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Title: La maja desnuda
Author: Blasco Ibáñez, Vicente, 1867-1928
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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   Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.



                            LA MAJA DESNUDA


                       OBRAS DE V. BLASCO IBÁÑEZ

=En el país del arte= (Tres meses en Italia).

=Cuentos valencianos.=

=La Condenada= (cuentos).

=Arroz y tartana= (novela).

=Flor de Mayo= (novela).

=La Barraca= (novela).

=Entre naranjos= (novela).

=Sónnica la cortesana= (novela).

=Cañas y barro= (novela).

=La Catedral= (novela).

=El Intruso= (novela).

=La Bodega= (novela).

=La Horda= (novela).

=La voluntad de vivir= (novela).

EN PREPARACIÓN: =Sangre y arena= (novela).


                       OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR


TERRES MAUDITES (Traducción de G. Hérelle), París.

FLEUR DE MAI (Traducción de G. Hérelle), París.

BOUE ET ROSEAUX (Traducción de Maurice Bixio), París.

CONTES ESPAGNOLS (Traducción de M. Menetrier), París.

DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE (Traducción de G. Hérelle), París.

TERRAS MALDITAS (Traducción de Napoleâo Toscano), Lisboa.

DIE KATHEDRALE (Traducción de Josy Priems), Zurich.

FLOR DE MAYO (Traducción de Josy Priems), Zurich.

ERDFLUCH (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

A CATHEDRAL (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

SCHILFUND SCHLAMM (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

DIE NACKTE MAJA (Traducción de Walter Hochherz), Berlín.

WAAR ORANJEROOMEN BLOEIEN (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdam.

DE VLOEK (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.

CHALUPA (Traducción de G. Pikart), Praga.

AH, IL PANE!... (Traducción de Emilio Suardi), Milán.

HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traducción de Johanne Allen), La Haya.

Otras traducciones pendientes de publicación en Inglaterra y Rusia.



                         VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

                            LA MAJA DESNUDA

                               --NOVELA--

                                 16.000

                    [Illustration: ARTE y LIBERTAD]

                    F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES

                Calle del Palomar, 10 Olmo, 4 (Sucursal)
                            VALENCIA MADRID

        Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª--VALENCIA



                            LA MAJA DESNUDA



PRIMERA PARTE



I


Eran las once de la mañana cuando Mariano Renovales llegó al Museo del
Prado. Algunos años iban transcurridos sin que el famoso pintor entrase
en él. No le atraían los muertos: muy interesantes, muy dignos de
respeto, bajo la gloriosa mortaja de los siglos, pero el arte marchaba
por nuevos caminos y no era alli donde él podía estudiar, á la falsa luz
de las claraboyas, viendo la realidad á través de otros temperamentos.
Un pedazo de mar, una ladera de monte, un grupo de gente desarrapada,
una cabeza _expresiva_, le atraían más que aquel palacio de amplias
escalinatas, blancas columnas y estatuas de bronce y alabastro, solemne
panteón del arte, donde titubeaban los neófitos, en la más estéril de
las confusiones, sin saber qué camino seguir.

El maestro Renovales detúvose unos instantes al pie de la escalinata.
Contemplaba con cierta emoción--como se contempla después de larga
ausencia los lugares de la juventud--la hondonada que da acceso al
palacio, con sus declives de césped fresco, adornados á trechos por
débiles arbolillos. En lo alto de estos desmontes, la antigua iglesia de
los Jerónimos, de gótica mampostería, marcaba sobre el espacio azul sus
torres gemelas y sus arcadas ruinosas. El invernal ramaje del Retiro
servia de fondo á la blanca masa del Casón. Renovales pensó en los
frescos de Giordano que adornaban sus techos interiores. Después se fijó
en un edificio de muros rojos y portada de piedra que cerraba el espacio
pretenciosamente, en primer término, al borde de la pendiente verdosa.
¡Puá! ¡La Academia! Y el gesto despreciativo del artista encerró en una
misma repugnancia la Academia de la Lengua y las demás Academias; la
pintura, la literatura, todas las manifestaciones del pensamiento,
amojamadas y agarrotadas, con una inmortalidad de momia, en los vendajes
de la tradición, las reglas y el respeto á los precedentes.

Una ráfaga de viento helado agitó las haldas de su gabán, sus barbas
luengas y algo canosas y el ancho fieltro, bajo cuyos bordes asomaban
los mechones de una melena, escandalosa en su juventud, que había ido
disminuyéndose con prudentes recortes, conforme ascendía el maestro,
adquiriendo fama y dinero.

Renovales sintió frío en la hondonada húmeda. Era un día claro y glacial
de los que tanto abundan en el invierno de Madrid. Lucía el sol; el
cielo estaba azul; pero de la sierra, cubierta de nieve, llegaba un
viento helado que endurecía la tierra, dándola una fragilidad de
cristal. En los rincones, adonde no llegaba el fuego solar, brillaba
todavía la escarcha del amanecer como una capa de 'azúcar.' En las
alfombras de musgo, los gorriones, enflaquecidos por las privaciones
invernales, iban y venían con un trotecito infantil, agitando su mustio
plumaje.

La escalinata del Museo recordaba al maestro su adolescencia. Aquellos
peldaños los había subido muchas veces á los diez y seis años, con el
estómago desfallecido por la ruin comida de la casa de huéspedes.
¡Cuántas mañanas pasadas en aquel caserón, copiando á Velázquez! Estos
lugares traían á su memoria las esperanzas muertas, un cúmulo de
ilusiones que ahora le hacían sonreir: recuerdos de hambre y de
humillantes regateos al ganar su primer dinero con la venta de copias.
Su faz adusta de gigante, su entrecejo que intimidaba á discípulos y
admiradores, se aclararon con una sonrisa alegre. Recordaba sus entradas
en el Museo con paso tardo, su miedo á separarse del caballete para que
no reparasen en las suelas despegadas de sus botas, que se doblaban,
dejando al descubierto los pies.

Pasó el vestíbulo y abrió la primera cancela de cristales. Cesaron
instantáneamente los ruidos del mundo exterior: el rodar de los
carruajes por el Prado, el campaneo de los tranvías, el sordo arrastre
de las carretas, la chillería de los grupos infantiles que correteaban
por los desmontes. Abrió la segunda cancela, y su cara, entumecida por
el frió, sintió la caricia de una atmósfera tibia, cargada del
inexplicable zumbido del silencio. Los pasos de los visitantes adquirían
esa sonoridad de los grandes edificios inhabitados. El golpe de la
cancela al cerrarse, retumbaba como un cañonazo, pasando de sala en sala
al través de los recios cortinajes. Las bocas de calefacción humeaban su
invisible hálito tamizado por las rejillas. Las gentes, al entrar,
hablaban en tono bajo instintivamente, cual si estuvieran en una
catedral: ponían un gesto compungido de recogimiento, como si les
intimidasen los miles de lienzos alineados en las paredes, los bustos
enormes que adornaban el círculo de la rotonda y el promedio del salón
central.

Al ver á Renovales los dos porteros de largo levitón, hicieron un
movimiento para ponerse de pie. No sabían quién era; pero ciertamente
era _alguien_. Aquella cara la habían visto muchas veces, tal vez en los
papeles públicos, tal vez en las cajas de cerillas; se asociaba en su
mente á las glorias de la popularidad, á los altos honores reservados á
los personajes. De pronto le reconocieron. ¡Hacía tantos años que no le
veían por allí! Y los dos empleados, con la gorra de galón de oro en la
mano y una sonrisa obsequiosa, avanzaron hacia el gran artista. «Buenos
días, don Mariano.» ¿Deseaba algo de ellos el señor de Renovales?
¿Quería que llamasen al señor director?... Era una obsequiosidad
pegajosa, un azoramiento de cortesanos que ven entrar de pronto en su
palacio á un soberano extranjero, reconociéndolo al través de su
incógnito.

Renovales se libró de ellos con gesto brusco y paseó una rápida mirada
por los lienzos grandes y decorativos de la rotonda, que recordaban las
guerras del siglo XVII; generales de erizados bigotes y chambergo
plumeado dirigiendo la batalla con un bastón corto, como si dirigiesen
una orquesta; tropas de arcabuceros desapareciendo cuesta abajo con
banderas al frente de aspas rojas ó azules; bosques de picas surgiendo
del humo; verdes praderas de Flandes en el fondo; combates sonoros é
infructuosos que fueron como las últimas boqueadas de una España de
influencia europea. Levantó un pesado cortinaje y entró en el enorme
salón central, viendo, á la luz mate y discreta de las claraboyas, las
personas que estaban en último término como diminutas figurillas.

El artista siguió adelante en línea recta. Apenas se fijaba en los
cuadros, antiguos conocidos que nada nuevo podían decirle. Sus ojos
buscaban á las personas, sin encontrar tampoco en ellas mayor novedad.
Parecía que formaban parte de la casa y no se habían movido de allí en
muchos años: padres bondadosos con un grupo de niños ante las rodillas
explicándoles el _argumento_ de los cuadros; una profesora con varias
alumnas modositas y silenciosas que, obedeciendo á una orden superior,
pasaban sin detenerse ante los santos ligeros de ropa; un señor que
acompañaba á dos curas y hablaba á gritos para demostrar que era
inteligente y se hallaba allí como en su casa; varias extranjeras con el
velo recogido sobre el sombrero de paja y el gabancito al brazo,
consultando el catálogo, todas con cierto aire de familia, con idénticos
gestos de admiración y curiosidad, hasta el punto de hacer pensar á
Renovales si serían las mismas que había visto antes, la última vez que
estuvo en el Museo.

Al pasar, saludaba mentalmente á los grandes maestros. Á un lado, las
figuras santas del Greco, de un espiritualismo verdoso ó azulado,
esbeltas y ondulantes; más allá las cabezas rugosas y negruzcas de
Ribera, con gestos feroces de tortura y dolor: portentosos artistas que
admiraba Renovales, proponiéndose no imitarlos en nada. Después, entre
la barandilla que guarda los cuadros y la fila de vitrinas, bustos y
mesas de mármol sostenidas por leones dorados, tropezó con los
caballetes de varios copistas. Eran muchachos de la Escuela de Bellas
Artes ó señoritas de pobre aspecto, con tacones gastados y sombreros de
reblandecido contorno, que copiaban cuadros de Murillo. Iban marcándose
sobre el lienzo el azul del manto virginal ó las carnes con mantecosos
bullones de los niños rizados que juguetean con el Divino Cordero. Eran
encargos de personas piadosas; _género_ de fácil salida para conventos y
oratorios. El humo de los ciríos, la pátina de los años, la discreta
penumbra de la devoción, apagarían los colores, y algún día los ojos
llorosos por la súplica, verían moverse con vida misteriosa las
celestiales figuras sobre su fondo negruzco, implorando de ellas
prodigios sobrenaturales.

El maestro se dirigió á la sala de Velázquez. Allí trabajaba su amigo
Tekli. Su visita al Museo no tenía otro objeto que ver la copia que el
pintor húngaro estaba haciendo del cuadro de las _Meninas_.

El día anterior, al anunciarle en su lujoso estudio la visita de este
extranjero, quedó por largo rato indeciso, contemplando el nombre
impreso en la tarjeta. ¡Tekli!... Y de pronto recordó á un amigo de
veinte años antes, cuando él vivía en Roma; un húngaro bonachón que le
admiraba sinceramente y suplía su falta de genio con una tenacidad
taciturna para el trabajo, semejante á la de la bestia de labor.

Renovales vió con gusto sus ojillos azules, hundidos bajo unas cejas
ralas y sedosas; su mandíbula saliente en forma de pala, que le daba
gran semejanza con los monarcas austriacos; su alto cuerpo, encorvado á
impulsos de la emoción, extendiendo unos brazos huesosos, largos como
tentáculos, al mismo tiempo que le saludaba en italiano.

--_¡Oh, maestro! ¡Caro maestro!_

Se había refugiado en el profesorado, como todos los pintores faltos de
fuerzas para seguir cuesta arriba, que se tienden en el surco. Renovales
vió al artista oficial en su traje obscuro y correcto, sin una mota; en
la mirada digna que fijaba de vez en cuando en sus botas brillantes, que
parecian reflejar todo el estudio. Hasta lucía en una solapa el botón
multicolor de una condecoración misteriosa. El fieltro que tenía en la
mano, de una blancura de merengue, era lo único que desentonaba en este
aspecto de funcionario público. Renovales le cogió las manos con sincero
entusiasmo. ¡El famoso Tekli! ¡Cuánto se alegraba de verle! ¡Qué tiempos
los de Roma!... Y con una sonrisa de bondadosa superioridad escuchaba el
relato de sus triunfos. Era profesor de Buda-Pest; hacía ahorros todos
los años para ir á estudiar á algún museo célebre de Europa. Por fin,
había podido venir á España, cumpliendo sus deseos de muchos años.

--_¡Oh, Velasqués! ¡Quel maestrone, caro Mariano!..._

Y echando atrás la cabeza, ponía los ojos en blanco, agitaba con
expresión voluptuosa su mandíbula saliente cubierta de pelos rubios,
como si estuviera paladeando un vaso del dulce Tokay de su país.

Hacía un mes que estaba en Madrid trabajando todas las mañanas en el
Museo. Casi tenía terminada su copia de las _Meninas_. No habla ido
antes á ver á su _caro Mariano_ porque deseaba enseñarle este trabajo.
¿Vendría á verle una mañana en el Prado? ¿Le daría esta prueba de
amistad?... Renovales intentó resistirse. ¿Qué le importaba á él una
copia? Pero había tal expresión de humilde súplica en los ojillos del
húngaro, le envolvía en tantos elogios por sus grandes triunfos,
detallando el gran éxito que había alcanzado su cuadro _¡Hombre al
agua!_ en la última Exposición de Buda-Pest, que el maestro prometió ir
al Museo.

Y á los pocos días, una mañana en que excusó su asistencia un señor al
que estaba pintando el retrato, Renovales se acordó de la promesa á
Tekli y fué al Museo del Prado, sintiendo al entrar la misma impresión
de empequeñecimiento y nostalgia que sufre un personaje al volver á la
Universidad donde pasó su juventud.

Al verse en la sala de Velázquez, sintióse asaltado por un respeto
religioso. Allí estaba un pintor: el pintor por antonomasia. Todas sus
teorías irreverentes de odio á los muertos se quedaron más allá de la
puerta. El encanto de estos lienzos, que no había visto en algunos años,
surgía de nuevo, fresco, poderoso, irresistible; le avasallaba
despertando sus remordimientos. Permaneció largo rato inmóvil, pasando
sus ojos de un lado á otro, queriendo abarcar de golpe toda la obra del
inmortal, mientras en torno de él comenzaba á sonar un zumbido de
curiosidad.

--¡Renovales!... ¡Está aquí Renovales!

La noticia había partido de la puerta, extendiéndose por todo el Museo,
llegando á la sala de Velázquez, detrás de sus pasos. Los grupos de
curiosos dejaban de contemplar los cuadros para mirar á aquel hombretón
ensimismado, que no parecía darse cuenta de la curiosidad que le
rodeaba. Las señoras, yendo de un lienzo á otro, seguían con el rabillo
del ojo al artista célebre, cuyo retrato habían visto tantas veces. Le
encontraban más feo, más _ordinario_ que en los grabados de los
periódicos. Parecía imposible que aquel mozo de cordel tuviese talento y
pintase tan bien á las mujeres. Algunos jovencillos aproximábanse para
mirarle de cerca, fingiendo contemplar los mismos cuadros que el
maestro. Le detallaban con la vista, fijándose en sus particularidades
exteriores, con ese deseo de imitaciôn entusiasta de los aprendices. Uno
se proponía copiar su lazo de corbata y sus greñas alborotadas, con la
quimérica esperanza de que esto les diese nueva inteligencia para la
pintura. Otros se plañían mentalmente de ser imberbes, por no poder
ostentar las barbas canas y ensortijadas del famoso maestro.

Éste, con su sensibilidad para percibir el elogio, no tardó en darse
cuenta del ambiente de curiosidad que le rodeaba. Los jóvenes copistas
parecían pegarse más á sus caballetes, frunciendo los ojos, dilatando la
nariz, moviendo el pincel con lentitud y titubeos, sabiendo que él
estaba á sus espaldas, estremeciéndose á cada paso que sonaba sobre el
entarimado, con el temor y el deseo de que se dignase pasar su mirada
por encima de sus hombros. Adivinaba con cierto orgullo lo que
murmuraban todas las bocas al cuchichear, lo que se decían los ojos, al
fijarse distraídos en los lienzos, para después mirarle á él.

--Es Renovales... El pintor Renovales.

El maestro miró un buen rato al más antiguo de los copistas: un viejo
decrépito y casi ciego, con anteojos gruesos y cóncavos, que le daban el
aspecto de un monstruo marino, y temblándole las manos con
estremecimiento senil. Renovales le conocía. Veinticinco años antes,
cuando él estudiaba en el Museo, le había visto en el mismo sitio,
copiando siempre _Los borrachos_. Aunque cegase por completo, aunque el
cuadro se perdiese, podría él rehacerlo á tientas. En aquellos tiempos
se habían hablado muchas veces, pero ni remotamente podía imaginarse el
pobre hombre que aquel Renovales, del que tanto se decía, era el mismo
muchachuelo que en más de una ocasión le había pedido prestado un
pincel, y cuyo recuerdo apenas si se conservaba en su pensamiento,
momificado por la eterna imitación. Renovales pensó en la bondad del
rollizo Baco y la turba de rufianes de su corte, personajes que durante
medio siglo estaban alimentando la casa del copista, y creyó ver á la
vieja compañera, á los hijos casados, los nietos, toda una familia
sostenida por la mano trémula del anciano.

Alguien deslizó en su oído la noticia que agitaba el Museo, y el
copista, levantando los hombros con cierto desprecio, separó la
moribunda vista de su trabajo.

¡Conque estaba allí Renovales, el famoso Renovales! ¡Iba por fin á
conocer al prodigio!...

El maestro vió fijos en él sus ojos grotescos de pescado monstruoso, con
un fulgor irónico tras los gruesos cristales. ¡Farsantuelo! Ya había
oído él hablar de aquel estudio con honores de palacio que tenía detrás
del Retiro. Lo que á Renovales le sobraba lo había quitado á muchos como
él que, faltos de protección, se habían quedado en el camino. Se hacía
pagar por un lienzo miles de duros, y Velázquez trabajaba por tres
pesetas al día, y Goya pintaba sus retratos por un par de onzas. Todo
mentira; _modernismos_, audacias de una juventud falta de escrúpulos,
ignorancia de los bobos que creen á los periódicos. Lo único bueno
estaba allí. Y levantando otra vez los hombros con desprecio, se apagó
en su mirada la irónica protesta y volvió á su milésima copia de _Los
borrachos_.

Renovales, viendo amortiguarse la curiosidad en torno de él, entró en la
pequeña sala que guarda el cuadro de las _Meninas_. Allí estaba Tekli,
junto al lienzo famoso, que ocupa todo el fondo de la habitación,
sentado ante su caballete, con el sombrerito blanco echado atrás para
dejar en libertad los latidos de su frente, contraída por el tenaz
empeño de la exactitud.

Al ver á Renovales se levantó con apresuramiento, dejando su paleta
sobre el pedazo de hule que defendía el entarimado de las manchas de
pintura. ¡Amable maestro! ¡Cómo agradecía esta visita! Y le mostraba su
copia, de una minuciosa exactitud, sin el prodigioso ambiente, sin la
milagrosa realidad del original. Renovales asentía con la cabeza;
admiraba la paciente labor de aquel buey manso del arte, que abría sus
surcos siempre iguales, con una rigidez geométrica, sin el más leve
descuido, sin el menor intento de originalidad.

--_¿Ti piace?_--preguntaba ansioso, mirándole á los ojos para adivinar
su pensamiento.--_¿E vero?_ _¿E vero?_--repetía con la incertidumbre del
niño que presiente un engaño.

Y súbitamente tranquilizado por las muestras de aprobación de Renovales,
cada vez más extremadas para disfrazar su indiferencia, el húngaro le
cogió ambas manos, llevándoselas al pecho.

--_Sono contento, maestro... Sono contento._

No quería soltar á Renovales. Ya que había tenido la magnanimidad de
venir á conocer su obra, no podía dejarle marchar. Almorzarían juntos en
el hotel donde él vivía. Destaparían un frasco de _Chiantti_ para
recordar su vida de Roma; hablarían de la alegre bohemia de la juventud,
de aquellos compañeros de diversas nacionalidades que se reunían en el
café del _Greco_; unos muertos ya, los demás esparcidos por Europa y
América; los menos llegados á la celebridad, la mayoría vegetando en
las escuelas de su país, soñando con un cuadro definitivo y triunfador,
antes del cual llegaría la muerte.

Renovales sintióse vencido por la insistencia del húngaro, el cual le
cogía las manos con expresión dramática, como si fuese á morir por su
negativa. ¡Vaya por el _Chiantti!_ Almorzarían juntos, y mientras Tekli
daba unos retoques á su obra, él le aguardaría paseando por el Museo,
renovando sus recuerdos.

Al volver á la sala de Velázquez había disminuído la concurrencia,
quedando solos los copistas, inclinados ante sus lienzos. El pintor
sintió de nuevo la influencia del gran maestro. Admiró su prodigioso
arte, sintiendo al mismo tiempo la intensa tristeza histórica que
parecía emanar de toda su obra. ¡Infeliz don Diego! Había nacido en el
período más melancólico de nuestra historia. Su sano realismo era para
haber inmortalizado la forma humana en toda su bella desnudez, y el
destino le deparó un período en el que las mujeres parecían tortugas
asomando el busto entre la doble concha de su hueca faldamenta, y los
hombres tenían una rigidez sacerdotal, irguiendo las morenas y mal
lavadas cabezas sobre tétricas ropillas. Había pintado lo que había
visto: el miedo y la hipocresía reflejábanse en los ojos de aquel mundo.
La alegría forzada de una nación moribunda, que necesitaba para
distraerse de lo monstruoso y disparatado, revelábase en los bufones,
los locos y los contrahechos, inmortalizados por el pincel de don
Diego. El humor hipocondríaco de una monarquía enferma de cuerpo y con
el alma agarrotada por el terror del infierno, vivía en todas aquellas
obras maestras, que inspiraban admiración y tristeza al mismo tiempo.
¡Lástima de tesoros artísticos derrochados en inmortalizar un período
que, sin Velázquez, hubiera caído en el olvido más profundo!

Renovales pensaba también en el hombre, comparando con cierto
remordimiento la vida de aquel gran pintor con la existencia principesca
de los maestros modernos. ¡Oh, la munificencia de los reyes, su
protección á los artistas, de la que hablaban algunos con entusiasmo
volviendo la vista atrás!... Pensaba en el cachazudo don Diego y su
sueldo de tres pesetas como pintor del rey, que sólo cobraba muy de
tarde en tarde; en su nombre glorioso, figurando entre los de bufones y
barberos en la lista del personal cortesano; en su calidad de doméstico
regio, que le obligaba á aceptar el cargo de perito de materiales de
albañilería para mejorar un tanto su situación; en las bajezas y
humillaciones de sus últimos años para alcanzar la cruz de Santiago,
negando como un delito ante el tribunal de las Ordenes que cobrase
dinero por sus cuadros, afirmando con orgullo servil su calidad de
criado del rey, como si ese título fuese superior á la gloria del
artista... ¡Dichosos tiempos del presente; bendita revolución de la vida
moderna, que dignifica al artista colocándolo bajo la protección del
público, soberano impersonal que deja en libertad al creador de belleza
y acaba por seguirle en sus nuevos caminos!...

Renovales salió á la galería central buscando otra de sus admiraciones.
Las obras de Goya llenaban un gran espacio de ambos muros. Á un lado los
retratos de los reyes de la decadencia borbónica; cabezas de monarcas ó
de príncipes, abrumadas por la blanca peluca; ojos punzantes de mujer,
rostros exangües, con los cabellos peinados en forma de torre. Los dos
grandes pintores habían coincidido en su existencia con la ruina moral
de dos dinastías. En el salón del gran don Diego, los reyes delgados,
huesosos, rubios, de elegancia monacal y blancura linfática, con la
mandíbula saliente y una expresión en los ojos de duda y temor por la
salvación de sus almas. Aquí los monarcas obesos, entorpecidos por la
grasa; la nariz enorme y pesada, con un fatal estiramiento, como si
tirase del cerebro por misteriosa relación, paralizando sus funciones;
el labio inferior grueso y caído con inercia sensual; los ojos, de una
calma bovina, reflejando en su tranquila luz la indiferencia para todo
lo que no tocase directamente á su egoísmo. Los Austrias, nerviosos,
inquietos por una fiebre de locura, sin saber adónde ir, cabalgando
sobre teatrales corceles, en obscuros paisajes, cerrados por las nevadas
crestas del Guadarrama, tristes, frías y cristalizadas como el alma
nacional: los Borbones, reposados, adiposos, descansando ahitos sobre
sus enormes pantorrillas, sin otro pensamiento que la cacería del día
siguiente ó la intriga doméstica que trae revuelta á la familia, ciegos
para las tormentas que truenan más allá de los Pirineos. Los unos
rodeados de un mundo de imbéciles con cara brutal, de leguleyos
sombríos, de infantas de rostro aniñado y faldas huecas de virgen de
altar: los otros llevando, como comparsería alegre y desenfadada, un
populacho vestido de alegres colores, envuelto en la capa de grana ó la
mantilla de blonda, coronado por la peineta ó la masculina redecilla,
raza que en las meriendas del Canal ó en grotescas diversiones incubaba,
sin saberlo, su heroísmo. El latigazo de la invasión la sacaba de su
infancia de siglos. El mismo gran artista que había retratado durante
muchos años la inocente inconsciencia de este pueblo de majos y majas,
vistoso y alegre como un coro de opereta, lo pintaba después atacando
navaja en mano, con simiesca agilidad, á los mamelucos; haciendo caer
bajo sus tajos á estos centauros del Egipto, ahumados en cien batallas,
ó muriendo con teatral fiereza á la luz de un fanal, en las tétricas
soledades de la Moncloa, fusilado por los invasores.

Renovales admiraba el ambiente trágico de este lienzo que tenía ante sus
ojos. Los verdugos ocultaban sus rostros, apoyándolos en los fusiles;
eran ciegos ejecutores del destino, una fuerza anónima; y frente á ellos
elevábase el montón de carne palpitante y sangrienta; los muertos, con
los jirones de carne arrancados por las balas, mostrando rojizos
agujeros; los vivos, con los brazos en cruz, retando á los matadores en
una lengua que no podían entender, ó cubriéndose el rostro con las
manos, como si este movimiento instintivo pudiera preservarles del
plomo. Era todo un pueblo que moría para renacer. Y junto á este cuadro
de horror y heroísmo veíase cabalgar, en otro cercano, al Leónidas de
Zaragoza, á Palafox, con sus patillas elegantes y una arrogancia de
chispero dentro del uniforme de capitán general, teniendo en su apostura
cierto aspecto de caudillo de la plebe, sosteniendo en una mano
enguantada de ante el corvo sable y en la otra las riendas de su
caballejo corto y panzudo.

Renovales pensó que el arte es como la luz, que toma el color y el
brillo de los objetos que toca. Goya había pasado por un período
tempestuoso, había asistido á la resurrección del alma popular, y su
pintura encerraba la vida tumultuosa, la furia heroica que en vano se
buscaba en los lienzos de aquel otro genio amarrado á la monotonía de
una existencia palaciega, sin otros incidentes que las noticias de
guerras lejanas, faltas de entusiasmo, y cuyas victorias, tardías é
inútiles, tenían la frialdad de la duda.

Volvió el pintor la espalda á las damas goyescas, de boca recogida como
un capullo de rosa, vestidas de blanca batista y con la cabellera
peinada en forma de turbante, para concentrar su atención en una figura
desnuda que parecía dejar en la sombra los lienzos cercanos, con el
esplendor luminoso de sus carnes. La contempló de cerca largo rato,
inclinado sobre la barandilla, tocando casi el lienzo con el ala de su
sombrero. Después fué alejándose lentamente, sin dejar de mirarla, hasta
que, al fin, acabó por sentarse en una banqueta, siempre frente al
cuadro, con los ojos fijos en él.

--¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...

Hablaba en voz alta, sin percatarse de ello, como si sus palabras fuesen
una explosión inevitable de los pensamientos que se agolpaban en su
frente y parecían pasar y repasar tras el cristal de sus ojos. Sus
expresiones admirativas eran en diversos tonos, marcando una escala
descendente de recuerdos.

El pintor contempló con delectación aquel cuerpo desnudo, graciosamente
frágil, luminoso, como si en su interior ardiese la llama de la vida,
transparentada por las carnes de nácar. Los pechos firmes, audazmente
abiertos en ángulo, puntiagudos como magnolias de amor, marcaban en sus
vértices los cerrados botones de un rosa pálido. Una musgosa sombra
apenas perceptible entenebrecía el misterio sexual: la luz trazaba una
mancha brillante en las rodillas de pulida redondez, y de nuevo volvía á
extenderse el discreto sombreado hasta los pies diminutos, de finos
dedos, sonrosados é infantiles.

Era la mujer pequeña, graciosa y picante; la Venus española, sin más
carne que la precisa para cubrir de suaves redondeces su armazón ágil y
esbelto. Los ojos ambarinos de malicioso fuego desconcertaban con su
fijo mirar; la boca tenía en sus graciosas alillas el revuelo de una
sonrisa eterna: en las mejillas, los codos y los pies, el tono de rosa
mostraba la transparencia y el fulgor húmedo de esas conchas que abren
los colores de sus entrañas en el profundo misterio del mar.

--¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...

Ya no decía estas palabras en voz alta, pero las repetían su pensamiento
y su mirada: su sonrisa era como un eco de ellas.

Renovales no estaba solo. De vez en cuando se interponían entre sus ojos
y el cuadro grupos de curiosos que pasaban y repasaban hablando á
gritos. Un trote de pesados pies conmovía el pavimento de madera. Era
mediodía, y los albañiles de las obras cercanas aprovechaban la hora del
descanso para explorar aquellos salones, como si fuesen un mundo nuevo,
aspirando satisfechos el tibio aire de la calefacción. Dejaban al andar
huellas de yeso en el entarimado; se llamaban unos á otros para
participarse su admiración ante un cuadro; mostraban impaciencia por
abarcarlo todo de un golpe; se extasiaban contemplando los guerreros de
luminosa armadura ó los uniformes complicados de otras épocas. Los más
listos servían de guía á sus compañeros, arreándolos con impaciencía.
Ya habían estado allí el día anterior. ¡Adentro! ¡Aun les quedaba mucho
que ver! Y corrían hacia las salas interiores con la anhelante
curiosidad del que pisa tierra nueva y aguarda que lo asombroso surja
ante sus pasos.

Entre este galope de la admiración sencilla pasaban también algunos
grupos de señoras españolas. Todas hacían lo mismo ante la obra de Goya,
como si estuvieran aleccionadas previamente. Iban de un cuadro á otro,
comentando las modas de los tiempos pasados, sintiendo cierta nostalgia
por las faldas de madroños y las amplias mantillas con alta peineta. De
pronto poníanse serias, apretaban los labios y emprendían un paso vivo
hacia el fondo de la galería. Las avisaba el instinto. Sus inquietos
ojos sentíanse heridos en el rabillo por la lejana desnudez: parecían
husmear á la famosa maja antes de verla y seguían adelante erguidas, con
el gesto severo, lo mismo que cuando las molestaba en la calle un
requiebro audaz, pasando frente al cuadro sin volver la cara, sin querer
ver los lienzos inmediatos, no deteniéndose hasta la vecina sala de
Murillo.

Era el odio al desnudo, la cristiana y secular abominación de la
Naturaleza y la verdad, que se ponía en pie instintivamente, protestando
de que se tolerasen tales horrores en un edificio público, poblado de
santos, reyes y ascetas.

Renovales adoraba aquel lienzo con entusiasmo devoto, colocándolo aparte
de las demás obras. Era la primera manifestación del arte libre de
escrúpulos, limpio de preocupaciones, que existía en nuestra historia.
¡Tres siglos de pintura; varias generaciones de nombres gloriosos,
sucediéndose con portentosa fecundidad, y hasta Goya no había osado el
pincel español trazar las formas del cuerpo femenil, la divina desnudez
que, en todos los pueblos, había sido la primera inspiración del arte
naciente! Renovales recordaba otro desnudo, la Venus, de Velázquez,
guardada en extrañas tierras. Pero aquella obra no había sido
espontánea: era un encargo del monarca que, al mismo tiempo que pagaba
espléndidamente á los extranjeros sus cuadros de desnudo, quiso tener un
lienzo semejante de su pintor de cámara.

La presión religiosa había entenebrecido el arte durante siglos. La
humana belleza asustaba á los grandes artistas, que pintaban con la cruz
en el pecho y el rosario en la espada. Los cuerpos ocultábanse bajo el
sayal de pesados y rígidos pliegues ó el grotesco miriñaque palaciego,
sin que el pintor osara adivinar lo que existía debajo de ellos, mirando
al modelo como el devoto contempla el manto hueco de la Virgen, no
sabiendo si encierra un cuerpo ó tres barrotes, sostenes de la cabeza.
La alegría de la vida era un pecado; la desnudez, obra de Dios, una
abominación. En vano brillaba sobre la tierra española un sol más
hermoso que el de Venecia; inútilmente se quebraba la luz sobre la
tierra con mayor brillo que en Flandes; el arte español era obscuro,
era seco, era _sobrio_, aun después de haber conocido las obras del
Ticiano. El Renacimiento, que en el resto del mundo adoraba el desnudo
como la obra definitiva de la Naturaleza, cubríase aquí con la capucha
del fraile ó los harapos del mendigo. Los paisajes luminosos eran
obscuros y tétricos al pasar al lienzo; el país del sol aparecía bajo el
pincel con un cielo gris y la tierra de un verde fúnebre; las cabezas
eran de una gravedad monacal. El artista ponía en sus cuadros, no lo que
le rodeaba, sino lo que llevaba dentro, un pedazo de su alma; y su alma
estaba agarrotada por el miedo á los peligros de la vida presente y los
tormentos de la futura; era negra, con la negrura de la tristeza, como
si se hubiese tiznado en el hollín de las hogueras de la Fe.

Aquella mujer desnuda, con la cabeza rizosa sobre sus brazos cruzados,
mostrando en tranquilo abandono la leve vegetación de sus axilas, era el
despertar de un arte que había vivido aislado. El cuerpo ligero, que
apenas descansaba sobre el verde diván y las almohadas de finos encajes,
parecía próximo á elevarse en el aire, con el potente impulso de la
resurrección.

Renovales pensaba en los dos maestros, igualmente grandes, y sin
embargo, tan distintos. El uno tenía la imponente majestad de los
monumentos famosos; reposado, correcto, frío, llenando el horizonte de
la historia con su mole colosal, envejeciendo gloriosamente sin que los
siglos abriesen la menor grieta en sus muros de mármol. Por todos lados
la misma fachada noble, ordenada, tranquila, sin fantasías de capricho.
Era la razón, sólida, equilibrada, ajena á los entusiasmos y los
desmayos, sin apresuramientos ni fiebres. El otro era grande como una
montaña, con el desorden bizarro de la Naturaleza, cubierto de tortuosas
desigualdades. Por un lado el peñascal bravío y árido; más allá la
cañada cubierta de matorrales floridos; abajo el jardín con perfumes y
pájaros; en la cumbre la corona de nubarrones que truenan y
relampaguean. Era la imaginación en carrera desenfrenada, con altos
jadeantes y nuevos escapes, la frente en lo infinito y los pies sin
separarse de la tierra.

La vida de don Diego cabía en dos líneas. «Había pintado.» Esta era toda
su biografía. Jamás en sus viajes por España é Italia sintió otra
curiosidad que la de ver nuevos cuadros. En la corte del rey poeta había
vegetado entre galanteos y mascaradas, tranquilo como un monje de la
pintura, siempre de pie ante el lienzo y el modelo, hoy un bufón, mañana
una infantita, sin otras aspiraciones que las de ascender de categoría
entre los domésticos reales y coserse una cruz de paño rojo en el negro
justillo. Era una alma excelsa encerrada en un cuerpo flemático que
jamás le atormentó con deseos nerviosos ni alteró la calma de su trabajo
con pasionales vehemencias. Al morir él, moría también, á la semana
siguiente, la buena doña Juana, su esposa, buscándose los dos, como si
no pudiesen permanecer separados después de su luenga peregrinación por
el mundo, plácida y sin incidentes.

Goya «había vivido». Su existencia era la del artista gran señor: una
agitada novela llena de misterios amorosos. Los discípulos, al
entreabrir las cortinas de su estudio, veían la seda de unas faldas
regias sobre las rodillas del maestro. Las lindas duquesas de la época
acudían á que las pintarrajease las mejillas aquel aragonés fuerte, de
áspera y varonil galantería, riendo como locas de estos retoques
íntimos. Al contemplar sobre revuelta cama una divina desnudez,
trasladaba al lienzo sus formas, por impulso irresistible, por imperiosa
necesidad de reproducir la belleza, y la leyenda que flotaba en torno
del pintor español iba colgando un nombre ilustre á todas las beldades
que inmortalizaba su pincel.

Pintar sin miedo y sin preocupaciones, extasiarse reproduciendo sobre el
lienzo la jugosa desnudez, el húmedo ámbar de la carne femenil con sus
pálidos rosas de caracola marina, era el deseo y la envidia de
Renovales: vivir como el famoso don Francisco, cual pájaro libre, de
plumaje inquieto y luminoso, en medio de la monotonía del humano corral;
ser, por las pasiones, por el desenfado y por los gustos, distinto de la
mayoría de los hombres, ya que se diferenciaba de ellos por su modo de
apreciar la vida.

Pero ¡ay! su existencia era igual á la de don Diego: llana, monótona,
tirada á cordel. Pintaba, pero no vivía; le alababan sus obras por la
exactitud con que cautivaba el natural, por el brillo de la luz, el
color indefinible del aire y el exterior de las cosas; pero algo le
faltaba, algo que se revolvía en su interior y en vano pugnaba por
saltar las bardas vulgares de la existencia diaria.

El recuerdo de la novelesca vida de Goya le hacía pensar en su propia
vida. Le llamaban maestro; comprábanle á buen precio todo lo que
pintaba, especialmente si era con arreglo al gusto ajeno y contra su
voluntad de artista; gozaba una existencia tranquila, llena de
comodidades; tenía allá, en su estudio, con honores de palacio, cuya
fachada reproducían los periódicos ilustrados, una esposa que creía en
su genio y una hija que casi era una mujer, y hacía tartamudear de
emoción á la tropa de discípulos íntimos. De su pasada bohemia, sólo
restaban en él los fieltros abollados, las barbas luengas, la alborotada
cabellera y cierto descuido en el vestir; pero cuando lo exigía su
posición de _gloria nacional_, sacaba del ropero un frac con la solapa
cubierta de condecoraciones, y hacía su figura en las fiestas oficiales.
Tenía miles de duros en el Banco. En el estudio, paleta en mano,
conferenciaba con su agente, discutiendo la clase de papel que debía
adquirir con sus ganancias del año. Su nombre no despertaba extrañeza ni
repulsión en la alta sociedad, donde era de moda que las señoras fuesen
retratadas por él.

Había provocado en otro tiempo escándalos y protestas por sus audacias
de color y su modo revolucionario de ver la Naturaleza, pero no llevaba
sobre su nombre el menor atentado á las conveniencias que hay que
guardar con el público. Sus mujeres eran hembras del pueblo, pintorescas
y repugnantes; no había mostrado en sus lienzos otras carnes que la
sudorosa del labriego ó la mantecosa del niño. Era el maestro honrado
que cultiva su prodigiosa habilidad con la misma calma con que otros
cuidan sus negocios.

¿Qué faltaba en su existencia?... ¡Ay!... Renovales sonreía
irónicamente. Acudía de golpe á su memoria toda su vida en tumultuoso
agolpamiento de recuerdos. Fijaba una vez más su mirada en aquella mujer
de luminosa blancura, semejante á un ánfora de nácar, con los brazos en
torno de la cabeza, los pechos enhiestos y triunfadores, los ojos
puestos en él, como si le conociera muchos años, y repetía mentalmente,
con expresión de amargura y desaliento:

--¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...



II


Al recordar Mariano Renovales los primeros años de su vida, su
sensibilidad, siempre exquisita para las impresiones exteriores, evocaba
un incesante choque de martillos. Desde que asomaba el sol hasta que la
tierra comenzaba á entenebrecerse con la penumbra del crepúsculo,
cantaba el hierro ó gemía en el suplicio del yunque, haciendo temblar
las paredes de la casa y el piso del alto cuartucho donde Mariano
jugueteaba, tendido en el suelo, junto á los pies de una mujer pálida,
enfermiza, de ojos graves y profundos, la cual dejaba con frecuencia su
costura para besar al pequeño con repentina vehemencia, como si temiese
no verle más.

Aquellos martillos incansables, que habían acompañado el nacimiento de
Mariano, le hacían saltar de la cama apenas apuntaba el día y bajar á la
fragua para calentarse junto al incandescente fogón. Su padre, un
cíclope bondadoso, velludo, tiznado de negro, iba de un lado á otro
revolviendo hierros, manejando limas, dando órdenes á sus ayudantes con
fuertes gritos, para que pudiesen oirle en el estrépito del martilleo.
Dos mocetones despechugados braceaban jadeantes sobre el yunque, y el
hierro, unas veces rojo y otras dorado, saltaba en chorros luminosos, se
esparcía en ramilletes crepitantes, poblaba el negro ambiente de la
fragua de un enjambre de moscas de fuego que iban á morir, apagadas y
negras, en el hollín de los rincones.

--Cuidado, pequeño--decía el padre abarcando su cabeza tierna de pelos
finos y ensortijados con una de sus manazas.

El chiquitín sentíase atraído por los colores del hierro ardiente, hasta
el punto de que, con la inconsciencia de la niñez, intentaba algunas
veces apoderarse de aquellos fragmentos que brillaban en el suelo como
estrellas caídas.

Su padre lo empujaba fuera de la fragua, y más allá de la puerta negra
de hollín veía Mariano extenderse, cuesta abajo, en el torrente de luz
solar, los campos de tierra roja, cortados en figuras geométricas por
lindes y ribazos de piedra; en el fondo, el valle, con grupos de álamos
orlando el tortuoso cristal de un río, y enfrente las montañas cubiertas
hasta sus cimas de obscuros pinares. La fragua estaba en las afueras de
un pueblo, y de éste y de las aldeas del valle llegaban los encargos que
mantenían la herrería: ejes nuevos de carro, rejas de arado, hoces,
palas y horquillas necesitadas de compostura.

El incesante golpear de los martillos parecía conmover al pequeño,
infundiéndole una fiebre de actividad, arrancándolo de sus juegos
infantiles. Á los ocho años agarrábase á la cuerda del fuelle y tiraba
de ella, extasiándose en la contemplación del charro de chispas que
arrancaba la corriente de aire á los encendidos carbones. El buen
cíclope mostrábase satisfecho del vigor de su hijo, robusto y fuerte
como todos los de su familia, con unos puños que imponían respeto á los
chicuelos del lugar. Era de su sangre. De la pobre madre, débil y
enferma, sólo tenía su predisposición al silencio y al aislamiento,
permaneciendo horas enteras, cuando se amortiguaba en él la fiebre de
actividad, en muda contemplación de los campos, del cielo ó de los
arroyos que bajaban saltando sobre guijas para confundirse con el río en
lo más hondo del valle.

El pequeño aborrecía la escuela, mostrando un santo horror á las letras.
Sus manos fuertes temblaban indecisas al intentar escribir una palabra.
En cambio su padre y las demás gentes de la fragua admirábanse de la
facilidad con que sabía reproducir los objetos por medio de un dibujo
sencillo, ingenuo, en el que no se escapaba detalle alguno del natural.
Llevaba siempre los bolsillos llenos de carbones y no veía una pared ó
una piedra de cierta blancura, sin que al momento dejase de trazar en
ella una copia de los objetos que herían sus ojos por alguna
particularidad saliente. Los muros exteriores de la herrería estaban
ennegrecidos por los dibujos de Marianillo. Trotaban á lo largo de las
paredes, con el hocico contraído y la cola enroscada, los cerdos de San
Antón, que vagaban por el pueblo mantenidos por la caridad pública para
ser rifados en la fiesta del santo, y en medio de esta procesión panzuda
destacábanse los perfiles del herrero y de todos los obreros de la
fragua, con una inscripción al pie para que no surgiesen dudas sobre su
identidad.

--Ven, mujer--gritaba el herrero á su enfermiza cónyuge, al descubrir un
nuevo dibujo.--Ven á ver lo que ha hecho nuestro hijo. ¡Demonio de
muchacho!...

Y á impulsos de este entusiasmo, no se lamentaba ya de que Marianillo
abandonase la escuela y huyera del fuelle de la fragua, dedicando todo
el día á corretear por el valle ó por el pueblo, con el carbón en la
mano, cubriendo de lineas negras las peñas del monte y las paredes de
las casas, con gran desesperación de las vecinas. En la taberna de la
plaza Mayor había trazado las cabezas de los más asiduos parroquianos, y
el tabernero las enseñaba con orgullo, no permitiendo que tocasen á la
pared por miedo á que desaparecieran. Esta obra era un motivo de vanidad
para el herrero, cuando en los domingos, después de la misa, entraba á
beber un vaso con los amigos. En la pared de la rectoría había trazado
una Virgen, ante la cual deteníanse con hondos suspiros las devotas más
viejas del pueblo.

El herrero, con un rubor de satisfacción, admitía todos los elogios que
tributaban al pequeño, como si le correspondiesen á él en su mayor
parte. ¿De dónde había salido aquel prodigio, siendo tan bárbaros todos
los de la familia? Y movía la cabeza afirmativamente cuando los notables
del pueblo le hablaban de hacer algo por el chico. Ciertamente, él no
sabía qué hacer, pero tenían razón; su Marianillo no estaba destinado á
golpear el hierro lo mismo que su padre. Podía ser un personaje tan
grande como don Rafael, un señor que pintaba santos y santas en la
capital de la provincia y era maestro de los pintores, en un gran
caserón lleno de cuadros, allá en la ciudad. Durante el verano venía con
su familia á vivir en una quinta del valle.

Este don Rafael era un varón imponente por su gravedad; un santo cargado
de hijos, que llevaba la levita como si fuese un hábito y hablaba con
melifluidad de fraile á través de las barbas canas que invadían su
rostro enjuto y sonrosado. En la iglesia del pueblo guardaban un cuadro
portentoso pintado por él: una Purísima, cuyos colores dulces, de un
brillo acaramelado, hacían temblar de emoción las piernas de los
devotos. Además, los ojos de la imagen tenían la milagrosa
particularidad de mirar de frente á los que la contemplaban,
siguiéndoles aunque cambiasen de lugar. Un verdadero prodigio. Parecía
imposible que esta obra sobrenatural la hubiese hecho aquel buen señor,
que durante el verano subía todas las mañanas á oir su misa en el
pueblo. Un inglés había querido comprar el cuadro por lo que pesase de
oro. Nadie había visto al inglés, pero todos sonreían sarcásticamente al
comentar la proposición. ¡En seguida soltaban ellos el cuadro! ¡Que
rabiasen los herejes con todos sus millones! La Purísima seguiría en su
capilla para envidia del mundo entero, y especialmente de los
pueblecillos cercanos.

Cuando el párroco fué á visitar á don Rafael para hablarle del hijo del
herrero, el grande hombre estaba ya enterado de sus habilidades. Había
visto en el pueblo sus dibujos; el muchacho tenía cierta disposición, y
era lástima no guiarle por buen camino. Después fueron las visitas del
herrero y su hijo, temblorosos los dos al verse en el granero de la
quinta, que el gran pintor había convertido en estudio; al contemplar de
cerca los botes de color, la paleta aceitosa, los pinceles y aquellos
lienzos de un suave azul, sobre el que comenzaban á marcarse los rosados
mofletes de los querubines y la cara en éxtasis de la Madre de Dios.

Al terminar el verano, el buen herrero se decidió á seguir los consejos
de don Rafael. Ya que éste era tan bueno que quería ayudar al chico, por
él no iba á malograrse su buena fortuna. La herrería daba para vivir.
Todo consistía en trabajar unos años más, en sostenerse, hasta el fin de
su existencia, junto al yunque, sin ayuda ni sucesor. Su hijo había
nacido para personaje, y era grave pecado cortarle el camino
despreciando la ayuda del buen protector.

Lloró la madre, cada vez más débil y enfermiza, como si el viaje á la
capital de la provincia fuese al otro extremo del mundo.

--Adiós, hijo. Ya no te veré más.

Y efectivamente, Mariano vió por última vez aquel rostro exangüe, de
grandes ojos sin expresión, casi borrado ahora de su memoria, como una
mancha blanquecina, en la cual no lograba, á pesar de todos sus
esfuerzos, restablecer el contorno de las facciones.

En la ciudad cambió radicalmente su vida. Entonces comprendió qué era lo
que buscaban sus manos al mover el carbón sobre las paredes
enjalbegadas. El arte se reveló por primera vez á sus ojos en las tardes
silenciosas pasadas en un antiguo convento, donde estaba el museo
provincial, mientras su maestro don Rafael discutía con otros caballeros
en la sala de profesores ó firmaba papelotes en la secretaría.

Mariano vivió en casa de su protector, siendo á la vez su criado y su
discípulo. Llevaba cartas al señor deán y á algunos canónigos amigos del
maestro, que le acompañaban en sus paseos ó hacían tertulia en su
estudio. Más de una vez visitó los locutorios de algunos conventos,
dando recados de don Rafael, al través de las tupidas rejas, á ciertas
sombras blancas y negras que, atraídas por su juventud rolliza de
muchacho del campo y enteradas de que pretendía ser pintor, le abrumaban
con las preguntas de una curiosidad excitada por el encierro. Acababan
por regalarle, al través del torno, rosquillas, limoncitos confitados ó
alguna otra muestra de la repostería monjil, y le despedían con sanos
consejos de sus voces tenues y suaves tamizadas por el hierro de las
rejas.

--¡Que seas bueno, Marianito! Estudia, reza. Sé buen cristiano; el Señor
te protegerá, y tal vez llegues á pintar como don Rafael, que es de los
primeros del mundo.

¡Cómo reía el artista recordando aquella sencillez infantil, que le
hacía ver en su maestro el pintor más asombroso de la tierra!... Por las
mañanas, al asistir á las clases de la Escuela de Bellas Artes, se
indignaba contra sus compañeros, chiquilliría irrespetuosa, educada en
la calle, hijos de menestrales, que apenas volvía la espalda el
profesor, se bombardeaban con las migas del pan destinado á borrar los
dibujos y execraban á don Rafael llamándole _beato_ y _jesuíta_.

Las tardes las pasaba Mariano en el estudio, al lado del maestro. ¡Qué
emoción la primera vez que éste le puso la paleta en la mano y le
permitió copiar, en un lienzo viejo, un San Juan infante que había
terminado para una comunidad!... Mientras el muchacho, con el rostro
contraído por enérgica mueca, se esforzaba en imitar la obra del
maestro, oía los buenos consejos que le daba éste, sin apartarse del
lienzo sobre el que hacía correr su seráfico pincel.

La pintura debía ser religiosa. Los primeros cuadros del mundo habían
sido inspirados por la religión; fuera de ella, la vida sólo ofrecía vil
materialismo, repugnantes pecados. La pintura debía ser ideal, hermosa;
representar siempre imágenes bonitas; reproducir las cosas como debían
ser y no como eran, y sobre todo, mirar á lo alto, al cielo, pues allí
está la verdadera vida, no en esta tierra, valle de lágrimas. Mariano
debía modificar sus instintos, se lo aconsejaba él, que era su maestro;
debía perder su afición á dibujar cosas groseras, las gentes tal como
las veía, los animales en toda su brutal materialidad, los paisajes en
la misma forma que los contemplaban sus ojos.

Había que tener idealismo. Muchos pintores fueron casi santos; así
únicamente les era posible reflejar la celeste belleza en los rostros de
sus madonas. Y el pobre Mariano esforzábase por ser _ideal_, por atrapar
un pequeño andrajo de aquella serenidad beatífica y dulce que rodeaba á
su maestro.

Poco á poco fué conociendo los procedimientos de que se valía don Rafael
para realizar aquellas obras maestras que arrancaban gritos de
admiración á su tertulia de canónigos y á las señoras ricas que le
encargaban imágenes. Cuando pensaba comenzar alguna de sus Purísimas,
que lentamente invadían las iglesias y conventos de la provincia,
levantábase temprano y volvía al estudio después de confesar y comulgar.
Sentía con esto una fuerza interior, un sereno entusiasmo, y si en mitad
de la obra llegaba el desaliento, volvía á acudir á esta medicina de su
inspiración.

El artista, además, debe ser puro. Él había hecho voto de castidad,
pasados los cincuenta años; con algún retraso, ciertamente, pero no era
por no haber conocido antes este medio seguro de llegar á un perfecto
idealismo de pintor celestial. Su esposa, una señora envejecida por
innumerables partos, agotada por la fidelidad y la virtud abrumadoras
del maestro, no era ya más que la compañera que le daba la respuesta al
rezar por la noche rosarios y trisagios. Tenía varias hijas que pesaban
sobre su conciencia como un bochornoso recuerdo de vergonzosos
materialismos; pero unas eran monjas profesas y otras iban camino de
serlo, agrandándose la idealidad del artista conforme desaparecían de la
casa estos testimonio de su impureza é iban á ocultarse en los
conventos, donde sostenían el prestigio artístico del padre.

Algunas veces el gran pintor vacilaba ante una Purísima, que era siempre
la misma, como si la pintase con trepa. Entonces hablaba misteriosamente
á su discípulo:

--Marianito: avisa mañana á los _señores_ que no vengan. Tenemos modelo.

Y cerrado el estudio á los sacerdotes y demás amigos respetables,
llegaba Rodríguez, un guardia municipal, pisando fuerte, con la colilla
bajo el recio bigote de púas salientes y una mano en la empuñadura del
sable. Expulsado de la guardia civil por borracho y cruel, al verse sin
ocupación, no se sabe por qué extraña iniciativa, se dedicó á modelo de
pintor. El devoto artista, que le tenía cierto miedo, acosado por sus
continuas peticiones, le había alcanzado este empleo de guardia
municipal, y Rodríguez aprovechaba todas las ocasiones para manifestar
su agradecimiento de mastín, golpeando los hombros del maestro con sus
manazas y echándole á la cara su resuello de nicotina y alcohol.

--¡Don Rafael! ¡Usted es mi padre! Al que le toque á usted, le corto
esto, aquello y lo de más allá.

Y el místico artista, satisfecho interiormente de esta protección,
ruborizábase y agitaba las manos protestando de la franqueza de aquel
bruto que llamaba por sus nombres á las cosas ocultas que deseaba
cortar.

Arrojaba su kepis en el suelo, entregaba á Mariano el pesado chafarote
y, como hombre que sabe su obligación, sacaba del fondo de un arca una
túnica de lana blanca y un guiñapo azul en forma de manto, colocando
ambas prendas sobre su cuerpo con la maestría de la costumbre.

Mariano le miraba con ojos de asombro, pero sin ninguna tentación de
reir. Eran misterios del arte; sorpresas que sólo estaban reservadas á
los que, como él, tenían la suerte de vivir en la intimidad de un gran
maestro.

--¿Estamos, Rodríguez?--preguntaba impaciente don Rafael.

Y Rodríguez, erguido dentro de su bata de baño, con el andrajo azul
pendiente de los hombros, juntaba las manos y elevaba su mirada feroz al
techo, sin dejar de chupar la colilla que le chamuscaba el bigote. El
maestro sólo necesitaba el modelo para los paños de la imagen, para
estudiar el plegado del celeste vestido, el cual no debía revelar el más
leve indício de humanas redondeces. Jamás había pasado por su
imaginación la posibilidad de copiar á una mujer. Era caer en el
materialismo, glorificar la carne, llamar á la tentación. Con Rodríguez
bastaba: había que ser idealista.

El modelo seguía en su mística actitud, con el cuerpo perdido en los
innumerables pliegues de su vestidura azul y blanca, asomando por debajo
de ésta las puntas romas de sus botas de ordenanza, irguiendo su cabeza
grotesca y chata, rematada por una pelambrera hirsuta, tosiendo y
carraspeando con el humo de su cigarro, sin dejar de mirar á lo alto ni
separar sus manazas juntas en ademán de adoración.

Algunas veces, fatigado del mutismo laborioso del maestro y el
discípulo, Rodríguez lanzaba algunos mugidos que poco á poco tomaban
forma de palabras y acababa por enfrascarse en el relato de las hazañas
de su época heroica, cuando era guardia civil y «podía darle un mal
golpe á cualquiera pagando después con un papel». La Purísima se
enardecía con estos recuerdos. Se separaban sus manazas con un temblor
de voluptuosidad homicida; se descomponían los rebuscados pliegues: sus
ojos veteados de sangre ya no miraban á lo alto, y hablaba con voz
bronca de tremendas palizas, de hombres agarrados por su parte más
sensible que caían al suelo enroscándose de dolor, de fusilamientos de
presos que después se presentaban como fugas; y para dar mayor relieve á
esta autobiografía declamada con bestial orgullo, salpicaba sus palabras
de interjecciones que tan pronto aludían á las partes más intimas del
organismo humano, como faltaban á todo respeto á los primeros personajes
de la corte celestial.

--¡Rodríguez! ¡Rodríguez!--exclamaba horrorizado el maestro.

--¡Á la orden, don Rafael!

Y la Purísima, después de pasarse la colilla de un lado á otro de la
boca, juntaba otra vez las manos, se estiraba, haciendo asomar por
debajo de la túnica los pantalones con franja roja, y perdía su mirada
en lo alto, sonriendo con éxtasis, como si contemplase en el techo todas
sus heroicidades, de las que se sentía orgulloso.

Mariano desesperábase ante su lienzo. Era incapaz de pintar otra cosa
que aquello que veía, y su pincel, después de reproducir la vestidura
blanca y azul, deteníase vacilante en la cabeza, llamando en vano el
auxilio de la imaginación. Era la carátula grotesca de Rodríguez la que
surgía del lienzo, después de vanos esfuerzos.

Y el discípulo admiraba sinceramente la habilidad de don Rafael,
aquella cabeza pálida velada por la luz de su nimbo, un rostro bonito é
inexpresivo de belleza infantil que sustituía en el cuadro á la feroz
testa del municipal.

Este escamoteo le parecía al joven la muestra más asombrosa del arte.
¡Cuándo llegaría él á la fácil prestidigitación de su maestro!

Con el tiempo fué marcándose aún más esta diferencia entre don Rafael y
su discípulo. En la escuela le rodeaban los compañeros, reconociendo su
superioridad y elogiando sus dibujos. Algunos profesores, enemigos del
maestro, lamentaban que tan buenas disposiciones pudieran perderse al
lado de aquel «pintasantos». Don Rafael miraba con asombro lo que hacía
Mariano fuera de su estudio; figuras y paisajes directamente observados
que, según él, respiraban la brutalidad de la vida.

Su tertulia de graves señores comenzaba á reconocer cierto mérito en el
discípulo.

--No llegará nunca á la altura de usted, don Rafael--decían.--Carece de
unción, no tiene idealismo, no pintará una buena imagen, pero como
pintor mundano irá lejos.

El maestro, que amaba al muchacho por su carácter subordinado y su
pureza de costumbres, intentaba en vano hacerle seguir el buen camino.
Con sólo imitarle tenía la fortuna hecha. Él moriría sin sucesor y su
estudio y su fama serían para él. No tenía más que ver como poco á poco,
cual una buena hormiga del Señor, había ido creándose con el pincel una
fortunita. Á fuerza de idealismo tenía su quinta allá en el pueblo y un
sinnúmero de campos, cuyos arrendatarios venían á visitarle en el
estudio, entablando ante las poéticas imágenes interminables discusiones
sobre el pago y cuantía de los arrendatarios. La Iglesia era pobre por
culpa de la impiedad de la época; no podía pagar tan generosamente como
en otros siglos; pero los encargos menudeaban, y una Virgen con toda su
pureza era asunto de tres días... Mas el joven Renovales torcía el gesto
dolorosamente, como si le exigieran un sacrificio doloroso.

--No puedo, maestro. Soy un imbécil; no sé inventar. Sólo pinto lo que
veo.

Y cuando comenzó á ver cuerpos desnudos en la clase llamada del natural,
se entregó con furia á este estudio, como si la carne le produjese la
más fuerte de las embriagueces. Don Rafael se aterró, sorprendiendo en
los rincones de su casa bocetos que reproducían vergonzosas desnudeces
con toda su realidad. Además, producíanle cierto malestar los adelantos
del discípulo; veía en su pintura un vigor que él no había tenido nunca.
Hasta notaba cierta defección en su tertulia de admiradores. Los buenos
canónigos admiraban, como siempre, sus vírgenes; pero algunos de ellos
se hacían retratar por Mariano, elogiando el acierto de su pincel.

Un día abordó á su discípulo con resolución.

--Ya sabes que te quiero como á un hijo, Marianito; pero á mi lado
pierdes el tiempo. Nada te puedo enseñar. Tu sitio está en otra parte.
He pensado que podías irte á Madrid. Allí están los de tu cuerda.

Su madre había muerto; su padre seguía en la fragua, y al verle llegar
con unos cuantos duros, producto de los retratos que había hecho,
apreció esta cantidad como una fortuna. Parecíale imposible que hubiera
quien diese dinero á cambio de colorines. Una carta de don Rafael le
convenció. Ya que aquel señor tan sabio aconsejaba que su hijo fuese á
Madrid, él debía conformarse.

--Á Madrid, hijo, y procura ganar dinero pronto, que el padre está viejo
y no siempre podrá ayudarte.

Á los diez y seis años cayó Renovales en Madrid, y viéndose solo, sin
más guía que su voluntad, se entregó con furia al trabajo. Pasó las
mañanas en el Museo del Prado, copiando todas las cabezas de los cuadros
de Velázquez. Creyó que hasta entonces había vivido ciego. Además,
trabajaba en un estudio abuhardillado con otros compañeros, y por las
noches pintaba acuarelas. Con la venta de éstas y de algunas copias, iba
rellenando los vacíos que dejaba en su subsistencia la corta pensión
enviada por el padre.

Recordaba con nostalgia estos años de estrechez, de verdadera miseria:
las noches de frío en el mísero camastro; las comidas irritantes, de
misteriosos ingredientes, en una taberna cercana al teatro Real: las
discusiones en un rincón de un café, bajo las miradas hostiles de los
camareros, escandalizados de que una docena de melenudos ocupasen varias
mesas para tomar en junto tres cafés y muchas botellas de agua...

La alegre juventud soportaba sin esfuerzo estas miserias, y en cambio,
¡qué hartazgo de ilusiones, qué banquete esplendoroso de esperanzas!
Cada día un nuevo descubrimiento. Renovales corría como un potro salvaje
por los dominios del arte, viendo abrirse ante él nuevos horizontes, y
su galope levantaba un estruendo de escándalo que equivalía á prematura
celebridad. Los viejos decían de él que era el único muchacho «que se
traía algo»; sus compañeros afirmaban que era un «pintorazo», y en su
afán iconoclasta, comparaban sus obras inexpertas con las de los
maestros consagrados y antiguos, «miserables burgueses del arte», sobre
cuyas calvas creían necesario escupir su bilis, afirmando de este modo
la superioridad de la nueva generación.

Las oposiciones de Renovales para alcanzar la pensión en Roma,
equivalieron á una revolución. La juventud, que sólo juraba por él y le
tenía por glorioso capitán, se agitó amenazante con el temor de que los
«viejos» sacrificasen á su ídolo.

Cuando al fin su manifiesta superioridad le hizo alcanzar la pensión,
hubo banquetes en su honor, sueltos en los periódicos, se publicó su
retrato en las revistas ilustradas, y hasta el viejo herrero hizo un
viaje á Madrid para respirar, conmovido y lloroso, una parte del
incienso que tributaban á su hijo.

En Roma esperaba á Renovales una cruel decepción. Sus compatriotas le
recibieron con cierta frialdad. Los jóvenes le miraban como á un rival,
aguardando sus próximas obras con la esperanza de una caída; los
antiguos, que vivían lejos de la patria, le examinaron con malévola
curiosidad. «¡Conque aquel mocetón era el hijo del herrero, que tanto
ruido metía entre los ignorantes de allá!... Madrid no era Roma. Ahora
verían ellos lo que aquel _genio_ sabía hacer.»

Renovales no hizo nada en los primeros meses de su estancia en Roma.
Contestaba encogiéndose de hombros á los que con aviesa intención le
preguntaban por sus cuadros. Él había ido allí, no á pintar, sino á
estudiar: para esto le mantenía el Estado. Y pasó más de medio año
dibujando, siempre dibujando, en los museos famosos, donde estudiaba,
carbón en mano, las obras célebres. Las cajas de colores permanecían sin
abrir en un rincón de su estudio.

Al poco tiempo abominó de la gran ciudad, por la vida que en ella
llevaban los artistas. ¿Para qué las pensiones? Se estudiaba allí menos
que en otra parte. Roma no era una escuela: era un mercado. Los
comerciantes de pintura establecían allí su negocio, atraídos por la
gran aglomeración de artistas. Todos, viejos y principiantes, ilustres y
desconocidos, sentían la tentación del dinero, se dejaban envolver en
las dulzuras de la vida cómoda, produciendo obras para la venta,
pintando cuadros con arreglo á las indicaciones de unos judíos alemanes
que recorrían los estudios marcando los géneros y tamaños que eran de
moda, para esparcirlos por Europa y América.

Renovales, al visitar los estudios, sólo veía cuadros de _género_; unas
veces señores de casacón, otras moros andrajosos ó campesinos de
Calabria. Eran pinturas bonitas y acabadísimas, para las cuales
empleaban como modelos un maniquí ó las familias de _chocharos_, que se
alquilaban todas las mañanas en la plaza de España, junto á la
escalinata de la Trinidad; la eterna aldeana, morena, de negros ojos y
grandes aros en las orejas, con falda verde, corpiño negro y la toca
blanca arrollada sobre el pelo con grandes agujas: el viejo de siempre,
con abarcas, pellico de lanas y un sombrero apuntado, con espiral de
cintas, sobre su nevada cabeza de Padre Eterno. Los artistas apreciaban
entre ellos sus méritos por los miles de liras recolectadas durante el
año: hablaban con respeto de los maestros ilustres, que cobraban una
fortuna á los millonarios de París ó de Chicago por cuadritos de
caballete que nadie veía. Renovales mostrábase indignado. Este arte era
casi igual al de su primitivo maestro, aunque _mundano_, como hubiese
dicho don Rafael. ¡Y para esto los enviaban á Roma!...

Mal mirado por los compatriotas á causa de su carácter brusco, de su
lenguaje rudo y de la probidad, que le hacía negarse á todo encargo de
los mercaderes de pintura, buscó el trato de los artistas de otros
países. En la juventud cosmopolita de pintores acuartelada en Roma,
pronto fué popular Renovales.

Su energía, su exceso de vida, hacían de él un simpático y alegre
compañero, cuando se presentaba en los estudios de la vía Babuino ó en
las chocolaterías y cafés del Corso, donde se reunían, por afinidades
amistosas, los artistas de diversas nacionalidades.

Mariano, á los veinte años, era un mocetón atlético, digno retoño de
aquel hombre que batía el hierro, desde el amanecer hasta la noche, en
un rincón de España. Un día un joven inglés, amigo suyo, leyó en su
honor una página de Ruskin. «Las artes plásticas son esencialmente
atléticas.» Un enfermo, un semiparalítico, podía ser un gran poeta, un
célebre músico; pero para ser Miguel Ángel ó el Ticiano se necesitaba,
no sólo un alma privilegiada, sino un cuerpo vigoroso. Leonardo de Vinci
partía una herradura entre sus manos; los escultores del Renacimiento
labraban inmensos bloques de mármol á impulsos de sus brazos de titán, ó
mordían con sus buriles el duro bronce; los grandes pintores eran muchas
veces arquitectos, y cubiertos de polvo hacían moverse enormes masas...
Renovales escuchó pensativo las palabras del gran esteticista inglés. Él
también era un alma fuerte, en un cuerpo de atleta.

Los apetitos de su juventud no iban más allá de la varonil embriaguez de
la fuerza y el movimiento. Atraído por la abundancia de modelos que
ofrecía Roma, desnudaba en su estudio á una _chochara_, dibujando con
delectación las formas de su cuerpo. Reía, con su carcajada ruidosa de
gigante; la hablaba con la misma libertad que si fuese una de las
mujerzuelas que le salían al paso por la noche al volver solo á la
Academia de España, pero una vez terminado el trabajo y vestida... ¡á la
calle! Tenía la castidad de los fuertes. Adoraba la carne, pero sólo
para copiar sus líneas. Le producía vergüenza el roce animal, el
encuentro al azar, sin amor, sin atracción, con la interna reserva de
dos seres que no se conocen y se examinan recelosos. Lo que él deseaba
era estudiar, y las mujeres sólo sirven de estorbo en las grandes
empresas. El sobrante de su energía consumíalo en ejercicios atléticos.
Después de una de sus hazañas de forzudo, que entusiasmaban á los
compañeros, mostrábase fresco, sereno, insensible, como si saliera de un
baño. Hacía esgrima con los pintores franceses de la Villa Médicis;
aprendía á boxear con ingleses y americanos; organizaba con los artistas
alemanes ciertas excursiones á un bosque cercano á Roma, de las que se
hablaba durante varios días en los cafés del Corso. Bebía un sinnúmero
de vasos con sus compañeros en honor del _Kaisser_, al que no conocía,
ni maldito lo que le importaba su salud; entonaba con vozarrón
estruendoso el tradicional _Gaudeamus igitur_, y acababa por coger del
talle dos modelos de la partida, y con los brazos en cruz las paseaba
por la selva hasta dejarlas sobre el césped, como si fuesen plumas.
Después sonreía satisfecho de la admiración de aquellos buenos germanos,
muchos de ellos enclenques ó miopes, que lo comparaban con Sigfrido y
demás héroes de recios músculos de su mitología belicosa.

En Carnaval, al organizar los españoles una cabalgata del _Quijote_, se
encargó de representar al caballero Pentapolín, «el del arremangado
brazo», y en el Corso hubo aplausos y gritos de admiración para el
enorme y duro biceps que mostraba el andante paladín, erguido sobre su
caballo. Al llegar las noches de primavera marchaban los artistas en
procesión, al través de la ciudad, hasta el barrio de los judíos, para
comer las primeras alcachofas, el plato popular de Roma, en cuya
preparación era famosa una vieja israelita. Renovales iba al frente de
la _carciofolatta_, llevando el estandarte, iniciando los cánticos
alternados con gritos de toda clase de animales, y sus compañeros
marchaban tras él, audaces y provocadores, bajo la protección de tan
fuerte caudillo. Con Mariano no había miedo. Contaban de él que en las
callejuelas del Transtévere había dado una paliza de muerte á dos
matones del barrio, después de quitarles sus puñales.

De pronto el atleta se encerró en la Academia y no bajó á la ciudad.
Durante algunos días se habló de él en las reuniones de artistas. Estaba
pintando; aproximábase una Exposición que iba á verificarse en Madrid y
quería llevar á ella un cuadro que justificase su pensión. Tenía cerrada
para todos la puerta de su estudio; no admitía comentarios ni consejos;
el lienzo iría tal como él lo concibiese. Los compañeros le olvidaron
pronto y Renovales acabó su obra en la soledad, saliendo con ella para
su patria.

Fué un triunfo completo; el primer paso fuerte en el camino que había de
conducirle á la celebridad. Se acordaba ahora con vergüenza, con
remordimiento, del estrépito glorioso que levantó su cuadro _La victoria
de Pavía_. La gente se agolpaba ante el lienzo enorme, olvidando el
resto de la Exposición. Y como en aquellos días el gobierno se mantenía
firme, y las Cortes estaban cerradas, y no había cogida de importancia
en ninguna plaza de toros, los diarios, á falta de más viva actualidad,
lanzáronse en ruda competencia á reproducir el cuadro, á hablar de él,
publicando retratos del autor, lo mismo de frente que de perfil, grandes
y pequeños, detallando su vida en Roma y sus originalidades, recordando
con una lágrima de emoción al pobre anciano que allá, en su aldea,
machacaba el hierro sin conocer apenas la gloria de su hijo.

De un salto pasó Renovales de la obscuridad á una luz de apoteosis. Los
viejos encargados de juzgarle mostrábanse benévolos, con cierta
conmiseración bondadosa. La fierecilla se amansaba. Renovales había
visto mundo y volvía á las buenas tradiciones, siendo un pintor como los
demás. Su cuadro tenia trozos que parecían de Velázquez, fragmentos
dignos de Goya, rincones que recordaban al Greco: de todo había en él,
menos de Renovales, y esta amalgama de reminiscencias era su principal
mérito, lo que atraía el general aplauso y le conquistó una primera
medalla.

Magnifico debut. Una duquesa viuda, gran protectora de las artes, que no
compraba jamás un cuadro ni una estatua, pero sentaba á su mesa á los
pintores y los escultores de renombre, encontrando en esto un placer
barato y cierta distinción de dama ilustre, quiso conocer á Renovales.
Éste venció la adustez de su carácter, que le tenía alejado del trato
social. ¿Por qué no había de conocer el gran mundo? Él iba adonde fuese
otro hombre. Y se hizo el primer frac, y tras los banquetes de la
duquesa, donde provocaba alegres carcajadas su modo de discutir con los
académicos, visitó otros salones y fué durante algunas semanas objeto de
la atención de este mundo, un tanto escandalizado por sus _salidas de
tono_, pero satisfecho de la timidez que le sobrecogía después de sus
audacias. Los jóvenes le apreciaban porque tiraba á la espada como un
San Jorge. Aunque pintor é hijo de un herrero, era toda una persona
decente. Las damas le atraían con sus más amables sonrisas, esperando
que el artista de moda las obsequiase con un retrato gratuito, como ya
lo había hecho con la duquesa.

En esta época de gran vida, siempre de frac, á partir de las siete de la
tarde, y sin hacer otra pintura que la de mujeres que deseaban aparecer
bonitas y discutían con el artista gravemente el traje que debían
ponerse para servir de modelo, fué cuando Renovales conoció á su esposa
Josefina.

La primera vez que la vió entre tantas damas de arrogante apostura y
estrepitosa presencia, sintióse atraído hacia ella por la fuerza del
contraste. Le impresionó el encogimiento, la modestia, la
insignificancia de la jovencita. Era pequeña, su rostro no ofrecía otra
hermosura que la de la juventud, su cuerpo tenía la gracia de la
fragilidad. Aquella criatura estaba allí, lo mismo que él, por cierta
condescendencia de los demás: parecía ocupar un sitio prestado y se
encogía en él como temerosa de llamar la atención. Siempre la veía
Renovales con el mismo traje de _soirée_, algo envejecido, con ese
aspecto de cansancio de las prendas incesantemente reformadas para
seguir el curso de las modas. Los guantes, las flores, los lazos, tenían
cierta tristeza en su frescura, como si delatasen las economías, los
esfuerzos caseros que había exigido su adquisición. Se tuteaba con todas
las jóvenes que hacían en los salones una entrada triunfal, levantando
elogios y envidias con sus nuevas _toilettes_; la mamá, una señora
majestuosa, de abultada nariz y lentes de oro, trataba con llaneza á las
damas más linajudas; pero á pesar de esta intimidad, notábase en torno
de la madre y la hija el vacío de un afecto algo desdeñoso, en el que
entraba por mucho la conmiseración. Eran pobres. El padre había sido un
diplomático de cierto nombre, que al morir no dejó á su esposa otros
recursos que la pensión de su viudedad. Dos hijos estaban en el
extranjero, como agregados de embajada, luchando con la escasez de sus
sueldos y las exigencias de su posición. La madre y la hija vivían en
Madrid, aferradas á la sociedad en que habían nacido, temblando de
abandonarla, como si esto equivaliese á una degradación, permaneciendo
de día en un tercer piso, amueblado con los restos de su pasada
opulencia, haciendo inauditas economías para poder codearse por la noche
dignamente con los que habían sido sus iguales.

Ciertos parientes de doña Emilia, que era la mamá, contribuían á su
sostenimiento, no con dinero (eso nunca), sino prestándola el sobrante
de su lujo, para que ella y la hija mantuviesen una pálida apariencia de
bienestar.

Unos les cedían su coche en ciertos días para que diesen una vuelta por
la Castellana y el Retiro, saludando á las amigas al cruzarse los
carruajes; otros les enviaban su palco del Real las noches que no eran
de turno brillante. Su conmiseración tampoco se olvidaba de ellas al
extender las invitaciones para comidas de fiesta onomástica, tés de la
tarde, etc. «No hay que olvidar á las de Torrealta, ¡pobrecitas!...» Y
al día siguiente los cronistas de salones inscribían en la lista de los
asistentes á la fiesta á «la bella señorita de Torrealta y su
distinguida madre, la viuda del ilustre diplomático de imperecedero
recuerdo», y doña Emilia, olvidando su situación, creyéndose en los
mejores tiempos, entraba en todas partes, con un eterno traje negro,
acosando con su tuteo y sus confidencias á las grandes señoras, cuyas
doncellas eran más ricas y comían mejor que ella y su hija. Si algún
señor viejo se refugiaba á su lado, la diplomática intentaba anonadarlo
con la majestad de sus recuerdos. «Cuando estábamos de embajadores en
Stockolmo...» «Cuando mi amiga Eugenia era emperatriz...»

La hija, con cierto instinto de muchacha tímida, parecía darse cuenta
mejor de la situación. Permanecía sentada entre las señoras mayores,
osando, sólo de tarde en tarde, aproximarse á las otras jóvenes que
habían sido sus compañeras de colegio y ahora la trataban con
superioridad, viendo en ella algo así como una señorita de compañía
elevada hasta ellas por los recuerdos del pasado. La madre se irritaba
por su timidez. Debía bailar mucho, ser vivaracha y atrevida como las
otras; decir chistes, aunque fuesen crudos, para que los hombres los
repitiesen haciéndola una fama de ingeniosa. Parecía imposible que con
su educación fuese tan insignificante. ¡La hija de un grande hombre que
apenas entraba en los primeros salones de Europa formaban círculo en
torno de él! ¡Una muchacha educada en el _Sagrado Corazón_ de París,
que hablaba el inglés, su poquito de alemán y se pasaba el día leyendo,
cuando no tenía que limpiar unos guantes ó reformar un vestido!... ¿Era
que no deseaba casarse?... ¿Tan bien se encontraba en aquel piso
tercero, miserable calabozo de la dignidad de su apellido?...

Josefina sonreía tristemente. ¡Casarse! Jamás lo lograría en este mundo
que frecuentaban. Todos conocían su pobreza. Los jóvenes corrían en los
salones detrás de las fortunas al seguir á las mujeres. Si alguno se
acercaba á ella atraído por su pálida belleza, era para deslizarla en el
oído vergonzosas sugestiones; para proponerle, mientras bailaban,
noviazgos sin compromiso, relaciones íntimas con una prudencia traducida
del inglés, _flirts_ que no dejaban rastro, corrupciones gratas á las
vírgenes que quieren seguir siéndolo después de conocer todas las
aberraciones del roce carnal.

Renovales no se dió cuenta de cómo se inició su amistad con Josefina.
Tal vez fué el contraste entre él y aquella mujercita que apenas le
llegaba al hombro y parecía tener quince años cuando había cumplido los
veinte. Su voz dulce, con un ceceo débil, le acariciaba los oídos. Reía
pensando en la posibilidad de dar un abrazo á aquel cuerpo gracioso y
frágil: la haría añicos entre sus manos de luchador, como si fuese una
muñeca de cera. Buscábala Mariano en los salones que solían frecuentar
la madre y la hija, y pasaba todo el tiempo sentado junto á ésta,
sintiéndose invadido por una fraternal confianza, un deseo de
comunicárselo todo, su pasado, sus trabajos presentes, sus esperanzas,
como si fuese un compañero de estudio. Ella le oía, mirándole con sus
ojos pardos que parecían sonreirle, moviendo la cabeza con asentimiento,
sin entenderle muchas veces, sintiéndose acariciada por la exuberancia
de aquel carácter que parecía desbordarse en olas de fuego. Era un
hombre distinto de todos los que ella había conocido.

Al verles en esta intimidad, no se sabe quién, tal vez alguna amiga de
Josefina, por burlarse de ella, lanzó la noticia. El pintor y la de
Torrealta eran novios. Entonces fué cuando los interesados se dieron
cuenta de que se amaban, sin habérselo dicho. Por algo más que por
amistad pasaba Renovales ciertas mañanas por la calle de Josefina,
mirando los altos balcones con la esperanza de ver tras los cristales su
fina silueta. Una noche, en casa de la duquesa, al verse solos en un
corredor, Renovales la cogió una mano y se la llevó á la boca con tanto
temor, que apenas tocaron sus labios la piel del guante. Tenía miedo á
su rudeza, sentíase avergonzado de su vigor, creía que iba á hacer daño
á aquella criatura tan fina, tan débil. Ella podía haberse librado de
esta audacia con el más leve movimiento; pero abandonó su mano al mismo
tiempo que inclinaba la cabeza y rompía á llorar.

--¡Qué bueno es usted, Mariano!...

Sentía un intenso agradecimiento al verse amada por primera vez, amada
de veras, por un hombre de cierta celebridad que huía de las mujeres
felices para buscarla á ella, la humilde, la olvidada. Todos los tesoros
de cariño que habían ido amontonándose en el aislamiento de su vida de
humillación desbordábanse. ¡Ay, cómo se sentía capaz de amar al que la
amase, sacándola de esta existencia de parasitismo, elevándola por su
fuerza y su cariño al nivel de las que la despreciaban!...

La noble viuda de Torrealta, al conocer el noviazgo del pintor con su
hija, tuvo un movimiento de indignación. «¡El hijo del herrero!» «¡El
ilustre diplomático de imperecedera memoria!...» Pero como sí esta
protesta de su orgullo le abriese los ojos, pensó en los años que
llevaba paseando su hija de salón en salón sin que nadie se aproximase á
ella. ¡Buenos estaban los hombres! Pensó también en que un pintor
célebre era un personaje; recordó los artículos que habían dedicado á
Renovales por su último cuadro, y sobre todo, lo más conmovedor para
ella fué el conocer de oídas las grandes fortunas que amasaban los
artistas en el extranjero; los centenares de miles de francos pagados
por un lienzo que podía llevarse debajo del brazo. ¿Por qué no había de
ser Renovales de estos afortunados?...

Comenzó á importunar con sus consultas á los innumerables parientes. La
niña no tenía padre y ellos debían hacer sus veces. Unos la contestaban
con indiferencia. «¡El pintor!... ¡pchs! no está mal», dando á entender
con su desvío, que lo mismo les parecería si se casaba con un guardia de
consumos. Otros la insultaban involuntariamente al dar su aprobación.
«¿Renovales? Un artista de gran porvenir. ¡Qué más podéis desear! Debes
agradecer que se haya fijado en tu hija.» Pero el consejo que más la
decidió fué el de su ilustre primo el marqués de Tarfe, un personaje al
que veneraba, como si fuese el primer hombre del país, sin duda por su
carácter de jefe eterno de la diplomacia, ya que cada dos años ocupaba
la cartera de Estado.

--Me parece muy bien--dijo el prócer á toda prisa, pues le esperaban en
el Senado.--Es una boda moderna y hay que vivir con los tiempos
modernos. Yo soy conservador, pero liberal, muy liberal y muy moderno.
Protegeré á esos chicos: me gusta la boda. ¡El arte uniendo su prestigio
al de los apellidos históricos! ¡La sangre popular que asciende por sus
méritos á confundirse con la de la antigua nobleza!...

Y el marqués de Tarfe, cuyo marquesado no contaba medio siglo de vida,
decidió, con estas imágenes de orador senatorial y con las promesas de
su protección, el ánimo de la altiva viuda. Ella fué la que habló á
Renovales, excusando una penosa explicación á la timidez que sentía el
artista en este mundo que no era el suyo.

--Lo sé todo, Marianito, y me parece bien.

Pero ella no gustaba de noviazgos largos. ¿Cuándo pensaba casarse?
Renovales lo deseaba con más vehemencia aún que la madre. Josefina era
para él una mujer distinta de las demás hembras, que apenas si conmovían
su deseo. Su castidad de fiero trabajador disolvíase en una fiebre, en
un anhelo de hacer suya cuanto antes aquella muñeca encantadora. Además,
sentía halagado su orgullo por esta unión. Su novia era pobre, no
llevaba al matrimonio más que unos cuantos trapos, pero pertenecía á una
familia de próceres, ministros unos, generales otros, linajudos todos.
Podían pesarse por toneladas las coronas y escudos de aquellos parientes
innumerables, que no hacían gran caso de Josefina y su madre, pero iban
á ser su familia dentro de poco. ¡Qué pensaría el señor Antón,
machacando el hierro allá en las afueras de su pueblo! ¡Qué dirían los
envidiosos camaradas de Roma, cuya suerte estribaba en amancebarse con
las _chocharas_ que les servían de modelo, para después casarse con
ellas por miedo á la daga del venerable calabrés, empeñado en dar á su
nieto un padre legítimo!

Los diarios hablaron mucho de la boda, repitiendo, con ligeras
variantes, las mismas frases del marqués de Tarfe: «El arte uniéndose
con la nobleza.» Renovales, apenas se efectuase su casamiento, deseaba
partir con Josefina para Roma. Tenia hechos allá todos los preparativos
para la nueva vida, invirtiendo en ellos los miles de pesetas que le
había dado el Estado por su cuadro y el producto de varios retratos para
el Senado, hechos por encargo del que iba á ser su ilustre pariente.

Un amigo de Roma (el famoso Cotoner), le había alquilado una habitación
en la vía Margutta, amueblándola con arreglo á sus indicaciones de
artista. Doña Emilia se quedaba en Madrid con uno de sus hijos que
pasaba á prestar servicio en el ministerio de Estado. Á los novios les
estorba todo, hasta la madre. Y doña Emilia se limpiaba una lágrima
invisible con la punta del guante. Además, no le gustaba volver á los
países donde había sido _alguien_: prefería quedarse en Madrid: aquí al
menos la conocían.

La boda fué un acontecimiento. No faltó ningún individuo de la inmensa
familia: todos temieron los requerimientos pegajosos de la ilustre
viuda, que llevaba la lista de los parientes hasta el sexto grado.

El señor Antón llegó dos días antes, vestido de nuevo, con calzón corto
y ancho sombrero de felpa, mirando azorado á aquellas gentes que le
contemplaban sonriendo, como un tipo original. Cabizbajo y tembloroso en
presencia de las dos mujeres, llamaba á su nuera «señorita», con respeto
de campesino.

--No, papá; llámeme usted hija. Hábleme de tú.

Pero á pesar de la sencillez de Josefina y del tierno agradecimiento que
sentía él, viéndola mirar á su hijo con amorosa expresión, no osaba
permitirse el tuteo y hacía los mayores esfuerzos para evitar ese
peligro, hablándola siempre en tercera persona.

Doña Emilia, con sus lentes de oro y su majestuosa altivez, aun le
causaba mayor emoción. Llamábala siempre «señora marquesa», pues en su
sencillez no podía admitir que aquella señora no fuese marquesa cuando
menos. La viuda, un tanto desarmada por el homenaje de aquel hombre,
reconocía que era un palurdo de cierto talento natural, lo que le hacía
tolerar la nota ridícula de su calzón corto.

En la capilla del palacio del marqués de Tarfe, después de mirar con
azoramiento desde la puerta todo aquel señorío que se reunía para la
boda de su hijo, el viejo rompió á llorar.

--¡Ya puedo morirme, rediez! ¡Ya puedo morirme!

Y repetía su triste deseo, sin fijarse en las risas de los criados, como
si la felicidad, después de una vida de trabajo, fuese en él precursora
inevitable de la muerte.

Los novios emprendieron su viaje el mismo día. El señor Antón besó en la
frente por primera vez á su nuera, mojándola de lágrimas, y regresó al
pueblo, repitiendo su deseo de morir, como si no le quedase en el mundo
nada que esperar.

Renovales y su mujer llegaron á Roma después de varios altos en el
camino. Su corta estancia en varias ciudades de la _Costa Azul_, los
días pasados en Pisa y Florencia, con ser dulces y guardar el recuerdo
de las primeras intimidades, les parecieron de una insoportable
vulgaridad al verse en su casita de Roma. Allí comenzaba su verdadera
luna de miel, en el hogar propio, aislados de toda indiscreción, lejos
de la promiscuidad de los hoteles.

Josefina, habituada á una existencia de ocultas privaciones, á la
miseria de aquel tercer piso, en el que vivían como acampadas ella y su
madre, guardando todas las ostentaciones para la calle, admiró la
coquetona gracia, la elegante pequeñez de aquella habitación de la vía
Margutta. El amigo de Mariano encargado del arreglo de la casa, un tal
Pepe Cotoner, pintor que apenas cogía los pinceles y dedicaba todos sus
entusiasmos artísticos á la admiración de Renovales, había hecho bien
las cosas.

Josefina palmoteó con alegría infantil al ver el cuarto de dormir,
admirando sus muebles venecianos suntuosos, con maravillosas
incrustaciones de nácar y ébano; un lujo de príncipe que el pintor
acabaría de pagar á plazos.

¡Ah! ¡La primera noche de su estancia en Roma! ¡Cómo la recordaba
Mariano!... Josefina, tendida en su cama monumental de Dogaresa,
estremecíase con la voluptuosidad del descanso, estirando sus miembros
antes de ocultarlos bajo las finas sábanas, mostrándose con el abandono
de la hembra que ya no tiene secretos que guardar. Sus pies, menudos y
carnosos, movían los dedos de carmín como si llamasen á Renovales.

Éste, de pie junto al lecho, contemplábala grave, con las cejas
fruncidas, dominado por un deseo que dudaba en formular. Quería verla,
admirarla: aún no la conocía, después de aquellas noches pasadas en los
hoteles, oyendo voces extrañas al otro lado de los tabiques.

No era un capricho amoroso, era un deseo de pintor, una exigencia de
artista. Sus ojos sentían hambre de su belleza.

Ella resistíase, con el rostro coloreado de rubor, un tanto indignada
por esta exigencia, que la hería en sus preocupaciones más íntimas.

--No seas loco, Marianito. Acuéstate; no digas tonterías.

Pero él, cada vez más aferrado á su deseo, insistía tenazmente. Debía
despreciar sus escrúpulos de burguesa; el arte se reía de tales pudores;
la belleza humana era para mostrarse en su radiante majestad, no para
vivir oculta, despreciada y maldita.

Él no quería pintarla; no se atrevía á pedir tanto; pero verla sí, verla
y admirarla, sin deseos groseros, con religiosa adoración.

Y sus manazas, contenidas por el miedo á hacerla daño, tiraban
suavemente de los débiles brazos que se cruzaban sobre el pecho,
intentando oponerse á estos avances. Ella reía: «Loco extravagante; que
me haces cosquillas... que me haces daño.» Pero poco á poco, vencida
por la tenacidad, satisfecho su orgullo femenil de esta adoración de su
cuerpo, acabó por entregarse, por dejarse manejar como una niña, con
suaves quejidos, como si la impusieran un tormento, sin oponer ya
resistencia.

El cuerpo, libre de velos, mostró su blancura nacarada. Josefina cerró
los ojos como si quisiera huir de la vergüenza de su desnudez. Sobre la
nítida sábana destacábanse, ligeramente sonrosadas, las armoniosas
redondeces, embriagando los ojos del artista.

La cara de Josefina no era gran cosa: ¡pero el cuerpo!... ¡Si él,
venciendo sus escrúpulos, pudiese pintarlo algún día!...

Con los ojos siempre cerrados, como si la fatigase esta muda exhibición,
la mujercita dobló los brazos, colocándolos bajo su cabeza, y arqueó el
torso, elevando las blancas amenidades que hinchaban su pecho.

Renovales se arrodilló junto á la cama en un transporte de admiración,
con toda la vehemencia de su entusiasmo, besando aquella carne sin que
la suya se estremeciese.

--Te adoro, Josefina. Eres hermosa como Venus. No: Venus, no. Es fría y
reposada como una diosa, y tú eres una mujer. Pareces... ¿qué es lo que
pareces?... Sí; te veo igual. Eres la majita de Goya, con su gracia
delicada, con su seductora pequeñez... ¡Eres la maja desnuda!



III


La vida de Renovales fué otra. Enamorado de su mujer, temiendo que ésta
notase alguna falta en su bienestar y pensando con cierta inquietud en
aquella viuda de Torrealta, que podía quejarse de que la hija del
«ilustre diplomático, de imperecedero recuerdo», no era feliz, por haber
descendido á unirse con un pintor, trabajaba tenazmente para mantener
con el pincel las comodidades de que había rodeado á Josefina.

Él, que tanto había despreciado el arte _industrial_, la pintura por
dinero á que se entregaban sus camaradas, imitó á éstos, pero con la
vehemencia que ponía en todas sus empresas. En ciertos estudios levantó
gritos de protesta este competidor incansable que abarataba
escandalosamente los precios. Había vendido su pincel, por un año, á uno
de aquellos mercaderes judíos que exportaban pintura al extranjero; á
tanto la pieza, y con prohibición absoluta de pintar para otro
comerciante. Renovales trabajaba de la mañana á la noche, cambiando de
asuntos cuando así lo exigía aquel que llamaba su empresario. «Basta de
_chocharos_: ahora moros.» Después los moros perdían su valor en el
mercado y entraban en tanda los mosqueteros en gallardo duelo, los
pastorcillos sonrosados á lo Wateau ó las damas de cabello empolvado,
embarcándose en una góndola de oro al son de cítaras. Para refrescar el
surtido, intercalaba una escena de sacristía con gran alarde de casullas
bordadas é incensarios dorados, ó alguna bacanal, imitando de memoria y
sin modelo las voluptuosas redondeces y las carnes de ámbar del Ticiano.
Cuando se acababa el catálogo, los _chocharos_ volvían á estar de moda,
y otra vez á empezar. El pintor, con su extraordinaria facilidad de
ejecución, producía dos ó tres cuadritos por semana. El empresario, para
animarle en su trabajo, le visitaba muchas tardes, siguiendo la marcha
de su pincel con el entusiasmo del que cuenta el arte á tanto el palmo y
la hora. Sus noticias eran para infundir nuevos ánimos.

La última bacanal pintada por Renovales estaba en un _bar_ elegante de
Nueva York. Su procesión de los Abruzos la tenían en uno de los
castillos más nobles de Rusia. Otro cuadro, representando una danza de
marquesas disfrazadas de pastorcillas, sobre una pradera de violetas, lo
guardaba en Francfort un barón judío y banquero... El mercader se
frotaba las manos, hablando al artista con aire protector. Su nombre iba
creciendo gracias á él, que no pararía hasta crearle una reputación
universal. Ya le escribían sus corresponsales pidiendo que sólo enviase
obras del _signore Renovales_, pues eran las que se movían mejor en el
mercado. Pero Mariano le contestaba con un estallido brusco de su
amargura de artista. Todos aquellos lienzos eran porquerías. Si el arte
fuera esto, preferiría picar piedra en una carretera.

Pero sus rebeliones contra este envilecimiento, del pincel desaparecían
al ver á su Josefina en aquella casa, cuyo adorno mejoraba,
convirtiéndola en un estuche digno de su amor. Ella sentíase dichosa en
su vivienda, con carruaje de lujo todas las tardes y completa libertad
para vestirse y adornarse. Nada faltaba á la esposa de Renovales: hasta
tenía á sus órdenes, como consultor y fiel mandadero, al buen Cotoner,
que pasaba la noche en el cuartucho que le servía de estudio en un
barrio popular y el resto del día junto al joven matrimonio. Ella era la
dueña del dinero: nunca había visto tantos billetes juntos. Cuando
Renovales le entregaba el mazo de liras que le había dado su empresario,
ella decía alegremente: «¡Dinero, dinerito!», y corría á ocultarlo, con
un mohín gracioso de dueña de casa hacendosa y económica... para sacarlo
al día siguiente y desparramarlo con infantil inconsciencia. ¡Qué gran
cosa era la pintura! Su ilustre padre (á pesar de cuanto dijese mamá) no
había ganado nunca tanto dinero yendo por el mundo, de cotillón en
cotillón, representando á sus reyes.

Mientras Renovales estaba en el estudio, ella había paseado por el
Pincio, saludando desde su landó á las innumerables embajadoras
residentes en Roma, á ciertas viajeras aristocráticas de paso en la gran
ciudad, que le habían sido presentadas en algún salón, y á toda la nube
de agregados diplomáticos que vivían en torno de una corte doble: la del
Vaticano y la del Quirinal.

El pintor veíase introducido por su mujer en un mundo protocolario de la
más estirada elegancia. La sobrina del marqués de Tarfe, eterno ministro
de Estado, era recibida con los brazos abiertos por la alta sociedad
romana, la más diplomática de Europa. No había fiesta en las dos
embajadas de España á la que no concurriese «el ilustre pintor Renovales
con su elegante esposa», y por irradiación, estas invitaciones habíanse
extendido á las embajadas de otros países. Pocas eran las noches sin
fiesta. Al ser dobles los centros diplomáticos, unos acreditados cerca
del rey de Italia y otros afectos al Vaticano, menudeaban las
recepciones y saraos, en este mundo aparte, que se encontraba todas las
noches, bastándose á sí propio para su solaz.

Cuando Renovales llegaba á su casa al anochecer, cansado del trabajo, ya
le esperaba Josefina á medio vestir y el famoso Cotoner le ayudaba á
ponerse el traje de ceremonia.

--¡La cruz!--exclamaba Josefina al verle con el frac puesto.--Pero
hombre, ¿cómo te olvidas de la cruz? Ya sabes que allí todos llevan
algo.

Cotoner iba en busca de las insignias de una gran cruz que el gobierno
español había dado á Renovales por su cuadro, y el artista, con la
pechera cortada por la banda y un redondel brillante en el frac, partía
con su mujer para pasar la noche entre diplomáticos, ilustres viajeros y
sobrinos de cardenales.

Los otros pintores rabiaban de envidia al enterarse de la frecuencia con
que visitaban su estudio los embajadores de España, el cónsul y ciertos
personajes allegados al Vaticano. Negaban su talento, atribuyendo estas
distinciones á la posición de Josefina. Le llamaban cortesano y
adulador, suponiendo que se había casado para hacer carrera. Uno de sus
visitantes más asiduos era el padre Recovero, procurador de cierta orden
frailuna poderosa en España; una especie de embajador con capucha que
gozaba de grandes influencias cerca del Papa. Cuando no iba por el
estudio de Renovales, éste tenía la certeza de que se hallaba en su
casa, cumpliendo algún encargo de Josefina, la cual mostrábase orgullosa
de su amistad con este fraile influyente, jovial y de pretenciosa
elegancia, bajo su hábito burdo. La esposa de Renovales siempre tenía
asuntos que encargarle; las amigas de Madrid no la dejaban parar con sus
incesantes peticiones.

La viuda de Torrealta contribuía á esto, hablando á sus conocimientos de
la alta posición que ocupaba su niña en Roma. Marianito, según ella,
ganaba millones; Josefina pasaba por gran amiga del Papa; su casa estaba
llena de cardenales, y si el Sumo Pontífice no iba á visitarla, era
porque el pobrecito vivía en el Vaticano. Y la esposa del pintor siempre
tenía que enviar á Madrid algún rosario pasado por la tumba de San
Pedro, ó reliquias extraídas de las Catacumbas. Daba prisa al padre
Recovero para que solucionase difíciles dispensas de casamiento, y se
interesaba por otras peticiones de ciertas señoras devotas, amigas de su
madre. Las grandes fiestas de la Iglesia romana la entusiasmaban por su
interés teatral, y agradecía mucho al campechano fraile que se acordase
de ella, reservándole una buena localidad. No había recepción de
peregrinos en San Pedro, con marcha triunfal del Papa, llevado en andas
entre abanicos de plumas, á la que no asistiese Josefina. Otras veces el
buen padre la anunciaba con misterio que al día siguiente cantaba
Pallestri, el famoso castrado de la capilla papal, y la española
madrugaba, dejando acostado á su marido, para oir la voz dulcísima del
eunuco pontificio, cuyo rostro imberbe figuraba en los escaparates de
las tiendas entre los retratos de las bailarinas y los tenores de moda.

Renovales reía con bondad de las innumerables ocupaciones y fútiles
entretenimientos de su esposa. Pobrecilla; debía pasar la vida
alegremente: para eso trabajaba él. Bastante sentía no poder acompañarla
más que en sus diversiones nocturnas. Durante el día confiábala á su
fiel Cotoner, que iba con ella como un rodrigón, llevándola los paquetes
cuando salía á compras, llenando las funciones de administrador de la
casa y en ciertas ocasiones de cocinero.

Renovales lo había conocido al llegar á Roma. Era su mejor amigo. Mayor
que él en diez años, mostraba Cotoner por el joven artista una adoración
de discípulo y un afecto de hermano mayor. Toda Roma le conocía, riendo
de sus pinturas (cuando pintaba, de tarde en tarde) y apreciando su
carácter servicial, que dignificaba en cierto modo una existencia de
parásito. Pequeño, regordete, calvo, con las orejas algo despegadas y
una fealdad de fauno alegre y bondadoso, el _signore_ Cotoner, al llegar
el verano, encontraba siempre un refugio en el castillo de algún
cardenal, en la campiña romana. Durante el invierno veíasele en el
Corso, como una figura popular, envuelto en su macferlán verdoso, que
agitaba las mangas con aleteo de murciélago. Había comenzado en su país
como paisajista, pero quiso pintar figuras, igualarse á los maestros, y
cayó en Roma acompañando al obispo de su tierra, que le consideraba una
gloria de campanario. Ya no se movió de la gran ciudad. Sus progresos
fueron notables. Conocía los nombres y las historias de todos los
artistas; nadie podía medirse con él en punto á saber el modo de vivir
en Roma con economía y dónde se encontraban las cosas más baratas. No
pasaba un español por la gran ciudad que él no lo visitase. Los hijos
de los pintores célebres le miraban como una especie de ama seca, pues á
todos los había adormecido en sus brazos. El gran triunfo de su vida era
haber figurado de Sancho Panza en la cabalgata del _Quijote_. Siempre
pintaba el mismo cuadro, retratos del Papa en tres diversos tamaños,
amontonándolos en el cuartucho que le servia de estudio y dormitorio.
Los cardenales amigos, á los que visitaba con frecuencia, compadecíanse
del _povero signor_ Cotoner, y le compraban por unas cuantas liras un
retrato del Pontífice, de horrible fealdad, regalándolo á una iglesia de
aldea, donde la obra producía admiración por venir de Roma y ser nada
menos que de un pintor amigo de Su Eminencia.

Estas compras eran un rayo de alegría para Cotoner, que llegaba al
estudio de Renovales con la frente alta y una sonrisa de falsa modestia.

--He hecho una venta, chiquillo. Un Papa... el grande: el de dos metros.

Y con súbita confianza en su talento, hablaba del porvenir. Otros
deseaban medallas, triunfos en las exposiciones; él era más modesto. Se
daba por contento con adivinar quién sería Papa cuando muriese el
actual, para ir pintando retratos suyos, por docenas, con alguna
anticipación. ¡Qué triunfo lanzar la mercancía al día siguiente del
Conclave! ¡Una verdadera fortuna! Y conocedor de todos los cardenales,
pasaba revista en su memoria al Sacro Colegio, con una tenacidad de
jugador de lotería, dudando entre la media docena que aspiraban á la
tiara.

Vivía como un parásito entre los altos personajes de la Iglesia, pero
era indiferente en religión, cual si el trato con aquéllos le hubiesen
arrebatado toda creencia. El anciano vestido de blanco y los otros
señores rojos, le infundían respeto porque eran ricos y servían
indirectamente á su mísera industria de retratos. Toda su admiración era
para Renovales. En los estudios de los otros artistas acogía las bromas
mortificantes con su sonrisa plácida de eterno agradador; pero que no
hablasen mal de Mariano, que no discutiesen su talento. Para él,
Renovales sólo podía producir obras maestras, y en su ciega admiración,
llegaba á extasiarse ingenuamente ante los cuadros de caballete que
pintaba para su empresario.

Algunas veces Josefina presentábase de improviso en el estudio de su
marido, charlando con él mientras pintaba, alabando los lienzos que eran
de asunto bonito. Prefería en estas visitas encontrarle solo, pintando
de fantasía, sin otra ayuda que unas ropas puestas sobre un maniquí.
Sentía cierta repugnancia por los modelos, y en vano intentaba Renovales
convencerla de su necesidad. Él tenía talento para pintar cosas hermosas
sin apelar al auxilio de aquellos tíos ordinarios, y sobre todo, de las
mujeres, unas hembras mal peinadas, de ojos de brasa y dientes de loba,
que le parecían temibles en la soledad y el silencio del estudio.
Renovales reía. ¡Qué disparate! ¡Celosilla! ¡Como si él, con la paleta
en la mano, fuese capaz de otros pensamientos que los de su arte!...

Una tarde Josefina, al entrar de pronto en el estudio, vio sobre la
tarima del modelo una mujer desnuda, tendida en unas pieles, mostrando
las redondeces de su torso, de un color amarillento. La esposa apretó
los labios y fingió no verla, oyendo con aire distraído á Renovales, que
explicaba esta innovación. Estaba pintando una bacanal y le era
imposible pasar adelante sin modelo. Era una necesidad: la carne no
podía hacerse de _memoria_. La modelo, tranquila ante el pintor,
sintióse avergonzada de su desnudez en presencia de aquella dama
elegante, y luego de arrebujarse en las pieles, se ocultó tras un
biombo, vistiéndose con apresuramiento.

Renovales se serenó al volver á su casa, viendo que su mujer le recibía
con la efusión de siempre, como si hubiera olvidado su disgusto de la
tarde. Rió oyendo al famoso Cotoner; fueron después de la comida á un
teatro, y al llegar la hora de dormir, el pintor ya no se acordaba de la
sorpresa en el estudio. Comenzaba á dormirse cuando le alarmó un suspiro
doloroso, prolongado, como si alguien se asfixiase junto á él.

Al dar luz vió á Josefina con los puños en los ojos, derramando
lágrimas, agitado su pecho por estremecimientos de angustia, moviendo
los pies con una rabieta de niña, que apelotonaba las ropas de la cama
echando abajo el rico edredón.

--¡No quiero! ¡No quiero!--gemía con acento de protesta.

El pintor había saltado de la cama, lleno de inquietud, yendo de un lado
á otro sin saber qué hacer, intentando apartar sus manos de sus ojos,
cediendo, á pesar de su fuerza, á los movimientos de Josefina para
desasirse.

--¿Pero qué tienes? ¿Qué es lo que no quieres?... ¿Qué te pasa?

Y ella seguía gimoteando, revolviéndose en el lecho, agitando sus pies
con furia nerviosa.

--¡Déjame! No te quiero... No me toques... No lo consiento, no señor; no
lo consiento. Me iré... me iré con mi madre.

Renovales, asustado por esta furia de la mujercita siempre dulce, no
sabía qué hacer para calmarla. Corría en camisa por el dormitorio y la
inmediata pieza del tocador, mostrando sus músculos de atleta: la
ofrecía agua, llegando, en su aturdimiento, á echar mano de los frascos
de esencias, como si pudieran servirle de calmantes, y acabó por
arrodillarse, intentando besar las manecitas crispadas que le
rechazaban, enredándose en su barba y su cabellera.

--Déjame... Te digo que me dejes. Veo que no me quieres. Me iré...

El pintor sintió asombro y miedo por esta nerviosidad de su muñequita
adorada: no se atrevía á tocarla por el temor á hacerla daño... ¡Apenas
saliese el sol abandonaría aquella casa para siempre! Su marido no la
quería; ella no tenía otro cariño que el de mamá. El pintor la ponía en
ridículo... Y todas estas quejas incoherentes, sin explicar el motivo de
su enfado, se prolongaron mucho tiempo, hasta que el artista columbró la
causa. ¿Era la modelo... la mujer desnuda? Sí, esto era; ella no
consentía en un estudio, que era como su casa, que se mostrasen las
mujerzuelas impúdicamente á los ojos de su marido. Y al protestar contra
tales abominaciones, sus dedos crispados rasgaban el pecho de la camisa,
enseñando los ocultos encantos que tanto entusiasmaban á Renovales.

El pintor, fatigado por esta escena, enervado por los gritos y lloros de
su esposa, no pudo resistir su risa al conocer el motivo del disgusto.

--¡Ah! ¿Conque todo es por la modelo?... Descansa, hija: no entrará
ninguna mujer en el estudio.

Y prometió cuanto quiso Josefina, para acabar pronto. Al caer de nuevo
en la obscuridad, todavía suspiró ella; pero ahora lo hacía entre los
fuertes brazos del marido, con la cabeza apoyada en su pecho, hablando
con un ceceo de niña afligida que justifica su pasada rabieta. Nada le
costaba á Mariano darla ese gusto. Ella le quería mucho, ¡mucho! y aun
le querría más si respetaba sus preocupaciones. Podía llamarla burguesa,
alma vulgar; pero así quería ser, como había sido siempre. Además, ¿qué
necesidad tenía de pintar hembras desnudas? ¿No sabía hacer otras
cosas? Le aconsejaba que pintase niños, con pellico y abarcas, tocando
la gaita, rizados y mofletudos como el niño Jesús; viejas campesinas de
rostro arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba; figuras de
_carácter_; pero nada de mujeres jóvenes, ¿eh?; nada de bellezas
desnudas. Renovales decía que si á todo, apretando aquel cuerpo
adorable, todavía estremecido y vibrante por la pasada furia. Los dos se
buscaban con cierta ansiedad, ganosos de olvidar lo ocurrido, y la noche
acabó dulcemente para Renovales, en las efusiones de la reconciliación.

Al llegar el verano alquilaron en Castel-Gandolfo un _villino_. Cotoner
había marchado á Tívoli á la cola del cortejo de un cardenal, y el
matrimonio vivió en el campo, sin otra compañía que la de un par de
domésticas y un criado que cuidaba de los trebejos artísticos del señor.

Josefina vivió contenta en este aislamiento, lejos de Roma, hablando con
su marido á todas horas, libre de aquella inquietud que la acometía
cuando él trabajaba en su estudio. Durante un mes permaneció Renovales
en plácida vagancia. Parecía olvidado de su arte: las cajas de colores,
los caballetes, todo el bagaje artístico traído de Roma, estaba
empaquetado y olvidado en un cobertizo del jardín. Emprendía por las
tardes largos paseos con Josefina, volviendo al cerrar la noche
lentamente hacia su casa cogidos del talle, contemplando la faja de oro
mortecino del crepúsculo, animando el silencio de la campiña con el
canturreo de alguna de las romanzas apasionadas y dulzonas que llegaban
de Nápoles. Al verse solos, en la intimidad de una vida sin ocupaciones
ni amistades, renacía el entusiasmo amoroso de los primeros días de su
casamiento. Pero el «demonio de la pintura» no tardó en batir sobre él
sus alas invisibles, de las que parecía desprenderse un irresistible
encantamiento. Se aburría en las horas de fuerte sol; bostezaba en su
silla de junco, fumando pipa tras pipa, sin saber de qué hablar.
Josefina, por su parte, combatía el tedio leyendo alguna de las novelas
inglesas, de abrumadora moralidad y costumbres aristocráticas, á las que
había tomado gran afición en sus tiempos de colegiala.

Renovales volvió á trabajar. Su criado sacó á luz los trastos
artísticos, y el pintor cogió la paleta con un entusiasmo de
principiante. Pintaba para él con un fervor religioso, como si
pretendiera purificarse de aquel año de vil sumisión á los encargos de
un mercader.

Estudió directamente la Naturaleza; pintó rincones adorables del
paisaje, cabezas tostadas y antipáticas que respiraban la brutalidad
egoísta del campesino. Pero esta labor artística no parecía
satisfacerle. Su vida de mayor intimidad con Josefina excitaba en él
misteriosos anhelos, que apenas se atrevía á formular. Por las mañanas,
cuando su mujer, fresca y sonrosada por una ablución general,
mostrábase ante él casi desnuda, la contemplaba con ojos ávidos.

--¡Ay! ¡Si tú quisieras!... ¡Si no tuvieses esas manías!...

Y sus exclamaciones la hacían sonreir, halagada su vanidad femenil por
esta adoración. Renovales se lamentaba de que su talento de artista
tuviera que ir en busca de cosas bellas, cuando la obra suprema y
definitiva estaba junto á él. La hablaba de Rubens, el maestro gran
señor, que rodeaba á Elena Froment de un lujo de princesa, y de ésta,
que no sentía reparo en despojar de velos su fresca belleza mitológica
para servir de modelo al marido. Renovales elogiaba á la dama flamenca.
Los artistas formaban una familia aparte; la moral y los prejuicios
vulgares eran para los otros. Ellos vivían acogidos al fuero de la
Belleza, teniendo por natural lo que las gentes miraban como pecado...

Josefina protestaba con una indignación cómica de los deseos de su
marido, pero se dejaba admirar. Cada vez eran mayores sus abandonos. Por
las mañanas, al levantarse, permanecía más tiempo desnuda, prolongando
las operaciones de su aseo, mientras el artista rondaba en torno de ella
elogiando las diversas bellezas de su cuerpo. «Esto es Rubens puro; esto
es el color del Ticiano... Á ver, nena, levanta los brazos... así. ¡Ay;
eres la maja, la majita de Goya!...» Y ella se prestaba á sus manejos
con graciosos mohines, como si paladease el gesto de adoración y
contrariedad que ponía su esposo al poseerla como hembra y no poseerla
como modelo.

Una tarde de viento abrasador que esparcía en su soplo la asfixia de la
campiña romana, Josefina cedió. Estaban en su habitación con las
vidrieras cerradas, buscando en la clausura y la ligereza de las ropas
un remedio al terrible siroco. No quería ver á su marido con aquella
cara triste ni escuchar sus lamentaciones. Ya que estaba loco y se había
aferrado á aquel capricho, no osaba contrariarle. Podía pintarla, pero
sólo un estudio; nada de cuadro. Cuando se cansase de reproducir su
carne sobre el lienzo, rompería éste... y como si nada hubiese hecho.

El pintor dijo á todo que si, deseando verse cuanto antes, pincel en
mano, ante la codiciada desnudez. Tres días trabajó con una fiebre loca,
los ojos desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su
retina aquellas formas armoniosas. Josefina, acostumbrada ya á su
desnudez, permanecía tendida, olvidando su situación, con ese impudor
femenil que sólo siente vacilaciones al dar el primer paso. Agobiada por
el calor, dormíase mientras su marido seguía pintando.

Cuando la obra estuvo terminada, Josefina no pudo menos de admirarla.
«¡Qué talento tienes! ¿Pero realmente soy yo así... tan bonita?» Mariano
mostrábase satisfecho. Era su mejor obra, la definitiva. Tal vez en toda
su existencia no hallaría otro momento como este, de prodigiosa
intensidad mental, lo que llamaban vulgarmente inspiración. Ella seguía
admirándose en el lienzo, lo mismo que ciertas mañanas se contemplaba en
el gran espejo de su dormitorio. Ensalzaba con tranquila inmodestia las
diversas partes de su hermosura, fijándose especialmente en el vientre
recogido, de curva suave, en las audaces y duras puntas de sus pechos,
orgullosa de estos blasones de la juventud. Deslumbrada por la belleza
de su cuerpo, no se fijaba en la cara, que parecía sin valor, perdida en
suaves veladuras. Cuando sus ojos se posaron en ella, mostró cierta
decepción.

--¡Se me parece muy poco! ¡No es mi cara!...

El artista sonreía. No era ella; había procurado desfigurar su rostro;
su rostro nada más. Era una máscara, una concesión á las conveniencias
sociales. Así nadie la reconocería, y su obra, su grande obra, podría
salir á luz reclamando la admiración del mundo.

--Porque esto no vamos á romperlo--continuó Renovales con cierto temblor
en la voz.--Sería un crimen. En mi vida volveré á hacer nada igual. No
lo romperemos, ¿verdad, nena?

La nena permaneció silenciosa un buen rato, con la vista fija en el
cuadro. Los ávidos ojos de Renovales vieron poco á poco subir una nube
por su rostro, como se remonta una sombra en un muro blanco. El pintor
creyó que le faltaba el suelo bajo los pies; se aproximaba la tempestad.
Josefina palidecía: dos lágrimas resbalaban suavemente junto á su
naricita, dilatada por la opresión del pecho; otras dos ocupaban el
lugar de aquéllas, para caer también, y después otras y otras.

--¡No quiero!... ¡No quiero!

Era la misma voz ronca, nerviosa, despótica, que le había espeluznado de
inquietud y miedo la noche de su primer disgusto en Roma. La mujercita
miraba con odio aquel cuerpo desnudo que irradiaba su luz de nácar desde
el fondo del lienzo. Parecía sentir el espanto de la sonámbula, que
despierta de repente en medio de una plaza rodeada de mil ojos curiosos
y ávidos de su desnudez, y en su terror no sabe qué hacer ni por dónde
huir. ¿Cómo había podido prestarse ella á tal escándalo?

--No quiero--gritaba iracunda.--Rómpelo, Mariano; rómpelo.

Pero Mariano también parecía próximo á llorar. ¡Romperlo! ¿Quién podía
exigirle tal disparate? Aquella figura no era ella; nadie la
reconocería. ¿Por qué privarle de un triunfo estruendoso?... Pero su
mujer no le escuchó. Se revolcaba en el suelo con las mismas
contorsiones y gemidos de aquella noche tormentosa; crispaba sus manos
hasta contraerlas en forma de gancho; agitaba sus pies con el temblor de
una oveja moribunda, y su boca, torcida por doloroso mohín, seguía
gritando entre ronquidos:

--No quiero... no quiero. Rómpelo.

Se quejaba de su suerte con una furia que hería á Renovales. ¡Ella, una
señorita, sometida á este envilecimiento, como si fuese una mujerzuela
nocturna! ¡Si lo hubiese sabido!... ¡Cómo iba á figurarse que su esposo
la propondría cosas tan abominables!...

Renovales, ofendido por estos insultos, por los latigazos que descargaba
aquella voz aguda y silbante sobre su talento de artista, abandonaba á
su mujer, la dejaba rodar por el suelo y con los puños cerrados iba de
un extremo á otro de la habitación, mirando al techo, mascullando todos
los juramentos, tanto españoles como italianos, que eran de uso
corriente en su estudio.

De pronto quedó inmóvil, clavado en el suelo por el espanto y la
sorpresa. Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con una
agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á
abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la
cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja
de colores y _raaás_... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se
partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el
espeluznamiento de la cólera.

Él no se movió. Tuvo un momento de indignación, quiso avanzar sobre
ella, pero cayó en infantil anonadamiento, deseando llorar, refugiarse
en un rincón, esconder su cabeza débil y quejumbrosa. Ella, ciega por la
cólera, seguía ensañándose en el cuadro, enredando los pies en la
madera del bastidor, arrancando tiras del lienzo, yendo de un lado á
otro con su presa como una bestia furiosa. El artista había apoyado la
frente en la pared, agitado su pecho atlético por cobardes gemidos. Al
dolor paternal por la obra perdida, uníase la amargura de la decepción.
Por primera vez adivinaba lo que iba á ser de su existencia. ¡Qué error
el suyo al casarse con aquella señorita que admiraba su arte como una
carrera, como un medio de ganar dinero, y pretendía moldearle á él en
las preocupaciones y escrúpulos del mundo en que había nacido! La amaba
á pesar de esto, y estaba seguro de que ella no le quería menos; pero
¡ay! tal vez hubiera sido mejor permanecer solo, libre para su arte, y
en el caso de serle necesaria una compañera, buscar una Maritornes
hermosa, con todo el esplendor y la humildad intelectual de la bella
bestia, que admirase y obedeciese ciegamente al maestro.

Transcurrieron tres días, sin que el pintor y su mujer se hablasen
apenas. Mirábanse á hurtadillas, anonadados y vencidos por la tormenta
doméstica. Pero la soledad en que vivían, la necesidad de permanecer
juntos, les hizo buscarse. Ella fué la primera que habló, como si la
infundiesen miedo la tristeza y el desaliento de aquel gigantón que iba
por los rincones enfurruñado como un enfermo. Le envolvió en sus brazos,
besó su frente, hizo mil gestos graciosos para arrancarle una débil
sonrisa. ¿Quién le quería á él? Su Josefina. Su _maja... desnuda_. Pero
lo de desnuda había acabado para siempre. Jamás debía acordarse de estas
proposiciones repugnantes. Un pintor decente no piensa en tales cosas.
¿Qué dirían sus numerosos amigos? En el mundo existían muchas cosas
bonitas que pintar. Á vivir los dos queriéndose mucho, sin que él la
diese disgustos con sus manías inconvenientes. Lo del desnudo era una
afición vergonzosa de sus tiempos de bohemio.

Y Renovales, vencido por los mimos de su mujer, hizo las paces, se
esforzó por olvidar su obra y sonrió con la resignación del esclavo que
ama la cadena porque le asegura la paz y la vida.

Al llegar el otoño volvieron á Roma. Renovales reanudó los trabajos para
su contratista, pero éste, á los pocos meses, parecía descontento. No
era que el _signor_ Mariano decayese, eso no; pero sus corresponsales se
quejaban de cierta monotonía en los sujetos de sus obras. El mercader le
aconsejaba que viajase; podía vivir una temporada en la Umbría, pintando
campesinos en paisajes ascéticos y viejas iglesias. Podía, y esto era lo
mejor, trasladarse á Venecia. ¡Qué grandes cosas haría el _signor_
Mariano en aquellos canales! Y así nació en el artista el propósito de
abandonar Roma.

Josefina no opuso resistencia. Aquella vida de recepciones á diario, en
las innumerables embajadas y legaciones, comenzaba á aburrirla.
Desvanecido el encanto de la primera impresión, Josefina notó que las
grandes señoras la trataban con una condescendencia penosa, como si
hubiese descendido de su rango al unirse con un artista. Además, la
gente joven de las embajadas, los _agregados_ de diversas razas, rubios
unos, morenos otros, que buscaban consuelo á su celibato sin salir del
mundo de la diplomacia, tenían con ella atrevimientos lamentables al dar
las vueltas de un vals ó seguir la figura de un cotillón, como si la
considerasen conquista fácil viéndola casada con un artista que no podía
lucir en los salones un mal uniforme. La hacían en inglés ó en alemán
cínicas declaraciones, y ella tenía que contenerse, sonriendo y
mordiéndose los labios, á corta distancia de Renovales, que no entendía
una palabra y se mostraba satisfecho de las atenciones de que era objeto
su mujer por parte de una juventud elegante, cuyas maneras él intentaba
copiar.

El viaje quedó resuelto. ¡Á Venecia! El amigo Cotoner se despidió de
ellos: sentía abandonarles, pero su puesto estaba en Roma. Justamente el
Papa andaba malucho en aquellos días, y el pintor, con la esperanza de
la muerte pontifical, preparaba lienzos de todos tamaños, esforzándose
por adivinar quién sería el sucesor.

Al remontarse en sus recuerdos, Renovales pensaba siempre con dulce
nostalgia en su vida veneciana. Fué el periodo mejor de su existencia.
La ciudad encantadora de las lagunas, envuelta en una luz de oro,
temblona con el cabrilleo de las aguas, le subyugó desde el primer
momento, haciéndole olvidar su amor apasionado á la forma humana. Se
calmó durante algún tiempo su entusiasmo por el desnudo. Adoró los
viejos palacios, los canales solitarios, la laguna de aguas verdes é
inmóviles, el alma de un pasado majestuoso, que parecía respirar en la
solemne vetustez de la ciudad muerta y eternamente sonriente.

Vivieron en el palacio Foscarini, un caserón de paredes rojas y
ventanales de blanca piedra, que daba á una callejuela acuática
inmediata al Gran Canal. Era una antigua mansión de mercaderes,
navegantes y conquistadores de las islas de Oriente, que en ciertas
épocas habían ostentado en su cabeza el cuerno dorado de los Dogas. El
espíritu moderno, utilitario é irreverente, había convertido el palacio
en casa de vecindad, partiendo los dorados salones con feos tabiques;
estableciendo cocinas en las arcadas afiligranadas del patio señorial;
llenando de ropas puestas á secar las galerías de mármol, al que daban
los siglos la transparencia ambarina del viejo marfil y reemplazando con
baldosines los desgarrones del rico mosaico.

Renovales y su mujer ocupaban la habitación más inmediata al Gran Canal.
Por las mañanas, Josefina veía desde un mirador la rápida y silenciosa
llegada de la góndola de su marido. El gondolero, habituado al servicio
de los artistas, llamaba á gritos al _signor pittore_, y Renovales
bajaba con su caja de acuarela, partiendo inmediatamente la embarcación
por los tortuosos y estrechos canales, moviendo á un lado y otro el
peine plateado de su proa, como sí husmease el camino. ¡Las mañanas de
plácido silencio, en las dormidas aguas de una callejuela, entre dos
altos palacios de audaces aleros, que conservaban la superficie del
canalillo en perpetua sombra!... El gondolero dormitaba tendido en uno
de los encorvados extremos de su embarcación, y Renovales, sentado junto
á la negra litera, pintaba sus acuarelas venecianas, un nuevo género que
su empresario de Roma acogía con grandes extremos de entusiasmo. Su
ligereza de pincel le hacía producir estas obras con la misma facilidad
que si fuesen copias mecánicas. En el dédalo acuático de Venecia tenía
un apartado canal, al que llamaba «su finca», por el dinero que le
producía. Había pintado un sinnúmero de veces sus aguas muertas y
silenciosas, que en todo el día no sufrían otro roce ondulatorio que el
de su góndola; dos viejos palacios con las persianas rotas, las puertas
cubiertas de la costra de los años, las escalinatas roídas por el verdor
de la humedad y en el fondo un pequeño arco de luz, un puente de mármol
y por debajo de él la vida, el movimiento, el sol de un canal ancho y
transitado. La ignorada callejuela resucitaba todas las semanas bajo el
pincel de Renovales; podía pintarla con los ojos cerrados, y la
iniciativa mercantil del judío de Roma la esparcía por todo el mundo.

La tarde la pasaba Mariano con su mujer. Unas veces iban en góndola
hasta los paseos del Lido, y sentados en la playa de fina arena,
contemplaban el oleaje colérico del Adriático libre, que extendía hasta
el horizonte sus saltadoras espumas, como un rebaño de níveos vellones
avanzando en el ímpetu del pánico.

Otras tardes paseaban por la plaza de San Marcos, bajo las arcadas de
sus tres hileras de palacios, viendo brillar en el fondo, á los últimos
rayos del sol, el oro pálido de la basílica, en cuyas paredes y cúpulas
parecían haberse cristalizado todas las riquezas de la antigua
República.

Renovales, cogido del brazo de su mujer, marchaba con cierta calma, como
si lo majestuoso del lugar le impusiera un estiramiento señorial. El
augusto silencio no se turbaba con esa batahola que ensordece á las
grandes capitales. Ni el rodar de un coche, ni el trote de un caballo,
ni gritos de vendedores. La plaza, con su pavimento de mármol blanco,
era un inmenso salón por donde circulaban los transeuntes como en una
visita. Los músicos de Venecia agrupábanse en el centro, con sus
bicornios rematados por negros y ondulantes plumeros. Los rugidos del
wagneriano metal, galopando en la loca cabalgada de las Walkyrias,
hacían estremecer las columnatas de mármol y parecían dar vida á los
cuatro caballos dorados que en la cornisa de San Marcos se encabritaban
sobre el vacío con mudo relincho.

Las palomas venecianas, de obscuro plumaje, esparcíanse en juguetonas
espirales, levemente asustadas por la música, para posar su lluvia de
alas sobre las mesas de un café. Remontábanse luego hasta ennegrecer los
aleros de los palacios y caían á continuación como un manto de metálicos
reflejos sobre las bandas de inglesas, de velos verdes y redondos
sombreros, que las llamaban ofreciéndolas trigo.

Josefina, con anhelos de niña, separábase de su marido para comprar un
cucurucho de grano, y derramándolo sobre sus enguantadas manecitas, se
dejaba rodear por los pupilos de San Marcos. Posábanse aleteantes, como
cimeras fantásticas, sobre las flores de su sombrero; saltaban á sus
hombros, alineándose en los tendidos brazos; agarrábanse desesperados á
sus breves caderas, intentando seguir el contorno del talle, y otros más
audaces, como si estuvieran poseídos de humana malicia, arañaban su
pecho, tendían el pico, pugnando por acariciar, al través del velo, su
fresca boca entreabierta. Ella reía, estremecida por el cosquilleo de la
animada nube que rozaba su cuerpo. El marido la contemplaba riendo
también, y con la seguridad de no ser entendido más que por ella, le
gritaba en español:

--¡Pero qué hermosa estás!... ¡Te pintaría! ¡Si no fuese por la gente,
te daba un beso!...

Venecia fué el escenario de sus mejores tiempos. Ella vivía tranquila
mientras su esposo trabajaba, tomando por modelos los rincones de la
ciudad. Le veía ausentarse sin que ningún pensamiento penoso turbara su
plácida calma. Esto era pintura, y no los encierros de Roma con mujeres
desvergonzadas que no temían quedarse en cueros. Queríale con nueva
pasión, le mecía en una perpetua caricia. Entonces fué cuando nació su
hija, único fruto de su matrimonio.

La majestuosa doña Emilia, al enterarse de que iba á ser abuela, no pudo
permanecer en Madrid. ¡Su pobre Josefina, en país extranjero, sin otros
cuidados que los de su marido, un buen muchacho que, según decían, tenia
talento, sin dejar por esto de parecerle algo ordinario!... Á expensas
del yerno hizo su viaje á Venecia, y allí permaneció algunos meses
echando pestes contra esta ciudad, á la que no había llegado nunca en
sus correrías diplomáticas. La ilustre señora sólo consideraba
habitables las capitales que tenían corte. ¡Pchs... Venecia! ¡Una
población cursi que sólo gustaba á los fabricantes de romanzas y los
ilustradores de abanicos, y donde no había más que cónsules! Á ella le
placía Roma con el Papa y sus reyes. Además, le mareaba ir en góndola y
se quejaba de incesante reuma, echando la culpa á la humedad de las
lagunas.

Renovales, que temblaba por la vida de Josefina, creyendo que su
naturaleza endeble y delicada no podría resistir el accidente de la
maternidad, prorrumpió en una alegría ruidosa al recibir en sus brazos á
la pequeña y contemplar á la madre, que reclinaba como muerta su cabeza
en la almohada. La blancura de ésta se confundía con la de su rostro. Su
primera mirada fué para ella, para las facciones pálidas y desencajadas
por la reciente crisis, que iban serenándose con el descanso.
¡Pobrecita! ¡Cómo había sufrido! Pero al salir de puntillas del
dormitorio para no turbar el sueño abrumador que se apoderaba de la
enferma después de dos días crueles, entregóse á la admiración del
pedazo de carne que, envuelto en finos lienzos, descansaba sobre los
enormes y flácidos muslos de la abuela. ¡Ah, el adorable boceto!
Contempló su carita amoratada, su abultada cabeza pobre de pelo,
buscando algo suyo en este oleaje de carne, todavía removida y sin
formas determinadas. Él no entendía de esto; era la primer criatura que
veía nacer. «Mamá, ¿á quién se parece?»

Doña Emilia se asombraba de su ceguera. ¿Á quién había de parecerse? Á
él, sólo á él. Era grande, enorme; pocas criaturas había visto como
aquella. Parecía imposible que viviese su pobre hija después de echar al
mundo _aquello_. Por falta de salud no había que quejarse; tenía los
colores de una lugareña.

--Es una Renovales; es tuya, y bien tuya, Mariano. Nosotros somos de
otra clase.

Y Renovales, sin fijarse en las palabras de mamá, sólo vió que su hija
era semejante á él, extasiándose en la contemplación de su robustez,
alabando á gritos aquella salud de la que hablaba la abuela con un
acento de decepción.

En vano él y doña Emilia quisieron disuadir á Josefina de su propósito
de dar el pecho á la pequeña. La mujercita, á pesar de su debilidad, que
la mantenía inmóvil en la cama, lloró y gritó casi lo mismo que en las
crisis que tanto habían asustado á Renovales.

--No quiero--dijo con aquella tenacidad que tan terrible la hacía.--No
quiero para mi hija leche extranjera. La criaré yo... su madre.

Y hubo que entregársela, dejar que la pequeña se agarrase con una
voracidad de ogro á aquellos pechos, hinchados ahora por la maternidad,
y tantas veces admirados por el pintor en su virginal recogimiento.

Cuando Josefina pareció repuesta, su madre, dando por terminada su
misión, regresó á Madrid. Se aburría en aquella ciudad silenciosa: de
noche creía estar muerta al no escuchar desde su cama ruido alguno. La
daba miedo esta calma de cementerio, rasgada de tarde en tarde por el
grito de los gondoleros. No tenía amigas, no _brillaba_; no era nadie en
aquella charca, ni nadie la conocía. Recordaba á todas horas á sus
ilustres amigas de Madrid, donde ella se creía un personaje
insustituible. Tenía clavada en el alma la modestia del bautismo de su
nieta, á pesar de que á ésta la pusieron su nombre. Un cortejo pobre que
cabía en dos góndolas: ella, que era la madrina, con el padrino, un
viejo pintor veneciano amigo de Renovales, y además, éste y dos
artistas, uno francés y otro español. No había asistido al bautizo el
patriarca de Venecia, ni siquiera un obispo. (¡Ella que conocía tantos
en su país!) Un simple cura, con rapidez lamentable, había bastado para
cristianizar á la nieta del famoso diplomático en una iglesia pequeña, á
la caída de la tarde. Se marchó, repitiendo una vez más que su Josefina
se estaba matando, que era una locura, con su salud delicada, dar el
pecho á la niña, lamentándose de que no la imitase á ella, que había
confiado siempre sus hijos á lactancias extrañas.

Josefina lloró mucho al separarse de mamá, mientras Renovales la
despedía con mal disimulado gozo. ¡Buen viaje! Á duras penas podía
aguantar á aquella señora, que se creía en perpetua postergación viendo
cómo trabajaba su yerno por sostener el bienestar de su hija. Únicamente
estaba de acuerdo con ella al regañar dulcemente á Josefina por su
tenacidad en dar el pecho á la pequeña. ¡Pobre maja desnuda! La
gentileza de su cuerpo de capullo borrábase con el amplio florecimiento
de la maternidad. Sus piernas, dilatadas por la hinchazón del embarazo,
habían perdido sus antiguas líneas; sus pechos, más fuertes y abultados
ahora, ya no tenían su esbeltez de magnolia cerrada.

Parecía más robusta, pero la amplitud de su cuerpo iba acompañada de
enémica flacidez. El marido, viendo cómo perdía su gentileza, la amaba
más con tierna compasión. ¡Pobrecita! ¡Cuán buena era! ¡Se estaba
sacrificando por su hija!...

Cuando ésta tenía un año, ocurrió la gran crisis de la vida de
Renovales. Ganoso de darse «un baño de arte», de saber lo que ocurría
fuera de aquella mazmorra en que estaba encerrado pintando á tanto la
pieza, dejó á Josefina en Venecia é hizo un corto viaje á París para ver
su famoso Salón. Volvió de allá transfigurado, con nueva fiebre de
trabajo y una resolución de transformar su existencia, que causó en su
mujer asombro y miedo. Iba á romper con su empresario; no se envilecería
más en aquella pintura falsa, aunque tuviese que pedir limosna. En el
mundo se hacían grandes cosas, y él sentíase con ánimos para ser un
innovador, siguiendo el camino de aquellos pintores modernos que tan
profundamente le impresionaban.

Aborrecía ahora la vieja Italia, adonde iban á estudiar los artistas,
protegidos por gobiernos ignorantes.

En realidad, lo que encontraban en ella era un mercado de seductoras
demandas, acostumbrándose al encargo, á la vida muelle y sin iniciativas
de la ganancia fácil. Quería trasladarse á París. Pero Josefina, que
acogía en silencio las ilusiones de Renovales, incomprensibles en gran
parte para ella, modificó con sus consejos esta resolución. Ella también
quería salir de Venecia. La ciudad le parecía triste durante el
invierno, con sus interminables lluvias, que dejaban resbaladizos los
puentes é intransitables las callejuelas de mármol. Decididos ya á
levantar el campo, ¿por qué no regresar á Madrid? Mamá estaba enferma,
se lamentaba en todas las cartas de vivir lejos de su hija. Josefina
deseaba verla, presintiendo su muerte. Renovales reflexionó; también él
deseaba volver á España. Sentía la nostalgia del país; pensó en el gran
alboroto que levantaría allá, ensayando sus nuevos procedimientos en
medio de la general rutina. Le tentaba el deseo de escandalizar á la
gente académica que le había aceptado por sus anteriores abdicaciones.

El matrimonio volvió á Madrid con su pequeña Milita, á la que llamaban
así familiarmente, abreviando el diminutivo de Emilia. Renovales llevaba
por todo capital unos cuantos miles de liras, ahorros de Josefina y
producto de la venta de una parte de los muebles que adornaban las salas
destartaladas del palacio Foscarini.

Los principios fueron difíciles. Á los pocos meses de su permanencia en
Madrid murió doña Emilia. Su entierro no correspondió á las ilusiones
que siempre se había forjado la ilustre viuda. Apenas si asistieron á él
dos docenas de sus innumerables y famosos parientes. ¡Pobre señora, si
hubiese presenciado esta póstuma decepción!... Renovales casi se alegró
del suceso. Con él rompíase el único lazo que les unía al gran mundo. Él
y Josefina vivieron en un piso cuarto de la calle de Alcalá, cercano á
la Plaza de Toros, con una gran terraza que el artista convirtió en
estudio. Su existencia fué modesta, recogida, humilde: ni amigos ni
fiestas. Ella pasaba los días cuidando de su hija y de la casa, sin otra
ayuda que la de una torpe doméstica de exigua retribución. Muchas veces,
cuando más activa se mostraba, caía en profundo desaliento, quejándose
de extrañas y variables enfermedades.

Mariano apenas trabajaba en su casa: pintaba al aire libre, aborrecía la
luz convencional del estudio, la estrechez de su ambiente. Recorría los
alrededores de Madrid y las provincias cercanas, buscando los tipos
toscos é ingenuos, cuyas caras parecían transpirar la antigua alma
española. Subía al Guadarrama en pleno invierno, permaneciendo como un
explorador único en los campos de nieve, para trasladar al lienzo los
pinos seculares, retorcidos y negros bajo sus gorros de heladas vedijas.

Al verificarse la Exposición estalló el nombre de Renovales como un
cañonazo, esparciendo sus ecos por las cumbres del entusiasmo y las
sombrías oquedades de la opinión. No presentó un cuadro enorme y con
_argumento_ como en su primer triunfo. Eran lienzos pequeños, estudios
confiados al azar de un buen encuentro, pedazos de Naturaleza, hombres y
paisajes reproducidos con una verdad asombrosa y brutal que
escandalizaba al público.

Los padres graves de la pintura retorcíanse, como si recibiesen una
bofetada, ante estos hierros que parecían llamear entre los otros
cuadros apagados y plomizos. Reconocían que Renovales era un pintor,
pero sin imaginación, sin inventiva, sin otro mérito que el de trasladar
al lienzo aquello que contemplaban sus ojos. Los jóvenes se agrupaban en
torno del nuevo maestro: hubo disputas interminables, apasionadas
discusiones, odios de muerte, aleteando sobre esta batalla el nombre de
Renovales, fijo casi á diario en las columnas de los periódicos, hasta
el punto de que le faltaba poco para ser tan célebre como un matador de
toros ó un orador del Congreso.

Seis años duró esta lucha, levantándose una tormenta de insultos y de
aplausos cada vez que Renovales lanzaba al público una obra suya; y
mientras tanto, el maestro, tan llevado y traído, vivía en la estrechez,
teniendo que pintar á escondidas acuarelas del antiguo estilo, para
enviarlas con gran secreto á su mercader de Roma. Pero todos los
combates tienen término. El público acabó por aceptar como indiscutible
un nombre que á diario saltaba ante sus ojos; los enemigos, quebrantados
por el refuerzo inconsciente de la opinión, mostráronse cansados, y el
maestro, como todos los innovadores, una vez pasado el primer éxito del
escándalo, comenzó á limitar su audacia, recortando y dulcificando su
primitiva brutalidad. El temido pintor púsose de moda. El éxito fácil é
instantáneo conseguido al principio de su carrera, volvió á
reproducirse, pero ahora más sólido y definitivo, como una conquista
realizada por caminos ásperos y difíciles, riñendo un combate á cada
paso.

El dinero, paje veleidoso, volvió á él, sosteniendo el manto de la
gloria. Vendió cuadros á precios nunca conocidos en España, y las cifras
se hincharon fabulosamente al ser repetidas por sus admiradores. Ciertos
millonarios de América, con el asombro de que un pintor español fuese
mencionado en el extranjero y reprodujesen sus obras las primeras
revistas de Europa, compraron los lienzos de Renovales como objetos de
gran lujo.

El maestro, amargado por las estrecheces de su período de lucha, sintió
de pronto un ansia de dinero, una codicia dominadora que nunca le habían
conocido sus amigos. Su mujer parecía cada vez más enferma; su hija
crecía y él deseaba para su Milita la educación y el lujo de una
princesa. Las tenia ahora en un hotel de mediano aspecto, pero deseaba
para ellas algo mejor. El instinto práctico, que todos le reconocían
cuando no le cegaba una preocupación artística, se esforzó por hacer del
pincel un instrumento de grandes ganancias.

El cuadro estaba condenado á desaparecer, según decía el maestro. Las
habitaciones modernas, pequeñas y de sobrio decorado, no permiten los
grandes lienzos de los salones de otras épocas, cuyos muros desnudos
había que adornar. Además, los gabinetes de ahora, semejantes á piezas
de muñecas, sólo podían resistir cuadros bonitos, de amanerada
hermosura. Las escenas arrancadas á la verdad se despegaban de este
fondo. Sólo quedaba, pues, el retrato para ganar dinero, y Renovales
olvidó sus glorias de innovador, para conquistar por todos los medios un
renombre de retratista entre la gente elevada. Pintó á los individuos de
sangre regia en toda suerte de actitudes, sin perdonar ninguna de sus
ocupaciones importantes: á pie y á caballo, con plumas de general ó
manta parda de cazador; matando pichones ó corriendo en automóvil.
Trasladó al lienzo las más linajudas bellezas, modificando
insensiblemente, con hábil malicia, las ajaduras del tiempo;
endureciendo con el pincel las flácidas carnes; sosteniendo la pesadez
de párpados y mejillas, desplomados por el cansancio y el envenenamiento
de los afeites. Después de estos éxitos cortesanos, los ricos
consideraron un retrato de Renovales como imprescindible adorno de su
salón. Iban en busca de él porque su firma costaba miles de duros:
poseer un lienzo suyo era un testimonio de opulencia, tan preciso cual
un automóvil de la mejor marca.

Renovales fué rico, como puede llegar á serlo un pintor. Entonces
construyó lo que los envidiosos llamaban «su panteón»: un hotel
soberbio, tras las verjas del Retiro.

Sintió el deseo vehemente de fabricarse un nido á su gusto é imagen,
como esos moluscos que con el jugo de su cuerpo se fabrican el
caparazón que les sirve de vivienda y defensa. Despertó en él esa ansia
de ostentación, de originalidad aparatosa, fanfarrona y cómica que
duerme en el pensamiento de todo artista. Primero soñó con una
reproducción del palacio de Rubens, en Amberes: logias abiertas que
servían de estudios, frondosos jardines cubiertos de flores en todo
tiempo, y circulando por sus avenidas gacelas, jirafas, pájaros de
plumaje luminoso cual voladores ramilletes, y otros animales exóticos
que servían de modelos al gran pintor en su afán de copiar la Naturaleza
con toda su magnificencia.

Pero el madrileño solar de unos cuantos miles de pies, yermo, blancuzco,
limitado por una mísera valla y con la sequedad propia de Castilla, le
hizo abandonar este ensueño. Ya que no era posible el alarde rubensesco,
se refugiaría en el clasicismo, y levantó en el fondo de un pequeño
jardín una especie de templo griego que había de servir de vivienda y
estudio. Sobre el frontón triangular alzábanse tres trípodes á modo de
flameros, que daban á la vivienda un aspecto de tumba monumental. Pero
el maestro, para evitar toda equivocación á los que se detenían al otro
lado de la verja, hizo esculpir en la piedra de la fachada guirnaldas de
laurel, paletas rodeadas de coronas, y en medio de este aparato de
ingenua modestia, una breve inscripción, en letras de oro, de regular
tamaño: «Renovales.» Ni más ni menos que una tienda. Dentro, en dos
estudios donde nadie pintaba, y que precedían al verdadero estudio de
trabajo, exhibíanse los cuadros terminados sobre caballetes cubiertos
con telas antiguas, y los visitantes admiraban una teatral balumba de
armaduras, tapices, viejos estandartes pendientes del techo, vitrinas
cargadas de venerables bagatelas, profundos divanes con sombrajes de
telas orientales sostenidas por lanzas, cofres centenarios y bargueños
abiertos brillando con el oro pálido de su cajonería.

Equivalían estos estudios, donde nadie estudiaba, á los salones de
espera lujosos y en fila del doctor que hace pagar cien pesetas por la
consulta; á las antesalas de cuero sombrío y venerables cuadros del
jurisconsulto ilustre y probo que no abre la boca sin llevarse un pedazo
de la fortuna del cliente. Los que aguardaban en estos dos estudios,
grandes como naves de iglesia, con esa majestad silenciosa que se
desprende de la pátina de los siglos, sufrían la preparación necesaria
para admitir los enormes precios que les pedía el maestro.

Renovales _había llegado_ y podía descansar tranquilamente, según decían
sus admiradores. Y sin embargo, el maestro estaba triste: su carácter,
agriado por oculto malestar, estallaba en ruidosas cóleras.

Bastaba para enfurecerle el más leve ataque de un enemigo
insignificante. Los discípulos creían que era esto efecto de los años.
Las luchas le habían envejecido hasta el punto de que con sus grandes
barbas y su espalda un poco arqueada, parecía diez años más viejo.

En este templo blanco, sobre cuyo frontón flameaba su nombre con oro de
gloria, era menos feliz que en las modestas viviendas de Italia ó en el
buhardillón cercano á la Plaza de Toros. De aquella Josefina de sus
primeros tiempos de matrimonio sólo quedaba una lejana sombra. La _maja
desnuda_ de las dulces noches de Roma y Venecia, no era más que un
recuerdo. Al volver á España se había evaporado la falsa robustez de su
maternidad.

Adelgazaba como si la consumiese un fuego oculto: derretíase en interna
combustión el grasoso almohadillado que rellenaba su cuerpo con
graciosas ondulaciones. Comenzaba á marcar el esqueleto sus agudas
aristas y obscuras oquedades bajo la piel pálida y flácida. ¡Pobre _maja
desnuda_! El marido la compadecía, atribuyendo su decadencia á las
luchas y preocupaciones que habían sufrido al establecerse en Madrid.

Por ella deseaba vencer y hacerse rico, proporcionándola el soñado
bienestar. Su enfermedad tenía un origen moral: era neurastenia, honda
tristeza. La pobre sufría, indudablemente, al verse en aquel Madrid,
donde había vivido con relativa brillantez, condenada á una existencia
de pobre, habitando una casa mísera, luchando con la escasez de dinero y
teniendo que ocuparse en las más vulgares faenas. Se quejaba de
extraños dolores; sus piernas perdían toda fuerza; se desplomaba sobre
una silla, permaneciendo inmóvil horas y más horas, llorando sin saber
por qué. Digería mal; durante semanas enteras repelía su estómago todo
alimento. Por las noches agitábase en la cama sin poder dormir, y apenas
apuntaba el día ya estaba de pie, corriendo la casa con una actividad de
duende, revolviéndolo todo, buscando querella á la criada, al marido, á
ella misma, hasta que, de pronto, caía en el anonadamiento desde lo alto
de su excitación, é iniciaba el primer llanto.

Estas crisis domésticas quebrantaban el ánimo del pintor, pero las
acogía con paciencia. Á su antiguo amor uníase ahora una dulce
conmiseración viéndola tan débil, sin otros restos de su antigua belleza
que los ojos, hundidos en sus azuladas órbitas, brillantes con el
misterioso fuego de la fiebre. ¡Pobrecilla! La miseria la había puesto
así. Su marido consideraba su debilidad con cierto remordimiento. Su
suerte era la del soldado que se sacrifica por la gloria de su general.
Renovales había vencido, pero dejando á sus espaldas á la mujer amada,
caída en la lucha por ser más débil.

Admiraba, además, su abnegación maternal. El vigor que á ella le faltaba
lo tenía Milita, aquella criatura que llamaba la atención por su
robustez y sus colores. La voracidad de este organismo fuerte y
avasallador había absorbido toda la vida de la madre.

Cuando el artista fué rico é instaló su familia en el nuevo hotel,
creyó que Josefina iba á resucitar. Los médicos confiaban en un rápido
cambio. El primer día que pasearon los dos por los salones y estudios de
la nueva casa, inventariando con mirada satisfecha los muebles y los
ricos objetos antiguos y modernos, Renovales cogió del talle á la débil
muñeca, inclinando la cabeza sobre ella, acariciando su frente con las
recias barbas.

Todo era suyo, el hotel y sus lujosas decoraciones; de ella también el
dinero que aun le quedaba y el que seguiría ganando. Ella era la señora,
la dueña absoluta; podía gastar cuanto quisiera, allí estaba él para
hacer frente á todo. Podía distinguirse por su lujo, tener carruajes,
dar envidia á sus antiguas amigas, enorgullecerse de ser la mujer de un
pintor famoso, mucho más que otras que habían pescado con el matrimonio
una corona condal... ¿Estaba contenta?

Ella decía que sí, moviendo la cabeza débilmente, y hasta se empinó
sobre las puntas de los pies para besar agradecida aquella boca que
parecía arrullarla á través de las nubes de pelos; pero su gesto era
triste y sus desmayados movimientos de flor marchita, como si no
existiese alegría mundanal que pudiera sacarla de este desaliento.

Á los pocos días, pasada la primera impresión del cambio de vida,
volvieron á repetirse en el lujoso hotel las mismas crisis que tantas
veces habían conmovido anteriores viviendas.

Renovales la encontraba en el comedor con la cabeza entre las manos,
llorando, sin querer explicarle la causa de sus lágrimas. Cuando
intentaba cogerla entre sus brazos, acariciándola como á una niña, la
mujercita se encrespaba lo mismo que si recibiese una injuria.

--Déjame--gritaba, fijando en él unos ojos hostiles.--No me toques...
Vete.

Otras veces la buscaba por la casa, preguntando en vano á Milita, que,
habituada á las crisis de su madre y sostenida por su egoísmo de
muchacha fuerte, no hacía gran caso de ella y seguía jugando con sus
innumerables muñecas.

--No sé, papaíto; debe estar llorando arriba--contestaba con
naturalidad.

Y en algún rincón del piso alto, en el dormitorio, junto á la cama, ó
entre las ropas del cuarto de vestir, la encontraba el marido sentada en
el suelo, la mandíbula apoyada en las manos, los ojos fijos en la pared,
como si contemplase algo invisible y misterioso que sólo ella podía ver.
Ahora no lloraba; sus ojos estaban secos, agrandados por una expresión
de espanto, y era en vano que el esposo intentase atraerla. Permanecía
inmóvil, fría, insensible á sus caricias, como si fuese un extraño, como
si entre los dos existiera una indiferencia inabordable.

--Quiero morir--decía con voz grave y concentrada.--No hago falta en el
mundo: quiero descansar.

Esta resignación fúnebre convertíase poco después en furiosa
acometividad. Renovales nunca se daba cuenta de cómo se iniciaba el
conflicto. La más insignificante de sus palabras, un gesto, su mismo
silencio, bastaban para atraer la tormenta. Josefina comenzaba á hablar
con acento agresivo, dando á sus palabras la cortante frialdad de una
navaja. Censuraba al pintor por lo que hacía y lo que no hacía, por sus
costumbres más insignificantes, por lo que pintaba, y de pronto,
extendiendo el radio de sus injurias, queriendo abarcar en ellas al
mundo entero, prorrumpía en denuestos contra las distinguidas personas
que formaban la clientela del marido, proporcionándole enormes
ganancias. Podía estar satisfecho de los retratos de aquellas gentes:
ellos, unos señores despreciables, malas personas, ladrones casi todos.
Su madre, que estaba bien enterada de este mundo, le había contado
muchas historias. Á ellas aun las conocía mejor; casi todas habían sido
sus compañeras de colegio ó sus amigas. Se habían casado para poner en
ridículo á sus maridos; todas tenían historia; eran perdidas peores que
las que montaban la guardia de noche en las aceras. Aquella casa, con
toda su fachada de laureles y sus letras de oro, era un burdel. El mejor
día se plantaba ella en el estudio y las echaba á la calle para que las
retratasen en otra parte.

--¡Por Dios, Josefina!--murmuraba angustiado Renovales.--No digas esas
cosas; no pienses esas barbaridades. Parece imposible que hables así. La
niña nos oye.

Josefina, agotada ya su ira nerviosa, prorrumpía en llanto y Renovales
tenia que abandonar la mesa para acompañarla á la cama, donde se tendía
gritando por centésima vez su deseo de morir.

Esta vida le era aún más intolerable por su fidelidad conyugal, por
aquel amor mezclado de costumbre y rutina que le mantenía sólidamente
adherido á su esposa.

Por las tardes, á última hora, se reunían en su estudio varios amigos,
entre los cuales figuraba el famoso Cotoner, que había trasladado su
residencia á Madrid. Cuando envueltos en la luz del crepúsculo que iba
penetrando por la enorme vidriera, sentíanse inclinados á las
confidencias amistosas, Renovales hacía siempre la misma declaración:

--De muchacho me he divertido como cualquiera; pero desde que me casé no
conozco otra mujer que la propia. Lo digo con orgullo.

Y el hombretón erguía su alto cuerpo y se acariciaba hacia arriba las
barbas, satisfecho de su fidelidad conyugal, como otros lo estaban de
sus buenas fortunas en amor.

Cuando se hablaba en su presencia de mujeres hermosas ó se examinaban
retratos de las grandes beldades extranjeras, el maestro no ocultaba su
aprobación:

--¡Muy hermosa! ¡Muy bonita... para pintarla!

Sus entusiasmos por la belleza no iban más allá de los límites del arte.
Sólo existía una mujer en el mundo, la suya; las demás eran modelos.

Él, que llevaba en su pensamiento una orgía de carne y adoraba la
desnudez con unción religiosa, guardaba todos sus homenajes de hombre
para la mujer legítima, cada vez más enferma, más triste, esperando con
paciencia de enamorado un momento de calma, un rayo de sol entre las
incesantes tormentas.

Los médicos, confesándose inhábiles para curar este desarreglo nervioso
que consumía el organismo de la esposa, confiaban en un cambio
inesperado y recomendaban al marido una extremada dulzura. Esto servía
para aumentar su paciente mansedumbre. Atribuían el trastorno de sus
nervios al parto y la lactancia, que habían quebrantado su débil salud;
sospechaban además la existencia de alguna causa desconocida, que
mantenía á la enferma en interminable excitación.

Renovales, que estudiaba á su mujer con el anhelo de recobrar la paz
doméstica, adivinó de pronto la verdadera causa de su enfermedad.

Milita iba creciendo: ya era una mujer. Tenia catorce años y vestía de
largo, atrayendo las miradas de los hombres con su belleza sana y
fuerte.

--Cualquier día se nos la llevan--decía riendo el maestro.

Y su mujer, al oirle hablar de matrimonio, haciendo conjeturas sobre su
futuro yerno, cerraba los ojos, para decir con voz reconcentrada,
reveladora de invencible tenacidad:

--Se casará con quien quiera... menos con un pintor. Antes prefiero
verla muerta.

Renovales adivinó entonces la verdadera enfermedad de su mujer. Eran
celos, unos celos inmensos, mortales, anonadadores; era la tristeza de
verse enferma. Estaba segura de su esposo; conocía sus afirmaciones de
fidelidad conyugal. Pero el pintor, al hablar de sus entusiasmos
artísticos en presencia de ella, no ocultaba su adoración á la belleza,
su culto religioso á la forma. Aunque callase, ella penetraba en su
pensamiento; leía en él este fervor que databa de la juventud y había
ido aumentándose con los años. Al contemplar las estatuas de soberana
desnudez que adornaban los estudios, al pasar sus ojos por los álbums y
cartones, donde la luz de la carne brillaba con resplandor divino entre
las sombras del grabado, ella las comparaba mentalmente con su cuerpo
enflaquecido por la enfermedad.

Los ojos de Renovales, que parecían beber con adoración los brazos de
armoniosas líneas, los pechos torneados y firmes como copas de
alabastro, las caderas de voluptuosa caída, las gargantas de
aterciopelada redondez, las piernas de esbelta majestad, eran los mismos
que contemplaban por la noche su tronco débil, surcado por la saliente
escalinata de las costillas; los blasones femeniles, antes firmes á
voluptuosos, colgantes como harapos: sus brazos, en los que la debilidad
moteaba la piel con manchas amarillas; sus piernas, cuya delgadez
esquelética sólo estaba interrumpida por el abultamiento saliente de las
rótulas. ¡Mísera de ella!... Aquel hombre no podía amarla. Su fidelidad
era compasión, tal vez rutina, virtud inconsciente. Nunca se creería
amada. Con otro hombre aun era posible esta ilusión, pero él era un
artista; adoraba de día la belleza, para tropezar por la noche con la
fealdad del agotamiento, con la miseria física.

La atormentaban incesantemente los celos, amargando su pensamiento,
devorando su vida; unos celos inconsolables, por lo mismo que no
encontraban nada real en que apoyarse.

Sentía una tristeza inmensa al reconocer su fealdad, una envidia
insaciable contra todos, un deseo de morir, pero matando antes al mundo
para arrastrarlo en su caída.

Las ingenuas caricias de su esposo la irritaban como un insulto. Tal vez
creía amarla; tal vez se aproximaba á ella de buena fe; pero leía en su
pensamiento y encontraba en él á la irresistible enemiga, á la rival que
la anonadaba con su belleza. Y esto no tenía remedio. Estaba unida á un
hombre que sería fiel, mientras viviese, á la religión de lo hermoso,
sin apostatar jamás de ella. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de aquellos días en
que defendía del marido su cuerpo primaveral que intentaba pintar! Si
ahora volviesen á ella la juventud y la belleza, arrojaría impúdicamente
todas las envolturas, se plantaría en medio del estudio con la
arrogancia de una bacante, gritando:

--Pinta; hártate de mi carne, y siempre que pienses en tu eterna
querida, en esa que llamas la Belleza, procura verla con mi misma cara;
que tenga mi mismo cuerpo.

Era una inmensa desgracia vivir unida á un artista. Jamás casaría á su
hija con un pintor: antes verla muerta. Los que llevaban dentro el
demonio de la forma, sólo podían vivir tranquilos y felices con una
compañera eternamente joven, eternamente bella.

La fidelidad de su marido, la desesperaba. Aquel artista casto, estaba
rumiando siempre en su pensamiento el recuerdo de bellas desnudeces,
imaginaba cuadros que no se atrevía á pintar por miedo á ella. Con su
penetración de enferma parecía leer estos anhelos en la frente de su
esposo. Mejor hubiese preferido una infidelidad cierta: verle enamorado
de otra mujer, enloquecido por una pasión sexual. De este viaje, fuera
de los límites del matrimonio, podría volver, fatigado y humilde,
pidiéndola perdón; pero del otro, no volvería nunca.

Renovales, al adivinar esa tristeza, emprendió con ternura la curación
moral de su mujer. Evitó hablar en presencia de ella de sus adoraciones
artísticas; encontró terribles defectos á las damas hermosas que le
buscaban como retratista; ensalzaba la belleza espiritual de Josefina;
la pintaba, trasladando al lienzo sus mismas facciones, pero hermoseadas
con sutil habilidad.

Ella sonreía, con esa eterna condescendencia que tiene la mujer para
las más estupendas y escandalosas mentiras, siempre que la halaguen.

--Eres tú--decía Renovales:--tu misma cara, tu gracia, tu distinción.
Aun creo que te he hecho menos hermosa.

Seguía sonriendo, pero de pronto su mirada endurecíase, apretaba los
labios y la sombra se remontaba poco á poco por su rostro.

Clavaba sus ojos en los del pintor como si registrase su pensamiento.

Todo mentira. Su marido la halagaba, creía amarla, pero sólo su carne
permanecía fiel. La enemiga invencible, la eterna amante, era señora de
su pensamiento.

Atenazada por esta infidelidad mental y por la rabia que la producía su
impotencia, iba formándose en su sistema nervioso una de aquellas
tempestades que estallaban en lluvias de lágrimas y truenos de insultos
y recriminaciones.

La vida del maestro Renovales era un infierno, cuando poseía ya la
gloria y la riqueza, con las que había soñado tantos años, cifrando en
ellas su felicidad.



IV


Eran las tres de la tarde cuando el ilustre pintor volvió á su casa
después del almuerzo con el húngaro.

Al entrar en el comedor, antes de dirigirse al estudio, vió á dos
mujeres que, con el sombrero puesto y el velillo ante el rostro,
parecían disponerse á salir. Una de ellas, tan alta como el pintor, se
arrojó á su cuello con los brazos abiertos.

--Papá, papaíto, te hemos esperado hasta cerca de las dos. ¿Has
almorzado bien?...

Y le acariciaba con ruidosos besos, rozando sus frescas mejillas de rosa
en las barbas canas del maestro.

Renovales sonreía bondadosamente bajo este chaparrón de caricias. ¡Ah,
su Milita! Era la única alegría de aquella vivienda triste y ostentosa
como un panteón. Ella era la que dulcificaba el ambiente de tedio
agresivo que la enferma parecía esparcir en torno de él. Contempló á su
hija, adoptando un cómico aire de galán!

--Muy bonita, sí, señor; está usted muy bonita hoy. Es usted un
verdadero Rubens, señorita; un Rubens en moreno. ¿Y adónde vamos á
lucir el garbo?...

Paseaba su mirada satisfecha de creador por este cuerpo fuerte y
sonrosado, en el cual delatábase la crisis de la juventud con cierta
delgadez pasajera, producto de un rápido crecimiento, y un círculo
profundo en torno de los ojos. Su mirada húmeda y misteriosa era la de
una mujer que empieza á enterarse de su significación en la vida. Vestía
con cierta elegancia exótica: su traje tenía un aire varonil; su corbata
y su cuello hombrunos, armonizaban con la viveza rígida de sus
movimientos, con sus botinas inglesas de ancho tacón, con la soltura
violenta de sus piernas, que al marchar abrían las faldas como un
compás, más atentas á la rapidez y al taconeo fuerte que á la gracia del
paso. El maestro admiraba su belleza saludable. ¡Qué magnífico
ejemplar!... Con ella no se extinguiría la raza. Era él, toda él: de
haber nacido hembra, sería semejante á su Milita.

Ésta seguía hablando, sin separar los brazos de los hombros del padre,
fijos en el maestro sus ojos, que tenían un temblor de oro líquido.

Iba á su paseo diario con _Miss_; una marcha de dos horas por la
Castellana, por el Retiro, sin sentarse, sin detenerse un instante,
dando de paso una lección peripatética de inglés. Sólo entonces volvió
Renovales la vista para saludar á _Miss_, una mujer obesa, con la cara
roja y arrugada, mostrando al sonreir una dentadura que tenía el brillo
amarillento de las fichas de un dominó. En el estudio, Renovales y sus
amigos reían muchas veces del aspecto de _Miss_ y de sus manías; de su
peluca roja puesta sobre el cráneo con el mismo descuido que un
sombrero; de su dentadura postiza y escandalosa; de sus capotas que
fabricaba ella misma utilizando los cintajos y harapos que caían en sus
manos; de su inapetencia crónica, que la hacía nutrirse con cerveza,
teniéndola en perpetua turbación, que se manifestaba en exageradas
reverencias.

Su gordura fofa de bebedora, mostrábase alarmada por la proximidad de
este paseo, que era su tormento diario, esforzándose dolorosamente por
seguir las zancadas de la señorita. Al ver que el pintor la miraba,
púsose aún más roja é hizo tres grandes reverencias.

--¡Oh, míster Renovales! ¡Oh, sir!...

Y no le llamó lord, porque el maestro, después de saludarla con un
movimiento de cabeza, se olvidó de ella, volviendo á hablar con su hija.

Milita se interesaba por el almuerzo de su padre con Tekli. ¿Conque
había bebido _Chiantti_? ¡Ah, egoísta! ¡Con tanto que le gustaba á
ella!... Había hecho mal en avisar tan tarde. Afortunadamente estaba
Cotoner en casa, y mamá le había obligado á quedarse para no almorzar
solas. El viejo amigo se había metido en la cocina, preparando uno de
aquellos platos cuyo guiso había aprendido en sus tiempos de paisajista.
Milita observaba que todos los paisajistas eran algo cocineros. Su vida
al aire libre, las necesidades de su existencia errante por ventas y
cabañas, desafiando la escasez, les aficionaban insensiblemente á esta
habilidad.

Habían almorzado muy bien. Mamá había reído con las gracias de Cotoner,
que siempre estaba alegre; pero á los postres, cuando llegó Soldevilla,
el discípulo predilecto de Renovales, se había sentido mal,
desapareciendo para ocultar sus ojos llenos de lágrimas, su pecho
angustiado por los sollozos.

--Estará arriba--dijo la joven con cierta indiferencia, habituada ya á
estas crisis.--Adiós, papaíto; un beso. En el estudio tienes á Cotoner y
á Soldevilla. Otro beso... Deja que te muerda.

Y después de clavar con suavidad sus dientecitos en una mejilla del
maestro, la joven salió seguida de _Miss_, que bufaba prematuramente
pensando en el fatigoso paseo.

Renovales quedó inmóvil, como si no quisiera sacudir este ambiente de
cariño en que le envolvía su hija. Milita era suya, toda suya. Amaba á
su madre, pero su afecto resultaba frío comparado con la pasión
vehemente que sentía por él, esa predilección vaga é instintiva que las
hijas sienten por los padres, y que es como un esbozo de la adoración
que ha de inspirarles después el hombre amado.

Pensó un momento en buscar á Josefina para consolarla, pero tras corta
reflexión desistió de este propósito. No sería nada; su hija estaba
tranquila; un _arrechucho_, como los de costumbre. Subiendo se exponía á
una escena terrible que le amargase la tarde, quitándole los deseos de
trabajar, desvaneciendo aquella alegría juvenil que llevaba en el alma
después de su almuerzo con Tekli.

Se dirigió al último estudio, el único que merecía este nombre, pues era
donde él trabajaba, y vió á Cotoner sentado en un sillón conventual, con
el asiento combado por el peso de su abultada persona, los codos
apoyados en los brazos de roble, el chaleco desabotonado para dejar en
libertad el repleto abdomen, la cabeza hundida en los hombros, la cara
roja y sudorosa, los ojos entornados por la suave embriaguez de su
digestión en aquel ambiente caldeado por una enorme estufa.

Cotoner estaba viejo; tenía el bigote blanco y la cabeza calva, pero su
cara sonrosada y lustrosa era de una frescura infantil. Respiraba la
placidez del célibe casto que sólo ama la buena mesa y aprecia la
somnolencia digestiva de la boa como la mayor de las felicidades.

Se había cansado de vivir en Roma. Escaseaban los encargos. Los papas
vivían más años que los patriarcas bíblicos; los retratos al cromo del
Pontífice le hacían una competencia ruinosa. Además, estaba viejo y los
pintores jóvenes que llegaban á Roma no le conocían; eran gentes tristes
que le miraban como á un bufón, y sólo abandonaban su seriedad para
burlarse de él. Su tiempo había pasado. El eco de los triunfos de
Mariano allá en la _tierra_ había tirado de él, decidiéndole á
trasladarse á Madrid. Lo mismo se vivía en todas partes. También en
Madrid tenía amigos. Y había continuado aquí su vida de Roma, sin ningún
esfuerzo, sintiendo ciertos anhelos de gloria en su exigua personalidad
de jornalero del arte, como si sus relaciones con Renovales le
impusieran el deber de buscar en la pintura un lugar cercano al suyo.

Había vuelto á los paisajes, sin obtener triunfos mayores que la ingenua
admiración de las lavanderas y los ladrilleros que en las cercanías de
Madrid formaban semicírculo ante su caballete, diciéndose que aquel
señor, que llevaba en la solapa el botón multicolor de sus diversas
condecoraciones pontificales, debía ser un pájaro gordo, alguno de los
grandes pintores de que hablaban los periódicos. Renovales le había
alcanzado dos menciones honoríficas en la Exposición, y tras esta
victoria, compartida con todos los muchachos que empezaban, Cotoner se
tendió en el surco, descansando para siempre, dando por cumplida la
misión de su existencia.

La vida en Madrid no se le presentaba más difícil que en Roma. Dormía en
casa de un sacerdote, al que había conocido en Italia, acompañándolo en
sus correrías por las oficinas pontificales. Este capellán, que estaba
empleado en los escritorios de la Rota, tenia á gran honor el hospedar
al artista, recordando sus relaciones amistosas con los cardenales y
creyéndole en correspondencia con el mismo Papa.

Habían convenido una cantidad por el hospedaje, pero el clérigo no
mostraba prisa en cobrarla: ya le encargaría algún cuadro para unas
monjas de las que era confesor.

La comida ofrecía aún menos dificultades para Cotoner. Tenía repartidos
los días de la semana entre varias familias ricas, de ferviente
religiosidad, á las que había conocido en Roma durante las grandes
peregrinaciones españolas. Eran mineros opulentos de Bilbao;
propietarios agrícolas de Andalucía; viejas marquesas que pensaban mucho
en Dios, siguiendo sus costumbres de vida opulenta, á las que daban un
tono severo con la pátina de la devoción.

El pintor sentíase bien agarrado á este pequeño mundo, grave, religioso
y que comía bien. Era para todos el «buen Cotoner». Las señoras sonreían
agradecidas cuando las obsequiaba con algún rosario ú otro objeto de
devoción traído de Roma. Si mostraban deseos de obtener alguna dispensa
del Vaticano, las ofrecía escribir á «su amigo el cardenal». Los
maridos, contentos de tener un artista en casa á tan poca costa, le
consultaban el plano de una capilla nueva, el diseño de un altar, y en
sus fiestas onomásticas recibían con gesto protector algún regalo de
Cotoner; una _manchita_, un paisaje sobre tabla, que exigía muchas veces
explicaciones previas para conocer su significación. En las comidas era
la alegría de esta gente de sanos principios y mesuradas palabras,
relatando originalidades de los «monseñores» y «eminencias» que había
conocido en Roma. Estos chistes los aceptaban con cierta unción, por
escabrosos que fuesen, viniendo de tan respetables personajes.

Cuando por enfermedad ó viaje se rompía el orden de las invitaciones y
Cotoner carecía de convite, se quedaba á comer en casa de Renovales, sin
previa invitación. El maestro quiso instalarlo en su hotel, pero él no
aceptó. Amaba mucho á toda la familia: Milita jugaba con él como si
fuese un perro viejo; Josefina le tenía cierto afecto, porque le
recordaba con su presencia los buenos tiempos de Roma. Pero Cotoner, á
pesar de esto, mostraba cierto miedo, adivinando las tormentas que
ennegrecían la vida del maestro. Prefería su existencia libre, á la que
se adaptaba con una ductilidad de parásito. Al final de las comidas
escuchaba, con movimientos de aprobación, las graves pláticas de
sobremesa entre doctos sacerdotes y graves devotas, y una hora después
bromeaba impíamente en cualquier café con pintores, cómicos y
periodistas. Conocía á todo el mundo: le bastaba hablar dos veces con un
artista, para tutearle y jurar que le quería y admiraba con toda su
alma. Al entrar Renovales en el estudio, sacudió su torpeza digestiva y
estiró las cortas piernas para tocar el suelo y salir del sillón.

--¿Te han contado, Mariano?... ¡Un plato magnifico! Les he hecho un
gazpacho de pastor... ¡Se han chupado los dedos!

Hablaba con entusiasmo de su obra culinaria, como si concentrase en esta
habilidad todos sus méritos. Después, mientras Renovales entregaba el
sombrero y el gabán al criado que le seguía, Cotoner, con una curiosidad
de amigo íntimo, deseoso de conocer todos los detalles de la existencia
de su ídolo, le hizo preguntas sobre su almuerzo con el extranjero.

Renovales se tendió en un diván, profundo como un nicho, entre dos
bibliotecas, y flanqueado por montones de cojines. Al hablar de Tekli,
recordaron á sus amigos de Roma, pintores de diversas nacionalidades,
que veinte años antes marchaban con la frente alta, siguiendo como
hipnotizados la estrella de la esperanza. Renovales, en su orgullo de
luchador, incapaz de hipocritas modestias, declaraba que él era el único
que había llegado. El pobre Tekli era un profesor: su copia de Velázquez
resultaba un trabajo paciente de bestia artística.

--¿Tú lo crees?--preguntó Cotoner con gesto de duda.--¿Tan mal lo
hace?...

Procuraba por egoísmo no hablar contra nadie; dudaba del mal; creía
ciegamente en el elogio, conservando de este modo su reputación de
bueno, que le daba acceso en todas partes, facilitando su vida. La
imagen del húngaro estaba fija en su memoria, haciéndole pensar en una
serie de almuerzos, antes de que aquél abandonase Madrid.

--Buenas tardes, maestro.

Era Soldevilla, que con las manos cruzadas bajo el faldón de la
americana, abombando el pecho para lucir mejor el chaleco de terciopelo
granate, y la cabeza en alto, atormentada por la desmesurada altura del
cuello rígido y nítido, salía de detrás de un biombo. Su delgadez y lo
exiguo de su estatura estaban compensadas por la longitud de sus bigotes
rubios, que se empinaban en torno de la naricilla sonrosada, como si
quisieran confundirse con los bandós de su peinado, lacios y desmayados
sobre la frente. Este Soldevilla era el discípulo favorito de Renovales,
«su debilidad», según decía Cotoner. El maestro había reñido grandes
batallas por alcanzarle la pensión en Roma; después le había premiado en
varias exposiciones.

Le miraba como si fuese su hijo, atraído tal vez por el contraste entre
su rudeza y la debilidad de aquel _dandy_ de la pintura, siempre
correcto, siempre amable, que consultaba para todo á su maestro, aunque
después no hiciese gran caso de sus consejos. Cuando hablaba mal de los
compañeros de arte, lo hacía con una suavidad venenosa, con una finura
mujeril. Renovales reía de su aspecto y de sus costumbres, y Cotoner le
hacía coro. Era una porcelana, siempre brillante; no se encontraba en él
la más leve mota de polvo; debía dormir en una rinconera. ¡Ah, los
pintores del día! Los dos artistas viejos recordaban el desarreglo de
su juventud; su bohemia descuidada, con grandes barbas y enormes
sombreros; todas sus bizarras extravagancias para distinguirse de los
demás mortales, formando un mundo aparte. Sentíanse malhumorados, como
en presencia de una abdicación, ante los pintores de la última hornada,
correctos, prudentes, incapaces de locuras, copiando las elegancias de
los ociosos, con un aire de funcionarios del Estado, de oficinistas que
manejaban el pincel.

Soldevilla, á continuación de su saludo, aturdió al maestro con un
desmesurado elogio. Estaba admirando el retrato de la condesa de
Alberca.

--Una maravilla, maestro. Lo mejor que ha pintado usted... y eso que
está á medio hacer.

Este elogio conmovió á Renovales. Se levantó para apartar de un empujón
el biombo, y arrastró un caballete que sostenía un gran lienzo, hasta
colocarlo frente á la luz que penetraba por el ventanal de cristales.

Sobre un fondo gris erguíase, con la majestad de la belleza habituada á
la admiración, una dama vestida de blanco. El _esprit_ de plumas y
brillantes parecía temblar sobre sus rizos, de un rubio leonado; el
pecho marcaba el arranque de las redondeces de sus montículos entre las
blondas del escote; las manos, enguantadas hasta más arriba del codo,
sostenían una el rico abanico y otra una capa obscura, forrada de raso
color de fuego, que se deslizaba de sus hombros desnudos, próxima á
caer. La parte baja de la figura estaba indicada solamente por trazos de
carbón sobre la blancura del lienzo. La cabeza, casi terminada, parecía
mirar á los tres hombres con sus ojos orgullosos, algo fríos, pero de
una falsa frialdad, delatando, detrás de su pupila, apasionamientos
ocultos, un volcán muerto que resucitaba á sus horas.

Era una mujer alta, esbelta, de adorables y justas carnosidades, que
parecía sostenerse en el esplendor de una segunda juventud con la
higiene y las comodidades de su elevada posición. Los extremos de sus
ojos estaban achicados por un pliegue de fatiga.

Cotoner la contemplaba desde su asiento con una calma de hombre casto,
comentando su belleza tranquilamente, sintiéndose á cubierto de toda
tentación.

--Es ella, la has clavado, Mariano. Ella misma... ¡Ha sido una gran
mujer!

Renovales pareció ofendido por este comentario.

--Lo es--dijo con cierta hostilidad.--Lo es todavía.

Cotoner no era capaz de discutir con su ídolo y se apresuró á
rectificarse:

--Es una buena moza; muy guapa, sí, señor, y muy elegante. Dicen también
que tiene talento y que es incapaz de dejar sufrir á los que la adoran.
¡Poquito se habrá divertido esta señora!...

Renovales volvió á encresparse como si le hiriesen estas palabras.

--¡Bah! mentiras, calumnias--dijo con voz fosca:--invenciones de ciertos
señoritos que al verse despreciados la cuelgan esas infamias.

Cotoner volvió á deshacerse en explicaciones. Él no sabía nada: lo había
oído decir. Las señoras en cuya casa comía, hablaban mal de la de
Alberca... pero tal vez fuesen murmuraciones de mujeres. Se hizo el
silencio, y Renovales, como si desease torcer el curso de la
conversación, se encaró con Soldevilla.

--¿Y tú, no pintas? Siempre te veo por aquí á la hora de trabajar.

Sonreía con cierta malicia al decir esto, mientras el joven se excusaba
ruborizándose. Trabajaba mucho, pero todos los días sentía la necesidad
de dar una vuelta por el estudio del maestro antes de dirigirse al suyo.

Era una costumbre de sus tiempos de principiante, de aquella época, la
mejor de su vida, en que aprendía junto al gran pintor, en otro estudio
menos lujoso que éste.

--¿Y Milita? ¿la has visto?--prosiguió Renovales con sonrisa bonachona,
en la que había una punta de malicia.--¿No te ha tomado hoy el pelo por
esa nueva corbata que quita la vista?

Soldevilla también sonrió. Había estado en el comedor con doña Josefina
y Milita, y ésta se había burlado de él como siempre. Pero era sin
malicia: ya sabía el maestro que Milita y él se trataban como hermanos.

Más de una vez, cuando ella era pequeña y él un chicuelo, la había
servido de caballo, trotando por el viejo estudio, llevando á la espalda
aquel gran diablo que le tiraba del pelo y le abofeteaba con sus
manecitas.

--Es muy mona--interrumpió Cotoner.--Es la muchacha más graciosa y más
buena que conozco.

--¿Y el simpar López de Sosa?--preguntó el maestro otra vez con tono de
malicia.--¿No ha venido hoy ese _chauffeur_ que nos vuelve locos con sus
automóviles?

Desapareció la sonrisa de Soldevilla. Púsose pálido y brillaron sus ojos
con verdoso fulgor. No; no había visto á ese caballero. Según decían las
señoras, andaba muy ocupado en la reparación de un automóvil que se le
había roto en el camino del Pardo. Y como si el recuerdo de este amigo
de la familia fuese penoso para el joven pintor y deseara evitar nuevas
alusiones, se despidió del maestro. Iba á trabajar; aun podían
aprovecharse dos horas de sol. Pero antes de salir dedicó nuevos elogios
al retrato de la condesa.

Quedaron solos los dos amigos en un largo silencio. Renovales, sumido en
la penumbra de aquel nicho de telas persas en que se empotraba su diván,
contemplaba el retrato.

--¿Ha de venir hoy?--preguntó Cotoner señalando al lienzo.

Renovales hizo un gesto de disgusto. Hoy ú otro día; con esta mujer era
imposible un trabajo serio.

La esperaba aquella tarde, pero no le causaría extrañeza que faltase á
la sesión. Llevaban cerca de un mes sin poder pintar dos días seguidos.
Tenía muchas ocupaciones: presidía sociedades para la enseñanza y la
emancipación de la mujer; proyectaba festivales y tómbolas; una
actividad de señora aburrida, un aturdimiento de pájaro loco que la
hacía querer estar en todas partes á un mismo tiempo, sin voluntad para
marcharse, una vez lanzada en la corriente del femenil chismorreo. De
pronto, el pintor, con los ojos fijos en el retrato, tuvo un impulso de
entusiasmo.

--¡Qué mujer, Pepe!--exclamó.--¡Qué mujer para pintarla!...

Sus ojos parecían desnudar á la beldad que se erguía en el lienzo con
toda su prosopopeya aristocrática. Intentaban penetrar el misterio de
aquella envoltura de encajes y sedas; ver el color y las lineas de unas
formas que apenas se marcaban con suave bulto al través del vestido. Á
esta reconstrucción mental ayudaban los hombros desnudos y el arranque
de los amorosos globos que parecían temblar con dureza elástica en el
filo del escote, separados por una línea de suave penumbra.

--Eso mismo le he dicho á tu mujer--afirmó el bohemio con sencillez.--Si
tú pintas señoras hermosas como la condesa, es por pintarlas, sin que se
te ocurra ver en ellas más que una modelo.

--¡Ah! ¡Conque mi mujer te ha hablado de esto!...

Cotoner se apresuró á tranquilizarle, temiendo ver turbada su digestión.
Nada; nerviosidades de la pobre Josefina, que, en su enfermedad, todo lo
veía negro.

Había aludido durante el almuerzo á la de Alberca y su retrato. No
parecía quererla, á pesar de ser su compañera de colegio. Le ocurría lo
que á las otras mujeres: la condesa era un enemigo que las inspiraba
miedo. Pero él la había tranquilizado, acabando por arrancarla una risa
débil. No había que hablar más de esto.

Pero Renovales no participaba del optimismo de su amigo. Adivinaba el
estado de ánimo de su mujer; comprendía ahora el motivo que la había
hecho huir de la mesa, refugiándose arriba para llorar y desearse la
muerte. Abominaba de Concha como de todas las mujeres que entraban en su
estudio... Pero esta impresión triste no fué muy duradera en el pintor;
estaba habituado á las susceptibilidades de su esposa. Además, se
tranquilizó pensando en su fidelidad conyugal. Tenía limpia la
conciencia, y Josefina podía creer lo que quisiera. Sería una injusticia
más, y él estaba resignado á sufrir su esclavitud sin quejarse.

Para distraerse comenzó á hablar de pintura. Le animaba el recuerdo de
su conversación con Tekli, el cual venía de correr Europa, y estaba
enterado de lo que pensaban y pintaban los más famosos maestros.

--Yo me hago viejo, Cotoner. ¿Crees que no lo conozco? No, no protestes;
ya sé que no soy viejo: cuarenta y tres años. Quiero decir que me he
encarrilado y no salgo de mi paso. Hace tiempo que no hago nada nuevo;
siempre doy la misma nota. Ya sabes que ciertos sapos, envidiosos de mi
fama, me echan en cara ese defecto, como un salibazo venenoso.

Y el pintor, con el egoísmo de los grandes artistas, que siempre se
creen olvidados y que el mundo les regatea la gloria, lamentábase de la
servidumbre que le imponía su buena suerte. ¡Ganar dinero! ¡Qué terrible
cosa para el arte! Si el mundo fuese gobernado por el sentido común, los
artistas de talento estarían mantenidos por el Estado, el cual proveería
generosamente á todas sus necesidades y caprichos. No habría que
preocuparse de la vida. «Pinte usted lo que quiera y como le dé la
gana.» Entonces se harían grandes cosas y adelantaría el arte con pasos
de gigante, no teniendo que envilecerse en una adulación á la vulgaridad
pública y á la ignorancia de los ricos. Pero ahora, para ser pintor
célebre, había que ganar mucho dinero, y éste sólo se conseguía con los
retratos, abriendo tienda, pintando al primero que se presenta, sin
derecho á escoger. ¡Maldita pintura! En el escritor era mérito la
pobreza; representaba virtud é integridad. Pero el pintor había de ser
rico: su talento se juzgaba por las ganancias. El renombre de sus
cuadros iba unido á la idea de miles de duros. Al hablar de su trabajo
se decía siempre «gana tanto», y para sostener esta riqueza, compañera
indispensable de la gloria, había que pintar á destajo, halagando á la
vulgaridad que paga.

Renovales se movía con nerviosa excitación en torno del retrato. Algunas
veces, este trabajo de jornalero glorioso aun era tolerable al pintar
mujeres hermosas y hombres cuya frente estaba animada por el interno
resplandor de la inteligencia. ¿Pero y los políticos vulgares; los ricos
con aspecto de mozos de cordel; las señoras hinchadas y de cara muerta
que había tenido que retratar? Cuando se dejaba vencer por su amor á la
verdad y copiaba el modelo tal como lo veía, proporcionábase un enemigo
más, que pagaba refunfuñando é iba por todas partes diciendo que
Renovales no era tan grande como le creían. Para evitar esto pintaba
mintiendo, valiéndose de los procedimientos empleados por otros artistas
mediocres, y esta bajeza atormentaba su conciencia como un despojo que
hacía sufrir á sus inferiores, dignos de respeto por lo mismo que
estaban menos dotados que él para la producción artística.

--Además, esto no es la pintura, toda la pintura. Nos creemos artistas
porque sabemos reproducir una cara, y la cara no es más que una parte
del cuerpo. Temblamos ante el desnudo; lo hemos olvidado. Hablamos de él
con respeto y temor, como de una cosa religiosa, digna de adoración,
pero que no vemos de cerca. Una gran parte de nuestro talento es
talento de hortera. Telas, muchas telas; trajes. Hay que envolver bien
el cuerpo, del que huimos como de un peligro...

Cesó en sus paseos agitados, deteniéndose ante el retrato, fijando en él
su mirada.

--Figúrate, Pepe--dijo en voz baja, mirando antes instintivamente hacia
la puerta, con aquel eterno miedo á ser oído por su esposa en estos
entusiasmos artísticos.--Figúrate... si esta mujer se desnudase; si yo
pudiera pintarla tal como es seguramente...

Cotoner rompió á reir con una expresión de fraile malicioso.

--Una gran cosa, Mariano, una obra maestra. Pero no querrá. Tengo la
certeza de que se negaría á desnudarse, y eso que debe haberlo hecho
delante de más de uno.

Renovales agitó sus brazos y levantó los ojos con expresión de protesta.

--¿Y por qué no quieren?... ¡Qué rutina! ¡Qué vulgaridad!

En su egoísmo de artista, imaginábase creado el mundo sin otro objeto
que el de mantener á los pintores y al resto de la humanidad que debía
servirle de modelo, y se escandalizaba de este pudor incomprensible.
¡Ay! ¿dónde encontrar ahora las beldades griegas, plácidas modelos de
los escultores; las damas venecianas, de palidez ambarina, pintadas por
el Ticiano; las flamencas graciosas de Rubens y las bellezas picantes y
diminutas de Goya? La hermosura se había eclipsado para siempre tras
los velos de la hipocresía y del falso pudor. Se dejaban contemplar hoy
por un amante, mañana por otro; entregaban á los innumerables galanes
algo más que la exhibición de sus formas, y sin embargo, enrojecían
recordando á las hembras de otros tiempos, menos impuras, que no
vacilaban en someter á la pública admiración la obra perfecta de Dios,
la castidad del desnudo.

Renovales volvió á tenderse en el diván, y desde su penumbra habló
confidencialmente á Cotoner, con voz tenue, mirando algunas veces hacia
la puerta como si temiese ser oído.

Hacía tiempo que soñaba con una obra maestra. La tenía completa en su
imaginación, hasta en sus menores detalles. Veíala, cerrando los ojos,
tal como había de ser, si es que llegaba á pintarla. Era Friné, la
famosa beldad de Atenas, mostrándose desnuda á los peregrinos
aglomerados en la playa de Delfos. Toda la humanidad doliente de Grecia
marchaba por la orilla del mar hacia el famoso templo, buscando la
intervención divina para el alivio de sus males: paralíticos de miembros
retorcidos, leprosos de repugnante hinchazón, hidrópicos grotescos;
pálidas mujeres con las entrañas roídas por las enfermedades del sexo;
ancianos trémulos; jóvenes desfigurados por las anomalías de un
nacimiento monstruoso; cabezas enormes, caras contraídas por muecas
horripilantes; brazos consumidos, como huesos escuetos; piernas
informes de elefante; todos los esbozos de la Naturaleza despistada,
los gestos llorosos y desesperados del humano dolor. Al ver en la orilla
á Friné, gloria de la Grecia, cuya belleza era un orgullo nacional, los
peregrinos se detienen y la contemplan volviendo la espalda al templo,
que, sobre el fondo de las tostadas montañas, destaca sus columnatas de
mármol; y la hermosa, conmovida por esta procesión del dolor, quiere
alegrar su tristeza, lanzar en sus míseros surcos un puñado de salud y
belleza, y se arranca los velos, haciéndoles la regia limosna de su
desnudez. El cuerpo blanco, luminoso, destaca la armoniosa curva del
vientre y la punta aguda de sus firmes senos sobre el azul obscuro del
mar. El viento arremolina sus cabellos, como serpientes de oro sobre los
hombros de marfil; las ondas, al morir cerca de sus pies, la envían
estrellas de espuma que, con su caricia, estremecen su piel desde la
nuca de ámbar á los talones sonrosados. La arena mojada, tersa y
brillante como un espejo, reproduce invertida y confusa la soberana
desnudez, en líneas serpenteadas que adquieren al perderse el temblor
del iris. Y los peregrinos, caídos de rodillas, en el éxtasis de la
admiración, tienden los brazos hacia la diosa mortal, creyendo que la
Belleza y la eterna Salud salen á su encuentro.

Renovales se incorporaba cogiendo un brazo á Cotoner al describir su
futuro cuadro, y el amigo asentía gravemente, impresionado por el
relato.

--¡Muy hermoso!.. ¡Sublime, Marianito!

Pero el maestro volvía á caer en el desaliento después de esta ráfaga de
entusiasmo.

Aquella obra era muy difícil. Tendría que ir á instalarse en la orilla
del Mediterráneo, en una playa solitaria de Valencia ó Cataluña; tendría
que levantar un barracón en el mismo límite donde el agua muere en la
arena con brillante espejismo, y allí llevar mujeres tras mujeres, cien
si era preciso, para estudiar su blanca desnudez sobre el azul del mar y
del cielo, hasta que encontrase el cuerpo divino de la soñada Friné.

--Muy difícil--murmuraba Renovales.--Te digo que es muy difícil. ¡Hay
tantos inconvenientes con que luchar!...

Cotoner inclinó su cabeza con expresión confidencial.

--Y además, está la maestra--dijo en voz queda, mirando á la puerta con
cierto miedo.--Me parece que Josefina no aceptará con mucho gusto ese
cuadro y su gran baraja de modelos.

El maestro bajó la cabeza.

--¡Si supieras, Pepe! ¡Si vieses mi vida diaria!...

--Lo sé todo--se apresuró á decir Cotoner.--Mejor dicho, lo adivino. No
me cuentes nada.

Y en su apresuramiento por repeler las tristes confidencias del amigo,
había mucho de egoísmo, el deseo de no perturbar su plácida calma con
dolores ajenos que sólo le inspiraban un lejano interés.

Renovales habló tras un largo silencio. Pensaba frecuentemente en si el
artista debía ser soltero ó casado. Otros, débiles y de indeciso
carácter, necesitaban el apoyo de la compañera, el ambiente de la
familia.

Recordaba con fruición los primeros meses de su matrimonio; pero éste le
había pesado después como una cadena. No renegaba del amor; necesitaba
para vivir de la dulce compañía de la mujer, pero con intermitencias,
sin la cárcel interminable de la vida común. Los artistas como él debían
ser libres; estaba seguro de ello.

--¡Ay, Pepe! Si yo me hubiese conservado como tú, dueño de mi tiempo y
de mis obras, sin tener que preocuparme de lo que dirá mi gente al verme
pintar esto ó aquello, ¡qué grandes cosas llevaría hechas!

El viejo fracasado iba á decir algo cuando se abrió la puerta del
estudio y entró el criado de Renovales, un hombrecillo de grandes
mejillas rubicundas y voz atiplada que, según decía Cotoner, tenía el
aire de un mandadero de monjas.

--La señora condesa.

Cotoner abandonó de un salto su sillón. Estos modelos no gustaban de ver
gente en el estudio. ¿Por dónde escapaba?... Renovales le ayudó á buscar
su sombrero, su abrigo, su bastón, que había dejado con su habitual
abandono en diversos rincones del estudio.

El maestro le empujó por una puerta que daba al jardín. Después, al
quedar solo, corrió á colocarse ante un viejo espejo veneciano,
contemplándose un instante en su luna azulada y profunda, alisándose con
los dedos la crespa y encanecida cabellera.



V


Entró con gran estrépito de blondas y sedas, acompañado su menudo paso
por el _fru-fru_ de las ropas interiores, esparciendo un perfume de
variadas esencias, semejante á la respiración de exótico jardín.

--Buenas tardes, _mon cher maître_.

Mirándole con sus impertinentes de concha, pendientes de una cadena de
oro, adquiría el ámbar gris de sus ojos, al través de los vidrios, una
fijeza insolente, un gesto extraño, con algo de caricia y burla al mismo
tiempo.

Debía perdonarle su tardanza. Ella lamentaba estas faltas de atención,
pero era la mujer más ocupada de Madrid. ¡Las cosas que había hecho
después del almuerzo!... Firma y examen de papeles con la secretaria de
la «Liga Feminista»; conferencia con el carpintero y el maestro de obras
(unos tíos ordinarios que se la comían con los ojos), encargados de
levantar las tribunas para el gran festival á beneficio de las obreras
abandonadas; visita al presidente del Consejo de ministros, un señor
algo verde, á pesar de su gravedad, que la recibía con aires de galán
rococo, besándole la mano como en un minueto.

--Hemos perdido la tarde, ¿verdad, _maître_? Apenas queda sol para
trabajar. Además, no he traído la doncella para que me ayude.

Señalaba con sus impertinentes la puerta de un gabinete que servía de
tocador y vestuario á las modelos, y donde ella guardaba el traje de
_soirée_ y el manto de color de fuego con que la retrataba.

Renovales, después de mirar furtivamente á la entrada del estudio, tomó
un aire de arrogancia, de galantería fanfarrona, como en los tiempos de
su juventud romana, libre y ruidosa.

--Por eso que no quede, Concha. Si usted lo permite, yo le serviré de
doncella.

La condesa prorrumpió en una risa ruidosa, echando el busto atrás,
mostrando su blanca garganta que ondulaba con los estremecimientos de
alegría.

--¡Ay, qué gracia! ¡Y qué atrevido se nos hace el maestro!... Usted no
entiende de esas cosas, Renovales. Usted sólo sabe pintar: no tiene
práctica...

Y en su acento finamente irónico, había algo de compasión para el
artista, alejado de las cosas mundanales y cuya virtud conyugal todos
conocían. Esto pareció ofenderle, y habló á la condesa con gran
brusquedad, mientras cogía la paleta y preparaba los colores. No era
preciso que cambiase de traje; emplearía la poca luz que quedaba
trabajando en su cabeza.

Concha se quitó el sombrero, y después, ante el mismo espejo veneciano
en que se había mirado el pintor, comenzó á retocarse el peinado. Sus
brazos arqueábanse en torno de la cabellera rubia, mientras Renovales
contemplaba la gentileza de su dorso, viendo al mismo tiempo de frente
su cara y su pecho en el fondo del vidrio. Canturreaba arreglándose el
pelo, con los ojos fijos en la reproducción de sus ojos, sin que nada la
distrajese de esta operación importante.

Aquel rubio luminoso y audaz debía ser teñido. El pintor estaba seguro
de ello, pero no por esto le parecía menos hermoso. También iban teñidas
de rubio las beldades de Venecia de los pintores antiguos.

La condesa se sentó en un sillón á corta distancia del caballete.
Sentíase fatigada, y ya que sólo había de pintar su rostro, no tendría
la crueldad de hacerla permanecer de pie como en los días de gran
sesión. Renovales contestaba con monosílabos y encogimientos de hombros.
Bien estaba así: ¡para lo que iban á hacer!... Una tarde perdida. Se
limitaría á trabajar en el pelo y la frente; podía descansar mirando
adonde quisiera.

El maestro, por su parte, tampoco sentía deseos de trabajar. Le
perturbaba una cólera sorda; estaba irritado por el acento irónico de la
condesa, la cual veía en él un hombre aparte, un ser raro, incapaz de
hacer lo que aquellos señoritos imbéciles que formaban su corte, y
muchos de los cuales, según la pública murmuración, eran sus amantes.
¡Extraña mujer, provocativa y fría! Sentía deseos de caer sobre ella, en
su furia de macho ofendido, de golpearla, de tratarla con el mismo
desprecio que si fuese una mujerzuela, para hacerla sentir su varonil
superioridad.

De todas las señoras que llevaba retratadas, ninguna había turbado como
ésta su calma de artista. Sentíase atraído por su gracia loca, por su
ligereza casi infantil, y al mismo tiempo le inspiraba odio por el tono
compasivo con que le trataba. Era para ella un buen hombre, vulgarísimo,
que por raro capricho de la Naturaleza poseía el don de pintar bien.

Renovales la devolvía este desprecio insultándola en su pensamiento. Era
cualquier cosa la tal condesa de Alberca. Con razón hablaban de ella.
Tal vez, al presentarse en el estudio, siempre de prisa y sofocada,
venía de una entrevista á solas con alguno de aquellos jovenzuelos que
rondaban esperanzados en torno de su naciente y provocativa madurez.

Pero bastaba que Concha le hablase con dulce abandono, comunicándole las
tristezas que decía sentir y permitiéndose ciertas confianzas, como si
la uniese á él una amistad antigua, para que al instante el maestro
cambiase de pensamientos. Era una mujer superior, ideal, condenada á
vivir en el vano ambiente aristocrático. Todas las murmuraciones sobre
ella eran calumnias, mentiras de envidiosos. Debía ser la compañera de
un hombre superior, de un artista.

Renovales conocía su historia; se envanecía de las confidencias
amistosas que había tenido con él. Era hija única de un gran señor,
jurisconsulto solemne y moderado rabioso, ministro en los gabinetes más
retrógrados del reinado de Isabel II. Se había educado en el mismo
colegio que Josefina, y á pesar de ser cuatro años mayor, guardaba un
vivo recuerdo de su bulliciosa compañera. «Para mala y traviesa,
Conchita Salazar; era un demonio.» Así oyó su nombre Renovales por
primera vez. Luego, al trasladarse de Venecia á Madrid el artista y su
mujer, se enteraron de que había cambiado su apellido por el de condesa
de Alberca, casándose con un señor que podía ser su padre.

Era un antiguo cortesano que cumplía con gran escrupulosidad las
obligaciones de grande de España, celoso de su servidumbre cerca de los
reyes. Su ambición era llegar á poseer todas las condecoraciones de
Europa, y apenas le agraciaban con alguna, se hacía retratar cubierto de
bandas y cruces, vistiendo el uniforme de una de las tradicionales
Órdenes militares. Su esposa reía al verle pequeño, calvo y solemne, con
altas botas, sable rastrero y pecho cubierto de baratijas, apoyando en
su corto muslo un casco de blancos plumajes.

Durante la vida de aislamiento y privaciones que arrostraron Renovales y
su mujer, los periódicos llevaban hasta la misera casa del artista los
ecos de los triunfos de la «bella condesa de Alberca». No había relato
de fiesta aristocrática en que no figurase su nombre en primera línea.
Además, la llamaban «ilustrada», haciéndose lenguas de su cultura
literaria, de la educación clásica que debía á su «ilustre padre», ya
difunto. Y con estas noticias públicas, llegaban hasta el artista, en
las alas susurrantes de la madrileña murmuración, otras que suponían á
la condesa de Alberca consolándose alegremente del error cometido al
casarse con un viejo.

En Palacio la habían puesto en entredicho por esta fama. El marido
figuraba en las solemnidades regias, pues no todos los días se
presentaba ocasión de lucir su cargamento de honorable bisutería; pero
ella se quedaba en casa, abominando de estas ceremonias. Renovales la
había oído afirmar muchas veces, vestida lujosamente y con valiosas
alhajas en las orejas y el pecho, que ella se reía de su mundo, que
estaba en el secreto... ¡que era anarquista! Y oyéndola reía, como reían
todos los hombres de lo que llamaban las _cosas_ de la de Alberca.

Cuando triunfó Renovales, volviendo como maestro ilustre á aquellos
salones, por los que había, pasado en su primera juventud, sintió la
atracción de la condesa que, en su calidad de gran dama «intelectual»,
tenía empeño en rodearse de hombres célebres. Josefina no le acompañó en
esta vuelta al mundo. Sentíase enferma; la fatigaba el roce con las
mismas gentes y en los mismos sitios; carecía de fuerzas hasta para
emprender los viajes que le recomendaban los médicos.

La condesa amarró al pintor á su séquito, mostrándose ofendida cuando
dejaba de presentarse en su casa las tardes en que recibía á sus amigos.
¡Qué ingratitud con una admiradora tan ferviente! ¡Tanto que la placía á
ella exhibirlo ante sus amigas, como si fuese una joya nueva! «El pintor
Renovales: el famoso maestro.»

En una de estas tardes de recepción, el conde abordó al pintor, con su
gravedad de personaje abrumado por los honores del mundo.

--Concha desea un retrato hecho por usted, y yo quiero darla gusto en
todo. Usted dirá cuándo puede comenzar. Ella teme proponérselo y me ha
dado el encargo. Ya sé lo que usted lleva á otros por su trabajo.
Píntela usted bien... que quede contenta...

Y al notar cierto movimiento de Renovales, ofendido por esta llaneza del
gran señor, añadió, como si le hiciese una nueva merced:

--Si queda usted bien en lo de Concha, me pintará después á mí. Sólo
aguardo el _Gran Crisantemo_ del Japón. En Estado me dicen que llegarán
los títulos un día de estos.

Renovales comenzó el retrato de la condesa. Se prolongaba la obra por
culpa de aquella aturdida, que siempre llegaba tarde con pretexto de sus
ocupaciones. Muchos días el artista no daba una sola pincelada: pasaban
las horas charlando. Otras veces el maestro escuchaba en silencio,
mientras ella, en su incesante verbosidad, burlábase de las amigas y
relataba sus defectos secretos, sus costumbres más íntimas, sus amoríos
misteriosos, con cierta fruición, como si todas las mujeres fuesen sus
enemigos. En mitad de una de estas confidencias deteníase para decir con
gesto pudoroso y entonación irónica:

--¡Pero estaré escandalizando á usted, Mariano!... ¡Usted que es un buen
marido, un padre de familia, un varón virtuoso!...

Renovales sentía entonces tentaciones de ahogarla. Se burlaba de él; lo
consideraba un hombre distinto de los demás, una especie de fraile de la
pintura. Deseoso de herirla, de devolverla el golpe, la atajó una vez
brutalmente, en mitad de sus despiadadas murmuraciones:

--Pues de usted también hablan, Concha. También dicen... cosas poco
gratas para el conde.

Esperaba un estallido de indignación, una protesta, y lo que resonó en
el silencio del estudio fué una risa alegre, desenfrenada, que se
prolongó largo rato, cortándose varias veces para volver á comenzar.
Después se mostró melancólica, con esa tristeza dulce de las mujeres «no
comprendidas». Era muy desgraciada, Mariano. Á él se lo podía revelar
todo, porque era un buen amigo. Se había casado siendo una niña: una
terrible equivocación. En el mundo existía algo más que el
deslumbramiento de la fortuna, el esplendor del lujo y aquella corona
de conde que había perturbado su cerebro de colegiala.

--Tenemos derecho á un poco de amor; y si no es amor, á un poco de
alegría. ¿No lo cree usted, Mariano?

¡Vaya si lo creía!... Y de tal modo lo afirmaba, mirando á Concha con
ojos alarmantes, que ésta acabó por reir de su ingenuidad, amenazándole
con una mano.

--Cuidado, maestro; que Josefina es mi amiga, y si usted se resbala, se
lo cuento todo.

Renovales irritábase contra este pensamiento de pájaro, siempre
inquieto, saltador y caprichoso, que tan pronto se posaba junto á él
comunicándole el calor de la intimidad, como volaba lejos azorándole con
sus aleteos burlones.

Algunas veces presentábase agresiva, molestando al artista desde sus
primeras palabras, como acababa de ocurrir en esta tarde.

Permanecieron largo rato silenciosos; pintando él con aire distraído,
contemplando ella la marcha del pincel, hundida en un sillón, en la
dulce calma de la inmovilidad.

Pero la de Alberca era incapaz de permanecer mucho tiempo callada. Poco
á poco se enfrascó en su charla habitual, sin hacer caso del mutismo del
pintor, hablando por la necesidad de animar con sus palabras y sus risas
el conventual silencio del estudio.

El pintor le oyó el relato de sus trabajos como presidenta de la «Liga
Feminista», de las grandes cosas que se proponía hacer en la santa
empresa de la emancipación de su sexo. Y de paso, arrastrada por su afán
de ridiculizar á todas las mujeres, burlábase donosamente de sus
colaboradoras en la grande obra: literatas desconocidas, maestras
amargadas por su fealdad, pintoras de flores y palomas; una turba de
pobres mujeres con sombreros extravagantes y faldas que parecían
colgadas de una percha; bohemia femenil, rebelde y rabiosa contra su
suerte, que se enorgullecía de tenerla por directora y á cada dos
palabras la soltaban todas ellas un tratamiento sonoro de «condesa» para
halagarse á sí mismas con el honor de esta amistad. Á la de Alberca la
divertía mucho su séquito de admiradoras; reía de sus intransigencias y
propósitos.

--Sí; ya sé lo que es eso--dijo Renovales rompiendo su largo
mutismo.--Quieren ustedes anularnos; reinar sobre el hombre, al que
odian.

La condesa recordaba entre risas el feminismo feroz de algunas de sus
acólitas. Como las más de ellas eran feas, abominaban de la hermosura
femenil como un signo de debilidad. Querían la mujer del porvenir sin
caderas, sin pechos, lisa, huesuda, musculosa, apta para todos los
trabajos de fuerza, libre de la esclavitud del amor y de la
reproducción. ¡Guerra á la grasa femenil!...

--¡Qué horror! ¿No le parece á usted, Mariano?--continuaba ella.--¡La
mujer, lisa y escueta por delante y por detrás, con el pelo cortado y
las manos duras, en competencia con el hombre para toda clase de luchas!
¡Y á esto llaman emancipación!... Buenos son ustedes: á los pocos días
de vernos en esa facha, nos dirigirían á bofetadas.

No; ella no era de éstas. Deseaba el triunfo de la mujer, pero
aumentando aún más sus encantos y seducciones. Si las quitaban la
hermosura, ¿qué quedaría de ellas? La quería igual al hombre en
inteligencia, pero superior á él por la magia de su belleza.

--Yo no aborrezco al hombre, Mariano. Yo soy muy mujer, y me gusta...
¿por qué he de negarlo?

--Lo sé, Concha; lo sé--dijo el pintor con aviesa intención.

--¿Qué ha de saber usted? Mentiras, murmuraciones que se ensañan en mí,
porque no soy hipócrita ni tengo á todas horas un gesto grave.

Y arrastrada por ese deseo de ser compadecidas que sienten las mujeres
de fama problemática, habló una vez más de su triste situación. Al conde
ya lo conocía Renovales: un buen señor algo maniático, que sólo pensaba
en sus baratijas honoríficas. La rodeaba de atenciones, velaba por su
bienestar, pero no era nada para ella. Faltábale lo más importante: el
corazón... el amor.

Hablaba elevando los ojos, con un anhelo de idealidad que hubiese hecho
sonreir á otro que no fuese Renovales.

--En esta situación--decía con voz lenta y la mirada perdida,--no es
extraño que una mujer busque la felicidad donde la encuentre. Pero yo
soy muy desgraciada, Mariano; yo no sé lo que es amor; yo no he amado
nunca.

¡Ay! Ella hubiese sido dichosa uniéndose á un hombre superior. Ser la
compañera de un gran artista, de un sabio, habría hecho su felicidad.
Los hombres que la rodeaban en los salones eran más jóvenes, más fuertes
que el pobre conde, pero mentalmente aún valían menos que él. No era
ninguna virtud, lo reconocía; con un amigo como el pintor no osaba
mentir. Había tenido sus distracciones, sus caprichos, como muchas que
pasaban por virtudes inexpugnables; pero de estas faltas salía siempre
con una impresión de desencanto y disgusto. Sabía que el amor era una
realidad para otras, pero ella no lograba encontrarlo.

Renovales había cesado de pintar. Ya no entraba por el ventanal la luz
del sol. Los vidrios tenían una opacidad de tono violáceo. El crepúsculo
invadía el estudio, y en su penumbra brillaban tenuamente, como chispas
mortecinas, aquí una punta de marco, más allá el oro viejo de un
estandarte bordado; en los rincones el pomo de una espada, el nácar de
una vitrina.

Sentóse el pintor cerca de la condesa, sumiéndose en aquella atmósfera
de perfumes que la rodeaba como un nimbo de acre voluptuosidad.

Él también era desgraciado. Lo declaraba sinceramente, creyendo de
buena fe en la melancólica desesperación de la dama. Faltaba algo en su
vida; se hallaba solo en el mundo. Y como viese en el rostro de Concha
un gesto de asombro, se golpeó el pecho enérgicamente.

Sí, solo. Adivinaba lo que ella iba á decirle. Tenía á su mujer, tenía á
su hija... De Milita no quería hablar: la adoraba; era su alegría. Al
sentirse cansado del trabajo, experimentaba una sensación de dulce
reposo pasando sus brazos en torno de su cuello. Pero él aun era joven
para contentarse con estas alegrías del amor paternal. Deseaba algo más,
y no podía encontrarlo en la compañera de su vida, siempre enferma, con
los nervios en perpetua crisis. Además, no le comprendía; no le
comprendería nunca: era una carga que abrumaba su talento.

Su unión sólo estaba basada en la amistad, en la gratitud por las
penalidades que habían soportado juntos. También él había sufrido un
engaño tomando por amor lo que sólo era un impulso de la afinidad
juvenil. Él necesitaba una verdadera pasión; vivir en contacto con un
alma gemela de la suya; amar á una mujer superior que le comprendiese y
le animase en sus audacias, que supiera sacrificar sus preocupaciones
burguesas á las exigencias del arte.

Hablaba con vehemencia, fijos sus ojos en los de Concha, que brillaban
al recibir de frente la luz del ventanal.

Pero Renovales se vió cortado por una risa irónica, cruel, al mismo
tiempo que la condesa echaba atrás su sillón como huyendo del artista,
que lentamente se inclinaba hacia ella.

--¡Que se resbala usted, Mariano! ¡Que le veo venir! Un poco más, y me
suelta usted su declaración... ¡Señor, qué hombres! Es imposible hablar
con ellos como una buena amiga, concederles cierta confianza sin que al
momento hablen de amor. Si le dejo á usted, antes de un minuto me dice
que soy su ideal... que me adora.

Renovales, que se había apartado de ella recobrando su severidad,
sintióse herido por esta risa burlona, y dijo con voz queda:

--¿Y si fuese cierto?... ¿Y si yo la amase?...

Volvió á sonar la risa de la condesa, pero forzada, falsa, con un tono
que parecía arañar el pecho del artista.

--¡Lo que yo esperaba! ¡La consabida declaración! Con esta va la tercera
que me hacen hoy. ¿Pero es que no se puede hablar con un hombre más que
de amor?...

Puesta ya de pie, buscaba con la vista el sombrero, no recordando el
lugar donde lo había dejado.

--Me voy, _cher maître_. Es peligroso quedarse aquí. Procuraré venir más
pronto y que no nos sorprenda el crepúsculo. Es la hora traidora: el
momento de las grandes tonterías.

El pintor se opuso á su marcha. Aun no había llegado su coche; podía
esperar unos instantes más. La prometió permanecer tranquilo; no
hablarla, ya que esto la disgustaba.

La condesa se quedó, pero no quiso sentarse en el sillón. Dió algunos
pasos por el estudio y acabó por abrir la tapa de un armónium colocado
cerca del ventanal.

--Vamos á hacer un poco de música; esto nos tranquilizará. Usted,
Mariano, quietecito en su silla y sin acercarse. Á ver si es usted buen
chico...

Posáronse sus dedos en el teclado, movieron sus pies los pedales y el
_Largo religioso_, de Haendel, grave, místico, soñador, se extendió
dulcemente por el estudio. La melodía esparcíase por la nave, envuelta
ya en la penumbra; filtrábase entre los tapices, prolongando su alado
susurro por los otros dos estudios, como si fuese el canto de un órgano
tocado por invisibles manos, en una catedral desierta, á la hora
misteriosa del anochecer.

Concha sentíase conmovida, con femenil sentimentalismo, con la
superficial y caprichosa sensibilidad que le hacía ser considerada, por
sus amigos, como una gran artista. La música la enternecía; hacía
esfuerzos para que no saltasen lágrimas sus ojos, sin saber por qué.

De pronto cesó de tocar y volvió la cabeza con inquietud. El pintor
estaba detrás de ella; creyó sentir en su nuca el soplo de su
respiración. Quiso protestar, colocarle á distancia con una de sus risas
crueles, pero no pudo.

--Mariano--murmuró,--á su asiento: á ser buen muchacho y obediente.
¡Mire usted que me enfado!

Pero permaneció inmóvil, después de haber dado media vuelta en su
taburete, quedando de frente al ventanal, apoyando un codo en el
teclado.

Estuvieron mucho tiempo silenciosos; ella en esta posición; él de pie,
contemplando su rostro, que no era ya más que una mancha blanca en la
creciente penumbra.

La vidriera destacábase ahora con una opacidad azulada. Las ramas del
jardín cortábanla como tortuosos y movibles trazos de tinta. En la
profunda calma del estudio sonaban los crujidos de los muebles; esa
respiración de la madera, del polvo y los objetos en el silencio y la
sombra.

Los dos parecían cautivados por el misterio de la hora, como si la
muerte del día anestesiase su pensamiento. Sentíanse mecidos en un
ensueño vago y dulce.

Ella tuvo un estremecimiento de voluptuosidad.

--Mariano, aléjese usted--dijo con voz lenta, como si le costase un gran
esfuerzo.--Esto es muy bonito... parece que me encuentro en un baño...
un gran baño que me penetra hasta el alma. Pero esto no está bien.
Encienda usted, maestro. ¡Luz, luz! Esto no es correcto.

Mariano no la escuchaba. Se había inclinado sobre ella, cogiéndola una
mano, fría, insensible, como si no se diese cuenta de la presión de la
suya. Después, en un arranque súbito la besó, y faltó poco para que la
mordiese.

La condesa pareció despertar y se irguió altiva, ofendida.

--Es una niñería, Mariano. Es un abuso.

Pero en seguida rió, con su risa cruel, como si sintiera lástima ante la
confusión que mostraba Renovales viendo su enfado.

--Queda usted absuelto, maestro. Un beso en la mano no significa nada.
Es un gesto protocolario... Son muchos los que me la besan.

Y esta indiferencia fué un amargo castigo para el artista, que
consideraba su beso como una toma de posesión.

La condesa siguió buscando en la obscuridad, repitiendo con vocecilla
irritada:

--¡Luz, haga usted luz! ¿Pero dónde está la llave?

Se hizo la luz sin que Mariano se moviese, sin que ella encontrase el
tan buscado resorte. Brillaron en lo alto del estudio tres focos
eléctricos y sus coronas de agujas blancas sacaron de la sombra los
marcos dorados, los brillantes tapices, las armas relucientes, los
muebles vistosos, las pinturas de vivos colores.

Los dos parpadearon, cegados por el repentino resplandor.

--Buenas noches--dijo del lado de la puerta una voz melosa.

--¡Josefina!...

La condesa corrió hacia ella, abrazándola con gran efusión, besando sus
mejillas rojizas y descarnadas.

--¡Qué á obscuras estabais!--prosiguió Josefina con una sonrisa que
conocía bien Renovales.

Concha la aturdió con el chaparrón de su palabrería. El ilustre maestro
se había negado á encender; le gustaba el crepúsculo; ¡cosas de artista!
Habían hablado mucho de su querida Josefina, mientras ella aguardaba la
llegada del coche. Y decía esto besando á la mujercita, separándose un
poco para contemplarla más á su gusto, repitiendo con vehemencia:

--¡Pero qué guapa estás hoy! Te encuentro mejor que hace tres días.

Josefina no cesaba de sonreir. Muchas gracias... El coche esperaba á la
puerta. Se lo había dicho el criado cuando ella bajaba atraída por el
eco lejano del armónium.

La condesa mostró prisa por irse. Recordaba de pronto un sinnúmero de
cosas que debía hacer; enumeraba las personas que la aguardaban en su
casa. Josefina la ayudó á colocarse el sombrero y el velo, y todavía, á
través de éste, la dió la condesa varios besos de despedida.

--Adiós, _ma chere_. Adiós, _mignone_. ¿Te acuerdas del colegio? ¡Ay,
cuán felices éramos allí!... Adiós, _maître_.

Todavía se detuvo en la puerta para besar una vez más á Josefina.

Y como final, antes de desaparecer, exclamó en un tono quejumbroso de
víctima que desea ser compadecida:

--Te envidio, _cherie_. Tú, al menos, eres feliz: has encontrado un
marido que te adora... Maestro, cuídela usted mucho: mímela para que se
ponga buena y guapa... Cuídela usted, ó reñiremos.



VI


Renovales acabó de leer en la cama, según su costumbre los periódicos de
la noche, y antes de apagar la luz miró á su mujer.

Estaba despierta. Sobre los embozos de la cama vió sus ojos
desmesuradamente abiertos, fijos en él con una tenacidad hostil, y los
rabitos de su pobre cabellera, que se escapaban lacios y tristes por
entre las blondas de la gorra de noche.

--¿No duermes?--preguntó el pintor con una entonación cariñosa, en la
que había algo de inquietud.

--No.

Y tras este monosílabo duro, dió una vuelta en la cama, volviéndole la
espalda.

Quedó Renovales en la obscuridad, con los ojos abiertos, algo inquieto
por el temor que le inspiraba aquel cuerpo, oculto bajo la misma sábana,
tendido á corta distancia de él y que evitaba todo roce, achicándose con
manifiesta repulsión.

¡Pobrecilla! El bueno de Renovales sentíase atenaceado por un doloroso
remordimiento. Su conciencia era una bestia feroz que se había
despertado iracunda é implacable, destrozándolo con las dentelladas del
desprecio. No significaban gran cosa los sucesos de aquella tarde: un
momento de abandono, una debilidad. Seguramente que la condesa ya no se
acordaba de ello, y él, por su parte, tenía el propósito de no
reincidir.

¡Bonita situación para un padre de familia, para un hombre que había ya
pasado su juventud, comprometerse en empresas amorosas, ponerse
melancólico á la hora del crepúsculo, besando una mano blanca, con
posturas de trovador apasionado! ¡Vive Dios! ¡Cómo se hubieran reído los
amigos al verle en esta actitud!... Había que limpiarse de este
_romanticismo_ que le dominaba en ciertos momentos. Cada hombre debía
seguir su destino, aceptando la vida tal como se presentaba. Él había
nacido para virtuoso; debía conformarse con la relativa paz de su vida
doméstica; aceptar sus escasas dulzuras como una compensación de los
tormentos morales que le hacía sufrir la enfermedad de su compañera. Se
contentaría con las fiestas de su pensamiento; con aquellos atracones
ilusorios de belleza que se daba en los banquetes servidos por su
imaginación. Mantendría su carne en una fidelidad matrimonial que
equivalía á perpetua privación. ¡Pobre Josefina! Su remordimiento, por
un instante de debilidad que él consideraba como un crimen, impulsábale
á aproximarse á su compañera de lecho, cual si buscase en su calor y su
contacto un mudo perdón.

El cuerpo, ardoroso por una lenta fiebre, se alejó al sentir su roce; se
apelotonó, como esos moluscos tímidos que se achican y ocultan al más
leve tocamiento... Estaba despierta. No se oía su respiración; parecía
muerta en la profunda obscuridad, pero el marido adivinaba sus ojos
abiertos, su ceño contraído, y sentía el pavor del que presiente un
peligro en el misterio de la sombra.

Renovales también permaneció inmóvil, evitando un nuevo encuentro con
este cuerpo que le repelía mudamente. La firmeza de su arrepentimiento
le proporcionaba cierto consuelo. Jamás volvería á olvidarse de su
mujer, de su hija, de su respetabilidad de hombre grave.

Desecharía para siempre estos anhelos de juventud, esta audacia, esta
hambre de gozar todas las dulzuras de la vida. Su suerte estaba echada;
seguiría siendo el de siempre. Pintaría retratos y todo lo que le
encomendasen; daría gusto al público, ganaría más dinero; procuraría
amoldar su arte á las exigencias celosas de su mujer para que viviese
tranquila; se burlaría de ese fantasma de la ambición humana que llaman
gloria. ¡La gloria! ¡Una lotería sin más probabilidades de suerte que
los gustos de las gentes que aun estaban por nacer! ¿Quién conocía las
aficiones artísticas del porvenir? Tal vez apreciase como bueno lo que
él producía ahora á disgusto; tal vez reiría con desprecio de lo que él
deseaba pintar. Lo único importante era vivir tranquilo, los más años
que pudiese, rodeado de dulce paz. Su hija se casaría. Tal vez fuese su
marido el amado discípulo, aquel Soldevilla, tan modosito, tan cortés,
que andaba loco tras la revoltosa Milita. Y si no era éste, sería López
de Sosa, un mentecato enamorado de sus automóviles, que gustaba más á
Josefina que el discípulo, por no haber incurrido en el pecado de
mostrar talento y dedicarse á la pintura. Tendría nietos, le blanquearía
la barba, ofrecería la majestad de un Padre Eterno, y Josefina, cuidada
por él, reanimada por un ambiente de cariño, llegaría también á la
vejez, libre de sus nervios, equilibrada por la insensibilidad de los
años, que anula los desarreglos del sexo.

El pintor sentíase halagado por este cuadro de felicidad patriarcal. Se
iría del mundo sin haber mordido los mejores frutos que ofrece la vida,
pero con la paz de un alma que tampoco conoce las grandes vehemencias
pasionales.

Mecido por estas ilusiones, el artista fué sumiéndose en el sueño. Veía
en la sombra la imagen de su tranquila ancianidad, con arrugas
sonrosadas y cabellera de plata: á su lado una viejecita vivaracha, sana
y graciosa, peinada con bandós de brillante nieve, y en torno de ellos
un corro de niños, muchos niños, unos urgándose las narices, otros
revolcándose en el suelo, con la panza al aire, como gatitos revoltosos;
los mayores, lápiz en mano, haciendo la caricatura de la valetudinaria
pareja, y todos gritando á coro con un llamamiento de ternura:
«¡Abuelitos ricos! ¡Abuelitos monos!...»

En su imaginación adormecida se esfumaba y borraba este cuadro. Ya no
veía las figuras, pero el grito cariñoso seguía sonando en sus oídos
cada vez más lejano.

Después volvía á crecer y se aproximaba lentamente, pero era una queja,
un lamento tembloroso, un alarido como el de la bestia que siente en la
garganta el cuchillo del sacrificador.

El artista, aterrado por este gemido, creyó que un animal obscuro, un
monstruo de la noche, se agitaba junto á él, rozándolo con sus antenas,
empujándole con las huesosas puntas de sus articulaciones.

Despertóse, y turbio aún su cerebro por las nieblas del sueño, lo
primero que sintió fué un estremecimiento de miedo y sorpresa,
extendiéndose de su nuca á sus pies. El monstruo invisible estaba junto
á él, moribundo, pataleante, hiriéndole con las angulosidades de su
cuerpo. El alarido rasgaba la obscuridad con estertor agónico.

Renovales, á impulsos del miedo, despertó por completo. Aquel lamento
era de Josefina. Su mujer rodaba en la cama, rugiendo al beber
penosamente el aire.

Crujió la llave de la luz y el resplandor blanco y crudo de la lámpara
mostró á la mujercita, en el desorden de su crisis nerviosa: los flacos
miembros contraídos dolorosamente; los ojos desmesuradamente abiertos,
mates y con un estrabismo de agonía; la boca llorosa, goteando por sus
comisuras una espumilla de rabia.

El marido, aturdido por este despertar, intentó cogerla en sus brazos,
oprimirla dulcemente, como si su calor pudiese devolverla la calma.

--Déja... me--rugió ella con voz entrecortada.--Suelta... Te
aborrezco...

Y era ella la que, pidiendo que la soltase, se aferraba á él, clavando
los dedos en su cuello, como si quisiera extrangularle. Renovales,
insensible á este apretón, que no hacía gran mella en su cuello
atlético, murmuraba con triste bondad:

--¡Aprieta!... No temas hacerme daño. ¡Desahógate!

Sus manos, cansadas de oprimir inútilmente aquella carne musculosa,
abandonaron su presa con cierto desaliento. Aun duró un buen rato la
crisis, pero sobrevino el llanto, quedando la mujer anonadada, inerte,
sin otras manifestaciones de vida que el estertor de su pecho y el
incesante gotear del doble hilo lacrimoso.

Renovales había saltado de la cama, yendo por la habitación, en su
grotesco atavío de dormir, buscando por todos lados, sin saber lo que
buscaba, murmurando palabras cariñosas para tranquilizar á su esposa.

Ésta interrumpía sus gemidos, pugnando por introducir cada sílaba á
través del estertor. Hablaba con la cabeza oculta entre los brazos. El
pintor se detuvo á oirla, asombrado de las palabras soeces que se
deslizaban de los labios de su Josefina, como si el pesar, al remover su
alma, sacase á flote las groserías é impurezas oídas en la calle y
depositadas en el fondo de su memoria.

--¡La tía... _tal_! (Y aquí soltaba la palabra clásica, con naturalidad,
como si toda su vida hubiese hablado así.) ¡La sinvergüenza! La...

Y seguía lanzando un rosario de interjecciones que escandalizaban al
marido, por salir de aquella boca.

--¿Pero de quién hablas? ¿Qué persona es esa?

Ella, como si sólo aguardase estas preguntas, se incorporó en la cama,
púsose de rodillas, mostrando su triste osamenta, mirándole fijamente,
moviendo sobre el frágil cuello su cabeza, en torno de la cual se
arremolinaban los cortos y lacios mechones de la cabellera.

--¿De quién ha de ser? De la de Alberca... ¡De ese grandísimo plumero!
¡Hazte de nuevas! ¡Tú no sabes nada! ¡Pobrecito!

Renovales esperaba esto, pero al oirlo, tomó una actitud arrogante,
fortalecido por sus propósitos de enmienda y por la certeza de que decía
verdad. Se llevó la mano al corazón en actitud teatral, echando atrás su
melena, sin reparar en lo grotesco de su figura, que se reflejaba en los
espejos del dormitorio.

--Josefina, te juro por lo más que amo en el mundo, que no es cierto lo
que supones. Nada tengo que ver con Concha. ¡Por nuestra hija te lo
juro!

La mujercita se irritó aún más.

--No jures, no mientas... no nombres á mi hija. ¡Embustero! ¡Hipócrita!
Todos sois iguales.

¿La creía una tonta? Estaba enterada de cuanto ocurría en torno de ella.
Él era un libertino, un mal esposo: lo había conocido á los pocos meses
de matrimonio; un bohemio sin otra educación que las perversas tertulias
de los de su clase. Y la otra era cualquier cosa; lo peorcito de Madrid:
por algo se reían en todas partes del conde... Mariano y Concha se
entendían; tal para cual; se burlaban de ella en su propia casa, á
obscuras en el estudio.

--Es tu querida--decía con fría cólera.--Vamos, hombre, confiésalo;
repite todas esas desvergüenzas del derecho al amor y el derecho á la
alegría de que hablas con tus amigotes en el estudio; esas infamias
hipócritas para justificar el desprecio á la familia, al matrimonio... á
todo. Ten el valor de tus actos.

Pero Renovales, aturdido por esta palabrería feroz, que caía sobre él
como una lluvia de latigazos, sólo sabía repetir, con la mano en el
corazón y el gesto noblemente resignado del que sufre una injusticia:

--Soy inocente. Te lo juro. No hay nada de lo que supones.

Y pasando al otro lado de la cama, intentaba coger de nuevo entre sus
brazos á Josefina, creyendo calmarla, ahora que parecía menos furiosa y
el llanto cortaba sus airadas palabras.

Trabajo inútil. El frágil cuerpo escurríase entre sus manos,
repeliéndolas con una sensación de horror y repugnancia.

--Déjame; no me toques. Me das asco.

Se engañaba su marido si creía que ella era enemiga de Concha. ¡Bah!
Conocía bien á las mujeres. Hasta aceptaba (ya que tan tenaz era en sus
juramentos de inocencia) que no existía nada entre los dos. Pero sería
por ella, que estaba harta de adoradores, y á impulsos de una antigua
amistad no quería amargar la existencia de Josefina. Era Concha la que
había resistido y no él.

--Te conozco. Ya sabes que adivino tus pensamientos, que leo en tu
frente. Eres fiel por cobardía, por falta de ocasión. Pero el
pensamiento lo llevas cargado de obscenidades; tu interior me da asco.

Y antes de que pudiese protestar, su mujer le atacaba nuevamente,
soltando de una vez todas las observaciones que había hecho, pesando sus
actos y palabras con la sutileza de una imaginación enferma.

Echábale en cara la expresión de arrobamiento de sus ojos cuando veía á
las damas hermosas colocarse ante su caballete para ser retratadas; los
elogios á la garganta de una, á los hombros de otra: la unción casi
religiosa con que examinaba las fotografías y los grabados representando
beldades desnudas, pintadas por otros artistas, á los que él pretendía
seguir en sus impulsos de libertinaje.

--¡Si yo te dejase! ¡Si yo desapareciese!... Tu estudio sería un burdel;
no podría entrar en él una persona decente; siempre tendrías al fresco
alguna mujer, copiando sus vergüenzas.

Y en el temblor de su voz irritada revelábase la ira, la amarga
decepción de presenciar á todas horas este culto de la belleza, este
elogio continuo á la hermosura, sin fijarse en que ella estaba presente,
envejecida antes de tiempo, enferma, con la fealdad de la miseria
física, y que cada uno de estos entusiasmos la hería como un reproche,
marcando un abismo entre su triste condición y el ideal que llenaba la
mente de su esposo.

--¿Crees que no sé lo que piensas?... Me río de tu fidelidad. ¡Mentira!
¡Hipocresía! Así como te haces viejo, te domina un deseo rabioso. Si
pudieses, si tuvieras valor, correrías tras esas bestias de hermosas
carnes que tanto elogias... Eres un ordinario. No hay en ti más que
grosería y materialidad. ¡La forma! ¡La carne! ¿Y á esto llaman
artista?... Mejor hubiera sido casarme con un zapatero, con uno de esos
hombres buenos y simples que los domingos van con su pobre mujercita á
comer en los merenderos y la adoran no conociendo á otra.

Renovales comenzaba á sentirse irritado por este ataque, que ya no se
basaba en sus actos, sino en su pensamiento. Aquello era peor que el
Santo Oficio. Le había espiado á todas horas; siempre atenta y
observadora, recogía sus menores palabras y gestos; penetraba en su
pensamiento, haciendo materia de celos sus preocupaciones y sus
entusiasmos.

--Calla, Josefina... Eso es indigno. No podré pensar, no podré
producir... Me espías y persigues hasta en mi arte.

Ella levantaba los hombros con desprecio. ¡Su arte! Se burlaba de él.

Y volvía á insultar á la pintura, arrepintiéndose de haber unido su
suerte á la de un artista. Los hombres como él no debían casarse con
mujeres decentes, con las que se llaman mujeres de su casa. Su destino
era permanecer solos, ó agregarse á hembras sin escrúpulo, enamoradas de
su cuerpo, capaces de exhibirlo en medio de la calle, con el orgullo de
su desnudez.

--Yo te he querido, ¿sabes?--decía fríamente.--Te he querido, pero ya no
te quiero. ¿Para qué? Sé que aunque me lo jures de rodillas, nunca me
serás fiel. Estarás cosido á mis faldas y tu pensamiento irá lejos, muy
lejos, acariciando esas vergüenzas que adoras. Tienes un serrallo en la
cabeza. Creo vivir sola contigo, y al mirarte, la casa se puebla de
mujeres, que me rodean, que lo llenan todo y se burlan de mí; todas
hermosas, como bestias del demonio; todas desnudas, como tentaciones...
Déjame, Mariano; no te acerques. No quiero verte. Apaga la luz.

Y viendo que el artista no obedecía su mandato, ella misma dió vuelta á
la llave, oyéndose en la obscuridad el chasquido de sus huesos al
arrebujarse en las ropas del lecho.

Renovales quedó en densa sombra, y á tientas buscó la cama, acostándose
también. Ya no suplicaba; permanecía mudo, irritado. Habíase desvanecido
la tierna compasión que le hacía soportar las agresivas nerviosidades de
su mujer. ¿Qué más quería de él?... ¿Hasta donde iba á llegar?...
Llevaba una vida de asceta, conteniendo sus apasionamientos de hombre
sano, guardando por costumbre y por respeto una casta fidelidad,
buscando un alivio en los fogosos extravíos de su imaginación... ¡y aun
esto era un crimen! Con la agudeza de su pensamiento de enferma,
penetraba ella en él, adivinando sus ideas, siguiendo su curso, rasgando
el velo de misterio tras el cual ocultaba aquellos banquetes de
ilusiones, en los que entretenía sus horas de soledad. ¡Hasta á su
cerebro llegaba esta persecución! No podían sufrirse con paciencia los
celos de aquella mujer, amargada por la pérdida de su frescura juvenil.

Ella reanudaba su llanto en la obscuridad. Gemía convulsivamente,
agitando las ropas con el estertor de su pecho.

La cólera hacía insensible y duro al marido.

--¡Gime, pobrecita!--pensaba con cierta fruición.--Llora hasta
deshacerte; no seré yo quien te diga una palabra.

Josefina, cansada de su mutismo, intercalaba palabras entre los
lamentos. ¡Se burlaban de ella! ¡Vivía en perpetuo ridículo!... Los
amigos que escuchaban al ilustre maestro, las señoras que visitaban su
estudio, ¡cómo reirían al oirle sus arrebatados elogios á la belleza
ante su mujer enferma y arruinada! ¿Qué era ella en aquella casa,
panteón espantoso, nido de tristezas? Una pobre ama de llaves que
cuidaba del bienestar del artista. Y el señor creía cumplir todos los
deberes no manteniendo una querida, saliendo poco de casa, pero
maltratándola con sus palabras, que la hacían objeto de ludibrio. ¡Si
viviese su madre!... ¡Si sus hermanos no fuesen unos egoístas, que
rodaban por el mundo, de embajada en embajada, contentos de la vida,
dejando sin contestación sus cartas llenas de quejas y teniéndola por
loca, al ver que se lamentaba de poseer un esposo ilustre y de ser rica!

Renovales, en la obscuridad, se llevaba las manos á la frente con gesto
de desesperación, enfurecido por el sonsonete de tanta injusticia.

--¡Su madre!--pensaba.--Bien está la insufrible señora para siempre en
su agujero. ¡Sus hermanos! Unos sinvergüenzas que siempre que pueden me
piden algo... ¡Señor! ¡Paciencia para sufrir á esta mujer; resignación y
calma para conservar mi frialdad, para que no olvide que soy un hombre!

La despreciaba en su pensamiento para mantener de este modo su
impasibilidad. ¡Bah! ¡Una mujer... una enferma! Todos en el mundo
arrastran su cruz, y la suya era Josefina.

Pero ésta, como si adivinase los pensamientos de su compañero de lecho,
cesó de llorar y le habló con voz lenta, en la que temblaba una ironía
cruel:

--De la de Alberca no esperes nada--dijo de pronto con femenil
incoherencia.--Te advierto que tiene los adoradores por docenas:
juventud y elegancia, que para las mujeres es algo más que el talento.

--¿Y á mi qué?--rugió en la obscuridad la voz de Renovales, con una
explosión de cólera.

--Te lo digo para que no te forjes ilusiones... Maestro, va usted á
sufrir un fracaso. Estás muy viejo, buen hombre; los años pasan... Tan
viejo y tan feo que, si te hubiese conocido así, no sería tu mujer á
pesar de toda tu gloria.

Después de este golpe, satisfecha y tranquila, cesó de llorar y pareció
dormirse.

El maestro permaneció inmóvil, tendido de espaldas, con la cabeza
apoyada en los brazos y los ojos muy abiertos, viendo poblarse la
obscuridad de puntos rojos, que se ensanchaban en incesante rotación,
formando anillos inflamados y flotantes. La cólera había sacudido sus
nervios; la puñalada final no le dejaba dormir. Sentíase inquieto,
desvelado por este cruel desgarrón en su amor propio. Creía tener en su
cama, á corta distancia de él, á su mayor enemigo. Odiaba este
cuerpecillo ruin que casi podía tocar con un ligero movimiento, como si
encerrase la bilis de todos los adversarios con los que había chocado en
su vida.

¡Viejo! ¡Despreciable! ¡Inferior á aquellos señoritos que pululaban en
torno de la de Alberca; él, un hombre conocido por toda Europa y en cuya
presencia palidecían emocionadas, mirándole con ojos de adoración, todas
las señoritas que pintan abanicos y acuarelas de pájaros y flores!...

--Ya te lo diré más adelante, pobre mujer--pensaba, mientras una risa
feroz deslizábase invisible en la sombra.--Ya verás si la gloria es algo
y si me encuentran tan viejo como tú crees.

Con una alegría de adolescente recordaba la escena del crepúsculo, el
beso en la mano de la condesa, su dulce abandono, aquella mezcla de
resistencia y de agrado que le abría el camino para ir más adelante.
Saboreaba estos recuerdos con la fruición de la venganza.

Después, su cuerpo, al moverse, tropezó con el de Josefina, que parecía
dormir, y experimentó cierta repulsión, como si rozase un animal hostil.

Era su enemigo: había torcido y desorientado su vida de artista y
entristecía su vida de hombre. Creíase ahora capaz de haber producido
las obras más asombrosas, de no conocer á aquella mujercita que
gravitaba sobre él con aplastante pesadumbre. Su censura muda, la
fiscalización de sus ojos, aquella moralidad estrecha y mezquina de
señorita bien educada, cerrábanle el paso, haciéndole salir de su
camino. Sus cóleras, sus crisis nerviosas le desorientaban,
achicándolo, robándole fuerzas para el trabajo. ¿Y siempre habría de
vivir así?... Pensó con horror en los largos años que aun quedaban
delante de él; en el camino que le ofrecía la vida, monótono,
polvoriento, de agria cuesta, sin una sombra, sin un descanso, marchando
trabajosamente, falto de entusiasmos y bríos, tirando de la cadena del
deber, á cuyo extremo se arrastraba el enemigo, siempre quejumbroso,
siempre injusto, con la egoísta crueldad del enfermo, espiándolo con
ojos inquisitoriales á las horas en que se repliega el pensamiento, á
las horas en que surge el sueño, violando su descuido, forzando su
inmovilidad, robándole sus ideas más intimas para después pasárselas
ante los ojos con insolencia de ladrón triunfante. ¡Y esto había de ser
toda su vida!... ¡Cristo! No; mejor era morir.

Entonces surgió en las negruras de su cerebro, como una chispa azul, de
lúgubre fulgor, un pensamiento, un deseo, que hizo correr por su cuerpo
el escalofrío de la estupefacción y la sorpresa:

--¡Si se muriese!...

¿Por qué no?... Siempre enferma, siempre triste, parecía obscurecer su
pensamiento con las alas de su alma, unas alas de cuervo, de tétrica
agitación. Él tenia derecho á la libertad, á romper la cadena, porque
era el más fuerte. Había pasado la vida deseando la gloria, y la gloria
era un engaño si no proporcionaba más que el frío respeto de las gentes,
si no podía cambiarse por algo más positivo. Aun le quedaban muchos
años de existencia intensa; aun podía regodearse con un atracón colosal
de placeres; aun podía vivir como ciertos artistas que él admiraba,
ebrios de dulzuras mundanales, trabajando en loca libertad.

--¡Ay! ¡Si se muriese!...

Recordaba ciertos libros que había leído, en los cuales otros personajes
imaginarios deseaban también la muerte ajena para satisfacer con más
amplitud sus apetitos y pasiones.

De pronto creyó despertar, salir de un mal sueño, arrancarse con honda
emoción de una pesadilla aterradora. ¡Pobre Josefina!... Le horrorizaba
su pensamiento: sentía el fúnebre deseo abrasar su conciencia, como un
hierro ardiente que levanta chirridos con su contacto. No era ternura lo
que le hacía volver hacia su compañera, eso no; la guardaba rencor. Pero
pensaba en sus años de sacrificio; en las privaciones que había sufrido
al seguirle en su lucha con la miseria, sin una queja, sin una protesta,
en los dolores de su maternidad, en el sustento que había dado á su
hija, aquella Milita que parecía haber robado todo el vigor de su cuerpo
y tal vez era causa de su decadencia. ¡Qué horror, desear su muerte!...
¡Que viviera! Él lo sufriría todo con la paciencia del deber. ¿Morir
ella? Nunca; antes deseaba morir él.

Pero en vano pugnó el artista por olvidar su pensamiento. El deseo
atroz, monstruoso, una vez despertado, se resistía, negándose á
retroceder, á ocultarse, á morir en las tortuosidades cerebrales de
donde había surgido. En vano se arrepentía de esta perversidad y se
avergonzaba de su idea feroz, queriendo aplastarla para siempre. Parecía
que dentro de él había surgido una segunda persona, rebelde á sus
mandatos, ajena á su conciencia, insensible y dura á los escrúpulos
compasivos, y esta personalidad, este dominio, seguía cantando en su
oreja con acento alegre, como si le prometiese todas las voluptuosidades
de la vida:

--¡Si se muriese!... ¿eh, maestro?... ¡Si se muriese!...



SEGUNDA PARTE



I


Al llegar la primavera, López de Sosa, el «intrépido _sportman_», según
le llamaba Cotoner, presentábase todas las tardes en el hotel de
Renovales.

Fuera de la verja quedaba el automóvil de cuarenta caballos, su última
adquisición, de la que hablaba con orgullo; un vehículo enorme,
charolado de verde, que avanzaba y retrocedía bajo la mano del
_chauffeur_, mientras el dueño cruzaba el jardín de la casa del pintor.

Renovales le veía entrar en su estudio, vestido de azul, con una gorra
de visera brillante sobre los ojos, afectando el aire resuelto de un
marino ó de un explorador.

--Buenas tardes, don Mariano. Vengo por las señoras.

Y bajaba Milita envuelta hasta los pies en un gabán gris, cubriendo su
cabellera con una gorra blanca, en torno de la cual se arrollaba el
largo velo azul. Tras ella aparecía la madre, vestida del mismo modo,
pequeña é insignificante al lado de aquella muchacha que parecía
abrumarla con su salud y su gallardía.

Renovales elogiaba mucho estos paseos. Josefina se quejaba de las
piernas; una repentina debilidad la hacía algunas veces permanecer en un
sillón días enteros. Refractaria á todo movimiento, le gustaba correr
inmóvil en aquel carruaje que devoraba las distancias, llegando á puntos
lejanos de Madrid sin esfuerzo alguno, como si no se hubiera movido de
su casa.

--Divertirse mucho--decía el pintor con cierta alegría al quedar solo,
completamente solo, sin la inquietud de percibir cerca de él la
hostilidad conyugal.--Á usted se las confío, Rafaelito; nada de locuras,
¿eh?

Y Rafaelito esbozaba un gesto de protesta, como escandalizado de que
alguien pudiese dudar de su pericia. Con él no había cuidado.

--¿Y usted no viene, don Mariano? Deje usted los pinceles. No vamos más
que al Pardo.

El pintor se excusaba; tenía mucho que hacer. Estaba enterado de lo que
era aquello y no le placía ir tan aprisa. Le disgustaba tragarse el
espacio con los ojos casi cerrados, no viendo apenas la campiña esfumada
por la velocidad, entre nubes de polvo y piedra machacada. Prefería
contemplar el paisaje tranquilamente, sin prisa, con la calma reflexiva
del que estudia. Además era refractario á lo que no fuese de su tiempo;
iba para viejo, y estas novedades estupendas no _le iban_.

--Adiós, papá.

Milita, levantándose el velo, avanzaba sus labios rojos y sensuales,
mostrando al sonreir su dentadura nítida. Después de este beso venía el
otro, ceremonioso, frío, cambiado con la indiferencia de la costumbre,
sin más novedad que la de huir su boca Josefina como si quisiera evitar
todo contacto intimo.

Salían los tres, apoyándose la madre en el brazo de Rafaelito, con
cierta pereza, como si apenas pudiese arrastrar su flaco cuerpo, y con
una palidez que no animaba el más leve arrebol de la circulación de la
sangre.

Al quedar solo en su estudio, experimentaba Renovales la alegría de un
muchacho en asueto. Trabajaba con mayor ligereza, cantaba á gritos,
complaciéndose en escuchar los ecos que despertaba su voz en las sonoras
naves. Muchas veces, al entrar Cotoner, le sorprendía entonando con
impúdica serenidad alguna de las canciones licenciosas que había
aprendido en Roma, y el pintor de los Papas, sonriente como un fauno, le
hacía coro, aplaudiendo al final estas picardías de estudio.

Tekli, el húngaro, que algunas tardes les acompañaba, había partido para
su país con su copia de _Las Meninas_, después de llevarse las manos de
Renovales varias veces al corazón, con grandes extremos afectuosos,
llamándole _maestrone_. El retrato de la condesa de Alberca ya no estaba
en el estudio. Rodeado de un marco coruscante, exhibíase en el salón de
la ilustre dama, recibiendo la adoración de su tertulia de admiradores.

Algunas tardes, después que las señoras abandonaban el estudio y se
alejaba el sordo rodar del automóvil con grandes mugidos de bocina, el
maestro y su amigo hablaban de López de Sosa. Un buen muchacho, algo
tonto, pero excelente persona. Este era el juicio de Renovales y su
viejo amigo. Estaba orgulloso de sus bigotes, que le daban cierto
parecido con el emperador alemán, y al sentarse tenía buen cuidado de
exhibir sus manos, poniéndolas en evidencia sobre las rodillas, para que
apreciasen todos su vigorosa enormidad, sus salientes venas y sus dedos
fuertes, con una ingenua satisfacción de cavador. Su conversación giraba
siempre en torno de empresas vigorosas, y ante los dos artistas
pavoneábase como si perteneciese á otra raza, hablando de sus hazañas de
esgrimidor, de sus triunfos en los asaltos, de los kilos que levantaba
sin el más leve esfuerzo, de las sillas que podía saltar sin rozarlas
siquiera. Muchas veces interrumpía á los dos pintores cuando elogiaban á
los grandes maestros del arte, para comunicarles el último triunfo de
cualquier automovilista célebre en la conquista de la disputada copa.
Sabía de memoria los nombres de todos los campeones europeos que habían
alcanzado el laurel de la inmortalidad, corriendo, saltando, matando
pichones, dándose patadas ó manejando hierros.

Renovales le había visto entrar en su estudio una tarde, trémulo de
emoción, con los ojos brillantes, mostrándole un telegrama.

--Don Mariano, ya tengo un _Mercedes_. Me avisan su envío.

El pintor hizo un gesto de ignorancia. ¿Quién era aquel sujeto que
llevaba un nombre femenil? Y el elegante Rafaelito sonrió con lástima.

--La mejor marca; _Mercedes_, superior á _Panard_; eso todo el mundo lo
sabe. Fabricación alemana; unos sesenta mil francos. No habrá otro en
Madrid.

--Pues que sea en hora buena.

Y el artista, después de encogerse de hombros, siguió pintando.

López de Sosa era rico. Su padre, un antiguo fabricante de conservas, le
había dejado una fortuna que administraba prudentemente, no jugando (eso
jamás), no manteniendo queridas (le faltaba tiempo para tales
superfluidades), sin otro placer que los _sports_, que fortalecen el
cuerpo. Tenía una cochera para él solo, donde albergaba los carruajes de
tiro y los automóviles, mostrándolos á los amigos con una satisfacción
de artista. Era su museo. Además, poseía varios troncos de caballos,
pues las aficiones modernas no le hacían olvidar sus antiguos gustos, y
tomaba tan á pechos sus méritos de automovilista como sus pasadas
glorias de cochero. De tarde en tarde, en los días de gran corrida de
toros, ó cuando se celebraban en el Hipódromo carreras sensacionales,
alcanzaba un triunfo de pescante, guiando seis jacas llenas de borlas y
cascabeles, que parecían pregonar con su estrepitosa marcha la gloria y
la riqueza de su dueño.

Enorgullecíase de su vida virtuosa, sin una calaverada, sin un
amorcillo, dedicada por entero al _sport_ y la ostentación. Sus rentas
eran inferiores á los gastos. El numeroso personal de la cuadra-garage,
los caballos, la gasolina y los adornos de su persona, devoraban una
parte de su capital. Pero López de Sosa manteníase impávido en este
principio de ruina, que no pasaba inadvertido para él, muchacho juicioso
y excelente administrador en medio de su despilfarro. Era la calaverada
de su juventud; ya limitaría sus gastos cuando se casase. Dedicado por
las noches á la lectura, no pudiendo dormir tranquilamente si no hojeaba
antes sus clásicos (periódicos de _sport_, catálogos de automóviles,
etc.), todos los meses hacía nuevas adquisiciones en el extranjero,
girando miles y miles de francos y lamentándose como un hombre serio de
la alza de los cambios, de los exorbitantes derechos de aduanas, de la
torpeza de estos malos gobiernos, que ponen trabas al adelanto del país.
Cada automóvil aumentaba considerablemente su precio al pasar la
frontera. ¡Y después de esto aun pedían los políticos progreso y
regeneración!...

Había sido educado por los padres de la Compañía en la Universidad de
Deusto y tenía su título de abogado. Mas no por esto era devoto. Él era
liberal; amaba lo moderno. Nada de fanatismos ni hipocresías. Había
dicho adiós para siempre á los buenos padres, así que murió el suyo, que
era entusiasta de ellos; pero les conservaba cierto respeto por haber
sido sus maestros y reconocía en ellos unos grandes sabios. Pero la vida
moderna era otra cosa; él leía con entera libertad; leía mucho, tenía en
su casa una biblioteca, compuesta lo menos de un centenar de novelas
francesas. Adquiría todos los volúmenes que llegaban de París, con una
hembra puesta al fresco en la cubierta, y en cuyo interior, so pretexto
de relatar las costumbres griegas, romanas ó egipcias, se encontraban un
sinnúmero de buenas mozas en pelota ó efebos al natural, sin otros
adornos de civilización que las cintas y gorros que cubrían sus cabezas.

Pedía libertad, mucha libertad; pero los hombres estaban divididos para
él en dos castas: las personas decentes y las que no lo son. Entre los
primeros figuraban en masa todos los muchachos de la Gran Peña, los
viejos del Casino, con algunos de los personajes cuyos nombres figuraban
en los periódicos, signo indiscutible de su valer. El resto era la
canalla que lo llenaba todo; despreciable y cursi en las calles de las
ciudades; repugnante y antipática en los caminos; la que insultaba con
toda la grosería de su mala crianza y lanzaba amenazas de muerte cuando
un chicuelo venía á colocarse bajo las ruedas del automóvil con la
maligna intención de dejarse aplastar, metiendo en un conflicto á una
persona decente, ó cuando alguna blusa blanca, haciéndose la sorda á los
llamamientos de la bocina, no quería apartarse y se sentía alcanzada...
como si un hombre que gana dos pesetas quisiera ser superior á las
máquinas que cuestan muchos miles de francos. ¡Qué hacer de un pueblo
tan ignorante y ordinario! ¡Y aun hablaban algunos miserables de
derechos y revoluciones!...

Cotoner, que cuidaba su trajecillo con inauditas fatigas, manteniéndolo
presentable para sus visitas y comilonas, preguntaba á López de Sosa con
cierto asombro sobre los progresos de su vestuario.

--¿Cuántas corbatas tiene usted ahora, Rafael?

Unas setecientas: las había contado recientemente. Y avergonzado de no
poseer todavía el ansiado millar, hablaba de surtirse en su próximo
viaje á Londres, cuando se disputaran la copa los primeros
automovilistas británicos. Sus botas las recibía de París, pero las
fabricaba un zapatero de Suecia, el mismo que calzaba á Eduardo de
Inglaterra; los pantalones los contaba por docenas y nunca se ponía uno
más allá de ocho ó diez veces; la ropa blanca pasaba á poder de su ayuda
de cámara apenas usada; sus sombreros eran todos londonienses. Se hacía
por año ocho levitas, que envejecían muchas veces sin llegar al estreno:
las tenía de varios colores, con arreglo á las circunstancias y á las
horas en que debía usarlas. Una especial, de largos faldones y un negro
mate, sombrío y austero, copiada de las ilustraciones extranjeras que
representaban desafíos, era su uniforme de los momentos solemnes, la que
vestía cuando algún amigo le buscaba en la Peña para que le asistiese y
representase, con su pericia de hombre escrupuloso en asuntos de honor.

Su sastre admiraba su talento, su magistral golpe de vista para escoger
las telas y decidir el corte entre los innumerables figurines. Total,
que invertía unos cinco mil duros por año en sus trajes, y decía con
sencillez á los dos artistas:

--¡Qué menos puede gastar una persona decente para estar presentable!...

López de Sosa visitaba la casa de Renovales como amigo después de
haberle pintado éste su retrato. Á pesar de sus automóviles, de sus
trajes y de escoger sus relaciones entre las gentes que ostentaban
títulos nobiliarios, no conseguía echar raíces en lo que él llamaba gran
mundo. Sabía que á sus espaldas le designaban con el apodo de «Bonito en
escabeche», aludiendo á las fabricaciones paternas, y que las señoritas
que le tenían por amigo rebelábanse ante la idea de casarse con el
«Chico de las conservas», que era otro de sus falsos nombres. La amistad
de Renovales fué para él un motivo de orgullo.

Había solicitado que hiciese su retrato, pagándolo sin regateo, para
que figurase en la Exposición; una manera de distinguirse como
cualquiera otra, de introducir su insignificancia entre los hombres de
alguna celebridad pintados por el artista. Después intimó con el
maestro, hablando en todas partes de su «amigo Renovales» con cierta
llaneza, como si fuese un camarada que no podía vivir sin él. Esto le
realzaba mucho ante sus conocimientos. Además, sentía una admiración
ingenua por el maestro desde una tarde en que algo fatigado por el
relato de sus azañas de esgrimidor, abandonó los pinceles, y descolgando
unas espadas viejas, tiró con él varios asaltos. ¡Vaya con don Mariano!
¡Y cómo se traía sus cositas aprendidas allá en Roma!...

Frecuentando el hotel del artista, acabó por sentirse impulsado hacia
Milita: vió en ella la mujer deseada para su matrimonio. Á falta de más
sonoros títulos, ser yerno de Renovales era algo. Además, el pintor
gozaba fama de rico; se hablaba de sus enormes ganancias y aun le
quedaban por delante muchos años de trabajo para acrecentar esta
fortuna, que había de ser para su hija.

López de Sosa comenzó á hacer la corte á Milita apelando á sus grandes
medios; presentándose cada día con distinto traje, llegando todas las
tardes, ya en un carruaje de vistoso tiro, ya en uno de sus automóviles.
El elegante muchacho conquistó la tolerancia de la madre, lo que no era
poco. Un marido así convenía á su hija. ¡Nada de pintores! Y el pobre
Soldevilla en vano arboraba las más vistosas corbatas y exhibía
escandalosos chalecos; su rival le aplastaba, y lo que era peor, la
señora del maestro, que le tenía antes cierto afecto maternal y le
tuteaba por haberle conocido casi un niño, acogíale ahora fríamente,
como si desease intimidarle en sus pretensiones sobre Milita.

Ésta fluctuaba sonriente y burlona entre ambos adoradores. Lo mismo
parecía importarle uno que otro. Desesperaba al pintor, al compañero de
su infancia, maltratándole unas veces con sus bromas, atrayéndolo otras
con efusivas intimidades, como en la época que jugaban juntos, y al
mismo tiempo elogiaba la elegancia de López de Sosa, reía con él y hasta
recelaba Soldevilla que se escribían cartas como si ya fuesen novios.

Renovales celebraba la gracia con que su hija llevaba anhelantes é
indecisos en torno de ella á los dos muchachos. Era temible; un chico
con faldas, más varonil que sus dos adoradores.

--La conozco, Pepe--decía á Cotoner.--Hay que dejarla hacer su voluntad.
El día que se decida por uno ó por otro, habrá que casarla en seguida.
No es de las que esperan. Si no la casamos pronto y á gusto, es capaz de
escaparse con el novio.

El padre justificaba esta impaciencia de Milita. ¡Pobrecilla! ¡Para lo
que veía en su casa! La madre siempre enferma, azorándola con sus
llantos, sus gritos y sus crisis nerviosas: el padre trabajando en el
estudio, y por toda compañía la antipática _Miss._ Había que dar
gracias á López de Sosa porque las sacaba de casa, volviendo Josefina un
tanto calmada de estas carreras vertiginosas.

Prefería Renovales á su discípulo. Era casi su hijo, había reñido
grandes batallas por darle pensiones y premios. Un tanto disgustadillo
le tenía por ciertas menudas infidelidades, pues al verse con cierto
nombre, alardeaba de independencia, elogiando á espaldas del maestro
todo lo que éste creía vituperable. Pero aun así, le agradaba la idea de
que pudiese casarse con su hija. El yerno pintor; los nietos pintores;
la sangre de Renovales perpetuándose en una dinastía de artistas que
llenase la historia con resplandores gloriosos.

--Pero ¡ay, Pepe! Me temo que la niña se irá con el otro. ¡Al fin,
mujer! Las hembras sólo aprecian lo que se ve; la gallardía, la
juventud.

Y las palabras del maestro denotaban cierta amargura, como si pensase en
algo muy distinto de lo que decía.

Después examinaba los méritos de López de Sosa, como si ya se hubiese
introducido en la familia.

--Un buen muchacho, ¿verdad, Pepe?... Algo imbécil para nosotros;
incapaz de hablar diez minutos sin que bostecemos; excelente persona...
pero no es de nuestra promoción.

Renovales hablaba con cierto desprecio de la juventud vigorosa, sana y
con el cerebro virgen de todo cultivo, que acababa de asaltar la vida,
invadiéndolo todo. ¡Qué gente! Mucha gimnasia, mucha esgrima, patadas á
una pelota enorme, mazazos á caballo, carreras locas en automóvil: desde
los reyes al último retoño de burgués, todos se lanzaban á esta vida de
goces infantiles, como si la misión del hombre sólo consistiera en
endurecer los músculos, sudar é interesarse en las peripecias de un
juego. La actividad huía del cerebro, para localizarse en los tentáculos
del cuerpo. Eran fuertes, pero la inteligencia permanecía en barbecho;
envuelta en una bruma de credulidad infantil. Los nuevos hombres
parecían plantarse para siempre en los catorce años; no iban más allá,
satisfechos con las voluptuosidades del movimiento y la fuerza. Muchos
de aquellos mocetones eran vírgenes ó casi vírgenes, á la edad en que en
otros tiempos se estaba de vuelta, con el hastío del amor. Ocupados en
correr, sin dirección ni objeto, no tenían tiempo ni calma para pensar
en la hembra. El amor iba á declararse en huelga, no pudiendo resistir
la competencia de los _sports_. Los jóvenes vivían aparte, ellos entre
ellos, encontrando en el esfuerzo atlético una satisfacción que les
dejaba ahitos y sin curiosidad para los demás placeres de la vida. Eran
niños grandes, de puños fuertes: podían luchar con un toro y veían con
timidez la aproximación de una mujer. Toda la savia de su vida se
escapaba en los ejercicios violentos. La inteligencia parecía haberse
aglomerado en sus manos, dejando vacío el cráneo. ¿Adonde iba la gente
nueva?... Tal vez á formar otra humanidad más sana, más fuerte, sin
amor, sin apasionamientos, sin otras aproximaciones que el ciego impulso
de la reproducción. Tal vez este culto á la fuerza, esta vida continua
de hombres entre hombres, desnudándose en la promiscuidad de los
ejercicios, admirando el músculo hinchado y la vigorosidad saliente, se
desviara en repugnante aberración, y todo ello parase en resucitar los
tiempos clásicos con sus atletas que, habituados al desprecio de la
mujer, se envilecían imitando sus pasividades.

--Nosotros éramos de otro modo, ¿eh, Pepe?--decía Renovales guiñando un
ojo con expresión maliciosa.--De muchachos cuidábamos menos el cuerpo,
pero le dábamos mayores satisfacciones. No éramos tan puros, pero nos
preocupaba algo más alto que el automóvil ó la copa de honor: teníamos
_ideales_.

Volvía después á hablar de aquel señorito que pretendía introducirse en
su familia, y se burlaba de su mentalidad.

--Si Milita se decide por él, yo no me opongo. Lo que importa en estos
casos es entenderse. Él es un buen chico; casi podría ir al matrimonio
con flores de azahar. Pero no sé si pasada la impresión de la novedad
volverá á entregarse á sus aficiones y la pobre Milita sentirá celos de
esos artefactos que le comen una parte de la fortuna.

Algunas tardes, antes de que acabase la luz, Renovales despedía al
modelo, si es que lo tenía, y abandonaba los pinceles, saliendo del
estudio. Al volver presentábase con sombrero y gabán.

--Pepe, vamos á dar una vuelta.

Cotoner sabía hasta dónde llegaba esta vuelta.

Seguían la verja del Retiro, bajaban la calle de Alcalá, caminando
lentamente entre los grupos de paseantes, algunos de los cuales
volvíanse á sus espaldas para señalar al maestro. «Ese más alto es
Renovales, el pintor.» Á los pocos minutos aceleraba el paso Mariano con
nerviosa impaciencia, dejaba de hablar, y Cotoner le seguía con gesto
malhumorado, cantando entre dientes. Al llegar á la Cibeles ya sabía el
viejo pintor que se aproximaban al término del paseo.

--Hasta mañana, Pepe; me voy por aquí. Tengo que ver á la condesa.

Un día no se limitó á esta concisa despedida. Después de alejarse
algunos pasos volvió hacia su compañero, para hablarle con cierta
vacilación:

--Oye: si Josefina te pregunta adónde voy, no digas nada... Ya sé que
eres discreto, pero ella es de cuidado. Te digo esto para evitarme
explicaciones. Las dos no se llevan bien... ¡Cosas de mujeres!



II


Al principio de la primavera, cuando Madrid creía de buena fe haber
entrado en la buena estación y los impacientes sacaban á luz sus
sombreros veraniegos, volvió inesperadamente el invierno con un
retroceso traidor, entenebreciendo el cielo, cubriendo con una sábana de
nieve la tierra resquebrajada por el calor solar, los jardines en los
que apuntaban las hojas de la vegetación primaveral y se esparcían las
primeras flores.

La chimenea volvió á encenderse en el salón de la de Alberca, buscando
su calor todos los señores que formaban su tertulia los días en que la
«ilustre condesa» se _quedaba en casa_, no teniendo reunión que presidir
ni visitas que hacer.

Renovales, al llegar una tarde, habló con entusiasmo del aspecto que
ofrecía la Moncloa cubierta de nieve. Venía de allá; un hermoso
espectáculo; el bosque, sumido en el silencio invernal, sorprendido por
el blanco sudario, cuando comenzaba á crujir con el primer hervor de la
savia. ¡Lástima que la manía fotográfica poblase el bosque de tantos
buenos señores, que iban de una parte á otra con sus maquinillas,
ensuciando la pureza de la nieve!

La condesa mostró una curiosidad infantil. Quería ver aquello: iría al
día siguiente. En vano sus amigos la disuadieron hablando del próximo
cambio del tiempo. Al otro día saldría el sol, se derretirían las
nieves; esas tormentas inesperadas tenían la inestabilidad caprichosa
del clima de Madrid.

--No importa--dijo Concha con tenacidad.--Se me ha metido en la cabeza
ir á la Moncloa. Hace años que no la veo. ¡Con esta vida tan ocupada!...

Iría á ver el deshielo por la mañana... Por la mañana no. Se levantaba
tarde, y había de recibir á todas aquellas señoras del feminismo que
venían á consultarla. Por la tarde: iría después del almuerzo. ¡Lástima
que el maestro Renovales trabajase á esa hora y no pudiera acompañarla!
¡Él que sabía ver el paisaje tan admirablemente, con sus ojos de
artista, y la había hablado muchas veces de la puesta del sol vista
desde el palacete de la Moncloa; un espectáculo casi igual al que se
contempla en Roma desde el Pincio á la caída de la tarde!... El pintor
sonrió galantemente. Procuraría estar al día siguiente en la Moncloa; ya
se encontrarían.

La condesa pareció alarmarse de pronto por esta promesa y lanzó una
mirada al doctor Monteverde. Pero sufrió una decepción, en su deseo de
verse tachada de ligera é infiel, al notar que aquél permanecía
indiferente.

¡Dichoso doctor! ¡Y cómo le odiaba el maestro Renovales! Era un
jovenzuelo hermoso y frágil como una figulina de porcelana; un conjunto
de bellezas extremadas hasta el punto de dar á su rostro una exageración
caricaturesca. El pelo, partido en dos bandós sobre la pálida frente,
negro, muy negro y brillante, con reflejos azulados; los ojos, de una
suavidad aterciopelada, mostrando en su dilatado corte la mancha carmesí
del lacrimal sobre el nítido marfil de las córneas; unos verdaderos ojos
de odalisca: los labios rojos, enseñando su color de sangre por entre la
celosía del erizado bigote; la tez de una palidez de camelia, y la
dentadura con un brillo temblón semejante al del nácar. Concha le miraba
con arrobamiento devoto; hablaba con los ojos puestos en él,
consultándole con la mirada, lamentando internamente su falta de
despotismo, deseando ser su sierva, verse corregida por él en todos los
caprichos de su carácter veleidoso.

Renovales lo despreciaba, dudando de su virilidad, haciendo los más
atroces comentarios con su rudeza de lenguaje.

Era doctor en Ciencias y esperaba que se declarase vacante una cátedra
de Madrid para hacer oposiciones á ella. La condesa de Alberca le tenía
bajo su alta protección, hablando con entusiasma de Monteverde á todos
los señores graves que ejercían influencia en la vida universitaria.
Prorrumpía en los más desaforados elogios del doctor en presencia de
Renovales. Era un sabio, y á ella la entusiasmaba que toda su sabiduría
no le privase de vestir con refinada elegancia y ser hermoso como un
ángel.

--Para dentadura bonita la de Monteverde--decía mirándolo en plena
tertulia al través de sus impertinentes.

Otras veces, siguiendo el curso de sus ideas, interrumpía la
conversación, sin fijarse en la incoherencia de sus palabras:

--¿Pero han reparado ustedes en las manos del doctor? ¡Más finas que las
mías! Parecen manos de dama.

El pintor se indignaba ante estas demostraciones de Concha, que muchas
veces eran en presencia de su marido.

Le asombraba la calma del hombre de las condecoraciones. ¿Pero aquel
señor estaba ciego? Y el conde, con una bondad paternal, decía siempre
lo mismo:

--¡Esta Concha! ¡qué franquezas tiene! No haga usted caso, amigo
Monteverde. Son cosas de mi mujer, niñadas.

El doctor sonreía, halagado por este ambiente de adoración de que le
rodeaba la condesa.

Había escrito un libro sobre el origen natural de los organismos
animales, del que hablaba con entusiasmo la hermosa señora. El pintor
contemplaba con asombro y envidia el cambio de sus gustos. Nada de
música, ni de versos, ni de artes plásticas, que antes eran la
preocupación de su inteligencia de pájaro, atraída por todo lo que
brilla y suena. Ahora miraba las artes como lindos é insignificantes
juguetes que sólo podían divertir la infancia de la humanidad. Los
tiempos cambiaban; había que ser serios. Ciencia, mucha ciencia; ella
era la protectora, la buena amiga, la consejera de un sabio. Y Renovales
encontraba sobre mesas y sillones libros famosos, con la mitad de las
hojas sin cortar, manejados febrilmente, abandonados por el tedio y la
falta de comprensión, después de una primera acometividad de curiosidad.

Sus tertulianos, casi todos señores viejos, atraídos por la hermosura de
la condesa y enamorados de ella sin esperanza, sonreían oyéndola hablar
de la ciencia con tanta gravedad. Los que tenían un nombre en la
política se admiraban ingenuamente. ¡Cuántas cosas sabía aquella mujer!
Muchas las ignoraban ellos. Los otros señores, médicos de fama,
catedráticos, gentes de estudio, que hacía tiempo no estudiaban,
aprobaban también con cierta complacencia. Para una mujer no estaba del
todo mal. Y ella, llevándose los lentes á los ojos de vez en cuando para
paladear la belleza de su doctor, hablaba con una lentitud pedantesca
del protoplasma, de la reproducción de las células, del canibalismo de
los _fagocitos_, de los monos catarinos, antropoides y pitecoides, de
los mamíferos _discoplacentarios_ y del _Pithecanthropus_, tratando los
misterios de la vida con amistosa confianza, repitiendo sus extraños
nombres científicos, como si fueran los de personas de la buena sociedad
que hubiesen comido con ella la noche anterior.

El lindo Monteverde estaba, según ella, por encima de todos los sabios
de fama universal.

Los libros de éstos, con admirarlos tanto el doctor, la daban jaqueca á
ella, que inútilmente quería apoderarse del misterio de sus renglones.
En cambio había leído un sinnúmero de veces el libro de Monteverde,
mágica obra cuya adquisición recomendaba á todas sus amigas, las cuales,
en materia de lectura, no iban más allá de las novelas de los periódicos
de modas.

--Es un sabio--dijo la condesa una tarde al hablar á solas con
Renovales.--Empieza ahora, pero yo le empujaré y llegará á ser un genio.
Tiene un talento inmenso. ¡Si usted hubiese leído su libro!... ¿Conoce
usted á Darwin? ¿Verdad que no? Pues es más que Darwin; mucho más.

--Lo creo--dijo el pintor.--Ese Monteverde es hermoso como un bebé y
Darwin era un tío feo.

La condesa dudó entre ponerse seria ó reir, y acabó por amenazarle con
sus impertinentes.

--Calle usted, mala persona. ¡Al fin, pintor! Usted no puede comprender
las amistades tiernas, las relaciones puras, la fraternidad basada en el
estudio.

¡Con qué dolor reía el maestro de tanta pureza y fraternidad! Él veía
claro, y Concha por su parte no era un modelo de prudencia para ocultar
sus sentimientos. Monteverde era su amante, como antes lo había sido un
músico, durante cierta época en que la condesa no hablaba más que de
Beethoven y de Wagner, como si fuesen visitas de su casa; y mucho antes
un duquesito, guapo mozo, que daba becerradas por invitación, matando
los inocentes bueyes después de saludar con ojos amorosos á la de
Alberca, que echaba fuera del palco su busto envuelto en la mantilla
blanca y adornado de claveles. Sus amores con el doctor eran casi
públicos. No había más que ver el encarnizamiento con que le
despedazaban los señores de la tertulia, afirmando que era un necio y su
libro un traje de Arlequín, una serie de retazos ajenos, mal hilvanados,
con la audacia del ignorante. También á éstos les mordía la envidia,
estremecidos en sus amores seniles y silenciosos por el triunfo de aquel
jovenzuelo que les arrebataba el ídolo, adorado con una devoción
contemplativa que reanimaba su senectud.

Renovales indignábase contra sí mismo. En vano quería vencer á la
costumbre que guiaba sus pasos todas las tardes hacia la casa de la
condesa.

--Ya no vuelvo más--se decía con rabia al verse en su estudio.--¡Bonito
papel haces, Mariano! Sirves de coro con todos esos viejos imbéciles á
un dúo de amor... ¡Valiente punto la tal condesa!

Pero al día siguiente volvía, pensando con cierta esperanza en la
pretenciosa superioridad de Monteverde, en el aire desdeñoso con que
recibía las adoraciones de su amante. Ya se cansaría Concha de esta
muñeca con bigotes, volviendo los ojos á él, que era un hombre.

El pintor se daba cuenta de la transformación de su carácter. Era otro y
hacía esfuerzos para que no se percatasen en su casa de este cambio.
Reconocía mentalmente que estaba enamorado, con la satisfacción del
hombre maduro que ve en esto un signo de juventud, el retoñamiento de
una segunda vida. Se había sentido impulsado hacia Concha por el deseo
de romper el tedio de su existencia, de imitar á los otros, de gustar la
acidez de la infidelidad, haciendo una ligera escapada fuera de las
murallas severas é imponentes que cerraban el yermo del matrimonio, cada
vez más cubierto de zarzas y malezas. La resistencia de ella le
exasperaba, aumentando su deseo. No sabía ciertamente qué era lo que
sentía; tal vez una atracción material y con ella el enconamiento del
amor propio, la amargura de verse rechazado al descender de las alturas
de la virtud en las que se había mantenido con orgullo salvaje, creyendo
que todos los goces de la tierra le esperaban, deslumbrados por su
gloria, y que sólo tendría que extender los brazos para que corrieran á
él.

Sentíase humillado por el fracaso; le agitaba sorda rabia al comparar su
cabello cano y sus ojos circundados de nacientes arrugas, con aquel niño
bonito de la ciencia que parecía enloquecer á la condesa. ¡Ay las
mujeres! ¡Sus entusiasmos intelectuales, sus aspavientos de admiración
ante la celebridad!... ¡Todo mentira! Sólo adoran el talento bien
presentado, en una envoltura juvenil y hermosa...

Á impulsos de su carácter tenaz, Renovales tomó á empeño el vencer esta
resistencia. Se acordaba sin remordimiento de la escena con su mujer en
la obscuridad del dormitorio; de sus palabras desdeñosas, que le
anunciaban el fracaso cerca de la condesa. El desprecio de Josefina era
un nuevo espolazo que le hacía seguir en este camino.

Concha le alejaba y le atraía al mismo tiempo. Era indudable que el amor
del maestro halagaba su vanidad. Reíase de sus declaraciones
apasionadas, tomándolas á broma, contestándolas siempre en el mismo
tono. «¡Formalidad, maestro! Eso no le está bien á usted. Usted es un
grande hombre: un genio. Deje ese aire de estudiante enamorado para los
muchachos.» Pero cuando él, enfurruñado por la fina burla, se juraba
mentalmente no volver, ella parecía adivinarlo y se mostraba cariñosa,
atrayéndolo con un interés que hacía presagiar al pintor la proximidad
de su triunfo.

Si él callaba ofendido, ella era la que hablaba de amor, de pasiones
eternas entre seres de gran intelectualidad, basadas en la armonía de
los pensamientos; y no cesaba en esta peligrosa plática, hasta que el
maestro, con súbita confianza, avanzaba de nuevo, ofreciendo su amor,
para verse acogido por aquella sonrisa bondadosa é irónica á la vez,
que parecía tratarle como á un niño grande falto de juicio.

Y así vivía el maestro, fluctuando entre la esperanza y la
desesperación, tan pronto acogido como rechazado, pero siempre incapaz
de desasirse de aquella mujer, como si le oprimiera un maleficio.
Buscaba, con astucias de colegial, ocasiones para verse á solas con
ella; inventaba pretextos para ir á su casa en horas extraordinarias,
cuando no estaban los de la tertulia, y palidecía de coraje al
tropezarse con el lindo doctor, y notar en torno de él esa sensación de
vacío y malestar que envuelve al importuno en su presentación
inesperada.

La vaga esperanza de encontrar á la condesa en la Moncloa, de pasear con
ella toda una tarde, libre de aquel círculo de señores insufribles que
la rodeaban con su babosa adoración, le tuvo inquieto toda la noche y la
mañana siguiente, como si realmente le aguardase una cita de amor.
¿Iría? ¿No sería aquella promesa más que un capricho prontamente
olvidado?... Envió una carta á un ex-ministro, al que estaba retratando,
para que aquella tarde no viniese al estudio, y después del almuerzo
montó en un coche de alquiler, exigiendo al cochero que arrease al
caballo, que le llevara volando, como si temiese llegar tarde.

Sabía que aun faltaban horas para que ella acudiese, si es que acudía;
pero una impaciencia loca y sin fundamento agitaba al artista. Creía,
sin saber por qué, que llegando con anticipación aceleraba la presencia
de la condesa.

Echó pie á tierra en la plazoleta, frente al pequeño palacio de la
Moncloa. El carruaje se alejó hacia Madrid, cuesta arriba, por una
avenida que ocultaba su término tras una bóveda lejana de ramaje seco.

Renovales paseó solo por la plazoleta. Brillaba el sol en un pedazo de
cielo azul, limitado por oleajes de nubes. En los lugares adonde no
alcanzaban sus rayos, sentíase frío. Corría el agua al pie de los
árboles, después de gotear desde sus ramas y escurrirse en hilos por los
troncos, con la abundante fluidez del deshielo. El bosque parecía llorar
de gozo bajo la caricia del sol, que deshacía los últimos restos de su
blanca mortaja.

El majestuoso silencio de la Naturaleza abandonada á su propio poder,
rodeaba al artista. Los pinos se movían en largas ráfagas, poblando el
espacio de estremecimientos de arpa. La plazoleta permanecía en la
sombra glacial de los árboles. Arriba, sobre el frontón del palacete,
buscando el sol por encima de las copas de los pinos, revoloteaban en
espiral unas cuantas palomas en torno de la vieja asta de bandera y de
los bustos clásicos ennegrecidos por la intemperie. Después, cansadas de
volar, se abatían sobre los balcones de herraje oxidado, añadiendo un
adorno blanco y palpitante, un festón de plumas y susurros al viejo
edificio. En medio de la plazoleta, un cisne de mármol, con el cuello
violentamente tendido hacia el cielo, lanzaba en el espacio un chorro,
cuyo murmullo parecía aumentar la impresión de frío glacial que se
sentía en la sombra.

Renovales comenzó á pasear, aplastando en los sitios sombríos la
escarcha helada que crujía bajo sus pies. Se asomó al balaustre circular
de hierro que cierra una parte de la plazoleta. Por entre la celosía del
negro ramaje, en el que comenzaban á apuntar los primeros brotes, vió la
cordillera que limita el horizonte: los montes del Guadarrama, fantasmas
de la nieve, que se confundían con las masas de nubes. Más acá, los
montes del Pardo marcaban sus obscuras cúspides, negras de pinos, y á la
izquierda extendían las lomas de la Casa de Campo sus laderas, en las
que comenzaba á verdear, con tonos amarillentos, la vegetación
primaveral.

Á sus pies esparcíanse los campos de la Moncloa, los jardincillos de
arcaica construcción, la arboleda de los Viveros orlando el curso del
río. Por los caminos de abajo pasaban coches de lujo, reflejando el sol
en su charolada superficie como una borla de fuego. Las praderas, el
follaje de los bosques, todo parecía lavado y brillante después de la
reciente mojadura. La eterna nota verde de infinitas variaciones, desde
el negro al amarillo, sonreía al sentir el contacto del sol tras el
refresco de la nieve. Á lo lejos, rasgando el espacio con la enorme
sonoridad de las tardes tranquilas, retumbaban continuos disparos de
escopeta. Cazaban en la Casa de Campo. Entre las columnatas de los
troncos y las verdes sábanas de las praderas, brillaba el agua herida
por el sol; trozos de estanque, fragmentos de canal, charcas formadas
por el deshielo, como filos temblones y luminosos de espadas gigantescas
perdidas en la hierba.

Renovales apenas miró el paisaje; no le decía nada aquella tarde. Otras
eran sus preocupaciones. Vió descender por la avenida una berlina
elegante y abandonó el mirador para salir á su encuentro. ¡Ella que
llegaba!... Pero la berlina pasó junto á él sin detenerse, con lento y
majestuoso rodar, y vió al través de sus vidrios una señora vieja,
envuelta en pieles, con los ojos hundidos y la boca torcida, moviendo su
cabeza, temblorosa de senectud, al compás de la marcha. Se alejó el
carruaje hacia la pequeña iglesia inmediata al palacio y el pintor
volvió á quedar solo.

¡Ay! No vendría. Comenzaba á decirle el corazón que su espera era
inútil.

Unas niñas, con los zapatos rotos y flotantes sobre el cuello sus lacias
melenillas dadas de aceite, comenzaron á correr por la plazoleta.
Renovales no vió de dónde habían salido. Tal vez eran las hijas del
guardián del palacete.

Por la avenida avanzaba un guarda con la escopeta pendiente del hombro y
la bocina al costado. Más allá se aproximaba un hombre vestido de negro
con aspecto de doméstico, escoltado por dos perros enormes, dos daneses
majestuosos, de un gris azulado, que marchaban con cierta dignidad,
prudentes y mesurados, pero orgullosos de su estampa, que metía miedo.
Carruaje no se veía ninguno. ¡Vive Dios!...

Sentado el maestro en uno de los bancos de piedra, acabó por sacar el
pequeño álbum que llevaba siempre con él. Dibujaba las figuras de las
niñas en sus correteos alrededor de la fuente. Era un medio para que la
espera fuese menos larga. Una tras otra dibujó todas las niñas; después
las sorprendió en varios grupos, pero acabaron por desaparecer detrás
del palacio, descendiendo hacia el Caño Gordo. Renovales, falto de
distracción, abandonó su banco y dió varios paseos, golpeando el suelo
ruidosamente. Tenía los pies helados; el frío y la espera le ponían de
un humor terrible. Después fué á colocarse en otro banco, cerca del
criado vestido de negro, que tenía á los dos perros junto á sus
rodillas. Estaban inmóviles sobre sus patas traseras, descansando con la
dignidad de personas mayores, mirando con sus ojos grises, de
inteligente parpadeo, á aquel señor que los contemplaba atentamente y
después movía su lápiz sobre el cuaderno apoyado en una rodilla. El
pintor dibujó los dos perros en diversas posturas, entregándose á este
trabajo con tal entusiasmo, que llegó á olvidar el motivo que le había
llevado allí. ¡Ah, las adorables bestias! Renovales amaba los animales
en los que la hermosura va unida á la fuerza. De vivir solo, entregado
á sus gustos, hubiera convertido su hotel en una casa de fieras.

Se fué el criado con sus perros y volvió el artista á quedar solo.
Pasaron varias parejas con lento paso, en alarmante intimidad,
perdiéndose tras el palacio, hacia los jardincillos de abajo. Después un
grupo de seminaristas, dejando detrás de ellos, con el revoloteo de las
sotanas, ese hedor especial de carne sana, casta y sucia, que es el
perfume de los cuarteles y los conventos... ¡Y la condesa sin llegar!

El pintor fué de nuevo á acodarse en el balaustre del mirador. Sólo
esperaría media hora más. Declinaba la tarde; el sol aun se mantenía
alto, pero de vez en cuando se entenebrecía el paisaje. Las nubes,
contenidas en los rediles del horizonte, habían quedado en libertad y
rodaban por el campo del cielo tomando fantásticas formas, trotando
ávidas en tumultuosa dispersión, como si quisieran tragarse la bola de
fuego que resbalaba lenta sobre un pedazo de raso azul.

De pronto Renovales sintió en su espalda algo así como un choque, en el
sitio del corazón. Nadie le había tocado; era un aviso de sus nervios,
que parecían más excitados, más fieros, desde hacía algún tiempo. Ella
estaba cerca, llegaba, tenía la certeza. Y al volverse la vió, muy lejos
aún, descendiendo por la avenida, vestida de negro, con una chaqueta de
piel, las manos en un pequeño manguito y el velillo sobre los ojos. Su
alta y elegante silueta marcábase sobre la tierra amarillenta, al pasar
de un tronco á otro. Un carruaje, el suyo, volvíase cuesta arriba para
esperarla tal vez en lo alto, junto á la escuela de Agricultura.

Al encontrarse en mitad de la plazoleta, ella le tendió su manecita
enguantada, tibia por el encierro del manguito, y los dos se dirigieron
conversando hacia el mirador.

--Vengo furiosa... un disgusto de muerte. No pensaba venir; no me
acordaba de usted; palabra. Pero al salir de casa del presidente pensé
en el maestro. Tenía la seguridad de encontrarle aquí y he venido para
que se me quite el mal humor.

Al través del velo vió Renovales sus ojos, que brillaban con cierta
hostilidad, su linda boca contraída en las comisuras por un pliegue
rabioso.

Hablaba con rapidez, deseosa de echar fuera la cólera que hinchaba su
pecho, sin fijarse en lo que la rodeaba, como si se hallase en su salón,
donde todo le era familiar.

Había ido á ver al presidente para recomendarle _su asunto_; un deseo
del conde, de cuya realización pendía su felicidad. El pobre Paco (era
su marido) soñaba con el Toisón de Oro. Sólo esto le faltaba para
coronar la torre de cruces, llaves y bandas que iba elevando en torno de
su persona, desde la barriga al cuello, no dejando un milímetro de su
tronco sin este revestimiento glorioso. ¡El Toisón de Oro y luego
morir!... ¿Por qué no habían de dar gusto á Paco, un hombre tan bueno,
incapaz de hacer daño á una mosca? ¿Qué les costaba concederle este
juguete, haciéndole feliz?...

--Ya no hay amigos, Mariano--decía la condesa con amargura.--Ese
presidente es un tonto que olvida á sus antiguas amistades al verse jefe
del gobierno. ¡Yo, que le he conocido suspirando cerca de mí como un
tenor de zarzuela, haciéndome el amor (sí, á usted se lo digo) y
queriendo matarse al ver que le despreciaba por cursi y por tonto!...
Esta tarde, lo de siempre; mucho cogerme la mano, mucho de poner los
ojos en blanco, «querida Concha», «hermosa Concha» y otras frases de
merengue: lo mismo que cuando canta en el Congreso como un canario
viejo. Total, que no puede ser lo del Toisón; que él lo siente mucho,
pero en Palacio no quieren.

Y la condesa, como si viese por vez primera el lugar en que estaba,
dirigió sus ojos iracundos á las obscuras lomas de la Casa de Campo,
donde seguían sonando disparos.

--¡Después dicen si una piensa de este modo ó del otro! Yo soy
anarquista, ¿me oye usted, Mariano? Cada vez me siento más
revolucionaria. No se ría usted, que no es cosa de broma. El pobre Paco,
que es un cordero de Dios, se asusta al oirme. «Mujer, piensa en lo que
somos. Debemos estar bien con la casa grande.» Pero yo me sublevo;
conozco el personal: un atajo de indecentes. ¿Por qué no ha de tener mi
Paco el Toisón, si el pobrecito lo necesita? Crea usted, maestro, que me
da rabia este país tan cobarde y tan mansurrón. Debía repetirse aquí el
93 de Francia. Si yo fuese sola, sin todas esas zarandajas del nombre y
la posición, haría hoy algo sonado. Echaría una bomba... Una bomba, no;
cogería un revólver y...

--¡Fuego!--dijo el pintor con voz enérgica al mismo tiempo que rompía á
reir.

Concha se hizo atrás con un gesto de enfado.

--Nada de bromas, maestro. ¡Mire usted que me voy! ¡Mire usted que le
pego!... Esto es más serio de lo que usted cree. ¡Para bromitas está la
tarde!

Pero desmintiendo con su carácter variable la gravedad que pretendía dar
á sus palabras, la condesa sonrió levemente, como si le acariciase un
buen recuerdo.

--No todo han sido fracasos--dijo tras una larga pausa.--Yo no me voy
con las manos vacías. El presidente, que no me quiere tener por enemiga,
me ha ofrecido una compensación, ya que lo del _borrego_ es imposible.
Un acta de diputado en la primera elección parcial que se anuncie.

Los ojos de Renovales abriéronse con asombro.

--¿Y para qué quiere usted eso, criatura? ¿Á quién va á dársela?

--¡Á quién!--remedó Concha con grotesca expresión de asombro.--¡Á quién!
¡Á quién ha de ser, grandísimo tonto!... No va á ser á usted, que no
entiende de esto ni de nada, aparte de sus pinceles... Es para
Monteverde, para el doctor, que hará grandes cosas.

La carcajada sonora del artista retumbó en el silencio de la plazoleta.

--¡Darwin diputado de la mayoría! ¡Darwin diciendo sí y no!...

Y tras estas exclamaciones continuó sus risotadas de cómico asombro.

--Ríase usted, feo; abra más esa bocaza; mueva sus barbas de apóstol.
¡Qué gracioso está usted! ¿Y qué tiene eso de particular?... Pero no se
ría usted más. ¡Mire usted que me pone nerviosa! ¡Mire usted que me voy
si continúa así!...

Quedaron silenciosos largo rato. La condesa no tardó en olvidar sus
preocupaciones con la movilidad y la ligereza que obtenía toda impresión
en su cerebro de pájaro. Miró en torno de ella con ojos desdeñosos,
deseando mortificar al pintor. ¿Y era aquello lo que tanto entusiasmaba
á Renovales? ¿No había más?...

Lentamente comenzaron su paseo, descendiendo á los viejos jardines
escalonados detrás del palacio. Bajaron entre pendientes cubiertas de
musgo, por suaves declives rayados del negro pedernal de los peldaños.

El silencio era profundo. Susurraba el agua del deshielo al caer de los
troncos, formando arroyuelos que serpenteaban cuesta abajo, casi
invisibles bajo la hierba. En algunas umbrías aun quedaban, como vedijas
de blanca lana, montones de nieve, resistiéndose á la general
licuefacción. Sonaba el chillido estridente de los pájaros, como el
arañazo de un diamante sobre el cristal. En el borde de las
escalinatas, los basamentos de piedra roída y negruzca recordaban las
invisibles estatuas y los jarrones que habían sostenido. Los pequeños
jardines, recortados en formas geométricas, extendían en cada meseta las
grecas obscuras de su tapiz de follaje. En las plazoletas cantaba el
agua, chorreando en estanques de oxidadas barandillas, ó desplomándose
en el triple plato de altas fuentes que animaban la soledad con su
interminable lamento. El agua por todas partes: en el aire, en el suelo,
susurrante, glacial, aumentando la fría impresión de aquel paisaje, en
el que el sol parecía una pincelada roja sin calor.

Pasaron bajo arcos de verdura, entre árboles enormes y moribundos,
cubiertos hasta el tope por los serpenteantes anillos de hiedra, rozando
los troncos seculares, chapados por la humedad con costras verdosas y
amarillas. Los senderos estaban limitados á un lado por las cuestas, en
cuya cumbre sonaba un invisible cencerreo, viéndose aparecer de vez en
cuando, sobre el fondo azul del espacio, la maciza silueta de una vaca
de lento andar. Al lado opuesto, una barandilla rústica de troncos
pintados de blanco cerraba el sendero, y tras ella, en lo hondo,
extendíanse los obscuros parterres con su melancólica soledad y sus
chorros que lloraban día y noche en un ambiente de vejez y abandono. Las
zarzas de apretado tejido, esparcíanse de árbol en árbol por las
laderas. Los esbeltos cipreses, los pinos rectos y gallardos, de
finísimo tronco, formaban una espesa columnata, un enrejado que filtraba
la luz del sol, una luz de apoteosis, falsa, teatral, rayando el suelo
de fajas de oro y barras de sombra.

El pintor elogiaba con entusiasmo estos lugares. Era el único rincón
para artistas que podía hallarse en Madrid. Allí había trabajado el gran
don Francisco. Parecía que, tras una revuelta del sendero, iban á
tropezarse con Goya, sentado junto al caballete, frunciendo el ceño
malhumorado ante alguna duquesa gentil que le servía de modelo.

Los trajes modernos parecían desentonar en este fondo. Renovales
declaraba de rigor, para tal paisaje, una casaca brillante, peluca
empolvada, medias de seda y marchar junto á una falda escurrida, con el
talle bajo los pechos.

La condesa sonrió escuchando al pintor. Miraba en torno de ella con gran
curiosidad: no estaba mal aquel paseo: creía verlo por primera vez él.
¡Muy bonito! pero ella no era mujer de campo.

El mejor paisaje para su gusto eran las sedas de un salón, y en cuanto á
árboles, le gustaban más los de las decoraciones del teatro Real con
acompañamiento de música.

--Me fastidia el campo, maestro. Me pone triste. La Naturaleza, si la
dejan sola y entregada á sí misma, es muy ordinaria.

Entraron en una plazoleta ocupada por un estanque á ras de tierra, con
pilastras que revelaban la antigua existencia de una barandilla. El
agua, engrosada por la filtración de las nieves, desbordábase fuera del
marco de piedra, extendiéndose en delgada sábana, para rodar cuesta
abajo. La condesa se detuvo, temiendo mojarse los pies. El pintor abrió
la marcha, apoyando sus plantas en los sitios menos húmedos, tomándola
una mano para guiarla, y ella le siguió, riendo de este obstáculo y
recogiéndose las faldas.

Al continuar su camino por otro sendero, Renovales conservó agarrada
aquella manecita suave, percibiendo su dulce calor al través del guante.
Ella la abandonaba, como si no se diese cuenta de este contacto, pero
con una lejana expresión de malicia en sus labios y sus ojos. El maestro
parecía indeciso, con cierto embarazo, como si no supiese cómo empezar.

--¿Siempre igual?--preguntó con voz débil.--¿No hay un poco de caridad?

La condesa prorrumpió en una carcajada sonora.

--Ya salió; me lo esperaba; por eso me resistía á venir. En el carruaje
me he dicho varias veces: «Hija mía, haces mal en ir á la Moncloa; te
vas á aburrir; te espera la declaración número mil.»

Luego adoptó un tono de cómica indignación.

--Pero maestro, ¿es que no puede hablarse con usted de otra cosa? ¿Es
que las mujeres estamos condenadas á no poder tratar á un hombre sin que
se crea obligado á lanzarnos una declaración?

Renovales protestó. Podía decir esto á cualquier otro, á él no, pues
estaba enamorado. Lo juraba; se lo diría de rodillas para que lo
creyese; ¡enamorado como un loco! Pero ella le remedaba grotescamente,
llevándose una mano al pecho y riendo de un modo cruel.

--Sí; conozco la canción; es inútil que la repita; me la sé de memoria.
«Un volcán en el pecho... imposible vivir... Si no me amas me mato...»
Lo mismo dicen todos; no he visto una falta mayor de originalidad...
Maestro, ¡por Dios! no se ponga usted cursi. ¡Un hombre como usted
diciendo esas cosas!...

Renovales quedó aturdido por este remedo burlón. Pero Concha, como si se
apiadara de él, se apresuró á añadir en tono cariñoso:

--¿Qué necesidad tiene usted de enamorarme? ¿Se imagina usted que le
apreciaré menos si prescinde de esa obligación que creen tener todos los
hombres que me rodean?... Yo le quiero á usted, maestro; necesito verle;
sentiría mucho que riñésemos. Le quiero como á un amigo; el mejor de
todos, el primero. Le quiero porque es usted bueno; un niño grandote; un
bebé barbudo que no sabe ni pizca así del mundo, pero tiene mucho
talento, ¡mucho!... Tenía ganas de que nos viésemos á solas un buen rato
para hablarle con toda libertad, para decirle esto. Le quiero como no
quiero á nadie. Siento al lado de usted una confianza como ninguno me la
inspira. Buenos amigos; hermanos, si usted quiere... ¡Pero no ponga
usted esa carátula triste! ¡Alégrese un poco! ¡Suelte esa carcajada que
me alegra el alma, ilustre maestro!

Pero el maestro permanecía hosco, mirando al suelo, enredando con cierta
furia los dedos de su diestra en la maraña de sus barbas.

--Todo eso son mentiras, Concha--dijo rudamente.--La verdad es que usted
está enamorada; que la tiene loca ese trasto de Monteverde.

La condesa sonrió como si la halagase la brusquedad de estas palabras.

--Pues bien; sí, Mariano. Nos queremos; yo creo amarle como no he amado
á ningún hombre. Á nadie se lo he dicho: usted es el primero que lo oye
de mí, porque es usted mi amigo, porque con usted no sé lo que me pasa,
que se lo digo todo. Nos queremos; mejor dicho, soy yo la que le quiere
mucho más que él á mí. Hay en mi amor algo de agradecimiento. Yo no me
forjo ilusiones, Mariano. ¡Treinta y seis años! Sólo á usted me atrevo á
confesar la edad. Todavía estoy presentable; me defiendo bien; pero él
es mucho más joven. Unos años más, y casi podría ser su madre...

Calló un momento, como asustada por esta diferencia de edad entre su
amante y ella, pero luego añadió con repentina confianza:

--Él también me quiere, lo reconozco. Soy para él la consejera, la
inspiradora; dice que conmigo se siente con nuevas fuerzas para el
trabajo; que será un grande hombre, gracias á mí. Pero yo le quiero
más, mucho más; hay una desigualdad en nuestro cariño casi tan grande
como en nuestras edades.

--¿Y por qué no me ama usted á mí?--dijo el maestro con voz
lacrimosa.--Yo la adoro; se trocarían los papeles. Sería yo quien la
rodease de una idolatría eterna, y usted se dejaría adorar, se dejaría
acariciar como un ídolo, viéndome con la frente junto á sus pies.

Concha rió de nuevo, remedando grotescamente la voz sorda, el ademán
apasionado y los ojos vehementes del artista.

--«¿Y por qué no me ama usted?...» ¡Maestro, no sea usted niño! Esas
cosas no se preguntan; en el amor no se manda. No le quiero como usted
desea, porque no puede ser. Conténtese con ser el primero de mis amigos.
Sepa que me permito con usted confianzas que tal vez no tengo con
Monteverde. Sí; le digo á usted cosas que nunca le diré á él...

--¡Pero lo otro!--exclamó el pintor con rabia.--Lo que yo necesito; su
cuerpo, del que siento hambre; su hermosura; el verdadero amor...

--Maestro, conténgase--dijo ella con afectada pudibundez.--¡Que le
conozco! ¡Que va usted á soltar esas indecencias que se le ocurren
siempre que desnuda con los ojos á una mujer!... ¡Que me voy por no
oirle!...

Luego añadió con una gravedad maternal, como si quisiera corregir al
vehemente maestro:

--Yo soy menos loca de lo que creen. Pienso prudentemente en las
consecuencias de mis actos... Mariano, mírese usted bien, fíjese en lo
que le rodea. Una mujer; una hija que el mejor día se le casa; la
perspectiva próxima de ser abuelo. ¡Y aun piensa usted en locuras! Yo no
podría acceder á lo que usted me propone, aunque le amase... ¡Qué
horror! ¡Engañar á Josefina, mi amiga del colegio! La pobrecita, tan
dulce, tan buena... siempre enferma. No, Mariano; nunca. Sólo se pueden
arrostrar esos compromisos cuando el hombre es libre. Yo no me sentiría
con fuerzas para amarle á usted. Amigos, nada más que amigos...

--Pues no lo seremos--exclamó Renovales con impetuosidad.--Me alejaré
para siempre de su casa; no la veré á usted más; haré lo imposible por
olvidarla. Es un suplicio insufrible. Viviré más tranquilo no viéndola.

--No se irá usted--dijo Concha dulcemente, con la seguridad de su
fuerza.--Se quedará á mi lado como siempre, si es que me quiere, y yo
tendré en usted el mejor de los amigos... No sea usted criatura,
maestro; verá usted como nuestra amistad es algo dulce que no comprende
ahora. Tendré para usted lo que no conocen los demás: intimidad,
confianza.

Y al decir esto ponía en el brazo del pintor una de sus manecitas, se
apoyaba con cierto abandono, fijando en sus ojos unas pupilas en las que
lucía algo enigmático y misterioso.

El sonido de una bocina llegó hasta ellos: un rumor de velocidad rasgaba
el aire con sordo voltear de ruedas. Pasó por abajo un automóvil á toda
marcha, siguiendo la carretera. Renovales intentó reconocer á los
muñequillos que montaban este vehículo, empequeñecido como un juguete
por la distancia. Tal vez fuese López de Sosa el que guiaba y su mujer y
su hija aquellas dos figurillas, envueltas en velos, que ocupaban los
asientos.

La posibilidad de que Josefina pasase por el fondo del paisaje sin
verle, sin advertir que él estaba allí, olvidado de todo, enamorado y
suplicante, le paralizó, con la emoción del remordimiento.

Permanecieron mucho rato inmóviles, silenciosos, apoyados en la baranda
de troncos, mirando al través de la columnata de árboles el sol
brillante, de un rojo de cereza, que descendía inflamando el horizonte
con resplandores de incendio. Las nubes plomizas, viéndolo próximo á
morir, le acometían con traidora voracidad.

Concha contemplaba la puesta del sol con el interés que ofrece un
espectáculo visto muy de tarde en tarde.

--Mire usted, maestro, aquella nube enorme. ¡Qué negra! Parece un
dragón... No; es un hipopótamo; fíjese en sus patas redondas como
torres. ¡Cómo trota! Se va á comer el sol. ¡Que se lo come!... ¡Ya se lo
tragó!

Se ensombrecía el paisaje. El sol había desaparecido en el interior de
aquel monstruo que llenaba el horizonte. Su lomo ondulado erizábase de
plata, y como si no pudiera contener el ardoroso astro, estallaba su
vientre, dejando caer una lluvia de pálidos rayos. Después, abrasado por
esta digestión, desvanecíase en humo, rasgábase en negras vedijas, y
otra vez aparecía el rojo disco, bañando de oro cielos y tierra,
poblando de inquietos peces de fuego el agua de los estanques.

Renovales, apoyado en la baranda, con un codo junto á la condesa,
aspiraba el perfume de ésta, sintiendo el cálido contacto y las durezas
salientes de un lado de su cuerpo.

--Volvamos, maestro--dijo ella con cierta inquietud.--Siento frío...
Además, con un acompañante como usted, es imposible permanecer
tranquila.

Y apresuraba el paso, adivinando con su experiencia de los hombres el
peligro de permanecer en la soledad al lado de Renovales. Presagiaba en
su rostro pálido y emocionado una próxima audacia, el avance brutal é
impetuoso.

En la plazoleta del Caño Gordo se cruzaron con una pareja que descendía
lentamente, muy pegados los dos, no atreviéndose á enlazar sus brazos
todavía, pero dispuestos á cogerse del talle apenas desaparecieran en el
próximo sendero. El joven llevaba la capa bajo el brazo, con la
arrogancia de un galán de comedia antigua; ella, pequeñita y pálida, sin
otra belleza que la de la juventud, se arrebujaba en un pobre mantón y
caminaba con los ojos cándidos puestos en los de su compañero.

--Algún estudiante con su modista--dijo Renovales al dejarlos á su
espalda.--Éstos son más felices que nosotros, Concha: su paseo será más
dulce.

--Nos hacemos viejos, maestro--dijo ella con una entonación de falsa
tristeza, excluyéndose de la vejez, cargando todo el peso de la edad
sobre su acompañante.

Renovales se revolvió con los últimos ardores de su protesta.

--¿Y por qué no he de ser yo tan feliz como ese chico? ¿No tengo derecho
á ello?... Concha, usted no sabe quien soy; usted lo olvida,
acostumbrada como está á tratarme como un chiquillo. Soy Renovales el
pintor, el célebre maestro: me conocen en todo el mundo.

Y hablaba de su gloria con brutal inmodestia, irritado cada vez más por
la frialdad de aquella mujer; exhibiendo su renombre como un manto de
luz, que debía cegar á las hembras haciéndolas caer á sus pies. ¿Y un
hombre como él tenía que verse pospuesto por aquel doctorcillo
ridículo?...

La condesa sonreía con expresión de lástima. Sus ojos mostraban también
cierta conmiseración. ¡Tonto! ¡Niño! ¡Qué simplezas tenían los hombres
de talento!

--Sí; usted es grande, maestro. Por eso me enorgullezco con su amistad.
Hasta reconozco que me da cierta importancia... Le quiero; siento por
usted admiración.

--Admiración no, Concha: ¡amor!... ¡Ser uno de otro!... Amor completo...

Ella seguía riendo.

--¡Ay, hijo! ¡Amor!...

Sus ojos parecían hablarle irónicamente. No conocía á las mujeres. El
amor no distingue de talentos; es un ignorante y por eso se vanagloria
de su ceguera. Sólo percibe el aroma de la juventud, de la vida en flor.

--Seremos amigos, Mariano: amigos nada más. Usted se acostumbrará
encontrando dulce nuestro afecto... No sea usted _material_; parece
imposible que sea usted un artista. Idealismo, maestro; mucho idealismo.

Y siguió hablándole desde lo alto de su conmiseración, hasta que se
separaron cerca del sitio donde la esperaba el coche.

--Amigos, Mariano. Nada más que amigos... pero de veras.

Al alejarse Concha, anduvo Renovales en la penumbra del crepúsculo,
hasta salir de la Moncloa, gesticulando y cerrando los puños. Viéndose
solo volvía á renacer su cólera é insultaba mentalmente á la condesa,
libre ya de la supeditación amorosa que sufría en su presencia. ¡Cómo se
divertía con él! ¡Cómo reirían sus enemigos al verle sometido y sin
voluntad, en manos de aquella mujer que había sido de tantos! El orgullo
le hacía insistir en su deseo de conquistarla, fuese como fuese, aun á
costa de humillaciones y brutalidades. Era un empeño de honor hacerla
suya, aunque sólo fuese por una vez, y luego vengarse repeliéndola,
arrojándola á sus plantas, diciendo con gesto de soberano: «Esto hago yo
con los que se me resisten.»

Pero luego se dió cuenta de su debilidad. Siempre sería vencido por
aquella hembra que le miraba fríamente, que era incapaz de perder su
calma y le consideraba como un ser inferior. El desaliento le hizo
pensar en su casa, en la enferma, en los deberes que le ligaban á ella,
y sintió la amarga voluptuosidad del que se sacrifica, cargando con su
cruz.

Estaba decidido. Huiría de aquella mujer. No la vería más.



III


Y no la vió; no la vió en dos días. Pero al tercero llegó á sus manos
una cartita azul, de sobre prolongado, saturada de un fuerte perfume que
tenia la virtud de estremecerle.

La condesa se quejaba de su ausencia con cariñosos lamentos. Necesitaba
verle, tenía que decirle muchas cosas. Una verdadera carta de amor, que
el artista se apresuró á ocultar, temiendo que su lectura hiciera
suponer lo que no era cierto aún.

Renovales se mostró indignado.

--Iré á verla--se dijo, paseando por el estudio;--pero será para decirla
cuatro frescas, para acabar de una vez. Si cree que va á jugar conmigo,
se equivoca; no sabe que yo, cuando quiero, soy de piedra.

¡Pobre maestro! Mientras en un extremo de su pensamiento formulaba sus
fieros propósitos de hombre de piedra, en el otro, una voz dulce cantaba
con el arrullo de la ilusión:

--Ve pronto; aprovecha el tiempo. Tal vez se ha arrepentido. Te espera:
va á ser tuya.

Y el artista corrió ansioso á casa de la condesa. Nada. Se quejó de su
ausencia con una tristeza mimosa. ¡Ella que le quería tanto!...
Necesitaba verle; no podía permanecer tranquila creyendo que le guardaba
enojo por lo de la otra tarde. Y pasaron cerca de dos horas en el
gabinete que la servia de despacho, hasta que al caer la tarde
comenzaron á llegar los graves amigos de la condesa, su tertulia de
mudos adoradores, presentándose el último Monteverde, con la calma del
que no teme peligro alguno.

El pintor salió de aquella casa sin otra novedad que dos besos en una
mano de la condesa. La caricia protocolaria, y nada más. Cada vez que
intentaba ir más allá, remontándose á lo largo del brazo, la hermosa
señora le contenía con un gesto imperioso.

--¡Que me enfado, maestro, y no le recibo más á solas!... ¡Que falta
usted á lo convenido!

Renovales protestaba. Nada habían convenido, pero Concha lograba
calmarle instantáneamente preguntando por Milita, haciendo elogios de su
hermosura, pidiendo noticias de la pobre Josefina, tan buena, tan
simpática, interesándose por su salud y anunciando una próxima visita. Y
el maestro quedaba cohibido, atormentado por el remordimiento, no
atreviéndose á nuevos avances, hasta que se desvanecía la penosa
impresión.

Volvió Renovales á casa de la condesa, como siempre. Sentía la necesidad
de verla; se había acostumbrado á los vehementes elogios que aquella
boca hacía de sus méritos de artista.

Algunas veces despertaba su carácter impetuoso de otros tiempos, y
sentía el deseo de desprenderse de esta cadena vergonzosa. Aquella mujer
le tenía como embrujado: llamábale para nada; parecía gozarse con
hacerle sufrir; le necesitaba como un juguete. Con un cinismo tranquilo
hablaba de Monteverde y de sus amores, lo mismo que si el doctor fuese
su esposo. Necesitaba confiar á alguien los incidentes de su vida
oculta, con esa franqueza imperiosa que arrastra los delincuentes á la
confesión. Poco á poco iniciaba al maestro en sus secretos pasionales,
relatando sin rubor los incidentes más íntimos de aquellos encuentros,
que muchas veces eran en la propia casa. Abusaban de la ceguera del
conde, el cual parecía como atontado por su fracaso del Toisón: gozaban
un deleite malsano con la zozobra de ser sorprendidos.

--Á usted se lo digo todo, Mariano. No sé lo que me ocurre con usted. Le
quiero como á un hermano. Un hermano, no... más bien, una amiga; una
amiga de confianza.

Al verse solo Renovales abominaba de la franqueza de Concha. Era lo que
la gente creía; muy simpática, muy bonita, pero sin ningún escrúpulo
moral. En cuanto á él, insultábase en el bizarro lenguaje de sus tiempos
de bohemio, comparándose con todos los animales cornudos que podía
recordar.

--No vuelvo más. Es una vergüenza. ¡Bonito papel estás haciendo,
maestro!

Pero apenas se mantenía ausente dos días, presentábase Mary, la doncella
francesa de la de Alberca, con la cartita perfumada, ó llegaba ésta por
el correo interior, destacándose subversiva, escandalosa, entre los
otros sobres de la correspondencia del maestro.

--¡Esa mujer!--exclamaba Renovales apresurándose á ocultar el llamativo
billete.--¡Qué falta de prudencia!... El mejor día va á fijarse Josefina
en estas cartitas.

Cotoner, en su ciega admiración al ídolo que consideraba irresistible,
imaginábase á la de Alberca loca de amor tras el maestro, y movía la
cabeza tristemente.

--Esto acabará mal, Mariano. Debes romper con esa señora. ¡La paz del
hogar! Te esperan muchos disgustos.

Las cartas siempre eran iguales. Interminables lamentaciones por sus
cortas ausencias. «_Cher maître_, no he podido dormir esta noche
pensando en usted...» y acababa firmando «su admiradora y buena amiga
_Coquillerosse_», un nombre de guerra que había adoptado para su
correspondencia con el artista.

Le escribía desordenadamente, á horas extrañas, siguiendo los impulsos
de su imaginación y sus nervios en perpetua anormalidad. Unas veces
fechaba sus cartas á las tres de la madrugada: no podía dormir, saltaba
del lecho, y para entretener su insomnio llenaba cuatro pliegos de su
menuda letra, dirigidos al buen amigo, con una facilidad de pluma
desesperante, hablándole del conde, de lo que decían sus amigas,
comunicándole las últimas murmuraciones que circulaban contra los de «la
casa grande», lamentándose de las frialdades de su doctor. En otras
ocasiones eran cuatro lineas lacónicas, desesperadas; un llamamiento
angustioso. «Venga usted en seguida, querido Mariano. Un asunto
urgentísimo.»

Y el maestro, abandonando sus trabajos, corría á primera hora á casa de
la condesa, recibiéndole ésta en la cama, en su dormitorio cargado de
perfumes, donde no había entrado en muchos años el hombre de las
condecoraciones.

Llegaba ansioso el pintor, inquieto por la posibilidad de terribles
acontecimientos, y Concha, agitándose entre las bordadas sábanas,
recogiéndose los dorados mechones que se escapaban de las blondas de su
gorra, hablaba y hablaba con la incoherencia de un canto de pájaro, como
si el silencio nocturno produjese en ella una indigestión de palabras.
Se le habían ocurrido grandes ideas: había pensado durante el sueño una
teoría científica completamente original, que haría las delicias de
Monteverde. Y gravemente se la explicaba al maestro, el cual movía su
cabeza sin entender una palabra, pensando que era un dolor ver una boca
tan hermosa empleada en soltar tantas necedades.

Otras veces le hablaba del discurso que estaba preparando para cierto
festival de la Asociación Feminista, la obra magna de su presidencia: y
sacando de entre las sábanas sus brazos ebúrneos, con una tranquilidad
que trastornaba á Renovales, cogía de la vecina mesa unos pliegos
garrapateados con lápiz, pidiendo al buen amigo que le dijese quién era
el pintor más grande del mundo, pues había dejado un claro para llenarlo
con este nombre.

Después de una hora de charla incesante, mientras el artista la devoraba
en silencio con los ojos, llegaba por fin al asunto urgente, al
llamamiento desesperado que había hecho abandonar sus trabajos al
maestro. Eran siempre motivos de vida ó muerte; compromisos, en los que
iba su honor. Unas veces que pintase cualquier cosita en el abanico de
una señora extranjera deseosa de llevarse de España algo del gran
maestro. Se lo había pedido la interesada en una _soirée_ diplomática la
noche antes, por conocer su amistad con Renovales. En otras ocasiones le
llamaba para pedirle una _manchita_, un apunte, cualquier cosa de las
que rodaban por los rincones de su estudio, para una tómbola benéfica de
la Asociación á beneficio de las pobres que habían perdido su virtud, y
á las cuales la condesa y sus amigas mostraban empeño en redimir.

--No ponga usted esa cara, maestro; no sea usted tacaño. Son los
inconvenientes de la amistad. Todos creen que yo tengo gran poder sobre
el ilustre artista, y me piden, y me ponen en cien compromisos... No le
conocen; no saben lo perverso, lo rebelde que es usted, ¡mala persona!

Y se dejaba besar la mano sonriendo con cierta lástima. Pero al sentir
el cálido contacto de su boca y el cosquilleo de su barba en la blanca
carnosidad del brazo, se agitaba, defendiéndose entre risas y
estremecimientos.

--Déjeme usted, Mariano. ¡Que grito! ¡Que llamo á Mary! Ya no le recibo
más en mi dormitorio. Es usted indigno de confianza... ¡Quietecito,
maestro, ó se lo cuento todo á Josefina!

Algunas veces, al acudir Renovales alarmado por sus llamamientos, la
encontraba pálida, con círculos amoratados en los ojos, como si hubiese
pasado la noche llorando. Al ver al maestro volvían á saltar sus
lágrimas. Eran disgustos de amor, honda pena por la frialdad de
Monteverde. Pasaba días enteros sin verla; rehuía los encuentros con
ella. ¡Ay, los sabios! Hasta había llegado á decirla que las mujeres son
un estorbo para los estudios serios. ¡Y ella loca por él, sumisa como
una sierva, aguantando las genialidades del señor, adorándole con ese
apasionamiento fogoso de la mujer que es más vieja que su amante y se da
cuenta de su inferioridad!

--¡Ay, Renovales! No se enamore usted nunca; es un infierno. No sabe
usted la felicidad que goza no conociendo estas cosas.

Pero el maestro, insensible á sus lágrimas, enfurecido por estas
confidencias, paseaba gesticulando, lo mismo que si estuviera en su
estudio, y hablaba á la condesa con brutal confianza, como á una hembra
que ha revelado todos sus secretos y debilidades. ¡Tapones! ¿Y qué le
importaba á él todo eso? ¿Para oir tales cosas le había llamado?... Ella
se lamentaba con suspiros infantiles desde el fondo de su lecho. Estaba
sola en el mundo; era muy desgraciada. No tenía más amigo que el
maestro; era su padre, su hermano; ¿á quién si no á él iba á relatar sus
penas? Y animándose con el silencio del pintor, el cual acababa por
conmoverse ante sus lágrimas, cobraba audacia y formulaba sus deseos.
Debía ver á Monteverde, soltarle un buen sermón, hablarle al alma para
que fuese bueno y no la hiciese sufrir. Él le respetaba mucho; era uno
de sus más grandes admiradores: tenía ella la certeza de que bastarían
cuatro palabras del maestro para que volviese como un cordero. Debía
hacerle ver que no estaba sola; que tenía quien la defendiese; que nadie
podía burlarse de ella impunemente.

Pero antes de que terminase sus ruegos, andaba el pintor en torno del
lecho, los brazos en alto, echando ternos con la vehemencia de su
exaltación.

--¡Tapones! ¡Esto me faltaba! El mejor día me pedirá usted que le
cepille las botas. ¿Pero está usted loca, criatura? ¿Qué se ha figurado
usted? Para... sufridos ya tiene usted bastante con el conde. Déjeme
tranquilo.

Pero ella se arrebujaba en la cama llorando con ruidoso desconsuelo. ¡Ya
no quedaban amigos! El maestro era como los otros: en no plegarse á sus
deseos se acababa la amistad. Todo palabras, juramentos, y después, ni
el más pequeño sacrificio.

Se incorporaba de pronto, mostrando entre las blondas misteriosas
blancuras, ceñuda, irritada, con una frialdad de reina ofendida. Ya le
había conocido; se había engañado contando con él. Y como Renovales,
confuso por este enfado, intentase excusarse, ella le atajaba con
arrogancia.

--¿Quiere usted ó no quiero? Á la una... á las dos...

Sí; haría lo que ella quisiera; veíase tan bajo, que ya no le importaba
rodar un poco más. Sermonearía al doctor, echándole en cara su torpeza
al despreciar tanta felicidad. (Esto lo decía él con toda su alma,
poniendo en su voz temblores de envidia.) ¿Qué más deseaba su hermosa
déspota? Podía pedir sin miedo. Si era necesario, retaría al conde á
singular combate con todas sus condecoraciones y lo mataría para que
ella quedase libre y pudiera juntarse con el doctorcillo.

--¡Guasón!--exclamaba Concha, sonriente por su triunfo.--Es usted
simpático como nadie, pero muy malo. Acérquese usted, mala persona.

Y levantando con la manecita un mechón de su cabellera de sauce, le besó
en la frente, riendo del estremecimiento que su caricia despertaba en
el pintor. Éste sintió que le temblaban las piernas; después, sus brazos
intentaron estrechar aquel cuerpo tibio, perfumado, que parecía
escurrirse dentro de sus finas envolturas.

--¡Que ha sido en la frente!--gritó Concha en son de protesta.--¡Caricia
de hermanos, Mariano! ¡Quieto!... ¡Que me hace daño!... ¡Que llamo!

Y llamó, reconociendo de pronto su debilidad, viéndose próxima á caer
vencida bajo el apretón loco y dominador. Sonó el estremecimiento
eléctrico en las profundidades tortuosas de pasillos y gabinetes y se
abrió la puerta, entrando Mary vestida de negro, con alto delantal y
rizado gorro, discreta y silenciosa. Su carita pálida y sonriente estaba
acostumbrada á verlo todo, á adivinarlo todo, sin que se reflejase en
ella la más leve impresión.

La condesa tendió su mano á Renovales con afectuosa tranquilidad, como
si la entrada de la doncella interrumpiese su despedida. Lamentaba que
se marchase tan pronto: á la noche le vería en el Real.

Cuando el pintor aspiró el viento de la calle y se codeó con la gente,
creyó despertar de una pesadilla. Tenía asco de sí mismo. «Te luces,
maestro.» Su debilidad, que le hacía plegarse á todas las exigencias de
la condesa, su vil aceptación á servir de intermediario entre ella y el
amante, le daban ahora náuseas. Pero aun sentía en la frente el roce
del beso; aun percibía aquel ambiente del dormitorio cargado de la
nocturna transpiración de carne perfumada. El optimismo se apoderó de su
pensamiento. No marchaba mal el asunto; aquel camino, aunque
desagradable, le llevaría á la realización de su deseo.

Muchas noches Renovales iba al teatro Real, por obedecer á Concha, que
deseaba verle, y pasaba actos enteros en el fondo de su palco,
conversando con ella. Milita reía de este cambio en las costumbres de su
padre, que se acostaba temprano en otros tiempos, para trabajar de buena
mañana. Era ella la que, encargada de las cosas de la casa, por la
eterna enfermedad de mamá, ayudaba al maestro á ponerse el frac, y
además le peinaba, arreglándole el lazo de la corbata entre mimos y
risas.

--Papaíto, te desconozco: estás hecho un calaverón. ¿Cuándo me llevas
contigo?...

Él se excusaba gravemente. Eran deberes de la profesión; á los artistas
les conviene hacer vida de sociedad. En cuanto á llevarla con él... otro
día. Por ahora necesitaba ir solo; tenía que hablar con mucha gente en
el teatro.

Otra modificación se verificó en él, provocando los regocijados
comentarios de Milita. Papá se rejuvenecía.

Cada semana sus cabellos perdían en longitud, bajo irreverentes
tijeretazos: su barba disminuía, hasta el punto de no quedar más que una
ligera vegetación de aquel bosque enmarañado que le daba un aspecto
feroz. No quería confundirse por su aspecto con los demás; debía
conservar un poco de su exterior de _artista_, para que la gente no
pasase junto al gran Renovales sin conocerle; pero procuraba, dentro de
este deseo, aproximarse y mezclarse con la juventud bien vestida y
elegante que rodeaba á la condesa.

Esta transformación tampoco pasó inadvertida para otros. Los alumnos de
Bellas Artes se lo mostraban con el dedo desde el paraíso del Real, ó se
detenían en las aceras al verle por la noche, con el brillante tubo de
seda coronando la tonsurada melena y exhibiendo entre el abierto gabán
el nítido peto de su uniforme de fiesta. La cándida admiración de los
muchachos se imaginaba al gran maestro tronando ante un caballete,
salvaje, feroz, intratable como Miguel Angel en el encierro de su
estudio. Por esto, al verle bajo tan distinto aspecto, le seguían sus
ojos con expresión de envidia. «¡Cómo se divierte el maestro!» Y se
imaginaban á las grandes damas disputándoselo, creyendo de buena fe que
ninguna podía resistir á un hombre que pintaba tan bien.

Los enemigos, los artistas consagrados que marchaban tras él, rugían en
sus conversaciones. «¡Farsante, egoísta! No estaba satisfecho de ganar
tanto dinero, y ahora hacía el gomoso entre la aristocracia, para coger
más retratos, para sacar á su firma todo lo que pudiese.»

Cotoner, que se quedaba algunas noches en el hotel para hacer compañía á
las señoras, le veía partir con triste sonrisa, moviendo la cabeza.
«Mal: su Mariano se había casado demasiado pronto. Lo que no había hecho
en su juventud, por la fiebre del trabajo y la gloria, lo hacía ahora,
próximo á la vejez.» En muchas partes reían ya de él, adivinando su
pasión por la de Alberca, aquel amor sin resultados prácticos, que le
hacían convivir con ella y Monteverde, tomando aires de mediador
bondadoso, de padre tolerante y bueno. El ilustre maestro, al despojarse
de su carátula feroz, era un pobre hombre, del que se hablaba con
lástima: le comparaban con Hércules, vestido de mujer é hilando á los
pies de la bella seductora.

Había contraído con Monteverde una estrecha amistad, en fuerza de
tropezarlo cerca de la condesa. Ya no le parecía tonto y antipático.
Encontraba en él algo de su amante, y le era grata por esto su compañía.
Experimentaba esa atracción plácida y sin celos que inspira á ciertos
hombres el marido de su amante. Sentábanse juntos en los teatros,
paseaban en amigable conversación, y el doctor iba muchas tardes al
estudio del artista. Desconcertaban con esta intimidad á las gentes, que
ya no sabían con certeza quién era el amo de la de Alberca y quién el
aspirante, llegando á creer que por un mutuo acuerdo y turno pacífico,
vivían los tres en el mejor de los mundos.

Monteverde admiraba al maestro, y éste, por sus años y la superioridad
de su renombre, tomaba sobre él una autoridad paternal. Le reñía cuando
la condesa se mostraba quejosa de él.

--¡Las mujeres!--decía el doctor con gesto de cansancio.--Usted no sabe
lo que son, maestro; sólo sirven de estorbo, para obstruirle á uno su
carrera. Usted ha triunfado porque no se dejó dominar por ellas, porque
nadie le conoció nunca una querida, porque es usted un hombre admirable,
un varón fuerte.

Y el pobre varón fuerte contemplaba fijamente á Monteverde, dudando si
se burlaba. Sentía tentaciones de aporrearlo, viéndole despreciar lo
mismo que ansiaba él con vehemente deseo.

Concha tenia con el maestro mayores intimidades. Le confesaba lo que
nunca se había atrevido á decir al doctor.

--Á usted se lo digo todo, Marianito. No puedo vivir sin verle. ¿Sabe
usted lo que pienso? Que el doctor es algo así como mi marido y usted es
el amante de corazón... No se altere usted... no se mueva, ó llamo. He
dicho de corazón. Le quiero á usted demasiado para pensar en esas
groserías que usted desea.

Algunas veces Renovales la encontraba excitada, nerviosa, hablando con
voz ronca, moviendo los finos dedos como si quisiera arañar al aire.
Eran los días terribles que alteraban toda la casa. Mary corría, con su
paso silencioso, de salón en salón, perseguida por el repiqueteo de los
timbres; el conde se escurría hacia la calle como un colegial medroso.
Concha se aburría, sentíase cansada de todo, abominaba de su existencia.
Al presentarse el pintor, le faltaba poco para arrojarse en sus brazos:

--Sáqueme usted de aquí, Marianito; me aburro, me muero. Esta vida es
para matarse. ¡Mi marido!... ese no se cuenta. ¡Mis amigas!... unas
necias que me despellejan apenas las dejo. ¡El doctor!... un
insubstancial, una veleta loca. Todos esos señores de mi tertulia, unos
imbéciles. ¡Maestro, téngame lástima! Lléveme lejos de aquí. Usted debe
conocer otro mundo; los artistas lo saben todo...

¡Ay, si ella no estuviera tan vista y al maestro no lo conociese todo
Madrid! En su nerviosa excitación formulaba los más locos proyectos.
Deseaba salir de noche del brazo de Renovales, ella con mantón y pañuelo
á la cabeza, él con capa y sombrero gacho. Sería su chulo; ella imitaría
el garbo y el taconeo de las mujeres de la calle, y marcharían juntitos,
como dos palomos de la noche, á los sitios más malos; y beberían,
armarían camorra, él la defendería como un valiente, é irían á pasar la
noche en la prevención.

El pintor mostrábase escandalizado. ¡Qué locura! Pero ella insistía en
sus deseos.

--Ríase usted, maestro; abra esa bocaza... feísimo. ¿Qué tiene de
particular lo que digo? Usted, con todos sus pelos y chambergos de
artista, es un burgués, un alma tranquila incapaz de nada original para
distraerse.

Al acordarse de aquella pareja que habían visto una tarde en la Moncloa,
mostrábase melancólica y sentimental. También le parecía bonito «hacer
la griseta»; pasear del brazo del maestro, como si fuesen una modistilla
y un empleadillo; acabar la excursión en un merendero; y él la mecería
en el verde columpio, mientras ella gritaba de placer, subiendo y
bajando, con las faldas arremolinadas en torno de sus pies... Esto no
era ningún disparate, maestro. ¡Placer más sencillo... más bucólico!...

¡Lástima que los dos fuesen tan conocidos! Pero lo que sí harían, cuando
menos, era disfrazarse una mañana y correr los barrios bajos; ir al
Rastro, como una pareja recién unida que desea poner casa: el socio y la
socia. En aquella parte de Madrid no los conocería nadie. ¿Conformes,
maestro?...

Y el maestro lo aprobaba todo. Pero al día siguiente Concha le recibía
con cierta turbación, mordiéndose los labios, hasta que por fin
prorrumpía en carcajadas, recordando los disparates que le había
propuesto.

--¡Cómo se reiría usted de mí!... Hay días en que estoy loca.

Renovales no ocultaba su asentimiento. Sí; estaba algo loca. Pero esta
locura, que le hacía sufrir alternativas de esperanza y desesperación,
atraíale más, con sus alegres disparates y sus pasajeros enfados, que
aquella otra que le perseguía en su casa, lenta, implacable, silenciosa,
apartándose de él con invencible repugnancia, pero siguiéndole á todos
lados, con ojos de malsana luz siempre lagrimeantes, que tomaban la
agudeza hostil del acero apenas iniciaba, por compasión ó remordimiento,
la más leve intimidad.

¡Oh, la pesada é insufrible comedia! Ante su hija y los amigos tenían
que hablarse, y él, apartando la mirada para no tropezar con sus ojos,
colmábala de atenciones, la reñía dulcemente por su rebeldía á los
consejos de los médicos. Al principio hablaban éstos de neurastenia:
ahora era la diabetes la que aumentaba la debilidad de la enferma. El
maestro lamentábase de la pasiva resistencia que oponía á todos los
métodos curativos. Los seguía durante algunos días, para despreciarlos
después con impasible obstinación. Ella estaba mejor que creían. Lo que
ella tenía no lo curaban los médicos.

Por la noche, al penetrar en el dormitorio, un silencio de muerte caía
sobre ellos; una muralla de plomo parecía elevarse entre sus cuerpos. Ya
no tenían que mentir; se miraban frente á frente, con muda hostilidad.
Su vida nocturna era un tormento; pero ninguno de los dos osaba
modificar su existencia. Sus cuerpos no podían abandonar la cama común;
encontraban en ella el molde de los años. La rutina de su voluntad les
sujetaba á esta habitación y á su mobiliario, con el recuerdo de los
tiempos felices de la juventud.

Renovales caía en el profundo sueño del hombre sano, fatigado por el
trabajo. Sus últimos pensamientos eran para la condesa. La veía en esa
penumbra brumosa que cubre la entrada de lo inconsciente; dormíase
pensando en lo que podría decirla al otro día, soñaba conforme á su
deseo, viéndola de pie sobre un pedestal, con toda la majestad de su
desnudez, venciendo al mármol de las estatuas más famosas con la vida de
su carne. Al despertar de pronto y extender sus brazos, tropezaba con el
cuerpo de la compañera, pequeño, rígido, ardiente por el fuego de la
calentura ó glacial con un frío de muerte. Adivinaba su insomnio. Pasaba
la noche sin cerrar los ojos, pero no se movía, como si todo su vigor se
concentrase en algo que contemplaba con fijeza hipnótica en la
obscuridad. Parecía un cadáver. Era el obstáculo, el lastre de plomo, el
fantasma que aterraba á la otra cuando en ciertos instantes de
vacilación se inclinaba hacia él, próxima á caer... Y el terrible deseo,
el pensamiento monstruoso, asomaba otra vez su horrorosa fealdad,
anunciando que no había muerto, que sólo se había ocultado en la
madriguera cerebral para surgir más cruel, más insolente.

--¿Por qué no?--argüía el despiadado demonio, esparciendo en su
imaginación el polvillo de oro de las ilusiones.

Amor, gloria, alegría, una existencia nueva de artista; el
rejuvenecimiento del doctor Fausto; todo podía esperarlo si la muerte
piadosa venía á ayudarle, cortando la cadena que le emparejaba con la
tristeza y la enfermedad.

Pero inmediatamente surgía la protesta del horror. Aunque vivía como un
incrédulo, conservaba un alma religiosa, que en los momentos difíciles
de su existencia le impulsaba á aclamarse á todos los poderes
sobrehumanos y maravillosos, como si éstos tuvieran el deber ineludible
de acudir en su auxilio. «Señor, quitadme este horrible pensamiento.
Alejad la mala tentación. Que no muera; que viva, aunque yo perezca.»

Y al día siguiente, con la agitación del remordimiento, iba en busca de
ciertos médicos, amigos suyos, para consultarles minuciosamente. Ponía
en movimiento la casa, organizando la curación con arreglo á un vasto
plan, distribuyendo las medicinas por horas. Después, tranquilo ya,
volvía á su trabajo, á sus preocupaciones de artista, á sus anhelos de
hombre, sin acordarse de sus propósitos, creyendo salvada
definitivamente la vida de su mujer.

Ésta se presentó en su estudio una tarde después del almuerzo, y el
pintor, al verla, sintió cierta inquietud. Hacía mucho tiempo que
Josefina no entraba allí á las horas en que él trabajaba.

No quiso sentarse; se detuvo junto al caballete, hablando, sin mirar á
su marido, con voz lenta y humilde. Á Renovales le daba miedo esta
sencillez.

--Mariano, vengo á hablarte de la niña.

Quería casarla. Algún día había de ser, y cuanto antes mejor. Ella
moriría pronto y deseaba salir del mundo con la tranquilidad de ver á su
hija bien colocada.

Renovales creyó del caso protestar ruidosamente, con toda la vehemencia
del que no está muy seguro de lo que dice. ¡Tapones! ¡Morirse! ¿Y por
qué había de morir? ¡Ahora que estaba mejor que nunca! Lo único que le
faltaba era atender las indicaciones de los médicos.

--Moriré pronto--repitió fríamente.--Moriré y tú quedarás tranquilo.
Bien lo sabes.

El pintor quiso protestar con mayores aspavientos de indignación, pero
sus ojos se encontraron con la mirada fría de su mujer. Entonces se
limitó á levantar los hombros con ademán resignado. No quería discutir;
necesitaba conservarse tranquilo. Tenía que pintar; había de salir, como
todas las tardes, para asuntos importantísimos.

--Está bien; continúa. Milita se casa, ¿y con quién?...

Por el deseo de mantener su autoridad, de mostrar cierta iniciativa y
por su antiguo afecto al discípulo, se apresuró á hablar de éste. ¿Era
Soldevilla el candidato? Un buen muchacho y de porvenir. Adoraba á
Milita; había que ver la tristeza del pobrecillo cuando ésta le trataba
mal. Haría un excelente marido.

Josefina cortó esta charla del esposo con voz fría y tajante:

--No quiero pintores para mi hija; bien lo sabes. Bastante hay con lo de
su madre.

Milita se casaría con López de Sosa. Era cosa aceptada por ella. El
muchacho la había hablado, y seguro de su aprobación, dirigiría su
demanda al padre.

--¿Pero ella le quiere? ¿Tú crees, Josefina, que estas cosas pueden
arreglarse á tu gusto?

--Si le quiere; está conforme y desea casarse. Además, es hija tuya; lo
mismo aceptaría al otro. Lo que ella desea es libertad, verse lejos de
su madre, no vivir en la tristeza de mis enfermedades... Ella no lo
dice, no sabe siquiera que lo piensa, pero yo lo adivino.

Y como si al hablar de su hija no pudiera mantener la frialdad que tenía
con el marido, se llevó una mano á los ojos, recogiendo las silenciosas
lágrimas.

Renovales apeló á la brusquedad para salir del paso. Todo eran locuras,
invenciones de su cabeza enferma. Debía pensar en curarse y no en otra
cosa. ¡Á qué estas lágrimas! ¿Quería casar á su hija con aquel señorito
de los automóviles? Pues á ello. ¿No quería? Pues que la chica se
quedase en casa.

Ella mandaba; nadie la ponía obstáculos. ¡Que se celebrara la boda
cuanto antes! Él era un cero y no había por qué consultarle. Pero
tranquilidad, ¡tapones!... Tenía que trabajar; tenía que salir. Y cuando
vió que Josefina abandonaba el estudio para llorar libremente en otro
sitio, dió un bafido de satisfacción, contento de salir tán bien librado
de esta escena difícil.

Le parecía bien López de Sosa. ¡Excelente muchacho!... Y lo mismo
cualquier otro. Él no disponía de tiempo para fijarse en tales cosas.
Sus preocupaciones eran distintas.

Aceptó al futuro yerno, y muchas noches se quedó en casa para dar cierto
aire patriarcal á las veladas de familia. Milita y su prometido hablaban
en un extremo del salón. Cotoner, en plena beatitud digestiva, se
esforzaba por arrancar con sus palabras una pálida sonrisa á la señora
del maestro, que permanecía en un rincón, trémula de frío. Renovales, en
traje de casa, leía los periódicos, acariciado por ese ambiente dulce de
hogar tranquilo. ¡Si le viese la condesa!...

Una noche sonó en el salón el nombre de la de Alberca. Repasaba Milita
de memoria, con avidez juvenil, la lista de las amigas de la casa,
grandes señoras que no dejarían pasar su próximo matrimonio sin un
regalo magnifico.

--Concha no viene--dijo la joven.--Hace mucho tiempo que no la vemos por
aquí.

Hubo un silencio penoso, como si el nombre de la condesa enfriase la
atmósfera. Cotoner canturreó entre dientes, fingiéndose distraído: López
de Sosa buscó un cuaderno de música sobre el piano, hablando de él para
desviar la conversación. También éste parecía enterado.

--No viene porque no debe venir--dijo Josefina desde su rincón.--Ya
procura tu padre verla todos los días para que no nos olvide.

Renovales levantó la cabeza con expresión de protesta, como si le
despertasen de un plácido sueño. Los ojos de Josefina estaban fijos en
él, pero sin cólera, burlones y crueles. Reflejaban el mismo desprecio
con que le había herido en aquella noche triste. Ya no dijo más, pero el
maestro leía en aquellos ojos:

«Es inútil, buen hombre. Estás loco por ella, la sigues, pero ella es
para otros. La conozco bien... Todo lo sé. ¡Ay! ¡Cómo ríen las gentes de
ti! ¡Cómo me río yo!... ¡Cómo te desprecio!»



IV


Á principios del verano se verificó la boda de la hija de Renovales con
el elegante López de Sosa. Los periódicos publicaron columnas enteras
hablando de este acontecimiento, por el cual, según la expresión de
ciertos cronistas, «se unía la gloria y el esplendor del arte con el
prestigio de la aristocracia y la fortuna». Nadie se acordaba ya del
apodo de _Bonito en escabeche_.

El maestro Renovales hizo bien las cosas. No tenía más que una hija y
deseaba casarla con regio aparato; que Madrid y España entera se
enterasen de este suceso, cayendo sobre Milita un rayo de la gloria
conquistada por su padre.

La lista de los regalos fué grande. Todas las amistades del maestro,
elegantes damas, próceres de la política, artistas famosos y hasta
personas reales, figuraron en ella con su correspondiente obsequio.
Había para llenar una tienda. Los dos estudios de honor quedaron
convertidos en galerías de bazar, con interminables mesas cargadas de
objetos; una exposición de telas y dijes, visitada por todas las amigas
de Milita, aun las más lejanas y olvidadas, que venían á felicitarla
con palidez de envidia.

La condesa de Alberca envió también un regalo, enorme, estrepitoso, como
si no quisiera pasar inadvertida entre los amigos de la casa. El doctor
Monteverde estaba representado por un objeto modesto, aunque jamás había
visto á los novios ni le ligaba á la familia otra relación que su
amistad con el maestro.

La boda se celebró en el hotel, habilitando para capilla uno de sus
estudios. Cotoner corrió con todo lo referente á la ceremonia, muy
satisfecho de demostrar su influencia cerca de los personajes de la
Iglesia.

Renovales se preocupó del aliño del altar, queriendo que se notase,
hasta en los menores detalles, la mano de un artista. Sobre un fondo de
antiguos tapices colocó un viejo tríptico, una cruz medioeval, todos los
objetos de culto que llenaban su estudio como adornos decorativos, y
limpios de polvo y telarañas iban á recobrar por unos instantes su
importancia religiosa.

Las flores invadieron con su ola multicolor el hotel del ilustre
maestro. Las quería Renovales en todas partes; las había pedido á
Valencia y á Murcia, sin reparar en la cantidad; se extendían por los
marcos de las puertas y las líneas de las cornisas: se amontonaban
formando gigantescos ramos en las mesas y los rincones. Hasta se
balanceaban en paganas guirnaldas de una á otra columna de la fachada,
excitando la curiosidad de los transeuntes aglomerados al otro lado de
la verja; mujeres de mantón, muchachos con grandes cestas á la cabeza,
que permanecían embobados por la novedad, esperando que ocurriese en
aquella casa algo extraordinario, siguiendo las idas y venidas de los
criados que entraban atriles de música y un par de contrabajos ocultos
en fundas charoladas.

De buena mañana andaba Renovales de un lado á otro, con dos bandas sobre
la pechera y una constelación de astros dorados y centelleantes,
cubriendo todo un lado de su frac. Cotoner también se había puesto las
insignias de sus varias órdenes pontificias. El maestro se contemplaba
con cierta satisfacción en todos los espejos, admirando igualmente á su
amigo. Había que ponerse guapos; una fiesta como esta ya no la verían
más. Hacía preguntas incesantemente á su compañero, para convencerse de
que nada faltaba en los preparativos. El maestro Pedraza, gran amigo de
Renovales, dirigía la orquesta. Se habían reunido todos los músicos
mejores de Madrid, profesores del Real en su mayoría. El coro era bueno,
pero como voces notables sólo había podido echar mano de los artistas
que residían fijamente en la capital. La época no era la mejor; los
teatros estaban cerrados...

Cotoner seguía exponiendo sus trabajos. Á las diez en punto llegaría el
Nuncio, monseñor Orlandi, gran amigo de él; un _barbián_, todavía joven,
al que había conocido en Roma de prelado doméstico. Bastaron cuatro
palabras de Cotoner para que se dignase concederle el honor de casar á
los chicos. Los amigos son para las ocasiones. Y el pintor de los papas,
satisfecho de salir de su insignificancia, iba de salón en salón,
disponiéndolo todo, seguido del maestro, que aprobaba sus órdenes.

En un estudio los músicos y las mesas para el _lunch_. Las otras naves
para los invitados. ¿Faltaba algo?... Los dos artistas contemplaban el
altar, con sus tapices de apagados colores y sus candelabros, cruces y
relicarios, de un oro mate y viejo que parecía tragarse la luz sin
devolverla. Nada faltaba. Telas antiguas y guirnaldas de flores cubrían
las paredes, ocultando los estudios de color del maestro, ciertos
cuadros sin acabar, obras profanas que no podían tolerarse en el
ambiente discreto y entonado de aquella nave convertida en capilla. El
suelo estaba cubierto en parte por alfombras vistosas, persas y morunas.
Frente al altar dos reclinatorios, y tras ellos, para los invitados de
más importancia, todos los asientos lujosos del estudio: sillones
blancos del siglo XVIII, con escenas pastoriles bordadas, tijeras
griegas, sitiales de roble tallado, asientos venecianos, sillas sombrías
de interminable respaldo; una bizarra confusión de almacén de
antigüedades.

De pronto Cotoner dió un paso atrás, como escandalizado. ¡Qué
distracción! ¡Buena la habrían hecho de no fijarse él!... En el fondo
del estudio, frente al altar que cortaba una gran parte de la vidriera,
y recibiendo directamente la luz de ésta, destacábase una mujer enorme,
blanca, desnuda, con una mano velando su sexo y la otra cruzada ante el
saliente pecho. Era la Venus de Médicis, una pieza soberbia de mármol
que Renovales había traído de Italia. La pagana belleza parecía
desafiar, con su blancura luminosa, el amarillo mortecino de los sacros
objetos alineados en el extremo opuesto. Habituados á verla los dos
artistas, habían pasado varias veces junto á ella, sin reparar en su
desnudez, que parecía más insolente y triunfadora al convertirse el
estudio en oratorio.

Cotoner rompió á reir.

--¡Qué escándalo si no la vemos!... ¡Qué hubiesen dicho las señoras! Mi
amigo Orlandi creería que lo habías hecho tú, con cierta intención, pues
te tiene por algo verde... Anda, hijo; busquemos algo con que tapar á
esta dama.

Encontraron, después de mucho buscar en el desorden de los estudios, una
tela india de algodón, pintarrajeada de elefantes y flores de loto; la
extendieron sobre la cabeza de la diosa, cubriéndola hasta los pies, y
allí quedó como si fuese un misterio, una sorpresa para los invitados.

Iban llegando éstos. Fuera del hotel, junto á la verja, sonaba el piafar
de los caballos y el estrépito de las portezuelas al cerrarse. Lejos
rodaban otros carruajes, con rumor cada vez más próximo. En el vestíbulo
sonaba el roce de la seda arrastrando por el suelo y los criados iban de
un lado á otro recogiendo los abrigos y poniéndoles números como en los
teatros, para almacenarlos en un gabinete, convertido en guardarropa.
Cotoner dirigía á la servidumbre de cara rasurada ó luengas patillas,
vestida con fracs descoloridos. Renovales, en tanto, sonreía,
encorvándose con graciosas inclinaciones, saludando á las señoras que
llegaban con mantillas blancas ó negras, estrechando las manos de los
hombres, algunos de los cuales ostentaban vistosos uniformes.

El maestro sentíase conmovido por este desfile que cruzaba con cierta
ceremonia sus salones y estudios. Sonábanle en los oídos, como una
música acariciadora, el arrastre de las faldas, el rumor de los abanicos
al agitarse, los saludos de las gentes, los elogios que le dirigían por
su buen gusto. Llegaban todos con la misma satisfacción de ver y ser
vistos que les acompañaba á los estrenos teatrales y á las funciones de
gran gala. Música buena, asistencia del Nuncio, preparativos del gran
_lunch_ que parecían olfatear, y además la certeza de ver su nombre
impreso al día siguiente, de encontrarse tal vez retratado en algún
periódico de _monos_. La boda de Emilia Renovales era un acontecimiento.

Entre la ola de gente elegante que se deslizaba sin cesar, invadiéndolo
todo, veíanse algunos jóvenes llevando en alto, con apresuramiento, sus
máquinas fotográficas. ¡Tendrían instantáneas! Los que guardaban cierto
resquemor contra el artista, acordándose de lo caro que les había
costado su retrato, le perdonaban ahora generosamente, excusando su
rapacidad. Era un maestro que vivía como un gran señor... Y Renovales
iba de un lado á otro, estrechando manos, haciendo cortesías, hablando
con cierta incoherencia, no sabiendo adónde acudir. Durante un momento
que permaneció en el vestíbulo, vió un trozo de jardín lleno de sol,
cubierto de flores, y al otro lado de la verja una masa negra: la
multitud admirada y risueña. Aspiró el perfume de las rosas y de las
esencias femeniles, sintiendo descender por su pecho la voluptuosidad
del optimismo. La vida era una gran cosa. La pobre muchedumbre, agolpada
fuera, le hizo recordar con cierto orgullo al hijo del herrero. ¡Dios!
¡Y cómo había subido!... Sentía agradecimiento hacia aquella gente rica
y ociosa que sustentaba su bienestar: esforzábase por que nada la
faltase y abrumaba á Cotoner con sus recomendaciones. Éste se revolvía
contra el maestro con la arrogancia del que ejerce autoridad. Su puesto
estaba dentro, cerca de los invitados. Debía dejarle á él, que sabía sus
obligaciones. Y volviendo la espalda á Mariano, daba órdenes á los
criados y enseñaba el camino á los que llegaban, bastándole una mirada
para reconocer su clase. «Por aquí, señores.»

Era un grupo de músicos, y lo encaminaba por un pasillo de la
servidumbre para que llegase á sus atriles sin mezclarse con los
invitados. Después reñía á una tropa de marmitones, que traían con
retraso las últimas remesas del _lunch_, y avanzaban entre la
concurrencia levantando sobre las cabezas de las señoras los grandes
cestos de mimbres.

Cotoner abandonó su puesto al ver surgir de la escalinata un sombrero de
felpa, con borlas de oro, sobre una cara pálida: después una sotana de
seda con botones y fajín morados, flanqueada de otras dos, negras y
modestas.

--_¡Oh, monsignore! ¡Monsignore Orlandi! ¿Va bene? ¿Va bene?_

Le besó la mano, arqueándose con una gran reverencia, y después de
enterarse de su salud con ansioso interés, como si no le hubiese visto
el día anterior, rompió la marcha, abriéndole paso en los salones llenos
de gente.

--¡El Nuncio! ¡El Nuncio de Su Santidad!

Los hombres, con un recogimiento de personas decentes que saben respetar
las potestades, cesaban de reir, de hablar con las señoras, y se
inclinaban gravemente, recogiendo al paso aquella mano fina y pálida,
una mano de dama antigua, para besar la enorme piedra de su anillo.
Ellas contemplaban un momento, con ojos húmedos, á monseñor Orlandi, un
prelado distinguidísimo, un diplomático de la Iglesia, un noble de la
vieja nobleza romana, alto, enjuto, con fina palidez de hostia, el pelo
negro, los ojos imperiosos, y en ellos un brillo intenso de llama.

Tenía en sus movimientos una gentileza arrogante que recordaba la
apostura de los toreros. Las bocas femeninas se posaban ávidas en su
mano, mientras él contemplaba con ojos enigmáticos la fila de nucas
adorables inclinadas á su paso. Cotoner seguía avanzando, abriéndole
paso, orgulloso de su papel, conmovido por el respeto que infundía su
ilustre amigo el _barbián_. ¡Qué gran cosa la religión!...

Lo acompañó hasta la sacristía, que era el cuarto donde se desnudaban y
vestían las modelos. Quedó á la parte de fuera, discretamente; pero á
cada instante salía en su busca uno ú otro de los familiares,
jovenzuelos vivarachos, de movilidad femenil y lejano perfume, que
consideraban con cierto respeto al artista, creyéndole un personaje.
Llamaban al _signore_ Cotoner, pidiéndole que les ayudase á buscar
ciertas cosas que monseñor había enviado el día antes, y el bohemio,
para evitarse nuevas reclamaciones, acabó por entrar en el cuarto de las
modelos, colaborando en el sacro tocado de su ilustre amigo.

En los salones se arremolinó la concurrencia; cesaron las conversaciones
y una avalancha de gente, después de agolparse ante una puerta, se abrió
dejando paso.

Avanzó la novia, apoyada en el brazo de un imponente señor, que era el
padrino, toda blanca; blanco de marfil el traje, blanco de nieve el
velo, blanco de nácar las flores. No había en ella otro color vivo que
el rosa saludable de sus mejillas y el rojo tostado de sus labios.
Sonreía á un lado y á otro, sin cortedad, sin timidez, satisfecha de la
fiesta y de ser ella su principal objeto. Después pasaba el novio, dando
el brazo á su nueva madre, la esposa del pintor, más pequeña que nunca,
encogida en su vestido de ceremonia, que le venía grande, aturdida por
este suceso ruidoso que rasgaba la dolorosa calma de su existencia.

¿Y el padre?... Renovales faltó á la ceremoniosa entrada: estaba
ocupadísimo atendiendo á los invitados; le retenía en un extremo del
salón una risa graciosa, medio oculta tras un abanico. Se había sentido
tocado en un hombro, y al volverse vió al solemne conde de Alberca
llevando del brazo á su esposa. El conde le había felicitado por el
aspecto de sus estudios: todo muy artístico. La condesa le felicitaba
también, en tono zumbón, por la importancia que aquel suceso tenía en su
vida. Llegaba el momento de retirarse, de decir adiós á la juventud.

--Le arrinconan á usted, querido maestro. Pronto le van á llamar abuelo.

Reía gozándose en la turbación y el rubor que le causaban estas palabras
compasivas. Pero antes de que Mariano pudiera contestar á la condesa, se
sintió arrastrado por Cotoner. ¿Qué hacía allí? Los novios estaban en el
altar; Monseñor comenzaba sus oficios; el asiento del padre permanecía
vacío. Y Renovales pasó media hora de tedio, siguiendo con mirada
distraída las ceremonias del prelado. Lejos, en el último estudio,
rompieron los instrumentos de cuerda en ruidoso acorde, y se desarrolló
una melodía de mundano misticismo, extendiendo sus ondas sonoras, de
habitación en habitación, en un ambiente cargado de perfume de rosas
ajadas.

Luego, una voz dulce, coreada por otras más roncas, comenzó á entonar
una plegaria que tenía el voluptuoso ritmo de las serenatas italianas.
Una emoción de pasajero sentimentalismo, pareció conmover á los
invitados. Cotoner, que vigilaba cerca del altar para que nada faltase á
Monseñor, sentíase enternecido por la música, por el aspecto de aquella
muchedumbre distinguida, por la gravedad teatral con que el prócer
romano sabía ejecutar las ceremonias de su profesión. Mirando á Milita
tan hermosa, arrodillada y con los ojos bajos en la envoltura de su velo
de nieve, el pobre bohemio parpadeaba para contener sus lágrimas. Sentía
la misma emoción que si se le casase una hija; ¡él, que no había tenido
ninguna!

Renovales se incorporaba, buscando los ojos de la condesa por encima de
las mantillas blancas y negras. Unas veces los encontraba fijos en él,
con expresión burlona; otras los veía buscando á Monteverde en la masa
de señores que llenaba la puerta.

Hubo un momento en que el pintor atendió á la ceremonia. ¡Cuán larga
era!... La música había cesado; Monseñor, de espaldas al altar, avanzaba
algunos pasos hacia los recién casados, extendiendo las manos, como si
fuese á hablarles. Se hizo un profundo silencio y la voz del italiano
comenzó á sonar en este recogimiento, con una pastosidad cantante,
vacilando ante algunas palabras, supliéndolas con otras de su idioma.
Expuso sus deberes á los cónyuges y se extendió, con cierta animación
oratoria, al elogiar su origen. De él dijo poco: era un representante de
las clases elevadas, de donde surgen los conductores de hombres; ya
conocía sus deberes. Ella era la descendiente de un gran pintor de fama
universal: de un artista.

Y al nombrar al arte, el prelado romano enardecíase, como si elogiase su
propia estirpe, con el profundo y firme entusiasmo de una vida
transcurrida entre las espléndidas decoraciones semipaganas del
Vaticano. «Después de Dios, no hay nada como el arte...» Y tras esta
afirmación, con la que creaba á la novia una nobleza superior á la de
muchas de aquellas gentes que la contemplaban, elogió las virtudes de
sus padres. Tuvo acentos admirables para el amor puro y la fidelidad
cristiana, lazos con los que llegaban unidos, Renovales y su mujer, á
las puertas de la vejez, y que seguramente les acompañarían hasta la
muerte. El pintor bajó la cabeza, temiendo encontrar las miradas
burlonas de Concha. Sonaron los lamentos ahogados de Josefina, con la
cara oculta en la blonda de su mantilla. Cotoner creyó del caso apoyar
con discretas afirmaciones de cabeza los elogios del prelado.

Después la orquesta tocó ruidosamente la _Marcha nupcial_, de
Mendelssohn; crujieron las sillas al ser echadas atrás, abalanzáronse
las señoras hacia la novia, y un zumbido de felicitaciones, formuladas á
gritos, por encima de las cabezas, y de estrujones por quién llegaría
antes, apagó el vibrar de las cuerdas y el sordo rugido del metal.
Monseñor, perdida su importancia al terminar la ceremonia, se dirigió
con sus familiares al cuarto de las modelos, pasando inadvertido entre
los grupos. La novia sonreía resignada, entre el círculo de brazos
femeninos que la estrujaban y de bocas amigas que caían sobre ella con
interminable besuqueo. Mostraba asombro por la sencillez del acto. ¿Ya
no quedaba más? ¿Realmente estaba casada?...

Cotoner vió á Josefina abriéndose paso, mirando con cierta impaciencia
entre los hombros de las gentes, con la cara animada por una oleada de
sangre. Su instinto de arreglador le avisó la proximidad de un peligro.

--Cójase de mi brazo, Josefina. Vamos fuera á respirar. Esto está
imposible.

Tomó su brazo, pero en vez de seguirle le arrastró entre las gentes que
se agolpaban en torno de su hija, hasta que se detuvo viendo, por fin, á
la condesa de Alberca. El prudente amigo se estremeció. Lo que él creía;
buscaba á la otra.

--¡Josefina... Josefina!....¡Que estamos en la boda de Milita!...

Pero su recomendación fué inútil. Concha, al ver á su antigua amiga,
corrió á ella. «¡Querida! ¡Tanto tiempo sin verte! Un beso... otro.» Y
la besó ruidosamente, con grandes transportes de efusión. La mujercita
sólo tuvo un intento de resistencia; pero se entregó, desalentada,
sonriendo con tristeza, vencida por la costumbre y la educación.
Devolvió aquellos besos fríamente, con gesto de indiferencia. No odiaba
á Concha. Si su marido no iba á ella, iría á otra; la enemiga temible,
la verdadera, estaba dentro de él.

Los novios, cogidos del brazo, risueños y algo fatigados por la
vehemencia de las felicitaciones, atravesaron los grupos, desapareciendo
seguidos de los acordes de la marcha triunfal.

Calló la música, y la gente asaltó aquellas mesas cubiertas de botellas,
fiambres y dulces, tras las cuales corrían azorados los criados, no
sabiendo cómo atender á tanta manga negra, á tanto brazo blanco, que
agarraban los platos de filete dorado y los cuchilletes de nácar
cruzados sobre los manjares. Era un motín sonriente y bien educado, pero
que se empujaba, pisando las colas de los vestidos, haciendo jugar los
codos, como si al terminar la ceremonia todos se sintiesen atenaceados
por el hambre.

Con el plato en la mano, sofocados y jadeantes tras el asalto, se
esparcían por los estudios, comiendo hasta en el mismo altar. No había
criados para tanto llamamiento: los jóvenes, arrebatando las botellas de
Champagne, iban de un lado á otro sirviendo copas á las señoras. Con
discreta alegría se saqueaban las mesas. Cubríanlas los domésticos
apresuradamente, y con no menos rapidez venían abajo las pirámides de
emparedados, de frutas, de dulces, y desaparecían las botellas. Los
taponazos sonaban dobles ó triples á un tiempo, con incesante tiroteo.

Renovales corría como un criado, cargado de platos y copas, yendo desde
las mesas rodeadas de gente, á los rincones donde estaban sentadas
algunas damas amigas. La de Alberca tomaba aires de dueña; le hacía ir y
venir con incesantes peticiones.

En uno de estos viajes tropezó con Soldevilla, el amado discípulo. No le
había visto en mucho tiempo. Parecía triste, pero se consolaba mirándose
el chaleco; una novedad que había dado _golpe_ entre la gente joven; de
terciopelo negro, labrado á flores, y con botones de oro.

El maestro creyó que debía consolarle: ¡pobre muchacho! Por primera vez
le dió á entender que «estaba en el secreto».

--Yo quería otra cosa para mi hija, pero no ha podido ser. ¡Á trabajar,
Soldevillita! ¡Ánimo! Nosotros no debemos tener otra querida que la
pintura.

Y satisfecho de este consuelo bondadoso, volvió al lado de la condesa.

Á mediodía terminó la fiesta. López de Sosa y su mujer volvieron á
presentarse en traje de viaje: él con un abrigo de piel de zorro, á
pesar del calor, gorra de cuero y altas polainas; ella con un largo
impermeable hasta los pies y la cabeza oculta en un turbante de velos
espesos, como una odalisca fugitiva.

Á la puerta les esperaba la última adquisición del novio: un vehículo de
ochenta caballos que había comprado para su viaje de boda. Pasarían la
noche á algunos centenares de kilómetros, en el riñón de Castilla la
Vieja, en una finca heredada de sus padres, que nunca había visitado.

Boda _modernista_, como decía Cotoner; la intimidad amorosa en plena
carretera, sin otro testigo que las discretas espaldas del _chauffeur_.
Al día siguiente pensaban salir á correr Europa. Llegarían hasta Berlín;
tal vez fuesen más lejos.

López de Sosa repartió vigorosos apretones de manos, con la arrogancia
de un explorador, y salió para revisar su automóvil antes de partir.
Milita se dejó abrazar, llevándose en su envoltura de velos las lágrimas
de la madre.

--¡Adiós! ¡Adiós, hija mía!...

Y se acabó la boda.

Quedaron solos Renovales y su mujer. La ausencia de la hija, pareció
agrandar su soledad, ensanchando la distancia entre ellos. Se miraban
con extrañeza, huraños y tristes, sin una voz que, surgiendo entre su
silencio, les sirviera de puente para cambiar algunas palabras. Iba á
ser su existencia como la de los presidiarios que se odian y marchan
juntos, unidos por la misma cadena, en penosa promiscuidad, teniendo que
confundir los más bajos menesteres de la vida.

Los dos pensaron, como remedio á este aislamiento que les infundía
miedo, en llevar á vivir con ellos á los recién casados. El hotel era
grande, tenía espacio para todos. Pero Milita se opuso, con dulce
tenacidad, y su esposo le hizo coro. Necesitaba vivir cerca de sus
cocheras, de su garage. Además, ¿dónde establecería él, sin escándalo
del suegro, las preciosidades que coleccionaba, su gran museo de cabezas
de toros y trajes ensangrentados de matadores célebres, que era la
admiración de sus amigos y objeto de gran curiosidad para muchos
extranjeros?...

Al quedar solos el pintor y su mujer, les pareció que en un mes habían
envejecido muchos años: encontraron su hotel más enorme, más desierto,
con la sonoridad y el silencio de los monumentos abandonados. Renovales
quiso que Cotoner se trasladase al hotel; pero el bohemio se excusó con
cierto temor. Comería con ellos; pasaría gran parte del día en su casa;
eran su única familia; pero él deseaba conservar su libertad; no podía
prescindir del trato con sus numerosas amistades.

Bien entrado el verano, el maestro indujo á su mujer á realizar el mismo
viaje de otros años. Irían á una playa andaluza poco conocida; un
pueblecillo de pescadores en el que el artista había pintado muchos de
sus cuadros. Se aburría en Madrid. La condesa de Alberca estaba en
Biarritz con su marido. El doctor Monteverde se había marchado también,
arrastrado por ella.

Hicieron el viaje, pero éste no duró más de un mes. Apenas si el maestro
pudo llenar dos lienzos. Josefina sintióse enferma. Al llegar á la
playa, su vida sufrió una saludable reacción. Se mostraba más alegre;
permanecía horas enteras sentada en la arena, tostándose al sol, con una
impasibilidad de enferma hambrienta de calor, contemplando el mar con
ojos inexpresivos, cerca de su marido que pintaba rodeado de un
semicírculo de gentes miserables. Parecía más alegre, cantaba, sonreía
algunas veces al maestro, como si lo perdonase todo y quisiera olvidar;
pero de pronto había caído sobre ella una sombra de tristeza; su cuerpo
se sintió paralizado otra vez por la debilidad. Cobró aversión á la
playa alegre, á la dulce vida al aire libre, con esa repugnancia de
ciertos enfermos á la luz y el ruido, que les hace ocultarse en las
profundidades del lecho. Suspiró por su triste casa de Madrid. Allí
estaba mejor; sentíase más fuerte, rodeada de recuerdos; se creía más
segura del negro peligro que rondaba en torno de ella. Además, ansiaba
ver á su hija. Renovales debía telegrafiar á su yerno. Ya habían corrido
bastante por Europa; que volviesen; ella necesitaba ver á Milita.

Regresaron á Madrid á fines de Septiembre, y poco después se unieron á
ellos los recién casados, satisfechos de su excursión, y más satisfechos
aún de verse en tierra conocida. López de Sosa había sufrido conociendo
gentes más poderosas que él, que le humillaban con el lujo de sus
trenes. Su mujer deseaba vivir entre personas amigas para que admirasen
su bienestar. Dolíase de la falta de curiosidad de aquellos países donde
nadie se preocupaba de ella.

Josefina pareció animarse con la presencia de su hija. Ésta llegaba
muchas tardes, ostentando su lujo, que aun parecía más estrepitoso en
aquel Madrid veraniego, abandonado por la gente elegante, y se llevaba á
su madre, paseándola en automóvil por las inmediaciones de la capital,
corriendo los caminos llenos de polvo. Otras veces era Josefina la que,
en un arranque de voluntad, vencía la torpeza de su cuerpo, yendo á casa
de su hija (un piso principal de la calle de Olózaga) y admirando el
_confort_ moderno de que vivía rodeada.

El maestro parecía aburrido. No tenía retratos que pintar; le era
imposible hacer nada en Madrid, saturado aún de la luz esplendente y los
intensos colores de la playa mediterránea. Además, le faltaba la
compañía de Cotoner, pues éste se había ido á una pequeña ciudad
castellana, de histórica ranciedad, donde recibía con cómica altivez los
honores debidos al genio, viviendo en el palacio del prelado y
asesinando con una restauración infame varios cuadros de la catedral.

La soledad aguzaba en Renovales el recuerdo de la de Alberca. Ésta, por
su parte, con gran abundancia epistolar, hacíase presente todos los
días en la memoria del pintor. Le había escrito al pueblecillo de la
costa y le escribía ahora á Madrid, queriendo saber cuál era su vida,
interesándose por los más insignificantes detalles, relatándole la suya
con una exuberancia que llenaba pliegos y pliegos, encerrando bajo cada
sobre una verdadera historia.

El pintor seguía la existencia de Concha minuto por minuto, como si la
estuviese presenciando. Le hablaba de _Darwin_, ocultando bajo este
nombre á Monteverde; se quejaba de su frialdad, de su indiferencia, de
aquel aire de conmiseración con que acogía su apasionamiento. «¡Ay,
maestro, soy muy desgraciada!» Otros días la carta era triunfal,
optimista: la condesa mostrábase radiante, y el pintor leía entre líneas
su satisfacción, adivinaba su embriaguez tras aquellas entrevistas
audaces, en la propia casa, desafiando la ceguera del marido. Y ella se
lo contaba todo, con una confianza impúdica y desesperante, como si
fuese de su mismo sexo, como si no pudiera sentir la más leve emoción
ante estas confidencias.

En las últimas cartas mostrábase Concha loca de alegría. El conde estaba
en San Sebastián para despedirse de sus reyes: una alta misión
diplomática. Aunque no era de la _carrera_, le habían escogido como
representante de la más solemne nobleza española, para llevar el Toisón
á un principillo de uno de los más diminutos estados alemanes. El pobre
señor, ya que no alcanzaba la áurea distinción, consolábase llevándola á
otros con gran pompa. Renovales presentía en todo esta la mano de la
condesa. Sus cartas irradiaban la alegría. Iba á quedarse sola con
_Darwin_, pues el noble señor estaría ausente mucho tiempo. ¡La vida
marital con el doctor, sin riesgos ni inquietudes!...

Renovales sólo leía estas cartas por curiosidad; ya no despertaban en él
una emoción intensa y duradera. Se había acostumbrado á su situación de
confidente: se enfriaba su deseo con la franqueza de aquella mujer que
se libraba á él, comunicándole todos sus secretos. Su cuerpo era lo
único que le quedaba por conocer; su vida interna la poseía como ninguno
de sus amantes, y comenzaba á sentirse fatigado de esta posesión. La
distancia y la ausencia le infundían una fría serenidad. Al acabar la
lectura de estas cartas pensaba siempre lo mismo. «Está loca; ¿qué me
importarán á mí sus secretos?...»

Transcurrió una semana sin que recibiese noticias de Biarritz. Los
periódicos hablaban del viaje del respetable conde de Alberca. Ya estaba
en Alemania, con todo su cortejo, preparándose á colocar el noble
cordero sobre los principescos hombros. Renovales sonreía
maliciosamente, sin emoción, sin envidia, al pensar en el silencio de la
condesa. Su soledad la había traído, sin duda, grandes ocupaciones...

De pronto, una tarde tuvo noticias de ella del modo más inesperado.
Salía Renovales de su hotel, á la puesta del sol, para dar un paseo por
los altos del Hipódromo, á lo largo del Canalillo, contemplando Madrid
desde esta eminencia, cuando en la puerta de la verja, un muchachillo de
rojo dolmán, mandadero de una agencia, le tendió una carta. El pintor
hizo un gesto de sorpresa al reconocer la letra de Concha. Cuatro
renglones apresurados, nerviosos. Acababa de llegar aquella tarde en el
exprés de Francia, con su doncella Mary. Estaba sola en casa. «Venga
usted... Corra... Noticias graves; voy á morir.» Y el maestro corrió,
aunque no le impresionase gran cosa este anuncio de muerte. Ya sería
algo menos. Estaba acostumbrado á las exageraciones de la condesa.

La casa señorial de los Alberca tenía la sonoridad, la penumbra y el
ambiente polvoroso de los edificios abandonados. No quedaba en ella otra
servidumbre que el portero. Junto á la escalera jugueteaban sus hijos,
como si aun no estuviesen enterados de la llegada de la señora. Arriba,
los muebles estaban enfundados de gris; las lámparas con envoltorios de
tela; los bronces y las lunas de los espejos, mates y como muertos bajo
una capa de polvo. Mary le abrió la puerta, guiándole al través de los
salones obscuros, de fétida atmósfera, con los balcones cerrados, faltos
de cortinajes y sin otra luz que la que entraba por las rendijas.

En un gabinete tropezó con varias maletas, todavía llenas, caídas y
olvidadas en la precipitación de una llegada anormal.

Al término de esta peregrinación, casi á tientas por la casa abandonada,
vió una mancha de luz, la puerta del dormitorio de la condesa, la única
habitación con vida, iluminada por el lejano resplandor del sol
poniente. Concha estaba allí, junto á la ventana, hundida en un sillón,
con el ceño fruncido, la mirada perdida, coloreada de un tono anaranjado
por la luz moribunda.

Al ver al pintor, púsose de pie con un movimiento de resorte, extendió
los brazos y corrió á él, como si la persiguiesen.

--¡Mariano! ¡Maestro! ¡Se fué!... ¡Me abandona para siempre!...

Su voz era un alarido: se abrazaba á él, hundiendo su cabeza en uno de
sus hombros, mojándole la barba con las lágrimas que comenzaban á surgir
de sus ojos cayendo gota á gota.

Renovales, á impulsos de la sorpresa, la repelió dulcemente, y la hizo
volver al sillón.

--¿Pero quién se ha ido? ¿Quién es ese?... _¿Darwin?_

Sí; él. Todo había acabado. La condesa apenas podía hablar; un hipo
doloroso cortaba sus palabras. La rabia de verse abandonada y su orgullo
pisoteado, revolvíanse haciendo temblar su cuerpo. Había huido en plena
dicha, cuando ella creía tenerle más seguro, cuando gozaban de una
libertad que nunca habían conocido. El señor estaba cansado; la amaba
aún--según decía en una carta,--pero deseaba verse libre para continuar
sus estudios. Huía agradecido á sus bondades, ahíto de tanto amor, para
ocultarse en el extranjero y ser un grande hombre, no pensando más en
mujeres. Así decía en los breves renglones que la había enviado al
desaparecer. ¡Mentira, todo mentira! Ella adivinaba otras cosas. El
miserable se había escapado con una _cocotte_, tras la cual se le iban
los ojos en la playa de Biarritz. Una fea, de gracia canallesca, que
debía enloquecer á los hombres con misteriosas variedades del pecado.
¡Las personas decentes cansaban á aquel señorito! Debía también sentirse
ofendido porque no le alcanzaba la cátedra, porque no le habían hecho
diputado. ¡Señor! ¿Qué culpa tenía ella de estos fracasos? ¿No había
hecho todo lo posible?...

--¡Ay, Mariano! Yo creo que voy á morir. Esto no es amor; ya no le
quiero: ¡le detesto! Es rabia, indignación, deseos de coger á ese
mequetrefe... ansias de ahogarle. ¡Con tantas locuras que he hecho por
él!... Señor, ¡dónde tenía yo los ojos!

Al verse abandonada no había sentado más que un deseo: correr en busca
del buen amigo, del consejero, del _hermano_; ir á Madrid para ver á
Renovales y contárselo todo, ¡todo!, impulsada por su necesidad de
confesarse con él, de comunicarle hasta ciertos secretos cuyo recuerdo
la hacía enrojecer.

No tenía en el mundo nadie que la amase desinteresadamente, nadie á
excepción del maestro: y con la misma precipitación que si se viera
abandonada en medio del desierto y de la noche, había corrido hacia él,
pidiendo calor y amparo.

Este anhelo de ser protegida, recrudecíase en presencia del pintor.
Volvía á ir á él, con los brazos abiertos, colgándose de su cuello,
gimiendo con un terror de histérica, como si se creyera rodeada de
peligros.

--Maestro: sólo le tengo á usted. ¡Mariano, usted es mi vida! ¿No me
abandonará nunca? ¿Será siempre mi hermano?...

Renovales, aturdido por la precipitación de esta escena, por el impulso
de aquella mujer que siempre le había repelido, y ahora de pronto se
pegaba á él, no pudiendo sostenerse más que cogida á su cuello,
intentaba desligarse de los brazos que le oprimían.

Después de la primera sorpresa persistía en él cierta frialdad. Sentíase
molestado por esta desesperación orgullosa, que era obra del otro.

La deseada, la hembra del ensueño, venia á él, parecía abrirse con
histérico bostezo, ansiosa de devorarle, sin darse cuenta tal vez de lo
que hacía, empujada por la inconsciencia de su estado anormal; pero él
se echaba atrás, con repentino miedo, indeciso y cobarde ante la acción,
dolido de que la realidad de sus anhelos se presentara, no
voluntariamente, sino á impulsos del desengaño y el abandono.

Concha se apretaba contra él, ansiosa de sentir la protección de su
cuerpo vigoroso.

--¡Maestro! ¡amigo! ¡Usted no me abandonará! ¡Usted es bueno!...

Y cerrando los ojos, que ya no lloraban, besábale el musculoso cuello,
elevaba la mirada húmeda, buscando su rostro en la penumbra. Apenas se
veían: la habitación estaba en misterioso crepúsculo, con todos los
objetos sumidos en la indecisión de un ensueño: la hora peligrosa que
les había atraído por vez primera en la soledad del estudio.

De pronto, ella se separó con repentino terror, huyendo del maestro,
refugiándose en las sombras más densas, perseguida por unas manos
ávidas.

--¡No; eso no! ¡Nos traerá desgracias! Amigos... ¡amigos nada más, y por
siempre!

Su voz, al decir esto, era sincera, pero débil, desfallecida; voz de
víctima que se resiste é intenta defenderse sin fuerzas. El pintor,
perdido en la sombra, sintió la bestial satisfacción del guerrero
primitivo, que tras las largas hambres en el desierto, hartábase de las
abundancias de la ciudad asaltada, entre rugidos salvajes.

Cuando despertó era de noche. La luz de los reverberos de la calle
entraba por las ventanas con resplandor rojizo y lejano.

El artista se estremeció con una impresión de frío, como si emergiese de
una onda, olorosa y susurrante, que le había envuelto, no recordaba
cuánto tiempo. Sentíase débil, anonadado, con la inquietud del niño
después de una mala acción.

Concha se lamentaba junto á él. ¡Qué locura! Todo había sido contra su
voluntad: presentía grandes desgracias. Su miedo turbaba el placentero
abandono, que la hacía permanecer inmóvil en las últimas dulzuras del
sacrificio.

Ella fué la primera en recobrar la serenidad. Su silueta se elevó sobre
el fondo luminoso de una ventana. Llamaba al pintor, que permanecía
avergonzado en la sombra.

--Al fin... había de ser--dijo con firmeza.--Era un juego peligroso, y
no podía terminar de otro modo. Ahora comprendo que te quería; que eras
tú el único á quien yo puedo querer.

Renovales estaba junto á ella. Sus dos figuras marcaron una silueta
única sobre el fondo luminoso de la ventana, con un estrujón supremo,
como si quisieran confundirse, refugiarse una en otra.

Las manos de ella separaron suavemente los mechones que ocultaban la
frente del artista... Le contempló con arrobamiento. Después le besó
dulcemente en la boca, con caricia interminable, susurrando leves
palabras.

--Marianito, maestro del alma... Te amo, te admiro. Seré tu esclava...
No me dejes nunca... Te buscaría de rodillas... Tú no sabes cómo voy á
quererte... No te me escaparás: tú lo has querido... pintor de mis
entrañas... feo adorable... gigantón... ídolo mío.



V


Una tarde, á fines de Octubre, Renovales notó en su amigo Cotoner cierta
inquietud.

El maestro bromeaba con él, haciéndole relatar sus trabajos de
restaurador en el antiguo templo. Había vuelto más grueso, más alegre,
con cierto lustre grasoso y sacerdotal. Se había traído, según decía
Renovales, toda la salud de los canónigos. La mesa del obispo, con sus
abundancias suculentas, era un dulce recuerdo para Cotoner. La ensalzaba
y la describía, elogiando á aquellos buenos señores que, como él, vivían
exentos de pasiones, sin otra voluptuosidad que la de una refinada
nutrición. El maestro reíase imaginando la sencillez de los sacerdotes
que por las tardes, después del coro, formaban grupo ante el andamio de
Cotoner, siguiendo con admiración la labor de sus manos; el respeto de
los familiares y demás gente palaciega, pendiente de los labios de don
José, asombrados de tanta sencillez en un artista que era amigo de los
cardenales y había hecho sus estudios nada menos que en Roma.

Al verle el maestro aquella tarde, grave y silencioso después del
almuerzo, quiso saber cuál era su preocupación. ¿Se habían quejado de
sus restauraciones? ¿Ya no le quedaba dinero?... Cotoner movió su
cabeza. No era asunto suyo. Le preocupaba el estado de Josefina. ¿No se
fijaba en ella?...

Renovales levantó los hombros. Era lo de siempre: la neurastenia, la
diabetes, todas aquellas dolencias ya crónicas y de las que no quería
curarse, desobedeciendo á los médicos. Estaba más enflaquecida, pero sus
nervios parecían calmados; lloraba menos: manteníase en un mutismo
triste, sin otro deseo que verse sola y permanecer en un rincón, mirando
ante ella, sin ver nada.

Cotoner volvió á mover la cabeza. No era extraño el optimismo de
Renovales.

--Llevas una vida muy rara, Mariano. Desde que regresé de mi viaje, eres
otro; no te conozco. Antes no podías vivir sin pintar, y ahora pasan
semanas enteras sin coger un pincel. Fumas, cantas, te paseas por el
estudio, y de repente echas á correr, sales de casa y vas... adonde vas;
adonde sé yo, y tal vez lo sospecha tu mujer... Parece que nos
divertimos, maestro... ¡Y á los demás que los parta un rayo! Pero,
hombre, baja de las nubes; fíjate en lo que te rodea; ten un poco de
caridad.

Y el buen Cotoner lamentábase con vehemencia de la vida que llevaba el
maestro; vida agitada por repentinas impaciencias y bruscas salidas, de
las que regresaba distraído, con una débil sonrisa en los labios y una
mirada vaga, como si saborease en interna contemplación la fiesta de
recuerdos que traía en su memoria.

El viejo pintor mostrábase alarmado por la delgadez creciente de
Josefina: una consunción feroz, que aun encontraba materias que destruir
en su organismo, roído por varios años de enfermedad. La pobre mujercita
tosía, y esta tos, que no era seca, sino prolongada en varios tonos y
bruscas sacudidas, alarmaba á Cotoner.

--Debían verla los médicos otra vez.

--¡Los médicos!--exclamaba Renovales.--¿Y para qué? Toda una facultad ha
pasado por aquí, y como si nada. No obedece; se niega á todo, tal vez
por desesperarme, por llevarme la contraria. No hay peligro: tú no la
conoces. Ahí, donde la ves tan débil, tan poquita cosa, vivirá más que
tú, más que yo.

En su voz había temblores de cólera, como si le enfureciese el ambiente
uraño de aquella casa, en la que no encontraba otra distracción que los
gratos recuerdos que traía de fuera.

La insistencia de Cotoner acabó por obligarle á llamar á un médico amigo
suyo.

Josefina se irritó, adivinando los cuidados que inspiraba su salud. Ella
se sentía fuerte. No era más que un catarro; el invierno que llegaba. Y
en sus miradas al artista había reproche é insulto, por esta atención,
que consideraba una hipocresía.

Cuando después de examinar á la enferma se trasladaron al estudio,
quedando frente á frente el pintor y el médico, éste se mostró indeciso,
como si temiese formular sus ideas. Nada podía decir con certeza; era
fácil engañarse en aquel organismo pobre que sólo se mantenía por una
reserva vital extraordinaria... Después apeló al procedimiento evasivo
de su profesión. Convendría sacarla de Madrid... otros aires... otra
vida.

Renovales protestó. ¡Adónde ir, comenzado ya el invierno, cuando en
pleno verano había querido ella volver á su casa! El médico levantó los
hombros y redactó una receta, notándose en su gesto el deseo de escribir
algo, de no marcharse sin dejar un papel como rastro de su paso. Explicó
al marido varios síntomas, para que los observase en la enferma, y se
fué, repitiendo su encogimiento de hombros, que revelaba indecisión y
desaliento.

--¡Pchs! ¡Quién sabe!... ¡Tal vez! El organismo tiene reacciones
inesperadas: reservas maravillosas para defenderse...

Estos consuelos enigmáticos alarmaron á Renovales. Espiaba con disimulo
á su mujer, estudiando su tos, examinándola atentamente cuando ella no
le veía. Ya no pasaban juntos la noche. Desde el casamiento de Milita,
el padre ocupaba la habitación de ésta. Habían roto la esclavitud del
lecho común que atormentaba su descanso. Renovales remediaba este
alejamiento entrando en el dormitorio de Josefina por las mañanas.

--¿Has pasado la noche bien? ¿Quieres algo?

Los ojos de la mujer le acogían con una mirada de extrañeza, de
hostilidad.

--Nada.

Y acompañaba este laconismo, revolviéndose en el lecho, para dejarle á
su espalda con gesto despectivo.

El pintor acogía sus muestras de hostilidad con mansa resignación. Era
su deber: ¡tal vez podía morirse! Pero esta posibilidad de la muerte no
le conmovía, le dejaba frío, y se irritaba contra sí mismo, como si
dentro de su pensamiento existiesen dos personalidades distintas... Se
echaba en cara su crueldad, aquella glacial indiferencia ante la
enferma, que sólo le producía un pasajero remordimiento.

Una tarde, en casa de la de Alberca, después de los audaces abandonos
con los que parecían desafiar la santa calma del prócer, vuelto ya del
viaje, el pintor habló tímidamente de su mujer.

--Vendré menos; no lo extrañes. Josefina está muy enferma.

--¿Mucho?--preguntó Concha.

Y en la chispa que pasó por su mirada, creyó ver Renovales algo
conocido; un resplandor azul que había danzado ante él en la obscuridad
de sus noches, con brillo infernal, turbando su conciencia.

--No: tal vez no sea nada. Yo creo que no es de peligro.

Sentía la necesidad de mentir. Se consolaba quitando importancia á la
enfermedad. Creía descargarse, con este engaño voluntario, de la
inquietud que le aguijoneaba. Era la mentira del que se sincera,
fingiendo ignorar, la importancia del daño causado.

--No es nada--decía á su hija, que, alarmada por el aspecto de mamá,
venía á pasar con ella todas las noches.--Un constipado; ronquera de
invierno. Eso desaparecerá así que llegue el buen tiempo.

Hacía encender todas las chimeneas de la casa: una atmósfera de horno
esparcíase por las habitaciones. Afirmaba á gritos, sin emoción alguna,
que su mujer sólo sufría un resfriado, y al hablar con esta certeza, una
voz extraña parecía gritarle dentro del cráneo: «Mentira; se muere. Se
muere y tú lo sabes.»

Los síntomas de que le había hablado el médico, iban presentándose uno
tras otro, con fatídica regularidad, en un engranaje mortal. Al
principio sólo notó en ella una fiebre viva y continua, que parecía
aumentarse á la caída de la tarde, con profundos estremecimientos.
Después observó sudores, de una abundancia aterradora; sudores nocturnos
que dejaban impresa en las sábanas la huella de su cuerpo. Y á este
cuerpo mísero, cada vez más frágil, más esquelético, como si el fuego de
la fiebre devorase hasta la última partícula de su grasa y sus músculos,
no le quedaba otra envoltura y defensa que la piel, que también parecía
liquidarse en eterna humedad. La tos era frecuente; rasgaba á todas
horas con su escala de ronquidos fatigosos el silencio del hotel, y la
débil mujercita se incorporaba buscando dónde ocultar los residuos de la
erupción dolorosa que conmovía sus pulmones. Se quejaba de un continuo
dolor en la base del pecho. Su hija la hacía comer, á costa de ruegos y
caricias, llevándola la cuchara á la boca como si fuese una niña; pero
la tos y la náusea cortaban la nutrición, espeliendo el alimento. Su
lengua estaba seca. Se quejaba de una sed infernal que parecía devorarle
las entrañas.

Así transcurrió un mes. Renovales, en su afán optimista, esforzábase por
creer que la enfermedad no iría más lejos.

--No se muere, Pepe--decía con tono enérgico, como dispuesto á pelearse
con el que se opusiera á esta afirmación.--No se muere, doctor. ¿No lo
cree usted así?

El doctor contestaba con su eterno encogimiento de hombros. «Tal vez...
Es posible.» Y como la enferma se negase con tenacidad á todo examen
interior, iba enterándose de los síntomas por las revelaciones de la
hija y el marido.

Á pesar de su esquelética delgadez, aumentaban de volumen algunas partes
de su cuerpo. El vientre era mayor: las piernas ofrecían extraña
particularidad: una, delgadísima, enjuta, marcando bajo la piel las
estrecheces y amplificaciones de los huesos, sin el más leve
almohadillado de grasa; la otra, enorme, de una gordura que jamás había
tenido, con la piel tirante y blanca, marcando en ella las venas sus
serpenteados de intenso azul.

Renovales hacía preguntas al doctor con gran ingenuidad. ¿Qué opinaba de
estos síntomas? Y el médico bajaba la cabeza. No sabía; había que
esperar: la Naturaleza tiene sus sorpresas. Pero después, como animado
por repentina decisión, pretextó el deseo de escribir una receta, para
hablar á solas con el marido en su estudio de trabajo.

--La verdad, Renovales... Me pesa esta comedia misericordiosa, buena
para otros; pero usted es un hombre... Es una tisis galopante; tal vez
asunto de días, tal vez asunto de pocos meses; pero se muere y yo no
conozco el remedio. Si usted quiere, busque á otros.

¡Se muere!... Renovales quedó anonadado por la sorpresa, como si nunca
hubiese creído en la posibilidad de este final. ¡Se muere!... Y después
de la salida del médico, que se alejó con pasó más firme, como el que
acaba de librarse de un grave peso, el pintor repitió mentalmente estas
palabras, sin que le produjesen otro efecto que dejarlo absorto, en
estúpida insensibilidad. ¡Se muere! ¿Pero era que realmente podía morir
aquella mujercita, que tanto había pesado sobre su vida y cuya debilidad
le inspiraba miedo?...

De pronto se vió paseando por el estudio, repitiendo en alta voz:

--¡Se muere! ¡Se muere!

Se lo decía á sí mismo para conmoverse, para prorrumpir en gemidos de
dolor: pero su sensibilidad permanecía muda.

Josefina iba á morir; ¡y él estaba sereno! Sintió deseos de llorar:
quiso llorar, con la voluntad imperiosa del que necesita cumplir un
deber. Parpadeó, hinchando su pecho, conteniendo el aliento,
esforzándose por abarcar con la imaginación esta desgracia; pero sus
ojos permanecieron secos; sus pulmones aspiraron el aire con delicia; su
pensamiento, duro y refractario, no se estremeció con ninguna imagen
dolorosa. Era un pesar exterior, superficial, que no encontraba más que
palabras, gestos y desordenados paseos: el interior seguía insensible,
como si la certidumbre de aquella muerte lo hubiese congelado en plácida
indiferencia.

Le atormentó la vergüenza de su monstruosidad. El mismo impulso que
obligaba á los ascetas á imponerse mortales castigos por los pecados de
su imaginación, le arrastró á él, con la fuerza del remordimiento, á la
habitación de la enferma. No saldría de allí, arrostraría su desprecio
silencioso, la acompañaría hasta el último momento, olvidando el sueño y
el hambre. Sentía la necesidad de purificarse, con algo noble y
generoso, de esta ceguera de su alma que le daba miedo.

Milita ya no pasó las noches al cuidado de su madre y pudo volver á su
casa, con escasa satisfacción del marido, que sentía cierto placer con
este retorno inesperado á su existencia de soltero.

Renovales no dormía. Después de media noche, cuando se marchaba Cotoner,
paseaba en silencio por las habitaciones profusamente iluminadas;
rondaba cerca del dormitorio; entraba en él para ver á Josefina en su
lecho, sudorosa, agitada de vez en cuando por crueles toses, sumida en
un sopor de muerte y tan enflaquecida, tan pequeña, que apenas si las
ropas de la cama marcaban su insignificante bulto, como el cuerpo de un
niño. Después el maestro pasaba el resto de la noche en un sillón,
fumando, con los ojos muy abiertos, pero sumido el cerebro en la torpeza
de la somnolencia.

Su pensamiento volaba lejos. Era en vano que se avergonzase de su
crueldad: parecía hechizado por un poder misterioso, superior á sus
remordimientos. Olvidaba á la enferma; se preguntaba lo que haría Concha
á aquellas horas; la veía con la imaginación, desnuda y en impúdico
abandono; recordaba las palabras, los estremecimientos, los gritos de
sus entrevistas. Y cuando con gran esfuerzo se arrancaba á estos
ensueños, iba como por expiación hasta la puerta de la enferma y
escuchaba su aliento angustioso, poniendo el rostro compungido, pero sin
poder llorar, sin aquella tristeza que en vano deseaba sentir.

Á los dos meses de enfermedad, Josefina no pudo permanecer en el lecho.
Su hija la sacaba de él sin ningún esfuerzo, con la misma ligereza que
si fuese una pluma, y permanecía en un sillón, pequeñísima,
insignificante, desconocida, con un rostro descarnado que no presentaba
de frente más que los grandes redondeles de los ojos y la nariz afilada
como la hoja de un cuchillo.

Cotoner tenía que reprimir sus lágrimas al verla.

--¡No queda nada de ella!--decía al alejarse.--¡Nadie la conocería!

Su tos dolorosa sembraba en torno de ella el veneno de la muerte. Á su
boca asomaba una espumilla blanca que parecía solidificarse en las
comisuras de los labios. Sus ojos se agrandaban, adquirían una luz
extraña, como si viesen más allá de las personas y las cosas. ¡Ay, estos
ojos! ¡Qué estremecimiento de pavor despertaban en Renovales!...

Una tarde se fijaron en él, con la mirada intensa y tenaz que siempre le
había aterrado. Eran ojos que le agujereaban la frente, que revolvían
sus pensamientos.

Estaban solos; Milita se había ido á su casa; Cotoner dormitaba en un
sillón del estudio. La enferma parecía más animada, con deseos de
hablar, contemplando con cierta lástima al marido, sentado junto á ella,
casi á sus pies.

Iba á morir; tenía la certeza de su muerte. Y una postrera rebelión de
la vida que se resiste á extinguirse, el horror de la nada, hizo subir
las lágrimas á sus ojos.

Renovales protestó con vehemencia, queriendo disfrazar su mentira entre
gritos. ¿Morir?... ¡No había que pensar en eso!... Viviría; aun le
quedaban muchos años de existencia feliz.

Ella sonrió como si le compadeciese. No admitía el engaño: sus ojos iban
más allá que los de él; adivinaba lo impalpable, lo invisible que
rondaba en torno de ella. Habló débilmente, pero con esa inexplicable
solemnidad de la voz que emite sus últimos sonidos, del alma que se
exterioriza por vez postrera.

--Moriré, Mariano, más pronto de lo que crees... más tarde de lo que yo
deseo. Moriré, y tú quedarás tranquilo.

¡Él! ¡Él desearla la muerte!... Su sorpresa y su remordimiento le hacían
ponerse de pie, bracear con fieros ademanes de protesta, agitarse con la
misma violencia que si unas manos invisibles acabaran de desnudarle con
rudo tirón.

--Josefina, no delires. Cálmate; ¡por Dios, no digas esos disparates!

Ella sonreía con una mueca dolorosa, horrible; pero luego su mísero
rostro se hermoseaba con la serenidad del que se va, sin pesadillas ni
delirios, en plena normalidad cerebral. Le hablaba con la inmensa
conmiseración, con la piedad sobrehumana del que contempla el mísero río
de la vida, saliéndose de su corriente, tocando ya con el pie las
riberas de eterna sombra, de eterna paz.

--No quería irme sin decírtelo: muero sabiéndolo todo. No te muevas...
no protestes. Bien conoces el poder que tengo sobre ti. Más de una vez
te he visto mirarme aterrado, por la facilidad con que leo tus
pensamientos... Hace años me convencí de que todo había acabado entre
nosotros. Hemos vivido como buenos animalitos de Dios, comiendo juntos,
durmiendo juntos, ayudándonos por necesidad; pero yo me asomaba á tu
interior, miraba tu corazón... ¡nada! ni un recuerdo, ni una chispa de
amor. He sido tu hembra, la buena compañera que cuida la casa y evita al
hombre las preocupaciones pequeñas de la vida. Has trabajado mucho para
envolverme en el bienestar, para que callase satisfecha y te dejara
tranquilo. ¿Pero amor?... Nunca... Muchos viven como nosotros... muchos;
casi todos. Yo no he podido; creía que la vida era otra cosa y no siento
irme... No te enfurezcas, no grites. Tú no tienes la culpa, pobre
Mariano... Fué un error el casarnos.

Se excusaba dulcemente, con una bondad que no parecía de este mundo,
pasando generosa sobre las crueldades y los egoísmos de una vida que iba
á dejar. Hombres como él eran excepcionales; debían vivir solos, en una
existencia aparte, como los árboles grandes que absorben todo el jugo
del suelo y no dejan crecer una sola planta en lo que abarcan sus
raíces. Ella no tenía la fuerza del aislamiento: era débil; necesitaba
para vivir la sombra de la ternura, la certeza de ser amada. Debía
haberse unido á un hombre como todos; un ser simple lo mismo que ella,
sin otros anhelos que los modestos apetitos de la vulgaridad. El pintor
la había arrastrado en su ruta extraordinaria, fuera de los caminos
fáciles y comunes que siguen los demás, y ella caía en mitad de la
marcha, vieja en plena juventud, vencida por haberle acompañado en esta
jornada superior á sus fuerzas.

Renovales agitábase en torno de ella con incesante protesta.

--¡Pero qué tonterías dices! ¡Deliras! Yo te he querido siempre,
Josefina; te quiero...

Los ojos de ella tomaron una extraña dureza. El fulgor de la cólera pasó
por sus pupilas.

--Calla, no mientas. Conozco un montón de cartas que tienes en el
estudio, ocultas tras los volúmenes de tu librería. Las he leído una por
una; he ido siguiendo su llegada; conocí tu escondrijo cuando sólo
guardabas tres. Ya sabes que adivino todo lo tuyo; que tengo sobre ti
cierto poder; que no puedes ocultarme nada. Conozco tus amores...

Renovales sintió que le zumbaban las sienes, que el suelo se escapaba
bajo sus pies. ¡Qué asombrosa brujería!... Hasta las cartas,
cuidadosamente ocultas, las había descubierto aquella mujer con su
instinto adivinatorio.

--¡Mentira!--gritó enérgicamente para ocultar su turbación.--¡Nada de
amor! Si las has leído, tú sabes lo que es tan bien como yo: pura
amistad; cartas de una amiga que está algo loca.

La enferma sonrió con tristeza. Al principio era amistad, menos aún que
esto, maligno entretenimiento de hembra caprichosa que gozaba
jugueteando con un hombre célebre, infundiéndole los entusiasmos de un
adolescente. Conocía á la compañera de su infancia; tenía la certeza de
que no pasaría de ahí; por eso se apiadaba del pobre grande hombre, en
plena imbecilidad amorosa. Pero después había ocurrido seguramente algo
extraordinario, algo que no se explicaba y que había trastornado sus
previsiones. Ahora su marido y Concha eran amantes.

--No lo niegues, es inútil. Esta certeza es la que me mata. Lo adiviné
al ver que te quedabas abstraído, con una sonrisa de felicidad, como si
saboreases tus pensamientos. Lo adiviné en la alegría con que cantabas
por las mañanas al despertar, en el perfume de que venías impregnado, y
que te seguía por todas partes. No necesitaba encontrar más cartas. Me
bastaba olerte, percibir ese perfume de infidelidad, de carne de pecado,
que te acompaña siempre. Tú, pobre hombre, entrabas en casa creyendo que
todo se quedaba más allá de la puerta, y el olor de ella te sigue, te
denuncia... Aun parece que lo percibo.

Y dilataba su nariz, aspirando el aire con gesto de dolor, cerrando los
ojos, como si quisiera huir de las imágenes que este perfume evocaba en
ella. El marido persistió en sus protestas al convencerse de que no
poseía otras pruebas de su infidelidad. ¡Todo mentiras! ¡Todo
delirios!...

--No, Mariano--murmuró la enferma.--Ella está dentro de ti; te llena la
cabeza: desde aquí la veo. Antes ocupaban su sitio mil fantasías
disparatadas, ilusiones de tu gusto, mujeres desnudas, liviandades que
eran tu devoción. Ahora es ella la que lo llena todo; es tu deseo hecho
carne... Quedaos y sed felices. Yo me voy... falta sitio en el mundo
para mí.

Calló un momento y á sus ojos subieron las lágrimas otra vez, con el
recuerdo de los primeros años de vida común.

--Nadie te ha querido como yo, Mariano--dijo con nostálgica dulzura.--Te
miro ahora como si fueses un extraño, sin cariño y sin odio. ¡Y sin
embargo, no ha habido en el mundo una mujer que amase á su marido con
mayor apasionamiento!

--Yo te adoro, Josefina. Te amo lo mismo que cuando nos conocimos. ¿Te
acuerdas?

Pero en su voz, á pesar de la emoción que pretendía darla, sonaba la
falsedad.

--No te esfuerces, Mariano, es inútil; todo acabó. Ni tú me quieres, ni
queda en mí nada de lo que fué...

En su rostro había un gesto de extrañeza, de asombro; parecía espantada
de su misma serenidad que le hacía perdonar, de esta indiferencia final
para el hombre que tanto la había hecho sufrir. En su imaginación, veía
un jardín inmenso; flores que parecían inmortales, y se secaban y caían
al llegar el invierno. Después su pensamiento seguía más allá, por
encima de los fríos de muerte. Las nieves se liquidaban, brillaba otra
vez el sol; llegaba la nueva primavera, con su cortejo de amores, y las
ramas secas reverdecían con una segunda vegetación.

--¡Quién sabe!--murmuró la enferma con los ojos cerrados.--Tal vez,
después que yo muera, te acordarás de mi... Tal vez me quieras algo... y
me recuerdes... y sientas agradecimiento hacia la que tanto te amó. Lo
que se pierde es lo que se desea...

Calló la enferma, anonadada por tanto esfuerzo; se sumió en aquel sopor
fatigoso, que para ella equivalía al descanso. Renovales, después de
esta conversación, se vió en un estado de vil inferioridad ante su
mujer. Lo sabía todo y le perdonaba. Había seguido el curso de sus
amores, carta por carta, gesto por gesto, adivinando en sus sonrisas los
recuerdos de la infidelidad, oliendo á todas horas el cuerpo de la otra
en el perfume que impregnaba sus ropas; husmeando tal vez, durante
noches enteras de cruel desvelo, aquella esencia de pecado, inadvertida
para los demás, pero que ella percibía con la agudeza de sus sentidos.
¡Y callaba! ¡Y moría sin protesta! ¡Y él no caía á sus pies, pidiéndola
perdón! ¡Y permanecía insensible, sin una lágrima, sin un suspiro!

Tuvo miedo de verse á solas con ella. Milita volvió á quedarse en la
casa para cuidar á su madre. El maestro se refugiaba en su estudio;
quería olvidar, trabajando, á aquel cuerpo moribundo que se extinguía
bajo el mismo techo.

Pero en vano arrojaba colores en la paleta, y cogía los pinceles, y
preparaba lienzos. No hacía más que embadurnar; le era imposible seguir
adelante, como si de pronto hubiese olvidado su arte. Volvía la cabeza
con inquietud, creyendo que Josefina iba á entrar de pronto,
continuándose aquella entrevista en la que había puesto al descubierto
su grandeza de alma y la ruindad de él. Necesitaba volver á sus
habitaciones, ir de puntillas hasta la puerta del dormitorio, para
convencerse de que estaba allí, cada vez más exigua, escuchando á su
hija con una sonrisa de calavera que ajustaba la piel á las obscuras
oquedades de sus huesos.

Su demacración era espantosa: no encontraba límites. Cuando parecía
haber llegado al último extremo, todavía sorprendía con nuevos
encogimientos, como si tras la desaparición total de la carne fuese
liquidándose el mísero esqueleto.

Algunas veces atormentábala el delirio, y su hija, conteniendo las
lágrimas, acogía con palabras de aprobación los disparatados viajes que
proyectaba, sus propósitos de irse muy lejos, para vivir con Milita en
un jardín, donde no encontrasen hombres, donde no existiesen pintores...
¡nada de pintores!

Aun vivió unos quince días. Renovales, con cruel egoísmo, ansiaba
descansar, lamentándose de esta existencia anormal. Si había de morir,
¡por qué no acababa cuanto antes, devolviendo la tranquilidad á todos
los de la casa!...

Ocurrió el suceso una tarde, á la hora en que el maestro, tendido en un
diván de su estudio, releía las dulces quejas de una cartita perfumada.
¡Tantos días sin verle! ¿Cómo seguía la enferma? Reconocía que su deber
estaba allí: la gente murmuraría si la visitaba. Pero ¡ay! ¡era tan
penosa esta separación!...

No pudo acabar de leer. Entró Milita en el estudio, con expresión
azorada, llevando en los ojos ese terror, ese asombro que infunde la
presencia de la muerte, el roce de su paso, aunque se aguarde su
llegada.

Su voz tenía bruscas sacudidas. Mamá... estaba hablando con ella, la
halagaba con la esperanza de un próximo viaje... y de pronto un
ronquido... la cabeza inclinándose antes de caer sobre el hombro... un
momento... nada... ¡lo mismo que un pajarito!

Renovales corrió al dormitorio, tropezándose con su amigo Cotoner, que
salía del comedor, corriendo también. La vieron en un sillón, encogida,
plegada, con esa flacidez mortal que convierte el cuerpo en blando
pingajo. Todo había acabado.

Milita tuvo que coger á su padre; sostenerlo con su vigor de muchacha
fuerte; ser ella la que guardase la serenidad y la energía en el crítico
momento. Renovales se dejaba manejar por su hija; apoyaba el rostro en
un hombro de ella, con dolor sublime, teatral, una hermosa desesperación
de artista, conservando aún en su mano, distraídamente, la carta de la
condesa.

--Valor, Mariano--decía el pobre Cotoner con voz cargada de
lágrimas.--Hay que ser hombres... Milita, lleva á tu padre al estudio...
Que no la vea...

El maestro se dejó conducir por su hija, suspirando con fuertes
resoplidos, queriendo llorar, con inútiles esfuerzos. Las lágrimas no
llegaban. Su atención no podía concentrarse: la distraía una voz
interior, la voz de las grandes tentaciones.

Había muerto y quedaba libre. Seguiría su camino, ligero, dueño de sí
mismo, sin fatigosa impedimenta. ¡Á él la vida con todos sus goces; el
amor sin miedos ni escrúpulos; la gloria con sus dulces réditos!...

Iba á comenzar una segunda existencia.



TERCERA PARTE



I


Hasta principios del invierno siguiente, no volvió Renovales á Madrid.
La muerte de su mujer le dejó estupefacto, como si dudase de su
realidad, como si sintiera extrañeza al contemplarse solo y dueño de sus
acciones. Cotoner, viéndole sin deseos de trabajar, tendido en los
divanes del estudio, con un gesto vago, cual si soñase despierto,
interpretaba su estado como un inmenso dolor sordo y silencioso. Además,
le molestaba que la condesa, apenas muerta Josefina, frecuentase el
hotel para visitar al ilustre maestro y á su querida Milita.

--Debes irte--aconsejaba el viejo artista.--Eres libre; lo mismo vivirás
en cualquier parte que aquí. Te conviene un viaje largo: eso te
distraerá.

Y Renovales emprendió su viaje con la alegría de un estudiante, libre
por vez primera de la vigilancia de la familia. Solo, rico y dueño de
sus actos, se creyó el ser más feliz de la tierra. Su hija tenía á su
marido, formaba familia aparte; él se veía en grato aislamiento, sin
preocupaciones, sin deberes, sin otros lazos que los dulcísimos de
aquellas cartas interminables de Concha, que le salían al encuentro en
su viaje. ¡Oh, libertad feliz!...

Vivió en Holanda, estudiando sus museos, que no conocía; después, en un
capricho de pájaro errante, descendió á Italia, saboreando algunos meses
de vida fácil, sin trabajo, visitando estudios, recibiendo los honores
debidos á un maestro célebre, en los mismos sitios donde había luchado
pobre y desconocido. Luego se trasladó á París, acabando por atraerle la
condesa, que estaba en Biarritz veraneando con su esposo.

El estilo epistolar de Concha se hacía más apremiante; mostraba nuevas
exigencias al prolongarse el periodo de separación. Debía volver; ya
había viajado bastante. Ella se aburría no viéndole; le amaba, no podía
vivir sin él. Además, como supremo recurso, le hablaba de su marido, del
conde, que, en su eterna ceguera, unía sus súplicas á las de su esposa,
rogándola que invitase al artista á pasar una temporada en su hotel de
Biarritz. El pobre maestro debía sentirse muy triste en su viudez, y el
prócer bondadoso tenía empeño en consolar su soledad. En su casa le
distraerían; serían para él una nueva familia.

El pintor vivió gran parte del verano y todo el otoño en el ambiente
grato de aquel hogar, que parecía creado para él. La servidumbre le
respetaba, adivinando en Renovales al verdadero amo. La señora,
delirante por la larga ausencia, mostrábase tan audaz en sus arrebatos,
que el artista tenía que contenerla, recomendando prudencia. El noble
conde de Alberca le rodeaba de una simpática conmiseración. ¡Pobre é
ilustre amigo! ¡Verse privado de su compañera! Y el hombre de las
condecoraciones demostraba, con noble gesto, el horror que le infundía
la posibilidad de verse viudo, sin aquella esposa que tan dichoso le
hacía.

Al comenzar el invierno volvió Renovales á su hotel. Ni la más leve
emoción experimentó al verse en los tres grandes estudios, al recorrer
aquellas habitaciones que parecían más heladas, más grandes, más
sonoras, ahora que no se conmovían con otros pasos que los suyos. Creyó
que no había transcurrido un año. Todo estaba lo mismo, como si su
ausencia sólo fuese de unos cuantos días. El amigo Cotoner había cuidado
bien la casa, haciendo trabajar al matrimonio que ocupaba la portería y
al antiguo doméstico encargado de la limpieza de los estudios, única
servidumbre que Renovales conservaba. Ni polvo sobre los objetos, ni
atmósferas densas de larga clausura en las habitaciones. Todo aparecía
brillante, limpio, como si la vida no se hubiera interrumpido en aquella
casa. El sol y el aire habían penetrado á raudales por las ventanas,
disolviendo aquella atmósfera de enfermedad que Renovales había dejado
al irse, y en la que creía percibir el roce del invisible ropaje de la
Muerte.

Era una casa nueva, semejante en su forma á la que había conocido antes,
pero con la frescura y la sonoridad de los edificios recién construidos.

Fuera de su estudio, nada le recordaba á la esposa muerta. Evitó entrar
en su dormitorio; no preguntó siquiera quién guardaba la llave. Durmió
en el cuarto que había sido de su hija, en su camita de soltera, con la
satisfacción de llevar una vida modesta y sobria en aquel hotel de
señorial aspecto.

Tomaba su almuerzo en el comedor, en un extremo de la mesa, sobre una
servilleta, cohibido por las dimensiones y el lujo de esta pieza, que
ahora le parecía enorme é inútil. Miraba distraído un sillón, cercano á
la chimenea, donde muchas veces se había sentado la muerta. El asiento,
con los brazos abiertos, parecía esperar aquel cuerpecillo estremecido
por encogimientos de pájaro. Pero el pintor no sentía emoción alguna. Ni
siquiera podía recordar fielmente en su imaginación la cara de Josefina.
¡Había sufrido tantas transformaciones!... La última, aquella máscara
esquelética, era la que evocaba mejor; pero le repelía, en su egoísmo de
hombre feliz y fuerte, que no quiere entristecerse con penosos
recuerdos.

No veía su imagen en ninguna parte de la casa. Parecía haberse evaporado
para siempre, sin dejar el menor roce de su cuerpo en las paredes que
tantas veces habían servido de apoyo á su andar vacilante, en los pisos
que apenas si sentían el peso de sus débiles pies. Nada: estaba bien
olvidada. En el interior de Renovales no quedaban otros vestigios de los
largos años de unión, que un sentimiento penoso, un recuerdo molesto,
que le hacía gustar con mayor placer su nueva existencia.

Sus primeros días, en la soledad de la casa, fueron de intensos y nuevos
goces. Después del almuerzo se tendía en un diván del estudio,
contemplando las espirales azules de su cigarro. ¡Libertad completa!
¡Solo en el mundo! La vida entera para él, sin preocupación alguna, sin
miedos. Podía ir y venir sin que unos ojos espiasen sus acciones, sin
que una boca amarga turbase con reproches su plácida calma. Aquella
puertecilla del estudio, que antes miraba con zozobra, no se abriría más
para dar paso al enemigo. Podía cerrarla aislándose del mundo; podía
abrirla haciendo entrar por ella, en ruidoso chorro de escándalo, todo
cuanto se le antojase; batallones de bellezas desnudas, para pintarlas
en revuelta bacanal; extrañas bayaderas de ojos negros y vientre
descubierto que danzasen con mórbido abandono sobre los tapices del
estudio: todas las ilusiones desordenadas de su deseo, las monstruosas
fiestas de imaginación con que había soñado en sus tiempos de
servidumbre. Él no sabía ciertamente dónde encontrar todo esto, ni tenía
gran empeño en buscarlo; pero le bastaba la certeza de poderlo realizar
sin obstáculo alguno.

Esta conciencia de su libertad absoluta, en vez de impulsarle á la
acción, le mantenía en dulce quietud, satisfecho de poder hacerlo todo,
sin que su voluntad osase intentar nada. En otros tiempos agitábase
furioso, lamentando sus cadenas. ¡Las cosas que pintaría él, de ser
libre! ¡Los escándalos que provocaría con sus audacias! ¡Ay, si no
estuviese unido á una mezquina burguesa que intentaba reglamentar su
arte con la misma corrección y dignidad que tenía para las visitas ó
para los gastos de la casa!...

Y ahora que la burguesa no existía, el artista quedaba en grata
somnolencia, contemplando los lienzos empezados un año antes, mirando
como un enamorado tímido á su paleta abandonada, diciéndose con una
falsa energía: «De mañana no pasa; mañana empiezo.»

Y al día siguiente llegaba mediodía, y con él el almuerzo, antes de que
Renovales hubiese llegado á coger el pincel. Leía periódicos
extranjeros, revistas de arte, enterándose con curiosidad profesional de
lo que exponían y trabajaban los pintores famosos de Europa. Recibía la
visita de ciertos compañeros humildes, y ante ellos se lamentaba de la
insolencia de la juventud, de sus avances irrespetuosos, con una
sequedad de artista ilustre que empieza á envejecer, y cree que con él
se extingue el talento y nadie vendrá detrás de sus pasos. Luego le
embargaba la modorra de la digestión, lo mismo que á Cotoner, y sentía
dulces desfallecimientos, la felicidad de no hacer nada. Para vivir
bien, tenía riquezas de sobra. Su hija, que era su única familia,
encontraría á su muerte más de lo que esperaba. Había trabajado
bastante. La pintura, lo mismo que todas las artes, era una mentira
bonita, por cuyos progresos se agitaban los hombres como locos, hasta
odiarse con impulsos de muerte. ¡Qué necedad! Era mejor permanecer en
dulce calma, saboreando la alegría de la propia existencia,
embriagándose en los sencillos goces animales, sintiéndose vivir. ¿Qué
importaban unos cuantos cuadros más en aquellos enormes palacios llenos
de lienzos, desfigurados por los siglos, que no conservaban tal vez una
sola pincelada como la dieron sus autores? ¿Qué le importaba á la
humanidad, que cambia de sitio cada docena de siglos, y ha visto caer
las grandes soberbias de los hombres fabricadas con mármoles y granitos,
que un tal Renovales produjera unos hermosos juguetes de tela y colores,
que podía destruir una colilla de cigarro, ó roer en unos cuantos años
un soplo de viento, una gota de agua filtrándose por la pared?...

Pero este pesimismo desvanecíase cuando alguien le llamaba «ilustre
maestro», ó así que veía su nombre en un periódico y un discípulo ó un
admirador mostraba curiosidad por su trabajo.

Ahora descansaba. Aun no estaba repuesto de la emoción sufrida. ¡La
pobre Josefina!... Pero iba á trabajar mucho; se sentía con nuevas
fuerzas para obras más grandes que las ya conocidas. Y después de estas
exclamaciones, le acometía un deseo loco de trabajo y enumeraba los
cuadros que llevaba en su pensamiento, insistiendo en su originalidad.
Eran problemas audaces de color, nuevos procedimientos técnicos que se
le ocurrían. Pero estos propósitos no rebasaban el límite de la palabra;
no llegaban jamás al pincel. Parecían rotos ó enmohecidos los resortes
de su voluntad, antes vibrantes y vigorosos. No sufría, no deseaba. La
muerta se había llevado su fiebre de trabajo, su inquietud de artista,
dejándolo en este limbo de bienestar y tranquilidad.

Por las tardes, cuando lograba arrancarse á la dulce torpeza, á la
ligera punta de embriaguez que le retenía inmóvil, iba á ver á su hija,
si es que estaba en Madrid, pues con gran frecuencia acompañaba á su
marido en sus excursiones de automovilista. Después acababa la tarde en
casa de la de Alberca, donde permanecía muchas veces hasta media noche.

Comía allí casi todos los días. La servidumbre miraba á don Mariano con
respeto, adivinando el lugar que ocupaba cerca de la señora. El conde,
acostumbrado al trato del artista, mostraba tanto empeño en verle como
su esposa. Hablaba con entusiasmo del retrato que había de hacerle
Renovales, para que formase pareja con el de Concha. Sería más adelante,
cuando conquistase ciertas condecoraciones extranjeras que faltaban en
su catálogo de glorias. Y el artista sentía cierto remordimiento al
escuchar las simplezas del buen señor, mientras su esposa, con una
audacia loca, le acariciaba con los ojos, se inclinaba hacia él, como si
fuese á desplomarse en sus brazos, y buscaba su contacto por debajo de
la mesa.

Luego, apenas se ausentaba el marido, se iba sobre Mariano con los
brazos abiertos, hambrienta, desafiando la curiosidad de los criados. Le
parecía más dulce el amor amenazado de peligros. Y el artista se dejaba
adorar con cierto orgullo. Él, que al principio de esos amores era el
que suplicaba y perseguía, encerrábase ahora en una pasividad superior,
aceptando los homenajes de Concha, anhelante y vencida.

Falto Renovales de entusiasmo para el trabajo, se refugiaba para
sostener su renombre en los honores oficiales que se conceden á los
maestros respetados. Dejaba para el día siguiente la obra nueva, la
magna obra que debía levantar nuevos voceríos de admiración en torno de
su nombre. Pintaría su famoso cuadro de Friné en una playa, cuando
llegase el verano y pudiera huir á la costa solitaria, llevando con él á
la belleza perfecta que le serviría de modelo. Tal vez convenciese á la
condesa. ¡Quién sabe!... Sonreía con cierta satisfacción, cada vez que
escuchaba de sus labios el elogio de sus bellas desnudeces. Pero
entretanto exigía el maestro que la gente se acordase de su nombre por
sus trabajos anteriores, que le admirara por las obras que había
producido.

Irritábase contra los periódicos, que ensalzando á la gente joven, sólo
se acordaban de él para citarle de paso, como una gloria consagrada,
como un señor que hubiese muerto y tuviera sus lienzos en el museo del
Prado. Le agitaba esa cólera sorda del cómico, que agoniza de envidia,
viendo la escena ocupada por otros.

Quería trabajar; iba á trabajar inmediatamente. Pero así como
transcurría el tiempo, sentía una creciente pereza cerebral que le
imposibilitaba para la acción; un entorpecimiento de manos, que ocultaba
hasta á sus más íntimos, avergonzado al recordar su ligereza y facilidad
de otros tiempos.

--Esto pasará--se decía con la confianza del que no duda en su talento.

En uno de sus caprichos imaginativos, se comparaba con los perros
inquietos, fieros y acometedores cuando los atormenta el hambre, y
blandos y pacíficos si los rodea el bienestar. Él necesitaba sus tiempos
de avidez é inquietud, cuando lo deseaba todo, cuando no disponía de la
paz del trabajo, y tras los disgustos conyugales acometía al lienzo como
si fuese un enemigo, lanzándole el color furiosamente, en bofetadas de
luz. Aun después de ser rico y célebre, había tenido algo que pedir.
«¡Si yo tuviese tranquilidad! ¡Si fuese dueño de mi tiempo! ¡Si viviese
solo, sin familia, sin preocupaciones, como debe vivir el verdadero
artista!» Y bien; se cumplían sus anhelos; nada tenía que esperar, pero
sentía una pereza semejante al agotamiento, con esta ausencia de todo
deseo, como si la cólera y la inquietud fuesen para él un espolonazo
interno de la inspiración.

Le atormentaba el hambre de celebridad; creía haber muerto obscuramente
al transcurrir los días sin que le nombrasen. Se imaginaba que la
juventud le volvía la espalda para mirar en distinta dirección,
almacenándole entre los consagrados, admirando á otros maestros. Su
orgullo de artista le hizo buscar ocasiones de notoriedad, con la
inocencia de un principiante. Él, que tanto se había burlado del mérito
oficial y de los rediles de las Academias, se acordó de pronto que hacía
varios años le habían elegido miembro de la de Bellas Artes después de
uno de sus triunfos.

Cotoner mostró asombro al ver la importancia que daba de pronto á esta
distinción no solicitada, de la que se había reído siempre.

--Eran bromas de joven--dijo el maestro con gravedad.--La vida no puede
tomarse siempre á risa. Hay que ser serios, Pepe; vamos para viejos, y
no siempre hay que burlarse de cosas que en el fondo son respetables.

Además, se acusaba de grosería. Aquellos dignos personajes, á los que
había comparado muchas veces con toda clase de animales, extrañarían que
transcurriesen los años sin que él se preocupara de ocupar su sitio.
Había que ir á la recepción académica. Y Cotoner, por encargó suyo,
corrió con todos los preparativos; desde llevar la noticia á aquellos
señores, para que fijasen la fecha de la artística solemnidad, hasta
ocuparse del discurso del nuevo académico. Porque Renovales se enteró
con cierto temor de que había de leer un discurso... ¡Él, que
acostumbrado al manejo del pincel y por la descuidada educación de su
niñez, cogía la pluma con cierta torpeza y hasta en sus cartas á la de
Alberca prefería representar con graciosas figuras sus frases de pasión,
á encerrarlas en letras!...

El viejo bohemio le sacó del apuro. Conocía bien á su Madrid. Los
bastidores de esa vida que se exterioriza en las columnas de los
periódicos no tenían misterios para él. Renovales leería un discurso tan
magnífico como los de otros.

Y una tarde le llevó al estudio á un tal Isidro Maltrana, joven
pequeñín, feo, con enorme cabeza y un aire de aplomo y audacia que
disgustó en el primer momento á Renovales. Iba bien trajeado, pero con
las solapas sucias de ceniza y el cuello del gabán moteado de caspa. El
pintor notó que olía á vino. Al principio le tributó pomposamente el
título de maestro, pero á las pocas palabras ya le llamaba por su
apellido, con una llaneza desconcertante. Se movía en el estudio como si
fuese suyo, como si toda su vida la hubiese pasado en él, sin admirar
sus bellezas decorativas.

No tenía inconveniente en encargarse del discurso. Era su especialidad.
Las recepciones académicas y los trabajos para los señores del Congreso
constituían su mejor finca. Comprendía que el maestro necesitase de él.
¡Un pintor!...

Y Renovales, á quien comenzaba á hacerse simpático el tal Maltrana, á
pesar de su osadía, se irguió con la majestad de su renombre. Si se
tratase de hacer un cuadro para aquel acto, allí estaba él. ¡Pero un
discurso!...

--Convenidos: tendrá usted el discurso--dijo Maltrana.--Es tarea fácil,
conozco la receta. Hablaremos de las sanas tradiciones; abominaremos de
ciertas audacias y novedades de la juventud inexperta, que estaban muy
en su lugar hace veinte años, cuando usted comenzaba, pero que ahora son
extemporáneas... ¿Le parece á usted bien un palito al modernismo?

Renovales sonrió, encantado de la llaneza con que hablaba este joven de
su próxima obra y movió una mano con significativo balanceo. ¡Hombre!
Así, así... Un justo medio estaría bien.

--Comprendido, Renovales: halagar á los viejos y no reñir con los
jóvenes. Es usted un maestro de veras. Quedará usted contento.

Con una serenidad de tendero, antes de que el pintor hablase de la
retribución, abordó él este asunto. Eran dos mil reales; ya se lo había
dicho á Cotoner. La tarifa pequeña; la que había fijado para las
personas que apreciaba.

--Hay que vivir, Renovales... Tengo un hijo.

Y su voz se tornó grave al decir esto; su rostro, feo y cínico, se
ennobleció un instante, reflejando las inquietudes del amor paternal.

--Un hijo, querido maestro, por el que hago todo lo que se presenta. Si
es preciso robaré. Es lo único que tengo en el mundo. La madre murió de
miseria en el hospital. Yo soñaba con ser algo, pero un rorro no deja
pensar en tonterías. Entre la esperanza de ser célebre y la certeza de
comer... lo primero es comer.

Pero esta ternura del hombrecillo duró poco. Volvió á recobrar su gesto
audaz de mercenario, que atravesaba la vida acorazado en su cinismo,
desengañado por la desgracia, poniendo precio á todos sus actos.
Quedaban convenidos en la cantidad: la recibiría cuando entregase el
discurso.

--Y si usted lo imprime, como espero--dijo al irse,--yo me ocuparé de
las pruebas sin pedir suplemento. Eso porque se trata de usted; porque
soy su admirador.

Renovales pasó varias semanas preocupado por su recepción, como si fuese
el suceso más importante de su vida. La condesa se interesaba igualmente
en los preparativos. Ella haría que fuese una solemnidad elegante; algo
parecido á las recepciones de la Academia Francesa, descritas en
periódicos y novelas. Asistirían todas sus amigas. El gran pintor leería
su discurso, contemplado por cien miradas interesantes, entre el aleteo
de los abanicos y el rumor de las conversaciones. Un éxito inmenso que
haría rabiar á muchos artistas, ansiosos de crearse relaciones en el
gran mundo.

Pocos días antes de la solemnidad, le entregó Cotoner un paquete de
papeles. Era una copia del discurso, en magnífica letra; ya estaba
pagado. Y Renovales, con instinto de cómico, deseoso de hacer buena
figura, pasó una tarde dando zancadas de estudio en estudio, con el
cuaderno en una mano y acompañando con enérgicos ademanes de la otra los
párrafos leídos en alta voz. ¡Tenía talento aquel Maltranita descarado!
Era una obra que entusiasmaba su simpleza de artista, ajeno á todo lo
que no fuese pintar; una serie de trompetazos gloriosos en los que se
mezclaban nombres, muchos nombres; admiraciones en retórico trémolo;
síntesis históricas tan redondas, tan completas, que no parecía sino que
la humanidad había vivido desde el principio del mundo pensando en el
discurso de Renovales y midiendo sus actos, para que éste les diese una
determinada interpretación.

Sentía el artista escalofríos de sublimidad, repitiendo en elocuente
carretilla los nombres griegos, muchos de los cuales le _sonaban_, no
sabiendo ciertamente si eran de grandes escultores ó de poetas trágicos.
Después adquiría cierto aplomo al encontrarse con Dante y Shakespeare. Á
éstos los conocía mejor; sabia que no habían pintado, pero que debían
figurar en todo discurso digno de respeto. Y al llegar á los párrafos
sobre el arte moderno, le parecía tocar tierra firme sonriendo con
cierta superioridad. Maltranita no entendía gran cosa de esta materia;
apreciaciones superficiales de profano; pero escribía bien, muy bien; él
no lo hubiese hecho mejor... Y estudió su discurso, hasta el punto de
repetir muchos párrafos de memoria, preocupándose además de la
pronunciación de los nombres enrevesados, tomando lecciones de los
amigos que consideraba de mayor cultura.

--Es por el buen parecer--decía con sencillez.--Es porque, aunque yo no
sea más que un pintor, no consiento que me tomen el pelo.

El día de la recepción almorzó mucho antes de mediodía. Apenas tocó los
platos; le causaba cierta inquietud esta ceremonia, que no había visto
nunca. Á su zozobra se unía la molestia que experimentaba cada vez que
había de atender al cuidado de su persona.

Los largos años de existencia matrimonial le habían habituado á no
preocuparse de las necesidades menudas y ordinarias de la vida. Si tenía
que presentarse con un traje que no era el ordinario, las manos de la
madre ó de la hija arreglaban hábiles y ligeras el adorno de su persona.
Aun en los momentos de mayor hostilidad, cuando él y Josefina apenas se
hablaban, notaba en torno el escrupuloso orden de aquella excelente
directora de la casa, que le allanaba los obstáculos, evitándole
vulgares inquietudes.

Cotoner estaba ausente; el criado había ido á casa de la condesa para
entregarla unas invitaciones reclamadas á última hora para ciertas
amigas. Renovales se decidió á vestirse solo. Su yerno y su hija
vendrían por él, á las dos. López de Sosa tenía empeño en llevarle hasta
la Academia en automóvil, buscando, sin duda con esto, un pequeño rayo
de los esplendores de gloria oficial que iban á derramarse sobre su
suegro.

Renovales se vistió, después de bregar con las pequeñas dificultades de
la falta de costumbre. Mostraba la torpeza de un niño, falto de los
auxilios de la madre. Cuando al fin se contempló con cierta satisfacción
en un espejo, con el frac puesto y la corbata regularmente anudada,
lanzó un suspiro de descanso. ¡Por fin!... Ahora las placas, la banda.
¿Dónde encontraría estos honoríficos juguetes?... Desde la boda de
Milita no se los había puesto: la pobre muerta los habría guardado.
¿Dónde encontrarlos? Y con precipitación, temiendo que transcurriese el
tiempo y le sorprendiesen sus hijos sin haber terminado el adorno de su
persona, comenzó á buscar, de habitación en habitación, sofocado,
jurando de impaciencia, con el atolondramiento de andar á ciegas sin
recordar nada preciso. Entró en el cuarto que servía de vestuario á su
esposa. Tal vez tuviese guardadas en él las condecoraciones. Abrió con
nervioso tirón las puertas de los grandes armarios que cubrían las
paredes... Ropas y más ropas.

Al olor balsámico de las maderas, que hacía pensar en la silenciosa
calma de los bosques, uníase un perfume sutil y misterioso, perfume de
años, de bellezas muertas, de recuerdos extinguidos; algo semejante á la
sensación que dan al olfato las flores secas. Desprendíase este olor de
las masas de telas colgadas; vestidos blancos, negros, rosa, azules, con
los colores apagados y discretos, los encajes mustios y amarillentos,
guardando en sus pliegues algo de perfume vital del cuerpo que habían
cubierto. Todo el pasado de la muerta estaba allí. Con cierta
preocupación supersticiosa, había almacenado los trajes de las diversas
épocas de su existencia, como si temiese el desprenderse de ellos,
arrojar una parte de su vida, un fragmento de su piel.

El pintor miraba algunos de estos trajes con la misma emoción que si
fuesen viejos y olvidados amigos, que se presentaban de pronto, con la
sorpresa de lo inesperado. Una falda rosa, le recordaba los buenos
tiempos de Roma; un traje completo azul, le hacía ver con la imaginación
la plaza de San Marcos y creía sentir el aleteo de los palomos y oir
como un zumbido lejano la ruidosa cabalgata de las Walkyrias. Los trajes
sombríos y pobres, del cruel período de lucha, colgaban en el fondo de
un armario, como hábitos de mortificación y sacrificio. Un sombrero de
paja, alegre como un susurro de bosque estival, cargado de flores rojas,
de pámpanos, de cerezas, parecía sonreirle desde lo alto de un estante.
¡Ay, también lo conocía! Muchas veces se había clavado en la frente su
filo dentado de paja, cuando á la puesta del sol, en los caminos de la
campiña romana, se agachaba él, teniendo en un brazo el talle de su
mujercita, buscando su boca que se estremecía con dulce cosquilleo,
mientras á lo lejos, en la bruma azulada, sonaban las esquilas de los
rebaños y los lamentos musicales de los guardadores de búfalos.

También le hablaba del pasado, evocando las muertas alegrías, aquel
perfume juvenil, envejecido en su encierro, que salía á oleadas de los
armarios, con la impetuosidad de un vino venerable escapando á
borbotones de la botella empolvada. Sus sentidos se estremecían; una
embriaguez sutil penetraba en su olfato. Creía haber caído en un lago de
perfumes que le abofeteaba con sus ondas, jugueteando con él, como si
fuese un cuerpo inerte. Era el olor de la juventud que volvía; el
incienso de los tiempos felices, más débil, más sutil, con la nostalgia
de los años muertos. Era el perfume de las magnolias carnales: de la
sedosa y leve vegetación puesta al descubierto por los brazos cruzados
bajo la cabeza; de aquel vientre recogido y blanco, con esplendor
nacarado de luna, que una noche, en Roma, le había hecho suspirar con
admiración:

--Te adoro, Josefina. Eres hermosa como la majita de Goya... Eres la
maja desnuda.

Conteniendo su respiración como un nadador, buceaba en la profundidad de
los armarios, tendiendo sus manos ávidas, con el deseo de salir de allí,
de volver cuanto antes á la superficie, al aire puro. Tropezaba con
cajas de cartón, paquetes de cintas y viejos encajes, sin encontrar lo
que buscaba; y cada vez que sus brazos trémulos agitaban las viejas
ropas, el oleaje de las faldas parecía, abofetearle con una bocanada de
este perfume muerto, indefinible, que aspiraba más con su imaginación
que con su olfato.

Quiso salir de allí cuanto antes. Las condecoraciones no estaban en el
vestuario; tal vez las encontrase en el dormitorio. Y por primera vez,
luego de muerta su esposa, se atrevió á rodar la llave de la puerta. El
perfume del pasado parecía ir con él; se filtraba por todos los poros de
su cuerpo. Creía sentir el apretón de unos brazos lejanos é inmensos que
venían del infinito. Ya no tenia miedo á penetrar en el dormitorio.

Entró á tientas, buscando una de las ventanas. Cuando crujieron las
maderas y penetró de golpe la luz del sol, los ojos del pintor, después
de violento parpadeo, vieron como una sonrisa suave y discreta, el
brillo de los muebles venecianos.

¡Hermoso dormitorio de artista! Después de un año de ausencia, el pintor
admiraba el gran armario, con sus tres lunas azules y profundas, como
sólo saben fabricarlas los espejeros de Murano, y el ébano de los
muebles, con menudas incrustaciones de nácar y luminosas piedrecitas;
una muestra del genio artístico de la antigua Venecia en contacto con
los pueblos de Oriente. Este mueblaje había sido para Renovales una de
las grandes empresas de su juventud; un capricho de enamorado, ansioso
de tributar honores principescos á su compañera, que le había impuesto
penosas economías durante varios años.

El lujoso dormitorio les había seguido á todas partes, sin abandonarlos,
ni aun en la época de miseria. En los días malos, cuando él pintaba en
su buhardillón y Josefina cocinaba, faltábanles sillas, comían en el
mismo plato, Milita jugaba con muñecas de andrajos; pero en la mísera
alcoba, pintada de cal, amontonábanse intactos, con respeto sagrado,
aquellos muebles de Dogaresa rubia, como una esperanza en el porvenir,
como una promesa de tiempos mejores. Ella, la infeliz, con su fe de
mujer sencilla, los limpiaba, los adoraba, esperando la hora de las
mágicas transformaciones, para trasladarlos á un palacio.

El pintor paseó su mirada por el dormitorio con cierta tranquilidad. No
encontró en él nada extraordinario; nada que le conmoviese. El prudente
Cotoner había ocultado el sillón donde murió Josefina.

La cama señorial, con sus dos fachadas monumentales de ébano tallado y
mosaicos brillantes, ofrecía un aspecto vulgar, teniendo en su seno los
colchones plegados en montón. Renovales rió del temor que le había
detenido tantas veces ante la puerta cerrada. La muerte no había dejado
rastro alguno. Nada recordaba allí á Josefina. En el ambiente flotaba
ese olor pesado, ese sabor á polvo y humedad de todas las piezas
largamente cerradas.

Transcurría el tiempo, había que buscar las condecoraciones, y
Renovales, familiarizado ya con la habitación, abrió el armario
esperando encontrarlas en él.

También allí la cerrada madera pareció esparcir, al abrirse, un perfume
semejante al de la otra pieza. Era más tenue, más vagoroso, más lejano.

Renovales creyó que era una ilusión de sus sentidos. Pero no; de las
profundidades del armario se desprendía como un humillo invisible,
envolviéndole en su espiral acariciadora. Allí no había ropas. Sus ojos
reconocieron inmediatamente en el fondo de una tabla los estuches que
tanto buscaba; pero no tendió hacia ellos las manos; permaneció inmóvil,
abstraído en la contemplación de mil objetos menudos que le recordaban á
Josefina.

Ella también estaba allí; salía á su encuentro más personal, más viva,
que entre la balumba de sus viejas ropas. Sus guantes parecían conservar
el calor y el relieve de aquellas manos que en otros tiempos se habían
hundido acariciadoras en la cabellera del artista; sus cuellos le
recordaban aquella columnilla de tibio marfil, en la cual tenia él
lugares preferidos, sensibles rincones donde depositaba sus besos.

Sus manos lo removieron todo con dolorosa curiosidad. Un abanico viejo,
guardado cuidadosamente, pareció emocionarle, á pesar de su pobre
aspecto. Entre las roturas de sus pliegues marcábanse viejos colores;
una cabeza pintada por él, cuando su mujer no era más que una amiga; un
obsequio á la señorita de Torrealta, que deseaba tener algo del joven
artista. En el fondo de un estuche brillaron con fulgor misterioso dos
enormes perlas rodeadas de brillantes. Un regalo de Milán; la primera
joya de verdadero valor que había comprado á su mujer, al pasar por la
plaza del Duomo; toda una remesa de dinero de su empresario de Roma,
invertida en este rico juguete que hacía ruborizar de placer á la
mujercita, mientras sus ojos se fijaban en él con intenso
agradecimiento.

Sus dedos ávidos, revolviendo estuches, cintas, pañuelos y guantes,
tropezaban con recuerdos á los que iba unida siempre su persona. Aquella
infeliz había vivido para él, sólo para él, como si su existencia no
fuese nada, como si únicamente tuviese significación unida á la suya.
Encontraba guardadas con religioso cuidado, entre cintas y cartones,
fotografías de los lugares en que había transcurrido su juventud; los
monumentos de Roma, las montañas de la antigua tierra pontificia, los
canales venecianos; vestigios del pasado que eran sin duda de gran valor
para ella, porque evocaban la imagen del marido. Y entre estos papeles
vió flores secas, aplastadas y frágiles; rosas soberbias ó modestas
florecillas del campo; áridos hierbajos, recuerdos anónimos, faltos de
significación, pero cuya importancia presentía Renovales, sospechando
que recordaban algún momento feliz, completamente olvidado por él.

Los retratos del artista, en las diversas edades de su vida, surgían de
todos los rincones, enredados en cintas, sepultados bajo las pilas de
finos pañuelos. Luego aparecieron varios paquetes de cartas, con la
tinta enrojecida por el tiempo, escritas en una letra que produjo cierta
inquietud al artista. La conocía; se asociaba vagamente á sus recuerdos,
como la cara de una persona cuyo nombre se resiste á la memoria. ¡Ah,
imbécil!... Era su letra, la letra torpe y pesada de su juventud, que
sólo tenia ligereza para el pincel. Allí estaba, en pliegos
amarillentos, toda la novela de su vida, sus esfuerzos intelectuales por
decir «cosas bonitas», lo mismo que los hombres que escriben. Nada
faltaba: las cartas de los primeros tiempos de noviazgo, cuando después
de verse y hablarse, aun sentían la necesidad de poner sobre el papel lo
que no osaban decirse los labios: otras con sello italiano, exuberantes
de fanfarrones juramentos de amor, ligeros billetes que la enviaba
cuando iba con otros artistas á pasar unos días en Napóles ó á visitar
alguna ciudad muerta de las Marcas Pontificias. Luego las cartas de
París llegadas al viejo palacio veneciano, preguntando con inquietud por
la pequeña, queriendo saber el curso de la lactancia, estremeciéndose de
pavor ante la posibilidad de las inevitables enfermedades de la niñez.

No faltaba ni una; todas estaban allí, guardadas como fetiches,
perfumadas de amor, aprisionadas en cintas, como bálsamos y vendajes de
una vida momificada. Las de ella habían tenido distinta suerte: su amor
escrito se había dispersado, perdiéndose en la nada: habían quedado
olvidadas en trajes viejos, se habían consumido en el fuego de chimeneas
de hotel, habían caído tal vez en manos extrañas, provocando crueles
risas con su tierna ingenuidad. El no guardaba más que unas cartas, las
de la otra; y al pensar en esto, sintió el remordimiento, la inmensa
vergüenza de una mala acción.

Leía las primeras líneas de algunos de estos pliegos, con cierta
extrañeza, como si fuesen de otro, admirando ingenuamente su acento
apasionado. ¡Y aquello lo había escrito él!... ¡Cómo amaba entonces á su
Josefina!... Parecíale imposible que este cariño hubiese terminado tan
fríamente. Se extrañaba de la indiferencia de los últimos años; no
recordaba ya los disgustos que habían agitado su vida común; veía ahora
á su mujer tal como fué en su juventud, con rostro sereno, grave
sonrisa, y la admiración en la mirada.

Siguió leyendo, pasando de una carta á otra con la vehemencia de una
lectura interesante. Admiraba su propia juventud, virtuosa en medio de
los arrebatos de pasión carnal; la castidad de su adhesión á la mujer, á
la única, á la indiscutible. Sentía ese gozo, impregnado de melancolía,
de la vejez decrépita que contempla su retrato primaveral. ¡Y él había
sido así! Del fondo de su alma parecía surgir una voz grave, con tono de
reproche: «Sí, así; cuando eras bueno; cuando eras honrado.»

Se sumió en esta lectura sin darse cuenta del curso del tiempo. De
pronto sintió pasos en el cercano corredor, ruido de faldas, la voz de
su hija. Fuera del hotel bramaba una bocina; su arrogante yerno que le
avisaba para que se apresurase. Trémulo de miedo por ser sorprendido,
sacó de los estuches las placas y las bandas y cerró precipitadamente el
armario.

La solemnidad académica fué casi un fracaso para Renovales. La condesa
le encontró muy interesante, en su palidez de emoción, constelado el
pecho de astros de pedrería, cortada la blanca pechera por varias líneas
de colorines. Pero apenas se levantó en medio de la general curiosidad,
con el cuaderno en la mano, y comenzó á leer los primeros párrafos, se
fué agrandando un murmullo, que acabó casi por sofocar su voz. Leía
sordamente, con la precipitación de un escolar que desea acabar pronto,
sin darse cuenta de lo que decía, en un rezo monótono y fatigante.
¡Adiós los sonoros ensayos en el estudio, la preparación minuciosa de
ademanes teatrales! Su pensamiento parecía estar en otra parte, lejos,
muy lejos de esta solemnidad; sus ojos sólo veían las letras. La
elegante concurrencia salió satisfecha de haberse reunido, viéndose una
vez más. Del discurso reían muchas bocas tras los abanicos de gasa, con
la satisfacción de arañar indirectamente á su buena amiga la de Alberca.

--¡Un horror, hija mía! ¡Una lata insufrible!



II


Apenas despertó al día siguiente, el maestro Renovales sintió un deseo
imperioso de aire libre, de luz, de espacios ilimitados, y salió del
hotel, no parando en su paseo, Castellana arriba, hasta llegar á los
desmontes vecinos al palacio de la Exposición.

La noche anterior había comido en casa de la de Alberca; un banquete
casi de ceremonia, en celebración de su ingreso académico, con
asistencia de muchos de los graves señores que formaban la tertulia de
la condesa. Ésta se había mostrado radiante de alegría, como si
festejase un triunfo suyo. El conde trataba con mayores respetos al
ilustre maestro, cual si acabase de dar el paso más grande en su fama
artística. Su respeto por todas las glorias decorativas le bacía admirar
aquella medalla de académico, única distinción que él no podía unir á su
carga de condecoraciones.

Renovales pasó una mala noche. El Champagne de la condesa fué triste
para él. Había vuelto á su casa con cierto temor, como si en ella le
esperase algo anormal que su inquietud no podía definir. Se despojó del
traje de ceremonia que le había atormentado varias horas, y se metió en
la cama, extrañándose del vago temor que le acompañó hasta los umbrales
de su casa. Nada veía de extraordinario en torno de él; su cuarto
ofrecía el mismo aspecto de todas las noches. Se durmió, vencido por el
cansancio, por la torpeza digestiva de aquel banquete extraordinario, y
no despertó en toda la noche; pero su sueño fué cruel, interminable,
cortado por visiones que tal vez le habían hecho gemir.

Al despertarle, bien entrada la mañana, los pasos de su criado que
andaba por el vecino cuarto de aseo, adivinó en el revoltijo de sus
ropas, en el sudor frío de su frente, en el cansancio de su cuerpo, la
noche inquieta que había pasado, entre nerviosos sobresaltos.

Su cerebro, entorpecido aún por el sueño, no podía desembrollar los
recuerdos de la noche. Sólo tenía la certeza de que había soñado cosas
tristes, penosas: tal vez había llorado. Lo único que recordaba era un
rostro pálido, asomando entre los negros velos de lo inconsciente, como
una imagen, alrededor de la cual giraban todos sus ensueños. No era
Josefina; su cara tenía una expresión de criatura de otro mundo.

Pero así como se fué disipando su torpeza intelectual, mientras se
lavaba el pintor y se vestía, y el criado le ayudaba á meterse en el
gabán, pensó, al reunir sus recuerdos con un esfuerzo, que bien pudiera
ser ella... Sí; ella era. Ahora recordaba que había percibido en su
ensueño aquel perfume que le seguía desde el día anterior, que le
acompañó á la Academia, perturbando su lectura, y que había ido con él
al banquete, corriendo entre sus ojos y los de Concha una bruma, al
través de la cual la miraba sin verla.

El fresco de la mañana despejó su inteligencia. La vista del dilatado
espacio que se abarca desde las alturas de la Exposición, pareció borrar
momentáneamente sus recuerdos de la noche.

Soplaba un viento de la sierra en la meseta vecina al Hipódromo.
Renovales, al marchar contra el viento, sentía en sus orejas un zumbido
de mar lejano. En el fondo, sobre las lomas con casitas rojas y álamos
invernales, escuetos como escobas, marcaba el Guadarrama su limpieza
luminosa sobre el espacio azul, su nevada crestería, sus enormes cimas
que parecían de sal. Al lado opuesto, aparecía hundido en una grieta
profunda del terreno el caparazón de Madrid; los tejados negros, las
torrecillas puntiagudas, todo esfumado en una neblina que daba á los
edificios de último término el vago azul de las montañas.

La meseta, cubierta de un verde ralo y miserable, con surcos duros y
petrificados, brillaba á trechos bajo la luz del sol. Los trozos de
azulejo, las vasijas rotas, los botes de conservas, lanzaban rayos de
luz, lo mismo que si fuesen materias preciosas, entre rosarios de negros
huevecillos, caídos de los rebaños, como rastro de su paso.

Renovales contempló largo rato el palacio de la Exposición por su parte
de atrás; los muros amarillos, con adornos de ladrillos rojos, que
apenas si asomaban sobre el borde de los desmontes; las techumbres
planas de zinc, con un brillo de lagos muertos; la cúpula central,
enorme, hinchada, cortando el cielo con su panza negra, como un
aerostato próximo á elevarse. De una ala del gran palacio partían los
sones de varios clarines, prolongando sus notas en esa bélica melopea
que acompaña el trote de los caballos, entre temblores del suelo y nubes
de polvo. Junto á una puerta temblaba el rayo de los sables, y se
reflejaba el sol sobre charolados tricornios.

El pintor sonreía. Habían levantado para ellos aquel palacio, y lo
ocupaba la Guardia civil. Una vez cada dos años entraba allí el Arte,
disputando el sitio á los caballos guardadores del orden. Las estatuas
se aposentaban en piezas que olían á cebada y á recios zapatos. Pero
esta anomalía duraba poco; el intruso era expulsado así que realizaba su
simulacro de una cultura europea, y quedaba en el palacio de la
Exposición lo verdadero, lo nacional; el tercio privilegiado, los
rocines de la santa autoridad que bajaban al galope á las calles de
Madrid, cuando se turbaba, de tarde en tarde, su santa paz de cloaca.

Mirando después el maestro la negra cúpula, recordaba los días de
exposición; veía la juventud melenuda é inquieta, unas veces dulce y
aduladora, otras irritada é iconoclasta, venida de todas las ciudades
de España, con el cuadro por delante y las mayores ambiciones en el
pensamiento. Sonreía pensando en los grandes disgustos y sinsabores que
había sufrido bajo aquellos techos, cuando la revoltosa plebe del arte
le rodeaba, le acosaba admirándole, más que por sus obras, por su
condición de jurado influyente. Él era quien daba los premios, en
opinión de aquella juventud que le seguía con ojos de miedo y de
esperanza. La tarde del fallo corrían los grupos á la noticia de la
llegada de Renovales: salían á su encuentro en las galerías; le
saludaban con exageradas muestras de respeto, poniendo los ojos tiernos
para recomendarse mudamente. Algunos marchaban delante de él fingiendo
no verle, hablando á gritos: «¡Quién! ¿Renovales? El primer pintor del
mundo. Después de Velázquez, él...» Y á la caída de la tarde, cuando se
colocaban en las columnas de la rotonda los dos papelotes, con la lista
de los premiados, el maestro se escurría prudentemente, huyendo de la
explosión final. El alma infantil que todo artista lleva dentro,
estallaba ingenuamente ante el fallo. Se acababan los fingimientos;
mostrábase cada cual según su carácter. Unos se ocultaban entre dos
estatuas, encogidos, avergonzados, con los puños en los ojos, y lloraban
pensando en la vuelta al lejano hogar, en la larga miseria sufrida, sin
otra esperanza que aquella que acababa de desvanecerse. Otros se erguían
como gallos, rojas las orejas, pálidos los labios, mirando con ojos
llameantes hacia la entrada del palacio, como si quisieran ver desde
allí cierto hotel pretencioso, de fachada griega y rótulo de oro.
«Granuja... Era una vergüenza que la suerte de la juventud, que lleva
algo dentro, se confiase á un tío agotado, á un farsante que no dejaría
nada». ¡Ay! De estos momentos habían nacido todas las contrariedades,
todas las molestias de la vida artística del maestro. Cada vez que
llegaba á su conocimiento una censura injusta, una negativa brutal de
sus facultades, una carga al degüello y sin piedad á lo largo de las
columnas de algún periódico obscuro, acordábase de la rotonda de la
Exposición, de aquel bramar tempestuoso del populacho pictórico, en
torno de los dos papeles que contenían sus sentencias. Pensaba con
extrañeza y conmiseración en la ceguera de aquellos jóvenes que
maldecían de la vida por un fracaso, y eran capaces de dar su salud, su
alegría vigorosa, á cambio de la triste gloria de un cuadro, menos
duradera aun que el frágil lienzo. Cada medalla era un grado en el
escalafón: medían la importancia de las recompensas, dándolas un
significado semejante al de los galones militares... ¡Y él también había
sido joven! ¡También había amargado los mejores años de su vida, en
estos combates de infusorios que se pelean dentro de una gota de agua,
creyendo conquistar un mundo inmenso!... ¡Qué le importarían á la eterna
belleza las ambiciones de regimiento, las fiebres de escalafón de los
que intentaban ser sus intérpretes!

Regresó el maestro á su casa. El paseo le había hecho olvidar sus
inquietudes de la noche. Su cuerpo, debilitado por la vida muelle,
parecía agradecer este ejercicio con una violenta reacción. Sentía en
sus piernas un dulce hormigueo: la sangre zumbaba en sus sienes; parecía
derramarse por todo su cuerpo una oleada de calor. Estaba satisfecho de
su fuerza vital, y paladeaba el goce de todo organismo que se siente
funcionar con armónica regularidad.

Al atravesar su jardín, cantaba Renovales entre dientes. Sonrió á la
portera que le había abierto la verja y al perrillo feo y vigilante que
avanzaba con mujido cariñoso hasta lamer sus pantalones. Abrió la
cancela de cristales, pasando del ruido exterior á un silencio profundo,
conventual. Sus pies se hundieron en las mullidas alfombras: no sonaban
otros ruidos que los misteriosos estremecimientos de los cuadros que
cubrían las paredes hasta el techo, el crujir de invisibles carcomas en
los marcos, el leve aleteo de un soplo de aire en las telas. Todo cuanto
había pintado el maestro, por estudio y por capricho, completo ó sin
terminar, estaba colocado en el piso bajo, junto con cuadros ó dibujos
de ciertos compañeros ilustres y de los discípulos predilectos. Milita
habíase entretenido mucho tiempo, cuando soltera, en este decorado, que
se extendía hasta los pasillos de escasa luz.

Al dejar en el perchero su fieltro y su bastón, los ojos del maestro
fijáronse en una acuarela cercana, como si ésta le atrajese, con cierta
extrañeza, entre los demás cuadros que la rodeaban. Le pareció raro
fijarse en ella de repente, después de pasar tantas veces sin verla. No
estaba mal, pero tenía timidez, revelaba inexperiencia. ¿De quién sería
aquello? Tal vez de Soldevillita. Pero al aproximarse para verla mejor,
sonrió... ¡Si era suya! ¡Ya había llovido desde entonces!... Se esforzó
por recordar cuándo y dónde había pintado aquello. Para ayudar á su
memoria, miraba fijamente esta cabeza de mujer, graciosa, de ojos vagos
y soñadores, preguntándose quién pudo ser la modelo.

De pronto se entenebreció su gesto. El artista parecía confuso,
avergonzado. ¡Qué disparate! ¡Si era su mujer, la Josefina de los
primeros tiempos, cuando él la contemplaba con admiración, gozando en
reproducir su rostro!

Echó sobre Milita la culpa de su torpeza y se propuso ordenar que
quitasen de allí este estudio. Un retrato de su mujer no debía estar en
la antesala, junto al perchero.

Después de almorzar dió orden al criado para que descolgase el cuadro,
trasladándolo á uno de los salones. El servidor hizo un gesto de
extrañeza.

--¡Hay tantos retratos de la señora!... ¡El señor la ha pintado tantas
veces! La casa está llena...

Renovales remedó el gesto del criado. ¡Tantos! ¡tantos! ¡Si sabría él
cuántas veces la había pintado!... Con súbita curiosidad, antes de
dirigirse al estudio, entró en un salón donde Josefina recibía sus
visitas. Allí, en el sitio de honor, conocía él un gran retrato de su
esposa, pintado en Roma: una linda mujer con mantilla de blonda, falda
negra de triple volante y en la breve mano el abanico de concha: un
verdadero Goya. Contempló un instante la graciosa cara, sombreada por el
negro de las blondas, y cuya palidez aristocrática rasgaban unos ojos de
expresión oriental. ¡Qué hermosa era Josefina en aquellos tiempos!...

Abrió la ventana para ver mejor el retrato, y la luz se esparció por las
paredes de un rojo obscuro, haciendo brillar los marcos de otros cuadros
más pequeños.

Entonces vió el pintor que el retrato goyesco no era el único. Otras
Josefinas le acompañaban en esta soledad. Contempló con asombro la cara
de su esposa, que parecía surgir de todos los lados del salón. Pequeños
estudios de mujeres del pueblo ó de señoras del siglo XVIII; acuarelas
de moras; damas griegas, con la rígida severidad de las figuras arcaicas
de Alma-Tadema; todo lo que estaba en el salón, todo lo que había
pintado, era Josefina, tenía su rostro ó conservaba sus rasgos, con la
vaguedad de un recuerdo.

Pasó á otro salón que estaba enfrente y también allí le salió al
encuentro la cara de su mujer, pintada por él, entre otros cuadros de
amigos suyos.

¿Pero cuándo había hecho él todo aquello?... No se acordaba; sentía
estrañeza ante la enorme cantidad de trabajo realizada inconscientemente.
Creía haber pasado la existencia entera pintando á Josefina...

Después, en los pasillos de la casa, en todos los cuartos adornados con
pinturas, le salió al encuentro su mujer, bajo los aspectos más
diversos, ceñuda ó sonriente, hermosa ó con la expresión triste de la
enfermedad. Eran bocetos, simples dibujos al carbón, esbozos de su
cabeza en el ángulo de un lienzo sin acabar; pero siempre aquella mirada
que parecía seguirle, unas veces con melancólica dulzura, otras con
intensa expresión de reproche. ¿Dónde tenía los ojos? Había vivido en
medio de todo esto sin verlo; había pasado diariamente frente á Josefina
sin fijarse en ella. Su mujer resucitaba; en adelante sentaríase á la
mesa, entraría en su lecho, pasearía por su casa, siempre bajo la mirada
de unas pupilas que en otros tiempos le escudriñaban hasta el alma.

La muerta no había muerto; rodeábale, resucitada por su mano. No podía
dar un paso sin que su rostro surgiese de todos lados: le saludaba en lo
alto de las puertas, parecía llamarle desde el fondo de las
habitaciones.

En sus tres estudios aun fué mayor la sorpresa. Toda su pintura íntima,
la que hacía por estudiar, por impulso irresistible, sin ningún deseo de
venta, almacenábase allí, y toda ella era un recuerdo de la muerta. Los
cuadros que deslumbraban á los visitantes, estaban abajo, al nivel de la
vista, en caballetes, ó colgados de la pared, entre los muebles
suntuosos: arriba, hasta llegar al techo, alineábanse los estudios, los
recuerdos, los lienzos sin marco, como obras viejas y abandonadas, y en
esta amalgama de producción, Renovales, á la primera ojeada, vió surgir
el enigmático rostro.

Había vivido sin levantar los ojos, familiarizado con todo lo que le
rodeaba, deslizándose su vista sin ver, sin fijarse en aquellas mujeres,
distintas de aspecto, pero iguales en expresión, que le vigilaban desde
lo alto. ¡Y la condesa había estado allí varias tardes, buscando la
solitaria intimidad del estudio! ¡Y la tela persa, sostenida por lanzas
ante el profundo diván, no les habría ocultado de aquellos ojos tristes
y fijos que parecían multiplicarse en la parte alta de las paredes!...

Para olvidar su remordimiento, se entretuvo en contar las telas que
reproducían la grácil figurilla de su mujer. Eran muchas; toda una vida
de artista. Se esforzaba por recordar cuándo y dónde las había pintado.
En los primeros tiempos de apasionamiento, sentía la necesidad de
pintarla, por un impulso irresistible de trasladar al lienzo todo lo que
veía con delectación, todo lo que amaba. Después había sido un deseo de
adularla, de mecerla en una mentira cariñosa, de infundirle la certeza
de que era su única adoración de artista, copiándola con vaga semejanza,
extendiendo sobre sus rasgos, algo ajados por la enfermedad, una suave
veladura de idealismo. Él no podía vivir sin trabajar, y como muchos
pintores, hacía servir de modelos á los que le rodeaban. Su hija se
había llevado á su nueva casa un cargamento de pintura; todos los
cuadros, apuntes, acuarelas y tablitas que la representaban, desde los
tiempos en que jugaba con el gato, cubriéndolo de trapos en forma de
pañales, hasta que fué la arrogante joven, cortejada por Soldevilla y el
que ahora era su marido.

La madre se había quedado allí, surgiendo después de muerta, en torno
del artista, con una profusión abrumadora. Todos los pequeños incidentes
de la vida habían servido á Renovales para hacer nuevos cuadros.
Recordaba sus entusiasmos de artista cada vez que la veía con un nuevo
vestido. Los colores la cambiaban; era una mujer nueva: así lo afirmaba
él con una vehemencia que la esposa tomaba por admiración y no era más
que ansia de modelo.

La existencia entera de Josefina había sido fijada por la mano de su
esposo. En un lienzo aparecía vestida de blanco, marchando por una
pradera, con la vaguedad poética de una Ofelia: en otro, con gran
sombrero empenachado y cubierta de joyas, mostraba el aplomo de una
burguesa, segura de su bienestar. Un cortinaje negro servía de fondo á
su busto descotado, que mostraba sobre la base de encajes el ligero
perfil de las clavículas y el arranque de unos pechos reducidos y
firmes como manzanas de amor: en otro lienzo tenía los débiles brazos
al descubierto, bajo las mangas recogidas; un delantal blanco la cubría
de los pechos á los pies: en su entrecejo había una pequeña arruga de
preocupación, de cansancio, y en toda ella el abandono de los que no
disponen de tiempo para atender al adorno de su persona. Este último era
el retrato de los días penosos, la imagen del ama de casa, animosa, sin
servidores, trabajando con sus manos delicadas en el buhardillón de las
tristezas, esforzándose por que nada faltase al artista, por que no
vinieran las pequeñas contrariedades de la vida á distraerle de sus
esfuerzos supremos por abrirse paso.

Este retrato conmovió al artista con la melancolía que inspiran los días
aciagos recordados en pleno bienestar. La gratitud á la animosa
compañera trajo consigo otra vez el remordimiento.

--¡Ay, Josefina!... ¡Josefina!

Cuando llegó Cotoner, encontró al maestro tendido en un diván, boca
abajo, con la cabeza entre las manos, como si durmiese. Quiso reanimarle
hablándole de la solemnidad del día antes. Un gran éxito: los periódicos
hablaban de él y de su discurso, reconociendo que era un gran escritor,
afirmando que podía alcanzar en la literatura tantos triunfos como en su
arte. ¿No los había leído?...

Renovales contestó con un gesto de cansancio. Los había encontrado por
la mañana, al salir, sobre una mesa del recibidor. Había entrevisto su
retrato, rodeado de las compactas columnas del discurso, pero dejaba la
lectura de los elogios para más tarde. Le inspiraban poco interés;
pensaba en otras cosas... estaba triste.

Y á las preguntas ansiosas de Cotoner, que creía en una enfermedad,
contestó con voz queda:

--Estoy bien. Es melancolía, aburrimiento de no hacer nada. Quiero
trabajar y no tengo fuerzas.

De pronto cortó la palabra á su viejo amigo, mostrándole con un ademán
todos los retratos de Josefina, como si fuesen obras nuevas que acababa
de producir.

Cotoner se extrañó... Los conocía todos: hacía años que estaban allí.
¿Qué novedad era aquella?...

El maestro le comunicó su reciente sorpresa. Había vivido junto á ellos
sin verlos: acababa de descubrirlos dos horas antes. Y Cotoner reía.

--Tú estás algo tocado, Mariano. Vives sin darte cuenta de lo que te
rodea. Por eso no te has enterado aún del casamiento de Soldevilla con
una muchacha muy rica. El pobre chico está triste porque su maestro no
ha asistido á la boda.

Renovales encogió los hombros. ¿Qué le importaban á él esas
tonterías?... Hubo una larga pausa, y el maestro, pensativo y triste,
levantó de pronto la cabeza con un gesto de resolución.

--¿Qué te parecen esos retratos, Pepe?--preguntó con ansiedad.--¿Es
ella? ¿No me equivocaría al hacerlos? ¿No la vería de otro modo que como
fué?...

Cotoner rompió á reir. Realmente, el maestro estaba _tocado_. ¡Vaya unas
preguntas! Aquellos retratos eran unas maravillas, como todo lo suyo.
Pero Renovales insistió, con la impaciencia de la duda. ¡El parecido!...
¡Quería saber si aquellas Josefinas eran iguales á la muerta!

--Exactísimo--dijo el bohemio.--¡Pero hombre, si lo que más asombra en
tus retratos es la fidelidad con que sorprendes la vida!

Afirmábalo con energía, pero una duda escarabajeaba en su interior. Sí;
era Josefina, pero con algo extraordinario, ideal. Sus facciones
parecían las mismas, pero llevaban una luz interna que las embellecía.
Era el defecto que había encontrado siempre á estos retratos; pero se
calló.

--Y ella--insistió el maestro,--¿era realmente hermosa? ¿Qué te parecía
como mujer? Dímelo, Pepe... sin reparos. Es extraño; yo no recuerdo bien
cómo era.

Cotoner quedó desconcertado por estas preguntas y respondió con cierto
embarazo. ¡Vaya una ocurrencia! Josefina era muy buena, un ángel; él la
recordaría siempre con agradecimiento. La había llorado como si fuese
una madre, y eso que podía ser casi hija suya. Tenía grandes delicadezas
y cuidados para el pobre bohemio.

--No es eso--interrumpió el maestro.--Yo pregunto si te parecía hermosa;
si lo era realmente.

--Hombre, sí--dijo Cotoner con resolución.--Era hermosa... más bien
dicho, simpática. Al final parecía un poquillo estropeada. ¡La
enfermedad!... En fin, un ángel.

Y el maestro, tranquilizado por estas palabras, quedó en larga
contemplación ante sus propias obras.

--Sí; era muy hermosa--dijo lentamente, sin apartar la vista de los
lienzos.--Ahora lo reconozco; ahora la veo mejor... Es extraño, Pepe;
parece como que encuentro hoy á Josefina, después de un largo viaje. La
había olvidado; ya no sabía ciertamente cómo era su cara.

Hubo otra larga pausa, y de nuevo acometió el maestro á su amigo con una
pregunta ansiosa.

--¿Y quererme?... ¿Crees tú que me quería de veras? ¿Que era por amor
por lo que se mostraba, algunas veces... tan rara?

Ahora sí que no vaciló Cotoner, como en las preguntas anteriores:

--¡Quererte!... ¡Con delirio, Mariano! ¡Como ningún hombre ha sido
querido en el mundo! Todo lo que hubiera entre vosotros, eran celillos,
exceso de afecto. Lo sé mejor que nadie; á los buenos amigos que como yo
entran y salen en una casa, lo mismo que perros viejos, se les trata con
confianza, se les dicen cosas que no sabe el marido... Créeme, Mariano;
nadie más te querrá así. Los berrinches eran nubes de las que pasan.
Tengo la certeza de que ya no te acuerdas de ellas. Lo que no pasaba era
lo otro; el amor que te tenia. Me consta: lo sé de cierto; ya sabes que
ella me lo contaba todo, que era yo la única persona á quien podía
tolerar en sus últimos tiempos.

Renovales pareció agradecer con una mirada de alegría estas palabras de
su amigo.

Salieron á pasear á la caída de la tarde, marchando lentamente hacia el
centro de Madrid. Renovales hablaba de su juventud, de sus tiempos de
Roma. Reía recordando á Cotoner su famoso surtido de papas, acudían á su
memoria las graciosas farsas de los estudios, las fiestas ruidosas, y
después, á su regreso, cuando ya era casado, las noches de amistosa
intimidad en aquel comedor pequeño y bonito de la vía Margutta; la
llegada del bohemio y otros compañeros de arte, para tomar una taza de
té con el joven matrimonio; las discusiones á gritos sobre pintura, que
hacían protestar á los vecinos, mientras ella, su Josefina, todavía con
el asombro de verse dueña de una casa, sin su madre y rodeada de
hombres, sonreía á todos con timidez, encontrando graciosos é
interesantes á aquellos camaradas terroríficos, melenudos como
bandoleros, inocentes y quisquillosos como niños.

--¡Los buenos tiempos, Pepe!... La juventud, que sólo apreciamos cuando
desaparece.

Andando siempre en línea recta, sin saber adónde iban, enfrascados en su
conversación y sus recuerdos, se vieron en la Puerta del Sol. Había
cerrado la noche; brillaban los focos eléctricos; los escaparates
arrojaban sobre las aceras sus manchas de luz.

Cotoner miró la hora en el reloj del Ministerio.

¿No iba aquella noche el maestro á casa de la de Alberca?...

Renovales pareció despertar. Sí; tenía que ir, le esperaban... Pero no
iba. Su amigo le miró escandalizado, como si considerase, en su
conciencia de parásito, una falta gravísima el despreciar una comida.

El pintor mostrábase falto de fuerzas para pasar la noche entre Concha y
su marido. Pensaba en ella con cierta aversión; sentíase capaz de
rechazar brutalmente los contactos audaces con que le perseguía á todas
horas; de contárselo todo al marido en un arrebato de franqueza. Era una
vergüenza, una traición, aquella vida _á tres_ que la gran dama aceptaba
como el más dichoso de los estados.

--Es insufrible--dijo para desvanecer la extrañeza de su compañero.--No
se la puede aguantar; una lapa que no me suelta un instante.

Nunca había hablado á Cotoner de sus amores con la de Alberca, pero éste
no necesitaba que le contasen las cosas; tácitamente se daba por
enterado.

--Pero es guapa, Mariano--dijo.--¡Una gran mujer! Ya sabes que la
admiro. Esa te podía servir para el cuadro griego.

El maestro tuvo una mirada de conmiseración para su ignorancia. Sentía
el deseo de vejarla, de herirla, justificando así su indiferencia.

--Fachada nada más... cara y estatura.

É inclinándose hacia su amigo, le dijo en voz baja, gravemente, como si
revelase el secreto de un inmenso crimen:

--Tiene las rodillas en punta... Una verdadera estafa.

Cotoner dilató la boca con una risa de sátiro y se agitaron sus orejas.
Era la alegría del hombre casto; la satisfacción de conocer los ocultos
defectos de una belleza colocada fuera de su alcance.

El maestro no quiso separarse de su amigo. Le necesitaba; mirábale con
tierna simpatía, viendo en él algo de la muerta. Nadie la había conocido
como aquel compañero. En los momentos de tristeza, él era su confidente.
Cuando sus nervios la ponían como loca, las palabras de este hombre
sencillo terminaban sus crisis en un mar de lágrimas. ¿Con quién podía
hablar mejor de ella?...

--Comeremos juntos, Pepe: iremos á los _Italíanos_; un banquete romano,
_raviolis_, _picatta_, todo lo que quieras, y un frasco de _Chianti_ ó
dos; cuantos puedas beber; y al final _Asti_ espumoso, mejor que el
Champagne. ¿Te conviene, anciano?

Se agarraron del brazo, marcharon alta la frente, la sonrisa en los
labios, como dos pintorcillos jóvenes, ansiosos de celebrar una venta
reciente con una comilona alivio de su miseria.

Renovales sumíase en sus recuerdos para sacarlos á luz con palabra
atropellada. Hacía memoria á Cotoner de cierta _trattoria_ en una
callejuela romana, más allá de la estatua de Pasquino, antes de llegar
al _Governo Vechio_; un figón de quietud eclesiástica, dirigido por el
antiguo cocinero de un cardenal. Las perchas del establecimiento estaban
siempre ocupadas por sombreros de teja. Su alegría de artistas,
escandalizaba un tanto la grave parsimonia de los parroquianos:
sacerdotes de las oficinas pontificales ó de paso en Roma para intrigar
ascensos; rábulas de mugrienta levita, que llegaban cargados de
papelotes del vecino Palacio de Justicia.

--¡Qué macarrones! ¿Te acuerdas, Pepe? ¡Y cómo le gustaban á la pobre
Josefina!

Llegaban de noche á la _trattoria_ en alegre banda; ella cogida á su
brazo, y en torno los buenos amigos que agrupaba la admiración junto á
su naciente fama de pintor. Josefina adoraba los misterios culinarios,
los secretos tradicionales de la solemne mesa de los príncipes de la
Iglesia, que habían descendido á la calle, refugiándose en aquella
salita con arcadas de bodegón. Sobre el blanco mantel temblaba la mancha
de ámbar del vino de Orvieto, en ventrudas botellas de fino cuello; un
líquido dorado, espeso, de dulzura clerical; una bebida de pontífices
ancianos que descendía como fuego hasta el estómago, y más de una vez sé
había remontado á cabezas cubiertas por la tiara.

En las noches de luna salían de allí, con dirección al Coloseo para
contemplar la ruina colosal y monstruosa bajo un torrente de luz
azulada. Josefina, trémula de inquietud, se sumía en los túneles
negros, avanzaba á tientas entre las piedras caídas, hasta verse en
pleno graderío, frente al silencioso redondel, que parecía encerrar el
cadáver de todo un pueblo. Ella pensaba en las fieras horrendas que
habían pisado aquella arena, mirando en torno con inquietud. De pronto,
un espantoso rugido, y una bestia negra salía dando saltos de los
profundos vomitorios. Josefina se agarraba á su esposo, con chillido de
espanto, y todos reían. Era Simpson, un pintor norteamericano que
doblaba su larga osamenta, marchando á cuatro patas para atacar con
fieros alaridos á los compañeros.

--¿Te acuerdas, Pepe?--decía á cada instante Renovales.--¡Qué tiempos!
¡Qué alegría! ¡Qué excelente compañera la pobrecita, antes de que la
entristeciese la enfermedad!...

Comieron, hablando de su juventud, mezclando en sus recuerdos la imagen
de la muerta. Después pasearon por las calles basta media noche,
insistiendo Renovales en aquellos tiempos, recordando á su Josefina,
como si toda su existencia la hubiese pasado adorándola. Cotoner
sentíase fatigado de esta conversación y se despidió del maestro. ¡Qué
nueva manía era aquella!... Muy interesante la pobre Josefina; pero toda
la noche la habían pasado sin hablar de otra cosa, como si en el mundo
sólo existiese el recuerdo de la muerta.

Renovales marchó á su casa con cierta impaciencia; tomó un carruaje para
llegar antes. Sentía la misma impresión de inquietud que si le
aguardara alguien: le parecía aquel hotel presuntuoso, antes frío y
solitario, animado por un espíritu que no podía definir, una alma amada
que lo llenaba todo, esparciéndose como un perfume.

Al entrar, precedido por el doméstico soñoliento, su primera mirada fué
para la acuarela. Sonrió; quiso dar las buenas noches á aquella cabeza
que fijaba sus ojos en él.

Igual sonrisa y el mismo saludo mental tuvo para todas las Josefinas que
salían á su encuentro, surgiendo de la sombra de las paredes al
encenderse las bombillas eléctricas en salas y corredores. Ya no le
inspiraban inquietud estos rostros contemplados por la mañana con
sorpresa y miedo. Ella le veía; ella adivinaba su pensamiento; ella le
perdonaba, seguramente. ¡Había sido siempre tan buena!...

Dudó un instante en su camino, queriendo ir á los estudios, y encender
sus grandes focos eléctricos. La vería de cuerpo entero, en toda su
gentileza; hablaría con ella; la pediría perdón, en el profundo silencio
de aquellas naves... Pero el maestro se contuvo. ¿Qué locuras se le
ocurrían? ¿Iba á perder el juicio?... Se pasó la mano por la frente,
como si quisiera borrar de su pensamiento estos propósitos. Era sin duda
el _Asti_ quien le inspiraba tales extravagancias. ¡Á dormir!...

Al quedar á obscuras, tendido en la camita de su hija, se sintió
molesto. No podría dormir; estaba mal allí... Sintió un deseo vehemente
de salir del cuarto, de refugiarse en el dormitorio abandonado, como si
sólo en él pudiera encontrar descanso y sueño. ¡Oh, la cama veneciana,
la cama de Dogaresa rubia, aquel mueble señorial que guardaba toda su
historia; donde ella había gemido de amor; donde se habían dormido
tantas veces comunicándose á media voz sus deseos de gloria y de
riqueza; donde había nacido su hija!....

Con la vehemencia que ponía en todos sus caprichos, el maestro recobró
sus ropas, y quedamente, como si temiera ser oído por su criado, que
descansaba cerca, encaminóse al dormitorio.

Rodó la llave con precauciones de ratero y avanzó de puntillas, bajo la
luz suave y discreta de color rosa, que derramaba un farolón antiguo,
desde el centro del techo. Tendió los colchones cuidadosamente sobre la
cama abandonada. Faltaban sábanas, almohadas, toda la ropa de dormir. La
habitación, desierta tanto tiempo, estaba fría... ¡Qué noche tan
agradable iba á pasar! ¡Qué bien dormiría allí! Los almohadones de un
sofá, bordados de oro con duro relieve, le sirvieron de cabecera. Se
envolvió en un gabán y se acostó vestido, apagando la luz, con el deseo
de no ver la realidad, de soñar, poblando la sombra con las dulces
mentiras de su imaginación.

Sobre aquellos colchones había dormido Josefina; sus blanduras conocían
el suave peso de su cuerpo. No la veía como en los últimos tiempos,
enferma, demacrada, roída por la miseria física. Esta imagen dolorosa la
rechazaba su pensamiento, abriéndose á las ilusiones bellas. La Josefina
que contemplaba, la que llevaba dentro, era la otra, la de los primeros
tiempos; y no como había sido en realidad, sino como él la había visto,
como la había pintado.

Su memoria pasaba sobre una gran laguna de tiempo, obscura y tormentosa;
saltaba desde la actual nostalgia á los tiempos felices de la juventud.
Tampoco se acordaba de los años de penoso cautiverio, cuando se debatían
los dos, huraños y agresivos, incapaces de continuar juntos la misma
senda... Eran insignificantes contratiempos de la vida. Sólo pensaba en
la bondad sonriente, la generosidad y la sumisión de los tiempos de
amor. ¡Con qué ternura habían vivido juntos, una parte de su existencia,
abrazados sobre aquel lecho que ahora sólo conocía el aislamiento de su
cuerpo!...

El artista se estremeció de frío en la insuficiencia de sus envolturas.
En esta situación anormal, las sensaciones exteriores evocaban sus
recuerdos; se asociaban á fragmentos del pasado, tirando de ellos, hasta
sacarlos á flote en la memoria. El frío le hizo pensar en las noches
lluviosas de Venecia, cuando el chaparrón caía horas y horas sobre
estrechas callejuelas y desiertos canales, en el profundo silencio de la
noche, en la mudez solemne de una ciudad sin caballos, sin ruedas, sin
otro ruido de vida que el chapoteo del agua solitaria en los escalones
de mármol. Ellos estaban en aquella misma cama, bajo el caliente
edredón, rodeados de los muebles que adivinaba ahora en la sombra.

Por entre las maderas del calado ventanal penetraba el resplandor del
reverbero que iluminaba el vecino canalillo. Marcábase en el techo una
faja de luz y en ella temblaba el reflejo de las aguas muertas, con un
incesante cruzamiento de hilos de sombra. Ellos, estrechamente
abrazados, con los ojos en alto, contemplaban este juego de la luz y el
agua. Adivinaban el frío y la humedad en la calle líquida; saboreaban el
mutuo calor de sus cuerpos, el apretado contacto de su carne, el egoísmo
de estar juntos, en la dulce voluptuosidad del bienestar físico, sumidos
en el silencio, como si el mundo hubiese acabado, como si su dormitorio
fuese un cálido oasis en medio del frío y la sombra.

Algunas veces sonaba un grito lúgubre rasgando el silencio. _¡Aooo!_ Era
un gondolero que avisaba antes de doblar la esquina. Por la mancha de
luz que cabrilleaba en el techo, deslizábase una gondolíta negra,
liliputiense, un juguete de sombra, en cuya popa se doblaba, dándole al
remo, un monigote del tamaño de una mosca. Y los dos, pensando en los
que pasaban bajo la lluvia, perseguidos por las ráfagas glaciales,
paladeaban una nueva voluptuosidad, y sus cuerpos se apretaban con más
fuerza, bajo la suave caricia del edredón, y sus bocas se encontraban,
conmoviendo la calma de su nido con la insolencia ruidosa de la juventud
y el amor...

Renovales ya no sentía frío. Revolvíase inquieto sobre los colchones;
clavábanse en su rostro los bordados metálicos del almohadón; tendía sus
brazos en la obscuridad, y una queja cortaba el silencio, tenaz,
desesperada, un lamento de niño que exige lo imposible, que pide la
luna.

--¡Josefina! ¡Josefina!



III


Una mañana el maestro llamó con gran urgencia á Cotoner, y éste se
presentó, mostrándose alarmado por los términos del aviso.

--No es nada grave--dijo Renovales.--Necesito que me digas dónde fué
enterrada Josefina. Quiero verla.

Era un deseo que se había formado lentamente en su pensamiento durante
varias noches; un capricho de las interminables horas de insomnio que
arrastraba en la obscuridad.

Hacía más de una semana que se había trasladado al dormitorio grande,
escogiendo entre la ropa de cama, con una minuciosidad que asombró á la
servidumbre, las sábanas más usadas, las que evocaban con sus bordados
los antiguos recuerdos. No encontró en estos lienzos aquel perfume de
los armarios que tanto le perturbaba; pero algo había en ellos, la
ilusión, la certeza de que su tejido había rozado muchas veces la carne
querida.

Renovales, después de exponer su deseo á Cotoner, sobriamente y con
gesto duro, creyó necesario excusarse. Era vergonzoso que él no supiese
dónde estaba Josefina; que no hubiera ido aún á visitarla. El dolor de
su muerte le había dejado sin voluntad... después, ¡el largo viaje!...

--Tú corriste con todo, Pepe; tú arreglaste el entierro. Dime dónde
está; llévame á verla.

No se había preocupado hasta entonces de los restos de la muerta.
Recordaba el día del entierro, su dolor teatral, que le había hecho
permanecer en un rincón del estudio, con la cara oculta entre las manos.
Los amigos íntimos, los escogidos, que llegaban hasta su retiro,
vestidos de negro y con tristeza fúnebre, le cogían una mano apretándola
con efusión. «¡Valor, Mariano! ¡Ánimo, maestro!» Y fuera del hotel un
patear incesante de caballos; la verja negra de apretada muchedumbre;
los carruajes en doble fila hasta perderse de vista; los _reporters_
yendo de un grupo á otro, inscribiendo nombres.

Todo Madrid estaba allí... Y se la habían llevado al lento paso de unos
caballos de penachos ondeantes, entre lacayos de la muerte, con blancas
pelucas y doradas cachiporras; y él no se había acordado más de ella, no
había sentido la curiosidad de conocer el rincón fúnebre, donde se
ocultaba para siempre, bajo los ardores del sol que resquebrajan la
tierra, bajo las interminables lluvias de la noche que chorrearían sobre
sus pobres huesos. ¡Ah, malvado! ¡Ah, miserable, por el más afrentoso de
los olvidos!...

--Dime dónde está, Pepe... Llévame; quiero verla.

Suplicaba con la vehemencia del remordimiento: quería verla en seguida,
cuanto antes, como un pecador que teme morir y pide á gritos la
absolución.

Cotoner accedió á este viaje inmediato. Estaba en el cementerio de la
Almudena, un camposanto cerrado desde mucho tiempo. Sólo iban á él los
que tenían tradicionales derechos sobre un pedazo de su suelo. Cotoner
había querido enterrar á la pobre Josefina cerca de su madre, en el
mismo recinto donde se oxidaba el oro de la losa que ocultaba al
«malogrado genio de la diplomacia». Quiso que descansase entre los
suyos.

En el camino, Renovales sintió cierta angustia. Veía pasar con ojos de
sonámbulo, al través de los vidrios del carruaje, las calles de la
población: después bajaban una rápida cuesta; jardines mal cuidados, en
los cuales, junto á los árboles, dormitaban vagabundos ó se peinaban
mujeres con la cabeza al sol; un puente; suburbios míseros con casuchas
de lugarejo; luego el campo, caminos en cuesta y al final un bosque de
cipreses sobre una tapia y remates de edificios marmóreos, ángeles
extendiendo las alas con una trompeta en los labios, grandes cruces,
flameros montados sobre trípodes, y un cielo límpido, de intenso azul,
que parecía reir con indiferencia sobrehumana de la emoción de aquella
hormiga que se apellidaba Renovales.

Iba á verla; á poner sus plantas en la misma tierra, última sábana de
su cuerpo; á aspirar un aire en el que subsistía tal vez algo de aquel
calor, que era como la respiración del alma de la muerta. ¿Qué la
diría?...

Al entrar en el camposanto miró al guardián, un hombre feo, lúgubre, con
una palidez amarillenta y grasosa de blandón. ¡Aquel hombre vivía á
todas horas cerca de Josefina!... Sintió un impulso de generosidad, de
agradecimiento: tuvo que contenerse, pensando en su acompañante, para no
entregarle todo el dinero que llevaba encima.

Sus pasos resonaron en el profundo silencio. Sintiéronse rodeados de la
rumorosa calma de un jardín abandonado, en el que eran más los kioscos y
las estatuas que los árboles. Anduvieron bajo ruinosas columnatas que
repercutían sus pasos con extraño eco; sobre losas que devolvían la
sonoridad de sus huellas, con ese estruendo sordo de los lugares huecos
y obscuros. La nada estremecida en su desierto por un ligero rozamiento
de vida.

Los muertos que dormían allí estaban bien muertos, sin la leve
resurrección del recuerdo, en completo abandono, consumiéndose en la
podredumbre universal, anónimos, separados por siempre de la vida, sin
que de la inmediata colmena de gentes viniese nadie á reanimar con
llantos y ofrendas la efímera personalidad que tuvieron, el nombre que
les rotuló por un instante.

Las coronas pendían de las cruces, negras, deshilachadas, con un
hervidero de insectos en sus briznas. La vegetación exuberante y
monótona, libre del martirio de los pasos, se extendía por todas partes,
desuniendo con sus raíces las piedras de las tumbas, haciendo saltar los
peldaños de las sonoras escalinatas. Las lluvias, con su lenta
filtración, producían desplomes del terreno. Algunas losas se
cuarteaban, dejando entreabiertos profundos hoyos que exhalaban un hedor
de tierra mojada y estiércol cocido.

Había que andar con cierta precaución, temiendo que el terreno sonoro y
hueco se abriese de pronto: había que evitar repentinas depresiones, en
las cuales, junto á una lápida hundida de canto, con letras de pálido
oro y nobiliarios escudos, asomaba un cráneo pequeño, de débil osamenta;
el armazón de una cabeza de mujer, entrando y saliendo por el negro
portal de sus órbitas un rosario de hormigas.

El pintor caminaba estremecido, con la tristeza de una decepción
inmensa, dudando de sus más grandes entusiasmos. ¡Y esto era la vida!...
¡Y así acababa la humana belleza! ¡Para esto serviría el receptáculo de
hermosas sensaciones que llevaba sobre sus hombros, y allí iría á parar
con toda su soberbia!...

--Aquí es--dijo Cotoner.

Se habían metido entre unas filas de tumbas apretadas, rozando, al
pasar, los adornos envejecidos que se desmenuzaban y caían á su
contacto.

Era una sepultura sencilla, una especie de féretro de blanco mármol,
que se elevaba unos dos palmos sobre el suelo, llevando en su parte
superior un alto remate, semejante á la cabecera de una cama, y
terminado por una cruz.

Renovales permaneció frío. ¡Allí estaba Josefina!... Leyó varias veces
la inscripción, como si no pudiera convencerse. Era ella; las letras
reproducían su nombre, con una breve lamentación del marido
inconsolable, que á él le pareció falta de sentido, artificial,
vergonzosa.

Había venido pensando, con estremecimientos de inquietud, en el terrible
momento de descubrir el último lecho de su Josefina. ¡Sentirse cerca de
ella, pisar el suelo que guardaba la esencia de su cuerpo! No podría
resistir este trance; lloraría como un niño, caería de rodillas,
sollozando con angustia de muerte...

Y bien; ya estaba allí: tenía la tumba ante sus ojos, y sin embargo,
permanecían secos, miraban en torno, fríamente, con extrañeza.

¡Allí estaba!... Lo creía por la afirmación de su amigo, por aquel
rótulo declamatorio puesto sobre la tumba; pero nada le avisaba la
presencia de la muerta. Permanecía insensible, mirando con curiosidad á
las inmediatas sepulturas, sintiéndose en su interior un monstruoso
deseo de burla, no viendo en la muerte más que su mueca sardónica de
bufón de la última hora.

Á un lado, un señor que descansaba bajo el interminable catálogo de sus
títulos y condecoraciones; una especie de conde de Alberca, que se
había dormido en la solemnidad de su grandeza, esperando el trompetazo
del ángel para comparecer ante el Señor con todos sus pergaminos y
cruces. Al otro, un general que se pudría bajo un mármol grabado de
cañones, fusiles y banderas, como si quisiera infundir espanto á la
muerte. ¡En qué burlesca promiscuidad había venido á acostarse Josefina,
para dormir su último sueño! Al través de la tierra mezclábanse los
jugos de todos aquellos cuerpos, se unían y amalgamaban, con el
definitivo beso de la nada, sin haberse conocido durante la vida. Ellos
eran los últimos dueños de su cuerpo, los eternos y definitivos amantes;
se la arrebataban en su presencia y para siempre, indiferentes á las
preocupaciones efímeras de los vivos. ¡Ay la muerte! ¡Que burlona atroz!
¡Qué cinismo frío el de la tierra!...

Sentía disgusto, tristeza, asco, de la insignificancia humana... pero no
lloraba. Sólo tenía ojos para lo externo y lo material; para la forma,
preocupación constante de su pensamiento. Al verse ante la tumba,
apreció únicamente su vulgar humildad, con cierta vergüenza. Era su
mujer: la esposa de un gran artista.

Pensó en los escultores más célebres, todos amigos suyos: hablaría con
ellos; labrarían una sepultura imponente, con estatuas lacrimosas y
originales símbolos de la fidelidad, de la dulzura y del amor: un
sepulcro digno de la compañera de Renovales... Y nada más; su
pensamiento no iba más allá; su imaginación no podía traspasar la dureza
del mármol, penetrando en el oculto misterio. La tumba estaba muda y
vacia: en el ambiente no había nada que hablase al alma del pintor.

Permaneció insensible, sin que le turbase emoción alguna, sin dejar de
ver un solo instante la realidad. El cementerio era un lugar feo,
triste, repugnante, con su atmósfera de pudridero. Renovales creía
percibir un lejano hedor de carne frita esparcido en el viento, que
inclinaba el puntiagudo plumero de los cipreses, que movía las viejas
coronas y el ramaje de los rosales.

Miró con cierta hostilidad al silencioso Cotoner. Éste tenía la culpa de
su frialdad. Su presencia le cohibía, impidiendo toda efusión. Aunque
amigo, era un extraño; un obstáculo entre él y la muerta. Se interponía
entre los dos, impidiendo aquel diálogo mudo de amor y perdón con el que
venia soñando. Volvería sin su acompañante. Tal vez el cementerio fuese
distinto en la soledad.

Y volvió: volvió al día siguiente. El guardián le hizo un saludo amable,
adivinando un parroquiano de los que proporcionan ganancias.

El cementerio le pareció más grande, más imponente, en el silencio de
una mañana tranquila y luminosa. No tenía con quién hablar, no oía otro
ruido humano que el de sus propios pasos. Subía escalinatas, atravesaba
galerías, dejando tras él su indiferencia, pensando, con inquietud, que
cada vez se separaba más de los vivos, que la puerta, con su empleado
sórdido, estaba ya lejos, y que él era el único viviente, el único que
pensaba y podía sentir miedo, en aquella ciudad lúgubre de miles y miles
de seres, envueltos en un misterio que les hacía imponentes, entre los
ruidos sordos y extraños de ese más allá que espanta con su negrura de
abismo sin fondo.

Al llegar ante la tumba de Josefina, se quitó el sombrero.

Nadie. Los árboles y los rosales se estremecían bajo el viento, hasta
perderse de vista en las encrucijadas de los panteones. Unos pájaros
piaban sobre su cabeza, en una acacia, y este rumor de vida, rasgando el
susurro de la solitaria vegetación, esparcía cierta tranquilidad en el
espíritu del pintor, borraba el miedo infantil que había sentido antes
de llegar allí, cruzando las columnatas de pavimento sonoro.

Permaneció mucho tiempo inmóvil, abstraído en la contemplación de
aquella caja de mármol, partida oblicuamente por la luz del sol; una
parte de color de oro y otra con la blanca superficie azulada por la
sombra. De pronto se estremeció, coma si despertase oyendo una voz... La
suya. Hablaba alto, con un impulso irresistible de exteriorizar á gritos
su pensamiento, de animar con algo que significase vida este silencio
mortal.

--Josefina, soy yo... ¿Me perdonas?...

Era una ansia infantil de oir la voz del más allá, derramando sobre su
alma un bálsamo de perdón y olvido; un deseo de arrastrarse, de llorar,
de empequeñecerse, de que ella le escuchase, de que sonriera desde el
fondo de la nada, viendo la gran revolución que se había operado en su
espíritu. Quería decirla--y se lo decía mudamente, con el lenguaje de la
emoción--que la amaba, que había resucitado en su pensamiento, ahora que
la había perdido para siempre, con un amor que no tuvo nunca pura ella
en su existencia terrenal. Sentíase avergonzado de verse ante su tumba;
avergonzado de la desigualdad de su suerte.

Le pedía perdón de vivir, de sentirse vigoroso y joven todavía, de
amarla sin realidad, con loca esperanza, cuando la había dejado partir
indiferente y frío, con el pensamiento en otra mujer, esperando su
muerte con el más criminal de los anhelos. ¡Miserable! ¡Y él estaba en
pie! ¡Y ella, la buena, la dulce, oculta para siempre; perdida y
deshecha en las entrañas de la eterna insaciable!...

Lloraba: lloraba, por fin, con esas lágrimas cálidas y sinceras que
atraen el perdón. Era el llanto por tanto tiempo deseado. Ahora sentía
que los dos se aproximaban, que estaban casi juntos, que sólo les
separaba una lámina de mármol y alguna tierra. Veía con la imaginación
sus pobres restos, los huesos tal vez cubiertos por la podredumbre
epílogo de una vida, y los amaba, los adoraba con una pasión serena, por
encima de las miserias terrenales. Nada de lo que había sido Josefina
podía causarle repugnancia ni horror. ¡Si él pudiera abrir aquella caja
blanca! ¡Si pudiera besar los últimos escombros del cuerpo adorado,
llevárselos con él, para que le acompañasen en su peregrinación, como
las divinidades domésticas délos antiguos!... Ya no veía el cementerio;
no oía los pájaros ni el susurro de las ramas; creía vivir en una nube,
sin contemplar otra cosa en la densa niebla que aquella tumba blanca, la
marmórea caja, último lecho del adorado cuerpecillo...

Ella le perdonaba: su cuerpo surgía ante él, tal como había sido en su
juventud, como había quedado en los lienzos pintada por su mano. Su
mirada profunda se fijaba en la suya; su mirada de los tiempos de amor.
Le parecía oir su voz, la voz de entonaciones infantiles, la que reía,
admirando pequeñas insignificancias, en la época feliz. Era una
resurrección; la imagen de la muerta estaba ante él, formada, sin duda,
por moléculas invisibles de su ser, que flotaban sobre la tumba, por
algo de su esencia vital que aún aleteaba en torno de los restos
materiales, con cierto retardo de dolorosa despedida, antes de emprender
la carrera á las profundidades de lo infinito.

Su llanto incesante seguía derramándose en el silencio, con una
profusión de dulce desahogo: su voz, entrecortada por los suspiros,
hacía callar á los pájaros infundiéndoles momentáneo pavor. «¡Josefina!
¡Josefina!» Y el eco de estos lugares sonoros contestaba con rugidos
sordos y burlones, desde las lisas paredes de los mausoleos, desde el
término invisible de las columnatas.

El artista, con impulso irresistible, pasó una pierna sobre las cadenas
enmohecidas que rodeaban la tumba. ¡Sentirla más cerca! ¡Suprimir la
corta distancia que los separaba! Burlar á la muerte con un beso de amor
resucitado, de intenso agradecimiento por el perdón!...

El cuerpo enorme del maestro cubrió la blanca caja, abarcándola en sus
brazos extendidos, como si quisiera desprenderla del suelo y llevársela
con él. Sus labios buscaron ansiosos la parte más alta de la losa.

Quiso adivinar el sitio que cubría el rostro de la muerta, y entre
rugidos de fiera herida, comenzó á besarlo, moviendo su cabeza, como si
quisiera estrellarla contra el mármol.

Una sensación en los labios de piedra caldeada por el sol; un sabor de
polvo, insípido y repulsivo, se extendió por su boca. Renovales se
incorporó, se puso de pie, como si despertase, como si resurgiese de
pronto el cementerio, hasta entonces invisible. El lejano hedor de carne
chamuscada volvió á herir su olfato.

Ahora veía la tumba, como la había visto el día anterior. Ya no lloraba.
La inmensa decepción secó sus lágrimas, mientras en su interior sentía
acrecentarse el ansia del llanto. ¡Horrible despertar!... Josefina no
estaba allí; en torno de él sólo existía la nada. Era inútil buscar el
pasado en el campo de la muerte. Los recuerdos no podían prender en
esta tierra fría, conmovida en sus entrañas por el pulular del gusano,
por el hervor de la materia en putrefacción. ¡Ay, dónde venía á buscar
sus ilusiones! ¡De qué estercolero hediondo quería hacer resurgir las
rosas de sus recuerdos!...

Veía con la imaginación, tras aquel mármol antipático, el pequeño cráneo
con su mueca burlona, los huesos frágiles envueltos en sus últimos
andrajos de piel, y esta visión le dejaba frío, indiferente. ¿Qué tenía
él que ver con estas miserias? No; Josefina no estaba allí. Había muerto
de veras, y si alguna vez llegaba á verla no sería cerca de su tumba.

Lloraba otra vez, pero sin lágrimas exteriores, con un llanto que se
derramaba hacia adentro: lloraba la amargura de su soledad, el no poder
cambiar con ella un pensamiento. ¡Tantas cosas que tenía que decirla y
que le quemaban el alma!... ¡Cómo la hablaría, si una fuerza misteriosa
se la devolviese por un instante!... Imploraría, su perdón; se arrojaría
á sus pies, lamentando el error de su vida, el doloroso engaño de haber
permanecido junto á ella, indiferente, acariciando falsas ilusiones que
encerraban el vacío, para rugir ahora en el tormento de lo irreparable,
con la sed de un amor loco que adoraba á la muerta después de despreciar
á la viva. La juraría mil veces la verdad de esa adoración póstuma, de
este deseo excitado por la muerte. Y luego, la acostaría otra vez en su
lecho eterno y se alejaría tranquilo, con la conciencia en paz, después
de la delirante confesión.

Pero era imposible. El silencio entre ellos sería para siempre. Habría
de quedar por toda una eternidad con esta confesión en el pensamiento,
sin poder comunicársela, sintiendo su pesadez abrumadora. Ella se había
ido con el rencor y el desprecio en el alma, olvidando los primeros
tiempos de amor, y eternamente ignoraría que éstos habían tenido un
reverdecimiento después de su muerte.

No podía echar una mirada atrás; ella no existía; ya no existiría nunca.
Todo cuanto él hiciese y cuanto pensase, las noches de insomnio
llamándola con súplica cariñosa, las largas contemplaciones ante sus
imágenes, todo lo ignoraría. Y cuando él muriese á su vez, el silencio y
el aislamiento entre ambos aun se haría más grande. Las cosas que no
había podido decirla se extinguirían con él, y los dos se desmenuzarían
en la tierra, extraños el uno al otro, prolongando en la eternidad su
error lamentable, sin poder aproximarse, sin poder verse, sin una
palabra salvadora, condenados á la nada, pavorosa y sin límites, sobre
cuya dureza infinita resbalaban imperceptibles los deseos y los dolores
de las criaturas.

El artista infeliz se revolvió con la rabia de su impotencia. ¿De qué
crueldad vivían rodeados? ¿Qué burla sombría, feroz, implacable, era
aquella que los empujaba, unos hacia otros, para después separarlos por
siempre, ¡por siempre! sin que pudieran cambiar una mirada de perdón,
una palabra que rectificase sus errores y les permitiera reanudar su
eterno sueño, con nueva paz?...

La mentira; siempre el engaño en torno del hombre, como una atmósfera
protectora que le preserva en su marcha, al través del vacío de la vida.
Mentira aquella tumba con sus inscripciones: allí no estaba ella; sólo
encerraba unos despojos, iguales á todos, que nadie podría reconocer, ni
él mismo que tanto los había amado.

Su desesperación le hizo levantar los ojos al espació, de luminosa
limpidez. ¡Ah, el cielo! ¡Mentira también! Aquel azul celestial, con sus
rayos dorados y sus juegos caprichosos de nubes, era una imperceptible
película, una ilusión de los ojos. Más allá de la telaraña engañosa que
envolvía la tierra, estaba el verdadero cielo, el espacio sin fin, y era
negro, de una lobreguez fatídica, con un chisporroteo de lágrimas
ardientes, de infinitos mundos, lamparillas de la eternidad en cuya
llama vivían otros enjambres de invisibles átomos: y el alma glacial,
ciega y cruel de la tenebrosa inmensidad, reía de sus pasiones y sus
anhelos, de las mentiras que fabricaban incesantemente para acorazar su
efímera existencia, queriendo prolongarla con la ilusión de un alma
inmortal.

Todo mentiras que la muerte se encargaba de desenmascarar, cortando la
marcha á los hombres en su dulce camino escalonado de ilusiones,
echándoles fuera de él, con la misma indiferencia que sus pies habían
aplastado y puesto en fuga los rosarios de hormigas que avanzaban entre
la hierba sembrada de huesos.

Renovales sintió la necesidad de huir. ¿Qué hacía allí? ¿Qué le
importaba el desolado vacío de aquel rincón de la tierra? Antes de
alejarse con la firme resolución de no volver más, buscó en torno de la
tumba una flor, unas briznas de hierba, algo que le acompañase como
recuerdo. No; Josefina no estaba allí, bien lo sabia él; pero sintió el
anhelo de los enamorados, ese apasionado respeto por las cosas que tocó
alguna vez la mujer amada.

Despreció una mata de flores silvestres que crecía abundosa en la parte
inferior de la tumba. Las quería de cerca de la cabeza, y cogió unos
pequeños botones blancos, inmediatos á la cruz, pensando que sus raíces
habrían tocado tal vez el rostro de la muerta, que conservarían en los
pétalos algo de sus ojos, algo de su boca.

Volvió á casa desalentado, triste, con el vacío en el pensamiento y la
muerte en el alma.

Pero en la atmósfera cálida de su vivienda, la amada muerta salió á su
encuentro; la vió junto á él, sonriéndole desde el fondo de los marcos,
irguiéndose en los grandes lienzos. Renovales sintió en torno de su cara
un aliento cálido, como si aquellas imágenes respirasen á la vez,
llenando la casa con la esencia de recuerdos que parecía flotar en el
ambiente. Todo le hablaba de ella; todo lo llenaba este indefinible
perfume del pasado. Allá arriba, en la fúnebre loma, había quedado la
mísera envoltura, la corteza perecedera. No volvería más. ¿Para qué? La
sentía á su alrededor: lo que de ella restaba en el mundo, conservábase
encerrado en la casa, como queda la fuerte esencia en el pomo roto y
abandonado... En la casa, no. La muerta estaba en él, la llevaba dentro,
la percibía en su interior, como esas almas errantes de las leyendas que
se refugian en un cuerpo ajeno, pugnando por compartir la morada con el
alma señora de la envoltura. No en vano habían vivido tantos años de
existencia común, unidos primero por el amor, luego por la costumbre.
Sus cuerpos habían dormido en íntimo contacto durante media vida,
tocándose de la frente á los pies, abandonándose á la inconsciencia del
sueño, mezclando sus sudores, cambiando por los abiertos poros ese calor
de las horas intimas que es como la respiración del alma. La muerta se
había llevado una parte de la vida del artista. En sus restos, que se
desmenuzaban en la soledad del cementerio, había una parte del marido, y
éste, á su vez, sentía algo extraño y misterioso que le encadenaba al
recuerdo, que le hacía experimentar á todas horas el deseo de aquel
cuerpo, complemento del suyo, que se había desvanecido ya en la nada.

Renovales se encerró en su hotel, con aire taciturno y gesto hosco, que
infundieron miedo al criado. Si se presentaba el señor Cotoner, debía
decirle que había salido. Si llegaban cartas de la condesa, podía
dejarlas en un cacharro antiguo de la antesala, donde se amontonaban las
tarjetas inútiles. Si era ella la que se presentaba, debía cerrarle la
puerta. No quería ver á nadie: deseaba pintar sin ningún género de
distracción. La comida se la serviría en el mismo estudio.

Y trabajó solo, sin modelo, con una tenacidad que le hacía permanecer
derecho ante el lienzo, hasta que se desvanecía la luz. Algunas veces su
criado, al entrar al anochecer en el estudio, encontraba intacto el
almuerzo sobre una mesa. Por la noche, en la soledad del comedor, eran
los atracones mudos, el devorar silencioso y taciturno, por la imperiosa
necesidad animal, sin ver lo que comía, con los ojos perdidos en una
contemplación lejana.

Cotoner, algo picado por esta orden extraordinaria que le impedía el
acceso al estudio, presentábase por la noche y en vano intentaba
animarle con noticias del mundo exterior. Notaba en los ojos del maestro
una luz anormal, un estrabismo de locura.

--¿Cómo va esa obra?...

Renovales contestaba con un gesto vago. Ya la vería... más adelante.

Su gesto de indiferencia repetíase al oir que le hablaba de la condesa
de Alberca. Cotoner describía la alarma de aquella señora, su asombro
por la conducta del maestro. Le había llamado para tener noticias de
Mariano, para lamentarse, con los ojos húmedos, de esta ausencia. Había
estado dos veces en la puerta del hotel, sin poder entrar; se quejaba
del criado y de aquella obra misteriosa. Al menos que le escribiera, que
contestase á sus cartas, repletas de lamentos y ternuras, que ella no
sospechaba cerradas aún y en profundo olvido, entre una nube de
amarillentas cartulinas. El artista escuchaba esto con un encogimiento
de hombros, como si le hablasen de los dolores de un planeta lejano.

--Vamos á ver á Milita--decía.--Esta noche no tiene teatro.

En su aislamiento, lo único que le ligaba al mundo exterior, era el
ansia de ver á su hija, de hablarla, como si la amase con nuevo cariño.
Era carne de su Josefina; había vivido en sus entrañas. Tenía la salud y
el vigor de él, nada en su exterior recordaba á la otra; pero su sexo
ligábala estrechamente á la imagen adorada de la madre.

Oía á su Milita en un éxtasis sonriente, agradeciendo el interés que
mostraba por su salud.

--¿Estás enfermo, papaíto? Te encuentro desmejorado. Tienes una mirada
que no me gusta... Trabajas mucho.

Pero él la tranquilizaba moviendo sus fuertes brazos, hinchando su pecho
vigoroso. Nunca se había sentido mejor. Y se enteraba, con una
minuciosidad de abuelo bondadoso, de los pequeños disgustos de su
existencia. Su marido pasaba el día con los amigos; ella se aburría en
casa, y sólo encontraba entretenimiento en las visitas ó en las
compras. Y á continuación surgía un lamento, siempre el mismo, que el
padre adivinaba desde las primeras palabras. López de Sosa era un
egoísta, un tacaño para ella. Su vida de despilfarro, sólo alcanzaba á
sus placeres y á su persona, pretendiendo hacer economías sobre los
gastos de su mujer. La quería, á pesar de esto. Milita no osaba negarlo:
ni amantes ni ligeras infidelidades; ¡buena era ella para tolerarlas!
Pero sólo encontraba dinero para sus caballos, para sus automóviles;
hasta sospechaba que iba gustándole el juego, y su pobrecita mujer que
viviese desnuda, que llorase con interminable súplica cada vez que la
presentaban una cuenta, alguna insignificancia de mil ó dos mil pesetas.

El padre tenía para ella generosidades de amante. Sentíase capaz de
derramar á sus pies todo lo que había amontonado en largos años de
trabajo. ¡Que viviese feliz, ya que amaba á su marido! Las inquietudes
de ella le hacían sonreir con desprecio. ¡El dinero! ¡La hija de
Josefina, triste por tales necesidades, teniendo él en su casa tantos
papeles sucios, mugrientos, insignificantes, por cuya adquisición había
penado, y que ahora miraba con indiferencia!... De estas entrevistas
salía siempre entre vehementes abrazos y bajo una lluvia de besos
ruidosos de aquella grandullona, que expresaba su alegría manoseándolo
irrespetuosamente, como si fuese un niño.

--Papaíto, ¡qué bueno eres!... ¡Cuánto te quiero!

Una noche, Renovales, al salir de casa de su hija acompañado de Cotoner,
dijo á éste con cierto misterio:

--Ven por la mañana. Te enseñaré _aquéllo_. Aun está atrasado, pero
quiero que lo veas... Sólo tú. Nadie podrá juzgar mejor.

Después añadió con una satisfacción de artista:

--Antes sólo podía pintar lo que veía... Ahora soy otro. Me ha costado
mucho, ¡mucho!... pero tú juzgarás.

Y había en su voz la alegría de las dificultades vencidas, la
certidumbre de una grande obra.

Cotoner acudió al día siguiente, con el apresuramiento de la curiosidad,
y entró en el estudio cerrado para todos.

--¡Mira!--dijo el maestro con ademán soberbio.

El amigo miró. Frente á la luz había un lienzo en un caballete; un
lienzo gris en su mayor parte, sin otro color que el del preparado, y
sobre éste, rayas confusas y entrelazadas, delatando cierta indecisión
ante los diversos contornos de un mismo cuerpo. Á un lado una mancha de
colores, que era lo que el maestro señalaba con su mano: una cabeza de
mujer, que se destacaba vigorosa sobre el crudo fondo de la tela.

Cotoner quedó absorto. ¿Aquello lo había pintado realmente el gran
artista? No veía la mano del maestro. Aunque él fuese un pintor
insignificante, tenia buen ojo y adivinaba la indecisión, el miedo, la
torpeza, la lucha con algo irreal que se escapa, negándose á entrar en
el molde de la forma. Saltaba á la vista la inverosimilitud de los
rasgos, la rebuscada exageración; los ojos enormes, monstruosos en su
grandeza; la boca diminuta como un punto; la piel de una palidez
luminosa, sobrenatural. Solamente en sus pupilas había algo notable: una
mirada que venía de muy lejos, una luz extraordinaria que parecía
traspasar el lienzo.

--Me ha costado mucho. Ninguna obra me hizo sufrir tanto. Esto es la
cabeza nada más. ¡Lo más fácil! Después vendrá el cuerpo; una desnudez
divina, como nunca se haya visto. Y tú solo la verás; ¡sólo tú!

El bohemio ya no miraba el cuadro. Contemplaba con extrañeza al pintor,
asombrado de aquella obra, desconcertado por su misterio.

--Ya ves, ¡sin modelo! ¡Sin la realidad delante!--continuó el
maestro.--No he tenido más guía que _esos_: pero es el mejor, el
definitivo.

_Esos_ eran todos los retratos de la muerta, descolgados de las paredes,
colocados en caballetes ó en sillas, formando un apretado círculo en
torno del lienzo empezado.

El amigo no pudo contener su asombro, no pudo fingir más tiempo, vencido
por la sorpresa:

--¡Ah! ¡Pero es!... ¡Pero... has querido pintar á Josefina!

Renovales se echó atrás con violenta sorpresa. Josefina, sí; ¿quién
había de ser? ¿Dónde tenía los ojos? Y su mirada iracunda trastornó á
Cotoner.

Éste volvió á contemplar la cabeza. Sí; era ella, con una belleza que
parecía de otro mundo; extremada, espiritualizada, como si perteneciese
á una humanidad nueva, libre de groseras necesidades, en la que se
hubiesen extinguido los últimos restos de la animalidad ancestral.
Contemplaba los numerosos retratos de otros tiempos, y reconocía sus
rasgos en la nueva obra; pero animados por una luz que venía de dentro y
cambiaba el valor de los colores, dando al rostro una novedad extraña.

--¡La reconoces por fin!--dijo el maestro, que seguía ansiosamente la
impresión de su obra en los ojos del amigo.--¿Es ella? Di, ¿no te parece
igual?

Cotoner mintió con cierta conmiseración. Sí, era ella; por fin la veía
bien. Ella, pero más hermosa que en vida... Josefina nunca había sido
así.

Ahora era Renovales el que miró con extrañeza y lástima. ¡Pobre Cotoner!
¡Infeliz fracasado, paria del arte, que no había podido salir de la
muchedumbre anónima y carecía de otra sensibilidad que la del
estómago!... ¡Qué sabía él de aquellas cosas! ¡Por qué consultarle!...

No había reconocido á Josefina, y sin embargo, este lienzo era su mejor
retrato; el más exacto.

Renovales la llevaba en su interior; la contemplaba sólo con recogerse
en su pensamiento. Nadie podía conocerla mejor que él. Los demás la
tenían olvidada. Así la veía... y así había sido.



IV


La condesa de Alberca logró introducirse una tarde en el estudio del
maestro.

La vió llegar el criado, como otras veces, en un coche de alquiler,
atravesar el jardín, subir las escaleras del vestíbulo y entrar en el
recibimiento, con un paso agitado de mujer resuelta que marcha ante ella
rectamente y sin vacilación. Intentó cerrarle el paso con respeto, yendo
de un lado á otro, saliéndola al encuentro cada vez que avanzaba
ladeándose para burlar este obstáculo. ¡El señor trabajaba! ¡El señor no
recibía! ¡Era una orden severa y sin excepción!... Pero ella siguió
adelante, con el ceño duro, una luz de fría cólera en los ojos, una
resolución manifiesta de abofetear al criado si era preciso, de pasar
por encima de su cuerpo.

--Vamos, buen hombre, apártese usted.

Y su entonación de gran señora, altiva é irritada, hizo temblar al pobre
sirviente, que no sabía ya cómo oponerse á esta invasión de faldas
rumorosas y fuertes perfumes. En una de sus evoluciones, la bella señora
tropezó con una mesa de mosaico italiano, en cuyo centro estaba el
antiguo jarrón. Su mirada descendió instintivamente, hasta el fondo de
la vasija.

Fué un instante nada más, pero bastó á su curiosidad femenil para
reconocer los sobrecillos azules, de blanca orla, que asomaban las
puntas cerradas ó mostraban los lomos intactos, entre el montón de
cartulinas. ¡Esto más!... Su palidez se hizo intensa, tomó un tinte
verdoso, y con tal impulso siguió adelante la dama, que el criado no
pudo detenerla y quedó á su espalda desalentado, confuso, temiendo la
cólera del señor.

Renovales, alarmado por el fuerte taconeo en la madera del pavimento y
el roce de unas faldas rumorosas, se dirigió hacia la puerta, en el
mismo instante que la condesa hacia su entrada con expresión teatral.

--Soy yo.

--¿Usted?... ¿Tú?...

La turbación, la sorpresa, el miedo á esta entrevista, hicieron
balbucear al maestro.

--Siéntate--dijo con frialdad.

Se sentó en un diván y el artista permaneció de pie ante ella.

Miráronse con cierta extrañeza, como si no se reconociesen después de
esta ausencia de semanas que pesaba en su memoria como si fuese de años.

Renovales la miraba fríamente, sin que su cuerpo se estremeciera á
impulsos del deseo, como si fuese una visita vulgar de la que necesitaba
librarse cuanto antes. Le extrañaban su palidez verdosa, la boca
apretada por un mohín de disgusto, la mirada dura, de brillo
amarillento, la nariz que parecía encorvarse buscando el labio superior.
Estaba irritada, pero al fijar los ojos en él, perdieron éstos su
dureza.

Su instinto de mujer se tranquilizó al contemplarle. También él parecía
otro, en el abandono de su aislamiento; el pelo alborotado, la barba
enmarañada, revelando el descuido de la preocupación, la idea fija y
absorbente, que hace olvidar el aseo de la persona.

Se desvanecieron instantáneamente sus celos, la cruel sospecha de
sorprenderle, apasionado de otra mujer, con una veleidad de artista.
Ella conocía los signos exteriores del enamoramiento; la necesidad que
siente el hombre de embellecerse, de hacerse grato, extremando los
cuidados de su adorno.

Con ojos de satisfacción revisaba su abandono, fijándose en las ropas
sucias, en las manos descuidadas, en las uñas largas manchadas de color,
en todos los detalles que revelaban falta de aseo, olvido de la persona.
Indudablemente era una locura pasajera de artista, un capricho tenaz de
laborioso. Su mirada brillaba con una luz de fiebre, pero no revelaba lo
que ella había sospechado.

Á pesar de esta certidumbre tranquilizadora, como Concha iba dispuesta á
llorar y traía sus lágrimas preparadas, aguardando impacientes en el
borde de los párpados, se llevó las manos á sus ojos, encogiéndose en un
extremo del diván, con gesto trágico. Era muy desgraciada; sufría mucho.
Había pasado unas semanas horribles. ¿Qué era aquello? ¿Por qué
desaparecería sin una explicación, sin una palabra, cuando ella le amaba
mas que nunca, cuando sentía impulsos de abandonarlo todo, de dar un
escándalo enorme, viniendo á vivir con él para ser su compañera, su
esclava?... Y sus cartas, sus pobres cartas, abandonadas, sin abrir,
como si fuesen molestas peticiones de una limosna. ¡Ella, que había
pasado las noches en vela, poniendo sobre los pliegos toda su alma!... Y
había en su acento un estremecimiento de despecho literario; la amargura
de que hubieran quedado en el misterio todas las cosas bonitas que
alineaba con sonrisa de satisfacción, después de largas reflexiones...
¡Los hombres! ¡Su egoísmo y su crueldad! ¡Qué torpeza adorarles!

Seguía en su llanto, y Renovales la miraba como si fuese otra mujer. Le
parecía ridícula en este dolor que trastornaba su rostro, que lo afeaba,
borrando su sonriente impasibilidad de hermosa muñeca.

Intentó excusarse, pero sin calor, sin deseos de convencer, para no
mostrarse cruel en su silencio. Trabajaba mucho, era ya hora de volver á
su antigua existencia de fecunda labor. Ella olvidaba que era un
artista, un maestro de cierto nombre, que tenía sus deberes con el
público. No era como aquellos señoritos que podían dedicarla el día
entero y pasar la existencia á sus pies, cual un paje enamorado.

--Hay que ser serios, Concha--añadió con una frialdad pedantesca.--La
vida no es un juego. Yo debo trabajar y trabajo. Hace no sé cuántos días
que no salgo de aquí.

Ella se irguió irritada, apartó las manos de sus ojos, le miró,
recriminándole. Mentía; había salido de su encierro, sin ocurrirsele
nunca llegar por un momento á su casa.

--Buenos días nada más... Que yo te viese un instante, Mariano; el
tiempo necesario para convencerme de que eres el mismo, de que sigues
queriéndome. Pero has salido muchas veces; te han visto. Yo tengo mi
policía, que me lo cuenta todo. Eres demasiado conocido para que la
gente no se fije en ti... Has estado por las mañanas en el Museo del
Prado. Te han visto horas enteras contemplando como un bobo un cuadro de
Goya; una mujer desnuda. ¡Tu manía que vuelve otra vez, Mariano!... Y no
se te ha ocurrido venir á verme; no has contestado á mis cartas. El
señor se siente orgulloso, satisfecho de que le amen, y se deja adorar
como un ídolo, seguro de que más le querrán cuanto más grosero sea...
¡Ay, los hombres! ¡Los artistas!...

Gemía, pero su voz ya no conservaba el tono de irritación de los
primeros momentos. La certidumbre de que no había de luchar con la
influencia de otra mujer, amansaba su orgullo, no dejando en ella más
que una queja dulce de víctima que desea sacrificarse de nuevo.

--Pero siéntate--exclamó en medio de sus sollozos, indicándole un lugar
en el diván, junto á ella.--No estés de pie; parece que deseas que me
vaya...

El pintor se sentó, pero con cierta timidez, huyendo el contacto de su
cuerpo, evitando el encuentro de aquellas manos que, instintivamente,
iban á él y ansiaban un pretexto para asirle. Adivinaba su deseo de
llorar sobre uno de sus hombros, olvidándolo todo, desvaneciendo con una
sonrisa sus últimas lágrimas. Así había ocurrido en otras ocasiones,
pero Renovales, conociendo el juego, se echaba atrás con cierta rudeza.
Aquello no debía comenzar otra vez; no podía repetirse, aunque él
quisiera. Había que decir la verdad á toda costa; acabar para siempre;
echarse de los hombros el pesado fardo.

Habló con voz fosca, titubeando, la mirada en el suelo, sin atreverse á
levantar los ojos por miedo á los de Concha, que adivinaba fijos en él.

Hacía muchos días que pensaba escribirla..¡El miedo á no consignar
claramente sus pensamientos!... ¡Cierto pavor que le hacía dejar la
carta para el día siguiente!... Ahora se alegraba de que hubiese venido;
celebraba la debilidad de su criado al dejarla franca la puerta.

Debían hablar como buenos camaradas que examinan juntos el porvenir.
Era hora de dar fin á las locuras. Sería lo que Concha deseaba en otros
tiempos: amigos, buenos amigos. Ella era hermosa, tenía aún la frescura
de la juventud, pero el tiempo no transcurre en vano y él se sentía
viejo: contemplaba la vida desde cierta altura, como se contemplan las
aguas de un río, sin mojarse en ellas.

Concha le escuchaba con asombro, resistiéndose á comprender sus
palabras. ¿Qué escrúpulos eran éstos?... Después de ciertas
divagaciones, el pintor habló con un tono de remordimiento de su amigo
el conde de Alberca, un hombre respetable por su misma simplicidad. Su
conciencia se sublevaba ante la sencilla admiración del grave señor. Era
una infamia este engaño audaz en su misma casa, bajo el mismo techo. Él
no tenía fuerzas para continuar: debían purificarse del pasado con una
buena amistad; decirse adiós como amantes, sin rencor y sin antipatía,
agradecidos mutuamente por la dicha pasada, llevándose, como muertos
queridos, los agradables recuerdos...

La risa de Concha, nerviosa, sardónica, insolente, cortó la palabra del
artista. Su cruel jocosidad excitábase al pensar que era su marido el
pretexto de esta ruptura. ¡Su marido!... Y volvía á reir con carcajadas
que delataban la insignificancia del conde, la falta absoluta de respeto
que inspiraba á su mujer, la costumbre de ajustar su vida á sus
caprichos, sin pensar nunca en lo que aquel hombre pudiera decir ó
pensar. Su marido no existía para ella; jamás le había temido; nunca
había pensado que pudiera servirle de obstáculo, y ¡el amante le hablaba
de él, presentándolo como una justificación de su alejamiento!...

--¡Mi marido!--repetía entre los estremecimientos de su risa
cruel.--¡Pobrecillo! Déjale quieto: él nada tiene que hacer entre
nosotros... No mientas, no seas cobarde. Habla; otras cosas llevas en el
pensamiento. Yo no sé las que son, pero las presiento, las veo desde
aquí. ¡Si quisieras á otra!... ¡Si quisieras á otra!

Pero se interrumpía en esta exclamación sorda de amenaza. Le bastaba
mirarle para convencerse de que era imposible. Su cuerpo no olía á amor;
todo en él revelaba la paz de una carne en reposo, sin impulsos ni
deseos. Era tal vez un capricho de su imaginación, una anormalidad de
desequilibrado, lo que le impulsaba á repelerla. Y animada por esta
creencia, se abandonó, olvidando su enfado, hablándole en tono cariñoso,
acariciándole con un ardor en el que había á la vez algo de madre y de
amante.

Renovales la vió pronto junto á él, enlazando los brazos á su cuello,
hundiendo las manos con delectación en el revoltijo de su cabellera.

No era orgullosa: los hombres la adoraban, pero su corazón, su cuerpo,
toda ella, era para su pintor, para aquel ingrato que tan mal
correspondía á su cariño, que la iba á envejecer con tantos
disgustos... Súbitamente enternecida, le besaba la frente, con una
expresión generosa y pura. ¡Pobrecito! ¡Trabajaba mucho! Todo lo que
tenía era cansancio, trastorno, exceso de producción. Había que dejar
quietos los pinceles, vivir, quererla mucho, ser felices, tener en
reposo aquella frente, siempre contraída por móviles arrugas, como un
cortinaje tras el cual pasaba y repasaba, en perpetua revolución, un
mundo invisible.

--Deja que te bese otra vez esa frente bonita, para que callen y duerman
los duendes que tienes dentro.

Y besaba de nuevo la frente _bonita_, deleitándose en acariciar con sus
labios los surcos y prominencias de esta extensión irregular,
atormentada como un terreno volcánico.

Por mucho tiempo su voz mimosa, de exagerado ceceo infantil, resonó en
el silencio del estudio. Sentía celos de la pintura, señora cruel,
exigente y antipática, que parecía enloquecer á su pobre nene. El mejor
día, ilustre maestro, prendía fuego al estudio con todos sus cuadros. Se
esforzaba por atraerle á ella, por sentarlo en sus rodillas, meciéndolo
como si fuese un niño.

--Á ver, don Marianito: haga usted una risa á su Conchita. ¡Ríase usted,
granuja!... ¡Ríete ó te pego!

Él reía, pero con sonrisa forzada, intentando resistirse al cariñoso
manoseo, fatigado de estas infantiles simplezas que en otros tiempos
eran su placer. Permanecía insensible á aquellas manos, á aquella boca,
al calor de aquel cuerpo que rozaba el suyo, sin despertar la más leve
emoción. ¡Y él había amado á aquella mujer! ¡Y por ella había cometido
el crimen feroz é irreparable, que le haría arrastrar eternamente la
cadena del remordimiento!... ¡Qué sorpresas las de la vida!...

La frialdad del pintor acabó por comunicarse á la de Alberca. Pareció
despertar del ensueño en que ella misma se mecía. Se apartó del amante,
examinándolo fijamente, con ojos imperiosos, en los que comenzaba á
brillar de nuevo una chispa de orgullo.

--¡Di que me quieres! ¡Dilo en seguida! ¡lo necesito!

Pero en vano extremaba su ademán autoritario; en vano aproximaba sus
ojos á los de él, como si quisiera asomarse á su interior. El artista
sonreía débilmente, murmuraba palabras evasivas, negábase á seguirla en
estas exigencias.

--Dilo á gritos; que yo lo oiga... Di que me quieres. Llámame Friné, lo
mismo que cuando me adorabas de rodillas, besando mi cuerpo.

El nada dijo. Parecía avergonzado por el recuerdo; bajaba la cabeza para
no verla.

La condesa se levantó con nervioso impulso. La cólera la hizo plantarse
en medio del estudio, con las manos crispadas, el labio inferior
temblón, los ojos con un brillo verdoso. Sentía deseos de destrozar
algo, de caer en el suelo con violentas contorsiones. Dudaba entre
romper una ánfora árabe, próxima, ó abalanzarse sobre aquella cabeza
inclinada, clavando en ella sus uñas. ¡Miserable! ¡Tanto que le había
amado; tanto que le quería aún, sintiéndose ligada á él por la vanidad y
la costumbre!...

--¡Di si me quieres!--gritó.--¡Dilo de una vez!... ¿si ó no?...

Tampoco obtuvo respuesta. El silencio era penoso. Creyó de nuevo en otro
amor, en una mujer que había venido á ocupar su puesto. ¿Pero quién era?
¿dónde encontrarla? Su instinto femenil le hizo volver la cabeza,
extender la mirada por la próxima puerta, viendo el estudio inmediato, y
tras él, el último, el verdadero taller donde trabajaba el maestro.
Avisada por misteriosa intuición, echó á correr hacia aquella nave.
¡Allí!... ¡Tal vez allí! Los pasos del pintor sonaron tras ella. Había
salido de su desaliento al verla huir; la perseguía con un
apresuramiento de terror. Concha presintió que iba á saber la verdad;
una verdad cruel, con toda la crudeza de un descubrimiento á plena luz.
Quedó inmóvil, con las cejas fruncidas por un gran esfuerzo mental, ante
aquel retrato que parecía reinar en el estudio, ocupando el mejor
caballete, en lugar preferente, á pesar del desierto gris de su lienzo.

El maestro vió en la cara de Concha la misma expresión de duda y
extrañeza de su amigo Cotoner. ¿Quién era aquélla?... Pero la vacilación
fué más breve: su orgullo de mujer aguzaba sus sentidos. Vió más allá
de aquella cabeza desconocida el coro de antiguos retratos que parecía
guardarla.

¡Ay! ¡sus ojos de inmensa extrañeza! ¡la mirada de frío asombro que
clavó en el pintor, examinándole de cabeza á pies!...

--¿Es Josefina?...

Él inclinó la frente, con muda respuesta. Pero le pareció una cobardía
su silencio; sintió la necesidad de gritar, en presencia de aquellos
lienzos, lo que afuera no había osado decir. Era un deseo de halagar á
la muerta, de implorar su perdón, confesando su amor sin esperanza.

--Sí; es Josefina.

Y lo dijo avanzando un paso, gallardamente, mirando á Concha como si
fuese un enemigo, con cierta hostilidad en los ojos que no pasó
inadvertida para ella.

No se dijeron más. La condesa no podía hablar. Su sorpresa rebasaba los
límites de lo verosímil, de lo conocido.

¡Enamorado de su mujer... y después de muerta! ¡Encerrado como un
asceta, para pintarla con una hermosura que nunca había tenido!... La
vida ofrecía grandes sorpresas, pero esto, seguramente, no se había
visto nunca.

Creyó que caía y caía, empujada por el asombro, y al término de esta
caída se encontró otra, sin una queja, sin un estremecimiento de dolor,
pareciéndole extraño todo cuanto la rodeaba; la habitación, el hombre,
los cuadros. Aquello iba más allá de sus sentimientos. Una hembra
sorprendida allí, le hubiese hecho llorar, rugir de dolor, revolcarse en
el pavimento, amar aún más al maestro, con el atizamiento de los celos.
¡Pero encontrarse con la rivalidad de una muerta! ¡Y además de muerta...
su mujer!... El caso le pareció de una ridiculez sobrehumana: sentía
deseos locos de reir. Pero no rió. Recordaba la mirada anormal que había
sorprendido en el artista al entrar en el estudio; creía ver ahora en
sus ojos una chispa de aquel mismo fulgor.

De pronto sintió miedo; miedo á la soledad sonora de aquella nave; miedo
al hombre que la contemplaba en silencio, como si no la conociese, y
hacia el cual experimentaba Concha la misma extrañeza.

Aun tuvo para él una mirada de conmiseración, de esa ternura que siente
toda mujer ante la desgracia, aunque aflija á un desconocido. ¡Pobre
Mariano! Todo había acabado entre ellos. Evitó el tuteo; le tendió los
dedos de su diestra enguantada, con un ademán de gran señora
inabordable. Habían pasado mucho tiempo en esta situación, en la que
sólo hablaban sus ojos.

--Adiós, maestro; ¡cuidarse!... No se moleste acompañándome; conozco el
camino. Siga su trabajo: pinte mucho...

Taconearon sus pies nerviosamente al alejarse sobre el pavimento
encerado, que ya no habían de pisar nunca. El revoloteo de su falda
esparció por última vez en el estudio su estela de perfumes.

Renovales respiró con más libertad al verse solo. Terminaba para siempre
el error de su vida. De esta entrevista no le quedaba otro escozor que
la indecisión de la condesa ante el retrato. La había reconocido antes
que Cotoner, pero también había vacilado. Nadie se acordaba de la
muerta; sólo él guardaba su imagen.

Aquella misma tarde, antes de que llegase su viejo amigo, recibió el
maestro otra visita. Su hija se presentó en el estudio, adivinándola
Renovales antes de que entrase, por el estrépito de alegría y de vida
exuberante que parecía marchar ante sus pasos.

Venia á verle; le había prometido una visita desde muchos meses antes. Y
el padre sonrió con indulgencia, recordando ciertas quejas de la última
entrevista. ¿Nada más venía por verle?...

Milita se hizo la distraída, examinando el estudio que no había visitado
en mucho tiempo.

--¡Calla!--exclamó.--¡Si es mamá!

Miraba el retrato con cierto asombro, pero el artista se mostró
satisfecho de la prontitud con que la había reconocido. ¡Al fin, su
hija! ¡El instinto de la sangre!... El pobre maestro no vió la ojeada á
los otros retratos que había guiado á la joven en su inducción.

--¿Te gusta? ¿Es ella?--preguntó ansioso como un principiante.

Milita respondía con cierta vaguedad. Sí, estaba bien; tal vez un poco
más hermosa que había sido. Ella no la conoció nunca así.

--Es verdad--dijo el maestro.--Tú no la viste en sus buenos tiempos.
Pero así era antes de que tú nacieses. Tu pobre madre era muy hermosa.

Pero la hija no mostró gran emoción ante esta imagen. Le parecía
extraña. ¿Por qué estaba la cabeza en un extremo del lienzo? ¿Qué
pensaba añadir? ¿Qué significaban aquellos trazos?... El maestro se
excusó con cierto rubor, temiendo comunicar su pensamiento á la hija,
súbitamente dominado por una pudibundez paternal. Ignoraba aún lo que
haría; tenía que decidirse por un vestido que _encajase_ bien. Y en un
acceso de súbita ternura, se humedecieron sus ojos y besó á su hija.

--¿Te acuerdas mucho de ella, Milita?... ¿Verdad que era muy buena?

La hija sintióse contagiada por la tristeza del padre, pero fué un
momento nada más. Su vigor, su salud, su alegría de vivir, repelían
pronto las impresiones tristes. Sí, muy buena; se acordaba de ella con
frecuencia... Tal vez decía verdad: pero estos recuerdos no eran
profundos ni dolorosos: la muerte le parecía una cosa sin sentido, un
incidente remoto y poco temible que no turbaba la serena calma de su
equilibrio físico.

--¡Pobre mamá!--añadió á guisa de oración.--Para ella fué un consuelo
el marcharse. ¡Siempre enferma, siempre triste! ¡Con una vida así, más
vale morir!...

Había en sus palabras cierta amargura; el recuerdo de una juventud
compartida con aquella eterna enferma, de humor desigual, y en un
ambiente entristecido por la sequedad hostil con que se trataban los
padres. Además, su gesto era glacial. Todos hemos de morir: que los
débiles se vayan antes, y dejen el sitio á los fuertes. Era el egoísmo
inconsciente y cruel de la salud. Renovales veía de pronto el alma de su
hija, por este desgarrón inesperado de su franqueza. La muerta los
conocía bien á los dos. Era suya, toda suya. Él también poseía este
egoísmo del fuerte que le había hecho aplastar la debilidad y la
delicadeza, puestas á su amparo. Á la pobre Josefina sólo le quedaba él,
arrepentido y en eterna adoración. Para los demás, no había pasado por
el mundo: ni en su hija perduraba el dolor de su muerte.

Milita volvió la espalda al retrato. Se olvidaba de su madre y de la
obra de papá. ¡Chifladuras de artista! Ella había venido á otra cosa.

Se sentó junto á él, casi lo mismo que horas antes se había sentado otra
mujer. Acariciábale con su voz cálida, que tomaba cierta entonación de
arrullo felino. Papá, papaíto... era muy desgraciada... Venía á verle, á
contarle sus pesares.

--Sí; dinero--dijo el maestro algo molesto por la falta de emoción con
que hablaba de su madre.

--Dinero, papaíto, ya lo sabes; ya te lo dije el otro día. Pero no es
eso sólo. ¡Rafael... mi marido! ¡esto es una vida imposible!

Y relataba las insignificantes contrariedades de su existencia. Para no
creerse en prematura viudez, tenía que acompañar á su marido en el
automóvil, interesarse en sus excursiones que antes le parecían una
diversión y ahora le resultaban intolerables.

--Una vida de peón caminero, papá; siempre tragando polvo, contando
kilómetros. ¡Á mí que me gusta tanto Madrid! ¡que no puedo vivir fuera
de él!...

Se había sentado en las rodillas de su padre, le hablaba con los ojos
puestos en los suyos, acariciándole la cabellera, tirándole de los
bigotes, con travesuras de niña... casi lo mismo que la otra.

--Además, es roñoso; por él iría como una cursi; todo le parece
demasiado... Papaíto, sácame de este apuro; son dos mil pesetas nada
más. Con esto me arreglo, y no te molestaré con nuevos empréstitos...
Anda, papaíto dulce. Mira que las necesito en seguida, que por no
incomodarte he aguardado hasta el último momento.

Renovales se agitaba molestado por el peso de su hija; una soberbia moza
que caía sobre él con abandonos de niña. Irritábale su confianza filial.
Su perfume de mujer le hacía recordar aquel otro que turbaba sus noches,
esparciéndose por la soledad de las habitaciones. Parecía haber heredado
la carne de la muerta.

La rechazó con cierta rudeza, y ella tomó esta repulsión por una
negativa á sus súplicas. Se entristeció su cara, pusiéronse llorosos sus
ojos, y el padre se arrepintió de su brusquedad. Le extrañaban sus
incesantes peticiones de dinero. ¿Para qué lo quería?... Recordaba los
grandes regalos de su boda, aquella abundancia principesca de ropas y
alhajas que se había exhibido allí mismo, en los estudios. ¿Qué le
faltaba á ella?... Pero Milita miraba á su padre con asombro. Había
transcurrido más de un año desde entonces. Bien se veía que papá era un
ignorante en estos asuntos. ¡Iba ella á usar los mismos vestidos, los
mismos sombreros, iguales adornos, en un periodo larguísimo,
interminable... de más de doce meses? ¡Qué horror! ¡Qué cursilería! Y
aterrada por tanta monstruosidad, comenzaron á asomar sus tiernas
lagrimitas, con gran inquietud del maestro...

Calma, Milita; no había por qué llorar. ¿Qué deseaba? ¿dinero?... Al día
siguiente la enviaría todo el que necesitase. Guardaba poco en casa;
tenía que pedirlo al Banco... operaciones que ella no comprendería. Pero
Milita, alentada por su victoria, insistió en la petición con una
tenacidad desesperante. La engañaba; no se acordaría de ella al día
siguiente; conocía bien á su padre. Además, necesitaba el dinero en
seguida; compromisos de honor (y lo afirmaba con gravedad), miedo á las
amigas por si se enteraban de sus deudas.

--Ahora mismo, papaíto. No seas malo; no te diviertas en hacerme
rabiar. Debes tener dinero: mucho dinero. Tal vez lo llevas encima... Á
ver, papaíto malo, déjame que te registre, déjame ver la cartera... No
digas que no; sí que la llevas... ¡sí que la llevas!

Hundía sus manos en el pecho de su padre, desabrochando su chaquetón de
trabajo, cosquilleándole audazmente por llegar al bolsillo interior.
Renovales se defendía con cierta flojedad. Tonta; perdía el tiempo;
¿dónde estaría la cartera?... Él no la llevaba nunca en ese traje.

--¡Si está aquí, mentirosín!--gritó con alegría la hija, persistiendo en
su registro.--¡La toco!... ¡Ya la tengo!... Mírala.

Era cierto. El pintor no se acordaba de que la había cogido por la
mañana para pagar una cuenta, guardándola luego distraídamente en su
chaquetón de pana.

Milita la abrió con una avidez que hizo daño á su padre. ¡Ay, aquellas
manos de mujer, temblonas al buscar el dinero! Se tranquilizó pensando
en la fortuna que había reunido, en los papeles de diversos colores que
guardaba en un mueble. Todo ello sería para su hija, y esto tal vez la
salvase del peligro á que la arrastraba su ansia de vivir entre las
vanidades y oropeles de la femenina esclavitud.

En un instante sus manos se apoderaron de un buen número de billetes de
diversos tamaños, formando un rollo que oprimió fuertemente entre sus
dedos.

Renovales protestaba.

--Suelta, Milita, no seas niña. Me dejas sin dinero. Mañana te lo
enviaré; deja eso ahora... Es un saqueo.

Ella le evitaba; se había puesto de pie; manteníase á distancia,
elevando su mano por encima del sombrero para poner á salvo su botín.
Reía con grandes carcajadas de su travesura... ¡Ni uno pensaba
devolverle! No sabía cuántos eran; los contaría en su casa; saldría del
paso por el momento, y al día siguiente le pediría lo que faltase.

El maestro acabó por reir, sintiéndose contagiado por su regocijo.
Perseguía á Milita con el deseo de no alcanzarla; la amenazaba con
grotesca severidad; la llamaba ladrona, lanzando voces de socorro, y así
corretearon de uno á otro estudio. Antes de desaparecer, se detuvo
Milita en la última puerta, levantando con autoridad un dedo enguantado
de blanco.

--Mañana, el resto; no hay que olvidarlo... Mira, papaíto, que esto es
muy serio. Adiós; te espero mañana.

Y desapareció, dejando en su padre algo de la alegría con que se habían
perseguido.

El crepúsculo fué triste. Renovales permaneció sentado ante las imágenes
de su mujer, contemplando aquella cabeza disparatadamente hermosa, que á
él le parecía el más fiel de los retratos. Su pensamiento fué
hundiéndose en la sombra que surgía de los rincones, envolviendo los
lienzos. Sólo temblaba en los vidrios una luz pálida, brumosa, cortada
por las lineas negras de las ramas exteriores.

Solo... solo para siempre. Tenía el cariño de aquella muchachota que
acababa de irse, alegre, insensible á todo lo que no halagase su vanidad
juvenil, su hermosura saludable. Tenia la adhesión de perro viejo de su
amigo Cotoner, que no podía vivir sin verle, pero era incapaz de
dedicarle su existencia por entero, y la compartía entre él y otras
amistades, celoso de conservar su libertad de bohemio.

Y esto era todo... Bien poca cosa.

Próximo á la vejez, contemplaba una luz cruda y rojiza que parecía
irritar sus ojos, el camino de desolación, yermo y monótono que le
aguardaba... y á su final, la muerte. ¡La muerte! Nadie la ignoraba; era
la única certeza; y sin embargo, transcurría la mayor parte de la vida
sin pensar nunca en ella, sin verla.

Era como una de esas epidemias, en países lejanos, que devoran las
existencias á millones. Se habla de ella como de un hecho cierto, pero
sin estremecimiento de horror, sin temblores de miedo. «Está demasiado
lejos; tardará mucho en llegar.»

Había nombrado muchas veces á la muerte, pero con los labios, sin que su
pensamiento abarcase la significación de la palabra, sintiéndose vivir
al mismo tiempo, aferrado á la existencia por las ilusiones y los
deseos.

La muerte estaba al final de la ruta: nadie podía evitar su encuentro,
pero todos tardaban en verla. Las ambiciones, los deseos, los amores,
las crueles necesidades animales, distraían al hombre en su marcha hacia
ella; eran como los bosques, los valles, el cielo azul y los ríos de
tortuoso espejo, que entretenían al caminante, ocultándole el término
del paisaje, el límite fatal, la negra garganta sin fondo á la que
conducían todos los caminos.

Él estaba en las últimas jornadas. El sendero de su existencia se hacía
desolado y triste; la vegetación se empequeñecía; las grandes arboledas
trocábanse en líquenes boreales, ralos y miserables. Llegaba hasta él un
hálito glacial del lóbrego desfiladero; le veía en el fondo; marchaba
irremisiblemente hacia su garganta. Los campos de ilusión, con sus
alturas luminosas, que antes cerraban el horizonte, quedábanse atrás y
era imposible retroceder. En este camino nadie volvía sobre sus pasos.

Había gastado media vida luchando por la riqueza y por la gloria,
esperando cobrar alguna vez los réditos de ésta con los placeres del
amor... ¡Morir! ¿Quién pensaba en esto? Era entonces una amenaza remota
y sin sentido. Se creía provisto de una misión providencial: la muerte
no se atrevería con él, no llegaría hasta que su trabajo estuviese
terminado. Le quedaban muchas cosas que hacer... Y bien; todo estaba
hecho ya, no existían para él deseos humanos. Todo lo tenía... Ya no se
levantaban ante sus pasos torres quiméricas que asaltar. En el
horizonte, limpio de obstáculos, sólo se presentaba la gran olvidada...
la muerte.

No quería verla; aun le quedaba una gran jornada en este camino que
puede crecer, prolongarse, según las fuerzas del caminante, y sus
piernas eran vigorosas.

Pero ¡ay! marchar, marchar años y años, con la vista fija en la lóbrega
garganta, contemplándola siempre al término del horizonte, sin poder
arrancarse un instante á la certeza de que estaba allí, era un martirio
sobrehumano, que le obligaría á acelerar el paso, á correr para acabar
cuanto antes.

¡Nubes engañosas que encapotasen el horizonte, ocultando esta realidad
que amarga el pan, que entenebrece el ánimo y hace maldecir la
inutilidad de haber nacido!... ¡Mentirosos y gratos espejismos que hacen
surgir un paraíso de los sombríos yermos de la última jornada! ¡Ilusión,
á mí!...

Y el triste maestro agrandaba con el pensamiento el último fantasma de
su deseo; colgaba de la imagen amada de la muerta todos los delirios de
su imaginación, deseando infundirla nueva vida con una parte de la suya.
Cogía á puñados el barro del pasado, la masa del recuerdo, para hacerla
más grande, ¡muy grande! que ocupara todo el camino, que cerrase el
horizonte como un cerro inmenso, que ocultase hasta el último instante
el lóbrego desfiladero término de la jornada.



V


La conducta del maestro Renovales fué motivo de extrañeza, y hasta de
escándalo, para todos sus amigos.

La condesa de Alberca mostraba especial cuidado en hacer saber á todos
que no la unían con el pintor otras relaciones que las de una amistad
cada vez más glacial y ceremoniosa.

--Está loco--decía.--Es un hombre acabado. No queda de él más que un
recuerdo de lo que fué.

Cotoner, en su amistad inquebrantable, indignábase al oir ciertos
comentarios sobre el ilustre maestro.

--No bebe. Todo lo que dicen por ahí, son mentiras: la eterna leyenda de
los hombres célebres...

Él tenia su opinión sobre Mariano: conocía su deseo de una existencia
agitada, de imitar en plena madurez las costumbres de la juventud, con
un hambre de todos los misterios que creía ocultos en esta mala vida, de
la que había oído hablar, sin atreverse hasta entonces á mezclarse en
ella.

Cotoner acogía con indulgencia las nuevas costumbres del maestro.
¡Infeliz!

--Estás poniendo en acción las aleluyas de «El hombre malo»--decía á su
amigo.--Tienes la voracidad del hombre virtuoso cuando deja de serlo,
cerca ya de la vejez. Te pones en ridículo, Mariano.

Pero á impulsos de su fidelidad, se dejaba arrastrar por el maestro en
su nueva existencia. Por fin había accedido á vivir con él. Ocupaba, con
sus pobres trastos, un gabinete del hotel y cuidaba de Renovales,
rodeándolo de una solicitud paternal. El bohemio mostraba por él cierta
compasión. Era la historia de siempre: «el que no la hace á la entrada,
la hace á la salida», y Renovales, después de una existencia de seriedad
y trabajo, lanzábase á la vida desordenada, con aturdimiento de
adolescente, admirando los placeres vulgares, revistiéndolos de las
seducciones más ilusorias.

Muchas veces, Cotoner le acosaba con sus quejas. ¿Para qué le había
llevado á vivir con él?... Le abandonaba días enteros; quería salir
solo; le dejaba en el hotel como un mayordomo de confianza. El viejo
bohemio enterábase minuciosamente de su vida. Muchas veces, los alumnos
de Bellas Artes, agrupados al anochecer junto al portalón de la
Academia, le veían pasar por la acera de la calle de Alcalá, embozado en
su capa, con un afectado misterio que atraía la atención.

--Ahí va Renovales. Ese es; el de la capa.

Y le seguían, con la curiosidad que inspira un nombre célebre, en sus
idas y venidas por la anchurosa calle, con revuelos de palomo
silencioso, como si esperase algo. Algunas veces, cansado sin duda de
estas evoluciones, se metía en un café, y la curiosa admiración le
seguía, pegando los ojos á los cristales de los huecos. Le veían caído
en la banqueta, con aire de desaliento, contemplando sus vagos ojos la
copa que tenía delante; siempre lo mismo: cognac. De pronto la bebía de
golpe, pagaba y salía rápidamente, con la precipitación del que ha
tragado un medicamento. Y otra vez continuaba sus paseos de exploración,
con los ojos ávidos, mirando por encima del embozo á todas las mujeres
que pasaban solas, volviéndose para seguir la marcha de unos tacones
torcidos, el aleteo de unas enaguas morenas, con manchas de barro. Al
fin se alejaba con repentina resolución; desaparecía casi pegado á la
cola de alguna hembra, siempre del mismo aspecto. Los muchachos conocían
las preferencias del gran artista: mujercitas pequeñas, débiles,
enfermizas, de una gracia de flor mustia, con ojos grandes, mates y
dolorosos.

Una leyenda de extraña aberración se iba formando en torno de él. Sus
enemigos la repetían en los estudios: la gran masa, que no puede
imaginarse á los hombres célebres con la misma vida que los demás, y los
quiere caprichosos, atormentados por hábitos de extraordinaria
monstruosidad, comenzaba á hablar con delectación de las manías del
pintor Renovales.

En todas las tiendas de carne humana, desde los pisos discretos de
apariencia burguesa esparcidos en las vías más respetables, á los antros
húmedos y malolientes que arrojan por la noche sus géneros á la calle de
Peligros, circulaba la historia de cierto señor, provocando grandes
risas. Llegaba embozado, misterioso, siguiendo con apresuramiento el
almidonado estrépito de unas faldas pobres que marchaban ante él.
Atravesaba el lóbrego portal con cierto miedo, subía la tortuosa
escalera que parecía oler á residuos de vida, apresuraba la aparición de
las desnudeces con mano ávida, como si le faltase el tiempo, como si
creyera morir antes de realizar su deseo, y de pronto las pobres hembras
que soportaban con cierta inquietud su silencio febril y el hambre de
fiera que lucía en sus ojos, sentían tentaciones de reir, viéndole caer
desalentado en una silla, en contemplativo silencio, sin oir las
palabras brutales que lanzaban ellas asombradas de la situación; sin
hacer caso de sus gestos é invitaciones, saliendo únicamente de este
estupor cuando fría y un tanto ofendida, intentaba la hembra recobrar
sus ropas. «Más, un momento más.» Casi siempre terminaba esta escena por
un gesto de disgusto: una amargura de decepción. Otras veces los
maniquíes carnales creían ver en sus ojos una expresión dolorosa, como
si fuese á llorar. Huía después apresuradamente, oculto en su capa, con
repentina vergüenza, con el firme propósito de no volver, de resistirse
á aquel demonio de hambrienta curiosidad que llevaba dentro y no podía
ver en la calle un cuerpo femenil sin sentir un deseo vehemente de
desnudarlo.

Á oídos de Cotoner llegaban vagamente estas noticias. ¡Mariano!
¡Mariano! Él no osaba echarle en cara las vergüenzas de su vida
nocturna: temía una explosión del violento, carácter del maestro; había
que dirigirle con prudencia. Pero lo que más provocaba las censuras del
viejo amigo, era la gente de que se rodeaba el artista.

El falso reverdecimiento de su vida le hacía buscar la compañía de los
jóvenes, y Cotoner se daba á todos los demonios, cuando á la salida de
los teatros le encontraba en un café, rodeado de sus nuevos camaradas,
todos los cuales podían ser sus hijos. Eran en su mayoría pintores,
gente que empezaba; unos con cierto talento, otros sin más mérito que su
mala lengua: todos satisfechos de la amistad con el hombre célebre,
gozándose, con un orgullo de enanos, en tratarle como si fuese un
camarada, bromeando sobre sus debilidades. ¡Ira de Dios!... Algunos más
audaces, hasta le devolvían su tuteo de maestro, tratándole como á una
ruina gloriosa, permitiéndose comparaciones entre su pintura y la que
ellos harían cuando pudiesen. «Mariano, el arte va ahora por otros
caminos.»

--¡Pero no te da vergüenza!--exclamaba Cotoner.--Pareces un maestro de
escuela rodeado de pequeños. Hay para pegarte. ¡Un hombre como tú,
aguantando las insolencias de esa gentecilla!

Renovales mostraba una bondad inconmovible. Eran muy simpáticos; le
divertían; encontraba en ellos la alegría de la juventud. Iban juntos á
los teatros, á los _music-halls_: conocían mujeres, sabían dónde se
ocultaban los buenos modelos: con ellos podía entrar en muchos sitios
adonde no se atrevía á ir solo. Sus años, su fealdad grave, pasaban
inadvertidos entre esta alegre juventud.

--Me sirven--decía con un guiño de inocente malicia el pobre grande
hombre.--Me divierto y me hacen conocer muchas cosas... Además, esto no
es Roma: no hay apenas modelos: cuesta mucho encontrarlas y estos chicos
son mis guías.

Y hablaba á continuación de sus grandes proyectos artísticos; de aquel
cuadro de Friné, con su desnudo inmortal, que había vuelto á surgir en
su pensamiento; de aquel retrato amado que seguía en el mismo sitio sin
que el pincel pasase de la cabeza.

No trabajaba. Su antigua actividad, que hacía de la pintura un elemento
preciso de su existencia, desbordábase ahora en palabras, en deseos de
verlo todo, para conocer «nuevos aspectos de la vida».

Soldevilla, el discípulo predilecto, veíase acosado por las preguntas
del maestro, cuando de tarde en tarde presentábase en su estudio.

--Tú debes conocer buenas mujeres, Soldevillita: tú has corrido mucho,
con esa cara de querubín... Me has de llevar contigo: me has de
presentar.

--¡Maestro!--exclamaba asombrado el joven.--¡Si aun no hace medio año
que me he casado! ¡Si no salgo de casa por la noche!... ¡Qué bromas
tiene usted!

Renovales le respondía con una mirada de desprecio. ¡Un vividor el tal
Soldevilla! Ni juventud... ni alegría. Todo lo echaba en chalecos
multicolores y cuellos altos. ¡Y qué hormiguita! Se había casado con una
mujer rica, ya que no pudo atrapar á la hija del maestro. Además, un
desagradecido. Ahora se juntaba con sus enemigos, convencido de que ya
no podía sacar más de él. Le despreciaba; ¡lástima de protección que le
había acarreado tantos disgustos!... No era un artista.

Y el maestro volvíase con nuevo cariño hacia sus compañeros nocturnos,
aquella juventud alegre, maldiciente y falta de respeto. Á todos ellos
les reconocía talento.

La fama de esta vida extraordinaria llegaba hasta su hija con la
sonoridad enorme que adquiere todo lo que perjudica á un hombre famoso.

Milita fruncía el ceño, haciendo esfuerzos por contener la risa que le
causaba lo extraño de este cambio. ¡Su padre metido á calavera!

--¡Papá!... ¡papá!--exclamaba con una entonación cómica de reproche.

Y papá excusábase, como un muchachuelo travieso é hipócrita, aumentando
con su turbación las ganas de reir de su hija.

López de Sosa mostrábase indulgente con su ilustre suegro. ¡Pobre
señor! ¡Toda la vida trabajando y con una mujer enferma, muy buena, muy
simpática, pero que amargaba su vida! Bien había hecho en morirse, y no
hacía menos bien el artista en indemnizarse un poco del tiempo perdido.

Con esa masonería instintiva de los que llevan una existencia fácil y
placentera, el _sportman_ defendía á su suegro, lo apoyaba, le parecía
más simpático, más allegado á él, por sus nuevas costumbres. No siempre
había de estar encerrado en su estudio, con aire irritado de profeta,
hablando de cosas que pocos entendían.

Se encontraban los dos hombres por la noche en las funciones de última
hora de los teatros, en la postrera sección de los _music-halls_, cuando
las canciones y los temblores de las piernas en alto eran acompañados
por el público con una tempestad de berridos y patadas. Se saludaban:
preguntaba el padre por Milita, sonreíanse con la simpatía de buenos
compadres, y cada uno se reunía á su grupo: el yerno con sus compañeros
de círculo, en un palco, vistiendo todavía el frac de las reuniones
respetables de que venían; el pintor en las butacas, con unos cuantos de
los jóvenes melenudos que eran su escolta.

Renovales veía con cierta satisfacción á López de Sosa saludar á las
_cocottes_ más elegantes y de mayor precio, sonreir á las _divettes_,
con la confianza de un buen amigo.

Aquel chico estaba admirablemente relacionado, y él acogía esto como un
honor indirecto para su personalidad de padre.

Cotoner se veía arrastrado muchas veces por el maestro fuera de su
órbita de graves y substanciosas comidas y tertulias entonadas, que
seguía frecuentando para no perder unas amistades que eran su único
capital.

--Esta noche vienes conmigo--le decía el maestro
misteriosamente.--Comeremos donde quieras y después te enseñaré una
cosa... una cosa...

Y le llevaba á oir una pieza en un teatro, permaneciendo inquieto,
impaciente, hasta que se desplegaba la fila de coristas en la escena.
Entonces daba con el codo á Cotoner, sumido en su asiento, con los ojos
muy abiertos, pero dormido interiormente, en la dulce somnolencia de una
buena digestión.

--Mira... fíjate; la tercera de la derecha, la pequeñita... la que lleva
el mantón amarillo.

--La veo, ¿y qué?--decía el amigo con voz agria por este rudo
llamamiento.

--Fíjate bien; ¿á quién se parece? ¿Á quién te recuerda?

Cotoner respondía con un bufido de indiferencia. Á su madre se
parecería. ¿Qué le importaban á él tales semejanzas? Pero el asombro le
sacaba de su quietismo, al oir que Renovales la encontraba un raro
parecido con su mujer, indignándose contra él porque no lo reconocía.

--Pero, Mariano... ¿dónde tienes los ojos?--exclamaba con no menos
acritud.--¿Qué tiene esa larguirucha, con cara de hambre, de la pobre
difunta?... Tú en ver un espárrago triste le plantas un nombre:
Josefina... y no hay más que hablar.

Aunque Renovales se irritase en el primer momento, ante la ceguera de su
amigo, acababa al fin por convencerse. Se había engañado, ya que Cotoner
no encontraba la semejanza. Debía acordarse de la muerta mejor que él;
la pasión no turbaba su recuerdo.

Pero á los pocos días asediaba otra vez á Cotoner con aire misterioso:
«Una cosa... tengo que enseñarte una cosa.» Y dejando la compañía de
aquellos efebos alegres que irritaban á su viejo amigo, llevaba á éste á
un _music-hall_ y le enseñaba otra hembra escandalosa, que levantaba la
seca pierna ó movía el vientre, delatando bajo la máscara de colorete la
demacración de la anemia.

--¿Y ésta?--imploraba el maestro con cierto temor, como si dudase de sus
ojos.--¿No te parece que tiene algo? ¿No te la recuerda?

El amigo estallaba en indignación.

--Tú estás loco. ¿En qué se parece aquella pobrecita, tan buena, tan
dulce, tan distinguida, á ese... perro sin vergüenza?

Renovales, después de varios fracasos, que le hacían dudar de la
fidelidad de sus recuerdos, no osaba ya consultar á su amigo. Apenas
intentaba llevarle á un nuevo espectáculo, Cotoner se echaba atrás...

--¿Otro descubrimiento?... Vamos, Mariano; quítate esas ideas de la
cabeza. Si la gente se enterase, te creería trastornado.

Pero desafiando su cólera, el maestro insistió una noche con gran
tenacidad para que le acompañase á ver á la «Bella Fregolina», una
muchacha española, que cantaba en un teatrillo de los barrios bajos, y
cuyo nombre de guerra, en letras de á metro, ostentábase en las esquinas
de Madrid. Llevaba más de dos semanas de contemplarla todas las noches.

--Necesito que la veas, Pepe. Un momento nada más. Te lo suplico... Creo
que ahora no dirás que me equivoco.

Cotoner cedió, vencido por el tono suplicante de su amigo. Aguardaron
mucho tiempo la presentación de la «Bella Fregolina», viendo bailes,
escuchando canciones con acompañamiento de mugidos del público. Aquella
maravilla se reservaba para lo último. Por fin, con cierta solemnidad,
entre un murmullo de expectación, preludió la orquesta una música
conocida de todos los entusiastas de la _divette_, un rayo de luz
sonrosada cruzó el pequeño escenario, y salió la «Bella».

Era una muchacha pequeña, esbelta, de una delgadez rayana en la
demacración. Su cara, de cierta belleza dulce y melancólica, era lo más
notable de su cuerpo. Por debajo del vestido negro con hilos de plata,
que se abría en ancha campana, mostrábanse sus piernas de frágil
esbeltez, con la carne puramente necesaria para cubrir el hueso. Sobre
las gasas del escote, la piel pintada de blanco elevábase con ligerísima
protuberancia en los pechos, marcando luego las tirantes aristas de las
clavículas. Lo primero que se veía de ella eran los ojos, unos ojos
límpidos, grandes, virginales, pero de virgen perversa, por donde
pasaban las expresiones lividinosas, sin alterar su cándida superficie.
Se movía como una novicia, los brazos pegados al talle, los codos
salientes, encogida y ruborosa, y en esta posición, iba cantando con voz
de falsete enormes obscenidades que contrastaban con su aparente
timidez. En esto estribaba su mérito, y el público acogía sus palabras
monstruosas con rugidos de júbilo, dándose por satisfecho con esto, sin
exigirla que levantase los pies ó moviese el vientre, respetando su
rigidez hierática.

El pintor al verla aparecer dió con un codo á su amigo. No osaba hablar
esperando su opinión ansiosamente. Con el rabillo de un ojo le seguía en
su examen.

El amigo se mostró clemente:

--Sí... tiene algo. Los ojos... la figura... el gesto: la recuerda; es
muy parecida... ¡Pero esa mueca de mona que hace ahora! ¡Esas
palabrotas!... No; con todo eso pierde la semejanza.

Y como si le irritase que aquella chicuela, sin voz y sin decoro, se
asemejase á la dulce muerta, subrayaba con admiración irónica todas las
cínicas expresiones en que terminaban sus _couplets_.

--¡Muy bonito!... ¡Muy distinguido!...

Pero Renovales, sordo á estas ironías, ensimismado en la contemplación
de la «Fregolina», seguía empujándole y murmurando:

--Es ella, ¿verdad?... Igual; el mismo cuerpo... Y además, Pepe; esa
chica tiene cierto talento... tiene gracia.

Cotoner movía la cabeza irónicamente. Sí, mucha. Y al oir que Mariano,
una vez terminado el espectáculo, mostraba deseos de quedarse á la otra
sección y no se movía de su butaca, pensó en abandonarle. Por fin se
quedó, arrellanándose en el asiento, con el propósito de dormitar
arrullado por la música y los berridos del público.

Una mano impaciente del maestro le sacó de su dulce abstracción.
«Pepe... Pepe.» Movió la cabeza y abrió los ojos malhumorado. «¿Qué le
ocurría?» En la cara de Renovales vió una sonrisa melosa, traidora;
algún disparate que le quería proponer con la mayor dulzura.

--Se me ocurre que podríamos entrar un momento en el escenario: la
veríamos de cerca...

El amigo le contestó con indignación. Mariano se creía un pollo, no se
daba cuenta de su aspecto. Aquella ciudadana se reiría de ellos; tomaría
el aire de la casta Susana, asediada por los dos viejos...

Calló Renovales, pero al poco rato volvió á sacar al amigo de su vaga
somnolencia.

--Podías entrar tú solo, Pepe. Tú entiendes más que yo de estas cosas;
eres más atrevido. Podías decirla que deseo pintar su retrato. ¡Ya ves,
un retrato con mi firma!...

Cotoner rompió á reir, admirando la simpleza de buen príncipe con que el
maestro le daba este encargo.

--Gracias, señor; muy honrado por tanta confianza, pero no voy...
¡Grandísimo tonto! ¿Pero tú crees que esa chicuela sabe quién es
Renovales, ni lo ha oido nombrar en su vida?...

El maestro se asombró con una simplicidad infantil.

--Hombre, yo creo que el apellido Renovales... que lo que han dicho los
periódicos... que mis retratos... En fin, di que no quieres.

Y se calló, ofendido de la negativa de su compañero y de que dudase de
que su gloria había llegado hasta aquel rincón. La amistad abusa, con
inesperados desdenes, con grandes injusticias.

Al terminar el espectáculo, el maestro sintió la necesidad de hacer
algo, de no irse sin enviar á la «Bella Fregolina» un testimonio de su
presencia. Compró á una vendedora de flores un cesto muy adornado, que
se llevaba á casa con la tristeza del mal negocio. Debía entregarlo
inmediatamente á la señorita... «Fregolina».

--Sí, á la Pepita--dijo la mujer con aire de inteligencia, como si la
uniese á ella cierta intimidad.

--Y le dice usted que es del señor Renovales... de Renovales el pintor.

La mujer movió la cabeza repitiendo el nombre. Estaba bien: Renovales.
Lo mismo que si le hubiese dicho otro nombre cualquiera. Y sin ninguna
emoción tomó los cinco duros que le daba el pintor.

--¡Cinco tiros!... ¡Imbécil!--murmuró el amigo perdiendo todo respeto al
maestro.

No se dejó arrastrar más el buen Cotoner. En vano le hablaba con
entusiasmo Renovales, todas las noches, de aquella muchacha, sintiéndose
impresionado por sus transformaciones. Ahora se presentaba con un
vestido de rosa pálido, casi semejante á ciertas ropas guardadas en los
armarios de su hotel. Aparecía con un sombrero de flores y cerezas,
mucho más grande, pero algo parecido á cierto sombrerillo de paja que
podía él encontrar entre la confusión de los viejos adornos de la
muerta. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de la pobre Josefina! Era un atizamiento
de recuerdos que se renovaba todas las noches.

Falto del auxilio de Cotoner, iba á ver á la «Bella» con algunos de los
jóvenes de su irrespetuosa corte. Estos muchachos hablaban de la
_divette_ con un desprecio respetuoso, como la zorra de la fábula
contemplaba las lejanas uvas, consolándose con su acidez. Alababan su
belleza, vista de lejos; era _lilial_ según ellos; tenía la santa
hermosura del pecado. Estaba fuera de su alcance; ostentaba valiosas
joyas, y según sus noticias, tenía poderosos amigos, todos aquellos
señoritos que ocupaban los palcos á última hora, vestidos de frac, y la
aguardaban á la salida para llevarla á cenar.

Renovales consumíase de impaciencia, no encontrando el medio de
acercarse á ella. Todas las noches repetía su envío de canastillas de
flores, de grandes ramos. La _divette_ debía estar enterada de la
procedencia de tales obsequios, pues con sus ojos buscaba entre el
público á aquel señor feo y un tanto viejo, dignándose dedicarle una
sonrisa.

El maestro vió una noche á López de Sosa saludar á la cupletista. Su
yerno podía ponerle en relaciones con ella. Y audazmente, con un impudor
de apasionado, le esperó á la salida para implorar su auxilio.

Quería pintarla; era una modelo magnífica para cierta obra que llevaba
en el pensamiento. Lo dijo con cierto rubor, tartamudeando, pero el
yerno rió de su timidez, mostrándose dispuesto á protegerle.

--¡Ah, la Pepita! Una gran mujer, y eso que ahora está en decadencia.
Con esa cara de colegiala, ¡si usted la viese en una juerga! Bebe como
un mosquito... ¡Una fiera!

Pero luego, con expresión grave, expuso los inconvenientes. _Estaba_ con
un amigo suyo; un muchacho de provincias, ganoso de notoriedad, que
perdía una parte de su fortuna en el juego del Casino, dejando
tranquilamente que devorase la otra aquella chicuela, que le daba cierto
renombre. Él la hablaría; eran antiguos amigos; nada malo, ¿eh, papá?...
No sería difícil convencerla. La tal Pepita tenía predilección por todo
lo raro; era algo... romántica. Él le explicaría quién era el gran
artista, encareciendo el honor de servirle de modelo.

--Por dinero no lo dejes--murmuró el maestro con angustia.--Todo lo que
ella quiera. No temas mostrarte generoso.

Una mañana Renovales llamó á Cotoner para hablarle con grandes extremos
de alegría.

--¡Va á venir!... ¡Va á venir esta misma tarde!

El viejo paisajista hizo un mohín de extrañeza. «¿Quién?»

--La «Bella Fregolina»... Pepita. Me avisa mi yerno que la ha
convencido; vendrá esta tarde á las tres. Él mismo la acompañará.

Luego tuvo una mirada de desolación para su taller de trabajo. Estaba
abandonado desde hacía algún tiempo; había que arreglarlo. Y el
doméstico por un lado y los dos artistas por otro, comenzaron
apresuradamente el aseo de la gran nave.

Los retratos de Josefina y el lienzo con sólo su cabeza, fueron
amontonados en un rincón, cara á la pared, por las febriles manos del
maestro. ¿Para qué aquellos fantasmas si iba á presentarse la
realidad?... En su lugar colocó un gran lienzo blanco, contemplando su
virgen superficie con ojos de esperanza. ¡Las cosas que iba á hacer
aquella tarde! ¡Qué fuerza sentía para el trabajo!...

Al quedar solos los dos artistas, Renovales se mostró inquieto,
incontentable, pareciéndole siempre que faltaba algo para esta visita,
en la que pensaba con escalofríos de inquietud. Flores; había que traer
flores; llenar todos los vasos antiguos del estudio, crear un ambiente
de suave perfume.

Y Cotoner recorrió el jardín con el criado, puso á saco la _serre_ y
volvió á entrar con una brazada de flores, obediente y sumiso como un
amigo fiel, pero con un reproche irónico en los ojos. ¡Todo aquello por
la «Bella Fregolina»! El maestro estaba trastornado; había vuelto de
golpe á la infancia. ¡Con tal que esta visita le quitase su obsesión,
que era casi una locura!...

Después pidió más. Había que preparar en una mesa del estudio dulces,
_Champagne_, todo lo mejor que encontrase Cotoner. Éste habló de enviar
al criado, quejándose de los trabajos que le acarreaba la visita de
aquella muchacha, de la sonrisa cándida y las obscenidades enormes, con
los codos pegados al talle.

--No, Pepe--suplicó el maestro.--Ve tú; no quiero que el criado se
entere. Después habla... mi hija le acosa con preguntas.

Cotoner se fué con gesto de resignación, y al volver una hora después,
vió á Renovales en el cuarto de los modelos poniendo en orden varias
ropas.

El viejo amigo alineó sobre la mesa sus paquetes. Puso los dulces en
platos antiguos y sacó las botellas de sus envolturas.

--El señor está servido--dijo con un respeto irónico.--¿Quiere algo más
el señor?... Toda la familia está en revolución por esa alta dama: tu
yerno te la trae; yo te sirvo de criado... sólo falta que llames á tu
hija para que la ayude á desnudarse.

--Gracias, Pepe; muchas gracias--exclamó el maestro con ingenua efusión,
sin sentirse molestado por sus burlas.

Á la hora del almuerzo, Cotoner le vió entrar en el comedor, muy
peinado, muy acicalado, el bigote rizado á tenacilla, vistiendo su mejor
traje y con una rosa en la solapa. El bohemio rió con grandes
carcajadas. ¡Aquello más!... Estaba loco; se iban á burlar de él.

Apenas tocó los platos. Después paseó sólo por el estudio. ¡Con qué
lentitud transcurría el tiempo!... Miraba á cada una de sus vueltas por
los tres salones las manecillas de un antiguo reloj de porcelana de
Sajonia, puesto sobre una mesa de mármol de colores, reflejando su parte
trasera en un profundo espejo veneciano.

Ya eran las tres... El maestro se preguntó con inquietud si no vendría.
Las tres y cuarto... las tres y media. No, no vendría; había pasado la
hora. ¡Aquellas mujeres, que vivían rodeadas de compromisos y
exigencias, sin tener por suyo un instante de su vida!...

De pronto oyo pasos y entró Cotoner.

--Ya está ahí; ahí la tienes... Salud, maestro... ¡Divertirse! Me parece
que has abusado bastante de mí y que no exigirás que me quede.

Se fué haciendo con las manos irónicos signos de despedida, y poco
después Renovales oyó la voz de López de Sosa, aproximándose
lentamente, explicando á su acompañante aquellos cuadros, aquellos
muebles que cautivaban su atención.

Entraron. La «Bella Fregolina» mostraba asombro en sus ojos; parecía
intimidada por el silencio majestuoso del estudio. ¡Aquel hotel tan
grande, tan señorial, tan distinto de todos los que ella había visto!...
¡Aquel lujo antiguo, sólido, histórico, con sus muebles raros que la
infundían pavor!... Miró á Renovales con respeto. Le parecía más
distinguido, más aseñorado que aquel otro hombre entrevisto vagamente en
las butacas de su teatrillo. Le inspiraba miedo, como si fuese un gran
personaje, distinto á cuantos hombres había ella tratado. Á esta
inquietud se unía cierta admiración. ¡El dinero que tendría aquel
prójimo, viviendo con tal aparato!...

Renovales también la miraba emocionado, al tenerla tan cerca.

En el primer instante sintió cierta duda. ¿Realmente se parecía á la
otra?... Le desconcertaba la pintura de su rostro; la capa de colorete
blanco, con líneas negras en los ojos, que se delataba al través del
velo. La _otra_ no se pintaba. Pero al fijarse en sus ojos, surgió de
nuevo la conmovedora semejanza, y partiendo de éstos, fué
reconstituyendo el rostro adorado, bajo la capa de grasas de color.

La _divette_ examinaba los lienzos que cubrían las paredes. ¡Qué bonito!
¿Y todo aquello lo hacía este señor?... Ella deseaba verse así,
arrogante y hermosa en el fondo de un cuadro. ¿De veras deseaba
pintarla? Y se erguía con vanidad, satisfecha de que la creyesen
hermosa, de gozar la emoción, hasta entonces no deseada, de ver
reproducida su imagen por un gran artista.

López de Sosa excusábase con su suegro. Habían tardado por culpa de
ella. Con mujeres como ésta nunca había prisa. Se acostaba al amanecer:
la había encontrado en la cama...

Luego se despidió, comprendiendo lo embarazosa que resultaba su
presencia. Pepita era una buena muchacha; estaba deslumbrada por sus
palabras y por el aspecto de la casa. Podía hacer de ella lo que
quisiese.

--Vaya, chica, ahí te quedas. El señor es mi papá; ya te lo he dicho. Á
ver si eres buena niña.

Y se fué, seguido de la risa forzada de los dos, que celebraron con una
alegría embarazosa esta recomendación paternal.

Quedaron en un silencio largo y penoso. El maestro no sabía qué decir.
Sobre su voluntad pesaban la timidez y la emoción. Ella no se mostraba
menos conmovida. Aquella nave tan grande, tan silenciosa, tan imponente,
con su lujo macizo y soberbio, distinto de todo lo que ella había visto,
la intimidaba. Sentía el vago temor que precede á una operación
desconocida. La turbaban además los ojos ardientes de aquel hombre,
fijos en ella, con un temblor en las mejillas y un movimiento de los
labios, como si éstos sintieran los tormentos de la sed...

Pronto se repuso de su timidez. Estaba habituada á estos momentos de
vergonzoso mutismo que preceden al encuentro en la soledad de dos
personas extrañas. Conocía estas entrevistas, que empiezan con cierta
vacilación y acaban en ruidosas intimidades.

Miró en torno de ella con una sonrisa de profesional, deseando terminar
cuanto antes la molesta situación.

--Cuando usted quiera. ¿Dónde me desnudo?

Renovales se estremeció al oir su voz, como si hubiese olvidado que
podía hablar aquella imagen. Le extrañó también la llaneza con que
ahorraba explicaciones.

Su yerno hacía bien las cosas: la había traído aleccionada, insensible á
toda sorpresa.

El maestro la condujo á la habitación de los modelos y quedó fuera,
prudentemente, volviendo la cabeza sin saber por qué, para no ver por la
puerta entreabierta. Transcurrió un largo silencio, cortado por el suave
_fru-fru_ de las ropas caídas, por el clic metálico de botones y
corchetes. De pronto la voz de ella llegó hasta el maestro, ahogada,
lejana, con cierta timidez.

--¿Las medias, también?... ¿Es preciso que me las quite?

Renovales conocía esta resistencia de todas las modelos al desnudarse
por vez primera. López de Sosa, extremando su buen deseo de complacer á
papá, la había hablado de prestar su cuerpo por entero, y ella se
desnudaba, sin pedir más explicaciones, con la calma del deber aceptado,
creyendo que era absurda su presencia allí para otra cosa que no fuese
esto.

El pintor salió de su mutismo; gritó con inquietud. No debía quedarse
desnuda. En el cuarto tenía lo necesario para vestirse. Y sin volver la
cabeza, introduciendo un brazo por la puerta entreabierta, le mostraba á
ciegas lo que él había dejado. Allí tenía un vestido rosa, un sombrero,
zapatos, medias, una camisa...

Pepita protestó al reconocer estas prendas, mostrando aversión á cubrir
sus carnes con ropas intimas, que parecían usadas y viejas.

--¿La camisa también? ¿También las medias?... No; con el vestido basta.

Pero el maestro suplicaba impaciente. Era necesario todo: lo exigía su
pintura. El largo silencio de la muchacha, delató la conformidad con que
iba endosándose estas prendas antiguas, dominando su repugnancia.

Cuando salió del cuarto, sonreía con cierta lástima, como si se burlase
de ella misma. Renovales se hizo atrás, conmovido por su propia obra,
deslumbrado, sintiendo que le zumbaban las sienes, creyendo que cuadros
y muebles se agitaban, queriendo rodar en torno de él.

¡Pobre «Fregolina»! ¡Adorable mamarracho! Sentía grandes ganas de reir,
pensando en la tempestad de berridos que estallaría en su teatro al
verla aparecer en escena vestida de este modo, en las burlas de los
amigos si se presentase, en una de sus cenas, adornada con estas ropas
de veinte años antes. Ella no había conocido estas modas y le parecían
de una antigüedad remota. El maestro se apoyó emocionado en el respaldo
de un sillón.

--¡Josefina! ¡Josefina!

Era ella, tal como la guardaba en su memoria; la del dulce verano de las
montañas romanas, con su traje de color rosa y aquel sombrero campestre
que la daba el aire gracioso de una aldeana de opereta. Aquellas modas,
de las que se reía ahora la juventud, eran para él las más hermosas, las
más artísticas que había producido el gusto femenil, las que le
recordaban la primavera de su vida.

--¡Josefina! ¡Josefina!

Permaneció mudo, pues estas exclamaciones nacían y morían en su
pensamiento. No osaba moverse ni hablar, como si temiera ver desvanecida
esta aparición de ensueño. Ella, sonriente, gozábase en el efecto que su
aparición causaba en el pintor, y al verse reflejada por un lejano
espejo, reconocía que en este raro adorno de su persona no estaba del
todo mal.

--¿Dónde me pongo? ¿Sentada? ¿Derecha?...

El maestro apenas lograba hablar: su voz era ronca, trabajosa. Podía
colocarse como quisiera... Y ella se sentó en un sillón, adoptando una
postura que consideraba elegantísima; la mejilla en una mano, las
piernas montadas una sobre otra, lo mismo que en el reservado de su
teatrillo, mostrando por debajo de la falda una media de color rosa, de
finos calados; la misma envoltura de seda que recordaba al pintor otra
pierna adorada.

¡Era ella! La tenía ante sus ojos, corpórea, con su perfume de carne
amada.

Por instinto, por costumbre, había cogido su paleta y un pincel manchado
en negro, intentando trazar los contornos de aquella figura. ¡Ah, mano
de viejo; mano torpe y temblorosa!... ¿Adónde habían volado su felicidad
de otros tiempos, su dibujo, sus cualidades que asombraban? ¿Realmente
había pintado alguna vez? ¿Era ciertamente el pintor Renovales?... Todo
lo había olvidado de pronto. Su cráneo parecía vacío, su mano
paralítica, el lienzo blanco le inspiraba el terror de lo desconocido...
Él no sabía pintar: él no podía pintar. Eran inútiles sus esfuerzos. Su
pensamiento se había apagado. Tal vez... otro día. Ahora le zumbaban los
oídos, su rostro estaba pálido y sus orejas rojas, violáceas, como si
fuesen á manar sangre. Sentía en su boca el tormento de una sed mortal.

La «Bella Fregolina» le vió arrojar la paleta y venir sobre ella, con un
gesto de fiera loca.

Pero no sintió miedo: conocía estos rostros trastornados. La brusca
acometida entraba sin duda en el programa; estaba prevista al ir allí,
después de su conversación amistosa con el yerno... Aquel señor tan
grave, tan imponente, era igual á todos los hombres que ella conocía; le
agitaba la misma brutalidad.

Le vió llegar á ella con los brazos abiertos, estrecharla fuertemente,
caer á sus pies con un mugido ardoroso, sordo, como si se ahogase; y
ella, buena muchacha, misericordiosa, le animó, inclinando la cabeza,
ofreciendo los labios, con cierto mohín amoroso y automático, que era la
herramienta de su profesión.

Este beso acabó de trastornar al maestro.

--¡Josefina! ¡Josefina!...

El perfume de los tiempos felices surgía de las ropas, envolviendo aquel
cuerpo adorable. ¡Era su vestido; era su carne! Iba á morir á sus pies,
con la asfixia del inmenso deseo que dilataba su cuerpo angustiosamente,
deseando estallar. Era ella: sus mismos ojos... ¡Sus ojos! Y al levantar
la mirada para sumirse en sus dulces pupilas, para contemplarse en su
tembloroso espejo, vió unos ojos fríos, que le examinaban entornados,
con una curiosidad profesional, paladeando irónicamente desde su altura
serena esta borrachera de la carne, esta locura que se arrastraba
gimoteando de deseo.

Renovales quedó aturdido por la sorpresa, sintió que algo helado bajaba
por su espalda, paralizándole: se velaron sus ojos con una nube de
decepción y desconsuelo.

¿Era realmente Josefina la que tenia entre sus brazos?... Era su cuerpo,
su perfume, sus ropas, su pálida belleza de flor moribunda... Pero no;
no era ella. ¡Aquellos ojos!... En vano le miraban de otro modo,
alarmados por esta súbita reacción; en vano se dulcificaban tomando una
luz de ternura, con la habilidad de la costumbre. El engaño era inútil;
él veía más allá, penetraba por estas ventanas luminosas hasta lo más
hondo, encontrando sólo el vacío. El alma de la otra no estaba allí.
Aquel perfume enloquecedor ya no le emocionaba; era una falsa esencia.
Sólo tenia ante él una reproducción del vaso adorado; pero el incienso,
el alma, perdidos para siempre.

Renovales, puesto de pie, caminaba hacia atrás, mirando á aquella mujer
con ojos de espanto, y acabó por arrojarse en un diván, con la cara
entre las manos.

La muchacha, oyéndole gemir, tuvo miedo, y corrió hacía el cuarto de los
modelos para quitarse aquellos adornos, para huir. Aquel señor debía
estar loco.

El maestro lloraba. ¡Adiós, juventud! ¡Adiós, deseo! ¡Adiós, ilusión,
sirena encantadora de la existencia que huyes para siempre! Inútil
buscar; inútil debatirse en la soledad de su vida. La muerte le tenía
bien agarrado; era suyo y sólo con ella podría resucitar su juventud.
Eran vanos estos simulacros. No encontraría otra que evocase el recuerdo
de la muerta, como esta mujer alquilada que habían envuelto sus
brazos... y sin embargo, ¡no era ella!

En el instante supremo, al tocar la realidad, desvanecíase aquel _algo_
indefinible que había encerrado el cuerpo de su Josefina, de su maja
desnuda, adorada en las noches de juventud.

La decepción inmensa, irreparable, extendía por su cuerpo la calma
glacial de la vejez.

¡Venid abajo, torreones de la ilusión! ¡Derrumbaos, alcázares engañosos,
construidos por el ansia de embellecer la jornada, de ocultar el
horizonte!... La ruta quedaba limpia, árida, desierta. En vano se
sentaría al borde del camino, retardando la hora de reanudar la marcha;
en vano bajaría la cabeza para no ver. Cuanto mayor fuese su descanso,
más largo sería el tormento del miedo. Iba á contemplar á todas horas,
sin nubes y sin obstáculos, el temido final de la última jornada; la
posada de donde no se vuelve; la garganta de voraces negruras... la
muerte.

FIN

Madrid, Febrero-Abril 1906.

       *       *       *       *       *

                              J. MICHELET

                                HISTORIA

                                 DE LA

                          REVOLUCIÓN FRANCESA

     Ilustrada con más de 1.000 grabados reproduciendo escenas de la
     Revolución, cuadros, estatuas, retratos, estampas, medallas,
     sellos, armas, trajes, caricaturas y modas de la época.--Traducida
     por primera vez del francés.

                Traducción y prólogo de V. Blasco Ibáñez

 _Tres gruesos volúmenes encuadernados en tela, á 10 pesetas volumen._





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