparado, y en seguida fueron admitidos á
besar la mano al soberano islamita los condes y demas caballeros de su
cortejo, los cuales se acercaron al trono repitiendo sus mismas
postraciones, y luego se sentaron en fila dejando en el centro á su rey.
El juez de los mozárabes que servia de intérprete á Ordoño, cuando
Al-hakem rompió el silencio dando al destronado la bien venida, espuso
en términos comedidos y con reiteradas protestas de sumision y
obediencia, el objeto de la venida del príncipe cristiano: solicitó para
él y su pueblo la poderosa proteccion del califa, obligándose á
reconocerle siempre como su señor feudal si le ayudaba á recuperar el
trono, y finalmente para encarecer lo mucho que confiaba en su poder y
justicia, rogóle que constituido en árbitro de las diferencias de
entrambos primos, decidiese á cuál de los dos correspondia en buena ley
la corona. Oyó el califa la peticion con agrado, ya porque conviniese á
su política favorecer á Ordoño, ya porque hubiese este acertado á
defender su causa con habilidad, y accedió á ella esponiendo como máxima
incontrovertible de derecho internacional, que el haber sido bien
recibido D. Sancho por su padre An-nasír no era una razon para que él
desairase á D. Ordoño. El desposeido príncipe reiteró lleno de
agradecimiento sus humildes postraciones, ensalzando con esclamaciones
de entusiasmo la generosidad y gloria de su protector. Retiróse en
seguida, y los eunucos le condujeron al pabellon occidental, ante cuyo
trono desierto volvió á prosternarse con gran respeto, no acertando á
espresar su lengua el deleite que en su semblante atónito se pintaba
cada vez que fijaba los ojos en aquella riqueza sin igual, en aquellas
incomparables obras del arte y de la naturaleza. Del pabellon occidental
le llevaron á otra pieza que caía al norte del mismo, donde le hicieron
sentar en un almohadon de brocado de oro. Presentósele allí el
hagib[506] _Ja'far Al-mus'-hafí_, y despues de conversar con él algunos
instantes confirmándole en la gracia y buena amistad de su señor, hizo
le trajesen una vestidura de honor que el califa le regalaba. Consistia
en una túnica de tisú de oro y un albornoz de lo mismo, con un cinturon
de oro purísimo sembrado de perlas y rubíes, tan gruesos y bellos que no
sabia el rústico cristiano quitar de él los ojos mientras el oficioso
hagib le endosaba la rica vestidura. Los condes y caballeros de su
comitiva recibieron tambien trages proporcionados á su calidad, y todos
juntos salieron despues del alcázar con grande humildad y
reconocimiento. Al pié del pabellon central donde se habia apeado le
esperaba una nueva sorpresa: habia mandado el sultan que le dispusieran
un caballo de regalo lujosamente enjaezado con silla y brida cuajadas de
oro bruñido. Montó en él bendiciendo su buena estrella, y se alejó con
los suyos del encantado recinto de Azzahra para ir á descansar de
aquellas fuertes emociones en el palacio donde estaba hospedado.

Hemos dicho que las fuentes eran uno de los principales ornatos de
aquellos alcázares. Ben Hayyán asegura que nada habia comparable á las
dos que trajo de Asia para An-nasír Ahmed el griego, tanto por su
esquisito trabajo como por el valor intrínseco de su materia. Eran
desiguales en forma y tamaño: la mayor, de bronce dorado, con
bajo-relieves de figuras humanas bellamente esculpidas, y la condujeron
desde Constantinopla á Córdoba el referido Ahmed y el obispo Rabí. La
menor era de mármol verde, y fué adquirida en Siria, y se consideró por
todos los inteligentes como un verdadero prodigio del arte. En cuanto
llegó á poder del califa, dispuso éste que fuese colocada en la alcoba ó
dormitorio del pabellon oriental, conocido por _el salon de la
familiaridad y del solaz_, y mandó agregar á su ornato doce figuras de
oro bermejo incrustadas de perlas y esquisita pedrería, labradas en los
talleres reales de Córdoba, representando diversos animales. Pusieron en
ella un leon entre un antélope y un cocodrilo; al lado opuesto un águila
y un dragon, y entre ambos grupos una paloma, un halcon, un pavo real,
una gallina, un gallo, un milano y un buitre. Todos estos animales eran
huecos y vertian en el tazon de la fuente chorros de agua cristalina.

La mezquita de Azzahra, templo de estupenda estructura, preciosamente
labrado en todas sus partes, de noventa y siete codos de largo de la
_algufia_ á la _quiblah_ sin contar el Mihrab, y de sesenta y uno de
ancho, fué obra de cuarenta y ocho dias, habiendo An-nasír empleado en
ella diariamente mil obreros entendidos, de los cuales trescientos eran
albañiles, doscientos carpinteros, y los demas canteros, escultores,
doradores, esmaltadores, mosaicistas, pintores, estucadores, tallistas,
herreros, broncistas, etc. Contenia cinco naves, la central de trece
codos de anchura, las demas de doce, y un patio de cuarenta y tres codos
de la algufia á la quiblah, enlosado de mármol rojo, en cuyo centro
habia una fuente que vertia sin cesar un agua purísima. Tenia esta
mezquita una zoma ó alminar cuadrado de cincuenta codos de altura. En la
Maksurah, de construccion y ornamentacion maravillosas, habia un púlpito
ó mimbar de sorprendente riqueza.

Poco duraron los palacios de Azzahra. Desde el año 961 de J. C., en que
murió su glorioso fundador dejándolos terminados[507], hasta la triste
época en que comenzó con la estincion de los Amiritas la guerra civil en
el Califado cordobés entre los bereberes y andaluces, entre Suleyman y
Almuhdi, no trascurrió medio siglo. Los dos rivales, alternativamente
favorecidos por el conde de Castilla Sancho Garcés, talaron uno tras
otro el campo y la sierra cuando se vieron vencidos y precisados á dejar
la ciudad; pero los bereberes de Suleyman fueron mas feroces que sus
contrarios, redujeron á cenizas la mágica poblacion de Azzahira, pocos
años antes delicia del hagib Almanzor, y entrando en Azzahra (año 1010)
la saquearon despues de haber pasado á cuchillo á sus moradores.
Permanecieron en ella algunos meses, y luego la evacuaron para estender
sus terribles correrías por toda la tierra circunvecina, donde talaron
las mieses, incendiaron las granjas, y no quedó un solo caserío en que
no estampasen su destructora huella. En aquella gran devastacion los
habitantes de la campiña se refugiaron en Córdoba con lo que pudieron
salvar de sus haciendas, huyendo la furia de aquel animado torbellino, y
hubo de resultas hambre en la ciudad. Y cuentan las historias árabes que
habiendo cundido la asoladora plaga por todo el norte del Andalús, solo
Toledo y Medinaceli se libraron de la ruina, quedando tan despoblada la
provincia, que podia un viajero andar por ella á caballo dos meses
seguidos sin encontrar alma viviente. Aunque maltratada por tan deshecha
tormenta, debió quedar en pié al abrigo de la Sierra la preciosa
flor[508] plantada por An-nasír para otra flor la mas querida de su
harem.

Un rey cristiano[509] prendado de ella, confiado en el prestigio de sus
victorias y en el abatimiento del Islam, la pidió para su esposa á su
nuevo dueño el régulo de Sevilla. Dos cosas demandó el conquistador
castellano á Almu'tamed: que le diese á Medina-Azzahra para residencia
de D.ª Constanza que iba en su compañía, y que le dejase libre una parte
de la mezquita mayor para trasladarse á ella la reina diariamente y dar
allí á luz el fruto que llevaba en sus entrañas[510]. Indignado el
sarraceno dió la muerte por su propia mano al judío portador de tan
insolente mensaje, y no contribuyó poco este atentado á que D. Alfonso,
ardiendo en sed de venganza, estrechase á Almu'tamed con tan poderosos
medios, que le hiciese preferir el entregarse con el ruinoso Estado
andaluz en brazos de los almoravides.

¿Quién cuidaba entre tanto de aquella perla del arte arábigo?
Probablemente estarian desiertos y abandonados aquellos hermosos
palacios, y sus antes deliciosos jardines yermos y convertidos en
madriguera de alimañas. ¡Los bereberes habrian despojado sus lujosos
pabellones, robado todas sus riquezas, destrozado aquel artificioso
estanque de líquido mineral, aquellos tronos de oro y pedrería, aquellas
fuentes de bronces y mármoles, aquellos baños voluptuosos, aquellos
artesonados de oro, mármoles trasparentes y maderas incorruptibles,
aquellas arcadas de ébano y marfil, aquellas costosas alfombras,
aquellos doseles de brocado!... Muchos cercos sufrió la antigua sede del
Califado andaluz desde D. Alfonso VI hasta S. Fernando en poco mas de
cien años, y en este tiempo no hallamos que hicieran aprecio alguno de
la desolada y desierta Medina-Azzahra ni los almoravides, ni los
almohades sus impetuosos sucesores. Cuando el santo rey tomó á Córdoba
no quedaban ya en pié mas que los muros de un alcázar que tantos tesoros
habia contenido, teatro de los mas gloriosos acontecimientos del
Califado de Occidente y testigo de una prosperidad que habia de parecer
fabulosa narrada por la historia. El tiempo habia hecho su oficio: todas
las construcciones poco sólidas se habian reducido á polvo: la tierra,
tan afanosa por tragar los monumentos de los hombres que le arrancan los
tesoros de sus entrañas, habia recobrado lo suyo, y con su incesante é
imperceptible crecimiento cubierto ya las marmóreas escalinatas rotas,
los pavimentos de piedra desnivelados, los acueductos, algibes,
estanques, fuentes, baños: todo lo somero y profundo, sobre lo cual
tendió largos años su capa de nieves y barrizales el aterido invierno,
su verde manto de grama la alegre primavera, sus tejidos de cardos,
espinos y punzante maleza el abrasado verano, y el otoño su seca y
amarilla vestidura de despojos. Lo alto y fuerte perdió paulatinamente
su delicado y deleznable revestido de estucos pintados y dorados, sus
armaduras de alerce: y quedó desnudo. Los reyes moros de Sevilla se
llevarian á la nueva corte algunas hermosas columnas y otros objetos
útiles para sus construcciones; pero muchos materiales preciosos
quedaban todavía en aquello que solo parecia un castillo arruinado en
los dias de la reconquista.

Ya en este tiempo habia perdido el vulgo la memoria del orígen de
Azzahra, y sus diseminados vestigios habian hecho nacer entre los
cristianos vencedores una falsa tradicion respecto del antiguo asiento
de Córdoba, de que luego participaron los historiadores de mejor
criterio. Y al hacer el santo rey el repartimiento de Córdoba y su
tierra entre los ricos-hombres, caballeros y órdenes religiosas que
habian asistido á la conquista, ya la ciudad de la esclava querida de
An-nasír habia perdido su nombre por el impropio de _Córdoba la
vieja_[511].

Con este perseveró desde entonces, y el nuevo nombre contribuyó á que se
desvaneciese del todo en los siglos sucesivos el recuerdo de una
poblacion tan novelesca por su orígen, tan interesante por las escenas
en ella ocurridas, tan maravillosa en todo: que habia rivalizado con las
mas famosas ciudades orientales y sostenido dignamente el paralelo con
los soberbios palacios de los reyes Ninivitas, Achemenios, Sassanidas y
Abassidas.

De _Córdoba la vieja_ se hace mencion en algunos documentos de la edad
media: ¡de Medina-Azzahra nunca! Aquel asolado campo con su ruinoso
castillo pasa, no sabemos cuándo, del patrimonio real al patrimonio
municipal: llega el año 1405, viene á Córdoba un venerable religioso
gerónimo[512] á solicitar la fundacion de un convento de ermitaños en la
sierra, y la noble viuda de D. Diego Fernandez de Córdoba, alcaide de
los donceles, le cede para este piadoso objeto una huerta que poseía
contigua á _Córdoba la vieja_: la ciudad le dá para el mismo fin en 1408
las _ruinas del castillo de Córdoba la vieja_, ya propiedad suya. El
arruinado castillo viene entonces al suelo: los sillares de sus muros
son acarreados al cerro inmediato donde los padres gerónimos edifican su
convento; los tableros esculpidos de barro y piedra que los revestían
caen despezados entre la yerba, donde permanecerán acompañando al sueño
secular de las otras ruinas anteriores ya sepultadas en aquel _campo de
soledad_, hasta que un anticuario los remueva y los desdeñe
desconociendo su procedencia[513], y venga luego otro[514] y los admire
como lo que realmente son, aunque sin saber tampoco el nombre que
llevaron. De los despojos aparentes apenas queda alguno útil que los
buenos frailes no se lleven á su monasterio: cargan con cuantos
capiteles y fustes de mármol yacen sobre aquella vasta sepultura de
grandezas; llévanse cuanta piedra les parece acomodada á la construccion
de su templo, de su claustro, de su capítulo, trazados segun el florido
sistema ojival terciario; llévanse por fin hasta un cervatillo y una
cierva de bronce[515] hueco hallados entre los escombros, que quizás en
otro tiempo habian deleitado en alguna fuente del palacio de Azzahra los
ojos de su mimosa dueña, y acomodan uno de ellos á un pilon del claustro
del santo cenobio. A todo esto, nadie sabia ya que hubiese existido
Medina-Azzahra. Las ruinas de _Córdoba la vieja_ pasaban por reliquias
anteriores á la dominacion agarena, y deshecho el castillo, no quedó al
parecer piedra sobre piedra en aquella vasta, ondulosa y verde planicie,
ya convertida en dehesa.

El erudito cronista de Felipe II que vivió algunos años en el monasterio
de S. Gerónimo de la Sierra, obcecado con el error vulgar no vió lo que
saltaba á la vista, esto es, que los fragmentos de arquitectura
decorativa de mármol, piedra y barro, que se hallaban diseminados por la
dehesa de _Córdoba la vieja_, eran de la misma casta que la
ornamentacion del Mihrab de la mezquita mayor[516]. Otro anticuario mas
perspicaz en estas materias trató de corregir la falsa opinion, y este
convenció á otros de que aquellos despojos pertenecian á alguna suntuosa
fábrica de sarracenos[517]. Nada se adelantó sin embargo; las
antigüedades árabes tenian poco que esperar de la tendencia que tomaban
á la sazon los estudios arqueológicos.

Fué preciso que pasaran otros dos siglos y que un orientalista dotado
de ingenio y gracia para cautivar contando las cosas de la España
árabe[518] en una época en que la ilustracion se ceñia casi
esclusivamente á lo latino y griego, volviese á pronunciar el nombre de
_Medina-Azzahra_ para que se despertase entre los literatos y
anticuarios, con la aficion perdida á las historias de nuestros antiguos
dominadores, el deseo vehemente de investigar el asiento de aquella
célebre poblacion. Pero como aquel mismo arabista daba acerca de su
situacion noticias equivocadas[519], se buscó en vano por muchos años lo
que tanto se deseaba hallar.

¿Quién habia de imaginarse que las reliquias de los palacios mas
sorprendentes que vió la España musulmana estaban sepultadas en una
dehesa de un mayorazgo[520], de la cual ya nadie se acordaba ni aun para
esclarecer la duda que habian dejado en pié los anticuarios de los
siglos XVI y XVII? Y sin embargo, la compilacion de historias de la
España árabe hecha por Ahmed Al-Makkarí, vulgarizada en Europa desde el
año 1840 por la laboriosidad de otro arabista distinguido[521], nos
estaba revelando lo que en aquel abandonado campo debiamos prometernos.

[Illustration: Dib. del nat.l y lit.ª por F. Parcerisa

Lit. de J.J. Martinez, Madrid.

FRAGMENTOS DE LOS PALACIOS DE MEDINA-AZZAHRA.]

No está, no, la triste y dolorosa ruina de la mas bella creacion
monumental arábigo-bizantina donde la buscan todavía muchos apasionados
de aquel arte. No busqueis el grandioso rastro de Azzahra ni en las
orillas del Guadalquivir, ni en lo recóndito de la Sierra. Hélo ahí, á
tres millas de Córdoba entre norte y poniente, donde todos los
escritores árabes de mas autoridad situaron siempre la hermosa joya. Su
dicho concorde es mi testimonio, y en prueba de que el arte lo confirma,
ahí teneis esos fragmentos por mi propia mano recogidos entre la maleza
y cardizales que cubren la llamada _suerte de S. Gerónimo_ en la dehesa
de _Córdoba la vieja_. Contempladlos, y os convencereis de que los
edificios de que formaron parte solo han podido pertenecer á la época
mas floreciente y á la poblacion mas famosa del Califado andaluz. Ahí
teneis todos los elementos de la ornamentacion mas bella y graciosa
que creó el Oriente y regularizó el genio estético de los pobladores del
Archipiélago: las _postas_ que figuran las olas de la mar; los
_meandros_ ó _grecas_ de listones que se interrumpen y cortan en ángulos
rectos; los _enlaces_ ó _entrelazos_, combinacion preciosa de líneas
rectas y curvas que imita las trenzas del cabello; las _palmetas_, en
que con la mayor donosura alternan hojas agudas y hojas obtusas, unas
replegadas hácia dentro, otras hácia fuera, imitacion feliz del _loto_
asirio y de las palmas fenicia y tebana; el _acanto silvestre_ tan
parecido á la hoja del punzante cardo; el _tulipan_ y la _flor de loto_,
graciosa importacion del arte de Persépolis, al cual fué comunicada por
la arquitectura de Nínive y Babilonia, etc.[522]. Y advertid que además
de estos pedazos de piedra y barro tan lindamente trabajados, quedan en
_Córdoba la vieja_ otros de mármol labrados con el mismo esquisito
gusto, algunos de fondo de color, sobre el cual destacan esos tan
relevados y bien recortados adornos; y en la huerta de S. Gerónimo no
pocos capiteles que de allí se sacaron, los cuales podrian sostener la
competencia con los capiteles corintios del famoso monumento de
Lisícrates de Atenas[523].

La dehesa de _Córdoba la vieja_, que á los ojos del vulgo no es mas que
un llano descampado con leves sinuosidades hácia la parte de la Sierra
en cuya falda apoya, y donde sobre la viciosa vegetacion espontánea
propia de aquel delicioso clima descuellan de trecho en trecho algunas
encinas é higueras silvestres, se descubre inmediatamente á los ojos del
observador atento como vasta ruina de alguna construccion importante, y
á los del arqueólogo como precioso depósito de una de las páginas mas
interesantes del libro monumental: página lastimosamente despedazada,
mas no del todo perdida. Merced á nuestra natural incuria, por regla
general deplorable, ahora por escepcion benéfica, consérvanse hoy estas
ruinas próximamente en el estado mismo en que se hallaban á fines del
siglo XVI y principios del XVII, cuando nos las describian Ambrosio de
Morales y el licenciado Diaz de Rivas sin saber de cuán noble cadáver
hacian la filiacion[524]. Algunos preciosos vestigios que ellos vieron
han desaparecido: quizás han sido cubiertos por la lenta crecida del
terreno. Lo que hoy allí principalmente se advierte es una elevacion de
forma cuadrangular y superficie llana de unos ciento setenta pasos de
longitud, con declives por los tres lados de oriente, poniente y
mediodia, y por el norte unida á la Sierra con varios montículos de
figura irregular, no de formacion natural, sino de escombros en que
facilmente se hallan trozos de piedras bellamente labradas, lastras de
mármol rotas y otros objetos, con solo remover la masa pulverulenta que
cubre la yerba. En el centro mismo del límite meridional de la alta
planicie que domina la llanura, hay un hueco cubierto de espesa maleza,
como indicio de haber existido allí alguna puerta, y desde este punto de
la esplanada parte recta al mediodia por lo bajo de la campiña una
especie de calzada que finaliza en un objeto informe de fábrica de
argamasa y mampostería, pié tal vez de algun robusto torreon de entrada.
¿Sería este por ventura vestigio de aquella segunda puerta de entrada
al alcázar árabe, por donde pasaron á caballo D. Ordoño y su
introductor Ibn Talmís? ¿Sería aquella otra brecha que hemos visto en el
declive meridional de la plaza rectangular la subida á la plataforma
donde se apeó el rey destronado? ¿Ó sería mas bien esta misma plaza
aquel famoso terrado de los tres pabellones donde tantas cosas
memorables acaecieron?... Ultimamente, aquella singular planicie, obra
evidente de los hombres y no de la naturaleza, ¿es un mero terraplen, ó
es el resultado de un hundimiento que conserve quizá intacta la planta
baja de alguna construccion palaciana? ¿Quién podrá hoy saberlo? No
faltan allí en verdad reliquias de grandes construcciones, y cuando otra
cosa no hubiera, bastaria un soberbio ramal de acueducto que sale del
costado de oriente de la indicada plaza en direccion S-E., todo
revestido interiormente de durísima costra de betun liso y bruñido como
escayola, para persuadirse de la gran probabilidad de poder exhumar en
este parage muchos tesoros del arte.

Con mala estrella por cierto hemos comenzado nosotros esta obra[525].
Esperemos sin embargo proseguirla con mejor fortuna; y entonces, si la
elegante y erudita pluma que hasta ahora con plausible modestia no hizo
mas que ensayarse en el bosquejo de la historia de la arquitectura en
España, emprende la árdua tarea que al parecer le está reservada de
analizar detenidamente todos sus períodos y desentrañar sus
singularísimos é interesantes sincronismos, quizás donde hoy deja
lastimada un deplorable vacío[526], tendrá ocasion de trazar con su
acostumbrada animacion y elocuencia la descripcion fiel de muchas
bellezas artísticas que creía perdidas.



Capítulo sesto y último.

_La Sierra y la Campiña._


Si hubiéramos de detenernos en describir todo lo bueno que la provincia
de Córdoba debe á la naturaleza, sería interminable nuestra tarea, pues
siendo la Andalucía el vergel de España, Córdoba es, ó debiera ser al
menos, el vergel de Andalucía. Quede reservado á los naturalistas el
encarecer la fertilidad de su suelo[527], la abundancia de sus
minerales, la hermosura de sus ganados, rivalizando en encomios con
Plinio y Estrabon acerca de la escelencia de sus frutos; y salven ellos
como puedan el compromiso de dejar airoso al poeta Estacio[528] que
tanto elogia la bondad de sus aceites. Nosotros somos los panegiristas
del arte en primer lugar, y secundariamente de la naturaleza en sus
bellas manifestaciones.

Los campos de Córdoba y su tierra estan repartidos en _Sierra_ y
_Campiña_, teniendo por término divisorio entre unos y otros el rio
Guadalquivir, que atraviesa diagonalmente la provincia de N-E. á S-O.,
bajando por cerca de Aldea del Rio hácia Palma, donde se le incorpora el
Genil. La Sierra y sus poblaciones quedan á la derecha de su corriente,
á la izquierda los pueblos de la Campiña. Parte á esta por mitad el rio
Guadajoz, llamado de los antiguos rio Salado (_flumen salsum_), que
atravesando en su nacimiento por la antigua encomienda del castillo de
_Víboras_ de la órden de Calatrava, sale á lo llano poco mas adelante,
recibe otras aguas al pié del castillo de Locubin, baña en su curso á
Castro el Rio fertilizando su deliciosa ribera de huertas por medio de
azudas que mueve su misma corriente, acércase á las villas de Espejo y
Santa Cruz, y sigue por Torres-Cabrera su direccion al Guadalquivir, con
el cual junta murmullos una legua mas abajo de Córdoba. Fertilizaba
antiguamente este rio cerca de Castro los términos de _Ategua_, pueblo
famoso por el largo cerco que sostuvo en la guerra de César con los
hijos de Pompeyo. El Guadajoz es muy celebrado en aquellas guerras
civiles por los autores que de ellas escribieron.

La parte de la Sierra está naturalmente contornada con una doble línea
de aguas corrientes y cordilleras, que forman una especie de pentágono
sobre la márgen derecha del Guadalquivir. Un largo estribo de
Sierra-Morena que de los confines de la provincia de Ciudad Real baja
hasta este rio, llevando como tributo al mismo por un lado las aguas del
arroyo de las Yeguas, por otro las del revuelto y precipitado Jándula,
es su límite oriental. Forma el septentrional el Guadalmez, que baja
desde los cerros de Fuencaliente hasta entrar en el rio Zuja faldeando
uno de los principales ramales de la gran cordillera; y el occidental el
mismo Zuja y el Rembezar, que naciendo en las dos vertientes opuestas de
una montaña, corren el uno al norte y el otro al mediodia, aquel al
Guadiana, este al Guadalquivir. Dentro de este vasto territorio, todo
ceñido de altas cumbres sin mas salida que la llanura por donde el
Guadalmez y el Zuja pasan juntos á regar campos de Estremadura, se
dibujan otras largas cadenas de montañas: una de las cuales lo atraviesa
todo de levante á poniente, de Fuencaliente á Fuenteovejuna, y es la
cordillera principal de los _Montes Marianos_, que va vertiendo á uno y
otro lado las aguas de sus veneros, unas al Guadalquivir, otras al
Guadalmez y al Zuja, contornando elevadas barreras. De aquellos montes
se originan el Guadamellato al pié del alto cerro de Nuestra Señora de
Luna, el Guadalbarbo que recibe las que nacen debajo del castillo de
Cuzna, el Guadiato que vuelca límpidas ondas de varios arroyuelos del
término de Belmez; de estas barreras secundarias resultan otros
riachuelos de menos caudal. Por último, de la gran cadena con que
Sierra-Morena divide por medio el pentágono de la parte montuosa de
Córdoba, se desprenden y caen al mediodia como hileras de gigantes
curiosos de mirarse en la corriente del sacro Bétis, tres principales
ramales; dos de ellos mueren en la ribera, y el tercero en las altas
llanuras donde descuellan las ruinas del castillo de Albacar.

¡Cuántos recuerdos encierran estas ásperas cordilleras! Una de ellas, la
mas oriental, lleva en su mas avanzado estribo el famoso convento de _S.
Francisco del Monte_, que el caballero cordobés D. Martin Fernandez de
Andújar fundó á peticion de D. Enrique III y de la reina D.ª Catalina
cabe las ruinas del antiguo cenobio Armilatense. En él se veneraba la
piadosa imágen de Nuestra Señora de la Esperanza, hallada segun
tradicion entre aquellos vestigios; y en sus claustros vivió retirado el
rey D. Felipe IV durante las carnestolendas del año 1624. Otra, que es
la mas próxima á Córdoba, ostenta en sus alcores el grandioso y severo
monasterio de _S. Gerónimo_, construido con los despojos de la preciosa
Medina-Azzahra; en su cerro de _Nuestra Señora de Belen_ una
congregacion de rígidos anacoretas, cuyas humildes ermitas son para
Andalucía lo que Monserrat para Cataluña, lo que la Tebaida para el
Egipto, lo que el monte Athos para la Rumelia; y al pié de ese cerro la
famosa _Ruzafa_, que despues de haber sido una de las mas deleitosas
quintas de los amires, fué patrimonio de la célebre D.ª Leonor de
Guzman, y despues convento de padres Franciscanos; y hoy... ¡hoy
desierta y miserable fonda! Otra, que espira dentro de una hoz formada
en el llano de Hernan-Paez donde traza el Guadiato su última revuelta
antes de salir brioso á la Campiña, se ilustra con el célebre santuario
de _Nuestra Señora de Villaviciosa_ y con el valle donde fueron
bárbaramente inmolados los siete infantes de Lara. Todas estas cadenas
de montañas y las corrientes que las van acompañando en sus diversas
ondulaciones, llevan en sus faldas y en sus orillas reliquias de
poblaciones antiguas, de arruinados monasterios, de castillos derruidos.
Fuenteovejuna, Azuaga, Belmez, Espiel, Cuzna, Trassierra, son todos
lugares interesantísimos para la historia de la edad media cordobesa,
situados á la parte meridional de Sierra-Morena. Lo mismo puede decirse
de los que ocupan á la otra parte los estribos de la gigantesca
cordillera y las márgenes del Guadamora, del Guadarramilla, del
Guadamatilla y del Zuja, como Belalcázar, Santofimia, Hinojosa,
Torremilano, Villapedroche, Pozoblanco, etc. Muchos de estos lugares
eran de poblacion considerable siendo España provincia romana; de otros
que entonces habia en esta parte de la Beturia de los Túrdulos apenas
queda memoria. Bajo la dominacion de los godos y sarracenos unos
conservaron su importancia, otros la aumentaron, otros se formaron que
antes no existian: muy pocos de los antiguos decayeron, porque la
prosperidad del pais iba siempre en aumento. En los siglos anteriores á
la reconquista no ofrecia de seguro la Sierra el espectáculo de
desolacion y pobreza que hoy presenta. Orlaban las faldas de sus
montañas blancos caseríos; en sus espaciosos valles asentaban risueñas
poblaciones que se mantenian de la industria, del cultivo y del
pastoreo; en sus pingües dehesas y cañadas se apacentaban ganados de
toda especie; tendíanse por sus anchas lomas los viñedos con sus
lagares, los olivares con sus vigas: por sus frescas vegas los edificios
conventuales rodeados de granjas y cortijos; y coronaban sus empinados
cerros fuertes castillos y atalayas, centro aquellos del poderío feudal,
centinelas avanzadas estas de un Estado robusto y floreciente enclavado
en tierra enemiga, único medio entonces conocido de comunicar con
rapidez los sucesos prósperos ó adversos de la guerra. Los arroyos y
rios que vierte por uno y otro lado la Sierra no llegaban como ahora sin
merma á la llanura: recogíase su precioso caudal en acequias para regar
las huertas y vergeles, ó en presas para mover molinos y batanes, ó en
balsas para otras industrias. Con el producto de estas y del fácil
cultivo de tan agradecida tierra, sosteníanse muy granadas las rentas de
las villas, de los señores y de las iglesias. Pero aquella prosperidad
acabó, y hubo muchas causas para que así sucediese: primero la
devastadora furia con que pusieron fin al Califado cordobés las guerras
intestinas de las razas musulmanas agolpadas en Andalucía; luego el
crecimiento del poder castellano, que despues de la conquista de Toledo
hizo de la tierra septentrional de Córdoba pais de frontera, y por
consiguiente de molesto y peligroso vivir; luego causas generales que
paulatinamente fueron predisponiendo la opinion nacional contra las
poblaciones de origen islamita; por último la pésima administracion de
la casa de Austria, que esquilmando á los pueblos para sostener
descabelladas empresas militares y cegándoles al propio tiempo todas las
fuentes de la pública riqueza, que era lo mismo que ordeñar la vaca sin
darle pasto, abrumó á los montañeses de Córdoba con alcabalas y tributos
que no bastaban á satisfacer sus ya escasos provechos. Todavía aquella
privilegiada tierra está brindando á sus naturales con su fertilidad
prodigiosa: fuera de los olivares, naranjales, higuerales, granados,
cidras damasquinas y moreras de que se cubren sus laderas aun
negligentemente labradas, produce la montaña sin que intervenga la mano
del hombre, arrayanes, lentiscos, algarrobos, almezos de dulcísimo
fruto, pinos, avellanos, castaños y acebuches. Fórmanse naturalmente
muchos colmenares en las concavidades de sus peñas; el áspero jabalí, el
tímido gamo, el ciervo corredor, el conejo cauteloso, la pintada perdiz,
el zorzal viajero, el tordo y el estornino amigos de los cañaverales,
estimulan al cazador á sus gratas fatigas; y los criaderos de plata,
oro, cobre, azogue y carbon de piedra que recelan las entrañas de sus
montes, sirven de incentivo á la actividad del minero codicioso. ¿Y qué
alicientes no ofrece ella al amante de la bella naturaleza? El valle
donde está situado el insigne monasterio de S. Gerónimo, con harta
justicia lleva el nombre de _Valparaiso_, pues nada menos que un Eden
representa á los ojos su frescura; cerca de este hay otro llamado
_Vallehermoso_, y tiene tan merecido su nombre, que quien penetra en él
sin saberlo se lo dá de nuevo. Subiendo por él algun trecho se aparece
como jardin de amor en un campo de esmeralda _la senda del rosal_,
llamada así por la estraordinaria abundancia de rosas con que allí plugo
á la madre naturaleza engalanarse el seno y embalsamarse el aliento:
delicioso lecho de flores para la enamorada Diana, que solo los vergeles
de la Ruzafa impregnados de azahar hubieran podido con igual derecho
disputar al Monte Latmos. ¿Pues qué diremos del _pago de Miraflores_, y
qué de otros muchos cuyos nombres no conforman menos con sus lindezas?

En esta amenísima Sierra vamos á comenzar, lector amigo, un viaje aéreo
por toda la provincia de Córdoba, con que pondremos fin á nuestra tarea.
Y en esta jornada postrera tú y yo, como dos nigromantes de esos que el
vulgo llama _brujos_, vamos á dar tres grandes vuelos: el primero á modo
de águilas cerniéndonos sobre las cumbres de las montañas; el segundo
como ánades por las orillas del Guadalquivir abajo; el tercero como
alondras que con inciertos giros revolotean en la campiña de aquí para
allá, atraidas por los destellos de los objetos lucientes, y se
remontan gorjeando cuando no hallan atractivo en el suelo.

VUELO POR LAS MONTAÑAS. Mira al occidente, cerca del nudo que forman
Sierra-Morena y la Sierra de los Santos, sobre una colina que domina una
estensa y pintoresca llanura, entre cerros coronados de torres y
atalayas arruinadas, la villa de _Fuenteovejuna_, que debe á un acto de
sangrienta y heróica venganza la inmortalidad á que en vano hubiera
aspirado como municipio romano[529], como poblacion sarracena guarnecida
con un cinto de muros y un fuerte castillo, y como recompensa digna de
los servicios de un gran maestre de Calatrava. Aplica el oido, que su
nombre suena muy alto y llena toda la comarca, porque es á un mismo
tiempo grito de gloria y melancólico gemido varonil. Prepárate
recordando la época en que á la sombra de la autoridad real fuertemente
constituida, cuajaba en el árbol de la sociedad española la preciosa
yema del derecho comun, á despecho de las injurias de los ricos-hombres
que como sañudos vendabales la combatian. Corre el año 1476: un
orgulloso comendador de Calatrava encastillado en esa villa, sujeta á la
jurisdiccion de la órden por permuta hecha con el gran maestre D. Pedro
Tellez Giron, comete contra sus moradores toda suerte de desmanes y
atropellos: tolera que sus soldados les devoren las haciendas y
deshonren sus casas; él mismo con violencia les quita sus hijas y
mujeres. El pueblo cansado de sufrir se conjura contra el insolente
tirano; ruge el motin á sus puertas apellidando _Fuenteovejuna, vivan
los reyes D. Fernando y D.ª Isabel y mueran los traidores_. Precipítase
dentro la turba enfurecida, hombres, mujeres, niños, armados todos de
espadas, picas, palos y piedras. Trábase en la mas fuerte pieza del
castillo una encarnizada refriega: catorce criados del comendador mueren
á sus piés por defenderle: muere luego el magnate, y su cadáver,
arrojado por una de las ventanas á la calle, es recogido en puntas de
lanzas y espadas. Acuden las mujeres con adufes y sonajas á celebrar la
libertad de la villa, y despues los vecinos ancianos quitan las varas y
cargos de justicia á los que estaban puestos por la órden, y acuden á
Córdoba sujetándose á su jurisdiccion y pidiendo amparo. Quéjanse del
agravio los caballeros de Calatrava al rey y al pontífice: ya los reyes
mandan á la villa jueces pesquisidores. Hélos cabalgando en mulas
regalonas por la márgen del Guadiato arriba; hé ahí rondando el temido
tribunal algunos bárbaros sayones dispuestos á manejar contra el
aterrado vecindario máquinas horribles de tormento de que nunca se hizo
merecedor. Entran en la tremenda prueba hombres, mujeres, niños, y todos
la sufren con heróica constancia: medio lugar padece tormento sin
declarar quiénes dieron la muerte al comendador: _Fuenteovejuna le
mató_, esclaman todos concordes, significando haber armado Dios contra
él el brazo del pueblo entero.--¿Quién mató al comendador? vuelve á
preguntar el obcecado ministro que no comprende tan sublime
respuesta.--Fuenteovejuna, contestan todos.--¿Quién es Fuenteovejuna?
pregunta de nuevo aquel.--Todos los vecinos de la villa.--¿Quiénes son
los vecinos de la villa?--Y vuelve á resonar entre dolorosos gemidos de
muerte la misma heróica respuesta: _Fuenteovejuna_. Sabedora Córdoba del
caso, representa inmediatamente á los reyes: los pesquisidores suspenden
los tormentos: la ciudad prueba los desafueros y tiranías del comendador
asesinado, y los reyes, convencidos de que su muerte fué castigo del
cielo, mandan sobreseer en la causa formada al lugar.

Atravesamos ahora la gran cordillera y nos suspendemos, no lejos de la
confluencia del Guadamatilla con el Zuja, sobre un llano donde descuella
una poblacion que tiene al norte un cerro ceñido por un arroyo, y en él
los restos de uno de los mas soberbios alcázares de la España del siglo
XV. Es _Belalcázar_, nombre dado por el fundador de aquella insigne
fortaleza D. Gutierre de Sotomayor, maestre de la órden de Alcántara, á
quien hizo merced de la poblacion el rey D. Juan II. No habia en toda la
tierra aledaña alcázar de mas estupenda estructura: mil varas de
estension ocupa todavía su muro de cantería, el cual formaba un gran
cuadrilátero fortalecido con veinticuatro cubos y defendida por un
castillo con ocho torres y un foso de treinta piés de anchura. Erigida
la villa en condado, el nieto del maestre lo gozaba espléndidamente
establecido en su magnífico alcázar. Su madre D.ª Elvira de Zúñiga,
temerosa de los estragos que suele causar en los jóvenes de alma mas
generosa la vida de soldado, le retenia con frecuencia en Belalcázar,
aunque servia á los Reyes Católicos en su corte y en las guerras contra
los moros, y el valeroso caballero se daba á la montería, ejercicio muy
propio de la gente moza y noble en aquellos tiempos. Volviendo un dia de
una de sus cacerías, y habiéndose separado gran trecho de él sus criados
persiguiendo á una res herida, advirtió que le seguia muy de cerca un
hombre alto y amulatado.--Pasad adelante, ó quedaos atrás, díjole el
conde, viéndole ya muy junto á su caballo.--Deseo tratar en secreto con
su señoría, respondió el desconocido, cierto negocio de grande
importancia.--Quedaos atrás, replicó el conde, y en llegando al castillo
os oiré despacio. Picó al caballo, entró en su alcázar, y de allí á poco
llegó al puente levadizo el hombre alto y moreno, á quien se permitió la
entrada por haberlo ya prevenido el dueño. Pidió á este el misterioso
aparecido hablarle sin testigos: el jóven caballero despidió á sus
criados presentes, y quedaron los dos solos. Habia sobre una mesa dos
velas encendidas, porque ya iba cerrando la noche: tendió el brazo el
huésped y las apagó, y bastaron su rostro de ascua y sus ojos de
azuladas llamas para dar luz al aposento. Lo que entre los dos pasó allí
no se sabe: el efecto sí, y fué que el conde de Belalcázar D. Juan de
Sotomayor, siendo mozo soltero y de aventajadas prendas, renunció su
estado en su hermano D. Gutierre, y dejando el mundo se hizo religioso.
Fué muy estremado en todas las virtudes, señaladamente en la humildad,
pues la misma tierra que habia sido teatro de su alegre mocedad, le vió,
siendo Fr. Juan de la Puebla, con el hábito de S. Francisco ejercitarse
en los oficios mas bajos y penosos en servicio de los pobres y de los
religiosos descalzos que estableció en la comarca. Fué el fundador de
una provincia de las mas insignes de la órden, la cual teniendo por
núcleo la ermita de Nuestra Señora de los Angeles, creció antes de la
muerte del conde santo tan rápidamente, que la Sierra por aquella parte
se trasformó en un nuevo Carmelo[530].

El condado de Belalcázar con sus lugares, el marquesado de _Santofimia_
(ó Sta. Eufemia) y las villas de _Hinojosa_ y _Torremilano_, componen lo
que en la España romana denominaban los escritores latinos regiones de
los _ossintigisis_. Rasis llama á esta parte de la Sierra _el llano de
las bellotas_, por estar muy poblada de encinares.

No lo está menos esa otra gran llanura elevada que se estiende á oriente
entre el tronco principal de la Sierra y el ramal que limita por el
norte la provincia. Ese dilatado valle formado por las montañas á una
elevacion de mas de mil quinientos piés sobre el nivel del mar, es el de
_los Pedroches_, que comprende siete villas habitadas por pastores.
Verás toda esa tierra, cuya riqueza mineral se esconde en muy profundos
criaderos de diferentes metales y carbon de piedra, cubierta de dehesas,
de encinares, chaparros, charnecas, brezos y mata prieta, poblada de
rebaños y piaras, sin mas industria que el tejido de bayetas y la
alfarería. Vista la atrevida torre de la iglesia parroquial de
_Pedroche_, que forma un gracioso obelisco de doscientos piés de altura
con su segundo cuerpo circular, invencion caprichosa del célebre Hernan
Ruiz el viejo, autor del insigne crucero de la catedral de Córdoba,
pasemos adelante: y cruzando el puerto Calatraveño vamos por Espiel y
Belmez al castillo de Cuzna describiendo una espiral en nuestro vuelo.
Es rara la poblacion de la Sierra que no tiene su castillo: el de
_Espiel_, en lo alto del cerro á cuya falda está la villa del mismo
nombre, se muestra ya tan arruinado que no se reconoce lo que fué: solo
se divisa á su pié la boca de una gran cisterna; el de _Belmez_ era muy
principal, está situado en la cumbre de otro cerro: su posicion es tan
ventajosa, y tan escarpada por todas partes la peña que le sirve de
base, que parece como que brindaba á construir en ella una fortaleza. Es
una torre cuadrada con habitaciones de bóveda, de fábrica sarracena,
tiene un muro guarnecido de cubos cilíndricos y otras obras ya muy
deterioradas. Fué adjudicado en el siglo XV al gran maestre de Calatrava
D. Pedro Tellez Giron, el cual lo cedió con Fuenteovejuna á su órden en
el cambio que hizo por Cazalla y Osuna. Desde su torre se divisaba el
castillo de Fuenteovejuna por una parte, por otra el de Névalo en
término de Villaviciosa, el cual le ponia en comunicacion con el de
Almodovar del Rio: por otra finalmente el castillo de Espiel, desde el
cual se verian tambien torres de otra línea. El castillo de _Cuzna_
levantado en lo mas áspero de la Sierra comunicaria al propio tiempo con
las alturas de Hinojosa, los Pedroches, Santofimia y la Alcudia; así
toda Andalucía estaba ramificada bajo la dominacion islamita, y aun
muchos siglos despues, por líneas de atalayas que formaban el
imperfecto sistema telegráfico de aquellos tiempos.

Vamos ahora por entre los dos rios Guadiato y Guadalbarbo bajando al
Guadalquivir, y al pasar por encima de _Trassierra_ consagremos una
mirada de interés á las misteriosas ruinas que al pié de sus escabrosas
laderas nos hablan de una antigua poblacion cuyo nombre se sepultó ya en
el mar de hielo del olvido.

VUELO POR LA RIBERA. Lo empezaremos en _Aldea del Rio_, que solo
nombramos por respeto á la autoridad de Plinio, que con el nombre de
_Sicia_ la menciona entre los lugares de la jurisdiccion de Córdoba,
orillas del Bétis. Este en efecto la fecunda por el poniente. Una legua
mas abajo tenemos un gran pueblo, república _Eporense_ para los romanos,
para nosotros _Montoro_; villa cercada por el Guadalquivir, fundada
sobre tres cerros de peña viva y otros tantos valles, toda de casas de
piedra, con un puente soberbio costeado por sus vecinos antes del año
1500, para cuya obra, cuentan ellos con entusiasmo, se desprendieron las
señoras de sus alhajas de oro, plata y piedras preciosas. No acertaré á
decir si debe su nombre á sus famosos olivares, que hacen de ella un
verdadero _monte de oro_, ó al toro que sobre un monte campea en sus
armas simbolizando sin duda la fortaleza de su sitio. Los musulmanes la
convirtieron en castillo ciñendo sus riberas con altos muros y
torreones, y cerrando su única salida á la campiña con el fuerte de la
_Cava_, llamado despues de _Julia_, del que es reliquia ese grueso
baluarte que ahí ves. Antes que la ganase S. Fernando por las pujantes
embestidas del capitan D. Domingo de Lara, de quien conserva aun el
nombre un barrio de la villa, habian otros dos reyes de Castilla,
Alfonsos ambos, arrojado de ella á los agarenos en 1155 y 1190, poniendo
el último de ellos por alcaide y adelantado de su frontera á D. Nuño de
Lara[531].

Vamos al _Carpio_ (antiguo _Martialum_), villa que como un ginete
siempre dispuesto á romper lanzas cabalga sobre un cerro, en cuya
cúspide bizarrea como enhiesto airon un fuerte y hermoso castillo.
Construyóle para los célebres varones Sotomayores, señores de esta
villa y de Jodar, gloriosos en Gibraltar y Algeciras, en Antequera y en
Huéscar, un maestro moro llamado Mohammad por los años de 1325[532]. Su
forma revela desde luego ser obra sarracena. No olvidará este castillo
los alegres dias que estuvo hospedado en él el rey D. Felipe IV (en
febrero del año 1624), durante los cuales su dueño el marqués del Carpio
agasajó y festejó al monarca con una gran cacería en los montes de su
estado. Yendo del Carpio á Almodóvar del Rio dejamos á la derecha del
Guadalquivir la antigua _Onova_, hoy _Villafranca_; luego, á una y otra
márgen, á _Casablanca_ y _Alcolea_; mira en las _Ventas_, donde pastan
las célebres yeguadas de _la Regalada_, el suntuoso y moderno puente de
mármol negrizco que escitaba la admiracion del viajero Ponz, y del cual
dicen los andaluces para ponderar su lindeza, que cuando los soldados de
Napoleon lo vieron preguntaron _si estaba hecho en Francia_. Queda
despues sobre la márgen derecha la ciudad de CÓRDOBA. No nos detengamos
ya en ella; pasemos adelante dejando un suspiro de dolor en las
solitarias y empobrecidas alamedas del gran rio histórico que la baña.

Dejamos atrás tambien la confluencia de este con el Guadajoz, y despues
de algunas revueltas llegamos á la villa de _Almodóvar_, en cuyo
formidable castillo sufrieron rigores de injusta saña D.ª Juana de Lara
y Haro, señora de Vizcaya, por órden de su cuñado el rey D. Pedro el
Cruel, y el esforzado señor de Luque D. Egas Venegas, con sus hijos y un
hermano, por disposicion del prepotente D. Alvaro de Luna, como pago de
sus heróicas correrías en tierras de moros. Atravesando el rio tenemos
ahora en frente á _Guadalcázar_, antigua _Carbulo_, donde hoy no
advertimos mas objeto digno de atencion que un palacio medio arruinado.
Sus señores los marqueses de Guadalcázar perpetúan en Córdoba la
descendencia de aquel famoso condestable de Castilla Ruy Lopez Dávalos,
cuya estrepitosa caida á impulsos de la ambicion de D. Alvaro de Luna
cuenta la crónica de D. Juan II. Por redundar en gloria de otro
esclarecido linage de Córdoba, será bien recordemos que quien hizo
restituir al desgraciado condestable la honra y la hacienda perdidas,
fué su criado Alvar Nuñez de Herrera, dechado de lealtad y fidelidad
acrisoladas, el cual se dió tan escelente traza en la buena obra que se
propuso desde que el condestable se refugió en Aragon, que descubrió y
probó haber sido falsificados por el secretario del de Luna todos los
documentos en cuya virtud habia sido condenado su señor como traidor á
la corona.

Otras dos veces vamos á cruzar el Guadalquivir para hacernos cargo de
_Peñaflor_ y de _Palma del Rio_. Es la antigua _Ilipa_ (hoy Peñaflor)
mas nombrada y famosa entre los antiguos que todos los otros pueblos de
la Campiña. Allí se veían en tiempo de Ambrosio de Morales las ruinas de
la antigua ciudad y su famoso puerto. Hasta él, dice Estrabon, llegaban
las naves cargadas de mercaderías. Desde Obulco (hoy _Porcuna_) hasta
Cádiz, por Córdoba, Peñaflor y Sevilla, se hacia en la Bética un activo
comercio, porque acudian de naciones estrangeras á contratar á Cádiz,
subian hasta Córdoba navegando[533], y se llevaban la plata y demas
metales preciosos de la Sierra dejando en cambio sus manufacturas. Desde
allí, añade el geógrafo griego, comienzan á levantarse los Montes
Marianos cargados de plata, y á mano izquierda se tiende la Campiña. A
poca distancia de Peñaflor, en la márgen opuesta, se descubre la villa
de _Palma del Rio_, que hicieron famosa en la edad media los grandes
hechos de armas de sus señores los Bocanegras y los Portocarreros. Fué,
si bien lo recuerdo, rico-hombre y señor de Palma el famoso almirante D.
Gil Bocanegra, hermano del duque de Génova, que sirvió á D. Alonso XI en
Gibraltar y Algeciras sosteniendo con muy pocos bajeles contra un
emjambre de galeras moriscas uno de los combates navales mas tremendos
que ensangrentaron las ondas del Mediterráneo. Fuélo tambien el alcaide
de Alhama Luis Fernandez Portocarrero, que murió en Nápoles, adonde le
enviaba el Rey Católico á compartir con el Gran Capitan el cargo de
general en gefe.

VUELO POR LA CAMPIÑA. Dividida esta en dos por la corriente del
Guadajoz, caen á la derecha _Castro el Rio_, _Bujanlance_, _Cañete_, y
otras poblaciones de escasa importancia histórica.

En el año 1333 el rey moro de Granada, aprovechando la coyuntura de
hallarse D. Alfonso XI con los pendones y caballeros de casi toda
Andalucía entretenido en Gibraltar contra los ejércitos invasores de
Marruecos, puso cerco á Castro el Río con muy poderosa hueste. Receloso
Payo Arias de Castro que estaba en Córdoba, de que le quitase de rechazo
su villa de Espejo, allí cercana, partió con Martin Alonso de Montemayor
y otros caballeros á socorrer á los sitiados, los cuales, perdida la
villa y dejando el vestíbulo de su iglesia cubierto de cadáveres, se
habian refugiado en el castillo tapiando la puerta á piedra y lodo. Payo
Arias y otros, á quienes pareció temeridad querer en tal estado recobrar
el lugar, se quedaron en Espejo; el señor de Montemayor siguió adelante
solo con treinta caballeros: llegó á Castro con gran secreto, halló á
los moros descansando con los portillos abiertos, y pidiendo favor á
Dios y á su Santa Madre, se arrojó como un leon sobre ellos y penetró en
la poblacion. No habia dentro mas que sesenta soldados útiles, los demas
habian muerto ó estaban mal heridos; juntos con los de Córdoba
repartiéronse todos con buen órden en los puestos mas peligrosos y
reparáronlos con maderaje lo mejor que pudieron. Pero ¿cómo defender un
lugar tan mal guarnecido contra un ejército tan formidable como el del
rey de Granada, que le combatia con mas de cien mil lanceros,
ballesteros y honderos, multitud de picos y azadones y toda clase de
máquinas de guerra? El ingenio y el valor unidos triunfaron de todo: mal
disfrazado á propósito y con poca cautela, despachó Martin Alonso á
Córdoba un hombre avisando que viniesen sobre los moros la noche
siguiente, y brindando á sus caballeros con una grande y fácil
carnicería: salió bien la traza, porque el correo fué hecho prisionero,
y temiendo por su declaracion el rey de Granada verse envuelto al otro
dia por un ejército auxiliar, que en realidad no existia, resolvió
apresuradamente aprovechar el tiempo que le quedaba para dar al lugar
una embestida decisiva. Otro aviso bien dirigido llegaba entre tanto á
los de Espejo. Pujante fué la acometida: valerosa, heróica la
resistencia. La presencia del señor de Montemayor engrandecia los
corazones y comunicaba á los sitiados sobrenatural aliento. No ganaron
los infieles un palmo de terreno: acabábase el dia y los últimos rayos
del sol poniente arrancaban rojizos destellos á los yelmos de una
pequeña hueste procedente de Espejo, que iluminada de espaldas aparecia
en el horizonte como un enlutado escuadron de gigantes. Por seguro tenia
el granadino que se hubiese alzado contra él toda la tierra: abandonó el
cerco, levantó el campo dejando en él muchos muertos, y á marchas
forzadas se volvió á su tierra. Agradeció el rey D. Alonso el gran
servicio que le habia prestado el señor de Montemayor, y le autorizó
para que añadiese á sus armas la divisa de la banda entre bocas de
dragantes, que es la misma que has visto esculpida en el sepulcro de su
hijo el señor de Alcaudete en la famosa capilla antigua de S. Pedro de
la catedral. _Castro el Rio_, _Castra Postumia_ en los escritos de
Hircio y en los comentarios de Julio César, solo conserva de sus
reliquias romanas una lápida de jaspe encarnado que se cree pertenecia á
un templo consagrado á Augusto[534]; hoy su aspecto es en todo
sarraceno. Su parte antigua, cercada de murallas ya medio arruinadas,
con una sola puerta, ocupa un pequeño cerro. Defendia aquella única
entrada el castillo de que hemos hecho mencion, unido entonces á la
muralla por medio de un arco que ya no existe. Durante las turbulencias
del reinado de Enrique IV por los años de 1466 lo reparó el conde de
Castro.

En _Bujalance_, que no es en nuestra humilde opinion la _Betis_ de
Estrabon, ni la ciudad de los _Bursavolenses_ de Hircio, ni la _Vogia_
de Ptolomeo, sino la _Sacili_ del itinerario de Antonino, solo es bella
y artística para nosotros la gran fortaleza árabe que la domina,
edificada por mandado de Abde-r-rahman An-nasír. Forma una plaza de
armas cercada con un muro fortalecido á trechos con siete torres, en que
se advierten lastimosas ruinas, y reparaciones del tiempo de la reina
D.ª Juana.

En _Cañete de las Torres_, señorío de los duques de Medinaceli, hallamos
descollando en medio de la plaza de la villa otro soberbio castillo con
sus torres derruidas, en que se marcan todos los modos de construccion,
el romano, el godo, el sarraceno, el cristiano de la edad media. Tres
veces la ocuparon los muzlimes: primero en la invasion general que
arrancó de sus cimientos el trono de Rodrigo, luego en el siglo XIV,
últimamente á fines del siglo XV cuando los moros llevaron á Granada
todo su vecindario en cautiverio. Otras tres veces la recobraron y
repoblaron los cristianos: en 1330 bajo D. Alonso XI, en 1407 durante la
menor edad de D. Juan II, y en tiempo de los Reyes Católicos D. Fernando
y D.ª Isabel.

A la izquierda del Guadajoz, entre este rio y el Genil, tenemos el gran
teatro de muchas proezas consumadas en la secular contienda de España
contra el islamismo y en sus deplorables guerras civiles, y los señoríos
de los mas ilustres guerreros cordobeses. _Luque_, rodeada de cerros
entre el Marbella y el Salado, con su castillo árabe de dos torreones y
el antiguo palacio de sus señores, nos habla todavía de los Venegas y
Mendozas, ilustres en Antequera, en Huescar, en las márgenes del Darro y
del Gareilano. _Zuheros_ y _Doña Mencía_, esta con su castillo, aquella
al pié de una elevada cordillera de rocas y montañas, conservan celosas
la memoria de un alcaide, Diego de Cabrera, y de un señor, Alonso de
Córdoba, que se coronaron de gloria en la prision del rey chico de
Granada. La villa antigua de _Baena_, en un cerro que lame tímido el
Marbella, sobre el cual parece haberse empinado para señorear gran parte
de la campiña hasta divisar las crestas de Sierra-Morena, lleva escritas
en sus edificios, ya magníficas, ya sangrientas páginas históricas. Allí
la _Baniana_ romana descubre la veneranda toga de sus ediles y duunviros
en un panteon subterráneo donde se hallaron en nuestros dias urnas
cinerarias pertenecientes á la familia Pompeya. Allí ostenta la
arquitectura cristiana de los siglos medios sus esbeltas curvas ojivales
en las iglesias de Sta. María y S. Bartolomé; allí el castillo y palacio
de los condes de Altamira nos trae á la memoria la magnánima defensa
que contra la acometida del rey moro Mohammad hicieron los caballeros
Alonso Perez de Saavedra su alcaide, el señor de Cañete Fernando Alonso
de Córdoba, Payo Arias de Castro, señor de Espejo, y Juan Martinez de
Argote, señor de Lucena. Háblanos este castillo, mas bien alcázar, de la
traicion horrenda cometida por D. Pedro el Cruel con el rey Bermejo de
Granada y los caballeros moros de su séquito, á todos los cuales hizo
matar en un festin nocturno; háblanos de la prision que entre sus muros
padeció en 1483 otro rey de Granada, Muley-Baha-dalí; háblanos por fin
del famoso mariscal de Castilla Diego Fernandez de Córdoba, que con sus
valerosos hechos dió principio á la ilustre casa de los condes de Cabra
y duques de Baena. La villa por su parte nos recuerda además de sus
gloriosas defensas y arrancadas contra los moros granadinos, uno de los
accidentes mas dramáticos de la menor edad del rey D. Alonso XI (año
1319). Los infantes D. Pedro y D. Juan gobiernan juntos el reino: el
infante D. Juan, envidioso de los lauros que ciñe D. Pedro, le propone
hagan juntos una algarada por tierra de moros para que la gloria de
ambos sea igual. Admite D. Pedro, pero lo que los hombres disponen suele
desbaratarlo el cielo. Sale D. Juan de Baena con muy lucida hueste
formando la vanguardia; D. Pedro sale de Córdoba cubriendo la
retaguardia con sus caballeros y pendones. Afortunados en sus correrías
y talas, recogen gran botin, y al cabo de tres dias resuelven regresar á
su tierra, D. Juan de retaguardia, y delante con los suyos D. Pedro. Lo
que D. Juan se propone con esta inversion del órden de marcha, Dios lo
sabe. Noticiosos los granadinos de que la sed acosa á la hueste
cristiana, salen á picarles la retirada, y sin propósito deliberado de
trabar batalla la comienzan, con tan buena suerte, que el infante D.
Juan se ve en el mayor aprieto. Acude á socorrerle el leal D. Pedro: con
la espada desnuda procura detener á su gente que se desbanda y huye, y
no pudiendo conseguirlo, tal pasion de ánimo le sobrecoge que se le
tulle el cuerpo, pierde el habla, y cae muerto del caballo. Avisado D.
Juan de tan repentina desgracia, desvanécese con el sobresalto, y cae
tambien muerto en tierra. Cubre la noche el campo, cesa el combate: el
cadáver de D. Pedro, colocado en una mula enlutada, pasa por Baena con
direccion á Córdoba en medio de su escuadron que le tributa lágrimas y
lamentos. El cadáver de D. Juan quedó en poder de los infieles; pero el
rey de Granada lo envió á su hijo con acompañamiento de luces y lutos, y
fué llevado á enterrar á Burgos.

_Espejo_, _Fernan-Nuñez_ y _Montemayor_ eran como tres guerrilleros
avanzados puestos en emboscada por Córdoba detrás de una sierra que les
servia de barrera contra las acometidas del granadino; así como tenia
destacadas delante de esa misma sierra, con el Genil por foso, otras
muchas villas. _Espejo_ debe a su señor Payo Arias un castillo adornado
de vistosos torreones, hoy propiedad de los duques de Medinaceli;
_Fernan-Nuñez_ ostenta dos grandes timbres: haber prestado asilo en su
antiguo castillo á los mozárabes fugitivos en los dias de persecucion y
martirio, y ser el primitivo solar de la gran casa de CÓRDOBA por la
donacion que hizo el santo rey á su primer señor Fernan-Nuñez de Temez.
Un vasto palacio, adornado de pinturas y esculturas, que en el siglo
pasado edificó el conde D. Cárlos José Gutierrez de los Rios siendo
embajador de España en Lisboa, sirve como de engaste al único torreon
que queda de aquella preciosa antigualla. _Montemayor_ desde la cima de
un cerro árido, donde tiene otro castillo con tres preciosas torres
góticas, está clamando á las presentes generaciones contra el olvido que
la injuria. A la orilla del arroyo Carchena que le baña el pié por
levante, yacen las ruinas del castillo antiguo de _Dos Hermanas_, que
dió el rey al famoso D. Martin Alonso de Córdoba, fundador del estado de
Montemayor[535]. El renombre de sus esforzados condes[536] vuela desde
esas poéticas llanuras hasta las enriscadas cumbres de Alcaudete y de
Antequera, ilustradas con la generosa sangre de sus guerreros.

Siguen al sur de la mencionada sierra _Montilla_, _Aguilar_, _Cabra_ y
_Lucena_, que con la Rambla, Montalvan, Santaella, Monturque, Puente Don
Gonzalo, Castillo-anzur, Benamejí, Priego y Carcabuey, completan el
cuadro de los grandes recuerdos históricos de la provincia. Si
_Montilla_ es la antigua _Ulia_, ó bien el _Monte de Ulia_ (_Mons
Uliæ_), ó como otros pretenden aquella _Munda_ (_Munda illa_) tan famosa
por haber ganado en su campo Julio César contra los hijos de Pompeyo el
imperio del mundo, es cuestion que dejaremos ventilar á los mas peritos
en corografía romana. De todas maneras la orla de la toga pretexta le
asoma por debajo de su paludamento cristiano en los notables vestigios
de baños romanos que ofrecen al arqueólogo las fuentes del _Álamo_ y de
la _Higuera de Belen_, y la llamada _Canteruela de Sta. María_. Tiéndese
esta ciudad como perezosa bajo la influencia del sol de Andalucía, sobre
dos elevadas colinas, desde donde registra un vistosísimo horizonte todo
ceñido de sierras, pues del norte al sur por la parte de levante la
contemplan Sierra-Morena, las sierras de Jaen, de Martos, de Alcaudete,
de Doña Mencía, de Priego, de Rute, de Loja, de Lucena, de Cabra y de
Archidona; y del sur al norte por el lado de poniente la recrean con sus
azulados festones la peña _de los enamorados_, las alturas de Colmenar,
de Antequera, Teba, Estepa, Osuna, Medina-sidonia, Écija, Carmona,
Constantina y Cazalla. Tuvo en su parte mas alta un hermoso castillo,
edificado por D. Pedro Fernandez de Córdoba, padre del Gran Capitan, y
en el cual nació este invicto héroe; pero el rey D. Fernando el Católico
lo mandó demoler para castigar al marqués de Priego por haber tenido
preso en él á Fernan Gomez de Herrera. Dícese que tenia treinta torres y
que era una de las fortalezas mas insignes de Andalucía. Fué Montilla
señorío de los marqueses de Priego, de la casa de Aguilar, que produjo
varones tan distinguidos en las campañas contra los moros de Antequera y
de Granada.

Baja ahora recto al sur, y en cuanto cruces el rio Cabra verás alzarse á
tu frente, formidable todavía aunque desmantelado, el castillo árabe de
_Aguilar_ sobre el cimiento de la antigua fortaleza romana de _Ipagro_,
y en la cumbre de una de las cuatro colinas por las cuales se dilataba
la villa sarracena de _Poley_. Cuando los Aguilares[537], los
Coroneles[538] y los Fernandez de Córdoba[539] habitaban este castillo,
resonaban en su torre de homenage ¡cuántos juramentos de fidelidad
noblemente cumplidos; en sus altos salones cuántos clamores de júbilo
los dias de cacería, de fiestas, de bodas; cuántas bendiciones en su
soportal embovedado, adonde acudian los pobres de la comarca; cuántos
gritos de victoria y sinceros parabienes por todo su ámbito, desde los
baluartes esteriores hasta los elevados chapiteles de las torres, cuando
sus dueños volvian triunfantes de las sangrientas lides con los
infieles! ¡y cuántos ayes lastimeros no se habrán exhalado de sus
fuertes muros cuando murieron uno tras otro en Algeciras aquellos dos
hermanos, los ricos-hombres D. Gonzalo y D. Fernando Ibañez de Aguilar,
sus bizarros señores! No hacia menos interesante este castillo la
malhadada suerte de su dueño D. Alonso Fernandez Coronel, sitiado en él
por el rey D. Pedro en persona y por el maestre de Alcántara D. Juan
Nuñez de Prado, vencido tras una obstinada defensa y en sus propios
estados degollado. Pero los vandálicos agentes del positivismo moderno,
para quienes estos monumentos de nuestra antigua historia feudal solo
son tolerables en las novelas, han desbaratado por muchas partes esta
insigne fortaleza teatro de sucesos tan importantes, cuna de tantos
esclarecidos varones. ¡Sus sillares ¡profanacion inaudita! han venido á
tierra derrumbados para mejorar el piso de las aceras de la
poblacion!... ¿Qué juzgarian de las autoridades _ilustradas_ que tales
cosas mandan los hombres de aquellos siglos que llamamos de ignorancia y
oscurantismo, si pudieran en sus empolvados sepulcros interrumpir su
sueño de muerte? Pero las autoridades _ilustradas_ se rien de los
difuntos. Bajando de Aguilar hácia el Genil se encuentra á cosa de una
legua el maravilloso _Lago de Zoñar_ en un valle abierto que forman unos
cerros de poca altura, ocupando de septentrion á mediodia mas de un
cuarto de legua. Su agua es salobre y su hondura muy grande, sin que se
comprenda de dónde le viene aquel caudal. Dícese que un año de copiosas
lluvias creció mucho y anegó las tierras circunvecinas, y los
labradores, temiendo otro daño semejante, lo sangraron haciéndole canal
hasta el rio de Aguilar que pasa harto mas bajo. Por ese canal empezaron
á subir peces, y holgándose en aquella anchura, hicieron en breve
considerable cria, que fomentó luego el marqués de Priego D. Alonso de
Aguilar, señor del estado. Edificó este tambien una linda casa sobre el
lago, adornándola con jardin, huerta y bosque, y otros deliciosos
atractivos. Dirijamos el vuelo derecho á levante hácia el nacimiento del
Monturque.

Llegamos á _Cabra_, tan famosa por su sierra[540], por su nava[541], por
su sima[542], por su origen griego[543], por su antigüedad romana, por
sus obispos, por sus condes, por las sangrientas contiendas de su
detentador D. Juan Ponce de Cabrera con la órden de Calatrava, por la
dura esclavitud que un rey de Granada impuso á todos sus moradores, por
la reconquista y cesion á D.ª Leonor de Guzman que de ella hizo el rey
D. Alonso XI; y me preguntas asombrado dónde está su poderoso castillo.
Disfrazado de palacio, en una de las montañas que circundan el fértil y
pintoresco valle en que se estiende la moderna villa, muestra de su
antigua estructura una sola torre y varios torreones desmochados
pertenecientes á su circunvalacion esterior; pero si registras diligente
sus ruinas, hallarás su primitivo y vasto recinto en lo que se llama hoy
_Plaza de armas_, donde los siglos han ido acumulando edificios. Esa
torre que ves no perteneció al primer castillo de Cabra, que el rey de
Granada lo devastó completamente en 1333 cuando á la manera de los reyes
de Oriente se llevó toda su poblacion cautiva: es obra de los
repobladores cristianos del décimocuarto siglo. El mariscal de Castilla
D. Diego Fernandez de Córdoba, señor de Baena, lo obtuvo, con la villa
erigida en condado, del rey D. Enrique IV, y de su casa pasó á la de
Sesa, y despues á la de Altamira, cuyo primogénito lleva el título de
conde de Cabra.

Hemos dicho que fué esta villa cedida á la célebre favorita de D. Alonso
XI: tambien lo fué la entonces villa de _Lucena_, con su castillo, no
muy distante de Cabra al mediodia, por permuta hecha con el obispado de
Córdoba al cual se habia adjudicado en el repartimiento del año 1249.
Sus alcaides y señores los Argotes aumentan con su merecido renombre el
lustre que le dan las bellezas del arte y de la naturaleza, su iglesia
ojival de S. Mateo, el palacio de los duques de Medinaceli, sus hermosos
paseos sombreados y embalsamados con naranjos y cinamomos, su deliciosa
campiña resguardada de los ateridos vientos del norte por la magnífica
sierra de Araceli.

_Priego_, que reconoce por señores á los de Aguilar y Montilla;
_Benamejí_, ganada á los moros por el vencedor de Benamarin y
embellecida con un soberbio puente por su señor el mariscal Diego de
Bernuí Orense[544]; _Rute_, arrebatada al rey moro de Málaga por aquel
desgraciado infante D. Pedro á quien vimos poco há salir triunfante
contra los granadinos y regresar á Córdoba cadáver sobre una enlutada
mula; _Santaella_, cuya antigua fortaleza está pregonando hazañas de su
alcaide Luis de Godoy: son lugares en que la historia de la arquitectura
militar tiene datos abundantes que recoger y consignar antes que se
reduzcan á polvo sus ya destrozados castillos.

Todos los que en la provincia fueron magnífica muestra de su antiguo
poderío van siguiendo paulatinamente la suerte de sus señores. Aquellos
esclarecidos linages que dieron á España vireyes, embajadores,
adelantados, ricos-hombres, duques, condes, marqueses, señores de
vasallos, prelados, pages y damas de reyes, maestres, comendadores y
caballeros de órdenes militares, de la Banda y del Toison, de S. Juan y
de S. Jorge; aquellas ilustres y grandes casas que ganaron estados y
blasones en las guerras de Andalucía, de Castilla, de Aragon, de
Portugal, de Oran y Mazalquivir, de Italia, de Flandes, de las Indias
Occidentales, perdieron su influencia en el Estado, dejaron de ser los
pilotos de la gran nave de la monarquía española. ¿Qué mucho que los
asientos de su antiguo poderío se vayan desmoronando abandonados, si ya
los grandes no son los fuertes; si constituida la sociedad sobre la base
de que toda ley y toda justicia emanan del trono y de la representacion
nacional, queda abolido el ministerio público de la aristocracia; si en
aquellos baluartes, en aquellos salones, en aquellas torres de homenage
no hay ya asaltos que rechazar, agravios que reparar, cuestiones que
decidir, juramentos que prestar? Cada época tiene sus necesidades.

Es llegado el momento de abandonar la hermosa provincia en que hemos
tenido tantas cosas que admirar en la naturaleza, en el arte, en las
acciones de los hombres. Descansemos de nuestras correrías y vuelos, y
preparémonos á cruzar el Genil para emprender por la bendecida tierra de
Sevilla nuevas y no menos interesantes peregrinaciones[545].

                          FIN.



Indice de las materias contenidas en este tomo.


                                                                 PÁGINAS.

INTRODUCCION.--Despedida de Granada: paralelo
entre la Alhambra y la Mezquita de
Córdoba: pág. 7.--Escitacion al viaje
por la tierra de Sevilla y Cádiz: 13.

CAPÍTULO I. _Primeras impresiones recibidas
en Córdoba. Ojeada general sobre su historia._                        25

CAPÍTULO II. _Catedral de Córdoba._ PARTE
PRIMERA: _la Mezquita_.                                               57

Preparacion general al estudio de la Mezquita
y de la Catedral: pág. 58.--Restauracion
ideal de la Mezquita ó Aljama:
conjetura fantástica con datos históricos
acerca de su fundacion: 65.--Idea de
Abde-r-rahman I al erigirla: estado del
mundo en su tiempo: 74.--Compra de
la antigua basílica catedral de los cristianos
y noticia general de la condicion de
estos bajo los sarracenos: 84.--Demolicion
de la basílica y ereccion de la Aljama
de Abde-r-rahman I: 96.--Muerte de
este amir: ceremonias fúnebres y entierro
que se le hace: 100.--Continúa Hixem I
la obra y la termina: descripcion
de la Aljama primitiva: 105.--Rivalizan
los Umeyas de Córdoba con los Abassidas:
obras suyas en la Mezquita: 109.--Seduccion
que la cultura mahometana ejerce
en la grey cristiana sometida, y fortaleza
de los que perseveran en la fé de
Cristo: 117.--Sensualismo asiático: _razon
de Estado_ á falta de celo religioso:
persecucion y martirios: 132.--Vicios
en la constitucion de la familia musulmana:
condicion de la mujer: la poligamia,
el divorcio, etc.--Lucha de la verdad
con el error: 134.--Abnegacion y caridad
de los mártires: 142.--Crítica de
los ritos y ceremonias muzlemitas: 146.--Apostasías
entre los mozárabes: 160.--Por
qué los cuatro sultanes que suceden
á Hixem I no dejan en la mezquita obras
grandes: 164.--Paralelo entre el arte
musulman y el arte cristiano: aplicacion
de la fábula de Cástor y Pólux: 167.--Obras
de Abde-r-rahman An-nasír: carácter
bizantino de la arquitectura bajo
su reinado: 172.--Obras de Al-hakem II:
prolongacion de la mezquita y artistas de
Constantinopla que trabajan en ella: las
dos maksurahs: el Mihrab y su vestíbulo:
174.--Estado de la Europa Cristiana
y su arte al terminar el siglo X: 186.--Decadencia
del arte arábigo en tiempo
de Almanzor: ensanche dado por éste á
la Mezquita: la tribuna de la Alicama: la
cámara de la limosna: 190.--Crecimiento
progresivo del Estado y del arte en la
España cristiana: hechos que preludian
la caida del Califado cordobés: 207.--Conquista
de Córdoba por S. Fernando: 214.

PARTE SEGUNDA. _Ereccion de la Mezquita en Catedral._                218

Empiezan en ella á fundarse capillas: carácter
general de estas construcciones: 222.--Fundacion
de la primera Catedral cristiana:
implantacion del arte ojival de Occidente
en la Mezquita árabe: 224.--Tolerancia
artística: perpetuacion del estilo
musulman: restauraciones moriscas: de
quiénes fueron obra: 228.--Estado y
condicion de las personas de la secta
vencida: moros _mudéjares_: 232.--Continúan
las fundaciones de capillas: principio
del culto al arcángel S. Rafael declarado
patrono de Córdoba: 237.--Poder
de la fé en el décimotercio siglo: hechos
y reflexiones: 239.--Período de
turbulencias, desfavorable al arte: transaccion
con la cultura islamita: asociacion
de elementos opuestos: sincronismo en
el arte, en la literatura, en las costumbres,
en la política: fundacion de la capilla
real por D. Enrique II: 242.--Amalgama
de los estilos gótico y sarraceno:
su razon histórica y filosófica: 248.--Tracto
del siglo XIV al primer tercio del XVI:
fundaciones de este período y memorias
referentes á la historia de la Catedral hasta
la ereccion del nuevo crucero: 255.--Historia
de la edificacion de la Catedral
nueva: 276.--Marcha del arte durante
su construccion: el _renacimiento_ y sus
causas: razon de las diferencias entre el
renacimiento italiano y el _plateresco_ español:
291.--Descripcion de la Catedral:
hállanse en ella obras de todos los
estilos desde el plateresco hasta el _churrigueresco_:
301.--Siguen las fundaciones
de capillas: viaje de Felipe II á Córdoba:
309.--Fisonomía de la arquitectura
en el siglo XVII y primera mitad del
XVIII: memorias de la Catedral en este
período: 317.--Resúmen del estudio hecho
en este templo: 339.

CAPÍTULO III. _Córdoba mozárabe._                                    341

Triste condicion de los mozárabes cordobeses:
cisma introducido entre ellos:
retrato ligero de algunos apóstatas: 342.--Iglesias
y monasterios de los mozárabes:
forma general de las basílicas: 347.--Santos
y doctores insignes que florecieron
en ellas: 357.--Culto y ritual
mozárabe: 359.--Los monasterios de la
ciudad y de la sierra, y mártires que
produjeron: 361.--Aspecto general de estas
construcciones, y de la vida monástica
en los siglos IX y X: 367.--Cuadro
de la gran persecucion que sufren las
iglesias y monasterios en Europa de parte
de los bárbaros del norte y de los sarracenos:
destruccion de los templos y monasterios
de Córdoba: 379.--Renuévanse
las persecuciones al acercarse la hora
postrera del Califado: dispersion y cautiverio:
384.

CAPÍTULO IV. _Panorama de Córdoba en su estado actual._              387

La muralla y sus puertas: 389.--El alcázar:
391.--El puente y la Calahorra:
395.--Iglesias, conventos y capillas:
397.--Edificios árabes y moriscos:
404.--Edificios del renacimiento: 405.

CAPÍTULO V. _Medina-Azzahra._                                        407

Construccion de sus alcázares: 408.--Descripcion
de sus bellezas, y escenas
memorables en ellos ocurridas: 410.--Su
Mezquita: 417.--Abandono y ruina
lenta de estos palacios: 418.--Cómo se
fué paulatinamente olvidando la memoria
de esta maravillosa poblacion: 419.--Sus
ruinas existen en la dehesa de _Córdoba
la vieja_: carácter de los fragmentos
que hemos recogido en ellas: 422.

CAPÍTULO VI Y ÚLTIMO. _La Sierra y la Campiña._                      426

Vuelo por las montañas: Fuenteovejuna,
Belalcázar, Pedroche, Espiel, Belmez,
Cuzna, Trasierra: 431.--Vuelo por la
ribera: Aldea del Rio, Montoro, el Carpio,
Villafranca, Alcolea, Almodóvar,
Guadalcázar, Peñaflor, Palma del Rio:
435.--Vuelo por la campiña: Castro el
Rio, Bujalance, Cañete, Luque, Zuheros
Doña Mencía, Baena, Espejo, Fernan-Nuñez,
Montemayor, Montilla, Aguilar
y el Lago de Zoñar, Cabra y su Sima,
Lucena, Priego, Benamejí, Rute, Santaella:
conclusion: 438.



Guia para la colocacion de las láminas.


                                                                 PÁGINAS.

Portada.

Curvas de los arcos empleados en los diversos
estilos arquitectónicos.                                               9

Córdoba desde el castillo de la Calahorra.                            57

Puerta del Puente, llamada por equivocacion _puerta de Sevilla_.      id.

Puerta de las Palmas, desde el patio.                                107

Interior de la Mezquita.                                             156

Puerta de las Palmas.                                                172

Capilla del Mihrab.                                                  180

Idem por ángulo ó interior de la capilla del Mihrab.                 181

Ángulo de un tablero del Mihrab.                                     182

Plano de la Mezquita.                                                192

Esterior de la Mezquita.                                             198

Ornamentacion de una de sus puertas.                                  id.

Capilla de Villaviciosa.                                              id.

Puerta del Perdon.                                                   271

Patio de la Catedral.                                                274

Plano de la Catedral.                                                279

Interior de la Catedral.                                             304

Puerta lateral de Sta. Marina.                                       349

Alamedas del Guadalquivir, con el puente y la Calahorra.             395

Iglesia de Sta. Marina.                                              397

Iglesia de S. Lorenzo.                                               398

Detalles: roseton de S. Miguel.                                      399

Torre de S. Nicolás de la villa.                                      id.

Claustro del convento de franciscanos.                               402

Hospital de Espósitos.                                                id.

Detalles de la fachada del mismo.                                     id.

Vista de Córdoba desde los Mártires.                                 404

Capilla del hospital del Cardenal.                                    id.

Casa de Gerónimo Paez.                                               406

Fragmentos de los palacios de Medina-Azzahra.                        423

       *       *       *       *       *


NOTAS:

[1] Véase la página 220 del tomo de Granada.

[A] Véase la lámina de detalles que acompañamos con el objeto de dar á
conocer las clases de curvas citadas en esta y en otras páginas de este
tomo.

[B] Esta M y la D que antecede son copia de un libro manuscrito de la
Biblioteca Colombiana de Sevilla.

[2] Esta palmera era entonces la única que habia en España. A ella
dedicó el mismo Abd-el-rhaman los tan famosos versos:

    Tú tambien, insigne palma,--            eres aqui forastera;
    De Algarbe las dulces auras--           tu pompa halagan y besan:
    En fecundo suelo arraigas--             y al cielo tu cima elevas:
    Tristes lágrimas lloráras,--            si cual yo sentir pudieras:
    Tú no sientes contratiempos,--          como yo de suerte aviesa;
    A mí de pena y dolor--                  contínuas lluvias me anegan;
    Con mis lágrimas regué--                las palmas que el Forat riega;
    Pero las palmas y el rio--              se olvidaron de mis penas.
    Cuando mis infaustos hados--            y de Alabás la fiereza
    Me forzaron á dejar--                   del alma las dulces prendas:
    A tí de mi patria amada--               ningun recuerdo te queda;
    Pero yo triste no puedo--               dejar de llorar por ella.


[3] Es preciso, dice Viardot, que los estragos cometidos por los
vencedores en los hermosos campos inmediatos al Guadalquivir fuesen de
todo punto escesivos y que su poblacion hubiese sido desterrada como la
de la ciudad; porque cuando Fernando despues de su partida dejó algunas
tropas para guardar la frontera y proteger á los nuevos habitantes, á
quienes habia llamado de todos los puntos de la España cristiana, fue
forzoso durante muchos años enviar de Castilla á Córdoba víveres de toda
especie para disminuir la horrible escasez que en ella se sufria. (Hist.
de los árabes y los moros de España.)

[4] Sobre la conservacion y reparacion de estos muros hemos encontrado
las disposiciones siguientes: Item, mando y concedo que la fábrica del
muro conste siempre de los frutos y provechos y rentas reales. (Fuero de
Córdoba.)--Conocida cosa sea á todos los omes que esta carta vieren
cuerno yo D. Alfonso por la gracia de Dios, rey de Castiella, etc., do é
otorgo al Conceio de Córdova á los que agora son é serán daqui adelante
para siempre jamas quinientos maravedises cadaño para labrar los muros
de la villa de Córdova et póngolos que los ayan cadaño en el mio pecho
que me an adar los moros del Alhama de Córdova. Et mando á los moros de
la sobredicha Alhama que gelos den cadaño por la Sant Miguel assi como
los davan á mi... (Carta dada en Toledo á 18 de mayo, era de 1292.
Archivo municipal de Córdoba, legajo A. número 25.)--Dámosles é
otorgámosles para siempre jamas el montadgo de Córdova et de so término
para la lavor de los muros de la villa é de los castiellos que en so
término son... (Carta del rey D. Sancho dada en Burgos el sábado 20 de
noviembre, era de 1326. Arch. mun. de Córdoba. Cajón A. núm. 79.)

[5] Las disposiciones mas ámplias de este fuero son las siguientes: Y
mando, que no sean prendados asi los caballeros como los ciudadanos de
Córdova en todo mi reyno.--Item, ellos y sus hijos y sus herederos
tengan todas sus heredades firmes y estables perpetuamente, y vendan y
compren unos de otros hasta lo que ellos quisieren, y qualquier de ellos
haga de su heredad segun su voluntad: y si yo quitare á alguno de ellos
heredad alguna por ira ó por injusticia sin culpa manifiesta, que en
virtud de este privilegio le sea vuelta.--Item, mando que en las
heredades que tuvieren en qualquier tierra de mis reynos y de mi señorío
no entren Sayones en ellas ni Mayorinos, pero sean catadas y exentas.
Esto hago por amor del pueblo de la ciudad de Córdova.--De aqui adelante
si algun hombre cayere en homicidio ó en algun livor sin su voluntad, y
se provare por testigos verdaderos, si diere fiador, no sea metido en la
cárcel, y si no tuviere fiador, no sea llevado á ninguna parte fuera de
Córdova; pero solamente sea preso en la cárcel de Córdova, y no pague
sino la quinta parte de la calumnia.--Item, quiero y mando estatuyendo,
que la ciudad de Córdova nunca sea prestimonio de alguno, ni haya en
ella otro señoreador sino yo y mis succesores, ni hombre ni
muger.--Item, concedo y estatuyo, que todo hombre que fuere justiciado,
sus herederos hayan sus bienes, si no fuere por haber muerto algun
hombre sobresalvo, ó muerto algun hombre en tiempo de tregua ó si no
fuere justiciado por moneda falsa, ó por haver muerto algun hombre
estando seguro, ó si no fuere falsario, ó herege; y de qualquiera que
fuere justiciado por estas causas sobredichas, el rey haya sus bienes,
etc., etc. (Fuero de la ciudad de Córdoba concedido por el Santo rey
Fernando III. En el Arch. mun. de la misma ciudad existe una carta, en
latin fecha en Toledo á 18 de abril, era de 1279, y otra en castellano
fecha en Córdoba á 3 de marzo del mismo año.)

[6]...dono itaque vobis et concedo castellum de Almodovar el castellum
de Durio, et castellum de Chilon el castellum de Sancta Eufemia et
castellum el villam de Gahet et villam que vocatur Petroche et castellum
de Mochuelos. (Privilegio del rey D. Fernando el Santo dado en Toledo á
24 de julio, era de 1281. Arch. mun. de Córdoba, legajo V, núm.
34.)--Fueron concedidas posteriormente á Córdoba algunas otras villas,
entre ellas las de Cabra y Santaella por D. Alfonso, la de Constantina
con todas sus pertenencias por D. Sancho. (Arch. mun.)

[7] Hemos encontrado en el Archivo municipal de Córdoba dos cartas de D.
Carlos y la reina D.ª Juana declarando francos de todo tributo por
espacio de diez años á los que pasasen á morar en Córdoba con promesa de
residir en ella cuando menos veinte. (Estas dos cartas no están
numeradas.)

[8] Córdoba sola contenia, segun los geógrafos árabes, doscientas mil
casas, seiscientas mezquitas, cincuenta hospitales, ochocientas escuelas
públicas y novecientos baños. Este detalle parece á primera vista
increible y fabuloso; mas yo ni aun lo supongo exagerado. Si se da el
nombre de casa, no a los edificios de nuestras ciudades modernas, sino á
la habitacion de cada familia; el de mezquita á cada lugar consagrado, á
cada pequeña capilla; si se recuerda que una mezquita no podia existir
sin escuela, y que las abluciones eran indispensables como el rezo, se
reconocerá que la ciudad y los arrabales de la capital del Imperio
podian muy bien contener ese prodigioso número de edificios diversos.
(Viardot, hist. de los árabes y los moros.)

[9] En premio de estos servicios el infante D. Sancho, ya rey, donó al
concejo de Córdoba las villas de Baena, Luque y Zuheros. Consta de la
siguiente carta: Sepan cuantos esta carta vieren: Como nos D. Sancho por
la gracia de Dios rey de Castiella, de Toledo, de León, de Galicia, de
Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jahen, é del Algarbe, por muchos
servicios que vos el Conceio de la noble cibdad de Córdoba fiziestes al
rey D. Fernando nuestro abuelo é al rey D. Alfonso nuestro padre é á nos
antes que regnássemos é despues que regnamos: et porque el infant D.
Johan nuestro hermano se levantó contra nos et nuestro señorio muy
falsamente et como non devie por deseredar á nos et á la reina nuestra
mugier et á nuestros fijos: non conosciendo muchas mercedes que nos le
fiziemos et señaladamiente quel sacáramos de la prision onde non deviera
salir por los sus merecimientos é desconociéndose contra nos: damos vos
et otorgamos vos las villas de Baena, et de Luque, et de Zuheros con sus
castiellos et con todos sus términos et con montes é con fuentes, con
rios, con exidos, con entradas et con salidas et con todas sus
pertenencias cuantas an et deueh aver, que las ayades é que sean vuestro
término para siempre jamas. Salvo ende que los alcaides que estos
castiellos touieren que sean nuestros vasallos, et vuestros vecinos é
que los tengan por nos et vos que les paguedes las tenencias segunt que
lo nos ordenaremos et que pongades vos y alcaldes é alguaciles por nos
et por vos asi como en los otros logares de vuestro término, et que se
judgue por aquel mismo fuero que vos auedes. Et pugnat en las cobrar et
en las aver, et nos otorgamos vos de vos las nunca toller et de non las
dar al infant D. Johan nin á otro ninguno. Et desto vos mandamos dar
esta nuestra carta seellada con nuestro seello de cera colgado en que
escriviemos nuestro nombre con nuestra mano. Dada en Palencia ocho dias
de marzo, era de mill é trezientos é treinta é un año.--Nos el rey D.
Sancho.

[10] En este sitio de Córdoba por Mohammad y el rey D. Pedro fue
aportillado el muro por varias partes y tomado el Alcázar. Cuentan que
en tan grave apuro salieron las mugeres á la calle logrando infundir tal
valor en el ánimo de los sitiados, que arrojándose estos de improviso
sobre el enemigo, le rechazaron con muerte de muchos y le obligaron á
levantar el campo. (Crónica del rey D. Pedro.)

[11] En estas guerras declaróse por el rey el conde de Cabra D. Pedro
Fernandez de Córdoba, por los enemigos del rey D. Alonso de Aguilar, uno
de los personages mas influyentes en toda la Provincia. Este hecho
produjo en Córdoba dos bandos que la tuvieron en continua alarma con sus
sangrientas escisiones. Sabedor de ellas Enrique IV, se trasladó á la
ciudad para tranquilizarla; pero no logró sino enconar mas y mas los
ánimos por haber tratado con igual dureza á los que hicieron armas
contra él y á los que le fueron leales. El desacierto de Enrique IV era
igual en todo.

[12] Llamábase el inquisidor Diego Rodriguez Lucero: era tal el rigor
con que trataba á los reos, que el pueblo se amotinó al fin contra él, y
le obligó á escaparse en una mula. El cardenal Jimenez no pudo menos de
mandarle prender y castigarle para dar á la institucion algun viso de
legalidad y de justicia.

[13] Supone la tradicion que el conde estaba en Madrid cuando recibió la
noticia de su deshonra. Partió inmediatamente para Córdoba, dicen los
que refieren el hecho, y aguardó que anocheciera para entrar en su casa
por las tapias de una huerta. Colocóse secretamente en parte desde donde
pudiera acechar á los supuestos cómplices, los vió en el acto de cometer
el adulterio, y tiró al punto de la espada. No dió un solo grito, no
profirió siquiera una palabra: recorrió el palacio y mató no solo á los
adúlteros, sino á toda su numerosa servidumbre. Sentóse al fin y
preguntó á un negro que le acompañaba: ¿qué le parece mi venganza? No
bien hubo oido de él _bien lo hemos hecho, señor_, le pasó de una
estocada. No pudo resistir á la idea de que sobreviviese su cómplice á
tan bárbara matanza.

[14] Este palacio, llamado Alcázar Viejo, habia ya dejado de existir á
fines del siglo XIV. Leemos en una carta dada por D. Enrique á 12 de
marzo de 1399: vi vuestras peticiones selladas de vuestro sello que me
enbiastes con Ruy Mendez de Soto Mayor, mi vasallo, veinte y quatro
desta cibdad, entre las quales decides quel mi alcázar viejo que es de
tras del alcázar nuevo de esa dicha cibdad que es _un corral
despoblado_, etc. En virtud de estas peticiones lo cede el rey á sus
vasallos de Valesta para que lo pueblen y labren en él sus casas. (Arch.
mun. de Córdoba, leg. G, núm. 10.)

[15] En esta torre se lee: En nombre de Dios. Porque los buenos fechos
de los reyes no se olviden, esta torre mandó facer el muy poderoso rey
D. Enrique, é comenzó el cimiento el doctor Pedro Sanchez, corregidor de
esta ciudad, é comenzóse á sentar en el año de nuestro Señor Jesucristo
de 1406 años, é seyendo obispo D. Fernando Deza, é oficiales por el rey
Diego Fernandez Mariscal, alguacil mayor, el doctor Luis Sanchez,
corregidor é regidores Fernando Diaz de Cabrera é Rui Gutierrez... é Rui
Fernandez de Castillejo é Alfonso... de Albolafla é Fernan Gomez, é
acabóse en el año 1408 años. Créese que el rey la hizo á costa de un
caballero que habia asesinado á su muger.

[16] Descubriéronse cerca de este sitio varias lápidas con turbantes,
que son las que han dado lugar á creer que fue panteon árabe. Consérvase
aun un subterráneo lleno de humo, que ha tomado nombre del convento
próximo y es llamado _las Catacumbas de S. Diego_.

[17] Hablaremos mas adelante de esta mina de filtracion, hecha por
cautivos cristianos en los mejores tiempos del imperio árabe.

[18] Ignoramos la época en que fué fundado este castillo: solo sabemos
que pasó el camino por medio de él hasta que Enrique II lo mandó reparar
y ampliar en el año 1369.

[19] Este magnífico puente, construido por los romanos y reedificado por
Hescham I, consta de diez y seis arcos: tiene de largo ochocientos
ochenta y ocho pies, veinte y tres de ancho.

[20] Esta puerta, que pertenece al orden dórico, lleva en el centro del
friso un tarjeton en que se lee: _Reinando la sacra católica y real
magestad del rey D. Felipe nuestro señor, segundo de este nombre, año
1571_.

[21] El triunfo es un monumento erigido en honor de S. Rafael por el
obispo D. Baltasar de Yusta y Navarro.

[22] Hay en favor de esta opinion, en esta misma pieza, una inscripcion
árabe que tradujo el embajador de Marruecos cidi Hamet Elgacel cuando
pasó el año 1766 por Córdoba. No nos decidimos á pesar de este dato á
seguirla resueltamente, por asegurar Kassiri que ese cidi Hamet tenia
muy escasos conocimientos para traducir esta clase de leyendas.

[23] Para construir este minarete derribó un antiguo alminar que tenia
240 pies de altura. Entre los embellecimientos del patio debe contarse
la construccion de las fuentes. La memoria de estas nuevas obras se ha
conservado en una inscripcion árabe que se halla á un lado del Arco de
las Bendiciones, en su parte superior, inscripcion que, segun la version
hecha por el orientalista D. José Antonio Conde, dice asi: En el nombre
de Dios clemente y misericordioso mandó Abdalá Abderramen, príncipe de
los fieles, amparador de la ley de Dios (prolongue Dios su permanencia),
edificar este atrio proveyendo á su conservacion y engrandeciendo el
lugar consagrado á la divinidad, esmerándose en el decoro, y
reverenciando su casa conforme á la voluntad de Dios, pues en ella se
alcanza y celebra su nombre, confiando recibir por esto grandes premios
é indulgencia con perenne acrecentamiento de prosperidad y buena fama.
Acabóse esto con la ayuda de Dios en la luna dylhagia (j), año 346, por
mano de su siervo Wazir y Hagib (k) de su palacio Abdala-Ben Batu y del
arquitecto Said-ben-Ayud (l).

[24] Estas molduras interiores no significan para nosotros mas que el
respeto guardado á este monumento árabe por los conquistadores
cristianos. Es, si no cierto, muy probable que estos fueron quienes
restauraron la capilla: nos da lugar á creerlo: 1.º la identidad de
líneas que se observa entre el interior de esta pieza y los interiores
mas modernos de la Alhambra: 2.º la consideracion de que estos adornos,
á haber sido obra de los mismos árabes, debiéramos suponerlos del mismo
siglo de la conquista, siglo en que, como hemos visto, Córdoba gimió sin
cesar bajo el yugo de la guerra civil y la anarquía.

[25] _Si yo tuviera noticia de lo que hacíades no lo hiciéredes_, dijo
el emperador; _porque lo que quereis labrar hallarase en muchas partes;
pero lo que aqui teníades no lo hay en el mundo_.

[C] Comienza desde aqui su tarea D. Pedro de Madrazo, encargado de
sustituir al Sr. Pi y Margall en la narracion histórica y descriptiva
correspondiente á este tomo.

[26] _Azazil_, segun la fé musulmana, es un ángel que no habiendo
querido tributar homenage á Adam, primero de los Profetas, fué
precipitado del cielo al infierno, donde con el nombre de _Eblis_ es el
gefe de los demonios. Suponemos, pues, que el ángel del orgullo, el
Luzbel de los mahometanos, es quien sugiere á Abde-r-rahman el
pensamiento de erigir la gran mezquita.

[27] Sabido es que los primeros sultanes ó soberanos de la dinastia de
los Omeyas se contentaron al principio con el modesto título de _Emires,
hijos de los Califas_ (Omará-bnú-l-kolafá).--Despues que afirmaron su
poder con las conquistas de Africa, ya se denominaron _Califas,
príncipes de los creyentes_ (Omará-l-mumenin).

[28] En el año 759, dice Conde (tomo 1, cap. XI de su Hist.), el dia 3
de la luna Safar, dió Abde-r-rahman á los cristianos de Castilla la
carta de proteccion y seguridad en virtud del tributo que debian
pagarle, y que consistia en lo siguiente: 10 mil onzas de oro, 10 mil
libras de plata, 10 mil cabezas de buenos caballos y otros tantos mulos,
mil lorigas y mil espadas, y otras tantas lanzas cada año por espacio de
cinco años. Escribióse este pacto en Córdoba.

[29] El walí de Cairvan Alí ben Mogueith invadió con numerosa hueste las
costas de España para restablecer en ella la autoridad del Califa de
Oriente. Fué batido el año 763 con sus siete mil africanos en los campos
de Algarbe, por los cordobeses, sevillanos y jerezanos reunidos, y su
cabeza, desmeollada y canforada, fué enviada á Cairvan, y puesta de
noche por orden de Abde-r-rahman en el rollo ó columna de la plaza de
aquella ciudad con un letrero que decia: _Así castiga Abde-r-rahman ben
Moavia ben Omeya á los temerarios como Alí ben Mogueith walí de Cairvan_
(Conde, hist. cit., cap. XV.--Petit Baroncourt, Histoire resumée du
moyen-âge, t. 1.).

[30] Los historiadores árabes suponen que la rota sufrida por Carlomagno
en Roncesvalles fué obra de los walíes de Zaragoza, Huesca, Lérida y
otras fronteras. Nuestros historiadores y romanceros hacen vencedores á
los vascones. Lo cierto es que habiendo entrado en España Carlomagno,
llamado por los cristianos, tuvo que retroceder ante la resistencia de
Zaragoza y desistir de su empresa. Suponen tambien los franceses que las
paces ajustadas entre Abde-r-rahman y Carlomagno fueron buscadas y
promovidas por el árabe; Al-Makkari, al contrario, asegura que Karoloh
(asi llama al gran rey franco) solicitó al Emir brindándole con un
enlace de familia, que este no admitió por causa de una enfermedad que
padecia. (Véase _Ahmed Ibn Mohammed Al-Makkarí_, historia de las
dinastias mahometanas en España, traducida al inglés y diligentemente
anotada por el Sr. D. Pascual de Gayangos, Londres, 1843.)

[31] Conocido es de todos el trágico fin de los Omeyas en Oriente: los
vengativos Abassides con un falso seguro reunieron en un banquete á
noventa de aquellos, los mandaron azotar hasta que cayeron desfallecidos
en el suelo, hicieron estender los estrados sobre ellos, y comieron
sobre aquellas alfombras oyendo los gemidos de sus víctimas hasta que
espiraron. El citado Al-Makkarí, copiando á otros historiadores árabes,
hace un curiosísimo relato del modo maravilloso como esquivó la muerte
el fundador del Califato de Occidente, burlando las pesquisas de los
emisarios de As-Seffáh, atravesando á nado el Eufrates con su hijo, y
llegando á la costa de Africa, donde la profecía de un astrólogo judío,
que determinó su nombre y sus señas personales, fué causa á un mismo
tiempo de que el gobernador Ibn Habib intentare matarle, y de que el
descendiente de Merwan se salvase. El Sr. Gayangos en sus apéndices al
tomo 2.º extracta de otra obra histórica una tradicion novelesca y
entretenida sobre el motivo que movió á Abde-r-rahman á desconfiar de
las falsas promesas de paz de los de la bandera negra, y de esta hemos
tomado pié para escribir lo que sigue, si bien suponiendo que el amigo
que le sale al camino al futuro rey de Andalucía es el mismo ángel
Azazil.

[32] Tierra de Afranc, Francia. Es el nombre que se le da en la historia
de Conde.

[33] Algufia, la parte del norte. Idem.

[34] Las fundaciones de templos y monasterios cuya memoria nos han
legado tantos respetables y diligentísimos escritores de nuestras
antigüedades y de las cosas de la Iglesia desde los primeros
historiadores de la monarquía restaurada como el monge de Albelda y el
obispo D. Sebastian, justifican sobradamente nuestra suposicion. El
erudito D. José Caveda enumera en su _Ensayo histórico sobre los
diversos géneros de arquitectura empleados en España_ una multitud de
piadosas fundaciones de estos tiempos, algunas de las cuales ostentaban
«muy ricos mármoles y jaspes de diversos colores. como los godos
usaban.»

[35] Véase en Batissier _Histoire de l'art monumental_ la descripcion de
la suntuosa basílica de Aquisgram erigida en el siglo VIII por
Carlomagno.

[36] Aunque los imperiales habian dominado bajo Justiniano en las costas
meridionales de España, cedidas por Atanagildo en recompensa de los
auxilios recibidos de Constantinopla durante su contienda con Agila, la
influencia de sus prácticas en la arquitectura visigoda debió ser muy
escasa, porque ademas de que sus establecimientos fueron principalmente
marítimos, y se estendieron solo desde Alicante á Gibraltar, no duraron
mas que 63 años, desde el 552 en que tuvo que hacer la entrega
Atanagildo, hasta el 615 en que recobró la tierra Sisebuto, segun se
colige de S. Isidoro, _Hist. Gothorum_. No existen los comprobantes de
la introduccion del gusto bizantino en la monarquía de Asturias y Leon
antes de la época en que se fundó el Califato de Córdoba; es sin embargo
posible que el trato y comunicacion de nuestros monarcas con los
franceses de las dos dinastías Merovingia y Carlovingia favoreciese
algun tanto la inoculacion de ciertos rasgos de la ornamentacion
neogriega en la severa arquitectura asturiana. Pero las descripciones de
nuestros antiguos historiadores confirman la opinion de que la
disposicion de las fábricas y sus lineamientos dominantes eran puramente
latinos, y asi hay fundamento bastante para creer que el reflejo
oriental que tomaron nuestras construcciones desde el siglo IX (y no
antes) vino á España por el mediodia con los ostentosos Califas de
Occidente. La restauracion de Carlomagno no habia tenido aun lugar en el
siglo VIII, que es el siglo de Abde-r-rahman, puesto que para fabricar
su basílica de Aquisgram tuvo que valerse de arquitectos y artífices de
Bizancio. Véase Meibomius, Script. Rer. Germ., t. 1, pág. 257.

[37] _Ad cujus sculpturam, quum columnas et marmora aliunde habere non
posset, e Roma et Ravenna descendere curavit._ (Script. Rer. Franc., t.
5.)

[38] _Sunnah_ equivale á tradicion. Habia entre los musulmanes dos
famosas sectas, los _Sunnitas_ y los _Schiitas_. Los primeros reconocian
como sucesores legítimos de Mahoma á los tres Califas Abu-Beckr, Omar y
Othman, al paso que los segundos sostenian que habian sido usurpadores
de una soberanía que solo pertenecia de derecho á Ali, primo del
Profeta, y á quien este llamaba su hermano. Los Schiitas, pues, son los
sectarios de Ali, y ambas sectas se trataban con inaudito encono, los de
Ali fulminando imprecaciones contra los usurpadores de la sagrada
herencia, y los Sunnitas escribiendo en el libro de la tradicion: «es
mas grata á Dios la muerte de un Schiita que la de 36 Cristianos.»

[39] Asi llaman los árabes á la peregrinacion santa, viaje forzoso á la
Caaba de la Meka, que es uno de los cuatro preceptos impuestos por el
_dim_, ó práctica de la ley del Koran, y que todo muslin tiene que
cumplir una vez al menos en su vida. «Esta peregrinacion, dice Mahoma, y
el sacrificio de las víctimas, son un testimonio de sumision á la
voluntad de Dios que los ha prescrito y de fidelidad al Profeta que los
ha consumado para ejemplo de todos, ademas una expiacion de los pecados
y el camino para conseguir el cielo.»

[40] Refiere la tradicion que cuando reconciliados Abraham y su hijo
Ismael construían la Caaba de la Meka, faltándoles los andamios para
levantar las paredes, el ángel Gabriel les trajo una larga piedra que se
sostenia en el aire sin apoyo alguno, subiendo ó bajando á voluntad de
los arquitectos. Esta piedra era un jacinto blanco, mas habiéndola
tocado despues una muger en estado impuro, se volvió negra. Siendo
Mahoma mancebo, el prestigio de su santidad hizo que los Coreixies
reservasen para él el honor de colocar esta famosa piedra negra cuando
quisieron construir de nuevo la Caaba ó casa de Dios con mayor
magnificencia. A la piedra negra de la Caaba se refieren desde los
postreros días de la vida del Profeta una porcion de ritos y ceremonias
que pueden verse prolijamente detalladas en las eruditas notas de
Gagnier, edicion de Abulfedá, pág. 130, copiando la interesante relacion
de Gjaher, hijo de Abdallah, testigo presencial de la última visita de
Mahoma á la _casa de Dios_.

[41] La noche de _Al-Kadar_, ó noche del _Decreto de Dios_, es aquella
en que Mahoma supuso haber recibido el Koran. Tomando consigo unos
cuantos de sus fieles adeptos, se retiró una noche el Profeta al monte
Hera: no bien llegó al medio de la montaña, apareciósele Gabriel. Tenia
en la mano el Koran, libro guardado en el sétimo cielo en la mesa del
Altísimo, y que al descender á la tierra habia sido recogido por el
arcángel. «Lée aqui, dijo Gabriel á Mahoma.--No sé leer, respondió el
Coreixi.» Entonces el ángel le asió del cabello y le derribó tres veces
de cara contra el suelo: á la tercera ya Mahoma sabia leer, y oyó una
voz celestial que repitia: «Mahoma, tú eres el apóstol de Dios, ¡y yo
soy Gabriel!» Quedó el Profeta abismado en su contemplacion y
desapareció el ángel. (Véase Abulfedá, edicion de Gagnier.)

[42] _Alkhatib_ equivale á predicador.

[43] Sabido es que las mezquitas no tienen campanas: los _Almuedanes_
llaman á la oracion á los fieles desde los terrados ó galerías de los
alminares, y esto se repite cinco veces cada dia. Las oraciones ó azalas
son: _Azohbí_, la del alba; _Adohar_, la del mediodia; _Alasar_, la de
la larde; _Almagrib_, la del sol poniente; y _Alatema_, la del
anochecer.

[44] Las campananas empezaron á usarse en las basílicas cristianas desde
el siglo V, aunque los primeros campanarios aislados no datan sino desde
el siglo VIII ó IX. Véase Peyré, _Manuel d'architecture religieuse au
moyen-âge_. Paris, 1848.

[45] «Pasarán las almas, dice el Koran, por un puente llamado el
_Sirath_, mas sutil que un cabello, mas cortante que el filo de una
espada: los justos lo atravesarán con la rapidez del relámpago; los
malos titubearán y caerán en el infierno abierto bajo sus piés.»

[46] Este nombre de _almalekes_ se conserva en los escritos de mística
árabe-hispanos ó _aljamiados_ para designar á los ángeles encargados por
Dios de recibir á su entrada en el cielo á las almas de los justos.
Segun las promesas del falso Profeta el Paraiso es el jardin de los
placeres (_gennat al naïm_), y en él concede á sus elegidos cuantos
deleites materiales y carnales puede concebir la voluptuosa imaginacion
del pobre Beduino del desierto, exaltada por las privaciones de su vida
nómade. En el Paraiso corren rios de leche, de miel, y de un vino que se
puede beber sin embriagarse; en él crecen árboles cuyos ramages brindan
á placer con dátiles, uvas y granadas de sabor esquisito. En aquella
encantada morada el suelo es de azafran, el empedrado de perlas y
jacintos. Al presentarse en ella el fiel creyente, ofrécense á su
servicio diligentes mancebos de sorprendente hermosura, y uno de ellos
le conduce las _hijas del Paraiso_, criaturas etéreas á cuyo solo nombre
se extasia el férvido muslim. Estas vírgenes incomparables no fueron
formadas de barro como las criaturas mortales, sino del mas puro
almizcle, y estan exentas de todas las imperfecciones propias de su
sexo: su modestia es sin igual, y en palanquines de una sola perla se
recatan de las miradas profanas. Cada elegido tendrá 72 de estas divinas
criaturas, las cuales se disputarán sus caricias y le darán largos dias
de amorosa embriaguez al son de los acordes del ángel Israfil y de las
campanas del Paraiso. Alli hay placeres para todos los sentidos:
trescientos platos diversos para cada comida, con trescientas especies
distintas de licores en trescientas copas de oro y pedrería; rozagantes
vestiduras de seda y de brocado, perfumes de suavidad desconocida en la
tierra, y por último una perpetua juventud.

Hemos tenido ocasion de copiar en la Biblioteca real de Paris un curioso
M. S. aljamiado señalado con el núm. 290, que prescribe cierta oracion
de mucha virtud contra el demonio en la hora de la muerte, la manera de
leerla y la colocacion que ha de dársele cuando uno muere. Este
documento, en que se retratan las supersticiosas prácticas de una
religion gastada y sin vida, cual era la de los Mahometanos andaluces en
el siglo XVI, hace mencion de los Almalekes ó ángeles mancebos que
reciben en el Genna las almas de los justos. «Quien leyrá esta carta,
dice, arredrarlo há Allah del fuego, e cuando entrará en la fuesa
apercurarle há Allah setenta Almalekes que le escusarán su razon: e non
será guerreado de Munkar Uanakir en la fuesa, nin será avergonzado
cuando le demandarán cuenta. Sea escripta esta rogaria en papel ó
pergamino limpio, e séale puesta debajo de su cabeza en su fuesa, e será
dicho: duerme como duerme el novio cuando se casa, que no hay sobre tí
miedo ni tristeza: e no salirá su _arrúh_ (su alma) de su cuerpo fasta
que vea su lugar en la _Genna_. E vestirlo han setenta Almalekes
apercuradores con él, y vernan con atabales de la _Genna_ y presentes, y
albriciarlo han. E cuando salirá el dia del juicio, salirá con su carta
á su man derecha, y su cara como luna de catorce noches, y su claridad
andará entre sus manos,» etc.

[47] _Genna_, Paraiso. Véase la nota precedente.

[48] La descripcion mística de los siete cielos, cuyas maravillas fueron
reveladas al Profeta en su viaje nocturno sobre el Borak, puede leerse
en la _Exposicion de la fé musulmana_ de Mohammed Ben Pir Alí, traducida
últimamente al francés por M. Garcin de Tassy.

[49] Véase la nota 2.ª de la página 72.

[50] Abde-r-rahman I no tenia propiamente hablando wizires que
administrasen el Estado en su nombre: solo tenia cierto número de jeques
que tomaban asiento en su consejo y le auxiliaban con su esperiencia y
sabiduría. Tambien concedió asiento en el consejo á algunos de sus
secretarios ó _Catibes_, como sucedió con Umeyyah Ibn Yazíd, _mauli_ ó
favorito de Moavia Ibn Merwan, su próximo pariente. Véase Al-Makkarí,
libro VI, cap. II, traduccion inglesa de Gayanges arriba citada.

[51] Este gigante sin corazon ni culto es la China: sabido es que en
ella no ha prevalecido jamás de una manera constante religion alguna. La
dinastía de los _Thang_ que habia puesto la China á la cabeza del Asia
degenerada, tocaba en la época de que vamos hablando al término de su
poderío. La escesiva tolerancia, ó por mejor decir, la esclusion de toda
religion dominante en el Estado, producia su fruto, y el Asia central
volvia al indiferentismo filosófico que desde Confucio la venia
incapacitando para todo progreso moral y político.

[52] Alúdese a la famosa reforma de Tai-Tsoung, emperador chino, que
hizo los mayores esfuerzos por desterrar de su nacion la filosofía atea,
á que se mostraba tan apegada, y vivificarla con la doctrina evangélica.
La famosa inscripcion de _Sin-guan-fou_ descubierta en 1625 en unas
escavaciones por los misioneros jesuítas, prueba de una manera
irrecusable la introduccion del cristianismo en China el año 635 y su
duracion hasta el 781. Véase el P. Kircher, _China ilustrada_; el P.
Visdelou, _Suplem. á la bibliot. orient. de d'Herbelet_; Abel de
Remusat, _Miscelánea asiática: Anales de filosofía cristiana_, t. IV y
XII.

[53] Proverbio árabe que alude á la rota de Roncesvalles. Véase Conde,
t. 1, p. 201.

[54] Alude á la secta de los Iconoclastas ó _destructores de imágenes_,
principalmente poderosa en el octavo siglo bajo Leon el Isáurico,
emperador de Constantinopla, y que subsistia en la época en que se
supone habla Abde-r-rahman, puesto que solo fué condenada desde un
concilio celebrado en 787.

[55] Así escriben los árabes el nombre de Carlomagno.

[56] Irene, emperatriz de Constantinopla, célebre por su belleza y por
sus nobles esfuerzos en favor de la Iglesia maltratada por los
iconoclastas, ó _destructores de imágenes_, era viuda de Constantino
Copronimo desde el año 780, y decíase que habia brindado con su mano á
Carlomagno con el objeto de unir los dos imperios de Oriente y
Occidente, y salvar de este modo á la cristiandad, amenazada por el
creciente poderío de los Mahometanos. En el año en que habla
Abde-r-rahman (786) aun no se habia reunido en Nicea por excitacion de
esta emperatriz el concilio que restableció el culto de las imágenes; de
modo que los iconoclastas seguian aun desahogando en los templos del
imperio griego su asoladora manía, aunque no ya con la delirante furia
que habian desplegado bajo su protector Leon el Isáuro.

[57] Pocos ignorarán sin duda las grandes victorias de Carlomagno contra
los pueblos indómitos de la Germania. Antes de dirigir el célebre rey
franco sus fuerzas hácia España, habia alcanzado en Paderborn un ruidoso
triunfo, que mencionamos aqui por lo mucho que redundó en gloria y
propagacion del cristianismo. Distinguíase entre los pueblos germanos
por su valor y ferocidad la belicosa tribu de los Sajones. Estos eran
idólatras, habian martirizado al pié de la estátua de su divinidad
Hirmensul á los misioneros que les habia enviado Pipino, entregado á las
llamas la iglesia de Deventer, y lanzado su salvage grito de guerra
desde el advenimiento de Carlomagno al trono. Pero los Francos juraron
esterminarlos si no abandonaban sus ídolos, y cumplieron su juramento.
No referiremos las sangrientas batallas y costosas conquistas con que
los Francos desempeñaron aquel memorable compromiso: diremos tan solo
que lo llevaron á cabo, y que en el año 777, reuniendo Carlomagno una
asamblea de Sajones sojuzgados en medio de una espaciosa llanura regada
por cristalinos manantiales, dentro de la propia tierra de los vencidos,
los caudillos Germanos recibieron el bautismo para revestir la blanca
túnica de los Catecúmenos. Casi todos juraron fidelidad: solo se declaró
independiente el intrépido y desleal Witikindo. Véase _Eginhart, Annal.
Carol. mag. vitæ_.

[58] Temeroso el emperador de la China Te-Tsoung del rápido crecimiento
de las hordas del Thibet, que ya una vez le habian salteado y saqueado
su capital, pidió auxilio contra ellas á los Califas de Oriente, y Aroun
al Raschid mandó sus diputados á la corte del celeste imperio. Las
tribus del Thibet fueron batidas por los ejércitos del Califa, de los
Tártaros y de los Chinos reunidos, y despues los Mahometanos aspiraron á
la conquista del Asia Central. Véase _el P. Gaubil. Histoire de la
grande dynastie Thang_.

[59] Alude á la derrota de Roncesvalles, cuya gloria se atribuyen los
Arabes.

[60] Los Arabes mahometanos desde sus primeras conquistas sojuzgaron la
Síria, el Egipto y la Persia. El antiguo imperio de Ciro, regido á la
sazon por la degenerada dinastía de los Sassanidas, de cuya raza habia
nacido mas de medio siglo antes el gran Cosroës, cayó bajo la cimitarra
de Khaled, á quien denominaban: «Espada de las espadas de Dios.» Mahoma
habia dicho á uno de sus compañeros: «Tu altivez y gloria serán
completas cuando ostente tu cuello el collar de Cosroës,» y esta promesa
habia estimulado de tal manera los brios de aquel terrible caudillo del
ejército de Omar, que obligó á sus Arabes á fiar la victoria á una sola
funcion contra todas las fuerzas de la monarquía persa reunidas.
Decidióse la gran contienda en la sangrienta batalla de Cadesiah, que
duró dos dias y una noche, y durante la cual los Arabes _rugieron como
el leon del desierto_. Fueron derrotados los Asirios, y en testimonio de
su triunfo levantaron los Musulmanes junto á las ciudades de Madain y
Clesifon saqueadas las dos poblaciones célebres de _Bassorah_ y
_Kuffah_.

Las 25 coronas de los reyes de Iberia son las que dicen los
historiadores árabes que encontró Tarik en el alcázar de Rodrigo,
guarnecidas de jacintos y otras piedras preciosas, y pertenecientes á
los 25 reyes godos que habia tenido España hasta el tiempo de la
conquista.

[61] Créese que en el solar que ocupaba el alcázar viejo, y que es hoy
Campo-Santo en Córdoba, estuvo el plátano que plantó Julio César despues
de la batalla de Munda, y al cual hizo Marcial su elegante epigrama
(62--lib. IX), que principia:

    In Tartessiacis domus est notissima terris,
      Qua dives placidum Corduba Baetin amat;
    Vellera nativo pallent ubi flava metallo.
      Et tinit Hesperium bractea viva pecus;
    Ædibus in mediis totas amplexa Penates
      Stat platanus densis Cæsariana comis;
    Hospitis invicti posuit quam dextera felix,
      Coepit et ex illa crescere virga manu.

En vez del plátano de César ostentaba ahora Córdoba la palma de
Abde-r-rahman, objeto de los sentidos versos reproducidos en una de las
notas anteriores. Por la palabra _Andalús_ se significa entre los Arabes
toda la España Sarracena.

[62] Carlomagno, genio organizador que tanto civilizó á los Francos, que
sojuzgando á los Aquitanos, á los Germanos y á los Longobardos sacó del
caos de la barbarie la gigantesca unidad del Imperio de Occidente, no
sabia ni aun leer cuando consumó sus mas ruidosas conquistas. Quizás
estaba aprendiendo á deletrear bajo la direccion del diácono Alcuino
cuando ideaba la restauracion de las artes y de las ciencias en Europa,
y fundaba por inspiracion de aquel sabio eclesiástico, denominado en su
siglo el _Santuario de todas las artes liberales_, las primeras
academias y escuelas que conoció la Francia de la edad media.

[63] En la Iglesia gótica hubo desgraciadamente sacerdotes indignos,
contra cuyos escesos clamaron siempre los santos padres, dignos prelados
y sabios cenobitas, lumbreras de la afligida grey de Jesucristo en la
tormentosa noche de las guerras é invasiones de aquellos siglos. La
lucha contínua, inteligente, trabajosa y perseverante, contra las
costumbres depravadas y la barbarie de todos los estados y condiciones,
es cabalmente el timbre mas glorioso de la Iglesia en España, y el
testimonio mas inerrable de su divina institucion. Pero los Sarracenos,
obcecados como los Judíos, palpaban la miseria de los malos Cristianos y
no veian las resplandecientes virtudes de los buenos.

[64] Mahoma en su vision beatífica, ó viaje á los siete cielos, describe
la _casa de la Adoracion_ como construida de jacintos rojos y cercada de
lámparas que alumbran eternamente. Ocupa esta casa un parage alto y
determinado en el sétimo cielo: alli se reunen cada dia en peregrinacion
setenta mil ángeles de la mas alta gerarquía, y cada dia diferentes: en
su forma se parece exactamente al templo ó Caaba de la Meka, y si desde
el lugar donde se halla cayera perpendicularmente sobre la tierra, lo
que puede muy bien acontecer algun dia, caeria necesariamente sobre
dicho templo.

[65] La lucha de Carlomagno con las tribus bárbaras del norte se
prolongó efectivamente hasta despues de entrado el siglo IX, estando ya
empeñada, como hemos dicho en la nota 1 de la página 75, en la época en
que habla Abde-r-rahman (año 786).

[66] En este mismo año de 786 recuperó el trono de Asturias D. Alonso el
Casto.

[67] Aunque la arquitectura goda no pereció en España con la irrupcion
sarracena, sin embargo, las construcciones de los primeros reyes de
Asturias y Leon no podian menos de ser pobres y menesterosas, como lo
era la misma monarquía; así que en los historiadores de aquellos
tiempos, que nos han dejado noticia de nuestros templos y monasterios
del siglo VIII, nada es mas comun que estas modestas descripciones: «_de
luto et latere_» «_de petra et luto opere parvo_,» y otras semejantes.
La basílica de S. Salvador de Oviedo, restaurada por D. Alonso el Casto,
y construida de piedra y cal, excita sin embargo la admiracion del monge
de Albelda y del obispo D. Sebastian, y Ambrosio de Morales nos asegura
que aun duraban en su tiempo _algunos pequeños trechos del suelo, que
eran labrados de un mosáico de piedras diversas encajadas en la
argamasa, y algo basto, mas muy firme y vistoso_. Pero los historiadores
árabes, muy ignorantes por lo comun de nuestros usos y artes, aunque tan
en contacto con la civilizacion romano-gótica que hacia de la España la
nacion mas adelantada del Occidente, por no haber encontrado entre
nosotros las muelles y corruptoras costumbres del Asia, nos suelen
pintar como salvages cubiertos de pieles, y á nuestros edificios como
verdaderos antros de fieras. Los de los primeros tiempos de la invasion,
no obstante, reconocian la cultura de los Godos, como quizá tendremos
ocasion de hacerlo notar en lo sucesivo hablando del antiguo alcázar de
Córdoba, que Ibnu Bashkuwal dice llamaban de antiguo _Palacio de
Rodrigo_ (_Balátt Iludherik_).

[68] Se asegura que la gran mezquita de Córdoba era objeto entre los
Arabes de Occidente y de la costa de Africa de una veneracion igual á la
que profesaban los Orientales á su Meka, y los historiadores afirman que
aun despues de haber caído en manos de los Castellanos y de quedar
convertida en templo católico, siguieron aquellos dirigiendo á ella sus
peregrinaciones.

[69] La Caaba (ó casa cuadrada) de la Meka, construida segun unos
primero por Adan, luego por Abraham é Ismaël, y por último reedificada
con mas ostentacion por los árabes Coreixis antes de la predicacion de
Mahoma, y fabricada segun otros por los ángeles, fué encerrada en la
célebre mezquita de El-Haram, no se sabe en qué época. Edrisi, geógrafo
árabe del XII siglo, la describe como ocupando el centro de una especie
de recinto circular á cielo abierto, y revestida en la parte esterior de
magníficos tapices de seda de Irac que la ocultan á la vista. Pero desde
el siglo XII acá, la Caaba ha debido sufrir grandes alteraciones, porque
leemos en la obra de Batissier, ya anteriormente citada, que su actual
figura es la de un cubo trapezoide; que la cubre un velo negro sujeto
con anillos de bronce fijos en el subasamento; que su techumbre está
interiormente sostenida en dos columnas y oculta con un velo de seda
color de rosa; que la alumbran infinitas lámparas de oro, y que cubre su
puerta una cortina bordada de oro y plata. La Caaba se halla hoy
encerrada en un espacioso patio de tres pórticos: tiene ademas el
edificio que le sirve de recinto otros dos patios menores con arquerías,
siete alminares, y varias dependencias. En el M. S. aljamiado, núm. 290
de la Biblioteca nacional de París, ya en otra ocasion citado, hay una
especie de anécdota en que se refiere, que habiendo una _compaña_ de
Judios preguntado al Profeta, entre otras varias cosas, por qué habia
hecho Dios la casa de la Meka cuadrada, Mahoma les respondió: «Cuando
Allah mandó á Ibrehim Halaibí Issalám que fraguase la casa de Meka, y
con él su fijo Asmehíl ayudándole á faser la dicha casa, empezó á faser
la cuadra primera con estas palabras, tanto cuanto duró la primera
cuadra: «Subhana Allah, Subhana Allah» (Alabado sea Dios, alabado sea
Dios): y cuando empezaron á faser la otra cuadra, decian siempre:
«Lalillahá Illa Allah, Lalillahá Illa Allah» (No hay mas Dios que Allah,
no hay mas Dios que Allah): y cuando empezaron á faser la otra cuadra,
decian: Allahu Akbar, Allahu Akbar» (Dios es grande, Dios es grande): y
cuando empezaron la otra cuadra, fisiéronla diciendo: «Alhamdú lillahi,
Alhamdú lillahi» (Demos loores á Dios, demos loores á Dios). Y por esto
fué cuadrada; que si otra hubiera en las escribturas que Allah envió que
fuera tal como estas, tambien Allah mi señor habria mandado poner otra
cuadra mas; por cuanto no hay ni hubo en las aleyes (versículos) que
Allah envió ninguna que igualare con estas, fué causa que quedó
cuadrada.» Se ve, pues, que el cuadrado es la forma canónica y
tradicional de las mezquitas, aun cuando nada haya prescrito Mahoma
acerca de esto.

[70] _Quibla_, que los Árabes escriben _Kiblah_, es el punto que mira á
la Meka: en las mezquitas de Siria y Palestina miraba la Quibla al
mediodia próximamente, mas en las de Occidente debia mirar hacia el
sudeste. Los Arabes andaluces, sin embargo, siguiendo de rutina la
práctica establecida en Damasco y Bagdad, edificaron sus mezquitas con
la Quibla ó lado del santuario vuelto al mediodia, de modo que en rigor
su santuario no miraba á la Meka, aunque asi lo suponian. Mahoma en el
Koran llama á la Meka _Quibla del mundo_.

[71] Amrú, caudillo famoso del ejército de Omar, que llevó á cabo con
asombrosa rapidez la conquista del Egipto, edificó la gran mezquita del
Cairo, que aun lleva su nombre. Esta mezquita, erigida en los primeros
años de la Egira, es una de las mas antiguas y notables que se conocen:
su disposicion y planta sería parecida á la de la mezquita de Córdoba si
no tuviese en medio del cuerpo principal un segundo patio espacioso que
interrumpe la serie de las 23 naves que de norte á sur y de oriente á
poniente se cruzan en ángulo recto. En la mezquita de Amrú hay tres
_mihrab_ ó santuarios en vez de uno. La santa casa ó Alaksa de Jerusalem
fué obra del Califa Omar, levantada sobre el mismo solar del templo de
Salomon. Es regular que estos grandes edificios y otros igualmente
célebres de aquellos tiempos, como las mezquitas de Medina y de Damasco,
fuesen obra de artistas bizantinos, puesto que refiere Ebn-Khaldoun que
el Califa Walid, hijo de Abd el Malek, tuvo que pedir arquitectos al
emperador griego Justiniano II para poder erigir sus hoy famosas
aljamas. (Véase _Rev. gén. de l'Arch._, 1840, p. 68, nota 1.)

[72] Dia memorable para Abde-r-rahman, porque fué el de la famosa
batalla de Musara, en que derrotó á Jusuf el Fehrí, y que consideró como
un feliz agüero de sus triunfos ulteriores. Debió aquella señalada
victoria á sus caballeros Zenetes, base y núcleo de su poderoso ejército
en España.

[73] El origen del arco llamado de _herradura_ que usaron con
predileccion los Arabes en España durante el Califato de Córdoba, ha
sido objeto de muchas investigaciones arqueológicas. Batissier hace
mérito en una de sus notas de la opinion de algunos que consideran este
arco como una especie de símbolo de la huida del falso Profeta á Medina,
que ocurrió en un novilunio. Añade, sin embargo, que los Persas y los
Bizantinos lo usaban ya desde antes de la Egira, y cita á Texier, que en
su _Descripcion de la_ _Armenia_ lo manifiesta perfectamente dibujado en
la catedral de Dighour, anterior á la conquista arábiga. A mayor
abundamiento, atribuyen tambien la introduccion del arco de herradura á
los Bizantinos los anticuarios Hope, Alb. Lenoir y Girault de Prangey; y
M. Couchard la refiere á los arquitectos persas llamados á
Constantinopla por los emperadores griegos. Pero lo cierto es que ni de
la iglesia de Seleucia en Persia, ni de la de los Incorporales de
Atenas, monumentos bizantinos en que se descubre dicho arco, se sabe
positivamente á qué época pertenecen. Véase _Gailhabaud: monumentos
antiguos y modernos; mezquita de Córdoba: texto_.

[74] La cúpula adaptada á un plano circular por el estilo de la
_rotonda_, forma favorita para los mausoleos de los personages ilustres,
es construccion romana antigua, si bien pueden citarse varios ejemplos
de haberla usado los pueblos de Asia y Grecia en los tiempos mas remotos
(véase la obra de _Layard_ sobre los descubrimientos hechos en la
antigua _Nínive_: véase tambien Batissier: Grecia: _Tesoro de Atreo_);
no así la cúpula bizantina, que descansa sobre un plano cuadrangular y
que fué introducida por los arquitectos del Bajo Imperio para
diferenciar sin duda de las construcciones circulares paganas, las
construcciones religiosas propias del cristianismo, que se seguian
coronando con las techumbres hemisféricas, tan magestuosas y simbólicas.
En efecto, la disposicion neo-griega era la única posible para adaptar á
la interseccion de los dos rectángulos que forman los brazos y el árbol
de la cruz, la cúpula que representa la bóveda del firmamento en que
descansa el trono de Dios. Esta fué la cúpula con que coronó Justiniano
su famosa basílica de Santa Sofía de Constantinopla, y de aqui es
probable que se difundiese á las naciones que se hallaban mas en
contacto con Bizancio, una de las cuales era la Persia. La cúpula
neo-griega, ó bizantina, se usó sin embargo antes de Justiniano, aunque
no en tan grande escala como en Santa Sofía, que fué la que, por decirlo
así, canonizó esta práctica del arte de construir: de manera que los
Persas, poco inventivos de suyo en todos tiempos, pudieron desde dos
siglos antes de la conquista arábiga haberse educado en los usos y
prácticas de los arquitectos bizantinos. Los estudios arqueológicos
confirman plenamente esta induccion histórica: la dinastía de los
Sasanidas, que comienza con Artajerjes en el año 226 antes de Cristo y
se perpetúa hasta los primeros años de la Egira de Mahoma, hace alarde
de la doble inoculacion romana que el arte persa esperimenta, bajo Sapor
por sus guerras con Valeriano, y bajo Cosroës por sus relaciones con
Justiniano, erigiendo en la llanura de Nakschi-Rustan y en la ribera del
Eufrates (palacio de Tak Kesra) los monumentos que hoy nos la revelan.
Los Arabes al conquistar la Persia salian en cierto modo de la vida
nómade del pastoreo, no tenian por consiguiente artistas esperimentados,
y al hacerse dueños de la suntuosa corte de Ctesifon, al apoderarse de
los magníficos palacios de Sarbistan y Firouzabad, aprendieron sin duda
como por encanto el arte soberbio de levantar sin largo y trabajoso
aprendizage las elegantes construcciones de Kuffah y Bassorah. Lo que en
estas dos ciudades improvisadas del Tigris y del Eufrates hicieron,
basta para indicarnos lo que podian hacer en los demas paises. De todas
maneras, es indudable que por lo que en Persia vieron y practicaron, por
lo que aprendieron tambien con la conquista de la Siria y del Egipto, su
arquitectura no podia menos de ser en sus principios generadores
_bizantina_. Pero de esto hablaremos mas adelante con la necesaria
estension.

[75] En efecto, las almenas endentadas de los muros que forman el
recinto esterior de la mezquita de Córdoba, parecen un recuerdo de las
que se ven en un monumento persa del siglo VI, atribuido á Sapor, y
llamado el _Taki Bostan_, en una montaña del Bagistan. Esta clase de
almenas, comunes en muchos edificios árabes, no tienen modelo conocido
en ninguna de las antiguas construcciones de Italia y de Grecia. Véase
Batissier, p. 406.

[76] La copia del Koran, dice Al-Makkari, que se supone escrita por el
Califa Othman y que se conservaba depositada en el mimbar ó púlpito de
la gran mezquita de Córdoba, estaba cuidadosamente guardada en una caja
de oro guarnecida de perlas y rubies, forrada de rica seda, y encerrada
en una pequeña arca de madera de aloe con clavos de oro. Citando al
historiador Ibn Marzúk, predicador de gran fama, añade que la copia del
Koran llamada Othmaní en Africa y Andalucía, es una de las cuatro copias
que el Califa Othman envió á la Meka, á Bassorah, á Kuffah y á Damasco,
y que se conservó en la referida mezquita cordobesa hasta un sábado 11
del mes de Xawal del año 556 de la Egira, en que fué robada segun era
fama por orden de Abdulmumen Ibn Alí, que se la llevó á Africa,
acompañándole en todas sus espediciones militares. Niega Ibn Marzúk que
esta copia estuviese manchada con la sangre de Othman, segun era voz
popular en Andalucía; pero el Sr. Gayangos observa en una de sus
eruditas notas que tanto Ibnu-l-abbar como el geógrafo Ibn Iyás, que
afirman hallarse en su tiempo este Koran en Córdoba, declaran
positivamente que se veían en él de una manera inequívoca señales de la
preciosa sangre del Califa. El mismo Sr. Gayangos esplica en la propia
nota, alegando la autoridad de Idrisi, que la copia de Córdoba se
denominaba Othmaní, no porque Othman la hubiese escrito, sino porque en
ella se contenian cuatro hojas del Koran con que el Califa habia
intentado escudar su pecho contra el puñal de sus asesinos.

[77] El oficio de Katib ó secretario era de dos especies: su cargo mas
importante era el de la correspondencia del Sultan con sus aliados ó
enemigos, y la redaccion de las órdenes del soberano. El segundo cargo
era de proteccion y seguridad de los Cristianos y Judíos. Véase
Al-Makkarí, lib. I, cap. 8.

[78] Para el gobierno civil de los Cristianos habia destinados
ministros, cuyo principal empleo era el de _Conde_, que equivalia á
intendente ó gobernador. Era esta dignidad una reliquia, digámoslo así,
de la pasada administracion goda, bajo la cual el título de _Conde_,
ademas de cargo palatino, que suponia en el que lo llevaba tener debajo
de sí en el palacio del rey alguna clase ó dependencia, significaba
mando superior en alguna ciudad ó provincia. En la monarquía asturiana,
el Conde en la capital de su gobierno ó señorío tenia corte como los
reyes, ponia jueces y magistrados en las ciudades y villas subalternas,
y en tiempo de guerra iba al frente de su ejército como general. Mas el
cargo de Conde de los Cristianos en las ciudades sujetas á los
Sarracenos era un vano simulacro de la antigua dignidad. «Tengan los
Cristianos, decia el privilegio de Coimbra otorgado en 734 por el moro
Alboacen, un Conde de su propia gente, que los mantenga en buena ley,
conforme á la costumbre de los Cristianos: y este compondrá las
discordias que se movieren entre ellos, y no matará hombre alguno sin
orden del Cadí (alcalde) ó Wazir (alguacil) moro; mas traerlo han
delante del Cadí y mostrarán sus leyes, y él dirá, bien está, y darle
han por decir «bien está» cien pesos de plata, y matarán al culpado.» De
donde se infiere que el Conde que daba á los Cristianos de Coimbra
Alboacen era en cuanto al imperio un mero delegado del justicia
mahometano, que por sí propio no tenia potestad ejecutiva en los
negocios criminales. Agréguese á esto, que aunque por la oscuridad y
escasez de las antigüedades no consta positivamente quién nombraba al
Conde, lo probable es que fuese hechura del rey mahometano. Que el Conde
de los Cristianos bajo el Califato era en todo dependiente de la
voluntad del Sultan, se deduce claramente de lo que ocurrió en tiempo de
S. Eulogio con el Conde Servando, famoso por su perfidia, el cual, segun
afirman Alvaro Cordobés y el abad Sanson, llegó á aquella dignidad _á
fuerza de obsequios y regalos que hizo á los Palatinos_, y logró _orden
del rey para exigir nuevos y exorbitantes tributos_ de los Cristianos, á
quienes debía amparar.

No consta en verdad que el Conde cristiano en tiempo de Abde-r-rahman I
fuese ningun malvado; es de suponer por el contrario, atendida la paz de
que entonces disfrutaba aquella Iglesia, que fuese un verdadero
protector de sus connaturales en los asuntos cuyo conocimiento le estaba
cometido. Por lo demas, no habiendo llegado á nosotros memoria alguna
del prelado que á la sazon regia aquella cautiva grey, ¿habremos de
estrañar que no se diga quién fuese en aquellos años el Conde? Sin
embargo, persuadidos de que esta autoridad subsistió siempre, y de que
su intervencion en la venta de la basílica debió ser necesaria por el
protectorado que suponia, hemos hecho mencion de ella. Al Conde ademas
correspondia comunicar las órdenes consiguientes al censor y al esceptor
(_alcalde, y tesorero de los caudales_; véase Florez, trat. 33, cap. 7:
gobierno civil de los Cristianos), pues aunque tambien estos eran
nombrados por el rey muslim, estaban bajo la dependencia del Conde.

[79] La riqueza del Estado cordobés procedia principalmente del producto
de los impuestos, de los despojos de los vencidos, y de las limosnas que
á los Muslimes imponia la _Sunnah_. Los impuestos eran de tres especies:
el _azaque_, que se pagaba en frutos, y que era un diezmo recaudado
sobre todas las producciones de la agricultura y de la industria, y
sobre los productos de los ganados; el _charage_ (_xarach_), que era
pecuniario, y se pagaba por la importacion y esportacion de las
mercaderías, y del que estaban exentos los objetos de plata, oro y
piedras preciosas, si se destinaban á armas, arneses, libros, ó joyeles
para las mugeres; finalmente, el _taadil_ ó capitacion sobre Cristianos
y Judíos.

Del botín de guerra se separaba un quinto, que se llamaba _la parte del
Califa_: lo demas se repartia entre los gefes y soldados. El tesoro
privado del Califa se aumentaba ademas con frecuentes donativos que le
hacian propios y estraños, como se verá en lo sucesivo.

La _limosna_ (_sadakah_) era el único impuesto legal á que estaba sujeto
todo Musulman por la _Sunnah_.

[80] Sobre esta singular costumbre de dividir los Musulmanes con los
Cristianos las basílicas de las ciudades conquistadas, y de que no se
encuentra memoria en nuestros antiguos cronistas, pueden verse las
autoridades citadas en la nota 1.ª del Sr. Gayangos al cap. II, lib. III
de Makkarí.

[81] Abdalla, hermano de Walid, que construyó la grande aljama de
Damasco, fué el primero que impuso tributos á los monges cristianos.
Hallándose de gobernador en Egipto mandó que todos los que hacian vida
monacal pagasen un dinar al año. Los Cristianos de Córdoba pagaban,
segun refiere Bravo (Obispos de Córdoba, t. I), á medida del capricho de
los gobernadores sarracenos. La moneda de los Musulmanes en tiempo de
Mahoma y sus primeros sucesores fué la griega ó persiana. Despues los
Califas de Oriente acuñaron moneda con caractéres cúficos en Kuffah y
Bassorah, y con esta moneda asiática entraron los Arabes en Espada, y
con ella se mantuvieron hasta que Abde-r-rahman I estableció casa de
moneda en Córdoba, conservando al parecer los mismos valores usados
hasta entonces. Habia, pues, entre los Arabes: el dinar, que era de oro,
el _adirham_, que era de plata, y el _mitcal_, que era de plata ó de
oro. Valia el _dinar_ 20 _adirhames_ ó dragmas, y el _adirham_ valia 14
_karats_: el _mitcal de plata_, dice Cantos Benitez, equivalia á 5
reales de vellon actuales, y el _mitcal de oro_ diez veces mas, ó 50
reales de vellon. El Califa Omar mandó que el _mitcal de oro_ valiese 20
karats, y el _adirham_ 14 karats. Segun esto, si el _mitcal de oro_
valia 50 reales vellon, el _adirham_ valia 35, y el _dinar_, que
contenia 20 adirhames, valdia 700 reales.

[82] Segun ha evidenciado Masdeu en su Historia crítica. t. 13, lib. II,
«nuestra Península no solo era la nacion mas culta de toda Europa, sino
la única provincia que conservaba todavia la cultura romana; la única
que sabia las tres lenguas doctas, hebrea, griega y latina; la única que
podia gloriarse de hombres verdaderamente sabios; la única que tenia
seminarios, academias y bibliotecas... Aun con las bárbaras y
sangrientas irrupciones de los Mahometanos, no se cerraron del todo
nuestras escuelas y colegios, no se desampararon los estudios, no se
abandonó el cuidado de recoger libros y formar bibliotecas, no se dió
lugar á la supersticion y barbarie de los demas europeos... No sabian
los Italianos medir un verso ni hablar bien en la lengua de sus padres,
cuando resonaban las prosas y las poesías de nuestros Eulogios y
Alvaros... Nuestras catedrales y monasterios renovaban los archivos y
librerías quemados por los moros; nuestros obispos y abades mantenian
seminarios de instruccion para clérigos y niños; nuestros eclesiásticos
y doctores ejercitaban la pluma en tratados científicos y eruditos.»
Cabalmente son Cordobeses los dos sabios Alvaro y Eulogio citados por el
crítico Masdeu, y ambos se formaron en la escuela de un ilustre abad,
llamado Esperaindeo, que probablemente cursaba siendo adolescente las
aulas de la iglesia cordobesa en los años últimos del reinado de
Abde-r-rahman I. Decimos que probablemente estudiaria Esperaindeo en
Córdoba, porqué de seguro no se sabe, si bien tampoco se contradice. Que
en la época de que tratamos podia ya haber dado en flores alguna promesa
de los hermosos frutos que luego produjo, no hay la menor duda, puesto
que consta por su discípulo S. Eulogio que antes del año 856 murió _muy
anciano_. El abad Esperaindeo escribió contra las supersticiones de
Mahoma una obra hoy lastimosamente perdida, pero que, á juzgar por el
único capítulo que de ella nos conserva S. Eulogio, debia ser digna de
la fama que en aquellos tiempos logró su autor. Las escuelas de Córdoba
fueron en los siglos VIII y IX verdaderos planteles de acérrimos y
doctos enemigos del islamismo. En vida de Esperaindeo escribió el
ilustre y noble Paulo Alvaro su _Indículo luminoso_, y otros piadosos y
eruditos varones se ejercitaron en el género epistolar, combatiendo
tambien la doctrina del Koran; que tal era entonces la necesidad mas
imperiosa y aflictiva que aquejaba al Occidente comprometiendo su futura
civilizacion. Reinando en Córdoba Abde-r-rahman brillaban en otras
iglesias doctores muy insignes, como Eterio en Osma, Beato en Liébana,
Félix en Urgél, Elipando en Toledo, etc., etc.; y en el oscuro horizonte
de la afligida iglesia de Sevilla empezaba á amanecer la estrella de
Juan Hispalense.

[83] Entre los Cristianos de Andalucía se habian fomentado algunos
errores: Migencio habia querido introducir novedades en la celebracion
de la Pascua; Elipando enseñaba que J. C. en cuanto Dios era hijo
natural y propio del Padre Eterno, pero adoptivo en cuanto Hombre. ó
segun la humanidad, que decia adoptada por la union al Divino Verbo,
segunda Persona de la Santísima Trinidad. Esta heregía cundió mucho en
la Bética, y aunque su autor reconoció despues el error y se retractó
públicamente, los Cristianos de Córdoba padecieron mucho por su causa,
pues como asegura Gomez Bravo (obra cit.), sus fautores, valiéndose del
brazo bárbaro de los Sarracenos, persiguieron cruelmente á los que
defendian la verdadera doctrina de la Iglesia católica.

[84] La historia de los trabajos evangélicos de los obispos de Córdoba
bajo las dominaciones romana y goda se halla minuciosamente relatada en
los primeros capítulos de la interesante obra de Gomez Bravo: _Catálogo
de los obispos de Córdoba, etc._ El incansable celo, las
peregrinaciones, los escritos, las discusiones sostenidas por estos en
los concilios desde los tiempos del grande Osio, son las pruebas mas
concluyentes y luminosas del espíritu eminentemente civilizador de la
Iglesia de Jesucristo.

[85] El primero que oprimió á los Cristianos de Córdoba con exacciones
fué _Alahor_, tercero que gobernó á España en nombre del Califa de
Oriente desde 715 hasta 719. De este afirma el arzobispo D. Rodrigo en
su _Historia de los Arabes_, _que los desustanció_. El Pacense dá á
entender que los Moros habian quitado algunos bienes á los Cristianos en
tiempo de paz, y que Alahor se los volvió para sacar de ellos tributos.
A los mismos Sarracenos que habian entrado en España con la primera
conquista los encarcelaba y atormentaba para que declarasen los tesoros
que habian escondido. Su sucesor _Zama_ formó padron de todo lo que se
debia tributar, haciendo partes de los bienes que poseían los Moros sin
division ni señalamiento: en cuya conformidad distribuyó por suerte las
posesiones, aplicando unas á los soldados y otras al fisco. A los
Cristianos de las ciudades conquistadas por fuerza los gravó en la
quinta parte, y á los que no opusieron resistencia les señaló la décima,
segun refiere D. Rodrigo. _Ambisa_ duplicó los tributos de los
Cristianos, aumentando tambien el fisco con los bienes de los Judíos,
como espresa el Pacense en el número 53 de la edicion del P. Florez.
_Yahia_ siguió los pasos de _Alahor_, pues segun el mismo autor (núm.
54), precisó á los Moros á que restituyesen á los Cristianos muchos
bienes que les habian quitado en tiempo de paz. Los sucesores vivieron
en casi continua guerra hasta que eligieron á Jusuf, el cual mandó hacer
nuevo padron, borrando de la lista de los tributos á los Cristianos ya
difuntos, pues en el tributo personal que bajo su antecesor Toaba
satisfacian estaban tan oprimidos, que, como de Diocleciano y Maximiano
escribe Lactancio, obligaban á los vivos á que le pagasen por los
muertos.

Por estas noticias, que sumariamente estractamos de los historiadores
Florez y Bravo, podrá formarse el lector una ligera idea de la
esclavitud en que vivian antes de Abde-r-rahman I los miserables
Cristianos de Córdoba bajo el solo concepto de las capitaciones y
tributos. Pero nos resta añadir algo acerca del medio practicado para la
cobranza de los tributos ordinarios bajo los Califas, que era
probablemente el que se seguia en la época á que se refiere nuestra
narracion. «El modo de las contribuciones, dice el citado Florez (Esp.
Sagr., trat. 33, cap. 7), no era repartiendo el tributo por familias,
sino exigiéndole á las mismas personas cuando los ministros las
encontraban en público: de suerte que uno no pagaba por otro, sino cada
uno por sí, y esto en caso de manifestarse, pues mientras se mantuviese
recogido en casa, no le hacian estorsion, segun prueba el libro _de
Habitu Clericorum_, escrito por el presbítero Leovigildo, para instruir
á los clérigos que no salian al público por enfermedad, ó por el tributo
que en cada mes pagaban los Cristianos: _Ut qui ex nobis ad remanentes
Doctores imbecillitate corporis præpediente dirigere gressus nequiverit,
aut quem inquisitio vel census, vel vectigalis, quod omni lunari mense
pro Christi nomine solvere cogimur, retinuerit; saltim nocturno tempore
qui necessarium duxerit legat, etc._ Esta reclusion por librarse de los
tributos prueba que solo los pagaban cuando salian al público libres de
toda estorsion si la enfermedad ó la pobreza los obligaba á mantenerse
ocultos.»

De los tributos estraordinarios impuestos á los infelices Cristianos en
tiempo de la persecucion sarracena se hablará mas adelante.

[86] Es muy de notar que ninguno de los historiados cristianos, entre
los cuales descuellan Ambrosio de Morales, el P. Roa, Diaz de Ribas,
Florez, Masdeu, y otros no menos diligentes en la investigacion de las
memorias y documentos de España bajo el dominio de los árabes, haga
mencion, ni leve alusion siquiera, á este hecho de la venta de la
basílica cristiana á los Mahometanos que refiere Ar-razi. Los
historiadores árabes, sin embargo, pueden ayudarnos en muchas cosas á
suplir el silencio de los nuestros: silencio que nada tiene de
particular atendida la natural turbacion y desconcierto de aquellos
primeros tiempos de la España muzárabe, durante los cuales, la misma
tolerancia de los dominadores pudo en cierto modo contribuir á que no
surgiesen al pronto del seno de la Iglesia española de la Bética esos
hombres notables, dechados de ciencia y santidad, que luego la
ilustraron en las épocas de persecucion. Así como estos pueden servir de
guias al historiador desde la mitad del noveno siglo; para el
conocimiento de la edad anterior, que comprende desde la conquista de
los Sarracenos hasta S. Eulogio, no hay mas luz que la que dan el
Pacense, el moro Rasis y el arzobispo D. Rodrigo: el Pacense, porque
acabó de escribir su crónica en el año 754 de Cristo, es decir, poco
antes de apoderarse del trono de Córdoba Abde-r-rahman I; el moro Rasis,
porque aunque contemporáneo de S. Eulogio, tomó lo anterior á su tiempo
de tres autores que escribieron lo que veían, y principalmente del
_Al-Bucar_, escritor que Morales califica como _de mucha estima y
autoridad entre los Moros_; el arzobispo D. Rodrigo, finalmente, porque
segun espresa el mismo Morales, de su gravedad se puede tener por cierto
que usó buena diligencia en lo que escribia. Ninguno de estos tres
historiadores nos dice cuál fuese la basílica catedral de los Cristianos
de Córdoba cuando la ciudad fué ganada por los árabes; y sin embargo,
por una serie de inducciones que en los angostos limites de esta nota no
cabe apuntar, muchos autorizados anticuarios convienen en que la
principal iglesia cristiana ocupaba el mismo sitio que hoy ocupa la
famosa mezquita, y que dicha iglesia fué construida por los godos sobre
las ruinas de un suntuoso templo romano, consagrado á Jano. Varios de
nuestros mas graves historiadores por otra parte, convienen con Ambrosio
de Morales en que la basílica de los tres mártires Fausto, Januario y
Marcial, hoy iglesia de S. Pedro, fué la catedral donde residió el
obispo bajo los Califas; y sin embargo, no hay oposicion entre ambas
conjeturas, porque pudo muy bien haber sido catedral la basílica de los
tres mártires desde los años de Abde-r-rahman I, y catedral de los
Cristianos godos cuando la conquista arábiga la otra iglesia, de
advocacion desconocida, edificada en el solar del antiguo templo pagano,
puesto que los historiadores mencionados no dicen desde qué año fué
catedral la basílica citada. Es claro que para fijar este dato eran
menester otros mucho mas principales, y que ignorándose hasta el número
y nombres de los prelados que gobernaron la iglesia de Córdoba desde el
año de la pérdida de España hasta el de 850 en que comienza la
persecucion sarracénica, no debe estrañarse que se ignoren otras
particularidades de menos monta; pero á veces sucede colmarse
impensadamente un gran vacio con un simple dato de poca importancia al
parecer, como se ilumina un espacioso é ignorado antro con el resplandor
de una pequeña llamita.

Leemos, pues, en la obra tantas veces citada de Al-Makkari, copiando al
historiador Ar-razi, que los conquistadores de Andalucía imitaron la
conducta de los generales musulmanes que habian tomado á Damasco, y que
lo mismo que estos habian dividido con los Cristianos de Siria el templo
principal de dicha ciudad, dividieron ellos con los Cordobeses el
_templo principal de Córdoba_, sobre el cual andando el tiempo construyó
Abde-r-rahman la gran mezquita. (Véase la pág. 86 de este tomo.) Otro
escritor árabe (que cita el erudito Sr. Gayangos en la nota 2, cap. II,
lib. III de la citada obra), llamado Ibu Habib, dice que la principal
iglesia cristiana de Córdoba, en la época de su espugnacion por los
Sarracenos, estaba situada en el barrio denominado _Kudyat Abi'abdah_:
ahora bien, este barrio es el parage mismo que designa Al-Makkari como
asiento del antiguo _Palacio de Rodrigo_, y siendo este palacio de
Rodrigo el mismo alcázar que los godos y árabes habitaron en Córdoba, y
que hoy designados con el nombre de Alcázar viejo, cerca de la mezquita,
parece que debe quedar muy poca duda acerca de la conformidad absoluta
entre los dos historiadores Ar-razi é Ibn Habib. El testimonio de estos
se conforma también con las observaciones de los anticuarios, que por la
grande abundancia de fragmentos romanos que en la Aljama arábiga se
advierte, asignan á estos un origen pagano y suntuoso, solo propio de un
gran templo, ó de muchos monumentos antiguos á la vez; y al propio
tiempo no se opone á las deducciones de nuestros respetables
historiadores. Asi, pues, admitiendo la veracidad de los historiadores
árabes citados, y por consiguiente la probabilidad de que los Sarracenos
conquistadores de Córdoba siguiesen el precepto recomendado por el
célebre conquistador de la Siria Omar el Farruck y dividiesen con los
Cristianos el principal de sus templos, sin contradecir en lo mínimo el
relato mas fidedigno de nuestros escritores, antes bien completándolo en
la parte que ellos dejan intacta por falta de documentos, podemos
establecer: que la basílica catedral de Córdoba, fundada por los Godos
sobre la planta de un templo pagano, sirvió, dividida en dos mitades,
por espacio de unos setenta años á los dos cultos cristiano y
mahometano; que Abde-r-rahman I compró á los Cristianos su parte, como
afirma Ar-razi; y que la nueva iglesia que ellos entonces obtuvieron
permiso de erigir para el culto cristiano esclusivamente, segun el mismo
historiador árabe refiere, no fué otra que esa misma basílica de los
tres mártires Fausto, Januario y Marcial, de fundacion hasta ahora nunca
determinada, y que sirvió de catedral á los Cristianos Cordobeses todo
el tiempo que duró el Califato y aun despues hasta el dia de la
reconquista.

Acerca de la advocacion de la primitiva basílica catedral no resulta
cosa cierta: algunos creen (y lo rebate el licenciado D. Pedro Diaz de
Rivas en sus antigüedades de Córdoba, _Discurso IV, templo de Jano
Augusto_) que la iglesia mayor se denominase de S. Jorge. Toman su
fundamento en la narracion del moro Rasis, que dice: que el rey godo
nombrado por los Cordobeses despues de muerto Rodrigo, sabedor de que la
ciudad habia sido entrada por sorpresa por la hueste de Mugeith que
andaba ya quebrantando las puertas, se acogió á un templo fuerte
dedicado á S. Jorge, en el cual se defendió con los suyos por espacio de
tres meses. Suponiendo que solo la iglesia principal podía calificarse
de _fuerte presidio_, discurrieron estos que la defensa debia haberse
hecho en el edificio de la catedral. Ambrosio de Morales queria que el
templo de S. Jorge fuese la actual iglesia de S. Salvador. Pero el
citado Diaz de Rivas con muy sólidos argumentos induce á creer que la
resistencia del caudillo godo con su gente tuviese lugar en la iglesia
del convento de Sta. Clara, que en tiempos antiguos llevó sucesivamente
los nombres de S. Jorge y Sta. Catalina. Ar-razi asienta que la iglesia
principal de los Cristianos de Córdoba estaba dedicada á S. Vicente, y
verdaderamente no hallamos dificultad para que asi fuese, á menos que se
quisiera suponer que la primitiva catedral estuviese bajo la advocacion
de los tres mártires. Pero en este caso, ¿qué nombre habia llevado hasta
el año 786 la basílica derruida que los Cristianos restauraron para
catedral despues de vender la antigua al rey árabe?

[87] Segun los cánones de los concilios y decretos de los Santos Padres
no podian venderse las cosas sagradas mas que en ciertos y determinados
casos, y esta es la doctrina usual y corriente de la Iglesia. El obispo
era el principal administrador de todas las rentas eclesiásticas, no
podia enagenar los bienes, ni venderlos sin aprobacion de todo el clero,
ni disponer de ellos en ninguna manera. «Si algun obispo ó algun clérigo
vendiere ó diere sin conseio de los otros clérigos alguna cosa de la
eglesia (decia la ley visigoda (III, tít. I, lib. V)), mandamos que non
vala, si non fuere fecho cuemo mandan los decretos de los Santos
Padres.» Los casos en que es permitido al obispo enagenar las cosas
sagradas con consentimiento de su clero pueden verse latamente en los
autores de derecho canónico, principalmente en Devoti, Berardi,
Ferraris, etc. En la enagenacion de la basílica de Córdoba concurrian
varias de estas causas, pues no solamente se trataba de evitar los males
de la promiscuidad de dos cultos tan opuestos como el cristiano y el
mahometano, sino que ademas era de necesidad casi absoluta el constituir
la catedral cristiana cómoda, decorosa y separadamente.

[88] Refiriendo Ahmed Al-Makkarí los tratos que entre los Cristianos y
el rey árabe mediaron para la cesion de la antigua basílica, dice que
despues de nuevas insistencias cedieron los Cristianos, con la condicion
de que se les habia de permitir reedificar otra iglesia que habia sido
destruida, cerca de los muros, y para el culto de su Dios solamente. No
declara en verdad con palabras terminantes el historiador citado que
esta iglesia derruida fuese la de los tres mártires Fausto, Januario y
Marcial; pero probando abundantemente Ambrosio de Morales y los demas
escritores cordobeses, Rea Rivas y Gomez Bravo, que la basílica de los
tres mártires fué la antigua catedral donde residió el obispo todo el
tiempo de la dominacion sarracénica, resulta evidenciado del cotejo de
nuestros historiadores con el mencionado Al-Makkarí, que la iglesia que
los Cristianos levantaron en sustitucion de su antigua basílica
catedral, vendida á los Musulmanes, fué esa misma de los tres mártires,
situada en efecto cerca de los muros de la ciudad á la parte del
mediodia, y en la _Axarquía_ ó _parte baja_ que ocupaban los Cristianos.

[89] El Símbolo ó fórmula de fé que aprobó el Concilio de Nicea fué la
que concibió Osio, como dice S. Atanasio, que se halló presente; y la
hizo saber ó publicó en el mismo Concilio Hermógenes, segun refiere S.
Basilio, para que oida y considerada la aprobasen y confirmasen los
Padres.

[90] En las catedrales de la España mozárabe, lo mismo que en las de la
Espada goda, habia dos casas de comunidad, la una de eclesiásticos segun
costumbre antigua, y la otra de niños educandos como se estila aun en
los seminarios. El seminario ó _cónclave de niños_ era para los hijos y
descendientes de los libertos de la catedral, y para todos los demas
niños _oblatos_ ú ofrecidos por sus padres al servicio de la iglesia.
Alli los criaba un anciano docto y piadoso, dándoles la instruccion
necesaria en lo espiritual y literario, y cumplidos los 18 años se les
preguntaba delante de todo el clero si querian casarse ó vivir solteros;
y de alli á otros dos años, segun la respuesta que habian dado, ó los
promovian al subdiaconado, ó les permitian el matrimonio dejándoles ir á
sus casas.

[91] Habia escuelas en las basílicas y monasterios, y tambien
bibliotecas, aunque estas no eran siempre lo que hoy entendemos bajo ese
nombre. Muchas veces en los documentos de la España árabe se hace
mencion de _bibliotecas_, que no eran sino una coleccion completa de los
libros sagrados del viejo y nuevo Testamento, ó propiamente hablando
_biblias_: y de esta especie eran la _biblioteca_ que el conde Adulfo
costeó para la iglesia de S. Acisclo, segun se colige del epigrama
primero de Cipriano, arcipreste de Córdoba, y la famosa del presbítero
Leovigildo que celebró en una larga é ingeniosa composicion poética
Alvaro Cordobés.

[92] _Juma_, _aljuma_ ó _alchuma_ es el dia festivo, ó viernes, de
descanso y reunion para los Mahometanos, asi como entre nosotros lo es
el domingo.

[93] _Aliden_ y _Alidzán_: pregon, convocatoria que se hace en la parte
esterior de las mezquitas para que el pueblo acuda á la azala ú oracion.

[94] El Koran enseña á los Mahometanos que ademas de los ángeles y de
los demonios hay otros seres de especie intermedia, llamados _jines_ ó
_chines_ (genios), formados del fuego, y capaces de salvacion ó
condenacion eterna como las criaturas mortales. Los Orientales creen que
estos genios, entre los cuales los hay buenos y malos, propicios y
maléficos, habitaron la tierra muchos siglos antes de la creacion de
Adan, y que los que sobrevivieron á la destruccion con que fueron
castigados por sus maldades, combatidos por un antiguo rey persa llamado
Tahmurath, tuvieron que retraerse á las famosas montañas de Kaf. Entre
estos _jines_, unos son _Péris_ ó _Fadas_, otros _Dives_ ó _gigantes_,
otros por último _Tacoines_ ó _destinos_.

[95] Los historiadores árabes designan con el nombre de Palacio de
Rodrigo (_Balátt Rudherik_) al que hoy designamos con el nombre de
Alcázar, al Occidente de la mezquita, orilla del rio; no, como dice
Al-Makkarí, porque se creyese que lo habia fundado el rey Rodrigo, sino
porque este monarca lo habitaba siempre que iba á Córdoba. Nuestros
historiadores suponen que este palacio fué construido por Teodofredo,
padre de D. Rodrigo, cuando le desterró á dicha ciudad Egica, y en
verdad que no alcanzamos por qué se separa Ambrosio de Morales del comun
sentir, estableciendo que Teodofredo pudo haber fundado su palacio en la
Albayda ó Casa blanca, media legua al norte de Córdoba. Menos todavía se
esplica esta conjetura del sabio cronista si el paso en que la establece
(lib. 12, cap. 63) se coteja con otro mas adelante (lib. cit., cap. 67),
en que dice hablando del rey Rodrigo: «fortificó mucho los palacios de
su padre en Córdoba, así que les quedó despues su nombre, y los Moros
los llaman _Palacios del rey Rodrigo_.»

[96] La mezquita de Córdoba es acaso el primer monumento en que se
empleó el arco ultra-semicircular ó de herradura en España, y el único
que presenta esa estraña, ligera y elegantísima combinacion de arcos
sobrepuestos, que hará de él uno de los ejemplares mas preciosos é
inestimables del arte monumental mientras se dé culto al genio y á la
poesía en el mundo.

[97] _Hotba_ ó _Kotba_ equivale á sermon, plática, arenga. En ella se
contiene una especie de rogativa por la salud del soberano reinante, que
concluye en estos términos: «Oh mi Dios, sé misericordioso con los
Califas ortodoxos, distinguidos por la doctrina, la virtud y los
celestiales dones de que los has colmado, que han juzgado y obrado segun
la verdad y la justicia. ¡Oh mi Dios! Sosten, asiste y defiende á tu
servidor el Califa (ó el Sultan) N..., perpetúa su imperio y su poder.»
Abolió Abde-r-rahman la supremacía espiritual de los Beni Abbas ó
Abassides en España, prohibiendo que se mentase el nombre del Califa en
los púlpitos ó mimbares de las mezquitas, y aunque él no se atrevió á
tomar declaradamente el título de Califa de Occidente, como empezó sin
embargo á usar el de _Amiru-l-moslemin_ (Amir ó cabeza de los muslimes
andaluces), y el de _Omará-bnu-l-kholafá_ (Amir, hijo de los Califas),
es indudable que fué considerado como soberano reinante, y que desde
este momento en la rogativa de la _hotba_ se hacia espresion de su
nombre. En las aljamas ó mezquitas principales debia haber sermon y
lecturas piadosas todos los viernes ó jumas, y todo fiel musulman debia
oirlas pudiendo salir de su casa al nacer el sol para volver á la
puesta. Por eso la Ley y Sunnah les recomendaba que viviesen lo mas
cerca posible de las aljamas.

[98] _Mimbar_ quiere decir lo mismo que púlpito, en el cual se colocaba
para ser bien visto y oido de todos el Imam ó el Alfaquí que dirigia las
oraciones, y el Khatib que hacia el sermon.

[99] Aunque propiamente hablando solo era Imam el Califa, por ser el
único verdadero gefe y cabeza en lo civil y religioso, no obstante por
similitud se daba el mismo nombre al Alfaquí que dirigia ó presidia en
la mezquita los ritos y ceremonias. El Alfaquí, pues, era Imam ó cabeza
dentro del templo para lo relativo al culto. Abde-r-rahman no obstante,
como acostumbraba á hacer oficios sacerdotales muchos viernes predicando
al pueblo desde el mimbar, ó presidiendo los entierros y recitando las
oraciones de ritual sobre los difuntos, merece bajo ambos conceptos el
título de Imam que le dá uno de los historiadores citados por
Al-Makkarí.

[100] Llamaban á Abde-r-rahman el _invasor_, el _conquistador_, por
antonomasia (_Addákhel_ en arábigo); no el _intruso_ como traduce Conde,
á quien corrige oportunamente el Sr. Gayangos en la nota 36, pág. II,
lib. VI de la citada Historia de las dinastías mahometanas.

[101] El erudito y laborioso orientalista arriba citado acaba de ordenar
é imprimir, para ayudar á la inteligencia de la Coleccion de fueros y
cartas pueblas que prepara la Real Academia de la Historia, dos
interesantísimos _tratados de legislacion musulmana_, civil y religiosa;
de la segunda parte de este curioso libro, en que se contiene la Suma de
los principales mandamientos y prohibiciones de la Ley y de la Sunnah,
sacamos el siguiente extracto, que quizás no desagrará al lector por la
minuciosidad con que en él se dá cuenta de las ceremonias usadas entre
los Mahometanos con los muertos. «Sea acordado al que está á la muerte
el nombramiento de Allah, y no se le debe acercar ninguna persona que no
tenga _takor_ (que no se haya purificado) despues que sea fallecido: y
dióse por los sabios licencia para que se lea á su cabecera, y no fué
amado por Melique (ó por Malik ben Ans, fundador de la famosa doctrina
teológica que sustituyó en Andalucía á la antigua del Auzei) que den
boces ni gritos, sino que lloren pacientemente quanto mas puedan. El
bañar al muerto no ay tasa cierta en ello, mas báñelo quien mejor
supiere, de manera que quede limpio... Bien passa que bañe el marido á
la muger, y la muger al marido, y la muger al muchacho, quando es de
poca edad. No le quiten al muerto cabellos, ni uñas, ni lo _hatenen_ (ó
circunciden), ni le quiten cosa de su cuerpo, sino alímpienlo quanto
puedan. No bañen al que muere en _fi çabil_ y _llahi_ (por la causa de
Dios en la guerra santa) en la gueste ó batalla, ni le amortajen ni
hagan _açala_ sobre él, y entiérrenle en su fuessa con sus mesmos
bestidos como estubiere. Sea amortajado el difunto en tres lienzos, ó
cinco, ó siete, blancos, hechos tiras, ó camisas una sobre otra de grado
en grado... pónganle olores buenos en los lugares del _çuchud_ (por los
cuales entendemos las partes del cuerpo con que se hace la postracion ó
acto de humillacion en tierra, que es una de las posturas de la
_azala_), y llébenle á enterrar quando aya pasado la ora del _açala_
sobre él, etc.» El autor de esta Suma es D. Içe de Gebir, Alfaquí mayor
y Muftí de la Aljama de Segovia en el siglo XV, y la escribió en
lenguaje aljamiado para el uso de los que habian ya perdido el
conocimiento de la lengua árabe, declarando ser su intencion sacar la
mas pura doctrina de los antiguos _maestros de la Santa Ley y Açunna_.

[102] Llamaban tambien á Abde-r-rahman _el halcon Coreixí_ (_Sakr
Koraysh_) aludiendo á la velocidad de sus conquistas.

[103] Tradiciones recogidas por Hozail sobre los merecimientos de la
guerra santa en el Andalús. «Dijo Aixa, la muger del Profeta: llegará
tiempo en que se pondrá fin á la guerra santa, si no es en cierta
península que tiene por nombre Andalús en Maghreb l'Aksá, y el morabito,
hombre de frontera en ella, ganará mas méritos que el mártir cuando
viene bañado en su propia sangre.» Tambien decia: «el mejor rebato sobre
la haz de la tierra es el del Andalús: su oriente es enemigo, su ocaso
es enemigo, su septentrion enemigo, y su mediodia enemigo tambien.» Otra
tradicion decia: «Alzóse el Profeta de Dios en la mezquita cierto dia y
estendió su mano hácia occidente como bendiciendo: dijéronle: ¿á quién
bendices, oh Profeta de Allah?--A cierta porcion de mi pueblo, dijo, que
mora mas allá de Maghreb l'Aksá, region que tiene por nombre Andalús...
Los vivos son alli morabitos, y los muertos mártires, á quienes
recogerán las nubes allende el mar infiel para llevarlos el dia del
juicio al sitio de la resurreccion cual gotas de agua.» (_De la milicia
de los Arabes en España._==Opúsculo por D. Serafin Estevanez Calderon.)

[104] Las tribus árabes, que dejando las tiendas de sus mayores se
establecieron en Andalucía, mantuvieron hasta la caida del Califato de
Córdoba constantemente viva la animosidad que desde un principio separó
á los descendientes de los dos principales troncos ADNÁN y KHATTÁN.
Entre las varias tribus de la estirpe de Adnán era la de los Beni Modhar
la predominante por su número en Andalucía, y con el apoyo que le
prestaron los Beni Umeyas, procedentes del mismo tronco, los
descendientes de Khattán, llamados _Arabes del Yemen_ ó _Yemenitas_, no
pudieron hasta el reinado del usurpador Al-Mansúr equilibrar su poder
con el de sus irreconciliables enemigos.

[105] Huete.

[106] Todas las oraciones y ceremonias de los Mahometanos acaban con el
_Salam_ ó Salutacion; la cual se hace tambien á los seres invisibles,
como por ejemplo, á los dos ángeles que segun el Koran estan á derecha é
izquierda de todo el que ora ó hace su azala.

[107] Hízola, segun refiere Al-Makkarí, al lado opuesto de la _Puerta de
los jardines_ del palacio de Córdoba.

[108] _Alguado_: lavatorio, ablucion.

[109] Véase la lámina que representa la _Puerta de las Palmas desde el
patio_.

[110] _The History of the Mohammedan Dynasties in Spain, etc._ Tomo I,
pág. 219.

[111] Bagdad.

[112] No hay en esto la menor exageracion de nuestra parte. El que
quiera formarse una idea aproximada del desenfrenado lujo introducido en
el imperio árabe de Oriente por los Califas Abassides, rivales en
esplendor y magnificencia de los antiguos Asirios y Persas y de sus
contemporáneos los emperadores griegos, puede consultar las obras de
Hammer, _Hist. de l'Empire Ottoman_; Malcolm, _Hist. de Perse_;
Gaillardin, _Hist. du moyen âge_; OElsner, _Des effets de la religion de
Mohammed_; Mills, _Hist. du Mahométisme_; etc., etc.

[113] Al-Makkarí: Hist. de las dinastías mahometanas, tomo 2, pág. 126.

[114] Los Cristianos y Judíos fueron colmados de agasajos y de honores
en la corte de Harun al Raschid, los primeros por sus conocimientos en
la filosofía y en la medicina, y los segundos por la sutileza é ingenio
con que manejaban las místicas teorías de la escuela alejandrina y de la
antigua filosofía hermética, tan conformes á la imaginacion exaltada de
los Arabes. Los Cristianos lograron ser poderosos é influyentes, y los
Judíos obtuvieron que fuesen protegidas sus escuelas fundadas en Sora y
Pundebita.

[115] El ciego entusiasmo del Califa Al-Mamún por las ciencias le llevó
hasta el ridículo estremo de declarar la guerra al emperador de
Constantinopla solo por haberse opuesto á que Leon, arzobispo de
Tesalónica, se trasladase á Bagdad.

[116] El colegio de Bagdad.

[117] _Abu-Thaman_ es el nombre del afortunado poeta que lo compuso.

[118] Los Abassides adoptaron el negro como su color privativo para el
trage de guerra y de corte, y aun para sus pendones y banderas, y de
aquí viene el distinguirlos con el apelativo de _Califas negros_. Sus
rivales los Umeyas, por el contrario, usaban como color de ceremonia el
blanco.

[119] Es sabido que el papa Silvestre II antes de entrar en la regla de
S. Benito perfeccionó sus estudios en las escuelas de la España árabe.

[120] «Y habiendo ejecutado lo mismo (esto es, habiéndose rebelado) el
suburbio ó ciudad baja de Córdoba, entró por la puerta nueva Abdelcarin,
su general, y prendió mas de trescientos Arabes amotinados, que luego
mandó colgar á la orilla del rio junto á la puerta del Puente.» Así
Bravo, _Obisp. de Córd._ Al-Makkarí (cap. III, lib. VI), bajo el
epígrafe _Sedicion en Córdoba_, dice que el arrabal ó suburbio amotinado
fué el de Poniente; y el Sr. Gayangos en una de las notas que ilustran
este pasage dice que segun otros autores ocurrió el levantamiento en el
suburbio de Sbakandah ó Secunda, que caía al Sur de la capital.

[121] El _ridá_ era una especie de manto ó capa que llevaban los
dervíses y faquires, fanáticos mendicantes que andando el tiempo
abundaron mucho en todos los paises musulmanes.

[122] Con la cara tiznada de _kohol_ y _siwak_, dice Al-Makkarí,
palabras que el traductor y comentador interpreta _polvos dentríficos_,
añadiendo en una nota que el _siwak_ puede significar así un específico
cualquiera para limpiar la dentadura, como el palo que usaban los Arabes
al efecto en vez de cepillo. Damos razon de estos y otros pormenores
porque son rasgos gráficos que hacen mas interesante la historia antigua
del pueblo musulman, cuyas costumbres y usos domésticos son poco
conocidos.

[123] Habiendo el emperador griego Teófilo solicitado alianza de
Abde-r-rahman II y enviádole ricos presentes para grangeársela, con
objeto de reunirse ambos contra los ejércitos amenazantes de los
Abassides, el sultan andaluz concibió cierto deseo de reconquistar en el
Oriente el imperio de los proscritos Umeyas, sus antecesores, y
entabláronse desde luego relaciones de amistad entre los dos soberanos.
Abde-r-rahman correspondió á los presentes del griego con un magnífico
regalo, encomendado á uno de los caballeros mas cumplidos de su corte
para que se le entregase en persona. Fué el elegido para este encargo un
tal Yahia Al-ghazal, muy celebrado por su sabiduría y talento poético,
con quien gustaba despues el rey, dice Conde, conversar informándose de
las costumbres de los reyes infieles, y de los pueblos y ciudades que
habia visto, pues tambien habia viajado por tierra de Afranc. Al-ghazal
fué muy afortunado en su legacion de Constantinopla, porque no solo
concluyó la alianza requerida, sino que consiguió ademas (refiere
Al-Makkarí) que el nombre de Abde-r-rahman fuese allí mas respetado que
el del Califa Abassida. Este último historiador cuenta varias anécdotas
curiosas de la galanteria de Al-ghazal en las cortes que recorrió.
Llamábanle _la gacela_ (_Al-ghazal_) por su hermosura, pertenecia á la
tribu de Bekr Ibn Wáyil, era natural de Jaen, sobresalía en las ciencias
naturales y en la poesía, y el escritor Ibnu Hayyán le llamaba el
_sabio_ (_A'lim_) de Andalucía.

[124] Mas adelante se hablará de este singular personage, insigne músico
de la Iraca, á quien tuvo el rey hospedado en su propio alcázar,
colmándole de agasajos y liberalidades.

[125] Obeydullah Ibnu-l-balensí (es decir, Obeydullah, _hijo del
valenciano_), nieto de Abde-r-rahman I, se distinguió principalmente
contra los Cristianos de Alava y las Castillas. «En el año 224 (A. D.
838), dice An-nuwayrí, Abde-r-rahman envió un ejército contra el enemigo
bajo el mando de Obeydullah, hijo de Abdullah el valenciano; llegó este
ejército á Alava y á la tierra de los castillos, y tuvo con los infieles
un encuentro en que, despues de un rudo pelear y de una gran matanza,
fueron derrotados los Cristianos. Fueron tantos sus muertos, que cuando
estaban ya apiladas sus cabezas en el campo de batalla, no podia un
ginete ver á su compañero.»

Nuestros historiadores no hacen mencion de esta derrota; al contrario,
pintan bajo el reinado de D. Alfonso el Casto muy crudamente
escarmentados á los capitanes de Abde-r-rahman II en los acontecimientos
de Galicia. Solo Dios sabe la verdad, repetiremos á usanza de los
Arabes.

[126] Las paces ajustadas entre Abde-r-rahman II y Cárlos el Calvo
constan por los Anales Berlinianos, donde, bajo el año 847, se refiere
con este motivo la peticion que los afligidos cristianos de España
dirigieron al rey franco á fin de que reclamara de Abde-r-rahman que le
entregase cierto diácono aleman, apóstata, que andaba concitando en
Córdoba contra ellos los ánimos del rey y de los principales sarracenos.
«_Legati Abdirhaman Regis Sarracenorum á Corduba Hispaniæ ad Carolum
pacis petendæ fæderisque firmandi gratia veniunt... Bodo, qui ante annos
aliquat Christiana veritate derelicta ad Judæorum perfidiam concesserat,
in tantum mali profecit, ut in omnes Christianos Hispaniæ degentes, tam
Regis quam gentis Sarracenorum animos concitare statuerit... Super quo
omnium illius Regni Christianorum petitio ad Carolum Regem... missa est,
ut memoratus Apostata reposceretur, ne diutius, etc._»

[127] El metropolitano de Sevilla, Recafredo, cediendo á las
intimaciones de Abde-r-rahman, prohibió á los cristianos presentarse
voluntariamente ante los Cadíes para confesar á Cristo, y persuadido de
un esceptor de tributos que despues apostató de la religion cristiana,
mandó que no se tuviesen por mártires, sino por malhechores temerarios,
los que espontáneamente se ofreciesen á los referidos jueces. Tambien
decretó que se tuviesen por escomulgados los que sin ser violentados á
comparecer fuesen condenados á muerte, y como á tales se quemaron los
cuerpos de algunos que permanecian todavía pendientes en el lugar del
suplicio. Este decreto suscitó de parte del obispo Saulo, S. Eulogio y
otros muchos sacerdotes, enérgicas impugnaciones que avivaron la fé de
los cristianos. Menudearon desde entonces las confesiones, y arreció la
cólera de los perseguidores. Determinó el rey árabe, oido su consejo,
que tuviese cualquiera musulman facultad para quitar la vida al que
hablase mal de su profeta y secta. Con esta resolucion «los buenos y
celosos huyeron y se ocultaron, dice Gomez Bravo; los malos apostataron
de la religion cristiana; otros publicaban que los mártires habian sido
indiscretos y temerarios, aunque antes los habian venerado por
felicísimos; otros, que desde el principio los habian anatematizado, los
maldecian y llenaban de oprobios.» Oigamos mas bien las sentidas quejas
de Alvaro en su Indículo luminoso: _¿Nonne ipsi, qui videbantur columnæ,
qui putabantur Ecclesiæ Petræ, qui credebantur electi, nullo cogente,
nemine provocante, judicem adierunt, et in præsentia cinicorum, imo
Epicurorum Dei Martyres infamarunt? ¿Nonne Pastores Christi, Doctores
Ecclesiæ, Episcopi, Abbates, Presbyteri, Proceres et Magnati hæreticos
eos esse publice clamarunt? ¿Et quos in Catholica fide natos, et matris
Ecclesiæ uberibus nutritos noverunt, meretricio concubitu, et
adulterorum cibo pastos esse firmarunt? ¿Et est ne aliquis de flagello
qui adhuc conquirat digne, cum causam ipsius videt flagelli?_

[128] Es de advertir que en la primitiva iglesia no se tenian en público
por santos ni se hacia fiesta como á tales sino á solos los mártires, y
que en la iglesia mozárabe de Córdoba perseveraba esta costumbre. «En
padeciendo un mártir, dice Ambrosio de Morales, luego le celebraban la
fiesta en todos los años, le decian sus horas y le daban su leyenda.»
Proclamábanse, pues, los santos en la España árabe por voz pública en
cuanto morian, sin esperar canonizacion de Roma. La canonizacion, ó por
lo menos su principio, parece sin embargo de origen mas antiguo, puesto
que segun los martirologios, el Papa Leon III mandó tener por santos y
rezar de ellos á algunos que allí se nombran, y este Papa ascendió al
pontificado el año de J. C. 796.

[129] Siguiendo el ejemplo de Conde traducimos en romance octosílabo los
versos de Abde-r-rahman, cuyo original puede verse en la nota 32 del Sr.
Gayangos al cap. IV, lib. VI de Al-Makkarí.

[130] Copiando al historiador Ibrabim el Katib refiere Conde, que un dia
regaló el sultan á una esclava suya, muy linda y preciosa, un collar ó
gargantilla de oro, perlas y pedrería, de valor de 10,000 dinares ó
doblas de oro, y que contando despues el rey á su poeta Abdala ben Xamri
que á sus wazires, presentes á la dádiva, les habia parecido escesiva,
el poeta por adular el gusto de su señor habia improvisado un concepto
en verso encareciendo las gracias de la esclava querida, al cual
contestó el rey con esta otra improvisacion:

    Es don tuyo Aben Xamri      --la elegante poesía,
    los oscuros pensamientos    --tu claridad ilumina
    cual las sombras de la noche--la luz del alba disipa:
    su encanto por el oido      --en el corazon destila,
    como la gracia y beldad     --de una criatura linda
    nuestros ojos arrebata      --nuestro corazon hechiza,
    mas que la rosa y jazmin    --mas que las eras floridas.
    Mi corazon y mis ojos       --á ser mios todavía,
    rendido los ensartara       --en la hermosa gargantilla.


[131] Mandó Abde-r-rahman construir hermosas mezquitas en Córdoba, y en
ellas puso fuentes de mármol y jaspes varios, y trajo á la ciudad las
aguas dulces desde los montes con encañados de plomo, y la llenó de
fuentes y edificó baños públicos de mucha comodidad, y abrevaderos y
grandes pilas para las caballerías. Enlosó las calles de su corte,
edificó alcázares en las ciudades principales de España, reparó los
caminos y construyó las rusafas ó jardines á orillas del Guadalquivir,
dotó las madrisas ó escuelas de muchas poblaciones, y mantenia en la
madrisa de la aljama de Córdoba trescientos niños huérfanos. (Conde,
tomo I, cap. 40.)

A pesar de esto, no es creible que fuese este sultan el que llevára á la
mezquita mayor las aguas de la sierra para el atrio de las abluciones,
porque al hablar Al-Makkarí de las mejoras hechas en el gran edificio
por Al-hakem II muchos años despues, dá á entender su traductor que
hasta el tiempo en que este Califa construyó los cuatro nuevos pilares
para el alguado y las purificaciones surtiéndolos con agua de la sierra,
no habia habido para estos usos mas fuente en el patio mencionado que la
de un gran depósito que se llenaba con agua de una noria vecina,
probablemente movida por un camello.

[132] Este soberbio acueducto, que todavía subsiste (aunque inutilizado
en algunos de sus ramales, pues tenia varios), y en cuya descripcion tan
prolijamente se ejercitó la escudriñadora pluma de Ambrosio de Morales,
teniendo presentes las memorias del arzobispo D. Rodrigo, y añadiendo de
su propio caudal muy curiosas noticias, tenia su principio á dos leguas
y media de la ciudad, arrancaba en la misma sierra é iba recogiendo
otros golpes de agua en el camino. Venia esta encauzada en conductos de
fortísima argamasa, embovedados, de tres piés de anchura, y revestidos
por dentro de un betun fino y duro como escayola dado de bermellon.
Morales que lo reconoció dice que esta costra de betun conservaba el
color del bermellon tan vivo como el dia que allí se puso. Atravesaba el
referido conducto grandes montañas, trabajosamente horadadas; y para que
el enorme peso de estas no hundiese la obra, levantaron por todo aquel
espacio muchas lumbreras á manera de torres muy juntas, que suben hasta
lo alto y sustentan la montaña aliviando el peso con repartirlo en
aquellos pequeños trechos. Atravesaba tambien el conducto los valles,
los arroyos y los barrancos, sobre sólidos y hermosos puentes, que el
mismo cronista vió antes de que se deshiciesen para los edificios del
monasterio de S. Gerónimo de la Sierra. Ultimamente al llegar á la
ciudad, en vez de ir el acueducto derecho al alcázar y á la mezquita,
daba un gran rodeo para entrar por lo mas alto de la poblacion á fin de
que el agua se distribuyera facilmente por todos sus barrios, es decir,
que cruzaba por la dehesa de Cantarranas (al norte de la actual plaza de
toros), y tocaba en la puerta del Osario, desde donde iba el agua á
todas partes por gruesos atanores ó caños de plomo. A la mezquita, sin
embargo, no llegó probablemente el agua hasta el reinado de Al-hakem II.

[133] Véase á Ambrosio de Morales, lib. XIII, cap. XLIV, refiriendo la
ocasion del martirio de las dos santas vírgenes Nunilo y Alodia, y al P.
Roa en su _Flos Sanctorum_ de Córdoba, copiando de S. Eulogio la breve
memoria de los protomártires Adulfo y Juan.

[134] «Si algun cristiano entrare en la mezquita, ó dijere mal de Dios ó
de Mahoma, tórnese moro, ó sea muerto,» decia el fuero de Coimbra. Una
nueva ley de Abde-r-rahman II prescribia que al cristiano que entrase en
una mezquita se le cortasen los piés y las manos, y por otra se mandaba
que el que injuriase á algun mahometano fuese azotado, y el que le
hiriese fuese muerto. _Ecce enim lex publica pendet, et legalis jussa
per omne regnum eorum discurrit, ut qui blasphemaverit flagelletur, et
qui percuserit occidatur._ (Alvaro. Indículo luminoso, núm. 6, pág. 228
de la edicion de Florez.)

[135] Llamábanle en efecto sus súbditos _el victorioso_ (_Abú-l-motref_)
y tambien _padre de los vencedores_ (_Abú-l-modhaffer_).

[136] Los árabes en efecto no daban tormento corporal á los cristianos
infractores de las citadas leyes: cuando cualquier cristiano, movido de
su celo y fervorosa fé, hablaba en público contra Mahoma ó su secta, era
acusado y preso, y si perseveraba en su propósito lo degollaban, sin
azotarle ni darle otra pena, porque la legislacion musulmana prohibia
que al que habia de sufrir pena de muerte se le diese ningun otro
castigo. Nadie obligaba, pues, á los cristianos á apostatar: podian
permanecer en su religion sin ser molestados siempre que ellos no se
propasasen á desobedecer las citadas leyes penales, y es claro que la
generalidad de los mozárabes, que no se sentian animados de un
estraordinario valor, cumplian con sus deberes religiosos y se
justificaban á los ojos de Dios obedeciendo sumisos aquellas
prohibiciones. ¿Mas habráse de deducir por esto que no era loable y muy
de envidiar el santo celo de los mártires, que burlándose de las humanas
leyes y de sus opresores se presentaban espontáneamente á declarar su fé
y á vituperar los errores del mahometismo? De ninguna manera: ¿quién
podrá disputarle á Dios, que inflamaba sus corazones y movia sus
lenguas, el derecho de suscitar esos testigos heróicos de la verdad en
los tiempos lastimosos en que reina y prevalece el error? Téngase por
seguro que cuando la causa es de justicia y en favor de la verdad, la
obra es de Dios, parezca lo que quiera. De buena gana entraríamos en
algunas esplanaciones sobre este punto, porque son muchos los que
todavía consideran á los gloriosos mártires de la persecucion
sarracénica como víctimas mas de su deplorable fanatismo que de la saña
de los musulmanes; pero habiendo sido este error victoriosamente
confutado por el P. Florez (trat. 33, cap. 10, §. II de la _España
Sagrada_), el cual discute ampliamente todos los argumentos alegados
contra los referidos mártires desde su mismo tiempo por los mahometanos
y por los cristianos tibios ó apóstatas, parece inútil y hasta
presuntuoso acometer con poca erudicion sagrada una cuestion de tamaña
importancia en una simple nota, escena indigna de personages tales como
S. Cipriano y S. Isidoro que en ella figuran.

[137] Hija de un cristianismo adulterado, la iglesia nestoriana de
Oriente, arraigada desde el VI siglo en las mas florecientes regiones
del Asia, en la India, en la Arabia feliz, en Socotra y en la Bactriana,
entre los Hunos, los Persarmenios, los Medos y los Elamitas, con sus
obispos, sus pseudo-mártires y sus sacerdotes, ejerció una accion tan
poderosa en las tendencias del mahometismo naciente por medio de sus
misioneros, que se asegura que Mahoma debió al trato y escuela del monge
nestoriano Sergio casi toda la instruccion bíblica de que se auxilió
para tejer las rapsodias de su Koran. Así los cristianos caldeos y los
sarracenos procedieron desde los años primeros de la Egira como aliados
y amigos. El falso profeta celebró con aquella secta un famoso tratado,
que bajo el título de _Testamentum Mahometi_ dió á luz en árabe y latin
en París Gabriel Sionita el año de 1630, y cuya sustancia se contiene
tambien en tres escritores sirios, Bar Hebræus, Maris y Amrus, que
incluye Assemani en el tomo IV, pág. 59 de su _Biblioteca oriental_. Por
este tratado de paz concedia Mahoma á la comunidad nestoriana muy
importantes exenciones y privilegios. Ultimamente, compruébase la gran
tolerancia de los Arabes para con los cristianos de la Iglesia Caldea
por la carta del patriarca Jesujabus á Simon, metropolitano de una
ciudad persa, que contiene esta notable manifestacion: «Hasta los
Arabes, á quienes el Omnipotente ha concedido en estos dias la
dominacion de la tierra, son de los nuestros, como no ignoras. No son
perseguidores de la religion de Cristo; por el contrario, recomiendan
nuestra fé, y honran á los santos y ministros del Señor haciendo
beneficios á sus iglesias y monasterios. (Véase Assemani, obr. cit., t.
3, pág. 131.)

[138] La iglesia caldea ó nestoriana profesa dogmas que tienen muchos
puntos de contacto con los de la iglesia protestante. Como ella despoja
á la Santísima Madre de Dios de sus mas gloriosos títulos y atributos;
como ella niega la doctrina del Purgatorio y rechaza el culto de las
imágenes; como ella contradice la doctrina de la Transubstanciacion y de
la presencia actual de Jesucristo en el Sacramento; como ella hace
compatible el matrimonio con los grados mayores y menores de la
gerarquía eclesiástica. El fundamento de la doctrina nestoriana es en
suma el mismo que el de la iglesia reformada: la divisibilidad y
separacion de dos personas y dos naturalezas en Cristo, ó lo que es lo
mismo, la distincion de dos personas en Cristo, el Verbo de Dios y el
hombre Jesus; distincion que los católicos reconocemos como errónea por
la union del Verbo con la naturaleza humana, que los teólogos llaman
_hipostática_. (Véase Assemani, t. IV.)

[139] Sábese por S. Eulogio y Alvaro Cordobés que en los tiempos de
persecucion se añadian á los tributos ordinarios que pagaban los
cristianos otros estraordinarios, sin duda como castigo y medio de
intimidacion. Tenemos un ejemplo de la apurada situacion á que muchos se
veian reducidos en estas estraordinarias circunstancias, en el viaje que
los hermanos de S. Eulogio, Isidoro y Alvaro, tuvieron que emprender á
Alemania con mercaderías de Córdoba, en busca de recursos con que vivir
y satisfacer aquellos desmedidos impuestos.

[140] Véase la vida de S. Perfecto, presbítero. Los mártires cristianos
eran inmolados en la esplanada que caia al pié del alcázar y sobre el
rio, en el parage que hoy llamamos el Campillo: situacion que determina
perfectamente Ambrosio de Morales. A la orilla opuesta del Guadalquivir
se estiende frontero á la ciudad por el mediodia el Campo de la Verdad,
lugar muy concurrido á la sazon, no sabemos por qué motivo, aunque el
mismo Morales, traduciendo á S. Eulogio, supone que los mahometanos le
tenian destinado _á sus malvadas oraciones_. Diciendo el mismo santo que
el martirio de S. Perfecto tuvo lugar el dia primero de la Pascua de los
mahometanos despues de su ayuno, es posible que aquel dia se hubiese
reunido en el Campo de la Verdad mucha gente á distraerse y espaciarse,
y que, como las cinco azalas obligatorias para todo muslim podian
cumplirse en el campo y al raso lo mismo que en la mezquita, fuese el
mencionado parage preferido por los Cordobeses á los otros paseos y
ejidos de la ciudad por la circunstancia de tener al lado el rio en
donde hacer sus abluciones y purificaciones. Como quiera que esto deba
entenderse, ocurrió, pues, hallarse el Campo de la Verdad lleno de
turbas cuando fué conducido al suplicio S. Perfecto, y que, oyendo decir
como el santo mártir acababa de ser degollado, volvieron tumultuosamente
á la ciudad para verlo, «_y muy contentas y alegres por haberle visto
empapado en su sangre, como se habia revolcado en ella con el ímpetu de
la muerte, se tornaron al campo para hacer su azala_.»

[141] Tambien los musulmanes eran muy delicados en ciertas cosas de
conciencia, y muy sutiles los casuistas que los resolvian. El que desee
formarse idea del _candoroso cinismo_ de uno de los Amires mas cultos é
ilustrados, lea en Al-Makkarí el estraño caso que propuso Abde-r-rahman
en plena asamblea de los principales teólogos de su corte relativamente
al precepto del ayuno de Ramadhán.

[142] Por ejemplo la que Abde-r-rahman II introdujo de presentarse en
público siempre velado; la de usar en las vestiduras reales su propio
nombre bordado en la orla; la de hacer grabar en su sello esta piadosa
leyenda: «El siervo del misericordioso descansa contento en los decretos
de Dios.»

[143] Este nombre (_dracknar_) daban los Normandos á sus naves. Véase
Michelet, _Historia de Francia_. Conde y Al-Makkarí refieren concordes
la invasion de los Normandos el año 844.

[144] Véase la nota 2, pág. 118.

[145] Las _annefilas_ eran las oraciones voluntarias que hacian los
muslimes devotos, fuera de las cinco azalas ú oraciones obligatorias.

[146] El mancebo Sancho, martirizado en junio del año 851, habia sido
page en el palacio de Abde-r-rahman.

[147] Véase el martirio de la virgen Flora, acaecido en noviembre del
mismo año.

[148] Aunque muy mal dicho. Esta proposicion no se demuestra facilmente
en una sencilla nota. Quien dude de ella lea los escritos de M. de
Bonald, y especialmente el del 28 de octubre de 1810 (_Mélanges
littéraires_, etc., tomo 2, pág. 497), donde verá la gran diferencia que
hay entre _cultura_ y _civilizacion_.

[149] Zaryab mejoró el antiguo laud aumentándole una cuerda. Los árabes,
aficionados á simbolizarlo todo, decian que las cuerdas del laud
representaban, la primera, que era _amarilla_, la bilis; la segunda, que
era _encarnada_, la sangre; la tercera, _blanca_, la linfa; la cuarta,
_negra_, los malos humores. Zaryab añadió una quinta cuerda entre la
segunda y la tercera, que correspondia al alma. Véase Al-Makkarí, cap.
IV, lib. VI.

[150] Véase la nota 2, pág. 98.

[151] El Sahbá era un licor, especie de vino claro, que habian inventado
los mahometanos para eludir la espresa prohibicion alcoránica del
_ghamar_ ó vino rojo. Véase Conde, t. 1, pág. 307.

[152] El _mihshah_ era una especie de capa, por el estilo de la que
llevaba la gente comun. No nos esplica el traductor de Al-Makkarí qué
clase de estofas eran las llamadas _mulham_ y _muharr_.

[153] El plato llamado _at-tafayá_, que por lo visto era un bocado
esquisito para los árabes-andaluces, no parece segun la descripcion del
historiador á quien seguimos muy digno de figurar hoy en el catálogo del
_Cordon-bleu_. Reducíase á un mixto de albóndigas y pasta frito en
aceite de semilla de cilantro. Cuando esto se cita como una memorable
innovacion, ¡qué tal sería la cocina de los sultanes!

[154] Véase Al-Makkarí, loc. cit.

[155] Por falta de noticias históricas no podemos hoy determinar si
estos dos pórticos, de que habla solo Al-Makkarí, eran enteramente
nuevos, ó meras modificaciones de la obra de Hixem que dejamos descrita:
pág. 107.

[156] Entiéndase bien que esta decadencia solo puede llamarse tal
comparada con el fervoroso celo de los sultanes predecesores.
Abde-r-rahman II erigió mezquitas en las principales ciudades de
Andalucía; pero ninguna de ellas con el sello de grandeza y esplendidez
que imprimieron los primeros sultanes en la Aljama fundada por
Abde-r-rahman I.

[157] Leyes morales religiosas y civiles de Mahoma, tomo 2, parte 3.ª
Del matrimonio, artículo I. Esta interesante obra pertenece á la
_Collection des Moralistes anciens_ de M. Lefèvre.

[158] El que compraba una sierva tenia sobre su cuerpo derechos
ilimitados. Véase el tít. XVII, _Leyes de moros_, publicadas por la real
academia de la Historia.

[159] Todavía llevan este nombre en Turquía las bañadoras de la Sultana.

[160] _Leyes de moros_, tít. LXII.

[161] Véase el art. I del capítulo _Del matrimonio_ citado en la nota 1.

[162] «¡Oh profeta! Manda á las esposas, á las hijas y á las mugeres de
los creyentes, que cubran con un velo su semblante. Será demostracion de
su virtud y preservativo contra los rumores del público. Dios es
indulgente y misericordioso.

»Vuestras esposas pueden andar descubiertas en presencia de sus padres,
de sus hijos, sobrinos, mugeres y esclavos. Temed al Señor, que es
testigo de todas vuestras acciones.

»Las mugeres de edad avanzada pueden quitarse su velo, con tal que no
pongan estudio en hacerse ver.»

(Art.º 17 y 18, cap. _Del matrimonio_.--_Leyes morales etc. de Mahoma_,
Coleccion cit. de Lefèvre.)

[163] Véase art. 11, cap. cit., obra cit. de Lefèvre.

[164] Véase nota 2, pág. 72.

[165] «Cumplen en los casamientos alegría et _alhuelulas_ (gritos de
alegría ó de dolor que acostumbran á dar las moras), et panderos, et
testimonios.» Título VIII. _Leyes de moros._ «Y permítese en las bodas
el adufe, y este es de dos maneras: el uno un arco redondo y por la una
parte pergamino que esté sin cuerdas... Y el otro es de la misma suerte,
sino que está por las dos partes con pergamino... y si tiene cuerdas, ó
son sonajas ó gayta no se permite, y los demas instrumentos, como laud,
rabel y semejantes, como mas fuerça, es _haram_ (prohibicion) usarlos en
las bodas.» Anon. Valenc. cit. por el Sr. Gayangos en su nota 3 al tít.
VIII arriba mencionado.

Aunque estas leyes fueron recopiladas en época muy posterior á los
Califas, merecen considerarse como primitivas, puesto que el ilustrado
orientalista que las ha anotado advierte en el prólogo que las precede
no haber nada en ellas _que no esté enteramente conforme con los
principios consignados en el Coran, con la tradicion y la_ Zunna, _con
las doctrinas del rito Malequí que se siguió en Africa y en España, y
con la letra de otras compilaciones legales del mismo género_.

[166] El _acidaque_ es la dote ó la carta dotal. Entre los musulmanes el
marido es el que dota á la muger. «El _guaquil_ (procurador casamentero,
tutor ó curador) dará la novia con palabras conocidas, como decir: _ya
fulano, yo te caso con fulana_; y el novio dirá: _yo estoy contento ó la
recibo por esposa_, y deste dar y recibir, y cantidad del _çitaq_
(_acidaque_ ó dote) presente y dilatado, es la que an de testiguar los
testigos, de suerte que estos an de hablar con ella antes. Si es
doncella y no tiene padre, llamarla y que responda al llamado, y le
dirán: fulano te a pedido para su esposa y te a nombrado de _çitaq_
presente tanto, y de _muajar_ (lo que se da despues) tanto. Si estás
contenta, calla y no respondas, y tu callar es señal cierta que concedes
y estás contenta; y si no lo estás, habla y di lo que te parece y está
bien. Si á todo esto calla, su callar es otorgar, y si despues de tiempo
habla y dice que no sabia que el callar era otorgar, no le es de
provecho, ni será creida. Y si al tiempo de llamarla se rie ó llora, se
casará, y no importa, porque el reirse puede ser de contento, y el
llorar por faltalle en aquella ocasion su padre, con que le escusaba á
ella de hablar; pero si no quiere hablar ó se levanta de su lugar, y se
va y se echa de ver en su cara que aborrece el casarse ó no querer al
novio, se dejará por casar.» Anon. Valenc. citado en la nota 1 al tít.
X, _Leyes de moros_.

[167] Art. 3, cap. _Del repudio_, _Leyes morales etc. de Mahoma_, Colec.
cit. de Lefèvre.

[168] Cuando un mahometano jura repudiar á su esposa, rompe todo
comercio con ella. La esposa, así que llega á su noticia el juramento,
se cubre con un velo y se retira á su aposento sin volver á presentarse
á su marido. Para la reconciliacion hay un término improrogable de
cuatro meses, llamado la _alheda_, pasado el cual todo vínculo queda
disuelto y la muger recobra su libertad. Al salir de la casa marital
recibe su _acidaque_ y se lleva consigo sus hijas, dejando los hijos
varones en poder del padre. Véase el cap. cit. _Del repudio_.

[169] La _atalca_ es el acto de repudio ó divorcio.

[170] Gran muro divisorio que segun el Koran separa el paraiso del
infierno.

[171] Párrafo 3.º, art. 5, cap. _Del repudio_, _Leyes morales etc._

El que repudiaba á su muger y se arrepentia de haberla repudiado, en los
cuatro meses de _alheda_ ó plazo para la reconciliacion no podia tener
comercio con ella si antes no daba libertad á un cautivo. Si no
encontraba cautivo ninguno que redimir, debia ayunar por espacio de dos
meses; pero esta penitencia podia conmutarse con alimentar á 60 pobres.
(Art. 13, cap. _Del matrimonio_.)

[172] «El que feziere forniçio con syerva de su fijo, non aya
_alhudud_...» «Et el que feziere forniçio con muger de su syervo, non le
den _alhudud_...» El _alhudud_ era pena de 80 azotes que segun la ley
castigaba el pecado carnal en ciertos y determinados casos. Véanse los
títulos CLXX y CLXXI, _Leyes de moros_.

[173] Véase la nota antecedente.

[174] Véase la nota 1 al tít. II, _Leyes de moros_.

[175] Véase el tít. I de la misma obra.

[176] «Sy la huérfana toviere _alhací_ ó tutor, et la casare... Sy ella
lo oviere menester, et fuere su pro, el casamiento sea firme, et non la
metan en consejo despues que fuere de edat.» Ibíd.

[177] Los _eunucos_ antiguamente eran los camareros que servian en lo
interior de los palacios. Aumentada despues la corrupcion, los celos de
los príncipes introdujeron la bárbara costumbre de que fuesen hombres
_mutilados_ los que guardasen el aposento de sus esposas, pues de este
modo, alejados de toda idea de seduccion, se creía que servian con mas
amor y fidelidad á su dueño.

[178] Jesucristo nos presenta la distincion entre las obras
_imperfectas_ de la ley y las obras _perfectas_ de la caridad en aquella
parábola sublime en que vemos á un hombre maltratado por los ladrones,
_olvidado_ por el levita y _socorrido_ por el samaritano. El levita
representa la probidad legal humana, que absteniéndose de hacer el mal,
omite hacer el bien.

[179] Los primeros mártires que aparecen sentenciados á muerte por el
consejo ó mexuar del rey sarraceno son Jorge, Felix, Liliosa, Aurelio y
Sabigoto, los cuales fueron decapitados en el mes de julio del año 852.
Hasta entonces las causas de los cristianos que se ofrecian al martirio
no habian salido de la jurisdiccion de los Cadíes.

[180] Véase la vida y martirio de Sta. Sabigoto.

[181] Véase la noticia sobre S. Aurelio.

[182] Véase el martirio de S. Jorge, ó Georgio.

[183] En la ocupacion de la Bética por los vándalos veía el piadoso
Salviano (libro 7, _De Gubernatione Dei_) el castigo del cielo por la
corrupcion de sus costumbres. La misma observacion, y las mismas
palabras con que la espresa, pueden aplicarse á la calamidad, aun mayor,
del yugo sarraceno: _In illa Hispanorum captivitate ostendere Deus
voluit, quantum, et odisset caruis libidinem, et diligeret castitatem,
etc._; pues en castigo de su impenitencia despues de aquel primer
escarmiento, se vió entregada á la barbarie y escesos del mismo vicio
que tanto amaba.

[184] _Corpora martyrum_, escribia Alvaro, _à gentilibus arsa oculis
nostris conspeximus. Et quod abundantiori est fletu plorandum, plerosque
Patres Anathematizantes talia patientes miravimus._

[185] Véase lo que refiere S. Eulogio, testigo presencial, del martirio
y declavacion de los Santos Emila y Jeremías.

[186] _Per ordinem disponantur viri: deinde pueri: deinde hermaphroditi:
deinde mulieres._ (Probabile est apud Mahumetanos esse multos
hermaphroditos, ob assiduum usum veneris præposteræ.) etc.
_Marrac.=Prodrom. ad refut. Alcor. part. IV, cap. V._

[187] Extractos de un curioso M. S. propio del Sr. D. Pascual Gayangos.

[188] M. S. citado en la nota antecedente.

[189] Refiere esta anécdota Gelaleddin, citado por Savary en la nota 2
al cap. LXII del Koran.

[190] M. S. citado del Sr. Gayangos.

[191] Ebnol-Athir, citado por Marrac. Refut. al Kor. Prodrom. part. IV,
cap. IV.

[192] Algazel, cit. por el mismo, _ibíd._

[193] La ablucion general (tahara) se requiere cuando ocurre alguna de
estas cosas: _emissio spermatis per modum effusionis; carnalis cupido
viri et feminæ, et occursus duorum sponsorum sine emissione seminis; et
menstruum; et puerperium. Et sancivit Legatus Dei ablutionem pro die
Veneris, et duabus Festivitatibus; et pro præparatione ad sacram
peregrinationem_. Véase Marrac. op. cit., loc. cit. Tambien pueden verse
los casos en que se pierde y debe renovarse el _tahor_ (ó tahara) en el
cap. IV de la obra _Suma de los principales mandamientos y devedamientos
de la Ley y Çunna_ publicada por la Real Academia de la Historia.

[194] Los muy curiosos pueden verlas en las dos obras citadas en la nota
antecedente, así como tambien la comprobacion de todas las demas
ceremonias que vamos detallando, por ridiculas que parezcan. Aquí
diremos solo que la ablucion menor, ó purificacion sagrada, requisito
indispensable antes de toda oracion, se pierde por cualquiera especie de
secrecion, por el vómito, por el sueño, por la risa desmedida, por el
deliquio, etc.: de modo que un muslim escrupuloso debe estar casi todo
el dia remojándose y maniobrando con aquello que hasta los mismos
hebreos, pueblo reconocido como carnal, prohibian mirar como si
ofendiese y manchase la vista.

[195] Bilel era un criado de Mahoma. Cuando murió su amo, dió muestras
de gran sentimiento, se retiró á los montes, y comenzó á dar grandes
gritos: tenia una voz muy sonora, y segun el dicho de su amo, estaba
destinado á ser almuedan del Paraiso. Nota 2 del Sr. Gayangos á la pág.
264 de la cit. obra _Suma de los principales mandamientos, etc._

[196] El _aliden_ es la llamada á la oracion desde la torre ó alminar de
la mezquita, segun se dijo en la pág. 98, nota 1.

[197] Esta antigua costumbre de las mugeres árabes se observó ya por
Tertuliano (_lib. de Velandis virginibus, cap. 17_): _judicabunt vos
Arabiæ feminæ Ethnicæ, quæ non caput tantùm, sed faciem totam tegunt,
ut, uno oculo librato, contentæ sunt dimidiâ frui luce, quam totam
faciem prostituere_.

[198] El erudito comentador de Luitprando D. Lorenzo Ramirez de Prado,
alegando la autoridad de nuestro cronista Juliano, supone que el manto ó
almalafa de las hembras árabes de España era comun á hombres y mugeres.
Dá la razon en el párrafo siguiente copiado de aquel cronista (núm.
620): _Eisdem vestibus utuntur nunc Saraceni, quas ex Africâ secum
deduxerunt quæ mentitis vestibus venerant huc cum viris. Nam Miramolinus
feminas vetuerat, ne transirent ad Hispanias. Et amatores Saraceni
adduxerunt nonnullas virgines in habitu virili, quali nunc utuntur
feminæ Bæticæ, et olim utebantur etiam Christianæ degentes inter Mauros;
vocant_ MANTOS ET ALMALAFAS. Si los hombres con sus mantos cubrian la
cabeza, como usan hoy los árabes y africanos, facilmente se comprende
que una muger envuelta en su almalafa pudiese confundirse con un varon
mancebo, sobre todo si era la almalafa un manto tupido y fuerte, y no un
velo fino y trasparente como el _theristro_, que usaban las mugeres en
los paises cálidos de Oriente segun el testimonio de varios SS. PP.
comentando los pasages del Génesis en que se hace mencion del velo de
Thamar y de Rebeca. Entre los griegos del Bajo-Imperio hasta los mismos
hombres afeminados lo usaron, puesto que se refiere que habiendo enviado
el rey Hugo á Romano II, entre varios presentes, dos hermosos perros del
norte, al ver los animales al emperador griego cubierto con su
_theristro_ á la usanza de su pais, le creyeron un monstruo en vez de un
hombre, y se lanzaron sobre él furiosos. En la forma general, muy poco
debia diferenciarse el trage de los dos sexos: camisa, túnica, faja y
manto, eran comunes á hombres y mugeres. Hasta el tocado era parecido,
porque si ellos llevaban turbantes, mas ó menos voluminosos segun los
paises de donde procedian, ellas usaban las llamadas por los cronistas
latinos _mitriolas_, que no eran otra cosa que una pequeña faja rodeada
á la cabeza, llevada en todos tiempos por los lidios, frigios, sirios,
árabes, persas y egipcios, y entre los romanos como adorno de las
mugeres estrangeras, de las rameras, y de los hombres afeminados que
afectaban un trage exótico. Una cosa que no llevaban los hombres en la
España-árabe era el _thorax sericus_ ó paño de seda que cubria el pecho,
que nuestras mozárabes cristianas tomaron de las mugeres árabes, y de
que no se olvida el minucioso expositor Aly ben Mohammed, á quien sigue
Marracio, al enumerar las prendas con que se debe revestir á los
difuntos, hombres y mugeres. (_Caput de oratione in exequiis mortuorum_,
obra cit.)

[199] Véase nota 3, pág. 136.

[200] Véase la eruditísima nota de D. Lorenzo Ramirez de Prado al núm.
352 del _Cronicon_ de Luitprando, llena de curiosas investigaciones
sobre el uso de los palios, mantos y velos de los orientales.

[201] Femineum lucet sic per bombycina corpus. Marcial, lib. 8, epíg.
68.

[202] _Suma de los principales mandamientos_, etc. Cap. VII, Del
atayamun y sus defectos.

[203] Las cinco azalas del dia son de obligacion inescusable, pero como
queda indicado no es obligatorio hacerlas todas en público. En público,
esto es, en la mezquita, solo es de riguroso precepto la del viernes ó
dia festivo, á la hora de _adohar_; las demas se pueden hacer
privadamente, y cada cual de hecho las hace en el lugar ó sitio en que
le coge la hora de cumplir este deber. Es claro que cuando se hace la
azala en medio de un campo, ó viajando, no hay Imam que la dirija, ni
hay lectura del Koran, ni sermon, ni Kotba (véase la nota 2, pág. 99); y
muchas veces ni siquiera puede precederle la ablucion general (_tahara_)
y la purificacion ceremonial (_alguado_) por no haber agua corriente á
mano. En este caso hace el muslim el _tayamun_ con polvo, ó tierra, ó
yerba, ó césped, ó nieve, ó barro, etc. Ahora bien, el _tayamun_ es solo
un medio supletorio, y no dispensa de hacer tahara si se ha perdido, y
_alguado_ cuando en el término de una hora sea posible hallar agua clara
y sitio á propósito para ello. El modo de hacer _tayamun_ consta en el
cap. VII de la obra _Suma de los principales mandamientos_, etc., ya
citada. «La manera como se ha de hacer es, que ponga las manos sobre la
tierra, llanas, ó en la cosa con que quiera hacer _tayamun_, y
lebántelas sumariamente y maçhará (restregará) su cara una bez,
nonbrando ad Allah el alto, y buélbalas á poner sobre la tal cosa que el
tomare y hagan al braço derecho principiando de la punta de los dedos de
la mano hasta encima del codo, y buélbalas á poner las manos sobre la
tal cosa, y hará de aquella mesma manera al braço yzquierdo, sin
lebantar la mano hasta que buelba á salir por los mesmos dedos por donde
principia: de manera que de subida y baxada comprenda bien todo el
braço.»

[204] Véase Clemente Tosius, abad de la Congregacion Sylvestrina, en su
obra _India oriental_, tomo I.

[205] Véase Marraccio, obra cit., y la interesante obra titulada
_Viaggio all'Indie Orientali_, etc., del P. Vicente María de Sta.
Catalina de Sena, carmelita descalzo.

[206] Los sectarios de Alí pretenden que las abluciones deben empezarse
por el codo, y los de Omar sostienen que por las puntas de los dedos.
_Les Mahométans disputent entre eux des pratiques_ (dice Mr. de Bonald),
_les chrétiens du dogme_. Législation primitive, tomo 3, pág. 345, nota.

[207] _Alicama._ Convocacion interior que se hace en las mezquitas con
el fin de llamar á los fieles á la oracion. Diferénciase de la otra
convocacion llamada _aliden_, en que esta se hace á la parte esterior,
desde los alminares ó torres, en las que se construyen unas terrazas ó
balcones que las ciñen en contorno, para que los almuedanes puedan dar
el pregon á los cuatro vientos, girando hácia la derecha.

[208] «_Si steterit mulier ad latus viri, ita ut ambo conjungantur in
oratione, vitiabitur oratio viri. Non decet mulieres interesse coelui
(virorum)._» Marrac. op. cit., cap. V _De eo quod convenit orationi._ Y
no solo han de estar separados los sexos, sino que entre los de un sexo
mismo hay preferencias reconocidas: así v. g. «_Qui mundus est non
orabit post eum qui patitur frecuentem fluxum urinæ: neque, quæ munda
est, post eam cui menstruorum reliquiæ perseverent_, etc. A tal punto se
lleva la distincion de gerarquías, que se manda que en el templo el que
sabe leer no esté detrás del ignorante, ni el vestido detrás del
desnudo. _Ibid._

[209] Marrac. _Ibid._

[210] Giaab, citado por Savary en su traduccion del Koran. Cap. I. ó
Introduccion.

[211] Suprimimos estas minucias y vaciedades por demasiado prolijas y
fastidiosas; quien quiera enterarse de todas ellas las hallará
detalladas con la suficiente claridad en la citada obra de Marrac.
_Refutacion del Koran_, y en el cap. XI de la _Suma de los principales
mandamientos y devedamientos_, tambien citada. En este capítulo hallará
el siguiente curioso trozo: «Asiéntese en tierra las pulpas de los
pulgares de los piés, y diga tres beces _çubhana rabbi lealé_ como se
dice, y asiéntese sobre la pierna izquierda, de manera que no se asiente
sobre ninguno de sus piés, sacándolos al lado drecho y el bientre del
pulgar del pied drecho, y se asiente en la tierra; ó si quiere ponga la
planta del pied izquierdo con el muslo del drecho, y ponga las manos
sobre las rodillas y buélbase á _açaxdar_ (postrar en tierra) como de
primero con _Allah ua aqbar_, y dispues lebántese con _Allah ua aqbar_,
y hará otra _arraca_ (incurvacion) con aquella, y asiéntese y diga:
etc.» ¡Que así se haga consistir en la mímica el mérito de las preces
del Altísimo!

[212] El curioso M. S. del Sr. Gayangos citado en otra nota contiene el
siguiente párrafo sobre la necesidad de seguir escrupulosamente al Imam
en la azala pública, que corrobora la exactitud de la comparacion que
acabamos de hacer. «Y se advierta que la intencion de seguir al Imam es
_fard_ (precepto forzoso) sobre el que le sigue, y que el seguirle ha de
ser que despues que el Imam vaya á los actos della de bajar ó subir,
vaya en su seguimiento, porque de hacellos igual con él es _macuh_ (acto
laudable no obligatorio), y si antes que él es _muharam_ (cosa
prohibida). Y si es en _taqbirat alyhram_ y el _çalam_ (salutacion que
se hace al fin de la oracion) decirlo junto con él ó antes que él, es
perdida su çala; y esto se advierte porque muchos no salen della sino
con un _haram_ (condena) acuestas, demas que hay opinion de que es
perdida si lo hace adred el anticiparse en los actos. Y todo esto por la
poca consideracion que se tiene de no hacer la obra como se debe ó
porque piensan que han de acabar primero que el Imam y estan engañados,
por cuanto no pueden salir de la çala hasta que el Imam abra la puerta
con dar el _çalam_. Y se echa de ver en actos tales la poca debocion que
tienen en esta escelente obra, pues no ben la ora de salir della, etc.»

Redúcense realmente las oraciones de los mahometanos á verdaderas
gesticulaciones con el cuerpo, las manos y los piés: incurvaciones de la
cabeza y de la espalda, postraciones ó humillaciones de toda la persona
en tierra, y otros actos propios de histriones. Su oracion apenas puede
llamarse tal: el mismo favor que se les dispensa diciendo que tienen una
religion (puesto que no hay rigorosamente hablando _religion_ donde no
hay ademas del templo una ara y un sacrificio, y ellos no tienen
sacrificio ni ara), se les concede suponiendo que en sus azalas hacen
_oracion_, dado que la oracion supone deprecaciones y plegarias. Solo de
vez en cuando entre la multitud de sus gestos corporales van mezcladas
las esclamaciones: _¡Solo Dios es grande! ¡A Dios las alabanzas! ¡No hay
mas Dios que Dios!_ y otras por este estilo, con algunos versículos del
Koran, especialmente los siete de la primera Sura, que es mas bien un
himno que una deprecacion, á la manera de muchos Salmos de David. La
devocion y atencion suma que los mahometanos afectan en sus azalas nace,
observa Marraccio, en parte de la mera costumbre, en parte tambien de
verdadera hipocresía. En suma, estos actos puramente exteriores nada de
por sí influyen en la santificacion del hombre, y nada significan no
animándolos las virtudes interiores, la caridad, la fé, la piedad, y
otras que solo el cristianismo inculca y hace de rigoroso precepto. Los
desmedidos elogios que hoy es moda prodigar á todo lo de los árabes, nos
obliga á entrar en esta clase de consideraciones.

[213] Véase la lámina _Vista interior de la mezquita_.

[214] Véase la nota 2, pág. 122.

[215] Debió ser en idioma arábigo esta predicacion de los dos cristianos
dentro de la mezquita mayor, porque de lo contrario no hubieran sido
comprendidos. Por lo tocante á Serviodeo, como natural de Siria, no hay
la menor duda; y en cuanto á Rogelio es de creer que hablase aquella
lengua, como casi todos los mozárabes españoles, cuando se arrojó á
evangelizar á los mahometanos. Consta que era cosa comun entre los
naturales hablar y hasta manejar con elegancia la lengua de los
dominadores, por lo cual algunos de ellos, aunque cristianos, obtenian
cargos y empleos en la corte de los Umeyas, escribanías y otros oficios
del gobierno. Sábese por S. Eulogio (_Memorial de los Santos_) que los
dos jóvenes Emila y Jeremías, que hemos nombrado poco há, eran
doctísimos en la lengua árabe. Del abad Sanson, que en el tiempo á que
nos referimos tenia 42 años, consta, que se valian de él los reyes de
Córdoba para traducir del arábigo al latin las cartas que dirigian al
rey de Francia. (S. Eulogio, _Memoriale Sanctorum_, lib. 2, c.
2:--Florez, _Vida del abad Sanson_, t. 11, España Sagrada:--Masdeu,
Hist. crit., t. XIII, España Arabe, p. 176: etc.)

[216] «Concluida la oracion, id libremente. Proporcionaos los bienes que
el cielo ha dispensado á los humanos.» Sura LXII. _El viernes_, vers.
10.

[217] «Los moros (dice Ambrosio de Morales copiando á S. Eulogio)
cargaron con tanto ímpetu sobre los dos cristianos, derribándolos en el
suelo y hiriéndolos, que los uvieran allí muerto, si no acudiera el
juez, para librarlos de aquella furia, mandándolos llevar á la cárcel.»

[218] «A este fin hizo (el rey moro) venir á la corte á los
metropolitanos de diversas provincias, para que juntos los obispos
decretasen lo que deseaba.» Florez, trat. 33, cap. 10, §. III. _Del
Concilio tenido en Córdoba acerca de los que se presentaban al
martirio._

[219] Florez, loc. cit.

[220] «Esta simulacion, dice Gomez Bravo, t. 1, p. 132, desagradó á S.
Eulogio por el escándalo y error que causaba en los ignorantes, que no
penetraban lo alegórico del conciliar decreto, y creerian prohibido el
martirio.» El P. Florez es de contrario sentir, y de aquellas palabras
_eademque schæda minimè decedentium agonem impugnans, quod futuros
laudabiliter extolleret milites, percipitur_, deduce que el santo
declaró ser buenos y favorables á los mártires, no solo la intencion,
sino tambien el sentido formal de la sentencia. Lo cierto sin embargo es
que S. Eulogio fué perseguido y se vió en la precision de ocultarse.

[221] Guadalquivir (_wada-l-kebir_) significa en árabe _el rio grande_.

[222] Los historiadores árabes refieren la muerte de Abde-r-rahman II
como natural y tranquila. Nosotros hemos preferido sin embargo la
relacion de S. Eulogio, porque ademas de ser contemporáneo, podia estar
muy enterado de la verdad de los hechos por tener un hermano empleado en
el palacio del sultan. Nuestros mas juiciosos historiadores, Morales,
Roa, Gomez Bravo, Florez, etc., han seguido esta version.

[223] Kalam era muy querida de Abde-r-rahman por lo bien que escribia,
recitaba versos, referia cosas históricas, y sabia tocar y cantar. Véase
Al-Makkarí, l. VI, c. IV.

[224] Amaba tambien tiernamente á sus concubinas Mudathirah y Ashifá,
que de esclavas habia convertido en esposas. _Ibid._

[225] Distinguia al célebre poeta Abdallah ben Xamri, y á Yahye ben
Hakem. Véase Conde, t. 1.º, cap. XL.

[226] «Bajándole á su lecho, murió aquella misma noche, antes que
acabase de consumir el fuego los cuerpos de los sagrados mártires.»
Bravo, t. 1, p. 133.

[227] De estos pseudo-cristianos, cooperadores de la tiranía
sarracénica, haremos mencion especial mas adelante, en el capitulo
_Córdoba mozárabe_.

[228] El mismo dia que le proclamaron rey echó del palacio y casa real á
todos los cristianos que en ella servian, quitándoles las raciones y
sueldo que tenian; y entre ellos fué tambien echado Joseph, hermano de
S. Eulogio, como el santo refiere.

[229] De esta destruccion de los templos de los cristianos en tiempo de
Mohammed nos ocuparemos tambien en el capítulo _Córdoba mozárabe_.

[230] S. Eulogio: _Docum. Mart._, cap. 7, núm. 6.

[231] Véase Conde, Cap. XLVIII. t. 1.º Victoria del principe Almondhir
contra los rebeldes de Toledo. «El principe... envió 700 ú 800 cabezas
de rebeldes á Córdoba... y el rey las mandó poner en las almenas, etc.»

[232] Véase Ambrosio de Morales, con la autoridad de Luis de Mármol.
Crón. gen., lib. XIV, cap. 32.

[233] Refiere esta anécdota Conde, t. 1.º, cap. LIV.

[234] Véase arzob. D. Rodrigo, Hist. de los árabes.

[235] De los cristianos vergonzantes confundidos con los árabes por la
lengua, por el trage y por el modo de vivir, se hace mencion frecuente
en la Esp. Sagr. del P. Florez, trat. 33.

[236] Véase Conde, t. 1, cap. LV.

[237] Conde, _ibid._, y Al-Makkarí convienen en este suceso. Véase la
obra del último, lib. VI, cap. IV.

[238] «Asi fué que el rey Mohammad estando sin dolencia alguna, y
recreándose en los huertos de su alcázar con sus wazires y familiares,
le dijo Haxem ben Abdelasis ben Chalid, Walí de Jaen, ¡cuán feliz
condicion la de los reyes! para ellos solos es deliciosa la vida, para
los demas hombres no tiene el mundo tantos atractivos: ¡qué jardines tan
amenos, qué magníficos alcázares, y en ellos cuántas delicias y
recreaciones! Pero la muerte tira la cuerda limitada por la mano del
hado, y todo lo turba, y acaba el poderoso príncipe como el rústico
labriego. Mohammad le respondió: en apariencia la senda de la vida de
los reyes parece llena de flores aromáticas; pero en verdad son rosas
con agudas espinas: la muerte de las criaturas es obra de Dios, y
principio de bienes inefables para los buenos; y sin ella yo no seria
ahora rey de España. Retiróse el rey á su estancia, y se reclinó á
descansar, y le salteó el eterno sueño de la muerte, que roba las
delicias del mundo, y ataja y corta los cuidados y vanas esperanzas
humanas.» Conde. Hist. cit., tomo I, cap. LVII.

[239] La comprobacion de esta verdad se halla en la historia de nuestro
arte nacional. Asimiladas en cierta manera las dos arquitecturas árabe y
goda en el siglo de Carlomagno por la visible inoculacion del gusto
bizantino en ambas, empiezan á seguir una marcha divergente desde que
acaba en Europa el influjo de la restauracion Carlovingia. Entregado
entonces el genio occidental á sus propias fuerzas, el gusto bizantino ó
neo-griego solo entra en sus concepciones como auxiliar para la
ornamentacion, al paso que el genio arábigo le adopta como fundamento.
Esta diferencia se manifiesta ya muy marcada en el décimo siglo, y desde
el undécimo en adelante se señala aun mas, para formar luego dos
sistemas enteramente opuestos en el siglo XIII y siguientes. Los
caractéres mas aparentes de estos dos sistemas occidental y oriental son
la tendencia del primero á la vertical, y la propension al desarrollo
horizontal en el segundo. Aquel aspira á la elevacion, estrecha los
vanos, aguza las armaduras, acaba por romper el arco para reunir sus
apoyos sin disminuir su altura; el oriental por el contrario se dilata á
placer sobre la tierra, aplana sus techumbres convirtiéndolas en
terrazas, ensancha sus vanos, se corona de cúpulas.

En España sin embargo la escuela neo-griega ejerce su influjo desde mas
temprano y de una manera mas marcada que en el resto del Occidente, lo
cual se debe quizás al dominio que sobre nuestras costas meridionales
mantuvo el imperio griego en el sexto siglo, y al trato y comercio en
que desde el siglo VIII vivió el pueblo conquistado con el sarraceno
conquistador, que propiamente hablando fué para nosotros el vehiculo de
las prácticas y tradiciones orientales. Para citar un ejemplo de esta
singularidad que nuestra arquitectura nacional ofrece, entre muchos que
pudiéramos citar y que suprimimos por no estraviarnos demasiado de
nuestro propósito, mencionaremos la iglesia de S. Miguel de Lino, en
Asturias, que siendo construccion del noveno siglo, ofrecia, segun de su
actual estado pudo colegir Ambrosio de Morales, la singularidad de
ostentar un cimborio bizantino en su crucero. Este precioso ejemplo de
nuestra temprana aficion al gusto oriental, merece tenerse muy en cuenta
hoy que parece probado de una manera inconcusa que los templos mas
antiguos de Francia coronados de cúpulas bizantinas son en un siglo
posteriores á nuestro modesto templo asturiano. (Véase la reciente obra
de M. Felix Verneilh _L'architecture Byzantine en France_.) El punto que
en esta nota hemos tocado merece estudiarse detenidamente: el _Ensayo
histórico sobre la arquitectura española_ del Sr. D. José Caveda puede
facilitar mucho el estudio analítico que conviene hacer antes de deducir
conclusiones demasiado generales.

[240] ¿Quién ignora el orígen de la fábula de Leda? Era tal la belleza
de los dos jóvenes Cástor y Pólux, y de su hermana Helena, la del cuello
de cisne, segun la pintan los poetas, que los griegos, propensos á
materializarlo todo con su risueña mitología, los supusieron hijos del
mismo Júpiter. Cástor sin embargo no era inmortal, porque en realidad el
huevo de donde salió juntamente con Clitemnestra, habia sido fecundado
por Tindaro y no por Júpiter. Pólux y Helena lo eran: ambos habian
salido del huevo fecundado por el padre de los dioses. Cástor y Pólux
eran reputados como inmortales, pero cesó el error cuando murió el
primero.

Permitaseme simbolizar con esta fábula la historia de los dos artes
musulman y cristiano: los dos derivan en su orígen del arte clásico
griego; pero el uno manifiesta en su desarrollo, degeneracion y muerte,
el gérmen puramente materialista, mientras el otro revela en su
crecimiento, siempre progresivo, que lleva por decirlo asi el aliento de
la Divinidad. El arte cristiano es en efecto producto espontáneo del
consorcio de la belleza antigua con el espiritu fecundo de la nueva ley
moral con que Dios dirige á la humanidad.

Tambien simboliza el llanto de Pólux por la muerte de su hermano la
degeneracion del arte cristiano en ciertas épocas, el cual por ceder á
una ciega y fanática admiracion hácia las creaciones del arte
materialista, abjura de su inmortalidad, es decir, de sus altas y
genuinas aspiraciones, y consiente que usurpe su puesto un arte
alucinador é impotente, cuyos medios no corresponden al objeto final del
arte en la sociedad cristiana.

[241] Fué este el rey D. Sancho I, hijo de D. Ordoño III.

[242] Ibn' Abdi-r-rabbihi, cit. por Al-Makkarí en el cap. V, lib. VI de
su Hist.

[243] Mas adelante hablaremos de este procedimiento llamado por los
árabes el _Sofeysafá_, empleado con profusion y admirable efecto en el
mihrab de la mezquita que vamos describiendo.

[244] La cristiandad veía con espanto acercarse el año mil: una especie
de terror vago que se cernia como una negra nube sobre todas las
naciones de Europa, hacia presentir al Occidente una gran mudanza en el
órden de cosas general, que era nada menos que la disolucion del mundo
de Carlomagno en el caos para engendrar el feudalismo. Presentian las
naciones la gran trasformacion, y formulaban sus terrores prediciendo la
venida del Ante-Cristo y el fin del mundo.

[245] Las casas de recreacion que por los alrededores de Córdoba y su
fértil campiña tenian diseminadas los califas y magnates eran muchas, y
se designaban todas con poéticas denominaciones análogas á sus
peculiares distintivos, á los fines á que estaban consagradas, ó al
objeto ideal que habian querido realizar sus dueños. Era la mas notable
la Ruzafa, de que hemos hablado en el curso de esta descripcion, fundada
por Abde-r-rahman I como recuerdo de la deliciosa casa de campo que su
abuelo Hixem habia construido en Damasco. Propios de los califas eran
tambien, y dispuestos á la manera de las deliciosas _villas_ de Italia,
el _palacio hajirí_, el _palacio del jardin_, el _palacio de las
flores_, el _palacio de los amantes_, el _palacio del afortunado_, el
_palacio de Rustak_, el _palacio del contento_, el _palacio de la
diadema_ y el _palacio de las novedades_. Mas célebre que todos estos
era el palacio llamado de Dimashk, cuya techumbre sustentaban hermosas
columnas de mármol, siendo su pavimento de mosáico de vívidos matices; y
mas todavía el _Al-mushafiyyah_, propiedad del Wazir de Hixem II Jafar
Al-mushafí, que describe Ibnu-l-Abbar como una de las mas encantadoras
moradas de aquellos tiempos y de aquella tierra. Habia ademas muchos
jardines (_Munyat_) deliciosos por sus baños, grutas, alamedas y puntos
de vista; y entre varias granjas se distinguian la _pradera de oro_, el
_prado del agua murmuradora_, el _campo de los hurtos_, el _campo de la
presa_, el _campo de los molinos_, etc.

[246] Haremos á su tiempo la descripcion del famoso y poético palacio de
Medina Azzahra, cuyas maravillas se tienen por fabulosas.

[247] Pone Al-Makkarí este dicho en boca de un doctor andaluz anónimo.

[248] Así es denominado generalmente Abde-r-rahman III para
diferenciarle de los otros reyes de su mismo nombre.

[249] Para las torres que se construían en el décimo siglo en la Europa
cristiana, no dejaba de ser estraordinaria la altura de 72 codos dada al
alminar ó zoma de Córdoba. Esta torre existia aun en tiempo de Ambrosio
de Morales, que ligeramente la describe. Quebrantada, primero por la
osadía de un arquitecto del siglo XVI, á quien se consintió reformarla á
su manera, y despues por el terrible huracan y terremoto del año 1589,
acordó el cabildo de Córdoba repararla con arreglo á nueva traza, y se
empezó á demoler el dia de S. Andrés del año 1593. Acabóse de construir
segun hoy se ve ya muy entrado el siglo XVII, y hoy se la designa con el
nombre de Torre de las Campanas. Su actual estructura es la que aparece
en la lámina _Puerta de las Palmas_.

[250] Aunque sabíamos ya por el geógrafo Edrisi (nueva traduccion de M.
Jaubert) que el mosáico esmaltado _sofeysafá_ que cubre las paredes del
_mihrab_ de Córdoba habia sido en la mayor parte traido de
Constantinopla, y á pesar de que teníamos ya noticia de los varios y
preciosos objetos artísticos regalados por el emperador Leon, padre de
Constantino porfirogénito, á Abde-r-rahman An-nasír para su palacio de
Medina Azzahra; sin embargo deseábamos ver corroborada con documentos
mas detallados la filiacion bizantina del arte bajo los grandes califas
del décimo siglo. Afortunadamente el erudito orientalista D. Pascual de
Gayangos, cuya traduccion inglesa de Al-Makkarí nos ha sido hasta ahora
tan útil para nuestra tarea, acaba de proporcionarnos lo que tanto
deseábamos, tomándose con la bondad que en él encuentran todos los que
le consultan, el trabajo de traducir para nuestra obra muchos pasages de
una historia árabe, ahora por primera vez dada á luz en Leyden en su
idioma original por el Dr. Dozy, en la cual se refieren minuciosidades
interesantísimas sobre las construcciones de la grande Aljama de Córdoba
y de Medina Azzahra. Titúlase el libro publicado por Dozy _Historia de
Almagreb, de Ebn Adzarí el de Marruecos_, y en su página 253 se cuenta
como vino el mosáico esmaltado ó _sofeysafá_ de Constantinopla á
Córdoba, y de qué escuela fueron los artífices que lo fijaron en el
mihrab de la mezquita: pasage curioso que verá el lector reproducido á
continuacion.

[251] Por regla general no habia en aquellos tiempos embajada de
soberano á soberano sin costosos y esquisitos presentes, y estos solian
principalmente consistir en manufacturas preciosas, por medio de las
cuales adquirian las naciones el conocimiento mútuo del estado de sus
artes. No sabemos de una manera auténtica que fuesen de procedencia
bizantina en su forma artística los objetos enviados á An-nasír por el
emperador Oton y demas reyes del norte que con el Califa tuvieron
comunicaciones amistosas; pero siendo sin disputa bizantino el estilo
ornamental de todas las construcciones que hoy subsisten en Alemania,
Francia y España, del tiempo de los Enriques, Conrados y demas monarcas
de la casa de Sajonia, parece justo deducir que fuesen tambien
neo-griegas las ideas en todos los ramos industriales de ostentacion y
lujo. El gusto bizantino reinaba ya á fines del siglo X en casi todo el
Occidente; por lo tocante á Francia y á los paises que componian el
dilatado imperio germánico, puede el que guste cerciorarse de esta
verdad con solo hojear rápidamente las obras que acerca de la historia
del arte se han publicado en estos años últimos, y principalmente _Le
moyen âge, etc._, de M. Ferdinand Seré, y la concienzuda serie titulada
_Die Ornamentik des Mittelalters_ del arquitecto Heideloff. Por lo que
hace á España, si no fueran prueba concluyente de nuestro aserto las
construcciones que en los reinos de Asturias, Leon y Navarra, y en los
condados de Castilla y Barcelona erigieron nuestros piadosos y
magníficos Alfonsos, Ordoños, Ramiros y Wilfridos, todavía podríamos
citar numerosos documentos de la época á que nos referimos que ponen en
evidencia la casta bizantina de la ornamentacion nacional; pero este nos
alejaria demasiado de nuestro objeto presente.

[252] Es muy de notar este hecho. Los historiadores árabes designan con
el nombre de Rabí á un obispo de quien se valió en diferentes ocasiones
Abde-r-rahman el Grande para sus tratos con las córtes estrangeras. Rabí
fué el que trajo de Constantinopla á Córdoba las hermosas fuentes
adornadas de bajo-relieves que puso An-nasír en Azzahra: Rabí fué el
enviado á la corte del emperador Oton con grandes regalos para este
monarca. El autor de las actas de S. Juan de Gorzia nos pinta á los
prelados de Andalucía enteramente sumisos á la voluntad del Califa; un
obispo, á quien no nombra, y que podria ser tal vez ese obispo Rabí de
las historias árabes, es el comisionado para ir á felicitar á Oton por