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Title: Maximina
Author: Palacio Valdés, Armando, 1853-1938
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Maximina" ***

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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. (nota del transcriptor)



MAXIMINA

NOVELAS DEL MISMO AUTOR

                                                           Pesetas.

=El Señorito Octavio= (nueva edición), un tomo                    4

=Marta y María= (nueva edición), un tomo                          4

Traducida al inglés por Mr. Nathan Haskell Dale.--Un tomo.--New-York.

Traducida al ruso por Mr. Pawlosky: publicada en el _Diario de San
Petersburgo_.

Traducida á la lengua bohemia por O. S. Vetti.--Un tomo.--Praga.

Traducida al sueco por A. Hulman.--Un tomo.--Stockolmo.

=El Idilio de un enfermo= (nueva edición), un tomo                4

Traducida al francés por Mr. Albert Savine: publicada en _Les Heures
du Salon et de l'Atelier_.

Traducida á la lengua bohemia por Mr. A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.

=Aguas fuertes=, un tomo                                          3

Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por
_La Independencia Belga_, _El Diario de Ginebra_, _El Correo de
Hannover_, _Hlas Národa Lumir_ y otros periodicos y revistas.

=José=, un tomo                                                   3,50

Edición española con prefacio y notas en inglés para el estudio del
castellano en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor Mr.
Davidson.--Un tomo.--New-York.--London.

Traducida al francés por Mlle. Sara Oquendo y publicada en la _Revue
de la Mode_.--París.

Traducida al alemán y publicada en _Interhaltungs-Beilage_.

Traducida al holandés por Mr. Hora Adema y publicada en _Het
Nienws van den Dag_.--Amsterdam.

Traducida al sueco por A. Hillman.--Un tomo.--Stockolmo.

=Riverita=, dos tomos                                             6

Traducida al francés por Mr. Julien Lugol y publicada en
la _Revue Internationale_.

=Maximina= (nueva edición), un tomo                               4

Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

=El Cuarto Poder=, dos tomos                                      6

Traducida al holandés por Mr. Hora Adema.--Un tomo.--Amsterdam.

Traducida al inglés por Miss Rachel Challice.--Un tomo.--New-York.

=La Hermana San Sulpicio= (nueva edición), un tomo                4

Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

Traducida al holandés y publicada en _El Correo de Rotterdam_.

Traducida al sueco por Mr. A. Hulman.--Un tomo.--Stockolmo.

=La Espuma= (ilustrada por Alcázar y Cuchy), dos tomos            8

Traducida al inglés por Clara Bell.--Un tomo.--London.

=La Fe=, un tomo                                                  4

Traducida al inglés por Miss I. Hapgood.--Un tomo.--New-York.

=El Maestrante=, un tomo                                          4

Traducida al francés por Mr. J. Gaure, con un estudio preliminar de
Mr. Bordes.--Un tomo.--París.

Traducida al inglés por Miss Challice.--Un tomo.--London.

=El Origen del Pensamiento=, un tomo                              4

Traducida al inglés por I. Hapgood: publicada en _The Cosmopolitan_,
con ilustraciones de Cabrinety.

Traducida al francés por Mr. Max Delime: publicada en la _Revue
Britannique_.

=Los Majos de Cádiz=, un tomo                                     4

=La Alegría del Capitán Ribot=, un tomo                           4

Traducida al inglés por Miss Minna C. Smith.--Un tomo.--New-York.

Traducida al holandés por el Dr. A Fokker.--Un tomo.--Amsterdam.

LOS PEDIDOS Á D. VICTORIANO SUÁREZ, PRECIADOS, 48, MADRID

       *       *       *       *       *



OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

TOMO VI

MAXIMINA

MADRID

Librería de Victoriano Suárez,

PRECIADOS, NÚMERO 48

1901

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

MADRID.--Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dup.º

[imagen decorativa]



I


LLEGÓ á Pasajes Miguel, un viernes por la tarde. Al
apearse del tren halló el esquife de Úrsula amarrado á la orilla.

--Felices tardes, D. Miguel--le dijo la batelera, expresando en su
rostro, cada vez más encendido por el alcohol, una alegría sincera.--Ya
me pensaba que no le vería más...

--¿Pues?

--¡Qué sé yo!... eso de casarse lo entienden tan mal los hombres... Pues
mire usted, señorito, aquí en el pueblo todos se han alegrado mucho al
saber la noticia... Sólo algunas envidiosas no querían creerlo...
¡Jesucristo lo que voy á hacerlas rabiar esta noche! Voy á recorrer el
pueblo diciendo que yo misma le he llevado á casa de D. Valentín.

--Déjate de hacer rabiar á nadie--repuso el joven riendo--y aprieta un
poco más á los remos.

--¿Tiene gana de ver á Maximina?

--¡Vaya!

Era la hora del oscurecer. Las sombras amontonadas en el fondo de la
bahía subían ya á lo alto de las montañas. En los pocos buques anclados
la tripulación se ocupaba en la carga y descarga, y sus gritos y el
chirrido de las maquinillas era lo único que turbaba la paz de aquel
recinto. Allá enfrente comenzaban á verse algunas luces dentro de las
casas. Miguel no apartaba los ojos de una que fulguraba débilmente en la
morada del ex capitán del _Rápido_. Sentía un anhelo grato y deleitable
que estremecía de vez en cuando sus labios y hacía perder el compás á su
corazón. Pero en el balcón de madera, donde tantas veces se había
reclinado para contemplar la salida y entrada de los buques, nadie
parecía ahora. Su rostro contraído denunciaba el afán que le embargaba.
Úrsula sonreía mirándole fijamente sin que él lo advirtiese.

Saltó en tierra, despidióse de aquella, subió la desigual escalera de
piedra y se internó por la única y tortuosa calle del pueblo. Al llegar
á la plazoleta de marras percibió en el balcón de la casa de su novia
una figura que desapareció rápidamente. El joven sonrió de placer y á
paso rápido se introdujo en el portal. Sin mirar siquiera al
estanquillo, llamó á la puerta con los nudillos.

--¿Quién?--dijo de adentro en seguida una voz dulce y pastosa que sonó
en su corazón como música celeste.

--Servidor.

Tiraron del cordel, empujó la puerta y vió en el primer descanso de la
escalera á la misma Maximina con una bujía en la mano. Vestía un traje
de cuadros blancos y negros y llevaba el peinado en trenza como siempre.
Estaba un poco más pálida, y como testimonio de sus recientes
inquietudes dibujábanse en torno de sus ojos garzos dos círculos
levemente azulados. Presentóse sonriente y ruborizada á la vista de
Miguel, quien de dos brincos salvó la distancia que le separaba de ella,
y cogiéndole la cara le aplicó una razonable cantidad de besos, no sin
que la niña protestase haciendo esfuerzos por separarse.

--¡Eso lo veo yo!--dijo una voz desde arriba. Era la de D.ª Rosalía.

Á pesar del tono jocoso que había usado, Maximina se asustó tanto que
dejó caer la bujía y quedaron enteramente á oscuras. D.ª Rosalía,
sofocada de risa, vino con una lámpara; pero ya su sobrina había
desaparecido.

--¿Ha visto usted qué criatura?... Se va á casar mañana, y se espanta lo
mismo que si le conociese de ayer... De seguro que ya está cerrada en su
cuarto... Le va á costar á usted trabajo hacerla salir.

Miguel subió en efecto á la habitación de su novia y llamó á la puerta
suavemente. No contestaron.

--Maximina--dijo conteniendo á duras penas la risa.

--¡No quiero! ¡no quiero!--respondió la niña con cierta precipitación
cómica.

--Pero ¿qué es lo que no quieres?

--No quiero salir.

--¡Ah! no quieres salir... Pues mira, el cura no va á casarnos con tanta
madera por el medio...

Hubo unos momentos de silencio. El hijo del brigadier arrimó la boca á
la cerradura y dijo suavizando la voz:

--¿Por qué no quieres abrir, tonta?... ¿Te da vergüenza?

--Sí--articuló desde dentro la niña.

--No tengas cuidado; tu tía no está aquí.

Al cabo de un rato y después de bastantes ruegos, se decidió á abrir.
Aún estaba ruborizada hasta las orejas. Miguel se apoderó de sus manos,
y le dijo reprendiéndola con mimo:

--Anda, pícara, que no me has esperado al balcón... Yo, mira que te mira
hasta sacarme los ojos; pero de Maximina ¡ni rastro!

La chica bajó los ojos diciendo:

--Sí, sí.

--¿Qué quiere decir sí, sí? ¿Me has esperado?

--Desde que comimos no me he separado del balcón. Le he visto entrar en
el bote; le he visto hablar con Úrsula y reirse, después saltar en
tierra, y por fin le vi desde el otro balcón llegar á la plazuela...

--Eso último ya lo sé... Pero vamos á ver, ¿cuándo piensas apearme el
tratamiento? ¿Vas á tratarme de usted después de casados?

--¡Oh, no!

Bajaron á la sala. Estaban en ella D. Valentín, Adolfo y las niñas, que
saludaron al viajero con efusión. La efusión del ex capitán era, por
supuesto, la que correspondía á un cetáceo no muy comunicativo; pero se
traslucía bien que estaba satisfecho. Al instante llegó D.ª Rosalía,
quien al ver á Maximina no pudo reprimir la risa, con lo cual, tanto se
corrió la niña, que salió como un huracán por la puerta y subió á
brincos otra vez la escalera. Miguel logró alcanzarla antes de llegar á
su cuarto. Mientras procuraba hacerle volver á la sala por medio de
súplicas, D.ª Rosalía, irritada por aquella huída, gritaba desde abajo:

--Déjela usted, D. Miguel; deje usted á esa tontuela mimosa... ¡No sé
cómo hay quien la quiera! ¡Uf, qué mentecata!

Es inútil decir que con estos insultos Maximina se echó á llorar; pero
estaba allí Miguel para consolarla, y nadie en el mundo lo podría hacer
con tan buen éxito. Al poco rato bajaron los prometidos y se formó en la
sala una tertulia con los vecinos que fueron llegando á felicitarles.
D.ª Rosalía no pareció en mucho rato desabrida sin duda con su sobrina
por el grave delito de tener pudor.

Lo que formaba el núcleo de la tertulia era una docena de jóvenes
anhelantes por ver los regalos del novio; el cual, sin fijarse en este
deseo que apenas comprendía, las hizo pasar una hora lo menos de
tortura; hasta que la misma D.ª Rosalía le llamó aparte y le expresó la
conveniencia de exhibirlos. Hízolo así nuestro joven arrastrando el baúl
y una maletita de mano, donde traía algunas joyas, hasta el medio de la
sala. Sacó los dos únicos vestidos que traía para su novia; uno, el que
debía vestir en el acto de la ceremonia nupcial; otro, el que debía
llevar en el viaje. Ambos fueron muy celebrados por lindos y elegantes.
Lo mismo el rico aderezo de brillantes y perlas. No se hartaban las
lugareñas de manosear aquellos objetos y loarlos, mostrando con sus
hiperbólicas exclamaciones que estimaban como suprema felicidad en este
mundo el poseer cosas parecidas. Maximina, detrás de todos, miraba con
más estupor que curiosidad, abriendo mucho los ojos. Sus amigas le
dirigían de vez en cuando miradas tan vivas como equívocas, á las cuales
contestaba con una leve y forzada sonrisa, sin perder la expresión de
susto que se pintaba en su rostro. Creció este susto cuando vió sacar
del baúl el traje de boda, que era blanco y de seda y adornado con
azahar. Se puso fuertemente colorada, y desde entonces no le abandonó el
rubor y la inquietud en toda la noche.

Pasáronla alegremente cantando y bailando al son de la guitarra. D.
Valentín ¡oh caso portentoso! bailó con una buena moza que, á fuerza de
instancias, le llegó á calentar los cascos; mas hubo de retirarse al
instante desesperado porque un vivo dolor reumático le paralizó la
pierna derecha. Su dulce esposa le consoló diciendo:

--¡Bien empleado te está!... ¡Por fachenda!

Miguel también bailó, eligiendo con mucha frecuencia á Maximina por
pareja. En los momentos de descanso se sentaban juntos allá por algún
rincón de la sala y cambiaban pocas palabras, pero infinitas miradas. El
hijo del brigadier, viendo sofocada á su novia, tomó un abanico y se
puso á darla aire. Maximina, observando que los miraban y alguien
sonreía, le detuvo suavemente diciendo:

--No necesito aire, muchas gracias. Usted está más acalorado que yo...

--¿Cómo _usted_? ¿Estamos en esas?

--Bien, pues... estás más acalorado que yo... Abanícate.

Á las diez se retiraron todos, despidiéndose de los novios con
sonrisillas más ó menos maliciosas.

--Hasta mañana, Maximina... Que duermas bien.

--La última noche de soltera, querida. Hazte cargo bien de ello, ¡la
última noche!--dijo una anciana matrona que había tenido once hijos y
seis malos partos.

Maximina sonrió, acortada.

--Adiós, adiós... ¡Qué pena nos va á dar cuando te marches!

Y algunas jóvenes la besaron repetidas veces con grandes extremos de
cariño.

--Niña, no olvides que es la última noche de soltera. Piénsalo bien, que
el asunto es grave--dijo otra vez la matrona.

Maximina volvió á sonreir.

Entonces la vieja frunció la frente y dijo por lo bajo á la que estaba á
su lado:

--¡Esta chica se figura que va á una romería! ¡Ay, Dios! Se necesita no
tener pizca de sentido. El matrimonio es cosa muy seria... muy seria.

Y acerca de la seriedad de este vínculo fué disertando larga y
eruditamente hasta su casa.

Nuestros novios se quedaron con D.ª Rosalía y don Valentín. Los niños ya
se habían ido á acostar; el último, Adolfo, á quien su madre había
tenido que llevar medio á rastras á la cama y con promesa de despertarle
al día siguiente para asistir á la ceremonia. D. Valentín también les
dió las buenas noches en seguida. Miguel y Maximina se sentaron en dos
sillas bajas y se pusieron á cuchichear, mientras D.ª Rosalía,
malhumorada aún, se decidió á coger la calceta reservándose el derecho
de levantar la sesión antes de pocos minutos.

Miguel observó que su novia estaba distraída y algo inquieta.

--¿Qué tienes?... Te encuentro un nosequé en el semblante... ¿No estás
contenta de ser mi mujer?

--¡Oh, sí! No tengo nada.

--Entonces, ¿por qué esa distracción?

Bajó la cabeza sin contestar. Miguel insistió.

--Vamos, díme, ¿qué te pasa?

--Tengo que pedirle un favor...--apuntó tímidamente.

--¿Nada más que uno? Quisiera que me pidieras cincuenta y que yo pudiese
concedértelos.

--Este sí puede... Que me deje casarme con un vestido mío...

El joven quedó un instante suspenso. Después preguntó con tristeza:

--¿No quieres casarte con el que yo te he traído?

--¡Me da mucha vergüenza!

--Pues es costumbre casarse con traje blanco; sobre todo, las niñas como
tú.

--Aquí no es costumbre... Me moriría de vergüenza.

Miguel trató suavemente de persuadirla, pero en vano. Agotadas sus
razones, que no eran muchas, no tuvo inconveniente en transigir. Mas D.ª
Rosalía había percibido algo y, levantando la cabeza, preguntó:

--¿Qué es eso? ¿Disputaban ustedes?

--Nada, D.ª Rosalía. Maximina no quiere casarse con el vestido blanco,
porque le da vergüenza.

Oir esto y ponerse furiosa la estanquera, fué todo uno.

--¿Y usted hace caso de esa bobalicona? ¿Qué sabe ella lo que quiere y
lo que no quiere?... ¡Se habrá visto!... ¡Un traje tan rico como usted
ha traído, que habrá costado un dineral!... ¡Pues estamos frescos!... ¿Y
qué quiere que se haga con ese vestido?...

El hijo del brigadier, comprendiendo lo que pasaría por el interior de
su amada, le tomó disimuladamente la mano y se la apretó fuertemente.
Maximina, que estaba confusa y angustiada, cobró valor.

--No hay por qué alterarse, D.ª Rosalía, pues la cosa no lo merece. Si
Maximina no quiere casarse de blanco, es porque aquí no hay costumbre.
La culpa ha sido mía por haberle traído el vestido sin consultarla. En
cuanto á lo que se ha de hacer con él, ya Maximina me lo ha dicho:
quiere que se regale á la Inmaculada de la iglesia de San Pedro.

La chica, que no había dicho nada, le oprimió la mano dándole las
gracias. D.ª Rosalía aspiraba á dar golpe en el pueblo con el traje de
su sobrina. Así que aún insistió con vehemencia por que no se la hiciese
caso; pero Miguel se mantuvo firme dando la razón á su novia y
defendiendo su derecho. Al fin D.ª Rosalía, sin poder disimular su
despecho, se salió de la habitación dejándolos solos.

Miguel se encogió de hombros, y dijo á la niña, que estaba muy alterada:

--No te apures, querida. Tú puedes considerarte mi esposa, y á nadie
tienes obligación de obedecer más que á mí.

Maximina le dirigió una tierna mirada de agradecimiento. Y comprendiendo
que no estaban bien sin compañía, se levantó manifestando deseos de ir á
acostarse. Era preciso despertarse muy temprano. La ceremonia estaba
señalada para las cinco y media de la mañana. Miguel se levantó también,
aunque de mala gana, y su novia fué á buscarle una bujía á la cocina. Al
tiempo de entregársela, le dijo aquél en son de broma:

--¿Estás bien segura de que nos casamos mañana?

Maximina le miró con los ojos muy abiertos.

--Pues cuidado, porque aún tengo tiempo á arrepentirme. ¡Quién sabe si
me escaparé esta noche, y mañana faltará para la boda la mitad de la
gente!

Maximina sonrió forzadamente. Miguel, que adivinó su inquietud, le tomó
la barba con los dedos, exclamando:

--¿Cómo eres tan inocente, criatura? ¿Sería posible que yo tirase mi
felicidad por la ventana? Cuando por casualidad se encuentra en el
mundo, es menester agarrarse bien á ella. Dentro de algunas horas no
podrá separarnos nadie. Adiós... _esposa mía_.

El joven recalcó estas palabras alejándose. Desde lo alto de la escalera
envió una sonrisa á la niña, que se había quedado inmóvil á la puerta de
la sala, mostrando señales de hallarse todavía un poco turbada por la
broma.

--Hasta mañana, ¿eh?

Maximina hizo un signo afirmativo con la cabeza.

No fué aquella noche de insomnio para Miguel, como dicen que acontece en
vísperas de boda. Ni un solo presentimiento triste cruzó por su mente;
ningún temor, ningún anhelo fogoso. Su determinación era tan firme y
razonable, el entendimiento y el corazón le apoyaban tan vivamente, que
no daba lugar á esa agitación malsana, á ese recelo que nos embarga en
el momento de adoptar cualquier grave resolución. Por lo que se refería
á Maximina, estaba seguro de ser feliz. Por lo que á él tocaba, cuidaría
de serlo. Una vez despojado del deseo vanidoso de «hacer una boda
brillante», estaba convencido de que ninguna mujer le convenía como
aquélla. Ni siquiera la fiebre de una pasión ardorosa y violenta le
causaba desasosiego. Sentía un amor intenso, pero tranquilo; ni
espiritual ni sensual, sino tocado de ambas cosas á la vez. Se metió en
la cama, estuvo algunos minutos pensando en su novia, y advirtiendo que
el sueño venía á recogerle, apagó la luz y se durmió profundamente.

Antes de las cinco le despertó la voz de la criada. Era noche cerrada, y
para serlo un rato todavía. Encendió de nuevo la bujía y se vistió y
aderezó en algunos minutos con mano un poco trémula. Al acercarse el
momento solemne, no pudo negar su naturaleza nerviosa é impresionable.

Cuando bajó á la sala, se encontró ya en ella bastante gente; la misma
que había estado por la noche y alguna más; todos vestidos con los
trapos más lucidos. D.ª Rosalía, que iba á ser la madrina, vestía un
traje de merino negro y ostentaba algunas joyas de escaso valor. D.
Valentín (el padrino) había sacado del fondo del baúl el frac con que se
había retratado al hacerse piloto. Era un frac largo de talle, ancho de
cuello y estrechísimo de manga. El ex capitán del _Rápido_ lo llevaba
con la misma gracia y soltura que una camisa de fuerza. En la planchada
y rizada camisola brillaban dos gordas amatistas que le habían regalado
el año cuarenta y dos en Manila. Por encima del chaleco, dando vuelta al
cuello, pendía la cadena del reloj, que era de oro y con pasador
guarnecido de ópalos. Pero donde D. Valentín había puesto los cinco
sentidos era en los pies. Siempre había presumido su mujer (porque él
era incapaz de presumir de nada) de que no hubiese otros en el pueblo
tan breves y bien formados. Por lo cual el marino, en esta ocasión
solemne, se creyó en el caso de dar lustre á las botas hasta dejarlas
como lunas de Venecia; mas sólo con el fin de proporcionar á la
compañera de su vida una nueva y pura satisfacción.

Faltaban entre los circunstantes algunas jóvenes, que, según le dijeron,
estaban ayudando á vestir á la novia. No tardó ésta en aparecer con un
modesto pero elegante vestido de lana, color azul oscuro, adornado con
terciopelo negro. Traía puesto el rico aderezo del novio y en el pecho
un ramito de azahar. Al entrar en la sala, todas las mujeres la besaron,
exceptuando su tía, quien á la vista de aquel traje sintió abrirse la
terrible herida de la noche anterior. Maximina la miró dos ó tres veces
tímidamente y fué ella misma á besarla. Á quien no miró poco ni mucho
fué á Miguel, que la devoraba en cambio con los ojos, comprendiendo
perfectamente, á pesar de su fingida serenidad, el rubor de que estaba
poseída. Las jóvenes artistas, que la habían aderezado, no acababan de
estar satisfechas de su obra. Sentíanse al parecer atormentadas por esos
vivos cuanto sutiles escrúpulos que al poeta ó pintor acometen siempre
en los últimos momentos de la creación. Después de sentados todos, tan
pronto se levantaba una y venía presurosa á prenderle el alfiler de
brillantes más arriba, como llegaba otra y le daba un si no es más
inclinación al ramo de azahar. Ésta le aliñaba el cabello con las manos,
aquélla le desarrugaba el vestido, la otra le estiraba la gola. En fin,
era un ir y venir incesante. Maximina les dejaba hacer, agradeciendo con
una sonrisa estos cuidados.

--Oiga usted, D. Miguel--dijo D.ª Rosalía.--¿Usted no se ha confesado
todavía?

--Pues es verdad, que no me acordaba--respondió aquél levantándose con
prisa.--¿Y Maximina?

--Ya lo ha hecho.

--Pues hasta luego, señores.

Y al salir volvió á clavar en Maximina una intensa mirada, que la niña
fingió no advertir.

Aún no se vislumbraban los primeros resplandores del día: verdad que la
noche había sido tenebrosa y en toda ella no había cesado de llover. Con
el paraguas abierto y rebujados en los abrigos atravesaron Miguel y D.
Valentín la calle desierta. Ninguna noche estrellada y diáfana del mes
de Agosto le pareció jamás tan bella á nuestro joven. Aquella madrugada
fría, húmeda y triste quedó grabada en su corazón como la más risueña de
su vida. La iglesia ofrecía un aspecto más tenebroso y más triste aún.
Pasaron recado al cura, y no tardó en llegar. Era un señor anciano, que
en gracia á la importancia de la boda, se había resignado á levantarse á
tal inusitada hora. Llevóle suavemente de la mano á un rincón oscuro del
templo y allí le confesó. Aún estaba arrodillado ante el confesor,
cuando percibió el rumor de la comitiva nupcial que entraba en la
iglesia con no poco estrépito; y su corazón se estremeció, no de dolor
de haber ofendido á Dios, digámoslo en su mengua, sino con anhelo dulce
y placentero. Fuése el párroco, después de darle la absolución, á
revestirse á la sacristía, y él se unió á la gente sin lograr echar la
vista encima á su novia. Sólo cuando el sacristán les vino á decir que
podían acercarse al altar mayor fué cuando la vió acompañada de su tía.
Los amigos les fueron empujando hacia adelante y se encontraron, sin
saber cómo, uno al lado del otro, cerca del altar y delante del cura.

Contra lo que se esperaba, Maximina mostróse bastante serena durante la
ceremonia y respondió á las demandas del sacerdote con voz clara, lo
cual hubo de complacer tanto al buen señor, que exclamó:

--¡Eso es! Así se contesta... no como esas melindrosas que están
rabiando por casarse y luego no hay quien les saque las palabras del
cuerpo.

La salida era tosca; pero los feligreses de San Pedro estaban
acostumbrados á otras tales, y sonrieron con regocijo. El buen párroco
les bendijo extendiendo sobre ellos las manos grave y majestuosamente,
imitando en lo posible á Moisés al separar las aguas del mar Rojo.
Después comenzó la misa. Hincáronse de rodillas los novios y los
padrinos. Al llegar cierto momento, que D.ª Rosalía presumía muy bien de
conocer, se levantó y prendió una cadena á la cabeza de Maximina,
invitando á su marido á que hiciese lo mismo con el extremo opuesto en
el hombro de Miguel. Cuando quedaron de este modo uncidos, el hijo del
brigadier comenzó á moverse dando leves tirones á la cadena. Maximina no
le había dirigido siquiera una mirada. Aguantó el primer tirón
juzgándolo casual; mas al segundo, sin levantar la vista, aunque
sonriendo, le dijo en voz baja:

--Estése quieto.

Miguel tiró más fuerte.

--¡Por Dios, que se va á desprender!

Cuando hubo terminado el oficio, los que asistían á él, que ya formaban
una muchedumbre, los rodearon para darles en voz de falsete la
enhorabuena. Apretones de manos furtivos, empujones discretos, risas
disimuladas. Todo el mundo temía descomponerse en el templo. Al salir
rayaba el alba. Algunos curiosos madrugadores se asomaban á las ventanas
para ver pasar la comitiva. Miguel se había quedado rezagado entre un
grupo de hombres, y perdió de vista nuevamente á Maximina, que había
marchado delante con sus amigas. En la sala de la casa de D. Valentín
les aguardaba una mesa más abundantemente provista de confites y licores
que artísticamente aderezada. Miguel tomó chocolate con los testigos. La
novia había ido á cambiar de traje, según le dijeron. Al poco rato fué
él á hacer lo mismo. En un descanso de la escalera encontró á su mujer,
á quien la criada estaba abrochando los botones de las botas. Ambos
quedaron confusos. Maximina siguió con la vista fija en las manos de la
doméstica. Miguel se detuvo un momento vacilante, y exclamó, por decir
algo:

--¡Ah! ¿ya estás vestida?... Voy á hacer lo mismo.

Y como si algún enemigo le persiguiese de cerca, subió á brincos la
escalera.

Tornaron á reunirse poco después en la sala. Maximina estaba muy bien
con su vestido gris de viaje y un sombrerito de última moda. Como se
acercarse ya la hora de la partida, comenzaron las despedidas, y con
ellas el torrente de las lágrimas, que en esta ocasión fué caudaloso
como pocas veces. En el sexo femenino hubo un verdadero desbordamiento:
hasta una joven quiso desmayarse. Tan sólo la novia aparecía serena y
sonriente, lo cual indignó á D.ª Rosalía de un modo indecible, y le
obligó á formar idea muy pobre de su sobrina, según confesaba después á
sus comadres.

--¡Qué falta de sentido! Siquiera por el buen parecer...

Una amiguita se acercó á ella hecha un mar de lágrimas y la abrazó.

--¿No lloras, Maximina?

--No puedo--contestó la niña.

Sin embargo, cuando sus primas, las niñas de doña Rosalía, se abrazaron
á sus rodillas, gritando:--¡No queremos que marches, Maximina!--se puso
fuertemente encarnada, y la sonrisa particular que contrajo sus labios
indicaba, á quien la conociese, que no estaba lejos de soltar la llave.

Hasta embarcar en el bote los acompañaron todos ó casi todos; pero á la
estación sólo fueron D. Valentín y otros dos amigos, que eran los que
cabían en el esquife. Hay que advertir que con los novios iba á Madrid
en calidad de doncella una chica del pueblo. Se llamaba Juana, y era una
muchachona fresca, robusta y no enteramente desgraciada de rostro.
Miguel, conociendo el carácter de Maximina, no había querido que su
servidumbre fuese toda madrileña.

Una vez en la estación y llamados al tren los viajeros por la voz
estridente del mozo, D. Valentín se autorizó el lujo desusado de
conmoverse. Abrazó á su sobrina estrechamente y la besó con efusión en
los cabellos. Maximina también se mostró más agitada que hasta entonces
lo había estado, aunque hacía esfuerzos por sonreir. Silbó la máquina.
Partió el tren. Dentro del coche no había más viajeros que ellos. Los
novios se colocaron uno frente á otro á un lado. Juana, por respeto, fué
á sentarse en el extremo opuesto.

Los ojos de los esposos se encontraron, y Miguel sintió un suave
estremecimiento de gozo, algo inefable y celestial que hizo palpitar
fuertemente su corazón. Y después de cerciorarse de que Juana estaba
distraída mirando por la ventanilla, se apoderó de una mano de su mujer
y la dió un beso furtivo, inclinando para ello todo el cuerpo. Pero la
mano ¡qué fastidio! estaba enguantada. Al cabo de un instante la hizo
seña de que se quitase el guante. Maximina, después de hacerse rogar por
medio de muecas expresivas, se decidió, riendo, á despojarse de él; y el
joven dió porción de callados besos sobre la mano desnuda, observando
con el rabillo del ojo á la doncella.

La conversación se hizo general entre los tres. Juana, que no había
pasado nunca de San Sebastián, se maravillaba de cuanto veía, y muy
particularmente de los carneros. Las gallinas también le daban pie para
muchas y graves reflexiones. Miguel se deshacía en atenciones con su
mujer.

--Maximina, si te incomoda el sombrero, quítatelo... Trae, lo pondremos
aquí... así, para que no se caiga.--Mira, quítate también las botas.
Aquí te traigo las zapatillas en el bolsillo... se las he pedido á tu
tía... ¿No quieres? Pues haces mal: vas á tener frío en los pies...
Aguarda un poco; entonces voy á liártelos con mi manta...

Y poniéndose de rodillas, le envolvió en efecto los pies con el mayor
esmero. La alegría les hizo tan comunicativos, que al poco tiempo los
señores y la criada charlaban y reían como buenos compañeros. Sin
embargo, Maximina daba largos rodeos para no dirigir la palabra
directamente á su marido, pues no quería llamarle de usted, y al propio
tiempo le causaba vergüenza el tutearlo. Miguel comprendía los esfuerzos
que estaba haciendo, pero no iba en su auxilio. Por fin, después de
algún tiempo y de mucho vacilar, cuando aquél le preguntó:

--¿Deseas que almorcemos?

--Como tú quieras--se resolvió á contestar tímidamente.

Miguel levantó la cabeza vivamente, haciéndose el sorprendido.

--¡Hola, señorita! ¿Qué confianza es ésa? ¿Ya me tuteas?

Maximina se puso colorada y, tapándose el rostro con las manos, exclamó:

--¡Oh, por Dios, no me hable así, porque no vuelvo á hacerlo más!

--¡Qué tonta!--dijo el joven separándole las manos
cariñosamente.--¡Estaría gracioso eso!

Juana reía á carcajadas.

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II


DESPUÉS de almorzar, se encontraron sin agua. Maximina
tenía sed. En la primer estación Juana se apeó, y vino con un vaso
lleno. Durante su corta ausencia, se supone con algún fundamento que
Miguel besó á su mujer en otro sitio distinto de la mano; pero no
podemos asegurarlo. En Venta de Baños entraron en el mismo coche otros
cuatro viajeros, tres señoras y un caballero. Pasaban de los cuarenta
todos. Eran hermanos, según se enteraron después, y hablaban con marcado
acento gallego. Miguel pasó á ocupar el asiento al lado de su mujer,
colocando á la doncella enfrente, y decidió aparecer circunspecto, á fin
de que aquellos señores no conociesen que eran recién casados. Sin
embargo, no pudo escapárseles esta circunstancia. Las miradas
insistentes y la conversación secreta que los novios sostenían, los
denunciaban claramente. Las señoras sonrieron primero, hablaron luego
entre sí y, por último, pusieron los medios para trabar conversación,
consiguiéndolo presto. No tardaron tampoco en informarse de cuanto
deseaban saber; con lo cual, se les despertó, sin saber por qué, una
viva simpatía hacia Maximina, y procuraron demostrársela colmándola de
atenciones. La niña, que no estaba avezada á ser objeto de ellas,
mostrábase confusa y acortada, sonriendo con aquella apariencia
vergonzosa que la caracterizaba.

Esto concluyó de seducir á las gallegas. Decididamente la tomaban bajo
su protección. Eran solteras todas, y el hermano lo mismo. Ninguno había
querido casarse «por el dolor que les causaba la idea solamente de
separarse»: esto afirmaban á una voz. Por lo demás, ¡Virgen del Carmen,
las proporciones que habían despreciado! Una de ellas, Dolores, al decir
de las otras dos, había estado en relaciones seis años con un estudiante
de derecho, en Santiago. Al concluir la carrera, Dolores, sin saber por
qué, cortó las relaciones, y el estudiante se fué á su pueblo, donde
despechado se casó inmediatamente con una prima rica. Otra, Rita, había
tenido unos amores contrariados por su papá. El joven que amaba era
poeta; estaba pobre. Nada pudo vencer la resistencia del papá á
aceptarlo por yerno. Desesperado, desapareció, cuando menos se pensaba,
de Santiago, después de haberse despedido tiernamente de Rita (los
pormenores románticos de esta despedida no quiso la interesada que se
contasen), y no volvió á saberse más de él. Algunos aseguraban que había
perecido entre las garras de un tigre, buscando en California una mina
de oro. En cuanto á la tercera, Carolina, era una verdadera locuela.
Nunca habían conseguido sus hermanos que sentase la cabeza. Cuando más
creído tenían en casa que estaba enamorada y que la cosa iba seria,
¡pum! de la noche á la mañana dejaba plantado al novio, y lo reemplazaba
con otro. Carolina, que tendría unos cuarenta y cinco años, mal
contados, quiso ruborizarse al escuchar estas afirmaciones, y exclamó
sonriendo graciosamente:

--¡No haga usted caso, Maximina! ¡Qué tonta es esta niña!... Yo no puedo
negar que me gusta la variación; pero ¿á quién no le gusta un poco? Á
los hombres hay que castigarlos de vez en cuando, porque son muy malos,
¡muy malos! No se enfade usted, Sr. Rivera... Por eso yo me dije... lo
que es á mí no me la da ninguno.

--Eso consiste--dijo Rita--en que todavía no te has enamorado de veras.

--Podrá ser. Hasta ahora no he sentido esos afanes y esas fatigas que
pasan los enamorados, según dicen. Ningún hombre me gusta más de quince
días.

--¡Qué horror!--exclamaron riendo Dolores y Rita.

--No digas esas cosas, loca.

--¿Por que no he de decir lo que siento, Rita?

--Porque está mal visto. Las jóvenes deben tener cuidado con las
palabras.

--Vamos, Carolina--manifestó Miguel revistiéndose de gravedad,--yo, en
nombre de la humanidad, le suplico que aplaque usted sus rigores y haga
pronto á algún hombre feliz.

--Sí, ¡buenos pillos están ustedes!

--¡Muchacha!--gritó Dolores.

--Déjela usted, déjela usted--interrumpió Miguel.--Con el tiempo ya
llegará á sentar esa cabecita. Tengo esperanza de que no tardará alguno
en vengarnos á todos.

--¡Ca!...

Á todo esto, el hermano, que era un señor obeso con grandes bigotes
blancos, roncaba como una foca. Maximina escuchaba sorprendida aquellas
cosas, que apenas podía comprender, y miraba á Miguel de vez en cuando,
tratando de inquirir si hablaba en serio ó se estaba burlando.

Las señoritas de Cuervo (que éste era su apellido) iban á Madrid á pasar
una temporada. Todos los años hacían lo mismo. El resto del invierno lo
pasaban en Santiago, y el verano en una aldea muy pintoresca donde se
espaciaban á su talante, corriendo como cervatillas por el campo,
subiéndose á los árboles para comer las cerezas y los higos y las
manzanas, bebiendo el agua en las manos, haciendo excursiones en borrico
á las aldeas vecinas (¡qué risa! ¡cuánto se divertían, madre mía!),
presenciando las faenas agrícolas y bebiendo la leche que el criado
acababa de ordeñar.

--Esta Carolina se pone insufrible en cuanto llegamos. Se sale por la
mañana y nadie vuelve á saber de ella hasta la hora de comer. Con el
bocado en la boca vuelve á salir, y hasta la noche.

--¡Pues tú puedes hablar, Lola! Yo me voy con las demás muchachas á
buscar nidos ó á lavar la ropa al río... Pero tú te pasas las horas
muertas dando palique desde el corredor á los galanes que te hacen la
rosca...

--¡Jesús, qué atrocidad! Supongo, Sr. Rivera, que usted no creerá á esa
aturdida, insustancial... ¡Figúrese usted que los galanes que allí hay
son todos labradores!...

--Eso no importa--manifestó Miguel.--También tienen los labradores
corazón y pueden amar las cosas bellas. No dudo que usted tendrá mucho
partido entre ellos.

--En cuanto á eso--respondió Lola con rubor--si he de decir la verdad,
sí, señor, me quieren mucho. Todos los años, en cuanto saben que vamos á
llegar, se preparan los mozos para darme una serenata y cortan un
arbolito para ponérmelo delante de la ventana.

--La serenata no es á ti sola--interrumpió vivamente Carolina.--Es á
todas.

--Pero el árbol sí--respondió malhumorada Lola.

--El árbol, bueno; pero la serenata no--replicó aquélla un poco picada.

Lola le dirigió una mirada penetrante y siguió:

--Figúrese usted, Rivera, si tendrán pasión por mí, que cuando vinieron
los ingenieros á construir un puente, yo dije que no me gustaba que lo
pusiesen donde lo tenían marcado, sino más arriba. Pues en cuanto los
mozos se enteraron de lo que yo había dicho, se presentaron á los
ingenieros y les dijeron que el puente se había de hacer donde la
señorita Lola quería, y que no se pensara en otro sitio, porque ellos lo
estorbarían. Y como los ingenieros no quisieron variar el plano, así se
está el puente sin construir hace ya cuatro años.

--Todo eso--dijo Miguel,--no tanto le honra á usted como á esos
inteligentes jóvenes.

--¡Son tan buenos los pobrecillos!

--Nada santifica tanto el alma como el amor y la admiración--volvió á
decir sentenciosamente Rivera.

Lola dijo--¡Ah!--y se ruborizó.

Aquellas tres señoritas vestían de un modo inverosímil y, si podemos
decirlo así, anacrónico. Sus trajes eran vistosos, pintorescos y hasta
un si es no es fantásticos, como sólo se consiente á las niñas de quince
años. Carolina llevaba el cabello partido en dos trenzas con lacitos de
seda en las puntas, y apretaba su flaco y arrugado cuello una cinta de
terciopelo azul, de donde pendía una crucecita de esmeraldas. Las otras,
como un poco más formales, lo llevaban recogido, aunque no con menos
perifollos.

La noche ya había llegado tiempo hacía. La familia Cuervo propuso que se
cenase, convidando galantemente á sus nuevos amigos con las viandas que
llevaban: Aceptaron éstos presentando también las suyas, y en buen amor
y compaña se pusieron á engullirlas, extendiendo previamente las
servilletas sobre las rodillas. El hermano, que había despertado muy
apropósito, comió como un elefante. Durante la cena dijo pocas frases,
pero buenas. Una de ellas fué:

--Yo, para el tomate, ¡soy un águila!

Miguel se le quedó mirando un buen rato, y al cabo comprendió la
profundidad que guardaba este concepto estrambótico.

Había llegado á establecerse entre todos una confianza ilimitada. No
siendo bastante llamar á Miguel por su nombre en vez del apellido,
Dolores propuso á Maximina que se tratasen de tú.

--Yo no puedo tener confianza con una amiga si no la tuteo... Además,
entre chicas es la costumbre.

La joven sonrió avergonzada de aquella extraña proposición. Las
gallegas, sin más preámbulos, comenzaron á menudear el segundo pronombre
de lo lindo. Pero Maximina, aunque la serrasen viva, no podía
corresponder al tuteo, y á la primera ocasión se le escapó el usted.
Entonces las de Cuervo se mostraron ofendidas. La pobre niña se vió
precisada á dar mil rodeos á fin de no hablarles directamente. Miguel,
por vengarse alegremente de la molestia que ocasionaban á su esposa,
comenzó á su vez á hablarles con gran familiaridad, lo cual no dejó de
sorprenderlas al principio; pero se acostumbraron pronto de buen grado.
No contento con esto, al poco rato sacudió rudamente por el brazo al
señor de los bigotes blancos:

--Oyes, chico, no duermas tanto... ¿Quieres un poco de ginebra?

D. Nazario, que así se llamaba, abrió los ojos muy espantado, se echó
al coleto la copa que le ofrecían, y volvió á quedar inmediatamente
dormido.

Ya era hora de hacer todos lo mismo. Miguel corrió la cortinilla del
farol, y «para que les molestase menos la luz», metió todavía un
periódico doblado entre ambos. El coche quedó casi en tinieblas. Sólo
por las ventanas entraba el pálido resplandor de las estrellas. Era una
noche de Enero serena y fría como sólo se ven en las llanuras de
Castilla. Acomodóse cada cual lo mejor que pudo en un rincón rebujándose
en los abrigos y mantas. Rivera dijo á su esposa:

--Reclina la cabeza sobre mí. Yo no puedo dormir en el tren.

La niña obedeció á su pesar: creía molestarle.

Todo quedó en silencio. Miguel tenía cogida una de sus manos y la
acariciaba suavemente. Al cabo de un rato, inclinando la cabeza y
rozando con los labios la frente de su mujer, le dijo muy quedo al oído:

--Maximina, te adoro--y con más emoción volvió á repetir:--¡Te adoro, te
adoro!

La niña no contestó, fingiéndose dormida. Miguel le preguntó con voz
insinuante:

--¿Me quieres tú? ¿me quieres?

La misma inmovilidad.

--¿Me quieres, dí? ¿me quieres?

Entonces Maximina, sin abrir los ojos, hizo un leve signo de afirmación,
y dijo después:

--Tengo mucho sueño.

Miguel sonrió advirtiendo el temblor de su mano, y repuso:

--Pues duerme, hermosa.

Y ya no se oyeron en el coche más que los ronquidos de D. Nazario, el
cual era especialista en el ramo. Comenzaba generalmente á roncar de un
modo acompasado, solemne, en períodos firmes y llenos. Poco á poco se
iba precipitando, haciéndolos más concisos y enérgicos, y al mismo
tiempo acentuando la nota gutural, que en un principio apenas se
advertía. Desde las fosas nasales bajaba la voz á la garganta, volvía á
subir, tornaba á bajar, y así por largo tiempo. Pero á lo mejor, dentro
de aquel ritmo al parecer invariable, se dejaba oir un silbido agudo y
penetrante como anuncio de tempestad. Y en efecto, al silbido contestaba
prontamente un gruñido profundo y amenazador, y después otro más alto, y
después otro... Repetíase de nuevo el silbido aún más estridente, y al
momento era ahogado por un confuso rumor de chiflidos discordantes que
infundían pavura en el alma. Y este rumor iba creciendo, creciendo hasta
que, sin saber por qué, se trasformaba súbito en tos asmática y perruna.
Don Nazario daba un gran suspiro, descansaba breves momentos y cogía de
nuevo el hilo de su oración en tono mesurado y digno.

Miguel soñaba con los ojos abiertos. Á su imaginación acudían en tropel
ideas risueñas, mil presagios de ventura. La vida se le presentaba con
un aspecto suave y amable que hasta entonces no había descubierto. Se
había divertido, había gozado de los placeres mundanales; mas siempre
detrás de ellos, y á veces enmedio, percibía un dejo amargo, la estela
de tedio y de dolor que el demonio va trazando en la vida de sus
adoradores. ¡Qué diferencia ahora! Su corazón le decía: «Has hecho bien,
serás feliz». Y su entendimiento, pesando escrupulosamente y comparando
el valor de lo que abandonaba con lo que recogía, también le daba el
pláceme. Por largo rato estuvo así despierto, sintiendo en el hombro el
peso de la cabeza de su mujer. De vez en cuando la miraba de reojo, y
aunque parecía tener los ojos cerrados, dudaba que durmiese. Al cabo
prendióle á él el sueño. Cuando abrió los ojos entraba ya en el coche la
claridad de la aurora. Miró á su esposa, y observó que estaba despierta.

--Maximina--le dijo con voz de falsete para no turbar á los
demás.--¿Hace mucho que estás despierta?

--No; un poco--respondió la niña incorporándose.

--¿Y por qué no te has levantado?

--Porque temía quitarte el sueño al moverme.

--¡Pues qué más hubiera querido yo! ¿No sabes que tenía ya muchos deseos
de hablar contigo?

Y los jóvenes entablaron un diálogo en voz tan apagada, que más se
adivinaban que se oían; mientras las señoritas de Cuervo, su hermano y
Juana dormían en varia y original postura. ¿De qué hablaron en aquellos
momentos? Ni ellos mismos lo sabían. Las palabras tenían un valor
convencional, y todas ellas, sin exceptuar una, expresaban lo mismo.
Miguel, huyendo de hablar de sí mismos porque advertía que á Maximina le
causaba vergüenza, encauzaba la conversación hacia algún asunto alegre,
y procuraba hacerla reir á fin de que desapareciese su natural embarazo.
No obstante, se aventuró á decir una vez, mirándola fijamente:

--¿Estás contenta?

--Sí.

--¿No te pesa de ser mía?

--¡Oh, no! ¡Si supieras!

--¿Qué?

--Nada, nada.

--Sí, algo ibas á decir; habla.

--Era una tontería.

--Pues dímela; tengo derecho ya á saber hasta lo más insignificante que
cruce por tu imaginación.

Necesitó instarla mucho y muy cariñosamente para lograr saberlo.

--Vamos, dímelo bajito.

Y la atrajo suavemente. Maximina depositó en su oído:

--Ayer he pasado muy mala noche.

--¿Por qué?

--Desde que me dijiste que tenías tiempo aún á dejarme, no pude pensar
en otra cosa... Se me figuró que me lo habías dicho con cierto
retintín... Toda me volvía dar vueltas en la cama... ¡Ay, madre mía, qué
pena!... Me levanté antes que nadie en la casa y fuí descalza hasta tu
cuarto; puse el oído á la cerradura á ver si escuchaba tu respiración;
pero nada. ¡Me dió una congoja! Cuando la criada se levantó, le pregunté
como quien no quiere la cosa si te había llamado. Me dijo que sí, y
respiré. Pero aún no las tenía todas conmigo. Tenía miedo que al
preguntarte el cura si me querías dijeses que no... Cuando te oí decir
sí, ¡me entró una alegría! y dije para mí: ¡Ya estás cogido!

--¡Y bien que lo estoy!--exclamó el joven besándola en la frente.

El tren corría ya por los campos vecinos á Madrid. Las señoritas de
Cuervo despertaron. La luz natural no favoreció gran cosa sus naturales
gracias; pero se apresuraron á venir en su ayuda con una serie de
minuciosos trabajos que dejaban bien probadas sus inclinaciones
artísticas. De un magno estuche de piel de Rusia sacaron peines,
cepillos, pomada, horquillas, polvos de arroz y un frasquito de
colorete. Y unas á otras se fueron aliñando y retocando escrupulosamente
en medio de mil frases cariñosas y carocas infantiles.

--Vamos, chica, estáte quieta... Mira que te voy á pinchar... ¡Jesús,
qué niña tan mala!

--Estoy nerviosa, Lola, estoy nerviosa.

--Ya se conoce que vas á ver pronto á quien tú sabes y yo me callo.

--¡Qué tonta! Calla. Rivera se lo va á creer.

Maximina contemplaba sorprendida, con los ojos muy abiertos, aquel
repentino tocado. Las de Cuervo la invitaron á hacer lo mismo, y
entonces salió de su estupor dando confusamente las gracias.

En la estación aguardaban á nuestros viajeros la brigadiera Ángela y
Julia. Ésta abrazó y besó repetidas veces á su cuñada. Aquélla le dió la
mano y también la besó en la frente. Después de despedirse las gallegas
con mil ofrecimientos amistosos, subieron á la carretela que la
brigadiera había traído, colocándose ésta y Maximina en el sitio de
preferencia por indicación de Julia, que no quitaba ojo á su nueva
hermana y le tenía cogidas las manos apretándoselas á menudo con
efusión. Ésta procuraba vencer su cortedad para mostrarse cariñosa; y
con gran trabajo lo conseguía. La madrastra se mostraba afable y atenta,
mas sin que pudiera abandonarla aquella apariencia altiva y desdeñosa
que siempre había caracterizado su persona. La joven esposa le echaba de
vez en cuando rápidas y tímidas miradas. Al llegar á casa, Julia fué
corriendo á enseñarle la habitación que les tenían destinada y que ella
había arreglado con minucioso esmero. No faltaba un solo pormenor, ni se
había visto jamás diligencia más fina para prevenir todas las
necesidades de la vida de una dama, desde los ramos de flores y el
estuche de costura hasta el abrochador de guantes y las horquillas.
Desgraciadamente, Maximina no podía apreciar estos refinamientos de la
elegancia y del buen gusto. Todo era para ella igualmente nuevo y
hermoso.

Miguel encontró á su hermana en un corredor.

--¿Dónde está Maximina?

--La he dejado en su cuarto quitándose el abrigo. Aguarda á su doncella,
que dice que le trae las zapatillas.

--Yo también voy á quitarme el abrigo y á cepillarme un poco--dijo el
joven algo vacilante.

Julia le soltó una carcajada en las narices y echó á correr.

Al entrar en el cuarto se despojó efectivamente del gabán, y
dirigiéndose á su mujer, que ya estaba con su trajecito gris, la
estrechó fuertemente contra su corazón y la dió repetidos besos.
Después, llevándola por la mano hacia una silla, la sentó sobre sus
rodillas y tornó á besarla apasionadamente. Maximina estaba roja como
una cereza, y aunque entendía que todo aquello debía ser así, todavía
procuraba con suavidad desasirse. Miguel, que también estaba turbado, la
dejó levantarse y salir de la habitación, siguiéndola poco después.

Era domingo y precisaba oir misa. Como la brigadiera y Julia ya la
habían oído, salieron solamente Maximina, Miguel y Juana, y entraron en
San Ginés. La criada, que jamás había transigido con no ver al cura de
pies á cabeza, rompió por entre la gente y fué á colocarse cerca del
altar. Los esposos se quedaron hacia atrás. Nunca le pareció tan bien á
nuestro joven el incruento sacrificio ni asistió tan á su placer á él,
aunque su imaginación no volaba precisamente hacia el Gólgotha ni sus
ojos iban siempre derechos al oficiante. Pero el cielo, que es muy
clemente con los recién casados, le ha perdonado ya estos pecados.

Después de almorzar, Miguel propuso dar un paseo por el Retiro. La
tarde, aunque fría, estaba serena y apacible. La brigadiera no quiso
acompañarles. ¡Con qué gozo pasó Julita á ocuparse en el adorno y
tocado de su cuñada! Ella eligió el traje que había de ponerse, y le
ayudó á vestírselo, ella la peinó á la moda, ella le puso el aderezo y
las flores en el pecho, y hasta ella misma le abrochó las botas. Estaba
roja de placer ejecutando estos oficios. Luego que se vieron en la
calle, marchaba ebria de orgullo llevando á su cuñada en el medio, como
si fuese diciendo á la gente: «¿Ven ustedes esta jovencita, más niña que
yo todavía?... ¡Pues es una señora casada! Respétenla ustedes». Antes de
llegar al Retiro, echando casualmente la vista atrás, acertó Miguel á
ver muy lejano, muy lejano, desvaído en el ambiente de la calle de
Alcalá, el perfil finísimo de Utrilla, aquel famoso cadete de marras, y
dijo á su esposa con seriedad:

--Aquí donde nos ves, Maximina, que parecemos simples particulares yendo
á tomar el sol al Retiro, llevamos escolta.

Julita se puso colorada.

--¿Escolta? No veo nada--contestó volviendo la cabeza.

--No es fácil. Más adelante te daré los gemelos, á ver si logras
distinguirla.

Julita la apretó la mano, diciéndola por lo bajo:

--¡No hagas caso de ese tonto!

Ya que estuvieron en el Retiro, el perfil de Utrilla se fué señalando
mejor en la atmósfera serena, á modo de raya delicada. Maximina iba
contemplando, con mezcla de sorpresa y de vergüenza, aquella balumba de
caballeros y señoras que á su lado cruzaban, y que la miraban fija y
descaradamente al rostro y al vestido, con esa expresión altiva é
inquisitorial con que los madrileños suelen mirarse unos á otros en el
paseo. Y hasta se le figuró escuchar á su espalda algunos comentarios
acerca de su persona: «--El traje es rico, sí, ¡pero qué mal lo lleva
esa chica! Parece una santita de aldea». No le ofendió esto, porque
estaba bien convencida de su insignificancia al lado de tanto gran señor
y señora; pero le causaba tristeza no hallar siquiera un rostro amigo, y
se estrechaba á menudo contra su esposo, buscando refugio contra la vaga
é injustificada hostilidad que en torno suyo percibía. Mas al volver los
ojos á éste, observó que marchaba también con el entrecejo fruncido,
reflejando en su fisonomia la misma indiferencia desdeñosa y el mismo
tedio que todos los demás. Y se le apretó aún más el corazón, porque no
sabía que el sentimiento á la moda en Madrid es el odio, y que si no se
siente, como es de obligación, precisa aparentarlo, al menos, cuando nos
hallamos en público. Pero de estos refinamientos de la civilización no
era posible que estuviese enterada todavía nuestra heroína.

Cuando hubieron dado unas cuantas vueltas, dijo Miguel á su hermana:

--Oyes, Julita, ¿por qué no se acerca Utrilla, ahora que no va mamá con
nosotros?

--Porque yo no quiero--repuso aquélla inmediatamente y con gran
decisión.

--¿Y por qué no quieres?

--Porque no quiero.

Miguel la miró un instante con expresión burlona y dijo:

--Bien... pues _como quieras_.

Mientras duró el paseo, Utrilla trazó con increíble habilidad geométrica
una serie de circunferencias, elipses, parábolas y otras curvas cerradas
ó erráticas, de las cuales eran siempre foco nuestros amigos. Cuando
volvieron á casa, tomó también la línea recta, si bien procurando en la
medida de sus fuerzas que el contorno de su silueta se borrase en los
confines del horizonte. Antes de retirarse, entraron en el reservado
del Suizo á tomar chocolate. Estando allí, Rivera percibió, por un
instante no más, el rostro del cadete pegado á los cristales.

--Julita, ¿me permites que salga á invitar á ese muchacho á tomar
chocolate?

--¡No quiero! ¡no quiero!--exclamó la joven, poniéndose muy seria.

--Es que me da lástima...

--¡No quiero! ¡no quiero!--volvió á exclamar en tono casi rabioso.

No hubo más remedio que dejarla mortificar á su gusto al desdichado hijo
de Marte.

--¿A que no sabes, Maximina--dijo al entrar en casa la cruel
madrileña--cómo se llaman estos chicos que nos siguen hasta el portal?

--¿Cómo?

--Encerradores.

Y subió riendo la escalera.

Se comió en buen amor y compaña. La brigadiera _hizo sol_ aquel día,
como solía decir Miguel; habló bastante, autorizándose contar con su
gracioso acento sevillano algunas anécdotas de las personas conocidas en
Madrid. Pero al llegar los postres, Maximina comenzó á sentir algún
desasosiego, porque se había convenido antes entre todos que aquella
noche no saldrían y se retirarían temprano, no sólo por Miguel y por
ella, sino también por la brigadiera y Julita, que á causa del
_madrugón_ necesitaban descanso. El problema de levantarse de la mesa y
retirarse cada cual á su habitación se presentaba terrible y pavoroso
para la niña de Pasajes. Por fortuna, la brigadiera estaba en vena y
Julia también. La sobremesa se prolongaba sin advertirlo nadie más que
ella. Según iban trascurriendo los minutos crecía su confusión y su
temor, y sentía un temblor extraño que corría por el interior de su
cuerpo y le impedía, bien á su pesar, tomar parte en la conversación. Y
en efecto, así como lo temía, llegó un instante en que ésta comenzó á
languidecer. Miguel, para ocultar también su migajita de vergüenza,
procuró reanimarla, y lo consiguió por un buen cuarto de hora. Mas sin
saber por qué feneció de pronto. La brigadiera bostezó dos ó tres veces.
Julita levantó la vista hacia el reloj, que señalaba las nueve y media.
Maximina clavó los ojos en el mantel jugando con el aro de la
servilleta, mientras su marido, presa de cierta inquietud, hacía
rechinar la silla. Al fin Julita se levantó bruscamente, salió del
comedor, y volvió enseguida con una palmatoria en la mano, se acercó
rápidamente á su cuñada y la besó en la mejilla diciendo:

--Hasta mañana.

Y salió otra vez corriendo, con la sonrisa en los labios, para ocultar
la vergüenza que también ella sentía.

--Vaya, niños--dijo la brigadiera levantándose con decisión,--podéis
retiraros, que todos necesitamos descanso... Isabel, encienda usted luz
en el cuarto de los señoritos.

Maximina, ruborizada, desfallecida casi de vergüenza, fué á besarla.
Miguel, disfrazando con una sonrisa de hombre de mundo la inquietud
verdadera que sentía, hizo lo mismo.

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III


AUNQUE no había hablado de ello, Miguel tenía resuelto
vivir en casa aparte; pero que fuese vecina á la de su madrastra. Cuando
Julita supo esta decisión, experimentó grave disgusto y quiso indignarse
contra su hermano. No tardó, sin embargo, en comprender que obraba
cuerdamente. La brigadiera trataba á Maximina con toda la amabilidad de
que era susceptible. Aquélla la abrumaba con atenciones y caricias; y á
pesar de todo, no era posible vencer su timidez. No se la oía pedir nada
de lo que la hiciese falta, lo cual hacía presumir que muchas veces se
quedaba sin ello. En la mesa, cuando deseaba alguna cosa, lo más que se
autorizaba era hacer disimuladamente una seña á Miguel para que se la
diese. Jamás ordenaba cosa alguna á los criados de la casa. Sólo con su
doncella Juana se entendía para los mil menesteres de la vida. Miguel,
con esto, andaba un poco inquieto, porque bien se le alcanzaba, á pesar
del rostro alegre de su esposa, que no debía de estar muy á su gusto en
la casa; y aun la había reprendido suavemente por su falta de confianza.
Un día, á los pocos de haber llegado, viniendo de la calle y
disponiéndose á entrar en su cuarto, Juana le llamó aparte con mucho
misterio y le dijo:

--Señorito, voy á decirle una cosa para que la sepa... La señorita tenía
costumbre de merendar allá en su casa... Aquí se conoce que no se atreve
á pedirlo... Hoy me ha mandado comprarle unas galletas... Mire usted,
aquí las tengo.

--¡Ay, probrecita mía!--exclamó Miguel con emoción.--¡Pero qué tonta!

--No vaya por Dios á decírselo, porque entonces ya no vuelve á tener
confianza conmigo.

--Pierde cuidado.

Y se entró en el cuarto de su esposa diciendo:

-Maximina, traigo el apetito muy despierto de la calle. No puedo
aguardar la hora de comer. Anda, vé al comedor y dí que me traigan algo.

--¿Qué quieres?

--Cualquier cosa... Lo que tú hayas merendado.

La niña se quedó suspensa.

--Es que... es que yo todavía no he merendado.

--¿Cómo no?--exclamó Miguel en el colmo de la sorpresa.--¡Pues si ya son
cerca de las seis!... ¿No te lo han traído?... Á ver, Juana, Juana (á
grandes voces), llame usted á la señorita Julia.

--¿Qué vas á hacer? ¡por Dios! ¿qué vas á hacer?--exclamó la chica llena
de terror.

--Nada, enterarme de por qué no te han servido el dulce, ó los pasteles,
ó lo que tomes...

--¡Pero si no lo he pedido!

--No importa; tienen obligación de servirte á la misma hora lo que
acostumbres á tomar.

--¿Qué querías, Miguel?--preguntó Julia entrando.

--Quería preguntarte por qué no han servido la merienda á Maximina,
siendo ya cerca de la seis.

Julia quedó á su vez confusa.

--Es que... es que Maximina no merienda.

--¿Cómo que no merienda?--exclamó estupefacto.

--Se lo he preguntado el primer día y me dijo que no tenía costumbre.

Miguel volvió los ojos á Maximina, que bajó los suyos ruborizada como si
hubiese cometido un delito.

--Pues yo te digo que sí--profirió en alta voz volviéndose á Julia con
semblante severo.--Yo te digo que tiene esa costumbre, y has hecho muy
mal, conociendo su carácter, en no insistir, ó al menos en no
preguntármelo á mí.

--¡Por Dios, Miguel!--murmuró la esposa con acento de angustia.

Julia se puso fuertemente colorada, y girando sobre los talones, se
salió de la estancia. Maximina estaba petrificada. Su marido dió algunos
pasos con semblante hosco, y salió también yendo derecho al comedor,
donde halló á su hermana muy triste, sacando platos. Tomándole la barba
entre los dedos y soltando una carcajada, le dijo:

--Ya sabía que Maximina no merendaba. No hagas caso de lo que te he
dicho. He querido ponerla en este apuro á ver si la curo de su timidez.

--Pues mira, chico, te ha salido el tiro por la culata, porque á quien
has puesto es á mí--respondió la joven, enojada realmente.--¡Ya se han
concluído para mí los mimos!

--¡Hola! ¿Celos tenemos?

--¡Eso quisieras tú, fatuo!

--Vamos, confiesa que sí--dijo sujetándola por los brazos y dándola un
mordisco en el cuello.--Confiesa que ya han parecido...

--¡Quita, tonto, retonto!--contestó, forcejando por desasirse.--¡Que te
estés quieto, Miguel! ¡Déjame, Miguel!

Y dando una fuerte sacudida, se zafó de sus manos y escapó airada de la
habitación, mientras su hermano quedaba riendo.

En los días siguientes pudo éste convencerse de que Maximina había caído
en gracia á todos en la casa. Ni era posible que otra cosa sucediese
dada su condición apacible, callada y modesta. Sin embargo, nuestro
joven observó con cierto disgusto que de esta condición se abusaba en
algún modo, pues no se la consultaba para nada, y se ordenaba el plan
del día, las salidas al paseo, á los teatros, á las tiendas y á las
visitas, sin preguntarle siquiera si deseaba quedarse en casa. Esto
contribuyó mucho á que apresurase su traslación, decidiéndose por un
cuarto principal de la vecindad, muy amplio y hermoso, aunque un poco
caro para su fortuna; pero contaba compensar el exceso privándose de
otras cosas superfluas.

Era para nuestro héroe gratísimo solaz el salir con su esposa á comprar
los muebles que les hacían falta. Desgraciadamente, la brigadiera y
Julia les acompañaban la mayoría de las veces, y entonces ya se sabía
que ante aquélla todos perdían el derecho de elección y hasta el de
emitir dictamen. Molestaba esto no poco á Miguel, y por eso siempre que
podía evitaba el que su madrastra les acompañase; pero, con sorpresa
suya, Maximina no se mostraba ni más contenta ni más dispuesta á dar su
opinión. Parecía que todo le era indiferente, y que aquel lujo que jamás
había visto la impresionaba de mal modo. De vez en cuando apuntaba
tímidamente que tal armario ó tal sofá eran bonitos, «pero caros».
Miguel se había impacientado en dos ó tres ocasiones viendo su
indiferencia, pero se había arrepentido luego al notar el gran efecto
que cualquier contestación seca causaba en su esposa, y había concluído
por embromarla por sus tendencias á la economía. Lo que más le placía á
Maximina en aquellas salidas era ir sola con su marido por las calles, y
eso que no había consentido en apoyarse en su brazo de día, á pesar de
los ruegos que le había dirigido.

--Me da mucha vergüenza; todo el mundo mira para nosotros...

--Es que les sorprende que me haya enamorado de una mocosuela tan fea...

Maximina levantaba hacia él sus grandes ojos tímidos y sonrientes, para
expresarle su agradecimiento.

--Yo también me sorprendo... Ahora que veo tantas mujeres hermosas por
todas partes, no sé cómo has podido fijarte en mí.

--Porque siempre he tenido muy mal gusto.

--Eso será.

Miguel conmovido le apretaba con disimulo la mano.

Por la noche ya era otra cosa. Entonces consentía en que fuesen de
bracero, y no podía ocultar el inmenso placer que esto le causaba. Sólo
al pararse delante de algún escaparate y quedar bañados en luz, buscaba
pretexto para soltarse. Una noche al salir de casa, fuese por
distracción ó por broma, Miguel no la ofreció el brazo. Al cabo de un
rato, Maximina, como si adoptase una resolución enérgica después de
grandes cavilaciones, se apoyó sobre él bruscamente. Miguel la miró
sonriente.

--¡Hola, qué bien has aprendido á tomar lo que te pertenece!

La niña bajó la cabeza ruborizada, pero no se soltó.

La brigadiera encontraba muy de su gusto á la esposa del hijastro, por
más que le doliese que hubiera descendido hasta ella. Así lo expresaba á
sus amigas y á Julia. Á Miguel no le decía nada, mas no por eso dejaba
de estar enterado de tan favorable opinión. Sin embargo, no acababa de
tranquilizarse, porque observaba que su madrastra iba ejerciendo sobre
la joven esposa el mismo poder omnímodo y tiránico que sobre Julia, y
aun mayor si cabe, por la condición más tímida y apacible de aquélla. Ni
podía ocultársele que la simpatía en caracteres como el de la brigadiera
está siempre en razón directa del grado de sometimiento á que llegan las
personas que con ellas se relacionan. Al salir Julia una tarde del
cuarto de los esposos, exclamó Maximina en un momento de expansión:

--¡Cómo me gusta tu hermana!

Miguel le clavó una mirada penetrante.

--¿Y mamá?

--...También--respondió la niña.

No le hizo más preguntas; pero aquel mismo día el hijo del brigadier
avisó al administrador que no podía tomar el cuarto principal de aquella
casa, y eligió otro en la plaza de Santa Ana. El pretexto que dió á su
familia para este cambio fué que no podía vivir tan apartado de la
redacción del periódico, ahora que iba á emprender una campaña más
asidua. Y no le pesó, en verdad; antes á los pocos días tuvo ocasión de
confirmarse en su acuerdo y darse por él la enhorabuena. Sucedió que un
día, viniendo de dirigir los trabajos de instalación en su nuevo cuarto,
encontró á Maximina con los ojos un poco enrojecidos como de haber
llorado. El corazón le dijo que había pasado algo, y le preguntó con
ansiedad:

--¿Qué tienes? Has llorado.

--No--contestó la niña sonriendo,--es que me he lavado hace un momento.

--Sí, te has lavado, pero por haber llorado antes. Díme, díme pronto qué
ha sido.

--Nada.

--Bien--replicó el joven con firmeza,--yo lo sabré.

En efecto, Juana, aunque de un modo confuso, le enteró de lo ocurrido.

--Mire usted, señorito, al parecer, la señora le dijo hace ya días á la
señorita que no le gustaba que estuviese hasta tan tarde sin arreglarse,
porque podían venir visitas. Todos estos días la señorita se ha aviado
temprano; pero hoy no sé cómo se descuidó y la señora la ha reprendido.

--¿Qué le ha dicho?

--Yo no sé. La señorita no ha querido decírmelo... pero ha llorado
bastante.

Miguel entró en su cuarto rojo de ira.

--Maximina, avíate y arregla los baúles... Nos vamos ahora mismo de esta
casa... Yo no consiento que nadie te haga llorar.

La joven quedó mirando á su esposo con más expresión de susto que de
reconocimiento.

--¡Si nadie me ha hecho llorar!... He llorado sin saber por qué... Me
sucede muchas veces... Puedes preguntárselo á mi tía...

--Nada, nada, ahora mismo nos vamos...

--¡Oh, Miguel, por Dios no hagas eso!

--¡Que sí, que nos vamos!

Maximina se arrojó en sus brazos llorando.

--¡No hagas eso, Miguel, no hagas eso! ¡Enfadarte con tu madre por mi
culpa!... ¡Prefiero morir!

La cólera del joven fué cediendo y consintió al cabo en disimular su
desabrimiento, si bien quedó decidido que al día siguiente irían á
dormir á su casa. Así se realizó. Mas la brigadiera no se dejó engañar,
y entendió bien los motivos que Miguel tenía para precipitar su
traslación. No hay para qué decir que desde entonces Maximina perdió
para ella gran parte de su valimiento.

El cuarto de la plaza de Santa Ana estaba alfombrado, pero aún había
pocos muebles. Sólo tenían arreglados, y no enteramente, el comedor, un
gabinete y su alcoba. En el resto de la casa había algunas sillas
diseminadas y tal cual armario ó espejo fuera de su sitio. Á pesar de
eso, Miguel y Maximina lo hallaron delicioso. Al fin estaban solos, y
eran dueños de sus acciones. La independencia les embriagaba de gozo.
Aquel aspecto de interinidad seducía á Miguel como una cosa
extraordinaria y original. Maximina quiso hacer la cama por sí misma;
pero ¡ay! el colchón pesaba tanto, que no podía moverlo. Viéndola
forcejar hasta ponerse colorada, Miguel echó mano también y ayudó á
batirlo, riendo á carcajadas sin saber de qué; acaso de placer. Pero á
nuestros esposos se les había olvidado una porción de cosas
indispensables para la vida, entre ellas, las lámparas para alumbrarse.
Cuando llegó la noche, Juana tuvo que ir apresuradamente á comprar
bujías y unos candeleros, para poder comer. Aquella primer comida á
solas fué deliciosa. Maximina tenía el apetito casi siempre despierto,
lo cual era para ella un gran defecto, y procuraba ocultarlo, quedando
casi siempre con ganas. Mas ahora, delante de su marido solamente y
pensando que éste no se fijaba, echaba en el plato lo que bien le
placía. Cuando terminaron, Miguel le dijo:

--Has comido bien; mucho mejor que estos días pasados en casa de mamá.

Maximina se ruborizó como si le hubiesen descubierto un delito.
Adivinando lo que pasaba en su interior, Miguel acudió inmediatamente en
su auxilio.

--Vaya, ahora comprendo que no comías allí por vergüenza... Pues ten
entendido que hoy es moda comer mucho... Además, á mí no hay nada que me
cause tanto placer como ver comer con apetito; mucho más si es una
persona querida. Por consiguiente, si quieres darme gusto, procura
tenerlo siempre despierto... Para estómagos malos, basta el mío en la
casa.

Aquella noche decidieron no salir á la calle. Se fueron desde el comedor
al despacho, en donde no había mueble alguno, pues deseaba el joven
amueblarlo con calma y á su gusto. Pero en el gabinete no había chimenea
y allí sí. Juana la encendió y además un par de bujías. Miguel las apagó
en seguida; prefería quedar con la luz de la chimenea solamente. Quiso
después ir á buscar al gabinete un par de butacas, pero Maximina le
dijo:

--Trae para ti solamente... Verás; yo me siento en el suelo y estoy más
á gusto.

Y como lo dijo lo efectuó, dejándose caer suavemente sobre el pavimento
alfombrado.

Su marido la miró sonriendo.

--¡Ah! pues entonces no voy por las butacas. No quiero ser menos que tú.

Y se sentó á su lado: ambos delante de la chimenea cuya llama iluminaba
la sonrisa feliz de sus rostros. El marido tomó las manos de la esposa,
aquellas manos regordetas, endurecidas, mas no desfiguradas por el
trabajo, y las besó con pasión repetidas veces. La esposa no quiso ser
menos, y después de vacilar un poco, tomó las del marido y las llevó á
los labios. Á Miguel le hizo gracia aquel rasgo de inocencia y sonrió.

--¿De qué te ríes?--le preguntó la niña mirándole sorprendida.

--De nada... de placer.

--No; te has sonreído con malicia... ¿De qué te ríes?

--De nada te digo... Son aprensiones tuyas.

--¡Cuando digo que te ríes de mí! ¿He hecho algo mal?

--¡Qué habías de hacer, tonta! Me he reído porque no es costumbre que
las damas besen las manos á los caballeros.

--¿Lo ves?... ¡Pero yo no soy una dama!... Y tú eres mi marido...

--Tienes razón--dijo él abrazándola,--tienes razón en todo lo que dices.
Haz siempre lo que te salga del corazón como ahora, y no temas
equivocarte.

La luz azulada del cok saltaba alegremente por encima de los carbones,
surgiendo y desapareciendo á cada instante, cual si acudiese á escuchar
las palabras de los esposos, y se retirase solícita después á
comunicarlas á algún gnomo vulcanio. De vez en cuando un pedacito de
escoria se desprendía de la masa incandescente, atravesaba la reja y
venía rodando á parar á sus pies. Entonces Maximina aguardaba un
instante á que se enfríase, la cogía entre sus dedos y la arrojaba al
cenicero. No se oía más que el rumor estridente de los coches que
cruzaban hacia el teatro.

La charla de los esposos era cada vez más viva y más íntima. Maximina
iba perdiendo su cortedad, gracias á los esfuerzos incesantes de Miguel,
y se atrevía á dirigirle preguntas acerca de su vida pasada, á las
cuales el joven respondía con verdad unas veces, otras con mentira. Sin
embargo de todo ello, dedujo la niña que su marido había hecho algunas
cosas malas, y se asustó.

--¡Ay, Miguel! ¿Cómo te has atrevido á dar un beso á una mujer casada?
¿No temes que Dios te castigue?

El rostro del joven se oscureció de pronto. Una arruga profunda,
maldita, surcó su frente y se quedó un rato pensativo. Maximina le
miraba con ojos extáticos, sin comprender la razón de aquel cambio de
fisonomía. Al cabo, con voz un poco ronca, mirando para el fuego, dijo
Miguel:

--Si conmigo sucediese una cosa semejante, y lo averiguase, ya sé lo que
había de hacer... Lo primero sería poner á mi mujer en la calle, de día
ó de noche, á cualquiera hora que lo supiese...

La pobre Maximina se conmovió ante aquella salida, tan brutal como
inesperada, y exclamó:

--Harías bien. ¡Dios mío, qué vergüenza para una mujer verse arrojada
así!... ¡Cuánto más valdría morir!

La arruga de la frente de Miguel se desvaneció. Miró á su mujer
amorosamente, y comprendiendo que aquella lección había sido tan inútil
como inoportuna, le dijo besándole una mano:

--¿Por qué hemos de hablar de las maldades que acontecen en el mundo?
Afortunadamente yo he hallado una tabla de salvación, que es esta mano.
Á ella me agarro, seguro de ser bueno y honrado toda mi vida.

--Debes pedir perdón á Dios.

--Á Dios y á ti os lo pido.

--El mío ya está concedido.

--Y el de Dios también.

--¿Qué sabes tú... ¡Ay, qué tonta! Ya no me acordaba que te has
confesado hace unos días.

--Eso es--dijo Miguel, que tampoco se acordaba.

Después hablaron de los pormenores domésticos, de los muebles, de los
criados que necesitaban tomar. Maximina sostenía que bastaban Juana y
una cocinera. Miguel quería además otra chica para la costura y la
plancha. Con este motivo manifestó á su esposa los recursos de que podía
disponer.

--Me quedan cuatro mil duros de renta; pero voy á dejar á mi hermana y á
mamá mil para que puedan vivir decentemente... Con tres mil duros
nosotros podemos arreglarnos perfectamente.

--¡Oh, ya lo creo!... ¿Por qué no les dejas á tu mamá y á tu hermana la
mitad? Mira, ellas están acostumbradas al lujo, y yo no... Yo con
cualquier vestido me arreglo...

--Es que no quiero que te arregles con cualquier vestido, sino con el
que corresponde á tu clase.

--¡Si supieras qué gusto tan grande me darías cediendo á tu hermana la
mitad!

--No puede ser... Hay que pensar también en los hijos.

--Aún te queda mucho.

--¡Tú no estás enterada de lo que se gasta en Madrid, querida!

Después de reflexionar un instante añadió:

--En fin, que no sea ni uno ni otro: partamos la diferencia. Les dejaré
treinta mil reales, y nos quedaremos con cincuenta mil. Lo que sentiré
es que me salga un cuñado pillo que se coma el capital.

Así charlando, llegaron las diez de la noche, y decidieron irse á la
cama. Miguel se levantó primero y ayudó á su esposa á ponerse en pie.
Encendieron la palmatoria y se encerraron en su alcoba. Maximina
bendijo, como de costumbre, la cama pronunciando una porción de
oraciones aprendidas en el convento, y se entregaron tranquilamente al
sueño.

Allá hacia el amanecer, Miguel creyó oir á su lado un ruido singular, y
despertó. Al instante observó que su esposa le besaba repetidas veces
en el cuello, muy suavemente, con ánimo, sin duda, de no despertarle.
Poco después oyó un sollozo.

--¿Qué es eso, Maximina?--dijo volviéndose bruscamente.

La niña, por toda contestación, se abrazó á él, y comenzó á llorar
perdidamente.

--¿Pero qué tienes?... Díme pronto, ¿qué tienes?

Sofocada por los sollozos, comenzó á decir:

--¡Oh, acabo de soñar unas cosas tan malas!... Soñé que me arrojabas de
casa.

--¡Pobrecilla!--exclamó Miguel cubriéndola de caricias.--Te has
impresionado con lo que te he dicho esta noche... ¡Soy un estúpido!

--No sé lo que... habrá sido... ¡Qué angustia, Virgen mía!... Creí
morir... Si no despierto me muero... Pero tú no eres estúpido, no...
¡Soy yo!

--Bien, seremos los dos... pero tranquilízate--dijo besándola.

Al poco rato, ambos se quedaron otra vez dormidos.

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IV


EN la redacción reinaba silencio inusitado. No se oía
más que el crujir de las plumas de acero sobre el papel. Los redactores
escribían en torno de una gran mesa forrada de hule, exceptuando dos ó
tres colocados frente á unas mesillas de pino en los rincones de la
sala. De pronto, uno de barba poblada y gris levantó la cabeza
preguntando:

--Diga usted, Sr. de Rivera, ¿no estaba señalado para el día 18 el
movimiento?

Miguel, que escribía en una de las mesitas privilegiadas, respondió sin
levantar la cabeza:

--No me cansaré, Sr. Marroquín, de recomendar á usted la discreción.
Observe usted que nuestras cabezas peligran todas, desde las más
humildes como la del Sr. Merelo y García, hasta las más severas y
magníficas como la de nuestro dignísimo director.

Los redactores sonrieron. Uno de ellos preguntó:

--¿Y qué es de Merelo? No ha venido todavía.

--Hasta las doce no puede venir--contestó Rivera.--De diez á doce
conspira siempre contra las instituciones en el café del Siglo.

--Yo pensé que era en Levante.

--No, en Levante es á última hora, de dos á tres.

El primero que había hablado es aquel mismo señor Marroquín, de
perdurable memoria, profesor de Miguel en el colegio de la Merced,
enemigo nato del Supremo Hacedor y hombre hirsuto hasta donde un bípedo
puede serlo. La razón de encontrarse allí es la siguiente: Un día,
cuando estaba concluyendo de almorzar, pasaron á Miguel recado de que un
caballero le aguardaba en el despacho. El caballero era Marroquín, que
más parecía por la traza un mendigo. Tan pobre, sucio y raído estaba. Al
ver á su discípulo se enterneció, aunque parezca extraño. Después le
contó, con verdadera elocuencia, que no tenía una peseta, y se morían de
hambre él y sus hijos, concluyendo por pedirle una plaza de redactor en
_La Independencia_.

--Yo no soy propietario del periódico, querido Marroquín. Lo único que
puedo hacer por usted es darle una carta para el general conde de Ríos.

En efecto, le dió la carta, y Marroquín se presentó con ella en casa del
general; pero tuvo la mala fortuna de llegar en la peor sazón, cuando
aquél, hecho un energúmeno por los pasillos de su casa, recordaba el
repertorio de juramentos en que tanto se había distinguido el sargento
Ríos. La razón era que uno de sus pequeños se había bebido un frasco de
tinta persuadido de que era Valdepeñas. Si tienen ó no los juramentos é
interjecciones de los carreteros influencia decisiva en los
envenenamientos, no lo sabemos; pero el general los empleaba con la
misma fe que si se tratase de un antídoto poderoso. El paciente
inclinaba su cabecita pálida contra la pared derramando copioso llanto.

--¿Qué trae usted?--le preguntó el conde clavándole una mirada iracunda.

--Una carta--contestó el pobre Marroquín presentándosela con mano
trémula.

--¡Vomita!--gritó el general con los ojos llameantes.

--¿Cómo?--preguntó tímidamente el profesor.

--Vomita, niño, vomita, ¡ó te estrello!--rugió el ilustre caudillo de
Torrelodones sacudiendo á su hijo por el cuello.--¿Y qué dice la carta?

--Es del Sr. Rivera, pidiéndole una plaza de redactor en _La
Independencia_ para un servidor de V. E...

--¿No puedes? ¡Métete los dedos en la boca!... Ya sabe el Sr. Rivera
sobradamente que no hay plaza, que todas están ocupadas, y que ya me
duelen las orejas... ¡A ver si te metes los dedos, chiquillo, ó te los
meto yo!

Marroquín obró prudentemente levantando el pestillo de la puerta y
saliéndose con disimulo. Más adelante, Miguel habló al general en
momento más propicio, y pudo conseguir que se le admitiese en la
redacción con un sueldo mensual de veinticinco duros.

En _La Independencia_, escribía, además de aquel redactor _de fondos_
que ya conocemos, un cura apóstata y liberal que se había dejado crecer
la barba hasta el pecho y contaba á sus compañeros los secretos de la
confesión cuando venía un poco ó un mucho beodo. Era íntimo de
Marroquín. Ambos tenían la misma ojeriza á la Divinidad, y ambos
trabajaban con afán por libertar á la humanidad de su yugo. Sin embargo,
un día estuvo á punto de enfadarse seriamente con el hirsuto profesor
porque hizo chacota de la Eucaristía, lo cual confirmó á éste en su
opinión de que «el cura siempre tira al monte». Se llamaba D. Cayetano.
Otro de los redactores era un joven rubio, bello y tímido, que se
sentaba en uno de los rincones de la sala y sólo levantaba la cabeza al
escuchar alguna frase brillante, por las cuales sentía pasión loca. Sus
artículos eran siempre un empedrado de palabritas sonoras, fluidas,
titilantes (adjetivos que representaban gran papel en el repertorio de
Gómez de la Floresta). Jugaba con ellas lo mismo que un saltimbanqui. El
que quisiera verle contento no tenía más que decir alguna metáfora ó
inventar algún adjetivo armonioso. Rivera, que conocía este flaco, solía
darle por el gusto.

--Esta tarde, señores, he visto una mujer cuya mirada brillaba como la
hoja de un puñal damasquino.

Gómez de la Floresta levantaba, rojo de placer, la cabeza y le dirigía
una sonrisa de felicitación.

--Eso es, una mirada fría y siniestra.

--Tenía el cutis terso y ardiente con surcos marmóreos. Los cabellos
caían como una cascada de oro sobre su cuello de cisne aprisionado por
un collar de brillantes que parecían gotas de luz....

--¡Gotas de luz! ¡Qué bonito es eso, Rivera! ¡Qué bonito!

--Era una mujer á propósito para hacer un poco de tiempo vida oriental.

--¡Eso es! Refugiados en un minarete, aspirando los perfumes de la
Persia, dejando que sus manos de nácar acaricien nuestros cabellos,
libando en su boca de rosa el néctar de la voluptuosidad.

--Veo con regocijo, Sr. de la Floresta, que está usted en lo firme.
Hagamos punto, sin embargo. Se le han subido á usted las frases á la
cabeza y preveo un desenlace fatal.

El redactor sonreía avergonzado y continuaba su tarea.

Un joven delgado, de pómulos salientes, ojos oblicuos y andar
desgarbado entró haciendo mucho ruido y tarareando algunos compases de
vals. Se acercó á la mesa donde escribía Miguel, y dándole una palmadita
en el hombro, dijo con alegre entonación:

--Hola, amigo Rivera.

Este, sin levantar la cabeza, respondió muy gravemente:

--Despacio, despacio, Sr. Merelo; despacio, que no somos todos iguales.

Los redactores rieron.

Merelo, un poco acortado, exclamó:

--¡Este Rivera siempre está de broma!... Pues señor--siguió, arrojando
el sombrero sobre la mesa,--en este momento llego de la reunión
arancelaria del Teatro del Circo...

--¿Quién habló? ¿quién habló?--preguntaron varios.

--Pues hablaron D. Gabriel Rodríguez, Moret y Prendergast, Figuerola y
nuestro director; pero el que mejor habló fué D. Félix Bona.

--¡Hombre! ¿Y qué ha dicho?

--Pues empezó diciendo que él... el más humilde de todos los que allí
estaban...

--¿Y usted, Sr. Merelo, no ha protestado contra esa
afirmación?--preguntó Miguel desde su mesa.

Merelo le miró sin comprender; mas sintiendo al cabo el alfilerazo, hizo
una mueca de disgusto y siguió, aparentando desprecio:

--Que él venía á hablar allí en nombre del comercio al por menor...

--No, pero usted, amigo Merelo--interrumpió el ex cura, que gustaba
mucho de embromar al noticiero,--debió haber protestado contra aquello
de la humildad.

Merelo transigía, hasta cierto punto, con las bromas de Rivera, en quien
reconocía superioridad; pero las del cura le crispaban los nervios. Así
que, lleno de ira, juntó las manos como hacen los sacerdotes en misa y
cantó:

--_¡Dóminus vobiscum!_

Carcajada general de los redactores. El cura se puso colorado hasta las
orejas; y fuertemente desabrido quiso continuar la broma, aguzándola
cada vez más; pero el noticiero, que no tenía mucho ingenio, contestaba
siempre:

--_¡Dóminus vobiscum!_

Con entonación tan cómica y clerical, que los periodistas se
desternillaban de risa.

El cura se puso al fin amoscado. En vez de bromas, lo que dirigía á
Merelo eran verdaderos insultos. Uno de ellos fué tan vivo y
desvergonzado, que aquél se vió en la necesidad de alzar la mano y
soltarle una soberana bofetada. Momentos de confusión y tumulto en la
redacción. Varios individuos sujetan, á duras penas, á D. Cayetano, que
con las tijeras de cortar sueltos en la mano declara en alta voz su
propósito de sacar las tripas á Merelo. Éste, á quien no complace poco
ni mucho tal declaración, ruega á sus compañeros que le suelten, «que él
no tolera imposiciones de nadie»; pero sus amigos comprenden que es pura
retórica, y le sujetan cada vez con más cuidado. Al fin se logró calmar
á los irritados contendientes, y vino un cuarto de hora de sosiego,
durante el cual todos se aplicaron á escribir en silencio. Por fin
levanta Miguel la cabeza y pregunta:

--Oiga usted, Sr. Merelo, ¿cuándo piensa usted ir á Roma?

--¿Á Roma?... ¿Á qué?

--Á que le perdonen el pecado de haber puesto la mano en persona
sagrada. Aquí no le pueden absolver.

Se arma de nuevo una zambra de risa en la redacción. El cura furioso
suelta la pluma, toma el sombrero y se va.

Y en tales bromas y en otras semejantes, siendo el alma de ellas casi
siempre nuestro Rivera, solían perder mucho tiempo los redactores de _La
Independencia_. Á más de éstos había otros tres ó cuatro de menor
cuantía, y un sinnúmero de meritorios que acudían solícitos por las
noches á llevar al director su ofrenda de sueltos y artículos, la cual
era despreciada la mayoría de las veces. Entre todos estos llamaba la
atención un señorito aún no entrado en quinta, feo, raquítico y bien
trajeado, que solía escribir artículos de crítica literaria, los cuales
firmaba siempre con el pseudónimo _Rosa de te_. Era severísimo con los
autores, y se creía siempre en el deber de darles sanos consejos acerca
del arte que cultivaban. Á menudo les decía que esto no era humano,
aquello verosímil, lo otro castizo. Hablaba mucho de la vida, que á su
juicio ningún autor conocía, ni tampoco las mujeres. Sólo _Rosa de te_
tenía una idea exacta del mundo y del corazón de la mujer. Al comenzar
sus críticas cuidaba siempre de colocar al autor en el banquillo de los
acusados, subiéndose él al sillón del presidente del tribunal. Desde
allí interrogaba, reprendía, disertaba, sonreía sarcásticamente: «¿Dónde
ha visto D. Fulano que una joven exclame ¡cielos! cuando le duelen las
muelas? ¡Bien se conoce que D. Fulano no ha pisado mucho los salones
aristocráticos! La vida, D. Fulano, no es como usted la pinta: es
necesario vivir dentro del medio social para aspirar á reflejarlo. Lo
que no vemos tampoco en la obra de D. Fulano es el argumento. ¿Y el
argumento, D. Fulano, y el argumento? ¿Qué carácter tiene el
protagonista de su obra? En un capítulo dice que tiene mucho apetito, y
se comería de buena gana una lata de sardinas de Nantes, y algunos
capítulos más adelante dice que las sardinas le repugnan. ¿Qué lógica es
ésta? Los caracteres en el arte han de ser bien definidos, lógicos, de
una sola pieza. El protagonista de D. Fulano sólo toma en el curso de la
obra, según nuestra cuenta, diez y nueve resoluciones. ¿Le parecen
bastantes resoluciones éstas á D. Fulano para un protagonista? Ni
siquiera nos parecen suficientes para un personaje secundario. Así que
no tiene más remedio que resultar el carácter borroso, incoloro, falto
de vida y energía. La energía en los caracteres es cosa que no me
cansaré de recomendar á los autores dramáticos y novelistas. Además,
procure D. Fulano ser más original. Aquella contestación que da Ricardo
á la condesa en el capítulo sexto cuando dice:--¡Señora, no volveré á
poner más los pies en esta casa!--ya la habíamos leído antes en Walter
Scott».

A Miguel le hacía mucha gracia este muchacho, á quien llamaba siempre
_sacerdote_, por las muchas veces que hablaba en sus artículos del
«sacerdocio de la crítica». _Rosa de te_, tan bravo y altivo con los
poetas y novelistas, era un santo Job para sufrir la vaya constante de
Miguel y los demás redactores. Un día, sin embargo, tuvo la mala
ocurrencia de censurar acremente á un poeta amigo de aquél, y Rivera,
indignado, le llamó necio y badulaque en la cara, sin que el pobre Rosa
la levantase para contestar. Cuando llegó Mendoza, irritado todavía, le
dijo:

--Vamos á ver, Perico, ¿por qué consientes que escriba las revistas
literarias ese chiquillo estúpido, que á cada momento está poniendo en
ridículo el periódico?

Mendoza, según costumbre, guardó silencio. Pero Miguel insistió.

--Quiero que me expliques por qué...

--No cobra los artículos--respondió aquél en voz baja.

--¡Pues son muy caros!

Aunque sin mucha afición á la política, Miguel trabajaba con asiduidad
en el periódico. La atmósfera revolucionaria se había condensado
bastante, y ningún joven podía sustraerse á su influencia febril y
turbulenta. El conde de Ríos fué desterrado á las Baleares á la postre.
Mendoza, de la noche á la mañana, desapareció de Madrid, dejando una
carta á su amigo Miguel, en que le decía que se escapaba porque tenía
noticia de que la policía le iba á echar mano, y rogándole se encargase
de la dirección del periódico. No poca risa le causó al hijo del
brigadier la tal carta, pues estaba bien convencido de que el Gobierno
no se acordaba para nada del pobre Brutandór. Se encargó, no obstante,
de la dirección efectiva de _La Independencia_, ya que la aparente en
aquellos calamitosos tiempos de persecución pertenecía siempre á un
testaferro. Y para cumplir debidamente su cometido, comenzó á frecuentar
los denominados círculos políticos, y muy especialmente el salón de
conferencias del Congreso de los Diputados, que era entonces, lo es
ahora y seguirá, probablemente, siendo la oficina donde se elabora la
felicidad del país. Así que, al pisarlo por vez primera, no pudo
reprimir un sentimiento de respeto y veneración.

Al ver el movimiento y la agitación que allí reinaban, nuestro héroe no
pudo menos de comparar aquel salón y los pasillos que lo circundan á una
gran fábrica. Muchedumbre de obreros con sombrero de copa, van, vienen,
entran, salen, se saludan, se codean. En el rostro llevan impresa la
huella de los altos cuidados que les agitan. Algunos se sientan delante
de los escritorios y escriben con mano febril cartas y más cartas: de
vez en cuando se pasan la mano por la frente y exhalan un suspiro de
fatiga, y quizá de dolor, por verse obligados, en aras del interés del
Estado, á negar un destino á algún elector poderoso que no lo merece.
Otros salen del salón de sesiones y se sientan en un diván á meditar
acerca del discurso que acaban de oir, ó se acercan á algún grupo y
discuten acaloradamente lo que, por una modestia que les honra, no han
querido discutir en la sesión. Otros se arriman al quicio de una puerta
y esperan ansiosos el paso de algún ministro para recomendarle un asunto
de interés general para la familia. Todo esto le recordaba á Miguel el
trajín, el ruido y la actividad prodigiosa que había tenido ocasión de
observar en una fábrica de fundición de hierro, allá en Vizcaya. Allí
como aquí, los hombres se movían en direcciones contrarias, marchando
cada cual á su tarea. Iban algo peor vestidos, y enseñaban un cuello y
un pecho más tostados que debían de estarlo los de los representantes
del país; pero esto consistía en que hacía más calor en la fábrica que
en el salón de conferencias. En vez de cartas y otros documentos, los
hombres llevaban allí barras de hierro candente en las manos, que se
entregaban unos á otros, lo mismo que los diputados se entregan sus
papelitos.

Ni se crea que en el salón de conferencias hace frío; nada de eso. En
cada una de sus cuatro esquinas hay una gran chimenea donde arden añosos
y secos troncos que el país previsor aporta para que sus representantes
no se hielen. Además, los hornos de cok encendidos en los sótanos
despiden columnas de aire tibio por algunas bocas abiertas en el suelo.
Las alfombras, las cortinas, los ventiladores y mamparas hacen,
finalmente, que la temperatura no sea ni fría ni extremadamente
calurosa. Indudablemente el sistema de calefacción está mejor entendido
en el salón de conferencias que en la fábrica de Vizcaya. Á lo largo de
sus paredes hay anchos y cómodos divanes donde los diputados y los
periodistas que los ayudan en la ímproba tarea de salvar al país pueden
descansar algunos momentos. Y si quieren refrescarse ó restaurar las
perdidas fuerzas, hay también una cantina donde la nación proporciona
gratis á sus procuradores agua y azucarillos en abundancia, y mediante
módico precio, jamón, pavo, pasteles, jerez, manzanilla, y otras viandas
y bebidas. Inteligentes y solícitos porteros les despojan, apenas
entran, de sus gabanes y los guardan con esmero, para restituírselos
después á la salida, á fin de que por modo alguno se constipen. Á Miguel
le impresionó vivamente, á su entrada en el Congreso, la sumisión y el
profundo respeto con que un portero estaba quitando el gabán de pieles á
un caballero de luenga perilla blanca, el cual le dejaba hacer con aire
grave y displicente, inclinando la cabeza á un lado y á otro, como si no
pudiese con los pensamientos que la llenaban. Después tuvo ocasión de
ver á este mismo caballero en la cantina tomando unas rajas de lengua en
escarlata: el mismo aire reflexivo, reservado, imponente. Supo con
alegría que se llamaba el Sr. Tarabilla, gobernador que había sido de
varias provincias, jefe superior honorario de Administración civil,
presidente en otro tiempo de la Junta de Clases pasivas, teniente
alcalde dos veces del Ayuntamiento de Madrid, presidente en la
actualidad de la Junta de Ganaderos, y secretario que fué de la comisión
de actas en el Congreso, donde á propósito de la de Becerrea formuló un
voto particular, que no se llegó á discutir.

Tuvo nuestro héroe una de las más puras satisfacciones de su vida en
conocer á un personaje de tanta monta dentro de la política, y se
propuso ir poco á poco y de la misma suerte conociéndolos á todos.
Solía andar de grupo en grupo escuchando atentamente las discusiones
entabladas entre los prohombres más señalados. Era su deber enterarse de
sus opiniones y propósitos á fin de dirigir con acierto el periódico.
Sorprendiéronle algunos de estos debates familiares, pero muy
particularmente uno á que asistió pocos días después de entrar en el
salón de conferencias. En el centro de un grupo numeroso y apretado
discutían vivamente un ministro y uno de los jefes de la oposición,
sobre cierto artículo de la Constitución de 1845, en que se prohibía la
pena de confiscación de bienes. El ministro sostenía que esta
prohibición no era absoluta y que en el artículo se indicaban las causas
por las que un ciudadano podía ser privado de sus bienes. El personaje
de la oposición gritaba como un energúmeno que sí lo era tal, que no
había tales causas ni tales carneros. Ambos estaban rojos y á punto de
encolerizarse de veras. Por último, el ministro preguntó con energía:

--Pero vamos á ver, Sr. M^{***}, ¿ha leído usted la Constitución del 45?

--No, señor, no la he leído, ni ganas--gritó el señor M^{***}
furioso.--¿La ha leído usted?

--Aunque no la he leído--repuso el ministro con firmeza,--sé que en el
título primero se señalan las causas para la confiscación... Y si no,
aquí está el señor R^{***}, que ha sido ministro en aquella época y nos
lo puede decir.

El señor R^{***}, que era un anciano completamente rasurado, al oir la
interpelación y al observar que todos los ojos se volvían hacia él,
sonrió entre malicioso y avergonzado, y dijo:

--El caso es, amigo mío, que yo tampoco me acuerdo de haberla leído
toda.

En un principio estas discusiones y el conocimiento cada vez más amplio
de la maquinaria política, le cautivaron. Mas á la postre, después de
haber tenido el honor de conocer de vista y aun saludar á casi todos los
próceres del reino y de haber aprendido de sus labios no pocos secretos
para la gobernación de los pueblos, tuvo el sentimiento de comprender
que empezaba á aburrirse. La mayoría de las tardes prefería coger un
libro de Shakspeare, de Goëte, de Hegel, de Spinoza y sentarse á leer al
lado de su esposa, mientras ésta cosía ó bordaba, á pasear por los
corredores del Congreso y escuchar las disertaciones del Sr. Tarabilla y
de otros notables varones. Y digo que lo averiguó con sentimiento,
porque una voz interior le advirtió en seguida que no era éste el camino
para llegar á la fortuna y la celebridad, sino el que gloriosamente iba
recorriendo paso tras paso el Sr. Tarabilla. Pero siendo lo mejor, se
empeñaba, sin embargo, en seguir lo peor, porque la humanidad es flaca y
las pasiones la arrastran á menudo á la perdición. Hasta las tardes en
que se dignaba visitar el Congreso, en vez de juntarse á los grupos,
abrazar á los diputados, adular á los ministros y emitir su opinión en
cuantas cuestiones se suscitasen, dejándose arrastrar de la melancolía
(quizá de la nostalgia de su esposa, su butaca y su Shakspeare), se iba
á sentar solitario en cualquier diván, y allí pensaba ó dormitaba,
forjándose la ilusión de que estaba cumpliendo con su deber. Miraba con
ojos distraídos desfilar el enjambre de diputados, periodistas y
aficionados que los secundan, sin que su actividad febril, su agitación
y su anhelo despertasen en nuestro perezoso el noble deseo de trabaja r
por el país y contribuir de algún modo á su felicidad. Á veces, no
sabiendo ya en qué pensar, se entretenía en buscar parecidos entre las
personas que veía y otras que había conocido antes. Llamóle
particularmente la atención un diputado, director de Aduanas, que se
parecía como un huevo á otro á cierto pescador de Rodillero á quien
apodaban Talín. Le había conocido con motivo bien triste: se le había
muerto un hijo de sarampión y no tenía una peseta en su casa para
enterrarle. El pobre tuvo que llevarle en brazos al cementerio y abrir
él mismo la fosa. Pocos meses después pereció Talín en una célebre
galerna descrita ya en las novelas. ¡Pero cómo se parecía aquel señor
diputado á Talín! Había otro cuyo rostro, cuajado de costurones y
cicatrices, sin cejas ni pestañas, perdidas en una enfermedad secreta,
que le obligaba á ir todos los años á Archena, semejaba notablemente al
de un pobre minero que había conocido en Langreo. Trabajaba éste en las
chimeneas de las minas, pasando todo el día metido en un tubo estrecho
que él mismo iba abriendo con trabajo. Un día se inflamó el gas y le
quemó el rostro y las manos horriblemente. Después tuvo que pedir
limosna.

Cuando estas imaginaciones le fatigaban, llamaba á Merelo y García y le
hacía sentarse á su lado recreándose en oirle referir, con la vehemencia
que le caracterizaba, todas las menudencias de bastidores (si no es
irreverencia comparar los pasillos del Congreso á los bastidores de un
teatro). Era Merelo entonces el fénix de los noticieros de Madrid y la
envidia de los demás propietarios de periódicos, que más de una vez
habían tratado de arrebatárselo al conde de Ríos, ofreciéndole el oro y
el moro. Pero Merelo, con una lealtad nunca bastante loada, y eso que él
no cesaba de loarla, se había mantenido firme, rechazando todas las
proposiciones que se le hicieron. Ninguno como él para recorrer en un
instante una docena de grupos, averiguar lo que hablaban, de lo que
habían hablado y de lo que iban á hablar, deslizarse entre las piernas
de los diputados y sorprender los secretos más íntimos y arcanos de la
política, moler á preguntas á los embajadores, atreverse con los
ministros, martirizar á los empleados y sacar á cada cual lo que tenía
en el cuerpo, unas veces con suavidad, otras casi á viva fuerza.
Realmente Merelo y García fué en España el Bautista de esa pléyade de
jóvenes noticieros que actualmente tanto ilustran nuestra prensa. El fué
quien trazó los primeros lineamientos de las conferencias, en forma de
preguntas y respuestas, que después se han generalizado tanto. No
obstante, en tiempo de Merelo aún estaban en mantillas, y los
embajadores chinos ó marroquíes no contestaban de un modo tan preciso y
categórico como ahora á los _reporters_ cuando les preguntan
verbigracia:--¿Cuántas horas han tardado ustedes en el viaje?--¿Ha
podido usted conciliar el sueño?--¿Se ha bajado usted alguna vez al
retrete? etc., etc.

Era nuestro Merelo más conocido que la ruda en todos los centros
oficiales y más temido que el cólera morbo. Cuando se le metía en el
caletre averiguar cualquier cosa, no le arredraban ni las malas caras ni
las contestaciones groseras. Estaba á prueba de desaires. Se contaba que
al salir de una importantísima conferencia diplomática el ministro de
Estado, Merelo le abocó preguntándole con la mayor frescura:

--¿Qué tal, Sr. F^{***}, se arregla ó no se arregla lo del tratado?

El ministro le mira con curiosidad y le pregunta:

--¿De qué periódico es usted redactor?

--De _La Independencia_--manifiesta Merelo muy risueño.

--Bien se conoce, por la poca vergüenza que usted tiene--repone el
ministro fríamente, girando sobre los talones.

El general conde de Ríos contaba á sus tertulios con lágrimas de
entusiasmo un famoso testimonio que de sus especialísimas dotes había
dado Merelo en cierta ocasión. Hallábase éste como siempre á perro
puesto en una de las puertas del salón de conferencias, olfateando hacía
rato alguna noticia, cuando acertó á ver que un portero entregaba al
presidente del Consejo de ministros un telegrama. Abriólo éste, lo leyó
con atención, y frunciendo la frente, lo arrugó después entre las manos
y se salió á paso lento hacia los pasillos. Merelo toma vientos y le
sigue con las orejas tiesas, la mirada ansiosa, las narices abiertas. El
presidente se mete en los retretes. Merelo le espera inmóvil. El
presidente sale. Entonces se opera en el cerebro de Merelo una de esas
revoluciones súbitas y terribles. Vacila algún momento en seguirle; pero
en aquel punto le acomete una famosa inspiración que ha hecho raya en
los fastos del noticierismo. En vez de seguir la presa, se introduce
como un relámpago en los retretes, mira, busca, rebusca... En el fondo
de la vasija de un urinario hay un papelito azul arrugado. Merelo no
vacila y se apodera de él.

Aquella noche insertaba _La Independencia_ el siguiente suelto: «Parece
que encuentra dificultades en Roma la preconización del obispo electo de
Málaga Sr. N^{***}, primo hermano del presidente del Consejo de
ministros». Leyó éste la noticia en la cama y quedó altamente
sorprendido, según confesó después á sus amigos, pues la especie de que
el Papa se oponía á la preconización de su primo se la había trasmitido
el embajador por telégrafo. Dando vueltas á la imaginación, recordó que
aquella tarde, después de leer el telegrama, una sombra le seguía por
los pasillos del Congreso, y le aguardaba á su salida del retrete. El
presidente adivinó de pronto y soltó una gran carcajada.--«¡Vaya, buen
provecho!»--dijo apagando la luz.

[imagen decorativa]



V


UTRILLA se había acostado por la noche calenturiento,
nervioso. La cosa no era para menos. Había perdido por segunda vez el
semestre. Quedaba por lo tanto expulsado de la Academia de Estado Mayor.

Se lo había dicho el corazón antes de entrar en el examen:--«Jacobo, te
van á preguntar con seguridad el péndulo, que es en lo que estás más
flojo.»--Y en efecto, así que tomó asiento delante del tribunal, ¡zas!
el profesor de mecánica le dice con acento almibarado:

--Tenga usted la bondad, Sr. Utrilla, de desarrollarnos la teoría del
péndulo.

El cadete se levanta un poco pálido y mira con ojos extraviados al
tribunal. El profesor de álgebra sonríe irónicamente adivinando su
confusión. ¿Por qué le había tomado tal ojeriza aquel tío? Utrilla sólo
se lo explicaba por envidia. El profesor le había visto haciéndose el
oso con Julita en un teatro. Se levanta, y con paso vacilante va al
matadero, quiero decir, al encerado. Traza con mano trémula algunas
cifras, y al cabo de quince minutos exhala un gran suspiro de descanso y
se vuelve al tribunal. El profesor de Mecánica vuelve la cabeza, varias
veces en signo negativo:

--No es eso, Sr. Utrilla, no es eso.

El cadete borra con la esponja las cifras que había trazado, y vuelve á
comenzar la operación. Otro cuarto de hora de silencio; otro suspiro de
descanso; más signos negativos por parte del profesor.

--Tampoco es eso, Sr. Utrilla.

Y Utrilla borra de nuevo, y de nuevo comienza á trazar guarismos. Pero
esta vez desfallecido, confuso, lívido, pensando ya en la muerte.

--Tampoco, tampoco es eso, Sr. Utrilla--manifiesta el profesor con
acento compasivo.

El de Álgebra sonríe mefistofélicamente, y dice con _retintín_ en
andaluz cerrado:

--De tre manera lo sé esí... _percuraaor_... _porcurador_ y
_precurador_.

Los señores del tribunal se tapan los ojos con la mano para ocultar la
risa. Aquella burla le llega al alma á nuestro cadete, quien muda de
color varias veces en pocos momentos.

--Puede usted retirarse--le dice el profesor de Mecánica, haciendo
esfuerzos inútiles por ponerse serio.

El hijo de Marte se retira tropezando con todos los objetos, porque no
ve. El cuello más largo, la nuez más abultada, el corazón roído por el
despecho y la cólera.

Después vino á casa, y por consejo del ama de llaves se desmayó. Su
padre, al saber la causa, lejos de socorrerle, exclamó furioso:

--¡Así te murieses, gran tuno! Me lleva consumido este chico más
paciencia y más dinero que él vale.

Después vino la consiguiente escena de familia. Al salir del desmayo le
pasaron recado de que su padre y su hermano le esperaban en el despacho
del primero. Allí padeció nuestro soldado nueva y dolorosa humillación.
Su padre le increpó con saña, le llamó imbécil y badulaque y le mostró
el libro de cuentas donde constaban sus gastos:--Por tantos meses de
preparación de matemáticas... tanto; clases de dibujo... tanto; uniforme
de gala... tanto; ídem de diario... tanto; etc., etc.

Mientras su señor padre daba lectura con voz alterada de esta cuenta, su
hermano mayor rechinaba los dientes como un condenado. De vez en cuando
dejaba escapar un sonido gutural lamentable, como si algún diablo
previsor viniese en aquel instante á echar más carbón en el horno donde
le tostaban. Al fin, en un momento de respiro, pudo exclamar sordamente:

--¡Y que un hombre se esté mortificando de la mañana á la noche, metido
entre sebo y porquería, para que lo que él suda se lo gaste un señorito
en cintajos y copas de cognac!

--¡No sucederá más, Rafal, te lo juro!--gritó el padre.--Desde mañana
este mocoso te ayudará en la fábrica. ¡Allí aprenderá cómo se gana el
pan!

El ex-cadete quedó anonadado. ¡Él, un caballero cadete del cuerpo más
aristocrático del ejército, pasar de pronto al servicio de una fábrica
de bujías! Para Utrilla, esto era el colmo de la degradación. Guardó
unos instantes de silencio, y al cabo profirió grave y pausadamente con
su voz de bajo profundo:

--Si se ha de arrastrar mi dignidad hasta convertirme en un capataz de
fábrica, valiera más que me sacasen ustedes al campo y me pegasen cuatro
tiros.

--¡Cuatro palos que te deslomen te voy á dar yo, haraganazo! ¡Aguarda,
aguarda!

Y el honrado fabricante giró en torno del despacho la irritada vista, y
percibiendo un bastón de caña, arrimado á la pared, se lanzó con furia á
empuñarlo. Pero ya Aquiles, el de los pies ligeros, había salido de la
habitación y en cuatro trancos se había retirado á su tienda.

Una vez en ella, después de haber dado vuelta á la llave con admirable
escrupulosidad y haber escuchado atentamente un rato con el oído pegado
á la cerradura, á fin de cerciorarse de que Peleo no había pasado del
promedio del corredor, pudo entregarse libremente á la meditación.
Comenzó á recorrer la estancia en sentido oblicuo con las manos en los
bolsillos, la cabeza hundida en el pecho, los hombros levantados,
pensando seriamente en que... Pero la espada tropezaba á cada instante
en los muebles y se le metía entre las piernas, estorbándole para andar.
Se despojó de ella y la tiró con displicencia militar sobre el sofá.
Pensó en que tenía dos caminos delante de sí. Uno, el de escaparse de
casa, sentar plaza y satisfacer de esta suerte la única vocación de su
vida. Otro, el de asistir á la fábrica y trabajar en ella como su
hermano. Era preciso tomar una resolución decisiva, como convenía á su
carácter inflexible y enérgico. Y en efecto, nuestro ex cadete, con una
energía que no encontrará muchos imitadores en esta época degenerada,
adoptó prontamente el acuerdo de trabajar en la fábrica de bujías.
Resuelto este punto importantísimo, quedó más tranquilo, y pudo
detenerse un momento á encender un pitillo. Quedaba otro, no obstante,
de gran trascendencia, el de lavar la afrenta que el profesor de Álgebra
le había hecho durante el examen. Utrilla razonaba de este modo:

--Si continuase en el ejército, la burla no sería injuria, porque ya se
sabe que la disciplina impide al inferior, pedir satisfacción al
superior, de las ofensas; pero una vez fuera del cuerpo y trasformado en
paisano, la cosa varía de aspecto... ¡Vaya si varía!--repitió arrugando
el entrecejo de un modo imponente.--Mañana quedará resuelto este punto.

Y en esta disposición aciaga de espíritu, nuestro cadete se puso á
redactar el borrador de la carta que pensaba dirigir al profesor de
Álgebra: «Muy señor mío: Si tiene usted alguna delicadeza (lo cual me
permito dudar), comprenderá usted que, después de la grosera burla que
usted ha tratado de hacerme ayer prevaliéndose del sitio que ocupaba, es
de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca de la tierra. Para
el efecto, se entenderá usted con mis amigos los señores (_aquí dos
blancos para los nombres, pues aún no había decidido cuáles habían de
ser_). Queda siempre á sus órdenes, etc.»

Después de leída tres ó cuatro veces esta carta, le pareció poco
enérgica. La rompió, y acto continuo escribió esta otra: «Caballero: Es
usted un miserable. Si esta ofensa no le basta para mandarme sus
padrinos, tendrá el gusto de ir á escupirle en el rostro su seguro
servidor, Q. B. S. M., _Jacobo Utrilla_».

Satisfecho plenamente del fondo y de la forma de la anterior misiva, el
heroico mancebo la puso en limpio con particular esmero, la cerró con
lacre bajo un sobre y la guardó en el cajón de la mesa hasta el día
siguiente en que pensaba mandarla á su destino. Ya se llegaba la noche,
y se metió en la cama sin querer tomar alimento alguno. El sueño tardó
en visitarle. El ángel de la desolación batía las alas sobre su frente,
inspirándole proyectos de exterminio á cual más horrendos. ¡Y sin
embargo, á aquella misma hora el profesor de Álgebra dormía acaso
tranquilamente sin sospechar siquiera la desventura que se cernía sobre
su cabeza! Al ocurrírsele tal pensamiento, Utrilla no pudo menos de
sonreir entre las sábanas de un modo siniestro. Al fin Morfeo logró
apoderarse de él, mas no para darle un sueño dulce y reparador. Mil
ensueños funestos le agitaron toda la noche. Desde la una hasta las seis
de la madrugada se batió con un enemigo por todos los procedimientos
conocidos hasta el día, y por algunos también de su exclusiva invención.
Ahora se veía al frente del odioso profesor con un florete en la mano.
Aquél le había herido en la mano derecha, pero incontinenti, Utrilla
había exclamado:--¡Vamos con la izquierda! dejando á los testigos
admirados de su sangre fría. Y con la mano izquierda, ¡zas! á los pocos
golpes le hundía la espada hasta el pomo en el vientre. Ahora se
hallaban ambos con una pistola en la mano. Los testigos dan la señal de
avanzar. El profesor dispara y su bala le roza la mejilla; pero él
avanza, avanza siempre. Entonces el profesor, próximo á morir, se deja
caer de rodillas y le pide la vida. Él se la concede disparando al aire,
no sin decir antes con desprecio:--¡Y que este hombre haya insultado á
Jacobo Utrilla!

La Áurora divina, la del velo azafranado escalaba ya las alturas del
Guadarrama cuando el mancebo despertó en la misma fatídica disposición
de ánimo. ¡Triste día, aquel que comenzaba, para una familia inocente
(el profesor de Álgebra tenía seis hijos) si Júpiter no se hubiera
apresurado á enviar á la cabecera del héroe á su hija Minerva en figura
de ama de gobierno!

--Jacobito, querido, te estarás muriendo de debilidad, hijo mío. Aquí te
traigo el chocolate con ensaimada, que es lo que más te gusta.

Restregóse los ojos el mancebo, dirigió una severísima mirada al
chocolate que tan tiernamente le presentaban, y se dispuso á tomarlo, no
sin rechinar antes los dientes de un modo fatal que puso en alarma á la
buena D.ª Adelaida.

--Vamos, Jacobito, hijo mío, no te apures ni te disgustes tanto, que vas
á caer enfermo... La cosa ya no tiene remedio... El acostarte sin tomar
nada ha sido una locura. Tu padre se irá conformando, al cabo, y todo se
arreglará. Habrás dormido muy mal, ¡claro está! ¡Te empeñas en jugar con
el estómago!... ¿Y ahora qué piensas hacer, hijo mío? Te tengo miedo con
ese geniazo tan arrebatado que Dios te dió.

Jacobo al oir esta pregunta suspendió un instante la faena odiosa de
engullir el chocolate, levantó la airada vista hacia el ama y exclamó
con furor reconcentrado:

--¿Qué pienso hacer?... ¡Ya se verá, ya se verá lo que pienso hacer!

Y aquí se puso de nuevo á rechinar los dientes de tal modo que D.ª
Adelaida, sobresaltada, se apresuró á decir:

--¡Vaya, calma, calma, Jacobito! Ya sabes que yo te he visto nacer, y
que tu santa madre, que te dejó bien chiquito la pobre, me ha encargado
velar por ti. Si hicieses algún disparate, me matarías de pena... Vamos,
hijo mío, díme qué piensas hacer...

El mancebo, rechazando con un movimiento enérgico la jícara vacía y
rodando convulsimamente los ojos, gritó más que dijo:

--¿Quiere usted saber lo que pienso hacer?... ¡Pues voy á decírselo
ahora mismo!... Iré á la fábrica, me pondré la blusa, mancharé mis manos
con el sebo, arrastraré las cajas de bujías, me tostaré la cara al pie
de los hornos... Y cuando alguna persona desconocida llegue á la
fábrica, los obreros podrán decir:--¡Ese que usted ve ahí sucio,
asqueroso, hediondo, ha sido en otro tiempo un caballero cadete, un
cadete de Estado Mayor!... ¡Ah--terminó con voz sorda,--no saben, no
saben todavía de lo que es capaz Jacobo Utrilla!

El ama que, aunque esperaba una resolución violenta, no era de este
carácter, prorrumpió en un grito de alegría.

--¡Eso, eso, hijo mío! Esa es la mejor manera de darles en cara á tu
padre y á tu hermano, que me tienen ya apestada, diciendo que no sirves
para nada, que eres un holgazán...

--Mas antes de eso--interrumpió Jacobo extendiendo ambas manos en ademán
de contener alguna avalancha que se viniese encima--es forzoso que uno
de los dos perezca.

--¡Virgen de Atocha!--exclamó D.ª Adelaida.--¿Quién ha de perecer,
Jacobito? ¡Por Dios, no te vuelvas loco! ¿Quieres que muera tu padre?

--¡No es eso, señora, no es eso! Se trata del profesor de Álgebra, con
el cual probablemente esta tarde ó á más tirar mañana por la mañana
cambiaré una bala.

--¿Y qué te ha hecho el profesor de Álgebra? ¿Sacarte mal en el examen?
Pues si hubieras estudiado, como tu padre te mandaba, no te hubiera
sucedido eso.

--¡Señora--gritó Utrilla con voz estentórea, infernal, de tal modo que
D.ª Adelaida dió un paso atrás asustada,--no hable usted de lo que no
entiende! El Álgebra ya me duelen las narices de tenerla aprobada. Lo
que me ha hecho es una burla, que no puede tolerar el hijo de mi padre,
¿sabe usted?

--Vamos, sosiégate, Jacobito. Estás muy alterado desde ayer. Acaso no
sea eso que tú piensas. Puede que ese señor no haya tenido intención de
burlarse de ti.

--Aunque no haya tenido intención, el hecho es que se ha burlado, y yo
no he tolerado hasta ahora, no tolero, no toleraré jamás que nadie se
quede conmigo. Ya sabe usted que en este punto soy un hombre muy
especial.

--Ya lo sé, Jacobito, ya lo sé. Tienes el genio lo mismo que tu abuelo
(q. e. g. e.). ¡Qué señor aquel! Era una pólvora. Figúrate que una vez
estando afeitándose oyó un grito en el patio; volvió la cara tan
deprisa, que se dió un tajo en las narices tremendo... Pero es necesario
contenerse, hijo mío, reprimir un poco el genio para poder vivir en el
mundo. Yo creo que si ese profesor se ha querido reír de ti, lo que
debes hacer es reirte de él.

Tal fué, con leves variantes, el consejo que en los tiempos primitivos
de la Grecia dió Minerva, la diosa de los ojos resplandecientes, al
divino Aquiles en su famosa reyerta con el Atrida Agamenón. Fuerza es
reconocer que nuestro héroe no se mostró tan sumiso á las órdenes de la
diosa como el hijo de Peleo. En vez de envainar como éste la espada
inmediatamente y someterse, se negó á incoar otro procedimiento que no
fuese el de la fuerza. Lo único que D.ª Adelaida pudo conseguir, después
de muchos ruegos, fué que aplazase para otro día la destrucción del
profesor.

Aquella misma mañana, sin embargo, puso por obra su enérgica decisión de
ir á la fábrica y trabajar allí todo el día «como un perro», lo cual es
de presumir que dejaría enteramente avergonzados y confusos á su señor
padre y hermano, aunque lo disimularon perfectamente. Vencidas de esta
suerte, gracias á su increíble audacia y sangre fría, la mayor parte de
las dificultades que su posición excepcional le había originado, lo
único que le traía desasosegado era que Julita no llevase á bien aquel
prematuro retiro del servicio militar. Así que tardó algunos días en
comunicárselo. Mas no fué parte sólo el temor de enojarla para ello,
sino también el que desde hacía algún tiempo no veía tan á menudo á su
novia como antes. Julita había dado en la funesta manía de no salir al
balcón sino raras veces, y en la no menos desastrosa de poner obstáculos
al envío regular de las cartas. No obstante, Utrilla le escribió una
noticiándole que «por razones de familia, y para atender al arreglo de
sus intereses, se había separado del servicio». Fué la manera más
decorosa que halló de decirle que le habían reprobado. Contra lo que él
presumía, á Julia no le produjo gran efecto la noticia; tanto, que tardó
cinco ó seis días en contestarle, y al cabo le dijo: «que si había
dejado la carrera porque así le conviniese, hacía perfectamente; pero
que de allí en adelante hiciese el favor de no escribirle por medio de
la portera, pues tenía razones para oponerse, y que esperase á que ella
le dijese á quién había de entregarle la carta.»

Justamente en estos días fué cuando Miguel tropezó con el ex cadete dos
veces. Éste se alegraba tanto de verle y le mostraba tal simpatía y
cariño, que Rivera no podía menos de corresponderle, llevando su
magnanimidad hasta llamarle alguna vez «futuro cuñado».--Si de todos
modos se ha de llevar un pillo á mi hermana, más vale que sea usted,
amigo Utrilla--le decía. El antiguo cadete se hinchaba de gozo hasta
rompérsele el pellejo, no sólo por la perspectiva del matrimonio con
Julia, sino por oirse llamar pillo de modo tan galante. En ambas
entrevistas le rogó encarecidamente que le hiciese el honor de visitar
su fábrica, pues tenía grandes deseos de mostrársela, y de manifestarle
las grandiosas reformas que pensaba operar en ella, si su padre y
hermano (que aquí para los dos son unos rutinarios) no se oponían
fuertemente. Con tal viveza expresó su deseo, que al fin cierta tarde,
Miguel se decidió á tomar un coche y plantarse en los Cuatro Caminos,
donde no le fué difícil topar con la fábrica de bujías de Utrilla y
Compañía.

--¿Está el Sr. Utrilla?

--D. Manuel no suele venir por la fábrica. Vive en la calle del
Sacramento, número cuarenta y seis.

--Busco á su hijo.

--¡Ah, D. Rafael!--dijo el portero.--Sí, señor, está pase usted.

--Es á D. Jacobo á quien busco.

--¿D. Jacobo?--manifestó el portero indeciso y sonriendo.--¡Ah, sí
señor, Jacobito! ¡Ya no me acordaba! También está, pase usted.

Utrilla estaba escribiendo en compañía de su señor hermano, el cual, al
saber que se trataba de un amigo de Jacobo, apenas se dignó levantar la
vista y saludar con un leve movimiento de cabeza. En cambio, Utrilla se
puso colorado hasta las orejas y vino á abrazarle con presteza.

--¡D. Miguel! ¿Usted por aquí?... ¡Cuánto le agradezco!...
Rafael--añadió dirigiéndose á su hermano,--voy á enseñar la fábrica al
Sr. Rivera...

Rafael sin levantar la cabeza respondió secamente:

--Está bien.

Salieron del despacho y recorrieron los talleres lentamente, parándose á
examinar el mecanismo de cada operación, que Utrilla explicaba en voz
alta. De vez en cuando llamaba con tono imperioso.

--Pepe, tráete ese molde... Enrique, levanta esa tapa.

Los subordinados no se apresuraban á cumplimentar estas órdenes, y era
necesario entonces que las repitiese con una voz que envidiaría
cualquier bajo de ópera.

El traje del ex cadete por la fábrica no podía ser más sencillo:
pantalones de dril, camiseta encarnada, zapatillas y una americana vieja
con el cuello levantado. Aunque hiciese mucho calor, Utrilla, lo mismo
en la calle que en casa, llevaba siempre el cuello de este modo, lo cual
daba á su figura cierta expresión de hombre arruinado por los vicios; y
esto era lo que á él le encantaba. En el taller de mujeres, Utrilla se
autorizó con las operarias algunas libertades, como guiñarles el ojo,
tirarles suavemente del pañuelo y decirles una que otra cosita
picaresca.

--Usted me dispensará, D. Miguel; son resabios de la vida militar.
Aunque á uno le peguen cuatro tiros, no puede menos de decir alguna
_guasa_ á las muchachas.

--Nada, nada, por mí no se reprima usted, amigo Utrilla.

--Hombre, va usted á ver una cosa muy original que se me ha ocurrido
estos días. ¡Se va usted á sorprender!... Ya me decía el maestro del
taller: «Lo que á usted no se le ocurre, señorito, no se le ocurre al
diablo».

--Veamos.

Le condujo entonces al depósito, y abriendo un armario le mostró algunos
paquetes de bujías con unas etiquetas litografiadas que decían _Julia_
(bujía extra-fina).

--¿Qué tal?--preguntó con aspecto radiante y triunfal.

--¡Muy bonito! ¡Muy delicado!--repuso Miguel sonriendo.

--Llévese usted un paquete.

--Hombre, no, muchas gracias.

--Nada, nada, se lo lleva usted... y si no se lo envío.

Desde allí le condujo á un cuarto que era un departamento destartalado,
con un mal sofá de paja, tres ó cuatro sillas y una mesa con pupitre. En
la pared había una panoplia con el ros, la espada, las espuelas del
uniforme de cadete, un par de floretes y una careta. Utrilla confesó á
su amigo que no podía mirar á aquella panoplia sin tristeza, recordando
«los buenos tiempos del servicio».--¡Qué vida tan alegre la del militar!
Crea usted, Sr. Rivera, que á pesar de lo riguroso de la ordenanza, la
echo mucho de menos.--Después le ofreció un cigarro, y sacando una gran
boquilla de espuma de mar, se puso tranquilamente á _culotearla_,
refiriéndole al mismo tiempo, con la satisfacción de un veterano,
algunas anécdotas de su vida de academia.

--Es bonita esa boquilla. ¿Qué representa?

--Un cañón sobre una pila de proyectiles... Quédese usted con ella, D.
Miguel.

--No faltaba más--respondió éste devolviéndosela.--Está muy bien
empleada.

--Pues yo tengo mucho gusto en que usted se quede con ella, y no la
tomo.

--¡Vamos, no sea usted así, amigo Utrilla!

--Tírela usted al suelo si quiere, pero yo no la tomo.

Y no hubo más remedio que guardarla.

Después el antiguo cadete hizo que la conversación recayese sobre Julia,
para implorar de su hermano protección, pues le había escrito cuatro
cartas y á ninguna había contestado.

--Usted comprenderá, querido Utrilla--dijo Miguel poniéndose serio,--que
este asunto es muy delicado y que yo no debo mezclarme en las cosas de
ustedes.

--Es que--repuso el cadete exhalando un suspiro--con este carácter
violento que Dios me dió, le he mandado hoy una carta diciéndole que, si
persistía en su conducta, hiciese el favor de no escribirme más... y
temo que se enfade de veras.

--Yo también temo--dijo Miguel riendo--que cumpla al pie de la letra su
encargo.

El cadete quedóse algunos momentos pensativo y sombrío. Después,
saliendo de su estupor doloroso y pasándose la mano por la frente, dijo:

--Pero, á todo esto, usted no se ha lavado las manos, D. Miguel.

Éste le miró con sorpresa.

--En la fábrica--siguió el cadete--siempre se ensucian. Aquí tiene usted
jofaina y jabón.

--Muchas gracias, no las tengo sucias.

Pero Utrilla le presentaba al mismo tiempo la jofaina trasvertiendo de
agua clarísima, y la jabonera, de tal modo que Miguel, por no aparecer
enemigo de la limpieza, consintió en lavárselas. El jabón despedía un
fuerte olor á naranja.

--¿Sabe usted que es un jabón muy fino y muy agradable?--dijo Rivera por
decir algo.

--¿Le gusta?... Pues voy á darle á usted una pastilla...

--¡Amigo mío, por Dios!

Utrilla, sin escuchar sus protestas, sacó del pupitre el jabón, lo
envolvió en un papel y se lo metió casi á la fuerza en el bolsillo. De
allí en adelante se guardó Miguel de alabarle ningún objeto que
estuviese á la mano.

Al despedirse, el ex cadete le apretó las manos con efusión y le dijo
con voz conmovida:

--No deje de hablarla. ¡Si viera usted qué triste y qué inquieto estoy!

La verdad es que harto motivo tenía para ello, como se verá en el
capítulo siguiente.

[imagen decorativa]



VI


SI tu hijo fuese á parar á una fonda viviendo yo en
Madrid, me enfadaría con él y contigo--había escrito la brigadiera
Ángela á su prima María Antonia. Y su prima le contestó: «He dado
traslado de tu carta á Alfonso, advirtiéndole que tendría mucho gusto en
que se hospedase en tu casa. Aunque rebelde casi siempre á mis consejos,
espero que esta vez me complacerá. Lo que siento, querida, es que su
estancia te cause alguna molestia, porque yo no sé qué clase de hábitos
habrá adquirido por París; pero tú lo has querido, tú te lo ten».

La brigadiera hizo arreglar la habitación que había ocupado Miguel, con
tal esmero y cuidado, tanto mortificó á su hija Julia en los pormenores
de la cama, las cortinas, etc., que la niña no llamaba á su primo más
que _el niño de la bola_, cuando hablaba de él con las criadas. Antes de
conocerle ya le era profundamente antipático. No poco contribuyó á ello
también el que el viajero les dió por dos veces chasco anunciando su
llegada. Las noticias que de él tenía tampoco eran muy favorables.
Alfonso Saavedra había quedado sin padre desde muy niño, y heredero de
una fortuna considerable. Su madre no tuvo energía ó habilidad bastante
para educarle. Ni terminó carrera alguna, ni se ocupó en otra cosa que
en divertirse y dar rienda suelta á sus pasiones, que, al decir de la
gente, no podían ser más violentas. Contábanse de él algunas calaveradas
chistosas, y otras muchas repugnantes. Había residido casi
constantemente en París desde muy joven, donde había mermado bastante su
capital; pero como aún le quedaba la herencia de su madre, que era tan
cuantiosa ó más que la de su padre, vivía tranquilo y gastaba largo.

Al fin se recibió un telegrama noticiando la salida de París del _niño
de la bola_. Y al día siguiente por la mañana ya estaba allí. Cuando oyó
sonar la campanilla Julita, haciéndose la distraída, se retiró al cuarto
de la costura, y comenzó á burlarse con la criada del aparato que su
primo desplegaba, pues se advirtió en el pasillo mucho ruido de trastos.

--¿Dónde le han introducido, Inocencia?--preguntó á la doncella, que
entraba en aquel momento.

--Está en el gabinete con mamá.

Á los pocos minutos se oyó un fuerte campanillazo.

--Llama la señora--dijo Inocencia corriendo.

--Señorita, que haga el favor de ir al gabinete en seguida, dice su
mamá--manifestó al tornar.

--Bueno--respondió Julita, de mal humor.--¿Están sentados?

--Sí, señorita.

--Pues entonces pueden aguardar sin molestarse.

Mas á los pocos instantes se repitió el campanillazo con más fuerza, y
la niña, adivinando el enojo de su madre, se levantó de malísimo
talante, y dejando caer la costura exclamó con acento desdeñoso:

--¡Vaya, vamos á ver á D. Alfonso, Príncipe de Asturias!

D. Alfonso era hombre de unos treinta y cinco años de edad, buen mozo,
de facciones correctas, las mejillas rasuradas y los bigotes retorcidos
al estilo francés. En sus cabellos negros y ondeados brillaba tal cual
hebra de plata; pero éste era el único signo que acusaba su madurez. Por
lo demás, sus mejillas frescas y sonrosadas, la dentadura blanca y
cuidada y los ademanes sueltos y graciosos le daban aspecto de muchacho.
Su traje de viaje era elegante y coquetón, con ciertos perfiles
parisienses no conocidos en Madrid. Julita se hizo cargo de todo ello
con una rápida ojeada. No era éste el hombre que esperaba encontrar.
Oyendo hablar de su primo como de un calavera gastado, se lo había
representado siempre amarillo, flacucho, desgalichado, echando el pulmón
por la boca como otros calaveras madrileños que conocía de vista.

Al ver á la joven se levantó apresuradamente.

--¡Oh, qué prima tan linda!--exclamó apretándole al mismo tiempo la mano
de un modo cariñoso y franco.--¿Me perdonarás que te haya distraído de
lo que estabas haciendo, verdad?

--No estaba haciendo nada... Siéntese usted.

D. Alfonso quedó un instante suspenso y, sentándose, exclamó con un
gesto de resignación:

--¡Qué terrible desengaño, tía! Su hija no se atreve á tutearme...
¡Estas canas maldecidas!

Julita se puso fuertemente colorada.

--¡No es eso!

--Entonces es que te he sido antipático, confiésalo... Pero yo no tengo
la culpa, ni de ser viejo, ni de que tu mamá te haya molestado por mi
causa.

Julita, cada vez más colorada, no sabía cómo defenderse. Su madre vino
en auxilio.

--Ni lo uno, ni lo otro, Alfonso; lo que hay es que como no te ha
conocido hasta hoy, le da vergüenza.

--¿Es verdad eso?--preguntó á su prima dirigiéndole al mismo tiempo una
mirada clara y risueña.

Aquélla hizo un gesto afirmativo, sonriendo.

--Menos malo... Pero me queda cierto escozor ó remordimiento. Te
agradecería que me dijeses que me perdonas.

Julita, venciendo á duras penas el rubor que la sofocaba, le dijo á
media voz:

--No tengo de qué perdonarte.

--Gracias, primita--manifestó D. Alfonso, levantándose y estrechándole
otra vez la mano con ademán elegante y gracioso.

Después se puso á hablar con su tía en tono jovial acerca de la familia.
Pasó revista á toda la parentela, informándose de ciertas
particularidades que no conocía. La conversación rodó después sobre las
costumbres de París, que describió con gracia y amenidad, procurando
enaltecer á España en la comparación, en vez de deprimirla, como suelen
hacer la mayoría de los viajeros. Esto le captó la simpatía de la
brigadiera. D. Alfonso hablaba con aplomo y naturalidad, pero sin
arrogancia: antes, en medio de la conversación, solía rectificar
cualquier concepto que pareciese inmodesto, esforzándose con empeño en
demostrar que no quería aparecer como hombre notable en ningun aspecto.
Hablando de mujeres, todas le habían dado calabazas. Si hablaba de arte
y daba su opinión sobre los museos ó los cantantes, era protestando de
que entendía muy poco ó nada de pintura ó de música. Si por incidencia
se veía obligado á referirse á algún lance personal que hubiera tenido,
pasaba sobre ello como sobre ascuas, no sin dar á entender que había
hecho todo lo posible por evitarlo, y haciendo de paso cierta burla del
duelo y los duelistas. Como D. Alfonso tenía fama de ser afortunado en
amores y se contaban bastantes devaneos suyos, como tocaba el piano
bastante bien y era reputado por uno de los primeros tiradores de armas
de París y se había batido más de una docena de veces, esta humildad
suya en la conversación formaba un contraste gratísimo, que es prenda
segura de éxito feliz en sociedad. Agregábase á estas buenas dotes el
acento levemente extranjero que hacía más insinuante aun y más suave su
palabra.

Escuchábale Julita fijando en él esa mirada intensa y zahorí con que las
jóvenes analizan en un instante todo el ser físico y moral de un hombre.
Del análisis resultaba su primo altamente favorecido. No tenía idea de
que fuese un hombre tan amable y simpático. Los incidentes de su vida
que le habían contado antes le acreditaban por altivo y violento de
carácter, cuando no por grosero y desvergonzado. Una vez, en Sevilla,
estando por la noche jugando al tresillo en su casa, porque no le daba
bien el naipe, se fué excitando tanto, que concluyó por decir mil
tonterías y anunciar á las señoras que allí había que iba á entrar por
el salón montado en su jaca. Nadie lo creyó, y se le dejó ir sin hacer
caso; mas á los pocos minutos se presentó en efecto á caballo, con
espanto y terror de los presentes, particularmente de las señoras, que
comenzaron á gritar, mientras él espoleando á la jaca soltaba
carcajadas. En otra ocasión, hallándose en relaciones amorosas con una
joven de la clase media, se presentó vestido de etiqueta en casa de los
padres anunciándoles que iba á hablarles de un asunto reservado é
importante. El papá, que era un modesto empleado del gobierno,
figurándose, como todo hacía presumir, que iba á pedirle la mano de su
hija, le recibió temblando de emoción. Después de muchos rodeos y
perífrasis, Saavedra concluyó por pedirle que informase favorablemente
cierto expediente que tenía en su mesa. Esta broma odiosa corrió por
toda la población, poniendo en ridículo á aquel pobre é inocente señor.
Pero viéndole y escuchándole Julita, se olvidó de estos y otros rasgos
no más delicados. Aquel joven tan fino, tan modesto que tenía delante,
no era el mismo indudablemente.

Saavedra, después de haberse mostrado tan galante con su prima, tardó
mucho tiempo en dirigirle la palabra y aun en mirarla. Tan embebido
estaba en su conservación con la brigadiera. Así que aquélla tuvo
sobrado tiempo para hacer de él un escrupuloso examen. El cuello de la
camisa, la corbata, la cadena del reloj, las botas, todo era elegante y
acusaba por la novedad su origen traspirenaico.

--Tendrás deseo ya de quitarte el polvo y lavarte, Alfonso--dijo la
brigadiera.--Vamos á guiarte á tu habitación, que es la que ocupaba mi
hijo Miguel.

No se cansó de loarla D. Alfonso, encontrándolo todo á su gusto.

--Voy á estar aquí como el pez en el agua, tía. Va usted á tener que
echarme; ya verá usted.

--Te advierto--dijo Julia--que la cama la he hecho yo. No digas después
que has dormido mal.

En cuanto soltó estas palabras, tan propias de su carácter festivo,
arrepintióse de haberlas dicho y se ruborizó. D. Alfonso volvió la cara
hacia ella y la miró con cierta curiosidad risueña.

--Precisamente por eso dormiré mal, primita. No has hecho bien en
decírmelo.

Julita se puso mucho más encarnada, y para disimular su turbación
principió á arreglar los frascos del tocador y salió en seguida del
cuarto. Dejólo solo al fin la brigadiera, y poco tiempo después se
presentó de nuevo en la sala con otro traje de última y acabada
elegancia.

--Julita--dijo la brigadiera,--avisa que pongan el almuerzo. Ya tendrás
debilidad, Alfonso.

--No, tía, lo que tengo es hambre. La palabra es más prosaica, pero más
exacta.

La brigadiera aceptó riendo el brazo que su sobrino le ofrecía para ir
al comedor. Durante el almuerzo las tuvo de igual modo agradablemente
entretenidas, contándoles mil sucesos curiosos, pintándoles
minuciosamente las _soirées_ del gran mundo parisién, y de ellas lo que
más podía interesarlas, como era lo referente al tocado de las señoras y
al adorno de los salones. Enmedio de la conversación, no se olvidaba,
sin embargo, un instante de aquellas atenciones galantes y cuidados que
su situación exigía. Sin mirar hacia allá veía cuándo le faltaba vino á
Julia, ofrecía aceitunas á su tía, le acercaba la mostaza, le cortaba el
pan, etc., etc. Julia estuvo alegre, decidora como siempre, acaso más
que otras veces; pero en cuanto soltaba cualquier expresión más ó menos
picaresca, se ruborizaba bajo la mirada firme, risueña y levemente
irónica de su primo. Era la primera vez que se hacía violencia para
estar graciosa y atrevida. Saavedra, cuando la niña tenía alguna
ocurrencia feliz, levantaba la cabeza y con su sonrisa parecía decir:
«Tiene gracia esta chiquilla». Esta sonrisa humillaba un poco á Julia,
pues debajo de ella leía un sentimiento de protección desdeñosa, ó por
lo menos una indiferencia absoluta, mal cubierta por la extremada
cortesía que se desprendía de todas sus palabras y ademanes. Porque eso
sí, D. Alfonso no se descuidaba un instante, no perdía una sola ocasión
de manifestar su rendimiento y decir, lo mismo á su tía que á su prima,
cuanto pudiera serles agradable.

En los días sucesivos no desmintió tampoco jamás su galantería. La
brigadiera escribió á su prima manifestándole «que no un mes, sino toda
la vida tendría á su hijo en casa; que era un perfecto caballero, y que
en España los jóvenes no son capaces de adquirir una educación tan
esmerada y unas maneras como las que él poseía». Entre él y Julia reinó
pronto cordial y perfecta confianza. La niña le entretenía con su charla
animada y pintoresca, que recordaba al expatriado sus años de infancia y
adolescencia. D. Alfonso tocaba también la guitarra, y á esta habilidad
y á la de cantar polos y sevillanas con alguna gracia, debía no pocos
triunfos en los salones de la capital de Francia. Mas allí tocaba y
cantaba para impresionar á las bellas y hacerse notar, mientras aquí
para darse gusto y traer á la memoria días ó sucesos felices. Cuando
tornaba á casa por la tarde, una hora antes de comer, gustaba de
sentarse al lado de su prima, y con la guitarra sobre las rodillas,
cantar todo el repertorio, no sólo de canciones clásicas, sino de
pasacalles, habaneras y polkas de su tiempo. Julia le iba recordando
algunas que él ya tenía olvidadas, y cada vez que esto sucedía, batía
las palmas de gozo y alababa con entusiasmo la memoria de su prima. Ésta
se hallaba en sus glorias aquellos días. No sólo tenía conversación y
estaba entretenida gran parte del día previniendo las necesidades del
forastero, inspeccionando el planchado de su ropa y la limpieza y aseo
de su cuarto y curioseando con alegría infantil en el equipaje, sino
que á todas horas se estaba oyendo llamar bonita, graciosa, elegante,
encantadora. ¡Y qué muchacha sobre la tierra no goza con esto! Porque D.
Alfonso poseía talento singular para echar requiebros sin repetirse y
sin descender á las vulgaridades eternas, y sabía recoger con maestría
cualquier ocasión para ensalzar todas y cada una de las partes del
agraciado cuerpo de la niña. Unas veces eran sus manos, «¡se las
comería!»: otras era su dentadura: «en el extranjero se veían muy pocas
bocas frescas así como aquélla»; otras, en fin, eran sus cabellos negros
como el azabache: «ya estoy cansado de no ver más que estopa sobre la
cabeza de las mujeres». Sin darse cuenta cabal de ello, la niña esperaba
con impaciencia por las tardes la llegada de su primo, y si algo se
retrasaba, alzábase del asiento á menudo y tornaba á sentarse sin motivo
alguno. En estos días fué cuando nuestro bizarro amigo Utrilla escribió
aquellas famosas cartas de que se ha hecho mención en el anterior
capítulo.

Una tarde, al entrar en casa Saavedra, Julia cruzaba casualmente por el
pasillo corriendo. Al pasar por delante de él, sin saludarle, le tiró
por la punta de la corbata y le deshizo el lazo.

--¡Alto, alto, gitanilla! Ven á arreglarlo... No te perdono...

Pero ya Julia había desaparecido riendo. D. Alfonso la siguió. Hallóla
en el comedor. La niña al verle echó á correr de nuevo y se metió en la
cocina.

--¡No te escapas!--gritó Saavedra.

--Sí me escapo--respondió ella, desapareciendo de nuevo.

Corrieron ambos por el pasillo; mas al llegar cerca de la sala, Julia se
volvió, y dando algunos pasos hacia su primo, le dijo:

--No me persigas más, te haré el lazo, pero no respondo de hacértelo
bien.

--Basta con que lo hagas. Es un castigo que te impongo.

Riendo, pero con la mano un poco trémula, le arregló la corbata.

--¿Qué traes aquí colgando?--le dijo después bajando la cabeza para
examinar un dije que el forastero traía en la cadena del reloj.

--Un corazón de oro... ¡como el mío!

Y al decir esto, se bajó y estampó un beso en el cuello de la joven.

Julia se irguió como si la hubiesen pinchado, se puso roja y, echándole
una mirada severa, le dijo sordamente:

--Te advierto que no quiero que vuelvas á hacer eso.

Saavedra la miraba con ojos risueños, provocativos, y sin hacer caso
alguno del enfado, siguió hablando con ella tranquilamente. Julia,
vacilando qué partido tomar, contestaba gravemente á sus preguntas sin
mirarle. Al cabo, el perfecto sosiego y la seguridad de su primo la
fueron venciendo, y concluyó por mostrarse alegre como antes.

Las relaciones siguieron cordialísimas algunos días, hasta que de pronto
Julia, sin saber por qué, comenzó á mostrarse seria y melancólica.
Algunas tardes, en vez de ir á la sala á dar conversación al forastero,
le dejaba solo con su mamá. Si le encontraba en el pasillo, le dirigía
una mirada furtiva y severa, y le dejaba pasar sin decirle nada. Algunas
veces, cuando aquél le dirigía la palabra, no contestaba, fingiéndose
distraída; otras veces, si iba á entrar en el gabinete y estaba él allí
leyendo un periódico, daba la vuelta rápidamente. Todas estas señales
de desprecio ó resentimiento, aunque parezca raro, no causaban efecto
alguno en D. Alfonso, el cual, como si no las advirtiese, continuaba
desplegando con ella la misma galantería, y aun más si cabe, sin cambiar
tampoco en un ápice sus costumbres, ni sus horas de salir y entrar en
casa. No todos los días estaba triste Julia. Había algunos en que, sin
motivo alguno tampoco, parecía extremadamente alegre, atronaba con sus
gritos la casa, embromaba á su mamá, á su primo, á todos los que
frecuentaban la casa, y se mostraba en sus chistes más atrevida que
otras veces. Pero acaecíale de pronto, en medio de esta ruidosa alegría,
quedarse algunos momentos con los ojos fijos, extáticos, y entonces su
fisonomía tomaba una expresión dolorosa muy singular. En estos días
risueños afectaba con el forastero amabilidad inusitada, como si
quisiera indemnizarle de los pequeños desaires que en los anteriores le
daba. D. Alfonso le robó otros tres ó cuatro besos, lo cual ocasionaba
siempre una protesta enérgica por parte de la niña, y últimamente la
amenaza formal de decírselo á su madre. Sin embargo, no eran éstos los
días de tristeza y abatimiento.

Formaban, cierta tarde, tertulia Julia, Miguel y Maximina con el
forastero, en el gabinete de la brigadiera. Julia estaba muy contenta.
De pronto, Saavedra dice:

--Oyes, Julita, ¿tú no tienes novio?

La muchacha se puso como una cereza; después pálida. Miguel, viendo su
turbación, y equivocándose de medio á medio acerca del motivo, acudió en
su auxilio diciendo:

--Julia no se ha fijado todavía en ningún hombre. Tiene el carácter
demasiado ligero...

--¿Qué sabes tu?--interrumpió aquélla con furia, echándole una mirada
feroz.

--Yo pensaba, querida mía...

--Tú puedes hablar de lo que sepas. De lo que pasa dentro de mí nada
sabes--repuso con entonación severa; y volviéndose á su primo, y
mirándole á la cara fijamente, añadió:

--Y si lo tuviese, ¿qué?

--Nada--respondió tranquilamente D. Alfonso;--que me alegraría fuese
digno de ti, lo cual no me parece fácil, dado lo que tú vales, primita.

--¡Oh, sí: yo soy una divinidad!--exclamó la niña con acento sarcástico.

Permaneció un momento pensativa, y levantándose salió del gabinete.

Miguel había quedado sorprendido de la contestación de su hermana, no
tanto por el alcance de sus palabras, como por el tono violento y
desdeñoso que hasta entonces jamás había usado con él. Y deteniéndose á
meditar un instante, no anduvo lejos de averiguar lo que pasaba por el
corazón de la niña.

Entró ésta de nuevo, al cabo de unos minutos, con el semblante risueño,
lo mismo que antes, y comenzó á alegrar la tertulia con sus ocurrencias.
No se sentó. Daba vueltas por la habitación, moviéndose con la gracia y
la volubilidad que la caracterizaban. Miguel observó, no obstante, que
había demasiada agitación en aquella alegría. Pasaba de una conversación
á otra violentamente: hacía preguntas que ella misma se contestaba, y
dejaba escapar carcajadas por el más liviano motivo. Sentóse al piano, y
se puso á teclear fuertemente. Después cantó una romanza de ópera, que
interrumpió súbitamente para empezar una canción española, que tampoco
concluyó. Dejó el piano después para retozar con Maximina, á la cual,
quieras ó no, hizo bailar una polka. Luego, la emprendió con su
hermano, á quien besó repetidas veces, diciendo á Maximina:

--No te celarás, ¿verdad?

Los ojos del forastero la seguían en todas estas evoluciones, fijos,
persistentes, con cierta leve expresión de ironía. Miguel lo observó, é
hizo un gesto imperceptible de disgusto.

En los días que siguieron, el desdén que Julia mostraba á su primo se
fué acentuando de un modo poco conveniente. Bastaba que él entrase en la
habitación donde ella estaba para que inmediatamente se saliese. Si la
invitaba á cantar ó á tocar el piano, se negaba rotundamente. No le
dirigía la palabra, y si se veía obligada á contestar á alguna pregunta,
lo hacía con mal humor y sin mirarle á la cara. La brigadiera advirtió
estas faltas, y la reprendió severamente; mas no consiguió nada. D.
Alfonso parecía no advertirlas, y seguía imperturbable practicando su
exquisita cortesía, y aprovechando cualquier ocasión para tributarle
alguna alabanza, que, por supuesto, ella recibía de malísimo talante.

Un día, á la hora de comer, de sobremesa ya, la brigadiera departía
amigablemente con su sobrino. Julita guardaba silencio obstinado,
haciendo bolitas de pan y mirando fijamente á la mesa. Se hablaba de un
baile que iba á dar un duque, amigo de Saavedra, en el cual se quería
resucitar el antiguo y clásico minué. Al efecto, hacía días que se
estaban ensayando, y Saavedra había encargado un lujoso vestido de
casaca y pantalón corto, cuyos pormenores estaba describiendo
prolijamente á su tía. Julita levantó la cabeza, y fijando en él una
mirada provocativa, le dijo, con cierto encono mal refrenado:

--Parece mentira que tú te ocupes en esas cosas.

--¿Por qué, primita?--preguntó sonriendo con amabilidad D. Alfonso.

--Porque tú ya eres un viejo--repuso la niña con acento despreciativo.

Ante aquella salida grosera hubo un instante de silencio. La brigadiera
fué quien lo rompió indignada, sin que la ira le dejase terminar las
frases.

--¡Chiquilla! ¡Insolente! ¡No te da vergüenza! ¿Cómo te atreves?... ¡Si
me fuese á llevar del genio!.. (levantándose en actitud airada).--¡Á
ver... ¡Sal ahora mismo de aquí, desvergonzada!...

D. Alfonso, sonriendo con la misma tranquilidad, procuraba calmarla
diciendo:

--Pero ¿qué tiene de particular eso, señora? Julia no ha dicho más que
la verdad. Es lo mismo que yo me digo todas las mañanas al peinarme...
Lo peor de todo es que soy un viejo verde...

La brigadiera, sin escuchar, le señalaba la puerta á su hija con el
brazo extendido. Ésta, saltándosele las lágrimas, pero con semblante
hosco y fiero, salió del comedor.

D. Alfonso siguió haciendo esfuerzos para calmar á su tía, que, no
habiéndose desahogado, según costumbre, de un modo más brutal, buscando
la compensación, cubría de dicterios á su hija. Sosegada á medias, se
levantó para dormir un poco la siesta. El forastero también se levantó
con el cigarro en la boca, y con paso lento, perezoso, se fué hacia el
cuarto de costura, donde esperaba hallar á su prima. En efecto, allí
estaba leyendo un libro frente á una mesilla, con la cabeza apoyada en
una mano y la otra pendiente sobre el respaldo de la silla. D. Alfonso
se detuvo á la puerta y la contempló algunos instantes, dibujándose en
sus labios una sonrisa indefinible. Julia permaneció inmóvil, rígida,
frunciendo un poco más la frente. D. Alfonso se acercó lentamente hasta
ella y, bajando con humildad la cabeza, posó los labios en la mano
pendiente de la niña, diciendo al mismo tiempo:

--¡Perdón!

Julia dió un brinco dejando caer la silla, y se escapó como una
exhalación.

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VII


LA vida de los esposos se había ido regularizando. La
casa estaba enteramente amueblada. Miguel se levantaba temprano y se iba
al despacho á trabajar. Maximina quedaba algún tiempo más en la cama,
desquitándose de los malos ratos que en el convento y en su casa la
habían hecho pasar toda la vida. Porque su naturaleza reclamaba mucho
sueño y jamás había podido satisfacer esta necesidad. Alguna vez se lo
había pedido á su tía como una gracia singular.

--Tía, ¿cuándo me dejará usted dormir todo lo que yo quiera?

--Un día; un día te dejaré.

Pero ese día no llegó nunca. Á las cinco y media en invierno y las cinco
en verano no había más remedio que ponerse en pie. Ahora que no tenía
verdugo que la atormentase, pues Miguel, lejos de despertarla, se vestía
haciendo el menor ruido posible, se dejaba arrastrar un poco de la
pereza. Cuando al fin se levantaba y se iba derecha al escritorio,
siempre saludaba á su marido avergonzada.

--¡Qué dirás de mí!

--¿Qué voy á decir, tonta? ¡Valiente cosa te has retrasado! No son más
que las nueve y cuarto.

Maximina, que había visto al pasar en el reloj que eran cerca de las
diez, agradecía aquella mentira á su marido, y le besaba con trasporte.

--Mira, otra vez has de llamarme cuando te levantes.

--Bueno, lo haré.

--¿Palabra formal?

--Palabra formal.

Claro está que Miguel no cumplía esta palabra formal. Le daba demasiada
lástima para hacerlo.

En los primeros meses hicieron varias visitas y recibieron también
algunas, entre ellas la de las señoritas gallegas que habían conocido en
el viaje, las cuales manifestaban hacia Maximina una simpatía ardiente y
bulliciosa propia de _chicas_. En todos sitios causaba la joven esposa
grata impresión por su inocencia y humildad.

--¡Qué buena debe de ser su señora!--le decían á Miguel sus conocidos
cuando le hallaban solo.

Y él sonreía con mal reprimido gozo exclamando:

--¡Es una chiquilla!

Pero decía para sí:

--Dios me ha iluminado.

El matrimonio no le había hecho perder independencia alguna, ni aquellos
hábitos de soltero tan difíciles de arrancar á cierta edad. Maximina ni
le exigía ni le suplicaba siquiera nada. Con ser esposa del hombre que
adoraba se consideraba enteramente feliz. Y los actos cotidianos y
vulgares de la existencia eran para ella un manantial de goces
inefables. Cuando llegaba la hora de almorzar, levantaba suavemente el
pestillo de la puerta del despacho, avanzaba tímidamente hasta su marido
y le decía:

--Ya son las doce y media.

Mientras almorzaban, la conversación insignificante que sostenían olía
de una legua á amor. Al encontrarse sus ojos se acariciaban tiernamente,
y no pocas veces se apoderó Miguel por encima de la mesa de la mano de
su esposa para besarla, con gran susto y terror de la niña, que tiraba
de ella con fuerza mirando á la puerta, como si por ella fuese á entrar
un dragón. El dragón era Juana, que podía aparecer á lo mejor con la
fuente entre las manos. Después de almorzar llegaba el rato más dichoso
para Maximina. Se iba al despacho con su marido, y éste, después de
arrellanarse en una butaca, la sentaba sobre sus rodillas, la atraía
hacia sí, ¡y le decía al oído unas cosas tan dulces! Sucedía amenudo que
se quedaba dormido, y entonces Maximina no movía un dedo siquiera por
temor de despertarle, y aunque la postura fuese incómoda, la sufría
hasta que Miguel abría los ojos.

--Vaya, me voy--decía éste levantándose.

--¡Qué pronto!--solía exclamar ella con tristeza.

Miguel la acariciaba sonriendo y se despedía á la puerta. Estas
despedidas duraban una eternidad.

--¡Que nos pueden ver del cuarto de enfrente!--decía Maximina, zafándose
de sus brazos.

--¡Si está cerrada la puerta!

--No importa, pueden estar mirando por el ventanillo.

Á veces, por embromar á su esposa, trataba de marchar sin despedirse;
mas al escuchar el pestillo aquélla dejaba repentinamente lo que tuviese
entre manos, en el comedor, en la cocina ó en su cuarto, y corría
desalada á la puerta. Cuando no oía el pestillo, Miguel hacía lo posible
por que lo oyese.

Maximina se quedaba toda la tarde con las criadas. Además de Juana,
habían tomado otras dos, una cocinera y otra doncella, que tuviese mejor
noticia del planchado de la ropa que la moza de Pasajes. Cuando al
oscurecer llegaba Miguel y hacía sonar la campanilla, el corazón de la
niña daba un brinco. Ella misma acudía presura á abrirle la puerta.
Algunas veces dejaba que la doncella abriese, mas era para esconderse
detrás de la puerta ó en la habitación contigua. En el rostro sonriente
de la doméstica comprendía nuestro joven que su esposa andaba por allí
cerca, y decía, husmeando con gesto cómico:

--¡Aquí huele á Maximina!

Y se iba derecho adonde estaba y la cogía por el brazo.

--Yo no sé cómo me hallas tan pronto--decía ella con fingido disgusto.

Otras veces abría el ventanillo y preguntaba:

--¿Qué se le ofrece á usted?

--¿Vive aquí D. Miguel Rivera?--preguntaba él mismo.

--Sí, señor; pero no está en casa.

--¿La señora?

--La señora si está, pero no recibe.

--Dígale usted que hay aquí un caballero que desea darla un millón de
besos.

Con estas puerilidades se reían y gozaban nuestros enamorados, y jamás
se le ocurrió á la esposa pedir cuentas al esposo de su tiempo.
Acompañábale al despacho. Miguel cogía un libro, y sentándose decía:

--Vaya, ahora déjame un instante que voy á leer.

--¡Malo! ¡malote!--respondía ella con enfado inocente.--Eres muy malo.
En seguida me echas de tu lado.

Miguel se enternecía y la retenía por la mano.

Después de comer pasaban otro rato juntos, y después aquél se iba al
café y de allí á la redacción, volviendo á las doce ó la una.

Su esposa se empeñaba en esperarle leyendo algún libro ó dormitando. Los
sábados iba siempre al teatro, pues _La Independencia_ no se publicaba
los domingos, y también algún día entre semana cuando el trabajo no
apuraba mucho. Una noche, bajando la escalera, como Maximina fuese
distraída poniéndose los guantes, tropezó y cayó rodando algunos
escalones.

--¡Ay, esposa mía!--gritó Miguel acudiendo en su auxilio.

La niña se levantó sonriendo, aunque roja por el susto. No se había
hecho ningún daño. Pero el grito desgarrador que dió Miguel había
llegado hasta el fondo de su alma. Sólo entonces también comprendió éste
de qué modo aquella tierna criatura se había apoderado de su corazón.

Turbóse momentáneamente esta dicha con una leve enfermedad que nuestro
héroe padeció en los primeros meses: unos fuertes dolores reumáticos que
le retuvieron en la cama algunos días. Se puso pálido, delgado y sobre
todo de un humor muy sombrío, pues no era hombre que sufriese con
paciencia las adversidades. Maximina se impresionó vivamente, y por más
que hacía no le era posible disimular su aflicción. Sentada todo el día
al lado de la cama, no apartaba la vista de su marido. De vez en cuando
le decía reventando por llorar, pero haciendo esfuerzos para contenerse:

--Te sientes mejor. ¿No es verdad que te sientes mejor? Sí, sí, te
sientes mejor.

--Cuando tú lo aseguras estarás bien enterada--respondía él con sonrisa
irónica.

Pero viendo humedecerse aquellos grandes ojos tímidos é inocentes, se
arrepentía de sus importunas palabras, y añadía acariciándole una mano:

--No hagas caso. Estoy bien. Mañana no tendré nada; ya verás.

Y la niña era feliz algunos minutos, hasta que cualquier queja del
enfermo volvía nuevamente á alarmarla.

¡Qué placer cuando al cabo se puso bueno! Fué la primera vez que su
marido la oyó cantar en voz alta. Corría y saltaba, bromeaba con las
criadas, y hasta supo con buen éxito remedar el acento madrileño que
Juana usaba de algún tiempo á aquella parte. Este repentino acceso de
alegría bulliciosa formaba un contraste gracioso con la seriedad
permanente de su carácter. Miguel, que sabía á qué era debido, la miraba
con gozo.

Pero, una vez enteramente bueno, fué preciso oir una misa de rodillas en
San Sebastián. Así lo había ofrecido Maximina y así lo rogó con tanta
humildad, que no tuvo valor para oponerse. La antigua colegiala del
convento de Vergara no podía prescindir de mezclar la religión á todos
los actos de la vida. Miguel, á pesar de su poca fe, hallaba tan
poética, tan inocente, la piedad de su esposa, que no se le pasó por la
imaginación siquiera arrancársela. «Si alguna vez cae en la mogigatería,
ya será otra cosa.»

Por eso no tenía tampoco inconveniente en acompañarla todos los domingos
á misa. Además, Maximina en los primeros meses no se atrevía á poner el
pie en la calle sola. Mas sucedió que con el tiempo se fué descuidando
el hijo del brigadier, y á pretexto de que San Sebastián estaba cerca,
se quedaba en casa las mañanas de los domingos, mientras Maximina, con
valor heroico, se arriesgaba á ir sola hasta la iglesia. No obstante,
padecía mucho. Se figuraba que todos la despreciaban, que le iban á
decir algo ofensivo. Las miradas hostiles, á la moda entre los indígenas
de Madrid, la llenaban de espanto. Hubiera querido ser invisible. Pero
no se atrevía á comunicar sus temores á Miguel por no molestarle
haciéndole ir á misa contra su gusto. Cierta mañana, poco después de
salir para la iglesia, oyó aquél un fuerte campanillazo. Abrióse la
puerta del despacho y vió entrar á su esposa pálida como la cera.

--¿Qué te ha pasado?--preguntó levantándose.

Maximina se dejó caer en la butaca, ocultó el rostro entre las manos y
comenzó á llorar.

Miguel insistió anhelante:

--¿Te has puesto mala?

La niña hizo señal afirmativa.

--¿Cómo fué, díme?

--No sé--respondió con voz débil y entrecortada.--Poco después de estar
en la iglesia sentí así como náuseas... Después los santos empezaron á
dar vueltas delante de mí... Sentí que la vista se me quitaba... Sin
saber lo que hacía, eché á correr... y me encontré sin saber cómo cerca
del altar mayor... Oí decir á la gente: ¿qué es eso? ¿qué es eso? y que
había ruido... Yo di la vuelta, y sin mirar á nadie atravesé otra vez la
iglesia y salí.

Miguel procuró calmarla. Hizo que le sirviesen una taza de tila y le
prometió no dejarla nunca más ir sola á misa. Después de un rato,
estando ya de pie y enteramente serena, le dirigió en voz baja una
pregunta á la cual, bajando los ojos, contestó negativamente. Entonces,
con semblante risueño, volvió á decirle al oído unas cuantas palabras.
La niña, al escucharlas, se estremeció, le clavó un instante los ojos
con expresión de anhelo, y confusa y ruborizada se dejó caer en sus
brazos murmurando:

--¡Oh, no me engañes! ¡No me engañes, por Dios!

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VIII


A partir de este día la dicha serena y apacible que se
reflejaba en el rostro de Maximina adquirió un aspecto más recogido, más
íntimo, semejante á la expresión mística de los beatos que están seguros
de llegar al cielo. No volvió á hablar del asunto con su marido. Cuando
éste hacía alguna alusión á él, bajaba la vista sonriendo y se ponía
levemente colorada. Pero Miguel comprendía perfectamente que no pensaba
en otra cosa, que la idea dulcísima de ser madre tenía embargados todos
sus sentidos, su vida y su ser. También él estaba gozoso. Mas no tanto
por el nuevo papel que la naturaleza le llamaba á representar, como por
ver la alegría de su esposa, cuya trasformación se complacía en seguir,
espiando disimuladamente en sus ojos y en sus movimientos el misterio
adorable que en su alma se efectuaba.

Cuando iban de paseo por las calles, observaba que dirigía rápidas y
ansiosas miradas á los escaparates de ropa blanca, donde estaban
expuestos algunos gorritos y camisitas de niños. Y adivinando que
tendría gusto en pararse, buscaba pretexto fijándose en los pañuelos ó
en las camisetas y dejaba que ella se recrease contemplando las prendas
infantiles.

--¿Sabes ya--le decía después--lo que cuesta la docena de camisas de
niño?

--No--contestaba riendo.

--¡Á que sí!

Un día, entrando por la puerta de la alcoba en el gabinete, vió que se
estaba mirando en el espejo del armario. Le sorprendió, porque nunca
mujer alguna estuvo más lejos de la presunción y la coquetería que ella.
Mas la sorpresa trocóse en risa al observar que lo que estaba mirando
era el bulto que levantaba su figura de perfil. Por no avergonzarla
salióse otra vez de puntillas. Paseando otro día por las cercanías del
Retiro, acertaron á ver un carro fúnebre pintado de blanco que conducía
el ataúd de un niño, Maximina clavó sus ojos en él, con expresión de
profunda pena, y después de pasar, todavía le siguió hasta perderle de
vista. Después, dejando escapar un leve suspiro, exclamó:

--¡Qué lástima me da de los niños que se mueren!

Miguel sonrió, sin contestar, pensando que su mujer ya temía por el ser
que aún no había salido de sus entrañas.

Mientras de este modo suave y deleitoso se deslizaba el tiempo para los
recién casados, Marroquín, el hirsuto Marroquín se iba á salir con la
suya. La nación estaba sobre un volcán, y no era el antiguo profesor del
colegio de la Merced quien menos atizaba á la sordina, y en compañía de
nuestro amigo Merelo y García, el fuego de la discordia civil. No se
pasaba una sola noche sin que ambos hiciesen en el café de Levante
sangrientos pronósticos para lo porvenir. Era incalculable el número de
veces en que las instituciones habían quedado «_derrocadas_» sobre el
mármol de la mesa. Los mozos, por escuchar los sermones democráticos,
servían mal á los parroquianos. La policía secreta había entrado más de
una vez en el establecimiento, al decir de los agitadores de la paz
pública; pero no había hecho ninguna prisión, lo cual allá en el fuero
interno traía desesperado á Marroquín. Gozaba lo indecible hablando al
oído á todos los que llegaban á la mesa, fijando la vista al mismo
tiempo en algún tranquilo parroquiano y haciendo fuertes aspavientos á
fin de despertar su curiosidad.

--D. Servando--decía en voz alta á un señor sentado allá lejos,--¿piensa
usted mañana salir á paseo?

--Siempre, Sr. Marroquín.

--No saque usted á la señora y los niños.

--Hombre, ¿por qué?

--Por nada, por nada. No le digo más que eso.

Pero cuando más gozó el profesor revolucionario fué cuando logró traer
al café una noche á su antiguo amigo y compañero D. Leandro. Aún se
hallaba éste adscrito á la gleba del colegio de la Merced, que ya no
pertenecía ni estaba dirigido por el excapitán de artillería, sino por
el capellán D. Juan Vigil. D. Leandro era el único profesor que había
quedado de los antiguos, y eso por ser un infeliz y sufrir con paciencia
los caprichos y sandeces del capellán, que ahora más que nunca se
complacía en atormentarle y dar testimonio á sus expensas de las
prodigiosas fuerzas con que natura le había dotado. Marroquín le
encontró un domingo en la calle, y después de saludarle con efusión,
como tenía por costumbre, comenzó á hablarle mal del cura (como tenía
por costumbre también). Esto halagaba infinito al buen D. Leandro, si
bien no quería persuadirse de ello, porque aborrecía la murmuración y
tenía mucho miedo al infierno, sobre todo al de los condenados: al
purgatorio no tanto. Así que Marroquín, á pesar de sus depravadas ideas,
logró con este poderoso señuelo que entrase con él en Levante á tomar
una copa, de agua, por supuesto. D. Leandro asentía sonriendo á cuantas
perrerías se le ocurrían al herético profesor acerca de su enemigo nato.
Y todavía de vez en cuando dejaba deslizar alguna palabrita malévola,
prometiendo, allá en su interior, confesarlo inmediatamente. Pero lo
serio del caso era que el confesor de D. Leandro era el mismo capellán,
pues éste, como su glorioso antecesor Gregorio VII, aspiraba á poseer la
llave de las conciencias de sus súbditos, y no consentía que ningún
alumno ó dependiente del colegio fuese á depositar los pecados en otro
seno que en el suyo. Ocasionaba esto, como es lógico, un malestar muy
grande para el pobre D. Leandro, que, como se confesaba bien, se veía
obligado á decir al capellán todo lo malo que de él pensaba. Mas el
tormento de éste era muchísimo mayor y más cruel. Á menudo, mientras D.
Leandro desahogaba su pecho, él exhalaba profundos suspiros, y hacía
rechinar el confesonario como si el asiento le pinchase. Estuvo tentado
á despedirle del colegio; pero consideraba esto como un atentado al
sagrado de la confesión, pues D. Leandro cumplía perfectamente con su
deber; y para arrojarlo necesitaba fundarse en lo que sabía por el
tribunal de la penitencia. Después se le ocurrió mandarle que se
confesase con otro. Mas aunque todos los días se prometía hacerle la
indicación, nunca llegaba á efectuarlo, y continuaba oyendo desmenuzar
sus acciones sin poder defenderse.

--¡Barájoles, qué penitencia me ha dado Dios!--decía luego paseándose
por su cuarto á grandes trancos.--¡De qué buena gana le daría un par de
_mocadas_ á ese mastuerzo!

D. Leandro al entrar en Levante no contaba que iba á reunirse con tantos
señores, ni menos que éstos fueran unos desalmados revolucionarios
enemigos de «todo freno religioso». Así que cuando empezó á oirles
hablar del Gobierno en los términos en que solían hacerlo, se puso
fuertemente colorado y comenzó á dirigir miradas de susto á todas
partes, y particularmente á Marroquín.

--¿Sabe usted, Sr. Marroquín?--le dijo por lo bajo.--Podíamos volver la
hoja.

Marroquín, sonriendo con superioridad, le contestó:

--No tema usted nada, amigo D. Leandro. La policía ya ha entrado aquí
varias veces; pero no se atreve á echar mano á ninguno. Si lo hiciese,
como ya la cosa está tan madura, sería la señal para que estallase la
gorda.

--¿Qué gorda?

--La revolución, hombre de Dios.

--¡Santo Cristo! ¿Sabe usted, Sr. Marroquín? Estas cosas son muy serias,
muy serias... Si usted no se enfadase, yo me iría... Así como así, tengo
algo que hacer...

Marroquín le retuvo por el brazo y le obligó á sentarse de nuevo.

--No tenga usted miedo, querido. A usted no le puede pasar nada, porque
no figura usted, como yo, en todas las listas que la policía manda al
Gobierno.

--No importa. Si á usted no le da más, volveremos la hoja.

La hoja se volvió, en efecto. Pero la página siguiente fué más terrible
y endemoniada. Se habló nada menos que de la Reina, y ya pueden todos
representarse lo que allí se diría de la augusta señora que estaba
próxima á perder la corona y salir desterrada al extranjero. Tan pronto
como nuestro profesor oyó algunas de aquellas atrocidades, se puso
lívido, y no fué posible retenerlo. Salió sin despedirse, y no paró
hasta el colegio, adonde llegó casi sin aliento. El pobre tuvo la
inocencia de contar este episodio al mayordomo, y á éste le faltó tiempo
para ponérselo en el pico al director. ¡Desdichado D. Leandro! Durante
muchos días tuvo que padecer la vaya pesada y grosera del capellán, que
ya de antiguo conocemos. Lo que más le afectaba era que delante de los
niños le llamase _conspirador_, con el tonillo sarcástico que el cura
usaba en tales casos. Otras veces le apodaba el _conjurado de Venecia_,
todo lo cual hacía reir á los chicos; y como decía muy bien D. Leandro,
«la dignidad del profesorado quedaba por los suelos».

Los trabajos de nuestro amigo Mendoza, por mal nombre _Brutandór_, en
pro de la causa revolucionaria, se movían en más alta esfera que los de
Marroquín, Merelo y demás gente menuda de la grey liberal. Por lo
pronto, ya sabemos que había desaparecido, y en España, esto de
desaparecer una persona es cosa que le comunica una importancia
infinita, y á veces gloria imperecedera. Porque, en efecto, cuando un
hombre desaparece, el público presume, con razón, que debe de ser para
llevar á cabo en la oscuridad grandes y notables empresas. Las de
Mendoza, aunque no las conocemos, fueron portentosas, según se dijo,
pues le obligaron á permanecer escondido en Madrid más de tres meses,
cambiando de escondrijo y de disfraz un sinnúmero de veces. Algo sabía
Miguel de su vida y milagros, pero últimamente le había perdido la
pista.

Así estaban las cosas, cuando cierta noche, después de comer, hallándose
Rivera sentado en la butaca del despacho, teniendo á Maximina sobre sus
rodillas, sonó un fuerte campanillazo.

La niña se puso en pie de un salto.

--¿Quién será á estas horas?... ¿Ha salido alguna muchacha?--dijo
Miguel.

--Creo que no.

Juana entró al instante.

--Señorito, es un mozo de café que desea hablar con usted.

--¿Un mozo de café? No recuerdo tener cuenta pendiente con ninguno...
Dígale usted que pase.

--Aguarde, aguarde--dijo Maximina.--Déjeme usted escapar por esta
puerta.

Y se salió corriendo por la de la sala, como tenía por costumbre siempre
que entraba alguna visita. Al instante apareció el mozo, y Miguel pudo
reconocer á duras penas, bajo aquel disfraz, á su amigo Mendoza.

--¡Perico!

--¡Chiiiis!--exclamó éste, haciendo una mueca de susto horrorosa.

Y fué á cerrar apresuradamente la puerta.

--¿Qué ocurre?--preguntó Miguel fingiendo gran ansiedad.

Mendoza se sentó, dió un suspiro, y respondió cándidamente:

--Nada.

--Ya me lo parecía.

Brutandór, sin fijarse en la ironía de aquellas palabras, comenzó á
decir en voz de falsete y acercando la boca al oído de su amigo:

--He estado quince días en la Florida, escondido en casa de unos
lavanderos...

--Hombre, si lo hubiera sabido, te habría hecho una visita.

--¡Nada de visitas!... Pudieran seguirte y dar conmigo.

--¿Y cómo te ha probado la temporada de campo?

--Lo he pasado bastante mal. No había más que una cama en casa. Por la
noche, mientras los lavanderos dormían, yo me salía á dar una vuelta por
la orilla del río, y al amanecer, cuando ellos se levantaban, me metía
yo en la cama.

--¡Qué calentita y qué riquita estaría!

--Pues á mí me daba un poco de asco, ¿sabes? La comida me la mandaba la
condesa de Ríos con muchas precauciones, cambiando de criado á cada
momento... Pero anteayer el lavandero no durmió en casa, y esto, como
comprenderás, me escamó...

--Es claro; cuando los lavanderos no duermen en casa, es muy mala señal.

--Hoy por la mañana le he visto con dos hombres de mala catadura...
sospechosos, y entonces, temiendo que me entregase á la policía, me
decidí á dejar el sitio. El mozo de un cafetucho que hay allí cerca me
vendió este traje, y al oscurecer me escapé sin decir nada. Pensé en
irme á las Ventas del Espíritu Santo, pero la policía registra á menudo
aquellos lugares. Entonces se me ocurrió una gran idea: la de venir á tu
casa. ¡Cómo diantre se van á figurar que estoy aquí! Una novia que tuve
hace años, escondía las cartas entre los papeles de su padre, que andaba
loco buscándolas por toda la casa.

--¿De modo que has robado la idea á tu novia? ¡Ni para huir el bulto has
de ser original!... En fin, me alegro que hayas venido. No puede menos
de lisonjearme mucho tener en mi casa un conspirador de tal
importancia... Porque tú no sabes el prestigio de que gozas ni lo que se
habla de ti por ahí...

--¿De veras?--exclamó Mendoza poniéndose rojo de placer.

--¡Ya lo creo! Se te cita entre los héroes de la revolución... Pero,
querido, lo que mucho vale, mucho cuesta. Cuanto más nombre ganes entre
los revolucionarios, mucho más expuesto te encuentras á que el Gobierno
haga contigo una barrabasada. Si hoy te cogen, me parece que no te
escapas sin cuatro tiros.

--¿Crees tú?...--dijo Brutandór poniéndose horriblemente pálido.

--Lo que oyes... pero no tengas cuidado. Aquí no vendrán á buscarte.

--Mira, te ruego que procures que las criadas no entiendan nada, porque
á lo mejor se les escapa cualquier palabrita fuera... ¡y soy perdido!

--Dificilillo va á ser engañarlas--contestó Miguel riendo de la
entonación con que su amigo pronunció las últimas palabras.

Acomodóse Mendoza en la casa; mas antes fué necesario que trajesen una
maleta de su posada y se mudase de traje en la alcoba de Miguel, hecho
lo cual se salió cautelosamente, y al poco rato volvió á llamar entrando
en calidad de huésped. Con estas maniobras se engañó ó se creyó engañar
á las criadas. Á Maximina no le gustó el acomodo. ¡Era tan feliz
viviendo sola con su marido! Sin embargo, dócil siempre á los deseos de
éste, ni dijo una palabra ni mostró en el semblante desabrimiento
alguno. El tiempo que Miguel pasaba fuera de casa, Mendoza solía
acompañarla; pero se pasaban horas sin cambiar una docena de palabras. Á
la niña de Pasajes se le ocurría muy poco. Mendoza ya sabemos que tenía
la costumbre de callarse las buenas cosas que se le ocurrían. Sin
embargo, aquélla le observaba atentamente con el rabillo del ojo y luego
comunicaba á su marido sus impresiones. Por más que lo disimulaba,
éstas no eran muy favorables para el huésped.

--Me parece que Mendoza no te ha entrado por el ojo derecho.

Maximina sonreía sin contestar.

--Pues es un infeliz.

--Á mí se me figura que no te quiere como tú le quieres á él; que no le
importa nada en el mundo más que él mismo.

--Tal vez tengas razón, pero no se puede negar que es simpático. Su
egoísmo me hace gracia; es como el de un niño.

Maximina callaba como siempre, trabajando en su interior para que
también le fuese simpático, aunque nunca llegó á conseguirlo.

Cinco días después de su instalación, Mendoza recibió una carta de la
condesa de Ríos en que le incluía otra de su marido. Ambas llegaron á su
poder pasando por varias manos. El General le decía que la persona que
facilitaba el dinero para la publicación de _La Independencia_ le
avisaba que no podía dar un cuarto más si no se le garantizaban los
treinta mil duros que tenía desembolsados. Como él no podía dirigirse á
ninguno de sus amigos, ni juzgaba á su mujer idónea para el caso, le
encargaba que á toda prisa se viese con el «caballo blanco» y le buscase
una firma que consiguiese aplacarle, pues el periódico en aquellos
críticos momentos les hacía muchísima falta. Mendoza entregó la carta á
Miguel.

Aunque nada tenía que ver con la administración del periódico, ya hacía
tiempo que éste sabía las dificultades monetarias con que luchaba _La
Independencia_. Después de leer atentamente la carta, dijo levantando la
cabeza:

--Bien, ¿y qué?...

--Que, como tú comprenderás, yo no puedo encargarme de este asunto,
porque no saliendo de casa...

--Bueno, y quieres endosarme el mochuelo, ¿verdad?

Mendoza calló, poniendo los ojos en el suelo.

--Pues, amigo mío--dijo en tono resuelto el hijo del brigadier,--tengo
el sentimiento de anunciarte que yo no sirvo para pedir dinero ni
garantías de dinero á nadie.

Ambos guardaron, después de estas palabras, un rato de silencio. Al fin
Mendoza, sin separar los ojos del suelo y visiblemente acortado, comenzó
á decir:

--Yo creo que si tú quisieras se podría arreglar sin pedir nada á
nadie... Á Eguiburu le bastaría seguramente con tu firma para seguir
entregando las cantidades que acostumbra todos los meses...

Miguel le miró fijamente sin que el otro levantase la cabeza, y dijo
sonriendo:

--Eres el hombre de las ideas felices. Si te mueres antes que yo, pienso
decir, con tu cráneo en la mano, mejores cosas que Hamlet con el de
Yorik.

Después se puso repentinamente serio, y comenzó á pasear por la
habitación con la carta en la mano. Al cabo de un rato se paró delante
de su amigo, que aún continuaba en la postura de colegial castigado, y
le dijo:

--¿Y á mí quién me garantiza que el General pague mañana esos treinta
mil duros?

--El General es hombre de honor.

--Eguiburu, por lo que se ve, no admite esa moneda; quiere oro ó plata.

--Además, el Conde tiene muchos amigos capitalistas. Algunos de ellos ya
sabes que están comprometidos en el movimiento, y aunque fuese
repartiendo entre todos el dividendo pasivo del periódico, quedaría
pagado.

Discutieron todavía largo rato el asunto. Miguel, en el tono de burla
que acostumbraba; Mendoza, con su imperturbable gravedad, sin mostrar
impaciencia, pero insistiendo constantemente en sus razones. Riverita
fué el vencido. Cedió al cabo á poner su firma. Además de los ruegos de
su amigo, movióle á hacerlo el interés que tenía ya por la vida del
periódico y el cariño que le había tomado. Por otra parte, aunque se
burlase del honor del General, no dudaba de él, y estaba convencido de
que no le dejaría en las astas del toro.

Cuando al día siguiente le dijo á Maximina lo que había hecho, ésta se
calló y siguió trabajando en la puntilla que tenía entre manos.

--¿A ti qué te parece? ¿Habré hecho mal?

Maximina levantó sus dulces ojos rientes.

--¿Me lo preguntas á mí? Yo no entiendo nada de negocios. Además, para
mí lo que tú haces siempre está bien hecho.

Miguel la besó y quedó convencido... de que había hecho una gran
tontería.

Pocos días después, estando solos en el despacho, Mendoza le hizo una
confidencia que le llenó de asombro.

--Tengo que decirte una cosa, Miguel...

--¿Y es?

--Que me caso.

--¡Cuánto me alegro! Sepamos quién es la desgraciada que ha tenido tan
mal gusto.

--Me caso con Lucía Población, la viuda del general Bembo.

Debemos advertir, por si no lo hemos advertido ya, que el gigante D.
Pablo hacía siete meses que había fallecido en Puerto Rico.

Miguel quedó estupefacto. No pudo reprimir un gesto de repugnancia. Á
aquel hombre le constaba qué clase de mujer era la generala Bembo. Sabía
perfectamente las relaciones que había sostenido con ella. ¡Y tenía
estómago para hacerla su esposa! Por unos instantes permaneció suspenso
sin saber qué decir, cosa que pocas veces le había sucedido en su vida.
Después murmuró:

--Muy bien, muy bien; te felicito.

--En cuanto cumpla el año de luto, que será dentro de cinco meses, nos
casamos. Es una mujer muy agradable... Después de tratarla íntimamente,
me he convencido de que todo lo que se dice de ella por ahí es pura
fábula. La pobre señora es víctima de unos cuantos tontos que la han
pretendido sin conseguir nada.

Un relámpago de ira pasó por los ojos de Miguel. Se le figuró que
aquellas palabras iban dirigidas á él, y tuvo en la punta de la lengua
un sarcasmo feroz; pero supo reprimirse, considerando que la situación
en que su amigo iba á hallarse le disculpaba.

--Y si no creyeras eso harías muy mal en casarte... Tengo entendido que
Lucía posee una bonita fortuna, ¿verdad?--añadió, dejando ver claramente
cuáles eran, á su juicio, los motivos de aquel matrimonio.

Mendoza, aunque no muy avisado, lo comprendió y repuso de mal humor:

--No sé, no sé... He conocido á Lucía en casa de Borrell, y desde un
principio me gustó. ¡Es tan fina y revela tan buenos sentimientos! Á la
pobre la casaron medio á la fuerza con un hombre que podía ser su padre.
No hubiera sido extraño que se echase á perder. Sin embargo, ella supo
conservar su decoro...

--D. Pablo debió de hacer muy buenos cuartos por América, á más de tener
ya bastante renta por su casa--dijo Miguel sin hacer caso de las
alabanzas de Mendoza.

--La señora de Borrell se puede decir que es la que ha arreglado este
matrimonio. No puedes figurarte lo que quiere á Lucía y la buena opinión
que tiene de ella.

--Algo se ha mermado la fortuna antigua de D. Pablo en los últimos
tiempos, según dicen; pero como entraba más por América que salía por
España, deben de existir grandes gananciales, cuya mitad corresponde en
pleno dominio á Lucía. Por otra parte, los chicos son de corta edad. El
usufructo de toda la hacienda le ha de corresponder por muchos años.

Miguel insistía en este asunto, viendo que molestaba á su amigo, para
hacerle pagar las palabras de antes. Estaba tan sorprendido de aquel
singular matrimonio, que, cuando por la noche le comunicó la noticia á
Maximina, ésta no pudo menos de decirle:

--¿Por qué te enfadas? Aunque Perico se case por interés, no es el
primero que lo hace. Lo único que me sorprende es que esa señora
concierte el matrimonio siete meses después de la muerte de su marido.

Miguel no podía decirle los motivos que tenía para indignarse, pues
procuraba velar á su esposa ciertos vicios sociales. Por otra parte,
temía que se renovasen en ella los antiguos celos de Pasajes. Se calmó
repentinamente, y lo echó á risa.

No pudo, sin embargo, arrancar de sí aquel sentimiento de repugnancia
que la noticia le produjo. Había disculpado hasta entonces todos los
rasgos de egoísmo de su amigo. Lo que iba á hacer ahora era demasiado
abyecto para que se lo perdonase. Así que no dejó de sentir alegría
secreta cuando, por cierto acontecimiento que sobrevino, Mendoza se
decidió á abandonar su casa.

Hablaba éste un día con una de las doncellas revelando en su fisonomía
gravemente benévola que no era del todo insensible á los ojillos negros
y picarescos de la muchacha, quien lo era menos aún al corpanchón
robusto y al rostro fresco y sonrosado del huésped. Mientras ella hacía
su cama con remilgados ademanes volviéndose á cada instante para
contestarle, él permanecía en una butaca con las piernas extendidas y un
periódico en la mano.

--¡Qué deseos tengo, señorito, de que ustedes ganen!--dijo la chica
después de un rato largo de silencio.

--¿Qué hemos de ganar, Plácida?

--Que ustedes tiren el Gobierno... vamos... y manden ustedes.

--Yo no me ocupo de esas cosas--respondió Mendoza poniéndose
repentinamente serio.

--¡Vamos, señorito!--dijo la muchacha.--¿Se figura usted que no estamos
enteradas de todo? ¿Pues por qué no sale usted de casa, entonces? Por
miedo á los guindillas... ¡Que el diablo los lleve!... Desde que me
quiso uno llevar á la cárcel por sacudir una alfombra, no los puedo ver
ni pintados.

--¿Quién le ha dicho á usted que yo no salgo á la calle por miedo á los
guindillas?--preguntó Mendoza, pálido ya.

--Pues el amo de la tienda de abajo. Nos dijo á la Juana y á mí que
teníamos en casa un señor muy principal escondido, pero que no estaría
mucho tiempo porque toíto estaba arreglao ya pa la rivolución... No no
tenga usted cuidao, señorito--añadió viendo la palidez de Mendoza,--que
el tendero no dirá nada, porque es más liberal que Riego... ¡Anda,
anda, pues poquita gana que él tiene de que se arme!

Mendoza, lívido ya, se levantó del asiento y, sin contestar, salió del
cuarto tambaleándose y se dirigió al despacho de Miguel.

--¿Qué pasa?--preguntó éste, viéndole tan descompuesto.

--¡Nada--respondió Mendoza con voz débil, dejándose caer en una butaca y
tapándose el rostro con las manos,--que mi cabeza no está segura sobre
los hombros!

--Eso siempre lo he dicho yo. Es demasiado grande.

--¡Déjate de bromas, Miguel! ¡La cosa es muy grave! Ya saben por ahí que
estoy escondido en esta casa, y el día menos pensado vienen á echarme
mano.

--¿Quién te ha dicho eso?

--Plácida... El tendero de abajo lo sabe todo. ¡Figúrate quién no lo
sabrá ya!... No puedo permanecer un día más aquí. Necesito buscar otro
escondite. Lo mejor será salir de Madrid.

En otras circunstancias, Miguel le hubiera disuadido de esta
determinación, porque estaba bien convencido de que su amigo, ni allí,
ni en ninguna parte, corría peligro alguno; mas ahora, por las razones
antes apuntadas, no tomó empeño en retenerle.

Después de discutir un poco, se convino por ambos que Mendoza se
trasladase aquella misma tarde (por la noche había más vigilancia y
podían darle el alto) á las Ventas del Espíritu Santo, disfrazado de
aguador, y desde allí, si había peligro, se escapase de Madrid por la
línea del Norte, para lo cual quedaba Miguel encargado de buscarle un
pasaporte. Al efecto, se le compró al aguador de la casa el traje, que
por cierto no estaba ni muy nuevo ni muy limpio. Después de emplear una
hora en disfrazarse, untándose la cara con bermellón, alborotándose los
cabellos, ensuciándose las manos, etc., etc., se fué nuestro
revolucionario con la cuba al hombro hasta el gabinete, y se plantó
delante del armario de espejo.

--¡Me conozco!--exclamó, con una cara tan angustiada, que Miguel y
Maximina se echaron á reir como locos.

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IX


Enrique había conseguido, por fin, abrazar el fantasma
divino de la gloria, en pos del cual tantos hombres corren en vano. Fué
en la plaza de Vallecas, el día de Nuestra Señora del Carmen. La
novillada se organizó en Madrid, para socorrer á ciertos pobres
inundados de la provincia de Valencia, y como era ya uno de los
aficionados obligados de esta clase de fiestas, se le invitó
galantemente á banderillear un toro, honor que él declinó. La comisión
se hizo cargo en seguida del motivo de esta renuncia. Después de hacer
algunos cálculos y combinaciones, le invitó de nuevo á estoquearlo, y
entonces no vaciló en aceptar, viendo á cubierto su dignidad. Hacía lo
menos un año que había tomado la alternativa.

Y fué, como ya hemos indicado, para gloria suya, tormento de sus
envidiosos y honra de la respetable familia á que pertenecía, por más
que otra cosa juzgase su digno jefe. Después de una brega un poco
movida, tuvo la suerte de matar el novillo de una soberbia estocada á
volapié, mojándose los dedos y entrando y saliendo limpio. El delirio de
palmas, cigarros y sombreros. Los aficionados taurómacos se disputaban
el honor de abrazarle. Fué conducido en triunfo hasta el coche y
victoreado hasta Madrid. Al día siguiente, los periódicos, haciendo la
revista de la novillada, le ponían sobre los mismos cuernos de la luna.
_El Tábano_, periódico severísimo, dedicado exclusivamente á la fiesta
taurina, le dijo que tenía _sangre_ y _vergüenza_, y este elogio, algo
brutal, sin saber por qué, le hizo tambalear de gozo. La noche pasóla en
vela y febril, pero acariciada el alma por mil ideas risueñas. Por la
mañana se dedicó á limpiar el estoque, y estando empleado en esta tarea
nobilísima, tuvo la satisfacción inefable de recibir la oreja del toro
por él inmolado, que le remitía la comisión en una bandeja de plata. El
criado, después de recibir una propina desusada, le dijo, el corazón
postrado de admiración:

--¡Qué gran volapié, señorito! ¡Ni el Tato!

--¡Phs! No hay que exagerar, querido, no hay que exagerar--respondió
Enrique, afectando modestia.--¡El Tato era un gran torero!

--Que le digo á usted que sí, señorito; el Tato no sale más limpio por
la cola. ¡Mire usted que yo sé lo que son toros! El señor Paco (que en
gloria esté) me lo tiene dicho muchas veces, viéndome llegar con el
caballo de la rienda hasta el mismo hocico del animal:--«Juanillo, hijo
mío, tú tienes sangre torera; dedícate al arte, que algo más sacarás que
limpiando botas y arreando los jacos en la plaza.»--¡Pero, señor Paco,
si tengo una señora que me arma un lío toítos los domingos porque me
pongo la blusa encarná». Pus mucho jabón, hijo. A las señoras, pa que
anden bien, hay que jabonarlas un día sí y el otro también.--¡Y que no
tenía razón el tío! Si yo hubiera seguido sus consejos, otra persona
sería... Yo fuí el que le di á usté la muleta cuando se le cayó. ¿No me
ha visto?

--Sí... No he reparado mucho; pero me parece haberte visto en la
plaza...

--¡Vaya! Si no es por mí que me he metío en los mismos cuernos, á D.
Ricardito le engancha ayer el segundo novillo... ¡Mal animal era aquél!
Como que ya le habían toreado en el pueblo, sigún me dijo el pastor. El
de usted, señorito, era un torete mu vivo, mu bravo y al mismo tiempo mu
valiente. La estocá resultó que ni pintá.

--¡Phs! regular, regular...

--Manífica, D. Enriquito, manífica. ¡Lástima que al pasarlo haya usté
bailado un poquirritiyo!

--¡Que yo he bailado!--exclamó Enrique poniéndose rojo.--Hombre, me
parece que entiendes tanto de toros como el forro de mis pantalones...
¡Pues no dice que yo he bailado!

La modestia, que sólo estaba prendida con alfileres, se le escapó de
pronto. El criado, visto el mal efecto de su crítica, quiso enmendarla.

--No, si la brega ha sido superior, señorito: un poco más movida ó un
poco menos, eso no vale na.

--Pues valga ó no valga, ya hemos hablado bastante, y no tengo más ganas
de oir simplezas...

Y abrió la puerta para dejarle paso, y en cuanto salió, la cerró con
estrépito, murmurando:

--¡El diablo del babieca! Lo del baile se lo habrá dicho Ricardito...
¡Más le valiera á ese morral tener vergüenza y no dejar que Felipe Gómez
parase los pies á su toro!

Y convencido plenamente de que la mancha caída en la honra de su émulo
no la borrarían todos los perfumes de la Arabia, quedó relativamente
tranquilo. La lectura de los periódicos y la presencia de la
ensangrentada oreja, mudo testimonio de su valor, concluyeron por
volverle toda la calma. Pero una cosa le preocupó en seguida, y fué la
manera que tendría de conservar aquel trofeo. Si la dejaba en tal
estado, no tardaría en pudrirse. ¿La metería en alcohol? Se le caerían
los pelos y quedaría convertida en un cartílago indecoroso. ¿La
disecaría? Necesitábase averiguar si era posible. Determinó llevársela
después de comer á Severini, el disecador de la Carrera de San Jerónimo.
En la mesa se habló de la novillada. D. Bernardo estaba ya enterado por
los periódicos de la proeza de su hijo, y aunque lisonjeado en el fondo
del alma por los aplausos que le tributaban, no dejó de mostrarse severo
y reprenderle, aunque no con tal acritud como otras veces.

--Vaya, vaya, Enrique, que sea la última vez que te exhibes en público
de ese modo. Ya sabes que no me gusta que un hijo mío, aun haciéndolo
bien, haga el papel de torero.

Enrique adivinó que su padre no estaba enfadado, y se confirmó en el
antiguo axioma de que el éxito feliz borra todas las culpas. Encendió un
cigarro, envolvió la sagrada oreja en un trapo, se la metió en el
bolsillo y salió á la calle enderezando sus pasos hacia el café
Imperial, esperando recibir allí nuevos plácemes de sus inteligentes
amigos, y disertar toda la tarde acerca de la novillada de Vallecas. De
paso contaba entrar en casa de Severini.

Serían las tres de la tarde y hacía bastante calor. Nuestro teniente
(porque había ascendido) caminaba por la calle del Baño vestido á la
última moda, levita inglesa abrochada, pantalón claro, bota de charol y
sombrero de copa puntiaguda. Había querido vestirse así y dejar el traje
chulesco que ordinariamente gastaba para dar más fuerza y relieve á su
portentosa estocada del día anterior. Caminaba lentamente, con la marcha
tranquila y presuntuosa de los hombres satisfechos de sí mismos,
dirigiendo miradas penetrantes á los transeuntes á ver si le reconocían,
y lanzando bocanadas de humo á los aires. Nunca se había hallado en tan
feliz situación de cuerpo y de espíritu.

A la puerta de una casa de vacas estaba una joven sentada con un libro
entre las manos. Enrique le dirigió una mirada al pasar, y las benévolas
disposiciones en que se encontraba respecto á todo ser viviente le
impulsaron á detenerse un instante y contemplarla con ojos risueños. La
muchacha levantó los suyos, que eran grandes y negros, con cierta
expresión entre fiera y maliciosa. Después de mirarle fijamente un buen
espacio, los convirtió de nuevo al libro con marcada indiferencia.

Enrique avanzó hasta colocarse frente á ella, y le dijo en tono
melifluo:

--¿Qué lee usted, hermosa?

La joven levantó de nuevo sus ojos y, examinándolo con atención algún
tiempo, respondió:

--_Memorias de cuatro pillos._

Y recalcó mucho la última palabra.

Enrique quedó un poco confuso; pero continuó inmóvil con la sonrisa en
los labios. La joven se enfrascó de nuevo en la lectura. Al cabo de un
rato volvió á levantar la vista, y le dijo con brío, en un tonillo
irónico donde se traslucía la irritación:

--Pase usted, caballero, pase usted.

--De mil amores, prenda--repuso Enrique entrando en la tienda y
colocándose en pie detrás de la chica.

Tornó ésta á mirarle con gesto altanero y le dijo muy seria:

--Hombre, me gusta usté por lo sinvergüenza.

--Y usted á mí por lo simpática.

--¡De veras! ¿Y desde cuándo?

--Desde la esquina, que la he visto á usted.

--¡Ay qué gracia! ¿Too eso sabía usté y se lo tenía callao?

--¿Pues á quién había de contárselo?

--A su abuela, hijo mío.

--No la tengo; la he perdido cuando era muy chiquitín.

--¡Qué mono!

--No; era más feo que ahora todavía.

--¿Y no lo enseñaba su papá en la feria?

--No me acuerdo. ¡Cáspita! ¿Tan feo me juzga usted?

--Pa qué le he de engañar... Como feo es usté más feo que azotar á un
Cristo.

--Manolita--gritó la frutera de enfrente,--¿desde cuándo te has echao
quitabrisas?

--Ahora mismito; ¿qué te paece?

--¿Se llama usted Manolita?--le preguntó Enrique.

--No, señor; me llamo Manuela.

--¡Qué saladísima y qué rica!

--¿Pus cuándo me ha probao usté?

Manolita era una chula en el porte, en el gesto, en el vestido, en el
acento de sus palabras y en todos sus ademanes; pero era una chula muy
linda, lo cual no es ningún milagro. Las hay como rosas de Alejandría
por esas calles de Dios. Era su rostro ovalado, de color blanco mate;
los ojos negros y rodeados de un leve círculo oscuro; negros también los
cabellos, y peinados con sortijillas en las sienes; blanca y menuda y
apretada la dentadura; la expresión de aquel conjunto grave y
desdeñoso, como conviene á toda chula que no esté tirada á los perros.

--¿Conque decía usté que se iba de paseo al instante?

Enrique no había dicho semejante cosa.

--Antes de irme quisiera que usted me diese un vasito de leche.

Manolita se alzó gravemente de la silla, dejó en ella el libro y se
dirigió al mostrador, y sin decir palabra llenó un vaso de leche, lo
colocó sobre un plato y fué á posarlo en una de las tres ó cuatro
mesillas de mármol que allí había. Mas al observar que Enrique no se
sentaba y permanecía inmóvil en medio de la tienda, siguiendo sin
pestañear todos sus movimientos, se detuvo repentinamente y le dijo con
aquel tonillo irónico que no se le caía de los labios:

--¿Es que se lo quiere usté beber en casa, cabayero?

--En casa no lo bebiera aunque me diesen cinco duros.

--¡Pus hijo, ni que fuera rejalgar! Vaya, lo echaremos otra vez en la
botija. No sea que se ponga usté malo y haya que mandar por la camilla
al hespital.

Y diciendo y haciendo se fué derecha á la botija; mas Enrique la detuvo.

--No he querido decir eso, hermosa. En casa sí me haría daño, pero
aquí... ¡Aquí se me hace todo gloria viéndola á usted!

--Señorito, usté necesita tila en vez de leche.

--¡Puede!... ¿Cuánto es esto?--añadió después de beber mirando risueño á
Manolita.

--Menos de una onza.

--¿Cuánto?

--Medio rial.

Sacó unas monedas del bolsillo y, al posarlas en la mano de la chula,
se sintió acometido súbitamente de una benevolencia vecina del
entusiasmo hacia ella. Para dar testimonio de este sentimiento tan
conforme con la esencia de la naturaleza humana y con el espíritu y
doctrina del Cristianismo, que nos manda amar á nuestros semejantes,
nuestro teniente no halló arbitrio mejor que darla un tierno abrazo
acompañado de un beso más tierno aún. Mas antes de llevar á cabo tan
plausible propósito, había echado una mirada cautelosa en torno para
cerciorarse de que nadie vendría á turbar aquel acto benéfico, y se le
habían erizado previamente los bigotes, como es costumbre en los buenos
perros ratoneros. Una vez preparado de esta suerte, ¡allá voy!

Al verse en los brazos del teniente, la chula se revolvió como una
fierecilla; desprendióse instantáneamente, dejó volar la mano, y ¡zas!
le encajó un soberbio cachete en mitad de las narices.

De antiguo sabemos ya que las narices de Enrique tenían cierta
influencia magnética sobre los cachetes, y los atraían como las agujas
metálicas atraen las chispas eléctricas. Recordamos esto para que nadie
se extrañe de que la bofetada hubiera ido á dar á aquel sitio delicado
en vez de otra región del rostro. Dos chorritos de sangre salieron al
instante por sus ventanas harto espaciosas, á dar fe de que Manolita no
tenía las manos de cera, aunque lo pareciese en lo bien torneadas. Al
ver la sangre, se embraveció más, como las leonas del desierto, y en
poco estuvo que no le despedazase con un canjilón de hoja de lata, pues
empuñado lo tuvo, y aun enarbolado un buen rato.

--¡Ay, qué rediós! ¿Qué me pasa?... ¿A usté qué se le ha figurao, tío
silbante?... A usté le han engañao, señor. Le voy á aplastar del todo
esa cara de chivo si no me la quita de delante más pronto que la
vista...

Enrique se secaba las narices con el pañuelo, murmurando:

--¡Diablo, diablo, me ha hecho sangre!

--¡A ver si se larga usté, seo morral!... ¡seo morrral!... ¡seo
morrrral!

Y cada vez iba recalcando más la _erre_, como si la salvación de su
honra, puesta en peligro por el osado teniente, dependiese de la
acertada pronunciación de esta preciosa paladial.

--Pero deme usted antes un poco de agua para lavarme... no puedo salir
así.

--¡Agua de limón verde le daría yo! ¡Largo de aquí, tío indecente!

La joven extendía la diestra hacia la puerta con tanta dignidad que no
cabía más. Enrique, atento á limpiarse la sangre y mirar con sorpresa
las manchas que iban dejando en el pañuelo, no pudo apreciar en lo que
valía aquella soberbia actitud digna de Juno, Palas, Cibeles ó cualquier
otra diosa de la antigüedad. No obstante, la diestra mitológica se fué
poco á poco doblegando á impulso de la compasión, y hasta al cabo de
unos instantes fué la misma que trajo una jofaina, trasvertiendo de
agua, de la trastienda, y la dejó sobre la mesa de mármol al lado del
funesto vaso de leche que el morral se acababa de beber. Mas no vaya á
creerse que esta operación dañó poco ni mucho á la dignidad de que la
hermosa chula se había revestido; antes, al contrario, le dió más realce
y esplendor. Y mientras el teniente se remojaba las narices sorbiendo el
agua con miedo, ella, arrojándole miradas de olímpico desprecio al
cogote y murmurando amenazas, se fué á sentar de nuevo á la puerta con
el libro entre las manos.

Cortada la hemorragia y después de secarse bien con el pañuelo, salió el
morral de la tienda y tuvo la desvergüenza de decir al pasar por
delante de Manolita:

--Adiós, hermosa: no le guardo á usted rencor.

Nadie se atreverá á suponer que Manolita levantó siquiera los ojos del
libro, cuanto más contestar á aquel tío.

Enrique se fué al Imperial con las narices rojas y un si es no es
inflamadas, pero tan contento como si tal cosa. Los plácemes de los
toreros y cierta disputa que duró toda la tarde, acerca de si es ó no
lícito que el espada tenga un muchacho á las salidas en la brega cuando
el toro no está huído y se revuelve por sí, le borraron de la memoria á
la chula y su bofetada. Sólo al día siguiente, cuando salió de casa
después de almorzar, le asaltó el recuerdo de su aventura. En vez de
ascender por la calle del Prado para tomar la del Príncipe, como tenía
por costumbre, se embocó por la del Baño lo mismo que el día anterior.
Desde los primeros pasos que en ella dió, pudo columbrar allá á lo lejos
el vestido á cuadros de percal y el pañolito azul de Manolita. El
teniente sonrió, no recordando más que la parte deleitable del suceso.
Era una de sus cualidades la de ver todas las cosas de este mundo por el
aspecto más risueño. Y murmuró con dejo protector:

--Allí está mi chulilla. ¡Caramba si es salada y desenvuelta!

Y con una sonrisa almibarada entre los labios, se fué acercando
lentamente á la vaquería, soltando bocanadas de humo y balanceándose
como hombre cuya felicidad no podía ser turbada por bofetada de más ó de
menos. Al llegar cerca de la joven, se detuvo lo mismo que el día
anterior. La chula levantó la cabeza y, clavándole sus ojos airados, le
dijo:

--¿Vuelve usté por otra?

--Si tiene empeño en dármela...

El rostro canino de Enrique expresaba una satisfacción tan pura, y al
expresarla se había puesto tan horroroso, que la chula no pudo atajar
una sonrisa que le brotó á la cara. Y bajándola para no comprometerse
dijo:

--Vaya, vaya, siga usté su camino.

--No sea usted rencorosa, Manolita, y perdóneme.

--¡Música! Yo no soy cura pa dar asoluciones.

--Pues penitencias ya las sabe usted poner.

--No tal; debí darle con el canjilón, pa que no le quedase ganas de
ponerse otra vez delante de mi vista.

--¡Eso sí que no! Las narices me puede quitar, ¡pero las ganas de verla
á usted, nunca!

La chula, en estos dimes y diretes, se fué humanizando. Enrique, después
de pedir permiso respetuosamente, consiguió entrar en la tienda y
sentarse á tomar un vaso de leche. Y en buen amor y compaña, el teniente
comenzó á hacerle el amor por lo fino, y la chula á contestarle por lo
basto, bien que adivinándose que no le pesaba de ser festejada por un
señorito de _bomba_. Enrique se hacía querer pronto por su carácter
campechano y optimista. Manolita, hallándole como antes horroroso,
comenzó á sentirse atraída hacia él.

--Pa qué más de la verdá--concluyó por decir:--es usté feo, pero tiene
usté un _aquel_... vamos... particular.

--Sí, ya sé--respondió el teniente con gravedad:--soy feo, pero
gracioso.

--¡No, eso tampoco!--exclamó la chula riendo.

--Bien, pues caigo en gracia sin ser gracioso.

--Eso es.

Cuando más embebidos se hallaban en su plática sabrosa, hé aquí que
suenan en la trastienda unos pasos rudos y estrepitosos. Un hombre,
mejor dicho, un gigante tuerto, aparece en la puerta del foro en mangas
de camisa, calzones de paño pardo, faja encarnada y boina: el rostro,
tan feo y temeroso como el de sus progenitores los cíclopes. Después de
echar una mirada torva por el establecimiento, sin ver á Enrique ó sin
que aparentase haberle visto, dejó escapar dos ó tres gruñidos, avanzó
vacilando hasta el mostrador y, fijando su ojo vidrioso en el sombrero
reluciente de felpa que el teniente había colocado allí, lo tomó con
mucha delicadeza entre sus manazas descomunales, lo examinó con
curiosidad como el naturalista que acaba de tropezar con un nuevo
zoófito, y algo que quiso ser sonrisa pero que no pasó de mueca horrenda
contrajo sus labios gordos y amoratados.

--Oj, oj, oj... Trr, trr, trr... ¿Hay un marqués en mi tienda, mal rayo?

Y echó otra mirada por la salita sin fijarla en parte alguna, como si
allí no hubiese seres vivientes. Después, con mucha calma y cuidado,
cual si ejecutara con él una de las últimas operaciones del arte,
aplastó el sombrero hasta convertirlo en una tortilla; hecho lo cual,
arrojólo por la puerta al medio de la calle con no menos delicadeza y
sosiego.

Enrique se puso súbito rojo como una guindilla; inmediatamente pálido.
Se alzó vivamente del asiento y, nuevo David, tuvo impulsos de arrojarse
sobre el gigante; pero Manolita le contuvo haciéndole un sin fin de
expresivas muecas, encaminadas todas á demostrar que el cíclope no
estaba seco por dentro. Entonces Enrique se salió muy desabrido de la
tienda.

--Padre, el sombrero era de ese cabayero, que es un parroquiano.

--Tú, á callar... ¿estamos?

Y para que mejor se hiciese cargo de este deseo, la tumbó de un bofetón.

Pero Enrique, ni oyó la amable advertencia de la hija, ni la suave
contestación del padre, ocupado como estaba en estirar y aliñar el
sombrero.

--¡Cuando yo vuelva á esta cochina tienda!...--exclamó encasquetándoselo
con furia y marchando como un vendaval calle arriba en busca del
sombrerero.

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X


Y en efecto, no volvió... hasta el día siguiente; pero
fué vestido de corto, esto es, con chaquetilla, pantalón ajustado y
sombrero pavero.

--Oiga usté, señorito, ¿va usted al matadero á desollar alguna
res?...--le preguntó Manolita así que le vió de aquella traza.

Y comenzó el tiroteo amoroso, él haciéndose jalea y puras mieles, ella
contestando á cada requiebro con un fiero _desplante_. Enrique no se
desanimaba por eso, y tenía razón. Por el ejemplo de sus amigas y
compañeras y por su ruda educación, la chula estaba armada de una
cáscara dura, llena de pinchos; pero bien sabe Dios, y Enrique lo supo
también, que en el fondo era una pobre muchacha, buena, hacendosa,
sufrida, ignorante como un pez y más inocente en ciertas materias de lo
que hacía presumir su lenguaje y modales. Había perdido á su madre hacía
cosa de dos años. Una hermana se había casado con el maestro de un
cortijo y vivía hacia las Vistillas. Ella habitaba con su padre, que
era vizcaíno, establecido en Madrid desde mucho atrás, en un cuartito
con dos compartimentos frente al corral de las vacas. Era madrileña
legítima, hasta el punto de no haber puesto siquiera los pies en un
coche del ferrocarril ni haber ido en sus paseos más allá de
Carabanchel. El vizcaíno, desde la muerte de su mujer, que no poco le
contenía, se emborrachaba cada vez más amenudo y hacía sufrir á su hija
muy malos tratos; pero ella estaba tan avezada á ellos ya en tiempo de
su madre, que no se le había ocurrido siquiera que pasaba una vida muy
desgraciada. Cuando cierto día se lo indicó Enrique, después de
presenciar uno de aquellos actos de barbarie á que con frecuencia se
entregaba el vaquero, le miró con sorpresa y le dijo que sí, que tenía
razón, que era muy desdichada; pero en un tono que parecía expresar:
«Hombre, ¿sabe usted que no había caído en ello?»

Entre unas y otras, asistiendo á diario á la vaquería, sufriendo las
_frescas_, los _rempujones_ y tal cual _gofetá_ cuando se desmandaba, de
la gentilísima chula, Enrique, quedó burla burlando, preso en las redes
de su amor. Con el cafre del padre tuvo unas cuantas reyertas al
principio. Después se hicieron grandes amigos desde que aquél supo que
el señorito era inteligente en toros, que había lidiado novillos y era
amigo íntimo de los mejores espadas, á los cuales profesan los plebeyos
de Madrid fervoroso culto. Cuando entraba borracho en la tienda, Enrique
tomaba el sombrero y se salía y al otro no le extrañaba nada esta
conducta: de este modo evitaba los choques con él. Por las tardes se
pasaba lo menos dos horas conversando con Manolita. Por las noches,
después de cerrar la tienda, la acompañaba á los cafés á cobrar la leche
que habían gastado en el día: él se quedaba á la puerta mientras ella
arreglaba sus cuentas con el dueño. Como la chula tenía golosos, y
éstos, de la clase del pueblo, veían con malos ojos que un señorito la
galantease, nuestro teniente se vió repetidas veces amenazado y aun
atacado; pero ya sabemos que en su calidad de _bulldog_ era de lo más
rabioso y atravesado. Con un bastón de hierro, que jamás le abandonaba,
supo defenderse tan bien, que Manolita quedó altamente complacida,
después de haberle ayudado bravamente, repartiendo á los agresores
algunos soplamocos tan devastadores como bien dirigidos.

¿Cuáles eran los intentos de Enrique al comenzar estos amores? No podían
ser más perversos é insidiosos. Contaba seducir á la chula, y á la
postre llamarse andana. Mas él propuso y Dios dispuso: al mes de
hallarse en relaciones, Manolita le tenía prisionero á sus pies, manso y
domesticado como un perro de saltimbanqui; y esto (digámoslo en su bien,
ya que referimos lo malo), porque tenía noble corazón y le compadecía la
suerte de aquella pobre chica; tanto, que formó resolución de casarse
con ella. Dando vueltas en la cabeza á este pensamiento estuvo algunos
días, hasta que se arriesgó á abrir su pecho á su madre. D.ª Martina se
irritó lo indecible, sin querer recordar su primitiva condición de
planchadora; mas como era mujer de buena pasta, y Enrique su ojo
derecho, pronto tomó partido por él, aunque nunca quiso hablar del
asunto á su marido, pues conocía su genio y estaba bien convencida de
que antes le harían pedazos que consentir en aquel matrimonio. Al fin,
el teniente, no teniendo valor para hablar á su padre, determinó de
escribirle, dejándole la carta sobre la carpeta de su mesa. D. Bernardo
no contestó ni se dió siquiera por enterado de haberla recibido.
Trascurridos algunos días, le dejó otra en el mismo sitio; idéntica
contestación. Lo único que observó fué que el rostro de su padre, de
ordinario nublado, lo estaba mucho más. Entonces, después de suplicar á
sus hermanos Vicente y Carlos que interviniesen en su favor, y después
de haber recibido de ellos una seria y rotunda negativa, fué á pedirle
igual merced á su primo Miguel, con el cual seguía manteniendo viva y
entrañable amistad.

--¡Buena recomendación la mía!--le dijo éste.--Si quieres que tu padre
te eche de casa á puntapiés, la mejor que puedes buscar.

--No lo creas; mi padre te quiere, por más que no lo dé á conocer. Es él
así... seco en apariencia... pero en el fondo muy cariñoso.

Miguel sonrió, respetando aquel juicio de un hijo bueno, y siguió
negándose á su pretensión; mas tanto le instó y con palabras tan
fervorosas y hasta con lágrimas, que al fin, aunque de muy mal grado,
consintió en visitar á su tío y hablarle del negocio.

El día señalado para la entrevista, Enrique le aguardaba paseando por el
corredor, en un estado de agitación fácil de explicar. Cuando llamó á la
puerta, él fué quien le abrió.

--¡Qué pálido estás, amigo!--le dijo Miguel.

--Me salta el corazón más que si fuera á batirme.

--¡Pobre Enrique! Toma ánimo, que aunque el negocio salga mal, como
preveo, no te faltará una hora para ahorcarte del hermoso árbol que has
elegido.

--Mira, yo no puedo aguardarte en casa... Tengo la cabeza como un horno
y necesito refrescarme... Te espero en el Imperial.

Antes de pasar á la habitación de su tío, Miguel fué derecho á la de
Vicente, que continuaba siendo el maestro de ceremonias de la familia.
Recibióle éste con la gravedad afable que le caracterizaba, y tuvo la
amabilidad de ponerle al tanto, en una relación tan circunstanciada
como interesante, de que el tubo que conducía el agua á su lavabo había
sufrido aquellos días una pequeña rotura, lo cual había ocasionado
filtraciones que estuvieron á punto de echarle á perder un tapiz de los
Reyes Católicos; pero afortunadamente, había acudido en tiempo, y
después de buscar mucho, había logrado tropezar con la malhadada grieta.
En seguida de ésta, le hizo otra relación no menos interesante de cierto
sistema de campanillas que había adoptado para entenderse con los
criados y el cochero. Por último, el hijo mayor de los señores de
Rivera, dando testimonio de una generosidad que tanto le honraba á él
como á su primo, saco del armario un pequeño tríptico de marfil,
recientemente adquirido en el Rastro. Era una obra primorosa, una
verdadera joya, al decir de su dueño, aunque estaba un poco deteriorado.
Después de bien mirado y admirado por ambos, dijo aquél, volviendo á
colocarlo en su sitio y haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada:

--¿Á que no sabes lo que quería darme el señor de Aguilar por este
tríptico?

--No puedo calcular.

--Pásmate, Miguel... ¡un Trajano!... ¡Mira tú que querer meterme á mí un
Trajano!

Y Vicente, no pudiendo resistir más, soltó el trapo de la risa hasta
saltársele las lágrimas.

--¡Qué disparate!--exclamó Miguel riendo también, aunque sin saber á
punto fijo lo que era un Trajano, ni mucho menos la equivalencia que
podía guardar con un tríptico.

El buen humor que con este gracioso recuerdo se le despertó á Vicente
dió por resultado el que á todo trance tratase de complacer á su primo.

-Tú quieres hablar con papá, ¿verdad? Pues mira, ahora está haciendo
gimnasia en su cuarto; pero, de todos modos; voy á llevarte á él.

--¡Haciendo gimnasia!--exclamó Miguel lleno de sorpresa.

--Se lo ha prescrito el médico, porque había perdido completamente las
ganas de comer, ¿sabes? Nada: no probaba bocado, y aun hoy come muy
poco. Está amarillo y flaco de dos meses á esta parte, que no le
conocerás.

Al entrar en la adusta y severa mansión de su tío, Miguel quedó, en
efecto, profundamente sorprendido observando el cambio que en la figura
del respetable caballero se había operado. El traje singular que llevaba
puesto contribuía no poco á darle un aspecto siniestro y medroso: no
traía más que una camiseta de punto, la cual dejaba ver su torso
escuálido y huesoso, y amplios calzones de dril donde sus pobres
canillas apenas se advertían. El rostro, largo siempre y descarnado, lo
parecía ahora mucho más; la tez amarillenta, los ojos tristes y
vidriados. Y como la navaja continuaba su obra devastadora, el bigote no
era ya más que una exigua motita blanca debajo de la nariz. El gabinete
estaba convertido en un gimnasio: había paralelas, algunos pares de
pesas por el suelo, y colgadas del techo unas anillas de hierro.

Cuando entró Miguel, su tío estaba dando un paseo por las paralelas.
Tuvo tiempo á contemplarle á su sabor, y no dejó de causarle pena.
Observando aquel rápido y asombroso decaimiento, no pudo menos de
decirse:--Es imposible que mi tío no haya tenido algún disgusto
gordo.--Y como el caballero, absorto en la tarea penosa de salvar sobre
las manos las paralelas, no advertía su presencia, dijo en voz alta:

--Buenos días, tío.

D. Bernardo se dejó caer al suelo y, mirándole con ojos empañados,
contestó:

--¡Hola! ¿Qué traes por aquí?

--Siga usted, tío; siga usted, no quiero interrumpirle. ¿Cómo se
encuentra usted?

--Así, así; ¿y tu mujer?

--Perfectamente; siga usted, siga usted.

D. Bernardo dió un brinco y se colocó otra vez sobre las paralelas.

--Puedes decirme lo que quieras: te escucho.

Miguel le contempló un momento, y comprendiendo que lo mejor era marchar
derecho y sin vacilaciones al asunto, comenzó á decir:

--Venía á hablar á usted de un asunto que tal vez ó sin tal vez le será
enojoso... pero me he comprometido á ello, acaso con sobrada
precipitación, y no es tiempo ya de arrepentirse sino de cumplir como
bueno... Enrique me ha significado su deseo...

D. Bernardo se dejó caer otra vez.

--¡Ni una palabra sobre Enrique!--dijo extendiendo el brazo con imperio.

Miguel se sintió herido por aquella soberbia, y dijo con ironía:

--¿Qué? ¿Ha decidido usted borrarlo de la memoria de los hombres?

El señor de Rivera le dirigió una mirada fría y altiva, que Miguel
resistió con la misma altivez y frialdad. Volvió de nuevo á colocarse
sobre las paralelas, y comprendiendo que se había conducido con poca
cortesía, dijo con bastante trabajo, pues el paseo gimnástico le
producía un fuerte resuello:

--Enrique es un mentecato. Después de haberme matado á disgustos toda la
vida, quiere terminar su carrera deshonrando á su familia.

--Yo tenía entendido que sólo deshonra á su familia el que comete alguna
vileza... Pero, en fin, puesto que usted no quiere, no hablemos de
Enrique. Es mayor de edad y ya él sabrá lo que ha de hacer.

Dijo estas últimas palabras con la intención de prevenirle, para lo
futuro. D. Bernardo no contestó. Bajóse de las paralelas, y después de
tomar aliento, subióse otra vez y comenzó á ejecutar el paseo de la
rana. Por no marcharse repentinamente, Miguel entabló conversación,
diciendo:

--Le veo un poco desmejorado desde la última vez, tío.

--¡Sí!--respondió suspendiendo el paseo y quedando á horcajadas sobre
las barras de madera.--¡Pues aún me verás mucho más! No como nada.

--¿Padece usted del estómago?

El caballero se quedó un instante inmóvil con los ojos extáticos, y dijo
con acento de profunda melancolía:

--¡Padezco del alma!

Y emprendió de nuevo y furiosamente el ejercicio.

Nunca Miguel había escuchado de labios de su tío una palabra que se
refiriese á sus sentimientos íntimos. Para él había sido, en este
respecto, un hombre de madera. Así que, al oir aquella tierna confesión,
se quedó como si viese visiones. Y juzgando que era Enrique la causa de
sus pesadumbres, aunque no hubiese razón para disgustarse, todavía le
compadeció sinceramente.

--Siento que sea Enrique, á quien tanto quiero, la causa de sus penas...
pero tiene usted otros dos hijos que le proporcionan muchas
satisfacciones.

--No, Miguel, no es eso... Enrique me ha causado algunos disgustos...
pero el que ahora siento viene de más hondo.

Miguel se puso á discurrir de dónde vendría, y quiso imaginar que
pudiera ser alguna pérdida ó menoscabo en su hacienda. D. Bernardo se
bajó, arrimóse para descansar á una de las barras y se pasó el pañuelo
por la frente sudorosa, dando un profundo suspiro. Después tomó unas
bolas de hierro y comenzó á abrir y cerrar los brazos con la gravedad
que imprimía á todos sus actos. Al cabo de un rato de silencio, que el
sobrino no osaba interrumpir por más que la curiosidad le picase, el
anciano caballero dejó las pesas en el suelo, y dirigiéndose á él con
los ojos fijos y abiertos como un espectro, le dijo roncamente:

--Cuarenta años hace que me he casado... ¡Cuarenta años calentando á mi
pecho una víbora! Al fin su veneno se ha infiltrado en mi sangre y
moriré de la mordedura.

Miguel no entendió ó no quería entender aquellas palabras extrañas. Sin
embargo, dijo:

--Yo siempre pensé que era usted feliz en su matrimonio.

--¡Lo era, Miguel! Lo era porque tenía una venda sobre los ojos.
¡Pluguiera á Dios que no me hubiese caído!... Hubo un día en mi vida, tú
lo sabes bien, en que, arrastrando el decoro de nuestra familia por el
suelo, descendí hasta dar la mano á una mujer de muy diversa condición
que la mía. Por este inmenso sacrificio, ¿no te parece que esa mujer
debiera besar el polvo que yo pisase?... Pues bien, esa mujer es una
Mesalina.

--¡Tío!

--Mejor dicho, una Agripina.

--¡Pero al cabo de cuarenta años, cuando mi tía Martina es ya una
anciana venerable!

--Eso hace aún más asqueroso su crimen.

--¿No estará usted obcecado, tío?

--Me ha costado trabajo persuadirme; pero ya no me cabe duda alguna.

--Deploro en el alma su disgusto; pero permítame usted que dude
todavía...

--¿Sabes quién es el infame que ha ultrajado mi nombre?--dijo el señor
de Rivera avanzando y metiéndole la voz por el oído.--¡También he
calentado esa víbora á mis pechos!

--¿Quién?

--¡Facundo!... ¡Mi fraternal amigo Facundo!

--¡El Sr. Hojeda!

--Ni una palabra más--manifestó extendiendo su brazo con majestad.--Eres
individuo de mi familia; estás casado, y te he comunicado mi secreto
para prevenirte. Una espantosa catástrofe se cierne sobre nuestras
cabezas.

--¡Pero tío!...

--Ni una palabra más.

D. Bernardo se agarró acto continuo á las anillas, levantó con energía
los pies é hizo la _sirena_. Miguel salió del gabinete convencido de
que, si no estaba loco ya, andaba muy próximo á la locura.

[imagen decorativa]



XI


CIUDADANOS: El grito de libertad dado en Cádiz resuena
ya en todos los ámbitos de la Península. Estad orgullosos, ciudadanos,
estad orgullosos de llamaros liberales: el sol de la libertad ha roto al
fin la niebla de la tiranía que le tuvo empañado largos siglos, y
aparece más esplendoroso que nunca, pronto á borrar las huellas
malhadadas de una raza funesta y espuria...»

Estas y otras razones muy semejantes gritaba el hirsuto Marroquín desde
uno de los balcones de la redacción de _La Independencia_, rodeado de
hasta media docena de banderas rojas, desencajado el rostro por la
emoción y las manos temblorosas. Á su lado veíanse los de algunos de sus
compañeros, pálidos también, aunque no tanto. Hacia ellos se volvía á
menudo el orador demandando asentimiento, que generosamente le otorgaban
todos, murmurando por lo bajo al final de cada período: ¡Bravo! ¡bravo!
y otras exclamaciones que infundían nuevo y poderoso aliento en el
exprofesor para seguir arengando á las masas. Escuchábanle éstas con la
boca abierta desde las estrecheces de la calle del Lobo, y con sus voces
y palmoteo también le animaban. Cuando se le agotaron, por fin, las
metáforas astronómicas y no tuvo más que decir, recogiendo todas sus
fuerzas gritó con voz estentórea:

--Ciudadanos: ¡Viva la libertad!

--¡Vivaaa!

--¡Viva el pueblo soberano!

--¡Vivaaa!

Y dió por terminado su discurso, retirándose del balcón. Una voz gritó
desde la calle:

--¡Abajo los consumos!

--¡Abajooo!

La comitiva se puso en marcha de nuevo. No tardó en agregarse á ella
Marroquín con todos sus compañeros, llevando enarbolado un descomunal
estandarte azul donde se leía con letras doradas: _Abolición inmediata
del culto y clero_.

Todo era jarana, bulla y regocijo aquel día, 30 de Septiembre, en la
capital de las Españas. Las músicas recorrían las calles tocando himnos
patrióticos; los balcones todos (ya se guardaría muy bien de faltar
ninguno) ostentaban colgaduras multicolores; las campanas de los templos
volteaban con fingido júbilo; en las calles principales se levantaban
apresuradamente arcos triunfales para recibir á los vencedores de
Alcolea, emigrados y mártires de la revolución; numerosas
manifestaciones pacíficas discurrían por la ciudad parándose á cada
instante para escuchar la voz de todos los oradores más ó menos
improvisados. La en que iba Marroquín no era la menos nutrida y
entusiasta. De sus proezas tuvo noticias Miguel por su antiguo profesor
D. Juan Vigil, el capellán del colegio de la Merced, con quien topó á
los pocos días en la calle.

--Ya habéis triunfado, ¡barájoles! Bien sabe Dios que no me pesa por ti
y otros buenos amigos que tengo metidos en la danza. Lo único que siento
son los excesos, ¿sabes? los excesos contra nuestra santa madre la
Iglesia... Por delante de casa pasó el puerco de Marroquín al frente de
una porción de canalla. Ya vi que tú no ibas allí, y te doy la
enhorabuena por no mezclarte con semejante gentuza... Llevaba un
cartelón donde decía: _Abajo el culto y clero_: se paró delante del
colegio y comenzó á levantar el pendón gritando como un becerro: «¡Muera
el clero!» «¡Abajo las aves nocturnas!» Yo estaba detrás de la persiana,
y ¡barájoles, me entraron unas ganas de bajar á la calle y darle cuatro
mocadas á ese cerdo!...

Miguel no pudo reprimir una sonrisa, recordando los mojicones que en
otro tiempo le había propinado Marroquín á él; y para que el cura no
cayese en el motivo de la risa, se apresuró á decir:

--¿No se acuerda usted, D. Juan, de la paliza que me dió un día por
haber gritado á la hora de recreo «¡Viva Garibaldi?»

--Sí que me acuerdo; y tú no me la habrás agradecido, ¿verdad?

--Ni más ni menos.

--¡Eso es! ¡Desvívase usted por inculcar á sus discípulos las sanas
ideas de religión y moral, enderece usted sus pasos por la senda de la
virtud, corrija usted con mano paternal sus demasías, para que después
que son hombres no le den las gracias siquiera por sus desvelos!

--No riñamos por eso, D. Juan: todo aquello lo agradezco en el alma;
pero los palos, por paternales que ellos sean, no me los harán nunca
agradecer, así me hagan cuartos.

--Bien está, y no se hable más del asunto: la más grande recompensa de
mis cuidados es verte hombre formal y bien quisto en la sociedad....
Pero hablando de otra cosa: tú no sabes el susto que me ha dado el otro
día ese diablo de Brutandór. Iba yo por la calle de Alcalá abajo, con
propósito de ver la entrada de los caudillos de la libertad (como ahora
decís), acompañado del mayordomo y dos discípulos, cuando entre la
comitiva, y arrellanado en una carretela donde iban dos generales con
gran uniforme, veo á mi Brutandór saludando á la gente como si fuese un
emperador... ¡Ave María Purísima! dije santiguándome. Casi no quería
creer á mis propios ojos. Ya yo sabía que politiqueaba ese gaznápiro y
aun que embadurnaba algunos artículos en los periódicos, aunque siempre
me figuré que serían tan suyos como las composiciones que tú le sacabas
en la cátedra; pero ¿cuándo podía imaginar que me lo había de ver hecho
un personaje importante pasando por debajo de los arcos triunfales como
si viniera de conquistar las Galias ó vencer á los Escythas? ¡Y que no
iba finchado el bodoque, balanceándose en la carretela, como si toda su
vida hubiera andado en ella!

--Siempre ha sido usted injusto con Mendoza, don Juan. Cosas más
portentosas le quedan aún por ver.

--Lo creo, no me lo jures. Si son éstos los hombres con que contáis para
regenerar el país, lo he de ver pronto convertido en jigote.

Y maldiciendo de la gloriosa revolución, y despreciando en Brutandór á
todos sus muñidores, despidióse amistosamente, no obstante, de Miguel,
por el cual nunca había dejado de sentir predilección.

Poco se había curado éste del movimiento revolucionario, aunque
figurase como un adepto decidido de las doctrinas democráticas. El
cuidado interior de su espíritu, que comenzaba á cultivar entregándose
sin tasa á la lectura, y la vida doméstica absorbían demasiado su
atención para no consagrar á la política solamente una parte pequeña de
sus fuerzas. El mismo periódico cuyo gobierno había tomado con ilusión,
concluyó por fatigarle. Las eternas polémicas, la fraseología empalagosa
de los artículos de fondo, causáronle tedio pronto, y ansiaba el momento
de dejarlo y entregarse de lleno á otros trabajos más serios y útiles.
En su vida doméstica era feliz; mas no al modo que había imaginado
serlo. Porque pensaba antes de casarse que el amor y las felices
expansiones que él trae consigo habían de llenar por entero su
existencia, sin que le quedase tiempo ni deseos para ocuparse en otra
cosa. Y al ver que el amor ocupaba en su vida un lugar como accesorio ó
secundario y que seguían preocupándole otros asuntos, tanto los que se
referían á su vida exterior como los tocantes á sus estudios y
meditaciones; que un contratiempo leve le entristecía y cualquier
palabra malsonante le irritaba como antes; que muchas veces volvía del
café excitado por alguna discusión y no eran bastante las caricias de su
esposa para calmarle, él mismo se sorprendía y confesaba que otra mayor
influencia y alcance concedía al matrimonio. La misma Maximina tenía que
sufrir algunas veces el mal humor que otros le causaban fuera. Cuando su
genio se hallaba templado para irritarse, cualquier pequeña
contradicción bastaba para ello, y aun sintiendo la injusticia que
cometía, no por eso dejaba de reprender á su esposa cuando el aseo de su
cuarto, ó de su ropa ó cualquier otra menudencia por el estilo no estaba
tan á punto como quisiera. Verdad es que en cuanto veía asomar las
lágrimas á los ojos de aquélla, todo se turbaba y se lanzaba acto
continuo á besarla y abrazarla. Y como á Maximina, así que sentía los
labios de su marido en el rostro, se le borraban como por ensalmo todas
las penas, el resultado era que sus reyertas (si este nombre puede darse
cuando el uno riñe y el otro calla) duraban siempre pocos minutos. En
resolución, que nuestro héroe padecía del mal que en los niños suele
llamarse _mimos_, ó lo que es igual, que avezado á ver á su esposa
constantemente dulce, cariñosa, sumisa, no se le ocurría siquiera que
podía ser de otro modo, y no sabía apreciar, por lo mismo, en lo que
valía aquella paz y suave calor del hogar tras de los cuales tantos
hombres corren en vano.

Maximina, en cambio, gozaba de una felicidad casi celestial. La
presencia de su esposo, del cual cada día estaba más enamorada, bastaba
para mantenerla en un estado de dicha que rebosaba de sus ojos y se
traslucía en todas sus palabras y movimientos. Cuando estaba en casa
apenas apartaba de él la vista. Le seguía con disimulo á todas las
habitaciones, y ponía empeño en verle hasta cuando se lavaba y vestía.
Miguel la embromaba por esta persecución: algunas veces, cuando estaba
de mal humor, le decía:

--Vamos, déjame que voy á arreglarme.

Y hacía ademán de cerrar la puerta. Pero ella respondía con ojos tan
suplicantes:

--¡Por Dios, no me eches de tu cuarto, Miguel!

Que no podía menos de sonreir, y tomándola de la mano, la sentaba en una
silla como á una niña, diciéndole:

--Bien está; pero no te muevas de ahí.

Cuando estaba fuera de casa, ni un instante se le apartaba de la
imaginación: cuanto hablaba con las criadas, directa ó indirectamente
siempre venía á referirse á él. Si mandaba limpiar los cristales era
para que _él_ no advirtiese que estaban empañados; si leía en el libro
de cocina era para aprender algún plato que á _él_ le gustase; la ropa
que cosía era la de _él_, y de _él_ era la cadena que limpiaba con
polvos, y el pañuelo de seda que mandaba lavar á la doncella, y las
camisas que enviaba á componer, porque ella no se creía con méritos para
hacer competencia al camisero, no por falta de voluntad.

Las únicas nubecillas que cruzaban por el cielo de su dicha eran los
inmotivados enojos de su marido, los cuales se repetían demasiado.
Alguna vez le dijo llorando:

--¡Me lo daba el corazón por la mañana, porque hacía ya cinco días que
no me reñías!

Miguel, enternecido, como siempre, al verla llorar, la acariciaba, y
todo volvía á su habitual serenidad y contento.

Sin embargo, una nube pasó de mayor tamaño y más negra que las otras. Y
fué que en el cuarto segundo de la misma casa vivía la condesa viuda de
Montilla con dos hijas de veintitrés y veinticuatro años
respectivamente, seis y siete, por lo tanto, más que Maximina. Las
tarjetas, los saludos en la escalera y las sonrisas al balcón trajeron
consigo las visitas, y éstas una muy fina amistad entre las chicas y la
joven esposa. Eran aquéllas, si no lindas, bastante agraciadas por lo
menos. La primera, Rosaura, una morena de facciones abultadas y ojos
negros y hermosos, aunque un poco saltones; la segunda, Filomena, era
delgadísima, de tez pálida, ojos verdes, de mirar extraño y malicioso, y
cabellos rubios cenicientos. Había en esta muchacha cierta desenvoltura
impropia de su sexo y educación, que caía en gracia á los hombres aún
más que su figura. Con ésta gustaba Miguel de mantener conversaciones un
tanto resbaladizas y se recreaba en ver con qué serenidad y desenfado
salía la muchacha del atolladero y cuánto ingenio mostraba al retorcer
las frases y darles el significado que ella apetecía. Y dicho se está
que, siendo la ocasión peligrosa, algunas veces se les tienen ido los
pies á ambos cayendo en procacidades de mal gusto. Maximina, cuando
comenzaba uno de semejantes tiroteos, solía marcharse al balcón con
Rosaura. Aunque sonreía, no dejaban de repugnarle. Cuando se quedaba á
solas con su marido nada decía; pero en el modo de mentar á Filomena se
percibía que no la profesaba grande estima.

--Pues á pesar de sus atrevimientos--solía decir Miguel--y de sus
modales hombrunos, es una buena muchacha... mejor, á mi entender, que su
hermana.

Maximina callaba por no contradecirle, aunque pensaba cosa muy distinta.
Un vago sentimiento de celos, del cual ella misma no se daba entera
cuenta, contribuía también á hacérsele antipática.

Así estaban las cosas cierto día en que Miguel, arrellanado en una
butaca de su despacho, escuchaba tranquilamente á Maximina que, sentada
á sus pies en un taburete y reclinando la espalda en sus rodillas, le
leía _Las aventuras del escudero Marcos de Obregón_, escritas por
Vicente Espinel. Mientras la niña leía, jugaba él con la trenza de sus
cabellos, que traía suelta en casa por darle gusto. Tal lectura no debía
de ser muy del gusto de Maximina, á juzgar por el modo perezoso y
distraído que tenía de arrastrar la voz. Las novelas que le gustaban no
eran estas en que todo lo que pasaba era vulgar y prosaico, sino otras
cuyo enredo y aventuras extraordinarias picasen su curiosidad. Casi
todos los libros que su marido le daba á leer le producían cansancio y
sueño, sorprendiéndose no poco de que él los alabase y dijese pestes, en
cambio, de los que á ella le placían. Acababa de leer un capítulo
terriblemente pesado para ella, cuando, volviendo de repente la cabeza y
fijando en él sus ojos con expresión entre inocente y maliciosa, le
preguntó:

--¿Te gusta esto?

--Muchísimo.

--Ya lo presumía. Cuando á mí no me gusta un libro siempre me digo
ahora: ¡qué bueno debe de ser!

Pronunció estas palabras con tal ingenuidad y resignación tan graciosa,
que su marido, riendo á carcajadas, le tomó la cabeza entre las manos y
se la besó con entusiasmo. La niña, halagada por esta caricia, comenzó
alegremente la lectura de otro capítulo.

Á la mitad de él estaría, poco más ó menos, cuando se interrumpió
súbitamente, dejando escapar un ¡ay! reprimido y de singular entonación
que sorprendió á Miguel. Se incorporó y pudo ver el rostro de su esposa
enteramente rojo y reflejando un gozo casi místico.

--¿Qué te pasa?

--Acabo de sentir dentro de mí... así como una cosa...

--¿Qué cosa?--dijo él, adivinando perfectamente lo que era.

--Así como si un pie pequeñito me rozase suavemente.

--¿Y por qué no ha de ser el pie de tu hijo?

--¡Oh, Miguel! ¿Será?...

--Nada tiene de particular; has llegado ya al medio tiempo.

Maximina no quiso leer más; arrojó el libro sobre una silla y se puso de
rodillas delante de su esposo. Comenzaron á charlar con viveza del
_niño_.

--Oyes, ¿y por qué ha de ser niño y no niña?--dijo él.

--Porque yo quiero que sea niño.

--Pues yo quiero que sea niña y se parezca á ti... Pero hazme el favor
de levantarte, porque si viene cualquier criada y te sorprende en esa
postura, es muy ridículo...

--No, no; no quiero una mocosita fea que se parezca á mí. Quiero un
niño, ¿lo oyes? un niño grande y robusto.

En aquel momento escucharon pasos al lado de la puerta, como Miguel se
temía, y una voz que no era de ninguna criada preguntó:

--¿Se puede entrar?

Maximina se puso en pie de un brinco.

--Adelante.

Entró Filomena en traje de levantar, con los cabellos en estudiado
desgaire y el cuerpo sumergido, si vale la expresión, en una magnífica
bata de seda azul adornada de encajes blancos. Nunca había podido lograr
Miguel que su mujer se vistiera en casa de aquel modo elegante y
suntuoso. La pobre chica no sabía más que ponerse los trajes que ya no
le servían, porque le causaba pena, según decía, vestirse una prenda
nueva para entrar y salir en la cocina.

--Me parece que he venido á estorbar--dijo la joven, fijando una mirada
maliciosa en el rostro turbado y rojo de Maximina.

--No, no; de ningún modo--contestó ésta, turbándose mucho más.

--Con los recién casados hay que andarse con mucho tiento... Y eso que
ustedes no son de los más pegajosos. He entrado sin llamar porque las
criadas han dejado la puerta abierta... Pero si estorbo me marcho...
Conozco hace tiempo el onceno mandamiento.

Aquel tono ligero y un tantico desvergonzado maravillaba y hería cada
día más á nuestra provinciana.

--Al contrario: en este momento nos estábamos acordando de usted--dijo
Miguel en el mismo tono ligero y festivo, á propósito para que no se le
creyese.

--Hombre, ¿qué me cuenta usted?--repuso ella con ironía.--Pues he
venido--añadió, sentándose en una butaca y poniendo una pierna sobre
otra--á preguntar á usted si deja ir á Maximina con nosotras á la
apertura del Real. Tenemos palco...

Aquélla hizo una mueca á su marido para que negase el permiso; pero
éste, ó porque no quisiera ó no se atreviese á tanto, respondió:

--Mil gracias... Allá ella.

Filomena dirigió la vista á Maximina, y ésta, sin fuerzas para negarse ó
dar cualquier disculpa, hizo un gesto ambiguo que la hija de la condesa
interpretó como asentimiento.

--Bueno; á las ocho en punto pasaremos á recogerla. Usted puede ir al
palco también si quiere... ó puede aprovechar la ocasión para irse á
tunantear por ahí.

--¡Filomena, por Dios!

--¡Sí, sí, buenos son ustedes! La que se fíe está fresca.

Y levantándose se puso á enredar con la plegadera, el pisapapeles y
todos los objetos que halló sobre la mesa, entre ellos un cajón de
cigarros puros.

--Á ver qué cigarros fuma usted... ¡Hombre, qué pequeñitos y qué cucos!
¿Son flojos?

--Bastante.

--Pues va usted á ver cómo sé fumar también.

Y sin aguardar más, tomó un puro y le cortó con los dientes la punta.
Miguel le entregó riendo un fósforo encendido.

--Tengo la cabeza muy firme--manifestó dirigiendo una mirada atrevida á
Miguel.

Pero á los cuatro chupetones arrojó el cigarro, diciendo:

--¡Jesús, qué cigarros tan detestables fuma usted! Sabe á cordobán.

--¡Hipocritilla! ¡Lo que sabe es á mareo!

Filomena se encogió de hombros y empezó á recorrer con la vista los
libros de la biblioteca, nombrándolos en voz alta:

--_Obras de Moliere..._ _Descartes: Discurso sobre el método..._ ¿El
método de qué?... Gil Blas de Santillana. ¡Uf, qué pesado es este libro!
No he podido llegar á la mitad. ¿No tiene usted ninguna novela de
Octavio Feuillet?... Pues tiene usted muy mal gusto... _Platón:
Diálogos._ _Goethe: Fausto._ Me llevo este libro, Miguel, porque no
conozco más que la ópera y me interesa mucho el argumento... _Stuart
Mill: Lógica..._ _Santo Tomás: Theodicea._ _Lope de Vega: Comedias..._
_Balzac: Fisiología del matrimonio..._ Este libro lo he leído yo: tiene
observaciones muy finas y muy exactas... ¿No lo ha leído usted,
Maximina?

Ésta la miró consternada.

--Es uno de los pocos libros que Miguel me ha prohibido leer.

Filomena clavó la vista en éste y sonrió de un modo particular como
diciendo: «Ya te entiendo».

Después, repentinamente, con la viveza y desenfado que imprimía á todos
sus movimientos, dejó la librería, abrió la puerta de la sala y penetró
en ella. Maximina y Miguel la siguieron. Sentóse al piano y comenzó á
teclear fuertemente una polka. Antes de concluirla se levantó y se
dirigió al entredós, donde había dos grandes macetas de flores, y
sumergió en ellas repetidas veces el rostro, aspirando con delicia su
fragancia.

--¡Oh, qué hermosas flores! ¿Las han comprado ustedes?

--Me las ha mandado mi cuñada Julia.

--Voy á hacerle á usted un ramo--dijo Miguel.

--No; es lástima estropear una maceta.

--No se estropea; voy á hacerle un _bouquet_ chiquito. Maximina, tráeme
un poco de hilo y unas tijeras.

La niña fué por lo que se le pedía y se lo entregó gravemente sin decir
palabra. Después fué á sentarse en el sofá, y desde allí contempló la
factura del ramo.

Mientras ésta se llevaba á cabo, Miguel y Filomena no dejaban de
tirotearse jugando del vocablo con sobrada libertad por parte de ella, y
no mucho respeto por parte de él. Maximina atendía á lo que decían, sin
quizá comprender una palabra; pero la expresión de sus dulces ojos iba
siendo cada vez más grave y reflexiva. Al terminar, Miguel le entregó
con sonrisa galante el ramo. Ella lo recibió con otra sonrisa graciosa.

--Por este rasgo de galantería le perdono todas las inconveniencias que
me ha dicho. ¡Caramba, ya son las once!--dijo consultando el reloj que
había delante del espejo.--¡Y mamá que me mandó subir en un verbo!
Adiós, Miguel; hasta luego, Maximina.

Y salió como un cohete de la habitación, y abrió ella misma la puerta de
la casa y la cerró. La mirada escrutadora y un si es no es burlona que
dirigió á Maximina al salir, probaba que algo se le alcanzaba de lo que
en aquel momento pasaba por su espíritu.

La niña había hecho ademán de levantarse; pero al ver la presteza con
que Filomena huía, tornó á sentarse y quedó con los brazos caídos, la
cabeza baja y los ojos en el suelo. Miguel la miró con el rabillo del
ojo, y comprendiendo perfectamente lo que aquella actitud significaba,
no quiso, sin embargo, dar su brazo á torcer hasta después de un rato.

--¿Qué tienes?--dijo acercándose y sentándose á su lado.

--Nada--respondió levantando á él sus dulces ojos nublados de lágrimas.

--¡Oh, qué tonta! ¿Celos de esa casquivana?

--No, no tengo celos--respondió la niña esforzándose por sonreir,--sino
que me ha dado ahora una pena sin saber por qué... ¡Era tan feliz hace
un momento!

--¡Y lo mismo lo eres ahora, aprensiva!--dijo abrazándola.--¿No es
verdad que lo eres?... Díme que sí... Unas cuantas bromas con esa
chicuela desvergonzada ¿bastarían para destruir tu felicidad? Eso no
tiene sentido común...

Pocas más palabras necesitó para desvanecer la penosa impresión de su
mujer, la cual, limpiándose los ojos, exclamó con voz temblorosa
arrancada del corazón:

--¡Si supieras, Miguel, lo que te quiero!

Después de reconciliados, salieron ambos de la sala cogidos por la
cintura.

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XII


JULITA visitaba á menudo á sus hermanos; pero su
presencia no era para ellos tan amena como antes. El carácter de la
joven habíase modificado notablemente en los últimos tiempos. Rara vez
soltaba ya la llave á aquella risa franca y comunicativa que causaba el
hechizo de cuantos la oían; ni su conversación ofrecía el donaire y
sabor picante que tenía pendientes á todos de sus labios. Se había
vuelto más reservada y comedida: la sonrisa que brotaba de vez en cuando
á su boca era melancólica: se había hecho irritable y susceptible: en el
espacio de pocos días tuvo tres reyertas con su hermano por motivos bien
livianos, cosa que antes muy rara vez solía acontecer.

--¡Qué lástima, Julita!--exclamó Miguel al fin de una de ellas.--Vas
sacando el genio de mamá.

Hasta en su aspecto físico había experimentado algún cambio, y no
favorable. Las rosas de sus mejillas habían empalidecido un poco; los
ojos estaban guardados por un azulado círculo que, si les daba más
realce, les quitaba también en parte aquella expresión, dulce y
picaresca á la vez, que los caracterizaba.

Todas estas cosas habían observado Miguel y Maximina, y se las
comunicaron entre sí repetidas veces con tristeza; pero una sobre todo
les llamó la atención, y fué asunto de largos comentarios entre ellos; y
era la antipatía invencible que Julia mostraba hacia su primo D.
Alfonso, y el afán con que procuraba sacarle á plaza en la conversación,
con el exclusivo objeto de denigrarle. No había defecto que el caballero
andaluz no tuviese para nuestra chica, complaciéndose en enumerarlos y
ponderarlos todos con escrupulosa atención. En este punto todos los días
hacía un nuevo descubrimiento que se apresuraba á traer á sus hermanos.
Una vez era que se había comprado una partida crecida de corbatas, por
lo cual le declaraba en su concepto por hombre despilfarrado; otra se
burlaba de él con inusitada crueldad por la batería de perfumes que
tenía en su tocador; otras veces le motejaba de haragán, de no abrir
jamás un libro; otras de rizarse el bigote con tenacillas; otras de
grosero por no acompañarlas en el paseo. Pero lo que más le indignaba y
ponía fuera de sí era que se retirase constantemente á las dos, á las
tres y á las cuatro de la madrugada, y que dos ó tres veces lo hubiese
hecho ya de día.

--¿Qué hace ese hombre después que sale del teatro? ¿Dónde se mete? Más
vale no pensar en ello. ¡De todos modos es asqueroso! ¡repugnante!

--Mal está--respondió Miguel;--pero no hay motivo para disgustarse
tanto. Tu madre le ha convidado á pasar una temporada en su casa. Con no
volver á admitirle en ella, está concluído.

Nada contestaba Julia á esto; pero al día siguiente volvía dando rodeos
á poner á su primo sobre el tapete, ó, por mejor decir, sobre la picota.

--¿Sabes que me parece que Julia está enamorada de Alfonso?--dijo
Maximina á su esposo una noche al tiempo de acostarse.

--Á mí también--respondió Miguel frunciendo el entrecejo,--y lo deploro,
porque Saavedra es un hombre sin corazón y vicioso, que no se casará con
ella, y si se casa la hará desgraciada... Y lo peor de todo es--añadió
después de una pausa--que mamá está tan enamorada como ella. Ayer he
querido hacerle una indicación sobre la inconveniencia de tenerle tanto
tiempo en casa, y me atajó con una de esas salidas arrebatadas é
impertinentes que ella suele tener; de modo que me quitó la gana de
tocarle más este punto, y eso que lo creo muy necesario.

Hubo un momento de silencio, y Maximina exclamó:

--¡Pobre Julia!

--Sí, pobre Julia. Dios quiera que no tengas que decirlo con más razón
que ahora.

En el par de meses que D. Alfonso pasó en Madrid, se divirtió cuanto le
fué posible. Su nombre, su figura, su dinero y la fama de espadachín,
que contrastaba gratamente con su carácter suave y apacible, le dieron
entrada en la sociedad más selecta. Sus camaradas fueron inmediatamente
los jóvenes á la moda, y las casas que frecuentaba las más
aristocráticas de la corte. En la de su tía, lejos de hacer gala de
esto, jamás decía dónde iba ni de dónde venía, ni mentaba en la
conversación ningún episodio por el que se adivinase. Ponía, al
contrario, particular cuidado en no hablarles de la alta sociedad, que
ellas no frecuentaban, á fin de evitarles esta pequeña humillación, que
para ciertas mujeres suele ser á veces dolorosa. Era el mismo caballero
respetuoso hasta el extremo con su tía, afable y galante con su prima,
dejando no obstante entrever en sus actos cierta frialdad orgullosa, que
es la cualidad más adecuada para triunfar con las damas.

Una noche, al entrar en el teatro, Julia vió á su primo en el palco de
una duquesa célebre en aquella época por su belleza y discreción, tanto
como por sus conquistas. La actitud en que ambos estaban, retirados en
el fondo é inclinados el uno hacia el otro hasta tocarse casi con las
caras, la sonrisa insinuante de él y el gozo vanidoso que expresaba el
rostro de ella, todo hizo tal efecto en la niña, que por un momento
temió caerse, y sólo á duras penas pudo llegar á las butacas, donde
madre é hija se sentaron. Repuesta de aquella sorpresa dolorosa, se
dijo:--¡Pero qué tontería! ¿Por qué siento tal impresión, si no tengo
absolutamente nada con él? Y aunque fuese mi novio, ¿qué tendría de
particular que hablase con esa señora?--Saavedra les hizo en aquel
momento un saludo gracioso con la mano. Julia respondió con una sonrisa
forzada. La duquesa se volvió para ver á quién saludaba su amigo, y fijó
los gemelos de un modo impertinente en aquélla. Julia, al sentir sobre
sí la mirada, se puso tan seria que daba miedo verla. Y con el rabillo
del ojo observó que la duquesa, dejando los gemelos, se inclinó hacia su
primo y le dijo algunas palabras, á las cuales respondió éste mirando
hacia ella de nuevo. En seguida la dama le dijo otras cuantas palabras
con sonrisa medio burlona, que provocaron en Saavedra otra sonrisa fría
y un gesto de displicencia.--Esa mujer le acaba de hablar de mí--pensó
Julita, y se estremeció al ver el gesto de don Alfonso. Una ráfaga
cálida de ira le abrasó el rostro, y arrojándoles una mirada fiera y
despreciativa, murmuró:--¡Hablad lo que queráis; ya veréis lo que me
ocupo yo de vosotros!»--Y en toda la noche no volvió, ni por
casualidad, á entornar los ojos hacia el palco. En el intermedio entre
el segundo y tercer acto, Saavedra vino á saludarlas, y se sentó detrás
de ellas en una butaca desocupada. Un joven pálido con gafas vino por
delante á hacer lo mismo, y se sentó en otra butaca. Julia los presentó
á ambos con gran desembarazo:--Mi primo Alfonso Saavedra... El Sr.
Hernández del Pulgar.--Después estuvo jovial y graciosa como nunca. La
plática versó sobre el drama que se estaba representando, que era
tremebundo y aciago como pocos de la escuela romántica. Julita hizo la
parodia de las escenas más conmovedoras con no poca crueldad.

--Me pone nerviosa ese señor que tiene hipo y siempre está diciendo que
se va á pegar un tiro. Me alegraría que se lo pegase pronto, y nos
dejase en paz. ¡Ay, qué fatiga! No le envidio el novio á esa señorita
tan sabihonda, tan antipática. Lo único que tiene envidiable es la
facilidad para desmayarse. ¿Diga usted, Hernández, cómo se llama aquel
señor tan furioso, que sin pasarle nada siempre está dado á Barrabás!

--D. Marcelino... Lo que yo no entiendo es por qué Mercedes rechaza á
Fernando luego que se muere su padre.

--Hombre, porque el tener novio no es de luto rigoroso. ¡Y qué va á
hacer esa señorita sin padre ni madre ni can que la ladre? Morirse,
¡como si lo viera!... Diga usted, ¿qué hacen D.ª Elvira y D. Marcelino
metidos tanto tiempo en un cuarto solos?

Los jóvenes soltaron una carcajada y se miraron con malicia.

--¡Niña! ¿qué tonterías estás ensartando ahí?--dijo la brigadiera con
acritud.

Julita se ruborizó comprendiendo que había ido demasiado lejos; pero no
renunció á mostrarse alegre y expansiva, con una afectación que no se le
escapó á D. Alfonso ni á su madre tampoco. Hernández del Pulgar se
marchó encantado de su amabilidad y su gracia.

En el tercer acto, Saavedra tornó á colocarse al lado de la Duquesa, sin
que Julita pareciese haberlo observado siquiera. Al salir del teatro
llovía, y D. Alfonso las acompañó hasta dejarlas en un coche de punto.
Cuando llegó á casa, media hora después que ellas, encontró á Julia
tomando una taza de tila en el comedor.

Al encontrarse sus ojos, D. Alfonso sonrió, no muy claramente. Julita se
puso fuertemente colorada. La sonrisa de D. Alfonso decía: «Ya sé por
qué tomas esa tila». Los colores de Julita clamaban á voz en cuello:
«¡Me has cogido infraganti!»

Á la entrada del verano Saavedra resolvió irse á pasar una temporada con
su madre para después tornarse á París. Julia escuchó la noticia con
indiferencia; hasta se puso á cantar poco después unas malagueñas al
piano, dejando á su madre y primo conversar acerca del viaje. La
brigadiera le rogaba que lo demorase algunos días. D. Alfonso se
defendía suave, pero firmemente, alegando que se lo tenía ofrecido á su
madre y que ya le había señalado el día en que debía llegar á Sevilla.
Obstinábase la brigadiera en instarle, como mujer poco avezada á que le
llevasen la contraria, y D. Alfonso no menos en resistir, como hombre
cuyas resoluciones, aunque expresadas blandamente, eran siempre
irrevocables. De pronto Julia interrumpió su canto y su solfeo, y
volviéndose á medias dijo en tono seco y malhumorado:

--Mamá, le estás molestando. ¡Déjalo ya!

--No me voy por mi gusto, Julia--repuso D. Alfonso con
dulzura.--Demasiado sabes que en ninguna parte lo paso yo mejor que
aquí; y que al lado de la tía Angela y al tuyo no echo de menos nada;
pero tengo deberes que cumplir con mamá, y tengo que hacer en Sevilla.

Julia escuchó estas palabras vuelta de espalda y se puso de nuevo á
tocar y cantar sin responder palabra.

El día señalado por D. Alfonso para irse era un miércoles. Los dos ó
tres que precedieron á su marcha Julia se mostró risueña é indiferente
como antes; pero el círculo que rodeaba á sus ojos era más negro y
dilatado. De vez en cuando se quedaba con ellos fijos en el vacío.

Saavedra tenía resuelto marcharse por la mañana en un tren mixto, con el
fin de pasar el día en Aranjuez con un amigo que allí tenía casa de
campo. Levantóse, pues, de madrugada, y después de arreglarse dió los
últimos toques al equipaje. Su tía se levantó también para despedirle y
prevenirle además algunas viandas. Pero Julia no dió cuenta de sí y
permaneció cerrada en su cuarto, con enojo de la brigadiera, que la
había llamado para que despidiese al viajero. Aprovechando un momento en
que aquélla estaba ocupada en el comedor, Saavedra se deslizó con
disimulo hasta el cuarto de su prima, levantó el pestillo suavemente y
entreabrió la puerta. Julia estaba en el lecho. Sus ojos se clavaron con
asombro en el intruso.

--¿A qué vienes?--dijo frunciendo la frente con severidad--¡Vete, vete
pronto! ¡Esto es una cosa muy fea!...

Pero D. Alfonso, sin hacer caso, penetró tranquilamente en la estancia y
dijo con tono humilde:

--Venía á decirte adiós, prima.

--Adiós--contestó la niña secamente y bajando los ojos al embozo de la
cama.

D. Alfonso avanzó, y tomándole osadamente el rostro entre las manos y
estampando en él un beso, dijo al mismo tiempo:

--A pesar de tanto desaire y tanta severidad, yo sé que me quieres...

La niña, confusa y encolerizada al mismo tiempo por aquella acción
atrevida y por aquellas palabras, exclamó:

--¡No, no te quiero! ¡Mientes!... ¡Vete ahora mismo!

--Me quieres, y yo te quiero á tí--respondió D. Alfonso con gran sosiego
acariciándole el rostro.

--¡Tonto, necio, presuntuoso!--gritó la niña cada vez más colérica.--No
te quiero, pero si te quisiera, bastaría esto para que te aborreciese.
¡Vete!

--No soy necio y presuntuoso, Julia. Confieso humildemente que me muero
por ti.

--¡Muérete cuando quieras, pero vete! ¡Vete ahora mismo, ó grito!

--No te apures más. Me voy--dijo él sonriendo;--me voy, pero ahí te
queda mi corazón. Te escribiré en cuanto llegue á Sevilla.

Salió del cuarto y cerró. Quedóse un instante inmóvil y entreabrió de
nuevo suavemente la puerta para mirar. Julia estaba vuelta de espalda y
sollozando, con el rostro metido entre las sábanas.

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XIII


EN efecto, en todo el tiempo de su permanencia en
Sevilla, no se acordó de escribirle, acaso porque otras bellezas y otros
recreos le tuvieran subyugado, acaso por cálculo, acaso por ambas cosas.
En cambio, á menudo mandaba epístolas muy cariñosas á su tía, al cabo de
las cuales nunca dejaba de enviar recuerdos á Julia. Este rengloncito de
recuerdos irritaba á la niña de un modo indecible. Para no oirlo leer
solía escaparse á su cuarto así que veía á su madre con carta entre las
manos.

Llegó el mes de Julio. La brigadiera escribió á Sevilla despidiéndose
para Santander, en cuyo Astillero tenía alquilada una casita para pasar
los dos meses más calurosos del estío. Contestó Saavedra diciendo que él
se iba á Biarritz, y desde allí á París, y haciendo votos por que lo
pasasen muy bien y Julia se divirtiese mucho.

Mas héte aquí que una tarde del mes de Agosto, hallándose ésta paseando
en la Alameda con una familia, que habitaba también en el Astillero (su
madre no había venido á la ciudad por estar con jaqueca), ve de repente
á su primo paseando en compañía de unos jóvenes. Se puso horriblemente
pálida, y acto continuo más roja que una cereza. Su naturaleza nerviosa
y ardiente era incapaz de dominar las más leves impresiones, mucho menos
las que como ésta la tocaban en lo vivo del corazón. Volvió la cabeza
para no saludarle, y eso que advirtió en él ademán de acercarse. Á la
vuelta siguiente hizo lo mismo, y así por tres ó cuatro veces,
poniéndose tan seria y fruncida, que á cualquiera quitaría las ganas de
abocarla. Mientras esto hacía, su imaginación le representó lo feo y
extraño de su conducta, y calmada un poco la emoción, no pudo menos de
decirse:--¡Qué necedad acabo de hacer!--Á la otra vuelta se encaró de
lejos ya con Saavedra y le saludó cortesísimamente, aunque con marcada
afectación. Después volvió á su gravedad.

Ó por deseo de ella, pues no estaba á gusto en el paseo, ó de la familia
que la acompañaba, lo cierto fué que se retiraron temprano. D. Alfonso,
que estaba á la mira, los vió irse. Al cabo de un rato también él se
despidió de sus amigos y se fué al muelle, donde alquiló un bote para
trasladarse al Astillero. Llegó allá cuando ya cerraba la noche.
Despedidos los marineros, se subió lentamente por el frondoso montecillo
sin querer preguntar por la vivienda de su tía, esperando que su buena
ventura se la deparase.

Recorrió en poco tiempo todo el ámbito de aquel deleitable retiro
contemplando las alegres casitas allí nuevamente edificadas, por cuyas
ventanas comenzaban ya á verse algunas luces encendidas, deteniéndose
frente á las verjas de los jardines por si veía alguna criada de su tía,
ó á ella misma en persona ó á su prima. Al fin, en uno pequeñito donde
crecían dos magníficas magnolias, que casi lo sombreaban todo, acertó á
ver, debajo de un cenador cubierto de madreselva, á su prima sentada en
un banco rústico con los codos sobre la mesilla de mármol y el rostro
apoyado en las manos en actitud reflexiva. Traía puesto el mismo traje
que en el paseo, y ni siquiera se había despojado del sombrero. Una luz
extraña brilló en los ojos del caballero: acercóse á la puerta enrejada
y chistó discretamente para no ser oído más que de la joven: levantó
ésta vivamente el rostro, que súbitamente se le encendió al notar quién
la llamaba: vínose después á la puerta y la abrió, saludando á su primo
con una sonrisa graciosa, para compensarle, sin duda, de la mala acogida
del paseo. D. Alfonso le tomó ambas manos y las apretó con efusión:

--¿Permites?...

Y sin aguardar respuesta, las llevó á los labios y las besó con no menos
entusiasmo. La niña las retiró prontamente, pero sin que se apagase la
sonrisa que iluminaba su cara.

--No puedo quejarme de mi suerte. Vengo al Astillero, y la primera
persona con quien tropiezo, es la que más me interesa.

--¡Sí, sí, á mí con esas!--dijo Julia, sin ponerse tampoco seria.--Voy á
avisar á mamá. Lo que menos piensa ella es que tú estés aquí.

--¿No se lo has dicho?

--Estaba descansando cuando llegué, y no quise interrumpirla--respondió
la niña ruborizándose por la mentira que decía.

--Bien, pues no entremos todavía en casa: tengo antes que hablar
contigo.

Y fué á sentarse en el banco del cenador, y se quitó el sombrero. Julia
vaciló un instante; pero al fin también se sentó á su lado.

--¿Tú no sabes lo que yo tengo que decirte?--comenzó él mirándola
amorosa y fijamente.

--No soy gitana, chico.

--Una gitana, precisamente, acaba de decirme en Sevilla que una morenita
pícara y salada me ha de matar á desdenes.

--¿Y te lo has creído, inocente?

--¿Por qué no?

--Porque tú no puedes morirte más que de pillo.

--Mil gracias, prima.

--No las merece; adelante.

--Pues lo que tenía que decirte... ¿Sabes que era tanto que se me ha
revuelto en la cabeza y no sé por dónde empezar? Me pasa lo que á los
oradores que se cortan.

--Pues descansa unos minutos. ¿Quieres un vaso de agua?

--No hay necesidad; todo ello se reduce, como los mandamientos de la ley
de Dios, á dos verdades: amarte sobre todas las cosas, y pegarme un tiro
si tú no me quieres.

--¿Estás seguro de que son verdades?

--Segurísimo.

--¡Vaya todo por Dios! También en esto me he equivocado--dijo la niña
dejando escapar con graciosa ironía un suspiro.

--¡Prima, prima, qué mala opinión tienes de mí! ¡Si supieses lo que pasa
dentro de este corazón y qué bien aprisionado está en tus redes!

--¡Primo, primo, eres un pez demasiado grande para caer en mis redes!

--Pues yo te juro que soy tuyo, que ni pienso, ni aunque me maten puedo
pensar desde hace tiempo en otra cosa más que en ti... ¿Sabes por qué no
te he escrito desde Sevilla?...

--Sí; porque no has tenido ganas.

--Nada de eso; ha sido por ver si con la ausencia se apagaba esta
hoguera que me consume...

--¡Hogueras y todo! ¡Calla, calla, no seas cursi!

--Ríete lo que quieras, no por eso es menos cierto que he sostenido
conmigo una lucha cruel y que me he atormentado mucho para no
escribirte... ¿Para qué? me decía. En vano es que conciba esperanzas,
pues han de venir al suelo en seguida. ¿No me bastan los desaires que me
ha dado?... Porque, prima, tú tienes un talento especialísimo para dar
calabazas: no las das de una vez, sino que gozas en repetir un día y
otro las tomas con refinada crueldad. Tengo apuntados en mi cartera los
desaires, las malas contestaciones y hasta los insultos que me has
dirigido en el espacio de dos meses... ¡Es cosa que pasma!... Mira... En
buenas ó malas palabras me has llamado once veces viejo, veintisiete
fatuo, veintidós tonto, seis orgulloso, una mal hijo, dos _perdis_, una
D. Juan averiado, una descortés. Total, sesenta y un injurias... Aquí
tienes...

--¡Qué tontería!--exclamó Julia riendo á carcajadas y dando un manotazo
á la cartera que la hizo caer.

--Esta es la pura verdad--repuso D. Alfonso recogiéndola.--Y á pesar de
todo ello, soy tan estúpido, que aún sigo queriéndote, mejor dicho, que
cada día te quiero más, como lo prueba mi venida á Santander. Desde que
me he separado de ti, Julia, no he tenido un momento de tranquilidad.
Aunque procuraba por todos los medios imaginarios distraerme, no
acordarme de ti, siempre tu imagen graciosa se interponía delante de mi
vista. En Madrid padecía mucho, pues siempre estaba fluctuando entre el
temor, la esperanza y la desesperación; pero en Sevilla, lejos de ti,
echaba de menos esos sufrimientos y me parecía que el placer de verte,
de escuchar tu voz y vivir bajo el mismo techo, los compensaban muy bien
y aun quedaba ganancioso... No sé lo que me pasa; ó estoy loco ó me has
dado hechizos. He recorrido el mundo y he tratado muchas mujeres; pues
bien, te juro que ninguna me ha traído tan desasosegado, tan inquieto,
tan fuera de mí como tú. Y que digo la verdad, bien lo sabes, pues no
hay más que mirarme á la cara...

En efecto, D. Alfonso, al pronunciar estas palabras, parecía conmovido y
tembloroso. Y como su carácter, aunque afable, era frío, impasible, con
ribetes de desdeñoso, aquella emoción que en él se traslucía causaba
doble efecto. Se había apoderado de una de las manos de Julia, y la
apretaba entre las suyas. Ésta, roja de placer y sonriendo, exclamó con
voz alterada también:

--¡Tan vivo lo pintas, que no va á haber más remedio que creerte!

--¡Sí, créeme, créeme, prima!--dijo Saavedra, besando con pasión la mano
que tenía.--Porque aunque no me quieras, me llena de placer el que sepas
que te adoro con toda mi alma. Mi suerte está echada. En tu boca está
ahora mi salvación ó mi muerte. Merezco que me mates por la increíble
simpleza de haber supuesto al marchar que me querías y habértelo dicho.
¡Cuánto me pesó después aquel acto! No me cansaba de llamarme necio,
sandio y majadero...

--Pues mira, sigue llamándote ahora todo eso... por habértelo llamado
antes sin razón--dijo Julia, lanzándole una mirada entre cándida y
maliciosa.

--¿Será posible?...--exclamó Saavedra con ansiedad.

--Muy posible.

--¿De modo que me...?

--¿Quieres que te lo haga tragar con cuchara, primo?--dijo ella con
impaciencia.

--¡Ay, prima hermosa, prima saladísima, prima divina, qué feliz me
haces!

D. Alfonso, al mismo tiempo, la estrechó en sus brazos y acercó varias
veces los labios al rostro de la niña, á pesar de la resistencia que
ella le oponía.

--¡Basta, basta!--dijo, haciendo esfuerzos por irritarse y
consiguiéndolo á medias.

En aquel momento un bulto blanco se acercó á la verja y dijo con voz
chillona:

--Julia, Julita.

Ésta se desprendió con violencia de los brazos de su primo, y fué hacia
allá.

--Esperanza; aguarda, allá voy.

Era una de las vecinitas que la habían acompañado al paseo; venía á
invitarla á comer, anunciándola que después se bailaría. D. Alfonso se
levantó y también se acercó á la verja y lanzó á la vecinita una mirada
que, á ser ella de algodón pólvora, hubiera habido desgracias; pero
dominándose prontamente, la saludó con toda cortesía. Rehusó Julia,
bastante alterada, el convite, pretextando que su mamá estaba con
jaqueca. La vecinita, no menos confusa, y mirando alternativamente á su
amiga y D. Alfonso, no se atrevió á insistir y se retiró en seguida para
ir á contar lo que había visto y lo que no había visto. Como ya era
noche, los primos entraron en casa, donde después de los consiguientes y
efusivos saludos cambiados entre tía y sobrino, se sirvió la comida.
Mientras duró, las mejillas de Julia conservaron los colores que hacía
meses se habían huído. Sus ojos brillaban risueños. En todos sus gestos
y movimientos advertíase la viva emoción que la agitaba y una alegría
que nada tenía de afectada como otras veces.

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XIV


UN deseo le retozaba á Miguel hacía tiempo por el
cuerpo; y era el de reunir á algunos amigos en casa para celebrar á un
mismo tiempo su matrimonio y la esperanza de tener muy presto un hijo.
Aunque no se lo confesaba, lisonjeábale el intento de mostrarles su
habitación, que, enteramente amueblada ya, estaba hecha una tacita de
plata, todo nuevo y flamante, que daba gloria verla; y un poco, también,
la vanidad pueril, aunque muy disculpable, de aparecer ante la sociedad
como hombre de casa abierta y jefe de familia. Maximina, al escuchar la
proposición, quedó turbada y confusa. Nunca había entrado en sus
cálculos el «hacer los honores» de una reunión, por más que su marido la
asegurase que sería de confianza. Cuando era simple tertuliana, esto es,
cuando Miguel la llevaba por la noche á alguna casa conocida, se
encontraba siempre cohibida y acortada, sin saber qué hacer ni decir, no
quitando los ojos de él, para que la infundiese aliento; ¿qué sería
ahora, obligada á saludar á todo el mundo, á decir á cada cual una
palabra galante y á prevenir y adivinar sus deseos?--«¡Oh, Miguel; me
voy á morir de vergüenza!»--Él se reía de sus temores y hasta hallaba un
aliciente más para su proyecto, en ver á su esposa, tan niña, tan
inocente y tan tímida, «oficiando de señora».

Al principio se pensó en un almuerzo; mas pronto se desechó el proyecto,
atento que en el comedor sólo cabían cómodamente una docena de
convidados. Después se imaginó dar por la noche lo que entonces estaba
muy en boga, un te; pero á Miguel le pareció esto poco. Al cabo de
muchas vacilaciones, se vino á resolver que sería una reunión ó
_soirée_, con una semi-cena, compuesta de manjares fiambres. El pretexto
para ella sería escuchar la lectura de un drama que su compañero de
redacción, Gómez de la Floresta, había escrito, y que no acababa de
representarse por intrigas de Ayala, García Gutiérrez y otros pocos
ingenios que tenían vara alta en los teatros «y los monopolizaban».

--¿Pero no decías que era muy pesado ese drama, que te habías aburrido
oyéndole?--preguntóle Maximina.

--Por lo mismo. En esta clase de reuniones es requisito indispensable
que lo que se lea sea malo, porque todo lo que venga después de la
lectura les parece á los convidados admirable. Con este drama, ya puedes
traer champagne de treinta reales, que se lo beberán como néctar.

No entendió bien Maximina el razonamiento de su marido, y se le quedó
mirando con los ojos muy abiertos; pero viendo que nada añadía para
explicárselo, pasó á otro asunto, el de las invitaciones.--¿Á quién
convidarían?--Por de pronto, á mamá y Julia.--Bueno; ¿y después?--Á la
prima Serafina.--¿Quién la acompañará?--Que la acompañe
Enrique.--¿Invitaremos á Eulalia?--Bueno; pero te advierto que no
vendrá; su marido no acaba de tragarme.--¿Á las de Ramírez?--No hay
inconveniente.--¿Á Asunción?--Tampoco.--Maximina se detuvo un instante,
se puso más seria y dijo rápidamente:--Á las de arriba, por
supuesto.--Una sonrisa imperceptible se dibujó en la boca de Miguel, y
contestó:--Como tú quieras.--Á la tía Anita, también, claro.--Hombre,
sí; me alegraré de ver á tío Manolo por aquí.--¿Y de hombres, á quién se
invita?--Eso corre de mi cuenta.--¿Convidarás á tus compañeros de
redacción?--Veremos; según como anden de ropa.--¿Y á Carlitos?--Sí; y
será el encargado de ilustrar á la reunión sobre todos los puntos que se
toquen.--¿Y á Mendoza?--¿Habíamos de dejar el más precioso ornamento?...
Y eso que ahora, con el cuento de su matrimonio y la política, anda muy
ocupado.

Ya que se acabó este negocio de las invitaciones, y se convino en
escribir algunas cartas y visitar á ciertas personas para invitarlas
personalmente, quedóse Maximina algún tanto pensativa y melancólica.

Al fin, cogiendo á su marido de la mano, y mirándole amorosa y
tristemente, le dijo:

--Estoy segura de que te voy á avergonzar, Miguel... Yo no estoy
acostumbrada á estas cosas. ¡Virgen María, cuánto daría yo por ser como
una de esas señoritas tan elegantes y tan finas que tú saludas en los
teatros! No sé cómo te has casado conmigo, que ni soy hermosa, ni puedo
igualarme con las personas que tú tratas.

--¡Calla, calla!--dijo él tapándole la boca.--Estoy más orgulloso de
haberme casado contigo, que si fuese con una princesa de la sangre.

--Yo sí, Miguel--repuso ella, rebosando sus ojos de amor y de
dicha,--yo sí que estoy orgullosa de ser tu mujer, y que me hayas
preferido á tanta mujer hermosa, elegante y rica, siendo una pobrecilla
desvalida...

--Calla, calla... ó te muerdo--repitió él besándola con pasión.

En los días siguientes, como se había convenido, comenzaron los
preparativos, y se pasaron las tarjetas de invitación. Miguel fué en
persona á convidar á su tío Manolo.

Habitaba éste un magnífico cuarto en la calle del Pez. Con el matrimonio
habían cambiado poco sus costumbres. Grave ofensa se le haría suponiendo
que había cedido poco ni mucho en los prolijos cuidados que siempre
había dedicado á su gallarda figura. Nada de eso. Las tinturas y
cosméticos seguían en armonía con los últimos adelantos de la química;
la faja y los tirantes en relación con los progresos de la ortopedia; el
mejor zapatero de Madrid, el dentista más hábil, el sastre y el
perfumista más acreditados. El tío Manolo era un monumento tan
admirablemente conservado, que de él pudiera tomar ejemplo el Gobierno
español para los suyos. No obstante, el tiempo despiadado había ido
socavando aquel soberbio edificio, y ya algunas de sus grietas se
percibían claramente en su fachada: las patas de gallo y las arrugas de
todo linaje eran cada día más profundas: á despecho de los tirantes, se
inclinaba un poco hacia adelante; el paso, en fin, no era ni la mitad
tan ligero y firme como antes. No había duda que al menor descuido ó
desmayo en su conservación vendría al suelo ruidosamente.

Miguel encontró á su tía Ana, por variar, al lado de la Chimenea, y eso
que la estación aún no empujaba hacia el fuego. ¡En ella sí que su
señoría el tiempo se iba cebando de lo lindo! Tanto, que era más fácil
creer que la buena señora, una vez casada, había olvidado enteramente
el cuidado y aliño de su persona, que no que en tan breve espacio se
ocasionara tan fuerte estrago. Porque la intendenta tenía ahora todo el
aspecto de una setentona; los cabellos ralos y blancos, el rostro
desmayado y marchito, el talle de barril y las manos negras y arrugadas,
que daba asco verlas.

--Adiós, tía, ¿cómo sigue usted?

--Regular, hijo, ¿y tú?--contestó ella perezosamente con voz
quejumbrona.

--Yo bien, ¿y el tío?

--¿Qué sé yo cómo está tu tío?--repuso con acritud.--Ni me importa
tampoco. ¿Y tu mujer? ¿Le molesta mucho su estado?

--Nada; sigue perfectamente.

Miguel observó que el tono despreciativo con que siempre hablaba la
intendenta de su marido se había acentuado ahora de un modo alarmante.
En la inflexión de la voz podía notarse no sólo desprecio, sino encono.
Decidió, por consiguiente, no tocar este punto y llevar la conversación
á otros parajes. Mas á pesar de sus esfuerzos, la intendenta traía, á
menudo, la ocasión por los cabellos, para hacer alguna observación que
recayese en desprestigio de su marido, cosa que á Miguel, como es
natural, no le hacía ninguna gracia. Por eso, después de anunciarle el
objeto de su visita, cortó la plática, pasando al cuarto de su tío.

Hallólo envuelto en una magnífica bata, sentado y leyendo un periódico,
mientras el barbero daba los últimos toques con las tenacillas á las
guías del bigote. No poco se alegró de ver á su sobrino, con el cual
mantenía estrechas relaciones de camarada más que de tío. Desde luego
aceptó con extremado gusto su invitación y le dió acerca de la
proyectada cena prudentísimos consejos debidos á su luenga
experiencia.--«Mira, díle á Lhardy que te prepare unas codornices
trufadas como las que mandó hace pocos días á casa del ministro de
Suecia, y unos sollos de río mechados, rellenos con baño de crema de
cangrejos que he comido en el baile de los de Vélez. Después de esto
encarga lo que quieras. Te participo que los vinos debes tomarlos en la
bodega de Pardo de la calle del Carmen. Pide el _Margot_ de diez años, y
díle á Pardo que eres mi sobrino para que no te engañe... Te advierto
que debe templarse un poquito momentos antes de pasar la gente al
comedor. El _champagne_ de la marca que yo tomo siempre, díselo. Jerez
no tomes, yo te mandaré dos docenas de botellas de un barril que me han
regalado; es de lo mejor que he bebido... Pero, en fin, yo iré por tu
casa el día de la cena para prevenir lo que haga falta.»

Cuando se despidió el barbero, Miguel quiso sondar al tío acerca de su
vida doméstica, pues no se le caía de la imaginación las palabras
agresivas de la intendenta. Comenzó dando rodeos para llevar la
conversación al punto que deseaba; mas cuando al cabo llegó, el tío
Manolo le detuvo con un gesto lleno de dignidad.

--¡De mi mujer, ni una palabra, Miguel!

Extendió el brazo con majestad, frunció la frente terriblemente, y sus
cabellos perfumados se agitaron sobre su cabeza inmortal.

Bien entendió Miguel, por las señas, que las relaciones de sus tíos no
debían ser excesivamente cordiales, y determinó observarlos en silencio.

--Vamos á almorzar, que es hora--dijo el Sr. de Rivera sacando el
reloj.--Tú almorzarás con nosotros, ¿verdad?

--Acabo de hacerlo, tío.

--Bien, entonces nos verás almorzar y saldremos juntos.

Pasaron al comedor, donde ya aguardaba la señora, y marido y mujer se
sentaron á la mesa uno frente á otro, mientras el sobrino se acomodó no
lejos de ellos en una silla. Pero una cosa le dejó estupefacto
inmediatamente, y fué el ver al lado del plato de su tío, además del
cubierto, un grande y magnífico revólver de seis tiros. Y su estupor
creció al ver que el tío Manolo lo separaba suavemente un poquito como
si se tratase del vaso, el tenedor ó cualquier otro de los enseres
indispensables de la mesa; y todavía más al observar que su tía no hacía
alto en ello y comenzaba tranquilamente á comer sus huevos cocidos como
si fuese la cosa más natural del mundo. La imaginación de nuestro héroe
comenzó á dar más vueltas que una rueda, perdiéndose en un piélago de
conjeturas; mas nunca se atrevió á preguntar lo que aquello significaba,
por más que la curiosidad le picase cruelmente, pues entendía
sobradamente que cualquier pregunta sería indiscreta. No por eso se crea
que renunció á saberlo; pero lo aplazó para mejor sazón.

El almuerzo se concluyó sin que ocurriese nada que pudiera exigir el uso
del arma mortífera que el señor de Rivera tenía á su derecha, como era
de esperar, dado que á la una del día no es costumbre que los
salteadores penetren en las casas. La conversación fué general, aunque
los esposos se dirigieran pocas veces la palabra, sobre todo el tío
Manolo, que hacía empeño de prescindir por completo de su consorte.
Esta, en cambio, lo ponía en lanzarle indirectas como balas rasas y
pincharle y pellizcarle á su sabor hablando con el sobrino. El gallardo
caballero, cuando el alfilerazo le dolía, clavaba una mirada iracunda
en su dulce enemiga, y como ella se guardaba muy bien de sostenerla,
sacudía la cabeza en testimonio de cólera, y hacía una mueca expresiva á
su sobrino, cumplido lo cual tornaba á engullir lo que tenía delante.

Cuando hubieron terminado, despidióse Miguel muy cortésmente de su tía,
y después de entrar nuevamente en el cuarto del tío Manolo para que se
despojase de la bata, salieron juntos á la calle. En cuanto puso los
pies en ella el Sr. Rivera, desapareció como por ensalmo el mal humor y
la tristeza que le habían acompañado en el último tercio del almuerzo.
Sacó la petaca, dió un cigarro á Miguel y encendió otro, comenzando á
chuparlo con fruición mientras caminaban la vuelta de la Carrera de San
Jerónimo. Miguel no podía, sin embargo, apartar de la memoria el
revólver, y ansiaba descubrir el misterio que encerraba. Cuando hubieron
doblado la esquina de la calle de la Puebla, hizo alto un instante, y le
preguntó con osadía:

--Vamos á ver, tío, aunque usted me califique de indiscreto, voy á
hacerle una pregunta, porque ya no puedo sufrir más la curiosidad...
¿Qué diablo significaba aquel revólver que usted tenía al lado del plato
durante el almuerzo?

Nublóse otra vez al oir esto el rostro del ex-gentil caballero, bajólo
hasta tocar con la barba en el pecho, y se puso nuevamente á caminar sin
responder palabra. Al cabo de buen espacio, dejó escapar un profundo y
dolorosísimo suspiro, y comenzó á decir con voz sorda:

--Has de saber, Miguel, que de algunos meses á esta parte mi vida es un
infierno. Mi mujer (que, entre paréntesis, es la criatura más empalagosa
que Dios echó al mundo) ha dado en la manía de pedirme celos. ¿Crees tú
que un vejestorio semejante, un cuerazo, una zapatilla vieja tiene
derecho á pedir celos á un hombre como yo? ¿No te parece que he hecho
demasiado cargando con ella? Pues en vez de agradecerme este sacrificio,
tiene la pretensión de que la adore, que me muera de amor por sus
pedazos. Y como esto es el colmo del ridículo y no puede ser, me tiene
comida el alma. Cuando me levanto, cuando me acuesto, cuando salgo de
casa, cuando entro, cuando como y cuando duermo, ni un instante puedo
disfrutar de sosiego: sobre todo á la hora de las comidas me martirizaba
de tal modo, que llegué á comer la mitad menos, y aun eso me costaba
trabajo digerirlo. No podía continuar así sin peligro de enfermar. Á
grandes males, grandes remedios. Un día cogí el revólver y le dije:--«Si
á la mesa me vuelves á decir otra palabra que me incomode, te meto una
onza de plomo en la cabeza». Santa palabra fué aquélla, pues desde
entonces no volvió á molestarme, y sólo hoy, prevalida de tu presencia,
me ha lanzado algunas indirectas. Mi criado está encargado, al poner la
mesa, de colocar el revólver á mi lado... Acaso te figurarás que tiene
celos de alguna persona determinada y que yo hago mal en no desviarme de
ella y quitarle de este modo ocasión para que me martirice; pues nada de
eso hay. Cada día se cela de una mujer distinta, y ninguna vez acierta
con la verdadera. Hombre, para que veas qué estúpida es, te diré que
anteayer me envió una buena señora, á quien jamás se me ocurrió decirle
por ahí te pudras, dos docenas de pastelillos, y sin más ni más, tiró la
fuente al suelo y se puso á insultar al criado lo mismo que una
sardinera. ¡Díme tú ahora si necesito paciencia, y si no me hubiera
valido más haberme roto entrambas piernas, que haberme casado con esta
calamidad!

Calló el tío Manolo y siguió un buen rato en silencio rumiando sus
tristes meditaciones. Miguel no osó turbarle, pues harto comprendía que
ningún consuelo eficaz podía ofrecerle. Al cabo, aquel varón magnánimo,
más rico cada día en mortificaciones, detuvo otra vez el paso y preguntó
con severa entonación al sobrino:

--Díme, Miguel, ¿no sabes de algún punto infestado ahora por el cólera ó
por otra enfermedad contagiosa?

--No sé, tío--respondió aquél, pugnando por no reir.--¡Qué ocurrencia!
¿Acaso quiere usted matar á su mujer?

--Hombre, no; matar no. Yo no pienso en todo caso más que dejar á la
naturaleza obrar... ¡Pero si tengo una suerte más negra! Figúrate que
supe por un médico amigo que Madrid está lleno de calenturas y pulmonías
por la mala costumbre de bajar al Prado por la noche en el mes de
Septiembre. Pues bien: después de muchos ruegos y hacerme almíbar para
ello, conseguí que mi mujer me acompañase á paseo unas cuantas noches.
Vaya, me dije, si no pilla una pulmonía, lo que es unas calenturitas
deben de caer, y como ella está débil... ¿entiendes?

--Perfectamente, ¿y las cogió?

--Calla, hombre, calla, ¡qué había de coger! El que cogió un catarro y
estuvo cuatro días en la cama fuí yo. Aún no se me ha quitado la tos.

Caminaban á todo esto por la calle de Peligros, y vieron venir hacia
ellos una joven no mal parecida, aunque traía las mejillas embadurnadas
con colorete y lo mismo los labios. La ropa era llamativa y harto
ligera. Al pasar sonrió frente al tío Manolo, dirigiéndole un saludo muy
expresivo.

--¿Quién es esa muchacha?--preguntó Miguel.

--¿No la conoces? Es la Josefina García, una figuranta de los Bufos.

Y después de caminar algunos pasos más, añadió con cierta turbación:

--Mira, Miguel, si me dispensas voy á dejarte... Á las cinco nos veremos
en la Cervecería, si tú quieres...

--Bueno, tío, bueno--respondió aquél sin poder reprimir una
sonrisa.--Vaya usted donde guste. Ya nos veremos.

Y se despidieron con un apretón de manos.

[imagen decorativa]

[Illustration:]



XV


CUÁNTO afán, cuánto disgusto costó á Maximina el
preparar aquella fiesta! Su genio tranquilo se acomodaba mal con el de
Miguel, sobradamente vivo y expedito. De aquí que al poner mano en los
pormenores de la función se originasen desabrimientos entre ambos. Sin
tener presente que era la primera vez que se veía metida en tales
belenes, exigía Miguel de ella cosas imposibles. La pobre niña, viéndole
enojado, hacía esfuerzos increíbles por acertar en todo, no porque el
resultado le importase mucho, sino porque temía más que á la misma
muerte cualquier reprensión de su marido. Este, sin comprenderlo, porque
le cegaba la impaciencia, no las escaseaba en aquella ocasión,
apurándola y mortificándola más de la cuenta. Sólo cuando después de
alguna advertencia hecha en tono áspero veía asomar una lágrima á sus
ojos se hacía cargo de lo injusto é insensato que había estado, y
corriendo á ella la cubría de besos pidiéndole perdón. Maximina se ponía
repentinamente contenta, y secándose los ojos le decía con inocencia
conmovedora:

--Yo haré cuanto pueda por darte gusto. ¿No me reñirás más, verdad?

Concluyeron al fin los preparativos. Se compraron algunos nuevos muebles
para el salón y se le adornó con elegancia. En el gabinete contiguo se
puso la mesa, y en esta tarea les ayudó poderosamente el tío Manolo.
Alquiláronse algunos criados para el servicio: se decoró
convenientemente una de las alcobas para tocador de las señoras,
adornóse la escalera con macetas de flores y se iluminó profusamente y
lo mismo todas las habitaciones de la casa; al portero, mediante una
buena propina, se le exigió que permaneciese en vela toda la noche con
la puerta abierta y el portal iluminado. Tampoco se descuidó lo
referente al vestido de Maximina. Miguel se empeñaba en que fuese rico y
espléndido, á lo cual ella se oponía vivamente. Por último, se convino
en dejarlo al arbitrio de la modista. Y el mismo día de la fiesta por la
mañana vino aquélla con un traje sencillo, sí, pero de extremada
elegancia. Mas ¡oh tristeza! aquel traje era descotado por delante en
forma de corazón. Miguel encontró á su mujer abatida en un sofá con el
vestido entre las manos y á punto de saltársele las lágrimas, mientras
la modista, reprimiendo á duras penas la ira, sostenía que aquel reparo
era impertinente, que ninguna señora cuando recibía en su casa en una
tertulia de esta clase dejaba de descotarse poco ó mucho, y que el
descote aquel era de lo más comedido que pudiera verse. Á todo lo cual
replicaba Maximina dulce, pero firmemente, que ella no se había
descotado jamás y que se moriría de vergüenza si ahora lo hiciese.
Miguel trató de dar la razón á la modista, pero viendo la tristeza que
se pintaba en el rostro de su esposa, y secretamente halagado por aquel
delicado pudor, cambió repentinamente diciendo:

--Bueno, no se hable más del asunto. Si el traje se puede arreglar para
hoy, que se arregle; si no, escoge entre los que tienes el que mejor te
parezca.

Con dificultad se avino la modista á arreglarlo; mas viendo la firme
resolución de los dos, no le quedó otro medio, y entre Maximina y ella
excogitaron lo mejor para remediarlo.

Por la noche, después que la mesa fué puesta y el tío Manolo se marchó,
quedaron los esposos solos con los criados. Maximina se encerró en su
cuarto para vestirse y Miguel fué á hacer lo mismo al suyo. Cuando
terminó, mandó encender todas las luces. Poco después de iluminada la
casa, salió Maximina del cuarto hecha un botón de rosa.

--¡Oh, qué linda!--exclamó Miguel al verla entrar en el despacho, donde
estaba arreglando los libros que andaban diseminados por las mesas.

La niña sonrió ruborizada.

--Vamos, no hagas burla de mí.

--¡Por qué he de hacer burla, criatura, si estás más hermosa que nunca!

En efecto, Maximina, que había embellecido mucho después del matrimonio,
mostraba ahora toda la gracia fresca y sencilla con que el cielo la
había dotado. La emoción le había prestado más color: la anchura, que ya
bien se notaba en su talle, en vez de quitarle atractivo, se lo prestaba
muy grande por el contraste que resultaba entre aquellas formas
exuberantes que la maternidad iba imprimiendo en su cuerpo y la
expresión enteramente infantil del rostro. El traje era de color de hoja
seca: para cubrir el escote se le había puesto un peto de granadina muy
tupida.

Miguel la tomó por las manos y la contempló algunos momentos con ojos de
enamorado. Las cabezas de las criadas asomaron por la puerta para ver á
su señorita.

--¿No es verdad que está muy linda mi mujer?--preguntó.

--Hermosísima, señorito.

--Parece mismamente una Virgen--dijo Juana.

--¡Eso sí que no!--repuso Miguel echando una mirada maliciosa á su
talle.

--¡Quita, quita, tonto!--exclamó avergonzada, desprendiéndose
violentamente de sus manos y echando á correr.

Se sentaron á la mesa como siempre; pero comieron muy poco: sobre todo
Maximina estaba del todo inapetente. Ambos se interrumpían á cada
instante para recordar algún pormenor que faltase, y más de una vez se
levantó la señora á ejecutarlo por sí misma. Después pasaron al salón y
aguardaron con impaciencia á los convidados. Maximina temblaba de
emoción. Miguel mostraba una alegría inquieta, porque no estaba seguro
de que la fiesta resultase agradable, y temía el ridículo. Cogió á su
mujer de bracero y comenzaron á dar vueltas por la sala mirándose á los
espejos. Maximina apenas se reconocía: se maravillaba de parecer una
señora tan respetable y elegante.

--¡Lo ves!--decía Miguel.--Todo es apariencia en el mundo. Las personas
que vengan no son ni más ni menos respetables que nosotros; por
consiguiente, no tienes por qué asustarte.

Á pesar de estos alientos, Maximina cada vez los tenía menores. Á cada
instante se le figuraba escuchar pasos en la escalera.

--Vamos, figúrate que yo soy un convidado que entro en este momento.
(Miguel se dirigió á la antesala y volvió á entrar haciendo
reverencias.) Señora, á los pies de usted; ¿cómo sigue usted? ¿El niño
bueno?... (Digo, no, por el niño no se puede preguntar.) Tengo un
verdadero honor y una gran satisfacción en asistir á esta _soirée_,
donde mi amigo Miguel quiere mostrar á todo el mundo lo feliz que ha
sido en su elección... Pero merece esta felicidad... Es un muchacho
excelente. Tampoco usted, señora, tendrá que arrepentirse. La verdad es
que ya tenía deseos de verle casado, y, aunque digno de envidia, lo
mismo yo que todos sus amigos le deseamos cada día mayor dicha...
(¡Vamos, mujer, dí algo!)

Maximina, en medio de la sala, inmóvil, escuchaba sonriendo con la boca
entreabierta.

--¡Contesta, mujer!... Vaya, veo que nunca serás una estrella de los
salones... ¡Ni falta de que lo seas!--añadió paso.

Y tomándola súbito por la cintura, se lanzó con ella por el salón, dando
algunas vueltas de vals.

En aquel instante sonó el timbre. Ambos quedaron como petrificados:
después se apartaron de prisa, y Miguel se entró en el despacho. El
criado abrió la puerta y apareció un joven, que resultó ser Gómez de la
Floresta. Miguel ya no se acordaba de que la lectura de su drama era el
pretexto de la reunión. Experimentó leve malestar al verle con el
manuscrito en la mano; pero no por eso le recibió con menos cordialidad.
Los tres se sentaron en el despacho y departieron un rato largo, pues el
poeta se había anticipado mucho. El primero que después llegó fué
Utrilla, el ex-cadete de Estado Mayor, á quien Miguel había convidado
con gusto, tanto por la amistad que entre sí mantenían, como por la
compasión que le inspiraba su ciego amor por Julita, y el deseo de que
ésta se lo pagase. Venía de frac, lo mismo que Gómez de la Floresta.
Llegaron después y sucesivamente los primos Enrique y Serafina, Mendoza,
Julita y su madre con Saavedra, _Rosa de te_ y Merelo y García, las de
Ramírez, los primos Vicente y Carlitos, Asunción y otras dos señoritas
cuyo nombre no recordamos, y algunos convidados más. Sucedió lo que
Miguel tenía previsto: Maximina, sonriente y ruborizada, recibía á la
gente sin las frases de cajón y decoradas que en tales casos se usan;
pero su naturalidad y modestia causó en todos grata impresión. La señora
de Ramírez dijo á Miguel en un aparte:

--¡Qué buena debe de ser su señora, Rivera!

--¿En qué lo conoce usted?

--Basta verle la cara.

--Sí que es muy simpática--dijo una de las niñas con acento protector.

Los tertulios formaban grupos y se conversaba alegremente. Gómez de la
Floresta ardía de impaciencia. Al fin Miguel, no tanto por complacerle
como porque todo marchase en buen orden, le invitó á comenzar la lectura
del drama. Se puso en pie al lado de la chimenea, debajo de un
candelabro. La gente se distribuyó convenientemente por las sillas y
divanes. Un criado trajo en una bandeja varios refrescos, y los colocó
como pudo sobre la chimenea, cerca del poeta. Tosió éste dos ó tres
veces, paseó una mirada turbada por el auditorio, y dió comienzo á la
lectura del drama, que se titulaba _El agujero de la serpiente_, y
pasaba en tiempo de Carlos II el Hechizado. No hay para qué decir,
conociendo al autor, que predominaba en él la nota lírica, las tiradas
de versos sonoros, los adjetivos primorosos y exóticos. Había puesto á
contribución para escribirlo las bellas y peinadas frases de los
_Esmaltes y camafeos_ de Teófilo Gauthier, y las no menos bellas, pero
más espontáneas, de nuestro Zorrilla. El resultado era un empedrado de
palabritas lindas en diapasón, que producía notable efecto musical,
alternando con tal cual frase ó sentencia á lo Víctor Hugo. Ningún
personaje decía, ni aun casualmente, las cosas por derecho. Antes de
manifestar quiénes eran y de dónde venían, todos se anegaban previamente
en un río ó cascada de perlas orientales, rayos de luna, aljófares,
perfumes de la Arabia, arreboles, esmeraldas y zafiros, con lo cual se
perdía el hilo del discurso de tal modo, que nadie lograba saber una
palabra de su carácter y procedencia. Cuando estaba á la mitad del acto,
entraron en el salón la condesa de Losilla y sus dos hijas, las cuales
venían más tarde que las otras, por estar más cerca que ninguna. Con su
aparición se interrumpió algunos instantes la lectura. Levantáronse
todos, y Maximina corrió á su encuentro. Las miradas de las señoras,
ávidas, escrutadoras, pasaron minuciosa revista al vestido y aderezo de
las chicas, que era en alto grado elegante y original, sobre todo el de
Filomena, quien tenía un privilegiado ingenio para inventar y combinar
adornos, separándose de la moda cuando le convenía, ó retorciéndola á su
capricho: sabía beneficiar su extremada delgadez para ponerse trajes que
á ninguna otra joven sentarían bien, y cuidaba, con un peinado
extravagante, de dar más realce á la originalidad extraña de su
fisonomía. Mientras duró el desorden, Gómez de la Floresta se bebió un
vaso de grosella.

De nuevo comenzó la lectura. Al terminar el acto hubo muestras de
aprobación, sobre todo entre las jóvenes, que aunque no habían entendido
palabra, les sonaba muy bien. Algunos caballeros se quedaron en el salón
mientras el poeta descansaba. Éste con otros varios se salió al pasillo
á fumar.

--¿Qué opina _Rosa de te_?--dijo un tertuliano dirigiéndose al joven
crítico.

Éste se ruborizó y pronunció algunas palabras incoherentes.

--Dejadlo, dejadlo con su dolor á solas--dijo Miguel, que se hallaba en
el grupo.--Desde que los personajes de las comedias y novelas no toman
resoluciones está desesperado.

El drama terminó á las once, con grande y mal disimulada satisfacción de
todos y cada uno de los circunstantes. Durante el último acto, las niñas
bostezaban de un modo angelical; los caballeros se hacían guíños
expresivos en las barbas del mismo Gómez. ¡Entonces sí que estalló un
aplauso nutrido y prolongado!: todos se deshacían en elogios y auguraban
de él maravillas. El poeta, cortado, ruboroso, temblando de los pies á
la cabeza, daba las gracias llevándose la mano al corazón, creyendo de
buena fe que su obra ya estaba salvada de las garras del público. No
sabía el mísero que muchos de los que le aplaudían le tenían aparejada
una silba estrepitosa para la noche del estreno, en venganza de aquellas
palmas arrancadas á la fuerza.

Pasaron después las señoras al gabinete, donde estaba servida la cena.
Los caballeros se colocaron detrás, y dió comienzo entre ambos sexos á
ese chisporroteo de frases insulsas y obligadas que constituye lo que
llaman encanto de los salones. En aquel momento, después del drama de
Gómez de la Floresta, no había palabra que no fuese ingeniosísima y que
no excitase la alegría de los tertulios. Algo, y no mentiríamos si
dijésemos mucho, contribuía á ello la perspectiva de la mesa bien
provista y aderazada, como obra al fin del tío Manolo.

Saavedra había estado toda la noche sentado detrás de Julia diciéndole
recaditos al oído, mientras Utrilla no lejos de ellos, y padeciendo como
si le estuviesen tostando en parrilla, los acribillaba á miradas,
proponiéndose llamar aparte á su rival y pedirle explicaciones tan
pronto como la ocasión se presentase. Ya sabemos que en esto de los
apartes era especialista. Digamos algunas palabras acerca del estado en
que las relaciones de Julita, su primo y el ex-cadete se hallaban.

D. Alfonso pasó algunos días en el Astillero con su tía y prima, y en
ellos se hicieron firmes sus amores con la última. Después se fué á
París á arreglar sus asuntos y venirse definitivamente á España. En los
primeros días de Septiembre, tornó en efecto á Madrid; mas no se alojó
en casa de la brigadiera. Motivos de delicadeza que expuso á Julia le
obligaron á ello. Mientras permaneció en París escribióle pocas cartas,
y éstas en términos corrientes de primo afectuoso más que de amante. El
orgullo de Julia le impidió pedirle explicaciones; mas á la vuelta él se
apresuró á dárselas anunciándole en términos oscuros que deseaba guardar
secretas por una corta temporada estas relaciones, á fin de arreglar sus
asuntos convenientemente y declararse á su familia tan pronto como lo
estuviesen y realizar la unión que tanto apetecía. Esta conducta
reservada y algo equívoca, lejos de enfriar á Julia, cada día la iba
haciendo más prisionera de su primo. El cual, fuera de las horas de
dormir, se pasaba en casa de su tía casi todas las del día. Allí comía á
menudo, y á menudo también las acompañaba al paseo ó al teatro. En
cuanto á nuestro bizarro cadete, su suerte no podía ser más desdichada.
Julita había roto con él toda clase de relaciones. Con tal motivo había
descaecido del tal modo, que inspiraba compasión: el color de amarillo
daba en verde: los huesos se le contaban á algunos pasos de distancia.
Sólo una cosa había crecido en su cuerpo, y era la nuez: ésta había
alcanzado proporciones realmente fantásticas.

Una de las veces que Miguel salió al pasillo, sintió que le tocaban en
el hombro. Era Utrilla.

--D. Miguel, quiero pedirle á usted un favor.

--Usted dirá, querido.

--Necesito que usted, en compañía de otro amigo, se encargue de desafiar
de mi parte á ese Sr. Saavedra, en este mismo momento. Pensaba hablarle
yo, pero estoy algo excitado y no quiero exponerme á dar un escándalo en
su casa.

Miguel quedó un instante suspenso, y al cabo dijo:

--Hombre, bien comprenderá usted que tratándose de un primo de mi
hermana, y siendo por ella el motivo del enojo, yo no debo mezclarme en
tal asunto... Pero por ser usted amigo mío muy querido, y porque deseo
evitar disgustos, haré por usted cuanto me sea posible. Es necesario,
sin embargo, que usted me prometa no dar un paso en este negocio y
dejarme la entera resolución de él.

--Lo prometo.

Miguel quería ganar tiempo y evitar al pobre muchacho un grave disgusto,
y también á su familia.

--Debo prevenirle--dijo después sonriendo--que Saavedra es uno de los
famosos tiradores de armas.

--No me importa--contestó Utrilla, haciendo un gesto digno de Roldán ó
de D. Quijote.

El hijo del brigadier le miró, asombrado de aquel valor ridículo y
heroico á la vez.

Al volver al salón, después de haber dado algunas órdenes á los criados,
topó casualmente con Filomena, que salía del tocador con una cajita de
polvos de arroz en la mano.

--Tenía deseos de encontrarla á usted para decirle así bajito, bajito,
que está usted preciosa, enloquecedora--dijo el infiel acercándose á
ella con sonrisa insinuante y metiéndole la boca por el oído.

--¡Vamos, cállese usted, mala persona! Teniendo una mujer tan joven y
tan graciosa, ¿se atreve usted á requebrar á las muchachas?

Se puso repentinamente serio; mas volviendo en sí inmediatamente,
contestó riendo:

--La bendición del cura no ha podido privarme de mis cualidades innatas,
y una de ellas es el sentimiento de la belleza.

--Todos ustedes son lo mismo; ¡el arte! ¡la belleza! Palabrotas con que
pretenden disfrazar su poca vergüenza.

--Gracias, Filo, por haber hablado en plural, al menos. Conste de todos
modos que me reservo el derecho de admirar á usted.

La chica alzó los hombros é hizo con los labios una mueca desdeñosa, y
cogiendo repentinamente la brocha de los polvos se la pasó por la cara.

--¡Alto, alto!--dijo Miguel, reteniéndola por un brazo.--No se me escapa
usted sin limpiarme.

--¡A que se figura usted que no tengo valor para hacerlo!-respondió
dirigiéndole una sonrisa provocativa.

Y sin más aguardar, se puso á limpiarle con su pañuelo.

Los ojos de Miguel brillaron de un modo singular, y aprovechando lo
cerca que tenía de los labios la cabeza de la chica, inclinóse
rápidamente y los puso sobre su frente. Filomena la alzó con no menos
presteza, y clavándole una mirada entre severa y maliciosa, dijo:

--¡Cuidadito, eh!

Cuando terminó, dijo Miguel:

--En pago de esta buena acción, la voy á conducir del brazo al salón.

La joven lo tomó sin decir palabra. Después del beso se había puesto
seria.

Cuando entraron, todo el mundo estaba ya en él. Maximina, que estaba
sentada en un diván hablando con Saavedra, los miró con una mezcla de
asombro y desolación, que hubiera conmovido á Miguel si se hubiera
percatado.

Una joven se había sentado al piano y preludiaba los primeros compases
de un vals. El tío Manolo vino muy atento á invitar á Maximina, quien se
dejó arrastrar por él al baile. Entonces Miguel, después de vacilar un
instante (ó por remordimiento ó porque sabía lo celosa que su mujer
estaba de Filomena), concluyó por invitar á ésta á bailar.

--Bailas muy bien, sobrina--dijo el tío Manolo, deteniéndose un momento
á descansar.--¿Quién te ha enseñado?

--Miguel.

--No me sorprende: siempre ha sido Miguelito un famoso bailarín.

Bien lo veía, y á su pesar, la pobre Maximina, pues su marido pasó
delante de ellos sin tocar apenas el suelo, llevando entre los brazos la
liviana carga de Filomena. La niña no los perdió de vista un punto.
Cuando cruzaron otra vez por delante de ella, fué del brazo y paseando.
Miguel la dirigió una sonrisa, á la cual respondió con otra forzada.

--¿Qué tal mi mujer, tío?

--¡Magistral! Ni la Lola Montes.

--Bien lo veo; le ha convertido á usted en regadera.

En efecto, gruesas gotas de sudor le corrían al buen caballero por la
frente, y allí se apresuraba á detenerlas con el pañuelo. Si hiciesen
irrupción en las patillas, Dios sabe los sedimentos y las tierras que
consigo arrastrarían.

Maximina, no obstante, se cansó pronto y manifestó deseos de sentarse.
En cuanto lo hizo, Saavedra vino á colocarse á su lado. El tío Manolo se
fué á invitar á otra joven.

Desde el comienzo de la reunión los ojos del caballero andaluz se habían
clavado persistentes en Maximina y habían expresado con ligero temblor y
cierre de los párpados absoluta aprobación. D. Alfonso era un
inteligentísimo catador del sexo femenino. No se dejaba fascinar ni por
el brillo, ni por la originalidad rebuscada, ni por los afeites:
apetecía en la mujer la belleza y la gracia verdaderas, el atractivo
inocente y la frescura. Como todo el que cultiva largos años con amor un
arte cualquiera, había concluído por odiar lo que oliese de una legua á
afectación, y prosternarse únicamente ante lo sencillo: el trato de las
coquetas le divertía, pero no le subyugaba. Así que Maximina siempre le
había sido extremadamente simpática, y lo había manifestado más de una
vez en casa de su tía: decía de ella que su modestia é inocencia no eran
de estos tiempos, sino del siglo de oro. En cierta ocasión que le había
dirigido un requiebro embozado delante de la brigadiera y Julia, la niña
se puso tan colorada, que don Alfonso determinó no volver á hacerlo, por
temor de que se sospechase que la festejaba.

Aquella noche le había dado más golpe que nunca. Como ordinariamente
Maximina no cuidaba mucho del adorno de su persona, la elegancia que á
la sazón desplegaba le prestaba notable realce. El caballero andaluz,
con la osadía sin límites que le caracterizaba, se propuso emprender una
migajita de galanteo, sin consecuencias, por supuesto. Era demasiado
experto para no comprender que en aquel caso se debía desechar la
táctica habitual por inútil y comprometida. Nada de flores y requiebros;
de miradas significativas, menos. Plática corriente y familiar acerca
del baile, de los preparativos que la niña había tenido que hacer;
preguntas y más preguntas, cuidando de repetir muchas veces su nombre,
pues D. Alfonso tenía experimentado que á toda mujer le gusta esa
repetición.

Maximina respondía con amabilidad, pero en pocas palabras. Había en su
rostro cierta expresión distraída que disgustó al tenorio andaluz y un
poco le descompuso. En vez de mantenerse firme en la actitud propuesta,
se dejó deslizar y llegó pronto á dar señales del interés que le
inspiraba.

Mientras tanto Miguel, después de llegarse á dos ó tres señoras y
conversar breves momentos, tornó á colocarse al lado de Filomena. Ésta
le recibió con mirada entre severa y burlona.

--¿Á qué viene usted aquí?... Márchese usted.

--Á contar los lunares que usted tiene en la mejilla izquierda: los de
la derecha ya he averiguado que son siete, distribuídos con arreglo á
los preceptos del arte.

--¡Ah! ¿Viene usted á insultarme?

--¿En qué crónica ha leído usted que un Rivera haya insultado jamás á
una Losilla?

--Nunca hasta ahora; pero en los siglos venideros se sabrá que un Rivera
ha tenido la descortesía de decir á una Losilla que trae lunares
postizos.

--¡Vive Dios, que mentirá el cronista que tal refiera! El Rivera ha
dicho, y resuelto está á mantenerlo con las armas en la mano, que la
Losilla tiene hermosos lunares en su rostro, y que ellos son tales y de
tal guisa derramados, que el más sutil artífice no los esparciría con
más primor.

--Dejémonos de fablas. Lo importante aquí es que yo no quiero que usted
se acerque á mí y tome ese aspecto de seductor aburrido, ¿lo oye usted?
La gente se va á figurar que me está usted haciendo el amor.

--Bien; no le haré á usted el amor. ¿Qué quiere usted que le haga
entonces?

Filomena volvió á lanzarle otra mirada de falsa cólera.

--¡Qué gracioso! ¿Sabe usted, Sr. de Rivera, que á pesar de su audacia,
se me figura usted una criatura que quiere sacar los pies de las
alforjas?

Miguel sonrió sin acortarse.

Maximina, allá enfrente, les dirigía frecuentes y tímidas ojeadas.

Mientras tanto Julia, que muy pronto había observado la atención
persistente que su cuñada merecía á Saavedra y el empeño que mostraba en
conversar con ella, estaba irritada y nerviosa hasta salírsele el enojo
á la cara. Había procurado, en vano, con una llamada no muy oportuna
traerle á su lado. Viéndose defraudada y humillada, ciega por los celos
y ansiando vengarse, comenzó á coquetear de lo lindo con Utrilla. ¡Oh
venturoso cadete, y quién había de decirte que en un momento habías de
pasar de aquellos tormentos irresistibles á la cima de toda dicha y
bienandanza! Porque tan pronto como Julita y él se acercaron, fué como
si se tocasen los polos de la electricidad negativa y positiva. El amor
estalló á la vista de todo el mundo. Julita sonreía, se ruborizaba,
hablaba por los codos, le daba el abanico, y los guantes, y las flores
del pecho, y se lo comía con los ojos; lo cual no era parte para que
con el rabillo echase de vez en cuando á su primo y cuñada miradas como
centellas.

Maximina procuraba con todas las fuerzas de su alma adivinar lo que su
esposo decía á Filomena. La gravedad afectada con que ambos hablaban no
la tranquilizaba. Sabía, por experiencia, que Miguel solía adoptar un
continente serio para decir á aquella muchacha cualquier picardía que le
viniese á la boca.

--¿No se acuerda usted nada de Pasajes?--le decía Saavedra en tanto.

--Un poco, sí, señor; pero aquí me encuentro muy bien.

--¿Cuántos meses hace que se ha casado usted?

--Hará nueve el cuatro del que viene.

D. Alfonso guardó silencio unos instantes y pareció reflexionar; al cabo
dijo tristemente:

--¡Cuántas veces habré cruzado por Pasajes y habré visto aquellas
casitas tendidas por las orillas de la bahía, sin que jamás se me
hubiese ocurrido entrar en él!

--No ha perdido usted mucho. Todo el mundo dice que es un pueblo muy
feo. Exceptuando la iglesia, que es bastante buena, la casa de D.
Joaquín, la de Arregui y algunas en el Ancho, lo demás vale muy poco.

--Hoy, desde luego, no debe de valer nada; pero antes...

Maximina le miró sorprendida.

--Antes, menos que ahora: las mejoras que se hicieron son de cinco ó
seis años á esta parte.

--Antes valía infinitamente más, porque estaba usted allí.

--¡Jesús! ¿Qué importa que yo esté allí ó deje de estar?--exclamó
inocentemente la niña.

--Porque usted, aquí, y allí, y donde quiera que esté--repuso el
caballero, picado por la indiferencia ingenua, sin asomo de coquetería,
de la joven esposa,--será siempre un objeto precioso digno de llamar la
atención de todos. Y lo que la hace más preciosa aún y más digna de
admiración, es que usted no tiene remota idea siquiera de lo que vale;
es usted una flor hermosa, fresca, aromática, que no sabe nada de sí
misma...

Maximina no había oído estas últimas palabras. Sorprendiendo una mirada
intensa de su marido á Filomena, no sabemos qué debió ver en ella, que
la heló de espanto. Quedóse pálida como la cera, y acometida súbito de
una idea que entonces juzgó salvadora, se levantó sin contestar á
Saavedra, y dirigiéndose á Filomena, le dijo con voz ronca, esforzándose
por sonreir:

--Filomena; ¿quiere usted ver aquella puntilla de que le hablé ayer?

Miguel y Filomena levantaron la cabeza sorprendidos. Miguel más
avergonzado aún que sorprendido.

--Con mucho gusto, querida--dijo la joven.

Maximina echó á andar en dirección á la puerta. Filomena se entretuvo un
instante á contestar á la última broma de Rivera.

--¿Viene usted, sí ó no?--dijo la niña parándose en medio del salón y
lanzándole una mirada cargada de odio.

Jamás había visto Miguel en los ojos de su esposa aquella expresión, ni
sospechaba tal energía en su voz.

--Voy, voy, Maximina--dijo la joven apresurándose á levantarse.

Y haciendo al mismo tiempo una mueca á Miguel, le dijo por lo bajo:

--¿Lo ve usted? Su mujer está ya celosa.

Miguel las miró salir, no sin algún sobresalto.

Saavedra, al ver levantarse á su pareja tan inopinadamente y con tal
menoscabo de su fama de seductor, había fruncido la frente y se había
mordido los labios con ira. Julia, que á pesar de hallarse embebida, al
parecer, en la conversación con el cadete, no había perdido un solo
pormenor de esta escena, lanzó una carcajada estridente. El caballero le
dirigió una mirada atravesada y maligna, cuyo alcance estaba ella muy
lejos de sospechar entonces.

El sarao terminó cuando el señor de Ramírez, sacando el reloj, anunció
en alta voz que eran las dos y media de la madrugada. Varias mamás se
levantaron como movidas por un resorte. Las niñas imitaron perezosamente
su ejemplo. Formóse un grupo muy grande en medio del salón. Oyéronse
adioses sin cuento, ruido de besos y carcajadas femeninas. Á la puerta
de la escalera los jóvenes esposos despedían á sus tertulios ayudándoles
con los criados á ponerse el abrigo y recibiendo de ellos las gracias y
la enhorabuena. Después todo quedó en silencio.

Los jóvenes se volvieron al salón. Maximina se hallaba extremadamente
pálida, según pudo percibir su marido con el rabillo del ojo. También
notó que se dejó caer sentada en un sofá. Él, haciéndose el distraído,
bajó la luz de los quinqués que ardían sobre la chimenea, y colocó
algunos muebles en su sitio. Al volverse una de las veces vió á su
esposa de bruces sobre uno de los almohadones en actitud de sollozar. Se
dirigió á ella y le dijo manifestando sorpresa:

--¿Lloras?

La niña no contestó.

--¿Por qué lloras?--añadió con frialdad cruel.

Tampoco contestó Maximina. Miguel esperó un instante en pie: después se
sentó en el otro extremo del sofá. Las luces de las arañas ardían
silenciosamente. No se oían más ruidos que los que los criados hacían
allá en el comedor y la cocina. Percibíase en el salón un penetrante
olor, producto de todos los perfumes que las damás habían traído
consigo. El hijo del brigadier Rivera, con el cuerpo doblado hacia
adelante y los codos apoyados en las rodillas, jugaba con un guante. Al
cabo de prolongado silencio ella exclamó entre sollozos:

--¡Madre mía, qué desgraciada soy!

El rostro de él se contrajo violentamente con expresión colérica.
Después de un rato, haciendo esfuerzos por dulcificar la voz, pero
saliendo con todo áspera en demasía, dijo:

--Lo ignoraba en absoluto. No pensaba que fuese tan mal marido.

--No, Miguel, no--se apresuró ella á decir;--eres muy bueno para mí;
pero hoy me has atormentado mucho... acaso sin saberlo.

Miguel dejó escapar una risita irónica.

--No soy yo quien te atormenta: eres tú misma. Te empeñas en ver
visiones, te pones loca y cuando menos se puede imaginar, ¡zas! haces
una barbaridad... El paso que acabas de dar levantándote en actitud
airada á llamar á Filomena, y la dureza con que le has hablado, pudo
habernos comprometido á todos... Por fortuna, ella es una chica de
talento que ha sabido disimular...

--Sí, sí, disimula porque le conviene. ¡Ya lo creo que disimula!

--Vamos, no digas tonterías, Maximina.

--Digo lo que es verdad, lo que todo el mundo ha visto... Esa mujer te
quiere ó desea atormentarme. En toda la noche no ha dejado de echarme
miradas burlonas...

--¿Sabes que te pones muy ridícula con tus celos? ¿Por qué te había de
mirar Filomena de ese modo? Demasiado conoces su carácter, que siempre
está de broma, y que esa expresión jocosa es habitual en sus ojos.

--¡Defiéndela, hombre, defiéndela!--exclamó la niña con acento de
dolor.--¡Ella es la buena, la santa, la mujer de talento! ¡Yo soy la
tonta, la necia, la ridícula!

Miguel se levantó, echó una mirada colérica á su mujer, y alzando los
hombros con desprecio, exclamó:

--¡Qué estupidez!

Y se alejó lentamente en dirección al despacho. Al sentir los pasos de
su marido, Maximina levantó vivamente la cabeza, y gritó con suprema
angustia, los ojos bañados de lágrimas:

--¡Miguel! ¡Miguel!

Pero éste, sin volver siquiera la cabeza, respondió con afectado desdén:

--¡Vete á paseo!

Y entró en el despacho.

¡Necio Miguel! ¡cobarde Miguel! Pasarán los años, y cuando acudan á tu
memoria estas palabras, sentirás que se te desgarra el corazón y que las
lágrimas abrasan tus mejillas. Pero en aquel instante, agitado por la
cólera, no pensaba en su injusticia y crueldad, ni en el estrago que
podían causar en el alma sensible y delicada de su esposa. Sentóse
delante de la mesa, abrió un libro y se puso á leer; mas no logró
recobrar la calma. Al cabo de algunos minutos, la conciencia comenzó á
darle pinchazos; las letras se amontonaban delante de sus ojos sin poder
descifrar su sentido. Cerró el libro, se levantó y entró de nuevo en la
sala con un punzante deseo de reconciliación. Maximina ya no estaba
allí. Dirigióse al gabinete y la alcoba, y no la halló. Fué al comedor y
á las habitaciones interiores: tampoco. Preguntó á los criados, y éstos
no pudieron darle cuenta de ella. Entonces, imaginando que enojada se
había metido en cualquier escondite de la casa, se puso á registrarla
toda escrupulosamente. Mas, al pasar cerca de la puerta de la escalera,
quedó extático y mudo, con la consternación pintada en el semblante.

--¿Alguno de ustedes ha abierto la puerta?

--No, señorito; no nos hemos movido de aquí.

Pálido como un muerto, cogió el sombrero de copa que pendía de la percha
y bajó á saltos la escalera, que aún estaba iluminada. Halló al portero
disponiéndose á apagar.

--Remigio, ¿ha visto usted salir á mi mujer?

El portero, la portera y la madre de ésta le miraron con asombro.
Comprendiendo lo imprudente de aquella pregunta, añadió:

--Yo no sé si habrá ido á acompañar á mi madre y hermana hasta su casa.
Mamá se sentía mal y mi mujer no quería dejarla marcharse...

--Señorito, nosotros no podemos decirle á usted nada con seguridad. Han
salido muchas señoras... No pudimos distinguir.

--Hace poco--dijo una niña como de seis años--he visto salir á una
señora sola...

--Nosotros habíamos ido al patio á llevar algunos tiestos de la
escalera--manifestó la portera.

Miguel, sin más explicación, se lanzó á la puerta.

--Señorito, ¿va usted así? Va usted á coger una pulmonía.

En efecto, iba de frac. Deteniéndose y haciendo un gran esfuerzo sobre
sí mismo para aparecer tranquilo, repuso:

--Es verdad; hágame el favor de subir por mi abrigo.

Cuando se lo trajeron dijo, poniéndoselo:

--Muchas gracias; les ruego no cierren hasta que yo venga. No tardaré.

--Pierda cuidado, señorito; aquí estamos.

Una vez en la calle, no supo adónde dirigirse. El corazón le daba saltos
dentro del pecho; la ansiedad le turbaba por entero la inteligencia.
Después de vacilar algunos momentos, emprendió su camino por la plaza
del Ángel sin razón alguna para ello; pero tampoco la había para tomar
otra dirección. Apretó el paso cuanto pudo sin ver á nadie más que al
sereno allá en la esquina. Entró en la calle de Carretas y tampoco vió
más que un grupo de jóvenes que se retiraban disputando sobre
literatura. Al llegar á la Puerta del Sol, distinguió á lo lejos en la
acera de la Carrera de San Jerónimo el bulto de una mujer. Experimentó
una fuerte conmoción, y sin considerar que podían tomarle por un
malhechor, echó á correr en pos de ella. Era una _desgraciada_, que al
volverse para ver quién la seguía de aquel modo, encontró los ojos
atónitos, espantados, del joven.

--Oye, querido--le gritó con voz ronca.

Pero Miguel ya había huído desalado por la calle del Príncipe. Y de
repente se encontró otra vez en la plaza de Santa Ana. Entonces se
detuvo, y apretándose las sienes con las manos, exclamó con angustia y
en voz alta:

--¡Dios mío, qué me pasa!

Miró á todas partes con abatimiento, y no viendo á nadie, penetró en los
jardines del centro para llegar primero á su casa y pedir auxilio al
portero. Mas hete aquí que cuando ya estaba cerca de ella, ve sobre uno
de los bancos que allí hay, blanquear el vestido de una mujer. No tuvo
necesidad de dar muchos pasos para cerciorarse de que era la suya.

--¡Maximina, Maximina!

La niña, que sollozaba con la cabeza apoyada sobre el respaldo, la
levantó con viveza. Miguel la tomó por la mano, la levantó suavemente,
la obligó con la misma suavidad á apoyarse en su brazo, y salvó en
silencio la distancia que le separaba de su casa. Al entrar en el
portal, dijo con naturalidad, en alta voz:

--¿Por qué no me has avisado, mujer? ¡Buen susto me has dado!

Los porteros les saludaron.

--¿Podemos cerrar ya, señorito?

--Cuando ustedes quieran.

Subieron la escalera con el mismo silencio: entraron en casa, y después
de haber dado las órdenes oportunas para que todas las luces se
apagasen, Miguel condujo á su mujer hasta la alcoba; echó el cerrojo á
la puerta, y dirigiéndose á la niña, que le miraba llena de espanto y
zozobra, la obligó á sentarse en una silla. Después, arrodillándose á
sus pies y besando sus manos con efusión, le dijo:

--Perdóname.

--¡Oh, no, Miguel!--gritó ella en el colmo de la confusión y la
vergüenza, haciendo esfuerzos desesperados por arrodillarse y levantar á
su esposo.--¡No me avergüences, por Dios! Yo soy, yo soy la que debe
pedirte perdón por la atrocidad que acabo de hacer, por el disgusto que
te he dado... ¡Suéltame! ¡Suéltame!... ¿Me perdonas?... Estaba loca,
loca rematada... Pensé que no me querías ya, y se me amontonó el
juicio... Quería morir á todo trance.

--¡Quieta, quieta!--repuso él sujetándola con fuerza.--Mañana haz lo que
quieras. Hoy me toca á mí pedirte perdón y jurarte por Dios que ni con
la chica de arriba, ni con otra alguna, te daré más celos en lo que me
resta de vida.

Y es fama que cumplió su juramento.

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XVI


ACAECIÓ que, paseando entre calles cierta noche límpida
y fría del mes de Febrero, Maximina dijo á su esposo:

--Me siento muy fatigada. ¿Quieres que nos volvamos á casa?

--¿Es fatiga solamente?--preguntó él mirándola con interés.--¿No te
sientes mal?

--Un poquito--respondió la niña apoyándose con más fuerza en su brazo.

--Voy á llamar un coche.

--No, no; puedo caminar perfectamente.

Apesar de sus buenos deseos, Maximina fué caminando cada vez con mayor
dificultad. Observándolo su marido, se detuvo de pronto:

--¡Estás pálida!

--Me duele algo el estómago y me encuentro débil.

Miguel reflexionó un instante y dijo apretándole la mano:

--Ya sé lo que tienes. Voy á llamar un coche.

La niña bajó la cabeza, avergonzada como si le imputasen un delito.

En el primer simón que cruzó vacío, se restituyeron á casa. En cuanto
estuvieron en ella, Miguel adoptó el continente de general en vísperas
de una gran batalla. Comenzó á dictar á las criadas, en voz baja,
órdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oían sino pasos
precipitados, cuchicheos: veíanse cruzar mujeres con ropas de cama entre
las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente á la
puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domésticas en
el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete.
Miguel presidió en silencio y con gravedad el arreglo del gran lecho
nupcial, mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete,
los seguía con la vista, pálido el semblante y demudado.

--¿Qué sábanas ponemos?

--Toma las llaves, saca las que quieras.

--¿Las mejores dónde están?

--En el estante de arriba.

--Pondremos una colcha de damasco.

--¡Se va á estropear!

--No importa; es la mejor ocasión para echarla á perder.

--¡Cómo te molestas por mi causa, Miguel!

--¿Por tu causa?--exclamó él entre sorprendido y enfadado.--¡Pues
estaría gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasión semejante!

La niña le pagó con una sonrisa amorosa.

La cama quedó muy pronto hecha. Juana la contempló entusiasmada.

--¡Señorito, parece un altar! ¿La de la reina, será mejor?

--Ya no hay reina, mujer. Hágame el favor de no estar así hecha un
poste. Traiga usted la cocinilla y póngala sobre la mesa de noche...
¡Pronto, pronto! Y las otras chicas, ¿qué hacen en la cocina metidas?

--Las dos se han ido á recados.

--¿Qué, no han venido todavía?

--¡Pero, señorito, si acaban de salir!

--Vamos, déjeme usted de historias y vaya por la cocinilla.

Juana marchó toda sofocada. El señorito había cambiado repentinamente de
genio: estaba como loco: iba y venía por la casa á grandes trancos:
mandaba en un momento más cosas que antes en un mes, y se irritaba con
todo lo que le decían. De vez en cuando se acercaba á su esposa, la
acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:

--¿Qué tal estás?

Más de cien veces había ido á la puerta y había pegado á ella el oído,
pero nadie llegaba. Desesperado, emprendía de nuevo sus paseos agitados.
Al fin creyó percibir pasos en la escalera... ¡Si sería!... Nada; el
portero que subía con un telegrama para el piso tercero. ¡Malos diablos
le lleven! Otra vez á esperar, ¡qué fatiga! ¿Dónde se habría parado esa
maldita Plácida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de
ingenieros. ¡Qué poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el
trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar á Juana, que
al fin no tiene novio.

--¿Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendría mal... Voy yo
mismo á hacerlo... ¡Valor!

--Lo necesitas tú más que yo, pobrecillo--dijo la niña sonriendo.

Al cruzar por el pasillo sonó el timbre de la puerta.

--¡Por fin!...

Otra decepción. Era la Condesa de Losilla que venía á ofrecerse «para
todo». Las niñas no bajaban, por razones fáciles de adivinar.

--Pero, Rivera, ¿cómo está usted tan pálido?

--Señora, la cosa no es para menos--respondió él, mohino.

--¿Por qué, hijo mío?--dijo ella reprimiendo la risa.--Si la cosa no
viene complicada, como es de esperar, no hay nada más natural y
sencillo.

Miguel, á su vez, hizo esfuerzos por reprimir la indignación. ¡Natural
que yo tenga un hijo! ¡Qué estúpida es la aristocracia!

Maximina recibió aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La
Condesa empezó á maniobrar en la casa, como consumada estratégica,
ordenándolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel quedó
enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de él, y
se vió necesitado á vagar como alma en pena por los corredores. Una vez
que atajó á Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso,
sino en taza, le contestó que la dejase en paz, que él nada entendía de
aquellas cosas. Y fué preciso aguantar.

Al cabo ¡loado sea Dios! llegó la partera. Miguel la siguió más muerto
que vivo al gabinete; pero la Condesa le dió con la puerta en los
hocicos. Pronto volvió á abrirse, y en la sonrisa de todos comprendió
que el asunto no iba mal.

--Señorito, viene derecho--dijo la comadre.

--¿De modo que no hace falta llamar al médico?

--Para nada, gracias á Dios; yo respondo.

Quedó tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero á los diez
minutos perdió repentinamente la fe. Aquella mujer podía engañarle ó
engañarse; ¡quién se fiaba de una bruja de éstas! Acercóse
cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:

--Á mí me parece que bien podría llamarse al médico... por precaución
nada más--añadió tímidamente.

--Como usted quiera, señorito--respondió secamente y con gesto desabrido
la comadre.

--¡Rivera, por Dios! ¿No le ha oído usted decir que ella
respondía?--manifestó la Condesa.

--Bien, bien; si ella responde...--contestó avergonzado. Y luego
preguntó afectando sangre fría:

--¿Para qué hora estará el asunto despachado?

Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondió en
tono condescendiente:

--Señorito, no se apure. Será cuando Dios quiera y con toda felicidad.

Tornó á vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido é
inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridículo en
aquella ocasión, que se reían de él en sus mismas barbas. Y, sin
embargo, no acababa de persuadirse á que debía fiar su felicidad y su
vida entera á una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado á
cónclave á todos los médicos eminentes de la corte. «Á la menor
complicación que haya, la ahogo entre mis manos», se dijo con rabia. Y
con esta promesa consoladora se quedó algo más sosegado.

Al poco rato llegó su madrastra, y acto continuo comenzó á dar
disposiciones. Vino en seguida la señora del tercero, esposa de un
empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando
con un enorme cuadro que representaba á San Ramón Nonnato, el cual se
colocó en el gabinete con dos cirios encendidos á los lados. También
esta señora se puso á dar disposiciones en cuanto llegó. En fin, allí
todo el mundo tenía derecho á dar órdenes menos el amo de la casa, al
cual todas aquellas señoras y hasta las criadas se complacían en
manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. «Porque al fin y
al cabo--como él decía muy bien, paseándose con las manos en los
bolsillos, el semblante fosco y desencajado,--yo soy el marido, y soy
además el... ó lo seré, que es lo mismo.

No abría la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno
cuando menos de una sonrisa desdeñosa. Una vez, viendo á su mujer en
pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurrió manifestar que estaría
mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulminó contra él
una terrible mirada, que no sabemos cómo no le redujo á cenizas. La
brigadiera, procurando reprimirse y suavizar la voz, le dijo:

--Mira, Miguel, aquí nos estás estorbando. Te suplico que nos dejes y ya
te avisaremos á su tiempo.

Obedeció á su pesar. Al tiempo de salir vió en los ojos de su esposa una
expresión tan afectuosa y triste, que estuvo á dos dedos de abrir de
nuevo la puerta y decir: «Ea, señoras, yo soy el amo, ésta es mi mujer y
ustedes se van por donde han venido». Pero reflexionó que el altercado
ocasionaría un disgusto á Maximina, y devoró su enojo.

Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurrió
por ellos buen rato, prestando oído á los rumores del gabinete. Ansiaba
oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oían
las de todas menos la de ella.

--¿Cómo va?--preguntó á la Condesa, que cruzaba para la cocina.

--Bien, bien; no se preocupe usted.

Trascurrida una hora y rendido á tanto paseo, fué al salón y se dejó
caer en un sofá. Estuvo algún tiempo sentado, con los ojos muy abiertos,
tratando de vencer el sueño que á despecho suyo se le iba apoderando.
Pero al cabo fué vencido; extendió las piernas, colocó la cabeza
cómodamente, dió un bostezo de á cuarta, y quedó hecho un tronco.

Era ya día claro, cuando tres ó cuatro mujeres invadieron
precipitadamente la sala dando gritos.

--¡D. Miguel!...--¡Rivera!--¡Señorito!

--¿Qué pasa?--exclamó despertándose sobresaltado.

--¡Que ya tiene usted un niño! Venga usted.

Y le arrastraron á la alcoba, donde vió á su esposa sentada aún en un
una butaca, el semblante pálido, pero inundado de una dicha celeste.
También vió allá en un rincón á Juana con una _cosa_ entre las manos que
chillaba horrorosamente. Mas apartó al instante la vista de ella para
dirigirse á su esposa, á quien besó con efusión.

--¿Has sufrido mucho?

--Muy poco.

--No haga usted caso--interrumpió la Condesa:--ha pasado bastante la
pobrecilla.

Miguel salió del cuarto con el corazón en la garganta.

Cuando se vió solo rompió á llorar como un niño.

--¡Pobrecilla!--murmuró.--¡Ella padeciendo dolores increíbles sin
exhalar una queja, y yo durmiendo aquí como un bruto! No me perdonaré en
mi vida este acto de egoísmo... ¡La culpa la tienen esas mujeres--añadió
con exaltación,--esas entremetidas que me echaron del cuarto!

Pronto se calmó su remordimiento para dar lugar á las mil gratas
emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres
¡siempre las mujeres! se opusieron á ello en tanto que el niño no
estuviese lavado y enrollado y la señora librada y en la cama. Cuando
todo esto se hubo efectuado, pasó á la alcoba. Su esposa estaba más
linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con
cintas azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa.
Sentóse á la cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto
de tomarle el pulso, le apretó la mano larga y tiernamente. La
brigadiera le presentó un paquete de ropa diciéndole:

--Ahí tienes á tu hijo.

Miguel cogió el paquete y lo elevó á la altura de los ojos. Y vió una
carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente
deprimida, de cuya boca relativamente enorme salían unos chillidos nada
melódicos.

--¡Qué feo es!--dijo en voz alta.

Un grito de indignación se escapó de todos los pechos, incluso del de su
esposa.

--¡Qué atrocidad, Rivera! ¿Cómo dice usted esas cosas?--¿De dónde saca
usted que es feo, señorito?--¡Si precisamente es uno de los niños más
hermosos que he visto, Rivera!--¿Quiere usted que ahora tenga las
facciones perfectas?

--¡Quita, quita!--dijo la brigadiera arrebatándoselo de las
manos.--¡Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!

--Quisiera yo ver cómo era usted á las dos horas de haber nacido,
señorito--dijo Juana.

Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contestó:

--Hermosísimo.

--¡Hombre, cómo se ha echado usted á perder!--exclamó la de Losilla
riendo.

--No tanto, señora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra
gratuita esa afirmación.

--Nada de eso--dijo la niña, haciendo una mueca de enfado.

--¡Maximina!

--¿Por qué le has llamado feo?

--Vaya, veo que aquí hay un caballero que me ha desbancado.

En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con
chillidos cada vez más enérgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta
desesperación aciaga era precisamente lo que constituía las delicias de
aquellas buenas mujeres: se morían de risa contemplando aquella boca
abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo
preñado de amenazas.

--¡Anda, anda, qué pulmones tienes, chico!--Así me gusta, ensánchate,
hombre, ensánchate.--¡Vaya un genio que gastas, criatura! ¡Qué mono se
pone llorando!

La verdad es que estaba horrible.

--¡Ay, que se queda, señora! ¡Ay, que se queda!--gritó Plácida.

Todas acudieron asustadas.

--¿Cómo? ¿Dónde se queda?--preguntó Miguel dando un salto en la silla.

--En lloro, señorito.

El niño, la faz contraída y la boca abierta, guardaba silencio. La
Condesa lo sacudió con todas sus fuerzas á pique de matarlo. Al fin dejó
escapar un grito más rabioso que los demás, y todas respiraron con
satisfacción.

--Vaya, hay que darle de mamar á este tunante; si no, se nos va á
enfadar.

--¿Cómo se pondrá este chico para enfadarse?--pensó Miguel.

Metiéronle en el lecho y le pusieron en la boca el pezón maternal; pero
se negó á tomarlo, no sabemos bajo qué pretexto. Las mujeres encontraron
aquella conducta muy inconveniente. Maximina le miraba con ojos
severos, haciéndole interiormente cargos durísimos. La Condesa pidió
agua con azucarillo y untó con ella el pezón. Entonces el chico,
seducido por aquella atención delicada, no vaciló en acceder á los
deseos de las señoras y comenzó á chupar la teta con poca expedición,
como aprendiz al fin en el oficio.

--¿Han visto ustedes qué picarón?

--¡Ave María, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!

--¡Cosa como ésta nunca se ha visto, mujer!

--Es un pillo de playa.

Después de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de
su parte por confirmar esta favorable opinión que de su ingenio habían
formado. Al efecto, abrió un si es no es el ojo derecho, y volvió acto
continuo á cerrarlo, con gran asombro y regocijo de los presentes.
Después, habiendo tropezado casualmente con su propia mano, comenzó á
dar feroces chupetones en ella. No contento con esta gallarda muestra de
talento, lo probó aún más cumplidamente cuando Plácida le puso su lengua
en la boca. En un principio la chupó con afán; pero advertido muy pronto
de la burla que se le hacía, se enfureció de un modo terrible y dejó
entender con bastante claridad que siempre que se tratase de ajar su
dignidad, le verían protestar en iguales ó parecidos términos.

Vuelto de nuevo á la cama, se durmió al instante como un obispo (el
símil es de Juana) mientras su madre levantaba de vez en cuando el
embozo de la cama para contemplarle con tanta ternura como infantil
curiosidad. Habiéndose acercado Miguel al lecho con poco cuidado, su
esposa pensó al parecer que iba á lastimar al chico.

--¡Quita, quita!--gritó con acento colérico.

Y le dirigió una mirada tan iracunda, que el joven quedó estupefacto,
pues no podía imaginarse que ojos tan dulces fuesen capaces de lanzarla.
En vez de enfadarse, se echó á reir como un loco. Maximina, avergonzada,
sonrió, y su faz inocente volvió á adquirir el amable sosiego que la
caracterizaba.

Por desgracia, aquel sosiego fué turbado inopinadamente al poco rato.
Sucedió que, habiéndose despertado el obispo, hubo en el consejo
femenino ciertas sospechas de que su ilustrísima no andaba muy limpio en
toda su persona, y se decretó inmediatamente una inspección ocular. La
Condesa lo colocó sobre el regazo, lo despojó de sus vestiduras, y en
efecto, así era como lo habían pensado. Pidió acto continuo agua
caliente y una esponja. Trajeron además frescos pañales, y con mucho
donaire y no pequeña satisfacción, dió comienzo al arreo del infante.
Pero hete aquí que la brigadiera, que ya estaba celosa de ella desde
hacía tiempo y había declarado solemnemente, aunque por la bajo, á las
criadas «que aquella buena señora era una fastidiosa entremetida»,
manifestó ahora en tono algo desabrido que la faja no debía ir tan
prieta como la Condesa la ponía.

--Déjeme usted, Ángela, déjeme usted, que bien sé lo que hago--dijo ésta
con cierto dejo de suficiencia, continuando en su tarea.

--¡Pero si queda esa criatura que no puede resollar, Condesa!

--Necesitan estar así los primeros días para que no salgan torcidos.

--Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.

--No necesito que me enseñe nadie á enrollar niños. He tenido seis
hijos y, gracias á Dios, todos están en el mundo, vivos y sanos.

--Pues yo no he tenido más que una hija, pero no hubiera consentido
nunca que la enrollaran de ese modo.

--Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en
nada...

Las palabras que se habían cruzado eran ya sobrado ásperas, y la actitud
airada en que ambas señoras se encontraban hacía presumir que pronto lo
serían mucho más. Los que asistían á la escena se habían puesto muy
serios. Maximina, asustada, hacía pucheros para llorar. Entonces Miguel,
irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con
firmeza:

--Señoras, tengan ustedes consideración con esta pobre muchacha, que
ahora necesita tranquilidad y descanso.

La de Losilla levantóse con altivez, entregó el niño á una criada y
salió de la estancia sin despedirse. Á pesar de sus ruegos, Miguel, que
la siguió, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fué creciendo
á medida que se acercaba á la puerta, y allí le dijo un adiós muy seco,
subiendo á su casa con ánimo, al parecer, de no bajar otra vez.

--¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan
remaldito!--exclamó al quedarse solo.

Pero tal disgusto se le borró pronto de la mente, porque las
circunstancias felices y excepcionales en que se hallaba eran á
propósito para ello.

Estaba de Dios, sin embargo, que en la copa de su felicidad habían de
caer algunas gotas de hiel. Por la noche, cuando, fatigado ya del trajín
del día, se disponía á retirarse dejando á Plácida que velase á su
esposa, se oyó el toque importuno de la campanilla de la puerta.

--Señorito, hay ahí un caballero que desea hablar con usted.

--¡Vaya una visita impertinente! ¿Le ha introducido en el despacho?

--Sí, señorito.

Nuestro nuevo papá se fué hacia allá arrastrando perezosamente los pies,
muy resuelto á que la visita no se prolongase largo rato. Pero al entrar
en su despacho quedó sorprendido no muy agradablemente el encontrarse
con Eguiburu «el caballo blanco» de _La Independencia_. Las relaciones
que con este señor mantenía estaban muy lejos de ser íntimas. Después
que había dado su firma en garantía de los treinta mil duros gastados en
el periódico, no había vuelto á verle sino otras dos veces, para tomar
de su mano dos cantidades que sumaban doce mil, los cuales no se habían
gastado todos en el periódico, sino que habían servido también para
socorrer á los emigrados. Llamóle, pues, la atención aquella
intempestiva venida y aun le puso inquieto y receloso.

Era Eguiburu un hombre alto, flaco, de cara pálida y rugosa, ojos azules
y pequeños, cabello rubio, bastante ralo, y muy desgarbado de toda su
persona. El traje que llevaba, compuesto de unos calzones anchos de paño
negro, chaleco largo y un enorme gabán pardo que le bajaba casi hasta
los pies, no ayudaba á prestarle la gallardía de que tan necesitado
estaba.

Saludóle Miguel cortés y gravemente, preguntándole á qué debía el
honor...

--Sr. de Rivera--dijo sentándose sin ceremonia, pues Miguel, á causa tal
vez de la sorpresa, no le había invitado á hacerlo.--Es el caso que hace
ya algunos meses que son ustedes poder...

--Alto, mi amigo; no hay en España un hombre más desprovisto de poder
que yo... Ni siquiera soy subsecretario.

--Bien, quien dice usted dice sus amigos. Todos ocupan hoy grandes
destinos: el Conde de Ríos embajador; el Sr. Mendoza acaba de ser
elegido diputado...

--¿Y quiere usted compararme á mí, insignificante pigmeo, con el Conde
de Ríos y con Mendoza, dos estrellas de primera magnitud en la política
española?

--Pues mire usted, Sr. de Rivera, valga la verdad, la otra noche en el
café de Levante no hablaban muy bien del Sr. de Mendoza sus mismos
amigos.

--¿Qué decían?

--Decían, con perdón de usted, que era un alcornoque.

--Son calumnias de los envidiosos. No lo dude usted, amigo Eguiburu, de
esa madera se hacen los hombres de Estado.

--Yo me alegro mucho de que así sea, señor. Pero es el caso, como decía,
que á pesar de su talento y de las posiciones que ocupan, ni el Sr.
Conde ni Mendoza se acuerdan de indemnizarme del dinero que hace tiempo
vengo gastando.

--¿Ha hablado usted con ellos?

--Les he escrito una carta á cada uno. Mendoza no me ha contestado. El
Sr. Conde, al cabo de bastantes días, me dice en carta que aquí traigo y
usted puede ver, «que las gravísimas atenciones políticas que sobre él
pesan no le consienten ocuparse por ahora de estos asuntos, los cuales
hace tiempo que tiene encomendados á su antiguo secretario particular el
Sr. Mendoza y Pimentel». Yo, á la verdad, como usted comprenderá muy
bien, no tengo necesidad de andar mendigando de puerta en puerta lo que
es mío. Así que, sin más dilaciones, me he venido á su casa de usted.

--¿Por qué no ha ido usted antes á la de Mendoza?

Eguiburu bajó la cabeza y empezó á dar vueltas al sombrero. Al mismo
tiempo sonrió como pudiera hacerlo una estatua de mármol, si le diesen
facultad para ello.

--El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uñas.

Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las había acompañado,
Miguel sintió cierto frío por la espalda y guardó silencio. Al cabo de
algunos momentos levantó la cabeza, y dijo en tono resuelto:

--En suma, viene usted á reclamarme los treinta mil duros, ¿no es eso?

--Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de
veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.

--Muchas gracias: posee usted un corazón sensible, y le felicito por
ello. La desgracia está en que yo no pueda corresponder á esa delicadeza
de sentimientos, entregándole en el acto los treinta mil duros.

--Bien, ya me los entregará usted.

--¿Tiene usted seguridad de ello?

Eguiburu levantó la cabeza, y clavó sus ojos azules y pequeñuelos en los
de Miguel, que le miraba de un modo frío y hostil.

--Sí, señor--contestó.

--Pues también le felicito; yo que usted no la tendría.

--¿No se hace usted cargo, Sr. de Rivera--dijo el banquero con
amabilidad exagerada para paliar el mal efecto que iban á producir sus
palabras,--que tengo aquí un papel en toda regla firmado por usted?

Y se llevó la mano al bolsillo del gabán al decir esto.

Miguel guardó silencio otra vez. Pasados algunos instantes, dijo con voz
donde se traslucía una cólera reprimida á duras penas:

--¿Es decir, Sr. de Eguiburu, que pretende usted nada menos que
arruinarme por una deuda que le consta á usted que yo no he contraído?

--Yo no pretendo más que cobrar mi dinero.

--Está bien--dijo sordamente.--Mañana escribiré al Conde de Ríos, y veré
también á Mendoza. Quiero saber si el Conde es capaz de dejarme en la
estacada... Si así fuese, ya veremos lo que se ha de hacer.

Después de estas palabras, hubo un rato de silencio embarazoso. Eguiburu
daba vueltas al sombrero, observando de reojo á Miguel, que tenía la
vista clavada en el suelo, y cuyos labios se movían con un imperceptible
temblor, que no pasaba inadvertido para el banquero.

--Hay un medio, Sr. de Rivera--dijo tímidamente,--de que usted salga del
compromiso en que se ve, y tenga tiempo para exigir del Conde y los
demás amigos que cumplan como es debido... Si usted me garantiza el
dinero que he soltado después para el periódico, no tengo inconveniente
en esperarle... Me duele poner la pistola al pecho á una persona tan
apreciable como usted...

Miguel siguió inmóvil, con la vista en el suelo, en actitud reflexiva;
levantándose después repentinamente, dijo:

--Bien, ya veremos cómo se arregla este negocio. Por de pronto, mañana
hablaré con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta
que escriba al Conde, le avisaré inmediatamente.

Eguiburu también se levantó y alargó la mano con exquisita amabilidad á
Rivera, para despedirse. Éste se la estrechó, y mirándole con fijeza,
mientras asomaba á sus labios una sonrisa burlona, le dijo:

--¿Tiene usted mucho cariño á esos treinta mil duros?

--¿Por qué me pregunta usted eso?

--Porque sentiría que usted se hubiese encariñado demasiado estando en
vísperas de separarse para siempre de ellos.

--Explíquese usted--dijo el banquero poniéndose serio.

--Nada, hombre, que si usted no se los saca al Conde de Ríos, lo que es
á mí...

--¿Cómo? ¿Qué dice usted?

--Que yo no se los podré pagar jamás, porque tengo hipotecadas las dos
casas que constituyen mi fortuna.

Eguiburu se puso horriblemente pálido.

--Usted no podía hipotecarlas porque tenía firmada una obligación. La
hipoteca es nula.

--Las tenía hipotecadas mucho antes de firmarla.

El banquero se pasó la mano por la frente con abatimiento. Levantándola
después vivamente y clavando en Rivera una mirada fulgurante, profirió
tartamudeando:

--Eso es... una picardía... Le llevaré á los tribunales por estafador.

Miguel soltó una carcajada, y poniéndole familiarmente la mano en el
hombro, le dijo:

--¡Buen susto ha recibido usted! ¿No es verdad, amigo? Quedo un poco
indemnizado del que usted acaba de darme.

--¿Pero qué mil rayos significa?...

--Que se serene usted; las casas no están hipotecadas. Tendrá usted el
gusto de arruinarme el día menos pensado--repuso el joven con amarga
ironía.

En el semblante de Eguiburu quiso aparecer un amago de sonrisa, pero se
borró súbitamente.

--¿Habla usted formalmente?

--Sí, hombre, sí; no tenga usted cuidado alguno.

Entonces la sonrisa que había huído, apareció de nuevo insinuante y
benévola en los labios del banquero.

--¡Qué bromista es usted, Sr. de Rivera! Nadie puede saber cuándo habla
de veras ó de burla.

--Pues entonces hace usted mal en quedarse ahora tranquilo.

Tornó á ponerse serio Eguiburu.

--No, yo no puedo creer que usted se burle de cosas tan...

--Tan sagradas, ¿verdad?

--Eso es, sagradas.

--Sin embargo, confiese usted que no las tiene todas consigo.

--De ningún modo; usted es una persona de talento... y todo un caballero
además.

--Vamos, no me adule usted, que no hay necesidad.

Iban caminando hacia la puerta. Eguiburu experimentaba una inquietud que
en vano quería ocultar. Dió la mano tres ó cuatro veces más á Miguel,
cambió de fisonomía y actitud más de veinte; y cuando aquél le mandó
ponerse el sombrero, lo colocó torcido y erizado sobre el cogote. Quiso
cambiar de conversación para demostrar que estaba plenamente seguro de
la honradez del fiador; le preguntó con mucho interés por su esposa y el
niño, enterándose de los pormenores del alumbramiento. No obstante,
cuando ya estaba en la escalera y Miguel á punto de cerrar la puerta,
preguntóle en tono indiferente y jovial, donde se traslucía viva
ansiedad:

--Aquello pura broma, ¿verdad, Rivera?

--Vaya usted tranquilo, hombre--contestó éste riendo.

Pero al quedarse solo aquella risa se extinguió. Permaneció un momento
con los dedos en el pestillo: después fué con paso lento otra vez al
despacho, se sentó frente á la mesa y apoyó el rostro sobre una mano
cubriéndose los ojos. Así estuvo largo rato meditando. Cuando se levantó
los tenía hinchados y rojos, como después de haber dormido mucho. Pasó á
la habitación de su esposa. Al atravesar el pasillo sintió un poco de
frío.

Estaba todavía despierta. Al lado de la cama se había puesto un catre
para Plácida.

--¿Quién era esa visita?--le preguntó.

--Nada, un señor que viene á hablarme de asuntos del periódico.

Algo extraño debía de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta
sencilla contestación, cuando su mujer se le quedó mirando con
inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

--¡Qué cansado estoy! ¡Tengo un sueño!

La besó en la frente, alzó el embozo de la cama, contempló un momento á
su hijo dormido y rozó con los labios su cabecita. Volvió á besar á su
esposa y salió de la estancia. Cuando se metió en la cama tiritaba y
sentía, no obstante, calor en las mejillas.

Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz
encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruzó por su mente; mil
recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginación
viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vió arruinado, teniendo que
descender él y su esposa de la categoría social en que se hallaban
colocados. Se acordó también de su hijo.

--¡Pobre hijo mío!--exclamó.

Y estuvo á punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre sí mismo
diciéndose:

--No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los
avaros. El que posee una esposa como la mía, y ésta le acaba de dar un
hijo, no tiene derecho á pedir más á Dios. Soy joven, tengo salud. En
último resultado, trabajaré para ellos.

Al murmurar estas palabras dió un soplo violento á la luz y tuvo energía
bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.

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XVII


TAN pronto como se vistió al día siguiente, y después de
pasar al lado de su esposa un rato mucho más corto de lo que las
circunstancias exigían, salió de casa y se dirigió á paso largo á la de
Mendoza.

Alojaba éste á la sazón en una de las mejores fondas y más céntricas de
Madrid. Cuando Miguel llegó, aún estaba durmiendo. Entró, sin embargo,
en la estancia, y se autorizó el abrir por sí mismo las puertas del
balcón, como amigo cuya familiaridad era ilimitada.

--Hola; por lo que veo duermes lo mismo que cuando no eras un grande
hombre.

Mendoza se restregó los ojos y le miró sorprendido.

--¿Qué es eso, Miguelito? ¿Cómo tan de mañana?

--Amado Perico; lo primero que vas á hacer, es suprimir ese acento
protector. Cuando haya gente delante no tengo inconveniente en que me
protejas y en llamarte usía ilustrísima, si quieres; pero estando solos,
hazte cuenta que no soy tu vasallo.

--¡Siempre has de ser el mismo, Miguel!--repuso Mendoza algo amostazado.

--Esa es la ventaja que me llevas. Yo siempre el mismo. Tú en cambio,
haciendo cada día un nuevo y lucido papel en la sociedad. Estoy
contento, sin embargo, con el mío; tan contento, que el temor de hacer
otro distinto es el que me trae tan de mañana á turbar tus sueños de
gloria.

--¿Qué quieres decir?...

--Que habiendo pasado plaza hasta ahora de persona bien acomodada ó,
como decimos los letrados, hidalgo «de solar conocido» y «de devengar
quinientos sueldos».--¿Tú no sabes lo que es eso?

--No--respondió con gesto de impaciencia Mendoza.

--Pues es muy sencillo. Si tú me pegas una bofetada (que no me la
pegarás), pagas quinientos sueldos de multa. En cambio, si yo te la pego
á ti (que todo podría suceder), no necesito desembolsar un cuarto...
Pues bien; habiendo hecho hasta ahora ese papel en sociedad, me dolería
en el alma empezar el de pobrete ó perdulario que no tengo estudiado.

--No te entiendo.

--Voy allá. Ayer noche se presentó en mi casa Eguiburu, y sin preámbulos
me ha reclamado los treinta mil duros que se han gastado en _La
Independencia_ y que yo garanticé cediendo á tus ruegos... ¿Entiendes
ahora?

Brutandór guardó silencio unos momentos, quedando en actitud reflexiva.
Después dijo con la grave lentitud que caracterizaba todos sus
discursos.

--Yo creo que esa cantidad no eres tú quien debe pagarla, sino el Conde
de Ríos.

--Ah, ¿crees eso?... Pues entonces estoy salvado. En cuanto sepa
Eguiburu esa opinión, seguro estoy de que no se atreverá á reclamarme un
cuarto.

--Si te los reclama, es una felonía.

--Veo con gusto que no se han borrado de tu mente los principios
inmutables del derecho natural. Pero ya sabrás que el derecho positivo
está de su parte, y por si le ocurre hacer uso de éste en vez de aquél,
quiero saber si tendréis estómago para dejar que me arruine.

Miguel se había puesto muy serio y miraba á su amigo con la expresión
fría y dura que era en él signo de cólera reprimida. Mendoza bajó los
ojos mostrando confusión.

--Mucho sentiré que te pase una desgracia, Miguel.

--No se trata ahora de tu sensibilidad. Lo que yo quiero saber al
instante, es si el General está dispuesto á pagar esa cantidad.

--Yo creo que el General no tendrá otro deseo...

--Tampoco se trata de los deseos del General. Quiero saber, ¿lo oyes?
quiero saber si paga los treinta mil duros ó no los paga.

--Habrá que escribirle. Ya sabes que está en Alemania.

--Es que si no los paga le llevaré á los tribunales. Tengo cartas suyas
en que declara la deuda--dijo paseándose agitadamente por el cuarto.

Mendoza dejó trascurrir unos instantes, y replicó:

--Se me figura, Miguel, que no debes precipitarte, ni tomar la cosa por
las malas. Adelantarás con ello menos.

--¿Por que me dices eso?--repuso el hijo del brigadier parándose.

--Llevándole á los tribunales no sacarás nada en limpio.

--¿Pues?

--Porque el General no tiene fortuna. La que disfruta toda está á nombre
de su mujer.

Los ojos de Miguel brillaron de ira.

--¡Miserable!--murmuró sordamente. Y luego añadió:--Me voy convenciendo,
además, de que tú eres tan puerco como él.

--¡Miguel, por Dios!

--Lo dicho. Tómalo por donde quieras... Me alegraré que sea por el peor
sitio.

Mendoza no quiso ó no se atrevió á replicar. Le dejó seguir paseando en
espera de que su cólera se calmase, como hombre que de antiguo le tenía
bien conocido. En efecto, á los pocos minutos se encogió de hombros,
detúvose junto á la cama, y echándole las manos al cuello con cariñoso
ademán, le dijo riendo:

--He cometido una injusticia. Me olvidaba de que eres demasiado tonto
para ser un pillo.

Mendoza no se enojó por esta singular rectificación.

--Tienes el genio tan vivo, Miguel, que cuando menos se piensa le dejas
á uno sin sangre en las venas.

--Peor es dejarle sin dinero.

--Hombre, tú todavía no lo has perdido. Me parece que el asunto se ha de
arreglar.

--¿Sabes el arreglo que me propone Eguiburu?

--¿Cuál?

--Que garantice también los doce mil duros restantes que ha entregado, y
me esperará.

Mendoza no respondió. Ambos quedaron meditabundos.

--A mí no me parece tan mal--dijo al fin aquél.--Al General desde luego
te digo que no se le podrán sacar los treinta mil duros: conozco bien
sus asuntos, y sé que no está en situación de abonar esa cantidad. Pero
si de su bolsillo particular no salen, pueden salir del Tesoro público.
Me consta que el Gobierno ha abonado ya algún dinero (aunque no
cantidades tan crecidas como ésta) de lo que se ha gastado en
periódicos, extrayéndolo de los fondos secretos del Ministerio de la
Gobernación. El asunto aquí es tener suficiente influencia para que el
ministro se avenga á ello.

--Supongo que el General interpondrá toda la suya.

--Desde luego; y yo haré también cuanto pueda. Pero el General no está
en Madrid, y ya sabes que estos negocios difíciles ni se pueden tratar
por cartas ni se arreglan de ese modo casi nunca. Es menester andar
siempre á la pista, sofocar al ministro con visitas, hablar á todos sus
amigos para que no le dejen de la mano, y si posible fuera, amenazarle
con alguna interpelación en las Cortes sobre un asunto delicado que no
le agrade menear.

--¡Caramba, Perico, has hecho en poco tiempo grandes adelantos: conoces
el teje maneje de la política al menudeo!

--¿Cómo al menudeo?

--Hombre, sí, porque esa no es la que definen y explican los
tratadistas.

Mendoza se encogió de hombros, haciendo al mismo tiempo con los labios
un gesto de desprecio.

--Bien; ¿entonces quieres que traigamos al General á Madrid?--añadió
Miguel.

--Eso no es posible.

--Entonces, ¿qué hacemos?

Mendoza meditó.

--Si tú hubieras sido elegido diputado, la cosa sería más fácil. Al fin
y al cabo seríamos dos á pedir, y teniendo al interesado delante, el
ministro se miraría más para negarse...

--¡Pero como no soy diputado!

Mendoza meditó otro rato, y dijo:

--Aún pudiera arreglarse todo. El General, aceptando la embajada, dejó
vacante un distrito, el de Serín, en Galicia. Pronto se procederá á
segundas elecciones. Si el Gobierno te acepta por candidato adicto,
tienes seguro el triunfo.

Rivera guardó silencio, y pareció también reflexionar.

--Hasta ahora, Perico, no había pensado en ser padre de la patria. Ya
sabes que no sirvo para vagar por los despachos de los ministros, que no
tengo carácter para sufrir impertinencias y desdenes, ni talento para
urdir una trama, ni osadía para meterme en intrigas tenebrosas. Estoy de
tal modo conformado, que un continente frío me hiere, una palabra
descortés me saca de mis casillas, una deslealtad me abruma y
desconsuela. Soy incapaz de dar una palabra y no cumplirla: no tengo
serenidad suficiente para mantener mi independencia frente á la simpatía
y el cariño, ó la aversión que los hombres me inspiran: me apasiono y me
exalto con excesiva facilidad, y bajo el imperio de la pasión digo la
palabra que me viene á la boca, por peligrosa que sea. Además, tengo la
desgracia de ver siempre el aspecto cómico de las cosas, y no poseo
virtud bastante para contenerme y dejar de expresar mis observaciones.
Los personajes de la política, cuando no son merodeadores dignos de la
cárcel, me parecen, salvo honrosas excepciones, rebaño de hombres
adocenados, ignorantes, que han tomado ese oficio por ser el más
descansado y lucrativo, los unos intrigantes de aldea que vienen á
repetir en el Congreso los mismos _chanchullos_ que han fraguado en el
Ayuntamiento ó la Diputación, los otros despechados de la literatura,
las ciencias y las artes, que, no habiendo conseguido en ellas
notoriedad, la buscan en el campo más accesible de la política. Un
joven, á quien le han silbado un drama; otro, que ha hecho seis
oposiciones á cátedras, sin resultado; otro, que ha escrito varios
libros que permanecen vírgenes y mártires en las librerías. Éstos son
los que, penetrando en el salón de conferencias, donde los porteros no
le preguntan á nadie por sus méritos, y poniéndose bajo la égida de un
personaje que ha empezado como ellos, escalan los altos destinos, y
rigen andando el tiempo los del país... Pero me he puesto demasiado
serio--añadió, bajando de tono y sonriendo.--El principal argumento que
tengo para no dedicarme á la política, te lo diré en secreto... es que
me aburre, ¿sabes? me aburre soberanamente. Sin embargo, como me
encuentro amagado á una ruina, estoy resuelto á entrar en ella para
rescatar mi fortuna, que estúpidamente he comprometido.

Brutandór le miraba con los ojos muy abiertos. Cualquiera podría
imaginar, viendo su actitud, que Miguel hablaba un lenguaje enteramente
incomprensible. Cuando terminó, el nuevo diputado se encogió
imperceptiblemente de hombros, é hizo con los labios un gesto, que mucho
le caracterizaba, el cual nadie podría saber á punto fijo si era de
indiferencia, ó de desdén, ó sorpresa ó resignación. Miguel sostenía que
su amigo Mendoza sólo era capaz de entender once cosas en el mundo.
Cuando le decían una distinta de las once, en vez de contestar hacía la
mueca indicada, y podía darse por terminado el asunto.

--Bien--dijo, observando aquel gesto.--Según eso, necesito que me
presentes al ministro de la Gobernación.

--Te presentaré al Presidente del Consejo; tengo más confianza con él
que con Escalante.

--Me alegro, porque Escalante no me es simpático, y al Presidente, al
menos, no le conozco. ¿Quieres que vayamos esta tarde á la Presidencia?

Mendoza le miró estupefacto.

--¿Pero no sabes que hablo hoy en el Congreso?

--Perdona, chico, no sabía una palabra. ¿Y sobre qué hablas?

--Sobre la reforma de aranceles. Es el primer discurso que pronuncio.
Hasta ahora no he hecho más que preguntas.

--No seas tan modesto, Perico. Ya sé que has presentado también una
exposición de los vecinos de Valdeorras sin cortarte, ni cosa que lo
valga.

--No te rías: el trance de hoy es muy serio.

--¡Terrible!... sobre todo para los aranceles. ¿Y cuándo te casas?

Mendoza bajó la vista y se puso un poco colorado.

--El día quince.

--Me alegro que entres por el buen camino--dijo alegremente Rivera, á
quien no se le ocultaba la vergüenza de su amigo, y quería generosamente
evitársela.--Vamos, vístete, hombre, que ya son cerca de las once.

--Almorzarás conmigo, ¿verdad?

--Hombre, ya sabes que hoy es un día para mí excepcional.

--Pues lo siento, porque después iríamos juntos al Congreso y tal vez,
si la sesión terminase temprano, pudiéramos ir á la Presidencia.

A Miguel le sedujo esto último, porque veía claramente que sus treinta
mil duros pendían de la influencia que supiese conquistarse. Después de
meditar un momento, dijo:

--Está bien, pasaré un recado á mi mujer para que no esté intranquila.

Se sentó á la mesa de Mendoza mientras éste se vestía, y puso cuatro
letras á Maximina. Al escribirlas, no pudo menos de decirse con dolor:
«¡Extrañas circunstancias las que me obligan á dejar á mi esposa sola al
día siguiente de haberme dado un hijo! Por ella y por él, sin embargo,
lo hago. Si fuese solo, poco me importaría arruinarme».

Después de vestirse, y antes de bajar al comedor, Mendoza mostró á su
amigo las joyas que iba á regalar á su futura. Eran magníficas y de
última novedad. Miguel las alabó como merecían, pensando, no obstante,
de dónde sacaría Perico el dinero para comprarlas. Y aunque buenas ganas
se le pasaron de preguntárselo, tuvo la delicadeza de no hacerlo.
Pasaron después á un gabinete particular del piso entresuelo, donde
Brutandór tenía costumbre de almorzar solo. El camarero les sirvió un
almuerzo excepcional, con ostras, vino de Borgoña y champagne helado á
los postres.

--Esto es un exceso, Perico--le dijo.--Otra vez te prohibo que me trates
con tal cumplimiento.

--El señorito almuerza siempre así--dijo sonriendo con visible
satisfacción el camarero.

--¡Hola!--exclamó Miguel sorprendido.--¡Quién había de decir, Perico,
que aquellos artículos de fondo tan pesados que escribías en _La
Independencia_ se habían de convertir pronto en ostras, filetes de
ternera y borgoña! ¡Esto sí que en realidad es «el verbo hecho carne...
y vino!»

Brutandór bajó la cabeza, y hubo datos para creer que aparecieron en su
rostro señales precursoras de una sonrisa. No obstante, si alguno se
empeñase en negarlo, no le faltarían argumentos para sustentar su
opinión. Las sonrisas de Mendoza siempre admitían litigio.

Después de almorzar se trasladaron al Congreso, no sin que el anfitrión
fuese á su cuarto y trajese en la mano un lío de papeles, que resultaron
ser las notas para el discurso.

--¡María Santísima!--gritó Miguel.--¡Qué descuidados estarán á estas
horas los pobres diputados sin pensar en el terremoto que les espera!

Llegaron demasiado temprano. Había poca gente todavía en el salón y los
pasillos. Mendoza fué á juntarse á unos cuantos personajes, graves y
solemnes como él, con los cuales empezó á departir. Cuando uno hablaba,
los demás guardaban cortés silencio. Pudiera dudarse, sin embargo, de
que le escuchasen muy atentamente. De lo que no cabía duda era de que
cada uno se escuchaba á sí mismo con rematado deleite. Miguel se unió á
un grupo de periodistas, donde reinaba alegría tumultuosa.

Cuando iba á comenzar la sesión fué con ellos á su tribuna, que al poco
rato estaba de bote en bote. Eran rostros juveniles casi todos los que
allí se veían, y reinaba constantemente tal desorden y algarabía que
costaba trabajo entenderse. En vano los porteros, con una familiaridad
que en cualquier otra parte se llamaría insolencia, los amonestaban á
cada momento y los conminaban. Los periodistas no hacían caso de sus
amenazas, y cuando se dignaban escucharlas, era para contestar con
alguna burla sangrienta. Si el portero concluía por enfadarse de veras,
no faltaba alguno que le desarmase abrazándole afectuosamente y
prometiéndole un ascenso «para cuando fuese ministro». Los unos se
entretenían en tajar el lápiz, otros dividían el papel en cuartillas,
aquéllos sacaban de entre el chaleco y la camisa enormes carpetas.
Parecía una orquesta antes de empezar la función. En caprichosas
actitudes colocados, todos charlaban, reían, gritaban, dirigiéndose
pullas, haciendo comentarios llenos de donaire acerca de los diputados
que iban entrando en el vasto y suntuoso salón, los cuales levantaban
hacia ellos ojos de cordero moribundo, pidiendo misericordia. Eran
generalmente los _rurales_. Los que vivían en Madrid siempre tenían
algunos conocidos en la prensa, á los cuales hacían señas y guiños desde
abajo, y algunas veces les mandaban caramelos, y ellos les correspondían
con cartitas en verso.

Cruzábanse entre unos y otros en voz alta frases agudas que hacían
prorrumpir en carcajadas y estimulaban á la víctima á apretar el
_intelectu_ para responder con otra cuchufleta más picante todavía.
Derrochábase en aquel incómodo recinto mucho ingenio y más alegría.

--¿Sabes, Juanito, que vas perdiendo el talento?--le decía á gritos un
joven á otro.

--¿Qué he de hacer, hombre, si ya van ocho días que el director me manda
á la Academia de ciencias morales y políticas?

De vez en cuando, promovíanse disputas acaloradas sobre los asuntos más
extravagantes ó ajenos á la profesión de los contendientes, verbigracia
sobre el modo de cargar los fusiles de aguja, ó de guiar un coche. Y
chillaban y se encendían, hasta que los porteros les obligaban á callar
ó la burla oportuna de un compañero los sosegaba.

El presidente subió á su alto sitial. Al momento le rodeó un grupo de
diputados, á los cuales comenzó á repartir con paternal solicitud buena
copia de caramelos. Estos caramelos, que en aquella época no costaban
más que veinticinco duros diarios al Estado, son una institución cuya
historia por desgracia está muy abandonada. Ninguna empresa más útil que
estudiar las vicisitudes por que ha pasado, la benéfica influencia que
en el gobierno de nuestro pueblo ejercieron, y los elementos de progreso
que consigo han arrastrado. Toda su historia podía contenerse en tres
tomitos de lectura fácil y agradable.

Cuando se concluyeron, ó no quiso dar más el presidente, fueron los
diputados á sus asientos y se abrió la sesión. El primero que tomó la
palabra fué un anciano republicano de tez pálida, ojos opacos y larga
melena que le hacía semejar á las imágenes que hay en nuestras iglesias.
Se levantaba para hablar de una insurrección que había estallado en
Cádiz. El asunto era palpitante, y había en el Congreso gran curiosidad
por oir las declaraciones de aquel que se suponía era uno de los
promovedores de la revolución. Comenzó en estos ó parecidos términos:

«En los tiempos primitivos de la historia, el hombre vagaba desnudo por
las selvas, sustentándose con el fruto de los árboles y la leche y la
carne de los animales que cazaba. Un día vió cruzar por el bosque un
animal semejante á él. Le tendió el lazo y lo apresó. Era la hembra. De
aquí la familia, señores diputados...»

Siguió trazando un curso completo, aunque sucinto, de la historia
universal, y explicando por menudo las teorías del contrato social. Citó
numerosos textos de sabios antiguos y modernos en apoyo de sus teorías.
Llamó la atención sobre todas, una proposición, por su atrevida
originalidad, y como fuese acogida con rumores por la asamblea, el
diputado exclamó:

--«¿Qué? ¿Os sorprende? Pues no lo digo yo; lo dice Brígida.»

--¿Quién es Brígida?--preguntó un periodista novel.

--El ama de gobierno--contestó otro sin levantar la cabeza.

--¡Pues vaya una ridiculez venir á citar aquí á su ama de
gobierno!--exclamó el primero.

Los diputados habían acogido con nuevos rumores el nombre de la autora
del texto citado.

--«¡Lo dice Brígida!»--gritó el orador con toda la fuerza de sus
pulmones.

Más altos y prolongados rumores. Cuando se calmaron, dijo en tono grave
y solemne:

--«Lo dice Santa Brígida.»

--¡Ahaaaaa!--respondió la asamblea.

A los sucesos de Cádiz dedicó los cinco minutos últimos, y eso para
decir que el Gobierno tenía la culpa de todo.

Parecía lógico que aquel señor saliese de allí enjaulado para una casa
de orates. Nada de eso sucedió, no obstante. El ministro le contestó con
toda formalidad y rebatió sus textos y teorías con otras teorías y otros
textos. En aquellos tiempos todos los discursos comenzaban por Adán, y
nadie se asombraba de ello.

Pasando después á la orden del día, tocó el turno á la reforma de
aranceles, y se concedió la palabra á Mendoza. El cual, después de
extender por el banco su terremoto de notas, toser tres ó cuatro veces y
estirarse los puños otras tantas, dió comienzo á su magna oración. La
voz era bien timbrada, clara y pastosa; el tono grave y altisonante; los
ademanes nobles y reposados. Ni Demóstenes, ni Cicerón, ni Mirabeau han
dispuesto seguramente de una presencia tan simpática y de un juego de
actitudes tan primoroso como el que tenía nuestro amigo Brutandór. Pero
estaba lo malo en que los conceptos que salían de su boca no
correspondían poco ni mucho con tales actitudes. Aquel iracundo manoteo,
aquel bajar y subir la voz, y aquellos cortos, pero vivos paseos por
delante del banco, eran muy propios para acompañar al célebre «Díle á
tu amo que sólo saldremos de aquí por la fuerza de las bayonetas», ó al
«Quousque tandem Catilina»; mas para decir que en Inglaterra el consumo
anual de algodón en 1767 era de cuatro millones de libras, y que en 1867
pasaba de mil cuatrocientos millones; que el número de trabajadores que
se encuentran ocupados allí en la industria algodonera son 500.000, y
4.000.000 las personas cuya subsistencia depende de esta industria; que
el valor del papel fabricado en 1835 era de ochenta millones de libras,
y en 1860 excedía de doscientos veintitrés; que se contaban, á la sazón,
en el Reino Unido 394 fábricas de dicho producto; que en Francia su
producción asciende á veinticinco millones de kilogramos, etc., etc., no
parecían, en verdad, tan adecuados. El discurso se redujo todo á esto,
cantidades, datos, fechas. Los diputados, con más ó menos disimulo,
fueron desertando del salón, uno en pos de otro.

--Este orador es una máquina neumática--dijo un periodista.--A este paso
pronto hará el vacío absoluto.

Las cuchufletas y chanzas se generalizaron en la tribuna de la prensa.
Miguel, que sabía á qué atenerse respecto á las dotes de ingenio de su
amigo, escuchaba con disgusto que se burlasen de él. Estaba inquieto, y
muy propenso á cortar las bromas de un modo brusco; mas como en aquella
tribuna la libertad de comentar los discursos era tradicional, hacía
esfuerzos por contenerse. Lo mejor que se le ocurrió para evitar
compromisos, fué hacer una escapada á su casa, y enterarse de cómo
seguía su esposa. Cuando volvió, todavía continuaba el orador en el uso
de la palabra.

--«Ahora va el Congreso á ver el dato más curioso»--decía el bueno de
Brutandór.

Y al volverse para recoger del banco los papeles en que estaba escrito,
enseñó el trasero. Pero nadie advirtió este _quid pro quo_ gracioso más
que Miguel y un taquígrafo, á quien se le soltó la risa.

Seguía la zumba entre los periodistas. Sin embargo, los comentarios se
decían más para dar pie á la risa que para herir al orador, á quien casi
todos conocían y trataban. Sólo uno, redactor de un diario carlista,
decía de vez en cuando frases graves, de mal gusto, como si tuviese
algún resentimiento personal con Mendoza. Miguel le había mirado ya dos
ó tres veces de modo agresivo, sin que el otro se diese por entendido.
Al fin, encarándose con él, le dijo:

--Oiga usted, amigo, ya no me asombra que salgan las gacetillas de _El
Universo_ tan insulsas. ¡Se empeña usted en derrochar aquí toda la
gracia!

--Lo que usted acaba de decirme, me parece una insolencia, caballero.

--Tal vez.

--Me dará usted inmediatamente una satisfacción--dijo muy enfoscado el
periodista.

--No; prefiero darle á usted un disgusto--contestó Miguel sonriendo.

Entonces el redactor de _El Universo_ tomó el sombrero y salió muy
decidido. Al poco rato se presentaron dos diputados católicos en la
tribuna preguntando por Miguel.

--¿Vienen ustedes á pedirme una reparación? Pues no doy ninguna:
entiéndanse ustedes con estos dos amigos.

Y les presentó los que ya tenía avisados. Los padrinos del redactor
católico no venían tan predispuestos á una solución belicosa. Después de
conferenciar algunos minutos con los de Miguel, bajaron á pedir más
instrucciones á su ahijado. Al poco rato tornaron á subir con el
calumet de paz en la mano, diciendo que «los principios religiosos de su
amigo no le permitían vengar las ofensas con las armas».

Al saberse esto, hubo una explosión de risa en la tribuna.

--Pues si sus principios religiosos no le permiten batirse--dijo Miguel
irritado,--no había para qué nombrar padrinos. Más bien parece que ese
señor quería probar fortuna.

Al fin terminó Mendoza su discurso con tres diputados en el salón, uno
de ellos roncando.

Lo cual no fué óbice para que la prensa al día siguiente le declarase
por hombre peritísimo «en asuntos financieros».

Cuando Miguel le fué á dar la enhorabuena, estaba sudando copiosamente;
pero impasible y sereno como un dios, rodeado por todos los miembros de
la comisión de presupuestos.

Salieron juntos del Congreso, y fueron á refrescarse al café de La
Iberia. Después de charlar allí poco tiempo, llevando la palabra Miguel
(ya sabemos que Mendoza no era hombre que malgastase su saliva á tontas
y á locas), dijo éste levantándose:

--Vaya, Miguelito, dispensa que te deje: tengo algunas cosas que hacer.

Los ojos del hijo del brigadier expresaron el asombro y la indignación.

--Con las glorias, Perico, se te van las memorias. ¿No habíamos quedado
en ver al Presidente después de la sesión?

--Es verdad; se me había olvidado--repuso Mendoza sin poder reprimir un
gesto de tristeza y disgusto.--Yo no sé si en este momento... Se acerca
la hora de comer...

Miguel, á quien no se le había escapado aquel gesto, dijo con la
impetuosidad que le caracterizaba:

--Oyes, ¿te figuras que yo he perdido lastimosamente dos horas oyéndote
citar datos que se encuentran en cualquier anuario de estadística, sólo
por el gusto de hacerlo?... ¡Nunca pensé que tu egoísmo fuese tan
refinado! Me ves á dos dedos de la ruina por tu causa, sólo por tu
causa, y en vez de dedicar todas las fuerzas á salvarme, con lo cual no
harías más que cumplir con tu deber, manifiestas olímpica indiferencia.
Ni siquiera quieres molestarte yendo de aquí á la Presidencia. ¡Esto es
indigno, repugnante! Te he dispensado muchas cosas en mi vida, Perico;
pero esto pasa ya de la raya.

Rivera estaba trémulo y descompuesto al pronunciar estas palabras.

--No seas tan polvorilla, hombre, que yo no me he negado á ir contigo á
la Presidencia ni á ninguna parte--dijo Mendoza poniéndole la mano en el
hombro, mientras se dibujaba en sus labios la sonrisa humilde que
llamaba Miguel «de perro de Terranova».--Vamos ahora mismo á la
Presidencia.

--Vamos--dijo Rivera secamente, levantándose.

Á los pocos pasos ya le había desaparecido el enojo. Cuando llegaron,
aún no había entrado el Presidente. Mendoza, como diputado, penetró en
el despacho desde luego con Miguel, y allí le aguardaron ambos, sentados
cómodamente en un diván, mientras la caterva de pretendientes se pudría
en la antesala. No tardó en oirse el ruido de un carruaje en el portal.
Al instante comenzaron á sonar rabiosamente todos los timbres de la
casa.

--Ahí está el Presidente--dijo Mendoza.

En efecto, á los pocos segundos, entró en el despacho acompañado de
varios diputados. Al ver á Mendoza, le saludó en el tono familiar y
campechano con que se saluda á los amigos que se ven todos los días.

--Bien trabajado, querido Mendoza, bien trabajado. Ha producido muy buen
efecto.

Aludía al discurso.

Aquél, en vez de acortarse ante la grandeza del personaje que tenía
delante, le respondió en el mismo tono familiar y corriente. A Miguel no
dejó de causarle maravilla aquel aplomo. Porque él, con estar más
avezado al trato social, no podía menos de sentir cierta emoción
respetuosa ante el hombre que empuñaba á la sazón las riendas del
Gobierno. Tendría unos cincuenta años: era rubio, pálido, de facciones
correctas y no desagradables. Lo único que afeaba su rostro era una fila
de dientes grandes que dejaba harto al descubierto cuando sonreía; y lo
hacía á menudo, por no decir constantemente.

--Le presento á mi amigo Miguel Rivera, director que es actualmente de
_La Independencia_.

--Ya tenía noticias de este señor. Muchísimo gusto en conocer á usted
personalmente, Sr. Rivera--dijo el Presidente, estrechándole la mano con
excesiva amabilidad.

--Ustedes me dispensarán un momento, ¿no es verdad?--añadió, tocándoles
en el hombro á ambos.--Tengo que hablar cuatro palabras con aquellos
señores... Soy con ustedes al instante.

El instante fué de cerca de media hora. Miguel estaba ya impaciente. Sin
embargo, le había complacido mucho la acogida cortés del Presidente y
por eso le perdonaba sin dificultad la tardanza.

--Ea--dijo después que hubo despedido á todos,--ya soy de ustedes. ¿Qué
se le ocurre, amigo Mendoza?

--Quería saber si han resuelto ustedes algo acerca del distrito de
Serín.

--¿Qué distrito es ese; el que deja el General Ríos?--preguntó, dejando
momentáneamente de sonreir y fijando los ojos en el balcón.

--Sí, señor.

--Hasta ahora no hemos pensado en los distritos que quedan vacantes. Las
segundas elecciones tardarán dos meses lo menos en efectuarse.

--Aquí, mi amigo Rivera, tiene el proyecto de presentarse por ese
distrito, en el caso de que el Gobierno le apoye.

--Tempranito es aún. Hace usted bien, sin embargo, en no descuidarse...
¡Pero usted, amigo Mendoza, es un pozo de ciencia!--añadió alegremente,
sin poder saberse á punto fijo si hablaba ó no con ironía.--¡Vaya un
discurso nutrido el que usted nos ha dado esta tarde!

Brutandór bajó la cabeza é hizo todo lo posible por sonreir.

--Con ustedes no gasto ceremonias, porque son amigos. Acompáñenme
ustedes á comer, y así hablaremos con más espacio y comodidad.

Y les hizo pasar á un gabinete reservado donde estaba puesta la mesa. Ni
Mendoza ni Miguel aceptaron la invitación; pero éste agradeció aquella
amable franqueza.

Se puso á comer el Presidente, deplorando repetidas veces que no le
acompañasen; mostróse cada vez más expansivo y cariñoso con Mendoza y
abrumó á Miguel con finas y delicadas atenciones, ahora hablándole de su
padre, á quien había conocido, y haciendo de él calurosos elogios, ahora
recordándole algún buen artículo de _La Independencia_, otras veces, en
fin, informándose con visible interés de los pormenores de su vida, si
estaba casado, cuánto tiempo hacía, dónde había estudiado, en qué se
ocupaba, etc., etc. Contóles varias anécdotas picantes, é hizo algunos
retratos chistosos de personajes políticos ya fallecidos á quien en
tiempos antiguos había tratado. De los vivos, aunque fuesen de
oposición, hablaba siempre con bastante miramiento. Interrumpiéndose de
pronto, dijo á Miguel:

--¿No es verdad, Sr. Rivera, que el Presidente del Consejo es un tantico
desvergonzado?

--Dicen que Richelieu también lo era--respondió Miguel inclinándose.

--Siento tener sus defectos y no sus cualidades. ¡No sabe usted lo que
yo envidio á esos hombres reservados, comedidos, prudentes... así como
nuestro amigo Mendoza!

Tampoco era fácil saber ahora si el jefe del Gobierno hablaba en serio.

--Yo no: es privarse de uno de los mayores placeres de la vida.

--Convengo en ello; pero el más caro de todos.

Y á este propósito les refirió varios lances en que el decir con
franqueza lo que pensaba le había ocasionado graves daños. Era su
conversación alegre, insinuante, sin sombra de orgullo. Pecaba, al
contrario, de excesiva familiaridad. Cuando terminó de comer, ofrecióles
galantemente cigarros, y encendiendo uno, y echándose hacia atrás en la
silla, preguntó á Rivera:

--¿Conque usted quiere ser diputado por Serín?

--Si usted no se opone á ello...

--¡Yo qué me he de oponer! Basta que usted sea hijo del brigadier Rivera
y amigo de Mendoza. Además, la elección no podría ser más acertada:
usted es un joven de talento, como ya lo tiene demostrado; pertenece al
elemento democrático del partido, que dispone dentro de él de un
respetable contingente; es usted independiente por su fortuna... Con
hombres como usted, los jefes de Gobierno deben tener mucha cuenta y
procurar á toda costa atraérselos. Á nosotros nos convienen los jóvenes
de inteligencia y de porvenir; los astros que se levantan. En cuanto á
los que se acuestan, cama de pluma para que descansen. Esta es la vida
pública.

Quedóse unos instantes pensativo, dió una chupada al cigarro y añadió:

--No conozco el distrito de Serín. ¿Usted sabe cómo anda aquello,
Mendoza?

--Me parece que el Gobierno dispone de él en absoluto. El General no ha
tenido siquiera oposición.

--Bien; pero hay que tener presente que el General es figura de primera
magnitud en la política, y que su nombre bastaría para ahuyentar toda
oposición.

--Sin embargo, yo creo que el distrito, con pequeño esfuerzo que el
Gobierno haga, es seguro.

--¿De veras?

--Sí, señor.

--¿Y el General está conforme con la candidatura del señor?

--Desde luego; es antiguo amigo suyo. Por él le he conocido yo.

--Pues si es así--dijo levantándose y poniendo una mano en el hombro á
Miguel,--cuéntese diputado.

Sintió éste un leve estremecimiento de placer, y respondió, levantándose
también:

--Muchísimas gracias, señor Presidente.

--No las acepto. ¡Qué otra cosa pudiera yo desear que todos los
diputados de la mayoría fuesen como usted!... No deje usted de venir por
aquí á charlar algún rato. Aunque las elecciones se retrasarán todavía
un poco, conviene que usted escriba al distrito y se entienda por medio
del General con alguna de las personas caracterizadas. No dé usted
manifiesto ninguno. Cuando llegue la ocasión, ya escribiremos al
gobernador. Adiós, señores; tanto gusto en conocer á usted. Ya sabe
usted dónde me tiene á sus órdenes. No me olvide usted, y déjese ver por
aquí alguna vez.

Miguel salió entusiasmado de la entrevista. Cuando estuvo en la calle,
exclamó:

--¡Pero qué simpático es el Presidente, Perico! Cualquier jefe de
negociado está más hinchado que él, en su oficina. Bien se echa de ver
la superioridad de las personas, cuando es legítima. Ya no me sorprende
que tenga tantos amigos y tan decididos... ¡Es tan fácil á un personaje
elevado conquistárselos! Aquí me tienes á mí que con sólo una acogida
natural y afectuosa y algunas frases de cortesía, soy capaz de matarme
por él.

--No hay que descuidarse en escribir al General--dijo Mendoza
gravemente.

--¡Eres un hombre de hielo, Perico! Para ti no hay amistades ni odios,
hombres simpáticos ó antipáticos. De todos tomas lo que te hace falta y
sigues tu camino... Quizá tengas razón.

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XVIII


NO estás enojada conmigo, Maximina? ¡Dejarte sola todo
el día!--dijo, acercándose á la cama de su esposa.

--¡Bah! Cuando tú lo has hecho, por algo sería--respondió ella besándole
la mano con que la acariciaba el rostro.

Al día siguiente, recibieron la visita de la tía Martina y de su hija
Serafina. La buena señora había enflaquecido notablemente: ¡tal vida
llevaba con su marido! Don Bernardo estaba cada vez más loco con sus
disparatados celos. Al referirles lo que en su casa acaecía, lloraba á
lágrima viva.

--Al cabo de cuarenta años de matrimonio, ¡cómo se me había de ocurrir
faltar á tu tío, Miguel! ¿No te parece que tengo bien probada mi virtud?
Y si hubiera de caer, además, no sería con un viejo carcamal que huele á
drogas de una legua, como tú comprenderás, ¿no es cierto?...

Miguel asintió con la cabeza, reprimiendo á duras penas una sonrisa;
pues le hacía gracia que su tía encontrase verosímil el que un joven la
galantease.

--Yo soy una mujer honrada... Serafina, no vengas á aquí; vuélvete con
el niño al comedor--dijo, interrumpiéndose al ver á su hija entrar en la
alcoba con la criatura en los brazos.--Toda la vida lo he sido. Ni con
el pensamiento he faltado jamás á mi marido. En pago de esto, ahora me
avergüenza delante de los criados, tratándome poco menos que como una
mujer pública. Yo no puedo sufrir más tiempo este martirio, Miguel. Me
muero, me muero sin remisión. El otro día armó un escándalo porque halló
una colilla de cigarro en mi gabinete. Como ni Vicente ni Carlos fuman,
se empeñaba en que allí había estado Hojeda. Hasta sostenía que era de
un cigarro igual á los que éste fuma, cuando en su vida fumó pitillos. A
mí me acometió un desmayo: hubo que llamar al médico. Por fin, allá de
noche, viendo el grave disgusto que en casa había, un criadillo de
quince años que tenemos le confesó á la doncella que había sido él quien
dejara olvidada la colilla, y ésta se lo fué á decir á Bernardo. Pues
aunque lo despidió al instante, todavía no quedó tranquilo. No nos duran
los criados más de quince días. Todos se le figura que son alcahuetes
del boticario... Anteayer subió el chiquillo de los periódicos y me los
entregó á mí, que pasaba casualmente por el corredor. Mi marido, que lo
ve, se le mete en la cabeza que es un emisario y sale corriendo al
balcón. ¡Por cuanto á los pocos minutos pasaba por la calle Hojeda!...
No os quiero decir lo que allí pasó; ¡un delirio, una catástrofe! Si no
es por Vicente, me mata con el revólver... No puedo salir sino
acompañada de mi hija, y eso dejando escrito en un papel adónde voy...
Ha mandado deshacer todos los colchones de la casa para hallar unas
cartas que dice que yo tengo ocultas.... En fin, ¿queréis más? Ha
mandado poner una reja á la chimenea, porque piensa que por allí entra
Hojeda en casa...

--¡Ave María! ¡Está loco el pobre tío!--exclamó Miguel.

--No lo creas: habla tan acorde como tú y como yo, y no se le olvida
nada.

--Tía, no está usted fuerte en frenopatía. Los locos han progresado,
como todo en este mundo. Ahora discurren y hablan como los demás. Para
distinguir un loco de un cuerdo es necesario acudir á los especialistas.
Por consiguiente, no se meta usted en honduras; cuanto más que mi tío
está dando señales muy sospechosas hasta para los profanos.

Loco ó cuerdo, quiero separarme de él, porque mi vida es un infierno.
Pero una vez que solté la especie, se puso frenético, diciendo que yo
deseaba el divorcio para unirme con mi querido, y que me daría seis
tiros si llegaba á hacerlo...

--¡Pobre tía!--dijo Maximina llorando también.

--¡Qué os parece de mi vida!... Pues no es eso sólo. Tengo otra porción
de disgustos encima. Una niña de Eulalia la tenemos casi ciega...

--¿De qué?--preguntó la joven madre.

--¿De qué ha de ser, muchacha? De la vista.

--Le preguntaba de qué enfermedad.

--¡Ah! No sé qué nombre le da el médico. Además, Encarnación, la
doncella, que ya sabéis que era mis manos y mis pies, se ha casado el
lunes de la semana pasada. No os podéis figurar cómo está la casa desde
que ella salió. Aquello es una república, hijos. Yo no puedo
multiplicarme: ¡como hacía doce años que descansaba en ella!... Ella
tenía las llaves de la ropa blanca; ella tomaba la cuenta á la
lavandera; ella sacaba el chocolate y los garbanzos; ella avisaba en el
almacén de vinos, cuando hacía falta, y mandaba por aceite y por azúcar;
ella planchaba las camisas á Carlos y Enrique (porque Vicente las manda
á planchar fuera). En fin, yo apenas estaba enterada de lo que comían
los criados, porque ella los traía bien sujetos...

--¿Y Enrique? ¿Qué es de él?--preguntó Miguel, temiendo que su tía,
hablando de criados, no concluyese nunca, según su costumbre.

--Esa es otra. ¡Empeñado en casarse con la chula! No hay quien se lo
saque de la cabeza. Su padre no quiere oir hablar de él siquiera, y ya
ha dicho que, si continúa en relaciones con ella, lo echa de casa.
Vicente y Eulalia tampoco le dirigen la palabra. Quien paga los vidrios
rotos en casa soy yo, porque á mí me da lástima, ¿sabéis?

--Sí; Enrique siempre ha sido el preferido.

--Toda la familia se empeña en eso, y no es verdad; pero como veo que es
el más desgraciado... Él, en cambio, me trata peor que á un zapato.

La entrada de Serafina con el chico, cortó de nuevo la conversación.
Detrás de ella venían todas las criadas, dando muestras de viva
agitación.

--¿Qué pasa?

--Que el niño se ha reído--dijo Serafina.

--Se ha reído como hay Dios en los cielos, señorita--confirmó una
criada.

--Vaya, están ustedes locas--dijo D.ª Martina.--¡Si no tiene más que dos
días!

--No puede ser--manifestó Maximina poniéndose, sin embargo, colorada de
la impresión.

--Que sí, señorita, que sí--prorrumpieron todas.

--Verá usted cómo fué, señorita--dijo una de ellas muy sofocada.--Estaba
la señorita Serafina así con el niño, ¿sabe? Y voy yo y le cogí así,
por la espalda, ¿sabe? y lo levanté en alto, y lo empecé á menear y á
decirle: «Chiquirritín, botón de rosa, clavel, ¿quieres llamarte
Miguelito como tu papá?» El niño, nada. «¿Quieres llamarte Enriquito
como tu tío?» Tampoco hizo nada. «¿Quieres llamarte Serafín como tu
tía?» Entonces abrió los ojillos un poco, ¿sabe? ¡y nos hizo una
muequecita tan salada!

Maximina sonreía como si estuviese escuchando un secreto celeste. Lo
mismo ella que la tía Martina se dejaron convencer al instante; pero
Miguel se resistió.

--Yo, en materia de sonrisas de niños, por más que cuenten cincuenta y
siete horas de existencia, tengo un escepticismo inveterado. Soy como
Santo Tomás: «Ver y creer».

--Que se ha reído, Miguel, no te quepa duda; te lo aseguro yo--dijo
Serafina.

--No me ofreces garantías suficientes de imparcialidad.

--Bueno; pues va á hacerlo otra vez. Ya verás.

Serafina cogió el niño y lo levantó por encima de la cabeza con gran
decisión, preguntándole al mismo tiempo si deseaba llamarse Serafín, á
lo cual el niño no juzgó oportuno responder, tal vez por un exceso de
diplomacia, porque no sería raro que el nombre le pareciese ridículo.

Maximina estaba pendiente de sus labios como si se hallase en el
ejercicio de preguntas de una oposición á cátedra.

--Á ver con usted, Plácida--dijo, procurando ocultar su aflicción.

Plácida se destacó del grupo como una artista del circo de Price que
sale á ejecutar su trabajo. Levantó el niño con sorprendente maestría,
lo movió de Norte á Sur, después de Oriente á Occidente y le hizo con
voz recia las preguntas consagradas: «Chiquirritín, monín, botón de
rosa, clavel, ¿quieres llamarte Miguelito como tu papá? ¿Quieres
llamarte Enriquito como tu tío? ¿Quieres llamarte Serafín como tu tía?»

Un silencio lúgubre siguió á estas palabras. Todos los ojos estaban
clavados en el joven opositor, quien lejos de mostrar predilección por
ninguno de los nombres que le indicaban, manifestó bien claramente,
aunque en forma inarticulada, que no hallaba motivo para que por mera
cuestión de nombres le batiesen tanto los hipocondrios.

--¿Lo veis?--dijo Miguel.

--Es que ahora no está de humor de reirse--contestó Maximina muy
desabrida.--Tampoco tú te ríes cuando te lo mandan. Además, ahora debe
de tener hambre. ¡Traédmelo, traédmelo! ¡Pobrecillo de mi vida! ¡Corazón
mío!

Y la niña-madre ocultó á su hijo dentro de las sábanas y le puso el
pecho en la boca.

A los tres días se efectuó el bautizo. Con la resignación melancólica
que las madres manifiestan en este caso, Maximina dejó que le llevasen á
su hijo.

--Ya es cristiano, señorita--le dijo la muchacha entregándoselo.

La niña lo besó con ternura y lo apretó contra su seno diciendo por lo
bajo:

--Ya no te separarán más de mí, hijo de mis entrañas.

A los cinco días ya se levantaba de la cama. Era una naturaleza
provinciana, rica de sangre, en la cual, esta función augusta de la
vida, lejos de dejar huella dolorosa, provocaba un aumento de salud y de
fuerzas. A los ocho ya desempeñaba todos los menesteres de la casa. A
los quince salía de paseo. Fueron padrinos del niño Enrique y Julita, y
se llamó como el primero.

Los placeres que todo esto proporcionaba á Miguel, estaban amargados con
el grave peligro que su fortuna corría. A todas horas le mortificaba tal
pensamiento, en términos que le costaba hacer un esfuerzo grande sobre
sí mismo para aparecer alegre delante de su esposa. Se había escrito al
General; pero éste había contestado en forma tan ambigua y maliciosa,
que ya no le quedó duda de que por ese lado el negocio estaba perdido.
Desde entonces consideró cuerdamente que su salvación estaba en salir
diputado, ganar influencia en la mayoría y con los ministros y
aprovecharla en un momento dado para sacar de los fondos reservados el
dinero que había comprometido.

Pero Eguiburu ya le había hecho otras tres ó cuatro visitas, y le
apuraba para que garantizase el dinero restante. En la última, con
muchos rodeos y perífrasis, llegó á amenazarle con una demanda
ejecutiva. Comprendió entonces que era preciso jugar el todo por el
todo. Si no se avenía á garantizar, la ruina era segura. Eguiburu le
sacaría á subasta las casas, y por más que le quedase algún dinero,
porque valían más que el importe de la deuda, no sería mucho. Por otra
parte, esto traería consigo el escándalo. Le considerarían todos como un
hombre arruinado, cuando no como tramposo, y no le harían caso: tenía
suficiente conocimiento del mundo para verlo claramente. De la
diputación sería preciso asimismo despedirse: la pobreza huele mal en
todas partes.

Decidióse, pues, á firmar el pagaré de los doce mil duros, y para ello
convino con su acreedor el día y la hora. Con la emoción natural en
quien va á quemar las naves, se presentó una tarde en casa de Eguiburu.
Estaba en su despacho hablando con dos personas. Quiso aguardar Miguel
á que éstas saliesen para tratar su asunto; pero el banquero comenzó
desde luego á hablar en voz alta, y como observase que el joven dirigía
frecuentes miradas á los intrusos y se mostraba reservado para
contestar, le dijo:

--Puede usted hablar con toda confianza, Rivera. Estos señores son
amigos y no les importa nuestros negocios.

Miguel se hizo cargo en seguida de lo que aquello significaba:--«Este
miserable tiene miedo de que yo niegue la firma y ha traído dos
testigos». Pensando esto, la bilis se le revolvió. Hubiera deseado no
tener familia para tirar los treinta mil duros por la ventana y
abofetear en tal momento á aquel puerco. Se reprimió con trabajo y
comenzó á ventilar su asunto con el feroz banquero, el cual hablaba cada
vez más alto, sacando á luz todos los antecedentes. Miguel contestaba
secamente á sus preguntas. Al fin, cuando las hubo satisfecho á su gusto
y se disponía á firmar el pagaré, le dijo:

--Ahora surge una dificultad, amigo Rivera. Para mí es doloroso
decírselo á usted porque no le ha de agradar; pero no puedo pasar por
otro camino. Además de los doscientos cuarenta y seis mil reales que
para los gastos del periódico he facilitado, entregué también en
diversas fechas algunas cantidades, ya al General, ya al Sr. Mendoza, ya
al administrador del periódico, las cuales suman ciento once mil
reales... Aquí están los recibos. En ellos se expresa que estas
cantidades estaban destinadas para el socorro de los emigrados, aunque
en realidad eran para los manejos revolucionarios... Yo, como usted
comprenderá, no he de perder este dinero.

--Y quiere usted que lo pierda yo, ¿verdad?

--Podría exigírselo al General y al Sr. Mendoza, firmantes de los
recibos; pero me costaría trámites judiciales, molestias...

--Sí, sí, más vale que yo garantice también esos cinco mil duros--dijo
Miguel con acento sarcástico. Así se libran ellos y usted de molestias.

--Yo, Sr. de Rivera, siento muchísimo perjudicar á usted...

--Nada, no lo sienta usted; cuando se tiene á un hombre cogido por el
cuello se debe apretar... Á ver ¿dónde está ese pagaré?... Extienda
usted el otro.

Eguiburu, ruborizado, le alargó un papel, y Rivera lo firmó con mano
nerviosa. Tenía el semblante demudado y la voz alterada; pero conservaba
una actitud grave y fría.

--¿No ha extendido usted aún el pagaré de los ciento once mil
reales?--preguntó con sequedad.

--Voy allá, Sr. de Rivera--respondió el banquero, sin poder ocultar
cierta confusión, que probaba que aún no había perdido del todo la
vergüenza.

Cuando hubo terminado, Miguel lo firmó, dejó caer la pluma con orgulloso
ademán, y se despidió, inclinando la cabeza.

--Buenas tardes, señores.

Salió sin dar la mano á ninguno.

Las mejillas le echaban fuego cuando se encontró en la calle. Lo primero
que hizo fué ir á la redacción de _La Independencia_, y anunciar á los
redactores y empleados que el periódico cesaba en su publicación.
Escribió un artículo de despedida, y dejó medio arreglados los asuntos.
En los días siguientes quedaron zanjados por completo.

Muerta _La Independencia_, quedó más desahogado y pudo consagrarse
enteramente á «trabajar la elección». En ella tenía cifrada su
esperanza. Si salía diputado, confiaba hacerse notar pronto entre la
mayoría: su palabra no era torpe: estaba avezado además á la polémica:
finalmente, se juzgaba con más ilustración que la mayor parte de los que
á la sazón representaban al país. Se aplicó, pues, con ahinco á buscar
recomendaciones, no sólo de primera, sino de segunda, tercera y hasta de
cuarta mano, escribió numerosas cartas é hizo varias visitas. Guardóse,
no obstante, de hacérselas por de pronto al Presidente: tenía suficiente
malicia ó tacto para comprender que no debía mostrar un afán demasiado
vivo, á fin de que no se le desdeñase. Lo mejor era trabajar por su
cuenta primero, y después recordar al ministro su palabra.

Mendoza no aprobó la muerte de _La Independencia_.

--Ha sido un mal golpe, Miguel, que te puede costar caro--dijo,
torciendo el gesto.

--¿Qué querías--respondió impetuosamente aquél,--que estuviese
soportando de mi bolsillo todos los gastos, además de la fianza que
tengo encima?

--Aun haciendo un sacrificio, te hubiera convenido sostener el periódico
al menos hasta después de la elección.

Miguel todavía se empeñó en sostener lo contrario; pero en el fondo, al
instante vió claramente que su amigo tenía razón y que había obrado con
ligereza.

Trascurrido un mes ó más desde la primera visita que hizo al Presidente,
determinó hacerle la segunda. Se fué allá á la hora en que solía estar
en su despacho. El portero le dijo que su excelencia estaba ocupadísimo
hablando con una comisión de diputados catalanes y que había dado orden
de no dejar pasar absolutamente á nadie.

--Necesito hablarle: él ha sido quien me ha invitado á venir por aquí.

El portero le miró con esa expresión de indiferencia y fatiga, preñada
en el fondo de desprecio, del que está escuchando constantemente las
mismas cosas y sabe que son mentira.

--Si usted quiere aguardar, puede sentarse.

Aquello quería decir:

--¡Qué retonto es usted, amigo! ¿Cree usted que tengo ganas de oir
simplezas?

Miguel se ruborizó y fué á sentarse en un diván de la antesala donde
había otras seis ú ocho personas aguardando.

Al poco rato entró un caballero de paletó, muy finchado, y el portero se
inclinó reverente y le abrió la mampara del tabernáculo presidencial. De
modo que la orden de no dejar pasar «absolutamente á nadie» era una
farsa del portero. Miguel se levantó vivamente, y le dijo abriendo su
cartera:

--Tenga usted la bondad de entregar esta tarjeta al Presidente.

--No puedo, caballero; tengo orden...

--Le digo á usted que entregue esa tarjeta al Presidente--repitió más
alto y con acento enérgico que impuso al ujier, quien la tomó por fin,
aunque murmurando, y entró en el despacho.

--Aguarde usted un instante, caballero--dijo saliendo otra vez.

Hora y media esperó; pero estaba resuelto á hablar con el jefe del
Gobierno, y no bastaron á hacerle desistir de su propósito ni las
miradas burlonas del portero, ni su propia impaciencia, que era grande.
Al fin se abrió la mampara y salió un grupo de diputados, y entre ellos
el Presidente con el sombrero puesto y con todas las trazas de irse á
la calle.

--¡Ah! Sr. Rivera--dijo viéndole.--Dispénseme usted... Tantas cosas
tengo en la cabeza... ¿Quiere usted que entremos en el despacho?

--No merece la pena--replicó Miguel, entendiendo que aquello molestaría
al prócer.

Este le cogió familiarmente por la solapa de la levita, y lo llevó al
hueco de un balcón.

--Viene usted á hablarme del distrito, ¿eh? ¿Cómo lo tiene usted?

--Creo que bastante bien. Hasta ahora, me parece que no hay oposición.

--Tenía que hablarle de esto. Pensaba escribirle para que viniese por
aquí. Me alegro que usted se haya adelantado. Ayer me han dicho que por
ese distrito trataba de presentarse Corrales.

--¿Quién, el ex ministro moderado?

--El mismo. No creo que tenga allí ningún arraigo, ni que el Gobierno
necesite ejercer gran presión para derrotarle; pero conviene no vivir
descuidados. Por nada en el mundo quisiera que el representante más
genuino, y uno de los más temibles del moderantismo, se nos colase de
rondón en nuestra casa. Porque el distrito de Serín es nuestra casa,
puesto que ha elegido á Ríos, que es factor importante de la revolución.
¿Ha trabajado usted mucho?

--Bastante.

--Bien; pues uno de estos días tráigame usted los datos que tenga
reunidos, los nombres de los alcaldes que nos sean contrarios, y los de
las personas sobre las cuales el Gobierno pueda influir. En tanto, no
ceje usted un momento. Comprometa usted á los amigos que han dado la
elección al General; pero no se fíe usted mucho de las palabras. Procure
usted tenerlos cogidos de algún modo, bien con promesas ó con amenazas.
Quedamos en que usted me traerá los datos, ¿verdad? Adiós, Rivera. No
olvide usted el camino de esta casa.

Se despidió con un cordial apretón de manos. Miguel quedó, como la vez
pasada, plenamente satisfecho. El jefe del Gobierno tenía un tacto
especial para hacerse perdonar sus descortesías, un carácter abierto y
cariñoso, que cautivaba inmediatamente á cuantos se le acercaban.

Quince días tardó en verle de nuevo, porque dos veces que había ido, se
le dijo que su excelencia no podía recibirle por estar despachando con
el subsecretario.

--Hola, Rivera; ya sé que ha estado usted otra vez aquí. He sentido en
el alma no poder verle. De todos modos, hasta ahora no corría prisa el
asunto. Vamos á ver; siéntese usted. ¿Cómo lleva usted ese distrito? ¿Le
da á usted mucho que hacer Corrales?

--Hasta ahora no es gran cosa.

--¿De veras?--dijo el Presidente sorprendido.--Pues muy distintas son
mis noticias entonces. Me han dicho que se está moviendo de un modo
prodigioso; que el clero trabaja por él con decisión, y que algunos de
nuestros amigos, á quienes, al parecer, Ríos no ha podido ó no ha
querido servir, se le han pasado con armas y bagajes... Pero es posible
que usted esté mejor informado.

--Sr. Presidente, las cartas que de allá recibo no dicen nada de eso;
antes me aseguran todos los amigos del General que estando éste conforme
con mi candidatura, y apoyado por el Gobierno, no es posible dudar por
un momento del triunfo.

--Con todo, es conveniente que usted vaya en persona á allá, hable con
ellos y vigile la elección. Los que llevamos algunos años en la vida
pública, sabemos que no hay ninguna segura.

--Está bien. ¿Cuándo cree usted que debo marcharme?

--Cuanto antes mejor; pero antes pásese usted por aquí á fin de que yo
le dé algunas cartas. Para el gobernador no la necesita usted, puesto
que ya sabe hace tiempo que es usted el candidato oficial... Además,
creo que ustedes se tratan...

--Sí, señor; le he conocido cuando era redactor de _La Iberia_.

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XIX


PUES estando Miguel con este afán y congoja por el temor
de una ruina inminente en su fortuna, otro peligro mil veces mayor le
amenazaba sin saberlo. Ya hemos visto qué extraña inclinación se
despertó en D. Alfonso Saavedra hacia Maximina. No puede compararse más
que á la del lobo de que nos habla el apólogo, quien teniendo á su
disposición el rebaño entero de un rico fué á devorar la única oveja que
un pobre poseía.

Como el caballero andaluz no era hombre avezado á los desdenes, ó porque
tropezase casi siempre con mujeres fáciles, ó porque su figura
arrogante, su fortuna y su astucia le hiciesen temeroso aun para las
firmes, quedó altamente desabrido de la escena del baile en que tan
ridículo papel había hecho á sus propios ojos. La carencia absoluta de
coquetería, que notaba en la esposa de Rivera, era lo que más le
mortificaba precisamente, pues no podía siquiera forjarse la ilusión de
que la indiferencia con que había acogido sus galanteos fuese en poco ó
en mucho fingida. Decir que después del baile su afición subió de punto
grandemente, sería hacer poco honor á la penetración de los lectores.
Nadie ignora que para el amor el desdén no suele ser el mejor calmante y
que en la mayoría de las pasiones locas que en el mundo vemos, entra con
un contingente respetable el amor propio.

No enloqueció Saavedra, ni aun quiso aparentarlo haciendo sandeces como
D. Quijote en Sierra Morena; pero como hombre sagaz y corrido en
aventuras de esta clase, determinó no perder otra vez su sangre fría y
establecer el bloqueo de la plaza según las reglas que de su experiencia
había sacado. Penetrando pronto en el carácter de Maximina, comprendió
que con ella no servía de nada la amabilidad henchida de arrogancia, el
acatamiento empapado de desdén con que había enamorado á su prima Julia.
Aquella naturaleza serena, grave y humilde, no podía ser atacada por la
vanidad. Era preciso dirigirse al corazón. Propúsose, pues, ganarla poco
á poco, no en calidad de amante desdeñado, que esto bien se le alcanzaba
que era perder para siempre su estimación, sino como amigo sincero,
cariñoso y servicial. Procuró con todas sus fuerzas ahuyentar las
sospechas que la conversación del baile pudiera haber dejado en el ánimo
de la joven esposa. Pronto se cercioró de que la agitación en que
entonces se hallaba no le había permitido fijarse en que la estaba
galanteando: y pudo á su sabor desplegar el plan de campaña que había
meditado.

Poco á poco empezó á frecuentar más la casa, venciendo con maña la
antipatía que Miguel no era poderoso á ocultar. Para ello dejóle
entrever cierto cambio en su conducta favorable á las ideas de orden y á
la paz y bienestar que consigo trae la vida de familia. Mostrósele en
algunas confidencias como hombre hastiado de la vida corrompida y
desengañado de los placeres mundanos. Para lisonjear sus aficiones
literarias y científicas, pidióle algunos libros, y después de leerlos
le habló de ellos con prolijidad y entusiasmo, que hacían reir á nuestro
joven interiormente. Entonces, mejor que nunca, comprendió, y no dejó de
admirarse, de la supina ignorancia de los hombres llamados de mundo. D.
Alfonso no había leído en su vida más que unas cuantas novelas
francesas; y hacía algunas veces tales preguntas, que pasmarían á
cualquier niño de la segunda enseñanza.

--Es uno de nuestros salvajes más distinguidos--decía á su esposa
hablando de aquella nueva afición á los libros.

Con Maximina sostenía el caballero andaluz largas conversaciones acerca
de sus viajes, fijándose en las costumbres domésticas de otros países.

--Mire usted (Saavedra no tuteaba á Maximina; á Miguel sí), en
Inglaterra se come cinco veces al día. Por la mañana se desayuna uno con
cualquier cosa: á las nueve ó las diez se hace un almuerzo relativamente
fuerte: á la una, otro más flojo: á las cinco ó las seis, se come, y al
tiempo de retirarse también se toma algo.

Maximina, como ama de casa, se interesaba por estos pormenores,
preguntaba el precio de las viandas y el de las habitaciones. Admirábase
muchísimo de la libertad que en aquellos países tenían las mujeres para
salir solas por la calle y aun para viajar.

--Vamos, el gran país para Maximina--decía Miguel.--Le da vergüenza ir
sola á misa, y está la iglesia á cuatro pasos.

La niña sonreía avergonzada.

--Pues ayer he ido con Juana á la calle de Postas á comprarte
calzoncillos.

--Hé ahí una palabra que no podía usted pronunciar en Inglaterra delante
de gente.

--¡Madre! ¿Y cuando los compran, cómo los llaman?

--Lo dicen al dependiente bajo secreto de confesión--respondió Miguel.

--No haga usted caso--dijo Saavedra riendo.--Para aquellas damas los
dependientes de comercio no son gente.

También procuraba ponerla en algunas confidencias íntimas de su casa y
familia, pidiéndole consejo y siguiéndolo á menudo.

--La verdad es que en punto á buenos consejos no echo de menos á mi
madre. Usted, Maximina, hace sus veces divinamente. Me declaro hijo
adoptivo de usted, aunque bien puedo ser su padre.

--Pero no es usted todo lo obediente que yo quisiera.

--Sólo en un punto, ya lo sabe usted... En los demás la obedezco
ciegamente.

El punto era el del matrimonio. Maximina no cesaba de aconsejarle que se
casase.

--Hasta ahora no he hallado una mujer que me satisfaga para
esposa--contestaba él.

--¿Por qué no se casa usted con Julia?--le dijo un día á boca de jarro,
con la ingenuidad que la caracterizaba.

D. Alfonso quedó un poco confuso.

--Julia es una buena chica... muy bien educada... tiene talento... es
bonita... Pero aquí, en confianza, Maximina, ¿cree usted que yo sería
feliz con Julia?

--¿Por qué no?--replicó la niña.

Saavedra guardó silencio unos instantes, quedando en actitud reflexiva.
Después, dijo:

--Ya comprenderá usted que siendo usted su cuñada y yo su primo, ni uno
ni otro podemos delicadamente hablar de ella, sino para elogiarla,
cuanto más que lo merece por muchísimos conceptos. Pero con usted tengo
confianza para decirle una cosa, y es que no congeniamos. Somos los
dos...

Y D. Alfonso puso los dedos índices uno frente á otro.

--Pues yo creía que se querían ustedes.

--Sí, nos queremos, pero... de eso á casarse hay alguna distancia... Le
recuerdo que acabo de hablarle como si fuese usted mi madre. No diga
nada de esto á Miguel. Es su hermano y la cosa más insignificante podría
molestarle.

De esta manera insidiosa quiso la serpiente introducirse en aquel
paraíso. Y lo consiguió al cabo. Como tenía prudencia bastante para no
abusar, entró pronto en la casa con cierta familiaridad, pero siempre á
las horas en que Miguel estaba. Bien se le alcanzaba que una sombra de
sospecha que por la mente de éste pasase, bastaría para que todo
concluyese Dios sabe cómo. Aprovechaba también las ocasiones en que la
brigadiera y Julia venían á visitar al matrimonio, para acompañarlas.
Los celos, que había sentido la noche del baile, se le habían borrado
por completo á la hija del brigadier, al ver la confianza fraternal con
que don Alfonso trataba á su cuñada y el empeño que ésta mostraba en
reunirlos y verlos conversar aparte.

--Tú me has casado á mí. Yo me he empeñado en casarte á ti--le decía.

--Sí; pero yo te he casado con el hombre que querías--contestaba Julia
riendo.

--Tú también quieres á Alfonso: no finjas, Julita--replicaba Maximina
besándola.

Por otra parte, Saavedra, en vez de romper el lazo amoroso que le unía á
su prima, habíalo apretado más en los últimos tiempos, quizá para
apartar toda sospecha de su plan, ó por ventura porque tuviese otro y
pretendiese conducirlos á un tiempo; que todo podía esperarse de su
carácter depravado.

Pero habían trascurrido ya algunos meses, y su nefanda empresa no había
adelantado un solo paso. Verdad que en la casa de Miguel se le otorgaba
cada día más confianza, que comía con ellos á menudo, que venía de
tertulia muchas noches, y otras les acompañaba al teatro, que Maximina
le trataba ya como un hermano. Pero esto, justamente, era lo que
impacientaba al caballero. En aquella casa le trataban como á un hermano
futuro. La joven esposa no se había dejado vencer de su negativa, y al
verle persistir en sus relaciones amorosas, creía que sólo había negado
por hipocresía ó por no dar su brazo á torcer, pero que en el fondo
estaba profundamente enamorado de su prima. Y así era razón, dado que
Julia (tal lo creía Maximina) era la joven más hermosa y más seductora
de Madrid.

Cuando se efectuó el feliz alumbramiento de la joven esposa, Saavedra se
condujo como un amigo consecuente, prestando los servicios que estaban
en su mano, viniendo diariamente á saber el estado de la enferma,
demostrando, en fin, tanta adhesión y cariño á los esposos, que el
corazón tierno de Maximina correspondió con afectuosa gratitud, como no
podía menos. Ya hemos indicado que ésta, después de aquel crítico
suceso, había cobrado nueva gracia y atractivo en su figura. Como todas
las mujeres que han nacido de veras para esposas y para madres, y se han
unido al hombre que aman, cada uno de estos sucesos impresionaba y
sacudía favorablemente su naturaleza. Era difícil reconocer en aquella
linda joven de mejillas sonrosadas y ojos dulces y brillantes á la
pálida y encogida niña de Pasajes.

La impaciencia iba penetrando poco á poco en el ánimo del caballero
andaluz. La primera parte de su plan estratégico se había desenvuelto
punto por punto, como él tenía previsto: había ganado la estimación, y
aun el cariño de Maximina. Faltaba la segunda, que era la más escabrosa
y peliaguda en su ejecución, la más dulce en el resultado. ¿Cómo
empezar? Á pesar de su inconcebible orgullo, D. Alfonso temía mucho que
en cuanto diese los primeros pasos le iba á faltar tierra, y dilataba el
ataque para no despeñarse. No obstante, como el deseo y la impaciencia
le pinchaban cada día más fuertemente, y no era hombre á quien en
ninguna ocasión le faltase la audacia, túvola para dirigirle algunos
embozados galanteos, que la niña recibió como bromas de un amigo mimado,
y también para apretarla demasiadamente la mano al saludarla, rozar
suavemente sus pies por debajo de la mesa, y sacarla una horquilla del
pelo con disimulo, estando su dueño reclinado en una butaca. Maximina,
en un principio, atribuyó algunos de estos actos á casualidad, y no se
fijó en ellos. Mas habiendo el andaluz insistido, se sobresaltó un poco,
aunque sin darse cuenta clara del peligro, procuró no colocarse nunca
cerca de él, y le tuvo, desde entonces, un miedo vago. Con este
resultado tan poco lisonjero en sus primeros tanteos, D. Alfonso acabó
de enardecerse, y, aunque él no quería confesárselo, estaba muy
predispuesto á perder la sangre fría de que tanto se gloriaba, y á echar
la casa por la ventana. Como así pasó, según vamos á referir.

Miguel era muy partidario de que el niño se orease. Estaba imbuído en
las modernas teorías de la educación, y creía que los niños debían
vivir el mayor tiempo posible al aire libre, desde su nacimiento. Así
que, en cuanto Maximina estuvo para salir, comenzó con ella á dar largos
paseos por el Retiro. ¡Qué feliz era nuestra chica llevando al lado á su
marido y delante á su hijo! ¡Y qué hijo aquél! Era necesario haber
seguido paso á paso, como ella, sus progresos, durante mes y medio, para
comprender las portentosas facultades de que estaba dotado, y los
infinitos recursos de su ingenio privilegiado. Mucho le ofendería quien
supusiese que todavía se mamaba los dedos, cuando topaba con ellos
casualmente. Nada de eso. Á los quince días de estar en este valle de
lágrimas, ya se llevaba el dedo pulgar á la boca, con la intención firme
y deliberada de mamárselo, no con otro propósito. Lo cual no significa,
ni mucho menos, que dicho dedo pulgar le pareciese tan bien como el
pecho de su mamá: lo hacía, únicamente, por no aburrirse en los momentos
de ocio. Igualmente demostró su gusto exquisito y delicado, rechazando
con energía la harina lacteada que Juana tuvo la osadía de proponerle
cuando la señorita estaba durmiendo. La expresión airada del semblante,
y los gritos con que recibió la proposición, no daban lugar á dudas.
Antes prefería morirse de hambre, que echar á perder el estómago con
drogas tan insustanciales como nocivas.

Pero el asunto en que mejor se mostró su talento práctico, al par que la
entereza de su carácter, fué en el sueño. Desde que nació se había
propuesto dormir veinte horas diarias, poco más ó menos. Cuanto se hizo
para disuadirle de este propósito, fué en vano: al parecer, tenía
poderosas razones fisiológicas para ello. Cuando, desgraciadamente,
algún cuidado ó preocupación que le desvelase descomponía su plan, ponía
el grito en el cielo y la casa en conmoción. Miguel era el primero que
acudía, le cogía en brazos, y comenzaba á dar furiosos paseos por el
corredor pretendiendo ¡el iluso! dormirle de este modo. El infante
protestaba cada vez más ruidosamente contra medio tan poco adecuado. El
padre se ponía nervioso, al cabo de algún tiempo, y, «por no estrellarlo
contra la pared», lo entregaba al brazo secular de Juana, la cual pocas
veces lograba hacerle callar. Era necesario entregarlo á la madre, quien
poseía en su hermoso y abundante pecho el secreto de ahuyentar los
pensamientos lúgubres, y hacerle ver el mundo de color de rosa.

--¿Pero ha de estar mamando siempre ese chicuelo?--decía Miguel
incomodado.--Te va á agotar.

Maximina sonreía encogiéndose de hombros, y daba un beso á su hijo, como
diciéndole que estaba aparejada á dar mil vidas por él.

Mas cuando menos se esperaba, Juana, fértil en trazas, como Ulises,
halló una que por lo nueva y lo eficaz, dejó pasmados á todos. Y como la
mayor parte de los inventos fecundos y peregrinos, tenía el mérito
además de la sencillez. Consistía en mantener al niño entre los brazos
boca arriba, meciéndole arriba y abajo suavemente, y cantándole al
propio tiempo, con voz algo plañidera, cierta melodía. Hemos sido
siempre partidarios de que las grandes invenciones de resultados
prácticos para la humanidad se difundan lo más pronto posible. Por
consiguiente, no tendremos el egoísmo de callar este originalísimo
cuanto simple recurso, que acaso el lector pueda utilizar (yo se lo
deseo de todo corazón) algún día. La letra de la canción es como sigue:

      Ea, ea, ea,
    ¡Qué gallina tan fea!
    ¡Cómo se sube al palo!
    ¡Cómo se balancea!

En cuanto á la música, yo creo que no estaba en ella el toque. Puede,
por tanto, ponérsele cualquiera en la seguridad de obtener un feliz
resultado, con tal que (entendámonos), con tal que se repita varias
veces y en tono moribundo el último verso. Oirla el testarudo infante y
quedarse arrobado con los ojos fijos en contemplación extática de no se
sabía qué, era todo uno. Tal vez sería de la terrible gallina que sin
cesar se balanceaba sobre el palo. Lo cierto es que aquellos ojillos tan
abiertos y espantados, se cerraban blandamente al poco rato. Los
habitantes todos de la casa daban un suspiro de satisfacción. El niño
pasaba acto continuo al gran lecho nupcial, donde se le dejaba perdido
en un rincón como un envoltorio de ropa.

Digo que en un principio Miguel se avenía de buen grado á salir con su
esposa de paseo. Cuando el niño pedía el pecho, Maximina se lo daba
sentándose en un banco, que procuraba estuviese en algún lugar
solitario. Después solían entrar en la casa de vacas que allí hay, donde
la joven tomaba chocolate. Mas al cabo de algunos días el hijo del
brigadier, bien porque sus negocios lo exigiesen, ó porque tuviese ganas
de charlar con sus amigos, dejó de acompañarla, proponiéndole que fuese
sola con la niñera, pues de ningún modo quería que su hijo dejase de
tomar el aire. Con harto dolor de su alma, aunque disimulándolo lo mejor
que pudo, cedió ella á este deseo. El niño le infundía valor, es verdad;
pero nunca pudo vencer enteramente la vergüenza y el miedo que las
calles de Madrid le inspiraban cuando no iba con su marido.

Los primeros dos días no le fué mal en la excursión; mas al tercero,
caminando por una calle solitaria del Retiro para comer un pedazo de pan
que la niñera llevaba á prevención--pues por nada en el mundo hubiera
osado entrar sola en la chocolatería,--se encontraron de manos á boca
con Saavedra. A pesar de haberle visto el día anterior en casa, sintió
un leve estremecimiento sin saber por qué y se puso fuertemente
colorada, señal que no le desagradó al audaz lechuguino. Saludóla con
efusión, hizo mil fiestas al niño, y sin pedir permiso se emparejó con
ella. La niñera, por respeto, marchó delante. La conversación versó
sobre los tópicos ordinarios del tiempo, lo saludable del paseo para los
niños, etc., etc. De pronto Saavedra, parándose, le preguntó sonriendo:

--¿Qué ha hecho usted del pedazo de pan que estaba comiendo, Maximina?

La niña quedó tan confusa que no supo qué responder.

--Estoy seguro de que lo ha dejado usted caer al suelo. ¿Por qué le da á
usted vergüenza comer cuando está criando un niño tan hermoso y robusto?

Animada con este elogio, que para ella era el más sabroso que en este
mundo podían hacerle, contestó:

--Ahora siento debilidad á media tarde...

--El pan seco no le sentará á usted bien, criatura. Vamos á la
chocolatería.

--¡Oh, no, ya estoy bien! No tengo ganas de chocolate.

--No sea usted hipocritilla. Cuando sale usted con Miguel lo toma usted
todas las tardes. Ni ayer ni anteayer lo ha tomado usted, acaso porque
no se atreve á entrar sola... Usted dirá ahora: «¿Cómo Alfonso sabrá
todas estas cosas?»

--Es verdad; no comprendo...

--Y yo le diré á usted muy bajito, muy bajito (don Alfonso acercó los
labios al oído de la niña): porque la he seguido á usted estas tardes.

La niña sintió que su miedo crecía. Hubiera hecho en aquel momento
cualquier sacrificio por verse en su casa. No respondió una palabra y
siguió caminando. D. Alfonso también siguió silencioso para que la
bolita de veneno hiciese mejor operación. Cuando calculó que la
imaginación de Maximina había ya dado bastantes vueltas, reanudó
nuevamente la conversación por donde había comenzado, esto es, por los
lugares comunes al uso. Entabló una plática familiar como dos amigos
íntimos, haciéndole numerosas preguntas acerca del niño, por ser el tema
más socorrido y el que más debía agradar á la joven, la embromó
cariñosamente, sacó á plaza las manías de su tía la brigadiera: en suma,
procuró con gran habilidad calmar su agitación y que reinase otra vez la
confianza entre ellos. Mas no lo pudo acabar. Maximina estaba trémula,
aunque hacía esfuerzos prodigiosos por ocultarlo, y contestaba con voz
alterada y ronca á sus preguntas. Sin embargo, á fuerza de tiempo y
saliva, Saavedra logró serenarla á medias. Instóla con fervorosos ruegos
para que fuera á la chocolatería; pero ella se negó terminantemente y
manifestó que ya era tiempo de regresar á casa; aunque no fuese verdad.

El sol desparramaba todavía sus rayos por las arenosas calles. Corría un
aliento tibio y perfumado que presagiaba la primavera próxima: las yemas
hinchadas de los árboles también la denunciaban con alegría. Veíanse
muchos niños con el cabello por la espalda, elegantemente vestidos,
corriendo detrás de los aros y de las pelotas, seguidos de sus padres ó
ayos. Maximina se había dicho muchas veces en días anteriores: «¡Cuándo
el mío será así!» Mas ahora los miraba desfilar por delante de ella
acaso sin verlos; tan honda era la emoción que la embargaba.

D. Alfonso había procurado retenerla algún tiempo; pero cuanto más él
instaba por que se quedase, más vivos deseos expresaba ella de irse.
Caminando, pues, hacia la salida del Retiro y considerando por un lado
que pronto tendría que dejarla y por otro que el paso que había dado era
demasiado atrevido para poder volverse atrás, resolvió echar el pecho al
agua y dijo parándose de nuevo:

--A todo esto, Maximina, usted todavía no me ha preguntado por qué la
seguía estas tardes pasadas.

La niña sintió un estremecimiento más fuerte, su faz empalideció, las
piernas le flaquearon.

No quiso ó no pudo contestar á lo que le preguntaban.

--Pues voy á decírselo: porque experimento por usted, Maximina, lo que
hasta ahora no he experimentado por ninguna mujer de este mundo. En
cuanto empecé á tratar á usted me inspiró una simpatía viva,
irresistible, de esas que nos subyugan. En seguida comprendí que esta
simpatía iba á convertirse en amor y luché con todas mis fuerzas por que
no sucediese. Ha sido inútil. He tratado á muchísimas mujeres, he amado
ó he creído amar á algunas; pero le juro que el sentimiento que me
inspiraron estaba muy lejos de parecerse al que ahora me domina. Las
trataba de igual á igual, veía sus cualidades y sus defectos, me
admiraba y me enardecía su hermosura; ¡pero ahora! ahora no es amor
solamente lo que siento, es una adoración profunda á su carácter
sencillo é ingenuo, un respeto que ha enfrenado hasta ahora mi lengua á
pesar de que el secreto pugnaba por salir. En mis ojos podía usted
leerlo siempre que la miraba. Hace unos cuantos meses que mi espíritu
está impregnado de tal modo de usted, hermosa y buena Maximina...

El gentil caballero decía toda esta retahila cursi, con labio
balbuciente y ademanes descompuestos como es uso entre los seductores,
aunque éstos sean como él «hombres de mundo». La observación me ha hecho
aprender que los «hombres de mundo», los que se han llamado
sucesivamente pisaverdes, lechuguinos y _lyones_, no son espirituales, ó
mejor en castellano, no hablan con ingenio y donaire más que en las
novelas. En la vida, y sobre todo cuando se despojan del aspecto
lánguido y aburrido que los caracteriza, suelen ser tan vulgares y tan
cursis como el último estudiante de medicina.

La pobre Maximina quedó tan turbada escuchando aquella algarabía
amorosa, de la cual no entendió sino el sentido general, que de pálida
se puso lívida; después la sangre afluyó repentinamente al rostro, los
ojos se le nublaron y estuvo á punto de caer. Mas por un movimiento
automático, del cual ella más tarde no se daba cuenta alguna,
separándose violentamente de su acompañante, echó á correr gritando:
«¡Plácida, Plácida!» Hasta que se emparejó con ella, y entonces le dijo:
«¡Corra usted, corra usted, que me siento mal!» Ambas corrieron buen
rato hasta que la fatiga les obligó á aflojar el paso. Pero ya estaban
muy lejos de Saavedra, quien permanecía en el mismo sitio maravillado y
extático ante aquella súbita é inesperada fuga.

Buscada y meditada de antemano una lección severa para tal insolencia y
ruindad como la que D. Alfonso acababa de cometer, no hubiera salido más
dura y cruel que aquella huída. Maximina, sin saberlo, no sólo había
salvado su dignidad, sino que había impuesto al atrevido el castigo más
doloroso en casos semejantes, que es el del ridículo. Saavedra quedó
clavado al suelo de rabia hasta que, viendo pararse á algunos
transeúntes y mirarle con curiosidad y volver después los ojos hacia las
que huían, dió la vuelta y á paso largo se apartó de aquellos sitios.

Por fortuna cuando Maximina llegó á casa no estaba en ella Miguel. Si
estuviese, al verla tan turbada, hubiera indagado la causa, y quizá
entrado en sospechas. Tuvo tiempo á serenarse. Las criadas creyeron de
buena fe que se había puesta enferma, y lo mismo él cuando llegó á
comer. Sin embargo, aquella noche y el día siguiente nuestra niña estuvo
muy intranquila. No sabía qué partido tomar. Por lo pronto determinó no
salir á paseo sola, pretextando que temía le acometiese un desmayo como
el que le había amagado. Pero si D. Alfonso venía á visitarla, ¿cómo se
presentaría delante de él? Estaba segura de turbarse. El aborrecimiento
y el miedo que le había tomado eran tan grandes, que por fuerza habían
de salir á la cara. Quiso Dios que D. Alfonso lo entendiese también así,
y no vino más por casa de Miguel. A éste, acostumbrado á verle á menudo,
le llamó la atención su ausencia, y dijo estando á la mesa:

--Muchos días hace que no viene por aquí Alfonso.

Maximina no respondió y siguió comiendo con la cabeza baja. Al cabo de
un momento añadió:

--Me alegraría de que no volviese. Por más que hago, no consigo tragar á
ese hombre. El miércoles, según me han dicho, ha tenido un duelo que á
mi juicio fué una verdadera cobardía. Se batió con un ingeniero que en
su vida había cogido un arma, y, claro está, al primer encuentro le
hirió peligrosamente. El que va á batirse con la seguridad que él iba en
este caso, no es un hombre leal, ni siquiera una persona decente.

--¡Oh qué razón tienes!--hubiera exclamado de buena gana Maximina.

Pero se calló. La pobrecilla se figuraba que ya Saavedra no se acordaría
más de ella. Sin que su adorado Miguel hubiese tenido disgusto alguno,
todo había quedado resuelto satisfactoriamente. Poco sabía la cándida
niña en achaque de pasiones humanas. Pronto aprendió, por desdicha, lo
que la soberbia y la lujuria unidas son capaces de acometer.

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XX


EN estos mismos días fué cuando Enrique tomó la
determinación de «arrastrar por el lodo el honor y el decoro de su
familia.» Al efecto, se personó una tarde en casa de Miguel y le
comunicó su proyecto advirtiéndole, con lágrimas en los ojos, que su
intención no era arrastrar cosa alguna y mucho menos el honor de la
familia, sino cumplir lealmente el compromiso que había contraído y la
palabra que había dado á Manolita.

--Soy caballero, Miguel. Yo no puedo faltar decentemente á esa chica.
Ponte en mi caso. Bien comprendo que mi familia tiene razón para
oponerse á este matrimonio. Pero te juro que no es mi ánimo arrastrar su
decoro. ¿Por qué había de arrastrarlo? ¿Qué gusto había de tener yo en
arrastrarlo, vamos á ver?

--Es claro; tú no debes de tener ningún motivo de resentimiento con el
decoro de tu familia.

--¡Naturalmente!

Después, algo remolón y acobardado, le confesó que traía una
pretensión, la cual costó mucho trabajo hacerle desembuchar.

Al fin, á fuerza de ruegos, declaró que, si Maximina le hacía el honor
de ser la madrina de su boda, se consideraría el ser más dichoso del
universo. Después de haberlo dicho le pesó. Y viendo que Miguel quedaba
pensativo, se puso tan afligido, que arrojó el sombrero contra el suelo
y comenzó á llamarse bruto y á mesarse los cabellos.

--¿Qué es eso, Enrique, te has vuelto loco? Por mi parte no hay
inconveniente en que lo sea. Pídeselo á ella, y si te lo concede está
hecho.

--No; yo no se lo pido. Manolita es una chica honrada, pero de una clase
muy humilde. Todos los que vayan á la boda van á ser también hijos del
pueblo... gentuza, ¿sabes, chico? Hay que decir las cosas por su nombre.
Tu mujer no querrá estar allí, y con razón.

Miguel se levantó de su asiento, asomóse á la puerta y gritó:

--¡Maximina!

Al instante se presentó la niña.

--Enrique te viene á suplicar que seas madrina de su boda. ¿Aceptas la
invitación?

--¡Oh! ¿Conque te casas, al fin? Pues ya lo creo que tendré mucho gusto
en ser madrina.

El semblante de Enrique se iluminó como si en aquel punto estuviese
mirando desfilar todos los ángeles, arcángeles, tronos y dominaciones
del cielo. Mas poniéndose repentinamente serio y enfurruñado:

--No, Maximina; tú no puedes ser madrina. Á mi matrimonio no irán
personas de tu clase.

La niña le miró asombrada.

--¿De mi clase?

--Sí; allí no irán más que mujeres del pueblo; pescaderas, fruteras,
taberneras, etc.

--¿Y qué importa que vaya quien vaya? Seré madrina si tú me quieres.
¿Soy yo por ventura alguna princesa?

--¡Lo que eres tú, un ángel!--exclamó Enrique poniéndose loco en el
mismo instante. Para dar testimonio de ello, echó el sombrero al alto
como antes lo había arrojado contra el suelo: acto continuo, se lanzó al
aire en su seguimiento, haciendo tres ó cuatro piruetas portentosas:
abatiéndose de pronto, tomó las manos de Maximina y comenzó á besarlas
con frenesí.

--Me dispensarás este arranque, ¿verdad, Miguel? Tienes una mujer mejor
que si fuese de oro y brillantes.

--Ya lo creo. ¿Qué iba á hacer yo con una mujer de oro y brillantes?

--Hombre, no seas material; es un decir. Maximina, todo él mundo habla
bien de ti... hasta mi hermana Eulalia, que es cuanto se puede imaginar.
Pero nadie sabe bien lo que vales. En cuanto mate otra vez, te brindo el
toro.

--¡No, Enrique, no!--dijo la chica riendo.

La cara de aquél volvió á oscurecerse.

--Es verdad, un toro muerto por mí vale poca cosa. Pero te aseguro que
he de conseguir, ó poco he de poder, que Lagartijo, el mismo Lagartijo,
te lo brinde en una corrida de abono.

--No lo decía por eso, sino porque yo no voy nunca á las corridas de
toros.

--¿Qué, no te lleva Miguel? ¡Valiente sin vergüenza! No tengas cuidado,
hija: déjalo de mi cuenta, que para la primera corrida no os ha de
faltar un palco ó cuando menos dos delanteras de grada.

El padrino designado para acompañar á Maximina fué un capitán de
caballería, antiguo compañero del novio.

--Sentiría que no fuese de tu agrado, madrina. (Desde aquel momento
hasta el fin de sus días Enrique no volvió á llamar otra cosa á la
esposa de Miguel.) Porque aunque es un hombre notabilísimo, es bastante
_peña_, ¿sabes?

--No entiendo...

Miguel se echó á reír.

--Que no le gusta el trato de las señoras.

--¡Ah! bueno--replicó la niña,--procuraré no molestarle.

--¡Qué has de molestar tú, lucero de la mañana--exclamó Enrique
volviendo á ponerse loco,--si vale más oirte á ti hablar que á Tamberlik
el credo del _Poliuto_! Lo que yo siento es que él no sepa decir esta
boca es mía.

El día señalado fué un miércoles, y la hora las siete de la mañana.
Amaneció hermoso y espléndido. En las calles de Madrid no se veía pizca
de lodo. El que ensució el decoro de la familia Rivera era puramente
metafórico. Miguel y Maximina fueron á casa de la desposada, que era un
cuarto tercero de la misma calle del Baño, sin vistas á la calle.
Enrique lo había alquilado de acuerdo con su novia, y lo había alhajado
poquito á poco, llevando todos los días, como un jilguero, su pajita en
el pico; un día el aparador, otro la mesa, otro dos sillas de rejilla,
más adelante algunas docenas de platos y así sucesivamente. El nido
resultaba pobre y pequeñito, pero agradable como todo lo que es nuevo y
arreglado por y para el amor.

Enrique no había mentido. No se veía ninguna dama ni caballero de
levita, exceptuando el padrino, que traía una, bien atrasadilla por
cierto. En cambio las buenas mujeres que allí estaban y chulas
lindísimas, ostentaban en su traje un lujo pintoresco muy grato de ver:
ricos mantones de Manila floreados de mil colores, extendidos casi hasta
el suelo; encima la mantilla de encaje ó de felpa; zapatos de charol
descotados; en las orejas largos pendientes de perlas; en los dedos
enormes sortijas de diamantes. El peinado de todas era casi idéntico;
partido por el medio, moño atrás empingorotado y sortijillas en las
sienes. Los hombres vestían en su mayoría chaqueta y sombrero de ala
ancha; pero había bastantes toreros, amigos todos del novio, y éstos
llevaban chaquetillas bien ceñidas de terciopelo ó paño fino, según su
categoría en el arte, pantalón ajustado y camisa bordada con grandes
brillantes en la pechera.

No había ningún individuo de la familia más que Miguel. Julita, que por
éste lo había sabido, hubiera querido ir; pero se lo prohibió su madre.
Enrique no invitó tampoco á los amigos de su clase por la razón que
había dado á Maximina, esto es, por no avergonzarlos.

Cuando la esposa de Miguel se presentó oyóse un murmullo de respeto y
simpatía entre los convidados. Los hubo entre ellos tan finos, que hasta
se quitaron el sombrero. Manolita, que entre paréntesis, estaba preciosa
con su trajecito negro de merino y mantilla de terciopelo, al verla
entrar quedó confusa como si fuese la reina, y se dirigió á ella
temblando y ruborizada.

--Señorita... mucho le agradezco... ¿Cómo sigue usted?

¿Pero no habíamos quedado en que Manolita era una chula desgarrada, y
temible si las hay? dirán los lectores. Pues ahí verán ustedes. La mayor
parte de estas chulas son en el fondo, siguiendo la expresión vulgar,
unas infelices. La cáscara es lo único terrible que hay en ellas.

Lo raro en este caso es que Maximina estaba tan colorada y confusa como
ella. En vez de entonarse ó afectar un continente protector, como muchas
harían al verse entre gente plebeya, nuestra niña parecía que acababa de
entrar en una asamblea de príncipes.

Púsose en marcha la comitiva hacia San José. Pero antes que se nos
olvide diremos que entre los convidados se hallaba el diestro José
Calzada (a) el _Cigarrero_, con su cuadrilla, de la cual, por desgracia,
faltaba el simpático Baldomero. El matador de toros estrechó con respeto
la mano da Maximina, y ésta, que había derramado lágrimas cuando Miguel
le describió la muerte del Serranito, le demostró en la mirada, más que
con las palabras, la simpatía que su noble conducta le inspiraba.
Manolita le presentó también á su padre, aquel pavoroso cíclope que ya
conocemos, el cual, por fortuna, aún no había tenido tiempo de
emborracharse. Para saludarla se despojó del sombrero, que bien pesaría
media arroba, y dejó escapar una serie de gruñidos tan odiosos, que la
esposa de Miguel quedó helada de espanto.

La casa de la calle del Baño estaba toda en conmoción con aquella boda.
El cortejo de los novios hacía un ruido infernal por la escalera. Las
vecinas abrían sus puertas para verlos pasar. En la calle la gente
también se paraba y se oían las voces de «¡una boda! ¡una boda!» y las
preguntas de los transeúntes:

--¿Quiénes son?--preguntaba un viejo tendero.

--Una lechera que se casa con un señorito: mírelo usted, es aquel que va
delante--contestaba una chula parada delante de la tienda.

--¿Y la novia?

--Aquella que va allí en el medio de todos con una señorita.

--¡Hermosa pieza! Tiene gusto el señorito. Yo me casaría lo mismo con
ella.

--¡Aja! ¡Misté qué gracia!

--Y contigo también, barbiana.

--¡Ay, que me muero! Buen hombre, perro nuevo y perro viejo, nunca han
hecho buen trebejo.

--Señorita--le decía en tanto Manolita á su madrina,--nunca podré
pagarle el favor que me hace. ¡Razón tenía Enrique en deshacerse en
elogios de usted!

--¡Oh! Por Dios, no me llame usted señorita. Yo soy su prima. Quisiera
que usted me tutease.

--¡Eso nunca! Lo que voy á pedirle por favor es que cuando estemos en
casa, me deje darle una docena de besos.

Maximina sonrió apretando la mano de la chula con afecto.

El cura bendijo la unión de los novios en la sacristía: después pasaron
á la iglesia y oyeron misa y comulgaron.

Cuando salieron á la calle, eran ya las ocho bien sonadas. La comitiva
había engrosado notablemente. Pasarían de sesenta las personas que
rodeaban á los desposados. Como en el cuarto de la calle del Baño no
podía tomar chocolate tanta gente, ya se había decidido días antes que
fuesen al café de Cervantes, que está cerca de la iglesia. Allí
entraron, en efecto, y casi lo ocuparon por completo. Las conversaciones
se animaron de tal manera, que al poco rato, apenas se oía nadie.
Enrique, rojo por la emoción, se sentó en una mesa con Miguel y empezó á
desahogar su pecho con notable verbosidad.

--Ya sé yo, Miguel, que podría casarme con una señorita; pero ¿sabes
tú? á mí no me ha dado nunca por las señoritas. Dicen que es que no
tengo conversación. Podrá ser. Vamos á ver, Miguelillo, ¿no vale más mi
flamenca que todas las señoritas de alfeñique que van á la Castellana? Y
además, sabe trabajar, lo que no sabe ninguna de esas cursis; y sabe
vivir con dos pesetas al día; y sabe ponerse un pañolito en la cabeza,
¿entiendes? y plantarse en la plaza de la Cebada donde las legumbres son
más baratas. Y cuando vayamos al teatro no necesito llevarla á un palco
ni á las butacas; con un par de paraísos vemos la función y quedamos tan
contentos. Y si hace falta, ella misma se guisa la comida; y no necesito
andar con ella todo el día del brazo haciendo visitas. ¡Al pelo, chico!
Mira, yo ahora que estoy en activo, vengo á tener unos cuarenta y tres
duros de paga. El cuarto me cuesta siete. Quedan treinta y seis.
¡Vivimos, Miguelillo, vivimos! Mi madre me prometió además ayudarme: me
dará los garbanzos y el chocolate, y alguna cosita por debajo de cuerda,
¿sabes? Tenemos puesto el cuarto, ¡buen trabajo me ha costado! Hace
cerca de un año que no tomo café, ni voy al teatro, ni fumo más que
pitillos; todo por ahorrar para los dichosos muebles. ¡Hombre, con
decirte que he tirado con un sombrero todo el año, y que he compuesto
unas botas tres veces! Pero todo lo hacía con gusto por mi chulilla, que
vale un Perú. ¡Mírala, mírala qué ojazos nos echa!

Era tan comunicativa la alegría de Enrique, que Miguel siempre estaba
contento á su lado.

Este muchacho le había hecho pensar muchas veces que para ser feliz en
el mundo bastaba creérselo.

Aún no habían concluido de tomar chocolate, cuando se abrieron las
puertas del café y penetraron seis ó siete menestrales, que formaban con
instrumentos de metal una horrísona y fementida murga, la cual entonó
acto continuo un vals ó cosa así. Pues en vez de escapar y refugiarse en
la buhardilla, aquella gente la recibió como si fuese la Sociedad de
Conciertos, y se puso á acompañar el vals con la boca y con las
cucharillas, que el mismo diablo no pararía allí.

Maximina se levantó, no por el ruido, sino porque estaba impaciente por
su niño, que acaso ya tendría hambre. Manolita la miró con ojos tímidos
como recordándole su promesa. La esposa de Miguel la abrazó y la besó
tiernamente, diciéndole al oído:

--Irá usted por casa á conocer á mi chico, ¿verdad?

Cuando marido y mujer salieron del café iban contentos.

Escuchando de lejos el ruido de la murga y los cánticos, exclamó Miguel:

--¡Qué boda tan feliz la de estos muchachos! No se pronunciarán brindis
ni se leerán poesías.

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XXI


CON las debidas precauciones, esto es, insinuándole
primero la idea vagamente, precisándola después cada vez más, comunicó
Miguel á su esposa la necesidad de ir á Galicia unos días. Recibió ésta
la noticia con espanto; pero viendo que su marido se impacientaba, hizo
un esfuerzo sobre sí misma, y se serenó, y hasta en lo sucesivo procuró
mostrarse alegre. Mas hallándose, como siempre después de almorzar,
sentada sobre las rodillas de su esposo, mientras «el pillo de playa»
dormía, y poniéndose á hablar de la ropa que el viajero había de llevar
en su excursión, se le saltaron las lágrimas cuando menos podía
presumirse.

--¡Qué chiquilla!--dijo Miguel besándola.--¡Por unos días de separación!

--No lloro por eso precisamente--respondió ella haciendo esfuerzos por
sonreir.--¡De pocos días á esta parte tengo unas ideas tan tristes!

--¿Qué ideas?

--Se me figura que voy á morirme pronto.

--¡Ave María, qué atrocidad! ¿De dónde sacas tales aberraciones?

--No sé de dónde--replicó la niña sonriendo y resbalándole, sin embargo,
las lágrimas por las mejillas.--Lo que siento es dejar á mi hijo tan
pequeñito.

--¡Vamos, no desbarres!--dijo Miguel con impaciencia.--Esas ideas
lúgubres son producidas por la tristeza que mi viaje te ocasiona. Por lo
demás, aunque todos estamos sujetos á la muerte, no hay motivo alguno
para pensar que tú estés cerca de ella. Eres una niña de diez y siete
años. No has estado en tu vida un solo día en la cama, como no sea
ahora, en el parto. Gozas de una salud á toda prueba... Más natural es
que yo muera antes que tú. Te llevo una porción de años. Luego tengo una
naturaleza endeble, como sabes...

--¡Calla, calla!--exclamó Maximina abrazándole y llorando
perdidamente.--Yo no quiero oir que te has de morir.

--Pues hija, no hay más remedio.

--Pues yo no quiero oirlo, ¡no quiero! ¡no quiero!--replicó con una
resolución tan graciosa, que el esposo la cubrió de besos.

Al cabo de un rato, y cuando ya habían hablado de otra cosa, Maximina
volvió al mismo tema.

--Si yo me muriese, tú te volverías á casar, ¿no es verdad,
Miguel?--dijo con una expresión entre cándida y maliciosa, que ocultaba,
sin embargo, una preocupación muy seria y viva ansiedad.

--¡Vuelta á lo mismo! Deja de una vez esas tonterías, querida.

--¿Te volverías á casar, Miguel?--insistió dejando la sonrisa y
descubriendo su ansiedad.

--Pues bien, voy á hablarte con franqueza. Si tú te murieras (que no te
morirás), no te respondo de que en el curso de mi vida no tuviera
relaciones materiales ó carnales ó como se llamen con otras mujeres;
pero sí te respondo y te juro que no me uniría en matrimonio con
ninguna. Y esto no sólo por el profundísimo y entrañable amor que te
tengo, hasta el punto de que hoy eres una parte esencial de mi ser, y si
tú me faltases es como si faltase la mitad de mi yo, sino aun por
razones de egoísmo. Sería desgraciado con cualquiera otra mujer. Dios te
ha dotado, hermosa mía, de todas, absolutamente de todas las cualidades
necesarias para hacerme feliz.

La niña comprendió bien que aquellas palabras eran sinceras y miró á su
marido con entusiasmo y alegría. La pobrecilla se conformaba de todo
corazón con que se divirtiese, con tal de que no se casara.

Miguel, al pronunciar las últimas palabras, se había enternecido. Tapóse
los ojos con la mano y volvió la cabeza. Al verle en aquella actitud,
una sonrisa de gozo iluminó el semblante de su esposa.

--¿Lloras?--le preguntó al oído.

Miguel no contestó.

--¿Lloras?--volvió á decir.--Lloras, sí; no me lo niegues.

Y trató de separarle las manos de la cara con infantil curiosidad.

--¡Quita, quita!

--Déjame verte llorar, Miguel.

Y luchó con todas sus fuerzas hasta conseguir ver algunas lágrimas en
los ojos de su marido.

--¿Estás contenta ya?--dijo éste riendo.

Después de unos instantes de silencio:

--¿Y tú, Maximina?--dijo con acento conmovido.--¿Te casarías?

--¡Oh, por Dios!

--Eres muy joven y nada tendría de singular que eso sucediese. Al cabo
de algún tiempo las mismas circunstancias te lo impondrían. Acaso tus
parientes te empujarían á ello. Una mujer no está bien sola en el
mundo... Si así fuese, no dudo que amarás á tu marido; pero yo te juro
que no le amarás tanto como á mí. Hay cosas, Maximina, que no vuelven
jamás, y una de ellas es el primer amor; mucho menos si este primer amor
ha sido bendecido por el cielo como el tuyo... Fíjate en las paredes de
este despacho, conserva en tu memoria indeleble la forma de estos
muebles, el color de la alfombra, la dulzura de ese rayo de sol que
penetra por el trasparente. Todo esto que ahora tiene tan poca
importancia, si yo me muriese la adquiriría quizá muy grande: porque los
instantes de dicha que ahora pasamos aquí, tú sentada sobre mis
rodillas, yo mirándome en tus ojos, no volverían, Maximina, ¡jamás
volverían para ti!

La niña se dejó caer sobre el pecho de su esposo oyendo estas palabras,
como una sensitiva que se doblega al más leve contacto.

--¡Oh, Miguel de mi vida! ¿Qué te he hecho para que me hables así?

Y los sollozos la ahogaban.

Procuró calmarla por cuantos medios estaban á su alcance; mas para
conseguirlo se vió obligado á prometerla solemnemente que no se moriría.

Llegó por fin el día de la marcha. Se había convenido en que, durante la
ausencia de Miguel, Julita vendría á dormir con su cuñada. Lo mismo ella
que la brigadiera habían acudido aquella tarde á despedir al viajero.
Era la hora del oscurecer. Miguel, después de comer apresuradamente y
solo, mandó avisar un coche y se preparó á partir. Al dirigirse á su
esposa para besarla, ésta se apartó bruscamente y corrió á ocultarse en
su alcoba.

--¡Si es tu marido, tonta!--gritóle Julita riendo.

Miguel la siguió y buscando á tientas dió con ella en un rincón.

--¿No quieres que te bese, vida mía?

--¡Oh! sí, Miguel; pero allí delante de gente me muero de vergüenza.

Al meterse en el coche, nuestro joven llevaba el corazón apretado:--«¡Si
no fuese por lo que es, cualquier día me metería yo en estos líos, y
sobre todo dejaría á mi mujer y á mi niño!»--se dijo con cierta
amargura.

Antes de llegar al distrito se detuvo en la capital de la provincia,
donde fué recibido por el gobernador con extremada cordialidad. Era un
joven que acababa de desempeñar la tarea de segundo ó tercer gacetillero
en un diario liberal de la corte. Se decía en la ciudad que sus
conocimientos administrativos acaso podrían ser más sólidos sin
inconveniente; pero en cambio, cuando bien se le antojaba, respondía en
verso á las comunicaciones, paseaba por las calles de chaqueta y hongo,
convidaba á _manzanilla_ á los diputados provinciales la mayor parte de
los días, gastaba bromas con los porteros, y en las sesiones de la
Diputación se autorizaba algunas veces silbar por lo bajo aires de
_Barba Azul_ ó _La Gran Duquesa_. Llamábase Castro.

En cuanto Miguel se presentó en el Gobierno civil, le dió un abrazo
apretadísimo, como si fuese íntimo amigo, aunque no se habían hablado en
Madrid más de cuatro veces, y comenzó familiarmente á tutearle.
Prometióle inmediatamente todo el apoyo oficial.

--Te sacaré á flote aunque sea por los pelos, chico. Vé al distrito y
escribe desde allí todo lo que te haga falta, que lo haré aunque sea una
barbaridad.

Alegre con este recibimiento, y lisonjeado, tomó nuestro héroe al día
siguiente la diligencia para Serín, que distaba unas siete leguas de la
capital. Era un pueblecillo mezquino, pero admirablemente situado cerca
de una ría, cuyas orillas mostraban la vegetación lujuriante de los
países cálidos, y el fresco verdor de los setentrionales. Los naranjos,
limoneros y laureles de la ribera casi se daban la mano con los
castañares y robledos que se extendían por la falda de las montañas.
Estas eran suaves y verdes en los primeros términos negras y abruptas en
los últimos, de suerte que formaban un grandioso cordón que hacía más
pintoresco el paisaje. El grupo de casitas blancas que componía el
pueblo de Serín, estaba envuelto por una tupida faja de árboles, excepto
por la parte de la ría, en cuyas aguas claras y azules se espejaba.

Pues aquel deleitable paraje que parecía un rinconcito del paraíso, lo
era del infierno á lo que pudo averiguar inmediatamente Miguel. Sin que
le faltase, como vamos á ver, no una, sino dos serpientes para
atormentar á sus indígenas. Estos se hallaban, desde tiempo inmemorial,
divididos en dos bandos, los de la Casona y los de la Casiña, llamados
así porque los primeros se reunían en un edificio grande, oscuro, con
dos torres almenadas, que había en lo alto del pueblo, y los otros en
una casa de un solo piso, construída con lujo de adornos, hermoso portal
con verja de hierro y dos grandes miradores, sita en el muelle. También
se llamaban «los de D. Martín» y «los de D. Servando»; por el nombre de
sus respectivos caudillos. La división de estos partidos no se fundaba
en que los unos, los de la Casona, representasen el elemento tradicional
y conservador, y los de la Casiña, el novador y liberal, supuesto que
se había visto varias veces á los primeros defendiendo á los gobiernos
liberales, y á los segundos sostener la causa del candidato moderado. La
pelea estaba encendida solamente por el afán de dominar en el
Ayuntamiento y ser dueños por ende del pueblo. Lo demás les tenía sin
cuidado. Sin embargo, no es posible negar que en los de D. Martín había
tendencias marcadas hacia el absolutismo. En los de D. Servando no se
advertían en cambio hacia la libertad.

Este D. Servando fué quien recibió á Miguel al apearse de la diligencia,
y le llevó quieras ó no á su casa. Era un hombre grueso, de regular
estatura y que frisaría en los sesenta años. Su rostro, de un color rojo
subido, estaba exornado por cortas patillas grises. Gastaba levita negra
muy larga y hongo negro también.

--¿Tengo el honor de hablar con el Sr. Corcuera?--le preguntó muy fino,
con marcado dejo gallego.

--No, señor, me llamo Miguel Rivera, para servir á usted.

--Está muy bien--respondió, y dirigiéndose á un mozo en
seguida:--Muchacho, recoge el equipaje del señor y ten cuidado de él: ya
se te avisará dónde has de llevarlo.

--Supongo que será usted el Sr. Bustelo--se apresuró á decir Miguel.

--Allá, en doblando aquella esquina, hablaremos. Le agradecería que me
hiciese el favor de seguirme.

Y D. Servando se puso á caminar con paso firme y reposado hacia la
esquina indicada. Miguel le siguió, sin comprender lo que aquello
significaba.

Cuando hubieron llegado, D. Servando le dijo sin mirarle y como si
hablase con la mencionada esquina:

--He recibido aviso del señor gobernador de que llegaba usted esta
tarde, y cuento que usted me honre aceptando una modesta habitación en
mi casa.

--¿De modo que es usted el Sr. Bustelo?

--Aquella casa que usted ve allí, donde hay un carro parado, es la de
usted, mi señor. Tenga la bondad de ir delante, que no tardaré en
seguirle.

Miguel hizo lo que le mandó sin comprender qué objeto tenía aquel
misterio. Después tampoco lo supo; pero no le sorprendió. La cualidad
predominante de don Servando, la que resplandecía en todos sus actos y
jamás le abandonaba, era la cautela. No preguntaba nunca directamente
más que lo que ya sabía: lo que deseaba averiguar, siempre lo hacía por
medio de largos rodeos y ocultando bien su deseo. No respondía tampoco
jamás de una vez y claramente á las preguntas, por insignificantes ó
indiferentes que fuesen. Á las pocas horas de estar en su compañía,
Miguel se convenció de que era inútil tratar de enterarse de nada de lo
que á su persona se refería. Por esta cualidad sobresaliente era
admirado de sus amigos y temido de sus adversarios, en grado sumo.
Hablaba poco y sin mirar al interlocutor.

Después que hubieron cenado y de haber traído la maleta del huésped con
infinitas precauciones, se encerraron los dos en el despacho de D.
Servando, y éste, en menos de una hora, se bebió seis botellas de
cerveza.

--Parece que es usted aficionado á la cerveza, señor Bustelo.

--Phs... así así... prefiero el vino--contestó con la gravedad y el
acento gallego que le caracterizaban.

En los días siguientes pudo observar Miguel que apenas probaba el vino.

Uno en pos de otro, y como si se tratase de peligrosa conspiración,
vinieron á visitar al candidato oficial los partidarios de D. Servando,
los cuales se las prometían muy felices en la elección. Sin embargo, no
tardó en comprender Miguel que las fuerzas estaban muy equilibradas;
porque si bien, en la que pudiéramos llamar región urbana, esto es, en
el casco de la población de Serín, predominaban los de la Casiña, en la
parte rural se hallaban en patente minoría. Las fuerzas oficiales
tampoco estaban por entero á su disposición, pues si el Ayuntamiento de
Serín era suyo, el de otros dos concejos, Agüeria y Villabona
pertenecían á D. Martín, y en ellos estaba, sobre todo en el último, la
clave de la elección. El General Ríos se había presentado sin oposición
por este distrito, y desde este momento los partidarios de la Casona
habían rivalizado con los de D. Servando en solicitud y eficacia para
servirle. Tal era la táctica usual entre ellos. Cuando se veían en la
imposibilidad de luchar, humillaban la cabeza y hacían lo posible por
captarse la amistad, ó al menos la benevolencia del diputado, á fin de
recabar algunas migajitas de favor que no les pusiera del todo á merced
de sus implacables enemigos. Bien sabían por experiencia que si esto
llegaba á suceder, les aguardaba toda clase de vejaciones y algunas
veces el presidio, pues unos y otros se pintaban solos para _empapelar_
al lucero del alba. Gracias á ello, aunque el General se inclinaba á los
de la Casiña, no había consentido que se maltratase á los otros, y aun
había llegado á dejar en sus manos algunos empleos retribuidos por el
Estado, cosa que alteraba la cólera de los amigos de D. Servando, y los
encendía de tal modo, que secretamente murmuraban del Conde y hasta se
proponían vengarse de él en ocasión propicia. Así que veían el cielo
abierto teniendo en perspectiva otro diputado que esperaban fuese
enteramente suyo y arrancase de cuajo la influencia de don Martín en el
concejo, al menos, por una larga temporada. Por esta razón, D. Servando
tuvo la precaución maliciosa de alojarle en su casa, á fin de que ni D.
Martín ni ninguno de los amigos de D. Martín pudieran visitarle.

Al día siguiente de llegar, por la mañana, después de escribir á
Maximina, salió á echar la carta al correo, proponiéndose al mismo
tiempo recorrer la villa. En la primer calle, que desembocaba en el
muelle, columbró un buzón y á él se dirigió; mas al acercarse observó
que tenia clavada una tabla sobre la abertura. Siguió caminando y algo
más lejos vió otro; pero sucedió lo mismo, é igualmente en otros tres ó
cuatro que acertó á ver en distintos parajes del pueblo.

--¿Quiere usted decirme dónde puedo echar esta carta al correo?... Todos
los buzones que he visto están clavados--dijo á una doméstica que
pasaba.

--Es que la cartería ahora la tiene D. Matías... un comercio de
comestibles que está cerca del muelle, ¿sabe?... No tiene pérdida; siga
esta calle abajo y la hallará.

La cartería, en efecto, según pudo después averiguar, era uno de los
estados que los dos bandos de Serín se disputaban con encarnizamiento,
pasando alternativamente de las manos de un amigo de D. Martín á las de
otro de D. Servando, y viceversa. Como generalmente eran personas
distintas, porque precisaba contentar á todos, de aquí que muchas de las
casas de Serín se hallasen agujereadas. La cartería estaba dotada con el
sueldo de tres mil quinientos reales al año.

Caminando por una de las calles tropezó con don Servando, el cual le
saludó gravemente y trató de pasar de largo.

--¿Qué hay, Sr. Bustelo, va usted hacia su casa?

--No, señor, no; voy dando una vueltecita. Después tengo algunos
negocios... Quede con Dios, Sr. de Rivera.

Este se fué á casa, y antes de llegar vió que entraba en ella D.
Servando. ¿Por qué había mentido? Sólo Dios lo sabe.

Al tener noticia de que Miguel había echado una carta al correo, quedóse
lívido el jefe de los de la Casiña.

--¿Cómo... Sr. Rivera... una carta?

--Sí, señor, una carta--respondió, sin comprender aquella sorpresa.

--¿Pero no sabe usted, mi señor, que D. Matías es... de los _otros_?

--¿Y qué?

--Aquí no recibimos ni echamos cartas al correo en la villa; las
enviamos á Malloriz, y allí tenemos también una persona que recibe las
que nos escriben y nos las remite después.

--¡Hombre, qué desconfianza!

--Toda es poca, mi señor; toda es poca.

Tranquilizóse al saber que la carta era para su mujer, y acto continuo
le convidó á beber una botellita de cerveza. Para el jefe de la Casiña
el beber cerveza era una función augusta de la vida. Tenía espantado al
pueblo porque se decía, quizá con verdad, que bebía cinco duros diarios
de este licor. No poco ayudaba tal prodigalidad, verdaderamente horrible
en aquel país, á mantener su prestigio. D. Servando era el único rico
que gastaba todas sus rentas en Serín, y eso que estaba soltero.

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XXII


LO primero que los de la Casiña exigieron de Miguel para
afianzar su elección fué que trabajase para destituir al alcaide de la
cárcel, quitar la cartería á D. Matías y el estanquillo á un sujeto
llamado Santiago, todos amigos de don Martín. Y efectivamente, Miguel
escribió al gobernador y á sus amigos de Madrid. A los cinco ó seis días
vino la separación del estanquero y de D. Matías, y poco después la del
alcaide, nombrándose en su lugar á otras tres personas adictas á la
cerveza de D. Servando. Este, al escuchar la noticia, se dignó sonreir y
bebió tres vasos sin respirar. Los amigos vislumbraron en aquélla
sonrisa y en la succión de los tres vasos tanto y tan hondo misterio,
que se miraron henchidos de fe y entusiasmo por su jefe.

Pero los de la Casona estaban envalentonados á pesar de hallarse en la
oposición, y proclamaban á los cuatro vientos la candidatura de
Corrales, que por haber sido ministro varias veces gozaba de mucha
notoriedad en el país, aunque no dispusiese de la fuerza oficial.
Verdad que era dueño de los ayuntamientos de Agüeria y Villabona y que
la votación de estos concejos compensaba muy bien la mayoría que en
Serín pudieran llevarles sus contrarios. Aunque la elección fuese por
sufragio universal, unos y otros tenían perfectamente calculadas sus
fuerzas. Por eso la primera cuestión que se puso sobre el tapete aquella
noche en casa de D. Servando, una vez conseguida la separación del
alcaide, fué la suspensión de los ayuntamientos citados, la cual debía
llevarse á cabo antes de comenzar el período electoral. Hallábanse
discutiendo los medios más conducentes para conseguir tal propósito,
cuando penetró en la estancia uno de los numerosos espías que D.
Servando tenía en el pueblo, y les dijo que D. Martín había tomado
asiento para el día siguiente en la _Ferrocarrilana_. Honda perturbación
causó la noticia entre los circunstantes, y desde luego se supuso,
aunque nadie osó preguntarlo, que D. Servando le acompañaría en el
viaje, pues tal era la costumbre desde tiempo inmemorial. En cuanto D.
Martín se movía del pueblo, su contrincante hacía la maleta y le seguía
adonde quiera que fuese, suponiendo que cuando marchaba por algo sería,
y este algo no podía ser otra cosa que algún daño para él ó para sus
amigos. Cuando don Servando emprendía un viaje, su enemigo D. Martín
hacía lo mismo. Todos en la villa conocían la costumbre y nadie se
maravillaba.

En efecto, D. Servando, luego que todos se fueron, mandó á su criado á
tomar un asiento de berlina en la _Competencia_. No se despidió de
Miguel, pero lo dejó todo prevenido para que no le faltase nada durante
su ausencia, la cual duró dos días. Al cabo de ellos regresó, ó por
mejor decir, regresaron ambos jefes. Don Martín no había ido á la
capital más que á orificarse una muela.

Todos los días recibía Miguel una cartita de sobre cuadrado y hermosa y
grande letra inglesa (la del colegio de Vergara). Maximina no escribía
largo, pero sí mucho más que cuando soltera. Su instinto le decía que
Miguel no podía reirse ya de las nonadas que le contase, sobre todo si
se referían al niño. En todas ellas se advertía un deseo irresistible de
que volviese pronto á sus brazos, aunque procuraba ocultarlo para no
turbarle en sus quehaceres.

«Ayer Julita me llevó al paseo. Estaba concurrido y ella muy animada. Yo
cuando volví á casa sentí una tristeza tan grande que no te la puedo
explicar. Recordaba que la última vez que paseé por la Castellana fué
contigo, mi vida, mi todo.»

La niña de Pasajes, por la influencia de su marido, que no era nada
parco de cariñosas palabras, se había hecho más expansiva en sus
caricias. Á toda mujer amante le pasará lo mismo si tiene un marido como
Miguel, un poco mimoso.

«Esta noche me desperté sobre las cuatro ó las cinco, y sin saber lo que
hacía, fuí á dar un beso á Julia en el cuello figurándome que eras tú.
Antes de hacerlo volví en mí: me acometió un dolor tan vivo que estuve
llorando una hora. No sé cómo Julia no despertó. Perdóname que te diga
estas cosas, mi vida, soy una tonta. Lo principal es que te vaya bien
como dices y logres tu deseo. Tiempo nos queda, si Dios quiere, para
estar juntos. No dejes, por Dios, de rezar las oraciones de costumbre al
acostarte.»

Cada carta le ponía á nuestro candidato melancólico y pensativo para un
rato.--«¡De qué buena gana mandaría á paseo á estos cafres y me iría á
dar un abrazo á la hija de mi suegra (que Dios haya!)»--se decía
algunas veces.

Pero como el negocio marchaba viento en popa, lo sufría con paciencia.
Escribió á Madrid á varios amigos para que gestionasen la suspensión de
los citados ayuntamientos enemigos. Mendoza, y lo mismo los otros, le
contestaron que el presidente y el Ministro estaban conformes. Sin
embargo, se pasaban los días y la orden no venía.

Otro asunto traían entre manos los de la Casiña que les preocupaba,
aunque no tanto como el anterior. Era la carretera desde Serín á
Agüeria, que el vecindario de ambos puntos ansiaba que saliese á
subasta. Muchas veces se había gestionado por ambos bandos sin
resultado: últimamente el General les había prometido trabajar hasta
conseguirlo; pero su partida á Alemania frustró las esperanzas de los
partidarios de D. Servando, los cuales esperaban que el distrito les
debiese á ellos el beneficio y no á los de la Casona. Mas hete aquí que
averiguan que éstos gestionan activamente en Madrid la subasta por medio
de Corrales, quien como ex-ministro y persona muy conocida en la
política, no dejaba de sostener buenas relaciones con los actuales
ministros. Entonces los de la Casiña se alarman y obligan á Miguel á
poner en juego otra vez sus influencias para que de ningún modo se
conceda el favor á Corrales y sí al candidato oficial que ellos apoyan.
De Madrid responden á Miguel que el negocio está en vías de arreglo: más
tarde recibe otra carta en que le dicen que el ministro ha prometido
sacarla inmediatamente: después otra en que le anuncian que la orden
saldría muy pronto en la _Gaceta_. Pasaba, no obstante, lo mismo que con
la de la suspensión. No acababa de llegar.

Y los genízaros de D. Servando, aunque muy confiados en el triunfo, se
iban impacientando y apretaban á Miguel, quien á su vez se impacientaba
mucho más por sus indirectas, y sentía atroces impulsos de decirles una
insolencia.

Una tarde, hallándose como de costumbre bebiendo cerveza en el
escritorio de D. Servando, oyeron la explosión de una bomba en los
aires. Quedaron súbito, graves y silenciosos con el oído atento. Estalló
al instante la segunda y uno de los presentes dijo:

--Son cohetes.

--¿Cohetes á estas horas?

Y las siete ú ocho personas que allí había se miraron sorprendidas y no
poco alarmadas, porque los dos bandos vivían en perpetuo sobresalto.

--¿Hay alguna función de iglesia mañana?

--No, señor.

--Que salga uno á enterarse...

Salieron dos; los cuales volvieron á los pocos minutos, agitados y
pálidos, diciendo con voz temblorosa:

--Los cohetes se están disparando desde los balcones de la Casona.

--¡Esos p... han recibido la noticia de la subasta!

La zozobra y el terror se apoderó de todos los corazones. Por un
movimiento simultáneo volvieron los ojos hacia el jefe, ilustre por su
prudencia.

D. Servando bebió pausadamente dos vasos de cerveza, y después de
limpiarse repetidas veces los labios con el pañuelo, rompió el afanoso
silencio diciendo:

--Alcalde, vaya usted al Ayuntamiento y mande los dos alguaciles á la
Casona á prevenirles que no arrojen más cohetes. El artículo 62 de las
Ordenanzas municipales prohibe que se arrojen sin permiso de la
autoridad.

Los genízaros dejaron escapar un suspiro de satisfacción. No en vano
habían depositado su confianza en el astuto caudillo.

Salió el alcalde y quedaron comentando el suceso, esforzándose por
explicar cómo la noticia había llegado primero á los _otros_ que á
ellos. La opinión general era que les habían hecho una trampa en
correos.

Los amigos de D. Martín, irritados por la prohibición del alcalde,
reunieron la orquesta del pueblo, compuesta de diez ó doce instrumentos,
casi todos de metal, y ofreciendo á los músicos una buena propina, á más
de un pellejo de vino que se les mostró para animarles, les hicieron
recorrer el pueblo tocando, y luego los situaron en medio de la plaza,
donde comenzó á acudir la gente al reclamo: los mozos improvisaron un
baile y hubo vivas á D. Martín y á la carretera.

Nuevo y doloroso conflicto para los de D. Servando, reunidos en
cónclave.

--Alcalde--tornó á decir aquél,--mande usted cesar á la música. Las
Ordenanzas municipales, arts. 59 y 60, previenen que se solicite el
permiso de la autoridad para esta clase de manifestaciones.

Pero los de D. Martín no se acobardaron. En cuanto se les intimó la
orden, sintiéndose fuertes, porque el público, ganoso de jolgorio, les
apoyaba, pasaron con la orquesta el puente que hay sobre la ría y que
divide el término municipal de Serín del de Agüeria por extraño caso.
Una vez fuera de la jurisdicción del alcalde enemigo, la música bramó y
chilló de un modo horrísono, y los de D. Martín, animando á la
muchedumbre á seguirles, volvieron á organizar los bailes y á prorrumpir
en vivas. Así pasó la tarde en fiesta y jarana, mientras los de la
Casiña, reunidos en el escritorio de su jefe, paladeaban, haciendo
muecas de disgusto, el amargor de la derrota.

Y para colmo de desdichas, _El Occidente_, periódico de D. Martín, que
le tocaba salir al día siguiente, los insultaba más que nunca y se
burlaba de ellos de un modo cruel. En Serín había dos periódicos
semanales: uno _El Occidente_, de los de la Casona, que aparecía los
jueves, y otro _La Crónica_, de D. Servando, que se publicaba los
domingos. Estas eran las dos serpientes á que aludíamos al describir el
paraíso de Serín. _La Crónica_ estaba escrita casi entera por un
ex-piloto, y por eso en todas sus cuchufletas había términos marítimos.
Á D. Martín solía llamarle «el pailebot Martín Pescador», y á su mujer
«la fragata de alto bordo doña Manuela», lo cual hacía morir de risa á
sus partidarios. _El Occidente_ estaba encomendado á un maestro de
escuela, quien para insultarles rebuscaba los términos más estrambóticos
del diccionario. Aquel día llamaba á D. Servando «tozudo y zorrocloco»,
y para Miguel también tenía algunas alusiones desvergonzadas. El primero
tomó su «zorrocloco» con mucha filosofía; pero el segundo, poco avezado
á las polémicas groseras de los pueblos, se puso fuertemente colorado y
declaró «que estaba resuelto á abofetear y escupir en la cara al
director de aquel papelucho».

Los amigos de D. Servando se miraron estupefactos.

--Despacio, despacio, mi señor--dijo aquél con la flema de siempre.--No
le aconsejo que haga semejante cosa, porque es el mayor gusto que usted
pudiera darles. El juez de primera instancia es suyo.

--¿Y qué tenemos que ver aquí con el juez? Se trata de un asunto de
honra que se resolverá pegándonos ese individuo y yo una estocada ó un
tiro.

Los circunstantes se miraron aún con mayor susto. En Serín eran
desconocidos en absoluto semejantes procedimientos, y por consiguiente,
no había que pensar en que nadie se batiera. Si ejecutaba lo que había
anunciado, Miguel corría gravísimo riesgo de ir á la cárcel y aun de ser
incapacitado. Convencido á la postre, renunció á su proyecto, aunque de
mala gana.

No rieron mucho tiempo los de la Casona. A los tres días llegó la orden
de suspensión de los Ayuntamientos de Villabona y Agüeria. ¡Entonces sí
que hubo jarana y cerveza en la Casiña! D. Servando, para dar matraca á
sus enemigos, hizo salir á la música y la tuvo doce horas cencerreando
por las calles. Aquel día no quedó ni un solo cohete por disparar en
Serín.

Con este golpe quedó asegurada por completo la elección de Miguel. Los
de la Casona así lo comprendieron, y con las orejas caídas empezaron
como siempre á gestionar el indulto. Faltaban solo nueve días para
abrirse el período electoral.

Mas aquí conviene, como nunca, exclamar con el poeta:

     ¡Oh instabilidad, mudanza cierta!
    ¿Quién habrá que en sus males no te espere?
    ¿Quién habrá que en sus bienes no te tema?

Dos días antes de empezar dicho período, cuando los partidarios de la
Casiña andaban alegres y descuidados, y mustios y emberrenchinados los
de la Casona; cuando se susurraba y aun se daba por segura la retirada
de Corrales, y Miguel se disponía á regresar á la corte, pues su
presencia ya no era necesaria en el distrito, he aquí que cae en Serín,
como una bomba, la noticia de haber sido repuestos los Ayuntamientos
suspensos. Por desgracia la noticia era exacta. Los amigos de D.
Servando, después que se hubieron repuesto un poco de la sorpresa (pues
en un principio ni acertaban á hablar siquiera), convinieron en que era
una equivocación ó había pasado «algo gordo» en Madrid. Como no había
telégrafo para entenderse con el Gobernador, Miguel decidió, acto
continuo, alquilar un coche y plantarse á escape en la capital.

Á pesar de la cordialidad con que le recibió, de los abrazos efusivos y
la sonrisa campechana, nuestro candidato vió claramente en los ojos del
Gobernador que algo tenía en la trastienda y desde luego se propuso
sacarlo á luz cuanto antes. Comenzó, pues, á estrecharle con preguntas,
á las cuales el jefe civil de la provincia contestaba en términos vagos.
Nada sabía de las causas de aquella reposición. Acaso surgirían
dificultades en el Consejo de Estado... Acaso el ministro consideraría
innecesaria la suspensión para ganar las elecciones...

--Si el ministro lo ha hecho por sí solo, sin el acuerdo del Presidente,
no ha obrado bien. ¿Tú crees que el Presidente tiene noticia de lo que
ocurre?--preguntó Miguel.

--Hombre, yo no sé...

--Es que tengo su palabra terminante de que el Gobierno me apoyará con
todas las fuerzas de que dispone. Sin esta palabra nunca me hubiera
presentado candidato por un distrito que no conocía...

--Chico, no sé... no sé...

--Castro--dijo Miguel apretándole fuertemente una mano y mirándole con
severa fijeza.--Eres mi amigo, y vas á decirme la verdad... ¿Qué ocurre?

--Ya comprenderás que mi posición no me permite hablarte con franqueza.
Si pudiera lo haría.

--Ó eres ó no mi amigo. Díme lo que ocurre--insistió Miguel con energía.

--Pues bien, si me das tu palabra de caballero de que no harás uso
ninguno de ello, te lo diré.

--Te la doy.

--¡Mira que te obligas á mucho!

--Te la doy. Habla.

--Quedamos en que no harás nada que signifique que sabes lo que voy á
revelarte... Observando desde hace algún tiempo, y sobre todo en estos
últimos días, que respecto á tu elección el ministro cerdeaba bastante,
y sabiendo la amistad que te une al Presidente y las conferencias que
con él has tenido, quise consultar con éste para saber de una vez á qué
atenerme. Ayer telegrafié á su secretario. Mira la contestación que he
recibido.

El Gobernador mostró un telegrama descifrado ya que decía:

«Candidato oficial.--D. Miguel Rivera.

Diputado.--D. Manuel Corrales.»

Miguel lo retuvo algún tiempo entre las manos. Dibujóse en sus labios
una sonrisa triste é irónica.

--Está bien--dijo, arrojándolo sobre la mesa.--Una pedrada más de las
muchas que el mundo me ha tirado.

--Lo siento en el alma, chico. El Presidente se habrá visto apretado;
porque ya ves, Corrales es una persona muy importante de la situación
pasada... Mañana puede ser ministro... y la política es así, chico...
Hoy por tí y mañana por mí.

--Sí, sí, ya veo cómo es la política. El Presidente me ha dado su
palabra de caballero de apoyar mi candidatura frente á la de Corrales:
me ha hecho escribir una porción de cartas y mover numerosas relaciones;
me ha obligado, últimamente, á separarme de mi mujer y mi hijo. El
Presidente hacía todo esto, por lo visto, con la intención de venderme.
Yo no sé qué nombre tiene esto en política; pero en castellano, sé que
se llama _una bajeza_, _una vileza_ (recalcando las palabras)... Queda
con Dios, chico--añadió alargándole la mano.--Te agradeceré siempre, de
todos modos, lo que por mí has hecho y la buena acogida que me has
dispensado.

--Oyes--le dijo el Gobernador cuando ya salía.--Se me olvidaba decirte
que aquí se ha recibido un telegrama para tí que debe de ser de tu
familia.

Miguel se sobresaltó.

--¿Qué dice?

--Aquí debe estar; toma.

El parte era de su madrastra, y decía:--«Vente inmediatamente. Te
necesito para un negocio urgentísimo».

Hasta cierto punto, le tranquilizó su contenido, porque, si estuviera
enfermo alguno, lo diría. Pero como de todas suertes daba lugar á dudas,
agitado y triste se metió aquella misma tarde en la diligencia con
dirección á Madrid.

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XXIII


LA cortesía exquisita, abrumadora, de D. Alfonso
Saavedra, sus atenciones delicadas con todo el mundo, sus modales
respetuosos con las damas, ocultaban una soberbia satánica y una
impudencia ilimitada. Desde muy temprano se había hecho eje del mundo,
según la expresión vulgar, y profesaba el desprecio absoluto de la
humanidad. Entre los jóvenes ricos, hijos de familias aristocráticas, no
es rara esta conducta. El desprecio de todo es la única moda que no
varía nunca entre ellos. Pero la mayoría no saben pasar de aquí, y
llenos de celo, no ambicionan otra cosa que poder manifestar á sus
semejantes, en cuantas ocasiones se presentan, este nobilísimo desdén,
que forma parte integrante de su soberanía. Mas tal adorable ingenuidad
les suele acarrear disgustillos á veces. Y aun se da el caso de que su
desprecio no sea bien apreciado y comprendido; porque entre las muchas y
ridículas manías que padece la humanidad, una de ellas es la de que no
se la desprecie. Y no vale razonar este desprecio diciendo: «Yo debo
noventa mil duros; soy vizconde y tengo mucha nuez; juego
portentosamente al bacarrat; un antepasado mío calzaba las botas á
Felipe II; guío un carruaje como el mejor mayoral y hace pocos días,
entre otro vizconde y yo «tomamos el pelo» á un sabio en casa de
Vallehermoso; llevo unos pantalones tan notables que obligan á volver la
vista á los transeuntes y estoy enredado con una bailarina del Real, á
quien pagan otros.» Nada; la humanidad se empeña en no reconocer la
gravedad é importancia de los motivos que estos preclaros jóvenes alegan
para despreciarla.

D. Alfonso, más cauto por naturaleza y más experimentado también por su
estancia en países extranjeros, comprendía que era conveniente transigir
con tal manía; pero en el fondo profesaba las mismas ideas. Aquel
precepto de la filosofía kantiana, muy á la moda entonces: «No tomes á
la humanidad como medio, sino como fin» era para él letra muerta.

Después del fracaso del Retiro, aunque herido en lo más hondo y lo más
vivo de su orgullo, supo disimular perfectamente, y si no se presentó
más en casa de Miguel no fué porque su resentimiento se lo estorbase,
sino por el temor de que Maximina, prevenida ya, tomase una violenta
resolución que le comprometiese. No conocía bien su carácter. Cuando
halló al matrimonio, por casualidad, en la calle, estuvo tan fino y
atento como siempre, disculpando su ausencia prolongada muy donosamente
con un tío que le había salido de repente y cuya descripción viva y
acabada les hizo. Saavedra, sin tener ingenio ni instrucción, poseía
cierta entonación burlona y algo cómica que provocaba la risa, y también
un poco de repulsión hacia su persona. Cuando acababa de «disecar á
algún amigo,» la impresión que quedaba en los oyentes era penosa.
Maximina, al tropezar con él se había puesto como una cereza y le costó
grandísimo trabajo serenarse. Por fortuna, Miguel no lo advirtió.

El día mismo que éste se marchaba á Galicia, volvió á ver á Saavedra en
el Ateneo, adonde solía acudir algunas veces el lechuguino á leer los
periódicos franceses. Dióle cuenta de su viaje y se despidió. D. Alfonso
quedó largo rato sentado en un diván. Una arruga cada vez más profunda
se le fué señalando en la frente. Después, repentinamente, se deshizo la
arruga, adquirió el rostro la expresión indiferente y desdeñosa de
siempre y se levantó. Algo quedó resuelto debajo de aquella frente; algo
que tenía poco que ver con el mandamiento de Kant y menos con los de la
ley de Dios.

En casa de la tía se enteró de que Julita iría á dormir con su cuñada y
la acompañaría todo el tiempo que le dejaran libre sus ocupaciones.
Estas se reducían casi á las lecciones de piano y canto. Por nada en el
mundo permitiría la brigadiera que dejase un sólo día de teclear las
cuatro horas de reglamento y de hacer los gorgoritos señalados. D.
Alfonso pasó cuatro ó cinco días meditando, espiando entradas y salidas,
combinando planes. En este tiempo se mostró más amable que nunca y más
rendido con su prima; pero rehusó acompañarla á casa de Miguel alegando
diferentes pretextos.

Los sábados almorzaba siempre en casa de la brigadiera. El primero que
le tocó, después de la marcha de Miguel, Julita, aunque almorzaba
siempre con su cuñada, vino á casa por honrar al primo y porque ya no le
era posible disimular el arrebatado amor que le profesaba. Durante el
almuerzo estuvo jovial y divertido como siempre. Sin embargo, los ojos
amantes de Julita creyeron advertir en sus ademanes cierta inquietud,
como si estuviese preocupado con alguna idea. Naturalmente, la achacó á
lo que más le convenía; al amor, cada vez más receloso y más ardiente,
que su primo la demostraba. Cuando hubieron terminado, éste la preguntó
en tono indiferente:

--¿Viene hoy el profesor de piano?

--Sí, á las cuatro.

--Entonces no volverás á casa de Maximina hasta que hayas dado la
lección--volvió á decir con más indiferencia si cabe.

--Desde luego: no es cosa de andar yendo y viniendo--contestó la
brigadiera.

Pasaron al gabinete, y Julita se sentó al piano y don Alfonso al lado de
ella. Las ternezas que el primo la susurraba apagábalas la gentil
chiquilla con un _forte_ oportuno.

--Hoy te brillan los ojos de un modo, Julia, que si algo te faltase por
quemar en mi corazón, habría que tocar á fuego ahora mismo.

--¡Pedal, pedal!--gritaba la niña riendo, y sofocaba las últimas
palabras del lechuguino con un horrísono tecleo.

Levantaba de nuevo su piececito del pedal y comenzaba á tocar
nuevamente. D. Alfonso aprovechaba algún _morrendo_ para decir:

--Julita, te adoro; te quiero más que á mi vida...

--¡Pedal! Pedal!--tornaba á exclamar la niña; y no le dejaba concluir.

Mas al poco rato de hallarse de aquella suerte embebidos, D. Alfonso
exclamó, llevándose una mano á la frente:

--¡Oh, qué desgracia!

--¿Qué hay?

--Que mi tío se marcha hoy para Sevilla y aún no he estado en casa del
notario á arreglar los papeles de mamá.

--¡Qué cabeza de chorlito! Anda, ve á recogerlos; tienes tiempo.

--¡Oh, si se tratase de recoger solamente!... Tengo que examinar buena
porción de ellos y echar algunas firmas.

--¡Corre entonces, haragán... corre!... De seguro que tu mamá me va á
echar á mí la culpa de tus distracciones.

Julita dijo esto fingiendo enfado; mas sin poder ocultar el placer que
el supuesto le causaba.

--¡Yo que iba á pasar una tarde tan deliciosa! ¡Meterme ahora en el
archivo de un notario á comer polvo y á calentarme la cabeza!

--Anda, anda; lo primero es lo primero... De todos modos, llevabas
camino de decir muchas mentiras esta tarde.

--Verdades como puños, prima divina.

--¡Vete, vete, embustero!

La berlina, según había ordenado al cochero, le esperaba en la esquina
de la calle. Encendió un cigarro habano y dijo cerrando la portezuela:

--A casa de los Sres. de Rivera.

Cualquiera que le hubiera visto reclinado en el fondo del carruaje con
el cigarro entre los dientes, le diputaría por un elegante aburrido que
iba á dar una vuelta por la Castellana.

No obstante, la misma arruga, signo de intensas cavilaciones, que había
aparecido en su frente cuando se despidió de Miguel en el Ateneo,
surcábala ahora, quizás más honda y más oscura.

--A las seis, como siempre, en el Suizo--dijo al auriga bajándose del
coche.

Y con lento paso, el semblante algo pálido, penetró en el portal de la
casa de Miguel y subió la escalera.

Tiró de la campanilla con fuerza, como amigo familiar y mimado.

Salió á abrirle Plácida.

--¡Señorito, buenos ojos le vean!--exclamó con la simpatía que inspiran
á las domésticas las visitas de la casa, cuando son buenos mozos.

--Hola, chiquita--dijo el caballero con acento protector, dándole una
palmadita en la mejilla.--¿Tu amo?...

--¿Pero no sabe que el señorito se ha ido el lunes á Galicia? ¡Bien se
conoce que ya no ensucia la escalera de esta casa con el polvo de sus
botas!

--¿La señorita?--preguntó el elegante con gesto distraído, colocando, al
propio tiempo, el bastón y el sombrero en el perchero.

--En su gabinete está cosiendo... ¿Quiere que la avise?

--No hay necesidad--replicó avanzando resueltamente hacia la sala, y
abriendo la puerta del gabinete.

Maximina cosía alguna ropa del niño, mientras éste, ajeno enteramente á
las luchas políticas en que estaba metido su papá, dormía en la alcoba
ocupando dos cuartas cuadradas del gran lecho conyugal. El pensamiento
de la niña volaba por encima de la blanca cabeza del Guadarrama,
atravesaba los yermos campos de Castilla, é iba á perderse en las
frondosas arboledas de Galicia. «¿Tendrá bastantes calcetines?»--se
preguntaba en aquel momento. Esta era la grave preocupación de Maximina
desde que su esposo se había ido. «Ocho pares, no bastan, no pueden
bastar, mudándoselos todos los días como él acostumbra. En aquel país
creo que no se lava la ropa á menudo. ¡Ay, Dios mío, y si llueve y se
humedece los pies, ¿cómo se los va á mudar dos ó tres veces al día como
hace aquí?... Estoy segura de que no se le ocurre comprarlos... ¡Es más
dejado!...

Sonó el pestillo de la puerta. Al levantar la cabeza, sus ojos se
encontraron con los de D. Alfonso.

Es difícil figurarse la sorpresa que aquella aparición repentina causó á
Maximina, y el susto y el terror que de ella se apoderaron. Se puso
pálida hasta dar en lívida, después fuertemente colorada, después otra
vez pálida; todo en obra de muy cortos momentos.

Saavedra cerró la puerta y le alargó la mano con gran desembarazo.

--¿Cómo está usted, Maximina?

Ésta apenas pudo articular la contestación. Su mano temblaba
fuertemente.

--¿Qué es eso, tiembla usted?--dijo el caballero reteniéndola un momento
en la suya.

Nada contestó.

--Si fuese un enemigo el que aquí entrase, comprendo ese temblor; pero
siendo un amigo tan apasionado... tan estúpidamente apasionado como yo
lo soy de usted... Digo mal en llamarme su amigo: mejor haría en
llamarme su esclavo, porque desde hace mucho tiempo ejerce usted sobre
mí un dominio absoluto.

El rostro de la niña estaba contraído por una sonrisa, que más parecía
mueca de terror. Sus ojos expresaban el mismo espanto. Quiso decir algo,
pero la voz expiró en su garganta.

--El último día que hablé con usted, Maximina--siguió diciendo el
andaluz, después de sentarse á su lado,--me aventuré á manifestarle algo
de lo que pasaba dentro de mi corazón. Acaso haya cometido una tontería;
pero el paso está dado y no puedo volverme atrás. Necesito completar
hoy lo que entonces no hice más que indicarle; necesito expresarle á
usted, aunque sea bien difícil, el amor, la idolatría que usted me
inspira, las terribles congojas que desde hace un mes he experimentado,
el estado de verdadera locura á que su crueldad me ha conducido...

Maximina seguía muda. Parecía la estatua de la desolación.

--Voy á contárselo á usted todo, ¡todo! ¿No es verdad que me perdonará
usted, hermosa Maximina?

Y el osado caballero pronunció estas palabras con voz insinuante,
melosa, apoyando suavemente al mismo tiempo la palma de su mano sobre el
dorso de la de Maximina. Esta la retiró como si la hubiese tocado un
animal inmundo, y poniéndose de pie como empujada por un resorte, corrió
á la puerta, la abrió y entró en la sala. D. Alfonso la siguió y la
retuvo por un brazo. Ella entonces, sacudiéndose con fuerza singular, se
desprendió; pero en vez de huir se quedó frente á frente de él con las
mejillas inflamadas y mirándole con unos extraviados ojos que daban
miedo.

La verdad es que entre las muchas actitudes que había imaginado que la
esposa de Miguel podía tomar, nunca había podido Saavedra representarse
aquella. Esperaba repulsas, frases de indignación, hasta injurias, y
tenía preparado para este caso un continente frío y sosegado: esperaba
la orden de irse inmediatamente, la amenaza de gritar, y también tenía
aparejado lo que había de decir para apaciguarla inmediatamente: por
último, allá en el fondo del alma, su presunción le adulaba diciéndole
que Maximina no podría resistir mucho tiempo á su atractivo y á su
gloria de seductor. Mas aquellas extrañas huidas, intempestivas, aquel
mudo terror, le sorprendieron y un poco le desconcertaron.

--¿Qué va usted á hacer, Maximina?--le dijo, aunque la niña no decía
nada; pero le convenía prevenirla para cualquier evento.--Si usted grita
ó llama á sus criadas, se compromete usted muy seriamente; habrá un
escándalo, se enterará todo el mundo, incluso su marido, y usted irá
perdiendo mucho más de lo que se figura... Vamos, sea usted
razonable,--añadió en el tono meloso que había usado antes, y
acercándose á ella.--La cosa no es para tomada de ese modo trágico. Que
yo esté enamorado de usted perdidamente, no tiene nada de particular, ni
tengo culpa de ello, sino Dios que la ha hecho tan hermosa, tan dulce,
tan simpática... Y que usted me concediera un pequeño favor... que me
permita besarla una mano en pago de tanta adoración, de tantas amarguras
y tristezas como en este último mes he pasado, creo que tampoco tendría
mucho de extraño. Sería en usted, no una prueba de amor, que ya sé que
no la merezco, sino de su caridad, de su carácter bondadoso, que ni aún
en ocasiones como ésta puede desmentirse. Este favor, que aunque
insignificante para el mundo y para la conciencia, para mí sería
inmenso, quedaría secreto hasta la muerte entre los dos... Mi
agradecimiento por él sería eterno... Vamos, hermosa Maximina, no
desmienta usted su bondad... Se lo pido á usted de rodillas. Déjeme
usted poner los labios en su mano y me marcho tranquilo y feliz...
¿Quiere usted más humildad?

El audaz, cuanto astuto caballero, al pronunciar estas últimas palabras,
había doblado, en efecto, la rodilla, y se apoderó de una mano de la
niña. Pero ésta se la arrancó con sorprendente braveza y echó una mirada
de angustia en torno, como buscando socorro. Después huyó como un
relámpago al despacho de Miguel. D. Alfonso la siguió también corriendo.
La niña se acorraló detrás de la mesa y volvió á arrojarle aquella
pavorosa y extraviada mirada, propia, en realidad, de una loca.

Miguel había dejado sobre la mesa, abierto, su estuche de navajas de
afeitar, y la que había usado, encima de él, abierta también. Por un
refinamiento amoroso, Maximina no había querido tocar en estos objetos,
ni que nadie tocase, dejándolos así hasta su regreso. Rápidamente se
apoderó de aquella navaja, y acercándosela á su cuello dijo con voz
ronca:

--¡Si usted me toca otra vez, me mato! ¡Me mato!

Fueron las primeras palabras que salieron de su boca en aquella escena,
que duró pocos minutos.

El acento con que las pronunció y la mirada con que las acompañó, no
daban lugar á duda. Aunque no llegase á matarse, Saavedra comprendió que
se daría una cuchillada, correría la sangre y habría en la casa un serio
conflicto del cual no saldría bien librado. Por eso se apresuró á decir:

--No la tocaré. Pierda usted cuidado.--Y luego añadió con sonrisa
irónica, en tono que rebosaba de despecho:--Vaya, vaya; donde menos se
piensa salta una Lucrecia. Si fuese pintor, Maximina, la retrataría á
usted así, con el brazo levantado, y la mandaría á la exposición. Un
poco prosaico es eso de la navaja; pero tales son los tiempos. Las
Lucrecias ahora, en vez de puñal cincelado, gastan navaja de afeitar.

Quizá el desabrido tenorio hubiera seguido dirigiendo á su pretendida
víctima otras groseras y cobardes burlas como estas: mas en aquel
momento el oído de Maximina percibió hacia el gabinete el blando y
levísimo quejido del niño que se despertaba. Era tan leve, que sólo una
madre podía oirlo á aquella distancia.

Soltó la navaja y exclamó:

--¡Hijo de mi alma, allá voy!

Pasó como una saeta por delante de D. Alfonso. Si éste tratase de
retenerla, es casi seguro, dado el ímpetu que llevaba y su robusta
musculatura, que le hubiera volcado.

No pensó en semejante cosa el caballero. Lo que hizo fué girar sobre los
talones, tomar el sombrero y marcharse á esparcir su mal humor y
despecho á la Castellana.

Maximina se serenó pronto. Sin embargo, pocas horas después comenzó á
sentir un frío intenso que la obligó á meterse en la cama y á pedir una
taza de tila. Al día siguiente estaba ya buena. Pensó en escribir á
Miguel rogándole que viniese; mas en seguida comprendió que se vería
obligada á darle alguna razón, y no la tenía. ¿Y si sospechaba algo y la
forzaba á declarar lo que había pasado? De seguro se desafiaría con
Saavedra, y como éste era un espadachín, le mataría.

--¡Oh! ¡Primero me mataría yo que decírselo!

Y la fiel esposa, al pensarlo, se estremeció de horror.

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XXIV


HA fracasado la primera parte de mi plan: vamos á ver si
en la segunda soy más feliz--se dijo D. Alfonso al salir de casa de
Miguel.

Pasó aquella tarde, mientras su mirada vagaba perdida por la balumba de
coches que trotaban por la Castellana, meditando odiosos y atrevidísimos
proyectos, que pronto vamos á conocer.

En los días que siguieron comenzó á mostrarse más rendido y apasionado
con su prima, pasando largas horas en su compañía. No le faltaba ya á
Julita más que este súbito ardor de su galán para volverse loca. La
aspereza de su temperamento inquieto y bravío se había trocado hacía
tiempo en mansedumbre. D. Alfonso, gracias al vituperable descuido de la
brigadiera, usaba con ella ciertas libertades, inocentes sí, pero muy
peligrosas. Cuando la hubo hecho su esclava, le dijo un día:

--Julita, ¿quieres casarte conmigo?

--¡Qué preguntas!--exclamó la niña, poniéndose como una amapola.

--Bien; quedamos en que me aceptas por marido.

--¿Quién te ha dicho eso, majadero?

--Me lo has dicho con esos ojos pícaros, desde que te conocí. No lo
niegues, Julia.

--¡Tonto! ¡tonto! ¡insufrible!--exclamó la niña, queriendo enfadarse.

--No hablemos más de eso. Negocio concluído. En principio convenimos
ambos, la Srta. D.ª Julia Rivera, por una parte, y D. Alfonso Saavedra,
por otra, en que queremos casarnos. Ahora: medios para llevar á cabo
nuestro proyecto. Yo he cumplido ya los veinticinco años (si no lo
sabías, ahora lo sabes) (Julia se ríe). Por consiguiente, la ley me
autoriza para casarme cuando se me antoje, sin permiso de mi madre. No
obstante, este permiso es para mí indispensable, primero, por el cariño
frenético que me profesa, por el deber en que estoy de no contrariarla ó
causarla disgustos que la pobre no merece; segundo, por una
consideración egoísta que es también muy atendible. Yo he sido un pillo,
Julita, un pródigo que se ha gastado en pocos años la fortuna heredada
de su padre. El resultado de esto es que hoy me encuentro á merced de mi
madre, la cual, en honor de la verdad, no ha sido hasta ahora tacaña
conmigo. Pero como tú comprenderás, no sé lo que sucedería si me casase
contra su gusto. Ahora bien, lo confieso con vergüenza, yo no estoy
acostumbrado á trabajar, ni aunque fuese tal mi deseo, sabría en qué
ocuparme. Necesitamos, pues, contar con mamá para casarnos. Mañana mismo
la escribiré, y si, como presumo, no se opone á nuestra boda, podemos
desde luego señalar la época para ella.

¡Qué noche de insomnio aquélla para Julita! Y sin embargo, ¡qué noche
tan feliz!

D. Alfonso daba por seguro su matrimonio, y hablaba de él como si ya
estuviera hecho. Las conversaciones que sostuvieron en los cuatro días
trascurridos entre la carta y la contestación, versaron casi todas
acerca de los preparativos necesarios para la boda, lo que harían
después de unidos, etc. Se esperaba con impaciencia la bendición de la
mamá de Sevilla. En cuanto á la brigadiera, como D. Alfonso era su ojo
derecho, no se había pensado en ella siquiera. Por consejo de aquél,
Julita no le había dicho una palabra todavía.

Llegó al fin la carta. ¡Nunca hubiese llegado! Saavedra entró en casa de
su tía con el semblante pálido y ojeroso y una mortal tristeza pintada
en él. Para este efecto teatral había pasado una noche de crápula
previamente. Julia también se puso demudada al verle, pues en seguida
entendió lo que pasaba. Cuando se hubieron sentado junto al piano, sitio
donde mantenían casi todas sus conversaciones secretas, exclamó el
caballero con acento dolorido, metiendo el rostro entre las manos:

--¡Qué desgraciado soy, Julia!

Ésta calló unos instantes, y después dijo:

--Tu madre no quiere que nos casemos, ¿verdad?

D. Alfonso no respondió.

Reinó silencio por largo rato. Julita lo rompió al fin con voz
temblorosa.

--No te aflijas así, Alfonso. En vez de darme ánimos me los quitas.

--Tienes razón, hermosa mía: hasta en esto soy un egoísta. Debiera
considerar que además del dolor que sentirás como yo, si me quieres, á
ti se te hace una ofensa...

--No, no--se apresuró á decir la joven,--no siento la ofensa. Mi
sentimiento es únicamente por no ser tuya.

Saavedra le dirigió una mirada de amor fascinadora y la apretó
fuertemente la mano.

--Mamá no habla mal de ti. Si algo dijera que pudiera ofenderte, ya
sabría yo contestar... Mejor será que tú misma leas su carta--dijo
sacándola del bolsillo.

Esta carta escrita por el mismo Saavedra imitando la letra de su madre y
remitida á un amigo de Sevilla, para que de allí se la mandase, era un
documento notable por su malicia. No se mentaba á Julita en ella. La
mamá se lamentaba vivamente «porque había soñado para su hijo un partido
brillante; bien sabía él cual era. Que ésta había sido la ilusión de
toda su vida; que había soltado la palabra y todos los parientes estaban
ya en ello: en fin, que estando muy vieja y achacosa, aquel disgusto la
causaría seguramente la muerte.»

El efecto que esta carta produjo en la joven fué el que tenía calculado
su autor. En vez de templar el fuego, lo hizo crecer notablemente. Los
celos eran la mejor leña para el caso.

--¿Quién es esa mujer con la cual quieren casarte, Alfonso?--dijo Julita
tímidamente, mientras gruesas lágrimas le rodaban por las mejillas.

--No sé, no sé, ¡déjame!--exclamó él con tono desesperado.

--Dímelo, Alfonso: lo deseo vivamente.

--Qué importa quien sea. Yo la odio, la detesto.

--De todos modos, quiero saber cómo se llama.

--Es la condesa de San Clemente.

--¿Es joven?

--Mucho más vieja que tú: tiene lo menos veinticinco ó veintiséis años.

--¿Es bonita?

--¡Qué sé yo! Tanto la doy porque sea fea ó bonita.

--¿Pero es bonita?

--Dicen que sí; pero ya te digo que á mí no me importa nada.

Guardó silencio prolongado la niña. Su corazón latía apresuradamente. Al
cabo de un rato dijo con acento melancólico clavando al mismo tiempo en
su amante una mirada ansiosa:

--Concluirán por convencerte, Alfonso. Al fin pararás en casarte con
ella.

El caballero andaluz levantó hacia ella su vista airada y exclamó con
energía:

--¡Antes me harían pedazos que tal sucediese!

--No puedes asegurar nada--replicó ella mirándole con la misma
zozobra.--Irán trabajando, trabajando sobre ti, te enredarán de tal
modo, que al cabo no tendrás más remedio que sucumbir.

--No, no: ¡te juro que no!... Vamos, no me hables más de eso, Julita,
porque es una conversación que me incomoda.

Los ojos de la joven brillaron con alegría un momento. Después volvieron
á expresar el mismo abatimiento.

Transcurrieron cinco ó seis días. D. Alfonso redoblaba sus
manifestaciones de cariño. Pesaba, no obstante, sobre los amantes un
disgusto tan abrumador, que les obligaba á mantenerse largos ratos
silenciosos con la cabeza baja y los ojos en el vacío. Julita lloraba á
menudo, y Saavedra, enternecido también, hacía esfuerzos inútiles por
consolarla. La verdad es que no veían salida para sus penas. El
horizonte se mostraba enteramente cerrado y oscuro.

--Yo no tengo carrera ninguna: no sé trabajar--decía el caballero.--Si
nos casáramos nos moriríamos de hambre... ¡Este es el resultado de
haberme educado para rico!

Tanto como morirse de hambre, no lo creo--respondía Julita poniéndose
muy colorada.--Mamá y yo no somos ricas, pero podemos vivir
decentemente... Claro está que para tí, acostumbrado á otra clase de
vida, esto sería muy duro... pero...

--¡Oh, no me hables de eso, Julia!--exclamó el caballero con el gesto de
un hombre herido en su dignidad.--Es rebajarme demasiado creer que yo
puedo consentir en que me mantengáis... Pero aunque perdiese el decoro
hasta ese punto, tampoco lo haría, porque no quiero matar á mi madre.

La niña se calló y aparecieron como otras veces algunas lágrimas en sus
mejillas.

--¿Sospecha algo tu madre de lo que nos está pasando?

--No.

--Pues ten mucho cuidado. Ya sabes cómo es su genio. Si se enterase de
que mamá se opone, lo echaría todo á rodar y no me consentiría poner más
los pies en esta casa.

Una tarde, pasados ya bastantes días, llegó el caballero con la faz más
despejada que los anteriores. En vez de sentarse cerca del piano, fueron
los amantes á colocarse en pie en el hueco del balcón. Después de
pintarle las cosas muy negras, como siempre, y de lamentarse largo rato,
D. Alfonso dijo á su prima:

--Como en todo el día y toda la noche no pienso más que en esto, querida
Julia, se me han ocurrido ya algunos medios de salir del conflicto. No
te los he dicho porque son muy disparatados. Sin embargo, esta noche
dando vueltas en la cama sin poder dormir, me vino á la imaginación uno
muy seguro, pero muy atrevido... tanto, que tengo miedo decírtelo.

--¿Tan malo es?

--Malo no; atrevido. Exige de tí desprecio á ciertas convenciones
sociales y una gran fuerza de voluntad.

--Vamos, dilo: tengo ya curiosidad de conocerlo.

--Pues bien, Julia; mamá, aunque te la representes como una mujer dura,
por tus recuerdos de la niñez, y porque en realidad tiene un exterior
frío y grave que previene en contra suya, no deja de tener un corazón
muy bueno. Me ha dado pruebas inequívocas de ello, perdonándome á veces
demasiado pronto faltas gravísimas. Es un carácter orgulloso como el de
tu mamá; pero estos caracteres son los más fáciles de vencer. Basta
humillarse para que cedan... Pensaba yo esta noche:--Si Julia se
atreviese á dar un golpe decisivo, á escaparse conmigo á Sevilla y
presentarnos á ella, tengo la seguridad que no vacilaría en perdonarnos
y darnos su bendición. Ninguna mujer, por mala que sea, consiente en
dejar deshonrada á la hija de una prima hermana.

--Ese proyecto es una locura. ¡Parece mentira que tú me propongas
semejante atrocidad!

--Yo no te lo propongo: no hago más que referirte un pensamiento que me
ha ocurrido. Si á tí no te cuento lo que siente mi corazón y lo que
cruza por mi mente, ¿á quién se lo he de contar, Julia mía?

--Eso es lo último que debías pensar.

--¡Tengo pensado tanto, que no es extraño que ya piense lo último! El
proyecto será atrevidísimo, violento y repugnante para tí, pero no una
locura como dices. Es un medio seguro, infalible, de conseguir nuestro
objeto.

--Pues aunque sea seguro, infalible, yo no le acepto ¿lo oyes bien?

D. Alfonso no se dió por vencido. Continuó discutiendo sin perder la
calma, aduciendo razones, poniendo numerosos ejemplos que traía
preparados, destruyendo de mil mañosos modos los escrúpulos de Julia.
Pero cuando la joven se veía acorralada, envuelta en las redes de la
sofistería de su amante, se encolerizaba de pronto y exclamaba:

--Bien, será lo que tú dices; pero yo no quiero, no quiero, y basta.

Julia, aunque dotada de un carácter ligero é impetuoso, no tenía turbia
la conciencia. Era una chica honesta, y por lo tanto, aquel proyecto
hería de un modo vivo su pudor. No obstante, Saavedra seguía martillando
sin cesar con la esperanza de quebrarlo.

Declinaba ya la tarde. El gabinete se iba poblando de sombras. D.
Alfonso agotó al fin todos los recursos de su ingenio sin lograr lo que
se proponía.

--Bien está--dijo al cabo de largo silencio, haciendo esfuerzos por
ocultar su despecho y dando á sus palabras cierta entonación
lúgubre.--He buscado con afán los medios de salir de este doloroso
estado en que nos vemos. Te propuse el único factible y seguro. Tu misma
has convenido en ello y has comprendido la necesidad de adoptar una
decisión enérgica. Y, sin embargo, te niegas á aceptarlo. Respeto los
escrúpulos que tienes para ello; pero me permitirás que te diga que la
mujer que ama de veras se sobrepone siempre á ellos. Si el amor que me
tienes fuese tan grande como dices...

--¡Alfonso!

--Ya sé que me quieres. No te esfuerces en decirlo... Pero el resultado
es que, queriéndonos mucho, somos muy desgraciados, y que no hallamos
medio de dejar de serlo. ¿Qué nos queda que hacer? Pues separarnos y
procurar no volvernos á ver.

--¡Oh Alfonso!

--Sí, Julia, sí; conviene que nos separemos para siempre. Aquí no
hacemos más que martirizarnos cruelmente. Es una vida infernal la de
tener la felicidad delante de los ojos y no poder tocarla. Antes de
proponerte este último recurso, muy violento sí, pero absolutamente
indispensable, he decidido firmemente expatriarme en el caso de que no
lo aceptases. Mañana, pues, tomo el tren para París. Lo confieso
ingenuamente, no tengo valor para soportar esta angustiosa situación.

Calló el astuto caballero. Julia tampoco despegó los labios. Por su
gracioso semblante se esparció una triste palidez. Los ojos se clavaron
estáticos sobre un punto del espacio y permaneció inmóvil como una
estatua. D. Alfonso la dejó en esta actitud largo rato sin turbar su
ardiente y afanosa meditación, echándole frecuentes ojeadas. Su palidez
iba cada vez en aumento.

Cuando juzgó que había llegado el momento oportuno, el audaz seductor
fué á tomar el sombrero que había colocado sobre el piano, y volviendo
hacia la niña, alargándola la mano, la dijo con voz temblorosa:

--Adiós, Julia.

Esta se la retuvo un instante, y echándole una mirada desesperada, con
el rostro lívido ya, le dijo:

--No te vayas, Alfonso. Haz de mí lo que quieras. Estoy pronta á
seguirte.

El caballero, después de cerciorarse de que su tía no los veía, la
estrechó largo rato entre sus brazos.

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XXV


CHICO, tráeme un vaso de limón... Tráeme dos,
¿entiendes?

El banquero se sofocaba. Era un hombre pequeño y gordo que casi echaba
sangre por las mejillas. Se desabrochó el cuello de la camisa y continuó
barajando, dando fuertes resoplidos, como si le amagase algún ataque
apoplético.

--Juego.

Los puntos hicieron el suyo colocando las puestas al lado de las cartas.
Una mano enguantada arrimó un paquete de billetes á una de ellas.

--¿Cuánto va de esto, Saavedra?--dijo el obeso tahúr levantando sus
ojos, que expresaban terror y pedían misericordia.

--Todo--contestó secamente el caballero andaluz.

--¿Cuánto es?

--No sé.

El tono era asaz despreciativo. Sin embargo, el banquero no se ofendió.
Tomó el paquete y se puso á contar bajo las miradas atentas del grupo
de jugadores que en torno de la mesa estaban, unos sentados, otros en
pie.

--Son diez mil doscientas pesetas.

--No hay bastante en la banca--dijo un punto alargando ya la mano para
recoger su puesta.

--Va abonado--replicó el banquero, cada vez más rojo. Parecía que iba á
estallar.

Mientras tiraba por las cartas reinó silencio absoluto. La de D. Alfonso
era un siete.

--Ya está aquí--dijo el banquero con mal disimulado abatimiento,
colocando la baraja sobre la mesa.

Acto continuo se puso á pagar las puestas menudas, dejando la de
Saavedra para la última. Cuando llegó á ésta sólo sobraban siete mil
pesetas.

--Debo tres mil doscientas--dijo, entregándoselas.

D. Alfonso las recogió y las metió en el bolsillo con displicencia. El
juego se deshizo. El banquero, limpiándose el sudor de la frente con el
pañuelo, se acercó al andaluz, que se había sentado en un diván y leía
tranquilamente un periódico.

--Quince mil duros te llevas en el bolsillo, chico.

--No lo sé--replicó D. Alfonso, sin levantar la vista.

--Pues yo sí. Villar y González han perdido nueve mil y nosotros más de
doce mil. Entre todos los demás no se han llevado seis mil duros.

--Phs; podrá ser--replicó el caballero.

--Cualquiera diría al verte la cara que son quince mil piedras las que
tienes en el bolsillo, chico. Mira, préstame ocho mil pesetas y te
pondrás de buen humor.

D. Alfonso, sin decir palabra, sacó la cartera y le dió un puñado de
billetes.

--Saavedra, tú andas en malos pasos. La otra noche te he visto en un
palco muy amartelado al lado de una chiquita saladísima. Ten cuidado: el
día menos pensado te casas.

D. Alfonso sacó el reloj, y después de mirarlo, dijo sonriendo
fríamente:

--En este momento voy á robar esa chiquita. Me escapo con ella al
extranjero.

--¡No te vendría mal!--repuso el otro sin ocurrírsele siquiera que
pudiera ser verdad.--Pero te cansarías pronto. Lo mismo tú que yo,
estamos viejos para tales trotes.

--Adiós, Cubells.

--Adiós, chico... No dejes de venir esta noche, que hay partida del
golfo.

--¿No te he dicho que me escapo con esa chica?--replicó desde la puerta
el caballero con la misma sonrisa fría entre los labios.

--¡Buen bocado!... Ven tempranito, ¿eh? y no dejes de traer al Marqués
si le encuentras.

Saavedra bajó lentamente la escalera alfombrada del Círculo. Al salir á
la calle estaba oscureciendo. Su berlina le aguardaba á la puerta.

--Oyes, Julián: me llevas ahora á la calle de Carretas, paras allí y te
colocas cerca del Correo. Vendrá una señora, abrirá la portezuela y se
meterá dentro conmigo. En cuanto esto suceda, sin aguardar más, partes
como un rayo para Jetafe. ¿Conoces bien el camino? Bien; pues es
necesario, aunque se revienten los caballos, que te plantes allá en un
periquete. Quiero coger el tren que sale de aquí á las ocho y media. No
te asustes de la aventura. Es una bailarina del Real que quiere irse
conmigo á Sevilla y no puede rescindir el contrato. Cuando lleguemos á
Jetafe ya te daré más instrucciones sobre lo que has de hacer.

El carruaje llegó á la calle de Carretas y se situó donde su dueño había
ordenado. D. Alfonso, reclinándose en una esquina para evitar las
miradas de los transeuntes, esperó.

Julia había pasado la tarde en casa de su cuñada, pues no tocaba aquel
día lección de piano; toda ella en un estado de agitación que no pudo
pasar inadvertido para Maximina.

--¿Qué tienes, te sientes mal?--le dijo.

--¡No! ¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué ves en mí de particular?--le
respondió llena de zozobra.

--Nada, nada; no te asustes. Estás un poquito pálida y más ojerosa que
otras veces. Nada más.

--Es que me encuentro un poco nerviosa hoy.

Maximina sonrió bondadosamente, suponiendo que habría tenido alguna
reyerta con su novio, y mandó hacerle tila. A pesar de la profunda
antipatía que le inspiraba D. Alfonso y los poderosos motivos que tenía
para juzgarle un bellaco, veía tan enamorada á Julita, que no se atrevía
á decirle una palabra en contra suya.

Según avanzaba la tarde, su inquietud iba en aumento. El último retoño
de la raza de los Rivera estuvo á punto en varias ocasiones de padecer
algún menoscabo á consecuencia del estado nervioso de su noble tía.
Apretábalo ésta contra su pecho más de la cuenta, arrojábalo al aire
para recogerlo otra vez, dábale centenares de besos en un mismo sitio
del rostro dejándoselo más encendido que una brasa, y hasta le mordió
¡caso terrible! las narices. No hay para qué decir que el ilustre niño,
henchido de indignación, protestaba contra tales atentados.

Con Maximina también se mostró la joven más expansiva en sus caricias
que otras veces.

--¡Maximina, qué buena eres! ¡qué buena eres!

Y casi la asfixiaba entre sus brazos.

--Eso quisiera yo, ser buena--respondía la niña ruborizándose.

--¡Cuánto daría por ser como tú!

--¡Si no fueses mejor, estabas fresca!

--¡Oh! yo soy mala, Maximina, ¡muy mala!... Pero tú me perdonas todos
mis defectos, ¿no es verdad?

Y acometida de súbita inspiración, se levantó diciendo:

--Voy á escribir una carta al despacho.

--¿No tomas la tila?

--Ya la tomaré; concluyo en seguida.

Entró en el escritorio de su hermano y se puso á escribir con
precipitación la siguiente carta:

«Mi queridísima Maximina, hermana de mi alma: Cuando recibas ésta, la
pobre Julia habrá cometido ya un pecado muy grande. Me voy á Sevilla con
Alfonso á implorar de su madre el permiso para casarnos. Procura aplacar
á...

--Julia, se te enfría la tila--dijo Maximina poniéndole una mano sobre
el hombro.

La joven dió un grito y tapó el papel con las manos.

La esposa de Miguel retrocedió asustada.

--Dispensa, chica: ¡me cogiste tan desprevenida!--dijo Julia sonriendo y
muy encarnada.

--Tú eres la que debes dispensarme por haber entrado sin avisar... No
creí... Continúa, continúa--añadió con sonrisa maliciosa que
significaba:--Ya sé para quién es la carta.

¡Cuán lejos estaba la inocente niña de la verdad!

Después que hubo salido, concluyó la carta, «...procura aplacar á mamá y
á Miguel cuando venga. Creo que al fin todo se arreglará
satisfactoriamente. Alfonso, aunque un poco frío, es todo un caballero.
Perdona y ama mucho á tu hermana, que sólo de ti se despide, _Julia_.»

D. Alfonso le había encargado repetidas veces, y con mucho interés, que
de modo alguno dejase carta escrita declarando donde iba. Mas por un
impulso del corazón, de los muchos que no pueden explicarse, se le
ocurrió escribir á su cuñada, en la cual tenía ciega confianza.

--Vaya, me voy--dijo poniéndose el sombrero, que tenía un tupido velo
para echar sobre los ojos.--Ya es hora de comer, y mamá me estará
esperando. ¡Como quien no quiere la cosa, no la he visto desde ayer
noche! A las diez ya estoy aquí otra vez.

Se despidieron á la puerta. Maximina le dió un beso en la mejilla como
siempre. Ella le devolvió más de una docena, tan fuertes y apasionados,
que la joven esposa no pudo menos de exclamar riendo:

--¡Qué loca!

--¡Loca, sí! ¡Y bien loca!--contestó bajando de prisa la escalera y sin
volver la cabeza.

Los besos y la entonación de aquellas palabras sorprendieron un poco á
Maximina, pero no hizo alto en ello y cerró la puerta.

Juana era quien acompañaba á nuestra joven hasta su casa. Cuando
salieron á la calle poco faltaba para ser de noche. Al llegar á la de
Carretas, le dijo la señorita:

--Juana, hágame el favor de entrar en ese estanquillo, póngale un sello
y eche esta carta en el buzón... ¿Sabe usted leer?--añadió temiendo que
se enterase para quién era.

--No, señorita--respondió la guipuzcoana avergonzada.

Entró en el estanquillo y Julia hizo ademán de aguardarla á la puerta;
pero en cuanto la vió arrimarse al mostrador, deslizóse velozmente por
la calle abajo, y al llegar al coche, cuyos caballos conocía, abrió la
portezuela y se metió dentro.

Oyóse inmediatamente una voz varonil que decía:

--¡A escape, Julián á escape!

Los caballos, fustigados por el cochero, emprendieron la carrera. Pronto
salieron del casco de la población y se precipitaron medio desbocados
por la carretera de Andalucía.

Cuando llegaron á Jetafe el tren silbaba ya á lo lejos. D. Alfonso tomó
los billetes, y llamando aparte á Julián, le dijo:

--Mañana si te preguntan, di que me has conducido á Pozuelo, por la
línea del Norte, ¿entiendes?

--Pierda usted cuidado, señorito.

--Toma--dijo dándole algunos billetes,--cuida bien los caballos. Ya te
escribiré lo que has de hacer.

El tren los condujo rápidamente, no á Sevilla, sino á Lisboa. A media
noche, habiendo salido el caballero fuera un momento, vino desolado
diciendo que se había equivocado, que más arriba debieron haber cambiado
de tren. La niña quedó estupefacta y aterrada.

--No te apures tanto, hija. Ahora, antes que quedarnos en cualquier
poblachón de estos, adonde puedan avisar por telégrafo y cogernos, vale
más que entremos en Portugal y desde allí nos trasladaremos
inmediatamente á Sevilla.

Aunque protestó con violencia, la joven no tuvo más remedio que
conformarse al cabo.

Llegados á Lisboa, se alojaron en una de las mejores fondas. D. Alfonso
prometió á su prima emprender al día siguiente el viaje para Sevilla.
Sin embargo, se pasó un día, y se pasaron dos y tres, y no se
marchaban. El caballero encontraba un pretexto para dilatar el viaje; y
era que había perdido el equipaje. Aguardaba la contestación del
telegrama que había puesto.

Julita, en aquellos días, se hallaba en un estado de gran excitación que
la hacía pasar instantánea y alternativamente de una alegría ruidosa é
inconsiderada á un profundo abatimiento. Unas veces se encolerizaba
contra su primo y le llenaba de dicterios y amenazaba escaparse sola ó
dar parte á la policía: en seguida se dejaba caer en sus brazos
pidiéndole perdón. En medio de la mayor tristeza, su amante comenzaba á
remedar de un modo grotesco el acento de la camarera que les servía, y
la niña reía á carcajadas como una loca. Otras veces se entusiasmaba con
el espectáculo de la bahía y con el de la regia mansión de Cintra.

Mimábala el astuto caballero con los más finos y amorosos cuidados.
Cuando se encolerizaba, dejábala desahogarse sin responder palabra:
cuando se entristecía, ponía todos los medios por distraerla: cuando,
por último, la veía contenta, aprovechaba estos momentos para salir con
ella de paseo, dándole el brazo como si fuesen esposos. Por tales y
recientes eran tenidos en la fonda.

Sin embargo, al cuarto día de haber llegado, hallándose en su gabinete
después de almorzar, D. Alfonso, reclinado en la butaca fumando un
cigarro puro, ella de pie, frente al espejo arreglándose para salir, le
dijo el caballero acompañando sus palabras de una sonrisa ambigua:

--¿Sabes lo que estoy pensando, Julita?

--¿Qué?

--Que me encuentro admirablemente viviendo de este modo contigo.

--Yo no--repuso la joven secamente.

--¿Pues? ¿Qué te hace falta?

--Me hace falta no estar en pecado mortal; pedir perdón á mamá, y que tú
seas mi marido.

--Pues á mí cabalmente lo que me gusta es vivir de este modo
extra-legal. Somos dos pájaros que huyen del nido y tienden su vuelo por
el aire. ¡Qué placer estar así solitos y libres! ¿Seremos por ventura
más felices cuando un cura sucio é ignorante haya mascullado unos
cuantos latines delante de nosotros?

Julita al oir esto y percibir el tono burlón con que D. Alfonso lo
decía, sintió un frío particular en su cuerpo y dejó caer los brazos,
que tenía alzados para arreglar el pelo. Quedó algunos momentos
suspensa, y volviendo al cabo la faz pálida hacia él, le dijo
pausadamente, pero con voz alterada:

--¡Parece mentira que hayan salido de tu boca unas palabras tan groseras
y tan feas!

--¿Por qué han de ser feas, chica? No hice más que emitir mi opinión sin
meterme á averiguar si es mala ó buena--replicó el caballero riendo.

--¡Calla, calla, Alfonso!... Hay momentos en que cruzan por mi
imaginación unas cosas tan horribles, que si se detuvieran algún tiempo
en ella, estoy segura que me volvería loca y me arrojaría por el balcón.

Al decir esto dejó el sombrero sobre el tocador y vino á sentarse en el
sofá, quedando con la cabeza baja y las manos cruzadas en actitud
meditabunda. Gruesas lágrimas empezaron á resbalarle por las mejillas.

--¿Lloras?--dijo el caballero acercándose á ella.

La niña levantó hacia él sus ojos chispeantes de furor.

--Lloro, sí--dijo con rabioso acento.--¿Y qué? ¿Qué tienes tú que ver
con mi llanto? Yo quiero marcharme para mi casa, ¿lo entiendes? Quiero
marcharme en seguida, ¡ahora mismo!

--Cálmate, Julia.

--No quiero calmarme. ¿Por qué estoy yo aquí contigo, vamos á ver? Hazme
el favor de llevarme otra vez á mi casa. Aunque me mate mi madre quiero
irme con ella en seguida, ¿lo oyes?

D. Alfonso guardó silencio: dejó trascurrir con astucia algunos minutos
para que se sosegase un poco. Después dijo con voz apagada y triste:

--Bien: si es que ya te has cansado de mí, te llevaré á Madrid otra
vez... Pensaba yo que fuese tu amor un poco más firme... Me he
equivocado, ¡paciencia! No me remuerde la conciencia de nada. Después
que hemos salido de Madrid hice cuanto me ha sido posible por cumplir
como bueno. Las circunstancias nos han traído aquí y nos retienen contra
mi voluntad... Pero en fin, de todos modos, nos marcharemos cuando tú
quieras. La verdad es, que ya hemos aguardado bastante por el dichoso
equipaje... Ahora voy á decirte una cosa--añadió con voz
enternecida.--Si en algo te pude ofender en estos días, perdóname. Te
quiero y te respeto como mi mujer legítima, pues lo eres ya ante Dios, y
muy pronto lo serás ante los hombres... si es que me aceptas por esposo
y no te vuelves atrás.

Julia, conmovida también, le alargó la mano que su amante se apresuró á
besar.

Quedaron reconciliados.

--¿Quieres que nos vayamos hoy mismo?--preguntó al cabo de un momento
Saavedra en tono indiferente.

--Aguardemos hasta mañana... Tal vez venga hoy el equipaje--respondió la
joven, que deseaba hacer olvidar sus duras frases.

--Vamos entonces á dar un paseo por la bahía. La tarde es hermosa;
alquilaremos una falúa...

--¡Oh, sí, sí, Alfonso! ¡Me muero por los paseos por el mar!--gritó
Julia batiendo las palmas.

--De paso te comprarás la ropa que te haga falta.

Julia, alegre ya como unas castañuelas, se puso de nuevo frente al
espejo para arreglarse el pelo.

--No sabes, Alfonso, lo que á mí me gusta pasear en lancha... y si hay
un poco de oleaje, mejor. No me mareo. Cuando fuimos hace tres años mamá
y yo desde Santander á Bilbao...

Al llegar aquí dió un grito horrible, de esos que ponen los cabellos de
punta y dejan helada la sangre de quien los oye. Se le cayó el peine de
las manos. Sus ojos clavados en el espejo, expresaron el terror y el
espanto.

Por el espejo había visto abrirse la puerta del cuarto y aparecer en
ella la figura de su hermano Miguel.

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XXVI


AL llegar á Madrid y enterarse de lo ocurrido, Miguel
recibió en su corazón el dardo más cruel que el destino le arrojara
después de la muerte de su padre. Halló á su madrastra en un estado de
abatimiento, próximo á la imbecilidad. Aquella naturaleza soberbia é
indómita se había doblegado al fin. Y como sucede siempre, al verla
humillada, llorando en silencio, inspiraba doble compasión.

--¡Pobre mamá!--dijo abrazándola.--El golpe es rudo; pero aún no se ha
perdido todo. El asunto se ha de arreglar, Dios mediante.

--No, Miguel, no; el corazón me dice que no se arreglará. Ese hombre es
un malvado. No quise hacer caso de tí, y Dios me castiga.

Maximina se sobresaltó gravemente al saber que su marido partía aquella
misma noche para Sevilla.

--¡No, no; yo no quiero que vayas!--exclamó agarrándose á él
fuertemente.

--Maximina, eso no es digno de tí--repuso Miguel dulcemente.--¿Han
robado á mi hermana y quieres que no vaya en su busca?

--¿Y si te mata ese hombre? ¡Mira que es capaz de todo!

--¿Por qué ha de matarme? Yo no voy á Sevilla más que á buscar á mi
hermana. Como supongo que él no se negará á entregármela, pasado mañana
estaré aquí con ella. Lo demás ya se arreglará.

--¿Me juras que no vas más que á eso? ¿Que no le provocarás?

--Te lo juro.

Juró en falso el hijo del brigadier. Nadie le motejará por ello.

Cuando llegó el momento de partir, su esposa, deshecha en llanto, volvió
á hacerle repetir el juramento. Después, reteniéndole por las manos, le
dijo:

--Júrame también que has de ser bueno con Julia que no le dirás ninguna
palabra dura.

También lo juro.

Con estas dos promesas, Maximina le dejó marchar. Después salió al
balcón, y alzando al niño entre sus brazos se lo mostró, como para
obligarle más á que no expusiera su vida.

Al llegar á Sevilla, se enteró Miguel de que no estaban allí su hermana
y D. Alfonso. Visitó á la madre de éste y quedó dolorosamente
sorprendido al saber que esta señora no tenía noticia del acto llevado á
cabo por su hijo, ni siquiera que mantuviese relaciones amorosas con
Julia. Todas las dudas de Miguel se disiparon. Saavedra había robado á
su hermana para hacerla su... La palabra no quería formarse en el
cerebro.

Lo primero que pensó, cuando se hubo serenado un poco, es dónde pudo
haberla llevado, no estando en Sevilla. Se le ocurrió que pudieran
haber ido á Cádiz y embarcarse allí; pero habiendo hecho algunas
pesquisas, no logró comprobar la hipótesis. Entonces determinó volverse
y preguntar en todas las estaciones del tránsito por si alguno se
acordaba de haber visto aquella pareja, cuyas señas podía dar bien. Nada
supo de ellos, hasta la estación de Algodor.

Allí un mozo se acordaba de haber trasladado de un coche á otro unos
abrigos, á un caballero de tales señas que iba con una joven como Miguel
le pintaba; por cierto que el caballero le había dado la suma fabulosa
de un duro, lo cual, en verdad, no poco contribuía á que se acordase.

Como en aquella estación se dividía la línea de Andalucía y la de
Extremadura y Portugal, Miguel tuvo la sospecha vehemente, casi la
certeza, de que habían ido á este último punto, y tomó billete para
Lisboa. Al llegar aquí, el procedimiento que siguió fué ir preguntando
en las principales fondas por la pareja de jóvenes españoles, juzgando,
con acierto, que si estaban allí se alojarían en una de ellas. En
efecto, á la cuarta ó quinta que recorrió dió con ellos.

--¿Están en casa, ó han salido?

--No los he visto salir--respondió en portugués el portero.--¿Quiere su
señoría que pregunte?

--No hay necesidad, soy su hermano. ¿Qué número tiene el cuarto?

--Número 16, piso segundo.

Con la terrible emoción que se podrá suponer, subió el hijo del
brigadier á la fonda, y recorrió los pasillos hasta dar con el número
indicado. Detúvose á la puerta para sosegar su corazón que latía
fuertemente. Puso el oído y oyó la voz de su hermana. Levantó con mano
temblorosa el pestillo y abrió.

Julia, al verle en el espejo, dió aquel tremendo grito que hemos dicho.
Después se volvió y se dejó caer de rodillas á sus pies. Miguel la
levantó con dulzura y fué á sentarla en el sofá. Después, con ademán
reposado, cerró la puerta y se dirigió hacia D. Alfonso, que se hallaba
sentado en la butaca con las piernas cruzadas y fumando un cigarro con
afectada impavidez, si bien extremadamente pálido.

--Ya estoy aquí--dijo Miguel, mirándole fijamente.

--Lo veo--repuso D. Alfonso, soltando una bocanada de humo.

--Bien supondrás á qué...

--¿Á pedirme cuentas de mi conducta?

--No; yo no quiero calificar tu conducta ahora. Lo único que me interesa
en este momento es salvar el honor de mi hermana. Vengo á exigirte que
te cases inmediatamente con ella ó te batas conmigo.

Hubo una pausa breve. D. Alfonso replicó con calma:

--Ni me caso con tu hermana ni me bato contigo.

--Lo veremos--dijo Miguel, sonriendo sarcásticamente.

--Dalo por visto.

--De la segunda parte ya hablaremos. Vamos á la primera. Sospeché, al
saber el rapto de mi hermana, que no te había movido para llevarlo á
cabo ningún fin santo. Sin embargo, no podía convencerme de que llegase
tu cinismo hasta el punto de pretender hacer de una señorita que es de
tu misma sangre tu querida.

Julita dejó escapar un gemido. Miguel volvió sus ojos compasivos hacia
ella y le dijo:

--Perdona, Julia mía: no me hacía cargo que estabas presente.

--Al rehusar casarme con tu hermana--contestó D. Alfonso--no me impulsa
ningún motivo que redunde en su menoscabo. Confieso que es una chica
excelente. Lo único que hay es que no entra en mis cálculos el casarme,
ni con ella ni con ninguna otra. Esta decisión, que desde hace mucho
tiempo he tomado, no puedes alterarla tú ni nadie.

--¿Es esa tu última palabra respecto á la primera parte de mi exigencia?

--Esa es.

--Bien; vamos á la segunda. Supongo que no te negarás á darme una
reparación por medio de las armas...

--Sí me niego. Yo te he ofendido gravemente. Tendría poca gracia que
además te matase... Y dejar que tú me mates, francamente, tampoco la
tendría.

--Hay un medio infalible para que te batas. Te abofetearé en público.

--No dudo que lo harás. Te considero hombre de corazón. Lo harás aunque
sabes bien que firmas tu sentencia de muerte. Cualquiera que sea el arma
que elijamos, no puedes ignorar que llevo noventa probabilidades contra
diez de matarte ó herirte...

Miguel hizo un gesto de desprecio.

--Ya sé que eso no te arredra; pero vamos á cuentas. ¿Qué adelantas con
morir? ¿Borrarás la afrenta de tu hermana? No la borras, y además la
privas del único apoyo que tiene en el mundo. Pues supongamos (y es
mucho suponer) que tú me matas. Tampoco adelantas más que hacer pública
la deshonra que ahora, con un poco de cautela, puede quedar ignorada.

D. Alfonso, y lo mismo Miguel, hablaban en voz de falsete para no ser
oídos de fuera; pero el gesto y la entonación eran tan vivos y
enérgicos, sobre todo por parte del último, que suplían bien la falta de
gritos. Julia estaba de bruces, inmóvil, sobre el sofá.

--¿Te figuras que voy á aceptar esa lógica con que quieres evitarte el
disgusto de arriesgar la vida? No lo creas; aunque tuviese una
probabilidad contra mil de matarte, sería para mí un placer el verme
frente á ti con una espada ó una pistola. Cuanto más que la resolución
firme que tengo de morir ó matar nos ha de igualar mucho, bien lo sabes.
Deja, pues, esas razones propias de un cobarde, y allánate buenamente á
pasar un rato amargo, ya que tú nos lo has proporcionado tan exquisito.

--Veo que me injurias. Hazlo sin temor. Te concedo el derecho... Pero
líbrate de que en público salga una palabra mal sonante de tu boca.

--En privado y en público estoy resuelto á hacer lo mismo,
¡miserable!--exclamó Miguel fuera de sí.--En todas partes diré que eres
un pillo, un cobarde asesino que sólo busca duelos con quien no sabe
defenderse. Para que veas el miedo que te tengo, mira...

Al decir esto se arrojó como un león sobre Saavedra, que se había puesto
de pie para esperarle. Antes que pudiese levantar la mano, el andaluz le
sujetó los brazos y lo rechazó brutalmente hasta el medio de la
habitación, haciéndolo tambalearse. Quiso de nuevo arrojarse sobre él;
pero en aquel momento se sintió abrazado por otros brazos más dulces,
los de su hermana, que con el rostro descompuesto, la mirada fulgurante,
la voz sofocada por los sollozos, dijo:

--No, Miguel, no; tú no puedes medirte con ese hombre. Después de lo que
acabo de oir, prefiero mil veces morir ó arrastrar toda mi vida la
deshonra, á casarme con semejante monstruo.

--¡Déjame, déjame!--gritó Miguel, pugnando por desasirse.

--No, hermano mío; mátame á mí, enciérrame en un convento, pero no
expongas tu vida... Acuérdate de Maximina y de tu hijo.

D. Alfonso extendió al mismo tiempo la mano y dijo con sosiego:

--Antes de comenzar una escena repugnante, indigna de dos caballeros
como nosotros...

--¡De un caballero como éste: tú no lo eres, miserable!--exclamó Julia,
lanzándole una mirada furibunda y abrazándose á su hermano.

--Antes de comenzar una escena como ésta--siguió el andaluz, haciendo
ademán de despreciar la interrupción,--escucha una palabra, Miguel. Te
he dicho ya que estoy resuelto á no batirme, porque _no quiero_
exponerme á matarte, ni á morir. Desde aquí me marcho á París, y
probablemente no volverás á verme en tu vida. Si intentas detenerme,
rechazaré la fuerza con la fuerza. Si me injurias, como estoy en un país
en que nadie me conoce, no tiene para mí gran importancia. Y si se te
ocurre contarlo en Madrid, además de publicar tu deshonra, nadie te
creerá; porque no es creíble que un hombre que se ha batido catorce
veces, cinco de ellas á muerte, evite por miedo el desafío con otro que
apenas sabe tener un arma en la mano. Entiende, pues, que mi decisión es
irrevocable.

--¡Bien, entonces te mataré como á un perro!--dijo Miguel, sacando del
bolsillo un revólver.

--Si me matas (que ya cuidaré de que no suceda)--repuso Saavedra,
sacando otro revólver,--irás desde aquí á la cárcel, y tu hermana
quedará desamparada.

Miguel permaneció unos instantes suspenso. Encogióse después de hombros
con gesto de soberano desdén, y dijo, guardando el arma:

--Tienes razón. La verdad es que como pillo, ¡lo eres en toda regla!
Vámonos, Julia, vámonos. Me abochorna cruzar más tiempo la palabra con
ese canalla.

Y cogiendo á su hermana por la cintura, la sacó de la estancia.

D. Alfonso los miró alejarse. Escuchó un rato sus pasos hasta que se
perdieron. Encogióse de hombros también. Guardó el revólver, y mientras
se arreglaba la corbata frente el espejo para salir, murmuró con sonrisa
diabólica:

--No he salido tan bien como pensaba... pero no he salido del todo mal
de esta aventura.

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XXVII


LUEGO que regresaron á la corte los hermanos, tuvieron
noticia de un suceso que les impresionó dolorosamente. Vamos á referirlo
desde el principio.

Con la cariñosa preferencia que Julia le dispensó la noche del sarao,
nuestro heroico amigo Utrilla cobró alientos para medio año lo menos. Su
dulce enemiga le hizo beber de un solo trago la copa del triunfo. Ebrio
de amor y de orgullo, se necesitó luego que le estuviese dando desaires
durante dos meses consecutivos para que este glorioso joven advirtiese
que había cambiado un poquito de humor. Claro está que tal cambio no
logró afectarle gran cosa, pues estaba bien seguro, ahora más que nunca,
de la irresistible fascinación que ejercía sobre la hermosa. Aquel
cerrar el balcón cuando él pasaba por su calle; aquel volver los ojos
del lado contrario y no contestar á sus cartas no eran para nuestro
mancebo sino «cándidos ardides» con que la muchacha pretendía enamorarle
y tenerle más sujeto. Como prueba de ello, diremos que, hallándose en
el teatro y habiéndose colocado frente á ella en un entreacto, sin
quitarla ojo, le dijo un amigo, tocándole al mismo tiempo en el hombro:

--Hola, compañero; parece que le gusta á usted aquella morenita.

--Es antiguo--respondió seca y dignamente el ex cadete.

--Y ella, ¿qué tal?

--¡Pobre niña!--exclamó, sacudiendo la cabeza, y sonriendo con lástima.

El amigo observó, sin embargo, que en toda la noche la chica no volvió
los ojos hacia aquel sitio y sí muchas veces hacia un palco bajo de
proscenio donde había algunos jóvenes aristócratas.

Muy lejos, pues, de desanimarse, Utrilla era un hombre casi feliz. Lo
hubiera sido enteramente si en vez de llevar la cuenta de las bujías
expendidas estuviese ocupado en otro asunto más conforme con sus
inclinaciones, y si hubiera tenido la buena fortuna de haber dado muerte
á alguno en desafío ó al menos haberle herido peligrosamente. Pero hasta
entonces, por desgracia, no se le había presentado una coyuntura
favorable. Sin embargo, la esperaba con ansia, porque, á la verdad, le
remordía la conciencia de tener ya muy cerca de diez y ocho años y «no
haber ido una sola vez al terreno». Últimamente había empezado á dar
lecciones de florete en una sala de armas, y en presencia del profesor y
de sus compañeros había hecho alusiones á cierto proyecto mortífero que
abrigaba, el cual no debía de ser otro, á nuestro juicio, que el quitar
del medio á su rival Saavedra.

Trascurrieron, pues, los meses, y á horas fijas, con una constancia
digna de mejor éxito, Utrilla gastaba los tacones de sus botas sobre
las aceras de la calle Mayor, y aun los torcía. De vez en cuando, Julita
solía saludarle con la mano, correspondiendo al enérgico sombrerazo que
desde la calle le soltaba su enamorado. No obstante, la mayor parte de
las veces acaecía que, viéndole asomar por una esquina, la hija del
brigadier se apresuraba á cerrar el balcón, lo cual tomaba nuestro joven
como signo de exquisito pudor, y miedo á sus penetrantes miradas. Lo más
que se autorizaba murmurar era:

--¡Esta Julita, cuándo dejará de ser una chiquilla!

Á mantenerle en esta ilusión, era suficiente la fe inquebrantable que
tenía en la virtud fascinadora de su mirada y gentil talante; pero, hay
que confesarlo, algo contribuía también el que Julita, no muy
piadosamente, se servía de él en ciertas ocasiones, cuando reñía con
Saavedra, para dar á éste celos. Y algunas veces, en el teatro,
aconteció, irse al viso con él en presencia del mismo caballero andaluz.

Así estaban las cosas cuando estalló la bomba, esto es, cuando Julita se
escapó de la noche á la mañana con su primo. La primera noticia que
Utrilla tuvo de este suceso se la comunicó la portera de la brigadiera,
con quien mantenía cordiales relaciones, refrescadas de vez en cuando
con alguna peseta volante. Como es natural, el ex cadete se negó
resueltamente á creerla. Mas, cuando tuvo que rendirse á la evidencia
quedó hecho una estatua, no griega por cierto. Los lentes se le cayeron
de las narices, y sus ojos vidriosos de miope no expresaron nada, si no
es la imbecilidad más absoluta. La nuez se le pronunció de un modo
verdaderamente monstruoso.

Utrilla meditó, pasado el susto, qué era lo que le tocaba hacer en aquel
caso extraordinario. Pensó en salir detrás de los prófugos, alcanzarlos
y matar al raptor de una estocada; pero sobre ser dificilísimo
alcanzarlos, ¿con qué carácter se presentaría á ellos no siendo ni
hermano ni marido de la doncella robada? Desechado este proyecto, se le
ofreció claro como la luz que lo único que venía bien en tal caso, era
el suicidio. Después de martirizarse los sesos un día entero, no halló
otra solución más adecuada.

Jacobo Utrilla, con la asombrosa perspicacia de que estaba dotado en
estos asuntos delicados que atañen al honor, comprendió en seguida que
el mundo no le perdonaría jamás el no haberse suicidado en aquella
ocasión. Y como hombre que estimaba su dignidad por encima de todas las
cosas, resolvió sacrificar en aras de ella la propia vida, tan dulce á
todos los seres creados.

¡Noche aciaga la que precedió á aquel trágico desenlace! Utrilla estaba
perfectamente enterado de lo que debía hacerse al llegar una situación
como ésta. Hubiera podido escribir, sin inconveniente alguno, un _Manual
del perfecto suicida_. Así que pasó hasta el amanecer escribiendo cartas
y tomando café puro. Una de ellas era para su padre pidiéndole perdón,
mas haciéndole ver, al mismo tiempo, con razones de peso, que si de otra
manera obrase deshonraría el apellido que llevaba. Otra para Julia, muy
digna, muy comedida, muy generosa; lo único que le rogaba era que fuese
alguna que otra vez á depositar una flor sobre su tumba. La última, en
fin, era para el juez de guardia, noticiándole «que á nadie se culpase
de su muerte, etc.»

Cumplidos escrupulosamente estos altos deberes, se lavó y se vistió con
toda pulcritud y demandó el chocolate. D.ª Adelaida, que se levantaba
siempre al rayar el alba, se lo sirvió sorprendiéndose no poco de verle
tan de mañana de aquel modo acicalado.

--Jacobito, ¿cómo te has puesto de negro? ¿Vas á algún funeral?

--Sí, señora... al de un amigo de usted--respondió con admirable sangre
fría.

--¿Quién es?

--Ya lo sabrá usted.

Mientras tomó el chocolate estuvo oportuno y jaranero como nunca,
haciendo reir á la buena señora con sus ocurrencias. Utrilla no era
chistoso por naturaleza, ni solía levantarse casi nunca de buen humor;
pero consideró de todo punto necesario en aquel caso excepcional variar
sus costumbres. Porque era hombre práctico y conocedor como nadie de
esta clase de asuntos.

--Vaya, vámonos de aquí al Campo santo--dijo poniéndose el sombrero y
cogiendo el bastón.

--¿Pero son los funerales en el cementerio, Jacobito?

--No; es una misa que se dice en la capilla... Usted no querría que yo
me quedase por allá, ¿verdad?

--¿Dónde?

--En el cementerio.

--¡Ave María, qué bromas tienes, Jacobito!

Este soltó una carcajada con carácter de histérica. Sacó los guantes del
bolsillo, pero antes de metérselos despojóse de una sortija y se la
entregó al ama de llaves diciéndole:

--Esta sortija la enviará usted á casa de D. Miguel Rivera para que se
la entreguen cuando vuelva.

--¿Es un regalo?

--Sí; por los muchos que él me ha hecho.

Acto continuo este joven magnánimo y pundonoroso salió con firme paso de
la estancia apercibido á cumplir con su deber. Ni la belleza del día,
que estaba riente y esplendoroso como pocas veces, ni la perspectiva de
los placeres con que la vida le brindaba, ni el recuerdo tierno de su
padre le detuvieron en su marcha serena y majestuosa. Al pasar cerca de
la fuente Cibeles un organillo tocaba un vals-polka que le recordó
cierta aventura que había tenido en el salón de Capellanes. Sintióse un
poco enternecido; pero su alma heroica se sobrepuso inmediatamente á
este flaco movimiento.

Llegó al Retiro. Estaba solitario. Recorriólo con lento paso buscando
con los ojos un paraje oculto y misterioso. Cuando lo hubo hallado se
sentó en un banco de piedra, quitóse el sombrero y lo colocó
cuidadosamente á su lado. Se desabrochó la levita y cruzó una pierna
sobre otra, cuidando de estirar los pantalones para que no se viese el
calcetín. Después, llevando la mano al bolsillo y cerciorándose de que
las cartas estaban en su sitio, sacó un revólver pequeño y niquelado.

En aquel momento una poderosa tentación asaltó el alma constante del
mancebo. Llegó á pensar que no había motivo para suicidarse; que valía
más dejar las cosas correr; que el mundo daba muchas vueltas y él era
demasiado joven para privarse de la existencia. Si Julia se había
escapado, con su pan se lo comiera. Matarse era cosa grave, ¡muy grave!

No obstante, su fortaleza, nunca desmentida, logró vencer la horrible
tentación.--«No--se dijo,--yo no puedo vivir ya dignamente. Todos los
que están enterados de estas relaciones tendrían derecho á reirse de mí.
¡Y de Jacobo Utrilla no ha nacido todavía quien se ría!»

Se echó hacia atrás, apoyó el codo izquierdo en el respaldo del banco
reclinando poéticamente la cabeza sobre la mano. Con la derecha acercó
el revólver á la sien y disparó.

Ó porque le temblase un poco la mano (suposición que nada tendría de
particular si no se tratase de este invencible joven de corazón
indomable), ó porque el arma no fuese de las más seguras, lo cierto es
que Utrilla cayó malherido, pero no muerto. Fué conducido á la casa de
socorro, y desde allí á la suya. Su estado era muy grave. Cuando Miguel
llegó de Lisboa á los tres días de este suceso trágico, fué
inmediatamente á visitarle. Quedó profunda y penosamente impresionado.
La bala había interesado el nervio óptico y el infeliz estaba ciego. La
junta de médicos no había dado un veredicto favorable. Estando la bala
dentro del cráneo, muy cerca de la masa encefálica, auguraban que no era
posible que viviese mucho tiempo. Cualquier movimiento traería consigo
la muerte repentina.

Mas lo extraño y terrible del caso es que el infeliz muchacho, ciego ya,
yacente en la cama, asaeteado por tremendos y prolongados dolores, no
quería morir. Con gritos lastimeros que partían el corazón y arrancaban
lágrimas á todos los circunstantes, pedía á su padre y hermanos que le
hiciesen vivir, vivir á todo trance, aunque quedase sin vista.

No fué posible. A los doce días de haberse herido falleció aquel
intrépido y desdichado joven. Miguel le asistió hasta sus últimos
momentos.

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XXVIII


POR acuerdo de todos quedó resuelto que la brigadiera y
su hija se alejasen de Madrid y fuesen á vivir al Astillero de
Santander.

Era el único sitio que, por tener ya casa alquilada, les ofrecía de
pronto un retiro secreto para ocultar su vergüenza. Después que las hubo
despedido, Miguel quedó algo más tranquilo. No obstante, una profunda
tristeza se había apoderado de su corazón. Ni el amor de su esposa ni
las gracias infantiles del niño eran bastante á disiparla. Y era que, á
más del dolor que le causaba la desgracia de su hermana, vivía
atormentado con la idea de su próxima ruina. No se le ocultaba que
Eguiburu se apercibía como un tigre para dar el salto y caer sobre él y
descuartizarle. Á Mendoza le veía muy de raro en raro. Observó que
evitaba su encuentro, y cuando no podía menos, la plática era breve y
embarazosa para ambos.

Un día entró en casa al oscurecer, bastante pálido. Maximina que, como
siempre, salió á recibirle con el niño entre los brazos, no pudo
observarlo por la falta de luz. Besó á su hijo con efusión varias veces
y entró en el despacho. Su mujer se quedó á la puerta, inmóvil,
mirándole con tristeza.

--Una luz--dijo en tono imperioso.

Maximina corrió al comedor, dejó al niño en poder de Juana, y ella misma
le trajo el quinqué encendido. Miguel no reparó en ella y se puso á
escribir. Cuando al cabo de unos instantes levantó la cabeza, viola
apoyada en la chimenea, mirándole tristemente con los ojos arrasados de
lágrimas.

--¿Por qué estás así? ¿Qué tienes?

La niña se acercó á él lentamente y poniéndole una mano sobre el hombro,
le dijo, esforzándose por sonreir:

--¿He cometido alguna falta, Miguel?

--¿Pues?

--¡Como siempre al entrar me das un beso y hoy no has hecho ningún caso
de mí!... Has besado al niño nada más...

Miguel se levantó y la abrazó estrechamente.

--No, mi Maximina, si he besado al niño solamente es porque venía
pensando en él, preocupado con su suerte.

Después, sin poder articular otra palabra, se dejó caer súbito en el
sillón sollozando.

Maximina quedó como si en aquel mismo momento viese hundirse la casa.
Pasado el primer instante de estupor, se precipitó sobre él para
abrazarle.

--¡Miguel, Miguel de mi vida! ¿Qué tienes?

--La desgracia pesa sobre nosotros, Maximina--respondió con el rostro
entre las manos.--¡Os he arruinado estúpidamente, á ti y á mi hijo!

--¡No llores, no llores, Miguel!--exclamó la niña, acercando sus labios
al rostro de su esposo.--Yo nada tenía, ¿cómo me habías de arruinar?

Cuando se hubo calmado un poco, le explicó lo que pasaba. Eguiburu le
citaba al día siguiente, de conciliación, para reconocer las firmas y
contaba presentar en seguida demanda ejecutiva.

--¿Te acuerdas de aquel día en que después de haber afianzado los
treinta mil duros del periódico, para que pudiese continuar, te pregunté
tu opinión? No te atreviste á decirme que había obrado mal, y
contestaste con una evasiva. ¡Qué razón tenías!

--No, Miguel, no; estás equivocado--respondió ella, deseando evitar á su
esposo la vergüenza de haber obrado con menos seso que una mujer.--¿Qué
sabía yo de esas cosas? Si tú lo has hecho mal, yo lo hubiera hecho
mucho peor... Pero, después de todo, lo que nos ha sucedido no es para
que te apures tanto. Nos hemos quedado sin dinero. Bien ¿y qué?
Trabajaremos para comer, como tantos otros. Yo estoy acostumbrada á
ello: no soy una señorita: puedo vivir con mucha estrechez, sin padecer
nada. ¡Ya verás qué poco te gasto! Y nuestro chiquitín, cuando sea
grande, trabajará también, y será un hombre de provecho. ¡Vaya si lo
será! Acaso, si supiera que no necesitaba trabajar, se entregaría á los
vicios como otros jóvenes ricos. Y sobre todo, él, lo mismo que yo, lo
que quiere es tener á su papá tranquilo, y contento, con dinero ó sin
dinero.

¡Oh, qué suaves sonaron aquellas palabras en los oídos del atribulado
Miguel!

--¡Eres mi ángel bueno, Maximina!--dijo besándole las manos.--No sé qué
tienen tus palabras que endulzan instantáneamente mis amarguras, me
sosiegan y me calman como si entrase en un baño aromático... ¿Dónde has
aprendido esa elocuencia tan hermosa, vida mía?--añadió sentándola sobre
sus rodillas.--No me lo digas; ¡de aquí sale todo!

Y la besó sobre el pecho, en el sitio del corazón.

Los esposos departieron todavía largo rato, tranquilos, risueños
bebiendo con los labios y con los ojos el néctar divino del amor
conyugal. ¡Caso extraño! A pesar de hallarse en vísperas de una gran
calamidad, Miguel no recordaba haber pasado un rato más feliz en su
vida. Y aunque los sucesos que á los pocos días se efectuaron le
hubiesen entristecido, gracias á este bálsamo reparador, no lograron
abatir su ánimo.

Eguiburu, al fin, cayó sobre su presa. La demanda ejecutiva prosperó.
Las dos casas de Miguel de la calle del Arenal y Cuesta de Santo Domingo
se subastaron en 48.000 duros. Si la enajenación hubiera sido
voluntaria, no hay duda que se habría sacado bastante más por ellas. Los
compradores se valieron de la ocasión, como era lógico.

El importe total de la deuda de nuestro héroe, sumando intereses y
gastos, ascendía á 50.000 duros. Quedaba, pues, un pico por pagar.
Miguel vendió una parte de su mobiliario y algunas joyas para hallarse
enteramente libre. Hecho esto, buscó un cuarto barato en los barrios
extremos de Madrid. Hallólo en Chamberí bastante bonito en el piso
tercero de una casa recién construida, por el módico precio de doce
duros mensuales. Se trasladó inmediatamente á él, y lo arregló bastante
bien con el resto de sus muebles. La casa era chica; pero gracias á los
esfuerzos de Maximina, quedó pronto convertida en una mansión bastante
agradable. La mejor habitación se destinó para despacho de Miguel, pues
renunciando á las visitas de cumplido, no necesitaban sala. De las
criadas no conservaron más que á Juana, la cual se prestó á ser
cocinera. Las demás, al saber que se las despedía, empezaron á llorar
perdidamente: sobre todo Plácida estaba inconsolable.

--Señorita, por Dios me lleve consigo. Con usted voy sin salario á comer
patatas en cualquier parte.

Maximina conmovida la consoló diciendo que no se iban de Madrid y que
fácilmente podrían verse. El portentoso niño, cuyos rápidos progresos en
los últimos tiempos habían llegado hasta el grado, verdaderamente
increíble, de levantar las manos al cielo en cuanto oía cantar «¡Santa
María, qué mala está mi tía!», fué objeto de feroces y encarnizados
achuchones por parte de las domésticas, al despedirse.

Una vez instalados, pensó Miguel, como era justo, en procurarse algún
sueldo para vivir, aunque fuese de aquel modo modestísimo. La política
le horrorizaba: así, que desechó el periodismo, á pesar de ser la única
profesión en que se había ejercitado. Supo que iban á salir unas plazas
á oposición en el Consejo de Estado y se determinó á concurrir á ella.
En el amor de su esposa y de su hijo y en la idea del deber, que jamás
le había abandonado enteramente, y que ahora con la desgracia se
levantaba vigorosa en su espíritu, halló estímulo y fuerza, no sólo para
dedicarse con ahinco á estudios contrarios á sus inclinaciones, sino
para vencer su orgullo. Un joven que había brillado en la sociedad
madrileña, que estuvo al frente de un periódico y á dos dedos de ser
diputado, era imposible que dejase de sentir cierta vergüenza disputando
una plaza de doce ó catorce mil reales en contienda pública. Entregóse
al estudio del derecho administrativo con tal furor, que apenas salía de
casa, si no es por la noche un rato, para refrescar la cabeza.

El poquísimo dinero que le había quedado, gastábalo con moderación á
fin de que alcanzase hasta la época de las oposiciones, que habían de
efectuarse pasado el verano, hacia el mes de Octubre ó Noviembre.
Maximina era para eso un modelo. No sólo no gastaba nada con su persona,
pues tenía bastante ropa, sino que en el gasto de la casa hacía
prodigios de habilidad para reducirlo á la mínima expresión. Miguel se
apenaba y hasta vertía lágrimas en secreto cuando la veía hacer ella
misma el jabón, porque salía unos céntimos, más barato que en la tienda,
y estar muchas veces al cuidado de la cocina, cuando Juana había ido á
un mercado lejano donde la arroba de patata era un real más barata, y a
planchar la ropa más fina, etc., etc. Pero ella parecía feliz, más feliz
acaso que cuando estaba en la opulencia. El lujo de la casa de la plaza
de Santa Ana la imponía cierto respeto. Como ella no hacía la limpieza
ni manejaba los muebles, apenas los tenía por suyos. Ahora, todo lo
contrario. Ella los había colocado donde estaban después de graves
perplejidades; les quitaba el polvo todos los días, barría y cepillaba
la alfombra, limpiaba con polvos de asta de ciervo los tiradores de
metal, lavaba con cuidado los cristales de la librería de su esposo,
hacía, en fin, todos los menesteres de la casa. Era un placer para
Miguel, no exento de melancolía, verla por las mañanas con un pañolito
de seda atado á la cabeza al uso vizcaíno, y otro de estambre á la
cintura, empuñando con garbo el plumero y la escoba y tarareando muy
bajito algún zorcico sentimental de su tierra.

Pero Maximina entendía con exageración la economía en lo referente á su
persona. Esto causaba hondos disgustos á Miguel de vez en cuando. Sin
que él lo supiese, había suprimido el chocolate por la tarde. Cuando lo
averiguó se puso furioso.

--¡Á quién se le ocurre! ¡Reducir el alimento cuando estás criando! Es
una insensatez y hasta un pecado. Te lo prohibo, ¿lo entiendes? Antes
que á ti te falte que comer, iré yo á partir piedras en una carretera ó
á pedir limosna. Ya lo sabes.

--No me riñas, por Dios, Miguel. Es que no tenía ganas de chocolate
estos días.

--Pues haber tomado otra cosa.

--No tenía gana de nada.

--Vaya, vaya, Maximina, dejémonos de tonterías... y que no vuelva á
suceder.

Aunque la niña procuraba ocultar los pies en su presencia, otra vez
advirtió que tenía las zapatillas rotas.

--¿Qué es eso?--le dijo.--¿Por qué no compras otras zapatillas?

--Ya las compraré.

--Es necesario comprarlas hoy mismo; están muy rotas.

--Bien, sí; hoy mismo mandaré por ellas.

Y procuró distraerle hablándole de otra cosa.

Pasados cinco ó seis días, volvió á observar que traía las mismas.

--¡Qué chiquilla eres, Maximina!--exclamó enfadado.

--¡No me riñas, no me riñas!--se apresuró á decir la niña, abrazándole y
sonriendo avergonzada. Una palabra dura de Miguel era para ella el mayor
de los disgustos.

--¡Cómo no he de reñirte si ya no me obedeces!

--Perdóname.

--Voy á tomarte la medida y hoy mismo te traigo unas zapatillas.

--¡Ah, no!--dijo con precipitación.--No tengas cuidado. Mandaré en
seguida por ellas.

La razón de este sobresalto era que temía que su esposo las trajese más
caras de lo que á ella le convenía.

Miguel, por su parte, también hacía economías en su persona, aunque no
tan extremas. Pero esto no lo podía sufrir Maximina. Cuando le veía
ponerse el hongo y un pañuelo de seda al cuello para ahorrar el sombrero
de copa y los trajes buenos que tenía, hacíase la enfadada.

--¡Qué fachota traes! No me gustas así, Miguel.

--Es que no tengo ganas de arreglarme. No voy más que á un recado y
vuelvo en seguida.

Si al cabo de unos cuantos días encontraba el mismo dinero en su
chaleco, le decía con tristeza:

--No gastas nada, Miguel, ¿En el café, no tomas ninguna cosa? ¿Por qué
no vas alguna noche al teatro?

--Porque ahora estoy muy ocupado. Ya iré en cuanto pasen las
oposiciones. Además, hay que ahorrar un poquito.

--¡Cuánto me duele que no gastes como antes!--exclamaba
abrazándole.--Por mí te impones esos sacrificios. Si fueses sólo
vivirías mucho mejor.

--Vamos, no digas absurdos, Maximina. Sin ti no viviría mal ni bien...
me moriría--contestábale riendo.

Aunque agitado con la perspectiva de las oposiciones, y trabajando para
ellas, acaso más de la cuenta, nuestro héroe no era desgraciado. Cuando
hay paz y amor en el hogar, la vida de familia es el mejor sedativo para
los dolores morales. Esto por un lado, y por otro, la confianza que
tenía en sus fuerzas, le hacían vivir, hasta cierto punto, dichoso.

Llegó un día, sin embargo, en que esta dicha y relativa tranquilidad
desaparecieron, con el anuncio de que las oposiciones que esperaba, se
suspendían indefinidamente, tal vez hasta el año próximo. Todos sus
planes vinieron al suelo. Como no había pensado en otra salida para sus
apuros desde hacía mucho tiempo, quedó anonadado. Tuvo fuerza, no
obstante, para disimular con su esposa y aparecer en casa sereno y
contento como antes. Repuesto de la sorpresa, despertaron con nuevo
vigor las energías de su alma. «Es necesario, á todo trance, buscarse
trabajo»--se dijo. No le quedaba dinero más que para un mes. Sin
embargo, dejó á su esposa gastar como antes, seguro de que no podía
estirarse mejor que ella lo hacía sin imponerse dolorosas privaciones.
Lo primero en que pensó fué en procurarse un empleo en alguna sociedad
particular. Visitó algunos amigos y todos ellos le animaron con buenas
palabras. Sin embargo, trascurrió el mes, y el empleo no parecía. Se vió
entonces en la necesidad de empeñar su reloj para pagar al casero y la
cuenta de la tienda: á su mujer le dijo que se lo estaban componiendo.
Pasó el segundo mes y tampoco consiguió nada. Un día Maximina le dijo
muerta de vergüenza, como si cometiese algún delito:

--Miguel, el tendero de abajo me ha mandado la cuenta, y como no tenía
un cuarto, no pude pagársela.

El hijo del brigadier se estremeció, pero disimulando lo mejor que pudo,
le contestó con afectada indiferencia:

--Bien; ya se la pagaré yo ahora cuando salga. ¿Cuánto es?

--Cincuenta y seis pesetas.

--¿Necesitas más dinero, verdad?

Maximina bajó los ojos ruborizada.

--Debo el salario á Juana.

--Esta tarde te lo traeré.

Pronunció estas palabras sin saber bien lo que decía. ¿Á dónde iba á
buscarlo? El tío Bernardo hacía algunos meses que había ingresado en un
manicomio de París. D.ª Martina y su familia se habían ido á vivir á
este punto para estar á su cuidado. Enrique no estaba en situación de
proporcionárselo. Su madrastra se hallaba fuera, y tenía sólo lo
suficiente para vivir con decencia. Además, le causaba una repugnancia
invencible pedir algo de lo que había dado. No quedaba persona de la
familia á quien pedir, más que el tío Manolo. A él se dirigió.

El tío Manolo, varón grave y de excelente doctrina, aunque sabía la
ruina de su sobrino no pensaba que fuese tan completa. Quedó con la boca
abierta al escuchar la demanda. Sacó del cajón los cuarenta duros que le
pedía y se los entregó. Miguel, por ciertas palabras que se le
escaparon, comprendió que se imponía mayor sacrificio de lo que
cualquiera podía figurarse. Sospechó, ó por mejor decir, tuvo casi la
certeza de que su tío yacía en una vergonzosa servidumbre. La intendenta
no había querido, al parecer, abandonar la administración de su hacienda
y le daba todos los meses una cantidad para sus gastos particulares, que
continuaban siendo, como siempre, muy crecidos y «completamente
indispensables». Salió, pues, mal impresionado de aquella entrevista y
convencido de que arrancarle dinero en aquella situación al tío Manolo
era darle un disgusto muy gordo.

Después de este suceso, penetrado de que no debía esperar socorro de sus
parientes, afanóse doblemente en buscar trabajo, cualquiera que él
fuese. Pero todas sus tentativas se estrellaban contra la mala suerte
que sin piedad le perseguía. En unos sitios no había colocación, en
otros, sabiendo que era un señorito, y no había estado en oficina
alguna, desconfiaban de él. En las redacciones de los periódicos fué
donde mejor le recibieron; pero como en aquella época y aun en ésta los
asuntos económicos de la prensa suelen estar bastante embrollados, por
buena voluntad que tuvieran los directores no era fácil asignarle un
sueldo. Los más le daban palabra de colocarle en cuanto hubiera una
vacante. Mas á él lo que le hacía falta, pronto, muy pronto, era algún
dinero para comer, y los días se pasaban y éste no llegaba. Sin que lo
supiese Maximina, empeñó una botonadura de oro y una sortija, recuerdos
de su padre.

Por fin, el propietario de un diario de la tarde le dió palabra rotunda
de asignarle cuarenta duros al mes, desde el próximo. En el que estaban,
por ciertas dificultades de la administración, no podía pagarle. Nuestro
héroe trabajó un mes entero gratis. Al comenzar el segundo, como
necesitaba con urgencia algunos recursos, le pidió que le adelantase
algún dinero. Entonces, el director propietario, adoptando ese
continente entre dolorido y diplomático que toman todos los que van á
negarse á una pretensión justa, pero incómoda, le pintó con negros
colores la situación administrativa del periódico, la dificultad de
hacer efectivos algunos créditos á su favor, la necesidad que tenían
todos los redactores de «arrimar el hombro para sostener aquella empresa
naciente», etc.

--Amigo Huerta--le contestó Miguel bastante desabrido,--el hambre me
tiene demasiado flaco para poder arrimar el hombro á ninguna empresa;
antes bien, necesito yo que me apuntalen para no caerme.

No fué posible sacarle un cuarto. Nuestro héroe se despidió indignado,
tanto más cuanto que sabía que todo el dinero recaudado pasaba íntegro á
la caja particular del director, quien se daba con él una vida de
príncipe.

Comenzó entonces para los jóvenes esposos una existencia triste y
acongojada. Miguel no pudo ocultar por más tiempo sus apuros. Uno á uno,
los pocos objetos de valor que en casa tenían fueron pasando á las de
préstamo, donde apenas les daban por ellos la quinta parte de su valor.
Á menudo, el joven se desesperaba y maldecía de su suerte, y hasta
hablaba de ir á pegar un tiro al Conde de Ríos y otro á Mendoza.
Maximina, en estas crisis dolorosas, le consolaba, le animaba
infundiéndole esperanzas, y cuando ya no podía más, con sus lágrimas
conseguía enternecerle y alejar de su mente las malas ideas. Serena
siempre y risueña, hacía esfuerzos heroicos por distraerle apelando al
recurso supremo del niño. Ocultaba cuidadosamente los trabajos que en su
ausencia ejecutaba, para que al llegar no notase ninguna falta.

La miseria, no obstante, les iba estrechando de día en día. Llegó, por
fin, aquel en que materialmente no tuvieron una peseta en casa ni de
dónde les viniese. En la tienda de ultramarinos no querían fiarles el
alimento. Miguel, ocultándose de su esposa, tomó una levita, la envolvió
en un papel y la llevó á empeñar. No le dieron más que dos duros. Á la
vuelta, como viniese meditando en el modo de salir de aquella angustiosa
situación, no viendo manera de encontrar empleo, tomó de pronto una
resolución violenta, la de trabajar materialmente. Con el rostro
contraído por una expresión dolorosa, se dijo mientras caminaba: «Antes
que mi mujer padezca hambre, soy capaz de todo... ¡de todo!... de robar
inclusive. Voy á intentar el último recurso».

Cerca de su casa había una imprenta, en la cual, durante los días de
desaliento, cuando acababa de recibir algún desengaño, solía pasar
largas horas mirando trabajar á los cajistas ó entreteniéndose en
desempeñar él mismo alguna tarea fácil. El dueño era un buen hombre y
mantenía con él muy cordiales relaciones. Entró en ella, y llamándole
aparte le dijo:

--D. Manuel, me encuentro sin recursos para vivir. Por más que he
trabajado en estos últimos meses no he podido obtener una colocación.
¿Quiere usted recibirme de aprendiz en su imprenta dándome algo á cuenta
de los jornales futuros?

El impresor le miró con tristeza.

--¿Tan mal se encuentra usted, D. Miguel?

--En la última miseria.

Meditó unos instantes el dueño de la imprenta, y le dijo:

--Antes que usted se pusiera en condiciones de componer con alguna
velocidad, se pasaría mucho tiempo... Además, no está bien que un
caballero se ensucie las manos con la tinta. Lo único que usted puede
hacer aquí es ayudar al corrector. ¿Tiene usted inconveniente?

--Estoy dispuesto á hacer cuanto usted me mande.

Pasó aquel día, en efecto, leyendo pruebas. Á la noche, el dueño le dijo
que le señalaba de sueldo tres pesetas diarias hasta que despidiese al
corrector, que era un gran borracho. Al tiempo de despedirse le metió en
la mano un billete de diez duros como anticipo.

--Gracias, D. Manuel--le dijo conmovido.--En usted, que es un hijo del
trabajo, he hallado más generosidad que en todos los caballeros que he
visitado hasta ahora.

Durante algunos días trabajó cuanto pudo, cumpliendo á conciencia su
tarea. Esta era pesada y molesta en grado sumo. Le tenía ocupado desde
por la mañana temprano hasta la noche. Por otra parte, el sueldo
reducidísimo no le bastaba ni aun para comer patatas; y aunque el
impresor tenía deseos de echar al corrector y nombrarle en su lugar,
Miguel se oponía por ser éste un padre de familia y no tener otro
recurso para vivir.

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XXIX


EN esta apurada y tristísima situación se encontraba
cuando cierta tarde, acabando de subir de la imprenta, llamaron á la
puerta. Juana le anunció que un caballero anciano deseaba hablarle.
Mandó que le dejase pasar, y al instante penetró en su despacho el
boticario Hojeda.

--¡D. Facundo!--exclamó con sincera alegría.

--Yo soy, Miguelito, yo soy. Vengo furioso. ¿No me lo conoces en la
cara? Tengo que reñir muchísimo contigo. ¿A quién se le ocurre más que á
ti, descastado, andar por esos mundos de Dios solicitando una colocación
y no haberte acordado de un amigo tan antiguo como yo? Bien se conoce
que soy un pobre viejo que no sirve para nada.

--No es eso, D. Facundo, no es eso... Es que como nuestras profesiones
son tan distintas... Además, temía que lo llegase á saber mamá...

No hallaba disculpa. La verdad es que se había olvidado de aquel santo
varón.

--Nada, hombre, nada, que eres un ingrato. Te olvidas de los que te
quieren, y vas á pedir favores á hombres que no han conocido á tu padre
siquiera.

--Tiene usted razón.

--Vaya, ya te he reñido bastante. Vamos ahora á lo que nos interesa. Te
vengo á ofrecer una colocación en el Banco de Andalucía. Hace más de un
mes que la vengo solicitando. Por fin hoy la han puesto á mi
disposición. Son sesenta duros al mes. ¿Te conviene?

Miguel por toda contestación le apretó con fuerza la mano. Después de un
momento exclamó, con los ojos arrasados de lágrimas:

--¡Si supiera usted, D. Facundo, á qué tiempo llega!

--No tienes recursos, ¿verdad?

--Ni una peseta.

--¿No has hallado ningún empleo?

--Sí, uno de ayudante de corrector de pruebas en la imprenta de ahí
abajo.

--¿Cuánto ganas?

--Tres pesetas al día.

--¡Jesús! ¡Jesús!--exclamó el boticario llevándose las manos á la cabeza
y quedando pensativo.

Tuvo la delicadeza de no preguntarle nada acerca de su ruina. Sin
embargo, Miguel se espontaneó á contarle todos los pormenores. Cuando
estuvo bien enterado, le dijo:

--Mira, Miguel, voy á suplicarte un favor.

--Usted dirá.

--Que aceptes estas mil quinientas pesetas--dijo poniendo los billetes
sobre la mesa.--Soy soltero: el dinero que tengo me sobra.

--D. Facundo, no puedo...

--Te lo exijo en nombre de la amistad que me unía á tu padre.

No hubo más remedio que tomarlas.

--Tienes que darme palabra, además, de que si no te bastasen los sesenta
duros para vivir y te encuentras en algún apuro, acudirás á mí primero
que á nadie... No me marcho sin esa palabra.

Así se lo prometió el hijo del brigadier. Llamó después á Maximina y
estuvieron largo rato charlando los tres de cosas indiferentes. D.
Facundo quiso volverse loco con el niño. Al tiempo de despedirse, Miguel
le retuvo por la mano, y muy conmovido le dijo:

--D. Facundo, renuncio á decirle á usted lo que en este momento pasa por
mi corazón. Le repito únicamente lo que en otro tiempo le dije: ¡Es
usted una gran persona!

--Miguelito, si vuelves á decirme esas tonterías, no vengo más á tu
casa.

--Entonces, ¿cómo quiere usted que llamemos á los que sólo se presentan
donde hay una desgracia que aliviar?

Con aquella oportuna visita terminó, á Dios gracias, la congoja de
nuestros esposos. Los sesenta duros, bien manejados, bastaron para que
viviesen satisfechos. Sin embargo, Miguel no quiso perder la conyuntura
de la plaza del Consejo de Estado, y cuando se efectuaron las
oposiciones, llevó una dotada con cuatro mil pesetas. Renunció en
seguida al empleo del Banco que le daba demasiado trabajo. Con este
sueldo y tres ó cuatro mil reales más que sacaba escribiendo, de vez en
cuando, artículos en periódicos y revistas, se consideró enteramente
dichoso.

Y lo era en efecto. La pobreza fortificó todavía más el lazo de su
matrimonio. Los crueles desengaños que la sociedad le había hecho
experimentar, le hicieron ver en su hogar el único sitio donde residía
la verdadera dicha, un rincón del cielo donde Maximina hacía el papel
de ángel. El amor que la tenía no creció, porque esto era imposible;
pero sí su admiración. El alma sublime de esta niña no se le había
mostrado tan admirable, tan digna de ser adorada de rodillas, como en
los críticos y angustiosos días que acababan de pasar. Tan grande llegó
á ser el amor y la admiración en nuestro héroe, que cuando hallaba en su
despacho algún objeto olvidado de Maximina, lo besaba con ternura y
respeto como si fuese una reliquia.

En las horas que le dejaba libre la oficina, entregóse con pasión al
estudio. Salía poco de casa. Cuando lo hacía, generalmente era para leer
en el Ateneo los libros que no podía comprar.

--¡Mucho lee usted, amigo Rivera!--le decía algún socio, poniéndole la
mano en el hombro.

--Es que no tengo dinero--contestaba riendo.

Cuando volvía de allá á las diez y media ó las once de la noche, su
esposa acababa de meterse en la cama. Era aquél el momento más feliz
para Maximina. Desde el nacimiento del niño dormían separados: ella en
un cuarto de dos camas, con Juana; él, solo, en otra alcoba. Al volver
de noche se complacía Miguel en llevarle á la cama algún manjar, bien
que lo trajese de la calle, bien de lo que había en casa, pues, á causa
de hallarse lactando y tener el niño ya quince meses, sentía á esas
horas mucha debilidad. ¡Qué placer tan grande para la pobre niña ver
llegar puntualmente á su marido presentándole una raja de jamón ó alguna
golosina de dulce! Si se extralimitaba trayéndole alguna cosa cara, le
decía:

--Esto tiene que durar tres días.

Y quieras ó no, había que dividirlo en tres partes.

Miguel la veía comer con cierto arrobamiento sensual. Servíale el vino,
partíale el pan y después retiraba todos los enseres. Y en voz baja,
para no despertar al niño, que dormía en su cuna, charlaban á veces una
hora y más. Juana, mientras tanto, dormía, vestida, sobre la cama, allá
en un cuarto cerca de la cocina. Miguel, al retirarse al suyo, la
despertaba (empresa no muy fácil), y ella, tambaleándose de sueño, venía
á continuarlo cerca de su señorita.

El joven de los quince meses les proporcionaba, sin saberlo, más recreo
que todos los tenores de ópera y zarzuela juntos. Ya caminaba (si es que
puede aceptarse como tal el ir haciendo eses como un borracho) desde los
brazos del papá á los de la mamá y viceversa. La tiranía que en la casa
ejercía era verdaderamente escandalosa. Sobre todo, con Maximina se
portaba de un modo bastante grosero, sin que esto sea tratar de
ofenderle. Porque constándole muy bien que ella era la que con su propia
sangre le suministraba el sustento, no sólo no le guardaba las altas
consideraciones á que era acreedora, sino que la posponía,
evidentemente, á Juana. Y esto no motivado en otra cosa sino en que la
moza guipuzcoana le hacía reir más con sus carocas y bailoteos. La pobre
Maximina no acababa de creer en esta cruel preferencia. Un día, después
de almorzar, jugando los tres con el niño en el pasillo, Juana quiso
demostrárselo.

--Anda, vé con tu mamá--le dijo al chiquillo.

Pero éste se agarraba con fuerza á ella.

--Está visto que á ti sólo te quiere cuando tiene hambre--le dijo Miguel
para embromarla.

Maximina se puso triste y enfadada y trató de arrancar á Juana el niño;
pero éste se defendía chillando.

--Vaya, ¿á que viene para mí?--dijo Miguel.

--¿Á que no?

En cuanto el papá abrió los brazos, el caprichoso infante se echó en
ellos.

--¿Lo ves?--exclamó levantándole triunfante.

Entonces Maximina, dolorida y avergonzada, tanto más cuanto que su
marido y Juana se reían á carcajadas de su derrota, quiso arrancárselo á
viva fuerza. Miguel huía. Ella, cada vez más nerviosa y afligida,
pugnando por no llorar, corría detrás de él. Por fin, no pudiendo
alcanzarle, se retiró al despacho. Allí la encontró poco después Miguel,
en pie, arrimada á la chimenea, tapándose los ojos con una mano en
actitud de llorar. Avanzó suavemente, puso el niño en el suelo y le
dijo:

--Anda, pide perdón á tu mamá y díle lo que me acabas de decir en
secreto: que la quieres más que á nadie.

Al mismo tiempo acercó la boca del infante á la mano que tenía pendiente
su esposa.

Al sentir el contacto de los labios frescos y húmedos de su hijo, la
niña volvió la cabeza para mirarle. Al través de las lágrimas brilló en
sus ojos una sonrisa de amor y perdón que es lástima que aquel ingrato
arrapiezo no hubiese podido apreciar.

Una noche, después de comer, Miguel se emperezó como muchas veces y no
quiso salir. Fueron al despacho y Maximina se puso á leerle el
periódico. Después, sentada la esposa sobre las rodillas del esposo,
comenzaron á departir, según costumbre, contándose las menudencias del
día.

--¿Sabes que he tenido esta tarde una visita?--le dijo ella.

--¿Quién ha estado?

--Un joven--dijo la niña sonriendo maliciosamente.

Miguel no pudo reprimir un leve fruncimiento de cejas. Era muy celoso,
como todo el que ama realmente, por más que procuraba ocultarlo
cuidadosamente.

--¿Quién era el joven?

El tono un poquito áspero de la pregunta no se le escapó á Maximina.

--El cura de Chamberí.

--¿El viejecito que dice la misa de nueve?

--El mismo... Conque no te gustaba que fuese un joven, ¿eh,
pícaro?--añadió abrazándole cariñosamente.

--¿Y á qué vino el cura?--preguntó Miguel rehuyendo, á su vez, la
pregunta de su esposa.

--A empadronarnos... Me he reído un poco. Le abrí yo la puerta y me
dice:--«Hola, niña, anda vé á decir á tu mamá que está aquí el párroco
de Chamberí.»--«No tengo mamá»--le respondí.--«Entonces á la señora de
la casa.»--«Soy yo»--le dije muerta de vergüenza.--Comenzó á hacerse
cruces diciendo:--«¡Ave María, Ave María, qué jovencita!...»--Todavía se
admiró más al saber que hace ya dos años y tres meses que estamos
casados.

--Es claro, con esa carita redonda de niño llorón das un chasco á
cualquiera.

--Eso debe de ser, porque no soy una niña ya; el mes que entra cumplo
diez y ocho años.

Antes de irse á la cama abrieron el balcón para disfrutar un poco del
espectáculo del cielo estrellado, apagando la luz previamente.

Era una noche tibia y serena de las postrimerías de Abril. Como se
hallaban en un piso tercero, y aquel barrio estaba aún poco urbanizado,
descubrían más de la mitad de la bóveda estrellada. En pie los dos,
apoyada Maximina en el hombro de su esposo, contemplaron largo rato en
silencio aquel espectáculo que eternamente será el más sublime de todos.

--¡Qué grande y qué hermosa es aquella estrella, Miguel! ¡Qué luz tan
pura y tan blanca despide!--dijo Maximina apuntando al cielo.

--Es Vega. Pertenece á la constelación de la Lira y es la mas bella de
nuestro hemisferio. Por lo demás, no es más grande y más hermosa que las
demás, sino porque está á menor distancia: es una de las tres más
próximas á nosotros.

--Aunque la hermana San Onofre nos lo estaba repitiendo siempre, yo no
puedo figurarme que la tierra sea una estrella como esas, y más pequeña
todavía.

--¡Y tan pequeña, Maximina! Cada una de las estrellas que ves, es
millares y aun millones de veces más grande que la tierra. Nuestro
sistema planetario, en el cual somos de lo más pobre é insignificante,
forma parte de esa gran nebulosa que cruza el cielo como una faja
blanca. Cada partícula de ese polvo es un sol como el nuestro en torno
del cual giran otras tierras que, como la nuestra, no tienen luz propia.
Para que te figures su tamaño, te diré que esta nebulosa está aislada en
los cielos como una isla y tiene la figura de una lente; pues bien, para
llegar un rayo de luz desde un extremo del eje mayor de esa lente al
otro tarda diez y siete mil años. ¡Y la luz recorre setenta mil leguas
por segundo!

--¡Madre mía, qué espanto!

--Pues esto no es nada. Nuestra nebulosa es una de tantas como pueblan
el espacio. Hay otras muchísimo mayores. Con el telescopio
constantemente se están descubriendo nuevas. Se inventa un telescopio de
mayor fuerza que los anteriores, y entonces las nebulosidades se reducen
á estrellas; pero más allá se encuentran nebulosidades que antes no se
veían. Viene un telescopio de mayor potencia aún, y aquellas
nebulosidades á su vez se reducen á estrellas; pero más allá aparecen
nuevas nebulosidades... y así sucesivamente.

--¿De modo que el cielo no tiene fin?

--Es de presumir.

Maximina quedó unos instantes pensativa.

--¿Y en esos mundos habrá habitantes, Miguel?

--No existe razón alguna para que no los haya. Las observaciones que
podemos hacer en nuestro sistema planetario acusan en los demás astros
condiciones de vida muy semejantes á las nuestras... ¿Ves esa estrella
grande y hermosa también como Vega? Es Júpiter, un hermano nuestro; pero
un hermano mayor... mil cuatrocientas veces mayor que nosotros. Es un
hermano privilegiado, el mayorazgo, como si dijéramos, del sistema. El
día dura allí cinco horas y la noche otras cinco; mas como tiene cuatro
satélites que le iluminan constantemente, y largos crepúsculos, puede
decirse que las noches no existen. Las estaciones casi tampoco. Reina en
toda su superficie una primavera eterna. Para nosotros es el símbolo ó
ideal de una existencia feliz. ¿Por qué no han de existir habitantes en
este mundo afortunado?

Volvió á quedar pensativa la niña, y dijo al cabo de un momento:

--¿Cómo se sostendrán esos mundos en el espacio y caminarán eternamente
sin chocar?

--Se sostienen y viven por el amor... Sí, por el amor--repitió viendo la
curiosidad pintada en los ojos de su esposa.--El amor es la ley que rige
todo el universo. La ley sublime que une tu corazón al mío, es la misma
que une á todos los seres de la creación, manteniéndolos, sin embargo,
distintos. Unos somos en Dios, en el Creador de todas las cosas, pero
gozando al mismo tiempo del hermoso privilegio de la individualidad...
Sin embargo, este gran privilegio es al mismo tiempo nuestra gran
imperfección, Maximina. Por él, estamos separados de Dios. Vivir
eternamente unidos á El, dormir en su seno como el niño en el regazo de
su madre, esa es la aspiración constante de la humanidad. El hombre que
siente más viva y más imperiosamente esa necesidad, es el más bueno y el
más justo. ¿Qué significa la abnegación ó el sacrificio? ¿Es por ventura
otra cosa que la expresión de esa voz secreta que reside en nuestra
alma, y que nos dice que amarse á sí mismo es amar lo finito, lo
imperfecto, lo efímero, y amar á los demás es unirse con anticipación á
lo Eterno? ¡Ay del hombre que no acude al llamamiento de esta voz! ¡Ay
del que cierra los oídos á los suspiros de su alma y corre desalado en
pos de los fenómenos fugitivos! Ese hombre será siempre un esclavo
miserable del tiempo y la necesidad.

Miguel se iba exaltando á medida que hablaba. Maximina escuchábale con
los ojos extáticos. No comprendía enteramente sus palabras, pero veía
bien claro que todo lo que salía de los labios de su esposo era noble y
elevado y religioso, y esto le bastaba para estar de acuerdo con él.

Habló todavía largo rato. Al fin, calló de pronto. Ambos quedaron
silenciosos contemplando la inmensidad de los cielos. Una misma emoción
grave y pura se había apoderado de ellos. Arrobados en la contemplación,
escuchaban los acordes misteriosos de su alma, que, sin el intermedio de
la palabra, por una especie de potencia magnética, se trasmitían de un
corazón á otro. Al cabo de un rato, Maximina dijo en voz baja:

--Miguel, ¿quieres que recemos un Padre Nuestro?

--Sí--respondió él estrechándola suavemente una mano.

La niña dijo el Padre Nuestro con verdadera unción. Su esposo le
contestó con igual fervor.

Jamás en su vida, ni antes ni después, nuestro héroe se encontró más
cerca de Dios que en aquel momento.

La noche iba avanzando. El reloj del despacho vibró con doce campanadas.
Cerraron el balcón y encendieron las luces para irse á acostar.

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XXX


DESPIDIÉRONSE á la puerta del cuarto de Maximina. Esta
nunca veía marcharse á su esposo sin tristeza. Aunque se resignaba á la
cruel separación, porque el niño solía llorar y á Miguel le dolía la
cabeza cuando pasaba mala noche, no era sin hondo y secreto pesar.
Embargado todavía por la emoción, el joven se detuvo un momento con la
luz en la mano, y viendo la tristeza que se pintaba en los ojos de su
esposa, se le ocurrió de pronto una idea.

--Oyes, ¿quieres venirte á dormir hoy conmigo?

La niña le miró asombrada.

--¿Cómo?

--Nada, te vienes ahora á mi cuarto.

--¿Y el niño?

--Lo llevamos con nosotros.

En los ojos de Maximina brilló una chispa de gozo.

--¿Y Juana?

--A Juana la mando que venga á acostarse, y asunto concluído.

--¿Pero qué va á decir cuando se encuentre sola en el cuarto?

--Que diga lo que quiera.

Dicho y hecho. Maximina, vacilante todavía, un poco pálida y temblorosa
como si fuera á cometer alguna grave travesura, pero brillándole los
ojos con íntima alegría, levantó al niño de la cuna y lo trasportó á la
cama de Miguel. Después entre los dos trasportaron la cuna. En seguida,
aquél fué á avisar á Juana; pero antes Maximina se apresuró á encerrarse
en el cuarto de su esposo. Una vez despierta la doméstica, él también se
encerró. Por el agujero de la llave, Maximina la vió cruzar por el
pasillo.

--¡Qué va á decir, Dios mío, qué va á decir?--exclamó levantando el
rostro ruborizado hacia su esposo.

--Que tenemos gana de pasar una noche juntos--contestó él riendo.

Aquella vergüenza de su mujer, que era una prueba de su carácter
inocente y pudoroso, le hacía gracia y le entusiasmaba.

La niña, una vez convencida de que Juana se estaba acostando, pues oyó
cerrar la puerta del cuarto, se entregó sin reserva á la alegría.

--¡Cuánto tiempo hace que no pasamos una noche juntos! ¿verdad, Miguel?

Y se apresuraba con alegría infantil á despojarse del vestido. En medio
de la operación soltaba una carcajada.

--¡Qué cara habrá puesto Juana no viendo á nadie en la alcoba!

--Esta cama es más estrecha que la nuestra. ¿Estarás incómoda?--decía
Miguel.

--¡Si es casi matrimonial, chico! ¿de dónde sacas que es
estrecha?--respondía ella dispuesta á encontrar magnífico un lecho de
hojas en aquel momento.

La primer noche de bodas se repitió para nuestros esposos; pero más
grata aún, porque la confianza había crecido. También el amor; y había
adquirido, además, un carácter elevado y espiritual, gracias al fruto
inocente que dormía cerca de ellos.

Por la mañana, después de tomar el chocolate, Maximina se sintió un poco
indispuesta. Achacáronlo á una pequeña indigestión y no le dieron
importancia. Todo aquel día lo pasó con el cuerpo muy pesado, pero en
pie. Cuando vino Miguel de la oficina, estaba echada sobre la cama. Al
oir la campanilla se levantó prontamente y salió como siempre á
recibirle. Sin embargo, no tardó en tumbarse nuevamente. Se levantaba á
cada paso para cualquier menudencia; pero en seguida se acostaba, unas
veces sobre la cama de Miguel, otras sobre la suya.

--Voy á llamar al médico--le dijo éste.

Maximina se opuso resueltamente. Lo único que se logró fué que
consintiese en llamarlo al día siguiente, con tal que no siguiese mejor.
Confiaba en absoluto en amanecer buena y sana. Sin embargo, no fué así.
Despertó con alguna destemplanza y Miguel se opuso á que se levantase.
Se llamó á un médico que había en el barrio, viejo y práctico, el cual,
después de pulsarla y mirarle la lengua, declaró que tenía alguna
fiebre, sin que en la apariencia existiese indigestión. Miguel, en vista
de esto, no quería ir á la oficina; pero su esposa tanto le instó, que
al fin se decidió á ello, prometiendo venir temprano. Por la tarde, la
calentura había aumentado un poco. Estaba tranquila, sin embargo. Sólo
de vez en cuando, como si tuviese alguna opresión, daba altos y
prolongados suspiros.

Por la mañana, el médico la halló con bastante fiebre; pero no podía aún
afirmar de dónde emanaba, pues las frecuentes y largas inspiraciones
que la obligaba á hacer, eran perfectas y no acusaban ningún síntoma
catarral. Tampoco ofrecía síntomas gástricos. Inclinábase á creer que
fuese una fiebre reumática, porque días antes, al aparecer, se había
quejado de dolores en la espalda; mas no se atrevía á asegurarlo. Miguel
fué á la oficina, pero volvió á las dos horas. El médico le dejó el
termómetro para que de vez en cuando le tomase la temperatura y la
apuntase en un papel. Como no podía dar el pecho á su hijo, la leche
acumulada la molestaba vivamente, á pesar de que procuraban extraérsela
con pezoneras y la daban unturas de manteca.

Al día siguiente la calentura fué en aumento. El médico se inclinó
entonces á creer que la fiebre era nerviosa, porque los síntomas
reumáticos no se determinaban bien. Le recetó el valerianato de quinina
en píldoras, y una poción. Miguel fué á la oficina, á prevenir al jefe
nada más. Detúvose, sin embargo, á hablar con los compañeros, entre los
cuales había uno que estudiara la carrera de medicina, aunque no con
gran lucimiento.

--¿Qué tiene su señora?--le preguntaron.

--No sé. El médico vacila entre si es una fiebre reumática ó nerviosa.

--Hombre, no comprendo qué tiene que ver una fiebre con otra--dijo con
tono de suficiencia el empleado médico.--De todos modos--añadió,--pida
usted á Dios, amigo Rivera, que no sea fiebre nerviosa.

Miguel, al escuchar aquellas palabras, quedó helado. Por su cuerpo pasó
un estremecimiento singular. Hizo un esfuerzo sobre sí mismo, y dijo con
voz alterada ya:

--El médico me manda tomarle la temperatura á menudo...

--¿Y qué grados tiene?

Aunque no sabía la relación que los grados guardaban con la fiebre,
aterrado con las palabras de antes, no se atrevió á decir que tenía
cuarenta y uno y unas décimas, y respondió:

--Cuarenta.

--No puede ser; esa ya es una fiebre muy alta... Vamos, amigo Rivera, se
conoce que usted entiende más de filosofía que de tomar temperaturas.

--Sí, Rivera, debe usted estar equivocado--dijo otro.

Quedó clavado al suelo. Se puso horriblemente pálido y estuvo á punto de
caer.

Notando los compañeros su palidez, comenzaron á animarle.

--Hombre, no se asuste usted... De seguro ha padecido una equivocación.
Además, aunque así no fuese, no es caso extremo...

Un compañero, por darle más alientos, le dijo al oído:

--No haga usted caso de ese majadero. ¡Qué sabe él de fiebres, si no ha
abierto en su vida un libro!

No obstante, llevaba ya la puñalada en el corazón. Salió de los Consejos
con el semblante alterado y tomó un coche, porque se sentía desfallecer.
Entró precipitadamente en el cuarto de su esposa.

--¿Cómo te sientes?

--Bien--contestó la niña sonriéndole dulcemente.

--A ver la temperatura--dijo, y se apresuró á meterle el termómetro
debajo del brazo.

Su corazón latía apresuradamente. No pudiendo resistir quieto el tiempo
que el termómetro debía estar allí, comenzó á pasear por la alcoba. Al
fin, con mano trémula lo sacó y fué corriendo á la ventana, que estaba
entornada; la abrió un poco más y miró. La temperatura había subido aún
algunas décimas. Estaba tocando en los cuarenta y dos grados.

No pudo articular una palabra.

--¡Qué manía tienes con ese dichoso tubito!--dijo Maximina.--¿Para qué
sirve?

--No sé; me lo manda el médico... Voy á apuntar la temperatura.

En vez de ir al despacho entró en su alcoba y se dejó caer de bruces y
sollozando en la cama.

--¡Me han matado! ¡Me han matado!--murmuraba mientras bañaba con sus
lágrimas las almohadas.

Cerca de media hora estuvo así sin cesar de repetir entre sollozos:--¡Me
han matado! ¡Me han matado!

En efecto, una estocada por la espalda no le hubiera hecho más efecto
que la idea espantosa que en la oficina le habían sugerido.

Al fin se levantó, lavóse los ojos con agua fresca, y entrando en el
cuarto de su mujer otra vez, le dijo que iba á avisar á D. Facundo,
porque no les perdonaría el no haberlo hecho. Cuando salía llamaba á la
puerta la vecina del cuarto de enfrente, que venía á ofrecerse para
todo, «absolutamente para todo». Era una buena señora, viuda de un
coronel, y que tenía un hijo teniente que le daba bastantes disgustos.
Aunque sólo había hablado algunas palabras con Maximina en la escalera,
se conocía que le había sido extremadamente simpática. Miguel se lo
agradeció mucho, y la introdujo en la alcoba, marchándose él en seguida.

Necesitaba desahogar el pecho con alguna persona; por eso fué en busca
de D. Facundo. En cuanto le vió se echó á llorar como un niño. El pobre
señor trató de consolarle como pudo.

--Eres muy impresionable, Miguelito. ¡A quién se le ocurre ponerse así
cuando el médico no ha dicho aún que hubiese peligro! Pero de todos
modos, ya que estás alarmado, bueno será que se celebre una junta de
médicos, aunque no sea más que para tranquilizarte.

--¡Sí, sí, D. Facundo, quiero que haya junta!--exclamó el atribulado
joven, como si de aquello dependiese enteramente la salvación.

--Bueno, yo avisaré á los médicos. Habla tú con el de cabecera para que
no se ofenda.

Salió de la botica más tranquilo. Cuando llegó á casa, Maximina deliraba
un poco.

--Se empeña--dijo la viuda del coronel--en que detrás de la cabecera hay
una puerta abierta y le entra mucho frío.

--¿Cómo te sientes?--le preguntó Miguel, poniéndole una mano sobre la
frente.

--Bien; pero entra mucho frío por esa puerta que hay aquí detrás.

--Tienes razón; voy á cerrarla.

Hizo ademán de ello, y quedó un momento tranquila. El joven quiso
después besarla; pero ella le rechazó, diciéndole, muy apurada, en voz
baja:

--¿Cómo eres tan desvergonzado? ¿No ves que está ahí esa señora?

Ni aun delirando se amortiguaba en aquella criatura el sentimiento del
pudor.

Pasó la tarde bastante agitada, delirando á ratos. Además de la manía de
la puerta se le figuraba que venían algunos hombres á cogerla. Cuando
Miguel se acercaba al lecho le decía con terror:

--¡Mira, mira ese hombre que me quiere llevar!

--No tengas cuidado, preciosa; mientras yo esté aquí no te llevará
nadie.

La voz y las caricias de su marido la volvían, como por encanto, á la
razón y la sosegaban por algunos minutos.

La viuda se empeñó en quedarse á velar aquella noche porque hacía dos
que ni Juana ni Miguel dormían.

Éste fué á tumbarse sobre su cama, encargando que si tuviera la menor
novedad se le llamara.

Y, en efecto, la viuda le llamó á medianoche, diciéndole que Maximina se
negaba á tomar la poción y se hallaba bastante agitada. Levantóse
inmediatamente y fué al cuarto corriendo. Su esposa, por la lucha que
había tenido que sostener con aquella buena señora, estaba agitadísima,
con el rostro fuertemente encendido y los ojos extraviados. No conoció á
su marido. Éste, viéndola en aquella situación, perdió todos los ánimos
y rompió á llorar. Entonces Maximina le miró con fijeza. Sus ojos
perdieron de pronto aquella terrible expresión delirante; incorporóse en
la cama, y acercando su rostro al del joven, le preguntó:

--¿Por qué lloras, mi vida, por qué lloras?

--Porque te niegas á tomar las medicinas, y así no puedes sanar.

--La tomaré, la tomaré; ¡no llores, por Dios! Dámela.

Y bebió con avidez la cucharada que le presentó.

--¿No llorarás ya, verdad?--le preguntó ansiosamente después, y,
oyéndole decir que no, le besó repetidas veces la mano.

Por la mañana se celebró la junta de médicos. Uno por uno fueron viendo
á la enferma.

--¡Qué cansada estoy de enseñar la lengua, Miguel!--exclamó con un gesto
cómico, que le hizo reir, á pesar de su tribulación.

Los médicos no pudieron afirmar resueltamente dónde residía la fiebre.
Inclináronse todos, sin embargo, á creer que era en el centro nervioso.
Lo que en su concepto hacía falta, á todo trance, era que la temperatura
bajase por cualquier medio. Para ello recetaron la antipirina.

Corrió el mismo Miguel á buscarla. El éxito fué rapidísimo. Á las pocas
horas de tomarla, la fiebre había bajado dos grados. Por la mañana, sólo
marcaba el termómetro treinta y nueve y unas décimas. Habían
desaparecido la inquietud y el delirio. Tan bien se encontró, que Miguel
no dudó que á los cuatro ó cinco días podría levantarse de la cama. El
exceso de alegría le agitó de tal modo, que no pudiendo permanecer en
casa, salió á tomar el fresco de la mañana, á pesar de haber velado
aquella noche. Dió una vuelta por el Retiro. La mañana estaba fresca y
hermosa. El gozo que inundaba su alma le hacía ver en el sol radioso, en
el canto de las aves, en el follaje de los árboles, bellezas misteriosas
que antes no había logrado percibir. Poco le faltaba para abrazar á los
solitarios paseantes con quienes tropezaba.

Mas ¡ay! no sabía que aquel remedio cumple su cometido cuando refresca
la sangre encendida, sin tener facultades para destruir la enfermedad.
La temperatura comenzó de nuevo á elevarse á la caída de la tarde. Tan
ilusionado estaba, que lo achacó al recargo natural que padecen todos
los enfermos en esa hora, y no le concedió importancia. El médico
tampoco le dijo nada que pudiera alarmarle. Á las once se fué á acostar,
dejando á Juana velándola. La voz de ésta le sacó del sueño profundo en
que yacía.

--¡Señorito!, señorito, la señorita se pone peor!

La voz con que despiertan á un condenado á muerte para llevarle al
suplicio, no sonó jamás tan terrible como aquella para Miguel. Se puso
en pie de un brinco. Corrió al cuarto. Maximina tenía los ojos
cerrados. Al entrar él los abrió, quiso sonreir, y de nuevo los cerró...
para no abrirlos jamás. Eran las cuatro de la madrugada. Juana avisó
corriendo al médico, llamando antes en el cuarto de al lado. La viuda
del coronel afirmó que aquello no era más que un síncope. Entre ella y
Miguel le pusieron unos sinapismos. Se avisó al cura. Pocos minutos
después llegaba, al mismo tiempo que el médico. ¿Para qué?

Miguel recorría el pasillo sin cesar, pálido como un espectro. De pronto
se detuvo y quiso penetrar en el cuarto de su esposa. La viuda, el
sacerdote y el médico le pusieron las manos en el pecho.

--¡No; no entre usted, Rivera!

--Lo sé todo: déjenme ustedes paso.

En su mirada y actitud comprendieron que era inútil oponerse.

Se arrojó sobre el cuerpo de su esposa, del cual aún no había
desaparecido el calor y la vida por completo, y lo besó con frenesí por
algunos minutos.

--¡Basta, basta! Se está usted matando--le decían.

Al fin consiguieron arrancarle.

--¡Mejor que tú--gritó dándole el último beso--no la ha habido ni la
habrá sobre la tierra!

--¡Dichosos, hijo mío, los que al morir pueden escuchar semejantes
palabras!--respondió el anciano sacerdote.

Sacáronle de allí. Fué derecho á su escritorio y se arrimó al balcón.
Aún no había amanecido por completo. La consternación secó sus lágrimas.
Inmóvil, con los ojos extáticos y la frente pegada á los cristales, pasó
largo rato escuchando en su espíritu la voz reveladora que sólo habla en
esta hora suprema. Al cabo pudo oírsele murmurar con voz ronca:

--¡Quién sabe! ¡quién sabe!

[imagen decorativa]



XXXI


QUÉ más queréis saber? Miguel se tambaleó como el atleta
que recibe un golpe en medio de la frente; pero no vino al suelo. En la
obligación ineludible de proteger al inocente niño que perdía á su madre
cuando comenzaba á balbucir su nombre, halló fuerzas para vivir. Su
historia, poco novelesca, se hace menos interesante aún desde entonces.
Redúcese casi toda á meditaciones, dudas, esperanzas, abatimientos y
borrascas que no salen de los senos arcanos del espíritu. Su relato sólo
puede interesar al psicólogo. Abreviemos, pues, esta larga y fatigosa
narración.

Consagró la vida entera á su hijo. El trabajo y el estudio, si no
aplacaron su dolor, le distrajeron á ratos, dándole también más
elevación: trasformóse con los años en honda y grave tristeza que no le
quitaba ni espacio ni serenidad para pensar. Ni de día ni de noche se
apartaba de su niño. Así que pudo, le llevaba muchas veces con él á la
oficina. Colocábalo frente á sí para que, al levantar la cabeza, sus
ojos tropezasen con aquel rostro diminuto en el cual buscaba con
ansiedad rasgos, gestos, lineamientos de otro que tenía grabado con
cincel en el alma. Si querían hacerle feliz por un instante sus amigos,
no tenían más que asegurarle que el chico sería con el tiempo un vivo
retrato de su madre. En cambio, si alguno le decía que iba á parecerse á
él, quedaba triste y meditabundo largo rato. ¡Cuántas veces,
sorprendiendo en sus labios ó en sus ojos alguna mueca peculiar de
Maximina, hubo estallado en sollozos! La inocente criatura le miraba
entonces sorprendida y aterrada, hasta que su padre le cogía en brazos y
le decía besándolo apasionadamente:--«¡Dichoso tú que no sabes lo que
has perdido!!»--Llevábalo también muchos días al cementerio y le hacía
besar después que él la lápida del nicho donde su madre yacía. ¡Oh, si
aquellos besos no se filtraban por el mármol y hacían temblar de gozo
las cenizas de la niña de Pasajes, bien podéis asegurar que nada en el
mundo conseguiría ya removerlas!

No solamente en el hijo veía la imagen viva de su esposa. Cualquier
espectáculo grande, cualquier acción heroica, cualquier rasgo de
caridad, cualquier obra de arte, sobre todo de música, se la traía
súbito á la imaginación y con ella las lágrimas á sus ojos, como si
aquella criatura, que ya no existía, estuviese aún unida á todo lo que
de noble, hermoso y elevado guarda la tierra. Por eso repitió cuanto
pudo estas emociones. Cultivó y acendró el sentimiento religioso,
desfallecido algunas veces, pero no extinto jamás en su espíritu; amó
las artes; buscó la amistad de los buenos.

Andando el tiempo, aquel Mendoza, su amigo, con quien no había vuelto á
hablar desde que, arruinado, se había ido á vivir á Chamberí, llegó á
ministro. A nadie le sorprenderá seguramente. Dadas ciertas premisas,
las consecuencias son inevitables. Y cuando fué ministro le pasó un
recado, no sabemos si por generosidad ó por egoísmo, preguntándole si
quería ser su secretario particular, conservando además la plaza en el
Consejo de Estado. La carne, flaca, quiso rebelarse un instante oyendo
tal proposición. Sin embargo, logró dominarla en seguida y aceptó. Hacía
tiempo que á fuerza de llorar y meditar, su vida interior se había
emancipado del imperio del orgullo. Tras de terribles sacudimientos, su
alma logró romper las cadenas que la ligaban á las pasiones terrestres.
Aprendió, para no olvidarla ya jamás, la verdad sublime que eternamente
flotará sobre la ciencia humana y será el compendio de todas las
verdades, _la negación de sí mismo_.

Desde que pisó el suelo sagrado de la libertad, su existencia comenzó á
deslizarse serena en medio de un reposo dulce y tranquilo. En el piélago
de las pasiones humanas, en el torbellino de sus propios sentimientos,
tuvo al fin la fortuna de hallarse á sí mismo y comprender lo que era.
Su único pensamiento desde entonces fué avanzar más y más por el camino
de la libertad, hasta que sonase para él la hora de la emancipación
suprema. El solo y más ardiente deseo de su vida fué poder amar la
muerte. En tanto, empleó la fuerza santa y divina de la imaginación en
crearse un mundo particular y libre donde vivía con su esposa, en la
misma dulce comunidad de otro tiempo, compartiendo con ella su amor y
sus penas. Al terminar cualquier acto de la vida, nunca dejaba de
preguntarse: «¿Lo aprobaría Maximina?» Diariamente se confesaba con ella
y le comunicaba los más íntimos secretos del alma. Y cuando tenía la
desgracia de caer en el pecado, se apoderaba de él una turbación
profunda, pensando que aquel día se había alejado un poco de su esposa.
De este modo, participando como criatura divina del augusto privilegio
de Dios, logró prestarla nueva vida, ó, por mejor decir, que no muriese
jamás.

Mas como criatura humana también, su espíritu fué sacudido más de una
vez por el huracán de la duda. Padeció los crueles asaltos de la
tentación y vaciló como el Hijo de Dios en el huerto de Gethsemaní.
¡Horas de agonía que le dejaban hondamente impresionado y mermaban sus
fuerzas si no las abatían por completo! Asistamos á una de ellas.

Después que salía del Ministerio ó del Congreso, Mendoza acostumbraba á
pasearse en carruaje descubierto por el Retiro. Miguel le acompañaba. Al
cabo de un rato de deslizarse entre la balumba de los coches, el
Ministro solía marearse y quedar amodorrado y aun dormitando, mecido por
los blandos vaivenes de la carretela. Miguel, ajeno casi siempre á las
curiosidades y galas del paseo, con los ojos fijos en el cielo ó en el
paisaje, meditaba.

Era una tarde suave, la más suave y esplendorosa que la primavera había
otorgado aquel año á los madrileños. El sol se estaba acostando. Por el
balcón abierto entre los árboles sobre la vasta llanura de Vallecas,
nuestro secretario le veía descender majestuosamente sobre el borde de
una nube dejando estela de oro en la tierra.

Arrastrado por el curso de los pensamientos que á menudo le dominaban,
se puso á considerar el tiempo que de aquel modo ardía en el espacio, y
la región misteriosa del cielo hacia donde nos llevaba en su marcha
violentísima; de dónde se había desprendido aquella masa inmensa; cuándo
y de qué modo se extinguiría su luz. Pensó que su historia, por larga
que parezca, no es más que un instante en la historia de la Creación.
En los infinitos mundos que eternamente se están formando y
extinguiendo, ¡qué papel tan insignificante hará este pobre sol que para
nosotros es primer actor! ¿Por qué entonces nos parece tan grande y tan
bello? ¿A quién se lo parecía antes que nosotros existiésemos? Esta
madeja de oro, como la llaman los poetas, ¡cuántos miles de años se
estuvo derramando por la tierra, sin acariciar otras cabezas que las de
los saurios gigantescos, pterodáctylos, magalosauros, y otros monstruos
horrorosos! ¿El velo que oculta los misterios infinitos del espacio, se
descorrerá algún día? ¿Habrá seres que los comprendan ya? Abismado en
tales reflexiones, en extática contemplación del horizonte, á lo cual se
prestaban las frecuentes y largas paradas que el coche hacía, pasó largo
rato. Cuando salió de su éxtasis, y puso los ojos sobre la multitud de
trenes que en aquel sitio delicioso se estrujaban, le causaron la misma
impresión que si viese un hormiguero. ¿Y qué otra cosa era aquello,
salvo que las hormigas en vez de trabajar se paseaban? Al lado suyo se
apiñaba una muchedumbre de animales atómicos, con la vista fija en la
tierra, arrastrados por otros animales, á quienes habían hecho sus
esclavos. ¡Pero también las hormigas poseen esclavos! Todos, lo mismo
los amos que los caballos, tenían traza de creer que el mundo eran
ellos, y nada más que ellos. Y sus proyectos, sus deseos, sus amores,
sus _restaurants_ y sus piensos, el único y más alto fin de la Creación.
Sólo allá, entre los peones, vió un rostro pálido, adornado de luenga
barba blanca, cuyos ojos tristes y soñadores se dirigían también al
firmamento. Al pasar á su lado, aquel rostro le sonrió afectuosamente.
Miguel le contestó diciendo:--«Adiós, D. Ventura». Era el más tierno y
espontáneo de los poetas españoles, el insigne Ruiz Aguilera. Después,
sus ojos se convirtieron á Mendoza, que dormía deliciosamente. Le miró
con atención algunos momentos y le acometieron ganas de reir. ¡Pobre
hombre! se cree en el pináculo de la gloria, porque dispone, durante
algunos meses, de unas docenas de empleos. ¡Y á esto ha consagrado la
vida entera, todas las fuerzas que Dios le dió! Mañana se morirá este
hombre, y no habrá sabido lo que es el amor de una esposa tierna é
inocente, ni el entusiasmo que despierta en el alma una acción heroica,
ni la emoción profunda que origina el estudio de la naturaleza, ni el
gozo purísimo de contemplar una obra de arte. No habrá pensado, no habrá
sentido, no habrá amado. Sin embargo, juzga de buena fe que debe
hincharse, porque suena un timbre en el Ministerio cuando él entra, y le
quitan el sombrero algunos desdichados. ¡Cuánto esfuerzo, cuánta bajeza
ha tenido que hacer esta hormiga para que otras hormigas le den las
buenas tardes con respeto!

No pudo reprimir una carcajada. Mendoza entreabrió los ojos al oirla;
pero avezado á aquellas salidas originales de su secretario, volvió al
instante á cerrarlos, quedando otra vez dormido.

Con todo, siguió pensando, la religión, el arte, la caridad, el
heroísmo, estos signos en los cuales yo creo ver la expresión de una
naturaleza más elevada, ¿no serán también ilusiones como las que se
forja de su importancia este pobre diablo? ¿La patria lejana por la cual
suspiro, será una imagen engañosa de mis propios deseos? La idea del
aniquilamiento acudió á su espíritu y le hizo estremecerse. Si todo se
desvaneciese al fin como el humo, como la sombra; si las más puras
emociones de mi alma, si el amor de mi esposa, si la inocente sonrisa de
mi hijo tuviesen en la naturaleza el mismo valor que el odio del
malvado ó la carcajada del vicio; si dos seres se uniesen y se amasen
para separarse después eternamente, ¡oh, con qué placer te odiaría,
infame universo! Si detrás de esos espacios tan hermosos no hay nadie
capaz de compasión, ¿qué valen tus masas enormes, ni tu movimiento
acompasado, ni tus ríos inmensos de luz? Yo, miserable átomo, soy más
noble porque puedo amar y puedo compadecer...

Quedó algunos minutos suspenso, con los ojos en el vacío. Un
enternecimiento singular, que pocas veces había sentido, se iba
apoderando de su espíritu. Hizo con el pensamiento una rápida excursión
por su vida pasada. Se le representó como una cadena de desdichas. Hasta
los placeres de la juventud se le presentaron odiosos y despreciables.
Sólo había en ella un oasis ameno y delicioso: los dos años de su
matrimonio. Si todos los hombres--se dijo--volviesen la vista atrás,
hallarían lo mismo. Tal vez algo peor, porque la mayoría de ellos no han
sido acariciados por el cielo como yo breves instantes. Acudió á su
memoria el recuerdo de algunos amigos muertos en la flor de la edad
después de crueles sufrimientos; el de otros que, cansados de luchar
contra la suerte, habían caído al fin rendidos en la miseria; vió los
más nobles é inteligentes de ellos desempeñando humildes puestos, y
encumbrados los necios y los perversos; se acordó de su buen padre,
cuyos últimos años fueron amargados por una mujer soberbia y caprichosa;
se acordó de su hermana, una criatura todo luz y alegría, engañada
vilmente y sumida para siempre en la desgracia; recordó, en fin, á aquel
ser angelical mitad de su propio ser, arrebatado al mundo cuando acababa
de poner los labios en la copa de la dicha...

La Creación se le presentó de pronto con un aspecto terrible. Los seres
devorándose los unos á los otros sin piedad; el más fuerte martirizando
al más débil constantemente. Unos y otros, engañados por la ilusión de
la felicidad que no ha de llegar jamás para ninguno, trabajan, padecen
en provecho de cada especie, éstas en provecho de otras, y así
sucesivamente, hasta el infinito. El mundo, en suma, se le ofreció como
una estafa inmensa, un lugar de tormento para todos los seres vivos, más
cruel aún para los conscientes. La felicidad absoluta para el Todo,
porque es y será eternamente; la absoluta desdicha para los individuos,
porque eternamente se renovarán para padecer y morir.

Ante aquel cuadro espantoso que vió con intensa claridad, su alma quedó
turbada. Un estremecimiento de horror sacudió su cuerpo.--«¡Dios mío,
Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»--murmuraron repetidas veces sus
labios trémulos. Y un sollozo desgarrador que se había ido formando poco
á poco en el fondo del pecho estalló al fin con ruido.

El Ministro abrió los ojos asustado.

--¡Hombre, tú te pasas la vida riendo ó llorando!--le dijo.

--Así es--respondió el secretario llevándose el pañuelo á los ojos.

[Illustration: FIN]

* * * * *

Faltas corregidas por el etext transcriptor:

del sarcerdote con voz clara=> del sacerdote con voz clara {pg 13}

Y dando una fuerre sacudida=> Y dando una fuerte sacudida {pg 37}

entraba en aqel momento=> entraba en aquel momento {pg 79}

se lohabía representado=> se lo había representado {pg 80}

sino todo la vida=> sino toda la vida {pg 85}

detras de la persiana=> detrás de la persiana {pg 143}

gozo casí místico=> gozo casi místico {pg 149}

Está la miró consternada.=> Ésta la miró consternada. {pg 153}

persona para invitarlas=> personas para invitarlas {pg 172}

habían clavado persístentes en Maximina=> habían clavado persistentes en
Maximina {pg 172}

picado por la indeferencia ingenua=> picado por la indiferencia ingenua
{pg 197}

Maximina levantó vivámente=> Maximina levantó vivamente {pg 200}

las facciones perfeectas?=> las facciones perfectas? {pg 211}

¡Está mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué gegio tan
remaldito!--exclamó al quedarse solo.=> ¡Esta mamá siempre ha de ser la
misma! ¡Qué genio tan remaldito!--exclamó al quedarse solo. {pg 215}

esa delizadeza=> esa delicadeza {pg 218}

profirio tartamudeando=> profirió tartamudeando {pg 220}

No hay que descuidase en escribir=> No hay que descuidarse en escribir
{pg 245}

Maxima muy desabrida=> Maximina muy desabrida {pg 251}

bien porque sus negocios lo exigiese=> bien porque sus negocios lo
exigiesen {pg 269}

como si en aquepunto=> como si en aquel punto {pg 277}

les díjo que D. Martín=> les dijo que D. Martín {pg 297}

alguna funcion de=> alguna función de {pg 300}

se mirarón aún=> se miraron aún {pg 302}

veces el lechugino á leer=> veces el lechuguino á leer {pg 309}

como si estuxiese preocupado con alguna idea=> como si estuviese
preocupado con alguna idea {pg 310}

mudándaselos todos=> mudándoselos todos {pg 312}

can sonrisa irónica=> con sonrisa irónica {pg 316}

su temperamente inquieto=> su temperamento inquieto {pg 318}

me pronongas semejante=> me propongas semejante {pg 324}

tahur=> tahúr {pg 327}

sentado en un divan=> sentado en un diván {pg 328}

Saavedrá bajó=> Saavedra bajó {pg 329}

sin inconvenienle alguno=> sin inconveniente alguno {pg 349}

Sabes lo qne estoy=> Sabes lo que estoy {pg 334}

enterarse de lo ocurrrido=> enterarse de lo ocurrido {pg 338}

La carne, flaca, quiso revelarse=> La carne, flaca, quiso rebelarse {pg
390}

repusó Saavedra=> repuso Saavedra {pg 344}

aplanchar la ropa=> a planchar la ropa {pg 358}

Ádónde iba á buscarlo=> Á dónde iba á buscarlo {pg 362}

¿Cuanto ganas?=> ¿Cuánto ganas? {pg 368}

amigo Riveva=> amigo Rivera {pg 381}

la negacion de sí mismo=> la negación de sí mismo {pg 390}





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