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Title: Historia de las Indias (vol 1 de 5)
Author: Casas, Bartolomé de las
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Historia de las Indias (vol 1 de 5)" ***

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                       NOTA DEL TRANSCRIPTOR:

—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.

—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere
 notablemente de la utilizada en español moderno.

—El transcriptor de este libro creó la imagen de tapa utilizando
 la portada del libro original. La nueva imagen pertenece al dominio
 público.



                               HISTORIA
                                  DE
                              LAS INDIAS.



                               HISTORIA

                                  DE

                              LAS INDIAS

                              ESCRITA POR

                      FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

                           OBISPO DE CHIAPA

                   AHORA POR PRIMERA VEZ DADA Á LUZ

                                  POR

                 EL MARQUÉS DE LA FUENSANTA DEL VALLE

                        Y D. JOSÉ SANCHO RAYON.



                                TOMO I.



                                MADRID
                      IMPRENTA DE MIGUEL GINESTA
                      calle de Campomanes, núm. 8

                                 1875



ADVERTENCIA PRELIMINAR.


La Historia de las Indias del Obispo de Chiapa, Fr. Bartolomé de las
Casas, que hoy damos á luz por vez primera, tal y como su autor la
escribió, consta de tres partes ó Décadas, en otros tantos tomos, y
sólo alcanza al año de 1520. Empezóla en 1552 cuando ya tenia 78 años,
concluyéndola en 1561, cinco ántes de su muerte. La primera de aquellas
fechas resulta comprobada en el prólogo (pág. 29), y la segunda por las
palabras con que concluye la tercera parte:

 Y plega á Dios que hoy que es el año que pasa de sesenta y uno, el
 Consejo esté libre de ella; y con esta imprecacion á honra y gloria de
 Dios, damos fin á este tercer libro.

Es comun opinion y así lo dicen los señores Quintana[1] y Ticknor[2],
que la empezó en 1527; en esta fecha en efecto, dice él en su prólogo
(pág. 32), que «comenzó á escribir las cosas acaecidas en estas
Indias»; pero es indudable que no se refiere á su «Historia» sino á
los apuntes y notas (memoriales como él los llama) que iba tomando,
de lo que veia y oia; con los cuales y con los MSS. del Almirante D.
Cristóbal Colon y de su hermano D. Bartolomé, de que era afortunado
poseedor, dió principio á esta obra en el citado año 1552.

Solo así se explica que ya en el cap. 2.º (página 42), y despues en
otros muchos, cite la «Historia portoguesa de un Juan de Barros», como
él dice, cuya primera Década no se publicó hasta Junio de aquel año[3].

El autor de la _Bibliotheca Americana Vetustíssima_, en un libro
recientemente publicado por la Sociedad de Bibliófilos andaluces, que
se intitula «D. Fernando Colon, historiador de su padre» dice que Fr.
Bartolomé acabó su «Historia» en 1559, sin duda porque vió que en dicho
año está firmada la Dedicatoria, si así puede llamarse, al Rector y
Consiliarios del convento de S. Gregorio de Valladolid; pero no le pasó
por las mientes que podia muy bien suceder, como en efecto así es, que
en ella sólo se refiriese su autor á la primera y segunda parte y no á
la tercera.

Y decimos que vió dicha Dedicatoria porque en la primera parte del
MS. original, que se custodia en la Biblioteca de la Academia de
la Historia, se lee esta nota de su puño, en una de las tres hojas
blancas que tiene de guardas: _Compulsè par Henry Harrisse le 13_
(no se entiende el mes; parece decir _Aout_) 1869, y no comprendemos
como, en la pág. 46 del libro de que venimos ocupándonos, dice, con
mucha formalidad al parecer, «que no habia podido examinar la Historia
general de las Indias y la Apología, escritas por Fr. Bartolomé de las
Casas de 1527 á 1559, cuyos MSS. son tan raros como inabordables.»

Hemos insistido, quizá demasiado, en fijar la fecha en que empezó á
escribirse esta obra, por ser dato curioso y que, á nuestro parecer,
retrata al autor. En efecto, es admirable la seguridad con que al
final del prólogo (pág. 34), traza el plan que se proponia, que era
escribir en seis partes ó libros la «historia de casi sesenta años,
en cada uno refiriendo los acaecimientos de cada diez, sino fuese el
primero que contará los de ocho», añadiendo: «Si tuviere por bien la
divina Providencia de alargar más la vida, referirse ha lo que de nuevo
acaeciere, si digno fuere que en historia se refiera.» ¿Cuántas Décadas
más pensaria escribir el buen octogenario?

Desgraciadamente no dejó, que sepamos, mas que las tres mencionadas,
si bien, por la circunstancia de no haber muerto hasta cinco años
despues (1566), no lo aseguraremos, porque el que en ocho años ó poco
más escribió la mitad de su obra, bien pudo en los últimos cinco de su
vida, si no concluirla, al ménos continuarla.

En la Biblioteca de la Academia de la Historia se conservan la primera
y segunda parte originales, pues aúnque no son autógrafas, tienen en
las márgenes adiciones y correcciones de puño y letra del Obispo. En la
misma Biblioteca hay además una copia de la segunda parte de letra del
siglo XVIII, mandada hacer por D. Juan Bautista Muñoz.

En la Biblioteca Nacional existen las tres partes. La primera y segunda
de letra moderna (1834, segun el Índice), copia hecha sin duda de las
de la Academia que acabamos de citar, y, por cierto, tan esmerada,
que, habiendo sacado de ella la que nos sirve para la impresion, al
compulsar las pruebas con el original de la Academia, casi no hemos
tenido que hacer correccion alguna importante. En cuanto á la tercera
parte, aúnque sin notas autógrafas, por la forma de letra, por la
época, por el papel y los números de la foliacion, creemos que es la
hermana y compañera de las dos que hay en la Academia de la Historia,
con las cuales, á nuestro parecer, debiera volverse á reunir.

De la primera parte se conserva otra copia de letra de fines del siglo
XVI, encuadernada en tres volúmenes, en la Biblioteca particular de S.
M., riquísimo Museo de impresos y manuscritos de inestimable valor.

Otra copia tambien de la primera parte cita el editor del tomo 65 de
la Biblioteca de Autores españoles[4] como existente en la Biblioteca
provincial de Cádiz; dice que es antigua, y que procede de la librería
del Excmo. Sr. D. José Manuel de Vadillo.

Y por último, entre los manuscritos[5] de D. Pedro Nuñez de Guzman,
Conde de Villahumbrosa, en la pág. 108 del Catálogo de su Biblioteca
leemos:

 1 Crónica de las Indias occidentales, compuesta por D. Fray Bartolomé
 de las Casas, Obispo de Chiapa, en fol. ms.

 2 Historia de las Indias occidentales, escrita por D. Fray Bartolomé
 de las Casas, Obispo de Chiapa: comprende sesenta años, desde el año
 1492 hasta el de 1552, en dos tomos, fol. ms.

No sabemos si estos tres tomos completarian un ejemplar de las tres
Décadas, ó si el primero de ellos sería su «Historia apologética», cuyo
original se conserva tambien en la Academia de la Historia, y del que
nos ocuparemos en otra ocasion.

Al ofrecer hoy al público la «Historia de las Indias» de Las Casas,
creemos prestar un verdadero servicio á nuestro país, pues sin que
tratemos de hacer aquí la apología del autor ni de sus diferentes
escritos, concretándonos única y exclusivamente á su Historia[6],
opinamos con Ticknor que «es un vasto almacen de noticias», sin el cual
la historia de los primeros establecimientos españoles en América no
puede, aún en nuestros dias, ser competentemente ilustrada.

Tenemos la satisfaccion de ofrecer á nuestros lectores una nueva
Biografía del Obispo de Chiapa, escrita por el Excmo. Sr. D. Antonio
María Fabié, su compatriota; pero este trabajo, hecho con el
tenimiento y esmero propio de persona tan competente y erudita como
el laborioso Académico de la Historia, no podrá salir á luz hasta
finalizar la impresion del último tomo, de los cinco de que constará
la obra. Si el público pierde algo con este retraso lo ganará nuestro
autor, pues su Biografía saldrá enriquecida con nuevos datos y
noticias.



_Esta historia dejo yo Fray Bartolomé de las Casas, Obispo que fué
de Chiapa, en confianza á este Colegio de Sant Gregorio, rogando y
pidiendo por caridad al padre Rector y Consiliarios dél, que por tiempo
fueren, que á ningun seglar la den para que, ni dentro del dicho
Colegio, ni mucho ménos de fuera dél, la lea por tiempo de cuarenta
años, desde este de sesenta que entrará, comenzados á contar; sobre
lo cual les encargo la consciencia. Y pasados aquellos cuarenta años,
si vieren que conviene para el bien de los indios y de España, la
pueden mandar imprimir para gloria de Dios y manifestacion de la verdad
principalmente. Y no parece convenir que todos los colegiales la lean,
sino los más prudentes, porque no se publique ántes de tiempo, porque
no hay para qué ni ha de aprovechar._

_Fecha por Noviembre de 1559._

  Deo gratias.

  El Obispo Fray Bartolomé de las Casas.



PRÓLOGO DE LA HISTORIA.

 En el cual trata el autor difusamente los diversos motivos y fines
 que los que historias escriben suelen tener.--Toca la utilidad grande
 que trae la noticia de las cosas pasadas.--Alega muchos autores y
 escritores antiguos.--Pone muy largo la causa final é intincion suya
 que le movió á escribir esta Corónica de las Indias.--Asigna los
 grandes errores que en muchos, cerca de estas naciones indianas,
 ha habido y las causas de donde procedieron.--Señala tambien las
 otras causas, formal y material y eficiente, que en toda obra suelen
 concurrir.


Josepho, aquel ilustre historiador y sabio entre los sacerdotes doctos
de los judíos, en el prólogo de los veinte libros de las _Hebraicas
Antigüedades_, cuatro causas refiere por las cuales diferentemente los
que se disponen á escribir historias son movidos: algunos, sintiendo
en sí copia de polidas y limadas palabras, dulzura y hermosura de
suave decir, deseosos de fama y de gloria, para ganarla, manifestando
su elocuencia, eligen aqueste camino; otros, por servir y agradar los
Príncipes de cuyas egregias obras en sus comentarios tractar determinan
con sumo estudio y cuidado, á las veces excediendo los límites de la
virtud, su tiempo y vigilias, y aún? toda ó la mayor parte de su vida,
en tal ejercicio emplear no rehusan; otros, por la misma necesidad
compelidos, conociendo que las cosas que por sus propios ojos vieron
y en que se hallaron presentes, no son ansí declaradas ni sentidas
como la integridad de la verdad contiene, con celo de que la verdad
no perezca, de quien por dictamen de ley natural todos los hombres
deben ser defensores, posponen por la declaracion y defension della
la propia tranquilidad, descanso y reposo, mayormente sintiendo que
por semejante solicitud suya impiden á muchos gran perjuicio; otros
muchos sabemos haber sido á quien la grandeza, dignidad y numerosidad
de las obras y hechos en sus tiempos acaecidos, viéndolos ocultados y
cubiertos con niebla de olvido, habiendo respecto á la utilidad comun,
que, descubiertas, dellas esperan seguirse, porque se manifiesten,
convida y solicita ó induce á querer escribirlas. De los primeros
y segundos, por la mayor parte, fueron los coronistas griegos, los
cuales, como fuesen bervosos, elocuentes, abundantes de palabras
amicísimas de su propia estima y particular honor, cada uno escribia,
no lo que vido ni experimentado habia, sino lo que tomaba por tema de
su opinion, mezclando fábulas y erróneas ficciones contrarias las de
los unos á las de los otros de su mesma nacion; por manera que con todo
su estudio, á sí mismos y á los que sus historias leyesen engañar se
resolvian, no con poca confusion y gran perjuicio de lo que para bien
del linaje humano (como es la verídica relacion de los hechos antiguos)
ordenó la Providencia divina. Esto que dije ingénuamente de los mismos
griegos, muchos autores solemnes afirman, mayormente Methástenes,
persiano, en el principio del libro de los hechos anales de la gente
de Persia: _Qui de temporibus scribere parant, necesse est illos non
solum auditu et opinione cronographiam scribere, ne, cum opinionem
scribunt, uti græci, cum ipsis pariter et se et alios decipiant et
per omnem vitam aberrent_: que es en sentencia y romance lo que dije.
Testifícalo tambien más difusamente Josepho, contra Apion, gramático
alejandrino, lib. I; concuerda con ellos Marco Caton, escribiendo á
Marco, su hijo, segun refiere Plinio, lib. XXIX, cap. 1.º; explícalo
eso mismo no avaramente Diódoro Sículo, lib. III, cap. 8.º, de los
mismos griegos acérrimo defensor y ocular testigo: _Græci vero, lucri
gratia, novis semper opinionibus incumbentes_, etc.; los griegos, por
la cudicia de lo que ganar ó de hacienda ó de fama pretendian, siempre
en inventar nuevas opiniones entendian, etc. Por la segunda causa de
contentar ó adular los Príncipes, tambien son notados haber escrito
los mismos griegos, los cuales, tanto en adulacion con sus fictas
y compuestas fábulas excedieron, que causaron que los facinorosos
hombres fuesen habidos y servidos por dioses de las gentes plebeyas,
y aún despues por los que por más sabios y prudentes se tenian. Esto
certifica muy bien Lactancio Firmiano en el lib. I, cap. 15 de _Las
Divinas Instituciones_: _Accesserunt, inquit, poetæ et, compositis
ad voluptatem carminibus in cœlum eos sustulerunt, sicut faciunt,
qui apud Reges etiam malos panegiricis, id est, laudibus mendacibus
adulantur; quod malum á Græcis ortum est, quorum levitas instructa
dicendi facultate et copia, incredibile est quantas mendatiorum nebulas
excitaverunt_, etc. Y ansí las historias griegas, por las mismas
razones dichas, tienen poca ó ninguna auctoridad entre los graves
autores antiguos. Ninguna pestilencia más perniciosa puede ofrecerse
á los Príncipes, segun sentencia de Isócrates, que los aduladores ó
lisonjeros; porque quien al Rey engaña con palabras blandas y suaves,
y á la sensualidad sabrosas, loándole lo que no debe, ó induciéndolo
por ellas á lo que desviarlo debría, todo el estado del Rey lo destruye
y, en cuanto en sí es, lo aniquila; y esto con más eficacia lo hace
aquel que escribe cosas fingidas, porque, tanto más los que fingen
historias no verdaderas y que lisonjas contienen de los Príncipes, son
perniciosas y nocivas, que las que en presencia y de palabra con sus
adulaciones inficionan á los Reyes, cuanto no sólo á uno, pero á muchos
presentes y futuros, por su escritura perpétua y por consiguiente
á sus Reinos, perjudican. Demetrio Phalereo, varon doctísimo (segun
Tulio), amonestaba (como Plutarco en las _Apothegmas_, pág. 305, dice)
al Rey Ptolomeo que tuviese y leyese aquellos libros que tractaban
de los preceptos y reglas que los Reyes deben guardar en sus Reinos,
porque lo que los amigos y privados no les osan ó no quieren decirles,
ó los lisonjeros con falsedad les hacen entender, hallan para su
provecho y del Reino y la verdad de lo que han de seguir en ellos
escripto; de donde se sigue que los malos libros deben los Reyes vitar
de sí, y no sólo por sí no leerlos, pero prohibirlos en sus Reinos.
Ansí lo hicieron los romanos, que porque algunos libros griegos que
tractaban de la disciplina de la sapiencia, les pareció que en alguna
manera disminuian la religion, Petilio, Pretor urbano, por autoridad
del Senado, en presencia de todo el pueblo, encendido un gran fuego,
los mandó quemar, segun cuentan, Tito Livio, 20, libro _Ab urbe
condita_, y Valerio Máximo, libro[7]. Lo mismo hicieron los atenienses
de los libros de Diágoras, ó segun otros de Protágoras, porque ponia
en duda el ser de los dioses, segun refiere Lactancio en el libro _De
Ira Dei_, capítulo 9.º Entónces cognoscerán los Príncipes los libros
que contienen daño y perjuicio suyo y de su república, cuando con suma
diligencia mandaren que los ya publicados, si tienen alguna sospecha
de provocar los leyentes, ó á falta de religion, ó á corrupcion de las
buenas costumbres, y los que de nuevo sus autores quisieren poner en
público, por personas doctas en aquellas materias y amigas de la virtud
sean con exactísima indagacion examinados, porque como siempre los que
los componen pretenden conseguir, ó para sí ó para sus obras, favor
y autoridad, si suplican que se les conceda Real privilegio, mucho se
derogaria á la sabiduría y excelencia que en los Príncipes y en sus
consejos mora y siempre se debe hallar, que obra de cualquier autor
sea por ellos autorizada para poderse publicar, en la cual despues
alguna cosa errónea ó culpable acaezca hallarse. Ejemplo de esto ya en
el mundo sabemos haber acaecido; y porque las historias, ansí como son
utilísimas al linaje de los hombres (segun más parescerá) tambien, no
siendo con verdad escritas, podrán ser causa como los otros defectuosos
y nocivos libros pública y privadamente de hartos males, por ende no
con menor solicitud deben ser vistas, escudriñadas y limadas, ántes que
consentidas salirse á publicar.

Por la tercera y cuarta causa se movieron muchos escritores antiguos á
escribir, caldeos y egipcios, á quien más crédito que á otros en las
historias se les da; y despues dellos los romanos, pero los griegos en
crédito son los últimos. Escribieron tambien judíos, y despues dellos
muchos católicos, cuyo número sería largo de los unos y de los otros
referir. De los caldeos, el de más autoridad fué Beroso; de los persas,
Methástenes; Manethon, egipcio; Diódoro Sículo, Marco Caton y Fabio
Pictor, romanos, dejado, como es notorio, Tito Livio; Archilocho y
Dionisio Alicarnaseo, y poco ántes destos Herodoto, griegos; Josepho y
Philon, judíos; Egissipo, Justino, Eutropio, y Paulo Orosio, católicos
cristianos, y otros innumerables. Beroso escribió por razon de, con
claridad y certidumbre de su historia como sacerdote historiador caldeo
certísimo, dar luz á los griegos, los cuales cerca de la antigüedad y
uso de las letras y otras cosas antiguas vivian muy errados, como dice
Annio Viterbiense, sobre aquel libro, que por algunos autores antiguos
se atribuye á Beroso al principio de sus comentarios. Methástenes, por
mostrar que los que han de escribir historias no sólo han de escribir
de oidas ni por sus opiniones solas, porque segun S. Isidro en el
libro IX, cap. 40 de las _Etimologías_, la historia en griego se dice,
_ἀπὸ τοῦ--ιστορια_, _id est, videre_, que quiere decir, ver ó conocer;
porque de los antiguos ninguno osaba ponerse en tal cuidado sino aquel
que á las cosas que acaecian se hallaba presente, y via por sus ojos lo
que determinaba escribir. Tampoco conviene á todo género de personas
ocuparse con tal ejercicio, segun sentencia de Methástenes, sino á
varones escogidos, doctos, prudentes, filósofos, perspicacísimos,
espirituales y dedicados al culto divino, como entónces eran y hoy
son los sabios sacerdotes. Por lo cual dice, que antiguamente no se
permitia que alguno historia escribiese, ni se daba crédito ni fe
alguna sino á los sacerdotes entre los caldeos y los egipcios, que
eran en esto como notarios públicos, de quien habia tal estima, que
cuanto más espiritualizaban en ser más ocupados en el culto de los
dioses, tanto ménos sería lo que escribiesen de falsedad sospechoso.
_Neque tamen_ (dice él) _omnes recipiendi sunt qui de his regibus
scribunt, sed solum sacerdotes illius regni, penes quos est publica
et probata fides Annalium suorum, qualis est Berosus_, etc. Lo mismo
confirma Josepho contra Apion, gramático, libro I: _Quoniam igitur
apud Egipcios et Babilonicos ex longissimis olim temporibus circa
conscriptiones diligentia fuit, quando sacerdotibus erat injunctum,
et circa eas ipsi philosophabantur_, etc. Eso mismo testifica
Diódoro, libro III, cap. 8.º _ubi supra_. Justísima razon es que los
historiadores fuesen doctos y espirituales y temerosos y no anchos de
sus conciencias ó que pretendiesen alguna fin ó pasion particular,
porque cuando refiriesen las cosas acaecidas en sus tiempos temiesen
determinarse ó culpar ó excusar de los malos y execrables hechos
algunas de las partes, como algunos vemos que han hecho, ó, si culparen
ó excusaren, miren muy bien primero lo que determinan escribir, por el
gran perjuicio que de la excusa de unos y culpa de otros, para muchos
y muchas cosas, en los tiempos venideros son fácilmente posibles haber
de provenir; por huir deste y otros inconvenientes, parece haberse con
importunidad de estudio y prolijidad de tiempos algunos coronistas
antiguos proveido, como Diódoro, que, treinta años y Dionisio
veintidos, expendieron en indagar y excudriñar las cosas que habian de
asentar en sus libros.

Marco Caton fué persuadido á escribir del orígen de las naciones por
defension de la antigüedad de su Italia, para confundir la jactancia
de los griegos, que descender dellos los latinos afirmaban, el cual
comienza: _Græci tam impudenti jactantia jam effunduntur, ut quoniam
his dudum nemo responderit, ideo liberè à se ortam Italiam et eamdem
spuriam simul et spuriam atque novitiam nullo certo auctore aut
ratione, sed per solam insaniam, fabulantur_, etc. Diódoro compuso su
historia por el gran fruto y utilidad que para la vida de los mortales,
cuando es auténtica y de autores á quien se deba razonablemente creer,
puede y suele salir, á los cuales se debe por sus vigilias y trabajos
mucho agradecimiento, y ansí comienza en su proemio: _Magnas meritò
gratias rerum scriptoribus homines debent, qui suo labore plurimum vitæ
mortalium profuere. Ostendunt in legentibus præteritorum exemplis quid
nobis appetendum sit, quidne fugiendum. Nam qui multarum experimenta
rerum variis cum laboribus periculisque procul ipsi ab omni discrimine
gesta legimus, nos admonent maximè quid conferat ad degendum vitam,
ideoque heroum sapientissimus est habitus is qui sæpius adversam
fortunam expertus, multorum urbes ac mores conspexit. Cognito vero
ex aliorum tum secundis tum adversis rebus precepta, doctrinam habet
omnium periculorum expertem. Omnes præterea mortales mutua quadam
cognitione vinctos, licet locis ac tempore distantes sub unum veluti
conspectum redigunt; divinam sane providentiam imitati, quæ tum
cœlorum tum naturas hominum varias communi ordine quodam per omne ævum
complexa, quid quencumque doceat divino munere impartitur. Eodem pacto
qui totius orbis velut unius civitatis acta suis operibus instruxerunt
in communem ea utilitatem conscripsere. Pulchrum est igitur ex aliorum
erratis in melius instituere vitam nostram, et non quid alii egerint
quærere, sed quid optime actum sit, nobis proponer e ad imitandum_,
etc. Sentencia verdaderamente más digna de santo teólogo que de
filósofo dañado gentil, la cual, por ser tan notable toda, quiero en
romance referir.

«Con justa razon deben los hombres grandes gracias á los que se ocupan
en escribir las cosas pasadas, porque aprovecharon siempre mucho con
sus trabajos á la vida de los mortales, enseñan á los leyentes con
ejemplos de las cosas pasadas lo que los hombres han de desear y lo
que deben de huir; porque leyendo las cosas que con varios trabajos y
peligros los pasados, léjos de nosotros, experimentaron, nosotros, sin
trabajo y sin peligro para utilidad y amonestacion de nuestras vidas,
leemos. Y ansí aquel de los hombres se puede tener por muy sabio, que
habiendo experimentado muchas veces la adversa fortuna, muchas ciudades
y costumbres de muchas naciones vido. Y porque el conocimiento que el
hombre adquiere de lo que haya escrito de los acaecimientos prósperos
y adversos de aquellos que los experimentaron contiene doctrina salva
de todos los peligros, sin duda ninguna sabio se hace sin daño y sin
peligro suyo, ántes á costa ajena el que las historias leyere. Allende
desto, como todos los hombres del mundo sean unidos y ligados entre sí
con una cierta hermandad y parentesco de naturaleza, y por consiguiente
se reducen como si todos juntos estuviesen mirándose, puesto que en
lugares y tiempos sean distantes y diversos, cuasi imitando á la Divina
Providencia que la hermosura de los cielos y las naturas varias de
los hombres, proveyendo y gobernándolas todas juntas y en todos los
siglos con una comun y cierta órden, concede á cada una por sí de sus
divinos tesoros lo que le conviene y ha menester, desta mesma manera
hicieron los que las hazañas acaecidas en todo el mundo, como si
fueran de una sola ciudad, proveyendo á la general y comun utilidad
en sus obras escribieron. Hermosa cosa por cierto es, de los yerros
que los pasados cometieron tomar ejemplo, de donde podamos hacer
virtuosas nuestras vidas, no curando de lo que otros hicieron, sino
proponernos delante lo que bien hecho fué, para lo seguir y hacer,»
etc. Donde asaz parece cuanta utilidad suele y puede proceder para
la vida de los mortales de la verdadera y auténtica historia. Tulio,
en el libro II de _Arte oratoria_, llama la historia testigo de los
tiempos, maestra de la vida, vida de la memoria, luz de la verdad y de
la antigüedad mensajera, diciendo ansí: _Esse testem temporum, vitæ
magistram, vitam memoriæ, veritatis lucem et vetustatis nuntiam_. Y
el mismo Diódoro: _Itaque ad vitæ institutionem utilissima historia
censenda est, tum junioribus quos lectio diversarum rerum antiquioribus
æquat prudentia, tum vero ætate maturis quibus diuturna vita rerum
experimenta subministravit_. Et infra: _Sola historia pares verbis res
gestas representans, omnem complectitur utilitatem. Nam et ad honestum
impellit, detestatur vitia, probos extollit, deprimit improbos; denique
rerum quas describit experimento, plurimum proficit ad rectam vitam._
La historia (dice él) para composicion de la vida debe ser estimada
por utilísima, lo uno porque á los mozos iguala con les viejos en
prudencia; lo segundo, á los viejos y de madura edad, á los cuales
la vida alarga. _Y más abajo_: Sola la historia, representando las
cosas acaecidas, abraza y contiene dentro de sí toda utilidad, porque
á seguir lo honesto pone espuelas, abomina los vicios, los buenos
ensalza, abate los malos, y finalmente, con la experiencia de las cosas
que relata, muy mucho provecho trae para la vida virtuosa y recta. Fray
Guillermo en su _Antigua Historia_ dice: «que ninguna cosa despues
de la gracia y de la ley de Dios viviente, más recta y válidamente
instruye los hombres, que sí sepan y tengan noticia de los hechos
de los pasados». Si las imágines y figuras que hacen los artífices
despiertan los ánimos de los hombres á hacer lo que aquellos, cuyas
son, hicieron (como dice Francisco Patricio en el libro II, tratado 10
_De Regimine Principum_), mucho más los despertará la historia que las
ánimas y cuerpos y obras de los pasados representa. _Tanto non præstat
imagini historia, quanto corpori animus._ Y como dice cierto pagano:
_Vita aliena nobis magistra est, et qui ignoratus est præteritorum
quasi incertus in futurorum prorumpit eventus_. La vida agora maestra
es de los hombres, y el que es ignorante de las cosas pasadas, como
incierto, prorrumpe á los futuros acaecimientos. Aprovecha tan bien
la noticia de las historias (segun dice el susodicho Guillermo) para
corroboracion y tambien aniquilacion de las prescripciones y de los
privilegios, que no ayuda poco á la declaracion y decisión jurídica de
la justicia de muchos negocios, y de grande importancia, necesarios
en los Reinos y en favor de las cosas humanas; porque, segun los
juristas, las corónicas, mayormente antiguas, hacen provanza ó al ménos
adminículo de prueba en juicio, con tanto que de antiguo tiempo se les
haya dado fe y crédito, ó cuando la tal historia ó corónica haya sido
guardada en los archivos públicos de los Reyes ó Reinos ó ciudades, y
por las personas públicas: ansí lo tratan y disputan los canonistas
en el capítulo _Cum causam de probationibus_, y en el capítulo _Inter
dilectos. De fide instrumentorum_. Felino en el capítulo _Ex parte_ el
1.º _De rescriptis_. El Dominico _in capítulo_, _Quamvis_ 21 _dist._,
y en el capítulo _Placuit_ 16 _dist._, y en el capítulo _In nomine
Domini_ y en otras partes de los decretos. El Bartholo y Angelo en la
lec. 1.ª, párrafo _Si certum petatur_. De aquí parece cuánta fidelidad
y con cuánta prudencia, temor y discrecion y sabiduría se debe guardar
en las historias por los coronistas, y cuán culpados y reos serán ante
el juicio de Dios si precipitándose no tuvieren en mucho culpar á
unos y relevar de culpa á otros contra la verdad y justicia, por los
daños que dello, no sólo á personas particulares, pero á los Reyes y
á los Reinos pueden nacer como arriba se dijo. Concluyendo, pues, las
utilidades que traen consigo las verdaderas historias, confírmase todo
lo dicho por sentencia de Sant Hierónimo, el cual en el prólogo de la
_Biblia_, dice que: «El libro del Paralipomenon, tal es y de tanta
estima digno, que si alguno quisiese sin él alcanzar la sciencia de
las escrituras, él á sí mismo debria burlar y escarnecer;» y asigna
la razon, porque en cada nombre y juntura de palabra de aquel libro
se tocan muchas historias que no hay en los otros libros, por cuya
inteligencia se sueltan del Evangelio muchas cuestiones.

Dionisio Halicarnaseo púsose á escribir sus comentarios é historia
de los romanos, aúnque hombre griego, por causa de librar su griega
nacion del error en que estaban, estimando á los romanos por bárbaros,
y el orígen de los primeros pobladores de Roma haber sido gente vil
y no libre, y porque no se despreciasen ser súbditos suyos, como lo
eran, juntamente comunicando á sus griegos la noticia de las virtudes
y hazañas romanas, los cuales defectos é ignorancia ó errores por
falta de fiel y copioso historiador, los griegos padecian. _Adhuc enim
ignorata est Græcis pene omnibus vetus illa Romanorum historia et
opiniones minime veræ, ut ex temerariis rumoribus natæ, eorum plerosque
decipiunt, errores quosdam sive lare barbaros ac re liberos quidem
ejus urbis conditores fuisse._ Et infra: _Has certe falsas ut dixi
opiniones animis civium meorum ut eximam, pro eisque veras reponam, de
conditoribus urbis quosnam fuerunt, his narrabo comentariis_, etc. El
romance desto está ya dicho, y dícelo en el proemio de su historia.

Josepho de sí testifica que por las dos causas postreras (conviene á
saber), por necesidad compelido y por notificar grandes y señalados
hechos para provecho de muchos, haber sido á escribir movido. La
necesidad que le compelió para escribir los libros de las antigüedades
de los judíos fué porque los griegos depravaban la antigüedad de la
nacion judáica, afirmando que no eran antiguos, y ninguno de los
historiadores antiguos hacia mincion dellos. Y para componer los _De
bello Judaico_ le forzó, que algunos, que en las guerras que Tito y
Vespasiano contra los judíos tuvieron, no fueron presentes, escribian
fingiendo cosas vanas, sólo por deleitar los oyentes ó leyentes, y
otros, que aúnque en ellas se hallaron, pero dello por lisonjear y
excusar los romanos, dello por odio de los hebreos, ponian en escrito
cosas falsas, infamatorias y de vituperio contra el pueblo judáico, las
cuales sin fundamento de verdad dijeron. La causa tambien de escribir
contra Appion, gramático alejandrino, dos libros, asigna Josepho
(conviene á saber) porque Appion y otros detractores impugnaban los
libros que habia escrito de las antigüedades de aquel pueblo, añidiendo
muchas y diversas blasfemias, que parecia mucho derogar el verdadero
culto divino. Una dellas entre muchas, era que veneraban ó adoraban
una cabeza de un asno y con toda devocion la servian, lo cual (decia)
ser descubierto cuando el Rey Antioco despojó el templo y fué hallada
(diz que) la cabeza del asno envuelta ó esmaltada en oro fino. Esta
maldad, por muchas razones y antiguas historias de los gentiles, prueba
Josepho ser falsísima. Todo lo susodicho referido, toca Josepho en el
proemio de los libros _De Antiquitatibus_: _Harum itaque quas prædixi
causarum duæ novissimæ scilicet, necessitas et communis utilitas,
mihi etiam provenerunt narrare; coactus sum propter eos qui veritatem
in ipsa conscriptione corrumpunt_, etc. Et in proemio libri de Bello
Judaico ait: _Quidam, non qui rebus interfuerint, sed vana et incongrua
narrantium sermones auribus colligentes, oratorum more prescribunt qui
vero præsto fuerunt, aut romanorum obsequio, aut odio judæorum contra
fidem rerum falsa confirmant; scriptis autem eorum partim accusatio
partim laudatio continetur, nusquam vero exacta fides reperitur
historiæ; idcirco statui_, etc. Y cuasi al principio del primer libro
contra Appion: _Quoniam vero multos video respicientes blasphemiam,
quorumdam insane prolatam, et ea quæ à me de antiquitate conscripta
sunt non credentes, putantes mendatium nostrum esse genus et parum
infra, pro omnibus his arbitratus sum oportere me breviter hæc dicta
conscribere_, etc. Y en el libro II de aquella obra: _Et de nostro
templo blasphemias componere incongruas non se putant impie agere_.
Et infra: _In hoc, in sacrario Apion præsumpsit edicere, asini caput
collocasse judæos et eum colere ac dignum facere tanta religione_, etc.
Todo esto dice Josepho mostrando las causas que á escribir le movieron.

Descendiendo tambien á los autores cristianos así se movieron por
necesidad de la defensa de la honra y gloria divina y por la grande
utilidad de su iglesia: Eusebio, á escribir el libro _De Temporibus_,
y el mismo y Rufino la _Historia eclesiástica_, el uno á escribirla
y el otro á interpretarla, y la _Tripartita_ Casiodoro, como allí
parece por ellos. Por estas lo mismo Paulo Orosio, siete libros de
historia compuso por exhortacion de Sant Augustin, para tapar las bocas
blasfemas de los gentiles romanos; que se quejaban diciendo que despues
que el imperio habia la fé cristiana rescibido y desechado los ídolos,
habia el imperio grandes infortunios padecido; en la cual historia,
explicando casi todas las miserias y calamidades en el mundo acaecidas,
muestra evidentemente haber sido en los tiempos de su idolatría todos
más infelices, y haber gozado de más paz y ménos angustias sostenido
despues de haber recibido y adorado á Cristo; por la misma razon
escribió los veintidos libros de la _Ciudad de Dios_, Sant Augustin,
como se vé por él en el segundo libro, cap. 43 de las _Retractaciones_,
donde ansí dice: _Interea cum Roma gothorum irruptione agentium sub
Rege Alarico atque impetu magnæ cladis eversa est, cujus eversionem
Deorum falsorum multorumque cultores quo usitato nomine paganos
vocamus, in christianam religionem referre conantes, solito acerbius
et amarius Deum verum, blasphemare cœperunt, Unde ego exardescens zelo
domus Dei, adversum eorum blasphemias vel errores, libros de Civitate
Dei scribere institui_, etc. El romance es: Como en tiempo del Rey
Alarico, Rey de los godos, Roma de ellos con grande estrago y matanza
fuese destruida, los cultores de los ídolos falsos dioses, que llamamos
paganos, echaban la culpa á la cristiana religion, blasfemando del
verdadero Dios nuestro, que por haber recibido la fé todo aquello les
venia; pero yo, con celo de la casa de Dios, determiné contra los tales
errores y blasfemias escribir los libros de la _Ciudad de Dios_, etc.
Lo mismo afirmó Paulo Orosio en su prólogo, allí: _Præceperas mihi uti
adversus vaniloquam pravitatem eorum, qui alieni à Civitate Dei ex
locorum aggrestium compitis et pagis pagani vocantur sive gentiles,
quia terrena sapiunt, qui cum futura non quærant, preterita autem
obliviscantur aut nesciant, presentia tantum tempora veluti malis
exira solitum infestatissima ab hoc solum, quod creditur Christus et
colitur Deus, idola autem minus coluntur, infamant_, etc. Mandásteme
que escribiese contra la vana maldad de los ajenos de la _Ciudad de
Dios_, que por vivir en los rincones y alcarías ó campos rústicos de la
gentilidad, paganos ó gentiles se llaman, los cuales, porque no saben
otra cosa que las cosas terrenas y las futuras del cielo no buscan, de
lo pasado se olvidan ó no lo saben; tan solamente los tiempos presentes
infaman, diciendo que porque se cree Jesucristo y se adora como Dios y
los ídolos se hayan desechado, son más que nunca trabajosos, tristes y
aflictivos, etc., que escribiré allí á la larga.

_Sed quorsum precor hæc?_ alguno dirá; ¿adonde va á parar tanto y
tan luengo discurso de prólogo, trayendo tantas cosas de originales
antiguos? Digo que á poner los fundamentos y asignar las causas de
todo lo que en esta Corónica de estas Indias propongo decir, va todo
lo susodicho dirigido. La primera es la final, y esta que no haya
sido la causa primera de las cuatro susodichas que al principio
referimos, no hay necesidad de persuadirlo, pues la penuria de los
vocablos, la humildad del estilo, la falta de la elocuencia, serán
dello buenos testigos, que ni tampoco por la segunda desto asigno
algunas conjeturas; una sea, que soy cristiano, y con esto religioso,
y viejo de algunos más que de sesenta años, y tambien aúnque no por
los propios méritos, puesto en el número de los Obispos. Las cuales
calidades, consideradas por él á quien la bondad divina conservó
hasta ahora en su libre, natural, entero juicio, expender su tiempo y
la breve vida que le resta por agradar á los hombres, que como sean
mortales y pobres, aúnque se llamen poderosos y ricos, no puedan á sí
ni á los que placer les hicieren, librar del rigor del juicio divino
por la recta razon y mayormente por la filosofía cristiana, no le es
permitido. Otro argumento ó conjetura sea la misma obra, que dará
testimonio á los venideros de que, para lisonjear á alguno, cuán
poco cuidado yo haya tenido. Servirá el tercero para los presentes,
conviene á saber, todos aquellos que hubieren tenido noticia de cómo
los negocios destas Indias en sus dificultades, y cuán sin lisonja
de alguno he proseguido. Resta, pues, afirmar con verdad, solamente
moverme á dictar este libro la grandísima y última necesidad que por
muchos años á toda España, de verdadera noticia y de lumbre de verdad
en todos los Estados della cerca deste Indiano Orbe, padecer he visto;
por cuya falta ó penuria ¡cuantos daños, cuantas calamidades, cuantas
iacturas, cuantas despoblaciones de Reinos, cuantos á esta vida y á
la otra hayan perecido y con cuánta injusticia en aquestas Indias;
cuantos y cuán inexpiables pecados se han cometido, cuánta ceguedad y
tupimiento en las conciencias, y cuanto y cuán lamentable perjuicio
haya resultado y cada dia resulte, de todo lo que ahora he dicho, á
los Reinos de Castilla! Soy certísimo que nunca se podrán numerar,
nunca ponderar ni estimar, nunca lamentar segun se debria hasta en
el final y tremebundo dia del justísimo y riguroso y divino juicio.
Veo algunos haber en cosas destas Indias escrito, ya que no las que
vieron, sino las que no bien oyeron (aúnque no se jactan ellos ansí
dello), y que con harto perjuicio de la verdad escriben, ocupados en
la sequedad estéril é infructuosa de la superficie sin penetrar lo
que á la razon del hombre, á la cual todo se ha de ordenar, nutriria
y edificaria; los cuales gastan su tiempo en relatar lo que sólo ceba
de aire los oidos y ocupa la noticia, y que cuanto más breves fuesen
tanto menor daño al espíritu de los leyentes harian Y porque sin arar
el campo de la materia peligrosa, que á tratar se ponian, con reja
de cristiana discrecion y prudencia, sembraron la simiente árida,
silvática é infructuosa de su humano y temporal sentimiento, por ende
ha brotado, producido y mucho crecido zizaña mortífera, en muchos y
muy muchos, de escandalosa y errónea ciencia y perversa conciencia,
en tanto grado que por su causa la misma fe católica y las cristianas
costumbres antiguas de la universal Iglesia y la mayor parte del linaje
humano hayan padecido irreparable detrimento. Y aclarando la causa
destos inconvenientes, fué la ignorancia del principal fin que en el
descubrimiento destas gentes y tierras pretende la divina Providencia,
(este no es otro sino el que vestirle hizo nuestra carne mortal,
conviene á saber, la conversion y salud destas ánimas, al cual todo
lo temporal necesariamente debe ser pospuesto, ordenado y dirigido),
ignorar tambien la dignidad de la racional criatura, y que nunca del
divino cuidado fué tan desmamparada y destruida, que más singularmente
no la proveyese que á toda la universidad de las otras inferiores
criaturas, por ende que no era posible tan numerosa ó innumerable
parte como cupo á estas tan dilatadas regiones de la naturaleza de
los hombres, hubiese de consentir que saliese naturalmente en toda
su especie monstruosa, conviene á saber, falta de entendimiento y no
hábil para el regimiento de la vida humana, pues en todas las otras
especies de las cosas criadas inferiores, obra la naturaleza siempre
ó cuasi siempre, y por la mayor parte, lo más y lo mejor y perfecto,
de lo cual apénas y rarísimas veces fallece; cuanto más que como por
toda la historia parecerá, ser de muy mejores juicios y sustentar muy
mejor policía y regimiento, cuanto se puede hallar entre infieles, que
muchas otras naciones presuntuosas de sí mismas y que menosprecian á
estas, será evidente. Item, han ignorado otro necesario y católico
principio, conviene á saber, que no hay ni nunca hubo generacion ni
linaje, ni pueblo, ni lengua en todas las gentes criadas (segun de la
misma Sacra Escritura se colige, y del Santo Dionisio, cap. 9.º, _De
cœlesti hierarchia_ y de San Agustin en la epístola 99 á Evodio) de
donde, mayormente despues de la encarnacion y pasion del Redentor, no
se haya de coger y componer aquella multitud grande que ninguno puede
numerar, que San Juan vido, cap. 7.º del _Apocalipsi_, que es el número
de los predestinados, que por otro nombre lo llama San Pablo cuerpo
místico de Jesucristo é iglesia ó varon perfecto, y por consiguiente,
que tambien á estas gentes habia de disponer la divinal Providencia
en lo natural, haciéndolas capaces de doctrina y gracia, y en lo
gratuito aparejándoles el tiempo de su vocacion y conversion, como
hizo y creemos que hará á todas las otras que son ajenas de su santa
Iglesia, miéntras durare el curso de su primero advenimiento. De lo
cual San Ambrosio hace difusa disputa por dos libros á que intituló _De
vocatione omnium gentium_, cuya sentencia en suma, en el cap. 1.º del
primer libro, abajo tocaremos. Confírmalo San Agustin en muchos lugares
de sus obras; pero baste al presente referir lo que de la religion
cristiana en este propósito dice, libro X, capítulo último, _De
civitate Dei_: _Hæc est igitur animæ liberandæ universalis via, id est,
universis gentibus divina miseratione concessa, cujus profecto notitia
ad quoscumque jam venit, et ad quoscumque ventura est; nec debuit nec
debebit ei dici quare modo et quare sero, quoniam mittentis consilium
non est humano ingenio penetrabile_, cuyo romance, abajo donde dije se
declarará. Pues como debamos creer haber Dios predestinado algunos en
todas las gentes y en cada una dellas, y tenerles guardado el tiempo
de su vocacion, salvacion y glorificacion, y no sepamos cuales son los
escogidos, de tal manera hemos á todos los hombres de estimar y sentir,
juzgar, tratar y ayudarles, que deseemos que sean salvos, y en cuanto
en nosotros fuere, como si fuésemos ciertos todos ser predestinados,
con nuestras mismas obras procuremos ser partícipes del efecto de su
predestinacion. Ansí lo dice S. Agustin, 24 q. 3 cap. _Corripiantur_:
_Nescientes non quis pertineat ad prædestinationem numerum, quis non
pertineat, sic affici debemus charitatis affectu, ut omnes velimus
salvos fieri_, etc. Háse llegado á los susodichos defectos; carecer
tambien de noticia de las antiguas historias, no sólo de las divinas
y eclesiásticas pero tambien nuestras profanas, que, si las leyeran,
hubieran cognoscido, lo uno, como no hubo generacion ó gentes de las
pasadas, ni ántes del diluvio ni despues, por política y discreta
que fuese, que á sus principios no tuviese muchas faltas ferinas é
irracionabilidades, viviendo sin policía, y despues de la primera
edad exclusive, abundase de gravísimos y nefandos delitos que á la
idolatría se siguen, y otras muchas, que hoy son bien políticas y
cristianas, que ántes que la fe se les predicase sin casas y sin
ciudades y como animales brutos vivian. Y porque ansí como la tierra
inculta no da por fruto sino cardos y espinas, pero contiene virtud
en sí para que cultivándola produzca de sí fruto doméstico, útil y
conveniente, por la misma forma y manera todos los hombres del mundo,
por bárbaros y brutales que sean, como de necesidad (si hombres son)
consigan uso de razon, y de las cosas pertenescientes capacidad
tengan y ansí de instruccion y doctrina, consiguiente y necesaria
cosa es, que ninguna gente pueda ser en el mundo, por bárbara é
inhumana que sea, ni hallarse nacion que, enseñándola y doctrinándola
por la manera que requiere la natural condicion de los hombres,
mayormente con la doctrina de la fe, no produzca frutos razonables
de hombres ubérrimos. Esto demuestra bien Tulio en el proemio de la
_Retórica vieja_, diciendo ansí: _Fuit quoddam tempus cum in agris
homines passim bestiarum more vagabantur et sibi victu ferino vitam
propagabant, nec ratione animi quicumque sed pleraque viribus corporis
administrabant. Nondum divinæ religionis, non humani officii ratio
colebatur, non certos quisque inspexerat liberos, non jus æquabile
quod utilitatis haberet acceperat. Ita propter errorem atque inscitiam
cæca ac temeraria dominatrix animi cupiditas ad se explendam viribus
corporis abutebatur perniciosissimis satellitibus. Quo tempore quidam
magnus videlicet vir et sapiens cognovit quæ materia esset et quanta
ad maximas res opportunas animis inesset hominum, si quis eam posset
elicere et præcipiendo meliorem reddere; qui dispersos homines in
agris et in tectis silvestribus abditos ratione quadam compulit in
unum locum et congregabit, et eos in unamquamque rem inducens utilem
atque honestam primo propter insolentiam reclamantes, deinde propter
rationem atque orationem studiosius audientes ex feris et immanibus
mites redit et mansuetos_, etc. Fué cierto tiempo en el cual (dice
Tulio) los hombres á cada paso vivian en los montes vida de bestias,
vagando de una parte á otra, y con manjar de fieras se mantenian, y no
por razon se regian, sino de solas las fuerzas corporales se ayudaban;
ni de culto de religion ni de obras de humanidad tenian noticia ni
cuidado; ni entre ellos habia quien cognosciesse sus propios hijos,
ni la utilidad que contenia en sí el dar á cada uno lo suyo; y ansí,
por este error y poco saber, ó manera de bestialidad, señoreándose
dellos la ciega y temeraria cudicia, para henchir y contentar su
sensualidad, usaban mal de las fuerzas corporales, como si fueran
soldados dañosísimos, haciendo agravio los unos que más podian á los
otros que ménos fuerzas alcanzaban. Pero en aquel tan defectuoso
tiempo hubo cierto varon, grande sabio en filosofía, que conociendo
la fuerza y habilidad que naturalmente contienen en sí los ánimos
de los hombres, como sean racionales y dispuestos por natura para
grandes cosas, consideró que teniéndose buena industria podrian ser
atraidos á vivir segun la razon de hombres; el cual, lo primero que
hizo fué atraer los que vivian esparcidos en los montes y en lugares
escondidos, compeliéndolos por la misma razon á que se ayuntasen y
conviniesen en un cierto lugar, en el cual, lo segundo, con ella misma
y con dulces palabras, á las cosas útiles y honestas, que saber les
convenia, los indució; pero ellos luégo, con su insolencia ó soltura
bestial acostumbrada comenzaron á resistir y á reclamar. Mas despues
él, con sus razones y gracioso decir, haciéndolos más atentos, y
ansí, entendiendo y considerando ellos mejor lo que les proponia,
consintieron en seguirle, con la cual industria, de fieros y crueles,
los convirtió en mansos domésticos y humildes. Y añade más Tulio,
que despues de persuadidos los hombres por mansedumbre y por dulces
y eficaces palabras, mostrándoles las utilidades que de vivir en uno
ayuntados, edificando casas y constituyendo ciudades se les seguian
y los inconvenientes y daños que vitaban, fácilmente se ordenaron en
las costumbres y vida, y de su voluntad se sujetaron á las leyes y á
la observancia de la justicia; y ansí parece que aúnque los hombres al
principio fueron todos incultos, y, como tierra no labrada, feroces
y bestiales, pero por la natural discrecion y habilidad que en sus
ánimas tienen innata, como los haya criado Dios racionales, siendo
reducidos y persuadidos por razon y amor y buena industria, que es el
propio modo por el cual se han de mover y atraer al ejercicio de la
virtud las racionales criaturas, no hay nacion alguna, ni la puede
haber, por bárbara, fiera y depravada en costumbres que sea, que no
pueda ser atraida y reducida á toda virtud política y á toda humanidad
de domésticos, políticos y racionables hombres, y señaladamente á la
fé católica y cristiana religion, como sea cierto que tenga mucho
mayor eficacia la evangélica doctrina para convertir las ánimas,
siendo como es don concedido de arriba, que cualquiera industria
y diligencia humana. Para ejemplo de lo dicho, muchas naciones
podriamos señalar, pero baste traer sólo la de España: notorio es á
los que son expertos en nuestras y ajenas historias, la barbárica
simplicidad y ferocidad no ménos de la gente española, mayormente
la del Andalucía y de otras provincias de España, cuánta era cuando
vinieron los primeros Griegos á poblar á Monviedro, y Alceo, capitan
de corsarios, y los Fenices á Cáliz, todos astutísimas gentes, en
cuya comparacion toda la gente de aquellos reinos eran como animales;
véase pues ahora la bobedad ó simplicidad de los andaluces, ¿quién
los quitará por engaño la capa? y tambien por la gracia de Dios, en
las cosas de la fé, ¿qué nacion, por la mayor parte, irá delante á
España? cuanto más podrán ser facilísimamente á la cultura de las
verdaderas y perfectas virtudes que en la cristiana religion consisten
(porque esta sola es la que apura y limpia todas las heces y barbaridad
de las incultas naciones) inducidos y persuadidos, los que en gran
parte y en muchas particularidades concernientes á la vida social y
conversacion humana, se rigen y gobiernan por razon. Estos son, por
la mayor parte, todas las naciones (segun parecerá) destas nuestras
Indias; así que, la carencia de la noticia de las cosas y gentes y de
sus costumbres antiguas, ha causado á muchos maravillarse y tener por
muy nuevo y monstruoso hallar en aquestas indianas gentes (que tantos
siglos han sido dejadas andar por las erradas vías de la corrupcion
humana, como todas las demas del universo mundo, segun dijeron San
Pablo y San Barnabas en el libro los _Actos de los Apóstoles_, cap.
14: _Qui in præteritis generationibus dimisti omnes gentes ingredi
vias suas_), maravíllanse, digo, los ignorantes, de hallar en estos
indianos pueblos algunos y muchos naturales y morales defectos, como si
nosotros todos fuésemos muy perfectos en lo natural y moral, y en las
cosas del espíritu y cristiandad muy santos. Lo segundo, si carecian
de la ignorancia susodicha los que ansí se admiran de ver aquestas
gentes defectuosas y no tan presto como se les antoja traidas en
perfeccion, constárales las grandísimas dificultades que tuvieron todas
las gentes en su conversion, los trabajos, los sudores, angustias,
contradicciones, persecuciones increibles, las scismas y controversias
y aún de los cristianos mismos, que padecian los apóstoles y
discípulos de Cristo en predicar y promulgar el Evangelio y traerlas
á la cristiana religion en todo tiempo y en todo lugar, y todos los
verdaderos predicadores, porque ansí lo quiso y ordenó Dios. De todo
esto da manifiesto testimonio la irracionabilidad y vicios que habia
en toda España, y la dificultad que tuvo en convertirse, pues Santiago
no más de siete ó nueve, en toda ella, para la milicia de Jesucristo
convirtió ó ganó. Por esta falta de noticia, segun dicho habemos,
de las cosas de suso apuntadas, será manifiesto á quien quisiere
mirar en ello, han procedido (los grandes y no otros comparables,
cuanto á ser incomparablemente nocivos) errores que acerca de los
naturales habitadores deste Orbe, letrados y no letrados, en muchos y
diversos artículos han tenido, y entre ellos algunos preposterando y
trastrocando lo que es el fin espiritual de todo este negocio que se
tocó arriba, haciéndolo medio, y el medio que son las cosas temporales
y profanas (que aún segun los gentiles filósofos se han siempre á la
virtud de posponer), constituyendo las deste cristiano ejercicio por
principal fin; lo cual, el filósofo Aristóteles abominando en el 6.º
de las _Éticas_, dice ser error pésimo como se oponga á lo óptimo y
excelente, que en todas los cosas es lo que la naturaleza y la razon
por fin les constituye, como parece en el 2.º de los _Físicos_: _Ideo
error circa finem est pessimus_: dice él. Desta pésima trastrocacion
ó preposteracion, luego y necesariamente se ha seguido haber
menospreciádose todas estas naciones, teniéndolas por bestias incapaces
de doctrina y de virtud, no curando más dellas de cuanto eran ó servian
de uso á los españoles, como el pan y el vino, y las semejantes cosas
que sólo usar los hombres dellas las consumen. Ayudó mucho á este
menosprecio y aniquilacion ser ellas á todo género de su naturaleza
gentes mansuetísimas, humilísimas, pauperísimas, inermes ó sin armas,
simplicísimas, y, sobre todas las que de hombres nacieron, sufridas y
pacientes; por lo cual tuvieron y tienen hoy nuestros españoles asaz
lugar de hacer dellos todo lo que quisieron y quieren, tratando de
una manera y por un igual á todos, sin hacer diferencia de sexo ni de
edad, ni de estado ó dignidad, como por la historia será manifiesto. De
aquí tambien ha nacido no haber tenido escrúpulo ni temor de despojar
y derribar los naturales reyes y señores de sus señoríos y estados y
dignidades, que Dios y la naturaleza y el derecho comun de las gentes
hizo señores y reyes, y que confirmó y autorizó la misma ley divina,
ignorando tambien el derecho natural, divino y humano, segun las reglas
y disposicion de los cuales se ha de considerar, la diferencia que
hay de infieles á infieles ser de tres diferentes maneras: la una que
algunos hay ó puede haber que nos tienen usurpados nuestros reinos y
tierras injustamente, otros que nos infestan, fatigan, impugnan, no
sólo inquiriéndonos y pretendiendo turbar y deshacer el estado temporal
de nuestra república, pero el espiritual evertiendo y derrocando, en
cuanto pueden de principal intento nuestra santa fe, cristiana religion
y á toda la católica Iglesia; otros que ni algo jamás nos usurparon,
ni algo jamás nos debieron, nunca nos turbaron ni ofendieron, nuestra
cristiana religion, nunca supieron que fuese, ni si ella ó nosotros
fuésemos en el mundo jamás tuvieron noticia, viviendo en sus propias y
naturales tierras, reinos distintísimos de los nuestros suyos. De aquí
es que con estos tales, donde quiera y cuando quiera que se supieren
ó hallaren en todo el universo Orbe, y con cuantos y cuán graves y
gravísimos pecados de idolatría y de otra cualquiera nefanda especie
que tengan, ninguna cosa tenemos que hacer, sino sólo en cuanto los
debemos amorosa, pacífica y cristiana, que es caritativamente como
quisiéramos nosotros ser atraidos, traer ó atraer á la santa fe por
la dulzura, suave y humilde y evangélica predicacion, segun la forma
que para predicar el Evangelio, Cristo nuestro maestro y Señor dejó
en su Iglesia establecida y mandada; y desta especie tercera son
todos los indios destas nuestras océanas Indias. Para este fin, y
no por otro, constituyó la Sede apostólica y pudo lícitamente, por
autoridad de Cristo, constituir á los reyes de Castilla y Leon por
príncipes soberanos y universales de todo este vastísimo indiano mundo,
quedándose los naturales reyes y señores, con sus mismos ó inmediatos
señoríos, cada uno en su reino y tierra y con sus súbditos que de ántes
tenia, recognosciendo por superiores reyes y príncipes universales
á los dichos señores serenísimos reyes de Castilla y Leon, porque
ansí convino y fué menester por razon de la plantacion, dilatacion y
conservacion de la fe y cristiana religion por todas aquestas Indias,
y no con otros ni por otro título. Y cerca deste universal señorío
han caido muchos en otro pernicioso y dañable error, no ménos que
inexpiablemente nocivo, opinando y creyendo insensiblemente no se
poder compadecer el dicho señorío universal con los inmediatos de los
naturales señores de los indios. Lo cual hemos claro demostrado en el
tratado especial, que cerca dello compusimos mediante la gracia Divina.

Pensando, pues, y considerando yo muchas veces morosamente los defectos
y errores que arriba quedan dichos, y los no disimulables dañosos
inconvenientes que dello se han seguido y cada dia se siguen, porque
de la relacion verídica del hecho nace y tiene orígen, segun dicen
los juristas, el derecho, quise ponerme á escribir de las cosas más
principales, algunas que en espacio de sesenta y más años, pocos dias
ménos, por mis ojos he visto hacer y acaecer en estas Indias, estando
presente en diversas partes, reinos, provincias y tierras dellas, y
tambien las que son públicas y notorias, no sólo en acto pasadas, pero
muy muchas en acto siempre permanentes. Por manera, que ansí como no
se puede negar ser el sol claro cuando no tienen nubes los cielos á
medio dia, por la misma semejanza no puede alguno rehusar con razon de
conceder hacerse hoy, que es el año de 1552, las mismas calamitosas
obras que en los tiempos pasados se cometian, y si algunas refiriere,
que por los ojos no vide, ó que las vide y no bien dellas me acuerdo,
ó que las oí, pero á diversos y de diversas maneras me las dijeron,
siempre conjeturaré por la experiencia larguísima que de todas las más
dellas tengo, lo que con mayor verisimilitud llegarse á la verdad me
pareciere. Quise tomar este cuidado y acometer entre mis otras muchas
ocupaciones este trabajo, no poco grande, lo primero y principal
por la honra y gloria de Dios y manifestacion de sus profundos y no
escrutables juicios y ejecucion de su rectísima é infalible divina
justicia y bien de su universal Iglesia. Lo segundo, por la utilidad
comun espiritual y temporal que podrá resultar para todas estas
infinitas gentes, si quizá no son acabadas primero y ántes que esta
historia del todo se escriba. Lo tercero, no por dar sabor ni agradar
ó adular á los reyes, sino por defender la honra y fama real de los
ínclitos reyes de Castilla, porque los que supieren los irreparables
daños y quiebras que en estas vastas regiones, provincias y reinos
han acaecido, y del cómo y porqué y las causas otras que en ellas
han intervenido, no tuvieren noticia de lo que los reyes católicos
pasados y presentes siempre mandaron proveer y proveyeron, y el fin
que pretendieron, creerán ó sospecharán ó juzgarán que por falta
de providencia real ó de justicia en los reinos debieron de haber
sucedido. Lo cuarto, por el bien y utilidad de toda España, porque
cognoscido en qué consiste el bien ó el mal destas Indias, entiendo que
conocerá la consistencia del bien ó del mal de toda ella. Lo quinto,
por dar claridad y certidumbre á los leyentes de muchas cosas antiguas
de los principios que esta machina mundial fué descubierta, cuya
noticia dará gusto sabroso á los que la leyeren; y con certificacion
esto afirmo que no hay hoy vivo hombre, sino sólo yo, que pueda como
ellas pasaron y tan por menudo referirlas, y de otras tambien muchas
que pocos las han escrito, ó no con aquella sincera fidelidad que
debian, quizá porque no las alcanzaron ó porque no las vieron, ó con
demasiada temeridad de la que debieran, ó informados de los que las
corrompieron, fueron causa que hoy en sus escritos se hallen muchos
é intolerables defectos. Lo sexto, por librar mi nacion española del
error y engaño gravísimo y perniciosísimo en que vive y siempre hasta
hoy ha vivido, estimando destas océanas gentes faltarles el ser de
hombres, haciéndolas brutales bestias incapaces de virtud y doctrina,
depravando lo bueno que tienen y acrecentándoles lo malo que hay en
ellos, como incultas y olvidadas por tantos siglos, y á ellas, en
alguna manera, darles la mano, porque no siempre, cuanto á la opinion
falsísima que dellas se tiene, acercadas como se están y hasta los
abismos permanezcan abatidas. Lo sétimo, por templar la jactancia y
gloria vanísima de muchos y descubrir la justicia de no pocos, que
de obras viciosas y execrables maldades se glorian, como se pudieran
arrear varones heróicos de hazañas ilustrísimas; porque se cognoscan
y distingan para utilidad de los venideros los males de los bienes, y
de las virtudes los grandes pecados y vicios nefandísimos. Y que yo
reprenda y abomine las cosas muy erradas de los españoles, nadie se
debe maravillar ni atribuirlo á aspereza ó á vicio, porque, segun dice
Polibio en su _Historia de los romanos_, libro I: «El que toma oficio
de historiador, algunas veces á los enemigos debe con sumas alabanzas
sublimar, si la excelencia de las obras que hicieron lo merece, y
otras veces á los amigos ásperamente improperiar ó reprender, cuando
sus errores son dignos de ser vituperados y reprendidos.» _At eum qui
scribendo historiæ munus suscepit, omnia hujusce modi moderari decet,
et non nunque summis laudibus extollere inimicos cum res gestæ eorum
ita exigere videntur; interdum amicos necessariosque reprehendere cum
errores eorum digni sunt qui reprehendantur._ Lo octavo y último,
para manifestar, por diverso camino que otros tuvieron, la grandeza
y numerosidad de las admirables y prodigiosas obras que nunca en los
siglos ya olvidados haberse obrado creemos. Todo, empero enderezado
á fin que por el cognoscimiento de las virtuosas, si algunas hubo,
los que vinieren, si el mundo mucho durare, se animen á las imitar, y
tambien por la noticia de las culpables y de los castigos divinos y fin
desastrado que los que las perpetraron hubieron, teman los hombres de
mal obrar; pues como dijo arriba Diódoro, cosa hermosa es de lo que los
pasados erraron aprender como debemos ordenar la vida segun muchos la
suya ordenaron. Y ansí en el primero y segundo motivos sigo á Egisipo,
Eutropio y Eusebio, á Paulo Orosio, á Justino y á los demas fieles
historiadores con S. Agustin. En el tercero pretendo el fin contrario
de los griegos y de algunos de nuestros tiempos que han escrito cosas
vanas y falsas destas Indias, no ménos corruptas que fingidas. En el
cuarto y sétimo imito á Marco Caton y á Josepho, los cuales por el bien
de sus naciones á las trabajosas velas de escribir se ofrecieron. En
el quinto á Beroso y á Methástenes, que por cognoscer la incertidumbre
que habian tenido los otros escritores á causa de haber escrito lo que
no vieron y mal digan lo que habian oido, quisieron referir á los que
se hallaron presentes, y de lo que con exacta y suma diligencia de lo
que ántes de su tiempo habia pasado supieron, como fué dicho. Y ansí
en referir las cosas acaecidas en estas Indias, mayormente aquellas
que tocan á los primeros descubrimientos dellas, y lo que acaeció en
esta Española y en las otras sus comarcanas islas, ninguno de los que
han escrito en lengua castellana y latina, hasta el año de 1527, que
yo comencé á escribirlas, vido cosa de las que escribió, ni cuasi hubo
entónces hombres de los que en ellas se hallaron que pudiesen decirlas,
sino que todo lo que dijeron fué cogido y sabido como lo que el refran
dice «de luengas vías», puesto que de haber vivido muchos dias en estas
tierras hacen algunos dellos mucho estruendo, y ansí no supieron más
dellas, ni más crédito debe dárseles que si las oyeran estando ausentes
en Valladolid ó en Sevilla; de los cuales cerca destas primeras cosas
á ninguno se debe dar más fe que á Pedro Martir, que escribió en
latin sus Décadas estando aquellos tiempos en Castilla, porque lo que
en ellas dijo tocante á los principios fué con diligencia del mismo
Almirante, descubridor primero, á quien habló muchas veces, y de los
que fueron en su compañía, inquirido, de los demas que aquellos viajes
á los principios hicieron; en las otras que pertenecen al discurso
y progreso destas Indias algunas falsedades sus Décadas contienen.
Américo da testimonio de lo que vió en los dos viajes que á estas
nuestras Indias hizo, aunque circunstancias parece haber callado, ó á
sabiendas ó por que no miró en ellas, por las cuales algunos le aplican
lo que á otros se debe, y defraudarlos dello no se deberia; esto en sus
lugares mostraremos. De todos los demas que han escrito en latin no es
de hacer caso alguno, porque, cuanto distantes en lugares y lengua y
nacion han sido, tantos errores y disparates varios en sus relaciones
dijeron. Y aunque ha muchos años que comencé á escribir esta historia,
pero porque por mis grandes peregrinaciones y ocupaciones no la he
podido acabar, y en este tiempo han parecido algunos haber escrito, por
tanto, anteponiendo la pública utilidad á sus historias, perdonarán si
descubriere sus defectos, pues se pusieron á escribir afirmando lo que
no supieron. En lo sexto quiero asemejarme á Dionisio Halicarnaseo,
y en el octavo á Diódoro y al mismo Dionisio, á los cuales, al ménos
en esto soy cierto excederles, que si el uno veintidos años y el
otro treinta vieron y estudiaron lo que escribieron, yo, muy pocos
ménos dias, segun dije, de sesenta y tres años, (á Dios sean dadas
inmensas gracias, que me ha concedido tan larga vida), porque desde
cerca del año de 1500 veo y ando por aquestas Indias y conozco lo que
escribiere; á lo cual pertenecerá, no sólo contar las obras profanas
y seglares acaecidas en mis tiempos, pero tambien lo que tocare á las
eclesiásticas, entreponiendo á veces algunos morales apuntamientos
y haciendo alguna mixtura de la cualidad, naturaleza y propiedades
destas regiones, reinos y tierras y lo que en sí contienen, con las
costumbres, religion, ritos, cerimonias y condicion de las gentes
naturales de ellas, cotejando las de otras muchas naciones con ellas,
tocando las veces que pareciere lo á la materia de la cosmografía
y geografía conveniente; cuya noticia á muchos, y mayormente á los
Príncipes, se cognosce ser provechosa. Ponerse han algunas palabras ó
sentencias en latin, precediendo ó posponiendo en suma su sentido, por
ganar tiempo y excusar proligidad, en nuestra lengua.

Todo lo que hasta aquí se ha dicho pertenece á las causas formal y
material de este libro; la formal dél comprenderá seis partes ó seis
libros, las cuales contengan historia casi de sesenta años, en cada uno
refiriendo los acaecimientos de cada diez, sino fuere el primero, que
contará los de ocho, porque la noticia de estas Indias no la tuvimos
sino en el año de 1492; si tuviere por bien la divina Providencia de
alargar más la vida, referirse há lo que de nuevo acaeciere, si digno
fuere que en historia se refiera. El autor ó causa eficiente della,
despues de Dios, es Don Fray Bartolomé de las Casas ó Casaus, fraile de
Santo Domingo y Obispo de la Ciudad Real, que se dice, de los llanos de
Chiapa, en lengua de indios _Zacatlan_, y es provincia ó reino uno de
los que contiene la que hoy se nombra la Nueva España; el cual, por la
Divina misericordia, soy el más viejo de edad que más ha vivido quizá y
de más tiempo gastado por experiencia que hoy vive, si por ventura no
hay uno ó dos en estas occidentales Indias. _Deo gratias._



LIBRO PRIMERO.



CAPÍTULO PRIMERO.

 En este capítulo se toca la creacion del cielo y de la tierra.--Como
 Dios la concedió, con todas las criaturas inferiores, al señorío del
 hombre.--Como este señorío se amenguó por el pecado.--El discurso que
 tuvieron los hombres para se derramar por las tierras.--Cuán singular
 cuidado tiene de los hombres la Providencia divina.--Como Dios mueve y
 inclina los hombres á las cosas que determina hacer aquello para que
 los toma por ministros.--Como tiene sus tiempos y sazon determinados
 para el llamamiento y salud de sus predestinados.--Como nadie debe
 murmurar por qué ántes ó por qué despues llamó á unas y dejó á otras
 naciones, y cómo siempre acostumbró enviar el remedio de las almas,
 cuando más corruptas y más inficionadas en pecados y más olvidadas
 parecia que estaban del divino favor, puesto que nunca dejó, por
 diversas vías con sus influencias generales, de socorrer en todos los
 tiempos y estados á todos los hombres del mundo.


En el principio, ántes que otra cosa hiciese, Dios, sumo y poderoso
Señor, crió de nada el cielo y la tierra, segun que la Escritura divina
da testimonio, cuya autoridad sobrepuja toda la sotileza y altura
del ingenio de los hombres: el cielo, conviene á saber, el empíreo,
cuerpo purísimo, subtilísimo, resplandeciente de admirable claridad,
el fundamento del mundo, de todas las cosas visibles contentivo ó
comprensivo, Corte y palacio Real, morada suavísima y habitacion
amenísima, sobre todas deleitable, de sus ciudadanos los espíritus
angélicos, á los cuales claramente manifiesta su gloria, porque aunque
en todo lugar esté por esencia, presencia y potencia, empero, más
familiarmente en el cielo se dice tener su silla Imperial, porque allí
muy más principalmente relucen los rayos de su divino resplandor, las
obras de su omnipotencia, virtud y bondad, la refulgencia gloriosa de
su jocundísima y beatífica hermosura pulchérrima y copiosísimamente
manifestando, de la cual, David, en espíritu y divina contemplacion
colocado, admirándose clamaba: «¡Cuán amables, Señor, de las
virtudes son tus palacios; deséalos mi ánima y deseando desfallece
considerándolos!» por cierto, harto mayor felicidad sería y será la
morada en ellos de un dia que la de mil en las posadas, por ricas que
fuesen, de los pecadores. Empero, de la tierra, de la cual nosotros,
de tierra terrenos, más noticias que de los cielos, por vista corporal
alcanzamos, queriendo escribir, porque della, la razon de las causas
ya en el prólogo recontadas, induce á tractar, sabemos por la misma
autoridad sagrada y porque ansí la experiencia lo enseña, haberla
concedido el larguísimo Criador en posesion á los hijos de los hombres,
con el señorío é imperio de toda la universidad de las criaturas que
no fuesen á su imágen y semejanza constituidas; aunque despues la
inobediencia y caida de nuestros padres primeros, en pena y castigo
de tan nefaria culpa, porque al precepto divino fueron inobedientes,
contra el tal señorío, que segun la órden de naturaleza les era debido,
todas le sean rebeldes, como la ferocidad y rebelion y molestias que á
veces della padecemos nos lo testifican. La cual, primero (la tierra
digo) en la primera edad del mundo, del primer hombre, y despues del
diluvio en la segunda, de los ocho que el arca libró, multiplicado
y extendido ó derramado el linaje humano, cumpliendo el segundo
natural divino mandado, fué llena y ocupada de sus moradores, y tanto
sucesivamente en sus remotas partes de los hombres más frecuentadas,
cuanto segun su crecimiento y propagacion ella ménos capaz por la
multitud de la gente y de los ganados se les hacia; y por este camino
la longura y diuturnidad de los tiempos, desparciendo y alejando por
las regiones distantes los linajes y parentelas, no solamente fué
causa de grandes y muchas y diversas naciones, más aún tambien, con el
cognoscimiento de tal manera negó la memoria que los que, de pocos,
en número infinito habian procedido, ya fuesen hechos del todo tan
extraños que ni ellos ni sus habitaciones se creyesen ser en el mundo.
Pero creciendo cada dia más y más la humana industria, curiosidad
y tambien la malicia, é ocurriendo eso mismo á la vida frecuencia
de necesidades ó de evitar males, ó buscando el reposo de adquirir
bienes, huyendo peligros, ansí como en las conmutaciones ó trueques y
tratos que reinos con reinos, provincias con provincias, ciudades con
ciudades, por mar y por tierra, llevando de lo que abundan y trayendo
de lo que carecen, suelen tener, se colige; ó tambien usando del
natural refugio, la fuerza con fuerza resistiendo á los agraviantes y
buscando largura para se extender y distancia para estar seguros, fué
necesario abrirse las puertas que la oscuridad del olvido y neblina
de la antigüedad cerradas tenia, descubriendo lo ignoto y buscando
noticia de lo que no se sabia. Y puesto que aqueste discurso parece
haber sido el camino de los hombres por el cual gentes á gentes se
han manifestado, porque estas pueden, suelen ser y son las causas que
por natura mueven los apetitos, adejadas sus propias patrias en las
ajenas ser peregrinos, pero más con verdad creer y afirmar converná
que aquel que crió y formó el Universo, que con suavidad todas las
cosas criadas gobierna y dispone, y todo para utilidad y salud del
fin por quien todas las hizo, que es el hombre, con el cuidado que
con su universal providencia de su perfeccion, no solamente en lo que
toca al espíritu, pero aún á lo que concierne lo humano y temporal,
siempre tiene, levanta é inclina y despierta los corazones á que
pongan en obra lo que él, para la nobilísima y suma perfeccion y total
hermosura de la universidad de las criaturas (que en la diferencia y
variedad y compostura y órden de sus repartidas bondades consiste),
tiene, desde ántes que hubiese siglos, en su mente divina proveido; y
porque los hombres, como no sean la más vil parte del universo, ántes
nobilísimas criaturas, y para quien toda (como se ha tocado) la otra
máquina mundial ordenó, por una especial y más excelente manera de
la divinal providencia, y, si se puede sufrir decirse, de principal
intento sean dirigidos á su fin, y para hinchimiento y perfecta medida
del número de los escogidos, poblacion copiosa de aquella santa ciudad
y moradas eternas, reino con firmeza seguro de todas las gentes y
de todas las lenguas y de todos los lugares, los ciudadanos della
se hayan de coger, ni ántes mucho tiempo, ni despues muchos años,
sino el dia é la hora que desde ántes que algo criase, con infalible
consejo y con justo juicio lo tiene dispuesto; entónces se saben y
entónces parecen y entónces las ocultas naciones son descubiertas y
son sabidas, cuando es ya llegado, cuando es ya cumplido y cuando á su
ser perfecto (puesto que á unas más tarde y á otras más presto llega
el punto) llega el tiempo de las misericordias divinas; porque á cada
partida y á cada generacion, segun que al sapientísimo distribuidor de
los verdaderos bienes (segun la cualidad y division de las edades del
humano linaje) ordenarlo ha placido, el dia y la hora de su llamamiento
está dispuesto, en el cual oigan y tambien reciban la gracia cristiana
que aún no recibieron, cuya noticia con inscrutable secreto y eterno
misterio su divina bondad y recta justicia, no en los siglos pasados
ansí como en los que estaban por venir, quiso se difundiese. Ni por
esto á la humana flaqueza en manera alguna, de la alteza de las causas
de esta misterial discrecion, temerariamente juzgar ni disputar se
permite, como quiera que sin alcanzar ó escudriñar (que no debe lo quél
quiso que fuese secreto) el por qué ansí lo hace ó por qué ansí lo
quiso, no puede, asaz le debe bastar creer y saber quién es el que ansí
lo dispone, cuya alteza de riquezas y sabiduría á la humana presuncion
son investigables. Porque como sea la vía universal, conviene á saber,
la religion cristiana, por la divina miseracion á la universidad de
las gentes concedida, para que, dejadas las sendas ó sectas de la
infidelidad que cada una por propias tenia, que á sus seguidores y
observadores al eterno destierro y miseria infinita llevaban, por
camino seguro y real al reino sin par donde todos son reyes y el Rey
de los Reyes los tiene por reino, fuesen guiados, y la masa de los
hombres, por la corrupcion del primer pecado, toda quedase tan cruel
y dañosamente llagada, corrupta é inficionada, que ser dejada en la
mano de su consejo, para entradas sus vías torcidas más experimentar
la graveza de aquel delicto primero y su flaqueza y miseria, y para el
bien imposibilidad, mereciese; de aquí es, que si la noticia desta vía,
sólo por misericordia concedida, no á todas las gentes por igual ni al
principio de los tiempos de cada una, sino que á unos ya vino y les
fué mostrada, y á otros ha de mostrarse y ha de venir, al benignísimo
y larguísimo autor de los bienes no plugo manifestarla, que justamente
con el abismo de sus justos juicios lo hizo, y que ni pudo, ni se
debe, ni alguno podrá con razon decir: ¿por qué agora? ¿ó por qué
tarde? ¿ó por qué despues? porque el consejo de quien la invia no es
por humano ingenio penetrable, y porque para más cumplida y más clara
manifestacion de su benignísima y dulcísima gracia, en la dispusicion
de la salud de las gentes, escogia los tiempos de su conversion y
cuando más en tinieblas y en sombra de la muerte por la muchedumbre
de sus iniquidades y viciosas costumbres moraban, y los príncipes
de la escuridad entre ellos y sobre ellos mayor señorío alcanzaban,
para que tanto más se conosciese abundar la gracia cuanto menor era
el merecimiento, y ansí pareciese mayor y más robusta y válida la
mano y el poder más maravilloso, que, de tan duros ánimos, de tan
tenebrosos entendimientos, de tan empedernidas y opresas voluntades,
de tan enemigos corazones, volvia y hacia pueblo escogido, justo,
fiel y cristiano, ansí, pues, por el mismo camino, ansí con la misma
misericordia, ansí con su inconmutable é inefable sabiduría, el dia y
la hora que lo tenia ordenado se hobo con estas naciones, tanto más
anegadas en ignorancia y en los defectos que sin Dios á ella se siguen,
cuanto los tiempos y edad del mundo más propincua es á su fin, y ellas
más alejadas de la rectitud de su principio y Hacedor por más luengos
tiempos, por su propia culpa merecieron ser olvidadas. Aunque á estas,
ansí como á todas las otras, nunca aquella medida general de la superna
y divinal ayuda, que siempre á todos los hombres para poderse ayudar
fué concedida, les fué denegada; la cual, puesto que más estrecha y
más oculta, bastó, empero, como á él ordenarlo plugo, y á algunos
por remedio y á todos por testimonio, para que evidentísimamente
constase que los que sin parte fuesen de la gracia, de su culpa
fuesen redargüidos; y en los que esta lumbre resplandeciese, no en
sus merecimientos sino en la benignidad del Señor tan benigno, sola y
precisamente se gloriasen.



CAPÍTULO II

 Donde se tracta como el descubrimiento destas Indias fué obra
 maravillosa de Dios.--Como para este efecto parece haber la
 Providencia divina elegido al Almirante que las descubrió, la cual
 suele á los que elige para alguna obra conceder las virtudes y
 cualidades necesarias que han menester.--De la patria, linaje, orígen,
 padres, nombre y sobrenombre, persona, gesto, aspecto y corporal
 disposicion, costumbres, habla, conversacion religion y cristiandad de
 Cristóbal Colon.


Llegado, pues, ya el tiempo de las maravillas misericordiosas de Dios,
cuando por estas partes de la tierra (sembrada la simiente ó palabra
de la vida) se habia de coger el ubérrimo fruto que á este Orbe cabia
de los predestinados, y las grandezas de las divinas riquezas y bondad
infinita más copiosamente, despues de más conocidas, más debian ser
magnificadas, escogió el divino y sumo Maestro entre los hijos de Adan
que en estos tiempos nuestros habia en la tierra, aquel ilustre y
grande Colon, conviene á saber, de nombre y de obra poblador primero,
para de su virtud, ingenio, industria, trabajos, saber y prudencia,
confiar una de las más egregias divinas hazañas que por el siglo
presente quiso en su mundo hacer; y porque de costumbre tiene la suma
y divinal Providencia de proveer á todas las cosas, segun la natural
condicion de cada una, y mucho más y por modo singular las criaturas
racionales, como ya se dijo, y cuando alguna elige para, mediante su
ministerio, efectuar alguna heróica y señalada obra, la dota y adorna
de todo aquello que para cumplimiento y efecto della le es necesario,
y como este fuese tan alto y tan árduo y divino negocio, á cuya
dignidad y dificultad otro alguno igualar no se puede; por ende á este
su ministro y apóstol primero destas Indias, creedera cosa es haberle
Dios esmaltado de tales calidades naturales y adquisitas, cuantas y
cuales para el discurso de los tiempos y la muchedumbre y angustiosa
inmensidad de los peligros y trabajos propincuísimos á la muerte, la
frecuencia de los inconvenientes, la diversidad y dureza terrible de
las condiciones de los que le habian de ayudar, y finalmente, la cuasi
invincible importuna contradiccion que en todo siempre tuvo, como por
el discurso desta historia en lo que refiriere á él tocante, sabia
que habia bien menester. Y por llevar por órden de historia lo que
de su persona entendemos referir, primero se requiere, hablando de
personas notables, comenzar por el orígen y patria dellas. Fué, pues,
este varon escogido de nacion genovés, de algun lugar de la provincia
de Génova; cual fuese, donde nació ó qué nombre tuvo el tal lugar, no
consta la verdad dello más de que se solia llamar ántes que llegase
al estado que llegó, Cristóbal Columbo de Terra-rubia, y lo mismo su
hermano Bartolomé Colon, de quien despues se hará no poca mencion. Una
historia portuguesa que escribió un Juan de Barros, portugués, que
llamó «Asia» en el lib. III, cap. 2.º de la primera década, haciendo
mencion deste descubrimiento no dice sino que, segun todos afirman,
este Cristóbal era genovés de nacion. Sus padres fueron personas
notables, en algun tiempo ricos, cuyo trato ó manera de vivir debió ser
por mercaderías por la mar, segun él mismo da á entender en una carta
suya; otro tiempo debieron ser pobres por las guerras y parcialidades
que siempre hubo y nunca faltan, por la mayor parte, en Lombardía. El
linaje de suyo dicen que fué generoso y muy antiguo, procedido aquel
Colon de quien Cornelio Tácito trata en el lib. XII al principio,
diciendo que trujo á Roma preso á Mitrídates, por lo cual le fueron
dadas insignias consulares y otros privilegios por el pueblo romano
en agradecimiento de sus servicios. Y es de saber, que antiguamente
el primer sobrenombre de su linaje, dicen, que fué Colon, despues, el
tiempo andando, se llamaron Colombos los sucesores del susodicho Colon
romano ó Capitan de los romanos; y destos Colombos hace mencion Antonio
Sabélico en el lib. VIII de la década 10.ª, folio 168, donde trata de
dos ilustres varones genoveses que se llamaban Colombos, como abajo
se dirá. Pero este ilustre hombre, dejado el apellido introducido por
la costumbre, quiso llamarse Colon, restituyéndose al vocablo antiguo,
no tanto acaso, segun es de creer, cuanto por voluntad divina que para
obrar lo que su nombre y sobrenombre significaba lo elegia. Suele la
divinal Providencia ordenar, que se pongan nombres y sobrenombres á
las personas que señala para se servir conformes á los oficios que les
determina cometer, segun asaz parece por muchas partes de la Sagrada
Escritura; y el filósofo en el IV de la _Metafísica_, dice: «que los
nombres deben convenir con las propiedades y oficios de las cosas.»
Llamóse, pues, por nombre, Cristóbal, conviene á saber, _Christum
ferens_, que quiere decir traedor ó llevador de Cristo, y ansí se
firma él algunas veces; como en la verdad él haya sido el primero que
abrió las puertas deste mar Océano, por donde entró y él metió á estas
tierras tan remotas y reinos, hasta entónces tan incógnitos, á nuestro
Salvador Jesucristo, y á su bendito nombre, el cual fué digno que ántes
que otro diese noticia de Cristo y le hiciese adorar á estas innúmeras
y tantos siglos olvidadas naciones. Tuvo por sobrenombre Colon, que
quiere decir poblador de nuevo, el cual sobrenombre le convino en
cuanto por su industria y trabajos fué causa que descubriendo estas
gentes, infinitas ánimas dellas, mediante la predicacion del Evangelio
y administracion de los eclesiásticos sacramentos, hayan ido y vayan
cada dia á poblar de nuevo aquella triunfante ciudad del cielo. Tambien
le convino, porque de España trajo el primero gente (si ella fuera cual
debia ser) para hacer colonias, que son nuevas poblaciones traidas de
fuera, que puestas y asentadas entre los naturales habitadores destas
vastísimas tierras, constituyeran una nueva, fortísima, amplísima é
ilustrísima cristiana Iglesia y felice república. Lo que pertenecia á
su exterior persona y corporal disposicion, fué de alto cuerpo, más
que mediano; el rostro luengo y autorizado; la nariz aguileña; los
ojos garzos; la color blanca, que tiraba á rojo encendido; la barba
y cabellos, cuando era mozo, rubios, puesto que muy presto con los
trabajos se le tornaron canos; era gracioso y alegre bien hablando, y,
segun dice la susodicha Historia portuguesa, elocuente y glorioso en
sus negocios; era grave en moderacion, con los extraños afable, con
los de su casa suave y placentero, con moderada gravedad y discreta
conversacion, y ansí podia provocar los que le viesen fácilmente á
su amor. Finalmente, representaba en su persona y aspecto venerable,
persona de gran estado y autoridad y digna de toda reverencia; era
sóbrio y moderado en el comer, beber, vestir y calzar; solia comunmente
decir, que hablase con alegría en familiar locucion, ó indignado,
cuando reprendia ó se enojaba de alguno: _Do vos á Dios ¿no os parece
esto y esto?_ ó _¿por qué hiciste esto y esto?_ En las cosas de la
religion cristiana, sin duda era católico y de mucha devocion; cuasi
en cada cosa que hacia y decia, ó queria comenzar á hacer, siempre
anteponia: _En el nombre de la Santa Trinidad haré esto_ ó _verná
esto_, ó _espero que será esto_; en cualquiera carta ó otra cosa que
escribia, ponia en la cabeza: _Jesus cum Maria sit nobis in via_;
y destos escritos suyos y de su propia mano tengo yo en mi poder
al presente hartos. Su juramento era algunas veces: «juro á San
Fernando;» cuando alguna cosa de gran importancia en sus cartas queria
con juramento afirmar, mayormente escribiendo á los Reyes, decia:
«hago juramento que es verdad esto.» Ayunaba los ayunos de la Iglesia
observantísimamente; confesaba muchas veces y comulgaba; rezaba todas
las horas canónicas como los eclesiásticos ó religiosos; enemicísimo
de blasfemias y juramentos; era devotísimo de Nuestra Señora y del
seráfico Padre San Francisco; pareció ser muy agradecido á Dios por
los beneficios que de la divinal mano recibia, por lo cual, cuasi por
proverbio, cada hora traia que le habia hecho Dios grandes mercedes,
como á David. Cuando algun oro ó cosas preciosas le traian, entraba en
su oratorio é hincaba las rodillas, convidando á los circunstantes y
decia: «demos gracias á nuestro Señor que de descubrir tantos bienes
nos hizo dignos;» celosísimo era en gran manera del honor divino;
cúpido y deseoso de la conversion destas gentes, y que por todas
partes se sembrase y ampliase la fé de Jesucristo, y singularmente
aficionado y devoto de que Dios le hiciese digno de que pudiese
ayudar en algo para ganar el Santo Sepulcro; y con esta devocion y la
confianza que tuvo de que Dios le habia de guiar en el descubrimiento
deste Orbe que prometia, suplicó á la Serenísima reina Doña Isabel, que
hiciese voto de gastar todas las riquezas que por su descubrimiento
para los Reyes resultasen en ganar la tierra y casa santa de Jerusalem,
y ansí la Reina lo hizo, como abajo se tocará. Fué varon de grande
ánimo esforzado, de altos pensamientos, inclinado naturalmente á lo
que se puede colegir de su vida y hechos y escrituras y conversacion,
á acometer hechos y obras egregias y señaladas; paciente y muy sufrido
(como abajo más parecerá) perdonador de las injurias, y que no queria
otra cosa, segun dél se cuenta, sino que conociesen los que le ofendian
sus errores, y se le reconciliasen los delincuentes; constantísimo
y adornado de longaminidad en los trabajos y adversidades que le
ocurrieron siempre, las cuales fueron increibles é infinitas, teniendo
siempre gran confianza de la Providencia divina, y verdaderamente, á lo
que dél yo entendí, y de mi mismo padre, que con él fué cuando tornó
con gente á poblar esta Isla española el año de 93, y de otras personas
que le acompañaron y otras que le sirvieron, entrañable fidelidad y
devocion tuvo y guardó siempre á los Reyes.



CAPÍTULO III.

 En el cual se tracta de las gracias que tuvo adquísitas Cristóbal
 Colon.--Como estudió y alcanzó las ciencias, gramática, aritmética,
 geometría, historia, cosmografía y astrología.--Cuánto dellas le fué
 necesario para el ministerio que Dios le elegía, y sobre todo que fué
 peritísimo en el arte de navegar sobre todos los de su tiempo.--Como
 en esto se ocupó toda su vida ántes que descubriese las Indias, y no
 en alguna arte mecánica como quiso decir un Agustin Justiniano.


Dicho queda el orígen y patria, y linaje y padres, y persona exterior
y costumbres, y conversacion, que todo le era natural ó de la natura
concedido, y tambien de lo que se conocia de cristiandad de Cristóbal
Colon, aunque en compendiosa y breve manera; parece conveniente cosa
referir las gracias que se le añidieron adquísitas y los ejercicios en
que ocupó la vida que vivió ántes que á España viniese, segun se puede
colegir de cartas que escribió á los Reyes y á otras personas y otros
á él, y de otros sus escritos, y tambien por la _Historia portuguesa_,
y no ménos por las obras que hizo. Siendo, pues, niño le pusieron sus
padres á que aprendiese á leer y á escribir, y salió con el arte de
escribir formando tan buena y legible letra (la cual yo vide muchas
veces), que pudiera con ella ganar de comer. De aquí le sucedió darse
juntamente al aritmética y tambien á debujar y pintar, que lo mismo
alcanzára si quisiera vivir por ello; estudió en Pavía los primeros
rudimentos de las letras, mayormente la gramática, y quedó bien experto
en la lengua latina, y desto lo loa la dicha _Historia portuguesa_,
diciendo, que era elocuente y buen latino; y esto ¡cuanto le pudo
servir para entender las historias humanas y divinas! Estos fueron
los principios en que ocupó su niñez, y con que comenzó las otras
artes que en su adolescencia y juventud trabajó de adquirir. Y porque
Dios le dotó de alto juicio, de gran memoria y de veemente afeccion,
tratando muchas veces con hombres doctos, y con su infatigable
trabajo estudioso, y principalmente, á lo que yo cierto puedo y debo
conjeturar y aún creer, por la gracia singular que le concedió para el
ministerio que le cometia, consiguió la médula y sustancia necesaria
de las otras ciencias, conviene á saber, de la geometría, geografía,
cosmografía, astrología ó astronomía y marinería. Esto todo se colige
muy claro de lo que escribia en los viajes que hizo á estas Indias, y
de algunas cartas suyas que escribió á los Reyes, que vinieron á mis
manos; en las cuales, como era hombre temeroso de Dios y moderado, y
consideradas las personas Reales á quien escribia, es de creer que de
lo que fuese verdad no excedia, de las cuales aquí determino poner
algunas cláusulas, porque juzgo de que sean á todos manifiestas son
dignas. «Muy altos Reyes: De muy pequeña edad entré la mar navegando, y
lo he continuado hasta hoy; la misma arte inclina á quien la prosigue
á desear saber los secretos deste mundo; ya pasan de cuarenta años
que yo voy en este uso. Todo lo que hasta hoy se navega he andado.
Tracto é conversacion he tenido con gentes sabias, eclesiásticos y
seglares, latinos y griegos, judíos y moros, y con otros muchos de
otras sectas; á este mi deseo hallé á Nuestro Señor muy propicio, y
hube dél para ello espíritu de inteligencia. En la marinería me hizo
abundoso, de astrología me dió lo que abastaba,[8] y ansí de geometría
y aritmética, é ingenio en el ánima y manos para dibujar esta esfera,
y en ella las ciudades, rios y montañas, islas y puertos, todo en
su propio sitio. En este tiempo he yo visto y puesto estudio en ver
todas escrituras, cosmografía, historias, crónicas y filosofía y de
otras artes, de forma que me abrió Nuestro Señor el entendimiento con
mano palpable, á que era hacedero navegar de aquí á las Indias, y me
abrasó la voluntad para la ejecucion dello, y con este fuego vine á
Vuestras Altezas. Todos aquellos que supieron de mi empresa, con risa
y burlando la negaban; todas las sciencias que dije no aprovechaban,
ni las autoridades dellas, en sólos Vuestras Altezas quedó la fe y
constancia.» Estas son palabras del Almirante que escribió á los Reyes
el año de 1501, creo que de Cáliz ó de Sevilla, con la cual carta
les envió cierta figura redonda ó esfera. En otra que escribió á los
mismos ínclitos Reyes, de la isla Española, por el mes de Enero de
1495, haciendo mencion de cómo engañan muchas veces los que rigen las
naos en las navegaciones, haciendo uno por otro, de donde proviene
peligrar muchos navíos y muchas veces, dice ansí: «A mí acaeció, que el
Rey Reynel, que Dios tiene, me envió á Túnez para prender la galeaza
_Fernandina_, y estando ya sobre la isla de San Pedro, en Cerdeña,
me dijo una saetía que estaban con la dicha galeaza dos naos y una
carraca; por lo cual se alteró la gente que iba conmigo, y determinaron
de no seguir el viaje, salvo de se volver á Marsella por otra nao y
más gente. Yo, visto que no podia sin algun arte forzar su voluntad,
otorgué su demanda, y mudando el cebo del aguja, dí la vela al tiempo
que anochecía, y, otro dia al salir del sol, estábamos dentro del cabo
de Carthagine, teniendo todos ellos por cierto que ibamos á Marsella,
etc.» En unas anotaciones que hizo de cómo todas las cinco zonas son
habitables, probándolo por experiencia de sus navegaciones, dice ansí:
«Yo navegué el año de cuatrocientos y setenta y siete, en el mes de
Febrero, ultra Tile, isla cien leguas, cuya parte austral dista del
equinoccial 73° y no 63°, como algunos dicen, y no está dentro de la
línea que incluye el occidente, como dice Tolomeo, sino mucho más
occidental, y á esta isla, que es tan grande como Inglaterra, van los
ingleses con mercaderías, especialmente los de Bristol, y al tiempo
que yo á ella fuí no estaba congelado el mar, aunque habia grandísimas
mareas, tanto que en algunas partes dos veces al dia subia 25 brazas
y descendia otras tantas en altura.» Es bien verdad que Tile la de
Tolomeo, está donde él dice, y que á esta la llaman los modernos
_Frislandia_; y más adelante, probando que la equinoccial fuese tambien
habitada, dice ansí el Almirante: «Yo estuve en el castillo de la Mina
del Rey de Portugal que está debajo de la equinoccial, y ansí soy buen
testigo que no es inhabitable como dicen.» En otras partes de sus
escritos afirma haber muchas veces navegado de Lisbona á Guinea, y que
notó con diligencia que el grado responde en la tierra á 56 millas y
dos tercios. En otra parte hace mencion haber navegado á las islas
del Archipiélago, donde en una dellas, que se llama _Enxion_, vido
sacar almáciga de ciertos árboles. En otra parte dice haber andado
veinticinco años por la mar, sin salir della tiempo que se deba de
contar, y que vido todo el Levante y Poniente. En otra parte dice: «Yo
me he hallado traer dos naos y dejar la una en el Puerto Santo á hacer
un poco (?), en que se detuvo un dia, y yo llegué á Lisbona ocho dias
ántes que ella, porque yo llevé tormenta de viento de Sudoeste y ella
no sintió sino poco viento Nordeste, que es contrario, etc.» De todas
estas cosas ya dichas parece la gran pericia, práctica y experiencia,
estudio y solicitud que tuvo Cristóbal Colon de las cosas de la mar,
y los fundamentos y principios y teórica que se requeria para ser
doctísimo en las alturas y en todo lo que concierne al arte de navegar,
de las cuales, quien carece, muchas veces en las navegaciones podrá
errar y errará, como vemos cuantos yerros hacen y daños que causan
los pilotos en la navegacion destas Indias, porque casi no aciertan
sino acaso; y ansí creemos que Cristóbal Colon en el arte de navegar
excedió sin alguna duda á todos cuantos en su tiempo en el mundo habia,
porque Dios le concedió cumplidamente más que á otro estos dones,
pues más que á otro del mundo eligió para la obra más soberana que
la divina Providencia en el mundo entónces tenia. Bien parece por lo
dicho cuán ocupado siempre anduvo Cristóbal Colon ántes que tractase
deste descubrimiento, y aun más abajo mejor parecerá, y cómo hubo bien
menester todo aquel tiempo que vivió para ello, de donde asaz bien se
sigue no haber bien dicho Agustin Justiniano, el cual en una coleccion
que hizo del Psalterio en cuatro lenguas sobre aquel verso: _In omnem
terram exivit sonus eorum_, etc., y despues en su Crónica, dice, que
Cristóbal Colon tuvo oficio mecánico, lo cual parece difícil y cuasi
imposible haber sido, sino fuese como acaece á muchos buenos y hijos
de buenos huirse de sus padres cuando muchachos y asentar en otras
tierras por algun dia, hasta que son hallados con algun oficial; pero
aún para esto parece no haber tenido tiempo, cuanto más que el mismo
Agustin Justiniano se contradice en la dicha coleccion del Psalterio,
diciendo estas palabras: «Este Cristóbal Colombo, en sus tiernos años,
habiendo aprendido los principios de doctrina, cuando ya fué mancebo se
dió al arte de la mar, y pasó á Lisbona, en Portugal, donde aprendió
las cosas de cosmografía, etc.» Por las cuales palabras y por otras
que allí añade parece que aún el mismo Justiniano lo ocupa de tal
manera que no le deja tiempo alguno para en que se pudiese ocupar en
arte alguna mecánica; cuanto más, que como abajo quizá se tocará, el
dicho Justiniano dice otras y no pocas cosas, por las cuales parece
haber escrito como escritor que á tiento escribe ó mal informado, muy
contrarias de la verdad; y porque la señoría de Génova tiene comprobada
la verdad cuanto ha sido posible, y halló que el Justiniano habia
excedido en su historia, ansí por decir cosas que no son verdad, como
en alguna manera abatiendo el oficio y por consiguiente perjudicando
á una persona tan digna y á quien tanto debe toda la cristiandad, por
público decreto (segun tengo entendido) ha prohibido que ninguno sea
osado de tener ni leer la dicha Crónica de Justiniano, mandando recoger
todos los libros y traslados que della hubiere, porque á manos de nadie
pueda llegar.



CAPÍTULO IV.

 En el cual se trata de la ocasion que se ofreció á Cristóbal Colon
 para venir á España y como se casó en Portugal, y del primer principio
 del descubrimiento destas Indias é incidentemente de cómo y cuando
 fueron descubiertas la Isla de la Madera y la del Puerto Santo que
 está cabe ella, y cómo las descubrió ó ayudó á descubrir el suegro del
 dicho Cristóbal Colon.


Y porque, como arriba se ha tocado, las cosas que Dios determina
efectuar se han en fin de comenzar y mediar y concluir, al tiempo y
al punto y momento y á la sazon que tiene dispuesto, y no ántes ni
despues, para lo cual dispone y rodea y ofrece las ocasiones, y porque
para derramar el rocío de sus misericordias sobre aquestas naciones,
al ménos las que determinó desde ántes de los siglos salvar, se iba ya
apropincuando, y una dellas era traer á Cristóbal Colon á España, por
ende, para que se sepa pormenos de su vida en el presente capítulo la
razon. Como fuese, segun es dicho, Cristóbal Colon, tan dedicado á las
cosas y ejercicio de la mar, y en aquel tiempo anduviese por ella un
famoso varon, el mayor de los corsarios que en aquellos tiempos habia,
de su nombre y linaje que se llamaba Columbo Junior, á diferencia
de otro que habia sido nombrado y señalado ántes, y aqueste Junior
trajese grande armada por la mar contra infieles y venecianos y otros
enemigos de su nacion, Cristóbal Colon determinó ir é andar con él,
en cuya compañía estuvo y anduvo mucho tiempo. Este Columbo Junior,
teniendo nuevas que cuatro galeazas de venecianos eran pasadas á
Flandes, esperólas á la vuelta entre Lisbona y el cabo de San Vicente
para asirse con ellas á las manos; ellos juntados, el Columbo Junior
á acometerles y las galeazas defendiéndose y ofendiendo á su ofensor,
fué tan terrible la pelea entre ellos, asidos unos con otros con sus
garfios y cadenas de hierro, con fuego y con las otras armas, segun
la infernal costumbre de las guerras navales, que desde la mañana
hasta la tarde fueron tantos los muertos, quemados y heridos de ambas
partes, que apénas quedaba quien de todos ellos pudiese ambas armadas
del lugar donde se toparon una legua mudar. Acaeció que la nao donde
Cristóbal Colon iba, ó llevaba quizá á cargo, y la galeaza con que
estaba aferrada se encendiesen con fuego espantable ambas, sin poderse
la una de la otra desviar, los que en ellas quedaban aun vivos ningun
remedio tuvieron sino arrojarse á la mar; los que nadar sabian pudieron
vivir sobre el agua algo, los que no, escogieron ántes padecer la
muerte del agua que la del fuego, como más aflictiva y ménos sufrible
para la esperar; el Cristóbal Colon era muy gran nadador, y pudo haber
un remo que á ratos le sostenia miéntra descansaba, y ansí anduvo hasta
llegar á tierra, que estaria poco más de dos leguas de donde y adonde
habian ido á parar las naos con su ciega y desatinada batalla. Desta
pelea naválica y del dicho Columbo Junior hace mencion el Sabélico en
su Corónica, 8.º libro de la 10.ª década, hoja 168, donde trata que en
el tiempo de la eleccion de Maximiliano, hijo de Federico, Emperador,
por Rey de Romanos, fué enviado por Embajador de la Señoría de Venecia,
Jerónimo Donato, á Portugal, para que en nombre de la Señoría hiciese
gracias al Rey porque á los galeotes y remadores de las susodichas
cuatro galeazas desbaratadas los habia vestido y dado ayuda de costa
para que se volviesen á sus tierras. Ansí que llegado Cristóbal Colon
á tierra á algun lugar cercano de allí, y cobrando algunas fuerzas
del tullimiento de las piernas, de la mucha humidad del agua y de los
trabajos que habia pasado, y curado tambien por ventura de algunas
heridas que en la batalla habia recibido, fuese á Lisbona, que no
estaba léjos, donde sabia que habia de hallar personas de su nacion;
y ansí fué que siendo conocido por de la nacion ginovesa y tambien
quizá su linaje y sus padres, mayormente viendo su autorizada persona,
le ayudaron á que pusiese casa, y hecha con él compañía comenzó á
acreditarse y restaurarse. Pasando algunos dias, como él fuese de buena
disposicion y no ménos tuviese gentil presencia, y con esto no le
faltase la costumbre de buen cristiano, iba por la mayor parte á oir
los divinos oficios á un monesterio que se decia de Santos, donde habia
ciertas Comendadoras (de que órden fuese, no puede haber noticia),
donde acaeció tener plática y conversacion con una Comendadora dellas,
que se llamaba Doña Felipa Moñiz, á quien no faltaba nobleza de
linaje, la cual hubo finalmente con él de casarse. Esta era hija de un
hidalgo que se llamaba Bartolomé Moñiz Perestrello, caballero, criado
del Infante D. Juan de Portugal, hijo del Rey D. Juan I de Portugal
(como parece en la 1.ª década, lib. 1.º, cap. 2.º, de la _Historia de
Asia_, que escribió Juan de Barros en lengua portuguesa), y porque
era ya muerto pasóse á la casa de su suegra. Andando dias y viniendo
dias conoció la suegra ser Cristóbal Colon inclinado á cosas de la
mar y de cosmografía, porque á lo que los hombres se inclinan noches
y dias querrian dello tratar, y vehementes deben ser los cuidados y
urgentes las ocupaciones que del ejercicio y obra ó habla de aquello
los puedan del todo estorbar; ansí que, entendido por la suegra su
inclinacion, contóle como su marido Perestrello habia sido tambien
persona que tuvo inclinacion á las cosas de la mar, y que habia ido
por mandado del Infante D. Enrique de Portugal, en compañía de otros
dos caballeros, á poblar la isla del Puerto Santo, que pocos dias
habia que era descubierta, y al cabo á él sólo cupo la total poblacion
della y en ella le hizo mercedes el dicho Infante, y como entónces
andaba muy hirviendo la práctica y ejercicio de los descubrimientos
de la costa de Guinea y de las islas que habia por el mar Océano, y
esperaba el dicho Bartolomé Perestrello desde aquella descubrir otras,
como se descubrieron, segun abajo en el cap. 17 y en los siguientes se
dirá, debia tener instrumentos y escrituras y pinturas convenientes á
la navegacion, las cuales dió la suegra al dicho Cristóbal Colon, con
la vista y leyenda de las cuales mucho se alegró. Con estas se cree
haber sido inducida y avivada su natural inclinacion á mayor frecuencia
del estudio y ejercicio y leyenda de la cosmografía y astrología, y
á inquirir tambien la práctica y experiencia de las navegaciones y
caminos que por la mar hacian los portugueses á la Mina del Oro y
costa de Guinea, donde los portugueses, como está tocado, empleaban su
tiempo y sus ocupaciones; y como cada dia más y con mayor vehemencia de
imaginacion pensase, y, tomando su parte el entendimiento, considerase
muchas cosas cerca de las tierras descubiertas y las que podrian
descubrir, traidas á la memoria las partes del mundo y lo que decian
los antiguos habitable y lo que no se podia, segun ellos, morar, acordó
de ver por experiencia lo que entónces del mundo por la parte de
Etiopía se andaba y practicaba por la mar, y ansí navegó algunas veces
aquel camino en compañía de los portugueses, como persona ya vecino
y cuasi natural de Portugal; y porque algun tiempo vivió en la dicha
isla de Puerto Santo, donde dejó alguna hacienda y heredades su suegro
Perestrello, (segun que me quiero acordar que me dijo su hijo don Diego
Colon, primer sucesor que tuvo y primer Almirante, el año de 1519 en la
ciudad de Barcelona, estando allí el Rey de España D. Cárlos, cuando
la primera vez vino de Flandes á reinar, y donde le vino el decreto
de su Imperial eleccion); ansí que fuese á vivir Cristóbal Colon á la
dicha isla de Puerto Santo, donde engendró al dicho su primogénito
heredero D. Diego Colon, por ventura por sola esta causa de querer
navegar, dejar allí su mujer, y porque allí en aquella isla y en la de
la Madera, que está junto, y que tambien se habia descubierto entónces,
comenzaba á haber gran concurso de navíos sobre su poblacion y
vecindad, y frecuentes nuevas se tenian cada dia de los descubrimientos
que de nuevo se hacian. Y éste parece haber sido el modo y ocasion de
la venida de Cristóbal Colon á España, y el primer principio que tuvo
el descubrimiento deste grande Orbe.



CAPÍTULO V.

 En el cual se ponen cinco razones que movieron á Cristóbal Colon
 para intentar su descubrimiento destas Indias, las cuales asignó D.
 Hernando Colon, hijo del mismo don Cristóbal Colon.


Dicho queda en el capítulo precedente, poniendo el modo de la
venida de Cristóbal Colon á España, cual fué la ocasion primera ó
primer principio que parece haber tenido Cristóbal Colon para el
descubrimiento destas Indias; pero porque segun tengo entendido,
que cuando determinó buscar un Príncipe cristiano que le ayudase é
hiciese espaldas, ya él tenia certidumbre que habia de descubrir
tierras y gentes en ellas, como si en ellas personalmente hobiera
estado (de lo cual cierto yo no dudo), quiero en los siguientes
capítulos referir algunas razones naturales, y tambien testimonios
y autoridades de sabios antiguos y modernos varones, por las cuales
pudo muy razonablemente moverse á creer y aun tener por cierto que en
el mar Océano, al Poniente y Mediodia, podia hallarlas. Es pues la
primera razon natural, y no cualquiera sino muy eficaz, corroborada
con algunas filosóficas autoridades y es ésta: como toda el agua y
la tierra del mundo constituyan una esfera y por consiguiente sea
redondo, consideró Cristóbal Colon ser posible rodearse de Oriente á
Occidente andando por ella los hombres hasta estar piés con piés los
unos con los otros, en cualquiera parte que en opósito se hallasen. La
segunda razon es: porque sabia, dello por experiencia de lo que habia
andado por la mar, dello por lo que habia oido á muchos navegantes,
dello por lo que leido habia, que mucha y muy gran parte desta esfera
habia sido ya calada, paseada y por muchos navegada, é que no quedaba
para ser toda descubierta, sino aquel espacio que habia desde el fin
oriental de la India, de que Ptolomeo y Marino tuvieron noticia, hasta
que prosiguiendo la via del Oriente tornasen por nuestro Occidente á
las islas de Cabo Verde y de los Azores, que era la más occidental
tierra que entónces descubierta estaba. La tercera: entendia que aquel
dicho espacio que habia entre el fin oriental, sabido por Marino, y
las dichas islas de Cabo Verde, no podia ser más que la tercera parte
del círculo mayor de la esfera, pues que ya el dicho Marino habia
descripto por el Oriente, quince horas ó partes de veinticuatro que hay
en la redondez del mundo, y hasta llegar á las dichas islas de Cabo
Verde no faltaba cuasi ocho, porque aún el dicho Marino no comenzó su
descripcion tan al Poniente. La cuarta razon: porque hizo cuenta que
si habiendo Marino escrito en su Cosmografía quince horas ó partes
del esfera hácia el Oriente, no habia aún llegado al fin de la tierra
oriental, que no era cosa razonable sino que tal fin estuviese mucho
más adelante, y por consiguiente cuanto más él se extendiese hácia el
Oriente, tanto vernia á estar más cercano á las dichas islas de Cabo
Verde por nuestro Occidente, y que si aquel espacio fuese mar, sería
fácil cosa navegarlo en pocos dias, y si fuese tierra, que más presto
sería por el mesmo Occidente descubierta, porque vernia á estar más
cercano á las dichas islas. A esta razon ayuda lo que dice Estrabon en
el lib. XV de su _Cosmographia_, diciendo, que nadie llegó con ejército
al fin oriental de la India, y que Estesias escribe, que es tan grande
como toda la otra parte de Asia, y que Onesicrito dice, que es la
tercera parte del esfera, y que Nearco dice, que tiene cuatro meses
de camino por campo llano, y Plinio dice en el cap. 17 del lib. VI,
que la India es la tercera parte de la tierra; por manera que inferia
Cristóbal Colon que la tal grandeza causaria que estuviese más cercana
á nuestra España por el Occidente. La quinta consideracion que hacia
y que daba más autoridad á que aquel espacio fuese pequeño, era la
opinion de Alfragano y sus secuaces, que ponen la redondez de la esfera
muy menor que todos los otros autores y cosmógrafos, no atribuyendo á
cada grado de la esfera más de cincuenta y seis millas y dos tercios.
De la cual opinion inferia Cristóbal Colon, que siendo pequeña toda
la esfera, de fuerza habia de ser pequeño aquel espacio de la tercera
parte que Marino dejaba por ignota, y por tanto sería en ménos tiempo
navegada; de donde ansí mismo inferia, que pues aún no era sabido el
fin oriental de la India, que este tal fin sería el que estaba cerca
de nosotros por el Occidente, y que por esta causa se podian llamar
Indias las tierras que descubriese. De donde consta y se infiere que
Maestre Rodrigo de Santaella, que fué Arcidiano de[9] en la iglesia
mayor de Sevilla, reprendió, no acertadamente, al Cristóbal Colon en la
traduccion que convirtió de latin en romance del libro..... diciendo
que no las debia llamar Indias, ni lo eran, porque Cristóbal Colon no
las llamó Indias porque hubiesen sido por otros vistas ni descubiertas,
sino porque eran la parte oriental de la India ultra Gangem, la cual
siguiendo siempre al Oriente venia á ser á nosotros occidental, como
sea el mundo redondo como está dicho. A la cual India nunca algun
cosmógrafo señaló término con otra tierra ni provincia por el Oriente,
salvo con el Océano. Y por ser estas tierras lo oriental ignoto de la
India, y no tener nombre particular, atribuyóle aquel nombre que tenia
la más propincua tierra, llamándolas Indias occidentales, mayormente
que como él supiese que á todos era manifiesta la riqueza y grande fama
de la India, queria provocar con aquel nombre á los Reyes católicos
que estaban dudosos de su empresa, diciéndoles que iba á buscar y
hallar las Indias por la vía del Occidente, y esto le movió á desear el
partido de los Reyes de Castilla más que de otro Rey cristiano. Todo lo
en este capítulo contenido es á la letra, con algunas palabras añididas
mias, de D. Hernando Colon, hijo del mismo egregio varon D. Cristóbal
Colon, primero Almirante, como se dirá, de las Indias.



CAPÍTULO VI.

 En el cual se contienen autoridades de grandes y famosos filósofos,
 que afirmaron ser habitable la tórrida zona, y la cuarta que á ella
 dista hácia el polo austral y el emisferio inferior que algunos
 negaban.--De como hobo noticia de haber en el mundo dos géneros de
 etiopes, los cuales agora cognoscemos y experimentamos, y otras muchas
 cosas contiene este capítulo notables.


Por las razones arriba dichas, parece que Cristóbal Colon pudo
razonablemente moverse á creer que podia descubrir las Indias por
la parte del Occidente, como parece en el capítulo próximo pasado,
allende las cuales pudo muy bien animarse á lo mesmo por las opiniones
de muchos y notables antiguos filósofos que hobo de tres partidas del
mundo ser habitables, conviene á saber, la que llamaban los antiguos
tórrida zona, y la cuarta de la tierra que va de la equinoccial hácia
el polo austral, y el hemispherio inferior ó que está debajo de
nosotros; y como destas partidas de la tierra no hobiese clara noticia
y viese probables opiniones que eran habitables, y las razones que
para serlo los dichos filósofos daban cuadrasen al Cristóbal Colon y á
cualquiera hombre discreto, racionabilísimamente pudo tener por cierto
su descubrimiento. Esta tórrida zona es el espacio que hay del trópico
de Cáncer ó Cancro al de Capricornio, que son 47° de latitud, y esta
es una de cinco en que la tierra toda los antiguos dividieron, como
fué Pitágoras y Homero y todos los que en Egipto filosofaron, y entre
los latinos, Ovidio y otros muchos, las tres decian inhabitables, las
dos por excesivo frio, y la de en medio por demasiado calor, y esta
llamaban tostada ó quemada, que en latin suena _perusta_ ó tórrida,
que agora llamamos equinoccial, y Ptolomeo _equator_ ó igualdad, por
que igualaba el dia con la noche. Del número dellos fué Pitágoras y
Homero y Platon, y daban para ello cinco razones, las cuales vea
quien quisiere, por Alberto Magno, en el libro _De natura locorum_,
cap. 6, 1; pero Ptolomeo, Avicena y otros á quien sigue y aprobó el
mismo Alberto, á quien Dios singularísimamente perfeccionó en los
secretos naturales y en toda natural filosofía, tuvieron y probaron el
contrario, conviene á saber, que la dicha zona del medio de las cinco
no sólo era habitable, pero era su habitacion delectabilísima segun su
misma natura, puesto que en algunas partidas y provincias della _per
accidens_, ó sea por los accidentes y disposicion de las tierras, ó
lagunas, ó mares, ó rios, podia ser su habitacion no tan sabrosa ó
deleitable. Todo lo cual está el dia de hoy en estas nuestras Indias
bien probado, y parte dello yo que escribo esto he experimentado. Esto
probaban dello por experiencia, y dello asignando algunas razones por
experiencia; porque decian que ellos vian muchos hombres con sus mismos
ojos, que moraron entre el trópico estivo y la misma equinoccial, y
que los libros que los filósofos que allí vivieron escribieron de los
planetas y cuerpos celestiales, vinieron á sus manos, y que parte de
la India y de Etiopía cae por aquellos lugares, y por consiguiente
dicen ser necesario allí haber habitacion. Dicen más, que muchas
ciudades de la gente de Achim y de los indios, y de los de Etiopía
están en aquel primer clima. Ansimismo en toda la latitud que hay en
el segundo clima entre la equinoccial y el trópico estivo, que consta
de 24°, cuanta es la declinacion del sol del círculo equinoccial, hay
muchas ciudades, segun Ptolomeo, cuyos moradores vinieron á las partes
de Europa. Algunas razones pone allí Alberto Magno, la primera es,
porque segun la doctrina de los filósofos, como el sol en el oblícuo
círculo sea causa de la generacion por el acceso, y de la corrupcion
por su receso, es necesario allí haber generacion, adonde igualmente
se allega y se desvía, esto es, en la equinoccial; luego en la region
della, potísimamente habrá generacion y habitacion de lo engendrado: la
segunda razon es el acceso ó llegamiento del sol, próximo ó cercano,
causa calor, y el receso ó desviamiento dél, causa frio, pues el medio
de entre frio y calor, es templado, luego los lugares que estuvieren
en medio del acceso y receso, serán templados, y por consiguiente
aptos para habitacion: la tercera, el efecto de las estrellas es
fortísimo en aquel lugar, donde mayormente se multiplican los rayos
suyos, y esto es en las vías de los planetas, pues las vías de los
planetas son entre los dos trópicos, luego allí será más fuerte la
fuerza é influencia de las estrellas, pues segun la fuerza é influencia
de las estrellas se hace la generacion; luego en los tales lugares
potísimamente habrá generacion, pues generacion no puede haber sino
en los lugares donde puedan habitar las cosas engendradas; luego de
necesidad debe haber allí cóngrua y conveniente habitacion para las
cosas engendradas. Dejadas otras razones que allí trae Alberto Magno,
concluye ansí: _Omnibus autem his rationibus et considerationibus
habitis, consentiendum videtur Ptolomeo et Avicenœ, ut dicamus torridam
non omnino esse torridam, sed esse habitatam tam in littoribus maris
quod ibi est (et mare Indicum vocatur quod multos habet adamantes in
fundo) quam etiam in insulis maris multis quæ ibidem á philosopho esse
describuntur_; et infra: _Sub equinoctiali scilicet circulo qui est sub
medio regionis illius, quæ torrida vocatur, et continua et delectabilis
est habitatio; quia licet radius solaris bis in anno ibi reflectatur
in se ipsum, eoque illi loco perpendiculariter incidit. Non tamen
diu figitur in eodem loco, quare circulus solis ibi est extensus, et
quasi recte recedit ab equinoctiali; nec rursum accedit ad ipsum nisi
interpositis quatuor signis ad minus; et ideo calor accessus ejus non
figitur circa locum unum, et ideo nullum locum incendit; et intervenit
magnum tempus inter calorem solis quem facit accedendo, et eum quem
facit in secundo accessu; propter quod unus calor alium in loco non
invenit; et ideo calor ibi non multiplicatur._ Y ansí parece claro que
Cristóbal Colon pudo tener probabilidad de que una de las tres partidas
del mundo, que era la tórrida zona, era habitable y poblada, y que
yendo á buscarla por la vía del austro podia hallar tierra y gente que
la habitase, puesto que hasta entónces no fuese hallada.

Lo mismo pudo saber de la otra segunda parte, conviene á saber, la
cuarta de la tierra que es de la equinoccial hácia y hasta el polo
austral ó de Mediodia, dando más crédito al filósofo Aristóteles y
á su comentador Averroys, y á Ptolomeo, y á Homero y Alberto Magno,
que afirman ser aquella cuarta habitable, que no á otros que decian
el contrario. Aristóteles y Averroys, en el 4.º _De Cœlo et mundo_,
daban esta razon, la cual aprueba mucho Alberto Magno en el susodicho
libro _De natura locorum_, cap. 7.º, diciendo, que entre lo calidísimo
y frigidísimo, de necesidad debe haber alguna templanza: debajo del
trópico hiemal, que es el de Capricornio, es el lugar calidísimo,
debajo del polo es frigidísimo, porque los rayos del sol miran aquel
lugar _obliquissime_ ó muy de través, y no nada derecho, luego lo de en
medio, por igual distancia de ambos á dos extremos, será lugar templado
y apto para habitacion; y ansí concluye, que la cuarta parte del mundo
que va de la equinoccial hácia y hasta el polo austral es divisible
por los climas habitables, ansí como se divide la cuarta de la tierra
de Setentrion donde nosotros habitamos. Da otra razon Ptolomeo en el
libro «De la disposicion de la esfera», que es introductorio al libro
del _Almagesto_, y dice: que debajo de ambos á dos trópicos, estivo y
hiemal, habitan dos géneros de etiopes ó negros, y confírmalo por lo
que dijo cierto poeta, que se decia Brices, el cual introducia á Homero
que decia, y son palabras de Ptolomeo: _Natura quidem exigit duo genera
ethiopum; quorum unum est sub tropico æstivo, et sunt ethiopes qui
sequuntur nos; alterum genus ethiopum est qui sunt sub tropico hiemali
qui est tropicus æstivus illis, quorum pedes sunt in directo pedum
nostrorum_; la natura, diz, que requeria que hubiese dos géneros de
etiopes, etc. Ansí que aquel poeta, Brices, testificaba y que Homero en
sus versos habia hecho mencion de dos géneros de etiopes ó negros. Esto
bien averiguado lo tenemos hoy, porque los navíos que invió D. Antonio
de Mendoza, Visorey de la Nueva España, por la mar del Sur á descubrir,
el año, creo que de 1540, descubrieron tierra poblada de negros, más de
trescientas leguas de costa, que llamaron la Nueva Guinea. Consiente,
pues, y aprueba Alberto Magno al dicho poeta Brices y á Homero en
aquello que la naturaleza requiere dos géneros de etiopes, pero hace
Alberto esta distincion: que en aquella cuarta de que hablamos, debajo
del trópico de Capricornio, puede haber habitacion, conviene á saber,
cuando el sol entra en los planetas aqueborares, porque entónces ésles
á aquellos invierno que templa el ardor del sol, pero será trabajosa
y no continua la habitacion, y que en algun tiempo del año converná
ó vivir en cuevas ó salirse á otra parte, por las causas que algunos
filósofos dijeron que causan el calor grande; pero el espacio y region
que está despues del dicho trópico de Capricornio, hasta la latitud ó
anchura del sétimo clima, midiendo en el Mediodia, conviene á saber,
hasta la latitud de 48 ó 50°, habitable, dice, que es con delectacion
y contínuamente, así como nuestro espacio ó region, y quizá mucho más
que la nuestra; da la razon, porque diz que allí, como esté más alta la
vecindad del cielo y del sol, más templa el frio de las regiones que
distan de la equinoccial por 50° al Mediodia que en Aquilon, porque
su _aux_ está en Aquilon, y el _oppósito del auge_ en el Mediodia.
_Aux_ del sol quiere decir el lugar adonde el sol está más apartado de
la tierra, y esto es en el signo de Cáncer; el _oppósito del auge_,
quiere decir cierto punto en el cielo en el cual el sol está más cerca
de la tierra, y esto es cuando el sol viene al signo del Capricornio,
y ansí parece que estos dos puntos son contrarios. A lo que decian
algunos que por no haber rumores ni nuevas que aquella parte fuese
habitable, era señal que no lo era, item alegaban, porque hubo muchos
reyes potentísimos y muchos filósofos peritísimos, y ni los reyes lo
descubrieron, ni los filósofos ni historiadores lo escribieron, lo cual
todo era indicio de que aquella parte no era habitable; á lo primero
responde Alberto Magno que aquello no es verdad, porque rumores hartos
habia, pues que Homero habló de los que en aquellas partes habitaban,
y Lucano, hablando de los árabes que en la tórrida moraban, diciendo
que en su tierra, vueltas las caras al Oriente en medio dia, tenian
la sombra á la mano derecha, y viniendo á la cuarta aquilonar, las
tenian á la mano izquierda; por lo cual dicen ellos, _ignotum vobis
arabes venistis in orbem_. Á lo segundo, responde Alberto Magno, que
en la descripcion que mandó hacer Octaviano Augusto, se lee, que envió
mensajeros á los reyes de Egipto y Etiopía que mandasen aparejar las
naos y expensas necesarias para los que enviaba á llamar las gentes, y
que llegando á la equinoccial hallaron lugares de muchas lagunas y de
piedras, que ni por tierra ni por el agua pudieron pasar, y ansí, se
tornaron sin poder hacer lo que llevaban mandado. Dice tambien Alberto,
haber leido en cierto filósofo, que la causa de no poder pasar de la
cuarta aquilonar para la austral, por la tórrida, fué porque hácia el
Mediodia estaban ciertos montes de cierta especie de piedra iman, que
era de tal natura que atraia las carnes humanas á sí, de la manera que
nuestra piedra iman trae á sí el acero, y que por esto no se podia
pasar de una parte á otra porque algunos se morian pasando; y en otras
partes habia virtud mineral que convertia los hombres que pasaban en
piedra ó en metal y se hallaban despues ansí hechos tales, y para
prueba que habian sido hombres y no estátuas hechas por artificio de
hombres, averiguábase por este indicio, que no sólo en la superficie y
tez de encima, pero labrando ó cabando en las mismas piedras ó metal
hallaban de dentro las figuras de las tripas y asaduras y lo demas que
los cuerpos humanos dentro de sí tienen, todo convertido en la piedra ó
metal por la virtud y fuerza mineral, lo cual no pudiera hacer oficial
alguno sino sólo en la tez ó superficie. Esto postrero trae el Tostado
sobre el Génesis, cap. 13, cuestion 94, y alega á Alberto Magno en el
dicho libro _De natura loci_, aunque yo allí no lo hallo, sino en el
lib. I, cap. 8.º _De mineralibus_. Por este impedimento y por montes
inaccesibles y por desiertos grandes fué dificultosa y rara la pasada
de aquellas partes á estas, pero no imposible; y ansí se entiende
lo que los filósofos que no habian visto quien hubiese escrito de
aquella habitacion cosa alguna, segun dice Alberto en aquel susodicho
libro; finalmente, basta para que Cristóbal Colon se moviese á buscar
por aquellos mares las dichas tierras, tener por sí tan probables y
dignos testigos. Lo mismo se puede concluir de la tercera partida,
conviene á saber, la del inferior hemispherio; comunmente se tenia por
los antiguos que la mitad dela tierra del inferior hemispherio fuese
inhabitable, y tras esta opinion se fué San Agustin en el 16 libro
_De Civitate Dei_, de lo cual es de maravillar, los cuales daban sus
razones; y una era, que como el agua sea mayor cuatro tanto que la
tierra, no puede incluirse ó encerrarse dentro de los extremos de la
tierra, y por consiguiente de necesidad ha de cubrir más de la mitad
della, la cual toda debiera de cubrir si los movimientos del sol y
de las estrellas alguna parte della no secase y enjugase. A estos
responde Albumasar y otros filósofos sus secuaces, y afirman ser
aquella mitad del inferior hemispherio habitable de la manera que lo
es la nuestra que habitamos; da la razon, que como los rayos del sol
y de las estrellas describan todos sus ángulos y rincones sobre ella,
necesario es que sequen y enjuguen lo húmido della en aquellos lugares
sobre los cuales caen ó influyen los ángulos agudos de los rayos y en
aquellos sobre quien caen los rayos perpendicularmente ó derechamente,
y el húmedo se engendre en otros lugares que son de más luenga latitud
ó distancia de la vía del sol, por los cuales efectos los lugares
se hacen habitables; donde parece, segun ellos, que la tierra del
hemispherio inferior es habitable como el nuestro. A las razones que
los contrarios daban respondian como Alberto Magno en el dicho libro
_De natura loci_, cap. 12, y añade él otras razones y dice que los que
esto tienen son filósofos aprobados en filosofía, y de no haber diz
que venido de aquellas partes inferiores á las nuestras no es la causa
porque allí no haya moradores, sino por la grandeza del mar Océano y
que cerca de todas partes la tierra, y por consiguiente hace grandísima
distancia y longura de los lugares, por la cual transnavegar fácilmente
no se puede; y si en alguna parte se ha transnavegado, esto es en la
tórrida, porque allí, segun natura, las riberas son más estrechas;
decir que allí no pueden habitar los hombres porque caerian de cabeza,
porque están sus piés con los piés nuestros, dice Alberto que es vulgar
impericia y que los tales no son de oir, como quiera que lo inferior
del mundo no se ha de entender cuanto á nos, sino _simpliciter_,
porque _simpliciter_ es inferior, y en todas partes se dice hácia el
centro de la tierra; y ansí concluye Alberto Magno, que el hemisferio
inferior de la misma manera se ha de dividir que el superior se divide,
conviene á saber, que algunas regiones tiene inhabitables ó difíciles
de habitar por mucho frio y algunas por el excesivo calor, y las
habitables se distinguen por los climas como la nuestra, y esto es
segun la continencia de la natural disposicion; tambien dice que el
agua ser mayor que la tierra no está cierto en efecto, porque muchas
son las causas que disminuyen el agua, y como sea elemento de fácil
conversion, porque fácilmente se convierte en otro elemento, fácilmente
se disminuye y se aumenta, y por esto muchas más veces acaecen los
diluvios del agua que no de otro algun elemento, etc. Podriamos aquí
añadir seis veces ser mayor la tierra que el agua por lo que está
escrito en el cuarto libro de Esdras, cap. 6: _Et tertia die imperasti
aquis congregari in septima parte terræ, sex vero partes siccasti et
conservasti, ut ex his sint coram te ministrantia seminata_; et infra:
_Quinto autem die dixisti septimæ parti terræ ubi erat aqua congregata
ut procrearet animalia_, etc. Por esta autoridad y la de Plinio y
Aristóteles y Séneca y Solino, concluye Aliaco, Cardenal doctísimo en
todas sciencias, que la mayor parte de toda la tierra está enjuta y no
la cubren las aguas de la mar como decia Ptolomeo, y ansí es habitable;
allende que da buenas razones desto Aliaco, dice que más es de creer á
los dichos autores que á Ptolomeo, por haberlo podido saber bien por
la conversacion y familiaridad que tuvieron Aristóteles con Alejandre,
Séneca con Neron, Plinio y Solino con otros Emperadores que fueron
solícitos á saber las tierras que habia en el mundo. Esto dice Aliaco,
libro _De Imagine mundi_, cap. 8 y cap. 11 y 12 y 49, y en el tratado
_Mapæ mundi_, cap. _De figura terræ_ y cap. _De mari_, y ansí tiene
por manifiesto ser verdad de haber antípodas. Concuerda y confirma todo
lo susodicho la opinion tenida por comun de otros muchos filósofos é
historiadores de cuasi irrefragable auctoridad, los cuales tuvieron por
cierto haber antípodas, que son los que andan con nosotros piés con
piés, como arriba hemos tocado; de los cuales fué uno Plinio, lib. II,
cap. 67, y Machrobio, lib. I, cap. 22 _De Somno Scipionis_, y Solino en
su _Polistor_, cap. 56, donde dice que la isla de la Taprobana otros
tiempos fué creida por el otro orbe en que habitaban los antípodas:
_Taprobanam insulam (inquit) antequam temeritas humana exquisitò
penitus mari fidem panderet, diu orbem alterum putaverunt et quidem
eum quem habita e Antichthones crederentur_; Pomponio Mela tambien, en
el primer capítulo de su primer libro, y Polibio, lib. III, y otros
autores gravísimos. Parece muy claro cuanta razon pudo tener Cristóbal
Colon á tener por probable y muy probable, por los testimonios de tan
aprobados autores, haber tierras y gentes donde las fué á buscar y
á moverse para ir á buscarlas. Esto aun muy mejor constará por los
capítulos siguientes.



CAPÍTULO VII.

 En el cual se ponen otras dos razones naturales y autoridades de
 Avicena y Aristóteles, y San Anselmo, y de Plinio y Marciano, y de
 Pedro de Aliaco, Cardenal doctísimo, que prueban haber tierra y
 poblada en el mar Océano y en las tierras que están debajo de los
 polos, y en ellas diz que vive gente beatísima, que no muere sino
 harta de vivir, y ellos se despeñan para matarse por no vivir.


Hemos asignado en los dos capítulos ántes déste las razones sacadas de
los antiguos filósofos y otras naturales que D. Hernando Colon, hijo
del mismo Almirante, asignó, que pudieron moverle al descubrimiento
destas Indias. En este capítulo quiero yo poner algunas que no sólo
prueban, á mi parecer, pero que hacen evidencia que hubiese tierras
pobladas en el mar Océano hácia el Poniente, acostándose á la parte del
Mediodia, ó, al ménos, que podia creer el Almirante que eran pobladas
por ser de sí habitables, á las cuales razones añidiremos algunas
autoridades. Lo primero, porque supuesto que hubiese antípodas, como
entónces era probable, y por consiguiente Periecos, Anteos, Perisceos
y Amphiscios, que todos son los que viven y habitan ó en derredor
de nosotros ó al lado nuestro, ó más bajos otros y otros más altos,
segun la region en que moran, como el mundo esférico ó redondo ó cuasi
redondo sea, necesaria cosa es que la bondad y cualidades favorables
á la habitacion que alcanzamos en nuestro hemispherio, alcancen al
ménos los de nuestros alrededores, que debajo de un meridiano y por
un paralelo ellos y nosotros vivimos; y lo mismo es de la tierra ó
region de los antípodas que tienen los piés contra los nuestros, como
ha parecido en el capítulo precedente, como esté situada entre el
trópico de Cancro y el círculo Artico, y por consiguiente goce de las
mismas favorables influencias de los cielos y estrellas; lo mismo es
de las regiones que están en la zona ó só la zona, de la otra parte
del círculo del trópico de Capricornio, de la cual ninguno dudó ser
habitable, como ni de la del trópico de Cancro por ser igual templanza;
de lo que se dudó por algunos antiguos fué la línea equinoccial, que
llamaban tórrida como ha parecido en el capítulo ántes deste. El
engaño y error de aquellos es ya hoy bien averiguado, pues somos ya
muchos los que hemos estado debajo della y visto en partes amenísima
y suavísima habitacion, y en otras tanta nieve que apénas se puede
habitar, y otras con mucho calor, pero no tanto que las constituya del
todo inhabitables; y ansí se ha de entender lo que dijeron los antiguos
de haber algunos lugares ó regiones en el mundo, como son las zonas
propinquísimas á los polos, que, por frio, y la tórrida ó equinoccial,
que, por calor, no se podian morar, conviene á saber, con dificultad y
trabajo demasiado de los moradores, pero no que del todo no se pudiesen
habitar. Verdad es que algunos afirman las regiones subiectas á los
polos no solamente no poder ser habitables por el inmenso frio, pero ni
poder en ellas haber cosa viva; pruébanlo por razon y por experiencia:
la razon es, segun ellos, porque segun el Filósofo, en el 2.º de los
_Físicos_, el sol concurre al engendramiento y vida de las cosas que
vida tienen con las otras particulares y próximas causas, de manera,
que ansí como no habiendo sol, ninguna cosa se engendraria ni viviria,
tampoco, segun ellos, sino influyese; pues influir el sol no puede en
las tales regiones, por estar distantísimo de la línea equinoccial y
de toda la anchura del zodiaco, que es el círculo que en sí contiene
los doce signos y llaman los filósofos el círculo oblícuo donde anda
el sol é influyen sus rayos, luégo ninguna cosa en las tales regiones
puede tener vida y ansí no son habitables. Por la experiencia tambien
lo pretenden probar, porque si désa parte de las islas Orcadas, que
son treinta segun Ptolomeo, y muy occidentales y de la isla Thile,
están helados los rios y la mar hasta el profundo, como dice el mismo
Ptolomeo y los demas, las cuales están situadas en 60°, ¿qué hará la
tierra que estuviere en 90, que es la zona junto al polo? será cierto
frigidísima y por consiguiente inhabitable: desta manera arguyen los
que dicen ser las tierras debajo de los polos inhabitables. Estas
razones parecen contener alguna apariencia de verdad, pero puédese
decir que no embargante la distancia del camino que lleva el sol en el
zodiaco de los polos, todavia como en las tierras subiectas á ellos
haya dia, porque aun los seis meses del año suele allí durar el dia
y ansí no sea todo noche, alguna virtud del sol y sus influencias
alcanzan allá, puesto que los rayos solares sean flacos y debilitados;
item la virtud de los rayos del sol y de las estrellas, puesto que
allí sea débil y flaca, multiplícase, empero, en alguna manera por
la reververacion que hace en el agua, lo uno porque el agua es lisa
ó lucia ó polida, y reterná lo que á ella llega de la virtud del sol
y de las estrellas, y esto es causa de algun calor; lo otro, por la
natural frialdad del agua, en la cual la dicha virtud del sol hiriendo,
multiplica algo el calor, y esto basta para que en aquellas regiones
pueda haber algunas cosas vivas, mayormente si los animales que allí
hubiere fueren gruesos y carnudos para que no los pueda tan fácilmente
penetrar el frio: por manera que no de todo punto las dichas regiones
son inhabitables, puesto que no puedan morarse continuamente, y lo que
se morare será trabajoso y penable. Esto se prueba por la experiencia
tambien, segun cuenta Quinto Curcio en la _Historia de Alexandre_,
lib. VII, donde refiere, Alexandre haber entrado con su ejército en
la region debajo del polo, frigidísima, donde lo que tiene de dia es
por la continua niebla y nieve y frialdad tan oscuro cuasi como la
noche, que apénas unos á otros de cerca se ven; la gente se llamaba
_Parapamisadas_, barbarísima nacion; vivian en tugurios hechos de
adobes, todos cerrados como una nuez, sólo encima un agujero por donde
les entraba alguna claridad: en lo más áspero del invierno en cuevas
moraban; si algunos árboles y vides podian de tanta frialdad escapar,
los enterraban; aves ni animales no los habia. Finalmente, murióse
allí á Alexandre mucha parte del ejército, y ansí parece que aquella
region no es de todo punto inhabitable, puesto que con gran trabajo
y dificultad se puede habitar. Lo que se dice de los hombres, decimos
de los animales y hierbas: puede haber allí algunas especies de aves
de rapiña y osos y leones, y cebada y avena pero trigo no, y, si se
sembrase, degenerará naciendo centeno ó otra cosa de ménos quilates y
virtud; ésto dice Alberto Magno en el libro _De Natura locorum_, cap.
8.º Mucho más favorece que lo dicho, Pedro de Aliaco, aquellas extremas
polares partes, alegando á Plinio y á Marciano, el cual, en el libro
_De imagine Mundi_, cap. 11, dice que aquellas partes extremas del
mundo donde hay seis meses de dia y otros tantos de noche es habitable,
lo cual dice que prueba Plinio por experiencia y por autores en el
libro IV, y que Marciano afirma, concordando con Plinio, que debajo
de los polos vive gente beatísima ó bienaventurada que no muere sino
harta de vivir, y cuando de vivir están hartos, se suben en una peña
alta y de allí se arrojan en la mar, y llámanse _Yperborei_ en Europa
y _Arumper_ en Asia: _Quantum vero habitetur versus aquilonem_ Plinius
ostendit, lib. IV, _per experientiam et auctores varios, nam usque ad
illum locum habitatur ubi extremi cardines mundi sunt, et ubi est dies
per sex menses et nox per tantum. Et Marcianus in hoc concordat; unde
volunt quid ibi sit gens beatissima quæ non moritur nisi sacietate
vitæ, ad quam cum venerit, præcipitat se alto saxo in mare; et vocantur
yperborei_, etc.; lo mismo dice Aliaco en otro tratado _De Mapa
mundi_, cap. _De figura terræ_. La segunda causa ó razon natural por
la cual se pudo estimar que habia tierra habitable y poblada hácia el
Poniente, acostándose á la parte austral, es, porque regla es general
y natural que como la vida de los hombres y su sanidad consista en
húmido y cálido templado igualmente, segun los médicos, y finalmente en
igualdad, cuanto el lugar ó parte del mundo fuere más templada y cuanto
á la templanza más los lugares se allegaren ó se desviaren, tanto mejor
y más favorable ó ménos buena será la habitacion y por consiguiente
podráse creer aquellas tales partes ó regiones ser habitables y estar
más ó ménos pobladas, porque segun Aristóteles, en el libro _De
causis proprietatum elementorum: Radix habitationis est æqualitas et
temperamentum_. Pues como el mar Océano, hácia el Poniente, á la parte
del Mediodia, no estuviese descubierto, y por razon infalible natural
se conociese que cuanto más se allegase á la línea equinoccial tanto
mayor templanza é igualdad se habia de hallar, pues siendo iguales los
dias con las noches, lo que calienta el calor del sol del dia templa y
refresca la humidad y frescura de la noche, y ansí respectivamente las
regiones que comunican algo de las cualidades de las que están debajo
de la línea equinoccial, como son las del primer clima todo, hasta
su fin, que se extiende más de 115 leguas, viniendo del polo austral
hácia el Setentrion ó Norte, con parte del clima segundo, síguese que
pudo muy bien Cristóbal Colon persuadirse haber tierras y poblaciones
de gentes en el mar Océano, hácia el Poniente, acostándose á la parte
del Mediodia. Esta segunda razon, que es bien razonable y natural,
pone Avicena, lib. I, sent. 1.ª _De complexionibus_, cap. 1.º; y si
añidiéremos lo que Aristóteles dice en el libro _De mundo_, hablando
del mar Océano, ser cosa verisímil y creedera en él haber muchas islas
grandes y chicas, y algunas mayores que la misma que llamamos tierra
firme, en que allá comunmente se vive: _Verisimile quoque est multas
quoque alias sedere insulas quæ longe contrariis obversæ fretis sitæ
sint. Aliæ quidem illa ipsa scilicet Continente majores, sed aliæ
minores, quæ certe omnes ea una excepta nobis minime visæ sunt, quod
nam nostri maris insulis, si cum is maribus amparetur, evenit; idem
quoque orbi terræ quem colimus si ad mare Atlanticum respicias evenire
affirmamus. Multæ nam aliæ præ universo mari enumerantur insulæ quædam
nam magnæ sunt, quæ vastis circunfundantur maribus_, etc. Item, si
añidiéremos tambien lo que San Anselmo trae en el lib. I, cap. 20,
_De Imagine mundi_, que en el mar Océano habia una isla de frescura,
fertilidad y suavidad, mucho más que otras excelentísima, que se
llamaba la _Perdida_, que algunas veces acaso la hallaron y hallaban,
y otras, cuando de propósito la iban á buscar y á escudriñar no la
veian: _Est_, inquit, _et quædam Oceani insula dicta Perdita, amœnitate
omnium rerum præ cœteris longè præstantissima, hominibus incognita,
quæ aliquando casu inventa, quæsita postea non est reperta et ideo
dicitur Perdita_. Así que añididas estas autoridades á las razones
arriba dichas, bien claro parecerá que un hombre tan leido y prudente
y mucho experimentado en las cosas de la mar, y escogido por Dios para
efectuar hazaña tan egregia, como Cristóbal Colon, pudo razonable y
discretamente moverse y persuadirse á procurar favor y ayuda, afirmando
la certidumbre de su descubrimiento; lo cual, aún más evidente por lo
que más trajéremos abajo, parecerá.



CAPÍTULO VIII.

 En el cual se hace mencion de una isla grandísima, que pone Platon,
 mayor que Asia y Europa, riquísima y felicísima, y de cuya prosperidad
 y felicidad dice Platon cosas increibles pero verdaderas, y apruébanlo
 otros autores y San Anselmo entre ellos; la cual está cerca de la boca
 del estrecho de Gibraltar, y de un terremotu de una noche y un dia fué
 toda hundida.--De como muchas tierras se han perdido, y hecho islas
 de tierra firme, y otras haber parecido que ántes no eran, y de como
 muchos Reyes los tiempos antiguos enviaron flotas á descubrir, etc.


Para corroboracion de lo susodicho, y aun de lo que para este propósito
está por decir, para mostrar que los antiguos tuvieron sospecha y
probabilidad de haber tierras habitables y habitadas en el mar Océano,
ó á la parte de Oriente ó del Occidente y Austral, quiero aquí traer
una cosa dignísima de admiracion y nunca otra tal oida, que cuenta
Platon de una isla que estaba cerca de la boca del estrecho de
Gibraltar, la cual llama _Isla del Atlántico_, que fué el primero Rey
della y de quien todo ó cuasi todo el mar Océano se nombró Atlántico; y
dice que era mayor que Asia y África, el sitio de la cual se extendia
la vía del Austro. En esta isla eran muchos Reyes y Príncipes, y por
ella diz que se podia ir y navegar para otras islas comarcanas, y de
aquellas para la tierra firme que de la otra parte estar se creia.
Refiere Platon de la fertilidad, felicidad, abundancia desta isla, de
los rios, de las fuentes, de la llaneza, campiñas, montes, sierras,
florestas, vergeles, frutas, ciudades, edificios, fortalezas, templos,
casas reales, política, órden y gobernacion, ganados, caballos,
elefantes, metales riquísimos, excepto oro, del poder y fuerzas y
facultad potentísima por mar y por tierra, victorias y dilatacion de
su imperio sobre otras muchas diversas naciones, cosas extrañísimas y
en gran manera admirables y á muchos no creibles. En el cual estado
prosperísimo y felicísimo creció y permaneció por muchos siglos,
en tanto que al culto divino y á la guarda de las justas leyes y al
ejercicio de la virtud las gentes della se dieron, pero despues que
aquellos ejercicios y solicitud virtuosa, con sus corruptas afecciones
y costumbres culpables, dejaron y olvidaron, con un diluvio y terrible
terremoto de un dia y una noche, la isla tan próspera y felice y de
tan inmensa grandeza, con todos sus reinos, ciudades y gentes, sin
quedar rastro de todos ellos ni vestigio, sino todo el mar ciego y
atollado, que no se pudo por muchos tiempos navegar, se hundieron. No
osara referir por historia sino por fábula las maravillas que Platon
de aquella isla dice, sino hallara confirmarlo Marsilio Ficino en su
compendio sobre el _Timeo_ de Platon, cap. 6.º, y en el argumento que
hace sobre otro siguiente diálogo al Timeo que Platon hizo, á quien
puso nombre Cricia ó Atlántica, donde trata de la antigüedad del mundo;
el cual, conviene á saber Marsilio, afirma no ser fábula sino historia
verdadera, y pruébalo por sentencia de muchos estudiosos de las obras
de Platon, y todos ellos fundándose en palabras platónicas, que ántes
que á hablar de la dicha isla comenzase, dijo: _Sermo futurus valde
mirabilis, sed omnino verus_; la cual historia dice Platon haberla
recibido de sus mayores, y Cricia de su abuelo Cricia, y aquel de
Solon, su tio, y Solon de los sacerdotes de Egipto, á quien, como
digimos en el prólogo desta historia, en las corónicas se les daba
todo crédito. Tambien hallo á Plinio haber hecho mencion desta isla
hundida, puesto que brevísimamente, lib. II, capítulo 92, donde dice:
_In totum abstulit terras primum omnium ubi Atlanticum mare est, si
Platoni credimus, in medio spatio_, etc. Della tambien se acordó
Séneca en el lib. VI de sus _Morales_, diciendo que Tucidides dijo:
que en los tiempos de la guerra peloponesiaca que fué[10], se hundió
aquella isla que se llamaba Atlántica. Della eso mismo hizo mencion
Philon, judío doctísimo (y tambien San Jerónimo y San Agustin y otros
doctores críticos por su doctrina laudatísima), en el fin del libro
que hizo, que el mundo es incorruptible, donde cuenta por historia
della, diciendo: _Iam vero Atlantis insula major quam Asia simul et
África (ut Plato in Timeo prodit) intra unius diei noctisque spatium
ingenti terræ motu innundationeque mersa, in mare mutata fuit, non
quidem navigabile sed cœnosum voraginosumque_. Con todas las dichas
pruebas no del todo quedara satisfecho para osar escribir aquí cosa
tan admirable, si leyendo entre otros opúsculos de San Anselmo, no
viera en el lib. I. _De Imagine mundi_, capítulo 20, á el mismo Santo
decir ansí: _Ultra has, scilicet, Gorgones insulas fuit illa magna
insula quæ, Platone scribente, cum populo est submersa, quæ Áfricam
et Europam sua magnitudine vicit, ubi nunc est concretum mare_. Lo
que Platon comienza en el _Timeo_ á las cuatro planas á decir della,
loando á los atenienses que con ella tuvieron guerras, es lo siguiente:
_Multa quidem et mirabilia vestræ civitatis opera in monumentis nostris
leguntur; sed unum magnitudine el virtute præcipuum facinus. Traditur
nam vestra civitas resistisse olim innumeris hostium copiis, quæ ex
Atlántico mare profectæ prope jam cunctam Europam Asiamque obsederant.
Tunc non erat fretum illud navigabile, habens in ore et quasi vestibulo
ejus insulam, quan Herculis columnas cognominatis; ferturque insula
illa Libia simul et Asia major fuisse, per quam ad alias proximas
insulas patebat aditus, atque ex insulis ad omnem continentem, è
conspectu jacentem vero mari vicinam. Sed intra hos ipsum portus
angusto sinu fuisse traditur. Pelagus illud verum mare, terra quoque
illa vere erat continens. In hac Atlantide insula maxima et admirabilis
potentia extitit regum, qui toti insulæ illi multisque aliis et
maxime terræ continentis parti, prœterea et his quæ penes nos sunt,
dominabantur. Horum vis omnis una collecta nostram, o Solo, vestramque
regionem et quod intra columnas Herculis continebatur invasit. Tunc
vestræ civitatis virtus in omnes gentes enituit._ Et parum infra:
_Post hæc ingenti terræmotu jugique diei unius et noctis illuvione
factum est ut terra dehiscens vestros illos omnes bellicosos homines
obsorveret, et Atlantis insula sub vasto gurgite mergeretur. Quam ob
causam innavigabile pelagus illud propter absor (sic) insulæ limum
relictum fuit_, etc. No lo vuelvo esto en romance porque ya está dicho
cuasi todo en sustancia. En el diálogo siguiente, que llamó Cricias ó
Atlántico, pone muy copiosamente la grandeza de las riquezas, poder y
felicidad desta isla, que nunca en el universo jamás se hallaron ni
escribieron, ni parece que se pudieron pensar. De lo dicho se ve claro
que en tiempo de Platon que fué cuatrocientos veintitres años ántes
del advenimiento de nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, y ansí ha
pocos ménos de dos mil años, como parece por el dicho Marsilio en el
principio de las obras de Platon, el mar Océano, desde el estrecho de
Gibraltar, ó cuasi á la boca del de donde comenzaba la dicha isla,
no se podia navegar por estar todo anegado; de la manera que agora
hallamos algunas islas ó tierras anegadas en estas Indias, que están
á las primeras tierras que topamos viniendo acá, y se llaman las
_Anegadas_, por las cuales aquel compás no se puede navegar, y ha
acaecido perderse allí navíos. Y si la dicha isla era mayor que Asia
y África, bien podrian ser las dichas Anegadas parte della, pues no
están sino cuasi[11] leguas. No contradice á esto estar las Canarias,
que llamaban los antiguos _Fortunadas_, en el camino porque podria
tambien haber sido que las islas de Canaria fuesen parte de la tierra
de la misma isla Atlántica, y aún de allí les hubiese venido el nombre
_Fortunadas_, por la felicidad de la tierra; ó que despues de aquella
hundida hubiesen criádose ó nacido, como en muchas regiones del mundo
muchas islas y ciudades y parte de tierra firme se hayan hundido,
y otras en parte anegado y en parte quedado, y en otras lo que era
tierra ser agora mar, y en otras lo que era mar es agora tierra, y ansí
donde no las habia hacerse y aparecer, ó súbito ó poco á poco, por
diuturnidad de tiempo, algunas islas. Destas mudanzas que ha habido en
la mar y en la tierra, trata bien Plinio en el lib. II de su _Natural
historia_ por muchos capítulos, desde el cap. 87 hasta el 97; y ansí
se hizo isla Sicilia, que era tierra firme junta con Italia, y la isla
de Chipre, que era toda una con la tierra de Siria, y la isla de Eubea,
que agora se llama Negroponte, se cortó de la provincia de Boecia, y
otras que allí pone Plinio en el capítulo 90 y lib. IV, cap. 12. En
nuestra España hubo tambien lo mismo, que ciertas islas cerca de Cáliz,
que se llamaban las islas _Ophrodisias_, donde habia ciudades populosas
y grandes edificios, segun cuentan nuestras historias, y Plinio, lib.
IV, cap. 32, habla dellas, y de una dice que tenia 200.000 pasos, que
son más de 50 leguas de luengo, y 12 ó 15 leguas de ancho, hoy no hay
ya memoria dellas. Pero lo que más admirable cosa es, que segun dice
Pedro de Aliaco, en el tratado _De Mapa mundi_, ser opinion antigua que
España y África por la parte de Mauritania, ó por allí cerca, era todo
tierra y se contaba hasta allí España, por manera que no habia estrecho
de Gibraltar que llamamos, y que el mar Océano comió por debajo de la
tierra, y ansí se juntó con el mar Mediterráneo; y desta manera tenemos
sospecha que la isla de Cuba se apartó desta Española, cuya punta que
se llama cabo de San Nicolás está frontero, leste gueste, de la punta
de Maici de la isla de Cuba, y en medio dellas están 18 leguas de mar;
lo mismo se presume del postrero cabo y occidental de Cuba, que se
llama de San Anton, y del cabo de Coroche de la tierra de Yucatan, como
abajo se tocará. Haberse tambien hecho de mar ó de agua tierra, quiero
decir, quedar en seco lo que era todo agua, cuéntalo Plinio en el
cap. 87 del lib. II y los siguientes. Allí toca que la mayor parte de
Egipto era agua, y otros dicen que despues del Diluvio fué agua todo,
porque es una hoya más baja que ninguna de las tierras vecinas (desto
hace mencion Sebastian Mustero en el lib. VI de su _Cosmografía_); y
Guadalquivir, que hacia dos brazos, perdió el uno, que iba á salir
cerca del Puerto de Santa María ó hácia la villa de Rota, y ansí quedó
aquella isla que hacia el rio toda junta con la tierra firme. Ser la
dicha isla Atlántica mayor que Asia y África parece no ser cosa difícil
de creer, por lo que dice Aristóteles en el tratado _De mundo_ que
escribió á Alexandre, cap. 1.º, donde dice que la frecuente plática de
los hombres es haber muchas islas mayores que la tierra firme en que
moramos: _Frequens tamen, inquit, hominum sermo est, multas insulas,
esse majores continente in quo habitamus_. Deste frecuente hablar y
opinion de todos debian de moverse algunos Príncipes ó Reyes en los
siglos pasados á enviar naos y gentes á descubrir á diversas partes,
mayormente al Océano. Necos, Rey de Egipto, envió ciertos marineros de
Fenicia, region de Asia, en navíos para que penetrasen el mar Océano,
los cuales, salidos por el mar Bermejo, que por otro nombre llamaban
Pérsico, otros lo llaman Arábico, otros Eritreo (por una isla que
tiene donde está el sepulcro del Rey Eritreo), fueron hácia el Austro
y Mediodia, y acostados á la Etiopía saltaron en tierra y sembraron
trigo, y despues de cogido tornaron á navegar hasta las columnas de
Hércules ó estrecho de Gibraltar, y de aquel camino descubrieron á
África, la que nunca hasta entónces de las gentes orientales habia sido
conocida; los cuales tardaron tres años en aquella navegacion hasta
que tornaron á Egipto. Lo mismo hicieron los Cartaginenses, mandando
Xerges, Rey dellos, que fuese á descubrir uno que se llamaba Sathaspes;
ansí tambien lo hizo el Rey Darío, deseoso de saber donde salia el
rio Indo á la mar y qué tierras y gentes habia en Asia y en la India,
en el cual viaje gastaron treinta meses; todo esto cuenta Herodoto
en su lib. IV. Refiere tambien Solino en su _Polistor_, cap. 56, que
Alexandre Magno envió un Capitan que se llamó Onesicritus con una flota
para descubrir la isla de la Taprobana, adonde navegando perdieron el
norte y nunca vieron las Cabrillas, por manera que muchos de aquellos
tiempos sospecha tenian que hubiese tierras y poblaciones de hombres
en el mar Océano, ó á la parte del Oriente, ó del Occidente ó Austral;
y la misma razon que se creyese no solo Asia y África y Europa ántes
que África fuese sabida, pero tambien otras nuestras tierras y naciones
el Océano, en su capacidad y grande amplitud, contuviese. Tornando al
propósito cómo el Cristóbal Colon pudiese haber leido por el Platon
que de la dicha isla Atlántica parecia puerta y camino para otras
islas comarcanas y para la tierra firme, y que desde el mar Bermejo
ó Pérsico hubiesen salido navíos á descubrir hácia el Occidente, y
los Cartaginenses por estotra parte pasado el estrecho, y el Rey
Darío hácia el Oriente y la India, y todos hubiesen hallado el Océano
desembarazado y navegable y no hallasen fin á la tierra, razonablemente
pudo Cristóbal Colon creer y esperar que aunque aquella grande isla
fuese perdida y hundida, quedarian otras, ó al ménos la tierra firme, y
que buscando las podria hallar.



CAPÍTULO IX.

 En el cual se ponen algunas auctoridades de Ptolomeo y de Strabo y de
 Plinio y de Solino, y señaladamente de Aristóteles, que refiere haber
 los Cartaginenses descubrieron cierta tierra, que no parece poder ser
 otra sino parte de la tierra firme que hoy tenemos hácia el cabo de
 San Agustin, y de otros navíos de Cáliz que hallaron las hierbas que
 en la mar cuando vinimos á estas Indias hallamos.


Puesto habemos en los capítulos precedentes muchas razones naturales
y otras que parecen á algunos hacer evidencia de que se podia tener
por cierto que en el mar Océano, al Poniente y Mediodia, debia de
haber tierras habitables, y de hecho estarian pobladas, y que por
consiguiente Cristóbal Colon, habiéndolas oido ó leido, ó que él como
era sabio entre sí las imaginaba, conferia y disputaba, pudo con razon
á este descubrimiento moverse; agora en los siguientes será bien
traer para corroboracion de lo arriba concluido, algunas y muchas de
doctísimos é irrefragables varones, auctoridades y testimonios: y la
primera sea de Ptolomeo, el cual en el primer libro, cap. 5.º, de
su _Geographia_, expresamente dice, que por la inmensa grandeza de
nuestra tierra firme muchas partes della no habian venido á nuestra
noticia, y tambien otras muchas que no están hoy en el mundo, ó por
sus corrupciones ó mutaciones, como estar solian, en lo cual alude y
concuerda con lo que en el capítulo ántes deste de Platon y Plinio
tragimos: _Unas nostri continentis partes (inquit Ptolomeus) ob excesum
suæ magnitudinis nondum ad nostram pervenisse notitiam; alias autem
esse quæ nunc aliter quas hactenus sese habent sive ob corruptiones
sive ob mutationes_, etc. De aquí pudo colegir Cristóbal Colon, que
pues no habia venido á nuestra noticia el cabo y fin de nuestra tierra
firme, y ella sabiamos ser muy grande, se podia extender muy adelante
hácia el mar Océano, ó por la parte de Europa ó por la de Asia y de la
India, y así dar vuelta y por consiguiente hallar della algunas partes,
buscándolas, ó al Poniente ó al Mediodia. Esto parece más clarificarse
por lo que dice Strabo en el primer libro de su _Cosmographia_,
conviene á saber, que el Océano cerca toda la tierra y que al Oriente
baña la India y al Occidente la España y Mauritania, que es donde
agora llamamos Marruecos, tierra de los moros alárabes; y que si la
grandeza del Atlántico no lo estorbase se podria navegar de uno á otro
por un mismo paralelo: lo mismo repite en el segundo libro Strabo.
Atlántico llama cierto monte altísimo que está abajo de Mauritania,
del cual se denomina todo ó mucha parte dél mar Océano. Plinio tambien
en su libro II, Cap. 111, dice, que el Océano cerca toda la tierra y
que su longitud de Oriente á Poniente se cuenta desde la India hasta
Cáliz, y en el lib. VI, cap. 31, lo dice con Solino en su _Polistor_,
cap. 68. Stacio Seboso afirma que de las islas Gorgones, que algunos
creen ser las de Cabo Verde, aunque yo dudo mucho dello como abajo
parecerá, hay navegacion de cuarenta dias por el mar Atlántico hasta
las islas Hespérides, que Cristóbal Colon tuvo por cierto que fueron
estas Indias. Aristóteles no calló ansimesmo, en un tratado _De
admirandis in natura auditis_, un hecho de los Cartaginenses por el
cual queda manifiesta la probable opinion susopuesta; dice ansí: que
unos mercaderes de Cartago acaso descubrieron en el mar Atlántico ú
Océano una isla de increible fertilidad y abundancia de todas las
cosas que nacen de la tierra, copiosa de muchos rios por los cuales
podia navegarse, remota de la tierra firme camino de muchos dias
de navegacion, no habitada de hombres sino de bestias fieras; los
cuales, aficionados á su fertilidad, suavidad y clemencia de aires,
se quisieran quedar en ella. Movidos los Cartaginenses con temor que
volando la fama de aquella felice tierra á otras naciones, la poblaria
otro mayor imperio que el suyo, y ansí se corroborarian en perjuicio
de su libertad, todo el Senado de Cartago hicieron edicto y ley
pública, que nadie fuese osado de navegar á ella dende adelante, so
pena de muerte; y para que nadie della supiese, mandaron matar todos
los que la habian hallado. Todo esto está escripto en aquel tractado
en el cual el filósofo, entre otras maravillas, cuenta esta, diciendo
ansí: _Trans Herculis columnas et in eo mari, quod quidem Atlanticum
dicitur, inventam quandam insulam à Carthaginensium mercatoribus olim
fuisse, inquiunt, à nullis ante id tempus prorsus habitatam præterquam
à feris et propterea silvestrem; admodum multis confertam arboribus,
alioquin fluminibus plurimis ad navigandum aptissimis plenam, ac
incredibili quadam omnium rerum nascentium, ubertate profluentem,
sed remotam à continenti plurimum dierum navigatione. Ad quam cum
nonnulli Carthaginensium mercatores sorte accessissent, captique
ejus fertilitate ac aeris clementia ibi sedem fixissent, commotos ob
id Carthaginenses ferunt statim consilio publico decrevisse morte
indita, ne quis post hac illuc navigare auderet, et qui jam ierat
jussisse statim interfici; ne ipsius insulæ fama perveniret ad alias
nationes submittereturque alicui fortiori imperio, ac si fieret quasi
oppugnaculum quoddam adversus eorum libertatem._ Lo mismo afirma
Diódoro aunque más expresa y elegantemente, lib. VI, cap. 7.º, puesto
que dice los Phenices de Cáliz haberla descubierto, pero al cabo parece
que hace un cuerpo sólo de Phenices y Carthaginenses, como en la verdad
todos hubiesen traido su orígen de la famosa ciudad de Tiro, principal
y metrópoli en la provincia de Phenicia. Entre otras calidades felices
que Diódoro pone desta Isla, dice: _Est et aer ibi saluberrimus qui
majori ex parte anni fructus ferat: aliaque specie ac decore præstans,
ut hæc insula non hominum sed deorum diversorum ob ejus felicitatem
existimetur_, etc. Destas palabras, parece ser esta, que dice
Aristóteles y Diódoro, isla, y que pareció isla á los Cartaginenses que
la descubrieron, nuestra tierra firme por aquella parte que llamamos el
Cabo de Sant Augustin y del Brasil, que no está más léjos de las islas
del Cabo Verde sino obra de 550 leguas al Mediodia, en la cual está el
rio del Marañon, de los más poderosos que se cree haber en el mundo,
porque se dice tener 50 leguas y más de boca, y 30 leguas se bebe su
agua dulce en la mar, dentro del cual se contiene isla de 50 leguas
en luengo, y se ha descendido y navegado por él abajo 1.800 leguas,
como, cuando, si pluguiere á Dios, hablaremos del Perú, parecerá. Otros
muchos rios poderosísimos como el rio de la Plata, y el rio Dulce, y el
rio de Yuyapari, que salen, el uno cerca de Paria y el otro á la boca
del Drago, y el rio Grande, que dicen, cerca de Santa Marta, y el del
Darien, y otros grandísimos por los cuales se ha navegado con navíos
y bergantines no chicos, y se navega hoy muchas veces, como diremos
despues por toda aquella costa ó playa de mar hay. Y ansí, dividiendo
suficientemente las partes que entónces habia del mundo descubiertas
y las que hoy vemos que hay, saliendo aquellos mercaderes de Cartago
por el mar Océano, parece ser imposible haber sido la isla que dice
Aristóteles otra, sino la que es hoy nuestra tierra firme, mayormente
confirmándolo la copia de las arboledas, la fertilidad y felicidad
de la tierra, la templanza y clemencia de los aires y suavidad;
parecióles isla siendo tierra firme, porque la tierra firme que por
firme entónces era estimada, era por una parte África y por otra la
Europa, y sobre ambas la Asia, y, topando á deshora con aquella tierra
á la parte del Austro, todos los que la vieran por isla la pudieran
estimar. De hallarla sin gente, pudo ser, ó porque aún entónces no
fuese por aquella parte poblada, y quizá de alguna gente que de los
descubridores della con sus mujeres (porque ansí solian por la mar los
navegantes andar) en ella hubiese quedado, comenzó á poblarse; como
este descubrimiento haya sido antiquísimo, por ventura ochocientos años
ántes y más del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, segun lo que
podemos colegir de las antiguas historias, (lo que no es de maravillar,
porque aún en tiempo de César Augusto, so cuyo imperio Nuestro Salvador
nació, cuando mandó hacer la descripcion de todas las gentes, que se
hizo en treinta y tres años, segun dice Alberto Magno en el lib. II,
distincion tercera, capítulo 1.º, _De natura locorum_, no estaba mucha
tierra poblada, la cual, creciendo la gente despues, segun él, se
pobló); ó tambien, ya que la dicha tierra ó isla poblada estuviese
dentro della, podia haber sido que ellos llegasen á parte donde no
fuese tan buen asiento para vivir cómodamente la gente por algunos
inconvenientes, y ansí no viesen á los moradores della ni los moradores
á los Cartaginenses. Pone Aristóteles tambien en el mismo tractado una
cosa, por maravillosa, que no es poco de notar, conviene á saber, que
ciertos navíos de Cáliz salidos al mar Océano, forzados con viento
subsolano, que es oriental, fueron á parar á ciertas regiones de la
mar donde hallaron la mar cuajada de ovas y hierbas que parecian islas
anegadas, y que hallaron infinito número de atunes, los cuales ó fueron
atunes, ó tovinas, ó delfines, que por aqueste mar Océano hay muchas.
Estas son las hierbas y ovas que halló Cristóbal Colon en el primer
viaje, y hallamos cuando venimos á estas Indias; de lo cual parece
claro que aquellos llegaron por estas mares, aunque no llegasen á estas
tierras. Así que leyendo el Colon el dicho tractado de Aristóteles, si
á sus manos vino, fácil cosa fué persuadirse á tener por cierto haber
tierras pobladas en este mar, y por consiguiente ser movido á procurar
el dicho descubrimiento.



CAPÍTULO X.

 En el cual se tracta de como la Providencia divina nunca consiente
 venir cosas señaladas para bien del mundo, ni permite para castigo
 dél, sin que primero, ó por sus siervos los Sanctos, ó por otras
 personas, aunque sean infieles y malas, y algunas veces por los
 demonios, las prenuncien y antedigan que ellas acaezcan.--Pónense una
 autoridad de Séneca que parece verdadera y expresa profecía, y otra de
 Sant Ambrosio del descubrimiento destas Indias.--Quién fué Tiphis, el
 que inventó la primera nao.


Allende las susodichas autoridades hay otra de Séneca, no poco
admirable, para declaracion de la cual es de notar, primero, que
si bien las Escripturas divinas y humanas, que hablan de las cosas
señaladas en el mundo acaecidas, consideramos, nunca hallaremos que se
hicieron cosas grandes, ó para bien del mundo, ó para castigo suyo, que
mucho ántes ó por boca de sus siervos y amigos los Sanctos profetas, ó
de sus enemigos, como las habia entre los gentiles, no ordenase que ó
escura ó claramente lo que habia de acaescer se anunciase ó predijese.
Desto están llenas las divinas Escripturas ó historias, como parece en
el universal Diluvio por Noé, y en la sumersion y hundimiento de las
cinco ciudades de Sodoma por Abraham; y en los libros de los Reyes,
por los profetas, las adversidades y tambien las prosperidades que al
pueblo de los judíos por la divinal ordinacion habian de venir; y la
redencion misericordiosa del linaje humano con la venida del Hijo de
Dios, no sólo por los profetas, pero tambien por las Sibillas que eran
gentiles y infieles que hablaron del nacimiento, predicacion, pasion,
resurreccion y vuelta al universal juicio del Redemptor, ordenó que
mucho ántes fuese dicha, denunciada y manifestada: lo mismo podriamos
traer en ejemplo, si quisiésemos detenernos en muchos casos tocantes
á lugares y gentes y ciudades ménos universales. Esta órden muchas
veces quiso ansimismo la Providencia divina permitir, unas veces
para castigo y pena de los infieles que entre ellos hubiese, y otras
veces para utilidad y conveniencia y gobernacion de los reinos, y
ansí del mundo, permitiendo que los teólogos, hechiceros y adivinos,
y los mismos demonios, respondieran en sus oráculos á los idólatras,
desde las cosas por venir adversas ó prósperas, ciertos responsos.
Desto tracta largamente Sant Augustin en los libros _De civitati Dei_,
é Eusebio en los libros _De evangelica preparatione_. Ansí por esta
manera parece haber querido nuestro Señor, que como el descubrimiento
deste nuevo indiano mundo fuese una de las grandes y misericordiosas
y no ménos justas obras que, para bien de sus predestinados, aunque
tambien para juicio y ofendículo de los precitos, y que habian de
ser condenados, determinara hacer, Séneca, hombre gentil é infiel
(puesto que hay buenos indicios de su conversion, por hallar cartas
escriptas dél á Sant Pablo y de Sant Pablo á él, y haber habido entre
sí secreta conversacion) profetizase y dijese harto claramente, cuasi
mil cuatrocientos veinte años ántes, haber de descubrirse aqueste orbe.
El cual en la tragedia 7.ª, que se dice Medea, coro 2.º, cerca del fin,
(si él las hizo porque algunos quieren decir que las compuso cierto
sobrino suyo, del mismo nombre) dice ansí:

  _Venient annis sæcula seris,
  quibus Oceanus vincula rerum
  laxet, et ingens pateat tellus,
  Tiphisque novos detegat orbes,
  nec sit terrarum ultima Thile._

Para que entiendan estos versos los que no han leido mucho de
historias, dos cosas deben presuponer: la primera que antiguamente
la isla de Thile, que está en el Océano desa parte de la Noruega,
entre el Setentrion y el Poniente, como arriba en el capítulo 3.º
algo apuntamos, fué tenida por la última de todas las tierras que en
aquellos tiempos se sabian, como parece por Ptolomeo, lib. II, cap.
3, y por Strabon, lib. III, despues del principio, y por Plinio, lib.
II, cap. 77, y Solino, cap. 25 y Pomponio Mela, lib. III, cap. 6 y Sant
Isidro, lib. XIV, cap. 6 de las «Etimologias,» y Boecio de Consolacion
lib. III, metro 5:

  _Tellus tua jura cremiscat, et serviat ultima Thile._

La segunda que Tiphis fué el primero que hizo navío ó nao para navegar,
ó el primero que inventó sus aparejos para navegar, mayormente el
gobernario ó el arte de gobernar, tomando, diz que, ejemplo de las
colas de los milanos, por las cuales parece que á sí mismos guian ó
gobiernan, como podrá ver quien quisiere mirar en ello; enseñando la
naturaleza, por las aves en el aire, que los hombres por el agua debian
hacer para se guiar. Ansí lo dice Plinio, lib. X, cap. 10, hablando
dello: _Videntur artem gubernandi cauda flexibus in cœlo monstrante
natura, quod opus esset in profundo_. De Tiphi, dice Séneca en la misma
tragedia:

  _Quæque domitorem freti Tiphin,
  novam formare docuisti navem._

Enseñaste (dice á la naturaleza) á hacer las naos á Tiphi, domador del
agua. Y Virgilio hace tambien memoria dél en la égloga 4.ª; y Ovidio:

  _Tiphis in æmonia puppæ magister erat._

Esto ansí supuesto, dicen los versos de Séneca: En los años futuros
y tardios vernan siglos ó tiempos en los cuales el mar Océano
aflojará sus ataduras de tal manera, que parecerá gran tierra; y el
marinero, inventor de novedad, mundos tan nuevos descubrirá, que
dende adelante no será tenida por última de todas las tierras la
isla de Thile. ¿Qué más claro pudo decir Séneca del descubrimiento
destas Indias? y diciendo «Tiphis descubrirá nuevos mundos,» da á
entender _autonomatice_, ó por excelencia, la dignidad y especialidad
de la sabiduría y gracia que Dios habia de infundir para ello en
Cristóbal Colon, como si dijera, el excelente y señalado marinero
y no otro tal, como el inventor de señalada y admirable novedad en
cosas pertenecientes al navegar como lo fué aquel Tiphis, descubrirá
nuevos mundos, etc. Bien fué cierto excelente marinero inventor nuevo
de nuevas y grandes cosas, pues fué sólo cuanto á esto en nuestros
tiempos, y á él sólo eligió Dios y no á otro para que estos orbes
nuevos descubriese y de tan profunda claridad dé noticia al mundo,
que entónces teniamos, los mostrase. Paréceme que debo aquí mezclar
otra profecia cristiana de Sant Ambrosio, que parece hablar lo mismo
que Séneca, puesto que más explicada destas partes, y dice ansí en el
lib. II, cap. 6.º _De la vocacion de todas las gentes_: _Quod si forte
quem admodum quasdam gentes (quod non volunt) in consortium filiorum
Dei novimus adoptatas, ita etiam nunc in extremis mundi partibus sunt
aliquæ nationes quibus nondum gratia Salvatoris illuxit_, etc. Haber,
dice, algunas naciones en las postreras partes del mundo, cerca de las
cuales dice no dudar tenerles Dios, por su oculto divino juicio, el
tiempo de su conversion por la predicacion del Evangelio aparejado. Las
extremas y últimas partes del mundo parece no ser otras sino estas que
son las postreras de todo el mar Océano. De lo dicho parece bien claro
que Cristóbal Colon pudo tener del descubrimiento destos orbes no sólo
probable, pero muy cierta é indubitable confianza.



CAPÍTULO XI.

 En el cual se trae auctoridad de Pedro de Aliaco, Cardenal, gran
 teólogo, filósofo, matemático, astrólogo, cosmógrapho, la cual
 mucho movió con eficacia á Cristóbal Colon y lo confirmó en todo lo
 pasado.--Donde incidentemente se toca que España se extendia hasta
 lo que agora se dice África, y llegaba al monte Atlántico, porque
 antiguamente era todo tierra continua y no habia estrecho de agua
 donde ahora es el de Gibraltar.


Traidas auctoridades de los antiguos filósofos y cosmógraphos é
historiadores, que por su auctoridad é razones que traian Cristóbal
Colon les pudo dar crédito, con justa razon, para ofrecerse á tomar
cargo de aquesta su nueva y arduísima empresa, ó á proseguir la
vieja que otros en querer descubrir antiguamente tuvieron, resta por
traer las auctoridades de modernos autores, y que últimamente le
pirficionaron su propósito, y se determinó como si ya hobiera venido y
visto estas tierras con tal certidumbre á venir á buscarlas. Lo primero
es lo que Pedro de Aliaco, Cardenal, que en los modernos tiempos fué,
en filosofía, astrología y cosmographia doctísimo, cancelario de
París, maestro de Juan Gerson y hallóse en el Concilio de Constancia
por el año de 1416 (segun Juan Tritthenio en el libro _De scriptoribus
ecclesiasticis_), dice en sus libros de astrología y cosmographia, y
este doctor creo cierto que á Cristóbal Colon más entre los pasados
movió á su negocio; el libro del cual fué tan familiar á Cristóbal
Colon, que todo lo tenia por las márgenes de su mano y en latin notado
y rubricado, poniendo allí muchas cosas que de otros leia y cogia.
Este libro muy viejo tuve yo muchas veces en mis manos, de donde saqué
algunas cosas escritas en latin por el dicho Almirante Cristóbal
Colon, que despues fué, para averiguar algunos puntos pertenecientes
á esta historia, de que yo ántes aún estaba dudoso. Dice, pues, Pedro
de Aliaco en el tractado _De imagine mundi_, en el cap. 8.º _De
quantitate habitabili_, y en el cap. 19 de su _Cosmographia_, y en
otras partes de sus tractados, alegando á Aristóteles, que no es mucha
mar del fin de España, por la parte del Occidente, al principio de
la India por la parte de Oriente; y llama el fin de España al fin de
África, porque lo que agora se llama África se llamaba y era España. La
razon de esto da el mismo Aliaco en el capítulo 31 _De imagine mundi_,
donde describe á España y á sus partes, porque antiguamente no habia
estrecho de agua entre lo que agora se llama Gibraltar y lo que África
se llamaba, sino todo era tierra continua hasta lo que ahora se dice
África, pero el mar Océano, comiendo y gastando lo profundo é íntimo de
la tierra, juntóse con el mar de Levante, Tirreneo, ó Mediterráneo, y
ansí se hizo el estrecho que dicen de Gibraltar; puesto que los poetas
fingen que Hércules lo abrió y que este fué uno de sus trabajos, y las
columnas de Hércules fueron, desta parte de España la una, y esta era
el monte Calpe, donde ahora está Gibraltar, y de la otra de África era
la otra columna el monte Abila, altísimo, que está frontero del de
Gibraltar, que es en Mauritania ó Marruecos. Por manera que aquellas
provincias que están de la otra parte del estrecho, que agora son
de África, como son Marruecos, y Tánjar, y Arcila, que agora tienen
los portogueses, eran provincias de España, las cuales propiamente
nombraban los antiguos, España la ulterior; y desta España dice Aliaco,
que hablan Plinio y Orosio é Isidoro, y ansí á este propósito dice
Aliaco más en el cap. 19 de su _Cosmographia_, que segun los filósofos
y Plinio, el mar Océano, el cual se extiende entre el fin de España la
ulterior, conviene á saber, de África por la parte del Occidente, y
el principio de la India por la parte de Oriente, no es gran latitud,
porque experiencia, dice él, hay que aquel mar sea navegable en muy
pocos dias si el viento fuese tal cual conviniese. Y por tanto, aquel
principio de la India en el Oriente no puede mucho distar ó estar léjos
del fin de África (que se dijo antiguamente ser España) debajo de la
tierra, conviene á saber, debajo de la mitad de la tierra, etc. estas
son sus palabras. Trae tambien el filósofo en el fin del segundo libro
_De cælo et mundo_, que dice que de las Indias se puede pasar á Cádiz
en pocos dias, y lo mismo afirma su comentador Alli Averroiz. Alega
eso mismo á Séneca en el primero de los «Naturales,» donde dice que de
los fines últimos de España se puede navegar en pocos dias con viento
conveniente hasta las Indias; y en el cap. 5.º, refiriendo la grandeza
de la India, dice que la India es grande en gran manera, porque,
segun Plinio en el sexto libro de su natural historia, ella sola es
la tercera parte de la tierra habitable, y tiene ciento y diez y ocho
naciones; la frente della meridiana llega al trópico de Capricornio
por la region de Pathal y de las tierras vicinas, las cuales cerca el
brazo grande de la mar que desciende del mar Océano que es entre la
India y España interior ó ulterior ó África, como arriba dicho se há.
El lado Meridiano de la India desciende del trópico de Capricornio y
corta la equinoccial cerca del Monte Maleo y las regiones comarcanas;
y en medio de la equinoccial está la ciudad que se llama Arim, la cual
dista igualmente del Oriente y Occidente, Setemptrion y Mediodia, etc.
De aquí arguye Aliaco ser falso lo que la vulgar opinion tiene que
Hierusalem esté en medio de la tierra, porque hablando _simpliciter_ no
está Hierusalem en medio de la tierra habitable, sino que es en cuasi
medio de los climas, conviene á saber, en el cuarto, como dice Aliaco
en el cap. 9.º, hablando de los climas. Ansí que tornando al propósito,
visto lo que Aliaco decia y las razones y autoridades que trae, llegóse
muy propincuo Cristóbal Colon y cuasi ya del todo á determinarse; pero
porque aun Nuestro Señor á quien en esto siempre tuvo por favorable,
y á que del todo tuviese indubitable noticia de lo que le queria
encomendar le ayudaba, quiso depararle otras ocasiones y adminículos
para que más se certificase. Diremos en los siguientes capítulos lo que
segun la ordenacion divina para lo dicho le restaba.



CAPÍTULO XII.

 El cual contiene dos cartas muy notables que escribió un maestre
 Paulo, florentin, á Cristóbal Colon, informándole de las otras cosas
 admirables que habia en Oriente, y como por el Occidente podia
 llegarse allá y descubrir los reinos felicísimos del Gran Khan, que
 quiere decir, Rey de los Reyes, y de una carta de marear que le invió
 de la provincia de Cipango, etc.


El segundo testimonio que Dios quiso deparar á Cristóbal Colon, para
más apriesa esforzarle y aficionarle á su negocio, fué, que un maestre
Paulo, físico, florentin, siendo muy amigo de un canónigo de Lisboa,
que se llamaba Hernan Martinez y carteándose ambos en cosas de la
mar y de cosmografía, mayormente sobre la navegacion que á la sazon,
en tiempo del rey D. Alonso de Portugal, para Guinea se hacia, y la
que más ó por mejor vía se deseaba hacer á las regiones marineras ó
terrenas occidentales, vino á noticia del Cristóbal Colon algo de
sus cartas, y materia de que tractaban. El cual, como estaba muy
encendido con sus pensamientos en aquella especulacion y andaba por
ponerla en práctica, acordó de escribir al dicho Marco Paulo, físico, y
envióle una esfera, tomando por medio á un Lorenzo Birardo, ansimismo
florentino, que á la sazon ó vivia ó residia en Lisboa, descubriendo
al dicho maestre Paulo la intincion que tenia y deseaba poder cumplir.
Rescibida la carta de Cristóbal Colon, el dicho maestre Paulo,
respondióle una carta en latin, encorporando la que habia escripto al
Hernando Martinez, canónigo, la cual yo vide y tuve en mi mano vuelta
de latin en romance, que decia desta manera.

«A Cristóbal Columbo, Paulo, físico, salud: Yo veo el magnífico y
grande tu deseo para haber de pasar adonde nace la especería, y por
respuesta de tu carta te invio el traslado de otra carta que há dias
yo escribí á un amigo y familiar del Serenísimo Rey de Portugal, ántes
de las guerras de Castilla, á respuesta de otra que por comision de
S. A. me escribió sobre el dicho caso, y te invio otra tal carta de
marear, como es la que yo le invié, por la cual serás satisfecho de
tus demandas; cuyo treslado es el que se sigue. Mucho placer hobe de
saber la privanza y familiaridad que tienes con vuestro generosísimo y
magnificentísimo Rey, y bien que otras muchas veces tenga dicho del muy
breve camino que hay de aquí á las Indias, adonde nace la especiería,
por el camino de la mar más corto que aquel que vosotros haceis para
Guinea, dícesme que quiere agora S. A. de mí alguna declaracion y á ojo
demonstracion, porque se entienda y se pueda tomar el dicho camino;
y aunque conozco de mí que se lo puedo monstrar en forma de esfera
como está el mundo, determiné por más fácil obra y mayor inteligencia
monstrar el dicho camino por una carta semejante á aquellas que se
hacen para navegar, y ansí la invio á S. M. hecha y debujada de mi
mano; en la cual está pintado todo el fin del Poniente, tomando desde
Irlanda al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las islas que en
este camino son, en frente de las cuales derecho por Poniente está
pintado el comienzo de las Indias con las islas y los lugares adonde
podeis desviar para la línea equinoccial, y por cuanto espacio, es á
saber, en cuantas leguas podeis llegar á aquellos lugares fertilísimos
y de toda manera de especiería y de joyas y piedras preciosas: y no
tengais á maravilla si yo llamo Poniente adonde nace la especiería,
porque en comun se dice que nace en Levante, mas quien navegare al
Poniente siempre hallará las dichas partidas en Poniente, é quien
fuere por tierra en Levante siempre hallará las mismas partidas en
Levante. Las rayas derechas que están en luengo en la dicha carta
amuestran la distancia que es de Poniente á Levante; las otras que
son de través amuestran la distancia que es de Septentrion en Austro.
Tambien yo pinté en la dicha carta muchos lugares en las partes de
India, adonde se podria ir aconteciendo algun caso de tormenta ó de
vientos contrarios ó cualquier otro caso que no se esperase acaecer,
y tambien porque se sepa bien de todas aquellas partidas, de que
debeis holgar mucho. Y sabed que en todas aquellas islas no viven ni
tractan sino mercaderes, avisándoos que allí hay tan gran cantidad
de naos, marineros, mercaderes con mercaderías, como en todo lo otro
del mundo, y en especial en un puerto nobilísimo llamado Zaiton, do
cargan y descargan cada año 100 naos grandes de pimienta, allende
las otras muchas naos que cargan las otras especierías. Esta patria
es populatísima, y en ella hay muchas provincias y muchos reinos y
ciudades sin cuento debajo del señorío de un Príncipe que se llama
Gran Khan, el cual nombre quiere decir en nuestro romance, Rey de los
Reyes, el asiento del cual es lo más del tiempo en la provincia de
Catayo. Sus antecesores desearon mucho de haber plática é conversacion
con cristianos, y habrá doscientos años que enviaron al Sancto Padre
para que enviase muchos sabios é doctores que les enseñasen nuestra
fe, mas aquellos que él invió, por impedimento, se volvieron del
camino; y tambien al Papa Eugenio vino un embajador que le contaba
la grande amistad que ellos tienen con cristianos, é yo hablé mucho
con él é de muchas cosas é de las grandezas de los edificios reales,
y de la grandeza de los rios en ancho y en largo, cosa maravillosa,
é de la muchedumbre de las ciudades que son allá á la orilla dellos,
é como solamente en un rio son doscientas ciudades, y hay puentes de
piedra mármol muy anchas y muy largas adornadas de muchas columnas de
piedra marmol Esta patria es digna cuanto nunca se haya hallado, é no
solamente se puede haber en ella grandísimas ganancias é muchas cosas,
mas aún se puede haber oro é plata é piedras preciosas é de todas
maneras de especeria, en gran suma, de la cual nunca se trae á estas
nuestras partes; y es verdad que hombres sabios y doctos, filósofos y
astrólogos, y otros grandes sabios, en todas artes de grande ingenio,
gobiernan la magnífica provincia é ordenan las batallas. Y de la
ciudad de Lisboa, en derecho por el Poniente, son en la dicha carta
26 espacios, y en cada uno dellos hay 250 millas hasta la nobilísima
y gran ciudad de Quisay, la cual tiene al cerco 100 millas que son 25
leguas, en la cual son 10 puentes de piedra mármol. El nombre de la
cual ciudad, en nuestro romance, quiere decir Ciudad del cielo; de la
cual se cuentan cosas maravillosas de la grandeza de los artificios y
de las rentas (este espacio es cuasi la tercera parte de la esfera),
la cual ciudad es, en la provincia de Mango, vecina de la ciudad del
Catayo, en la cual está lo más del tiempo el Rey, é de la isla de
Antil, la que vosotros llamais de Siete Ciudades, de la cual tenemos
noticia. Hasta la nobilísima isla de Cipango hay 10 espacios que son
2.500 millas, es á saber, 225 leguas, la cual isla es fertilísima de
oro y de perlas y piedras preciosas. Sabed que de oro puro cobijan los
templos y las casas reales; así que por no ser conocido el camino están
todas estas cosas encubiertas, y á ella se puede ir muy seguramente.
Muchas otras cosas se podrian decir, mas como os tenga ya dicho
por palabra y sois de buena consideracion, sé que no vos queda por
entender, y por tanto no me alargo más, y esto sea por satisfaccion
de tus demandas cuanto la brevedad del tiempo y mis ocupaciones me
han dado lugar; y ansí quedo muy presto á satisfacer y servir á S. A.
cuanto mandare muy largamente. Fecha en la ciudad de Florencia á 25 de
Junio de 1474 años.»

Despues desta carta tornó él mismo otra vez á escribir á Cristóbal
Colon en la manera siguiente:

«Á Cristóbal Columbo, Paulo, físico, salud: Yo rescibí tus cartas con
las cosas que me enviaste, y con ellas rescibí gran merced. Yo veo el
tu deseo magnífico y grande á navegar en las partes de Levante por las
de Poniente, como por la carta que yo te invio se amuestra, la cual
se amostrará mejor en forma de esfera redonda, pláceme mucho sea bien
entendida; y que es el dicho viaje no solamente posible, mas que es
verdadero y cierto é de honra é ganancia inestimable y de grandísima
fama entre todos los cristianos. Mas vos no lo podreis bien conoscer
perfectamente, salvo con la experiencia ó con la plática, como yo
la he tenido copiosísima, é buena é verdadera informacion de hombres
magníficos y de grande saber, que son venidos de las dichas partidas
aquí en corte de Roma, y de otros mercaderes que han tractado mucho
tiempo en aquellas partes hombres de mucha auctoridad. Así que cuando
se hará el dicho viaje será á reinos poderosos é ciudades é provincias
nobilísimas, riquísimas de todas maneras de cosas en grande abundancia
y á nosotros mucho necesarias, ansí como de todas maneras de especiería
en gran suma y de joyas en grandísima abundancia. Tambien se irá á
los dichos Reyes y Príncipes que están muy ganosos, más que nos, de
haber tracto é lengua con cristianos destas nuestras partes, porque
grande parte dellos son cristianos, y tambien por haber lengua y
tracto con los hombres sabios y de ingenio de acá, ansí en la religion
como en todas las otras ciencias, por la gran fama de los imperios y
regimientos que han destas nuestras partes; por las cuales cosas todas
y otras muchas que se podrian decir, no me maravillo que tú que eres de
grande corazon, y toda la nacion de portugueses, que han seido siempre
hombres generosos en todas grandes empresas, te vea con el corazon
encendido y gran deseo de poner en obra el dicho viaje.»

Esto es lo que contenia la carta de Marco Paulo, físico, en la cual
erraba algo diciendo, ó dando á entender en ella, que la primera
tierra que se habia de topar habia de ser la tierra del Gran Khan; lo
cual creyó ser ansí Cristóbal Colon, y por esto pidió á los Reyes que
le diesen sus cartas para el Gran Khan, puesto que Paulo, físico, se
engañó creyendo que la primera tierra que habia de hallar habia de ser
los reinos del Gran Khan, como abajo parecerá: la carta de marear que
le invió, yo, que esta historia escribo, tengo en mi poder y della se
hará más mencion abajo. Mucho ánimo le puso con ella, y, sino supiera
más, por ella y por las cosas de suso traidas, sin duda del todo se
moviera; y ansí creo que todo su viaje sobre esta carta fundó, pero aún
más se lo quiso nuestro Señor declarar, como se verá.



CAPÍTULO XIII.

 En el cual se contienen muchos y diversos indicios y señales que por
 diversas personas Cristóbal Colon era informado, que le hicieron
 certísimo de haber tierra en aqueste mar Océano hácia esta parte del
 Poniente, y entre ellos fué haber visto en los Azores algunos palos
 labrados, y una canoa, y dos cuerpos de hombres que los traia la
 mar y viento de hácia Poniente.--Hácese mencion de la tierra de los
 Bacallaos y de la isla de Antilla y Siete Ciudades, etc.


De todas partes y por muchas maneras daba Dios motivos y causas á
Cristóbal Colon para que no dudase de acometer tan grande hazaña, y
por ella se pusiese á tan inefables trabajos como en ella padeció, sin
las razones y auctoridades tan claras que arriba se han referido, que
lo movian y pudieran mover harto suficientemente algunas dellas; pero
porque Dios via quizá en él alguna remision y temor de ponerse en cosa
tan árdua y no del todo haberse persuadido, dióle otras de experiencia
más palpables, cuasi dándole á entender que si aquellas de tantos
sabios no le bastaban, las señales y experiencias vistas por los ojos
de los idiotas, como echándoselas delante para que en ellas tropezase,
bastasen á lo mover. Dice, pues, Cristóbal Colon entre otras cosas que
puso en sus libros por escrito, que hablando con hombres de la mar,
personas diversas que navegaban las mares de Occidente, mayormente á
las islas de los Azores y de la Madera, entre otras, le dijo un piloto
del rey de Portugal, que se llamaba Martin Vicente, que hallándose una
vez 450 leguas al Poniente del Cabo de San Vicente, vido y cogió en el
navío, en el mar, un pedazo de madero labrado por artificio, y, á lo
que juzgaba, no con hierro; de lo cual y por haber muchos dias ventado
vientos Ponientes, imaginaba que aquel palo venia de alguna isla ó
islas que hácia el Poniente hobiese. Tambien otro que se nombró Pero
Correa, concuño del mismo Cristóbal Colon, casado con la hermana de
su mujer, le certificó que en la isla del Puerto Sancto habia visto
otro madero venido con los mismos vientos y labrado de la misma forma,
é que tambien habia visto cañas muy gruesas, que en un cañuto dellas
pudieran caber tres azumbres de agua ó de vino; y esto mismo dice
Cristóbal Colon que oyó afirmar al Rey de Portugal, hablando con él en
estas materias, y que el Rey se las mandó mostrar. El cual tuvo por
cierto (digo el Cristóbal Colon) ser las dichas cañas de algunas islas
ó isla que no estaba muy léjos, ó traidas de la India con el ímpetu
del viento y de la mar, pues en todas nuestras partes de la Europa no
las habia, ó no se sabia que las hubiese semejantes. Ayudábale á esta
creencia que Ptolomeo, en el lib. I, cap. 27 de su _Cosmographia_,
dice que en la India se hallaban de aquellas cañas. Item, por algunos
de los vecinos de las islas de los Azores, era certificado Cristóbal
Colon, que ventando vientos recios Ponientes y Noruestes, traia la mar
algunos pinos y los echaba en aquellas islas, en la costa, en especial
en la isla Graciosa y en la del Fayal, no habiendo por parte alguna
de aquellas islas donde se hallase pino. Otros le dijeron que en la
isla de las Flores, que es una de los Azores, habia echado la mar dos
cuerpos de hombres muertos, que parecia tener las caras muy anchas
y de otro gesto que tienen los cristianos; otra vez, diz, que en el
Cabo de la Verga, que es en[12], y por aquella comarca, se vieron
almadías ó canoas con casa movediza, las cuales por ventura, pasando
de una isla á otra, ó de un lugar á otro, la fuerza de los vientos y
mar las echó donde, no pudiendo tornar los que las traian perecieron,
y ellas, como nunca jamás se hunden, vinieron á parar por tiempo á
los Azores. Asimismo un Antonio Leme, casado en la Isla de la Madera,
le certificó, que habiendo una vez corrido con una su carabela buen
trecho al Poniente, habia visto tres islas cerca de donde andaba,
que fuese verdad ó no, al ménos diz que mucho se sonaba por el vulgo
comun, mayormente en las islas de la Gomera y del Hierro, y de los
Azores muchos lo afirmaban y lo juraban, ver cada año algunas islas
hácia la parte del Poniente. Á esto decia Cristóbal Colon, que podian
ser aquellas islas de las que tracta Plinio, lib. II, cap. 97 de su
«Natural Historia,» que hácia la parte del Septemtrion socaba la mar
algunas arboledas de la tierra, que tienen tan grandes raíces, que
las lleva como balsas sobre el agua que desde léjos parecen islas.
Ayuda á esto lo que dice Séneca en el lib. III de «Los Naturales:» que
hay natura de piedras tan esponjosas y livianas, que hacen dellas en
la India unas como islas que van nadando por el agua, y desta manera
debian de ser las que dicen de Sant Brandan, en cuya historia diz que
se lee que fueron vistas muchas islas por la mar de las islas de Cabo
Verde ó de los Azores, que siempre ardian y debian de ser como las que
arriba se han dicho: de lo mismo se hace mencion en el libro llamado
_Inventio fortunata_. Mas dice Cristóbal Colon, que el año de 1484 vido
en Portugal que un vecino de la isla de la Madera fué á pedir al Rey
una carabela para ir á descubrir cierta tierra, que juraba que via cada
año y siempre de una manera, concordando con los de las islas de los
Azores. De aquí sucedió, que, en las cartas de marear que los tiempos
pasados se hacian, se pintaban algunas islas por aquellas mares y
comarcas, especialmente la isla que decian de Antilla, y poníanla poco
más de 200 leguas al Poniente de las islas de Canarias y de los Azores.
Esta estimaban los portugueses, y hoy no dejan de tener opinion que
sea la isla de las Siete Ciudades, cuya fama y apetito aún ha llegado
hasta nos, y á muchos ha hecho por su codicia desvariar y gastar muchos
dineros sin provecho y con grandes daños, como, placiendo á Dios, en
el discurso desta historia parecerá. Esta isla de las Siete Ciudades,
dicen, segun se suena, los portogueses, que fué poblada dellos al
tiempo que se perdió España reinando el rey D. Rodrigo; y dicen que
por huir de aquella persecucion se embarcaron siete Obispos y mucha
gente, y con sus navíos fueron á aportar á la dicha isla, donde cada
uno hizo su pueblo, y porque la gente no pensase tornar, pusieron
fuego á los navíos, y dícese que en tiempo del Infante D. Enrique de
Portugal, con tormenta, corrió un navío que habia salido del puerto de
Portogal y no paró hasta dar en ella, y, saltando en tierra, los de
la isla los llevaron á la iglesia por ver si eran cristianos y hacian
las cerimonias romanas, y visto que lo eran, rogáronles que estuviesen
allí hasta que viniese su señor que estaba de allí apartado; pero
los marineros, temiendo no les quemasen el navío y los detuviesen
allí, sospechando que no querian ser sabidos de nadie, volviéronse á
Portugal muy alegres esperando recibir mercedes del Infante; á los
cuales diz que maltrató y mandó que volviesen, pero el maestre y ellos
no lo osaron hacer, por cuya causa, del reino salidos, nunca más á él
volvieron: dicen más, que los grumetes cogieron cierta tierra ó arena
para su fogon, y que hallaron que mucha parte della era oro. Algunos
salieron de Portogal á buscar esta misma, que, por comun vocablo,
la llamaban Antilla, entre los cuales salió uno que se decia Diego
Detiene, cuyo piloto, que se llamó Pedro de Velasco, vecino de Palos,
afirmó al mismo Cristóbal Colon, en el monesterio de Sancta María
de la Rábida, que habian partido de la isla del Fayal, y anduvieron
150 leguas por el viento lebechio, que es el viento Norueste, y á la
vuelta descubrieron la isla de las Flores, guiándose por muchas aves
que vian volar hácia allá, porque cognoscieron que eran aves de tierra
y no de la mar, y ansí juzgaron que debian de ir á dormir á alguna
tierra. Despues diz que fueron por el Nordeste tanto camino, que se
les quedaba el Cabo de Clara, que es en Ibernia, hácia el Leste, donde
hallaron ventar muy recio los vientos Ponientes y la mar era muy llana,
por lo cual creian que debia de ser por causa de tierra que por allí
debia de haber, que los abrigaba de la parte del Occidente; lo cual
no prosiguieron yendo para descubrirla, porque era ya por Agosto y
temieron el invierno. Esto diz que fué cuarenta años ántes que el
Cristóbal Colon descubriese nuestras Indias. Concuerda con esto lo
que un marinero tuerto dijo al dicho Cristóbal Colon, estando en el
puerto de Sancta María, que, en un viaje que habia hecho á Irlanda,
vido aquella tierra que los otros haber por allí creian, é imaginaban
que era Tartaria, que daba vuelta por el Occidente; la cual creo yo
cierto que era la que ahora llamamos la de los Bacallaos, á la cual no
pudieron llegar por los terribles vientos. Item, un marinero que se
llamó Pedro de Velasco, gallego, dijo al Cristóbal Colon en Múrcia,
que, yendo aquel viaje de Irlanda, fueron navegando y metiéndose tanto
al Norueste, que vieron tierra hácia el Poniente de Ibernia, y esta
creyeron los que allí iban que debia de ser la que quiso descubrir un
Hernan Dolinos, como luégo se dirá. Un piloto portugués llamado Vicente
Diaz, vecino de Tavira, viniendo de Guinea para la isla Tercera, de los
Azores, habiendo pasado el paraje de la isla de la Madera y dejando el
Levante, vido ó le pareció ver una isla que tuvo por muy cierto que era
verdadera tierra; el cual, llegando á la dicha isla Tercera, descubrió
el secreto á un mercader muy rico, ginovés amigo suyo, que tenia por
nombre Lúcas de Cazana, al cual persuadió mucho que armase para el
descubrimiento della, tanto que lo hubo de hacer; el cual, despues
de habida licencia del Rey de Portugal para lo hacer, envió recaudo
para que un su hermano, Francisco de Cazana, que residia en Sevilla,
proveyese de armas una nao con presteza y la entregase al dicho piloto
Vicente Diaz, pero el dicho Francisco de Cazana burló de la empresa y
no quiso hacerlo; tornó el piloto á la Tercera y armó luego el dicho
Lúcas de Cazana, y salió el piloto tres y cuatro veces á buscar la
dicha tierra hasta ciento y tantas leguas, y nunca pudo hallar nada,
por manera que el piloto y su armador perdieron esperanza de jamás
hallarla. Y todo esto dice Cristóbal Colon, en sus libros de memorias,
que le dijo el mismo hermano Francisco de Cazana, y añidió más, que
habia visto dos hijos del Capitan que descubrió la dicha isla Tercera,
que se llamaban Miguel y Gaspar Corte-Real, ir en diversos tiempos
á buscar aquella tierra, y que se perdieron en la demanda el uno en
pos del otro, sin que se supiese cosa dellos. Cosas eran todas estas
ciertamente para que él que tan solícito ya vivia desta negociacion,
se abrazase ya con ella, y señales con las cuales parece que Dios lo
movia con empellones, porque la Providencia divinal, cuando determina
hacer alguna cosa, sabe bien aparejar los tiempos, ansí como elige las
personas, da las inclinaciones, acude con los adminículos, ofrece las
ocasiones, quita eso mismo los impedimentos para que los efectos que
pretende finalmente se hayan por sus causas segundas de producir.



CAPÍTULO XIV.

 El cual contiene una opinion que á los principios en esta isla
 Española teniamos, que Cristóbal Colon fué avisado de un piloto que
 con gran tormenta vino á parar forzado á esta isla, para prueba de
 lo cual se ponen dos argumentos que hacen la dicha opinion aparente,
 aunque se concluye como cosa dudosa.--Pónense tambien ejemplos
 antiguos de haberse descubierto tierras, acaso, por la fuerza de las
 tormentas.


Resta concluir esta materia de los motivos que Cristóbal Colon tuvo
para ofrecerse á descubrir estas Indias, con referir una vulgar
opinion que hobo en los tiempos pasados, que tenia ó sonaba ser la
causa más eficaz de su final determinacion, la que se dirá en el
presente capítulo, la cual yo no afirmo, porque en la verdad fueron
tantas y tales razones y ejemplos que para ello Dios le ofreció, como
ha parecido, que pocas dellas, cuanto más todas juntas, le pudieron
bastar y sobrar para con eficacia á ello inducirlo; con todo eso quiero
escribir aquí lo que comunmente en aquellos tiempos se decia y creia y
lo que yo entónces alcancé, como estuviese presente en estas tierras,
de aquellos principios harto propincuo. Era muy comun á todos los que
entónces en esta Española isla viviamos, no solamente los que el primer
viaje con el Almirante mismo y á D. Cristóbal Colon á poblar en ella
vinieron, entre los cuales hobo algunos de los que se la ayudaron á
descubrir, pero tambien á los que desde á pocos dias á ella venimos,
platicarse y decirse que la causa por la cual el dicho Almirante se
movió á querer venir á descubrir estas Indias se le originó por esta
vía. Díjose, que una carabela ó navío que habia salido de un puerto
de España (no me acuerdo haber oido señalar el que fuese, aunque creo
que del reino de Portugal se decia) y que iba cargada de mercaderías
para Flandes ó Ingalaterra, ó para los tractos que por aquellos
tiempos se tenian, la cual, corriendo terrible tormenta y arrebatada
de la violencia é ímpetu della, vino diz que, á parar á estas islas
y que aquesta fué la primera que las descubrió. Que esto acaesciese
ansí, algunos argumentos para mostrarlo hay: el uno es, que á los que
de aquellos tiempos somos venidos á los principios, era comun, como
dije, tractarlo y platicarlo como por cosa cierta, lo cual creo que
se derivaria de alguno ó de algunos que lo supiesen, ó por ventura
quien de la boca del mismo Almirante ó en todo ó en parte ó por alguna
palabra se lo oyere; el segundo es, que entre otras cosas antiguas,
de que tuvimos relacion los que fuimos al primer descubrimiento de
la tierra y poblacion de la isla de Cuba (como cuando della, si Dios
quisiere, hablaremos, se dirá) fué una esta, que los indios vecinos de
aquella tuvieron ó tenian de haber llegado á esta isla Española otros
hombres blancos y barbados como nosotros, ántes que nosotros no muchos
años: ésto pudieron saber los indios vecinos de Cuba, porque como no
diste más de diez y ocho leguas la una de la otra de punta á punta,
cada dia se comunicaban con sus barquillos ó canoas, mayormente que
Cuba sabemos, sin duda, que se pobló y poblaba desta Española. Que el
dicho navío pudiese con tormenta deshecha (como la llaman los marineros
y las suele hacer por estos mares) llegar á esta isla sin tardar mucho
tiempo, y sin faltarles las viandas y sin otra dificultad, fuera del
peligro que llevaban de poderse finalmente perder, nadie se maraville,
porque un navío con grande tormenta corre 100 leguas, por pocas y bajas
velas que lleve, entre dia y noche, y á árbol seco, como dicen los
marineros, que es sin velas, con sólo el viento que cogen las járcias
y masteles y cuerpo de la nao, acaece andar en veinticuatro horas 30
y 40 y 50 leguas, mayormente habiendo grandes corrientes, como las
hay por estas partes; y el mismo Almirante dice, que en el viaje que
descubrió á la tierra firme hácia Paria, anduvo con poco viento desde
hora de misa hasta completas 65 leguas, por las grandes corrientes que
lo llevaban: así que no fué maravilla que, en diez ó quince dias y
quizá en más, aquellos corriesen 1.000 leguas, mayormente si el ímpetu
del viento Boreal ó Norte les tomó cerca ó en paraje de Bretaña ó de
Inglaterra ó de Flandes. Tampoco es de maravillar que ansí arrebatasen
los vientos impetuosos aquel navío y lo llevasen por fuerza tantas
leguas, por lo que cuenta Herodoto en su lib. IV, que como Grino, Rey
de la isla de Thera, una de las Ciclades y del Arcipiélago, recibiese
un oráculo que fuese á poblar una ciudad en África, y África entónces
no era cognoscida ni sabian dónde se era, los Asianos y gentes de
Levante orientales, enviando á la isla de Creta, que ahora se nombra
Candía, mensajeros que buscasen algunas personas que supiesen decir
donde caia la tierra de África, hallaron un hombre que habia por nombre
Corobio, el cual dijo que con fuerza de viento habia sido arrebatado
y llevado á África y á una isla por nombre Platea, que estaba junto á
ella: _Is, inquit, aiebat se ventis arreptum in Áfricam applicuisse_,
etc. Cornelio Nepos cuenta, que en el tiempo que Quinto Metello era
Procónsul en Francia, que ciertos mercaderes que salieron de la
India, con grandes tempestades, fueron á parar á Germanía; lo mismo
significa Aristóteles de los que hallaron la isla que, arriba, en el
cap. 9, digimos ser á lo que creemos la tierra firme hácia el Cabo de
San Agustin; y los otros navíos que salieron de Cáliz y arrebatados
de la tormenta anduvieron tanto forzados por el mar Océano hasta que
vieron las hierbas de que abajo se hará, placiendo á Dios, larga
mencion: desta misma manera se descubrió la isla de Puerto Santo, como
abajo diremos. Así que, habiendo descubierto aquellos por esta vía
estas tierras, si ansí fué, tornándose para España vinieron á parar
destrozados; sacados los que, por los grandes trabajos y hambres y
enfermedades, murieron en el camino, los que restaron, que fueron pocos
y enfermos, diz que vinieron á la isla de la Madera, donde tambien
fenecieron todos. El piloto del dicho navío, ó por amistad que ántes
tuviese con Cristóbal Colon, ó porque como andaba solícito y curioso
sobre este negocio, quiso inquirir dél la causa y el lugar de donde
venia, porque algo se le debia de traslucir por secreto que quisiesen
los que venian tenerlo, mayormente viniendo todos tan maltratados, ó
porque por piedad de verlo tan necesitado el Colon recoger y abrigarlo
quisiese, hobo, finalmente de venir á ser curado y abrigado en su casa,
donde al cabo diz que murió; el cual, en recognoscimiento de la amistad
vieja ó de aquellas buenas y caritativas obras, viendo que se queria
morir descubrió á Cristóbal Colon todo lo que les habia acontecido y
dióle los rumbos y caminos que habian llevado y traido, por la carta
de marear y por las alturas, y el paraje donde esta isla dejaba ó
habia hallado, lo cual todo traia por escripto. Esto es lo que se dijo
y tuvo por opinion, y lo que entre nosotros, los de aquel tiempo y
en aquellos dias comunmente, como ya dije, se platicaba y tenia por
cierto, y lo que, diz que, eficazmente movió como á cosa no dudosa á
Cristóbal Colon. Pero en la verdad, como tantos y tales argumentos y
testimonios y razones naturales hobiese, como arriba hemos referido,
que le pudieron con eficacia mover, y muchos ménos de los dichos fuesen
bastantes, bien podemos pasar por esto y creerlo ó dejarlo de creer,
puesto que pudo ser que nuestro Señor lo uno y lo otro le trajese á las
manos, como para efectuar obra tan soberana que, por medio dél, con la
rectísima y eficacísima voluntad de su beneplácito, determinaba hacer.
Esto, al ménos, me parece que sin alguna duda podemos creer: que, ó por
esta ocasion, ó por las otras, ó por parte dellas, ó por todas juntas,
cuando él se determinó, tan cierto iba de descubrir lo que descubrió y
hallar lo que halló, como si dentro de una cámara, con su propia llave,
lo tuviera.



CAPÍTULO XV.

 En el cual se impugna cierta nueva opinion que dice que afirma questas
 Indias ó parte dellas fueron en tiempo del rey Hespero XII de España,
 estuvieron subiectas ó fueron del señorío de España; pónense cuatro
 razones por las cuales se prueba ser vana y frívola, y lisonjera,
 y dañosa tal opinion.--Refiérense muchos descubrimientos que
 antiguamente se hicieron por diversas gentes y por mandados de reyes
 diversos.--Contiene cosas antiguas y notables.


Por muchas de las historias antiguas y razones é auctoridades, que en
los capítulos pasados, para mostrar como Cristóbal Colon pudo bien
persuardirse y tener por cierto (supuesto el favor divino, del cual
él siempre confiaba) su descubrimiento, hemos relatado, fácil cosa
será á quien los leyere cognoscer, como nunca destas tierras, de los
tiempos antiguos hasta los nuestros, hobo plenario cognoscimiento y
por consiguiente ni quien dellas hobiese hecho cierta y determinada
mencion. Siendo, pues, ansí esto verdad, como lo es, y della podrá
dudar todo aquel que fuere muy amigo de su parecer ó careciere tanto
de prudencia que afirme lo que no sabe, manifiestamente quedan de
alguno destos defectos convencidos los que presumen, sin algun cierto
fundamento, ni probable ni verisímile, afirmar questas Indias fueron en
algunos de los siglos ya olvidados, subjectas ó señoreadas de nuestros
reinos de España, ó de los reyes españoles; y si se escapare de lo
que dije, el que aquesta novedad inventare, tengo miedo que incurrirá
en otro no mucho menor, ántes mucho más pernicioso, conviene á saber,
de nocivo lisonjero á nuestros ínclitos reyes, los cuales, como de
su propia naturaleza real tengan los oidos y ánimos simplicísimos,
creyendo que se les dice verdad formarán conceptos dentro de sus
pechos, de que utilidad espiritual ni temporal servicio ni provecho
se les apegue; por ende parece convenir, pues se ha ofrecido sazon
donde meterlo, que en estos dos siguientes capítulos asignemos razones
evidentes como lo que afirman no puede ser, aunque, como ya se tocó,
por lo dicho parece, y esto será en el primero; en el segundo se
responderá de propósito á los motivos que tuvieron, porque mejor
el error, de los que cosa tan aviesa de la verdad osan decir, del
todo manifestemos. Dicen, pues, los que esto afirman, que tienen por
cierto este orbe ó parte dél haber sido señoreado de España, y para
probarlo, á su parecer, traen dos fundamentos: el primero es aquella
historia que arriba en el capítulo 9.º pusimos del Philosopho en el
tractado _De admirandis in natura auditis_, de aquella tierra, que
acaso descubrieron los mercaderes Cartaginenses, la cual digimos
creer que podia haber sido el Cabo de Sant Augustin ó otra parte de
nuestra tierra firme, y dicen que debia de ser Cuba ó esta Española
ó alguna parte de tierra firme; y bien hacen los tales poner muchas
disyunctivas por acertar en alguna: pero porque ninguna cosa concluyen
con la susotraida historia y no les sirve á más de hinchir el papel de
cosas excusadas, deste su primer principio no es de curar. El segundo
que traen diz que es otro mayor orígen de haber sido estas tierras
de España, y es que estas Indias son las Hespérides de quien tanta
mencion hacen los poetas é historiadores, y que, porque el duodécimo
Rey de España se llamó Hespero, esta diz que claro que las nombraria
de su nombre Hespérides; de donde infieren que indubitadamente fueron
del señorío de España desde el tiempo de Hespero, y ansí ha tres mil
y ciento y noventa y tantos años que tuvieron el derecho dellas los
reyes de España, el cual le restituyó la divina justicia: la prueba
que trae Gonzalo Hernandez de Oviedo, el primero imaginador desta
sotileza, en el lib. II, cap. 3.º de la primera parte de su General
Historia, es porque antiguamente fué costumbre poner los nombres, á las
ciudades y provincias y reinos y rios, de los reyes y personas que los
poblaban ó descubrian, ó alguna hazaña en ellos ó por ellos emprendian
y efectuaban, y desta manera diz que se llamó Hespero, Hesperia,
España, etc. ¡Hermosa, por cierto, sentencia y digna de tal probanza
y de atribuirle tanta autoridad, cual y cuánta se suele atribuir á los
sueños, ó á los que las cosas que aun no son _in rerum natura_ adivinan!

Poder haber sido llamadas estas Indias islas ó tierra firme ó alguna
parte dellas Hespérides, no del todo lo negamos, pues habemos arriba
traido tantos y tales indicios y conjeturas, que pudieron traer á
los antiguos en algun cognoscimiento ó sospecha dellas, pero que se
nombrasen Hespérides por llamarse Hespero cierto Rey antiquísimo de
España, creo que cualquiera de mediano juicio, mirando en ello, no
dudará ser cosa que razonablemente no se pueda decir. Esto persuadimos
y probamos por cuatro razones: la primera es porque ¿cómo es de
creer que una cosa tan grande, tan señalada y de tanto momento, como
fuera señorear España este orbe, tan luengas, tan anchas, tan ricas,
tan felices y opulentas tierras como estas, y donde tan inmensos
reinos se contienen y tan infinitas y diversas naciones (si entónces
estaban habitadas) se comprenden, no la escribieran, encarecieran y
la ensalzáran hasta los cielos alguno ó algunos de los historiadores
y poetas antiguos griegos ó latinos, y alguna historia ó escritura
española no hiciera mencion della, mayormente, Pomponio Mella,
español, natural de Tarifa, que entónces se llamaba Mellaria Bæthicæ,
como él mismo dice en su libro II, cap. 6.º, el cual fué primero que
Plinio y Solino? item, Plinio en su lib. II, cap. 69, pone muchos
descubrimientos que hicieron muchas gentes, y por mandado de muchos
señores y reyes, y en diversos tiempos en el mar Océano; ¿cómo callaran
el destas Indias si España le hobiera hecho, y cuanto ménos dejáran
de escribir si hobiera tenido el señorío dellas? porque más tiempo
y más trabajo se requiria para señorearlas que para descubrirlas.
Hanon, Cartaginense, fué enviado de la señoría de la gran Cartago, el
año de 445 ántes del advenimiento de nuestro Redemptor Jesucristo, á
descubrir la costa ó ribera de África y de Ethiopía, y pasó adelante
del Cabo de Buena Esperanza y llegó al seno ó golfo Arábico, que es
la boca por donde entra en la mar Océano el mar Bermejo, como refiere
Plinio, donde arriba digimos y en el lib. VI, cap. 31, y Solino, cap.
6.º y Pomponio, lib. VI, capítulo 10, puesto que Herodoto en su lib.
IV testifica que la primera vez que se tuvo noticia por experiencia
de África, fué por los descubridores fenices que invió Necho, rey de
Egipto. Despues deste invió el rey Xerges á descubrir la dicha costa
de África, como tambien allí cuenta el mismo Herodoto. Item, Hemilcon,
hermano de Hanon, fué tambien, cuando él, inviado á descubrir la costa
de España y llegó hasta Inglaterra y otras islas del mar de Poniente.
Los macedones, por la parte de Oriente y del mar Océano de la India,
hasta dar en el mar Caspio, anduvieron. Las victorias de Alejandro,
dicen, que navegaron hasta el golfo Arábico, donde gobernaba Cayo
César, hijo de Augusto, y allí aún dicen que hallaron pedazos de naos
de España que se habian perdido. En tiempo de César Augusto, y por
su mandado, se fué á descubrir el Océano septentrional con la flota
germánica. Cornelio Tácito tambien hace mencion, que un Eudoxio, por
nombre, por huir de Lathiro, rey de[13], entrando en el puerto arábico,
vino por el mar Océano hasta Cáliz, y, muchos años ántes dél, Celio
Antipater, vido en su tiempo personas que navegaron de España hasta
Etiopía, por causa de contractar ó comutar sus mercaderías. De muchas
destas navegaciones hace mencion Zacharias Lilio en el susodicho
tractado contra Antípodas en el capítulo _De navegatione Oceani_.
Pues si de todas estas navegaciones y descubrimientos y de otras que
arriba hemos traido, algunas de las cuales no fueron muy señaladas ni
muy grandes, aunque para aquellos tiempos cualesquiera que fuesen eran
árduas y dificultosas, hicieron los escriptores tanta mencion, de una
tan admirable, horrenda y espantosa (porque ninguna se sabe en el mundo
que tan gran golpho comprenda y tantos dias sin ver tierra se dilate)
si hobiera sido por España hecha, y por consiguiente si por aquellos
siglos España el señorío destas Indias tuviera ¿no es cosa clara y
averiguada que no faltaran escritores griegos ó latinos y tambien de
España, que, con suma diligencia y encarecimiento soberano, mencion
dello hicieran? luego, pues, no la hicieron, supérfluo es y cosa de
sueño afirmar alguno cosa tan incierta y no creedera. La segunda
razon es, porque como el rey Hespero haya reinado en España (si á las
historias creemos) en el año de 650 ó 60 despues del diluvio, y de
la poblacion primera della en el año de 520, y ántes de la fundacion
de Troya 170, y ántes tambien de la de Roma 600, y del advenimiento
de Jesucristo 1650 y más años; en todo lo cual, poco más ó ménos,
concuerdan las historias griegas y latinas y las mismas de España
(y suma estos años Juan de Viterbio en el tractado que compuso de
los _Reyes de España_, cap. 15, hablando del mismo Hespero), y por
entónces, segun es manifiesto al que ha leido historias de aquellos
siglos, no habia en Grecia ni en otras naciones, harto más políticas
y de más sotiles ingenios que la de España, industria de navegar ni
cerca y ménos léjos, y el primero que juntó flota y señorío en la mar
de Grecia fué Minos, como cuenta Tucidides, antiquísimo historiador
griego, lib. I, columna 2.ª, el cual fué ántes de Platon ¿cuanto ménos
pericia tenia España de navegar en tiempo de Hespero, siendo ántes
de Troya?; mayormente que no les faltaban guerras, como parece que
Hespero defendiéndose contra su hermano Atlante, que le vino con grande
ejército á echar del reino, como al fin dél lo echó, las tuvieron muy
crueles, y ansí es manifiesto que no tuvo tiempo para entender en tan
prolijos descubrimientos. Por lo que poco ha que trujimos de Herodoto
en su lib. IV, que la primera vez que se tuvo noticia por experiencia
de África fué la de los fenices, y este descubrimiento acaeció más de
mil años despues del rey Hespero, y el otro que mandó hacer Xerges, que
reinó despues de Necho buenos cien años, y como estas fuesen de las
primeras navegaciones á cabo de tanto tiempo que habia pasado el rey
Hespero, y se tuviesen por nuevas y no por chico atrevimiento y por
mandado de grandes reyes, bien podemos colegir que en tiempo de Hespero
habia poca industria de navegacion y ménos aparejo y más miedo para
osar emprender tan distante, tan remoto, tan escuro, tan insueto, tan
dificultoso y tan peligroso descubrimiento, y por consiguiente de ver
juzgada por adevinanza temeraria, y no digna de ser oida entre personas
prudentes, tal opinion, afirmar que estas Indias ni un palmo dellas
fuesen señoreadas ni aún soñadas del rey Hespero.

La tercera razon asignamos y es esta, porque manifiesto es por las
historias griegas y latinas que hablan de Hespero, Rey duodécimo de
España, y por las mismas españolas, y tambien por el tractado que se
intitula de _Beroso_, lib. V de las «Antigüedades,» que Hespero no
reinó en España más de diez años, en los cuales, sacados los que tuvo
guerras crueles por su defensa contra su hermano Atlante, como arriba
digimos, no parece ser posible que tuviese tiempo para descubrir y
señorear y que se llamasen de su nombre estas Indias, Hespérides,
habiendo de haber ocurrido hasta llegar á este fin tan inmensas
dificultades. Y confírmase aquesta razon, porque no se compadecen
juntamente estar las cosas diversas que las historias de Atlante y
Hespero cuentan ó relatan, de los cuales se afirma haber sido hermanos;
por lo cual es necesario decir, que ansí como fueron, no uno, sino
muchos Hércules, segun San Agustin, lib. XVIII, cap. 12, _De civitate
Dei_, Pausanias, autor de historias, griego, lib. IX, Machrobio,
_In saturnalibus_, lib. I, cap. 24, Cornelio Tácito y otros, y los
poetas las cosas señaladas, que mucho hicieron distinctamente y en
diversos tiempos y partes, atribuian á uno, en lo cual engendraron
gran confusion, ansí tambien fueron muchos Atlantes, los cuales
fueron iguales, no sólo en los hombres, pero tambien en las mujeres
y nombres dellas y en los hermanos; por los cuales muchas veces se
equivocaba, y se aplica, equivocando, lo que hizo uno á otro de aquel
nombre, y lo que todos á uno, como dice Servio y los otros comentadores
del Virgilio en el 7.º y 8.º de las _Eneidas_, y Xenophonte _De
equivocis_; mayormente las historias griegas, que muchas cosas no
dijeron con verdad y fueron deste defecto muy notadas. Cuanto más que
Atlante, como fuese Japhet, hijo de Noé, segun afirma Masseo en el 2.º
de su _Corónica_, y que estuvo muchos años en África, todos los otros
Atlantes puede ser que hayan sido fabulosos, fingidos por los poetas,
de donde se sigue haber sido posible, y aún parece necesario, por lo
que luego se dirá, que hobiese habido más Hesperos de uno que tuviesen
por hermanos y aún por padres á Atlantes, fingidos por los poetas ó que
fuesen verdaderos, y ansí, lo que diversos hicieron, equivocando, se
atribuia á uno. Esto se persuade por la incomposibilidad de las obras
que se aplican á un Hespero, pues no se puede compadecer que reinase
diez años en España Hespero, y della fuese por fuerza echado por su
hermano Atlante, y de España fuese á reinar y reinase por cierta parte
de Italia, y en la Italia muriese, segun dice Beroso en el lib. V de
las Antigüedades, é Higinio en su _Astronomía poética_, y que ántes
pasasen ambos hermanos en África y Mauritania (que es la provincia que
hoy llamamos Marruecos), y allí reinase Atlante, del cual piensan que
se llamó Atlante aquel famoso monte Atlante al Cabo de Mauritania, del
cual se denomina cuasi todo el mar Océano (aunque yo más creo llamarse
del primer Atlante, Japhet, hijo de Noé, y parece ser más razonable
creencia), y Hespero fuese á reinar á las islas de Canaria ó de Cabo
Verde y en la tierra firme de Etiopía, la más occidental, por cuya
causa él se llamó Hespero, que quiere decir occidental, porque ántes no
se llamaba desde su nacimiento sino Philothetes, como dice el Tostado
en el lib. III, cap 83, sobre el Eusebio, y alega á Theodoncio; y es de
creer como fuese tan leido y docto en todas facultades, y sobremanera
en historias, que miraria bien lo que dijo, y mejor que Gonzalo
Hernandez de Oviedo, el Tostado. Lo dicho se prueba por Juan Bocacio,
lib. IV, capítulo 29, _De genealogía Deorum_, donde afirma, Hespero
haberse llamado Hespero por haber ido á poblar ó á reinar en Etiopía,
la postrera hácia el Occidente, y no ella dél: _Verum_, inquit, _cum
juvenis una cum Atlante fratre in extremos Mauros secessisset atque
Ethiopibus qui ultra Ampellusiam promontorium litus Oceani incolunt, ac
insulis eo littore adjacentibus imperasse, à Grœcis Hesperus appelatus
est; eoque ex nomine occidentis Hesperi omnem occiduam regionem
vocent Hesperiam. Et sic ab ea regione ad quam transmigraverat à suis
perpetuo denominatus est._ Dice más el Tostado, que deste Hespero no
se halla más escrito de que tuvo tres hijas, las cuales los autores y
poetas llaman Hespérides, y ansí, del nombre suyo parece que fueron
hijas de Hespero (aunque algunos quieren decir que fuesen hijas de
Atlante); y uno de los que lo afirman es César Germanio, sobre los
fragmentos de Arato, poeta, poco despues del principio, lo cual no es
razonable; y fueron sus nombres, Egle, Baretusa, Espertusa, segun en
el capítulo siguiente las nombra Juan Bocacio. Item, que tampoco se
pueden compadecer en un sólo Atlante y un sólo Hespero las dos cosas
dichas, con lo que afirma Diódoro Sículo, lib. IV, cap. 5.º, que
Atlante tuvo muchos hijos, y uno dellos insigne en justicia y humanidad
para con los súbditos, á quien puso por nombre Hespero; el cual, como
por cudicia de especular los cursos de las estrellas y alcanzar la
astrología como su padre, se subiese en la cumbre del monte Atlante,
altísimo, súbitamente fué arrebatado de los vientos y nunca más fué
visto ni oido, y el pueblo, doliéndose deste desastre por la virtud que
dél cognoscian, por le dar honores inmortales para honrarle más, desde
allí adelante aquella estrella lucidísima occidental llamaron como á
él, Hespero; todo esto dice Diódoro: _Hunc scilicet Atlantem, aiunt,
plures substullisse filios; sed unum, pietate ac in subditos justitia
humanitoteque insignem, quem Hesperum appellavit, qui cum in Atlantis
montis cacumen ad scrutandos astrorum cursus ascendisset, subito à
ventis arreptus nequaquam amplius visus est. Ob ejus virtutem casum
hunc miserata plebs, honores illi præbens inmortales, astrum cæleste
lucidissimum ejus nomine vocavit._ Pues reinar diez años en España y
diez allí, ser echado y huir é reinar en Italia y allí morir, reinar en
las islas y tierra firme de Etiopía, que, como abajo parecerá, dista
más de mil leguas del monte Atlante, subir á la cumbre dél y allí ser
de los vientos arrebatado y nunca más parecer y ansí morir, manifiesto
es todas juntas estas tres cosas en un mismo hombre no poder concurrir
y ser incomposibles; cuanto más que no ser un sólo Hespero manifiéstase
por lo que se dijo, conviene á saber, ser uno hermano y otro hijo de
Atlante. Luégo claro queda, lo uno que hubo diversos Hesperos, ansí
como muchos Atlantes; lo segundo, que el Hespero que señoreó en Etiopía
y en las islas de Etiopía cercanas, no fué Rey de España; lo tercero,
que ninguna probabilidad tienen, ántes grande disparate y absurdidad
y muy contra razon es, decir ó presumir que ya que aquestas Indias en
aquellos tiempos fueran descubiertas (lo cual bien ha parecido no ser
verdad), y que se nombraran Hespérides del Rey Hespero, ántes tenia
más figura de verdad quien dijese llamarse Hespérides por Hespero Rey
de Etiopía ó de África la occidental, que no de Hespero Rey de España,
cuanto más que segun Sant Isidro, las Hespérides se nombraron de una
ciudad que se llamaba Hespérida en fin de Mauritania, y concuerda
con él Aliaco en el cap. 41, del libro _De imagine mundi: De insulis
famosis maris Oceani_; lo cuarto se consigue tambien á lo dicho, ser
incertísimo y no muy léjos de imposible lo que pretendemos impugnar,
conviene á saber, que aquestas Indias en los siglos antiguos haber sido
ni tractadas ni ménos señoreadas de España. Todo lo dicho se puede
muy bien con esta cuarta razon confirmar, y es, que, como puede ver
cualquiera que las historias de España leyere, España, cuasi siempre
desde su poblacion, fué opresa y afligida de tiranos, ansí como de
los Geriones, de los de Tiro y fenices cuando edificaron á Cáliz, y
al ménos harto inquietada y siempre ocupada en armas por defenderse
dellos, de los Cartaginenses, de Aníbal y Amilcar, y despues de los
romanos por Pompeyo y por sus hijos, y más por Julio César y Octaviano,
y, los tiempos andados, por vándalos y por los godos, y últimamente
por moros y bárbaros; por manera que nunca tuvo tiempo ni espacio
España para señorear, fuera de sí, otras gentes, mayormente tan
remotísimas partes; y si en algunos de los tiempos pasados, destas
Indias se tuviera noticia en España, mas fuera por haberla traido á
ella y hecho lo que en ellas hobiera acaecido y señoreado por las
naciones que á España señoreaban, que no por la misma España, y si
alguna gente de las que la señorearon habia de tener noticia ó señorío
destos reinos, parece que habian de ser los romanos, y destos nunca
tal escrito se halla, ántes dariamos aquí dos urgentísimos argumentos
del contrario. El uno es, porque segun refiere en el lib. II, capítulo
7.º, _De natura locorum_, Alberto Magno, (é ya lo trujimos arriba,
cap. 9.º), cuando César Augusto hizo ó quiso hacer la descripcion
del mundo, diz que envió á mandar á los reyes de Egipto y de Etiopía
que aparejasen naos y gente y las cosas necesarias para navegar los
mensajeros que enviaba, y, llegados á la línea equinoccial, hallaron
lugares paludosos y peñas que ni por el agua ni por la tierra pudieron
pasar, y ansí se tornaron sin poder hacer cosa de lo que Octaviano
deseaba. Estas son palabras de Alberto Magno: _In descriptione autem
facta sub Cæsare Augusto legitur quæ nuntios misit ad Reges Egipti et
Ethiopiæ, qui naves et impensas pararent necessarias eis quos miserat
ad transeundum; et venientes sub equinotiali loca paludosa invenerunt
in quibus nihil diffunditur, et lapidosa quæ nec navibus, nec pedibus,
poterant transire: et ideo sunt reversi, negotio non peracto_. El otro
es aun más eficaz, que segun Plutarco en la vida y graciosa historia de
Sertorio, excelentísimo Capitan romano, aunque contra Roma hizo grandes
batallas, que viniendo á Cáliz por la mar, cuasi frontero de la boca
del rio de Sevilla, topó ciertos navíos ó navío que iban, parece que de
las islas de Canaria, que llamaban entónces Beatas ó Bienaventuradas
(porque segun la ceguedad de los antiguos, por ser templadas y fértiles
estimaban ser allí los Campos Elísios, de que habló Homero, donde iban
despues desta vida las ánimas) como en el siguiente capítulo diremos
esto más largo; y dando á Sertorio nuevas y particular relacion de la
fertilidad y amenidad y templanza de aquellas islas, tomóle grandísimo
deseo y ánsia de irse á vivir en ellas y quitarse de guerras y de los
cuidados que traen los oficios y magistrados, por vivir vida quieta
y descansada; pero desque se lo sintieron cierta gente de su armada,
más amadores de robar y turbar á otros que de vivir pacíficos y en
seguridad y descanso, alzáronsele, y ansí no pudo conseguir la vida
y reposo que deseaba: de donde parece que si las Indias hobieran
sido de España en algun tiempo de los pasados, teniendo la felicidad
que tienen, alguna noticia ó memoria tuviera Sertorio y los romanos
dellas. Y si las Canarias que estaban tras la puerta, como dicen, y tan
cercanas, eran en aquellos tiempos tan ocultas que á Sertorio, Capitan
señalatísimo que fué en tiempo de Pompeyo el Grande, le fueron tan
nuevas que entónces oia y entendia su fertilidad y amenidad, ¿cuanto
más escuras y ocultas debian ser á los romanos y á todo el mundo de
allá estas nuestras Indias? Pues si los romanos no tenian noticia
dellas, que señoreaban á España y otras muchas provincias, que no eran
negligentes en señorear tierras ajenas, ni en escribir sus hazañas,
ni otra nacion desta se gloria, ni, como se dijo, historia alguna ni
comentario de alguna otra nacion hace mencion, grande ni chica; luego
culpable adivinar es y lisonjear á España y vender á los reyes della
las cosas que nunca fueron, por haber sido afirmar, y boquear que en
los siglos pasados estas Indias ó islas hobiesen á España pertenecido:
y ansí parece no ser cosa que en juicio de hombre discreto pueda ó deba
caer opinion tan sola y singular, que sobre tan flacos fundamentos
estriba. Y por tanto sólo debe quedar por improbable, ficticia y
frívola.



CAPÍTULO XVI.

 En él se responde á los motivos de los que afirman ser estas Indias
 las Hespérides, con razones y muchas auctoridades, que no es regla
 general que todos los reinos, ni tampoco España, se denominasen de los
 reyes.--Tráense muchas cosas antiguas y dulces.--Hácese mencion de
 aquel cabo nominatísimo por los antiguos de Buena Esperanza.--Tráense
 razones muy probables y _a suficiente divisione_ se concluye que las
 Hespérides fueron las islas que ahora llamamos de Cabo Verde, que
 son siete, que están 300 leguas de las Canarias hácia el Austro ó el
 Sur.--Tambien cuales fueron las islas Gorgonas ó Gorgades.--Que las
 Hespérides fueron hijas de Hespero, Rey de África, ó de Atlante, su
 hermano.--Que hobo muchos Hércules y muchos Atlantes.--Qué fueron
 los puertos y las manzanas de oro, que dellos cogian las nimphas
 Hespérides, y cuál el dragon que las guardaba de dia y de noche, al
 cual mató Hércules.--La interpretacion desta fábula, y cómo se reduce
 á historia, y al cabo que todo lo que se dice de las Hespérides fué
 dudoso é incierto; y otras cosas agradables para oir, etc.


Mostrado habemos por las razones traidas en el capítulo ántes deste,
ser vana y errónea la opinion que dice haber sido estas Indias
antiguamente del señorío de España, por que diz que son las Hespérides
nombradas de Hespero, rey della; en este cap. 16 será bien responder
á los motivos y auctoridades que los que las tienen por si traen,
porque se vea con mayor evidencia cuán léjos anduvieron de la verdad;
y, dejado de responder al primer motivo de la isla ó tierra que dice
Aristóteles haber descubierto los de Cartago, porque ninguna cosa hace
á su propósito, como se dijo en principio del capítulo precedente,
al segundo, en que dicen que antiguamente las provincias y reinos
tomaban los nombres de los reyes y personas que los descubrian ó
poblaban ó alguna señalada obra en ellos hacian, respondemos en dos
maneras. La primera, que no es regla general ni infalible que todas
las tierras y reinos, ni tampoco España, que tiene nombre de Hesperia
ó de Hespérides, lo haya solamente tomado de Hespero, rey que fué
della, ni de algun otro varon notable cuanto á esto, sino del estrella
ó lucero Venus, que se pone tras el sol en anocheciendo, que llaman
_Hesperus_; la razon es porque ántes fué antiguamente universal manera
de hablar que á todas las partes ó provincias que por respecto de
otras eran occidentales, llaman _Hesperias_ ó _Hespérides_, que suena,
como está dicho, occidentales; ésto se prueba, lo primero, por Italia,
que segun Macrobio fué llamada Hesperia por estar hácia el Occidente,
donde se pone el sol y la dicha estrella que tras él corre, Venus, por
respecto de Grecia y de las otras provincias orientales: _Illi nam
scilicet Græci á stella Hespero dicunt Venus et Hesperia Italia quæ
occasui subiecta sit; hæc Macrobius_, lib. I, cap. 3.º, _Saturnalium_.
Y ansí parece en la tabla 6.ª de Europa por el Ptolomeo, donde dice:
_Italia Hesperia ab Hespero, stella quod illius occasui subiecta sit_.
Concuerda lo que dice la _Historia tripartita_, lib. VIII, capítulo
... _Quum Valentinianus Imperator ad oras Hesperias navigaret id est
ad Italiam et Hispaniam_. Item, Ptolomeo en la tabla 4.ª de África,
describiendo los pueblos que confinan con los cabos de África, en
especial de Buena Esperanza, de que Ptolomeo tuvo alguna noticia,
los llama Hesperios por estar muy occidentales: _Et ex his (inquit)
meridionalissimis usque ad incognitam terram qui communi vocabulo
Hesperi appelantur Ethiopes_. Dice _incognita terra_ porque en tiempo
de Ptolomeo no se sabia que la tierra de Etiopía se extendiese adelante
del Cabo dicho, que llamamos de Buena Esperanza, que llamaban los
antiguos _Hesperioncæras_, el cual, segun los portogueses afirman,
está de la otra parte de la línea equinocial 45°, porque, como abajo
se dirá, ellos lo descubrieron. Tambien se dudaba, y no se sabia por
aquellos tiempos, si la tierra de la Berbería se continuaba y era toda
una con la de dicho cabo Hesperionceras ó de Buena Esperanza; aquellos
pueblos, segun allí la glosa ó escholio dice, son agora los negros de
Guinea. Item, Plinio, lib. VI, cap. 3.º: _Ab ea (scilicet quadam insula
Atlántica de qua ibidem tangit) quinque dierum navigatione solitudines
ad Ethiopes Hesperios_, etc. Item, Strabo, libro último _De Situ Orbis:
Supra hanc est Ethiopum regio qui Hesperi vocantur_, etc.; lo mismo
Diodoro, lib. IV, cap. 4.º, de una isla de Etiopía, de que abajo se
dirá, dice que se llama _Hesperia_ porque está situada al Occidente ó
donde se pone el sol y el lucero Hespero: _Asserunt (inquit) habitare
illas scilicet quasdam feminas insulam Hesperiam, quia ad occasum sita
est sic vocitatam_. Lo mismo Pomponio Mela, lib. III, cap. 10. San
Hierónimo sobre _Isaias_, capítulo 5.º, en el fin dél: _Unde Italia
ab eo quo ibi Hesperus occidat, olim Hesperia dicebatur_. Parece
clarísimo, por lo que arriba en el capítulo precedente trajimos de Juan
Bocaccio, haberse llamado el hermano de Atlante, de quien hablamos,
Hespero, conviene á saber, Occidental, por la Etiopía occidental, en
que reinó, y della haber tomado el nombre él, y no dél ella. Item,
el cabo postrero de Etiopía, de que se tuvo alguna noticia, que hoy
llamamos de Buena Esperanza, le llamaron los antiguos el promontorio
Hesperionceras, por ser el más occidental que entónces de la tierra
de África se conocia. Así lo nombra Plinio en el lib. VI, cap. 31:
_Ad Ethiopias Hesperos, et promontorium quod vocamus Hesperioncæras_.
Item, Pomponio Mela, lib. III, cap. 10: _Item, terræ promontorio cui
nomen est Hesperi cornu_; y San Isidro, lib. XIV, cap. 6, de las
_Etimologias_: _Gorgades insulæ Oceani obversæ promontorio quod vocatur
Hesperioncæras_. Que aqueste cuerno ó cabo de la tierra sea el que los
pasados decian el promontorio, ó cuerno, ó punta ó cabo Hesperionceras,
que suena occidental, pruébase, lo primero, por el discurso que Solino
trae describiendo la tierra y los cabos, promontorios é islas del mar
Azanio, que es donde entra en el Océano, el mar Arábico ó Bermejo,
hasta las Fortunadas ó Canarias, en el capítulo último y cap. 37 de su
_Polistor_, juntamente con lo que Pomponio afirma del mismo monte ó
promontorio en el capítulo alegado 10 y 11 del libro III, los cuales
autores, describiendo aquella costa, topan primero con aquel cabo
Hesperionceras, y dél primero que de otro hablan; lo segundo, porque
ansí lo declara y expone la glosa ó escholio del mismo Solino, en el
dicho capítulo último, sobre la palabra Hesperionceras, donde dice
ansí: _Sonat hæc vox occidentale cornu et extremum Africæ continentis
promontorium, ubi scilicet veluti ex fronte circumaguntur naves in
occasum ac mare Atlanticum, quod hodie vocant caput Bonæ Spei_. Lo
mismo expone y declara sobre el cap. 10 del lib. III de Pomponio Mela,
en el fin, y alega el dicho de Plinio en el cap. 31 del lib. VI, que
arriba fué recitado. Y que no haya sido regla general llamarse las
Hesperias todas del rey de España Hespero, pruébase lo segundo por la
misma España; porque aunque algunos digan que se nombró Hesperia del
dicho rey Hespero, otros de mayor autoridad y más en número afirman
haberse nombrado España, Hesperia, de la estrella Hespero, como ha
parecido y parece por los siguientes: destos es San Isidro, lib. XIV,
cap. 4.º de las _Etimologias_, al fin: _Hispania prius ab ibero amne
nuncupata, postea ab Hispalo Hispania cognominata est. Hispania est et
hera Hesperia ab Hespero stella occidentali dicta_. Lo mismo afirma
el Arzobispo D. Rodrigo, lib. I, cap. 3.º; item el Obispo de Búrgos,
D. Alonso de Cartagena, en el libro único de los reyes de España,
cap. 3.º; item, dello da tambien testimonio el Obispo de Girona, en
su _Paralipomenon_, lib. VI, capítulo ...: _Quot nationes et populi
usque ad nostra tempora Hispaniam obtinuerunt_. Lo mismo afirma Pedro
de Aliaco, Cardenal, en el _De imagine mundi_, cap. 31, hablando
de España; el Tostado tambien, lib. III, cap. 83, sobre Eusebio;
aprueban lo dicho todos los diccionarios, ó por la mayor parte, como
el _Cornucopia_, columna 502 y columna 345, y el _Chatholicon_ y
_Calepino_, y otros que no queremos aquí referir. La segunda manera
de responder al principal motivo de los que afirman el contrario
desto es, que aunque hobiesen habido el nombre las islas Hespérides,
cualesquiera que sean hácia el Occidente, de algun notable hombre, al
ménos, más probable y más semejanza de verdad tiene haberlo habido de
Hespero, el que señoreó en África y en Etiopía, que no del que tuvo
diez años el señorío de España. A lo que añaden los que opinan el
contrario desto, trayendo lo que dice Solino de las islas Hespérides,
que segun Seboso é Higinio habia de las islas Gorgonas á las Hespérides
cuarenta dias de navegacion é interpretan los dichos que las Gorgonas
fueron las islas de Cabo Verde, y las Hespérides aquestas nuestras
islas y tierra firme; decimos que en lo que afirman se engañan, lo
uno, en que hacen las islas de Cabo Verde ser las Gorgonas, y no son
sino otras; esto parece, porque las islas de Cabo Verde están frontero
y contra el mismo Verde Cabo cient leguas la vuelta de Poniente, como
parece por todas las cartas de navegar, y abajo se dirá, y por esto
reciben dél el nombre, pero las Gorgonas están contra y frontero del
promontorio ó cabo Hesperionceras, que es el de buena Esperanza, como
dice el mismo Solino: _Gorgones insulæ ut accepimus obversæ sunt
promontorio quod vocamus Hesperioncæras_; esto dice Solino, capítulo
último, esto tambien se averigua por la tabla y figura que viene
pintada en el Solino, al cabo dél, donde asientan las islas Gorgonas
frontero ó cerca del dicho cabo ó promontorio de Buena Esperanza, y
esto no ménos aprueba la glosa ó escolio de Solino, arriba traida,
y sobre todo Pomponio, lib. III, capítulo último, en el principio.
Y decir que segun Ptolomeo y todos los verdaderos cosmógrafos, como
Gonzalo Hernandez de Oviedo dice, las Gorgonas son las de Cabo Verde,
no debiera mirar ni entender bien lo que dijo, porque ni Ptolomeo lo
dice, ni él lo vió en algun verdadero cosmógrafo, porque no se hallará
en Ptolomeo que hiciese mencion de las islas Gorgonas ó Gorgades, si
yo mal no le he mirado, ni dará cosmógrafo de los antiguos ni de los
modernos, sino es lo que tenemos dicho, que lo diga, á quien se deba
dar crédito; y una cosa es hablar los poetas de las Gorgonas mujeres,
y otra de las Gorgonas islas. Muchas y en muchas cosas Oviedo alega
libros y autoridades que él nunca vió ni entendió, como él no entienda
ni sepa latin, y así parece que hizo en esta. Lo segundo creemos que
se engañó el dicho Gonzalo Hernandez de Oviedo en la inteligencia
de las palabras de Solino ó de Seboso é Higinio, que dicen: _Ultra
Gorgonas Hesperidum insulæ dierum quadraginta navigatione in intimos
maris sinus recesserunt_. Aquella palabra _ultra_, que quiere decir
allende, piensa quizá, si entendió lo que queria decir, que Solino ó
Seboso entendió por allende hácia la parte del Poniente ó rumbo que
llaman los marineros _queste_, derechamente, imaginando tener las
espaldas al Oriente ó rumbo ó viento leste; como quiera que Solino
venga describiendo la costa de África y Etiopía, comenzando desde la
mar ó piélago Azanio, que es, como se dijo, donde entra en el Océano el
mar Bermejo, y el mismo camino llevó en describir la tierra de África
Pomponio, lib. III, cap. 9, 10 y 11; por manera que pasado el dicho
promontorio Hesperionceras ó cabo de Buena Esperanza, donde están ó
estaban las Gorgonas, vuelve la costa del mar hácia el Septentrion ó
Norte, por lo cual da á entender que las Hespérides habian de estar
hácia el Norte ó Septentrion y no al Poniente. No contradice á esto
lo que dice allí Solino: _In intimes maris sinus_, porque de las
Canarias, refiriendo á Juba, dice, que son cercanas á donde se pone
el sol, _proximas_, _inquit_, _occasui_, ó al Occidente, las cuales,
como sabemos, en España tenemos cabe casa. De lo dicho se ha de seguir
necesariamente, conviene á saber, que las Hespérides ó fueron las
islas de cabo Verde, ó las que llamamos de los Azores, que hallaron y
tienen pobladas los portogueses, de que abajo algo diremos. Esto se
puede persuadir desta manera; lo primero, porque segun Pomponio, lib.
III, cap. 11, las Hespérides estaban situadas en derecho ó frontero de
la punta ó tierra calidísima de Etiopía; así lo dice, hablando della:
_Exustis scilicet terræ partibus insulæ oppositæ sunt quas Hesperides
tenuisse memorantur_; y esta tierra calidísima y quemada del terrible
calor del sol es el cabo que llaman Verde, donde no hay más verdura que
en el mismo verde, por la manera que llamamos al negro Juan blanco,
por la figura que llaman los gramáticos _antiphrasim_, como decimos
mundo al mundo, que quiere decir limpio, siendo el mundo sucio y lleno
de todas las maldades y suciedades: este fuego sienten bien todos los
navíos que por aquel Cabo Verde y islas navegan. Las siete islas,
pues, que son las de Mayo y las de Buena Vista y la del Fuego, etc.,
que se llaman de Cabo Verde, están frontero del dicho Cabo Verde, y
porque su sitio dellas es debajo del mismo paralelo que es cabo Verde,
son tambien calorosísimas y enfermisísimas; concuerda con esto Juan
Bocaccio, lib. IV, cap. 30, del libro susodicho, donde dice: _Fuere
quippe, ut placet Pomponio, insulæ in Océano occidentali habentes, ex
opposito desertum littus in continenti inter Hesperos, Ethiopes et
Atlantes populos, quæ quidem insulæ á puellis Hesperidibus possesse
fuerunt_, etc.; luego aquestas son las islas Hespérides, y cierto este
es harto eficaz argumento, porque no se dice tal palabra, «partes
tostadas ó quemadas», de alguna otra parte de toda Etiopía ó África,
puesto que toda fuese tenida por caliente, porque aquella de Cabo Verde
parece que á todas excede. Decláralo más y mejor el mismo Juan Bocaccio
en el libro de las Mares, diciendo ansí: _Hesperium mare ethiophici
Oceani pars est ab Hesperidis virginibus denominatum; nam ut aliquibus
placet, ultra Atlanticum Oceanum insulæ quædum sunt Euripis distinctæ,
et à continenti modicum separatæ, in quibus aiunt aliqui habitasse
Gorgonas, alii vero Hesperidum domos illas fuisse asserunt, possibile
lamen ut aut ex pluribus aliquas illis et reliquas aliis contigisse
vel easdem succesive habitasse Hesperidas et Gorgonas; Hesperidis
plus fama favet_, etc. Confírmase por lo que cuenta Higinio en el
libro de las Fábulas, fábula 30, de las doce hazañas que á Hércules
mandó Euristeo, donde dice ansí: _Draconem immanem Tiphonis filium,
qui mala aurea Hesperidum servare solitus erat, ad montem Atlantem
interfecit, et Euristheo regi mala attulit_; pues si distaban poco de
la tierra firme, luego las Hespérides islas no son estas Indias, de
donde parece que debian ser las islas de Cabo Verde. Ayuda lo que dice
el papa Pio en la epístola 26: _Hortos namque Hesperidum poetæ ultra
Atlantem in África situs fixere_. Si en África los poetas situadas las
fingieron ó pusieron, conviene á saber, cerca de la tierra firme de
África, manifiesto es que no fueron estas Indias las Hespérides. Todo
lo dicho se acaba de confirmar con lo que ahora Sebastian Mustero,
moderno, en su _Universal cosmographia_, lib. V, pág. 1103 y 1104
escribió, nombrando las islas de Cabo Verde las Hespérides; el cual
es de creer que habia visto todo lo que dellas se habia escrito por
los antiguos, y son estas sus palabras: _Hac ratione ut ab insulis
Hesperidum quas nunc Capitis Viridis appellant_; etc. hablando allí
de la particion que el Papa Alejandro VI hizo del Océano y tierras
dél entre los reyes de Castilla y Portogal: pintólas tambien en la
tabla ó mapa que hizo del Nuevo Mundo, la cual puso al cabo de todas
las mapas. Lo segundo se persuade, porque, segun todos los poetas é
historiadores, las Hespérides, de quien tanto estruendo y mencion
hicieron, fueron islas donde tuvieron un huerto las nimphas hijas de
Hespero, hermano ó hijo de Atlante, aunque á otros place afirmar que
fuesen hijas, como arriba digimos, de Atlante, en el cual huerto diz
que se criaban las manzanas de oro; á este huerto guardaba un dragon
que velaba de dia y de noche. Oidas las nuevas destas manzanas de oro
por Euristeo, rey de los Argivos ó de Egipto (ó segun otros de la
ciudad de Micena de la provincia de Peloponense, region de Grecia que
en tiempo de los Apóstoles. Acaya, y ahora se llama la Morea), envió
á Hércules, su criado, el cual mató al dragon y hurtó las manzanas de
oro, y este fué uno de los doce trabajos que atribuyen á Hércules,
pues ningun autor griego ni latino, historiador ni poeta, de los que
hablan de Hércules, toca en haber venido tan largo camino, como hiciera
viniendo á estas Indias; el cual si hiciera, no se dejara de escribir
por algunos de los escriptores pasados, como se escribieron otras
muchas cosas diversas de Hércules, como quiera que venir acá no fuera
el mas liviano de sus trabajos; mayormente, que no habia de venir y
volver tan facilmente por la mar, jornada de cuarenta dias para que á
los historiadores se les encubriese, y siendo esta la mayor hazaña,
si á estas tierras llegara, que él nunca hizo ni pudo hacer, y así es
manifiesto que se habia de escribir. Empero no se dice más de que,
hurtó las odoríferas manzanas, luego las Hespérides de que tractan
los antiguos, y Solino, que estaban de la otra parte de las Gorgades
ó Gorgonas, no son ni fueron ni pudieron ser estas Indias, sino las
islas de Cabo Verde ó de los Azores, que fuesen llamadas Hespérides
ó por Hespero, rey de Etiopía, ó por sus hijas ó por otra cualquiera
persona, ó por la estrella Vénus, ó por la ciudad que se dijo que
hobo en el fin de Mauritania; cuanto más que como todo lo que de estas
Hespérides se blasona es fabuloso, poco crédito ó ninguno, á los que
sobre ello se fundaren, se debe dar. Cuya interpretacion, segun Plinio
y Solino, y Servio, y Sant Anselmo, y Sant Isidro, y Juan Bocaccio
y otros, esta es, conviene á saber, que aquel huerto de las nimphas
Hespérides era una isla de ellas, y, segun Pausanias, historiador
griego, eran dos, donde se criaban ciertas ovejas que producian la lana
ó vellocino de color de oro, muy rica. El dragon que las guardaba,
eran los arracifes y peñascos y tormenta grandísima de la mar que las
cercaba, y como la mar no duerme, no cesaba de dia ni de noche. El cual
dragon se dice haber muerto Hércules, porque aguardó tan cóngruo y
blando tiempo que cesase la braveza de la mar, y ansí pasó en salvo á
las islas, donde llevó hurtadas para Euristeo, Rey, las ricas ovejas.
Muy por el contrario reduce la fábula á historia Palephato Parius ó
Prienensis, antiquísimo, del tiempo de Artaxerxes, filósofo griego, en
el libro que compuso de _Fabulosis narrationibus non credendis_, lib.
I, cap. _De Hesperidibus_, donde dice, que la verdad es: Hespero fué
un hombre milesio que moraba en Caria region de Asia la menor, tenia
dos hijas que se llamaban Hespérides; éste tenía unas ovejas hermosas
y parideras como las habia en Mileto, segun él dice, por lo cual las
llamaban ovejas doradas, como el oro sea la cosa mas hermosa de los
metales, y decíanse manzanas, porque manzana en griego, quiere decir
oveja; estas pascian cerca de la mar, y pasando por allí Hércules en
un navio, metiólas en él y al pastor que las guardaba, cuyo nombre era
Dragon, con ellas, y esto diz, que muerto ya Hespero, poseyendo las
hijas Hespérides las ovejas: de aquí comenzaron á decir las gentes,
visto hemos las manzanas de oro que Hércules hurtó á las Hespérides,
matándoles el dragon que las guardaba. Todo esto dice Palephato, harto
diferentemente de los otros, y así queda más dudosa y aun más vana
la opinion de los que presumen decir que las Hespérides, de quien
hablaron los antiguos, sean estas Indias nuestras. Esta fábula, tracta
Higinio en el libro que hizo de las Fábulas que arriba se recitó en
dos ó tres lugares, y en el lib. II _De Poética Astronómica_, cap. _De
Serpente_, y cuéntala muy diferente de los otros, pero no dice que
de las Gorgonas á las Hespérides habia cuarenta dias de navegacion,
ántes contando la fábula de Perseo, en el dicho libro _De Poética
Astronómica_, no trata de islas, sino de las mismas mujeres Gorgonas.
Así que Solino es el que lo dice ó lo sacó de Stacio Seboso y pónelo,
en el cap. 37, y Plinio hace mencion de las Hespérides, lib. VI, cap.
31, Diodoro, lib. V, cap. 2.º y Boecio, lib. IV, metro último _De
consolatione_, puesto que unos de una y otros de otra manera lo cuentan
y equivocan este nombre Hércules, como hayan sido muchos segun arriba
se dijo. Puédese persuadir lo tercero lo que está dicho, conviene á
saber, que las Hespérides fueron, ó las islas de Cabo Verde ó las de
los Azores, por lo que dice Sant Anselmo en el lib. I, cap. 20 _De
imagine mundi_, que las Hespérides estaban cerca de las Gorgonas,
diciendo ansí: _Justa has scilicet Gorgonas Hespéridum ortus_, etc.
De donde parece que, si creyera Sant Anselmo estar tan distantes
como cuarenta dias de navegacion, no dijera que estaban cerca, y si
tuvieron por cerca cuarenta dias de navegacion, ó si se puede salvar
el dicho de Sant Anselmo, que las Hespérides estuviesen cerca de las
Gorgonas, podemos decir que como las islas de los Azores distan del
cabo de Buena Esperanza, que es el promontorio Hesperionceras, donde
situamos por las razones arriba traidas las Gorgonas, cerca de tres mil
leguas, y aun quizá más, si es verdad la navegacion que los portogueses
hicieron cuando descubrieron el dicho Cabo (como se dirá en el capítulo
siguiente), bien habian menester los cuarenta dias para llegar los
navíos desde el dicho cabo de Buena Esperanza á las dichas islas de
los Azores, que se podian llamar entónces las Hespérides, y porque
segun se colige de Strabon en el fin del lib. III _De Cosmographia_ ó
_De situ Orbis_, los Cartaginenses descubrieron estas dichas islas de
los Azores antiguamente, que en aquel tiempo se llamaron Casithéridas,
cuya navegacion dicen que tuvieron muchos años encubierta por el
estaño que dellas sacaban, pudo ser que el viaje que hizo Himilcon,
Capitan de Cartago, del Setemptrion hácia el Mediodia, de que arriba
en el cap. 15 hicimos mencion, fuese habiendo partido de las dichas
islas de los Azores, pues las tenian por suyas, y hasta llegar á las
Gorgonas gastase en navegar cuarenta dias, y de allí quedase la fama y
comun opinion que las Hespérides distaban de las Gorgonas navegacion
de cuarenta dias; pero esta vuelta al Austro no se escribió, sino que
se volvió de Inglaterra y de aquellas islas de por allí por la costa
á Cáliz y á Cartago, y por eso no se debe creer esto. Y si esto fué
verdad, convernian bien con esto las palabras de Solino, que estaban
las Hespérides _ad intimos maris sinus_, porque las tales islas están
como en los rincones de la mar, segun entónces lo estimaban los que no
tenian tanta experiencia de la mar ni de las navegaciones por ella, y
por consiguiente, dado este caso, hemos tambien de decir necesariamente
que si aquellas eran las Hespérides, que no fueron así nombradas por
la estrella Vénus, sino por Hespero, Rey de Etiopía. Y parece que como
fuesen siete nimphas hijas de Hespero, aunque otros dicen tres y otros
dos, cada una debia ó podia tener y señorear la suya; pero porque
en la verdad todo esto es atinar y querer por conjeturas sacar en
limpio y dar ser á lo que quizá nunca lo tuvo _in rerum natura_, baste
mostrar poder ser el contrario de lo que Oviedo tan sin fundamento ni
apariencia dél ni color de verdad afirmó, y por consiguiente, supuestos
los fundamentos y autoridades y razones traidas ser imposible todo lo
que dijo en este caso, conviene á saber, que España hubiese tenido en
los tiempos antiguos, que él asigna, el señorío destas océanas Indias,
porque aún allende de ser todo fábulas de poetas, como está dicho,
lo que destas Hespérides (sobre que él principalmente se funda), por
muchos y con mucha variedad se recita, Plinio las pone todas por tan
inciertas, que de ninguna cosa dellas se debe hacer caso para probar
lo que fuere cosa de veras, y en las historias se ha de referir en
toda verdad. Plinio, que tan diligente y curioso fué en escudriñar lo
que habia de escribir, por no errar en cosa alguna de mucha ni de
poca importancia, pone todo lo que se cuenta de las Hespérides por tan
dudoso, que le parece ser imposible estar las Hespérides cuarenta dias
de navegacion de las Gorgonas. El cual en el cap. 31 del lib. VI, suso
alegado, dice ansí: _Ultra has scilicet Gorgonas duæ Hesperides insulæ
narrantur, adeoque omnia circa hæc incerta sunt ut Statius Sebosus
à Gorgonum insulis præ navigatione Atlantis dierum quadraginta ad
Hesperidum insulas cursum prodiderit. Ab iis ad Hesperioncæras unius.
Nec Mauritaniæ insularum certior fama est._ Este dicho de Plinio bastar
debiera para confusion de quien porfiase afirmar por cierto, que lo
que se refiere de las Hespérides se hubiese escrito destas nuestras
Indias, ó que por eso de España hubiesen sido, pues Plinio no halló más
cierta fama de las islas y tierras del mar Atlántico, que es el Océano,
las cuales llama todas de Mauritania y Etiopía, como allí parece, y
ansí, que las Hespérides distasen de las Gorgonas cuarenta dias de
navegacion, juzgó para creer por dificilísimo; y otra dificultad que
apunta allí Plinio, conviene á saber, que las Hespérides estuviesen
del promontorio Hesperionceras ó de Buena Esperanza navegacion de un
dia, lo cual hace más increible el negocio. Item, unos auctores dicen,
que las ninfas Hespérides y las islas dellas nombradas eran siete, y
Plinio dice aquí que eran no más de dos. Item, unos las cuentan de una
manera y otros de otra. Item, Pausanias, lib. V, col. 199, habla de dos
Hespérides, y que ellas eran las guardas de las pomas ó manzanas de
oro; por manera que todo lo que dellas dicen más es poético y fabuloso
que histórico y verdadero, y por consiguiente, todo es lleno de vanidad
y nada, cuanto á las cosas de véras, creible, y segun dice el Papa
Pio en el prólogo del libro que llamó _Del mundo universo: Nugas in
fabulis, in historia verum quærimus et serium_. Resta luego, pues,
por las muchas razones y auctoridades en estos dos capítulos traidas,
no sólo deberse tener por dudoso que estas Indias en algun tiempo de
los antiguos hobiesen sido del señorío de España, pero, las cosas del
mundo supuestas como han ido, deberse juzgar y tener por imposible,
y que ninguno que se arree de afirmar verdad deba osar decirlo.
Concedemos con todo esto que puede haber sido los antiguos tener
alguna sospechas ó muy leve nueva, en España ó fuera della, de haber
tierras por este nuestro Océano de Poniente, por las muchas razones y
auctoridades que arriba en los capítulos 5.º, 6.º, 7.º, 8.º, 9.º y 10º
dejamos referidas, y así nombrarlas Hespérides, no por el rey Hespero
de España ni del de Etiopía, ni por la ciudad de Mauritania, sino por
estar occidentales, porque Hespérides, ó Hesperionceras, ó Hespero en
la lengua griega, como ya mostramos arriba, tierra ó estrella, ó cosa
occidental suena.



CAPÍTULO XVII.[14]


Y porque muchas veces arriba, y más en este capítulo pasado, hemos
tocado del promontorio Hesperionceras ó de Buena Esperanza y de las
islas de Canaria y Cabo Verde y de los Azores, y dellas muchas veces
hemos de tocar en la historia siguiente, con el ayuda de Dios, y muchos
y aún quizá todos lo que hoy son, y ménos los que vinieren, no saben
ni por ventura podrán saber cuando ni cómo ni por quién fué celebrado
su descubrimiento, parecióme que sería mucho agradable referir aquí
algo dello, ántes que tratemos del de nuestras océanas Indias; porque
se vea cuán moderno el cognoscimiento, que de los secretos que en el
mar Océano habia, tenemos, y cuantos siglos y diuturnidad de tiempos
la divina Providencia tuvo por bien de los tener encubiertos. Por
demas trabajan y son solícitos los hombres, de querer ó desear ver ó
descubrir cosas ocultas, ó hacer otra, por chica aunque buena que sea,
si la voluntad de Dios cumplida no fuere; la cual tiene sus puntos y
horas puestas en todas las cosas, y ni un momento de tiempo ántes ni
despues de lo que tiene ordenado, como al principio de este libro se
dijo, han de sortir ó haber sus efectos. Y por ende grande acertar en
los hombres sería, si en el juicio humano muy de véras cayése ninguna
cosa querer, ni desear, ni pensar poner por obra, sin que primero, con
sincero y simple corazon é importuna suplicacion, consultasen su divina
y rectísima voluntad, remitiéndoselo todo á su final é inflexible
determinacion y juicio justisimo. Cuánta diligencia y solicitud se
puso por los antiguos por la ansía y codicia que tuvieron de saber
lo que en este Océano y vastísimo mar había, y despues muchos que
les sucedieron y los cercanos á nuestros tiempos; y finalmente no lo
alcanzaron hasta el punto y la hora que Dios puso los medios y quitó
los impedimentos. Maravillosa cosa, cierto es que las islas de Canaria,
siendo tan vieja la nueva ó fama que dellas en los tiempos antiguos se
tuvo, pues Ptolomeo y otros muchos hicieron mencion dellas, y estando
tan cerca de España, que no se hobiese visto ni sabido (ó al ménos no
lo hallamos escrito) lo que habia en ellas, hasta agora poco ántes de
nuestros tiempos. En el año, pues, de nuestro Señor Jesucristo de[15]
una nao inglesa ó francesa, viniendo de Francia ó Inglaterra á España,
fué arrebatada, como cada dia acaece, por los vientos contrarios de
los que traia y dió con ella en las dichas islas de Canaria: esta nao
dió nuevas, á la vuelta de su viaje, en Francia.[16] El Petrarca, en
el lib. II, cap. 3.º _De vita solitaria_, dice, que los Ginoveses
hicieron una armada que llegó á las dichas islas de Canaria y que
el Papa Clemente VI, que por el año de nuestro Salvador Jesucristo
de mil y trescientos y cuarenta y dos, fué subido al pontificado,
instituyó por Rey ó Príncipe de aquellas islas á un notable Capitan,
que se habia señalado en las guerras de entre España y Francia (no
dice su nombre), y que el dia que el Papa lo quiso coronar ó coronó,
llevándole por Roma con grande fiesta y solemnidad, fué tanta el agua
que llovió súpitamente que tornó á casa en agua todo empapado; lo cual
se tuvo por señal ó agüero que se le daba principado de patria que
debia ser abundante de pluvias y grandes aguas, como si fuese otro
mundo, y que no sabe, segun lo mucho que de aquellas islas se escribe
y dice, como les convenga el nombre de Fortunadas: dice tambien no
saber como le sucedió al Rey nuevo que dellas hizo el Papa. Esto es
todo del Petrarca. De creer parece que es ser esto despues de que las
descubrió la dicha nao porque no se hobiera así tan presto la memoria
dellas borrado si esto acaeciera antes. Despues en el año[17] en tiempo
del rey D. Enrique III, de Castilla, hijo del rey D. Juan I, deste
nombre y padre del rey D. Juan II, digo el rey D. Enrique III, padre
del rey D. Juan II, agüelo de la serenísima y católica reina Doña
Isabel, mujer del católico rey D. Fernando; habiendo oido en Francia
estar en aquella mar las dichas islas pobladas de gente pagana, un
caballero francés que se llamaba Mosior Juan de Betancor, propuso de
venir á conquistarlas y señorearlas, para lo cual armó ciertos navíos
con alguna gente de franceses, aunque poca, con la qual se vino á
Castilla y allí tracto con el rey don Enrique III, que entónces en
Castilla reinaba; y, porque le favoreciese con gente y favor, se hizo
su vasallo haciéndole pleito y homenaje de le reconocer por señor, y
servirle como vasallo por las dichas islas. El Rey le dió la gente que
le pidió y todo favor y despacho. Ido á las dichas islas con su armada,
sojuzgó por fuerza de armas las tres dellas que fueron Lanzarote,
Fuerte Ventura y la isla que llaman del Hierro, haciendo guerra cruel
á los vecinos naturales dellas, sin otra razon ni causa más de por su
voluntad ó por mejor decir ambicion y querer ser señor de quien no le
debia nada, sojuzgándolos. Esto hizo el dicho Mosior Juan Betancor con
grandes trabajos y gastos, segun dice un coronista portogués, llamado
Juan de Barros, en sus _Décadas de Asia_, década 1.ª, cap. 12, el cual
entre otras cosas dice deste Betancor, que vino á Castilla y que de
allí se proveyó de gente y de otras cosas que le faltaban Tambien es de
creer que aquellas islas tomó con muerte de hartos de los que consigo
llevaba, y no ménos serian, sino muchos más, de los Canarios naturales,
como gente de pocas armas, y que estaban en sus casas seguros sin
hacer mal á nadie. Esta es cosa cierto de maravillar que haya caido
tanta ceguedad en los cristianos, que habiendo profesado guardar la
ley natural y el Evangelio en su baptismo, y en todo lo que toca y
concierne á la cristiana conversacion y edificacion de los otros
hombres, seguir las pisadas y obras de su Maestro y guiador Jesucristo,
entre las cuales es y debe ser una, convidar y atraer y ganar, por
paz y amor y mansedumbre y ejemplos de virtud, á la fé y cultura y
obediencia y devocion del verdadero Dios y Redentor del mundo, á los
infieles, sin alguna diferencia de cualquiera secta ó religion que sea
y pecados y costumbres corruptas que tengan; y esto no de la manera que
cualquiera quisiere pintar, sino por la forma y ejemplo que Cristo nos
dió y estableció en su Iglesia y como nosotros fuimos y quisiéramos
ser, sino lo hubiéramos sido, traidos, dejándonos mandado por regla
general, que todo aquello que querríamos que los otros hombres hiciesen
con nosotros hagamos con ellos y donde quiera que entrásemos la primera
muestra que de nosotros diésemos, por palabras y obras, fuese la paz; y
que no hay distincion en esto, para con indios, ni gentiles, griegos ó
bárbaros, pues un solo Señor es de todos, que por todos sin diferencia
murió, y que vivamos de tal manera y nuestras obras sean tales para con
todos que loen y alaben al Señor que creemos y adoramos por ellas, y no
demos causa de ofension ó escándalo alguno ni á judíos, ni á gentiles,
ni á la Iglesia de Dios, como promulga Sant Pablo, y que sin hacer
distincion alguna entre infieles, no por mas de que no son cristianos
algunos hombres, sino por ser infieles, en cualesquiera tierras suyas
propias que vivan y esten, creamos y tengamos por verdad que nos es
lícito invadir sus reinos y tierras, é irlos á desasosegar y conquistar
(porque usen del término que muchos tiranos usan, que no es otra cosa,
sino ir á matar, robar, captivar, y subiectar, y quitar sus bienes, y
tierras, y señoríos á quien están en sus casas quietos y no hicieron
mal, ni daño, ni injuria á los de quien las reciben) no considerando
que son hombres y tienen ánimas racionales y que los cielos y la
tierra y todo lo que de los cielos desciende, como las influencias
y lo que en la tierra y elementos hay, son beneficios comunes que
Dios á todos los hombres sin diferencia concedió, y los hizo señores
naturales de todo ello no mas á unos que á otros, como dice por Sant
Mateo: _Solem suum oriri facit super bonos et malos, et pluit super
justos et injustos_; y que la ley divina y preceptos negativos della
que prohiben hacer injuria ó injusticia á los prójimos, y hurtarles
cualquiera cosa suya, y mucho ménos tomársela por violencia, no bienes
muebles, ni raíces, no sus mujeres ni sus hijos, no su libertad, no
sus jumentos, ni sus gatos, ni sus perros, ni otra alhaja alguna, se
entienden tambien y se extienden para con todos los hombres del mundo,
chicos y grandes, hombres y mujeres, fieles ó infieles: esto todo
contiene la ley de Jesucristo. Quien inventó este camino, de ganar para
Cristo los infieles y traerlos á su cognoscimiento y encorporarlos en
el aprisco de su universal Iglesia, creo y aun sé por cierto, que, no
Cristo, ántes muy claramente, y no por ambajes, lo tiene condenado
por su Evangelio. Tornando á nuestra historia, este Juan de Betancor
viéndose gastado, y conociendo que el negocio habia de ir muy adelante,
acordó de se volver á Francia, ó á rehacerse de dineros, ó á quedarse
del todo, como al cabo se quedó, dejando en su lugar á un sobrino suyo,
que se llamaba Maciot Betancor. Ántes que se fuese, estando en sus
ocupaciones guerreando y sojuzgando las gentes de aquellas islas, murió
el rey D. Enrique de Castilla, el año de 1407, y sucedió el rey D. Juan
II, su hijo, á quien el dicho Juan de Betancor, hizo el mismo pleito
homenaje, recognosciéndose por vasallo del reino de Castilla, y al Rey
por señor, como lo habia hecho y sido del rey D. Enrique su padre. Esto
testifica el mismo rey D. Juan, en cierta carta que escribió al rey
D. Alonso de Portugal, de que se hará abajo mencion. Maciot Betancor,
que sucedió á su tio Juan de Betancor, prosiguiendo el propósito del
tio, dice la Historia portoguesa, que sojuzgó la isla de la Gomera,
con ayuda de los castellanos que consigo tenía, y los que despues le
fueron á ayudar, con licencia, ó quizá por mandado, del rey D. Juan de
Castilla, ó por mejor decir, de la reina Doña Catalina, su madre, que
gobernaba los reinos, porque el dicho Rey, era niño y estaba en tutoría
de la dicha Reina y del infante D. Fernando, su tio, que despues fué
rey de Aragon; pero viendo que no podia mas sostener la guerra, ni los
gastos que se le recrecian para conservar las islas que habia ganado ó
sojuzgado, concertóse con el infante D. Enrique de Portugal, hijo del
rey D. Juan, el primero de este nombre en aquel reino, traspasándole
todo lo que en aquellas islas tenia, y él pasóse á vivir á la isla de
la Madera, que en aquel tiempo se comenzaba á poblar y tenia fama de
que los vecinos de ella se aprovechaban bien; donde al cabo se hizo
rico, y fué señor de mucha hacienda y muy estimado en Portogal, por
el favor y mercedes que el Infante le hizo, y despues de él, toda su
sucesion.



CAPÍTULO XVIII.


Cerca del señorío destas islas la Historia portoguesa, del dicho Juan
de Barros, habla muy en favor de aquel dicho infante D. Enrique, ó
porque no lo supo, ó porque no quiso decir la verdad, la cual parece
que ofusca con ciertos rodeos y colores, no haciendo mencion de muchas
culpas que cerca dello el dicho Infante contra la justicia y derecho
que los reyes de Castilla tenian y tienen al señorío de las dichas
islas, y aun contra la virtud y razon natural y en perjuicio grande
de la autoridad real, quebrando los capítulos de las paces asentadas
y juradas entre los reyes de Castilla y Portugal. Para entendimiento
de lo cual es aquí de saber que (como abajo más largo parecerá) este
infante D. Enrique fué cudicioso en gran manera de descubrir tierras
incógnitas que hobiese por la mar, mayormente la costa ó ribera de
África y la demás adelante, y como las islas de Canaria estaban en
tan buen paraje para desde allí proseguir lo que deseaba, y tambien
por ser la tierra tan buena como era y es, y estar poblada de gentes
y él ser señor más de lo que era, tuvo muy gran cudicia de tener el
señorío dellas; para conseguir esto muchas veces invió á suplicar al
rey D. Juan de Castilla, y puso en ello al rey D. Duarte, su hermano,
y despues dél muerto al rey D. Alonso, su sobrino, y al infante D.
Pedro, tambien hermano suyo, que á la sazon era muy devoto y servidor
del rey D. Juan de Castilla, que le rogasen que se las diese, ó algunas
dellas, para las encorporar en la órden de Christus, cuyo Maestre el
dicho infante D. Enrique era, con algun recognoscimiento de señorío
en cierta manera: y ultimadamente lo invió á suplicar con un confesor
suyo, que se llamaba el Maestro fray Alonso Bello, que el rey D. Juan
mandase á Diego de Herrera, vecino de la ciudad de Sevilla, que le
vendiese á las islas de la Gomera y la del Hierro, que habian sucedido
en aquel, como parecerá. Pero el rey D. Juan, á todas sus importunas
suplicaciones y diligencias que hacia, le respondió, que él no podia
responderle cosa determinada conforme á su peticion y deseo en cosa tan
pesada y grave como aquella era, estando las dichas islas de Canaria
encorporadas en la corona Real de Castilla y en la sucesion della, sin
haber su consejo y acuerdo sobre ello con los tres Estados del Reino,
etc. Entre estos tractos y suplicaciones, ó por mandado del Infante ó
del rey de Portugal, ó que los portogueses por su propia auctoridad,
sin licencia del Rey y del Infante, hacian muchos saltos en las dichas
islas, así á los castellanos y á los pueblos que tenian en Lanzarote
y Fuerte Ventura y la Gomera, poblados de gente castellana, como á la
Gran Canaria de las otras islas, y tambien por la mar, y robaban todos
los que podian como si fueran turcos ó moros; sobre lo cual escribió
el rey de Castilla al de Portugal requiriéndole que mandase cesar
aquellos daños y satisfacer á los robados y agraviados, sobre lo cual
el rey de Portugal disimulaba y no remediaba nada. El Infante, viendo
que no podia por vía de suplicacion y partido entrar por la puerta en
el señorío de aquellas islas, tomando por título haberle vendido el
Maciot Betancor el derecho ó lo que tenia en ellas, acordó entrar en
ellas como tirano y no como pastor legítimo, rompiendo los límites
del derecho natural y tambien los capítulos de las paces celebradas y
juradas entre los Reyes y reinos de Castilla y los de Portugal; para
lo cual el año de 1424 hizo una gran armada de 2.500 hombres de pié y
120 de caballo, y por Capitan General puso á D. Hernando de Castro,
padre de D. Álvaro de Castro, Conde de Monsanto. Aquí hermosea y colora
Juan de Barros, historiador de Portugal, en la década 1.ª y lib. I,
cap. 12, que el Infante se movia por servicio y loor de Dios y celo
de baptizar los moradores de aquellas islas y salvarles las ánimas.
Gentil manera de buscar la honra y servicio de Dios y baptizar y
salvar las ánimas, haciendo tan grandes ofensas, lo uno, en querer
usurpar el señorío soberano de los reyes de Castilla que pretendian
tener en aquellas mares y islas, ó tierras que en ellas habia; lo
otro, quebrantando por ello la amistad y paz establecida y jurada
de los reinos de Castilla y Portugal; lo otro, infamando la ley sin
mácula pacífica y justa, y suave de Jesucristo, y echando infinitas
ánimas al infierno, haciendo guerras crueles y matanzas, sin causa
ni razon alguna que fuese justa, en las gentes pacíficas, que no le
habian ofendido, de aquellas islas. ¿Qué modo era este para salvar
los infieles dándoles por esta vía el santo baptismo? admirable y
tupida ceguedad fué sin alguna duda esta. Sabido por el rey D. Juan de
Castilla quel infante D. Enrique hacia flota y armada para ir sobre las
dichas islas y apoderarse dellas, envió á requerir al rey D. Alonso,
que entónces reinaba en Portugal, que, como digimos arriba, era sobrino
del dicho Infante, avisándole amigablemente refiriéndole los agravios
é injusticias que los portogueses hacian á los castellanos, ansí en
las islas de Canaria como por la mar, y dándole razones por las cuales
era obligado á les prohibir y mandar satisfacer á los agraviados y
remitirle los delincuentes, para que, en Castilla á quien ofendian y
conforme á los capítulos de las paces, se castigasen, y que mandase
al dicho Infante que se dejase de proseguir lo que pretendia cerca de
querer señorear en las dichas islas, pues eran del señorío soberano
de los reyes de Castilla; requiriendo muchas veces todo esto, y
protestándole de no hacer más comedimientos con él desde adelante. Aquí
parece cuan mal guardó el pleito homenaje que hizo Maciot Betancor al
rey de Castilla, siendo su vasallo, vendiendo el derecho que tenia en
las dichas islas al dicho Infante, porque si vendió la jurisdiccion
y señorío que allí del rey de Castilla tenia, cometió crímen _læsæ
majestatis_, y caso de traicion si sola la hacienda, muebles y raíces,
sin jurisdiccion no tratando del señorío; tambien lo hizo muy mal
vendiendo y traspasando la hacienda en perjuicio comun á persona
poderosa y de reino extraño, sin licencia de su Rey y señor: y así fué
reo de todos los robos, muertes, daños y males que sucedieron en las
dichas islas y en Castilla y Portugal por esta ocasion. Cuenta la
dicha Historia portoguesa, que aquel D. Hernando de Castro pudo estar
poco en las dichas islas; lo uno, por haber llevado mucho y demasiado
número de gente, y lo otro, por la poca comida ó mantenimientos que
en ellas habia, y por los grandes gastos que el Infante con aquella
armada hizo, porque sólo el pasaje de la gente dice que le costó 39.000
doblas. Ansí que no pudo sufrir el Infante tanto gasto, y tornóse á
Portogal el Capitan general con la mayor parte del armada, y dice que
grande número de los Canarios recibieron el baptismo entre tanto que
allí estuvo, y que despues envió más gente el Infante con un Capitan,
Anton Gonzalez, su guarda-ropa, para favorecer á los cristianos contra
aquellos que no querian venir á la fe; y en esto pasaron algunos años.
De creer es, por la experiencia que desta materia grande tenemos,
como abajo parecerá por el discurso de toda esta historia, que los
que recibieron el baptismo sería sin doctrina precedente, sin saber
lo que recibian y por miedo de los que les guerreaban, porque todo
era robos, violencias y matanzas, en aquel poco tiempo que aquella
armada por allí estuvo, y los que no querian venir á la fé, ternian
justa ocasion, pues tales obras de los predicadores rescibian; y con
esto pensaba el Infante y los portogueses que Dios no tenia por pecado
el sacrificio que le ofrecian tan bañado en humana sangre. Parece
tambien que muchos años duró la tiranía de los portogueses sobre
aquellas islas, contra voluntad y requerimientos y amonestaciones del
rey de Castilla, y porque se vea algo de cuanta fué y de lo que aquí
pareciere se conjeture lo mucho que en ello el Infante ofendió, y lo
mismo sus portogueses, parecióme poner aquí á la letra algunas cartas
del Serenísimo rey D. Juan II de Castilla que escribió al rey D. Alonso
V, deste nombre, rey de Portugal, que vinieron á mis manos, sobre las
guerras y violencias injustas que el dicho infante D. Enrique hacia en
las dichas islas de Canaria, por usurpar el señorío dellas.


 _Cartas del rey D. Juan II, deste nombre rey de Castilla, para el Rey
 de Portogal D. Alonso V, deste nombre, sobre las islas de Canaria, que
 el infante D. Enrique de Portugal, su tio, queria usurpar siendo del
 señorío soberano de Castilla._

El rey D. Juan.=Rey muy caro y muy amado sobrino, hermano y amigo: Nos,
el rey de Castilla y de Leon, vos enviamos mucho saludar como aquel que
mucho amamos é preciamos y para quien querriamos que Dios diese tanta
vida y salud y honra cuanta vos mesmo deseais. Bien sabedes lo que
ántes de agora vos habemos escrito y enviado rogar y requerir cerca de
las cosas tocantes á las nuestras islas de Canaria, de las cuales, el
infante D. Enrique, vuestro tio, nuestro muy caro y muy amado primo, se
queria entremeter; y porque sobre ello no fué proveido, vos enviamos
postrimeramente con el Licenciado Diego Gonzalez de Ciudad-Real, Oidor
de la nuestra Audiencia, y Juan Rodriguez, nuestro Escribano de Cámara,
una nuestra letra de creencia rogándovos y requiriéndovos por ellos,
que, guardando los grandes deudos y buena amistad é paz y concordia
entre nosotros firmada y jurada, mandásedes y defendiésedes al dicho
Infante y á los suyos y á todos los otros vuestros vasallos, súbditos
y naturales, que se no entremetiesen en cosa alguna tocante á las
dichas islas, pues aquellas eran y son nuestras y de nuestra conquista.
Y ansimesmo ficiésedes que fuesen enmendados y satisfechos al dicho
Juan Íñiguez y á los otros nuestros súbditos y naturales los robos y
tomas y males y daños que les eran fechos por los sobredichos, y nos
remitiésedes los que habian delinquido en las dichas nuestras islas y
en nuestras mares y puertos dellas, porque Nos mandásemos cumplir y
ejecutar en ellos la justicia, segun el tenor y forma de los tractos de
la dicha paz y concordia; é porque sobre esto non fué por vos proveido,
vos fué mostrada y presentada de nuestra parte por los sobredichos una
nuestra carta requisitoria patente, firmada de nuestro nombre y sellada
con nuestro sello, su tenor de la cual es este que se sigue:

«Rey muy caro y muy amado sobrino, hermano y amigo: Nos, el rey de
Castilla y de Leon, vos enviamos mucho saludar como aquel que mucho
amamos y preciamos, y para quien querriamos que Dios diese tanta
vida, salud y honra cuanta vos mismo deseais. Ya sabeis que por otras
nuestras letras vos enviamos notificar que el infante D. Enrique de
Portugal, vuestro tio y nuestro muy caro y muy amado primo, en gran
perjuicio nuestro é de la Corona real de nuestros reinos, no habiendo
para ello licencia ni permision nuestra, mas ántes, como quier quél nos
hobiese enriado suplicar que le quisiésemos dar las dichas nuestras
islas de Canaria, é aun que él nos faria algun recognoscimiento de
señorío en cierta manera por ellas, y, aún á instancia suya, vos nos
hobistes escrito é inviado á rogar cerca dello, é el infante D. Pedro,
su hermano, que á la sazon era por Nos, le fue respondido que á tal
cosa como aquella que era encorporada en la Corona de nuestros reinos,
y en la sucesion dellos vinieron á Nos, no le podiamos responder sin
haber nuestro consejo é acuerdo sobre ello, con los tres Estados de
nuestros reinos, todavia el dicho Infante se queria entremeter en nos
ocupar las dichas nuestras islas de Canaria, y aun las mesmas que están
pobladas de nuestros vasallos, que son Lanzarote y la Gomera. É nos
es dicho, que el dicho Infante quiere facer armada para ir contra las
dichas nuestras islas, con intincion de las sojuzgar é tomar captivos
á nuestros vasallos que en ellas viven é moran, é vos enviamos rogar
que guardando los capítulos de la paz firmada y jurada entre Nos é
nuestros reinos, é tierras é señoríos, é súbditos naturales dellos y
ansimesmo los grandes debdos que por la gracia de Dios, entre nosotros
son, le fuese por vos mandado é defendido, que se no entremetiese
de las tales cosas, nin por vos nin de vuestros reinos no le fuese
dado favor é ayuda para ello, y ansimesmo vos pluguiese mandar é
defender á vuestros vasallos é súbditos é naturales que no armasen
navíos ningunos contra los de las dichas nuestras islas, ni contra los
nuestros súbditos naturales que á ellas van, nin ansimesmo contra los
que van á sus mercaderías, é negocios á las dichas nuestras islas,
segun que más largamente Nos vos hobimos enviado rogar é requerir.
É como quier que por vos fué dicho é respondido á nuestro mensajero
que allá enviamos que el dicho Infante, vuestro tio, nin otro alguno
de vuestros reinos no serian osados de armar ningun navío contra las
dichas islas sin vuestra licencia é mandamiento, la cual vos non
habíades dado ni entendíades dar; lo cual no embargante el dicho
Infante en muy grave y atroz injuria nuestra é de la Corona real de
nuestros reinos, el año que pasó de 1450, invió ocho carabelas y
una fusta con gentes de armas de vuestros reinos contra las dichas
nuestras islas de Lanzarote y la Gomera, y combatieron ansí á pié
como á caballo, con trompetas, la dicha nuestra isla de Lanzarote con
pendones tendidos y banderas desplegadas llamando «Portugal», é mataron
ciertos homes, nuestros vasallos, en la dicha isla, y quemaron una
fusta y echaron fuego á la tierra é robaron los bienes, é ganados, é
bestias de los vecinos de la dicha nuestra isla y asimesmo de algunos
mercaderes nuestros vasallos, naturales de nuestros reinos, que allá
habian ido por causa y negociacion de sus mercaderías, y asimesmo
fueron combatir por esa mesma forma é manera la dicha nuestra isla
de la Gomera, aunque á su desplacer se hobieron de despartir de
ella, porque les fué resistido por los de la dicha nuestra isla. Y
despues desto, en el año siguiente de 1451 años, habiéndo Nos enviado
á Juan Iñiguez de Atave, nuestro escribano de cámara, á las dichas
nuestras islas, con nuestras cartas é poder para facer ende algunas
cosas cumplideras á nuestro servicio, Luis Alfonso Cayado é Angriote
Estevanes, vuestros vasallos é súbditos é naturales que con él iban,
las combatieron con armas y lombardas y truenos de navíos, que el
dicho Juan Iñiguez por nuestro mandado llevaba á las dichas nuestras
islas, y le robaron y tomaron ciertas sumas de oro y joyas, y ropas,
y armas, y pan, y vino y otras vituallas, y todas las otras cosas y
bienes que consigo llevaba, hasta lo dejar en un sólo capuz, diciendo
que lo tomaban como de buena guerra, por, el dicho Juan Iñiguez, ir
por nuestro mandado á las dichas nuestras islas. Y ansí mismo por
mandado del dicho Infante, en ese mismo año, Fernan Valermon é Pero
Álvarez, criado de Rui-Galvan y Vicente Diaz y otros vecinos de Lagos,
y Rui Gonzalez fijo de Juan Gonzalez y otros vecinos de la isla de
la Madera, y de Lisbona, vuestros vasallos é súbditos é naturales,
armaron cinco carabelas é fueron á la dicha nuestra isla de Lanzarote,
por se apoderar de ella, é no quedó por ellos; é de que no la pudieron
entrar é tomar fueron por todas las otras nuestras islas de Canaria, é
las robaron, é depredaron, é quebrantaron los nuestros puertos de la
nuestra isla de Fuerte Ventura, é robaron, é llevaron de los navíos,
que ende tenian nuestros súbditos é naturales, trigo, y vino, é cebada,
é armas, é cueros, é sebo, é pez, y esclavos, é ropas, é pescado, é
aparejos de navíos, é otras muchas cosas, que ende, y en una torre que
está en tierra cerca del dicho puerto, tenian, é llevaron nuestros
súbditos é naturales, especialmente el dicho Juan Iñiguez, diciendo
los dichos robadores que lo del dicho Juan Iñiguez tomaban como de
buena guerra, por él ir por nuestro mandado á las dichas nuestras
islas é que lo facian por mandado del dicho Infante, el cual les habia
mandado é mandara que á los navíos de los nuestros dichos reinos,
que fuesen á las dichas nuestras islas, que los robasen y prendiesen
las personas y los llevasen á vender á tierra de moros, porque no
osasen ir ni inviar mantenimiento á las dichas nuestras islas, porque
el dicho Infante más aína se pudiese apoderar dellas. Lo cual todo
ficieren diciendo que lo tomaban como de buena guerra, segun que de
todas estas cosas más largamente habedes sido é sodes informado por
ciertas escripturas que con la presente vos inviamos, é por otras
que vos han sido presentadas con alguno de los dichos danificados
nuestros vasallos é súbditos é naturales, los cuales, segun nos es
fecha relacion, aunque sobre ello han parecido ante vos y pedido
cumplimiento de justicia de los dichos robos, no la han consiguido
ni alcanzado ni habido enmienda ni satisfaccion de los dichos sus
damnificamientos. En las cuales dichas cosas ansí fechas é cometidas
por el dicho Infante é por su mandado, en tanta injuria é agravio é
perjuicio nuestro, é de la Corona Real de nuestros reinos y en tan
grande daño y dispendio de nuestros súbditos y naturales los que ansí
mandaron é ficieron las cosas susodichas, é fueron á ello con favor é
ayuda é conseyo, quebrantaron é han quebrantado los capítulos de la
paz, é segun el tenor é forma de aquellos vos debedes é sodes tenudo é
obligado, so las penas ansí de juramento como pecuniarias contenidas
en los dichos capítulos, de mandar proceder contra sus personas é
bienes á las penas criminales é civiles, que segun derecho é fueros é
ordenamientos é leyes de vuestros reinos é tierras é señoríos merecen
los que tales cosas facen, é de los bienes de los tales malfechores é
delincuentes debedes mandar satisfacer á Nos é á los dichos nuestros
súbditos é naturales, que fueron damnificados por los vuestros, de
todo lo ansí robado é tomado puniendo é castigando todavia á los tales
delincuentes faciendo justicia dellos; é non podedes nin debedes vos
dar nin consentir dar favor nin ayuda á los tales malfechores para se
defender, ántes si á vuestros reinos se acogieron é acogieren sodes
tenudo, á boa fé sin mal engaño, de tractar é facer vuestro poder para
los prender é nos los entregar é remitir, porque allí donde ficieron
é cometieron los maleficios mandemos hacer justicia dellos como dicho
es: sobre lo cual, guardada la forma de los dichos capítulos, acordamos
de vos escribir é inviar requerir. Por ende, Rey muy charo é muy amado
sobrino, hermano é amigo, mucho vos rogamos é otrosi requerimos que
guardando el tenor é forma de los dichos capítulos, ansí firmados é
jurados entre nosotros é nuestros reinos é señoríos é tierras, mandedes
proceder é procedades contra los transgresores é quebrantadores de
los capítulos de la dicha paz perpetua, que ficieron é cometieron las
cosas susodichas é cada una dellas, é dieron á ellas favor é ayuda é
conseyo, é contra sus bienes, cuanto é como los capítulos de la dicha
paz quieren y mandan. Por manera que á ellos sea castigo é á otros
exemplo, que no se atrevan á facer lo tal nin semejante, mandándoles
prender los cuerpos é nos los remitir é entregar, segun lo quieren los
capítulos, porque allí donde delinquieron sean traidos é fecha justicia
dellos. É otrosi mandedes satisfacer de sus bienes al dicho Juan
Íñiguez y á los otros damnificados, nuestros súbditos é naturales, de
los dichos robos, é males, é daños, é injurias, con todas las costas,
é daños, é menoscabos, é intereses que por causa de los susodichos
se les ha seguido y siguiere. Y ansimesmo mandedes y defendades
estrechamente al dicho Infante, so las penas contenidas en los dichos
capítulos, y so las otras penas en que caen los que quebrantan la paz
perpetua firmada é jurada entre los Reyes é sus reinos, é á todos los
otros vuestros vasallos, é súbditos, é naturales de cualquier estado
é condicion, preeminencia é dignidad que sean, que de aquí adelante
se non entremetan de ir nin enviar á las dichas nuestras islas,
nin á alguna dellas, nin de facer nin fagan las cosas sobredichas,
nin otras algunas, nin le sea por vos consentido nin dado lugar en
perjuicio nuestro é de la Corona Real de nuestros reinos, nin de los
nuestros vasallos, é súbditos, é naturales de las dichas nuestras
islas, nin ansimesmo contra los otros nuestros vasallos, súbditos é
naturales, y otras cualesquier personas que van á las dichas islas y
vienen dellas con sus mercaderías é cosas; dando sobre ello vuestras
cartas y mandándolo pregonar por las ciudades, villas é lugares de
vuestros reinos. É otrosi, mandando é defendiendo expresamente al
dicho Infante é á todos los otros sobredichos, é á cada uno dellos,
so las dichas penas é so las cosas en tal caso establecidas, que de
aquí adelante ellos nin alguno dellos, nin otros vuestros súbitos
nin naturales no se entremetan ende nos perturbar nin perturben la
posesion de las dichas nuestras islas, nin de alguna dellas, por manera
que pacífica é quietamente las nos tengamos, pues son nuestras é de
nuestro señorío, é de la Corona Real de nuestros reinos; en lo cual
todo, faredes lo que debedes en guarda é conservacion de la paz é de
los capítulos della. En otra manera protestamos que incurrades vos é
vuestros reinos, é tierras, é señoríos, en las penas contenidas en los
dichos capítulos, é que nos podamos proveer é proveamos sobre todo
ello, é usar é usemos de todas las vías é remedios que nos competen
é competir puedan, é entendamos ser cumplidero á nuestro servicio y
honor de la Corona Real de nuestros reinos, é guarda, é conservacion
de nuestro derecho é justicia, é á enmienda é satisfaccion, é buen
reparo, é de piedad de nuestros vasallos é súbditos, é naturales, é
que nos somos é seamos sin carga alguna de todo ello ante Dios é el
mundo, de lo cual tomamos por testigo é juez á Nuestro Señor. Sobre
lo cual inviamos á vos al licenciado Diego Gonzalez de Ciudad-Real,
Oidor de la nuestra Audiencia, y al dicho Juan Íñiguez de Atave,
nuestro Escribano de Cámara, á los cuales, por la presente, damos
poder cumplido para vos presentar esta nuestra carta, é facer con
ella cualesquier requisiciones, é otras cualesquier cosas que á esto
convengan, é pedir é tomar sobre ello testimonio ó testimonios por ante
cualquier escribano ó notario público.--Dada en la muy noble ciudad de
Toledo á veinte y cinco dias de Mayo, año del nacimiento de Nuestro
Señor Jesucristo de mil cuatrocientos y cincuenta y dos años.--_Yo el
Rey._--Relator.--Registrado.»

«A la cual, por vos nos fué respondido, por vuestra letra, que no
debíades ni podíades determinar cosa alguna contra el dicho Infante,
sin él ser oido, y en tanto que él á vos inviase, lo cual sería muy
en breve, é oyésedes lo que por su parte fuese alegado, é viésedes
las escrituras que por nuestra parte eran mostradas, que fallando que
pertenecian á Nos é á la Corona Real de nuestros reinos las dichas
islas, y estábamos en la posesion dellas, vos faríades guardar los
tratos de las paces firmadas é juradas entre nos é vos, como en ellos
es contenido, segun que más largamente en la dicha vuestra respuesta
se contiene:==Rey muy caro y muy amado sobrino hermano é amigo: Mucho
somos maravillado de la dicha respuesta, especialmente porque parece
que por ella querervos facer juez en esta parte entre Nos é el dicho
Infante, é que Nos hobiésemos de enviar, contender ante vos sobre las
dichas nuestras islas, sabiendo vos bien, é siendo notorio á todos,
ansí en estos nuestros reinos como en los vuestros, é eso mismo en las
dichas nuestras islas é en otros muchos reinos é tierras, é partidas
del mundo, las dichas islas ser nuestras é de la nuestra Corona Real
de nuestros reinos é de nuestra propia conquista. E por tales, las
tuvo é poseyó por suyas é como suyas el rey D. Enrique, de esclarecida
memoria, nuestro señor é padre, que Dios dé sancto Paraíso; é por él,
é so su señorío, é su sujeccion é vasallaje, Mosen Juan de Betancor,
su vasallo; é por fin del dicho Rey, nuestro padre, Nos sucedimos en
ellas, é el dicho Mosen Juan, como vasallo nuestro, nos hizo pleito
homenaje por las dichas islas, segun é por la forma é manera que las
leyes de nuestros reinos disponen, quieren é mandan que los vasallos
le fagan á su Rey é soberano señor natural, por las villas, é lugares,
é fortalezas que por ellos é so su señorío é sujeccion é vasallaje
tienen; é ansimesmo cada que las dichas islas pasaron sucesivamente á
los otros, que las tuvieron, siempre aquellos eran vasallos nuestros, é
naturales de nuestros reinos é vecinos de la nuestra ciudad de Sevilla,
é con nuestra licencia pasaron de unos á otros las dichas islas,
cada y cuando pasaban de una persona en otra, é no en otra manera.
E ansí, Nos, como Rey é señor dellas, siempre las habemos tenido y
poseido, é tenemos é poseemos, é habemos continuado é continuamos la
dicha posesion é conquista por Nos, é por nuestros reinos é vasallos,
é súbditos é naturales dellos, é por otros por Nos; y aún el dicho
Infante, habiéndonos por señor dellas, como Nos somos, nos invió á
suplicar, por letras firmadas de su nombre, que le ficiésemos merced
de las dos dellas y las diésemos á la órden de _Christus_, de quien él
tiene cargo: é aún despues, agora postrimeramente, nos invió suplicar
con el Maestro fray Alonso Bello, su confesor, que mandásemos á Diego
de Herrera que le vendiese las dichas islas. E eso mismo algunas
veces, ántes de agora, nos fué escrito sobre ello á suplicacion del
dicho Infante, ansí por el rey D. Duarte, vuestro padre, nuestro muy
caro é muy amado primo, cuya ánima Dios haya, como despues por vos,
rogándonos que quisiésemos condescender á la dicha suplicacion; é eso
mesmo agora postrimeramente, el dicho Infante nos invió á suplicar,
con el dicho su confesor, que mandásemos dar nuestras cartas por donde
le fuese despachada la isla de Lanzarote, que diz que él hobo aforada
de Mosen Maciote, el cual la tenia por Nos, é de nuestra mano, é como
nuestro vasallo é súbdito nuestro, é so nuestro señorío é sujeccion.
Segun lo cual claramente parece si á Nos sería cierto contender ánte
vos ni ante otro alguno sobre esto con el dicho Infante, mayormente
que cierta cosa es, que el dicho Infante, habiendo por constante lo
susodicho, como lo es, invió sus letras á Fernan Peraza, nuestro
vasallo, que por Nos tenia las dichas islas, é, despues de fin de
aquel, al dicho Diego de Herrera, eso mesmo nuestro vasallo é yerno
del dicho Fernan Peraza, que tenia é tiene las dichas islas por Nos,
é so nuestro señorío é vasallaje, que se las vendiese é que le daria
por ellas cierta suma de doblas; é porque el dicho Diego de Herrera,
nuestro vasallo, le respondió que se las non entendia nin podia
vender, mayormente sin nuestra licencia é especial mandado, el dicho
Infante é los suyos, é ansimesmo otros vuestros vasallos é súbditos
é naturales, yendo é pasando expresamente contra el tenor é forma de
los capítulos de la dicha paz é concordia, firmados é jurados entre
nosotros, é en quebrantamiento dellos, han fecho é facen de cada
dia guerra, é males, é daños, é robos á las dichas nuestras islas
é á nuestros súbditos, é naturales dellas, é de los otros reinos é
señoríos, segun que á todos es notorio, é público, é manifiesto, lo
cual, cuanto sea grave, é enorme, é detestable é muy injurioso á Nos
é á la Corona Real de nuestros reinos, é contra el tenor é forma de
los capítulos de la dicha paz á todos es bien entendido é conocido. É
que sobre esto no conviene que Nos litiguemos ni enviemos litigar ante
vos ni ante otro alguno, mas que solamente vos lo inviamos notificar
é requerir, segun que ántes de agora lo habemos fecho, que luego sea
por vos enmendado é sobre ello proveido segun é por la forma é manera
contenida en la nuestra dicha requisicion susoencorporada, é ansí
agora por mayor abondamiento vos rogamos é requerimos que lo querades
facer é fagades. Otrosi, Rey muy caro é muy amado sobrino, hermano
é amigo, vos notificamos, que viniendo ciertas carabelas de ciertos
nuestros súbditos é naturales, vecinos de las nuestras ciudades de
Sevilla y Cáliz con sus mercaderías, de la tierra que llaman Guinea,
que es de nuestra conquista; é llegando cerca de la nuestra ciudad de
Cáliz, cuanto una legua, estando en nuestro señorío é jurisdiccion,
recudieron contra ellos Palencio, vuestro Capitan, con un valiner de
armada, y tomó, por fuerza de armas, la una de las dichas carabelas
con los nuestros vasallos, súbditos é naturales que en ella venian,
é con las mercaderías é cosas que en ella traian, é lo llevó todo á
vuestros reinos. Ansimesmo vos mandásteis prender y tener presos á los
dichos nuestros vasallos é súbditos é naturales, é les fué tomada la
dicha carabela é todo lo que en ella traian; é ansimesmo por vuestro
mandado fueron cortadas las manos á un mercader genovés, estante en la
dicha ciudad de Sevilla, que en la dicha carabela venia en uno con los
dichos vasallos nuestros, é súbditos, é naturales. E otrosi Palencio,
é Martin Correa, é otros vuestros vasallos é súbditos é naturales,
el año próximo pasado de 1453 años, fueron á las dichas nuestras
islas de Canaria, é, mano armada, les ficieron guerra, quebrantando
las puertas dellas é descendiendo en tierra, é quemando las fustas
de nuestros vasallos é robándoles sus haberes é mercaderías, é les
ficieron otros muchos males é daños, todo esto por injuria é contumelia
nuestra é de la Corona Real de nuestros reinos, é en quebrantamiento
de los capítulos de la dicha paz perpetua, jurada é firmada entre
nosotros. Por ende vos rogamos é requerimos que luego fagades enmendar
é restituir, á los dichos nuestros súbditos é naturales, la dicha
nuestra carabela con todo lo que les ansí fué tomado é robado; é
otrosi todas las otras cosas que ansí fueron tomadas é robadas en las
dichas nuestras islas, é ansimesmo la injuria que en ellos fué fecha
é las costas é daños é menoscabos que por ende se nos han siguido,
mandándonos remitir los delincuentes, para que Nos mandemos facer
dellos cumplimientos de justicia, segun lo quieren los capítulos de
la dicha paz, pues delinquieron so nuestro señorío, é territorio, é
jurisdiccion. En lo cual todo faredes lo que debedes é sodes obligado
por los capítulos de la dicha paz, en otra manera, protestamos lo
por Nos protestado, sobre lo cual non vos entendemos mas requerir,
é con esto inviamos á vos, con esta nuestra letra, á Juan de Guzman
nuestro vasallo y al Licenciado Joan Alfonso de Búrgos, Oidor de la
nuestra Audiencia, á los cuales mandamos é damos poder cumplido,
que por Nos, é en nuestro nombre, vos lo presenten é lo traigan, é
tomen por testimonio de escribano público. Rey muy caro é muy amado
sobrino, hermano é amigo, Dios os haya en todos tiempos en su especial
guarda.--Dada en la nuestra villa de Valladolid á diez dias de Abril,
año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil y cuatrocientos
y cincuenta é cuatro años.--_Yo el Rey._--Yo el doctor Fernan Diaz de
Toledo, Oidor y refrendario del Rey y su Secretario, la fiz escribir
por su mandado.--Registrada.»



CAPÍTULO XIX.


Por esta carta ó cartas del rey D. Juan, parecerá bien la gana que
el Infante y Rey de Portugal tenian de haber las islas de Canaria, y
tambien los demasiados descomedimientos, agravios, robos y violencias
y tiranías, que hacian á los castellanos, ansí los que no tenian que
hacer en las dichas islas, como á los que en ellas vivian, y á ellas
iban; tambien parece la modestia grande, y comedimientos virtuosos
y reales, que el rey de Castilla, con el rey de Portugal y con el
Infante su tio y con todo su reino, hizo. Bien es de creer que si tan
presto no sobreviniera la muerte al rey D. Juan de Castilla, porque
no vivió despues de firmada esta carta sino tres meses justos, sin un
dia más ni ménos (porque murió á veinte y un dias de Julio, víspera
de la Magdalena, del mismo año de mil y cuatrocientos y cincuenta y
cuatro), que hobiera grandes pendencias entre Castilla y Portugal
sobre el señorío de las dichas islas; pero muerto el rey D. Juan de
Castilla, como sucedió el rey D. Enrique IV, deste nombre, su hijo, y
tuvo tantas inquietudes y fatigas en estos reinos, y despues casarse
con la reina Doña Juana, hija del rey Duarte de Portugal, hermana del
rey D. Alonso, á la cual trajo á Castilla D. Martin de Taide, Conde
de Tauguía, en remuneracion del servicio que le hizo en traerle la
Reina, le hizo merced y donacion (segun dice la Historia portoguesa)
de las dichas islas, y ansí parece que por aquellos tiempos no hobo
lugar de reñir los reyes sobre el señorío y posesion dellas. Dice más,
la Historia portoguesa, que el dicho Conde de Tauguía las vendió al
Marqués don Pedro de Meneses, el primero, segun dice, deste nombre, y
el Marqués al infante D. Pedro, hermano del mismo rey D. Alonso, y el
Infante envió á Diego de Silva, que despues fué Conde de Portalagre,
para que conquistase algunos rebeldes dellas, segun el historiador
dice. En medio de este tiempo, añide Juan de Barros, pasó á Portogal
un caballero castellano, que se llamaba Fernan Peraza, y pidió al rey
don Alonso y al infante D. Pedro, su hermano, que tuviese por bien
de mandarle restituir las dichas islas que eran suyas, porque él las
habia comprado de otro caballero, vecino de la ciudad de Sevilla, que
habia por nombre Guillen de las Casas, el cual las habia comprado de D.
Enrique de Guzman, conde de Niebla en quien Maciot Betancor las habia
traspasado por vía de donacion, con poder de su tio Juan de Betancor;
de lo cual presentó suficientes y auténticas escrituras y provisiones
de los reyes de Castilla, en confirmacion de los dichos traspasos
y compras, é por estas escrituras y por otras razones, el Rey y el
Infante cognoscieron que el dicho Hernan Peraza tenia justicia, y ansí
abrieron mano dellas. Despues de la muerte del dicho Hernan Peraza,
heredólas una hija suya, Doña Ines Peraza, que casó con un caballero
llamado García de Herrera; éste hobo, entre otros hijos della, á una
Doña María de Ayala, que casó con Diego de Silva, siendo Gobernador y
conquistador en ellas por el Infante. Y porque la isla de la Gomera
y la del Hierro fueron estatuidas por mayorazgo, en el cual sucedió
Guillen Peraza, hijo de la dicha señora Doña Inés Peraza, el cual,
despues fué Conde dellas, y yo fuí el primero que le dí las nuevas de
su título y le llamé señoría; quedaron las islas de Lanzarote y la de
Fuerte Ventura con D. Juan de Silva, segundo Conde de Portalegre, por
parte de su madre la Condesa, hija de la dicha Doña Inés Peraza. Aquí
parece que pone aquesta Historia de Juan de Barros, portogués, dos
cosas contrarias que parece no poderse compadecer. La una es, que dijo
arriba que el Maciot Betancor traspasó ó vendió las dichas islas ó la
hacienda que allí tenia al Infante D. Enrique, y aquí, más abajo, en
el mismo capítulo, refiere que el Maciot Betancor mismo las traspasó
con poder de su tio Juan de Betancor, en el conde D. Juan, conde de
Niebla; y no hace mencion desta contradiccion, ó porque no advirtió en
ella, ó porque no curó de ponerla. Despues, finalmente, en las paces
que se celebraron entre los Reyes Católicos de Castilla D. Hernando y
Doña Isabel, sobre las guerras que tuvieron con el dicho rey D. Alonso
de Portogal, que pretendió reinar en Castilla y fué desbaratado en la
batalla de Toro el año de mil y cuatrocientos é setenta y dos años,
primero dia de Marzo, entre los capítulos de la paz, quedaron del
todo declaradas las dichas islas de Canaria ser del señorío supremo
de Castilla, y la conquista del reino de Granada, que pretendia
tambien Portogal, y con los reinos de Portogal, la del reino de Fez
y de Guinea; la cual Guinea parece que tenian los Reyes de Castilla,
segun afirma el rey D. Juan en la susodicha carta; y, segun he sido
certificado, en las paces dichas, no quedó el comercio de Guinea con
Portogal, sino por vida del rey D. Alonso y del rey D. Juan, su hijo. Y
ansí parece cuantas veces anduvieron de mano en mano las cuatro islas
dichas, puesto que el señorío supremo siempre fué de Castilla, el cual
mucho trabajaban de usurpar los de Portogal.

Mucho discrepa de la Historia de Juan de Barros, portuguesa, lo que
parece claro ser verdad por la carta susodicha del rey D. Juan, y
tambien por lo que cuenta la historia deste Rey, la cual, dice el dicho
coronista portogués, que lleva otro camino en el descubrimiento de las
dichas islas, por atribuir, segun él finje, á la Corona de Castilla,
ó porque quizá, dice él, no tuvo noticia de las cosas; pero cierto,
más debia tener el coronista que escribió la dicha Corónica del rey
don Juan, pues se halló presente aquel tiempo, que no Juan de Barros
que escribió, atinando, cien años ó cerca dellos despues; y por la
misma relacion que él hace en su Historia, paréceme, si bien se mira,
muchas cosas que averiguan lo que el rey D. Juan dice en su carta, y
no contradicen con las de la dicha Historia del rey D. Juan, ántes
concuerdan con ellas, aunque Juan de Barros hermosea y dora lo que
parece ser en alguna y aún en mucha nota del Infante don Enrique, y en
derogacion de su generosidad. Lo que dice la Historia del rey D. Juan
cerca destas islas, es lo siguiente: «Que en el año de la Natividad
del Señor de 1417, vino á Castilla Mosen Rubim de Bracamonte, que fué
Almirante de Francia, y suplicó á la reina Doña Catalina, madre del
rey D. Juan II, que entónces gobernaba el reino con su gran prudencia,
porque el Rey era niño y estaba en tutorías de la Reina, su madre, y
del Infante D. Hernando, su tio, aunque ya era Rey de Aragon, y pidióle
que le hiciese merced de la conquista de las islas de Canaria, para
un pariente suyo, que se llamaba Mosen Juan de Betancor, el cual para
venir en aquella conquista habia empeñado al dicho Mosen Rubim, su
tio, una villa suya por cierta suma de coronas: á la Reina plugo de
le dar la conquista con título del Rey. El cual Mosen Juan, partió
de Sevilla con ciertos navíos cargados, é anduvo las islas, y halló
que eran cinco. Á la una decian la isla del Hierro, é á la otra de la
Palma, é á otra del Infierno, é á la otra de Lanzarote, é á otra de
Gran Canaria, y comenzó su conquista en la isla del Hierro é ganóla,
é ansimismo la de la Palma y del Infierno, é comenzó á conquistar la
Gran Canaria, é no la pudo haber, porque habia en ella más de 10.000
hombres de pelea; é trajo destas islas muchos captivos que vendió en
Castilla y en Portogal, é aún llevó algunos á Francia. Este hizo en
la isla de Lanzarote un castillo muy fuerte aunque era de piedra seca
y de barro, y desde aquel castillo él señoreaba las islas que ganó y
desde allí enviaba en Sevilla muchos cueros, y sebo, y esclavos, de
que hobo mucho dinero; é allí estuvo hasta que murió, é quedó en su
lugar un caballero, su pariente, llamado Mosen Menaute. El Papa Martin,
cuando dió el obispado de Canaria á un fraile, llamado fray Mendo, el
cual le proveyó de ornamentos, cálices y cruces, y las cosas necesarias
para decir misa, é desque los Canarios comenzaron á haber conversacion
con los cristianos, convirtiéronse algunos dellos á nuestra fe, é
hobo contienda entre el dicho fray Mendo, Obispo de Canaria, é Mosen
Menaute, diciendo el Obispo, que despues de cristianos algunos de los
Canarios, los enviaba á Sevilla é los vendia; é el Obispo de Canaria
invió á decir al Rey, que aquellas islas se le darian, con tanto que
el dicho Mosen Menaute fuese echado dellas, porque no lo querian tener
por señor. Con estas cartas llegó al rey D. Juan de Castilla un hermano
del Obispo de Canaria, y el Rey é la Reina mandaron que se viese en
Consejo, donde se acordó que Pero Barba de Campos fuese con tres naos
de armada, é con poder del Rey é de la Reina, para tomar las dichas
islas. El cual fué á Canaria é hobo gran debate entre Mosen Menaute é
Pero Barba; los cuales se hobieron de concertar, que el dicho Mosen
Menaute le vendiese las islas, lo cual se hizo con consentimiento de la
Reina. Despues Pero Barba las vendió á un caballero de Sevilla, que se
llamaba Hernan Peraza.»

Todo esto hasta aquí cuenta la Historia del rey D. Juan II de Castilla,
lib.[18], cap.[19]. Cosas ocurren aquí de considerar. La primera, como
difieren las corónicas de Castilla y Portugal en lo que toca á estas
islas, segun por ambas relaciones parece. Mucho parece haber callado
Juan de Barros en la dicha corónica portoguesa, ó porque no lo supo, ó
porque decir no lo quiso, y segun me han avisado personas de calidad y
crédito, portoguesas, aficionadamente se ha el dicho Juan de Barros en
lo que escribe.

Lo segundo, tambien se ha de notar aquí, que la Corónica del rey
D. Juan no pone los principios todos y comienzos de la venida del
primer Betancor á Castilla, con la demanda de las dichas islas, ni de
la primera entrada de los españoles y otra nacion con ellos que, á
conquistarlas, ó á fatigarlas y á guerrearlas, fueron. Esto parece,
porque la primera venida del primer Betancor fué en tiempo del rey D.
Enrique III, padre del dicho rey D. Juan, como en la susoreferida carta
testifica. Es luego de afirmar, que esto que cuenta la Corónica del D.
Juan, de la venida de los Betancores en el año de 1417, que el Rey era
de once ó doce años, no debia ser la primera, sino en proseguimiento de
la primera, y por dar más calor á lo comenzado, debia venir el Mosen
Rubin de Bracamonte con su sobrino Mosen Juan de Betancor á suplicar
á la Reina le favoreciese de nuevo, y por ventura, como ya debia de
traer dineros para se rehacer, y creia ser en el negocio prosperado,
le pidió la dignidad ó título de Rey; pero esto no entendiendo yo con
qué auctoridad la Reina ni el Rey lo pudiesen hacer. La primera venida,
y muchas cosas que en ella y por ella en los principios debieron de
acaecer, se debieron escribir en la «Historia del rey D. Enrique III,»
padre del dicho rey D. Juan, y desta no parecen sino ciertos cuadernos,
los cuales yo tengo, y en ellos, porque es poca escriptura, no pudo
estar el negocio destas islas en ellos.

Lo tercero es bien pasar por la consideracion ¿qué causa legítima ó qué
justicia tuvieron estos Betancores de ir á inquietar, guerrear, matar
y hacer esclavos á aquellos Canarios, estando en sus tierras seguros
y pacíficos, sin ir á Francia ni venir á Castilla ni á otra parte á
molestar ni hacer injuria, violencia ni daño alguno á viviente persona
del mundo? ¿qué ley natural ó divina ó humana hobo entónces ni hay
hoy en el mundo, por cuya auctoridad pudiesen aquellos hacer tantos
males á aquellas inocentes gentes? Y puesto que alegaba el Obispo de
Canaria, que despues de cristianos los hacian esclavos y ansí era malo,
harto poca lumbre tenia el Obispo sino sentia y entendia y sabia, ser
inícuo, perverso y tiránico y detestable por toda ley y razon, y aún
quizá, y sin quizá, mayor y más inexpiable pecado, hacerlos esclavos
ántes que se convirtiesen, porque infamaban el nombre de Cristo y
hacian heder y aborrecer la religion cristiana y necesariamente les
ponian obstáculo para se convertir; de manera que no tenian otra razon,
ni causa ni justicia para invadirles con violencia sus tierras y con
guerras crueles matarlos, sojuzgarlos y captivarlos, sino sólo por
ser infieles, y esto era contra la fé y contra toda ley razonable y
natural, contra justicia y contra caridad, donde se cometian grandes
y gravísimos pecados mortales y nascia obligacion de restitucion,
que lo hiciesen franceses ó portogueses ó castellanos, y la buena
intencion que tuviesen de decir que lo hacian por los traer á la fé
no los excusaba; cuanto más que Dios, que via sus intenciones, sabia
que iban todas llenas de cudicia y diabólica ambicion por señorear
tierras y gentes libres, señoras de sí mismas. Grandes fueron los daños
y violencias y robos ó salteamientos de personas que los portogueses
hicieron y hacian á los Canarios en aquellas islas, allende las que
apunta el rey D. Juan en su carta; mayormente, de que comenzaron á
descubrir la costa de África y de Guinea, porque cuanto mal les iba
con aquellos trabajos y gastos, tomaba por remedio y recompensa de
sus pérdidas venirse por las dichas islas y hacer saltos crueles,
captivando los que más podian de los canarios y llevábanlos á vender
por esclavos á Portogal, y algunas veces se hacian amigos de los de
unas islas para que les ayudasen á saltear los de las otras. Quiero
contar algunos sacados de la historia susodicha, cap. 11: Una vez,
viniendo de destruir la isla de Arguin, en la costa de África, un
Capitan Lanzarote, con el armada, trajo propósito de saltear la isla de
la Palma, donde esperaban hacer, segun dice la historia, alguna presa
de provecho, y vinieron al puerto de la Gomera; como los vieron venir,
saliéronlos á recibir dos señores ó Gobernadores de la misma isla de
la Gomera, ofreciéndoles todo lo que hobiesen menester, diciendo que
ellos habian estado en Portogal y habian recibido del infante don
Enrique mucha merced y muy buen tratamiento, y que por servirle harian
todo cuanto pudiesen. Oidas estas ofertas, acordaron de descubrirles
su propósito, diciendo, que ellos determinaban de saltear los Canarios
de la Palma, que les rogaban que fuesen con ellos, llevando alguna
gente á los ayudar y favorecerlos; los Gobernadores ó señores Canarios
de la Gomera, respondieron que les placia, por servir al Infante, y
estos se llamaban Piste y Bruco, y juntan buen golpe de su gente, y
éntranse en los navíos con los portogueses, y los navíos doce ó quince.
Llegados los navíos al puerto de la isla de la Palma, cuando amanecia,
por consejo de los Capitanes Canarios de la Gomera, dieron sobre unos
pastores que guardaban unos grandes hatos de ovejas, ántes que fuesen
sentidos, los cuales huyeron luégo hácia un valle, donde habia gente
dellos; van los Canarios de la Gomera tras ellos, por unas breñas ó
peñas ásperas, y siguiendo los portogueses, despeñáronse algunos, que
se hicieron pedazos, de los portugueses, y algunos de los Canarios
de la Gomera; allegada mucha gente, como sintieron las armas de los
portogueses, no osaban llegar á ellos, sino desde léjos, peleaban con
piedras y varas, los portogueses les tiraban, pero tan ligeros eran en
hurtar el cuerpo, que no podian herir á ninguno. Finalmente, prendieron
17 personas, y con ellos y entre ellos una mujer de espantosa grandeza,
la cual se creyó que era la reina de la isla, ó señora de alguna parte
della. Con esta buena presa, habida con tanto riesgo y escándalo de
aquella gente y infamia de la cristiandad, se tornaron á la Gomera, y
dejados los capitanes Canarios y su gente donde los habian tomado, un
Capitan de los portogueses, que se llamaba Juan de Castilla, porque
venia descontento de la pequeña presa que en la Palma tomaron, y
tambien para rehacer ó recompensar en algo los gastos que aquel viaje
de la Guinea, donde iba, que se tornó del camino, habia hecho, acordó
de hacer en la misma Gomera otra mejor presa; y puesto, dice Juan de
Barros, que á todos los del armada pareció maldad que hiciese tanto
mal á aquellos de quien habia recibido beneficio, pero venciendo la
cudicia al agradecimiento, en esto le pareció no perjudicar tanto á
los que debia y tener ménos fealdad su tiranía, que no quiso hacer
en aquel puerto su plagiario salto, sino fuese á la otra parte de la
misma isla Gomera, y estando seguros los vecinos della, salteó 21
ánimas, y alza sus velas y vínose con ellas á Portugal. Sabido por el
Infante su maldad, fué muy indignado contra los Capitanes, y mandó que
á costa dellos todos los Canarios que trajeron captivos, los vistiesen
y los tornasen á las tierras y islas de donde los habian tan fea é
injustamente tomado; porque como el Infante, segun dice Juan de Barros,
habia hecho por causa destas gentes, de los Canarios, tantos gastos,
sentia mucho cualquiera ofensa que se les hacia, mejor dijera Juan
de Barros, que por parecerle mal tan nefanda injusticia. Pero desto,
poco sentia el Infante y los portogueses en aquellos tiempos, pues
creian, y ansí lo cometian, que por traerlos á la fé, guerrearlos, y
escandalizarlos y sojuzgarlos podian.



CAPÍTULO XX.


Habiendo tratado en los capítulos precedentes del descubrimiento de las
islas de Canaria y de sus principios, en estos dos siguientes, será
bien decir algo brevemente del cielo y suelo, y bondad de la tierra y
de las condiciones, manera de vivir, é religion alguna, de la gente,
natural dellas. Cuanto á lo primero, estas islas son siete, aunque la
Historia portoguesa susodicha, dice que eran doce; son, Lanzarote,
Fuerte Ventura, Gran Canaria, Tenerife, que llamaban los portogueses,
la isla del Infierno, porque salía, y sale hoy algunas veces, por el
pico de una sierra altísima que tiene, algun fuego: esta sierra, se
cree ser de las más altas que se hayan visto en el mundo. La otra es
la isla de la Gomera, la sexta la isla de la Palma, y la séptima y mas
occidental, es la isla del Hierro; esta no tiene agua de rio, ni de
fuente, ni pozos, ni llovediza de que la gente ni ganados se sustenten,
sino por un admirable secreto de naturaleza, y aun por mejor decir
es un milagro patente, porqué causa natural no parece que se pueda
asignar desto, está siempre todo el año proveida divinalmente de agua
muy buena, que sustenta en abundancia los hombres y las bestias. Está
una nubecita siempre encima y sobre un árbol, cuando está junto con
el árbol, parece estar algo alta del árbol, cuando se desvian, parece
que está junto dél y casi todo lleno de niebla. El árbol tiene de
grueso más de tres cuerpos de hombres, tiene muchos brazos y ramas muy
gruesas extendidas; las hojas parecen algo á la hechura del laurel ó
del naranjo; ocupará con su sombra más de ciento y cincuenta pasos en
torno; no parece á árbol alguno de los de España. En lo que responde
del suelo, á cada brazo y rama de árbol tienen hechas sangraderas
corrientes, que van todas á dar á un estanque ó alberca, ó balsa
hecha por industria humana que está en medio y en circuito del árbol.
Aquella nubecita hace sudar y gotear todas las hojas y ramas del árbol,
toda la noche y el dia, más á las mañanas y á las tardes, algo ménos á
medio dia, cuando se alza el sol; llueve á sus tiempos en esta isla,
y para recoger esta agua llovediza tienen los vecinos hechas algunas
lagunillas en muchas partes de la isla, donde se recogen las lluvias,
y desto beben mucha parte del año hombres y ganados, y cuando se les
acaba el agua llovediza tienen recurso al agua del estanque que ha
goteado del árbol, sin la cual no podrian vivir, ni los hombres ni las
bestias; entónces dan á cada vecino por medida tantas cargas ó cántaros
de agua conforme á la gente y ganados que tiene y há menester. Cabrán
en el estanque ó alberca mas de mil pipas que serán veinticinco ó
treinta mil cántaras de agua; es agua dulcisima toda la que gotea del
árbol. Está allí una casa, en la cual vive un hombre que es guarda del
estanque, porque se pone en la guarda de aquel agua mucho recaudo. Las
islas demás, tienen su agua de arroyos y fuentes la que han menester,
no sólo para beber, pero para los ingenios de azúcar que los vecinos
españoles allí tienen, que no son muchos, y no los hay en todas ellas.
El cielo y suelo dellas es favorable, templado, alegre, fértil y ameno;
no hace frio ni calor demasiado, sino fresco en todo el año, y para
quien otras mejores tierras no ha visto, serán muy agradable y suave
la vivienda dellas. Están todas entre 28° hasta 29°, desta parte de la
equinoccial, sola la del Hierro está en 27°. Están casi en una renglera
todas del Oriente al Poniente, que dicen los marineros leste queste;
distan las dos primeras, Lanzarote y Fuerte Ventura, de la tierra
firme africana, obra de quince ó veinte leguas, y de la punta ó cabo
que antiguamente llamaron del Boxador, de que abajo se hará mencion,
está Fuerte Ventura quince leguas. Del cielo y suelo destas islas de
Canaria, y de sus prósperas calidades ó condiciones, hobo gran fama y
fueron en grande manera celebradas, loadas y encarecidas en los pasados
antiquísimos tiempos. Lo que se refiere dellas será bien aquí decirlo.
Dellas cuenta Sant Isidro, libro XIV, cap. 6.º _De las Ethimologias_,
que de su propia naturaleza producen los frutos muy preciosos; las
montañas y alturas dellas eran vestidas y adornadas de vides, debian de
ser monteses, que en latin se llaman _labruscas_. El trigo y la cebada
y otras muchas especies de hortalizas y verduras, que los hombres
suelen comer, habia tantas como suelen estar llenos los campos de
hierba. Plutarco en la vida de Sertorio, como arriba se dijo, refiere
más á la larga las cualidades y felicidad destas islas, de las cuales
dieron nuevas unos marineros que topó Sertorio casi á la boca del rio
de Sevilla, y dellas dice ansí Plutarco: _Gades transvectus extremam
Iberiæ oram tenuit haud multum super Betidis fluvii ostia, qui Atlanti
cum intrans mare nomen circumiacenti Iberiæ, tradit. Hoc in loco nautæ
quidam Sertorio obviam, fiunt, tunc forte redeuntes ex Atlanticis
insulis, quas Beatas vocant. Duæ quidem hæ sunt parvo inter se divisæ
mari, decem millibus stadiorum à Lybia distantes. Imbres illis rari
mediocresque. Venti autem plurimum suaves ac roriferi solum vero pingüe
nec arari modo plantarive facile, sed etiam ex se absque ullo humano
studio fructum producit, dulcem quidem et otiosam multitudinem nutrire
sufficientem. Aer sincerus ac temperatus et mediocri mutatione per
tempora contentus; nam qui à terra perflant venti Boreasque et Aquilo
propter longinquitatem, vasta et inania incidentes spatia, fatigantur
et deficiunt prius quam ad eas insulas pervenerint; qui vero à mari
perflant argeste et zephiri refrigerantes raros quidem et temperatos
imbres ex pelago afferunt. Plurima vero per humiditatem æris cum summa
facilitate nutriunt, ut etiam apud barbaros increbuerit fides: ibi
Elisios Campos et beatorum domicilia ab Homero decantata. Hæc igitur
cum audisset Sertorius mirabilis cum cupido cœpit insulas eas adire
incolereque et illic quiete vivere, sine Magistratibus et bellorum
curis. Cujus animum cum intuerentur Cilices, homines nequaquam pacis
aut quietis, sed rapinarum avidi, statim in Lybiam navigarunt_,
etc. Quiere decir, hablando de las dos destas islas, que debian ser
Lanzarote y Fuerte Ventura, porque, como dije, son las más propincuas
á Libia, que es la tierra firme de África, que están quince ó veinte
leguas, que hacen los diez mil estadios que dice Plutarco, poco más
ó ménos, porque cada estadio tiene ciento y veinticinco pasos; por
manera, que no supieron ni tuvieron noticia de las otras cinco, que
son, las más dellas, mejores. Las lluvias, dice Plutarco, en ellas
raras y moderadas; los vientos muy suaves, y que causaban en las
noches rocío; el suelo grueso y de su natura fértil y aparejado para
no sólo ser arado y cultivado, plantado y sembrado, pero que producia
de sí mismo sin alguna humana industria frutos dulces y para mantener
multitud de hombres ociosos, y que no quieran trabajar, bastantes. El
aire purísimo y templado y que en todo el año casi era de una manera
sin haber diferencia, con poca mudanza, porque los vientos que venian
de sobre la tierra de hácia Francia ó Flandes, que son el Norte y sus
colaterales, por la distancia de donde nacian y pasaban por la mar,
vacua de tierras, cuando llegaban en las Canarias, ya venian cansados
y apurados, y ansí eran templados y sanos; los que hácia el mar Océano
ventaban, como eran los que llaman argeste y cephiro, y sus colaterales
que son occidentales, refrescando las islas causaban y traian consigo
aguas y lluvias templadas, y por la humedad de estos aires con suma
facilidad criaban muchas cosas. De oir tanta fertilidad y felicidad de
estas islas, los bárbaros concibieron y tuvieron por probable opinion,
que aquellas islas de Canarias eran los Campos Elíseos, en que el poeta
Homero afirmaba estar constituidas las moradas y Paraiso, que despues
de esta vida se daban á los bienaventurados. Por esta razon se solian
llamar por los antiguos, las dichas islas de Canaria, Bienaventuradas,
ó, segun Sant Isidro y Ptolemeo y otros muchos antiguos filósofos
y cosmógrafos é históricos, las Fortunadas, cuasi llenas de todos
los bienes, dichosas, felices, y bienaventuradas por la multitud de
los frutos y abundancia de las cosas para sustentacion, consuelo y
recreacion de la vida humana.

Es aquí de saber que fué una opinion muy celebrada entre los antiguos
filósofos que creian la inmortalidad del ánima, que, despues de esta
vida, las ánimas de los que virtuosamente habian vivido en este mundo,
tenian sus moradas aparejadas en unos campos fertilísimos y amenísimos
donde todas las riquezas y bienes poseian en abundancia, carecientes
de toda otra cosa que fuese á su voluntad contraria; y segun Gregorio
Nazianzeno en la 8.ª oracion fúnebre sobre la muerte de Sant Basilio,
esta opinion tomaron los filósofos griegos de los libros de Moises,
como nosotros el Paraiso, puesto que con diversos nombres, errando,
lo mostrasen; estos llamó aquel ilustre y celebratísimo poeta Homero,
en el libro que intituló _Odissea_, donde tracta de Ulise, lib. IV
de aquella obra, los Campos Elíseos, que quiere decir moradas de los
justos y píos, y estos decian que eran los prados donde se criaba la
hierba _asphodelo_, por sus grandes virtudes y efectos medicinales,
de los antiguos celebratísima, que tambien nombraban _Heroyon_, cuasi
divina, consagrada, segun los Griegos, á los dioses infernales y á la
diosa Proserpina; y á ésta, con la diosa Diana, en la isla de Rodas,
coronaban por grande excelencia, segun refiere Rodigino en el lib.
VII, cap. 8.º de las «Lecciones antiguas.» Desta preciada hierba
_asphodelo_, quien quisiere ver las propiedades, lea, en el lib. XXII,
cap. 22, de la «Natural Historia», á Plinio. Á estos Campos Elíseos
introduce Homero, en el libro arriba dicho, haber vaticinado Proteo,
dios de la mar, hijo de Océano y Thetios, que era adivino, que habia de
ir á gozar Menelao, rey de Esparta, ciudad de la provincia de Laconia,
de la region de Acaya, marido de Elena, por la cual se destruyó
Troya. Destos campos y prados de deleites, fingian los poetas, ó los
creian ser dignos, Minos, rey de Creta, y Rhadamantus, rey de Licia,
por el celo insigne y grande que tuvieron con efecto de la ejecucion
de la justicia; por la misma causa los fingieron tambien haber sido
constituidos jueces de los infiernos, y que viesen la punicion de los
dañados. Estos Campos Elíseos, asignaba Homero estar en España, por las
riquezas de los metales, fertilidad, grosedad y opulencia de la tierra,
de la cual, admirándose Posidonio, (histórico, que escribió despues
de Polibio en tiempo de Estrabon), decia, que en los soterráneos de
España moraba, no el infierno, sino el Pluton mismo, conviene á saber,
el dios de la opulencia y riquezas. Ansí lo refiere Rodriginio Lelio,
en el lib. XVIII, cap. 22, de las «Lecciones antiguas.» Los versos de
Homero son estos:

  _Non Menalae tibi concessum numine divum,
  Argos apud vitæ supremam claudere lucem,
  sed te cœlestes ubi conspicitur Rodamantus
  Elisium in campum ducem ad ultima terræ.
  Hic homini facilem victum fert optima tellus,
  non nivis aut hiemis, tempestas ulla nec imbres,
  sed zephiri semper spirantes leniter auras,
  Oceanus mittens florentia corpora reddit_, etc.

Lo último de la tierra, dice por España, porque en aquellos tiempos
así se tenia, excepto la isla de Thule. Allí, Homero dice, provee á
los hombres fácilmente de comida la muy buena tierra; no hay nieve,
ni invierno, ni tempestad, ni lluvias demasiadas, sino vientos
occidentales, blandos y suaves que produce de sí el mar Océano y hace
los cuerpos florecer y sanos, etc. Más largo recita las calidades
de los Campos Elíseos, Xenócrates, discípulo de Platon, refiriendo
á Gobrías, persiano, suegro de Darío, ántes que fuese Darío rey, el
conjuro con Darío, segun cuenta Herodoto al principio de su lib. VII.
Este Gobrías, siendo Gobernador ó guarda de la isla Delos, en tiempo
de Xerges, halló escritas unas tablas de metal, el cual, conviene á
saber, Xenócrates, dice así: _Ubi ver quidem assiduum variis omnis
generisque fructibus viget, ibidem que læti frontes præmittentibus
undis blanditer obmurmurant, et prata virentibus herbis, variis
depicta coloribus. Neque desunt philosophantium cœtus, poetarumque
et musarum cori, suavissimè concinentes. Jocunda et grata convivia;
tum potantium venusti ac hilares cœtus, lætitia vero inviolabilis et
vitæ suavitas maxima. Necnon frigoris illic aut æstus nimium, sed cœli
perfectio, salubritate aeris et calore solis omnia æque amena atque
temperata. Et hæc est beatorum sedes, ubi expiatis animis semper
misteria celebrantur_, etc. Quiere decir, que en los Campos Elíseos
siempre es verano; hay todo género de frutas, las fuentes alegres
que manan bullendo con suave y blando sonido; los prados de verdes
y hierbas pintados con varios colores; allí hay ayuntamientos de
filósofos, coros de poetas y sciencias que cantan suavísimos cantos;
allí alegres y agradables convites, hermoso regocijo con gracia de
los que beben, inviolable y perpétua alegría, suavidad de la vida muy
grande; no hay frio ni estío demasiado, sino perfeccion y templanza del
cielo, porque la igualdad del aire y del calor del sol, todas las cosas
templa y amenas hace. Estas son las moradas y sillas de los justos y
bienaventurados, donde, con los ánimos limpios, los divinos misterios
siempre son celebrados. Virgilio tambien toca de estos Campos en el 6.º
de las _Eneidas_:

  _Hic locus est parteis ubi se via findit in ambas:
  dextera quæ ditis magni sub mœnia tendit,
  hic iter Elisium nobis, ac læva malorum
  exercet pœnas, et ad impia Tartara mittit._

Poco les faltaba á estos filósofos de referir las cosas del cielo y
verdaderas moradas de los justos, si alcanzáran por la fe los secretos
de la bienaventuranza. De maravillar y de loar es justamente, que,
por razon natural, gente sin gracia y sin fe, cognosciesen, que á los
que virtuosamente viviesen y en esta vida se guiasen por razon, se
les daba en la otra, como á los malos pena (segun Virgilio allí, é
prosigue Gobrías), perpetuo galardon. Y lo que más es de considerar,
que alcanzasen que la principal parte de su premio consistiese con
los ánimos ocuparse en la divina contemplacion. En el Evangelio, dijo
Cristo nuestro Redentor: «Bienaventurados los limpios de corazon,
porque serán dispuestos y aptos para contemplar á Dios.» Desta doctrina
de los filósofos, se derivó por todos los hombres aquella fama y
opinion de los Campos Elíseos ó moradas de los bienaventurados, donde
iban las ánimas despues que deste mundo salian; puesto que entre
muchas naciones solamente tuviesen que las ánimas iban despues de
muertos los hombres á parar en aquellos Campos, sin hacer diferencia
de malos á buenos, ó de buenos á malos. Esta opinion tienen hoy los
moros y turcos, creyendo que á los que guardasen la ley de Mahoma,
se les ha de dar un paraíso de deleites, tierra amenísima de aguas
dulces, so cielo puro y templado, lleno de todos manjares que desearse
pueden, siendo servidos con vasos de plata y oro, en los de oro
leche y en los de plata vino rubio; los ángeles los han de servir de
ministros ó coperos; los vestidos de seda y púrpura, y de las doncellas
hermosísimas, cuantas y cuales quisieren, y de todas las cosas otras
que podrian desear, conforme á su voluntad, cumplidamente. Pero mucho
discrepan de la limpieza de corazon y aptitud para los ejercicios
espirituales y contemplacion que los susodichos filósofos, arriba,
de los Campos Elíseos entendieron. Y mejor y más propincuos andaban
destos Campos Elíseos los indios, de quien determinamos principalmente
hablar en esta Corónica, como aparecerá, si Dios diere favor y tiempo,
adelante.



CAPÍTULO XXI.


Cuanto á lo quo toca decir de las costumbres, y condiciones, y ritos
de los Canarios, segun refiere la dicha Historia portoguesa, en todas
las susodichas islas habria hasta trece ó catorce mil hombres de pelea,
y bien podemos creer que habria por todos, chicos y grandes, cerca
de cien mil ánimas. Los moradores y naturales de Gran Canaria tenian
dos hombres principales que los gobernaban; á uno llamaban Rey é á
otro Duque. Traia el Rey un ramo de palma en la mano por insignia y
corona real. Para el regimiento y gobernacion de la tierra elegíanse
ciento y noventa hombres, y cuando alguno dellos moria eligíase otro,
del linaje de aquellos que gobernaban, que entrase en su lugar. Estos
enseñaban al pueblo lo que habian de creer y obrar cerca de su religion
y de las cosas que tocaban á la conversacion de los otros hombres, y
ninguna cosa les era lícito creer ni hacer, más ni ménos de lo que
aquellos ciento y noventa les notificaban, que debian obrar y creer:
tenian cognoscimiento de un Dios y Criador de todas las cosas, el cual
daba galardon á los buenos y pena á los malos, y en esto concordaban
todos los de aquellas islas, puesto que en los ritos y cerimonias
discordaban. Las mujeres no podian casarse sin que primero les hiciese
dueñas uno de aquellos ciento y noventa que los gobernaban, y para
presentarlas habian de venir muy gordas y cebadas de leche con que las
engordaban, y si no venian gordas ó venian flacas, decíanlas que se
tornasen, por que no estaban para casar por tener el vientre estrecho
para concebir y criar hijos grandes; por manera que no tenian por
aptas para ser casadas á todas las que tenian la barriga chica. Y por
ventura, esta costumbre tuvo su orígen de cierta gente de los Penos,
que son, ó eran naturales de Etiopía, donde habia este uso, que las
vírgenes ó doncellas, que se habian de casar, se presentaban al Rey
para que la que le plugiese, primero que el esposo que la habia de
haber, la hiciese dueña; y desto puede haberse argumento, porque, no
de otra parte sino de la de África que se poblasen estas islas, pues
están tan cerca, es de creer. Andaban en cueros vivos, pero tapaban
las partes vergonzosas con unas hojas de palmas teñidas de diversos
colores; rapábanse las barbas con unas piedras agudas; hierro no
tenian, y si algun clavo ó otra cosa de hierro podian haber, teníanlo
en mucho y hacian anzuelos dél; oro, ni plata, ni otro metal, no lo
querian y si algo habian, luégo lo hacian instrumentos para obrar algun
artificio de lo que les eran menester. Trigo y cebada tenian en grande
abundancia, pero faltábales industria para amasar pan, y por esto la
harina comian cocida con carne ó con manteca de los ganados. Tenian
hatos de ganados, especialmente cabras y ovejas en abundante copia.
Estimaban por cosa fea ó injuriosa desollar los ganados, por lo cual,
para este oficio de carnicero ponian los esclavos que prendian en las
guerras, y, cuando estos faltaban, escogian y forzaban los hombres mas
viles del pueblo que lo hiciesen; los cuales vivian apartados, que no
comunicaban con la otra gente del pueblo. Las madres no criaban los
hijos de buena gana, sino hacian que mamasen las tetas de las cabras
y cuasi todos eran así criados. Peleaban con piedras y con unos palos
cortos y usaban de mucha industria en el pelear, y esfuerzo. Los que
vivian en la isla de la Gomera, en algunos ritos y costumbres con los
dichos se conformaban, pero diferian en otros; su comer era comunmente
leche, hierbas y raíces de juncos, y culebras, ratones y lagartos. Las
mujeres les eran cuasi comunes, y cuando unos á otros se visitaban,
por hacer fiesta á los visitantes, ofrecíanles sus mujeres de buena
gana los visitados. De aquella comunion tan franca y voluntaria,
procedió ley y costumbre entre ellos, que no heredaban los hijos sino
los sobrinos, hijos de las hermanas. Todo su tiempo expendian en
cantar y en bailar, y en uso de las mujeres, y esto tenian por su
bienaventuranza. Los de la isla de Tenerife tenian, de mantenimiento
de trigo y de cebada y de muchas otras legumbres, y de ganados grandes
hatos, de cuyas pieles se vestian, asáz abundancia. Estas gentes se
distinguian en ocho ó nueve linajes ó bandos; cada uno tenia su propio
Rey, é, muerto aquel, elegian otro. Al tiempo que querian enterrar
el Rey muerto, habíalo de llevar á cuestas el mas honrado del pueblo
y enterrarlo, y, puesto en la sepultura, todos á una decian á voces,
«¡véte á la salvacion!» Tenian mujeres propias; todo su ejercicio era
en bandos, y por esta causa eran muy guerreros, más que los de las
otras islas, y ansimismo vivian por mas razon en todas las cosas. Los
de la isla de la Palma serian hasta quinientos hombres, ménos políticos
y razonables que los de las otras, puesto que conformaban con algunos
en las costumbres; su comida era hierba y leche y miel; hicieron
muchos saltos, como arriba se dijo, en esta isla, y prendieron muchos
captivos que vendieron por esclavos los portogueses[20]. El Petrarca,
que como se dijo en el cap. 17, hace mencion destas Canarias, en el
lib. II, cap. 3.º _De vita solitaria_, escribió, que la gente dellas
era poco ménos que bestias y que vivian más por instinto de natura
que por razon, y vivian en soledades por los montes con sus ganados;
bien parece que algunos autores, aunque tienen autoridad y crédito en
lo principal que escriben, si hablan en lo que han oido por relacion,
yerran en la sustancia de la verdad: no parece que los Canarios era
gente tan bestial como habia oido el Petrarca, y lo que cerca dellos y
de sus costumbres dicen los historiadores portogueses parece deberse
creer, pues los portogueses al principio los comunicaron. Alonso de
Palencia, coronista, en el fin de su Universal Vocabulario, en latin
y en romance, hace mencion, que escribió las costumbres y falsas
religiones maravillosas de los Canarios, pero no parece que han salido
á luz estas obras suyas que allí menciona. Y lo dicho baste cuanto á
las islas de Canaria.



CAPÍTULO XXII.


Pues habemos interpuesto en esta nuestra historia el descubrimiento
de las islas Fortunadas ó de Canaria y de la gente dellas, porque
haya dellas noticia alguna en nuestro vulgar castellano, pues ni
en él, ni en historia escripta en latin, se hallará escripto tan
particularmente ni tan á la larga lo que aquí habemos dicho dellas,
y parece no ser fuera de propósito referirlo, como quiera que cada
dia, hablando destas Indias, hemos de topar con ellas, por la misma
razon me ha parecido escribir tambien algo de las islas y tierras
deste mar Océano, adonde nos acaece veces frecuentes aportar, puesto
que pertenezcan á los portogueses. Éstas son las islas de la Madera,
y la que llaman Puerto Santo, y las que decimos de los Azores, y las
de cabo Verde; y tambien la navegacion y descubrimiento que hicieron
los portogueses, y cuando la comenzaron por la costa de Guinea, y en
qué tiempo se descubrió el cabo de Buena Esperanza, de que muchas
veces habemos arriba tocado: cuya noticia, segun estimo, á los que son
amigos de saber cosas antiguas no será desagradable. Para lo cual, es
primero de suponer que en tiempo del rey D. Juan de Portugal, primero
deste nombre, y del rey D. Juan II de Castilla, que reinaron por el
año de 1400 de nuestro Salvador Jesucristo, aunque el rey D. Juan de
Castilla comenzó á reinar por el año de 407, no estaba descubierto,
de la costa de África y Etiopía, á la parte del Océano, más de hasta
el cabo ó Promontorio que llamaban en aquellos tiempos el cabo de No,
cuasi queriendo decir que ya, de allí adelante, ó no habia más tierra,
ó que no era posible adelante de allí pasar; por el temor que toda
España tenia entónces de navegar, apartándose de tierra, porque no
solían ni osaban hacerse ó engolfarse, apartándose de tierra, á la
mar, como de aquel Cabo adelante vuelva la tierra, encorvándose á la
mano izquierda, cuasi hácia atras, y, no viendo la tierra cada hora,
temblaban y creian que de allí adelante todo era mar: y tanto se temia
por los navegantes apartarse de la tierra y pasar, de aquel cabo de No,
adelante, que habia este proverbio entre los portogueses marineros:
_Quem passar o cabo de Nam, ou tornara ou nam_; quien pasare el cabo de
No ó volverá ó no. Y aunque por las tablas de Ptolomeo se habia ó tenia
noticia del promontorio ó cabo Hesperionceras, que agora nombramos de
Buena Esperanza, dudábase si la tierra de África, por aqueste Océano,
se continuaba con la del cabo de Buena Esperanza. Está aquel cabo de
No frontero y cuasi en renclera con la isla de Lanzarote, que es de
las primeras de las Canarias, como arriba se dijo, leste queste ó de
Oriente á Poniente, y dista della 50 leguas. Y porque cuando Dios
quiere dar licencia á las cosas para que parezcan, si están ocultas, ó
se hagan, si segun su divinal decreto conviene hacerse para gloria suya
y provecho de los hombres, suele proveer de las necesarias ocasiones,
por ende aparejó para esto la siguiente ocasion: En este tiempo, el
dicho rey D. Juan de Portugal, determinó de pasar con ejército allende
del mar, contra los moros, donde tomó la ciudad de Cepta, llevando
consigo al infante D. Enrique, su hijo, el menor de tres que tenia; el
cual, segun las historias portoguesas, era muy virtuoso, buen cristiano
y aún vírgen, segun dicen, celoso de la dilatacion de la fé y culto
divino, aficionado mucho á hacer guerra á los moros. Este Infante
comenzó á tener inclinacion de inquirir y preguntar á los moros, con
quien allí trataba, de los secretos interiores de la tierra dentro
de África, y gentes y costumbres que por ella moraban, los cuales le
daban relacion de la nueva y fama que ellos tenian, que era la tierra
extenderse mucho adelante, dilatándose muy léjos hácia dentro de la
otra parte del reino de Fez, allende el cual se seguian los desiertos
de África, donde vivian los alárabes; á los alárabes se continuaban
los pueblos de los que se llamaban acenegues, y estos confinaban con
los negros de Joloph, donde se comienza la region de Guinea, á la cual
nombraban los moros Guinauha, del cual nombre tomaron los portogueses y
comenzaron á llamar la tierra de los negros, Guinea; así que, cuanto el
Infante curioso era en preguntar, por adquirir noticia de los secretos
de aquella tierra, y más frecuentes informaciones recibia, tanto más su
inclinacion se encendia y mayor deseo le causaba de enviar á descubrir
por la mar la costa ó ribera de África, pasando adelante del dicho
cabo de No. Para efecto de lo cual, determinó de inviar cada un año un
par de navíos á descubrir la dicha costa adelante; y de algunas veces
que envió navíos, con gran dificultad pudieron llegar, descubriendo
hasta otro cabo ó punta de tierra, á que pusieron nombre el cabo del
Boxador, obra de 60 leguas adelante del cabo dicho que nombraban de
No. No podian pasar de allí, aunque lo probaban y trabajaban, por
razon de las grandes corrientes y vientos contrarios; y tambien no
lo porfiaban mucho, porque, como volvia encorvándose la tierra mucho
hácia el leste, temian de hacerse á la mar, no osando apartarse de
la tierra, por la poca experiencia que tenian; y deste mucho bojar
por allí aquella costa, le llamaron el cabo del Boxador. Tuvieron
otro inconveniente, que los amedrentaba mucho; ver por adelante unas
restringas ó arracifes de peñas en la mar, y faltándoles industria
para desecharlas, como pudieran si la tuvieran, por no se hacer algo
á la mar no lo osaban acometer; y segun cuenta Gomez Canes de Juraza,
en el lib. I, capítulo 5.º de su Corónica portoguesa, que fué y la
escribió en tiempo del rey D. Alonso V de Portugal, era fama y opinion
de marineros que era imposible pasar al dicho cabo del Boxador, porque
la mar, á una legua de tierra, era tan baja, que no tenia más de una
braza de agua, y las corrientes muy grandes y otras dificultades
que imaginaban, sin ser verdad, por las cuales en ninguna manera se
atrevian á lo pasar. Pasáronse en esto bien doce años, dentro de los
cuales el Infante puso mucha gran diligencia y hizo grandes gastos,
enviando muchas veces navíos; y muchos caballeros, por servirle, se
movian á ir, y otros á armar navíos y carabelas por ir á descubrir la
dicha costa, y, en fin, ninguno en aquel tiempo se atrevió á pasar el
dicho cabo del Boxador. A la vuelta que volvian, hacian muchos saltos
en los moros que vivian en aquella costa; otras veces rescataban negros
de los mismos moros; otras, y las que podian, los hacian, como arriba
se dijo, en las Canarias, de lo cual dicen que el Infante recibia mucho
enojo, porque siempre mandaba que á las tierras y gentes que llegasen
no hiciesen daños ni escándalos, pero ellos no lo hacian ansí por la
mayor parte. Y esta es la ceguedad, como arriba tocamos, que ha caido
en los cristianos mundanos, creer que por ser infieles los que no son
baptizados, luego les es lícito saltearlos, robarlos, captivarlos y
matarlos; ciertamente, aunque aquellos eran moros, no los habian de
captivar, ni robar, ni saltear, pues no eran de los que por las partes
de la Berberia y Levante, infestan y hacen daño á la cristiandad, y
eran otras gentes estas, diferentes de aquellas en provincias y en
condicion muy distante; y bastaba no tener nuestras tierras, como no
lo eran las de Etiopía, ni hacernos guerra, ni serles posible hacerla,
ni sernos en cargo en otra manera, para ser aquellos portogueses, de
necesidad de salvarse, obligados á no guerrearlos, ni saltearlos, ni
hacerles daño alguno, sino á tractar con ellos pacíficamente, dándoles
ejemplo de cristiandad, para que desde luego que vían aquellos hombres
con título de cristianos, amasen la religion cristiana y á Jesucristo,
que es en ella adorado, y no darles causa con obras de sí mismas tan
malas, hechas contra quien no se las habia merecido, que aborreciesen
á Cristo y á sus cultores, con razonable causa. Tampoco miraban los
portogueses, que por cognoscer los moros la cudicia suya, de haber
negros por esclavos, les daban ocasion de que les hiciesen guerra ó
los salteasen con más cuidado, sin justa causa, para se los vender por
esclavos; y este es un peligroso negocio y granjería en que debe ser
muy advertido y temeroso, cuando contratare y tuviere comercio con
algun infiel, cualquier cristiano. Tornando, pues, á nuestro propósito
en el año de 1417 ó 18, dos caballeros portogueses, que se llamaban,
Juan Gonzalez y Tristan Vazquez, ofreciéronse, por servir al Infante,
de ir á descubrir y pasar adelante del cabo del Boxador. Salidos de
Portugal en un navío: navegando la via de África, antes que llegasen á
la costa della, dióles un tan terrible temporal y deshecha tormenta,
con la cual se vieron totalmente sin alguna esperanza de vida, y
andando desatinados sin saber donde estaban, perdido el tino y la vía
ó camino que llevaban, corriendo, á árbol seco, sin velas, donde las
mares ó las olas querian echarlos, cuando no se cataron halláronse cabe
una isla que nunca jamás se habia descubierto, la cual nombraron la
isla del Puerto Santo. Viendo el sitio della y la bondad y clemencia
de la tierra y aires, y estar despoblada, porque, segun dice Juan de
Barros, historiador portogués, aborrecian ser poblada de tan fiera
gente como la de las Canarias (quisieran ellos que fueran gatos que no
rescuñaran por tener mas lugar de robarlos y captivarlos), fué tanta
el alegría que recibieron estimando haber hecho una gran hazaña, como
en la verdad entónces fué por tal tenida, que dejaron de proseguir su
viaje, y volviéronse muy alegres á dar las nuevas al Infante; el cual,
como era, segun se dice, buen cristiano, viendo que por medio suyo Dios
daba tierras nuevas á Portugal para que se extendiese el divino culto
y que se iba cumpliendo lo que mucho deseaba, fueron inestimables las
gracias y loores que á Dios daba. Augmentaban más su grande gozo las
nuevas, que, de la dicha isla, aquellos dos caballeros le referian, ser
dignísima de poblarse, los cuales luego se le ofrecieron de ir ellos
en persona con mas gente y las cosas necesarias para poblarla. Visto
esto, el Infante mandó aparejar tres navíos con cuantas cosas pareció
convenir para poblar de nuevo tierra despoblada, y dió el un navío á un
caballero muy principal de casa del infante D. Juan, su hermano, que
se ofreció tambien á ir á poblar en la dicha isla, llamado Bartolomé
Perestrello de que arriba en el cap. 4.º hicimos mencion, y á cada uno
de los caballeros que la habian descubierto dió el suyo, todos tres
muy cumplidamente aderezados. Entre otras cosas que llevó el Bartolomé
Perestrello, para comenzar su poblacion, fué una coneja hembra preñada,
en una jaula, la cual parió por la mar, de cuyo parto todos los
portogueses fueron muy regocijados teniéndolo por buen prenóstico, que
todas las cosas que llevaban habian bien de multiplicar, pues aún en
el camino comenzaban ver fruto dellas. Este fruto fué despues tanto y
tan importuno que se les tornó en gran enojo y en casi desesperacion de
que no sucederia cosa buena de su nueva poblacion, porque fueron tantos
los conejos que de la negra, una y sola coneja, se multiplicaron, que
ninguna cosa sembraban ó plantaban que todo no lo comian y destruian.
Esta multiplicacion fué tanta y en tan excesiva numerosa cantidad, por
espacio de dos años, que teniéndola (como lo era), por pestilencial
é irremediable plaga, comenzaron todos á aborrecer la vida que allí
tenian, y, viendo que ningun fruto podian sacar de sus muchos trabajos,
casi todos estuvieron por se tornar á Portugal; lo que al fin hizo el
dicho Bartolomé Perestrello, quedándose los otros para más probar,
porque la divina Providencia tenia determinado por medio dellos
descubrir otra isla, donde su santo nombre invocar y ser alabado.
Partido Bartolomé Perestrello, acordaron los dos caballeros, Juan
Gonzalez y Tristan Vazquez, de ir á ver unos nublados que habian muchos
dias considerado, que parecian cerca de allí, sospechando que debia de
ser alguna tierra, porque así parece llena de niebla la tierra que se
ve por la mar. De los cuales nublados ó celajes habia muchas opiniones,
porque unos decian que eran nublados de agua, otros humidades de la
mar, otros tierra, como suele siempre haber en semejante materia entre
los que navegan y son ejercitados por la mar. Aguardaron, pues, tiempo
de bonanza, que dicen los marineros cuando la mar está llana ó en
calma, y en dos barcas que habian hecho de la madera de la misma isla
del Espíritu Santo, llegando á los nublados, hallan que era una muy
graciosa isla llena toda de arboledas hasta el agua, por lo cual le
pusieron nombre la isla de la Madera, que despues y agora tanto fué y
es provechosa y nombrada. Despues de andada parte de la costa della y
buscados algunos puertos, volviéronse á la del Puerto Santo y de allí
á Portogal, á dar nuevas de la nueva isla al Infante; con las cuales
fué señalada el alegría que recibió, y, con licencia de su padre, el
rey D. Juan, les hizo mercedes de armas y privilegios señalados y
Gobernadores, al uno de la una parte de la isla y al otro de la otra;
donde llegaron á ser muy ricos, y, en hacienda y estado, ellos y sus
herederos, prósperos y poderosos. Llegados estos caballeros á la dicha
isla de la Madera, en el año de 1420, comenzaron su poblacion, y
para abrir la tierra que tan cerrada estaba y espesa de las cerradas
arboledas, pusieron fuego en muchas partes de la isla, y de tal manera
se encendió, que sin poderlo atajar, lo que mucho ellos quisieran, á
su pesar ardió contínuos siete años, de donde sucedió que aunque fué
provechoso á los de entónces, pero á los que despues vinieron y hoy son
causóse gran daño, por los ingenios de azúcar que requieren infinita
leña, de la cual tuvieron y tienen muy grande falta. Esto sintiendo
bien, el dicho Infante, hubo dello gran pesar y mandó que todos los
vecinos plantasen matas de árboles, con lo cual pudieron el daño hecho
en alguna manera restaurar. La fertilidad de la isla fué y es tanta,
y debria ser al principio muy mayor, que de sólo el quinto del azúcar
que se pagaba al maestrazgo de la órden de Cristo á quien el Rey la
dió, cuyo Maestre era el dicho Infante, era 60.000 arrobas de azúcar,
y este fruto dicen que daba obra de tres leguas de tierra. Terná toda
la isla de luengo veinte y cinco leguas, y de ancho, á partes, cerca de
doce, y váse ensasgostando hasta tres ó cuatro. Es aquí de saber, que
el reino de Portugal nunca supo qué cosa era abundancia de pan, sino
despues que el Infante pobló esta isla y las islas de los Azores y cabo
Verde, que todas estaban desiertas y sin poblacion; y de ellas se ha
traido á Portugal gran número de azúcar y madera, y llevado por toda
la Europa los marineros del Algarve, segun dice Gomez Canes de Jurara,
historiador. El Infante hizo merced al dicho caballero, Bartolomé
Perestrello, que tornase á poblar sólo él la isla de Puerto Santo,
creyendo que le hacia mayor merced que á los otros dos, puesto que le
salió ménos útil y más trabajosa que la de la isla de la Madera á los
otros, lo uno por la dicha plaga de los muchos conejos que con ningun
remedio los podia vencer, porque en una peña que está junto con la
isla le acaeció matar un dia 3.000, lo otro por no tener la isla rios
aparejados para hacer regadíos y agua mucha, como requiere para criar
las cañas de que se hace los azúcares y para moler los ingenios. Tiene
mucho trigo y cebada y muchos ganados, y dicen que se halla en ella el
árbol de donde sale la resina colorada, que llamamos sangre de drago, y
mucha miel y cera.



CAPÍTULO XXIII.


En este tiempo habia en todo Portugal grandísimas murmuraciones
del Infante, viéndole tan cudicioso y poner tanta diligencia en el
descubrir de la tierra y costa de África, diciendo que destruia el
reino en los gastos que hacia, y consumia los vecinos dél en poner
en tanto peligro y daño la gente portoguesa, donde muchos morian,
enviándolos en demanda de tierras que nunca los reyes de España pasados
se atrevieron á emprender, donde habia de hacer muchas viudas y
huérfanos con esta su porfía. Tomaban por argumento, que Dios no habia
criado aquellas tierras sino para bestias, pues en tan poco tiempo en
aquella isla tantos conejos habia multiplicado, que no dejaban cosa que
para sustentacion de los hombres fuese menester. El Infante, sabiendo
estas detracciones y escándalo que por el reino andaban, sufríalo con
paciencia y grande disimulacion, volviéndose á Dios, segun dice Juan
de Barros, atribuyéndolo á que no era digno de que por su industria
se descubriese lo que tantos tiempos habia que estaba escondido á los
reyes de España; pero con todo eso sentia en sí cada dia más encendida
su voluntad para proseguir la comenzada navegacion, y firme esperanza
que Dios habia de cumplir sus deseos. Con esta esperanza tornó á enviar
navíos con gente á descubrir, rogando á los Capitanes que trabajasen
de pasar el cabo del Boxador, que tan temeroso y dificultoso á todos
se les hacia de pasar. Algunos iban y no pasaban, y hacian presa en
los moros que podian saltear y en otros en las islas de Canaria; otros
venian y pasaban el estrecho de Gibraltar y trabajaban de hacer saltos
en la costa del reino de Granada, y con esto se volvian á Portugal; y
como arriba se dijo, en estas ocupaciones, sin sacar el fruto que el
Infante y los portogueses deseaban, se gastaron los doce años y más,
desde el año de 18 hasta el de 32.

En el año de 1433 mandó el Infante armar un navío, que llaman _Barca_,
en que envió por Capitan un escudero suyo, que se llamaba Gilianes,
y este fué á las islas de Canaria y salteó los que pudo, y trájolos
á Portugal captivos (y destos tales saltos se quejaba el rey D. Juan
de Castilla, como parece por sus cartas), y desto dicen que desplugo
mucho al Infante. El año de 1434 tornó á mandar el Infante aparejar y
armar la dicha _Barca_ (segun cuenta el historiador portogués Gomez
Canes y el mismo Juan de Barros, lib. I, cap. 4.º), y encargó mucho al
dicho Gilianes, prometiéndole muchas mercedes si pasase el dicho cabo
del Boxador, haciéndole el negocio fácil, y que las dificultades que
los marineros que en el capítulo[21] digimos que ponian, debian ser
burla, porque no sabian otra navegacion ni derrota sino la de Flandes,
que estaba cabe casa, fuera de la cual, ni sabian entender aguja ni
regir carta de marear. Este Gilianes tomó el negocio de buena voluntad,
determinando de ponerse á cualquier trabajo y peligro por pasar el
dicho Cabo, por servir y dar placer al Infante, y no parecer ante él
hasta que le trajese dello alguna buena nueva; el cual se partió de
Portugal con este propósito, y llegando hasta el dicho Cabo, ayudóle
Dios, con que le hizo buen tiempo, y, aunque con trabajo, finalmente
pasó el Cabo dicho, del Boxador, y vido que la tierra volvia sobre
la mano izquierda, y parecia buena, por lo cual saltó en su batel y
fué á ella, y vídola que era muy verde, apacible y graciosa: no halló
gente ni rastro de alguna poblacion. De aquí cognoscieron ser falsa la
opinion que los marineros habian sembrado, ó de peñas y arracifes en la
mar, ó no haber más tierra adelante del cabo del Boxador, ó ser tierra
estéril é no digna de morarla ni verla hombres; cogió ciertas hierbas
muy hermosas y trújolas en un barril, con tierra, que se parecian á
otras que habia en Portugal que llamaron ó llamaban la hierba de Santa
María. Venido el dicho Gilianes al reino y dado cuenta de su viaje,
y como habia pasado el Cabo, y que habia tierra adelante, y tierra
fertilísima y digna de poblar, no arenales como decian, mostrando la
tierra del barril, fué inestimable el gozo que el Infante recibió y el
rey D. Duarte, su hermano, el cual de placer hizo donacion á la Órden
de Cristo, cuyo Gobernador y Maestre era el Infante, de todas las
rentas espirituales de las dos islas de la Madera y de Puerto Santo,
lo cual confirmó el Papa, y al Infante hizo el Rey merced por los dias
de su vida de las dichas islas, con mero mixto imperio, jurisdiccion
civil y criminal. Hizo el Infante gran fiesta con las hierbas ó rosas
que trujo Gilianes, al cual hizo mercedes, porque se tuvo este pasar
el dicho Cabo, aunque fué muy poco lo que pasó, por cosa muy señalada.
Informado el Infante por el Gilianes, de aquella navegacion no ser
tan imposible como la hacian los que la temian, y que habia tierra
adelante, y buena tierra, y que los arracifes que por aquella costa
estaban, se desechaban y finalmente que la mar era navegable, determinó
de tornar á enviar al dicho Gilianes en compañía de un caballero,
Copero suyo, que se llamaba Alonso Gonzalez, que puso por Capitan de
una barca ó navío bueno. Los cuales partidos llegaron con buen tiempo
al dicho cabo del Boxador, y pasaron obra de treinta leguas adelante,
que fué para entónces gran hazaña; salieron en tierra y hallaron rastro
de hombres y de camellos, como que iban de camino de una parte á otra,
los cuales, vista bien la disposicion de la tierra, ó porque ansí les
fué mandado por el Infante, ó porque tuvieron necesidad, sin hacer otra
cosa se volvieron á Portugal. En el año siguiente de 435 los tornó á
enviar, encargándoles mucho que trabajasen de ir adelante hasta que
topasen con tierra poblada y de haber alguna lengua della; pasaron
adelante doce leguas más de las treinta que el viaje ántes deste habian
pasado, adonde hallaron tierra descubierta ó rasa sin montes, y allí
acordaron echar dos caballos, en los cuales el Capitan mandó cabalgar
dos mancebos, que eran de quince á diez y siete años, y porque fuesen
más ligeros no quiso que llevasen armas defensivas, solamente llevaron
lanzas y espadas, mandándoles que solamente descubriesen tierra, y que
si viesen alguna persona, que sin su peligro la pudiesen prender, la
trajesen; los cuales poco despues de salidos toparon 19 hombres, cada
uno con su dardo en la mano á manera de azagayas, y como dieron de
súpito sobre ellos no tuvieron lugar de se esconder, y pareciéndoles
que era cobardía volver las espaldas arremetieron con ellos y los
moros aunque espantados de tan gran novedad pelearon defendiéndose
valientemente, de los cuales quedaron muchos heridos por los mozos
cristianos, y uno dellos salió herido por los moros de una azagaya.
Este fué el primer escándalo é injusticia y mal ejemplo de cristiandad
que hicieron en aquella costa, nuevamente descubierta, á gente que
nunca los habia visto, los portogueses, para que con justa razon toda
la tierra se pusiese en aborrecimiento de los cristianos, y desde en
adelante por su defensa con justicia matasen á cuantos cristianos haber
pudiesen; y ansí pusieron un inmortal é irremediable impedimento para
que aquellos recibiesen en algun tiempo la fe, de lo que, sí dieran
ejemplo de cristianos y, como lo dejó mandado en su Evangelio Cristo,
comenzáran á tratar con ellos pacíficamente, aunque aquellos fuesen
moros, pudiérase tener alguna esperanza. Desde el año de 1435 y 36
hasta el de 40, porque por la muerte del rey D. Duarte de Portugal,
hubo en aquel reino grandes revueltas y discordias, no pudo el Infante
ocuparse más en este descubrimiento. El año de 41 envió un navío y en
él por Capitan un Anton Gonzalez, Guarda-ropa suyo, para que fuese
por la tierra adelante, y si pudiese prendiese alguna persona de la
tierra para tomar lengua, y sino que cargase el navío de cueros de
lobos marinos y de aceite, porque habia por allí admirable numerosidad
dellos, y valian entónces en Portugal mucho. Fueron estos y saltaron
en cierta parte, hallaron un moro que llevaba un camello delante sí
y luego una mora; vieron luego cierto número de moros, y los moros
á ellos; ni los unos ni los otros no quisieron ó osaron acometer,
llevándose los dos captivos al navío. Sobrevino otro navío enviado
por el Infante al mismo fin, saltaron en tierra de noche diciendo
con gran grita ¡Portogal! ¡Portogal! ¡Santiago! ¡Santiago!, dan de
súpito en cierta cantidad de moros, mataron tres y captivaron diez, y
volviéronse á los navíos muy gloriosos y triunfantes, dando gracias á
Dios por haberles predicado el Evangelio á lanzadas. Y es cosa de ver,
los historiadores portogueses cuanto encarecen por ilustres estas tan
nefandas hazañas, ofreciéndolas todas por grandes sacrificios á Dios.
Era, segun cuentan, maravilla, ver cuando llegaron á los brazos los
portogueses con los moros, como se defendian los moros con los dientes
y con las uñas con grandísimo coraje. El un navío destos prosiguió el
descubrimiento y descubrió hasta un Cabo, que llaman hoy cabo Blanco,
que distará del Boxador ciento y diez leguas. Vueltos todos á Portogal
recibiólos el Infante con gran alegría y hacíales mercedes, no curando
de los escándalos y daños que hechos dejaban.



CAPÍTULO XXIV.


En el año de 1442, viendo el Infante que se habia pasado el cabo del
Boxador y que la tierra iba muy adelante, y que todos los navíos que
inviaba traian muchos esclavos moros, con que pagaba los gastos que
hacia y que cada dia crecia más el provecho y se prosperaba su amada
negociacion, determinó de inviar á suplicar al Papa Martino V, que
habia sido elegido en el Concilio de Constancia, donde cesó la scisma
que habia durado treinta y ocho años, con tres Papas, sin saberse
cuál dellos fuese verdadero Vicario de Cristo, que hiciese gracia
á la Corona real de Portogal de los reinos y señoríos que habia y
hobiese desde el cabo del Boxador adelante, hácia el Oriente y la
India inclusive; y ansí se las concedió, segun dicen las historias
portoguesas, con todas las tierras, puertos, islas, tratos, rescates,
pesquerías y cosas á esto pertenecientes, poniendo censuras y penas
á todos los Reyes cristianos, Príncipes, y señores y comunidades que
á esto le perturbasen; despues, dicen, que los Sumos Pontífices,
sucesores de Martino, como Eugenio IV, y Nicolás V y Calixto IV, lo
confirmaron. Despues desto, viendo algunos del reino de Portogal que se
habia pasado el cabo del Boxador, y que aquella mar se navegaba sin los
temores y dificultades que se sospechaban de ántes, y tambien que con
los saltos que hacian, en el camino por la costa, donde llegaban, se
hacian ricos, y más que con esto agradaban en grande manera al Infante,
comenzaron á armar navíos á su costa é ir á descubrir; idos y venidos
otros y otros, que mandaba ir el Infante, entre otros fué enviado un
Anton Gonzalez, porque entre los captivos que habian traido trajeron
tres que prometieron dar muchos esclavos negros por su rescate, más
de cien personas negros, y cada diez, de diversas tierras, una buena
cantidad de oro en polvo, el cual fué el primer oro que en toda aquella
costa se hobo; por lo cual llamaron desde entónces aquel lugar el rio
del Oro, aunque no es rio, sino un estero ó brazo de mar que entra por
la tierra, obra de seis leguas, y dista este lugar del cabo del Boxador
cincuenta leguas. Con este retorno y nuevas que trujo, mayormente del
oro, fué señalada el alegría que el Infante hobo; el cual, despachó
luégo á un Nuño Tristan, que habia descubierto el cabo Blanco, segun
arriba digimos en fin del capítulo precedente, y éste llegó al cabo
Blanco, y pasó ocho ó diez leguas y vido una isleta, junto á la tierra
firme, de cuatro ó cinco que por allí estaban, que en lengua de la
tierra se llamaba Adeget, que agora llaman Arguim; y yendo á ella vido
pasar 25 almadías ó barcas de un madero, llenas de gente, que en lugar
de remos remaban con las piernas, de que todos se maravillaron. Estas,
luégo pensaron que eran aves marinas, pero despues de visto lo que
era, saltan en el batel siete personas y van tras ellos; tomaron las
catorce con que hincheron el batel, lleváronlos al navío y van tras las
otras, y alcanzáronlas tambien en una isleta, que estaba cerca desta
otra, de manera que dejaron despoblada toda la isla; y los dias que
por allí estuvieron, fué en otra isla cerca destas, que llamaron isla
de las Garzas, despoblada, donde mataron infinitas dellas, porque no
huian dellos, ántes estaban quedas cuando las tomaban y mataban, por no
haber visto gente vestida. Desta isla hacian saltos en la tierra firme,
más no pudieron saltear más personas, porque estaba ya toda la tierra
alborotada, y estas mismas palabras dice su coronista, Juan de Barros.
De aquí se verá qué disposicion tenian aquellas gentes, y con qué ánimo
y voluntad oirian la predicacion de la fe y con qué amor acogerian á
los predicadores della. Con esta hermosa presa, y muy bien ganada, á mi
parecer, se volvió al reino de Portugal, dejadas descubiertas, adelante
de las otras, veinte y tantas leguas más, donde fué muy graciosamente
del Infante recibido, y con alegría de todo el reino, porque cuando
la ceguedad cae en los corazones de los que rigen, mayormente de los
príncipes, necesaria cosa es que se cieguen y no vean lo que debrian
ver los pueblos. Con estas nuevas, de que se enriquecian los que
andaban en aquel descubrimiento y trato, ya comenzaban los pueblos á
loar y bendecir las obras del Infante, diciendo que él habia abierto
los caminos del Océano y de la bienaventuranza donde los portogueses
fuesen bienaventurados, porque desta naturaleza ó condicion imperfecta
somos los hombres, mayormente en esta postrera edad, que donde no
sacamos provecho para nosotros, ninguna cosa nos agrada de todo lo que
los otros hacen, pero cuando asoma el propio interes ó hay esperanza
dél, tornamos de presto á mirar las cosas con otros ojos. Así acaecia
en estas navegaciones con el Infante á los portogueses; él á lo que
mostraba, dicen, que las hacia por celo de servir á Dios y traer los
infieles á su cognoscimiento, puesto que no guardaba los debidos
medios, y ansí creo yo cierto, que más ofendia que servia á Dios,
porque infamaba su fe y ponia en aborrecimiento de aquellos infieles la
religion cristiana, y por una ánima que recibiese la fe á su parecer
que quizá y aun sin quizá, no recibia el baptismo sino de miedo y por
manera forzada, echaban á los infiernos ante todas cosas muchas ánimas:
y que él tuviese culpa y fuese reo de todo ello, está claro, porque
él los enviaba y mandaba y, llevando parte de la ganancia y haciendo
mercedes á los que traian las semejantes cabalgadas, todo lo aprobaba,
y no cumplia con decir que no hiciesen daño, porque esto era escarnio,
como de sí parece, así que todo el pueblo ántes que no vía provecho
murmuraba, y despues de visto glorificaba.

Entre otros insultos y gravísimos males y detestables injusticias,
daños y escándalos de los portogueses en aquellos descubrimientos por
aquellos tiempos, contra los moradores de aquellas tierras, inocentes
para con ellos, fuesen moros ó indios, ó negros ó alárabes, fué uno
que ahora diremos muy señalado. El año de 1444, segun cuenta Juan
de Barros, lib. I, cap. 8.º de su primera década, y Gomez Canes de
Jurara, en el lib. I, cap.[22] que lo pone más largo, los vecinos más
principales y más ricos de la villa de Lagos en Portugal, movieron
partido al Infante, que les diese licencia para ir á aquella tierra
descubierta, y que de lo que trajesen de provecho le darian cierta
parte. Concediólo el Infante, y armaron seis carabelas, de las cuales
hizo el Infante Capitan á uno que se llamaba Lanzarote, que habia sido
su criado. Partidos de Portugal llegaron á la isla que ya digimos de
las Garzas, víspera de Corpus Christi, donde mataron muy gran número
dellas, por ser tiempo cuando ellas criaban, y de allí acordaron
de dar sobre una isla que se llamaba de Nar, que de aquella estaba
cerca, donde habia mucha gente poblada. Dia, pues, de Corpus Christi
(en buen dia buenas obras,) dan al salir del sol sobre la poblacion
y los que estaban seguros, diciendo: Santiago, San Jorge, Portugal.
Las gentes, asombradas de tan grande y tan nuevo sobresalto y súbita
maldad, los padres desmamparaban los hijos, y los maridos las mujeres,
las madres escondian los niños entre los herbazales y matas, andando
todos atónitos y fuera de sí, y dice un coronista portogués estas
palabras: «En fin, nuestro Señor Dios, que á todo bien dá remuneracion,
quiso que por el trabajo que tenian tomado por su servicio, aquel dia
alcanzasen victoria de sus enemigos y paga y galardon de sus trabajos
y despensas, captivando y prendiendo 155 ánimas y otras muchas que
mataron defendiéndose y otros que huyendo se ahogaron.» ¿Qué mayor
insensibilidad puede ser que aquesta? por servir á Dios, dice, que
mataron y echaron á los infiernos tantos de aquellos infieles, y
dejaron toda aquella tierra puesta en escándalo y odio del nombre
cristiano y llena de toda tristeza y amargura. Ellos eran solamente
30 hombres, que no se podian dar á manos á maniatar aquellas gentes
pacíficas, por lo cual dejaron allí algunos con parte de los presos
y los otros llevaron á los navíos, donde hicieron grandes alegrías,
y tornaron las barcas á llevar los que restaban. En esto se verá ser
pacíficos y sin armas, que 30 hombres portogueses venidos de fuera,
captivasen 150 personas que estaban descuidadas en sus casas. De allí
fueron á otra isla, cerca, llamada Tider á hacer otra tal presa, pero
fueron primero sentidos y halláronla toda vacía, que habian huido á
la tierra firme, que estaría obra de ocho leguas. Dieron tormento á
alguno de aquellos moros, ó lo que eran, para que descubriesen dónde
hallarian mas gente, y andando por allí de isla en isla, dos dias, y
con saltos que hicieron en la tierra firme, prendieron y captivaron
otras 45 personas, y, tornándose para Portugal, tomaron el camino 15
pecadores y una mujer; por manera que trajeron robados y salteados,
captivos, sin haberlos ofendido ni deberles cosa del mundo, sino
estando aquellas gentes sin armas y en sus casas pacíficas y seguras,
216 personas. Llegados á Portugal, el Lanzarote fué recibido del
Infante con tanta honra, que por su misma persona lo armó caballero
y le acrecentó en mucha honra. Otro dia, el capitan Lanzarote dijo
al Infante: Señor, bien sabe vuestra merced como habeis de haber la
quinta parte destos captivos que traemos y de lo demas que habemos en
esta jornada ganado y en aquella tierra, donde, por servicio de Dios y
vuestro, nos enviastes, y agora porque, por el luengo viaje y tiempo
que ha que andamos por la mar, vienen fatigados y más por el enojo y
angustia que, por verse ansí fuera de su tierra y traer captivos y por
no saber cuál será su fin, segun podeis considerar, en sus corazones
traen, mayormente que vienen muchos enfermos y asaz maltratados, por
todo esto me parece que será bueno que mañana los mandeis sacar de las
carabelas y llevar en aquel campo, fuera de la villa, donde se harán
dellos cinco partes, y vuestra merced se llegará allí y escogereis la
que mejor os pareciere y contentare. Á lo cual el Infante respondió,
que le placia; y otro dia de mañana el dicho Capitan Lanzarote mandó á
los maestres de las carabelas que todos los sacasen y llevasen al dicho
campo; y primero que hiciesen las partes sacaron un moro, el mejor
dellos, en ofrenda á la iglesia del lugar, que era la villa de Lagos,
donde aquestos salteadores todos vivian, y donde vinieron á descargar,
donde debia estar á la sazon el Infante: y otro moro de los captivos
enviaron á Sant Vicente del Cabo, donde, segun dicen, siempre vivió
muy religiosamente; por manera que de la sangre derramada y captiverio
injusto y nefando de aquellos inocentes, quisieron dar á Dios su parte
como si Dios fuese un violento é inícuo tirano, y le agradasen y
aprobase, por la parte que dellos le ofrecen, las tiranias, no sabiendo
los miserables lo que está escripto: _Immolantis ex iniquo oblatio
est maculata, et non sunt beneplacitæ subsanationes injustorum. Dona
iniquorum non probat Altissimus, nec respicit in oblationes iniquorum,
nec in multitudine sacrificiorum eorum propiciabitur peccatis. Qui
offert sacrificium ex substantia pauperum quasi qui victimat filium in
conspectu patris sui_, etc. Esto dice el Eclesiástico en el capítulo
34: No aprueba Dios los dones de los que, con pecados y daños de sus
prójimos, ofrecen á Dios sacrificio de lo robado y mal ganado, ántes
es ante su acatamiento el tal sacrificio como si al padre, por hacerle
honra y servicio, le hiciesen pedazos al hijo delante; y porque aquel
mozo que dieron á Sant Vicente del Cabo y otros muchos dellos y todos
fueran despues sanctos, no excusaban á los que los habian salteado ni
alcanzarian por ello remision de sus pecados, porque aquella obra no
era suya sino puramente de la bondad infinita de Dios que quiso sacar
tan inestimable bien de tan inexpiables males. Esta es regla católica
y de evangélica verdad, que no se ha de cometer el mas chico pecado
venial que se puede hacer, para que dél salga el mayor bien que sea
posible imaginar, cuanto ménos tan grandes pecados mortales. Tornando
al propósito quiero poner aquí á la letra, sin poner ni quitar palabra,
lo que cuenta en su corónica donde arriba lo alegué el susonombrado
Gomez Canes desta presa y gente que trujo captiva el dicho Lanzarote,
que segun creo, estuvo á ello presente y lo vido por sus ojos; el
cual exclamando dice así: ¡Oh celestial padre, que, sin movimiento
de tu divinal excelencia, gobiernas toda la infinidad de la compañía
de tu sancta ciudad y que traes apertados los quicios de los orbes
superiores, extendidos en nueve esferas, moviendo los tiempos de las
edades breves y luengas como te place! yo te suplico que mis lágrimas
no sean en daño de mi conciencia, que no por la ley de aquestos, mas su
humanidad constriñe la mia que llore con lástima lo que padecen, y si
las brutas animalías, con su bestial sentimiento por instinto natural,
cognoscen los daños de sus semejantes, ¿qué quereis que haga mi humana
naturaleza viendo ansí ante mis ojos aquesta miserable compañía,
acordándome que son todos de la generacion de los hijos de Adan? Al
otro dia que era 8 de Agosto, muy de mañana, por razon del calor,
comenzaron los marineros á concertar sus bateles y sacar aquellos
captivos y llevarlos, segun les habia sido mandado; los cuales, puestos
juntamente en aquel campo, era una cosa maravillosa de ver; entre ellos
habia algunos razonablemente blancos, hermosos y apuestos, otros ménos
blancos que querian parecer pardos, y otros tan negros como etiopes,
tan disformes en las caras y cuerpos que ansí parecian á los hombres
que los miraban que veian la imágen del otro hemisferio más bajo.
Mas, ¿cuál sería el corazon, por duro que pudiese ser, que no fuese
tocado de piadoso sentimiento, viendo ansí aquella compañía? que unos
tenian las caras bajas, llenas de lágrimas, mirando los unos contra
los otros, gimiendo dolorosamente, mirando los altos cielos, firmando
en ellos sus ojos, bramando muy alto, como pidiendo socorro al Padre
de la naturaleza, otros herian su rostro con las palmas, echándose
tendidos en medio del suelo, otros hacian sus lamentaciones en manera
de canto, segun costumbre de su tierra; y puesto que las palabras
de su lenguaje, de los nuestros no pudiesen ser entendidas, bien se
conocia su tristeza, la cual, para más se acrecentar, sobrevinieron
los que tenian cargo de los partir, y comenzaron á apartar unos de
otros para hacer partes iguales; para la cual, de necesidad convenia
apartar los hijos de los padres, las mujeres de los maridos y los
hermanos unos de otros: á los amigos ni parientes no se guardaba alguna
ley, solamente cada uno se ponia á donde la suerte le echaba. ¡Oh
poderosa fortuna, que andas y desandas con tu rueda compasando las
cosas del mundo como te place, siquiera pon ante los ojos de aquesta
gente miserable algun conocimiento de las cosas que han de venir en los
siglos postrimeros, para que puedan recibir alguna consolacion en medio
de su gran tristeza! Y vosotros que trabajais en esta partija, tened
respeto y lástima sobre tanta, y mirad cómo se aprietan unos con otros,
que apénas los podeis desasir. ¿Quién podria acabar aquella particion
sin muy gran trabajo? que tanto que los tenian puestos á una parte,
los hijos que veian los padres de la otra, levantábanse reciamente é
íbanse para ellos; las madres apretaban los otros hijos en los brazos,
echábanse con ellos en tierra, recibiendo heridas sin sentirse de
sus propias carnes, porque no les fuesen quitados los hijos; y ansí,
trabajosamente, se acabaron de partir, porque demás del trabajo que
tenian de los captivos, el campo era lleno de gente, tanto del lugar
como de las aldeas y comarcas al rededor, los cuales dejaban aquel dia
descansar sus manos, en que estaba la fuerza de su ganancia, solamente
por ver alguna novedad, é con estas cosas que veian, unos llorando é
otros razonando, hacian tan gran alboroto que turbaban los Gobernadores
de aquella partija. El Infante era allí encima de un poderoso caballo,
acompañado de sus gentes, repartiendo sus mercedes como hombre que
de su parte no queria hacer tesoro; que de 46 almas que cayeron á su
quinto, en muy breve hizo dellas su partija, porque toda la principal
riqueza tenia en su contentamiento, considerando con muy gran placer á
la salvacion de aquellas ánimas, que ántes eran perdidas. Ciertamente
que su pensamiento no era vano, que como ya digimos, tanto que estos
tenian cognoscimiento del lenguaje, con poco movimiento se tornaban
cristianos. Yo que esta historia he juntado en este volúmen, he visto
en la villa de Lagos mozos y mozas, hijos y nietos de aquestos, nacidos
en esta tierra, tan buenos y verdaderos cristianos como si descendieran
desde el principio de la ley de Cristo, de generacion de aquellos,
que primero han sido baptizados. Aunque el lloro de aquestos por el
presente fuese muy grande, en especial despues que la partija fué
acabada, que llevaba cada uno su parte, y algunos de aquellos vendian
los suyos, los cuales eran llevados para otras tierras, y acontecia
que el padre quedaba en Lagos y la madre traian á Lisboa y los hijos
para otras partes, en el cual apartamiento su dolor acrecentaban en
el primer daño, con todo esto, por la fe de Cristo que recibian, y
porque enjendraban hijos cristianos, todo se volvia en alegría, y que
muchos dellos alcanzaron despues libertad. Todo esto pone á la letra
y en forma el susodicho Gomez Canes, portogués historiador, el cual
parece tener poca ménos insensibilidad que el Infante, no advirtiendo
que la buena intincion del Infante, ni los bienes que despues sucedian,
no excusaban los pecados de violencia, las muertes y damnacion de los
que muertos sin fé y sin sacramentos perecieron, y el captiverio de
aquellos presentes, ni justificaban tan grande injusticia. ¿Qué amor y
aficion, estima y reverencia tenian ó podian tener á la fe y cristiana
religion, para convertirse á ella, los que ansí lloraban y se dolian,
y alzaban las manos y ojos al cielo, viéndose ansí, contra ley natural
y toda razon de hombres, privados de su libertad y mujeres y hijos,
patria y reposo? y de su dolor y calamidad, el mismo historiador
y la gente circunstante lloraban de compasion, mayormente viendo
el apartamiento de hijos á padres, y de mujeres y padres á hijos.
Manifiesto es el error y engaño que aquellos en aquel tiempo tenian, y
plega á Dios que no haya durado y dure hasta nuestros dias; y segun ha
parecido, el mismo historiador en su exclamacion muestra serle aquella
obra horrible, sino que despues parece que la enjabona ó alcohola
con la misericordia y bondad de Dios; la cual, si algun bien despues
sucedió, lo producia y este todo era de Dios, y del Infante y de los
salteadores, que enviaba, todos los insultos, latrocinios, y tiranías.
Cuenta este mismo coronista, que hicieron los portogueses otros muchos
viajes á aquella costa, y que desde el dicho cabo Blanco hasta el cabo
de Santa Ana, que serán obra de treinta leguas, y despues hasta cerca
de ochenta, los confines de Guinea, hicieron tantos saltos, entradas,
robos y escándalos, que toda aquella tierra despoblaron, dellos por
los que mataban y captivaban y llevaban á Portogal; dellos por meterse
la tierra adentro, alejándose cuanto podian de la costa de la mar.
Buenas nuevas llevarian, y se derramarian por todos aquellos reinos y
provincias, de los cultores de Jesucristo y de su cristiandad.



CAPÍTULO XXV.


El año siguiente de 445 invió el Infante un navío, el cual llegó á
la isla dicha de Arguim, y metióse el Capitan con 12 hombres en un
batel para ir á la tierra firme, que está dos leguas de la isla, y
llegado, metióse en un estero, y cuando menguó la mar quedó el batel en
seco; viéronlo la gente de la tierra, vinieron contra él 200 hombres
y matáronle á él y á siete de los doce, y los demás se salvaron por
saber nadar: y éstos fueron los primeros que mataron justamente de los
portogueses, por cuantos los portogueses habian muerto y captivado
con la injusticia que arriba parece por lo dicho. Ninguno que tenga
razon de hombre, y mucho ménos de los letrados, dudará de tener
aquellas gentes todas contra los portogueses guerra justísima. El año
siguiente 46, envió el Infante tres carabelas, y su hermano el infante
D. Pedro, que era tutor del rey D. Alonso, su sobrino y regente del
reino, mandó á los que iban que entrasen en el rio del Oro y trabajasen
por convertir á la fe de Cristo aquella bárbara gente, y cuando no
recibiesen el baptismo asentasen con ellos paz y trato. Aquí es de
notar otra mayor ceguedad de Portogal que las pasadas, y aún escarnio
de la fe de Jesucristo; y esto parece, lo uno, porque mandaban los
Infantes, á los que solian enviar á saltear y robar los que vivian en
sus casas pacíficos y seguros, como idóneos apóstoles, que trabajasen
de traer á la fe los infieles ó moros, que nunca habian oido della, ó
si tenian della noticia, ántes desto, que habian fácilmente de dejar
la suya y la nuestra recibir: lo segundo, que les mandaba traerlos á
la fe, como si fuera venderles tal y tal mercaduría y no hobiera más
que hacer; lo tercero, que habiéndoles hecho las obras susodichas,
tan inícuas, tan de sí malas y tan horribles, no considerasen los
Infantes cuales voluntades, para recibir los sus predicadores, que tan
buenos ejemplos de cristiandad les habian dado, podian tener. Cosa
es esta mucho de considerar, y por cierto harto digna de lamentar.
Así que, ni quisieron los de la tierra recibir la fé, ni aún quizá
entendieron en su lengua lo que se les decia, ni hacer paz ni tener
trato con gente que tantos y tan irreparables males y daños les hacia,
y esto hicieron con mucha razon y justicia; y para que esto, cualquiera
que seso tuviere, lo conozca y apruebe, deberé aquí de notar que á
ningun infiel, sea moro, alárabe, turco, tártaro ó indio ó de otra
cualquiera especie, ley ó secta que fuere, no se le puede ni es lícito
al pueblo cristiano hacerle guerra, ni molestarle, ni agraviarle con
daño alguno en su persona ni en cosa suya, sin cometer grandísimos
pecados mortales, y ser obligados, el cristiano ó cristianos que
lo hicieren, á restitucion de lo que les robáren y daños que les
hicieren, sino es por tres causas justas, ó por cualquiera dellas, y
regularmente no hay otras; y las que algunos fingen, fuera destas,
ó son niñerías ó gran malicia, por tener ocasiones ó darlas para
robar lo ajeno y adquirir estados no suyos y riquezas iniquísimas. La
primera es, si nos impugnan, é guerrean é inquietan la cristiandad
actualmente ó en hábito, y esto es que siempre están aparejados para
nos ofender, aunque actualmente no lo hagan, porque ó no pueden ó
esperan tiempo y sazon para lo hacer, y estos son los turcos y moros
de Berbería y del Oriente, como cada dia vemos y padecemos; contra
estos no hay duda ninguna sino que tenemos guerra justa, no sólo
cuando actualmente nos la muevan pero aún cuando cesan de hacerlo,
porque nos consta ya por larguísima experiencia su intincion de nos
dañar, y esta guerra nuestra contra ellos no se puede guerra llamar,
sino legítima defension y natural. La segunda causa es, ó puede ser,
justa nuestra guerra contra ellos si persiguen, ó estorban, ó impiden
maliciosamente nuestra fe y religion cristiana, ó matando los cultores
y predicadores della, sin causa legítima, ó haciendo fuerza por fin de
que la renegasen, ó dando premio para que la dejasen y recibiesen la
ley suya; todo esto pertenece al impedimento y persecucion de nuestra
sancta fe; por esta causa ningun cristiano duda que no tengamos justa
guerra contra cualesquiera infieles, porque muy mayor obligacion
tenemos á defender y conservar nuestra sancta fe y cristiana religion
y á quitar los impedimentos della, que á defender nuestras proprias
vidas y nuestra república temporal, pues somos mas obligados á amar á
Dios que á todas las cosas del mundo. Dije «maliciosamente» conviene
á saber, si tuviésemos probabilidad que lo hacen por destruir la
nuestra y encumbrar y dilatar la suya; dije «sin causa legítima»
porque si matasen y persiguiesen á los cristianos por males y daños
que injustamente dellos hobiesen recibido, y por esta causa tambien
padeciesen los predicadores, aunque sin culpa suya, no en cuanto son
predicadores de Cristo, sino en cuanto son de aquella nacion que los
han ofendido sin saber que sean inocentes, ni que haya diferencia del
fin de los unos ni de los otros, injustísima sería contra ellos nuestra
guerra, como sería injusto culpar y querer descomulgar ó castigar, y
por ello pelear contra aquel ó aquellos, que, por defenderse á sí ó á
los suyos y á sus bienes, matasen clérigos ó religiosos que en hábito
de seglares venian en compañía de los que los querian matar ó robar, ó
en otra manera los afrentar y damnificar; manifiesto es que los tales
ni eran descomulgados, ni culpables, ni castigables. La tercera causa
de mover guerra justa á cualesquiera infieles el pueblo cristiano, es
ó sería ó podria ser por detenernos reinos nuestros ó otros bienes,
injustamente, y no nos los quisiesen restituir ó entregar, y esta es
causa muy general que comprende á toda nacion y la autoriza la ley
natural para que pueda tener justa guerra, una contra otra; y puesto
que toda gente y nacion por la misma ley natural sea obligada, primero
que mueva guerra contra otra, á discutir y á ponderar y averiguar la
razon que tiene por sí y la culpa de la otra, y si la excusa y está
purgada por la antigüedad, porque no ella, sino sus pasados tuvieron
la culpa, y ella posee con buena fe, porque ignora el principio de
la detencion por la diuturnidad de los tiempos, la cual examinacion,
y no cualquiera sino exactísima, de necesidad, debe preceder (por ser
las guerras plaga pestilente, destruicion y calamidad lamentable del
linaje humano) mucho mayor y más estrecha obligacion tiene la gente
cristiana, para con los infieles que tuvieren tierras nuestras, de
mirar y remirar, examinar y reexaminar la razon y justicia que tiene,
y hacer las consideraciones susodichas, y allende desto los escándalos
y daños, muertes y damnacion de sus prójimos, que son los infieles, y
los impedimentos que se les ponen para su conversion; y la perdicion
tambien de muchos de los cristianos, que por la mayor parte parece
no ir á las guerras con recta intincion, y en ellas cometen, aunque
sean justas, diversos y gravísimos pecados: porque el pueblo cristiano
no parezca anteponer los bienes temporales, que Cristo posponer y
menospreciar nos enseñó, á la honra divina y salud de las ánimas, que
tanto nos encomendó y mandó. Por manera, que supuesto que sin engaño
nos constase algunos infieles tener nuestras tierras y bienes y no nos
las quisiesen tornar, si ellos estuviesen contentos con los términos
suyos y no nos infestasen, ni, por alguna vía eficaz, maliciosamente
impidiesen ó perjudicasen nuestra fe, sin duda ninguna por recobrar
cualquiera temporales bienes dudosa sería, delante, al ménos, del
consistorio y fuero de Dios, la justicia de la tal guerra. Aplicando
las razones susodichas á las obras tan perjudiciales que á aquellas
gentes hacian los portogueses, que no eran otras sino guerras crueles,
matanzas, captiverios, totales destruiciones y anichilaciones de muchos
pueblos de gentes seguras en sus casas y pacíficas, cierta damnacion
de muchas ánimas que eternalmente perecian sin remedio, que nunca los
impugnaron, ni les hicieron injuria, ni guerra, nunca injuriaron ni
perjudicaron á la fe, ni jamás impedirla pensaron, y aquellas tierras
tenian con buena fe porque ellos nunca dellas nos despojaron, ni quizá
ninguno de sus predecesores, pues tanto distantes vivian de los moros
que por acá nos fatigan, porque confines son de Etiopía, y de aquellas
tierras no hay escritura ni memoria que las gentes que las poseen las
usurparon á la Iglesia, ¿pues con qué razon ó justicia podrá justificar
ni excusar tantos males y agravios, tantas muertes y captiverios,
tantos escándalos y perdicion de tantas ánimas, como en aquellas pobres
gentes, aunque fuesen moros, hicieron los portogueses? ¿No más de por
que eran infieles? gran ignorancia y damnable ceguedad, ciertamente,
fué esta. Tornando al propósito de la historia, para cumplir con este
capítulo, aquellos tres navíos se tornaron á Portugal con un negro,
que fué el primero que rescataron allí de los moros, y otro navío
salteó por allí un lugar, de donde llevó á Portugal 20 personas. En
este mismo año de 46, un Dinis Fernandez, movido por las mercedes que
el Infante hacia á los que descubrian, determinó con un navío ir é
pasar adelante de todos los otros que habian descubierto, el cual pasó
el rio de Saiaga, donde otros habian llegado, que está junto al cabo
Verde, 90 leguas adelante del cabo Blanco, y este rio divide la tierra
de los moros Azenegues de los primeros negros de Guinea, llamados
Jolophos; vido ciertas almadías ó barcos de un madero, en que andaban
ciertos negros á pescar, de los cuales, con el batel que llevaba, por
popa, alcanzó uno, en que estaban cuatro negros, y éstos fueron los
primeros que, tomados ó salteados por los portogueses, á Portugal
vinieron; y puesto que el dicho Dinis Fernandez halló mucho rastro y
señales de espesas poblaciones, y pudiera, si quisiera, saltear gente
y hacer esclavos, pero, por agradar más al Infante, no quiso gastar
su tiempo sino en descubrir tierra más adelante; y navegando vido un
señalado Cabo que hacia la tierra, y salia hácia el Poniente, al cual
llamó cabo Verde, porque le pareció mostrar no sé qué apariencias de
verduras. Este es uno de los nombrados Cabos y tierras que hay en
aquella costa de África y Guinea. Y porque á la vuelta del dicho Cabo
hallaron contrarios tiempos de los que traian, que los impidieron pasar
adelante, acordó el Capitan tornarse á Portugal; y llegáronse á una
isleta, junta con el dicho cabo Verde, donde mataron muchas cabras,
que fué harto refresco y ayuda para su vuelta. Y segun parece querer
decir Juan de Barros, en el cap. 9.º de su primer libro y 1.ª década,
éste trujo más negros de cuatro salteados, porque dice que aqueste
Capitan tornó á Portugal con nuevas de la novedad de la tierra que
habia descubierto, y con la gente que llevaba de negros, no rescatados
de los moros como otros que habian traido al reino, sino tomados en
sus propias tierras; por manera que debia de traer más de los cuatro,
y ansí parece que no hacian diferencia de los negros á los moros, ni
la hicieran en cualquiera nacion que halláran: todos los robaban y
captivaban, que no llevaban otro fin sino su interés proprio, y hacerse
ricos á costa de las angustias ajenas y sangre humana. Recibió grande
alegría el Infante con las nuevas y presa que Dinis Fernandez trujo,
y hízole mercedes; y dicen que nunca pensaba dar mucho, sino poco,
por mucho que diese, á los que le traian destas nuevas; y por estas
mercedes se animaban mucho muchos del reino á ir é ponerse á grandes
trabajos y peligros en estos descubrimientos, por servirle. Dicen que
siempre mandaba y amonestaba, que á las gentes de las tierras que
descubriesen no les hiciesen algun agravio, sino que con paz y amor
tratasen con ellos, pero vemos que lindamente se holgaba de los saltos
y violencias que hacian y de los muchos esclavos que traian robados
é salteados; llevaba dellos su quinta parte y hacia mercedes á los
salteadores y tiranos, y ansí todos aquellos pecados aprobaba, y por
eso su intencion buena, que dicen que tenia, para excusa de lo que él
ofendia poco le aprovechaba.



CAPÍTULO XXVI.


En el mismo año de 446 envió el Infante otro navío y descubrió adelante
del cabo Verde 60 leguas, y despues envió otro que pasó 100, todos
los cuales hicieron grandes estragos, escándalos, robos y captiverios
y destrucciones de pueblos tambien en los negros, porque no habia
moros del cabo Verde adelante; tantas y más y muy graves ofensas que
siempre en sus descubrimientos hacian contra Dios y en daños gravísimos
de sus prójimos. Perseveró el infante D. Enrique susodicho en estos
descubrimientos, tan nocivos á aquellas gentes, por cuarenta años
cumplidos y más (comenzólos siendo de edad de diez y ocho ó veinte años
y vivió sesenta y tres) dejó descubierto, sin las islas de Puerto Santo
y la de la Madera, por la costa de África y Etiopía, desde el cabo del
Boxador, que está en 37° de altura desta parte de la equinoccial, hasta
la Sierra Liona que está de la otra parte de la equinoccial en 7° y dos
tercios, que hacen 370 leguas. Dentro de estas leguas dejó descubierta
la malagueta, la cual, ántes que se descubriese, la llevaban los moros
de allí viniendo por ella y atravesando la region de Mandinga y los
desiertos de Libia, grandes y luengas tierras, y la llevaban á vender á
Berbería, y de allí se proveia Italia, y por ser tan preciosa especia,
la llamaban los italianos granos del paraíso. En este tiempo y por
estos años de 1440 hasta 46 fueron descubiertas las siete islas de los
Azores; no he hallado cómo ni por quien, más de que el rey D. Alonso
V de Portugal, sobrino del dicho Infante, que ya habia salido de la
tutoría y reinaba ya, de edad de diez y siete años, y por el año de
1448, segun dice Gomez Canes, dió licencia al dicho Infante en el año
de 1449 para que las pudiese mandar poblar, donde ya el Infante habia
mandado echar ganados para que multiplicasen.[23] Y sin duda son estas
las islas Cassitéridas ó Cattitéridas, de que hace mencion Estrabon en
el fin del lib. III de su _Geografía_, donde dice que los fenices ó
Cartaginenses, que vivian en nuestra isla de Cáliz, las descubrieron
y las tuvieron algun tiempo encubiertas por el estaño y plomo que
dellas rescataban, las cuales despues los romanos oyeron y enviaron á
ellas; y parece que lleva razon ser estas, porque dice Estrabon que
estaban estas islas en el mar alto, hácia el Norte, frontero al cabo
ó punta de Galicia, que llamamos hoy el cabo de Finisterre, sobre el
puerto de la Coruña, y así es, que casi están frontero, un grado ó dos
de diferencia; en ellas dice Estrabon que vivia una gente lora ó baca
de color, vestida de túnicas hasta los piés, la cintura tenian á los
pechos, andaban con bordones en las manos, comian comida de pastores,
abundaban de estaño y de plomo, etc; esto dice Estrabon. Dice tambien
que eran diez, pero agora no parecen sino siete; puédense haber hundido
las tres, como ha acaecido en el mundo muchas veces. En este tiempo
tambien se descubrieron las islas de cabo Verde por un Antonio de
Nolle, genovés, noble hombre, que habia venido á Portugal con dos naos,
y trujo un hermano suyo que se llamaba Bartolomé de Nolle y un Rafael
de Nolle, su sobrino, los cuales, desde el dia que salieron de Lisboa,
en diez y seis dias llegaron á la isla que nombraron de Mayo, porque
la descubrieron primer dia de Mayo, y el dia de Sant Felipe y Santiago
hallaron la otra, y por eso la nombraron la isla de Santiago; y porque
ciertos criados del infante D. Pedro, hermano del susodicho infante D.
Enrique, habian tambien ido á descubrir por aquella vía, descubrieron
las otras islas comarcanas destas, que todas las principales son siete
y otras chiquititas hasta diez. Llámanse las islas de cabo Verde
porque estan frontero del dicho Cabo al Poniente; las dos dichas de
Mayo y Santiago están leste queste en 15° desta parte de la línea
equinoccial, las demas en 16 y 17, como son Buena Vista, Sant Nicolás,
Santa Lucía, Sant Vicente y Santanton; la isla del Fuego é isla Fuerte,
están en 14°: dista la más cercana cerca de 100 leguas del Cabo, y
algunas 160, al ménos la postrera. Dice Juan de Barros, portogués, en
el lib. II, cap. 1.º de su primera década, que estas son las islas que
los antiguos geógrafos llamaban las Fortunadas, pero cierto asáz claro
parece, por lo que en el cap. 20 queda dicho, él estar bien engañado,
porque las Fortunadas eran predicadas y loadas por la clemencia de los
aires y de la misma tierra gran templanza, estas de cabo Verde son, por
el excesivo calor, enfermísimas y casi inhabilitables; luego no son
las islas que los antiguos nombraban Fortunadas. Descubrióse tambien
la isla de Sancto Tomé, que está debajo de la línea equinoccial, en
tiempo deste rey D. Alonso V, y, segun la cuenta susopuesta, viviente
tambien el infante D. Enrique, su tio. En los descubrimientos arriba
dichos, pasado el cabo Blanco, ofrecióse un moro viejo á ir al reino
de Portugal por ver las cosas de allí, y lo mismo quiso hacer un
portogués, llamado Juan Fernandez, quedarse por curiosidad con los
moros, por ver la tierra y las cosas della; de ambas á dos cosas se
holgó en gran manera el Infante, porque de ambas á dos partes, del
moro por relacion y de Juan Fernandez por experiencia, esperaba saber
los secretos de la tierra que él mucho deseaba. Al moro recibió muy
bien y le hizo vestir y darle mucho contentamiento el tiempo que en
Portogal estuvo. Á cabo de ocho ó diez meses, envió el Infante á saber
del dicho Juan Fernandez, el cual ya deseaba que viniesen por él, y
él acudia muchas veces á la costa de la mar por ver si parecia algun
navío; llegado el navío á la tierra donde estaba, y dicho á los moros
que se queria volver á su tierra, mostraron los moros sentimiento de
se querer ir de su compañía, por el amor que ya cobrado le tenian.
Vinieron cierta gente con él para lo acompañar y defender de los
pescadores de la costa que le podian hacer mal, y los que vinieron con
él rescataron á los portogueses nueve negros y cierta cantidad de oro
en polvo. Contaba este Juan Fernandez, que los moros, en cuya compañía
estuvo, eran todos pastores, parientes de aquel moro viejo que quiso
ir á Portugal; lo que primero con él hicieron fué quitarle todo lo que
tenia y llevó consigo, ansí de vestidos como del vizcocho y legumbres,
y lo que más llevaba, y, para que se cubriese, diéronle un alquicer
viejo y roto con que se cubriese, al revés de lo que el Infante habia
hecho al moro viejo. Él, con que no le tocasen en la vida, mostrábales
haber placer y hacerse con ellos cuanto podia; lo que comian ellos,
y á él le daban, era cierta simiente ó grano, semejante á panizo,
que el campo tiene y hallan sin sembrarla por él, y ciertas raíces y
tallos de algunas hierbas, y esto no en abundancia, con muchas cosas
inmundas, como lagartijas y gusanos tostados al sol, que por aquella
region arde mucho; y porque algunos meses del año aún esto les falta,
comunmente se mantienen de leche y queso de los ganados que guardan, y
la leche les sirve de bebida tambien, porque tienen gran falta de agua,
por no tener rio alguno, y los pozos que en algunas partes tienen son
muy salobres; carne, si alguna comen, es de algunos animales monteses
y aves que matan, pero en los ganados no tocan, y estos son los que
viven en la tierra dentro, porque los que viven en la costa de la mar
acerca tienen abundancia de pescado crudo y seco al sol, sin sal, y el
fresco muchas veces por ser más húmedo para que no les dé tanta sed.
Aquella tierra es toda arenales, muy estéril, arboledas casi ninguna
sino son algunas palmas, y unos árboles que parecen á las higueras que
en Castilla llaman del infierno; por esta causa la tierra es mala de
conocer, por lo cual, para andar por ella y no perderse, se guian por
los aires que corren y por las estrellas y tambien por las aves que
vuelan, principalmente cuervos y buitres y otras de rapiña, que siguen
las inmundicias que se echan á los lugares poblados, y estas muestran
donde están las poblaciones ó por mejor decir aquellas cabañas de los
pastores y ganados, porque, por ser la tierra tan estéril, á cada
paso mudan los pastos. Las casas suyas son unos tendejones; su comun
vestido es de los cueros de los ganados; los mas honrados tienen sus
alquiceles, y los que más principales son paños de mejor suerte y ansí
los caballos como las guarniciones dellos; el oficio comun de todos es
seguir la vida pastoral y curar y guardar su propio ganado, porque en
ello consiste toda su hacienda y la sustentacion de su vida, porque
deben de venderlo á otras gentes de la tierra adentro. La lengua y la
escritura difiere algo de la de los alárabes de Berbería, como la de
castellanos y portogueses; no tienen Rey ó Príncipe alguno, sino siguen
el mayor de las parentelas y aquel los gobierna, y ansí andan apartados
los parientes entre sí; estas parentelas ó linajes tienen contiendas
y guerra con otras, sobre los pastos de la hierba y los abrevadores
de los pozos. Esta vida y policía contaba Juan Fernandez que vido en
aquella tierra; despues andando mirando mas secretos de la tierra topó
con una cuadrilla ó parentela de gente, cuya cabeza era un moro muy
honrado y principal de aquellos Azenegues, persona de autoridad, que se
trataba mejor que otros, el cual guardó mucha verdad y hizo muy buen
tratamiento al dicho Juan Fernandez y lo dejó ir á buscar los navíos
de los portogueses, y le dió ciertos hombres que le acompañasen y
guardasen, como digimos, el cual, dice el historiador que vino á ellos
muy gordo y fresco, habiendo comido siempre aquellos flacos manjares
con leche. Quiero concluir este capítulo con referir una graciosa
curiosidad que un extranjero tuvo en uno destos viajes. En aquellos
tiempos como sonase la fama por los otros reinos, fuera de Portugal,
los descubrimientos de gentes y tierras nuevas que el Infante hacia y
cada dia crecian más, algunos extranjeros se determinaban salir de sus
reinos y naciones y venirse á Portugal é ir algun viaje de aquellos,
para despues tener en sus tierras que contar; entre los otros fué un
caballero que se llamaba Baltasar, de la casa del Emperador Federico
III. Movido por la razon dicha, pidió cartas de favor del Emperador
para el rey de Portogal, el cual suplicó al rey de Portogal que lo
enviase en un viaje de aquellos, porque en gran manera deseaba verse
en una gran tormenta en la mar para tener que contar en su tierra; el
cual deseo el caballero Baltasar vido cumplido, porque, salidos del
puerto, dende á algunos dias tomóles tan terrible y deshecho temporal
que totalmente tuvieron perdida esperanza de las vidas, y ansí dijo
el dicho Baltasar que habia visto ya su deseo cumplido pero que no
sabia si á contarlo en su tierra tornaria, y por esta gran tormenta se
tornaron necesitados á Portugal. Despues de haberse proveido de las
cosas que les faltaban tornaron á salir, y el Baltasar tambien con
ellos diciendo, que pues ya podia contar la tormenta de la mar, que
tambien determinaba ver las cosas que en la tierra habia; y ansí tornó
en el mismo viaje.



CAPÍTULO XXVII.


Muchas veces envió el rey D. Alonso á descubrir la dicha costa de
Guinea, y los Capitanes y descubridores que enviaba presumian y
porfiaban de ir cuanto más adelante pudiesen, por las mercedes que el
Rey hacia á todos, y mayores á los que más en esto se aventajaban, y
tambien por dejar loa y fama de sí mismos; y no ménos debia ser por
los rescates, y por los robos, y salteamientos, y captiverios que de
camino hacian y provechos temporales que adquirian, esperando cada dia
descubrir tierras más ricas, mayormente que la esperanza principal,
que el Rey y el Infante y todos los demas tenian, era descubrir las
Indias, y esto era lo que más todos pretendian. En muchos viajes que
en tiempo deste rey D. Alonso, para este descubrimiento, se hicieron,
se descubrieron muchas leguas pasando la línea equinoccial, como se
tocó en el capítulo 25, y en el año de 1471 descubrieron el rescate
de la mina del Oro, y en este tiempo acordó el rey D. Alonso que ya
no salteasen por la tierra, sino que, por vía de comercio y rescate,
se tratase con aquellas gentes; pues que nunca cesaron violencias y
robos, y engaños, y fraudes, que siempre los portogueses en aquellas
tierras y gentes han hecho. Despues sucedió el rey D. Juan segundo
deste nombre, hijo del susodicho rey D. Alonso, el cual salió más
inclinado y aficionado á proseguir este descubrimiento, hasta llegar á
la India y saber del Preste Juan, por muchos indicios que tuvo, ó le
pareció que tenia, estar su señorío en las regiones sobre la tierra de
Guinea. El año, pues, de 1481 despachó una buena armada para hacer un
castillo y fortaleza en el rio que llamaban de Sant Jorge, que es la
mina del Oro, para comenzar á tomar posesion del señorío de Guinea, por
virtud de las dona que los Sumos Pontífices á los reyes de Portugal
habian hecho. Esta fortaleza hizo en el reino de un Rey negro, que se
llamaba Caramansa, con cierta cautela que llevó, mandada hacer por el
rey de Portugal, el Capitan de la armada. Este fué diciendo que el
Rey, su señor, era muy poderoso y que le amaba mucho por las nuevas
que dél habia oido, por las personas de los navíos que allí habian
llegado á contratar y rescatar oro, y deseaba mucho haber su amistad
y comunicarle los bienes que él en su reino tenia; de los cuales, el
principal era darle cognoscimiento de su Dios y Criador verdadero de
todos, etc., y que para aquello le enviaba en aquellos navíos muchos
bienes temporales, y para guardarlos habian menester hacer allí en
su tierra una casa, la cual sería para él y su reino, como adelante
veria, muy provechosa, y para conservacion mayor de la paz y amistad
que asentaban, y por tanto, que le rogaba de parte de su señor, el
rey de Portugal, le diese licencia para edificarla. Fué grande el
agradecimiento que el rey Caramansa mostró al rey de Portugal, y con
muy graciosas palabras, aunque dichas con mucha gravedad, pero con más
prudentes razones, respondiendo á lo de la casa, se comenzó á excusar
diciendo que del amistad y paz del rey de Portugal holgaba mucho, y
que para ella bastaba la comunicacion de los navíos yentes y vinientes
para el rescate y contratacion, y que, haciendo casa dónde y cómo
decia, con tan continua conversacion entre sus vasallos y los del rey
de Portugal, muchas veces se ofreceria materia de reñir y disension,
y se daria y tomaria causa de quebrantarse la paz y se perdiese el
amistad, y añidió otras palabras y razones de persona prudente y de
mucha sagacidad; replicó el Capitan muchas palabras y allegó razones
harto superficiales, y poco concluyentes cuanto á buena razon, puesto
que el rey Caramansa, segun dice Juan de Barros en su Historia, lo
concedió. Mas segun yo creo, si es verdad lo que dice Juan de Barros,
concederlo ya, ó de ser de noble condicion, y, lo que más verísímile
es, de mucho miedo y temor, porque tenia el Capitan consigo 500 ó 600
hombres bien aparejados y armados, más que de providencia discreta
real, porque á gente tan diferente y extraña, y armada, y de quien
habria oido los saltos, males y daños que habian á sus vecinos hecho,
moros ó negros, discrecion y prudencia de Rey fuera nunca les admitir
á hacer casa en su tierra, hasta mas probar qué era lo que pretendian,
que daños, de su morada en su reino, podian resultar. Y cuando dijo
que era contento que hiciesen la casa, dicen que añadió, que fuese
con condicion que guardasen la paz y verdad que le prometian, porque,
si la quebrantaban, más engañaban y dañaban á sí mismos que no á él,
porque la tierra era grande y no le faltarian unos pocos de palos y
ramas para hacer una casa en que viviese; y esto dicho se despidió
del Capitan y volvió el Rey á su pueblo, porque esto era en la costa
de la mar, donde habia venido á verse con el Capitan y cristianos,
muy acompañado y con muchas ceremonias que los suyos hacian y traian
en el camino y él con un paso muy maduro y autorizado, con el cual,
y por la misma órden que vino, se volvió. El cual vuelto, luego los
oficiales y canteros portogueses comenzaron á cortar piedras y abrir
cimientos y disponer materiales para edificar su fortaleza; viéndolos
ciertos negros que allí estaban, vasallos del dicho rey Caramansa, con
grandísimo ímpetu arremetieron como perros rabiosos, sin temor alguno,
á los oficiales, á estorbarles, y debian de andar á las puñadas, puesto
que dice la historia que plugo á Dios que no hobo sangre, pero esta
debia ser que no salió de los portogueses porque no tenian los negros
armas para de presto sacarla, mas teniendo ellos sus espadas y lanzas
tan en la mano, maravillarme ia yo si los portogueses de los negros
no la derramasen: despues al cabo destruyeron los portogueses aquel
lugar, porque al fin en esto habia el amistad de parar. Fundóse allí
una ciudad de portogueses, rescatóse mucha cantidad de oro entónces,
y despues ha habido por allí mucho rescate, y, cuanto los portogueses
podian, segun dice la historia, trataban con los negros pacíficamente,
por vía de comercio y contratacion. Murieron muchos portogueses de
enfermedad, por ser la tierra mal sana, despues, el tiempo andando, no
hobo tanto mal; dícese siempre allí una misa por el infante D. Enrique,
por haber sido autor destos descubrimientos. Hecho el castillo de Sant
Jorge, de la manera dicha, pareció al rey de Portugal que habia tomado
posesion de aquellos reinos, por lo cual añadió este título á los
demas de su corona, y venido aquel Capitan, que á hacer la fortaleza
invió, que fué desde á tres años, rey ó señor de Guinea se intituló.
Tornó á enviar otros descubridores el año de 1484, que descubrieron
el reino de Congo, y más adelante hasta 24º, desa parte de la línea
equinoccial hácia el Sur, donde ha habido grandes contrataciones y se
han tornado muchos negros cristianos y salido mucho fruto, segun dice
la Historia portoguesa, pero cada dia creemos que hacen grandes daños
en el captivar esclavos, y dan motivos los portogueses á que ellos á sí
mismos se captiven por codicia y se vendan, y este daño y ofensas que
se hacen á Dios no fácilmente serán recompensables. En estos viajes y
descubrimientos, ó en alguno dellos, se halló el almirante D. Cristóbal
Colon y su hermano D. Bartolomé Colon, segun lo que yo puedo colegir
de cartas y cosas escritas que tengo de sus manos. En tiempo deste
rey, D. Juan II y del rey D. Manuel que le sucedió, hobo grandísimas
corrupciones en los portogueses con el rescate que tuvieron de los
esclavos negros, rescatándolos en el reino de Benij y en otras partes
de aquella costa, llevándolos á trocar por oro á la mina donde hizo el
castillo de Sant Jorge; porque la gente de allí, aunque negros tambien
todos, holgaban de comprar esclavos negros de otras partes por oro,
para sus comercios que tenian con otros negros, sus vecinos, y ellos ó
los otros con los moros. Sabida esta corrupcion por el rey D. Juan III,
que sucedió al rey D. Manuel, queriendo excusar tantos y tan grandes
pecados, porque las ánimas que él es obligado á convertir, en cuanto
en él fuere, y darles camino de salvar, las entregaban á los moros,
donde sobre sus ritos y errores de idolatría les habian de añadir la
pestífera ley de Mahoma, como Rey cristiano, posponiendo los provechos
temporales que le venian, quitó del todo, segun dice la historia, y
prohibió el dicho comercio y trato infernal, pero á lo que vemos y
hemos visto, quitó el trato que no se vendan á los moros, mas no quitó
el rescate y mil pecados mortales que se cometen en ello, hinchiendo
al mundo de negros esclavos, al ménos España, y hacer rebosar nuestras
Indias dellos; y que de cien mil no se cree ser diez legítimamente
hechos esclavos como abajo, si Dios quisiere, más largo se dirá.
Porque como ven los negros que los portogueses tanta ansia tienen
por esclavos, por codicia de lo que por ellos les dán, como tambien
carezcan de fe y temor de Dios, cuantos pueden roban y captivan, como
quiera que sea, y sus mismos deudos no perdonan, y ansí no es otra
cosa sino aprobarles sus tiranías y maldades y guerras injustas, que
por esto unos á otros hacen. En el año de 486, por ciertas nuevas que
el rey D. Juan de Portugal supo, de un gran Rey que señoreaba, en las
entrañas de aquella tierra de Etiopía, sobre muchos Reyes, de quien
se decian maravillas, y, segun estima del rey D. Juan, era el Preste
Juan de las Indias; determinó de inviar navios para que, por la mar,
y echando de los negros que ya tenian en Portugal, por la tierra
adentro, especialmente mujeres negras, como mas libres y aparejadas
para no recibir mal, le diesen alguna nueva de aquel gran Rey ó Preste
Juan. Para efecto desto, mandó aparejar dos navíos de cada cincuenta
toneles, y una navecita llena de bastimentos sobresalientes, para
socorro si á los dos navíos faltasen; en los cuales puso por Capitan
un caballero de su casa que se llamaba Bartolomé Diaz, que habia
navegado por aquellas costas, descubriendo, en otros viajes. Partido
de Lisboa en fin de Agosto, anduvo muchas leguas con muy grandes
tormentas y trabajos hasta llegar de la parte de la equinoccial 33º y
tres cuartos; llegados á cierto isleo ó isla pequeña que estaba junto
con la tierra firme, como la gente venia cansada y asombrada de las
terribles mares que habian padecido, comenzaron todos á se quejar y á
requerir al capitan Bartolomé Diaz que no pasase adelante, porque los
bastimentos se acababan y la nao que habian traido llena de bastimentos
sobresalientes se habia quedado atras y no sabian della, y podia ser
que ántes que la hallasen pereciesen todos, cuanto mas peligro y daño
padecerian si adelante pasasen; añadian que bastaba lo mucho que de
costa de mar en aquel viaje habian descubierto, por lo cual llevaban
la mejor nueva que alguno de todos los descubridores hasta entónces
habia llevado, pues vían que la costa volvia el camino de hácia el
leste ó Levante y que era manifiesta señal quedar atras algun gran
Cabo, que ellos, por haberse metido algo á la mar, no habian visto,
y que sería mejor consejo tornar hácia atras á lo descubrir. Y es
aquí de notar que tornar la costa hácia el Levante les fué muy grande
esperanza del descubrimiento de la India, que era lo que los reyes de
Portugal principalmente pretendian pero como cuasi toda la costa de
África, y tan grande como era, se habia corrido y navegado, poco mas
poco menos, Norte Sur, bien podian argüir é conjecturar y esperar,
por las nuevas y noticia que de la doctrina de Ptolomeo y los demas
se tenia, que por allí podrian llegar y descubrir la India, y ansí
fué. Finalmente, Bartolomé Diaz, con harto dolor de su corazon por
el ansia que tenia de pasar adelante, por sosegar las murmuraciones
y clamores de la gente, determinó de dar la vuelta, y, haciéndose
hácia la tierra, vieron luego asomar aquel grande y monstruoso y
celebratísimo cabo Hesperionceras, que tantas centenas de años habia
que estaba encubierto (puesto que, como digimos en el cap. 15, Hanon,
Cartaginense, lo descubrió antiguamente) el cual agora llamamos de
Buena Esperanza. Desque lo vieron fué grande el alegría que todos
hobieron y creyeron que aquel descubierto se habia de descubrir otro
mundo; cuando dieron la vuelta habian pasado del Cabo adelante 140
leguas, segun dice Hernando Lopez de Castañeda, coronista de Portogal,
lib. I, cap. 1.º de su Historia. Á este Cabo puso nombre el capitan
Bartolomé Diaz y su gente, cabo Tormentoso, por razon de los grandes
peligros y horribles tormentas que habian pasado en doblallo, pero,
llegados á Portugal, el rey D. Juan le puso por nombre cabo de Buena
Esperanza, por la esperanza que daba de que se descubriria la India que
tan deseada y buscada era. Halláronse entónces en 33º poco ménos de
altura dese Cabo de la equinoccial, pero como entónces no tenian tanta
experiencia de las alturas debian de errar, porque agora hallamos el
dicho cabo de Buena Esperanza[24] en 45º, aunque D. Bartolomé Colon,
hermano del Almirante que se halló en este descubrimiento, dijo que en
45 y así quizá lo debia entónces de hallar, sino que ó el molde ó el
historiador se engañó, porque agora no se platica estar sino en 35º.
Despues este rey don Juan mandó poner mucha diligencia sobre que se
hiciese arte de navegar, y encomendólo á dos médicos, uno cristiano,
llamado Maestre Rodrigo, y el otro judío, maestre Josephe, y á un
bohemio, Martin de Bohemia, que decia haber sido discípulo de Juan de
Montenegro, grande astrónomo, los cuales hallaron esta cierta manera
de navegacion de que agora usamos, por el altura del Sol; así lo dice
el dicho Juan de Barros en el lib. IV, cap. 3.º de su primera década
de Asia. Por manera, que cierto es haber sido los portogueses los
primeros que esta manera de navegar hallaron y usaron; y dellos los
españoles la tomamos, no se les quite su merecimiento ántes les demos
las gracias; y porque Cristóbal Colon y su hermano Bartolomé Colon en
aquellos tiempos vivian en Portugal, allende de lo que ellos se sabian
de teórica y experiencia de navegacion, en Portugal se debieran en esta
facultad de perfeccionar. Anduvieron ambos muchas ó algunas veces,
como arriba dije, ocupados y en compañía de los portogueses en estos
descubrimientos, y en especial en este del cabo de Buena Esperanza se
halló Bartolomé Colon, pudo ser tambien que se hallase Cristóbal Colon.
Yo hallé, en un libro viejo de Cristóbal Colon, de las obras de Pedro
de Aliaco, doctísimo en todas las ciencias y astronomía y cosmografía,
escritas estas palabras en la márgen del tratado _De imagine mundi_,
cap. 8.º, de la misma letra y mano de Bartolomé Colon, la cual muy
bien conocí y agora tengo hartas cartas y letras suyas, tratando
deste viaje: _Nota quæ hoc anno de ochenta y ocho in mense decembri
apulit Ulisboa Bartholomeus Didacus Capitaneus trium carabelarum quem
miserat serenisimus rex Portugaliæ in Guinea, ad tentandum terram, et
renunciavit ipse serenisimo Regi prout navigaverat ultra quam navigatum
leuche seiscientas, videlicet, quatrocientas y cincuenta ad austrum
et ciento y cinquenta ad aquilonem, usque unum promontorium per ipsun
nominatum_ cabo de Buena Esperanza: _quem in angelimba estimamus quique
in eo loco invenit se distare per astrolabium ultra lineam equinocialem
gradus quarenta y cinco, qui ultimus locus distat à Lisboa tres mil y
cient leguas. Quem viaggium punctavit et scripsit de leuca in leucam
in una carta navigationis ut occuli visui ostenderet ipse serenissimo
Regi. In quibus onnibus interfui_, etc. Estas son palabras escritas de
la mano de Bartolomé Colon, no sé si las escribió de sí ó de su letra
por su hermano Cristóbal Colon, la letra yo la conozco ser de Bartolomé
Colon, porque tuve muchas suyas. Algun mal latin parece que hay é todo
lo es malo, pero póngolo á la letra como lo hallé de la dicha mano
escrito, dice ansí: «Que el año de 488, por Diciembre, llegó á Lisboa
Bartolomé Diaz, Capitan de tres carabelas, que el rey de Portugal
envió á descubrir la Guinea, y trujo relacion que habian descubierto
600 leguas, 450 al austro y 150 al Norte, hasta un Cabo que se puso de
Buena Esperanza, y que por el astrolabio se hallaron dese Cabo de la
equinoccial 45°, el cual cabo dista de Lisboa 3.100 leguas, las cuales
diz que contó el dicho Capitan de legua en legua, puesto en una carta
de navegacion, que presentó al rey de Portugal: en todas las cuales,
dice, yo me hallé.» Por manera que, ó él ó su hermano, el almirante
D. Cristóbal Colon, que fué despues, ó ambos á dos se hallaron en el
descubrimiento del cabo de Buena Esperanza. Parece diferir en el año
lo que dice Bartolomé Colon y lo que refiere el portogués coronista,
porque dice Bartolomé Colon que el año de 88 y el coronista el de 87
que llegaron á Lisboa; puede ser verdad todo desta manera y es, que
algunos comienzan á contar el año siguiente desde el dia de Navidad,
que ansí lo debia de contar Bartolomé Colon, y por eso dijo que en
Diciembre llegaron á Lisboa, año de 88, y otros desde Enero, y ansí
aun no siendo salido Diciembre, refirió el coronista que el año de 87
llegaron á Lisboa. Esto parece ser verdad, porque dice que salieron el
año de 86, por fin de Agosto, y volvieron el año de 87 por Diciembre,
habiendo tardado en la jornada ó viaje diez y seis meses, que viene
cuenta cabal. Resta contaran este capítulo una cosa, que á los que no
han estudiado natural filosofía, mayormente que no son médicos, podrá
bien admirar. Es, que, como el dicho capitan, Bartolomé Diaz, tornase
con su compañía, descubierto el dicho cabo de Buena Esperanza, en busca
de la naveta de los bastimentos, que habia dejado ya ocho meses habia,
hallóla, y de nueve hombres que dejó en ella no halló vivos sino tres,
porque los negros los habian muerto, fiándose dellos por codicia de los
rescates que tenian; un portogués de los cuales tres, que se llamaba
Fernan Colazo, estaba muy flaco de enfermedad, y fué tanta el alegría
que hobo de ver la gente de su compañía que nunca pensó ver, que
cayó en él tal pasmo que murió luego. De manera, que de mucho placer
excesivo, ansí como de mucho pesar, suelen morir los hombres, por el
gran exceso de alteracion que sobre su corazon los tales reciben.
Valerio Máximo, lib. IX, cap. 12, dice, que como á una mujer le fuese
denunciado que era muerto un hijo suyo que mucho amaba, de lo cual
estuviese tristísima y llorosa, y súpitamente el hijo entrase vivo,
y ella fuese con excesiva alegría á abrazarlo, juntamente cayó en el
suelo muerta.[25] De otra dice lo mismo allí, y Plutarco, en la vida
de Aníbal, cuenta de ambas mujeres desta manera, conviene á saber: que
como Aníbal hobiese hecho gran matazon y estrago de los romanos, y la
ciudad de Roma, sabidas las nuevas, estuviese toda en lucto y planto,
mayormente las mujeres, con sospecha de la muerte de sus maridos y
hijos, viniendo á deshoras los hijos de dos dellas fué tanta el alegría
que recibieron, que súbitamente espiraron; de algo desto habla Plinio,
lib. VII, cap. 53. Por esta causa, segun se lee de Aristóteles, yendo
una vez á visitar á su madre, sospechando que la grande alegría le
podia hacer el daño semejante, envióle delante un criado que le dijese
que no recibiese pena, porque Aristóteles venia un poco mal dispuesto á
verla; porque cuando lo viese hobiese recibido un poco de pesar, para
que se templase ó mezclase lo triste con lo alegre y ansí no pudiese
haber exceso. La causa natural que se asigna desta manera de muerte,
es, porque el corazon del hombre se dilata con exceso demasiado, y el
calor sálese fuera desamparando el corazon, y ansí queda frio y sin
vigor, á lo cual se sigue luego la muerte.



CAPÍTULO XXVIII.

 En el cual se torna á la historia de como Cristóbal Colon deliberó de
 ofrecerse á descubrir otro mundo, cuasi como certificado que lo habia
 de hallar.--Ofreció al rey de Portugal primero la empresa.--Las cosas
 que proponia hacer é riquezas descubrir; las mercedes que pedia por
 ello.--Mofaron el Rey y sus Consejeros dél, teniendo por burla lo que
 prometia; estuvo catorce años en esto con el rey de Portugal.--Por la
 informacion que el Rey le oia envió una carabela secretamente, que
 tornó medio perdida; sabida la burla determinó dejar á Portugal y
 venir á los reyes de Castilla.--Asígnanse algunas causas, por que el
 rey de Portugal dejaria de aceptar esta negociacion.


Fenecida esta, susointerpuesta, larga digresion que pareció convenir,
lo uno por dar noticia de cosas antiguas que pocos sabian, lo otro
por la declaracion de algunos errores, que, cerca del descubrimiento
y negocio destas nuestras Indias, presumieron con temeridad algunos
escribir, porque no vayan en las historias dellas fundados sobre
vanísima falsedad los leyentes, será bien tornar á proseguir nuestro
propósito, comenzando del principio donde Cristóbal Colon comenzó
á proponer su negocio en las córtes de los Reyes cristianos. Fué,
pues ansí, que concebida en su corazon certísima confianza de hallar
lo que pretendia, como si éste orbe tuviera metido en su arca, por
las razones y autoridades y por los ejemplos y experiencias suyas
y de otros, y ocasiones que Dios le ofreció (y no fué chico saber
que en sus dias se habian descubierto las islas de cabo Verde y de
los Azores, y tan gran parte de África y Etiopía, y que él habia
sido en algunos viajes dellos), supuesta la esperanza del ayuda y
divino favor, que siempre tuvo, y enderezada su intencion á que todo
lo que hiciese y descubriese resultase á honra y gloria de Dios, y
á ensalzamiento de su santa fe católica, con determinado ánimo de
ponerse á cuantos peligros y trabajos se le pudiesen ofrecer (los
cuales fueron tantos y tan continuos y tales, que ni se podrán
encarecer, ni del todo ser creidos), por descerrajar las cerraduras,
que el Océano, desde el diluvio hasta entónces, clavadas tenia, y por
su persona descubrir otro mundo, que tan encubierto en sí el mundo
escondia, y por consiguiente abrir amplísimas puertas para entrar
y dilatarse la divina doctrina, y Evangelio de Cristo; finalmente,
deliberó de buscar un Príncipe cristiano que le armase los navíos
que sintió haber menester, y proveyese de las cosas necesarias para
tal viaje, considerando que tal empresa como aquella, ni comenzarla
ni proseguirla, y ménos conservarla, por su poca facultad, él no
podia, sin que persona real y poderosa para ello le diese la mano y
pusiese en camino. Pues como por razon del domicilio y vecindad que
en el reino el de Portugal habia contraido (ya fué súbdito del Rey
de allí, lo uno; lo otro, porque el rey D. Juan de Portugal vacaba y
actualmente del todo se ocupaba en los descubrimientos de la costa de
Guinea, y tenia ansia de descubrir la India; lo tercero por hallar el
remedio de su aviamiento cerca;) propuso su negocio ante el rey de
Portugal, y lo que se ofrecia á hacer es lo siguiente: Que por la vía
del Poniente, hácia Austro ó Mediodia, descubriría grandes tierras,
islas y tierra firme, felicísimas, riquísimas de oro y plata y perlas y
piedras preciosas y gentes infinitas; y que por aquel camino entendia
topar con tierra de la India, y con la grande isla de Cipango y los
reinos del gran Khan, que quiere decir en nuestro romance Rey de los
Reyes grande. Lo que pedia para su viaje fué lo que se sigue: Lo
primero, que el Rey le armase tres carabelas bastecidas de gente y de
vituallas para un año, con las cosas demas necesarias para navegar, y
ciertas arcas de rescates, conviene á saber, mercería de Flandes como
son cascabeles, bacinetas de laton, hoja del mismo laton, sartas de
cuentas, vidrio de diversas colores, espejuelos, tiseras, cuchillos,
agujas, alfileres, camisas de lienzo, paño basto de colores, bonetejos
colorados y otras cosas semejantes, que todas son de poco precio y
valor, aunque para entre gente dellas ignorante de mucha estima. Las
mercedes que pidió para en remuneracion de sus peligros, trabajos y
servicios, estas son que aquí ponemos, en la peticion de las cuales
mostró Cristóbal Colon su gran prudencia y ser de ánimo generoso, y
no ménos la cuasi certidumbre que llevaba de hallar lo que pretendia.
Primeramente, que le honrasen armándole caballero de espuelas doradas,
y que se pudiese llamar D. Cristóbal Colon, él y sus sucesores. Lo
segundo, que le diesen título de Almirante mayor del mar Océano, con
todas las preeminencias ó prerogativas, privilegios, derechos, rentas
é inmunidades que tenian los almirantes de Castilla. Lo tercero, que
fuese su Visorey y Gobernador perpetuo de todas las islas y tierras
firmes que él descubriese, por su persona, y por su industria fuesen
descubiertas. Lo cuarto, que le diesen la décima parte de las rentas
que el Rey hobiese de todas las cosas que fuesen oro, plata, perlas,
piedras preciosas, metales, especería y de otras cualesquiera cosas
provechosas, y mercaderías de cualquiera especie, nombre y manera que
fuesen, que se comprasen, trocasen, hallasen, ganasen, dentro de los
límites de su Almirantazgo. Lo quinto, que en todos los navíos que se
armasen para el dicho trato y negociacion, cada y cuando y cuantas
veces se armasen, que pudiese Cristóbal Colon, si quisiese, contribuir
y pagar la ochava parte, y que del provecho que dello saliese llevase
tambien la ochava parte, y otras cosas que abajo parecerán. Ansí que
propuesto este árduo y grande negocio ante el rey de Portugal, y hecho
su razonamiento, dadas las razones y autoridades que le podian, para
persuadir al Rey, ayudar, dice la dicha Historia portoguesa, que porque
el Cristóbal Colon era hombre más hablador y glorioso en mostrar sus
habilidades, y más fantástico de sus imaginaciones con su isla de
Cipango, que cierto en lo que decia, dábale poco crédito: y cerca
desto, dice Cristóbal Colon en una carta al rey D. Fernando, que yo
vide escrita de su mano: «Dios nuestro Señor me envió acá, porque yo
sirviese á Vuestra Alteza, dije, que milagrosamente, por que yo fuí
al rey de Portogal, que entendia en el descubrir, más que otro, y le
tapó la vista y oido y todos los sentidos, que en catorce años no me
entendió, etc.» Estas son sus palabras. Es aquí mucho de notar que
este coronista trabaja de anichilar en cuanto puede á Cristóbal Colon
y á un negocio tan grande y señalado que ofrecia y prometia, diciendo
que era sueño y que no se fundaba por razon sino por imaginaciones, y
en el mismo lugar, que es el cap. 11 del lib. III de la primera década
de Asia, dice, contando como el Almirante Cristóbal Colon acertó, que
el rey de Portugal se angustió y entristeció en grande manera, cuando
lo vido volver, y vido los indios que traia, que no era gente negra, y
el oro y otras cosas que le mostró. Por manera que él mismo se confunde
y dá la respuesta y la pena de lo que, injusta é irrazonablemente,
abate y contradice; dice más el dicho Juan de Barros, historiador, que
á fuerza de las importunaciones de Cristóbal Colon, el rey de Portogal
cometió el negocio á D. Diego Ortiz, Obispo de Cepta (y este creo que
fué castellano, que llamaron primero el doctor Calzadilla, natural de
Calzadilla, lugar del Maestrazgo de Santiago), y á maestre Rodrigo,
y á maestre Josephe, judío, médicos y que sabian de astronomía, como
arriba en el capítulo precedente digimos, y á quien daba crédito en
las cosas de descubrimientos y de cosmografía, los cuales, dice, que
tuvieron por vanidad las palabras de Cristóbal Colon, por ser fundadas
en imaginaciones y cosas de la isla de Cipango. Todo esto dice Juan de
Barros en su Historia portoguesa, pero cierto, harto confuso parecerá
quedar cuando contáremos lo que pasó, y el rey de Portugal dijo é
hizo con la venida de Cristóbal Colon, descubiertas las Indias, como
el mismo Juan de Barros cuenta; lo que creemos que él, de industria,
calló, si lo supo, es esto: que como el rey de Portugal oyó al dicho
Cristóbal Colon, en sus razones, las derrotas, y rumbos, y caminos que
pensaba llevar, hablando dello como de cosa de que ninguna duda tenia;
el Rey, con cautela, inquiriendo y sacando de Cristóbal Colon, cada
dia, más y más, determinó, con parecer del doctor Calzadilla ó de todos
á los que habia cometido tractar desta materia, de mandar aparejar muy
secretamente una carabela, proveida de gente portoguesa, y bastimentos
y lo demas, y enviarla por el mar Océano, por los rumbos y caminos de
que habia sido informado que Cristóbal Colon entendia llevar, para que
tentasen á descubrir si pudiesen hallar algo, y así gozar de los avisos
de Cristóbal Colon, sin que bien alguno para otro saliese de sus reales
manos. Con este su propósito despachó su carabela, echando fama que
la enviaba con provisiones y socorros á los portogueses que poblaban
las islas de cabo Verde ó otras, porque todas entónces se comenzaban á
poblar, como ha parecido, y habia por aquel tiempo hartas navegaciones
á Guinea y á los Azores y á la de la Madera y Puerto Sancto, para
que no faltase fingida color, cumpliendo mañosa y disimuladamente,
dilatando la respuesta y resolucion de dia en dia, con Cristóbal Colon;
pero como por mucho que la prudencia humana quiera rodear y manejar no
pueda mudar el consejo y voluntad divina, ni estorbar que no consiga
sus efectos la sempiterna disposicion, en cuya mano están los reinos
para los distribuir á quien le place que los haya de administrar, y
tenia elegidos para este ministerio los reyes de Castilla y Leon,
ordenó que despues de haber andado muchos dias y muchas leguas por
la mar, sin hallar nada, padeciesen tan terrible tormenta y tantos
peligros y trabajos, que se hobieron de volver destrozados, desabridos
y mal contentos, maldiciendo y escarneciendo de tal viaje, afirmando
que no era posible haber tierra por aquella mar mas que la habia en el
cielo. Vuelta la carabela á Lisboa, viéndola venir maltratada, rompidas
las velas y por ventura los masteles quebrados, fruta muy comun que
reparte, cuando se altera y muestra su furia, el Océano, los hombres
tambien salir afligidos y fatigados; comienzan luego los de la tierra
á preguntar á los de la mar, de dónde venian; dello al principio, como
entre dientes, como venian desengañados dello, poco á poco á la clara,
finalmente se hubo de descubrir y venir á noticia de Cristóbal Colon
la cautela y dobladura que con él traia el rey de Portugal; por manera
que se hobo de desengañar y juntamente determinarse de dejar aquella
corte y venirse á Castilla y probar si le iba mejor que en Portugal. Y
porque convenia estar desocupado del cuidado y obligacion de la mujer,
para negocio en que Dios le habia de ocupar toda la vida, plúgole de
se la llevar, dejándole un hijo chiquito que habia por nombre Diego
Colon, que fué el primero que despues en el estado de Almirante le
sucedió. Algunas razones, aparentes al ménos, hobo para que el rey de
Portugal no aceptase la empresa que ofrecia Cristóbal Colon; una pudo
ser, estar muy gastado el rey de Portugal en sustentar la conquista
de la Berbería y las ciudades, que los Reyes, sus antecesores, habian
tomado en África, y por los descubrimientos que hacia y entendia hacer
en la costa de Guinea, y para el descubrimiento de la India; otra
parecerle que hallaria de mala gana gente de la mar que quisiese osar
ir á descubrir por el mar Océano sin ver cada dia tierra, como hasta
entónces no se osaba hombre apartar della, y desta manera se habian
descubierto tres mil leguas de costa hasta el cabo de Buena Esperanza,
como se ha visto, lo cual era horrible y espantoso á todos en aquel
tiempo, digo navegar ó engolfarse sin ver cada dia tierra; otra,
parecer al rey de Portugal ser grave cosa pedir Cristóbal Colon tan
grandes mercedes, tanta dignidad y preeminencias: y si por esta causa
lo dejara gentil consideracion, fuera rehusar de dar las albricias,
por grandes que se pidieran, siendo dellas mismas, y de un millon y
millones de oro, dar una blanca vieja sin ser cosa suya, ni le deber
nada el que se lo prometia; ó pudo ser la cuarta, porque como via el
rey de Portugal sucederle cada dia mejor su descubrimiento de Guinea,
y esperaba dar en la India, y creia en esto ser aventajado Rey en
toda la cristiandad, y que ninguno se osaba poner en ocupacion de
descubrimiento, y por consiguiente que él y su reino estaban cerca de
señorear toda esta mar grande, y que si algo más en ella habia cuasi
guardado se lo tenian, tuvo en poco, ó mostró al ménos tener, todo lo
que Cristóbal Colon le ofreció que descubriria. Pero más con verdad
podemos decir lo que ya digimos, conviene á saber, tener ordenado la
Providencia divina de elegir los portogueses para que fuesen medio
para la salvacion de los que, de la que llamaban India, habian por la
predestinacion divina de ser salvos, y á los castellanos, destas gentes
de este orbe, constituir por ministros mediante la luz Evangélica,
traerlos y guiarlos en el camino de la verdad. Y plega á la bondad
divina que los unos y los otros conozcamos el misterio y ministerio
tan soberano para que nos escogió, y la merced incomparable que en
escogernos para ello nos hizo, para que correspondiendo con usura
la que él quiere del talento y don recibido, salgamos seguros de la
estrecha cuenta que dello le habemos de dar, oyendo lo que á aquel buen
siervo fué dicho. «Allégate acá siervo fiel, que pues en lo poco fiel
estuviste, razon será que te remunere con mucho; entra en los gozos de
tu señor.»



CAPÍTULO XXIX.

 Como determinó Cristóbal Colon que su hermano Bartolomé Colon fuese
 á ofrecer la empresa al rey de Inglaterra.--De las condiciones
 deste Bartolomé Colon.--Como hizo ciertos versos en latin al rey
 de Inglaterra y una figura.--Salió Cristóbal Colon secretamente de
 Portugal, vino á la villa de Palos.--Dejó su hijo chiquito, Diego
 Colon, en el monesterio de La Rábida.--Fuése á la corte.--Comenzó á
 informar á personas grandes.--Fué oido de los reyes; cometieron el
 negocio al Prior de Prado y á otros.--Pusieron muchos argumentos,
 segun entónces podian poner, harto débiles.--No fué creido, ántes
 juzgadas sus promesas por vanas é imposibles.--Asígnanse algunas
 razones desto.--Padeció grandes trabajos por cinco años, y en fin fué
 despedido sin nada.


Visto se ha en el capítulo precedente como Cristóbal Colon tuvo
legítima y justa causa y buena razon para dejar al rey de Portugal,
por las maneras y disimulacion que con él tuvo, lo que en los reyes
no arguye mucha y real simplicidad, de que conviene ser adornados.
Considerando que, si los reyes de Castilla no aceptasen su negociacion,
no le fuese necesario gastar mucha parte de su vida en buscar señores
que le diesen el favor y ayuda que habia menester, juntamente con
pasarse á Castilla, determinó que fuese al rey de Inglaterra, con la
misma demanda y le propusiese la misma empresa, un hermano suyo, que se
llamaba Bartolomé Colon. Este era hombre muy prudente y muy esforzado,
y más recatado y astuto, á lo que parecia, y de ménos simplicidad que
Cristóbal Colon; latino y muy entendido en todas las cosas de hombres,
señaladamente sabio y experimentado en las cosas de la mar, y creo
que no mucho ménos docto en cosmografía y lo á ella tocante, y en
hacer ó pintar cartas de navegar, y esferas y otros instrumentos de
aquella arte, que su hermano, y presumo que en algunas cosas destas
le excedia, puesto que por ventura las hobiese dél aprendido. Era mas
alto que mediano de cuerpo, tenia autorizada y honrada persona, aunque
no tanto como el Almirante. Este se partió para Inglaterra, y en el
camino quiso Dios á él tambien tentarle y ejercitarle, porque no
faltase á este tan árduo y nuevo negocio toda manera de contradiccion
porque hobo de caer en poder de ladrones corsarios de la mar, de nacion
Esterlines, no sé que nacion fueron. Esto fué causa que enfermase y
viniese á mucha pobreza, y estuviese mucho tiempo sin poder llegar á
Inglaterra, hasta tanto que quiso Dios sanarle; y reformado algo por
su industria y trabajos de sus manos, haciendo cartas de marear, llegó
á Inglaterra, y, pasados un dia y otros, hobo de alcanzar que le oyese
Enrique VII, deste nombre, al cual informó del negocio á que venia. Y
para más aficionarle á la audiencia é inteligencia dél, presentóle un
mapa-mundi que llevaba muy bien hecho, donde iban pintadas las tierras
que pensaba, con su hermano descubrir, en el cual iban unos versos en
latin, que él mismo, segun dice, habia compuesto, los cuales hallé
escriptos de muy mala é corrupta letra y sin ortografía, y parte dellos
que no pude leer; y, finalmente, más por ser de aquellos tiempos y de
tales personas y de tal materia, que por su elegancia y perfeccion
quise aquí poner:

  _Terrarum quicumque cupis atque æqnoris oras
  Noscere: cuncta decens hæc te pictura docebit.
  Quan probat et Strabo, Ptholomeus, Plinius atque
  Isidorus, non una tamen sententia queis est._

  _Hic etiam nuper sulcata carinis:
  Hispania Zona illa prius incognita genti
  Torrida: quæ tandem nunc est notissima multis._

              _Pro authore seu pictore.
  Gennua cui patria est, nomen cui Bartholomeus
  Columbus de terra rubea: opus edidit istud
  Londonijs: anno domini millesimo quatercentessimo octiesque uno
  Atque insuper anno octavo: decimaque die mensis Februarii._
              _Laudes Christo cantentur abunde._

Quieren decir los primeros, para los que no entienden latin El que
quisiere saber las orillas ó riberas de la tierra y de la mar, todo
lo enseña esta presente pintura, la cual aprueban Strabon, Ptolomeo,
Plinio y Sant Isidro, aunque por diversa manera. De los versos que
se siguen, lo que contienen es: Que aquel que con navíos habia otros
tiempos arado la ribera de España, cuasi prenunciando ó profetizando
dice, que ha de hacer que la tórrida zona, que solia ser tenida por
inhabitable y por esta causa no era conocida, que, mostrando por
esperiencia el contrario, sea notísima á muchos. El autor de aquella
pintura, dice, ser de patria ginovés, y que tiene por nombre Bartolomé
Colon de Tierra Rubia, hizo la obra en Londres, año de 1488 á 10 del
mes de hebrero: alabanzas se canten á Cristo en mucha abundancia.

Recibidos, pues, por el rey de Inglaterra los versos y el mapa-mundi,
mostró desde adelante al Bartolomé Colon siempre alegre cara, y holgaba
mucho de platicar en aquella materia con él, y, finalmente, segun se
dijo, la empresa de buena voluntad aceptaba, y enviaba por el Cristóbal
Colon; el cual ya era ido á su descubrimiento y vuelto con el fruto
maravilloso de sus trabajos, segun abajo más largo, placiendo á Dios,
se verá.

Segun podemos colegir, considerando el tiempo que Cristóbal Colon
estuvo en la corte de Castilla, que fueron siete años, por alcanzar
el favor y ayuda del Rey y de la Reina, y algunas palabras de sus
cartas, en especial escritas á los dichos Reyes católicos, y otras
circunstancias, primero debia de haber salido de Portugal para
Castilla, Cristóbal Colon, que su hermano, Bartolomé Colon, para
Inglaterra. Y ansí, salió Cristóbal Colon por el año de 1484, ó
al principio del año de 85, ó, si salieron juntos, despues que se
perdió Bartolomé Colon debió de tornar á Portugal é ir el viaje que
hizo Bartolomé Diaz, Capitan, con quien descubrió el cabo de Buena
Esperanza, y tornados el año de 88, por Diciembre, á Portugal, luego
partirse para Inglaterra, y compuso los versos por Febrero del mismo
año de 88; de donde parece seguirse de necesidad que Cristóbal Colon
no se halló en el dicho descubrimiento del cabo de Buena Esperanza;
y lo que referí que hallé escrito de la mano de Bartolomé Colon,
en el libro de Pedro de Aliaco, lo dijo de sí mismo y no de su
hermano Cristóbal Colon, y ansí lo creo yo haber acaecido cierto,
por las razones dichas. Tornando al propósito de la historia, salió
Cristóbal Colon de Portugal lo más secreto que pudo, temiendo que
el Rey lo mandára detener, y ninguna duda hobiera que lo detuviera,
porque visto que habia errado el lance que se le habia ofrecido y
quisiera con cautela acertar, procuraba tornar á su gracia á Cristóbal
Colon, ó por sacarle mayores y más ciertos indicios para tornar á
enviar por sí ó sin él, ó porque de verdad queria por mano dél se
concluyese y descubriese el negocio. Pero, más prudentemente que el
Rey al principio, lo hizo él al fin, y ansí, tomando á su hijo, niño,
Diego Colon, dió consigo en la villa de Palos, donde quizá tenia
cognoscimiento con alguno de los marineros de allí, é tambien, por
ventura, con algunos religiosos de Sant Francisco, del monesterio
que se llama Santa María de la Rábida, que está fuera de la villa,
un cuarto ó algo más de legua, donde dejó encomendado á su hijo
chiquito, Diego Colon. Partióse para la corte, que á la sazon estaba
en la ciudad de Córdoba, de donde los Reyes católicos proveian en la
guerra de Granada en que andaban muy ocupados. Llegado en la corte á
20 de Enero, año de 1485, comenzó á entrar en una terrible, continua,
penosa y prolija batalla, que por ventura no le fuera áspera ni tan
horrible la de materiales y armas, cuanto la de informar á tantos que
no le entendian, aunque presumian de le entender, responder y sufrir á
muchos que no conocian ni hacian mucho caso de su persona, recibiendo
algunos baldones de palabras que le afligian el ánima. Y porque el
principio de los negocios árduos, en las córtes de los Reyes, es dar
noticia larga de lo que se pretende alcanzar á los más probados y
allegados á los Príncipes, asistentes más continuamente á las personas
reales, ó en su consejo, ó en favor, ó en privanza, por ende procuró
de hablar é informar las personas que por entónces habia en la corte
señaladas y que sentia que podian ayudar. Estas fueron, el Cardenal
don Pero Gonzalez de Mendoza, que aquellos tiempos, por su gran
virtud, prudencia, fidelidad á los Reyes, y generosidad de linaje y de
ánimo, eminencia de dignidad, era el que mucho con los Reyes privaba;
con el favor deste señor, dice la Historia portoguesa, que aceptaron
los Reyes la empresa de Cristóbal Colon; otro, el maestro del príncipe
D. Juan, fray Diego de Deza, de la Órden de Santo Domingo, que despues
fué Arzobispo de Sevilla; otro fué el Comendador mayor, Cárdenas; otro,
el Prior de Prado, fraile de Sant Jerónimo, que fué despues el primer
Arzobispo de Granada; otro fué Juan Cabrero, aragonés, camarero del
Rey, hombre de buenas entrañas, que querian mucho el Rey é la Reina.
Y en carta escrita de su mano, de Cristóbal Colon, vide que decia al
Rey que el susodicho maestro del Príncipe, Arzobispo de Sevilla, D.
Fray Diego de Deza y el dicho camarero, Juan Cabrero, habian sido causa
que los Reyes tuviesen las Indias. É muchos años ántes que lo viese yo
escrito de la letra del almirante Colon, habia oido decir, que el dicho
Arzobispo de Sevilla, por sí, y lo mismo el camarero, Juan Cabrero, se
gloriaban que habian sido la causa de que los Reyes aceptasen la dicha
empresa y descubrimiento de las Indias; debian cierto de ayudar en
ello mucho, aunque no bastaron, porque otro, á lo que parecerá, hizo
más, y este fué un Luis de Santangel, escribano de raciones, caballero
aragonés, persona muy honrada y prudente, querido de los reyes, por
quien finalmente la Reina se determinó: con este tuvo mucha plática y
conversacion, porque debiera de hallar en él buen acogimiento. Estos
todos ó algunos dellos negociaron que Cristóbal Colon fuese oido de los
Reyes y les diese noticia de lo que deseaba hacer y venia á ofrecer,
y en que queria servir á Sus Altezas; las cuales, oida y entendida su
demanda superficialmente, por las ocupaciones grandes que tenian con
la dicha guerra (porque esto es regla general, que cuando los Reyes
tienen guerra, poco entienden ni quieren entender en otras cosas),
puesto que, con benignidad y alegre rostro, acordaron de lo cometer
á letrados, para que oyesen á Cristóbal Colon mas particularmente,
y viesen la calidad del negocio y la prueba que daba, para que fuese
posible confiriesen y tratasen de ello, y despues hiciesen á Sus
Altezas plenaria relacion. Cometiéronlo, principalmente al dicho Prior
de Prado, y que él llamase las personas que le pareciese más entender
de aquella materia de cosmografía, de los cuales no sobraban muchos
en aquel tiempo en Castilla; y es cosa de maravillar cuánta era la
penuria é ignorancia que cerca desto habia entónces por toda Castilla.
Ellos juntos muchas veces, propuesta Cristóbal Colon su empresa dando
razones y autoridades para que la tuviesen por posible, aunque callando
las más urgentes porque no le acaeciese lo que con el rey de Portugal,
unos decian que cómo era posible que al cabo de tantos millares de años
como habian pasado en el mundo, no se hobiese tenido noticia destas
Indias si fuera verdad que las hobiera en el mundo, habiendo habido un
Ptolomeo y otros muchos astrólogos, cosmógrafos y sabios que alcanzáran
poco ó mucho dellas é lo dejáran por escrito, como escribieron de
otras muchas, y que afirmar aquello era querer saber ó adivinar más
que todos; otros argüian de esta manera: que el mundo era de infinita
grandeza, y por tanto no sería posible en muchos años navegando se
pudiese llegar al fin de Oriente, como Cristóbal Colon se proferia á
navegar por el Occidente. Traian estos una auctoridad de Séneca en el
lib. I, _De las suasorías_, donde dice, que muchos sabios antiguamente
dudaban si el mar Océano podia ser navegado, supuesto que era infinito,
y ya que se pudiese navegar era muy dudoso si de la otra parte hobiese
tierras, é ya que tierras hobiese si eran habitables, y ya que fuesen
habitables, si sería posible irlas á buscar y hallarlas, no advertiendo
que las palabras de Séneca las dice por vía de disputa, y puesto que
los sabios que alega Séneca tratasen dudando del fin de la India hácia
el Oriente, inferian estos sabios de nuestros tiempos, que la misma
razon era de la navegacion que Cristóbal Colon hacer ofrecia, del fin
de España hácia el Occidente.

Otros que mostraban ser mas subidos en matemática doctrina, tocando en
astrología y cosmografía, decian que desta esfera inferior de agua y
tierra, no quedó más que una muy pequeña parte descubierta, porque todo
lo demas estaba de agua cubierto, y por tanto que no se podia navegar
sino era por las riberas ó costas, como hacian los portogueses por la
Guinea; y éstos que afirmaban esto, harto pocos libros habian leido
y ménos tratado de navegaciones. Añidian más, que quien navegase por
vía derecha la vuelta del Poniente, como el Cristóbal Colon proferia,
no podria despues volver, suponiendo que el mundo era redondo y yendo
hácia el Occidente iban cuesta abajo, y, saliendo del hemisferio que
Ptolomeo escribió, á la vuelta érales necesario subir cuesta arriba,
lo que los navíos era imposible hacer: esta era gentil y profunda
razon, y señal de haber bien el negocio entendido. Otros alegaban
á Sant Agustin, el cual, como tocamos arriba, negaba que hobiese
antípodas, que son los que decimos que andan contrarios de nuestros
piés, y ansí traian por refran, «duda Sant Agustin.» No faltaba quien
traia lo de las cinco zonas, de las cuales las tres son, segun muchos,
del todo inhabitables y las dos sí, la cual fué comun opinion de los
antiguos, que al cabo supieron poco; otros traian otras razones, no
dignas de traer aquí, por ser de quienes naturalmente alcanzan tener
espíritu de contradiccion, por el cual todas las cosas, por buenas y
claras que sean, hallan inconvenientes y no les faltan razones con
que contradecir. Finalmente, aquesta materia fué por entónces una muy
grande algarabía, y puesto que Cristóbal Colon les respondia y daba
soluciones á sus argumentos, y razones con ellas con que se debieran
satisfacer, pero como para que las comprendiesen hobiera menester
Cristóbal Colon quitarles los erróneos principios primero sobre qué
fundaban su parecer, lo que siempre es más dificultoso que enseñar
la principal doctrina; como se dice de aquel Timoteo, famoso tañedor
de flautas, el cual, á quien venia á él á que lo enseñase y traia
principios enseñados por otro, llevaba precio doblado que á los que
habia de enseñar de principio, porque decia él, haber de tener con
aquel dos trabajos, el uno desenseñar lo que traian sabido, y este
decia ser el mayor, y el otro enseñarle su música y manera de tañer,
así que por esta causa pudo poco Cristóbal Colon satisfacer á aquellos
señores que habian mandado juntar los Reyes, y ansí fueron dellos
juzgadas sus promesas y ofertas por imposibles y vanas y de toda
repulsa dignas, y con esta opinion, por ellos así concebida, fueron á
los Reyes y hiciéronles relacion de lo que sentian, persuadiéndoles
que no era cosa que á la autoridad de sus personas reales convenia
ponerse á favorecer negocio tan flacamente fundado, y que tan incierto
é imposible á cualquiera persona letrado, por indocto que fuese, podia
parecer, porque perderian los dineros que en ello gastasen y derogarian
su autoridad real, sin algun fruto. Finalmente los Reyes mandaron dar
respuesta á Cristóbal Colon despidiéndole por aquella sazon, aunque
no del todo quitándole la esperanza de tornar á la materia, cuando
más desocupados Sus Altezas se viesen, lo que entónces no estaban con
los grandes negocios de la guerra de Granada, los cuales no les daban
lugar á entremeter negocios nuevos, que, el tiempo andando, se podria
ofrecer más oportuna ocasion. Hasta conseguir esta respuesta gastó
Cristóbal Colon en la corte muchos tiempos, lo uno, porque los Reyes
hacian poco asiento en un lugar con la priesa y poco reposo que traian,
proveyendo la dicha guerra; lo otro, por la ordinaria prolijidad que en
la expedicion de los negocios las cortes de los Reyes siempre tienen,
como nunca carezcan de importunas ocupaciones y tambien muchas veces
por la desidia y descuido, ó tambien más gravedad de la que mostrar
ó tener convenia, que sobra en muchos de los oficiales palatinos,
por no considerar que de una hora que por su culpa se detienen los
negociantes, han de dar estrecha cuenta ante el divinal juicio. Toda
esta dilacion no se pasaba sin grandes trabajos y angustias y amarguras
de Cristóbal Colon por algunas causas, la una, porque via que se le
pasaba la vida en valde, segun los dias que serle necesarios para
tan soberana y diuturna obra esperaba hacer; la segunda, temiendo si
quizá por sus deméritos no quisiese Dios privarle de ser medio de
tantos bienes como entendia de sus trabajos salir, lo que siempre en
cualquiera obra buena debe todo cristiano tener; la tercera, por la
falta de las cosas necesarias que en semejantes lugares, como es la
corte, suele ser más intolerable ó poco ménos que el morir; la cuarta,
y sobre todas, ver cuanto de su verdad y persona se dudaba, lo cual á
los de ánimo generoso es cierto ser, tanto como la muerte, penoso y
detestable. Parece sin duda alguna que donde tanto bien se ofrecia y
tan poco se aventuraba, porque para todos los gastos que al presente
se habian de hacer, lo que pedia no llegaba ó no pasaba de dos cuentos
de maravedís, debieran los Reyes de aceptar demanda tan subida, pues
ni pedia los dineros para sacarlos en moneda del reino, ni para él
comer ó gozar dellos, sino para emplearlos en comprar y aparejar tres
navíos y las cosas para el viaje necesarias, ni queria hacer el viaje
con otra gente que con la de Castilla; y las mercedes tan grandes,
que en remuneracion de sus servicios pedia, no eran absolutas sino
condicionales, ni luego de contado sino que pendian del cuento futuro
como las albricias penden de sí cuando las piden y prometen, dellas
mismas debieran de mover á tener en poco lo que luego se gastaba,
puesto que al cabo todo se perdiera, mayormente siendo el ofreciente
persona tan veneranda en su aspecto, tan bien hablada, cuerda y
prudente. Las razones desta inadvertencia me parece que podriamos
asignar brevemente; la una, la falta de las ciencias matemáticas, de
noticia de las historias antiguas que los que tuvieron el negocio
cometido tenian; la segunda, la estrechura de aquellos tiempos que
tambien hacia los corazones estrechos, porque como todos los Estados,
por la penuria del dinero que por aquel tiempo España padecia, tan
tasados y medidos tuviesen sus proventos y por consiguiente ó por los
casos que ocurrian de nuevo, ó por los que siempre la sublime potencia
cuanto más alta, tanto más teme que le han de sobrevenir, réglanse y
tásanse con ellos los gastos, por tanto parecia á los que debian á ello
las personas reales inducir que se perdia gran suma en aventurar cosa
tan poquita por esperanza tan grandísima, puesto que por entónces, por
la falta primero dicha, no creida. Fué la segunda causa, que negocio
tan calificado y de inestimable precio impidió que por aquel tiempo
no se concediese, conviene á saber, las grandes ocupaciones que los
Reyes, como ya se dijo, en aquellos dias y aun años con el cerco de la
gran ciudad de Granada tuvieron, porque cuando los Príncipes tienen
cuidados de guerra, ni el Rey ni el reino quietud ni sosiego tienen, y
apénas se dá lugar de entender aún en lo á la vida muy necesario, ni
otra cosa suena por los oidos de todos en las cortes sino consejos,
consultas y ayuntamientos de guerra, y este solo negocio á todos los
otros suspende y pone silencio; la tercera y mas eficaz y verdadera,
y de todas principalísima causa es, y ansí en la verdad debió de ser
la ley, conviene á saber, que Dios tiene en todo su mundo puesto, que
ningun bien en esta vida por chico que sea se puede conseguir de alguna
persona sino con gran trabajo y dificultad, para darnos á entender
la Providencia divina, que, si los bienes temporales por maravillas
sin sudores y trabajos se adquieren, no nos maravillemos si los
eternos y que no tienen defecto alguno ni ternán fin, sin angustias
y penalidades alcanzar no los pudiéremos, porque, cierto, las cosas
muy preciosas no por vil precio se pueden comprar, mayormente siempre
tuvo y tiene y terná la suso nombrada ley é divina regla su fuerza y
vigor firmísimo, en las cosas que conciernen á nuestra santa fe, como
parece en la dificultad incomparable que á los principios tuvo la
predicacion evangélica, dilatacion y fundacion de la Iglesia; lo uno,
porque nadie se glorie ni pueda presumir que sus obras, industria y
trabajos serian para ello bastantes, si la divina gracia y sumo poder
no asistiese, y como principal y universal ó primera causa no fuese
el movedor y final efectuador de la misma obra santa que conseguir el
mismo Dios pretende, por lo cual deja los negocios, que más quiere que
hayan efecto, llegar casi hasta el cabo que parece ya no tener remedio
ni quedar esperanza de verlos concluidos con próspero fin, empero
cuando no se catan los hombres, socorriendo con su favor, los concluye
y perfecciona, porque conozcan que dél sólo viene todo buen efecto y
toda perfeccion; lo otro, porque los que escoge para servirse dellos
en las tales obras ayunten mayor aumento de merecimientos; lo otro,
porque contra los negocios más aceptos á Dios y que más provechosos
son á su santa Iglesia, mayor fuerza pone para los impedir el ejército
de los infiernos conociendo que poco tiempo le quedaba ya, como se
escribe en el Apocalipsi, todo en fin, para sacar bienes de los males,
como suele permitirlo y ordenarlo la Providencia y bondad divina.
Pues como este descubrimiento fuese una de las más hazañosas obras
que Dios en el mundo determinaba hacer, pues un orbe tan grande y una
parte del universo, desto tan inferior, y la mayor parte, á lo que se
cree, de todo él, tan secreta y encubierta hasta entónces dispusiese
descubrir, donde habia de dilatar su santa Iglesia y quizá del todo
allá pasarla, y resplandecer tanto su santa fe dándose á tan infinitas
naciones á conocer, no es de maravillar que tuviese á los principios
como ha tenido tambien á los medios, como parecerá, tan innúmeros
inconvenientes y que la susodicha regla ó ley de la divina Providencia,
inviolablemente se guardase por las razones dichas en esta negociacion.
Tornando á la historia; residió Cristóbal Colon de aquella primera vez
en la corte de los reyes de Castilla, dando estas cuentas, haciendo
estas informaciones, padeciendo necesidades y no ménos hartas veces
afrentas, más de cinco años sin sacar fruto alguno; el cual no pudiendo
ya sufrir tan importuna é infructuosa dilacion, mayormente faltándole
ya las cosas para su sustentacion necesarias, perdida toda esperanza
de hallar remedio en Castilla, y con razon, acordó de desamparar la
cortesana residencia, de donde se partió, con harto desconsuelo y
tristeza, para la ciudad de Sevilla, con la intencion que luego se
dirá.



CAPÍTULO XXX.

 En el cual se contiene, como Cristóbal Colon vino á la ciudad de
 Sevilla y propuso su demanda al Duque de Medina Sidonia, el cual,
 puesto que muy magnánimo y que habia mostrado su generosidad en
 grandes hechos, ó porque no la creyó, ó porque no la entendió no
 quiso aceptarla.--Como de allí se fué al Duque de Medinaceli, que al
 presente residia en el Puerto de Santa María: entendido el negocio
 lo aceptó y se dispuso para favorecerlo, y sabido por la reina Doña
 Isabel, mandó al Duque que no entendiese en ello que ella lo queria
 hacer, etc.


Contado hemos en el capítulo precedente, como Cristóbal Colon vino á
la corte de los reyes de Castilla y propuso su descubrimiento ante
las personas reales, y las repulsas y trabajos y disfavores que allí
padeció por muchos años por defecto de no comprender la empresa
que les presentaba, ni entender la materia que se les proponia á
aquellos á quien los Reyes cometieron la informacion della; el cual,
venido á la ciudad de Sevilla, como tuviese noticia de las riquezas
y magnanimidad del duque de Medina Sidonia, D. Enrique de Guzman,
el cual por aquella causa obraba cosas egregias y de señor de gran
magnificencia, como fué proveer copiosamente por mar y por tierra al
real y cerco que los Reyes católicos tenian puesto sobre la ciudad
de Málaga, que estaba en gran necesidad de bastimentos y dineros,
y por eso se dijo ser muy mucha causa el dicho Duque de la toma de
aquella ciudad, y tambien descercó al marqués de Cáliz don Rodrigo de
Leon, el cual estaba cercado de todo el poder del rey de Granada, en
Alhama, así que propuesto su negocio Cristóbal Colon, ante el dicho
Duque, ó porque no lo creyó, ó porque no entendió la grandeza de la
demanda, ó porque como estaban ocupados todos los grandes del reino,
mayormente los de Andalucía, con el cerco de la ciudad de Granada y
hacian grandes gastos, aunque no habia en aquellos tiempos en toda
España otro señor que más rico fuese (y segun la fama publicaba, tenia
gran tesoro allegado); finalmente, pareció no atreverse á lo que tan
poca mella hiciera en sus tesoros, y tanto esclareciera el resplandor
de su magnificencia y multiplicara la grandeza de su estado. Dejado el
duque de Medina Sidonia, acordó pasarse Cristóbal Colon al duque de
Medinaceli, D. Luis de la Cerda, que á la sazon residia en su villa del
Puerto de Santa María; este señor puesto que no se le habian ofrecido
negocios en que la grandeza de su ánimo y generosidad de su sangre
pudiese haber mostrado, tenia empero valor para que ofreciéndosele
materia obrase cosas dignas de su persona. Este señor, luego que supo
que estaba en su tierra aquel de quien la fama referia ofrecerse á los
Reyes, que descubriria otros reinos y que serian señores de tantas
riquezas y cosas de inestimable valor é importancia, mandóle llamar,
y haciéndole el tratamiento, que, segun la nobleza y benignidad suya,
y la autorizada persona y graciosa presencia del Cristóbal Colon,
merecia, informóse dél muy particularizadamente, por muchos dias, de
la negociacion, y tomando gusto el generoso Duque en las pláticas que
cada dia tenia con Cristóbal Colon, y más y más se aficionando á su
prudencia y buena razon, hobo de concebir buena estima de su propósito
y viaje que deseaba hacer, y tener en poco, cualquiera suma de gastos
que por ello se aventurasen, cuanto más siendo tan poco lo que pedia.
En estos dias, sabiendo que no tenia el Cristóbal Colon para el gasto
ordinario abundancia, mandóle proveer en su casa todo lo que le fuese
necesario. Habíanle llegado hasta allí á tanto estrecho los años que
habia estado en la corte, que, segun se dijo, algunos dias se sustentó
con la industria de su buen ingenio y trabajo de sus manos, haciendo
ó pintando cartas de marear, las cuales sabia muy bien hacer, como
creo que arriba tocamos, vendiéndolas á los navegantes. Satisfecho,
pues, el magnífico y muy ilustre Duque de las razones que Cristóbal
Colon le dió, y entendida bien, aunque no cuanto era digna, la
importancia y preciosidad de la empresa que acometer disponia, teniendo
fe y esperanza del buen suceso della y prosperidad; determina de no
disputar más si saldria con ella ó no, y, magnífica y liberalmente
como si fuera para cosa cierta, manda dar todo lo que Cristóbal Colon
decia que era menester, hasta 3 ó 4.000 ducados, con que hiciese
tres navíos ó carabelas proveidas de comida para un año y para más,
y de rescates, y gente marinera, y todo lo que más pareciese que era
necesario; mandando con extrema solicitud se pusiesen los navíos, en
aquel rio del Puerto de Santa María, en astillero, sin que se alzase
manos dellos hasta acabarlos. Esto ansí mandado y comenzado, porque
más fundado y autorizado fuese su hecho, envió por licencia Real,
suplicando al Rey y á la Reina tuviesen por bien que él con su hacienda
y casa favoreciese y ayudase aquel varon tan egregio, que á hacer
tan gran hazaña y á descubrir tantos bienes y riquezas se ofrecia,
y para ello tan buenas razones daba, porque él esperaba en Dios que
todo resultaria para prosperidad destos reinos y en su Real servicio.
Pero porque la divina Providencia tenia ordenado que con la buena
fortuna de tan excelentes Reyes, y no con favor y ayuda de otros sus
inferiores, aquestas felices tierras se descubriesen, íbales quitando
los impedimentos que á favorecer esta obra en parte les estorbaban,
porque ya entónces iban al cabo de la guerra del reino de Granada, y
andaban en tratos para que los injustos poseedores moros, que tantos
años habia que usurpado y tiranizado lo tenian, se lo entregasen.
Como viesen que se les aparejaba alguna tranquilidad y reposo de tan
espesas turbaciones, solicitudes, cuidados y trabajos, como despues
que comenzaron á reinar, padecido habian, con el inestimable gozo que
de propincuo recibir esperaban de ver, como vieron, la Cruz de Nuestro
Salvador Jesucristo puesta sobre el Alhambra de Granada; oida por Sus
Altezas, mayormente y con más aficion por la serenísima y prudentísima
Doña Isabel, digna de gloriosa é inmortal memoria, la peticion del
dicho Duque, y que recogia y aplicaba para sí como una buena ventura
el cuidado de expedir é solicitar y llegar al cabo tan piadosa armada,
considerando la dicha ilustrísima Reina que podia el negocio suceder en
alguna egregia y hazañosa obra (ordenándolo Dios así, que queria que
estos reinos de tan inmensa grandeza no los hobiesen sino Reyes), por
persuasion, segun se dijo, del generoso Cardenal, D. Pero Gonzalez de
Mendoza, y tambien diz que ayudó mucho el susodicho doctísimo maestro
fray Diego de Deza, maestro del Príncipe, fraile de Santo Domingo, y
despues Arzobispo de Sevilla; mandó la Reina escribir al dicho Duque,
tenerle su propósito y deliberacion en gran servicio, y que se gozaba
mucho tener en sus reinos persona de ánimo tan generoso y de tanta
facultad, que se dispusiese á emprender obras tan heróicas (como
quizá que la grandeza y magnanimidad de los vasallos suela resultar
en gloria y autoridad de los Príncipes y señores), pero que le rogaba
él se holgase que ella misma fuese la que guiase aquella demanda,
porque su voluntad era mandar con eficacia entender en ella, y de su
Cámara real se proveyese para la expedicion semejante las necesarias
expensas, porque tal empresa como aquella no era sino para Reyes.
Por otra parte mandó despachar sus letras graciosas para Cristóbal
Colon, mandándole que luego sin dilacion, para su corte se partiese.
Mandó ansimismo y proveyó que de su Cámara real se pagase al Duque
lo que hasta entónces en los navíos y en lo demas hobiese gastado, y
mandó que aquellos mismos se acabasen, y en ellos, diz, que Cristóbal
Colon hizo su descubrimiento y camino. No se puede creer el pesar que
hobo desto el Duque, porque cuanto en ello más entendia, tanto más
le crecia la voluntad de lo proseguir, é mucho más de verlo acabado.
Pero, como sabio, desque más hacer no pudo, conformóse con la voluntad
de la Reina, creyendo tambien, como cristiano, que aquella era la
voluntad de Dios, y ansí, acordó haber en ello paciencia. Esto así,
en sustancia me contó muchos años há, en esta isla Española, un Diego
de Morales, honrada y cuerda persona, que vino á ella primero que yo,
casi de los primeros, y era sobrino de un mayordomo mayor que tenia
el Duque dicho, que creo se llamaba Romero, el cual diz que habia sido
el que primero dió relacion al Duque de lo que Colon pretendia, y fué
causa mucha que le oyese largamente y se persuadiese á aceptar lo que
ofrecia.



CAPÍTULO XXXI.

 En el cual se contiene otra via diversa de la del precedente capítulo,
 que algunos tuvieron para quel Cristóbal Colon fuese de los reyes
 de Castilla admitido y favorecido, conviene á saber, que visto que
 el Duque de Medina Sidonia no le favorecia, que se fué á la Rábida
 de Palos donde habia dejado su hijo con determinacion de irse al
 rey de Francia; y que un guardian del dicho monesterio de La Rábida
 que se llamaba fray Juan Perez, le rogó que no se fuese hasta que
 él escribiese á la Reina; envió la Reina á llamar al guardian y
 despues á Cristóbal Colon y envióle dineros.--Llegado, hobo muchas
 disputas.--Tórnase á tener por locura.--Despiden totalmente á
 Cristóbal Colon.--Nótase la gran constancia y fortaleza de ánimo de
 Cristóbal Colon, etc.--Dá el autor ántes desto alguna conformidad de
 tres vías que parecen diversas como esto al cabo se concluyó.


Dicho habemos en el capítulo ántes deste la manera que se tuvo para
que los Reyes se determinasen á aceptar la empresa de Cristóbal Colon,
segun supimos de persona de las antiguas en esta isla y á quien yo no
dudé ni otro dudara darle crédito. En este quiero contar otra vía,
segun otros afirmaron, por la cual vino el negocio á tornarse á tratar
y los Reyes sufriesen otra vez á oirle, puesto que tambien por allí
se desbarató y con más desconsuelo y mayor amargura del mismo Colon.
Puédese colegir parte desta vía de algunas palabras que de cartas
del dicho Cristóbal Colon para los Reyes he visto, mayormente de las
probanzas que se hicieron por parte del Fiscal del Rey, despues que
el almirante D. Diego Colon, primer sucesor del primero, movió pleito
sobre su estado y privilegios al Rey; y puesto que en algunas cosas
parezca con la primera ser hasta incompatible, no por eso será bien
condenar del todo aquella que no hobiese acaecido, porque aunque no
llevase todo el discurso como se ha referido, puede haber sido que el
duque de Medinaceli hobiese la dicha empresa al principio admitido,
y despues, por algunos inconvenientes ó cosas que acaecieron, que no
constan, habérsele impedido. Finalmente, de la primera y desta segunda
y de la tercera, que en el siguiente capítulo se referirá, podrá
tomar el que esto leyere la que mejor le pareciere, ó de todas tres
componer una, si, salva la verisimilitud, compadecer se pudiere; ó que,
despedido del duque de Medina Sidonia ó del de Medinaceli, saliese
descontento sobre el descontento que trujo de la corte Cristóbal Colon,
segun los que dijeron que fué á la villa de Palos con su hijo, ó á
tomar su hijo, Diego Colon, niño, lo cual yo creo. Fuese al monesterio
de La Rábida, de la órden de San Francisco, que está junto á aquella
villa, con intencion de pasar á la villa de Huelva, á saber, con un su
concuño, casado, diz que, con una hermana de su mujer, é de allí pasar
en Francia á proponer su negocio al Rey, y si allí no se le admitiese
ir al Rey de Inglaterra, por saber tambien de su hermano Bartalomé
Colon, de quien hasta entónces no habia tenido alguna nueva; salió un
Padre, que habia nombre, fray Juan Perez, que debia ser el Guardian del
monesterio, y comenzó á hablar con él en cosas de la corte como supiese
que della venia, y Cristóbal Colon le dió larga cuenta de todo lo que
con los Reyes y con los Duques le habia ocurrido, del poco crédito que
le habian dado, de la poca estima que de negocio tan grande hacian, y
como lo tenian todos por cosa vana y de aire y todos los de la corte,
por la mayor parte, lo desfavorecian. Haciendo alguna reflexion entre
sí, el dicho Padre, cerca de las cosas que á Cristóbal Colon oia,
quísose bien informar de la materia y de las razones que ofrecia,
y, porque algunas veces Cristóbal Colon hablaba puntos y palabras
de las alturas y de astronomía y él no las entendia, hizo llamar á
un médico ó físico, que se llamaba Garci Hernandez, su amigo, que,
como filósofo, de aquellas proposiciones más que él entendia; juntos
todos tres platicando y confiriendo, agradó mucho al Garci Hernandez,
físico, y por consiguente al dicho Padre Guardian, el cual diz que,
ó era confesor de la Serenísima Reina, ó lo habia sido, y con esta
confianza rogó instantísimamente al dicho Cristóbal Colon que no se
fuese, porque él determinaba de escribir á la Reina sobre ello, y que
hasta que volviese la respuesta se estuviese allí en el monasterio de
La Rábida. Plugo á Cristóbal Colon hacerlo así, lo uno porque como ya
hobiese seis ó siete años que andaba en la corte negociando ésto, y
sintiese la bondad de los Reyes, y la fama de sus virtudes y clemencia
por muchas partes se difundia, por lo cual deseaba servirles, y via
que no por falta de Sus Altezas sino de los que les aconsejaban, no
entendiendo el negocio, no se lo admitian, y tenia aficion al reino
de Castilla, donde tenia sus hijos que mucho queria; y lo otro por
excusar trabajos y dilacion, yendo de nuevo á Francia, aunque ya
rescibido habia cartas del rey de Francia, segun él dice en una carta
que escribió á los Reyes, creo que desde esta isla Española, diciendo
ansí: «Por servir á Vuestras Altezas yo no quise entender con Francia
ni Inglaterra, ni Portugal, de los cuales Príncipes vieron Vuestras
Altezas las cartas, por mano del doctor Villalano.» Y ansí parece que
todos tres Reyes le convidaron y llamaron, aunque en diversos tiempos,
ofreciéndose á querer ser informados, y aceptaron el negocio. Ansí que,
tornando al propósito, cogieron un hombre que se llamaba Sebastian
Rodriguez, piloto de Lepe, para que llevase la carta del Guardian á
la Reina. Desde á catorce dias tornó el hombre con la respuesta de la
Reina, por lo cual parece que la corte estaba en la villa de Sancta
Fe, como los Reyes estuviesen ocupados en la guerra de Granada y cerca
del cabo della. Respondió la Reina al dicho Padre fray Juan Perez,
agradeciéndole mucho su aviso y buena intencion, y celo de su servicio,
y que le rogaba y mandaba que luego, vista la presente, viniese á la
corte ante Su Alteza, y que dejase con esperanza á Cristóbal Colon de
buena respuesta en su negocio, hasta que Su Alteza lo escribiese. Vista
la carta de la Reina, el dicho Padre fray Juan Perez, á media noche,
se partió secretamente, y, besadas las manos á la Reina, platicó Su
Alteza con él mucho sobre el negocio, y al cabo, diz que, se determinó
de darle los tres navíos y lo demas que Colon pedia. Pero el que esto
depuso, que fué Garci Hernandez, no debiera de saber lo que en la corte
pasó, sino como vido que el Guardian no volvió á Palos hasta quel
negocio se concluyó, juzgó que de aquella hecha se habia conconcluido;
para efecto de lo cual escribió la Reina á Cristóbal Colon, y envióle
20.000 maravedís en florines para con que fuese, y trújolos Diego
Prieto, vecino de la dicha villa de Palos, y diólos al dicho Garci
Hernandez, físico, para que se los diese. Recibido este despacho,
Cristóbal Colon fuese á la corte, y el Guardian dicho y algunas
personas, puesto que eran pocas, que le favorecian, suplican á la Reina
que se torne á tratar dello. Hiciéronse de nuevo muchas diligencias,
júntanse muchas personas, hobiéronse informaciones de filósofos, y
astrólogos, y cosmógrafos (si con todo entónces algunos perfectos en
Castilla habia), de marineros y pilotos, y todos á una voz decian
que era todo locura y vanidad, y á cada paso burlaban y escarnecian
dello, segun que el mismo Almirante, muchas veces á los Reyes en sus
cartas, lo refiere y testifica. Hacia más difícil la aceptacion deste
negocio lo mucho que Cristóbal Colon, en remuneracion de sus trabajos
y servicios é industria, pedia, conviene á saber, estado, Almirante,
Visorey y Gobernador perpetuo, etc. cosas, que, á la verdad, entónces
se juzgaban por muy grandes y soberanas, como lo eran, y hoy por tales
se estimarian, puesto que mucha fué entónces la inadvertencia, y hoy
lo fuera, no considerándose que si pedia esto, no era sino como el que
pide las albricias dellas mismas (como arriba, hablando del rey de
Portugal, digimos): llegó á tanto el no creer ni estimar en nada lo
que Cristóbal Colon ofrecia, que vino en total despedimiento, mandando
los Reyes que le dijesen que se fuese en hora buena. El principal, que
fué causa desta ultimada despedida, se cree haber sido el susodicho
Prior de Prado y los que le seguian, de creer es que no por otra causa
sino porque otra cosa no alcanzaban ni entendian. El cual, despedido
por mandado de la Reina, despidióse él de los que allí le favorecian;
tomó el camino para Córdoba con determinada voluntad de pasarse á
Francia y hacer lo que arriba se dijo. Aquí se puede bien notar la
gran constancia y ánimo generoso, y no ménos la sabiduría de Cristóbal
Colon, y tambien la certidumbre, como arriba fué dicho, que tuvo de su
descubrimiento, que viéndose con tanta repulsa y contradiccion afligido
y apretado de tan gran necesidad, que quizá aflojando en las mercedes
que pedia, contentándose con ménos, y que parece que con cualquiera
cosa debiera contentarse, los Reyes se movieran á darle lo que era
menester para su viaje, y en lo demas lo que buenamente pareciera que
debiera dársele, se le diera, no quiso blandear en cosa alguna, sino
con toda entereza perseverar en lo que una vez habia pedido; y al cabo,
con todas estas dificultades, se lo dieron, y ansí lo capituló, como si
todo lo que ofrecia y descubrió, segun ya digimos, debajo de su llave
en un arca lo tuviera.



CAPÍTULO XXXII.

 En el cual se trata como segunda vez absolutamente fué Cristóbal Colon
 de los Reyes despedido y se partió de Granada desconsolado, y como un
 Luis de Santangel, escribano de las raciones, privado de los Reyes, á
 quien pesaba gravemente no aceptar la Reina la empresa de Cristóbal
 Colon, entró á la Reina y le hizo una notable habla, tanto que la
 persuadió eficazmente, y prestó un cuento de maravedís á la Reina para
 el negocio, y la Reina envió luego á hacer volver á Cristóbal Colon, y
 otras cosas notables que aquí se contienen.


Despedido esta segunda vez, por mandado de los Reyes, Cristóbal Colon,
y sin darle alguna esperanza, como en la otra le dieron, de que en
algun tiempo se tornaria á tratar dello, sino absolutamente, acompañado
de harta tristeza é disfavor, como cada uno podrá considerar, salióse
de la ciudad de Granada, donde los Reyes habian ya con gran triunfo y
gloria de Dios, y alegría del pueblo cristiano, entrado á dos dias del
mes de Enero, segun dice el mismo Cristóbal Colon en el principio del
libro de su navegacion primera; en el mismo mes de Enero, digo, que
salió para proseguir su ida de Francia. Entre otras personas de los que
le ayudaban en la corte y deseaban que su obra se concluyese é pasase
adelante, fue aquel Luis de Santangel, que arriba digimos, escribano de
raciones. Este recibió tan grande y tan excesiva pena y tristeza desta
segunda y final repulsa, sin alguna esperanza, como si á él fuera en
ello alguna gran cosa y poco ménos que la vida; viendo así á Cristóbal
Colon despedido, y no pudiendo sufrir el daño y menoscabo que juzgaba
á los Reyes seguirse, ansí en perder los grandes bienes y riquezas que
Cristóbal Colon prometia si acaecia salir verdad y haberlos otro Rey
cristiano, como en la derogacion de su real autoridad que tan estimada
en el mundo era, no queriendo aventurar tan poco gasto por cosa tan
infinita, confiando en Dios y en la privanza ó estima que los Reyes de
su fidelidad y deseo de servirles sabia que tenian, confiadamente se
fué á la Reina y díjole desta manera: «Señora, el deseo que siempre
he tenido de servir al Rey mi señor y á Vuestra Alteza, que si fuere
menester moriré por su real servicio, me ha constreñido á parecer ante
Vuestra Alteza y hablarle en cosa que ni convenia á mi persona, ni dejo
de conocer que excede las reglas ó límites de mi oficio, pero á la
confianza que siempre tuve de la clemencia de Vuestra Alteza y de su
real generosidad, y que mirará las entrañas con que lo digo, he tomado
ánimo de notificarle lo que en mi corazon siento, y que otros quizá muy
mejor lo sentirán que yo, que tambien aman fielmente á Vuestras Altezas
y desean su prosperidad como yo su siervo mínimo; digo, Señora, que
considerando muchas veces el ánimo tan generoso y tan constante de que
Dios adornó á Vuestras Altezas para emprender cosas grandes y obras
excelentísimas, héme maravillado mucho no haber aceptado una empresa
como este Colon ha ofrecido, en que tan poco se perdia puesto que vana
saliese, y tanto bien se aventuraba conseguir para servicio de Dios
y utilidad de su Iglesia, con grande crecimiento del Estado real de
Vuestras Altezas y prosperidad de todos estos vuestros reinos, porque
en la verdad, Señora serenísima, este negocio es de calidad, que si lo
que tiene Vuestra Alteza por dificultoso ó por imposible á otro Rey se
ofrece, y lo acepta y sale próspero, como este hombre dice, y, á quien
bien lo quiere entender, dá muy buenas razones para ello, manifiestos
son los inconvenientes que á la autoridad de Vuestras Altezas y daños
á vuestros reinos vernian. Y esto ansí sucediendo, lo que Dios no
permita, Vuestras Altezas toda su vida de sí mesmas ternian queja
terrible, de vuestros amigos y servidores con razon culpados seríades,
á los enemigos no les faltaria materia de insultar y escarnecer, y
todos, los unos y los otros, afirmar osarian que Vuestras Altezas
tenian su merecido; pues lo que los Reyes sucesores de Vuestras Altezas
podrán sentir é quizá padecer, no es muy escuro á los que profundamente
lo consideran. Y pues este Colon, siendo hombre sabio y prudente y de
tan buena razon como es, y que parece dar muy buenos fundamentos,
de los cuales algunos los letrados á quien Vuestras Altezas lo han
cometido le admiten, puesto que otros le resisten, pero vemos que á
muchas cosas no le saben responder y él á todas las que le oponen dá
sus salidas y respuestas, y él aventura su persona, y lo que pide para
luego es muy poco, y las mercedes y remuneracion no las quiere sino de
lo que él mismo descubriere; suplico á Vuestra Alteza no estime este
negocio por tan imposible que no pueda, con mucha gloria y honor de
vuestro real nombre y multiplicacion de vuestro estado y prosperidad
de vuestros súbditos y vasallos, suceder. Y de lo que algunos alegan
que no saliendo el negocio como deseamos y este Colon profiere, sería
quedar Vuestras Altezas con alguna nota de mal miramiento por haber
emprendido cosa tan incierta, yo soy de muy contrario parecer. Porque
por más cierto tengo que aquesta obra añadirá muchos quilates sobre
la loa y fama que Vuestras Altezas de magnificentísimos y animosos
Príncipes tienen, que procuran saber con gastos suyos las secretas
grandezas que contiene el mundo dentro de sí, pues no serán los
primeros Reyes que semejantes hazañas acometieron, como fué Ptolomeo
y Alexandre y otros grandes y poderosos Reyes, y, dado que del todo
lo que pretendian no consiguieron, no por eso faltó de á grandeza de
ánimo y menosprecio de los gastos serles por todo el mundo atribuido.
Cuanto mas, Señora, que todo lo que al presente pide no es sino sólo un
cuento, y que se diga que Vuestra Alteza lo deja por no dar tan poca
cuantía, verdaderamente sonaria muy feo, y en ninguna manera conviene
que Vuestra Alteza abra mano de tan grande empresa aunque fuese muy
más incierta.» Cognosciendo, pues, la Reina católica la intincion
y buen celo que tenia Luis de Santangel á su servicio, dijo que le
agradecia mucho su deseo y el parecer que le daba y que tenia por bien
de seguirlo, pero que se difiriese por entónces hasta que tuviese un
poco de quietud y descanso, porque ya via cuán necesitados estaban
con aquellas guerras que tan prolijas habian sido; pero si todavía os
parece, Santangel, dice la Reina, que ese hombre ya no podrá sufrir
tanta tardanza, yo terné por bien que sobre joyas de mi recámara se
busquen prestados los dineros que para hacer el armada pide, y váyase
luego á entender en ella. El Luis de Santangel hincó las rodillas y
fuéle á besar las manos teniéndole en señalada merced la cuenta que de
su parecer hacia, en querer acetar negociacion tan dudosa como todos la
hacian y contradecian, y añidió: «Señora serenísima, no hay necesidad
de que, para esto, se empeñen las joyas de Vuestra Alteza; muy pequeño
será el servicio que yo haré á Vuestra Alteza y al Rey mi señor,
prestando el cuento de mi casa, sino que Vuestra Alteza mande enviar
por Colon, el cual creo es ya partido.» Luego la Reina mandó que fuese
un alguacil de corte, por la posta, tras Cristóbal Colon, y de parte de
Su Alteza le dijese, como le mandaba tornar y lo trujese; al cual halló
á dos leguas de Granada, á la puente que se dice de Pinos. Volvióse con
el alguacil Cristóbal Colon; fué, con alegría, de Santangel recibido.
Sabido por la Reina ser tornado, mandó luego al Secretario Juan de
Coloma, que con toda presteza entendiese en hacer la capitulacion y
todos los despachos que, Cristóbal Colon, ser necesarios para todo su
viaje y descubrimiento, le dijese y pidiese. No es razon de pasar de
aquí, sin considerar la órden y ley que Dios tiene situada en su mundo,
como arriba creo que habemos dicho. ¡Con cuánta dificultad las cosas
buenas y de importancia y que Dios pretende hacer se consiguen! ¡Con
cuantas zozobras, contradicciones, angustias, repulsas y aflicciones
quiere Dios que, los que para instrumento y medio de su consecucion
elige, sean afligidos! ¡De cuánta gracia y ayuda de Dios requieren
ser, los que las han de negociar, guarnecidos! ¡Cuánta perseverancia,
constancia, sufrimiento, paciencia y teson en la virtud, deben tener
los que se ofrecen á servir á Dios en cosas egregias y grandes,
hasta que las alcanzan! pues las temporales, no con ménos trabajos
y aflicciones vienen á concluirse, puesto que ésta por espiritual y
temporal juntamente y aceptísima á Dios puede ser tenida. Y ansí creo
yo que por Dios, por los bienes espirituales y eternos, y salud de
los predestinados principalmente, Cristóbal Colon fué movido. ¿Quién
pudiera sufrir siete años de tanto destierro, de tantas angustias,
disfavores, afrentas, tristezas, pobreza, frio y hambre (como él, en
una carta, dice que padeció en Sancta Fé), como Cristóbal Colon, por
alcanzar este socorro, ayuda, favor, hubo sufrido? Pues no es nada esto
con lo que despues en toda su vida, cuanto á mayor estado y prosperidad
llegare, le está aparejado que ha de padecer y sufrír; porque, como en
el discurso deste libro primero, placiendo á Dios, parecerá, todos los
dias que vivió fueron llenos de peligros, sobresaltos, trabajos, nunca
otros tales oidos, amarguras, persecuciones, dolores y un continuo
martirio, porque nadie en subimientos de estados, ni en hazañas y
servicios que haya hecho á los Reyes, ni en mercedes que dellos haya
recibido, ni en riquezas, ó tesoros que hallare, confie. Es tambien
de considerar, como los Reyes son hombres como los otros, y que están
en manos todos del sumo y verdadero Rey Dios todo poderoso, por quien
reinan en la tierra, cuyo corazon cuando y cómo y adonde y por quien
le place, á lo que quiere los vuelve, porque no obstando tantos
letrados, y personas de tanta y grande auctoridad cerca de los reyes,
á estorbarles y disuadirles que tal empresa no admitiesen; viniéronla
á conceder y proveer, por persuacion de un hombre sin letras, sólo
con buena voluntad, y que cristiana y prudentemente supo á la Reina
persuadir y con efecto inclinar. La Historia de Juan de Barros,
portogués, dice, hablando desto; que el Cardenal D. Pero Gonzalez de
Mendoza, fué la mayor parte para que la Reina lo admitiese. Bien pudo
ser, que ántes y algunas veces mucho, como yo creo, favoreciese, y al
fin el susodicho Santangel, del todo, como está dicho, lo concluyese.
Lo tercero, tambien no dejemos pasar sin que consideremos, cuánta era
la penuria que en aquel tiempo Castilla de oro y plata y de dinero
tenia, que no tuviesen los reyes un cuento de maravedís para expedir
tan sumo negocio, sin que se hubiesen de empeñar las joyas que la
ínclita Reina para su adornamiento real tenia, y que al cabo esta
hazañosa y monstruosa obra, por su entidad y grandeza, se hubiese de
comenzar con un cuento, y prestado por un criado, no muy rico, de los
reyes, y los tesoros que hasta hoy han entrado en Castilla, de las
Indias, y gastádose por los reyes de Castilla, otros semejantes á los
cuales ni ojos los vieron, ni oidos los oyeron, ni corazon jamás los
pensó, ni hombre tampoco los pudo haber soñado. Aquí tambien ocurre
más que notar, que, segun parece por algunas cartas de Cristóbal
Colon, escritas de su misma mano, para los Reyes desde esta misma isla
Española, que yo he tenido en mis manos, un religioso que habia nombre
fray Antonio de Marchena, no dice de qué órden, ni en qué, ni cuando,
fué el que mucho le ayudó á que la Reina se persuadiese y aceptase la
peticion, el cual dice ansí: Ya saben Vuestras Altezas, que anduve
siete años en su corte importunándoles por esto; nunca en todo este
tiempo se halló piloto, ni marinero, ni filósofo, ni de otra ciencia
que todos no dijesen que mi empresa era falsa, que nunca yo hallé ayuda
de nadie, salvo de fray Antonio de Marchena, despues de aquella de Dios
eterno, etc.; y abajo dice otra vez, que no se halló persona que no
lo tuviese á burla, salvo aquel Padre fray Antonio de Marchena (como
arriba dice, etc.) Nunca pude hallar de qué órden fuese, aunque creo
que fuese de Sant Francisco, por cognoscer que Cristóbal Colon, despues
de Almirante, siempre fué devoto de aquella órden. Tampoco pude saber
cuando, ni en qué, ni cómo le favoreciese ó qué entrada tuviese en los
Reyes el ya dicho Padre fray Antonio de Marchena.



CAPÍTULO XXXIII.

 En el cual se trata como se hicieron los despachos de Cristóbal Colon,
 segun él supo y quiso pedir, con la capitulacion de las mercedes que
 los Reyes le hacian, de lo cual luego en Granada se le dió privilegio
 real.--Ésta se pone á la letra porque se vea la forma y estilo de
 aquellos tiempos.--Como despachado, se fué á la villa de Palos á se
 despachar.


Vuelto, como digimos, Cristóbal Colon á la ciudad de Granada por
mandado de la Reina, y cometidos los despachos al Secretario Juan de
Coloma, y porque debieran de volver los Reyes á la villa de Sancta Fé
hasta que les aparejasen sus aposentos reales del Alhambra, ó hasta
que se proveyesen otras cosas necesarias á la seguridad de sus reales
personas, comenzáronse los dichos despachos en la dicha villa de Sancta
Fé. Y porque se vea la forma y estilo que por los Reyes en aquel tiempo
en los despachos era establecida ó por su mandado se usaba, ponemos
aquí formalmente lo que con el dicho Cristóbal Colon, en este negocio y
contratacion, entónces fué celebrado, cuyo tenor y forma es la que se
sigue:

 _Las cosas suplicadas y que Vuestras Altezas dan y otorgan á D.
 Cristóbal Colon en alguna satisfaccion de lo que ha de descubrir en
 las mares Océanas, del viaje que, agora con la ayuda de Dios, ha
 de hacer por ellas en servicio de Vuestras Altezas, son las que se
 siguen._

Primeramente, que Vuestras Altezas, como señores que son de las dichas
mares Océanas, hacen desde agora al dicho don Cristóbal Colon su
Almirante, en todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano ó
industria se descubrieren ó ganaren en las dichas mares Océanas, para
durante su vida, é, despues dél muerto, á sus herederos ó sucesores,
de uno en otro perpétuamente, con todas aquellas preeminencias y
prerrogativas pertenecientes al tal oficio, segun que D. Alonso
Enriquez, vuestro Almirante mayor de Castilla, y los otros predecesores
en el dicho oficio, lo tenian en sus districtos.--Plaze á sus
Altezas.--Juan de Coloma.

Otrosí, que Vuestras Altezas hacen al dicho D. Cristóbal Colon su
Visorey y Gobernador general en las dichas islas y tierras firmes, que,
como dicho es, él descubriere ó ganare en las dichas mares, y que para
el regimiento de cada una y cualquiera dellas haga eleccion de tres
personas para cada oficio, y que Vuestras Altezas tomen y escojan uno,
el que más fuere su servicio, y así serán mejor regidas las tierras
que nuestro Señor le dejare hallar é ganar á servicio de Vuestras
Altezas.--Plaze á Sus Altezas.--Juan de Coloma.

Item, que todas y cualesquiera mercaderías, siquier sean perlas
preciosas, oro ó plata, especería, y otras cualesquier cosas y
mercaderías de qualquier especie, nombre y manera que sean que se
compraren, trocaren, fallaren, ganaren é hobieren dentro de los límites
del dicho almirantazgo, que desde agora Vuestras Altezas hacen merced
al dicho D. Cristóbal, y quieren que haya y lleve para sí la décima
parte de todo ello, quitadas las costas que se hicieren en ello; por
manera que de lo que quedare limpio y libre haya y tome la décima parte
para sí mismo y haga dello su voluntad, quedando las otras nueve partes
para Vuestras Altezas.--Plaze á Sus Altezas.--Juan de Coloma.

Otrosí, que si á causa de las mercaderías que él traerá de las dichas
islas y tierras, que así como dicho es se ganaren y descubrieren, ó
de las que en trueque de aquellas se tomaren acá de otros mercaderes,
naciere pleito alguno en el lugar donde el dicho comercio y trato se
terná y fará, que si por la preeminencia de su oficio de Almirante le
pertenece cognoscer del tal pleito, plega á Vuestras Altezas que él ó
su Teniente, y no otro juez conozca del pleito y ansí lo provean desde
agora.--Plaze á Sus Altezas si pertenece al dicho oficio de Almirante,
segun que lo tenian el dicho almirante D. Alonso Enriquez, y los otros
sus antecesores en sus districtos, y siendo justo.--Juan de Coloma.

Item, que en todos los navíos que se armaron para el dicho tracto
y negociacion cada y cuando y cuantas veces se armaren, que pueda
el dicho D. Cristóbal, si quisiere, contribuir y gastar la ochava
parte de todo lo que se gastare en el armazon, é que tambien haya é
lieve el provecho de la ochava parte de lo que resultare de la tal
armada.--Plaze á Sus Altezas.--Juan de Coloma.

_Son otorgados é despachados, con las respuestas de vuestras Altezas
en fin de cada un capítulo, en la villa de Sancta Fé de la Vega de
Granada, á 17 de Abril del año del nacimiento de Nuestro Salvador
Jesucristo de 1492 años.--Yo el Rey.--Yo la Reina.--Por mandato del Rey
é de la Reina, Juan de Coloma.--Registrada, Calcena._

       *       *       *       *       *

Hecho este asiento y capitulacion, y concedidas estas mercedes por
los Reyes católicos en la villa de Sancta Fé, de la manera dicha,
entráronse Sus Altezas en la ciudad de Granada de hecho, donde suplicó
á los Reyes Cristóbal Colon, que Sus Altezas le mandasen dar privilegio
real de las dichas mercedes que le prometian y hacian, el cual mandaron
darle muy cumplido, haciéndolo noble, y constituyéndolo su Almirante
mayor de aquellas mares Océanas, y Visorey é Gobernador perpetuo, él y
sus sucesores, de las Indias, islas y tierras firmes, aquellas que de
aquel viaje descubriese y de las que despues por si ó por su industria
se hobiesen de descubrir; y diéronle facultad que él y sus sucesores
se llamasen Don, y de los susodichos títulos usase luego que hobiese
hecho el dicho descubrimiento, sobre lo cual mandaron poner la cláusula
siguiente: «Por cuanto vos, Cristóbal Colon, vades por nuestro mandado
á descubrir é ganar, con ciertas fustas nuestras, ciertas islas é
tierra firme en el mar Océano etc.; es nuestra merced y voluntad, que
desque las hayais descubierto é ganado etc., vos intituleis é llaméis
Almirante, Visorey é Gobernador dellas etc.» De todo lo cual se le
dió un muy cumplido privilegio real, escrito en pergamino, firmado
del Rey é de la Reina, con su sello de plomo pendiente de cuerdas de
seda de colores, con todas las fuerzas, é firmezas, y favores que por
aquellos tiempos se usaban; al cual privilegio antepusieron un muy
notable y cristiano prólogo, como de Reyes justos y católicos que eran;
la fecha del cual fué en la dicha ciudad de Granada á 30 dias del mes
de Abril año susodicho de 1492 años. Diéronle todas las provisiones
y cédulas necesarias para su despacho. É porque siempre creyó que
allende de hallar tierras firmes é islas, por ellas habia de topar con
los reinos del Gran Khan y las tierras riquísimas del Catay, por los
avisos de Paulo, físico, de que arriba hicimos en el capítulo 12, larga
mencion lo cual, quizá hiciera, si no hallara nuestra tierra firme que
descubrió atravesada en medio, pidió cartas reales, para el Gran Khan,
de recomendacion y para todos los Reyes y señores de la India y de otra
cualquiera parte que hallase en las tierras que descubriese. Tambien
se le dieron para los Príncipes cristianos á cuyas tierras y puertos
le acaeciese llegar, haciéndoles saber como Sus Altezas lo enviaban
y llevaba su autoridad, rogándoles que lo tuviesen por encomendado,
como su embajador y criado, y mandasen hacerle tan buen tratamiento
como Sus Altezas entendian hacer á los que ellos enviasen y trajesen
sus cartas. Y es aquí de saber, que, porque los que contrariaban esta
expedicion decian á los Reyes, que Cristóbal Colon todavía en esto no
aventuraba nada, y que por verse Capitan del armada ó navíos que pedia,
cualquiera cosa podia de futuro prometer y llevarse aquel viento de
Capitan acertase ó no acertase, y si acaeciese acertar en algo, no
arriesgaba cosa al ménos en aquel primer viaje, por esta razon puso
en la suplicacion aquel postrero capítulo: «que si quisiese pudiese
poner ó contribuir la ochava parte en los gastos que se hiciesen en los
descubrimientos y armadas, y que llevase de los provechos que dellos
resultasen tambien la ochava parte.»



CAPÍTULO XXXIV.

 Vínose despachado Cristóbal Colon á la villa de Palos, entendió con
 gran presteza en su despacho, puso medio cuento de maravedís que
 fueron necesarios.--Un Martin Alonso y sus hermanos Pinzones ayudaron
 mucho á se despachar, y fueron con él á descubrir.--Tócase del pleito
 que hobo entre el Fiscal y el Almirante.--Detráese de cosas no
 dignas que el Fiscal movió en favor del Martin Alonso, deshaciendo
 los grandes servicios del Almirante porque los hermanos del Martin
 Alonso decian que ellos habian sido causa principal del descubrimiento
 destas Indias.--Pónense razones por las cuales se convencen de
 falsedad.--Armó tres navíos, dos pequeños y otro mayor.--Juntó noventa
 personas.--Hizo Capitanes á Martin Alonso y á su hermano Vicente
 Yañez, y al tercero Maestre del uno; él tomó la nao ó navío grande,
 etc.


Despues que Cristóbal Colon fué despachado en la corte, muy á su
contento, de todas las provisiones, cédulas y cartas y favores reales
que supo pedir, besadas las manos á los Católicos Reyes y Sus Altezas,
despidiéndole con muy alegre rostro y graciosas favorables palabras,
se partió de Granada en nombre de la Santísima Trinidad (del cual
principio él mucho usaba en sus cosas todas), sábado, que se contaron
doce dias del mes de Mayo del susodicho año de 1492. Fuése derecho á la
villa de Palos para donde pidió á Sus Altezas que se le diese recaudo
para su viaje; lo uno, porque allí hay buenos y cursados hombres de
la mar; lo otro, porque ya tenia dellos algunos cognoscidos y amigos;
lo otro, por el cognoscimiento y devocion que tenia, y conversacion y
ayuda, con el dicho Padre fray Juan Perez, Guardian de la dicha casa
ó monesterio de La Rábida; lo otro, porque, á lo que tengo entendido,
los Reyes tenian obligada la villa de Palos, no supe si por delito ó
por subsidio, para que sirviesen á Sus Altezas con dos carabelas, tres
meses, en lo que les mandasen. Comenzó Cristóbal Colon á tratar en
aquel puerto de su negocio y despacho, y entre los vecinos de aquella
villa habia unos tres hermanos que se llamaban los Pinzones, marineros
ricos y personas principales. El uno se llamaba Martin Alonso Pinzon,
y este era el principal y más rico y honrado; el segundo, Vicente
Yañez Pinzon; el tercero, Francisco Martinez Pinzon, su hermano; á
estos, casi todos los de la villa se acostaban, por ser más ricos y
mas emparentados. Con el principal, Martin Alonso Pinzon, comenzó
Cristóbal Colon su plática, rogándole que fuese con él aquel viaje y
llevase sus hermanos y parientes, y amigos, y sin duda es de creer que
le debia prometer algo, porque nadie se mueve sino por su interés y
utilidad, puesto que no tanto como algunos dijeron; creemos que aqueste
Martin Alonso, principalmente, y sus hermanos ayudaron y aviaron mucho
á Cristóbal Colon para su despacho, por ser ricos y acreditados,
mayormente el Martin Alonso, que era muy animoso y en las cosas de la
mar bien experimentado. Y porque Cristóbal Colon quiso contribuir la
ochava parte en este viaje, por que con solo el cuento de maravedís que
por los Reyes prestó Luis de Santangel no podia despacharse, y tambien
por haber de la ganancia su ochavo, y como Cristóbal Colon quedó de
la corte muy alcanzado, y puso medio cuento de maravedís por el dicho
ochavo, que fué todo para se despachar necesario, como pareció por las
cuentas de los gastos que se hicieron por ante escribano público en
la dicha villa y puerto de Palos, que el dicho Martin Alonso, cosa es
verosímile y cercana de la verdad, segun lo que yo tengo entendido,
prestó sólo al Cristóbal Colon el medio cuento, ó él y sus hermanos.

De aquí sucedió despues, que cuando el almirante Don Diego Colon,
primer sucesor del almirante D. Cristóbal Colon, de quien vamos
hablando, puso pleito al Rey sobre el cumplimiento de sus privilegios
y estado, el Fiscal, queriendo defender la causa del Rey, quiso
probar que no habia descubierto el almirante D. Cristóbal Colon la
tierra firme, ó poco della, é incidentemente ponia en duda que el
dicho Cristóbal Colon hubiese sido principal en el descubrimiento de
las Indias, y para esto presentaba testigos harto émulos del dicho
Almirante, primero inventor y descubridor, y á quien Dios habia
elegido para ello como en infinitas cosas lo habia mostrado; en la
cual probanza se pusieron preguntas harto impertinentes y fuera de
justicia y razon, para ofuscar y anublar la más egregia obra que
hombre jamás, en millares de años, otra ni tan universal, como de sí
es manifestísima, hizo: á vueltas de la cual probanza se entremetieron
cláusulas, para ser cosas tan de veras, dignas de no ser admitidas,
sino, porque causasen risa, desechadas. Ansí que, como dije, sucedió
que el Fiscal, por informacion de algun marinero, pusiese algunas
preguntas para probar que el dicho Martin Alonso habia dado dineros al
dicho Cristóbal Colon para ir á la corte la primera vez, y, despues
de alcanzada de los Reyes la dicha negociacion y capitulacion, que le
habia prometido de partir con él la mitad de las mercedes y privilegios
que le habian concedido los Reyes, y otras cosas, que, como por la
misma probanza parece, la cual yo he visto y tenido en mi poder y leido
muchas veces, se convencen de falsedad. Cierto, si le hobiera prometido
Cristóbal Colon la mitad de las mercedes, no era tan simple Martin
Alonso, siendo él y sus hermanos sabios y estimados por tales, que
no hobieran pedídole alguna escritura dello, aunque no fuera sino un
simple cognoscimiento con su firma, ó al ménos, pusiéranle algun pleito
sus herederos, y Vicente Yañez, que vivió despues muchos años, el cual
yo conocí, hobiera alguna queja ó fama dello, pero nunca hobo dello
memoria ni tal se boqueó (lo cual creo yo que á mí no se me encubriera,
como yo sea muy de aquellos tiempos) hasta quel dicho pleito se
comenzó, que creo que fué el año de 1508, venido el Rey católico de
Nápoles. Y para que algo parezca no haber sido la dicha probanza, en
lo que toca á estos artículos, jurídica ni aun razonablemente hecha,
parece por las preguntas siguientes: decia una, ¿que si sabian que
cuando Cristóbal Colon fué á descubrir estas Indias, Martin Alonso
Pinzon estaba determinado de hacer el mismo descubrimiento dellas,
con dos navíos suyos á su costa, porque tenia ciertas escrituras que
habia habido en Roma en la librería del Papa Inocencio VIII, que hacian
mencion destas Indias? otra pregunta dice, ¿que si saben que habia
dado aviso á Cristóbal Colon, el Martin Alonso, destas Indias, por
la dicha escritura que dijo ser del tiempo de Salomon que contenia:
«Navegarás por el mar Mediterráneo hasta el fin de España, y allí al
Poniente del sol entre el Norte y el Mediodia por vía temporada hasta
95° de camino, é fallarás una tierra de Cipango, la cual es tan fértil
y abundosa y con su grandeza sojuzgara á África y Europa?» A estas
dos preguntas, testigo tomado Arias Perez uno y sólo hijo del mismo
Martin Alonso, responde que las sabe como en ellas se contiene, y
ansí quedan probadas, sin hallarse otra persona alguna que algo diga
dellas, y por sí mismas las preguntas parece la fe que se les debe de
dar, ántes dignas, como se dijo, de reirlas. Otra pregunta dice, ¿si,
dada la dicha escritura de Salomon, saben que se esforzó Cristóbal
Colon, y que el dicho Martin Alonso Pinzon le hizo ir á la corte y le
dió dineros para el camino? á ésta responde el mismo hijo de Martin
Alonso, Arias Perez, que la sabe y que se concertaron Cristóbal Colon
y su padre que le diese la mitad de las mercedes que el Rey le hacia,
y que le dió dineros para ir á la corte. Mas Garci Hernandez, físico,
testigo, respondiendo á esta pregunta, dice todo el contrario, como
parece arriba en el capítulo 20, donde referimos cómo el Guardian de
La Rábida, fray Juan Perez escribió á la Reina, y la Reina le envió
los 20.000 maravedises conque tornó á la corte Cristóbal Colon; todo
lo cual es dicho que depuso el dicho Garci Hernandez, físico, siendo
presentado por parte del Fiscal por testigo.

Otra pregunta dice, ¿si saben que Cristóbal Colon prometió al dicho
Martin Alonso la mitad de las mercedes que el Rey le prometia? y
todos los testigos deponen, que no lo saben, sino que vieron que
Martin Alonso ayudó mucho á su despacho, en especial Garci Hernandez,
físico, el cual sabia más de ello que ninguno otro, sólo el hijo de
Martin Alonso, Arias Perez, dijo que sí; añidió más, que estuvo más de
dos meses Cristóbal Colon, venido ya de la corte despachado, que no
halló en la villa de Palos navíos ni gente que fuese con él, hasta
que Martin Alonso, su padre, le dió dos navíos suyos y persuadió la
gente que fué con él. Manifiestamente se convence este de falsedad,
en decir que estuvo más de dos meses sin hallar remedio, por esta
razon: Cristóbal Colon salió de Granada despachado, sábado á 12 del
mes de Mayo, como arriba queda dicho, y se hizo á la vela, viernes á
3 de Agosto, con los tres navíos para su viaje, del puerto, como se
dirá, pues si estuviera dos meses y más sin hallar remedio, y estos
fueran Junio y Julio, cierto en quince ó veinte dias que restan,
no fuera posible se despachar. Parece tambien, porque lo que este
dice, contrario es de lo que arriba referimos, que la dicha villa
de Palos, era obligada á servir con dos navíos ó carabelas á los
Reyes. Todavía no dudamos, sino que Martin Alonso ayudó mucho al
dicho despacho, pero no tanto como su hijo sólo dice, mayormente,
que él habia ido á Flandes, segun se colige de palabras, quel mismo
Almirante en otros artículos testifica. Y todas estas preguntas fueron
harto impertinentes, tractándose el pleito sobre si pertenecia la
gobernacion de la provincia del Darien, que es parte de la tierra
firme, á los herederos de Cristóbal Colon, primero Almirante, por haber
solo él sido el primero que descubrió la primera parte de tierra que
fué Pária, como adelante parecerá, como el primero y solo que estas
Indias descubrió. Muchas veces los oficiales de los Reyes, por hacer
estruendo de les servir, con perjuicio de muchos, les desirven y á
Dios ofenden, por lo cual permite que ni los Reyes se lo agradezcan,
y aún les hagan mal en lugar de remunerarlos; y lo peor es, que al
cabo de sus dias ante Dios lo[26] y si los reyes lo alcanzasen, no
debe haber duda que no lo impidiesen y aún castigasen, porque no se
presume de los buenos Príncipes que acepten por servicios las obras en
que Dios se ofende y la justicia es violada con daños de terceros, que
suelen ser irreparables, de los cuales Dios nos guarde. Finalmente,
de una manera ó de otra, Cristóbal Colon se dió priesa, cuanta pudo
para su despacho, y el Martin Alonso de ir con él y sus hermanos; y,
estos movidos, se movieron otros muchos para ir este viaje, y ó la
villa dió los dos navíos ó los pagó á sus dueños por la susodicha
causa, y Cristóbal Colon fletó allende aquellos dos una nao. Todas
tres velas muy bien aderezadas de velas y jarcias y todos aparejos,
de bastimentos hartos para un año, y de lo demas necesario para viaje
tan incierto y tan grande, y embarcadas sus arcas de rescates, señaló
por Capitan de la una carabela que tenia nombre la _Pinta_, que era
la más ligera y velera, al dicho Martin Alonso Pinzon, y en ella por
Maestre, á Francisco Martinez Pinzon, su hermano; en la otra, que
llamaban la _Niña_, puso por Capitan y Maestre á Vicente Yañez Pinzon;
en la tercera, que era la nao algo mayor que todas, quiso ir él, y ansí
aquella fué la _Capitana_; la gente que se allegó y metió en ellas,
con marineros y hombres de tierra, porque llevó algunos criados del
Rey que se aficionaron á ir con él por curiosidad, y otros criados y
cognoscientes suyos, fueron por todos noventa hombres, marineros y de
allí de Palos todos los más.



CAPÍTULO XXXV.

 Embarcóse jueves á 2 de Agosto y hízose á la vela viernes á 3, año
 de 1492.--Pónese aquí un prólogo notable que hizo á los Reyes,
 Cristóbal Colon, puesto en el principio del libro desta su primera
 navegacion.--Determinó de hacer dos cuentas de las leguas que
 andaba, una secreta para sí, que contaba verdad de lo que andaba, y
 otra pública para con la gente, que decia ménos de lo que andaba,
 porque si se dilatase el viaje la gente no desmayase.--Hobo revés y
 trabajos hasta llegar á las Canarias, saltando el gobernario de una
 carabela ó vela de adobar, en gran Canaria.--La tierra desta isla de
 Tenerife echó de sí gran fuego.--Comenzaba la gente de los navíos á se
 arrepentir y á murmurar, etc.


Puesto su despacho todo en perfeccion, jueves á 2 de Agosto año de
1492, mandó embarcar Cristóbal Colon toda su gente, y otro dia,
viernes, que se contaron tres dias del dicho mes de Agosto, ántes que
el sol saliese con media hora, hizo soltar las velas y salió del puerto
y barra que se dice de Saltes, porque así se llama aquel rio de Palos;
y porque comenzó desde allí un libro de sus navegaciones para estas
Indias, y el prólogo dél, así por contar algo de la toma de Granada y
hacer mencion de la echada de los judios destos reinos, como porque se
conciba la intincion de los Reyes y suya, y tambien por la antigüedad
y simplicidad de sus palabras parecióme no ir fuera de la historia
referirlo aquí, en el cual comienza Cristóbal Colon decir á los Reyes
ansí:

«_In nómine domini nostri Jesu Christi._--Porque cristianísimos y muy
altos, y muy excelentes, y muy poderosos Príncipes, Rey é Reina de
las Españas y de las islas de la mar, nuestros señores, este presente
año de 1492, despues de Vuestras Altezas haber dado fin á la guerra
de los moros que reinaban en Europa, y haber acabado la guerra en la
muy grande ciudad de Granada, adonde este presente año, á dos dias del
mes de Enero, por fuerza de armas vide poner las banderas reales de
Vuestras Altezas en las torres de Alfambra, que es la fortaleza de la
dicha ciudad, y vide salir al Rey moro á las puertas de la ciudad, y
besar las reales manos de Vuestras Altezas y del Príncipe, mi señor,
y luego en aquel presente mes, por la informacion que yo habia dado á
Vuestras Altezas de las tierras de la India y de un Príncipe que es
llamado Gran Khan, que quiere decir en nuestro romance, Rey de los
Reyes (como muchas veces él y sus antecesores habian enviado á Roma
á pedir doctores en nuestra sancta fé porque le enseñasen en ella,
y que nunca el Sancto Padre le habia proveido, y se perdian tantos
pueblos cayendo en idolatrías é recibiendo en sí sectas de perdicion);
y Vuestras Altezas, como católicos cristianos y Príncipes amadores de
la sancta fé cristiana, y acrecentadores della, y enemigos de la secta
de Mahoma y de todas idolatrías y herejías, pensaron de enviarme á mí,
Cristóbal Colon, á las dichas partidas de India para ver los dichos
Príncipes, y los pueblos y las tierras y la disposicion dellas y de
todo, y la manera que pudiere tener para la conversion dellas á nuestra
sancta fe; y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde
se acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde
hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie. Así que,
despues de haber echado fuera todos los judíos de todos vuestros reinos
y señoríos, en el mismo mes de Enero, mandaron Vuestras Altezas á mí,
que con armada suficiente me fuese á las dichas partidas de India, y
para ello me hicieron grandes mercedes y me ennoblecieron, que dende en
adelante yo me llamase Don, y fuese Almirante mayor de la mar Océana y
Visorey é Gobernador perpetuo de todas las islas y tierra firme que yo
descubriese y ganase, y de aquí adelante se descubriesen y ganasen en
la mar Océana, y así sucediese mi hijo mayor, y á él ansí de grado en
grado para siempre jamás; y partí yo de la ciudad de Granada, á 12 dias
del mes de Mayo del mismo año de 1492, en sábado, y vine á la villa de
Palos, que es puerto de mar, á donde yo armé tres navíos muy aptos para
semejante fecho, y partí del dicho puerto muy bastecido de muy muchos
mantenimientos y de mucha gente de la mar á 3 dias del mes de Agosto
del dicho año, en un viernes, ántes de la salida del sol con media
hora, y llevé el camino de las islas de Canaria, de Vuestras Altezas,
que son en la dicha mar Océana, para de allí tomar mi derrota y navegar
tanto, que yo llegase á las Indias, y dar la embajada de Vuestras
Altezas á aquellos Príncipes, y cumplir lo que así me habian mandado,
y para esto pensé escribir todo este viaje muy puntualmente de dia en
dia, todo lo que yo hiciese y viese y pasase, como adelante se verá.
Tambien, señores Príncipes, allende de escribir cada noche lo que en el
dia pasare, y el dia lo que la noche navegare, tengo propósito de hacer
carta nueva de navegar, en la cual situaré toda la mar é tierras del
mar Océano en sus propios lugares, debajo de su viento, y más componer
un libro, y poner todo por el semejante, por pintura, por latitud del
equinoccial y longitud del Occidente, y sobre todo, cumple mucho que
yo olvide el sueño y tiente mucho el navegar porque ansí cumple, las
cuales serán gran trabajo, etc.» Todo esto es del prólogo susodicho del
libro de la primera navegacion de Cristóbal Colon á las nuestras Indias.

Y es aquí de saber, que como Cristóbal Colon fuese hombre muy prudente,
y una de las partes de la prudencia sea proveer en las cosas por venir
é inconvenientes que á los negocios pueden suceder, y presumiese que
haciendo un viaje como aquel, tan nuevo y tan dudoso, y de muchos
tenido por imposible, y que si se alongase mucho habia de tener
zozobras y angustias con la gente, acordó, por evitar estos y otros
inconvenientes, hacer dos cuentas de las leguas que andaba cada noche
y cada dia, que los marineros llaman singladuras, una de lo cierto,
que, segun su buen juicio, en la verdad tasaba, porque andarlas
estimaba contando las jornadas por leguas ó por millas, y esta cuenta
era secreta, sólo para sí, y la otra era pública, para mostrar á la
gente y conferirla con los pilotos de todos tres navíos, en la cual
ponia siempre ocho ó diez leguas ménos de lo que entendia que andaba,
porque no pareciese tan luengo el camino y que se apartaban tan léjos
de España, y así no tuviesen tanto temor como en fin mostraron tener,
y esto les causase no perder del todo de hallar tierra la esperanza;
porque en la verdad, hasta entónces, nunca se halló ni se leyó en todo
el mundo, haber alguna gente navegado ni engolfádose tan léjos de
tierra, sin la ver, por el mar Océano, y ansí parece que el primero
fué Cristóbal Colon que á esto se atreviese, con los que en este
viaje le ayudaron. Estas singladuras ó jornadas entiendo poner aquí
de cada dia y noche, brevemente, como las saqué del libro susodicho
de Cristóbal Colon en aquella su primera navegacion, el cual mostró
á los Reyes desque vino, estas Indias halladas; porné tambien lo que
cada dia le acaecia, y las señales que vian, y lo que sufria y pasaba,
y su constancia, porque creo que no será desagradable. Prosiguiendo,
pues, su viaje á las Canarias, lunes á 6 de Agosto, desencasóse ó saltó
de sus hebillas el gobernario á la carabela _Pinta_, donde iba Martin
Alonso Pinzon, y segun se sospechó, por industria de unos marineros,
Gomez Rascon y Cristóbal Quintero, cuya era la carabela, porque les
pesaba ir á aquel viaje y iban contra su voluntad; y dice Cristóbal
Colon, que ántes que partiesen habia tomado en ciertas grisquetas ó
reveses á los dichos Gomez Rascon y Cristóbal Quintero. Vídose aquí
en gran turbacion, por no poder socorrer á la dicha carabela _Pinta_
sin su propio peligro, pero que perdia alguna de la mucha pena que
tenia, por cognoscer que Martin Alonso era persona esforzada y de buen
ingenio. Remediaron como pudieron el gobernario, y despues le tornó á
faltar; llegaron en obra de siete dias á vista de Gran Canaria, en la
costa de la cual mandó quedar la carabela _Pinta_, porque hacia mucha
agua, y por esto tuvo gran necesidad de ponerla á monte en Canaria. El
Cristóbal Colon con la otra carabela fué á la Gomera, y, despues de
muchos rodeos y trabajos, tornó á Canaria al puerto de Gaudo, que es
bueno, para adobarla, donde de dia y de noche, con gran solicitud é
inestimables trabajos, la remedió, y tornóse con ella á la Gomera en 2
de Setiembre. Dice aquí Cristóbal Colon, que una noche de aquellas que
andaba cerca de Tenerife, salió tanto fuego del pico de la sierra, que,
como arriba se dijo, es una de las altas que se saben en el mundo, que
fué cosa de gran maravilla. No dejaba la gente con todos estos trabajos
é inconvenientes que se les ofrecian de murmurar y desganarse del viaje
y comenzar á tener mayores dificultades.



CAPÍTULO XXXVI.

 Fué avisado Cristóbal Colon que andaban ciertos navíos del rey de
 Portugal por prenderle.--Dióse priesa para salir del puerto de la
 Gomera; salió jueves á seis dias de Setiembre del dicho año.--Va
 contando las leguas que cada dia con su noche, conforme á las dos
 cuentas dichas, andaba, etc.


En estos dias fué avisado Cristóbal Colon como andaban por aquellas
islas tres carabelas armadas del rey de Portugal para lo prender,
porque como supo el Rey que se habia concertado con los reyes de
Castilla, pesóle mucho en el ánima, y comenzó á ver y á temer la suerte
que le habia quitado Dios de las manos, por lo cual debió mandar
en la isla de la Madera, y de Puerto Sancto, y de los Azores, y en
las partes y puertos donde tenia gente portoguesa, que á la ida ó á
la venida lo prendiesen, segun despues pareció por la burla que le
hicieron á la vuelta en las islas de los Azores, pero desta vez no lo
toparon las dichas tres carabelas. Tomada pues agua y leña y carnaje,
y todo refresco y lo demas que vido serle para su viaje necesario,
en la Gomera, mandó dar las velas á sus tres navíos, jueves, á 6 de
Setiembre, y salió del puerto de la Gomera luego por la mañana. El
sábado, á tres horas de la noche, comenzó á ventar el viento Nordeste
manso, y tomó su camino hácia el gueste que es el Poniente derecho,
porque aquellos tres dias primeros tuvo calma y no pudo andar nada;
llevó siempre aquella vía del gueste ó Poniente derecho, hasta pocos
dias ántes que descubriese la tierra que tornó una cuarta de viento á
la mano izquierda del Austro, que se dice cuarta del Sudoeste, como
abajo parecerá; anduvo aquella noche, hasta domingo de mañana, 36
millas, que son 9 leguas, á 4 millas por cada legua contando. Domingo,
9 dias de Setiembre, navegó, hasta que se puso el sol, 60 millas, que
son 15 leguas, y en la noche, anduvo á 10 millas por hora y en doce
horas fueron 120 millas que montan 30 leguas; aquí gobernaban los
marineros mal porque iban una cuarta á la banda del Norueste, por lo
cual riñó mucho Cristóbal Colon con ellos. Lunes, 10 dias de Setiembre,
con su noche anduvo 60 leguas á 10 millas por hora, que son dos leguas
y media, pero no contó sino 48 leguas en la cuenta pública que habia
de mostrar á los marineros. Martes, 11 de Setiembre, navegó su vía del
gueste, y anduvo 20 leguas y más, pero no contó sino 16 por la causa
dicha; y éste dia víeron un gran trozo de mastel de nao de 120 toneles
y no lo pudieron tomar; y en la noche anduvo cerca de otras 20 leguas,
y contó para la cuenta pública 16. Miércoles, 12 de Setiembre, por su
mismo camino anduvo, entre dia y noche, 33 leguas, contando para la
cuenta pública algunas ménos. Jueves, 13 de Setiembre, anduvo, entre
dia y noche, otras 33 leguas; éranles las corrientes contrarias. En
este dia, al principio de la noche, las agujas noruesteaban, esto es
decir que no estaba la flor de lis que señala el Norte derecha hacia
él, sino que se acostaba á la mano izquierda del Norte, y á la mañana
nordesteaban, que es decir, que se acostaba la flor de lis á la mano
derecha del Norte, hácia donde sale el sol. Viernes, 14 de Setiembre,
navegó su camino siempre al gueste, anduvo entre dia y noche 20 leguas,
contó ménos algunas para la cuenta pública; hoy dijeron los marineros
de la carabela _Niña_, donde iba Vicente Yañez, que habian visto un
garpao y un rabo de junco, que son aves que no se apartan de tierra,
segun dicen, sino hasta 15 ó 20 leguas, pero creo que no se tenia
aun desto mucha experiencia. Sábado, 15 de Setiembre, anduvo entre
dia y noche 27 leguas y algo más; vieron esta noche caer del cielo
un maravilloso ramo de fuego 4 ó 5 leguas dellos y todas estas cosas
alborotaban y entristecian la gente, y comenzaban á estimar que eran
señales de no haber emprendido buen camino. Domingo, 16 de Setiembre,
anduvo 38 leguas, contó algunas ménos, tuvo aquel dia algunos nublados
y lloviznó. Dice aquí Cristóbal Colon, que hoy, y siempre de allí
adelante, hallaron aires temperatísimos, que era, segun dice, placer
grande el gusto y amenidad de las mañanas que no faltaba sino oir
ruiseñores, y era el tiempo como por Abril en el Andalucía; tenia,
cierto, razon, porque es cosa maravillosa la suavidad que sentimos
desde medio golfo para estas Indias, y cuanto más se acercan los navíos
á estas tierras, tanto mayor sienten la templanza y suavidad de los
aires y claridad de los cielos, y amenidad y olores que salen de las
arboledas y florestas dellas, mucho más, cierto, que por Abril en el
Andalucía. Aquí comenzaron á ver muchas manadas ó balsas estendidas de
hierba verde, aunque mas tiran á color amarilla, y, porque ya se les
iba haciendo el camino luengo y léjos la guarida, y habian comenzado
á murmurar del viaje y de quien en él los habia puesto, viendo estas
balsas de hierba muy léjos y que eran muy grandes, comenzaron á temer
no fuesen peñas ó tierras anegadas, por lo cual se movieron á mayor
impaciencia y á más recia murmuracion contra Cristóbal Colon, que los
guiaba; pero visto que pasaban los navíos por ellas, perdieron por
entónces, aunque no del todo, el temor. Juzgaron por esto todos que
debia estar cerca de allí alguna isla; Cristóbal Colon afirma que
isla podia ser, pero no tierra firme, porque la tierra firme hacia él
muy adelante, y no estaba engañado. Por aquí parece que los navíos
de Cáliz, que arriba en el cap. 9.º digimos, de que hace Aristóteles
mencion en el libro _De admirandis in natura auditis_, antiguamente
arrebatados con tormenta, haber llegado á ciertas regiones en la
mar, donde hallaron grandes balsas de ovas y hierbas, son estas y
que llegaron hasta aquí. Lúnes, 17 de Setiembre, navegó su camino al
gueste y andarian dia y noche 50 leguas y más, asentó ménos algunas
dellas; ayudábales la corriente, vieron mucha hierba y muy á menudo,
y era hierba que juzgaban ser de peñas, la cual venia de hácia el
Poniente; estimaban todos que debia estar cerca tierra, por lo cual
cobraban algun esfuerzo y aflojaban en el murmurar. Habian andado
hasta allí 370 leguas, las cuales estaban de la isla del Hierro, que
es la más occidental de las islas de Canaria. En este lúnes marearon
los pilotos el Norte, y hallaron que las agujas noruesteaban una gran
cuarta; temieron todos los marineros mucho, y paráronse todos muy
tristes, y tornaron á murmurar entre dientes sin declararlo del todo á
Cristóbal Colon, viendo cosa tan nueva y que nunca hobieran visto ni
jamás experimentado, y por ende temian si estaban en otro mundo; pero
cognosciéndolo Cristóbal Colon, mandó que tornasen á marear el Norte
en amaneciendo, y hallaron que estaban buenas las agujas. La causa
que Cristóbal Colon asignó desta diferencia, fué que la estrella que
acá nos parece que es el Norte, hace movimiento, pero no lo hacen las
agujas. En amaneciendo, aquel lúnes, vieron muchas hierbas de rios, en
las cuales hallaron un cangrejo vivo, el cual guardó Cristóbal Colon, y
dijo que aquellas eran ciertas señales de haber por allí tierra, porque
no se suelen hallar 80 leguas de tierra. El agua de la mar hallaban
ménos salada despues que dejaron atras las islas de Canaria, y, cada
dia, segun decian, más hermosa; decia que era esto gran señal de ser
los aires más puros y dulces. Vieron tambien muchas toninas, y estas
son las que vieron los navíos de Cáliz, de que habló Aristóteles, que
mataron muchos y llamólos atunes.

Iban toda la gente muy alegres, y los navíos el que más podia correr
más corria, por ver primero tierra. Lo uno, porque es natural los
hombres querer ser cada uno el primero y llevar al otro ventaja,
aunque sea á su padre, aún en las cosas chicas y de poca importancia,
como parece en el juego del ajedrez y en los otros, cuanto más en
las señaladas y grandes. Lo otro, porque la Reina, por suplicacion
de Cristóbal Colon habia mandado y hizo merced de 10.000 maravedís
de juro, de por vida, al primero que viese la primera tierra. Dijo
aquí Cristóbal Colon, que porque aquellas señales eran del Poniente,
esperaba en aquel alto Dios, en cuya mano estaban todas las victorias,
que muy presto le daria tierra. Vido aquella mañana una ave blanca con
la cola luenga, que se llama rabo de junco, que no suele, diz, que
dormir en la mar. Mártes, 18 de Setiembre, navegó aqueste dia con su
noche más de 55 leguas, puso en la cuenta pública 48; llevaba todos
estos dias el mar bonanza, como en el rio de Sevilla. Martin Alonso
que iba por Capitan de la _Pinta_, que era muy gran velera, dijo al
capitan Cristóbal Colon desde ella, que habia visto gran multitud de
aves ir hácia el Poniente, y que aquella noche se queria adelantar,
porque esperaba que descubriria tierra, y certificósele más por una
gran cerrazon y escuridad de nublado espeso á la parte del Norte, la
cual suele muchas veces estar sobre la tierra, y parece della 10 y 15 y
20 leguas. Desto no curó Cristóbal Colon, porque le parecia que aún no
era tiempo, ó no estaba en el paraje donde él esperaba ver la tierra.
El miércoles, 19 de Setiembre, tuvo alguna calma, y con todo, entre dia
y noche anduvo 25 leguas; puso en la cuenta pública 22, y á las diez
horas deste dia, vino á la nao _Capitana_ un alcatraz, y á la tarde
vieron otro, que no suelen apartarse de tierra 20 leguas; vinieron
unos lluveznitos de agua sin viento, que es cierta señal de tierra.
No quiso detenerse barloventeando, para recognoscer si habia tierra,
de lo cual no dudaba sino que iba entre y en medio de algunas islas,
como en la verdad hay muchas, porque su intincion llevaba enderezada
de navegar más al Poniente, diciendo que allí habia de hallar las
Indias, y porque le ayudaba el tiempo que era bueno, y porque decia
que, placiendo á Dios, á la vuelta todo se veria. Aquí descubrieron los
pilotos sus puntos de sus cartas; el de la carabela _Niña_ se hallaba
de Canaria 440 leguas, el de la _Pinta_ 420, el de la nao _Capitana_,
donde iba Cristóbal Colon, justas 400. Él pasaba y cumplia con todos,
tratando siempre del menor número, porque no desmayasen, lo cual cuanto
más vian que estaban léjos de España, mayor angustia y turbacion los
comprendia, y cada hora crecian en murmurar, y más miraban en cada cosa
de las señales que vian, aunque las que habian visto, de aquellas aves,
luego les daban esperanza; pero como nunca la tierra parecia, no creian
ya cosa, que habian estimado que aquellas señales, pues faltaban, que
iban por otro nuevo mundo de donde jamás no volverian. El jueves, 20
de Setiembre, se mudaron algo los vientos, y anduvo algo fuera de su
camino una cuarta y aún media partida, que son dos vientos, y andarian
hasta 7 ú 8 leguas por ser calmarias. Vinieron este dia dos alcatraces
á la nao _Capitana_, y despues otro; tomaron un pájaro con la mano
que era como garjas, que es ave de rio y no de la mar; tenia los piés
como gaviota. Vinieron tambien en amaneciendo, dos ó tres pajaritos
cantando, y ántes que el sol saliese desaparecieron, despues vino otro
alcatraz, y venia del gueste y iba al Sueste; era señal certísima que
dejaban al Nordeste la tierra, porque estas aves duermen en tierra,
y por la mañana vánse á la mar á buscar su vida, y no se alejan 20
leguas. Estas aves pusieron algun consuelo en los navíos. Viernes, 21
de Setiembre, fué lo más calma, navegaria, dello á la vía, dello fuera
della, 13 leguas. Hallaron grandísima cantidad de hierba, que parecia
que la mar era llena della. Esta hierba, veces los alegraba, creyendo
que verian presto tierra, veces los hacia casi desesperar, temiendo dar
por ella en alguna peña, y algunas volvian los que gobernaban el navío,
por no entrar por ella, con temor de lo que agora dije, porque tan
espesa era que parecia retardar algo los navíos. Vieron una ballena,
que tambien no es chica señal de no estar léjos de tierra; la mar era
muy llana como en un rio, y los aires suavisísimos.



CAPÍTULO XXXVII.

 En el cual se tracta como es ley universal que Dios tiene en su
 mundo, que las cosas grandes, mayormente las de la fe, tengan muchos
 contrarios y dificultades, y de la razon desto.--Como la gente
 desmayaba de ver tan largo viaje sin ver tierra, murmuraban y echaban
 maldiciones á Cristóbal Colon, diciéndole en la cara injurias porque
 se tornase, amenazándole que le habian de echar á la mar, y tomaban
 más recias ocasiones cuanto mejor tiempo llevaban.--Como Cristóbal
 Colon los consolaba y cumplia con ellos con buenas palabras, y gran
 modestia y paciencia.--Como Dios le favorecia, vieron algunas aves en
 señal de estar cerca de tierra.--De los corrillos y pláticas que entre
 sí tenian contra él.--Como él lo disimulaba, y de las razones que les
 decia para que perseverasen, y de la esperanza que les daba.


Las cosas grandes y de que Dios tiene mucha estima, como son las que
han de resultar en honra y gloria suya y en provecho universal de
su Iglesia, y finalmente para bien y conclusion del número de sus
predestinados, apénas se alcanzan, como en algun capítulo de los de
arriba digimos, sino con innumerables dificultades, contradicciones,
trabajos y peligros, ordenándolo así el divino saber y poder, porque
esta es una de las leyes inviolables que tiene puestas en su mundo en
todas las cosas que de su jaez y naturaleza son buenas, puesto que sean
temporales, y mucho más en las que dirigen los hombres á la verdadera
vida y bondad eternal, queriendo que á la grande fiesta preceda grande
vigilia. Esto parece, por lo que el Hijo de Dios por su boca divina
manifestó por Sant Lúcas, capítulo postrero: «Necesario fué Cristo
padecer, y ansí, por pasion, entrar en su propia gloria;» pues, ¿qué
habremos de padecer nosotros para entrar en la ajena? Y los Apóstoles
dijeron, _Actuum_ 14: «Por muchas tribulaciones nos es necesario entrar
en el reino de Dios.» Por consiguiente, permite al enemigo de la humana
naturaleza, que, haciendo su oficio, los contradiga, ó para que más
resplandezcan y se alaben sus maravillas, en que tan maravillosamente
suele, cuando más parecen los negocios perdidos, favorecer á que se
efectuen, por más que el adversario trabaje impedirlos, ó para que la
flaqueza y presumpcion humana se cognosca y entre sí, consigo misma,
cognosciéndose, sea reprimida, teniendo experiencia muy clara, no una
sino muchas veces, de sí por sí no poder nada si por la válida mano del
Omnipotente no es socorrida, y tambien porque por la paciencia en los
desconsuelos y aflicciones, y dilacion de conseguir lo deseado, crezca
el merecimiento de sus escogidos, y no ménos porque los dones señalados
de tan sumo dador, cuanto más deseados y cuanto más dificultados, y
cuanto en mayores aflicciones habidos sean, como digno es, de todos á
cuya noticia vinieren, mucho más estimados y tenidos. Por estas razones
aparejó Dios á Cristóbal Colon incomparables angustias y tentaciones
con que le quiso probar, no de la mar ni de los vientos (aunque para
despues esto tambien le reservó), sino de hombres compañeros que le
debieron de ayudar, las cuales suelan ser más que otras intolerables.
Ansí que viendo la gente de los navíos, no experta de tan prolija
navegacion, ántes acostumbrada de ver cada dia, ó cuasi cada dia,
tierras, porque, como arriba tambien se tocó, el mayor golfo de mar
que en aquellos tiempos por nuestra gente se navegaba, era, ó el de
las Canarias, ó el de las islas de los Azores, ó el de la isla de
la Madera, ó las de cabo Verde, de las cuales el mayor no sube de
200 leguas ó pocas más sin ver tierra; sobre las muchas cosas de
que tomaban ocasion de desmayar, y por consiguiente de murmurar por
ser el viaje tan largo y el remedio y consuelo tan incierto, fué
la prosperidad que Dios les daba en darles tan buenos y favorables
vientos, que siempre iban con ellos allá, y la mar tan llana, que más
parecia laguna de agua muerta que mar, á lo cual no poco ayudaba no la
hallar tan salobre como la que dejaban atras. Por manera, que inferian
que, pues siempre llevaban un viento, porque por la mayor parte de
todo el año corren brisas, que son vientos boreales como Nordeste y
sus colaterales por aquesta mar, y la mar tan mansa, que debian de
estar en otro mundo y regiones diversas de las del mundo de allá, y
que no ternian viento con que se tornar. Y así, todo lo uno y lo otro
juntado, y todo cuanto vian y les acaecia, echándolo siempre á la peor
parte y á mal, por lo cual las murmuraciones y maldiciones que ántes
consigo mesmos decian y echaban á su general Capitan y á quien le habia
enviado, comenzáronlas á manifestar, y desvergonzadamente decirle en
la cara que los habia engañado y los llevaba perdidos á matar, y que
juraban á tal y á cual, que sino se tornaba que lo habian primero á él
de echar en la mar. Cuando se llegaban los otros navíos á hablar con
él, oía hartas palabras que no ménos le traspasaban el ánima que las de
los que junto á sus oidos se le desmandaban. Cristóbal Colon, viéndose
cercado de tantas amarguras, que le angustiaban el corazon más, por
ventura, que si se viera dentro de las olas de la mar, extranjero y
entre gente mal domada, suelta de palabra, y de obras más que otra
insolentísima, como es por la mayor parte la que profesa el arte de
marear, con muy dulces y amorosas palabras, gracioso y alegre rostro,
como él lo tenia, y de autoridad, disimulando con gran paciencia y
prudencia sus temerarios desacatos, los esforzaba, y animaba, y rogaba
que mirasen lo que hasta allí habian trabajado, que era lo más, y que
por lo ménos que les restaba no quisiesen perder lo pasado, y que las
cosas grandes no se habian de alcanzar sino con grandes trabajos y
dificultad; cuanto ganaron los que sufrieron, cuanto vituperio seria
de la animosidad de los españoles volverse, sin haber visto lo que
deseaban, vacíos, y que él esperaba en Dios que más presto de lo que
estimaban los habia á todos de alegrar y consolar, y cognoscerian
como á los Reyes que lo enviaban y á ellos que con él venian habia
dicho verdad. Con estas y otras palabras cumplia lo que de su parte
podia, puesto que á ellos poco los aplacase, ántes se encendian como
gente desordenada y cuasi desesperada; y porque Dios queria confundir
la inconstancia dellos y favorecer la humildad de Cristóbal Colon, y
andaba cerca de manifestar su verdad, el sábado, 22 de Setiembre,
tuvieron vientos contrarios, ventavales, anduvieron á una parte y á
otra fuera del camino derecho 30 leguas, y el domingo, 23 de Setiembre,
se levantó mucho la mar, tanto que los que temian por hacer siempre
brisas y vientos hácia estas partes, y, por ser llana y mansa la mar,
no pensaban poder volver á España, temblaban ya con tanto viento
contrario y con la braveza de la mar. Dice aquí el Almirante, que le
fué muy necesaria esta contrariedad de vientos y que la mar se alterase
mucho, por que la gente perdiese su errada opinion de que les habia
de faltar mar y vientos para tornarse, y ansí fué causa esto de algo
asosegarse ó no tanto desesperar, puesto que aún no les faltaba que
oponer cuanto al viento, diciendo que aquel viento no era durable,
hasta que el domingo siguiente, que ya dije, no tuvieron que responder
cuando vieron la mar tan alterada. Por lo cual, dice aquí Cristóbal
Colon, que hacia Dios con él y con ellos, como hizo con Moisen y los
judios cuando los sacó de Egipto, mostrando señales para confusion
dellos y para el favor y ayuda dél. Vieron aqueste domingo una tórtola
sobre la nao, y á la tarde un alcatraz y un pajarito de rio y otras
aves blancas, y en las hierbas, que eran muchas, hallaban algunos
cangregitos chiquitos vivos. Andarian hoy hasta 22 leguas, aunque
no camino derecho. El lúnes siguiente, 24 de Setiembre, andarian al
derecho camino 14 leguas y media. Vino á la nao un alcatraz, y vieron
muchas aves de tierra, que son ciertas pardelas que venian de hácia
Poniente, y peces parecieron cabe los navíos, y mataron dellos algunos
con las fisgas, que son unos instrumentos de hierro como los dedos de
la mano extendidos, sino que son grandes. Cuanto Dios más les mostraba
manifiestas señales de que era imposible estar léjos de la tierra,
tanto más crecia su impaciencia é inconstancia, y más se indignaban
contra Cristóbal Colon. En todo el dia y la noche, los que estaban
despiertos, nunca cesaban de estar hechos corrillos, los que se podian
unos con otros juntar, murmurando y tratando de cómo se podrian tornar.
Para esto decian, que era gran locura y ser homicidas de sí mismos,
aventurar sus vidas por seguir la locura de un hombre extranjero, que
por hacerse gran señor se habia puesto á morir, y verse en tan grande
aprieto como él y todos se vian, y engañando tanta gente, mayormente
habiendo sido su negociacion ó sueño por tan grandes hombres y tantos
letrados contradicha, y por vana y loca tenida, y que bastaba para
excusarse, de cualquiera cosa que sobre aquesto hiciesen, haber llegado
hasta donde nunca hombres llegaron ni osaron navegar, y que no se
obligaron á llegar hasta el cabo del mundo, especialmente que si más
tardaban, no era posible tener bastimentos para volver. Algunos pasaban
más adelante diciendo, que lo mejor de todo era echarlo una noche á la
mar, si porfiase pasar adelante, y publicar que habia él caido, tomando
el estrella con su cuadrante ó astrolabio, y que, como era extranjero,
pocos ó nadie habria que pidiese la cuenta, ántes habria infinitos que
afirmasen haberle dado Dios por su atrevimiento su merecido. En estas
y en otras semejantes ocupaciones, gastaban el tiempo de noche y de
dia, y á ello habian de dar lugar los Pinzones, que eran los Capitanes
y principales de toda la gente, y como todos los demas marineros eran
naturales y vecinos de Palos y Moguel, á ellos y con ellos acudian y
sentian todos. Destos Pinzones se quejaba mucho, y de las penas que
le habian dado, Cristóbal Colon. Fácilmente podrá juzgar el que esto
leyere, con cuanto sobresalto y temor estaria Cristóbal Colon, no
hiciese aquella gente, tan libre y tan sin razon como suele ser en
la mar, algun desvarío. ¡En cuánta tristeza, y angustia, y amarguras
iria! No dejaba de encomendarse mucho á Dios, aparejado para cualquiera
calamidad y muerte que le viniese. Disimulaba con ellos, alegrábalos
honrando al menor cuanto podia; reia con ellos llorándole el corazon, y
algunas veces representábales, cuanto rigor podrian los Reyes usar con
ellos, habiendo dejado de proseguir una demanda de que tan averiguadas
señales habian visto para estar cerca, de lo cual ninguno que lo oyese
dudaria, y por consiguiente, todos con razon les culparian, y que, para
excusar estos y otros muchos inconvenientes, les rogaba, que como
hombres animosos y de virtud, sufriesen algunos pocos de dias, que él
les prometia, con confianza que tenia de la Santísima Trinidad, ellos
verian en muy breve tiempo tierra, con la vista de la cual todos se
alegrarian.



CAPÍTULO XXXVIII.

 En el cual se contiene una carta de marear que llevaba Cristóbal
 Colon, donde tenia pintadas estas Indias é islas, mayormente esta
 Española que llamó Cipango, y esta carta dice el autor que la tiene,
 á lo que cree, en su poder.--Como vieron ciertos celajes que todos
 afirmaron ser tierra y hobieron grande alegría y al cabo no fué.--Como
 vieron muchas señales adelante de tierra.--Como se le quisieron
 amotinar de no poder ya mas sufrir la dilacion.--Como descubrió Colon
 ciertos secretos de las alturas.--Como confirieron los puntos de la
 navegacion.


Regla es tambien general de nuestro Señor Dios, de que usa con todos
los pecadores miéntras vivimos en esta vida, no mirando á quien
nosotros somos, sino á quien él es, como sabe cuán poco sosten de
nuestra cosecha tenemos, aunque no sea llegado el tiempo que determina
cumplirnos algun deseo bueno, el cual, no ántes ni despues que él
tiene determinado lo hemos de haber, y esta es, conviene á saber, no
darnos del todo hieles puras á beber, sino interponer alguna mezcla
de consuelo con que las repulsas que padecemos podamos tolerar y no
de golpe desfallecer. Ansí por esta manera se hobo con estos, que,
aunque en breve los habia, con la vista de la tierra, de alegrar,
dábales muchas amarguras con el temor veemente que tenian ya cogido de
se perder, pero á vueltas dellas, les concedia que hobiesen algunas
veces interpolacion con algun placer; y ansí fué, que el martes, 25
de Setiembre, habiendo habido mucha calma y despues hácia la tarde
viento, y yendo su camino al gueste, llegase Martin Alonso Pinzon, con
su carabela _Pinta_, á hablar con Cristóbal Colon sobre unas cartas
de marear que Cristóbal Colon le habia enviado ó arrojado con alguna
cuerda á la carabela, tres dias habia, en la cual parece que tenia
pintadas algunas islas destas mares, y decia Martin Alonso que se
maravillaba cómo no parecian porque se hallaba él con ellas; respondia
Cristóbal Colon, que ansí le parecia tambien á él. Esta carta es la
que invió Paulo, físico, el florentin, la cual yo tengo en mi poder
con otras cosas del Almirante mismo que descubrió estas Indias, y
escrituras de su misma mano que trajeron á mi poder; en ella le pintó
muchas islas y tierra firme que eran el principio de la India, y por
allí los reinos del Gran Khan, diciéndole las riquezas y felicidad de
oro y perlas y piedras de aquellos reinos, y, como pareció arriba en el
cap. 22, y segun el paraje que en la dicha figura é islas que le pintó,
sin duda parece que ya estaban en ellas, y ansí están todas estas islas
cuasi en aquella distancia, y por el crédito que Cristóbal Colon dió al
dicho Paulo, físico, ofreció á los Reyes descubrir los reinos del Gran
Khan, y las riquezas, oro y piedras, y especerías, que en ellos habia.
Pero Paulo, físico, se engañó, no sabiendo que habia otras tierras
ántes, y tambien que dijo, que yendo derechos al Poniente habian de
topar con los dichos reinos, los cuales deben de estar, ó pasadas todas
estas nuestras Indias, al Poniente, ó quedan á la mano izquierda hácia
el Austro; aunque dijo verdad, que habian de topar con el principio de
la India, como creemos que son estas tierras, pero esto acaeció acertar
acaso, como abajo parecerá; díjole tambien que le echase ó tornase la
carta, la cual tornada, paróse Cristóbal Colon con el piloto de su nao
y marineros á ver y hablar dello, esto era ya el sol puesto. Subióse
Martin Alonso en la popa de su carabela, y con mucha alegría dá voces
llamando á Cristóbal Colon, y pidiéndole albricias que vía tierra; y
tanto lo afirmó, y con tanto regocijo estaban todos los de la _Pinta_
afirmando que era tierra, que Cristóbal Colon dá consigo en tierra,
y de rodillas comienza á dar gracias á nuestro Señor, y el Martin
Alonso, con toda su gente, cantaban _Gloria in excelsis Deo_; lo mismo
hicieron la gente de la nao _Capitana_, los de la carabela _Niña_.
Subiánse todos sobre el mastel por la jarcia, y todos afirmaron que
era tierra, y á Cristóbal Colon así le pareció; habia dellos á ella
25 leguas, parecia al Sudueste, que era la mano derecha de su camino,
que llevaba el gueste. Estuvieron hasta la noche afirmando todos ser
tierra, é yo cierto así lo creo que lo era, porque segun el camino que
siempre trajeron, todas las islas que el Almirante descubrió despues,
al segundo viaje, le quedaban entónces por aquella banda ó parte, hácia
el Sudueste. Mandó, pues, dejar el camino del gueste que llevaba y
tomar el del Sudueste, adonde parecia la que decian tierra. Andarian
entre dia y noche 21 leguas y media, puso en la cuenta menor 13 leguas;
con este regocijo se alegraron harto todos los marineros que tanto
desmayo traian, y fué la mar tan llana, que se echaron muchos á la
mar y nadaron con mucho placer; vinieron muchos dorados á los navíos,
que son pescado muy bueno, cuasi como salmon, aunque no colorado sino
blanco, y tambien vinieron otros muchos pescados. El miércoles, 26 de
Setiembre, fueron hácia el Sudueste á ver aquello que habia parecido
tierra, y hallaron que habian sido celajes que muchas veces engañan
haciendo muestra de tierra, tornóse á su vía, que era el gueste, y
andarian entre dia y noche 31 leguas, puso en la cuenta pública 24; era
la marea como en un rio, hallaron los aires dulces y suavísimos. Aquí
tornaron á su desmayo é incredulidad la gente; vieron un alcatraz y dos
rabos de juncos. El jueves siguiente, 27 de Setiembre, fueron á su vía
del gueste, anduvieron 24 leguas entre dia y noche, contó á la gente
20 leguas, tenian siempre cuidado de mirar las señales que ocurrian;
vinieron muchos dorados, mataron uno, vieron un rabo de junco y un
alcatraz; de la hierba, poca. Viernes, aunduvieron 14 leguas, mataron
dos pescados dorados en la _Capitana_ y en las otras dos carabelas más.
Sábado, 29 de Setiembre, anduvieron 24 leguas, porque tuvieron calmas,
entre dia y noche, contó 21; parecieron por tres veces tres alcatraces
y un rabihorcado, que así llaman aquella ave que tiene la cola partida
en dos partes, y esta persigue á los alcatraces hasta que extercolizan,
y come aquel estiércol y dello se mantiene. Dijo el Almirante aquí que
todo esto era gran señal de tierra, los aires, diz que, eran dulces y
suavísimos, que no faltaba sino oir cantar el ruiseñor. Domingo, 30 de
Setiembre, tuvieron alguna calma y anduvieron 14 leguas; vinieron al
navío cuatro rabos de junco, vieron cuatro alcatraces en dos veces;
dice Cristóbal Colon que esto es gran señal de estar cerca de tierra
por ser tantas aves de una naturaleza juntas, porque si fuera una
sola, pudiérase creer que se habia desmandado. Dice aquí Cristóbal
Colon, que él y todos los marineros se maravillaban ver tantas aves y
no ver tierra, por la experiencia que se tiene que nunca las hallan 20
leguas de tierra, mayormente el rabihorcado, que nunca duerme en la
mar; la mar traia muy llana, y los aires muy dulces y graciosos. En
estos dias notó Cristóbal Colon una cosa, de que se admiró, que las
guardas, en anocheciendo, estaban junto el brazo izquierdo, que es
el de la parte de Occidente, y cuando amanecia, estaban en la línea
debajo del brazo derecho, por manera que en toda la noche no andaban
sino tres líneas, que son nueve horas, y esto cada noche. Tambien de
otra cosa, los pilotos de los tres navíos recibieron mucho temor,
sospechando algun gran peligro hasta que él les dió la razon, y es,
que las agujas nordesteaban una cuarta entera en anocheciendo, y en
amaneciendo estaban fil con fil de la estrella. Dióles la causa desta
diferencia Cristóbal Colon, diciendo, que aquello causaba el movimiento
que aquella estrella que llamamos Norte, hace con su círculo al rededor
del verdadero Norte ó Polo, por manera que aquella estrella se muda,
ó tiene su movimiento violento de Oriente á Occidente como las otras,
y las agujas siempre señalan el verdadero Norte ó Polo mostrando
la verdad; con esta solucion quedaron los pilotos y marineros algo
satisfechos. Lunes, primero dia de Octubre, anduvieron 25 leguas entre
dia y noche; puso en la cuenta menor 20. Trataron hoy por la mañana
los pilotos, las leguas que cada uno se hallaba haber navegado y estar
apartados de la isla del Hierro, que es la postrera de las Canarias,
viniendo á estas partes. El piloto de la _Capitana_, donde venia
Cristóbal Colon, se hallaba al Poniente de la dicha isla, 578 leguas;
publicó Cristóbal Colon, hallarse tambien él otras tantas, considerada
la cuenta menor y pública, que con industria habia siempre escripto,
aunque en la secreta, que era la verdadera, eran, se Elson, William
Harris el juicio de Cristóbal Colon y lo que habia tasado, 707 leguas;
de manera, que la diferencia, eran 129 leguas, y los otros dos pilotos,
mucho mayor camino, segun su estima, habian andado, porque el piloto
de la carabela _Niña_, el miércoles siguiente tenia tasado, que habia
navegado 650, y el de la _Pinta_, 634 leguas. Holgábase Cristóbal
Colon que así errasen, creyendo y tasando ménos del camino que era,
porque si todos sintieran que estaban tan léjos de las Canarias,
como 700 y tantas leguas, más temieran, y mucho más difícil le fuera
llevarlos adelante. El mártes, 2 de Octubre, anduvieron al gueste,
que era su vía, y entre dia y noche dejaron atras 39 leguas, contó á
la cuenta pública 30; la mar era muy llana y buena siempre, gracias á
Dios (esta era comunmente palabra de Cristóbal Colon). Venia hierba
mucha del Este al gueste, al revés de como solia; parecieron muchos
pescados, mataron un atun pequeño; pareció una ave blanca como gaviota.
El miércoles, 3 de Octubre, anduvieron entre noche y dia 47 leguas,
contó en la pública cuenta 40; vieron pardelas algunas, y hierba muy
vieja, y otra nueva, que traia cierta cosa como fruta, y, porque vieron
pocas aves, sospechaba Cristóbal Colon, que le quedaban atras por los
lados las islas que él traia pintadas en la carta, de que de suso se
hizo mencion, pues la semana pasada se les habian ofrecido tantas y
tan claras señales de tierra; pero dice aquí, que no fuera buen seso
barloventear, y, ansí, detenerse volviendo á un lado ó á otro en busca
dellas, pues llevaba próspero tiempo y su principal intento era ir en
busca de las Indias, por la vía del Occidente, y esto era lo que habia
ofrecido á los Reyes, y los Reyes lo enviaban por este fin. Por esta
ocasion de no querer volver á barloventear por los lados en busca de
las islas que creian los pilotos quedar por allí, mayormente Martin
Alonso, por la carta que se dijo que le habia enviado Cristóbal Colon
á su carabela para que la viese (y era opinion dellos que debia de
volver), se comenzaron á amotinar todos; y fuera el desconcierto más
adelante, sino que puso Dios su mano, como solia, mostrándoles luego
nuevas señales de haber cerca tierra, porque ya no bastaban blandas
palabras, ni ruegos, ni prudentes razones de Cristóbal Colon para los
asosegar y persuadir á perseverancia. Y ansí, jueves 4 de Octubre,
vinieron al navío más de cuarenta pardelas juntas y dos alcatraces, á
uno de los cuales, un grumete del navío hirio con una piedra; vinieron
más, un rabo de junco y una ave blanca como gaviota; navegó este dia
con su noche 63 leguas, contó en la cuenta pública 46. El viernes
siguiente parecieron muchas pardelas y peces que llaman golondrinos,
que vuelan un gran tiro de piedra encima del agua, y suelen caer muchas
veces en las naos, y ansí hoy cayeron en el navío muchas; anduvieron 57
leguas, contó 45 á la gente; la mar bonanza: muchas gracias sean dadas
á Dios, dice aquí Cristóbal Colon. Sábado, 6 de Octubre, anduvieron 40
leguas, entre dia y noche, puso en la cuenta pública 33. Esta noche
dijo Martin Alonso, que sería bien navegar á la cuarta del gueste, á la
parte del sudueste, por la isla de Cipango, que llevaba la carta que
le mostró Cristóbal Colon; al cual no pareció que debian de mudar la
derrota, porque, si la erraban, no pudieran tan presto tomar tierra,
y que por esto era más seguro descubrir la tierra firme, y despues ir
á buscar las islas: lo cual todo les era desabrido, y, en no hacer
Cristóbal Colon lo que ellos decian, luego murmuraban. Vino á la nao un
rabo de junco y un alcatraz de hácia el Poniente, y poco se alegraban
con esto, como iban tan contra su voluntad.



CAPÍTULO XXXIX.

 En el cual se tracta de algunos alegrones que tuvieron diciendo
 algunos que vían tierra, á los cuales se les tornaban luego en
 tristezas y en murmuraciones y desacatos de Cristóbal Colon, y á
 querérsele amotinar.--Como mudó el camino más al Austro por las
 señales de las aves que vian.--Como vieron muchas y ciertas señales
 de estar cerca de tierra.--Como vieron un junco verde y otras cosas
 de tierra.--Como jueves, 11 de Octubre, conociendo Cristóbal Colon
 que estaban cerca de tierra, hizo una habla á todos aquella noche,
 á primera noche, que velasen bien porque ántes de muchas horas la
 verian.--Como á las diez de la noche vido él mismo lumbre, y á las
 dos, despues de media noche, vido tierra.--Y como por haber visto la
 lumbre, primero, le adjudicaron los Reyes los 10.000 maravedíses,
 aunque otro vido la tierra.


Porque nuestro Señor tenia determinado de abreviar ya el tiempo en que
á Cristóbal Colon habia de hacer verdadero, y mostrar que lo habia
escogido para esto, y escaparle tambien del gran peligro que con
aquella gente impaciente é incrédula llevaba, y á ellos ansí mismos
despenar, y á todos consolar, domingo, 7 de Octubre, al levantar del
sol, la carabela _Niña_ que por ser muy velera iba delante, y tambien
porque todos trabajaban de andar cuanto más podian por ver primero
tierra, por ganar la merced de los 10.000 maravedís de juro que la
Reina habia prometido al que primero viese tierra, como ya se dijo
arriba, alzó una bandera en el topo del mastel y tiró una lombarda
por señal que habia tierra, porque ansí lo habia ordenado el Capitan
general Cristóbal Colon. Tenia tambien mandado, que, al salir y poner
del sol, se juntasen todos los navíos con él, porque aquestos son dos
tiempos más propios y convenientes para que los humores ó vapores de
la mar no impidan á ver mas léjos mar ó tierra que otros; pues como á
la tarde no viesen la tierra que los de la _Niña_ dijeron, y hobiesen
sido celajes, de lo cual tornaron á tomar nuevo descorazonamiento y
desmayo los que siempre desconfiaban, y viese Cristóbal Colon que
pasaban gran multitud de aves de la parte del Norte hácia el Sudueste,
lo cual era evidente argumento y cierta señal que iban á dormir á
tierra ó huian quizá del invierno que, en las tierras donde venian,
debia de querer venir, acordándose Cristóbal Colon que las más de las
islas que los portogueses hoy tienen, las habian descubierto por tomar
y tener por cierto el dicho argumento de seguir tras las aves que vian
volar como de corrida, mayormente sobre tarde, por esto acordó dejar
el camino que llevaba del gueste, y poner la proa hácia el guesueste,
que eran dos vientos más, con determinacion de andar dos dias por
aquel camino, porque consideraba que no se apartaba mucho del gueste,
que era su principal intento; por el cual, si siempre siguiera, y la
impaciencia castellana no lo impidiera, ninguna duda fuera, que no iba
á dar en la tierra firme Florida, y de allí á la Nueva España, aunque
fueran incomparables los inconvenientes y daños intolerables que se
le ofrecieran, y fuera divino milagro si á Castilla jamás volviera.
Pero hízolo y rodeólo Dios, que lo gobernaba, regia y sabia todo, muy
mejor que él ni otro pudiera desearlo ni pedirlo, como constará por la
que más referiremos. Anduvo este dia, ántes que diese la vuelta, 23
leguas, y dióla por el Sudueste una hora ántes que el sol se pusiese,
y navegó, esta noche, obra de 5 leguas. Lunes, 8 de Octubre, navegó
al guessudueste, y luego les quiso Dios suplir ó reformar el desmayo
que de nuevo habian el dia pasado recobrado, porque parecieron mucho
número de diversas aves, que fueron grajaos y ánades, y un alcatraz, y,
sobre todas, muchos pajaritos del campo, de los cuales tomaron en la
nao uno, con que todos, como si vieran una gran cosa, se regocijaron.
Y porque iban todas estas aves al Sudueste, y no parecia que podian ir
á parar muy léjos, siguieron con más voluntad y alegría aquel camino,
que era el que las aves llevaban. Crecióles su consuelo con que tambien
tenian la mar, como en el rio de Sevilla, muy llana; los aires muy
dulces, como por Abril en Sevilla, odoríferos y muy agradables, y la
hierba que solian ver muy fresca, por todo lo cual Cristóbal Colon daba
á nuestro Señor muchas gracias. Anduvieron entre dia y noche obra
de 12 leguas no más, porque habia poco viento. Mártes, 9 de Octubre,
navegando al Sudueste, porque se le mudaba el viento, anduvo 5 leguas;
despues corrió al gueste, cuarta al Norueste, y anduvo 4, despues,
con todas, 11 de dia, y á la noche 20 leguas y media y contó á la
gente 17; sintieron toda la noche pasar pájaros. Otro dia, miércoles,
10 de Octubre, arreciando el viento y navegando al guessudueste,
anduvieron 10 millas por hora, que son 2 leguas y media, y algun rato
á 7, y ansí, entre dia y noche, corrieron 59 leguas: puso en la cuenta
pública 44. Pues como la gente vido tanto andar, y que las señales de
los pajaritos y muchas aves salian vanas todas, porque del bien que
sucediese y alegría que en muy breve se les aparejaba, nadie con razon
pudiese presumir aplicar á sí, ántes toda la gloria se atribuyese al
Señor muy alto y muy bueno que los regia, cuya voluntad, necesariamente
de aquel camino se habia de cumplir; tornaron todos á reiterar sus
importunas y desconfiadas querellas, y á insistir en sus temerarias
peticiones, clamando á la vergonzosa tornada, despidiéndose de todo
punto del placer y regocijo, que en espacio de no treinta horas Dios
les tenia aparejado. Pero no concediendo á tan vituperable cobardía
el ministro que para este negocio allí Dios llevaba, ántes con más
renovado ánimo, con mayor libertad de espíritu, con más viva esperanza,
con más graciosas y dulces palabras, exhortaciones y ofrecimientos
mayores, los esforzó y animó á ir adelante y á la perseverancia,
añidiendo tambien que por demás era quejarse, pues su fin dél y de los
Reyes habia sido y era, venir á descubrir, por aquella mar occidental,
las Indias, y ellos para ello le habian querido acompañar, y que ansí
lo entendia proseguir con el ayuda de nuestro Señor, hasta hallarlas,
y que tuviesen por cierto estar más cerca dellas de lo que pensaban.
Aquí creo yo que puso Dios su mano, para que no hiciesen algun desatino
de los que muchas veces habian imaginado. Jueves, 11 dias de Octubre,
cuando ya la misericordia divina quiso hacer á todos ciertos de no
haber sido en valde su viaje, vieron nuevas, y más que todas las otras
ciertas y averiguadas señales con que todos respiraron; navegaron al
guessudueste, llevando mas alta y brava mar de la que habian traido
todo el viaje; vieron pardelas, y, lo que más que todo fué, junto á
la nao un junco verde, como si entónces de sus raíces lo hobieran
cortado; los de la carabela _Pinta_ vieron un palo y una caña, tomaron
otro palillo, á lo que parecia, con hierro labrado, y un pedazo de
caña, y una tablilla, y otra hierba que en tierra nace; los de la
carabela _Niña_ tambien vieron otras señales, y un palillo cargado de
escaramojos con que todas las carabelas en gran manera se regucijaron;
anduvieron en este dia, hasta que el sol se puso, 27 leguas.
Cognosciéndose Cristóbal Colon estar ya muy cerca de tierra, lo uno,
por tan manifiestas señales, lo otro, por lo que sabia haber andado de
las Canarias hácia estas partes, por que siempre tuvo en su corazon por
cualquiera ocasion ó conjetura que le hobiese á su opinion venido, que,
habiendo navegado de la isla del Hierro por este mar Océano 750 leguas,
pocas más ó ménos, habia de hallar tierra; despues de anochecido,
al tiempo que dijeron la Salve, como es la costumbre de marineros,
hizo una habla muy alegre y graciosa á toda la gente y marineros,
reduciéndoles á la consideracion las mercedes que á él y á todos, Dios,
en aquel viaje habia hecho, dándoles tan llana mar, tan suaves y buenos
vientos, tanta tranquilidad de tiempos sin tormentas y zozobras, como
comunmente á los que navegan por la mar suelen acaecer; y porque él
esperaba en la misericordia de Dios, que ántes de muchas horas les
habia de dar tierra, que les rogaba encarecidamente que aquella noche
hiciesen muy buena guardia en el castillo de proa, velando y estando
muy sobre aviso, para mirar por tierra mejor que hasta entónces habian
hecho (pues habiendo puesto en el primer capítulo la instruccion que
dió á cada Capitan de cada navío, partiendo de las Canarias, conviene
á saber, que habiendo navegado 700 leguas hácia el Poniente, sin haber
descubierto tierra, no navegasen más de hasta media noche, lo cual no
habian hasta entónces guardado, y él lo habia disimulado por no darles
más pena, por el ánsia que llevaban de ver tierra), porque él tenia
gran confianza en nuestro Señor que aquella noche habian de estar muy
cerca de tierra, ó quizá verla; y que cada uno pusiese diligencia
en velar por verla primero, porque, allende la merced de los 10.000
maravedís que la Reina habia concedido al primero que la viese, él
prometia de darle luego un jubon de seda. Esta noche, despues del sol
puesto, navegó al gueste, la vía que siempre desde las Canarias trujo,
y anduvo 12 millas por hora, y, hasta las dos, despues de media noche,
andarian 90 millas, que fueron 22 leguas y media. Estando Cristóbal
Colon en el castillo de popa, con los ojos más vivos hácia adelante que
otro, como aquel que más cuidado dello tenia, porque más le incumbia
que á todos, vido una lumbre, aunque tan cerrada ó añublada, que no
quiso afirmar que fuese tierra, pero llamó de secreto á Pero Gutierrez,
repostero de estrados del Rey, y díjole que parecia lumbre, que mirase
él lo que le parecia, el cual la vido y dijo, que lo mismo le parecia
ser lumbre; llamó tambien á Rodrigo Sanchez de Segovia, que los Reyes
habian dado cargo de ser veedor de toda el armada, pero éste no la pudo
ver. Despues se vido una vez ó dos, y diz que, era como una candelilla
que se alzaba y bajaba, Cristóbal Colon no dudó ser verdadera lumbre,
y por consiguiente, estar junto á la tierra, y ansí fué. Y lo que yo
siento dello es, que los indios de noche por aquestas islas, como son
templadas, sin algun frio, salen ó salian de sus casas de paja, que
llamaban bohios, de noche á cumplir con sus necesidades naturales, y
toman un tizon en la mano, ó una poca de tea, ó raja de pino, ó de
otra madera muy seca y resinosa, y arde como tea, cuando hace escura
noche, y con aquel se tornan á volver, y desta manera pudieron ver la
lumbre las tres y cuatro veces que Cristóbal Colon y los demas que la
vieron. Velando, pues, muy bien Cristóbal Colon sobre ver la tierra,
y avisando á los que velaban la proa de la nao que no se descuidasen,
como la carabela _Pinta_, donde iba Martin Alonso Pinzon, fuese delante
de todas por ser más velera, vido la tierra, que estaria dos leguas, á
las dos horas despues de media noche, y luego hizo las señales que de
haber visto tierra, por la instruccion que llevaba, debia hacer, que
era tirar un tiro de lombarda y alzar las banderas;[27] y así parece
que, pues se vido la tierra dos horas despues de media noche, jueves,
se debe atribuir al viernes este descubrimiento, y, por consiguiente,
fué á 12 de Octubre. Vido la tierra primero un marinero que se llamaba
Rodrigo de Triana, pero los 10.000 maravedís de juro, sentenciaron
los Reyes que los llevase Cristóbal Colon, juzgando, que, pues él
habia visto primero la lumbre, fué visto ver primero la tierra. De
donde podemos colegir un no chico argumento de la bondad y justicia
de Dios, el cual aún en este mundo remunera como tambien castiga,
respondiendo á la confianza que de su providencia se tiene, y á los
trabajos y solicitud virtuosa de cada uno, en que ordenó, que, ansí
como habia Cristóbal Colon llevado lo más trabajoso y angustioso de
todo el viaje, con padecer sobre sí la parte que dello le cabia como á
particular persona, y la carga de todos como pública, con los desacatos
y turbaciones y aflicciones que muchas veces todos le causaron, y solo
él tuvo fe firme y perseverante constancia de la divinal providencia,
que no habia de ser de su fin defraudado, él alcanzase este favor, y se
le atribuyese haber primero visto la tierra por ver primero la lumbre
en ella, en figura de la espiritual, que, por sus sudores y trabajos,
habia Cristo de infundir en aquestas gentes que vivian en tan profundas
tinieblas, y ansí gozase de la merced de los 10.000 maravedís; lo
cual es de estimar, no tanto por el valor dellos, como fuese tan
poco, cuanto por el alegría y consuelo que en esto, aún tan mínimo
temporal, favoreciéndole, quiso concederle. Estos 10.000 maravedís de
juro llevó siempre por toda su vida, y si no me he olvidado, un dia,
hablando con la Vireina de las Indias, nuera del mismo Almirante D.
Cristóbal Colon, mujer de su primer sucesor, en las cosas de aquel
viaje, me dijo habérsele librado en las carnicerias de la ciudad de
Sevilla donde siempre se los pagaron. Por todo lo dicho, queda bien
claro y confundido el error de algunos, que inventaron y osaron decir
que Cristóbal Colon habia desmayado y arrepentídose del viaje, y que
los Pinzones, hermanos, lo habian hecho ir adelante. Parece tambien la
inconsideracion de Oviedo que, en su Historia (defraudando y quitando
la gloria y privilegio, que la bondad de Dios quiso que alcanzase, al
que tan justa y condignamente ante todo el mundo la habia, por sus
incomparables trabajos y sudores tan diuturnos, merecido), puso esto
en duda, informado de un Hernan Perez, marinero, y otros semejantes,
de quien él tomó mucho de lo falso que escribe. No cierto escogió Dios
á los Pinzones para principal autor deste grande é importantísimo
negocio, sino á Colon, como podemos conjeturar por muchas cosas de las
dichas, y otras más que se dirán, y ansí, como á su principal ministro,
concedió el don de sufrimiento y longanimidad, para que perseverase en
lo que tantos años lo habia conservado, como ha parecido. Ansí que,
vista la tierra, bajaron todas la velas, quedándose los navíos con el
papahigo, que dicen los marineros, de la vela mayor, sacadas todas las
bonetas, y anduvieron barloventeando hasta que fué de dia.



CAPÍTULO XL.

 En el cual se trata de la cualidad de la isla que tenian delante, y de
 la gente della.--Como salió en tierra el Almirante y sus Capitanes de
 los otros dos navíos, con la bandera real y otras banderas de la cruz
 verde.--Como dieron todos gracias á Dios con gozo inestimable.--Como
 tomaron posesion solemne y jurídica de aquella tierra por los Reyes
 de Castilla.--Como pedian perdon al Almirante los cristianos de los
 desacatos que le habian hecho.--De la bondad, humildad, mansedumbre,
 simplicidad y hospitalidad, disposicion, color, hermosura de los
 indios.--Como se admiraban de ver los cristianos.--Como se llegaban
 tan confiadamente á ellos.--Como les dió el Almirante de las cosas de
 Castilla y ellos dieron de lo que tenian.


De aquí adelante será razon de hablar de Cristóbal Colon de otra manera
que hasta aquí, añidiendo á su nombre el antenombre honorífico, y á
su dignísima persona la prerogativa y dignidad ilustre, que los Reyes
tan dignamente le concedieron, de Almirante, pues con tan justo título
y con tantos sudores, peligros y trabajos, pretéritos y presentes, y
los que le quedaban por padecer, lo habia ganado, cumpliendo con los
Reyes mucho más, sin comparacion de lo que les habia prometido. Venido
el dia, que no poco deseado fué de todos, lléganse los tres navíos á
la tierra, y surgen sus anclas, y ven la playa toda llena de gente
desnuda, que toda el arena y tierra cubrian. Esta tierra era y es una
isla de 15 leguas de luengo, poco más ó ménos, toda baja sin montaña
alguna, como una huerta llena de arboleda verde y fresquísima, como
son todas las de los lucayos que hay por allí, cerca desta Española, y
se extienden por luengo de Cuba muchas, la cual se llamaba en lengua
desta isla Española, y dellas, porque cuasi toda es una lengua y manera
de hablar, Guanahaní, la última sílaba luenga y aguda. En medio della
estaba una laguna de buen agua dulce de que bebian; estaba poblada
de mucha gente que no cabia, porque, como abajo se dirá, todas estas
tierras deste orbe son suavísimas, y mayormente todas estas islas
de los lucayos, porque ansí se llamaban las gentes de estas islas
pequeñas, que quiere decir, cuasi moradores de cayos, porque cayos en
esta lengua son islas. Ansí que, cudicioso el Almirante y toda su gente
de saltar en tierra y ver aquella gente, y no ménos ella de verlos
salir, admirados de ver aquellos navíos, que debian pensar que fuesen
algunos animales que viniesen por la mar, ó saliesen della. Viernes, de
mañana, que se contaron 12 de Octubre, salió en su batel armado y con
sus armas, y la más de la gente que en él cupo; mandó tambien que lo
mismo hiciesen y saliesen los capitanes Martin Alonso y Vicente Yañez.
Sacó el Almirante la bandera real, y los dos Capitanes sendas banderas
de la cruz verde, que el Almirante llebaba en todos los navíos por seña
y divisa, con una _F_, que significa el rey D. Fernando, y una _I_, por
la reina Doña Isabel, y encima de cada letra su corona, una del un cabo
de la cruz, y otra del otro.

Saltando en tierra el Almirante y todos, hincan las rodillas, dan
gracias inmensas al todopoderoso Dios y Señor, muchos derramando
lágrimas, que los habia traido á salvamento, y que ya les mostraba
alguno del fruto que, tanto y en tan insólita y prolija peregrinacion
con tanto sudor y trabajo y temores, habian deseado y suspirado, en
especial D. Cristóbal Colon, que no sin profunda consideracion dejára
pasar las cosas que le acaecian, como quiera que más y mucho más, la
anchura y longaminidad de su esperanza se le certifica viéndose salir
con su verdad, y que de costumbre tenia de magnificar los beneficios
que recibia de Dios, y convidar á todos los circunstantes al hacimiento
de gracias. ¿Quién podrá expresar y encarecer el regocijo que todos
tuvieron y jubilacion, llenos de incomparable gozo é inextimable
alegría, entre la confusion de que se veian cercados por no le haber
creido, ántes resistido é injuriado al constante y paciente Colon?
¿Quién significará la reverencia que le hacian? ¿el perdon que con
lágrimas le pedian? ¿las ofertas que de servirle toda su vida le
hacian? y, finalmente, ¿las caricias, honores y gracias que le daban,
obediencia y subjeccion que le prometian? Cuasi salian de sí por
contentarle, aplacarle, y regocijarle; el cual, con lágrimas los
abrazaba, los perdonaba, los provocaba todos á que todo lo refiriesen
á Dios; allí le recibieron toda la gente que llevaba por Almirante
y Visorey é Gobernador de los reyes de Castilla, y le dieron la
obediencia, como á persona que las personas reales representaba, con
tanto regocijo y alegría, que será mejor remitir la grandeza della á la
discrecion del prudente lector, que por palabras insuficientes quererla
manifestar. Luego el Almirante, delante los dos Capitanes y de Rodrigo
de Escobedo, escribano de toda el armada, y de Rodrigo Sanchez de
Segovia, veedor della y de toda la gente cristiana que consigo saltó en
tierra, dijo que le diesen por fe y testimonio, como él por ante todos
tomaba, como de hecho tomó, posesion de la dicha isla, á la cual ponia
nombre Sant Salvador, por el Rey é por la Reina sus señores, haciendo
las protestaciones que se requerian segun que más largo se contiene
en los testimonios que allí por escrito se hicieron. Los indios que
estaban presentes, que eran gran número, á todos estos actos estaban
atónitos mirando los cristianos, espantados de sus barbas, blancura
y de sus vestidos; íbanse á los hombres barbados, en especial al
Almirante, como, por la eminencia y autoridad de su persona, y tambien
por ir vestido de grana, estimasen ser el principal, y llegaban con las
manos á las barbas maravillándose dellas, porque ellos ninguna tienen,
especulando muy atentamente por las manos y las caras su blancura.
Viendo el Almirante y los demas su simplicidad, todo con gran placer
y gozo lo sufrian; parábanse á mirar los cristianos á los indios, no
ménos maravillados que los indios dellos, cuánta fuese su mansedumbre,
simplicidad y confianza de gente que nunca cognoscieron, y que por
su apariencia, como sea feroz, pudieran temer y huir dellos; como
andaban entre ellos y á ellos se allegaban con tanta familiaridad y
tan sin temor y sospecha, como si fueran padres y hijos; como andaban
todos desnudos, como sus madres los habian parido, con tanto descuido
y simplicidad, todas sus cosas vergonzosas de fuera, que parecia no
haberse perdido ó haberse restituido el estado de la inocencia, en que
un poquito de tiempo, que se dice no haber pasado de seis horas, vivió
nuestro padre Adan. No tenian armas algunas, sino eran unas azagayas,
que son varas con las puntas tostadas y agudas, y algunas con un diente
ó espina de pescado, de las cuales usaban más para tomar peces que
para matar algun hombre, tambien para su defension de otras gentes,
que, diz que, les venian á hacer daño. Desta gente que vivia en estas
islas de los lucayos, aunque el Almirante da testimonio de los bienes
naturales que cognosció dellas, pero cierto mucho más, sin comparacion,
despues alcanzamos de su bondad natural, de su simplicidad, humildad,
mansedumbre, pacabilidad é inclinaciones virtuosas, buenos ingenios,
prontitud ó prontísima disposicion para recibir nuestra sancta fé
y ser imbuidos en la religion cristiana; los que con ellos mucho
en esta isla Española, conversamos, ansí en las cosas espirituales
y divinas, diversas veces, comunicándoles la cristiana doctrina, y
administrándoles todos los siete sanctos Sacramentos, mayormente
oyendo sus confesiones, y dándoles el Santísimo Sacramento de la
Eucaristía, y estando á su muerte, despues de cristianos, como abajo
en el segundo libro, cuando destas islas y gente dellas, que digimos
llamarse lucayos hablaremos, placiendo á nuestro Señor, parecerá. Y
verdaderamente, para, en breves palabras, dar noticia de las buenas
costumbres y cualidad que estos lucayos y gente destas islas pequeñas,
que así nombramos, tenian, y lo mismo la gente de la isla de Cuba,
aunque todavía digo, que á todas hacia ventaja esta de los lucayos,
no hallo gentes ni nacion á quien mejor la pueda comparar, que á la
que los antiguos y hoy llaman y llamamos Seres, pueblos orientales
de la India, de quien por los autores antiguos se dice ser entre sí
quietísimos y mansísimos; huyen de la conversacion de otras gentes
inquietas, y por este miedo no quieren los comercios de otros, mas de
que ponen sus cosas en las riberas de un rio sin tratar con los que las
vienen á comprar del precio, sino que segun que les parece que deben
de dar le señalan, y ansí venden sus cosas, pero no compran de las
ajenas. Entre ellos no hay mujer mala ni adúltera, ni ladron se lleva á
juicio, ni jamás se halló que uno matase á otro; viven castísimamente,
no padecen malos tiempos, no pestilencia; á la mujer preñada nunca
hombre la toca ni cuando está en el tiempo de su purgacion; no comen
carnes inmundas, sacrificios ningunos tienen; segun las reglas de la
justicia, cada uno es juez de sí mismo, viven mucho y sin enfermedad
pasan desta vida, y por esto los historiadores los llaman sanctísimos y
felicísimos. De lo dicho son autores Plinio, lib. VI, cap. 17, y Solino
en su _Polistor_, cap. 63; Pomponio Mella, lib. III, cap. 6.º, _in
fine_; Strabon, lib. XV; Virgilio, _in secundo Georgicorum_; y Boecio
II, _De Consolatione_, metro 5.º, y Sant Isidro, en el lib. XIX, cap.
27, hacen mencion dellos, y, más largo que todos, Amiano Marcelino,
lib. XXIII, de su Historia. De todas estas calidades de los Seres, yo
creo por cierto que, de pocas ó ningunas, carecian las gentes, que
habitaban naturales de los lucayos, y si miráramos en aquellos tiempos
en ello, quizá halláramos que en otras excedian á los Seres. De lo
dicho parece ser falso lo que dijo Hernan Perez, marinero, vecino que
fué desta ciudad de Sancto Domingo, desta isla Española, que no habia
saltado en tierra el Almirante en aquella isla de Guanahaní, ni en
otra hasta Cuba, segun refiere Oviedo en su Historia, como aún de sí
parecerá cosa no creible, que una tierra tan nueva y tan deseada, y
con tantos trabajos y angustias hallada, no quisiese verla entrando en
ella. Este Hernan Perez no debió de hallarse en este descubrimiento,
sino venir otro viaje, pues una cosa tan manifiesta y razonable de
creer niega, sino que debia de fingir haber venido con el Almirante
aquel viaje, y, cuando en esto afirmó lo que no era, siendo tan claro
el contrario, podráse colegir de aquí argumento para creer no todo
lo que Oviedo dijere de las cosas de aquellos tiempos, pues todo lo
que dice lo tomó del dicho Hernan Perez, que muchas veces alega, al
cual, en esto que dice de no haber saltado el Almirante en tierra,
no cree el mismo Oviedo. Tornando, pues, á nuestro propósito de la
historia, trujeron luego á los cristianos de las cosas de comer, de
su pan y pescado, y de su agua, y algodon hilado, y papagayos verdes
muy graciosos, y otras cosas de las que tenian (porque no tienen más
de lo que para sustentar la naturaleza humana, que ha poco menester,
es necesario). El Almirante, viéndolos tan buenos y simples, y que en
cuanto podian eran tan liberalmente hospitales, y con esto en gran
manera pacíficos, dióles á muchos cuentas de vidro y cascabeles, y
algunos bonetes colorados y otras cosas con que ellos quedaban muy
contentos y ricos. El cual, en el libro desta su primera navegacion,
que escribió para los Reyes católicos, dice de aquesta manera: «Yo,
porque nos tuviesen mucha amistad, porque cognoscí que era gente que
mejor se libraria y convertiria á nuestra sancta fé con amor que por
fuerza, les dí á algunos dellos unos botones colorados y unas cuentas
de vidro, que se ponian al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor
con que hobieron mucho placer, y quedaron tanto nuestros, que era
maravilla; los cuales despues venian á las barcas de los navíos, adonde
nos estábamos, nadando, y nos traian papagayos, y hilo de algodon en
ovillos, y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras
cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidro y cascabeles: En
fin, todo lo tomaban y daban de aquello que tenian, de buena voluntad,
mas me pareció que era gente muy pobre de todo; ellos andan todos
desnudos, como su madre los parió, y tambien las mujeres, aunque no
vide mas de una, harto moza, y todos los que yo vide eran mancebos, que
ninguno vide que pasase de edad de treinta años, muy bien hechos, de
muy hermosos y lindos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruesos
y cuasi como sedas de cola de caballos y cortos los cabellos traen por
encima de las cejas, salvo unos pocos, detras, que traen largos, que
jamás cortan. Dellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de
los canarios, ni negros ni blancos, y dellos se pintan de blanco, y
dellos de colorado, y dellos de lo que hallan; dellos se pintan las
caras, y dellos los cuerpos y dellos solos los ojos, y dellos sola la
nariz; ellos no traen armas, ni las cognoscen, porque les amostré
espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No
tienen algun hierro, sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas
dellas tienen al cabo un diente de pece, y otras de otras cosas. Ellos
todos á una mano son de buena estatura de grandeza, y buenos gestos,
bien hechos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que
veo que muy presto dicen todo lo que les decia, y creo que ligeramente
se harian cristianos, que pareció que ninguna secta tenian etc.» Todas
estas son palabras del Almirante. Cerca de lo que dice, que no vido
viejos, debia de ser que no querian parecer, aunque despues dice que
vido algunos. Es de saber, que todas aquellas islas de los lacayos eran
y son sanísimas, que habia en ellas hombres y mujeres vejísimos, que
cuasi no podian morir por la gran suavidad, amenidad y sanidad de la
tierra, é yo vide algunos dellos; y es tan sana aquella tierra, que
algunos españoles, siendo hidrópigos en esta isla, que no podian sanar,
se iban á alguna de aquellas islas, y desde á poco tiempo, como yo
los vide, volvian sanos. Cerca de lo que dice el Almirante, que eran
de hermosos gestos y cuerpos, es cierto así, que todos los vecinos y
naturales dellas, por la mayor parte, y de mil no se sacará uno de
hombres y mujeres que no fuesen muy hermosos de gestos y de cuerpos.
Ansí lo torna el Almirante á certificar en otro capítulo, diciendo:
«Todos de buena estatura gente muy hermosa, los cabellos no crespos,
salvo correntios y gruesos, y todos de la frente y cabeza muy ancha,
y los ojos muy hermosos y no pequeños, y ninguno negro salvo de la
color de los canarios, ni se debe esperar otra cosa, pues estan leste
gueste con la isla del Hierro, en Canaria, so una línea; las piernas
muy derechas, todas á una mano, y no barriga, salvo muy bien hecha,
etc.» Estas son sus palabras. Pareció[28] tambien aquesta gente, por
su simplicidad y mansedumbre, á la de una isla que cuenta Diódoro en
el lib. III, capítulo 13 de su Historia, de la cual dice maravillas.
Esta isla fué descubierta por ciertos griegos captivos en Etiopía, y
enviados en una barca ó navecilla pequeña, por cierto oráculo que los
etiopes habian tenido, los cuales, navegando cuatro meses de Etiopía
por el mar Océano hácia el Mediodia, despues de muchas tormentas y
peligros, llegaron á una isla redonda, de 5.000 estadios, que hacen 210
leguas, fertilísima y beatísima, la gente de la cual, en barcas, se
vino luego á recibillos; rescibiéronlos y tratáronlos benignísimamente
y conmutaron con ellos de lo que traian dándoles de lo que tenian;
aquella gente tenia cuatro codos de cuerpo, eran hermosos en todos sus
miembros, carecian de pelos sino era en la cabeza, y cejas, y párpados
y barba, tenian horadadas las orejas y la lengua cortada por medio á la
luenga, de su naturaleza, que parecia tener dos lenguas, y así hablaban
no sólo como hombres, sino como aves cantaban, y lo que maravillosa
cosa era, que hablaban con dos hombres disputando ó respondiendo
diversas cosas sin errar, juntamente, á uno con la una parte de la
lengua, y al otro con la otra. Tienen de costumbre vivir hasta cierta
edad, y llegados á ella, ellos mismos se dan la muerte; hay cierta
hierba, sobre la cual, si alguno se echa, viénele luego un muy suave
sueño y ansí muere: las mujeres tienen comunes, y ansí todos tienen
por propios todos los hijos, y como ninguno entre ellos tiene ambicion
ó señalada afeccion á persona alguna, viven concordes sin revueltas,
pacíficamente. Otras cosas refiere Diódoro, de la isla y de la gente,
dignas de ser leidas.



CAPÍTULO XLI.

 En el cual se contiene como vinieron muchos indios á los navíos, en
 sus barquillos, que llaman canoas, y otros nadando.--La estimacion que
 tenian de los cristianos, creyendo por cierto que habian descendido
 del cielo, y por esto cualquiera cosa que podian haber dellos, aunque
 fuese un pedazo de una escudilla ó plato, la tenian por reliquias y
 daban por ello cuanto tenian.--Hincábanse de rodillas y alzaban las
 manos al cielo, dando gracias á Dios y convidábanse unos á otros
 que viniesen á ver los hombres del cielo.--Apúntanse algunas cosas
 notables, para advertir á los lectores de la simiente y ponzoña
 de donde procedió la destruicion destas Indias.--Y cómo detuvo el
 Almirante siete hombres de aquella isla.


Vuelto el Almirante y su gente á sus navíos, aquel viernes, ya tarde,
con su inextimable alegría dando gracias á nuestro Señor, quedaron
los indios tan contentos de los cristianos y tan deseosos de tornar
á verlos, y á ver de sus cosas, no tanto por lo que ellas valian ni
eran, cuanto por tener muy creido que los cristianos habian venido
del cielo, y por tener en su poder cosa suya traida del cielo, ya que
no podian tener consigo siempre á ellos, y así creo que se les hizo
aquella noche mayor que si fuera un año. Sábado, pues, muy de mañana,
que se contaron trece dias de Octubre, parece la playa llena de gente,
y dellos venian á los navíos en sus barcos y barquillos que llamaban
canoas (en latin se llaman _monoxilla_), hechas de un sólo cabado,
madero de buena forma, tan grande y luenga que iban en algunas 40 y
45 hombres, dos codos y más de ancho, y otras más pequeñas, hasta ser
algunas donde cabia un solo hombre, y los remos eran como una pala de
horno, aunque al cabo es muy angosta, para que mejor entre y corte el
agua, muy bien artificiada. Nunca estas canoas se hunden en el agua
aunque estén llenas, y, cuando se anegan con tormenta, saltan los
indios dellas en la mar, y, con unas calabazas que traen, vacian el
agua y tórnanse á subir en ellas. Otros muchos venian nadando, y todos
llevaban, dellos papagayos, dellos ovillos de algodon hilado, dellos
azagayas, y otros otras cosas, segun que tenian y podian, lo cual todo
daban por cualquiera cosa que pudiesen haber de los cristianos, hasta
pedazos de escudillas quebradas y cascos de tazas de vidro, y, ansí
como lo recibian, saltaban en el agua temiendo que los cristianos de
habérselo dado se arrepintiesen; y dice aquí el Almirante, que vió
dar diez y seis ovillos de algodon hilado, que pesarian más de un
arroba, por tres ceptis de Portogal, que es una blanca de Castilla.
Traian en las narices unos pedacitos de oro; preguntóles el Almirante
por señas donde habia de aquello, respondian, no con la boca sino con
las manos, porque las manos servian aquí de lengua, segun lo que se
podia entender, que yendo al Sur ó volviendo la isla por el Sur, que
estaba, diz que, allí un Rey que tenia muchos vasos de oro. Entendido
por las señas que habia tierra al Sur y al Sudueste y al Norueste,
acordó el Almirante ir allá en busca de oro y piedras preciosas,
y dice más aquí, que defendiera que los cristianos de su compañía
no rescataran el algodon que dicho es, sino que lo mandara tornar
para Sus Altezas si lo hobiera en cantidad. Es aquí de considerar,
para adelante, que como el Almirante hobiese padecido en la corte
tan grandes y tan vehementes contradicciones, y al cabo la Reina,
contra opinion y parecer de los de su Consejo y de toda la corte, se
determinase á gastar eso poco que gastó, aunque por entónces pareció
mucho, como arriba se ha dicho, los cuales tuvo siempre por adversarios
muy duros y eficaces despues adelante, abatiendo y anichilando su
negocio, no creyendo que estas tierras tenian oro ni otra cosa de
provecho, mayormente viendo despues que los Reyes gastaban en los
otros viajes mucha suma de dinero y no les venia provecho alguno,
persuadian á Sus Altezas que dejasen de proseguir aquesta empresa,
porque, segun vian, en ella se habian de destruir é gastar. Por manera,
que muchas más angustias y tribulaciones, y más recias impugnaciones,
sin comparacion, pasó despues, en la prosecucion del negocio, que
ántes que los Reyes se determinasen á le favorecer é ayudar, segun
que parecerá adelante. Ansí que, por esta causa, el Almirante nunca
pensaba ni desvelaba y trabajaba más en otra cosa que en procurar cómo
saliese provecho y rentas para los Reyes, temiendo siempre que tan
grande negociacion se le habia al mejor tiempo de estorbar, porque
via que si los Reyes se hartaban ó enojaban de gastar, no la habian
de llevar al cabo; por lo cual, el dicho Almirante se dió mas priesa
de la que debiera en procurar que los Reyes tuviesen ántes de tiempo
y de sazon rentas y provechos reales, como hombre desfavorecido y
extranjero (segun él muchas veces á los mismos católicos Reyes por sus
cartas se quejó), y que tenia terribles adversarios junto á los oidos
de las reales personas, que siempre lo desayudaban; pero no teniendo
tanta perspicacidad y providencia de los males que podian suceder,
como sucedieron, por excusacion de los cuales se debiera de arriesgar
toda la prosecucion y conservacion del negocio, y andar poco á poco,
temiendo más de lo que se debia temer la pérdida temporal, ignorando
tambien lo que no debiera ignorar concerniente al derecho divino y
natural, y recto juicio de razon, introdujo y comenzó á asentar tales
principios, y sembró tales simientes, que se originó y creció dellas
tan mortífera y pestilencial hierba, y que produjo de sí tan profundas
raíces, que ha sido bastante para destruir y asolar todas estas Indias,
sin que poder humano haya bastado á tan sumos é irreparables daños
impedir ó atajar. Yo no dudo que si el Almirante creyera que habia de
suceder tan perniciosa jactura como sucedió, y supiera tanto de las
conclusiones primeras y segundas del derecho natural y divino, como
supo de cosmografía y de otras doctrinas humanas, que nunca él osara
introducir ni principiar cosa que habia de acarrear tan calamitosos
daños, porque nadie podrá negar él ser hombre bueno y cristiano;
pero los juicios de Dios son profundísimos, y ninguno de los hombres
los puede ni debe querer penetrar. Todo ésto aquí se ha traido por
ocasion de las palabras susodichas del Almirante, para que los que
esta Historia leyeren, adviertan y cognozcan el orígen, medios y fin
que las cosas destas Indias tuvieron, y alaben al todopoderoso Dios,
no sólo por lo que hace pero tambien por lo que permite, y teman mucho
los hombres de que se les ofrezcan ocasiones con colores de bondad, ó
por excusar daño alguno, conque puedan ofender, mayormente dando asa
donde la humana malicia halle principio y camino para ir adelante y con
que se excusar; y para no incurrir en tales inconvenientes, necesario
es nunca cesar de suplicar por la preservacion dellos á Dios. Tornando
al propósito de la historia, domingo, de mañana, 14 dias de Octubre,
mandó el Almirante aderezar el batel de la nao en que él venia y las
dos barcas de las carabelas, y comenzó á caminar por el luengo de la
costa de la isla, por el Nornordeste, para ver la otra parte della,
que estaba hácia el leste, y especular qué por hallí habia. Y luégo
comenzó á ver dos ó tres poblaciones, y gran número de gente, hombres
y mujeres, que venian hácia la playa, llamando los cristianos á voces,
y dando gracias á Dios; los unos, les traian agua fresca, otros,
cosas de comer, otros, cuando vian que no curaban de ir á tierra,
se lanzaban en la mar, y, nadando, venian á las barcas, y entendian
que les preguntaban por señas si eran venidos del cielo; y un viejo
dellos quiso entrarse y entró en el batel, é irse con ellos, otros,
con voces grandes, llamaban á otros hombres y mujeres, convidándolos
y diciéndoles: venid y vereis los hombres que vinieron del cielo,
traedlos de comer y de beber. Vinieron muchos hombres y muchas mujeres,
cada uno trayendo de lo que tenia, dando gracias á Dios, echándose en
el suelo, y levantaban las manos al cielo, y despues, dando voces,
llamándolos que fuesen á tierra. Todas estas son palabras formales del
Almirante, refiriendo lo que aquí refiero; pero el Almirante, por ir
á ver un grande arracife de peñas que cerca toda la isla en redondo,
no curó de ir á tierra como los indios pedian. Dentro deste arracife,
dice el Almirante, haber puerto segurísimo, en que cabrian todas las
naos de la cristiandad y estarian como en un pozo; miró dónde se podia
hacer fortaleza, y vido un pedazo de tierra que salia á la mar, ancho
en lo que salia y angosto el hilo por el cual salia, que se pudiera en
dos dias atajar y quedara del todo hecho isla. Esta manera de tierra
llaman los cosmógrafos península, que quiere decir cuasi isla, esto
es, cuando de la tierra firme sale algun pedazo de tierra angosto, y
lo postrero della se ensancha en la mar; en este pedazo de tierra, diz
que, habia seis casas. Dice aquí el Almirante, que no via ser necesario
pensar en hacer por allí fortaleza, por ser aquella gente muy simple y
sin armas, como Vuestras Altezas, dice él, verán por siete que yo hice
tomar para los llevar y deprender nuestra habla y volverlos, salvo que
Vuestras Altezas, cuando mandaren, puédenlos todos llevar á Castilla
ó tenerlos en la misma isla captivos, porque 50 hombres los ternan
todos sojuzgados y les harán hacer todo lo que quisieren. Estas son
palabras del Almirante, formales. Dos cosas será bien aquí apuntar;
la una, cuán manifiesta parece la disposicion y prontitud natural que
aquellas gentes tenian para recibir nuestra sancta fe, y dotarlos é
imbuirlos en la cristiana religion y en todas virtuosas costumbres, si
por amor y caridad y mansedumbre fueran tratadas, y cuanto fuera el
fruto que dellas Dios hobiera sacado; la segunda, cuán léjos estaba el
Almirante de acertar en el hito y punto del derecho divino y natural,
y de lo que, segun esto, los Reyes y él eran con estas gentes á
hacer obligados, pues tan ligeramente se determinó á decir, que los
Reyes podian llevar todos los indios, que eran vecinos y moradores
naturales de aquellas tierras, á Castilla, ó tenerlos en la misma
tierra captivos, etc. Cierto, distantísimo estaba del fin que Dios y su
Iglesia pretendia en su viaje, al cual, el descubrimiento de todo este
orbe y todo cuanto en él y cerca dél se hobiese de disponer, se habia
de ordenar y enderezar. Vido por allí tantas y tan lindas arboledas
verdes, que decia ser huertas, con mucha agua, más graciosas y hermosas
que las de Castilla por el mes de Mayo. Destos que con tanta confianza
en las barcas, como á ver y adorar gente del cielo, se entraron, detuvo
el Almirante siete, y con ellos se vino á la nao. Por lo que despues
pareció, que cuando podian huir se huian, parece bien que los detuvo
contra su voluntad, y si estos eran casados y tenian mujeres y hijos
para mantener, y otras necesidades, ¿como esta violencia se podia
escusar? parece que, contra su voluntad, en ninguna manera, por bien
alguno que dello se hobiera de sacar, no se debiera hacer. Preguntados
estos, que así detuvo, si habia otras islas por allí, respondieron por
señas que habia muy muchas, y contaron por sus nombres mas de ciento.
Alzó las velas el Almirante con todos sus tres navíos, y comenzó á ver
muchas islas que no sabia á cuál primero ir, todas muy fértiles y muy
hermosas, llanas como vergeles; miró por la mar que estaba de aquesta
7 leguas, á donde llegó, lúnes 15 de Octubre, al poner del sol, á la
cual puso por nombre la isla de Sancta María de la Concepcion. Saltó en
tierra, mártes 16 de Octubre, en amaneciendo, y tomó posesion en nombre
de los reyes de Castilla della, de la misma manera y con la solemnidad
que habia hecho en la de Sant Salvador, puesto que, como dice él mismo,
no habia necesidad de tomar la posesion más de en una, porque es visto
tomarla de todas. Los indios que llevaba de Sant Salvador, dice que le
habian dicho que en esta isla habia mucho oro, y que la gente della
traia manillas, en los brazos y piernas, de oro, aunque él no lo creia,
sino que lo decian por huirse como algunos dellos lo hicieron. Por
manera, que como vieron los indios que tanto seles preguntaba por oro,
entendieron que los cristianos hacian dello mucha estima, y por esto
respondian con su deseo, porque parasen cerca, para que de allí más
fácilmente se pudiesen escapar para su isla. Salian infinitos indios
á verlos, traíanles de todo cuanto tenian, eran así desnudos y de la
misma manera que los de la otra isla, y desque vido que no habia oro,
y que era lo mismo que lo pasado, tornóse á los navíos. Estaba una
canoa al bordo de la carabela _Niña_, y uno de los indios que habian
detenido de la isla de Sant Salvador, que el Almirante parece que habia
puesto allí en aquella carabela, saltó á la mar, y métese en la canoa
y vase en ella, y la barca tras él, que, por cuanto pudieron remar, no
pudieron alcanzarlo, y, llegado cerca de tierra, deja la canoa y váse
á tierra; salieron tras él y no pudieron haberlo. Otro, diz que, se
habia huido la noche ántes, y ansí parece que eran detenidos contra
toda su voluntad. Volviendo, vieron otra canoa con un indio que venia
á rescatar algodon, dióle el Almirante un bonete colorado y cuentas
verdes, y cascabeles, haciéndoselos poner en las orejas y las cuentas
al pescuezo, y no le quiso tomar su ovillo de algodon, y ansí fué muy
contento á predicar la bondad de los cristianos.



CAPÍTULO XLII.

 En el cual se tracta de una isla que parecia grande, á la cual
 puso nombre la Fernandina, y viniendo á ella toparon un indio en
 una canoa, tomáronlo en la nao, y, contento, enviáronlo delante y
 dió las nuevas en la Fernandina, y como surgieron los navíos ya de
 noche.--Nunca cesaron en toda la noche de venir canoas y gentes á ver
 los cristianos y traerles de lo que tenian.--Saltaron en tierra los
 marineros con barriles por agua.--Con gran alegría se la mostraban
 los indios y los ayudaban.--La gente era como la pasada, pero, diz
 que, más doméstica, y más aguda, y más dispuesta.--No les cognoscieron
 secta alguna.--Tenian paños de algodon; las mujeres casadas cubrian
 sus vergüenzas, las doncellas no.--La manera de las camas.--De un
 árbol que contiene diversidad de árboles en sí.--Dáse la razon dél,
 maravillosa.--De las culebras y perros de aquella isla.--Vieron mas
 gente.--La manera de sus casas, etc.


Viniendo á la isla de Sancta María, vido el Almirante otra isla muy
grande, obra de 8 leguas ó 9 hácia el gueste, en la cual le dijeron los
indios, que traia de Sant Salvador, que habia mucho oro, y que traian
en ella las manillas y axorcas que le habian dicho de la de Sancta
María, y creyó que allí hallaria la mina donde se criaba y cogia el
oro; por lo cual, partió para ella, mártes, cerca del medio dia, y
llegó á ella otro dia por la mañana, miércoles 17 de Octubre; porque
tuvo calma no pudo llegar con dia. En este camino, entre la isla de
Sancta María y ésta, á quien puso nombre la isla Fernandina, toparon
un sólo indio en una canoa chiquita, que llevaba del pan de aquellas
tierras, que es cazabí, como el desta isla Española de que despues se
hará mencion, y una calabaza de agua y otras cosas de las suyas, y, en
una cestilla, traia unas contezuelas verdes, y dos blancas, moneda de
Castilla, de lo cual cognoscieron que aquel venia de Sant Salvador y
habia pasado por la de Sancta María y iba á la Fernandina á dar nuevas
de los cristianos; el cual, como habia andado mucho remando sólo en
su canoita, y debia de venir fatigado, vínose á la nao del Almirante,
y luégo mandó que lo metiesen á él y á su barquillo dentro, donde le
mandó dar de comer pan y miel y de beber vino, y se le hizo todo el
regalo que se pudo hacerle, con darle de las cuentas y otras cosas de
rescates, y llevólo en la nao hasta cerca de la tierra; y, dice el
Almirante aquí, por que dé buenas nuevas de nosotros, y cuando Vuestras
Altezas, placiendo á nuestro Señor, envien acá, aquellos que vinieren
reciban honra y nos den de todo lo que hobiere. Cerca de la isla,
dejólo ir; el cual habia predicado tantos bienes de los cristianos, que
llegado el Almirante y los otros navíos, y surgido ya de noche á vista
de una poblacion, en toda la noche nunca cesaron de venir canoas llenas
de gente á los navíos, trayendo comida y agua, y todo lo que tenian.
El Almirante mandaba dar á cada uno de comer y algunas cuentecillas de
vidro en un hilo ensartadas, sonajas de laton, que valen en Castilla un
maravedí, y agujetas, todo lo cual tenian por cosa celestial. A hora de
tercia envió el batel de la nao á tierra á traer agua, y los indios,
con gran voluntad, les mostraron donde la habia, y ellos mismos con
mucha alegría traian los barriles á cuestas hasta los bateles, y no
sabian en qué hacerles placer. Esta isla pareció al Almirante que era
grandísima, porque vido della 20 leguas, y que la entendia de rodear y
trabajar de hallar á Samoeto, que, diz que, era la isla ó ciudad donde
habia el oro, porque ansí lo decian los indios que traian consigo, de
la de Sant Salvador y de la isla de Sancta María; la gente desta isla,
que llama grande, á que puso nombre Fernandina, dice que es semejante
á la de las islas pasadas, en habla y costumbres, puesto que, diz que,
le parecia más doméstica y de más trato, y más sotiles, porque los via
mejor regatear sobre los precios y paga de las cosillas que traian que
los que hasta entónces habia visto. Halló tambien que tenian paños de
algodon hechos como mantillas, y la gente, diz que, más dispuesta,
y las mujeres tienen por delante su cuerpo una cosita de algodon
que escasamente les cubre sus vergüenzas. Cerca deste paso, como el
Almirante andaba de corrida por estas islas, no alcanzaba del todo la
manera del traje destas gentes. Esto es ansí, que todos los hombres
de aquellas islas de los lucayos y desta isla Española y de Cuba, y
la de Sant Juan, y la de Jamaica, eran todos desnudos sin traer cosa
que les cubriese cosa de sus cuerpos; las mujeres doncellas tampoco
traian ni cubrian cosa, solas las corruptas ó dueñas se cubrian las
vergüenzas, ó con ciertas faldetas bien hechas y labradas de tela de
algodon, que les tomaban desde el ombligo hasta medio muslo, ó, cuando
más no podian ó tenian, cubrian las partes bajas con ciertas ojas;
desto se tractará más, placiendo á Dios, cuando hablaremos desta isla
Española. Dice más el Almirante de la gente desta isla Fernandina, lo
que de las pasadas, que no les cognoscia secta alguna, y que creian
que muy presto se tornarian cristianos, porque ellos son de muy buen
entender. De la isla, dice, ser llana, muy verde y fertilísima, y que
no ponia duda que todo el año sembraban panizo y lo cogian y ansí
todas las cosas, y bien atinaba á la verdad, porque todo el año en
aquellas, y en esta Española, y en todas las de los alrededores y aún
lejanas, ó la mayor parte del año, ó al menos dos veces, se sembraba
y cogia el grano del maíz que aquí el Almirante llama panizo. Vido
aquí muchos árboles muy diferentes de los de Castilla, y dellos que
tenian los ramos de muchas maneras y todos en un tronco ó en un pié, y
un ramito de una manera y otro de otra, y tan disforme, que era, diz
que, la mayor maravilla del mundo cuanta era la diversidad de la una
manera á la otra, y que aquellos no eran enxeridos, porque los indios
no curaban dellos, ántes todos estaban en los montes; la razon desto
alcanzamos despues en esta isla Española, la cual el Almirante no pudo
en aquel tiempo y viaje cognoscer, y es esta, que hay un árbol en estas
tierras que se llama, en lengua de indios desta Española, cupey, como
despues placiendo á Dios diremos, el cual, en muchas cosas, es muy
diferente de todos los otros; este produce cierta fruta que comen los
pájaros, la cual tiene ciertas pepitas, estas pepitas echan los pájaros
de sí cuando estercolizan, estando sentados en otros árboles, y las
pepitas que se detienen en los árboles, que no caen abajo al suelo,
sin tierra alguna prenden en los mismos árboles, y ansí como prenden
sale de cada una una raíz muy derecha hácia bajo, y vá á buscar la
tierra creciendo y descendiendo hasta hallarla, aunque sea el árbol
de donde comenzó de cient estados; y esta raíz es sin algun ñudo, muy
lisa y derecha, como una muy derecha lanza, de la cual se han hecho
muy buenas lanzas. Llegada á la tierra, métese por ella y hace raíces
retuertas como los otros árboles, y despues torna á subir hácia arriba
á buscar su árbol donde cayó la pepita, y del cual procedió, y allí
críase un árbol de su misma naturaleza, y él, criado y llegado á la
edad que le constituyó la naturaleza, produce su fruto; y ansí parecen
ambos un árbol que tiene diversas especies ó naturalezas. Tambien
dijo, que habia en aquella mar disformes maneras de peces, algunos
de figura de gallos, de finas colores, azules, amarillas, coloradas
y de todas colores, y otros pintados de mill maneras, las colores,
diz que, tan finas, que no habrá hombre que no se maraville y reciba
gran descanso de verlos; tambien habia ballenas. Bestias en tierra no
vido ningunas de ninguna manera, salvo papagayos y lagartos. Ansí es
verdad, que no habia en todas aquellas islas, bestias, sino eran una
manera de conejos de hechura de ratones, aunque más grandes, mucho de
los cuales se dirá cuando hablaremos de esta isla Española y de la isla
de Cuba. Culebras habia muchas y muy desproporcionadas de grandes y
gordas, pero muy mansas y cobardes, y destas, diz que, un mozo de la
nao vido una; ovejas ni cabras ni otra especie de animales, diz que,
no vido, puesto que, diz que, no estuvo allí sino medio dia; aunque
estuviera más, no las viera, porque ninguna otra hay más de las dichas.
Fué despues el Almirante con todos tres navíos para rodear esta isla
Fernandina, y saltó en tierra con todas las barcas en otra parte della,
y halló ocho ó diez hombres en tierra, los cuales luego vinieron á los
cristianos y mostraron la poblacion, que estaba cerca, y envió gente,
armada della, y della con los barriles que habia hecho sacar para
provision de agua. Miéntras ellos iban, el Almirante andaba mirando,
y admirando de ver tanta hermosura de florestas, y de tan graciosos
y verdes árboles, diferentes unos de otros y que algunos parecian á
algunos de Castilla, y con tanta frescura como en el Andalucía por
Mayo, que le parecia que no podia ser cosa más deleitable y agradable
en el mundo. De la gente, dice, que toda era una con la que en las
otras islas habia visto, ansí desnudos y de las mismas condiciones y
estatura, daban de lo que tenian fácilmente por cualquiera cosa que
les diesen; los que fueron de los navíos á traer el agua dijeron al
Almirante, que habian estado en sus casas, y que las tenian de dentro
muy barridas y limpias, y que sus camas y paramentos de casa eran como
redes de algodon. Estas llamaban en esta Española, hamacas, que son de
hechura de hondas, no tejidas como redes, los hilos atravesados, sino
los hilos á la luenga sueltos, que pueden meter los dedos y las manos,
y de palmo á palmo, poco más ó ménos, atajados con otros hilos tupidos,
como randas muy bien artificiadas de la hechura de los arneros que en
Sevilla se hacen de esparto. Estas hamacas tienen un buen estado de
cumplido ó de largo, y á los cabos deste largo, dejan, de los mismos
hilos della, muchas asas, y en cada asa ponen unos hilos delgados de
cierta otra cosa, más recia que el algodon, como de cáñamo, y estos
son tan luengos como una braza de cada parte, y al cabo de todos ellos
júntanse como en un puño, y deste puño de los postes de las casas los
atan de ambas partes, y ansí quedan las hamacas en el aire, y allí
se echan; y como ellas sean, las buenas, de tres y de cuatro varas y
más en ancho, ábrenlas cuando se echan como abririamos una honda que
fuese muy grande, pónense atravesados como en sosquin, y ansí sobra de
la hamaca con que cobijarse, y, porque no hace frio alguno, bástales.
Para quien usa dormir en ellas cosa es descansada, puesto que no debe
ser sana, por la humedad del suelo, que aunque esté alta, del que no
puede estar mas de medio estado porque se pueda subir en ella, penetra
el cuerpo humano, y aunque se pusiese en alto en un sobrado, todavía
por la humedad de la noche haria daño; á lo ménos, son muy limpias,
y, para por los caminos, aún en Castilla, los veranos, serian harto
estimadas. Las casas son de madera y paja muy luenga y delgada, hechas
del modo de una campana, por lo alto angostas y á lo bajo anchas, y
para mucha gente bien capaces, dejan por lo alto respiradero por donde
salga el humo, y encima unos caballetes ó coronas muy bien labradas y
proporcionadas, ó son, como dice el Almirante, de hechura de alfaneques
ó pabellones, y ambas son buenas semejanzas. Finalmente, para de madera
y paja, no pueden ser mas graciosas, ni más bien hechas, más seguras,
limpias ni más sanas, y es placer verlas y habitarlas, y hacian algunas
para los señores; y, despues en esta isla Española, hicieron los indios
para los cristianos tan grandes y tales, que pudiera, muy bien y muy
á su placer, el Emperador en ellas aposentarse. Allí hallaron que las
mujeres casadas traian aquellas medias faldetas de algodon, que arriba
digimos, las muchachas ó doncellas no tenian cubierto nada. Habia
perros, dice el Almirante, mastines y blanchetes, pero porque lo supo
por relacion de los marineros que fueron por agua, por eso los llamó
mastines, si los viera no los llamára, sino que parecian como podencos;
estos y los chicos nunca ladran, sino que tienen un gruñido como entre
el gaznate, finalmente, son como los perros de España, solamente
difieren en que no ladran. Vieron un indio que tenia en la nariz un
pedazo de oro, como la mitad de un castellano, y parecióles que tenia
unas letras, y dudó el Almirante si era moneda, y riñó con ellos
porque no se lo rescataron, ellos se excusaron que fué por temor; pero
engañáronse creyendo que eran letras algunas rayas que debiera tener,
como ellos solian, á su manera, labrarlo, porque nunca jamás, en todas
estas Indias, se halló señal de que hobiese moneda de oro, ni de plata,
ni de otro metal. Concluye aquí el Almirante, y dice á los Reyes:
«Crean Vuestras Altezas que es esta tierra la mejor, y más fértil, y
templada, y llana, y buena que haya en el mundo.»



CAPÍTULO XLIII.

 En el cual se trata como el Almirante dió vuelta al leste ó Levante,
 porque le informaron los indios que la isla de Samoeto era más grande
 que la Fernandina, y quedaba atras, y esto parece que Dios le tornaba
 porque viese á Cuba y á la Española.--Llegados á Samoeto, sintieron
 suavísimos olores, y vieron la isla ser graciosísima.--Mataron dos
 sierpes, que son las iguanas, y qué cosa es.--Huyeron los indios
 sentidos los cristianos.--Tornaron á venir sin miedo.--Estimaron que
 habian descendido del cielo.--Tuvo relacion, segun él creia que lo
 entendia, que habia allí minas de oro, y estuvo esperando que el Rey
 de la isla viniese allí.--Halló ligualoe y mandó cortar dello.--Aquí
 supo nuevas de la isla de Cuba y de la Española.--Creyó que era la
 isla de Cipango, donde pensó que hallaria gran suma de oro, y perlas y
 especeria.--Las razones por donde con razon se movió á lo creer y que
 allí venian naos grandes del Gran Khan.--Puso por nombre á esta isla
 la Isabela.--Fuese della en demanda de Cuba, etc.


Porque los indios que habia tomado en la primera isla de Guanahaní, ó
Sant Salvador, le decian y afirmaban por señas que la isla de Samoeto,
que atrás quedaba, era más grande que la Fernandina, y que debian de
volver á ella (y ellos debiánlo de hacer por acercarse más á su tierra,
de donde los habia sacado), acordó el Almirante dar la vuelta hácia
el leste; y ansí, alzó las velas, y vuelve al Levante, y parece que
Dios le guiaba porque topase con la isla de Cuba, y de allí viniese
á descubrir esta isla Española, que es la más felice, ó de las más
felices y grandes, graciosas, ricas, abundosas, deleitables del mundo.
Ansí, que el viernes, 19 de Octubre, vieron una isla á la parte del
leste, sobre la cual fueron, y pareció un cabo della redondo y hondo,
al cual puso el Almirante nombre cabo Hermoso, y allí surgió. Esta
isla llamaron Samoet, ó Samoeto, de la cual, dice el Almirante, que
era la más hermosa que nunca vió, y que si las otras de hasta allí
eran hermosas, esta más, y que no se le hartaban ni cansaban los
ojos de mirar tierras y florestas y verduras tan hermosas. Esta isla
era más alta de cerros y collados que las otras, y parecia de muchas
aguas; creia que habia en estas islas muchas hierbas y árboles para
tinturas, y para medicinas y especerías, que valdrian en España mucho,
porque llegando, que llegó, al dicho cabo Hermoso, dice el Almirante
que sintieron venir olor suavísimo de las flores y árboles de la
tierra, que era cosa suavísima y para motivo de dar muchas gracias á
Dios. Decian, diz que, aquellos hombres que tomó en Sant Salvador,
que la poblacion estaba dentro en la isla, donde residia el Rey
della, que andaba vestido de mucho oro. Bien parece que no entendian
el Almirante ni los demas á los indios, ó quizá ellos lo fingian por
agradarle, como vian que tanta diligencia ponia en preguntar por el
oro. Entendia tambien que aquel Rey señoreaba todas aquellas islas,
aunque todavía, decia el Almirante, que no daba mucho crédito á sus
decires, ansí, por no los entender bien, como por cognoscer que eran
tan pobres de oro, que poco les parecia mucho. Dice, que con ayuda de
Dios, entiende volver á España para Abril, y por eso no se detiene
á mirar en particular todas las islas, puesto que si hallaba oro ó
especería en cantidad, se deternia tanto cuanto bastase para llevar á
los Reyes todo lo que pudiese. De donde parece, cuán cuidadoso estaba
y andaba siempre de llevar ganancia y provecho á los Reyes, por la
causa principalmente, arriba en el capítulo 29, dicha. Puso á esta
isla de Samoeto, la Isabela, en la cual no pudo salir el sábado por
no hallar buen surgidero hasta el domingo, 21 de Octubre. Dice della
maravillas por su frescura, hermosura y fertilidad, diciendo que,
aunque las pasadas eran hermosas, esta mucho más. Vieron unas lagunas
de agua dulce, todas cercadas de arboledas graciosísimas, oian cantar
los pajaritos, de diversas especies de los de Castilla y aves muchas,
con gran dulzor, que parecia que hombre no se quisiera mudar de allí.
Pasaban tantas manadas de papagayos que cubrian el sol, y otras muchas
aves de diversas especies, que era cosa de maravilla. Andando en cerco
de una de las lagunas, vido el Almirante una sierpe de siete palmos
en largo, la cual, como vido la gente, huyó al agua, y, porque no era
honda, con las lanzas la mataron, hizo salar el cuero para traerlo á
los Reyes. Esta sierpe, verdaderamente es sierpe, y cosa espantable,
cuasi es de manera de cocodrilo ó como un lagarto, salvo que tiene,
hácia la boca y narices, más ahusada que lagarto. Tiene un cerro desde
las narices hasta lo último de la cola, de espinas grandes, que la
hace muy terrible; es toda pintada como lagarto, aunque más verdes
escuras las pinturas; no hace mal á nadie y es muy tímida y cobarde;
es tan excelente cosa de comer, segun todos los españoles dicen, y
tan estimada, mayormente toda la cola que es muy blanca cuando está
desollada, que la tienen por más preciosa que pechugas de gallina ni
otro manjar alguno; de los indios no hay duda, sino que la estiman
sobre todos los manjares. Con todas sus bondades, aunque soy de los
más viejos destas tierras y en los tiempos pasados me ví con otros
en grandes necesidades de hambre, pero nunca jamás pudieron conmigo
para que la gustase; llámanla los indios desta isla Española iguana.
Fueron á una poblacion cerca de allí, é como la gente della sintiese
los cristianos, desmamparan sus casas, escondieron todo lo que pudieron
de sus alhajas en el monte, y huyeron todos de espanto. Despues,
tornaron algunos, viendo que no iban tras ellos, y uno se llegó mas
confiadamente á los cristianos, al cual hizo dar el Almirante unos
cascabeles y unas cuentecillas de vidro, de lo cual se contentó mucho,
y, por mostrarle mas amor, pidieron que trujese agua. Vinieron luego
á la nao con sus calabazas llenas de agua, y diéronla con alegría y
muy buena voluntad; mandóles dar el Almirante á cada uno su sarta
de cuentas, y dijeron que volverian en la mañana. Tenia voluntad el
Almirante de rodear esta isla de Samoeto, Isabela, para ver si podia
tener habla con el Rey que creia haber en ella, para probar si podia
dél haber el oro que traia ó tenia, y segun lo que habia entendido á
los indios que traia consigo de la isla de Sant Salvador, la primera
que descubrió. Estaba por allí otra isla muy grande que llamaban Cuba,
la cual creia que era Cipango, segun las señas que, diz que, le daban,
y segun tambien él entendia; diz que, habia naos grandes y mareantes
muchos: de otra tambien le decian que era grande, que nombraban
Bohío, á las cuales queria ir á ver, y segun hallase recaudo de oro y
especería, determinaria lo que habia de hacer, aunque, diz que, todavía
tenia determinado de ir á la tierra firme, y á la ciudad de Quisay,
y dar las cartas de Sus Altezas al Gran Khan, y pedir respuesta y
volver con ella. Por aquí parece que se le hizo el camino más cercano
de lo que él pensaba, y el mundo más largo, y no estar la tierra
del Gran Khan derechamente al gueste ó Poniente, como el florentino
le habia escrito, y, en la figura que le envió pintada, le habia
certificado, porque, aunque pasada toda esta nuestra tierra firme, se
pueda ó pudiera ir por tierra á los reinos del Gran Khan, cesando los
impedimentos que podrian ofrecerse por el camino, como son desiertos,
si los hobiese, ó grandes lagunas, ciénagas, montañas ó minerales, de
los que se dijeron en el cap. 6.º, ó muchos animales bravos, y cosas
semejantes; pero más parece que los reinos del Gran Khan están más
á la parte del Austro que del Poniente, por lo que ya sabemos de la
tierra que los portogueses y nosotros por el Poniente y Austro hemos
descubierto. La isla de Cuba, bien entendia ser grandísima, porque
tiene más de 300 leguas en luengo, y esta Española, que aquí llama
Bohío, tambien más grande y más felice, aunque no tan luenga, como
diremos, placiendo á Dios, cuando dellas en particular hablaremos. El
llamarla Bohío, no debia entender á los intérpretes, porque por todas
estas islas, como sea toda ó cuasi toda una lengua, llamaban bohío á
las casas en que moraban, y á esta gran isla Española, nombraban Hayti,
y debian ellos de decir que en Hayti, habia grandes bohíos, conviene
á saber, que en esta isla Española eran grandes las casas, como sin
duda las habia á maravilla. Estuvo esta noche, lúnes, 22 de Octubre,
aguardando si el Rey de aquella isla de Samoeto, ó otras personas, diz
que, traerian oro ó otra cosa de substancia, y vinieron muchos indios
semejantes á los pasados, desnudos y pintados de diversas colores como
los otros; traian ovillos de algodon, y trocábanlos con los cristianos
por pedazos de tazas de vidro, y de escudillas de barro, algunos dellos
tenian algunos pedazos de oro puestos en las narices, el cual daban
de buena voluntad por un cascabel de los de pié de gavilan; cualquiera
cosa que ellos podian haber de los cristianos tenian por preciosa, por
tener á gran maravilla su venida como los otros de las otras islas,
teniendo por cierto que habian descendido del cielo. Halló en esta isla
lignaloen, y mandó cortar dello cuanto se halló, y yendo á tomar agua
de una laguna que allí estaba cerca, Martin Alonso, mató una sierpe
de otros siete palmos como la otra, que segun digimos, es, segun la
estiman todos, manjar precioso y se llama iguana. Determinó, mártes, 23
de Octubre, de se partir de aquella isla que llamó la Isabela, porque
le pareció que allí no debia de haber mina de oro, puesto que creia que
debia de tener especería, por la multitud de los árboles tan hermosos
y llenos de fruta de diversas maneras, y por no los cognoscer llevaba
muy gran pena; sólo cognoscia el ligualoe, del cual mandó tambien
allí cortar lo que se pudo para llevar á los Reyes. Ansí que, por ir
á la isla de Cuba, de quien grandes cosas le parecia que le decian
los indios que llevaba, y por hallar tierra de grande trato y muy
provechosa, como la buscaba (y creia que Cuba era la isla de Cipango,
segun las señas que entendia darle los dichos indios de su grandeza
y riqueza, por la relacion y pintura, que digimos en el cap. 12, que
le invió Paulo, físico, florentin), quiso alzar las velas, sino que
no tuvo viento y llovió mucho aqueste dia, y dice que no hacia frio
de noche cuando llovia, ántes hacia calor de dia. Y es aquí de saber,
que, como arriba se dijo en el dicho cap. 12, el almirante D. Cristóbal
Colon, á la carta mensajera y á la figura ó carta de marear pintada,
que le invió el dicho Paulo, físico, dió tanto crédito, que no dudó de
hallar las tierras que enviaba pintadas, por las premisas y principios
tantos y tales, como arriba pareció, que él de ántes tenia, y segun la
distancia ó leguas que habia hasta aquí navegado, concordaba cuasi al
justo con el sitio y comarca en que el Paulo, físico, habia puesto y
asentado la riquísima y grande isla de Cipango, en el circuito de la
cual, tambien pintó y asentó innumerables islas, y despues la tierra
firme. Y como viese tales islas primero, y le dijesen y nombrasen
los indios otras más de ciento, ciertamente tuvo razon eficacísima
el Almirante de creer que aquella isla da Cuba, que tanto los indios
encarecian y señalaban por tan grande, y despues que topó con esta isla
Española, tuvo mayor y más urgente razon que fuese cualquiera destas la
de Cipango, y por consiguiente, creyó hallar en ella grandísima suma
de oro y plata, y perlas y especería, las cuales, en la dicha figura
tenia pintadas; y por tanto, muchas veces hace mencion en el libro de
su primera navegacion, el Almirante, del oro y de especerías que creia
hallar, y cuantos árboles via, todos ser de especería juzgaba, y por no
los cognoscer, dice, que iba muy penado. Esperaba tambien hallar, y,
de las palabras de los dichos indios que no entendia, se le figuraba
que decian haber allí naos grandes de mercaderes y de lugares de muchos
tractos. Con esta esperanza, mártes, á la media noche, alzó las velas y
comenzó á navegar al guessudoeste, y anduvo el miércoles poco, porque
llovió, y lo mismo el jueves, 25 de Octubre, y hasta las nueve del dia
navegaria 10 leguas poco más. Despues, de las nueve adelante, mudó el
camino al gueste, y andarian, hasta las tres deste dia, 11 leguas, y
entónces vieron tierra 5 leguas della, y eran siete ó ocho islas en
luengo, todas de Norte á Sur, á las cuales llamó, por el poco fondo
que tenian las islas de Arena; dijéronle los indios que habria de allí
á Cuba andadura de dia y medio de sus barquillos ó canoas: surgió en
ellas el viernes. Sábado, 27 de Octubre, salido el sol, mandó levantar
las velas para ir su camino de Cuba desde aquellas islas de Arena, y
hasta poner del sol anduvieron 17 leguas al Sursudueste, y, ántes de la
noche, vieron tierra de Cuba, pero no quiso el Almirante llegarse más
á tierra, por el peligro que hay siempre de tomar la tierra que no se
sabe, de noche, mayormente que llovia mucho y hacia grande escuridad ó
cerrazon, y por esto anduvieron toda la noche al reparo.



CAPÍTULO XLIV.

 En el cual se tracta, como se llegó el Almirante á la tierra de
 la isla de Cuba y le puso por nombre Juana.--De la órden que tuvo
 hasta allí en poner los nombres á las tierras que descubria.--Como
 entró en un rio y puerto muy hermoso.--Saltó en tierra.--Huyeron
 los indios de dos casas que por allí hallaron.--Loa la hermosura de
 aquella isla.--Decíanle los indios que llevaba consigo, que habia
 minas de oro.--Juzgó que estaba de allí cerca tierra firme.--Llamó
 aquel rio Sant Salvador.--Salió de allí é descubrió otro rio que
 llamó de la Luna.--Despues otro que nombró de Mares; maravilloso
 puerto.--Vido poblaciones y huyeron dellas todos los indios, vistos
 los navios.--Saltó en tierra y de las cosas que vido en las casas, las
 cuales casas eran muy más hermosas que las que habia visto.--De la
 hermosura de los árboles y templanza de los aires y frescura.--Como
 Martin Alonso entendia de los indios que llevaba, que estaban
 en tierra del Gran Khan.--Como se engañaban en no entender los
 indios.--De la provincia de Cubanacan que está en medio de la isla de
 Cuba, donde habia minas de oro.--Como tuvo el Almirante á Cuba por
 tierra firme y por tierra del Gran Khan.--Como salió del rio de Mares
 en busca de otros rios y pueblos del Gran Khan.--Y al cabo, como se
 tornó al rio y puerto de Mares.


Domingo, 28 de Octubre, acercóse á la isla de Cuba y tomó la tierra
más cercana; púsole por nombre Juana, porque tuvo esta órden y respeto
el Almirante en el poner de los nombres á las tierras ó islas que
descubria, que á la primera, considerando como cristiano, que las
primicias y principios se deben al fontal y primer principio, del cual
todas las cosas visibles é invisibles manaron, que es Dios, llamó Sant
Salvador que los indios llamaban Guanahaní, ofreciendo gracia de las
mercedes recibidas á quien tanto bien le habia concedido y librado de
tantos peligros hasta allí, y de quien más y mayores esperaba recibir;
á la segunda, porque despues de Dios á nadie se debe tanto como á la
madre de Dios, y él tenia devocion con su fiesta de la Concepcion,
nombróla Sancta María de la Concepcion, y porque despues de Dios y su
bendita madre, debia muchas mercedes y muy buena voluntad recibidas y
las que más entendia recibir á los católicos Reyes, puso nombre á la
tercera isla, la Fernandina, en memoria y honor del católico rey D.
Fernando; á la cuarta, intituló la Isabela por la serenísima reina Doña
Isabel, á quien potísimamente más que al Rey y á todos debia, por que
ella fué la que, contra opinion de toda la corte, lo quiso admitir y
favorecer, y siempre, hasta que murió, lo favoreció y defendió; y si la
Reina no muriera, sin duda, no le sucedieran despues tantos disfavores
y adversidad á él y á su casa, como le sucedió, y esto tenia muy bien
cognoscido el Almirante, por lo cual, era singularmente al servicio de
la Reina devotísimo, y no usaba de otro vocablo cuando de la Reina era
la plática, sino diciendo, la Reina, mi señora; ansí que, á la quinta,
que fué Cuba, puso por nombre la Juana, por el príncipe D. Juan, que
entónces vivia, Príncipe heredero de los reinos de Castilla. Ansí que,
llegado á la isla de Cuba, Juana, entró en un rio muy hermoso y muy sin
peligro de bajos ni otros inconvenientes, y, toda aquesta costa, era
muy hondo y limpio, hasta dar en la tierra, y en la boca del rio habia
doce brazas, y bien ancha para voltear; tenia dos montañas hermosas
y altas, y aseméjalas el Almirante á la peña de los Enamorados, que
está cerca de Granada, y una dellas tenia encima otro montecillo á
manera de una hermosa mezquita, donde, algo adentro, aunque á tiro de
lombarda, surgió. Cuando iba á entrar en el puerto, vido dos canoas,
y saltando los marineros en las barcas para ver qué fondo habia para
surgir, huyeron las canoas creyendo que los querian seguir. Aquí, dice
el Almirante, que nunca cosa tan hermosa vió; todo el rio cercado de
árboles verdes y graciosísimos, diversos de los nuestros, cubiertos
de flores y otros de frutos, aves muchas y pajaritos que cantaban con
gran dulzura, la hierba grande como en el Andalucía por Abril y Mayo;
vido verdolagas y muchos bledos de los mismos de Castilla, palmas de
otra especie que las nuestras, de cuyas hojas cubren en aquella isla
las casas. Saltó el Almirante en su barca y salió á tierra; hallaron
dos casas que creyó ser de pescadores, hallólas vacías de gente,
puesto que llenas de alhajas de los indios, redes y anzuelos de hueso,
y fisgas dello mismo y otros aparejos de pescar, y un perro que no
ladraba, y muchos fuegos dentro, y tanta capacidad en las casas, donde
podian caber muchas personas, las cuales parece que, como sintieron los
cristianos, de miedo se huyeron. Subió en la barca por el rio arriba,
decia que nunca ojos de hombre, tan deleitable ni tan hermosa cosa
vieron. Tierra llena de puertos maravillosos y grandes rios; la mar sin
algun temor de tormenta, la señal de lo cual es estar la hierba, hasta
el agua salada, crecida, la que no suele haber cuando la mar es braba,
y hasta entónces nunca ha habido señal, que en todas aquellas islas la
mar fuese alta ó impetuosa. Decia ser la isla llena de montañas muy
hermosas, aunque no muy altas, y toda la otra tierra le parecia como la
isla de Cecilia, alta; tierra de muchas aguas, y, segun los indios que
consigo llevaba le decian, habia en ella diez rios grandes. Dábanle á
entender que en ella tambien habia minas de oro y perlas, y parecíale
que habia disposicion para haber perlas, porque vido ciertas almejas,
puesto que en la verdad nunca en la isla de Cuba hobo perlas; entendió
eso mismo el Almirante que allí venian naos grandes del Gran Khan,
y que de allí á tierra firme habria navegacion de diez dias, por la
imaginacion que tenia concebida de la carta ó pintura quel florentin
le invió; para imaginar lo cual, tuvo, cierto, suficientes razones,
como en el precedente capítulo digimos; la tierra firme no estaba de
allí jornada de cinco dias, mas no la que él pensaba, sino la que hoy
llamamos la tierra Florida. Puso nombre á aquel rio, conviene á saber,
Sant Salvador, por tornar á dar á nuestro Señor, el recognoscimiento
de gracias por sus beneficios, en lo que primero via de aquella Isla;
y por ver mas la calidad della y tomar lengua de la gente que en ella
vivia; lúnes, 29 de Octubre, alzó las velas y navegó hácia el Poniente
para ir, diz que, á la ciudad donde le parecia que los indios que
consigo llevaba, que estuviese el Rey de aquella tierra, le señalaban.
Fué por la costa abajo, y vido una legua de allí un rio, no tan grande
la entrada como el de arriba, el cual llamó el rio de la Luna. Anduvo
hasta hora de vísperas, y vido otro rio muy más grande que los que
habia visto, segun que los indios por señas le dieron á entender, cerca
del cual vieron buenas poblaciones de casas, y á este puso nombre
rio de Mares; vistos los navíos asomar, dejan todas las gentes sus
casas y pueblo, con todo lo que tenian, y vánse á los montes. Mandó
ir dos barcas y gente con ellas, que llegasen á una poblacion dellas
para tomar lengua de la gente y de la tierra, y, en una dellas, un
indio de los que traia consigo de la isla de los lucayos, Guanahaní,
la primera que descubrió. Hallaron las casas muy más hermosas, de la
forma que se dijo de alfaneques muy grandes, que parecian tiendas en
Real ó ejército, sin concierto de calles, cubiertas de hojas grandes
de palmas muy hermosas, de la manera, salvo que son muy más anchas y
recias, que las que en España llevan palmitos, de dentro muy barridas y
limpias y sus aderezos muy compuestos, maravillosos aparejos de redes
y anzuelos, y para pescar muy aptos instrumentos; creia el Almirante
que aquella gente debia ser toda pescadores, que llevaban el pescado
la tierra adentro, y tambien decia que, por ser las casas mejores que
las que habia visto, que tenia pensamiento que cuanto se llegase más á
la tierra firme se habia de mejorar. Habia más, en las casas, muchas
avecitas silvestres amansadas, perros que nunca ladraban; hallaron,
diz que, muchas estátuas en figura de mujeres, y muchas cabezas muy
bien labradas de palo, no supo si lo tenian por arreo y hermosura de
casa, ó lo adoraban; de ninguna cosa de todas aquellas consintió que
nadie tomase, porque regla y mando general era suyo, que, en parte
que llegasen, ninguna tomasen ni rescatasen cosa, contra voluntad
ni con su voluntad de los indios, sino cuando daba él para rescatar
licencia expresa, porque á los indios algun escándalo ó desabrimiento
no se les causase. De la isla y tierra, dice el Almirante, que era
tan hermosa que no se hartaba de verla, y que halló allí árboles y
fruta de maravilloso sabor. Creia que debia de haber vacas y otros
ganados en ella, porque vido cabezas en hueso que parecian de vaca;
estas debieron de ser de manati, un pescado muy grande, como grandes
terneras, que tiene el cuero sin escama, como el de ballena, y la
cabeza cuasi como de vaca; este pescado es muy más sabroso que ternera,
mayormente cuando son pequeños como terneras pequeñas y en adobo, y
nadie, que no lo cognosca, lo juzgará por pescado sino por carne. Con
el cantar de los pajaritos y muchas aves de dia, y el de los grillos
de noche, diz que, todos los cristianos se alegraban y holgaban. Los
aires sabrosos y dulces, por toda la noche; frio ni calor ninguno,
como en Castilla por Mayo. Por las otras islas y por el camino de
entre ellas, sentian calor; atribuíalo el Almirante, á que eran llanas
todas, y al viento Levante que venteaba y traia. En este rio de Mares,
podian los navíos muy bien voltear para entrar á surgir, el cual tiene
buenas señas y marcas para que atinen los navíos; tiene siete y ocho
brazas de fondo á la boca y dentro cinco. Tenia este rio, de la parte
del Sueste, dos montañas redondas, y de la parte del guesnorueste un
muy hermoso Cabo llano que sale fuera. Este puerto, creo yo que fué
el de Baracoa que puso por nombre Diego Velazquez, el primero que fué
con gente española á poblar la dicha isla de Cuba al puerto de la
Asumpcion, como se dirá, placiendo á Dios, cuando della hablaremos. El
mártes, 30 de Octubre, salió deste puerto y rio de Mares, y, costeando
la costa de la mar abajo, despues de haber andado 15 leguas, vido un
cabo de tierra lleno de palmas, y púsole nombre cabo de Palmas; los
indios que iban en la carabela _Pinta_, que eran de los que tomó en
la primera isla que descubrió, Guanahaní, que nombró Sant Salvador,
dijeron que, detrás de aquel Cabo estaba un rio, y del rio á Cuba, diz
que, habia cuatro jornadas. Decia Martin Alonso, Capitan de la _Pinta_,
que creia que aquella Cuba debia ser ciudad, y que toda aquella tierra
era tierra firme, pues iba tanto al Norte y era tan grande, y que el
Rey de aquella tierra tenia guerra con el Gran Khan, el cual, ellos
llamaban Khamí, é á su tierra ó ciudad Faba, y otros nombres muchos;
todo esto concebia, Martin Alonso, de los dichos indios que llevaba
en su carabela, que no entendia; y es cosa maravillosa como lo que el
hombre mucho desea y asienta una vez con firmeza en su imaginacion
todo lo que oye y vé, ser en su favor á cada paso se le antoja; porque
este Martin Alonso habia visto la carta ó pintura que habia enviado
al Almirante aquel Paulo, físico, florentin, como se dijo arriba en
el capítulo 12, y vía el paraje donde hallaban estas islas, y otras
razones, que tambien habemos ya dicho haber movido razonablemente á que
lo creyese y esperase el Almirante, habíase ya persuadido á lo mismo,
y así, todo lo que por señas los indios le decian, siendo tan distante
como lo es el cielo de la tierra, lo enderezaba y atribuia á lo que
deseaba, que aquella tierra era, ó los reinos del Gran Khan, ó tierras
que confinaban con ellos, como lo entendia y deseaba el Almirante.
Como el Almirante oyó lo que decia Martin Alonso, que conformaba con
lo que él sentia ó entendia de los que llevaba tambien en su nao, de
la su dicha primera isla, confirmóse más su opinion y así determinó
de llegarse al rio que los indios decian estar de la otra parte del
cabo de Palmas, y de enviar, diz que, un presente al Rey de aquella
tierra, y con él la carta de recomendacion de los reyes de Castilla;
para lo cual tenian, diz que, un marinero que habia estado y andado por
Guinea en semejante mensajería, y ciertos de los de la dicha isla de
Guanahaní, que á ir con él y acompañarle se ofrecian, con que despues,
diz que, los tornasen á su isla; y dice aquí el Almirante, que tenia
determinacion de trabajar cuanto le fuese posible por ir á ver al Gran
Khan, el cual pensaba que residia por allí, ó á la ciudad de Cathay,
que es la principal de las suyas, que era grandísima y de grandes
riquezas, la cual traia pintada ó situada en la carta que le envió el
dicho florentin. De aquí estimó el Almirante que toda aquella tierra
no era isla, sino firme, y en la verdad fué la isla de Cuba, y lo que
dijo Martin Alonso que los indios decian, que del susodicho rio á
Cuba habia cuatro jornadas, y que debia ser alguna ciudad, manifiesto
parece cuanto al revés entendian de lo que los indios por señas les
hablaban, porque aquella Cuba no era la isla toda, que así se llama, ni
era ciudad, como Martin Alonso creia, sino una provincia que se llama
Cubanacan, cuasi en medio de Cuba, porque _nacan_ quiere decir, en
la lengua destas islas, medio ó en medio, y así componian este nombre
Cubanacan, de Cuba y nacan, tierra ó provincia que está en medio ó
cuasi en medio de toda la isla de Cuba. Esta provincia, Cubanacan, era
muy rica de minas de oro, como diremos (placiendo á Dios), y como vian
los indios que tanto y tantas veces los cristianos nombraban el oro, y
piaban por oro, señalábanles la provincia de Cubanacan, donde hallarian
las minas de oro que deseaban, ellos entendíanlo muy al revés, y
aplicaban lo que hablaban del Gran Khan, de quien harto perdido el
cuidado tenian; y que fuese aquella que señalaban la dicha provincia
de Cubanacan, parece por esto, conviene á saber, porque considerada la
comarca donde comenzaron á andar por la isla de Cuba, y lo que habian
andado por la costa della hácia abajo, sin duda habia dellos al paraje
de la dicha provincia 40 ó 50 leguas, que serian de las canoas de los
indios cuatro ó cinco jornadas. Hallábase, á su parecer, de la línea
equinoccial, el Almirante, 42°; pero creo que está falsa la letra,
porque no está la isla de Cuba sino[29] grados. Este mártes en toda la
noche, anduvo con los navíos barloventeando, y, siendo de dia, vido un
rio, y no pudieron entrar en él por ser baja la entrada, y, navegando
adelante, vieron un Cabo que salia muy fuera en la mar, cercado de
bajos, donde habia una bahía para estar navíos pequeños, y, no pudiendo
doblar ó encabalgar el dicho promontorio ó Cabo, por ser el viento
Norte y toda la costa se corria al Nornoroeste y Sudueste, y adelante
salíales otro Cabo mucho más, por esta dificultad, y porque el cielo
mostraba querer ventar recio, acordó de dar la vuelta y tornarse al
susodicho rio y puerto de Mares.



CAPÍTULO XLV.

 Tracta como, surto en el puerto de Mares, envió las barcas en
 tierra; no hallaron gente, que era huida.--Invió un indio de los que
 traia.--Dió voces diciendo que la gente que venia era buena gente,
 que no hacia mal á nadie.--Asegúranse todos.--Vienen seguramente
 en los navios.--Nótase la mansedumbre de los indios, y como con
 facilidad fueran traidos á la fe y á buenas costumbres, si por amor
 y mansedumbre fueran tratados y traidos.--Vido el Almirante tener á
 un indio un poco de plata.--Da testimonio el Almirante muchas veces
 de la mansa condicion de los indios.--Tiene á Cuba por tierra firme y
 por los reinos del Gran Khan.--Envió dos cristianos y dos indios la
 tierra dentro, á saber nuevas.--Dijo hallarse 1.142 leguas de la isla
 del Hierro.--Alaba mucho el puerto y la tierra.--Puso los navíos á
 monte.--Entendió de algunos indios que el mucho oro estaba en la isla
 Española.--Halló almástiga, algodon, ajes, batatas y frísoles, etc.


Vuelto al rio y puerto de Mares con los navíos el miércoles, 30 de
Octubre, luego, jueves siguiente, 1.º de Noviembre, salido el sol,
envió el Almirante las barcas en tierra á las casas que por allí
estaban, y hallaron que toda la gente habia huido, y desde á un buen
rato pareció un hombre; mandó el Almirante que lo dejasen asegurar
y que se volviesen las barcas. Despues de comer tornó á enviar las
barcas, y en ellas que fuese uno de los indios que traia consigo de
Guanahaní, el cual, desde léjos, dió voces á los que por allí habia
de Cuba, diciendo que no hobiesen miedo, porque aquella gente que
venia era buena y que no hacian mal á nadie, ántes daba de lo suyo
en muchas islas que habian estado, y que no eran del Gran Khan (aquí
parece tambien cuán poco y nada entendian de los indios, ni los indios
de los cristianos), y desde las barcas se echó á nadar el indio y fué
á tierra, prosiguiendo en sus voces; el cual, salido en tierra, dos
hombres que por allí parecieron lo tomaron de los brazos y llevaron á
una de las casas, y largamente se informaron dél, é como fueron ciertos
que no se les habia de hacer mal alguno, se aseguraron, y luego salió
infinita gente de los montes, y entraron á más andar en sus canoas,
que el Almirante llama almadías, y vinieron á los navíos quince ó
diez y seis, llenas de gente mansísima, con muchos ovillos de algodon
hilado y otras cosillas de las que tenian, de las cuales mandó el
Almirante que no se les recibiese ni tomase alguna, porque supiesen,
diz que, no buscar el Almirante sino oro, á quien ellos llaman nucay;
aunque yo creo que los cristianos no entendian, porque como todas
estas islas hablasen una lengua, la desta isla Española donde llaman
el oro caona, no debian decir los indios nucay. Ansí que, todo aquel
dia se gastó en venir muchos indios á los navíos, y de los navíos los
cristianos salir á tierra, como si muchos años hobieran conversado
los unos con los otros, muy seguramente. Aquí será mucha razon notar,
cómo estas gentes pudieran ser ganadas y traidas para Jesucristo, si
por amor y mansedumbre fueran en los principios tratadas é inducidas,
pues, por sola informacion cuasi súpita, de un otro indio y de otras
islas, que la gente que venia era pacífica y no dañosa ó nociva, con
tanta confianza y seguridad se pusieron en las manos de gente, al
parecer, feroz, y tan extraña y diferente, dellas nunca cognoscida ni
oida. Bien claro y manifiesto está el argumento, y evidente indicio es
de la mansedumbre, simplicidad, bondad y docibilidad natural destas
gentes, y cuán aparejadas estaban por Dios para poderse transplantar
y transformar, de ramos de acebuche silvestres y amargos de la silva
de su gentilidad, en olivas ó vides dulcísimas de su carísima y
preciosísima viña. Tornando á lo que referimos, estaba el Almirante
atentísimo si via en alguno de aquellos hombres algun oro, y no lo
vido; pero dice que vido traer á uno dellos un pedazo de plata labrada,
colgada de la nariz, de donde coligió haber plata en aquella tierra ó
isla. Esta, nunca jamás, en muchos años, allí la sentimos, y podria
ser que la hobiese, porque como los naturales vecinos é indios della
no curasen de los metales generalmente, y si algun oro tenian era
poco, y el que acaso hallaban en los rios, por quel oro es más fácil
de hallar y sacar, por estar comunmente más somero y ménos hondas las
minas dél que las de la plata, por eso mucho ménos, aunque en todas
estas islas hobiese minas de plata, se halló alguna en poder de los
naturales dellas, y en muchos muchas señales de oro; y esta que dice
aquí el Almirante que vido traer á un hombre, podia ser haberla hallado
acaso. Entendieron, de las señas que aquellos indios daban, que ántes
de tres dias vernian muchos mercaderes de la tierra adentro á comprar
de las cosas que traian los cristianos, y que darian nuevas del Rey
de aquella tierra, el cual colegia de sus señas y meneos que estaria
de allí cuatro jornadas, y que ellos habian inviado mensajeros que le
hiciesen saber de la venida del Almirante y de los cristianos. Dice
aquí el Almirante así: «Esta gente es de la misma calidad y costumbres
de los otros hallados, sin ninguna secta que yo cognosca, que hasta
hoy á aquestos que traigo, no he visto hacer ninguna oracion, ántes
dicen la Salve y el Ave María con las manos al cielo como les muestran,
y hacen la señal de la cruz. Toda la lengua tambien es una, y todos
amigos, y creo que sean todas estas islas, y que tengan guerra con el
gran Khan, á quien ellos llaman Cabila, y á la provincia Bafan, y ansí
andan tambien como los otros desnudos.» Estas son sus palabras. Dice
tambien, que por cierto tiene ser aquella tierra firme, y que estaba
ante Zayton, y Quisay (ciertas ciudades ó provincias de la tierra
firme que tenia pintadas en la carta de Paulo, físico, que arriba
se dijo), 100 leguas poco más ó ménos léjos de lo uno y de lo otro;
y dice que bien se mostraba ser así, por la mar, que venia de otra
suerte que hasta entónces habia venido, y ayer que iba al Norueste,
halló que hacia, diz que, frio. Con esta opinion que tenia de que
aquella era tierra firme y reinos del Gran Khan ó confines dellos,
para tener alguna noticia y haber lengua dello, acordó inviar dos
hombres españoles, el uno se llamaba Rodrigo de Xeréz, que vivia en
Ayamonte, y el otro era un Luis de Torres, que habia vivido con el
Adelantado de Múrcia, y habia sido judío y sabia hebráico y caldeo, y
aún, diz que, arábigo. Con estos invió dos indios, uno de los que traia
consigo de Guanahaní, el otro de aquellas casas que estaban en aquel
rio pobladas. Dióles de los rescates, sartas de cuentas y otras cosas
para comprar de comer, si les faltase, y seis dias de término para que
volviesen. Dióles muestra de especería para cognoscerla, si alguna por
el camino topasen. Dióles instruccion cómo habian de preguntar por el
Rey de aquella tierra, y lo que le habian de hablar de parte de los
Reyes de Castilla, como inviaban al Almirante para presentarle sus
cartas y un presente que le inviaban, y para tener noticia de su Estado
y tener amistad con él, y ofrecerle su favor y buenas obras para cada
y cuando dellas se quisiese aprovechar, y para tener certidumbre de
ciertas provincias y puertos y rios de que el Almirante tenia noticia,
y cuanto distaban de allí. Aquí tomó el Almirante el altura con un
cuadrante, este viernes, en la noche, y halló que estaba de la línea
equinoccial 42°; pero esto, como arriba se dijo, es imposible, porque
no está Cuba sino[30] grados, y debia ser falso el cuadrante, ó está
errada la letra por vicio del escribano, como suele muchas veces,
en cosas de grande importancia, acaecer. Dijo tambien que, por su
cuenta, hallaba que habia navegado desde la isla del Hierro hasta allí,
1.142 leguas. Afirma todavía ser aquella isla de Cuba tierra firme,
consideradas las islas y tierra firme que traia pintadas en la carta
de Paulo, físico, de que muchas veces habemos hecho mencion. Sábado,
3 dias de Noviembre, por la mañana, entró el Almirante en la barca
por ver aquel rio, el cual hace á la boca un gran lago, y deste se
constituye un singularísimo puerto muy hondo y limpio de piedras, con
la playa mucho buena y dispuesta para poner navíos á monte, cercado de
abundancia de leña; entró por el rio arriba hasta llegar al agua dulce,
que seria cerca de dos leguas, y subió en un montecillo para descubrir
algo de la tierra; no pudo ver cosa por la muchedumbre de las arboledas
que eran fresquísimas y odoríferas. Decia no tener duda que no hobiese
por allí muchas hierbas y árboles aromáticos; no se le cansaban los
ojos de ver tanta hermosura y lindeza, ni los oidos se le hartaban
de oir los cantos dulcísimos de las aves. Vinieron aquel dia muchas
canoas ó almadías á rescatar cosas de algodon hilado y hamacas (que son
las camas, que arriba en el cap. 42 digimos) á los navíos. Domingo,
de mañana, tornó á saltar en tierra el Almirante á cazar, y vino á
él Martin Alonso Pinzon con dos pedazos de canela, y, diz que, un
portogués que en su carabela traia, vido á un indio que traia manojos
della; mostró el Almirante á los indios de allí, canela y granos de
pimienta de Castilla, preguntándoles, por señas, si en aquella tierra
la habia, respondiéronle que sí, señalando hácia la parte del Sueste;
la pimienta, porque se parece á la pimienta montés de aquestas tierras,
que llaman axí, bien pudieron engañarse diciendo que la habia, pero
la canela, nunca se halló en todas estas islas; mostróles tambien oro
y perlas, y respondieron ciertos viejos, que en un lugar que llamaron
Bohío habia infinito, y que lo traian al cuello, y á las orejas, y en
los brazos y piernas, y tambien perlas. Este bohío quiere decir en su
lengua casa, y por eso es de creer que no entendian los indios decir
sino Hayti, que es esta isla Española donde ellos señalaban que habia
oro, y así no los entendian; como lo que creian entender que, diz que,
habia naos grandes y mercaderías, y que léjos de allí habia hombres de
un ojo, y otros con hocicos de perros que comian los hombres, y que en
tomando alguno, lo degollaban y cortábanle sus instrumentos viriles.
Nunca tales monstruos se vieron en estas tierras, y así parece que
no los entendian, puesto que podian querer significar los que comian
carne humana de algunas islas que llamaban caribes. Dice más aquí el
Almirante: «Esta gente es muy mansa y muy temerosa, desnuda, como
dicho tengo, sin armas y sin ley:» Estas son sus palabras. Dice, de
las labranzas de los indios, que tenian las tierras fértiles, llenas
de mames que son como zanahorias, que tienen sabor como de castañas;
estos son los que llaman ajes, y batatas que son muy sabrosas, de las
cuales se dirá; vido frísoles, que son como atramuces del Andalucía,
puesto que son prietos ó leonados, y aún algunos morados; vido árboles
de algodon que tenian el capullo abierto y el algodon de fuera, y otros
cerrados, y algunos en flor, todo en un árbol, y refiere haber visto
por allí tantas maneras de frutas, que le parecia imposible poderlas
decir, pero creia que debian ser muchas dellas provechosas. Lúnes, 5 de
Noviembre, por la mañana, mandó poner y sacar los navíos á monte, no
juntos, sino cada uno por sí, quedando siempre los dos en el agua por
la seguridad, puesto que dice, que todos se pudieran poner sin temor,
por ser aquella gente tan mansa, segura y pacífica. Viniéronle á pedir
albricias que habian hallado almástiga y prometiólas, y habia, diz que,
por aquella comarca para sacar mill quintales cada año; tomó della
para llevar la muestra á los Reyes. Dijo, diz que, un indio por señas,
que el almástiga era buena para cuando les dolia el estómago: dice de
aquel puerto de Mares, que es de los mejores del mundo, y mejores aires
y mas mansa gente, y que en el cabo de Peña alto, que arriba se dijo,
diz que, se puede hacer una fortaleza, para que si aquello saliese
rico y cosa de interese grande, estarian allí los mercaderes seguros
de cualesquiera otras naciones. Concluye aquí el Almirante diciendo:
«Nuestro Señor, en cuyas manos están todas las victorias, enderezará
todo lo que fuere su servicio.»



CAPÍTULO XLVI.

 En el cual se tracta como tornaron los dos cristianos que habian
 ido la tierra adentro.--De los recibimientos y reverencia que los
 indios les hicieron como á venidos del cielo.--De la mansedumbre y
 bondad natural y simplicidad de los indios.--De los sahumerios que
 por las narices tomaban, que llamaban tabacos.--De las palabras
 del Almirante en loa de los indios, diciendo cuán fácilmente le
 parece que se convertirán.--Determinó de llevar de allí para
 Castilla algunos indios, y como los tomó.--Como fué y hizo en ello
 muy culpable hecho.--Aféase mucho y dánse razones de su fealdad,
 y de como por sola aquella obra mereció que Dios le castigase y
 aparejase muchas adversidades en lo porvenir, aunque tuviese buena
 intencion.--Repítense tambien muchas cosas de la bondad y docilidad
 natural de los indios.


Lúnes, en la noche, tornaron los dos cristianos y los dos indios que
con ellos fueron de la tierra adentro, bien 12 leguas, donde hallaron
una poblacion de hasta cincuenta casas, en la cual, diz que, morarian
mil vecinos, porque les parecia que vivian muchos en una casa; y esto
asaz es clara señal de ser gente humilde, mansa y pacífica. Contaban
estos dos cristianos, que habian sido recibidos en aquel pueblo con
gran solemnidad y regocijo; aposentáronlos en una de las mejores casas
del pueblo, donde concurrian todos, hombres y mujeres, con grande
admiracion y alegría; tocábanles con las manos, besábanles sus manos
y piés, creyendo que venian del cielo, y ansí lo mostraban sentir;
dábanles de comer de todo lo que tenian, liberalísimamente. Así como
llegaron al pueblo, los tomaron por los brazos los más honrados del
pueblo, segun les parecia, y lleváronlos á la casa principal, diéronles
dos sillas en que se asentaron, y todos cuantos cupieron en la casa
se asentaron en cuclillas alrededor dellos; el indio que llevaban de
Guanahaní, les contó la manera de vivir de los cristianos, segun que
habian esperimentado, y cómo no hacian mal á nadie ni tomaban lo ajeno,
ántes daban de lo que traian suyo. Desde á un rato, saliéronse todos
los hombres y entraron todas las mujeres, las cuales se asentaron
alrededor dellos, como habian hecho los hombres, y todas las que
podian los tentaban y palpaban si eran de carne y de hueso como ellos,
y besábanles las manos y los piés, y no les faltaba sino adorarlos;
rogábanles con gran instancia é importunaciones, que se quedasen allí
á vivir con ellos. Mostráronles la canela y pimienta que el Almirante
les habia dado, preguntándoles si la habia por allí, respondieron
que no, mas señalaron que cerca de allí habia mucha hácia el Sueste;
desque vieron que no tenian aparato y grandeza de ciudad determinaron
volverse, y dijeron que, si dieran lugar á los hombres y mujeres, que
con ellos querian venirse, pasaran de más de 500, creyendo que se
venian al cielo; vino, empero, un principal, como señor, y un hijo suyo
y otro con ellos. Recibiólos el Almirante muy graciosamente, hízoles
mucha honra, preguntándoles por más tierras, por señas; señalóle
aquel señor, aquellas mismas, haber por allí muchas islas y tierras.
Quisiérale el Almirante traer á los Reyes, y, creyendo que se estuviera
con él, aquella noche, dice, que, no sabe qué imaginacion le vino,
súpitamente se quiso de noche salir á tierra; el cual, diz que, no se
quiso detener por que tenia la nao en monte, y cierto en detenerlo
harto mal hiciera; dijo que tornaria en la mañana, pero nunca más
tornó, y hízolo como discreto. Hallaron estos dos cristianos por el
camino mucha gente que atravesaban á sus pueblos, mujeres y hombres,
siempre los hombres con un tizon en las manos, y ciertas hierbas para
tomar sus sahumerios, que son unas hierbas secas metidas en una cierta
oja, seca tambien, á manera de mosquete hecho de papel, de los que
hacen los muchachos la pascua del Espíritu Santo, y encendido por la
una parte dél por la otra chupan, ó sorben, ó reciben con el resuello
para adentro aquel humo, con el cual se adormecen las carnes y cuasi
emborracha, y así, diz que, no sienten el cansancio. Estos mosquetes,
ó como los llamaremos, llaman ellos tabacos. Españoles cognoscí yo
en esta isla Española, que los acostumbraron á tomar, que, siendo
reprendidos por ello, diciéndoles que aquello era vicio, respondian
que no era en su mano dejarlos de tomar; no se qué sabor ó provecho
hallaban en ellos. Toda la gente que topaban estos dos cristianos,
en viéndolos se ponian en grande admiracion, y los hacian el mismo
acatamiento; hallaban muchos pueblos chiquitos de cuatro y cinco casas.
Vieron mucha diversidad de árboles, hierbas y flores odoríferas, aves
muchas, de diversas especies, desemejables de las de España, pero
hallaron perdices naturales de las de España, salvo que son mucho más
chicas, y cuasi no tienen otra cosa de comer sino las pechugas. Vieron
tambien ansares muchas, y naturales ruiseñores que muy dulcemente
cantaban; y es bien de considerar, que haya tierra en que por el mes
de Noviembre los ruiseñores canten. Es aquí de saber, que en todas
estas islas no hay perdices ni grullas, sino en sólo aquella isla
de Cuba; las ansares comunes son á todas estas tierras. Bestias de
cuatro piés, diz que, no vieron, sino de los perros que no ladraban,
puesto que hay unos animalicos poco ménos grandes que unos perrillos
blanquetes que tienen cuatro piés, tan buenos y mejores de comer que
conejos y liebres, los cuales los indios llamaban guaminiquinajes. De
la fertilidad de la tierra contaban maravillas, y que toda la hallaban
llena de labranzas de aquellos ajes, y tambien debia de ser de la yuca,
de que hacian el pan que llamaban cazabí, salvo que no la cognoscian.
De los frísoles ó atramuces que digimos ó habas, y del grano que llaman
los indios maíz, que ellos llamaban panizo, hallaban mucha cantidad.
Algodon infinito, sembrado, cogido y hilado, y tambien tejido ó obrado;
dijeron que habian visto en una sola casa más de quinientas arrobas,
y que se podria haber cada año cuatro mil quintales. Añido yo, que
pudieran cogerse veinte mil quintales si los cristianos quisieran
tener grangerías por él, pero como siempre pretendieron ricos metales,
muchos, ni alcanzaron lo uno ni lo otro. Por un cabo de agujeta,
daban de algodon los indios una gran canasta. Dice aquí el Almirante
aquestas palabras: «Son gentes muy sin mal, ni de guerra; desnudos
todos, hombres y mujeres, como su madre los parió, verdad es que las
mujeres traen una cosa de algodon, solamente tan grande, que les cubre
su natura y no más, y son ellas de muy buen acatamiento, ni muy negras
salvo ménos que Canarias. Tengo por dicho, serenísimos Príncipes, que
sabiendo la lengua dispuesta suya personas devotas, religiosas, que
luego todos se tornarian cristianos, y así espero en nuestro Señor,
que Vuestras Altezas se determinarán á ello con mucha diligencia, para
tornar á la Iglesia tan grandes pueblos, y los convertirán, así como
han destruido aquellos que no quisieron confesar el Padre y el Hijo y
el Espíritu Sancto; y despues de sus dias (que todos somos mortales),
dejarán sus reinos en muy tranquilo estado, y limpios de la herejía
y maldad, y serán tambien recibidos delante el eterno Criador, al
cual plega de les dar larga vida, y acrecentamiento grande de mayores
reinos y señoríos, y voluntad y dispusicion para acrecentar la sancta
religion cristiana, ansí como hasta aquí tienen fecho. Amen.» Estas
son palabras formales del almirante D. Cristóbal Colon. Sacaron la nao
de monte, y quisiérase partir el jueves, é ir al Sueste á buscar el
oro y especerías que creia hallar por allí, é descubrir más tierras,
pero por que le hizo los vientos contrarios, no pudo partirse de allí
hasta lúnes, 12 dias de Noviembre. Estando aquí en este rio y puerto
de Mares, pareció al Almirante que debia llevar á Castilla, desta isla
de Cuba, ó tierra firme, segun él ya estimaba, algunos indios para que
aprendiesen la lengua de Castilla y saber dellos los secretos de la
tierra, y para instruirlos en las cosas de la fe, y por tanto, viniendo
una canoa ó almadía, como él la nombra, con su confianza y seguridad
que ya concebida de la justicia y fidelidad ó bondad de los cristianos
todos los indios tenian, y llegándose al borde de la nao para rescatar
de su algodon ó cosillas, ó á ver la nao y los cristianos, ó á
traerles, quizás, de sus cosas, como lo hacian, de seis mancebos que
en ella venian, los cinco que se entraron en la nao (porque el otro
entró en la canoa), los hizo detener contra su voluntad, para llevar
consigo en Castilla. Cosa cierto, que ántes debiera padecer cualquiera
trabajo y peligro que hacerla, porque, en la verdad, no fué otra
cosa que violar tácita ó interpretativamente las reglas del derecho
natural y derecho de las gentes, que dictan y tienen, que al que simple
y confiadamente viene á contratar con otros, mayormente habiéndose
ya confiado los unos de los otros y tratado amigablemente, lo dejen
tornarse á su casa, sin daño de su persona ni de sus bienes, libre y
desembargadamente. Agravia este hecho, haberlos recibido en su tierra
y en sus casas con tantas cerimonias y regocijos, adorándolos como á
cosas divinas venidas del cielo, segun ha parecido. ¿Qué sintiera el
Almirante si los dos cristianos que envió la tierra adentro, por fuerza
los detuvieran, ó en qué crímen creyera que habian incurrido? Cierto,
bien juzgara que, por recobrar sus dos cristianos, les pudiera hacer
justa guerra; pues como las leyes y reglas naturales y del derecho de
las gentes, sean comunes á todas las naciones, cristianos y gentiles, y
de cualquiera secta, ley, estado, color y condicion que sean, sin una
ni ninguna diferencia, la misma justicia tenian y tuvieron los vecinos
de aquella isla contra el Almirante y sus cristianos, por recuperacion
de sus convecinos y compatriotas, moverles justa guerra; y añide mucho
á la fealdad deste hecho, darse causa de perder los cristianos tanta
auctoridad, como de su bondad y rectitud, y mansedumbre los indios
habian concebido, y tanto crédito; y no lo excusa el buen fin que tuvo
el Almirante, cuanto bueno y provechoso para despues quiera que fuese,
porque nunca hemos de hacer cosa mala, por chica y mínima que sea, para
que por ella ó della haya de salir, ó hayamos de sacar, inextimables
bienes. Así lo afirma San Pablo, _Ad Rom. 2. Non sunt facienda mala
ut bona eveniant_. Y porque nunca suelen los hombres caer en un sólo
yerro, ni un pecado se suele sólo cometer, ántes suele ser mayor el
que despues sobreviene, así acaeció al Almirante, que, queriendo
perfeccionar su propósito, envió una barca con ciertos marineros á una
casa que estaba de la parte del rio, al Poniente, y tomaron y trujeron
siete mujeres, entre chicas y grandes, con tres niños. Esto dice él
que lo hizo, porque mejor se comportan los hombres en España habiendo
mujeres de su tierra, que sin ellas; porque ya otras veces muchas se
acaeció traer hombres de Guinea en Portugal, y despues que volvian y
pensaban de se aprovechar dellos en su tierra, por la buena compañía
que les habian hecho, y dádivas que les habian dado, en llegando en
tierra jamás parecian. Ansí que teniendo sus mujeres, ternán gana
de negociar lo que se les encargare, y tambien estas mujeres mucho
enseñarán á las nuestras su lengua, la cual es toda una en todas
estas islas de Indias, y todos se entienden, y todas las andan con
sus almadías, lo que no hacen en Guinea, donde hay mil maneras de
lenguas, que la una no entiende á la otra. Todas estas son palabras
formales del Almirante. Gentil excusa ha dado para colorar ó justificar
obra tan nefaria. Pudiérasele preguntar, ¿que si fué pecado y qué tan
grave, quitar ó hurtar ó robar con violencia las mujeres que tenian sus
propios maridos, pues el matrimonio es de derecho natural, y es rato,
y cuanto al oficio de la naturaleza es comun así á los infieles como á
los fieles? Item, ¿quién habia de dar á Dios cuenta de los pecados de
adulterio que cometieron los indios que llevó consigo, á quien dió por
mujeres aquellas mujeres, y si quizá se añidió alguno de incesto, que
es mayor que el adulterio si por caso eran muy propincuos parientes?
¿Y los que cometerian tambien de adulterio los maridos de aquellas,
casándose no pudiendo, prohibiéndolo la ley natural, con otras mujeres?
Ciertamente, inconsideradamente se hobo aquí el Almirante, aunque en
otras cosas era prudente. Muchos son prudentes, y fueron en el mundo en
lo que toca á las cosas humanas y temporales, pero faltan muchas veces
y en muchos actos, cuanto á la rectitud de la razonable y cristiana
prudencia. Por sola esta injusticia, y no razonable ántes muy culpable
obra, sin que otra ninguna el Almirante hiciera, podia bien cognoscer
ser merecedor, ante Dios, de las tribulaciones y angustias en que
despues toda su vida padeció, y que muchas más le diera; porque muy
diferentes son los juicios de los hombres y la estimacion y tasacion
que hacemos de los grados y quilates de los pecados, al que juzga y
tasa Dios, que lo lleva y determina por muy delgado. Un pecado nos
parece acá que no es nada, ó que no perjudica tanto, por nuestra
ceguedad ó costumbre, ó facilidad de pecarlo, ó tambien por el bien
que procede algunas veces dél, pero, delante de Dios, es juzgado por
muy grave y muy pesado, cuya consideracion, si la alcanzásemos, nos
haria temblar las carnes. Y no se debe lisonjear ni engañar nadie
confiando, que, por los bienes que salen algunas veces de los pecados,
sean excusados, por que aquellos bienes no salen de la maldad humana,
que de sí no es apta para que della salga bien alguno, sino sóla y
precisamente del abismo y profundidad de la bondad y providencia
divina, la cual no permitiria que algun mal ni pecado se perpetrase,
si, ántes quel pecador lo cometa ni piense, no tuviese ordenado el
bien, ó de su justicia ó de su misericordia, que ha de sacar dél; y
así no quedará sin su debida pena el que lo comete, puesto, que sean
muchos y grandes los bienes que dél procedan ó puedan proceder. Despues
la noche que se partió deste puerto de Mares, vino una canoa al bordo
de la nao del Almirante con un hombre de hasta cuarenta y cinco años
en ella, marido de una de las mujeres que allí habian tomado, y padre
de los tres niños, un muchacho y dos hembras, y rogó que, pues le
llevaban á su mujer y sus hijos, le llevasen á él tambien con ellos.
El Almirante, dice, que le plugó de ello, y yo así lo creo, y tambien
tengo por cierto que quisiera más el indio que le dieran su mujer
y hijos y quedarse con ellos en su tierra, que no desterrarse y ir
á morir á la ajena. Torna el Almirante aquí á repetir de la bondad
natural de los indios de aquella isla, diciendo así: «Yo ví ó conozco
que esta gente no tiene secta ninguna, ni son idólatras, salvo muy
mansos, y sin saber qué sea mal, ni matar á otros, ni prender, y sin
armas, y tan temerosos, que á una persona de los nuestros fuyen ciento
dellos, aunque burlen con ellos, y crédulos y cognoscedores que hay
Dios en el cielo, é firmes que nosotros habemos venido del cielo, y muy
prestos á qualquiera oracion que nos les digamos que digan, y hacer el
señal de la cruz. Así que deben Vuestras Altezas determinarse á los
hacer cristianos, que creo que, si comienzan, en poco tiempo acabarán
de los haber convertido á nuestra sancta fe multidumbre de pueblos, y
cobrado grandes señoríos y riquezas, y todos sus pueblos de España,
porque sin duda es en estas tierras grandísima suma de oro, que no sin
causa dicen estos indios que yo traigo, que há en estas Indias lugares
adonde caban el oro, y lo traen al pescuezo, á las orejas, y á los
brazos é á las piernas, y son manillas muy gruesas, y tambien piedras,
y há perlas preciosas, y infinita especería; etc.» Estas todas son
palabras formales del Almirante. Dijo tambien que habia en aquel puerto
de Mares grandísima cantidad de almástiga, y mayor, diz que, la habria,
si mayor se quisiese hacer, porque los mismos árboles, plantándolos,
prenden de ligero, y hay muchos y muy grandes y tienen la oja como
lantisco y el fruto, salvo que es mayor el árbol, como dice Plinio,
y él habia visto en la isla de Xió, en el archipiélago, en el tiempo
que allí estuvo, donde sacaban de provecho della 50.000 ducados, si
bien se acordaba. Esto que dice que los mismos árboles plantándolos
prenden de ligero, dice cierto verdad, porque todos, cualesquiera
árboles y ramas prenden hincándolos en la tierra, y mucho más el de la
almástiga; pero no se yo como lo pudo él experimentar en cuatro ó cinco
dias, ó diez, que anduvo por allí, é no todos estuvo en un lugar. Dice
asimismo, poderse haber grande suma de algodon en aquella isla ó tierra
de Cuba, y que cree que se vendería muy bien por acá, y en las grandes
ciudades del Gran Khan que se descubririan sin duda, y otras muchas de
otros señores que habrian en dicha servir á los reyes de Castilla, sin
llevarlo á España.



CAPÍTULO XLVII.

 De como tuvo el Almirante relacion de cierta tierra riquísima de
 oro, hácia el Levante.--Por esto y por otras causas dió la vuelta
 hácia el Levante.--Descubrió maravillosos rios y puertos con muchas
 poblaciones.--Halló una mar de islas dignas de admiracion.--Vido
 las sierras de la isla Española.--Halló almástiga y lignaloe.--Vido
 cañas.--Vido pescados y animales diversos.--Halló piedras con
 manchas doradas, otras que parecian de minas de plata, otras de
 hierro.--Apartóse de su compañía y obediencia, con su carabela, Martin
 Alonso Pinzon.


Estando en este rio de Mares, tuvo el Almirante relacion (segun al
ménos él creyó que entendia), que habia una isla ó tierra hácia la
parte de Levante, que llamaban Babeque, y otra que decian Bohío, y
ésta creyó que era esta isla Española, donde la gente della, diz que,
cogia el oro de noche con candelas en la playa, y despues con martillo
hacian vergas dello; y bien parece cuanta diligencia y afeccion ponian
en preguntar por el oro, pues los indios, sintiéndosela, ó les mentian
y querian alejarlos de su tierra, ó el Almirante no los entendia, así
que, por esta causa, y tambien porque hacia, diz que, algun frio,
por lo cual sentia no serle buen consejo en invierno navegar para
descubrir al Norte, acordó dar desde este rio y puerto de Mares la
vuelta con los navíos todos tres al leste ó Levante, donde los indios
le señalaban estar situada la tierra de Babeque; y esto es cierto,
que á dos dias que navegara por aquel rumbo del Norte, que rehuyó por
ser invierno, descubriera la tierra firme que agora llamamos Florida.
Y parece quitarle Dios aquel camino para que más presto hallase esta
isla Española, que creo es la princesa de las islas; con la cual le
apartó Dios harto mayores trabajos, y dilacion de tiempo, y que no
volviera con tan largas señales de oro á Castilla como volvió della.
Con el susodicho intento, lúnes, 12 dias de Noviembre, al rendir del
cuarto del alba, mandó alzar sus anclas á todos los navíos y tender
sus velas, poniendo las proas al leste, cuarta del Sueste. Despues de
haber andado 8 leguas por la costa adelante, halló un rio, y dende,
andadas otras 4 leguas, descubrió otro que parecia muy caudaloso y
mayor que ninguno de los que hasta entónces descubierto habia. No se
quiso detener ni entrar en alguno dellos, por dos respectos, segun
él mismo dice; el uno y principal, porque el tiempo y viento era
bueno para ir en demanda de la dicha tierra Babeque; lo otro, porque
si en él hobiera alguna populosa ó señalada ciudad cerca de la mar,
se pareciera, y lo tercero, porque, para ir por el rio arriba, eran
menester navíos pequeños, los que él no tenia, y así perdiera mucho
tiempo, porque descubrir los semejantes rios es negocio de por sí. Dice
que toda aquella costa vido que era poblada, mayormente cerca del rio,
al cual puso por nombre rio del Sol. Navegó este lúnes, hasta el sol
puesto, 18 leguas al leste, cuarta al Sueste, hasta un Cabo á quien
puso nombre el cabo de Cuba. Este cabo segun lo que he colegido de
toda esta su navegacion, cuanto anduvo abajo por la costa ó ribera de
Cuba, y lo que despues, cuando la vuelta hácia arriba dió, y por lo que
veo en el padron ó padrones que entónces pintaba el Almirante por sus
manos, que tengo en mi poder, es el Cabo que agora llamamos la punta
de Mayçí, el cual está de Barocoa, ó puerto al cual puso el Almirante
rio y puerto de Mares[31] leguas. Toda esta noche estuvo á la corda,
como dicen los marineros, que es no dejar hinchir las velas de viento
para no andar nada, que lo saben y pueden hacer aún teniendo las velas
en alto, y esto hacia por esperar el dia para ver un abra ó abertura
de sierras, como entre sierra y sierra, la cual comenzó á ver al poner
del sol, adonde se mostraban dos grandísimas montañas, y parecia que se
apartaba la tierra de Cuba de la del Bohío, segun le daban á entender
por señas los indios que llevaba, y por la estimacion del Almirante
debia ser esta isla Española, la cual debian de ver desde allí;
pero yo creo, que no eran sino las sierras de Bayatiquiri, que es el
cabo postrero de toda Cuba, porque aún estaban muy léjos para ver la
sierra desta Española. Así que venido el dia, mártes, 13 de Noviembre,
de mañana, volvió las velas sobre la tierra y pasó una punta que le
pareció anoche obra de 2 leguas, y entró en un grande golfo, 5 leguas
al Sursudueste, y le quedaban otras 5 para llegar al cabo, adonde, en
medio de dos grandes montes ó sierras, hacia un degollado, el cual no
pudo determinar si era entrada de mar; y por que su propósito era ir á
la isla de Babeque, donde los indios le decian que habia mucho oro, y
estaban della, hoy mártes, diz que, tres jornadas (débese de entender
jornadas de canoas que andaban 7 y 8 leguas cada dia), y porque no via
alguna grande poblacion, y el viento arreciaba mucho más que hasta
entónces habian visto, hízose á la mar, apartándose de la costa que
iba siempre cerca, mirando lo que habia, y navegó al leste con viento
Norte, andando 8 millas por hora, que son 2 leguas: y así anduvo, desde
las diez del dia que comenzó aquella derrota hasta el poner del sol,
56 millas, que son 14 leguas desde el cabo de Cuba, no el postrero de
la isla, sino al que puso el cabo de Cuba, que dije agora nombrarse la
punta de Mayçí. Parecióle que descubria con la vista las sierras de
Bohío, que le quedaban de sotaviento, y que habria del Cabo del dicho
golfo, 80 millas, que son 20 leguas; barloventeó esta noche, y por
inconvenientes que via, por no tornar atras, determinó de se llegar
á la tierra, y vido muchos rios y puertos, pero no con muy claras
entradas, y al cabo de haber andado así 64 millas, que son 16 leguas,
halló una entrada honda, y ancha un cuarto de milla, donde entró y
vido tantas islas, que no las pudo contar, todas de buena grandeza y
altísimas, llenas de diversidad de árboles de mil maneras, y de palmas
infinitas. Maravillóse sobre manera en ver tantas islas y tan altas,
y certifica á los Reyes, que las montañas que desde antier ha visto
por esta costa de Cuba, y las destas islas, le parece que no las hay
más altas en el mundo ni tan hermosas y claras, sin niebla ni nieve,
y al pié dellas grandísimo fondo, y dice, que cree que estas islas
son aquellas innumerables, que en los mapamundos en fin de Oriente se
ponen. Dice más, que creia que habia grandísimas riquezas, y piedras
preciosas, y especeria en ellas, y que duran muy mucho al Sur, y se
ensanchan á toda parte. Púsoles nombre, la Mar de Nuestra Señora, y al
puerto, que está cerca de la boca de la entrada dellas, puso nombre
Puerto del Príncipe; en el cual no entró, mas de verle desde fuera,
hasta otra vuelta que dió el sábado de la semana venidera, como allí
parecerá. Dice tantas y tales cosas de la hermosura, fertilidad y
altura destas islas, que halló en este puerto, que afirma á los Reyes,
que no se maravillen porque las encarezca tanto, porque les certifica,
que cree no encarecer la centésima parte. Algunas dellas, que parecia
llegar al cielo y hechas como puntas de diamantes; otras que, sobre su
gran altura, encima tienen como una mesa, y al pié dellas grandísimo
fondo, que podia llegar á ellas una muy grande carraca, llenas todas
de arboledas como unas graciosísimas florestas, y sin peñas. Acordó de
andarlas con las barcas de los navíos; dice maravillas dellas. Halló
almástiga é infinito lignaloe; algunas dellas estaban labradas y con
las heredades de las que los indios hacen su pan, y las otras raíces
que comen. Halló en algunas encendido fuego, y no gente, por lo cual,
parece que huyó la gente viendo los navíos, estimando, quizá, que eran
grandes animales que salian de la mar; en otras vieron gente, y como
se iban á esconder á los montes. El hondo que hallaba en todas las que
anduvo era 15 y 16 brazas, y todo bajo era basa, que quiere decir, que
el suelo es todo arena limpia de peñas, que es lo que mucho desean los
marineros, porque las peñas cortan los cables con que se amarran las
anclas. Y por que donde quiera que entraba de nuevo, como arriba se
dijo, ponia una cruz grande. Saliendo, viernes, 16 de Noviembre, con la
barca en tierra, fué á una boca de aquellos puertos, y en una punta de
la tierra halló dos maderos muy grandes, uno más largo que otro, y el
uno sobre el otro hechos cruz, los cuales, segun dice, no los pudiera
poner mejor proporcionados un carpintero; y, adorada aquella cruz,
mandó hacer de los mismos maderos una muy grande y alta cruz, la cual
hizo poner en un lugar muy eminente, no aquel dia, sino el domingo.
Vido cañas por aquella playa, creyó que salian de algun rio, y tenia
razon. Entró con la barca en una cala (que es un rincon angosto que
hace dentro de la tierra el agua de la mar), donde hacia un alto de
piedra y peña como Cabo, y al pié dél habia tanto fondo que la mayor
carraca del mundo, diz que, pudiera poner el bordo en tierra, y habia
un lugar donde podian estar seis navíos sin anclas como en una sala.
Parecióle que se podia hacer allí una fortaleza, á poca costa, si en
algun tiempo en aquella mar de islas resultase algun rescate famoso.
Hizo buscar por allí, si habia nácaras, que son las ostias en que nacen
las perlas, y hallaron, diz que, muchas, sin perlas, y echábalo á que
no debia ser tiempo dellas, el cual creia ser Mayo y Junio. Pescando
los marineros con redes, tomaron un pece, entre otros muchos, que
parecia propio puerco, no como tonina, y era todo concha muy tiesta y
que no tenia cosa blanda sino la cola y los ojos, y un agujero debajo
della para expeler sus superfluidades; mandólo salar para llevarlo á
los Reyes. Hallaron los marineros, diz que, un animal que parecia taso
ó taxo, no dice si en la mar ó en la tierra. Sábado, de mañana, 17 de
Noviembre, saltó en la barca y fué á ver las islas, que no habia visto,
de la banda ó parte del Sudueste, las cuales vido ser muy graciosas y
muy fértiles, y entremedio dellas halló gran fondo. Dividian algunas
dellas arroyos de agua dulce, y que creia que salian de algunas fuentes
que habia en las cumbres de las sierras. Pasando adelante halló una
ribera de agua muy dulce y muy fria, y por lo enjuto della, habia un
prado muy lindo y palmas altísimas. Vido nueces grandes, y ratones
grandes como de la India; estos eran los guaminiquinajes, que arriba en
el cap. 46 digimos, que eran unos animales como perrillos muy buenos
de comer, que habia muchos sólo en aquella isla de Cuba. Aves vido
muchas, y olor vehemente de almizque, y creo que lo debia de haber
allí. En este dia, de los seis mancebos que tomó en el rio de Mares,
y mandó que fuesen en la carabela _Niña_, se huyeron los dos mayores
de edad. Domingo, 18 de Noviembre, salió en tierra con las barcas y
mucha gente, y fué con gran alegría á poner la cruz, muy grande, que
mandó hacer de los dos grandes maderos, á la boca del dicho puerto del
Príncipe, en un lugar descubierto y vistoso, puesta muy alta y muy
hermosa vista. La mar, diz que, crece y descrece allí mucho más que en
otro puerto de los que por allí habia visto, achacábalo á las muchas
islas; y la marea era al revés de las de Castilla. Esto cognoscia,
porque allí era baja mar estando la luna al Sudueste, cuarta del Sur.
Partió de aquel puerto el lúnes, 19 de Noviembre, ántes del sol salido,
con calma, despues hízole viento contrario leste, porque al leste habia
él de ir, y fué al Nornordeste; apartóse del puerto del Príncipe donde
habia salido, 7 leguas; vido, diz que, de allí la isla de Babeque, y
estaria della 60 millas, que son 15 leguas. Yo creo que esta isla ó
tierra del Babeque debia ser, ó esta isla Española, ó alguna provincia
ó parte della, y que la debian nombrar los indios por aquel nombre,
porque nunca esta despues pareció, pues nunca hace más el Almirante
mencion della, hallada esta Española. Con vientos contrarios, no pudo
ir su camino, por lo cual determinó de se volver al dicho puerto del
Príncipe, de donde habia ya salido, que estaba ya dél 25 leguas, y
aúnque estaba de la isla Isabela 12 leguas, dijo, que no quiso ir allá,
porque no se le fuesen los indios que habia tomado en Sant Salvador,
que estaba della 8 leguas, los cuales, diz que, tenian entendido,
que en hallando oro el Almirante los habia de dejar ir á su tierra.
Finalmente, anduvo con mucho trabajo por la variedad de los vientos, y
no pudo tornar al dicho puerto del Príncipe hasta el sábado, despues
de hora de tercia. El miércoles se halló el Almirante 42° desviado de
la línea equinoccial como en el rio de Mares; pero esto es imposible,
como allí se dijo, y al mismo Almirante parecia que no debia de estar
tanto, porque, dice aquí, que tiene suspenso el cuadrante hasta llegar
á tierra que lo adobe. Dice que hacia calor por allí, del cual argüia
que debia de haber por aquellas tierras mucho oro. Miércoles, en la
noche, 21 de Noviembre, ántes que tomase la tierra y el puerto del
Príncipe otra vez, como pretendia, se le fué Martin Alonso Pinzon con
la carabela _Pinta_, de la que venia por Capitan, sin su licencia y
contra su obediencia, ciego de codicia, y, quizá, lleno primero de
soberbia, porque un indio de los que habia el Almirante mandado poner
en aquella carabela, diz que, le habia certificado ó prometido de
llevarle á cierta isla ó tierra donde hobiese mucho oro; y aquí dice
el Almirante: «Otras muchas me ha hecho y dicho.» Llevó el camino
del leste hácia donde creian estar la tierra de Babeque, el cual iba
á vista del Almirante, hasta que el jueves, en la noche, como fuese
en la carabela que era más velera que todas, del todo desapareció,
puesto que el Almirante hizo tomar algunas de sus velas y tener farol
ó lumbre toda la noche, y señales para que arribase sobre él; pero
él no curó sino irse. El viernes, ántes que tomase la tierra, vido
un Cabo de tierra hácia el leste ó Levante, á la cual señalaban los
indios llamarse Bohío, y creemos que era esta isla Española, y que
habia, diz que, en ella gente que tenia en la frente un ojo, y otros
que llamaban caníbales, á quien mostraban tener gran miedo, y desque
vieron que llevaba camino de acá, diz que, no podian hablar porque los
comian, y significaban que era gente muy armada. De donde parece, que
ninguna ó cuasi ninguna cosa les entendian, porque, en esta isla, ni
nunca hobo gente de un ojo, ni caníbales que comiesen los hombres, y
tampoco tuvieron más ni mejores armas que los que hasta entónces el
Almirante habia visto; y así, dice aquí él, que creia que habia algo
dello, pero no todo, y que si eran armados, serian gente de razon, y
que el temor que tenian debia ser porque habrian captivado algunos,
y, porque no volvian en sus tierras, estimaban que los habian comido,
y lo mismo creian (segun dice aquí el Almirante), de los cristianos y
dél, al principio que los vieron, que comian los hombres, hasta que
juzgaron, pues no los hacian mal, haber descendido de los cielos.
Así que, sábado, 24 de Noviembre, hobo de tomar tierra, y entró en
un puerto junto á par del Príncipe, en que cabrian todas las naos de
España, y podrian estar seguras de todos los vientos sin amarras ni
anclas. A este puerto puso de Sancta Catalina, por ser aquel sábado su
víspera. Este puerto, diz que, estaba junto á la boca de la entrada de
las muchas islas, que llamó Mar de Nuestra Señora, la barra ó entrada
dél tenia seis brazas y hasta veinte, y limpio; vieron en él un rio
podoroso y de más agua que hasta allí habian visto, el agua dulce dél
se bebia junto á la mar, á la entrada tenia un banco pero dentro era
muy hondo, de ocho y nueve brazas; estaba lleno de palmas y de grandes
arboledas. Domingo, ántes del sol salido, fué con la barca y anduvo por
cerca de un Cabo, que hacia la tierra; vido un rio y en él unas piedras
relucientes con unas manchas de color de oro, y mandó cojer dellas para
llevar á los Reyes. Estas debian ser piedras de margasita, que parecian
de oro dentro de los rios, y hay mucha por los rios destas islas.
De allí dieron voces los marineros, que vian pinos de maravillosa
grandeza, derechos como husos, donde cognosció poderse hacer navíos é
infinita tablazon, por los muchos robles que tambien habia, y donde
se pudiesen hacer sierras de agua. Entró en una cala ó rincon que
hacia la mar, y vido un puerto que cabrian cient naos sin amarras y
anclas, y dice que el puerto era tal, que los ojos parece que otro tal
nunca vieron; las sierras, altísimas, todas de pinales, de las cuales
descendian muchas aguas lindísimas, y florestas graciosas y muchos
árboles de madroños, la tierra y los aires, diz que, más templados que
hasta allí, por la altura y hermosura de las sierras. Hallaron por la
playa piedras que parecian de hierro, y otras que algunos juzgaban ser
de minas de plata. Encarece todo aquesto en grande manera, protestando
que no dice la centésima parte, y dando gracias á Dios porque le plugo
de le mostrar siempre una cosa mejor que otra en todo lo que descubria
cada dia, yendo de bien en mejor, así en las tierras y arboledas, y
hierbas y frutas, y flores, como en las gentes, puertos y aguas,
y finalmente, dice, que si á los que lo vian era causa de tan gran
admiracion, ¡qué podrá causar á los que estas maravillas oyeren! y
afirma, que nadie, si no lo ve, lo podrá creer.



CAPÍTULO XLVIII.

 En el cual se contiene como el Almirante salió del puerto de Sancta
 Catalina y fué descubriendo por la costa arriba.--Vido muchos y
 maravillosos rios y puertos, unos mejores que otros, y tierras
 fertilísimas y temperatísimas.--Da testimonio de la bondad y docilidad
 de los indios.--Confiesa quel fin de su descubrimiento es la gloria y
 ampliacion de la religion cristiana.--Hallaron poblaciones y un pan de
 cera.--Dícese que aquella cera vino de Yucatan.--Cuenta el auctor que
 halló él otro pan de cera en aquella isla el año de 1514.--Hallaron
 tambien unas cabezas de hombres, antiguas, guardadas en un cestillo, y
 lo que dice el Almirante cerca desto.


Lúnes, 26 de Noviembre, mandó alzar las anclas y dar las velas, y
salió de aquel puerto de Sancta Catalina, y navegó de luengo de costa
y cerca de tierra, por ver mejor lo que habia, la via del Sueste, y
vido algunos cabos de tierra, y á uno puso nombre cabo del Pico, y
á otro cabo de Campana; y andaria este dia 8 leguas, dentro de las
cuales notó y marcó nueve señalados puertos, de los cuales todos los
marineros hacian maravillas, y cinco rios grandes; detras del cabo
del Pico están dos isletas, que terná cada una obra de dos leguas en
cerco, y dentro dellas tres maravillosos puertos y dos grandes rios.
Toda la tierra es montañas altísimas muy hermosas, no secas ni de
peñas, sino todas andables, verdes pinales, y valles hermosísimos de
árboles altos y frescos, que era gloria mirarlos, segun el Almirante
dice, y así yo lo creo más que él encarecerlo puede: todo esto es por
la costa del Norte de la isla de Cuba. No vido poblacion alguna, puesto
que creia que dentro de la tierra las habia, porque, donde quiera que
saltaban en tierra, hallaban fuegos y señales de haber gente; así le
pareció que habia visto hácia el Sueste la tierra que llamaban los
indios Bohío, que es esta isla Española, puesto que en el nombre,
no creo que los entendia, como fué dicho. Al poner del sol llegó
cerca del cabo de Campana; no quiso tomar tierra, diz que, porque
era tanta la deletacion que de ver aquellas tan frescas y hermosas
tierras rescibia, que lo hacia retardar en el camino y estorbábase de
lo que pretendia. Mártes, vido una grande bahía y al pié del cabo de
Campana halló un admirable puerto y un gran rio, y de allí á un cuarto
de legua otro rio, y de allí á otra media legua otro rio, y dende á
otra media legua otro rio, y dende á otra legua otro rio, y desde á
otro cuarto, otro rio, y desde á otra legua otro rio grande, desde el
cual hasta el cabo de Campana, habria 20 millas, que son 5 leguas,
y quedábanle al Sueste; los más de todos estos rios tenian grandes
entradas, y anchas y limpias, con sus puertos maravillosos para naos
grandísimas, sin bancos de arena, ni de piedra, ni restringas. Viniendo
así por la costa, á la parte del Sueste del postrero rio, halló una
grande poblacion, la mayor que hasta entónces habia hallado, y vido
venir á la ribera de la mar infinita gente, dando grandes voces, todos
desnudos, con sus azagayas en las manos. Con propósito de hablar con
ellos, mandó amainar las velas y surgir; envió las barcas á tierra,
ordenados de manera que ni hiciesen mal á los indios ni lo rescibiesen
dellos, mandándoles que les diesen de los rescates; los indios hicieron
ademanes de no los dejar saltar en tierra, pero, viendo que las barcas
se allegaban y que no les habian miedo, se apartaron de la playa.
Creyendo que saliendo dos ó tres cristianos no temieran, fueron tres
diciéndoles en su lengua, que no hobiesen miedo (porque, diz que, ya
sabian algunos vocablos della, por la conversacion de los que consigo
de las otras islas traian), pero no aprovechó nada, porque todos
dieron á huir. Fueron los tres cristianos á las casas, y no hallaron
persona ni cosa suya en ellas, volviéronse á los navíos y alzaron
luego velas, y era medio dia, martes, 27 de Noviembre. Guiaron hácia
un Cabo hermoso que les quedaba al leste, que distaria 8 leguas, y,
habiendo andado media legua de donde salieron, vido el Almirante, á
la parte del Sur, un puerto singularísimo, y de la parte del Sueste
unas tierras hermosas á maravilla, así como una vega montuosa dentro
de aquellas montañas. Parecian grandes humos y grandes poblaciones,
y las tierras muy labradas, por lo cual, determinó de se bajar á este
puerto y probar si podia haber lengua con aquella gente; deste puerto
dice maravillas, porque era tal que, si mucho habia encarecido los de
atrás, deste afirma ser muy mejor, y por la lindeza y templanza de la
tierra, y comarca della, y arboledas, pinales y palmares, y por una
grande vega, la cual, puesto que no fuese llana de llano, pero era
llana de montes llanos y bajos, y por ella salian muchas riberas de
aguas dulcísimas, que procedian de aquellas sierras, que todo, diz que,
era la más hermosa cosa del mundo. Despues de surta la nao, saltó el
Almirante en la barca para ver y sondar el puerto, el cual era como
una escudilla, y, cuando estuvo frontero de la boca, al Sur, halló una
entrada de un rio que tenia de anchura tanto que podia entrar por ella
una galera, por tal manera que no se via hasta llegar á ella, entrando
por ella, cuanto longura de la barca; tenia de fondo cinco y ocho
brazas, y era cosa maravillosa de ver las arboledas, y frescuras, y el
agua clarísima, y el chirriar de las aves, y la templanza y amenidad de
la tierra, que sentian andando por ella, que, dice aquí el Almirante,
que le parecia que nunca quisiera salir de allí. É iba diciendo á la
gente que llevaba en su compañía, que, para de todo aquello que vian
hacer relacion á los Reyes, no bastaran mil lenguas á referirlo, ni sus
manos á lo escribir, y que no le parecia sino que estaba encantado.
Deseaba que vieran las cosas que él via muchas personas prudentes, y á
quien los Reyes dieran crédito, y afirmaba tener por cierto que no las
encarecieran ménos que él. Dice más el Almirante, aquí estas palabras:
«Cuánto será el beneficio que de aquí se puede haber, yo no lo escribo;
es cierto señores Príncipes que donde hay tales tierras, que debe haber
infinitas cosas de provecho, mas yo no me detengo en ningun puerto
porque querria ver todas las más tierras que yo pudiese para hacer
relacion dellas á Vuestras Altezas. Y tambien no se la lengua, y la
gente destas tierras no me entienden, ni yo, ni otro que yo tenga, á
ellos, y estos indios que yo traigo muchas veces les entiendo una
cosa por otra al contrario, ni fio mucho dellos, porque muchas veces
han probado á fugir. Mas agora, placiendo á nuestro Señor, veré lo más
que yo pudiere, y, poco á poco, andaré entendiendo y cognosciendo, y
faré enseñar esta lengua á personas de mi casa, porque veo que es toda
la lengua una, fasta aquí. Y después se sabrán los beneficios, y se
trabajarán de hacer todos estos pueblos cristianos, porque de ligero
se hará, porque ellos no tienen secta ninguna, ni son idólatras, y
Vuestras Altezas mandarán hacer en estas partes ciudad y fortaleza,
y se convertirán estas tierras; y certifico á Vuestras Altezas, que
debajo del sol no me parece que las puede haber mejores en fertilidad,
en temperancia de frio y calor, en abundancia de aguas buenas y sanas,
y no como los rios de Guinea, que son todas pestilencia: porque, loado
nuestro Señor, hasta hoy, de toda mi gente, no á habido persona que le
haya mal la cabeza, ni estado en cama por dolencia, salvo un viejo,
de dolor de piedra de que él estaba toda su vida apasionado, y luego
sanó á cabo de dos dias. Esto que digo es en todos los tres navíos.
Así que, placerá á Dios, que Vuestras Altezas enviarán acá ó vernan
hombres doctos y verán despues la verdad de todo. Y porque atras tengo
hablado del sitio de villa y fortaleza en el rio de Mares, por el buen
puerto y por la comarca, es cierto que todo es verdad lo que yo dije,
mas no hay comparacion de allí aquí, ni de la Mar de Nuestra Señora,
porque aquí debe de haber infra la tierra, grandes poblaciones de
gente innumerable, y cosas de grande provecho, porque aquí y en todo
lo otro descubierto, y que tengo esperanza de descubrir ántes que yo
vaya á Castilla, digo que terná toda la cristiandad negociacion en
ellas, cuanto más la España á quien debe estar subyecto todo. Y digo,
que Vuestras Altezas no deben consentir que aquí trate ni haga pié
ningun extranjero, salvo católicos cristianos, pues esto fué el fin y
el comienzo del propósito, que fuese por acrecentamiento y gloria de
la religion cristiana, ni venir á estas partes ninguno que no sea buen
cristiano.» Todas estas son palabras formales, aunque algunas dellas
no de perfecto romance castellano, como no fuese su lengua materna
del Almirante; y puesto que hay aquí en ellas que notar más, dos
cosas al presente me parece que debo dellas de tocar; la primera es,
como en todas las partes y diversas, que hasta aquí habia descubierto
destas islas, hallaba y experimentaba las gentes dellas mansísimas y
dóciles, y juzgaba ser aptas para recibir nuestra sancta fe, y así
de todas lo certificaba; la segunda es, como el Almirante cognoscia
ser el fin de sus trabajos y del descubrimiento de aquellas tierras
y gentes, la conversion dellas y el aumento y gloria de la religion
cristiana. Subió, pues, por aquel rio arriba, y halló unos brazos del
rio, y rodeando el puerto llegaron á la boca del rio, donde vieron
unas arboledas muy graciosas como una deleitable huerta; allí hallaron
una canoa de un madero, tan grande como una fusta de doce bancos,
muy hermosa, varada debajo de una ramada ó tarazana hecha de madera
y cubierta de grandes hojas de palmera, tan bien guardada, que ni el
agua ni el sol no le podian hacer daño; y dice, que allí era propio
lugar para hacer una villa, ó ciudad, ó fortaleza, por el buen puerto,
buenas aguas, buenas tierras, buenas comarcas y mucha leña. Porque no
se pudo partir, miércoles, 28 de Noviembre, fué la gente á tierra y
entraron un poco por ella; hallaron grandes poblaciones y las casas
vacías, porque eran todos, de miedo de los cristianos, desque vieron
los navíos, huidos. Llegaron, jueves, algunos de los cristianos á otra
poblacion y hallaron las casas de la misma manera, vacías; toparon
en el camino con un viejo que no les pudo huir, dijéronle por señas
que no le habian ni querian hacer mal, diéronle cositas de rescates.
Quisiera el Almirante que lo trajeran, por vestirlo y tomar lengua
dél, por contentarle mucho la felicidad de aquella tierra, y la
disposicion della para poblar en ella, y juzgaba que debia de haber
por allí grandes poblaciones. Hallaron en una casa un pan de cera, el
cual trujo á los Reyes, y dijo que donde cera hay tambien debe de haber
otras muchas cosas buenas. Muchas ocasiones se le ofrecian, cierto,
al Almirante, para creer haber en estas islas cosas de mucha calidad
(como ha parecido arriba y parecerá más abajo), para no parar más de
lo que paraba en cada parte que descubria, y ansí convenia no parar,
pues aqueste su primer viaje no se ordenaba para otra cosa más que para
descubrir, puesto que en ellas no las hobiese ó no fuese la tierra del
Gran Khan que él estimaba. Esta cera nunca la hobo en la isla de Cuba,
y aqueste pan que halló era del reino y provincias de Yucatan, donde
habia inmensa cantidad de cera y muy buena, amarilla, el cual pudo
venir allí, ó porque algunos indios de aquella isla fuesen á Yucatan,
en sus canoas, porque no está la punta ó cabo suyo, de la punta ó cabo
postrero de Cuba, sino 50 leguas ó 60, y desto no tenemos indicio ni
coniectura eficaz, ántes, hay muchas para el contrario, ó que los
indios mercaderes de las mismas provincias de Yucatan, que trataban
por muchas partes de la costa de aquella tierra firme, con tormenta se
les trastornase alguna canoa, y, por tiempo, los aguajes lo trajesen á
la costa de Cuba, porque aquellas 50 leguas que hay de Cuba á Yucatan
son de mar baja y no profunda; y esta razon tiene muy gran apariencia
de verdad, y creo que ninguna duda se deba della tener. Andando yo por
la isla de Cuba con cierta gente de españoles que me acompañaban, el
año de 1514, en otro estado del que despues tuve, aunque eclesiástico,
entendiendo en asegurar toda la mayor parte de las provincias y gentes
de aquella isla, como, placiendo á Nuestro Señor, diremos cuando
llegáremos allá; en la provincia de la Habana, cuasi por aquella parte
donde está el puerto que se dice de Carenas, y agora está la villa que
nombran de la Habana, donde todas las naos de todas partes de la tierra
firme se vienen á juntar, que es en la costa del Sur, hallamos un pan
grande, que pesaria una buena arroba, de cera, enterrada toda en el
arena, y acaso, ó yo ó otro, andando por la playa con una vara ó bordon
en la mano, se dió en ella, que no parecia sino apénas la superficie,
y incándose el palo fácilmente en ella, vimos que era cera; quedamos
espantados, no pudiendo atinar cómo aquella cera podia haber venido
allí, porque Yucatan, ni Nueva España, ni otra tierra donde hobiese
cera, nunca hasta entónces era descubierta ó sabida. Juzgábamos y aún
cuasi sabíamos no haber para qué nao pudiese haber venido por aquella
mar, hasta aquellos tiempos, para que se hobiese perdido, y la mar,
despues, por allí traido la hobiese. Por manera, que nunca se pudo
haber indicio de donde aquella cera viniese á parar allí, hasta que se
descubrió Yucatan, y oida la fertilidad y abundancia de las abejas y
colmenas que allí hay, luego yo caí en juzgar que de aquella provincia
hobiese, por la manera dicha, venido, y así, por ventura, se acordarian
otros de los que se hallaron en Cuba en aquella sazon conmigo. Dice
tambien el Almirante, que ciertos marineros hallaron en una casa de
aquel pueblo, ó de otro por allí, una cabeza de hombre; debia ser una
calaverna, metida en un cestillo, cubierta con otro cestillo, y colgado
de un poste de la casa, y de la misma manera otra en otra poblacion.
Creyó el Almirante que debia ser de algunos principales de linaje,
porque, diz que, aquellas casas eran de manera que se acogian en ellas
mucha gente en una sola, y debian ser parientes descendientes de uno
sólo. Estas son sus palabras. Y porque el viernes, 30 de Noviembre,
no se pudo, por ser contrario el viento, partir, envió ocho hombres
y con ellos dos hombres indios de los que traia, para que viesen los
pueblos de la tierra adentro, por haber lengua de lo que habia, los
cuales llegaron á muchas casas, y no hallaron personas ni cosa en ellas
porque se habian huido. Vieron cuatro mancebos que estaban cavando en
sus heredades, los cuales, como sintieron los cristianos, echaron á
huir; fueron tras ellos y no los pudieron alcanzar. Anduvieron muchos
caminos, hallaron muchas poblaciones y tierra fertilísima, y toda
labrada, y grandes riberas de agua, y, cerca de una, hallaron una canoa
de un madero de noventa y cinco palmos de longura, en que podian, diz
que, navegar 150 personas; era hermosísima. No es maravilla, porque
en aquella isla hay muy gruesos y muy luengos y grandes y odoríferos
cedros colorados, y, comunmente, todas las canoas hacian de aquellos
preciosos árboles.



CAPÍTULO XLIX.

 En el cual cuenta las condiciones del Puerto Sancto y de un
 rio.--Vido en él grandes canoas como fustas.--Salió á tierra el
 Almirante con ciertos hombres armados.--Subió una montaña, encima
 llana, tierra muy hermosa.--Halló una poblacion.--Dió de súpito
 sobre la gente della.--Huyóla toda.--Aseguróla el indio que
 llevaba.--Dióles cascabeles.--Certificó á los Reyes que 10 hombres
 hagan huir á 10.000.--Júntase despues mucha gente.--Vienen á las
 barcas.--Adelántase uno y hace una gran plática, alzando las manos al
 cielo.--Vino gente como de guerra.--Finalmente se aseguraron todos y
 daban las azagayas y cuanto tenian.--Creian que los cristianos venian
 del cielo.--Dice el Almirante que esta gente es de la misma creencia
 que la otra.--Vido una casa de maravillosa hechura.


El sábado, 1.º de Diciembre, ni el domingo, ni el lúnes, por tener
los vientos contrarios, no se pudo partir de aquel puerto, al cual
pienso que puso nombre Puerto Sancto, donde puso una cruz grande sobre
unas peñas vivas. Dice deste puerto, que no puede hacer daño alguno
cualquiera tormenta ni viento á las naos que en él estuvieren, y es
muy hondo y limpio, y quien hobiere de entrar en él, diz que, débese
llegar más sobre la parte del Norueste, á una punta, que á la parte
del Sueste, porque hácia el Sueste hay una baxa, que sobreagua, y, á
la entrada, se ha de poner la proa al Sudueste. En un rio, que arriba
dijo, hallaron unos marineros unas piedras que parecian tener oro,
debian ser de margasita; llevólas para mostrar á los Reyes. El lúnes,
3 de Diciembre, acordó de ir á ver un Cabo muy hermoso, un cuarto
de legüa del puerto, de la parte del Sueste; al pié del Cabo, habia
una boca de un buen rio, y tenia cient pasos de anchura y una braza
de fondo en la entrada ó boca, y dentro habia doce brazas, y cinco,
y cuatro, y dos, donde pudieran caber cuantas naos hay en España.
Halló una caleta, que es una entrada angosta que hace el agua, donde
vido cinco grandes almadías ó canoas, como fustas, muy hermosas, y
labradas que era placer verlas; y al pié del monte, vido que estaba
todo labrado. Fué con ciertos hombres armados, y hallaron una grande
atarazana, bien ordenada y cubierta, que ni el sol ni agua podia
hacer daño, donde hallaron otra canoa como las dichas, como una
fusta, de diez y siete bancos, que era placer ver su hermosura; subió
una montaña, la cual halló encima toda llana, sembrada de calabazas
y muchas cosas de la tierra, que era gloria verla; en medio della
estaba una gran poblacion. Dió de súpito sobre la gente del pueblo, y,
como vieron á los cristianos, hombres y mujeres dieron todos á huir,
asegurólos el indio que llevaba consigo, de los que traia, diciendo
que no hobiesen miedo, porque aquella gente era buena, que no hacia
mal á nadie; hízoles dar el Almirante, cascabeles y sortijas de laton,
y contezuelas verdes y amarillas, conque se apaciguaron y estuvieron
contentos. Visto que no tenian oro ni otra cosa preciosa, y que
bastaba dejarlos pacíficos, y que toda la comarca era poblada, y los
demás, de miedo, huidos, acordó volverse. Certifica el Almirante aquí
á los Reyes, que 10 hombres hagan huir á 10.000, segun le parecieron
cobardes y medrosos, y sin armas, que no tienen sino unas varas con un
palillo tostado al cabo dellas. Dice que les quitó las varas todas,
con buena industria y manera, rescatándoselas, y las dieron de buena
voluntad. Tornóse con su gente á las barcas el Almirante; ayuntáronse
muchos indios viniendo hasta las barcas, y adelantóse uno dellos al
rio, junto á la popa de una barca, y hizo una grande plática, la cual,
ni el Almirante ni otro la entendieron, mas de que los otros indios,
de cuando en cuando alzaban las manos al cielo y daban una gran voz.
Pensaba el Almirante que lo aseguraban, porque les placia de su venida,
puesto que vido que el indio que consigo traia, que se desnudaba,
pareciendo la cara como amarilla, y temblaba, induciendo por señas al
Almirante que se saliese fuera del rio que lo querian matar; llegóse á
un cristiano, que tenia una ballesta armada y mostróla á los indios,
y pareció al Almirante, que decia, que los mataria á todos, porque
aquella ballesta heria de léjos y mataba. Tambien tomó una espada,
sacándola de la vaina, mostrándosela y haciendo lo mismo, lo cual, diz
que, oido por ellos, dieron todos á huir, quedando todavia temblando
el dicho indio de cobardía; y era, diz que, hombre recio y de buena
estatura. No quiso el Almirante salir del rio, ántes hizo remar,
acercándose á la tierra donde los indios estaban, que eran muy muchos,
todos tintos de colorado, y desnudos como su madre los parió, y algunos
dellos con penachos en la cabeza y otras plumas, todos con sus manojos
de azagayas; llegóse hacia ellos y dióles algunos bocados de pan, y
demandóles las azagayas dándoles por ellas, á unos un cascabelito,
á otros unas sortijuelas de laton, á otros unas contezuelas, por
manera que todos se apaciguaron y vinieron á las barcas, dando todo
cuanto tenian, por qué quiera que se les daba. Mataron los marineros
una tortuga, la cáscara de la cual estaba en la barca, dábanles los
grumetes della como una uña y los indios les ofrecian un manojo de
azagayas. Dice aquí el Almirante, que esta gente toda era como los
otros que habian hallado y de la misma creencia, y estimaban que los
cristianos descendian del cielo, y que cuanto tenian daban por poca
recompensa que les diesen, sin decir que era poco; y creia el Almirante
que así hicieran de la especería y del oro si lo tuvieran. Dice más,
que vido una casa hermosa, muy grande y de dos puertas, porque así son
todas, en la cual entró el Almirante, y vido una obra maravillosa,
como unas cámaras, hechas por una cierta manera, que no lo sabria, diz
que, referir. Estaban colgados al cielo della caracoles y otras cosas,
él pensó que era templo, llamólos y díjoles por señas, si hacian en
ella oracion, respondiéronle que no. Subió uno dellos arriba y daba
liberalmente al Almirante cuanto habia en ella, de lo cual recibió algo
de lo que mejor le pareció.



CAPÍTULO L.

 Salió del Puerto Sancto y fué descubriendo rios grandes, y vido desde
 léjos la felice isla Española, miércoles, á 5 de Diciembre.--Creyó
 el Almirante que era Cipango, de que traia relacion, isla riquísima,
 é creyó tambien que la punta ó cabo de Cuba era tierra y cabo de la
 tierra del Gran Khan, y tuvo razones para ello en aquellos dias, y
 créese que si no hallara atravesadas en la mar estas Indias, que por
 el camino que llevaba descubriera los reinos del Gran Khan.--Puso al
 cabo de Cuba, Alpha, y al de Sant Vicente que está en Portogal, Omega,
 que quiere decir principio y fin.--Tambien convenia este nombre al
 cabo de Cuba, por respecto del cabo de la Española, que se miran el
 uno al otro.--Dice que los de Cuba tenian mucho miedo á los indios de
 la Española.--Los indios de la Española nunca comieron carne humana.


Mártes, 4 de Diciembre, salió de aquel puerto, que llamó Sancto, hácia
el lesueste y guesnorueste, porque así se corria toda la costa, y
halló á las dos leguas un buen rio, y vido un Cabo que llamó Lindo.
Despues topó un gran rio, y, desde á tres ó cuatro leguas, descubrió
otro rio grandísimo que debia venir de muy léjos, el cual tenia en la
boca cient pasos y en ella ningun banco, y ocho brazas de fondo, y
buena entrada, y el agua dulce entraba hasta dentro en la mar, y era
de los más caudalosos que habia visto; y debia de haber, segun dice el
Almirante, cerca dél grandes poblaciones. Anduvo toda esta noche á la
corda, que es andar poco, sobre el cabo Lindo, por ver la tierra que
iba hácia el leste, y, al salir del sol, miércoles, 5 de Diciembre,
vido otro Cabo al leste, obra de dos leguas y media; pasado aquel,
vido que la costa volvia al Sur, y tomaba del Sueste, hácia donde vido
un Cabo muy hermoso y alto, y distaba de otro siete leguas. A este
quisiera llegar, sino que por el deseo que tenia de ir á la isla de
Babeque, que le quedaba (segun le decian los indios que llevaba) al
Nordeste, la dejó. Esta isla de Babeque no sabemos que fuese, sino
que, ó los indios le hacian entender haber allí (hácia el Nordeste
digo), alguna tierra y en ella oro, porque fuese hácia las islas de
los lucayos, de donde eran los que habia tomado, por huirse para sus
tierras, ó quizá el Almirante no los entendia, teniendo siempre los
pensamientos y deseos en hallar tierras ricas de oro, por dar placer á
los Reyes y cumplir á lo que se habia ofrecido. Este Cabo, que digimos,
alto y hermoso, adonde quisiera ir, creo que era la punta de Mayçí,
que es la postrera de Cuba que mira hácia el Oriente. Yendo pues así,
mirando las tierras, puso los ojos hácia el Sueste, y vido tierra muy
grande, y esta es la grande y felicísima isla Española, de la cual
tenian nuevas muy frecuentísimas de los indios, que como de cosa muy
fatuosa, se la nombraban llamándola Bohío; no supe porqué tal nombre le
pusiesen, siendo toda una lengua la de los de Cuba y de la Española,
pues no se llamaba sino Haytí, la última sílaba luenga y aguda. Por
ventura, llamaban aquel cabo della Bohío, como llamaban y llamamos hoy
las casas que los indios tienen que son de paja, por algun respecto ó
acaecimiento que no supimos. Así que, miércoles, á 5 dias de Diciembre,
descubrió el Almirante la isla de Haytí, á la cual puso despues, como
luego parecerá, la Española. Dice aquí el Almirante, que los indios de
Cuba tenian gran miedo de los de la Española, porque, diz que, comian
los hombres; y otras cosas maravillosas le contaban de aquella gente,
las cuales, diz que, no creia él, sino porque debian ser hombres de
mayor astucia y mejor ingenio y más esforzados los de la Española que
ellos, y los captivaban, y ellos eran flacos, de corazon por eso los
captivaban: y así fué, cierto, verdad, y parecia quel Almirante por
su prudencia presumia lo que debia ser. Esto es verdad, como abajo se
dirá, que nunca los indios de la isla Española, jamás comieron carne
humana ni tuvieron otras abominaciones que les han levantado. Eran más
políticos y más esforzados, mucho, que los de la isla de Cuba. Así
que, porque el tiempo era Nordeste y tomaba del Norte, determinó de
dejar la isla de Cuba, ó Juana, que era el nombre que le puso cuando
la descubrió, y que hasta entónces habia tenido por tierra firme, por
su grandeza, porque bien habria navegado por la costa della, en un
paraje, 120 leguas, y dejando el Cabo ó punta oriental de Cuba púsole
por nombre _Alpha et Omega_, que quiere decir principio y fin, porque
creyó que aquel Cabo era fin de la tierra firme, yendo hácia Oriente,
y el principio, hácia el Almirante, el cabo de Sant Vicente, que es en
Portugal, que creia ser comienzo ó principio de la dicha tierra firme,
partiendo y navegando desde el dicho cabo de Sant Vicente hácia el
Poniente. Esto dijo el Almirante en una carta que escribió desde la
isla Española á los Reyes. Es aquí de notar lo que referimos arriba en
el cap. 12, que el Almirante recibió cartas de un Marco Paulo, físico,
florentin, el cual le envió una figura ó carta de pargamino, y en ella
pintada toda la tierra del Gran Khan, y provincia de Mango, que estaba
cerca de Catayo, certificándole que habia de topar primero con la
isla del Cipango, riquísima de oro, plata, perlas, especería y otras
prosperidades. Tenia en circuito 2.400 millas, que son 600 leguas,
segun el dicho Paulo, físico, las cuales tierras y reinos, puesto que
por el respecto de Italia estaban en el Levante, decia empero, el
Paulo, físico, que yendo hácia el Poniente las hallarian, como el mundo
sea redondo; y, como por las leguas y distancia que le habia señalado,
en la carta que envió al Almirante, era cerca de 800 leguas, las cuales
navegadas, afirmaba que habia de hallar la tierra del Gran Khan, y así,
pocas ménos navegadas, descubrió aquellas islas y la isla de Cuba, que
por su longura, como fué dicho, estimó ser tierra firme, por donde
siempre tuvo por cierto que aquel cabo de Cuba era el fin del Oriente,
que se respondia con el de Sant Vicente, por lo cual le puso por nombre
_Alpha et Omega_; el cual creyó que era el Cabo de la tierra del Gran
Khan, que en la carta ó mapa que le envió Paulo, físico, se decia que
estaba escrito Zaitam. Pudiéralo tambien así nombrar, no incóngruamente
por respecto del otro Cabo de la isla Española, más occidental, á que
nombró cabo de Sant Nicolás, que se mira con el dicho cabo de Cuba,
leste gueste, no habiendo en medio sino 18 leguas de golfo de mar que
parte ambas islas, como el mismo Almirante dijo que habia, y así las
hay. De lo dicho concibió siempre el Almirante estar en la alda ó en
los cabos de la tierra del Gran Khan, por la relacion susodicha de
Paulo, físico, y hasta despues muchos dias creyó que la Española era la
isla de Cipango, y tuvo razon, cierto, á los principios. Yo bien creo,
por cierto, hasta que viese el contrario, que los reinos del Gran Khan
hallara el Almirante por el camino que llevaba, sino se le hobieran
atravesado en medio estas nuestras Indias, las cuales no pensó Paulo,
físico, que hobiera, sino que fuera toda la dicha distancia mar, y que
la distancia no fuera tan grande.



CAPÍTULO LI.

 Determinó dejar á la isla de Cuba y ir á la Española.--Puso nombres
 á ciertos Cabos de la Española que le parecian léjos.--Vido la
 isla de la Tortuga.--Descubrió ciertos Cabos de léjos á que puso
 nombres.--Parecia la isla Española de altísimas sierras, de grandes
 campiñas, y sembradas como de trigo en la campiña de Córdoba.--Vieron
 muchos fuegos de noche, y de dia muchos humos.--Vido un puerto,
 entró en él, Jueves, á 6 de Diciembre, púsole puerto de Sant Nicolás
 por honra del Sancto que era aquel dia.--Dice dél maravillas, de su
 bondad y de la tierra.--Vido grandes almadías ó canoas con mucha
 gente.--Huian todos viendo los navíos.--Creia, por esto, haber por
 allí grandes poblaciones.--Creia que las frutas de los árboles debian
 ser especerías.


Determina despues de dejar del todo la isla de Cuba, por haber
descubierto la gran isla Española. Siguió el camino del Sueste, cuarta
del leste, para el cabo que della parecia, miércoles, á 5 de Diciembre,
puesto que le habia parecido estar al Sueste, pero dábale, segun él
dice, leste reguardo, porque siempre el viento rodea del Norte para el
Nordeste, y de allí al leste y Sueste. Cargó mucho el viento y llevaba
todas sus velas, la mar era llana y la corriente que le ayudaba, por
manera que hasta la una, despues de medio dia, desde la mañana, que
serian seis horas, hizo de camino á 8 millas por hora, 88 millas, que
fueron 22 leguas, todo al Sueste. Dice aquí, que la noche tenia cerca
de quince horas, y, porque se hacia de noche y su nao era grande, mandó
á la carabela _Niña_ que le habia quedado, porque era velera, que se
adelantase para que viese con dia el puerto, que les parecia por de
fuera bueno; la boca, diz que, era como la bahía de Cáliz: la carabela
se llegó al puerto, el Almirante anduvo toda la noche barloventeando,
y amaneció, jueves, 6 de Diciembre, cuatro leguas del puerto. Desde
allí vido de léjos muchos Cabos y muchas abras ó aberturas en la isla
Española, y las sierras altísimas della. A un cabo muy hermoso que se
le hacia por la parte del Sur, cuarta del Sudueste, puso nombre cabo
del Estrella, y parecíale ser la postrera tierra de aquella isla, y
estaria dél 28 millas. Parecíale otra tierra, como isla no grande, al
leste, y estaria della 40 millas; esta fué la isla que, despues que
llegó á ella, la llamó la Tortuga, y así hasta hoy se llama, que será
tan grande como la isla de Canaria. Esta era poblatísima, y habia un
gran señor en ella, como adelante parecerá, á Dios placiendo. A otro
Cabo tambien muy hermoso y bien hecho, que le quebaba al leste, cuarta
del Sueste, puso nombre cabo de Elefante, y distaria dél 55 millas.
Otro se le hacia al lesueste, al cual nombró cabo de Cinquin, estaria
dél 28 millas. La isla grande parecia altísima, no cerrada con montes,
sino rasa como hermosas campiñas, y parecíale toda labrada, ó grande
parte della, y las sementeras como trigo en la campiña de Córdoba por
el mes de Mayo. Viéronse muchos fuegos aquella noche, y de dia muchos
humos, como atalayas, que parecia estar sobre aviso de alguna gente con
quien tuviesen guerra; va toda la costa desta tierra derecha al leste.
Finalmente, jueves, 6 de Diciembre, á hora de vísperas, entró en el
puerto ya dicho, al cual llamó de Sant Nicolás por honra del felice
Sancto, por ser aquel dia que en él entró dia de Sant Nicolás. A la
entrada dél se maravilló de su hermosura y bondad, y aunque tiene muy
alabados los puertos de Cuba, pero sin duda (dice el Almirante), que no
es ménos digno éste, ántes los sobrepuja, y ninguno le es semejante.
En la boca y entrada tiene legua y media de ancho, y se pone la proa
al Sursueste, puesto que por su grande anchura se puede poner adonde
quisiéremos. Va desta manera hácia dentro, dos leguas, hasta llegar á
la playa muy hermosa, donde hay un campo de árboles de mil maneras y
todos cargados de frutas, que creia el Almirante fuesen de especerías,
sino que no se cognoscian como no estuviesen maduras. Entraba un rio
en la playa, hacia cierta vuelta ó ramo el puerto, que quedaba todo
cerrado, no pudiéndose ver la entrada. Es todo maravillosamente hondo,
de ocho y quince brazas, y, hasta llegar á las hierbas de la playa,
todo debajo muy limpio para los cables y anclas. Es todo este puerto
raso, desabahado, airoso y gracioso. Toda esta isla le pareció muy
alta, de árboles pequeños como los de Castilla, como carrascos y
madroños, y lo mismo de las hierbas grande campiña, y de muy buenos
aires; sintió más frio que en las tierras pasadas, puesto que dice
que no debe ser contado por frio. Frontero del puerto estaba una muy
hermosa vega, por donde venia el dicho rio. Creia que en aquella
comarca debia de haber grandes poblaciones, segun se vian las canoas ó
almadías, tantas y tan grandes, dellas como fustas de quince bancos.
Todos los indios dellas huyeron y huian desque vieron los navíos; los
que consigo traia de las islas de los lucayos, diz que, tenian mucha
gana de se volver á sus tierras, y creian que desque de allí partiese
los habia de volver á ellas, y, como vian que se dilataba, no creian ya
al Almirante, viendo que no llevaban el camino de sus casas, y así él
no les creia lo que le decian, mayormente no los entendiendo. Tenian,
diz que, gran miedo de la gente desta isla. Tenia pena él por no poder
haber lengua de los desta isla Española, y no quiso detenerse en este
puerto para ello, por ver mucha más tierra, y por no estar cierto si
el viento que llevaba le duraria. Confiaba en nuestro Señor, que los
indios que llevaba consigo sabrian nuestra lengua y él la dellos, y
despues tornaria y hablaria con aquella gente, y, placiendo á S. M.,
hallaria algun buen rescate de oro, ántes que volviese. Estas son
palabras del Almirante.



CAPÍTULO LII.

 Partió del puerto de Sant Nicolás, y, yendo por la costa arriba, vía
 maravillosas tierras sembradas como de cebadas, grandes valles y
 campiñas, y, á las espaldas dellas, sierras escombradas, altísimas;
 parecia haber grandes poblaciones.--Halló un puerto grande y hondo, al
 cual puso nombre de la Concepcion.--Salió á tierra en un rio que viene
 por unas vegas hermosísimas.--Hizo sacar redes, pescaron muchas lizas
 y otros pescados de Castilla.--Oyeron cantar el ruiseñor.--Vieron
 cinco indios que les huyeron.--Halló arrayan.--Puso nombre á la isla,
 Española.--Envió gente la tierra dentro.--Trajeron almástiga y vieron
 muchos árboles della.--Hallaron, diz que, las mejores tierras del
 mundo.


Viernes, á 7 de Diciembre, al rendir del cuarto del alba, que es dos
horas ántes que amanezca, dadas sus velas, salió del puerto de Sant
Nicolás, y navegó la costa arriba al Nordeste, y despues al leste,
hacia el cabo de Cinquin, 48 millas. Toda aquella costa es tierra
muy alta, y la mar tiene gran fondo hasta dar en tierra, veinte y
treinta brazas, y fuera, un tiro de lombarda, no se halla fondo; los
árboles de aquella tierra pequeños, y la tierra parecia propia de
Castilla. Ántes que llegase al cabo de Cinquin, con dos leguas, por
una abertura de una sierra, descubrió un valle grandísimo, y vido
que estaba todo sembrado como de cebadas, y parecióle que debia de
haber por él grandes poblaciones, y á las espaldas dél habia grandes
montañas y muy altas; llegado al cabo de Cinquin, le demoraba el cabo
de la isla de la Tortuga, al Nordeste, que estaria dél 32 millas. A
tiro de una lombarda deste cabo de Cinquin, está una peña en la mar
que sale en alto, que se puede ver bien. De aquí le demoraba el cabo
del Elefante al leste, cuarta del Sueste, y habria hasta él 70 millas,
toda tierra muy alta; andadas 6 leguas del cabo de Cinquin, halló una
grande angla ó abertura, y vido, por la tierra dentro, muy grandes
valles y campiñas y montañas altísimas, todo á semejanza de Castilla.
Desde á 8 millas halló un rio muy hondo, salvo que era angosto, y
pudiera entrar en él una carraca, todo sin banco ni bajos algunos y
por debajo limpio; limpio, llaman los marineros cuando en el suelo
de la mar ó de cualquier agua, no hay piedras ó peñas pizarreñas que
gastan ó cortan los cables ó amarras de las anclas, que tienen las
naos. Pasadas 16 millas, que son 4 leguas, halló un puerto muy ancho
y muy hondo, hasta no lo hallar suelo en la entrada, ni á los bordes
á tres pasos de tierra, sino á quince brazas, y vá un cuarto de legua
la tierra adentro. Y aunque era temprano, como la una despues de medio
dia, y el viento era á popa, pero porque el cielo mostraba querer
llover mucho, y habia gran cerrazon, cosa peligrosa para en la tierra
que se sabe, cuanto más para la que no se sabe, acordó de entrar en
este puerto, al cual puso puerto de la Concepcion. Salió á tierra, en
un rio no muy grande que está al cabo del puerto, que viene por unas
vegas y campiñas, que es maravillosa cosa de ver su hermosura. Hizo
sacar redes para pescar, y, ántes que llegase á tierra, saltó una
liza de las de España en la barca, de que mucho se holgó porque hasta
entónces no habia visto pece semejante á los de Castilla. Los marineros
pescaron y mataron muchas lizas, y algunos lenguados y otros pescados
como los de Castilla; oyeron cantar al ruiseñor y otros pajaritos de
los de Castilla, que lo tuvo á maravilla por Diciembre cantar ruiseñor.
Anduvo un poco por aquella tierra, y vídola toda labrada; vieron
cinco hombres, los cuales les huyeron sin les querer aguardar. Halló
arrayan y otros árboles que parecian á los de Castilla, y así, diz
que, es la tierra y las montañas. Este puerto es seguro de todos los
vientos, excepto del Norte, puesto que no le puede hacer daño alguno,
porque la resaca es grande, que no da lugar á que la nao labore sobre
las amarras, ni el agua del rio. La resaca, llaman los marineros, las
olas de la mar que quiebran ó revientan en tierra ó ántes que lleguen
á tierra. Tiene en la boca este puerto mill pasos, que es un cuarto
de legua, ni tiene banco ni baxa, ántes no se halla cuasi fondo hasta
la orilla de la mar. En luengo, hácia dentro, va tres mil pasos, todo
limpio y basa, que quiere decir arena, que cualquiera nao puede surgir
sin miedo y entrar sin resguardo. Al cabo dél tiene dos bocas de rios
que traen poca agua; enfrente dél hay unas vegas, las más hermosas del
mundo, y cuasi semejables á las de Castilla, ántes éstas tienen ventaja
en muchas cosas. Frontero deste puerto está la isla de la Tortuga,
que es grande, como fué dicho, como la isla de Gran Canaria; estará
de la Española 10 leguas, conviene á saber, desde el cabo de Cinquin
á la cabeza de la Tortuga, y está al Norte de la Española. Estuvo en
este puerto de la Concepcion hasta el jueves, que se contaron trece
dias de Diciembre, porque llovió mucho aquellos dias y hizo vientos
contrarios, y hacia tiempo (segun el Almirante dice), como invierno de
Castilla, por Octubre. No habia visto en esta isla poblacion alguna,
sino una sola casa en el puerto de Sant Nicolás, muy hermosa y mejor
hecha que en otras partes de las que habia visto. Parecíale esta isla
muy grande, y dice no será mucho que boje 200 leguas. Bien parece que
se le iba representando la grandeza y excelencia, como parecerá. Dice
que la via toda muy labrada, y creia que las poblaciones della debian
estar léjos de la mar, de donde veen cuando llegaba con sus navíos, y
por esto huian todos, llevando consigo todo lo que tenian, y haciendo
ahumadas como gente de guerra. Vista la grandeza y hermosura desta
isla, y parecer á la tierra de España, puesto que muy aventajada, y que
habian tomado pescado en ella semejante á los pescados ó de los mismos
de Castilla, y por otras razones y semejanzas que le movian, determinó
un domingo, á 9 de Diciembre, estando en este puerto de la Concepcion,
de dar nombre á esta isla y llamarla isla Española, como se llama hoy
y siempre se llamó. Lúnes, 10 de Diciembre, le garraron los navíos
medio cable, que es, arrastráronse las anclas con el viento grande que
hizo Nordeste, y, visto que era contrario y no podia salir del puerto
para su camino, de descubrir esta isla y lo demas que deseaba, envió
seis hombres bien aderezados de armas, que fuesen dos ó tres leguas
la tierra dentro, por ver si pudiera haber lengua de la gente desta
isla. Fueron y volvieron sin haber topado alguna gente ni casa, sino
unas cabañuelas como ranchos, y lugares donde se habian hecho muchos
fuegos, y los caminos muy anchos, indicios, en fin, de mucha gente; y
esto debia ser que venian á pescar á la mar, de sus poblaciones, y,
como duermen en el suelo y andan desnudos siempre, hacen, cada dos ó
tres indios, un gran fuego y cenan y duermen alrededor dél. Vieron,
diz que, aquellos seis cristianos las mejores tierras del mundo;
hallaron árboles de almástiga muchos, y trajeron della, y dijeron que
habia mucha, salvo que no era tiempo entónces para cogerla porque no
cuaja. Envió, el mártes, gente á tierra, hallaron mucha almástiga sin
cuajarse, creia que las aguas lo debian de hacer, y que en la isla
de Xió la cogian por Marzo, y que la podrian coger por estas tierras
por el mes de Enero, por ser tan templadas; hallaron mucho lignaloe.
Pescaron muchos pescados de los de Castilla, albures, salmonetes,
pijotas, gallos, pámpanos, lizas, corvinas, camarones, y vieron tambien
sardinas.



CAPÍTULO LIII.

 Dábanle á entender los indios, que traia consigo, que la tierra
 que él creia de Babeque ser isla, que era tierra firme; y torna á
 rectificarse en su opinion que la gente de Caniba, que oia decir
 á los indios que debia ser la del Gran Khan.--Hizo poner una gran
 cruz á la boca del puerto en señal que la tierra era de los reyes de
 Castilla.--Tres marineros entráronse por el monte adentro.--Sintieron
 mucha gente.--Huyó toda.--Alcanzaron una mujer que traia un pedazo de
 oro en las narices.--Vistióla el Almirante y dióle joyas; tornáronla
 á enviar.--Envió otro dia nueve cristianos á tierra con un indio
 de los que traia.--Cuatro leguas hallaron una poblacion de 1.000
 casas y habria 3.000 hombres.--Huyen todos.--Da voces el indio que
 no teman que es gente buena.--Vuelven todos.--Admíranse de los
 cristianos.--Lléganles las manos, temblando, á las caras.--Hácenles
 mil servicios.--Creen haber venido del cielo.--Vino mucha más gente
 con el marido de la mujer.--Vieron tierras felicísimas.--Induce el
 autor á cierta consideracion.--Tuvo el Almirante cierta experiencia,
 etc.


Tenia gran deseo de ver aquel entremedio destas dos islas, Española y
Tortuga; lo uno, por descubrir é ver toda esta isla Española, que le
parecia la cosa más hermosa del mundo, lo otro, porque le decian los
indios, que consigo traia, que por allí se habia de ir para la isla de
Babeque, y, segun entendia dellos, era isla muy grande y de grandes
montañas, valles y rios. Decian más, cuanto el Almirante creia que
entendia, que la isla de Bohío, que era esta Española, era mayor que
la isla Juana, que era la isla de Cuba, y decian verdad. Parece que
los indios dichos daban á entender que el Babeque era tierra firme,
porque decian que no estaba cercada de agua, y que estaba detras desta
isla Española, la cual llamaban Caritaba ó Caribana, que era como cosa
infinita; y á mi parecer, que, cierto lo decian por tierra firme, y que
debian tener noticia de la tierra firme, que estando aquellos indios
en las islas de los lucayos, donde nacieron, y allí en el puerto de la
Concepcion, donde al presente estaban, les caia tierra firme detras, ó,
más propiamente hablando, desa parte ó adelante desta Española isla.
Dice aquí el Almirante, que le parece que tienen razon en nombrar
tanto á Babeque, y por otro nombre á Caribana, porque debian de ser
trabajados de la gente della, por parecerle que en todas estas islas
viven con su temor. De aquí torna el Almirante á afirmar lo que muchas
veces ha dicho, que cree que esta gente de Caniba no ser otra cosa sino
la gente del Gran Khan, que debia ser de allí vecina, que tenian navíos
con que los venian á captivar, y, como no tornaban, creian que se los
comian. Esta opinion tenia, y harto le ayudaba á tenerla la carta ó
mapa, que traia, de Paulo, físico, y la informacion que le habia dado
por sus cartas, como arriba veces se ha referido, y los muchos indicios
y argumentos de las tierras tantas y tales, y cosas dellas que iba
viendo cada dia. El miércoles, 12 de Diciembre, viendo que todavía
ventaba viento contrario y no podia partirse, hizo poner una gran cruz
á la entrada del puerto de la parte del gueste, en un lugar eminente,
muy vistoso, en señal, dice él, que Vuestras Altezas tienen la tierra
por suya, y principalmente por señal de Jesucristo, nuestro Señor, y
honra de la cristiandad; la cual puesta, tres marineros se metieron por
el monte á ver los árboles y hierbas, y oyeron y vieron un gran golpe
de gente, todos desnudos como los de atrás, á los cuales llamaron y
fueron tras ellos, pero dieron los indios á huir, y finalmente tomaron
una mujer; que no pudieron más porque el Almirante les habia mandado
que tomasen algunos para honrarlos y hacerles perder el miedo, y por
saber si habia en estas tierras alguna cosa de provecho, porque no le
parecia que podia ser otra cosa, segun la hermosura destas tierras,
y así trujeron la mujer, muy moza y hermosa, á la nao, la cual habló
con los indios que el Almirante traia, porque toda era una lengua.
Hízola el Almirante vestir y dióle cuentas de vidro, y cascabeles,
y sortijas de laton, y tornó á enviarla honradamente, segun solia
el Almirante hacer, enviando algunas personas de la nao con ella y
tres indios de los que traia, porque hablasen con aquella gente; los
marineros que iban en la barca cuando la llevaban á tierra dijeron al
Almirante, que ya no quisiera salir de la nao sino quedarse con las
otras mujeres indias que traia del puerto de Mares, en la isla Juana
ó de Cuba. Todos estos indios que venian con aquella india, diz que,
andaban en una canoa, por ventura, pescando, y, cuando asomaron á la
entrada del puerto y vieron los navíos, volviéronse atrás y dejaron
la canoa y huyeron camino de la poblacion. Ella mostraba el paraje
de la poblacion; traia, diz que, un pedazo de oro en la naríz, por
lo cual juzgó haber en aquella oro, y no se engañó. Á tres horas de
noche volvieron los tres cristianos que el Almirante habia enviado con
la mujer, los cuales no fueron con ella hasta la poblacion por que
les pareció léjos, ó por ventura dejaron de ir por miedo. Trajeron,
empero, nuevas, que otro dia vernia mucha gente á los navíos, porque
les pareció, ó supieron, que, por las nuevas que la mujer les dió, de
la buena conversacion y tratamiento que le hicieron los cristianos,
estaban ya no tan sobresaltados. El Almirante, con deseo de saber si
habia en aquella tierra, tan hermosa y tan fértil, alguna cosa de
provecho, y haber lengua de la gente, y para disponerla á que tuviesen
gana de servir á los Reyes, determinó de tornar á enviar nueve hombres
á la poblacion, con sus armas, bien aderezados, y con ellos un indio
de los que traia de las islas, confiando en Dios y en las nuevas
que habria dado la india del buen tratamiento que le habia hecho el
Almirante. Estos fueron á la poblacion, que estaba cuatro leguas y
media hácia el Sueste, la cual hallaron en un grandísimo valle, y
toda vacía de gente, porque, como sintieron ir los cristianos, todos
huyeron, dejando cuanto tenian, la tierra dentro. Era la poblacion de
1.000 casas y de más de 3.000 hombres; el indio que los cristianos
llevaban corrió tras ellos dando voces, diciendo que no hobiesen
miedo, que los cristianos no eran de Caniba, ántes eran del cielo, y
que daban muchas cosas hermosas á todos los que hallaban. Tanto les
imprimió lo que decia, que se aseguraron y vinieron juntos más de 2.000
dellos. Venian todos á los cristianos y les ponian las manos sobre la
cabeza, que era señal de amistad y gran reverencia, y, cuando esto
hacian, estaban todos temblando, hasta que los cristianos del todo los
aseguraron. Dijeron aquellos que el Almirante envió, que, despues que
perdieron el miedo, iban todos á sus casas y cada uno los traia de lo
que tenia de comer, pan de unas raíces que siembran de que hacen pan,
de las cuales se dirá adelante, pescado y otras cosas cuantas de comer
tenian; y, porque el indio que iba con los cristianos dijo á los indios
que se holgaria el Almirante haber algun papagayo, luego les trujeron
papagayos y cuanto los cristianos les pedian, sin querer nada por ello.
Todo esto cuenta el Almirante. Rogaban á los cristianos ahincadamente,
que no se viniesen aquella noche, y que les darian otras muchas cosas
que tenian en la sierra. Al tiempo que toda aquella gente junta estaba
con los cristianos, vieron venir una gran multitud de gente, con el
marido de la mujer que habia el Almirante honrado y enviado, la cual
traian sobre los hombros, que venian á dar gracias á los cristianos
por la honra que el Almirante le habia hecho, y dádivas que le habia
dado. Dijeron los cristianos al Almirante, que aquella gente toda era
más hermosa y de mejor condicion que ninguna otra de las que habian
hasta entónces visto; pero aquí dice el Almirante, que no sabe cómo
pueda ser de mejor condicion que las otras, dando á entender que las
otras todas, de las otras islas que habian hallado, eran de humanísima
condicion. Cuanto á la hermosura, decian los cristianos que no habia
comparacion, así en los hombres como en las mujeres, y que eran blancos
más que los que habian visto, y, señaladamente, decian que habian
visto dos mujeres mozas, tan blancas como podian ser en España. De la
hermosura de las tierras que vieron, referian que excedian á todas las
tierras de Castilla, en fertilidad, hermosura y bondad. El Almirante
así lo concedia, por las que tenia presentes y las que dejaba atras.
Señaladamente encarecian las de aquel valle, las cuales á la campiña
de Córdoba les parecia exceder, cuanto el dia excede á la noche en
claridad. Estaban, diz que, todas labradas, y por medio de aquel valle
pasaba un rio muy grande y ancho, con el cual todas se podian regar.
Estaban todos los árboles verdes y llenos de fruta; las hierbas,
todas floridas y muy altas; los caminos, muy anchos y buenos; los
aires eran como por Abril, en Castilla; cantaban el ruiseñor y otros
pajaritos como en el dicho mes en España; las noches, cantaban algunos
pajaritos suavemente, que, diz que, era la mayor dulzura del mundo; los
grillos y ranas se oian muchos de noche; los pescados como en España.
Vieron muchos almástigos, lignaloe, y algodonales; oro no hallaron,
y no es maravilla que en tan poco tiempo no se halle. Todo esto dice
el Almirante. Debe aquí el lector considerar la disposicion natural
y buenas calidades de que Dios dotó á estas gentes, cuán aparejadas
estaban por natura para ser doctrinadas é imbuidas en las cosas de la
fe y religion cristiana, y en todas virtuosas costumbres, si hobieran
sido tractadas y atraidas virtuosa y cristianamente; y qué tierras
estas tan felices, que nos puso la Divina providencia en las manos para
pagarnos, aún en esta vida, sin lo que habiamos de esperar en la otra,
los trabajos y cuidados que en atraerlas á Cristo tuviéramos. Temo que
no merecimos ni fuimos dignos, por lo que Dios cognosció que habiamos
de ofenderle, de tan sublimes y no comparables á otros ningunos bienes.
Tomó aquí el Almirante experiencia de qué horas era el dia y la noche,
y halló que, de sol á sol, habian pasado veinte ampolletas de á media
hora cada una, que son los relojes de arena que sabemos, y así parece
que de sol á sol habia en el dia diez horas; puesto que dice poder allí
haber algun defecto, porque los marineros, ó se olvidan de volverlas
cuando han pasado, ó ellas se azolvan y no pasan por algun rato. Y bien
creo yo, que, por aquel tiempo, hay en el dia en esta isla once horas y
algo más, que viene á la cuenta quel Almirante dice.



CAPÍTULO LIV.

 Salió dos veces del puerto de la Concepcion, y tornóse á él por el
 viento contrario.--Visto junto con él la isla de la Tortuga, fué con
 las barcas á ver un rio y subió por él hácia las poblaciones.--Vido
 el valle maravilloso, llamóle valle de Paraíso, y al rio,
 Guadalquivir.--Vino mucha gente y un Rey á ver los cristianos.--Entró
 en la mar el Rey.--Pasaron cosas.--Encarece el Almirante en gran
 manera la bondad, mansedumbre y hermosura de los indios, hombres y
 mujeres; la fertilidad y hermosura de las tierras.--No podian creer
 que los cristianos fuesen terrestres, sino del cielo.--Dice el
 Almirante cosas de notar.--Apunta el autor la causa de la destruicion
 y perdicion destas gentes, conviene á saber, su mucha simplicidad,
 humildad y buena naturaleza.


Viernes, 14 de Diciembre, salió de aquel puerto de la Concepcion
con viento terral, calmóle luego y vino viento Levante, que le era
contrario, pero navegó con él al Nornordeste y llegó con él á la isla
de la Tortuga, de la cual vido una punta, que estaria dél 12 millas, la
cual nombró la punta de la Pierna. De allí descubrió otra, que llamó la
punta Lanzada, en la misma derrota del Nornordeste, de la cual distaba
16 millas; la isla de la Tortuga vido que era tierra muy alta, pero no
montañosa, y es muy hermosa y muy poblada de gente, como la de la isla
Española, y la tierra así toda labrada, que le parecia ver la campiña
de Córdoba. Visto que le hacia el viento contrario y que no podia ir
á la isla Babeque, tornóse al puerto de la Concepcion, aquel viernes.
Sábado, 15 de Diciembre, tornó á dar la vela del dicho puerto, pero el
viento le hizo volver otra vez al puerto mismo de la Concepcion, aunque
no lo pudo tomar, pero surgió cerca dél en una playa, y, amarrados
sus navíos bien, fué con las barcas á ver otro rio que parecia, y
subió por él para ir á las poblaciones que los cristianos de antier
habian visto, y, por la corriente grande dél, subió poco; vido algunas
casas, y el valle grande donde estaban las poblaciones, de que quedó
admirado, diciendo que no habia visto en su vida cosa más hermosa,
por lo cual le puso al valle, del Paraíso, y al rio, Guadalquivir,
porque parecia al Guadalquivir cuando vá por Córdoba, y tenia á las
riberas muchas piedras muy hermosas. Vido alguna gente, y toda dió
á huir; y dice aquí el Almirante que debia de ser cazada esta gente
de la Española y de la Tortuga, que tanto miedo tienen. Domingo, 16
de Diciembre, á media noche, dió las velas, y, por aquel golfete y
entremedio, que se hace entre la isla Española y la Tortuga, y á medio
golfo, topó una canoa, con un indio sólo en ella, de que se maravilló
el Almirante cómo se podia tener sobre el agua siendo el viento grande;
hízolo meter con canoa y todo en la nao, y, alagándolo, dióle cuentas
de vidro, cascabeles y sortijas de laton y llevólo así hasta tierra,
donde estaba una poblacion, 16 millas de allí, que son 4 leguas, junto
á la mar, donde surgió el Almirante en la playa, junto á la poblacion,
que parecia ser de nuevo hecha porque todas las casas eran nuevas.
Fuése luego á tierra el indio, en su canoa, y dado nuevas del Almirante
y de los cristianos ser buena gente (puesto que ya las tenian de lo
pasado cuando fueron los seis cristianos), vinieron luego más de 500
hombres, y, desde á poco, vino el Rey dellos; todos en la playa juntos,
y, uno á uno, y, muchos á muchos, venian á los navíos porque estaban
junto con tierra, y no traian cosa alguna consigo, salvo que algunos
traian algunos granos de oro finísimo á las orejas y en las narices,
lo qual todo daban liberalmente. Mandó el Almirante hacer á todos
honra, porque, dice él, son la mejor gente del mundo y más mansa.
Y dice más: «Tengo mucha esperanza en nuestro Señor, que Vuestras
Altezas los harán todos cristianos, y serán todos suyos, que por suyos
los tengo.» Vido que estaba el dicho Rey en la playa, y que todos le
hacian reverencia y acatamiento. Envióle un presente el Almirante, el
qual, diz que, rescibió con mucha gravedad y estado, y que sería mozo
de hasta veintiun años, y que tenia un ayo viejo y otros consejeros
que le hablaban y respondian, y él hablaba muy pocas palabras. Uno
de los indios que traia el Almirante habló con él, diciéndole como
venian los cristianos del cielo, y que andaban en busca de oro (harto
improporcionable cosa es venir del cielo y andar en busca de oro),
y que querian ir á la isla de Babeque; y el Rey respondió que bien
era, y que en la dicha isla lo habia mucho. Mostró al alguacil del
Almirante el camino que habian de llevar, y que en dos dias llegaria
de allí á ella, y que si de su tierra habian menester algo lo daria de
muy buena voluntad. Este Rey é todos los otros andaban desnudos como
su madre los parió, y así las mujeres, sin algun empacho, y eran, diz
que, los más hermosos hombres y mujeres que hasta allí habian hallado,
harto blancos, que si vestidos anduviesen (dice el Almirante), y se
guardasen del sol y del aire, cuasi serian tan blancos como en España,
porque esta tierra, dice él, es harto fria, y la mejor que lengua pueda
decir; de ser felicísima, dice bien, pero la frialdad no la tiene,
sino frescor muy sin pena, puesto que porque le llovia por allí, y con
el viento, y en la mar, parecíale algo fria. Dice más, que la tierra
es muy alta, y que sobre el mayor monte podrian arar bueyes, y hecha
toda á campiñas y valles, y que en toda Castilla no hay tierra que se
pueda comparar á ella, en hermosura y bondad. Toda esta isla y la de la
Tortuga, son todas labradas como la campiña de Córdoba. Dice tambien
de las raíces de los ajes, que eran gordas como la pierna; de la gente
dice que eran gordos y valientes, y de muy dulce conversacion, sin
secta alguna. Dice que era cosa de maravilla ver aquellos valles, y
los rios y buenas aguas, y las tierras para pan, para ganados de toda
suerte (de que ellos no tienen alguno) para huertas, y para todas las
cosas del mundo que el hombre sepa pedir; todas estas son sus palabras,
y en todo dice gran verdad. Y puesto que por todas partes esta isla es
un Paraíso terrenal, pero, por esta de la Tortuga, es cosa no creible
la hermosura suya, junto á la cual yo viví algunos años. A la tarde
acordó el Rey venir á la nao, al cual recibió el Almirante con mucha
alegría, y le hizo toda la honra que pudo; hízole decir como era de los
reyes de Castilla, los cuales eran de los mayores Príncipes del mundo,
mas ni los indios que el Almirante traia, que eran los intérpretes,
ni el Rey tampoco, podian creer otra cosa sino que eran venidos del
cielo, y que los reyes de Castilla en el cielo habitaban, y no en este
mundo. Mandó ponerle de comer al Rey de las cosas de Castilla, y él
comia un bocado y luego dábalo todo á sus consejeros, y al ayo, y á
los demas que metió consigo. Dice aquí el Almirante: «Crean Vuestras
Altezas que estas tierras son en tanta cantidad buenas y fértiles, en
especial estas desta isla Española, que no hay persona que lo sepa
decir, y nadie lo puede creer sino lo viese. Y crean que esta isla y
todas las otras son así suyas como Castilla, que aquí no falta salvo
asiento y mandarles hacer lo que quisieren, porque yo con esta gente
que traigo, que no son muchos, correria todas estas islas sin afrenta,
porque ya he visto sólos tres destos marineros descender en tierra,
y haber multitud destos indios, y todos huir sin que los quisiesen
hacer mal. Ellos no tienen armas, y son todos desnudos y de ningun
ingenio en las armas, y muy cobardes, que mil no aguardarán á tres; y
así son buenos para les mandar, y les hacer trabajar, sembrar y hacer
todo lo otro que fuere menester, y que hagan villas, y se enseñen
á andar vestidos y á nuestras costumbres.» Estas son sus palabras
formales del Almirante. Es aquí de notar, que la mansedumbre natural,
simple, benigna y humilde condicion de los indios, y carecer de armas,
con andar desnudos, dió atrevimiento á los españoles á tenerlos en
poco, y ponerlos en tan acerbísimos trabajos en que los pusieron, y
encarnizarse para oprimirlos y consumirlos, como los consumieron. Y,
cierto, aquí el Almirante más se extendió á hablar de lo que debiera, y
desto que aquí concibió y produjo por su boca, debia de tomar orígen el
mal tratamiento que despues en ellos hizo.



CAPÍTULO LV.

 En el cual se tracta como trujeron oro los indios.--Vino una canoa
 con 40 hombres, de la Tortuga, á ver los cristianos.--Lo que allí
 pasó cerca della.--No creia el Almirante quel oro fuese natural
 desta isla, aunque despues luego supo el contrario.--Dia de Sancta
 María hizo ataviar los navíos de banderas y tirar tiros, y hacer
 gran fiesta.--Estando comiendo el Almirante, llegó á la nao un Rey
 con mucha gente.--Pasaron allí cosas de oir.--Dió joyas de oro al
 Almirante.--No podian creer sino que eran venidos del cielo.--Despues
 vino á la nao un hermano del Rey.--Diéronle nuevas que en otras muchas
 islas ó tierras habia mucha copia de oro.--Dice al cabo el Almirante,
 que espera en Dios que todas las gentes destas islas han de ser
 cristianos.


Lúnes, 17 de Diciembre, porque hizo viento contrario recio, aunque no
se alteró la mar por el mamparo y abrigo que la isla de la Tortuga hace
á esta costa donde estaba, envió á pescar los marineros con redes,
donde se holgaron muy mucho, con los cristianos, los indios. Tornó
el Almirante á enviar ciertos cristianos á la poblacion y, á trueque
de contezuelas de vidro, rescataron pedazos de oro labrado en hoja
delgada. Vieron á un indio, que juzgó el Almirante ser Gobernador de
aquella provincia, un pedazo, tan grande como la mano, de aquella
hoja de oro, y parecia que le queria rescatar; el cual se fué á su
casa, y hizo muchos pedazos pequeños de aquella pieza y cada pedazuelo
rescataba; sin duda se puede creer la grande alegría que el Almirante
aquí rescibió, viendo que hallaba oro para dar placer á los Reyes
y cumplir con lo que habia prometido, y por lo que á él tambien le
convenia. Dice aquí el Almirante, que por las cosas que obrar dellos
via, y la manera dellos y de sus costumbres, y mansedumbre y consejo,
mostraban ser gente más despierta y entendida que los que hasta allí
habian visto. En la tarde, vino allí una canoa de la Tortuga con 40
hombres, y, en llegando á la playa, toda la gente del pueblo, en señal
de paz, se asentaron, y cuasi todos los de la canoa descendieron en
tierra. El Rey dicho, que estaba en la playa, pareció que no le
plugo de su venida, y levantóse sólo, y, con palabras que parecian de
amenazas, les hizo volver á embarcar, echándoles agua con la mano y
tirando algunas piedras en el agua; y esta era toda su ira. Despues
que con mucha obediencia y humildad se embarcaron todos en su canoa,
él tomó una piedra y la puso en la mano al alguacil del Almirante,
que estaba cabe él, para que se la tirase, pero el alguacil rióse y
no quiso tirarla. Mostraba el Rey allí favorecerse con el Almirante y
los cristianos; los de la canoa se volvieron á su isla de la Tortuga,
sin ruido alguno. Despues de ida la canoa, dijo el Rey al Almirante
que en la Tortuga habia más oro que en esta isla Española, pero esto
no pudo ser verdad, segun la grandeza desta isla y las muchas partes
é infinitos rios en que se ha hallado, y la pequeñez de la isla
de la Tortuga, en comparacion desta, porque, como se ha dicho, la
Tortuga será como Gran Canaria, que terná obra de 12 leguas en boja.
Ya podria ser que hobiese oro en ella, lo cual no creo yo que jamás
se buscó, porque era tanto lo que en esta Española se cogia despues
por los españoles, que no se ocupaban en más de sacar los indios que
habia en la Tortuga y traerlos á las minas de acá, donde al cabo se
consumieron, como adelante se dirá; pero el Almirante, en estos dias
que andaba por aquí descubriendo, no creia que en esta isla Española,
ni en la Tortuga, hobiese minas de oro, sino que lo traian de Babeque
aquello poco que por allí habia, y que no le traian los de Babeque
más, porque no tenian qué dar por ello, aunque bien pensaba que estaba
cerca de la fuente, conviene á saber, de donde nacia el oro, que
eran las minas, y que esperaba en Dios que le habia de mostrar las
dichas minas, las cuales tenia que eran en Babeque; y, cierto, este
Babeque debia ser tierra firme, sino que los indios, como no navegaban
léjos de sus casas, sino por las riberas de su mar, ó á las islas
que tenian á vista de sus casas, unos imaginaban al Babeque léjos, y
otros cerca. Estuvo en aquella playa surto, lo uno, porque no habia
viento, y lo otro, porque le habia dicho aquel Rey que habia de traer
oro, no porque tuviese en mucho el Almirante lo que podia traer, como
creyese no haber en esta isla minas, sino por saber mejor de donde lo
traian, puesto que en esta opinion estuviese, cierto, engañado. Así
que, mártes, 18 de Diciembre, luego de mañana, dia de Nuestra Señora
de la O, que es la fiesta de la conmemoracion de la Anunciacion,
mandó ataviar la nao y la carabela de armas y banderas por honra de
la fiesta, y tiráronse muchos tiros de lombardas, y el Rey de aquella
tierra, diz que, habia madrugado de su casa, que debia de distar
cinco leguas de allí, segun pudo juzgar el Almirante, y llegó á hora
de tercia á aquella poblacion, que cerca de allí estaba, en la cual
habian llegado ya ciertos cristianos, que el Almirante habia enviado
para ver si venian con oro, los cuales dijeron, que venian con el Rey
más de 200 hombres, y cuatro le traian en unas andas. Estando comiendo
el Almirante debajo del castillo, en la nao, llegó el Rey á la nao
con mucha gente. Dice el Almirante á los Reyes: «Sin duda pareciera
bien á Vuestras Altezas su estado y acatamiento que todos le tienen,
puesto que todos andan desnudos; él, así como entró en la nao, halló
que estaba comiendo á la mesa debajo del castillo de popa, y él á
buen andar se vino á sentar en par de mí, y no quiso dar lugar que yo
me saliese á él ni me levantase de la mesa, salvo que yo comiese, y,
cuando entró debajo del castillo, hizo señas, con la mano, que todos
los suyos quedasen fuera, y así lo hicieron con la mayor priesa y
acatamiento del mundo; y se asentaron todos en la cubierta, salvo dos
hombres de una edad madura, y que yo estimé por sus consejeros y ayo,
que se asentaron á sus piés. Yo pensé que él ternia á bien de comer de
nuestras viandas, mandé luego traerle cosas que comiese; de las viandas
que le pusieron delante, tomaba de cada una tanto como se toma para
hacer la salva, y lo demas enviábalo á los suyos, y todos comian della,
y así hizo en el beber, que solamente llegaba á la boca y despues lo
daba á los otros, todo con un estado maravilloso y muy pocas palabras,
y aquellas quél decia, segun yo podia entender, eran muy asentadas, y
de seso; y aquellos dos le miraban, y hablaban por él y con él, y con
mucho acatamiento. Despues de haber comido, un escudero suyo traia un
cinto, que es propio como los de Castilla en la hechura, salvo que es
de otra obra, y me lo dió, y dos pedazos de oro labrados que eran muy
delgados; que creo que aquí alcanzan poco dél, puesto que tengo que
están muy vecinos de donde nace y hay mucho. Yo vide que le agradaba
un arambel que yo tenia sobre mi cama, yo se le dí, y unas cuentas muy
buenas de ámbar que yo traia al pescuezo, y unos zapatos colorados,
y una almarraxa de agua de azahar, de que quedó tan contento que fué
maravilla. Y él y su ayo y consejeros llevaban gran pena porque no me
entendian, ni yo á ellos; con todo, le cognoscí que me dijo que si me
cumplia algo de aquí, que toda la isla estaba á mi mandar.» Todas estas
palabras son del Almirante. Mostróle el Almirante una moneda de oro
fino, que solia en aquellos tiempos haber en Castilla, que se llamaba
«excelente», que valia dos castellanos (que yo que escribo esto ví é
alcancé), en la cual iban esculpidos los rostros del Rey é de la Reina,
de que se admiraba mucho. Mostróle tambien las banderas de la cruz, y
las de las armas reales, diciéndole el Almirante la grandeza de los
Reyes, por señas, de que se admiraba y platicaba con sus consejeros,
diciendo, á lo que el Almirante y los demas creian entender, que, como
los Reyes lo habian enviado desde el cielo, él y los cristianos venir
tan sin miedo. Desque fué tarde, quísose ir, y el Almirante lo envió
en las barcas muy honradamente, y le hizo hacer gran fiesta con los
tiros del artillería, con que fué mucho regocijado. Puesto en tierra,
subió en sus andas y se fué con sus más de 200 hombres; llevaban un
hijo suyo atras en los hombros, con tanta compañía de gente como él. A
todos los marineros y cristianos que topaba los mandaba dar de comer,
y hacer mucha honra; llevaba cada una cosa, de las que el Almirante
le habia dado, delante dél, un hombre, á lo que parecia, de los más
honrados, segun dijo un marinero que lo topó. ¡Oh! y qué fruto en las
ánimas destas gentes se pudiera hacer, si lleváramos el camino que
llevar debiéramos, bien claro, cierto, parece. Despues vino á la nao
un hermano del Rey, á quien el Almirante hizo mucha honra y dió de las
cosas de los rescates, y deste supo el Almirante ó entendió, que al
Rey llamaban, en la lengua desta isla, Cacique. Aqueste dia, diz que,
se rescato poco oro, pero supo el Almirante, de un hombre viejo, que
habia muchas islas comarcanas, en las cuales nascia mucho oro, y que
lo fundian y hacian dello joyas, segun por las señas y meneos se podia
entender; señalaba el viejo la derrota y paraje donde afirmaba estar
aquellas tierras. Determinó el Almirante ir allá, y quisiera llevar
aquel viejo consigo si no fuera tan principal de aquel Rey, é porque
tenia, diz que, ya aquestas gentes por de los reyes de Castilla, y no
era razon de les hacer agravio alguno, aunque creia, que si supiera
la lengua para se lo rogar, que el viejo aceptara ir con él. Puso una
gran cruz en medio de la plaza del pueblo, á lo cual todos los indios
dél ayudaban, y, despues de empinada, la adoraron de la manera que lo
vieron hacer á los cristianos. Dice aquí el Almirante, que esperaba
en Dios que todas aquestas islas habian de ser cristianos, por las
muestras que daban.



CAPÍTULO LVI.

 Hízose á la vela.--Descubrió muchas tierras graciosísimas, valles
 campiñas labradas.--Entró en un puerto que dice ser el mejor del
 mundo.--Vido más puertos y poblaciones.--Dice haber andado veinte
 años por la mar.--Vinieron indios sin número; con grandísima alegría
 traian de comer á los cristianos y cuanto tenian.--Da testimonio
 admirable, y repítelo el Almirante muchas veces y con grande
 encarecimiento, de la bondad y mansedumbre, humildad y liberalidad
 de los indios.--Envió seis cristianos á un pueblo donde les hicieron
 mil servicios.--Vinieron canoas de un Rey á rogar al Almirante que
 fuese á cierta punta de tierra donde lo esperaba.--Fué allá el
 Almirante.--Dióle con mucha alegría de las cosas que tenia.--Cuando se
 iban daban voces los indios, chicos y grandes, rogándoles que no se
 fuesen.--Vinieron muchos más indios á los navíos.--Loa la hermosura y
 templanza de la tierra.--Llamó aquel puerto admirable, de Sancto Tomás.


Hízose á la vela este mártes, en la noche, por pasar aquel entremedio
y golfo de estas dos islas, pero ventó Levante y todo el miércoles, 19
de Diciembre, no pudo salir dél, y á la noche no pudo tomar un puerto
que por allí parecia. Vido cuatro Cabos que hacia la tierra y una
grande bahía y rio, y una angla ó abertura muy grande, y en ella una
poblacion, y, á las espaldas, un valle entre muchas montañas altísimas
de árboles que le pareció ser pinos; vido una isla pequeña, que nombró
de Sancto Tomás. Juzgaba desde la nao que todo el cerco desta isla
Española tenia Cabos y puertos maravillosos, y no se engañaba porque
los tiene por esta parte del Norte, donde andaba, los más, puesto
que, por la parte del Sur, tiene algunos y no tan buenos. Parecíale
la templanza de los aires y de la tierra, como por Marzo en Castilla,
y las hierbas y árboles, como por Mayo; las noches, diz que, eran de
catorce horas. Jueves, 20 de Diciembre, al poner del sol, entró en un
puerto que estaba entre la isleta de Santo Tomás y un cabo, y surgió en
él. Este puerto, dice que, es hermosísimo y que cabrian en él cuantas
naos hay en cristianos, la entrada dél parece, desde la mar, imposible
á los que no hobiesen en él entrado, por unas restringas de peñas
que pasan desde el monte hasta cuasi la isla, y no puestas por órden,
por lo cual es menester abrir los ojos para entrar por unas canales
que tiene, muy anchas y buenas, y todas muy hondas, de siete brazas.
Despues de entrada la nao, puede con una cuerda estar muy segura de
cualesquiera vientos que haya. De aquel puerto, se parecia un valle
grandísimo y todo labrado, que desciende á él, del gueste, todo cercado
de montañas altísimas, que parece que llegan al cielo, hermosísimas,
llenas de árboles verdes, y, parecíale que habia algunas, sin duda,
más altas que la de la isla de Tenerife, que es una de las de Canaria.
Esta isla, de la isla del Pico una de las de los Azores, se cree que
son de las más altas del mundo. Vido por allí otros puertos muy buenos,
y poblaciones parecian, y ahumadas, muchas. Estas ahumadas, pensaba
el Almirante que eran hechas como las que hacen las atalayas cuando
avisan de enemigos, pero no debia de ser por esta causa, sino que, en
esta isla especialmente, como por este tiempo hace seca, y los indios
eran inclinados, y se holgaban, de poner fuego á los herbazales, que
eran grandísimos por las innumerables campiñas llanas y rasas que
habia, y que ellos llaman en su lengua çabanas, lo uno, porque tanta
es y tanto crece la hierba, que tapa ó ocupa los caminos, y como
andan desnudos, la hierba grande les lastima, lo otro, porque entre
la hierba se criaban los conejos desta isla, que nombraban hutias (de
que adelante se hablará, Dios queriendo), y eran sin número, y, con
quemar las çabanas, mataban todos los que querian, por esto tenian de
costumbre de quemarlas. Viernes, 21 de Diciembre, fué en las barcas á
ver el puerto, el cual afirmó ser tal, que ninguno se le igualaba de
cuantos jamás hobiese visto, y excusábase diciendo, que tanto ha loado
los pasados que no sabe cómo lo encarezca, y que temia ser juzgado
por magnificador excesivo, más de lo que la verdad requeria. A esto
satisfizo diciendo, quél traia consigo muchos marineros antiguos y
que afirmaban lo mismo, y así hicieran cuantos los vieran, conviene
á saber, ser dignos de los tales loores los puertos que ántes deste
habia visto, y este exceder á todos ellos; y dice haber andado por
la mar veinte años, sin salir della tiempo que se hobiese de contar,
y vido todo el Levante y Poniente, y la Guínea, y que en todas estas
partidas, no se hallaban tantas calidades, ni tanta perfeccion de
puertos, lo cual dice haber mirado y considerado bien ántes que lo
escribiese, y torna á certificar ser aqueste puerto el mejor. Mandó
salir dos hombres de las barcas en tierra, para ver si habia poblacion
porque, desde la mar, no se parecia, puesto que vian las tierras
todas labradas, y, vueltos, dijeron que habia una poblacion grande,
un poco desviada de la mar. Mandó remar el Almirante las barcas hácia
el derecho de donde estaba, y, llegando cerca de tierra, vieron unos
indios que llegaron á la orilla de la mar, y puesto que al principio
parecia tener temor, pero diciéndoles los indios, que consigo traia,
que no temiesen, vinieron tantos, que parecia cubrir la tierra, dando
mil gracias, hombres y mujeres y niños; los unos corrian de acá, los
otros de acullá á les traer pan, y ajes muy blanco y bueno, y agua, y
cuanto tenian y vian que los cristianos querian, y todo con un corazon
tan largo y tan contento que era maravilla; y no se diga, que, porque
lo que daban valia poco, por eso lo daban liberalmente, porque lo mismo
hacian, y tan liberalmente, los que daban pedazos de oro, como los
que daban la calabaza de agua, y fácil cosa es de cognoscer cuando se
dá una cosa con muy deseoso corazon de dar.» Todas estas son palabras
del Almirante. Dice más, esta gente no tiene varas, ni azagayas, ni
otras ningunas armas, ni los otros de toda esta isla, y tengo que es
grandísima; dice más, que todos eran desnudos, hombres y mujeres, desde
arriba hasta abajo, y que, en los otros lugares, los hombres escondian
sus mujeres de celos pero aquí no, ántes ellas eran las primeras que
venian á dar gracias al cielo viendo los cristianos, y les traian
cuanto tenian, y frutas de cinco ó seis maneras. Tenian, diz que, muy
lindos cuerpos, y el Almirante mandaba, en todas partes, que ninguno
les diese pena ni les tomase cosa alguna contra su voluntad, ántes les
pagasen cuanto les daban. Finalmente, dice el Almirante, que no puede
creer que hombre haya visto gente de tan buenos corazones y francos
para dar, y tan temerosos, porque ellos se deshacian todos por dar á
los cristianos cuanto tenian, y llegando los cristianos, luego corrian
á traerles todo lo que en su poder habia. Despues envió él Almirante
seis cristianos á la poblacion para que viesen qué era, á los cuales
hicieron cuanta honra podian y sabian, dándoles cuanto tenian, porque
ninguna duda les quedaba sino que el Almirante y toda su gente habian
venido del cielo. Lo mismo creian los indios que traia consigo de las
otras islas, puesto que ya se les habia dicho, diz que, lo que habian
de tener, conviene á saber, que no eran sino como los otros hombres
y que vivian en otros reinos que se llamaban Castilla. Idos los seis
cristianos que envió al pueblo, vinieron ciertas canoas con gente á
rogar al Almirante, de partes de un señor, que fuere á su pueblo cuando
de allí partiese, y, porque era en el camino, determinó de ir allá en
las barcas, porque le estaba esperando con mucha gente sobre una punta
de tierra. Ántes que se partiese, vino á la playa tanta gente, hombres
y mujeres y niños, que dice el Almirante que era espanto; daban voces
todos, rogándoles que no se fuesen sino que se quedasen con ellos. Los
mensajeros de aquel señor, que le habia enviado á convidar, esperaban
con cuidado, porque no se fuese sin ir á verlo. Llegado el Almirante
donde le esperaba el señor, junto á la orilla de la mar, con sus
barcas, mandó el señor que llevasen á las barcas muchas cosas de comer
que le tenian aparejadas, y como vido que habia rescibido el Almirante
lo que le habia enviado, todos, ó los más de los indios, dieron á
correr al pueblo, que debia estar cerca, para traerles más comida, y
papagayos y otras cosas de lo que tenian, con tan franco corazon, que
era maravilla. Dióles el Almirante cuentas de vidro, sortijas de laton
y cascabeles, no porque ellos pidiesen algo, sino porque, diz que, le
parecia que era razon; y sobre todo, dice el Almirante, porque los
tiene ya por cristianos y por de los reyes de Castilla, más que las
mismas gentes de Castilla. Dice más, que otra cosa no falta, salvo
saber la lengua y mandarles, porque todo lo que les mandare harán sin
contradiccion alguna. Partióse dellos el Almirante para los navíos, y
daban los indios voces, hombres, mujeres y niños, que no se fuesen y
se quedasen los cristianos con ellos. Partidos con los navíos, venian
tras ellos, á la nao, en canoas llenas dellos, á los cuales hizo hacer
buen tratamiento, dándoles de comer y otras cosas de rescates que
llevaron. Otro señor habia venido ántes á ver los cristianos, y mucha
gente venia nadando á la nao, estando grande media legua de tierra.
Envió á un señor destos, que se habia tornado, ciertos cristianos para
saber nuevas destas islas, los cuales recibió muy graciosamente, y
llevólos consigo á su pueblo para darles ciertos pedazos grandes de
oro, y llegaron á un gran rio, el cual los indios pasaron á nado, los
cristianos no pudieron pasar, y, así, se tornaron. En esta comarca
toda, parecian montañas altísimas, que parecian llegar al cielo, que
la isla de Tenerife dice que era nada en comparacion dellas, en altura
y hermosura; llenas de verdes arboledas, que era, diz que, una cosa
de maravilla. Entremedio dellas hay vegas muy graciosas, y, al pié
deste puerto, al Sur, hay una vega tan grande, que los ojos no pueden
alcanzar al cabo della, sin que tenga impedimento de montaña, que le
parecia que debia tener 15 ó 20 leguas, por la cual vieron un rio;
y es toda poblada y labrada, y estaba tan verde como si en Castilla
fuera por Mayo ó por Junio, puesto que las noches tenian catorce
horas, y la tierra siendo septentrional. Esta vega es el cabo de la
vega grandísima, á quien despues puso nombre el Almirante Vega Real,
porque, cierto, creo que se puede contar por una de las maravillas del
mundo, como abajo se dirá. Torna á loar este puerto el Almirante, de
ser cerrado y segurísimo para todos los vientos que puedan venir, y aún
para corsarios y gentes que quisiesen saltear, porque aunque la boca
tiene más de dos leguas de ancho, es muy cerrada con dos restringas de
piedra, que cuasi no se ven sobre agua, sino una entrada angosta que no
parece sino que se hizo á mano, y que dejaron una puerta abierta cuanto
los navíos puedan entrar; y en la boca tiene siete brazas. Hay en él
tres ó cuatro isletas, que puede llegarse la nao ó alguna dellas hasta
poner el bordo, sin miedo, junto con las peñas, y entra en él un rio
grande; dice, en fin, que es el mejor puerto del mundo, al cual llamó
Puerto de la Mar de Sancto Tomás, porque hoy era su dia, y díjole Mar,
por la grandeza. Dice más, que, alrededor deste puerto, es todo poblado
de gente muy buena y mansa, y sin armas buenas ni malas.» Estas son sus
palabras.



CAPÍTULO LVII.

 El rey Guacanagarí, que fué uno de los cinco Grandes de la Española,
 tenia sus pueblos y casa cerca de allí, envióle á rogar que fuese á
 su casa por verlo, con un Embajador suyo y con él un presente con
 oro.--Respondió el Almirante que le placia.--Envió seis cristianos
 á un pueblo.--Hicieron gran recibimiento y dieron cosas y algunos
 pedacitos de oro.--Vinieron aqueste dia más de 120 canoas, llenas de
 gente, á los navíos.--Todas traian que dar y ofrecer á los cristianos,
 etc.


En amaneciendo, sábado, 22 de Diciembre, hizo dar las velas,
partiéndose para ir en busca de las islas que los indios le decian
que tenian mucho oro, pero no le hizo tiempo y tornó á surgir; envió
á pescar la barca con la red. El señor y Rey de aquella tierra, que
tenia, diz que, un lugar cerca de allí, le envió una gran canoa llena
de gente, y en ella una persona principal, criado suyo, á rogar
afectuosamente al Almirante que fuese con sus navíos á su tierra,
y que le daria cuanto tuviese. Este Rey era el gran señor y rey
Guacanagarí, uno de los cinco Reyes grandes y señalados desta isla, el
que creemos que señoreaba toda la mayor parte de tierra que está por
la banda del Norte, por donde el Almirante por estos dias navegaba. Á
este Rey debió mucho el Almirante, por las buenas obras que le hizo,
como luego parecerá. Envióle, con aquel su criado y Embajador, un
cinto que en lugar de bolsa traia una carátula, que tenia dos orejas
grandes de oro de martillo, y la lengua y la nariz; este cinto era de
pedrería muy menuda, como aljófar, hecha de huesos de pescado, blanca
y entrepuestas algunas coloradas, á manera de labores, tan cosidas en
hilo de algodon, y por tan lindo artificio, que, por la parte del hilo
y revés del cinto, parecian muy lindas labores, aunque todas blancas,
que era placer verlas, como si se hobiera tejido en un bastidor, y
por el modo que labran las cenefas de las casullas en Castilla los
brosladores, y era tan duro y tan fuerte, que sin duda creo, que no
le pudiera pasar, ó con dificultad, un arcabuz; tenia cuatro dedos en
ancho, en la manera que se solian usar en Castilla, por los Reyes y
grandes señores, los cintos labrados en bastidor, ó tejidos de oro,
é yo alcancé á ver alguno dellos. Así que, viniendo la canoa y aquel
mensajero á la nao, topó con la barca, y luego, como para captar la
benevolencia de los cristianos (como sea gente de muy franco corazon y
cuanto le piden dan con la mejor voluntad del mundo, que parece que en
pedirles algo les hacen gran merced; esto dice aquí el Almirante), dió
luego el dicho cinto á un marinero para que lo trajese al Almirante, y
viniéronse juntas la barca y la canoa á la nao. Recibiólos el Almirante
con mucha alegría, y primero que los entendiesen pasó alguna parte del
dia; finalmente, acabó de entender por señas su embajada. Determinó
partirse otro dia, domingo, 23 de Diciembre, para allá, puesto que de
costumbre tenia de nunca salir de puerto, domingo, (por su devocion, y
no por supersticion, dice él), pero por condescender á los ruegos de
aquel gran señor, agradeciéndole tan buena voluntad, y por la esperanza
que tenia, dice él, que aquellos pueblos habian de ser cristianos por
la voluntad que muestran, y ser de los reyes de Castilla, y porque
los tenia ya por suyos, porque le sirvan con amor, les queria agradar
y hacer todo placer. Ántes que hoy partiese, envió el Almirante seis
cristianos á una poblacion muy grande, tres leguas de allí, porque el
señor della vino el dia pasado á ver al Almirante, y díjole que tenia
ciertos pedazos de oro y que se los queria dar. Con estos cristianos,
dice el Almirante, que envió su Escribano por principal, para que no
consintiese hacer á los indios cosa indebida, porque como fuesen tan
francos y los españoles tan codiciosos y desmedidos, que no les bastaba
que por un cabo de agujeta y por un pedazo de vidro y de escudilla, y
por otras cosas de no nada, les daban los indios cuanto querian, pero
que aún sin darles se lo querian todo tomar, y el Almirante, mirando
al franco y gracioso corazon con que daban lo que tenian, que por
seis contezuelas de vidro daban un pedazo de oro, habia mandado que
ninguna cosa recibiesen dellos, que por ella no les diesen alguna en
pago. Así que, llegados á la poblacion los seis cristianos, el señor
della tomó luego por la mano al Escribano y llevólo á su casa, yendo el
pueblo todo, que era muy grande, acompañándolos. Mandóles luego dar de
comer, y todos los indios les traian muchas cosas de algodon, labradas
y en ovillos hilado. Despues que fué tarde, dióles tres ansares muy
gordas el señor, y unos pedacitos de oro, y vinieron con ellos gran
número de gente, y les traian todas las cosas que en el pueblo habian
rescatado, y á ellos mismos porfiaban de traerlos á cuestas, y de
hecho lo hicieron por algunos rios y lugares que toparon lodosos. El
Almirante mandó dar para el señor algunas cosas, y así los dejó á todos
con muy gran contentamiento, creyendo verdaderamente que habian venido
del cielo, y, en ver los cristianos, se tenian por bienaventurados.
Vinieron este dia más de 120 canoas, todas cargadas de gente, á los
navíos, y todas traian que dar y ofrecer á los cristianos, comida de
pan y pescado, y agua en cantarillos de barro, muy bien hechos y por
defuera pintados como de almagra, y algunas simientes, como especias
(estas debian ser la pimienta que llamaban axí, la última aguda), y
echaban, diz que, un grano en una escudilla de agua y bebian, mostrando
que era muy sana.



CAPÍTULO LVIII.

 Estaban esperando la ida del Almirante allí tres Embajadores del rey
 Guacanagarí.--No pudiendo partir el Almirante, envióle las barcas
 con ciertos cristianos para que le desculpasenu.--Fué extraño el
 recibimiento que Guacanagarí con toda su gente les hizo.--Dióles
 dádivas de cosas de oro y otras.--Tornadas las barcas, levantó las
 velas para ir allá.--Supo nuevas, ántes que partiese, de las minas de
 Cibao.--Repite maravillas de la bondad de los indios y de la gravedad
 y cordura de los señores entre ellos, etc.


Debia de haber enviado más mensajeros el dicho rey Guacanagarí, con
el ansia que tenia de ver los cristianos en su casa, de los cuales,
diz que, estaban esperando allí tres, y quisiera el Almirante mucho
partir aquel domingo, 23 de Diciembre, por dar placer al dicho Rey,
pero no le hizo buen tiempo. Acordó enviar con ellos las barcas con
gente, y al Escribano á dar razon al Rey porqué no iba; entretanto que
las barcas iban, invió dos indios de los que consigo, de las otras
islas, traia, á las poblaciones que estaban por allí, cerca del paraje
de los navíos, y estos volvieron, con un señor, á la nao, con nuevas
que en aquella isla Española habia gran cantidad de oro, y que á ella
lo venian á comprar de otras partes. Vinieron otros que confirmaron
haber en ella mucho oro, y mostrábanle la manera que tenian en cogerlo.
Todo aquello entendia el Almirante con pena, pero todavia creia que en
estas partes habia mucha cantidad de oro (no estaba engañado aún en lo
que habia en esta isla, como despues se dirá), porque en tres dias,
que allí estuvo, en aquel puerto de Sancto Tomás, habia habido buenos
pedazos de oro. Dice así: «Nuestro Señor, que tiene en las manos todas
las cosas, vea de me remediar, y dar como fuere su servicio». Cierto,
siempre mostraba el Almirante ser devoto y tener gran confianza en
Dios. Dice, que hasta aquella hora de aquel dia, haber venido á la nao,
más de mil personas en canoas, y más de quinientos nadando, estando
más de una legua desviada de tierras, y todas traian que dar, y, un
tiro de ballesta ántes que llegasen á la nao, se levantaban en las
canoas en pié y tomaban en las manos lo que traian diciendo á voces:
«Tomad, tomad.» Juzgaba que habian venido cinco señores, ó hijos de
señores, con toda su casa, mujeres y niños, á ver los cristianos.
Tenia por cierto el Almirante, que si aquella fiesta de Navidad
pudiera estar en aquel puerto, que viniera toda la gente desta isla,
la cual estimaba ya por mayor que la de Inglaterra, y no se engañó.
Hallaron las barcas, en el camino, muchas canoas, con mucha gente que
venian á ver los cristianos, del pueblo del dicho rey Guacanagarí,
donde ellos iban, los cuales se tornaron con ellos á la poblacion.
Fuéronse delante las canoas, como andan mucho con sus remos, para dar
nuevas al Rey de la ida de los cristianos en las barcas. Finalmente,
los salió á recibir el Rey, y, entrados en la poblacion, hallaron que
era la mayor y más bien ordenada de calles y casas que hasta allí
habian visto, y ayuntados en la plaza, que tenian muy barrida, todo
el pueblo, que serian más de 2.000 hombres, é infinitas mujeres y
niños, miraban los cristianos con grandísimo regocijo y admiracion,
trayéndoles de comer y beber, de todo lo que tenian. Hizo mucha honra
este Rey á los cristianos, y todos los del pueblo; dióles á cada uno,
el Rey, paños de algodon, que vestian las mujeres, y papagayos para el
Almirante, y ciertos pedazos de oro. Dábanles tambien, los populares,
paños de algodon de los mismos, y otras cosas de sus casas, y lo que
los cristianos les daban, por poco que fuese, lo recibian y estimaban
como reliquias. Cuando en la tarde se querian los cristianos volver
y despedir, el Rey les rogaba mucho que se holgasen allí hasta otro
dia, y lo mismo importunaba todo el pueblo. Vista su determinacion de
venirse, acompañáronles gran número de indios, llevándoles á cuestas
todas las cosas quel Rey y los demas les habian dado, hasta las barcas,
que estaban en la boca de un rio. Hasta aquí, no habia podido entender
el Almirante, si este nombre Cacique significaba Rey ó Gobernador,
y otro nombre que llamaban Nitayno, si queria decir Grande, ó por
hidalgo ó Gobernador; y la verdad es, que Cacique era nombre de Rey,
y Nitayno era nombre de caballero y señor principal, como despues se
verá, placiendo á Dios. Lúnes, 24 de Diciembre, víspera de Navidad,
ántes de salido el sol, mandó levantar las anclas con el viento terral,
para ir á ver al Guacanagarí, cuyo pueblo debia, creo yo, de estar de
aquel puerto y Mar de Sancto Tomás, obra de cuatro ó cinco leguas. Dice
aquí el Almirante, interrumpiendo el discurso del viaje, que entre los
muchos indios, que ayer, domingo, vinieron á la nao, que testificaban
que habia en esta isla oro, nombrando los lugares donde se cogía,
vido uno que le pareció más desenvuelto, y más gracioso en hablar, y
que con más aficion y alegría parecia que hablaba; al cual trabajó
de alagar mucho, y rogarle que se fuese con él á mostrarle las minas
del oro. Este trujo otro compañero ó pariente consigo, y debian de
conceder irse con él en la nao, aunque no lo dice claro el Almirante.
Estos dos indios, entre los otros lugares que nombraban tener minas
de oro, señalaban uno que llamaron Cibao, donde afirmaban que nacia
mucha cantidad de oro, y que el Cacique ó Rey de allí traia, diz que,
las banderas de oro, pero que era léjos de allí. Oido el Almirante
este nombre Cibao ser tierra donde nacia oro, de creer es que se le
regocijó el corazon y dobló su esperanza, acordándose de la carta
ó figura que le envió Paulo, físico, de la isla de Cipango, de que
arriba, cap. 12, hicimos larga mencion. Los indios tenian mucha razon
en loar la provincia de Cibao de rica de oro, aunque decian más de lo
que sabian, por haber más oro en ella de lo que ellos habian visto ni
oido; porque como los indios desta isla no tuviesen industria de coger
oro, como se dirá, nunca supieron ni pudieron saber lo mucho que habia,
que fué cosa, despues, de admiracion. La lejura ó distancia de allí
hasta Cibao no era mucha, porque no habria obra de 30 leguas, y estas,
como los indios no solian salir muy léjos destas tierras, en esta isla
bien pudieron temer la dicha distancia, y señalarla por léjos. En este
lugar, dice á los Reyes, entre otras, el Almirante, estas palabras:
«Crean Vuestras Altezas que en el mundo no puede haber mejor gente ni
mas mansa. Deben tomar Vuestras Altezas grande alegría, porque luego
los harán cristianos, y los habrán enseñado en buenas costumbres de sus
reinos; que más mejor gente ni tierra puede ser, y la gente y la tierra
en tanta cantidad, que yo no sé cómo lo escriba, porque yo he hablado
en superlativo grado de la gente y de la tierra de Juana, á que ellos
llaman Cuba, mas hay tanta diferencia dellos y della á esta, en todo,
como del dia á la noche. Ni creo que otro ninguno que esto hobiese
visto, hobiese hecho, ni dijese ménos de lo que yo tengo dicho y digo.
Que es verdad que es maravilla las cosas de acá, y los pueblos grandes
desta isla Española (que así la llamo, y ellos la llaman Bohío), y
todos de muy singularísimo trato, amorosos y habla dulce, no como los
otros, que parece cuando hablan que amenazan, y de buena estatura
hombres y mujeres, y no negros. Verdad es que todos se tiñen, algunos
de negro, y otros de otro color, y los más de colorado (he sabido que
lo hacen por el sol, que no les haga tanto mal), y las casas y lugares
tan hermosos, y con señorío en todos, como juez ó señor dellos, y
todos le obedecen que es maravilla. Y todos estos señores son de pocas
palabras y muy lindas costumbres, y su mando es, lo más, con hacer
señas con la mano y luego es entendido, que es maravilla.» Todas estas
son palabras formales del Almirante. Razon es de advertir aquí, cuantas
veces repite los loores de la mansedumbre, humildad, obediencia,
simplicidad, liberalidad y bondad natural destas gentes, como quien por
vista de ojos, muchas veces lo experimentaba el Almirante. El pintarse
de negro y otros colores, sin duda lo acostumbraban por se defender
del sol, y porque con aquellas colores se les paraban las carnes muy
tiestas, y no se cansaban tan presto en los trabajos. En las guerras
tambien se teñian de aquellas colores, como abajo, placiendo á Dios,
parecerá.



CAPÍTULO LIX.

 Noche de Navidad, echóse á dormir de muy cansado.--Descuidóse el
 que gobernaba, da en un bajo la nao, cerca del puerto del rey
 Guacanagarí.--Huyeron con la barca los marineros, desmamparando la
 nao.--No los quisieron los de la otra carabela recibir, y sabido por
 el Rey la pérdida de la nao, fué extraña y admirable la humanidad y
 virtud que mostró al Almirante y á los cristianos, y el socorro que
 mandó dar y poner para descargarla toda, y la guarda que hizo poner en
 todas las cosas, que no faltó agujeta.--Certifica el Almirante á los
 Reyes, que en el mundo no puede haber mejor gente ni mejor tierra, etc.


Anduvo este dia, lúnes, y un pedazo de la noche que llamamos Noche
Buena de Navidad, aunque fué harto trabajosa para el Almirante esta,
donde Dios le comenzó á aguar los placeres y alegrías que por aquí cada
hora le daba, que, cierto, debian de ser inestimables, viéndose haber
descubierto unas tierras tan felices y tantas gentes bienaventuradas de
su naturaleza (si fueran dichosas de que á cognoscerlas y tractarlas,
segun razon, acertáramos, ó nosotros fuéramos venturosos para que Dios
no nos dejara de su mano), y de donde podia el Almirante cada dia asaz
conjeturar y esperar grandísimos y generalísimos bienes espirituales
y temporales. Ansí que, anduvo este dia y parte desta noche con poco
viento, casi calma, hasta llegar una legua ó legua y media del pueblo
del rey Guacanagarí, que tanto verlo deseaba, y él, que iba no con
ménos deseos y ánsia. Estando sobre cierta punta de la tierra, hasta
dado el primer cuarto de las velas, que seria á las once de la noche,
velando siempre el Almirante, viendo que no andaba nada y la mar era
como en un escudilla, acordó de echarse á dormir, de muy cansado, y que
habia dos dias y una noche que sin dormir estaba desvelado. De que vido
el marinero que gobernaba, que el Almirante se acostaba para dormir,
dió el gobernario á un mozo grumete, y fuése tambien á dormir; lo que
el Almirante siempre prohibió en todo el viaje, que, ni con calma ni
con viento, no diesen los marineros el gobernario á los grumetes; lo
mismo hicieron todos los marineros, visto que el Almirante reposaba y
que la mar era calma. El Almirante se habia acostado por estar seguro
de bancos y de peñas, porque, cuando el domingo envió las barcas al
rey Guacanagarí, habian visto la costa toda los marineros, y los bajos
que habia, y por dónde se podia pasar desde aquella punta al pueblo
del Rey dicho, lo que no habian hecho en todo el viaje. Quiso Nuestro
Señor, que á las doce horas de la noche, que las corrientes que la mar
hacia llevaron la nao sobre un banco, sin que el muchacho que tenia el
gobernario lo sintiese, aunque sonaban bien los bajos que los pudiera
oir de una legua. El mozo sintió el gobernario tocar en el bajo, y oyó
el sonido de la mar, y dió voces, á las cuales levantóse primero el
Almirante, como el que más cuidado siempre tenia, y fué tan presto,
que aún ninguno habia sentido que estaban encallados; levantóse luego
el Maestre de la nao, cuyo era aquel cuarto de la vela, mandóle luego
el Almirante, y á todos los marineros, que halasen el batel ó barca
que traian por popa, y que tomasen un ancla y la echasen por popa,
porque por aquella manera pudieran, con el cabrestante, sacar la nao;
el cual, con los demas, saltaron en el batel, y temiendo el peligro,
quítanse de ruido, y vánse huyendo á la carabela, que estaba de
barlovento, que quiere decir, hácia la parte de donde viene el viento,
media legua. El Almirante, creyendo que habian hecho lo que les habia
mandado, confiaba de por allí presto tener remedio, pero cuanto ellos
lo hicieron de malvadamente, lo hicieron de bien, fiel y virtuosamente
los de la carabela, que no los quisieron recibir é les defendieron
la entrada; luego, á mucha priesa, los de la carabela saltaron en su
barca y vinieron á socorrer al Almirante y á remediar la nao; los otros
vinieron aún despues, con su confusion y vergüenza. Ántes que los unos
y los otros llegasen, desque vido el Almirante que huian dejándole en
tan gran peligro, y que las aguas menguaban y la nao estaba ya con la
mar de través, no viendo otro remedio, mandó cortar el mastel y alijar
de la nao todo cuanto pudieron, para la alivianar y ver si podian
sacarla; pero como las aguas menguaban de golpe, cada rato quedaba la
nao más en seco, y así no la pudieron remediar, la cual tomó lado hácia
la mar traviesa; puesto que la mar era poca por ser calma, con todo,
se abrieron los conventos, que son los vagos que hay entre costillas y
costillas, y no se abrió la nao. Si viento ó mar hobiera, no escapara
el Almirante, ni hombre de los que con él quedaron, y si hicieran el
Maestre y los demas lo que les habia mandado, de echar el ancla por
popa, cierto, la sacara, porque cada dia se halla por experiencia ser
este, para el tal conflicto, el remedio. Envió luego el Almirante
á Diego Arana, de Córdoba, Alguacil mayor del armada, y á Pero
Gutierrez, repostero de la casa real, en el batel, á hacer saber al rey
Guacanagarí, que lo habia enviado á convidar, el desastre y fortuna que
le habia sucedido. El Almirante fué á la carabela para llevar y salvar
la gente de la nao, y, como avivase ya el viento, y quedase aún gran
pedazo de noche por pasar, y no supiese que tanto se extendia el banco,
acordó de andar barloventeando hasta que fuese de dia. Estaba de donde
la nao se perdió, la poblacion del rey Guacanagarí, legua y media;
llegados los cristianos y hecha relacion al Rey del caso acaecido,
diz que, mostró grandísima tristeza y cuasi lloró, y, á mucha priesa,
mandó á toda su gente que tomasen cuantas canoas grandes y chicas
tenia, que fuesen á socorrer al Almirante y á los cristianos, y así,
con maravillosa diligencia, lo hicieron; llegaron las canoas é infinita
gente á la nao, diéronse tanta priesa á descargar, que en muy breve
espacio la descargaron. Fué, dice el Almirante, admirable y tempestivo
el socorro y aviamiento que el Rey dió, así para el descargo de la nao,
como en la guarda de todas las cosas que se sacaban y ponian en tierra,
que no faltase una punta de alfiler, como no faltó cosa, chica ni
grande; y él mismo, con su persona y con sus hermanos, estaba poniendo
recaudo con las cosas que se sacaban, y mandándole tener á toda su
gente que en ello entendia. De cuando en cuando enviaba una persona,
ó de sus parientes ó principal, llorando, á consolar al Almirante,
diciéndole, que le rogaba que no hobiese pesar ni enojo, porque él le
daria cuanto tuviese. Dice aquí el Almirante, estas palabras á los
Reyes: «Certifico á Vuestras Altezas, que en ninguna parte de Castilla
tan buen recaudo en todas las cosas se pudiera poner sin faltar una
agujeta.» Estas son sus palabras. Mandó poner todas juntas las cosas
que desembarcaban, cerca de las casas, entre tanto que se vaciaban
algunas casas, que mandó vaciar, para donde se metiese y guardase todo.
Mandó asimismo, que estuviesen hombres armados de sus armas, que son
flechas y arcos, en rededor de toda aquella hacienda, que velasen y
la guardasen toda la noche. Él, con todo el pueblo, lloraban, dice el
Almirante, tanto son gente de amor y sin cudicia, y convenibles para
toda cosa, que certifico á Vuestras Altezas, que en el mundo creo que
no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman á sus prójimos como á sí
mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo y mansa, y siempre
con risa; ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres
los parió, mas crean Vuestras Altezas, que entre sí tienen costumbres
muy buenas, y el Rey muy maravilloso estado, de una cierta manera tan
continente, que es placer de verlo todo; y la memoria que tienen, y
todo lo quieren ver, y preguntan qué es y para qué.» Estas todas son
palabras del Almirante.



CAPÍTULO LX.

 Visitó el Rey al Almirante con gran tristeza.--Consolólo mucho,
 diciéndole que su hacienda estaba á buen recaudo, que todo lo demas
 se desembarcaria luego.--Vinieron canoas de otros pueblos, que
 traian muchos pedazos de oro para que les diesen cescabeles y cabos
 de agujetas.--Como vido el Rey que el Almirante se alegraba mucho,
 le dijo que ahí estaba Cibao, que le daria mucho.--En oyendo Cibao,
 creia que era Cipango.--Rogóle el Rey que saliese á tierra, veria sus
 casas.--Hízole hacer gran recibimiento.--Pónele una gran caratula de
 oro, como corona, en la cabeza, y otras joyas al pescuezo, y á los
 cristianos reparte pedazos de oro.--Determinó el Almirante hacer allí
 fortaleza, etc.


Otro dia, miércoles, dia de Sant Estéban, 26 de Diciembre, vino el
rey Guacanagarí á ver al Almirante, que estaba en la carabela _Niña_,
lleno de harta tristeza y cuasi llorando: con rostro compasivo,
consolándole con una blandura suave, segun por su manera de palabras
y meneos pudo darle á entender, le dijo, que no tuviese pena, que él
le daria todo cuanto tenia, y que habia dado á los cristianos, que
estaban en tierra con la hacienda que se desembarcaba, dos muy grandes
casas para meterla y guardarla, y que más daria si fuesen menester, y
cuantas canoas pudiesen cargar y descargar la nao y ponerlo en tierra
y cuanta gente quisiese, y que ayer habia mandado poner en todo muy
buen recaudo, sin que nadie osase tomar una migaja de un bizcocho
ni de otra cosa alguna; tanto, dice el Almirante, son fieles y sin
cudicia de lo ageno, y así era, sobre todos, aquel Rey, virtuoso.
Esto dice el Almirante. Entretanto que él hablaba con el Almirante,
vino otra canoa de otro lugar ó pueblo que traia ciertos pedazos de
oro, los cuales queria dar por un cascabel, porque otra cosa tanto no
deseaban; la razon era, porque los indios desta isla, y aún de todas
las Indias, son inclinatísimos, y acostumbrados á mucho bailar, y,
para hacer son que les ayude á las voces ó cantos que bailando cantan
y sones que hacen, tenian unos cascabeles muy sotiles, hechos de
madera, muy artificiosamente, con unas pedrecitas dentro, los cuales
sonaban, pero poco y roncamente. Viendo cascabeles tan grandes y
relucientes, y tan bien sonantes, más que á otra cosa se aficionaban,
y, cuanto quisiesen por ellos ó cuanto tenian, curaban, por haberlos,
de dar; llegando cerca de la carabela, levantaban los pedazos de oro
diciendo: «Chuque, chuque cascabeles,» que quiere decir: «Toma, y daca
cascabeles.» Y aunque aquí ni en este tiempo acaeció lo que contaré,
porque fué despues, cuando el Almirante vino el siguiente viaje á esta
isla poblar, pero, pues viene á propósito, quiérolo decir. Vino un
indio á rescatar con los cristianos un cascabel, y trabajó de sacar
de las minas, ó buscar entre sus amigos hasta medio marco de oro, que
contiene 25 castellanos ó pesos de oro, que traia envueltos en unas
hojas ó en un trapo de algodon, y, llegado á los cristianos, dijo que
le diesen un cascabel, y que daria aquel oro, que traia allí, por él;
ofrecido por uno de los cristianos un cascabel, teniendo en la mano
izquierda su oro, no queriéndolo primero dar, dice: «daca el cascabel,»
extendiendo la derecha; dánselo, y, cogido, suelta su medio marco de
oro, y vuelve las espaldas y dá á huir como un caballo, volviendo
muchas veces la cabeza atras; temiendo si iban tras él, por haber
engañado al que le dió el cascabel por medio marco de oro. Destos
engaños quisieran muchos cada dia los españoles de aquel tiempo, y
aún creo que los de este no los rehusarian Tornando al propósito, al
tiempo que se querian volver las canoas de los otros pueblos, rogaron
al Almirante que les mandase guardar un cascabel hasta otro dia (parece
que temiendo que se acabarian con la priesa), porque traerian cuatro
pedazos de oro tan grandes como la mano; holgó el Almirante de los
oir, é mezcló la pena que de su adversidad tenia, con la esperanza
que de las nuevas de haber tanto oro se le recrecia. Despues vino un
marinero, de los que habian llevado la ropa de la mar á tierra, el
cual dijo al Almirante, que era cosa de maravilla ver las piezas de
oro que los cristianos que estaban en tierra con la ropa, de haber
rescatado por casi nada, tenian, y que, por una agujeta y por un cabo
della, les daban pedazos que pesaban más de dos castellanos, y que
creia que no era nada, con lo que esperaban que desde á un mes habrian.
Toda cosa de laton estimaban en más que otra ninguna, y por eso, por
un cabo de agujeta, daban sin dificultad cuanto en las manos tenian;
llamábanle turey, como á cosa del cielo, porque al cielo llamaban
turey; olíanlo luego como si en olerlo sintieran que venia del cielo;
y finalmente, hallaban en él tal olor, que lo estimaban por de mucho
precio, y así hacian á una especie de oro bajo que tenia la color
que tiraba á color algo morada, y que ellos llamaban guanin, por el
olor cognoscian ser fino y de mayor estima. Como el rey Guacanagarí
vido quel Almirante se comenzaba á alegrar de su tristeza, con las
muestras y nuevas que del oro le traian, holgábase mucho y dijo al
Almirante, por sus palabras y señas, quél sabia donde cerca de allí
habia mucho oro, que tuviese buen corazon, y que le haria traer cuanto
oro quisiese; para lo cual, diz que, le daban razon, y especialmente
habia mucho en Cibao, mostrando que ellos no lo tenian en nada, y que
por allí en su tierra lo habia. Oyendo el Almirante á Cibao, siempre
se le alegraba el corazon, estimando ser Cibao la isla que él traia en
su carta, y la que, segun Paulo, físico, imaginaba; y así no entendia
que aquel cerca fuese provincia desta isla, sino que fuese isla por
sí. Comió el Rey con el Almirante en la carabela, y despues rogó al
Almirante que se fuese con él á tierra, á ver su casa, gente y tierra.
Salidos, hiciéronle muy gran recibimiento y honra, y llevólo á su casa,
y mandólo dar colacion de dos ó tres maneras de frutas, y pescado, y
caza, y otras viandas que ellos tenian, y de su pan, que llaman cazabí;
llevólo á ver unas verduras y arboledas muy graciosas junto á las
casas, y andaban con él bien mil personas, todos desnudos. El Rey ya
traia camisa y guantes, quel Almirante le habia dado, y por lo que más
alegría hobo y fiesta hizo fué por los guantes. En su comer y en la
honestidad, gravedad y limpieza, dice el Almirante, que mostraba bien
ser de linaje. Despues de haber comido, en lo cual tardó buen rato,
trujéronle muchas hierbas con que se refrescó mucho las manos (creyó el
Almirante que lo hacia por las ablandar), y despues le dieron agua á
manos. Acabado de comer, llevó al Almirante á la playa, y el Almirante
envió por un arco turquesco y un manojo de flechas que llevaba de
Castilla, y hizo tirar á un hombre de su compañía, que lo sabia bien
hacer, y el Rey, como no supiese que fuesen armas, porque no las tenian
ni las usaban, le pareció gran cosa; todo esto dice el Almirante.
Vino, diz que, la plática sobre los caribes que los infestaban allí,
á lo cual el Almirante le dió á entender por señas, que los Reyes de
Castilla eran muy poderosos y los mandarian destruir, é traérselos las
manos atadas. Mandó el Almirante tirar una lombarda y una escopeta ó
espingarda, que entónces así se llamaba, y viendo el efecto que hacian
y lo que penetraban, quedó el Rey maravillado, y la gente, oyendo el
tronido de los tiros, cayeron todos en tierra espantados. Trujeron al
Almirante una gran carátula, que tenia unos grandes pedazos de oro en
las orejas y en los ojos, y en otras partes, la cual le dió con otras
joyas de oro, y el mismo Rey se la puso al Almirante en la cabeza y al
pescuezo, y á otros cristianos que con él estaban dió tambien muchas
cosas de oro. Era inextimable el placer, gozo, consuelo y alegría
de cosas que via, dando gracias á Dios muy intensas por todo, é iba
desechando el angustia recibida de la pérdida de la nao, y cognosció
que Nuestro Señor le habia hecho merced en que allí encallase la nao,
porque allí hiciese asiento; para lo cual, dice, que vinieron tantas
cosas á la mano, y que á ello le inducian, que verdaderamente no fué
aquello desastre, sino grande ventura, porque es cierto, dice él, que
si yo no encallara que me fuera de largo sin surgir en este lugar,
porque él está metido acá dentro en una grande bahía, y en ella dos ó
tres restringas de bajos, ni este viaje dejara aquí gente, ni aunque
yo quisiera dejarla no les pudiera dar tan buen aviamiento, tantos
pertrechos, ni tantos mantenimientos, ni aderezo para fortaleza. Y bien
es verdad que mucha gente desta que está aquí, me habian rogado, que
les quisiese dar licencia para quedarse. Agora tengo ordenado de hacer
una torre y fortaleza, todo muy bien, y una gran cava, no porque crea
que haya esto menester por esta gente (porque tengo por dicho, que con
esta gente que yo traigo sojuzgaria toda esta isla, la cual creo que es
mayor que Portugal y más gente, al doble, mas son desnudos y sin armas,
y muy cobardes fuera de remedio), mas es razon que se haga esta torre,
y se esté como ha de estar, estando tan léjos de Vuestras Altezas, y
porque cognoscan el ingenio de las gentes de Vuestras Altezas, y lo
que pueden hacer, porque con temor y amor le obedezcan. Y para este
fin, parece que lo encaminó así la voluntad de Dios, permitiendo que
el Maestre y los marineros hiciesen aquella traicion de dejarle en
aquel peligro, y no echar el ancla por popa como habia mandado, porque
si hicieran lo que les mandaba saliera la nao y se salvara, y así no
se supiera la tierra, dice él, como se supo aquellos dias que allí
estuvo, porque no entendia parar en lugar ninguno, sino darme priesa en
descubrir. Para lo cual, diz que, la nao no era, por ser muy pesada,
y dello fueron causa los de Palos que no cumplieron con los Reyes lo
que habian prometido, que fué, dar navíos convenientes para aquella
jornada y no lo hicieron. Concluye el Almirante diciendo, que de todo
lo que en la nao habia, no se perdió una agujeta, ni tabla, ni clavo,
porque quedó sano como cuando partió. Dice más, que espera en Dios
que á la vuelta, que entendia hacer de Castilla, habia de hallar un
tonel de oro que habrian rescatado los que allí entendia dejar, y que
habrian descubierto la mina del oro y la especería; y aquello en tanta
cantidad, que los Reyes ántes de tres años emprediesen y aderezasen
para ir á conquistar la Casa Sancta, que, así, dice él, lo protesté á
Vuestras Altezas, que toda la ganancia desta mi empresa se gastase en
la conquista de Jerusalen, y Vuestras Altezas se rieron y dijeron que
les placia, y que sin esto tenian aquella gana. Estas son sus palabras.
Dice que allí vido algun cobre, pero poco.



CAPÍTULO LXI.

 Tornó el Rey otro dia á la carabela á visitar al Almirante; comió
 allí con él.--Pónense argumentos claros de la bondad natural
 destas gentes.--Asígnanse razones porqué quiso el Almirante dejar
 en esta isla Española algunos cristianos.--Tuvo nuevas de Martin
 Alonso.--Envió el Rey una canoa, y el Almirante un cristiano á
 buscarle.--Torna sin hallarle.--Dió priesa en hacer la fortaleza, y
 acabóla en diez dias, por la mucha gente que le ayudó; púsole nombre,
 La Navidad.--Vido el marinero un Rey que traia unas plastas de oro en
 la cabeza.


Jueves, luego de mañana, saliendo el sol, vino el rey Guacanagarí á
la carabela á visitar al Almirante; de donde parece claro la gran
bondad de la gente desta tierra, porque, cierto, cosa de notar y de
admirar es, que un Rey bárbaro, por respeto nuestro, aunque poderoso
en su tierra, sin cognoscimiento de Dios, y en tierras apartadas de
conversacion y de noticia, ni experiencia, ni historias de la policía
y sotileza é humanidad de otras gentes, de que por aquel mundo de
allá nosotros tuvimos, tuviese tanto cuidado y diligencia en consolar
y hacer todo género y especie de clemencia y humanidad á gente tan
poca, porque no pasaban de 60 personas, nunca vista ni oida, y de su
natura y apariencia feroz y horrible, y puestos en tanto disfavor
y afliccion y necesidad y tristeza, los cuales pudieran ser hechos
dellos pedazos, ó tenerlos por esclavos sin que jamás se supiera ni
hobiera imaginacion ni sospecha dello; argumento y señal cierta es y
bien averiguada, ser estas gentes, de su innata y natural condicion,
humanas, benignas, hospitales, compasivas, mansas, pacíficas y dignas
de tener en mucha estima, y de ayudarlas á salvar, y, como con ovejas
mansas, conversar y tratar con ellas. Cierto, no fué menor indicio de
humanidad y virtud innata por natura, de no violar los derechos de la
hospitalidad, esta obra, que lo que cuenta Julio César en el libro
VI de sus _Comentarios_, hablando de las costumbres de los alemanes,
que á los huéspedes que venian á sus casas estimaban por santos,
y tenian por grande pecado no comunicarles todo cuanto poseian y
ayudarlos y defenderlos de toda injuria, daño y mal. _Hospitem violare
fas non putant, qui quacumque de causa ad eos venerint, injuriam
prohibent, sanctosque habent: hiisque omnium domus patent, victusque
communicantur._ Así que, viendo el Rey á la carabela, comenzó á, con
su blandura benigna, consolar y alegrar al Almirante, diciéndole que
habia enviado por oro, y que lo queria cobrir todo de oro ántes que
se fuese, rogándole tambien afectuosamente que no se fuese, sino que
holgase de vivir é holgar allí con él y con sus gentes. Comió con el
Almirante el Rey y un hermano suyo, y otro que parecia pariente y
privado suyo, y estos dos le decian que querian irse á Castilla con
él. Estando en esto, vinieron ciertos indios con nuevas, diciendo que
la carabela Pinta que tenia Martin Alonso Pinzon, y con que se habia
ausentado ó alzado, estaba en un rio al cabo desta isla ó léjos de
allí. Proveyó luego el rey Guacanagarí con gran diligencia, mandando
que una canoa esquifada de remos, como dicen los marineros, fuese
luego á buscar la carabela y cristianos, y hiciesen con solicitud lo
que el Almirante mandaba, porque le amaba tanto que era maravilla; y
así lo dice el Almirante. Envió en ella el Almirante un marinero con
sus cartas de amor á Martin Alonso, disimulando el apartamiento y pena
que por él le habia causado, persuadiéndole que se viniese donde él
estaba, pues nuestro Señor los habia hecho á todos tanta merced. El Rey
se tornó á su casa despues de haber comido, dejando al Almirante muy
alegre y consolado. En este tiempo se determinó el Almirante de dejar
allí alguna gente por algunas razones: la primera y principal, por ver
la felicidad y frescura y amenidad de la tierra, y la riqueza de ella
en haber hallado muestra tan grande y tan rica de haber en ella mucha
cantidad de oro, y por consiguiente poder en ella, con tanta ventaja
y prosperidad, hacer grandes poblaciones de españoles y cristianos;
la segunda, porque, en tanto que él iba y tornaba de Castilla, ellos
supiesen la lengua, y hubiesen preguntado, inquirido, y sabido los
secretos de la tierra, los señores y Reyes della, y las minas del oro
y metales otros, y si en ella habia otras, más de las que él habia
visto, riquezas, y lo que él mucho estimaba tambien y creia haberlo,
que es especería; la tercera, por dejar en alguna manera prenda, porque
los que oyesen en Castilla que habian quedado ciertos cristianos de su
voluntad en esta isla, no temiesen la luenga distancia, ni los trabajos
y peligros de la mar, aunque esto no era mucho necesario, porque con
decir que habia oro, y tanto oro, aún al cabo del mundo no temieran los
de España irlo á buscar; la cuarta, porque como se le habia perdido la
nao, no pudieran tornar todos en la carabela, sino con gran dificultad;
la quinta, por la voluntad que todos mostraban de quererse quedar, y
los ruegos que sobre ello al Almirante hacian, diciendo que se querian
allí los primeros avecindar. Favoreció y animó mucho su determinacion
ver la bondad, humildad, mansedumbre y simplicidad de todas estas
gentes, y sobre todo, la gran caridad, humanidad y virtud del rey
Guacanagarí, y el tan señalado acogimiento, que no pudo ser en el mundo
en casa de padre y madre más, como les habia hasta entónces hecho, y
el amor que les mostraba, y lo que cada hora se les ofrecia hacer más.
Así que, resuelto en esta determinacion, porque, con algun abrigo, el
que al presente le era posible, quedasen, acordó que se hiciese una
fortaleza de la tablazon, madera y clavazon de la nao con su cava en
derredor, que para los indios desta isla fué y era tan fuerte, como
Salsas para defenderse de franceses, y muy mejor. Mandó, pues, luego á
toda su gente dar muy gran priesa, y el Rey mandó á sus vasallos que
le ayudasen, y como se juntaron cuasi innumerables personas con los
cristianos, diéronse tan buena maña, y con tanta diligencia, que, en
obra de diez dias, nuestra fortaleza quedó muy bien hecha, y, segun
convenia por entónces, edificada; púsole nombre la Villa de la Navidad,
porque aquel dia habia llegado allí, y así hasta hoy se llama aquel
puerto de la Navidad, puesto que no hay memoria que allí hobiese
habido fortaleza ni edificio alguno, porque están tantos y tan grandes
árboles allí nacidos, é yo los he visto, como si hobieran pasado
quinientos años; la razon es, porque es tanta la fertilidad y grosedad
desta isla, que si cortan hoy una rama de un árbol y hacen un hoyo y
la ponen, dos é tres palmos de hondo, en él, sin regarla ni curar más
della, desde á tres ó cuatro años está hecho otro árbol, poco menor que
el de que fué cortada. Tornó la canoa y el marinero que habian ido en
busca de Martin Alonso y de su carabela, y dijo que habian andado más
de 20 leguas y no lo hallaron; y si anduvieran cinco ó seis más, lo
hallaran. Despues vino un indio, y dijo que dos dias habia que habia
visto la carabela surta en un rio, pero no le dieron crédito, creyendo
que burlaba, como los primeros no le habian hallado. Este indio dijo
verdad, como despues pareció, la cual pudo ver desde algun lugar alto,
y él se debia de dar priesa á venir á decirlo á su Rey é señor. Dijo
aquel marinero que habia ido en la canoa, que, 20 leguas de allí,
habia visto un Rey que traia en la cabeza dos grandes plastas de oro,
y mucho á otras personas que estaban con él, y, luego que los indios
de la canoa lo hablaron, se las quitó; creyó el Almirante que el rey
Guacanagarí debia de haber prohibido á todos que no vendiesen oro á los
cristianos, porque pasase todo por su mano.



CAPÍTULO LXII.

 Salió en tierra el Almirante.--Hízosele gran mensura y comedimientos
 por un hermano del Rey que lo llevó al aposento del Almirante.--Vino
 luego el Rey apriesa á ver al Almirante, y con grande alegría pónele
 al pescuezo una gran plasta de oro que traia en la mano.--Comió con
 él.--Tornado á la carabela, invióle el Rey una gran carátula de oro,
 rogándole que le enviase una bacineta y un jarro de laton.--Otro dia
 salió en tierra el Almirante, y halló cinco Reyes vasallos de aquel
 Guacanagarí, cada uno con su corona de oro en la cabeza, mostrando
 gran autoridad.--Llevó del brazo el Rey al Almirante á su aposento
 y quitóse su corona de oro de la cabeza y púsola al Almirante en la
 suya.--El Almirante se quitó del pescuezo un collar de cuentas de
 vidro y púsoselo á él, y un capuz.--Tornándose á la carabela; dos de
 aquellos Reyes acompañaron al Almirante al embarcadero, y cada uno dió
 una gran plasta de oro al Almirante, etc.


Para dar priesa en el edificio del acabamiento de la fortaleza, y dar
órden en lo demás que se debia hacer, salió el Almirante en tierra,
de la carabela (donde siempre por la mayor parte dormia), jueves, 28
de Diciembre. Pareció al Almirante, cuando iba en la barca, que el
Rey le habia visto, el cual se entró luego en su casa disimulando,
por ventura, por hacer más del estado, ó porque tenia concertado de
hacer la ceremonia que hizo. Envióle á un su hermano, que rescibiese
al Almirante, el cual lo recibió con grande alegría, y comedimiento,
y llevó de la mano á una de las casas que tenia el Rey dadas á los
cristianos, la cual, diz que, era la mayor y mejor de toda la villa. En
ella le tenian aparejado un estrado de camisas de palmas; estas son tan
grandes como un cuero de un gran becerro, y poco ménos que de aquella
forma, que son muy limpias y frescas, y que con una se cubre un hombre
y defiende del agua como si se cubriese con un gran cuero de becerro
ó de vaca, son para muchas cosas provechosas, como despues se dirá, y
llámanlas yaguas. Hicieron asentar al Almirante en una silla, con su
espaldar, baja, de las que ellos usaban, que son muy lindas y bruñidas
y relucientes, como si fuesen de azabache, que ellos llaman duhos.
Sentado el Almirante, luego el hermano del Rey envia un escudero al
Rey, su hermano, haciéndole saber como era venido el Almirante, como
si el Rey no supiera ser venido. Como el escudero se lo dijo, quel
Almirante habia venido, con mucha celeridad, mayor que á su autoridad
real parece que convenia (porque cuasi corriendo y con grande alegría),
llégase á él, y pónele al pescuezo una gran plasta de oro que en la
mano traia. Estuvo allí con él hasta la tarde, hasta que el Almirante
se tornó á dormir á la carabela. Otro dia, sábado, 29 de Diciembre,
luego, de mañana, vino á la carabela un sobrino del Rey, muy mozo, y,
segun dice el Almirante, de buen entendimiento y buenos hígados, y,
como siempre fuese solícito de saber donde se cogia el oro, preguntaba
á cada uno por señas, y tambien que ya entendia algunos vocablos; así
que, preguntó al mancebo por las minas, y entendió de la respuesta,
que á cuatro jornadas habia una isla hácia el leste, que se llamaba
Guarionex, y otras Macorix y Mayonis, y Fuma, y Cibao, y Coroay, en
las cuales habia infinito oro; y estos nombres puso luego por escrito
el Almirante. En esto parece como el Almirante no entendia nada de los
indios, porque los lugares que le nombraban, no eran islas por sí,
sino provincias desta isla, y tierras de señores, y esto significaban
por los nombres: Guarionex era el Rey grande de aquella Vega Real,
una de las cosas maravillosas en natura; querian decirle los indios ó
decíanle, que en la tierra y reino de Guarionex estaba la provincia
de Cibao, abundantísima de oro. Macorix, era otra provincia, como
abajo parecerá, puesto que esta tuvo algun oro, pero poco, y los
otros nombres eran provincias, puesto que les faltan ó sobran sílabas
ó letras, que no las debiera escribir bien el Almirante como no los
entendiese bien. Pareció al Almirante, que sabido el hermano del Rey
que el sobrino le habia dicho aquellos nombres, que le pesó y que habia
reñido con él; lo mismo, diz que, habia entendido algunas veces, que el
Rey trabajaba que no sintiese donde se cogia el oro, porque no lo fuese
á rescatar allá. Esto pudo ser así, é pudo engañarse el Almirante,
pues no los entendia, como en otras cosas. Dice aquí el Almirante, que
se le notificaba en tan muchos lugares haber el oro, que era, diz que,
gran maravilla. Siendo ya de noche, le envió el Rey una gran carátula
de oro, rogando que le enviase un bacin de aguamanos y un jarro, que
debia ser, ó de laton ó de estaño, el cual luégo se lo envió, y creyó
que lo pedia para mandar hacer otro á semejanza de aquel, de oro.
El domingo, 30 de Diciembre, salió el Almirante á comer á tierra, y
llegó á tiempo que habian entónces llegado cinco Reyes, sujetos á este
gran señor Guacanagarí, todos con sus coronas de oro en las cabezas,
representando grande autoridad, en tanto grado, que dice el Almirante
á los Reyes. «Vuestras Altezas hobieran mucho placer de ver la manera
dellos; de creer es, que el rey Guacanagarí les debia mandar venir,
para mostrar mejor su grandeza.» En llegando en tierra el Almirante,
le vino el Rey á recibir é lo llevó del brazo á la casa de ayer, donde
estaba puesto el estrado y sillas, en una de las cuales asentó al
Almirante con grande comedimiento y veneracion, y luego se quitó su
corona de la cabeza, y púsola al Almirante en la suya; el Almirante
se quitó del pescuezo un collar de buenos alaqueques y cuentas muy
hermosas, de muy lindos colores, que parecieran en toda parte muy bien,
y se lo puso á él, y se desnudó un capuz de fina lana, que aquel dia se
habia vestido, y se lo vistió, y envió por unos borceguíes de color,
que le hizo calzar. Púsole más, una sortija ó anillo de plata, grande,
en el dedo, porque habia sabido el Almirante, que habian visto á un
marinero una sortija de plata, y que habian hecho mucho por ella; y
es verdad, que toda cosa de metal blanco, fuese plata ó fuese estaño,
estimaban en mücho. Con estas joyas se halló el Rey riquísimo, y quedó
el más alegre y contento del mundo; dos de aquellos Reyes acompañaron
al Almirante hasta el embarcadero, y cada uno dió al Almirante una
grande plasta de oro. Estas plastas de oro no eran fundidas ni hechas
de muchos granos, porque los indios desta isla no tenian industria de
fundir, sino, los granos de oro que hallaban majábanlos entre dos
piedras, y así los ensanchaban, por manera que siendo grandes las
plastas, eran extendidas y ensanchadas de grandes granos ó piezas que
en los rios hallaban. Fuése á la carabela el Almirante á dormir, como
solia, y halló á Vicente Yañez, Capitan della, que afirmaba haber visto
ruibarbo, y que lo habia tambien en la isleta que estaba á la entrada
de la mar y puerto de Sancto Tomás, que distaba seis leguas de allí,
donde habia cognoscido los ramos dél y la raíz; el cual, diz que, echa
unos ramitos fuera de la tierra, y la fruta que parece moras verdes,
cuasi secas, y el palillo cerca de la raíz es muy perfecto amarillo; la
raíz hace debajo de la tierra como una grande pera. Envió la barca á la
isleta por el ruibarbo y trajeron un seron, y no más, porque, diz que,
no llevaron azada para cavarlo. Esto llevó por muestra á los Reyes,
no supe si salió ser ruibarbo, ó si Vicente Yañez se engañó. Tuvo el
Almirante por buena especería la pimienta desta isla que llaman axí,
diciendo ser mejor que la pimienta y manegueta que se traia de Guinea ó
de Alejandría (y, cierto, ella es buena, como despues se dirá), por la
cual imaginaba que debia de haber otras especies della.



CAPÍTULO LXIII.

 Dándose priesa para partirse á dar nuevas á los Reyes de su felice
 viaje, aunque quisiera descubrir más, determinó dejar 39 hombres allí
 con su Capitan, y señalados otros dos para si aquel muriese.--Háceles
 una muy notable plática, que contenia muy necesarios avisos para lo
 que les convenia, prometiéndoles su vuelta hacerla presto, y traerles
 mercedes de los Reyes.--Dejóles mucho bizcocho y vino, y todos los
 rescates, y todo cuanto pudo.--El Rey le mandó proveer para su viaje
 de todo cuanto él quiso y él pudo darle, etc.


Pues, como ya el Almirante cognosciese las mercedes que Dios le habia
hecho en depararle tantas y tan felices tierras, tales y tantas
gentes, y aquella grande muestra de oro, la cual parece prometer, sin
duda, inextimables riquezas y tesoros, y, como él aquí dice, ya el
negocio parecia grande y de gran tomo, ya otra cosa, mas, ni tanto,
deseaba que comunicar á todo el mundo los gozos y dones que la divina
Providencia y bondad le habia concedido, mayormente á los Reyes
católicos de Castilla que le habian favorecido, ayudado y levantado y
con sus expensas reales, aunque no muchas, pero para en aquel tiempo,
todavia estimables, aviado y puesto en camino, y de quien esperaba
la confirmacion de su dignidad y estado, y mercedes que por sus tan
dignos trabajos é industria, dignísima de mucho mayor galardon, le
habian prometido. Por ende, acabada la fortaleza, mandó aparejar
la carabela y tomar agua y leña, y todo lo que para su torna-viaje
pareció serle necesario. Mandóle dar el Rey del pan de la tierra,
que se llamaba cazabí, cuanto quiso, y de los ajes y pescado salado,
y de la caza, y cuantas cosas pudo darle comederas, en abundancia.
Verdad es que, segun él dice, no quisiera partirse para volver á
España hasta que hobiera costeado y visto toda esta tierra, que le
parecia ir al leste mucho grande; lo uno, por descubrir más secretos
della, y lo otro, por saber bien el tránsito más proporcionado de
Castilla á ella, para que más sin riesgo se pudiesen traer bestias y
ganados; pero no lo osó acometer por parecerle, que no teniendo más
de una carabela, segun los peligros le podian suceder, navegar más
por mar y tierra no conocida, no era cosa razonable. Quejábase mucho
de Martin Alonso en haberle dejado, porque destos inconvenientes
habia sido causa. Eligió para quedar en aquesta tierra y en aquella
fortaleza é villa de la Navidad, 39 hombres, los más voluntarios y
alegres, y de mejor disposicion y fuerzas para sufrir los trabajos,
que entre los que allí consigo tenia, hallar pudo. Dejóles por capitan
á Diego de Arana, natural de Córdoba, y escribano y alguacil con
todo su poder cumplido, como él lo tenia de los católicos Reyes.
Y, porque si acaeciese aquel morir, nombró para que en el cargo le
sucediese, á un Pero Gutierrez, repostero de estrados del Rey, criado
del despensero mayor, y si aquel tambien acaeciese morir, tomase y
ejercitase su oficio Rodrigo de Escobedo, natural de Segovia, sobrino
de fray Rodrigo Perez: debia ser fray Juan Perez, del que arriba, en
el cap. 20, digimos que habia sido ó era confesor de la Reina, que
fué mucha parte que este negocio aceptasen los Reyes, sino que debe
estar la letra mentirosa, que por decir fray Juan, dice fray Rodrigo,
ó donde dice fray Rodrigo, dice fray Juan. Dejó, entre aquella gente,
un çurujano que se llamaba Maestre Juan, para curarles las llagas y
otras necesidades á que su arte se extendiese. Dejó, asimismo, un
carpintero de ribera que es de los que saben hacer naos, y un calafate,
y un tonelero, un artillero ó lombardero bueno y que sabia hacer en
aquel oficio buenos ingenios; tambien les quedó un sastre, todos los
demas eran buenos marineros. Proveyólos de bizcocho y vino, y de los
bastimentos que tenia, para se sustentar un año. Dejóles semillas
para sembrar, y todas las mercaderías y rescates, que eran muchos,
que los Reyes mandaron comprar, para que los trocasen y rescatasen
por oro, y mucha artillería y armas con todo lo que traia la nao.
Dejóles tambien la barca de la nao para con que pescasen y para lo
que más les conviniese. Todo puesto á punto, que ya no restaba sino
partirse, juntó á todos, y hace á los que se habian de quedar la
siguiente plática, que contuvo estas razones, como prudente y cristiano
que era. Lo primero, que considerasen las grandes mercedes que Dios
á él y á todos hasta entónces les habia hecho, y los bienes que les
habia deparado, por lo cual le debian dar siempre inmensas gracias, y
se encomendasen mucho á su bondad y misericordia, guardándose de le
ofender, y poniendo en él toda su esperanza, suplicándole tambien por
su tornada, la cual, con su ayuda, él les prometia de trabajar que
fuese la más breve que pudiese ser, con la cual confiaba en Dios que
todos serian muy alegres. Lo segundo, que les rogaba y encargaba, y les
mandaba de parte de Sus Altezas, que obedeciesen á su Capitan como á
su persona misma, segun de su bondad y fidelidad confiaba. Lo tercero,
que acatasen y reverenciasen mucho al señor y rey Guacanagarí y á sus
Caciques y principales, ó nitaynos, y otros señores inferiores, y
huyesen como de la muerte de no enojarlos, ni desabrirlos, pues habian
visto cuanto á él y á ellos les debian, y la necesidad que les quedaba
de traerlos contentos, quedando como quedaban en su tierra y debajo de
su señorío; ántes trabajasen y se desvelasen, con su dulce y honesta
conversacion, ganarle la voluntad, conservándose en su amor y amistad,
de manera que él lo hallase tan amigo y tan favorable, y más que lo
dejaba, cuando volviese. Lo cuarto, les mandó y rogó encarecidamente,
que á ningun indio ni india hiciesen agravio ni fuerza alguna, ni le
tomasen cosa contra su voluntad; mayormente, se guardasen y huyesen de
hacer injuria ó violencia á las mujeres, por donde causasen materia de
escándalo y mal ejemplo para los indios, é infamia de los cristianos,
de los cuales tenian por cierta opinion que éramos enviados de las
celestiales virtudes, y todos venidos del cielo. Por cierto, en esto
mucho más confió el Almirante de los españoles de lo que debiera, ántes
se dejó engañar de su confianza, si creia que estas reglas habian de
guardar; debiera ser, que aún no los conocia, como despues los conoció.
Y no digo de los españoles, sino de cualquiera otra nacion de las
que hoy conocemos, segun el mundo está, no debiera de confiar que
habia de guardarlas, puesto que sola la cordura y prudencia debiera
bastarles, aunque no temieran á Dios, quedando en tierras tan distantes
y extrañas, y entre gente que no cognoscian á Dios, para vivir de tal
manera, que no decayeran de la estima en que eran reputados, cuasi
por dioses, lo cual les fuera muy cierta y gananciosa granjería,
hacer de los hipócritas viviendo segun razon. Lo quinto, les encargó
mucho que no se desparciesen ni apartasen los unos de los otros, al
ménos uno ni dos distintos, ni entrasen en la tierra adentro, sino
que estuviesen juntos hasta que él volviese, al ménos no saliesen de
la tierra y señorío de aquel Rey é señor que tanto los amaba, y tan
bueno é piedoso les habia sido. Lo sexto, animólos mucho para sufrir
su soledad y poco ménos que destierro, aunque lo escogian por su
voluntad, y que fuesen personas virtuosas, fuertes y animosas para
sostener los trabajos que se les ofreciesen, poniéndoles delante las
angustias del viaje pasadas, y como Dios al cabo los consoló en el
alegría de la vista de la tierra, y despues con las riquezas que se
descubrian cada dia más de oro, y que nunca las cosas grandes suelen,
sino con trabajos grandes, alcanzarse; las cuales, despues de pasadas,
lo que por ellas se alcanza suele ser tenido por más precioso, y cuanto
mayor fué la dificultad, y la via y medios más preciosos, tanto causan
mayor el gozo. Lo sétimo, dejóles encomendado, que, cuando viesen que
convenia, rogasen al Rey que enviase con ellos algunos indios por la
mar en sus canoas y algunos dellos se fuesen en la barca, como que
querian ir á ver la tierra, por la costa ó ribera de la mar arriba, y
mirasen si descubriesen las minas del oro, pues les parecia que lo que
les traian venia de hácia el leste, que era aquel camino arriba, que
allí les señalaban los indios nacer el oro, y juntamente mirasen algun
buen lugar donde se pudiese hacer una villa, porque de aquel puerto
no estaba contento el Almirante; item, que todo el oro que pudiesen
buena y discretamente rescatar, lo rescatasen, porque cuando volviese
hallase cogido y allegado mucho. Lo octavo y último, les certificó y
prometió de suplicar á los Reyes les hiciese mercedes señaladas, como,
en la verdad, el servicio, si así como él se lo dejó encomendado lo
hicieran, merecia, y que ellos verian cuán cumplidamente por los Reyes
Católicos eran galardonados, y, con el favor de Dios, por él, con su
tornada, consolados; porque bien podian creer que no estimaba en poco
dejarlos por prenda de su vuelta, y, por consiguiente, la memoria
dellos no se habia de quitar de su ánima noches y dias, ántes habia
de ser muy urgente estímulo para darse mayor priesa en todo lo que
pudiese acelerar el despacho de su venida. Ellos se ofrecieron de buen
grado de cumplir lo que les dejaba encomendado y mandado, poniendo en
él, despues de Dios, toda su esperanza de su socorro con las mercedes
que de los Reyes confiaban traerles para su descanso y consolada vida,
rogándole mucho que siempre se acordase dellos, y, cuan brevemente
pudiese, les diese aquel tan gran gozo que entendian recibir con su
venida.



CAPÍTULO LXIV.

 Salió, miércoles, en tierra para se despedir del Rey.--Comieron
 juntos.--Encomendóle mucho los cristianos que allí
 dejaba.--Prométeselo con señales de mucho amor, mostrando tristeza
 porque se iba.--Hizo hacer el Almirante una escaramuza y tirar
 tiros de artillería.--Abrazó al Rey y á los 39 cristianos que
 dejaba, y todos, llorando, se despartieron.--Hízose á la vela,
 viernes, á 4 de Enero de 1493.--Descubrió el cerro que puso por
 nombre _Monte-Christi_.--Llegó á la isleta que está cabe él; halló
 fuego.--Vido por allí grandes y graciosas sierras, y descubria mucha
 tierra, la tierra dentro.--Está frontero de las minas de Cibao.


Miércoles, á 2 de Enero, saltó en tierra para se despedir del rey
Guacanagarí y de sus nobles ó Caciques, para, otro dia, en el nombre
del Señor, se partir. Llevólo el Almirante á comer consigo á la casa
donde le habia aposentado, y á los otros Caciques que iban con él; allí
le dió una camisa muy rica, y le dijo como determinaba partirse, y que
dejaba aquellos cristianos allí para que le acompañasen y sirviesen,
y defendiesen de los caribes cuando acaeciese venir, porque, diz que,
algunas veces hablaban en ellos, por tanto, que se los encomendaba
mucho mirase por ellos, especialmente por Diego de Arana, y Pero
Gutierrez, y Rodrigo de Escobedo, que dejaba por sus Tenientes, y que
él vernia presto y les traería de los reyes de Castilla muchas joyas
de las que dado le habia, y de otras más ricas, como veria. El Cacique
le respondió mostrándole mucho amor y dándole á entender que perdiese
cuidado, que él los mandaria dar de comer, y haria servir como hasta
allí habia hecho, mostrando con esto gran tristeza y sentimiento de su
partida. Dijo allí un privado del Rey al Almirante, que el Rey habia
enviado muchas canoas á traer mucho oro para darle, y que habia mandado
hacer una estátua de oro puro, tan grande como el Almirante mismo, y
que, desde á diez dias, la habian de traer; todo esto no era desabrido
al Almirante ni á los cristianos que lo oian. Todo esto, á vueltas del
alegría, le daba dolor por no tener consigo la otra carabela _Pinta_,
con que se fué Martin Alonso Pinzon: y dijo que tuviera por cierto de
llevar un tonel de oro, porque osara seguir las costas ó riberas destas
islas, lo que no se atrevia por ser sólo, y como arriba dijo, no le
acaeciese algun peligro por donde se impidiese la noticia que tanto
deseaba dar á los reyes de Castilla; y añide más, que si estuviera
cierto que la dicha carabela _Pinta_ llegára á España en salvamento,
para que diera la dicha noticia, que se atreviera á lo hacer, puesto
que aún llegando allá creia que habian de fingir mentiras, por
excusarse de la pena en que habia incurrido, que, por haber hecho lo
que hizo, é impedir los bienes que desta vez se pudieran descubrir y
saberse, merecia; y porque se habia hablado de los caribes, so color
de que los cristianos los habian de hacer huir, quiso el Almirante
aqueste dia mostrar la fuerza de los cristianos, porque los estimase
el Rey en más que su gente y los tuviesen temor; para esto hizo hacer
una escaramuza á la gente de los navíos que allí tenia, con sus armas,
y hizo tirar muchos tiros de artillería con mucho regocijo. Ántes que
la nao se deshiciese, habia hecho asestar una lombarda al costado de la
nao, la cual pasó todo el costado de ella, y de la otra parte, muchos
pasos, fué la piedra por la mar, de que todos los indios quedaron
maravillados y espantados; todo esto hecho, abrazó el Almirante al Rey
y algunos señores, abrazó á los que dejaba por sus Tenientes, abrazó
á todos los 39, y los que consigo llevaba á los que quedaban, y así
se despidieron con muchas lágrimas los unos y los otros, indios y
cristianos, con demasiada tristeza, y así, el Almirante con los suyos
se fué á embarcar, celebrada desta manera la despedida. No pudo partir
el jueves, porque anoche vinieron tres indios, de los que traia de las
otras islas, y dijeron que los otros y sus mujeres vernian al salir del
sol; no supe cuantos llevó desta isla, pero creo que llevó algunos, y
por todos llevó á Castilla 10 ó 12 indios, segun refiere la Historia
portuguesa, é yo los vide en Sevilla, puesto que no miré ni me acuerdo
haberlos contado. Viernes, 4 de Enero de 1493 años, saliendo el sol,
con la gracia de Dios, mandó levantar las velas, con poco viento, con
la barca por proa el camino del Norueste por salir de la restringa
y bajos que por allí habia; y dice que toda aquella costa se corre
Norueste Sueste, y es toda playa, y la tierra llana hasta bien cuatro
leguas la tierra dentro, despues hay montañas muy altas, y toda muy
poblada de poblaciones muy grandes, y buena gente, segun se mostraban
con los cristianos; esto dice el Almirante, y dice verdad, que la
tierra es de la manera que dice, aunque la via desde la mar. Navegó así
al leste, camino de un monte muy alto que le queria parecer isla, pero
no lo es, porque, diz que, tiene participacion con tierra muy baja;
el cual, diz que, tiene forma de un alfaneque ó tienda de campo muy
hermosa, y á este monte puso nombre _Monte-Christi_ en honor y gloria
del hijo de Dios Jesucristo, de quien tantos bienes habia recibido, y
está justamente al leste, obra de 18 leguas del cabo que llamó Sancto
que quedaba atras, de la parte del puerto de Navidad, creo que cuatro
leguas. Este _Monte-Christi_, como la parte del mar donde está situado,
que bate al pié dél el agua, sea toda llana, y de la parte de la tierra
tambien sea llano todo por allí, porque es parte de la gran vega, por
cualquiera parte, pues, que pasemos, se ve muy eminente, y es de ver
cosa, cierto, hermosisíma, y paréceme á mí, yo que lo he visto muchas
veces, que es como un monton de trigo; y porque en España llamamos
montes á las silvas ó lugares que tienen árboles y madera, y fuera
de España, como en latin, se llaman montes las que nosotros llamamos
sierras, aunque no tengan arboledas, por eso no se ha de entender que
este _Monte-Christi_ tiene árboles, ántes es todo lleno de hierba,
si quizá no tiene algunos arbolillos pequeños ó chiquitos, entre la
hierba, que no se me acuerdan. Navegó hoy el Almirante con poco viento,
y surgió seis leguas del _Monte-Christi_, en 19 brazas, donde estuvo
aquella noche, y da aviso, que el que hobiere de ir á la villa de la
Navidad, donde dejaba la fortaleza y 39 cristianos, y recognosciere
al _Monte-Christi_, se debe meter á la mar, dos leguas. Cuando el sol
queria salir, sábado, 5 de Enero, alzó la vela con terral, y aunque
con viento despues leste, que le era contrario, anduvo aquellas seis
leguas, y vido que estaba una isleta cerca del _Monte-Christi_, por la
cual, de la parte del Norte al Sueste parecia hacer buen puerto. Halló,
por la costa que iba, y cerca del monte, 17 brazas de fondo, y muy
limpio todo; entró entre el dicho monte y la isleta, donde halló tres
brazas y media con baja mar, y así vido ser muy singular puerto, y allí
surgió. Fué con la barca á la isleta, donde halló fuego y rastro de
haber estado, poco habia, pescadores; vido allí muchas piedras pintadas
de colores, ó cantera de piedras tales de labores muy hermosas, diz
que, para edificios de iglesias ó de otras obras reales, como las que
halló en la isleta de Sant Salvador, que fué Guanahaní, la primera que
descubrió; halló tambien en esta isleta muchos piés de almástigos, y
maravíllome que no dice haber hallado sal, porque hay en esta isleta
muy buenas salinas, pudo ser que las hobiese apartadas de donde él
estaba. Tornando á repetir la hermosura del _Monte-Christi_ é de su
altura, puesto que no es muy alto, y de muy linda hechura y andable,
dice él, y toda la tierra cerca dél es baja y muy linda campiña, y él
queda así, alto, que viéndolo desde léjos, parece isla que no comunique
con alguna tierra; dice que toda la tierra de por allí le parecia muy
baja y muy hermosa, y lo otro, todo tierra muy alta y grandes montañas
labradas y hermosas, y dentro de la tierra una sierra del Nordeste al
Sueste, la más hermosa que habia visto, que le parecia propia como la
sierra de Córdoba. Via tambien muy léjos otras montañas muy altas hácia
el Sur y el Sueste, y muy grandes valles, y muy verdes, y muy hermosos,
y muy muchos rios de agua, todo esto en tanta cantidad apacible, que
no creia encarecerlo la milésima parte de lo que en la verdad era;
juzgaba que via, de tierras excelentísimas, 100 millas. Quien le diera
nuevas donde estaba, bien es cierto que le diera buenas albricias.
Estaba frontero de las minas de Cibao, en el medio de la grande y
real vega, y en la tierra de las más felices que creo que hay en el
mundo; todas las sierras, que por allí con su vista ver alcanzaba,
eran todas las de Cibao, donde habia y hay hoy las riquezas de oro del
mundo. Parece que adevinando el dia ántes, no se porqué ocasion, dijo
determinadamente, que Cipango estaba en aquesta isla, puesto que él
imaginaba que el Cipango que él traia en su carta ó mapa que le habia
enviado Paulo, físico, de que muchas veces hemos hecho relacion, pero
basta que era Cibao, el que él tambien ver deseaba. Dice deste puerto
de _Monte-Christi_, ser abrigado de todos los vientos, salvo del Norte
y del Norueste, los cuales, decia que no reinaban por aquella tierra,
pero, cierto, no los habia experimentado, porque estos son los más
desatinados y vehementes, impetuosos y bravos que pueden ser en el
mundo, y los que más pierden las naos y asuelan estas tierras, como
abajo se dirá.



CAPÍTULO LXV.

 Salió del _Monte-Christi_ é vieron venir la carabela de Martin
 Alonso.--Tornóse al puerto.--Vino en la barca Martin Alonso
 á se desculpar.--Disimuló el Almirante por la necesidad que
 tenia.--Muéstrase la falsedad de los que quisieron detraer de la
 gloria y merecimiento del Almirante por el descubrimiento destas islas
 y aplicarlos á sólo Martin Alonso, por el mismo proceso que se hizo
 entre el Fiscal del Rey y el Almirante, para lo cual se ponen á la
 letra algunas preguntas y dichos de los testigos.


Salido el sol, domingo, 6 dias Enero, hízose á la vela de aquel puerto
de _Monte-Christi_, con el terral (que por causa del gran rio que allí
entra, de que luego diremos, sopla de sí fresco viento terral más que
en otra parte), y váse la vía del leste ó Oriente, porque así va la
costa; daba reguardo apartándose de las restringas y bajos de piedra y
arena que por allí hay, puesto que dentro dellas hay, diz que, buenos
puertos y buenas entradas por sus canales. Duróle la frescura del
viento terral hasta medio dia, con el cual anduvo 10 leguas; ventó
despues viento leste recio, que le daba por la proa, mandó subir un
marinero al topo del mastel, donde suele estar la gavia (la cual
no debia tener la carabela), para que viese bien los bajos que le
estaban por delante, y, hé aquí, vido venir la carabela _Pinta_ de
Martin Alonso Pinzon, que venia con viento en popa hácia el Almirante;
debiera de haber sabido de los indios de aquella costa, como estaba el
Almirante en la tierra del rey Guacanagarí, ó que venia ya, y acordó
de venir á dar disculpa del apartamiento que hizo. Visto que venia
Martin Alonso, y que no habia por allí tan seguro surgidero como el
del _Monte-Christi_, acordó volverse á surgir allí, desandando las 10
leguas que habia andado, y la carabela _Pinta_ con él. Llegados al
puerto, vino luego Martin Alonso á la carabela _Niña_ á dar desculpa
de haberse apartado, al Almirante, diciendo que se habia partido dél
contra su voluntad, y daba razones para ello, pero dice el Almirante
que eran todas falsas, sino que, con mucha soberbia y cudicia, lo
habia dejado aquella noche que se apartó dél, y que no sabia dónde le
hobiesen venido las soberbias y deshonestidades que habia usado con él,
aquel viaje; las cuales quiso el Almirante disimular por no dar lugar á
las malas obras de Satanás, que deseaba impedir aquel viaje, como hasta
entónces habia hecho, sino que por dicho de un indio de los que el
Almirante le habia encomendado, con otros que llevaba en su carabela,
el cual le habia dicho, que en una isla que se llamaba Babeque, habia
mucho oro, y como tenia el navío ligero é sotil, se quiso apartar é
ir por sí, dejando al Almirante, pero el Almirante quísose detener y
costear la isla Juana y la Española, pues todo era un camino del leste.
Despues que Martin Alonso fué á la isla de Babeque y no halló nada
de oro, se vino á la costa de la Española, por informacion de otros
indios, que le dijeron que en aquesta isla Española, que nombraban
Bohío, habia muy gran cantidad de oro y muchas minas; y por esta
causa llegó cerca de la villa de Navidad, obra de 15 leguas, ya hacia
entónces veinte dias; por donde parece que fueron verdaderas las nuevas
que los indios daban, por las cuales mandó el rey Guacanagarí ir la
canoa, y el Almirante el marinero que fué en ella, y debia ser ida la
carabela cuando la canoa llegó. Supo luego el Almirante que Martin
Alonso y los de su carabela habian rescatado mucho oro, porque, por un
cabo de agujeta, les daban buenos pedazos de oro, del tamaño de dos
dedos, y á veces como la mano, de todo lo cual, diz que, llevaba la
mitad Martin Alonso, y la otra mitad se repartia por toda la gente. Es
aquí de notar que este Martin Alonso (segun arriba en el cap. 23 algo
desto digimos), como era rico y sus hermanos, y principales de la Villa
de Palos, y muy emparentado, y habia ayudado al despacho del Almirante,
y los habia hecho el Almirante Capitanes, y dado autoridad y honra, y
ellos por sí debian ser hombres de presuncion y valerosos, porque las
riquezas levantan los corazones, y aún tambien ciegan de soberbia, y
ambicion los ánimos de los hombres, y el Almirante era extranjero y
sin favor, y le hicieron muchas befas é injurias en aquel camino, é
la grisqueta quel Martin Alonso hizo, de dejar al Almirante, despues
de venidos á Castilla, publicaron muchas cosas, á lo que parece, y
yo, cierto creo, por lo que se y he visto en las escrituras que luego
diré, muy contrarias de la verdad. Dijeron quel Almirante se quería
volver del camino arrepentido y desesperado sino fuera por ellos que
lo animaron, como arriba fué dicho; dijeron quel Martin Alonso habia
descubierto el oro, y que habia enviado canoas con indios á lo buscar,
y que sino fuera por esto que nunca el Almirante viniera ni tocara
en la isla Española; lo cual, por todo lo dicho, y por la probanza
ó proceso que hizo el Fiscal del Rey, en el pleito que trató con el
almirante D. Diego Colon, primer sucesor del Almirante viejo de quien
tratamos, que descubrió estas indias en el año de 1511 ó 12, cuando
se comenzó ó andaba el pleito de que abajo se hará más larga mencion,
parece grandísima falsedad, porque yo he visto las preguntas del
interrogatorio quel Fiscal hizo en favor del fisco, las cuales debieron
de ser articuladas por aviso de Vicente Yañez, hermano del mismo Martin
Alonso, que se llamaba Arias Perez, que tambien fué presentado por
testigo, y depuso muchas cosas en favor de su padre, Martin Alonso, en
las cuales es singular, sin que otro testigo comprobe ni diga palabra
que concuerde con su dicho, y, en algunas preguntas, solo él fué tomado
y no otro alguno; vide tambien, las deposiciones de los otros testigos,
en todo lo cual, ó en muchas partes del dicho proceso, parece haber
contradiccion de lo que los unos testigos dicen á lo de los otros, y se
averigua ser muchas ajenas de la verdad. Articuláronse tambien muchas
preguntas que se quedaron desiertas, solas y puras, sin que algun
testigo depusiese dellas, y no eran de las ménos importantes y claras,
que, si tuvieran verdad, era imposible no saberlas los que de las otras
deponian, por ser correlativas ó anejas y dependientes unas de otras,
como es aquella diez y nueve pregunta en el pleito y probanza del
Fiscal sobre lo del Darien, que se habia apartado del Almirante, vista
la primera isla que descubrieron, que digimos llamarse Guanahaní, y
que fué á descubrir la Española y la descubrió siete semanas ántes que
el Almirante, y estuvo el dicho tiempo en el rio de Martin Alonso, el
cual, diz que, no volviera á la isla Española sino fuera por industria
del dicho Martin Alonso, que lo envió á llamar con canoas ó cartas,
porque el dicho Almirante, diz que, se iba á las islas de los lucayos,
etc. Esta contiene dos ó tres grandes mentiras y averiguadas, porque,
como parece en el cap. 41 de arriba, el Martin Alonso no se apartó
del Almirante vista la primera isla, sino mucho despues de haber
descubierto muchas islas de los lucayos, y muchos puertos de la isla
de Cuba, y ya volviendo el Almirante hácia el leste, camino de la
Española, y el mismo dia, ántes que se apartase Martin Alonso, habia
visto el Almirante las sierras de la isla Española, como allí digimos;
y cierto, quien notare el discurso de todos los capítulos de arriba,
bien verá la falsedad desta pregunta, y así, quedó desierta sin alguna
probanza ni deposicion de algun testigo. La siguiente pregunta que es
en órden la vigésima ó veintena, dice estas palabras: «Si saben, etc.,
que el dicho Martin Alonso en las dichas siete semanas entró por la
dicha Española adelante, á los Caciques principales de la tierra, y
llegó fasta do dicen la Maguana á casa de Behechio y de Caonabo, por
donde anduvo y halló grandes muestras de oro y lo rescató ántes que el
dicho almirante D. Cristóbal Colon llegase á la dicha isla.» Esto dice
la pregunta. Depone García Hernandez, y dice, que la sabe como en ella
se contiene, porque este testigo iba con el dicho Martin Alonso, é lo
vido como se dice en esta pregunta; otro testigo dijo, que la sabe como
en ella se contiene, porque lo oyó al dicho Martin Alonso; otro testigo
dijo, que la sabia porque los marineros la platicaban públicamente;
otro testigo, que se llamaba Francisco Vallejo, dijo, que sabe que el
dicho Martin Alonso estuvo tres dias la tierra dentro, despues que
surgió en el rio que puso Martin Alonso, é que descubrió el dicho oro,
é que se afirma en lo dicho. Por manera, que pudieran dar cient azotes
al primer testigo, por perjuro, porque afirma las siete semanas andar
por la tierra; lo uno, porque estotro dice que tres dias; lo segundo,
es manifiesto serle imposible ir á las provincias y reinos que dice
de Behechio y Caonabo, reyes, porque estaban al cabo de la isla, á la
otra mar del Sur, de donde él estaba más de 80 leguas, y de grandísimas
sierras que no las anduvieran, ida y venida, en cient dias, mayormente
habiendo entremedias infinitos señores, y reyes, y gentes, y pueblos, y
indios donde asaz se hobieran muchos dias de detener, y no fácilmente
de entre tantos señores y gentes se habian de descabullir, para lo cual
no les bastáran siete meses; cuanto más, que no fueron siete semanas
sino cuarenta y cinco dias, porque á 21 de Noviembre le dejó, y á 6
de Enero se juntaron, como parece por lo que, arriba en el cap. 41 y
en este presente, se ha visto; y bien habia menester todo este tiempo
para llegar casi hasta allí, como siempre tuvieron leste, que era y
es viento, por allí, contrario; cuanto más que dijo que descubrió
siete islas, lo que tampoco es creible, sino eran las isletas y bajos
de Babueca, que están allí junto del dicho rio, donde dice que paró
y que llamó de Martín Alonso. Cierto, si esta probanza se hiciera en
las Indias, en aquellos tiempos, muchos hobiera que la contradijeran,
pero como se hizo en la Villa de Palos, donde todos eran marineros,
parientes y amigos del Martin Alonso Pinzon, no podia otra cosa de allí
salir. Cierto, estas preguntas harto exceso contra la verdad contienen,
y cuasi todas, que son muchas, son de la misma manera. He querido
declarar estos defectos aquí, porque se sepa la verdad y no se usurpe
la honra y gloria que se le debe á quien Dios habia elegido y eligió
para que con tan grandes trabajos descubriese, haciendo nuevo inventor
deste orbe, y porque siempre me despluguieron las persecuciones que
vide y sentí que injustamente se movian contra este hombre, á quien
tanto le debia el mundo.



CAPÍTULO LXVI.

 De un poderoso rio que sale al _Monte-Christi_; entró en él con
 la barca; halló mucho oro en el arena, á su parecer.--Partió de
 _Monte-Christi_.--Vido tres serenas.--Llegó al rio donde Martin Alonso
 habia estado y rescatado oro, y habia tomado por fuerza cuatro indios
 y dos mozas.--Mandólas restituir todas el Almirante.


Sale á este puerto de _Monte-Christi_ un poderoso rio que se llama
Yaquí, que viene por las minas de Cibao, el cual recibe en sí otros
muchos y poderosos rios, todos de mucho oro de Cibao, como abajo se
dirá placiendo á Dios. Saltó el Almirante en la barca de la carabela,
y fué al rio que estaba una legua buena; halló á la boca del rio toda
el arena llena de oro, á lo que parecia, puesto que era muy menudo, y
era tanto que dice ser cosa de maravilla; yo bien creo que no era oro,
sino margasita que parece oro, porque hay mucha en todos los rios de
Cibao y más en este, puesto que tambien podia ser oro, porque estaban
entónces todos los rios desta isla vírgenes, y así, dice que halló en
poco espacio muchos granos de oro como lentejas, pero de lo muy menudo
dice que habia mucha cantidad. Hizo subir el rio arriba por coger el
agua dulce, porque era llena la mar y subia la salada, y volviendo á
la carabela, hallaban, metidos por los aros de las pipas y barriles,
granitos de oro, por lo cual, puso nombre al rio, el Rio del Oro. Tiene
la boca muy ancha pero baja y pasada la entrada es muy hondo; dice que
es tan grande como Guadalquivir por Córdoba, yo digo que mayor que
Guadalquivir por Cantillana, y aun por Alcalá del Rio, porque lo se
yo muy bien. Habia dél á donde dejaba la fortaleza y villa que decia
de la Navidad, 17 leguas; dice haber entremedias muchos rios, y es
verdad, en especial tres grandes, donde creia que habia mucho más oro.
De aquí á las minas del oro estimaba que habria 20 leguas, pero diera
albricias á quien le certificara que no habia cuatro; estaba frontero,
y no cuatro leguas, de las minas de Cibao. Dice más, que no quiso tomar
y llevar de aquella arena que tenia tanto oro, pues Sus Altezas lo
tenian todo en casa y á la puerta de su villa de la Navidad, porque ya
no convenia detenerse, sino ir á más andar para llevar las nuevas, y
por quitarse de mala compañía, porque aquella gente era muy desmandada,
en especial Martin Alonso y sus hermanos, y muchos que los seguian con
soberbia y cudicia, estimando que todo era suyo, desobedeciéndolo, y
diciendo y haciendo muchas cosas indebidas contra él, no mirando la
honra en que los habia puesto á todos tres hermanos. Tenia por milagro
y buena suerte, habérsele perdido allí la nao, porque creia ser aquel
el mejor lugar de la isla para hacer asiento, por ser más cercano á
las minas del oro; otros muy mejores halló él despues para propósito
de las minas, como parecerá, puesto que para poblaciones maravillosas
toda la tierra de por allí era y es felicísima. Tuvo nuevas de haber
mucho oro en muchas partes que le señalaban los indios, él entendia
que eran islas, y podia ser que fuese en esta isla Española, puesto
que tambien debian ser la isla de Sant Juan y la de Jamaica, y otras;
y segun señalaban, hácia el leste ó el Oriente, que debian tener nueva
de la tierra firme. Miércoles, 9 de Enero, levantó las velas con viento
Sueste, navegó al lesnordeste, llegó á una punta que llamó punta Roja,
que está al leste de _Monte-Christi_, 60 millas, donde surgió; todas
las tierras que por allí habia eran tierras altas y llanas, muy lindas
campiñas, y muchas riberas de agua, y, á las espaldas dellas, hermosos
montes todos verdes y labrados, que de su hermosura se maravillaba.
Tiene razon, porque aquella tierra que via era parte de la vega
maravillosa, de la cual se dirán despues maravillas, y parte de otra
vega muy graciosa que está hácia la costa de la mar. Tomaron tortugas
grandes, como grandes rodelas, que venian á desovar en tierra. Vido
el Almirante, el dia pasado, tres serenas, segun dice, que salieron
bien alto á la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, las
cuales en alguna manera tenian forma de hombre en la cara; dijo que
otras veces las habia visto en la costa de Guinea, donde se coje la
manegueta. Partióse, jueves, 10 dias de Enero, de donde habia surgido,
y, al sol puesto, llegó al puerto donde habia estado diez y seis dias
Martin Alonso rescatando mucho oro que allí hobo, al cual puso nombre
rio de Gracia, puesto que no quedó con este nombre, ántes se llamó
siempre y se llama hoy el rio de Martin Alonso. Surgió á la boca,
porque la entrada no tiene sino dos brazas, dentro es hondo y buen
puerto, salvo que tiene mucha bruma, de la cual fué muy mal tratada
la carabela _Pinta_ de Martin Alonso y por esto hacia mucha agua.
Dice aquí el Almirante, que desque supo Martin Alonso, de los indios,
quel Almirante ya estaba en la costa desta isla Española, y que ya
no le podia errar, se vino para él. Supo el Almirante de la gente de
la carabela, que Martin Alonso quisiera que toda la gente jurara que
no habia estado en el dicho rio sino seis dias, mas que era cosa tan
pública su maldad, que no podia encubrirse, el cual, dice, que tenia
hecha ley, que de todo el oro que la gente rescatase ó hobiese, le
acudiesen con la mitad á él, como queda dicho; y cuando se partió de
allí Martin Alonso, tomó cuatro indios, hombres, y dos mozas, por
fuerza, pero, llegado allí el Almirante, mandóles dar de vestir y
ponerles en tierra para que se fuesen á sus casas. Bien creo yo que
aquí habria hartas palabras y desvergüenzas contra el Almirante, aunque
agora sobre este caso no lo dice, pero dícelo cada paso, diciendo que
sufre á Martin Alonso y á los demas, pues habia hallado lo que buscaba,
y, hasta llevar las nuevas á los Reyes, sufria, dice, los hechos de las
malas personas y de poca virtud, las cuales, contra quien les habia
dado honra, presumen hacer su voluntad con poco acatamiento. Estas son
sus palabras. Cierto es, que, como Martin Alonso tuviese la presuncion
que parece, que le habia de pesar que el Almirante mandase restituir
los indios á su tierra, que él habia por fuerza tomado, y sobre ello
que habia de haber palabras y aún barajas. Dice aquí á los reyes el
Almirante, sobre los indios que aquí mandó restituir, que hacerlo era
servicio de Sus Altezas, porque hombres y mujeres eran, y todos suyos
los desta isla y los de las otras, en especial los desta, por tener ya
el asiento que dejaba hecho en la villa de Navidad, y por tanto era
razon de honrar y tratar bien aquellos pueblos, mayormente habiendo en
esta isla tanto oro.



CAPÍTULO LXVII.

 Descubrió el monte y puerto que llamó de Plata.--Vido muchas campiñas
 y Cabos muy hermosos.--Pónese argumento aquí de ser el Almirante
 astrólogo.--Llegó á una gran bahía; surgió en ella.--Fueron á tierra
 con la barca, hallaron indios, vino uno á la carabela.--Trata de
 las gentes que llamaron Cyguayos.--Tuvo nuevas de isla poblada de
 solas mujeres.--Qué cosa es macana.--Pelearon con los indios y fué
 la primera pelea de las indias.--Nótase esto.--Vinieron muchos de
 paz y un Rey prometió de enviar y envió una corona de oro.--Tomó el
 Almirante cuatro mancebos para llevar á Castilla.--Hízolo muy mal.


Viernes, 11 de Enero, á media noche, salió del rio de Gracia, que agora
se llama de Martin Alonso, y navegó al leste, hasta un Cabo, cuatro
leguas, que llamó Belprado, de donde vido una sierra, que, porque
siempre está llena de nubes en lo alto como plateada, púsole nombre el
Monte de Plata, al pié del cual está un bien puerto que se llama hoy,
desde entónces, el Puerto de Plata; tiene cuatro brazas en la entrada,
y es de la hechura de una herradura de caballo. Loa mucho este monte ó
sierra de Plata y el puerto que está debajo dél, encarece la hermosura
de las campiñas que van la tierra adentro, y así es tierra muy hermosa,
y una sierra que va del leste al gueste, que es Levante á Poniente,
y dice ser tierra muy poblada. Andando por la costa adelante halló
muchos Cabos; á uno llamó del Angel, á otro llamó la punta del Hierro,
á otro el Redondo y á otro el Francés, á otro el cabo del Buen tiempo,
á otro Tajado. De todos estos nombres de Cabos, no queda hoy alguno.
Anduvo más de 25 ó 30 leguas hoy, porque le ayudaba el viento y las
corrientes que iban con él. Estuvo á la corda, que es, segun lenguaje
de los marineros, aunque tienen las velas tendidas no andar nada,
porque vuelven la proa al viento, y tocando en él á veces, vuelven un
poco atras, y otras un poco adelante, y así no hacen camino. Sábado,
12 de Enero, al cuarto del alba, navegó al leste y Oriente con viento
fresco; anduvo bien y vido muchos Cabos, á uno llamó Cabo de Padre y
Hijo, porque tenia dos farallones, uno mayor que otro; vido una grande
abra entre dos grandes montañas, y hacian un grandísimo puerto, y
bueno, y de buena entrada, que llamó Puerto Santo; no quiso surgir en
él por no perder camino, pues era de mañana. Anduvo más adelante, y
vido un Cabo muy alto y muy hermoso, de todas partes de peña tajada,
llamólo el Cabo del Enamorado; llegado á él, descubrió otro muy más
hermoso y más alto y redondo, de peña como el cabo de Sant Vicente que
está en Portugal. Despues que emparejó con el cabo del Enamorado, vido
hacerse una grandísima bahía, que tiene de ancho tres leguas, y en
medio della una isleta pequeñuela, muy honda la entrada; surgió allí
en doce brazas, para ver si toda era una tierra continuada, porque se
maravillaba ser tan grande esta isla Española. Andaria en este dia, con
lo que anduvo á la corda la noche, pasadas más de 30 leguas. Esperó,
allí el domingo tambien, por ver en qué paraba la conjuncion de la luna
con el sol, que habia de ser á 17 de Enero, y la oposicion della con
Júpiter y conjuncion con Mercurio, y el sol en opósito con Júpiter,
que es causa de grandes vientos; aunque creo que la letra está en
esto corrupta, por el vicio del que aquesto trasladó del libro de la
navegacion del Almirante, al ménos, colígese de aquí tener el Almirante
pericia de Astrología, que es ciencia que de los movimientos y cursos
de los cielos, estrellas y planetas trata. Envió la barca en tierra por
agua, y para coger algunos ajes de las labranzas que por allí parecian,
y salieron á una muy hermosa playa; tambien deseaba el Almirante haber
lengua de aquella tierra. Salidos, hallaron ciertos hombres con sus
arcos y flechas, con los cuales se pararon á platicar, compráronlos
dos arcos y muchas flechas, y rogaron á uno dellos que fuese á la
carabela á hablar al Almirante, aceptólo de buena gana; el cual, dice,
que era muy disforme cuanto al gesto, tenia el gesto todo tiznado de
carbon, (pero esto no es carbon, sino cierta tinta que hacen de cierta
fruta), puesto, dice, que en todas partes acostumbran á se teñir con
diversos colores; traia éste todos los cabellos muy largos, cogidos
y atados atras, y puestos en una redecilla de plumas de papagayos,
y desnudo, en cueros, como los otros. Sospechó el Almirante si era
caribe de los que comen hombres, pero no era, porque nunca en esta
isla jamás los hobo, como, cuando hablaremos della, placiendo á Dios,
se dirá. Preguntóle por los caribes y señalóle que estaban al leste ó
al Oriente; preguntóle por oro y señalóle tambien al Oriente, hácia la
isla de Sant Juan, la cual vido ayer el Almirante ántes que entrase en
esta bahía; díjole que en ella habia mucho oro, y dijo verdad, que isla
fué de donde se sacó gran cantidad de oro por algun tiempo, agora no se
halla tanto. Aquí no llaman caona al oro como en la primera parte desta
isla, ni nozay como en la isleta de Guanahaní ó Sant Salvador, sino
tuob. Es aquí de saber, que un gran pedazo desta costa, bien más de 25
ó 30 leguas, y 15 buenas y aún 20 de ancho hasta las sierras que hacen,
desta parte del Norte, la gran vega inclusive, era poblada de una gente
que se llamaban mazoriges, y otras cyguayos, y tenian diversas lenguas
de la universal de toda la isla. No me acuerdo si diferian estos en la
lengua, como ha tantos años, y no hay hoy uno ni ninguno á quien lo
preguntar, puesto que conversé hartas veces con ambas generaciones, y
son pasados ya más de cincuenta años; esto, al ménos, se de cierto,
que los cyguayos, por donde andaba agora el Almirante, se llamaban
cyguayos porque traian todos los cabellos muy luengos, como en nuestra
Castilla las mujeres; dijóle de una isla que se llamaba Matinino, que
tenia mucho oro, y que estaba habitada de solas mujeres, á las cuales
venian los hombres en cierto tiempo del año, y, si parian hembra, la
tenian consigo, y niño, enviábanlo á la isla de los hombres. Esto nunca
despues se averiguó, conviene á saber, que hobiese mujeres solas en
alguna tierra destas Indias, y por eso pienso que el Almirante no los
entendia, ó ellos referian fábulas, como lo que aquí dice que entendia
haber isla que llamaba Guanin, donde habia mucho oro, y no era sino que
habia en alguna parte guanin mucho, y esto era cierta especie de oro
bajo que llamaban guanin, que es algo morado, el cual cognoscen por el
olor y estímanlo en mucho. Mandó dar de comer al indio, y dióle unos
pedazos de paño verde y colorado y contezuelas de vidro, y mandó que le
llevasen en la barca á tierra; salidos en tierra, estaban entre unos
árboles obra de 55 indios, desnudos, con sus cabellos muy largos; segun
está dicho, como mujeres en nuestra Castilla, traian sus penachos de
plumas de papagayos, y cada uno con su arco. Salido el indio que fué
á la nao, en tierra, hizo que los otros dejasen los arcos y flechas,
y una espada de tabla de palma, que es durísima y muy pesada, hecha
desta forma: no aguda, sino chata, de cerca de dos dedos en gordo de
todas partes, con la cual, como es dura y pesada, como hierro, aunque
tenga el hombre un capacete en la cabeza, de un golpe le hundirán los
cascos hasta los sesos. Aquellos indios se llegaron á la barca, y la
gente della, cristiana, salió en tierra; comenzáronles á comprar los
arcos y flechas, y las otras armas, porque el Almirante así lo habia
ordenado; vendidos dos arcos no quisieron dar más, ántes se aparejaron
para arremeter á los cristianos y prenderlos, sospechando, por ventura,
que de industria los cristianos les compraban las armas, para despues
dar en ellos, y parece bien porque arremetieron luego, cuasi arrepisos
y proveyendo al instante peligro, á tomar sus arcos y flechas donde los
tenian apartados, y tomaron ciertas cuerdas ó sogas como para atar los
cristianos. Viéndolos venir denodados, los españoles, que pocos desean
ser mártires, que no dormian, dan con ímpetu en ellos, y alcanzó uno
dellos á un indio una gran cuchillada en las nalgas, y á otro por los
pechos una saetada; visto por experiencia los indios que las armas de
los cristianos eran otras que las suyas, y que en tan poco tiempo tanto
efecto hacian y así que podian en la burla ganar poco, y, aunque los
cristianos no eran sino siete y ellos cincuenta y tantos, dieron á huir
todos, que no quedó alguno, dejando uno aquí las flechas, y otro acullá
el arco; matáran los españoles muchos dellos, como sean tan piadosos,
sino lo estorbara el piloto que iba por Capitan dellos. Y esta fué
la primera pelea que hobo en todas las Indias, y donde hobo derramada
sangre de indios, y es de creer que murió el de la saetada, y aún el de
las nalgas desgarradas no quedaria muy sano. Entre indios y cristianos,
buenas aunque chicas primicias fueron estas de la sangre que dellos por
los cristianos fué despues derramada; volviéronse los marineros á la
carabela con su barca, muy ufanos, y, sabido por el Almirante, dijo,
que por una parte le pesaba y por otra le placia, porque tuviesen miedo
de los cristianos, sospechando que debian ser caribes que comiesen
los hombres, y porque viniendo por allí la barca y algunos de los 39
cristianos que en la fortaleza de la Navidad dejaba, tuviesen miedo
de hacerles mal. Estos indios, ni alguno de todos los desta isla,
nunca fueron ni fué comedores de carne humana, como despues parecerá.
Dice aquí el Almirante, que, si no eran caribes, al ménos debian ser
fronteros, y de las mismas costumbres, y gente sin miedo, no como
los otros de las otras islas que eran cobardes y sin armas, fuera de
razon por ser tan domésticos y pacíficos; y aquestos, que acordaron de
rescatarse y defenderse de gente tan feroz y nunca vista, sospechando
que con industria y cautela les querian coger las armas; no quisiera el
Almirante que tuvieran tanta razon, y por esto los juzga por caribes
y de las mismas costumbres, de los cuales dice que quisiera tomar
algunos. Hacíanse por allí muchas ahumadas como acostumbraban, segun él
dice, en aquesta isla Española; quiso enviar esta noche á buscar las
casas de aquellos indios por tomar algunos dellos, creyendo que eran
caribes, y, por el mucho viento leste, y mucha ola ó mar que hacia, no
lo hizo; y, cierto, si lo hiciera, no fuera muy bien hecho, porque se
movió solamente por sospechar que eran caribes, y que lo supiera que de
cierto lo eran, no convenia dejar escandalizada toda aquella tierra,
mayormente que ya sentia que aquella tierra, con la que dejaba atras,
donde tan buenas obras habia siempre recibido, era toda una isla; item,
no era este el camino para atraer á los caribes, y cualesquiera otras
gentes, por gravísimos pecados que tuviesen, á que dejasen aquellos
vicios, sino la paz y amor y buenos ejemplos, y sembrarles buena
opinion y estima, los cristianos, de sí mismos, segun las reglas que
nos dejó para ganar los infieles Jesucristo, y Sant Pablo tambien al
propósito de sí mismo dijo, que, indiferentemente, de todos era deudor,
de bárbaros y griegos, sabios y no sabios, fieles y no fieles. Lúnes,
de mañana, 14 de Enero, vieron mucha gente de indios en la playa, mandó
el Almirante saltar en la barca gente bien aderezada de armas, é ir á
tierra; llegada la barca, viniéronse todos, como si no hobiera pasado
nada, hasta la popa de la barca, en especial el indio que el dia ántes
habia venido á la carabela. Con este indio, dice, que venia el Rey de
aquella tierra, el cual le dió ciertas cuentas de cierta especie de
piedra que ellos preciaban mucho, para que las diese á los cristianos
de la barca, en señal y seguro de paz. Vino este Rey con tres de los
suyos á la carabela en la barca, mandóles dar el Almirante de comer
bizcocho y miel, y dió al Rey un bonete colorado, y cuentas, y un
pedazo de paño colorado, y á los otros tambien. Dijo al Almirante que
mañana traeria una carátula de oro, afirmando que allí habia mucho, y
en otras islas, como Carib y Matinino; enviólos el Almirante á tierra
bien contentos. Hoy, y en otros dias pasados, habia sabido que en
estas islas habia mucho alumbre, yo creo quiere decir cobre. Quéjase
aquí el Almirante, que, por culpa de los calafates, hacian mucha agua
las carabelas, el cual defecto advirtió en Palos, y, cuando quiso
constreñirlos á que tornasen á hacer la obra, huyeron. Acuérdase aquí
el Almirante de las grandes dificultades que tuvo en la corte ántes que
se aceptase su negocio, y que todas las cosas le fueron contrarias,
contra razon, sino fué sólo Dios, y despues de Dios Sus Altezas, las
cuales dificultades y dilacion fueron causa para que no tuviesen los
Reyes ya cient cuentos de renta más de los que tenian, y más lo que se
acrecentara. Estas son sus palabras. ¿Que dijera si viera los cuentos y
millones que de sus trabajos han los Reyes, despues dél muerto, habido?
Despues, dice él, «que vine á servir á Vuestras Altezas, que hace agora
siete años á 20 deste mes de Enero;» de manera que entró en la corte
año de 1485; añide más: aquel poderoso Dios lo remediará todo. Esto
dice. Mártes, 15 de Enero, envió la barca á tierra, y el Rey de allí
no era venido, porque decian que estaba léjos la poblacion, pero envió
su corona de oro, como habia prometido; vinieron otros muchos hombres
con algodon y con pan y ajes y cosas de comer, todos, empero, armados
con sus arcos y flechas. Despues que todos habian rescatado lo que
traian, llegaron cuatro mancebos á la carabela (en sus canoas debieran
de venir), y pareció al Almirante dar de todo lo que les preguntaba
tan buena cuenta, y de las islas que estaban hácia el Oriente ó leste,
camino que él habia de llevar (y desde allí se parecia la isla que
despues él llamó de Sant Juan), que determinó de los llevar consigo
á Castilla; cosa indignísima, cierto, de hacer, porque llevar por
fuerza y contra su voluntad los que habian venido y fiádose de los
cristianos, so título de paz y seguridad, no se pudo, sin gran pecado,
tal violacion del derecho natural cometer. Dice que los arcos desta
gente eran mayores que los que habian visto en los de atras, grandes
como los de Inglaterra. Habia mucho algodon y muy fino y luengo, muchas
almástigas, mucho axí ó pimienta, y que la gente de las carabelas comia
mucho dello, que se hallaba muy sana, del cual se cargarian cada año
50 carabelas[32]. Aquí habia de tener su lugar la historia y relacion
de las calidades, y felicidad, y sitio, y descripcion destas islas,
mayormente desta y de las demas tierras que el Almirante descubrió, de
las condiciones de las gentes naturales dellas, sabiendo sus ingenios y
costumbres, pero, porque la materia requiere grande tractado, por ser
muy difusa y poco ménos que infinita, pues de tan infinitas naciones se
ha de hacer relacion, por ende acuerdo dejalla por escribilla aparte,
por sí; la cual ocupará un no chico volúmen. De aqueste, por la divina
gracia, ya está escrita la mayor parte, y así, la historia, con la
misma divina ayuda, prosigamos.



CAPÍTULO LXVIII.

 Llamó aquella bahía el Golfo de las Flechas.--Partió de allí para
 Castilla, y, de camino descubrir islas.--Estimaba prudentemente haber
 gran renclero de islas, y no estar léjos de las Canarias.--Porque
 hacian mucho agua las carabelas, determina de tomar su camino derecho
 para Castilla y no descubrir más islas, etc.


Partió de aquel golfo, que llamó el Golfo de las Flechas, miércoles,
16 de Enero, con viento de la tierra, y despues con viento gueste,
poniendo la proa al leste, cuarta del Nordeste, con intencion de ver
algunas islas, así la que se parecia, que dije ser la que agora se dice
de Sant Juan, y otras de que le daban noticia los indios, en especial
la de Matinino. Creyendo que estaban en el camino de Castilla, segun
las muchas islas y tierras los indios le nombraban y señalaban, y en
el paraje y cordillera que las via situadas, y por la hierba de la
que toparon á la venida, en la mar, que habia en esta bahía ó golfo
mucha, creyendo que no nacia sino en poco fondo, estimaba el Almirante
que habia muchas islas y tierras al leste y Oriente, hasta en derecho
de donde la hierba susodicha comenzó á topar, y, por consiguiente,
argüia que no debian de estar tierras destas Indias, 400 leguas de las
de Canarias. Y cierto, no mucho se engañaba, ántes maravillosamente
pronosticaba, porque van renclera de islas, desde la de Sant Juan, que
está obra de 25 ó 30 leguas desta Española, hasta la de la Trinidad,
que se apega con la tierra firme de Paria, bien, camino de 300 leguas,
y que cada noche, yendo en un barco, pueden dormir en una dellas; por
manera, que no quedan desde allí á las Canarias sino obra de 400, muy
pocas más ó ménos. Así que, habiendo andado á su parecer 64 millas, que
son 16 leguas, señaláronle los indios que la isla, ó de Sant Juan, ó
de Matinino, ó de Carib, á la cual, diz que, mucho, todas las gentes
destas tierras, temian, porque comian los hombres, quedaba á la parte
del Sueste, que era dos vientos más, á la mano derecha de la vía que
llevaba, por lo cual quiso llevar aquel camino, y así mandó templar
las velas. Andando así dos leguas, refrescó el viento, muy bueno
para hacer el camino de Castilla, y notó que la gente española se
entristecia y debia comenzar á murmurar porque se desviaba del camino
derecho de España, por el peligro de la mucha agua que hacian ambas
las carabelas, para lo cual no tenian remedio alguno sino el de Dios.
Movido por esto, determinó dejar el camino de las islas, y llevar el
derecho de España, Nordeste cuarta del leste, que es un viento á la
mano izquierda del Oriente; anduv así hasta el sol puesto, 48 millas
que son 12 leguas, y llevaba muy buen tiempo, y así perdió de vista el
Cabo ó promontorio que hacia la dicha bahía ó golfo de las Flechas, que
llamó el cabo Sant Yheramo, el cual es, á lo que creo, el que llamamos
agora cabo del Engaño, que es la punta de la provincia de Higuey.
Anduvo esta noche con el dia siguiente, que fué jueves, 17 de Enero, 42
leguas al Nordeste, cuarta del leste; esta noche anduvo hasta viernes,
salido el sol, 17 leguas y media, y el viernes, todo el dia navegó 15
leguas, puesto que no todas por camino derecho, porque se le mudaban
los vientos. Vido la mar cuajada de atunes, creyó que de allí iban á
las almadrabas del Duque de Conil y Cáliz. Anduvo, viernes en la noche,
120 millas, que son 30 leguas, dellas al Norte, cuarta del Nordeste, y
dellas al Nordeste, cuarta del Norte. El dia del sábado, 19 de Enero,
navegó 21 leguas; vido infinitos atunes pequeños y algunas aves de
tierra, como alcatraces y otras. Domingo, 20 de Enero, con la noche
ántes, anduvo con poco viento 14 leguas; dice que los aires eran dulces
y muy suaves como en Sevilla por Abril ó Mayo, y la mar, gracias sean
dadas á Dios, dice él, muy llana. Vido muchos atunes y aves pardelas
y otras muchas parecieron. Domingo, en la noche, y lúnes hasta el sol
puesto, navegaria 47 leguas, dos leguas por hora, al Norte, cuarta
del Nordeste, y al Nornordeste á una parte y á otra, porque el viento
era leste, y mudábase algunas veces; hallaba los aires más frios,
y creia hallarlos cada dia más, por meterse así debajo del Norte, y
tambien por ser las noches más grandes por la estrechura de la esfera.
Parecieron muchas aves y mucha hierba, pero no tantos peces por ser el
agua más fria; habló aquí á la carabela _Pinta_. Desde el lúnes en la
noche, y mártes, que se contaron 22 de Enero, hasta 31 del dicho mes,
que fué jueves, navegó al Nordeste, y lessueste, poco más al leste,
y poco ménos del Nornordeste, aunque algunas veces más al leste, y
una al Sursudueste por la mudanza de los tiempos, navegó, digo, 1.050
millas, que montan 262 leguas; traia la mar siempre muy llana y los
aires muy dulces, de lo cual daba el Almirante siempre muchas gracias
á Dios. Vian muchas aves como rabos de juncos y pardelas, que duermen
en la mar; hallaron á veces tanta hierba y tan espesa, que sino la
hobieran visto ántes, temieran ser bajos ó islas anegadas; mataron
una tonina y un gran tiburon que les hizo gran provecho, porque ya
no traian de comer sino pan y vino, y ajes que habian llevado desta
isla. La carabela _Pinta_, donde venia Martin Alonso, no andaba bien
á la bolina, porque se ayudaba poco de la vela trasera, que se llama
mesana, por no ser bueno el mastel, y por esta causa esperábala muchas
veces el Almirante, y así no hacian tanto camino; por lo cual, dice
aquí el Almirante, que si Martin Alonso tuviera tanto cuidado de
proveerse de un buen mastel en estas Indias, donde tantos y tales
habia, como fué cudicioso para se apartar dél pensando de hinchir el
navío de oro, él le pusiera bueno. Algunas veces, que hacia calma y
la mar estaba muy llana y sosegada, saltaban los indios en el agua y
nadaban y se holgaban. Viernes, 1.º dia de Febrero, con la noche pasada
del jueves, anduvo 45 leguas y un cuarto, y, dice, la mar muy llana,
á Dios gracias. La noche del viernes con el dia del sábado, navegó
al lesnordeste 29 leguas y cuarta, la mar muy llana, y los aires muy
dulces, gracias á Dios, dice él. Esta noche, yendo á popa, con la mar
muy llana, á Dios gracias, dice él, andaria 29 leguas. Parecióle la
estrella del Norte muy alta como en el cabo de Sant Vicente, no pudo
tomar el altura con el astrolabio ó cuadrante, porque la ola no le dió
lugar. El dia del domingo, 3 de Febrero, navegó al lesnordeste, que era
su camino, y andaria 10 millas por hora, y en once horas pasó adelante
27 leguas. Domingo, en la noche, fué al leste, cuarta del Nordeste, 12
millas por hora y parte 10, y así corrió en aquella noche 32 leguas
y media; tuvo el cielo muy turbado y lluvioso y hizo algun frio, de
donde conoció no haber llegado á las islas de los Azores. Despues del
sol levantado, lúnes, mudó el camino yendo al leste; anduvo en todo
el dia 77 millas, que fueron 19 leguas y cuarta. Mártes, con la noche
precedente, anduvo 42 leguas; vido pardelas y unos palillos, señal que
no estaban léjos de tierra. Mártes, en la noche, yendo al leste, anduvo
11 millas por hora, y el dia del miércoles anduvo 14 millas por hora,
y así, entre noche y dia, navegó 74 leguas, pocas más ó ménos. Vicente
Yañez halló que le quedaba la isla de Flores, que es una de los Azores,
al Norte; el piloto Roldan decia que á él le quedaban la isla del
Fayal, ó la de Sant Gregorio, al Nordeste, y el Puerto Sancto al leste;
pareció mucha hierba. Esta noche, con el dia del jueves, anduvo 54
leguas y media. Hallábase el Almirante al Sur de la isla de Flores, 75
leguas; vieron los marineros hierba de otra manera de la pasada, de la
que hay mucha en las islas de los Azores; despues se vido de la pasada
de las indias. Esta noche y el dia del viernes anduvo 25 leguas, y el
sábado, con la noche ántes, 16 leguas al Sursueste y algo al leste,
porque andaban variando y blandeando los vientos.



CAPÍTULO LXIX.

 Hallábanse los pilotos 150 leguas delanteros quel Almirante, pero
 el Almirante andaba más cierto.--Comenzó á tener malos tiempos y
 tormentas terribles, donde muchas veces pensó perecer.--Desapareció la
 _Pinta_, donde iba Pinzon.--Vido señales de mayor tormenta.


Despues del sol puesto, navegó al leste toda la noche 130 millas, que
son 32 leguas y media, y, el sol salido, domingo, 10 de Febrero, hasta
la noche, anduvo nueve millas por hora; y ansí anduvo en once horas 99
millas, que son 24 leguas y media y una cuarta.

En la carabela del Almirante carteaban ó echaban punto, (que es
mirar por la carta de marear los rumbos y caminos de la mar, y tener
cuenta de las leguas que se andaban), Vicente Yañez, y Sancho Ruiz, y
Peralonso Niño, pilotos, y Roldan, que despues vivió muchos años en
la ciudad de Sancto Domingo, desta isla Española, siendo vecino della
y rico, que llamábamos el piloto Roldan, el cual tuvo muchos pares de
casas en las cuatro calles de la dicha ciudad, que edificó él ó hizo
edificar á los principios que la ciudad se pasó de la otra banda del
Oriente, donde solia estar, á la del Poniente, donde agora está, como,
placiendo á Dios, se dirá. Todos estos pilotos, y que echaban punto, se
hallaban mucho adelante de las islas de los Azores, al leste, por sus
cartas, porque echaban más leguas de las que las carabelas andaban, por
manera que, navegando al Norte, ninguno tomara la isla de Sancta María,
que es la postrera de los Azores, ántes fueran cinco leguas apartados
dellas, y á parar en la comarca de la isla de la Madera ó de la del
Puerto Sancto; pero el Almirante se hallaba mucho más atras dellos,
desviado de su camino, como quien mejor sabia tasar las leguas que
andaban, por su gran juicio, y memoria, y experiencia de navegaciones,
así que iban delanteros 150 leguas. Dice, que mediante la gracia de
Dios, desque vean la tierra se sabrá quién andaba más cierto. Dice aquí
más, que primero anduvo, cuando vino á descubrir, 263 leguas, pasada
la isla del Hierro, que viese la primera hierba. Anduvo esta noche 39
leguas, y en todo el dia, lúnes, 11 de Febrero, 16 leguas y media, que
fueron 55 leguas y media entre dia y noche; vido muchas aves, de donde
creyó estar cerca de tierra. Anduvo esta noche 18 leguas, y mártes, que
se contaron 12 de Febrero, comenzó á levantarse la mar muy brava, y
así á padecer grande tormenta, y de tal manera, que si la carabela no
fuera, en que iba, muy buena y bien aderezada, temiera perderse. Aquí
comenzó Dios Nuestro Señor, por sus ocultos juicios á mezclar agua de
grandes temores, angustias, tristezas y grandes adversidades, poniendo
cada hora muchas veces al Almirante en el vino de su grande placer y
alegría, con que le habia mucho é inestimablemente, y frecuentes veces
alegrado y consolado con el descubrimiento, en especial, desta grande
isla. Esto parecerá harto claro en este y en los siguientes capítulos.
Corrió hoy, mártes, 12 leguas con intolerable trabajo y peligro; toda
esta noche, hasta miércoles de dia, tornó mucha tormenta de viento y
mar muy alta, relampagueó tres veces hácia el Nornordeste, dijo ser
señal de gran tempestad, que habia de venir de aquella parte ó de su
contraria; anduvo á árbol seco lo más de la noche, despues dió una
poca de vela, y andaria 13 leguas. Blandeó un poco el viento, pero
tornó desde á poco arreciar y ponerse la mar espantosa y terrible;
cruzaban las olas que atormentaban los navíos, y esto es venir una
ola de una parte y otra de otra donde tomaban las naos en medio, y es
cosa peligrosísima; anduvo otras 13 leguas y media. Miércoles, en la
noche, creció el viento, y las olas eran espantables, contrarias una de
otra, que cruzaban, como está dicho, que embarazaban el navío que no
podia salir de entremedias dellas; llevaba el papahigo (que es la vela
de en medio, sin añididura de boneta), muy bajo, para que solamente
sacase el navío de entre las grandes ondas; correria así tres horas;
dejaria atrás 20 millas, que son 5 leguas. Crecia mucho más la mar y
el viento, y, viendo el peligro grande que tenia, comenzó á correr á
popa, donde el viento le quisiese llevar, porque no habia otro remedio,
entónces comenzó á correr tambien la carabela _Pinta_ de Martin Alonso,
y desapareció, temiendo el Almirante si se habia perdido; puesto que
toda la noche hacia el Almirante hacer farol, que es mostrar lumbre
como una hacha, y la _Pinta_ con otro farol respondia, hasta que no
debia de poder más por la fuerza de la tormenta. Corrió el Almirante
esta noche, al Nordeste, cuarta del leste, 13 leguas. Salido el sol,
jueves, 14 de Febrero, fué mayor el viento y la mar cruzante, cada
hora temian hundirse, y no era chico desconsuelo haberse desaparecido
la _Pinta_, porque cuando van en compañía algunos navíos llevan algun
más remedio, si se pierde ó abre alguno en el otro suele salvarse la
gente; anduvo desta manera siete leguas y media. Viéndose en tan gran
peligro, ordenó que se echase un romero que fuese en romería á Nuestra
Señora de Guadalupe, y llevase un cirio de cinco libras de cera, y
que hiciesen todos voto, que, al que cayese la suerte, cumpliese la
romería; esta es una obra y diligencia que los marineros hacen cada
dia, viéndose en necesidad de tormenta, por la cual, Nuestro Señor los
libra de la muerte muchas veces, pero más lo hace porque se humillan,
y, temiendo la muerte, de sus pecados se arrepienten, y proponen la
enmienda de su vida. Así que mandó el Almirante traer tantos garbanzos,
cuantas personas en el navío venian, y señalar uno con un cuchillo,
haciendo una cruz, y meterlos en un bonete bien revueltos; el primero
que metió la mano fué el Almirante, y sacó el garbanzo señalado con
la cruz, y así cayó la suerte sobre él, y desde luego se tuvo por
obligado á cumplir el romeraje. Acordó que otra vez se tornase á echar
la suerte para enviar romero á Sancta María de Loreto, que está en la
comarca de Antona, que es casa devotísima de Nuestra Señora Sancta
María, y donde hace, segun se cuenta, muchos y grandes milagros; esta
vez cupo la suerte á un marinero del Puerto de Sancta María, tres
leguas de San Lúcas de Barrameda, y aquel se llamaba Pedro de Villa,
al cual el Almirante prometió de darle dineros para las costas; y,
porque la tormenta más los afligia y amenazaba, ordenó que se echase
otro romero, que velase una noche en Sancta Clara de Moguer y hiciese
decir una misa, porque tambien aquella es casa donde los marineros,
del Condado especialmente, tienen devocion. Echaron los garbanzos y
uno señalado con una cruz, el cual sacó el Almirante, y así quedó por
dos veces obligado á ir á cumplir las dichas romerías. Despues desto,
fatigándolos más el miedo y angustia de la mar, el Almirante y toda
la gente hicieron voto, de que si los llegase á tierra, en la primera
salir todos en camisa y procesion, á hacer oracion y darle gracias en
una Iglesia que fuese de la invocacion ó nombre de Nuestra Señora, la
Vírgen María; y porque la tormenta crecia, y ninguno pensaba escapar,
allende los votos comunes, cada uno hacia en especial su voto, segun
la devocion que Dios le infundia. Ayudaba al aumento del peligro y
temor, que venia el navío con falta de lastre, que es la piedra y
peso que ponen abajo porque no se trastorne, y ande, como calabaza,
liviano, y esta es una cosa para los que navegan muy peligrosa; causó
esta liviandad, en parte, haberse aliviando la carga por ser ya comidos
los bastimentos y bebida el agua y el vino, lo cual, por cudicia de
gozar del próspero viento que entre las islas tuvieron, no proveyó el
Almirante de mandar lastrar ó echar peso de piedra en las carabelas,
como tenia propósito cuando estaba cerca ó en paraje de las islas de
las mujeres, donde queria ir, como arriba se hizo mencion. En este paso
escribe el Almirante cosas, cierto, de compasion, por las angustias en
que estaba; refiere las causas que le ponian temor de que allí, Nuestro
Señor no quisiese que pereciese, y otras que le daban esperanza de
que Dios lo habia de llevar y poner en salvo, para que tales nuevas,
y tan dignas de admiracion como llevaba á los Reyes, no pereciesen en
aquella mar. Parecíale quel deseo grande que tenia de llevar nuevas tan
nuevas y tan grandes, y mostrar que habia salido verdadero en lo que
habia dicho, y proferídose á descubrir, le ponia miedo grandísimo de
lo no conseguir, y que cada mosquito, decia, que le podia perturbar
é impedir, atribuyéndolo esto á su poca fé y desfallecimiento de
confianza de la providencia divinal; confortábanle, por otra parte, las
mercedes que Dios le habia hecho en darle tanta victoria descubriendo
lo que descubierto habia, y cumpliéndole todos sus deseos, habiendo
pasado en Castilla por sus despachos muchas y grandes adversidades, y
que como ántes hobiese puesto su fin, y enderezado su intencion y su
negocio á Dios, y Dios le habia oido, y al cabo concedido todo lo que
le habia suplicado, debia creer que, por su bondad, le perfecionaria
los bienes y mercedes que le habia comenzado; mayormente habiéndole
librado á la ida, cuando tenia mayor razon de temer, de los trabajos
que con los marineros y gente que llevaba, los cuales todos á una vez
estaban determinados de se volver y alzarse contra él, haciéndole
mil protestaciones, y el eterno Dios le dió esfuerzo y valor contra
todos, y otras cosas de mucha maravilla que Dios habia mostrado en él
y por él en aquel viaje, allende aquellas que Sus Altezas sabian de
las personas de su casa. Todas estas son sus palabras, del Almirante,
aunque algunas, con su estilo simple y humilde, que dan testimonio
de su bondad; así que, acúsase á sí mismo de temer la tormenta, pues
tantas razones tenia para confiar, pero la flaqueza y congoja, dice él,
no me dejaban asegurar el ánima. Dice más, que tambien le daba gran
pena dos hijos que tenia en Córdoba, al estudio, que quedaban huerfanos
de padre y madre en tierra estraña, y los Reyes no sabian los servicios
que los habia hecho en aquel viaje, y las nuevas tan prósperas que
les llevaba, para que se moviesen á los remediar. Por esto y porque
supiesen Sus Altezas como Nuestro Señor le habia dado victoria de todo
lo que deseaba descubrir de las Indias, y supiesen que ninguna tormenta
habia en aquellas partes (lo cual dice que se puede cognoscer por
la hierba y árboles que están nacidos y crecidos hasta dentro en la
mar), y porque si se perdiese con aquella tormenta, los Reyes hobiesen
noticia de su viaje, usó de la siguiente industria. Tomó un pergamino y
escribió en él todo cuanto pudo de lo que habia hallado y descubierto,
rogando mucho á quien lo hallase, que lo llevase á los reyes de
Castilla; este pergamino envolvió en un paño encerado, atado muy bien,
y mandó traer un gran barril de madera, y lo puso en él sin que alguna
persona supiese lo que era, sino que pensaron todos que era alguna
devocion, y así lo mandó echar en el mar; despues, con los aguaceros y
turbionadas, se mudó el viento al gueste, y andaria á popa, sólo con el
trinquete, cinco horas con la mar muy brava; andaria este jueves en la
noche, 13 leguas. Cosa es de notar la diferencia del viaje, que á la
venida destas Indias hizo ser tan suave, que pensaron todos que nunca
podia haber tormenta en aquesta mar, y algunos temian que no habian de
tener vientos para tornar en Castilla; no lo dijo ni experimentó así el
Almirante cuando en su cuarto viaje descubrió á Veragua, como, si Dios
me diese vida, se dirá, porque de las más terribles tormentas que se
cree haber en todas las mares del mundo, son las que por estas mares
destas islas y tierra firme suele hacer, como parecerá, y experimentan
cada dia los que las navegan. Maravillosas, finalmente, son las cosas
de Dios y la órden y providencia que tiene en sus obras; cierto, si
las tormentas que suele hacer por acá, aquel primer viaje hobieran y
experimentáran aquellos tan impacientes marineros que consigo traia,
ménos sufrieran la dilacion de aquel tan nuevo y luengo viaje, como
se les hizo, y, á la primera que les asomara, no hobiera duda, sino
que luego volvieran las espaldas, y entónces tuviera mayor peligro el
Almirante en su vida, si porfiara á detenerlos; pero proveyólo Dios,
como suele, las cosas que hacer determina, y trájolos hasta descubrir y
ver estas tierras, como si vinieran por un rio.



CAPÍTULO LXX.[33]


Viernes, salido el sol, 15 de Febrero, vieron tierra por delante,
á la parte del lesnordeste, y, como suele cada dia acaecer entre
los marineros, que por maravilla en la cuenta de las leguas y en el
recognoscer las tierras concuerdan; unos decian que era la isla de la
Madera, otros, que era la roca de Sintra, en Portugal, junto á Lisboa;
pero el Almirante, á quien Dios habia puesto en este viaje por guia, se
hallaba estar con las islas de los Azores, y creia ser aquella tierra
una dellas, como fué verdad, puesto que los pilotos ya navegaban por
la tierra de Castilla. Estarian cinco leguas de la tierra que vian;
esta, en la verdad, era la isla de Sancta María, que es una de las de
los Azores. Andaba la mar siempre altísima, y el Almirante y todos
con su angustia, dando muchos bordos, que son vueltas de una parte á
otra, que no se hace sin grandes trabajos y peligros cuando la mar es
tormentosa, y esto hacia por alcanzar alguna parte de la tierra, que ya
se cognoscia ser isla. Salido el sol, sábado, tomó la vuelta del Sur
por llegarse á ella, porque, por la gran niebla y cerrazon, ya no la
vian; luego se les descubrió por popa otra isla, de la cual estarian
ocho leguas. Anduvo todo este dia trabajando de la misma manera, no
pudiendo tomar tierra por el demasiado viento que les hacia; al decir
de la Salve, que acostumbran los marineros cada noche decirla por su
devocion, luego, despues de anochecido, vieron algunos lumbre en la
tierra, pero toda esta noche anduvieron barloventeando sobre la isla;
en esta noche reposó algo el Almirante, porque desde el miércoles, ni
habia dormido ni podido dormir, y este es el mayor de los trabajos que
tienen los buenos pilotos, y que llevan á su cargo regir los navíos.
Quedaba muy tollido de las piernas por estar siempre desabrigado, al
agua y al frio, ayudaba á esto, por el poco comer, la poca substancia
que en los miembros tenia. Anduvo todo el domingo, y, á la noche, llegó
á la isla, puesto que, por la gran escuridad, no pudo recognoscer qué
isla fuese; andúvola rodeando para ver donde, para tomar agua y leña,
surgiria, y al fin surgió con una ancla, que luego perdió, por la mar
grande y las peñas que habia, que le fué muy penoso sobre las muchas
penas que se tenia. Tornó á dar la vela y barloventear toda la noche,
y despues del sol salido, lúnes, 18 de Febrero, surgió otra vez de la
parte del Norte de la isla, y envió la barca á tierra y hobieron habla
con la gente de la tierra, y allí supieron ser la isla de Sancta María,
y enseñáronles el puerto donde habian de poner la carabela. Dijo la
gente de la tierra, que se maravillaban cómo podian haber escapado,
segun la tormenta que debian de haber padecido, que jamás otra tan
grande habian por allí sentido. Dice aquí el Almirante, que aquellos
de la isla mostraban grande alegría, y daban gracias á Dios por el
descubrimiento del Almirante que habia hecho destas Indias, pero, en
la verdad, todo era fingido, como parecerá en el siguiente capítulo.
Aquí se cognosció como el Almirante habia venido y carteado más cierto
en la cuenta de su viaje que todos los que traia consigo, y esto era
porque le velaba mejor que todos ellos, que es el punto principal que
los pilotos han de mirar para dar buena cuenta de sí, conviene á saber,
no dormir, como fué dicho; aunque fingió el Almirante haber andado más
camino del que habian andado, por desatinar á los pilotos y marineros
que carteaban, y quedar él por mas cierto de aquella navegacion y
derrota, como quedaba, y con razon, porque ninguno trajo su camino
cierto. En todas estas cosas, el Almirante daba contino muchas gracias
á Dios.



CAPÍTULO LXXI.


Aquí es de considerar, que como el rey D. Juan de Portugal no tuvo
en nada el descubrimiento y ofertas quel Almirante al principio le
ofreció, y pasaron las cosas que arriba en los capítulos 28 y 29 se
dijeron, y vido que al fin los reyes de Castilla lo admitieron y
despacharon, dando todo favor y navíos y lo demas que para hacer el
viaje convino, y estaba el dicho rey D. Juan ya informado y avisado
del camino ó derrotas quel Almirante habia de hacer, por la relacion
quél mismo, cuando esto trató con él, le hizo, y considerando que á
la vuelta podia y habia de venir forzadamente, ó por la Guinea, ó por
las islas de cabo Verde, ó por la de la Madera, ó por alguna de las
de aquellas islas de los Azores, parece que debia de haber mandado en
todas las partes y lugares quél por este mar Océano tenia, que cada
y cuando por alguno dellos el Almirante volviese, lo prendiesen y se
lo enviasen preso á Portugal, ó como cosa semejante, porque, segun
parece, no osaran hacer lo que hicieron los de aquella isla, si el
Rey no se lo hobiera así mandado, teniendo el Rey y reino de Portugal
paces asentadas con Castilla. Así que, este lúnes, despues del sol
puesto, vinieron á la costa ó playa de la mar tres hombres, y capearon
ó llamaron á la carabela como que querian haber habla con ellos; el
Almirante mandó ir la barca en tierra y recibirlos en ella, los cuales
trajeron un presente de refresco, especialmente gallinas y pan fresco,
que enviaba el Capitan de la isla al Almirante, que se llamaba Juan
de Castañeda, encomendándosele mucho y diciendo que le cognoscia muy
bien, y que por ser de noche no venia á verlo, pero que en amaneciendo
le vernia á visitar con más refresco, y traeria tres hombres que de
la barca la primera vez habian quedado, porque, por el gran placer de
oirles contar las cosas de su viaje, no los habia enviado. El Almirante
hizo mucha honra á los tres mensajeros, y mandóles dar camas aquella
noche en la carabela, porque era tarde y estaba léjos la poblacion;
y porque el jueves pasado, cuando se vido en el angustia de la gran
tormenta, hicieron el voto y votos de susodichos, entre los cuales
fué el voto de que en la primera tierra donde hobiese casa de Nuestra
Señora saliesen en camisa, etc., acordó el Almirante que la mitad de la
gente de la carabela fuese á cumplirlo á una casita que estaba junto
con la mar, como ermita, porque, despues de aquellos vueltos, saliese
él, con la otra mitad de la gente, á hacer lo mismo. Luego, mártes, de
mañana, 19 de Febrero, y dia de Carnestolendas, viendo el Almirante ser
tierra segura, confiando en las ofertas del Capitan y en la paz que
habia entre Portugal y Castilla, envió la mitad de la gente á tierra,
y rogó á los tres portogueses que fuesen á la poblacion y les trujesen
un clérigo para que les dijese misa, los cuales salidos, iban todos
en camisa en cumplimiento de su romería; y estando en la ermita en su
oracion, saltó con ellos todo el pueblo, dellos á caballo y dellos
á pié, con el dicho su Capitan, y á todos los prendieron. Despues,
estando el Almirante sin sospecha esperando la barca para salir él en
tierra, para cumplir su promesa, con la otra parte de la gente, hasta
las once horas del dia, viendo que no venian comenzó á sospechar, ó
que los detenian, ó que la barca era quebrada, ó perdida, porque toda
la isla es cercada de altas peñas; esto no podia ver el Almirante,
porque la ermita estaba detras de una punta ó cerro que entra dentro
en la mar, y encubre los navíos, ó la ermita dellos. Mandó levantar el
ancla y dió la vela hasta en derecho de la ermita, y vido muchos de
caballo, que se apearon y entraron en la barca con armas, y vinieron
á la carabela para prender al Almirante; levantóse el Capitan de los
portogueses en la barca, y pidió seguro al Almirante, dijo el Almirante
que se lo daba, pero ¿qué innovacion era aquella, que no via ninguno
de su gente en la barca? y añidió el Almirante, que subiese y entrase
en la carabela, porque él haria todo lo quél quisiese. Pretendia el
Almirante con buenas palabras atraerlo á que entrase en la carabela
por prenderlo, para recuperar su gente, no creyendo que violaba la fe
dándole seguro, pues, habiéndole él ofrecido paz y seguridad, lo habia
quebrantado. El Capitan portogués, como habia hecho la maldad y venia
con mal propósito y peor intencion, no osó poner su persona en aquel
peligro. Desque vido el Almirante que no se llegaba á la carabela,
rogóle que le dijese por qué le detenia por fuerza su gente, habiéndole
dado palabra de tanta seguridad, y teniendo los Reyes asentadas paces
entre sus reinos, Portugal y Castilla, de lo cual el rey de Portugal
recibiria enojo, pues en la tierra de los reyes de Castilla recibian
los portogueses todo buen tratamiento, y conversaban y trataban seguros
como en su tierra, y que los reyes de Castilla le habian dado cartas de
recomendacion para todos los Príncipes y señores, y naciones del mundo,
las cuales le mostraria si quisiese llegar más á la carabela, y que él
era Almirante, de los dichos señores Reyes, del mar Océano y Visorey
de las Indias quél venia de descubrir, que ya eran de Sus Altezas, de
todo lo cual le mostraria las provisiones firmadas de sus nombres, con
sus manos, y selladas con sus reales sellos, las cuales le mostró desde
la carabela; y que los Reyes estaban en mucha paz y amistad con el rey
de Portugal, y que le habian mandado en sus instrucciones, que donde
quier que hallase navíos de Portugal, les hiciese todo el placer, honra
y buena compañía que pudiese, pero que, dado que él no le quisiese
restituir su gente, no por eso dejaria de ir á Castilla, porque harta
gente tenia para cumplir su navegacion, y que él y sus portogueses
serian bien castigados por haberle hecho tan malvada obra contra
derecho de las gentes y toda razon. Entónces, respondió el Capitan de
los portogueses: «No cognoscemos acá al rey é reina de Castilla, ni sus
cartas, ni le habian miedo, ántes les darian á entender qué cosa era
Portugal;» cuasi amenazando. Desto tuvo el Almirante gran sentimiento,
sospechando si se habian rompido las paces, ó hobiese habido algun
alboroto ó daños entre ambos los reinos, despues dél, para este
descubrimiento, partido; él les respondió á estas vanas y soberbias
palabras, en servicio de sus Reyes, lo que le pareció responderles.
Torno el Capitan otra vez á levantarse desde algo más léjos, y dijo
al Almirante que fuese con la carabela al puerto, y que todo lo que
él hacia y habia hecho, el Rey su señor se lo habia enviado á mandar
que lo hiciese; desto hizo el Almirante á todos los de la carabela
testigos. Añidió el Almirante al Capitan y á todos ellos, que les daba
su fe y palabra, como quien era, que no saldria de la carabela hasta
que llevase un ciento de portogueses á Castilla presos, y que en cuanto
pudiese trabajase de despoblar aquella isla: y con esto se volvió el
Almirante á surgir en el puerto donde estaba primero, porque el tiempo
y viento era muy áspero y contrario para hacer otra cosa.



CAPÍTULO LXXII.


Mandó aderezar el navío y hinchir las pipas vacías de agua de la mar,
en lugar de piedra, que apesgasen el navío, que los marineros llaman
lastre, porque es muy peligrosa cosa no estar la nao apesgada de
lastre, porque á cada paso se puede y está en peligro de se trastornar;
y desayudábale mucho estar en muy mal puerto, donde temió mucho que se
le cortasen las amarras ó cables, que son las maromas con que están
atadas las anclas, y en fin así se le cortaron, y, constreñido desta
necesidad, dió la vela, miércoles, á 20 de Febrero, la vuelta de la
isla de Sant Miguel, para buscar algun puerto donde se pudiese algo
mejor reparar del viento y mar que hacia, puesto que en todas aquellas
islas de los Azores no lo hay bueno, y el mayor remedio que hay es
huir de la tierra á la mar, malo ó bueno que sea el navío, si no es
tan malo que hayan por fuerza de sabordar en tierra, que es dar con el
navío en tierra para salvarse el que pudiere. Y esto es muy peligroso
para donde hay peñas, y, ya que no las haya, no suele escapar el que
no sabe nadar, porque, si el navío es grande, no puede llegarse á
tierra ménos de un estado, y dos, y tres, y poco ménos, comunmente;
así que anduvo todo aquel miércoles, todo el dia hasta la noche, con
gran viento y gran mar, y ni pudo ver la tierra de donde habia salido
ni la otra de Sant Miguel que iba á buscar, que está de la isla de
Sancta María obra de 12 leguas, por la gran niebla y cerrazon que
habia, que causaba la espesura del terrible viento. Iba el Almirante,
segun él aquí dice, con harto poco placer, porque no tenia sino tres
marineros que supiesen de la mar, como quedaban todos los demas en la
dicha isla de Sancta María, y los que allí demas traian eran gente de
tierra; está toda aquella noche á la corda, que es, las velas tendidas
pero vuelven de tal manera el navío, como de esquina, al viento, que
no puede andar, y en esto trabaja mucho el navío, y la gente padece
mucho trabajo, en especial la gente de tierra no acostumbrada á andar
por la mar. Padeció esta noche gran tormenta y peligro, por las dichas
causas de mar y viento, y andar á la corda; dice que en esto le hizo
Nuestro Señor mucha merced, que la mar ó las olas della venian por sola
una parte, porque si cruzaran de una parte y otra, como las pasadas,
muy mayor peligro y daño padeciera. Despues del sol salido, otro dia,
jueves, visto que no parecia la isla de Sant Miguel, acordó tornarse
á la de Sancta María, por ver si podia cobrar su gente y la barca, y
las anclas y amarras que allí habia dejado y se le habian rompido, y,
cierto, él andaba á muy gran riesgo faltándole la barca y las anclas,
porque faltar la barca es gran peligro para tomar agua y otras cosas de
tierra, y no pueden hacer, aún en la mar, alguna cosa sin ella, y para
escaparse en ella cuando el navío se pierde; y sin las anclas no pueden
llegarse á tierra ni tomar puerto, por ocasion de lo cual, se les
ofrecen multitud y diversidad de peligros, muy propincuos á perecer.
Maravíllase el Almirante de ver tan grandes y tan frecuentes tormentas
y malos tiempos por aquellas islas y partes de los Azores, mayormente
habiendo gozado todo aquel invierno, en las Indias, de tan suaves
aires y tiempos, y siempre sin surgir ó echar anclas, sino de cuando
en cuando, y una sola hora no vido la mar que no pudiesen andar por
ella en una artesa; lo mismo le acaeció cuando iba á descubrir, hasta
las islas de Canaria, que tuvo gran trabajo de mar y vientos, pero,
despues de pasadas, siempre tuvo la mar y los vientos de maravillosa
suavidad y templanza. Miró que, como arriba se dijo en el capítulo 37,
lo que temian los marineros era, que no habian de hallar vientos para
volverse, segun la suavidad y blandura y continuacion, siempre para
el Poniente, de las brisas; y al cabo concluye aquí el Almirante, que
bien dijeron los sacros teólogos y los sabios filósofos, que el Paraíso
terrenal está en el fin de Oriente, porque es lugar temperatísimo,
así que, aquestas tierras que él habia descubierto, dice él, es el fin
de Oriente. Surgió, pues, en la isla de Sancta María, en el puerto de
ántes, el mismo jueves, y vino luego á la costa de la mar un hombre y
comenzó á capear, desde unas peñas, diciendo que no se fuesen de allí,
y desde á poco vino la barca con cinco marineros, y dos clérigos, y un
escribano, los cuales pidieron seguro. Dado por el Almirante, subieron
á la carabela, y, porque era noche, durmieron allí, á los cuales el
Almirante hizo la honra y buen acogimiento que pudo; á la mañana, le
requirieron que les mostrase poder de los reyes de Castilla, para que á
ellos constase, como, con poder Real, habian hecho aquel viaje. Sintió
el Almirante hacer aquello para dar color y excusarse de la vileza que
le habian hecho, como que tuvieron causa y razon para hacerlo, puesto
que ellos no pretendian sino haber al Almirante á las manos, porque así
se lo debia de haber mandado su rey de Portugal, pues vinieron con la
barca armada, sino que cognoscieron que no les fuera bien dello porque
el Almirante estuvo bien sobre aviso. Finalmente, por cobrar su gente y
la barca, hobo de disimular y sufrir amostrarles la carta general del
Rey y de la Reina, que llevaba para todos los Príncipes y señores, de
recomendacion donde quiera que llegase, y otras provisiones reales, y
dióles de lo que tenia y fuéronse á tierra contentos; luego libertaron
todo la gente y la enviaron con la barca á la carabela, de los cuales
supo el Almirante que dieran mucho por prenderle, y, si lo prendieran,
nunca, por ventura, se viera en libertad; y esto, dijo el Capitan de
aquella isla, que así se lo habia mandado el rey de Portugal, su señor.
Comenzó á bonanzar la tormenta del tiempo, alzó las anclas y fué á
rodear la isla para buscar algun abrigo y surgidero para tomar leña y
piedra para lastrar y apesgar la carabela, y no pudo tomar surgidero
hasta hora de completas, sábado, y, surgido, porque la mar era muy
alterada y brava, no pudo llegar la barca á tierra.



CAPÍTULO LXXIII.


Domingo, 24 de Febrero, al rendir de la primera vela ó guardia, que es
cerca de la media noche, comenzó á ventear gueste y Sudueste, vecinos
y mensajeros del Sur, el cual es mucho peligroso en aquellas islas, si
le esperan los navíos las anclas echadas, por esto mandó levantarlas y
tender las velas; y, cognosciendo que le hacia tiempo, acordó de poner
la proa en el camino de Castilla, y dejando de se proveer de leña y de
piedra por ahorrar tiempo; y así mandó gobernar á la vía del leste.
Anduvo esta noche, hasta salido el sol, lúnes, que serian seis horas
y media, 7 millas por hora, que fueron 45 millas y media, y hasta la
noche á 6 millas por hora, que montaron 28 leguas. Lúnes, con la noche
pasada, navegó 32 leguas, con la mar llana, por lo cual daba gracias á
Dios. Vínoles á la carabela una ave muy grande que juzgó el Almirante
parecer águila. El mártes, con la noche pasada, que comenzó despues
del sol puesto, navegó á su camino al leste, la mar llana, de que daba
muchas gracias á Dios; anduvo 33 leguas, con algunos aguaceros, algo
volviendo al lesnordeste, dos vientos ménos, que se llama la media
partida por los marineros. El miércoles y jueves, 27 y 28 de Febrero,
anduvo fuera de camino á una parte y á otra por los vientos que le
ocurrieron contrarios; comenzó á tener gran mar y mucho trabajo, y
apropincuábasele más cuanto más se acercaba á Castilla. Hallábase del
cabo de Sant Vicente 125 leguas, y 80 de la isla de la Madera, y 106
de la de Sancta María, de donde habia partido. Viernes, 1.º de Marzo,
con la noche pasada, anduvo al leste, cuarta del Nordeste, que cuasi
era su via, 35 leguas. El sábado, con la noche pasada, corrió 48
leguas, por que se comenzaba la mar y el viento á arreciar. Sábado, en
la noche, vino una grande y súbita turbiada, ó golpe de tempestad,
que le rompió todas las velas, por lo cual se vido él y todos en
grande peligro de perderse, mas Dios los quiso librar, como dice en
su navegacion. Hechó suertes para enviar un romero á Sancta María
de la Cinta, que es una casa devota con quien los marineros tienen
devocion, que está en la villa de Huelva, y cayó la suerte sobre el
Almirante, como solia. No parece sino que andaba Dios tras él, dándole
á entender que por él hacia todas aquellas tormentas, para humillarle
y que no tuviese presuncion de sí mismo, ni atribuyese algo de todo lo
que habia descubierto, y gran hazaña, que mediante Dios, hecho habia,
sino que todo lo refiriese á aquel grande y poderoso Dios, que lo
habia escogido por ministro é instrumento para obra, tan nunca otra
tan grande y señalada, ni vista ni oida, que hombre temporalmente
hiciese, mostrando al mundo otro mundo, para que el mundo tambien,
estimando ser sólo, no se desvaneciese. Y es cierto que cada vez que
estas cosas me paro á pensar, que es con mucha frecuencia, yo no me
acabo ni harto de admirar, así como ni de, á su egregia y singularísima
obra, atribuir encarecimiento; tampoco de considerar los inmensos é
intolerables trabajos, y diversa multitud frecuentísima de angustias y
aflicciones que, desde que comenzó á intentar este descubrimiento, á
este varon se ofrecieron y siempre padeció hasta que los dejó con la
vida. Tornando al cuento de su camino, esta noche, domingo, crecióle
tanto la deshecha y espantosa tormenta de mar y de viento, que tuvo por
casi cierto que ni él, ni hombre de los que con él iban, escapara para
llevar las nuevas. Veníanles las mares altísimas de dos partes, y los
vientos con tan terrible ímpetu y veemencia, que parecia que levantaban
la carabela sobre los aires. Afligian tambien la mucha agua que del
cielo caia, y los temerosísimos truenos y relámpagos, pero, como dice,
plugó á nuestro Señor de lo sostener. Anduvo, con estos peligros y
temores de cada hora se perder, á árbol seco sin velas, donde la mar y
el viento los echaba, hasta la media noche que Dios los consoló con ver
los marineros, que, aunque de noche y escura grande, vieron tierra;
entónces, por huir della, que es gran peligro de noche estar cerca de
tierra, mandó dar el papahigo, que es un poco de vela, por desviarse y
andar algo, aunque con grande peligro y espanto, hasta que amaneciese
y recognosciesen la tierra y entrasen en algun puerto donde salvarse
pudiesen. Lúnes, de mañana, en amaneciendo, que se contaron 4 dias de
Marzo, recognoscieron la tierra, que era la roca de Sintra, que es
junto con la boca del rio y puerto de Lisbona, donde, forzado por huir
de tanto peligro y tormenta como siempre hacia, determinó de entrar en
el puerto, porque aún no pudo parar en la villa de Cascaes, que está
en la entrada y boca del rio Tajo. Entrados un poco dentro, echó las
anclas, dando todos infinitas gracias á Dios que los habia escapado
de tan grande y tan cierto peligro. Venian los de aquel pueblo á
congratularse con ellos, y daban loores al Señor que los habia librado,
teniendo por maravilla haberse escapado; y dijéronles, que, desque los
vieron en el peligro que venian toda aquella mañana, hicieron plegarias
y suplicaciones, á Dios, por ellos. A hora de tercia, vino á pasar á
rastelo dentro del rio de Lisbona, donde supo, de la gente de la mar,
que jamás habian visto invierno de tan recias y desaforadas tormentas,
y que se habian perdido en Flandes 25 naos, y otras estaban allí que
salir no habian podido; luego escribió al rey de Portugal que estaba
en el valle del Paraíso, nueve leguas de Lisboa, cómo los reyes de
Castilla, sus señores, le habian mandado que no dejase de entrar en los
puertos de Su Alteza á pedir lo que hobiese menester, por sus dineros,
y que le suplicaba le mandase dar licencia para ir con la carabela á
la ciudad de Lisboa, porque algunos hombres de mal vivir, pensando
que traia mucho oro, estando en puerto despoblado, no se atreviesen
á hacerle alguna fuerza y agravio, y tambien, porque supiese que no
venia de Guinea, que el Rey celaba mucho, sino de las Indias. Estaba
á la sazon allí en el rastelo, surta una nao muy grande del rey de
Portugal, admirablemente artillada y poderosa; el patron della, que se
llamaba Bartolomé Diaz, de Lisboa, vino con su batel, muy armado, á la
carabela del Almirante, el cual le dijo que entrase en aquel batel para
ir á dar cuenta á los hacedores del Rey y al Capitan de la dicha nao;
el Almirante respondió que él era Almirante de los reyes de Castilla,
y que no tenia que dar cuenta á persona alguna otra, ni saldria de las
naos ó navíos donde estuviese, si no fuese por fuerza que le hiciesen,
no pudiendo resistirla; el patron respondió que enviase al Maestre de
la carabela. Dijo el Almirante, que ni al Maestre enviaria ni á otra
persona, si no le quisiesen hacer fuerza, á la cual, él, por entónces,
no podia resistir, porque en tanto estimaba el dar persona como ir él,
y que esta era la costumbre de los Almirantes de los reyes de Castilla,
de ántes morir que se dar á sí ni á gente suya; el patron se moderó y
díjole, que pues estaba en aquella determinacion, que hiciese lo que
le plugiese, pero que le rogaba que tuviese por bien de mostrarle las
cartas de los reyes de Castilla, si las tenia. Al Almirante plugo de
se las mostrar, y luego se volvió á su nao y hizo relacion al Capitan,
que se llamaba Álvaro Daman, el cual, con mucha órden, con atabeles,
y trompetas, y añafiles, haciendo gran fiesta y regocijo, vino á la
carabela del Almirante y habló con él y ofreció hacer todo lo que
mandase.



CAPÍTULO LXXIV.


Publicado en Lisboa que el Almirante habia descubierto y venia de las
Indias, vino tanta gente á verlos y á ver los indios, que fué cosa de
admiracion, y las maravillas que todos hacian, dando gracias á Nuestro
Señor, diciendo que, por la gran fe que los reyes de Castilla tenian
y deseo de servirle, la Divina Majestad les concedia tan señaladas
mercedes. Miércoles y jueves siguientes, creció más la gente que vino
de la ciudad, y, entre ella, muchos caballeros y los hacedores del Rey.
Todos se admiraban y no sabian con qué palabras engrandecer las obras
de Dios, porque cognoscian ser gran bien y honra, y acrecentamiento
de la cristiandad; los cuales, todos, atribuian tomar Dios por medio
destos bienes á los reyes de Castilla, porque Sus Altezas ocupaban y
ejercitaban sus personas con grandes trabajos para dilatar y sublimar
la cristiana religion. El viernes, recibió el Almirante una carta
del rey de Portugal, con un caballero que se llamaba D. Martin de
Noroña, por la cual le rogaba que se llegase á donde él estaba, pues
el tiempo no hacia para irse con la carabela; lo cual el Almirante no
quisiera hacer, pero, por mostrar confianza y evitar sospecha, hóbolo
de admitir. Aquella noche, fué á dormir á Sacamben, donde le hicieron
grande honra y acogimiento y le recrearon muy bien, por mandado del
Rey, que tenia proveido que á él y á su gente, y á la carabela,
proveyesen sus hacedores y oficiales de todo lo que hobiesen menester,
graciosamente, sin llevarles dineros algunos, y que se hiciese todo lo
que el Almirante quisiese, copiosamente. Partió el sábado de Sacamben,
y llegó, aunque con agua del cielo, ya de noche, á donde estaba el Rey.
Mandó el Rey salir á recibirle los principales caballeros de su casa,
y recibiéronlo y acompañáronlo, muy honradamente, hasta el Palacio
real; llegado al Rey, recibióle con señalado honor y favor, y mandóle
luego asentar, dándole grandes muestras de alegría y congratulacion,
para que sintiese que se gozaba mucho de le haber dado Dios tan buen
suceso y fin en su viaje, y ofreciéndole que mandaria que en su reino
se hiciese con él todo aquello que á él conviniese y al servicio de
los reyes de Castilla. Entre las ofertas que hacia el Rey y alegría
que mostraba por haber salido con tan buen fin el viaje, díjole que
le parecia, segun las capitulaciones que habia entre los reyes de
Castilla y él, que aquella conquista pertenecia ántes á Portugal,
que no á Castilla; respondió el Almirante, que no habia visto las
capitulaciones tratadas entre los Reyes, sus señores, y Su Alteza, ni
sabia otra cosa, sino que los Reyes le habian mandado que no fuese á
la Mina, ni en toda Guinea, y que así se habia mandado apregonar en
todos los puertos del Andalucía, ántes que para ir el viaje partiese.
El Rey graciosamente respondió, que tenia él por cierto que no habia en
esto menester terceros; pero, cierto, si fueran menester, como despues
parecerá, y el Rey hablaba con cautela y cumplimientos, y debíale estar
dentro el corazon rabiando por haber perdido tal empresa, como estuvo
en su mano, y entónces debia imaginar de estorbar cuanto pudiese, y que
se cegase el camino por el Almirante descubierto, para que Castilla no
quedase con las Indias: y no sé si le hobiera sido á Castilla mejor,
como por el discurso desta historia se verá. Dióle por huésped al Prior
de Crato, que era la principal persona que allí estaba, del cual el
Almirante recibió muy señalado tratamiento y muchas honras y favores.
Otro dia, domingo, despues de misa, tornóle á decir el Rey si habia
menester algo, que luego se cumpliria, y mandóle sentar, y habló mucho
con el Almirante, preguntándole y oyéndole muchas particularidades de
las tierras, de las gentes, del oro y de perlas, piedras y de otras
cosas preciosas, de los rumbos y caminos que habian llevado, y de los
que á la vuelta habia traido, y lo demas de su viaje; siempre con
rostro alegre, disimulando la pena que tenia en su corazon y dándole
en sus palabras mucho favor. No dice aquí el Almirante, en su libro
desta primera su navegacion, que llevase consigo algunos indios para
que los viese el Rey; lo cual cierto parece cosa semejante de verdad,
que consigo llevase algunos indios, pues el Rey estaba tan cerca y la
cosa era tan nueva y admirable y que á todo el mundo admiró, y venian
los de toda la comarca por ver los indios, gente desnuda, nunca otra
semejante imaginada poder ser en todo el orbe. Tampoco cuenta el
Almirante palabras que el Rey dijo, y cosa que hizo contra él harto
señalada, pero como, en el tiempo cuando era reciente aquesta historia
deste descubrimiento y vuelta por Portugal, y vista del Almirante con
el Rey de aquel reino, se platicaba, entre los que entónces vacábamos
en esta isla Española á curiosidad, haber acaecido, esto que agora
diré, teniamos por cierto, el rey de Portugal haber dicho y hecho:
Mandó, pues, el Rey, estando hablando con el Almirante, disimuladamente
traer una escudilla de habas y ponerla en una mesa que tenia cabe
sí, é por señas mandó á un indio de aquellos, que con aquellas habas
pintase ó señalase aquellas tantas islas de la mar de su tierra, quel
Almirante decia haber descubierto; el indio, muy desenvueltamente y
presto, señaló esta isla Española y la isla de Cuba, y las islas de
los lucayos, y otras cuya noticia tenia. Notando el Rey con morosa
consideracion lo que el indio habia señalado, cuasi como con descuido
deshace con las manos lo que el indio habia significado. Desde á un
rato, mandó á otro indio que señalase y figurase con aquellas habas,
él, las tierras que sabia que habia por aquella mar, de donde Cristóbal
Colon los traia; el indio, con diligencia, y como quien en pronto lo
tenia, figuró con las habas lo que el otro habia figurado, y, por
ventura, añidió muchas más islas y tierras, dando como razon de todo
en su lengua (puesto que nadie lo entendia), lo que habia pintado y
significado. Entónces, el Rey, cognosciendo claramente la grandeza
de las tierras descubiertas, y las riquezas que en ellas haber ya
imaginaba, no pudiendo encubrir el dolor grande que dentro de sí tenia
y fuera disimulaba, por pérdida de cosas tan inestimables, que, por
su culpa, se le habian salido de las manos, con gran voz é ímpetu de
ira contra sí, dáse una puñada en los pechos diciendo: «¡Oh! hombre de
mal cognoscimiento, y ¿por qué dejaste de la mano empresa de tan grande
importancia?» estas ó otras semejantes palabras. Esto que digo así, lo
cogí en aquellos primeros ó segundos tiempos de lo que se platicaba; si
es verdad, de notar es qué fué la causa porque el Almirante lo calla,
pero podráse responder, que no lo puso en su itinerario ó primera
navegacion, porque era cosa notable más para referirla, á solas, á los
reyes de Castilla, por tocar al rey de Portugal, que publicarla sin
diferencia á todas personas particulares, y así parece harto claro que
Nuestro Señor quiso punir al rey de Portugal el desabrimiento y burla
que habia hecho al Almirante, que arriba en el cap. 27 fué contada,
llevándole á la cara el próspero suceso de lo que habia menospreciado,
y al dicho Almirante, quiso dar este favor y consuelo, entre otros,
en pago del afrenta y fatiga que del dicho señor Rey habia recibido,
volviéndole á sus mismos ojos, con testigos tan ciertos y patentes
de la grande prosperidad de su primer viaje, que el Rey habia, por
ventura, con menosprecio desechado.[34] Lo que la Historia portoguesa
que escribió García de Resende, de la vida y hechos deste rey, D.
Juan II de Portugal, el cual historiador estaba allí en aquel tiempo,
dice, quel Almirante llegó ó entró en el restello, que es junto, creo
que, á la ciudad, á 6 de Marzo, parece conformar, porque á 4 dice el
Almirante que llegó á la boca del rio, y que así como lo supo el Rey
que venia el Almirante de aqueste descubrimiento y las muestras de
las gentes, y oro, y otras cosas que de acá llevaba, hizo llamar al
Almirante, de lo cual mostró el Rey mucho enojo y sentimiento, por
creer que aquellas tierras eran dentro de los mares y términos de sus
señoríos de Guinea, y cuando el Almirante le contaba, engrandeciendo
su descubrimiento y riquezas de oro y plata, destas tierras, mucho
mayor de lo que era, lo que no creian los portogueses, y por que en la
relacion que hacia acusaba al rey de Portugal haber perdido tan grande
empresa por no le haber creido, por lo cual el Rey recibia mayor dolor
y pena, atribuyéndolo á atrevimiento y arrogancia los que estaban
presentes, dice el historiador que requirieron y pidieron licencia al
Rey para que, sin que nadie lo sintiese, se asirian con el Almirante en
palabras, y, segun era soberbio y atrevido, y, segun dice, descortés,
lo matarian, y así cesaria la noticia deste descubrimiento para
Castilla; pero que como el Rey era muy temeroso de Dios, no solamente
le defendió, más aún le hizo honra y mercedes, y con ellas le despidió.
Estas son palabras del historiador portogués susodicho, en la Historia
del rey D. Juan el II de Portugal, en el cap. 164, y harto mejor lo
miró el Rey que no los que le aconsejaban ó pedian licencia para matar
al.....[35], una armada grande para enviar á estas partes, de la cual,
abajo se dirá. El lúnes, finalmente, 11 de Marzo, se dispidió del Rey
é díjole ciertas cosas quel Almirante dijese á los Reyes, de su parte,
mostrándole siempre mucho amor, forzándose á disimular su trabajo;
partióse despues de comer, y envió con él el Rey al dicho D. Martin de
Noroña, y todos aquellos caballeros salieron con él de palacio y le
acompañaron un buen rato. El Rey le mandó dar una mula, y otra á su
piloto, que llevaba consigo, y más al piloto mandó hacer merced de 20
espadinos, que eran obra de 20 ducados; de allí vino á un monesterio
de Sant Antonio, que está sobre un lugar que se llama Villa-Franca
donde estaba la Reina, y fuéle á hacer reverencia y besarle las manos,
porque le habia enviado á decir que no se fuese hasta que la viese;
besóle la manos, y recibiólo con grande humanidad, haciéndolo mucha
honra y favor. Dada alguna relacion de su viaje y de las tierras y
gentes que dejaba descubiertas, se partió della de noche y fué á dormir
á Allandra. Estando para partir de Allandra para la carabela, mártes,
12 de Marzo, llegó un escudero, criado del Rey, que le ofreció, de su
parte, que si queria ir por tierra á Castilla, que aquel fuese con él
para lo aposentar y proveer de bestias y todo lo que hobiese menester.
Todos estos comedimientos, dice el Almirante, que se decia que lo hacia
el Rey porque los reyes de Castilla lo supiesen. Llegó á la carabela de
noche.



CAPÍTULO LXXV.


Luego, otro dia, miércoles, 13 de Marzo, á las ocho horas, hizo
levantar las anclas, y, con la marea, dió la vela camino de Sevilla.
El jueves siguiente, ántes del sol salido, se halló sobre el cabo de
Sant Vicente. Otro dia, viernes, que se contaron 15 de Marzo, al salir
del sol, se halló sobre Saltes, y á hora de medio dia, con la marea,
entró por la barra de Saltes hasta dentro del puerto, de donde habia
partido, viernes tambien, á 3 de Agosto del año pasado de 1492; por
manera, que tardó en el viaje y descubrimiento de las Indias seis
meses y medio, que, por dias contados, fueron 225 dias, no uno más ni
uno menos; y así, dice y concluye el Almirante, que acababa agora la
escriptura de su navegacion y naval itinerario, salvo, dice él, que
estaba de propósito de ir á Barcelona, por la mar, donde tenia nuevas
que Sus Altezas estaban, para les hacer relacion de todo su viaje,
que nuestro Señor le habia dejado hacer y le quiso alumbrar en él,
porque ciertamente, allende que él sabia, y tenia, firme y fuerte y sin
escrúpulo, que su alta Magestad hace todas las cosas buenas, y que todo
es bueno, salvo el pecado, y que no se puede hablar ni pensar cosa que
no sea con su consentimiento, esto deste viaje, «conozco, dice él, que
milagrosamente lo ha mostrado, así como se puede comprender por esta
escritura, por muchos milagros señalados que ha mostrado en el viaje,
y de mí, que há tanto tiempo que estoy en la corte de Vuestras Altezas
con opósito y contra sentencia de tantas personas principales de
vuestra casa, los cuales todos eran contra mí, poniendo este hecho que
era burla; el cual, espero en nuestro Señor, que será la mayor honra
de la cristiandad, que así ligeramente haya jamás aparecido.» Estas
son finales y formales palabras de Cristóbal Colon, varon dignísimo y
egregio, de su primer viaje, que hallé escritas en el libro que hizo
para los Reyes de su primera navegacion de las Indias y descubrimiento
dellas. Tuvo, cierto, razon y habló como prudentísimo y cuasi profeta,
puesto que los animales hombres no han sentido los bienes, que Dios á
España ofrecia, espirituales y temporales, por que no fueron dignos,
por su ambicion y cudicia, ni de los unos ni de los otros. Fué recibido
en Palos con grande procesion y regocijo de toda la villa, dando todos
inmensas gracias á Dios porque, hazaña tan señalada y obra tan egregia,
habia concluido con la gente de aquella villa. Martin Alonso Pinzon fué
á parar con la otra su carabela á Bayona de Galicia; bien es de creer
que padeció los terribles golpes de las tormentas que el Almirante
padecido habia, y que escaparse como él fué prodigiosa dicha, y, porque
en breves dias murió, no me ocurrió más que dél pudiese decir.



CAPÍTULO LXXVI.


Para encarecer y declarar dos cosas, he deseado muchas veces,
meditando en esta materia, tener nueva gracia y ayuda de Dios, y
la pluma de Tulio Ciceron con su elocuencia; la una es el servicio
inefable que hizo á Dios y bienes tan universales á todo el mundo,
señaladamente á la cristiandad, y, entre todos, más singularmente
á los castellanos, si cognosciéramos los dones de Dios, con sus
peligros y trabajos, industria y pericia y animosidad de que abundó
en el descubrimiento de este orbe Cristóbal Colon. La otra, es la
estima y precio en que la serenísima reina Doña Isabel, digna de
inmortal memoria, tuvo este descubrimiento de tantas y tan simples,
pacíficas, humilimas y, dispuestas para todo bien, humanas naciones,
por los incomparables tesoros é incorruptibles espirituales riquezas,
para gloria del Todopoderoso Dios y encumbramiento de su sancta fe
cristiana, y dilatacion de su universal Iglesia, con tan copioso fruto
y aprovechamiento de las ánimas que en sus dias, si fueran largos, y
despues dellos creyó de cierto, y esperó, como cristianísima, habian de
suceder. Pluguiese á Dios que todos los católicos Reyes, sus sucesores,
tengan la mitad del celo santo y cuidado infatigable que destos divinos
y celestiales bienes Su Alteza, la católica Reina, tenia, y si más
que la mitad tuvieren, ó llegaren á igualar, ó pasaren en ello á Su
Alteza, suya de Sus Altezas y Majestades será la mejor parte, así en el
crecimiento de su real y poderoso Estado, como en la cuenta que darán
á Dios, y en los premios que en la vida bienaventurada recibirán de
la mano muy larga, divina, por el regimiento justo y disposicion que
pornán para la salvacion de tantos pueblos, que, so su amparo, cuidado,
industria, diligencia y solicitud, puso la Divina providencia. Deste
santo celo, deste intenso cuidado, deste contino sospiro, desta grande
y meritoria voluntad de la dicha señora muy alta reina Doña Isabel,
darán testimonio las provisiones reales que, en sus pocos de dias
que vivió, despues de descubiertas y sabidas estas Indias (porque no
fueron sí diez años, ó, por mejor decir, cuasi aún no, sino como por
figuras oidas, y adivinadas y no cognoscidas muchas cosas dellas),
para en favor destas gentes y para la conservacion y salvacion dellas,
mandó proveer, y algunas cosas que dijo y hizo como abajo se mostrará.
De la primera, que es los bienes y utilidades que, á todo el mundo,
desta industria y trabajos de Cristóbal Colon, sucedieron, aunque creo
que fuera más y mejor encarecerlos callando, al ménos, á lo que á mi
pobre juicio y faltosa elocuencia ocurre, quiero, aunque muy poco,
decir, de lo cual el prudente lector coligirá, con más claro juicio
y entendimiento, muchas más y más dignas conclusiones, en singular,
de las que aquí yo particularizo, puesto que las que son sobre todas
dignas y que todas las otras más de estimar, en universal, con pocas
palabras, en las que toco aquí, no dejo de representar. Lo primero, ¿á
qué se podrá comparar en las cosas humanas haber abierto las puertas
tan cerradas deste mar Océano, que ó nunca jamás por ellas ninguno á
entrar se atrevió, ó si en los siglos pasados alguno las vido y por
ellas entró, estaba ya este camino tan cerrado y tan puesto en olvido,
que no ménos dificultad hobo en tornarlo á proseguir, que hobiera si
nunca de alguna persona ántes hobiera sido visto?. Pero, pues parece
que Dios, ántes de los siglos, concedió á este hombre las llaves deste
espantosísimo mar, y no quiso que otro abriese sus cerraduras oscuras,
á este se le debe todo cuanto destas puertas adentro haya sucedido, y
cuanto sucediere en todo género de bondad, de aquí á quel mundo se haya
de acabar. Descubrir por su persona y abrir y enseñar el camino para
que se descubran tan largas é felices tierras, tan ínclitos y ricos
reinos, que hay hoy descubiertas de costa de mar, que mira á ambos
polos, sobre 12.000 leguas de tierras tan llenas de gente, tan diversas
é infinitas naciones, tan varias y distintas lenguas, las cuales
todas, aunque en algunas y muchas cosas, ritos y costumbres difieran,
al ménos en esto son todas ó cuasi todas conformes, conviene á saber,
en ser simplicísimas, pacíficas, domésticas, humildes, liberales,
y, sobre todas las que procedieron de Adan, sin alguna escepcion,
pacientísimas; dispuestas tambien incomparablemente, y sin algun
impedimento, para ser traidas al cognoscimiento y fe de su Criador.
De donde parece, cuanto se podrá extender este imperio y principado
de Jesucristo, cuanto se dilatará su Santa Iglesia, cuán extendidos
serán los límites de la cristiana religion, en cuantas y cuán infinitas
partes, y de cuantas y cuán innumerables racionales creaturas será
adorada é reverenciada la bandera é instrumento principal con que
fuimos redimidos (digo la sancta vera cruz). Pues las ánimas de los
predestinados quel divino beneplácito, por estas tierras y entre estas
gentes, tenia y tiene hoy, desde ántes que el mundo criase, señaladas
y cognoscidas (de lo cual ningun católico osará dudar), que hasta
agora ha cogido, y siempre las coge y cogerá como granos de trigo
celestial para poner en sus trojes divinales, ó como piedras vivas
muy más que preciosas para el edificio de aquella su real y divinal
casa y ciudad, de las cuales no bastará todo el infernal ejército,
con los instrumentos que por acá ha desparecido, á sacarle de la mano
una ni ninguna, ¿á qué bienes ó á qué riquezas (porque ni al cielo ni
á toda la redondez de la tierra ni á cosa de las criadas), las podrá
hombre del mundo asemejar? De los temporales y corruptibles tesoros,
en oro y plata, y perlas, y piedras preciosas, ¿qué se podrá decir por
mucho que se diga de la abundancia que por todo aquel orbe hay? Esto
parece algo en que cuasi no parece ni se trata otro oro, ni más subido
en ley (aunque tambien se lleva oro de otras leyes), sino oro destas
nuestras Indias, por todas las partes del mundo (no tratando aquí de
como se ha habido, porque es de órden y abusion accidental), y, porque
de las otras partes calle, de la de toda la cristiandad es á todos
manifiesto, que cuasi todas abundan y están, ó al ménos estuvieran
riquísimas, de la moneda que les ha ido del oro, y plata, y perlas, de
nuestras Indias, sino fuera por las ocasiones que al divino juicio,
para castigar al mundo, ha placido tomar. Por estas riquezas y tesoros
temporales, se corroboraría y haria más fuerte toda la cristiandad,
estando los Reyes della en paz y conformidad, para que los enemigos
de nuestra sancta fe católica, no, como de ántes, se osasen atrever á
cada paso á la impugnar, sino que, aunque, para la acometer é invadir,
junten los más gruesos ejércitos que Xerjes nunca juntó, y otros
algunos de los antiguos que las historias refieren por grandes haber
juntado, sola España, la gracia de Dios mediante, con los niervos de
las guerras, que son los dineros que salieren de nuestras Indias, los
pueda vencer y prostrar. Aprovecha muy mucho, segun todos los que
escribieron de república, y de la compostura, órden, y conservacion
de los reinos, y de los Reyes, que el Rey sea rico, y tenga guardados
muchos tesoros, porque, con tener fama dello, los reinos enemigos no
osan atreverse contra el tal reino mover fácilmente bullicio de guerra,
ni en alguna manera inquietarlo, ántes procurar tener perpétuamente
su amistad. E no es razon dejar de hacer mencion del más sublimado
beneficio, con que Dios dotó y engrandeció, sobre los otros reinos
cristianos, á toda España, de que Cristóbal Colon fué segunda causa,
conviene á saber, que le eligió, entre todos los que confiesan su
nombre, para ofrecerle tan cierta y sancta ocasion, y tan copiosa
materia, en la cual no solamente letrados, ni grandes letrados en
teología, ni elocuentes y graciosos predicadores, y que tienen oficio y
estado de predicar, puedan ser medianeros y coadjutores de Jesucristo
en la conversion de tan numerosos cuentos de infieles, pero los idiotas
plebeyos y que poco saben, con que tengan firme fe y alguna noticia de
los artículos de la fe y diez mandamientos de la ley de Dios, con buen
ejemplo de vida cristiana, pueden alcanzar suerte y lugar de sanctos
Apóstoles, si mereciesen recibir del muy alto tan buena voluntad,
que de ayudar á coger estas espirituales riquezas, en estas tierras
principalmente, se contentasen, segun la simplicidad, mansedumbre y
libertad ó carencia de impedimentos que podian obviar al recibimiento
de la fe de todas estas universas naciones. Por esta manera debrian
de mirar y tomar profundamente todos los españoles, que este don tan
preclaro, negado á todas las otras cristianas gentes y concedido á
todos ellos, es muy poderoso talento, del cual, y de la usura que con
él eran obligados al dador dél retornar, el dia del juicio y aún de su
muerte se les pedirá estrecha y muy delgada cuenta; y cuán rigurosa
será, por lo que abajo se refiriere bien claro parecerá. De todos estos
tan egregios é incomparables bienes, y de otros innumerables que cada
dia se ven salir, é más adelante muchos más se cognoscerán, fué causa
segunda, despues de Dios, y primera por respecto de todos los hombres
del mundo, este dignísimo varon, primer descubridor deste tan dilatado,
ya nombrado Nuevo Mundo, del cual él sólo, ser primer Almirante,
dignamente mereció.



CAPÍTULO LXXVII.


Tornando á tomar donde dejamos nuestra historia, el Almirante se
despachó cuan presto pudo para Sevilla, y de allí despachó un correo
al Rey é á la Reina, que estaban á la sazon en la ciudad de Barcelona,
haciendo saber á Sus Altezas la gran ventura y felice conclusion
que Dios le habia dado á su deseado y prometido descubrimiento, y
las nuevas tan nuevas, y nunca otras tales y tan felices, por algun
Príncipe en los siglos pasados, oidas ni creidas. Recebida la carta por
los católicos Reyes, querer notificar y encarecer el gozo y alegría y
contentamiento que recibieron, parece, cierto, poder ser imposible;
podráse colegir de la primera carta y de otras muchas que á Sevilla le
escribieron. La primera dice así:

«El Rey y la Reina.--D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar
Océano é Visorey y Gobernador de las islas que se han descubierto en
las indias; vimos vuestras letras y hobimos mucho placer en saber
lo que por ellas nos escribistes, y de haberos dado Dios tan buen
fin en vuestro trabajo, y encaminado bien en lo que comenzástes, en
que él será mucho servido y nosotros así mesmo, y nuestros reinos
recebir tanto provecho; placerá á Dios que, demás de lo que en esto le
servís, por ello recibais de Nos muchas mercedes, las cuales, creed
que se vos harán como vuestros servicios é trabajos lo merecieren
y porque queremos que lo que habeis comenzado con el ayuda de Dios
se continúe y lleve adelante, y deseamos que vuestra venida fuese
luego, por ende, por servicio nuestro, que dedes la mayor prisa que
pudiéredes en vuestra venida, porque con tiempo se provea todo lo que
es menester, y porque, como vedes, el verano es entrado, y no se pase
el tiempo para la ida allá, ved si algo se puede aderezar en Sevilla
ó en otras partes para vuestra tornada á la tierra que habeis hallado.
Y escribidnos luego, con ese correo que ha de venir presto, porque
luego se provea cómo se haga, en tanto que acá vos venís y tornais;
de manera, que cuando volviéredes de acá, esté todo aparejado. De
Barcelona á treinta dias de Marzo de noventa y tres años.--Yo el
Rey.--Yo la Reina.--Por mandado del Rey y de la Reina, _Fernando
Álvarez_.» En el sobreescrito decia: «Por el Rey é la Reina, á D.
Cristóbal Colon, su Almirante del mar Océano, é Visorey, é Gobernador
de las islas que se han descubierto en las Indias.»

De donde parece que los Católicos Reyes comenzaron á confirmar los
privilegios y mercedes que habian prometido á Cristóbal Colon, como á
quien habia bien largamente cumplido lo que de su parte habia puesto
cumplir, recognosciendo los Reyes ser digno de mucho mayores gracias
que las concedidas, y protestándole tener intencion de se las hacer; y
así, desde esta carta, todos le llamaron y tuvieron por Almirante del
mar Océano, y Visorey é Gobernador de las Indias. Recibida la carta de
los Reyes, tornó á escribir, en cumplimiento de lo que le mandaron,
enviándoles un memorial de lo que le parecia que convenia que se
aparejase para su tornada y poblacion en la isla Española, felicísima
de todas las islas y tan grande como toda España, segun se dirá: tantas
carabelas, tantos bastimentos, tanta gente, y así de las otras cosas
necesarias.



CAPÍTULO LXXVIII.


Despachado el correo, D. Cristóbal Colon, ya Almirante, con el mejor
aderezo que pudo, se partió de Sevilla llevando consigo los indios, que
fueron siete los que le habian quedado de los trabajos pasados, porque
los demas se le habian muerto; los cuales yo vide entónces en Sevilla,
y posaban junto al arco que se dice de las Imágenes, á Sant Nicolás.
Llevó papagayos verdes muy hermosos y colorados, y guayças, que eran
unas carátulas hechas de pedrería de huesos de pescado, á manera
puesto de aljófar, y unos cintos de lo mismo fabricado por artificio
admirable; con mucha cantidad y muestras de oro finísimo, y otras
muchas cosas, nunca otras ántes vistas en España ni oidas. Despachóse
de Sevilla con los indios, y con lo demas. Tomó comienzo la fama á
volar por Castilla, que se habian descubierto tierras que se llamaban
las Indias, y gentes tantas y tan diversas, y cosas novísimas, y que
por tal camino venia el que las descubrió, y traia consigo de aquella
gente; no solamente de los pueblos por donde pasaba salia el mundo á lo
ver, pero muchos de los pueblos, del camino por donde venia, remotos,
se vaciaban, y se hinchian los caminos para irlo á ver, y adelantarse
á los pueblos á recibirlo. Los Reyes, por los memoriales que desde
Sevilla recibieron suyos, proveyeron que comenzase á aparejar lo que
para el viaje segundo convenia, y escribieron á D. Juan Rodriguez
de Fonseca, Arcidiano de Sevilla, hermano del mayorazgo de Coca y
Alaejos, D. Alonso de Fonseca, y de Antonio de Fonseca, Contador
mayor de Castilla, sobrino de D. Alonso de Fonseca, Arzobispo de
Sevilla, personas muy generosas, que, por su generosidad y prudencia,
y servicios que siempre trabajaron hacer á la Corona real, fueron
siempre queridos y privados de los reyes. Este D. Juan de Fonseca,
aunque eclesiástico y Arcidiano, y despues deste cargo que le dieron
los Reyes de las Indias, fué Obispo de Badajoz y Palencia, y al cabo
de Búrgos, en el cual murió, era muy capaz para mundanos negocios,
señaladamente para congregar gente de guerra para armadas por la mar,
que era más oficio de vizcainos que de Obispos, por lo cual siempre
los Reyes le encomendaron las armadas que por la mar hicieron miéntras
vivieron. A este mandaron que tuviese cargo de aparejar tantos navíos,
y tanta gente, y tales bastimentos y las otras cosas, conforme á lo
que el Almirante habia en sus memoriales señalado. Dióse la priesa que
más pudo para llegar á Barcelona, adonde llegó mediado Abril, y los
Reyes estaban harto solícitos de ver su persona; y, sabido que llegaba,
mandáronle hacer un solemne y muy hermoso recibimiento, para el cual
salió toda la gente y toda la ciudad, que no cabian por las calles,
admirados todos de ver aquella veneranda persona ser de la que se
decia haber descubierto otro mundo, de ver los indios y los papagayos,
y muchas piezas y joyas, y cosas que llevaba, descubiertas, de oro,
y que jamás no se habian visto ni oido. Para le recibir los Reyes,
con mas solemnidad y pompa, mandaron poner en público su estrado y
sólio real, donde estaban sentados, y, junto con ellos, el Príncipe D.
Juan, en grande manera alegres, acompañados de muchos grandes señores,
castellanos, catalanes, valencianos y aragoneses, todos aspirando
y deseosos que ya llegase aquel que tan grande y mucha hazaña, y
que á toda la cristiandad era causa de alegría, habia hecho. Entró,
pues, en la cuadra donde los Reyes estaban acompañados de multitud
de caballeros y gente nobilísima, entre todos los cuales, como tenia
grande y autorizada persona, que parecia un Senador del pueblo romano,
señalaba su cara veneranda, llena de cañas y de modesta risa, mostrando
bien el gozo y gloria con que venia. Hecho grande acatamiento primero,
segun á tan grandes Príncipes convenía, levantáronse á él como á uno
de los señores grandes, y despues, acercándose más, hincadas las
rodillas, suplícales que le den las manos; rogáronse á se la dar,
y, besadas, con rostros letísimos mandáronle levantar, y, lo que fué
suma de honor y mercedes de las que Sus Altezas solian á pocos grandes
hacer, mandáronle traer una silla rasa y asentar ante sus reales
presencias. Referidas con gran sosiego y prudencia las mercedes que
Dios, en ventura de tan católicos Reyes, en su viaje le habia hecho,
dada cuenta particular, la que el tiempo y sazon padecia, de todo su
camino y descubrimiento, denunciadas las grandezas y felicidad de las
tierras que habia descubierto, y afirmándoles las muchas más que habia
de descubrir, en especial que por entónces la isla de Cuba estimó ser
tierra firme, segun que abajo se dirá; mostradas las cosas que traia,
que no habian sido vistas, sacando la gran muestra de oro en piezas
labradas, aunque no muy polidas, y muchos granos gruesos y menudo por
fundir, como se sacaba de la tierra, que traia, y certificando la
infinidad que se mostraba en aquellas tierras haber, y confianza que
tenia que en sus tesoros reales se habia de reponer, como si ya debajo
de sus llaves lo dejara cogido; y asimismo, lo que más de ponderar y
precioso tesoro era, la multitud y simplicidad, mansedumbre y desnudez,
y algunas costumbres de sus gentes, y la disposicion aptísima y
habilidad que dellas cognosció para ser reducidas á nuestra sancta y
católica fe, de las cuales estaban presentes los indios que consigo
llevó; todo lo cual, oido y ponderado profundamente, levántanse los
católicos y devotísimos Príncipes, y hincan las rodillas en el suelo,
juntas y, alzadas las manos, comienzan á dar, de lo íntimo de sus
corazones, los ojos rasados de lágrimas, gracias al Criador; y, porque
estaban los cantores de su Capilla real proveidos aparejados, cantan
_Te Deum laudamus_ y responden los menestriles altos, por manera que
parecia que en aquella hora se abrian y manifestaban y comunicaban con
los celestiales deleites. ¿Quién podrá referir las lágrimas que de los
reales ojos salieron, de muchos grandes de aquellos reinos que allí
estaban y de toda la Casa real? ¡Qué júbilo, qué gozo, qué alegría bañó
los corazones de todos! ¡Cómo se comenzaron unos á otros á animar y
á proponer en sus corazones de venir á poblar estas tierras y ayudar
á convertir estas gentes! porque oian y vean que los serenísimos
Príncipes, y singularmente la sancta reina doña Isabel, por palabras
y las muestras de sus heróicas obras, daban á todos á cognoscer que
su principal gozo y regocijo de sus ánimas procedia de haber sido
hallados dignos ante el divino acatamiento, de que, con su favor y
con los gastos (aunque harto pocos) de su real Cámara, se hobiesen
descubierto tantas infieles naciones y tan dispuestas, que en sus
tiempos pudiesen cognoscer á su Criador, y ser reducidas al gremio de
su sancta y universal Iglesia, y dilatarse tan inmensamente su católica
fe y cristiana religion. Grandes alegrías vinieron miéntras reinaron
estos bienaventurados Reyes á sus reales corazones, aunque, para el
colmo de sus merecimientos, se las mezclaba Dios siempre con hartas y
grandes tristezas y amarguras, para mostrar que tenia singular cuidado
de su especial aprovechamiento; así como el nacimiento del príncipe
D. Juan; ver la cruz de Jesucristo puesta en el Alhambra de Granada,
cuando tomaron, despues de tan inmensos trabajos, aquella gran ciudad
y todo aquel reino; los casamientos de las serenísimas Infantas, sus
hijas, mayormente de la Reina Princesa, y el nacimiento del príncipe D.
Miguel, que nació della; la venida del rey D. Felipe, siendo Príncipe;
el nacimiento del emperador D. Cárlos, que al presente, en el mundo
triunfa, hijo del dicho señor rey D. Felipe y de la reina nuestra
señora doña Juana, segunda de los dichos católicos Reyes, y otros
gozos que Dios esta vida les quiso dar. Pero, cierto, á lo que yo he
siempre sentido, el que recibieron deste miraculoso descubrimiento no
fué mucho que aquellos inferior, ántes creo que á muchos dellos, en
cualidad y cantidad, excedió, porque iba muy fundado y cementado en
la espiritualidad de la honra y gloria del divino nombre, y del mucho
aprovechamiento y dilatacion que se esperaba de la sancta fe católica,
y de la conversion de infinito número de ánimas, mucho más, cierto,
que en el reino de Granada, cuanto más grande y extendido es este
Nuevo Mundo, que la poca cantidad y límites tan estrechos que contiene
aquel reino y chico rincon, y siempre los gozos que son causados por
Dios y van fundados en Dios y sobre cosa espirituales, son más íntimos
y más intensos, y que más se sienten por las ánimas bien dispuestas
y que más duran; y tanto son mayores y más dulces y consolativos y
duraderos, cuanto la causa dellos es más propincua y acepta á Dios,
y más honra y gloria resulta por ella á su divino nombre, como este
de que hablamos, que ni pudo ser mayor, porque ¿qué más universal que
alcanzó á todo el mundo cristiano? ni la causa puede ser otra que á
Dios sea más agradable. Acrecentó sin comparacion esta inmensa y nueva
alegría, ordenar Nuestro Señor que viniese en tal cuyuntura y sazon,
que el católico rey D. Fernando estaba ya del todo sano de una cruel
cuchillada que un loco malaventurado le habia dado en el pescuezo,
que, si no tuviera un collar de oro de los que entónces se usaban, le
cortába toda la garganta, por imaginacion que el demonio le puso, que,
si lo mataba, habia él de ser Rey; de la cual herida, Su Alteza llegó á
punto de muerte, y, como estaba recien sano, hacíanse por todo el reino
inestimables alegrías y regocijos. Yo vide en Sevilla hacer otra fiesta
como la que se hace el dia del _Corpus Christi_, y fué tan señalada
que, en muchos de los tiempos pasados, cosas tan nuevas y diversas
festivas, ni de tanta solemnidad, nunca fueron imaginadas. Así que,
ordenó la Providencia divina, para causar á los Reyes y á todos sus
reinos inestimable materia de gozo, que concurriesen dos tan insignes,
y regucijables, y nuevas causas que derramasen por todo género de
personas tanta copia y veemencia de espiritual y temporal alegría.
Finalmente, dieron licencia los serenísimos Reyes al Almirante, por
aquel dia, que se fuese á descansar á la posada, hasta la cual fué de
toda la corte, por mandado de los Reyes, honoríficamente acompañado.



CAPÍTULO LXXIX.


Otro dia, y despues otros muchos, venia el Almirante á Palacio y
estaba con los Reyes muchas horas informando y refiriendo, muy en
particular, las cosas que le acaecieron en su viaje, y todas las islas
que descubrió, y en qué partes y puertos dellas estuvo; la disposicion
y mansedumbre de sus gentes, la docilidad que dellas cognosció, y,
cuán aparejadas para recibir la fe, que fuesen creia, y que, á lo que
él pudo entender, tenian cognoscimiento alguno de haber un Dios y
Criador en los cielos. Refirióles el recibimiento tan humano, y ayuda
no ménos pía que tempestiva, del rey benignísimo Guacanagarí, cuando
llegó á los puertos de su reino y se le perdió la nao en que él iba, y
consuelo que le hacia, y las demas obras de hospitalidad virtuosísima
que siempre, hasta que se volvió á Castilla, le hizo; la esperanza que
tenia de descubrir muchas más ricas y largas tierras, en especial,
que fuesen tierra firme, como lo hizo; afirmando creer que la isla de
Cuba era firme tierra, y el principio della ser cabo de Asia, puesto
que al cabo aquella salió isla, y otras muchas y grandes cosas que á
las preguntas é inquisicion de los Reyes respondia. Tractaron con él
todas las cosas que, para su tornada y poblacion y descubrimiento de
lo que tenia por cierto restar por descubrir, convenia. Todo lo que al
Almirante pareció, y segun él dictaba, significaba, suplicaba y pedia,
así los Reyes lo ordenaban, mandaban, disponian y concedian. Proveyeron
luego los Reyes católicos, como esta materia de gozo por toda la
cristiandad comunmente se difundiese, pues á toda era comun la causa
de la alegría, y esto se habia de conseguir, dando á la cabeza della,
el Vicario de Jesucristo, Sumo Pontífice Alexandro VI, destos tesoros
divinos que habia Dios concedídoles, larga y particular noticia; y
así, como verdaderos hijos de la Iglesia, estos bienaventurados Reyes
despacharon sus correos, con sus cartas, como enviaran á descubrir
aquel Nuevo Mundo á este varon egregio, para tan extraño, y nuevo, y
dificilísimo negocio, de Dios escogido, el cual descubrió tantas y
tan felices tierras, llenas de naciones infinitas, con todo el suceso
del viaje, y cosas mirables en él acaecidas. El romano Pontífice, con
todo su sancto y sublime Colegio de los Cardenales, oidas nuevas tan
nuevas, que consigo traian la causa de profunda leticia, ¿quién podrá
dudar que no recibiese indecible y espiritual alegría, viendo que
se le habian abierto tan amplísimas puertas del Océano, y parecido
el mundo encubierto, rebosante de naciones, tantos siglos atras
escondidas, infinitas, por las cuales se esperaba ser ampliado y
dilatado gloriosamente el imperio de Cristo? Cosa creible, cierto,
es, que diese á Dios, dador de los bienes, loores y gracias inmensas,
porque en sus dias habia visto abierto el camino para el principio de
la última predicacion del Evangelio, y el llamamiento ó conduccion á
la viña de la Sancta Iglesia de los obreros que estaban ociosos en
lo último ya del mundo, que es, segun la parábola de Cristo, la hora
undécima. Báñase toda la corte romana en espiritual regocijo; y de allí
sale este hazañoso hecho, por todos los reinos cristianos, volando, se
divulga, en todos los cuales, no es contra razon creer haberse hecho
jocundísimo sentimiento, recibiendo parte de causa de jubilacion tan
inaudita. Luego el Vicario de Cristo socorrió, con la largueza y mano
apostólica, con la plenitud de su poderío, confiando en aquel que todos
los reinos en sus manos tiene, cuyas veces ejercita en la tierra, de
lo que á su apostólico oficio y lugar del sumo pontificado incumbia,
para que obra tan necesaria y digna, como era la conversion de tan
numerosa multitud de tan aparejados infieles, y la edificacion de la
sancta Iglesia por estas difusísimas indianas partes, comenzada ya,
en alguna manera, por nuestros gloriosos Príncipes, con debida órden
y convenibles medios, su próspero suceso, segun se esperaba, con la
autoridad y bendicion apostólica, con efecto de cristiandad y conato
diligentísimo, se prosiguiese; para efecto de lo cual, mandó despachar
su plúmbea Bula, en la cual loa y engrandece el celo é intenso cuidado
que, á el ensalzamiento de la sancta fe católica, tener mostraban
nuestros católicos Príncipes, mucho ántes por la Sede apostólica
cognoscido, aún con derramamiento de su propia y real sangre, como, en
la recuperacion del reino de Granada de la tiranía de los mahometanos,
se habia visto. Congratúlase tambien el sancto Pontífice de el felice
descubrimiento destas tierras y gentes, en los dias de su pontificado
y en ventura, y con favor y propias expensas de los católicos Reyes, y
por industria y trabajos de Cristóbal Colon, de toda loa y alabanza muy
digno, haber acaecido. Señaladamente que aquestas infieles naciones,
descubiertas, fuesen tan aptas y dispuestas por ser tan pacíficas y
domésticas, y tener algun cognoscimiento del Señor de los cielos, que
todas las cosas proveia, para ser al verdadero Dios, por la doctrina
de su fe, traidas y convertidas, segun que los Reyes escribian.
Exhorta, eso mismo, en el Señor, á los dichos católicos Príncipes
muy encarecidamente, y conjúralos por el sagrado baptismo que habian
recibido, por la recepcion, del cual eran y son obligados, como otro
cualquier cristiano, á obedecer y cumplir los mandados apostólicos así
como á los de Jesucristo, y por las entrañas del mismo Redentor del
mundo; en el cual conjuro y exhortacion se contiene é incluye un muy
estrecho y obligatorio precepto, que no ménos, por el quebrantamiento
dél, que á pecado mortal obliga. Por este precepto les manda y
requiere atentamente, que, negocio tan piadoso y obra tan acepta al
beneplácito divino, con suma diligencia prosigan, y, prosiguiéndola,
lo principal, que siempre tengan ante sus ojos como fin ultimado que
Dios pretende y su Vicario, y cualquiera cristiano Príncipe obligado
es á pretender, sea, que á los pueblos y reinos y gentes dellos, que
en estas islas y tierras firmes viven y vivieren naturales dellas,
induzcan y provoquen á recibir la cristiana religion y fe católica,
pospuestos todos cualesquiera peligros y trabajos, cuanto más los
particulares temporales intereses, que, por alcanzar ó proseguir este
fin, se pudieran ofrecer; teniendo Sus Altezas esperanza firme, que
Dios, que los mostró y eligió más que á otro Príncipe del mundo tantas
infieles naciones, para que á su conocimiento y culto se los trajesen,
todos sus pensamientos y obras, y todo lo que en este felice negocio
hacer propusieren, favorecerá y dará la conclusion próspera que se
desea. Y porque, más libremente y con más autoridad, este cuidado y
carga tomasen á sus cuestas, y mejor lo pudiesen efectuar, y, como
en cosa, en alguna manera propia, trabajasen con esperanza de haber
algun temporal interese (que es lo que suele dar ánimo, y aviva la
voluntad, especialmente donde se han de ofrecer trabajos, dificultades
y gastos de gran cantidad, y tambien porque ninguno milita á su costa y
estipendio, como dice Sant Pablo), de su propio mutu, y mera libertad
apostólica, constituyó y crió á los dichos católicos Reyes, y á sus
sucesores de Castilla y Leon, Príncipes supremos, como Emperadores
soberanos, sobre todos los Reyes, y Príncipes, y reinos de todas estas
Indias, islas y tierras firmes, descubiertas y por descubrir, desde
cien leguas de las islas de los Azores y las de cabo Verde, hácia el
Poniente, por el cabo de aquellas cient leguas imaginada una línea ó
raya, que comienza del Norte y vaya hácia el Sur, por todo aqueste
orbe. Añidió cierta condicion: que se entiende con tanto que hasta el
dia del nacimiento de Nuestro Redentor de 1493 años, inclusive, cuando
fueron las dichas tierras descubiertas por el susodicho descubridor
Cristóbal Colon, por mandado y favor y espensas de los dichos católicos
reyes de Castilla y Leon, D. Hernando y Doña Isabel, no hobiesen sido,
por algun otro cristiano Rey ó Príncipe, actualmente poseidas, porque,
en tal caso, no fué intencion del Vicario de Cristo, como ni debe ser,
quitar ni perjudicar el tal derecho adquirido y accion, á quien de
los cristianos Príncipes ántes pertenecia; y así la Sede apostólica
concedió y donó y asignó á los dichos señores Reyes, y á sus herederos
y sucesores, la jurisdiccion y auctoridad suprema sobre todas las
ciudades, villas y castillos, lugares, derechos, jurisdicciones,
con todas sus pertenencias, cuanto fuese y sea necesario para la
predicacion é introduccion, ampliacion y conservacion de la fe y
religion cristiana, y conversion de los vecinos y moradores naturales
de todas aquestas tierras, que son los indios. Finalmente, todo aquello
les concedió, donó y asignó, que el Sumo Pontífice tenia, y dar,
conceder y asignar podia. Despues de la dicha concesion y asignacion
hecha, impúsoles un terrible y espantoso formal precepto, mandándoles,
en virtud de sancta obediencia, que no importa ménos de necesidad y
peligro de su propia condenacion, que provean y envien á estas islas y
tierras firmes (así como Sus Altezas lo prometian, cuando hicieron la
dicha relacion, por su propia y espontánea policitacion, y no dudaba
la Sede Apostólica, por su grande devocion y real magnanimidad, que
así lo cumplieran), personas, varones buenos y temerosos de Dios,
doctos, peritos y bien entendidos en lo que se requiere para la dicha
conversion, experimentados asimismo para instruir y doctrinar los
vecinos y moradores, naturales destas tierras, en la fe católica, y
los enseñar y dotar de buenas costumbres, poniendo en ello toda la
debida diligencia; y, allende desto, concluye el Sumo Pontífice sus
letras apostólicas, con mandar, so pena de excomunion _latæ sententiæ
ipso facto incurrenda_ (que quiere decir, que, para ser descomulgado,
no es menester otra sentencia ni declaracion alguna, más de hacer el
contrario), contra cualquier Príncipe cristiano, que sea Rey, que sea
Emperador, ó otra cualquier persona de cualquiera estado y condicion
que sea, que á estas dichas Indias, descubiertas y por descubrir,
vinieren por mercaderías ó negociaciones, ó por cualquiera otra causa
que ser pueda, sin especial licencia de los dichos señores reyes de
Castilla ó de sus herederos. Todas estas cláusulas, y lo más deste
capítulo, contiene la dicha Bula y apostólicas letras de la dicha
concesion y donacion, segun parece por la copia della; la cual Bula fué
dada en el Palacio Sacro, cerca de Sant Pedro, á 4 dias de Mayo del
dicho año de 1493 años, en el año primero de su pontificado.



CAPÍTULO LXXX.


Entretanto que de la Sede apostólica venía respuesta y aprobacion del
dicho descubrimiento, y concesion de la autoridad y supremo principado,
sobre aquel orbe, á los reyes de Castilla y Leon, para procurar la
predicacion del Evangelio por todo él, y la conversion de las gentes
que en él viven, como está dicho, los Reyes entendian con Cristóbal
Colon en su despacho para su tornada á las indias; y porque quisieron
ser y parecer, por tan gran servicio como les habia hecho, agradecidos,
y para cumplir lo que con él habian puesto y asentado y prometido,
mandáronle confirmar todo el dicho asiento, y privilegios, y mercedes
que le habian concedido en la capitulacion que sobre ello se hizo
en la ciudad de Sancta Fé, teniendo cercada los Reyes la ciudad de
Granada, ántes que el Almirante fuese á descubrir; porque no fué otra
cosa, sino un contrato que los Reyes hicieron con él, prometiendo el
de descubrir las dichas tierras, y los Reyes dándole cierta suma de
maravedís para lo que, para el viaje, habia menester, y prometiéndole
tales y tales mercedes, si él cumpliese lo que prometia: cumplió lo
que prometió, y los Reyes confirmáronle las mercedes que le habian
prometido. El contrato y las mercedes prometidas, parecen arriba en
el cap. 27, donde se dice, que á 17 dias de Abril, pasó el contrato
en la villa de Sancta Fé, y á 30 dias del mismo mes le confirmaron
las dichas mercedes y asiento, y mandaron dar carta de privilegio
real, firmada y sellada en Granada, como se dijo. Agora, en Barcelona,
venido de descubrir, los Reyes, referido el dicho asiento que habian
mandado hacer, y concedieron, en la villa de Sancta Fé, y confirmaron
en Granada, dicen ansí: «É agora, porque plugo á Nuestro Señor, que
vos hallastes muchas de las dichas islas, y esperamos que, con la ayuda
suya, que fallareis é descubrireis otras islas y tierra firme en el
dicho mar Océano á la dicha parte de las Indias, nos suplicastes é
pedistes, por merced, que vos confirmásemos la dicha nuestra carta,
que de suso vá encorporada, é la merced en ella contenida, para vos é
vuestros hijos é descendientes _et infra_; é Nos, acatando el riesgo
é peligro en que por nuestro servicio vos pusisteis, en ir á catar
é descubrir las dichas islas é tierra firme, de que habemos sido y
esperamos ser de vos muy servidos, é por vos hacer bien é merced, por
la presente, vos confirmamos á vos é á los dichos vuestros hijos, é
descendientes, é sucesores, uno en pos de otro, para agora é para
siempre jamás, los dichos oficios de Almirante del dicho mar Océano, é
de Visorey é Gobernador de las dichas islas y tierra firme que habeis
hallado é descubierto, é de las otras islas y tierra firme que, por vos
é por vuestra industria, se fallaren é descubrieren de aquí adelante
en la dicha parte de las Indias. É es nuestra merced é voluntad que
hayades é tengades vos, é despues de vuestros dias, vuestros hijos
y descendientes é sucesores, uno en pos de otro, el dicho oficio de
Almirante del dicho mar Océano, que es nuestro, que comienza por una
raya é línea que Nos habemos hecho marcar, que pasa desde las islas de
los Azores y las islas de cabo Verde, de Setentrion en Austro, de polo
á polo. Por manera que todo lo que es allende de la dicha línea, al
Occidente, es nuestro y nos pertenece, y ansí, vos facemos é creamos
nuestro Almirante é á vuestros hijos é sucesores, uno en pos de otro,
de todo ello, para siempre jamás. É ansimismo vos facemos Visorey é
Gobernador, é despues de vuestros dias á vuestros hijos é descendientes
é sucesores, uno en pos de otro, de las dichas islas y tierra firme
descubiertas é por descubrir, en el dicho mar Océano, á la parte de
las Indias, como dicho es, y vos damos la posesion, ó cuasi posesion
de todos los dichos oficios, de Almirante é Visorey é Gobernador, para
siempre jamás, é poder é facultad para que en las dichas mares podais
usar y ejercer é usedes del dicho oficio de nuestro Almirante, etc.»
Otras muchas preeminencias, facultades y mercedes, que, al propósito,
Sus Altezas le conceden muy copiosamente, como Príncipes verídicos y
agradecidos á tan grandes y señalados servicios como el Almirante les
hizo; fué hecha y despachada la dicha carta de privilegio en la ciudad
de Barcelona á 28 dias del mes de Mayo de 1493 años. Diéronle asimismo
muy hermosas insignias ó armas, de las mismas armas reales, castillos
y leones, y destas, con las que tenia de su linaje antiguo, con otras,
que significaron el dicho laborioso y mirable descubrimiento, mandaron
formar un escudo, que no hay muchos más hermosos que él en España; en
el cual está un castillo dorado en campo colorado, y un leon en campo
blanco, el cual leon está dorado, y las anclas doradas en campo azul,
y una banda azul en campo dorado. Constituyeron los católicos Reyes á
dos hermanos, que el Almirante tuvo, nobles y caballeros, y diéronles
facultad y privilegio que los llamasen Dones. El uno fué D. Bartolomé
Colon, que despues crearon Adelantado de todas las Indias, como abajo
se dirá, y el otro se llamó D. Diego Colon; asáz bien cognoscidos
mios. En todo el tiempo que estuvo el Almirante en Barcelona, lo
aumentaban cada dia los Reyes en más honra y favores; díjose, que
cuando el Rey cabalgaba por la ciudad, mandaba que fuese el Almirante
á un lado de Su Alteza y del otro el Infante, fortuna que era de su
sangre real, lo que no se permitia á otro grande ninguno. Cognosciendo
estas mercedes, honras y favores, que los Reyes hacian al Almirante,
como á quien tan bien los habia ganado y merecido, todos los grandes
lo honraban y veneraban, y no veian placer que le hacer; convidábanlo
á comer consigo, cada uno cuando lo podia haber, dello, por servir á
los Reyes, quien veian que tanto le honraban y amaban, dello, porque
veian que todos alcanzaban parte del servicio que habia hecho á los
Reyes y beneficio á toda España, dello, por apetito de querer saber
particularizadamente las grandes y mirables tierras, y gentes, y
riquezas que habia descubierto, y las maravillas que le acaecieron,
yendo y viniendo en su viaje. Triunfaba entónces en aquellos reinos
de Castilla, y florentia en la corte, el Ilustrísimo Cardenal y
Arzobispo de Toledo, D. Pero Gonzalez de Mendoza, hermano del duque del
Infantado, persona muy insigne y grande, no solo en cuanto á la sangre
generosa de donde venia, como es manifiesto ser los señores de aquella
casa, pero mayor y más señalado en sus hechos generosos y notables,
tanto, que él parecia sólo tener á toda España en paz, y amor, y
gracia, y obediencia de los católicos Reyes; y especialmente á los
Grandes del reino, como los Reyes habia poco que comenzaban á reinar, y
habia habido guerras terribles con Portugal, en tiempo que hobo lugar
de concebir, alguno del reino, diversas opiniones, muerto el rey D.
Enrique IV, en las cuales, el nobilísimo Cardenal sirvió muy mucho á
los Reyes y con gran felicidad, por lo cual fué muy amado y privado de
las personas reales, con justísima razon. Era tanta su sabiduría, su
industria, su gracia y afabilidad, tambien su autorizada y graciosa
presencia, porque era de los hermosos y abultados varones que habia en
toda España, y con esto la honrosa estima y reputacion, y reverencia
que todos le tenian, que nunca dejaba Grande ni caballero estar
resabiado ni descontento de los Príncipes que luego no lo aplacaba,
lo soldaba, lo atraia á dejar la pena que le penaba, y reducia á la
gracia y servicio de Sus Altezas; y, aunque á los Reyes fuese grave el
disimular, ó perdonar, ó el no negar las mercedes que se les pedian,
todo lo traia á debida, y consona, y felice conclusion, todo lo
soldaba, todo lo convenia, todo lo apaciguaba, todo lo ponia en órden
muy ordenada, por lo cual todo el reino le nombraba meritísimamente el
ángel de la paz. Por estas causas, y por sus muchos merecimientos, de
los católicos Reyes era muy amado, y el más privado y favorecido sin
estímulo de envidia de alguno, pequeño ni grande, que de su prosperidad
le pesase; lo que pocas veces suele acaescer en los que de los Reyes
son singularmente privados, porque todos lo amaban y querian, y se
gozaban de su privacion y eminencia sobre los Grandes, porque ellos y
todos conocian ser sus bienes bien de todos. Era munificentísimo en los
gastos y aparato de su casa, hacia contínuamente plato muy suntuoso á
todos los Grandes y generosos, y que eran dignos de su mesa nobilísima
y amplísima, y podíalo bien hacer, porque los Reyes le habian, más de
cuarenta cuentos de renta, dado, los cuales para en aquellos tiempos
eran más y se cumplian más con ellos, que en este de agora con muchos
más que con ciento. No habia Grande ni señor en la corte, por grande
que fuese, que no se tenia por favorecido y alegre el dia que dejaba
su propia mesa y casa de su estado, ó que el Cardenal le convidase, ó
él de su voluntad se ofreciese se quedaba á comer con él, por gozar de
su presencia, participando de sus manjares; á todos honraba, á todos,
cada uno segun su estado y dignidad, y puso Dios en él entre las otras
esta gracia, que todos quedaban contentos, y les parecia que no se
les debia más de aquello que en las palabras y los asientos, y en los
otros puntos de honra, el Cardenal les daba. Dícese, y créese así, que
jamás hizo agravio á hombre, ni hobo alguno que dél murmurase ni dél se
quejase; por todas estas virtudes cuasi se traia por todos en proverbio
que el Cardenal traia la corte consigo, y que estando él en la corte,
habia corte, y salido de la corte, no habia corte. Este munificentísimo
señor y gran Pontífice; viendo los merecimientos y trabajos, y el
fruto que dellos comenzaba á salir del dicho primer Almirante destas
Indias, y como los gratísimos Reyes le habian honrado y sublimado,
honraban y sublimaban, y mandado honrar y venerar tanto, él, primero
que otro Grande, lo llevó un dia, saliendo de Palacio, á comer consigo,
y sentóle á la mesa en el lugar más preeminente y más propíncuo á sí,
é mandó que le sirviesen el manjar cubierto é le hiciesen salva; y
aquella fué la primera vez que al dicho Almirante se le hizo salva, y
le sirvieron cubierto como á señor, y desde allí adelante se sirvió con
la solemnidad y fausto que requeria su digno título de Almirante.



CAPÍTULO LXXXI.


Vino á buen tiempo la Bula y Letras apostólicas, de la donacion y
autoridad susodicha de Roma, cuando estaba despachado y proveido
de todo lo necesario que pedia para su viaje, por Sus Altezas, el
Almirante; y, pocos dias ántes que de Barcelona se partiese, los Reyes
mandaron que se baptizasen los indios que habia traido, que ya estaban
bien instructos en las cosas de la fe y cristiana doctrina, en la cual,
los Reyes mandaron, luego como llegaron, fuesen enseñados, y en ello
se pusiese mucha diligencia, los cuales de su propia voluntad pidieron
el baptismo. Quisieron los católicos Príncipes ofrecer á Nuestro Señor
las primicias de aquesta gentilidad, con mucha fiesta, solemnidad y
aparato, favoreciéndolas y honrándolas con su real presencia; para
efecto de lo cual, quisieron ser padrinos el Rey católico, y el
serenísimo príncipe D. Juan, hijo de Sus Altezas, legítimo heredero
de los reinos de Castilla. Uno de los cuales, quiso el Príncipe que
quedase en su casa en su servicio, el cual, desde á pocos dias, se
lo llevó Dios para sí, porque tomase posesion el primero, segun
piadosamente se debe creer, de la bienaventuranza que muchos destas
naciones habian despues, por la divina misericordia, de alcanzar y
para siempre poseer. Proveyeron los Reyes como las gentes destas
tierras fuesen instruidas en las cosas de nuestra sancta fe, para lo
cual enviaron con el Almirante un fraile de Sant Benito, que debia ser
notable persona, y, segun se dijo, llevó poder del Papa en las cosas
espirituales y eclesiásticas; y mandaron al Almirante que llevase
consigo religiosos. Mandaron tambien, estrechamente, que los indios
fuesen muy bien tratados, con dádivas y buenas obras á nuestra religion
cristiana provocados, y, que si los españoles los tratasen mal, fuesen
bien castigados; esto parece por la instruccion que le dieron, que fué
de cristianísimos Príncipes, principalmente ordenada al bien y utilidad
de los vecinos y moradores naturales de aquellas tierras, cuyo primer
capítulo es este que se sigue: «Primeramente, pues á Dios Nuestro
Señor plugo, por su sancta misericordia, descubrir las dichas islas é
tierra firme al Rey é á la Reina, nuestros señores, por industria del
dicho D. Cristóbal Colon, su Almirante, Visorey y Gobernador dellas,
el cual ha hecho relacion á Sus Altezas, que las gentes que en ellas
halló pobladas, cognosció dellas ser gentes muy aparejadas para se
convertir á nuestra sancta fe católica, porque no tienen ninguna ley
ni seta, de lo cual ha placido y place mucho á Sus Altezas, porque
en todo es razon que se tenga principalmente respecto al servicio de
Dios, Nuestro Señor, y ensalzamiento de nuestra sancta fe católica;
por ende Sus Altezas, deseando que nuestra sancta fe católica sea
aumentada é acrecentada, mandan y encargan al dicho Almirante, Visorey
é Gobernador, que, por todas las vías y maneras que pudiere, procure y
trabaje traer á los moradores de las dichas islas y tierra firme á que
se conviertan á nuestra sancta fe católica, y, para ayuda dello, Sus
Altezas invian allá al devoto padre fray Buil, juntamente con otros
religiosos que el dicho Almirante consigo ha de llevar; los cuales,
por mano é industria de los indios que acá vinieron, procuren que sean
bien informados de las cosas de nuestra sancta fe, pues ellos sabrán
y entenderán ya mucho de nuestra lengua, é procurando de los instruir
en ella lo mejor que ser pueda; y, porque esto mejor se pueda poner en
obra, despues que en buena hora sea llegada allá el armada, procure
y faga el dicho Almirante, que todos los que en ella van, y los que
más fueren de aquí adelante, traten muy bien y amorosamente á los
dichos indios, sin que les fagan enojo alguno, procurando que tengan
los unos con los otros mucha conversacion y familiaridad, haciéndoles
las mejores obras que ser puedan, y asimismo, el dicho Almirante les
dé algunas dádivas, graciosamente, de las cosas de mercaduría de Sus
Altezas, que lleva para el rescate, y los honre mucho, y, si caso
fuere que alguna ó algunas personas trataren mal á los dichos indios,
en cualesquier manera que sea, el dicho Almirante, como Visorey é
Gobernador de Sus Altezas, lo castigue mucho, por virtud de los poderes
de Sus Altezas, que para ello lleva.» Este fué, como digimos, de la
instruccion que los Reyes dieron al Almirante, el primer capítulo.
Este fray Buil, era monje de Sant Benito, catalan de nacion, debia
ser Abad y persona religiosa y principal, de la cual, como entónces
los Reyes estaban en Barcelona, debian tener buena noticia; este no
le pude yo alcanzar, porque poco estuvo acá, como se verá abajo, pero
alcancé á cognoscer dos religiosos de la órden de Sant Francisco, que
fueron con él, frailes legos, pero personas notables, naturales de
Picardia ó borgoñones, é que se movieron á venir acá por sólo celo de
la conversion destas ánimas, y, aunque frailes legos, eran muy bien
sabidos y letrados, por lo cual se cognoscia, que por humildad no
quisieron ser sacerdotes; uno de los cuales se llamó fray Juan de la
Duela, ó fray Juan el Bermejo, porque lo era, y el otro fray Juan de
Tisin. Fueron bien cognoscidos mios, y en amistad y conversacion, al
ménos el uno, muy conjuntos. Este padre fray Buil llevó, segun dije,
poder del Papa muy cumplido en las cosas espirituales y eclesiásticas.
Pudo esto ser y parece verisímile, pero como estuvo tan poco en la
isla y se volvió luego, ni ejercitó su oficio, ni pareció si lo tenia.
Mandaron proveer de ornamentos para las iglesias, de carmesí, muy
ricos, mayormente la reina doña Isabel que dió uno de su capilla, el
cual yo ví, y duró muchos años, muy viejo, que no se mudaba ó renovaba,
por tenerlo casi por reliquias, por ser el primero y haberlo dado la
Reina, hasta que de viejo no se pudo más sostener; mandaron eso mismo,
y encargaron mucho al Almirante los Reyes, por escrito y por palabra
encarecidamente, que, lo más presto que pudiese, trabajase proseguir
el descubrimiento de Cuba, para ver si era isla ó tierra firme como él
creia y afirmaba, porque siempre los Reyes prudentemente sintieron,
y el Almirante lo decia, que la tierra firme debia contener mayores
bienes, riquezas, y mas secretos que ninguna de las islas. Cogidos,
pues, los despachos muy cumplidos, y besadas las manos á los Reyes y
al príncipe D. Juan, con muy grande alegría de Sus Altezas y favores
señalados, y muy acompañado hasta su posada de caballeros cortesanos,
finalmente se partió por el mes de Junio para la ciudad de Sevilla.
Fueron con él ciertos criados de la Casa real por oficiales en ciertos
oficios, y muchos quisieran ir, segun lo que cada uno esperaba de ver
y gozarse, con sola la vista, en tierras tan nuevas y tan loadas, y
tambien que no pensaban venir á ellas en valde, sino que su camino
y trabajos les habian bien de pagar, por la muestra del oro quel
Almirante habia llevado, creyendo que era mucho más; si, segun mi
estimacion, la cudicia de entónces en aquellos, no llegaba, segun la
que despues en los venideros sucedió, á muchos quilates. Sabido por
el Rey é la Reina que el rey de Portugal hacia armada para enviar á
estas Indias, y que estaba presta, dice la historia del rey Don Juan
de Portugal, que enviaron los Reyes un mensajero con sus cartas de
creencia, que le requiriesen de su parte que no la despachase, porque
ellos querian que se viese por derecho en cuyos mares y conquista
se habia hecho el dicho descubrimiento, para lo cual le rogaban que
enviase sus Embajadores y las razones y causas que hiciesen para su
título, y que ellos estaban aparejados para se justificar en todo lo
que fuese razon é justicia. Con este requirimiento y justificacion cesó
el rey de Portugal de enviar su armada, y, enviados sus Embajadores
á Barcelona, dice la dicha Historia portoguesa, que no tomaron
conclusion con ellos por haber, diz que, sucedido á los católicos
Reyes sus negocios con el rey Cárlos de Francia, en lo de Perpiñan,
prósperamente, los cuales llegaron á la corte salido el Almirante della
para Sevilla; los Reyes les daban su disculpa y razon como á Castilla y
nó á Portugal, el descubrimiento y cuidado de la conversion de aquestas
gentes, mayormente despues de la concesion apostólica, pertenecía.
Estuvieron muchos dias en la corte tratando sobre esta porfía; despues
se dirá lo que más sucedió cerca deste artículo.



CAPÍTULO LXXXII.


Llegado á Sevilla el Almirante, puso mucha diligencia en su despacho,
porque no via la hora que llegar á aquestas tierras, que descubiertas
dejaba, en especial á esta isla Española, lo uno, por ver los 39
hombres que dejó en la fortaleza en la tierra del rey Guacanagarí é
consolarlos, lo otro, por cumplir los deseos de los Reyes, y hacerles
más servicios, y enviarles todas las riquezas que haber pudiese, para
mostrar el gran agradecimiento y obligacion que les era por las muchas
honras y favores, y mercedes que de Sus Altezas habia recibido; y,
cierto, nunca dél otra cosa yo sentí ni creí, ni de alguna persona
que estuviese fuera de pasion, entendí que el contrario sintiese, y,
á todo lo que yo conjeturar pude, ántes, si algun defecto en él hubo,
fué querer más de lo que convenia contentar á los Reyes por escudarse
de los contrarios, muchos y duros, que despues tuvo. Así que, juntado
con el arcidiano D. Juan de Fonseca, á quien los Reyes cometieron la
solicitud y despacho de aquella flota, recibieron allí ambos provision
de los reyes, por D. Fernando y Doña Isabel, dándoles poder y facultad
para tomar todos los navíos que fuesen menester para el viaje, aunque
fuesen menester y estuviesen fletados para otras partes, vendidos
ó fletados, pagándolos, con que lo hiciesen con el menor daño de
los dueños que se pudiese hacer, y tambien para que constriñese á
cualesquiera oficiales de cualesquiera oficios, para que fuesen en el
armada, pagándoles su sueldo y salario razonable. Desta manera, en
breves dias se aparejaron en la bahía y puerto de Cáliz diez y siete
navíos grandes y pequeños, y carabelas, muy bien proveidas y armadas de
artillería y armas, de bastimientos, de bizcocho, de vino, de trigo,
de harina, de aceite, de vinagre, de quesos, de todas semillas, de
herramientas, de yeguas y algunos caballos, y otras muchas cosas
de las que acá podian multiplicar, y los que venian aprovecharse.
Traian muchas arcas de rescates y mercaderías para dar á los indios,
graciosas, de parte de los Reyes, y para conmutar ó trocar, que llaman
rescatar, por oro y otras riquezas de las que los indios tuviesen.
Llegáronse 1.500 hombres, todos, ó todos los más, á sueldo de Sus
Altezas, porque pocos fueron sin sueldo; creo que no pasaron de 20
de á caballo, todos peones, aunque, los más, hidalgos y personas
que, si tuvieran de qué comprarlos, no les fueran desproporcionados
los caballos. Fué mucha parte de gente trabajadora del campo, para
trabajar, arar y cavar, y para sacar el oro de las minas (que, si
supieran el trabajo, bien creo yo que uno no viniera), y, finalmente,
para todo lo que les mandaran, y de todos oficios, algunos oficiales;
toda la mayor parte iba con sus armas para pelear ofreciéndose caso.
Entre todos estos, fueron muchos caballeros, mayormente de Sevilla, y
otras personas principales, y algunos de Casa real. Trujo consigo el
Almirante á D. Diego Colon, su hermano, persona virtuosa, muy cuerda,
pacífica y más simple y bien acondicionada que recatada ni maliciosa,
y que andaba muy honestamente vestido, cuasi en hábito de clérigo; y
bien creo que pensó ser Obispo, y el Almirante le procuró, al ménos,
que le diesen los Reyes renta por la Iglesia. Nombraron los Reyes por
Capitan general de la flota y de las Indias al Almirante, por nueva
cédula real, y, para volver con ella y despues para tornar con otras,
á Antonio de Torres, hermano del ama del príncipe D. Juan, persona
notable, prudente y hábil para tal cargo. Por Contador de la isla y de
todas las Indias, Teniente de los contadores mayores de Castilla, vino
un Alguacil de corte, que se decia Bernal de Pisa; por veedor, á un
Diego Marque, hidalgo de Sevilla, y honrada persona y de auctoridad,
criado suyo, el cual, despues, el año de 13 fué por Tesorero de la
tierra firme con Pedrarias de Avila; Tesorero, en este viaje, no me
puedo acordar como se llamaba, creo que se llamaba Pedro de Villacorta.
Por Capitan de la gente de guerra ó del campo, vino un Francisco de
Peñalosa, criado de la Reina, á lo que yo creo, y estimo tambien que un
Alonso de Vallejo vino por Capitan; personas prudentes y de esfuerzo,
mayormente Francisco de Peñalosa, el cual, despues de llegado á esta
isla Española, y servido su capitanía tres años, se tornó á Castilla,
y, segun estimó la Reina, porque le queria bien, le mandó ir con Alonso
de Lugo, Adelantado primero de la isla de Tenerife, para entender en
la conquista de los moros del cabo de Aguer y Azamor, y en el armada
que se hizo para Azamor, donde iba el Alonso de Lugo; siendo el dicho
Francisco de Peñalosa Capitan general, vinieron tantos moros y alárabes
sobre ellos, que se retrajo toda la gente, por salvarse, en las barcas
de los navíos, y, no pudiéndola detener el Capitan general, detúvose
con 20 caballeros, que se halló, y hizo una raya redonda jurando y
protestando que, á cualquiera de los 20 que de allí saliese, le echaria
la lanza; los cuales pelearon tan fortísimamente, que detuvieron todo
el ímpetu de los moros. Los cuales, al cabo, fueron, por los moros,
hechos pedazos, y entretanto tuvieron lugar los demas cristianos, con
el Alonso de Lugo, de se salvar en las dichas barcas; y bien cierto fué
que el esfuerzo y la muerte del dicho Capitan Francisco de Peñalosa,
con los 20, fué vida del dicho Alonso de Lugo y de los demas que con él
escaparon. Y, aunque de aquí resulte algun favor mio (pero la gloria
sea toda para Dios, pues es suya toda), este Francisco de Peñalosa
era tio mio, hermano de mi padre, que se llamaba Pedro de Las Casas,
que vino con el Almirante y con el hermano á esta isla Española, este
viaje; quedóse mi padre con el Almirante cuando mi tio se volvió á
España, y moriria el dicho mi tio Francisco de Peñalosa, el año 1499, ó
entrante el de 500. Vinieron en aquel viaje, tambien de Sevilla, Alonso
Perez Martel y Francisco de Zúñiga, hermano del tesorero Medina, que se
metió fraile de Sant Francisco; Alonso Ortiz, Francisco de Villalobos,
Perafan de Rivera, hermano de Mariño, y Melchor Maldonado, el cual
los Reyes habian enviado, pocos años habia, por Embajador al Papa;
y otro que se nombraba Alonso Malaver, y otro cuyo nombre fué Pero
Hernandez Coronel, que, ó vino por Alguacil mayor, ó el Almirante lo
constituyó en el tal oficio desta isla, y otros de aquellas ciudades,
caballeros principales, cuyo nombre no me acuerdo. De la Casa real
vinieron más, Juan de Lujan, criado del Rey, de los caballeros de
Madrid, el Comendador Gallego, y Sebastian de Campo Gallegos, y el
Comendador Arroyo, y Rodrigo Abarca, y Miçer Guirao y Pedro Navarro,
y un caballero muy principal, aragonés, que se decia Mosen Pedro
Margarite, y Alonso Sanchez de Caravajal, Regidor de Baeza. Vinieron
asimismo, un Alonso de Hojeda, mancebo cuyo esfuerzo y ligereza se
creia entónces exceder á muchos hombres, por muy esforzados y ligeros
que fuesen, de aquellos tiempos; era criado del duque de Medinaceli,
é despues por sus hazañas, fué muy querido del obispo D. Juan de
Fonseca, susodicho, y le favorecia mucho; era pequeño de cuerpo, pero
muy bien proporcionado y muy bien dispuesto, hermoso de gesto, la cara
hermosa y los ojos muy grandes, de los más sueltos hombres en correr y
hacer vueltas, y en todas las otras cosas de fuerzas, que venian en la
flota y que quedaban en España. Todas las perfecciones que un hombre
podia tener corporales, parecia que se habian juntado en él, sino ser
pequeño; deste se dijo, y tuvimos por cierto, y pudiérame yo certificar
dél, por la conversacion que con él tuve, si advirtiera y entónces
pensara escribirlo, pero pasábalo como cosa pública y muy cierta, que
cuando la reina Doña Isabel subió á la torre de la Iglesia mayor de
Sevilla, de donde mirando los hombres que estan abajo, por grandes
que sean, parecen enanos, se subió en el madero que sale veinte piés
fuera de la torre, y lo midió por sus piés apriesa, como si fuera por
un ladrillado, y despues, al cabo del madero, sacó el un pié bajo en
vago dando la vuelta, y con la misma priesa se tornó á la torre, que
parece imposible no caer y hacerse mil pedazos. Esta fué una de las
más señaladas osadías que un hombre pudo hacer, porque quien la torre
ha visto y el madero que sale, y considera el acto, no puede sino
temblarle las carnes. Díjose tambien dél, que puesto el pié izquierdo
en el pié de la torre, ó principio della, que está junto al suelo, tiró
una naranja que llegó hasta le más alto; no es chico argumento este de
la fuerza grande que tenia en sus brazos. Era muy devoto de Nuestra
Señora, y su juramento era «devodo de la Vírgen María.» Excedió á
todos cuantos hombres en España entónces habia en esto, que siendo de
los más esforzados, y que, así en Castilla ántes que á estas tierras
viniese, viéndose en muchos ruidos y desafíos, como despues de acá
venido, en guerras contra indios, millares de veces, donde ganó ante
Dios poco, y que él siempre era el primero que habia de hacer sangre
donde quiera que hobiese guerra ó rencilla; nunca jamás en su vida
fué herido ni le sacó hombre sangre, hasta obra de dos años ántes que
muriese, que le aguardaron cuatro indios, de los que él injustamente
infestaba en Sancta Marta, y con gran industria le hirieron, como abajo
se contará porque fué un señalado caso. Otra hazaña memorable hizo
yendo á Castilla en una nao, que tambien se contará, placiendo á Dios,
abajo. Finalmente, murió en la ciudad de Sancto Domingo, paupérrimo y
en su cama, créese que por la devocion que tenia con Nuestra Señora,
que no fué chico milagro. Mandóse enterrar en Sant Francisco, á la
entrada de la iglesia, donde todos los que entrasen fuesen sus huesos
los primeros que pisasen. Vino tambien en aquel viaje un Gorvalan,
mancebo muy esforzado, y un Luis de Arriga, natural de Verlanga,
persona de esfuerzo y prudencia, y de quien los Reyes tuvieron noticia
y confianza. Otras muchas personas notables vinieron, seglares, cuyos
nombres la memoria ya atras ha dejado, y que, segun las leyes y reglas
del mundo, debieran ser puestas en este catálogo. Todos los cuales
juraron sobre un crucifijo y un misal, y hicieron pleito y homenaje de
ser leales y obedientes á los Reyes, y al Almirante en su nombre, y
á sus justicias en su nombre, y mirar por la hacienda real; lo mismo
juraron todos los que entónces vinieron, grandes y chicos, cada uno
segun su calidad. Personas religiosas y eclesiásticas, para predicar
y convertir estas gentes, vinieron muy pocas; frailes, solos los que
arriba dije, porque no sentí que viniesen otros; clérigos, tres ó
cuatro, ó porque no se ofrecian ni habia personas voluntarias, por la
incertidumbre y gran distancia destas tierras, y poco cognoscimiento
que dellas se tenia, ó por la poca diligencia que en buscarlos y
persuadirlos se puso, ó por el poco fervor y celo que á la salud destas
tan infinitas ánimas entónces habia en el mundo, pues, al sonido del
oro, y por curiosidad de ver estas tierras (y esto creo que fué lo que
ménos movió), tantos se ofrecieron de venir aquel viaje.


                         FIN DEL TOMO PRIMERO



                                ÍNDICE.


                                                                Páginas.

  ADVERTENCIA PRELIMINAR                                               v

  DEDICATORIA                                                          1

  PRÓLOGO DE LA HISTORIA.--En el cual trata el autor difusamente
  los diversos motivos y fines que los que historias escriben
  suelen tener.--Toca la utilidad grande que trae la noticia
  de las cosas pasadas.--Alega muchos autores y escritores
  antiguos.--Pone muy largo la causa final é intincion suya
  que le movió á escribir esta Crónica de las Indias.--Asigna
  los grandes errores que en muchos, cerca de estas naciones
  indianas, ha habido, y las causas de donde procedieron.--Señala
  tambien las otras causas, formal y material y eficiente, que en
  toda obra suelen concurrir.                                          3

  LIBRO PRIMERO.--Capítulo I.--En este capítulo se toca la
  creacion del cielo y de la tierra.--Como Dios la concedió, con
  todas las criaturas inferiores, al señorío del hombre.--Como
  este señorío se amenguó por el pecado.--El discurso que
  tuvieron los hombres para se derramar por las tierras.--Cuán
  singular cuidado tiene de los hombres la Providencia
  divina.--Como Dios mueve y inclina los hombres á las cosas que
  determina hacer aquello para que los toma por ministros.--Como
  tiene sus tiempos y sazon determinados para el llamamiento y
  salud de sus predestinados.--Como nadie debe murmurar por qué
  ántes ó por qué despues llamó á unas y dejó á otras naciones, y
  cómo siempre acostumbró enviar el remedio de las ánimas, cuando
  más corruptas y más inficionadas en pecados y más olvidadas
  parecia que estaban del divino favor, puesto que nunca dejó,
  por diversas vías, con sus influencias generales, de socorrer
  en todos los tiempos y estados á todos los hombres del mundo.
                                                                      35

  Cap. II.--Donde se tracta como el descubrimiento destas
  Indias fué obra maravillosa de Dios.--Como para este efecto
  parece haber la Providencia divina elegido al Almirante que
  las descubrió, la cual suele, á los que elige para alguna
  obra, conceder las virtudes y cualidades necesarias, que han
  menester.--De la patria, linaje, orígen, padres, nombre y
  sobrenombre, persona, gesto, aspecto y corporal dispusicion,
  costumbres, habla, conversacion, religion y cristiandad de
  Cristóbal Colon.                                                    41

  Cap. III.--En el cual se trata de las gracias que tuvo
  adquisitas Cristóbal Colon.--Como estudió y alcanzó las
  ciencias, gramática, aritmética, geometría, historia,
  cosmografía y astrología.--Cuánto dellas le fué necesario
  para el ministerio que Dios le elegía, y sobre todo que
  fué peritísimo en el arte de navegar sobre todos los de
  su tiempo.--Como en esto se ocupó toda su vida ántes que
  descubriese las Indias, y no en alguna arte mecánica como quiso
  decir un Agustin Justiniano.                                        46

  Cap. IV.--En el cual se trata de la ocasion que se ofreció á
  Cristóbal Colon para venir á España y cómo se casó en Portugal,
  y del primer principio del descubrimiento destas Indias, é,
  incidentemente, de cómo y cuando fueron descubiertas la isla
  de la Madera y la del Puerto Santo, que está cabe ella, y cómo
  las descubrió ó ayudó á descubrir el suegro del dicho Cristóbal
  Colon.                                                              51

  Cap. V.--En el cual se ponen cinco razones que movieron
  á Cristóbal Colon para intentar su descubrimiento destas
  Indias, las cuales asignó D. Hernando Colon, hijo del mismo D.
  Cristóbal Colon.                                                    55

  Cap. VI.--En el cual se contienen autoridades de grandes y
  famosos filósofos, que afirmaron ser habitable la tórrida
  zona, y la cuarta que á ella dista hácia el polo austral y el
  hemisferio inferior que algunos negaban.--De como hobo noticia
  de haber en el mundo dos géneros de etiopes, los cuales agora
  cognoscemos y experimentamos; y otras muchas cosas contiene
  este capítulo notables.                                             58

  Cap. VII--En el cual se ponen otras dos razones naturales y
  autoridades de Avicena y Aristóteles, y San Anselmo, y de
  Plinio y Marciano, y de Pedro de Aliaco, Cardenal doctísimo,
  que prueban haber tierra y poblada en el mar Océano, y en las
  tierras que están debajo de los polos, y en ellas, diz que,
  vive gente beatísima, que no muere sino harta de vivir, y ellos
  se despeñan para matarse por no vivir.                              67

  Cap. VIII.--En el cual se hace mención de una isla grandísima,
  que pone Platon, mayor que Asia y Europa, riquísima y
  felicísima, y de cuya prosperidad y felicidad dice Platon cosas
  increibles, pero verdaderas, y apruébanlo otros autores y San
  Anselmo entre ellos; la cual está cerca de la boca del estrecho
  de Gibraltar, y, de un terremotu de una noche y un dia, fué
  hundida.--De como muchas tierras se han perdido, y hecho islas
  de tierra firme, y otras haber parecido que ántes no eran, y
  de como muchos Reyes, los tiempos antiguos, enviaron flotas á
  descubrir, etc.                                                     73

  Cap. IX.--En el cual se ponen algunas auctoridades de Ptolomeo
  y de Strabo y de Plinio y de Solino, y señaladamente de
  Aristóteles, que refiere haber los Cartaginenses descubierto
  cierta tierra, que no parece poder ser otra sino parte de la
  tierra firme que hoy tenemos hácia el cabo de San Agustin, y de
  otros navíos de Cáliz que hallaron las hierbas que, en la mar,
  cuando venimos á estas, Indias hallamos.                            80

  Cap. X.--En el cual se tracta de como la Providencia divina
  nunca consiente venir cosas señaladas para bien del mundo, ni
  permite para castigo dél, sin que primero, ó por sus siervos
  los Sanctos, ó por otras personas, aunque sean infieles y
  malas, y algunas veces por los demonios, las prenuncien y
  antedigan que ellas acaezcan.--Pónense una autoridad de Séneca
  que parece verdadera y expresa profecía, y otra de Sant
  Ambrosio del descubrimiento destas Indias.--Quién fué Tiphis,
  el que inventó la primera nao.                                      85

  Cap. XI.--En el cual se trae auctoridad de Pedro de Aliaco,
  Cardenal, gran teólogo, filósofo, matemático, astrólogo,
  cosmógrapho, la cual mucho movió con eficacia á Cristóbal Colon
  y lo confirmó en todo lo pasado.--Donde incidentemente se toca
  que España se extendia hasta lo que agora se dice África, y
  llegaba al monte Atlántico, porque antiguamente era todo tierra
  contínua, y no habia estrecho de agua donde ahora es el de
  Gibraltar.                                                          89

  Cap. XII.--El cual contiene dos cartas muy notables que
  escribió un maestre Paulo, florentin, á Cristóbal Colon,
  informándole de las otras cosas admirables que habia en
  Oriente, y como por el Occidente podia llegarse allá y
  descubrir los reinos felicísimos del Gran Khan, que quiere
  decir Rey de los Reyes, y de una carta de marear que le invió
  de la provincia de Cipango, etc.                                    92

  Cap. XIII.--En el cual se contienen muchos y diversos indicios
  y señales, que por diversas personas Cristóbal Colon era
  informado, que le hicieron certísimo de haber tierra en aqueste
  mar Océano, hácia esta parte del Poniente, y entre ellos fué
  haber visto en los Azores algunos palos labrados, y una canoa,
  y dos cuerpos de hombres, que los traia la mar y viento de
  hácia Poniente.--Hácese mencion de la tierra de los Bacallaos y
  de la isla de Antilla y Siete Ciudades, etc.                        97

  Cap. XIV.--El cual contiene una opinion, que á los principios
  en esta isla Española teniamos, que Cristóbal Colon fué avisado
  de un piloto, que con gran tormenta vino á parar forzado á
  esta isla; para prueba de lo cual se ponen dos argumentos
  que hacen la dicha opinion aparente, aunque se concluye como
  cosa dudosa.--Pónense tambien ejemplos antiguos de haberse
  descubierto tierras, acaso, por la fuerza de las tormentas.        103

  Cap. XV.--En el cual se impugna cierta nueva opinion que
  dice, que afirma questas Indias ó parte dellas, en tiempo
  del rey Hespero XII de España, estuvieron subiectas ó fueron
  del señorio de España; pónense cuatro razones por las cuales
  se prueba ser vana y frívola, y lisonjera, y dañosa tal
  opinion.--Refiérense muchos descubrimientos que antiguamente
  se hicieron por diversas gentes y por mandados de Reyes
  diversos.--Contiene cosas antiguas y notables.                     107

  Cap. XVI.--En él se responde á los motivos de los que afirman
  ser estas Indias las Hespérides, con razones y muchas
  auctoridades, que no es regla general que todos los reinos,
  ni tampoco España, se denominasen de los Reyes.--Tráense
  muchas cosas antiguas y dulces.--Hácese mencion de aquel cabo,
  nominatísimo por los antiguos, de Buena Esperanza.--Tráense
  razones muy probables y, _ suficiente divisione_, se concluye
  que las Hespérides fueron las islas que ahora llamamos de cabo
  Verde, que son siete, que están 300 leguas de las Canarias,
  hácia el Austro ó el Sur.--Tambien cuales fueron las islas
  Gorgonas ó Gorgades.--Que las Hespérides fueron hijas de
  Hespero, Rey de África, ó de Atlante, su hermano.--Que hobo
  muchos Hércules y muchos Atlantes.--Qué fueron los puertos y
  las manzanas de oro, que dellos cogian las nimphas Hespérides,
  y cuál el dragon que las guardaba de dia y de noche, al cual
  mató Hércules.--La interpretacion desta fábula, y cómo se
  reduce á historia, y al cabo que todo lo que se dice de las
  Hespérides fué dudoso é incierto, y otras cosas agradables para
  oir, etc.                                                          118

  Cap. XVII.                                                         131

  Cap. XVIII.                                                        137

  Cap. XIX.                                                          152

  Cap. XX.                                                           161

  Cap. XXI.                                                          169

  Cap. XXII.                                                         172

  Cap. XXIII.                                                        180

  Cap. XXIV.                                                         185

  Cap. XXV.                                                          195

  Cap. XXVI.                                                         201

  Cap. XXVII.                                                        207

  Cap. XXVIII.--En el cual se torna á la historia de como
  Cristóbal Colon deliberó de ofrecerse á descubrir otro mundo,
  cuasi como certificado que lo habia de hallar.--Ofreció al
  rey de Portugal primero la empresa.--Las cosas que proponia
  hacer é riquezas descubrir; las mercedes que pedia por
  ello.--Mofaron, el Rey y sus consejeros, dél, teniendo por
  burla lo que prometia; estuvo catorce años en esto con el
  rey de Portugal.--Por la informacion que el Rey le oia envió
  una carabela, secretamente, que tornó medio perdida; sabida
  la burla determinó dejar á Portugal y venir á los reyes de
  Castilla.--Asígnanse algunas causas, por qué el Rey de Portugal
  dejarla de aceptar esta negociacion.                               217

  Cap. XXIX.--Como determinó Cristóbal Colon que su hermano
  Bartolomé Colon fuese á ofrecer la empresa al rey de
  Inglaterra.--De las condiciones deste Bartolomé Colon.--Como
  hizo ciertos versos en latin al rey de Inglaterra, y una
  figura.--Salió Cristóbal Colon secretamente de Portugal, vino
  á la villa de Palos.--Dejó su hijo chiquito, Diego Colon, en
  el monesterio de la Rábida.--Fuése á la corte.--Comenzó á
  informar á personas grandes.--Fué oido de los Reyes; cometieron
  el negocio al Prior de Prado y á otros.--Pusieron muchos
  argumentos, segun entónces podian poner, harto débiles.--No
  fué creido, ántes juzgadas sus promesas por vanas é
  imposibles.--Asígnanse algunas razones desto.--Padeció grandes
  trabajos por cinco años, y en fin fué despedido sin nada.          224

  Cap. XXX.--En el cual se contiene, como Cristóbal Colon vino á
  la ciudad de Sevilla y propuso su demanda al Duque de Medina
  Sidonia, el cual, puesto que muy magnánimo y que habia mostrado
  su generosidad en grandes hechos, ó porque no la creyó, ó
  porque no la entendió, no quiso acetarla.--Como de allí se fué
  al Duque de Medinaceli, que al presente residia en el Puerto de
  Santa María; entendido el negocio lo aceptó y se dispuso para
  favorecerlo, y, sabido por la reina Doña Isabel, mandó al Duque
  que no entendiese en ello que ella lo queria hacer, etc.           235

  Cap. XXXI.--En el cual se contiene otra vía, diversa de la del
  precedente capítulo, que algunos tuvieron para quel Cristóbal
  Colon fuese de los reyes de Castilla admitido y favorecido,
  conviene á saber, que visto que el Duque de Medina Sidonia no
  le favorecia, que se fué á la Rábida de Palos, donde habia
  dejado su hijo, con determinacion de irse al rey de Francia,
  y que un guardian del dicho monesterio de La Rábida, que se
  llamaba fray Juan Perez, le rogó que no se fuese hasta que él
  escribiese á la Reina; envió la Reina á llamar al guardian
  y despues á Cristóbal Colon y envióle dineros.--Llegado,
  hobo muchas disputas.--Tórnase á tener por locura.--Despiden
  totalmente á Cristóbal Colon.--Nótase la gran constancia y
  fortaleza de ánimo de Cristóbal Colon, etc.--Da el autor, ántes
  desto, alguna conformidad de tres vías, que parecen diversas,
  como esto al cabo se concluyó.                                     240

  Cap. XXXII.--En el cual se trata como segunda vez absolutamente
  fué Cristóbal Colon de los Reyes despedido y se partió de
  Granada desconsolado, y como un Luis de Santangel, escribano de
  las raciones, privado de los Reyes, á quien pesaba gravemente
  no aceptar la Reina la empresa de Cristóbal Colon, entró á la
  Reina y le hizo una notable habla, tanto, que la persuadió
  eficazmente, y prestó un cuento de maravedís á la Reina para
  el negocio, y la Reina envió luego á hacer volver á Cristóbal
  Colon, y otras cosas notables que aquí se contienen.               245

  Cap. XXXIII.--En el cual se trata como se hicieron los
  despachos de Cristóbal Colon, segun él supo y quiso pedir, con
  la capitulacion de las mercedes que los Reyes le hacian, de lo
  cual luego en Granada se le dió privilegio real.--Ésta se pone
  á la letra porque se vea la forma y estilo de aquellos tiempos;
  como, despachado, se fué á la villa de Palos á se despachar.       251

  Cap. XXXIV.--Vínose despachado Cristóbal Colon á la villa
  de Palos; entendió con gran presteza en su despacho y puso
  medio cuento de maravedís que fueron necesarios.--Un Martin
  Alonso y sus hermanos Pinzones ayudaron mucho á se despachar,
  y fueron con él á descubrir.--Tócase del pleito que hobo
  entre el Fiscal y el Almirante.--Detráese de cosas no dignas
  que el Fiscal movió en favor del Martin Alonso, deshaciendo
  los grandes servicios del Almirante, porque los hermanos del
  Martin Alonso decian que ellos habian sido causa principal del
  descubrimiento destas Indias.--Pónense razones por las cuales
  se convencen de la falsedad.--Armó tres navíos, dos pequeños y
  otro mayor.--Juntó noventa personas.--Hizo Capitanes á Martin
  Alonso y á su hermano Vicente Yañez, y al tercero Maestre del
  uno; él tomó la nao ó navío grande, etc.                           255

  Cap. XXXV.--Embarcóse, jueves, á 2 de Agosto, y hízose á la
  vela viernes, á 3, año de 1492.--Pónese aquí un prólogo notable
  que hizo á los Reyes, Cristóbal Colon, puesto en el principio
  del libro desta su primera navegacion.--Determinó de hacer dos
  cuentas de las leguas que andaba, una secreta para sí, que
  contaba verdad de lo que andaba, y otra pública para con la
  gente, que decia ménos de lo que andaba, porque, si se dilatase
  el viaje, la gente no desmayase.--Hobo revés y trabajos hasta
  llegar á las Canarias, saltando el gobernario de una carabela
  ó vela de adobar; en gran Canaria.--La sierra desta isla de
  Tenerife echó de sí gran fuego.--Comenzaba la gente de los
  navíos á se arrepentir y á murmurar, etc.                          261

  Cap. XXXVI.--Fué avisado Cristóbal Colon que andaban ciertos
  navíos del rey de Portugal por prenderle.--Dióse priesa para
  salir del Puerto de la Gomera; salió jueves á seis dias de
  Setiembre del dicho año.--Va contando las leguas, que, cada dia
  con su noche, conforme á las dos cuentas dichas, andaba, etc.
                                                                     266

  Cap. XXXVII.--En el cual se tracta como es ley universal que
  Dios tiene en su mundo, que las cosas grandes, mayormente las
  de la fe, tengan muchos contrarios y dificultades, y de la
  razon desto.--Como la gente desmayaba de ver tan largo viaje
  sin ver tierra, murmuraban y echaban maldiciones á Cristóbal
  Colon, diciéndole en la cara injurias porque se tornase,
  amenazándole que le habian de echar á la mar; y tomaban más
  recias ocasiones cuanto mejor tiempo llevaban.--Como Cristóbal
  Colon los consolaba y cumplia con ellos con buenas palabras,
  y gran modestia y paciencia.--Como Dios le favorecia, vieron
  algunas aves en señal de estar cerca de tierra.--De los
  corrillos y pláticas que entre sí tenian contra él.--Como
  él lo disimulaba, y de las razones que les decia para que
  perseverasen, y de las esperanzas que les daba.                    272

  Cap. XXXVIII.--En el cual se contiene una carta de marear que
  llevaba Cristóbal Colon, donde tenia pintadas estas Indias é
  islas, mayormente esta Española que llamó Cipango, y esta carta
  dice el autor que la tiene, á lo que cree, en su poder.--Como
  vieron ciertos celajes que todos afirmaron ser tierra, y
  hobieron grande alegría, y al cabo no fué.--Como vieron muchas
  señales, adelante, de tierra.--Como se le quisieron amotinar
  de no poder ya mas sufrir la dilacion.--Como descubrió Colon
  ciertos secretos de las alturas.--Como confirieron los puntos
  de la navegacion.                                                  278

  Cap. XXXIX.--En el cual se trata de algunos alegrones que
  tuvieron diciendo algunos que vian tierra, los cuales se les
  tornaban luego en tristezas y en murmuraciones y desacatos de
  Cristóbal Colon, y á querérsele amotinar.--Como mudó el camino
  más al Austro, por las señales de las aves que vian.--Como
  vieron muchas y ciertas señales de estar cerca de tierra.--Como
  vieron un junco verde y otras cosas de tierra.--Como jueves,
  11 de Octubre, conociendo Cristóbal Colon que estaban cerca
  de tierra, hizo una habla á todos aquella noche, á primera
  noche, que velasen bien porque ántes de muchas horas la
  verian.--Como á las diez de la noche vido él mismo lumbre, y á
  las dos, despues de media noche, vido tierra.--Y como por haber
  visto la lumbre, primero, le adjudicaron los Reyes los 10.000
  maravedises, aunque otro vido la tierra.                           284

  Cap. XL. En el cual se trata de la cualidad de la isla que
  tenian delante, y de la gente della.--Como salió en tierra
  el Almirante y sus Capitanes de los otros dos navíos, con la
  bandera real y otras banderas de la cruz verde.--Como dieron
  todos gracias á Dios con gozo inestimable.--Como tomaron
  posesion solemne y jurídica de aquella tierra por los reyes de
  Castilla.--Como pedian perdon al Almirante los cristianos de
  los desacatos que le habian hecho.--De la bondad, humildad,
  mansedumbre, simplicidad y hospitalidad, disposicion, color,
  hermosura de los indios.--Como se admiraban de ver los
  cristianos.--Como se llegaban tan confiadamente á ellos.--Como
  les dió el Almirante de las cosas de Castilla y ellos dieron de
  lo que tenian.                                                     291

  Cap. XLI.--En el cual se contiene como vinieron muchos indios
  á los navíos, en sus barquillos, que llaman canoas, y otros
  nadando.--La estimacion que tenian de los cristianos, creyendo
  por cierto que habian descendido del cielo, y por esto
  cualquiera cosa que podian haber dellos, aunque fuese un pedazo
  de una escudilla ó plato, la tenian por reliquias y daban por
  ello cuanto tenian.--Hincábanse de rodillas y alzaban las manos
  al cielo, dando gracias á Dios, y convidábanse unos á otros que
  viniesen á ver los hombres del cielo.--Apúntanse algunas cosas
  notables, para advertir á los lectores de la simiente y ponzoña
  de donde procedió la destruicion destas Indias.--Y cómo detuvo
  el Almirante siete hombres de aquella isla.                        299

  Cap. XLII.--En el cual se tracta de una isla que parecia
  grande, á la cual puso nombre la Fernandina, y, viniendo á
  ella, toparon un indio en una canoa; tomáronlo en la nao, y,
  contento, enviáronlo delante y dió las nuevas en la Fernandina,
  y como surgieron los navíos ya de noche.--Nunca cesaron en
  toda la noche de venir canoas y gentes á ver los cristianos y
  traerles de lo que tenian.--Saltaron en tierra los marineros
  con barriles por agua.--Con gran alegría se la mostraban los
  indios y los ayudaban.--La gente era como la pasada, pero,
  diz que, más doméstica, y más aguda, y más dispuesta.--No
  les cognoscieron secta alguna.--Tenian paños de algodon, las
  mujeres casadas cubrian sus vergüenzas, las doncellas no.--La
  manera de las camas.--De un árbol que contiene diversidad
  de árboles en sí.--Dáse la razon dél, maravillosa.--De las
  culebras y perros de aquella isla.--Vieron más gente.--La
  manera de sus casas, etc.                                          306

  Cap. XLIII.--En el cual se trata como el Almirante dió vuelta
  al leste ó Levante, porque le informaron los indios que la isla
  de Samoeto era más grande que la Fernandina, y quedaba atras,
  y esto parece que Dios le tornaba porque viese á Cuba y á la
  Española.--Llegados á Samoeto, sintieron suavísimos olores,
  y vieron la isla ser graciosísima.--Mataron dos sierpes, que
  son las iguanas y qué cosa es.--Huyeron los indios sentidos
  los cristianos.--Tornaron á venir sin miedo.--Estimaron que
  habian descendido del cielo.--Tuvo relacion, segun él creia que
  lo entendia, que habia allí minas de oro, y estuvo esperando
  que el Rey de la isla viniese allí.--Halló lignaloe y mandó
  cortar dello.--Aquí supo nuevas de la isla de Cuba y de la
  Española.--Creyó que era la isla de Cipango, donde pensó que
  hallaria gran suma de oro, y perlas y especería.--Las razones
  por donde con razon se movió á lo creer y que allí venian
  naos grandes del Gran K