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Title: Páginas sevillanas - Sucesos Históricos, Personajes Célebres, Monuments Notables, - Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y - Curiosidades.
Author: Chaves, Manuel, 1870-1914
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Páginas sevillanas - Sucesos Históricos, Personajes Célebres, Monuments Notables, - Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y - Curiosidades." ***

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Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones
ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación
presentes en el texto.



PÁGINAS SEVILLANAS

_Tirada de ciento cincuenta ejemplares._

EJEMPLAR NÚM. 59



MANUEL CHAVES

PÁGINAS SEVILLANAS

SUCESOS HISTÓRICOS, PERSONAJES CÉLEBRES, MONUMENTOS NOTABLES,
TRADICIONES POPULARES, CUENTOS VIEJOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES.

CON UNA CARTA-PRÓLOGO

DEL SEÑOR

DON JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ

SEVILLA

[Illustration: colophon]

Imp. de E. RASCO, Bustos Tavera I

1894



AL EXCMO. SR. D. JUAN PÉREZ DE GUZMÁN Y BOZA, DUQUE DE T'SERCLAES.


    _Mi respetable señor y amigo_:

_Terminada esta modesta obra, escrita enmedio de circunstancias harto
difíciles para llevarla á cabo tan á la perfección como mi deseo hubiera
sido, me permito dedicarla á V., pues quiero corresponder de algún modo
á las atenciones y pruebas de estima que le debo_.

_Me inclinan también á hacerlo así sus decididas aficiones á los
trabajos de la índole del mío, y la benevolencia con que en diferentes
ocasiones ha juzgado esta modesta colección de apuntes, sacados de la
historia y de las tradiciones de Sevilla sin otro objeto que el de
contribuir de algún modo, con bien escasas fuerzas, á generalizar la
memoria de personajes célebres y sucesos curiosos, que algunos ignoran y
que muchos han olvidado_.

_Acepte V., pues, la dedicatoria de mi modesto libro; y aunque ya se me
alcanza que lo que le ofrezco es cosa baladí, la intención es bonísima y
en nada cede á la de cuantos ingenios más afortunados que yo se honraron
poniendo el ilustre nombre de V. al frente de sus producciones_.

_De V. S. S. y devoto amigo_,

             Q. L. B. L. M.,

          MANUEL CHAVES.

Sevilla, 3 de Mayo de 1894.

[Illustration: barra decorativa]



CARTA-PRÓLOGO

SR. D. MANUEL CHAVES.

MI muy estimado amigo: El bondadoso afecto con que V. me distingue
llévalo hasta el punto de solicitar que mi nombre acompañe y aun vaya al
frente de su libro _Páginas Sevillanas_, puesto al pie de una
_Introducción ó Prólogo_, que explique al lector algunos pormenores
relativos á la aparición de su obra, causas que á ella le han movido,
objeto que al darla al público se propone, etc., etc. Confieso á V. que
después de hojeado el volumen y complacídome con sus preciosos artículos
he sentido, nó la natural satisfacción del amor propio al estampar mi
nombre junto al de V., sino algo superior á aquélla, algo más vivo y más
profundo, porque no se basa en el halago personal, ni en la vanidad
satisfecha, sino en el más puro y más noble de todos los humanos
sentimientos, en el amor á la patria, tan grande en mí, que no lo cedo
ante ningún otro. Su libro de V. es un precioso ramillete de recuerdos
sevillanos antiguos y modernos: en cada una de sus páginas paréceme ver
un girón de nuestras pasadas grandezas, un fragmento de nuestras glorias
artísticas, ecos de tradiciones y leyendas salvadas del olvido á través
de cien generaciones. Todas esas memorias son imperecederas, y ni las
destruye el impulso demoledor del tiempo, ni las salvajes profanaciones
de los hombres: subsisten y subsistirán mientras que en este bendito
rincón de Andalucía exista un alma capaz de sentir el poder de Dios
revelado en los encantos de la naturaleza, y el aliento creador del
humano ingenio traducido en sus inmortales concepciones. Así, pues,
siendo su libro de V. testimonio de glorias, compendio histórico y
padrón de grandezas sevillanas, y solicitando V. que mi oscuro nombre
vaya unido á tan preclaras memorias de otros días, ¿no he de mostrar á
V. en primer lugar mi reconocimiento? Si así dejara de hacerlo argüiría
en mí ingratitud, de la que estoy muy distante, ó inmodestia suma, para
la cual no hay el menor motivo.

Los sencillos relatos que V. hace de sucesos históricos, las
descripciones de monumentales fábricas, las curiosas leyendas que han
brotado al calor de la fantasía popular, los mil recuerdos que V. tan
hábilmente evoca, despertarán siempre en todo sevillano muy varias y
profundas impresiones, porque con aquéllos sabe V. herir la más delicada
fibra del sentimiento.

Dulce recreo del espíritu fatigado de las luchas de la vida, descanso
inefable para el alma enmedio del continuo tráfago que nos rodea,
experiméntase con la lectura de su obra de V.; por más que luego, cuando
la razón nos lleva á establecer el contraste entre lo pasado y lo
presente, sea mayor el desencanto ante la realidad abrumadora.

¡Cuántas veces he buscado reposo para mi espíritu en muchos de los
parajes que V. describe, y cuántas hallé consuelo en otros que traen
siempre á mi mente memorias juveniles, recuerdos imperecederos de
impresiones que no han de repetirse jamás. Á medida que nos vamos
alejando de aquellos días, parécenos sentir más íntimo goce al recorrer
los sitios queridos; y si por acaso el árbol que entonces nos dió
sombra, la vieja arcada en cuya penumbra nos ocultamos, ó la casa
albergue de nuestros amores caen á los golpes del hacha ó de la
piqueta, sentimos una gran pena, como si al desaparecer se llevasen
tras sí un pedazo de nuestro corazón. Mientras que existieron aquellos
mudos testimonios, tan elocuentes para nosotros, nos forjábamos la
ilusión de que nada había cambiado; pero al quitarlos de nuestra vista,
al borrar por completo las huellas de lo que un día fué para nosotros
motivo de inefables dichas, sentimos un vacío tan grande, que nada hay
bastante para llenarlo.

De poco tiempo á esta parte hemos visto ya desaparecer muchos edificios,
para lo cual hanse pretextado en la mayor parte de las ocasiones motivos
de utilidad común; y al paso que vamos irán cayendo otros, ya porque no
se atendió á su vetustez oportunamente, ya por las exigencias de las
mejoras públicas. Hay algunos, sin embargo, que yo tiemblo ante la idea
de verlos por tierra: si tal sucediera, ¡ojalá que antes haya yo
emprendido el gran viaje!

Usted seguramente, que conoce á palmos nuestra Ciudad; que al recorrer
sus calles se habrá detenido tantas veces para fijar su vista en una
antigua portada, cuyos carcomidos sillares ostentan aún en sus resaltos
las huellas de hábiles canteros; V., que habrá gozado descubriendo á
través de las capas de cal el contorno de un nobiliario escudo ó los
mutilados medallones que adornaron sus enjutas; que al internarse por
las angostas callejas de apartados barrios se habrá sorprendido al ver,
ora elegantísimo ajimez, ora una delicada y florida reja, ya un trozo de
plateresca yesería, ya una techumbre de alfarje; y V., finalmente, que
conoce los secretos que cada una de aquéllas guarda para los profanos,
estoy certísimo que al recorrer las de la collación de San Marcos, según
decían los antiguos, habrá V. más de una vez enderezado su camino, y
recordando al _manco sano_, _al regocijo de las Musas_, por las que
conducen al monasterio de Santa Paula. Empujado el postigo que facilita
el ingreso al compás de su iglesia, ¿no es verdad que al fijar los ojos
en el conjunto que allí se aparece, experiméntase una impresión tan
profunda, que tarda mucho en borrarse? Con efecto; ¿qué artista podría
haber imaginado cuadro más bello, más poético, de más dulce melancolía,
ni qué paleta posee colores para interpretarlo con toda la brillantez de
la realidad?

La Naturaleza y el Arte parece que á porfía en él derrocharon sus
encantos, sin que sea posible decidir cuál sobrepuja, ni cuál vence. De
una parte los blanquísimos muros del templo, sobre cuyas rojizas tejas
álzase elegante y correcta espadaña; más allá la singular y famosísima
portada, cuyos brillantes azulejos, al ser heridos por los rayos del sol
poniente, semejan finísimas placas esmaltadas con reflejos de nácares y
oro; y resaltando sobre el diáfano azul del cielo, los oscuros sillares
del ábside, con sus fantásticas gárgolas, sus calados antepechos, sus
ventanales festoneados de frondas, sus flamígeras tracerías y su
torrecilla octogonal, recuerdo de las tradiciones artísticas mudéjares.
Al pie del monumento, en el fondo del compás, ocultando la blanca casita
del capellán, crecen los rosales y las madreselvas, las campanillas de
colores y el caracol real, que, después de trepar por los troncos de las
palmeras y de enlazarse á sus ramas en mil giros, quedan pendientes de
sus copas, formando ligeros festones, que agitan las brisas de la tarde:
los nevados almendros resaltan sobre el fondo oscuro de los naranjos, y
las adelfas, con sus flores de color de rosa, aparecen entre las menudas
hojas de un viejo olivo. Á la izquierda, el huertecillo cubierto de
amapolas y de silvestres cardos, y en los arriates matas de claveles y
girasoles. Por detrás de las tapias descuellan los cañaverales y altos
cipreses de la huerta del convento de Santa Isabel, detrás de cuya
correcta espadaña yérguese majestuosa la elegantísima torre de San
Marcos, la cual parece que aún llora la suerte de sus constructores,
relegados á los arenales del África. Por último; cien torres y cúpulas
dibujan sus elegantes perfiles á lo lejos entre los oscuros tejados y
las azoteas coronadas de tiestos con mil suertes de bellas y fragantes
flores.

Á la caída de la tarde, cuando los últimos rayos del sol iluminan el
ábside, la portada y el huertecillo; cuando miriadas de golondrinas
acuden á buscar sus nidos bajo el gran alero de la iglesia, y las aves
con sus trinos despiden al día que muere; cuando la naturaleza toda
parece que se paraliza y el augusto silencio es interrumpido por las
notas graves y armoniosas del órgano acompañando los cánticos de las
religiosas, no es posible permanecer indiferentes; sentimos algo grande
que conmueve nuestro sér, que hiela nuestra sangre, que paraliza
nuestros movimientos; emoción profunda, indefinible, misteriosa, que
despierta en el alma deseos sin nombre, aspiraciones infinitas, ecos
alegres de lo pasado y tristezas de lo presente, precursoras de la vejez
que se aproxima...

Á la sombra de estos árboles, entre los rosales y las madreselvas, en
las penumbras del templo sacrosanto, enmedio de la agreste soledad,
arrullados por el trino de las aves ó por las majestuosas armonías del
órgano y de los cánticos religiosos, ¡cuántas veces he deseado dormir el
sueño eterno!

Y no es este el solo rincón de nuestra Ciudad querida adonde hallaremos
siempre motivos sobrados para dar rienda suelta á los más íntimos
sentimientos: sigamos la margen del río desde la Puerta de San Juan
hasta la de Macarena, y á cada paso tendremos que detenernos: de una
parte el convento de Santiago de la Espada con su ábside
románico-mudéjar, cuyos sillares conservan aún los misteriosos signos de
sus canteros _masones_; de otra la magnífica atalaya que fabricara el
infortunado don Fadrique; más allá las heterogéneas construcciones del
monasterio de San Clemente; después las murallas romanas, las huertas y
ventorrillos, la inmensa mole testimonio de la caridad de los ilustres
Duques de Alcalá, y á lo lejos las ruinas del monasterio de San
Jerónimo...

Pero ¿á qué seguir? V. sabe como yo dónde están esos parajes; V. los ha
recorrido mil veces; la curiosidad le ha llevado á conocer la historia
de cada uno, y como resultado de sus observaciones y de su amor patrio
ha compuesto el interesante libro que tengo á la vista.

¡Qué lástima, amigo mío! V. con su buen talento, su carácter
investigador, su genio alegre y su juventud, fuerza es decirlo, malogra
esas cualidades y emprende un camino extraviado. Sus sacrificios, sus
entusiasmos y su amor á Sevilla valdrán á V. menos, mucho menos, que si
fuese _muñidor_ en unas elecciones!!...

Muy pocos (pero éstos buenos amigos en verdad) le aplaudirán y harán
justicia; mientras que si endereza sus pasos por _el ancho campo de la
ambición soberbia ó de la adulación servil y baja_ alcanzará gran
predicamento, y entonces muchos le halagarán y enaltecerán!!...

Todavía reposan en Madrid en pobre tumba las cenizas de nuestro
inolvidable Bécquer, y no tardará mucho en que veamos alzarse en el
cementerio de San Fernando suntuoso sarcófago, costeado por suscrición
popular, que guarde los restos de _El Espartero_. ¿Qué va V., pues, á
esperar de las letras? ¿Qué protección de nuestros grandes hombres, de
nuestros _insignes_ políticos?

Y sin embargo de que V. está persuadido de estas tristes verdades,
continúa firme en sus nobles propósitos y lleva V. su abnegación y su
entusiasmo hasta el punto de escribir el nuevo libro que á estos
renglones acompaña, sin más estímulo que el de vulgarizar nuestras
glorias, ilustrando al pueblo; porque V. no ha escrito para los doctos,
sino para contribuir á la enseñanza de aquél, mostrándole sanos y
altísimos ejemplos que lo inciten á imitar lo bueno y á apartarse de lo
malo. Si pues tales han sido sus intentos, ¿cómo negar á V. mi pobre
pero sincero aplauso, cuando hoy carécese tanto de buenas lecturas,
cuando el veneno es pródigamente servido en doradas copas, y cuando se
atrofian las inteligencias con los más monstruosos relatos?

Tendrá V., pues, la mayor y más noble de todas las recompensas; la
íntima satisfacción que nace del cumplimiento de un deber: y si pasada
esta triste época de desdenes é indiferencias, las generaciones que nos
sucedan se proponen enaltecer la memoria de los que dieron pruebas de
amor á su patria y la honraron con sus obras, no dude V. que entre ellos
ocupará lugar muy preferente.

De V. afectísimo amigo,

Q. L. B. L. M.,

JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ.

15 de Junio 94.

[Illustration: barra decorativa]



I

LA FUENTE DEL ARZOBISPO

     «Horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse: para
     este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se
     allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines.»

     CERVANTES.


PRÓXIMO al convento de la Trinidad, cuya fundación se remonta al año
1249, existe un camino llamado en lo antiguo _Camino viejo de Córdoba_,
el cual está rodeado de fértiles huertas y de algunas fincas de recreo,
sin que tampoco falten en él los ventorrillos característicos de nuestra
patria, donde tan agradables tertulias se forman en los días hermosos y
serenos.

Siguiendo este camino, y á una distancia bastante regular, se encuentra
una fuente conocida por el nombre del Arzobispo, y que fué construída,
según la tradición, en tiempos de D. Fernando III.

En aquel lugar existía la huerta y palacio que el Monarca conquistador
regaló á D. Remondo, su confesor, y segundo arzobispo que tuvo Sevilla
después de ser abandonada por los sarracenos.

D. Remondo, que entre otros muchos edificios poseía una hermosa casa en
la calle que hoy lleva su nombre, próxima á la Catedral, solía pasar
algunas temporadas en aquella huerta deliciosa, que, por su situación
topográfica, por los dilatados terrenos que ocupaba y por la variedad de
abundantes frutos que se criaban en ella, era sin duda la mejor de
cuantas existían desde la casa de _Buena-vista_ hasta el campo donde
según la tradición eran sacrificados los mártires de los primeros
tiempos del cristianismo.

La magnífica huerta de que vamos hablando, muerto D. Remondo en 1286,
sufrió no pocos cambios de propiedad; el palacio fué derruído casi por
completo á mediados del siglo XV, y, repartidos los terrenos aquellos,
todo desapareció, excepto la Fuente, que aún se conserva casi igual á
como estaba en tiempos del Rey conquistador de Sevilla, según la
afirmación de algunos autores, que ponemos en duda.

La fuente del Arzobispo no puede ser más sencilla, pues sólo la componen
algunas negruscas piedras carcomidas por la destructora acción de los
tiempos, y varios caños, por donde sale el agua cristalina y abundante,
formando blanquísima espuma.

El manantial se supone no debe estar muy lejos, aunque varios escritores
de antigüedades de Sevilla lo creen á larga distancia, sin dar para
ello razones de gran fundamento.

De esta Fuente se llevó el agua para la Alameda, construyéndose entonces
un acueducto, del que sólo quedan hoy escasos restos.

Cerca de la Fuente existen algunos paredones y cimientos que se creen de
construcción romana, pues en aquel lugar, escribe González de León, hubo
un templo dedicado al dios Panteo, y edificado por Lucio Luicinio
Adamas. Dicho templo debió ser obra soberbia, así como una fortaleza que
también tuvieron los romanos no lejos de aquel sitio.

El agua de la fuente del Arzobispo era la mejor que se bebía en Sevilla,
y hasta los médicos la recomendaban á ciertos enfermos; por lo cual
diariamente, á pesar de la distancia que hay de la ciudad, acudían allí
gentes de todas las clases sociales, que, á más de tomar el líquido
salutífero, paseaban por los alrededores de la Fuente, que son muy
higiénicos, y desde los cuales la población presenta una bellísima
perspectiva.

El punible abandono de muchos, y lo poco que se ha cuidado la
antiquísima Fuente, han tenido por resultado que aquellas aguas, tan
agradables en otros tiempos, apenas puedan beberse hoy por su
desagradable gusto: y si ya no van á probarlas los vecinos de Sevilla,
aún se ven los domingos y días festivos muchas gentes que acuden allí á
merendar al sol y á pasar un rato agradable.



II

LA PUERTA REAL

     «Es una puerta hermosa, de una altura colosal, presidiendo una de
     las calles más dignas de la ciudad, y de una arquitectura
     sólida...»

     F. GONZÁLEZ DE LEÓN.


Quince puertas contaba antiguamente la capital de Andalucía, y una de
las más notables, sin duda, era la _Real_, llamada así desde mediados
del siglo décimosexto.

Según los más puntuales cronistas, el primitivo nombre de esta Puerta
fué el de _Goles_, y en ella se ostentaba sobre un arco de maciza piedra
una estatua de _Hércules_, que se conservó hasta algunos años antes de
la reconquista.

El día 22 de Noviembre de 1248 penetraron por esta Puerta los ejércitos
cristianos, al frente de los cuales iba el rey D. Fernando III, quien
puso cerco á Sevilla en 20 de Agosto de 1247, y venció al fin el poder
de los mahometanos con los poderosos auxilios que le prestaron, su hijo
D. Alfonso, que de Murcia vino á tomar parte en la empresa, el famoso
Almirante Bonifaz, y otros caballeros.

Ante la puerta Real fueron entregadas al Monarca conquistador las llaves
de Sevilla, y las tropas cristianas pasaron por bajo su arco henchidas
del mayor júbilo y alegría.

Muchos años después, en tiempos del asistente D. Francisco Chacón, se
llevaron á cabo importantísimas mejoras en esta Puerta, reconstruyéndose
casi por completo, y dándose fin á los trabajos en 1565.

Entonces perdió el carácter que tuvo cuando la reconquista,
desapareciendo sus puentes, sus rastrillos y todas sus obras de defensa.

Cuando el rey Felipe II celebró su casamiento con D.ª Ana de Austria, y
vino á Andalucía, entró en la capital por la Puerta de que nos ocupamos,
la tarde del 10 de Mayo de 1570, obteniendo un recibimiento digno de
aquel poderoso Monarca.

La puerta Real se adornó entonces con inusitado lujo, cubriéndose de
multitud de flores y banderas; las casas del lugar se vieron engalanadas
con ricos tapices y colgaduras, el suelo se alfombró de oliente juncia,
y cerca se construyeron dos arcos triunfales, en los que el Concejo
gastó enormes sumas.

Felipe II recibió allí las muestras más espontáneas del amor y respeto
que le tenía el pueblo de Sevilla, según escribe Malara.

Frente á la puerta Real se estableció durante la terrible epidemia
llamada _Peste levantina_, en 1649, un cementerio, en el que fueron
sepultados los vecinos que fallecieron en el barrio de San Vicente.

En el siglo XVIII se intentó hacer algunas reformas grandes en la
Puerta; pero no sabemos por qué causa quedaron en proyecto, y sólo se
ejecutaron ligeras modificaciones.

Las princesas del Brasil que visitaron á Sevilla en 1816 entraron por la
puerta Real, y al llegar el carruaje que las conducía á la calle Armas,
un numeroso grupo de individuos de la plebe desenganchó los caballos y
se dispuso á tirar como bestias del coche, lo cual con muy buen acuerdo
no consintieron las princesas, que se apearon más que de prisa,
frustrando los deseos de aquellos insensatos entusiastas.

El triste día de S. Antonio del año 1823, cuando desbandados los
absolutistas cometieron tantas infamias, hubo en la puerta Real algunos
destrozos, y ante ella formaron un enorme montón de objetos diversos,
robados de casas de liberales, á los que prendieron fuego con furor
salvaje.

Tapióse la puerta Real en 1836, cuando los carlistas amenazaban á
Sevilla, y el año 1862 comenzó el derribo, desapareciendo al poco tiempo
con el trozo de muralla y las casuchas de feísimo aspecto que estaban
adosadas á los muros.

«La puerta Real--escribe un historiador--era de regular arquitectura,
majestuosa y elegante, y en cuanto á su solidez nada dejaba que
desear.»

Constaba de dos cuerpos: el primero tenía un gran arco romano adornado
de gruesas pilastras, y el segundo terminaba en un frontispicio, sobre
el que se alzaban varias graciosas pirámides.

Sobre el arco se encontraba una inscripción latina, que traducida al
castellano decía lo siguiente:

«_Fernando quebrantó las puertas de hierro de Sevilla y el nombre de
Fernando brilla como los astros del cielo._»



III

EL MESÓN DEL MORO

     «Era este judío rencoroso y vengativo, como todos los de su raza;
     pero más que ninguno engañador é hipócrita.»

     BÉCQUER.


Todavía, á pesar de las muchas alteraciones y cambio que han sufrido las
calles de nuestra ciudad, hay una que conserva el nombre que le dió el
vulgo hace algunos siglos, y que se ha trasmitido de una á otra
generación sin que se perdiera. Nos referimos á la calle Mesón del Moro,
que está situada, como todos saben, entre las de Borceguinería y Ximénez
Enciso, y que pertenece á la collación del Sagrario.

Hace tiempo que nos movió la curiosidad por saber el origen del nombre
de esta calle, y aunque no ignorábamos que debía el llamarse así á una
posada que en ella hubo, cuyo primitivo dueño fué un creyente del
Profeta, no sabíamos quién fué aquél y qué celebridad tuvo para que
llegase á ser tan conocido de todos.

Hoy, revolviendo papeles viejos, hemos dado con una tradición que,
satisfaciendo en parte nuestra curiosidad, ha venido también á ponernos
en conocimiento de un suceso que quizá desconozcan algunos de nuestros
lectores.

Según las noticias que tenemos, después de reconquistada Sevilla por el
rey D. Fernando III en 1248, hecha la distribución de la ciudad y
expulsados sus antiguos habitantes, quedaron aún no pocos moros y
judíos, tolerados por los cristianos, que vivían confiados en su suerte,
que á la verdad no era muy próspera.

En aquel tejido de encrucijadas y callejuelas que rodeaban á la mezquita
mayor, _Djema Mukyarrim_, habitaba un musulmán que antes había poseído
grandes riquezas, y que al perderlas no quiso perder la ciudad donde
naciera, y descendiendo á una modesta posición, abrió una posada para
dar en ella alojamiento, muy particularmente á aquellos que su misma
religión profesasen.

Llamábase el moro Hach-Elarbi, y su odio á los cristianos era tan
profundo, que pasaba días enteros meditando planes insensatos, por ver
si daba con uno que diese el resultado cruel que esperaba.

Demasiado sabía el moro que debía ser muy cauto, pues los vencedores no
se andaban con niñerías, y por esto callaba y mostrábase humilde cuando
las gentes le veían, y afable con todos, para no infundir la menor
sospecha.

Cierta noche presentóse en el mesón un hombre al parecer forastero, de
pobre traje y de rara catadura, el cual, por ser entonces invierno,
llegó hasta una cuadra baja donde en una antigua chimenea de campana
ardían los secos troncos, y á su alrededor veíanse dos ó tres criados
del moro, que descansaban allí de sus faenas del día.

Sentóse á la lumbre el forastero y no tardó en presentarse á él
Hach-Elarbi, quien, enterado de la pretensión que traía, ofrecióle
aposento y dióle antes un poco de pan negro y carne asada para que
repusiese sus fuerzas, bien quebrantadas con el dilatado viaje que
traía.

Mientras cenaba el huésped, el moro hízole muchas preguntas,
demostrándose ser hombre curioso, y así que fué llegada la hora de
recogerse acompañóle á un aposento donde tenía preparado un modestísimo
lecho y dispuesto un candilón que le alumbrase.

Cuando después de pasadas algunas horas Hach-Elarbi, que acostumbraba á
levantarse á media noche para rezar ciertas oraciones, salió al corredor
donde el cuarto del viajero estaba, extrañándole ver por las rendijas de
la puerta reflejos de la luz, que aún estaba encendida, miró por entre
las podridas tablas, y sus ojos quedaron asombrados.

El desconocido estaba despojado del sayo burdo que le cubría, y sentado
en el lecho, teniendo ante sí un banco, donde había colocado una porción
de monedas de oro y plata, en cantidad suficiente para hacer la fortuna
de algunas personas.

Á la vista de aquellas riquezas excitóse la codicia del moro, y unióse á
ella singular coraje al apercibirse de que el huésped era cristiano por
un largo rosario y algunas medallas que pendientes del cuello tenía.

Contaba entre tanto el desconocido sus relucientes monedas, y cuando más
embebido estaba sintió de pronto abrirse la puerta de la estancia,
penetrando por ella el feroz moro, que arrojando al suelo el candilón,
lanzóse sobre el cristiano, y, echándole las manos al cuello, dióle allí
mismo muerte en pocos minutos. Después Hach-Elarbi escondió en una cueva
el cadáver, recogió el dinero y guardó el tesoro en el rincón más
apartado de la casa.

Largo tiempo permaneció este crimen oculto, descubriéndose años después
por una rara casualidad que la tradición no nos cuenta.

Sábese sí que la posada donde tuvo lugar el hecho permaneció cerrada
durante algunos años, y que en el mes de Febrero del año 1250
Hach-Elarbi sufrió la última pena, siendo puesta su cabeza ensangrentada
en una de las paredes exteriores del edificio.



IV

LA TORRE DE DON FADRIQUE

     «Aún permanece en pie la famosa torre de D. Fadrique, restos del
     palacio que para sí construyó el Infante de este nombre...»

     P. MADRAZO.


En la espaciosa y amena huerta del convento de Santa Clara existe una
Torre de buena altura y de elegantes proporciones, que por fortuna se
encuentra aún en el mejor estado de conservación.

«Su planta--escribe un distinguido autor contemporáneo--es rectangular y
consta de tres cuerpos, empleándose la piedra en algunas partes y lo
restante de ladrillo: el inferior conserva en la puerta de entrada
curiosa archivolta de estilo románico con arcos semicirculares y
columnillas, sobre la cual existe una inscripción; en el segundo cuerpo
rompen los muros estrechas aspilleras; en el tercero, en cada uno de sus
frentes hay elegantes ventanas del mismo carácter románico, y en el
último, coronado por un antepecho de almenas, se ven otras tantas de
aquéllas al estilo ojival con adornos lobulados. En cada uno de los
ángulos debió tener gárgolas para desagüe, de las que sólo resta una.»

Esta Torre, según los datos más auténticos, fué mandada construir el año
1253 por el infante don Fadrique, que allí tuvo su palacio, edificado en
los terrenos que le cedió su padre el rey D. Fernando III cuando se hizo
el reparto de la ciudad después de la conquista.

Llamóse en un principio _La Torre encantada_, no sabemos por qué, pues
aunque conocemos algunas tradiciones que pudieran haber dado origen al
nombre, ninguna encierra verdaderos detalles para el caso.

Sobre la puerta de la Torre, que es ancha y tiene las hojas de hierro,
existe una lápida negra con varios adornos y la siguiente inscripción,
que traducida del latín dice así, según la copia que sacó Peraza:

«_Esta Torre es obra ó edificio del magnífico Infante Federico, que fué
hijo amado de su madre la Reina D.ª Beatriz: débese dar alabanza al
maestro que la hizo. Esta deleitable Torre estaba llena de riquezas en
la era de mil é doscientos noventa, que es en el año de mil é doscientos
cincuenta y tres años._»

Respecto al interior de la Torre, el primer historiador de la capital de
Andalucía, Luis de Peraza, que floreció en los comienzos del siglo XVI,
escribía lo siguiente en su obra, aún inédita, titulada _Antiquísimo
origen de la ciudad de Sevilla_, etc. «Estando un lienzo de aquel compás
(el de Santa Clara) caído, yo entré... y subí á la Torre y vi en ella
tres estancias, unas sobre otras, todas ochavadas, y habiéndolas paseado
y mirado muy bien, me volví á salir.» Sin embargo de lo que dice Peraza,
añadiremos que las estancias aludidas no son ochavadas, y sólo tienen en
las partes superiores de los ángulos unas robustas nervaduras.

D. Fadrique murió en Burgos en 1276 y fué uno de los más poderosos
enemigos que tuvo su hermano D. Alonso _el Sabio_, el que mandó quitarle
la vida, confiscándole sus estados, por tomar parte muy señalada en la
revuelta que promovieron los descontentos y ambiciosos acaudillados por
González de Lara, Díaz de Haro y Fernández de Castro.

El infante D. Fadrique fué hermano también del primer arzobispo que tuvo
Sevilla después de la conquista, hijo de D. Fernando III, que á pesar de
su estado casó con la hija del Rey de Daria, pasando á vivir á
extranjeros países.

Las casas y el palacio de D. Fadrique, al ocurrir su muerte, fueron
donados por Sancho el _Bravo_ á las monjas clarisas, que allí levantaron
el convento, amplio edificio en cuya iglesia, de estilo gótico, se
conservan entre otras bellezas artísticas muy buenas esculturas de
Martínez Montañés y de Alonso Cano.

La torre de D. Fadrique tiene un carácter tan marcado de las antiguas
edades, que cuando al contemplarla con detenimiento destácase airosa
sobre el trasparente cielo, acuden á la imaginación los recuerdos de
aquellos tiempos de fe, entusiasmo y de acciones sublimes y heróicas,
embellecidos por la poesía y el arte.

Esta Torre es uno de los más antiguos monumentos de Sevilla, y puede
darnos una idea de lo que sería aquel soberbio palacio donde residió el
turbulento D. Fadrique, y donde tan suntuosas fiestas se dieron según
afirman puntuales cronistas.

Algunas personas creen que la Torre de que nos hemos ocupado toma su
nombre por el hermano de D. Pedro el _Justiciero_; y aunque este error
ha sido aclarado por muchos escritores, aún hay quien lo sustente,
demostrando en ello sus escasos conocimientos en la historia de nuestra
patria.



V

LA IGLESIA DE SANTA ANA

     «Éste es uno de los mejores templos de Sevilla, y encierra en su
     seno bastantes producciones de mérito.»

     J. AMADOR DE LOS RÍOS.


Si notable es este templo por las joyas artísticas que encierra, su
historia no deja de ser curiosa, y vamos á referirla á los que la
ignoren, haciendo mención también de las principales imágenes y pinturas
que allí se guardan.

Remóntase la fundación de la iglesia de Santa Ana á los tiempos de D.
Alfonso el _Sabio_, el cual se encontraba en nuestra población en 1280
disponiendo sus tropas para empezar la campaña contra los moros de
Granada.

Cuando iba á marchar sintióse el Rey molestado por un fuerte dolor en el
ojo derecho, que, lejos de disminuir con los medicamentos que le
aplicaban los físicos, creció más cada día, causando grandes molestias
al paciente.

Entonces D. Alfonso, comprendiendo que no había remedio alguno para su
mal, se encomendó á todos los santos, y muy particularmente á Santa Ana,
por quien siempre tuvo no poca devoción, prometiéndole que si curaba
levantaría en su honor un templo de hermosa fábrica y de constante y
fervoroso culto.

Oyó la Santa la súplica del Rey, cuyos dolores iban en aumento, y cuenta
la tradición que á poco el ojo empezó á dar señales de mejoría, quedando
tan bueno como el otro, sin necesidad de los brevajes y emplastos de los
físicos.

Patente y claro estaba el milagro; y no siendo D. Alfonso el _Sabio_
hombre que dejase de cumplir promesas, sobre todo si habían sido hechas
á los santos, apenas se vió restablecido manifestó sus deseos de erigir
la iglesia conforme lo tenía pensado.

Por entonces los vecinos de Triana, que no tenían más templos que una
capilla dedicada á San Jorge, pidieron al Rey que construyera una
iglesia, cosa que les hacía gran falta, y el Rey, que andaba sin saber
dónde levantar el edificio prometido, satisfizo el deseo de los
trianeros, y cumplió su promesa, mandando empezar las obras del templo
dedicado á Santa Ana á fines del ya citado año de 1280.

El monarca _Sabio_, los arzobispos D. Remondo y D. Sancho González y Fr.
Alonso de Toledo invirtieron sumas muy considerables en la construcción
de la iglesia de Santa Ana, y en el reinado de D. Pedro I de Castilla
éste costeó varios retablos é hizo que se terminasen por completo las
obras, ampliándolas y embelleciéndolas.

En los comienzos del siglo XV se renovó el edificio, que había sufrido
bastante con las inundaciones del Guadalquivir, colocándose por esta
época los bellos azulejos esmaltados que aún se conservan.

Entre otras reformas llevadas á cabo por los años de 1548 se construyó
el altar mayor, cuyas pinturas son debidas á _Pedro de Campaña_, que
también ejecutó otras obras en varias capillas, donde existen cuadros
muy notables de maestros tan celebrados como Alejo Fernández, Varela,
Frutet, Goltzus, Tomás Martínez, Roelas y Sánchez de Castro.

Hacia el 1755 se renovó el templo de Santa Ana casi por completo,
modificándose muchos de sus retablos, añadiéndole algunas imágenes y
quitándole algunos nichos y trozos de labores que, según dicen, afeaban
las paredes del interior.

Entre las esculturas de mérito que han existido en Santa Ana merecen
citarse: un Cristo llamado del _Buen viaje_, una Santa Cecilia, un San
Miguel, y una Concepción que pertenecía á la antigua hermandad de este
nombre.

En la sacristía se guardan algunas alhajas para el culto de gran valor,
que merecen ser vistas por lo acabado de sus dibujos y el mérito
artístico que encierran.

La iglesia de Santa Ana sufrió algunos desperfectos cuando la invasión
francesa en 1811, y entonces desaparecieron varios objetos muy
estimables, que fueron destruídos por los invasores.

Las muchas lápidas que en las paredes y en el suelo del templo se
encuentran todavía dan á entender que allí se enterraron personas
ilustres, como González del Real y sus deudos, la familia de don Lope
Sánchez y la esposa del Piloto mayor de los galeones, fundadora de la
hermandad de la Concepción que ya hemos citado.

Para concluir, diremos dos palabras del exterior de la Iglesia fundada
por don Alonso X el _Sabio_. La fachada es de gran extensión; los muros
son altos y rematan en azoteas con balaustradas adornadas de jarrones;
tres son sus puertas, una de ellas muy curiosa; y la torre, que tiene
dos cuerpos, es sencilla y elegante, divisándose desde ella un hermoso
panorama, que renunciamos á describir.



VI

LA GIRALDA

     «Torre excelsa, magnífica Giralda, que al cielo alzando la
     orgullosa frente, ostentas por diadema refulgente de aéreas nubes
     mágica guirnalda...»

     L. S. HUIDOBRO.


Fama universal goza este soberbio monumento, admiración de cuantos
visitan á Sevilla; y aunque su historia no es á la verdad desconocida,
ni sobre ella podemos añadir ningún dato ó noticia nueva, creemos que
resultarían incompletos estos apuntes si no dedicásemos algunas líneas á
tan magnífica y celebrada Torre.

La _Giralda_ es objeto de justo orgullo por parte del pueblo sevillano:
apenas hay poeta español que no le haya dedicado una frase ó una
alabanza; apenas hay artista que no haya trazado sus esbeltas líneas
sobre el lienzo ó sobre el papel, y puede decirse que ninguno de los que
á nuestra ciudad visitan deja de subir á ella para contemplar el
soberbio panorama que ante los ojos se extiende.

Sevilla tiene en la _Giralda_ su nota más característica: los lienzos,
acuarelas, grabados y fotografías que representan esta Torre circulan
por toda Europa; y el que lejos de la patria los contempla, siente
alegría en su alma y satisfacción imposible de contener.

¡Cuan magnífica y esbelta es nuestra _Giralda_!... la mole de ladrillos
se alza majestuosa sobre todos los edificios de la ciudad: en las noches
claras y serenas se destaca su silueta, presentando un aspecto
fantástico; en los días hermosos, en que el sol la ilumina, su vista no
puede ser más agradable y grandiosa, y en las fiestas solemnes, cuando
sus veinticuatro campanas lanzan al aire sus repiques, la ciudad se
alegra y el sonido de aquellos metales alegra también el espíritu de los
sevillanos.

Según algunos la _Giralda_ fué mandada construir para observatorio
astronómico, y según otros sólo servía para alminar de la mezquita.
Decretóse su obra en tiempos del emperador de Marruecos Jussuf, que
estuvo en nuestra ciudad hacia 1171; fué continuada bajo el mando de
Yakub, y se terminó en 1196 bajo la dirección del arquitecto moro Hever,
según es tradicional.

La _Giralda_ estuvo expuesta á ser derribada cuando se ajustaban las
condiciones de la entrega de Sevilla; pero gracias al infante D.
Alfonso, según dicen antiguos autores, esto no llegó á verificarse.

Entonces la Torre sólo tenía 250 pies de altura, «un antepecho de
almenas dentelladas--escribe Gestoso--coronaba la parte en que al
presente están las campanas, en la cual se levantaba otro segundo cuerpo
rectangular, cuyo remate lo componían cuatro enormes globos ó manzanas
de metal ó bronce», las cuales se describen de este modo en la _Crónica_
del Rey _Sabio_:

«Á la cima son cuatro manzanas redondas, una encima de otra, de tan
grande obra, é tan grandes, que no se podrían hacer otras tales. La de
somo es la más pequeña de todas, é luego la segunda que so ella es mayor
empués; la tercera mayor que la segunda; mas la cuarta manzana non
podemos retraer de fablar della, ca es de tan gran labor, é de tan
grande é extraña obra, que es dura cosa de creer; toda obrada de
canales, é ellas son doce, et la anchura de cada canal cinco palmos
comunales.»

En 1396 estas bolas cayeron á impulso de un fuerte vendaval ó de un
temblor de tierra, según hemos leído, y muchos años después, en 1568,
siendo arzobispo D. Cristóbal Valdés, se construyó el segundo cuerpo de
la Torre por el arquitecto Fernando Ruiz, colocándose la estatua de la
Fe llamada el _Giraldillo_, que se debió al escultor y fundidor
Bartolomé Morel, quien dió principio á su obra en 1566.

Está probado que el primer reloj que se conoció en España lo tuvo esta
Torre en tiempo de don Enrique III, y no recordamos en qué papel leímos
que, habiéndose descompuesto la máquina, permaneció parado cerca de dos
años, pues fué necesario traer de Ginebra un inteligente mecánico que
supiese arreglarlo.

El reloj que hoy existe es una magnífica obra, concluída en los
comienzos del siglo XVIII por el fraile José Cordero, de la orden de San
Francisco, y la campana es la misma que se puso en 1400 á presencia del
monarca D. Enrique el _Doliente_.

No creemos necesario hacer aquí una descripción del interior y exterior
de la _Giralda_: ¿para qué? se han hecho tantas por tantos autores, que
casi tendríamos que seguirlos con sus mismas palabras.

Sólo diremos, para terminar, que con las obras practicadas en la famosa
Torre en 1888 ésta quedó en el mejor estado de conservación, para bien
de Sevilla y orgullo de su pueblo y admiración de propios y extraños.



VII

RECUERDOS DEL REY DON PEDRO

     «Si le dan distintos nombres los que analizan sus hechos, de la
     crítica formando reñidísimo torneo, es porque fué su persona tan
     grande, que quiso el Cielo que el que vivió siempre en guerra
     moviera á discordia muerto.»

     M. CANO Y CUETO.


La memoria del Monarca justiciero está tan unida á las historias y
tradiciones de nuestra ciudad, que injusto sería no dedicar en estos
apuntes un recuerdo al rey más popular de España, y que más han
calumniado los cronistas é historiadores, presentándolo como un monstruo
sediento de víctimas y capaz de cometer toda clase de excesos y funestos
errores.

La pasión ha conducido la pluma de los escritores á los más lamentables
extravíos al ocuparse del reinado de D. Pedro, á quien son menos los que
con imparcialidad le han tratado, que los que le han atribuído patrañas
absurdas y cuentos ridículos, haciéndose eco de los que corrían en boca
del ignorante vulgo.

Pero la verdadera crítica, investigando con incansable actividad, ha
arrojado luz sobre tantas tinieblas, desvaneciendo errores y demostrando
que el Monarca á quien se llama _Cruel_ merecía el calificativo de
_Justiciero_, como así lo entendió Felipe II.

D. Pedro dejó en Sevilla huellas imborrables de su personalidad, las
cuales existirán siempre para mantener vivo el recuerdo en todas las
generaciones.

¡Cuántos edificios, cuántas calles, cuántos lugares nos traen aquí á la
memoria la severa y arrogante figura de aquel monarca joven, emprendedor
y valiente, á quien sólo pudieron vencer sus enemigos por la traición
más alevosa!

El Alcázar, esa joya de la arquitectura mudéjar, fué reconstruido por él
en 1364, invirtiendo grandes sumas en las obras, trayendo de distintos
puntos de España objetos de valor con que enriquecerlo, y empleando en
los trabajos á los más reputados artífices.

En el regio edificio existe aún la cámara particular que ocupó D. Pedro;
allí puede verse el patio donde cayó herido al golpe de las mazas el
maestre D. Fadrique; allí están los amenos jardines por los que tantas
veces paseó D.ª María de Padilla; allí está la magnífica portada cuyos
dibujos é inscripciones dirigió el mismo Rey, y allí, en fin, existen
próximos los sombríos y tortuosos callejones por donde él salía de
noche á vigilar la población y á sorprender las tenebrosas reuniones de
sus enemigos.

En la calle del Candilejo estuvo el domicilio de aquella vieja que asomó
su luz á la ventana una noche que el Monarca había tenido pendencia con
un desconocido, reconociéndole por el ruido de las choquezuelas, suceso
que por ser de todos sabido no relataremos, limitándonos á decir que el
busto de D. Pedro que hoy existe en la fachada cercana se colocó el año
1600, sustituyendo á la cabeza toscamente labrada en barro que el
Monarca justiciero hizo poner en el lugar de la riña.

Otro edificio que evoca su memoria es la torre del Oro, en la cual
estuvieron guardados los tesoros del Rey, bajo la vigilancia del judío
Leví, y en la que permaneció D.ª Aldonza Coronel mientras sostuvo sus
amorosas relaciones con D. Pedro.

Éste reedificó á sus expensas cuatro templos, que fueron el de San
Miguel, el de San Francisco, el de la Merced y el de San Pablo, haciendo
que en ellos se dieran de continuo solemnes cultos y fiestas, que solía
presenciar muy á menudo en compañía de sus cortesanos.

En el convento de Santa Inés yace enterrada la esposa de D. Juan de la
Cerda, D.ª María Coronel, á quien D. Pedro requirió de amores con tanta
insistencia, que la dama, que era de suyo honesta y poco sensible á los
halagos del joven Monarca, se retiró á la ermita de San Blas y luego á
dicho convento, que fundó, y en donde, viéndose aún perseguida por su
galanteador, no encontrando á mano otro medio de alejarle, se aplicó
aceite hirviendo en el rostro para matar su hermosura, quedando de
extraordinaria fealdad.

Cuando la guerra con Aragón, en el sitio de las Atarazanas equipó D.
Pedro la escuadra que había de obtener tan señalada victoria, y se dice
que el Rey en persona acudía todos los días á estos sitios, dando muchas
ordenes verbales á los marinos y demás gentes que trabajaban en las
obras.

No lejos de este lugar cuenta la tradición que D. Pedro entró en el río
á caballo persiguiendo airado al Nuncio del Papa, que había
anatematizado el enlace con D.ª María Padilla, viéndose muy apurado el
eclesiástico para huir en una barca, que por fortuna le salvó de una
muerte cierta. En la calle de San Luis se asegura que vivió aquella
hermosa dama, cuando fué conocida por el Rey; á la puerta del templo de
San Gil fué enterrado el famoso arcediano que la conseja popular nos ha
trasmitido... ¿Y á qué seguir enumerando lugares y edificios?... Ya
dijimos que Sevilla está llena de recuerdos de aquel Rey, y los que
hemos apuntado bastan para probar nuestras frases.

Si dispusiéramos de más espacio lo dedicaríamos á la memoria del Monarca
justiciero; mas como las dimensiones de estos apuntes no lo permiten,
ponemos punto á nuestro modesto trabajo.



VIII

EL SEPULCRO DE GUZMÁN EL BUENO

     «Un hijo dióme Dios para mi patria; su apoyo debe ser; no su
     enemigo... Y porque te persuadas cuán distante me encuentro de
     faltar al deber mío, si armas no tienes para darle muerte, toma,
     allá va, verdugo, mi cuchillo.»

     GIL DE ZÁRATE.


Á poco más de media legua de Sevilla existe una pequeña aldea, llamada
Santiponce, inmediata á la cual pueden aún verse las ruinas del antiguo
y soberbio monasterio de San Isidro del Campo, fundado por D. Alonso
Pérez de Guzmán y su esposa D.ª María Alonso Coronel en el año de 1301.

No es nuestro propósito hacer aquí la historia de este edificio, que en
situación tan lastimosa se encuentra hoy, ni tampoco describir con todos
sus detalles el local ni los cuadros, esculturas y sepulcros que en él
se hallan relegados al más imperdonable olvido.

El que tiene algún cariño por las glorias de la patria, el que estima
los recuerdos de aquellas generaciones pasadas que á las presentes
dieron vida, no puede por menos de experimentar cierta tristeza al
recorrer aquel claustro derruído, aquellos patios solitarios y aquellas
galerías que amenazan desplomarse; lamentando que la indiferencia de
unos y el instinto destructor de otros, unido á la acción de los
tiempos, hayan conducido á estado tan deplorable el monasterio en cuyo
lugar se guardaron los restos de San Isidoro hasta el año 1053, en que,
con licencia del rey de Sevilla Al-Motadhid, fueron trasladados á la
ciudad de León por el obispo Avito.

Siguiendo nuestro propósito, sólo nos ocuparemos en este apunte del
Sepulcro del fundador de la casa, que aún se conserva y hemos tenido
ocasión de ver hace poco tiempo.

Éste se encuentra en la parte más antigua de la iglesia, y fué
construído en 1609 para sustituir el primitivo, sobre el cual son muy
escasas é incompletas las noticias que tenemos.

El mausoleo que guarda los restos del bravo defensor de Tarifa es digno
de tan esclarecido varón, cuyo heroísmo es admirado por cuantas
generaciones le han sucedido. Está adornado de escudos de armas, de
labores primorosas, que son muy estimadas por los inteligentes, y sobre
la ancha losa está grabado el epitafio, que dice así:

«Aquí yace D. Alonso Pérez de Guzmán el _Bueno_, que Dios perdone; fué
bien aventurado é que previno siempre servir á Dios y á los Reyes; él
fué con el muy noble rey D. Fernando en el cerco de Algeciras; é
estando el Rey en esta cerca fué á ganar á Gibraltar, á después que la
ganó entró en cabalgada en la tierra de Gaucin, é tuvo facienda con los
moros é matáronle en ella, Viernes 19 de Setiembre, era 1347, que fué
año de el Señor de 1309.--H. S. E.--19 era _Septenbris anno domini
1609--300 a die sui abitibus_.»

Sobre el sepulcro está la estatua de Guzmán, vestido de armadura, y
arrodillado ante un reclinatorio como entregado á la más profunda
oración.

El escultor Martínez Montañés hizo la estatua, que, como todas las obras
que su prodigioso cincel labró, es de un mérito excelente, si bien han
hecho notar algunos eruditos que las armas que lleva don Alonso
presentan bastantes anacronismos.

La contemplación del mausoleo, tan olvidado hoy, inclina el espíritu á
melancólicas reflexiones, y poco á poco acuden á la imaginación los
recuerdos de aquel personaje heróico, cuya figura ha sido tantas veces
ensalzada por el arte y la poesía y cuya hazaña inmortal está grabada
con caracteres indelebles en las páginas de la historia.

El cuerpo del defensor de Tarifa se conservó largos años en perfecto
estado, según escriben varios autores que lo vieron; pero en la
actualidad sólo existen algunos huesos podridos y terrosos en aquella
bóveda solitaria medio derruída. Cerca del mausoleo de Guzmán se
encuentra también el de su esposa D.ª María Alonso Coronel, _la muy
casta dueña de manos crueles_ que dijo Juan de Mena, y que falleció en
1332, siendo sepultada con gran solemnidad y pompa cerca de su heróico
marido. Entre otras personas cuyos hechos memorables consigna la
historia, yacen enterradas en sendos sepulcros en aquel lugar D.ª Urraca
Osorio y su fiel doncella Leonor Dávalos.

Las cortas dimensiones de estos apuntes no nos permiten extendernos en
más detalles, y terminamos estas líneas recomendando al lector cuanto
acerca del monasterio de San Isidro y su necrópolis han escrito el P.
Torres, Maldonado, Saavedra, Zeballos, Matute, Gestoso, Gali y otros
inteligentes y eruditos autores.



IX

LA PUERTA DEL PERDÓN

     «En el muro antiguo que formó parte de la gran aljama, y en su
     centro, hállase la puerta que llaman del Perdón, que sirve de
     ingreso al patio de los Naranjos.»

     J. GESTOSO.


Llámase así una de las puertas de la hermosa Basílica sevillana, por la
cual se entra al patio de los Naranjos, donde aún existen recuerdos de
la gran mezquita de los musulmanes.

La puerta del Perdón tiene también su historia, y de ella vamos á hacer
un ligero extracto.

Antes de la reconquista fué esta puerta la principal de la mezquita, y
conforme la dejaron los árabes se conservó largos años, hasta que en
1340 don Alfonso XI, después de la célebre batalla del Salado, la mandó
edificar nuevamente, gastando una suma bien considerable.

En el reinado del emperador Carlos V, y hacia el año de 1519, se
hicieron algunas reparaciones en dicha puerta, aumentándole las
complicadas labores que rodean su arco árabe, colocando sobre ella un
ancho guarda-polvo con prolijos artesonados, y á derecha é izquierda las
dos estatuas de S. Pedro y S. Pablo que aún existen, y que son obra del
célebre escultor Miguel Florentín.

El arquitecto Bartolomé López fué encargado de reparar entonces la
antigua puerta, tomando también parte en las labores famosos maestros,
según dicen varios puntuales cronistas.

Poco tiempo después se levantó tras de la puerta un altar de mármol,
rodeado de alta verja, en el cual existe de muy antiguo un busto de
Jesús coronado de espinas y con la irrisoria caña, llamado del Perdón,
tomando desde entonces este nombre la Puerta que nos ocupa.

Cuando pasaban por delante de este altar los reos que eran condenados á
la horca ó á la hoguera les hacían detenerse algunos momentos para que
rezasen á la efigie de Cristo un Padre nuestro, que repetían en voz alta
los que formaban la comitiva de los infelices que iban á morir.

Á principios del pasado siglo construyóse sobre la cornisa de la puerta
del Perdón un campanario de pobre aspecto y del peor gusto, con tres
arcos y dos campanas, pertenecientes á la parroquia del Sagrario.

Hacia el año 1818 hiciéronse obras en la Puerta, desapareciendo entonces
el guarda-polvo, artesonado y muchos de los complicados adornos y
primorosas labores que tenía, cubriéndose entonces las hojas de la
puerta con una espesa capa de pintura verde.

Estas hojas están forradas de cobre; tienen prolijos adornos de alto
mérito, y, según afirman antiguos historiadores, son las mismas que tuvo
la mezquita.

Un desgraciado accidente ocurrió en la puerta del Perdón cierta noche
del mes de Agosto de 1839, y el cual lo hemos visto escrito en
diferentes autores. Á las doce de aquella noche llegaron á la Puerta dos
caballeros muy conocidos y apreciados en Sevilla en demanda de los
auxilios espirituales para una señora que se encontraba enferma en una
casa de la calle Vizcaínos, y al acercarse ambos al umbral
desprendiéronse algunos trozos de la moldura que encierra el relieve
representando á Jesús que arroja á los mercaderes del templo, yendo á
caer sobre los indicados sujetos, uno de los cuales quedó muerto casi en
el acto y el otro gravemente herido.

Hace poco tiempo se repararon algunos adornos y las estatuas de la
puerta del Perdón, donde mientras duren las obras de nuestra hermosa
Basílica se coloca todos los años un estrado para que el Cabildo
Eclesiástico presencie desde allí el tránsito de las renombradas
cofradías de Semana Santa.



X

DOÑA URRACA OSORIO

     «É cuando el rey D. Pedro tornó á Sevilla después de la batalla
     vencida, falló y á D.ª Urraca Osorio, madre del dicho D. Juan
     Alfonso de Guzmán; é con gran saña que había de su fijo, fízola
     prender é matóla muy cruelmente.»

     _Crónica._--LÓPEZ DE AYALA.


Ante la puerta principal del convento de Nuestra Señora de la
Encarnación de Belén existió desde muy remota fecha hasta la tercera
década del presente siglo una cruz de hierro que se alzaba sobre un
ancho pedestal de azulejos, y que era llamada _Cruz del Palo_ ó de la
_Tinaja_, que por ambos nombres la conocía el vulgo.

Lo que éste ignoraba era el motivo que hubo para que se colocase aquella
cruz en semejante lugar; y bien merece lo recordemos, acogiendo, con las
reservas consiguientes, el relato de la tradición que hasta nosotros ha
llegado.

Después de la memorable batalla de Nájera, ocurrida en Abril de 1367, y
en la que tan completa victoria alcanzó el rey D. Pedro I de Castilla
sobre su desleal hermano, retiróse el Monarca justiciero á nuestra
ciudad, pasando antes algunos meses en Toledo y Córdoba.

Muchos eran los descontentos y ambiciosos que en Andalucía se señalaron
por sus ideas en favor del bastardo D. Enrique, y entre ellos se
distinguió D. Alfonso Pérez de Guzmán, Señor de Sanlúcar y nieto del
bravo defensor de Tarifa.

Cuando entró en Sevilla D. Enrique en 1366, Pérez de Guzmán, que había
servido al rey D. Pedro, viéndole fugitivo y próximo á retirarse á la
Galia inglesa, reconoció al bastardo como monarca legítimo, jurándole
fidelidad y haciendo que por él se proclamasen todas sus gentes y muchas
de la ciudad, que sedujo con falsas promesas, siendo ayudado en aquellos
manejos por su madre D.ª Urraca Osorio, señora principal y de noble
estirpe.

Triunfó D. Pedro en Nájera, y al aproximarse á Sevilla, huyó D. Alfonso
Pérez de Guzmán, no sin haber dejado antes encargados á su madre con el
mayor secreto ciertos negocios en favor de la causa del bastardo.

Preciso fué castigar con severa mano á los que siguieron al Infante, y
entre otros caballeros rebeldes y traidores fueron ejecutados en la
capital de Andalucía D. Juan Ponce de León, D. Gil Bocanegra y el
tesorero Martín Yáñez.

Al poco tiempo fué presa también D.ª Urraca Osorio, sobre la cual
recaían gravísimos cargos, que inútilmente podía rehuir de sí por las
muchas y terminantes pruebas que contra ella y su hijo existían.

Condenaron á muerte á D.ª Urraca, y á muerte horrible, pues, según la
sentencia, debía ser quemada viva ante el pueblo, y en una plazuela
próxima al sitio conocido por _La Laguna_, donde más tarde se construyó
la Alameda de Hércules.

El rey D. Pedro, cuya indignación contra Pérez de Guzmán por su
comportamiento era grandísima, no quiso perdonar á la madre, y á
principios del mes de Setiembre de 1367 levantóse una mañana la hoguera
para la infeliz D.ª Urraca.

El populacho y la gente de la heria asistieron en gran número á
presenciar aquella ejecución, en la que concurrían circunstancias muy
especiales, no sólo por ser la reo muy noble y principal señora, sino
por lo mucho que era conocida en toda la ciudad.

Acompañada de alguaciles y soldados, llegó la dama al pié del patíbulo,
y después de ser atada con fuertes ligaduras á un madero, comenzaron á
arder los secos troncos, que pronto levantaron grandes llamas y espeso
humo.

Retorcíase la víctima entre horribles dolores, lanzando desgarradores
gritos cuando el fuego quemaba sus carnes, y en una de esas violentas
sacudidas de cuerpo rasgóse el vestido de la dama, dejando al
descubierto la mayor parte de sus formas.

Entonces la plebe que presenciaba aquella dramática escena prorumpió en
atronadora gritería, insultando á la víctima y llenándola de
sangrientos epigramas y crueles sarcasmos.

Pero cuando más imponente se presentaba la chusma y más lastimoso era el
estado de D.ª Urraca, una mujer abrióse paso entre la concurrencia, y
llegando precipitadamente á la hoguera, abrazóse á la madre de Pérez de
Guzmán, cubriéndola con sus ropas, y dejando que las llamas la devorasen
como á la reo.

Leonor Dávalos llamábase esta mujer heróica, y pertenecía á la
servidumbre de D.ª Urraca, á quien profesaba todo el cariño que revela
aquel acto de generosidad imponderable.

En el monasterio de San Isidro del Campo yacen enterradas D.ª Urraca
Osorio y su fiel doncella, según hemos apuntado; y para conmemorar la
muerte de ambas colocóse frente á la puerta del convento de Belén la
cruz á que en el principio de este trabajo nos referimos.



XI

EL PATIO DE LAS MUÑECAS

     «Y si mató á don Fadrique, mucho le importa el hacerlo; de su
     muerte y otras muchas sabe las causas el Cielo, y aun fuera mayor
     castigo si se rompiera el silencio.»

     QUEVEDO.


El que por vez primera visita el magnífico Alcázar de nuestra ciudad,
soberbio edificio lleno de recuerdos, en el que tantas generaciones han
dejado huellas de su paso, al cruzar aquellas hermosas galerías, patios
y salones se cree trasportado á los tiempos de las tradiciones y de las
leyendas, no pudiendo también por menos de sentir admiración ante los
primores y bellezas que en él los artistas fueron dejando.

Uno de los sitios del Alcázar donde más se detiene el visitante, es sin
duda el célebre patio de las _Muñecas_, próximo al salón de Embajadores;
y al extender la mirada sobre aquel lugar acude siempre á su memoria la
trágica muerte del infante don Fadrique, ocurrida el martes 29 de Mayo
del año 1358, once años antes de la memorable escena de Montiel.

El patio de las _Muñecas_ es una verdadera joya del arte muslímico;
según frases de Guichot, «salvo tal cual lunar, debido á repetidas
restauraciones, es sin disputa el mejor modelo que nos queda del último
período del arte árabe.»

Las dimensiones del patio no son muy grandes, y se llega á él por tres
salones, que fueron renovados en el primer tercio de nuestro siglo y
tienen gran número de azulejos y labores.

Diez son los arcos del patio, los cuales descansan en esbeltas columnas;
hay en el centro una pequeña fuente, y en el segundo cuerpo algunas
ventanas con celosías de mucho carácter, y cierra la obra una feísima
montera de cristales que fué colocada con el peor gusto no hace muchos
años.

El patio de las _Muñecas_ es quizá la pieza que menos variaciones ha
sufrido desde la época en que el Rey justiciero y legendario mandó dar
muerte en él al Maestre de Santiago siete veces traidor, como le nombra
un historiador contemporáneo.

Llamábase entonces patio de los Azulejos, y según cuentan las
tradiciones la sangre del Infante dejó en sus paredes y en sus losas
manchas imborrables, que aún se conservan en nuestros días.

La muerte de D. Fadrique es uno de los hechos donde con más ensañamiento
censuran á D. Pedro de Castilla sus enemigos; y llevados de su pasión,
ni se detienen á analizar la vida del Infante, ni se hacen cargo de las
circunstancias y razones que la motivaron.

Siguiendo casi todos los escritores al cronista López de Ayala, narran
aquella escena con los más tristes colores, á fin de hacer resaltar la
crueldad del Rey y los perversos instintos que desean atribuirle, y no
hay frase agria que no apliquen al Monarca ni detalle sanguinario y
terrible que dejen de apuntar para conseguir su objeto.

La _Crónica_ de Pedro López, escrita, como todos saben, después que el
Canciller de Castilla dejó el servicio de D. Pedro y pasó á las banderas
de don Enrique el _Fratricida_, está tachada de parcial é injusta; y la
crítica histórica, examinándola con el mayor detenimiento, ha combatido
las falsedades que en ella se encuentran, menos difíciles de probar
mientras más se estudia aquel turbulento é inolvidable reinado.

López de Ayala cuenta la muerte de D. Fadrique con un verdadero lujo de
detalles, y no contento con describir la terrible escena con una
frialdad que asombra, dice que D. Pedro, después de espirar su bastardo
hermano, hizo que le sirvieran la comida en el patio de los Azulejos
junto al ensangrentado cadáver, retirándose después tan tranquilo á
pasear por la orilla del río, según era costumbre en él.

Había llegado D. Fadrique al Alcázar al mediodía, siendo recibido por el
Rey, quien permaneció hablandóle un buen rato, pasado el cual, tras
haber saludado á la reina D.ª María, y á las Infantas, bajó el Maestre á
los corrales para ordenar le preparasen sus cabalgaduras, y estando en
esto recibió aviso de D. Pedro para que subiese de nuevo á verle, lo
cual se dispuso á hacer en seguida.

Notó D. Fadrique al cruzar algunas galerías que los individuos que le
acompañaban íbanle dejando solo, y al llegar al salón de Embajadores oyó
de pronto la voz del Rey, que decía:

--¡Prended al Maestre!

Y cuando López de Padilla iba á ejecutar el mandato, dijo D. Pedro estas
palabras:

--¡Ballesteros, matad al Maestre!

«É los ballesteros--escribe Ayala--llegaron á él por le ferir con las
mazas, é non se le guisaba ca el Maestre andaba muy recio de una parte á
otra, é non le podían ferir. É Nuño Fernández más que otro ninguno llegó
al Maestre, dióle un golpe de maza en la cabeza en guisa que cayó en
tierra, é entonces llegaron los otros ballesteros é firiéronle todos.

»É el Rey, desque vió que el Maestre yacía en tierra, cuidando fallar
alguno de los del Maestre para les matar.»

Los poetas han descrito de muy diversas maneras la muerte de D.
Fadrique, presentándolo como un tipo de perfecto caballero y aplicando
al Rey los criterios de siempre, que tantos historiadores repiten.

¡Si pudieran hablar aquellos muros del patio de las _Muñecas_!... ellos
contarían la trágica escena tal como pasó, y desvanecerían muchas
opiniones erróneas que hay formadas contra el Monarca más valiente, más
justiciero y más calumniado que ha tenido España.



XII

LA TORRE DEL ORO

     «Sobre la orilla del río se alza la torre del Oro como eco de otras
     edades y de un pasado glorioso.»

     J. F.


¿Quién, por alejado que esté de nuestra población, no ha oído hablar de
este antiguo é histórico monumento, tantas veces descrito por la pluma y
copiado por el lápiz y los pinceles de eximios artistas?

La torre del Oro es tan famosa como nuestra _Giralda_, y fué construída,
pocos años después de terminadas las obras de la segunda, por el
gobernador Cid Abu-l-Ola, según dicen los eruditos historiadores.

La forma de la Torre es bien sencilla, y tiene un carácter que la
distingue entre todos los monumentos que dejaron en nuestra ciudad los
creyentes del Profeta. Aquella mole de ladrillos, coronada de almenas y
rematando en una cúpula de construcción muy posterior, se alza
arrogante á la orilla del río, evocando los recuerdos de otros tiempos y
otras edades, embellecidos por la poesía y la leyenda.

Cuando el sitio de Sevilla por las tropas cristianas, los mahometanos se
defendieron con valentía desde la torre del Oro, que entonces se llamaba
de _Borch Adahab_, causando desde allí grandes destrozos en los barcos
que ocupaban el Guadalquivir, y que eran mandados por el heróico
almirante don Ramón de Bonifaz.

Al ser reconquistada la población, se hizo una capilla en la torre del
Oro, dedicada á San Ildefonso, y por la cual tuvo gran predilección el
Rey _Sabio_, que ordenó se celebrasen en ella solemnes cultos, que con
gran prodigalidad costeaba.

Durante el reinado de D. Pedro I de Castilla la torre del Oro fué muy
visitada por este Monarca, quien guardaba allí escondido gran parte de
su tesoro, al cuidado del judío Samuel Leví, viejo sagaz y astuto en
quien tenía mucha confianza el hijo de Alfonso XI.

Siempre que D. Pedro estaba en Sevilla acudía todas las tardes á la
torre del Oro, donde pasaba largos ratos en la azotea, contemplando el
bello panorama que desde allí se ofrece á la vista y jugando á la tabla,
á lo que era muy aficionado.

Otra ocupación más agradable hacía que D. Pedro fuese con tanta
frecuencia á la histórica Torre, pues en ella tuvo á su amante D.ª
Aldonza Coronel, quien, cediendo á los galanteos del Monarca, entregóse
á él por completo, siendo durante algunos años objeto de sus caricias y
deseos.

Cuando la pasión del Rey justiciero parecía extinguirse D.ª Aldonza se
retiró al convento de Santa Inés, y allí terminó su vida siendo abadesa
del monasterio, que, como es sabido, lo fundó su hermana D.ª María.

Á principios del siglo XV la torre del Oro servía para prisión de
nobles, algunos de los cuales fallecieron dentro de aquellos espesos
muros, y otros fueron por sus delitos colgados de las almenas.

El alcaide de la Torre era, por lo general, un caballero de los que más
se habían distinguido en los campos de batalla, y teníase á mucho honor
ocupar este cargo, por lo que eran muy numerosos los que lo solicitaban.

En un principio la torre del Oro estuvo en su exterior cubierta de
azulejos amarillos, y muchos suponen que á esto debió su origen el
nombre de ella; si bien otros contradicen esta opinión, asegurando que
el llamarse del Oro es debido á las riquezas que, como ya dijimos,
guardó en la Torre el rey D. Pedro.

El monumento estaba unido por una muralla al Alcázar, y así permaneció
hasta el año 1821 en que fué derribada, embelleciéndose mucho aquellos
lugares, que son de los más concurridos y amenos que tiene Sevilla.

El tiempo no ha alterado en nada la robusta solidez de la famosa Torre,
pero su exterior debiera ser restaurado según el proyecto que se aprobó
hace poco, y, una vez concluídas las obras, Sevilla podría ofrecer á los
ojos del viajero un monumento antiquísimo en el mejor estado de
conservación.

¡Lástima grande es que esta obra, á la que tan ligadas están muchas
tradiciones de nuestra población, no haya podido destinarse á un uso más
adecuado que el que actualmente tiene!



XIII

LA HERMANDAD DEL PILAR

     «Los aragoneses que vinieron á la conquista de esta ciudad
     instituyeron una cofradía con la advocación de Nuestra Señora del
     Pilar...»

     ORTIZ DE ZÚÑIGA.


Entre las tropas que formaban las huestes del rey D. Fernando III cuando
conquistó á Sevilla venían no pocos hijos del reino de Aragón, los
cuales dieron pruebas de ser hombres devotos fundando una capilla en la
mezquita que acababa de convertirse en templo cristiano, consagrada á la
Virgen del Pilar.

En esta capilla se daba culto con el mayor esplendor á la Patrona de
Zaragoza, y la Hermandad que lo sostenía fué aumentando hasta ser una de
las más ricas que en la ciudad había.

Pasaron así algunos años, y hacia el 1317, los hermanos, que disponían
de un capital bastante crecido, proyectaron fundar un hospital para
recoger á los peregrinos pobres que viniesen á Sevilla.

El infante D. Pedro, que á la muerte de don Fernando IV en 1312 se
había hecho cargo de la tutoría del heredero de la corona D. Alfonso XI,
hallábase en nuestra ciudad cuando los aragoneses acordaron la fundación
del hospital del Pilar, y á nombre del Rey, niño entonces de siete años,
cedió un solar inmediato al Alcázar, para que en él se construyera el
benéfico establecimiento.

Cuando estuvieron terminadas las obras en 1317, D. Pedro otorgó á la
casa títulos y preeminencias, declarándose protector de ella y haciendo
que todos los prelados y rico-homes se inscribiesen en aquella
Hermandad.

En la iglesia que se edificó en el hospital trabajaron los más hábiles
artistas de la época, y en el retablo mayor se puso la imagen de la
Virgen del Pilar que se conservaba en la capilla de la Basílica, y cuya
escultura fué sustituida más tarde por otra, que es la que hoy existe,
obra de Juan Millán, que floreció en el siglo XV.

Tanta era la importancia que entonces llegó á adquirir el hospital
fundado por los devotos aragoneses, y tantos los fondos de que la
Hermandad disponía, que á más de lo mucho que diariamente invertíase en
el culto y en la asistencia de los enfermos, aún quedaban sumas muy
importantes, con las cuales se daban limosnas á las gentes de los
barrios bajos y á los ancianos que venían de Zaragoza, se rescataban
cautivos á los moros, y se mantenían tres galeras, dotadas del personal
necesario, para defender las costas andaluzas.

D. Pedro I de Castilla y su bastardo hermano D. Enrique II hicieron no
pocas mercedes al hospital del Pilar, introduciéndose en él grandes
mejoras, que lo colocaron á la mayor altura de perfección que entonces
se conocía. Pero todo pasa, y á la Hermandad pasó también su época de
auge, comenzando á disminuir las limosnas, y con ellas disminuyeron
también los hermanos, y los pobres que en el hospital se albergaban,
siguiendo cada vez más rápida la decadencia, que, iniciándose á
principios del siglo XV, se hizo completa en los últimos años del
reinado de D. Fernando y D.ª Isabel.

El benéfico establecimiento quedó reducido á los más estrechos límites,
y los pocos hermanos que aún sostenían el culto á la Virgen del Pilar
trasladaron luego la imagen á la Catedral y á una modesta capilla
situada cercana á la puerta que el vulgo llama del _Lagarto_.

Los individuos de la ilustre familia de los Pinelos se declararon
patronos de la capilla, y en ella fueron enterrados D. Francisco Pinelo,
primer Factor de la Casa de la Contratación de Indias, su esposa D.ª
María de la Torre y su hijo D. Jerónimo, canónigo que fué de la
Catedral.

La capilla de la Virgen del Pilar, según se encuentra hoy, ofrece poco
de notable. El altar donde se conserva la estatua hecha por Juan Millán
es de escaso mérito, así como otro situado á la derecha, donde existió
hasta hace algún tiempo una imagen de la Virgen de las Angustias.

En esta capilla estaba el _Ecce-Homo_ pintado por el gran Murillo, y que
fué regalado á Luis XVIII en 1839 por el Cabildo de la Basílica.

El analista Ortiz de Zúñiga, en nuestros días González de León, y
últimamente D. Francisco Collantes y D. José Gestoso, han publicado
muchas y curiosas noticias respecto á la hermandad del Pilar y á la
capilla de que hemos tratado en este breve apunte.



XIV

LA CÁRCEL REAL

     «Veinticinco calabozos tiene la Cárcel Real; veinticuatro traigo
     andados sin cobrar mi libertad.»

     _Copla popular._


En los comienzos del siglo XV vivía en la capital andaluza una noble
dama llamada D.ª Guiomar Manuel, señora adornada de las más estimables
virtudes y que poseía una gran fortuna, cuya mayor parte empleó en obras
de caridad y en hacer toda clase de bienes á los necesitados.

Además costeó de su peculio no pocas obras, y entre éstas merecen
especial mención las que mandó hacer reedificando la Cárcel Real, por
los años 1418, que se encontraba situada en la calle Sierpes hacia el
lugar que hoy ocupa el _Círculo de Labradores y Propietarios_.

D.ª Guiomar Manuel dotó el edificio de aguas abundantes, construyó de
cimientos la capilla é hizo que reinasen constantemente en la prisión la
más completa higiene y el mayor orden, invirtiendo cuantiosas sumas en
tan laudable obra.

Murió D.ª Guiomar en 1426, dejando en el pueblo de Sevilla gratísima
memoria, siendo enterrado su cadáver en la Catedral y delante de la
capilla de San Pedro, donde también yacían los padres de tan virtuosa
mujer.

El Asistente D. Francisco Chacón amplió el edificio de la Cárcel en
1563, y desde esta fecha no volvieron á hacerse allí obras de
importancia, hasta las que se llevaron á cabo en 1732 por el Asistente
Caballero, y últimamente en 1784.

El aspecto exterior de la _Cárcel Real_ era en extremo sombrío; pero
mucho más lo eran sus lóbregos calabozos, privados de luz y ventilación,
sus estrechos corredores y sus patios destartalados y de irregular
arquitectura.

El año 1626 desbordóse el Guadalquivir, inundando casi toda la
población, y sus aguas llegaron hasta la Cárcel, produciendo grandes
destrozos, que tardaron mucho en repararse por la apatía y el poco
interés que demostró el Concejo.

Cuando la peste _levantina_ se introdujo en Sevilla en 1649, se dió el
caso de que fallecieran todos los presos y dependientes de la Cárcel,
quedando abandonada durante los meses que duró la cruel y asoladora
epidemia.

El terremoto de 1765 derribó un gran trozo de la prisión, grieteando sus
muros y quebrantando los cimientos de aquel vetusto caserón.

El año cuarto del siglo actual se hicieron algunas mejoras en la Cárcel;
mas á pesar de ellas su estado era sumamente peligroso y amenazaba de
continuo una catástrofe.

Desde la invasión francesa el edificio empeoró bastante, y por el 1830
la prisión se hallaba sin agua, los encierros sin ventilación, las rejas
casi destrozadas, y las lluvias que con frecuencia se filtraban por los
techos hacían más horrible y angustiosa la situación de los desgraciados
que estaban allí enterrados en vida.

Durante cerca de cinco siglos que permaneció en pie la _Cárcel Real_
¡cuántos infelices no perderían allí la existencia! ¡cuántos delitos no
se cometerían dentro de aquellos muros! ¡cuántos inocentes no pagarían
allí culpas ajenas!...

Por la puerta del edificio que daba á la plaza de San Francisco salían
las víctimas que eran inmoladas en los autos de fe, y por la de la calle
Sierpes entraban confundidos, más de una vez, los criminales más feroces
y los inocentes á quienes se condenaba por el menor motivo.

El Municipio adquirió en 1836 el exconvento del Pópulo, y allí se
trasladaron los presos el día 3 de Julio del año siguiente, comenzando
poco después el derribo de la _Cárcel Real_, á la que nos ha parecido
oportuno dedicar un recuerdo en estos apuntes.



XV

LA SUSONA

     «...pero la hebrea, insensible á los homenajes de sus adoradores y
     á los consejos de su padre, se mantenía encerrada en un silencio
     profundo.»

     BÉCQUER.


El barrio de Santa Cruz es sin duda el que menos alteraciones ha sufrido
en el trascurso de los tiempos, y hoy en día, que tan variada se
encuentra Sevilla, el que transita por las callejuelas estrechas,
tortuosas y desiguales de dicho barrio se cree trasportado á otros
siglos bien distantes del presente y á épocas que se fueron para no
volver nunca.

Hay en Santa Cruz una travesía lóbrega y de miserable aspecto, llamada
en lo antiguo calle del Atahud, de la que nos ocuparemos en estas líneas
al relatar una historia cuyos pormenores y detalles ha conservado hasta
nosotros la tradición.

Cuando en Sevilla se comenzaron á hacer los primeros trabajos para
instalar el Tribunal de la Fe por los años de 1481, el pueblo, que
comprendió bien pronto la importancia y el dominio de aquella
institución que nacía, lejos de mirarla con indiferencia, ocupóse mucho
del asunto, discutiendo cada cual ámpliamente sobre él, y dividiéndose
hasta tal punto las opiniones, que se formaron dos bandos numerosos,
compuesto uno de defensores de la Inquisición y el otro de enemigos de
ella.

Á este último bando estaban afiliados los muchos judíos que por entonces
habitaban en nuestra ciudad, y los cuales no pudieron por menos de
sentir gran terror al contemplar los actos del Tribunal de la Fe y
enterarse de los fines principales para que había sido creado.

Creció cada vez más el miedo de los israelitas ante las sentencias que
la Inquisición fulminaba diariamente, y entonces empezaron á reunirse en
la aljamia, celebrando con la mayor cautela muchos conciliábulos y
detenidas pláticas, á las que acudieron también los judíos que de mejor
posición gozaban en Utrera, Carmona, Écija y otros pueblos de la
provincia.

En tales reuniones, que tenían lugar de noche y en sitios de los más
excusados, convinieron los israelitas en formar una especie de compañía
poderosa para defender sus vidas y sus intereses, que tanto peligraban,
pagando también á cuanta gente fuera necesaria á fin de que los amparase
por la fuerza de los golpes inquisitoriales, que cada vez arreciaban con
más energía.

Uno de los judíos que con más calor tomaron esta proyectada empresa, fué
cierto mercader de telas á quien se daba el nombre de Susón, y que era
un viejo ladino y marrullero muy conocido en todas partes de la ciudad
por sus gracias y donaires, que, según parece, eran ingeniosos y de boca
en boca corrían á diario.

Susón tenía una hija á quien el vulgo llamaba la _Susona_, moza como de
veinte años, de buenas formas, de rostro bellísimo, y de tan gentil
apostura, que solían todos darle el nombre de _la fermosa fembra_.

Mas si era guapa la muchacha, no era ciertamente de las más virtuosas,
pues la lista de sus amadores era algo extensa, y las aventuras que de
ella se oían eran algo complicadas y escabrosas también.

La _Susona_ se había convertido en cristiana sin que su padre lo
supiera, aconsejada por cierto caballero cuyo nombre no dice la
tradición, el cual fué uno de los amantes que con más pasión solicitaron
y obtuvieron los favores de la gentil hebrea.

Cuando más diligentes estaban los judíos preparando su obra defensiva,
cierto día se encontraron sorprendidos por los familiares del Santo
Oficio, quienes desbarataron la conspiración, encerrando en las
mazmorras á cuantos pudieron coger, y quemándoles vivos muy luego para
que á los de su raza no quedaran deseos de organizar nuevos planes.

El viejo Susón fué uno de los ajusticiables, y su hija la que delató al
Tribunal la conspiración que con tanta cautela se había fraguado,
entrando luego en un convento de monjas, donde se propuso consagrarse á
continuas meditaciones y prácticas sagradas.

Pero aún sigue la historia de la _famosa fembra_, la cual sin duda no
nació para la vida contemplativa, y al poco tiempo de residir en el
claustro se escapó de él y unióse á su antiguo amante, del cual tuvo
tres hijos.

Harto sin duda el caballero de los cariños y zalamerías de la hebrea, la
abandonó más tarde, y ella entonces, conservando aún fresca su hermosura
y vivos en el pecho sus deseos, entregóse á otro y otros galanes,
viniendo por último á ser amante de un especiero, según dice la
tradición, y llevando hasta el fin de sus días una existencia licenciosa
y prostituída.

Murió la _Susona_ en medio de la mayor miseria y en una casucha de la
antigua calle del Atahud, y se dice que, arrepentida de sus pasadas
ligerezas, antes de morir dejó dicho que su calavera se guardase en un
muro de aquella casa para que sirviese de ejemplo; y cumpliéndose su
última voluntad, colocóse en un pequeño hueco de la fachada el cráneo de
la hebrea, que permaneció largos años en aquel sitio.



XVI

EL CONDE NEGRO

     «Negro tan estimado y de buen concepto, que comúnmente le llamaban
     _El Conde Negro_, y fué mayoral y juez entre ellos...»

     GONZÁLEZ DE LEÓN.



Existe en Sevilla, y en el barrio de San Roque, una calle abandonada y
sucia, de feísimos edificios, habitados por los descendientes de
aquellos Repolidos y Maniferros de que habla Cervantes, la cual lleva el
nombre que encabeza estas líneas en memoria de un singular personaje que
allí tuvo su residencia á fines del siglo XV.

Escriben puntuales cronistas que era muy general en Sevilla en aquel
tiempo la venta de esclavos negros, los cuales para su servicio tomaban
los principales señores, y á esto se debía el que se encontrasen en
nuestra ciudad muchos negros, que solían juntarse los días festivos por
los alrededores de la puerta del Osario en compañía de sus mujeres é
hijos, celebrando con la mayor fruición bailes y tertulias al aire
libre, según sus usos y costumbres eran.

No se molestaba aquí á los negros como en otras poblaciones sucedía;
antes al contrario tratábaseles con mucha benignidad, y el arzobispo don
Gonzalo de Mena, que tuvo por ellos gran simpatía, les facilitó medios
para que formasen una hermandad, que salía en procesión con sus imágenes
el Viernes Santo, siendo también protegidos por el Cardenal Solís y
otros personajes de influencia y categoría.

Solían casi siempre los negros corresponder á los favores y mercedes que
les dispensaban mostrándose humildes y poco molestos; y para que
entendiera en asuntos y pleitos de poca monta nombraron los Reyes
Católicos en 1475 á un individuo de la misma raza, que es de quien voy á
ocuparme.

Fué éste un negro llamado Juan de Valladolid, hombre de templado
carácter, de edad madura, y que había seguido á la Corte en gloriosas
jornadas dando pruebas de valor y singular tacto, que fueron apreciadas
por los Monarcas, quienes en cédula de 8 de Noviembre del citado año de
1475 le decían:

«Por los buenos é leales servicios que nos habéis fecho y facéis cada
día, porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposición,
facemos vos mayoral é juez de todos los negros é loros libres ó captivos
que están ó son captivos é horros en la muy noble y muy leal ciudad de
Sevilla é en todo su Arzobispado, é que no puedan facer ni fagan los
dichos negros y negras, loros y loras, ninguna fiesta nin de entre
ellos, salvo ante vos Juan de Valladolid... y mandamos que vos conozcáis
de los debates y casamientos y otras cosas que juzgado entre ellos
hubiese, é non otro alguno, por cuanto sois persona suficiente para
ello, ó quien vuestro poder hubiere, y sabéis las leyes y ordenanzas que
deben tener, é nos somos informados que sois de linaje noble entre los
dichos negros.»

Tomó posesión del cargo Juan de Valladolid y estableció su residencia en
una casa de la calle de Santa Cecilia, que es la misma que hoy tiene el
título del _Conde Negro_, pues así fué conocido.

No resultaron desmentidas por los hechos las palabras que en su cédula
dedicaban los Reyes Católicos á Juan de Valladolid, pues éste, obrando
con singular astucia, y ajustándose á la más puntual justicia, desempeñó
su empleo con toda satisfacción y demostrando palpablemente las buenas
dotes que poseía.

Pocas son las noticias biográficas que del _Conde Negro_ se han
conservado hasta nuestros días, ignorándose con exactitud la fecha de su
muerte, que se supone ocurrida en los comienzos del siglo XVI, sin que
tampoco se sepa el lugar donde recibió sepultura, y otras circunstancias
particulares que de seguro ofrecerían gran interés ahora.

Cuenta la tradición que la casa donde vivió Juan de Valladolid era
entonces de gran amplitud y buen aspecto y corresponde á la señalada más
tarde con el número 30, la cual conservó largos años en cierto hueco de
su fachada una cabeza de barro que se tenía por auténtico retrato del
famoso Mayoral de los negros.

En este edificio tenía el honorario _Conde_ su tribunal, ante el que
concurrían á diario multitud de negros y negras á ventilar sus
cuestiones y á resolver sus disputas, las cuales era oídas con gran
calma y flema por Juan de Valladolid, quien, representando con toda
gravedad su importante papel, después de escuchadas ambas partes, solía
dirigir una larga arenga á los que litigaban; condenando luego allí
mismo á aquellos que lo merecían.

Varias anécdotas conozco del Mayoral y juez de los negros, así como
algunos actos de justicia por él practicados, que corren todavía en boca
de las gentes, las cuales suelen atribuirlos á otros personajes que nada
tienen que ver con Juan de Valladolid. Presidía éste todos los domingos
los festejos que sus gobernados celebraban en las afueras de la puerta
de Carmona, y para ello se colocaba en un estrado, desde el cual daba
las órdenes oportunas y que creía más convenientes para el buen orden de
los bailes, de los coros, de las máscaras ó de la diversión que se
estuviera celebrando.

Célebre fué Juan de Valladolid y célebre es también la calle donde tuvo
su residencia, en la cual, como dije al principio, se han refugiado los
descendientes de aquellos originales tipos que tanto renombre dieron en
otros siglos á la Macarena, á la Costanilla y á la Morería.



XVII

LA CRUZ DEL CAMPO

     «Si al cazador ó al labriego por esta Cruz preguntares, te harán en
     frases vulgares pintoresca narración.»

     LAMARQUE DE NOVOA.



Como á media legua de Sevilla, en el camino que conduce á Alcalá de
Guadaira, existe un monumento que fué mandado construir hacia el año de
1482 por el entonces asistente de la ciudad, don Diego de Merlo, noble y
esforzado caballero, cuyas heróicas hazañas en la guerra de Granada le
dieron gran renombre entre las huestes cristianas.

Los Reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel, teniendo en cuenta los
graves desperfectos que la acción del tiempo había obrado en el
acueducto romano conocido vulgarmente por el nombre de _Caños de
Carmona_, mandaron hacer en ellos importantes reparos por inteligentes
alarifes y bajo la detenida inspección del Asistente Merlo.

Para conmemorar la terminación de los trabajos realizados en el
acueducto erigióse á la terminación del barrio de la Calzada una Cruz, á
la que hemos de dedicar hoy las presentes líneas.

Forman el monumento cuatro sólidos pilares de más de trece metros de
altura, sosteniendo elegantes arcos de estilo ojival, y coronan la obra
una fila de moriscas almenas y una cúpula de regular elevación. Sobre
una gradería de ladrillos existe en el interior del monumento la Cruz de
mármol, en la que están grabadas las imágenes de Jesús y la Virgen de
los Dolores.

En el friso interior que rodea los cuatro arcos puede leerse la
siguiente inscripción, que fué restaurada hace poco tiempo con gran
esmero.

«Esta Cruz é obra mandó facer é acabar el mucho honrado é noble
caballero Diego de Merlo, Guarda mayor del Rey é Reina nuestros señores,
del su Consejo é su Asistente de esta ciudad de Sevilla é su tierra, é
Alcaide de los sus Alcázares é Atarazanas de ella; la cual se acabó á
primer día del año del Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil
é cuatrocientos é ochenta é dos años, reinando en Castilla los muy
ilustres y serenísimos y siempre augustos Rey é Reina nuestros señores
D. Fernando é D.ª Isabel.»

En la Cruz del Campo terminaba la estación de la _Vía Sacra_ que
comenzaba á la puerta del magnífico palacio de D. Fadrique Enríquez de
Ribera, Marqués de Tarifa, llamado _Casa de Pilatos_.

Construyó esta _Vía Sacra_ el dicho Marqués de Tarifa á su regreso del
viaje que en 1521 hizo á Jerusalén; y cuenta la tradición que eran tan
numerosas las personas que asistían durante los viernes de Cuaresma á
rezar ante las cruces de la estación, y á propinarse sendos
disciplinazos, que muchas veces llegaban los primeros devotos á la
Calzada cuando los últimos aún no habían salido del palacio.

La costumbre de recorrer esta estación fué decayendo poco á poco; y
aunque las cruces permanecían en medio del camino, eran pocos los que
ante ellas rezaban y tenían la devoción de azotarse las carnes.

Á mediados del siglo XVIII empezaron á concurrir muchas gentes á los
alrededores del monumento levantado por D. Diego Merlo; pero ya no era
con fines tan santos, pues iban á celebrar alegres giras y campestres
bailes, en los cuales corría con abundancia el vino y se promovían á
menudo escándalos y riñas, que terminaban de manera bien lamentable.

En el presente siglo se han llevado á cabo algunas obras en la _Cruz del
Campo_; pero la más notable es la que se verificó en 1882. Entonces se
restauró el monumento, y actualmente se encuentra en el mejor estado de
conservación, habiéndose colocado en derredor una sencilla verja para
evitar que el público suba á las gradas que se alzan en el centro de los
cuatro pilares.

Desde la _Cruz del Campo_ se divisa un hermoso panorama, que
difícilmente resistiríamos á describir; gran parte de la ciudad se
presenta á nuestros ojos, y sobre aquella multitud apiñada de azoteas,
tejados torres y campanarios se alza la _Giralda_, el más preciado de
nuestros monumentos históricos.

En los alrededores de la _Cruz del Campo_ han tenido lugar algunos
sucesos curiosos de nuestra historia moderna, entre los que sólo
recordaremos los recibimientos hechos por el Cabildo de Sevilla, al rey
José en 1810, y á Fernando VII en el memorable año de 1823.



XVIII

COLÓN EN SEVILLA

     «Es América... sí, logré mi intento, grita el piloto audaz, y en
     voz sonora exclaman cielo, tierra y mar profundo. ¡Viva Colón,
     descubridor de un mundo!»

     EL DUQUE DE RIVAS.


La capital de Andalucía es una de las poblaciones que con más razón está
en el deber de honrar la memoria del insigne navegante que, oscuro y
pobre, llegó á España para llevar á cabo uno de los hechos más
grandiosos que la historia de la humanidad en sus anales registra.

Cuatrocientos años se han cumplido del descubrimiento del Nuevo Mundo; y
si todos los pueblos celebraron festejos para solemnizar dignamente esta
fecha inolvidable, ¿cómo había de permanecer Sevilla indiferente en tal
ocasión, si ella albergó en su recinto al genovés ilustre, alentó el
gigantesco proyecto, construyó la escuadra para el segundo viaje, fué el
centro para el arreglo de los negocios de Indias, y guardó durante
largos años en el monasterio de Las Cuevas los restos de Colón y de su
hijo don Diego?

Probado está por los eruditos é historiadores que el gran descubridor
llegó á España á principios del año 1484, siendo nuestra ciudad uno de
los primeros puntos que visitó antes de celebrar su famosa entrevista
con el Prior de la Rábida, puesto que ésta se verificó en los últimos
días de Agosto de 1491.

Buscó Colón en Sevilla apoyo para el proyecto que iba á presentar á los
Reyes Católicos, y no tardó en encontrar favorable acogida entre varios
sevillanos de alta posición, y entre los muchos mercaderes italianos que
aquí desde largo tiempo había establecidos.

Vivía por entonces en la ciudad andaluza un florentino llamado Juan
Berardi, dueño de una importante casa de comercio, que trabó en poco
tiempo estrecha amistad con Cristóbal Colón, llegando á ser su «amigo y
confidente», según palabras del sabio Navarrete en el tomo tercero de la
_Colección de documentos inéditos_.

Estaba Berardi muy bien relacionado con personas de influencia y
prestigio, y al oir de los labios de Colón el grandioso pensamiento,
explicado con aquella fe y entusiasmo propios de su genio, tomó cariño á
tan elevada idea y trató de poner á su compatriota en relaciones con
algunos personajes de importancia y valimiento que entonces residían en
Sevilla, «predilecta mansión--como dice Rodríguez Pinilla--de los más
grandes magnates de la nobleza y de la Corte.»

Presentóse el genovés al poderoso Duque de Medina-Sidonia, quien,
después de escucharle, le ofreció su valioso apoyo, cosa que no llegó á
cumplir en manera alguna, pues parece que un sacerdote, que en la casa
ducal gozaba de mucha consideración, persuadió al dueño á que dejase de
prestar oídos á pensamiento tan loco y fuera de razón como lo era aquel
del navegante aventurero.

Decidióse Juan Berardi por hacer cuanto le fuese posible en beneficio de
su compatriota, con Scandiano Oliveri y otros florentinos que se
encontraban en Sevilla, los cuales recomendaron á Colón á don Luis de la
Cerda, primer duque de Medinaceli, uno de los mayores potentados de la
nobleza de Castilla, que sostenía una escuadrilla en el Mediterráneo y
el Atlántico.

Entusiasmóse Medinaceli con el atrevido proyecto, y mantuvo á Colón en
su casa largo tiempo, como asegura el mismo Duque en la carta que en
1493 envió al Cardenal Mendoza. Además quiso llevar á cabo la gigantesca
empresa, y ofreció al genovés cuatro carabelas, para que en ellas
saliese del Puerto de Santa María á _buscar el camino de las Indias_.

Pero, según escribe el padre Las Casas, enterada la reina Isabel de los
propósitos del Duque por Alonso de Quintanilla, dirigió una importante
carta ordenando «que cesase el negocio, porque quería ella misma
seguirlo á sus expensas.»

Había hecho Colón presente á Medinaceli que iba á dirigirse á Francia,
esperando encontrar favorable acogida en la Corte de Luis XI; pero á
tanto llegaron las buenas promesas del Duque, que lo hizo desistir del
viaje, enviándolo á Córdoba, en cuyo punto, y por mediación de
Quintanilla y Mendoza, celebró la primera entrevista con los Monarcas en
el mes de Enero del año 1486.

Partió el genovés de Sevilla, y no volvió á esta ciudad hasta después
del descubrimiento, siendo recibido con grandes muestras de
consideración y aprecio por todos en general, y muy particularmente por
aquellos que fueron sus amigos cuando pobre y sin recursos llegó de
Portugal.

En Sevilla permaneció Colón desde el mes de Junio hasta fines de Agosto
del 1493, organizando la escuadra para el segundo viaje, que partió de
la bahía gaditana el 5 de Setiembre, y que estaba compuesta de catorce
carabelas y tres carracas, siendo tantos los que acudieron á Sevilla
para embarcarse, que muchos quedaron en tierra sin poder formar parte de
la expedición.

Entre los que marcharon con el Almirante figuraban Ojeda y Juan de la
Cosa, Margarite, Aguado, Díaz de Pisa, Boil, y el docto cuanto modesto
fray Antonio de Marchena, amigo inseparable del descubridor del Nuevo
Mundo.

La capital de Andalucía volvió á ver á Colón á fines del año 1499, pero
en situación bien lamentable por cierto; acababa de desembarcar en Cádiz
cargado de cadenas por órden del iracundo Bobadilla y se dirigía á
Granada, donde los Reyes le recibieron, no con tanta satisfacción como
en Barcelona, pero sí compadecidos de su triste suerte.

Hiciéronse también en Sevilla los preparativos para el cuarto viaje en
el otoño del 1501; costando gran trabajo equipar la flota, que al fin
estuvo dispuesta y salió de Cádiz el 13 de Enero del año siguiente.

Presentóse por última vez el Almirante en nuestra ciudad en Noviembre de
1504, después de su larga y penosa expedición, enfermo, achacoso y con
el corazón oprimido y apenada el alma por las ingratitudes de que á cada
paso era víctima.

En Sevilla pasó todo el invierno escribiendo cartas al Rey para que le
prestase auxilios, de los que estaba tan necesitado, sin recibir del
Monarca providencia alguna; y en la primavera siguiente marchó á
Segovia, donde á la sazón se hallaba la Corte, que miró con desdén á
Colón, quien, pasando luego á Valladolid, murió abandonado y solo el 20
de Mayo de 1506, á la edad de sesenta años y á los dieciséis de haber
llevado á cabo su prodigioso descubrimiento.



XIX

EL HORNO DE LAS BRUJAS

     «Son sin duda espíritus vaporosos que engendra la tierra, como los
     produce también el agua. ¿Por dónde habrán desaparecido?»

     SHAKESPEARE.


La calle que hoy tiene el nombre del eximio poeta y sabio genealogista
D. Gonzalo Argote de Molina era en lo antiguo una de las calles más
irregulares de la población, en la que existieron, entre algunos buenos
edificios, varias casuchas que servían de guarida á gente de fama nada
envidiable y de costumbres no muy dignas de imitarse.

Cuenta la tradición que en una de estas casuchas, la más sucia y
abandonada de todas, habitaba á fines del siglo XV cierta anciana á
quien tenía el vulgo por mujer sobrenatural y extraordinaria, con sus
puntos y ribetes de hechicería.

Era la vieja de miserable aspecto y de horrible catadura, muy dada á la
confección de filtros y brevajes, echadora de cartas, adivina de lo
porvenir y muy amiga de todas las hembras de su calaña, con quienes
solía reunirse por las noches, entregándose á ceremonias misteriosas que
daban mucho que hablar á los vecinos del barrio.

Tenía la bruja un hijo, sabe Dios de quién, mocetón zafio y descreído,
espadachín y pendenciero, que le ayudaba en sus ridículas faenas, y el
cual promovía con frecuencia grandes escándalos siempre que al amanecer
llegaba á acostarse, acompañado de mujerzuelas y gente de la heria,
entre quienes pasaba una vida ociosa y degradada.

Sucedió una noche, que llegando solo por casualidad y embriagado á su
casucha, halló la puerta tan cerrada que por más golpes que dió en ella
no consiguió que le abriesen, pues la madre y las demás brujas que con
ella estaban entonces en un sótano, embebidas con sus prácticas de
hechicería, ni oyeron los aldabonazos ni los gritos y juramentos del
mocetón.

Aburrido éste, y no pudiendo apenas tenerse en pie, efecto del mucho
mosto que se había echado al coleto, á falta de otro lugar más á
propósito donde pasar el resto de la noche, que era fría y desagradable,
metióse en un gran horno que en el muro exterior había, y que por la
mañana solía encender la vieja para que fuesen á cocer el pan los
vecinos, que por tal servicio pagábanle algunos maravedises, cuya
cantidad no precisa la tradición.

No bien entró el zafio en el horno, acometióle un profundo sueño,
quedando tan dormido, que después de salir el sol continuaba roncando
sobre los ladrillos cual pudiera hacerlo en una cama de blandas plumas.

Y sucedió después, que llegada la hora en que la horrible bruja solía
encender el fuego, cuando estaba aventando los secos troncos, oyó gritos
pidiendo socorro, y al conocer por la voz que quien los daba no era otro
sino su propio hijo, desesperada de no poder salvarle, y después de
inútiles esfuerzos, cayó al suelo de rodillas, con las manos cruzadas y
rezando á toda prisa cuantas oraciones le vinieron á la memoria.

Acudieron algunas personas al lugar del suceso, sin que ninguna pudiera
contener las llamas, que rápidamente habían adquirido las mayores
proporciones, haciendo ver á los que quisieron verlo que aquello no era
otra cosa que un providencial castigo á las impiedades del hijo y á las
hechicerías de la madre.

Pero hé aquí que cuando más apurada era la situación, cuando nadie podía
acercarse al horno por la intensidad del fuego, que amenazaba destruir
el edificio, acertó á pasar la calle un fraile de la orden de San
Francisco, llamado Fr. Diego de Alcalá, varón muy respetado del vulgo y
á quien se le atribuían algunos milagros.

Comprendió el regular que aquella desgracia podía arreglarse, y
compadecido de los lamentos de la vieja y de los ayes del zafio, corrió
con premura á rezar un par de Salves á la Virgen de la Antigua, y lo
mismo fué hacerlo al llegar á la Catedral, se apagaron las llamas
instantáneamente, saliendo en seguida el muchacho del horno sin la más
leve quemadura.

Ante el milagro, la anciana abandonó sus brevajes, sus filtros y sus
brujerías, haciéndose ferviente devota, y el mozo tomó la buena senda,
llegando á ser con el tiempo prior de un convento de franciscanos en
Granada.

Esta es la tradición que dió origen á que la calle que tiene hoy el
nombre ilustre de Argote de Molina se llamase durante muchísimos años
calle del _Horno de las brujas_; si bien no me es desconocido el origen
que otros autores le atribuyen con buenas pruebas, asegurando que allí
vivieron dos hermanas que tenían un horno donde fabricaban tortas al
estilo del pueblo de Brujas.



XX

LA INQUISICIÓN

     «Y pudo ya mi vista descubrir más claramente la profundidad donde
     la inefable justicia ministra de Dios Supremo castiga á los
     falsificadores.»

     DANTE.


Cuando el pontífice Sixto IV, á petición de los reyes Católicos D.
Fernando y D.ª Isabel, instituyó la Inquisición para combatir los
herejes en los reinos de España, no tardó Sevilla en tener su Tribunal
de la Fe, como una de las ciudades más importantes de la Península.

En tiempos de D. Fernando III construyóse un castillo donde hoy se
encuentra la plaza de Abastos de Triana, y en este edificio se
estableció en 1481 el Tribunal de la Inquisición, llevando á cabo en él
no pocas reformas para el objeto á que se destinaba.

Entonces se le hicieron multitud de calabozos, salas de tormentos con
todos los útiles necesarios, capilla, salón de consejo y cuantas
dependencias eran ocupadas por los familiares, carceleros y demás
individuos que se dedicaban á la persecución de los impíos, asalariados
por los inquisidores.

El aspecto que ofrecía el castillo, según se ve en antiguas estampas, no
podía ser más tétrico; sus altos muros, de negruzca piedra, eran lisos y
sin adorno alguno; sus cinco torres almenadas presentaban pequeñas
ventanas, cubiertas de espesos hierros; su puerta principal era sólida y
severa en demasía, y sobre ella se colocó una lápida en conmemoración
del establecimiento del Tribunal.

Los inquisidores, que entonces se hallaban en todo el apogeo de su
fuerza, no debieron perder el tiempo en bagatelas; pues consta por una
inscripción hecha por los mismos que desde el citado año de 1481, hasta
fines del 1524, quemaron en la hoguera á mil herejes y convirtieron á
veinte mil.

En el invierno de 1626 una avenida del Guadalquivir inundó el castillo
inquisitorial, obligando á los que le habitaban á trasladarse á un
edificio situado en la calle Real de San Marcos, lo que se verificó con
gran aparato.

La nueva casa que durante trece años ocupó el Tribunal de la Fe era la
misma que habitó D.ª Estrella de Tavera, la heroína de la famosísima
comedia de Lope de Vega, cuyos amores con Sancho Ortiz dieron tanto que
hablar por mediar en ellos el rey D. Sancho IV.

Á principios de 1639 concluyéronse las obras de reparación en el
castillo de Triana, y éste volvió á ser ocupado por los inquisidores.

Cerca de dos siglos permaneció todavía la Inquisición en el castillo de
Triana; pero como éste, á pesar de las obras en él practicadas, no
ofrecía grandes seguridades á causa de la mucha antigüedad de su
construcción, fué preciso abandonarlo, y en Noviembre de 1785 trasladóse
el Tribunal á un palacio que había sido colegio de jesuítas hasta la
expulsión de la Orden en 1767.

Estaba este edificio al final de la Alameda, y ocupaba gran parte de las
calles Hombre de Piedra y Becas, siendo bastante amplio y capaz para
tener encerrados más de doscientos presos. Gracias á que por entonces el
Tribunal hacía pocas víctimas, contentándose con quemar en efigie á los
reos ó tenerlos encerrados en inmundos calabozos.

El año 1805 se celebró el último auto de fe, siendo entregado el
delincuente á la justicia ordinaria, que lo condenó á presidio; y en
1810, al ser invadida Sevilla por las tropas de Napoleón, se extinguió
el Tribunal, que ya daba pocas señales de vida.

Cuando la reacción absolutista de 1814 la Inquisición se organizó de
nuevo en el mismo edificio de la Alameda; pero entonces, aunque contaba
con el apoyo de muchos, ni era temida, ni hacía nada que respondiese á
los fines para que se creó.

Disolvióse para siempre el Tribunal en 1820, y el local que ocupaba se
destinó á cuartel de infantería, destruyéndose casi por completo el 13
de Junio de 1823, cuando estalló el depósito de pólvora que en él
existía, causando grandes destrozos y matando á gran número de los que
formaban las hordas absolutistas que en aquel memorable día cometieron
tantos excesos en nuestra ciudad.

Del último edificio ocupado por el Santo Tribunal sólo quedan hoy restos
muy incompletos, pues los distintos usos á que ha sido destinado durante
largos años han hecho que no se pueda formar exacta idea de lo que fué
en no lejanos tiempos.



XXI

LA MISA DE LOS NAVEGANTES

     «En tanto el gran Magallanes áncoras levar ordena, y á su voz
     vibrante y firme se da la armada á la vela. Ya, cual cisnes, se
     deslizan las gallardas carabelas del padre Betis undoso por la
     corriente serena...»

     LAMARQUE DE NOVOA.


En aquel tiempo en que España era la más poderosa nación del mundo y
jamás en sus dominios se ponía el sol llegóse á la Corte del emperador
Cárlos V un navegante cuyo nombre solo causa admiración y respeto á la
posteridad.

Nos referimos al portugués Hernando de Magallanes, bravo guerrero,
viajero infatigable, y vencedor en África y en la India, que después de
haber servido al rey D. Manuel, partió para nuestra patria, donde fué
acogida y puesta en práctica aquella gigantesca empresa de dar la vuelta
al mundo, cosa que hasta entonces nadie se había atrevido á llevar á
cabo.

Sevilla, cuya prosperidad y florecimiento eran entonces grandísimos, fué
el lugar donde preparóse la expedición, que salió del puerto el
miércoles 10 de Agosto del año 1519, y en las primeras horas de su
mañana.

Pero antes de partir los valientes que en aquellas cinco carabelas iban
á realizar tan peligroso y memorable viaje, asistieron á una ceremonia
religiosa que, por ser quizá de pocos conocida, vamos á relatarla
conforme á los datos que hemos conseguido adquirir.

El día 6 de Agosto una multitud inmensa rodeaba el convento de Santa
María de la Victoria, situado en Triana, donde poco antes se habían
establecido los frailes de la orden de San Francisco de Paula. La
iglesia se veía llena de gran número de fieles, y por todas partes se
notaba que alguna importante ceremonia iba á tener lugar en ella.

Y así era en efecto: después de una solemne misa, el Asistente de la
ciudad iba á hacer entrega á Hernando de Magallanes del pendón de S. M.
que llevaría consigo en la arriesgada empresa, cuyos preparativos
estaban del todo terminados.

Serían las nueve de la mañana cuando el navegante portugués llegó al
templo, seguido de los capitanes, oficiales y demás gente de tropa que
se había reunido, y algunos momentos después entró el grave asistente D.
Sancho Martínez de Leiva, acompañado de los señores del Cabildo, en
unión de los cuales colocóse en un lugar preferente que cerca del altar
mayor se le tenía dispuesto. Acto seguido subieron los sacerdotes las
gradas del ara y comenzó la misa cantada, que escuchó el numeroso
concurso de fieles con la devoción y respeto de aquellos tiempos.

Hermoso golpe de vista el que la iglesia presentaba. Magallanes y sus
compañeros, vestidos con ricos trajes militares y armados de todas
armas, se hallaban sentados en largas tribunas á la izquierda de la
Epístola; frente los caballeros y nobles señores del Cabildo; ante el
altar, lleno de luces y de flores, los sacerdotes con sus ricas capas de
tisú y primorosos bordados de oro; en el resto del templo la multitud
apiñada, que guardaba profundo silencio; en el coro los regulares, que
entonaban por lo bajo sus eternos rezos; y para embellecer aquel cuadro,
los rayos del sol de estío, que, penetrando por las pintadas vidrieras,
iban á deshacerse en los dorados retablos ó en el rojo terciopelo que
cubría los muros.

Concluida la misa, levantóse el Asistente, y con toda la seriedad del
caso puso en manos del navegante portugués el pendón real. Magallanes
entonces avanzó algunos pasos hasta colocarse en lugar donde todos
pudieran verle, y una vez allí, desnudó su acero, y mostrando el pendón,
pronunció con palabras claras y reposado tono el juramento de fidelidad
al Monarca á nombre de quien había de tomar posesión de las tierras que
en el viaje descubriera.

Acto seguido, escribe un historiador que «por su orden de categorías en
la armada prestaron juramento á Magallanes los capitanes y oficiales que
á partir se disponían, ofreciéndole además, bajo el propio empeño, de
seguir los rumbos y derrotas que el Capitán general les mandase,
obedeciéndole en todo como si al mismo Rey en persona sirviesen.»

Largo rato duró aquella escena, y cuando fué concluída, con igual
parsimonia que había entrado salió el Asistente Leiva, seguido del
Cabildo, y el navegante con sus soldados, que eran objeto de gran
curiosidad por parte de los vecinos de Triana, quienes apenas podían
comprender la magnitud de aquella expedición que estaba preparada.

Según dijimos más arriba, los cinco barcos se dieron á la vela el día 10
de Agosto de 1519; el estrecho fué descubierto por Magallanes á mediados
de 1520, y el 27 de Abril del siguiente año falleció el ilustre hijo de
Villa de Sabrosa en un reñido combate que con los indios sostuvo.

El 27 de Setiembre de 1522 regresaron á Sanlúcar las carabelas, mandadas
por Sebastián del Cano, y se dice, aunque lo tenemos por verdad muy
dudosa, que una de estas naves permaneció casi destrozada en el muelle
de los Remedios hasta los comienzos del pasado siglo.



XXII

EL ALMA EN PENA

     «Densa niebla cubre el cielo, y de espíritus se puebla
     vagarosos...»

     ESPRONCEDA.


Entre la multitud de leyendas, cuentos y tradiciones que han llegado
hasta nuestros días acerca de las calles y edificios más ó menos
notables de la capital de Andalucía, hay algunas casi ignoradas de la
mayor parte de las gentes, y las cuales conviene dar á luz, á fin de que
no se olviden del todo ni por completo se pierdan; que cuando algún
curioso las saca de nuevo á plaza ataviadas con apropiado ropaje,
seguramente son del agrado del público.

Tal ocurre quizá con el suceso que vamos á relatar en las presentes
líneas, que bien pudiera servir de asunto para una novela si cayese en
manos de quien, con alguna fantasía y conocimiento de la época en que
tuvo lugar, supiera aderezarlo y ofrecerlo como merece.

Larga es la fecha en que ocurrió el caso; mas no por esto debe dudarse
de él, pues existen autores que con toda formalidad lo relatan como
verídico, y hasta hace próximamente medio siglo se conservó en la calle
del Caño, situada en la collación de Santa Lucía, la casa donde vivió el
principal personaje de este hecho.

Gobernaba España la católica majestad de don Felipe II, y á principios
de 1566 habitaba una modesta finca de la citada calle Caño cierta mujer
pobre y anciana, viuda de un soldado muerto en Portugal, que tenía una
hija, á lo sumo de catorce primaveras, de tan lindo rostro y singular
donaire, que á pesar de su pobreza era objeto de ciertas preferencias
por parte de los vecinos, y solicitada por más de un amador, codicioso
de los favores de tan bella criatura.

Conociendo esto la vieja, ejercía de continuo gran vigilancia sobre su
pimpollo; que si al morir el soldado no dejó un escudo, dejó en cambio á
su esposa un buen concepto del honor, para que éste no se empañase ni
perdiera.

Difícil nos sería describir las perfecciones de la joven, que se llamaba
Costanza, pues la tradición sólo dice que era hermosa, y añade que
también era muy recatada y honesta, y que cuantos mozos le hacían cerco
se veían obligados á renunciar á sus pretensiones.

Hubo uno, sin embargo, que supo proceder con más habilidad y maña, y
haciéndose oir de Costanza, requirióla de amores con tanta fortuna, que
la incauta niña tomóle singular afición y dió en celebrar con él
nocturnas y solitarias entrevistas, que cuando la madre dormía se
llevaron á cabo.

Pasaron así algunos meses, y cuando más felices parecían los novios, la
honesta y recatada doncella, que tan prendada había estado, tomó de
pronto invencible antipatía á su galán, y decidió romper con él á todo
trance.

El mozo, que debía estar ya entonces muy enamorado, y que seguramente
era poco conocedor de las veleidades y mudanzas del sexo femenino, hizo
cuanto pudo por volver á atraerse el cariño de Costanza, pero todo
resultó inútil; y harto de aguantar desdenes, convencido de que nada
podía conseguir, desistió de sus proyectos con gran pesar y profunda
pena.

Tan á pechos tomó el hombre aquella mala acción, que viniéronle
terribles melancolías y esquivó el trato de las gentes, desapareciendo
por fin de Sevilla sin que se supiera á dónde había marchado.

Costanza, que tan honesta y recatada fué siempre, según la tradición,
sintió bien poca cosa la ausencia del amante, y apenas habían pasado
algunos meses admitió el cariño que otro le ofrecía, guiado de
intenciones no muy sanas y laudables.

Un amigo del desdeñado amador dijo que éste había muerto entonces; y
aunque Costanza lo supo, ni se apenó por ello ni mostró sentimiento
alguno, distraída como estaba con su nuevo galán.

Poco después de haber empezado la niña sus nuevas relaciones comenzó á
susurrarse entre los vecinos de la collación de Santa Lucía que por la
calle del Caño y sus alrededores había aparecido un fantasma de los que
en aquella época eran tan frecuentes; pero algunos vecinos que parecían
estar mejor informados aseguraron que se trataba de _un alma en pena_
que venía á este mundo para arreglar algún asuntillo que dejó pendiente.

Hiciéronse cruces al conocer la noticia, y más se asombraron los
ignorantes cuando supieron que desde la media noche hasta la hora del
alba en la calle Caño oíanse de tiempo en tiempo lamentos
ininteligibles, arrastres de cadenas y otros cuantos sonidos que
demostraban la presencia _del alma en pena_.

Cuando esto llegó á oído de la madre de Costanza no fué la última en
amedrentarse, cuidando mucho de cerrar por las noches las puertas de su
casa con llaves, cerrojos y trancas, y rezar, á más del Rosario, antes
de acostarse otras muchas oraciones propias para alejar las _almas en
pena_ que vienen á molestar el sueño del vecindario.

Crecía entre tanto el pavor á medida que trascurrían las noches, y así
pasaron algunos meses, al cabo de los cuales una mañana los transeuntes
y los habitantes de la calle del Caño se veían formando grupo frente á
la casa de Costanza y entretenidos en sabrosos diálogos.

Avisóse á la justicia y se presentaron los alguaciles, que penetraron
en el edificio, encontrando á la vieja dando lastimeros gritos y
llorando á lágrima viva como suele decirse.

Interrogada por los golillas, manifestó que su hija había desaparecido
sin saber por dónde, y que no había dejado huella alguna en su
escapatoria...

Pasado algún tiempo se supo, no sabemos por quién, que Costanza había
sido arrebatada de su casa por el _alma en pena_, y que ésta no era otra
que la de su desdeñado amador.



XXIII

LA CAPILLA DE LOS REYES

     «Anhelaba el Cabildo ofrecer al poderoso Monarca de ambos mundos
     una obra digna de su grandeza, y para alcanzarlo pensó abrir una
     especie de liza entre los más célebres artistas de aquel tiempo.»

     J. AMADOR DE LOS RÍOS.


Entre las muchas bellezas dignas de ser admiradas que encuentra el que
visita la Catedral de Sevilla, llama notablemente su atención la Capilla
de los Reyes, cuyos planos fueron debidos al maestro Martín Gainza,
dando comienzo su construcción en 1550.

Veinticinco años duraron los trabajos de esta suntuosa Capilla, en la
que siguieron los arquitectos Fernán Ruiz y Pedro Díaz Palacios, y que
fué terminada en 1575 por Juan de Maeda, que ejecutó algunas obras de
importancia en los templos de nuestra capital.

Pertenece su arquitectura al estilo greco-romano; tiene, en opinión de
los inteligentes críticos, poca elegancia, demasiados adornos, y está
dividida en siete espacios por ocho pilastras con capiteles
esmeradamente acabados.

En el centro de esta Capilla suntuosa, y sobre una elevada gradería, se
encuentra el altar, obra de Luis Ortiz, donde está colocada una
escultura de madera, de autor desconocido, que representa á la Virgen
con el Niño sobre la falda, el cual está vestido con traje del siglo
pasado: esto es, casaca, pantalón corto y medias de seda.

La imagen, que por su carácter parece del siglo XIII, según los
historiadores, fué regalada al monarca Fernando III por su primo el rey
de Francia Luis IX, y acerca de ella corren las más curiosas
tradiciones.

Está la imagen sentada en rico sillón, que ostenta primorosas labores y
adornos de plata: sale en procesión todos los años el día 15 de Agosto,
recorriendo las calles que rodean á la Catedral, y tienen los vecinos de
Sevilla gran devoción por ella.

Al pié del ara donde está la Virgen existe la rica urna de plata que
guarda desde 1729 los restos de D. Fernando III, primer rey de Castilla
y Aragón y conquistador de Andalucía, que falleció en esta ciudad el día
30 de Mayo de 1252, y á quien el papa Clemente X declaró santo en 1671,
celebrándose con tal motivo suntuosas fiestas en Sevilla, describiendo
las cuales hemos leído varias curiosísimas relaciones escritas en
aquella época.

Bajo las magníficas bóvedas de la capilla de los Reyes duermen el sueño
eterno D. Alfonso _el Sabio_, muerto en 1284, á los treinta y dos años
de su reinado; D. Pedro I, _el Justiciero_, monarca cantado tantas veces
por los poetas, y cuyos huesos se trasladaron desde Madrid en 1877; su
legítima esposa D.ª María Padilla, que al ocurrir su muerte en 1354 fué
sepultada en el monasterio de Santa Clara de Astudillo; D.ª Beatriz,
primera mujer de D. Fernando, y los infantes D. Pedro, D. Fadrique, D.
Juan y D. Alonso.

Un personaje ilustre en la historia moderna de España descansa allí
también junto á los reyes y príncipes: el sabio Conde de Floridablanca,
Ministro de Carlos III y Presidente de la Junta Suprema de Gobierno
cuando invadieron las tropas francesas nuestro territorio. Floridablanca
murió el día 30 de Diciembre de 1808, celebrándose sus exequias con
todos los honores que correspondían al elevado cargo que entonces
desempeñaba.

La reja de la capilla de los Reyes es una verdadera obra de arte,
concluída en 1775, cuya descripción sería por demás prolija: sus
columnas, sus complicadas labores y las figuras de gran tamaño colocadas
en su remate son dignas del mayor elogio.

En la Capilla se conservan multitud de joyas históricas de alto precio,
entre las que no dejaremos de citar en estos breves apuntes la bandera y
una espada de D. Fernando III, la magnífica corona regalada por D.ª
Beatriz y los riquísimos trajes bordados de oro y pedrería que viste la
antigua imagen de la Virgen de los Reyes.

El día de S. Clemente, aniversario de la conquista de Sevilla, y el 30
de Mayo, se descubre la urna donde yace el rey Fernando III, pudiendo
ver el público tras aquellos cristales los restos del poderoso monarca
victorioso en tantas batallas y terror de las huestes agarenas.

La capilla de los Reyes ha sido visitada por cuantos monarcas han venido
á Sevilla, y en ella se da continuo y muy esplendoroso culto.



XXIV

LA MORERÍA

     «Sitios peligrosos eran aquéllos, donde no era fácil llegar sin
     exposición de graves riesgos.»

     L. M.


En uno de los puntos hoy de más tránsito de la capital existió hasta la
tercera década del presente siglo un famoso barrio, llamado de la
_Morería_ porque es fama que al ser reconquistada Sevilla por D.
Fernando III en él se juntaron las familias moras que quedaron viviendo
en la ciudad.

Este barrio estaba formado por un laberinto de encrucijadas y
callejuelas de feísimas y miserables casuchas, bajo cuyos techos se
albergaban gentes de reputaciones dudosas y de las más extrañas
cataduras.

Allí se escondían las echadoras de cartas, las viejas que confeccionaban
filtros y bebedizos, los valentones que siempre tenían cuentas
pendientes con la justicia, y todos esos tipos que tan admirablemente
retrató la pluma del gran Cervantes al ocuparse del antiguo pueblo bajo
de Sevilla.

Ninguna persona de mediana posición se determinaba á pasar por las
calles de dicho barrio sin estar expuesta á sufrir más de un percance,
pues los moradores de aquellos tugurios tenían formada una especie de
asociación tenebrosa, que se asemejaba algo á la célebre _Corte de los
Milagros_.

De noche las calles de la _Morería_ presentaban un sombrío aspecto; y
cuando alguna vez la ronda cruzaba en silencio por aquellos lugares, se
veía sorprendida á lo mejor por una lluvia de piedras que, sin saber de
dónde venían, obligaban á los corchetes á ponerse en precipitada fuga.

Para que todo contribuyera á hacer inexpugnable aquel barrio, se
levantaban á su alrededor los espaciosos conventos del Buen Suceso y los
Descalzos, la iglesia de San Pedro y la primitiva Fábrica de Tabacos,
que fué construída en el siglo XVI.

Estos amplios edificios, con sus altos paredones y su macizo aspecto,
parecían defender la _Morería_, donde nunca fué posible hacer cumplir
las ordenanzas municipales, y donde los habitantes vivían en una salvaje
independencia.

Muchas eran las tabernas que en el barrio de que nos ocupamos existían,
y no eran menos los garitos y casas _non sanctas_ donde Celestinas,
Aspasias y Proserpinas se entregaban con entera libertad á sus
execrables comercios.

El Ayuntamiento dió en distintas épocas varias órdenes á fin de que se
hicieran algunas requisas por la _Morería_ con frecuencia; pero estas
órdenes no pudieron cumplirse á causa del riesgo que corrían cuantos
eran enviados á aquella visita de inspección.

Todos los mendigos, todos los discípulos de _Caco_, todos los vagos de
la peor calaña que durante el día vagaban desperdigados por Sevilla,
iban á recogerse al oscurecer en los antros de la _Morería_, donde se
consideraban seguros de no caer en manos de la justicia.

Á principios de siglo tenían allí su albergue los servidores de José
María y del _Rubio Espera_, los espías de los _Niños de Écija_ y los
secuaces del _Pájaro Verde_, que tan sangrientos crímenes cometieron en
los campos andaluces.

Por entonces el edificio de la antigua Fábrica de Tabacos fué destinado
á cuartel de infantería, y esto dió origen á no pocas colisiones y
alborotos entre los soldados y los paisanos en la triste época del
gobierno absoluto.

Concluiremos estos apuntes sobre la _Morería_ diciendo que hacia el año
1840 se desalojaron las casas de aquel inmundo barrio, comenzando el
derribo de todas ellas y construyéndose años más tarde en aquel lugar el
paseo de Argüelles, uno de los más concurridos y animados de Sevilla.



XXV

LA VIRGEN DE TORRIJIANO

     «Muriendo está Torrijiano, muriendo está en su prisión por el
     hambre, que es la pena que se ha impuesto en su furor.»

     CANO Y CUETO.


El hecho de que vamos á ocuparnos ha llegado hasta nosotros descrito con
ligeras variantes, aunque igual en el fondo, y para relatarlo hemos de
procurar seguir la relación que corre como más auténtica.

Á principios del siglo XVI vivía en Sevilla, y en una modesta casa
situada en la Resolana del barrio de la Macarena, el insigne escultor
florentino Pedro Torrijiano, que tan perfectas y acabadas obras dejó en
varios templos de nuestra capital.

Fué Torrijiano un distinguido discípulo del maestro Lorenzo de Médicis,
y estando en el taller de éste con otros compañeros tuvo su famosa riña
con Miguel Ángel, á quien de un golpe rompió parte de la ternilla de la
nariz, dejando, para mientras viviese, señalado al autor del _Moisés_ y
del _Juicio final_.

Huyó después de aquella riña Torrijiano de Italia, pasando á Inglaterra,
donde vagó muchos años sin residencia fija y sufriendo no pocos
disgustos y sinsabores, pues parece que el carácter del artista
florentino era por demás violento, exagerado y nada simpático.

Á España llegó Torrijiano más tarde, atraído por las bellezas del suelo
y por los elogios que de nuestra cultura intelectual de entonces había
oído hacer, recorriendo algunas provincias y fijando su residencia en
Granada, población entonces donde se encontraba lo más florido de la
nobleza castellana.

Hizo Torrijiano algunas hermosas esculturas para los conventos que
entonces se edificaban en la ciudad del Darro, y cuando su fama se iba
extendiendo por aquel punto una agria disputa que, por motivos que
ignoramos, tuvo con algunos señores de alta categoría le obligó á cerrar
su taller y á salir precipitadamente de aquella hermosa ciudad tan
cantada por las liras de nuestros poetas.

Entonces vino Torrijiano á Sevilla, ejecutando al poco tiempo de su
llegada obras tan notables como los bajo-relieves de la portada del
_Hospital de las Cinco Llagas_, según dice un autor, y el _San Jerónimo_
para el convento de Buenavista.

Algún tiempo después el poderoso Duque de Arcos encargó al florentino
una escultura de barro que representase á la Virgen con el Niño Jesús
en los brazos, escultura que había de ser colocada en el magnífico
oratorio que en su palacio tenía el Duque.

Cuando la estatua fué concluída envió el linajudo noble á sus criados á
casa de Torrijiano para que la recogiesen y al mismo tiempo entregaran
al autor el precio de su trabajo en varios talegos de maravedises.

Al ver Torrijiano la forma en que se le hacía el pago de la obra,
despertóse de súbito su cólera, deshaciéndose en denuestos contra el
Duque, y llegó á tanto su enojo y su indignación, que allí mismo cogió
la estatua, y arrojándola con violencia al suelo, la hizo trozos,
diciendo á los criados del poderoso magnate que, pues recibía el dinero
en tan pequeñas monedas, recibiese él también la estatua en pequeñas
fracciones.

Este hecho produjo gran escándalo en Sevilla y alborotó á la gente
devota, que lo calificó de terrible sacrilegio, haciendo que el Duque se
querellase al tribunal de la Inquisición, el cual prendió á Torrijiano,
acusándole de impío y hereje consumado.

Encerrado en una mazmorra del castillo de Triana pasó el escultor
insigne muchos meses, falleciendo por último en el año de 1522 entre
horribles torturas, pues se negó á comer el más corto alimento durante
bastante número de días.



XXVI

LA CALLE DEL DIABLO

     «Mientras la infelice muere diz que el viento repetía: Mal haya
     quien en promesas de hombre fia.»

     _(Trova antigua.)_


Pocos tal vez al leer el título de estas líneas sabrán á qué calle nos
referimos y dónde se encuentra situada una vía con nombre tan poco
simpático.

Á fin de aclarar sus dudas, si es que las hay, diremos que el nombre de
calle del Diablo corresponde á la que después llevó el de San Antonio y
se encuentra en la parroquia de San Bartolomé.

Diósele el nombre de San Antonio porque en la fachada de una de sus
casas existió hasta 1840, próximamente, un nicho en el que se veía una
estatuita de barro representando al fraile penitente que con singular
valor supo rechazar las tentaciones del demonio.

Junto á esta imagen ardían en otros tiempos dos farolillos de aceite,
única luz que de noche alumbraba la vía que nos ocupa; y está probado
que los piadosos vecinos de aquellos alrededores tenían gran devoción
al santo, cuya colocación en aquel sitio debióse á un suceso
extraordinario en el cual creían á piés juntillas nuestros abuelos, que
por regla general tenían muy buenas creederas.

El caso fué el siguiente, poco más ó menos, según lo relata la tradición
que hasta nosotros ha llegado. Durante los días de Carnaval del año 1548
varios jóvenes de relajada vida y de licenciosas costumbres que había en
Sevilla cometieron muchos excesos y tropelías, sin que evitarlo
pudieran, ni el celo de las autoridades ni el temor que entonces á todos
inspiraba el tribunal de la Inquisición.

De aquellos mozos calaveras cuatro se distinguieron más que sus
acompañantes por las locuras de sus actos y por el singular escándalo
que promovieron.

No contentos de sus fechorías, después de haber alborotado grandemente
por las calles, herido á tres sujetos, insultado á muchos y saqueado un
bodegón, la noche del martes de Carnaval, cuando pasaban medio ebrios
por el convento de Madre de Dios, hallaron á un viejo que acompañado de
una joven venía, y les entraron ganas de darles una pesada broma.

Uno de los calaveras, sin andarse con más palabras, acercóse con
resolución á la muchacha, y con gran presteza dióle un fuerte tirón del
manto y estampó en sus mejillas un impuro y ruidoso beso.

Lleno de ira el anciano, iba á castigar el atrevimiento del mozo,
cuando los otros le sujetaron por la espalda y, envolviéndole la cabeza
en la capa que traía, lo arrastraron al callejón próximo, mientras la
joven caía desmayada y era recogida por el calavera que le dió el beso.

Tétrico, oscuro y estrecho el callejón donde metieron al anciano,
ofrecía el aspecto más á propósito para que en él se cometieran actos
que la luz clara alumbra pocas veces. En brazos del galán llegó allí
también la joven, cuyo rostro pálido por el desmayo excitó los deseos
del calavera y púsole en situación harto difícil.

Rugía amarrado el viejo, á quien habían tendido en el suelo para que no
pudiera defenderse, y en tanto aquellos perdidos rodearon á la muchacha,
haciendo todos muchos elogios de su belleza y encantos, que pudieron
apreciar merced á un débil rayo de luna que hasta el centro de la
callejuela se deslizaba.

Varios de los mozos quisieron besar á la joven, pero vieron con sorpresa
que el que primero lo había hecho opúsose á ello y con tono serio y
enérgico díjoles que no consentiría que ninguno la tocase.

Surgió de aquí una disputa, que se fué agriando por momentos; cruzáronse
palabras duras é insultos de ambas partes, salieron á relucir los
aceros, y no tardó en empezar una reñida pelea, en la que el galán
defensor de la beldad llevaba la peor parte, puesto que todos á él
dirigían sus armas. Habilísimo sin duda era éste, cuando en pocos
momentos logró, no sólo defenderse, sino herir á dos de los que le
combatían, y desarmó al tercero, que dejó el campo y huyó de manera no
muy airosa.

Cuando el mancebo se quedó solo con la dama sintió un rumor extraño
cerca de él, y vió entre las sombras una figura siniestra que blandía en
la mano un acero y se disponía á acometerle.

Los ojos del desconocido brillaban con luz fosforescente y en su rostro
se dibujaba una mueca espantosa. El joven y la sombra entablaron una
porfiada riña, en la que el primero fué herido de mortal estocada.

Al siguiente día fueron encontrados en la calleja el cuerpo de la
muchacha y el de su padre, que presentaban profundas heridas. El del
galán no pareció por parte alguna, y se cuenta que el diablo lo llevó
consigo, y que éste no era otro que el desconocido que se le apareció en
tan fea traza.

Para conmemorar este hecho, y espantar á Luzbel si en alguna ocasión le
daban ganas de volver por allí, se colocó en la calleja la imagen de san
Antonio que mencionamos más arriba.



XXVII

EL MAESTRO MALARA

     «Aquí yace sin vida el cuerpo frío de Malara, que, roto el mortal
     nudo donde á Vandalia riega el grande río, voló al Cielo su
     espíritu desnudo.» HERRERA.


Lugar preferente ocupa en la larga lista de ilustres varones que
florecieron en Sevilla durante el siglo XVI el sabio humanista D. Juan
de Malara, cuyas numerosas obras han merecido el mayor elogio de la
verdadera crítica desapasionada y justa, que examinando con detenimiento
las producciones de cada autor, ni escatima los merecidos elogios, ni
calla los defectos en que han incurrido.

Malara es una verdadera gloria de su patria, fué uno de los hombres más
instruidos y sabios de su tiempo, y á él se debió en gran parte el alto
grado de florecimiento á que llegaron las letras sevillanas en el siglo
XVI.

Ajenos por completo á dar tinte pretensioso á estas líneas, para dedicar
en ellas un recuerdo al autor de la _Filosofía vulgar_, nos limitaremos
á trazar un breve resumen de su vida, apuntando de paso los principales
trabajos en prosa y verso que legó á las futuras generaciones.

Sevilla fué la cuna del maestro Juan de Malara, y vino al mundo en 1527,
ignorándose el día y mes de su nacimiento, aunque algunos autores los
han señalado sin verdaderas pruebas.

La regular posición que sus padres disfrutaban hizo que Malara recibiese
una instrucción bastante completa, siendo alumno del colegio de San
Miguel, donde de muy antiguo existía una cátedra pública de Gramática y
una escuela de primeras letras que el Cabildo Catedral á sus expensas
sostenía.

Muertos los autores de su existencia, y siendo aún muy joven, se hizo
Malara paje de dos señores principales á quienes unía estrecho
parentesco con el Cardenal Loaísa, y estando en servicio de ellos hizo
un viaje á Salamanca, de donde pasó á Alcalá de Henares, matriculándose
en la famosa Universidad de este último punto, donde residió largo
tiempo.

Terminados sus estudios, después de algunos años, en los cuales tuvo
ocasión de tratar á muchos de los escritores más notables de entonces,
volvió á Sevilla, donde fijó su residencia y donde contaba con muy
buenos y leales amigos.

Una vez en nuestra ciudad, abrió Malara una clase de Gramática
castellana, viéndose al poco tiempo con gran número de discípulos, que
más tarde honraron al maestro y que acudieron á él atraidos por su
saber é inteligencia, así como por el dulce y apacible carácter de que
estaba dotado.

Casó Malara en 1564 con D.ª María Ojeda, y pasó la mayor parte de su
existencia entregado á sus continuos trabajos, pero con el alma
tranquila y desprovista de ambiciones locas, que tan infelices hacen á
muchos hombres.

En 1568 publicó Malara su _Filosofía vulgar_, en la que reunió gran
número de antiguos refranes, ilustrándolos muy discretamente con citas y
anécdotas, que resultan en extremo curiosas y dan á conocer la vasta
erudición y los profundos conocimientos que en diversas materias poseía.

Su última obra vió la luz en 1570, y lleva por título _Recibimiento que
hizo la ciudad de Sevilla al rey D. Felipe II_ (libro reimpreso en
Sevilla hace pocos años): según lo que de ella escriben varios biógrafos
de Malara, puede decirse que, á más de su valor histórico y de las raras
noticias y detalles que contiene, es digna de apreciarse por el estilo
correcto y fácil que en ella campea.

Cuando más sosegados se deslizaban los días del sabio humanista; cuando
era de todos los ingenios de Sevilla atendido, y respetado por todos sus
discípulos; cuando su nombre había alcanzado una verdadera popularidad,
y sus numerosas obras eran leídas con la mayor avidez, la muerte vino á
destruir aquel poderoso ingenio, que falleció en 1571 á la edad de
cuarenta y cuatro años.

Algunas de las obras que dejó escritas Malara se han perdido, tales como
sus tragedias, citadas por Juan de la Cueva, y algunas traducciones
latinas de varios fragmentos de la _Iliada_.

Cuatro poemas compuso el docto humanista, titulados: _Hércules_, _La
Psiché_, _La muerte de Orfeo_ y el _Martirio de las Santas Justa y
Rufina_; mas no fueron estos trabajos los que han hecho célebre ya su
nombre, pues en opinión de los críticos Malara no fué versificador de
gran lozanía ni de potente y variada inspiración.

Falleció el ilustre literato cuando las letras sevillanas llegaban á su
mayor apogeo, y sus discípulos le lloraron, conservando vivo en sus
corazones el recuerdo del maestro y las saludables enseñanzas que de él
habían recibido.



XXVIII

LA ÚLTIMA PIEDRA DE LA CATEDRAL

     «...Que se labre otra Iglesia, tal é tan buena, que no haya otra su
     igual...»

     (_Acta del Cabildo de 8 de Julio de 1401._)


Los interesantes detalles que hemos encontrado respecto á la ceremonia
que se verificó al colocar la última piedra de nuestra hermosa Basílica
nos han de servir de asunto para llenar esta página; pero antes diremos
algo sobre la construcción del templo admiración de propios, envidia de
extraños, y cuyo actual estado es bien lamentable.

Según las noticias más verídicas, la primera misa celebrada en la
Catedral, cuando aún tenía la forma de mezquita, se verificó el 22 de
Diciembre de 1248, asistiendo á ella el conquistador Fernando III y
todos los nobles personajes que le acompañaron en el cerco de la ciudad.

En el siguiente año comenzaron á construirse las capillas, siguiendo
estas obras lentamente, hasta que, medio siglo después, como quiera que
se notaran en el edificio señales bien claras de próxima ruina, el
Cabildo acordó destruir la mezquita y edificar de nueva planta una
basílica que causase asombro á cuantos la vieran. Dieron principio los
trabajos de derribar la antigua fábrica de los árabes, y en 1403, según
hemos visto escrito, se colocó la primera piedra del monumento que
tantas riquezas atesora, poniéndose la última á los ciento tres años, ó
sea en 10 de Octubre de 1506.

Día solemne fué éste para Sevilla, y sentimos mucho que las noticias de
que disponemos no sean tan amplias como fueran nuestros deseos. El
templo remataba entonces en un elevado cimborrio, que descansaba en los
cuatro pilares del crucero, y allí colocóse la última piedra por el deán
D. Fernando de la Torre, con el Duque de Medina-Sidonia y don Fadrique
Enríquez.

En derredor del cimborrio se habían construído amplios andamiajes, y
allí subieron todos los canónigos, el Asistente y otras autoridades
civiles, y gran número de personas de la nobleza sevillana, á las cuales
seguía infinidad de acólitos, pajes y músicos.

Á las doce quedó la piedra en el lugar que le correspondía, y acto
seguido cantóse por cuantos allí estaban un solemne _Te-Deum_ con la fe
y entusiasmo religioso de aquellos tiempos. Y en verdad que el acto que
acababa de realizarse era para llenar de alegría á todos los amantes de
la patria. La obra de tantos años estaba concluída; el deseo de varias
generaciones se veía al fin realizado; y si desde aquel día la Religión
católica contaba con un suntuoso templo para rendir culto á su Dios, el
Arte contaba también desde entonces con una maravilla para rendir
admiración al genio del hombre.

Después del _Te-Deum_ bajó la comitiva á la iglesia, donde había quedado
el Arzobispo Deza, que por sus años no pudo subir al cimborrio, y
pasando á la capilla de la Antigua, que se encontraba adornada con ricas
telas y flores é iluminada con gran número de cirios y lámparas de
plata, se dió principio á una misa cantada por el Arzobispo, que duró
hasta el mediodía.

El pueblo de Sevilla presenció con el mayor júbilo la terminación de su
Catedral, y aunque estaban preparados para aquel día fiestas y
regocijos, éstos no llegaron á verificarse á causa de encontrarse de
luto la nación por la muerte de Felipe I _el Hermoso_, que había
fallecido en Burgos el 25 de Setiembre del mismo año 1506.

Hasta el siguiente no se abrió á los fieles el templo, celebrándose
entonces otras funciones religiosas, acerca de las cuales existen
particulares muy curiosos.

Como no es nuestro propósito hacer que este breve apunte resulte una
descripción de la hermosa Basílica, terminaremos recomendando al lector
cualquiera de los muchos trabajos que por hombres eminentes se han hecho
sobre el famoso templo, y ¡ojalá éste sea terminado de nuevo antes que
desaparezca la actual generación!



XXIX

EL DIVINO HERRERA

     «Ese es ¡oh Dios! el sonoroso acento con que canta triunfal sublime
     Herrera.»

     EL DUQUE DE FRÍAS.


Más que difícil, imposible es dar en estos breves apuntes un extracto de
la vida y un juicio de las obras del insigne poeta fundador de la
Escuela Sevillana, Fernando de Herrera, á quien sus contemporáneos
llamaron el _Divino_, nombre que, según el gran Quintana, nadie mereció
con más justicia que él.

Nuestra ciudad tuvo la honra de ser cuna de tan esclarecido ingenio, y
según los datos más autorizados vino al mundo en 1534, siendo sus padres
de posición harto modesta.

Dedicóse Herrera á los estudios de Teología, ordenándose de sacerdote
cuando se encontraba en todo el apogeo de su lozana juventud. Disfrutó
más tarde de un beneficio en la parroquia de San Andrés, y nunca quiso
abandonar el estado humilde en que vivía, aunque sus muchos y buenos
amigos hicieron, como dice Pacheco, «por acrecentalle en dignidad y
hacienda.»

Murió Herrera en la capital de Andalucía el año 1597, y con él murió el
poeta más notable de la Escuela Sevillana, que tanto esplendor y honra
dió á las letras patrias.

Los versos de Herrera encantan al lector y conmueven las fibras más
delicadas del sentimiento, sobre todo los que van dedicados á aquella
_Eliodora_, por quien sintió una pasión tan honda, tan verdadera y tan
constante, que torturó siempre su alma sedienta de ternuras, y le hizo
gustar entre muchas amarguras esos supremos placeres que sólo están
reservados á los que aman como debe amarse en la tierra.

Fué aquella mujer tan ciegamente idolatrada por el poeta, según las más
autorizadas noticias, la nobilísima señora D.ª Leonor de Milán, Condesa
de Gelves, cuyo esposo, gran aficionado y protector de las bellas
letras, sostuvo no poca amistad con Herrera, á quien dió por algún
tiempo entrada en su casa, distinguiéndole con marcadas deferencias.

Todas estas circunstancias, que hacían imposible que la pasión del vate
sevillano fuese satisfecha, la acrecentaron más y más, haciendo que
dominara todos sus sentimientos y fuese el constante martirio de su
corazón.

La poesía más hermosa de Herrera, la que siempre es leída con deleite, y
la que bastaría sólo á inmortalizar su nombre, fué la que compuso
cuando murió la Condesa algunos años después, joven aún y adornada de
todas sus poderosas gracias y atractivos.

El dolor, la pena y la más desconsolada amargura se desbordaron entonces
en el corazón del vate y le dictaron aquellas estrofas, que no pueden
ser leídas sin sentir tanta admiración como melancolía.

¿Quién no se conmueve con las palabras del enamorado, cuando escribe
esto?

      «Desconfío, aborrezco, amo, espero,
    y llega á tal extremo el desconcierto,
    que ya no sé si quiero ó si no quiero.

      Testigo es de mis males el desierto,
    que me ve en su desnuda y roja arena
    tendido de dolor y casi muerto.

       Cándida Luna, que con luz serena
    miras indiferente el llanto mío,
    ¿has visto de otro amante otra igual pena?»

De esta composición dice Fernandez-Espino que es «la más tierna, sincera
y apasionada de cuantas existen en castellano»; y bien quisiéramos
reproducirla entera aquí, para que nuestros lectores saboreasen otra vez
las inimitables bellezas que encierra.

Gran mérito tiene la elegía dedicada á su amigo Juan de Malara, y no son
ménos notables las odas á D. Juan de Austria y á la derrota del rey D.
Sebastián en África.

Herrera fué hombre que poseía gran erudición y atesoraba muchos y
diversos conocimientos en todos los ramos del saber. Enriqueció la
lengua, aumentándole giros, epítetos y frases; cultivó la prosa en obras
tan celebradas como la _Guerra de Chipre_, la _Vida de Tomás Moro_ y las
_Anotaciones sobre Garcilaso_, y entre los muchos trabajos suyos que se
han perdido figuraba una _Historia general del mundo, hasta la edad del
emperador Carlos V_, que terminó en 1590, y que por desgracia no llegó á
imprimirse.

El retrato más auténtico de Herrera es el que dibujó su íntimo amigo
Pacheco en su célebre colección de varones ilustres, y por el cual están
sacados los que existen en algunas bibliotecas y museos.

El nombre de Fernando de Herrera ha llegado hasta nosotros rodeado de
esa aureola que envuelve á los genios, y será siempre admirado donde
exista un amante de las letras; pero Sevilla, á quien tanta honra dió,
aún no ha erigido á su memoria ni el más pequeño monumento ni la más
modesta lápida.



XXX

LAS SOMBRAS DEL SUBTERRÁNEO

     «Seres fantásticos que por las noches amedrentan al triste
     desvelado, y desaparecen con los primeros albores del nuevo día...»

     FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.


La calle Abades es de las más antiguas de nuestra ciudad, y en algunas
de sus casas se encuentran unos profundos subterráneos, acerca de los
cuales han escrito muy curiosas noticias Argote de Molina, Rodrigo Caro,
González de León, Benavides y otros historiadores de Sevilla.

Tanta es la extensión de estos subterráneos, que algunas de sus
ramificaciones, según dicen, se extienden á la calle Borceguinería y
forman un complicado laberinto que es imposible conocer y estudiar con
detenimiento.

Cuantos trabajos se han hecho á fin de reconocer aquellos lugares han
dado escaso resultado; pues, sobre ser sumamente difícil penetrar en
ellos, apenas si se puede permanecer allí por la atmósfera que se
respira, por el frío, y por la infinidad de murciélagos que, al decir
de un autor, vagan entre las oscuridades.

Según la opinión más recibida los tales subterráneos fueron descubiertos
casualmente, estando practicándose unas obras en la casa del canónigo D.
Juan de Falce en el año 1298; y aunque se ignora el en que se
construyeran, se cree que los árabes los utilizaban para establecer la
_Escuela de mágia diabólica_.

Desde tan remota fecha son conocidos aquellos antros, y el vulgo,
siempre crédulo é inclinado á aumentar y dar tinte fantástico á las
cosas, ha fraguado multitud de cuentos y leyendas sobre ellos.

Entre los muchos que suelen contarse ha llegado á nuestra noticia un
suceso que, por tener algo de verdad en su fondo y ser poco conocido, lo
creemos digno de figurar entre esta colección de apuntes.

En las habitaciones bajas de algunos edificios de calle Abades existen
todavía unas pequeñas puertas (hoy tapiadas) que conducen por estrechas
escalerillas á los misteriosos subterráneos, mirados siempre con miedo
por las personas ignorantes y supersticiosas.

Cierta casa que tenía su puerta y escalerilla en el rincón de una
galería que daba al patio era habitada hacia los años de 1695 por un
caballero burgalés, hombre rico, soltero y de buena presencia, que vivía
con las mayores comodidades y servido por un solo criado, viejo y no muy
avisado.

Este señor contaba con muy buenas relaciones en Sevilla, y, libre como
era, gustaba de correr aventuras galantes, cuidando sin embargo de no
dar ejemplo escandaloso ni lugar á que su nombre sirviese de pasto como
el de otros á las hablillas y murmuraciones de los ociosos desocupados.

Solía recogerse tarde á su domicilio nuestro caballero burgalés, y,
provisto de una llave, abría la puerta y penetraba en sus habitaciones,
donde no tardaba en rendirse al sueño.

Una tranquila y calurosa noche de estío hubo de recogerse más temprano
que de costumbre, y como por ser verano su dormitorio estaba en una sala
baja próxima al patio, para llegar á él tuvo que pasar muy cerca de la
puerta que al subterráneo daba, y que creyó verla sin alteración alguna.

Entróse luego el caballero en su lecho y quedó profundamente dormido,
pensando quizá en sus pasadas aventuras ó en las que tenía proyectadas,
y no bien había trascurrido media hora, cuando un ruido singular y
extraño le hizo volver á la realidad y abrir los ojos.

Escuchó con atención, y entonces oyó claramente rumores intensos bajo el
piso de su habitación y algunos golpes secos, desiguales y prolongados.

No era el burgalés hombre que se amedrentaba con niñerías; y ya iba á
saltar del lecho para coger su espada, cuando por una ventana de la
habitación, que se encontraba abierta, vió, merced á la luz de la luna,
pasar una sombra, á la que siguieron otras y otras, que le parecieron
de gigantesca altura y raro porte.

Pruebas suficientes había dado el caballero durante su vida de no ser
cobarde; pero la aparición de aquellas sombras turbó su espíritu,
quitóle toda energía y le hizo temblar de pavor.

Quiso bajar de la cama y no pudo, quiso gritar y la voz se ahogó en su
garganta; subiendo de punto el terror al notar que los fantasmas
entraban en el dormitorio y se agrupaban en un rincón murmurando algunas
palabras ininteligibles.

Así pasaron algunos momentos, momentos terribles de agitación y zozobra
para el rico caballero, que se creía cercado de asesinos ó de almas de
otro mundo que venían á llevarlo sabe Dios á dónde.

El caballero hizo un esfuerzo supremo para dominar su espanto, y con voz
que procuró serenar dijo:--¿Quién sois? ¿qué queréis?

Pero no bien había pronunciado estas palabras, las sombras salieron
precipitadas de la habitación y caminaron hacia el patio, produciendo un
ruido sordo y desigual.

Rápido salió el burgalés de su estancia tras los fantasmas, que creyó
ver saltando por el patio y dirigirse luego hacia la galería donde la
puertecilla del misterioso subterráneo estaba. Persiguiólos el
caballero, ¡y cuál no sería su sorpresa al notar que el subterráneo
estaba iluminado por dentro con una luz roja é intensa!...

El burgalés, presa de un terror profundo, no pudo seguir adelante, y
cayó en tierra sin sentido y aterrado...

Allí lo encontró por la mañana el viejo criado que le servía, y súpose
más tarde el origen de aquellas apariciones que turbaron su tranquilo
sueño, y que no era otro que el siguiente, bien prosáico á la verdad: el
subterráneo de la casa se comunicaba con un edificio próximo, y varios
habitantes de él decidieron una noche llevar á cabo una excursión por
las misteriosas bóvedas, viniendo á salir sin darse cuenta á la casa del
caballero, dando lugar á la escena que acabamos de narrar.



XXXI

LA CASA DE LOS ALCÁZARES

     «Las cosas que hizo este ilustre varón viven por mi diligencia;
     porque siempre que le visitaba escribía algo de lo que tenía
     guardado en el tesoro de su prodigiosa memoria.»

     F. PACHECO.


Con el nombre de Alcázares existe una calle en Sevilla, llamada en lo
antiguo _Ancha de San Pedro_, la cual es en su mayor parte recta, alegre
y con buenos y cómodos edificios.

En esta calle existe una casa que nada de particular ofrece en su
fachada, pero que es hermosa en su interior, y en ella nació en 1531 y
vivió largos años el insigne poeta Baltasar de Alcázar.

La mencionada finca, ocupada hoy por la benéfica asociación de _Hermanas
de los pobres_, perteneció desde el siglo XIV á la noble familia de
Arias de Saavedra, siendo adquirida mucho tiempo después por el hidalgo
D. Francisco Alcázar, que en unión de su esposa D.ª Leonor de Prado
fundó un mayorazgo, que vino á disfrutar más tarde su hijo segundo D.
Baltasar, gloria de las letras sevillanas.

El edificio pasó en 1790 á la propiedad del Marqués de Camponuevo, y á
la muerte de éste al convento de Santa Teresa, siendo adquirido hacia la
mitad del presente siglo por los señores Marqueses de San Gil.

Á pesar de las obras que en el interior de aquel local se han llevado á
cabo en el transcurso de los tiempos, aún conserva un carácter
marcadísimo de antigüedad, que fácilmente se echa de ver cuando se
traspasan sus umbrales.

En los magníficos jardines de esta casa se conserva todavía un árbol
llamado el _Mirto de Alcázar_, á cuya sombra es fama que se sentó á
componer muchas de sus poesías el festivo autor de _La cena jocosa_.

Nació Alcázar, como ya dijimos, en 1531, siendo destinado por su padre
al servicio de las armas, y adquiriendo fama de entendido y valeroso
guerrero junto al insigne D. Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa
Cruz, cuyos memorables hechos son orgullo de la patria.

Retirado de la milicia, y después de haberse encontrado en gloriosos
combates, Alcázar volvió á Sevilla, y estableciendo aquí su residencia,
contrajo matrimonio con una virtuosa dama muy elogiada por su hermosura.

Los poderosos Duques de Alcalá hicieron al poeta Alcaide Mayor de sus
propiedades, dispensándole grandes favores y teniéndolo á su servicio
durante cerca de veinte años.

En este largo período fué cuando Baltasar de Alcázar escribió casi todas
sus composiciones, las cuales por desgracia aún no se han visto todas
reunidas y coleccionadas con esmero, pues andan desparramadas en varios
libros, sin que en ninguno pueda decirse que están completas.

Su poesía que más ha elogiado la crítica, y que es sin duda más popular
que todas, es _La cena jocosa_, relación sencilla y espontánea,
abundante en donaires y graciosas locuciones, que despierta el interés
del lector y que puede servir como modelo de versificación natural y
suelta.

La afición que Baltasar de Alcázar tuvo por las bellas letras no fué
menos que la que sintió siempre por la música y la pintura; tocaba con
suma habilidad varios instrumentos, y también dibujaba, animado por su
excelente amigo Francisco Pacheco, quien le retrató en su célebre
colección de varones ilustres.

Juan de la Cueva, Cervantes y el _divino_ Herrera tributaron no pocos
elogios á Baltasar de Alcázar, que vivió siempre muy estimado de cuantos
le trataron y lleno de consideraciones por sus envidiables cualidades.

Falleció el poeta en 1606, á la edad de setenta y seis años y en la
misma casa donde vió la luz, dejando gratísima memoria en sus coetáneos
y un nombre brillante é ilustre en las hispanas letras.



XXXII

UN PER-AFÁN DE RIVERA

     «Corazón gastado, mofa de la mujer que corteja, y hoy,
     despreciándola, deja la que ayer se le rindió.»

     ESPRONCEDA.


Al extremo Norte de la Alameda, y en una plaza que se llamó en lo
antiguo _Plaza de la Cruz del Rodeo_, existe una capilla de humilde
aspecto y fachada sencillísima, que se dedicó á la Virgen del Carmen, y
fué levantada en memoria de un trágico suceso que vamos á recordar en
estas líneas.

Los poderosos y linajudos Condes de la Torre tenían á principios del
siglo XVI un hijo único, joven de apuesto continente y alegre carácter,
que estaba llamado á heredar con los títulos nobilísimos de sus padres
la cuantiosa fortuna que éstos poseían.

D. Per-Afán de Rivera, que así se llamaba el joven, aunque criado con
toda severidad y recogimiento, cuando llegó á la mayor edad mostróse
gran aficionado á correr aventuras y llevar aquella vida de peligros y
diversiones que era peculiar á los _calaveras_ de su tiempo.

No carecía de gracia y desenvoltura el hijo de los Condes de la Torre, y
gozaba de cierta fama de valiente y decidor, así como de galante con el
sexo bello, al cual era en extremo aficionado.

Muchas fueron sus travesuras y conquistas, muchas también sus pendencias
y acaloradas disputas, y no fueron menos los relucientes escudos que
derrochó en pocos años.

Á semejanza del _Burlador de Sevilla_, D. Per-Afán de Rivera no
distinguía clases en cuestiones de faldas, y lo mismo ponía los ojos en
la casta doncella que seguida de la dueña rodrigona cruzaba la calle
envuelta en tupido manto, que en la desgarrada moza del partido, de
andar resuelto y de traje corto y descotado.

Requirió de amores D. Per-Afán á una muchacha de posición humilde, la
cual, seducida por el marcial talante y distinguido porte del
galanteador, cayó en la debilidad de enamorarse de él con tanto ahinco
cual si no hubiese en el mundo otro hombre de sus prendas.

Holgóse mucho el joven aristócrata de haber despertado en la incauta
niña pasión tan verdadera, y le hizo mil promesas y juramentos, que,
aunque no pensó cumplir, acabaron de trastornar el seso de la muchacha,
que creyó de buena fe cuanto su amante le decía.

Poca paciencia tenía D. Per-Afán, y no gustaba de perder el tiempo en
sus conquistas, por lo cual no dejó pasar mucho sin que la niña cayese
en sus redes; y si antes le había dado su alma, dióle entonces su
cuerpo, que era lindo y lleno de encantos.

Duró hasta aquel día el amor que juró sentir el hijo de los Condes; y
siguiendo su sistema, abandonó pronto á la muchacha, olvidándola también
por otra y otras conquistas que entonces reclamaban su atención.

Pero la doncella burlada, que era huérfana y pobre, tenía un hermano,
que al enterarse por pruebas inequívocas del lance, alborotó el barrio
de la Feria, y se dispuso á tomar venganza, ayudado por otros individuos
que también tenían odio profundo á D. Per-Afán por motivo de sus
calaveradas.

Formóse, pues, una conjuración siniestra, y durante muchos días el
mujeriego aristócrata fué perseguido y acechado con la mayor
insistencia.

Había éste una noche de estío asistido con varios amigos y amigas á la
casa de cierto _Monipodio_ que había en la plaza del Quemadero, y en
hora avanzada salió á la calle solo, embozado en su capa y fiándolo
todo, según costumbre, en su destreza en el manejo de la tizona. Pero al
llegar á la _Cruz del Rodeo_ encontró unos vecinos que estaban tomando
el fresco tranquilamente, y sin motivo alguno arremetió contra ellos,
insultándolos y amenazándolos de palabras y obras.

Al poco rato saliéronle al paso dos hombres encubiertos por antifaces,
los cuales dieron una palmada, y al sonido de ella un grupo numeroso
apareció por una callejuela, rodeando al mancebo en actitud amenazadora.

Hizo éste por arrojar la capa, y, sacando el acero, acometió á los
enmascarados; pero antes que pudiera herirlos, el grupo cayó sobre él,
descargándole terribles golpes y llenándolo de heridas.

Entonces uno de los encubiertos (que no era otro que el hermano de la
joven burlada) sacó una daga y clavóla iracundo en el pecho de D.
Per-Afán de Rivera, que exhaló al instante su último suspiro.

Cuando se divulgó por la ciudad la noticia de este trágico suceso causó
honda sensación en todas las personas que conocían al infeliz, y los
poderosos Condes, cuyo dolor puede imaginarse, costearon en el mismo
sitio que murió su hijo la ermita dedicada á la Virgen del Carmen que
existe aún en nuestros días.

Los pacíficos vecinos, á los cuales se atribuyó la muerte del joven
caballero, fueron más tarde condenados á severas penas por la justicia,
mientras el verdadero matador quedó en las sombras del misterio.



XXXIII

LA VELADA DE SAN JUAN

     «Muy linda y elegante debía estar, cuando toda la nobleza sevillana
     concurría á ella, y sólo á ella porque no había otro paseo.»

     EL DUQUE DE RIVAS.


Feliz ocurrencia, sin duda, fué aquella que tuvo el buen asistente D.
Francisco Zapata, Conde de Barajas, cuando por los años 1574 mandó
construir la Alameda de Hércules, paseo el más antiguo de la ciudad,
convirtiendo en agradable sitio de solaz y honesto esparcimiento el
lugar donde antes se formaba un ancho pantano al que afluían las aguas
sucias y corrompidas de toda la población.

Terminó su obra el Asistente elevando el piso, colocando asientos de
piedra, fuentes elegantes, y ocho hileras de árboles que prestaban dulce
y grata sombra, sirviendo al mismo tiempo para recreo de la vista y
saneamiento del aire. Mas pareciéndole quizá que aún no estaba completo
su trabajo, mandó trasladar allí dos soberbias columnas desenterradas de
los barrios altos de la ciudad, donde se cree que existió un suntuoso
templo consagrado á _Hércules_.

Ambas columnas, sostenidas por anchos pedestales, y sobre las que se
ostentan dos estatuas, han sido descritas multitud de veces, y á ellas
dedicó uno de sus más bellísimos artículos el insigne Duque de Rivas,
que tanto cariño profesaba á nuestra capital, cuyas tradiciones cantó
más de una vez en poesías inmortales.

Es opinión de muchos historiadores que en remotos tiempos penetraba un
ramal del Guadalquivir por el lugar donde se levantó la puerta de la
Barqueta, y que este ramal seguía por donde hoy existe la Alameda,
atravesando la ciudad y saliendo cerca de la puerta de Jerez. No sabemos
qué habrá de verdad en esto; mas sí puede asegurarse que á fines del
siglo XV el lugar donde se encuentra la Alameda era un pantano, como
hemos dicho, en extremo perjudicial para la salud por el total abandono
en que se encontraba.

La Alameda de _Hércules_ fué desde su fundación el paseo predilecto de
los sevillanos, y á él concurrían los domingos serenos del invierno y
las frescas tardes de primavera y estío las damas más lujosas, ricamente
ataviadas, los caballeros más encumbrados y linajudos, los más ricos
mercaderes y los jóvenes más apuestos y arrogantes.

Allí se juntaban muchas veces los doctos varones que formaban las
ilustres academias de Pacheco y Malara; allí D.ª Feliciana de Enríquez y
la Duquesa de Gelves concurrían en elegantes literas, rodeadas de
entusiastas y aduladores mancebos; Medinilla y Per-Afán de Rivera
sostuvieron reñidas batallas con Maniferros y Repolidos; el _divino_
Herrera lloró tristemente los desdenes de su amada _Eliodora_; Rinconete
y Cortadillo practicaron allí innumerables obras de caridad con bolsas
ajenas; los señores inquisidores y asistentes pasearon embebidos en
reposada plática; más de una casta y púdica doncella, aprovechando
ligero descuido de su indispensable dueña rodrigona, deslizó perfumado y
tierno billete en manos de rendido y discreto _barbilindo_; y allí, en
fin, desde los comienzos del reinado de Felipe IV, se comenzaron á
celebrar las famosas veladas en las noches de S. Juan y S. Pedro.

La época en que estas fiestas alcanzaron mayor esplendor, si hemos de
creer á los fieles y puntuales cronistas, fué en los últimos años del
pasado siglo y primeros del presente, cuando la aristocracia y el pueblo
español, lejos de sospechar las próximas desgracias que amenazaban á la
patria, entregábanse con más calor que nunca á las diversiones y
regocijos, mientras el Príncipe de la Paz manejaba á su capricho los
negocios del reino.

Volvamos los ojos hacia aquella época, y veamos la velada de San Juan
tal como se celebraba á fines del siglo XVII, por ejemplo, cuando la
riqueza y prosperidad de Sevilla aventajaban á las de muchas importantes
ciudades de la Península.

Por entonces se habían llevado á cabo algunas reformas en el paseo,
aumentando sus fuentes, añadiéndole nuevas calles de árboles y elevando
al extremo Norte otras dos columnas más pequeñas, de escaso mérito, las
cuales constan de ocho pedazos cada una y rematan en dos menguados
leones con los escudos de España.

Era de ver por las noches en aquella época el aspecto que presentaban
los alrededores de la Alameda.

En la antigua calle Pellejería, desde el convento de San Pedro Alcántara
y hasta la del Barco, se alzaban entonces multitud de puestos y barracas
en los que _trianeros_ y _ferianos_ vendían muñecos de barro y estampas
religiosas, piñones y avellanas, alfajores de almendras y merenguillos
de color. En la esquina de la calle Puerco, y frente la cruz del
_Paraíso_, se situaban las buñolerías, donde las gitanas de la Cava
Vieja, á la luz del tradicional candil y envueltas en espesas nubes de
humo, fabricaban los dorados buñuelos para los mozos de _rumbo_ y las
mozas de _empuje_: allá cerca del convento de Belén se instalaban las
casetas del siempre aporreado _don Cristóbal_, con su inseparable _D.ª
Rosita_; y bajo los álamos blancos, los cipreses y los naranjos del
arrecife formaban coro los vecinos del barrio, y al són de la guitarra y
las castañuelas bailaban las majas y los majos el _Olé_, el _Polvillo_,
los _Panaderos_ ó cualquiera otro de los bailes populares más en boga
por aquella época. Entre la doble fila de árboles de la calle central de
la Alameda se veían colocadas largas hileras de vasillos de colores;
junto á los _Hércules_ se elevaban graciosos arcos de follaje, costeados
por la hermandad de la _Cruz del Rodeo_; lucían los puestos de agua
farolillos de papel y macetas de olorosa albahaca; en los dilatados
asientos de piedra se formaban animadas tertulias, y la concurrencia
apiñada y numerosa bullía alegre y regocijada, produciendo multitud de
ruidos imposibles de calificar.

Sobre este animado cuadro lucía un cielo transparente y magnífico
poblado de millares de estrellas, y en el cual se destacaba la blanca
Luna, el astro de tristeza eterna y de eterna melancolía, que,
deslizando sus rayos por entre el ramaje, iba á veces á sorprender un
coloquio amoroso, y, con él, el secreto de dos almas jóvenes,
apasionadas y soñadoras.

Era la noche de S. Juan noche de jolgorio, que solían pasarse en claro
muchas personas, y era la Alameda de _Hércules_ el sitio donde se
juntaban y confundían la multitud de personajes que formaban la sociedad
de nuestros abuelos, y que, como ellos, para no volver, han
desaparecido.

Aquí la bella _macarena_, llevando airoso traje de medio-paso, peineta
de carey y monillo de hombreras, desafiaba arrogante las miradas de los
_lechuguinos_ y los piropos de los _manolos_; allí el almibarado
_boqui-rubio_, vestido según el último figurín de la moda francesa,
chaleco de tisú, frac de raso y botas á lo _bombé_, dirigía su
_impertinente_ á los grupos de encopetadas _damiselas_; allá el
_chispero_ de tez morena y patillas cortas, camisa de chorrera, sombrero
de queso y chupetín de _sarasa_ bromeaba y reía con los compadres y
padrinos; allí la interesante _petimetra_, con su rica falda cubierta de
encajes, su talle alto con mangas de farolón y sus dos moños de colonia
sobre el exagerado tupé, sostenía chispeante y animada conversación
entre caballeros de empolvados peluquines y casacas bordadas; y lo mismo
el discreto y ladino abate de rostro malicioso y correctos modales que
el grave corregidor cachazudo y templado, lo mismo el orondo fraile de
la Trinidad ó la Merced que el militar aventurero, el mercader de la
calle Génova que el comerciante de la plaza, todo el pueblo de Sevilla,
en fin, y todas las clases de la sociedad acudían gustosas á prestar
animación y brillo á la tradicional velada.

Las casas del barrio de la Alameda eran la noche de S. Juan puntos de
reuniones y alegres tertulias. En el ancho patio adornado de flores y
lleno de luces se alojaba el elemento joven, encontrando ocasión de
hacer gala de sus gracias y encantos _ellas_, y _ellos_ de su galantería
y donaire.

Había entonces una costumbre, que fué decayendo poco á poco, hasta
concluir á fines del segundo tercio del siglo. Las muchachas casaderas
se colocaban en las rejas al oscurecer, y desde allí solían llamar con
el nombre de _Juan_ á cuantos transeuntes les parecían á propósito; y
cuando ellos se acercaban á las ventanas amables y sonrientes, se
entablaban amenos diálogos, que concluían por lo general con dirigirse
el transeunte á la confitería más próxima y volver cargado de enorme
papelón de dulces, que repartía entre las niñas más lindas y que más le
agradaban.

¡Á cuántas chistosas escenas daba margen esta costumbre! ¡Cuánto ingenio
y agudeza, se derrochaban en aquellas conversaciones! ¡y cuántos
noviajos y bodas se fraguaban en aquellas noches tan suspiradas por las
jóvenes en estado de merecer!

En aquella bendita época los mancebos eran sin duda más crédulos que
hoy, y por eso eran engañados más fácilmente por el sexo femenino, que
en todos los tiempos sólo ha tratado de _seducir y perder á los
hombres_, como dijo un santo padre, que debió ser persona experimentada
y conocedor práctico de tan sutiles materias.



XXXIV

EL SANTO ENTIERRO

     «Mucho, á la verdad, podía decirse de esta Hermandad, si
     minuciosamente hubieran de consignarse las particularidades,
     pormenores y variaciones de su procesión de Semana Santa en todo
     tiempo.»

     J. BERMEJO.


Algunos años hace ya que la famosa cofradía del Santo Entierro no
aparece en la lista de las muchas hermandades de luz y vela que durante
la semana de Pasión recorren con sus imágenes las calles de nuestra
ciudad.

La historia y vicisitudes por que ha pasado dicha cofradía no dejan de
ser curiosas; y por si algunos de nuestros lectores tienen interés en
conocerlas, vamos á relatarlas en las menores líneas posibles, si bien
otros lo han hecho con más extensión.

El nombre de la hermandad es el de _Santo Entierro y María Santísima de
Villaviciosa_; saca tres _pasos_ de regular mérito, en el primero de los
cuales se ve una alegoría de la muerte, en el segundo una estatua
yacente de Jesús, y en el último aparece la Virgen con S. Juan y las
tres Marías.

La escultura del segundo _paso_ es una de las mejores obras de Martínez
Montañés, y fué construída en sustitución de otra antiquísima que dió
origen á la fundación de la hermandad.

La tal fundación se debe á un caso por demás raro, ocurrido en Triana, y
que las tradiciones refieren de este modo:

Había, pocos años después de conquistada Sevilla, en una casa de dicho
barrio una vieja enferma que desde largo tiempo sufría una parálisis que
la tenía postrada en el lecho, donde de continuo pasaba las horas
muertas rezando y pidiendo á todos los santos que la llevaran de este
mundo, puesto que sus graves dolencias no tenían cura. Cierto día,
cuando más tranquila hallábase la anciana embebida en sus cuotidianas
oraciones, vió con el mayor asombro hundirse gran parte del muro de la
habitación, apareciendo ante sus ojos una imagen de Jesús tendido y
amortajado. Á pesar de la parálisis, la vieja saltó del lecho ligera
como una garza, y salió á la calle dando voces y poniendo en movimiento
á todo el barrio, cuyos vecinos acudieron al lugar del suceso,
quedándose con la boca abierta, no sólo por la aparición de la imagen,
sinó por la cura milagrosa de la desahuciada vieja.

Tal caso llegó á noticias de D. Fernando III, quien ordenó se
construyera una capilla en las afueras de la Puerta Real para la estatua
aparecida y se fundase una hermandad que hiciese procesión todos los
años.

Llevóse á cabo todo conforme lo dispuso el Monarca, transcurriendo
algunos siglos sin que la piadosa congregación sufriese alteraciones que
hayan pasado á la historia: pero allá por los años de 1587 un alfarero
muy hábil é inteligente en su arte, natural de Génova y vecino de
Triana, llamado Tomás Péssaro, movido por su devoción, estableció una
hermandad en el hospital de Villaviciosa, situado en la calle Colcheros,
para rendir culto á la imagen que allí se conservaba con dicho nombre, y
la cual era una escultura de mediano valor artístico.

No prosperó mucho la congregación de Péssaro, según dice Bermejo en sus
_Glorias religiosas_, aunque eran muy buenos los deseos de su fundador;
y en 1601, habiéndose trasladado dicha hermandad á la capilla que
ocupaba el Cristo aparecido en tiempos de D. Fernando III, se organizó
la cofradía del Santo Entierro, que hizo su primera salida la tarde del
Viernes Santo de 1602, que fué por cierto lluviosa en extremo y en
extremo desagradable.

Desde el siguiente año fueron tantas las personas de posición que se
interesaron por la nueva cofradía, que ésta llegó á su mayor apogeo,
aventajando á cuantas hasta entonces hacían estación á la Catedral; y
antes de morir el devoto alfarero Péssaro tuvo el gusto de ver en
primera fila aquella congregación iniciada por él con tan modestos
recursos y tan escasos medios.

Á fines del siglo XVII decayó un tanto la cofradía del Santo Entierro;
pero recobró su antiguo esplendor en 1729 cuando el rey Felipe V se
trasladó á Sevilla con la Corte, permaneciendo en nuestra capital cerca
de cinco años.

No permiten las dimensiones de estos apuntes hacer detallada descripción
de la manera con que en aquella época se presentaba al público la
cofradía del Santo Entierro; pero bástenos con decir, para que el lector
pueda formarse idea, que en ella figuraban las cruces de todas las
parroquias, los frailes de todas las órdenes, el clero, las autoridades,
y gran número de penitentes, músicos, soldados romanos, ángeles vestidos
de caprichosos trajes, sibilas, coros, pobres de los asilos y numeroso
acompañamiento de convidados.

En los comienzos de nuestro siglo la cofradía del Santo Entierro sufrió
no pocas vicisitudes, que menciona González de León; la hermandad
recorrió con sus imágenes varios templos, como San Pedro y San Juan de
la Palma; los recursos de que disponía disminuyeron mucho, y cuando la
invasión francesa puede decirse que quedó disuelta por completo, y sin
duda no se hubiera vuelto á formar jamás si el Asistente Arjona no se
encargara de ello, reconstruyendo los _pasos_ y organizando de nuevo la
congregación, que volvió á presentarse en la calle en 1830 y en los años
siguientes, hasta en 1842, con raras excepciones.

En 1850 hizo estación, llevando casi todos los _pasos_ de las demás
cofradías, repitiéndose esto en otras ocasiones, y últimamente en 1889,
después de cuya fecha no ha efectuado más su salida, á pesar de los
buenos deseos de la hermandad y de los de muchos vecinos de Sevilla.

Gran número de pormenores y detalles dejamos de consignar respecto al
Santo Entierro; pero á ello nos obligan las cortas dimensiones á que nos
sujetamos en estas noticias.



XXXV

CERVANTES EN SEVILLA

     «¿Pero por qué han de llorar los que nunca te leyeren ó que
     indiferentes fueren en libro tan ejemplar?»

     E. SOJO.


El Príncipe de los ingenios españoles, cuyo nombre es la admiración de
todos, durante su larga y agitada existencia residió más de doce años en
nuestra ciudad, visitando la mayor parte de los pueblos de la provincia,
teniendo ocasión de estudiar sus costumbres, caracteres y principales
rasgos, como lo demostró luego en diversos pasajes de sus inmortales
escritos.

Vino Cervantes á Andalucía poco antes del año 1588, cuando, después de
haber compuesto sin resultados prácticos algunas obras para el teatro,
solicitó y obtuvo un destino de Comisario de los proveedores de galeras
D. Antonio de Guevara y don Pedro Insusa; y continuó en su empleo hasta
el 1596, en que presentó con toda exactitud, según el erudito
Navarrete, sus cuentas y las de los ayudantes que le acompañaban.

Empleóse también en otras comisiones; y como, á más de la anterior,
obtuvo la de Recaudador de los tercios y alcabalas, que le dió Felipe
II, y la persona á quien llevó ciertas cantidades recaudadas para que
las llevase á la corte se fugó de España, hubo una serie de incidentes
que sería prolijo contar, y que dieron por resultado la prisión de
Cervantes en la Cárcel de Sevilla, donde algunos escritores suponen que
dió comienzo al _Ingenioso Hidalgo_, sin que existan pruebas suficientes
para creerlo así.

Salió Cervantes de la prisión en Diciembre de 1597, después de haber
hecho al Rey presente, por documentos, su deseo de pasar á la corte,
donde aclararía sus cuentas, y una vez en libertad ignóranse los sucesos
que ocurrirían; pero es lo cierto que el autor insigne del _Quijote_
siguió viviendo en nuestra ciudad todo el año de 1598, en situación no
muy desahogada por cierto.

Ocupóse luego en negocios y diligencias que le encomendaron D. Hernando
de Toledo y algunas personas de posición, saliendo de Sevilla por último
á fines de 1602, dirigiéndose á Valladolid, donde se encontraba su
familia, aunque también suponen algunos biógrafos que se detuvo en la
Mancha y en el pueblo de Argamasilla, en cuyo punto fué preso y
encerrado en la casa del Alcalde Medrano.

Por los datos anteriores se ve el tiempo que Cervantes residió en
nuestra capital, y las diversas ocupaciones que ejerció; mas como nada
hemos dicho hasta ahora de sus trabajos literarios de entonces ni de
algunas particularidades curiosas, vamos á hacerlo en el menor espacio
posible.

En los ratos que le dejaban libres sus cuentas y enojosas comisiones
Cervantes frecuentaba el trato de los muchos varones ilustres que vivían
en Sevilla, y los cuales habían hecho que nuestra población fuese centro
de cultura, ya que era emporio del comercio y riquezas del Nuevo Mundo.

El _divino_ Herrera, D. Juan de Jáuregui y el pintor Pacheco fueron
grandes amigos de Cervantes, quien concurrió más de una vez á la famosa
Academia de que en otro lugar nos ocuparemos, y en la que vinieron á
juntarse hombres tan sabios y dotados de ingenio.

En Sevilla escribió Cervantes varias de sus novelas, entre las que se
cuentan _Rinconete y Cortadillo_, _Coloquio de los perros_, _El celoso
extremeño_, _La tía fingida_ y _El curioso impertinente_; aquí compuso
la poesía que se premió en el certamen de Zaragoza cuando la
canonización de S. Jacinto, el soneto á la muerte de Herrera y el
conocidísimo al túmulo levantado en la Catedral para las honras de
Felipe II; aquí recogió muchos apuntes, que utilizó más tarde, y entabló
por último conocimiento con muchas personas que habían de servirle para
tipos de sus admirables creaciones.

En el convento de Santa Paula de nuestra ciudad estuvo la hermosa
Isabela de _La española inglesa_, y cuenta la tradición que Cervantes
pasaba largos ratos en la torre de San Marcos, desde cuyo punto solía
ver en el jardín del convento á la linda muchacha, cuya casa estaba
frente á la puerta del Compás.

Para terminar, diremos que el Príncipe de nuestros ingenios solía pasear
con frecuencia por los antiguos portales de la plaza de San Francisco,
donde era muy conocido de todos los que á aquel punto céntrico de la
ciudad concurrían.

Habitó, según parece, tres casas en Sevilla: una próxima á Santa Paula;
otra en la calle Alfolí de la Sal, y la última en la feligresía de San
Isidoro; siendo de lamentar que nadie se haya ocupado en hacer algunas
averiguaciones para señalar cuáles fueron estos edificios, que merecían
ser adornados con alguna lápida conmemorativa.



XXXVI

DON JUAN TENORIO

     «Á quien quise provoqué, con quien quiso me batí, y nunca consideré
     que pudo matarme á mí aquel á quien yo maté.»

     ZORRILLA.


En esta colección de apuntes sevillanos no podía faltar en modo alguno
el popularísimo caballero, hijo de nuestra ciudad, sobre quien tanto se
ha escrito y tanto se ha discutido.

Llega el mes de Noviembre con su Conmemoración de los difuntos, y al
mismo tiempo aparece en la escena de nuestros teatros ese personaje
esencialmente español, audaz hasta la temeridad, pendenciero por
naturaleza, burlador de mujeres y lleno de vicios que tienen un sello
especial de grandeza y de hidalguía.

La figura de Tenorio resucita todos los años al sonido de las campanas
que doblan tristemente por los que fueron; y el pueblo, que durante el
día visitó el campo-santo para llevar coronas y faroles á las tumbas
del padre, de la esposa ó del hijo por siempre ausentes, acude en la
noche al teatro, donde presencia una vez más la escandalosa escena de la
hostería, el rapto de la ideal novicia, el convite interrumpido por la
fatídica sombra de Ulloa, y la salvación del alma pecadora del
protagonista.

Esto de que las costumbres hacen leyes probado se ve únicamente con las
representaciones del _Tenorio_. Ley se ha hecho ponerlo en escena en los
primeros días de Noviembre; y tan es así, que otro cualquier día del año
nadie concurre al coliseo que anuncia en sus carteles la popular obra de
Zorrilla.

Sólo parecen bien las arriesgadas aventuras del audaz sevillano en los
momentos en que la Naturaleza, despojada de sus espléndidas galas, cual
si se asociase al duelo de la humanidad, se prepara á recibir al anciano
Invierno.

Y ahora preguntamos: ¿ese D. Juan Tenorio, tipo acabado del calavera de
otros tiempos, conjunto de todas las maldades, alma indómita y corazón
de fuego, ha vivido en el mundo real, ó es únicamente la creación de un
poeta?

Hé aquí una duda difícil de aclarar. Los críticos no han podido
averiguar aún la verdad en este punto, y el origen de D. Juan Tenorio es
un misterio.

Cada escritor de los que tratan el asunto dice una cosa distinta; cada
uno lo presenta de modo diferente, si bien están conformes en achacar al
héroe todas las travesuras imaginables; pero la fuente primitiva, el
cimiento sobre el que se han construído tantas obras, no se ha precisado
de manera clara, terminante y que no ofrezca lugar á dudas.

Á _Tirso de Molina_ corresponde desde luego la gloria de haber sido el
primer poeta que dió á conocer al D. Juan famoso. Cuantos después de
Téllez le han tratado en leyendas, dramas y novelas, inspiráronse en lo
que él dijo, y siguieron sus huellas más ó menos cerca ó con peor ó
mejor acierto.

_El burlador de Sevilla_ dió origen á cuanto de este personaje
escribieron Molière, Corneille, Dumas, Byron, Junqueiro y otros autores
extranjeros y nacionales; ¿pero en qué tradición, en qué documento, en
qué hecho se inspiró _Tirso de Molina_?

Aquí entran las opiniones particulares de los críticos, que, como casi
siempre ocurre, son muy diversas, y no es cosa de reproducirlas ahora.

Dejo, pues, á un lado el origen de D. Juan Tenorio, para que otro con
más instrucción y paciencia se dedique á ponerlo en claro; y para
concluir dedicaré algunos párrafos á la obra del inmortal poeta, que,
abrumado de años y de laureles, era hasta hace poco el único que nos
quedaba de una época gloriosa para las letras españolas.

Cuando Zorrilla escribió su célebre drama estaba muy lejos de sospechar
que iba á ser la más popular y aplaudida de sus obras. Él mismo, en sus
_Recuerdos del tiempo viejo_, nos dice de qué manera tan curiosa comenzó
el trabajo. Sin haber formado plan ni haber meditado el asunto, dejó
correr la pluma, y fué llenando cuartillas y más cuartillas de versos,
si á veces incorrectos, fáciles, inspirados y armoniosos; y tras una
escena imaginó otra, y en corto número de días la obra quedó terminada,
y se estrenó sin que su autor llegara á repasarla con algún
detenimiento.

El éxito fué grande; el público de entonces aplaudió, como aplaude el de
hoy y como aplaudirá el de mañana, porque las creaciones del genio
siempre causan admiración, cualquiera que sean los gustos que priven y
las escuelas que estén en moda.

Parecía casi olvidado el _Tenorio_ de Zorrilla algunos años después de
su estreno. Lo puso en escena el actor D. Pedro Delgado, que se hallaba
en todo el apogeo de sus facultades, y entonces se inició la costumbre
de representarlo en los primeros días de Noviembre, y entonces se
extendió por todas partes, y el propietario de la obra hizo una fortuna.

Zorrilla había vendido la propiedad, en cantidad no muy crecida por
cierto, y nada percibió de lo mucho que produjo, cosa que el vate ha
lamentado no pocas veces en diversas composiciones.

Hablar aquí del drama sería á mi juicio perder el tiempo, cuando no hay
español que no le haya visto representar, ni persona medianamente
ilustrada que no sepa sus versos de memoria. Nuestro propósito no ha
sido otro sino que el nombre del legendario personaje sevillano figure
en este libro, donde sólo se tratan cosas de Sevilla.



XXXVII

EL ANGOSTILLO DE SAN ANDRÉS

     «Una calle estrecha y alta la calle del Ataúd, cual si de negro
     crespón lóbrego eterno capuz la vistieran...»

     ESPRONCEDA.


Hoy no tiene esta vía nada de particular; es una de tantas calles
estrechas é irregulares como en Sevilla existen, no muy limpia, y de
poco tránsito: pero en otros tiempos, cuando el vulgo era más ignorante
que ahora; cuando había aún quien creyese en brujas, duendes, fantasmas
y toda esa caterva de seres extraordinarios; cuando las patrañas y
absurdas consejas eran artículos de fe para el pueblo supersticioso, el
Angostillo era sitio terrible, donde tenían lugar los sucesos más
extraordinarios.

Era entonces el aspecto de esta estrecha y tortuosa calleja el más
sombrío que puede imaginarse. Á un lado se alzaban los muros de la
parroquia de San Andrés; al otro los altos paredones del hospital del
Pozo Santo; había dos ó tres casas de miserable aspecto, viejas y
ruinosas; á la desembocadura de la calle Cadenas se veía un edificio muy
antiguo, que estaba siempre deshabitado desde que la Inquisición
sorprendió en él una sociedad de molinistas; y para acabar de dar
carácter á esta vía, se encontraba en ella un pesado retablo, donde
existió un lienzo representando á la Concepción, ante el cual ardía de
noche triste lamparilla de aceite, que lanzaba sobre la imagen sus
menguados resplandores.

Mas no por haber allí un cuadro piadoso dejaban de vagar los diablos y
duendes por el Angostillo; y tanta afición habían tomado al lugar, que
ninguno les parecía tan á propósito para hacer sus sandeces y picardías.

¡Con cuánto terror contaban las viejas los sucesos del Angostillo! ¡Con
qué miedo se oían los relatos de trágicas escenas allí ocurridas! ¡Con
qué exageraciones y comentarios circulaban por toda la ciudad las
hazañas que diariamente cometían las brujas y endemoniados!...

Paseaban durante la noche por la estrecha calleja pálidos espectros de
ojos fosforescentes y largas túnicas, los cuales solían algunas veces
asaltar al incauto transeunte, obligándolo á entregarles cuanto llevase
encima, y dándole muerte si mostraba resistencia á ser despojado.

Vagaba también por el Angostillo el famoso duende _Martinito_, á quien
nadie vió nunca, pero que todos hablaban de él ponderando su pequeñez
excesiva y su travesura singular, que ejercitaba muy particularmente en
engañar doncellas, á las cuales tenía encerradas en un palacio bajo
tierra para irlas entregando según convenía á los caballeros enamorados
y que le daban en cambio la salvación de sus almas.

Al pie del retablo que ya hemos citado verificábanse con frecuencia
desafíos y riñas entre Maniferros y Repolidos, y muchas veces fueron de
allí levantados por la mañana los cuerpos de no pocos infelices
acribillados de estocadas.

En una de las casuchas del Angostillo veíanse entrar todos los domingos
al toque de la _Queda_ varios embozados, los cuales permanecían en el
edificio hasta sonar el _Alba_, hora en que volvían á salir con el mismo
silencio; y aunque parte del vulgo se deshacía en conjeturas, jamás pudo
averiguar con certeza cuál era el objeto que á aquella casa llevaba á
los misteriosos embozados.

Un individuo, sin embargo, más curioso ó más atrevido, quiso enterarse
de lo que tales reuniones querían decir, y cierta noche púsose en
acecho, favorecido por las sombras, junto al umbral de la casucha,
distinguiendo entre las tinieblas á los embozados que iban llegando
cuando las campanas de la Catedral dieron la _Queda_.

Con el silencio de la noche, que era templada y hermosa, oyó al poco
rato un ruido singular dentro del edificio, escuchando también débiles
quejidos y sollozos entrecortados, que parecían de mujer; mas cuando
estaba el curioso con toda atención, se vió rodeado sin saber cómo de
un grupo de hombres, quienes sin proferir palabra alguna le amarraron,
vendándole los ojos, y cargaron con él á cuestas.

Fué tal el terror que se apoderó entonces del infeliz, que perdió el
conocimiento, y cuando volvió en sí hallóse tendido en el Campo de los
Mártires y en el más completo estado de idiotismo, en el cual vivió
hasta los últimos días de su existencia.

Hoy, que ya nadie teme al Angostillo, nos ha parecido oportuno dedicarle
un recuerdo en esta colección de ligeros apuntes.



XXXVIII

LA ACADEMIA DE PACHECO

     «Por tí, honor de Sevilla, el docto, el erudito, el virtuoso
     Pacheco, que con lápiz generoso guarda aquellos borrones que
     honraron las naciones.»

     QUEVEDO.


Tanta fué la prosperidad y grandeza de Sevilla en el siglo XVI, que
algunos historiadores la comparan con Atenas en tiempos de Pericles y
con Roma en la época de Augusto.

Con verdad puede decirse que la capital andaluza era centro de cultura
intelectual, pues en ella tenían residencia esclarecidos varones que
lograron adquirir fama imperecedera como poetas, pintores, escultores,
prosistas y guerreros.

Entre estos hombres, orgullo de la patria, vivía Francisco Pacheco,
artista por naturaleza, alma noble y henchida de bellos sentimientos y
espíritu muy aficionado al estudio de todos los ramos del saber y al
cultivo de las Musas.

Nació Pacheco, según los datos más auténticos, en 1573, dedicándose
desde muy joven á la pintura bajo la dirección de Luis Fernández, que
por aquella época tenía su taller en nuestra ciudad. Los primeros
lienzos de Pacheco se dieron al público en 1590. Siete años después
pintó al temple uno de los trozos del soberbio catafalco levantado en la
Catedral para los funerales de Felipe II, que inspiró al gran Cervantes
el más popular de sus sonetos.

Trasladóse Pacheco á Madrid hacia el 1611, volviendo á la corte pasado
algún tiempo, y en los meses de su residencia en la villa estudió con
sumo detenimiento las obras del Greco, de Carducho y de Céspedes. Vuelto
á Sevilla, comenzó á pintar numerosos cuadros para las iglesias y
conventos, inaugurando de allí á poco su famosa Academia, á la que
concurrieron los mayores ingenios que por entonces existían en España.

Estaba instalada esta Academia en la calle Armas, en un edificio cómodo
y espacioso, donde también tenía su estudio Pacheco, y del cual salieron
tan notables pintores como Alfonso Coello y el gran maestro Diego
Velázquez.

No tardaron en hacerse célebres las tertulias de la Academia que tanta
honra dió á las letras patrias, pues allí asistieron: el inspirado
Arguijo, protector de los ingenios de su tiempo; el P. Juan de Pineda;
el racionero Pablo de Céspedes, pintor famoso, arquitecto y poeta;
Gutiérrez de Cetina, el autor de tiernísimos madrigales; el _divino_
Herrera, fundador de la Escuela Sevillana; Rioja, el cantor de las
flores; el docto agustino Fr. Pedro de Valderrama; el maestro Francisco
de Medina; el licenciado Cristóbal Mosquera, discípulo del ilustre
Malara; el piadoso fraile Núñez Delgadillo; el malogrado doctor Gonzalo
Sánchez Lucero; el inimitable poeta festivo Alcázar; Argote de Molina,
cuyo nombre tanto se respeta hoy; el insigne pintor maese Pedro de
Campaña; Rodrigo Caro; Miguel de Cervantes, y otros muchos varones
ilustres que acudieron á aquel torneo de la inteligencia, donde se
llevaron tantas cuestiones literarias y científicas, tantos pensamientos
elevados y tan diversos y varios asuntos.

«Francisco Pacheco,--escribe el señor Asensio--al ver llegar á su
reunión tantos varones notables, tuvo la feliz idea de irlos retratando
unos después de otros, y la delicada atención de añadir á cada imagen un
resumen ó elogio, en el que daba noticias de la vida y de las obras del
personaje.»

Cultivó Pacheco, como ya hemos dicho, la poesía y la pintura,
sobresaliendo en ambas cosas, pues su inteligencia privilegiada y su
infatigable laboriosidad y amor al estudio se reunieron para dar vida á
sus inmortales obras.

Entre las literarias se encuentran bellísimas poesías, doctas
_disertaciones_ y un _Tratado del arte de la pintura_, que, según
palabras de un eminente crítico, «excede en erudición histórica y en la
seguridad de los consejos á cuanto en la materia se había escrito hasta
aquella época.»

Entre sus lienzos más notables mencionaremos su _Juicio final_, sus
pasajes de la _Historia de Ícaro_, _Dédalo_, su _San Miguel_, y los que
existen en las iglesias de Brenes y Alcalá de Guadaira.

Falleció Pacheco en Sevilla el año 1654. Juan de la Cueva, Lope de Vega
y otros de sus coetáneos le dedicaron sentidos elogios, y la posteridad,
que le admira, rendirá siempre tributo á su genio y sabiduría.



XXXIX

EL SERMÓN DE LAS MANCEBÍAS

     «¿... Qué te vale tu lindeza? ocasiones de tristeza: tu beldad y
     hermosura, para ser mal empleada: más te valiera ser fea...»

     C. DE CASTILLEJO.


La calle de la Laguna, que por sus hermosos edificios, su esmerada
limpieza y su rectitud y anchura es una de las mejores calles de nuestra
ciudad, edificóse á mediados del siglo XVII en el lugar donde desde muy
antiguo tuvieron sus viviendas las mozas del partido, que se hallaban
entonces separadas del resto de la población en aquel barrio, conocido
con el nombre de barrio de las Mancebías.

Formábanlo éste multitud de casuchas desiguales y de horrible aspecto, y
para entrar en él había que traspasar un arquillo situado al final de la
calle de Atocha.

En aquel barrio existía una laguna de pestilentes aguas, que allí
afluían de diversos sitios, y á esto se debió que la calle tomase el
nombre que aún lleva.

Muy crecido era á la verdad el número de las distraídas mozas que en las
mancebías habitaban, y, á fin de tenerlas á raya, el Ayuntamiento
costeaba un personal bastante numeroso que de continuo las vigilase y
examinara, dando también con frecuencia sabias órdenes encaminadas á
contener los excesos y abusos de aquellas mujeres que por tan malos
caminos iban.

No satisfecho con esto, y á fin de atraer á las ninfas por la mejor
senda, el Cabildo nombraba un alguacil que las llevaba los domingos á
oir misa, haciéndolas confesar y comulgar en la iglesia de San Francisco
cuando era llegado el tiempo de Cuaresma; y por si aún no era
suficiente, todos los años se celebraba en la misma mancebía una función
religiosa, acerca de la cual hemos leído detalles muy curiosos y que tal
vez desconocerán nuestros lectores.

Celebrábase esta fiesta de las rameras el día 22 de Julio, revistiendo
caracteres de grande solemnidad, á la que contribuía mucho el
Ayuntamiento, y aun algunas personas ricas y devotas.

Alzábase en el centro de una calle de la Mancebía cierta cruz de hierro
que descansaba en un ancho pedestal con gradas, y ante esta cruz
colocábase un púlpito, desde el cual algún fraile anciano y que reuniese
buenas dotes oratorias pronunciaba un larguísimo sermón dirigido á las
_Aspasias_ y _Proserpinas_.

Éstas, á quienes se obligaba á abandonar sus tugurios, rodeaban al
predicador guardando la mejor compostura que podían, y escuchando con el
mayor silencio las palabras del fraile, empeñado en convencerlas de lo
que las mozas no se querían convencer.

Á este sermón no faltaban nunca los señores del Cabildo municipal, y
algunos caballeros de la nobleza, quienes solían colocarse en largos
bancos que en lugar señalado se situaban.

Daba principio la fiesta religiosa al mediodía, y cuando el orador
sagrado bajaba del púlpito, después de agotar todos sus razonamientos y
amenazas con las ninfas, éstas oían una arenga de los individuos
encargados de vigilarlas, y terminaba el acto con una detenida
inspección del burdel y de sus moradoras.

«Pero no siempre--escribe el médico Pizarro en un curioso folleto--las
predicaciones daban su fruto, pues algunos mal intencionados hallaban
modo de turbarlas con escenas inconvenientes, ora ocultándose de
antemano en la Mancebía, ora penetrando por un portillo que existía
cerca de la laguna...»

Los días de fiesta iban á los lupanares algunos sacerdotes, quienes
pronunciaban de tugurio en tugurio pláticas religiosas encaminadas á
salvar á aquellas almas pecadoras empedernidas.

Las mozas, que no eran muy aficionadas á recibir tales visitas, para
excusarse de ellas, comenzaron á salir de la Mancebía, estableciéndose
en aquellos puntos de la ciudad donde creían estar más tranquilas para
dedicarse á sus negocios, y de aquí resultó que el barrio fué quedando
desierto de sus antiguas moradoras.

Por los años 1640 empezaron los derribos de aquellos lupanares,
construyéndose algún tiempo después la hermosa calle de la Laguna, y
desapareciendo para siempre el inmundo barrio de las Mancebías.



XL

DON JUAN DE ARGUIJO

     «Aquí don Juan de Arguijo, del sacro Apolo y de las Musas hijo,
     ¿qué lugar no tuviera, si viviera? mas, si viviera, ¿quién lugar
     tuviera?»

     LOPE DE VEGA.


En aquella época memorable de feliz renacimiento de las letras
sevillanas, al mismo tiempo casi que Herrera, Pacheco, Jáuregui,
Escobar, Malara, Guzmán, Álvarez y otros muchos ingenios, floreció un
varón ilustre, hijo de nuestra ciudad, y á cuya memoria vamos á
consagrar hoy estas modestas líneas.

Aludimos al insigne poeta D. Juan de Arguijo y Manuel, autor de aquellas
hermosas composiciones de las que Lope de Vega hizo grandes elogios, tan
justos como merecidos.

Pocas son las poesías que D. Juan de Arguijo ha legado á la posteridad;
pero son suficientes á inmortalizar su nombre, que va hoy unido al de
los más preclaros é insignes literatos de su época, con quienes sostuvo
gran amistad y frecuente trato.

Heredó Arguijo de sus padres un capital bastante crecido, y recibió una
educación esmerada, conforme á su clase, llamando la atención desde los
primeros años de su juventud por sus aficiones al estudio y por las
disposiciones que tenía para ejercitarse en el cultivo de las Musas.

No son en verdad muy completos los datos que de la dilatada vida de D.
Juan de Arguijo han llegado hasta nuestros días; mas por ellos sabemos
que estudió Humanidades con gran aplicación, que fué caballero
Veinticuatro del Ayuntamiento, que estuvo casado con D.ª Sebastiana
Pérez de Guzmán, señora de ilustre familia, que tuvo entusiasta afición
por la música y las bellas artes, y que murió por los años de 1624 á una
edad respetable.

Una de las condiciones que poseía Arguijo, y que realza notablemente su
nombre, es su generosidad sin ejemplo, la cual le granjeó infinitas
simpatías entre sus coetáneos. Sus manos estuvieron siempre prontas á
socorrer con largueza á cuantos ingenios necesitados encontró al paso, y
protegió las letras, estimulando con sus liberalidades á cuantos hombres
acaudalados había en Sevilla.

Nunca dejó Arguijo sin amparo á un escritor que solicitase su apoyo, ni
nunca desatendió á los hombres que, dotados de talento, carecían de
medios materiales para abrirse paso. El generoso sevillano, que disponía
de rentas muy suficientes á vivir con gran desahogo, invirtió la mayor
parte de su fortuna en costear libros ajenos, en fomentar los estudios
de quienes los necesitaban, y en proporcionar á sus amigos cuantas
relaciones y conocimientos pudieran serles útiles y provechosos.

Como rasgo de la prodigalidad del poeta se cita que cuando la Marquesa
de Denia pasó por Sevilla dióle tan espléndido alojamiento Arguijo en su
hacienda de Tablantes, que por el gasto que entonces hizo quedó tan
mermada su fortuna, que le obligó á vivir con bastante modestia el resto
de sus días.

Las poesías que D. Juan de Arguijo escribió están suficientemente
juzgadas por la crítica y por los más autorizados maestros, los cuales,
analizándolas con la mayor atención, han puesto de relieve las muchas
bellezas que encierran.

El soneto, la más difícil quizá de las composiciones castellanas, fué lo
que más cultivó el vate sevillano; y algunos de ellos pueden servir,
como efectivamente sirven, de modelo. Díganlo sinó el que dedicó al
_Guadalquivir_, y varios de los que figuran en el _Parnaso español_, en
la _Colección de poesías selectas castellanas_ y en el opúsculo anotado
por el maestro Francisco de Medina.

Arguijo siguió en sus versos al _divino_ Herrera, y según palabras de un
crítico moderno, «por el gusto, por su rica y esmerada dicción poética,
por la fuerza de su fantasía y por la gravedad y arrebato del
pensamiento compite con los primeros líricos españoles.»

La casa donde vivió y murió D. Juan de Arguijo existe todavía, y está
situada en el número 2 de la calle que tiene su nombre, y que en otros
tiempos se llamaba de la Virreina por haber morado en ella una señora de
grandes virtudes y singular hermosura viuda de un virrey del Perú.

El edificio, que es bastante amplio, ha sufrido notables alteraciones,
pero aún tiene cierto carácter antiguo, que contribuye á dárselo el gran
balcón de su fachada y el escudo de armas que en ella se ostenta. En el
jardín se encuentran todavía las hornacinas que, según dice Fabié en sus
notas á los _Sucesos_ de Ariño, contuvieron gran número de esculturas
que el poeta hizo traer de Italia.

Arguijo fué sepultado en la iglesia de la casa que los jesuítas fundaron
en 1569 en la calle Compañía, al pie del altar de la Concepción, donde
también descansaban sus padres, hermanos y cercanos parientes.



XLI

LOS FANTASMAS DEL BLANQUILLO

     «... Entre los giros secretos que van formando las brisas hacia
     ella avanzan inquietos, entre canciones y risas, larga fila de
     esqueletos.»

     S. RUEDA.

En una especie de plazuela llamada de _Vib-Arragel_, que existía frente
á la histórica puerta que se conoció con el nombre de la Barqueta, hubo
un ancho terraplén, elevado á la altura de la muralla, al cual se subía
por dos escaleras cómodas y desahogadas.

Este sitio era conocido con el nombre del _Blanquillo_, ignoro por qué
causa, y era lugar tan sombrío y de tan triste aspecto, que sólo el
contemplar aquellas negruzcas paredes, que llegaban al río, aquellos
robustos torreones que las cercaban y aquellas zarzas que entre las
piedras crecían, inclinaba el ánimo á las ideas melancólicas.

Por eso el vulgo nunca miró con buenos ojos el _Blanquillo_, y á
propósito de él contábanse cien historias de fantasmas y encantamentos
desde tiempos muy remotos, llegando á tanto las supersticiones, que uno
de los actos más heróicos que podía entonces cometer un jaque sevillano
era ir de noche al terraplén y pasearse allí algunos ratos tomando el
fresco.

Cuando las nocturnas sombras caían sobre la población, el _Blanquillo_
tomaba un tinte singular y fantástico, y en aquellas horas de tinieblas
salían los espectros y los duendes con todo el aparato que tales
alimañas traen consigo.

Los torreones que rodeaban el terraplén servían de albergue á los brujos
y brujas, á quienes muchos juraban haber visto correr por los aires,
atravesar el río sobre las aguas y ejecutar otras muchas habilidades de
esta calaña. En el _Blanquillo_ decíase que un moro descomunal enterró
viva á una doncella hija suya que dejó de serlo por cierto caballero
cristiano; allí los judíos habían sacrificado muchos chiquillos con gran
refinamiento de crueldades; allí aparecieron un día los cadáveres de dos
amantes que tuvieron el mal gusto de escoger aquel sitio para sus
amorosas expansiones, y allí, en fin, ocurrían todas las noches las más
extraordinarias y terribles cosas que pueden imaginarse.

Pero uno de los sucesos que más consternaron al vecindario y á todo el
pueblo de Sevilla fué el que vamos á narrar, acaecido, si no miente la
tradición, en los comienzos del siglo XVII, que fué siglo de cosas
estupendas y nunca vistas.

En el barrio famoso de la Macarena, donde siempre habitaron hombres de
conciencia ancha, perdonavidas y barateros, había uno que solía tener á
raya á los valientes, gloriándose de haber despachado para el otro mundo
á varios formidables _ternes_, por lo cual su fama era grande y por
todos los de su jaez estaba públicamente reconocida.

Cierta noche de invierno serena y clara encontrábase el matón reunido
con varios amigos en una taberna, y no se sabe por qué se habló de los
fantasmas del _Blanquillo_, contándose algunas de las últimas hazañas de
ellos, y muy particularmente de las que cometía uno que á las dos en
punto de la noche salía á pasearse por la muralla hasta el convento de
San Juan de Acre.

Hizo el valiente macareno burla y chacota de aquellas niñerías; y como
manifestase á los suyos que habíanle entrado deseos de entendérselas con
el tal fantasma para quitarle las ganas de hacer más sandeces, dijéronle
los amigos que fuera á buscarle al mismo _Blanquillo_, donde no tardaría
en topar con él.

No quiso el mozo desperdiciar la ocasión de perlas que se le ofrecía
para dar una prueba más de su heroísmo, y prometió que aquella misma
noche iba á concluir con cuantos fantasmas le viniesen á las manos.

Dudáronlo algunos, creyéronlo otros, hablóse mucho y nació una apuesta,
que el _terne_ prometió cumplir; y de allí á poco salió de la taberna
acompañado de sus amigos, que le dejaron en las tapias del convento de
Calatrava, siguiendo él resueltamente hacia la plaza de _Vib-Arragel_.

Quedóse solo nuestro hombre, y comenzó á subir la escalera del
_Blanquillo_ en el momento en que las campanas de la Giralda daban las
dos de la noche.

Todo era silencio en aquel lugar; la luna sólo se veía en algunos
intervalos por entre espesos nubarrones, el frío era intenso, y en
conjunto el aspecto de aquel cuadro no podía ser más imponente.

Llegó el mozo al centro de la esplanada y se detuvo largo rato, paseando
luego con el mayor sosiego, y cuando más tranquilo se figuró que podía
estar, vió con gran sorpresa que por el filo del asiento que rodeaba el
_Patín de las damas_ avanzaba una figura, que mal podía calcular de
dónde saliera, cubierta con blanco traje, tapado el rostro por un
capuchón blanco también y de larga punta, y llevando en sus manos una
larga vara, en cuyo extremo superior ardía cierta llama azulada y
fatídica.

Dirigió el valiente algunas palabras al fantasma, pero éste no hizo caso
alguno, y sin amedrentarse por las bravatas siguió su marcha reposada
hasta colocarse cerca del macareno.

Éste, á pesar de sus bríos, sintióse sobrecogido un punto, y echando
mano á un pistolón que llevaba al cinto, apuntó é hizo fuego dos veces
sobre el blanco personaje; mas cuando esperaba que el fantasma caería
desplomado á sus pies, observó con asombro que éste se llevaba la mano
izquierda al pecho y sacaba de su seno las dos balas que el macareno le
había disparado.

Entonces nuestro hombre quedó atónito, un sudor frío corrió por su
cuerpo, turbóse su vista, y cuando iba á emprender rápida fuga
descargaron sin saber cómo un golpe tan violento sobre su cabeza, que
cayó en el suelo sin sentido.

Por la mañana el cuerpo del _terne_ apareció flotando sobre las aguas
del río, cerca de San Jerónimo, sin que dieran ningún resultado cuantas
diligencias practicó la justicia para esclarecer este misterioso crimen.

    «Y si, lector, dijeres ser comento,
    como me lo contaron te lo cuento.»



XLII

EL ESCULTOR MARTÍNEZ MONTAÑÉS

     «Famoso artífice, que por estas y otras obras adquirió grandes
     créditos, no sólo en Sevilla, sinó también en los países
     extranjeros.»

     ARANA DE VARFLORA.


No se ha podido averiguar todavía, á pesar de las activas diligencias de
los eruditos, si este insigne escultor, el más notable sin duda que en
el siglo XVII tuvo España, es ó no hijo de Sevilla; pues mientras unos
señalan nuestra patria como punto de su nacimiento, otros lo niegan, y
sin presentar documento alguno afirman que nació en Alcalá la Real,
pequeño pueblo de la provincia de Jaén, por los años de 1590.

Mas sea ó no sevillano, es lo cierto que Martínez Montañés vivió en la
capital de Andalucía desde su infancia, que en esta ciudad pasó toda su
existencia, y que aquí ejecutó todas las inimitables esculturas que hoy
admira la posteridad.

Los templos de Sevilla se encuentran llenos de obras del insigne
artista, con quien en vano quisieron competir en su tiempo otros
escultores, también andaluces, quedando á gran distancia.

La más notable, quizás, de las figuras que produjo su habilísimo cincel
es la del Jesús que construyó para el convento de la Merced Calzada, que
hoy posee la hermandad llamada de la Pasión, y que excede al elogio más
alto que de ella se haga.

La actitud del Nazareno, agobiado por el peso de la cruz; la dolorosa
expresión de su rostro, que se inclina suavemente sobre el pecho;
aquellos brazos que se extienden desfallecidos, sujetando á duras penas
el instrumento del cruel suplicio; aquellos pies ensangrentados que
pisan las abruptas peñas de la subida del Gólgota; toda la figura en sí
resulta tan artística, tan humana, tan perfectamente concluída, y tiene
rasgos tan llenos de inspiración, que es imposible contemplarla sin
sentir algo, que conmueve y llega al corazón. ¡Lástima grande que tan
hermosa figura se vea cubierta hoy por un ropaje de terciopelo lleno de
costosos bordados y lentejuelas, que es verdaderamente antiestético y un
ridículo anacronismo!

Se cuenta que la primera vez que esta hermosa escultura salió en
procesión las gentes lloraron conmovidas al verla; y escribe el padre
Valderrama, que el mismo Martínez Montañés iba á buscarla por las calles
que había de pasar, diciendo á sus amigos «que era imposible hubiese él
ejecutado obra tan admirable.»

Otra de sus figuras muy celebrada es el Crucificado que existe en la
iglesia de San Leandro; y deben citarse tras de ella el Santo Domingo
que hizo para el convento de Porta-Coeli, el Jesús llamado del _Gran
Poder_, que posee la cofradía de San Lorenzo, el San Pedro Alcántara que
se colocó en el monasterio de esta Orden, y el retablo mayor del
convento de Santiponce, ejecutado por él en 1622.

Sería tarea por demás larga enumerar todas las esculturas que Martínez
Montañés nos ha dejado como otras tantas pruebas de su admirable genio,
y sería más larga y difícil tarea aún señalar la multitud de bellezas
que en cada una se encuentran. Un reputado crítico dice «que pocos
escultores le han aventajado en la naturalidad de las actitudes, en el
plegar de los paños y en la dulzura y expresión de los rostros.»

Hizo también preciosos niños, muchos de los cuales se conservan todavía
y se distinguen al momento de todos los que en aquella época se
construyeron.

Juan Martínez Montañés falleció á principios del año 1649 en una humilde
casa de la calle llamada entonces Cruz de la Parra, siendo causada su
muerte por la cruel epidemia llamada peste _levantina_, que tan
horrorosos estragos causó en Sevilla.

El cadáver del insigne artista fué enterrado en una ancha fosa que por
entonces se hizo á la salida de la Puerta Real, confundiéndose sus
huesos con los de los muchos desgraciados que allí se arrojaban en los
días de la epidemia.

Martínez Montañés fué casado, y tuvo varios hijos; su existencia fué
modesta y oscura, sus costumbres intachables y su mano estuvo siempre
pródiga en socorrer á cuantos pobres llegaban á su puerta.

Para terminar, citaré un detalle que no es muy conocido: en 1636 pasó á
Madrid para hacer el modelo de la estatua ecuestre de Felipe IV por el
retrato que pintó Velázquez, y cuyo modelo se envió al florentino Tacca,
y en 1648 aún no le había sido posible cobrar en completo el dinero en
que se estipuló su trabajo.



XLIII

LOS ESCLAVOS NEGROS

     «¿No será menos amargo el pesar que su tormento? un hondo
     arrepentimiento finará con el morir.»

     J. BALMES.


Hay en el barrio de San Bartolomé una calle de corta extensión, que se
llamó en lo antiguo calle de la Rosa y hoy se conoce con el nombre de
Armenta, y en cuya calle aún se conserva un edificio donde ocurrió el
trágico suceso que vamos á narrar, teniendo presentes cuantas noticias
hemos podido recoger al efecto.

Hacia los últimos años del siglo XVI habitaban en esta casa dos hermanos
de distinto sexo, de linajuda familia, de posición bastante desahogada y
muy estimados en Sevilla, pues frecuentaban el trato de la gente más
distinguida de la ciudad.

Por razones que luego comprenderá fácilmente el lector callamos los
apellidos de estos dos hermanos, y sólo diremos de ellos los nombres:
llamábase él D. Luis y ella D.ª Aurora, habían quedado huérfanos y
pasaban tranquilamente la existencia disfrutando los muchos bienes que
de sus ancianos padres habían heredado.

Era el D. Luis caballero que poseía bellísimas cualidades de carácter, y
era la D.ª Aurora doncella de rara hermosura, que apenas contaba
veintitrés abriles y estaba adornada de todas las gracias y encantos que
una mujer puede atesorar, amén de otras dotes que la hacían digna de
toda consideración y respeto.

Los hermanos, que se profesaban entrañable afecto, estaban servidos por
dos criados antiguos en la casa de sus padres, hacia quienes tenían
muchas deferencias, no comunes, ni entonces ni ahora, entre el que es
servido y el que sirve.

Habían sido estos criados en su niñez esclavos en África, y si negros
eran sus rostros, más negros aún eran los pensamientos que en mal hora
comenzaron á cruzar por los oscuros rincones de sus cerebros.

La gracia juvenil, las turgentes formas y aquel gracioso continente de
D.ª Aurora hicieron nacer en el pecho del más joven de los criados una
pasión brutal y torpe, que, cuando no pudo tenerla más en silencio,
comunicóla á su compañero, trazándole un plan horrible, é invitándole á
que con él gozase á la peregrina hermosura.

Transcurrieron algunos meses, y durante este tiempo los pérfidos
servidores maduraron su proyecto infame; y mientras encontraban ocasión
propicia de llevarlo á efecto, crecía en el mísero corazón del esclavo
aquel volcán de impuros apetitos y de lascivos deseos.

Asuntos particulares obligaron por su mal á don Luis á ausentarse
algunos días de la casa, y cierta noche, á la hora de las _Ánimas_,
cuando D.ª Aurora se disponía para recogerse, se vió sorprendida por el
feroz negrazo, cuyo gesto y actitud demostraron bien pronto á la infeliz
doncella el grave riesgo que su preciada honra en tales momentos corría.

Imposible le fué á la joven pedir socorro, é imposible le fué medir sus
débiles fuerzas con las del esclavo, y éste huyó luego saboreando su
bárbaro triunfo, ocultándose donde no creía llegase á ser capturado. Mas
su compañero, que, horrorizado de aquel crimen desistió de tomar parte
en él, cuando regresó D. Luis de su corto viaje contóle el caso,
indicándole el lugar donde se refugiaba el autor de su deshonra.

Guardó silencio el caballero, sin que á nadie trascendiese lo que había
ocurrido, y lanzóse en busca del servidor infame, á quien encontró al
fin y dió muerte de certera estocada.

Al punto regresó ciego de ira á su domicilio, y al salirle al encuentro
el otro esclavo se arrojó sobre él y lo estranguló, echando su cadáver
en un pozo. Y quizás hubiera hecho lo mismo con su infeliz hermana, á no
esconderse D.ª Aurora en el rincón más apartado del edificio.

Al siguiente día desapareció D. Luis, suponiéndose que se embarcó con
rumbo á América, de donde no tornó jamás, y á los pocos meses la hermosa
dama entró en un convento, que era entonces el lugar donde se acogían
cuantos deseaban pasar tranquila la existencia.



XLIV

LA CARTUJA

     «Que invirtáis todos mis bienes en proseguir con ahinco la
     fundación comenzada, para que sirva de asilo á religiosos cartujos
     cerca la orilla del río.»

     J. GESTOSO.


Magnífico y soberbio era á la verdad el monasterio que en las afueras de
Sevilla, y á la derecha del Guadalquivir, poseían los frailes cartujos,
y al evocar su recuerdo sentimos algo así como una sombra de envidia
hacia aquellos dichosos seres que, alejados de miserias y cuidados,
vieron deslizarse allí con la mayor tranquilidad las horas de esta breve
y pasajera existencia.

La Cartuja ocupaba una grandísima porción de terreno, y «su aspecto
exterior era más bien el de un pueblo, no pequeño, que el de un convento
de anacoretas», según escribe González de León, que alcanzó á verlo
cuando los frailes estaban en todo su apogeo.

Á más del edificio ocupado por los monjes y por el templo, había
graneros y departamentos, repletos siempre de cereales y vituallas;
almacenes de maderas, hierros, casas habitadas por trabajadores y
criados, talleres de carpintería, jardines deliciosos, y huertas que
rendían abundantes frutos.

La comunidad era bien numerosa; en las arcas de la tesorería se
guardaban muchos millones en relucientes monedas de oro y plata, y en
los estantes de la biblioteca infinidad de volúmenes raros y curiosos;
en las bodegas exquisitos vinos, y en las despensas sabrosos manjares; y
para que nada faltase á los frailes, los mejores artistas habían dejado
en el convento numerosas joyas de arte de inestimable precio.

La Cartuja se fundó el año 1401 por el arzobispo de Sevilla D. Gonzalo
de Mena, quien costeó los primeros trabajos para la erección del
edificio, y dejóle á su muerte más de treinta mil doblas de oro.

En el lugar donde se comenzó á levantar tan soberbio edificio existía
una ermita, en la que se conservaba una antiquísima imagen de la Virgen,
llamada de las Cuevas, la cual fué colocada en el retablo mayor de la
iglesia.

La suma donada por el Arzobispo fué á parar en gran parte á manos del
Rey de Aragón, quien dispuso de ella para costear la guerra contra los
moros; pero el adelantado de Andalucía D. Per-Afán de Rivera le dió á
los frailes una cantidad igual á la que habían perdido, y entonces se
siguieron las obras, que, merced á las muchas donaciones de otros
caballeros, se terminaron después de mediar el siglo XV. Á propósito de
esto extractamos estas curiosas noticias de la Historia eclesiástica del
Abad Gordillo:

«Tenía el Arzobispo Mena un criado natural de Burgos, llamado Juan
Martínez de Victoria, á quien había dado un canonicato de la Catedral...
y teniéndole consigo en Cantillana, al tiempo de su muerte le encomendó
la continuación de la fábrica y aumento del monasterio, y en su
confianza le dejó treinta mil doblas de oro moriscas para que con ellas
acudiese á su intento y confianza que de él hacía. El canónigo Martínez
de Victoria tomó á su cargo la prosecución de la fábrica del monasterio.
Fué esto en tiempo en que el infante de Castilla D. Fernando vino á
Sevilla á buscar dinero para hacer la guerra á los moros. El Infante
llamó al canónigo Victoria y le pidió las treinta mil doblas para la
guerra; éste negó tener las doblas, y entonces el Infante determinó
darle tormento, y se lo dió muy recio. Viendo que no declaraba, el
Infante le hizo jurar que no tenía el dinero; y por no jurar en falso,
Martínez de Victoria confesó dónde tenía la cantidad que tanto había
defendido como fiel criado.»

Dado el poco espacio de nuestros apuntes, sólo nos detendremos en hablar
de la iglesia de la Cartuja, que causaba admiración en todos los que la
visitaban.

Llegábase á ella después de pasar un extenso patio, y era de una sola y
amplia nave, de altos techos y macizas paredes de ladrillos y piedras.
En los altares, que eran muchos y de varios gustos, existían hermosas
figuras de Martínez Montañés y Roldán; cuadros debidos á los pinceles de
Morales, Alonso Cano y Durero: la sillería del coro principal era obra
de Duque Cornejo, y las estatuas que cerca de ella estaban colocadas
fueron construídas por el florentino Torrijiano, según he visto escrito.

Ocupaba la sacristía mayor una hermosa pieza de buenas luces, de
pintadas vidrieras, y de sólidas y labradas estanterías, en las cuales
se guardaban riquísimas telas, preciosas joyas y toda clase de objetos
para el culto.

El Arzobispo Mena, fundador de la casa, estaba enterrado en la capilla
de la Magdalena, y en otra capilla, á expensas del primer Marqués de
Tarifa, se construyó un soberbio mausoleo, donde fueron sepultados D.
Per-Afán de Ribera, sus dos esposas, que yacen hoy en la Universidad, y
desde 1512 hasta 1536 estuvieron allí en modesto nicho los restos de
Colón, que, llevados á Santo Domingo, pasaron á la isla de Cuba en 1795,
donde se encuentran actualmente.

La Cartuja fué casi destruída por los invasores soldados de Napoleón en
1811, y al marcharse éstos restauróse la iglesia, que se abrió al culto
en 1816.

Cuando los nuevos frailes empezaban las obras de reparación del convento
vino la exclaustración, y en 1843 se estableció en el edificio la
fábrica de loza que tan conocida es en todas partes por sus productos, y
de la cual nada diremos por parecernos que nos apartaríamos del
principal objeto que nos ha movido á trazar estas líneas.



XLV

LA ROLDANA

     «Roldán dejó varios discípulos, entre ellos su hija Luisa, notable
     artista, á quien los sevillanos dieron el nombre de la Roldana.»

     J. H.


Vamos á ocuparnos de la célebre escultora Luisa Roldán y Mena, conocida
por _la Roldana_; y si bien son pocos los datos biográficos que de ella
conocemos, sus obras son suficientes á llenar muchas páginas en su
elogio.

Hija de Pedro Roldán, artista que trabajó mucho para los templos de
Sevilla, aprendió desde pequeña la escultura, aventajando con el tiempo
á su padre, el cual, aunque ejecutó algunas figuras no exentas de
mérito, hizo muchas que no resisten la crítica más indulgente.

Nació _la Roldana_ en 1656, y, como siendo muy joven quedó huérfana de
madre, encargóse del gobierno interior de su casa, ayudando al mismo
tiempo en las esculturas á su padre, sin abandonar por ello las labores
domésticas, á que debe dar particular atención toda mujer hacendosa y
prudente.

Con las lecciones que á diario recibía y con el talento de que la
naturaleza la había dotado fué cada vez adelantando más en los trabajos
que comenzaba, llegando á construir estatuas tan bellas como las que se
encontraban en el extinguido convento de las Mínimas.

Cuéntase que por entonces, habiendo rechazado el Cabildo una escultura
que por su encargo hizo Pedro Roldán, su hija la arregló de tal modo,
que fué admitida por los canónigos con satisfacción extraordinaria.

Y no fué ésta la sola ocasión en que _la Roldana_ corrigió á su padre,
pues en la Virgen de los Dolores que existe en San Pablo y en el _paso_
de la Mortaja de Santa Marina también puso sus manos, y por cierto con
los mejores resultados.

Para la iglesia de San Bernardo ejecutó cuatro figuras, que merecen
citarse por la verdad que tienen, por la sencillez de las actitudes y
por los conocimientos anatómicos que revelan.

Representan tales esculturas á San Miguel, á San Agustín y á Santo
Tomás, siendo la más notable la última, de la Fe, que como las
anteriores se hallaba en el altar donde también existía el célebre
cuadro de la _Cena_ pintado en 1622 por Francisco Varela.

Cuando Pedro Roldán se encargó de construir el _paso_ de la _Oración del
Huerto_, de Monte-Sión, su hija le ayudó notablemente; y son de su mano,
el ángel que sobre nubes se levanta bajo la palmera y los medallones de
relieve que ostenta el zócalo en la peana.

Para la magnífica iglesia de San Miguel hizo Luisa Roldán la estatua de
dicho arcángel, puesta en el retablo mayor, y de la que escribía un
erudito historiador las siguientes palabras:

«La gallardía y franqueza del dibujo, la hermosura del joven rostro, en
que á la vez se expresan el valor guerrero y la dulzura, y la exacta
conclusión de las carnes y ropajes, es encantadora. Pocas veces se
habrán ocupado las gubias de los escultores para cortar su madera con
más acierto y facilidad.»

En lo que más sobresalió _la Roldana_ fué en las figuras pequeñas; y
existen de ella algunos niños admirables, que se conservan en los
conventos de monjas.

La fama de esta mujer llegó hasta Madrid, y el desdichado monarca Carlos
II la mandó llamar á la corte, nombrándola escultora de cámara y
encargándole algunos trabajos con destino al monasterio del Escorial.

Desde el año 1695 _la Roldana_ vivió en Madrid, hasta 1704, en que
falleció víctima de una enfermedad aguda.

Su padre había muerto en 1700 sin dejar bienes algunos de fortuna y en
medio de la soledad y el reposo de una casa de campo que tenía próxima á
Sevilla.

Luisa Roldán, según los autores que la conocieron, fué de agradable
rostro, de estatura proporcionada y de formas correctas; tenía un
carácter dulce y expansivo: contrajo matrimonio con D. Luis de los
Arcos, caballero, sevillano, de quien no tuvo hijos; y habiendo recibido
aquella educación propia de su época, era muy dada á rezos y devociones,
aunque sin extraordinarias mojigaterías.



XLVI

EL PINTOR MONEDERO

     «Es tu sér: que del coro empíreo vino al estilo y pincel vida y
     concierto.»

     CÉSPEDES.


En varios templos de Sevilla, tales como la Catedral, San Roque, Santa
Inés, San Bernardo, y también en el Museo Provincial, se encuentran
muchos lienzos de un notable artista que floreció en los comienzos del
siglo XVII, y cuyo nombre no será desconocido ciertamente para ninguno
de nuestros lectores. Estos lienzos, que por el color y la manera
especial con que están pintados se distinguen de todos, fueron
ejecutados por Francisco Herrera, á quien para distinguirlo de sus
hijos, que también al arte se dedicaron, se le da el nombre de Herrera
_el Viejo_.

De la vida de este pintor, nacido en Sevilla en 1576 y muerto en Madrid
el año 1650, se cuentan anécdotas y pormenores muy curiosos; y de ellos
vamos á relatar uno que, no por ser algo conocido, deja de tener
interés.

Á pesar de su talento y del mérito de las obras de Herrera, fué muy poco
estimado de sus coetáneos, siendo causa de aquella indiferencia con que
lo miraban el carácter violento, desabrido y colérico que poseía, por lo
cual se vió precisado á pasar la mayor parte de su existencia alejado
del trato de las gentes y encerrado en su casa, de donde en muy pocas
ocasiones salía.

Allí, solitario y taciturno, pintaba sus lienzos, ayudado, según se
dice, de una sirvienta, pues ningún joven quería ser su discípulo, y los
que llegaban á tomarle por maestro se alejaban bien pronto de su lado,
como hizo, entre otros muchos, el inmortal Velázquez.

Francisco Herrera tenía también muchos enemigos que se había acarreado
por su insociable carácter, y eran los primeros que le hacían guerra sus
compañeros de profesión, ninguno de los cuales dejaba de tener de él
alguna queja ó motivo de resentimiento.

No sólo se ocupaba Herrera _el Viejo_ en pintar hermosos cuadros como el
_Ultimo Juicio_ ó los _Pasajes de la vida de la Virgen_, sinó que
también hacía bellísimos dibujos y grabados en bronce, que eran dignos
de ser elogiados algo más que entonces lo fueron.

Lejos del mundo y olvidado de muchos vivía Herrera por los años de 1621,
cuando empezó á levantarse contra él un rumor que cada día se hizo más
insistente, y que parecía no estar desprovisto de fundamento. Decíase
por todos que el pintor se dedicaba en sus soledades á labrar monedas
falsas, y aseguraban muchos haberlas encontrado en su poder y estar
dispuestos á presentar cuantas pruebas se ofreciesen.

Tanta intensidad, y tantos vuelos tomaron aquellos rumores, que la
justicia tomó cartas en el asunto, y, avisado Herrera, corrió á
refugiarse en el Colegio de San Hermenegildo, para donde había pintado
algún tiempo atrás un magnífico cuadro, que estaba colocado en el
retablo mayor y que representaba una apoteosis del mártir titular.

Pasó mucho tiempo, y un día del año 1624, en la casa en que se albergaba
el pintor se empezaron á hacer grandes preparativos, arreglándola toda y
disponiéndola como si alguna gran solemnidad fuera á celebrarse. Á la
siguiente mañana el monarca Felipe IV, que se encontraba en Sevilla,
visitó el Colegio de Jesuítas, acompañado de la Reina y de gran número
de personajes de la corte, recorriendo con detenimiento las galerías,
patios y dependencias del edificio, y llegando al templo, donde lo
primero que llamó su atención fué el gran cuadro de San Hermenegildo que
en el altar mayor estaba colocado.

Permaneció el Monarca un buen rato contemplando aquella soberbia obra de
arte, y tanto le agradó, que mostró deseos de saber el nombre del que la
había ejecutado.

Díjole entonces uno de los padres jesuítas que aquel cuadro estaba
pintado por un monedero falso, que, á fin de librarse de la persecución
de la justicia, se había refugiado en aquel convento.

Entonces contestó el Rey:

--En esta causa soy yo el juez y la parte; venga, pues, el artista
monedero, que tengo ganas de conocerlo.

Avisado Herrera, de allí á poco se presentó en la iglesia, arrojándose á
los pies de Felipe IV todo conmovido y temeroso.

Entonces el Rey le dijo, después de mirar un rato el soberbio lienzo:

--Quien tales obras ejecuta no ha menester más plata ni oro;--y tocando
con sus manos la frente de Herrera, que yacía hincado de rodillas,
añadió:--alzad, que estáis ya libre, siempre que no volváis á incurrir
en tan feo delito como el de que se os acusa.

Herrera _el Viejo_ no pudo contener su emoción ante aquel rasgo del
Monarca, y á pesar de ser duro de corazón y nada sensible, sus ojos se
arrasaron de lágrimas, y con frases entrecortadas por la emoción dió las
gracias al Rey, quien hizo grandes elogios de la pintura que en el altar
mayor se ostentaba.

Este cuadro de San Hermenegildo puede admirarse hoy en el extenso salón
del Museo Provincial, donde es una de las verdaderas joyas que le
enriquecen.



XLVII

DRAMA DE AMORES

     «Él ofendió á mi marido, y de ello fuí yo la causa; y con todo esto
     le quiero y lo tengo acá en el alma.»

     (_Romancero de Gazul._)


Hojeando un libro hace mucho tiempo, que de la historia de Sevilla
trataba, encontramos el asunto del dramático suceso que vamos á narrar;
y como dudásemos algo del caso, hemos preguntado ahora á distintas
personas versadas en noticias de nuestra población, las cuales nos han
asegurado ser cierta, más no en todos sus detalles, la tragedia, que
ocurrió de modo distinto á como en el libro decía.

Entre los buenos edificios que existen en la histórica calle de las
Armas hay uno de construcción antigua, de hermosa fachada y de extensas
proporciones, que se comunicaba con el abandonado callejón de los
Estudiantes por un postigo que ha desaparecido.

Era morador de esta casa á fines del siglo XVII un caballero de edad
algo avanzada y de buena fortuna, que para su desgracia había contraído
matrimonio con una joven linda y dotada de un corazón volcánico y
apasionado.

Creíase dichoso el buen señor, sin que ningún pesar turbara la calma en
que vivía, entregado á su afición predilecta, que era la floricultura, y
enamorado de D.ª Elvira, mujer en quien tenía absoluta confianza, sin
que nunca cruzara por su mente la idea atormentadora de los celos.

Pero mientras él cuidaba las macetas y arreglaba las flores de su
jardín, álguien había tenido ocasión de acercarse á la joven esposa y
deslizar en sus oidos palabras de amor y frases apasionadas, que,
despertando en el corazón femenino deseos que parecían olvidados,
hicieron nacer un amor ilegítimo, pero profundo, arraigado y sincero.

La confianza del marido prestaba alientos á los enamorados, quienes,
sabiendo ocultar aquellos sentimientos que les unían, nunca dieron el
menor motivo á la más leve sospecha de nadie ni á la más ligera
murmuración.

Sin embargo de esto, al cabo de muchos meses hubo álguien que creyó
descubrir un leve indicio, y espió con cautela para conseguir su
intento. Una astuta criada de D.ª Elvira comenzó á dudar de la fidelidad
de su señora, y después de no pocas observaciones y hábiles pesquisas,
notó que casi todas las noches, cuando el reloj daba la una y la casa
yacía en profunda oscuridad y silencio, una sombra se deslizaba por el
patio, entreabría con sigilo la puerta que comunicaba al jardín y
cruzaba éste; luego descorría el cerrojo del postigo que daba al
callejón de los Estudiantes, y á los pocos momentos solía penetrar en él
un bulto, que en unión de aquella sombra se ocultaba en una pequeña
habitación que cerca del jardín existía.

¡Cuán ajenos estaban los cautos amantes de que sus dulces coloquios y
sus naturales expansiones tenían un testigo que no eran ciertamente los
frondosos árboles, ni la blanca luna que en el trasparente cielo se
alzaba!

La astuta sirvienta, convencida hasta la saciedad de la grave falta que
D.ª Elvira cometía, demostró por ella tan mala voluntad, que con el
mayor disimulo y la más pérfida astucia hizo llegar al confiado marido
la horrible noticia de su deshonor, oculto para el mundo durante tanto
tiempo.

Pero el viejo no era hombre de violento carácter ni de grandes bríos, y
en vez de tomar rápida venganza, calló como si nada supiera, y siguió
cuidando sus flores y contentando á su esposa, mientras en su cerebro
maduraba un plan terrible y sangriento.

Seguía el jardín siendo punto de las citas que con su amante tenía D.ª
Elvira, y al mediar la noche nunca faltaba ella á descorrer el cerrojo
del postigo por donde entraba su rendido y constante adorador.

El año 1697 tocaba á su término, y en una de las de aquel Diciembre la
infiel esposa cruzaba á la hora convenida el solitario jardín con el
ánimo casi tranquilo y el pecho lleno de ilusiones y de deseos, que
pronto iban á verse satisfechos una vez más.

Aunque las sombras que rodeaban á D.ª Elvira eran profundas, ya conocía
el camino, y con seguro paso llegó á la puertecilla y, una vez abierta,
aguardó la primera caricia del hombre á quien amaba.

Á los pocos instantes un hombre embozado hasta los ojos apareció en el
dintel; pero lejos de estrechar entre sus brazos á la dama, se le acercó
rápidamente, y sacando de entre los pliegues de su capa un enorme
cuchillo, lo hundió con violencia en el seno palpitante de D.ª Elvira,
que como herida por un rayo cayó en tierra, exhalando su vida en un
indescriptible sollozo. El embozado salió de nuevo, y cuando instantes
después vió entre la oscuridad de la calleja que un hombre penetraba con
cautela por el postigo, cerró éste por fuera con llave, y salió con
precipitación, dando vuelta al edificio, en cuyo patio aguardábale la
delatora sirvienta.

Al ruido y las voces que luego en el jardín se oyeron acudieron los
criados que dormían, y el dueño de la casa, aparentando la mayor
sorpresa; pudiendo entonces ver todos á D.ª Elvira en el suelo con el
pecho ensangrentado, y junto á ella un hombre, á quien tomaron por autor
del bárbaro asesinato. Este hombre fué preso, y ahorcado más tarde, sin
que se supiera hasta muchos años después la verdad de lo ocurrido en
aquella terrible noche, y por confesión de la criada cuando estaba en el
lecho de muerte.



XLVIII

BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO

     «¿Quién de tus bellas Vírgenes la norma, gran Murillo, te dió?
     ¿Dónde las viste, ó cómo al mundo presentar supiste tipos celestes
     con humana forma?»

     M. A. PRÍNCIPE.


El gran pintor, gloria de España y honra de su siglo, que tan acabadas
pruebas de su genio ha legado á la posteridad, debe tener un recuerdo
entre estos apuntes; y al tomar ahora la pluma, á él vamos á dedicar las
presentes líneas.

Bartolomé Esteban Murillo, hijo de nuestra población, pasó en ella su
tranquila y laboriosa existencia consagrado al arte, sin que por
entonces su nombre, hoy universal, llegase á ser conocido apenas fuera
del círculo de sus amigos. Uníase en él la modestia al genio, y por esta
causa rehusó cuantas ocasiones se le presentaron de adquirir esos
títulos y honores que tanto buscan otros hombres sin mérito alguno para
obtenerlos.

En la humilde casa donde vivía el gran maestro pintaba sus lienzos
prodigiosos, y pasando del taller á la iglesia ó al convento para donde
se ejecutaron, quedaban allí, limitándose el triunfo que alcanzaba el
artista á bien poca cosa.

Juan del Castillo, pintor que residía en nuestra ciudad por los años de
1640, tuvo la honra de ser el que enseñó á Murillo los primeros
rudimentos del arte, sin que jamás llegara el discípulo á imitar en nada
el estilo del maestro, como puede verse en los cuadros que del segundo
existen en el Museo y en varios templos y capillas.

Con sólo las lecciones que había recibido, comenzó Murillo á pintar
siguiendo su propia fantasía, hasta que encantado por las obras de
Frutet y de Pedro de Campaña, y deseando admirar los tesoros artísticos
que se encontraban en el Real Palacio de Madrid, trasladóse á la corte
en 1643, donde se encontraba el insigne Velázquez, con quien hizo buena
amistad, y tuvo ocasión de estudiar los mejores modelos. Cuando á los
dos años regresó á Sevilla, de donde había salido sin participar ni á
sus amigos el viaje, comenzó á trabajar con verdadero empeño, causando
bien pronto la admiración de cuantos tuvieron ocasión de contemplar las
obras que sus pinceles producían.

Desde el 1648 hizo para la Catedral los cuadros de _San Leandro y San
Isidoro_, el _San Antonio_ de la capilla del bautismo, las mártires
_Santas Justa y Rufina_, _San Fernando_, _San Hermenegildo_, los cuatro
_Arzobispos de la diócesis_, la magnífica _Concepción_, el _Ecce-homo_
y otros varios, trabajando también en la restauración de la Sala
Capitular, que por entonces sufrió algunas obras.

Cuando el piadoso caballero D. Miguel de Mañara construyó la iglesia del
_Hospital de la Caridad_, Murillo pintó para ella ocho lienzos, que
están reputados por los mejores que hasta entonces había producido.

Innumerables fueron los cuadros que ejecutó desde entonces hasta el
1680, y entre ellos sólo citaremos varias _Concepciones_, en las cuales
ni antes ni ahora ha tenido rival; el _Retrato de D. Justino Neve_, _San
Pedro_, la _Virgen con el Niño_ y los dieciocho que pintó para el
monasterio de Capuchinos.

Salió Murillo de su querida ciudad poco tiempo después, dirigiéndose á
Cádiz, donde comenzó la que había de ser su última obra. Estando un día
trabajando en el lienzo que representa los _Desposorios de Santa
Catalina_, tuvo la desgracia de caer del andamio en que se hallaba
subido, lastimándose varias partes del cuerpo.

Trasladáronle entonces á Sevilla, donde al poco tiempo de su llegada,
habiéndose agravado en su dolencia, falleció el día 3 de Abril de 1682,
á las cinco de la tarde, mientras estaba dictando su testamento.

Su cadáver fué enterrado en la parroquia de Santa Cruz, colocándose
sobre el nicho una modesta lápida, en la cual se dibujó un esqueleto y
la frase siguiente: _Vive moriturus_.

Cuando el derribo de la iglesia se perdieron los restos del gran pintor,
siendo imposible encontrarlos, á pesar de cuantas diligencias se
hicieron después.

Bartolomé Esteban Murillo nació en una casa de la calle Tiendas, y su
partida de bautismo, que se conserva en San Pablo, dice así:

«En lunes primero día del mes de Enero de mil y seiscientos y dieciocho
años, yo el licenciado Francisco Heredia, beneficiado y cura de esta
Iglesia de la Magdalena de Sevilla, bauticé á Bartolomé, hijo de Gaspar
Esteban y de su legítima mujer María Pérez. Fué su padrino Antonio
Pérez, al cual amonesté el parentesco espiritual, y lo firmé. Fecha ut
supra.--_Licenciado Francisco Heredia._»

Terminaremos estos breves apuntes con el acta de su enterramiento, que,
según la copia que tenemos á la vista, dice así:

«En cuatro de Abril de mil seiscientos ochenta y dos años se enterró en
esta iglesia de Santa Cruz de Sevilla el cuerpo de Bartolomé Murillo,
insigne maestro del arte de pintura, viudo que fué de doña Beatriz
Cabrera y Sotomayor: otorgó su testamento por ante Juan Antonio
Guerrero, escribano público de Sevilla, y dijo la misa de cuerpo
presente el licenciado Francisco González de Porras.»



XLIX

UNA AVENTURA

     «En vano, dueña, es callar ni hacerme señas que nó; he resuelto que
     sí yo, y os tengo de acompañar: y he de saber dónde vais, y si sois
     hermosa ó fea, quién sois, y cómo os llamáis, y aun cuanto
     imposible sea.»

     ESPRONCEDA.


El suceso que nos mueve á tomar la pluma no es de aquellos que ocupan un
lugar más ó menos importante en los anales de Sevilla; pero á pesar del
silencio que sobre él guardan las historias, bien creemos hacer en
sacarlo á luz, pues no nos merece duda su autenticidad.

Hé aquí el caso como lo hemos oído á personas respetables, que de igual
modo lo oyeron referir á sus padres y abuelos.

En los primeros años del siglo XVII era muy conocido en Sevilla y
estimado por personas de todas las clases sociales un joven de gallarda
presencia, de esmerada educación y de pingües rentas, llamado D. Álvaro
González de Aguilar, oriundo de una ilustre familia granadina, y nacido
y educado en la capital de Andalucía. Hombre mozo de ardiente sangre, y
sin el freno de respetables personas, llevaba D. Álvaro una vida alegre
y bien poco ordenada, tomando siempre muy principal parte en todos
aquellos lances y aventuras de los que esperaba sacar algún provecho,
sin que le hiciera desistir de ello el mayor ó menor riesgo que se
exponía á correr por llevarlos á cabo.

Nuestro joven era gran adorador del sexo bello, y no por cierto de los
platónicos; que de haber sido de éstos más de una vez hubiérase librado
de graves compromisos que en distintas ocasiones le estrecharon, y de
los que había logrado salir por su destreza y valentía unas veces, y
otras por sus auríferos doblones, que D. Álvaro prodigaba cuando era
caso como hombre generoso y conocedor de los corazones femeninos.

González de Aguilar no era ciertamente un calavera provocador,
corrompido y vicioso; sus excesos no llegaban á vergonzosas
degradaciones; solamente en ocasión muy rara daba alimento á las
murmuraciones con sus aventuras, que dicho sea en verdad, ni á la honra
de su casa ofendían, ni al nombre que llevaba imprimían mengua.

Una noche de principios de otoño de 1605 vagaba D. Álvaro por los
intrincados y sombríos callejones del barrio de Santa Cruz sin rumbo
fijo, muy embozado en su amplia capa, con el sombrero hacia los ojos y
con la imaginación abstraída en muchos y varios pensamientos.

Era la noche aquella en que rondaba el joven noche de luna clara, merced
á la cual podían distinguirse los lugares que recorría; pues en lo
tocante á alumbrado artificial no había por allí ni siquiera la
socorrida lamparilla de un retablo, que pudiera servir de guía al
extraviado caminante por aquellas tenebrosidades.

Cuando más abstraído parecía el apuesto joven en sus pensamientos, oyó
lejanos pasos que avanzaban en dirección igual á la suya; y como pudiera
apreciar ser aquéllos por lo breves y menudos pasos de mujer, activó los
suyos D. Álvaro hasta colocarse cerca de la persona que á tan desusada
hora recorría sitios tan poco frecuentados. Era ésta, como supuso, una
dama; pero tan envuelta iba en su negro manto, y con tal destreza, se
recataba el rostro, que era imposible distinguir sus facciones, pudiendo
asegurarse sólo que su cuerpo era esbelto y su andar gallardo y airoso.

Siempre ha sido el barrio de Santa Cruz, como ya hemos dicho en otro
lugar, uno de los más á propósito de Sevilla para aventuras y lances de
todas especies; y si hoy todavía tienen fama aquellas callejas por lo
sombrías, misteriosas y solitarias, calcúlese el lector lo que serían en
la época del suceso que vamos á referir.

Acercóse González de Aguilar á la desconocida, no tardando en dirigirle
algunas frases galantes, que no obtuvieron contestación alguna, con lo
cual acrecentóse la curiosidad del galanteador y nació en su pecho vivo
deseo de dar digno remate á la que ya consideraba como feliz aventura.

Siguió la tapada sin detenerse ni precipitar el paso, y siguió el joven
cerca de ella, apurando todos los recursos de su ingenio para poderla
hacer hablar, cosa que le fué imposible conseguir en muy largo espacio
de tiempo, notando él con cierta extrañeza que la dama tampoco debía
llevar dirección fija en su marcha, pues con frecuencia volvía á la
misma calleja por donde antes había pasado, rodeaba una manzana de
edificios para salir al mismo lugar, ó cruzaba una plazuela para
internarse de nuevo en otra travesía lóbrega que ya tenía recorrida.

Pasaba así el tiempo, y D. Álvaro comenzaba á desesperarse; todas las
casas estaban cerradas, el silencio era absoluto, y el frío de la noche
comenzaba á molestar al galanteador impenitente. De pronto lo dama se
detuvo, volvióse hacia Gonzalo de Aguilar, y con voz firme y tono
misterioso le dijo:

--¿Estáis dispuesto á seguirme mucho tiempo?

--Si no os es enojosa mi compañía,--contestó D. Álvaro--estaré cerca de
vos toda la noche.

--Decidido estáis, caballero--replicó la tapada; y apartando el manto de
su rostro, dejó ver á la luz de la luna una cara hermosa y joven, de
facciones correctas y sensuales, en la que se destacaban dos grandes
ojos, negrísimos y brillantes, sombreados de largas pestañas.

Pronto comprendió nuestro galán que su conquista no era una de tantas
_busconas_ como le salían al paso muchas noches; y al contemplar las
perfecciones de aquel rostro, las redondas curvas que bajo los pliegues
de aquel manto se adivinaban, y aquel elevado seno aprisionado en
ajustado corpiño, no pudo menos, á fuer de perfecto amador, que aumentar
sus palabras galantes y en extremo expresivas.

Guardó la hermosa silencio mientras D. Álvaro expresaba con la mayor
vehemencia sus amorosos pensamientos, y cuando pareció haber terminado
le dijo:

--Si vuestras palabras son verdaderas, seguidme, que no os pesará
haberme acompañado por estas soledades.

Un momento después los dos personajes se ponían en marcha; pero entonces
iban muy juntos y hablaban en voz muy baja. Algunas calles más
recorrieron con lentos pasos, con los brazos enlazados y la mayor
satisfacción por parte del caballero, llegando á salir por último á una
calleja, formada la acera derecha por una larga tapia de los jardines
del Alcázar y la izquierda por algunas casuchas de pobre aspecto. Esta
calleja, perteneciente á la antigua Aljamia de los judíos, se llama hoy
Muro del Agua, y apenas ha sufrido alteración alguna desde la época del
suceso que vamos relatando.

Cuando la rendida pareja llegó á aquel lugar, ella sacó de entre los
pliegues del manto una llave, y abriendo con ella una puertecilla baja y
estrecha, formada toscamente en el muro, invitó á entrar á D. Álvaro.

El mancebo se encontró en una habitación de regulares dimensiones y
modesto mobiliario, alumbrada por un colosal velón puesto sobre una mesa
de pino. Había también en aquella estancia un arca vieja, algunas
sillas, y en el fondo, revueltas sin cuidado alguno, las ropas de un
lecho.

D. Álvaro se despojó de su capa y tomó asiento, preparándose á pasar un
rato en extremo agradable; había tomado ya gran confianza con la hermosa
dama, y no tardó en entablarse entre los dos un amenísimo diálogo, donde
abundaron las frases galantes por parte del mancebo y las palabras
tiernas por la de la dama, cuyos pudores y escrúpulos estaban vencidos
en toda línea.

Al poco tiempo, por indicaciones de González de Aguilar, la hermosa se
dispuso á salir, pues viniéronle deseos á él de apurar algún vaso de
vino que le alegrase en la amorosa velada, y ella aseguróle que en una
casa próxima había un amigo que se prestaría á darlo de la mejor gana.

Salió la bella, y cuando D. Álvaro quedó solo comenzó á pasear la
habitación, y fijándose en las ropas del lecho, que en un rincón yacían,
tiró de un lienzo blanco que parecía tapar alguna cosa, y al instante
retrocedió espantado, lanzando un grito indefinible. Bajo aquellas
ropas había descubierto una cosa horrorosa: el cuerpo de una persona,
cubierto de sangre y mutilado con la mayor crueldad.

El caballero, con los ojos desmesuradamente abiertos, el cabello erizado
y descompuesto el rostro, tuvo aún fuerzas para recoger el velón y
aplicar la luz á aquel rincón de la sala. Era el cuerpo de un hombre
joven, tenía la cabeza separada del tronco, tronchadas las piernas y
cortadas ambas manos por las muñecas. La luz cayó de sus manos, y quedó
á oscuras. D. Álvaro buscó á tientas la puerta, presa del mayor terror,
y cuál no sería su angustia al notar que estaba cerrada por fuera.
Entonces, y haciendo un supremo esfuerzo, trató de abrirla con
desesperación, valiéndose de sus manos, dando porrazos con sus pies, y
procurando, por último, hacer saltar la cerradura con la punta de su
espada. Este recurso extremo le proporcionó el placer de encontrarse en
la calle, después de haber sufrido los minutos más terribles de su vida;
pero cuando se consideraba libre y comenzaba á retirarse con
precipitados é inciertos pasos de aquel sitio, vió de pronto aparecer
cerca de él dos embozados con las espadas desnudas, que, acompañados de
la dama, se disponían á acometerle. D. Álvaro se volvió hacia atrás, y
sacando fuerzas de flaquezas emprendió la más rápida carrera que le fué
posible, internándose entre los revueltos callejones, donde merced á las
tinieblas pudo escaparse de la persecución de que era objeto.

Cuando estuvo ya solo, no pudo resistir por más tiempo las impresiones
que había, recibido, y cayó al suelo sin conocimiento.

Al volver en sí era ya día claro, y unos vecinos de la plaza de D.ª
Elvira lo habían encontrado al amanecer, y suponiendo por su tipo y
porte que era persona distinguida, lo recogieron, prodigándole toda
clase de cuidados. D. Álvaro refirió á todos lo que le había acontecido:
dióse parte á la justicia, y cuando ésta se presentó en la casa no
encontró ni el mutilado cadáver ni la más leve señal de que allí hubiese
habido álguien recientemente. La accesoria estaba vacía y desalquilada
desde mucho tiempo antes, no siendo posible, apesar de cuantas
diligencias se practicaron, descubrir nada de aquel crimen, que quedó
envuelto como otros tantos en el misterio, así como sus tenebrosos
autores.



L

LA CRUZ DE LA CERRAJERÍA

     «Se encargó á la pericia del célebre rejero Sebastián Conde la
     construcción de una cruz de hierro.»

     VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.


Las calles de nuestra población estaban en lo antiguo llenas de
arquillos, retablos y cruces, que les daban un aspecto por demás sombrío
é interceptaban el paso de los transeuntes.

Era una de las más famosas de las cruces la que se alzaba frente al
convento de las Mínimas, y de cuya historia vamos á hacer un breve
extracto.

Los vecinos devotos del barrio del Salvador acordaron en 1692 colocar
una cruz de hierro en la confluencia de las calles Sierpes (que entonces
se llamaba Espaderos) y Cerrajería, encargando su construcción á
Sebastián Conde, famoso maestro rejero, que por su habilidad y pericia
gozaba de bastante nombre en aquella época.

Instalóse la Cruz el 1.º de Noviembre del ya citado año, después de
haber dado permiso el Ayuntamiento, celebrándose en el lugar donde fué
colocada una solemne función religiosa, que se repetía todos los años el
3 de Mayo, hasta que en 1729, con motivo de la visita de la Corte á
Sevilla, se condujo la Cruz al convento de las Mínimas, para restituirla
á su sitio cuando terminasen las fiestas. Pero transcurrió el tiempo sin
que tal idea se llevase á cabo, y esto dió lugar á que en la sequía de
1734 pidiesen los vecinos su reinstalación, la cual se llevó á efecto
coincidiendo con ella una abundante lluvia, que todos tuvieron como
palpable milagro.

Volvió á quitarse la Cruz en 1796, y otra vez instalada, tornó á
removerse en 1816, cuando las Princesas del Brasil pasaron por nuestra
capital con dirección á la corte de España.

Por último, en 1818 se colocó nuevamente, desapareciendo al fin en 1847,
y siendo llevada al museo arqueológico instalado en el ex-convento de la
Merced, donde en la actualidad se encuentra.

Esta Cruz, acerca de la cual corrían en boca del vulgo no pocas
tradiciones, es una obra de gran trabajo, aunque no de muy buen gusto.

En los primeros años del siglo XVIII fué muerto en desafío al pie de
ella un caballero de la nobleza sevillana, famoso en su tiempo por sus
amoríos y su vida galante y aventurera.

La muerte de este caballero quedó envuelta en el misterio, sin que la
justicia pudiera sacar nada en claro de las averiguaciones que se
hicieron; y es fama que el santo tribunal de la Inquisición tomó cartas
en el asunto, y por su mandato cesaron todas las diligencias y todas las
investigaciones.

Años después acostumbraba á colocarse todas las noches al pie de la cruz
de la Cerrajería un hombre de aspecto venerable, el cual, hincado de
rodillas, parecía orar con la mayor devoción, pasando allí horas enteras
con la cabeza baja, como sumido en profundas meditaciones.

Pero cuando después del toque de _Queda_ pasaba cerca del devoto algún
trasnochador, veía con gran sorpresa que el pecador contrito se erguía
con la mayor presteza, y sacando una enorme navaja de la capa,
desbalijaba al transeunte de cuanto dinero ó ropa llevaba encima.

Por los años de 1800 al pié de la Cruz se celebraban alegres festejos
populares, y en las noches de primavera y estío se adornaba de flores y
de farolillos, reuniéndose en el corro los majos y majas, que bailaban
al són de guitarras y castañuelas.

En la cruz de la Cerrajería solían hacer estación las hermandades del
Rosario que á media noche recorrían las calles de la ciudad, y que no
siempre terminaban con el mayor orden, pues en muchas ocasiones se
promovían algaradas y motines, en los que tuvo más de una vez que
intervenir la ronda para poner en paz á los fervientes devotos, que con
la mejor buena fe se propinaban sendos garrotazos, labrando así la fama
de que hoy gozan los _Rosarios de la Aurora_.

Se dice que en la Cerrajería existió también otra cruz de madera,
adosada al muro de una casa; pero acerca de ésta conocemos bien escasos
detalles, y por tal motivo dejamos de ocuparnos de ella.



LI

EL CAPITÁN YELVES

     «Pero los seres que, teniendo conciencia, se cubren con el antifaz
     de la hipocresía, fingiendo la virtud que más conviene á sus
     designios, no son ya viciosos, sinó criminales.»

     ADOLFO LLANOS.


Pocos de nuestros lectores habrán oído el nombre de este militar, cuya
historia no deja de ser interesante y curiosa, y á título de lo qué
vamos á narrarla, siguiendo para ello las escasas noticias que de dicho
sujeto hemos podido encontrar.

D. Gaspar de Yelves era descendiente de una conocida familia de Castilla
la Nueva, y nacido en nuestra ciudad poco antes de mediar el siglo XVII,
siendo educado con bastante esmero por sus padres, señores muy amantes
de sus rancios pergaminos y del mayor ó menor brillo de su casa.

Apenas tuvo la edad precisa D. Gaspar, ingresó en el ejército y militó
largos años bajo las órdenes de algunos ilustres caudillos,
encontrándose en las campañas de Portugal sostenidas por el rey Felipe
IV, y en otras guerras, donde se distinguió por su bravura y arrojo.

Cansado ya de la vida agitada, y no queriendo correr, según parecía, más
riesgos, D. Gaspar Yelves se retiró del ejército y contrajo matrimonio
con una dama rica y huérfana, en compañía de la que parecía disfrutar de
la mayor tranquilidad y ventura.

Hacia el año 1672 D. Gaspar y su esposa vivían en una casa de buen
aspecto, que estaba situada en la calle de Alfaqueque, y frecuentaban el
trato de las personas más conocidas y principales del barrio de San
Vicente, quienes les guardaban toda clase de deferencias y atenciones.

El Capitán Yelves era, así en su trato como en sus modales, un perfecto
caballero, y era hombre muy instruído y de amena conversación, que se
captaba las simpatías de todos por su carácter franco y expansivo y por
su esplendidez y generosidad.

Ajeno de cuidados parecía vivir al lado de su esposa, y cuantos le
trataban creíanle feliz y dichoso, no faltando muchos que le envidiasen
y se hicieran lenguas de las buenas cualidades que poseía.

Al poco tiempo de instalarse D. Gaspar Yelves en su domicilio de la
calle Alfaqueque, comenzó á hacer algunos viajes, que le tenían alejado
de su casa varios días y semanas; y, según su mujer manifestaba á los
que iban á verle, negocios relacionados con unos bienes que estaban en
pleito eran los motivos de las ausencias del marido.

Nadie ponía esto en duda, y todos creían de buena fe á la señora, cuyas
palabras gozaban el mejor concepto.

Por los años de 1695, y cuando España atravesaba una situación harto
lamentable bajo el reinado del _Hechizado_ Monarca, aparecieron en los
campos andaluces unas numerosas partidas de bandoleros, que con la mayor
audacia llevaban á cabo robos y atropellos incalificables, cometiendo
también crueles asesinatos y brutales excesos.

Estas cuadrillas de ladrones eran el terror de la gente honrada; y
aunque las autoridades ponían en juego toda clase de resortes, nunca
podían echar mano á aquellos foragidos, que con exquisita táctica sabían
burlar á la justicia, y eran tan diestros en borrar las huellas de sus
pasos, como sanguinarios en la comisión de sus execrables delitos.

El capitán retirado D. Gaspar de Yelves seguía mientras tanto haciendo
sus frecuentes viajes, y el último que hizo á mediados del 1697 se
prolongó tanto, que puso en cuidado á su esposa y á cuantos eran sus
amigos.

Por aquellos días habían verificado los bandoleros un robo de gran
consideración en una iglesia, y fué tanta la actividad que se desplegó
entonces por la justicia, que no tardaron en ser capturados algunos de
los autores del hecho, siendo conducidos á la cárcel de Sevilla y
ahorcados en el mes de Enero de 1698 en la plaza de San Francisco.

Cuando el que aparecía como jefe de la partida llegó al patíbulo,
algunos de los que presenciaban la triste escena no pudieron contener
un grito de admiración y sorpresa. El capitán de los bandidos era el
capitán retirado D. Gaspar Yelves, que de tantas simpatías y
consideraciones gozaba en Sevilla.

La cabeza del reo--según dice un autor--estuvo tres días pendiente de
una escarpia en la fachada de la casa de la calle Alfaqueque, y el
cuerpo fué descuartizado, según la bárbara costumbre de aquellos
tiempos.



LII

EL COLEGIO DE SAN TELMO

     «Dignos son de la residencia de un príncipe los jardines, el parque
     y el palacio de San Telmo.»

     J. GUICHOT.


En las afueras de la extinguida puerta de Jerez, y hacia la orilla del
río, se alza un magnífico palacio que sirve de habitual residencia á una
Infanta de España tan virtuosa como estimada del pueblo de Sevilla.

Este edificio, que ocupa una amplia extensión de terreno, es de los más
hermosos que existen en la capital, no sólo por la posición en que se
encuentra situado, sinó por el lujo de sus salones y sus comodidades y
desahogo.

En él estuvo el _Colegio de San Telmo_, de cuya historia vamos á hacer
un breve extracto, que no hará mal entre estas breves noticias que vamos
reuniendo.

D. Fernando Colón, hijo del insigne navegante, propuso en 1539 al
emperador Carlos V la fundación de un Colegio en el cual se instruyese
á los niños huérfanos para destinarlos á la marinería y pilotaje.

Propuso también aquel docto y sabio bibliófilo que dicho Colegio se
estableciera en lugar próximo al río, en el barrio de los Humeros y en
terrenos de su propiedad, demostrando vivos deseos de que se organizara
una clase especial de Matemáticas, á la cual serían llamados los mejores
profesores de esta ciencia que entonces había en España, y que por
cierto no eran muchos.

El loable proyecto de D. Fernando no encontró apoyo en el Emperador ni
en las personas de influencia y dineros; y al morir el hijo del
Almirante quedó olvidado, hasta que, cerca de dos siglos después, Carlos
II ordenó la fundación del Colegio, nombrando Juez al Presidente de la
Contratación, y disponiendo que lo administraran los individuos de la
_Universidad de Mareantes_ establecida en el populoso barrio de Triana
desde mediados del siglo XVII.

Construyóse el edificio cerca de la puerta de Jerez, siguiendo la
opinión de inteligentes alarifes, dando comienzo los trabajos en 1682 y
terminándose éstos en 1733.

La portada principal del Colegio (que era tal como se encuentra) es de
pésimo gusto, recargada de adornos y estatuas, y pertenece al estilo
churigueresco. Según hemos visto en algunos papeles consultados para
escribir estos apuntes, costó la obra 50.000 pesos, y duró desde el
1725 hasta el 1797.

De aquel Colegio salieron no pocos hombres notables, y los nombres de
muchos de ellos han pasado á la posteridad, que los admira.

El rey Carlos III dió nuevas ordenanzas al colegio de San Telmo, que
desde entonces, extinguida ya la _Universidad de Mareantes_, dependió
del Ministerio de Marina.

El año 1850 suprimióse el Colegio, y el amplio y hermoso edificio se
cedió á los Duques de Montpensier, los cuales establecieron allí su
residencia, después de llevar á cabo muchas é importantes reformas en el
vasto local.

En sus salones reunieron objetos de gran valor, antigüedades y muebles
riquísimos, y con ellos una colección de cuadros de autores españoles,
italianos y franceses, entre los cuales figuraban Murillo, Velázquez,
Zurbarán, Morales, Frutet, Piombio, Bessano, Valdemeulen, Duval y otros
muchos; pero esta riquísima galería de obras pictóricas se ha deshecho
en gran parte, pasando las obras á poder de individuos de la familia
Real.

Los jardines que rodean el palacio son quizá los más deliciosos de
cuantos existen en la ciudad; y lo mismo en los serenos días de
invierno, que en las agradables tardes de primavera y estío, ofrecen al
que pasea por ellos grato solaz y agradable y honesto esparcimiento.

Hace poco tiempo S. A. R. la Infanta viuda de Montpensier ha llevado á
cabo un buen rasgo de generosidad, cediendo gran parte de estos jardines
al pueblo de Sevilla para que pueda disfrutar de ellos. Actualmente,
llevadas á cabo las obras necesarias para abrir aquellos jardines al
público, son de los más concurridos de la capital.



LIII

LA PUERTA DE TRIANA

     «¡Gran lástima fué la demolición de una puerta como la de Triana,
     que tanto mérito tenía!»

     C. P.

La más hermosa y acabada de cuantas puertas tenía Sevilla era la de
Triana, á la que vamos á dedicar un recuerdo, que quizá sea leído con
gusto por los que alcanzaron á verla.

Debióse su traza, según la opinión más recibida, al notable arquitecto
Juan de Herrera, que tan soberbios monumentos dejó en nuestra ciudad, y
quedó concluída á fines del año 1588, derribándose para hacerla otra
antigua puerta que estaba á la entrada del barrio de la Cestería.

Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de arquitectura, de orden
dórico, y presentaba dos soberbias fachadas de gran elevación y
magnífico aspecto. Á ambos lados de su arco existían cuatro colosales y
estriadas columnas, que descansaban en sólidos pedestales y sostenían
una gran cornisa, en la que se hallaba un balcón espacioso y de largas
dimensiones; rematando el monumento en un ático triangular, adornado de
estatuas de regular tamaño y vistosas pirámides hábilmente labradas.

Bajo la cornisa del balcón existía una lápida, cuya inscripción latina
decía lo siguiente, según la traducción de un escritor muy versado en
las antigüedades de nuestra ciudad:

«_Siendo poderosísimo rey de las Españas y de nuestras provincias por la
parte del orbe Felipe II, el amplísimo Regimiento de Sevilla juzgó deber
ser adornada esta puerta nueva de Triana, puesta en nuevo sitio,
favoreciendo la obra y asistiendo á su perfección D. Juan Hurtado de
Mendoza y Guzmán, Conde de Orgaz, superior vigilantísimo en la misma
floreciente ciudad en el año de la salud cristiana de 1588._»

En la Puerta que vamos describiendo hallábase el extenso salón llamado
el _Castillo_, donde estaban las celdas que servían de prisión á los
nobles y caballeros de importancia.

Era esta Puerta la que más se adornaba en las festividades públicas, no
se cerraba á ninguna hora de la noche, y por ella entraron los monarcas
Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796; Fernando VII, en 1823, y la reina
Isabel II, en 1862.

Delante del monumento se extendía el espacioso llano donde después se ha
construído la calle Reyes Católicos, y este lugar era sumamente
concurrido por los desocupados, que allí acudían á tomar el sol en
invierno, y á refrescarse en las noches de estío.

Cerca del arco de la puerta se encontraba á principios del siglo, en un
hueco de la pared, el célebre cafetín llamado de _Julio César_, donde se
reunían los rateros y truhanes que mejor cobraban el barato y tenían
siempre cuentas pendientes con la justicia.

En los días de toros el aspecto de los alrededores de la puerta de
Triana era en extremo alegre y animado, pues por debajo de aquel arco
pasaban las _manolas_, vestidas con ricos trajes; los majos, de
redecilla y castoreño, y los calesines, tirados por fogosas jacas,
adornadas de borlas, campanillas y cascabeles.

En la calle de San Pablo estaban entonces muchas de las posadas y
mesones que existían en Sevilla, y por esto veíanse reunidos siempre
junto á la puerta de Triana pintorescos grupos, formados por los hijos
de las distintas provincias, que llegaban á nuestra capital á vender los
productos de sus pueblos y á realizar multitud de tráficos y negocios
más ó menos importantes.

Cerca de la Puerta existían dos fuentes, una de las cuales se conserva
todavía, aunque muy variada, y que se construyó el año 1816 por el
asistente de la ciudad D. Francisco Laborda y Pleyler.

Entre los recuerdos históricos que iban unidos á esta notable puerta
sólo mencionaremos dos de no poca importancia. En Mayo de 1808 fué
arcabuceado en ella por las turbas populares el Conde del Águila, y en
Junio de 1823 el valiente López Baño penetró por ella después de haber
derribado á cañonazos sus hojas.

El soberbio monumento á que hemos dedicado estas líneas fué derribado en
1869, sin que bastaran á impedir su destrucción ni lo magnífico de la
obra ni los recuerdos históricos que en sí tenía.



LIV

EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO

     «El convento casa grande de San Francisco, reputado como uno de los
     templos más notables de España.»

     J. GUICHOT.


Uno de los mejores y más amplios edificios que las Órdenes religiosas
tenían en Sevilla era el convento de San Francisco, al que el vulgo daba
el nombre de _Casa grande_, y que ocupaba todo el terreno donde hoy
existe la plaza de San Fernando y varias de las calles que en ella
desembocan.

La iglesia del Convento era verdaderamente notable por su arquitectura;
sólo tenía una nave, pero de grandeza y capacidad; en sus paredes había
lienzos debidos á los más reputados maestros sevillanos; en sus altares
primorosas esculturas de Montañés, Roldán, Cornejo, Hita del Castillo y
Monler; y encerraba además el templo muchas riquezas en telas, joyas y
objetos del culto.

Tenía aquél su entrada por el arco que hace esquina á la calle Tintores,
y de él se pasaba al compás, donde existía la capilla de San Antonio de
los Portugueses.

En el convento de San Francisco existían gran número de buenas capillas,
y en ellas se encontraban establecidas las hermandades siguientes: la de
_San Luis de Francia_, la de _San Eligio_, la de _La Palma de los
Vizcaínos_, la de _Nuestra Señora de los Reyes y San Mateo_, la del
_Calvario_, la de _Nuestra Señora de Belén_, la de _San Antonio de los
Castellanos_, la de _Ánimas_, la de _Santiago_, la de la _Vera-Cruz_, la
de _Nuestra Señora del Rescate_, y por último la muy famosa del _Pecado
mortal_.

Poseía el Convento hermosos y alegres patios, con fuentes de abundante
agua, que le concedió el rey D. Enrique _el Doliente_; amplias galerías
con bellos artesonados; salones capaces para reunir gran número de
personas; multitud de celdas y dependencias, y una extensa huerta,
objeto de muchos cuidados, en la cual había toda clase de flores y
variados frutos, y en la que los regulares pasaban ratos muy deliciosos.

En los días tranquilos y transparentes del invierno y en las poéticas
tardes de primavera, ¡con cuánto sosiego verían los religiosos
deslizarse las horas en aquella huerta, lejos de los ruidos del mundo, y
escuchando sólo el alegre canto de las aves, el murmullo de las aguas ó
el manso ruido de las hojas mecidas suavemente por la brisa!...

El convento de San Francisco debió su fundación al rey D. Fernando III,
que lo cedió á los religiosos de la Orden que con él vinieron á la
conquista de Sevilla.

Ignórase cual sería el lugar primitivo donde se estableció, pero se sabe
con certeza que en el año 1268 D. Alfonso _el Sabio_ hizo que los
franciscanos se trasladasen á un palacio de su propiedad, el cual no es
otro que el edificio de que nos vamos ocupando.

D. Pedro _el Justiciero_ costeó algunas importantes obras en la casa,
haciendo que ésta se ampliase y dispusiera de mayores comodidades.

Los monarcas D. Enrique III y D. Juan II no escasearon sus mercedes al
convento de San Francisco, haciendo que éste fuera el mejor y más amplio
entre los innumerables que tenía la ciudad.

Durante el siglo XV se efectuaron obras de bastante importancia en el
edificio, y en 1650, habiéndose derrumbado buena parte de los techos,
construyéronse éstos nuevamente, así como varias capillas y altares.

Nada ocurrió en el Convento digno de ser mencionado durante el pasado
siglo, ó al menos hasta nosotros no ha llegado la noticia de ningún
hecho que merezca consignarse en estos apuntes; pero en 1810 sobrevino
una catástrofe que produjo la indignación de todos por las
circunstancias que en ella se pudieron notar.

Cuando los franceses entraron en Sevilla alojóse en la _Casa grande_ un
regimiento de línea, y en la madrugada del día 1.º de Noviembre se
declaró de pronto un voraz incendio, que destruyó en pocas horas todo
aquel inmenso edificio, quedando únicamente la iglesia y los muros
exteriores.

Los franceses nada hicieron por apagar el fuego; y como quiera que al
instante de iniciarse éste los invasores pusieron á salvo sus equipos y
demás utensilios, huyendo luego del lugar del siniestro, creyóse con
razón bastante fundada que el hecho distó mucho de ser casual.

En 1813 se abrió de nuevo al culto la iglesia, comenzando las obras de
reconstrucción del Convento en 1815, las cuales se siguieron muy
lentamente, trascurriendo años sin adelantar gran cosa, y sin que
pudiera acabarse más que un patio y algunas galerías y celdas.

Llegó la exclaustración en 1835, y entonces se suspendieron para siempre
los trabajos, la iglesia quedó separada del resto del edificio, y éste
sirvió largo tiempo para cuartel de los milicianos de la ciudad.

Iglesia y cuartel desaparecieron más tarde, y en Febrero del año 1850 se
colocó en aquellos lugares la primera piedra para edificar la hermosa
plaza de San Fernando.



LV

LOS ROSALES DE MAÑARA

     «Rosales que, cuando al soplo de los céfiros gemían, para Mañara
     decían tenues frases de dolor: cada rosal recordaba tristemente á
     su memoria amarga y llorada historia de algún pecado de amor.»

     CANO Y CUETO.


Buscando asunto para escribir uno de nuestros trabajos, hemos dado con
un detalle curioso, que quizá pase inadvertido para muchos de los que
visitan el edificio de la Caridad, situado desde su fundación en el
lugar que hoy ocupa, próximo á la orilla del río, y á la izquierda de la
antigua y casi derruída torre de la Plata.

Conocidas y apreciadas son de todos las muchas riquezas artísticas que
este hospital y su capilla encierran; los cuadros inimitables de Murillo
y Valdés que adornan sus paredes; las esculturas de Roldán, Simón y
Ramos que se hallan en sus altares; los objetos de culto que se guardan
en su sacristía; los muchos varones notables que allí están enterrados;
y, por último, conocidos son también los laudables y caritativos
servicios que á diario presta esta benéfica institución, cuyas reglas se
aprobaron en 1578, siendo más tarde reformadas por aquel caballero
sevillano, D. Miguel de Mañara, que después de una juventud tormentosa
se retiró á una vida consagrada á hacer el bien de los pobres y á
socorrer á los desvalidos.

El edificio de la Caridad es uno de los que en Sevilla conservan más
carácter de otros tiempos, y su iglesia, sus galerías y patios puede
decirse que apenas han sufrido alteración alguna desde la muerte del
fundador, ocurrida en el mes de Mayo del año 1679.

Á la terminación del corredor de uno de los patios existe un jardín, en
el cual suele llamar la atención del que visita por primera vez la casa
un espeso muro, sobre el que alzan sus ramas ocho rosales, cuyas flores,
que son muchas en primavera, embalsaman el aire puro que allí se
respira.

Encuéntrase en el citado muro una pequeña lápida, y en ella puede leerse
la siguiente inscripción:

«_Ocho plantas de rosal con sus macetas, traídas á esta santa casa por
el ilustre fundador, el venerable siervo de Dios D. Miguel de Mañara
Vicentelo de Leca, Caballero de la orden de Calatrava, en 1674,
conservadas en todo su vigor, y dando fruto todos los años en su propia
fuerza, como resulta del reconocimiento judicial que en 1749 se hizo de
ellos por los jueces del proceso informativo (folios 1292 á 1297) y
permanecieron hasta el día en el mismo estado. Se colocaron en este
lugar el año 1802._»

Estos ocho rosales tienen una agradable vista, y á pesar del tiempo
trascurrido desde que se plantaron llaman actualmente la atención por su
lozanía, más aún que la llamaban cuando se colocó á principios del siglo
presente la lápida que acabamos de copiar.

Sevilla, que tantas y tantas tradiciones cuenta, no podía dejar de tener
algunas sobre estos rosales, y no solamente tiene una, sino varias; pero
nosotros nos limitaremos á relatar la más admitida, según hasta nuestros
oidos ha llegado.

Cuéntase que, después de fundado el hospital de la Caridad, D. Miguel de
Mañara, que acostumbraba á pasarse la mayor parte del día ejerciendo
obras meritorias, cuidando del buen orden y gobierno de la casa y
recogiendo limosnas para los enfermos, se entregaba varios ratos en su
celda á profundas meditaciones y fervorosos rezos, así como á la lectura
de libros piadosos que fortalecieran su espíritu y alejaran su
imaginación de toda idea pecaminosa.

Á veces, sin embargo, acudían á la mente del caballero algunos recuerdos
de sus años juveniles, cuando era su existencia nada pacífica ni
sosegada, cuando seguía con empeño galantes aventuras, y cuando llevaba
á efecto, en compañía de alegres camaradas, tantas empresas en las que
ponía á prueba su valor, su travesura ó su agudo ingenio.

Entre los recuerdos del pasado borrascoso alzábanse en la mente de D.
Miguel las figuras de varias mujeres á quienes había amado, y á las
cuales, por haberle quizá correspondido en demasía, había hecho derramar
muchas lágrimas.

Estas sombras que llegaban á turbar las meditaciones del entonces
piadoso caballero acongojaron más de una vez su espíritu; y cierta noche
en que vagaba por el jardín del hospital, sentóse en un banco, y
habiéndole acometido profundo sueño, vió en él á ocho damas cuyos
rostros guardaban perfecta semejanza con otras tantas que había
galanteado, y las cuales traían en las manos ocho rosas, que regaban con
el llanto que de sus ojos caía.

Se dice que en memoria de aquel sueño, y á manera de homenaje á las
infelices amadas del caballero, plantó éste en el jardín los ocho
rosales que aún se conservan, y los cuales cuidaba en vida don Miguel
con solícito esmero, pues diariamente cortaba sus hojas, arreglaba sus
ramas, poníalos al sol cuando lo habían de menester, y los regaba, sin
que consintiera nunca que nadie, sinó él, llevase á cabo estas
operaciones.

Después de muerto Mañara, la hermandad de la Caridad siguió cuidando
aquellas flores á que tanto cariño tuvo el fundador; y cuentan también
las tradiciones que en las noches de estío veíanse por el jardín ocho
sombras vestidas con blancos trajes, sueltos los cabellos y con los
rostros pálidos, que permanecían hasta el amanecer velando aquellos
ocho rosales, cada uno de los cuales representaba á una de las amadas
del caballero.

Como ya hemos dicho más arriba, á principios de siglo las macetas fueron
trasladadas al lugar que hoy ocupan, y donde puede aún verlas el que por
primera vez visite el hospital de la Caridad.



LVI

EL TORREÓN DEL DUENDE

     «De vetustas raíces carcomidos, pálidos cual los restos de un
     osario que brotan de las piedras desunidas en las terrazas, donde
     nace á trechos el enebro lozano y espinoso...»

     R. BLANCO ASENJO.


No lejos de la puerta llamada de la Macarena, única que aún se conserva
de las quince que tuvo Sevilla, hacia la mitad del trozo de muralla
romana que existe al Levante, se alza un torreón acerca del cual corrían
en boca del ignorante vulgo las más absurdas y fantásticas narraciones.

Era el torreón de elevada altura y de sólida construcción: en sus cuatro
lienzos veíanse pequeñas ventanas con gruesos hierros; en lo alto se
elevaban cuatro filas de almenas dentadas, y al pie crecían gigantescas
ortigas, malvas silvestres y campanillas blancas, cuyas matas subían por
el muro negruzco y toscamente labrado.

Esta mole de piedra, hoy casi destruída y olvidada, mirábanla con miedo
todos los habitantes del barrio de la Macarena, y ninguno, por jaque y
valentón que fuese, se atrevía á pasar de noche por el torreón, donde
era ya sabido que el diablo _Rascarrabias_ tenía su guarida.

El habitar allí el tal diablazo tenía también su razón, pues parece que
dentro de aquellos muros falleció al poco tiempo de la reconquista un
judío avaro y enemigo de Dios, el cual tomó tanta confianza con Lucifer
mismo, que le pidió un delegado suyo para que le acompañase en los ratos
de ocio, y el rey de los infiernos mandóle á _Rascarrabias_, que después
de estar mucho tiempo con el judío, cuando murió éste, quedó en el
torreón guardando su cadáver años y años.

Á mediados del siglo XVI parece que _Rascarrabias_ se cansó de estar
allí aburrido y sin hacer nada de provecho para su monarca, y huyó no se
sabe adónde, sin que se tuvieran más noticias de su vida y milagros.

Pero cuando las gentes sencillas se felicitaban por la ausencia del
endiablado vecino, apareció de pronto en el torreón el _duende
Narilargo_, el cual todas las noches, al dar las doce en el reloj de la
Catedral, salía á pasearse por la muralla envuelto en un amplio capuchón
negro, llevando en la cabeza una corona que despedía siniestros
fulgores, y lanzando al aire profundos y lastimeros ayes, que hacían
estremecer á las viejas y á los muchachos.

Contábanse de _Narilargo_ cosas estupendas y nunca oídas, y á él se le
achacaban todas las desgracias que en el populoso barrio ocurrían, sin
que fueran suficientes á atemorizarlo, ni los rezos, ni los votos, ni
los exorcismos. El _duende_ tomó cariño al torreón, y era imposible
arrojarle de él; pues en cierta ocasión en que la ronda, acompañada de
algunos frailes del próximo convento de la Trinidad, intentó escalar el
muro y sorprenderle en su guarida, cayó sobre ella tal chaparrón de
piedras y guijarros, que obligó á los ministros de la justicia á
desistir de su atrevida empresa.

En las noches sombrías y tempestuosas del crudo invierno, entre el ruido
monótono del aguacero y los silbidos del huracán furioso, salían del
torreón músicas extrañas, gritos de dolor, cantos ininteligibles, y las
estrechas ventanas se iluminaban con luces rojas que parecían enormes
pupilas de fuego, y de ellas se escapaba espeso humo, que flotaba sobre
aquellos lugares durante mucho tiempo.

Cerca de dos siglos vivió el _duende_ en el torreón, sin que nadie le
molestase, y desapareció un día como _Rascarrabias_, después de haber
sido el terror de muchas gentes y de haber prestado grandes servicios á
los contrabandistas, de quienes parece que _Narilargo_ fué muy gran
amigo.

Borróse poco á poco de la memoria de los macarenos el recuerdo de su
antiguo huésped. La acción destructora del tiempo grieteó aquellos
muros, rompió las almenas, hundió los sólidos techos, desfiguró las
ventanas, y hoy día el antiquísimo torreón del _duende_ se encuentra
abandonado y derruído, sin que nadie de los que cerca de él pasan tenga
conocimiento de quiénes fueron sus antiguos moradores.

Si, como está proyectado, se llevara á cabo algún día la restauración de
las murallas romanas de la Macarena, la antigua residencia de
_Rascarrabias_ y _Narilargo_ tomaría mejor aspecto, librándose de
desaparecer por completo, como puede suceder al seguir en su actual
estado de abandono.



LVII

UNA COFRADÍA

     «Es tanto el mérito y perfección de la efigie de S. Juan
     Evangelista, que no puede describirse.»

     J. BERMEJO.


Las muchas cofradías que durante la Semana Santa hacen estación á la
Catedral gozan de gran fama desde muy antiguo por el lujo de sus
_pasos_, por la riqueza de sus insignias y por el mérito artístico de
las esculturas que ostentan á la pública devoción. En nuestros días una
de las hermandades que más llaman la atención de los viajeros que por
esta época del año visitan á Sevilla es la del _Cristo del Silencio_ y
la _Virgen de la Amargura_, establecida en la parroquia de San Juan
Bautista, y que sale en procesión la tarde del Domingo de Ramos.

La historia de esta Cofradía, que cuenta cerca de tres siglos de
existencia, quizá pueda tener algún interés para nuestros lectores; y en
esta creencia vamos á permitirnos dedicarle algunas líneas en los
apuntes que vamos reuniendo sobre Sevilla.

Algunos vecinos del barrio de San Julián organizaron á fines del siglo
XVII una hermandad en dicha iglesia, y después de no pocos trabajos,
consiguieron en la Semana Santa de 1699 salir en procesión, llevando
prestada la imagen de la Virgen de las Angustias, y la estatua de Jesús
que el escultor Pedro Roldán había construído hacía el 1680, á su
regreso del viaje que hizo á Jaén para concluir la portada de aquella
Catedral.

En los años siguientes al 1699 hizo también estación la Cofradía de que
nos vamos ocupando, aunque de manera bien modesta, pues los escasos
recursos de que la hermandad podía disponer no permitían otra cosa.

En 1718 se trasladó la hermandad á San Juan Bautista, colocando las
imágenes que ya poseía en una capilla, reformando los _pasos_ y
costeando un nuevo manto á la Virgen.

Por aquella época los escultores Pedro Duque Cornejo y Benito Hita del
Castillo construyeron las figuras que se ostentan en el _paso_ del
_Cristo del Silencio_, y el segundo de estos artistas hizo también el
San Juan que acompaña á la Virgen de la Amargura, y que es sin duda la
obra mejor y más acabada que su cincel produjo.

Desde el año 1783 hasta el 1788 salió la Cofradía unas veces el Jueves
Santo y otras el Domingo de Ramos; pero al poco tiempo, disgustos que
surgieron entre los individuos de la hermandad, hicieron que ésta cayese
en la mayor decadencia, no volviendo á hacer estación hasta el año
1808.

Nuevamente quedó casi disuelta la Cofradía, y así permaneció más de
veinte años, hasta que algunos jóvenes, por iniciativa de D. Fernando
Espinosa, Conde del Águila, se propusieron restablecerla, haciendo
estación en 1829 con el mayor lucimiento.

Los nazarenos de esta Cofradía fueron los primeros que usaron túnicas
blancas, estrenándolas en 1830. Desde esta fecha pocos son los años en
que ha dejado de salir, unas veces el Domingo de Ramos y otras el Martes
ó Miércoles Santos.

La hermandad, que cuenta hoy con fondos regulares, ha introducido en los
_pasos_ é insignias algunas reformas, costeando un rico manto á la
Virgen de la Amargura y unas andas nuevas al _paso_ del Cristo.

Éste es de largas dimensiones, y en su peana se ven prolijos adornos
dorados y algunos medallones de cierto mérito. Sobre ella aparece la
estatua de Jesús, vestido con blanca túnica y amarradas las manos con
cordones de plata, cuyas puntas sostienen dos soldados romanos, que
ejecutó Duque Cornejo, y que son muy inferiores á los otros dos que van
detrás, hechos por Hita del Castillo. Aunque los trajes y armas de estas
figuras contienen grandes anacronismos, la actitud de ambos y la
expresión que supo darles el artista merecen el mayor elogio.

En último término se levantaba un dosel, no de muy buen gusto, bajo el
que está sentado el Monarca de Judea, vestido con un traje que nada
tiene de adecuado, y sí mucho de impropio.

Va en el segundo _paso_ la Virgen de la Amargura, acompañada de San
Juan, que como ya dijimos es la estatua más notable que construyó Hita
del Castillo.

En la Semana Santa de 1893 ocurrió á esta Cofradía un accidente en
verdad desgraciado. Al llegar el segundo _paso_ ante la fachada del
Ayuntamiento, una de las velas prendió fuego al traje de la Virgen, y á
los pocos minutos las figuras se vieron envueltas en una gigantesca
llama, que amenazaba destruir todo aquel conjunto. Rápidamente acudieron
los hermanos á extinguir el fuego, que después de no poco trabajo fué
sofocado, padeciendo las imágenes algunos desperfectos, que después han
sido reparados.

La cofradía del _Cristo del Silencio_ es hoy de las que con más lujo y
ostentación se presentan, y la que con más afán acude á ver el público,
por ser la primera que sale en Semana Santa.



LVIII

LA BEATA DOLORES

     «Pero como todos los extremos son viciosos... huyendo del Infierno
     de la incredulidad, cayeron en el Limbo de la candidez.»

     A. FLORES.


Hacia la derecha del prado de San Sebastián, y frente de la amplia
glorieta que hoy se extiende á la entrada del _Parque de María Luisa_,
estuvo situado durante algunos siglos el famoso _Quemadero_ de la
Inquisición, donde perecieron no pocas víctimas.

Levantóse esta construcción en los últimos años del siglo XV, y fué
destruída por completo en 1809, al acercarse á Sevilla las tropas
francesas. Componía la fábrica, según escribe el señor Palomo, «una mesa
cuadrada como de veinte varas de altura, cóncava en el centro, donde se
encendía la hoguera; y en los ángulos había cuatro columnas de diez pies
de alto empotradas en postes de ladrillo, y puestas sobre ellas otras
tantas grandes estatuas de barro cocido, de notable mérito artístico,
afianzadas con un espigón de hierro.»

Ignoramos quiénes serían los primeros desgraciados que allí sacrificó el
Tribunal, aunque algunos autores dicen que fué el arquitecto que dirigió
la obra; mas como han llegado hasta nosotros diversos datos sobre la
última víctima que pereció en el _Quemadero_, vamos á contar á nuestros
lectores el suceso, ocurrido en 1781, y del cual existen diversas
relaciones manuscritas é impresas.

Vivía en la capital de Andalucía, después de mediar el pasado siglo, una
mujer extravagante y alucinada, hija del pueblo y no muy favorecida por
la naturaleza en dotes físicas, la cual andaba siempre por las iglesias
y conventos asediando á los párrocos y á los frailes, á quienes trataba
de embaucar con los más absurdos cuentos y los más ridículas
narraciones, pretendiendo hacerles creer que tenía un ángel que le
aconsejaba todos sus actos, y que se le aparecían con frecuencia S.
José, S. Agustín, S. Juan Nepomuceno y otros santos, que estaban de
continuo instándole á cometer los actos más absurdos que es dado
imaginar. Llamábase ésta María de los Dolores López, conocida por la
_Beata Dolores_; y aunque se decía que había quedado ciega desde la edad
de doce años, aseguraban muchos testigos haberla visto coser y bordar
con primor, subir escaleras con las manos ocupadas, y dar minuciosas
señas de algunas personas como si las hubiese tenido ante sus ojos.

Largos años estuvo esta mujer entregada á los más lamentables extravíos:
hemos tenido ocasión de leer un extracto de su proceso, y renunciamos á
describir las acusaciones que se le hacían, pues por ellas se saca la
gran inmoralidad en que vivía y los repugnantes vicios á que de continuo
se entregaba. Bástele á nuestros lectores saber que, según se dice en el
extracto citado, _María de los Dolores_ «corrompió á una beata, con
quien tuvo entretenimientos poco honestos», sedujo á su confesor, con
quien vivió más de doce años, á pesar de que él la rechazaba de
continuo, aseguraba que tenía continuos éxtasis, y decía con la mayor
frescura las más graves blasfemias y espantosas herejías.

Presa en las cárceles de la Inquisición estuvo largo tiempo, sin que
pudiera sacarla de sus errores ninguno de los religiosos que de continuo
la visitaban, entre los cuales se contó el célebre Fr. Diego de Cádiz,
quien, no pudiendo conseguir de ella la menor frase de arrepentimiento,
se despidió de los inquisidores diciendo «que trabajar con ella era
gastar el tiempo en vano; que él no tenía corazón para ver tanta dureza
y ceguedad, y que tan lejos estaba de poderla convertir, que podía temer
que ella lo pervirtiese.»

Terminado el proceso por los señores del Santo Oficio, se la condenó á
muerte por _hereje formal_, _apóstata_, _iludente_, _ilusa_,
_revocante_, _pertinaz_, _impenitente_ y _fingidora_, señalándose para
el día 24 de Agosto de 1781 la ejecución de la sentencia.

Cuarenta y cinco años hacía que no se presenciaba en Sevilla un auto de
fe, y al anuncio de éste se notó gran animación en la ciudad, viniendo
á ella para presenciar el triste espectáculo multitud de gentes de los
pueblos de los alrededores.

En las primeras horas del día 24 salió de las mazmorras la ciega, á
quien montaron en un borriquillo, vistiéndola con su coroza de llamas y
trajes talares.

En el castillo de Triana se formó la comitiva que había de acompañar á
la reo en su último viaje, y que estaba compuesta del clero de Santa
Ana, de los familiares de la Inquisición y de unos cuantos frailes que,
con hachas encendidas, iban rezando en voz alta.

Hallábanse en la iglesia de San Pablo los individuos del Santo Oficio,
muy graves y muy cejijuntos, sentados bajo un rico dosel, y con ellos
estaban en lugares determinados el Asistente de la ciudad, el Alguacil
Mayor, el Alcalde de las cárceles secretas, los Comisarios y muchos
dependientes de la Inquisión, y padres de distintas órdenes.

Leído el voluminoso proceso, y la sentencia, por los secretarios, se
entregó la reo á la justicia ordinaria, sacándola del templo, donde
continuó la misa, y conduciéndola á la plaza de San Francisco, en cuyo
punto, al oir que la pena que se le imponía era la de ser quemada viva,
se arrojó al suelo presa de la mayor desesperación, dando terribles
gritos y llorando del modo más amargo. Entonces los frailes, creyendo
que se convertía, la volvieron á la cárcel, donde confesó y practicó
cuantos actos religiosos pidieron de ella, siendo llevada por la tarde
al _Quemadero_ con toda la solemnidad que se acostumbraba en tales
actos.

Dolores López murió á las cinco de la tarde á manos del verdugo, que la
agarrotó, y su cadáver arrojóse á la hoguera que estaba preparada, y que
consumió bien pronto su cuerpo extenuado y débil.

La desdichada _Beata_ fué la última víctima sacrificada en el
_Quemadero_, y su memoria se conservó largos años entre el pueblo de
Sevilla, que había sido testigo de sus absurdas inmoralidades y
patrañas.



LIX

VIAJE REGIO

     «Rey que, olvidando su raza, por razón que no penetro, ha trocado
     su real cetro por la escopeta de caza.»

     J. PICÓN.


Muchas veces los jefes de la nación han visitado nuestra ciudad, y
siempre han salido altamente satisfechos de las muestras de respecto y
cariño que el pueblo de Sevilla espontáneamente les ha dado; pero en
pocas ocasiones el júbilo popular ha llegado á tanto como llegó en 1796,
cuando por primera vez vino Carlos IV, acompañado de su esposa y la real
familia, á cumplir el voto hecho á San Fernando por la salud del
Príncipe de Asturias.

Desde que se supieron las primeras noticias del viaje el Ayuntamiento
comenzó á disponer el ornato público con gran lujo, llevando á cabo
muchas obras de importancia, restaurando algunos edificios, limpiando
calles y plazuelas, tomando multitud de disposiciones para que todo
estuviese al corriente, y excitando, por último, por medio de bandos el
celo del vecindario á fin de que se hiciera á Sus Majestades un digno
recibimiento.

Tuvo lugar la entrada de los Reyes en la mañana del 18 de Febrero,
presentando aquel día la ciudad el aspecto de las grandes solemnidades.
La carrera que iba á llevar la comitiva estaba engalanada con el mayor
lujo, ostentando las casas ricas colgaduras y adornos; en varios puntos
se habían levantado grandes arcos de follaje; el gentío era inmenso por
las calles, y lo dulce y sereno del tiempo contribuía á dar vida y
esplendor á aquellos animados cuadros.

Cuando los alegres repiques de la _Giralda_ anunciaron que el coche real
estaba próximo, la muchedumbre agitóse presa de curiosidad y
satisfacción.

En un coche iban Carlos IV, María Luisa y el Príncipe de Asturias; iba
en otro el infante D. Antonio, y seguían en distintos vehículos las
Infantas, las damas de honor, el Príncipe de la Paz, los Consejeros y la
alta servidumbre de palacio, escoltando la comitiva los guardias
españoles y walonas, los guardias de Corps y una sección de Alabarderos.

La regia comitiva, que desde el Ronquillo venía acompañada de comisiones
del Ayuntamiento, de la Maestranza y de la Sociedad de Medicina, llegó
al barrio de Triana, donde aguardaban á Sus Majestades, el Asistente,
conde de Fuente-Blanca, y los caballeros Veinticuatros, rodeados de
músicos, maceros y gran número de criados vestidos con ricas libreas.

Cruzó la comitiva las calles de Triana, y, pasado el puente de barcas,
siguió por las calles San Pablo, Ángel, Cerrajería, Sierpes, plaza de
San Francisco, Génova y Gradas, penetrando en el Alcázar, donde se
celebró el besamanos.

Tanto á Carlos IV como á su esposa les agradó mucho el aspecto de la
ciudad, y aquella tarde salieron en carruaje á pasear por la orilla del
río, donde Sus Majestades fueron objeto de las mayores pruebas de
adhesión por parte de todos los que habían acudido al paseo.

Concurrieron el día siguiente los Monarcas á la Catedral con el Príncipe
de Asturias, á quien sus padres colocaron cerca de la urna que guarda
los restos de D. Fernando III; y allí, después de orar largo rato, y
cumplido el voto, examinaron los Reyes y las personas que les
acompañaban las capillas de la basílica, examinando las joyas que allí
se conservan y los cuadros, esculturas y demás objetos del culto, que
son la admiración de cuantos los conocen.

Durante los días siguientes se organizaron muchos y diversos festejos,
cuya enumeración resultaría prolija si fuésemos á relatarlos utilizando
los detalles que tenemos á la vista, y que bien pueden dar materiales
para un curioso y largo trabajo.

En el teatro hubo funciones de gala, en la plaza de toros corridas por
mañana y tarde, bailes de etiqueta en la Lonja, juegos de artificio en
el prado de San Sebastián, y la Universidad Literaria dispuso una
mascarada lucidísima, y compuesta de gran número de personas, que
visitó el palacio, presentándose también ante el Cabildo Catedral y el
Ayuntamiento.

El Rey, siguiendo sus aficiones, asistió á varias cacerías en Gerena y
Santiponce, solazándose también con la pesca en San Juan de Aznalfarache
y visitando en los días 24, 25 y 26 de Febrero el monasterio de la
Cartuja, la Fundición de Cañones y la Maestranza de Artillería.

Para el día 27 se dispuso la marcha de la real familia, como así se
verificó, con toda la pompa y solemnidad del caso, haciendo el pueblo de
Sevilla á los Monarcas una despedida tan cariñosa como lo fué el
recibimiento.

Complacidísimo debió quedar el débil Carlos IV de su viaje á nuestra
población; y cuenta Matute en sus _Anales_ que el bueno del Rey decía en
la mesa muchas tardes antes de despedirse.

--¡Oh! ¡quién pudiera quedarse aquí siempre!

En el rico Archivo Municipal de Sevilla existen gran número de papeles
relativos á aquel viaje regio, del cual también conocemos dos relaciones
impresas por demás curiosas.



LX

BIBLIOTECA COLOMBINA

     «Incalculables son las riquezas que allí existen en impresos y
     manuscritos.»

     T. SANZ.


Diferentes bibliotecas existen en Sevilla; pero la más notable de todas,
y quizá una de las mejores de Europa, es la biblioteca llamada
_Colombina_ por haber sido fundada por D. Hernando Colón, hijo del gran
Almirante descubridor del Nuevo Mundo.

Conocidas son las altas cualidades que D. Hernando poseía, y su decidida
afición á las artes y á las letras, de las cuales fué siempre protector
entusiasta. Gastó este hombre ilustre un capital bastante crecido en
adquirir ediciones raras y curiosas y volúmenes escritos en todas las
lenguas, llegando á reunir una selecta y numerosa biblioteca, que
ocupaba más de dos amplios salones en su casa, situada en el barrio de
San Vicente, de la que sólo se conserva hoy uno de los árboles que en su
extensa huerta tenía.

Murió D. Hernando Colón el 12 de Julio de 1539, y en su testamento
legaba los quince mil trescientos volúmenes (muchos de los cuales se han
perdido) que había reunido en su librería á su sobrino D. Luis, con la
precisa condición de gastar cada año una cantidad de las rentas en la
compra de obras con que aumentar la biblioteca.

No habiéndose D. Luis presentado á recoger la inestimable herencia de su
tío, y estando todos los volúmenes depositados en una sala del convento
de San Pablo, ordenó la Chancillería de Granada que aquéllos pasasen á
poder del Cabildo Catedral, que, según el testamento de D. Hernando, era
también llamado á poseerlos.

Instalóse, pues, la _Biblioteca Colombina_ en el lugar que hoy ocupa
hacia el año 1553, según dice un autor, y en ella se juntaron también
los volúmenes, bastante crecidos en número por cierto, que desde remota
fecha poseía el Cabildo.

Largos años trascurrieron, durante los cuales se fué enriqueciendo cada
vez más esta Biblioteca con la adquisición de nuevas é importantísimas
obras, donadas unas por particulares y otras por corporaciones amantes
de fomentar la afición á la buena lectura, sin que por esto dejara de
adquirir muchas el Cabildo, según los recursos pecuniarios lo permitían.

En 1852 se amplió la Biblioteca notablemente, instalóse en ella una
hermosa estantería, que costeó la reina D.ª Isabel II, y al poco tiempo
los señores Duques de Montpensier hicieron importantes donaciones,
costeando también otra magnífica estantería.

En las tres galerías de que consta la biblioteca _Colombina_ existe una
colección de retratos de andaluces ilustres, otra de hijos célebres de
Sevilla, y la última de los arzobispos que ha tenido nuestra ciudad.

Allí se conserva también una espada falsamente atribuída á Fernán
González, varios libros de Colón anotados y escritos por el Almirante,
un lienzo de Murillo que representa á S. Fernando, y un retrato del
descubridor del Nuevo Mundo, que regaló el rey de Francia Luis XVII.

En la _Colombina_ existen, según datos que publicó D. Joaquín Guichot,
más de 30.000 volúmenes y 1.600 manuscritos, entre los que se
encuentran: una copia del libro del _Tesoro_, el _Misal del Cardenal
Mendoza_, una _Biblia_ de Pedro Pamplona y un ejemplar de la _Divina
Comedia_, que pertenece á la misma época en que vivió su autor.

Imposible es dar una lista, por breve que sea, de las curiosidades
bibliográficas y de las obras raras que posee la _Colombina_, la cual es
visitada por los extranjeros con verdadera admiración. Sobre la puerta
que da paso á la Biblioteca existe una lápida de mármol blanco, en cuya
inscripción se lee lo siguiente:

«Memoria de D. Fernando Colón, hijo de don Cristóbal Colón, primer
almirante que descubrió las Indias, que siendo de edad de 50 años, 10
meses y 27 días, y habiendo trabajado lo que pudo por el aumento de las
letras, falleció en 12 días del mes de Julio de 1539 años, después del
fallecimiento de su padre. Rogad á Dios por ellos.»

Recientemente se han publicado dos gruesos volúmenes del _Catálogo_ de
los libros que pertenecieron á D. Hernando Colón y que se conservan en
la Biblioteca: trabajo por demás notable y que, una vez concluído, dará
idea de lo que serían los tesoros bibliográficos reunidos por el hijo
del descubridor del Nuevo Mundo.



LXI

EL SEÑOR DEL GRAN PODER

     «Talento, relaciones, actividad, valor, astucia, voluntad
     inflexible, perseverancia, odio sin piedad y orgullo sin
     transacciones, hacían al señor Bruna uno de esos hombres... que en
     último resultado saben sepultarse entre las ruinas por aplastar á
     sus enemigos.»

     VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.


Con este nombre era conocido en Sevilla, desde mediados del pasado
siglo, entre la gente burlona y maleante el Excmo. Sr. D. Francisco
Bruna y Ahumada, persona de rancia nobleza, alta posición, buen capital,
y protector decidido de las bellas artes.

Fué Bruna caballero de la orden de Calatrava, Regente de la Audiencia en
trece ocasiones, Oidor de la misma desde la edad de veinticinco años,
Decano desde 1767, Consejero de Estado, Administrador de los regios
Alcázares y Patrimonio de la Corona y Director de la Escuela de Nobles
Artes, desempeñando todos estos cargos de manera que demostró en ellos
las altas cualidades que poseía.

La influencia y prestigio que entre lo más escogido de la sociedad
gozaba Bruna, y algunos rasgos de su carácter un tanto original y
orgulloso, dieron motivo á que le llamasen _El Señor del Gran Poder_.

Entre los hombres que más han contribuído al mejoramiento moral y
material de nuestra población figura Bruna en lugar preferente, pues á
su iniciativa se debieron no pocos adelantos y progresos hasta entonces
desconocidos.

Sus aficiones artísticas le llevaron á emprender muchos trabajos de
consideración, haciendo que se restauraran antiguos monumentos y sacando
del imperdonable olvido en que yacían sepultados no pocos objetos
arqueológicos, que quizá se hubieran perdido para siempre.

La casa de Bruna, situada en el número 29 de la calle de la Muela,
estaba convertida en un museo de preciosidades históricas, de joyas de
arte y de libros y manuscritos notabilísimos.

D. Leandro de Moratín, en sus _Apuntes de viaje_, escribe lo siguiente,
que da una idea de las riquezas que había reunido Bruna: «Dudo que haya
en España otro particular que posea una librería y un gabinete de
curiosidades más numeroso. Ediciones raras, entre ellas una de los
_Oficios_ de Cicerón, 1466, en Maguncia, imitando la letra manuscrita; y
dice al fin que aquel libro no se escribió con pluma, sinó por medio de
otro arte mucho más bello... Cuatro comedias de Lope de Rueda y varios
coloquios. Manuscritos raros. Ocho mil monedas, entre ellas muchas
góticas de oro... Curiosidades naturales de España y América. Una moneda
del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II, y una sala toda llena de
muebles y pinturas chinescas, etc.»

El erudito viajero D. Antonio Pons elogia también mucho las riquezas que
en su domicilio en el Alcázar había reunido Bruna, y en el mismo sentido
se expresan Croix, Sempere y Guarinos, González de León y otros.

Á la iniciativa de Bruna, unido al Conde del Águila, se debieron las
importantes excavaciones llevadas á cabo en las eras de Santiponce en
1782, y las cuales dieron por resultado que, entre otras preciosidades,
se descubriese un pavimento de mosaico y algunas estatuas de Nerón,
Trajano, Minerva, Adriano y Julio Bruto, que yacían sepultadas bajo
aquellos terrenos donde existió Itálica.

Fué D. Francisco de Bruna hombre de carácter enérgico, aunque pocas
veces descortés, altivo con los superiores, de costumbres pacíficas, de
vida arreglada y sumamente laboriosa, pues atendía con el mayor cuidado
los infinitos cargos y comisiones de interés que á diario le eran
encomendados.

Ceán Bermúdez, Pons, Zeballos, Matute y otros varones ilustres de su
tiempo recibieron señaladísimos favores de Bruna, quien también les
ayudó bastante en las obras que legaron á la posteridad.

Bruna era natural de Granada, donde había nacido en 1719; desde muy
joven se dedicó al estudio de leyes, y, merced á causas que no se saben
con certeza, pudo alcanzar la omnímoda influencia que ejercía en toda la
provincia de Sevilla.

La figura del grave Oidor era popularísima en la capital de Andalucía;
pero las clases inferiores no lo miraban con buenos ojos, y en más de
una ocasión sostuvieron con él rudos pugilatos para humillar la soberbia
que tenía.

Por los años en que el bandido Diego Corriente era el terror de los
campos de Sevilla, púsose por indicación del Regente á precio su cabeza
en diez mil reales, que serían entregados á la persona que presentase al
ladrón vivo ó muerto.

Corriente tuvo la osadía de visitar una noche á Bruna en su despacho, y
encontrándole solo, le amenazó con dos pistolas si no le daba los dos
mil escudos. Amedrentado el Regente, se apresuró á soltar el dinero; y
cuando, repuesto de su asombro, reclamó auxilio, ya el bandido había
logrado escaparse y se encontraba á gran distancia.

Este mismo famoso ladrón encontró cierta tarde en el campo á Bruna, que
venía solo en un coche, de regreso de una hacienda de su propiedad;
acercóse á él, y con las más corteses razones le invitó á que le
abrochase varios botones de los borceguíes que entonces se gastaban,
para humillarlo: no hubo más remedio que obedecer la petición de Diego
Corriente; pero desde aquel día Bruna juró que capturaría al bandido,
gastando considerables sumas en pagar espías y gentes que lo batieran,
pudiendo al fin verse libre de aquel enemigo. Se dice que Corriente fué
indultado por el Rey de la pena capital: pero sabedor de ello Bruna,
mandó al camino un hombre de confianza que entretuviera con cualquier
pretexto al correo que traía el indulto, el cual llegó á Sevilla la
noche del 30 de Mayo de 1781, algunas horas después que el bandido había
dejado de existir.

Cuando la fiebre amarilla de 1800, ocurrió á Bruna un suceso que prueba
su altivo carácter, y que por ser escasamente conocido vamos á
relatarlo.

«Habíanse dado algunos casos en un pueblo inmediato á Sevilla, y
establecióse aquí el cordón sanitario, el cual detuvo á Bruna, que
quería entrar en la ciudad sin ir antes al lazareto como todos iban. Con
este motivo--dice el autor de quien tomamos la noticia--trabóse una
polémica entre Bruna y la Junta de Sanidad, triunfando ésta y obligando
á cumplir las leyes al viejo Oidor, que, mal de su agrado, y con no poca
contrariedad, permaneció algunos días en el lazareto.» El pueblo, que
conocía demasiado la soberbia y el orgullo de Bruna, cuando supo el caso
cantó para mortificarle coplas alusivas, una de las cuales decía:

      «El Señor del Gran Poder
    se ha vuelto de la Humildad;
    este milagro lo ha hecho
    la Junta de Sanidad.»

D. Francisco de Bruna y Ahumada falleció en la mañana del 27 de Abril de
1807, víctima de una pulmonía, celebrándose con gran pompa sus exequias
en la parroquia del Sagrario, á la que asistieron cuantas personas
importantes había en Sevilla.

En el salón de sesiones de la Academia de Bellas Artes se conserva hoy
un excelente retrato de Bruna, y para perpetuar su nombre se dió éste á
la antigua calle de Papeleros.

Hace algunos años el señor Andérica hizo activas gestiones para que en
la fachada de la Audiencia se colocara una lápida en memoria del _Señor
del Gran Poder_, cosa que no pudo conseguir.



LXII

MANOLITO GÁZQUEZ

     «Hasta tiene á Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han
     dado la vuelta á España, y parece que forman las bases de la
     riqueza anecdótica nacional.»

     B. PÉREZ GALDÓS.


Hé aquí un sevillano cuyo nombre es conocido en toda España, y del cual
se cuentan los sucesos más graciosos y estupendos, haciéndolo autor de
todas las embusterías y despropósitos que pueden imaginarse.

El tipo de Gázquez es ya tradicional, y bien merece que á su memoria
consagremos algunos párrafos, utilizando los únicos datos auténticos que
conocemos de tan original personaje.

El vulgo, con sus exageraciones, ha desfigurado hasta tal punto al hábil
velonero, que sus ingeniosidades y donaires se han convertido en
absurdas y sandias chocarrerías.

Manolito Gázquez, como todos le llamaban, poseía una imaginación fecunda
y rica, y «si hubiese recibido educación literaria,--escribe el Deán
López Cepero, que llegó á tratarlo,--si hubiese cultivado las dotes que
le dió la naturaleza, en vez de la fama ridícula que ha dejado de
embustero, hubiese dejado el nombre de un ingenio sobresaliente.»

Y así era en efecto: Gázquez nació en modesta esfera y de ella no logró
salir en su larga vida, siendo tan limitadas sus aspiraciones, que, á
pesar de las muchas personas de talento y posición que frecuentaban su
casa, ni pidió nada á ninguna, ni obtuvo el menor beneficio positivo.

El taller y tienda donde nuestro sevillano trabajaba y vendía sus
velones y demás objetos de metal estaba situado en un humilde edificio
de calle Gallegos, donde diariamente se juntaba una tertulia que
escuchaba con el mayor placer los cuentos y gracias del dueño de la
casa.

Era éste según dicen de mediana estatura, grueso y mofletudo, y su
rostro bonachón y sonriente expresaba en medio de su burda sencillez
algo de la más discreta y sazonada malicia.

Español neto, y andaluz en todos sus gustos, aficiones é ideas, podía
servir de modelo para trazar el tipo popular de su época. Como gran
devoto, todas las noches acompañaba á los rosarios que salían por las
calles, tocando el fagot, instrumento en cuyo manejo se preciaba de
hábil; y tanta era su afición á las corridas de toros, que ningún lunes
de la temporada dejaba de asistir á su _asiento de cajón_, desde el cual
daba lecciones á los diestros, de quien era gran amigo, y muy
particularmente de José Delgado, _Illo_, á quien censuraba con la mayor
energía si alguna suerte no le parecía bien concluída.

Nació Gázquez á mediados del siglo XVIII, y se crió en medio de las
mayores privaciones; al cabo de muchos años de trabajo pudo verse dueño
de una tienda, y entonces se casó con una mujer más joven que él y no
exenta de gracia y hermosura; fué sumamente económico, aunque la echaba
de hombre de rumbo; gozó de una popularidad extraordinaria, pues todos
los vecinos de Sevilla le conocían, y falleció de unas calenturas á
principio de Abril de 1808, cuando ya contaba una edad no poco avanzada.

Pero los años no consiguieron marchitar su inteligencia ni acabar con el
buen humor que siempre tuvo, siendo hasta poco antes de caer enfermo el
regocijo de los que le trataban por sus chistosos embustes, que sabía
contarlos de manera que pretendiesen pasar por indiscutibles verdades.

El modo de hablar que tenía Gázquez y su pronunciación peregrina y
extraña, así como el tono formal y grave que daba á sus discursos,
acrecentaban la risa de cuantos le oían y entablaban con él polémicas y
discusiones.

Era costumbre suya asistir por las tardes al célebre puesto de aguas de
Tomares situado en las afueras de la puerta de Triana, junto á los
Almacenes del Rey, y allí pasaba larguísimos ratos, pagando dos ó tres
cuartos á un individuo para que le leyese la _Gaceta_, único papel que
por entonces andaba en manos de la gente, oyendo la lectura con la mayor
atención, para añadirle luego los más sabrosos y saladísimos
comentarios.

Imposible es relatar aquí las anécdotas, cuentos y chascarrillos que
salieron de los labios de Gázquez, y que todos conocen: reuniéndolos,
aunque fuesen sólo aquellos sobre los que no cabe duda de su
autenticidad, se formaría un volumen. ¿Quién no ha reído con los donosos
embustes de Manolito Gázquez? ¿Quién no conoce hoy su nombre en España?

_El Solitario_ le dedicó un precioso artículo en sus _Escenas
Andaluzas_; D. Mariano Pina lo sacó á escena en una linda comedia, y
nosotros únicamente nos hemos propuesto en estas líneas consagrarle un
recuerdo y bosquejar el tipo sin las exageraciones absurdas que el vulgo
le atribuye.



LXIII

EL TEATRO PRINCIPAL

     «Las contradicciones que sufrió el teatro desde el siglo XVII en
     Sevilla darían materia á una interesante memoria.»

     VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.


En la calle de la Muela, y frente al convento de San Acasio, de la orden
agustina, se construyó en 1795 un teatro, al que, por ser el más
importante que tuvo Sevilla en la primera mitad del siglo, se le dió el
nombre de _Principal_.

Durante largo tiempo los empresarios de este coliseo tuvieron que luchar
con la oposición de numerosas y principales familias de la ciudad, que
habían declarado guerra sin cuartel á las representaciones escénicas.

«No contribuyó poco--dice un autor--á la persecución rencorosa contra D.
Pablo Olavide el tesón y formal empeño con que, siendo Asistente,
afrontó en esta capital la pugna de ciertas clases y personas en odio al
arte dramático, protegiendo los espectáculos líricos.»

Los fogosos sermones de algunos frailes obligaron á las autoridades á
mandar cerrar el teatro en 1800, tomando por pretexto la invasión de la
fiebre amarilla: y hubo un predicador famoso que aseguró que si se
derribaba el teatro, jamás se vería la ciudad invadida por la peste.
Cuatro años después, atendiendo el Rey á las justas reclamaciones de la
empresaria, señora Sciomeri, hizo que se abriera el _Principal_, y en
Mayo de 1808 la Junta de Gobierno volvió á prohibir las comedias,
autorizadas más tarde cuando vino á esta ciudad José Bonaparte.

Entonces, y por el mes de Enero de 1810, el Ayuntamiento costeó una
magnífica función de gala para obsequiar al _Intruso_ y á los personajes
de su séquito.

Permitióse en ella la entrada gratuita al público para las galerías, y
se puso en escena _La dama sutil_, comedia entonces muy en boga,
representándose también un sainete, y terminando el espectáculo con el
indispensable baile nacional.

El nuevo Rey ocupó el palco del Ayuntamiento, y no el del Asistente, que
era el que le estaba destinado, y tras él tomaron asiento sus consejeros
Aranza, Cabarrús y Montarco, los generales Darricau y Senarmont, el
Marqués de Riomilano, el Duque de Treviso y el Corregidor de Sevilla,
que lo era por aquella época D. Joaquín Lendro de Solís.

Dentro y fuera del teatro se desplegó gran aparato de fuerza, ocupando
los soldados invasores todos los pasillos del coliseo y un largo trecho
de la calle de la Muela.

Otra función célebre se verificó en el _Principal_ años después, y la
que no nos parece importuno recordar. El viernes 11 de Octubre de 1822
entró de nuevo en nuestra ciudad D. Rafael del Riego entre las
aclamaciones delirantes de sus partidarios, y la noche del siguiente día
asistió al teatro, que se había adornado con banderas y trofeos,
iluminándose con gran profusión y gusto.

Apenas se presentó Riego en el palco, el público comenzó á vitorearle
con el mayor entusiasmo, y en uno de los entreactos la concurrencia
entonó á coro el famoso _himno_ tan popular en España, siendo escuchado
con la mayor complacencia por el héroe de Las Cabezas, que tan
aficionado fué á recibir muestras de simpatías en público.

En 1823 las hordas absolutistas al grito de _¡Vivan las caenas!_
produjeron grandes destrozos en el teatro _Principal_, desbaratando la
maquinaria, incendiando su guardaropía y no dejando nada del rico
_atrezzo_ y mobiliario, arruinando casi por completo á Calderi, popular
empresario por aquella época tristísima.

En 1833 su propietario el Marqués de Guadalcázar hizo importantísimas
mejoras en el local, que se inauguró en 26 de Marzo del año siguiente
con tres selectas compañías de ópera, verso y bailes nacionales.

Por aquella escena cruzaron los artistas más notables de la época: allí
escucharon los primeros aplausos Arjona y Valero; allí deleitaron á los
concurrentes con sus chistes de buena ley el famoso Cubas y Mariano
Fernández; allí recibieron las más calurosas ovaciones Joaquina Baus,
Matilde Díez y la malograda Pepa Valero, y allí, en fin, se escucharon
las primeras obras de Rossini, Donizzeti y Bellini, interpretadas por
cantantes tan notables como la Rafaeli, la Passerini, Samartén, Lombardi
y Curti.

En el _Principal_ se estrenaron los más notables dramas de la escuela
romántica, las comedias más famosas de nuestro teatro antiguo, y
aquellas inolvidables obras llamadas de _magia_, que tanto deleitaron al
vulgo en la tercera década de nuestro siglo.

González de León describe así el interior del coliseo, según estaba en
1834:

«Consta de cuatro pisos, y tiene una altura de veinte varas. Su figura
es un semicírculo, dejando en el centro un gran patio cubierto de cielo
raso de madera... En el piso bajo hay catorce huecos que llaman plateas.
En el piso primero, y al frente, está el palco de la autoridad...
decorado de colgaduras y puertas de cristales, y por los lados
veinticuatro palcos comunes. En el tercer piso hay veintidós palcos
comunes, y sobre el de la presidencia y otros dos uno grande con gradas,
que se llama tertulia. El cuarto piso es lo que se llama _cazuela_, y es
el sitio destinado para sólo mujeres. En el patio, que tiene 25 varas de
largo por 19 de ancho... hay trescientas treinta y siete lunetas, que
son bancos con espaldar y cojines de tafilete. Al frente hay unas
gradas para la entrada de los hombres. Es capaz el teatro de 1.200
personas.»

La sala estaba pintada y dorada. Cada cuerpo pertenecía á un género: uno
era gótico, otro árabe y otro chinesco, de lo cual resultaba un conjunto
abigarrado, que no debía ser del mejor gusto.

Entre los numerosos y curiosísimos apuntes que hemos hallado relativos
al _Principal_, citaremos uno que probablemente será desconocido para
nuestros lectores.

La noche del 6 de Setiembre de 1841 estrenóse en este teatro una ópera
titulada _El solitario del monte Salvaje_, que despertó grandemente el
entusiasmo del público y le hizo prorumpir en continuos y atronadores
aplausos.

Pidió la concurrencia el nombre del autor de la partitura, y resultó ser
ésta de D. Miguel Hilarión Eslava, Maestro de capilla de la Catedral,
quien fué obligado á presentarse en el palco del Asistente, ya que su
calidad de sacerdote le prohibía salir á escena, recibiendo una ovación
franca y espontánea, que volvió á repetirse en las siguientes noches en
que se anunció en los carteles la ópera del autor del _Miserere_.

El teatro _Principal_ cerró para siempre sus puertas el año de 1858,
después de inaugurarse el de San Fernando, y en el lugar en que estuvo
se alza hoy uno de los mejores y más amplios edificios que embellecen á
la capital de Andalucía.



LXIV

LA FIEBRE AMARILLA

     Á medida que crecía el número de atacados de la peste y el de las
     defunciones, aumentaba el horror del vecindario, los apuros de las
     autoridades y los abusos y desórdenes.

     JUSTINO MATUTE.


El primer año del presente siglo no pudo ser más funesto para nuestra
ciudad, pues ocurrió en él la invasión de la terrible epidemia conocida
con el nombre de fiebre amarilla, y por tal suceso auguraban muchas
personas infinitos males para el siglo que acababa de nacer.

Los daños que causó la epidemia fueron tantos, y tantas las víctimas que
de ella sucumbieron, que Sevilla quedó en la situación más angustiosa; y
como entonces no se contaba ni con los adelantos científicos, ni con los
medios que hoy se cuenta para aliviar estas épocas calamitosas, pueden
formarse idea nuestros lectores de lo que sería aquella invasión,
comparable sólo á la _peste levantina_ de 1649.

Á poco de iniciarse la fiebre en Cádiz, donde la introdujeron unos
buques que del Norte de América venían, comunicóse á Sevilla, cuando
más descuidadas estaban las autoridades, y cuando más sosegado el
vecindario disponíase á pasar el estío del año 1800.

Corrían los primeros días del mes de Agosto, y una mañana empezaron á
sentirse enfermos del mal algunos individuos del barrio de Triana, y
casi al mismo tiempo fallecieron otros en Santa Lucía, extendiéndose la
epidemia con rapidez extraordinaria por los Humeros, San Vicente, San
Román y Santiago y otras parroquias.

Entonces se apoderó de los habitantes de la ciudad un miedo terrible;
muchas familias emigraron precipitadamente; á la Junta Sanitaria
faltáronle medios para evitar el aumento de la invasión, y todo fué en
los primeros momentos confusiones, apuros y congojas.

Á poco llegó de Madrid una comisión facultativa, bajo la presidencia del
médico de cámara don José Queralto, y en unión del Asistente interino,
que lo era D. Antonio Fernández Soler, por hallarse en la corte el Conde
de Fuenteblanca, comenzó á tomar medidas oportunas y á dar prudentes y
acertadas disposiciones.

Crecía entre tanto la epidemia, alcanzando unas proporciones
aterradoras; crecía al mismo tiempo el pánico y la angustiosa situación
de los vecinos de Sevilla, y á fines de Agosto y principios de Setiembre
hubo día en que fallecieron más de 460 personas.

Nada tan terrible como el aspecto que entonces ofrecía nuestra ciudad:
llenas las iglesias de cadáveres, sepultábanse en anchas fosas abiertas
en los Humeros, en San Vicente y en Triana; las hermandades recorrían de
noche las calles, sacando en procesión de rogativa sus imágenes, á las
cuales entonaban en voz alta fervorosas oraciones; tañían lúgubremente
las campanas de todas las iglesias; veíanse en todas las casas escenas
desgarradoras de llanto y de desolación; en los hospitales prestaban
servicio de enfermeros los presos de la cárcel, por haber muerto cuantos
empleados había; los talleres y establecimientos estaban cerrados, así
como las oficinas y salas de la Audiencia; los vecinos formaban
cuadrillas, que recogían cadáveres y les daban sepultura; los hermanos
de la Caridad cruzaban por los lugares céntricos demandando limosnas
para los enfermos; escaseaban los artículos de primera necesidad en los
mercados y almacenes, y en las horas de la calurosa siesta reinaba por
los barrios un silencio imponente, que era turbado tan sólo por el ruido
de los carros pintados de negro que conducían muertos á las fosas ó por
los llantos y lamentos que de las viviendas salían.

Duró tan terrible período hasta fines de Octubre, comenzando entonces á
descender el número de las invasiones, y siendo menos cada día el de los
fallecimientos.

Según los datos que tenemos á la vista, y que están tomados del
manifiesto que hizo publicar el Ayuntamiento, sucumbieron en nuestra
población de la fiebre amarilla 14.685 personas, fueron atacadas 76.483,
y curaron del mal 61.718.

El domingo 23 de Noviembre cantóse con toda solemnidad el _Te-Deum_ en
la Catedral, asistiendo el arzobispo D. Luis María de Borbón, Infante de
España, el Capitán General con los jefes y oficiales de la guarnición,
el Asistente con el Cabildo del Municipio, y todas las corporaciones y
entidades de Sevilla, celebrándose en los días sucesivos multitud de
funciones religiosas en todos los templos y capillas de la ciudad.



LXV

EL PUESTO DE AGUA

     «¿Qué persona de buen gusto, viviendo en Sevilla, puede dejar de
     venir todas las tardes de verano á beber la deliciosa agua de
     Tomares que con tanta limpieza nos da el tío Paco, y á ver este
     puente de Triana, que es lo mejor del mundo?»

     EL DUQUE DE RIVAS.


Á la entrada del paseo del Arenal, cerca del antiguo puente de barcas, y
teniendo á su derecha el edificio conocido por los Almacenes del Rey y
el espacioso terreno que hoy ocupa la calle Reyes Católicos, hubo en
otros tiempos una especie de botillería al aire libre, ó puesto de agua,
que llegó á ser famoso por más de un concepto, y que aventajaba á
cuantos establecimientos de igual índole había en Sevilla.

Todavía existen algunos ancianos que lo recuerdan, y cuando traen á su
memoria aquel lugar, que va en ellos unido á los plácidos ecos de la
juventud perdida, se complacen en describir el célebre puesto de agua
inmortalizado por la pluma del Duque de Rivas, y por el pincel de
Jiménez Aranda en uno de sus más bellísimos lienzos.

¿Quién no ha visto ese drama grandioso que se titula _Don Álvaro ó la
fuerza del sino_? En su primer acto se presenta al público el puesto de
agua, donde se hallan reunidos los principales tipos que á él asistían,
y donde tiene principio la exposición de la obra.

El establecimiento estaba formado por una alta estantería, un mostrador
y varios bancos de madera, y mesillas pequeñas colocadas
convenientemente. En la estantería encontrábanse cuatro grandes cántaras
de barro, una estampa religiosa y algunas macetas de olorosa albahaca,
que en estío presentaban agradable aspecto. Sobre el mostrador, limpios
vasos de cristal, puestos en fila, convidaban á apagar la sed de los
transeuntes, y cerca de ellos se veía la cesta de panales, las botellas
con almíbar para los refrescos, las cajas con pastillas de almendras, y
otros diversos objetos que se utilizaban en el servicio del público.

En la parte más elevada de la estantería, y con gruesos caracteres,
había un letrero donde podían leerse estas palabras: _Puesto de agua de
Tomares_; y la fama que dicho puesto tenía comenzó á hacer que la gente
asistiese allí, convirtiendo el lugar en casino y centro donde se
reunían muchas personas de las más conocidas en Sevilla á fines del
siglo XVIII.

Todas las tardes de primavera y verano el dueño del _establecimiento_,
que era un gallego bonachón y pacífico, cuando pasaban las horas de
calor sofocante y empezaba á esconderse el sol, regaba la caliente
tierra, quitaba las cortinas y disponía los asientos para los
contertulios, que no tardaban en presentarse y formar un número regular.

Allí asistían señores de bordadas casacas y empolvadas pelucas, majos de
chupetines y sombreros de queso, frailes y curas, militares retirados,
comerciantes enriquecidos, y no faltaba tampoco, de cuando en cuando,
algún estudiante locuaz ó algún desocupado ingenioso que amenizara la
tertulia con sus dichos ó agudezas.

Diversos grupos se formaban alrededor del puesto de agua, que eran
dignos de la mayor atención. En unos se leía en voz alta la _Gaceta_,
descubriéndose todos cuando al Rey se nombraba en ella; en otro se
jugaba á las damas ó al _solito_; en éste se conversaba sosegadamente
sobre cualquier asunto de actualidad, y en aquél se pasaba el rato
mirando á las buenas mozas que transitaban luciendo la gracia y el
donaire natural de las hijas de esta tierra.

Uno de los concurrentes más asiduos al puesto de _agua de Tomares_ era
el célebre velonero Manolito Gázquez (de quien ya nos ocupamos), que
hacía las delicias de cuantos le oían por sus ingeniosidades con visos
de inocente simplicidad; otro era el diestro _Pepe-Illo_, que más de una
vez improvisó allí alegres _juergas_, y pagó el gasto de todos con aquel
rumbo de los toreros de otros tiempos; y también merece recordarse que
allí asistían el grave Oidor Bruna, el padre _Verita_, el poeta Arjona
y otros muchos hombres de más ó menos importancia.

La agradable vista que desde el _puesto de agua_ se disfrutaba hacía
mucho más amena la estancia en él, y á veces solían prolongarse las
tertulias hasta que las campanas de la _Giralda_ daban el toque de
Queda.

Durante los días de invierno tranquilos y serenos, cuando las damas y
los petimetres salían á solazarse por el Arenal, en diferentes ocasiones
hacían alto en el célebre puesto, donde en aquella estación se vendían
castañas, frutas secas y agua templada con sus correspondientes anises,
según era tradicional costumbre.

Los contertulios del establecimiento variaron bien poco durante largo
número de años; y cuando comenzaron á sentirse los primeros chispazos de
aquella revolución que había de trastornar por completo el antiguo orden
de cosas; cuando Sevilla, al igual de otras poblaciones, empezó á sentir
los efectos de aquella funesta guerra nunca cantada como se merece, el
humilde, el olvidado, el sencillo _puesto de agua de Tomares_ se
convirtió en centro de patriotas, que más de una vez prestaron
estimables servicios á la nación. Y entonces ya no se conversaba
pacíficamente como en otros tiempos; entonces no se jugaba á las damas
ni al _solito_, y únicamente se discutían planes y se formaban
combinaciones para destruir el común enemigo.

Á todo llega su término, y llegó también para el _puesto de agua de
Tomares_, que desapareció por los años de 1820, después de haber visto
pasar y reunirse en derredor suyo á los manolos y á los majos, á los
petimetres y tutores, á los liberales y absolutistas, y á otros muchos y
famosos tipos, que jugaron importantísimos papeles en aquellas
generaciones.

El Duque de Rivas en su drama, y Jiménez Aranda en su cuadro ya citado;
han hecho imperecedera la memoria del _puesto de agua de Tomares_, y á
él nos ha parecido oportuno dedicar también aquí un modestísimo
recuerdo.



LXVI

MATUTE Y GAVIRIA

     «No sólo se consagraba animoso Matute al estudio de las letras
     amenas, sinó que se afanaba por infundir su entusiasmo en el ánimo
     de los demás.»

     EL MARQUÉS DE VALMAR.


El nombre de D. Justino Matute y Gaviria, escritor sevillano de grandes
méritos, muy amante de su patria, y persona de ilustración, no es tan
conocido como debiera serlo, y puede decirse que, á no ser por la
generosidad del Duque de T'Serclaes y el buen acuerdo de la _Sociedad
del Archivo Hispalense_, que publicaron algunas de sus obras, sería muy
reducido el número de las personas que podrían hoy apreciar el valor de
sus trabajos, muchos de los cuales se encuentran todavía inéditos, en la
_Biblioteca Colombina_ algunos, y en poder de particulares otros.

Con objeto de contribuir con nuestras escasas fuerzas á vulgarizar el
nombre de Matute, daremos aquí una breve noticia de su vida, que hemos
sacado teniendo presentes varias biografías y apuntes literarios.

Nació el día 28 de Mayo de 1764, y se bautizó en la iglesia parroquial
del Sagrario. Disfrutaban sus padres cómoda posición, y desde muy niño
lo dedicaron al estudio, ingresando en el colegio de Santo Tomás.
Estudió luego la carrera de Medicina, y se graduó de Bachiller en 1787.
Al siguiente año, en unión de otros varios amigos, organizó una Academia
literaria, donde dió á conocer sus primeros trabajos en prosa y verso.
Prestó grande ayuda al erudito Ceán Bermúdez cuando vino á estudiar los
monumentos de Sevilla, y su frecuente trato con las personas más
ilustradas de esta capital hizo que su nombre obtuviera gran
consideración y estima. En 1803 fundó _El Correo de Sevilla_, periódico
cuya colección es bastante curiosa, que vivió hasta el mes de Mayo de
1808, y en el que colaboraron los mejores literatos que había aquí
entonces, tales como Lista, Reinoso, Arjona, Mármol, Castro, Roldán y
otros.

Desde 1807 á 1810 desempeñó la cátedra de Retórica en la Universidad; y
habiéndose hecho afrancesado, obtuvo el nombramiento de Subprefecto de
Jerez de la Frontera, cargo que conservó hasta el verano de 1812. En
Setiembre de este año fué preso en la citada población, viéndose libre á
los dos años, gracias á un indulto de Fernando VII, á quien había
presentado una respetuosa solicitud. Durante su prisión escribió algunos
trabajos, y vuelto á Sevilla se dedicó con verdadero afán á las
investigaciones históricas y arqueológicas. Sufrió un ataque de
parálisis en 1824, y á consecuencia de esta enfermedad, que le hizo
pasar sus últimos días en estado lamentable, murió el 11 de Mayo de 1830
en su patria.

La posteridad ha sido ingrata con Matute, pues á pesar de las muchas
obras que este hombre dejó escritas, á pesar de sus muchos
conocimientos, y de lo que se afanó por enaltecer á Sevilla, no tiene en
ella el menor recuerdo; y á no ser por los motivos que ya apuntamos al
principio de estas líneas, sus obras serían casi ignoradas del público.

Fué D. Justino Matute persona de grande ilustración, de claro juicio, y
de buen gusto en materias artísticas y literarias. No se cansaba de
atesorar conocimientos, y era incansable reuniendo apuntes, notas y
pormenores curiosos, muchos de los cuales permanecen todavía inéditos.
Distó Matute algo de ser excelente prosista, pero escribía con claridad;
y aunque desaliñado é incorrecto, se leen con agrado sus trabajos.
Participaba de muchos defectos comunes á los autores de su tiempo, y era
imparcial en sus juicios y poco apasionado en sus opiniones.

Hizo también versos; pero de mérito tan escaso, que seguramente no
tendrán hoy ni media docena de lectores. Vázquez y Ruiz, biógrafo y
entusiasta de D. Justino, dice con mucha razón que «Matute, aunque
conocía perfectamente las leyes y preceptos del arte, nunca pudo
remontar su vuelo á la cumbre del Parnaso»; y D. Leopoldo Augusto de
Cueto escribe: «Carecía de inspiración, de naturalidad, de vigor
poético, de gracia y de soltura, y muy especialmente de cadencia y de
encanto rítmico. Por ningún lado era poeta.»

Como historiador diremos de él que, como no poseía imaginación lozana y
fantasía suficiente para presentar los asuntos que narraba con bello
ropaje, ni sabía utilizar sus notas y curiosidades de un modo ameno, sus
libros ofrecen sólo un cúmulo de materiales, en extremo apreciables, de
los que se puede sacar mucho importante y algo también inútil.

Las obras más conocidas de Matute son las siguientes:

_Aparato para escribir la historia de Triana_, _Bosquejo de Itálica_,
_Adiciones á los Hijos de Sevilla de Arana de Varflora_, _Anales
eclesiásticos y seculares de Sevilla_ y _los Hijos de Sevilla señalados
en santidad, letras, armas, artes ó dignidad_. Estas tres últimas han
sido publicadas hace poco tiempo, como ya apuntamos, y bien merecen un
aplauso los que las han dado á luz.

Falleció D. Justino Matute en la casa número 21 de la calle Pajería, y
creemos que el Ayuntamiento debiera colocar una lápida conmemorativa en
la fachada del citado edificio, que lleva hoy el número 32, el cual se
encuentra en igual estado que cuando en sus habitaciones espiró, anciano
y casi pobre, aquel escritor, que pasó su vida entregado á continuos
trabajos y desvelándose por engrandecer á la ciudad donde tuvo su cuna.



LXVII

LA PLAZA DE TOROS

     «Las plazas, circos, cosos ó palenques, que de todos los dichos
     modos se les ha llamado, donde se han dado y se dan fiestas de
     toros, lejos de ir decreciendo en número, han tenido notable
     aumento.»

     J. SÁNCHEZ DE NEIRA.


Este edificio, situado no lejos de la orilla del río, y en el paseo que
antes se llamaba del Arenal, merece ocupar aquí un lugar, ya que siempre
fué el pueblo de Sevilla tan dado á las corridas de toros.

Como quiera que el espacio de que disponemos no nos permite hacer
mención de todas las curiosas noticias que hemos recogido sobre la plaza
de Toros, nos limitaremos á dar un breve extracto de su historia, que
quizá sea leído con gusto por los taurófilos que la ignoren.

Á principios de Febrero del año 1729 visitó á Sevilla el monarca D.
Felipe V, acompañado de su esposa D.ª Isabel de Farnesio y de los
Infantes y alta servidumbre de la real casa.

Celebró entonces la población multitud de festejos en honor del Monarca,
invirtiendo las corporaciones muy crecidas sumas en disponer las
solemnidades que más agradasen al jefe del estado.

Á su regreso de Cádiz, y poco antes de marchar á Madrid, asistió el Rey
á una fiesta hípica que organizó la Maestranza de Caballería, y fué tan
de su gusto aquel acto, que, deseando premiar á los caballeros
maestrantes, concedióles, entre otras gracias y facultades, la de poder
celebrar anualmente dos corridas de toros en plaza cerrada, cuyos
productos se destinarían á la conservación de la Hermandad.

Pasados algunos años, la Maestranza escogió para construir el circo unos
terrenos en el monte del Baratillo, y en Enero de 1760 comenzaron los
trabajos, que se llevaron á cabo con mucha actividad, pues en ellos se
ocuparon gran número de operarios y maestros de los más inteligentes.

Hemos tenido ocasión de ver un curioso ejemplar del cartel de las
primeras corridas, que se celebraron en la plaza de Sevilla en los días
20 y 23 de Abril de 1763, y, por parecemos de interés, copiamos los
siguientes párrafos.

Los toros lidiados eran de las ganaderías siguientes, y llevaban las
divisas que se expresan.

«Del Marqués de Ruchena, _Anteada_.--De don Francisco del Río y Risco,
_Blanca_.--Del Algaravejo, _Negra_.--De D. Ramón Liberal, _Encarnada y
blanca_.--De D. Tomás de Rivas, _Encarnada_.--De D. Francisco Ezquivel,
_Azul y encarnada_.--De don Fernando Offorno, _Verde y blanca_.--Del
Conde del Águila, _Azul y blanca_.--Del Marqués de Medina, _Azul y
anteada_.--De D. Luis de Ibárburu, _Encarnada, azul y blanca_.--De
Manuel González, _Pajiza y morada_.--De Gregorio Vázquez, _Negra y
blanca_.»

Es digno de conocerse el resto del cartelillo por la forma de su
redacción y los detalles que encierra. Dice así:

«En los dos referidos días se dará muerte á 44 toros de las dichas
castas, probando fortuna á su braveza de caballo los diestros Cristóbal
Ravisco, Francisco Gil y Juan de Escobar; y de á pie los conocidos Juan
Miguel, Manuel Palomo, Joaquín Rodríguez y Antonio Albano. Dios quiera
se ejecuten sin la menor desgracia; recordando á los aficionados á esta
diversión contamos desde las primeras fiestas públicas en España
seiscientos sesenta y tres años, en cuyo espacio se han formado varias
plazas en nuestra Península, excediendo, estando acabada (no sé si diga
á las del Orbe), la de esta ciudad.»

Era entonces la plaza casi toda de madera; y, por efecto tal vez de la
precipitación con que se construyó, hundióse la mayor parte en el
invierno de 1766.

Entonces se hizo de material, según el plano de D. Vicente Sanmartín, y
capaz para veinte mil espectadores. El redondel era el más extenso que
se conocía; los tendidos tenían nueve filas de asientos; las gradas
altas se cubrieron con sencillos arcos, que descansaban en airosas
columnas, y el palco real fué construído de piedra tallada, con
antepecho de mármol y rematando en un gran escudo con las armas de
España.

Desde que se terminó la plaza no hubo un solo diestro del pasado siglo
que no trabajase en ella. _Martincho_, José Cándido, Miguel Gálvez,
Antonio de los Santos, Francisco Herrera _Curro_, Julián Arocha, Lorenzo
Baden, _Perucho_, y otros más, cuya enumeración sería enojosa, lidiaron
reses en el circo sevillano, que ocupaba el primer lugar entre todos los
de Andalucía.

En esta plaza alcanzó las mayores ovaciones Joaquín Rodríguez
_Costillares_, inventor de la suerte del volapié; en esta plaza se
celebraron las famosas competencias entre Romero y _Pepe-Illo_, que
tanto daban que discutir á los aficionados de antaño; y por último, en
esta plaza sufrieron gravísimas cogidas no pocos diestros de á pie y de
á caballo.

En el día 26 de Octubre de 1805 descargó sobre nuestra ciudad un ciclón
como pocos se habían conocido, y entre muchos destrozos, los produjo
grandísimos en el circo taurino, pues derribó toda la gradería de madera
que formaba los tendidos de sol, arrojando á muy considerable distancia
los tablones y herrajes.

Durante la dominación francesa se dieron en la plaza algunas corridas en
honor del intruso; pero aunque los invasores pusieron á veces la entrada
libre, costaba gran trabajo que el público asistiese á las fiestas, por
lo cual las localidades se veían llenas de dragones, de _mamelucos_ y
demás gente de tropa extranjera, que presenciaban la lidia en medio del
más religioso silencio.

Cuando estuvo Fernando VII en Sevilla en 1823 concurría todos los lunes
á la corrida de toros, y muchas veces dirigía la lidia con señas que ya
tenía convenidas, complaciéndose mucho cuando el pueblo se alborotaba
por cualquier cambio de suerte inoportuno ó cuando silbaba á un diestro
que pertenecía á los _negros_.

Juan León, _Rigores_, Montes, Domínguez, _Cúchares_, Pastor, _El Lavi_ y
Redondo trabajaron en la plaza de Sevilla durante casi todas las
temporadas desde 1829 á 1840, y las parcialidades que por estos
lidiadores tenían sus partidarios dieron en más de una ocasión motivo á
serios disgustos y alborotos, en muchos de los cuales tuvo que
intervenir la autoridad para aplacar los acalorados ánimos.

Imposible nos sería encerrar aquí los nombres de todos los diestros que
en la plaza de Sevilla se han distinguido por su destreza y habilidad,
así como también los muchos sucesos curiosos en ella ocurridos, y las
sensibles desgracias que en no pocas ocasiones ha presenciado el
público.

Quédese este trabajo para los que gusten de la fiesta llamada nacional,
y dispongan de la paciencia y tiempo que á nosotros nos falta, y
concluyamos estas líneas haciendo mención únicamente de las obras que se
llevaron á cabo en la plaza el año 1884, y después de las cuales ha
quedado como una de las mejores de la Península.



LXVIII

UN AUTO DE FE

     «Más allá: ¡santo Dios! Aquí yace la Inquisición... murió de
     vejez.»

     MARIANO JOSÉ DE LARRA.


Aunque durante los tristes años de la reacción absolutista, ó sea desde
1814 al 20 y desde el 1823 al 32, se celebraron en algunos puntos de
España, como Murcia, Valencia y Logroño, autos públicos por las _Juntas
de la Fe_, sin que estuviera establecido de derecho el tribunal de la
Inquisición, Sevilla tuvo la suerte de no presenciar estos tristes
espectáculos, si bien fué teatro de otros no menos lamentables, llevados
á cabo por las pasiones políticas, tan excitadas en aquellos tiempos.

La última víctima sacrificada por el Santo Oficio en la capital de
Andalucía fué una mujer ciega llamada Dolores López, conocida por la
_Beata Dolores_, de quien ya hemos hablado, que fué ahorcada y reducido
su cuerpo á cenizas en el lugar del _Quemadero_, situado en el extenso
prado de San Sebastián.

Desde esta fecha no tenemos noticias de que el tribunal de la
Inquisición de Sevilla celebrase otro auto público de fe hasta el
verificado en la tarde del 20 de Junio de 1803, que fué el último de los
que en nuestra ciudad se presenciaron, y que, á decir verdad, distó
mucho de encerrar toda la importancia que solían tener los que se
efectuaron en los siglos XVI y XVII.

Aunque hemos tenido ocasión de ver algunos papeles relativos al suceso
objeto de estas líneas, no nos extenderemos en el asunto gran cosa;
limitándonos á extractar las noticias recogidas por nosotros, que puede
ampliarlas el lector, si gusta, repasando el _Diario_ manuscrito de
González de León y las obras impresas de algunos otros.

El tribunal de la Inquisición estaba á principios de siglo establecido,
como todos saben, en un espacioso y antiguo edificio situado en la
Alameda de Hércules, edificio que hasta la expulsión de los jesuítas
había servido de colegio á los discípulos de Ignacio de Loyola, y que
casi fué destruído por una explosión el memorable día de S. Antonio del
año 1823, día terrible en los fastos de nuestra moderna historia.

En el auto que vamos á describir figuraba un reo vecino de esta ciudad,
si bien no hemos podido averiguar su nombre, pues los autores
consultados no lo citan, y en el manuscrito de González de León están
como borradas las letras que formaban los apellidos de la persona
castigada. Sólo sabemos que el tal sujeto era hombre de mediana
posición, dependiente de rentas, de estado viudo, y nacido en la isla de
León (hoy de San Fernando).

Era acusado este individuo de haber negado en público y con gran calor
los dogmas de la Religión católica, y de haber cometido actos inmorales
y bárbaros con tres jóvenes y agraciadas hermanas y con su propia hija.

Hacía ya tiempo que el reo de tan repugnantes delitos se encontraba
preso en la Inquisición, y en el citado día 10 de Junio celebróse por
fin el auto público, al que concurrió una inmensa muchedumbre.

Los inquisidores D. Francisco Rodríguez Caraza, D. Ramón Vicente y
Monzón y D. Joaquín Mururi y Eluarte formaban el tribunal, que se situó
sobre amplio tablado cubierto de alfombras y severos adornos, dispuesto
para el caso en la plaza de San Francisco, con gran acompañamiento de
familiares, alguaciles y soldados, asistiendo también á aquel acto el
Cabildo de la ciudad, presidido por el Conde de Fuente-Blanca; el
regente de la Audiencia y decano de sus oidores D. Francisco Bruna; los
jefes de distintas corporaciones, y gran número de invitados, que
tomaron asiento en larga fila de bancos colocados paralelos á la fachada
de las Casas Capitulares, llevando todos los individuos trajes de gala,
y luciendo las insignias con que estaban honrados.

Ya dispuesto todo, comenzó á la una del día la ceremonia con toda la
gravedad del caso, y después de largos preliminares, dió principio la
misa en el altar preparado al efecto, y dicha por el presbítero D. Justo
Ballesteros.

«Llegado que fué el _Introito_--escribe un testigo ocular--se empezó á
leer la causa por el secretario del secreto D. Diego Pérez Téllez; y
acabada que fué de leer la dicha causa, siguió la misa hasta su
conclusión. El reo fué condenado á tres años de presidio en África,
forzosos, y á tres años de penitencia en el mismo para enseñarle la
doctrina cristiana.»

La crecida multitud que se apiñaba en la plaza de San Francisco no quiso
perder un detalle del largo espectáculo, y permaneció quieta en aquel
lugar hasta bien entrada la tarde, hora en que se dió por terminado, con
gran satisfacción de muchos de los que por obligación habían asistido.

Al bajar el reo del tablado, un grupo de hombres que estaban cerca le
dirigieron algunas palabras insultantes, á las cuales contestaron otros
grupos que ocupaban la plaza y que por sus dichos demostraron no ser muy
afectos al acto que acababa de celebrarse. Este incidente dió motivo á
alguna confusión, que no tardó en sofocarse, sin que tuviera más
consecuencias.

Rodeado de alguaciles y familiares, fué de nuevo el delincuente á la
prisión, saliendo de ella al poco tiempo para cumplir la condena que se
le había impuesto, condena en verdad que era harto benigna comparada
con las que en otros tiempos imponía el Santo Oficio.

Ese fué el último auto público de fe que se celebró en Sevilla, según
los datos que hemos podido reunir, y que tenemos por muy autorizados.



LXIX

EL RETRATO DE GODOY

     «D. Álvaro de Luna, perdiendo en uno vida y privanza, es menos
     digno de lástima que aquel que fué condenado por el destino á
     sobrevivir á su desgracia y á verse privado de todo, después de
     haberlo gozado todo.»

     MARIANO JOSÉ DE LARRA.


Referir aquí, por breves palabras con que lo hiciéramos, el famoso motín
de Aranjuez, que tuvo lugar en los días 17, 18 y 19 de Marzo del
inolvidable año 1808, sobre ser contrario á nuestro propósito,
resultaría fuera completamente de la índole de estos apuntes.

Hacemos merced á los lectores de aquellos sucesos, creyéndolos
sobradamente ilustrados para que ignoren las causas y circunstancias que
les dieron origen; y, limitándonos á Sevilla, referiremos una anécdota
olvidada tal vez de muchos y desconocida quizá de no pocos.

El odio popular que en toda España se había levantado contra el favorito
de Carlos IV, D. Manuel Godoy, estalló de una manera terrible y
amenazadora conforme se divulgaron por la Península las noticias de las
escenas que acababan de ocurrir en Aranjuez, y que tan claros ponían de
manifiesto al fanático pueblo la perfidia y doblés del Príncipe de
Asturias.

Ciegos los sevillanos por el joven que contra sus propios padres
conspiraba, y creyéndole dechado de todas las virtudes, le atribuían
cuantas perfecciones pueden adornar á un monarca para hacer la felicidad
de una nación. Aborrecían todos á aquellos personajes que rodeaban á los
reyes, suponiéndoles verdugos y opresores de D. Fernando; pero el hombre
que más generalmente era aborrecido era Godoy, tan injustamente
calumniado por los historiadores de nuestros días, como lo fué por sus
contemporáneos.

Los encarnizados enemigos del Príncipe de la Paz solían reunirse en un
café que había por entonces en la calle Génova, y en este local,
convertido en _club_, pronunciábanse á diario discursos contra el
favorito, y salían de boca de todos los concurrentes las frases más
obscenas y los dichos más denigrantes.

La tarde del 22 de Marzo súpose en Sevilla la caída del valido; y,
conforme circuló esta noticia por la ciudad, levantóse el pueblo,
acaudillado por aquellos asiduos contertulios del café de calle Génova.

Numerosos grupos de gente de la plebe invadieron las calles, dando
mueras á Godoy, y produciendo infernal gritería, reuniéndose en la
plaza de San Francisco en actitud amenazadora y terrible.

Allí permanecieron largo rato vociferando y reuniendo gente, y cuando
los amotinados formaban un número bastante crecido, penetraron por la
calle Sierpes, dirigiéndose al hospital de S. Juan de Dios, situado en
la de Gallegos.

El año 1807 el Príncipe de la Paz, patrono de la capilla mayor de dicho
hospital, habíase declarado protector de la Orden de San Juan de Dios, y
con tal motivo habíase celebrado en la iglesia una función solemne,
colocándose el retrato de Godoy en las paredes del templo, cercano al
altar mayor.

Era este retrato, pintado por D. José Cabral, una verdadera obra de
arte, no sólo por su perfecto parecido, sinó por lo correcto del dibujo,
la hábil combinación de los colores y lo acabado de la ejecución. En el
lienzo aparecía el generalísimo vestido con un lujoso uniforme militar,
cubierto el pecho de condecoraciones y bandas y en una actitud sencilla,
pero que no dejaba de tener cierta majestad y arrogancia. Rodeaba el
cuadro un lujoso marco con primorosas labores, en cuyo penacho se
ostentaba el escudo del Príncipe.

Llegó la multitud, como decíamos, á las puertas de San Juan de Dios;
allí pidieron todos la entrega del hermoso retrato, para saciar en él la
rabia y el encono de que estaban poseídos.

Reclamáronse las llaves del templo al Prior, y como los comisionados
para este caso tardasen en salir con ellas, el pueblo furioso entró
como una avalancha en el patio del hospital, derribando la puerta de la
capilla y arrancando de la pared el lienzo, que fué arrastrado á la
calle entre feroces gritos de insensato júbilo.

La plaza del Salvador fué teatro entonces de una escena singular y
extraña. Había cerrado la noche, y los amotinados trajeron luces de las
casas próximas, aplicándolas al lienzo, que fué destrozado y convertido
en leves cenizas, que disipó el viento.

Mientras acababa de perecer el retrato del favorito, sus enemigos
formaron corro alrededor, escarneciendo aquella figura tan hábilmente
trazada por el artista y llenándola de insultos y desvergüenzas de todas
clases.

Perdióse para siempre aquel hermoso cuadro, que podía hoy ser admirado
en cualquier museo, y al trocarse en humo aquel lienzo, trocábanse
también en humo la grandeza y los honores de D. Manuel Godoy, cuya vida
política ha sido tan calumniada.



LXX

EL CURA DE TRIANA

    Los viles españoles
      afrancesados,
    ya han recibido el premio
      de sus cuidados:
      á pie caminan,
    y aguardan por momentos
      ver su rüina.

    (_Copla patriótica._)


En Febrero de 1810 Sevilla se encontraba bajo el poder de las tropas
imperiales, que cometían en la ciudad los mayores desafueros, burlándose
descaradamente de las capitulaciones ajustadas, conduciendo diariamente
al patíbulo á cuantos hacían el menor esfuerzo para contribuir á romper
aquel ominoso yugo.

Henchidos de rabia y de coraje estaban los pechos de los verdaderos
patriotas, y con el mayor sigilo preparaban una conspiración terrible
que, de no haberse malogrado, quizá hubiese hecho á Sevilla teatro de
los episodios más gloriosos y sangrientos.

En tales circunstancias, y cuando más acalorados estaban los ánimos,
repartiéronse á las personas de la población convocatorias, en las
cuales se invitaba á los devotos para asistir á una gran función
religiosa, que habría de celebrarse el domingo 25 de Marzo, en la
parroquia de Santa Ana, para _dar gracias al Cielo por la feliz venida
al trono español de su majestad José I_.

La sorpresa y el enojo que semejante impreso produjo pueden figurárselos
nuestros lectores; y subió de punto la indignación al saberse que ni las
hermandades ni el clero de Triana habían autorizado semejante conducta,
y que todo era obra de un cura de la iglesia de Nuestra Señora de la O,
quien, no sabiendo cómo atraerse la gracia del intruso, tuvo aquella
idea imprudente y digna de la mayor censura.

D. José Areijas, que así se llamaba el presbítero afrancesado, no llegó
á amedrentarse por la actitud de todos los trianeros; y contando con la
defensa de los invasores, desoyó cuantas reflexiones algunos amigos
llegaron á hacerle, y el día anunciado por la convocatoria dispuso con
la mayor actividad cuanto era necesario para la función religiosa
aplicada al buen hermano de Napoleón.

Serían las once de la mañana cuando numerosos grupos de hombres
penetraron en el templo, y colocándose con el mayor disimulo en varios
puntos, aguardaron á otros muchos, que poco á poco fueron entrando, y al
comenzar la misa las naves de la iglesia de Santa Ana se veían
completamente llenas, nó de aquel público devoto y tranquilo que
diariamente asistía á los cultos, sinó de una muchedumbre inquieta y
nada pacífica, cuyos rostros no eran á la verdad muy sosegados.

Continuó la misa en el altar mayor sin que nada de particular ocurriera:
lanzaba el órgano sus notas armoniosas; entonaban los sochantres sus
continuas salmodias, y cuando la música y los cantos terminaron,
apareció en lo alto del púlpito el cura Areijas, quien, después de los
latines de ordenanza, dió principio al sermón que ya tantas veces había
preparado.

¡Qué sermón aquel! ¡qué palabras, qué párrafos, qué pensamientos
aquellos!... Trataba de probar el buen padre de almas que á los ojos de
Dios era muy agradable el reinado de _Pepe-Botella_, que la felicidad de
España dependía de los invasores, y condenaba la guerra que se les
hacía, aplicando los dictados más injuriosos á los que él llamaba
traidores é ilusos empeñados en rechazar los que el Cielo había
destinado para ser nuestros amigos y leales hermanos.

Á medida que avanzaba en su discurso, excitábase el cura Areijas, y
manoteaba entusiasmado: ora extendía los brazos, adoptando trágicas
actitudes; ora pateaba con furia y alzaba al cielo los ojos vivos y
chispeantes, y ora, en fin, apretando los puños, descargaba fuertes
golpes sobre la baranda del púlpito. Guardaba el concurso profundo
silencio; pero cuando más embebido y fuera de sí estaba el padre,
escucháronse de pronto estas palabras, que nadie supo de qué lugar del
templo salían:

--¡Embustero!--dijo la voz con acento terrible;--eso es profanar la
cátedra del Espíritu Santo...

Entonces estalló la tormenta que hacía largo rato estaba contenida; por
doquier se oyeron gritos y protestas, la gente corrió buscando la calle,
unos se atropellaban, otros se dirigían á encontrar al cura, muchos
mostraban armas, y cuando mayor era la confusión, el escándalo y el
alboroto, sonó un disparo en la plaza, y apareció en seguida en el
templo un escuadrón de dragones franceses, quienes dispersaron á
sablazos los grupos, cerraron la iglesia y escoltaron al cura
antipatriota, para librarlo de las iras populares, terminando así
aquella función religiosa en mal hora organizada por el atrevido
presbítero.



LXXI

ENTRADA DEL REY INTRUSO

     «El que veis, sevillanos, es el justo, es vuestro amable rey Josef
     Primero, cuyo semblante plácido y augusto muestra que, corazón
     grande y sincero, ver su pueblo feliz sólo es su gusto, pues dirige
     á este fin todo su esmero...»

     A. LISTA.


Una página de la historia de nuestra ciudad vamos á recordar aquí,
página triste para los buenos patriotas de otros tiempos, y alegre para
los ejércitos del Capitán del siglo, que invadieron nuestro suelo,
dejando en él eterna memoria.

El jueves, primero de Febrero de 1810 entraron en Sevilla los franceses,
después de haber cometido todo género de excesos en los pueblos de la
provincia.

Cuando las tropas imperiales se acercaban á la población, el paisanaje,
alborotado, recurrió á las autoridades en demanda de auxilios para
preparar una defensa heróica contra los invasores; pero lo mismo el
Capitán General que el Asistente y que el Cabildo Eclesiástico,
procuraron calmar la laudable efervescencia del pueblo, y por cuantos
medios les fué posible impidieron que éste se dejase llevar de sus
patrióticos sentimientos.

«Ansiaban los invasores--escribe el señor Gómez Ímaz--verse dueños de
Sevilla; y si á ello les incitaba la codicia por la fama que siempre
gozó de bella, alegre y riquísima, en la que esperaban hallar una
especie de edén á lo morisco donde gozar de regalada vida con
acrecentamiento de la hacienda, no menos la apetecían como punto
estratégico y cuartel general de operaciones en la zona andaluza, por la
situación topográfica... Maestranza, Pirotecnia, Fundición, Parque de
Artillería y vía fluvial, unido todo esto á propios recursos,
importancia y riquezas.»

Hallándose los franceses en Torreblanca, una comisión, formada por
individuos del clero, de la magistratura, de las armas y de la nobleza,
pasó á entenderse con José Bonaparte, proponiéndole una capitulación que
librase á la ciudad de desgracias y de atropellos.

Aceptó el _Intruso_ la capitulación, que después fué cumplida con
poquísima exactitud, y poniendo en marcha las tropas, entraron éstas en
la ciudad á las once de la mañana del ya citado primer día de Febrero.

Los soldados invasores penetraron por la puerta de San Fernando,
haciendo alarde de sus fuerzas, con esa fanfarronería tan característica
de nuestros vecinos del Pirineo. El aspecto de aquellos soldados tan
bien equipados y tan arrogantes contrastaba singularmente con el de las
pocas personas que acudieron á presenciar su llegada.

Al divisarse el coche donde venía José Bonaparte las campanas de la
_Giralda_ lanzaron alegres repiques, disparáronse multitud de cohetes, y
el Ayuntamiento y el Cabildo salieron á saludar al _Intruso_ al prado de
San Sebastián.

El hermano de Napoleón se apeó del vehículo, y montó á caballo,
colocándose al frente de su Estado mayor, y marchando precedido de una
numerosa escolta de coraceros de la guardia municipal.

Era aquel día sereno y apacible; el sol brillaba sobre un cielo azulado
y transparente, la atmósfera estaba limpia y despejada, todo lo cual
contribuyó mucho á dar lucimiento al acto de pisar las calles de Sevilla
las poderosas huestes de Bonaparte.

Entre los diversos personajes que acompañaban al flamante Monarca, á más
del general Soult, duque de Dalmacia, del Barón Darica y de Senarmont,
venían sus consejeros Aranza, Cabarrús, Solís, Montarco y Meléndez
Valdés, el Duque de Treviso, el Marqués de Riomilano, O-Farril, Urquijo,
Almenara y otros muchos hombres que hicieron importantísimos papeles en
aquel tiempo digno de eterna recordación.

Toda la lujosa comitiva, vestida con ricos uniformes y rodeada de
militar estruendo, pasó por las calles Nueva de San Fernando, Puerta de
Jerez, Santo Tomás y Gradas.

Á la puerta de la Catedral, que estaba ricamente adornada, se detuvo
José Bonaparte, siendo recibido en el atrio por el Cabildo, y después de
breves minutos, en los que hubo corteses saludos y graves reverencias,
se dirigió al Real Alcázar, donde ya tenían preparado su alojamiento.

Era entonces asistente de Sevilla D. Joaquín Leandro Solís, quien,
deseando captarse las simpatías de los invasores, mandó colocar en los
puntos más céntricos de la ciudad dos ó tres bandas de música, que
ejecutaron alegres tocatas, organizando también una profusa iluminación
en los edificios públicos, y obligando á muchos vecinos á que adornasen
las fachadas de sus casas con ricas colgaduras.

Aquella misma tarde las tropas francesas se alojaron en los conventos de
San Francisco, Santo Tomás, el Carmen y San Jacinto, y por la noche los
soldados imperiales recorrieron las calles en numerosos grupos,
promoviendo singular escándalo y alboroto, hasta hora muy avanzada.

El pueblo de Sevilla contempló lleno de despecho y coraje aquellas
escenas, y permaneció casi todo encerrado en sus domicilios hasta el
nuevo día, siendo muy escaso el número de los que demostraron la menor
curiosidad por conocer al Monarca, á quien los andaluces dieron el
nombre de _Pepe-Botella_.

Sin embargo de esto, el periódico oficial de los invasores, que estaba
dirigido por D. Alberto Lista, decía lo siguiente al ocuparse de la
entrada de José Bonaparte:

«S. M. ha sido objeto de las más sinceras muestras de respeto por parte
del noble vecindario de Sevilla. Es seguro que á poco que nuestro amable
y justo Rey permanezca en esta ciudad, cautivará todos los corazones de
sus súbditos, á quienes ama como padre, y á quienes sólo desea ver
felices y gozando de las dulzuras de una paz duradera.»



LXXII

LA CONSTITUCIÓN

     «Constitución ó muerte será nuestra divisa: si algún traidor la
     pisa, al punto morirá.»

     (_Himno patriótico._)


Las tropas francesas, que tantos estragos causaron en Andalucía,
permanecieron en Sevilla desde principios de 1810, como dejarnos dicho,
hasta mediados de Agosto de 1812, y durante este tiempo los invasores
cometieron toda clase de atropellos y desmanes, conduciendo al patíbulo
infinidad de individuos que defendían con heroísmo la causa nacional.

En el mes de Abril llegaron tropas españolas para disponer el ataque de
la ciudad, lo cual no llegó á verificarse, comenzando en Agosto la
evacuación de franceses, que sostuvieron un nutrido tiroteo en
Castilleja con los vecinos de Triana y con el batallón de Zamora, que
mandaba el general don Juan de la Cruz Mourgerón.

El pueblo de Sevilla, viéndose libre de los invasores, se entregó á los
mayores trasportes de alegría, celebrando iluminaciones, funciones de
teatro, conciertos en los paseos, bailes y procesiones, que tuvieron
lugar en medio de un entusiasmo indescriptible.

Entonces se reunieron las autoridades locales, y acordaron publicar
solemnemente la Constitución política, obra de las inolvidables Cortes
gaditanas.

Señalóse para este acto el día 29 de Agosto, y en él apareció engalanada
la ciudad, viéndose las calles ocupadas por numeroso público de todas
las clases sociales, que se disponían á saludar en el nuevo código una
era venturosa y de feliz regeneración para la patria.

Aquella tarde, que fué templada y magnífica, salió á las cinco de la
casa Ayuntamiento la comitiva que iba á dar lectura á la Constitución,
dirigiéndose á un amplio tablado que se había construído en el centro de
la plaza de San Francisco.

Colocáronse en el tablado, el alférez mayor don Lope Olloqui, que
conducía el pendón de la ciudad, el jefe político Ruiz del Burgo, el
Asistente con los señores jurados, y el escribano del Municipio don
Ventura Ruiz Huidobro, quien dió lectura al documento ante una numerosa
y compacta muchedumbre.

La comitiva recorrió luego las calles Vizcaínos, Mar y Gradas, llegando
á la puerta de la Catedral, que se había adornado con ricas telas, en la
que se encontraba el Cabildo.

Repitióse ante él la lectura en la misma forma que acababa de hacerse en
la plaza de San Francisco, y, por último, se verificó en el patio de
Banderas, donde también se había levantado una tribuna al efecto.

Quince días después de la promulgación del código, ó sea el 12 de
Setiembre, se celebró la jura en medio del mayor orden y entusiasmo.

Juró la Constitución el Cabildo en la Sala Capitular de la Basílica, y
casi al mismo tiempo juró el Municipio, el Claustro de doctores de la
Universidad, los magistrados de la Audiencia, los cuerpos de la plaza y
todas las corporaciones y entidades oficiales, jurando por último el
pueblo al siguiente día, domingo 13 de Setiembre.

Las naves de la Catedral se vieron ocupadas por numerosa concurrencia, y
dió comienzo la función religiosa, con asistencia de las autoridades
civiles y militares, que se situaron en unos escaños levantados á la
derecha del altar mayor.

Éste ofrecía un hermoso golpe de vista; se hallaba iluminado
profusamente y con el aparato de las grandes solemnidades. Comenzó la
misa cantada, y á la mitad de ella el escribano Ruiz Huidobro apareció
en el púlpito, llevando en sus manos un ejemplar de la Constitución, el
cual leyó en voz alta para que de todos fuese oído.

El canónigo Maestre, terminada la lectura, pronunció un sermón
encareciendo las ventajas que á la patria traería el nuevo código, de
quien hizo grandes elogios, concluyendo su plática, que fué por cierto
muy elocuente, recomendando al pueblo la obediencia á la obra de los
legisladores gaditanos.

Terminada la misa, se adelantó Ruiz del Burgo, como jefe político que
era de la ciudad, y dirigiéndose á la multitud que ocupaba el templo,
pronunció estas palabras:

--¿Juráis guardar y observar la nueva Constitución política, publicada
por la Regencia, y sancionada por las Cortes generales, que se os acaba
de hacer presente?

--¡Sí juramos!--contestó la multitud.

--¿Juráis conocer y defender á vuestro rey el señor D. Fernando VII, que
Dios guarde?

--¡Si juramos!--volvieron á responder todos.

Entonces las campanas de la _Giralda_ comenzaron sus alegres repiques,
los cañones hicieron salvas, y el Cabildo entonó el _Te-Deum_, dando fin
la ceremonia cerca del medio día.

¡Quién hubiera imaginado entonces que el nuevo código que con tanto
regocijo se acogía iba á ser causa de tan hondas perturbaciones para la
nación!



LXXIII

LA FIESTA DEL QUEMADERO

     «Mas ¡ay! que ya se acaban las aspas y garrotes, y jansenistas,
     moros y hugonotes se burlan de mi celo y mi porfía... Todos á un
     tiempo trinan viendo que está apagado el tizón venerado que á los
     reyes temblar hizo algún día.»

     EUGENIO DE TAPIA.


No hace muchos años oímos contar á un anciano el suceso que da origen á
este trabajo, y habiendo encontrado recientemente algunos detalles sobre
el caso en papeles de la época, vamos á referirlo al lector, á quien
suponemos pacientísimo.

Á principios del memorable año de 1820 era gobernador militar de Sevilla
el General Odonojú, quien, al tener las primeras noticias del alzamiento
de Las Cabezas de San Juan y de la isla de León, afilióse en secreto al
partido de la Constitución, cuidando mucho que sus ideas no fuesen
advertidas por nadie hasta la llegada del oportuno momento.

Había marchado á Cádiz el capitán general de Andalucía D. Tomás Freiree
para combatir á los que por tan noble causa se habían sublevado, y el
día 10 de Marzo, cuando más tranquilos aguardaban los partidarios del
absolutismo la derrota de sus enemigos, y más confiados estaban todos en
las seguridades que en Sevilla tenían, alborotóse de pronto el pueblo,
que, alentado por los patriotas que tenían su punto de reunión en el
café de San Fernando, llegó al Ayuntamiento, dando término á la sesión
que el Cabildo celebraba, y de allí, tras recorrer algunas calles,
quitar el título á la plaza de San Francisco y hacer repicar las
campanas, se dirigió la muchedumbre al edificio en donde estaba situado
el tribunal de la Inquisición, no sin haber proclamado antes el nuevo
código, del cual esperaban tantos la salvación de la patria.

Libertados los dos presos que en las cárceles del Tribunal estaban,
destruídos los muebles, y quemados los procesos que se guardaban en el
archivo, entregóse la multitud á otros excesos, que tuvieron que ser
reprimidos con energía por las autoridades que acababan de tomar el
mando.

Tranquilizáronse un poco los ánimos y dió comienzo la nueva época
constitucional, sobre la que tanto se ha dicho y tanto bueno queda
todavía que decir; y cuando las Cortes en el año siguiente, después de
larguísimos debates, decretaron la suspensión del Tribunal de la Fe,
alborotóse de nuevo el pueblo bajo de Sevilla, y se propuso llevar á
cabo un acto que demostrase su adhesión al decreto y fuese una burla
grotesca de aquella abolida institución.

Era Domingo de Ramos de 1821, y por la mañana el lugar donde estuvo el
famoso _Quemadero_ (hacia un extremo del prado de San Sebastián)
apareció dispuesto y aderezado de manera bien airosa. La noche antes
habíanse colocado allí algunos trasparentes de lienzo y madera,
pintarrajeados con muñecos deformes, vestidos con los trajes que usaban
los familiares del Santo Oficio, en posturas extrañas y entregados á
diversos y raros entretenimientos. Los trasparentes tenían gran altura,
y sobre ellos se veía un enorme cerdo de cartón, con una medalla en el
hocico y un letrero en la parte posterior, que no queremos copiar aquí
por creerlo nada oportuno.

La gente de los barrios bajos, los patriotas de los cafés del Turco y de
San Fernando, los individuos de muchas sociedades políticas y la gente
moza y regocijada acudieron al prado de San Sebastián, rodeando el
aparato allí levantado, y haciéndolo objeto de sabrosos comentarios y de
dichos y frases de esas tan gráficas en nuestra tierra.

Al ocultarse el sol, una banda de música tocó el himno de Riego que
acababa de componer San Miguel, y al escucharse sus notas muchos de los
que allí se encontraban, no pudiendo contener su entusiasmo, cantaron y
bailaron con la mayor alegría.

Luego un grupo de mozos del barrio de San Bernardo entonó junto al
improvisado monumento gran número de responsos, y como para remojar las
fauces de los cantores se trajeron algunos jarrillos de vino, éste no
tardó en hacer sus efectos, y entonces las coplas se convirtieron en
desvergüenzas, y el alboroto y escándalo subió de punto.

Así transcurrieron algunas horas, y á las nueve de la noche comenzaron á
disparar cohetes, quemando un castillo de fuegos artificiales, é
incendiando por último aquellos pintarrajeados lienzos en medio del
mayor desorden y de la más ensordecedora gritería.

Cuando el monumento se convirtió en cenizas, la gente se fué retirando
poco á poco de aquel sitio, teatro de tan tristes escenas en multitud de
ocasiones.

Los partidarios del absolutismo llevaron muy á mal aquel desahogo de los
liberales exaltados, que pagaron bien caros éste y otros actos en el
funesto día de S. Antonio del año de 1823.



LXXIV

EL ASISTENTE ARJONA

     «Asistente é Intendente en comisión de Sevilla.... donde le
     esperaba la gloria de reformador ilustrado de la hermosa ciudad de
     San Fernando.»

     A. MARTÍN VILLA.


Pocos hombres de los que han presidido la Corporación municipal de
Sevilla han demostrado tanto interés por la ciudad y han reunido tan
apreciables dotes para su cargo como el inolvidable asistente D. José
Manuel de Arjona y Cubas, á quien justo creemos dedicar un recuerdo.

Arjona gobernó los intereses de la población en época tan difícil como
lo eran aquellos últimos años del reinado de Fernando VII, en los que el
estado general de nuestra nación no era nada lisonjero ni próspero por
cierto.

El estar Arjona al servicio de aquel Gobierno no ha de ser causa de que
le escatimemos nuestras alabanzas, mucho más cuando estuvo muy lejos de
cometer los abusos y atropellos que casi todas las autoridades
absolutistas cometían, y llegó á captarse con habilidad suma el aprecio
y estimación de todos los andaluces, aunque éstos profesaren las más
avanzadas ideas.

El día 11 de Mayo de 1825 D. José Manuel de Arjona y Cubas tomó posesión
de su elevado cargo de Asistente, para el que había sido nombrado según
el curioso documento que copiamos á continuación:

«Atendiendo á los servicios, deseos y repetidas instancias de D. José
Aznares, Consejero de Estado sin ejercicio, para que se le releve del
penoso desempeño de la Intendencia de Ejército de Andalucía, que corre
unida con la Asistencia de Sevilla, cuyos destinos obtuvo en comisión
por Real Decreto de 24 de Diciembre de 1823, he venido, conformándome
con el dictamen de mi Consejo de Ministros, en acceder á la solicitud; y
al mismo tiempo tengo á bien nombrar para que sirva, también en
comisión, la Intendencia de Ejército de Andalucía y la Asistencia de
Sevilla á D. José Manuel de Arjona, de mi Consejo Real y Supremo de la
Cámara, conservando la propiedad de estos dos destinos, y dispondréis su
cumplimiento.--_Yo el Rey_.»

Desde aquel día no sosegó el nuevo Asistente hasta realizar
importantísimas mejoras, que contribuyeron muy poderosamente al
embellecimiento material de la población.

Jamás desde entonces retrocedió ante ninguno de los obstáculos,
poderosos muchas veces, que se opusieron á sus proyectos; jamás
consintió que se entorpecieran por favorecer los intereses particulares
obras que resultarían en interés del pueblo de Sevilla, y dotado como
estaba de un carácter serio y enérgico, se propuso cortar de raíz
infinidad de antiguos abusos, que, si no llegaron por completo á
corregirse, disminuyeron en gran parte.

Arjona hizo famoso su nombre en la historia de Sevilla por los actos
ejecutados durante su mando y por haber sido el primero que inició el
movimiento de progreso y comodidad, hasta entonces desconocido.

Digno émulo del Marqués de Pontejos, descendiente como aquél de noble
familia, y poseedor de una regular fortuna, el Asistente sevillano
trabajó infatigablemente por que la capital de Andalucía adquiriera el
mayor grado posible de esplendor y grandeza.

D. José Manuel de Arjona, según apunta Velázquez y Sánchez, mejoró los
servicios públicos, reformó el alumbrado, puso coto á las edificaciones
abusivas, planteó el ensanche de muchas calles, introdujo en ellas las
aceras, y sustituyó los nombres ridículos que muchas tenían por otros
más propios. Él comenzó el derribo del murallón que unía con el Alcázar
la torre del Oro; edificó el hermoso salón de Cristina y los jardines de
las Delicias; inauguró el hospicio de ancianos y niños que estaba frente
al convento de Madre de Dios; formó de nuevo la célebre cofradía del
Santo Entierro, que tanta celebridad llegó á adquirir; llevó á cabo
grandes mejoras en la Alameda, en el Arenal y en otros paseos; dió su
valioso apoyo á cuantos le propusieron alguna idea que fuese beneficiosa
para la cultura y adelanto de la ciudad, y castigó severamente á la
plebe realista, que en aquel funesto período absoluto era el azote de
los liberales.

Arjona fué «hombre de mando y hombre de mundo á la vez», y estuvo
dotado, entre sus buenas cualidades, de un tacto exquisito para llevar á
cabo las arduas empresas que por su categoría le fueron encomendadas.

En el mes de Mayo de 1833 abandonó Arjona su puesto, y en los ocho años
que lo ocupó dejó recuerdos imborrables de su celo, energía y actividad.

El pueblo sevillano dió á D. José Manuel de Arjona el hiperbólico nombre
de _Rey de las Andalucías_, significando así la autoridad de aquel
hombre, digno de que nuestra generación le dedicase algún monumento que
hiciera perpetua su memoria.

Como recuerdo de este Asistente se conserva en el Archivo del
Ayuntamiento el sillón que usó durante el período de su mando, cuando
acudía á presenciar y dirigir los trabajos de los famosos jardines de
las Delicias y del paseo de la Bella Flor.

Para terminar, diremos que el Asistente Arjona era natural de Osuna y
hermano del poeta del mismo apellido, y que fué uno de los que más
contribuyeron al establecimiento de la Escuela de Tauromaquia en 1830.



LXXV

LA ESCUELA DE TAUROMAQUIA

     «Fernando mandaba establecer una Escuela de Tauromaquia, y nombraba
     y dotaba los maestros que habían de enseñar... el modo de luchar
     con las fieras y de derramar su sangre, con lo que acostumbraba al
     pueblo, que ya veía con sobrada frecuencia verter la de los
     hombres, á estos espectáculos.»

     MODESTO LAFUENTE.


El edificio destinado á Matadero de reses para el consumo público se
terminó en los comienzos del siglo XVI, en las afueras de la puerta que
los árabes denominaron de _Mi-hoar_, siendo albergue al poco tiempo de
aquellos jiferos que, como dice el inmortal Cervantes, «era toda gente
ancha de conciencia, desalmada y sin temor al rey ni á su justicia...
que no dejaban de tener su ángel de guarda en la plaza de San Francisco,
granjeado con lomo y lenguas de vaca.»

En el siglo XVIII, y debido á la iniciativa del señor Asistente, se
amplió bastante el edificio, poniéndose algún freno á los abusos que
allí desde largos años se venían cometiendo á ciencia y paciencia de las
autoridades.

Nada de notable encontramos en la historia del Matadero que merezca
especial mención, hasta los últimos años del reinado de Fernando VII, en
que se fundó en él la célebre _Escuela de Tauromaquia_, que tanto dió
entonces que hablar á los que veían que al mismo tiempo que se
inauguraba este establecimiento se mandaban cerrar las cátedras en las
Universidades.

El Conde de la Estrella, gran taurófilo y hombre que no debía estar muy
ocupado, presentó al Monarca una _Memoria_ detenida y prolija para
probar lo conveniente que sería al país una escuela en la que se
aprendiese el arte de _Pepe-Illo_ y _Costillares_. Leyó el Rey el
trabajo del Conde, y tanto debió influir éste en su ánimo, que de allí á
poco, y después de algunas consultas, se acordó la fundación del
_beneficioso_ establecimiento.

¡Lástima que el original de tan curiosa _Memoria_ se haya perdido, y que
la posteridad ni los eruditos taurómacos puedan saborearla y recrearse
en su lectura!

Con fecha de 28 de Mayo de 1830 se publicó la real orden firmada por el
Monarca, y en ella se nombraba un maestro para la Escuela, con el sueldo
de 12.000 reales anuales, un ayudante con 8.000 y diez discípulos con
2.000 cada uno.

Se hizo el nombramiento de director á favor de Jerónimo Cándido; pero
habiendo acudido á Fernando VII, en solicitud de esta plaza, el viejo
Pedro Romero, fué atendida su petición, y, quedando de maestro por su
antigüedad, pasó Cándido á la categoría de ayudante.

Inauguróse el establecimiento en el mes de Octubre de 1830, bajo
detenida inspección del asistente, D. José Manuel de Arjona, siendo muy
crecido el número de los discípulos que allí acudieron á ejercitarse en
una tan arriesgada profesión como lo es la lidia de reses bravas.

De la _Escuela de Tauromaquia_ salieron diestros tan célebres como
Manuel Domínguez, que siguió las huellas del toreo rondeño; Francisco
Arjona _Cúchares_, si menos inteligente, dotado de gran habilidad y
ligereza; Francisco Montes _Paquiro_, incomparable en los lances de capa
y en el manejo de la muleta; Juan Yust, que tantos aplausos obtuvo
practicando la suerte de recibir; Juan Pastor _El barbero_, de quien
tantas anécdotas y chistes se oyen aún entre los viejos aficionados, y
otros muchos cuya enumeración resultaría por demás larga y difícil de
encerrar en estos apuntes.

El corral del Matadero donde se construyó la _Escuela_ era cómodo,
espacioso y adecuado; la arena estaba rodeada de una alta valla de
madera, el Asistente tenía un palco especial para presenciar si quería
las lecciones prácticas, y además se mandó construir una ancha gradería
para que la ocupase la concurrencia cuando se daban lecciones públicas,
costando la entrada dos reales.

Cuatro años después de su inauguración se cerró la _Escuela_ por real
orden de D.ª María Cristina, dada en 15 de Marzo de 1834, siendo el que
más trabajó por que se publicase este decreto el Subdelegado del
ministerio de Fomento D. Antonio Almagro, quien llegó hasta presentar á
la Reina gobernadora una solicitud pidiendo la clausura del
establecimiento taurómaco.

Nada, sinó el recuerdo, queda ya de él, y únicamente en el Matadero se
encuentra la siguiente lápida, adosada á un muro del corral donde estuvo
el circo, y que á título de curiosidad vamos á copiar.

Dice así:

«Reinando el señor D. Fernando VII, pío, feliz, restaurador, se
construyó esta Plaza para la enseñanza reservadora de la Escuela de
Tauromaquia, siendo Juez privativo de ella D. José Manuel de Arjona, y
Diputados encargados de la ejecución de la obra D. Francisco María
Martínez, Veinticuatro, D. Manuel Ziguri, Diputado del Común, y D. Juan
Fernández Roces, Jurado.--Año de 1830.»



LXXVI

EL SALÓN DE CRISTINA

     «Y he de ir al Parque, porque su apacible sitio ameno de las flores
     y las damas es el cortesano imperio.»

     CALDERÓN DE LA BARCA.


Ya en otros apuntes nos ocupamos del asistente de Sevilla D. José Manuel
de Arjona, y citamos algunas de las más importantes obras que bajo su
mando se llevaron á cabo, y las cuales contribuyeron muy poderosamente
al mejoramiento de nuestra población.

Fué uno de los trabajos que con más cariño emprendió Arjona la
construcción de un agradable paseo á la orilla del río Guadalquivir, y
frente al Colegio Náutico de San Telmo.

Venciendo con energía todas las dificultades y obstáculos que se
presentaron á su paso, consiguió dar principio á la realización de su
proyecto, terminándose las obras en la primavera de 1830, y
verificándose la inauguración oficial del paseo el sábado 24 de Julio
del mismo año, día de la última esposa de Fernando VII, por lo cual se
le dió á aquel sitio el nombre de _Salón de Cristina_.

Aquella tarde fué numerosísima la concurrencia que asistió al nuevo
sitio de recreo, donde se celebró un baile, tocando las bandas militares
escogidas piezas y quemándose por la noche vistosos fuegos de artificio.

El _Salón de Cristina_ se puso de moda: durante mucho tiempo fué el
punto de cita de la buena sociedad sevillana. Por entonces había en el
centro del paseo un templete de graciosa forma, y en los jardines, á mas
de los muchos árboles y plantas, existían infinidad de estatuas y
jarrones de mármol, fuentes caprichosas, pajareras, cenadores, cómodos
asientos y emparrados que prestaban dulce y agradable sombra.

Aquellas espesuras favorecían mucho á los rendidos galanes y á las
discretas damas, que en las calurosas noches de estío y en las frescas
mañanas de primavera pasaban allí gratísimas horas. ¡Cuántos sabrosos
diálogos y cuántos amorosos suspiros, cuántas promesas y juramentos
escucharían aquellos frondosos plátanos orientales, aquellos
melancólicos cipreses y aquellos románticos sauces!...

El _Salón de Cristina_ se veía diariamente animadísimo, y presentaba un
hermoso cuadro. Allí acudían las niñas pálidas de miradas dulces y andar
voluptuoso, que soñaban con caballerescas aventuras; los mozalvetes
románticos de ojos tristes y largas melenas, levitas ajustadas y
corbatines de á cuarta; los comerciantes y empleados, con sus
relucientes sombreros de copa, sus fraques abiertos y sus guantes
amarillos; las señoras mayores, peinadas con abultadas cocas y vestidas
con faldas de seda llenas de cogidos y volantes; los padres de familia
con sus chalecos listados, sus camisas plegadas y sus cadenas y dijes de
similor; los militares de altos morriones y grandes charreteras; los
_calaveras_ de la partida del trueno, los patriotas del café del Turco,
y allí, en fin, acudían todos los principales tipos de una sociedad que
se fué para siempre y de la que sólo nos queda la memoria.

Cuando más orgulloso podía estar el _Salón de Cristina_, y cuando
asistir á él se había hecho casi una obligación para los sevillanos, se
construyó la plaza de San Fernando y se arregló el paseo de la Bella
Flor, y entonces poco á poco la nueva sociedad que naciera dejó aquel
sitio donde tan agradables ratos habían pasado sus padres.

Sucesivamente se hicieron en el _Salón de Cristina_ multitud de
reformas, perdiendo la mayoría de los adornos que antes tuviera; y hoy,
en que tan poca concurrencia asiste á él, ha perdido todo su carácter,
convirtiéndose en una especie de parque al estilo de los de Inglaterra,
y que para compararse con ellos deja mucho que desear.



LXXVII

LOS SOLDADOS DE ÁFRICA

     «Murió por el patrio suelo, y Dios lo llevó consigo.»

     P. R.


Los sentimientos patrióticos de que tantas pruebas tiene dadas nuestro
pueblo levantáronse no hace mucho tiempo con la misma fuerza que en
pasados tiempos se levantaron para gloria de las armas españolas. Ante
las brutales é infames agresiones de las salvajes kábilas africanas se
alzó un grito unánime de indignación y de dolor en toda la Península,
grito que era imposible acallar, y pedía enérgicamente un ejemplar
castigo para los que ultrajaron villanamente la honra nacional en los
campos de Melilla.

Vivos permanecen aún en los corazones de todos los gloriosos recuerdos
de Tetuán y Wad-Rás, y las pruebas de heroísmo dadas en aquella campaña
inolvidable debieron ser poderoso estímulo para los que de nuevo iban á
aprestarse contra los hijos del Profeta, eternos contendientes
nuestros.

No traeremos aquí á cuento sucesos que todos conocen, ni describiremos
episodios que la historia tiene consignados y guardará eternamente en
sus páginas; limitándonos tan sólo á consagrar en estas líneas una
memoria á un puñado de valientes de los que fallecieron en aquella
lucha, y á cuyos restos mortales dió honrosa y digna sepultura el
Ayuntamiento de esta ciudad.

En más de una ocasión, cuando alguno de nuestros lectores haya acudido
al cementerio, se habrá detenido á contemplar un hermoso y severo
mausoleo que se encuentra situado en la primera glorieta de la izquierda
y á corta distancia de la capilla nuevamente construída. Bajo aquel
fúnebre monumento yacen sesenta y un soldados muertos en Sevilla desde
el 25 de Diciembre de 1859 hasta el 25 de Julio de 1860 á consecuencia
de las heridas que recibieron luchando con las tropas africanas de
Sidi-Mohjamed, emperador entonces de Marruecos.

Consta el monumento de una escalinata de regular altura, sobre la que se
levanta un zócalo desprovisto de todo adorno, y sobre él un pedestal con
cuatro lápidas, en las cuales están grabados los nombres de los
infelices que allí reposan y una inscripción laudatoria de los mismos.
Tiene el pedestal su correspondiente cornisamento, y encima una columna
en cuya base se ostentan de relieve los atributos del valor y de la
victoria. Rodean, por último, el mausoleo una sencilla verja y algunos
cipreces de gran corpulencia de oscuras y tupidas hojas.

La inscripción colocada en el frente dice así:

«Aquí yacen sesenta y un soldados muertos en esta ciudad de las heridas
que recibieron en África, peleando como buenos por la honra de la patria
en guerra contra los moros. Para conservar á las generaciones venideras
el glorioso recuerdo de su heróico valor, Sevilla erigió este sepulcro.
1860.»

Los nombres de los soldados son los siguientes:

Bernardino López, Valentín Montero, José Medialdea, Nicolás Carbó,
Salvador Berenguer, Antonio Tortosa, Francisco Pacheco, Francisco Luna,
Tomás Moreno, Lorenzo Villalonga, Antonio Montaña, José Olisilla,
Antonio Garpallo, José Gascón, Tomás Castro, Juan de Mina, Felipe
Beltrán, Domingo Ruisón, Manuel González, Gil Rubio, Gaspar Rodríguez,
León Iribárren, Pedro Puente, José Cubillas, Leocadio Calleiro, Antonio
Sotelo, Juan Hibias, Francisco Guirado, Domingo Pardo, Santiago Miguel,
Tomás Grinade, Joaquín Márquez, Francisco Panadero, Pedro Sánchez,
Saturnino Baras, Andrés Paz, Diego Camacho, Salustiano Alonso, José
Pastoriza, José López, José Montoto, Bartolomé Riaño, Blas Morates,
Calixto Pinilla, Ramón Hernández, Francisco Parallada, Fabián Fernández,
Andrés Lareno, Santos Ramos, Andrés Mateo, Miguel Sicte, Mateo García,
Benito Rodríguez, Julián Plaza, Francisco Vázquez, Fulgencio Fernández,
Ramón La-cumba, Valeriano Álvarez, Rufino Iberias, Domingo Tornos y
Antonio Caldero y Taberner.

El proyecto fué trazado por el arquitecto D. José de la Coba, quien lo
presentó al Cabildo municipal, presidido por Vinuesa, en Noviembre de
1861, comenzando los trabajos de levantar el panteón á fines del año
siguiente, y terminándose en Julio de 1864, por el contratista de la
obra, D. José Frápolli. Para no cansar con más datos, diremos que el
mausoleo costó al Ayuntamiento más de 41.391 reales, y que en la
reparación general que se llevó á cabo en 1870 se invirtieron 1.793
pesetas próximamente.

El primer valiente que allí recibió sepultura fué el soldado de la
segunda compañía del segundo batallón del regimiento infantería de
Córdoba, Bernardino López, que falleció en el Hospital Militar el 25 de
Diciembre de 1859, de resulta de las graves heridas que sufrió en
campaña, si bien no puedo precisar la acción, pues en ningún documento
de los que hemos consultado consta cuál fuera ésta. De la gloriosa
batalla del 4 de Febrero yace allí el soldado Felipe Beltrán, de quien
dijo un periódico de aquellos días que «se le vió luchando con un
denuedo inimitable hasta que pudo ponerse en pie, y que su
comportamiento fué el de todo un héroe.» El subteniente del regimiento
de África D. León Iribárren, que, después de tomar parte en diferentes
acciones, cayó herido mortalmente por el plomo enemigo, yace también
allí; y entre los demás valientes citaré á Tomás Moreno, soldado del
regimiento de León, que por su heroísmo mereció que su entierro se
verificase con gran pompa, acudiendo á él el Ayuntamiento y
corporaciones de Sevilla, además de una inmensa concurrencia de todas
las clases de la sociedad.

Cuando para cumplir algún deber, triste siempre, hemos acudido al
Cementerio, nunca salimos sin detenernos algún rato ante el mausoleo que
guarda los restos de los soldados de África. Allí se ven pocas veces
coronas de flores; allí pocos son los que se detienen á rezar una
oración.... La curiosidad es generalmente la que mueve á muchos á
pararse ante aquel mármol y á leer los nombres de los valientes que bajo
él descansan.

¿Quién se acuerda hoy de ellos? Fueron héroes anónimos; fueron parte de
ese montón informe que sucumbe en las batallas, sin que su recuerdo viva
y se perpetúe de generación en generación; fueron, en fin, de esas
víctimas para quienes la historia no tiene una página ni la gloria un
laurel.... Pelearon y murieron por la patria: eso es todo lo que se sabe
de ellos.

Poco es en verdad; pero ¡á cuántas meditaciones hace inclinar el ánimo!



LXXVIII

DOMÍNGUEZ BÉCQUER

     «En tus rimas dolientes palpitan las luchas terribles que el alma
     destrozan, y es en ellas un ¡ay! cada verso y un tierno poema de
     amor cada estrofa.»

     ATAULFO FRIERA.


Amantes de la buena poesía, y entusiastas por los hombres ilustres de
nuestra patria, con gusto tomamos la pluma para decir algo de este
poeta, el más artista y original quizá de los poetas españoles del
presente siglo. Breve fué su existencia, fecunda en amarguras y
sinsabores domésticos: escaso el número de las obras que dejó escritas,
pero ellas han bastado á inmortalizar su nombre.

Pocos conocieron á Bécquer mientras vivió; pocos leyeron entonces sus
sentidos versos, y ninguno de sus íntimos amigos pudo sospechar la fama
que tenía reservada, ni el lugar distinguido que iba á ocupar en nuestra
literatura contemporánea.

No nos detendremos en sus obras, por no permitirlo los estrechos límites
de este artículo; además, se ha dicho mucho, y muy bien, de ellas, y
las bellezas que encierran están al alcance de todas las personas que
tienen corazón y saben sentir.

Las obras de Bécquer no deben analizarse con la frialdad severa de la
crítica: ésta pudiera tal vez encontrar algunos defectos, poca unidad en
las concepciones, repetición de los mismos cuadros, escasa variedad en
la forma... Las obras de Bécquer son para admirarlas, y la persona que
desde luego no comprenda sus méritos, será inútil cuanto se haga por
demostrárselos. «Las teorías--dijo Larra--las doctrinas, los sistemas,
se explican: los sentimientos se sienten.»

Cuando por primera vez se dieron á luz las composiciones de Bécquer,
reunidas en un par de tomos, después de muerto su autor, despertaron
grandísimo entusiasmo en la república literaria, y la juventud de
entonces se declaró partidaria de aquel género de poesía, que resucitaba
el ya muerto romanticismo, que á tantos extravíos condujo en la primera
mitad del siglo.

Hoy la fama del vate andaluz descansa en sólidas bases, su popularidad
es grandísima, y van acabando, por fortuna, los imitadores, que tanto le
perjudicaron.

¿Quién no ha leído aquellas _Rimas_ llenas de sinceridad y pasión, que
condensan en breves frases las alegrías, los dolores, las aspiraciones y
los deseos que agitaron el alma soñadora y amorosa del poeta sevillano?
¿Quién no conoce aquellas _cartas_, modelos de sencillez y limpieza de
estilo, impregnadas de suave melancolía y dulce tristeza, que conmueven
el corazón con palabras mágicas y con imágenes delicadas y tiernas?
¿Quién, en fin, no ha hojeado aquellas fantásticas leyendas, aquellos
cuentos orientales y aquellos episodios caballerescos, que demuestran
una fecundidad creadora admirable, una potente imaginación de primer
orden y un perfecto conocimiento en las artes plásticas de los siglos
medios?

«En Bécquer--escribe un reputado crítico--se funden dos elementos que
parecen opuestos: la imaginación excepcionalmente esplendorosa del genio
meridional y la vaga idealidad germánica.» Muchos le comparan con
Enrique Heine, y á nuestro juicio existe gran diferencia entre ellos; el
poeta alemán es mordaz, excéptico en el fondo, enemigo de todo cuanto le
rodea, y su risa irónica molesta y hace daño; el poeta sevillano es casi
siempre sincero, tierno, sencillo, y si alguna vez, cediendo al peso del
infortunio, asoma la duda á su cerebro, busca consuelo en la religión,
que le brinda un bálsamo á sus punzantes heridas.

La biografía de Bécquer es bien corta, y ocupa pocas páginas; puede
condensarse en estas palabras de Blasco: «nació, vivió, escribió y
murió.»

Nació Bécquer en los primeros meses de 1836; en esta Sevilla tan cantada
por los poetas pasaron las días serenos de su infancia, y llegó á la
adolescencia con el alma «henchida--como él dice--de deseos sin nombre,
de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que es la más
preciada joya de la juventud.»

Había quedado huérfano á los cinco años, y en 1845 ingresó en el antiguo
colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica; en esta época
comenzaron á nacer sus aficiones literarias, y en colaboración con su
amigo Campillo, alumno también del colegio, y casi de su misma edad,
escribió un drama, empezó una novela y compuso multitud de versos,
ensayando todos los metros y todos los géneros.

Á los catorce años entró Gustavo en el estudio de D. Antonio Bejarano,
profesor de la Academia de Bellas Artes, que gozaba gran celebridad y
fué maestro de muchos notables artistas; estuvo luego bajo la dirección
de su tío D. Joaquín Domínguez Bécquer, y, siguiendo los consejos que
éste le diera, abandonó la pintura para dedicarse por completo á las
letras y realizar sus mayores deseos y esperanzas.

Llegó á Madrid en Octubre de 1854, y bien pronto comenzó á ver
desvanecerse como el humo los dorados sueños de su febril adolescencia.

Fué primero empleado con modestísimo sueldo, periodista político
después, censor de novelas más tarde, admitiendo estos y otros cargos,
que repugnaba, para atender á sus más precisas obligaciones.

En 1861 contrajo matrimonio, pero éste no resultó á la verdad feliz; mal
se avenía el poeta idealista y soñador á la monótona y vulgar
existencia de su nuevo estado; lejos de su esposa, retiróse á vivir en
compañía del más querido de sus hermanos, artista espontáneo y de
corazón, que supo reproducir como pocos los tipos y las costumbres
populares.

Indiscreto y triste sería entrar en detalles de este período de la
biografía de Gustavo Bécquer; su porvenir presentábase cada vez más
oscuro; su alma sensible la había desgarrado el infortunio; sus
ilusiones se habían perdido para siempre....

Pero aún le estaba reservado un golpe durísimo: el día 23 de Setiembre
de 1870 falleció Valeriano; «y desde entonces--escribe un biógrafo--pudo
afirmarse que Gustavo quedó herido de muerte.»

Una breve enfermedad cortó para siempre aquella cadena de males que
formaron la existencia del autor de las _Rimas_, y tres meses después,
el 22 de Diciembre, exhaló el último suspiro, cuando apenas contaba
treinta y cuatro años.

La patria ha sido ingrata con el poeta que tanto la amó; inútilmente
buscará el viajero en nuestra población un monumento que perpetúe su
memoria.

Hace algunos años, varios jóvenes entusiastas proyectaron dedicarle un
recuerdo á las orillas del Guadalquivir, pero el proyecto no llegó á
realizarse.... Una modesta lápida colocada en la casa donde nació, y el
nombre de una de las calles más extraviadas de la ciudad, son las únicas
cosas que en Sevilla recuerdan á Bécquer.

[Illustration: barra decorativa]



ÍNDICE


                                         Págs.

Dedicatoria.                                 5

Carta-Prólogo.                               7

I.--La Fuente del Arzobispo.                17

II.--La Puerta Real.                        20

III.--El Mesón del Moro.                    24

IV.--La Torre de Don Fadrique.              28

V.--La Iglesia de Santa Ana.                32

VI.--La Giralda.                            36

VII.--Recuerdos del Rey Don Pedro.          40

VIII.--El Sepulcro de Guzmán el Bueno.      44

IX.--La Puerta del Perdón.                  48

X.--Doña Urraca Osorio.                     51

XI.--El Patio de las Muñecas.               55

XII.--La Torre del Oro.                     60

XIII.--La Hermandad del Pilar.              64

XIV.--La Cárcel Real.                       68

XV.--La Susona.                             71

XVI.--El Conde Negro.                       75

XVII.--La Cruz del Campo.                   79

XVIII.--Colón en Sevilla.                   83

XIX.--El Horno de las Brujas.               88

XX.--La Inquisición.                        92

XXI.--La Misa de los navegantes.            96

XXII.--El Alma en pena.                    100

XXIII.--La Capilla de los Reyes.           105

XXIV.--La Morería.                         109

XXV.--La Virgen de Torrijiano.             112

XXVI.--La Calle del Diablo.                115

XXVII.--El Maestro Malara.                 119

XXVIII.--La última piedra de la Catedral.  123

XXIX.--El Divino Herrera.                  126

XXX.--Las sombras del subterráneo.         130

XXXI.--La Casa de los Alcázares.           135

XXXII.--Un Per-Afán de Rivera.             138

XXXIII.--La Velada de San Juan.            142

XXXIV.--El Santo Entierro.                 149

XXXV.--Cervantes en Sevilla.               154

XXXVI.--Don Juan Tenorio.                  158

XXXVII.--El Angostillo de San Andrés.      162

XXXVIII.--La Academia de Pacheco.          166

XXXIX.--El Sermón de las Mancebías.        170

XL.--Don Juan de Arguijo.                  174

XLI.--Los Fantasmas del Blanquillo.        178

XLII.--El Escultor Martínez Montañés.      183

XLIII.--Los Esclavos Negros.               187

XLIV.--La Cartuja.                         191

XLV.--La Roldana.                          196

XLVI.--El Pintor monedero.                 200

XLVII.--Drama de amores.                   204

XLVIII.--Bartolomé Esteban Murillo.        208

XLIX.--Una aventura.                       212

L.--La Cruz de la Cerrajería.              220

LI.--El Capitán Yelves.                    224

LII.--El Colegio de San Telmo.             228

LIII.--La Puerta de Triana.                232

LIV.--El Convento de San Francisco.        236

LV.--Los Rosales de Mañara.                240

LVI.--El Torreón del Duende.               245

LVII.--Una Cofradía.                       249

LVIII.--La Beata Dolores.                  253

LIX.--Viaje regio.                         258

LX.--Biblioteca Colombina.                 262

LXI.--El Señor del Gran Poder.             266

LXII.--Manolito Gázquez.                   272

LXIII.--El Teatro Principal.               276

LXIV.--La Fiebre Amarilla.                 281

LXV.--El Puesto de Agua.                   285

LXVI.--Matute y Gaviria.                   290

LXVII.--La Plaza de Toros.                 294

LXVIII.--Un Auto de Fe.                    299

LXIX.--El Retrato de Godoy.                304

LXX.--El Cura de Triana.                   308

LXXI.--Entrada del Rey Intruso.            312

LXXII.--La Constitución.                   317

LXXIII.--La Fiesta del Quemadero.          321

LXXIV.--El Asistente Arjona.               325

LXXV.--La Escuela de Tauromaquia.          329

LXXVI.--El Salón de Cristina.              333

LXXVII.--Los Soldados de África.           336

LXXVIII.--Domínguez Bécquer.               341

[Illustration: barra decorativa]

                  [cruz de Malta]
               ESTE LIBRO FUÉ IMPRESO
    _en la ciudad de Sevilla, en la oficina de E. Rasco,
          á expensas del Excmo. Sr. D. Juan Pérez
          de Guzmán y Boza, Duque de T'Serelaes
           de Tilly. Acabóse á_ XVII _días
              del mes de Noviembre, año del
                 Nacimiento  de Nuestro
                Señor Jesucristo de_
                     MDCCCXCIV

[Illustration: E R HOSPITALIS no-do no-do]





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