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Title: La araña negra, t. 6/9
Author: Blasco Ibáñez, Vicente
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La araña negra, t. 6/9" ***

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                         VICENTE BLASCO IBAÑEZ

                               LA ARAÑA
                                 NEGRA

                                NOVELA

                              SEXTO TOMO

                        [Illustration: colofón]

                         EDITORIAL COSMÓPOLIS

                            APARTADO 3.030

                                MADRID

                   Imprenta Zoila Aseasíbar. Martín
                      de los Heros, 65.--MADRID.



SEXTA PARTE

RICARDITO BASELGA



I


Entre el centenar de alumnos con que contaba el colegio establecido por
los jesuítas en Madrid, el primogénito del conde de Baselga era el que
merecía mayores distinciones.

Aquel niño pálido y enclenque, de ojazos soñadores y de expresión dulce
y humilde, era el predilecto de los padres maestros, y el encargado de
desempeñar todos los papeles distinguidos dentro del colegio.

Cuando el padre Claudio visitaba el establecimiento Ricardito Baselga
era el colegial que merecía todas sus atenciones; y esta predilección
bastaba para que en aquella casa, dominada por el más abyecto
servilismo, adquiriese el aristocrático niño todos los honores de un
reyecillo en pequeño.

No abusaba mucho el colegial de las preeminencias que le concedían.

Era humilde hasta la exageración, y cada una de aquellas atenciones le
sonrojaban como si fuese un honor irónico y mortificante que le
dispensaban.

Huía de intimar con sus compañeros, a los que trataba siempre con
dulzura huraña; gustaba mucho de la soledad, y si alguna vez sentía
deseos de espontanearse, iba en busca de los más viejos maestros, a los
que apreciaba como santos dignos de la consideración más idolátrica.

En su primera época de colegial, cuando hacía poco tiempo que había
ingresado en el santo establecimiento, y durante las vacaciones, cuando
se trasladaba a casa de sus padres y jugaba con su hermana Enriqueta u
oía los cuentos de la vieja Tomasa, el niño, al volver, mostraba cierta
precoz malicia y gustaba de todos los enredos del colegio y de las
intrigas tramadas por los alumnos más revoltosos; pero poco a poco su
carácter se había modificado por completo y en él iba borrándose aquella
viveza e impetuosidad que apenas había llegado a iniciarse.

La tutela que su hermana, la baronesa de Carrillo, ejercía sobre aquel
niño tímido y melancólico, no podía ser de más visibles efectos.

El único ser de la familia que lograba despertar algún cariño en doña
Fernanda era Ricardito, quien permanecía horas enteras sentado a los
pies de su hermanastra, oyéndola relatar vidas de santos, en que lo
absurdo y maravilloso constituían los principales hechos.

La baronesa, con su carácter imperioso y dominante, ejercía gran
influencia sobre el débil niño y tenía el poder de ir modelando a su
gusto sus aficiones y tendencias.

Ricardito, a los nueve años, tenía ya resuelto su porvenir.

Cuando juntándose con otros colegiales hablaban todos de lo que
pretendían ser cuando fuesen hombres, el hijo del conde de Baselga
manifestaba siempre idéntica aspiración.

Sus compañeros querían ser en el porvenir generales, embajadores,
almirantes, todos los cargos, en fin, ruidosos y brillantes a los que la
sociedad presta homenaje; Ricardito, con sencillez y modestia,
contestaba siempre lo mismo al ser interrogado: él quería ser santo.

Y en esta opinión le tenía todo el colegio en vista de su vida y
costumbres; y cada vez que manifestaba el niño tal opinión en presencia
de la baronesa, ésta se conmovía experimentando una satisfacción sin
límites.

El padre Claudio mostraba especial interés en fomentar las aficiones
seráficas de aquel niño, y los maestros del colegio secundaban
admirablemente los propósitos de su superior.

Aprovechábanse de las más leves faltas del niño para recordarle la
misión a que Dios le llamaba y crear en él lo que pudiera llamarse
orgullo de clase.

La educación jesuítica, tan dulce en la forma como defectuosa e
irritante en el fondo, fúndase principalmente en la odiosa división de
castas.

Para combatir los defectos no se acude a la moral ni se recuerdan las
leves naturales, sino que se hace uso de cuanto puede afectar al orgullo
y la soberbia o herir el amor propio.

Cuando alguno de aquellos colegiales pertenecientes a las más
encumbradas familias cometía alguna falta, no se le reprendía echándole
en cara lo que ésta significaba, sino que el padre jesuíta; se limitaba
a decir:

--¡Parece mentira que un noble perteneciente a una de las más ilustres
familias, haga tal cosa! Se pone usted al nivel de un muchacho del
pueblo.

Esto fomentaba la división en la sociedad del porvenir y ahondaba la
diferencia entre los privilegiados de la fortuna y los desheredados;
pero, en cambio, impresionaba mucho a aquellos muchachillos de sangre
azul que estaban convencidos de que hasta en el cielo hay jerarquías, y
de que Dios creó con la mano derecha a los nobles y a los ricos y con la
izquierda al pueblo para que sufriera y diere de comer al los demás.

Con Ricardito Baselga cambiaban de táctica los buenos padres. Pertenecía
el muchacho a una ilustre familia, y podían también interesar su amor
propio: pero siguiendo las instrucciones de su superior, cuando habían
de reprender al niño, se limitaban a decir:

--¡Parece imposible que un santito a quien tanto quiere Dios pueda
cometer semejante falta!

De este modo el muchacho se iba convenciendo de que era un elegido de
Dios, un predestinado a quien asistía la divina gracia, y se entregaba a
las aficiones místicas que sus maestros tenían buen cuidado en fomentar.

A la edad en que todos los niños aman la agitación y el bullicio y se
entregan a los más violentos juegos, él se mostraba grave y reservado, y
las horas de recreo las pasaba en un rincón del patio cuando no escapaba
para entrar en la desierta capilla, donde quedaba extático ante la más
bella imagen de la Virgen.

A causa de estas aficiones, mientras los otros colegiales respiraban
vida y vigor, él estaba pálido, enjuto y enfermizo, hasta el punto que,
algunas veces, sus maestros habían de reprenderle por la inercia en que
tenía su cuerpo y le excitaban a que jugase con sus compañeros, orden
que el muchacho, siempre obediente, cumplía, con forzosa pasividad.

Ricardito iba convirtiéndose poco a poco en un objeto de admiración que
ostentaba con orgullo el santo establecimiento.

Los colegiales, obedeciendo a sus maestros, miraban al niño como un ser
superior y privilegiado, digno de supersticioso respeto; y entre ellos
se hablaba como de una cosa rara de su humildad a toda prueba, de la
gran resistencia que tenía para permanecer horas enteras de rodillas en
el oratorio y de la entonación dulce y conmovedora con que rezaba sus
oraciones en alta voz.

No visitaba el colegio una familia distinguida sin que dejasen los
jesuítas al punto de presentar como la mayor curiosidad de la casa a
aquel "santito" de cara dulce y melancólica, que se presentaba con la
mayor modestia, ruborizándose al más leve cumplido.

El niño era, sin saberlo, un prospecto viviente que utilizaban los
jesuítas para demostrar la santa educación que se daba en aquel
establecimiento, y los maestros hablaban a las madres y hermanas de los
demás colegiales del santo entusiasmo de Ricardito, que en las noches
más crudas de invierno le hacía saltar de la abrigada cama para
arrodillarse desnudo sobre el frío suelo y rezar a la Virgen, que se le
aparecía en sueños.

La fama de aquella infantil santidad atravesaba los muros del colegio
para esparcirse en el gran mundo, y la baronesa de Carrillo recibía a
cada instante felicitaciones por haberle Dios deparado un hermano que
sería la honra de la familia y la abriría las puertas del cielo.

Esto causaba en doña Fernanda una emoción de celestial gozo, y cuando
hablaba con sus amigas decía siempre con cierta satisfacción:

--Me envanezco con mi hermano como si fuese obra mía. Yo he guiado sus
primeros pasos por la senda de la devoción y le he enseñado a amar a
Dios. ¡Ay! ¿Qué sería de él si yo lo hubiese abandonado al cuidado de mi
padre? Es el único que honrará la familia. Enriqueta es una casquivana
de la que nunca conseguiré hacer una santa.



II

San Luis Gonzaga.


A los once años le fué permitido al hijo del conde Baselga leer en otros
libros que en los de estudio.

Ricardito no se distinguía por su afición a la lectura. Los santos, por
lo regular, prefieren la meditación a la ciencia.

En concepto del padre Claudio, convenía aficionar al niño a la lectura
para que abandonase un tanto su tendencia estática, y por esto los
maestros pusieron en sus manos varios libros cuidadosamente escogidos y
que trataban de los santos pertenecientes a la Compañía de Jesús.

Convenía distraer al niño; pero no era menos importante aumentar sus
aficiones místicas, excitándolas con la lectura de obras escritas con el
estilo empalagoso y dulzón propio de las obras jesuíticas.

De todas aquellas obras la "Vida de San Luis Gonzaga" era lo que más
impresión le producía.

Leía las vidas de una innumerable serie de santos, los más de la primera
época del cristianismo, y aunque se conmovía considerando los horribles
tormentos sufridos en las arenas del circo romano, aunque derramaba
lágrimas al ver pasar ante su imaginación las ensangrentadas figuras de
aquellos mártires que morían poseídos del sublime delirio de la fe, su
emoción en tales instantes no podía compararase con la que experimentaba
al pasar su vista por la crónica de aquel príncipe italiano que, pálido,
demacrado, privándose de hasta las más insignificantes satisfacciones, y
atormentado por los más mínimos escrúpulos, vivió alejado de las
grandezas y esplendores entre los cuales había nacido.

Había en San Luis Gonzaga algo de sus propios sentimientos, y el pequeño
Baselga, al leer su vida le parecía en ciertos instantes estar
contemplando su propio rostro en un espejo.

Una simpatía inmensa, una ternura casi femenil profesaba Ricardito a
aquella figura de penitente aristocrático, que atormentada por el ayuno,
tenía la piel transparente y pegada al desmayado esqueleto.

Reunía San Luis muchas condiciones para ser el favorito del santito y
el que éste tomara como modelo para su vida futura.

El penitente italiano procedía de una noble y encumbrada familia, y esto
era algo para el joven Baselga, que muchas veces había oído expresarse a
la baronesa sobre el origen casi divino de la división de clases
sociales.

Había pertenecido a la Compañía de Jesús, y esto era mucho para aquel
alumno de los jesuítas, convencido tenazmente de que fuera de la Orden
no podía existir verdadera virtud, sabiduría, ni santidad.

Además, al carácter delicado y casi femenil de aquel niño, criado entre
mujeres y poseído de una timidez ilimitada, gustábale más aquel santo
que se dedicaba a martirizarse a sí mismo, y que, enamorado místicamente
de la belleza de la Virgen, pasaba días enteros de hinojos ante ella,
que toda la innumerable caterva de mártires de la edad heroica del
cristianismo, que demostraban la verdad de su doctrina buscando que les
desgarrasen los músculos o regando con su sangre las arenas del circo.

¡Qué tierna emoción le producía siempre su lectura favorita! ¡Cómo su
imaginación, despertada por aquella crónica de santidad, encontraba
puntos de comparación entre la vida de San Luis y la suya!

El santo italiano había sido hijo de un marqués, soldado de gran valor;
él tenía por padre a un conde que se había distinguido mucho en los
campos de batalla.

El seráfico Luis tenía desde los siete años tan arraigadas todas sus
devociones, que jamás había faltado a ellas; y él se encontraba en igual
caso, pues no recordaba haber olvidado ninguna de las santas
obligaciones que se había impuesto, que eran oír todas las mañanas la
misa de rodillas y sin hacer el menor movimiento, rezar tres rosarios
cada día, decir la salve cada hora y recitar sus oraciones todas las
noches al acostarse, sin perjuicio de saltar de la cama para
arrodillarse sobre el frío pavimento cada vez que algún ensueño
celestial se dignaba turbar su reposo.

Otro punto de comparación existía entre su vida y la de San Luis; pero
éste, en vez de causarle una gozosa satisfacción, le llenaba de
confusión y tenía su alma constantemente alarmada.

El santo, en su niñez, mezclándose en el trato de los soldados que
mandaba su padre, había aprendido palabras demasiado libres, que repetía
sin comprender su significado, y que después fueron para él causa de un
continuo remordimiento, llorándolas toda su vida y haciendo rigurosas e
interminables penitencias para purificarse de ellas.

Ricardo, ansioso de encontrar similitud entre las dos existencias, buscó
en la suya, y también halló en su niñez algo terrible y horroroso de que
arrepentirse.

¡Cuántas veces había escuchado con maliciosa alegría a Tomasa, la
argonesa doméstica, espíritu volteriano, sin ella darse cuenta, que con
gracia inimitable relataba a Ricardo y Enriqueta, cuando la importunaban
pidiéndola un cuento, relaciones algo libres en que frailes y monjas
jugaban un papel que no dejaba en buen lugar la moral del claustro!

Este recuerdo de la vida pasada producía en el niño terrible impresión;
y aunque él sólo era culpable de haber escuchado con cierto gozo los
chascarrillos algo libres contra la gente monástica, reprochábase el
gozo que había experimentado oyéndolos, y esto constituía para él un
terrible remordimiento.

Acudía a las mortificaciones, a las penitencias abrumadoras, a todos
cuantos santos tormentos le sugería su imaginación, para librarse de tan
incesantes preocupaciones y recobrar su tranquilidad, lo que sería signo
de que Dios le perdonaba la ofensa que le había hecho escuchando tales
abominaciones; pero por más que extremaba sus tormentos físicos y
morales, siempre el maldito remordimiento volvía a anidar en su
conciencia produciéndole un martirio interminable.

Ahora comprendía el por qué en sus delirios místicos no era tan
favorecido por la corte celestial como aquel santo que tomaba por
modelo.

A San Luis, mientras estaba en oración, hablábale la Virgen, y sentía su
pecho invadido de celeste dulzura, mientras que él, por más que llamaba
al las puertas del cielo, las encontraba siempre cerradas. Los santos
estaban mudos para él, y en vano derramaba lágrimas, pues no lograba
ablandar a Dios, encolerizado a causa de los pecados que había cometido
Ricardo escuchando las libres relaciones de aquella impía doméstica.

Por esto la lectura de la vida de San Luis, al par que servía para
aumentar cada vez más su devoción, causábale un continuo desasosiego y
una febril agitación que hacía peligrar su salud.

Aquel niño tímido, dulce y asustadizo, a la edad en que todos cometen
mil diabluras con encantadora gracia y nunca piensan en las
consecuencias de sus actos, mostrábase sombrío y meditabundo,
experimentando tantos remordimientos como el más terrible criminal.

Privábase de comer con la esperanza de alcanzar por medio de ayunos el
perdón de aquella culpa, que a él se le figuraba horripilante; no
dormía, porque en su estado de perpetua agitación, era imposible
conciliar el sueño, y su débil organismo languidecía rápidamente
combatido por tantas privaciones.

Hízose aun más misántropo; fué reservado con sus maestros,
experimentando un miedo terrible cuando pensaba que éstos podrían
descubrir sus pecados de antaño, y contestaba con evasivas a la
solicitud de los jesuítas a quienes el padre Claudio tanto recomendaba
su cuidado.

Mientras los demás colegiales sólo pensaban en aprovecharse de un
descuido para ponerle mazas en el rabo al gato del portero, o en cometer
un sin fin de inocentes locuras, aquel niño vivía agitado por una idea
eterna:

--¡Si Dios me perdonara mis pecados!... ¡Si la Virgen me hablase como a
San Luis!... ¿Cómo he de llegar yo a ser santo?



III

De cómo habló la Virgen a Ricardo.


La exagerada devoción del colegial le hacía mirar con más simpatía el
establecimiento donde se educaba que la casa de su padre: y por esto,
muy al contrario de todos sus compañeros, miraba con santo horror las
vacaciones, porque éstas le arrancaban de aquel vasto edificio en cuyos
largos corredores se explayaba su imaginación forjando las más absurdas
quimeras y en cuya capilla se entregaba a raptos de desesperación, en
vista de que sus delirios místicos no producían eco en el cielo.

El hijo del conde de Baselga iba por buen camino para llegar a
sacerdote, y prueba de ello era que comenzaba a adquirir ese horror a la
propia familia, ese desprecio a los seres queridos que caracteriza en
sus vidas a todos los elegidos de Dios.

Para servir bien al señor había que abandonar a los padres y hermanos,
había que romper todos los lazos terrenales, despreciar los más sagrados
afectos; y el niño hizo todo esto recordando la existencia de muchos de
aquellos santos cuyas vidas había leído y de los cuales el detalle más
saliente era haber olvidado a los que les dieron el ser para amar
únicamente a Dios.

Esta repugnante ingratitud le resultaba al niño una acción honrosísima,
sin duda por las muchas veces que había oído a los predicadores de la
Compañía ensalzarla como el acto más sublime.

Además, Ricardo no experimentaba ningún afecto natural e irresistible
hacia su familia.

Su padre, el conde de Baselga, era para él un señor taciturno y terrible
que le miraba siempre con fúnebre gravedad, y sólo de tarde en tarde le
acariciaba fríamente. Ignoraba el niño que su presencia evocaba siempre
en la mente del conde los más terribles recuerdos, y que él, al entrar
en el mundo, había producido la muerte de su madre, mujer angelical,
cuya memoria había de acompañar siempre a Baselga.

Ricardo sólo había sabido temer a su padre, aunque éste jamás llegó a
dirigirle una palabra dura.

Había amado algo a Enriqueta, aquella hermana mayor que él que jugando
abusaba de su superioridad y lo manejaba como un "bebé"; pero este
afecto puro y natural había ido desapareciendo conforme se desarrollaban
sus aficiones a la santidad.

Llevado de la manía de imitar a su santo patrón, Ricardo, que seguía
escrupulosamente cuanto leía en la vida de San Luis, se propuso hacer
voto de castidad, sin saber a ciencia cierta a lo que se obligaba; y
arrodillado ante aquella Virgen rizada, hermosa y con los ojos en blanco
por el dulce éxtasis, imagen que era la depositaria de todos sus
remordimientos e inquietudes, juró no presentar sus carnes al desnudo a
las miradas de sus compañeros, como antes lo hacía al acostarse, y no
mirar nunca a una mujer el rostro.

Desde entonces tomó Ricardo la costumbre de presentarse ante las damas
que visitaban el colegio con la cabeza baja y los ojos casi cerrados
para no ver ninguna de aquellas gracias femeniles que podían turbar su
voto.

El joven devoto se anticipaba a la naturaleza y huía de la mujer en la
época que ésta no podía aún despertar en él ningún desconocido
sentimiento.

Cuando en la época de vacaciones veíase obligado en la casa paterna a
tratarse con su hermana Enriqueta, mostrábase tímido y receloso,
procurando evitar el roce de aquellas faldas, como si fuesen siniestra
tienda bajo la cual acampaba una legión de diablos. La devoción
trastornando aquel cerebro infantil, hacía surgir en él horrendos
pensamientos y suposiciones monstruosas.

La vista de Tomasa, aquella relatadora de cuentos impíos, llenaba de
santo terror a Ricardo, que huía de ella como del pecado mortal,
mientras la franca aragonesa echaba pestes contra los pícaros jesuítas y
doña Fernanda, que le habían "mareado" al niño hasta el punto de hacerle
odiar a la que podía llamarse su segunda madre.

Cuando algunos días después de haber despedido el conde a la vieja
doméstica fué Ricardo a pasar un domingo a casa de su padre, el muchacho
experimentó una gran tranquilidad al saber que no volvería a encontrarse
con la maliciosa aragonesa.

La casa parecía haber cambiado radicalmente con aquella marcha.

El conde acarició a su hijo, mostró por él gran interés, y sin perder su
tétrica gravedad, le preguntó por sus estudios y aficiones, excitándole
cariñosamente a que no fuese un fanático y se preparara a ser un hombre
útil a su familia y a la patria.

En cuanto a Enriqueta, manifestóse a su hermano más alegre y locuaz de
lo que comúnmente estaba, y sin hacer caso de su desvío huraño, le dijo
que papá era muy bueno y ella muy feliz; que ahora la llevaba al Teatro
Real y a los grandes bailes, que la dejaba en libertad para vestir con
elegancia y que él mismo se mostraba muy alegre y decidido a gozar de la
vida. Y Enriqueta, creyendo que con sus palabras despertaba un
sentimiento de envidia a su hermano, que manifestaba honda tristeza,
hablábale de que pronto saldría él del colegio y sería un pollo elegante
que brillaría mucho en sociedad y tendría una novia hermosa y
distinguida.

El santo volvió al colegio escandalizado por el lenguaje de su hermana,
y dispuesto a no cruzar más su palabra con aquella que insultaba con
tales suposiciones su dignidad de elegido de Dios.

Aquel fué el último día que el muchacho pasó en el seno de su familia.
Apenas se vió en los sombríos corredores del colegio, aspirando aquella
atmósfera mística que le enloquecía, desvanecióse la débil impresión de
cariño causada por el cambio de carácter que había notado en su padre.

Ricardo volvió a engolfarse en aquella devoción que tanto le
trastornaba, convirtiéndose en un niño nervioso, visionario y casi
demente.

El deseo de ser santo, que aún se excitaba más con la reputación que de
tal tema en el colegio, dominábale a todas horas.

La vida de San Luis era su continua lectura, y todos los días juraba
ante la Virgen imitar al santo Gonzaga en todos sus actos.

El sería jesuíta como el santo italiano, vestiría la sotana de la Orden,
y olvidando que había nacido rico haría acto de perpetua pobreza,
entregando su fortuna a la Compañía, para que la distribuyese entre los
necesitados.

Este rasgo sabía él que sublimaría toda su existencia, y le daría el
verdadero carácter de santo.

Muchas veces el padre Claudio había dicho en su presencia que nada era
tan grato a los ojos de Dios como el sacrificio que hacen los potentados
que entran en la Orden, despojándose de sus riquezas.

Cuando llegase el tiempo oportuno, cuando por la edad pudiese disponer
del inmenso caudal que le correspondía como heredero de su madre, él
sabría llevar a cabo tal rasgo de desprendimiento y se haría célebre en
los santos fastos de la Compañía por su santidad, entregando antes todas
sus riquezas al padre Claudio, para que éste fuese el administrador de
los pobres.

Ricardo estaba resuelto a ser jesuíta; pero una duda cruel martirizaba
su cerebro. ¿Le llamaba Dios por tal camino? ¿Merecía él, como el
seráfico Luis, vestir la sotana de los hijos de San Ignacio?

Al santo Gonzaga el cielo se había dignado manifestarle que era su
voluntad que entrase en la célebre Orden.

Estando en Madrid, en la Corte de Felipe II (según rezaba la vida de San
Luis, escrita por el jesuíta Croisset), y cuando aún era un niño, el
santo, una mañana, arrodillado ante la Virgen del "Buen Suceso", escuchó
cómo ésta le incitaba con frases cariñosas a que entrase en la Compañía.

Aquél era un elegido de Dios, ya que la celeste madre se dignaba darle
consejos; pero él se tenía por un réprobo, por un ser maldito, a causa
de sus pecadillos de la primera edad, ya que no escuchaba voces
sobrehumanas, ni la dulzura de la Virgen venía a calmar sus terribles
zozobras.

Un día notó que dos jesuítas viejos, que entre las gentes del colegio
tenían renombre de sabios, a la hora del recreo, en que todos los
alumnos se entregaban a los más ruidosos juegos, le contemplaban desde
un ángulo del patio, con expresión marcada de lástima, y conversaban
después animadamente.

Aquella misma noche vió repetirse iguales gestos en la servidumbre del
colegio y en algunos de los alumnos mayores, pero el niño era tan tímido
y tenía tal empeño en contrariar todos sus deseos para santificarse, que
por no pecar de curioso evitó hacer la más leve pregunta.

A la mañana siguiente, el padre encargado de la dirección del colegio, y
en el cual el padre Claudio parecía tener una absoluta confianza, se
encargó de aclarar aquel misterio.

Cuando el muchacho estuvo en el despacho del director, este jesuíta usó
de mil rodeos para decirle la noticia que le había encargado su
superior; habló de la voluntad inflexible de Dios, del destino de la
criatura, que está de antemano trazado por el Eterno y que nadie puede
variar; del deber en que está todo buen cristiano de resistir los rudos
golpes del destino; y cuando el muchacho, embelesado por una plática que
tanto halagaba sus inclinaciones, oía con el más santo gozo aquel
sermón, el jesuíta soltó la noticia que hacía ya más de una hora estaba
adornando del mejor modo posible, para ocultar su carácter horrible.

El conde de Baselga había muerto dos días antes. El director del colegio
guardóse de decir que el desgraciado se había suicidado en una casa de
locos, y relató al hijo la muerte de su padre, asegurando que era a
causa de un descuido que había tenido éste examinando una pistola
cargada.

Ricardo quedó aturdido por aquella noticia.

No lloró porque los santos sólo lloran cuando recuerdan los fabulosos
dolores sufridos por Dios bajo la forma de hombre; hizo esfuerzos para
mostrar el estoicismo de los predestinados a la santidad, pero en lo más
hondo de su pecho le pareció sentir un rudo golpe que conmovía todas las
fibras de su corazón.

Aquella sequedad de su alma desapareció al desvanecerse la sorpresa
causada por la noticia; y cuando el muchacho salió del despacho y se vió
solo en medio de un desierto corredor experimentó la necesidad de ir en
busca de aquella devoción que en todas las circunstancias críticas de
la vida lograba endulzar sus penas.

Entró en la capilla del colegio y fué a ponerse de hinojos ante el
altar, donde dulce y sonriente se alzaba la imagen de una de esas
Vírgenes creadas por la elegante piedad jesuítica, y que tienen el
aspecto de una tiple de ópera, perfumada y lánguida que al compás de las
notas pone en blanco los ojos.

Un rayo de sol, filtrándose por un prolongado ventanal con vidrieras de
colores, cruzaba la sombría capilla e iba a enredarse en la rubia
cabellera de la Virgen, circuyéndola de una aureola en que titilaban
todas las brillantes tintas del iris.

Aquellos ojos de cristal, brillando sobre las facciones de arrebolada
cera como lluvia de gotas posadas en los pétalos de una flor, parecían
mirar fijamente al niño, quien, poseído de una mística emoción, dió
suelta a las lágrimas que antes había retenido al saber la muerte de su
padre.

Era muy desgraciado, pero él no se quejaba, pues aquel terrible suceso
lo consideraba como un favor de Dios, que quería poner a prueba su
resignación y que lo llamaba por el camino de su santidad.

Ya era completamente huérfano, y en adelante la Virgen sería su madre,
su protectora, que le llevaría rectamente al cielo.

Aquel era el momento de decidir su porvenir. Desligado de todo lazo
mundanal, encontrábase desnudo de terrenas preocupaciones a la puerta de
la santidad, dispuesto a ponerse eternamente al servicio de Dios si éste
le llamaba.

¿Por qué no había de realizarse un milagro en su favor? ¿Por qué la
Virgen no había de aconsejarle que abrazase la vida religiosa, como ya
lo había hecho con el seráfico Gonzaga?

Un milagro era lo que él pedía, una muestra leve que indicase cómo la
madre de Dios se interesaba en su porvenir; y ansioso por alcanzar tal
distinción, Ricardo miraba a la risueña imagen, cuyos ojos seguían fijos
en él con inanimada insistencia.

El rayo de sol iba desviándose conforme transcurría el tiempo, y se
apartaba con lentitud de aquel rostro que iba hundiéndose en la sombra.

Entonces le pareció a Ricardo que aquellas sonrosadas facciones se
animaban con una sonrisa de infinita benevolencia, y poseído de una
exaltación frenética se arrojó al suelo, cubriéndose los ojos con las
manos, como si temiese cegar ante un esplendor deslumbrante.

Por fin llegaba el momento deseado. La Virgen le hablaba, aconsejándole
lo que él tenía desde mucho tiempo antes en el pensamiento.

Sentía sonar su voz en lo más íntimo de su cerebro, y hasta le parecía,
que las paredes de la capilla retumbaban con el estrépito de la angélica
trompetería.

Ya estaba decidido; abandonaría el mundo y abrazaría la vida religiosa.
La Virgen se lo ordenaba.

Y el muchacho, a pesar de que tenía los ojos cubiertos por sus manos y
el rostro sobre las frías baldosas, veía un inmenso horizonte de luz, y
en el centro una brillante escalera vaga y tenue, como si estuviese
formada por suspiros y vibraciones de arpas. A los lados estaban los
angeles con cabelleras de sol y diáfanas vestiduras, y en lo último,
llenándolo todo con su majestuosa silueta, Dios, coronado por el
simbólico triángulo, que fijaba en él sus ojos y que por entre su blanca
barba, que se confundía con las nubes, dejaba escapar la inmortal
sonrisa, suprema felicidad de los bienaventurados.

Dos horas después, la servidumbre del colegio recogía el desfallecido
cuerpo de Ricardo, para conducirlo a la enfermería.

Fué aquello un accidente pasajero del que no tardó en reponerse; pero el
director del colegio, que en la intimidad daba a entender cómo bajo una
sotana jesuítica puede ocultarse un espíritu volteriano, dijo, hablando
de Ricardo con otro padre de la Compañía:

--La falta de alimentación le hará ver las más estupendas visiones.
Carne y más carne. Este es el mejor remedio contra las visiones
celestes.



IV

El Corazón de Jesús,
buzón de Correos.


Una duda que asaltó a Ricardo pocos días después de haberse decidido por
consejo de la Virgen a abrazar la vida religiosa, fué si debía preferir
la Compañía de Jesús a cualquiera de las Otras protegidas por la
Iglesia.

La regla de San Francisco y la de otros santos fundadores había contado
muchos bienaventurados en su seno, y no era, por tanto, condición
precisa para ser favorito de Dios el pertenecer al instituto de San
Ignacio; pero pronto se desvaneció tal duda en el joven por medio de
aquella vida del celestial Gonzaga, cuya lectura constituía todo su
recreo.

San Luis, al decidirse por el servicio de Dios, había dudado sobre el
instituto religioso que debía escoger, pero al fin se había decidido en
favor de la Compañía de Jesús, por varias razones que el padre Crosset
tenía buen cuidado de consignar en la vida del santo.

Ricardo reproducía en su memoria todos estos motivos y los encontraba en
extremo ciertos.

El, del mismo modo que el santo italiano, entraría en la Compañía de
Jesús, porque en ella reinaba la humildad, ya que se hacía voto de no
admitir dignidades eclesiásticas. Y el joven creía que este rasgo de la
Orden era sublime, no parándose a considerar que mal podían apetecer los
jesuítas obispados y cardenalatos, cuando son el oculto nervio de la
Iglesia, que mueven a ésta a su sabor y que dominan desde el Papa hasta
al último sacristán.

Gustábale, además, la Compañía, como al seráfico Gonzaga, porque "en
ella se enseña a la juventud virtud y letras"; pero Ricardo no pensaba
en que esta juventud que recibía la instrucción de los jesuítas era sólo
la juventud privilegiada, la perteneciente a la clase acomodada y
aristocrática y que, en cambio, nunca la Orden loyolesca se había
preocupado de educar al pueblo, interesándose por que éste permaneciese
siempre en la ignorancia, medio seguro para que jamás saliese de la
abyección.

Otra de las razones que atraía las simpatías del joven fanático hacia la
Compañía de Jesús era que ésta "se dedicaba a la conversión de los
herejes y los gentiles, en todas las partes del mundo". Para un joven
ignorante, esta misión era sublime y en alto grado civilizadora, y así
lo creía él, por haberlo oído varias veces a los padres maestros del
colegio, que hablaban, con entonación lírica, de las grandes conquistas
llevadas a cabo por la Compañía en el mundo de la barbarie, y de las
conversiones en masa que los misioneros de la Orden habían hecho en la
India y en el Japón.

Podía hablarse así, con la seguridad de no ser desmentido, a una
juventud ignorante que no conocía otra historia que la enseñada en los
colegios de la Compañía, y que, por tanto, no tenía la menor duda sobre
la milagrosa elocuencia de San Francisco Javier, el cual, desconociendo
la lengua de los indios y por medio de mímica, convirtió miles de
indígenas. Además, era muy extraño que después de estar la Compañía de
Jesús más de tres siglos predicando la buena nueva en la China y en el
Japón, no hubiese conseguido la cristianización de tales pueblos,
limitando todas sus conquistas al bautismo de algunas familias de
naturales pobres y envilecidos, que adoraban a los misioneros más que
por sus doctrinas por los puñados de arroz que les repartían en las
épocas de carestía.

Pero para Ricardo era artículo de fe que la Compañía había convertido al
catolicismo a casi toda Asia, y a sus ojos aparecía la Orden como un
instituto sublime, cuyos misioneros poseían las lenguas de fuego de los
apóstoles y enternecían a los pueblos en masa, haciéndoles abrazar la
doctrina del Evangelio.

El quería ser de aquella milicia heroica. Deseaba ser soldado de aquella
legión fuerte e inquebrantable, cual la verdadera fe, y, como todos los
misioneros célebres de la Compañía, pensaba en atravesar los bosques de
Asia, sin otras armas que el Evangelio ni otro equipaje que su sotana,
quebrantado por el ayuno y roído interiormente por la enfermedad,
siempre en busca de nuevos gentiles que convertir y dispuesto a pagar
con los más horrorosos martirios su santa audacia.

Aspiraba Ricardo a desempeñar este hermoso papel de héroe santo, creado
por la leyenda jesuítica, y estaba lejos de imaginarse que tales
misioneros, audaces hasta la demencia y ascetas hasta la total
extenuación, eran infelices autómatas que la Orden creaba para revestir
sus fines de una atmósfera simpática de grandeza y desinterés, y que sus
esfuerzos por introducir el cristianismo en las naciones idólatras sólo
servían para que después los verdaderos directores de la Compañía,
aprovechándose de la audacia de sus fanáticos instrumentos,
estableciesen compañías de comercio en los citados países, negociando
con sus productos que cambiaban por los de Europa.

De este modo el instituto de San Ignacio de Loyola reunía en su tesoro
más millones que todos los grandes banqueros juntos, y así se hacía
dueño de importantes líneas férreas y tenía, con nombre supuesto,
numerosas flotas de vapores en todos los mares del globo.

Decidido Ricardo Baselga a entrar en la Compañía, ansiaba que llegase el
instante de ser admitido en su seno, y tan vehemente era su deseo, que
hasta temía que los buenos padres se negaran a darle entrada en la
Orden.

Desde el día en que la Virgen le habló y Dios, rodeado de su
deslumbrante corte, pasó ante sus ojos como una visión fugaz, el joven
no tuvo otra aspiración que la de entrar cuanto antes en la Compañía.
Pero siempre que intentaba formular su deseo, sentíase cohibido y
dominado por una timidez que le impedía manifestar su pensamiento.

Por fortuna para él, pronto se le presentó una ocasión para manifestar
su deseo sin que hubiera de ruborizarse ni tartamudear, pensando que su
demanda podía ser desechada.

La educación jesuítica aspira a conocer hasta los más íntimos
pensamientos de aquellos que están sujetos a ella, y de aquí que busque
los más extraños medios para penetrar hasta en lo más recóndito de las
aficiones de sus alumnos.

Tienen los padres de Jesús establecido en sus colegios el espionaje en
grande escala, así como entre los individuos de la Orden; a cada alumno
se le inspira la idea de que es un deber sagrado celar los actos del
compañero; la delación se considera por los maestros como un acto
meritorio, y la benevolencia con las faltas ajenas se castiga como un
grave delito contra la disciplina que debe reinar en las casas de la
Compañía.

Pero esto no basta a los jesuítas para apoderarse por completo del
cerebro de sus educandos y conocer hasta los más íntimos secretos.

Necesitan saber sus más dominantes aficiones para, en consecuencia,
dirigir y amoldar a placer los caracteres de sus discípulos, y para que
este régimen policíaco fuera completo, el astuto padre Claudio había
establecido en el colegio de Madrid la fiesta del Corazón de Jesús,
invención de los jesuítas franceses, muy dados a espectáculos teatrales.

Una vez al año verificábase esta ceremonia, y los alumnos mayores,
después de una gran fiesta religiosa, dirigíanse de rodillas al altar
mayor, y al llegar ante una imagen del Corazón de Jesús, tendíanse cuan
largos eran, y con el humillado rostro sobre las desnudas baldosas,
permanecían mucho tiempo entregados a mística meditación.

Después se levantaban, y sacando un papel escrito en la noche anterior,
después de largas horas de rezo y de meditación, lo introducían en una
hendidura que existía en aquel corazón rojo y flameante que la imagen
ostentaba sobre el pecho.

Era ridículo y sacrílego convertir el Corazón de Jesús en buzón postal,
pero los jesuítas, por tal medio, conseguían conocer las verdaderas
aficiones de sus discípulos, y bien sabido es que su educación consiste
no en contrariar las aspiraciones naturales de aquellos a quienes
dirigen, sino en fomentarlas y dirigirlas con arreglo al interés de la
Compañía, buscando que ésta tenga en todas partes buenos y leales
servidores.

No temían los jesuítas que sus alumnos mintieran al hacer tales
confidencias al Corazón de Jesús. Habíanles hecho creer que aquellas
demandas escritas a la divinidad las acogía ésta con benevolencia, y que
todos los deseos consignados en ellas realizábanse inmediatamente si es
que así convenía al porvenir de los solicitantes. De aquí que todos los
alumnos se apresurasen a estampar en el papel su más ferviente deseo, y
que los padres maestros, por medio de tal estratagema, tuviesen exacto
conocimiento del pensamiento dominante de sus educandos.

Llegó el día de la fiesta del Sagrado Corazón, y Ricardo Baselga, sin
duda por indicaciones superiores, fué admitido en el grupo de colegiales
mayores que iban a depositar su papel en el pecho de la sacra imagen.

Durante la fiesta religiosa, el joven sintió una emoción cada vez más
creciente, que conmovía a todo su cuerpo.

Con ansiosa mirada contemplaba, a través de las azuladas nubes de
incienso, aquella imagen de Jesús, sonriente y dulce, y al mismo tiempo
estrujaba en su bolsillo el billete escrito en la noche anterior,
después de algunas horas de oración.

Ricardo estaba tan absorto en la contemplación de aquella imagen, que no
se daba cuenta de lo que le rodeaba y los alborozados cánticos del
órgano sonaban en sus oídos como un zumbido molesto.

Miraba el joven a Jesús con la misma expresión humilde y resignada del
pretendiente que entrega un memorial al poderoso y teme ser molesto. Se
estremecía Ricardo pensando que era indigno de pedir a la divinidad un
señalado favor, y temía que la santa imagen rechazase su súplica.

Llegó el momento de la ceremonia, y el grupo de educandos avanzó hacia
el altar mayor, formado en fila.

Ricardo anduvo instintivamente, y al llegar cerca de la imagen, rodeado
de los principales maestros vió al padre Claudio, que aunque grave y
meditabundo, cual lo exigía la solemnidad, le contemplaba con expresión
de paternal benevolencia.

Iban uno tras otro los colegiales arrojando sus respectivos billetes en
la hendidura de aquel corazón rojo y deslumbrante, y por fin Ricardo
quedó frente a la imagen, sin tener compañero alguno delante de él.

Arrodillóse entonces, trémulo y palpitante, lanzando al Corazón de Jesús
una mirada de supremo amor; arrojóse después de bruces al suelo, donde
permaneció algunos segundos, como si, anonadado, quisiese desaparecer
confundiéndose con la tierra; y después, irguiéndose con timidez,
adelantó una mano, en la que sostenía el papel escrito en la noche
anterior.

Aquel acto le costó un esfuerzo supremo.

Así que terminó la fiesta, el padre Claudio, en la celda del director
del colegio, revolvía los billetes que los colegiales habían depositado
en el Sagrado Corazón, y que estaban ahora sobre una mesa.

Buscaba el de Ricardo, y lo encontró; pues aunque todos los billetes
iban sin firma, él conocía la letra del joven Baselga.

El jesuíta, al leer, sonreía con la expresión del que se convence de no
haberse equivocado.

"¡Oh, Jesús mío! ¡Oh, dulce Señor! Mi deseo más ferviente, mi única
aspiración, es serviros mientras viva; es pelear y morir por vuestra
doctrina. Quiero ser un misionero de la fe. Haced que entre en vuestra
santa Compañía, que fundó nuestro gran padre San Ignacio."

Después de la fiesta hubo gran banquete en el colegio, y por la tarde,
cuando todos los alumnos se entregaban a ruidosos juegos, el padre
Claudio llamó aparte a Ricardo, y poniéndole una mano sobre la cabeza,
díjole con expresión paternal y solemne:

--El Sagrado Corazón no olvida nunca a sus devotos. El ha oído tus
súplicas; y yo como mensajero de su divina voluntad, te manifiesto que
la Compañía te abre sus brazos. En la semana próxima irás a comenzar tus
ejercicios en la casa de novicios que tenemos en Loyola. Mañana mismo
hablaré con tu santa hermana la baronesa, que acogerá tu vocación como
un favor del cielo.



V

El noviciado


Salió Ricardo de Madrid, sin despedirse de la baronesa ni de Enriqueta,
pues para ser buen jesuíta habíase propuesto olvidar que tenía una
familia en el mundo.

Apenas entró en el colegio de Loyola experimentó una satisfacción sin
límites.

El padre director, jesuíta adusto, de facciones demacradas y ojos
feroces, que parecían transparentar el chisporroteo de un oculto fuego,
le ordenó que se despojara de su traje y le hizo vestir el hábito talar.

Aquella fué la mayor alegría que el joven experimentó en su vida.

Rapado a punta de tijera; embutido en una sotana estrecha, raída y de un
negro amarillento; con medias de estambre y gruesos zapatos, Ricardo se
confundió entre un centenar de jóvenes pálidos, demacrados, de aspecto
receloso y mirada hipócrita, que eran los novicios que en aquel
establecimiento se preparaban a ingresar en la Compañía.

El hijo del conde de Baselga se oyó llamar "hermano" por primera vez, y
esto le produjo inmensa satisfacción. Era la prueba de que acababa de
alistarse bajo las banderas de Cristo.

Pronto notó Ricardo la gran diferencia que existía entre la educación
que se daba en el colegio y la de aquel noviciado.

En éste no existía la menor sombra de instrucción científica.

Habían terminado para el joven aquellos estudios engorrosos que
contrariaban sus aficiones místicas, y con el noviciado entraba en plena
vida devota.

El campo de las supersticiones, de los escrúpulos nimios y de las
mortificaciones absurdas abría sus horizontes inmensos ante aquella
exaltada imaginación perturbada por el fanatismo.

Ricardo, al pasear por aquellos claustros monótonos y sombríos, que
carecían del encanto artístico de los antiguos conventos, creíase a las
puertas del mismo cielo; tal era su entusiasmo, que aquellas bandas de
jóvenes tétricos y ensotanados que eran sus compañeros y que se espiaban
mutuamente aprendiendo a odiarse, considerábalas como legiones de
ángeles destinadas a la salvación del mundo.

Dos años había de durar el noviciado, según lo prescrito en las reglas
de la Compañía, y tan feliz se sentía Ricardo en su nueva vida, que, a
pesar de encontrarse en los primeros días, se entristecía ya pensando
que el plazo era relativamente corto y que algún día había de salir de
aquella casa para volver al mundo.

Aquel aislamiento, semejante al de la tumba, constituía la suprema dicha
de un ser dedicado a la contemplación de las cosas divinas y que se
estremecía al menor contacto con la sociedad.

Los ejercicios de devoción que la Orden recomendaba a los novicios eran
como los múltiples engranajes de una gran máquina que tendía a anular
cuanto de espontáneo y libre existe en el hombre.

Ricardo dejaba de ser un ente libre para convertirse en una molécula
inconsciente de la gigante Compañía de Jesús.

Arrastrado por un anhelo noble, buscaba la perfección; pero ésta era
para el joven fanático el ideal de los ascetas: matar cuanto de humano
existe en el organismo, aborrecer el mundo y odiar los más bellos y
naturales sentimientos, todo en gracia a una suprema contemplación.
Ricardo aspiraba a ser el hombre perfecto que los ascetas y los celestes
visionarios han tratado con estas palabras: "Tamquam ac radaver".

El joven sentía un ardor cada vez más creciente por ser un modelo de
novicios, y este deseo, que en el fondo tenía mucho de vanidad,
arrastrábale a seguir de un modo minucioso cuantas instrucciones había
consignado San Ignacio de Loyola en sus célebres "Ejercicios".

Las ideas más acariciadas en la niñez, los sentimientos más arraigados,
todo desaparecía y se evaporaba conforme avanzaba Ricardo en sus
piadosas prácticas.

Familia, patria, fortuna, todo cuanto significase mundo y pudiera
despertar un eco humano en el corazón, todo lo olvidaba Ricardo, siempre
empeñado en formarse el vacío de la santidad en torno de su persona.

Tan lejos llevaba su horror al mundo, que le parecía sublime la página
29 de las Constituciones de la Compañía, y releía con fruición el
párrafo, que decía así:

"Para que el carácter del lenguaje corresponda a los sentimientos, es de
uso acostumbrarse a decir, no yo "tengo" padres, o yo "tengo" hermanos,
sino yo "tenía" padres, yo "tenía" hermanos."

Estas palabras infames, que mataban en vida a los seres más queridos,
resultábanles sublimes al joven fanático, e imitando a sus tétricos
compañeros, que hablaban de sus padres como si fuesen sus tatarabuelos y
se negaban a leer sus cartas, Ricardo aprovechaba las escasas
conversaciones que con ellos tenía, para decir con el énfasis de un
hombre que ha logrado vencer un terrible obstáculo:

--Yo tenía hermanos; yo tenía familia.

Aquella excitación que mostraba el joven a todas horas y su empeño en
ser modelo de novicios, atraíale la simpatía de los padres maestros, que
se hacían lenguas de su entusiasmo religioso y de la fortaleza que
demostraba al pasar días enteros entregado a la oración, sufriendo
terribles privaciones.

La consideración de que aquel joven asceta era poseedor de un título
nobiliario y de una gran cantidad de millones impresionaba mucho a los
demás novicios, procedentes de la clase media o de familias de labriegos
acaudalados, los cuales creían en la división de castas y adoraban
supersticiosamente a la aristocracia.

En torno de Ricardo se formaba el mismo ambiente de respeto y
consideración que en el colegio, y todos sus compañeros le apreciaban
como un ser superior destinado a empresas sublimes.

La adulación existe en la Compañía de Jesús más que en ninguna otra
sociedad, por estar ésta basada en el espionaje y la mentira, y de aquí
que hasta los padres maestros depusieran un tanto su ceño de ásperos
instructores para animar con lisonjas a Ricardo a que perseverase en sus
aficiones ascéticas.

Llegó a decirse en aquella santa casa que el joven hacía milagros, y así
lo creyeron los sencillos labriegos de las inmediaciones, que se paraban
en los caminos con aire reverente cuando pasaba el "santito"; pero hay
que advertir que Ricardo no creía en su propio poder, y se extrañaba de
que hablasen de prodigios que él nunca había visto, a pesar de ser el
principal interesado.

Cada uno de los novicios dirigíase forzosamente a un determinado
maestro, por estar así consignado en la regla de la Orden, y con él
había de consultar todas sus acciones y pensamientos.

Ricardo tenía su consultor, como todos sus compañeros, y con él sostenía
largas pláticas sobre asuntos espirituales.

Muchas veces el discípulo se revolvía contra el maestro, haciendo
objeciones que demostraban un fanatismo ascético superior al de los
padres exaltados; pero esta oposición era fugaz, pues el educando
acababa siempre por amoldarse humildemente a todos los consejos de su
superior.

Lo que más repugnaba a Ricardo eran las reglas establecidas en la
Compañía para dar a todos sus miembros un exterior uniforme e
inalterable.

El jesuitismo no se contentaba con moldear a su gusto las conciencias y
anularlas, sino que extendía su poder a los rostros para reformarlos con
arreglo a una expresión común.

El maestro de Ricardo mostraba gran empeño en dar los últimos toques de
exterioridad gazmoña a aquel novicio destinado a ser un santo que
honraría a la Compañía.

La mirada era la principal preocupación del viejo jesuíta, a quien
irritaba el modo de mirar franco y noble del joven.

--No debes mirar así--decía a Ricardo--. En nuestra Orden los ojos se
fijan siempre en el suelo, y al hablar con un extraño, el rostro debe
tener una expresión de seráfica alegría. Una sonrisa sencilla e ingenua
sienta siempre bien en los labios de los representantes de Dios. Mira a
todos los padres de la Compañía y te convencerás de que siguen fielmente
estas instrucciones. Nuestros santos fundadores ya estudiaron cuál es el
aspecto que más simpatías proporciona al sacerdote, y de aquí el poder
moral que ejercen los individuos de la Compañía sobre cuantas personas
tratan. No basta ser santo; es necesario parecerlo.

Y el maestro de novicios dábale más detalles sobre la compostura
exterior que debía guardar todo buen jesuíta.

Cuando se hablara a alguien, las manos debían permanecer en una santa
inacción; los ojos inclinados, los labios ni juntos ni muy abiertos, y
evitar, ante todo, los fruncimientos de cejas y las contracciones de la
frente, pues esto delata ocultos pensamientos y el rostro del jesuíta
debe ser una máscara de piedra que no deje pasar al exterior la más leve
idea. Una santa sencillez, una seráfica imbecilidad, deben encubrir
siempre el tropel de ideas que se agita en el cráneo de todos los
individuos que la Compañía arroja en la sociedad para que sean
instrumentos de sus planes.

La Compañía no quería ser servida por hombres, sino por autómatas, y por
esto unificaba los rostros, como unificaba las conciencias.

--Nuestro santo padre San Ignacio--decía el maestro de novicios--ya lo
ordenó así porque quería la igualdad en todo; lo mismo en el exterior
que en la manera de pensar.

Ricardo, dócil a todos los mandatos, siguió fielmente estos consejos, y
tanto en su exterior como en su modo de pensar, resultó el más notable
de todos los educandos.

Transcurrieron los dos años de noviciado sin que nada turbase la santa
calma en que vivía Ricardo.

La baronesa de Carrillo, comprendiendo sin duda que a los santos les
gusta vivir alejados por completo del mundo, se había limitado a
escribirle algunas cartas en los primeros meses del noviciado, y como el
joven no contestó a ellas, guardó en adelante la piadosa doña Fernanda
el más absoluto silencio.

La única noticia que recibió el joven de su familia diósela el maestro
de novicios, quien, con expresión indiferente y con gran laconismo, le
manifestó que su hermana Enriqueta se había casado con un tal Quirós y
que tenía una hija llamada María.

El joven acogió aquella noticia con mayor frialdad aún que la que había
mostrado el jesuíta al darla.

Ricardo no tenía familia; su hermana era para él un ser casi fantástico,
cuyo recuerdo no llegaba a turbar su memoria. En adelante él no
reconocía otra familia que la Compañía, y sus hermanos legítimos eran
los que vestían la sotana de la Orden.

A estar el joven menos obsesionado en aquella época por sus
preocupaciones de fanático, hubiese comprendido el fondo de gazmoña
inmoralidad que encierra la educación jesuítica.

En sus momentos de descanso, en ciertos días que el espectáculo
sonriente de la Naturaleza le arrancaba un tanto de sus exageradas
prácticas de devoción, Ricardo conversaba con otro joven novicio, pobre
de espíritu y corto de inteligencia, por el que sentía gran simpatía.

Una tarde paseábanse los dos, acompañados de otro novicio, por ordenar
las reglas de la Compañía que fuesen siempre los jesuítas en grupos de
tres, y Ricardo, al escuchar una expresión ingenua de su sencillo
compañero, le estrechó la mano con expresión de simpatía protectora. El
tercer novicio permaneció impasible.

Aquella misma noche Ricardo fué llamado por el director del colegio y el
maestro de novicios.

Su acompañante, cumpliendo los hábitos que se recomendaban a todos los
educandos, había delatado aquella inocente expansión de Ricardo.

Los dos padres, con expresión ceñuda, preguntaron al joven si era cierto
el hecho denunciado. Ricardo contestó afirmativamente.

--¿Y qué pensabas al estrechar la mano de tu compañero?--preguntó el
maestro con una expresión que no comprendió el joven.

--Pensaba en que era un muchacho humilde y sencillo y quería
manifestarle mi eterna amistad.

--¿Y no pensabas nada más?

--Nada más.

--Al sentir el contacto de su mano, ¿no te asaltó algún deseo?

Ricardo levantó sus ojos para mirar con extrañeza a su maestro.

--¡Deseo!... ¿De qué?

Dijo el novicio estas palabras con tal ingenuidad, que el director y el
maestro se miraron para darse a entender su convicción de la inocencia
de Ricardo.

Aun le hicieron los dos padres algunas otras preguntas menos discretas,
en las cuales el novicio columbró cuál era su pensamiento y a qué punto
se dirigían sus sospechas.

Ricardo ruborizóse ante tan absurdas suposiciones, y su pureza, herida
por tan monstruosas sospechas, tardó mucho tiempo en tranquilizarse.

Aquella tendencia a suponer en el hecho más insignificante, en la más
leve expansión, aficiones a la brutalidad, hizo conocer a Ricardo
monstruosidades de la pasión que él no había llegado a imaginarse.

A pesar de que su inocencia resultaba patente, los dos padres fueron
inexorables con aquella "falta" que reputaban como grave, y al día
siguiente, a la hora de la comida, Ricardo hubo de arrodillarse en el
centro del refectorio y en alta voz pedir perdón a sus compañeros por
haberlos escandalizado estrechando la mano de uno de ellos, contra lo
preceptuado en las reglas de la Orden.

Esta humillación, que dolió mucho al joven, a pesar de toda su santidad,
no le extrañaba ya, algunos años después, cuando era jesuíta profeso.

Por motivos igualmente insignificantes, vió a jesuítas ancianos tratados
como niños y obligados a arrodillarse en público y a confesar sus faltas
en alta voz.

La Compañía, para matar la altivez propia del hombre, y extremar la
obediencia pasiva del autómata, no repara en castigos y humillaciones.

Cuando Ricardo ingresó verdaderamente en la Compañía y estudió sus
reglas, comprendió la severidad de los dos padres y el escándalo
producido por un simple apretón de manos.

El deseo de conservar incólume el voto de castidad ha llevado al
jesuitismo, como a todas las comunidades religiosas, a las más extrañas
y repugnantes prescripciones.

La amistad íntima entre dos religiosos considérase como "micitia male
olentem" (amistad mal oliente), y santos venerados en los altares han
dicho a sus compañeros de religión: "Huid del trato con los jóvenes y
rechazad su amistad como la amistad del diablo."

El padre Claudio Acuaviva, uno de los generales más célebres del
jesuitismo, ordenó en las reglas de la Compañía que ningún jesuíta
pudiese permanecer a solas con un joven, y a tal punto llegaba en sus
suposiciones de perversión, que hasta prohibió a los individuos de la
Orden que tocasen a los perros y a los gatos.

El joven jesuíta, cuando leyó todas estas disposiciones de uno de los
más grandes hombres de la Orden, acogiólas como el resultado de una
austeridad que combatía al vicio hasta en sus más extrañas formas, y no
se le ocurrió maldecir el voto de castidad, que hacía necesarias tan
repugnantes leyes para evitar los extravíos brutales de una pasión
humana y legítima que, aprisionada por la devoción, se desborda bajo las
más asquerosas formas.



VI

La entrada en la Orden.


Terminado el noviciado, Ricardo Baselga fué llamado a Madrid para
prestar sus primeros votos y entrar de lleno en la Compañía.

No tenía aún la edad a que se acostumbraba admitir a los otros novicios,
pero la poderosa protección del padre Claudio era suficiente para que el
joven fuese recibido en la categoría de hermano coadjutor.

Al padre Claudio, y a los intereses de la Orden en general, convenía que
el joven fuese a vivir en la casa-residencia de Madrid.

Era un espectáculo edificante y conmovedor, que impresionaba mucho a la
aristocracia afecta a la Compañía, ver al heredero de una de las más
ricas y nobles casas vistiendo la raída sotana del jesuíta, viviendo en
la mayor pobreza y mostrando en su exterior una humildad resignada y
dulce.

Aquel novicio noble y en camino de ser santo aumentaba el prestigio de
la Orden y honraba mucho a todos sus compañeros.

La aparición de Ricardo Baselga en Madrid resultó un acontecimiento para
la aristocracia devota.

La baronesa de Carrillo fué felicitada por todas sus amigas, y la
residencia de los jesuítas vióse visitada por las damas más encopetadas
de las cofradías, que acudían a contemplar con el interés que inspira un
ente raro a aquel aristócrata próximo a ser santo, quien, por su parte,
las recibía huraño y sordamente irritado, al ver interrumpida su vida
devota por la pública curiosidad.

Llegó por fin el momento de prestar los votos y Ricardo se dispuso a
ello poseído de la más grande emoción.

Su primer voto fué el de castidad, y verdaderamente el joven no tenía
conciencia de lo que prometía y a lo que se obligaba. Había vivido
alejado del mundo; la única mujer de la cual habíase hallado cerca era
su hermana Enriqueta, y nunca se había sentido envuelto en el ambiente
voluptuoso que rodea a toda joven hermosa, ni sentido el loco
estremecimiento de la carne.

Aquel juramento era una vana fórmula. Se prometían en él sacrificios
cuya importancia se ignoraba, y era indudable que el voto peligraría
apenas aquel organismo, virgen de todo estremecimiento amoroso, se
conmoviera sintiendo los brutales pinchazos de la pasión. La primera
mujer que las circunstancias de la vida arrojasen al paso del futuro
santo podía dar al traste con su voto de castidad.

El segundo voto fué el de pobreza, y de seguro que a no tener el ánimo
perturbado por una educación inspirada en el fanatismo, Ricardo hubiese
sonreído al prestar dicho juramento.

¿Dónde estaba la pobreza dentro de la Orden? ¿Dónde las privaciones que
aquélla impone? El jesuíta es pobre, nada propio posee; pero la Compañía
es inmensamente rica, y tan perfecta es su organización, que ninguno de
sus individuos deja de gozar las más envidiables comodidades. El voto de
pobreza reducíase a no tener ahorradas algunas monedas en el bolsillo,
pero en cambio tampoco había que preocuparse de las necesidades de la
vida, pues la administración jesuítica todo lo preparaba y lo tenía
previsto. Bastaba ser obediente y sumiso a las órdenes de los
superiores, que éstos ya se encargaban de proporcionar todo lo
necesario.

Nada importaba no tener dinero propio, pues esto aun ahorraba
preocupaciones y disgustos. Cuando sintiera hambre, encontraría siempre
una mesa cubierta de las viandas más suculentas y de las frutas más
exóticas; en todos los puntos del globo hallaría un techo propio bajo el
cual guarecerse, y si sus superiores le ordenaban un viaje, no le
faltarían los medios para hacerlo con la mayor comodidad, pues nunca se
encuentra a un padre jesuíta en un vagón de tercera clase.

El tercer voto fué de obediencia, y Ricardo lo prestó aun con mayor
entusiasmo que los otros dos.

Ser soldado fiel de la Iglesia y del Papado le entusiasmaba, y su misma
excitación no le dejaba pensar en la falsedad del voto. Aquella
obediencia no era eterna, pues la Compañía le podía expulsar de su seno
cuando lo creyese conveniente, o él salir de ella, si tenía razones
graves en que fundarse.

El voto resultaba innecesario tanto más cuanto que ya se sabía que
dentro de la Orden había que obedecer forzosamente; pero a pesar de
esto, Ricardo hizo su juramento sin que decayera su entusiasmo.

Terminada aquella especie de iniciación, Ricardo se sintió otro hombre.

Ya era jesuíta, ya pertenecía a aquella santa Compañía que se le había
aparecido siempre como una asociación de bienaventurados, que tenía en
su poder las llaves del cielo.

Siguiendo lo dispuesto en las Constituciones de la Orden, Ricardo,
después de sus dos años de noviciado pasados en prácticas devotas, había
de dedicarse otros dos años a estudios literarios para descansar un
tanto el ánimo perturbado por el ascetismo y poner la ilustración como
contrapeso a una exagerada piedad.

El joven Baselga dedicóse al estudio de la retórica con el entusiasmo
que manifestaba por todo aquello que le ordenaban sus superiores, y
experimentó gran placer con la lectura de los clásicos, cuyas obras
resultaban para él tesoros de desconocida hermosura.

La revolución del 22 de junio le sorprendió en Madrid, y encerrado en la
casa de la Orden, estuvo escuchando el horroroso estruendo de aquella
lucha, sin que él, en su ignorancia de las cosas del mundo, supiera
explicarse el por qué de tan general matanza.

Al día siguiente supo que su cuñado Quirós, al que apenas conocía, pero
a quien respetaba mucho por las brillantes defensas que hacía de la
religión, había sido muerto de un balazo a la puerta de su casa, y que
su hermana Enriqueta estaba tan impresionada por el susto, que se temía
perdiese la razón.

Ricardo, a pesar de su frialdad de santo, experimentó cierto trastorno
moral al saber el estado de su hermana, y por primera vez se preocupó de
su familia, mostrando espontáneos deseos de verla.

Acompañado del padre Claudio fué a su casa, y faltándole aquella fuerza
de voluntad que le hacía mirar con indiferencia las miserias de la vida,
se impresionó ante el espectáculo que ofrecía la infeliz Enriqueta,
demacrada, casi ciega, tendida en el lecho, encerrada en el más
desesperante mutismo y tarda en reconocer las personas que la rodeaban.

Doña Fernanda tenía un firme convencimiento de que aquello era el
castigo que Dios imponía a su hermana por haberse enamorado de un
"pillete republicano" y haber huido con él de la casa paterna, y creía
también que Enriqueta cayó en tal estado de imbecilidad así que vió el
cadáver de Quirós tendido en el arroyo.

Ignoraba la devota aragonesa que la verdadera causa de encontrar a su
hermana, en aquel día fatal, inerte en el balcón y con una herida en la
cabeza, producida al desmayarse, consistía en que Enriqueta había visto
huir de la cercana barricada al "bandido descamisado" (como decía doña
Fernanda), y caer después en poder de una patrulla que iba a fusilarlo.

El joven jesuíta, con el corazón oprimido y haciendo esfuerzos por no
llorar, contempló a su infeliz hermana.

En aquella triste ocasión vió por primera vez a su sobrina María, a la
que no se atrevió a tomar en sus brazos por temor a faltar a su voto de
castidad.

Aquellas mejillas cubiertas por las tintas rosadas de la niñez, aquellos
ojos de inocente y cándida fijeza, daban miedo al fanático, que apartó
prontamente sus ojos del rostro que le sonreía con infantil gracia.

Aquella visita fué lo único que turbó la vida religiosa del joven. En
adelante siguió como siempre sujeto a las reglas de la Orden, no
permitiéndose otro recreo que el concedido por sus superiores, y
paseando siempre en unión de otros dos compañeros que le espiaban y a
los que él espiaba, so pena de faltar a la santa doctrina de la
Compañía.

Algún tiempo después de tal visita, que fué la última que hizo a su
hermana, Ricardo tuvo una importante conferencia con el padre Claudio.

Salía el joven jesuíta de la clase de retórica y se dirigía a su cuarto
para esperar, estudiando, la hora de refectorio, cuando un hermano lego
le anunció que el padre Claudio, que acababa de entrar en la santa casa,
le estaba esperando en su despacho.

Era muy raro que el poderoso jesuíta, en aquellas horas de la mañana,
visitase la casa residencia, a no tener que resolver en ella algún
negocio importante.

Ricardo sabía algo de las costumbres del superior, y no dejaba de
causarle extrañeza aquel llamamiento. El padre Claudio hacía por la
tarde todas sus visitas de inspección a la casa jesuítica, pues pasaba
la mañana en la casa donde de antiguo tenía un archivo y un despacho,
entregado al estudio de los importantes negocios de la Orden.

La rareza de aquella visita no podía menos de excitar su curiosidad;
pero Ricardo, recordando que el principal deber de un jesuíta es
obedecer las órdenes de sus superiores sin pararse a comentarlas,
cumplió inmediatamente el mandato y se dirigió a la habitación que
servía de despacho al padre Claudio, cuando éste se hallaba en la casa
de la Compañía.



VII

El golpe anhelado.


Era una pieza no muy grande y de humilde decorado, donde esperaba el
padre Claudio.

El piso, de rojos y lustrosos ladrillos; las sillas de enea pintadas de
verde; las paredes enjalbegadas con pintura plomiza; varios cromos
baratos representando a Jesús y varios apóstoles, colgaban de los muros;
frente a la puerta de entrada, un gran armario de roble, rematado por
una cruz y cuyas hojas entreabiertas dejaban ver tres estantes cargados
de carpetas verdes, abultadas y con rótulos; y tras la mesa de pino,
cubierta de papeles, y el modesto sillón que ocupaba el padre Claudio,
su balcón con blancas cortinas de muselina que se balanceaban
acariciadas por la brisa que las lejanas montañas enviaban sobre Madrid,
abrasado por el hábito del verano.

El padre Claudio estaba muy desfigurado. Eran ya inútiles todos los
revoques y afeites de dama que usaba algunos años antes para ocultar su
edad. Sus cabellos estaban blancos, el ceñidor había tenido que ceder
ante la creciente hinchazón del abdomen, dejándole en completa libertad;
los labios se habían hundido, a pesar de la dentadura postiza, y la
nariz, cada vez más roja y picuda, sostenía unas grandes gafas de oro
tras las cuales relucían con mortecino resplandor, aquellos ojos que
tanto habían conmovido a las aristocráticas beatas.

La manía de perfumarse con exceso era lo único que le restaba de sus
buenos tiempos a aquel "dandy" de sotana.

Se inclinó reverentemente al entrar el joven Ricardo, besó humildemente
la mano de su superior y a una indicación de éste, se sentó junto a la
mesa frente al poderoso padre Claudio.

Este honor conmovía al joven, a pesar de todo su desprecio a las
distinciones terrenales.

El reverendo padre le dirigió una de sus más dulces sonrisas, y con vez
lenta y melodiosa comenzó a hablarle.

--Hijo mío: ha llegado el momento de que tratemos de un negocio
importantísimo para mí, por lo mismo que te quiero tanto, y más aún para
ti, pues te va en ello la salvación del alma.

El joven fanático, al oir estas últimas palabras, palideció e hizo un
ademán de terror como si viera abrirse a sus pies la boca del infierno.

--No temas; aún hay remedio para tu mal; y el que se halle en peligro tu
alma no significa que la tengas perdida para siempre. Se trata
sencillamente de cumplir los votos que has hecho a Dios.

Ricardo hizo un gesto de extrañeza.

--Reverendo padre--dijo--, no he faltado nunca a ellos ni pienso faltar
jamás.

--Recuerda bien tu situación actual y tal vez encuentres que está en
contradicción con lo que prometiste a Dios solemnemente.

El joven jesuíta reflexionó profundamente y dijo por fin con acento de
convicción:

--Mi conciencia está tranquila; no creo haber faltado a mis votos,
reverendo padre.

--Te engañas, infeliz; tan preocupado estás con las cosas divinas, que
olvidas las humanas y no tienes conciencia de tu situación.

Ricardo, a pesar del respeto casi supersticioso que le inspiraba su
superior, estaba impaciente, como el que se ve calumniado y ansía
justificarse; así es que se apresuró a contestar:

--Reverendo padre: gracias al apoyo divino no he faltado a ninguno de
mis votos. Prometí ser casto y lo soy, rogando a la Virgen que me libre
de las tentaciones del demonio; hice voto de obediencia y ni con el
pensamiento he faltado a mis superiores, ni desobedecido mentalmente la
más pequeña de sus órdenes; hice voto de pobreza y...

--¡Alto, hijo mío! Ahí está el peligro para tu alma pues faltas, aunque
sin saberlo, a tal voto.

Ricardo mostró aún mayor extrañeza, y dijo con sencillez:

--Reverendo padre; soy pobre. Renuncié al mundo y a sus pompas; sólo
tengo lo que la Orden como madre amorosa quiera darme, y el día que mis
hermanos de la Compañía me negasen un pedazo de pan, tendría que ir
pidiéndolo como limosna de puerta en puerta.

--¡Ah, infeliz! ¡Cuan alejado vives del mundo! ¡Cómo olvidas lo que en
él fuiste! Tú eres todavía inmensamente rico, y mientras seas poseedor
de tan grande fortuna, faltas al voto de pobreza.

Vivía, efectivamente, tan alejado del mundo aquel joven fanático, que,
como ya dijimos, había olvidado a su familia y con ella la colosal
fortuna que poseía.

Costóle algún trabajo convencerse de que era rico, y cuando, recordando
lo que había oído en su niñez a la baronesa, adquirió la certidumbre de
que legalmente era dueño de algo más que aquella raída sotana que cubría
su cuerpo, limitóse a decir, afectando una completa indiferencia:

--Ser individuo de la Compañía de Jesús era toda mi ambición y al entrar
en ella ya renuncié mentalmente a todo cuanto en el mundo pecador me
correspondiera. Pobre quiero ser y esa fortuna la renuncio. ¡Por piedad;
no me habléis más de esas riquezas, reverendo padre!

El padre Claudio sonreía viendo el empeño que mostraba el joven en
desprenderse de una fortuna, cuya cifra podía causar honda emoción a
muchos mortales.

--No tan aprisa, querido hijo; alabo ese santo desprendimiento, ese
deseo de arrojar lejos de ti la pesada carga de las riquezas que inducen
siempre al pecado, pero hay que proceder con cierto orden en esta clase
de sacrificios para que resulten fructuosos y no se aproveche de ellos
el diablo.

--Haré lo que me mande vuestra paternidad.

--Ante todo es preciso que te diga que hemos procedido con cierta
ligereza al permitirte que hicieses voto de pobreza. La ley civil te
obliga a conservar tus riquezas hasta los veinticinco años, en que
entrarás en la mayor edad y podrás hacer lo que gustes de tus bienes, y
entre tanto faltas a tus votos, pues prometiendo a Dios ser pobre has de
ser forzosamente rico durante algunos años. Créeme, que a haber pensado
antes en esto, no hubiese accedido a que hicieses tus votos. Esto ha
sido un engaño que hemos hecho a Dios, involuntariamente, pero que no
por esto pesa menos sobre mi conciencia.

Y el redomado jesuíta fingía una consternación que apesadumbraba al
joven fanático.

Aquello de que por su culpa y por un interés demasiado tierno que él
inspiraba a su superior, éste tenía sobre su conciencia nada menos que
la culpa de haber engañado a Dios, horrorizaba al joven, que acogía
tales trapacerías como verdades indiscutibles.

A Ricardito le faltaba poco para romper a llorar.

--¡Oh, reverendo padre! Busquemos el medio de remediar todo esto. Yo
pediré a Dios que me perdone por esta riqueza que las leyes sociales me
obligan a poseer. Yo viviré, como hasta hoy, en la mayor pobreza, sin
acordarme de que tengo una gran fortuna en el mundo y el Señor perdonará
esta falta involuntaria.

--No, hijo mío; no basta eso. Dios quiere que cuando uno abandona las
pompas mundanas y hace voto de pobreza, entregue inmediatamente todas
sus riquezas a los necesitados y tú no puedes remediar a tus semejantes
por ahora con tal obra de caridad.

Ricardo estaba consternado ante el tono de desesperación con que el
padre Claudio decía estas palabras.

--¿Qué hacer, padre mío? ¿Qué hacer?

El ladino jesuíta fingía meditar profundamente, y por fin dijo con
expresión victoriosa:

--Sólo encuentro un medio de que tu voto de pobreza siga siendo válido y
de que Dios no se enoje en vista de tu tardanza en dar las riquezas a
los pobres. Comprométete solemnemente a que al día siguiente de haber
cumplido la mayoría de edad te despojarás de tu fortuna. Esto es lo que
hacen todos los que pretenden ser verdaderos individuos de la Compañía
de Jesús.

--Hágase así, reverendo padre. Dispuesto estoy a obedecer. ¿En qué forma
he de comprometerme a ceder mis bienes?

--Firmarás un documento renunciando a tu fortuna.

--¿A favor de los pobres?

--No; esa renuncia sería muy vaga y se prestaría a malas
interpretaciones. Ya sabemos que el objeto de la cesión es hacer bien a
los infortunados y que a poder de ellos han de ir todas tus riquezas;
pero éstas se han de renunciar a favor de alguien, o más bien dicho, se
ha de marcar quién es la persona a quien tú entregas tu fortuna.

--Haga vuestra paternidad lo que le parezca más conveniente.

--Ya que tan dispuesto estás a hacerte simpático a los ojos de Dios
renunciando a tus bienes, justo es que te capacites de la grandeza de tu
sacrificio, conociendo a cuánto asciende tu fortuna.

Ricardo hizo un gesto de desprecio e indiferencia.

--No, hijo mío--continuó el padre Claudio cada vez con acento más
bondadoso--. Quiero que recuentes tus riquezas, y si después de saber
que por tu nacimiento eres un potentado te ratificas en tu resolución,
entonces tu sacrificio será más hermoso y mi conciencia experimentará
mayor tranquilidad. No quiero que el día de mañana, si esta conversación
llega a traslucirse, digan los enemigos de la Compañía que yo te he
engañado, abusando de la ignorancia en que estás respecto a tu posición.

El joven jesuíta intentó protestar contra tal idea, pero el padre
Claudio continuó hablando:

--Poseéis tú y tu hermana, como herederos de vuestra madre, doña María
Avellaneda, una fortuna que primeramente era de quince millones de
francos, pero que en el transcurso del tiempo ha aumentado bastante. Tu
padre, el difunto conde de Baselga, que en santa gloria esté, sólo fué
despilfarrador cuando vivía tu madre, y los dos, con su lujo, imponían
la moda en Madrid; pero después, su vida apartada y modesta y su
carácter misantrópico le hicieron económico forzosamente, y el capital
ha aumentado bajo su administración. En resumen; que la fortuna de tu
casa es grande, y que, divididos a la mayor edad todos estos bienes
entre tú y Enriqueta, en partes iguales, serás dueño absoluto de ocho
millones de pesetas, cantidad enorme y suficiente para que se pierda un
alma, y que es de todo punto incompatible con la santidad. Recuerda lo
que dijo el Divino Maestro: "Más fácilmente pasará un camello por el ojo
de una aguja, que un rico entrará en el cielo".

Ricardo demostró con unas cuantas inclinaciones de cabeza lo convencido
que estaba de la incompatibilidad existente entre la santidad y la
riqueza.

--Yo conozco--continuó el superior--el modo cómo está colocada tu
fortuna. Tu hermana la baronesa, que, como tú sabes, me honra
consultándome en todos sus asuntos, me ha hecho conocer en qué consiste
vuestro capital. Una gran parte de éste se halla en el Banco de Francia;
otra, ha sido empleada en títulos de la Deuda española, y además, tenéis
grandes posesiones en Castilla la Vieja, que el difunto conde compró
cerca de su casa solariega con dinero de tu madre, y que tuvo la
atención de poner a nombre de ésta. La mitad de esa gran fortuna te
pertenece. Eres rico y estás a tiempo de librarte de una vida de
perpetua pobreza. Si vuelves al mundo, perderás seguramente tu vida por
una eternidad, pero podrás gozar con tu dinero todos los mundanales
placeres inventados por el diablo. ¿Qué decides?

Y el padre Claudio esperaba, sonriente, aquella contestación que él
mismo preparaba, anatematizando las riquezas.

La contestación no se hizo esperar, y Ricardo dijo con firme convicción:

--Quiero ser pobre y que mis bienes pasen a poder de los necesitados.

El superior mostróse dulcemente conmovido por aquellas palabras.

--No esperaba menos de ti. Te conozco, hijo mío; hace mucho tiempo que
aprecio tu corazón de oro y veo claramente que Dios te llama por el
camino de la santidad. Tan convencido estaba de que entre Dios y el
diablo escogerías siempre al primero, que aquí tengo preparado el
documento en el cual renunciarás a todas tus riquezas.

Y el padre Claudio señalaba un gran pliego escrito que tenía sobre la
mesa, sin cuidarse de que el joven pudiera sospechar algo malo en vista
de la previa preparación de aquel golpe. El superior estaba seguro de la
fe de su subordinado, a prueba de toda sospecha.

--Sólo falta--continuó--que tu pongas la firma en este documento para
que la cesión de bienes se verifique y tu voto de pobreza sea una
realidad. Lee ese papel.

Ricardo se negó a enterarse del documento, considerando que, de lo
contrario, faltaría al respeto debido a su superior.

--Puesto que tu delicadeza te obliga a no enterarte del documento, voy a
explicarte lo que en él se dice. Ante todo, debo advertirte que su fecha
no es la del año actual, sino la de 1871, o sea cuando tú estarás ya en
la mayor edad y será válida la cesión de tus bienes. Es un pequeño
engaño que me he visto obligado a hacer para que tu voto de pobreza sea
verdadero. Una nueva falta cae sobre mi conciencia, pero eso más tendrás
que agradecerme.

Ricardo se sentía enternecido por la abnegación de aquel superior que le
quería hasta el punto de cometer pecados por su culpa. Los esfuerzos del
padre Claudio por librarle de sus millones conmovían al infeliz
haciéndole sentir una profunda gratitud.

--Este documento, cediendo tus bienes, está redactado en forma de
escritura pública y lo subscribirá un notario, persona muy devota y
católica, que está por completo a nuestras órdenes. Esta es la ventaja
que proporciona el tener amigos en todas clases sociales. En tal forma,
puedes estar seguro de que ya nunca podrá inquietarte el pensamiento de
que eres rico.

--Pero ¿mis bienes serán repartidos inmediatamente a los pobres?

--No podemos hacerlo hasta el momento en que tú llegues a la mayor edad;
pero, entretanto, tampoco serás tú el dueño, y esto te basta para tener
tranquila la conciencia.

--¿Y a nombre de quién hago la cesión de mis bienes?

--No lo sé. ¿Tienes tú en el pensamiento alguna persona de confianza?

--Sí, padre mío. Nadie mejor que vuestra reverencia para encargarse de
tales riquezas hasta mi mayor edad y repartirlas entonces entre los
pobres.

--Así debía ser; pero tú ignoras seguramente que el maldito espíritu
revolucionario que impera en este siglo nos persigue de tal modo a los
hijos de San Ignacio, que para adquirir algo necesitamos valernos de
tercera persona. Yo me encargaré de tus riquezas, ya que esta es tu
voluntad, pero dejaremos en blanco el nombre de la persona a quien tú
has de cederlas aparentemente. Buscaremos para el caso un testaferro.
Cualquier amigo nuestro se prestará a hacer este servicio que redunda en
beneficio de Dios y de los pobres. ¿Estás conforme en esto?

Ricardo hizo una señal de asentimiento, y entonces el padre Claudio puso
el documento delante del joven, y dándole una pluma, dijo mirándole con
tierna expresión:

--Firma, hijo mío, que Dios premiará esta prueba de abnegación que le
das, cediendo tus bienes a la Compañía para que ésta los entregue a los
pobres.

Ricardo, que se había levantado de su asiento, firmó sin vacilar, y el
padre Claudio, después de examinar rápidamente el pliego, lo guardó en
el cajón de la mesa.

Después se levantó del sillón, y avanzando con impetuosidad cariñosa,
abrazó al joven casi llorando.

--¡Oh, hijo mío! ¡Qué gran acción has hecho! Pocas veces me he sentido
tan conmovido como ahora. De seguro que tu hermana la baronesa, cuando
sepa lo ocurrido, llorará poseída de igual entusiasmo. Sólo un santo
como tú es capaz de tal rasgo de abnegación. Los pobres socorridos por
ti te bendecirán siempre y la Compañía se considerará muy honrada con
tener en su seno un joven que a tan sublime altura lleva su caridad.
Ahora eres realmente un hijo de San Ignacio. Quedas pobre después de
firmar ese documento, pero la Compañía no te abandonará nunca, y
mientras vivas encontrarás en todas partes hermanos dispuestos a
ayudarte. Acabas de abrirte las puertas del cielo.

El joven estaba conmovido y ruborizado por aquellos elogios que creía no
merecer. Para aquel fanático, cuya lectura favorita consistía en las mil
mortificaciones horrorosas y absurdas de los ascetas, no significaba
nada el despojarse voluntariamente de ocho millones de francos sin saber
ciertamente a qué manos irían a parar.

Permaneció algunos segundos con la cabeza sobre el pecho de su poderoso
superior, que amorosamente le abrazaba y después salió de la habitación
para volver a sus ocupaciones, frío e indiferente, como si nada le
hubiese ocurrido. Nadie hubiera adivinado en él al que acababa de
arrojar una fortuna.

El padre Claudio, al quedarse solo, frotóse las manos con expresión de
gozo. Su rostro tomó un gesto grave y pensativo, y sentándose otra vez
ante la mesa sacó del cajón el documente firmado por Ricardo y estuvo
examinándolo largo rato.

Su pensamiento recitaba un monólogo mudo.

Todo estaba conforme, y el golpe tanto tiempo preparado acababa de darse
sin fracaso alguno.

La mitad de la fortuna de Baselga, por tan diversos medios perseguida,
estaba ya en poder de la Compañía.

Si aquello no era un buen golpe, que bajara Dios y lo hiciese mejor.

¡Ocho millones de francos! ¿Qué dirían en Roma cuando él enviase el
documento, y tanto el general como el tesorero mayor de la Orden viesen
en sus manos aquella promesa de ocho millones que ingresarían en las
cajas de la Compañía al cumplirse el plazo de cinco años?

El padre Claudio, como el artista que después de concluir una obra se
preocupa del efecto que causará, sólo pensaba, en lo que dirían en Roma
al conocer su negocio.

Aquello era un excelente preparativo para que triunfasen sus planes
ambiciosos.

Tenía en Roma un compinche de confianza encargado de acelerar la poca
vida que le quedaba al general de la Orden, y a la muerte de éste
pensaba en explotar el prestigio que le darían en la Compañía sus
maquinaciones contra la fortuna de los Baselgas, para que lo elevasen al
último y supremo cargo que le faltaba desempeñar.

Tan preocupado estaba con el efecto que en Roma podía causar la noticia
de aquel feliz negocio, que en alta voz manifestaba sus pensamientos.

--¿Qué dirán en el "Gesú"? ¿Qué impresión causará en mis amigos de allá
abajo este golpe de mano tan feliz? Siento una impaciencia inmensa al
ver que transcurren los meses sin que nada me digan de allá. ¿Conocerá
el general mis intenciones? ¿Serán ciertas mis sospechas? Tal vez este
negocio lo arregle todo.

Y sumido en sus reflexiones sólo murmuró ya con voz confusa:

--¿Qué dirán allá abajo?

El padre Claudio, de pie tras el abierto balcón, miraba "allá abajo" con
estúpida fijeza, como si más allá del jardín de la casa y de la monótona
llanura y de los alrededores de Madrid, sobre las blancas nubes que se
apretaban en la línea del horizonte, se alzase Roma con su sombrío
palacio del "Gesú", Vaticano del más terrible fanatismo, donde se
asienta en trono universal el sucesor de San Ignacio, ese "Papa Negro"
que no en balde se llama general, pues dirige el sombrío ejército
acampado sobre toda la tierra.

El padre Claudio soñaba ocupar algún día el centro de la inmensa
telaraña extendida sobre el globo y que entre sus mallas tantas
conciencias tiene aprisionadas.



VIII

El gran descubrimiento en la Orden.


Las tardes en que hacía buen tiempo y el padre Claudio no tenía ningún
asunto urgente de que ocuparse acostumbraba ir a pasear en el vasto
jardín que tenía la casa residencia, situada en las afueras de Madrid.

En nada conocía el poderoso jesuíta que se hacía viejo como en la
necesidad que sentía de ejercicios higiénicos y en su debilidad, cada
vez mayor, para el trabajo.

Aquel hombre de hierro, que veinte años antes permanecía diez y ocho
horas diarias escribiendo y papeleando sin experimentar cansancio alguno
y que en cierta ocasión aguantó dos días, con sus noches, entregado a un
trabajo urgente y sin descansar más que el tiempo necesario para
alimentarse, ahora se sentía débil y no podía estar dos horas en su
despacho ocupándose de los negocios sin que al punto experimentara
vahidos y se sintiera invadido por un creciente desfallecimiento.

Por lo mismo que necesitaba de higiénico ejercicio, huía de los paseos
públicos, donde, a causa de ser muy conocido, se veía molestado por la
compañía de gentes conocidas que le asediaban a preguntas, y que
sabiendo su gran influencia en Palacio, le exponían disparatados planes
políticos para amordazar la "hidra revolucionaria" y salvar la religión
y la monarquía amenazadas.

Prefería pasear por el jardín de la casa de la Orden con entera
independencia y conversar con los novicios y los padres de poca edad.
Aquel ambiente de juventud le remozaba, y, además, experimentaba gran
placer sondeando sus ánimos con conversaciones, en las cuales, a pesar
de su tono amistoso, no se perdía nunca el respeto profundo y adulador
que las constituciones de la Orden han establecido ante las diversas
jerarquías.

Pocas veces paseaba solo el poderoso jesuíta. El padre Antonio, su
antiguo secretario, que estaba ya tan viejo como él, aunque más fuerte,
seguía siempre sentado y papeleando en aquella gran mesa a la que
parecía encadenado, y no podía acompañarle; pero en cambio, no dejaba a
sol ni a sombra al padre Tomás, aquel jesuíta italiano cuya presencia en
Madrid tantas sospechas había excitado en el vicario general de la Orden
en España.

El padre Tomás era el "socius" del poderoso jesuíta al poco tiempo de
residir en Madrid. No gustaba el padre Claudio de la compañía de aquel
padre ladino y redomado a quien hacía más terrible su exterior sencillo
e inocente y aquel carácter adulador hasta la bajeza, pero obedeciendo
órdenes superiores, veíase forzado a conservarlo cerca de él, llevándolo
a todas partes como si fuese su propia sombra, a pesar de hallarse
convencido de que le espiaba.

Un mes después de la llegada del padre Tomás a Madrid, recibió el padre
Claudio un despacho cifrado del general de la Orden, lacónico e
imperioso, como eran siempre tales documentos.

En él se le recomendaba que espiase al padre Tomás, desterrado a Madrid
por ser presunto autor de intrigas poderosas que hubieran puesto en
peligro la disciplina de la Orden.

El general deseaba un espionaje hábil y disimulado, por tratarse, según
decía, de un hombre muy astuto que sabía ponerse a cubierto de toda
investigación, y por esto recomendaba al padre Claudio, cuyo talento le
era bien conocido, que se encargase personalmente de vigilar al
desterrado, para lo cual convenía que se constituyera en su eterno
acompañante, haciéndole su "socius".

El padre Claudio no cayó en el lazo, pues adivinó inmediatamente lo que
tal mandato verdaderamente significaba.

El espiado iba a ser él y no el padre Tomás pues indudablemente lo que
quería el general era colocar al lado del superior de la Orden en España
un hombre astuto que vigilase todos sus actos.

Comprendió el poderoso jesuíta que sus ambiciosas maquinaciones, a pesar
de su carácter secreto, se habían traslucido y que en Roma sospechaban
de él, y proponiéndose en adelante ser más cauto y reservado, obedeció
las órdenes del general.

El padre Tomás fué desde entonces su "socius" y los dos se trataron y
vivieron juntos en adelante, sonriéndose siempre a pesar de que ambos
tenían el convencimiento del papel que desempeñaban y estaban prontos a
delatarse mutuamente.

El padre Claudio, con un exterior indiferente y con palabras que
demostraban su inextinguible amor al general y su deseo de que gozase
larga vida, se abroqueló contra aquel espionaje continuo, y por su parte
el padre Tomás, comprendiendo el juego, esperó pacientemente un momento
de arrebato o un descuido cualquiera que le permitiese leer claramente
en el pensamiento de su compañero y apreciar cuáles eran sus
intenciones.

Sólo en la Compañía de Jesús pueden verse espectáculos tan raros como
son vivir en estrecha comunidad hombres que se odian, que se espían
mutuamente para perderse, y que, sin embargo, se hablan siempre
sonriéndose y se dirigen a todas horas palabras de cariño.

El padre Claudio, al sentirse vigilado tan de cerca, había empleado
iguales armas contra el enemigo y hacía que el padre Tomás fuese espiado
en aquellas horas que no permanecía al lado suyo.

Así fué adquiriendo cada vez más el convencimiento de que su "socius"
era un agente del general, que dudaba de su adhesión; y supo que
diariamente escribía a Roma, sin duda para dar cuenta de sus
investigaciones.

No adelantaba gran cosa el jesuíta italiano en su misión. Había dado con
un enemigo digno de él, que sabía salirle al paso y atajarlo apenas
intentaba el más pequeño avance.

En varias conversaciones, el padre Tomás, con una naturalidad que hacía
honor a su astucia, había hecho la apología de las sobresalientes
cualidades que adornaban al padre Claudio apuntando la idea de que, a la
muerte del general, la Compañía se honraría nombrándole por sucesor;
pero el jesuíta español conoció siempre el juego y supo salirse,
protestando con calor contra tales suposiciones y asegurando que
sentiría el fallecimiento del jefe de la Compañía, como si se tratara de
su padre.

No había medio de sorprender a aquel hombre astuto, siempre en guardia,
y el padre Tomás, con la cachazuda confianza del general que tiene
bloqueada una plaza y confía en el tiempo como principal auxiliar,
aguardaba que las circunstancias produjesen un descuido en su enemigo, y
entretanto vivía íntimamente unido a él, como si fuese su propia sombra.

Por las mañanas, el "socius" entraba en el despacho de su compañero y
allí permanecía horas enteras con las manos plegadas y los ojos
distraídos, como si no viese ni oyese nada y enterándose de todo
perfectamente. El padre Claudio y su secretario el padre Antonio
prescindían de él, y se ocupaban tanto de su persona como de un mueble
cualquiera del despacho; pero en realidad los dos espiaban a aquel
estafermo, todo ojos y oídos, que el general había puesto allí para
enterarse de cuanto hacían aquella pareja de antiguos compinches.

Por las tardes, si paseaba el padre Claudio, su eterno acompañante era
el italiano, y había de sufrir el tormento de sostener conversación con
él, siempre con el cuidado de que no se le escapara una palabra
sospechosa, pues ésta sería comunicada inmediatamente a Roma.

Una tarde de a principios de septiembre, paseaban los dos poderosos
jesuítas por el jardín de la residencia a la hora en que gozaban de
asueto todos los padres y novicios y en que discurrían por las frescas
alamedas formando grupos de tres.

No adornaban estatuas las encrucijadas de aquel vasto jardín, pero en
los puntos más frecuentados y sobre algunos zócalos de piedra veíanse,
arrodillados y con los brazos en cruz, algunos jesuítas de diversas
edades que estaban allí "puestos a la vergüenza", en castigo de pequeñas
faltas. Aquel sistema de castigar decían que excitaba el hermoso
sentimiento de la humildad.

Permanecían inmóviles aquellos hombres, con las rodillas doloridas por
la dura piedra y sofocados por la violenta posición de sus brazos, y
pasaban sus compañeros ante ellos con la vista baja y afectando una
compasión sin límites, cuando entre ellos estaban los que les habían
delatado a las iras de los superiores.

Faltas insignificantes y ridículas eran suficientes para que un hombre
de cabellos blancos fuese condenado a castigo tan degradante. Así se
conservaba la disciplina en la Compañía y se evitaban murmuraciones
sobre los defectos de los superiores.

En aquella tarde el número de castigados era mayor que otros días, y el
padre Claudio y su "socius", por evitarse tal espectáculo, después de
recorrer todo el jardín, sentáronse en un banco de piedra.

El padre Claudio, que a la vejez, cuando no podía ya estropearse aquella
hermosa dentadura de que tanto se envanecía antes, habíase aficionado al
tabaco, fumaba cigarrillos perfumados con vainilla, y el padre Tomás, de
vez en cuando, sacaba de la manga una caja mugrienta y aspiraba un polvo
de rapé.

Los grupos de paseantes ensotanados, al llegar al punto donde se
encontraban los dos padres, pasaban todo lo alejados que les permitía la
anchura de la avenida, y les saludaban con profundas reverencias.

El superior de la Orden en España estaba de muy buen humor aquella
tarde, y contemplando el aspecto que presentaba el jardín, aspiraba con
placer la brisa fresca de la tarde.

Sus ojos seguían, con expresión cariñosa, los grupos de novicios que,
con la vista baja y el aspecto humilde y encogido, pasaban ante él.
Pensaba en algo muy agradable, y como si necesitase exteriorizar sus
ideas, dijo a su "socius", sin volver la cabeza ni dejar de mirar a los
paseantes:

--Es cosa que consuela y alegra el ánimo ver a esta juventud. Para ella
es el mundo. Yo soy un viejo, padre Tomás, y a nada puedo aspirar, pero
me cabe la satisfacción de haber trabajado para esta generación
entusiasta y briosa, que tal vez acabe nuestra obra. A los veteranos
les anima ver cómo acuden los reclutas a docenas para llenar los huecos
que el tiempo abre en las filas.

--Efectivamente, consuela mucho este espectáculo, reverendo padre. El
joven refuerzo que incesantemente recibe nuestra Compañía demuestra cuán
equivocadamente anda esa impía revolución que cree destruirnos con un
golpe de fuerza cada cincuenta años.

--¡Bah! La impiedad revolucionaria es fatua y presuntuosa. Nuestra
Compañía es un Fénix que renace siempre sobre la hoguera de las
persecuciones, y por mucho que luchen los amigos de la libertad no
acabarán nunca con nosotros. Los reyes nos necesitan.

--Eso es, reverendo padre; y reyes siempre los habrá, y de aquí que la
Compañía será eterna y poco a poco se hará dueña del mundo; todo para la
mayor gloria de Dios.

--Cuanto más lo pienso más me convenzo de que la monarquía no puede
pasarse sin nosotros. Somos el más firme apoyo de los tronos, y si
nosotros dejásemos de sostenerlos, la avalancha revolucionaria los
arrastraría inmediatamente. Ahí está como ejemplo el pasado siglo, ese
siglo de filósofos y enciclopedistas en el cual los reyes, echándoselas
de discípulos de cuatro emborronadores de papel, nos volvieron las
espaldas. El diabólico Voltaire, aquel maldito burlón que en su niñez
fué educado por nosotros, y que después tan poco honró a sus maestros, a
fuerza de hacer contra la Compañía una infernal propaganda, consiguió
que todas las naciones nos odiasen y que los monarcas nos arrojaran de
su territorio. ¿Y qué ocurrió después? Ahí está la historia, que
demuestra palpablemente las terribles consecuencias de la expulsión de
los jesuítas. En Francia estalló la más terrible de las revoluciones y
nació esa anarquía espeluznante que se llama República; la impiedad se
extendió por todas partes, los pueblos se negaron a dar más dinero a la
Iglesia, y merced a esos maldecidos "Derechos del Hombre", que la
Convención puso tan altos, el zapatero, por el hecho de ser hombre, se
creyó igual al marqués. En España no hubo jesuítas hasta el año quince
de este siglo, y ya sabéis también lo que ocurrió. Cuatro escritores y
abogadillos se reunieron en Cádiz y atentaron contra los derechos del
trono y del altar, formando la infausta Constitución de mil ochocientos
doce, ese libraco por el cual tantas veces han ido a tiros los
españoles. Hay que hablar con franqueza, padre Tomás, y decir bien alto
que los pueblos son niños a los que conviene no dejar de la mano, y
cuando se enfurruñan, engañarlos con unas cuantas mentiras bonitas, que
les obliguen a encontrar deliciosa su falta de libertad. Esto únicamente
sabe hacerlo la Compañía, y si los reyes prescinden de nosotros, ¡adiós
sus coronas!

--Afortunadamente, hoy la monarquía española nos halaga y nos protege.

--Sí; no se porta mal doña Isabel segunda, pues estoy seguro de que, si
en ella consistiese, nos daría a nosotros las riendas del Gobierno. Y
ahora somos nosotros más necesarios que nunca, pues la revolución se
muestra cada día más imponente. ¡Majaderos! ¡Creen posible exterminar
nuestra Compañía! A esos republicanos que predican la extinción del
jesuitismo les enseñaría yo esta juventud que viste nuestra sotana, para
demostrarles que no es posible suprimirnos, y que, antes al contrario,
nuestra Orden es cada vez más numerosa.

--Tenéis razón, reverendo padre. Nuestra Orden es inmortal; pero esto no
evita que la revolución sea hoy temible en toda Europa. En Francia, el
trono imperial de Napoleón tercero se tambalea; en Italia, el impío
Víctor Manuel hace del Papa un prisionero, y aquí, en España, el
levantamiento de Prim y la última jornada de junio dan a entender que
existe en el pueblo una amenaza latente, que no tardará en estallar bajo
más terribles formas.

--¡Bah! No ocurrirá esto mientras yo vaya a Palacio todas las mañanas y
la reina me oiga. Si estalla una revolución que eche abajo el trono,
será porque yo no viviré o porque el Gobierno no seguirá mis consejos.

--Sin embargo, si ocurren pronunciamientos como el del día veintidós...

--No ocurrirán, padre Tomás, mientras en la casa grande me atiendan a
mí. La sublevación del otro día fué por culpa de O'Donnell, ese cazurro
sanguinario que sólo sabe fusilar cuando ya ha pasado todo, y que, en
cambio, nunca supo prevenir el peligro con medidas enérgicas. Ahora con
Narváez ya es otra cosa, y tanto él como el señor González Brabo
encuentran muy razonable todo lo que les dice el padre Claudio. Mi
sistema de gobernar es siempre el mismo. Más vale prevenir que reprimir.
¿Hay síntomas revolucionarios?..., pues gente a presidio. Mientras se
hagan cuerdas y más cuerdas y se envíen todas las semanas a los
presidios de Africa o a las Marianas a unos cuantos centenares de esos
periodistas que tanto chillan y de esos obreros ilusos, que se acuestan
abrazados al trabuco, no hay cuidado que sobrevenga la revolución. En
países donde la gente piensa en libertad, el palo es la única salvación,
y, además, también estamos nosotros aquí, para por medio de intrigas y
sobornos esparcir la discordia y el desaliento en los partidos
avanzados. Si el Gobierno sigue aconsejándose de mí unos cuantos años,
no sólo se salvará la monarquía, sino que morirá el régimen
constitucional y doña Isabel II volverá a gozar la realeza absoluta como
su padre don Fernando, a quien le fué muy bien siguiendo mis
instrucciones.

--Grandes cosas puede hacer la Compañía. Hay en nosotros un espíritu que
nos hace indestructibles. Sin duda, es la protección de Dios.

El padre Claudio sonrió con expresión escéptica al oír las últimas
palabras.

--Es otra cosa lo que nos salva y nos hace fuertes. Dejad a Dios quieto,
padre Tomás, y tened el convencimiento de que si nuestros enemigos
tuviesen la misma organización que nosotros, de seguro que nos
derrotarían. Organización...: ésa es la palabra; eso es lo que nos salva
y nos mantendrá incólumes y fuertes a través de todas las tempestades
que la revolución desate contra nosotros.

El padre Tomás no se mostraba muy convencido de lo que afirmaba su
superior.

--Buena es nuestra organización, reverendo padre, pero tan excelente
como la nuestra la tienen otras órdenes religiosas, y, sin embargo, no
han prosperado ni llegarán nunca a la misma altura que la Compañía de
Jesús. Esto demuestra que nuestra prosperidad procede de Dios, que nos
proteje como objeto predilecto de su excelente cariño.

El padre Claudio sonreía escépticamente.

--¡Bah! Le repito a usted que deje quieto a Dios. No ha entendido usted
lo que yo quise expresar al decir organización. Hablaré más claro. La
gran fuerza de la Compañía consiste en que sabe estudiar al hombre,
adivina sus facultades, y sólo lo dedica para aquello que sirve. Además,
nuestra Orden tiene la gran virtud de "barrer para adentro" y admitir a
cuantos se presentan de buena voluntad, segura siempre de que no hay
hombre que no sirva para algo.

El padre Tomás, bien fuera por espíritu de delación o porque realmente
le chocara la explicación del padre Claudio, mostrábase sorprendido.

--No había yo pensado en eso, reverendo padre.

--El mayor mérito de la Compañía de Jesús ha consistido en proceder al
revés que la sociedad, demostrando en esto gran sabiduría. La mitad de
los males sociales provienen de que la mayoría de los humanos se
dedican, por lo general, a las ocupaciones menos apropiadas a sus
facultades, y de que el resto se pasa la vida sin hacer nada, por no
haber quien se dedique a estudiarlos indicándoles para lo que sirven.
¿Qué se ve todos los días en el mundo? ¿No se ha reído usted nunca al
ver a generales que rezan en latín y ayudan a misa como el mejor
acólito, y curas que a la menor revuelta agarran el trabuco y marchan al
punto para resultar grandes soldados? ¿No ha encontrado usted nunca
ingenieros que no sirven para peones; obreros que estudiando podrían
resultar grandes inventores y gentes que pasan la vida afanándose por
ser artistas y que gastan en ello su vida y su fortuna, cuando podían
resultar muy útiles a la sociedad siendo unos buenos zapateros o
albañiles? No lo dude usted, el desbarajuste social consiste
principalmente en que nadie se dedica a aquello para que sirve y en que
no hay una inteligencia superior que sepa utilizar para un fin
determinado las buenas o las malas cualidades de cada uno.

--Reconozco, reverendo padre, que mucho de eso existe en la sociedad.

--Pues bien; nada de esto ocurre en nuestra Compañía. Los santos
fundadores diéronle un talismán para que su vida fuese eterna y su poder
inextinguible, y este medio consiste únicamente en que la Orden procura
estudiar para lo que sirve cada uno de sus individuos y para aquello lo
dedica. Sobre todo, "barremos para adentro", y en esto estriba nuestra
salvación. Imbéciles y sabios, pecadores o virtuosos, todos sirven,
todos hacen su papel y contribuyen a la grande obra para mayor gloria de
Dios.

--Sin embargo, no todos son buenos para vestir nuestra sotana. La
Compañía de Jesús ha sido siempre una asociación de grandes
inteligencias, una aristocracia del talento que San Ignacio estableció
dentro de la Iglesia.

El padre Claudio lanzó una alegre carcajada.

--Me hace gracia esa afirmación. Mucho hubiese medrado la Compañía a ser
cierto lo que usted dice. Si todos los jesuítas fuesen hombres de gran
talento, la Orden no hubiese llegado a vivir un siglo. ¿Ha visto usted
algo tan ridículo e inestable como una asociación de grandes
inteligencias? Donde hay sabios, la envidia no tarda en surgir; el
interés individual se sobrepone siempre al colectivo, y con tal de
aparecer algunos dedos por encima de los demás, se da al traste con todo
lo que a los antecesores les ha costado mucho organizar. Si aquí, en
esta casa, fuésemos todos sabios, tenga usted el convencimiento de que
nadie obedecería, y cada uno echaría por donde le aconsejase su
voluntad. Eso de la sabiduría de los jesuítas es una frase hecha por el
vulgo y que explotamos en provecho de nuestro prestigio. A los esclavos
les consuela siempre suponer grandes talentos en el señor que los
explota y los castiga. Esto hace más tolerable la servidumbre y
disminuye la propia degradación.

--Pues entonces--preguntó el italiano algo amostazado--,¿qué cree
vuestra paternidad que es la Compañía de Jesús?

--Pues una asociación de hombres ni más sabios ni más ignorantes que
todos los demás, pero admirablemente organizados, moviéndose todos al
impulso de una voluntad única y universal, y dirigiendo sus esfuerzos
siempre al mismo fin. Esta organización es admirable, como antes decía,
porque descansa en la infinita variedad de las aptitudes humanas, y
porque cada uno de sus individuos sabe para lo que sirve y únicamente a
ello se dedica. De aquí que los jesuítas desempeñan siempre tan a la
perfección cuantos papeles se les encargan. ¿Qué diría usted si para
construir un palacio se contara únicamente con los arquitectos que
piensan, despreciando a los albañiles que ejecutan? En el mundo es tan
necesaria y preciosa la cabeza como el brazo, y es una estupidez
despreciar a ningún hombre, pues repito que todos sirven para algo. No
hay rueda inútil en la sociedad; si algunas están paradas y enmohecidas,
es porque falta el artífice inteligente que las monte y las haga
funcionar. Gran cosa es ser sabio, pero hay circunstancias en la vida de
las que sale un imbécil más airoso, y siempre será vencedor el organismo
que en su mano tenga gentes de todas clases; para unas ocasiones, un
hombre de talento, y para otras, un estúpido hábil. Todo consiste en
saber estudiar a los hombres y adivinar para lo que valen.

Y el padre Claudio, desarrollando su teoría, se animaba por grados y se
erguía sobre el banco de piedra, lanzando omnipotentes miradas a
aquellos grupos de subordinados que discurrían por el jardín.

--¿Ve usted toda esa gente?--continuó señalando a los novicios y padres
que paseaban por las inmediatas alamedas--. Todos contribuirán a nuestra
gran obra, todos aportarán su grano de arena al grandioso altar que en
el porvenir levantaremos a Dios cuando por conducto de nuestra Orden
reine sobre el universo entero; todos son buenos, todos sirven; ninguno
dejará de ser un campeón aguerrido de la buena causa, y, sin embargo,
los hay entre ellos que serían expulsados inmediatamente de otras
órdenes religiosas, o que, de vivir en el mundo, serían unos parásitos
inútiles incapaces de hacer la menor cosa. Nosotros sabemos adivinar el
diamante a través de las capas petrificadas que lo convierten en un
guijarro; por esto todo hombre sirve para algo en nuestra Orden, ya que
no nos equivocamos acerca de sus facultades. Todo es cuestión de tener
buen ojo, y en la Compañía, justo es decirlo, cuando se llega a
desempeñar alguna autoridad, es porque ya se ha aprendido a conocer lo
que cada uno vale.

Calló el padre Claudio, pero tan animado estaba que no tardó en seguir
desarrollando su tema favorito.

--¿Ve usted aquel muchacho de sonrisa afectada, regordete, que ahora
conversa tan atentamente con el padre prefecto?

--Sí; creo que es el hermano López, un joven que da muchos disgustos a
los maestros y que raro es el día en que deja de ser castigado.

--Eso es. El tal López, a haber ingresado en otra orden religiosa, hace
ya tiempo que estaría en la calle. Es enredador e intrigante como él
solo; miente con una facilidad pasmosa, y tal es su don de convicción,
que si se empeñase ahora en hacernos creer que es de noche, casi lo
lograría. En esta casa nadie está tranquilo cuando él se lo propone;
calumnia con la mayor frescura al más virtuoso; indispone entre sí a los
padres más respetables con sus diabólicos chismes, y los más crueles
castigos no logran modificar su carácter. ¿No es verdad que resulta
difícil hacer un hombre de provecho de tal mozo?

--Así es, reverendo padre.

--Pues se engaña usted. El hermano López ha de ser una gloria de la
Compañía y de seguro que será más útil a nuestros intereses que muchos
de esos santos y futuros sabios que hoy educamos. Hace tiempo que
estudio a ese diabólico muchacho, y me afirmo cada vez más en mi
convicción de que será un magnífico confesor de personas reales. Cuando
se ordene de sacerdote y haya adquirido un aspecto respetable, lo
destinaremos a confesor de alguna reina o princesa, y le aseguro a usted
que ya le ha caído la lotería a la corte donde él desempeñe sus sagradas
funciones. Aconsejará de un modo sublime, haciendo que sus regios
penitentes acojan como axiomas sus más leves palabras; intrigará en los
salones, y con chismes por bajo cuerda, destrozará cuantas coaliciones
formen contra él los cortesanos envidiosos de su poder. La nación a
cuyos reyes confiese, cuente usted que ya es nuestra. Vea, pues, padre
Tomás, cómo sirve para mucho ese individuo a quien otros hubieran
arrojado por inútil.

Y el padre Claudio miraba con expresión triunfante a su compañero.

--Muy bien--dijo el italiano--. Reconozco que pueda sacarse algún
provecho de ese muchacho enredador, pero ¿querrá decirme vuestra
paternidad qué provecho dará a la Orden en el porvenir ese hermano
Pezuela, el mismo que está allá abajo arrodillado y con los brazos en
cruz castigado por sus picardías? Para algo debe de servir también, ya
que vuestra paternidad se ha opuesto siempre a que lo arrojasen de la
Orden y ha disculpado sus groserías.

--Le tiene usted ojeriza a ese pobre muchacho, y no hay para tanto. Sé
que en varias ocasiones se ha burlado de usted graciosamente,
remedándole cuando habla en italiano con sus compatriotas, pero más
enojado debiera mostrarme yo contra quien escribió unos versos haciendo
comparaciones poco gratas de mi figura y mi carácter. ¡Si viera usted
qué salados eran los tales versos!...

Y el padre Claudio se reía bondadosamente recordando la sátira de aquel
jesuíta joven.

--¿Le hacen a usted gracia tales descaros? Pues si yo fuese un superior
tan poderoso como usted lo es, no permitiría tales desvergüenzas dentro
de la Compañía. Eso sólo sirve para acabar con la disciplina de la Orden
y nunca podrá usted demostrarme en qué puede ser útil a la Compañía un
trasto así, como no sea para deshonrarnos.

--¿Conque no puede sernos útil el hermano Pezuela? ¡Ah, padre Tomás!
¡Cuan mal dirigiría usted los intereses de nuestra Orden! Es usted un
hombre de talento, pero no entiende gran cosa de adivinar lo que valen
los demás. Ese hermano Pezuela será a la Compañía tan útil como pueda
serlo López. Es un bicho de mala baba, tiene verdadera manía por
burlarse de todo y de todos; con tal de decir un chiste sangriento no le
importa que lo castiguen ocho días; posee el valor de la desvergüenza,
trata con la misma facilidad la prosa y el verso, y al hombre más
respetable sabe encontrarle inmediatamente el punto flaco para convertir
su figura en caricatura. ¿Que es un canalla? Conforme. ¿Que no tiene
conciencia ni cree en nada? Muchos podría yo enseñar dentro de la Orden
que son aún más escépticos. Pero, en cambio, ese muchacho, para ser un
Voltaire del catolicismo, sólo necesita que le pongamos una pluma en la
mano y le mandemos escribir. El día en que nuestra Compañía, cansada de
sufrir los ataques de los escritores revolucionarios, quiera defenderse,
Pezuela los abrumará a insultos y desvergüenzas, y de seguro que usted
será el primero que se alegrará de tener entre los suyos uno que sepa
tan acertadamente zurrarles la badana a los enemigos. Váyase usted
convencido de que todos sirven y que a todos hay que conservarlos.

--Bueno; me conformo también con la utilidad de Pezuela, pero creo que
la teoría de vuestra paternidad será como todas las reglas: que tienen
sus excepciones.

--Aquí no las hay. Todos sirven, absolutamente todos. Señáleme usted uno
sólo de los que por ahí se pasean, y a ver si no le demuestro a usted
que la Compañía tiene interés en conservarlo por los servicios que puede
prestar.

--Conozco poco a los que viven en esta casa, pero alguno encontraré,
reverendo padre.

Y el jesuíta italiano, después de reflexionar por un breve rato, dijo
señalando a uno de los castigados que desde aquel banco se distinguían:

--¿Y para qué puede servir aquel bestia de cara cerril qué está allá
arrodillado y en cruz con una gran piedra en cada mano para que su
castigo sea más cruel? Es un barbarote que sirve más para carretero que
para jesuíta. Por la cosa más insignificante da de bofetadas a sus
compañeros, y aunque es dócil con sus superiores come un perro, y les
obedece sin chistar, algunas veces se ha rebelado contra sus maestros
intentando golpearles. ¿Para qué puede servir un animal así? ¿Es que
vuestra reverencia va a encargarle que confiese reinas, o quiere hacer
de él un Voltaire católico?

--Hace usted mal en burlarse, querido colega--contestó el padre Claudio
con aire de superioridad--. Ese muchachote dócil, pero brutal, puede
servir para lo que nunca hemos servido usted ni yo, ni la mayoría de los
padres de la Compañía. Si el día de mañana surge una revolución en
sentido avanzado, convendría a los intereses de la Orden el deshonrarla
con demasías y crímenes para que las clases conservadoras, asustadas,
adquiriesen nuevo valor y acelerar de este modo la reacción. Para este
encargo sólo sirven hombres como ése, pues la mayoría de los que estamos
aquí no servimos para héroes de barricada ni tenemos serenidad en los
difíciles momentos de una revolución. Si algún día el pueblo español
derribara el trono, vestiríamos a ese muchacho con la blusa y la gorra
del obrero; a fuerza de andar a golpes y de hacer heroicidades en las
barricadas, conseguiría inmenso prestigio en el populacho y tendríamos
un agente fiel y animoso a quien aconsejaríamos todas las barbaridades
que fuesen necesarias para deshonrar la naciente revolución.

--¿Y si lo mataban antes de hacerse popular?

--Entonces, otro al puesto, y la Compañía no perdía gran cosa con su
muerte. Lo que debe usted hacer es convencerse de que ese majadero es
tan necesario como todos. No hay hombre inútil, y el que uno sea un
héroe o un papanatas sólo depende de las circunstancias.

--Admito también la utilidad de ese valentón de sotana, pero por mucho
que usted se esfuerce, no podrá hacerme ver para lo que sirve ese
jovencillo melifluo y rubito a quien sorprenden muchas veces mirándose
en una vidriera y recitando los parlamentos más amorosos que encuentra
en las comedias de Calderón y Lope. Me han dicho que, fuera de la
declamación, para la cual tiene facultades, manifiesta un entendimiento
romo, y no creo que vuestra paternidad piense organizar con el tiempo
una compañía dramática entre los padres jesuítas.

--Ese joven declamador tiene un gran porvenir. Da a su voz, cuando
quiere, una dulzura celestial; las más vulgares palabras las emite con
entonaciones angelicales, y luego, sus ademanes seducen por su majestad
graciosa y sencilla. Mientras viva ha de gozar de tanta fama como
Bossuet, y seguramente eclipsará a nuestro padre Luis, que tanta gloría
alcanzó este año con sus sermones, escuchados por lo más selecto de
Madrid.

--¡Cómo! ¿Quiere hacer vuestra paternidad un predicador de ese
mequetrefe? ¿Y el talento? ¡Si dicen que no es capaz de encontrar una
idea durante un año entero! ¿Cómo va a ser un orador?

--Le escribirán los sermones y los aprenderá con la misma facilidad con
que ahora retiene en la memoria una comedia entera después de leerla dos
veces. Podrá no improvisar y verse obligado a decir lo que otro le
dicte; pero, en cambio, ¡cuan hermosamente recitará su sermón! Con voz
de enamorado, de trovador que entona una serenata, dirigirá las más
bellas frases a la Virgen, y su sermón parecerá una declaración de
místico amor. Auguro un éxito completo. Desengáñese usted: han pasado
los tiempos de la devoción sombría y horripilante; de los templos
lóbregos, de las imagines sanguinolentas y de los predicadores
apocalípticos, que hacían erizar el pelo a los oyentes. Hoy el
catolicismo educado por nosotros gusta de la devoción dulce y sólo acude
con placer a nuestras iglesias bonitas, que parecen un lindo juguete al
lado de los templos góticos. Causan muy buena impresión nuestras
capillas alumbradas con gas, nuestros órganos con su musiquita ligera y
casi bailable, y, sobre todo, nuestros predicadores que hablan a un
auditorio elegante con la delicadeza de un galán de comedia. Con este
sistema de devoción, aristocrático y distinguido, se conquista a la
mujer, y quien tiene hoy a las mujeres, querido padre, es dueño ya de
todo el mundo. Le aseguro a usted que ese muchacho, el día que recite su
primer sermón aprendidito de memoria causará una revolución entre las
devotas elegantes, y más de una Magdalena aristocrática, conmovida por
aquella cara de niño Jesús y aquella voz tan dulce, llorará sus pasados
errores y vendrá a arrojarse a los pies de la Compañía.

En aquel momento, tres hermanos profesos con la cabeza inclinada, los
ojos mirando al suelo y los brazos en una santa inercia pasaron por
delante de los padres.

El jesuíta italiano los siguió con la vista, y volviéndose de pronto a
su superior, dijo con expresión triunfante:

--Ahí va uno que de seguro, será la excepción, pues en el porvenir es
difícil que preste a la Compañía ninguna utilidad.

--¿Quién dice usted?

--El que va en medio de los otros dos: el hermano Baselga.

--¡Ah! ¿Ricardo? Pues se engaña usted también.

--No lo creo. Ese joven podrá habernos sido útil al pronunciar sus
votos, si es que ha renunciado sus bienes en favor de la Compañía, como
es costumbre: pero, en adelante, no sé para qué puede servirnos. No está
comprendido en esa utilidad práctica que vuestra reverencia tiene por
norma, y apurado se verá usted para darle una ocupación en la que pueda
servir.

--¡Oh! Pues ese joven ha de ser célebre y honrará mucho a la Compañía.
Leo en su porvenir. Nos hará ganar mucho dinero y fama.

--¿Cómo será eso, reverendo padre?--dijo escandalizado el jesuíta
italiano--. ¿Qué prestigio puede dar a la Compañía ese joven ignorante y
perezoso que no muestra la menor afición? Mire vuestra reverencia que yo
estoy enterado de las condiciones del hermano Baselga, por haber hablado
de él con sus maestros. Por más que se esfuerza en estudiar, la ciencia
no entra en él: es tardo en la palabra, dificultoso en la expresión y
tan distraído se muestra siempre, que parece un cuerpo muerto, cuyo
espíritu vuela lejos de este mundo. Sólo tiene afición a leer vidas de
santos y a imitar sus ayunos y penitencias. ¿Qué piensa vuestra
reverencia hacer de un mozo así?

Se detuvo el italiano, como si le asaltase un extraño pensamiento, y
añadió, sonriendo con cinismo:

--A no ser que vuestra paternidad quiera hacer del tal muchacho un Sor
Patrocinio con sus llagas y sus estupendos milagros...

--¡Bah! Eso es procedimiento anticuado que ya no da resultado en estos
tiempos. El hermano Baselga no será un santo de mentirijillas; llegará a
algo más y la Compañía ganará mucho con ello. Cuando sea mayor de edad,
la Orden le permitirá que cumpla una de sus más vehementes aspiraciones,
enviándolo al Japón a convertir infieles. Es indudable que su exagerada
fe, y su afán de imitar a los primeros mártires del cristianismo, le
impulsarán a cometer algún atentado contra la religión de aquellos
indígenas, y ya podéis suponer lo demás.

--Sí; le cortarán la cabeza... Y ¿qué?

--Pues que tendremos un mártir más, y esto por su propia voluntad y sin
que nadie le aconseje directamente tal sacrificio. Los periódicos y
revistas que subvencionamos relatarán en todos los tonos la muerte
sublime del joven jesuíta; los predicadores ensalzarán la memoria de
este héroe de la fe y hasta nuestros mayores enemigos, que a veces son
cándidos hasta la estupidez, reconocerán que aunque enredamos en Europa
prestamos un gran servicio a la civilización, sacrificándonos por
introducir la cultura en pueblos apartados. En resumen, ahí tenéis los
resultados prácticos. Tendremos para más de diez años un nombre célebre
que explotar, un mártir que será como el prospecto de nuestro heroísmo y
abnegación, y de todas partes el entusiasmo católico hará llover
raudales de dinero dentro de nuestras cajas para que fomentemos las
misiones en Asia. Esto sin contar con que tal vez aumentemos el
prestigio religioso de la Orden, haciendo que con el tiempo figure en
los altares "San Ricardo Baselga, de la Compañía de Jesús".

El italiano estaba aturdido por las demostraciones del padre Claudio, o
al menos así lo fingía admirablemente.

Mostrábase poseído de entusiasmo, y abandonando su exterior frío y
dulce, dijo con fogosidad:

--Es verdad cuanto dice vuestra reverencia. "Barrer para adentro" y
admitir a todos para explotar a cada uno en aquello que valga; he ahí el
gran secreto de la Compañía.

--Lo que la hará invencible e inmortal, padre Tomás.

El jesuíta italiano movió la cabeza con desaliento y murmuró, como si
estuviera solo:

--¡Qué gran desgracia que el padre Claudio no sea el general de la
Compañía! Hombres como él hacen falta al frente de la Orden.

Estas palabras fueron un rudo pinchazo para el poderoso superior.
Entusiasmado en la exposición de sus ideas, había llegado a olvidarse de
la clase de hombre con quien hablaba; la confianza llegó a dominarle, y
cuando menos lo esperaba, aquellas palabras venían a recordarle que
tenia a su lado al espía de Roma, al esbirro encargado de adivinar sus
pensamientos y sondear su conciencia.

El padre Claudio reconoció que había sido sobradamente cándido y su
astuto "socius", con su fingido entusiasmo, había intentado adormecerlo
y arrastrarle a amigables confidencias.

Todo el abandono a que se había entregado el poderoso jesuíta
desapareció; púsose en guardia inmediatamente, y lanzando una mirada de
indignación al padre Tomás, díjole con acento irritado:

--Le prohibo a usted que use de mi nombre para desearme cosas a las que
yo nunca he aspirado. Sólo quiero estar bien con Dios, y los honores del
mundo me importan poco.

Luego sonrió y dijo con una expresión de desaliento tan espontánea y
natural, que hacía honor a su arte de fingir:

--Soy ya muy viejo. La tumba se abre bajo mis pies, y mal puedo pensar
en subir más, yo que nunca he sido ambicioso y que, sin embargo, he
llegado a mayor altura que mis merecimientos.

El padre Tomás se decía, mientras tanto, que aquel hombre era
invulnerable y que resultaba imposible sorprenderlo.



IX

La tempestad se aproxima.


A pesar de que el padre Claudio sabía defenderse bien de cuantos avances
intentaba el astuto jesuíta italiano, estaba cada vez más intranquilo.

Presentía que en torno de su persona se forjaba la tempestad que había
de arruinarle y adivinaba las maquinaciones del padre Tomás, que,
desesperado de arrancarle aquella confidencia por tantos medios
solicitada, iba tejiendo la red que había de envolverle, arrastrándolo a
una entera perdición.

Entre los dos jesuítas no existía ya la fría y recelosa separación,
propia del espía y del que es vigilado. Aquellos dos atletas de la
astucia, al tratarse, habían reconocido sus fuerzas y se odiaban ya con
todo el terrible encono que existe entre rivales.

El padre Claudio no podía perdonar al italiano la tenacidad con que le
asediaba para adivinar su pensamiento, y por su parte, el padre Tomás,
estaba lejos de olvidar que aquel era el primer hombre que había sabido
burlar su astucia y substraerse a sus pérfidas palabras.

El poderoso jesuíta español, tan hábil y pronto en adivinar lo que
pensaban los demás, notaba en el italiano la expresión del sabueso que
ha descubierto un rastro y lo sigue con cautela para no espantar la
pieza.

Esto le hacía redoblar las precauciones y vivir en continua zozobra.

Hacía que sus novicios favoritos, en los que tenía una confianza ciega,
vigilasen de cerca al padre Tomás, pero este sistema apenas si le daba
resultado.

El italiano vivía bastante alejado de todos los jesuítas que residían en
Madrid, y únicamente demostraba sentir algún afecto por el padre
Antonio, el antiguo secretario de su reverencia, con el cual sostenía
largas conferencias en el célebre despacho, siempre que el superior
estaba ausente.

Esta noticia alarmó al padre Claudio.

Tenía motivos sobrados para esperar gratitud y adhesión de su
secretario, que debía a su protección cuanto era en el mundo y en la
Orden. Pero el padre Claudio no era muy inclinado a bellos optimismos.
Sabía de lo que era capaz un jesuíta y estaba convencido de que no podía
esperarse mucho de un ambicioso como el padre Antonio, que además era
fanático por la disciplina y por la más extremada obediencia a la
suprema autoridad de la Compañía.

El padre Claudio adivinó inmediatamente dónde estaba el peligro y de qué
procedimientos se valía su enemigo para averiguar lo que él tan
astutamente sabía ocultarle.

El italiano, convencido ya de que era imposible sondear el pensamiento
de su colega, había puesto sus ojos en el secretario y le asediaba con
sus preguntas, aprovechando todas las ausencias del padre Claudio.

Arrancar la verdad al padre Antonio era confesarle a él mismo, pues el
secretario poseía todos sus secretos y no había asunto en que no lo
hubiese hecho figurar como su "alter ego".

Había que evitar que el padre Antonio se dejase sorprender por el astuto
italiano, o cuando menos, saber a ciencia cierta si el ambicioso
secretario estaba dispuesto a seguir siendo fiel a su superior.

Difícil fué para el padre Claudio el hablar a solas con su secretario,
pues el maldito "socius", como si adivinase su intención, no los dejaba
nunca solos; pero por fin encontró un momento propicio para manifestar
al padre Antonio las sospechas que abrigaba contra su fidelidad.

El secretario protestó; puso a Dios por testigo de sus sentimientos,
recordó los motivos que tenía para ser eternamente fiel a su superior y
habló con un lenguaje franco y conmovedor; pero a pesar de todo esto, el
padre Claudio, que era muy ducho en el conocimiento de los hombres, no
quedó satisfecho.

Cuando se separó de su dependiente, el padre Claudio se decía que allí
había gato encerrado y que indudablemente el padre Antonio estaba en
tratos con el italiano.

Desde aquel día, el célebre jesuíta, más receloso que nunca, acometió la
pesada tarea de vigilar a su secretario y a su "socius".

Nunca, en su larga vida de hábil intrigante, tuvo el padre Claudio tarea
tan abrumadora como la de espiar a aquellos dos hombres astutos, cuyos
rostros petrificados no dejaban adivinar la menor intención.

Todas las estratagemas del viejo jesuíta se estrellaban en aquel
exterior, siempre frío e indiferente, a través del cual sólo un hombre
como el padre Claudio podía adivinar ocultas inteligencias y terribles
planes.

Aquel blindaje de hielo en que se envolvían el "socius" y el secretario
exasperaba al padre Claudio, que llegó a perder la calma terrible, que
antes era el principal motivo de todos sus triunfos.

Transcurrían los días sin que apenas saliese de su despacho por miedo a
que el italiano quedase solo con el secretario, y si por algún asunto
político de importancia era llamado a Palacio, procuraba abreviar la
conferencia y volvía apresuradamente a su casa.

En una de estas breves excursiones, el padre Claudio, que obraba ya como
el más vil espía, volvió a su casa a pie para que el padre Antonio no se
apercibiese de su llegada por el ruido del carruaje, y andando de
puntillas se acercó al despacho.

El "socius" estaba allí como siempre y hablaba en voz muy baja con el
secretario.

Debían de tener muy finos los oídos aquellos dos sujetos, pues callaron
apercibiéndose de que alguien se acercaba, pero el padre Claudio aún
pudo oír estas palabras de su secretario:

--Inútil es que lo repita. Ya sabe usted que yo sólo obedezco al
general, que es para mí la única autoridad de la Compañía.

Aquello demostraba al padre Claudio que estaba vendido, y que su
secretario, aquel protegido que tanto agradecimiento le debía, haríale
traición así que se le antojase al general.

Entró en el despacho el padre Claudio y encontró a los dos jesuítas con
su eterno gesto de seres automáticos y sin voluntad. No cuidó en esta
ocasión de ocultar sus pensamientos el padre Claudio; miró con ira a los
dos compinches, y después instintivamente fijó sus ojos en las
estanterías cargadas de carpetas.

Otro hombre hubiera encontrado aquel archivo enteramente igual a como lo
había dejado, pero él, con su mirada experta, adivinó que durante su
ausencia se había verificado un registro en aquellos papeles.

Aquel día fué, para el padre Claudio, el más cruel que tuvo en su
existencia.

Cuando más exasperado estaba por la calma de aquellos dos miserables
que, después de revolverle el archivo y conspirar indudablemente contra
él, se estaban allí inmóviles y abstraídos como santos en oración;
cuando se sentía con deseos de lanzarse sobre ellos para estrangularlos
y lamentaba interiormente el ser tan viejo y no encontrarse, como en
otros tiempos, capaz de dar de puñaladas a un enemigo, entró en el
despacho un criado de confianza, que se limitó a hacer un signo
misterioso, saliendo inmediatamente.

El padre Claudio le siguió, y en un pequeño gabinete, donde recibía a
los visitantes en secreto, entrególe el criado una carta con sello de
Italia, y que iba dirigida a un nombre desconocido.

Aparte del correo normal para todos los asuntos de la Compañía, el padre
Claudio tenía en Madrid a un infeliz que protegía y a cuyo nombre iban
dirigidas todas aquellas cartas que, por tratar de asuntos particulares,
convenía al jesuíta que fuesen directamente a sus manos. Una crucecita
trazada en un ángulo del sobre daba a entender a aquel pobre diablo que
la carta era para su poderoso protector.

--Acaban de traerla ahora mismo, reverendo padre--dijo el criado--. El
protegido de usted quería entrar, como otras veces, a depositarla en sus
propias manos, pero he logrado que se fuera diciéndole que vuestra
reverencia estaba muy ocupado.

Cuando el padre Claudio quedó solo en el gabinete, procedió a rasgar el
sobre, sin poder dominar su creciente agitación.

Por fin, tenía noticias de Roma, y podría saber cómo iban sus asuntos en
el "Gesú", la residencia del poderoso general.

La carta constaba de tres pliegos, cubiertos de renglones apretados, de
una letra pequeña y compacta.

Antes de leer miró la firma, y no pudo evitar un gesto de extrañeza.
¿Quién era aquel sacerdote "Dom" Vicenzo Novelli, que firmaba? No
recordaba conocer persona alguna de tal nombre, y, aguijoneado por una
curiosidad creciente, se apresuró a leer aquella carta, tan rápidamente
como se lo permitía la letra microscópica y su conocimiento del idioma
italiano.

Al concluir el primer párrafo exhaló un grito que expresaba terror y
sorpresa.

El padre Corsi, su amigo íntimo, su agente en el "Gesú", el que le
preparaba la elección de general, procurando acortar la vida del que
desempeñaba actualmente tan alta autoridad, había tenido un fin trágico
y acababa de morir entre horribles dolores en casa de un pobre sacerdote
romano, que era el mismo "Dom" Vicenzo Novelli, que escribía al padre
Claudio.

La carta contenía una historia horrible, que el padre Claudio leyó
varias veces como si no pudiera convencerse de su verosimilitud.

Era aquello el aviso que un moribundo, por conducto de un amigo fiel,
enviaba a su colega para que se salvara si aún era tiempo.



X

La justicia jesuítica.


El padre Corsi dormía en su celda del "Gesú", de Roma, cuando le
despertó repentinamente una ruda impresión.

En el corredor inmediato sonaban los pasos recatados de varias personas,
y por las rendijas de la puerta filtrábase dentro de la celda una luz
rojiza y vacilante.

El jesuíta se incorporó, en el mismo instante que el reloj de la casa
daba la una de la madrugada y se abría la puerta de la celda, que, según
disponía la regla de la Orden, no podía cerrarse durante la noche.

Dos hermanos robustos y feroces, procedentes del fanático barrio de
Transtevere, y que desempeñaban en la casa las funciones de ayudantes de
cocina, entraron en la celda, y en la puerta se quedaron, inmóviles y
como para cerrar la salida con sus cuerpos, otros dos de igual clase,
que alumbraban con grandes cirios.

El padre Corsi se incorporó despavorido, presintiendo que aquella
extraña visita tendría un resultado fatal.

Conocía los misterios de la Compañía, los golpes de Estado y las
venganzas que ocurrían en su misterioso seno, sin transcender al
exterior, y al ver todo aquel aparato, no dudó que se acercaba su fin.

Dispuesto a defender su vida con palabras y rotundas negativas, como
buen jesuíta, saltó del lecho y se vistió la sotana, obedeciendo a uno
de aquellos fornidos hermanos, que manifestaba, con la mayor cortesía,
al reverendo padre cómo el general estaba aguardándole hacía rato.

El padre Corsi salió de su celda rodeado por aquellos cuatro esbirros
del general.

Varias veces pensó en escapar, adivinando lo que iba a sucederle en la
próxima entrevista; pero el aspecto de aquellos cuatro colosos, con sus
puños descomunales, causaba gran pavor al intrigante padre, que era
pequeño de cuerpo y de fuerzas débiles.

Bien adivinaba el jesuíta lo que aquello podía significar. Toda su
astucia y su recato habían resultado inútiles en aquel "Gesú", donde
hasta las paredes oyen y ven; el más fino espionaje había seguido todos
sus pasos, y sin duda el general conocía perfectamente sus relaciones
con el padre Claudio y las tramas que había preparado para acelerar la
vida de aquella autoridad y proporcionarle pronto un sucesor.

Conforme avanzaba el extraño grupo por los solitarios y obscuros
corredores, el padre Corsi convencíase más de que aquella conferencia
con el general iba a ser terrible.

Había oído hablar de cierta sala subterránea donde se castigaba a los
traidores a la Compañía y a los que intentaban perturbarla, y comprendía
que a ella le conducían sus guardianes, en vista de que bajaron la gran
escalera sin detenerse en el primer piso, donde estaban las habitaciones
del general.

Llegó el grupo a los claustros del piso bajo y se encaminó hacia el
extremo, donde estaban los almacenes destinados a guardar los muebles
viejos.

Una puerta, en la que nunca se había fijado el padre Corsi, por creer
que estaba condenada, aparecía abierta, y por ella penetraron los dos
guardianes que le precedían y que eran los que llevaban los cirios.

El aterrorizado jesuíta se detuvo. Aún era tiempo de resistir. Podía
gritar, y tal vez el escándalo que sus voces produjeran en el "Gesú"
detendría a aquellos hombres que llevaban en sus rostros una expresión
feroz.

Pero apenas se detuvo, formulando en su interior tal pensamiento, se
sintió cogido por los brazos y empujado rudamente por los otros dos
hermanos que le seguían.

--Adelante, reverendo padre--dijo con voz ronca uno de ellos, mientras
el otro cerraba de golpe la puerta.

Atravesó el grupo varias habitaciones tenebrosas y desamuebladas, cuyo
ambiente húmedo, polvoriento y obscuro apenas disipaban los cirios, que
formaban en el espacio dos rojas manchas, y, de repente, el jesuíta notó
que bajaban por una rápida pendiente, viscosa y resbaladiza, al final de
la cual abríase una puerta de arco irregular, que en aquellas tinieblas
se destacaba como una dentada mancha de luz.

Los cuatro esbirros agrupáronse en la puerta y el padre Corsi fué
empujado al interior de una vasta sala, cuyos muros estaban formados por
grandes piedras sillares, que tenían el tinte negruzco de la antigüedad.

Frente a la puerta, un Cristo, horripilante, de doble tamaño natural,
extendía sus descarnados y gigantescos brazos sobre el muro, y al pie de
esta figura, sentados tras una mesa con negro tapete, inmóviles, pálidos
y fríos como cadáveres, estaban el general y seis jesuítas de los más
ancianos de la Orden, que vivían en el "Gesú", como en un cuartel de
inválidos. Dos candelabros cargados de cirios y puestos sobre la mesa
alumbraban aquel tribunal de ultratumba, que horrorizaba antes de
hablar.

Transcurrieron algunos minutos sin que nada turbase aquel silencio
absoluto, propio de una habitación situada doce metros más abajo del
nivel del suelo.

El padre Corsi miró, con ojos extraviados por el terror, aquella sala
horrible, aquel mudo tribunal, y se sintió próximo a desfallecer. La
inmensidad de su miedo prodújole una idea consoladora. Aquello no podía
ser real. Sin duda, estaba soñando y era víctima de una cruel pesadilla,
de la que se reiría al día siguiente.

Tan horrible escena no podía ser cierta. El había oído hablar de una
sala de tormentos dentro del "Gesú" y de horrorosos castigos; pero esto
debían de ser invenciones de los enemigos de la Compañía, y lo que él
estaba viendo era producto de una pesadilla que no tardaría en
desvanecerse.

Pero a pesar de estas ilusiones que se hacía mentalmente, el silencio
de aquel tribunal le helaba la sangre de espanto. Sentíase anonadado por
aquella amenazante frialdad y deseaba que hablasen el general y los
suyos cuanto antes. Así al menos podría él contestar, defenderse, y se
convencería de si aquello era sueño o realidad.

El padre Corsi, que era tan cobarde físicamente como audaz y arrebatado
en sus intrigas, estremecíase al pensar que pudiera resultar cierta
aquella obscura leyenda que se relataba en el "Gesú" sobre la cámara del
tormento.

¿Dónde estaban los instrumentos de tortura? Miraba a todas partes y no
veía potros ni garruchas; pero en un extremo de la vasta cámara sonaba
una sorda crepitación, y, fijándose bien, distinguió un gran brasero
cargado de fuego, del cual saltaban algunas chispas y cuyas brasas iban
inflamándose al contacto de la columna de aire fresco que entraba por la
puerta.

Aquel fuego en pleno verano horrorizó al padre Corsi; pero pronto una
voz vino a impedirle que pensase en lo que el brasero podía significar.

Era el general quien le hablaba, fijando en él sus ojos brillantes e
irritados, que eran el único detalle de vida que se notaba en su rostro,
inalterable como el de una momia.

--¿Sois el padre Luis Corsi, profeso de los cuatro votos de la Compañía
de Jesús y residente en Roma por estar al servicio de la alta dirección
de la Orden?

El interpelado, a quien el terror había anudado la garganta, hizo un
signo afirmativo con la cabeza.

Estaba a un extremo de la mesa un jesuíta joven, de rostro repulsivo,
que hacía las veces de secretario, y que comenzó a escribir encabezando
el acta con el nombre y condiciones del procesado.

El jesuíta, mientras tanto, se dirigió a sus compañeros de tribunal, que
permanecían impasibles:

--Reverendos padres: por pertenecer al alto grado de la Compañía, lo
mismo que ese desventurado que ante vosotros se encuentra, conocéis el
reglamento secreto por que se rigen los iniciados que dirigen la Orden,
y que es un misterio hasta para aquellos hijos de Loyola que no han sido
iniciados en el grado supremo. A pesar de esto, voy a leeros todos los
artículos de nuestra Constitución secreta concernientes al caso, porque
así me está prescrito.

Los seis jueces permanecieron inmóviles y el general tomó de encima de
la mesa un viejo cuaderno manuscrito, que trataba del gobierno de la
Compañía de Jesús. Estaba redactado en latín, como todos los documentos
de la Orden. Lo hojeó el general, y al llegar al título IV, comenzó a
leer, sin despojarse ni un solo instante de su impasibilidad.

     _"Artículo primero. Si quis superioris gradûs Pater fuerit
     traditor, at que sinu Societatis rebellis ac fautor discordiæ
     reperiatur, pereat._

     _Art. 2.º Secretior tribunal judicet illum, ubi sex sedeant Patres
     superiores gradûs á sorti designati, præsidente Præfecto._

     _Art. 3.º Sententia nisi sex Patrum judicum, Patrisque Præfecti
     Generalis unanimi suffragio, non pronuntietur._

     _Art. 4.º Reus in ergastulo apparitorum manu reclaudator."_[1]

          [1] Artículo 1.º Si algún padre de alto grado fuese traidor y se
     descubriese que es un rebelde y un fautor de discordia en la Compañía,
     debe morir.

     Art. 2.º Será juzgado por el tribunal secreto, al que asistirán, bajo
     la presidencia del general, seis padres del alto grado, designados por
     la suerte.

     Art. 3.º La sentencia no se pronunciara más que por unanimidad de los
     sufragios de los seis padres jueces y el reverendo padre general.

     Art. 4.º El reo será encerrado en el calabozo por mano de los porteros
     ayudantes.

     (_Del gobierno secreto de la Compañía de Jesús._ Título IV.)



El padre Corsi, en su calidad de jesuíta de alto grado, iniciado en los
más importantes misterios de la Orden, conocía aquel terrible código en
todas sus partes; pero a pesar de esto la lectura de tales artículos
prodújole una recrudescencia en el horror que experimentaba desde que
entró allí.

Reinó un largo silencio después de la lectura de los artículos.

El general parecía meditar, y por fin, levantando su cabeza, dijo a los
otros jueces:

--Padres: el hombre que tenéis ahí está comprometido en el primero de
los artículos citados, y debe morir. No ha perturbado directamente la
organización de la Compañía, pero ha hecho algo más, pues ha intentado
asesinar al que es legítimo y supremo representante de la Orden; a mí,
que soy el general de la Sociedad de Jesús. No necesito explicaros la
gran trascendencia de tales maquinaciones y el gran peligro que correría
la Orden si un hecho tan criminal quedara sin castigo. ¿Creéis,
reverendos padres, que quien atenta contra la vida del general de la
Compañía merece la muerte?

Los seis jueces, que seguían inmóviles y mudos, contestaron quitándose
los bonetes.

--Ya lo veis, padre Corsi. El supremo tribunal de la Compañía opina que
quien atenta contra la vida del general debe perecer. Ahora, únicamente
se trata de saber si vos, en combinación con otros padres de la Compañía
que se hallan muy lejos, habéis intentado asesinarme. Contestad, padre
Corsi. Se os acusa de haber maquinado mi muerte por envenenamiento. ¿Qué
decís a esto?

El padre Corsi deseaba defenderse, y a pesar de aquel terror que anudaba
da voz en su garganta, se apresuró a contestar:

--Niego.

Y fué a pronunciar una larga defensa, pero el general le interrumpió:

--Callaos, padre. Negáis y ya no es necesario que habléis más. Oíd al
padre secretario que va a leeros la acusación.

El jovenzuelo antipático dejó de escribir y, tomando un papel de encima
de la mesa, comenzó a leer con entonación monótona.

Aquella acusación terrible hizo llegar a su más alto grado el terror del
padre Corsi.

Sabía que el espionaje había llegado en los jesuítas al mayor
perfeccionamiento, pero nunca había llegado a imaginarse que pudieran
vigilar dentro del "Gesú", hasta el punto de conocer sus más
insignificantes actos.

Cuanto había hecho el jesuíta desde muchos meses antes, constaba en
aquella acta acusadora, confundiendo al infeliz reo. Sabíase que todas
las semanas sostenía correspondencia con un sujeto de Madrid,
recatándose para ello y llevando por sí mismo las cartas al correo para
evitar que se extraviaran; suponíase que esta correspondencia, aunque
con nombre supuesto, iba dirigida al padre Claudio, superior de la Orden
en España; citábanse numerosos detalles que demostraban las subversivas
y criminales intenciones del padre Corsi, y, al final del documento,
como golpe de gracia para el infeliz acusado, figuraba una declaración
del hermano encargado de la cocina, el cual juraba por Dios que el
citado padre, después de dedicarse durante algunos meses a captarse su
voluntad, le había propuesto envenenar al general, a lo que él accedió
inmediatamente, sin perjuicio de ir acto seguido a revelar a su superior
cuanto ocurría, descubriéndose de este modo la odiosa trama.

El padre Corsi estaba horrorizado. Su vida de mucho tiempo aparecía allí
consignada día por día, y, aunque el acusador no presentaba pruebas,
resultábale imposible al reo el justificarse.

Cuando el acusador terminó su lectura y se restableció el glacial
silencio, el general, levantando su cabeza, que tenía inclinada sobre el
pecho, preguntó al acusado:

--¿Tenéis que decir algo contra esa acusación?

--Toda ella es falsa--contestó con voz ahogada el infeliz--. Es sin duda
obra de algún enemigo que quiere perderme. Yo nunca he intentado nada
contra mi general.

Y luego, con la tenacidad de un náufrago que intenta alcanzar el madero
que ha de salvarle, dijo con más energía:

--¡Pruebas!... ¡Vengan las pruebas de mi crimen! Seguramente que nada
podrá presentarse contra mí.

--Se presentarán las pruebas a su debido tiempo--contestó el general con
frialdad--. Mientras tanto, contestad breve y verídicamente a cuanto se
os pregunte. ¿Acostumbráis a escribir mucho en vuestra celda?

--Algunas veces escribo a varios amigos que tengo en las ciudades de
Italia, donde he residido; pero esto, con poca frecuencia.

--¿Cuando escribís secáis vuestras cartas con arenilla?

El padre Corsi reflexionó antes de contestar. Siempre había usado, al
escribir, el papel secante; pero creyó mejor el negarlo, por ese
instinto de falsedad que siente todo acusado de conciencia intranquila,
y afirmó:

--Sí, reverendo padre; gasto arenilla.

--Y ¿no hacéis nunca uso del secante?

El general miró de un modo tan terrible al acusado, que éste balbuceó:

--Sí; creo recordar que también lo he usado algunas veces.

--Acercaos a la mesa, padre Corsi, y ved si reconocéis la hoja de
secante que el padre secretario tiene en sus manos.

El acusado obedeció, fijando sus ojos con expresión estúpida en aquella
hoja de secante que le enseñaba el jesuíta. Era blanca y estaba manchada
por algunos borrones y garabatos ininteligibles. Eran, sin duda, las
huellas que en la hoja habían dejado los renglones secados.

--Este papel--continuó el general--ha sido encontrado en vuestra celda.

El padre Corsi pensó que negar empeoraría su situación. Miró el papel,
en el que nada sospechoso se leía, y dijo después:

--Aunque no recuerdo si este papel ha sido mío, bien pudiera haberme
pertenecido. Ni niego ni afirmo.

--Está bien; padre secretario, haced delante del acusado la prueba que
antes habéis mostrado al tribunal.

El joven secretario sacó de debajo del montón de papeles un pequeño
espejo y colocó ante el cristal el pedazo de secante.

--Padre Corsi--continuó el general--, mirad ese espejo y ved si podéis
leer algo.

El acusado comprendió inmediatamente lo que significaba aquella orden y
se estremeció de espanto. Estaba ya cogido en la red.

Las huellas que en aquel papel había dejado el escrito secado parecían
garabatos ininteligibles miradas directamente, pues el orden de las
letras en las palabras estaba invertido; pero puestas ante el espejo,
recobraban su primitiva posición, ya no estaban al revés, y se
reflejaban en el cristal de modo que la lectura era fácil.

Todo el contenido de la página secada surgía en el espejo, y aunque
algunas palabras donde la pluma no había apretado mucho aparecían
borrosas, el conjunto era perfectamente legible.

El padre Corsi, ante aquel descubrimiento inesperado, se sintió
desfallecer y sus rodillas se doblaron, cayendo de hinojos el infeliz.

--¡Perdón, padre mío! ¡Misericordia! Ha sido una tentación del diablo.
Perdonadme, que nunca más me sentiré acometido por tan malos
pensamientos.

Las quejas y sollozos de aquel desventurado no causaron efecto en el
tribunal.

--Padres--dijo el presidente--: la prueba es completa. Antes de
sentenciar invoquemos, según costumbre, a la gracia divina para que nos
ilumine.

Todos los jueces, con la cabeza descubierta, se arrodillaron y los
cuatro legos que obstruían la puerta hicieron lo mismo.

Durante algunos minutos aquel augusto silencio sólo fué turbado por el
murmullo que producía el "Veni Sancte Spíritus" que rezaban y los
sollozos del reo que, con la cabeza sobre las baldosas, lloraba como un
niño.

El tribunal terminó su rezo y volvió a ocupar sus asientos.

--Padres, ya conocéis la fórmula de sentenciar; pero la costumbre me
ordena que os la advierta. Si creéis que basta con expulsar de la Orden
al reo, contestad a mi pregunta: "¡Expelleator!"; si le creéis digno de
absolución, decid "¡Insons!; pero si le consideráis merecedor de la
muerte, contestad "¡Pereat!" ¿Estáis prontos a sentenciar?

Los seis jueces inclinaron sus cabezas.

Comenzó el terrible acto, y el infeliz reo, que seguía con el rostro
sobre el suelo, oyó seis veces la palabra "¡Pereat!", dicha por diversas
voces, pero siempre con igual energía.

Su muerte estaba ya acordada.

--¡Levantad al padre Corsi!--gritó el general.

Inmediatamente los mocetones que ocupaban la puerta se abalanzaron sobre
el reo, lo pusieron en pie y siguieron sujetándolo, pues el desdichado
no podía sostenerse.

--¿No hay misericordia para mí?--decía suspirando, y el tribunal seguía
siempre mostrando su fría serenidad.

El padre Corsi, en un rapto de desesperación, cambio por completo de
aspecto. La proximidad de la muerte le dió una repentina serenidad y no
quiso seguir mostrándose débil.

Ya que iba a morir, quería al menos no proporcionar al general, a quien
odiaba por causas particulares desde mucho tiempo antes, una
satisfacción, cual era el espectáculo que él ofrecía llorando y gimiendo
como una mujer.

--¡Soltadme, hermanos!--dijo a los que le sujetaban--. Puedo aún
sostenerme y no se dirá de mí que no sé morir con dignidad. ¿Dónde está
el calabozo donde seré enterrado vivo? Deseo entrar en él cuanto antes,
para librarme de vuestra odiosa presencia, padre general.

Y aquel hombrecillo antes tan débil, enloquecido ahora por el terror,
mostraba una serenidad heroica y erguía su cuerpo mirando con desprecio
al tribunal.

--No tengáis prisa, padre Corsi--contestó el general, sonriendo por
primera vez de un modo que daba miedo--: tiempo os quedará para
aburriros de estar solo en vuestro calabozo. Nuestras leyes os conceden
que antes de encerraros os pongáis a bien con Dios. Podéis confesaros
vuestras culpas con el padre que os dignéis escoger de cuantos están
aquí.

El reo prorrumpió en una carcajada estridente.

--¿Con vosotros?... ¿Confesarme con vosotros?... Muchas gracias, padre
general. Conozco demasiado a todos cuantos están aquí, para ir a
revelarles secretos que sólo a mí me importan. Además, estoy próximo a
la muerte y ante la tumba el hombre no miente. Basta ya de farsa. Yo no
creo en muchas cosas que vosotros, al salir de aquí, fingiréis tenerlas
como ciertas. No me confieso. A nadie le importan mis secretos. Ya que
muero quiero que ciertas cosas me acompañen a la tumba... Se acabaron
los fingimientos y las comedias de fe.

El tribunal había salido de su impasibilidad para interrumpir varias
veces al sentenciado:

--¡Impío!... ¡Blasfemo!...

El padre Corsi era el que ahora permanecía impasible, gozándose
interiormente con la irritación que sus palabras producían en sus
jueces.

El general fué el primero en serenarse.

--Padres míos, os recomiendo la calma. El sentenciado quiere llevarse a
la tumba secretos de gran importancia para la Compañía. Tenía cómplices
de su crimen y esto es lo que importa averiguar. Escribía con frecuencia
a Madrid, y aunque presumimos quién podía ser la persona con quien se
comunicaba, no tenemos de ello certeza absoluta. Los renglones impresos
en este secante y que habéis leído antes por medio del espejo, son
fragmentos de una carta en la que él habla de sus preparativos para dar
fin a mi vida. Se dirige en ella a una persona de su confianza, a un
amigo a quien promete un gran porvenir cuando yo muera; pero su nombre
no figura allí y esto es lo que nos importa saber. ¿Creéis, padres, que
tenemos derecho a que el sentenciado nos revele ese nombre antes de ser
encerrado en el calabozo?

--Ya lo oís, padre Corsi; estáis en el deber de revelarnos ese nombre.
Hablad, pues.

--No quiero, general asesino; no hablaré. Se trata de un amigo, de un
buen compañero, que ha sido bondadoso para mí y me ha dispensado siempre
tantos favores como tú perjuicios. No diré su nombre; puede hacer el
tribunal lo que guste.

--¡Oh! Hablaréis, padre Corsi--dijo el general, reproduciendo su
horripilante sonrisa--. Algo que no esperáis os hará decir la verdad.
Creed, desgraciado padre, que sentimos en el alma amargar con crueles
tormentos el poco tiempo que os queda de vida.

--¡Miserable!--dijo el sentenciado por toda contestación--. En ti está
la crueldad hermanada con la más dulce hipocresía. Mereces ser el
general de la Compañía.

--Por última vez: ¿declaráis el nombre de vuestro cómplice? ¿Es el padre
Claudio? Reparad que estamos convencidos de ello. Y únicamente queremos
vuestra declaración para ratificarnos.

--No--dijo con energía el sentenciado--. No es el padre Claudio, al que
apenas conozco. Es otro; pero nunca diré su nombre.

--Hermanos, cumplid vuestra misión.

A esta orden, dada con indiferencia, dos de los robustos legos dejaron
de sujetar al padre Corsi y se dirigieron al rincón donde estaba el
descomunal brasero.

Cogieron del suelo un gran fuelle, avivaron el montón de rojos carbones
y después, valiéndose de su fuerza hercúlea, arrastraron el brasero al
centro de la sala.

El padre Corsi no había presenciado esta operación por verificarse a sus
espaldas; pero de pronto sintió una impresión de calor y volviéndose vió
aquel montón de fuego que lucía de un modo horrible en le penumbra.

Aquello desvaneció la serenidad que había mostrado momentos antes.

Al ver el fuego dió un salto atrás e intentó librarse de aquellos dos
legos que le sujetaban con sus robustos brazos; pero, repuestos los
guardianes de la sorpresa que en el primer instante les produjo el
repentino movimiento, lo aprisionaron con más fuerza.

El padre Corsi, como un mísero ratoncillo entre las zarpas de dos
gatazos, se revolvía furioso y desesperado; pero a los pocos instantes
fué derribado al suelo y allí, con la sotana desgarrada y el rostro
arañado, permaneció inmóvil.

Sintió cómo bruscamente y a tirones le arrancaban los zapatos y las
medias, y así que quedó descalzo, la voz del general volvió a sonar,
aunque con tono marcadamente sardónico.

--Nuevamente os lo ruego, querido padre Corsi. Decidnos quién era
vuestro cómplice y no nos deis el disgusto de obligarnos a atormentaros.

El desgraciado, indignado por aquel ruego hipócrita, contestó con un
juramento indecente, y acto seguido sintióse levantado del suelo, en
posición horizontal, por ocho robustos brazos.

Un rugido horrible, espeluznante, retumbó en la sala.

Los pies del padre Corsi acababan de descansar sobre aquel montón de
fuego. Intentó el infeliz contraer las piernas para escapar de aquel
tormento, pero uno de los cuatro sayones se las sujetaba con hercúlea
fuerza, haciendo que los pies quedasen inertes sobre el brasero.

Rugía el infeliz con voz que no parecía humana y se agitaba en agónicas
convulsiones entre aquellos brazos que le tenían agarrotado.

El fúnebre silencio que reinaba en aquella sala era turbado por los
mugidos de dolor que exhalaba el sentenciado, víctima de los más
horribles dolores.

Chisporroteaba el fuego con más fuerza que antes, y un humo espeso, de
olor grasiento y nauseabundo, esparcíase por la sala.

Los pies del padre Corsi se carbonizaban envueltos en las ardientes
brasas. Era imposible resistir más y el jesuíta iba a desmayarse.

--¡Misericordia, asesinos!--dijo con vez débil--. ¡Tened piedad de mí!

--Hablad--contestó el general, que seguía tan frío como de costumbre
ante aquel horrible espectáculo--. Decid lo que os preguntamos.

El reo hizo una señal afirmativa, y los cuatro hermanos le retiraron del
tormento y lo pusieron en posición horizontal, aunque sosteniéndole para
que no tocase el suelo, pues sus pies eran dos informes muñones,
chamuscados y sangrientos, que esparcían un hedor insoportable.

--Padre secretario, escribid--dijo el general--, que el padre Corsi va a
revelaros quién era su cómplice. ¿Era el padre Claudio?

El infeliz mutilado, en medio de su cruel situación, aún intentó
resistir; pera la vista del brasero, la terrible mirada del general y
aquel dolor horrible que le producía espeluznantes convulsiones, dieron
al traste con su valor que renacía, y en voz baja, como si se
avergonzara de su debilidad, contestó:

--Sí; era el padre Claudio.

Aun le hizo el general numerosas preguntas sobre el fin que perseguían
con sus maquinaciones, contestando el padre Corsi con desmayados
monosílabos.

Cuando quedó claro y palpable que el padre Claudio, por medio de su
amigo Corsi, había intentado escalar la suprema autoridad de la Compañía
envenenando al general, éste se dió por satisfecho.

--Terminado el juicio, padres míos--dijo a los demás jueces--, el acta
en que se consigna cuanto aquí ha ocurrido, una vez escrita con arreglo
a nuestra clave secreta, quedará en el archivo secreto de la Compañía.
Ahora sólo falta que se cumpla la sentencia.

--Hermanos--continuó, dirigiéndose a los cuatro legos--, conducid al
padre Corsi a su última morada.

El infeliz, desalentado y poseído ya del vértigo que le producían su
horrible situación y sus heridas, apenas se sintió conducido por los
brazos de aquellos hombres.

Abrióse una pequeña puerta en un extremo de la subterránea sala y el
fúnebre grupo bajó unos cuantos escalones, dejando al sentenciado sobre
el húmedo suelo.

La impresión de frescura que aquellas losas produjeron en los abrasados
pies del padre Corsi, le reanimaron momentáneamente haciéndole abrir los
ojos.

Una densa obscuridad le envolvía. La puerta del calabozo acababa de
cerrarse con gran ruido de hierros, y allá arriba sonaban los pasos de
los jueces al retirarse.

El padre Corsi lloró en aquel supremo instante como un niño.

¡Ya había muerto! Los hombres le abandonaban para siempre, y aquel resto
de vida que le dejaban, era para que gustase todas las amarguras
horripilantes de la tumba.

       *       *       *       *       *

El sacerdote "Dom" Vicenzo Novelli decía en su carta al padre Claudio
que no sabía ciertamente del modo como su amigo Corsi había salido de
aquel "im pace".

En las primeras horas de la madrugada, un hombre desconocido y de
atlética figura había llamado a la puerta de su casa y apenas entró en
ella, dejó sobre una silla al padre Corsi, que estaba en un estado
deplorable.

El desdichado jesuíta, a fuerza de cuidados, aún vivió dos días, y
aprovechando los momentos en que sus dolores no le privaban del
conocimiento, relató a su amigo el sacerdote romano cuanto le había
ocurrido en el subterráneo del "Gesù", encargándole encarecidamente que
pusiera todo el suceso en conocimiento del padre Claudio, para que éste,
una vez advertido, pudiera librarse de la venganza del General, que iba
a caer sobre él.

En cuanto a su evasión del "im pace", el padre Corsi guardó un profundo
silencio. Había jurado al que le salvó sacándole de allí, guardar el
secreto, pues de lo contrario podía ser víctima de la venganza
jesuítica.

Nada cierto sabía "Dom" Vicenzo, pero por algunas palabras que se le
escaparon a su amigo, tenía la sospecha de que el misterioso salvador
que en la misma noche del suplicio le había sacado del calabozo, era el
cocinero, que después de delatarlo al General se había arrepentido de su
vileza y había procurado borrarla, librando a su víctima de la muerte.
Cuando el padre Corsi mostraba tanto empeño en ocultar el nombre de su
salvador, era porque éste dependía del General y podría ser víctima de
una venganza.

El sacerdote romano terminaba su carta, manifestando que nunca más
volvería a relatar a nadie la historia de aquel infeliz amigo que había
muerto en su casa, víctima de espantosas quemaduras.

No quería que el General de los jesuítas supiera que él era depositario
de su secreto y que había recibido en casa a su mutilado enemigo.

"Conozco demasiado--decía--el poder de la Compañía y la facilidad y
prontitud con que sabe librarse de aquellos que le estorban. A pesar de
que no os conozco, reverendo padre, siento hacia vos una viva lástima.
Sé quién es el padre General y hasta dónde llega su carácter iracundo y
vengativo. Si queréis seguir el consejo de un hombre anciano y
experimentado, creedme; apenas leáis esta carta salid de la Compañía y
poneos en salvo. El rayo de Roma no tardará en caer sobre vuestra
cabeza."



XI

Humillación.


El padre Claudio, después de leer la carta varias veces, cayó en un
estado de profundo desaliento.

Era tan terrible aquella noticia y llegaba tan inesperadamente que al
audaz jesuíta le faltaba el valor indomable que había demostrado en
otras ocasiones.

Su situación acababa de ser despejada de un modo terrible. Los altos
poderes de la Compañía tenían ya certeza de su traición y no tardaría en
sufrir él una muerte igual a la del padre Corsi.

No había que esperar misericordia. El, que conocía como nadie de lo que
era capaz el Gobierno de la Orden, comprendía la certeza de aquellos
consejos que le daba el sacerdote Novelli en su carta, y pensaba que lo
más acertado era huir y substraerse a la venganza de la Compañía, ya que
todavía era tiempo.

¡Huir!... conforme con ello; pero ¿dónde dirigirse? ¿Qué hacer, viejo ya
y abandonado de todos?

Y mientras pensaba en lo difícil e incierto de su situación, el padre
Claudio murmuraba con estúpida terquedad:

--¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido!

Así permaneció más de una hora, hasta que por fin una sonrisa iluminó su
rostro, y levantó la frente, antes abatida, con expresión de triunfo.

Tenía adoptada su resolución. No huiría, pues huir era para un hombre
como él, cien veces peor que la más horrible muerte. El campeón de la
Compañía que se había distinguido siempre por su valor moral a toda
prueba, no podía escapar como un cobarde al saber que su perdición
estaba decretada en Roma. Combatiría, ya que éste parecía ser su
destino, y a pie firme, sin salirse de la Orden, esperaría los ataques
de sus enemigos, seguro de que éstos tendrían que bregar mucho antes de
derribarle.

Además había reflexionado mucho sobre su situación y no la encontraba
desesperada. Era amigo de la reina y de los principales políticos,
poseía secretos que le hacían muy respetable para el Gobierno, y cuando
se viera perdido dentro de la Compañía, con salirse de ella ya estaba
libre, pues la venganza de Roma no iría a buscarle en el seno de la
sociedad civil, donde contaba con buenos amigos.

Tenía, pues, la retirada cubierta y mientras tanto podía desesperar a
sus enemigos, desafiándolos con su insolente permanencia en la Compañía,
sin negar las maquinaciones que había organizado en combinación con el
padre Corsi.

Aquella resolución audaz, hizo recobrar al padre Claudio su antiguo
valor, y sintió impaciencia por demostrar a sus enemigos de Roma que no
los temía y que tampoco ignoraba sus intenciones respecto a él.

El padre Tomás, aquel jesuíta solapado que sobornaba a su secretario e
iba poco a poco labrando su perdición, era el representante de sus
enemigos, y contra él se propuso romper las hostilidades.

Quería ser el primero en atacar, para que en Roma se convencieran una
vez más de su valor.

Tan seguro estaba el padre Claudio de su poder, que se permitía risueñas
ilusiones.

No; sus enemigos no se atreverían a intentar nada contra él. El General
había osado acabar con el padre Corsi, porque éste era un jesuíta de
escasa importancia, y además lo tenía en el "Gesù" al alcance de su
mano; pero tratándose de todo un padre Claudio, consejero privado de
personas reales, sostenedor de gobiernos, y además residente en España
lejos del Gobierno central de la Compañía, sus enemigos de Roma ya se
cuidarían de intentar hostilidad alguna y lo respetarían, aunque en
adelante lo tratasen con frialdad.

El era inviolable; para esto había trabajado tantos años en favor de los
intereses de la Orden.

Animado por tales ideas, el padre Claudio, después de ocultar
cuidadosamente la fúnebre carta en un bolsillo interior de su sotana,
salió del gabinete y se dirigió a su despacho.

El padre Antonio escribía como siempre en su gran mesa, y el italiano
seguía inmóvil en su asiento mostrando su rostro impasible, cuyos ojos
de buho triste parecían no fijarse en nada, y lo veían todo.

La presencia de aquel espía de Roma, indignó al padre Claudio. Hasta
poco antes había podido sufrir, aunque con bastante impaciencia, la
intimidad de aquel hombre que tan descaradamente le vigilaba; pero ahora
al verle, el recuerdo del padre Corsi, martirizado y muerto por ser
amigo suyo, surgía en su imaginación y sentíase acometido de furor
contra aquel espía que representaba a los sacrificadores.

El padre Claudio era poco susceptible de impresionarse por la suerte de
ningún amigo, pero el suplicio de Corsi le hería de un modo más íntimo,
pues sublevaba su orgullo. El hubiera deseado que por el hecho de ser el
reo amigo suyo, el General no se hubiese atrevido a llevar tan lejos su
venganza, y al pensar en el martirio de Corsi le parecía que era él
mismo quien había sido chamuscado en el brasero del subterráneo del
"Gesù".

No se sentó el padre Claudio, al entrar en su despacho, y sin cuidarse
de ocultar su sorda irritación, paseó varias veces por entre aquellos
dos hombres silenciosos que seguían indiferentes y con los ojos bajos,
como si nadie hubiese entrado en la habitación.

El enfurecido jesuíta dió algunos bufidos como para desahogar su pecho
oprimido por la rabia, y al fin, plantándose frente al padre Tomás, le
dijo con acento reconcentrado:

--Oiga usted. ¿Sabe usted bien quién soy yo?

Levantó el rostro el italiano sin que en él se mostrase la menor emoción
por tan extraña pregunta.

--Creo que sí, reverendo padre--contestó con su eterna calma--. El
nombre del padre Claudio es conocido allá donde se encuentre a un hijo
de San Ignacio, pues todos saben los grandes servicios que ha prestado a
la Compañía.

--Así es, señor italiano. Todos saben lo que yo valgo y merezco, todos
menos esa gente de Roma que le ha enviado a usted aquí.

Se coloró la desmayada faz del padre Tomás, pero no pasó de aquí la
emoción ni intentó contestar, pues la regla de la Compañía le impedía
toda respuesta si su superior no le preguntaba.

--Oiga usted bien, padre Tomás, oiga lo que soy, para que me conozca
perfectamente y pueda decir a esos que le envían el respeto que merezco.
Cuando yo ingresé en la Compañía, en Roma, tenía quince años y su
situación no podía ser más deplorable. Las ideas revolucionarias del
pasado siglo habían barrido al jesuitismo de todas las naciones. La
Orden estaba casi en la agonía por culpa de toda esa cáfia de filósofos
que tanto escribieron en el siglo XVIII contra nosotros. Nos habían
arrojado de España, Portugal, Francia, de casi toda América; en una
palabra, de todos los sitios donde nos convenía estar. La Compañía
estaba reducida a Roma, donde vivía a la sombra del papado como un
arbolillo mustio y enfermizo. Al morir la revolución con su último
propagandista, el tirano Bonaparte y al restablecerse en España el
absolutismo, Fernando VII nos abrió las puertas de esta nación y yo vine
aquí con unos cuantos viejos imbéciles que procedían de la expulsión
verificada en el siglo anterior por Carlos III. ¡Bien hubiese marchado
la Compañía a estar encargados los tales vejetes de su dirección! Por
fortuna se me hizo justicia, y aunque yo era entonces un mozuelo, fuí
puesto al frente de la Compañía de Jesús, en España. Soy modesto y no
quiero entonar mis propias alabanzas, que por más que parezcan
exageradas, serán siempre merecidas. Pero tengo que hacer constar que
fuí el peor enemigo que la revolución podía haber encontrado. Fomenté
como nadie los sentimientos realistas y fanáticos del pueblo español;
organicé las terribles persecuciones que sufrieron los realistas, en el
trienio constitucional del 20; la revolución pacífica y progresiva no
pudo desarrollarse porque yo lo impedí fomentando algaradas y motines a
diario; yo dí el primer impulso a la guerra carlista, y cuando comprendí
que el pretendiente no podía triunfar salvé a tiempo los intereses de la
Compañía volviendo al lado de la reina Isabel, para evitar que ésta
fuese dirigida por los progresistas; nuestra Orden ha crecido y sido
omnipotente en España más que en otra nación; hoy manda en este país
como pueda mandar en el "Gesù" de Roma, y todo gracias a mí, que no he
descansado nunca ni sé lo que es gozar de la vida; que he expuesto mil
veces mi existencia en los períodos de agitación; que formando la
asociación de "El Angel Exterminador", atraje sobre mi cabeza las
venganzas de numerosas familias afligidas por nuestras persecuciones, y
que con tal de mantener el prestigio de la Orden he desempeñado el más
vil de los papeles, el de alcahuete regio, ofreciendo mujeres a Fernando
VII y presentando hombres a su augusta hija. Ahora bien, padre Tomás,
¿qué le parece a usted todo esto? El que ha arraigado de nuevo la Orden
en España, de un modo que la revolución tendrá que bregar mucho para
derribarla, ¿no merece que le respeten esas gentes de Roma que están
allá muy tranquilas gozando de ese poderío que nosotros les conquistamos
aquí a costa de grandes esfuerzos?

El padre Tomás hizo un gesto de ambigua adhesión; pero el padre Claudio
estaba demasiado exaltado para fijarse en la frialdad del italiano.

--Y no quedan reducidos sólo a esto mis trabajos--continuó--: ahí está
mi secretario y eterno compañero, el padre Antonio, y allá en Roma está
el registro central de la Compañía, para atestiguar lo que yo he
trabajado con el objeto de arraigar el poderío de nuestra Orden en todas
las conciencias. Gracias a mí, se han fundado numerosos colegios donde
la juventud más distinguida se educa tal como queremos; la aristocracia
española está por completo a la voluntad de cuanto se piensa en este
despacho, y a las arcas de Roma he enviado yo cuarenta millones de
pesetas; esto sin contar ocho más que acabo de conquistar. Grande es
nuestra asociación; no hay punto del globo donde no tengamos
representantes; pero a pesar de ser tantos los jesuítas, de seguro que
no saldrá uno solo que pueda alegar más méritos que yo. ¿Es verdad o no
esto que digo, padre Tomás?

Y esta vez se plantó ante el italiano y le miró fijamente con expresión
iracunda, esperando su contestación.

--Así es, reverendo padre--dijo con su calma que contrastaba con el
furor reconcentrado del padre Claudio--. Ya he dicho antes a vuestra
reverencia que en todas partes donde hay jesuítas se le respeta en lo
que vale.

--En todas partes menos en Roma; y si no vamos a cuentas. ¿A qué ha
venido usted a Madrid?

--Yo no he venido por mi propia voluntad. He cumplido un voto que hice
al entrar en la Compañía; el voto de obediencia. Me han ordenado mis
superiores que viniese aquí y he obedecido.

El italiano dijo estas palabras con tanta modestia y sencillez, que el
padre Claudio quedó desconcertado. No podía seguir atacando en tal
terreno al italiano, pues éste le opondría sus votos.

Mudó de táctica y dijo al padre Tomás, como si olvidara lo anteriormente
expuesto:

--No quiero investigar los motivos que le han traído a usted a Madrid.
Lo que le digo a usted es que no conviene a los intereses de la Orden
que permanezca aquí inactivo y ocioso, dando un mal ejemplo a los demás
padres, que se afanan y trabajan en bien de la Compañía de Jesús.

--Reverendo padre; si no hago nada aquí, es porque vuestra reverencia no
me da ocupación.

--Trabajará usted y muy pronto. No se quejará usted en adelante de que
lo olvido. Mañana mismo saldrá usted para nuestra casa de Valencia.

--Eso es imposible, reverendo padre.

--¡Imposible!... Quisiera saber por qué. Usted ha prestado voto de
obediencia y debe acatar las órdenes de los superiores.

El padre Claudio, movido por la indignación, hablaba con una expresión
furiosa que contrastaba con la frialdad del italiano.

--Yo siempre obedezco a mis superiores--dijo el padre Tomás--, y por
esto mismo permanezco aquí, cumpliendo las órdenes del padre General,
que es el único que me puede mandar. Vuestra reverencia olvida sin duda
que yo soy padre de alto grado y que no estando inscrito entre los
individuos de la Compañía que prestan sus servicios en España, sólo a
la autoridad de Roma debo obedecer y seguir las órdenes que me dicte el
padre General. Vuestra reverencia no tiene en esta ocasión ningún poder
sobre mi humilde persona. El General me ha enviado aquí y aquí me quedo.

El padre Claudio quedó aturdido ante la fría firmeza con que el jesuíta
decía estas palabras.

Pero pronto se repuso de su sorpresa. Hacía cuarenta años que estaba
acostumbrado a que la Compañía en España se pusiera en movimiento al más
leve de sus gestos; nunca hombre alguno vestido con la sotana jesuítica
había intentado desobedecerle y el ejemplo de aquel italiano, que osaba
rebelársele, le produjo una irritación sin límites.

Su abotargado rostro cubrióse de mortal palidez, chispearon sus ojos,
sus labios temblaron con el "tic" nervioso del furor y se sintió próximo
a enloquecer por la afrenta que intentaban hacerle, ante aquel
secretario que en su juventud consideraba a su maestro como un semidiós.

¡Poder de la indignación! Hasta le pareció al jesuíta que el padre
Antonio, sin levantar la cabeza de los papeles, sonreía maliciosamente,
gozando mucho en presencia de aquella humillación que sufría su soberbio
superior.

Había que confundir al insolente italiano, y encarándose con él, le dijo
sordamente:

--¡Basta ya de farsas y de fingimientos, señor italiano! Su presencia
aquí me es odiosa... ¿Lo quiere usted más claro? Mañana mismo saldrá
usted de Madrid, pues me estorba y me irrita ese espionaje de que
continuamente soy objeto. Cuando yo era joven, fingía tan bien como
cualquiera otro, pero ahora que soy viejo y célebre, y tengo, por tanto,
derecho a que me respeten, no quiero mentir y doy a las cosas su
verdadero nombre. Sé que usted es un espía del General y conozco tan
bien como usted lo que ha ocurrido en Roma y cuál ha sido la suerte del
padre Corsi, pobre amigo mío, sacrificado por el espíritu de venganza
que allá sienten contra mí. No quiero tener a mi lado a uno de los
asesinos de mi amigo Corsi. ¿Está usted enterado? Márchese cuanto antes
y dé gracias porque yo soy ahora un viejo, que de lo contrario, no
guardaría usted buenos recuerdos de su espionaje.

Y el viejo jesuíta, tembloroso por el furor, pálido, rugiente y
magnífico en su indignación, señalaba la puerta con ademán imperativo,
indicando al italiano que saliera cuanto antes.

El padre Tomás permanecía en su actitud impasible, con la mirada fija en
el superior, y gozando internamente al ver su extremada irritación.

--¡Márchese usted!--gritaba el padre Claudio--. ¡Que no le vea a usted
más!

--Me iré cuando me lo mande el General.

--Aquí no hay más General ni más voluntad que la mía. Le arrojo a usted
de aquí y puede marcharse al infierno si quiere. Hoy mismo daré órdenes
para que no le admitan en la casa residencia, y que pongan en medio del
arroyo todo su equipaje. Y ahora salga usted inmediatamente de este
despacho o de lo contrario llamaré a los criados para que le arrojen.

El italiano no se inmutaba con aquellas amenazas. Continuaba impasible,
y se limitó a decir con su eterna frialdad:

--Eso que hace vuestra reverencia es un verdadero golpe de Estado. Es
desconocer la autoridad del General, es rebelarse contra la autoridad
suprema de la Compañía, y caer de lleno en el artículo primero del
título IV de nuestro reglamento secreto. ¿Conoce usted el artículo?

--Sí; le conozco. Valiéndose de él dieron muerte a mi amigo Corsi. ¿Aún
te atreves a recordarlo, esbirro del demonio?... Yo soy el padre
Claudio, el restaurador de la Compañía en España, y cuando se me falta
al respeto y a la obediencia que merezco, paso por encima del General,
del reglamento secreto y de cuanto se me ponga por delante. ¡A la calle,
italiano! ¡A la calle!

--Piense vuestra reverencia en lo que hace.

--¡Qué pesadez! ¡Y que no tenga yo puños suficientes para poner en la
puerta a este miserable espía!

Y se abalanzó al cordón de la campanilla para llamar a los criados.

--Un momento--dijo el padre Tomás levantándose de su silla, mientras que
el iracundo jesuíta se detenía al ver este movimiento de su enemigo--.
Puesto que usted, padre Claudio, se empeña en expulsarme y falta a las
reglas de la Compañía, despreciando al General y pronunciando frases
ofensivas al espíritu de la Orden, ha llegado el momento de que se
aclare la situación. Lea usted.

Y el italiano, hasta entonces humilde y rastrero, se irguió con altanera
friadad, e introduciendo su diestra en el bolsillo de la sotana, sacó
un papel doblado que entregó al padre Claudio.

Apenas éste pasó sus ojos por él, sintió un escalofrío de terror. Estaba
escrito el papel en la misteriosa taquigrafía que los jesuítas emplean
en sus comunicaciones secretas y que sólo conocen los padres iniciados
en el alto grado, y al pie del documento figuraba el garabato que era la
firma simbólica del General.

El documento no podía ser más auténtico, y el padre Claudio, habituado a
leer durante muchos años tal clase de comunicaciones, la descifró de
corrido. Su contenido no podía ser más fatal.

La autoridad suprema le ordenaba, bajo la pena de pasar como traidor a
la Compañía, en caso de desobediencia, que inmediatamente que leyese
aquella comunicación se pusiera bajo las órdenes del padre Tomás
Ferrari, que en adelante sería el vicario general de la sociedad de
Jesús en España.

El viejo jesuíta se estremeció desde la cabeza a los pies, parecióle que
la habitación entera se desplomaba sobre él, y hubo de apoyarse en la
mesa para no caer.

Verse despojado en la vejez de la autoridad que había ejercido toda su
vida; contemplarse súbdito de un desconocido, él, que estaba habituado,
desde su juventud, al mando absoluto, era un golpe tan terrible, que le
faltó poco para llorar.

Encontró, sin embargo, en su debilidad fuerza para reponerse, y ya que
se consideraba caído, quiso al menos acabar con dignidad y que sus
enemigos no se gozaran en su dolor.

Serenóse y se dispuso a contestar. La resistencia era inútil, pues
conocía la especial organización de la Orden en que la autoridad lo es
todo, y el afecto nada, y sabía que sus mayores protegidos se
revolverían contra él a la menor indicación del General, estando, como
estaba, despojado del poder.

Inclinóse ante su nuevo amo, y devolviéndole el papel, dijo al padre
Tomás con acento humilde:

--Espero las órdenes de vuestra reverencia.

El padre Antonio, mudo espectador de aquella escena, había dejado de
escribir, pero seguía con la cabeza baja, muy atento a todo cuanto
ocurría. No se notaba en él la menor señal de extrañeza. Sin duda el
secretario sabía con anticipación cuanto iba a ocurrir, y conocía antes
que el padre Claudio aquella orden del General.

No se impresionaba gran cosa por aquel cambio de situación tan rápido.
Cambiaba de amo en apariencia, pero siempre seguía unido a aquella
Compañía, a la que amaba con el fiero cariño del lobezno a la loba.
Además no dejaba de hacerle gracia la caída estrepitosa de su antiguo
amo, que tan soberbio y déspota se mostraba. Aquello le hacía admirar
aún más a la igualitaria Compañía que encumbra o arruina a los
individuos con igual indiferencia, sin consideración de ninguna clase y
como si se tratara de autómatas y no de hombres. Acariciaba la esperanza
de que si el padre Claudio bajaba ahora, algún día le tocaría a él el
turno de subir.

El jesuíta italiano contempló algunos instantes a su rival humillado, y
después dijo con lentitud majestuosa:

--Padre Claudio, mis órdenes son que usted, de esa puerta para afuera,
siga figurando como director de la Orden en España. Conviene por ahora a
nuestros intereses que aparentemente continúe la misma situación. Pero
aquí, dentro de este despacho, se restablecerá la verdad, y usted será
sencillamente mi amanuense, estando para todos los asuntos de oficina a
las órdenes del padre Antonio, que seguirá desempeñando el cargo de
secretario. Ya conoce usted mis órdenes.

El padre Claudio temblaba y hacía esfuerzos para no llorar de rabia.
¡Oh! Aquello era demasiado fuerte para sufrirlo con calma. La
humillación iba más allá de lo que él había podido imaginarse.

Si después de su caída le hubiesen castigado colocándolo de portero en
la casa residencia, obligándole a barrer la cocina o a desempeñar los
más bajos servicios, al menos su ruina hubiese tenido cierta grandeza. A
los que le habían conocido poderoso y omnipotente, les hubiera inspirado
una respetuosa y tierna simpatía, semejante a la que se siente ante
Napoleón, hambriento y enfermizo, remendándose su uniforme en Santa
Elena; pero obligarle a fingir en público una autoridad que no tenía, y
dentro de aquel despacho ser el escribiente de su antiguo secretario,
era privarle del amargo placer de una caída estrepitosa y envolverle en
la humillación de una ruina secreta sin grandeza alguna.

En su porvenir había algo del suplicio de Tántalo. Viviría en adelante
allí, corroído por la envidia, contemplando de cerca y a todas horas el
poder que había perdido y que jamás volvería a recobrar.

La voz del nuevo superior le sacó de sus negras reflexiones:

--Padre Claudio, comience a ejercer sus nuevas funciones. Siéntese
usted, y prepárese a escribir.

El viejo obedeció con la pasividad de un autómata. Su obesidad no le
permitía estar inclinado mucho tiempo y sufría al doblarse sobre el
borde de aquella antigua mesa, frente al secretario, que seguía
papeleando, impasible, como si realmente fuese un escribiente obscuro su
nuevo compañero de trabajo.

Tomó la pluma el padre Claudio y esperó.

--Va usted a escribir--dijo el superior--una comunicación a Roma,
anunciando al General que el hermano Ricardo Baselga ha cedido a la
Compañía toda su fortuna. Ponga usted la comunicación de modo que sea yo
quien lo firme.

Luego continuó, dirigiéndose al secretario:

--Padre Antonio, saque usted la escritura de cesión de bienes que firmó
el hermano Baselga. La enviaremos a Roma junto con la comunicación, para
que la guarden en el archivo central. Allí estará más seguro el
documento.

El padre Claudio creía soñar, y cuando vió que el secretario sacaba el
citado documento de un cajón de la mesa, no pudo reprimir una
exclamación.

Todo lo comprendía. Días antes había entregado al padre Antonio aquel
documento para que lo enviase a Roma, con una comunicación en que se
marcaran los grandes trabajos que había tenido que hacer el padre
Claudio para alcanzar tal triunfo. El secretario le había hecho
traición, guardándose el documento para no darle curso. Estaba, sin
duda, en combinación con el italiano desde mucho antes, y ahora, al
remitir la escritura a Roma, el padre Tomás se atribuía un servicio de
gran importancia para la Orden, y aparecía como autor del negocio, que
él había preparado tan cuidadosamente a costa de mucho tiempo y no menos
paciencia.

Aquello fué el golpe de gracia para el humillado viejo.

No podía ya con el peso de tanto infortunio, y aquel hombre para quien
la debilidad había sido siempre desconocida, al pensar que había estado
trabajando tantos años en el interior de la familia Baselga para que un
advenedizo gozase el fruto de sus fatigas y se cubriera de gloria en
Roma, sintió que una oleada ardiente subía de su pecho a la cabeza
oprimiéndole la garganta.

Sollozó con fuerza el viejo, y sus lágrimas cayeron sobre el papel sin
que cuidara ya de ocultarlas.

El padre Tomás, de pie junto a la mesa, sonreía diabólicamente, y hasta
el secretario esta vez creyó del caso el levantar la cabeza y hacer un
gesto de admiración.

¡Lloraba el terrible jesuíta! Bien valía la pena aquel espectáculo.



XII

La última misa.


Nadie se apercibió de aquel golpe de Estado, perpetrado en el mayor
secreto, como todos los actos que se llevan a cabo en el seno de la
Compañía.

Los padres jesuítas residentes en Madrid, siguieron considerando al
padre Claudio como el vicario general de la Orden en España, en vista de
que éste desempeñaba, como de costumbre, sus altas funciones.

El exterior macilento y el aire desalentado del padre Claudio no
llamaban la atención de nadie.

Se presentaba, como siempre, en público acompañado de su "socius", el
padre Tomás, y nadie, a la vista del aspecto encogido y humilde de éste,
hubiese sospechado que era el verdadero amo, y que cuando los dos se
encerraban en el despacho, el padre Claudio le servía de escribiente y
tenía que sufrir rudas reprimendas por su forma de letra, su lentitud en
escribir y aquel cansancio que a causa de la edad le acometía,
entorpeciendo su cabeza y sus miembros.

En la Compañía de Jesús no han sido nunca raros espectáculos de esta
clase. El padre Claudio sabía que muchísimas veces el que había
aparecido como director no era más que el criado del más humilde
jesuíta; pero esto no le hacía sufrir con paciencia tales humillaciones
y juzgaba insoportable por más tiempo la comedia que venía
representando.

No transcurría día sin que sufriera los más agudos tormentos morales.
Cada vez que algún inferior venía a consultarle, o que recibía las
muestras de cariño y respeto propias de su cargo, no podía evitar el
volverse con movimiento instintivo a su terrible "socius", que
contemplaba impasible aquella farsa por él ordenada.

El pensamiento del padre Claudio siempre era el mismo. ¡Cómo se reiría
el maldito al considerar la irrisoria autoridad de aquel que momentos
después le servía de amanuense! ¡Qué carcajadas sonarían en el interior
del padre Tomás al ver a su amanuense dar órdenes y amonestar a los
inferiores, fingiendo una autoridad que ya había huido de él para
siempre!

La eterna presencia del italiano, que ahora no le dejaba solo ni un
momento, era para el padre Claudio el peor de los tormentos, por lo
mismo que equivalía a una burla perpetua. Aquello era querer que hiciese
reír a sabiendas el mismo hombre cuyo fruncimiento de cejas aterrorizaba
algunos días antes.

Si iban por la calle, importantes personajes saludaban al padre Claudio
con todo el respeto rastrero que los políticos de oficio demuestran a
los que tienen el favor real. A veces, al ocurrir esto, el padre
Claudio, a pesar de su dolor, no podía evitar una sonrisa de amarga
ironía. El había derribado ministerios, creado personajes de la nada; el
mundo le tenía aún por muy poderoso y, sin embargo, la víspera, por
ejemplo, el padre Tomás, en su despacho, le había llamado canalla y
miserable por haber empezado tres veces la misma comunicación a causa de
su falta de pulso.

Si sus enemigos se habían propuesto castigarlo sometiéndolo a un
martirio lento e inacabable, sabían bien lo que se hacían, pues era
imposible tortura mayor que la que sufría.

Su punto vulnerable era el orgullo y éste era el sentimiento que más
sufría en aquella extraña situación.

Tan intensa era su tortura, que varias veces estuvo próximo a humillarse
a su verdugo, suplicándole que le castigara con mayor rudeza, pero que
le librara de aquella parodia de autoridad; mas un resto de orgullo le
contuvo y siguió sufriendo en silencio, procurando conservar en su caída
la mayor dignidad posible.

Una certidumbre cruel le agitaba en sus instantes de desaliento.

A pesar del desprecio con que le trataba el padre Tomás, obedeciendo sin
duda las órdenes que de Roma le llegaban, él no podía creer que parase
ahí la venganza del general.

Grande era la humillación que le hacían sufrir; pero un hombre como él,
a pesar de su mísero estado, todavía era temible y el general no debía
contentarse con saber que su rival había sido convertido en escribiente.

Aquella humillación la consideraba el padre Claudio como un refinamiento
de crueldad del verdugo antes de decidirse a sacrificar su víctima.

La misma mano que había aniquilado al padre Corsi no tardaría en caer
sobre él, inexorable y aplastante, acabando con su existencia.

Conocía él los procedimientos a que más afición mostraba la Compañía
para acabar con sus enemigos, y, seguro de que el puñal no lo esgrimían
los jesuítas en este siglo, procuraba guardarse de los venenos; de
aquella "aqua toffana" que la Compañía había hecho célebre.

Su apariencia de autoridad le hacía ser respetado por todos los
individuos de la Orden, y de aquí que pudiera vivir con relativa
tranquilidad, confiando en la adhesión del hermano cocinero, que
preparaba la comida de su reverencia por sus propias manos.

Por esta parte estaba seguro el padre Claudio de no ser víctima de un
envenenamiento; pero la actitud siempre reservada y fría del padre Tomás
le causaba verdadero miedo. Algo ideaba en silencio aquel terrible
enemigo, y el padre Claudio le acechaba, intentando adivinar sus
secretas ideas.

Así transcurrió algún tiempo, hasta que llegó el día en que la Compañía
acostumbraba a celebrar su fiesta anual en honor de la fundación de la
Sociedad de Jesús.

Revestía tal acto gran solemnidad. En dicho día la casa residencia,
siempre tan tétrica, animábase con una alegría reposada y meliflua, y
una de las fiestas más notables era la gran misa que se celebraba en la
iglesia perteneciente a la Compañía.

Era el superior de la Orden el encargado de oficiar en dicho acto, y el
padre Claudio, que por espacio de cuarenta años dijo la misa en tal día,
gozaba mucho en esto, pues podía apreciar cuán inmenso era su poder,
viendo reunidos en la iglesia todos los padres y novicios que estaban
por completo a sus órdenes.

Temía que el padre Tomás escogiese dicho día para humillarlo,
prohibiéndole que dijese la misa y demostrando de este modo que era
fingida la autoridad que aún ostentaba. Por eso su alegría fué grande
cuando el italiano le dijo en el despacho, la víspera de la fiesta, que
al día siguiente se encargase de celebrar la solemnidad acostumbrada.

A las nueve de la mañana estaba ya el padre Claudio en la sacristía de
la iglesia dejándose despojar, con sonrisa bonachona, de su hopalanda y
su bonete, por dos acólitos serviciales que se mostraban impresionados
ante aquel hombre que creían terriblemente poderoso.

Llegaban hasta allí, amortiguados por puertas y cortinajes, el sonido
del órgano y los cantos de los tiples en la cercana iglesia; y dentro de
la sacristía, el sacristán y sus ayudantes corrían de un lado a otro y
se afanaban por arreglar todos los preparativos de la misa.

Dos padres jesuítas charlaban sentados en un rincón, el uno vestido de
sotana y el otro con dalmática, mientras que un tercero, de pie junto a
la gran mesa de la sacristía, revestíase y se disponía a cubrirse con
otra capa de igual clase, extremadamente pesada por la calidad de la
tela y el grueso de los deslumbrantes bordados.

Eran los dos diáconos que habían de ayudar al padre Claudio en la misa
mayor.

El viejo jesuíta, instintivamente e impulsado por la fuerza de la
costumbre, miró a todos lados para ver si los preparativos estaban
corrientes.

Encima de la mesa y junto al grande y antiguo espejo con marco de oro,
ensuciado por las moscas y estrecho y largo hasta llegar al techo,
estaba en cuidadoso montón toda la ropa sagrada de la misa. El cáliz, de
oro fino, estaba a poca distancia, con su purificador, su patena y su
hostia, cubierto todo por el cuadrado de tela igual a la casulla, y ésta
acababa de ser tendida por el sacristán sobre la misma mesa,
deslumbrando con sus bordados que representaban varios atributos de la
Pasión de Cristo.

El padre Claudio, satisfecho de aquella inspección, se encaminó a una
fuentecilla que estaba junto a la puerta de entrada de la sacristía y
comenzó a lavarse las manos en aquel sonoro hilillo de agua. Estaba
aquel día de buen humor, pues la fiesta, que tan buenos recuerdos le
había dejado siempre, conseguía disipar por primera vez aquella terrible
tristeza que le había acometido desde su ruina.

Un jesuíta entró en la sacristía.

Era el padre Felipe, aquel robusto confesor de la baronesa de Carrillo,
que cada vez estaba más fornido y más imbécil.

--¡Hola, padre Felipe!--dijo el padre Claudio con la benevolencia que
desde su caída demostraba a todos los humildes--. ¿Cómo está la iglesia?

--¡Ah, reverendo padre! Presenta un golpe de vista encantador. Está en
ella lo más selecto de Madrid. Yo he conocido entre las señoras varias
damas de Palacio y más de treinta condesas y marquesas. Es una fiesta
que dará que hablar y demostrará que todo el mundo está con nosotros.

--¿Está también doña Fernanda, la baronesa?

--Sí; en primera fila la he visto; junto al presbiterio. Su hermana
Enriqueta no ha podido venir; la pobrecita cada vez se halla peor.

El padre Claudio había acabado mientras tanto de secarse las manos, y
mascullando una oración se dirigió a la mesa donde estaban las sagradas
vestiduras para comenzar a revestirse. Los dos acólitos pusiéronse a su
lado para ayudarle y el sacristán mayor, algo apartado, vigilaba con
mirada atenta aquella operación.

El padre Felipe fué a conversar con los otros dos jesuítas que estaban
sentados a un extremo de la sacristía, y el celebrante comenzó a
vestirse.

Cogió el amito, y después de besar la cruz bordada en su centro, púsose
el lienzo sobre la cabeza, y deslizándolo por la espalda hasta rodear el
cuello de su sotana, se ató sus cordones a la cintura, después de lo
cual vistióse el alba, signo de pureza, teniendo buen cuidado de
introducírsela por el brazo derecho.

Los acólitos daban vueltas en torno del sacerdote, agachándose, tirando
del alba para que cayese en pliegues naturales y procurando que no
estuviera en unos puntos más alta que en otros.

Iba a ceñirse el cordón que le presentaba el sacristán y que era el
recuerdo de la cuerda con que Jesús fué torturado en su Pasión, cuando,
fijando sus ojos en el gran espejo que delante tenía, vió cómo entraba
con su habitual cautela el padre Tomás.

La presencia de aquel hombre turbó la alegría del padre Claudio.
Mostrábase el italiano como siempre, sonriente y humilde; pero el viejo
creyó ver en él una expresión diabólica de gozo que no había notado en
los otros días.

El padre Tomás fingía admirablemente en público una subordinación
absoluta a aquel hombre que sólo era su escribiente.

--Reverendo padre--dijo acercándose al padre Claudio--; el templo está
hermosísimo. Pocas veces he visto una fiesta tan deslumbrante. Puede
usted estar orgulloso de oficiar ante un concurso de fieles tan
distinguidos. Crea que le envidio el papel que va a desempeñar.

--Eso mismo pienso yo, padre Tomás--dijo mezclándose oficiosamente en la
conversación el padre Felipe--. Vale la pena oficiar ante gente tan
notable.

Y el sencillote jesuíta, sin fijarse en que el padre Claudio estaba
murmurando las oraciones propias del acto de revestirse, púsose a
reseñar por sus nombres todas las damas distinguidas que estaban en la
iglesia y varias veces le distrajo con su charla.

Entró otro jesuíta, que era el padre Luis, el famoso orador sagrado
encargado de pronunciar el sermón en aquella festividad.

El orador, convencido de su valía y de su gloria, mostraba en su
conversación bastante petulancia, y trataba a todos con dulce
benevolencia y cierto aire protector.

No tenía prisa, pues aún tardaría el momento de subir al púlpito, pero
venía a ver cómo se revestía el padre Claudio, su maestro y protector
bondadoso, y a fumar un cigarrillo. El predicador no podía callarse, y
pegándose al padre Claudio, con la misma familiaridad que si estuviese
en su despacho, le anunciaba de antemano el éxito que iba a alcanzar con
el sermón, y recitaba por adelantado algunos de sus fragmentos, al mismo
tiempo que guiñaba un ojo o se interrumpía, diciendo:

--¡Eh, reverendo padre! ¿Qué le parece a usted este parrafito? ¡Cómo se
quedarán esas tortolitas místicas que vienen a escucharme! ¿Pues y este
parrafillo en que les doy de firme a los pícaros revolucionarios?

Mientras el predicador iba anticipando a entregas su sermón y el simple
padre Felipe le oía con aire de embobado, el padre Tomás abordaba en un
extremo de la habitación al atribulado sacristán, que, aturdido por
aquellos preparativos extraordinarios, iba de un punto a otro sin saber
qué hacerse.

--¡Qué, querido hermano! ¿Está ya todo corriente?

--Creo que sí, padre Tomás. ¡Si usted supiera cómo tengo la cabeza!...
Esto es cosa de volverse loco. Yo creo que está todo... a ver... El
altar mayor lo han encendido hace ya rato; el misal lo acaban de llevar
los muchachos; los dos ayudantes se han revestido ya; el reverendo
padre lo está haciendo ahora; ahí está el cáliz, ahora... ¿qué más puede
faltar?

El padre Tomás sonrió con cierta sorna:

--¿Y las vinajeras, desgraciado? ¿Y las vinajeras?

El sacristán hizo un movimiento de retroceso y se golpeó la frente con
las dos manos, con la misma expresión de desaliento del inventor que
descubre un defecto capital en la obra que creía perfecta.

--¡Virgen santísima!--balbuceó quedo, como si no quisiera que nadie se
enterara de su descuido--. Es verdad. ¡He olvidado las vinajeras! ¡Qué
descuido! Gracias, padre Tomás; muchas gracias. A no ser por usted,
hubiese cometido una majadería.

Y se abalanzó a un pequeño armario, de donde sacó unas vinajeras de rico
cristal tallado, montadas sobre un armazón de plata antigua
artísticamente labrada.

Llenó una en el hilillo de agua de la fuente; destapó después una gran
botella que estaba en el mismo armario, y vertió en la otra redomilla un
chorro de vino que se transparentaba con reflejos opalinos, y caída
produciendo un delicioso "glu-glu". Sacó de un cajón un lavamanos limpio
y cuidadosamente planchado, púsolo entre las vinajeras y fué a salir por
el obscuro pasadizo que desde la sacristía conducía al altar mayor.

El padre Tomás detuvo por la manga al azorado sacristán:

--¿Adónde va usted, hermano? Quédese aquí, donde es necesaria su
presencia, y así nadie reparará en su olvido. Yo me encargaré de llevar
las vinajeras al altar.

El sacristán, no sabiendo cómo agradecer al italiano su bondad, lanzóle
una tierna mirada, y el padre Tomás desapareció en el obscuro corredor
llevando las vinajeras.

Nadie se apercibió de aquello en la sacristía. Los dos ayudantes de la
misa y el otro jesuíta discutían en el extremo opuesto, de espaldas al
lugar donde habían hablado el italiano y el sacristán, y en cuanto al
padre Claudio, no había visto nada, ocupado como estaba en arreglarse la
pesada casulla y en escuchar al padre Luis, cada una de cuyas palabras
asombraba y enternecía al robusto padre Felipe.

Llegó el momento de comenzar la misa, y el celebrante y sus dos
ayudantes entraron uno tras otro en el obscuro pasadizo, precedidos del
sacristán y los acólitos. El padre Claudio, sujetando el cáliz con la
mano izquierda y apoyando en la tapa del mismo su derecha, iba rezando
oraciones.

El padre Felipe se quedó en la sacristía para acompañar al vivaracho
orador, que seguía fumando su cigarro y haciendo comentarios sobre el
efecto que iba a causar su sermón.

Aparecieron el celebrante y sus dos ayudantes al son de una marcha
triunfal que entonaba el órgano, y en la vasta nave conmovióse aquella
grey devota y aristocrática, que, sudando, cuchicheando a media voz y
agitando el abanico aguardaba con la misma curiosidad expectante que en
el Real las noches del début.

Comenzó la misa y los fieles se mostraron muy atentos a los cantos que
salían del coro, reconociendo interiormente que los jesuítas sabían
hacer las cosas muy bien y que aquella capilla de música era de lo más
notable que podía oírse en Madrid.

El sagrado simulacro del drama en que Jesús fué protagonista deslizóse
sin incidente alguno hasta que llegó el momento del sermón.

Los tres oficiantes sentáronse en ricos sillones, e inmediatamente la
música rompió a tocar una graciosa marcha, que hacía mover
instintivamente los lindos pies a la mayor parte de las aristocráticas
damas que ocupaban la nave.

Era la señal de que el predicador iba a salir, y no tardó en aparecer en
el altar mayor el padre Luis, con roquete de deslumbrante blancura,
graciosamente rizado y encañonado.

Avanzó el orador con el aspecto meditabundo y teatral, propio de esos
retratos en que se representa a los grandes artistas en el momento de
recibir la inspiración; se arrodilló a los pies del padre Claudio para
que lo bendijese, e inmediatamente desapareció precedido de acólitos y
sacristanes, para surgir al poco rato sobre el púlpito, siempre al son
de la misma musiquilla.

El público no había cesado de moverse. Las señoras se acomodaban en sus
asientos para oír mejor, los hombres se agolpaban en los puntos de la
iglesia que tenían condiciones acústicas favorables, y todos se
preparaban a gozar con la palabra divina de aquel jesuíta, a quien los
periódicos del gremio llamaban el San Bernardo de la época.

Cesó la música, y el orador, después de algunas actitudes teatrales que
tenían por objeto poner de relieve el perfil de su cabeza artística,
comenzó a hablar.

Bien conocía el padre Luis su público, y no se equivocaba al anunciar
que tendría un éxito. Su sermón hizo delirar de entusiasmo, durante una
hora, a todos los oyentes, que por poco no aplaudieron la mayor parte de
sus pasajes.

La oración se circunscribió a la festividad que se conmemoraba; pero
sólo el padre Luis era capaz de sacar tanto jugo al tema. Habló,
haciendo párrafos inmensos que redondeaba con atropelladas imágenes, tan
ruidosas, esplendentes y vacías como los cohetes voladores que
deslumbran durante un instante y se remontan para caer después
chamuscados e inertes.

Los oyentes sacaban de todo el discurso la lógica consecuencia de que
San Ignacio había sido el hombre más eminente del mundo, y la Compañía
de Jesús la institución más benéfica y útil a la humanidad que habían
podido soñar los hombres.

San Ignacio, como santo, era el que seguía a Jesús en la corte
celestial, y aún hacía el orador ciertas reservas y apartes que daban a
entender su convencimiento íntimo de que con el tiempo, el de Loyola
podía muy bien ocupar el puesto de Dios hijo. Como hombre, el fundador
de la Compañía de Jesús, era según el orador, el cerebro más potente, el
sabio más asombroso que había surgido en la humanidad desde que existía
el mundo. A su lado, desde Aristóteles y Arquímedes hasta Franklin y el
contemporáneo Edisson, todos los sabios resultaban niños de teta, y no
había uno que pudiera compararse con el que había ideado la negra
milicia de Jesús.

Y después de la apología del santo, del relato de sus aventuras místicas
y de sus locuras de caballero andante, ¡qué pintura tan conmovedora de
la fundación y vicisitudes de la Compañía! La comunión de Montmartre,
aquella mañana en que Ignacio, tan desconocido como sus humildes
compañeros, de rodillas en la cima del monte que domina a París, juraban
ante la Virgen constituir la sociedad de Jesús; el rápido crecimiento de
la Orden; los grandes servicios que prestó aconsejando a los reyes de
Francia el degüello de la noche de San Bartolomé y a los de España que
favoreciesen la Inquisición, para que ésta quemase muchos herejes; la
paternal autoridad de los jesuítas en América, que convertían el
Paraguay en un paraíso; la ruda campaña de los filósofos enciclopedistas
contra la Compañía; la ceguera de ciertos monarcas al expulsar a los
hijos de Loyola de sus dominios; la resurrección vigorosa y esplendente
de la Orden a principios de siglo y su brillante situación actual, todo
surgía admirablemente descrito en aquel discurso, envuelto en dorada
vestidura de arrebatadoras imágenes y matizado con inflexiones de voz y
ademanes elegantes, que conmovían hasta en lo más recóndito las entrañas
de aquellas devotas.

Luego vino la parte de actualidad que aun resultaba más agradable para
aquel concurso privilegiado. ¡Oh! El infierno iba suelto por el mundo;
el diablo hacía de las suyas; la revolución surgía, amenazando destruir
todo lo existente; pero no había que temer mientras la Compañía de Jesús
permaneciese en pie. La milicia de Cristo sería el baluarte donde se
estrellarían todas las impiedades del siglo, pero para que el éxito
fuese completo, había que ayudar a la Orden en su resistencia. Y el
orador, dando esto por sentado, excitaba a aquel auditorio rico y
poderoso con frases indirectas, cuyo verdadero significado era:
Odebecednos, servidnos como instrumentos, y no nos escaseéis vuestro
dinero, que todo será para la mayor gloria de Dios y para evitar que el
pueblo, despertándose, reconozca la farsa y acabe con vosotros.

El auditorio iba ascendiendo rápidamente la escala del entusiasmo, y con
los ojos fijos en el orador y la expresión de anhelante curiosidad, le
seguía en la carrera de su discurso, accidentada, pero siempre florida.

En cuanto a los jesuítas que ocupaban el presbiterio, formando un
apretado haz de negras sotanas, no le oían con tan extremada expresión
de entusiasmo, pero tenían en sus labios una angelical sonrisa y
acariciaban con su mirada al compañero, que tan hábil era para conmover
a aquella clase que el padre Claudio, en la intimidad y en sus momentos
de buen humor, llamaba siempre "papanatas aristócratas".

El viejo jesuíta, ocupando con su desbordada obesidad todo el gran
sillón, y muy molestado por el peso de aquella rica casulla que le hacía
sudar, escuchaba el sermón con cierta complacencia. Todas las frases del
orador le resultaban lugares comunes sin ningún interés, pero le
complacía el considerar que aquel hombre admirable era su discípulo, y
que algunas de las palabras que más efecto causaban las había aprendido
el predicador de su antiguo maestro.

Aquel sermón, era para el padre Claudio, como un lindo espejo en el cual
se contemplaba, encontrándose rejuvenecido.

A pesar de esto, fastidiábase en algunos momentos de la longitud del
sermón que tanto gustaba al público, y molestado, además, por las
vestiduras y el calor, buscaba el entretenerse paseando su vista por
aquella concurrencia, en la que encontraba un sinnúmero de caras
conocidas.

Vió en primera fila a la baronesa de Carrillo, llorosa y conmovida por
la elocuencia del predicador, como la mayor parte de las damas, que
tenían vueltos los ojos al púlpito.

Todos miraban al padre Luis, cada vez más magnífico y arrebatador;
todos... menos el padre Tomás, pues el viejo jesuíta, al fijar varias
veces su mirada en el grupo que formaban los padres más importantes, vió
siempre que el padre italiano tenía los ojos en él, con una expresión
que al padre Claudio, sin saber por qué, le parecía poco
tranquilizadora.

Ya no atendió el celebrante al sermón, preocupado por aquellas extrañas
miradas del italiano, y entregado a conjeturas y sospechas, pasó el
tiempo hasta que el padre Luis terminó su discurso.

Cuando se apagó el murmullo de las tres avemarías que los oyentes
rezaron a la Virgen por consejo del predicador, reanudóse la misa con
gran contentamiento del padre Claudio, que derecho y moviéndose, no
sufría tantas molestias como en el mullido sillón.

La capilla de música volvió a llenar el espacio del templo con
celestiales armonías, y el público, fatigado por el excesivo entusiasmo
que el sermón le había producido, seguía ahora la marcha de la misa con
completo recogimiento.

Llegó el instante recordatorio de la consumación del divino sacrificio,
y el padre Claudio elevó la hostia a los acordes de la Marcha Real. El
cáliz de oro, había sido llenado a su tiempo con el contenido de las
vinajeras, por el encargado de todo el servicio de la mesa.

El celebrante bebió tres veces la preciosa sangre que contenía la áurea
copa, sin apartar los labios del borde y cuidándose, como es regla, de
consumir hasta la última gota del líquido.

Al beber el padre Claudio, no pudo evitar un pequeño gesto de
repugnancia. Su frío paladar encontraba algo de extraño y acre en aquel
vino sagrado, que él cuidaba siempre que fuese de agradable gusto, pues
no era muy aficionado a bebidas alcohólicas.

Pero esta impresión pasó inmediatamente. El padre Claudio justificaba la
extrañeza de su paladar. Acostumbraba a no beber vino en las comidas, y
como por sus importantes negocios le había dispensado el Papa de decir
misa obligatoriamente, hacía mucho tiempo que no consumaba el divino
sacrificio, y había, por tanto, perdido la costumbre.

Poco faltaba ya para que la misa terminase, de lo que se alegraba
bastante el viejo jesuíta.

No estaba él ya para fiestas como aquélla. La rica casulla le molestaba
con su peso, y el calor y el humo de los cirios le mareaban hasta
producirle náuseas.

Era, sin duda, por el afán de terminar por el que el padre Claudio se
sentía más ligero y vigoroso conforme avanzaba el tiempo.

Parecía circular por sus venas una sangre nueva y extremadamente
ardiente, y al mismo tiempo que se sentía con mayor vigor, comenzaba a
experimentar amagos de vahidos y le parecía que el altar, los que le
rodeaban y el inmenso auditorio iban de un momento a otro a agitarse en
fantástica contradanza.

El padre Claudio también se explicaba aquello y se decía interiormente:

--Estoy ebrio. Ese vinillo es demasiado fuerte y se me ha subido a la
cabeza.

Y ebrio debía de estar, porque en ciertos momentos se tambaleaba
ligeramente, y a pesar del excesivo calor que sentía en su cuerpo, las
piernas se negaban a obedecerle.

Hacía esfuerzos para que nadie notara su estado y recitaba sus oraciones
con voz confusa, procurando que no se fijaran en su lengua, cada vez más
torpe y estropajosa.

A costa de grandes esfuerzos llegó al final de la misa, y cuando,
volviéndose a los fieles, hubo de entonar el "Ite, misa est", salió de
su garganta una voz ronca, tan estridente y extraña, que él mismo se
asustó.

Sólo con gran esfuerzo de los pulmones pudo entonar tales palabras, y
aquella violencia que hizo, le perdió.

Apenas se había extinguido en las bóvedas el eco de su voz, el padre
Claudio tornóse densamente pálido, llevóse las manos al pecho, arañando
la rica casulla, y se tambaleó próximo a caer al suelo.

Por fortuna, acudieron los más cercanos a él y lo sostuvieron en sus
brazos.

El anciano, con las facciones desencajadas, agitábase en espantosas
contracciones y abría la boca con angustia, como si le faltara aire para
respirar.

Una ola ardiente subía por su garganta, ahogándole, y al fin su boca
arrojó un gran golpe de sangre negra e infecta, que cayó sobre la rica
casulla, manchando los relucientes bordados con repugnantes arabescos.

El público se arremolinaba en la nave, presa de la mayor curiosidad, y
preguntando a voces qué era aquello.

El padre Tomás se confundió en el grupo que, con expresión desolada,
rodeaba al padre Claudio.

--Es un ataque--dijo el italiano a los demás jesuítas--. Esto era de
esperar. Su reverencia está demasiado gordo para su edad. Que lo lleven
a la cama. Cójanlo ustedes y sáquenlo por aquí.

Y el padre Tomás, abriendo camino a los que conducían en brazos al
enfermo, salió con tanta violencia de aquel apretado grupo, que dió con
el codo a las vinajeras, colocadas en una mesa accesoria del altar, y
las derribó al suelo.

Las dos ricas ampollas se hicieron añicos, y el líquido que contenían se
esparció por el suelo, no dejando en él más que una pequeña mancha.



XIII

La agonía del padre Claudio.


El padre Claudio se moría.

De esto se hallaban convencidas ya todas las aristocráticas devotas,
que, dejando en la puerta una larga fila de carruajes, entraban en la
portería de la residencia, a enterarse del estado del reverendo padre, e
igual certidumbre abrigaban todos los individuos de la Orden, que, con
aquel inesperado accidente, veían turbada la fiesta solemne, en la que
pensaban los novicios durante todo el año.

Reinaba en la casa de la Orden ese mismo silencio de las viviendas
donde lucha con la muerte alguna persona importante.

Los novicios y los hermanos permanecían en sus celdas, y si se veían
obligados a salir de ellas, iban por los corredores con paso precipitado
y leve, deslizándose como fantasmas. Las campanas del templo no
volteaban alegremente como en otros años para conmemorar la festividad,
y los padres de importancia, entre los cuales se hallaba el padre Tomás,
estaban reunidos en un aula, comentando el suceso, y haciendo votos
porque recobrase la salud el reverendo padre, a quien todos manifestaban
un cariño sin límites desde que lo veían próximo a la tumba.

La noticia de lo ocurrido había circulado rápidamente por Madrid, y toda
la aristocracia mostrábase conmovida por la próxima muerte de aquel
hombre, que, durante cuarenta años, la había dirigido con sus consejos,
siendo en ocasiones adusto amigo y en otras bondadoso protector.

Las clases privilegiadas hacían una verdadera manifestación con motivo
del triste suceso, yendo en persona a enterarse del estado del enfermo o
enviando a sus criados, y hasta el gentilhombre de servicio en Palacio
entró en la portería de la residencia para preguntar en nombre de Sus
Majestades cómo seguía el enfermo.

No podía quejarse el padre Claudio. Moría envenenado, vencido por sus
enemigos y con la rabia que le producía el pensar que el crimen quedaría
en el más absoluto secreto, pero al menos podía servirle de consuelo
aquel aparato de dolor público que rodeaba sus últimas horas, y que
proporcionaba a la Compañía el placer de apreciar, por sus propios ojos,
el gran prestigio que tenía aún sobre la clase aristocrática.

Triste caída la del padre Claudio, a pesar de tantos honores. Nunca
había llegado a imaginarse él, aun en los instantes de mayor pesimismo,
que pudiera perecer de un modo tan sencillo y traicionero.

Morir en medio de una conmoción popular, sacrificado por el odio de los
enemigos de la Compañía, le hubiera gustado en su vejez, pues así
abandonaba el mundo rodeado de la aureola del martirio y dando a su
nombre cierta notoriedad; pero caer en la tumba, víctima, en apariencia,
de una lesión interior y en realidad asesinado por el padre Tomás,
agente de sus mortales contrarios de Roma, amargaba los últimos
momentos de su existencia con la más iracunda de las indignaciones.

Lo que hacía llegar su ira al período álgido, eran las precauciones de
que le rodeaban los asesinos para evitar que el crimen pudiera
traslucirse.

Desde que le condujeron del altar mayor a una de las mejores celdas de
la casa, no se había apartado de su lado el padre Antonio, aquel
miserable ingrato que abandonaba al caído para convertirse en esclavo
del victorioso, y que, a merced por completo del italiano, estaba allí,
a pocos pasos de él, sentado junto a la cama, procurando, con la excusa
de cuidarle, que nadie se acercara al enfermo ni recogiera las
confidencias que pudiera hacer.

El padre Claudio, tendido en aquella gran cama, desesperábase al pensar
en su situación. Sentía en todos sus miembros una terrible languidez que
iba en aumento y que apenas le permitía moverse. Su lengua, aunque torpe
todavía, estaba expedita para hablar; pero ¿de que podía servirle esto,
si sus asesinos habían hecho el vacío en torno de él y sólo entraban en
la celda aquellos que por hechos pasados le odiaban, y a los que
seguramente tenia ya el padre Tomás a merced de su voluntad?

La habilidad que sus enemigos habían demostrado para librarse de él, y
amargar sus últimos instantes con un completo aislamiento, aún
contribuía a aumentar su desesperación. Reconocía, mal de su grado, que
eran más astutos que él, y este convencimiento de su superioridad, le
empequeñecía y degradaba, hiriendo su orgullo, que hasta en tan supremos
momentos era su pasión dominante.

Convencido de su debilidad y de que era inútil toda defensa, el padre
Claudio se había dispuesto a morir con el estoicismo de uno de aquellos
romanos que al ver levantada la espada homicida, se cubría la cabeza con
el manto. Tenía cerrados los ojos, y si alguna vez los abría, era para
lanzar una mirada de fiero odio al padre Antonio, que en vista de la
inutilidad de sus cariñosas e hipócritas palabras, leía atentamente en
un pequeño libro de interminables oraciones en bien del alma del
enfermo.

Una sola esperanza había acariciado el padre Claudio desde que se
hallaba tendido en aquella cama. Al oír que iban a llamar al doctor
Peláez, el médico a quien tanto había protegido, experimentó gran
alegría. Aquel hombre le salvaría de la muerte si aún era tiempo, o
cuando no, sería depositario de su secreto; pues a él podría revelarle
que había sido envenenado con el vino de la misa, cuyo sabor
desagradable ya causóle bastante extrañeza.

Pero apenas el doctor entró en la celda desvaneciéronse las esperanzas
del padre Claudio.

Poseía éste el arte de adivinar al primer golpe de vista los
pensamientos de los hombres que le eran familiares, y acertó en esta
ocasión.

El doctor Peláez, antes de entrar en la celda, había hablado largamente
con el padre Tomás y sabía que éste era la única autoridad y que a él
sólo debía obedecer.

No necesitaba saber más el doctor Peláez para ser en adelante un
autómata del italiano, como lo había sido del padre Claudio.

El enfermo se abstuvo de hacerle ninguna revelación ¿Para qué? Estaba ya
juzgada la honradez de un médico que le examinaba con fingida atención y
que decía que aquella enfermedad era un derrame interno producido a
consecuencia de un violento esfuerzo.

Intentó el padre Claudio darle a entender con expresiones indirectas que
bien podía ser víctima de un envenenamiento, y el doctor miró al padre
Antonio de un modo, que parecía decir:

--El padre Claudio está delirando.

Después de esta terrible decepción, al viejo sólo le restaba entregarse
a sus desesperados pensamientos y morir.

Una resignación horrible se apoderaba de él.

--Muere--se decía--. Muérete como un perro viejo. Tus enemigos han sido
más listos que tú. Les retaste sin medir bien tus fuerzas; sufre ahora
la consecuencia. Cuando se es ya una ruina, como yo lo soy, resulta una
petulancia desafiar a la gente vigorosa. He sido siempre muy afortunado:
alguna vez había de perder. ¡A morir, viejo! A morir, abandonado de
todos, rabiando, y sin tener el consuelo de vengarse de los enemigos.
Vamos hacia la tumba para dar gusto al padre general.

Y el enfermo, convencido de su debilidad, hacía esfuerzos por resignarse
con su suerte.

No era él como la mayoría de los enfermos, que asustados por la
proximidad de la muerte, no creen en ella y se hacen ilusiones sobre un
próximo restablecimiento.

El sabía que iba a morir. Sentía que el veneno minaba rápidamente su
organismo, y, aunque no experimentaba los dolores y espantosas
convulsiones del primer momento, notaba que su fuerza vital se
desvanecía y que la muerte se aproximaba rápidamente.

Al anochecer, su dolencia se agravaba, y el enfermo veía ya inmediato el
fin de su existencia.

Por un fenómeno extraño, el padre Claudio gozaba de gran lucidez para
recordar su vida pasada y todos los hechos principales surgían en su
memoria, claros y precisos, hasta el punto de causarle agudos tormentos
morales.

Las familias que había trastornado con sus intrigas; las persecuciones
políticas que había organizado; los hombres que estaban en presidio o en
la tumba por su culpa; y, sobre todo, el infeliz conde de Baselga, su
última víctima, desfilaban por su memoria, causándole una tortura moral
mil veces peor que aquellos espantosos dolores que la intoxicación le
produjo en los primeros momentos.

Y no es que el padre Claudio estuviera arrepentido sinceramente de sus
hazañas, por lo que éstas tenían de perversidad. Hombres como él no se
arrepentían ni deploraban los hechos que ya estaban consumados; pero
sentía una rabia sin límites al pensar que había causado tanto daño en
el mundo, que había traído sobre su cabeza tantos odios y tantos
crímenes, todo en provecho de aquella Compañía y de aquel hombre que
estaba en Roma, y que pagaba sus servicios con un poco de veneno.

El enfermo sentía la decepción horrible y desconsoladora del enamorado
de la gloria, que pasa trabajando toda su existencia, y en los últimos
instantes se convence de que su actividad ha sido inútil y de que su
nombre se hunde en el mayor olvido.

Pero cuando el padre Claudio pensaba así, una idea, hija de su orgullo,
venía a consolarle.

Le temían mucho los ambiciosos de la Orden; el padre general y los suyos
le tenían miedo, y buena prueba de ello era que habían aprovechado la
primera ocasión propicia para librarse de él.

Su vida les estorbaba y habían de procurar extinguirla cuanto antes,
robándola hasta los últimos minutos. ¡Ah! ¡Si se pusiera al alcance de
sus uñas aquel sicario italiano, enviado por el general para acabar con
su vida!

Tan convencido estaba el padre Claudio de que sus enemigos tenían
impaciencia por deshacerse de él, que hasta llegó a pensar que el veneno
que circulaba por su cuerpo les parecía escaso, y que todavía, por medio
del engaño, procurarían hacerle tragar nuevas dosis.

Por esto se negó a tomar las medicinas que por pura fórmula había
recetado el doctor Peláez. Este era ya un autómata del padre Tomás, y
podía haber recetado algo que acelerase aún la marcha de aquella vida
que se escapaba.

El padre Claudio, apretando los dientes, adelantando las trémulas y
vacilantes manos, se opuso a tomar los líquidos que le ofrecía su
antiguo secretario, al que miraba con ojos que causaban gran turbación
en el padre Antonio, no obstante su impasibilidad característica.

A pesar de que avanzaba la destrucción que el veneno iba operando en
aquel organismo, eran menos frecuentes los vómitos de sangre, que
dificultaban que al enfermo pudieran darle la comunión.

Esto era lo que discutían con gran calor en el aula donde se hallaban
reunidos los padres más graves de la Compañía.

El padre Claudio no podía irse al otro mundo como un pagano, sin los
últimos consuelos de la religión proporcionados con todo el aparato que
exigía su elevada personalidad.

Los frecuentes vómitos dificultaban la administración del Viático al
enfermo, y por esto aquel consejo de respetables jesuítas esperaba que
cediese un tanto el derrame sanguíneo, para proporcionar al doliente
aquel último consuelo.

Como si aquellos jesuítas tuviesen el instinto de adivinar de parte de
quién estaba la autoridad, desde que el padre Claudio había caído
enfermo, todos respetaban y obedecían a su "socius", el padre Tomás,
quien daba órdenes con una expresión que no permitía la menor réplica.

A él fué a quien envió el padre Antonio el recado de que el enfermo
acababa de experimentar una momentánea mejoría y que ya no arrojaba
sangre, e inmediatamente se dispuso el Viático con todo el aparato que
se reserva para los padres de importancia.

Era al anochecer. El horizonte estaba teñido por las últimas fajas
amarillentas y rojizas de la puesta del sol y las sombras del crepúsculo
iban invadiendo la tierra, envolviéndolo todo en fúnebre melancolía.

Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar con toques lentos y
tristes y en el interior de la residencia circularon órdenes que
pusieron a toda la comunidad en movimiento.

Novicios y padres abandonaron sus celdas para bajar a la iglesia, y en
la sacristía, invadida por las sombras, comenzaron a chisporrotear los
blandones encendidos que se repartían entre los dispuestos a formar la
comitiva.

El padre Claudio no tardó en apercibirse de este movimiento.

Dominado por la rabia que le producía aquel fúnebre desenlace, estaba
inerte en el lecho como si ya hubiese muerto.

La presencia de su antiguo secretario agravaba su malestar, y, sin duda
por esto, gustábale permanecer envuelto en la espesa oscuridad que el
crepúsculo esparcía por la habitación.

La sombra, privándole de la vista, parecía calmarle; pero ni aun este
consuelo pudo gozar, pues el padre Antonio encendió dos velas ante un
crucifijo que estaba inmediato a la cama.

--Reverendo padre--le dijo el secretario con tono hipócrita mientras
encendía las velas--. Aunque no está usted próximo a la muerte y hay
esperanzas de salvación, la comunidad ha dispuesto administrarle el
Viático con toda la pompa que usted merece. Un buen cristiano debe estar
dispuesto a recibir al Señor aun en las más leves enfermedades. Conviene
precaverse para un caso inesperado.

El padre Claudio no contestó, pero hizo un gesto de desesperación, al
mismo tiempo que se decía interiormente:

--Un tormento más.

Y bien fuese por esta contrariedad, o porque el tóxico obrara con más
fuerzas, sintió que volvían a martirizar su pecho aquellos agudos y
espeluznantes dolores experimentados en el primer instante del
envenenamiento.

Aquella recrudescencia del dolor contrariaba al padre Claudio. El quería
vivir aunque sólo fuese por unas cuantas horas; ansiaba conservar limpia
su inteligencia y expedita su palabra para romper el espantoso vacío en
que sus enemigos le habían arrojado después del crimen. Subiría la
comunidad a aquella habitación acompañando al sacerdote encargado de
administrarle el Viático y entonces él haría revelaciones en voz alta y
acusaría al padre Tomás y a su antiguo secretario del envenenamiento de
que era víctima.

Sabía que esto no llegaría a producir ningún resultado, y que los
criminales quedarían sin castigo, pues la revelación se guardaría en
secreto en la comunidad, no trascendiendo fuera de ella; pero al menos
él experimentaría el consuelo de morir, después de hacer saber a todos
los de la casa, grandes y pequeños, padres y novicios, que el padre
Claudio no había bajado a la tumba por muerte natural, sino envenenado
por gentes que le temían, sin duda a causa de su grandeza y su poder.

No encontraba el enfermo ningún inconveniente para hacer tal revelación.
El padre Tomás se quedaría confundido entre la comunidad, pues aunque el
padre Claudio le tenía por un bandido sin conciencia, no le creía capaz
de ponerse enfrente de su víctima.

Ansiaba el enfermo que llegase el momento del Viático, y su deseo no
tardó en realizarse.

Las campanas comenzaron a sonar con mayor insistencia que antes, y sus
sones melancólicos llegaban tan amortiguados a la fúnebre habitación,
que parecían salir de un campanario de ultratumba.

El padre Antonio seguía leyendo a la luz de los cirios, en su libro de
oraciones, y únicamente se distrajo al oír, aunque lejano, el ruido
producido por un tropel de gente que caminaba lenta y acompasadamente.

La ventana de la celda, situada en el primer piso, daba al gran patio de
la residencia, donde estaban los claustros, y sus cristales reflejaron
un sinnúmero de cirios que iban pasando lentamente.

Era la procesión que comenzaba a salir de la iglesia por la bóveda que
ponía en comunicación el templo y la residencia.

Una campanilla de argentina voz sonó tres veces e inmediatamente estalló
un concierto de voces varoniles, foscas, compungidas y quejumbrosas, que
recordaban las procesiones de esqueletos de las leyendas fantásticas.

El canto se arrastraba lento, monótono y con una expresión fúnebre que
infundía pavor.

--_Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam._

El padre Claudio conocía bien aquel canto, lo había entonado muchas
veces con bastante indiferencia, marchando al frente de toda la
comunidad, hacia la celda de algún compañero moribundo; pero en
circunstancias tan terribles como las presentes, con aquel
acompañamiento de lejanas y plañideras campanas, próximo a una muerte a
que le habían arrojado traidoramente y sin esperanzas de ser vengado,
aquellas voces le produjeron un escalofrío de terror.

Quiso evitarse aquel espectáculo fúnebre, sintió tentaciones de escapar
de allí y aun intentó incorporarse en la cama; pero fué inútil, pues su
cuerpo era ya un tronco inerte que no podía hacer el menor movimiento.

El padre Claudio, enclavado en aquel lecho de dolor, había de apurar
todo el cáliz de amargura y sufrir el tormento de escuchar, hasta en sus
menores detalles, la lenta marcha hacia su cama de aquella fúnebre
comitiva que venía a anunciarle cómo la tumba estaba ya abierta.

La escalera se hallaba próxima a la celda y desde la cama oíase el rumor
de pasos de toda aquella gente que comenzaba a subir con desesperante
lentitud.

Otra vez estalló el mortuorio canto; otra vez las agudas y desagradables
voces de los novicios y las roncas y graves de los padres conmovieron el
espado con los sonoros y desgarradores versículos:

--_Et secundum multitudinem miserationum tuarum dele iniquitatem meam_.

El padre Claudio estaba anonadado por aquel canto. ¡Oh! Sí que sabían,
en aquella casa, hacer las cosas con aparato; pero al enfermo no le
hacían gracia los últimos honores que le rendían, y más hubiera
apreciado que le dejasen morir en un rincón, con el rostro vuelto a la
pared, pero al menos tranquilo y entregado a sus pensamientos.

Lo único que le consolaba era que pronto tendría ocasión de
desenmascarar a sus asesinos en presencia de toda la comunidad, y por
esto aún le desesperaba más aquella lentitud y los cantos que entonaba
la comitiva deteniendo su marcha.

Aun resonaban en la escalera varias estrofas, hasta que por fin sonaron
los primeros pasos de la comitiva en la galería, en cuyo fondo estaba la
puerta de la habitación.

Esta se hallaba cerrada y por bajo de ella iba marcándose una ancha
línea roja producida por el tropel de luces que lentamente iban
acercándose.

La cama estaba colocada frente a la puerta, y el padre Claudio, con la
mirada estúpidamente fija en aquella línea de luz, iba viendo cómo
aumentaba en intensidad, conforme se oían más cercanos los innumerables
pasos de la procesión.

Se abrió la puerta, y lo primero que entró por ella junto con un
torrente de roja y luminosa luz, fué el lúgubre campaneo de la torre y
otro estallido de horripilantes voces que cantaban la última estrofa:

--_Ne projicias me a facie tua; et spiritum sanctum tuum ne auferas a
me_.

El padre Claudio levantó cuanto pudo la cabeza y miró.

Desde la puerta al extremo de la galería, extendíase en dos grandes
filas con blandones en las manos toda la comunidad, con las cabezas
bajas, el aspecto encogido rebosando un dolor, hipócrita y el labio
agitado por el terrible canto.

En el fondo, y casi confundido por el humo de los cirios, erguíase un
sacerdote que llevaba en la mano el santo copón y a su lado otro
sacerdote con el hisopo, la campanilla y todos los demás útiles
necesarios para el acto.

Sobre el fondo oscuro de la galería, aquellos blandones que llenaban el
espacio de más humo que luz colorando con tintas rojizas la doble fila
de sotanas y aquellos rostros desmayados e inmóviles con los ojos fijos
en el suelo, daban a la escena el aspecto interesante y aterrador de un
drama inquisitorial.

El padre Antonio se dirigió a la puerta, y el enfermo, al ver lo que
hacía, no pudo reprimir un movimiento de indignación y sorpresa. ¡Ah,
traidor! Recomendaba a los jesuítas más próximos a la puerta que no
entrasen en la habitación, pues con el humo de sus hachones podían
causar molestias al enfermo.

Aquel miserable parecía haber adivinado la intención del padre Claudio,
y sabía evitar sus revelaciones comprometedoras.

Otra sorpresa aún más dolorosa le faltaba experimentar al enfermo.

Las dos filas de sotanas pusiéronse de rodillas y el sacerdote encargado
del Viático avanzó seguido del que le servía de sacristán.

¡Maldición! Estaba aún lejos de la puerta, cuando ya el padre Claudio
había adivinado en él, por su alta estatura y su modo de andar, al
terrible italiano. No quería, sin duda, abandonar su víctima hasta el
último instante, y sabía evitar su comunicación con los extraños al
terrible negocio. Quien le servía de sacristán era el padre Felipe,
aquel imbécil incapaz de discernimiento, y que además guardaba cierto
rencor al enfermo por la falta de miramientos con que siempre le había
tratado.

El padre Claudio perdió la esperanza, contemplando aquellas dos filas de
autómatas arrodillados en la galería. En aquellos momentos encontraba
demasiado perfectas la organización y disciplina de la Compañía. Era
inútil que hablase. Aquellos hombres tenían oídos, pero no oirían;
porque el secreto que iba a revelarles era demasiado grave, y en la
Compañía se prefiere ser sordo, mudo o imbécil, a poseer historias que
molesten a los superiores en su prestigio.

Además, el enfermo no se sentía con fuerzas para dar un escándalo. La
audacia y la habilidad de sus enemigos, que parecían adivinar todos sus
cálculos, había llegado a intimidarle, y hacían aún mayor su debilidad.

El enfermo estaba ya resuelto a morir; pero como última protesta se
propuso no tomar la hostia de tales manos. Discurría con torpeza, pero
pensaba que la hostia bien podía ser un nuevo veneno que le daban para,
acelerar su muerte. ¡Creía el infeliz que no era suficiente el tóxico
que circulaba por sus venas y que iba extinguiendo rápidamente su fuerza
vital!

Entró el padre Tomás en la celda, y tomando el hisopo de manos de su
compañero, roció el lecho con agua bendita murmurando el _Asperges me
Domine hissopo et mundabor_ etc.

Después el italiano se colocó cerca de la cabeza del enfermo y a su lado
el padre Antonio, formando con sus cuerpos una muralla que impedía a los
que estaban fuera ver al enfermo.

Querían aislar al padre Claudio por si intentaba hacer alguna protesta;
pero el infeliz no se sentía con fuerzas para hablar, y se limitó a
lanzar una intensa mirada al padre Tomás.

Sus ojos de moribundo claváronse con tal expresión en el rostro del
italiano, que éste, a pesar de su cínica serenidad, no pudo menos de
inmutarse, y volvió la cabeza, huyendo de aquella mirada que le
perseguía.

El odio más feroz, la rabia más inmensa, asomábanse como una extraña luz
a aquellos ojos que comenzaba ya a empañar la muerte.

El padre Tomás sentía deseos de acabar, mas para recobrar su serenidad,
dijo con su habitual audacia:

--¿Cómo se siente usted, reverendo padre? Animo, que esto no es nada.

El padre Claudio se asombró oyendo aquellas cínicas palabras y en el
primer instante intentó protestar.

--¡Ca... na... llas!...--balbuceó con dificultad.

Y como desesperado por la torpeza de su lengua y la audacia de sus
enemigos, hizo un esfuerzo supremo y girando sobre un costado, volvió el
rostro a la pared.

No quería ver a sus asesinos y en señal de odio y de desprecio, les
volvía las espaldas.

El padre Tomás no se desconcertó. Convenía seguir el acto antes de que
se apercibieran los que estaban arrodillados fuera de la celda, y
sacando del copón una hostia, la elevó a la altura de sus ojos y comenzó
a murmurar la fórmula:

--_Ecce agnus Dei, ecce qui tollis peccata mundi_, etc.

El padre Claudio seguía presentando las espaldas y con el rostro vuelto
a la pared, sin hacer caso de las palabras del sacerdote, que anunciaban
la administración del Viático.

El padre Antonio estaba consternado.

--¿Qué hacemos, reverendo padre?--preguntó al padre Tomás.

--Haga usted que vuelva el rostro el enfermo.

El secretario, empujando dulcemente a su antiguo superior, intentó
hacerle cambiar de posición.

El enfermo contestó con un rugido.

--Dejadme tranquilo... ¿Queréis envenenarme otra vez?

El padre Tomás palideció al escuchar estas palabras.

--Es preciso que el enfermo comulgue--dijo con energía--. El padre
Claudio ha perdido seguramente la razón. A ver: vuélvanlo ustedes,
aunque sea a la fuerza.

El secretario y el atlético padre Felipe se abalanzaron entonces sobre
la cama y con grandes esfuerzos consiguieron cambiar de posición aquella
masa de carne, que aunque inerte e incapaz de resistencia, pesaba mucho
por su volumen grasoso.

El padre Claudio, sujeto por los brazos de los dos jesuítas, quedó en el
lecho tendido de espaldas con la mirada fija en el padre Tomás.

En su rostro, desfigurado por grandes manchas violáceas, que a cada
instante se hacían más visibles, destacábanse los ojos, que lucían con
brillo de intensa cólera.

El padre Tomás no se sentía capaz de mirar frente a frente a aquel
moribundo, que parecía querer asesinarle con sus ojos. Había que
apresurar el acto, y con la hostia en la mano, inclinó el cuerpo,
poniéndola a poca distancia de la boca del enfermo.

--_Accipe frater Viaticum Corporis Domini nostri Jesu Christi, qui te
custodiat ab hoste maligno et perducat in vitam æternam. Amén_.

Y estas palabras eran interrumpidas por la débil voz del padre Claudio,
que tenazmente balbuceaba:

--¡Queréis envenenarme! ¡No me engañaréis!

El padre Tomás miró a su víctima, la vió inmóvil, a pesar de sus
protestas, y avanzó la hostia hacia su boca, murmurando la acostumbrada
fórmula: _Corpus Domini nostri_, etc.

Pero no pudo terminar, pues ocurrió un suceso inesperado.

Al sentir el moribundo, en sus contraídos labios, el contacto de la
Sagrada Forma, se estremeció de pies a cabeza, y haciendo un esfuerzo
para resistir, agitó los brazos desesperadamente.

--¡M...da! ¡M...da!--gritó con voz que parecía salir de la tumba, y que
produjo un movimiento de escándalo y extrañeza en todos los que estaban
arrodillados en la galería.

Y con su nervioso braceo dió un golpe en la mano del padre Tomás, y la
hostia cayó rota sobre las ropas de la cama.

Oyóse un ruido seco semejante al que produce el tapón al saltar de la
botella, y un vómito de sangre negra y pestilente se derramó sobre la
cama, cubriendo los fragmentos de la hostia que acababan de caer.

Después, la cabeza del padre Claudio quedó inerte sobre la almohada.

Había muerto, y en sus labios contraídos y manchados por la inmundicia,
parecía leerse su última palabra, sucia como sus vómitos y soez como el
alma de quien la había dicho.

Era el adiós más propio del padre Claudio al dejar el mundo.



SEPTIMA PARTE

MARUJITA QUIROS



I

La baronesa y la revolución.


El día en que se esparció por Madrid la noticia de la batalla de
Alcolea, la baronesa de Carrillo creyó morir de indignación y de miedo.

Indignación contra el destino, contra la Providencia Divina, si
necesario era, pues existiendo un Señor Todopoderoso en el cielo, no
podía ella comprender cómo consentía que el trono de los reyes fuese
destruído por las turbas revolucionarios, enemigas de Dios y de los
santos.

Miedo, porque bien debía sentirlo una dama de Palacio, aristócrata de
nacimiento y bastarda real, viendo pasar por la calle aquellas bandas de
hombres armados, terribles revolucionarios que comenzaban a jugar a la
milicia nacional y daban a entender su ferocidad sin límites,
destruyendo... las coronas grabadas en los escudos o en las puertas de
ciertos establecimientos.

Aquel cataclismo era suficiente para aterrar a la más valiente baronesa.
Pero ¡Dios mío! ¿Qué iba a ser de España sin reyes? ¿Qué sucedería
cuando la revolución expulsase a los padres jesuítas? ¿Podría salirse a
la calle cuando mandase Prim, al que aclamaban las masas, o cuando fuese
un hecho la República, a la que daban vivas?

La revolución sumía a doña Fernanda en un mar de confusiones y no sabía
si quedarse en su casa, tranquila, como si nada ocurriese, o huir para
no ser víctima del canibalismo revolucionario, el día en que las
trompetas de los _descamisados_ tocasen a comerse curas y baronesas.

Ella había vivido hasta entonces muy tranquila, sin acordarse de que
aquella gente, que no tenía un título, ni iba a los bailes de Palacio,
podía aspirar a gobernarse por sí misma; pero ahora, en vista del
resultado, se confesaba que forzosamente había de ocurrir aquello más
tarde o más pronto.

Los intereses de la monarquía y de la religión habían sido mal cuidados,
en, concepto suyo. ¡Ah! ¡Si hubiera vivido el padre Claudio!

Después de los dos años transcurridos desde la muerte del poderoso
jesuíta, doña Fernanda era la única, admiradora que se conservaba fiel a
su memoria.

Ella no era enemiga de su sucesor, el padre Tomás. Admiraba la sagacidad
y la astucia, del italiano, pero no encontraba en él el encanto del
padre Claudio, y se decía que, a no haber muerto éste y de seguir
aconsejando a la reina y a los gobernantes, no hubiese triunfado la
revolución, ni las _personas decentes_ pasarían tan malos ratos como
proporcionaba la vista del pueblo armado en las calles.

Tan grande era el susto de la baronesa, que de buen grado hubiese
seguido en su emigración a la reina y a sus queridos padres jesuítas. No
podía acostumbrarse a vivir sin su antiguo amigo, el padre Felipe, aquel
confesor insustituíble, que continuaba siendo un modelo de brutalidades
y fortaleza, y tampoco podía transigir con aquella vida de
manifestaciones a diario y motines cada semana, propia de los periodos
agitados.

Por desgracia, la situación de la baronesa no le permitía obrar con
entera libertad ni cumplir sus gustos.

Ella que tanto había buscado el matrimonio en su juventud, viéndose
condenada por su fealdad y su carácter a un forzoso celibato,
encontrábase ahora convertida en verdadera madre de una niña de cinco
años, que alegraba, con su presencia y sus juegas, aquella casa de la
calle de Atocha sobre la cual parecía pesar una maldición desde el
trágico fin del conde de Baselga.

Era su sobrina María, hija de Enriqueta, que llevaba el apellido de
Quirós.

La baronesa, cuando ocurrió aquel cambio político que tanto pavor le
produjo, llevaba todavía el luto por la muerte de su hermana.

¡Infeliz Enriqueta! Después de la terrible escena que presenció desde su
balcón en las últimas horas del 22 de junio, todavía vivió más de un
año, si es que podía llamarse vida a aquella existencia enfermiza de la
que ella misma no se daba cuenta.

En un estado rayano en la idiotez, ciega y sin reconocer a su hija, a la
que tanto adoraba antes, estuvo la pobre joven basta el instante de la
muerte. Algunas veces surgían los recuerdos como fugaces chispazos en su
memoria, y entonces decía cosas ignoradas por la baronesa y que a ésta
le causaban gran impresión.

De este modo supo doña Fernanda que la enfermedad de su hermana, que
ella creía a consecuencia de haber visto muerto a su esposo sobre la
acera, provenía, en realidad, de que vió a su antiguo amante, a aquel
_pillete republicano_ detenido por las tropas del Gobierno y próximo a
ser fusilado.

Aquella noticia causó gran alegría a la baronesa, que odiaba
intensamente al capitán Alvarez, y para comprobar si el hecho era cierto
o si resultaba un delirio de la infeliz enferma, encargó a varios amigos
de influencia que se enterasen en los centros oficiales de si un
insurrecto ex oficial del Ejército, llamado Alvarez, había sido fusilado
en la calle de Atocha.

Tales gestiones no dieron resultado alguno, pues en ningún Centro
constaba la ejecución de un insurrecto de tal nombre. Además, Alvarez
era muy conocido como conspirador, y su nombre era imposible que pasase
inadvertido para las autoridades.

Doña Fernanda se quedó dudando sobre la certeza de aquel suceso y no
supo si creer muerto o vivo al revolucionario que tan antipático le era.
En vista de la ignorancia de los Centros oficiales se inclinaba a creer
que el tal fusilamiento era una visión de Enriqueta, delirante al ver el
cadáver de su esposo; pero cuando hablaba con su hermana, en los rápidos
momentos de lucidez que tenía ésta, asombrábase y se inclinaba a
creerla, viendo la serenidad con que le relataba, con gran abundancia de
detalles, la fuga de Alvarez y su asistente por la calle de Atocha abajo
y el encuentro con la patrulla que los fusiló.

Lo del fusilamiento nunca llegó a creerlo doña Fernanda; pero tuvo por
indudable que su antipático enemigo había estado en la barricada de la
plaza de Antón Martín, y como no le dolía atribuir a Esteban Alvarez
cuanto de malo podía imaginar, tuvo por indiscutible que él era quien
había enviado el balazo mortal al infeliz Quirós.

Enriqueta, debilitándose lentamente y corroída por una enfermedad que
era más moral que física, agonizó cerca de dos años, hasta que por fin
murió a principios del sesenta y ocho.

La baronesa quedó como madre de aquella niña, a la cual, a pesar de su
aversión a los niños, quiso un poco más que a Enriqueta en su infancia.

La fanática señora habíase creado en torno de su persona el vacío.
Ricardo estaba en la Compañía de Jesús; exaltado cada vez más por sus
aficiones místicas y aspirando al supremo grado de santidad, no quería
sostener relación alguna con su familia. El padre Claudio, que era su
más adorado ídolo, había muerto.

Quedábale el padre Felipe, aquel atleta que parecía insensible al curso
de los años, pues se conservaba con su aspecto de eterna y zafia
juventud; pero la vejez había apagado a doña Fernanda sus furores
insaciables, y poseída ya del frío y de la indiferencia propia de su
edad, comenzaba a sentirse molestada en presencia de su confesor, cuya
rusticidad y grosería reconocía ahora en que sus ojos estaban libres del
velo amoroso.

Aquella soledad extremóse al sobrevenir la revolución. Algunas de las
damas con quienes estaba más en relaciones marcháronse a Francia para
ponerse al lado de la destronada reina y comer con ella las trufas de la
emigración dorando en París, con sus millones, las penas de un
voluntario destierro; la mayor parte de las cofradías dejaron de
funcionar momentáneamente, hasta ver _en que paraba aquello_; la
juventud dorada de los salones, que se burlaba del pueblo y leía al
padre Claret después de salir de los burdeles, se ocultó no se sabe
donde, y la baronesa encontróse sin amigas, sin entretenimiento, sin
contertulios, y lo que es peor, sin poder seguir a los que se iban, pues
por el momento no se decidía, a causa de aquella niña, cuya salud era
delicada y a la que se había propuesto cuidar por sí misma.

Los jesuítas huyeron. La baronesa vió al padre Tomás el mismo día de la
revolución, y le pareció muy trastornado, a pesar de la serenidad que se
esforzaba en fingir. Dijo que tras aquellos tiempos calamitosos no
tardarían en sobrevenir otros mejores, pero al día siguiente, con toda
la comunidad formada en grupos sueltos, tomó el camino de Francia, no
parando hasta Bayona. A dicho punto fué también el novicio Ricardo
Baselga, a quien la Compañía cada vez tenía más empeño en presentar como
futuro santo.

Doña Fernanda quedó sola en Madrid, y tan aislada como si de golpe
hubiese trasladado su casa a la capital de Rusia.

Parecía que la habían arrojado de un empujón en un mundo nuevo, y su
vida era un continuo gesto de extrañeza.

Leía los periódicos reaccionarios, aquellos que antes la entusiasmaban
con sus artículos en favor de la intolerancia religiosa y los
privilegios, y los encontraba ahora partidarios incondicionales de la
revolución victoriosa, encomendándose a cada paso a la trinidad del día:
Prim, Serrano y Topete.

Los nombres, políticos nuevos que surgían con una fecundidad alarmante,
no la extrañaban menos. ¿Quiénes eran aquellos señores que constituían
la Junta revolucionaria, de Madrid? ¿De dónde salían aquellas gentes a
las que ahora daban vivas y que ella nunca había oído nombrar? Dos o
tres años antes, en su tertulia, hablábase de un tal Castelar, que hacía
discursos en el Ateneo, y de otro tal Pi y Margall, que escribía en _La
Discusión_ artículos socialistas que espeluznaban a las personas
decentes; pero ella siempre había tenido a estos hombres y a otros como
míseros pelagatos, que el Gobierno debía enviar a Ceuta, y por esto no
podía comprender las aclamaciones de que constantemente eran objeto en
las calles de Madrid, y lo mucho que de ellos hablaban los periódicos.

Había que huir de un país en que tales absurdos ocurrían. De aquello a
degollar una mañana a todas las personas que en Madrid llevaban camisa
limpia, no había más que un paso.

Cada una de las manifestaciones que hacia el pueblo de Madrid costaba un
susto a la baronesa.

Apenas oía vivas en la calle y rumor de gente que con banderas bajaban
hacia la estación del Mediodía para recibir a algún personaje de la
situación, la baronesa palidecía y temblaba, y si no corría a esconderse
en el último rincón de la casa, era por la dignidad de clases, pues en
su predisposición a imaginarse peligros y enemigos, creía que los
criados eran terribles descamisados, que aunque la servían con el mismo
respeto de siempre, fraguaban en su interior borrosos planes de
venganza; si ella demostraba poca entereza y falta absoluta de valor,
eran capaces de degollarla una noche en la cama y poner en práctica la
liquidación social, repartiéndose su dinero y alhajas.

Doña Fernanda vivía en perpetua alarma; no salía a la calle ni aun para
ir a la iglesia, y se estremecía de horror solo al oír los títulos que
voceaban los vendedores de impresos y las canciones de los chiquillos.

Todos tenían en aquella época algo que escribir o que cantar contra la
p... de Isabel y sus compinches, el padre Claret y sor Patrocinio; y
cuando la baronesa pensaba que por sus venas corría algo de sangre de
aquella, y que al mismo tiempo había sido gran amiga del cura palaciego
y de la monja milagrera, estremecíase de horror creyendo que sus
relaciones con aquellos caídos no podían conservarse en el secreto.

Para colmo de desdichas, el tabernero que vivía enfrente se tragaba
todas las noches el contenido de las hojas y folletos que publicaba el
ciudadano Roque Barcia y otros escritores de menos nombre, y, ansioso de
hacer algo contra nobles y privilegiados que tan furibundos anatemas
merecían a las plumas democráticas, había fijado sus ojos en _la
baronesa santurrona_ que tenía por vecina, y aunque el pobre hombre no
era capaz de hacer daño a una mosca, poníase rojo de satisfacción cuando
todas las mañanas detenía en la acera a la chismosa doncella de doña
Fernanda para decirle, ahuecando la voz, que pronto se vería un 93, y
que todas las algaradas presentes no eran más que preludios de la gran
cuelga de los faroles que iba a hacerse de cuantos nobles y curas se
encontrasen a mano.

Estas impresiones del sanguinario tabernero las transmitían textualmente
la doncella y el portero a su atribulada señora, la cual se estremecía
de horror cada vez que, atisbando tras los visillos del balcón, veía
tras el mostrador el mofletudo y bondadoso rostro del tabernero, incapaz
de otros crímenes que no fuesen el aguar el vino de sus toneles.

Por fortuna para la atribulada baronesa, a los dos meses de agitación
comenzó a cansarse el pueblo de tanta bullanga sin objeto, y la
revolución "entró en caja", como decían los periódicos sensatos. Con
esto, doña Fernanda gozó de una relativa tranquilidad.

La nación se pasaba sin reyes, y no temblaba la tierra ni se venía abajo
el cielo; funcionaba ya un Gobierno presidido por Serrano, al que la
baronesa conocía de la época en que, joven, gallardo y con el apodo de
_el General Bonito_, disponía como dueño en Palacio y era el único que
tenía imperio sobre la caprichosa Isabelita.

Doña Fernanda comenzó a encontrar más tolerable la situación, y hasta
reanudó su vida de antes, consolándose, con frecuentes visitas a las
iglesias, de la fuga de sus amados padres jesuítas. Las cofradías
comenzaban a funcionar, y los antiguos compañeros de asociación volvían
a encontrarse y a reunirse para echar sendos párrafos sobre la impiedad
de los tiempos y las desgracias de España desde que en ella no reinaban
los Borbones.

Ya comenzaba a encontrar la baronesa algo tolerable aquella vida en
período revolucionario, cuando un suceso vino a sumirla nuevamente en la
intranquilidad.

Desde que Paco Serrano remaba, con el título de jefe del Gobierno
Provisional, se sentía más sosegada, confiando en su protección, y de
aquí que ya no le importasen gran cosa las amenazas del _descamisado_
tabernero, ni procurara atisbar tras los balcones las actitudes de aquel
Nerón, enemigo irreconciliable... del vino puro. Pero una mañana en que
levantó el cortinaje de una ventana para ver qué tiempo hacía y
decidirse a salir a pie o en carruaje, inmutóse al ver un hombre parado
en la acera de enfrente y mirando con fijeza la fachada de la casa.

Era un militar que en su bocamanga llevaba los galones de comandante y
que, a pesar de ser joven, tenía en su bigote y en la cabeza algunas
manchas de canas.

Doña Fernanda creyó reconocerlo más con el corazón que con los ojos,
pero se detuvo, no queriendo admitir una idea absurda.

¡Dios mío! ¡Qué ilusión más completa! Parecía el mismo; pero no, no
podía ser. Aquel otro había muerto fusilado casi en aquel mismo sitio,
según el testimonio de la pobre Enriqueta.

La baronesa, embargada por la emoción del que ve levantarse un muerto de
la tumba, intentaba convencerse de que era absurda su oposición, y
buscaba en aquel militar algún rasero que la demostrase cómo no era el
mismo que ella se imaginaba.

Pero resultaba inútil. Las canas y ciertas arrugas prematuras era lo
único de nuevo que encontraba en aquel rostro; en lo demás, la misma
expresión e idénticos ademanes.

Doña Fernanda iba ya creyendo que aquello era una aparición de
ultratumba, una visión fantástica que surgía ante sus ojos en pleno sol
y en medio de una calle grande y transitada, cuando el militar, que
permanecía inmóvil y con la mirada fija enfrente, abandonó su actitud
para alejarse calle arriba con lento paso.

Doña Fernanda, al verle moverse y codearse con los transeúntes que
venían en dirección contraria, ya no dudó más.

No era una aparición. Aquel militar era Esteban Alvarez, el antiguo
amante de Enriqueta, el verdadero padre de María.... el fusilado el día
22 de junio.



II

Lo que fué del revolucionario Alvarez.


Cuando el ex capitán Alvarez, sentado en el café de Madrid, sito en el
boulevard Montmartre y punto el más frecuentado por los españoles
residentes en París, contaba a sus compañeros de emigración sus hazañas
del 22 de junio, lo que más excitaba la atención y torturaba la
curiosidad de todos era la última parte de la jornada, o sea lo que le
ocurrió después de disparar el último tiro en la barricada de la plaza
de Antón Martín.

¡Oh! ¡Qué gran cosa resulta la amistad cuando es verdadera! ¡Cuán poco
debe uno guiarse por las apariencias! Muchas veces, el amigo que se
desprecia y que en menos se tiene es el que presta el servicio supremo
que con más emoción se recuerda durante toda la vida.

Huían Alvarez y su asistente de la barricada que acababa de tomar la
tropa, cuando al parar por frente a la casa de Enriqueta detúvose
sorprendido viendo a ésta en un balcón. Hízola una señal de adiós, y
apremiado por el peligro, volvió a emprender su precipitada carrera:
pero ya era tarde para salvarse.

Al pasar frente a una bocacalle, los dos fugitivos vieron se envueltos
por un grupo de guardias civiles, y les fué imposible resistir. Para
escapar con más ligereza habían arrojado las armas y era inútil que
intentasen resistir a aquella docena de guardias que les apuntaban con
sus fusiles.

Dejáronse, pues, conducir por aquellos hombres que en lo ceñudo de sus
rostros y en sus miradas iracundas daban a entender propósitos poco
tranquilizadores.

Alvarez y su asistente, ennegrecidos por el humo del combate, con las
ropas rotas y en desorden y sin sombreros, tenían un aspecto poco
distinguido, y sin duda por esto, los guardias se abstenían de hacerles
preguntas, tomándolos por dos revolucionarios, y únicamente les
dirigieron la palabra para llamarlos bandidos y canallas, con otras
lindezas por el mismo estilo.

Amo y criado habían sido arrojados contra una pared, y allí, cogidos de
la mano, y erguidos con sublime jactancia, aguardaban la descarga con
que les amenazaba una docena de fusiles apuntados a sus pechos.

Alvarez, próximo a recibir la fatal caricia del plomo, miró a aquel
balcón, en el que había visto a Enriqueta como una aparición momentánea.
Allí estaba ella aún, casi doblada sobre la balaustrada y próxima a
desvanecerse, y Alvarez la vió caer, al fin, pesadamente y golpeando su
cabeza en los hierros.

El amante apenas se impresionó, pues en aquel día los sucesos terribles
se seguían con una rapidez tan asombrosa que abrumaban su pensamiento.

Iba a morir, y preocupado por esta idea, sólo atendió al presente. Por
un rasgo de coquetería varonil, semejante al que sentía Murat, cuando al
ser fusilado gritaba: ¡_No tiréis a la cara_! Alvarez se cubrió el
rostro con un brazo y esperó la descarga.

Alvarez oyó los pasos de mucha gente, voces imperiosas, y quitando el
brazo de sus ojos vió a un pelotón de soldados de Infantería que
desembocaba por la misma bocacalle.

Un teniente joven, con el sable en la mano, cuestionaba con el sargento
que mandaba el pelotón de guardias civiles:

--¡Se están ustedes deshonrando!--gritaba el joven militar--. No son
ustedes nadie para fusilar a los prisioneros. Para eso están los
consejos de guerra.

Los guardias estaban furiosos contra los revolucionarios. Muchos de los
suyos habían caído atravesados por los certeros tiros de las barricadas
y ansiaban vengarse con esa vehemencia rabiosa de los soldados viejos,
entre los cuales el compañerismo es el mayor de los deberes.

El sargento intentó resistirse al mandato del oficial, pero éste se le
impuso con el prestigio que la superioridad proporciona entre las gentes
de armas.

La Guardia civil bajó sus fusiles, y los dos prisioneros pasaron a poder
del teniente, que se comprometió a conducirlos al Principal, donde iban
amontonándose los insurgentes cogidos con las armas en la mano.

Alvarez experimentó verdadera rabia al enterarse de aquel suceso. Sabía
lo que significaba el ser conducido al Principal. La persona sería
identificada, tendría que comparecer ante un consejo de guerra que le
aburriría con sus preguntas y, al fin, sería fusilado, ni más ni menos,
que como ya iba a serlo por las armas de aquellos guardias.

Ganaba algunas horas más de vida, pero también se prolongaba su agonía y
tenía que luchar con sus negros recuerdos.

Irritado contra el oficial que le había arrancado de manos de los
guardias, lanzó una mirada que demostraba su falta de agradecimiento. El
militar no se fijaba en él; le volvía la espalda con ese desprecio que
el vencedor siente hacia el caído.

Aquella rápida mirada sirvió a Esteban para hacer un descubrimiento. En
el cuello de los soldados que le rodeaban ostentábase el mismo número
del regimiento a que él había pertenecido. Una nueva desgracia que caía
sobre él. Sus guardianos no tardarían en reconocerlo a él y a su antiguo
asistente, y sería imposible el impedir la identificación de
personalidad, que tan terrible había de serle.

A Alvarez le pareció adivinar en aquellos soldados ennegrecidos y
transfigurados por el combate algunos de los individuos de su antiguo
batallón, y aunque ahora se fijó más atentamente en el oficial que los
mandaba, le fué imposible reconocerlo, pues marchando al frente del
destacamento le presentaba la espalda.

Una gran parte de aquella compañía, de la que estaba encargado el
teniente por haber muerto el capitán en aquella mañana, siguió por la
calle de Atocha arriba, para reunirse con las demás fuerzas que ocupaban
la barricada de la plaza de Antón Martín: la Guardia civil quedó
detenida en la esquina, y el joven oficial, con unos veinte soldados,
que llevaban entre sus bayonetas a los dos prisioneros, emprendieron la
marcha por la calle del Fúcar.

Anochecía, y como en aquella zona de Madrid no era posible encender el
alumbrado público hasta que se recompusieran los destrozos causados en
las cañerías de gas por los insurrectos, al levantar las barricadas, en
las calles estrechas reinaba una obscuridad que hacía caminar a los
soldados con bastante precaución.

El oficial, que iba al frente, fué acortando poco a poco su paso, hasta
quedar al nivel de los prisioneros y colocarse al lado de Alvarez.

Seguía en su actitud indiferente y desdeñosa y entonaba, entre dientes,
los toques de corneta que había estado oyendo durante todo el día.
Alvarez, a pesar de su triste situación, sentíase muy molestado por la
petulancia de aquel oficialito, que, pegado a él, parecía hacerle fisga
con su monótono canturreo.

De pronto se estremeció al oír, entre un toque a la bayoneta y otro de
alto el fuego, una voz conocida que le hablaba muy bajo.

--Te he conocido en seguida, querido Séneca. Ya me figuraba yo que era
muy posible el encontrarte metido en esta zambra... ¡Eh! ¡No te inmutes!
No me hables: podían apercibirse estos muchachos y lo echaríamos todo a
perder.

Alvarez no volvió la cabeza e hizo esfuerzos para que no se conociera la
sorpresa que experimentaba. Había reconocido al oficial; era su antiguo
amigo, el vizconde del Pinar, aquél a quien llamaban en el regimiento el
alférez _Lindero_, y que durante la emigración de Alvarez había
ascendido.

Perico, que marchaba a la derecha de su amo, casi pegado a él, oía
perfectamente tales palabras, y más sereno que aquél no hizo el menor
gesto de sorpresa. El había reconocido al teniente desde que se puso al
lado de los prisioneros, pero se callaba aguardando algo bueno de aquel
encuentro.

El vizconde seguía hablando, aunque miraba a otra parte, sin mover los
labios y como si tal cosa no hiciera, habilidad que había adquirido en
los salones para decir cuanto quería, sin que se apercibiera otra
persona que la interesada y de la que él se mostraba siempre muy
orgulloso.

--¡Buen día nos habéis dado con vuestra maldita revolución! Te digo que
aquellos guardias tenían motivo de sobra para haberos fusilado. ¡Diablo!
Y si no llego yo, de seguro que os despachan a ti y a tu asistente. Te
he conocido en seguida, a pesar de que te tapabas la cara... ¡Bien!; y
ahora, ¿qué...? La verdad es que no hemos adelantado gran cosa
librándote yo de los fusiles de aquellos energúmenos. Vas a ser
fusilado, querido _Séneca_, a pesar de toda tu filosofía, y lo mismo le
ocurrirá a ese bruto de Perico, que comete la locura de seguirte a todas
partes. Mi deber es conducirte al Principal: allí no faltará alguien que
te reconozca, y no te digo si tendrán ganas de meterle plomo en el
cuerpo a un conspirador como tú, que lleva revuelto el Ejército,
arreglando pronunciamientos. Pero.... ¡con mil demonios!!, estate
quieto. ¡Anda como si nada te dijera! No vuelvas la cara ni intentes
hablarme... Ya veremos de arreglar esto en el camino.

Y aquel buen muchacho inclinó la cabeza, ocupado en pensar cuál sería
el medio más seguro y acertado para salvar a su amigo.

Reflexionó largamente, y la única consecuencia que pudo sacar es que se
había metido en un _lío_ terrible, y que no le quedaba otro remedio que
comprometerse gravemente o llevar a su amigo al degolladero.

El vizconde sentía que algo que dormía en el fondo de su vano cerebro se
sublevaba ante la idea de que Alvarez fuera entregado por él mismo en el
Principal, de donde saldría para ser fusilado con otros muchos
prisioneros. No; esto no ocurriría, pues sería para él un eterno
remordimiento.

--Yo creo en la Providencial--pensaba--. Y ¡qué diablo!..., cuando las
cosas han venado de modo que siendo tan grande Madrid he sido yo el
destinado á hacer a Alvarez prisionero, es que la suerte me designa para
que sea su salvador. Y le salvaré..., ¡sí, señor!, le salvaré.

El teniente, convencido por esta lógica de que estaba en el deber de
salvar a su amigo, aunque faltara a la disciplina y expusiera su vida,
ocupábase en imaginar los medios de evasión, y de vez en cuando miraba
con ojos recelosos a todos los soldados, que, con el fusil al brazo y la
bayoneta calada, marchaban detrás de los prisioneros. Aquel examen le
tranquilizaba poco.

--Mira, Esteban--siguió diciendo a su amigo del mismo modo que antes--.
Veo muy difícil que tú te puedas escapar. Si fueras un desconocido, aún
podría yo intentar algo con esos muchachos, diciéndoles que eres un
honrado padre de familia y que resultaría un crimen el fusilarte. Pero
te conocen, _Séneca_, te conocen. Muchos de ellos son quintos del año
pasado; pero vienen aquí dos gastadores de la época en que tú estabas en
el regimiento, y hace rato que no te quitan la mirada de encima. Esos
saben quién eres y las ganas que el Gobierno tiene de echarte la mano.
Si te escapas de seguro que te disparan, y lo peor es que no errarán,
pues son buenos tiradores. Pero..., ¡con mil demonios!, ¿qué es lo que
voy a hacer?

Alvarez no pudo contenerse esta vez, y a pesar de la oposición del
teniente, habló con voz apenas perceptible.

--Llévame al Principal; es lo más fácil. Me importa poco vivir después
de lo ocurrido.

--Por fin has hablado para decir una barbaridad. ¿Te parece, alma de
cántaro, que yo, sin remordimiento de conciencia, puedo entregarte en
manos de los que te han de dar muerte?... Y el caso es--continuó con
visible vacilación--que no es cosa fácil salvarte. Es fácil que un preso
se escape, pero aquí sois dos, y la cosa no resulta ya tan sencilla.
¿Qué haremos?

Y el teniente, que caminaba cada vez más lentamente, volvió a sumirse en
una profunda meditación.

La obscuridad era cada vez mayor en las calles; la mayor parte de las
casas tenían cerradas sus puertas y no se veía un transeúnte por parte
alguna. Parecían las calles de una ciudad abandonada. El vecindario,
aterrorizado por los combates que durante toda la tarde se habían
sostenido en aquella zona de Madrid, sentía aún en los oídos el zumbido
de las últimas descargas y no se atrevía a dejar libre la más pequeña
rendija de su domicilio. La llegada de la noche y la carencia de
alumbrado aumentaba aún más el terror.

La escolta y sus prisioneros estaban ya en la calle de Jesús, próximos a
la plaza del mismo nombre, cuando el vizconde tocó con el codo a su
amigo Alvarez.

--Oye, Esteban: he pensado bien lo que te va a ocurrir y veo que no te
queda más recurso que la fuga. Puede ser que alguno de éstos, al verte
correr, te acierte y te meta una bala en el cuerpo; pero si llegas al
Principal tu ruina es cierta, y muerte por muerte, más vale que tientes
fortuna. Tal vez logres escapar sano. De dos hombres que huyen en
distinta dirección, por lo menos uno puede salvarse. ¿Nos oyes tú,
muchacho?

Perico dió con el codo un suave golpe a su señor para indicarle que
escuchaba las palabras del teniente, y Alvarez, por su parte, contestó
afirmativamente a su amigo con idéntica señal.

--Está bien. Pues así lleguemos a la entrada de la plaza, tú huyes por
un lado de la calle de Lope de Vega, y Perico, por el otro. El lado de
la derecha, es el malo, pues conduce al Prado, donde es muy difícil
sustraerse a la persecución; el de la izquierda es el mejor, pues por él
puedes encontrar en las calles vecinas alguna casa abierta donde
esconderte. Los dos lados son igualmente malos, si estos chicos que nos
siguen tienen buen ojo y os aciertan en la obscuridad. Es inútil que os
dé consejos, pues los dos sois veteranos. No hagáis caso de los tiros;
la cabeza baja y a correr. Ya estamos cerca de la plaza, _Séneca_; dame
la mano sin que nadie se aperciba; así, aprieta fuerte, y si te salvas,
no seas tonto y no te metas en otro fandango como éste. Yo ya veré cómo
salvo mi responsabilidad... ¡Créeme, Esteban! El horno no está para
tortas, y como esto no cambie perderéis siempre los revolucionarios.

La escolta estaba ya a la entrada de la plaza de Jesús, cortando la
calle de Lope de Vega. No había allí nadie, la obscuridad era densa, la
soledad repercutía con eco, agigantando las pisadas, y en las negras
líneas que formaban las fachadas de las casas, no brillaba luz alguna.

Perico caminaba cada vez más unido a su amo, y al llegar a tal punto,
díjole al oído con acento imperioso:

--Usted, por la izquierda.

Esteban se sintió violentamente empujado, y en el mismo momento vió
arremolinarse toda la escolta, echándose los fusiles a la cara.

Era que el fiel muchacho, después de empujar a su amo hacia la
izquierda, se había arrojado con velocidad aplastante sobre el soldado
que iba a la derecha, y arrojándolo al suelo huía por la calle de Lope
de Vega, con dirección al Prado.

Prodújose en la obscuridad un desorden espantoso. El teniente gritó con
indignación tan espontánea, que hacía honor a su disimulo, y los
soldados apuntaron sus fusiles e hicieron una descarga cerrada sobre
aquella parte de la calle.

--Creo que va herido--gritó uno de los soldados que pasaba por tener una
vista portentosa, e inmediatamente, más de la mitad de la escolta se
lanzó en la obscura calle en persecución de Perico.

Todo esto había pasado como una exhalación a los ojos, de Alvarez. El
estampido de la descarga le sacó de la estupefacción producida por la
rápida fuga de su asistente; vió a los soldados de espaldas a él
haciendo fuego, y al mismo tiempo, el vizconde, mientras gritaba
animando a sus soldados a la persecución, le largó un sablado de plano,
como indicándole que huyera en seguida, antes que la escolta volviera de
su sorpresa.

El revolucionario escapó por la izquierda de la calle, corriendo junto a
la pared, con la cabeza baja y el cuerpo encogido, para presentar escaso
blanco, por si le hacían una descarga.

Estaba ya cerca, de la calle de San Agustín, cuando un soldado bisoño se
apercibió de la fuga de Alvarez.

--¡Que se escapa el otro!--gritó; y a esta voz, los pocos soldados que
quedaban al lado del teniente volvieron la cabeza hacia la izquierda de
la calle. Parecíales distinguir la sombra que proyectaba en la
obscuridad el fugitivo, pero ninguno pudo hacerle fuego, por haber
disparado poco antes sus fusiles.

Dos gastadores, los mismos que habían reconocido a Alvarez, según
aseguraba el vizconde, fueron los que salieron en su persecución.

--¡No es necesario que carguéis!--dijo uno de ellos a los compañeros--.
Nosotros tenemos buenas piernas y lo traemos aquí.

Y los dos muchachotes, con el fusil colgado del hombro, salieron al
escape de sus veloces alpargatas, y en la sombra se perdió el retintín
que producían sus armas al agitarse con la violencia de la carrera.

Al teniente le disgustó que fueran aquellos dos hombres los que salieran
en persecución de Alvarez. Sabían seguramente quién era, y por el afán
de ser premiados no dejarían de hacer los más grandes esfuerzos para
apresarle.

Los dos gastadores, con su excelente vista de labriegos acostumbrados a
ver en la obscuridad, distinguieron cómo el fugitivo doblaba la esquina
de la calle de San Agustín.

Cuando ellos entraron en dicha calle la abarcaron en una mirada, y desde
su entrada a la plaza de las Cortes no vieron persona alguna.

Por mucho que corriera el fugitivo, y con la escasa ventaja que les
llevaba, era imposible que hubiese atravesado toda la calle. En ella,
pues, debía estar, y los dos la recorrieron despacio, fijándose en todas
las puertas.

Una sola encontraron abierta perteneciente a una casa antigua, de
modesta apariencia, y cuyo portal era tan reducido, que la escalera
comenzaba muy cerca del umbral.

Los dos muchachos se miraron sonriendo.

--Aquí está--dijo con acento de certeza uno de ellos.

--No es difícil adivinarlo; es el único refugio que ha podido encontrar.
Tal vez nos estará oyendo metido entre la puerta y la pared. ¿Qué
hacemos, Juanico?

--¡Bah! A éste lo fusilan si nosotros lo llevamos allá. ¿Te parece bien
que maten como a un cualquiera a un hombre de que contaban tantas
proezas en el regimiento? ¡Sí, allá en Africa dicen que le llamaban
_Matamoros_! Además, era el más fino de todos los oficiales cuando
estaba en el regimiento, y yo le oí decir al sargento de la escuadra que
sabía más que un cura. Mira, _chiquio_, lo que a él le pasa son
desgracias que le pueden ocurrir a cualquier hombre, y esto son cosas de
política en que no debemos mezclarnos. Dejémoslo en paz; para eso nos
hemos encargado de seguirlo.

El llamado Juanico tenía gran ascendiente sobre su compañero, pues éste
se limitó a levantar los hombros en señal de conformidad.

--Vámonos...; pero, no, aguárdate un poco. Que conste esto que hacemos,
pues ese señor de seguro que está ahí.

Y Juanico se acercó a la entreabierta puerta y la golpeé con la culata
de su fusil.

--Mi capitán--dijo con voz leve acercando su cabeza al espacio que la
puerta dejaba libre--. Sabemos que está usted ahí, pero no pase
cuidado. Comprendemos lo que son estas cosas, y para nosotros, un hombre
es un hombre.

El gastador iba a retirarse después de este rasgo de elocuencia, en que
condensaba todos sus sentimientos, cuando creyó prudente añadir para que
el servicio no quedase en el misterio.

--Yo soy Juan Cuesta, y mi compañero, Pablo García, de la escuadra del
segundo batallón, la que mandaba el cabo _Ravianco_. Somos de Belchite.
Usted, de seguro, no tendrá el honor de conocernos, pero nosotros nos
acordamos de cuando usted mandó, por una temporada, nuestra compañía.
Aún me acuerdo de las dos guantadas que le atizó usted al cabo
_Solimán_, aquel que tantas panzas les largaba a los reclutas. Parece
que lo estoy viendo... ¡Qué buenos puños tiene usted!

Y el muchachote, como si temiera enfrascarse en aquellos recuerdos que
le hacían sonreír, se apartó un poco, disponiéndose a retirarse.

--Vaya, ¡adiós, mi capitán!... Ese que iba con usted no sé qué suerte
habrá tenido. Creo que alguna de las _chinas_ le habrá alcanzado. Que
tenga usted mejor fortuna, capitán; procure que no le coja la Policía o
la Guardia civil, que ahora mismo irán a la husma de los fugitivos.

Y el soldado aragonés se retiró, pero cuando ya estaba al lado de su
compañero volvió, sobre sus pasos, como si hubiese olvidado algo
importante.

Le repugnaba retirarse sin tener una muestra de agradecimiento del
perseguido, y acercando su cabeza a la entreabierta puerta, volvió a
hablar:

--Mi capitán, ya que tal vez no nos veamos más, haga el favor de darme
la mano. Soy un buen muchacho y tengo gusto en estrechar la mano de un
valiente.

El gastador vió asomar por el borde de la puerta una mano varonil que
apretó con toda la rudeza de un vehemente sentimiento.

--Bien, mi capitán; es usted todo un hombre. Da gusto hacer bien a
valientes como usted. No se mueva; ahora mismo me voy.

Y volviéndose a su camarada le llamó con un ligero siseo.

--¡Eh, tú! ¡Pablico! Ven aquí, que el capitán quiere darte la mano.

El otro aragonés acudió solícito a estrechar aquella mano que surgía de
la obscuridad como la de una aparición fantástica, y los dos soldados,
después de sonreír estúpidamente por aquel honor, se retiraron, no sin
antes decir el más avispado:

--Guárdese bien, mi capitán, que no lo cojan. Y si algún día cambian
los tiempos y usted es algo, acuérdese de estos pobres. No lo olvide;
somos de Belchite.

Los dos gastadores se alejaron, y en su apostura notábase la interna
satisfacción que experimentaban.

--¿Ves?--decía Juanico--. Da gusto hacer favores a hombres que son
hombres. Te digo que el dar la mano al capitán me ha puesto más contento
que cuando la Pepa me regala un real para vino. ¿No piensas tu así?

El compañero afirmó con una cabezada.

--Ahora--continuó el gastador aragonés--mucho mutis. Hemos hecho lo
suficiente para ir al Fijo de Ceuta. Aunque Dios baje del cielo a
preguntarte, cuidado con mover la lengua.

Cuando los dos llegaron a la entrada de la plaza de Jesús vieron reunida
ya a toda la escolta y sentado sobre un fusil que sostenían por ambos
extremos dos soldados al desgraciado Perico, que había sido herido en
una pierna al escapar hacia el Prado.

Los soldados, al recogerle del suelo bañado en sangre, aplacaron su
furor, y perdonándole la carrera y la alarma que les había proporcionado
le trataban con bastante consideración.

La escolta púsose en marcha, y los dos gastadores, en el silencio con
que el teniente acogió su declaración de no haber alcanzado al fugitivo,
comprendieron que no habían obrado del todo mal.

Cuando Alvarez, oculto en aquel portal obscuro, oyó alejarse a los
soldados empujó la puerta tras la cual se guarecía, y cerró suavemente.

Ya estaba en salvo, aunque sólo fuera momentáneamente. Sentado en los
primeros peldaños de la escalera, envuelto en aquella densa oscuridad y
oyendo de vez en cuando sordos ruidos que provenían de los habitantes de
los pisos superiores, pasó Alvarez gran parte de la noche, considerando
aquel refugio incómodo y peligroso como un lugar de delicioso descanso,
después de las terribles aventuras de aquel día.

De vez en cuando sonaba a los lejos el galopar de algún pelotón de
caballería, y en la misma calle, se oyeron varios veces los pasos de
patrullas que marchaban lentamente recorriendo la ciudad para efectuar
registros en las casas sospechosas y detener a cuantos transeúntes de
aspecto equívoco encontraban.

Alvarez, sumido en aquella oscuridad, presa de cruel incertidumbre sobre
su porvenir, y a merced del primero que llamase a la puerta o bajase la
escalera, sentía desvanecerse por momentos su presencia de ánimo.

La situación no podía ser más crítica. Mientras había durado en el la
excitación del combate, los peligros le habían parecido sin importancia;
no había sentido la menor conmoción en las barricadas, ni al ver cerca
de la cara de Enriqueta los fusiles de la guardia civil apuntados a su
pecho: estos sucesos, así como la reciente fuga, recordábalos con toda
la vaguedad de un sueño, pero ahora, al considerar fríamente su
situación, sentía miedo y deseaba salir cuanto antes de tan angustioso
estado.

Permaneciendo allí, estaba a merced del primero que lo encontrase en la
escalera, y esta consideración le impulsó varias veces a subir para
pedir a los vecinos de las habitaciones superiores que le auxiliasen;
pero siempre se detuvo. Los habitantes de aquella casa, a juzgar por el
portal reducido, mísero y sin portería, debían ser gentes pobres; pero
aunque esto alentaba al fugitivo, por otra parte, atemorizábale la idea
de encontrar arriba alguna mujer que asustada por su presencia, diese
voces que pusieran en alarma a toda la calle.

Alvarez prefirió permanecer quieto, y allí, estuvo muchas horas sentado
en el duro peldaño y martirizado por la carencia de tabaco y fósforos.

De poder fumar, se hubiera distraído y alejado de sí aquella idea cruel
y obsesionante de comparar su situación a la de un muerto y creerse en
el fondo de una tumba, a causa de la oscuridad y del absoluto silencio.

Desesperado por la seguridad de que allí permanecería toda la noche y
que al día siguiente sería descubierto y preso, entreteníase en contar
las horas que iban sonando en todos los relojes del barrio. Así oyó
desde las nueve hasta la una de la madrugada.

Daban aún tal hora los relojes más atrasados del barrio, cuando en la
calle, por la que hacía mucho tiempo ya no transitaba nadie, sonaron las
pisadas de una persona que se detuvo ante la puerta. Aquello hizo
levantar de un salto a Alvarez, y su alarma, aun subió de punto, al oír
que introducían una llave en la cerradura.

Escondióse en el espacio que quedaba entre la pared y la puerta al
abrirse ésta y oprimiéndose contra el muro, esperó.

Abrióse la puerta lentamente y un hombre entró en el oscuro portal,
cerrándola tras sí. Después, en la oscuridad, sonó el chasquido de un
fósforo al ser raspado y encenderse, y una claridad rojiza se esparció
por aquel reducido espacio.

Alvarez, al cerrarse la puerta, había quedado al descubierto, así es que
vió inmediatamente al recién llegado y fué visto por éste.

Era un hombrecillo de enteca y mísera figura, que tenía como rasgos más
salientes en su aspecto, una nariz más que regular y una chistera
mugrienta, cuyas alas daban sombra a una melena, lacia y canosa, que
bajaba a cubrir de mugre el cuello de la camisa. La levita raída a
fuerza de cepillo, pregonaba una pobreza extremada pero digna, y todo en
aquel vejete delataba al desgraciado que sabe llevar con nobleza su
miseria y que aun la anima con algo de esa alegría serena y dulce,
patrimonio de los hombres bondadosos.

Al ver a Alvarez, que sin sombrero, con las ropas rotas y el rostro
ahumado, nada tenía de tranquilizador, el viejo experimentó gran
sorpresa y se hizo atrás instintivamente, pero pronto se repuso y con
ademán que pugnaba por ser imponente, se acercó al desconocido y
empinándose sobre las puntas de los pies, al mismo tiempo que se
afirmaba las gafas sobre el extremado caballete de su nariz, preguntó
con voz hueca:

--¿Qué hace usted aquí, caballero?

El fugitivo contestó con voz trémula y con una dignidad que no pasó
inadvertida para el viejo. Pedíale auxilio, que lo ocultase en su casa
para librarse de una muerte cierta.

--¡Ah! Todo lo comprendo, caballero. Usted es sin duda de los
comprometidos en esa jarana que ha aterrado a Madrid durante todo el
día. Muy bien, caballero; está muy bien.

Y se quedó pensativo por algunos instantes. Alvarez no esperaba nada
bueno de aquellas reflexiones y aguardaba el momento en que el vejete le
ordenase salir de allí, insultándole por meterse en las casas y
comprometer a las personas honradas.

Por esto su sorpresa fué grande cuando aquel hombrecillo señaló la
escalera y con entonación propia de un personaje de drama, le dijo:

--Sígame usted, caballero. Arriba hablaremos.

Procurando hacer el menor ruido al subir los peldaños, iba el vejete
delante encendiendo fósforos y casi pegado a su levita seguíale el
fugitivo Alvarez, a quien después de lo ocurrido, le parecía aquel
hombre la figura más simpática que había encontrado en su vida.

Vivía en el cuarto piso, en una habitación que tenía el aspecto de un
desván y que ofrecía un golpe de vista raro. Había en ella más libros
que muebles y más papeles que libros. El único adorno de la pared, era
un gran retrato al óleo de una mujer bastante fea, con soberbio marco
dorado, que estaba pregonando su procedencia de la época en que el dueño
de la casa había gozado de mejor posición social.

El viejo, después de enterarse de quién era Alvarez, sentía verdadero
afán por corresponderle relatándole su propia vida. Aquel retrato, era
el de su difunta Ramona, el único ser que en este mundo le había
comprendido, y había hecho justicia a sus méritos, desconocidos por el
vulgo.

El también había sido revolucionario... ¡je! ¡je!... y miliciano
nacional; aun debía tener en la cómoda, como recuerdo, los botones del
uniforme. Las prendas las había gastado para ir por casa. ¡Jo! ¡jo!... Y
el viejo reía recordando el año 54, cuando él, en su evolución mil y
tantas acerca de la utilidad de sus facultades, había pensado dedicarse
a político. En el bienio progresista había perorado en los clubs, y
hasta llegó a sargento furriel de una compañía del batallón de Ligeros
que mandaba Sixto Cámara; pero no le llamaba Dios por el camino de la
política, y la dejó para dedicarse a inventar el movimiento continuo.

Aquel Don Pedro Corrales--éste era su nombre--resultaba un ejemplar
precioso de ese tipo que tanto abunda en nuestra sociedad, de hombre
listo que sirve para todo, que no encuentra asunto que no crea
profundizar y dominar, y que, al fin, muere en la miseria sin haber
hecho nada, ni servir en lo más mínimo a la sociedad.

A la muerte de sus padres era rico, y ahora estaba en la miseria. No era
vicioso, ignoraba lo que eran locuras, y a pesar de esto, el dinero se
le fué de entre las manos como si fuera azogue. No siguió carrera alguna
porque se sentía poeta, y el genio no puede encadenarse a la monotonía
universitaria. Amigo de todos los grandes hombres del período romántico,
para revolucionar el teatro se metió a empresario, y perdió media
fortuna; fué después editor, y su bolsa experimentó una segunda derrota;
metióse en empresas industriales y acabó con su fortuna, sin que las
desgracias lograsen quitarle aquella manía de hombre extraordinario
llamado a transformar cuanto tocaba.

La miseria y el olvido no habían desvanecido ninguna de sus ilusiones, y
oyéndole hablar se esperaba de un momento a otro que se golpease la
frente, y como Andrés Chenier, exclamara:

--¡Aquí hay algo!

En medio de la lástima que inspiraba a Alvarez oyéndole contar su vida
tan llena de ilusiones, el revolucionario sentía por el viejo una viva
simpatía cada vez que éste cortaba su relación, y mirando aquella cara
fea del retrato decía con visible ternura:

--¡Oh! ¡Si viviera mi Ramona! Esa me comprendía, y sabía animarme. Sin
ella me siento incapaz para todo.

El presente del buen viejo era bastante triste, pero a pesar de esto,
aun hacía sonreír a aquel niño de cabellos blancos, destinado a bajar a
la tumba con la virginal corona de sus primeras ilusiones. Ganábase la
vida con un puesto de memorialista que tenía en la plaza de Isabel II, y
según él aseguraba, sonriendo irónicamente, no podía quejarse de su
suerte; los del oficio le tenían envidia en secreto por su gran
clientela, y muchas criadas iban a buscarle desde el otro extremo de
Madrid, conociendo su _buena mano_ para _inventarse_ cartas amorosas en
verso. Además, en los ratos desocupados escribía piececitas para el
teatro Infantil, único coliseo donde había logrado ver admitidas sus
producciones. Le quedaba aún mucho de su antigua afición.

Y el vejete enumeraba las ventajas de su vida, con la misma entonación
que un galán de comedia recita un parlamento.

--En fin, caballero; que lo paso ricamente, y sería un crimen quejarme
de mi fortuna. Otros lo pasan peor y han tenido principios superiores a
los míos. Hoy, a pesar de que la sarracina comenzó muy de mañana; he
querido ir a mi cajón de memorialista, porque la puntualidad en el
ejercicio de la profesión, es la base del crédito. Como hasta allí
llegaban las balas, me he metido en el bodegón donde me dan de comer, y
he estado en él hasta el anochecer en que he ido al café donde todas las
noches me reuno con algunos amigos. No he encontrado a ninguno de ellos,
el café estaba casi vacío, pero yo he pasado la noche hablando con el
camarero, y no me he retirado hasta la hora de costumbre. La
puntualidad; siempre verá usted en mí lo mismo, caballero.

Alvarez oía al viejo, ocupado en roer una libreta de pan bastante dura,
que el viejo había encontrado registrando toda su habitación, y la
mojaba en un vaso de vino rancio. El único sibaritismo de don Pedro, al
hacerse viejo, había consistido en tener siempre en su casa algunas
botellas del añejo que compraba en el bodegón.

El revolucionario, después de aquel día de terribles emociones, en el
que apenas había comido, sentía un hambre nerviosa, y procuraba
aplacarla con aquellas sopas con vino.

De buena gana se hubiese tendido en la cama, que estaba en un extremo de
la habitación, pues el cansancio propio de una jornada tan agitada,
entumecía sus miembros; pero el viejo, desde que sabía que su protegido
era un antiguo capitán, y por añadidura ayudante de Prim, no quería que
le tomase a él por un cualquiera y hablaba sin descanso, relatando todos
los incidentes de su vida. El mutismo a que le obligaba habitualmente la
soledad de su vivienda, hacíale en la presente ocasión ser charlatán
hasta el aburrimiento.

El, aunque ahora era un pobre memorialista, había sido el amigo y el
protector de todos los grandes hombres. ¡Cuánto le quería _Pepe_
Espronceda! ¿Pues y Marianito Larra? Mayores favores le debía _Pepe_
Zorrilla, el autor del _Tenorio_, y no es que él se quejase de
ingratitud; pero como el otro estaba ya tan alto y él tan bajo, siempre
que lo veía de lejos, don Pedro se avergonzaba y escurría el bulto, pues
su timidez sublevábase con la más leve suposición de ser molesto a un
amigo que podía sentir repugnancia ante su miseria.

Y el anciano seguía enumerando todos los amigos, grandes y medianos, que
había tenido en su juventud y alcanzado alguna notoriedad.

--¡Y pensar que yo que he sido dueño del teatro Español, que he tenido
en la calle de la Montera la más hermosa casa editorial que se ha
conocido, y que en Chamberí levanté una fábrica que asombró a cuantos la
vieron, vivo en esta casa pobre y abandonado, sufriendo las
impertinencias de soeces vecinos! ¡Qué vueltas da el mundo! ¿eh,
caballero capitán?

Alvarez, rendido de cansancio, y arrullado por la voz dulce de don
Pedro, estaba próximo a dormirse; y si aun conservaba los ojos abiertos
y contestaba con signos a las palabras del viejo, era porque tenía
empeño en acabar de ablandar con vino el último pedazo de aquella
libreta que tan rebelde se mostraba entre sus dientes.

Lo que mejor comprendió el capitán, es que hubiera corrido un gran
peligro, si en vez de permanecer inmóvil en el patio, hubiese llamado en
los pisos superiores demandando protección. ¡De buena se había salvado!
En el primer piso vivía una vieja prestamista, de conciencia
intranquila, gruñona, y que le bastaba oír el ruido de un ratón, para
imaginarse que los ladrones forzaban su puerta y pedir socorro a los
vecinos. Si Alvarez hubiese llamado a su puerta, de seguro que la vieja
usurera hubiera contestado con chillidos suficientes para poner en
alarma toda la calle.

En el segundo vivía una buena moza, querida de un cabo de Policía,
sujeto de malas entrañas, del que había que guardarse en adelante, pues
era dedicado en especial a la persecución de delincuentes políticos. La
moza no era de mejores sentimientos que su amante, y de haber llamado
Alvarez a su puerta, diciendo quién era, de seguro que la policía no
hubiese tardado en echarle mano.

--De todos modos, señor Alvarez--decía el viejo con su entonación
dramática y caballeresca--, más vale que tengamos vecinos de tal clase.
Usted estará aquí muy seguro solamente con que tenga prudencia y no se
deje ver, pues a nadie se le ocurrirá venir a registrar una casa donde
vive el sabueso más listo de la policía. ¡Vaya por Dios! Alguna vez
debía servir para algo esa vecindad soez.

Y el pobre anciano, por el modo de decir estas palabras, daba a entender
la repugnancia que le producía el trato con esas gentes incultas, que
guardan todos sus sarcasmos y desprecios para los pobres de levita que
se ven obligados a vivir entre ellas, y a los que odian por su
superioridad de educación.

La sencillez con que don Pedro se comprometía a tenerle en su casa por
un plazo indeterminado, hasta que pudiera salvarse, conmovió a Alvarez
hasta el punto de desvanecer la somnolencia en que estaba.

Dióle las gracias con un vigoroso apretón de manos, y después sacó del
bolsillo interior de su levita una abultada cartera. Tenía allí más de
tres mil pesetas que era el sobrante de los fondos que la Junta
revolucionaria le había entregado para la preparación de una parte del
levantamiento.

Quiso que don Pedro tomase la cantidad que juzgase necesaria para
atender a los gastos que pudiera proporcionarle, pero el viejo rehusó
con un gesto imponente que recordaba a los héroes de tragedia,
rechazando la cicuta mortal.

--No; sería la primera vez que tomaría dinero a cambio de un favor.
Guárdese sus billetes, señor de Alvarez. Aunque soy pobre, aún tengo
algunos duros en esa cómoda y puedo hacer mi santa voluntad sin que
nadie me ayude.

Alvarez no insistió, pues había conocido el verdadero carácter de aquel
hombre.

Eran ya las tres de la madrugada, y don Pedro, excitado por aquella
charla extraordinaria, no pensaba en dormir. Fumaba cigarrillo tras
cigarrillo y hacía que el capitán bebiera copitas del añejo, según él
decía, para que se le pasasen los muchos sustos que había experimentado
durante el día anterior.

A las cuatro, cuando ya comenzaba a romper el día, se decidió a dormir,
pero antes, aun quiso mostrar a su huésped lo que él llamaba _museo
retrospectivo_, y de dentro de un cofre viejo sacó un grueso manojo de
anuncios de teatro y algunas docenas de pequeños volúmenes,
encuadernados en pasta.

Los primeros, eran los prospectos teatrales de cuando él era empresario
y estrenaba dramas propios que vivían en el cartel una sola noche. Los
libros constituían una biblioteca que él había publicado en pleno furor
romántico, con el título de _Galería de espectros trágicos y sombras
ensangrentadas_, colección de novelas con más prodigios que una comedia
de magia y en las cuales las protagonistas ostentaban puñales y botes de
veneno como quien lleva el abanico, y todos los héroes eran melenudos,
de ojos satánicos y con palidez verdosa, como si todas las mañanas se
desayunasen con vinagre.

La excitación de la charla y un par de copitas habían puesto a don Pedro
en una situación tal que, al contemplar aquellos recuerdos de gloria, se
enterneció hasta el punto de que le saltaron las lágrimas por bajo de
las gafas.

--¡Ah, caballero!--gimoteaba el viejo--; aquélla fué mi grande época.
Tenía dinero en abundancia, era respetado y querido por todos, se me
consideraba como hombre llamado a hacer grandes cosas, y, sobre todo,
tenía a _ésa_--señalando al retrato--, a mi Ramona, que era un dechado
de perfecciones. Yo la maté, señor Alvarez: no quiero ocultarlo, yo fuí
quien la maté, con mi afán de actividad y de especulaciones atrevidas.
La pobrecita no pudo sufrir la ruina ni familiarizarse con la miseria.
Había nacido en la opulencia y murió en el hospital. El primer día en
que ella me vió en el cajón de memorialista, esperando a criadas y
aguadores que entonces no venían, la infeliz cayó enferma. Era demasiado
señora para sufrir aquello. Crea usted que estos recuerdos son lo único
que en esta vida me pone triste.

El anciano encerró los libros y papeles en el cofre y se dirigió a la
cama, no sin beber antes otra copita, para olvidar aquello que tanto le
afligía.

Los dos iban a acostarse en la misma cama, y cuando estaban ya en ropas
menores, y don Pedro, dejando las gafas sobre la mesa, iba a apagar el
hermoso quinqué, dijo al militar:

--Antes de dormir arreglemos nuestra vida, señor de Alvarez. Mientras yo
esté, como de costumbre, en el cajón, usted permanecerá quietecito aquí,
cuidando de no cometer imprudencia alguna para que no se aperciban las
gentes de abajo. Puede usted entretenerse leyendo los libros que hay
desparramados por ahí; además, le dejaré mi _Galería de espectros
trágicos y sombras ensangrentadas_: se la recomiendo, hay en ella cosas
muy buenas. El orden de las comidas lo arreglaremos en la siguiente
forma: yo almorzaré a las doce, en el cajón, según costumbre; usted hará
lo mismo con fiambres que ya le traeré a usted mañana. A las seis
volveré a casa, y como es la hora más a propósito para que ningún vecino
curiosee, subiré yo mismo un pucherete con algo más que nos guisarán en
una taberna de esta misma calle. ¿Está usted conforme?

Alvarez sonreía enternecido por la bondad de aquel viejo, que
socorriendo a un desgraciado, parecía poseído de un gozo infantil.

Don Pedro apagó el quinqué, y buscando a tientas la cama, fué a
acostarse al lado del revolucionario.

--Ahora, a dormir--dijo con voz queda--. Estará usted mucho tiempo aquí
como prisionero. Esto le será molesto, pero, ¡qué diablo!, lo importante
es librar la piel y aguardar que vengan tiempos mejores. Ya veremos de
salir de este paso.

Calló el viejo, pero al poco rato sonó en la obscuridad su risita
infantil.

--¿Sabe usted por qué río, señor de Alvarez? Me hace mucha gracia el
engañar al Gobierno teniéndole a usted aquí. ¡Ji, ji! ¡Cuánto me reiré
cada vez que vea a ese groserote policía que vive abajo!

Al capitán le causaba cierto remordimiento la alegría del sencillo
anciano.

--Piense usted bien lo que hace, don Pedro, socorriendo a un
revolucionario. Estos Gobiernos son capaces de fusilar a un viejo por
haber ocultado a un desgraciado.

Reinó el silencio, pero al poco rato contestó el anciano, con voz grave:

--Me importa poco lo que pueda sucederme por hacer bien a un semejante.
Aunque soy viejo, no me asusta la muerte. ¿Cree usted que si yo tuviera
valor no hubiese ido hace ya tiempo a reunirme con Ramona?

Alvarez se estremeció escuchando aquellas palabras sencillas, que
delataban una desesperación tranquila y un amor póstumo a toda prueba.

Los dos no tardaron en rendirse al sueño, y aquella noche Alvarez soñó
que era pequeño, muy pequeño y que dormía abrazado a su padre, del cual
apenas si se había acordado en mucho tiempo.

Más de un mes permaneció Alvarez en aquel escondite, haciendo la vida
ordenada por don Pedro.

Este no sólo le llevaba la comida a su huésped, sino que abandonaba su
cajón y corría todo Madrid para cumplir los encargos que le hacía
Alvarez.

A pesar de las precauciones que tomaban los vencidos, ocultos en Madrid,
don Pedro, siguiendo las indicaciones del capitán, pudo ir enterándose
de cuál había sido la suerte de cada uno.

Alvarez, seguro de su escondite, no tenía prisa en huir, convencido de
que cuanto más tardase en salir de Madrid, menos obstáculos tendría que
salvar en su fuga.

El embajador de Inglaterra, que había ya arreglado la escapatoria a los
principales comprometidos en la revolución, era el encargado de
facilitarle los medios de huída.

La Policía andaba muy escamada, según decía don Pedro, que ahora hablaba
más frecuentemente con el vecino polizonte, y había que esperar a que se
presentase una ocasión oportuna.

Una dama inglesa, que había venido a España muy recomendada al
embajador, con el sólo objeto de ver corridas de toros y pintar en su
cuaderno de acuarelas algunas cabezas de gitanos, fué la que se encargó
de salvar al revolucionario.

Propúsole el embajador a la romántica _miss_ que al regresar a
Inglaterra llevara hasta la frontera de Francia, en calidad de criado, a
un capitán español condenado a muerte, y la descendiente de Ofelia
aceptó, encontrando la aventura muy novelesca y propia para causar
sensación en los salones de Londres.

Don Pedro, que servía para todo, afeitó a su protegido concienzudamente,
le ayudó a vestirse un traje que había comprado el día antes, y Alvarez
quedó convertido en el tipo perfecto de esos criados elegantes y
respetables que constituyen la aristocracia de la domesticidad.

Aquella misma noche, a fines del mes de agosto, el revolucionario,
llevando el saco de noche en la enjuta y huesuda _miss_, que le
precedía, atravesó el salón de espera y el andén de la estación del
Norte, pasando por entre la Policía que vigilaba atentamente a los
viajeros.

Don Pedro, sonriendo como un angel, contemplaba la escena desde un
extremo de la estación, y cuando el tren partió, lanzó un suspiro de
satisfacción acompañado de unas cuantas carcajadas.

¡Je, je! ¡Cómo se la habían pegado al Gobierno y a su vecino el cabo de
Policía!

De este modo salió Esteban Alvarez de aquel levantamiento tan heroico
como infortunado.

Al llegar a París se despidió de su protectora inglesa, que en todo el
viaje no le había dirigido media docena de palabras, limitándose a
mirarle descaradamente a través de su monóculo, con la misma insistencia
que si fuese un bicho raro.

Los primeros días de estancia en París fueron insoportables para el
emigrado. Se hallaba completamente solo y todo traía a su memoria el
recuerdo de su asistente, de su fiel Perico, que había sido en aquellos
lugares su inseparable compañero.

Ignoraba cuál había sido su suerte desde que el pobre muchacho le
abandonó en la calle de Lope de Vega para hacer más fácil la huída de su
amo.

Creía unas veces que estaría sano y salvo en Francia y hacía pesquisas
para encontrarlo, pero ningún compañero de emigración había oído hablar
de él y se ignoraba cuál había sido su suerte.

Al mes de emigración la ansiedad experimentada por el capitán era tan
grande, que resolvió escribir a su amigo el vizconde preguntándole por
Perico. Envió la carta al Casino donde pasaba la vida el vizconde y no
puso su firma, pues sabía que el Gobierno era maestro en el arte de leer
la correspondencia sospechosa, sin detenerla, y él no quería comprometer
a su amigo. Limitábase a preguntar qué era de Perico, y consignaba la
dirección que debía dar a su repuesta.

El vizconde reconoció la forma de letra de su amigo y contestó a vuelta
de correo lacónicamente para evitarse compromisos.

Perico estaba actualmente en Melilla. Una bala le había roto una pierna
en su huída. Después había sido conducido al Hospital Militar, y si no
le habían fusilado lo debía a estar herido, a las influencias que el
vizconde puso en juego, y, más que todo, a la serenidad que demostró
negando su personalidad.

El valiente muchacho dijo en todas sus declaraciones que era francés y
que tan sólo arrastrado por una curiosidad imprudente había ido a las
barricadas, mezclándose en la lucha. Un certificado del Consulado
francés que le encontraron en un bolsillo del traje, fué lo único que le
salvó de ser pasado por las armas; pero esto no le evitó al supuesto
francés el ser condenado a veinte años de cadena en los presidios de
Africa, y apenas estuvo convaleciente de su herida, salió para su
destino formando parte de una de aquellas famosas _cuerdas_ en que iban
a la deportación mezclados con los más abyectos criminales algunos
centenares de ciudadanos honrados, arrancados a sus familias por el
delito de amar mucho a su patria.

Aquella carta conmovió al revolucionario y le hizo odiar aún con más
fuerza el régimen político contra el cual conspiraba.

FIN DEL TOMO SEXTO

       *       *       *       *       *

Typographical errors corrected by the etext transcriber:

aumetar=> aumentar {pg 7}

comparrase=> compararase {pg 7}

arogonesa=> argonesa {pg 9}

entaño=> antaño {pg 10}

útimo=> último {pg 12}

circunstancisa=> circunstancias {pg 15}

aspiracion=> aspiración {pg 19}

Prontó=> Pronto {pg 22}

qu contrariaban=> que contrariaban {pg 22}

su scompañeros=> sus compañeros {pg 25}

Compñía=> Compañía {pg 29}

Orlen=> Orden {pg 32}

esa fortuna la renuncio=> esa fortuna la renunció {pg 35}

paternidd=> paternidad {pg 36}

arrrojar=> arrojar {pg 40}

estar palabras=> estas palabras {pg 60}

pudo vitar=> pudo evitar {pg 61}

eleccción=> elección {pg 62}

severendo=> reverendo {pg 68}

interumpir=> interrumpir {pg 71}

friadad=> frialdad {pg 82}

se se llevan=> se llevan {pg 86}

oracioens=> oraciones {pg 91}

Ite, misa tes=> Ite, misa est {pg 97}

envovliéndolo=> envolviéndolo {pg 103}

rijo=> dijo {pg 134}





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La araña negra, t. 6/9" ***

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