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Title: Del Plata al Niagara
Author: Groussac, Paul
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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                       NOTA DEL TRANSCRIPTOR:

—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.

—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere
 notablemente de la utilizada en español moderno.



  DEL PLATA AL NIÁGARA


  IMPRENTA DE PABLO E. CONI É HIJOS, PERÚ, 680



                             PAUL GROUSSAC

                                  DEL

                           PLATA AL NIÁGARA

  _... J’étais là; telle chose m’advint._
  (LA FONTAINE.)

[Illustration: DECORATION]

                             BUENOS AIRES

                   ADMINISTRACIÓN DE _LA BIBLIOTECA_

                             79, PERÚ, 79

                                 1897



_A Carlos Pellegrini_

_No siendo estas notas personales el meditado estudio que correspondería
á un encargo oficial, ni un homenaje digno del alto magistrado que
tanto contribuyó á que yo las escribiese,—no las dedico al que era
entonces Presidente de la República y es siempre una fuerza nacional y
una gloria de su patria: sino, en prueba de afecto y agradecimiento, al
juez más indulgente de mi esfuerzo, al fiel amigo de la juventud y de
la madurez._

  _P. G._



PREFACIO


Algunas de estas páginas han visto la luz en _La Nación_ de Buenos
Aires, otras en _La Biblioteca_; el resto es inédito. Por lo demás,
tienen todas ellas idéntica procedencia: han sido redactadas sobre
apuntes personales, tomados durante el mismo viaje y sin hacer mucha
cuenta de la opinión exterior. No espere, pues, el lector informarse
aquí de impresiones ajenas, sino de las mías.

Escribo el prefacio de este libro sin haber visto reunidos jamás ni
conocido por su orden todos sus capítulos; pues está demás advertir
que la lectura tropezosa y fragmentaria de las pruebas, lejos de
suministrar un buen elemento de juicio, tiene por efecto saturar de su
prosa al enervado autor, inhabilitándole para volver á leerse impreso
en mucho tiempo. No creo, sin embargo, que la parte inédita sea más
débil que la que fué recibida con indulgencia, y tal vez suceda que los
defectos de una y otra se atenúen en el conjunto. De desear sería que
el escritor observase el precepto de Horacio, _estacionando_ su obra
recién nacida hasta que, olvidado de los «trabajos de Lucina», pudiese
juzgarla con relativa imparcialidad y corregirla con acierto. Por mi
parte soy bastante propenso á seguir el consejo; pero acaece que, una
vez guardado en la gaveta, casi no hay manuscrito que vuelva á salir.
Tengo la satisfacción de ser un autor inédito de gran avío y reserva.
¿Qué necesidad de exhibir el pensamiento, si el único deleite está en
pensar? Lanzar una astilla más á la corriente que pasa ... ¿Para qué,
para quién?

Á no bastar la experiencia de los años, sería suficiente la de mi
oficio de bibliotecario para enseñarme la vanidad de estas protestas
contra el invencible olvido. _Debemur morti._ Repletos están esos
armarios de obras maestras que yo mismo no he leído ni leeré jamás.
Durante el período veintenario del desarrollo mental, no se alcanza á
leer realmente dos mil volúmenes; y apenas si se utiliza una décima
parte de esos _ingesta_, eliminándose por inasimilable el resto de la
materia alimenticia. Dedúzcase, además, la masa de lecturas inútiles,
de frívola curiosidad ó manía erudita, fuera de las nocivas, que
destejen el tejido anterior y, con nuevas opiniones sugeridas, agravan
la servidumbre del espíritu. Más tarde, se cata uno que otro libro,
para comprobar que casi todos se repiten.

Es gran consuelo de no poder leerlo todo, la conciencia de que fuera
vana la empresa imposible. Una biblioteca es ante todo un cementerio:
contiene mil autores muertos por uno vivo—que pronto morirá. El
monumento enorme de la ciencia se viene edificando sobre un tremedal:
no sólo en razón de su frágil estructura, sino porque al peso de cada
hilada nueva, se hunde otra á flor de tierra hasta desaparecer. El
aspecto de la ciencia cambia cada quince años; antes de concluída,
cualquiera publicación extensa tiene ya partes caducas. Consiste
el progreso científico en sustituir la semiverdad de ayer por la
cuasiverdad de hoy—que durará hasta mañana. Cada generación surgente
tiene por inmediato deber enterrar á la anterior. Casi nada subsiste
útilmente; con una parte de los materiales antiguos, la fábrica
flamante reemplaza á la decrépita. Cada «clase» recién llegada rehace
por su cuenta la ciencia, la filosofía, la crítica. La historia es una
tela de Penélope: todo es sustentable porque todo es incierto. Quien
pretende vincular un hecho actual á su _única_ causa lejana se parece
al estadístico que, en un campo de batalla, probara á descubrir por
inducción bajo qué bala enemiga había caído cada soldado. El hombre se
agita y el destino le lleva, deduciendo las consecuencias infinitas de
sus actos: el más ínfimo, tal vez, engendra las mayores, que su autor
nunca sospechará.—En una noche de tormenta, á orillas del mar, una
pobre anciana enciende su lámpara de aceite para remendar sus andrajos:
es un faro de salvación para la nave perdida que corría á estrellarse
en la costa ...

Se dice que el arte alcanza vida más distinta y prolongada; la
obra maestra no parece en efecto sustituíble, siendo su esencia la
originalidad. ¿Será verdad que los millares de volúmenes que obstruyen
nuestros estantes representan otros tantos conceptos y expresiones
individuales de lo bello? Es otra ilusión: el tesoro estético, como
todos los tesoros, se ha obtenido con la acumulación de cinco ó
seis materias «preciosas», más ó menos varias en la forma, pero de
substancia idéntica. Una ó dos veces por siglo, alguien ensaya una
nueva ó renovada aleación de las materias conocidas: ¡es un hombre de
genio! La muchedumbre imitadora marca el paso y despacha su etapa en
pos del conductor. A éste hay que admirarle «en bloque». La montaña es
de oro nativo: no hay una escena de Shakespeare ó un terceto de Dante
que no sea de inspiración divina ¡como los versículos de la Biblia!

Eso repite la pedantería escolar. En realidad se reduciría á mucho
menos el quilate de la admiración, á no intervenir la sugestión
omnipotente. Algunos autores «clásicos» se imponen á nuestra infancia
inconsciente: tal es la base de nuestra devoción y de su prestigio. El
día próximo en que la democracia utilitaria borre también este culto de
su programa, Homero y Virgilio no saldrán más del _Götterdämmerung_,
en que vagan el persa Ferdoucy y el sánscrito Kalidaça. Superstición
aparte, de las obras antiguas no sentimos de veras sino los breves
fragmentos que, á fuer de eternamente humanos, nos parecen modernos
y en correspondencia con las obras nacionales contemporáneas.
Espontáneamente, nadie vuelve á absorber por entero un poema que pase
de cien páginas, en procura de emoción estética. Se ha entrado una
vez en la _Ilíada_ y la _Divina Commedia_, como en San Pedro de Roma,
para contarlo; y se exhiben algunos estribillos de antología á guisa
de relaciones brillantes con ese _high life_ artístico. Quien sea
sincero y tenga el valor de sus gustos, confesará que le bastan pocas
obras selectas para el consumo poético, y agregará que las prefiere
recientes y escritas en su lengua.—Ello, como se ve, tendería á
reducir, aun más que para la ciencia, el elenco de la biblioteca
literaria indispensable. Un gran poeta resume toda la poesía. Por entre
cambiantes riberas y con nombres distintos, los grandes ríos surcan
el planeta, reflejando cielos y horizontes diversos, arrastrando en
su corriente múltiples vestigios de las regiones comarcanas: pero sus
ondas todas cumplen la misma misión fecunda, y una sola es el agua que
todos los pueblos vienen á beber.

Habrá de parecer extraño que las palabras anteriores sean el preámbulo
de «un libro más», cuya necesidad, sin duda alguna, no se dejaba
sentir en este ni el otro continente. La inconsecuencia es flagrante,
y no pretendo justificarla. No he tenido, para incurrir en ella, una
sola de las razones que otros suelen invocar: obligación profesional,
ambiciones de «gloria», esperanza de lucro ó estímulo de amor
propio—ni siquiera el puro gusto del ejercicio natural, análogo al del
muchacho que «remonta» una cometa ... Un impulso, con todo, ha debido
de moverme á recoger estas páginas; pero temo que sea otra ilusión. He
esperado que esta obra sería útil en su fondo y en su forma, en sus
tendencias honradas y sus anhelos artísticos, no sólo para la tierra
á que estoy adherido por todas mis raíces adventicias—las únicas
vivas ya—y cuyo mayor bien necesito perseguir, hasta por egoísmo bien
entendido; sino también para esas otras comarcas americanas, que se
han sentido y se sentirán lastimadas por mi franqueza, y juzgarán que
la mentira halagüeña, no la verdad amarga, era el digno pago de la
hospitalidad.

Respecto de estas últimas no necesito formular declaraciones ni
protestas. Encuentro tan singular la hipótesis de que se embarque un
escritor para lejanas tierras, con el propósito de observarlas de
reojo y pintarlas de través, que me siento coartado para discutirla.
Temo incurrir en ese terrible ridículo, que, en mi país, hiere más
hondamente que las injurias y denuestos ... No debe, en efecto, ignorar
el benévolo lector que, por algunas de las páginas que está llamado
á juzgar, he sido seriamente deteriorado, en efigie—y con cierta
inelegancia. Espero que, al releerlas hoy serenamente, mis fulminadores
se sentirán sorprendidos, y acaso un poco avergonzados: será mi única
venganza.

En este rápido bosquejo del continente americano, se echará de menos
al país mismo de donde arranca el viajero: falta aquí la República
Argentina, como falta en un cuadro el punto de vista. No se puede estar
á un tiempo en la sala y en el escenario. Á este país, y sólo á él
converge la perspectiva: mis observaciones más exteriores tomarían otro
giro si las redactase para europeos. De ello se tiene una muestra en el
Apéndice.—Del panorama que se desarrollaba ante mi vista asombrada ó
entristecida; de las faltas y extravíos hispano-americanos; del estéril
desgobierno ó del funesto despotismo; del ejemplo yankee, tan lleno
de enseñanza en su enérgico desarrollo material, como en el exceso
utilitario y egoísta que fatalmente paralizará su crecimiento: del
estudio de los grupos sociales como del espectáculo de la naturaleza,
he procurado extraer un estímulo ó una advertencia para la política,
la educación, el arte,—las realidades y los ideales argentinos. Y he
deseado que este libro fuera bueno para que pudiera ser eficaz.

Sentiría que la brevedad material de cada esbozo engañase respecto de
su contenido. Por cierto que no he encerrado en uno ó dos capítulos la
sociología de una región. Pero acaso algún lector atento advierta que
la forma ligera encubre un fondo sólido, y que alguna vez la concisión
puede ser condensación. Tampoco he creído que fuera indispensable
adoptar un plan metódico y un tono doctrinario, rechazando la poesía
y la sonrisa, y vaciando una materia, de suyo elástica y vagabunda,
en un rígido molde artificial. Sin mucho cuidado del orden lógico, he
transcrito mis sensaciones instantáneas y mis reflexiones inmediatas,
no rehuyendo las contradicciones aparentes ó reales, que son legítimas
cuando completan el aspecto de la verdad. No teniendo sistema ni ideas
preconcebidas, he dejado que este libro se depositara en mí, página
por página, á merced de mis impresiones sucesivas. No he intervenido
conscientemente en el experimento, para desviarlo hacia tal ó cual
preocupación de secta, escuela ó partido, porque no acierto á descubrir
en mí la sombra proyectada por cuerpos que no existen. Con sus errores
y deficiencias, este es un libro de buena fe.

Uno de los vicios fundamentales de la educación pública consiste,
como tengo dicho, en uniformar las almas y las inteligencias; á este
respecto, la jesuítica es la peor de todas, no en razón de su tendencia
sino de su disciplina. Como dice Mefistófeles, «se comprime el espíritu
en botas españolas», imponiéndole violentamente la noción del rigor
lógico y de la ley absoluta, que no existe en las cosas humanas, y
edificando sobre el suelo firme de la realidad los castillos de naipes
de las reglas abstractas y del puro raciocinio. El criterio de las
ciencias históricas y aun naturales no debe ser, por ahora al menos, el
de necesidad y certidumbre, sino el de contingencia y verosimilitud.
Todo concepto práctico es una transacción. Las pretendidas leyes
sociológicas son exactamente como las líneas de las altas cumbres y
del _divortium aquarum_ de las cordilleras fronterizas: todo el mundo
las menciona y las traza en el papel, pero nadie sabe determinarlas en
la práctica, porque en su forma geométrica no existen—son una mera
abstracción. Pero esto debería decirse desde el principio: debería
ser el gran principio, para que la educación no falseara nuestro
juicio á los veinte años, hasta que la experiencia propia lo enderece
á los cuarenta. Ese pecado original, fomentado entre nosotros por la
dialéctica curial y sus miserables sofismas, engendra á su vez la
intolerancia esterilizadora y funesta, como un residuo de la ortodoxia
sectaria y de la antigua escolástica. No se admite en teoría sino el
criterio absoluto: y por eso la teoría resulta falsa é impotente,
puesto que lo relativo y contingente es la atmósfera misma en que «nos
movemos y somos». Tan de antiguo avasalla nuestra mente ese concepto
de _dogma_, que hemos torcido su sentido hasta amoldarlo á nuestra
preocupación: _dogma_ no significa más que _opinión_ ó _parecer_.

Ahora bien: ya se trate de juzgar un acto, de apreciar una evolución
social, ó simplemente de exponer la sensación producida por la
naturaleza ó la obra de arte ¿con qué se forma la _opinión_ sincera y
personal? Con la reacción, evidentemente, del sujeto ante el objeto. El
sujeto es una inteligencia individual, nunca idéntica á otra, aunque
la educación tenga por efecto y defecto atenuar la originalidad. Llevo
ante las cosas el conjunto de mis ideas, tendencias, gustos y hábitos
propios, y como éstos no son en ningún caso iguales á los de mi vecino,
tiene que ser diferente en cada caso la impresión, si es espontánea y
valedera.—Debe afirmarse que cualquiera opinión se falsea más y más al
paso que se generaliza.—Sin duda, parece que ocurriera lo contrario,
porque vivimos repitiendo juicios aprendidos y frases hechas. El
_consensus omnium_ es la contraseña de nuestra domesticidad mental. No
hay un hombre entre cien mil que escape á la sugestión de un libro ó
de un discurso, y lo que es peor, á la vulgarización creciente que se
difunde por el periódico.

Ha dicho Amiel: _un paisaje es un estado de alma_. La fórmula no es
nueva, como tampoco otras análogas de Diderot, Taine y el mismo Zola.
Todas derivan de la de Bacon, mucho más amplia y comprensiva: _ars,
sive additus rebus homo_. El arte, pues, es el hombre agregado á las
cosas. En estas páginas, por consiguiente, no encontrará el lector
la naturaleza y las gentes americanas, sino tal cual se han revelado
al observador, al través de su idiosincracia y su humor variable.
Cualquier otro observador, igualmente sincero, haría un cuadro muy
distinto. Toda producción artística, buena ó mala, es una combinación
de la realidad con la fantasía; y sin duda, cuando de _impresiones de
viaje_ se trata, lo que ante todo resulta parecido, es el retrato del
viajero.

Espero, con todo, que en estos ensayos algo más importante se
dejará traslucir: y es una tentativa literaria plausible, aunque se
haya malogrado por insuficiencia del artista é imperfección de su
instrumento.—Es muy sabido que el autor de estas páginas maneja una
lengua que no es la suya. Muy lejos de erigir en sistema su propia
torpeza, procura atenuarla cada día, acercándose á la corrección
gramatical, base y fundamento del estilo. Si no escribe mejor en
español, no es por soberbia francesa, sino porque no sabe más ...

Dicho esto con entera ingenuidad, me es imposible aceptar el castellano
como un instrumento adecuado al arte contemporáneo. Sonoro, vehemente,
oratorio, carece de matices, mejor dicho, de _nuances_—pues es muy
natural que no tenga el vocablo, faltándole la cosa. Es la trompeta
de bronce, estrepitosa y triunfal, empero sin escala cromática.
La evolución presente tiende al fino análisis, á la sutileza, al
cromatismo, como que obedece á la ley de disociación progresiva. En
el arte, como en la moda que lo refleja, reina el matiz. Es probable
que en el siglo XX—las disonancias wagnerianas lo hacen prever—no
bastarán los intervalos y acordes usuales como medio de expresión
armónica. Lo propio, naturalmente, acaece con la lengua literaria. Por
ejemplo, el estado actual de la prosa francesa, la más elaborada de
todas, es el último paso de una evolución incesante que, sólo en este
siglo y desde Chateaubriand hasta Loti, cuenta siete ú ocho estadios
visibles. La lengua española no ha sufrido ni admite este trabajo de
transformación: se rige siempre é invariablemente por sus clásicos.
Ahora bien: todo producto orgánico que se estaciona, se desvirtúa; y
los que declaman sobre la _riqueza_ presente de un instrumento secular,
aplicando un concepto inmutable á un proceso esencialmente evolutivo,
desconocen los términos de la cuestión.

No es este el lugar para mostrar cómo el sentido de la naturaleza y el
delicado análisis del sentimiento tenían que quedar embrionarios, en un
país que no cuenta un gran psicólogo ni, al lado de artistas soberanos
como Velázquez y Murillo, un solo paisajista ... Sea de ello lo que
fuese, no es discutible que sea la lengua escrita, en cualquier momento
de la evolución social, el instrumento de expresión y exacta medida de
la civilización ambiente. Eso es, y nada más. El español ha sido la
primera lengua del mundo cuando la civilización española ocupaba el
primer lugar. Durante la edad media la lengua de Virgilio se degradó al
mismo nivel que el arte medieval; y lo que hoy se balbucea en Atenas,
es una jerga gitana del luminoso verbo ático. No creo que se mire una
ofensa en la simple comprobación de un hecho evidente. La civilización
española contemporánea no es aislable de las infiltraciones exteriores:
vive de reflejos, así en la idea como en la realización; y es singular
ilogismo, en quien tan dócilmente acepta las cosas extranjeras, una
oposición tan viva á las palabras, que son el signo inalienable de
aquéllas. Puede que sea una crisis pasajera, y nadie lo desea más que
yo.

Entretanto, considero atendible cualquier esfuerzo encaminado al
propósito de alcanzar un estilo literario más sobrio y eficaz que
nuestro campaneo verbal, á par que más esbelto y ceñido al objeto que
la anticuada notación española. Tal empresa, sin duda, era superior á
mis fuerzas,—acaso á las de cualquier escritor. Para renovar el estilo
(no tanto en su letra, cuanto en su espíritu), sin rebajarle al nivel
de una jerga cosmopolita, fuera necesario poseer por igual,—además
del talento robusto unido al más delicado sentimiento del arte,—el
espíritu extranjero en su más sutil esencia y el castellano ó nacional
en toda su plenitud. Es un caso de imposibilidad, casi un círculo
vicioso.—Con todo, la tentativa no habrá sido estéril si, entre los
jóvenes argentinos que se preparan á sustituirnos, hay quien recoja
siquiera la indicación ...

Pero, del mismo concepto antes formulado, se deduce que la reforma
exterior implica otra más radical y profunda, ya que la general
flaqueza del estilo no es sino el fiel indicio de un pensamiento
sin vigor. Otro proceso más grave es el que falta iniciar, para que
la mejora importe una transformación. La misma educación nacional
es la que se debiera reconstruir por su base, desde la planta hasta
el coronamiento, reservando la discusión frívola y bizantina de los
diseños perfectos. Y es otra vanidad que he visto debajo del sol, esa
inquieta per de los programas ideales—sin duda, ¡automóviles!—cuando
en realidad lo único importante es inocular á la juventud, por la
autoridad y el ejemplo, hábitos de trabajo obstinado y sincero
¡aunque éstos se aplicaran al aprendizaje del guaraní! En el viaje de
aplicación de los guardias marinas, es casi indiferente el itinerario:
lo esencial es aprender á navegar. Adquiramos el sentimiento del deber,
el amor á la ciencia, la convicción del esfuerzo necesario, y todo lo
demás vendrá por añadidura. Pero, aun suponiendo que se tuviera la
palanca ¿dónde encontrar por ahora el punto de apoyo?

Esta juventud argentina me inspira inquietud. Varias generaciones han
pasado por mis manos, más ó menos directamente, y conozco su fondo
generoso y su inteligencia vivaz. Presencio anualmente la cosecha
intelectual, y sobre darme cuenta de su insuficiencia, sé que aquélla
no se renovará; para muchos el débil esfuerzo de los exámenes quedará
único y definitivo: después del cultivo superficial, volverá la maleza
á invadir el campo. Nosotros, los mayores, somos los culpables. Ni
arriba ni al lado de ella, encuentra la nueva generación el ejemplo
moralizador y severo. Nadie trabaja con perseverancia y energía, nadie
soporta el peso de la meditación solitaria durante semanas y meses,
nadie se arranca de las entrañas la concepción original largo tiempo
incubada ... ¿Hasta cuándo seremos los ciudadanos de Mimópolis y los
parásitos de la labor europea? Cortar de un sablazo heroico ese cordón
umbilical de la colonia, era empresa fácilmente realizable para quien
tenía altivez y valor: ¿cuándo lucirá el día de la emancipación moral,
y alcanzará el intelecto sudamericano sus jornadas definitivas de Maipo
y Junín?

No parece que sospechásemos el abismo que, en la procelosa derrota de
la humanidad, media entre remolcadores y remolcados, entre pueblos
productores y pueblos consumidores de civilización. No ser más que
civilizado, es un estado pasivo y precario que debe ser transitorio:
lo único que vale é importa, es vivir, en parte al menos, de la propia
substancia é irradiar luz propia, siquiera sea débil y trémula. Al paso
que se va conquistando el planeta, se dilatan más y más los territorios
de colonización y adaptación europea, que se tornan mercados útiles ó
_débouchés_ de la productora exuberante. Son países civilizados—por
ella—que fácilmente llegan á poseer, en cambio de su suelo virgen,
todos los instrumentos de la civilización, desde el buque de acero
hasta el libro de luz, en un todo iguales á los de allá: la única
diferencia, más profunda aún para el libro que para el buque, está en
que los civilizados compran lo que los civilizadores elaboran ...

Creo que muestro en las páginas siguientes cómo el grupo inerte ó
violento de muchas nacionalidades hispano-americanas está condenado á
vegetar indefinidamente en ese estado subalterno. Acaso las regiones
tropicales no sean por ahora asimilables, y sí únicamente explotables
para la civilización europea; puede que constituyan depósitos en
reserva para el período futuro, cuando el planeta, enfriado en sus
extremos, reconcentre hacia el ecuador la fecundidad y la vida. En todo
caso, entre todos ellos, hay por lo menos dos pueblos que escapan á la
ley fatal y tienen en su mano un porvenir divisable de independencia
y grandeza. Sólo para con uno de ellos tengo que llenar una misión y
cumplir un deber. Á éste que, por momentos, me trae el recuerdo de ese
león del _Paraíso Perdido_, que entre todas las esbozadas creaciones
del sexto día, brega por desligarse del limo nativo y sacudir al aire
libre la roja melena: á éste de quien soy, puesto que es suyo todo lo
mío, ofrézcole ahora este libro imperfecto y trunco, en que balbuceo lo
que quizá no quiera entender ...

Cualquiera producción inspira á su autor algo de la solicitud paterna.
Paréceme, con todo, que la presente estaba adherida cual ninguna á mis
fibras secretas. Si la suerte le fuese adversa, figúrome que sentiría
algo semejante á una herida personal. Y esto, no únicamente porque
estoy siempre presente en sus páginas, sino porque este cuaderno de
apuntes ha sido con toda verdad mi compañero y mudo confidente en las
soledades de ese largo viaje por mar y tierra. No me separo de él sin
alguna melancolía; y, por momentos, creo que si fuera tiempo aún no
le lanzaría al escenario público, prefiriendo para él la existencia
interna del espíritu, parecida á la de ese limbo sin sonido ni luz,
donde, según la Fe católica, vagan eternamente las almas infantiles
que se apagaron antes de recibir el bautismo.

Pero es tarde ya: _Liber, ibis in urbem!_ ... ¡Que cumpla su destino
y le sea clemente el aura popular! Si es actitud de simple justicia
no hacer expiar al párvulo inocente los pecados del padre, acaso, el
formular públicamente ese voto sea el mayor acto de humildad ...



DEL PLATA AL NIÁGARA



I

CHILE

LA ESTRUCTURA NACIONAL


Del cerro andino cuya meseta terminal separa las vertientes argentina
y chilena, manan los dos arroyos que, al engrosar en breve su caudal
propio con diez corrientes adventicias, dilatarán en la hoya respectiva
su faja sinuosa hasta venir á ser los ríos de Mendoza y Aconcagua.

¡Aquí el _rendez-vous_ de las prosopopeyas y frases hechas! Retórica
obliga. Se llega cansado, hambriento, aterido y abrumado por la
trasnochada á mula; harto de valles y quebradas uniformemente
pintorescos, con la misma a «sierpe de plata» que se retuerce entre
peñascos, reverberando al sol sus móviles escamas. Horas hace que no
se alzan los ojos hacia las areniscas y conglomerados de la serranía;
nos han fatigado hasta las visiones fantásticas que el crepúsculo
y la distancia evocan: ruinas de castillos y catedrales disformes
cuyos sillares colosales fueran los estratos ondulantes, remedando
las estrías verticales de la roca ya góticas columnatas sin bóveda
visible, ya juegos monstruosos de órganos para el Juicio final—con
las nevadas cúpulas del Tupungato y Aconcagua sobre el poniente lívido
... No importa: es asunto entendido que, al pisar la cumbre, Perrichón
ha estallado en gritos sublimes: «¡Dios! ¡Providencia! ¡Inmensidad!
¡Eternidad! ¡¡Oh!!..» Todo lo cual será redactado, tres días después,
en un confortable hotel de Valparaíso, ¡y bien empenachado de signos
admirativos!

La cordillera es imponente y bella; pero la cumbre no es más que su
peldaño final, el menos interesante de todos; se la salva sin verla,
embotados los sentidos por lo prolongado de la misma sensación. Por lo
demás, así en lo físico como en lo moral, el último paso no conmueve ni
sorprende: ha sido previsto, anunciado, descontado. Cuando la fortuna,
el amor, la gloria cumplen al fin su gran promesa, llegan demasiado
tarde; nos hemos saciado con la ilusión, la realidad nos deja tristes.
Las emociones preliminares han agotado de antemano la del triunfo; la
fruta madura tiene resabio de ceniza, y el destino nos brinda la copa
llena cuando ya no tenemos sed.—En sí mismo, el paisaje carece de
variedad y hasta de majestad. El paso de la Iglesia y la cumbre del
Bermejo, á pesar de su altitud absoluta, son dos boquetes ó portillos,
dos depresiones entre alturas mayores: es mediocre el horizonte
contemplado. El cerro próximo, descarnado y sombrío, corta duramente el
azul metálico del cielo; en los repliegues de la roca, algunas chapas
de nieve hacen centellear sus agujas finísimas, cual hojuelas de mica;
asoma la arcilla húmeda y negruzca debajo de la capa fundente: ello es
la «corona inmaculada» de la poesía de bufete. Interminablemente, á lo
largo de la senda estrecha, desgarrando la delgada epidermis caliza,
las vértebras de la cordillera se suceden en rosario de peñones; y se
roza con el estribo la cornisa sublime que, desde el valle, admirábamos
ayer.—Ni un asomo de vegetación, ni un grito de ave, ni una fuga
de insecto entre las grietas. Allá abajo, en el fondo del abismo,
como un lustroso rastro de babosa en una piedra obscura, el torrente
coagulado en su quebrada se alarga indefinidamente, terso é inmóvil
por la distancia, sin una arruga, sin un rumor; en el aire rarefacto,
un principio de fatiga y ansiedad penosa acrecienta la impresión de
abandono, de soledad, de inhospitalidad. El hombre no se siente aquí
pequeño, como suele decirse: tiene la vaga conciencia de ser un punto
extraño, un detalle chocante en un medio hostil. Es este un paisaje
lunar, reino inviolado del silencio y de la muerte, en cuya atmósfera
esterilizada y glacial nuestra vida terrestre procura en vano el
más efímero asiento. Concibe la imaginación la grandeza salvaje, el
horror sublime de una noche de invierno en estas soledades, cuando la
tempestad de nieve desata los ventisqueros y arroja al precipicio los
aludes erráticos: pero tales cataclismos no se perpetran para ojos
humanos, así como las erupciones volcánicas de nuestro helado satélite
... Ahora, la tibia caricia del sol amigo, la solidez del piso que
retumba bajo el casco del la mula, el silbido del arriero indiferente,
al desvanecer toda inquietud en la cruzada, acentúan su vulgar
monotonía. Durante la breve travesía de la planicie divisoria, la
sensación dominante no es otra que el deseo de bajar y divisar la posta
del Juncal. Como el Augusto de Corneille, se experimenta la nostalgia
de la llanura:

  _Et monté sur le faíte, on aspire à descendre..._

Entre tanto, con mi hábito de la observación interna, me doy cuenta de
que el desarrollo del paisaje, además de su reproducción pintoresca en
la imaginación, ha movido la reflexión que creía adormecida: descubro
que he pensado, además de soñar. Lentamente, en el espíritu casi
pasivo, se está elaborando un concepto general, una como transposición
abstracta del panorama material, provocada inconscientemente por
las semejanzas y contrastes de la doble vertiente andina, trepada y
descendida desde Mendoza. Poco ó nada ha cambiado en la decoración
natural, en el aspecto de los sitios. Los accidentes de la montaña
permanecen casi idénticos á los de la hoya argentina. La implacable
serenidad del cielo bíblico se aviene siempre con la severidad adusta
de las quebradas grises é impone el mismo sentimiento de postración.
Me ocurre que las separaciones políticas han de ser más sutiles que
las de la naturaleza ... Pero, muy luego, percibo netamente cierto
cambio inicial: se nota lo escarpado de la pendiente chilena por la
aspereza mayor de la bajada y los saltos bruscos del arroyo Juncal,
primer tributario del Aconcagua. La misma falda, en el descenso,
exhibe una primera prueba del enorme desnivel: hacia la derecha, en
la intersección de las pendientes del Portillo, una vasta laguna,
llena hasta rebosar en su pila ovalada, despliega deliciosamente bajo
el cielo azul el virgen cristal de sus ondas glaucas, que sólo bañan
el ala de las aves de paso. ¡Encantadora sorpresa! Es la primera
«sonrisa húmeda» de esa Iliada de piedra y el anuncio próximo de otra
Cibeles enternecida. Á poco, en los declives del Juncal, la enjuta
vegetación asoma como un vello ligero en las paredes lisas de la roca;
las verbenas y llaretas tapizan ya las depresiones del terreno, y las
calandrinas alzan sus flores de púrpura por sobre la masa herbácea de
las cañadas. Después de los arbustos de matorral, arrayanes y espinos,
primeros triunfadores de la aridez ambiente, crecen laboriosamente las
hayas y acacias en las riberas más clementes; los cactos erizados, los
cirios rígidos yerguen en las pendientes más ásperas sus candelabros
verticales. Pero, en el Salto del Soldado, las parásitas y enredaderas
se enlazan ahora en los troncos de las encinas y nogales; el río ha
ensanchado más y más su cuenca ya irrigable; las acequias orillan
alegremente el rudo sendero pedregoso. Entonces, bruscamente, una
erupción de frondosidades invade el paisaje: sauces, olmos, castaños,
todo el reino cultivado ha tomado posesión del suelo humedecido; los
altos cortinajes de las alamedas limitan los alfalfares y viñedos;
las casas de campo y blancas alquerías emergen de los trigales y
praderas: y Santa Rosa de los Andes, dormida en su marco de festones
vegetales, anuncia la entrada en el espléndido valle de Aconcagua,
gloriosa diadema de la patria chilena, populoso y fecundo como un
pedazo de Francia, y donde todos los plantíos de la zona templada
prosperan magníficamente. En un trayecto de pocas leguas, la flora ha
recorrido la escala que en la opuesta vertiente requiere varios días
para trasponerse, desde los pobres sembrados de Uspallata hasta los
opulentos dominios de Santa Fe y Buenos Aires. Algunas horas más y se
entra en Valparaíso: en menos de un día se ha cruzado á todo Chile, de
la cordillera hasta el mar.

Desde el primer día, en efecto, hiere la vista esa diferencia
fundamental entre las dos regiones: dos epítetos que parecen
triviales, y son profundamente significativos, vagan constantemente
en los labios, al recorrer la accidentada falda chilena y la vasta
llanura argentina: todo lo que pertenece á la primera trae adherido
el calificativo de _circunscrito_, con todas las ideas conexas de
altura, rigidez, densidad; del propio modo que evoca la segunda todas
las derivaciones de lo _ilimitado_: amplitud, espacio, desarrollo sin
fin. Y lo característico de esas voces que creíamos provisionales,
es que preesisten después del examen detenido y del doble estudio
histórico y sociológico, cual si entrañaran una definición completa en
su imperiosa brevedad. Veremos cómo, sin deliberación ni prejuicio,
todas las conclusiones materiales y morales respecto de Chile tienen
por rasgo definitivo la _condensación_, del propio modo que las que á
la Argentina se refieran evocan la noción opuesta de _expansión_.

En pocas leguas, antes de la confluencia del Putaendo, la adjunción
del Juncal, del río Blanco y del Colorado han constituído al caudaloso
Aconcagua, que riega copiosamente sus fértiles vertientes y, por cien
canales abiertos que lo dejan casi exhausto, lleva la abundancia y la
vida á las valiosas haciendas de Santa Rosa y San Felipe, rodea luego
á Quillota, cada vez más lento y como deseoso de prolongar su obra
fecunda, antes de cruzar la sierra de la costa y perderse en el mar.
Como un pequeño Nilo, en su breve curso de 150 kilómetros ha derramado
la prosperidad en toda la zona atravesada; aunque más y más detenida
su velocidad inicial de torrente andino, tanto ha rectificado su curso
que, salvo el sinuoso recodo de Quillota, el río casi sigue el camino
más corto de su hoya; en un solo día ha concluído su misión benéfica
desde la cordillera hasta el Océano. Compréndese que en esta faja
estrecha y volcada hacia el Pacífico no haya espacio para los desiertos
inmensos de la sabana argentina; y la comparación de esta corriente,
tan bien empleada, con su antagónica de la vertiente opuesta se impone
irresistiblemente. ¡Qué diferencia entre el laborioso Aconcagua y el
río de Mendoza que abandonamos ayer! Apenas bañada la mínima parte de
la provincia natal, muy lejos aún del mar buscado, muy antes de cruzar
la pampa sedienta, desfallece nuestra corriente «criolla» y se arrastra
perezosa hasta perderse en una laguna cenagosa é inerte ...

Poco á poco, alrededor de este núcleo material, vienen á envolverse
mil datos y nociones fragmentarias, desprendidas de la sociología de
ambos países: jirones de historia, geografía, estadística, política,
que se enlazan en torno de la percepción presente como las lianas en
un tronco secular. Al pronto, parece que la evolución general de los
dos pueblos rivales pudiera simbolizarse con la carrera de los ríos
divergentes que, naciendo en el mismo macizo y descendiendo casi por el
mismo paralelo, desempeñan, en su curso tan breve, misión tan diferente
y alcanzan tan diverso destino.—Frente á la evolución histórica del
pueblo chileno, tan precisa y práctica en su marcha ascendente, se
recuerda cuán dolorosa y contradictoria fuera la revolución argentina,
siempre fluctuando entre los conflictos renacientes de la barbarie
primitiva y la importada civilización, y remedando, con sus rápidos
adelantos y sus bruscos retrocesos, los cataclismos elementales de un
mundo en formación. Se admira involuntariamente el trazado tan neto y
lógico de la primera, que forma cabal contraste con el tanteo penoso de
la segunda; y, desde luego, se entra á desconfiar de que la exageración
territorial, las realizaciones democráticas y liberales, el mismo
incremento material sólo debido á la avenida europea, sean factores
absolutos de grandeza nacional.

Pero, la duda no se prolonga. Con sumar mentalmente á Santiago con
Valparaíso y compararlas á la sola Buenos Aires, renace la convicción
de que ésta representa un esfuerzo civilizador que supera al de las
otras agrupaciones urbanas de la América latina. Todos los extravíos
pasados y presentes, lejos de aminorar este resultado, acentúan su
importancia: si á esto se ha llegado luchando contra la corriente ¿qué
no hubiera sido ayudándose con ella? Un lapso de medio siglo no es más
que un día en la vida de los pueblos; y también es probable que se
cumpla en sociología la ley biológica que proporciona el tiempo y los
trabajos de la gestación á la longevidad é importancia del organismo
engendrado. Volviendo entonces al punto departida, se descubre que el
inmenso desierto argentino es la condición necesaria de esos colosos
fluviales del Paraná y del Uruguay, depósitos de las grandes vertientes
continentales, en cuyo seno se absorberían los Aconcaguas y Biobios
sin alterar su nivel[1]. Por fin, sin dejar de aplaudir el espíritu
de orden y economía que tan admirable partido ha sacado de un arroyo
mediocre, se piensa que la misma corriente mendocina que vimos perderse
en una travesía, embebe el subsuelo pampeano y contribuye á formar
ese mar dulce que surgirá más tarde bajo la sonda del agricultor,
continuando en otra forma y á la distancia su obra interrumpida de
fertilización ...

Además de este concepto fortuíto, el viajero penetra en Chile con
un conjunto de nociones más ó menos exactas, desprendidas de sus
lecturas é informaciones anteriores. Al pronto, todo ello se aglomera
para constituir un juicio _a priori_, provisional y fluctuante en los
detalles. Esta hipótesis debe quedar flexible y rectificable; sin
adelantar conclusión definitiva, sirve sobre todo para concretar las
primeras impresiones confusas en torno de su núcleo consistente, del
propio modo que un tronco de árbol en un delta favorece y activa el
sedimento aluvial.

Puede escribirse de un país extranjero después de residir en él varios
años, viviendo mezclado é interesado el escritor en la evolución
colectiva, estudiando sus accidentes externos é internos, respirando
largamente la atmósfera nacional hasta conocer al pueblo y su
territorio en su historia, en sus órganos vitales y sus manifestaciones
significativas. Parece que este método fuera el único practicable y
legítimo; lo es, en todo caso, para escribir un libro de conjunto y
dejar un documento duradero, si no definitivo. El método del viajero
es casi fatalmente incompleto y superficial. Puede, sin embargo, no
carecer de utilidad, y hasta suele contener un elemento precioso,
casi siempre debilitado por la estancia prolongada: el choque vivo y
directo del contraste. Esta impresión instantánea y sincera, en que se
procede por comparación explícita ó sobrentendida, logra adquirir un
valor inapreciable, si es analizada inmediata y escrupulosamente por
un espíritu reflexivo. La sensación diferencial es la más espontánea y
segura de todas; todas las otras sensaciones pueden ser ilusorias, pero
la que comprueba una diferencia contiene siempre un fondo de verdad. No
son, pues, necesariamente frívolas y despreciables las observaciones
del transeunte, siempre que se formulen con buena fe, apoyadas en algún
conocimiento anterior del país recorrido y referidas á un término de
comparación que no sea ni muy análogo ni harto distante.—No necesito
decir que, en este rápido bosquejo de Chile, la base de referencia no
ha de ser mi país natal, sino la República Argentina: tengo para ello
todas las razones de utilidad práctica y de conveniencia especulativa.
Sobre un breve resumen de datos y rasgos significativos, procuraré
asentar un juicio hipotético, una conclusión provisional, que someteré
luego á la contraprueba de mis observaciones personales. Aunque fugaces
y fragmentarias, éstas serán relativamente probantes si concuerdan con
la teoría. No creo que exista otro método para que la impresión casi
repentina del viajero que no es un simple descriptor alcance alguna
eficacia documentaria. ¡Ojalá el que aquí habla no carezca en absoluto
de perspicacia, como no le faltan la conciencia y la sinceridad, para
que la observación directa y material sea una buena piedra de toque de
las inducciones sacadas de la geografía y la historia!

       *       *       *       *       *

Entre los factores sociológicos, son primordiales los permanentes
ó lentamente modificables: así el suelo y la raza. Son componentes
del primero, además de la extensión y naturaleza del territorio, su
configuración general y situación geográfica, que rigen su clima y
producciones. Ahora bien, entre todos estos elementos, sólo uno es
común á ambos países limítrofes; pero es tal su importancia, que basta
por sí solo para señalar una línea indeleble de separación entre éstos
y los restantes del continente austral. En el grupo de las repúblicas
latino-americanas, Chile y la Argentina son las únicas comarcas de
vasta extensión cuyo clima y latitud correspondan á los de la región
central europea.

Esta zona favorecida es la que parece, en la actualidad, plenamente
adecuada á la civilización que llamaré «secundaria». México y el
Perú, por ejemplo, han debido ser, por sus condiciones naturales,
los asientos de la civilización primaria en América, lo propio que
el Egipto y la India en el viejo mundo.—No es imposible, por otra
parte, que en un porvenir lejano se establezca sobre las ruinas de
la actual otra civilización «terciaria», más independiente del calor
solar y del medio ambiente, y cuyos límites se extiendan hacia las
regiones glaciales del norte y del sud. Pero, en el período presente y
el futuro divisable, es evidente que los órganos complejos de nuestra
civilización, fundada en la división del trabajo y las concurrencias
nacionales, no se desarrollan y funcionan plenamente sino allí donde
el clima intermedio y tonificante torna productiva la labor material
y estimula el ejercicio del pensamiento. Con la identidad originaria
de la raza europea,—muy modificada ya,—la analogía geográfica es,
pues, el primer elemento común á la Argentina y Chile. Casi todos los
otros son diversos, si no antagónicos; y ello ha bastado para crear,
en tres ó cuatro generaciones, dos variedades sociológicas americanas
profundamente distintas. Empero, y desde luego, no parece dudoso que
en el continente sudamericano la hegemonía deba pertenecer á los dos
pueblos favorecidos.

Para una población sensiblemente igual, que hoy mismo no alcanza á tres
millones de nativos, la superficie de Chile (deduciendo las recientes
anexiones) es la sexta parte de la República Argentina. Ahora bien,
en el sentido americano, lo que significa la expresión _organizarse
nacionalmente_, es, ocupar realmente el suelo bajo el triple aspecto
demográfico, político y económico: abreviando las distancias
despobladas y reduciendo los desiertos baldíos, multiplicando, por
fin, las agrupaciones urbanas, ganglios sociológicos depositarios de
la riqueza y transmisores de la civilización. La empresa acometida por
uno y otro pueblo, durante el medio siglo de su evolución decisiva
(1825-1875), ha sido, pues, tan desigual como la de dos propietarios
que, con recursos presentes casi iguales, resolviesen amueblar
y sostener sus casas respectivas, teniendo la una seis veces más
capacidad y departamentos que la otra.

Así, desde el principio de la Independencia, el formidable
problema de la organización nacional se ha planteado de una manera
incomparablemente más accesible y resoluble para Chile que para
la Argentina. En tanto que su medianía territorial (sin vedarle,
como al Uruguay, las grandes ambiciones patrióticas) facilitaba una
relativa condensación demográfica en los valles productores, su
enorme alejamiento de Europa disminuía singularmente sus aptitudes
como país de colonización. Á trueque de esta causa de lentitud en
el desenvolvimiento económico podía alcanzar un grado mayor de
homogeneidad y cohesión en su estructura social. El principio y el
fin de cualquier estudio comparativo entre ambos países está resumido
en esa última frase; todo lo que precede y seguirá no es sino su
comentario.

Al hablar de la raza chilena, no debe confundirse la clase dirigente
con la masa popular: si aquella capa superior es análoga por su origen
á la correspondiente en las otras repúblicas hispano-americanas, no
así la muchedumbre suburbana y rural. Al paso que la infiltración
europea—fuera de la española primitiva—era muy escasa en el grupo
superior chileno, es bien evidente que en la masa popular su mezcla
infinitesimal no merece tenerse en cuenta. El dato demográfico
que debe dominar constantemente todo paralelo entre estos pueblos
limítrofes, es el siguiente: según el último censo de 1885, Chile
contaba entonces, en todo su territorio, 26.241 europeos; ahora bien,
¡en el solo quindenio de 1871-1886 _se han establecido_ en la República
Argentina 650.000 extranjeros! Epilogad y reducid cuanto queráis: el
rasgo diferencial queda indeleble, y es tan significativo que, lo
repito, debe anteponerse á cualquiera otra consideración sociológica.
Durante el solo año de 1884, por ejemplo, la Argentina se anexaba por
la pacífica inmigración un número de agricultores europeos mayor que
el de los peruanos y bolivianos amarrados á Chile por los resultados
de la guerra. Admitiendo que ambos grupos anexos se hayan reproducido
en proporción igual: ved ahí, por una parte, un contingente de
chileno-peruanos, y por otra, un grupo igual de argentino-europeos,
agregados al núcleo nacional respectivo: la consecuencia no ha de ser
idéntica.

Es así como las leyes naturales de territorio y situación han creado
las variedades sociológicas que con el tiempo, factor omnipotente,
tendrán que acentuarse más y más. Mientras que la Argentina podía
esperar los resultados de su evolución social por la mezcla é
infiltración europeas, en Chile la necesidad desarrollaba en el
propio seno, y casi con los solos elementos nativos, las aptitudes
industriales, las virtualidades materiales é intelectuales, que
forman la compleja estructura indispensable para la vida de un
moderno organismo político. Siendo Chile una faja «de gran longura» y
mediocre extensión entre la cordillera y el mar, tuvo su pueblo que
procurar laboriosamente su desarrollo, ocupando la costa, surcando
el océano civilizador, atacando la montaña receladora de tesoros
ocultos, apropiando, por último, la zona intermedia y los valles
centrales á la alimentación del grupo entero. Todo fachada sobre el
Pacífico, ha sido marino, dedicado al tráfico internacional, y, á las
veces, preparado para las conquistas litorales; al hacerle minero, la
cordillera, que protegía su espalda é invadía su territorio escaso, le
impuso también la obligación, como le enseñó los medios, de cultivar
intensamente el suelo ingrato, abriendo sendas y canales, cortando,
cavando, nivelando, luchando victoriosamente con la estéril arena y la
roca enemiga. El aislamiento y la pobreza, por fin, acostumbrándole
de antiguo á bastarse á sí mismo, fomentaron su tendencia fabril; y
este propietario de las islas de Juan Fernández parecía en verdad
predestinado á realizar en América el tipo nacional de Robinson.
Agricultor, marino, industrial: sin influencias externas ni mezclas
exóticas, ascendió rápidamente á una situación sociológica superior
á la de otros pueblo más ricos, casi exclusivamente pastores ó
expendedores de productos preciosos.

Al propio tiempo que las leyes permanentes de la raza y del medio
delineaban los rasgos fundamentales de la fisonomía chilena, la
ausencia de la gran inmigración europea, innovadora y perturbadora de
la tradición, permitió conservar casi intacto el edificio colonial,
sin más que cambiar la inscripción de su portada. La revolución
chilena quedó exterior en sus causas y sus efectos: un ejército
argentino cortó definitivamente el cordón umbilical que ataba la
colonia á su metrópoli; y esta rápida operación, lejos de arrasar
con lo existente lo mantuvo en pie, reduciendo el cambio de estado
á un acto de emancipación y á la toma de posesión del país por los
nativos. El dictador O’Higgins casi pudiera creer que recibía y
administraba la herencia política de su ilustre padre, el fundador de
Santa Rosa y Vallenar. Todo concurría, pues, á perpetuar la dualidad
originaria del pueblo chileno: una clase dirigente en la punta de la
pirámide, una masa anónima y sumisa abajo, con una faja de separación
casi insalvable: así, en el cerro de Aconcagua, la zona amorfa de
arenisca impide que se confunda el conglomerado de la base con las
estrías del vértice. De suerte que, después de un breve extravío
democrático y un experimento único de federalismo que produjeron la
anarquía y bastaron á demostrar su falta de adecuación, elaboróse una
constitución resueltamente centralista,—tan poco democrática, que las
dos fracciones del grupo dirigente se han sucedido en el poder sin
alterar la forma constitutiva; tan poco republicana en el fondo, que
las facultades del presidente, unidas á la reelección indefinida—antes
de la reforma de 1871—y á su irresponsabilidad inmediata, eran más
importantes y absorbentes que las de un monarca constitucional.

       *       *       *       *       *

Conviene insistir en este consorcio armónico de la raza y la estructura
originaria con las circunstancias y las instituciones políticas, en
esta feliz apropiación del pueblo chileno al medio ambiente, porque
ello da la clave de esa evolución ulterior, que, con la colonia más
lejana y pobre del dominio español, ha hecho al pueblo más civilizado
y fuerte del Pacífico: á la nación que en cincuenta años de labor
incesante y administración honrada, tenía ya alcanzada la legítima
hegemonía moral en esta vertiente de los Andes, mucho antes que la
conquista militar le agregara su sanción brutal. Votada sin grandes
disidencias, después del sangriento conflicto que diera el triunfo al
partido conservador, la constitución unitaria del año 33 ha quedado
subsistente en sus grandes lineamientos, precisamente porque no era
más que la consagración legal del orden político históricamente
establecido. La accesión al poder del partido liberal no ha sido la
señal de destrucción de la constitución conservadora: han bastado
algunas reformas parciales y paulatinas para completar su adaptación.
En lugar de las veinte constituciones de papel que, en el pueblo
vecino, se volaban arrebatadas por cada tormenta anárquica, se ha
podido aquí, una vez por todas, esculpir en el granito la carta
fundamental; porque ésta no era una concepción artificial y postiza,
una ley teórica encargada de modelar las costumbres de todo un pueblo,
sino la reglamentación de los hábitos y tendencias seculares. Es
posible que el molde ideado ó copiado por los legisladores argentinos
fuera superior al chileno; pero éste fué hecho por medida y, sin
esfuerzo ni sufrimiento, han podido vaciarse en él las generaciones
sucesivas.—Una población centralizada y relativamente compacta; un
grupo superior apoyado en el clero católico, muestra y modelo de
las jerarquías, y apoyando á la vez sus pretensiones tradicionales;
un gobierno elegido periódicamente en la sola clase privilegiada,
rica y noble, que llevaba al poder sus tradiciones domésticas de
honradez administrativa, y que no podía buscar en el mando la fortuna
ó la satisfacción vanidosa que poseía desde la cuna; la existencia
originaria de dos partidos antagónicos, pero extraídos de la misma
clase superior y cuya rivalidad abierta era menos un peligro que una
garantía; abajo, la muchedumbre innominada, vinculada al terruño, á
la mina, al taller, sin más sentimiento común con la aristocracia
que el mismo patriotismo exaltado é intransigente, tan pujante en el
patricio que sacrifica fortuna y vida por la grandeza nacional, como
en el _roto_ humilde que vierte su sangre por una tierra que nunca
le perteneció, y pelea por instinto de raza como sus antepasados del
Arauco: tales son las grandes estratificaciones de la masa chilena, que
la organización política y la historia han contribuído á solidificar.

No hay aquí espacio ilimitado, ni horizonte misterioso y tentador;
nada, por tanto, que se parezca á la libre y feliz vagancia del gaucho
argentino en sus desiertos pampeanos ó en sus montes «arribeños». Cada
hombre del pueblo nace obrero, inquilino, peón, _roto_ del campo ó del
suburbio; todos tienen patrón, son moléculas de un fragmento compacto,
pertenecen á una _gens_ urbana ó territorial. Para mantener incólume
contra la infiltración externa tan anticuado edificio, no bastaban los
tradicionales hábitos de sumisión, fomentados por las supersticiones y
la ignorancia popular, hasta hoy tolerada fuera de las ciudades: era
necesario que todas las influencias ambientes y todos los resortes
internos conspirasen al mismo fin. Por el lado extranjero: la distancia
de Europa, la pronta ocupación del suelo, la escasez de buenas tierras
disponibles y el desarrollo industrial criollo, mantenían desviada
hacia el Plata la gran corriente inmigratoria é impedían la formación
de una numerosa clase media; por el lado popular: la raza enérgica,
el clima tonificante, la labor penosa de la montaña y del mar habían
forjado una masa proletaria sufrida y ruda, capaz de disputar el
suelo al inmigrante agricultor ó sostener contra el obrero europeo
la lucha por la vida,—instrumento excelente en la guerra como en la
paz, siempre que su arrojo brutal encontrara el saqueo como premio y
corolario de la victoria, y se le permitiera devastar las comarcas
opulentas que sus dueños enervados ó disolutos no sabrían defender.
Por el lado dirigente, por fin: junto al lujo, á las pretensiones
nobiliarias, á las distinciones de clase, á los mayorazgos y las
vinculaciones, á las preocupaciones de raza y religión, á todas las
vanidades prestigiosas que van desapareciendo,—han subsistido las
verdaderas condiciones y salvaguardias de las aristocracias: el voto
restricto; la ilustración y la autoridad moral; los grandes fundos
productivos; la concentración del grupo gobernante en una capital
mediterránea, lejos del contacto europeo y comercial; la ausencia
casi completa de clase media, por exclusión, no como en otra parte,
por confusión y mezcla de los rasgos sociales. Tal es la fuerte
organización histórica que ha hecho al Chile actual, ó más exactamente
al anterior á las últimas guerras: es decir, al primer pueblo de
Sud-América, si se tuviera sólo en cuenta el desarrollo normal y la
estructura coherente de la nacionalidad.

Advertid que este pueblo ha llegado al período adulto antes que
todos sus vecinos, bastándose á sí propio casi completamente en su
territorio, primitivamente el más pobre del dominio español. Ha
creado con su propia substancia ó la rápida é inteligente iniciación,
su administración moralmente ejemplar, su ejército y su marina,
cuyas campañas han despertado la atención del mundo; sus industrias
mineras y agrícolas, durante un medio siglo de orden interno que le
ha conquistado en los mercados europeos, antes que la gloria militar,
esa gloria económica que se llama el crédito. Además, ha llevado á las
especulaciones más altas y desinteresadas que constituyen propiamente
la civilización, sus cualidades nativas de conciencia juiciosa y
paciente laboriosidad. Sin duda, hanle faltado, no sólo el genio, la
llama sagrada, la originalidad soberana,—como á los otros pueblos
americanos,—sino la gracia elegante y el mismo gusto artístico: el
numen de Bello, descolorido y frío como el agua, ha presidido á sus
inspiraciones. Pero en las ciencias aplicadas, en la historia y en
el derecho ha seguido con paso mesurado y seguro las huellas de los
maestros. Su propia escuela de pintura y escultura revela cualidades
y aptitudes de disciplina poco comunes en América. Sus Facultades
profesionales é Institutos superiores ó secundarios parecen igualmente
dignos de aprecio por su administración y sus estudios. En suma,
este país posee en pleno desarrollo todos los órganos necesarios al
funcionamiento social: los que han quedado embrionarios ó faltan por
completo no son indispensables. No está demostrado que una nación,
aun en América, tenga que ser una democracia ateniense, ni siquiera
una república; y si Chile hubiera de continuar siendo una aristocracia
utilitaria más ó menos abierta, convendría estudiarlo imparcialmente
desde ese punto de vista, sin tener desde luego por inferioridad lo que
sólo revela al pronto una diversidad.

       *       *       *       *       *

Las líneas generales y las deducciones abstractas no pueden
forzosamente representar más que el esqueleto de un organismo tan vasto
y complejo como lo es una sociedad; no dan cabida á los accidentes que
alteran más ó menos profundamente el trazado teórico de la historia.
En anatomía y fisiología, por ejemplo, se dibuja el esquema rectilíneo
de un órgano ó aparato para explicar con eficacia mayor sus formas ó
funciones; la «fisiognomonía» caracteriza el juego de los músculos
expresivos de las emociones con rasgos precisos y rígidos, bosquejando
una cara humana con cuatro ó cinco rectas esenciales: claro está que
con ello no se pretende representar la imagen exacta y compleja de
una fisonomía ó de un órgano, los cuales jamás contienen el elemento
rectilíneo. Lo propio ocurre en estos ensayos de síntesis sociales: se
acentúa un rasgo característico y se omiten los accesorios, en gracia
de la sencillez y brevedad, pero sin pretender á la semejanza completa.
Además, en estos bosquejos provisorios, es fuerza fijar é inmovilizar
un estado general correspondiente á un período preciso y significativo,
descuidando las lentas deformaciones que son obra incesante del tiempo
y constituyen la evolución de un grupo nacional.

Por distante y aislado que estuviera, Chile no vivía solo en el
continente: de ahí ciertas influencias y modificaciones que nacían de
las infiltraciones vecinales, cuando no de las guerras de invasión ó
conquista. Á pesar ó en razón misma de su concentración mediterránea
en lo político y social, no podía dejar de fomentar el movimiento
comercial europeo que le traía los elementos vitales de que carecía, en
cambio de las materias primeras, cuya explotación y exportación eran su
fuente de recursos: de ahí el desarrollo material de Valparaíso y demás
ciudades litorales, cuyo contacto y corriente exótica introducían en la
masa colonial un fermento transformador. Entre Santiago y Valparaíso la
diferencia de naturaleza era tan profunda, que debía mantener vivo por
mucho tiempo el antagonismo. Irresistiblemente, la «democratización»
había de penetrar por la vía marítima; y la comunicación con el
extranjero ó la incorporación del forastero al grupo nativo tenía que
crear la clase intermedia, contigua al pueblo por su origen humilde,
mezclada á la aristocracia nativa por su fortuna. Activarían este
movimiento «igualitario» la difusión inevitable de la educación, las
propagandas del libro y de la prensa, los compromisos y promiscuidades
imprescindibles de las contiendas electorales.—Por otra parte, las
consecuencias sociales de las dos últimas guerras, exterior y civil,
serán probablemente mucho más considerables que las políticas. Podría
desde luego demostrarse que la primera ha traído á la segunda; y que
la militarización, unida á la brusca inflación de las rentas fiscales
por la anexión del territorio salitrero, ha generalizado el espíritu de
ambición y aventura, junto al gusto del agio y de las satisfacciones
materiales en una proporción antes desconocida. Sin aceptar las
exageraciones é injusticias partidarias, creo que la administración
Balmaceda señala un acceso de megalomanía nacional, fomentada por el
gobierno, pero cuyos estragos morales sobrevivirán al desgraciado
dictador. ¡De esa convulsión terrible no es sólo el papel de banco el
que sale quebrantado! Tal vez la misma conquista peruana contenga el
desquite futuro de los vencidos, y, guardadas las proporciones, pueda
aplicarse en cierto modo al vencedor el verso terrible de Juvenal:

  _Luxuria incubuit, victumque ulciscitur..._

Todo ello, y mucho más, habría de considerarse en una síntesis de
la sociología chilena, para redondear los ángulos agudos de una
apreciación tan somera como la que vengo ensayando. Sin embargo, todas
las variaciones adventicias no alcanzan á destruir los caracteres
fundamentales y específicos. Si los elementos arriba indicados
son realmente característicos, tienen que ser duraderos, aunque
no absolutamente fijos; y á despecho de todas las modificaciones
subsiguientes, Chile debe aparecer en conjunto al observador
imparcial, tal cual he podido inducirlo por su historia evolutiva
que nuevamente resumo. Políticamente: un pueblo centralizado,
con un poder ejecutivo predominante, una clase dirigente emanada
de la aristocracia de raza y fortuna territorial. Socialmente:
un pueblo amigo del orden y sometido á la autoridad legal, con
fuerte estructura orgánica y todas las cualidades y defectos de un
patriotismo exagerado, casi español; práctico por el espíritu y
la conducta; probo y severo en su administración; con horizontes
intelectuales proporcionados á los materiales; concienzudo, laborioso,
perseverante; económico, primero por necesidad y luego por hábito. En
suma, una nación más intrínsecamente completa que sus hermanas del
continente,—es decir, que ya ha pasado para ella el período de mayor
crecimiento;—predestinada por su organización y fibra viril á ser
vencedora de su vecina del Pacífico, cuya riqueza al alcance de la mano
era una tentación tanto más irritante cuanto más segura era la presa.
Un pueblo de tanta sensatez nativa, sin embargo, que contempla él mismo
y confiesa ya la influencia perniciosa de la conquista, y que, prudente
en los límites del honor nacional, parece sincera y verdaderamente
curado de nuevas veleidades invasoras.

En sus grandes líneas fisonómicas, tal había visto al pueblo chileno
antes de rozarme con él. Si, lo repito, mis inducciones son exactas,
han de concordar con mis actuales observaciones. Bien sé que no he
podido verlo todo ni estudiar nada bien; por más que en un país
centralizado el estudio de la capital sea de importancia incomparable,
comprendo que éste no basta, aunque le agregue rápidas correrías en los
departamentos vecinos y algunas visitas á Valparaíso y demás pueblos
litorales del tránsito. Con todo, los sondajes esparcidos en una vasta
extensión del país y multiplicados en su centro pueden suministrar
una base no despreciable para el estudio. No pueden tacharse de
erróneas las conclusiones por el mero hecho de no corresponder sino á
una proporción muy reducida de experimentos parciales respecto de la
totalidad. Si hay mil bolillas de diversos colores mezcladas en una
urna, y, extrayéndolas al azar, se obtiene una serie de diez bolillas
iguales, puédese afirmar matemáticamente, sin más averiguación, que las
de dicho color constituyen la inmensa mayoría.

En las páginas siguientes presentaré al lector algunos resultados de mi
extracción.



II

CHILE

EXPERIMENTOS Y COMPROBANTES


Como un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía levanta en
el corazón de Santiago su cono basáltico, frenéticamente adornado,
tallado, acicalado, compuesto y descompuesto por el ilustre intendente
Vicuña Mackenna, cuyo mayor defecto, así edilicio como literario, no
fué precisamente la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de
los santiaguinos; todas las descripciones del país celebran la octava
maravilla; no hay compendio escolar que omita su mención; y si os toca,
al apearos del tren de los Andes, la fortuna de caer en brazos de un
amigo chileno, tened por cierto que allí será la primera estación.
Es la visita de etiqueta y estreno; pero se la repite cuatro ó cinco
veces en una estancia de tres semanas. Hay un teatro de verano con su
palpitante repertorio de zarzuela española, una terraza en belvedere,
un _restaurant_ francés servido á la chilena ¡todos los atractivos!
Por fin, después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis,
al despediros, resumir en una hora veinte días de impresiones
fugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen. No
hay observatorio más sugestivo: los accidentes del paisaje cobrarán
ahora su real significado, como que serán efectivamente otros tantos
_signos_ materiales de ideas allí anidadas, síntomas visibles de una
tendencia social y, para el transeunte, como el toque de llamada de las
sensaciones dispersas.

Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento. Nada
extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento arquitectónico un
improvisador incoercible; lo importante es que tal adefesio haya sido
consagrado como una reliquia nacional, hasta el punto de no poder
criticarlo sin cometer un sacrilegio y ser declarado enemigo público.
«De Santiago al cielo, y desde allí, etc.»: ya conocéis la fórmula.
Hemos visto y veremos que tienen los chilenos muchas virtudes de
perseverancia y energía impulsiva; pero la elegancia no es una virtud,
ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus palacios de canto
dorado, lo propio que en sus tentativas artísticas y preferencias
intelectuales, notaremos tendencias parecidas á las que se ostentan en
su querido peñasco.

Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su vértice, el
cerro primitivo desaparece bajo una granulación postiza de piletas y
rocallas, acueductos romanos con almenas medievales, grutas basálticas
alumbradas con gas, precipicios de juguete con escaleras bien niveladas
y molduras en las barandillas: un hacinamiento pretencioso al par
que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad,
cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegetación.
Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los pimientos
vulgares; por sobre los ingratos eucalyptus se erizan la cácteas,
palmeras y demás plantas «literarias». Á guisa de puntuación de ese
poema churrigueresco, pululan á cada paso las chucherías cerámicas
odiosamente pintorreadas, las columnitas pseudo-griegas soportando
jarros símili-etruscos y «monos» de baja alfarería. Ese baratillo
ornamental evoca no sé qué recuerdos de vendedor de _tutilimundi_, cuyo
ambulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero romántico.
Y el resultado de tanta orgía decorativa es pequeño, disparatado,
mezquino, como un banquete de burgueses cicateros, un día de natalicio,
cuando se echa la casa por la ventana. Á medida que se va subiendo,
los contrastes grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El
cañón «de las doce», ó del _merodiano_, como dice mi cochero, queda
tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me pregunto si no
estará encargado de su disparo este ilustre inválido. Otra efigie,
también vecina, la del obispo Vicuña, pariente del Cerrero mayor,
parece bendecir la parroquia poco severa de las glorietas. Complemento
patético: el zócalo de la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado
... por otro pariente ¡naturalmente! ¿Quién duda que para ser buena,
como dice el refrán, ha de ser la ... cuña del mismo palo? Por fin, el
creador en persona no podía faltar á esta cita de familia: como para
subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores no vacilarán
en declarar de largo aliento, ha querido descansar en una capilla de
la cumbre, que completa (geodésicamente hablando) la triangulación del
teatro de tandas y del alegre fondín.—Desde el kiosko oriental que
corona tanta belleza se contempla todo el valle de Santiago.

(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No hago por ahora
comparaciones: declaro simplemente que, al lado de este desborde de
lirismo municipal, me parecen austeras todas las grutas y cascadas
de nuestros intendentes bonaerenses. Ello no se opone á que sea la
pasión sincera de los chilenos, su nostalgia incurable cuando lo
dejan de ver y, como tal, el verdadero «rasgo prominente» que el poeta
argentino Domínguez debería mencionar, entre «el sol ardiente»—¡tan
característico del Brasil!—¡y el imponente ombú de nuestra «pampa
grandiosa»! Sospecho que algunos lectores argentinos y muchos chilenos
encontrarán que, por esta vez, carezco de entusiasmo. Basta á mi
conciencia honrada saber que hago lo posible por ver bien las cosas y
describirlas como las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando
prodigo elogios, y topo cuando formulo críticas: y éstos siquiera serán
ingenuos. ¿Cómo no escribir de vez en cuando _cum grano salis,_ si es
en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe cien heridas por
día antes de devolver una por mes?)

Magníficamente, en su doble circo de serranías, el departamento de
Santiago se despliega á mis pies: en proyección casi vertical el
centro de la ciudad; los suburbios, en aérea perspectiva que huye
gradualmente, reducida y esfumada, hasta fundirse en la primera
ondulación de la montaña. No me cuesta imaginar que, en una fresca
mañana primaveral, después de un aguacero que cristalice la atmósfera,
lave los edificios y lustre las verduras flamantes, el panorama ha de
ser encantador, sin perder nada de su grandeza. Me toca contemplarlo en
esta tarde de otoño, agria y ventosa,—excepción tanto más deplorable
cuanto que casi todos los días pasados han sido de una serenidad
ideal,—después de seis meses de sequía que han tejido sobre las cosas
su telaraña gris y tendido en el espacio un velo de polvo flotante,
que empaña con la misma tinta neutral las construcciones nuevas y
viejas, los mustios follajes de la alameda y los siempre verdes del
encinar, los frescos cuadros de alfafares y praderas al pie de las
colinas cercanas y los pedregales de sus laderas. La sola Cordillera,
en su eterna y sublime tristeza, desafía estaciones y accidentes de
luz: llena todo el naciente con su rugosa escarpa pizarreña, estriada
de aristas y quebradas. Como una corona de plata sobre una frente
encanecida, un blanco festón nebuloso aguirnalda la cumbre nevada: y en
esa zona intermedia entre el cielo y la tierra, se duda si la cresta es
un cirrus congelado, ó si será la desflecada nube un jirón de nieve de
la cornisa andina, arrancado al pasar ...

El aspecto de la ciudad es monótono y triste. Como un vetusto damero
divisado al soslayo, extiende sus manzanas sucesivas, regulares y
descoloridas, sus azoteas de balaustradas alternando con el punteado
de los tejados y las canaletas del zinc. Casi todas las casas, aun en
los barrios centrales, tienen amplitud colonial; los follajes de los
patios y jardines rebosan de los techos rectangulares, remedando los
ribetes de musgo entre las losas de un patio secular. Desde aquí las
habitaciones apiñadas recuerdan, bajo su capa blanquecina, un rebaño de
ovejas apretadas en un corral; de trecho en trecho, como un pastor de
pie dominando los vellones grises, un campanario de iglesia se yergue
en el espacio. Ninguna originalidad, ni siquiera la copia correcta de
estilo alguno. He visitado las iglesias, y su vista lejana me trae
reminiscencias de su interior. La mezquina y moderna linterna de la
Catedral acentúa aún las desproporciones de la pesada nave jesuítica.
Las torres italianas de Santo Domingo son tan destituídas de carácter
como las españolas de San Francisco, ó las góticas de tal ó cual otro
templo de confección. Hacia el norte, cerca del cerro Blanco, la
Recoleta Domínica evoca sus suntuosidades advenedizas: innumerables
columnas y revestimientos de mármol blanco, pinturas murales de
belleza oleográfica, arañas y candelabros, vidrieras y bóvedas de lujo
flamante, dorado en todas las costuras, de una «banalidad» insuperable
... Por lo demás, esta decadencia de la arquitectura religiosa no es
achaque especial de Chile, ni de América; reina en el mundo entero y
hace cumplir su ley fatal. Hace más de dos siglos que las iglesias
nuevas no son sino postizos de cal y canto—cuando no de adobe
embadurnado. El templo levantado sin creencia es una copia inanimada
que ni á la belleza externa logra alcanzar. Nace viejo y prolonga su
existencia ficticia; se asemeja á una coraza de gliptodon: está intacta
la envoltura, pero no es más una piedra lo que fué un organismo vivo.

Aun á la distancia, se nota la escasez del movimiento urbano, la
casi nulidad de la labor moderna. No hienden el aire las chimeneas
de las fábricas, no desgarran el silencio los agudos silbidos de las
máquinas, ni llegan, por fin, á esta altura los potentes rumores de
las colmenas manufactureras que, en otras partes, roncan de día y de
noche y semejan la vasta respiración del monstruo industrial.—Pasa
al pie del cerro la magnífica Alameda, llena de follajes y estatuas,
bordada de mansiones señoriales, prolongándose desde el Mapocho hasta
la Estación central de los ferrocarriles: no es mucho más concurrida
y bulliciosa que la principal arteria de Mendoza. Al este, el río
que acabo de nombrar suelta dos ó tres hilos de agua en su profundo
lecho canalizado, separando el barrio popular de Ultra-Mapocho del
resto de la ciudad; en su margen izquierda el Asilo de la Providencia,
para niños expósitos, oculto entre frondosidades, me trae el recuerdo
de una visita dolorosa ... Delante de mí, la calle de Agustinas se
abre hasta la quinta Normal, con sus hileras de casas uniformes, sus
veredas estrechas y vacías, sin más animación que tres ó cuatro puntos
negros que se arrastran en cada cuadra.—Pero la vista quiere alzarse
y descansar una vez más en ese admirable horizonte que bastaría á
salvar á Santiago del mustio achatamiento. Como inmensas olas del
diluvio súbitamente petrificadas á la voz de un Dios, las hileras de
colinas se suceden, dominadas por otras mayores que dejan ver al macizo
principal por sus anchas escotaduras. Por sobre los hombros graníticos
de los cerros de Navia, San Cristóbal y Apoquindo, las dos grandes
sierras extremas parecen observar eternamente el valle de Santiago.
Al norte y al oriente la clara transparencia del cielo crepuscular
destaca deliciosamente los finos dentículos de la montaña. Hacia el sud
nebuloso, la hoya central de Chile se abre sombría y vaga, cerrando su
paso el San Bernardo, como fuerte destacado que custodia la entrada ...

Por vez postrera, sin duda, paseo una lenta mirada de adiós por la
primera ondulación de la cordillera, donde se recuestan en verde
anfiteatro las praderas cercadas de arboledas europeas, los ricos
parques y viñedos de Ñuñoa, Macul, Peñalolén, cuyo recuerdo tan
reciente vuelve hacia mí ya velado de tristeza. ¡Oh! ¡estas nuevas
simpatías á cada hora tronchadas son la gran amargura de los viajes!
¡Algunos amigos viejos han traído á muchos recientes, y en todos ellos
he hallado manos y hogares abiertos, hospitalidad generosa y cordial,
las mesas de familia con su tibia atmósfera reconfortante! ¡Cuánto
cuesta cumplir con el deber de amar la verdad por sobre todo y, al
decirla, herir acaso corazones leales que se quisiera acariciar!...

El crepúsculo ha sido breve; no hace una hora que el sol ha
desaparecido tras la sierra de la Costa que, ahora, se proyecta
duramente sobre el cielo opalino; se ha hundido en ese Pacífico
que mañana surcaré, solo y sin muchas ilusiones. Ya cae la noche,
instigadora y cómplice de las debilidades enervantes. Me siento
melancólico como una vieja romanza. Por sobre la cumbre de los Andes,
la luna asoma su cara pálida ¡y quedo mirando la luna! Sin cuidarme de
estar ó no ridículo, llego á pensar que algo me trae de la Argentina:
un tenue reflejo de otros ojos que la están mirando también, allá por
el Retiro, en una casita llena de niños. Y tanto, tanto miro que,
al fin, creo que el «sereno» me ha nublado la vista ... ¡Ay! ¡pobre
Mefistófeles! ¿qué se hicieron tus ironías?...

       *       *       *       *       *

Chile vale más mirado de dentro que de fuera, y esto es particularmente
cierto respecto de su capital. Santiago no es, en detalle, tan
mediocre como en conjunto. Olvidemos las exageraciones del patriotismo
de campanario; no reparemos en los textos escolares que enseñan á
los niños chilenos la evidente supremacia de su nación sobre todas
las hispano-americanas, y celebran la grandiosidad de Santiago y
la «magnificencia de sus edificios particulares y públicos». Es la
verdad que la República Argentina no posee, sin disputa posible, una
capital de provincia comparable con las dos principales ciudades
chilenas. Ni Córdoba puede equipararse á Santiago de Chile, ni mucho
menos el triste Rosario á Valparaíso. La capital, especialmente, posee
algunos edificios bastante notables. No incurriré en la vulgaridad
de prolongar estos paralelos materiales, ni estoy aquí para informar
sobre albañilería; pero puedo afirmar que el palacio del Congreso
nacional, la Escuela de medicina y algunas otras construcciones
modernas, harían figura honorable en cualquiera ciudad americana. No
dejaré de mencionar la Quinta Normal con sus múltiples aplicaciones,
científicas, artísticas—y culinarias;—la Alameda soberbia, poblada
hasta el exceso de estatuas militares y civiles, el gran hospital de
San Vicente y, para no ser ingrato, el parque Cousiño, cuyas frondosas
arboledas humillarían á las de nuestro Palermo. Pero si, para los
porteños inteligentes, es materia entendida que Buenos Aires es una
gran ciudad sin monumentos ¿cómo queréis que reservemos nuestra
admiración para edificios como la Moneda, la Universidad, los bancos
y teatros, las bibliotecas y colegios, los hospicios y prisiones,
las iglesias y cuarteles—seguramente no superiores en general á
los similares de allá, que reputamos insuficientes y provisionales?
Algunas casas particulares son célebres por su lujo de construcción
y amueblado ¡que las disfruten sus dueños y las admiren los _snobs_!
Mientras existan los originales europeos, no tendré que celebrar sus
copias americanas más ó menos correctas. Y seguro estoy de que algunas
mansiones coloniales de aquella Lima, hoy arruinada y viuda de su
antiguo esplendor, moverán mi sentido estético más hondamente que las
opulencias allegadizas é importadas de ciertos palacios santiaguinos
que no necesito nombrar y en los cuales, como diría Molière, abundan
los «solecismos» de gusto y adaptación. Los grandes monumentos
artísticos están en otra parte, allá donde se han desarrollado
lentamente y florecido durante siglos las civilizaciones originales.
Las naciones americanas son principalmente interesantes por sus sitios
naturales, sus costumbres nativas en conflicto con instituciones más
ó menos adventicias; y secundariamente por aquellas realizaciones
materiales que son síntomas reveladores de su evolución política y
estructura social. Á este respecto, la visita de algunas haciendas y
fundos rurales es infinitamente más significativa que la de las «casas
romanas» y «alhambras» de la capital.

       *       *       *       *       *

En las puras democracias, es casi inevitable que la formación ó
estructura urbana se extienda y predomine gradualmente sobre la rural.
Durante mucho tiempo, puede, sin inconveniente y aun con provecho
general, suceder lo contrario en las aristocracias. Desde este punto de
vista, Chile y la Argentina se encuentran respectivamente en la misma
situación que Inglaterra comparada con Francia. Entre nosotros, años
hace que un gran «estanciero» ó agricultor no pasa sino por excepción
algunos meses en su propiedad de campo. Dirige la explotación un
mayordomo; los empleados y peones casi no conocen al verdadero patrón,
que gasta en la capital—ó en Europa—el producto de la hacienda. No
siendo dicha propiedad un punto de residencia habitual y, por otra
parte, hallándose regularmente á distancia considerable de Buenos
Aires, es natural que la casa é instalación sean provisionales y apenas
confortables. Aquí las condiciones son muy diversas. La estrechez
del territorio productivo aproxima las distancias, al par que la
mediocre extensión de los fundos permite multiplicarlos en el mismo
valle. Siendo terrenos de cultivo y regadío, es decir, de producción
intensiva y valiosa—viñas, cereales, forrajes, etc.—su explotación es
obra complicada y minuciosa que requiere la presencia del dueño y su
inmediata vigilancia. Agregad á ello que el fundo es un feudo: la base
y justificación de la estructura social, una morada estable así para el
señor como para los siervos. De ahí que las haciendas rústicas chilenas
sean, por lo confortables y hasta opulentas, verdaderas residencias
«dominicales», habitadas gran parte del año por el propietario y su
familia, que casi siempre han viajado en Europa, visitado á Francia,
Alemania y sobre todo á Inglaterra, la gran escuela de la vida rural.
Esta faz, con la minera, es la más interesante y característica de
Chile. Lujo de ciudad, importado y chillón, lo hay en todas partes, y
singularmente en las «tierras calientes». Lo que me parece propiamente
chileno, es la sana y amplia existencia del _gentleman farmer_
americano, en su fundo de viñedos y alfalfares surcados de acequias,
con sus bodegas provistas de todos los aparatos de vinificación
científica usados en Francia, disfrutando con su familia, en su casa
llena de muebles, tapices, cuadros y libros, y rodeada de parques
y jardines, todas las ventajas de la civilización urbana sin sus
inconvenientes morales y físicos.

Esta faz social de Chile, lo repito, bastaría á revelar su estructura
fundamentalmente aristocrática. Hay muchos otros rasgos que lo
confirman. Algunos, como la educación pública, la vida política é
intelectual, las preocupaciones de casta y religión son visibles á la
distancia; otros son más íntimos y requieren observación directa: así,
los gustos, las tendencias generales del carácter, las manifestaciones
pasionales del individuo y de la colectividad. Estos son los más
difíciles de determinar porque son los más importantes. Es facilísimo
comprobar, por ejemplo, que la prensa periódica no ha salido aquí
de la infancia, en cuanto á difusión é instrumento de información é
influencia. El número de periódicos para todo el país es casi la mitad
del nuestro; pero la circulación diaria total no excede por mucho la
de un gran órgano platense. Su material es indigente; todos ellos se
copian mutua y cándidamente; la misma noticia gira durante una semana,
indefinidamente repercutida. La explicación es evidente: entre la clase
dirigente, que es un grupo, y la masa popular que no sabe leer, falta á
la prensa la inmensa clientela de la clase media.

¿Queréis ver confirmada esta última aserción, y comprobar la
convergencia de ambos rasgos sociológicos? Observad el organismo
educativo, y, desde luego, las estadísticas, que no acepto sino en
globo y por sus totales más interesantes. En tanto que las cifras
relativas á la educación superior y secundaria son en Chile mayores
que las correspondientes en la Argentina, las estadísticas de la
instrucción primaria revelan un cuadro exactamente opuesto. De las
sumas respectivas, resultaría que las matrículas primarias alcanzan
aquí á la mitad de las nuestras; pero si se consideran otros factores
concurrentes, y especialmente la asistencia, creo que un tercio sería
la proporción real. En cuanto á la calidad de la materia educativa
suministrada, sería temeraria cualquiera afirmación categórica: pero
si es posible extender á la totalidad los rasgos de una parte central,
inducir el fondo por la superficie, la clase de enseñanza por el valor
de algunos profesores, y el trabajo de los alumnos por el aspecto
disciplinario del establecimiento, creo que también deben admitirse las
diferencias cualitativas en el mismo sentido que las cuantitativas. La
educación media y universitaria ha de ser más sólida aquí que allá; la
común y normal decididamente inferior. Repito que estas apreciaciones
son meramente conjeturales, casi instintivas, nacidas de impresiones
forzosamente superficiales y fragmentarias. Además, la seguridad de ser
leído en Chile me obliga á mantenerme en la vaguedad; no me resuelvo
á precisar qué lecciones he oído, qué conferencias me han parecido
deficientes; y no pudiendo torcer le verdad, prefiero omitirla.—La
exacta justicia es posible con las colectividades, ó con ciertas
individualidades cuyas obras y actos admiten de suyo la discusión.
¿Cómo sacar á la luz pública y en són de crítica á un modesto empleado,
á un honrado profesor que se esfuerza quizá por ser irreprochable y
tiene la ilusión de conseguirlo?

Existe, por otra parte, un criterio indirecto para apreciar la eficacia
de la educación secundaria y superior de una nación; es el método
evangélico: «por sus frutos los conoceréis». Fuera de las aptitudes
personales, cuya selección se hace sin intervención extraña, hay un
promedio de ilustración general, que se manifiesta en la prensa, en
las revistas especiales, en la cátedra, en el parlamento,—y que puede
tenerse por el producto directo de la educación. Agregando á lo que ya
conocía, lo que en estos días he logrado colegir, creo poder ratificar
la conclusión arriba formulada. Hay conciencia, estudio, aplicación en
el vario ejercicio del pensamiento: pero este pensamiento en sí mismo
carece de tendencia propia, de originalidad. La fibra nerviosa es sana
y enérgica: no tiene espontaneidad. Ahora bien, esta irritabilidad
delicada y espontánea es lo que se llama _talento_.—Pero un pueblo
puede cumplir su evolución y ocupar dignamente su rango en la historia,
sin que abunden en sus generaciones los hombres de talento original;
así, la Suiza y, en cierto modo, los enormes Estados Unidos. Es verdad
que los hábitos de estudio y conciencia científica no constituyen más
que una asimilación; pero esta atmósfera intelectual es una condición
de vida y fecundidad para los genios posibles. Otros países hay
donde un espíritu superior que accidentalmente apareciera no podría
desarrollarse por la inferioridad del medio circunstante. En Chile, el
terreno está preparado para recibir al genio nacional que hasta ahora
no ha surgido.

¡Dualidad extraña y al parecer contradictoria! Ese pueblo de fibra
tan enérgica, ese conquistador lleno de audaz arrojo para la acción,
se muestra en la especulación intelectual el más sumiso y tímido de
los discípulos. Ha pedido á la Europa y á esta misma América sus
iniciaciones diversas—á semejanza de sus antepasados coloniales que
enviaron al Cuzco por civilización: ha oído las lecciones de Gay,
Domeiko, Philippi, Courcelle-Seneuil, Bello, fuera de la pléyada
argentina de la emigración que ilustró á Santiago, después de
desbastar á Copiapó. No parece sino que esta prolongada influencia
debiera imanar para siempre el acero nacional. Pero nada de esto ha
sucedido: los sabios que desaparecen dejan un semillero de excelentes
discípulos, juiciosos y aplicados, entre los cuales ninguno ascenderá á
maestro. En la minería, que tanto han practicado, muchas modificaciones
y procedimientos felices son chilenos—pero debidos á un ingeniero
francés ó un boticario alemán aquí establecido. El vuelco favorable
de su guerra con el Perú es en parte debido á la oportuna captura del
_Huáscar_ en Punta Angamos; ahora bien, un chileno me afirma que esa
captura se hizo posible porque hubo en Valparaíso un extranjero que
descubrió este huevo de Colón: limpiar los fondos del _Blanco_ y del
_Cochrane_, en pocos días y sin dique de carena, devolviéndoles así su
perdida velocidad.—No son inventores en ramo ni grado alguno, porque
no llegan jamás á dominar su materia con despreocupación y desdén de
las fórmulas doctrinales. _Magister dixit_: tal es el principio y el
fin de su sabiduría. Su actual discusión por la prensa nacional de la
cuestión económica, es un «entrevero» de citas escolares: atribuyen á
causas artificiales la desestimación de su moneda fiduciaria, en lugar
de buscarla cada cual en el desequilibrio de su presupuesto casero, en
el gasto superior á la producción,—lo mismo que entre nosotros,—á
la baja de sus productos mineros, al desarrollo de la importación
improductiva. Creen todavía en la anticuada majadería de Bastiat contra
la «balanza del comercio» ó, despistados por el equilibrio aparente
de su _debe_ y _haber_, obtenido merced á la enorme partida de los
salitres, no alcanzan á ver que esa exportación es ficticia para el
país y sólo real para el fisco. En realidad, respecto de Chile, la
situación económica no hubiera variado en absoluto si, en lugar de
poseer á Tarapacá, impusiera á su legítimo dueño una contribución de
guerra igual al producto fiscal de las salitreras. Fuera de la cuestión
muy secundaria de los brazos chilenos allí empleados, es, pues,
evidente que la exportación anual del nitrato de sodio podría subir de
20 á 40 millones de quintales y representar una entrada fiscal dupla
de la actual, sin que la condición económica del país se modificara
sensiblemente: no es producción nacional. En consecuencia, ¡se está
clamando por una nueva discusión de la tesis en el Congreso reunido
extraordinariamente, y por la promulgación de una ley que tenga la
virtud de equilibrar el presupuesto de los que gastan más de lo que
producen, y reciben mucho más de lo que envían á la Europa tutelar!

Esta tendencia intelectual á contentarse con las causas segundas y
cobijar las opiniones propias bajo la garantía de una autoridad, se
hace perceptible en todas las direcciones del pensamiento chileno.
No siendo caso de una crítica personal, creo que puedo, sin faltar
á las reglas de conveniencia que me he impuesto, aludir á una
conferencia á que he asistido en la Escuela de medicina. Se trataba de
una lección inaugural, ante alumnos ya casi médicos; la competencia
profesional del catedrático no es para mí dudosa—agregaré que, lejos
de ser un práctico estrecho, es un espíritu abierto á las múltiples
manifestaciones del arte y la literatura; él mismo me había invitado á
su clase y, por fin, el campo que se iba á recorrer previamente, antes
de explorarlo en sus detalles, era esa región perturbante y crepuscular
de las neurosis, á cuyo estudio ningún pensador moderno puede quedar
extraño ... Esperé una exposición filosófica de la materia mas obscura
y temerosa de la ciencia, una crítica elevada de los métodos todavía
tan vacilantes, de las conclusiones tan conjeturales aún, de los
resultados terapéuticos, tan caprichosos y contradictorios como las
mismas entidades mórbidas acometidas.

Sin preámbulo ni resumen alguno, sin ensayar siquiera una
clasificación, el profesor entró en materia con la descripción de
la ataxia locomotriz: causas, pródromos, antecedentes precursores;
hizo entrar á un enfermo, pidióle que contara su historieta, comprobó
en él los síntomas clásicos, marcha, pupila, reflejo de la rodilla;
después de una alusión al «pansifilismo» de Fournier, prescribió el
tratamiento correcto, como si fuera infalible—y cuando pensé que iba
á comenzar, había ya terminado. Era la conferencia de apertura. Ni una
mención de las grandes y terribles cuestiones provocadas por el estudio
psicológico y social de los accidentes ó degeneraciones del mecanismo
nervioso; ni una vacilación respecto de la certidumbre de la etiología
y la eficacia del tratamiento. Allí no asomó la duda, que es el
_initium sapientiæ_ y la estampilla del verdadero espíritu científico.
Para esos jóvenes estudiantes, se presenta el mar tenebroso de la
medicina bajo el aspecto de un camino de hierro cuyos viajeros conocen
de antemano el itinerario, desde el punto de partida hasta el término,
con exacta indicación de las estaciones intermedias y su minuciosa
filiación.

—¡Oh! ¡sabia desconfianza y prudente escepticismo de Claudio Bernard!
¡_Ignorabimus_ fecundo de Dubois-Reymond!

Lo propio en el arte que en la ciencia. Años ha que concibieron el
propósito extraordinario de adjuntarse, con gran refuerzo de estudios
pertinaces y laboriosa constancia, una «Escuela normal» de bellas
artes: trajeron pintores europeos,—entre éstos estaba indicado
Monvoisin, correcto alumno de David, algo así como un Bello de la
pintura convencional,—enviaron á Europa escuadras de artistas
bisoños ... Nosotros siquiera tenemos el consuelo de que muchos de
nuestros pensionados huelguen infatigablemente: éstos estudian, buscan,
se aplican, se dan un trabajo de los mil demonios, vacían durante
veinte años arrobas de color sobre hectómetros cuadrados de lienzo;
acometen la historia, el paisaje, el retrato, el bodegón con increible
perseverancia. Prolongan su aprendizaje hasta los umbrales de la vejez,
vuelven para continuarlo á la sombra inspiradora de sus montañas, y
enriquecen con una generosidad afligente sus colecciones nacionales
de reflejos y copias de todas las escuelas conocidas—excepto de la
escuela chilena. Todos ellos son discípulos irreprochables en punto á
conducta y aprovechamiento; aprenden su lección con toda conciencia,
y algunos, como Lira, Valenzuela, Orrego, dibujan con habilidad ó
muestran cualidades reales de coloristas: pero quedan discípulos, sin
gusto propio, sin iniciativa original y, lo que es más incurable, sin
la tentación de una audacia feliz. Pintan y esculpen incansablemente
Valdivias y Caupolicanes, batallas terrestres y navales, con un ardor
patriótico que merecería recompensas en cualquier otra parte que en
el Salón. Pero es lástima y gran injusticia que con el más ardiente
patriotismo no se supla al genio ausente. Todavía no hay gente en casa;
si bien fuera impertinencia gratuita desesperar del porvenir.

En arquitectura, _ut supra_. En música, no creo que sus ambiciones
pasen de la _Marina_ para la generalidad, y de _Rigoletto_ para los
iniciados. He asistido, por ejemplo, á un atentado público contra la
_Misa_ de Verdi, que borra todas mis impresiones musicales de Bolivia
y Tucumán: el público aplaudía frenéticamente. Al día siguiente quise
desquitarme leyendo la protesta indignada de la prensa: todos los
diarios pedían la reincidencia y maltrataban al público por no haber
acudido en masa á esta «interpretación nacional».—En literatura, por
fin, importaron á un Boileau venezolano que les enseñó la lengua hasta
el purismo, la gramática hasta la superstición; se saben al dedillo la
retórica, la poética, todas las nimiedades bizantinas de la literatura
preceptiva,—y ello da por resultado un ciclo poético que arranca de
las odas de dicho Bello ¡y remata en los sonetos de Guillermo Matta!

Nada, por fin, revela con más elocuencia esa vocación ó tendencia
irresistible para catecúmenos intelectuales y discípulos jamás
emancipados, que su evolución militar: con ser el pueblo más
instintivamente guerrero de América, de amor propio más celoso y
patriotismo más pronto á salirse de madre, acaece que sus grandes
páginas de gloria han sido redactadas por extranjeros.—Anteponiendo
el orgullo patrio á la vanidad nacional, con tal de asegurarse la
victoria, los oficiales y soldados chilenos soportan hoy la autoridad
técnica de un jefe alemán, depositario, según ellos, de los secretos
que reservan el triunfo decisivo, y quien probablemente les revelará
la táctica y estrategia con tanta eficacia como Monvoisin les enseñara
pintura y Courcelle-Seneuil, economía política. Podría multiplicar
los rasgos concurrentes que forman esta curiosa y compleja fisonomía
de pueblo sudamericano, con su espíritu á la par conquistador y
disciplinado, altivo y sumiso, ambicioso de ciencia y arte sin
aptitudes visibles para sabio ni artista, perseguidor tenaz de la
belleza á quien espera rendir con la voluntad paciente y el esfuerzo
infatigable, á falta de gusto exquisito y gracia seductora,—casi tan
tímido en la iniciativa cuanto resuelto y tenaz en la prosecución. En
suma: una figura enérgica y digna de estudio por sus solos contrastes
intelectuales, aunque sus rasgos morales no atrajeran imperiosamente
nuestra atención, en razón directa, precisamente, de su diferencia
radical con los rasgos más característicos y propios de la fisonomía
argentina.

       *       *       *       *       *

Como la Macedonia, como la Prusia, Chile es deudor de su poderío
actual á su pobreza primitiva. Este país oligárquico es hijo de sus
obras. La vida ruda y escasa es tan buena maestra para el pueblo como
para el individuo. Á sus difíciles condiciones de existencia inicial,
debe sus hábitos de orden, parquedad y economía, que se han traducido
con igual fidelidad y eficacia en el carácter moral del ciudadano y
en la estructura orgánica de la colectividad—y, desde luego, en su
administración pública, severa y proba. Sus ejércitos han saqueado
desapiadada y odiosamente á los peruanos: pero sin que un sólo jefe
volviera rico por un acuerdo secreto ó una transacción. Han combatido,
derrocado y maldecido con exagerada y frenética pasión, esa breve
tentativa de gobierno personal que ellos llaman la «dictadura»,
pero no se ha oído una acusación de peculado contra el dictador ni
sus «cómplices», mucho menos contra sus adversarios y sucesores.
Con la misma facilidad inconsciente con que funciona normalmente
un organismo sano—sin elaborar principios tóxicos los aparatos
encargados de mantener la salud, ni producir desórdenes internos los
centros directores—aquí, la dictadura, la revolución, la restauración
constitucional, se han sucedido sin que en lo esencial se modificase
ni alterase el mecanismo administrativo. Ningún régimen político ha
necesitado justificar su accesión al poder, prometiendo castigar
fraudes y malversaciones de sus antecesores ú opositores, porque está
admitido y sobrentendido que tales delitos no han podido cometerse.
Salvo excepciones, la honradez administrativa es allí tan elemental
como el aseo físico en persona decente. Este rasgo heredado de la
colonia y transmitido á las generaciones como un depósito sagrado, no
tendría casi valor positivo en Europa y apenas merecería mención: en
América debe considerarse como el mayor de los elogios, puesto que es
la primera razon de la grandeza chilena y el secreto de su hegemonía en
el Pacífico.

Chile ha tenido sesenta años de verdadera administración: esta
proposición breve y sencilla es el resumen de su historia. Ha sabido
utilizar desde el origen su fuerte estructura colonial para robustecer
y perfeccionar ese funcionamiento administrativo, de tal suerte que su
solidez ha resistido, sin destruirse ni falsearse, á todos los choques
externos ó presiones internas de las guerras y revoluciones. Todos
los hechos de su historia, todos los actos de sus gobiernos, todos
los documentos de su existencia semisecular, demuestran á las claras
la realidad á para que la eficacia de su sano régimen constitucional.
Ahora bien, en la base del edificio, lo que siempre encontraréis es
la severa probidad, la economía minuciosa, la escrupulosa honradez,
así en el mandatario principal como en el subalterno. Sería muestra de
tanta frivolidad superficial el despreciar este elemento íntimo de la
estructura chilena, como tener por secundario en fisiología el estudio
de la célula—unidad primordial de los tejidos y aparatos del organismo.

En Chile, donde el duelo no se conoce sino por accidente, el
sentimiento del honor bien entendido, la seriedad y vigilancia de la
opinión, la consideración adherida al empleo público que confiere un
certificado de idoneidad muy apreciado, han sido suficientes hasta
ahora para obtener del empleado el máximum relativo de capacidad
y dedicación, con el mínimum de retribución pecuniaria. Sabido
es que algunas de las funciones más importantes del Estado son
gratuitas, _honoríficas_, en el pleno sentido de la palabra; además,
la mayor parte de las retribuídas establecen tanta desproporción
entre la importancia del cargo y su compensación material, que debe
necesariamente ser llenado con algo el vacío intermedio, y restablecido
de algún modo el equilibrio. Este _algo_ intangible es la consideración
pública;—¡ay de los países donde ese humo de puro incienso no flota
eternamente en el espacio!—y vuelve á la memoria la vieja proposición
de Montesquieu sobre «el honor, principio de las aristocracias».
Desgraciadamente, no puede recordarse sin una sonrisa la proposición
complementaria acerca del régimen democrático, ¡que descansa «en la
virtud»!

El estudio comparativo de los presupuestos argentino y chileno sería
fecundo en enseñanza; lo he practicado teniendo en cuenta todas
las diferencias que fluyen de la diversidad en la organización
general—y, desde luego, el hecho del régimen federal, que sobrepone
entre nosotros catorce presupuestos provinciales al de la nación.
Compréndese que no me sea posible en estas notas rápidas abundar
en detalles y comentarios. Pero señalo la utilidad de este estudio
razonado á alguno de nuestros jóvenes publicistas. Allí verá y pondrá
en pública evidencia las diversidades de carácter y organización, que
se revelan claramente por la desproporción general de los sueldos y
pensiones en uno y otro país. No hay necesidad de decir de qué lado
están la modestia y la prudente parsimonia. El departamento que, por
muchas razones, llama especialmente la atención, es el de la guerra.
La comparación de lo que cuesta á Chile su ejército actual, que no
alcanza á la mitad del argentino, es altamente instructivo. Al pronto,
y no considerando sino los totales, las proporciones están guardadas—7
millones para Chile y 13 para la Argentina;—pero cuando se analiza
la composición de las planas mayores se llega á la estupefacción: aquí
12 generales por 42 allá; 18 coroneles en lugar de 124; 40 tenientes
coroneles chilenos por 190 argentinos, fuera de 100 en la reserva, etc.
¿Cómo se establece entonces el equilibrio en los gastos presupuestos?
Con la dotación del soldado, con su racionamiento severamente
justificado, con su sueldo de 30 pesos mensuales, casi triple del
sueldo del argentino.

Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante entre
los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes visitadores
argentinos habrán visto mejor que yo los lados fuertes y débiles de la
organización chilena, no prescindiré de unir mi testimonio al de los
que se han producido por ambos lados de la Cordillera. Sinceramente,
Chile quiere la paz. Mi condición de extranjero y, acaso, alguna
facilidad mayor para gastar franqueza con algunos viejos amigos
chilenos, me han dado la plena convicción de que, en la actualidad,
todo peligro de guerra ha desaparecido—puesto que es harto evidente
que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pensamiento de
agresión. La grandeza de la República Argentina no se funda en las
anexiones, ni perturban su sueño las glorias ajenas: nuestra verdadera
anexión fecunda é irresistible de un fragmento de Chile, será la
avenida de chilenos que pedirán el bienestar y la abundancia á las
territorios del sud de Mendoza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada
la agitación estéril que la cuestión de límites entretuviera entre
pueblos de índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo
asegurada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido, tan
pronto como Chile deseó que sucediera. ¿Completaré mi pensamiento? Creo
que, al indicarlo siquiera, cumplo con un deber: lo que ha fomentado en
Chile el deseo de la paz, es el convencimiento evidente, irrefragable
de su necesidad.

Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de las situaciones
respectivas, habríamos comprendido que, á pesar de las faltas, de
las deficiencias, de las llagas visibles de nuestra organización
militar, la partida era desigual y, á la corta ó á la larga, no podía
su resultado ser dudoso. El «boa constrictor» que se pintara alargado
en el Pacífico hasta tener su boca en Tarapacá, podía mover hacia la
Tierra del Fuego su cola aprehensora: tiempo ha que los dardos caudales
pertenecen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino era
ya muy difícil, aun para un boa constrictor ¿cuánto más lo sería su
digestión?—Los embarazos financieros y las inquietudes de la situación
política justifican plenamente la actitud contenida del gobierno
argentino. Pero, mejor informado, acaso hubiera juzgado que sus
responsabilidades patrióticas no eran tan solemnes como se presentaban
en la apariencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria,
en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente pudo ser la
entrega de sus pasaportes á un ministro imprudente ... En suma, todo ha
concluido bien: _all’s well that ends well_.

Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha revestido esa
vieja «túnica de Neso», empapada en sangre ponzoñosa y que se
adhiere á sus carnes inoculándoles el virus funesto. Lejos de ser
un remedio, las engañosas riquezas de Iquique son la fuente del
mal. El Perú le ha contagiado el germen de su propia decadencia: la
riqueza fiscal, desmoralizadora y corruptora, cuyos corolarios son la
prodigalidad disolvente en los presupuestos, los premios ofrecidos al
_condottierismo_ electoral, la empleomanía, el militarismo que, no
encontrando presa por fuera, la busca por dentro y se torna elemento
agitador. Coincidiendo con la baja de su producción industrial y la
depreciación de su moneda, la repleción de las arcas fiscales no sería
un síntoma de salud, sino de apoplegía cerebral. Balmaceda no habrá
muerto en vano si su partido vive ó debe renacer. La instabilidad del
gobierno se acentúa, y la anarquía empieza á manifestarse en las formas
terribles del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que
los países nuevos sufran una vez en su vida esta _viruela_ epidémica y
febril: la anarquía social, ¿quién sabe si no ha sido mejor conocerla
en los años juveniles de fácil curación y pronto restablecimiento?
¿Quién sabe si el estado presente del Brasil y el próximo de Chile
no deben hacer llevadera para la República Argentina la larga prueba
sangrienta que enluta su historia y que ya no puede volver?[2]



III

DE VALPARAÍSO Á LIMA

LA SERENA.—CALDERA.—ANTOFAGASTA.—IQUIQUE

  Á bordo del _Laja_.


Aquí desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente por el viaje,
que antes es tonificante y vigorizador, pero muy impregnado aún de
vida argentina y casera; sobre todo, con el alma dolorida, magullada
por los sacudimientos de la separación ... Al pronto, Valparaíso me
pareció bastante mediocre de extensión y neutro de carácter. Á pesar
del clima delicioso en este mes (abril) y del relativo _confort_ de la
vida física, el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni
amplitud, la inevitable monotonía de una actividad, para mí exterior
y ajena, me saturaron en seguida. Temí entonces mostrarme injusto
para con el primer puerto de Chile, si me detenía en él tan mal
«acondicionado», en la brusca soledad del extrañamiento, y tomé el
portante para Santiago, donde me esperaban algunos amigos de juventud
...

Vuelvo hoy al «puerto» para tomar el vapor de Lima. No me encuentro
tan aislado como en los primeros días. Gracias á la benevolencia de
los diarios y al viento favorable que sopla de la Cordillera—¡todo
de paz y fraternidad!—me han salido al paso nuevas relaciones, más
fáciles y numerosas de lo que pude sospechar. Frecuento dos ó tres
clubs, algunas casas de familia, visito establecimientos públicos. Por
supuesto que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordiales
ó simplemente corteses, que constituyen la conquista menos discutible
de la civilización y, como si dijéramos, la moneda fiduciaria de la
amistad. Me aprovecho de todo ello para mirar de cerca lo que antes
entreví.

Mi primera impresión general se modifica muy poco. El verdadero
Chile está en Santiago, no en Valparaíso.—Con sus barrios populosos
del Puerto y el Almendral, sus muelles y _docks_ de vaivén poco
vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias de aceras europeas,
medianamente agitadas, y cortadas por callejuelas que escalan al
pronto los cerros rojizos; su población cosmopolita desarraigada, sus
plazas é iglesias de imitación, sus tiendas previstas y sus monumentos
modernos (el erigido á la «Marina Nacional» es interesante, si bien de
efecto algo teatral),—Valparaíso es el puerto de comercio _en sí_,
que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los menos vastos
y pintorescos: el Rosario ó el Callao, Bahía y sus ascensores—menos
el espléndido aderezo tropical,—una Veracruz más amplia y limpia, un
Montevideo reducido á la mitad ... Pues, á pesar de las diferencias
íntimas y el contraste de las latitudes, todos los puertos marítimos se
parecen insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consigue
nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales, y, donde
quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderos y aduanas, de los
malecones ó _wharfs_, refleja la agitada monotonía del Océano.

Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros (Vicuña
Mackenna) quien bautizó á Valparaíso. Extremeño ó castellano,
el padrino llegado á Chile por el desierto de Atacama no sería
descontentadizo en materia de paisaje. La boca del Aconcagua con
algunos bañados verdecientes, acá y allá; el ondulado horizonte y
la dulzura del clima pudieron darle la ilusión de un «valle del
paraíso». Con todo, ¡fué mucho bautizar! El «paraíso» de Chile está
en otra parte: en el rico valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las
encantadoras florestas de Concepción y Arauco.

En lo tocante á Valparaiso, hoy mismo, después de transcurridos tres
siglos de apropiación humana,—desde los altos barrancos que dominan
la bahía hasta la playa de Viña del Mar y los esteros de Quilpué, la
árida roca revienta donde quiera la capa delgada del humus, por entre
los bosquecillos de vegetación artificial y las malezas de pencas
y aliagas. Del glauco mar dormido hasta los próximos declives, la
ciudad se alarga en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado
Cerro, con sus casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en
hilera, revuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquería
de Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la cuesta
y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque que leva
anclas y vira lentamente, desfilan á flor de agua las fortificaciones
que defienden la entrada; luego el arrabal del Barón, al norte, con
su caserío pintorescamente escalonado en aparador sobre las blandas
colinas. Se pone el sol tras la Escuela naval, en el extremo opuesto
de la bahía; la ciudad se enciende poco á poco; las últimas chalanas
vacías se escurren hacia la tierra; pasamos delante de un buque de
guerra chileno, cuya banda nos despide con el _God save the Queen_ ...
Estamos en marcha, con rumbo á los países calientes.

       *       *       *       *       *

No es este _Laja_ el mejor steamer de la Compañía sudamericana, pero es
estable y bien distribuído; todo el personal, del capitán al marmitón,
parece gastar humor tan manejable como el mismo mar Pacífico. Cierto
_manque de tenue_, y aun de real confortable, me parece ampliamente
compensado por esta facilidad del trato, esta francachela de las
relaciones personales que es el atractivo potente, aunque rara vez
confesado, de la existencia «criolla»—contra la cual se murmura sin
tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más tarde, en
Londres ó París. _Todo se arregla_: tal es la divisa hispano-americana,
que bien vale á muchas otras. En viaje, sobre todo, llegan pronto á
cansarnos los reglamentos angulosos, las minuciosas prescripciones y
prohibiciones contra cuyos artículos nos golpeamos á cada instante,
cual contra el techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. Á
trueque de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por las
cosas, gustaríamos de sentirnos menos protegidos. Es lo que se logra
sin esfuerzo en todas nuestras administraciones nacionales ...

Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera condición es
estar solo en el camarote; la segunda, no estarlo en la mesa ó
sobre cubierta. Cuando digo «solo», bien comprendéis que es remedio
peor que el mal, esa larga mesa del comandante en que se inserta
uno á la aventura, encontrándose demasiado tarde con _vis-à-vis_
grotescos ó antipáticos, con vecinos extravagantes y fastidiosos que
os cuentan cada día su historia con tal de averiguar la vuestra.—Yo
tenía anuncio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador
infatigable y geólogo sin par entre Catamarca y Copiapó,—¡_l’homme
de la montagne_!—muy capaz, por otra parte, de interrumpir un
análisis al soplete para escuchar un _lied_ de Schumann, y hasta
acompañarlo en el piano. Dotado de humor inalterable y estómago
ejemplar, está en su casa á bordo como en un pozo de mina: enganchado
á sus informes y correspondencias desde el alba, manipulando libros
y planos, despachando en cada escala docenas de cartas á los
innumerables comités, congresos y sindicatos de que forma parte; pues
entra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan
en el Pacífico,—sobre todo en las que se liquidan con estampillas
y telegramas.—Compañero precioso bajo cualquier aspecto, pero muy
ocupado entre sus comidas para no requerir un sustituto. Él mismo me le
busca y le trae al día siguiente.

Ha tenido buena mano: el recién venido, que completa nuestra _petite
table_ reservada, es aún más interesante que el cateador. Es un alemán
de aspecto simpático, espíritu fino y modales correctos, que no me
atrae perdidamente el primer día, pero que gana con el trato: _love
me little, love me long_.—Junto con la madurez, ha conseguido el
bienestar material, es decir la independencia: habita parte del año en
Berlín, parte en París, desde donde administra sin fatiga su casa de
Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien instalado, recibiendo
á literatos y artistas,—íntimo amigo de Sarasate,—saboreando la
existencia en su otoño, cuando exenta de pasiones y excesos se torna en
realidad pacífica y buena.

Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con frecuencia,
después de una fuerte educación universitaria ha librado la batalla de
la vida material, ganándola en quince ó veinte años. Los negocios no
eran para él un fin, sino un medio: los ha plantado allí, tan pronto
como pudiera. Es un sabio; y el gusto de las cosas del espíritu le ha
preservado en parte del egoísmo de los solterones. Está de vuelta de
muchas cosas, como bien pensáis,—entre otras, de la intransigencia
patriótica que perturba la digestión,—pero no de la ciencia, del arte,
de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer, los dos muelles de
la moderna filosofía; ama nuestros libros, nuestros salones, nuestro
teatro: ni fariseo ni filisteo, aspira con delicia esa flor suprema de
la civilización que se llama París. Algunas veces, por la siesta, en la
toldilla donde relee á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir
versos del _Fausto_, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisito
_Intermezzo_:

  _Mir träumte wieder der alte Traum..._

Pero, lo que siente profundamente, como todos sus compatriotas, es
la música, el arte sagrado y nacional. La conoce en todas sus obras
maestras, de Bach á Wagner y Grieg; se expresa sin necia preocupación
acerca de los matices de la interpretación contemporánea, desde
nuestra orquesta del Conservatorio—perfecta por la maestría y la
habilidad técnica—hasta la ejecución de Bayreuth, incomparable por
el fervor religioso y lo concienzudo de la iniciación ... Y todo
esto, en el enredo de las maniobras, en el vaivén de los pasajeros
chilenos, peruanos, bolivianos, que enarbolan gorras bordadas y trajes
extravagantes para jugar al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta
el anochecer, tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos»
de bananas y canastos de aguacates.—Me ofrezco el placer de observar
á mi germano que, al principio tan frio y reservado, se entibia poco
á poco en este roce familiar de cada hora, de cada instante. Por
varios días, ha estado indeciso y, como decimos, tanteando el agua,
adelantándose con mesura y precaución. Á la altura de Mollendo, está
completo el deshielo; en Lima, donde tendremos que separarnos,—pues
él sigue camino para Nueva-York y Europa, en tanto que me detengo en
el Perú,—me exige la promesa de volvernos á ver en París ó Berlín: y
todo ello muy seriamente, con una insistencia, un cálculo meticuloso de
las direcciones y épocas probables, en que siento el deseo sincero de
estrechar esta amistad de chiripa. Nos separaremos con íntimo pesar.—Y
forman la dulzura triste de los viajes, estas efímeras simpatías
tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo como _amorces_
sin empleo: esas tentativas de mutuo ingerto, de espíritu á espíritu,
cuyo destino se acaba allí, sin que sepamos jamás si, con el tiempo,
hubieran prendido y prosperado ... Disimule el lector la complacencia
con que he referido mi única conquista en el Pacífico.

  _Dolce far niente_!

Esta navegación del Pacífico, entre Valparaíso y Panamá, es de una
serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el aire fresco ó tibio,
el mar apenas arrugado por la brisa del largo, que llega débil, como
cansada, del lejano fondo occidental: todo conserva un aspecto tan
sosegado y apacible, que ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el
comisario que, en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave
está distribuída casi como un barco de río, con la fila de camarotes
sobre cubierta; á partir de Guayaquil, los pasajeros duermen al aire
libre, sin la aprensión más lejana de un golpe de mar: los mismos
camareros sacan los colchones de las camillas y los tienden sobre
el puente; y á medianoche, cuando vagan los ojos en el estrellado
cielo, buscando el «camino de Santiago», óyese el _flic-flac_ de las
sábanas bajo la brisa deliciosa.—Los pasadizos, hacia popa, están
obstruídos por los vendedores de frutas y legumbres, que exponen su
mercancía en escaparate, como en el mercado, sin cuidado por el balance
imperceptible; renuévanlas en cada escala, cambiando sus verduras del
sud por las bananas, piñas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa
nos llega por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado en
todos los puertos de la costa: las ovejas tiradas en montón, hechas ya
fardos de lana; las mulas chúcaras que cocean hasta en las chatas; los
pobres bueyes pasivos que se dejan izar de las astas, sacando afuera
sus ojazos despavoridos ... Uno de los tráficos importantes de la
línea es este abastecimiento de algunas poblaciones y salitreras del
litoral, en que no crece una mata de pasto,—donde sólo puede vivir el
hombre empujado por la _sacra fames_: allí está, miserable y grandioso,
encarnizado, invencible, desventrando la montaña metálica, escarbando
aquel ingrato suelo, para extraer el nitrato que, en otro parte,
engordará los surcos extenuados y hará brotar las mieses opulentas,
¡gracias á este mismo polvo blanquecino cuya presencia es aquí un
indicio de incurable esterilidad!

Es otro encanto de esta navegación de recreo, el contraste del
horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor, es el inmenso
mar, el vacío infinito del Gran Océano que desarrolla en la luz sus
anchas olas quietas, apenas onduladas por su misma amplitud, mucho más
alla de esa línea esfumada donde el sol rojo se hunde cada tarde:
hasta la Polinesia, las islas de coral vagamente presentidas; más lejos
aún, á través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado
Oriente. Por la derecha: la tierra próxima que no se pierde de vista;
arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca que se costea
sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los Andes, con su cabeza
encanecida. De este lado, la ola corta, siempre estremecida y retozona,
parece que se divierte eternamente en acudir á la orilla, en emprender
el asalto del acantilado que nunca tomará. Se siente que es un
juego,—el juego seductor y formidable del abismo. Estas son las _glad
waters_ de Byron, las olas ociosas y festivas que, sin tener nada que
hacer, brincan independientes y ligeras, desgarrando en los dientes del
escollo su collarín de espuma. Aquellas otras, pesadas y lentas, son
«medios de transporte»: hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga,
bajo los enormes navíos que deben soportar. Casi inspiran lástima;
y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa, las
«cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles han bautizado
con tanta gracia risueña ...

...Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las visiones
evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os envuelven en
las largas horas de mecedora monotonía que á bordo diluyen la vida.
Fácilmente se volvería á las sensaciones primitivas, á las ilusiones
ingénuas de los marinos griegos y los viejos pescadores bretones,
que miraban deslizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal,
ó revolotear en la cresta de las olas, alciones de plata que eran
almas en pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia
blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice, la siesta
meridiana os aletarga en un delicioso entorpecimiento, abdicación
gozosa del querer y pensar, en el vacío de una fantasía apenas
esbozada, que flota abandonada y pasiva, bajo el aliento de este sopor
más reposado que el mismo sueño.—Así deben sentirse vegetar los
árboles tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda
pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente, de las
raíces carnosas á las ramas eternamente verdes, su sangre henchida de
jugo nutricio, la rica savia exuberante que siglos de floración perenne
no pueden agotar ...

Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, devolviéndome á la
maquinal existencia de pasajero-encomienda n^[os] 66-67, á estribor.
Encuentro en el comedor, pegando sobres delante de la sopa servida, á
mi infatigable compañero chileno, el corresponsal automático que me
recuerda al personaje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse
las cartas que él mismo se dirigía. Mi amigo alemán acaba de releer á
Schopenhauer: me habla del _Nirvâna_ budhista, que es el supremo bien,
siendo el aniquilamiento absoluto, la consecución del no-vivir. Lo
conozco su Nirvana: yo soy quien lo disfruta—mientras no me perturba
la campana fatal ...

Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es cuando el mar
recobra todos sus derechos. Por más que nos esforcemos en prolongar
la velada, sufriendo interminables sesiones de ajedrez, agarrándonos
de cualquier rama, aceptando las peores coartadas: es fuerza, al fin,
como el Tircis de Racan, _penser à faire sa retraite_. Las primeras
noches teníamos momentos exquisitos: una señora norteamericana,
después de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se
sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabaptistas,
algunas sonatas clásicas; se producía un amplio y saludable vacío á
nuestro derredor, la gente huía á toda prisa: era un encanto. Pero
nunca lo bueno es duradero. Un robusto mozo chileno, gobernador de un
departamento del norte y muy prendado de una joven pasajera, le ha
descubierto—prematuramente—talento musical. La pareja se apodera
del piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los
ascendientes; y es ¡un degranamiento delirante de habaneras, polkas y
«perlas de salón» contemporáneas de la conquista! La dulce criatura
toca según el precepto evangélico: ignorando su mano izquierda lo
que hace la derecha. Pero se ensaña contra las teclas, vacilantes
y amarillas como dientes de abuela, con una energía muy superior á
su edad. Se estremece el piano secular bajo el asalto de esta furia
juvenil, que parece tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo
de proa donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplausos
frenéticos.

Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á medias,
en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que una caja de
violín. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan el sueño arisco.
El ritmo sordo de la máquina semeja la pulsación de un monstruo
potente que nos arrebata en la noche y el vacío; se percibe contra
el bordaje el continuo chorrear del hondo surco abierto, como por
una reja de arado ciclópeo. Me siento fuera de la vida normal, muy
lejos de las ciudades bulliciosas—más lejos aún del rincón familiar.
La larga procesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y
dulce. Se sufre con no poder retener delante de sí, en el campo de la
imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar, siempre:
los seres amados, cuya memoria nos punza en cualquier hora cual
invisible cilicio, se borran á los pocos segundos, sin saber cómo, bajo
perfiles desconocidos de transeuntes entrevistos en un puerto, en un
tren, que vuelven á renacer con estúpida insistencia y nos persiguen
con un encarnizamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los
que se adhieren al corazón por cada fibra: se recuerda una inflexión de
voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven, un gentil balbuceo
de niño, que ayer nos hacía gracia y hoy nos da gana de llorar ... Y
luego, otros resurgimientos involuntarios, más esfumados y lejanos,
pero revividos por la sugestión del medio idéntico: la evocación de
otros viajes por el mar, menos tranquilos y vacíos que éste, cuando
érase joven y se abrían de par en par las puertas del porvenir, en la
esperanza y el pleno orgullo de la vida ... En el silencio de un solo
rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma como el agua de
una esponja embebida; y ese perpetuo chorrear de la ola contra la borda
parece la fuga rápida, la vuelta irrevocable de la existencia misma
hacia los limbos del no ser.

Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que cae en el mar.
Al pronto, produce cierta molestia la brusca inmovilidad; abierto el
tragaluz, un puerto aparece: casas escalonadas en la costa, el penacho
de una locomotora que trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y
allá. Ello sucede aquí todos los días; y en un primer viaje, cuando no
se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las mañanas
en tierra y de las noches á bordo que duplica la travesía, produce
agradables paréntesis en la navegación. Se pisa tierra con júbilo; se
muda de régimen; se observa una nueva faceta de la pobre humanidad; se
toman croquis y apuntes instantáneos. Hé aquí algunos.

  Coquimbo.—La Serena.

En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un ribazo
abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera de la Costa,
Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de pintada madera ó zinc
acanalado. Forman los techos ligeros, latas de alerce: lo mismo podrían
ser de tela ó papel, pues entramos en la zona pétrea—que se prolonga
más allá de Lima—donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el
norte, La Serena, capital de la provincia, se depliega en abanico sobre
una meseta que domina la bahía, dentro de un marco de verdura: es una
verdadera ciudad, al lado del pequeño puerto de aspecto mezquino.

Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más seguro que el de
Valparaiso,—batido, en invierno, por los vientos del norte. Los
comandantes ingleses lo prefieren también por otras razones menos
meteorológicas: no ofrece tantos peligros como el gran puerto chileno
para las «andanadas» de las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que
ahora, en la apacible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más
que de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación, _Warspite_
y _Melpomene_, arrojan la imprevista nota guerrera de sus erizadas
torres y sus blindajes cuadrados que se reflejan duramente en el agua
inmóvil.

Á la distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se desprendieran
de los mismos nidos de la aldea marítima, adherida á la árida
roca—igualmente obligadas, aves y gentes, á alimentarse de la mar.
Se compadece desde lejos á los pobres seres humanos que, sin duda,
han naufragado allí, manteniendo su existencia precaria á fuerza de
pescados y mariscos; y por poco nuestra ignorancia esperaría que
acudieran á la playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales á
la nave que les volverá á su patria ... Desembarcamos, y tropezamos
donde quiera con _docks_ y almacenes, escritorios y tiendas: un
vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros, de señoras con gorras
floreadas, de soldados ingleses con la estrecha casaca roja, el
casquete minúsculo pegado á la coronilla—á guisa de cápsula-tapón de
esas botellas ambulantes.—Los hilos telegráficos y telefónicos se
cruzan en las bocacalles, los pianos en actividad acompañan los roncos
cantares de las tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos el
tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesante, cuenta á mi
compañero chileno—quien, por supuesto, tiene parte en el negocio ¡por
correspondencia!—las peripecias de no sé qué _tramway_ eléctrico ya
concedido ... Así visto de cerca, ¡encuentro que está bastante «en el
tren» el nido de gaviotas!...

Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco, va perdiendo
su aspecto marítimo. En los repliegues ensanchados del terreno menos
pobre empiezan á verdear algunas cañadas; los dormidos pantanos
reflejan los juncales de sus orillas, pobladas de aves acuáticas.
Unas cuantas vacas pacen en las praderas húmedas; casitas de campo
y alquerías con labranzas de Liliput escalan los declives y parecen
abrigarse bajo la cornisa rígida y desnuda de la montaña de granito.
Uno que otro arroyo sinuoso corta la vía ... Casi creería cruzar la
provincia de Córdoba, hacia Quilino ... cuando después de una curva,
por una escotadura del talud, el mar reaparece, como un fragmento
de pizarra con una punta de lápiz en su centro: es nuestro _Laja_
imponente, la cárcel flotante que, dentro de dos horas, nos volverá á
encerrar.

Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia, y que no
parece en vía de rejuvenecer: muchos edificios desmoronados y en
ruínas; en otros se han calafateado con tabla ó con zinc las brechas
del adobe. Al revés de Coquimbo, la hallamos medio vacía, y la
habitación resulta muy ancha para el habitante. Por todas partes,
caserones silenciosos, tiendas sin clientes, aceras sin transeuntes.
Una bonita plaza bien sombreada, llena de flores, está desierta. La
catedral—pues es cabeza de obispado—está sólidamente construída en
sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allí sostienen,
según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos conocidos, desde el
pelásgico hasta el italiano de exportación. En mitad de la fachada
más ó menos griega se yergue, asentado en el mismo entablamento, un
complicado campanillo cubierto con el casco-tiara de Juan de Leyden.

Se nos pasea por las desahogadas calles; algunos naturales abren sus
ventanas, perturbada su siesta por la herrería insólita de nuestro
anciano vehículo.—En una esquina, saliendo de una capilla, un
ramillete de muchachas nos hace recordar que á la poesía le basta
un poco de espacio y de sol, un rayo de belleza y juventud, caído
en cualquier rincón de la tierra, para despuntar y florecer: una de
ellas, pálida y grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos
más negros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como una
Preciosilla extraviada entre cíngaros ... Y nunca sabrá, nunca jamás,
que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso, anda por el mundo,
cristalizado en una frase, como gota de agua en un fragmento de cuarzo
hialino.

Un conocido de mi geólogo—tiene en todas partes, ¡hasta en la
_China-town_ de San Francisco!—se empeña en llevarnos al club: el
café, la posada, la confitería—sobre todo el mentidero del lugar. Por
el momento, la sociedad está siguiendo una «guerra» lánguida—_faute
de combattants_. Se nos recibe con tacos abiertos; ¡en el acto, una
vuelta de vermut internacional! Me presentan á algunos notables; el
redactor de la _Reforma_: un camarada jaranero y palmeador, de terno
gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su hoja de col
bi-semanal como de una cosa terrible, una máquina de guerra formidable
que los «intrusos» de la Moneda miran con inquietud y temblor; un
viejo «capitalista»: usurero probable, vestido á la moda serenista
de hace treinta años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra
un sablazo de Damocles; otro «literato»: una fuina rubia, amable en
demasía, que escribe «también» y me trata como cofrade. _J’en passe_
... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de enfrente. Por lo
demás, la provincia entera ha permanecido fiel á su antiguo senador que
la enriqueció: es la razón de casi todas las convicciones políticas y
el secreto de todas las popularidades,—_do ut des_.—Pero declina el
día; por más que nos cueste, tenemos que romper ese círculo fascinador:
el _cocktail_ del estribo ¡y con brindis esta vez! Mi compañero brinda
por La Serena, Coquimbo y Guayacán—¡esas tres Marías!—cuyo progreso y
prosperidad, etc. ¡Viva Chile ETC!... Acompañamiento triunfal hasta la
estación. Esperaba un serenata que ha faltado: sin embargo era éste el
caso—y el lugar.

  Caldera.

Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicírculo, con la
población en el fondo, formando anfiteatro; algunas casas de dos
pisos,—recuerdos de pasado esplendor; la aduana, los docks, la
estación del ferrocarril que baja de Copiapó y termina en el muelle.
Algunas desvencijadas garitas de baño, esparcidas en la playa,
acrecientan la impresión de decadencia y abandono.—En el momento de
bajar á tierra, un muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero
regalo y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña, á
cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él, me las venderá
más frescas y hasta las sacará en mi presencia.

Al dirigirnos allí, mi compañero inseparable me muestra una punta de
verga que sale del mar, precisamente en la querencia de las sardinas:
pertenece al _Blanco Encalada_, echado á pique por la torpedera
_Lynch_, durante la campaña revolucionaria.—Recuerdo que en Europa, en
dicha época, se pretendió extraer de este desastre un nuevo argumento
en favor de los torpedos ... Por este ejemplo,—y otros análogos ó
peores,—lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina de
guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de aristocracia
moral: una institución cuyas altas responsabilidades necesitan apoyarse
en una larga y gloriosa tradición de honor, de abnegación heroica,
de virtud varonil. La situación del marino embarcado, sobre todo en
tiempo de guerra, es la vida jugada á cara ó cruz. Allí el deber no
es materia divisible, que pueda cumplirse á medias, como en tierra
alguna vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo
todo, so pena de caer cien grados bajo cero. ¿Qué significaría una
marina de parada, cuyos galoneados jefes no supieran resistir á la
tentación de divertirse en tierra, mientras que el enemigo ronda en
acecho al rededor de la desertada nave? ¿Qué oficial sería aquel que,
en el supremo instante del peligro, no se acordara de su rango sino
para separar su suerte de la de sus hombres, y, con tal de salvar el
pellejo, abandonase la tripulación en su _épave_ desahuciada? Sin duda,
la alternativa es tremenda; pero eso mismo es el principio y el fin de
la noble carrera. El navío de guerra es un claustro heroico: no entréis
en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentís con la
vocación sublime; pero, mientras estéis allí, depositario de la bandera
patria, cualquiera debilidad humana, cualquier resabio de egoísmo puede
arrastraros al deshonor.

Aquí, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las versiones
varias que he recogido en Caldera y otras partes, parece resultar que
la oficialidad del _Blanco_ estaba en tierra esa noche, fraternizando
con los voluntarios de Copiapó, cubiertos de flores por las señoras
entusiastas. Se dice que fueron omitidas las precauciones más
elementales; la _Lynch_ pudo acercarse para disponer su ataque.
Sólo puso en alerta el primer torpedo lanzado: era demasiado tarde;
con el sexto, que dió en el centro, la nave se fué á pique. Me
hablan de ciento ochenta muertos, fuera de la pérdida del acorazado
que, entonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien
emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los congresistas
... Pero no tomemos microscopio para mirar la paja en el ojo ajeno.

El bote llega sobre el _Blanco_ á pique. La admirable transparencia
del agua deja ver, á tres metros, todos los detalles del coloso volcado
en el flanco: el casco de acero, las baterías y troneras abiertas,
la cubierta rajada. El blindaje verde-azulado, como chapeado de
escamas obscuras, está invadido por incrustaciones de mariscos: toda
una población submarina hormiguea allí, alimentándose todavía con
vestigios humanos que no han acabado de disolverse en el entrepuente
y los camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen en
torno del anzuelo: véselas, como por el cristal de un _aquarium_,
precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de días y semanas
«entibie su ardor». El pescador levanta su caña metódicamente, á
ciencia cierta, casi sin mirar si está el pececito enganchado en la
punta. Me arrima su cesto lleno para que escoja, diciendo en tono
insinuante: «Elija usted las más aceitosas». ¡Aceitosas!... Procuro
reaccionar en obsequio del positivismo: repetirme que, según las
doctrinas más flamantes, tal es el _circulus_ de la vida universal, en
que se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, diariamente,
trago sin verlas otras y peores combinaciones ... Me hallaréis
melindroso y repulgado: pues bien, decididamente, á pesar de Darwin y
su escuela, no probaré las sardinas «aceitosas» de esta nueva Bahía de
los Difuntos.

La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como fuera mero
reflejo su rápida prosperidad. Por sí misma, nunca valió gran cosa;
pero era la puerta de Copiapó—ese efímero Potosí de la provincia
de Atacama. Si huelgan estos ingenios y no se escapa el humo de las
altas chimeneas; si esta línea férrea que serpea en la montaña—y fué
la primera de la América del Sud—no alcanza á la décima parte de su
tráfico antiguo, es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio
siglo atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña California de
la plata, afluyeron emigrantes y aventureros; la aldea capital recibió
un empuje de crecimiento increíble; poblóse este desierto, donde
al principio el agua era más escasa que el precioso metal. Aquí se
recogieron, en pocos años, las grandes fortunas de Santiago. Centenares
de argentinos acudieron de las provincias andinas, Catamarca, Tucumán,
Salta, y, tras ellos, el grupo de los proscritos de Rosas.—Un antiguo
vecino con quien almuerzo (en un caserón vacío que con voz muda refiere
la pasada opulencia), me habla familiarmente del abogado Rodríguez, de
Alberdi, del doctor Tejedor que enseñaba entonces, en el colegio local,
un cúmulo de materias—¡además del francés! También conoció mi huésped
á Sarmiento, fantástico mayordomo de la mina _Colorada_, de donde tuvo
que salir por «incapacidad»; todo marchaba á la desbandada, en tanto
que el escritor en ciernes incubaba al _Facundo_, ¡y que el futuro
grande hombre soñaba con Buenos Aires ó Argirópolis!

Debería escribir algún poeta—como lo hiciera Bret Harte para su
California—la historia psicológica y real, mezcla de cálculos,
experimentos y leyendas supersticiosas, de estos modernísimos
Argonautas ... Estimulo á mi huésped, y veo encenderse sus ojos
apagados al hablar de panizos y de derroteros perdidos. La historia de
Juan Godoy, el descubridor de Chañarcillo,—cuya estatua se alza en
Copiapó,—es un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y
pintoresca del inolvidable Alí-Babá: nada le falta, ni la caverna, ni
los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora—ni los «cuarenta
ladrones».

La tradición es ingeniosa é interesante: os la referiré menudamente,
alguna noche de invierno. Se han recogido en los _Folk-lores_ las
leyendas de la selva y del mar: las de las minas son más locales,
menos nómadas y trashumantes. Algunas se conservan, en Chile y el Perú,
desde los tiempos incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y
Kobolds de las grutas subterráneas no han sido inventados todos en
Alemania ó Escandinavia: se los encuentra en la Cordillera, más reales
si no tan antiguos. La superstición moderna se ha ingerido en el mito.
Así, después de los monstruos fabulosos, comunes á todos los tiempos
y regiones, que guardan los tesoros ocultos, aparece aquí la india
centenaria, la bruja que todo el mundo ha conocido: Flora Normilla, la
madre de Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secreto
bajo una fórmula enigmática, reservando su descubrimiento para algún
Edipo de corazón valiente y espíritu sutil.

Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumerables los antiguos
mineros de Caldera y Copiapó que, semejantes á mi huésped, no se han
resignado á la ruina, creen firmemente en una vuelta de la fortuna,
y, después de perder su resto de vista en escudriñar los polvorientos
archivos de las capillas y escribanías, dan al fin con el buscado
derrotero, transmitido bajo juramento por un moribundo: invierten
entonces sus últimas pesetas en expediciones y cateos, en procura
del famoso _Reventón del Zorro_, fácil de reconocer por una serie de
cruces profundamente marcadas á cuchillo en las rocas del sendero, y
que viviente alguno volvió á encontrar, ni acaso lo viera jamás ...
Después de todo, esa poesía inculta é inarticulada vale más que la
nuestra, artificial y vacía como una cavatina: sea cual fuere su sueño
en la tierra ¡dichosos los que sueñan, pues vivirán consolados de la
realidad!

 Antofagasta.

Bahía, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bastante, salvo
que aquí la bahía está completamente abierta, el mar siempre picado, y
las casas parecen más numerosas y pintorreadas que en las villas del
sud. También Antofagasta es un producto minero, y muy reciente: fué
el descubrimiento de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede
decirse, la población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por
los valles de Salta, los gruesos _dieces_ de plata que rodaban por
allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy pronto;
muchos que acudían desde lejos llegaron tarde. La marea ha bajado y
el distrito minero ha perdido mucha población. Con todo, Antofagasta
no ha sufrido la suerte de Caldera, gracias á su ferrocarril á
Huanchaca—otro Caracoles—y á Oruro, en Bolivia.

También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es en Tarapacá
donde se debe observar lo que puede hacer un solo producto exportable
con un abominable desierto: Iquique es Nitrópolis.—Aunque la actividad
es aquí notablemente menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos
son idénticos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso la
elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, bajando de la
montaña, y descargan la materia bruta, el _caliche_ rojizo, al mismo
pie de los aparatos de tratamiento. Sucesivamente triturado, cernido,
anegado, el producto disuelto pasa á hervir en grandes calderas
sobrepuestas; este líquido decantado deposita la substancia terrosa
en el fondo de los defecadores, pasando luego á la evaporación para
cristalizar.

Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilones, como de
draga; luego se expone al sol en estrechas regueras donde se completa
la cristalización. Esa nieve reverberante se recoge con pala y se
despacha en bolsas á Europa y Estados Unidos; es lo que comemos,
transformado en trigo y legumbres.

Hoy es domingo y, además, marca este día un aniversario memorable
en los fastos locales ¡la fiesta de los bomberos! La ciudad entera
está de pascua. Encuentro al Intendente de la provincia—hombre de
mundo, inteligente y cordial—de gran parada, con la banda roja y
blanca bajo el frac. Todas las compañías de bomberos están sobre
las armas; hay cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes
guerreros, de estandartes multicolores, de cascos resplandecientes.
Chilenos disfrazados de yankees, italianos de _bersaglieri_, ingleses
de _horse-guards_, alemanes con cascos de punta y anchas barbas de
Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusiasta. Pero
todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso: estos esclavones
forman aquí un grupo compacto y obstruyen, con su inevitable _vich_,
las muestras de la ciudad. Han pedido y obtenido el privilegio
de sustituir el pendón austriaco por su vieja bandera provincial
cruzada de emblemas, y, con orgullosa satisfacción, la despliegan
al viento, blanca y triangular, cual vela levantina. Vamos á la
iglesia en corporación; las bandas estallan al mismo tiempo que las
campanas echadas á vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña,
que nos deja helar en la sombra, todos los notables—de que formo
parte—rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del palacio de
tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los bomberos.

Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablemente las
mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades, tiesos,
marciales, combando el pecho, enganchados á sus bombas relumbrantes,
satisfechos y gloriosos como el regimiento de Madrucio[3].—Hasta estos
últimos años, Antofagasta, como el resto del litoral, no disponía sino
del agua destilada: naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos á
la «porción congrua». La institución languidecía, poniéndose sombría
la vida. Pero tanto se forcejeó que se dió con el agua. Una compañía
ha captado un arroyo en la montaña y lo trae al puerto, atravesando
treinta leguas de cañería. ¡Qué entusiasmo, entonces, qué febril
impaciencia, en acecho del primer siniestro que se hacía esperar! Y
cuando estalló por fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de
salvamento, cuánta bomba en batería, cuánta agua! _Que d’eau!_ ...—Lo
mismo sucede en Santiago y en Valparaíso; pululan las compañías de
bomberos voluntarios: es una vocación irresistible. Conviene agregar
que cumplen valientemente con su deber, sin hacerse esperar ni quedar
alardeando en las aceras. Bastante los he visto en función, allá, donde
regularmente se producía un incendio por noche—¡á veces dos!

¡Al fin, solos! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y su banda
oficial; el capitán del puerto—un teniente de navío, instruído y
amable—desabrocha espada y charreteras, y corremos al almuerzo.
Dos buenas horas de charla. El Intendente, jovial y decidor, no
agota sus anécdotas sobre la revolución, los Estados Unidos, que
conoce á fondo, los _collas_ que, al apearse de sus cumbres, quedan
aturdidos y entusiastas ante el primer palmito blanco que les sale al
paso,—en cualquier «venta» que, semejantes á Don Quijote, «imaginan
ser castillo». Hacia el champagne, también el capitán acaba de
desabrocharse y me desliza _sub rosâ_ confidencias estupendas sobre el
reverso de la campaña congresista.

Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del Resguardo nos
avisa que el comisario del _Laja_ reclama la salida.—«¡Cómo, su
despacho! que espere el bote: saldréis con el señor, cuando concluya
...» Pasa otra hora; al fin, levantamos la sesión y me embarco en la
falúa de la capitanía, con una mar alborotada—así es casi siempre en
los puertos del Pacífico—que no mueve al vapor en su fondeadero. Y
ante los oficiales y pasajeros furiosos por el atraso, me guardo muy
bien de hacer alusión á mi calaverada bombo-gubernativa.

Al salir de la bahía de Antofagasta, doblamos la Punta Angamos, en
el extremo de una arista pedregosa. Á derecha é izquierda pelícanos
enormes, con su ancho pico de teja y su «coto repugnante», como diría
Musset, puntean el mar con sus manchas parduscas; vuelan torpemente,
rasando las olas y dejándose caer como piedras para asir el pez
entrevisto que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda
las sardinas de Caldera. Aquí fué capturado el _Huáscar_, después de
muerto el almirante Grau—¡doble desastre igualmente irreparable para
el Perú!

En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, así como los
chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno y otro—aparte
los quilates personales de que no soy juez—consiste en que Prat fué
ante todo un ejemplo, un símbolo, mientras que el otro era una fuerza
efectiva: la mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El
marino peruano fué grande por su vida, como el chileno por su muerte.
¡Invencible tendencia idealizadora de las muchedumbres! Arturo Prat,
cuyo supremo sacrificio—contra todas las versiones enemigas—debe
ensalzarse como un rasgo de heroísmo igual al del caballero d’Assas,
no tuvo más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo,
aparece más grande que su émulo quien, durante meses, bastó á detener
su patria en la pendiente del abismo. Prat es _simbólico_, y como tal
quedará en la imaginación popular, mucho después que el combate de
Iquique y toda la campaña estén casi olvidados.

Para apreciar la magnitud del desastre aquí sufrido, es menester
recordar que hasta hoy, entre las naciones del Pacífico, no existe
más camino que el océano: quien es dueño del mar se adueña de la
tierra. La campaña naval, pues, fué la base y condición de la guerra;
no pudiendo ser la terrestre más que su consecuencia y conclusión.
He ahí por qué el concurso de Bolivia—aunque fuera efectivo—tenía
que ser de escasísimo valor; y por qué también, en el caso de una
guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serían del todo
distintas.—Á pesar de su ejército inferior y de la pérdida reciente
del _Independencia_ en Punta Gruesa, mientras el Perú conservó su
rápido monitor para proteger sus convoyes, atacar los de los chilenos
y forzar los bloqueos, pudo tentar la fortuna. Después de Punta
Angamos, el denselace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida.
El ejército chileno podía elegir su hora, su punto de desembarco,
bombardear y saquear el litoral, sin temer una sorpresa ni que se
cortaran sus comunicaciones.—Todas las publicaciones especiales han
celebrado las atrevidas correrías de ese pequeño _Huáscar_, que vino
á ser un enemigo temible, debido á su agilidad y á la audaz pericia
de su comandante. Sorprendido, aquí mismo, entre los dos blindados
_Cochrane_ y _Blanco_, se defendió desesperadamente. Derribado y
muerto Grau en su torre de mando, por un obús del _Cochrane_, tres
ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y cayeron á su
vez. El _Huáscar_ fué tomado en el momento de irse á pique, cubierto
de cadáveres y heridos ... Cuando se vuelve á ver el monitor ahora
chileno, tan menudo al lado de su enorme adversario, se admira al
vencido aún más que al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los
valientes de uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy.


  Iquique.

Nadie sospecharía, por el aspecto, que estamos ya en
territorio legítimamente peruano, y otros que el enemigo
hereditario—_Erbfeind_—podrían engañarse de buena fe. Es siempre la
misma costa á la vista, árida y desierta entre dos puertos inmediatos,
sin una mancha verde en que pueda asentarse la errante fantasía. Todo
llega á cansar, hasta el mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de
pisar esa nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente
de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de sol.—Á la
distancia, se manifiesta ya la importancia industrial de Iquique: los
muelles cubiertos de vagones penetran en el puerto, hasta el fondeadero
donde numerosos buques están cargando,—entre ellos el magnífico velero
de cinco palos _La France_, uno de los mayores del mundo, especialmente
construído y dispuesto para el transporte del salitre. Por la falda
abrupta de la montaña trepa atrevida la línea férrea: los trenes se
suceden con breve intervalo, todos cargados de caliche: contamos
hasta seis que bajan juntos, uno tras otro. Las altas chimeneas de los
ingenios derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que dan la
ilusión de nubes lluviosas.

Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasajeros chilenos
tienen tiempo sobrado para devanar el doble relato histórico que tuvo
en esta bahía su trágico escenario. En el punto mismo donde nuestro
_Laja_ ha fondeado, es donde la corbeta _Esmeralda_ fue echada á pique
por el _Huáscar_: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista
de Grau que no le pudo salvar. El mismo día, un poco más al sud, en
Punta Gruesa, la cañonera _Covadonga_, acosada por la _Independencia_,
atrajo á ésta sobre las rompientes donde se perdió. Por fin, es
muy sabido que Iquique fué el punto de reunión de las fuerzas
revolucionarias y el asiento del gobierno congresista que venció al
presidente Balmaceda ... Toda esta costa del Pacífico está sembrada de
recuerdos guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas,
compensa con su nobleza la indigencia del aspecto físico.—En general,
la inferioridad de los paisajes americanos, comparados con los
europeos, proviene de estar desnudos de esas huellas humanas, que
orientan y llaman hacia lo pasado nuestra imaginación. Aquí la historia
es de ayer, pero tan patética, que no requiere perspectiva para
ostentar grandeza.

La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de infantil en su
alegre decoración: parece una soñada ciudad japonesa de tabla pintada,
casi de cartón, cuyos tabiques se vendrían al suelo si les arrimara
el hombro «mi hermano Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con
verandá y peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un
doble techo abierto para pasar la siesta, al resguardo del implacable
sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia. La playa está
cubierta de garitas: tan seco es el aire y tan tibia el agua, que los
extranjeros se bañan afuera el año entero. Toda la ciudad tiene el
aspecto exuberante y rico de una población minera en su apogeo: las
calles enarenadas revelan cuidado y limpieza exóticos; los almacenes
y tiendas, llenos de mercancías costosas, rebosan de compradores:
chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos, señoras
de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la vista, por las
abiertas ventanas, los muebles y cortinajes lujosos. El salitre da para
todo—hasta para los frecuentes incendios que arrasan periódicamente
manzanas enteras de estas frágiles construcciones. Oigo decir que la
misma arena de las calles, mezclada de salitre, ¡se ha incendiado
alguna vez! Lo cierto es que las compañías de seguros perciben el diez
por ciento.

La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus calados
kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y mejores que en
Santiago—lo que, á la verdad, no es mucho decir. Se respira un
ambiente de bienestar: la anchura de la vida rumbosa, el dinero
que fluye abundante y fácil—en desquite de la rudeza del trabajo.
El mes pasado, el Banco de Iquique puso en jaque á los grandes
establecimientos de Valparaíso. Almuerzo en casa de un caballero
peruano, un tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen
recuerdo: servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos
legítimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado. La casa está
bien puesta, confortable, aunque flamante; en el piso alto un espacioso
escritorio lleno de cuadros y libros. El dueño de casa, inteligente y
cultivado, es el consejero y árbitro autorizado en negocios salitreros.
Ha escrito folletos técnicos y una excelente _Geografía de Tarapacá_;
pero se interesa en otras cosas que la «salitrería»: por ejemplo, en
las urdimbres políticas de Piérola, para quien me da una carta que
pongo en mi cartera, junto á la que llevo desde Buenos Aires para
Cáceres.

El centenar de fábricas en actividad—pertenecientes casi todas á
compañías inglesas—han exportado el año pasado cerca de 20 millones
de quintales métricos de nitratos elaborados: podrían producir el
doble sin temer que, antes de un siglo, se agotara la zona explotable.
Pero la demanda actual del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped,
adversario de la «inflación», ha combatido la formación de compañías
nuevas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exportación,
sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos veinte millones
de pesos: es lo más limpio de la renta chilena; y se comprende cómo
el primer y exquisito cuidado del gobierno, en plena guerra, fuese
«organizar provisionalmente» el territorio que _sponte sua_ no evacuará
jamás.

Tarapacá es el reino mineral: la única planta que allí existe es fósil:
el tamarugo, que da su nombre á la pampa salitrera del Tamarugal.
Aunque el agua abunda ahora, desde que una sociedad la trae de un
valle andino, ningún árbol prospera en la arena hostil que absorbe
el líquido—como por una criba—sin humedecerse. Fuera de la plaza
principal, donde languidecen algunos pinos raquíticos, no se ve rastro
de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de ensueño
en que nos transporta el poeta de las _Flores del mal_,—llena de
mármoles y agua vivas, pero donde las piedras preciosas reemplazan á
las flores y follajes. Por eso, en Iquique, se tiene como excursión
predilecta ir á Cavancha, á beber tisana de champagne bajo un kiosco,
donde un europeo ha realizado el prodigio de hacer crecer algunas
flores, dentro de un metro cúbico de tierra vegetal importada! Esos
rudos trabajadores, americanos y europeos, después de sus faenas en
la mina y el escritorio, ejecutan el invariable programa de recorrer
tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en tranvía, para aspirar la
débil fragancia de algunas rosas ó gardenias que crecen precarias y
enfermizas, como niños en un asilo ...

       *       *       *       *       *

Continúa la navegación; los puertos y escalas se suceden, pero el
interés decae: se parecen demasiado unos á otros. Después de Iquique,
he aquí á Pisagua: una muralla de conglomerados arcillosos de un millar
de metros, á pico sobre la estrecha playa en que la aldea cuelga sus
graderías; un borracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los
chilenos tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas:
es de una audacia inaudita—un irreflexivo heroísmo de araucanos. Con
todo, uno se dice que, puesto que la guerra existe, es así como se
debe hacer. Son esos golpes de loca intrepidez los que desconcertaron
á los aliados—sobre todo á los bolivianos, que pronto abandonaron la
partida. Un antiguo oficial—chileno por cierto—me cuenta que algunos
pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se daban vuelta
para gritar á los _rotos_ feroces: _¡No sea usted grosero!..._ El dicho
caricatural es el residuo y la cruel moraleja de la campaña.

Arica viene en seguida; pero llegamos al anochecer para alzar anclas
dos horas después. No bajo á tierra y doy las gracias al gobernador
melómano que había pedido por telégrafo que nos preparasen caballos
para trepar al Morro.—Como un soldado que custodia una zagala:
encima de la ciudadita de ópera-cómica se yergue la masa prismática,
inaccesible, duramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de
las habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de
verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-florida,
ese espacioso _chalet_ que resulta ser la aduana, ¡aquel oasis en el
desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de hojas verdes que
no son de zinc! Todo ello se exhibe muy pegadizo y flamante,—y vienen
á la memoria los terremotos, las espantosas marejadas ciclónicas que
azotan á las poblaciones y les impiden envejecer.—Luego, un islote
fortificado vuelve á traer la nota trágica; los ojos se clavan en ese
Morro fúnebre donde, esta vez, la defensa fué tan encarnizada como el
ataque; allí unos y otros se batieron furiosamente. Después de rechazar
la capitulación con los honores de la guerra, el coronel Bolognesi y
casi todos sus jefes cayeron, muertos ó heridos—incluso el comandante
Sáenz Peña que se granjeó allí, merecidamente, el rencor indeleble del
vencedor.

Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso interés: la
costa está lejana, á veces difícil de alcanzar con estas canoas chatas,
en que los indígenas traen frutas á vender. Hombres y mujeres llevan el
desairado sombrero oval, tal cual se encuentra en las pintadas figuras
de otros siglos ... Después de Ilo y Mollendo,—donde embarcamos á una
parisiense de Puno y un marsellés de La Paz,—Pisco despliega su ancha
vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas, se entreven los
valles umbríos, plantados de cañaverales y viñedos—los que producen
el aguardiente famoso en todo el litoral. Algunas casas blancas,
campanarios, chimeneas de ingenios emergen de los follajes. Llegan
mujeres en piraguas, como en los tiempos de la conquista; y con los
mismos modales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los
españoles, nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, tejas de
cidra en confite, pasas de sabor exquisito—casi de balde. ¿Qué vale la
fertilidad asombrosa del suelo, si está muerto el comercio, y, como ya
en Lima, falta la salida que desarrolle la producción?

La navegación se torna ya cruelmente monótona; se vuelve apenas la
cabeza para ver pasar las islas Chincha: tres gruesas rocas cubiertas
de guano, á cuyo alrededor pululan los pelícanos y cuervos marinos,
como para demostrar el origen animal, largo tiempo discutido, de ese
abono, hoy casi agotado y substituído. La vida de á bordo gravita
pesadamente sobre las frágiles relaciones de ayer; ya nadie se busca,
ó muy poco: basta con encontrarse regularmente en la mesa y sobre
cubierta. Con tanto rozarse, los cuerpos se han cargado con la misma
electricidad y tienden á rechazarse mutuamente.

Como en el primer día, vuelvo á buscar la soledad disolvente y
triste, en que el alma, según la deliciosa imagen de un drama
indio—_Çakuntalâ_—que me persigue, «vuela hacia atrás, como el
pendón del soldado que camina contra el viento». Dos días, un día aún
... Divisamos, por fin, al través de la niebla matinal, pintorescas
aldeas encaramadas en la costa: Chorrillos, Miraflores, nombres antes
risueños, hoy fúnebres; algunos fuertes se alzan en torno de una
ancha bahía de agua lechosa; luego torres, campanarios, edificios
apiñados: una gran ciudad entrevista por entre una selva de mástiles,
en una dársena con circuito de piedra. Es el Callao ¡ya era tiempo! Al
saltar en tierra, caigo en los brazos de García Mérou, y, unos minutos
después, volamos hacia Lima.



IV

LIMA

_Messine est une ville étrange et surannée ..._


...Desde mi entrada en Lima, por la estación de Desamparados, viene
zumbando en mi oído este verso de Banville (á quien por cierto no
cultivo mucho), cuyos apareados adjetivos descoloridos y musicales,
con no tener nada en sí de raro ni sorprendente, alcanzan en su feliz
combinación no sé qué belleza indefinible, sugeridora de líneas y
colores, de arquitecturas arabescas y soñadas—como ciertas páginas
vagas de Quincey. _Étrange et surannée ..._ Por algo será—por algo que
no comprendo—que esa reminiscencia me persigue por todas las aceras
de esta «Ciudad de los Reyes»; y daría cincuenta de mis frases menos
deformes por haber sido el soldador original de esos dos epítetos.
Se dice que tales hallazgos de estilo son inconscientes y fortuítos;
pero acontece en esta lotería lo contrario que en la otra; á saber,
que son casi siempre los hombres de talento los que sacan los números
premiados. _Étrange ..._ pero, basta ya, que veo asomar á un personaje
de Molière.

Y no es, seguramente, porque Lima «le deba nada» á su entrada. Después
del triste Callao, las ocho millas del trayecto hasta la «desamparada»
estación carecen de interés pintoresco. La inevitable niebla matutina
funde los cultivos y las colinas en el mismo celaje gris. Se divisan
por momentos los cerros de San Jerónimo y San Cristóbal, que dominan
la ciudad: pero ¡hemos visto ya tantas montañas! El primer encuentro
del Rimac, con su hilo de agua en el enorme lecho pedregoso, es un
desencanto: trae el recuerdo del Mapocho, del Manzanares, de todos
esos álveos famosos que parecen haber gastado sus ondas en alimentar
su nombradía. Completa la semejanza un hermoso puente «romano», como
el de Toledo y ese otro de Santiago, que los chilenos no han sabido
conservar ... Se pasa delante de los pobres suburbios de Monserrate
y La Palma; por poco se atraviesa el Matadero ... Positivamente el
vestíbulo de Lima está destituído de prestigio. Es algo así como la
entrada á una casa solariega por la caballeriza y la cocina. Después de
apearse en el mejor hotel,—que merecería ocupar un puesto distinguido
entre las ventas manchegas del Puerto Lápice,—el forastero echa á
correr por estas plazas y calles estrechas, cuya apariencia entre
colonial y morisca trae un primer encanto; cuyos nombres anticuados:
_Inquisición_, _Espaderos_, _Virreina_, _Judíos_ ... despiden desde
luego no sé qué tufillo de poesía aviejadita, trascienden á sahumerio á
la vez «perricholesco» y monacal.

Las capitales seculares que alcanzan originalidad son las que condensan
los rasgos dispersos de su pueblo. Entonces, esos montones de piedras
y ladrillos se impregnan de humanidad, hasta el grado de ser casi
personas: y lo son para mí, simbólica á par que sociológicamente.
París, en verdad, es un artista; Berlín, un soldado; Liverpool, un
marino; Génova, un mercader. Y esto, sin calcular ó pesar al pronto
la importancia positiva del íntimo carácter: Génova, por ejemplo,
tiene menos comercio que París.—Lima es la ciudad-mujer. (¡Oh! por
favor: ¡reprimid esa sonrisa intempestiva!)—Es una mujer, en su porte
exterior, en sus primores y achaques arquitectónicos, en su índole
toda política y social, en su alma, por fin, ó sea en su historia
entera, femenina y felina, infantil y cruel. Como tal hay que verla,
para juzgarla con equidad. Las joyas y adornos, los afeites y colores
vistosos, la excesiva coquetería ornamental, la pasión del lujo y la
preocupación permanente de agradar y seducir: todo lo que nos parece
ridículo y displicente en el hombre, se torna atrayente en una dama
de alcurnia que ha nacido rica y vivido ajena á los problemas de la
existencia material. Disculpad su vanidad pasada, su ligereza, sus
imprudencias ¡es una mujer! Otras ciudades son fuertes, heroicas,
grandes por el pensamiento ó la acción: Lima ha sido encantadora; era
su función y su excelencia—hasta el rayo terrible que la fulminó.
Escribamos de ella, entonces, sin rigorismo austero. Al levantar el
velo de su dolorosa decadencia, no olvidemos que él envuelve á una
herida: hablemos de la pobre viuda que fué reina, con reverencia, con
ternura, con piedad ...

       *       *       *       *       *

Todo aquí revela á la ciudad _noble_: fenómeno extraordinario y casi
único en América. Mucho más aún que la rica y populosa Méjico, ha
sido Lima la verdadera patricia criolla; y es bien evidente que de
su emancipación arranca su decadencia. La era moderna, igualadora y
constitucional, la ha deformado más que embellecido. Así en lo material
como en lo político, se ha mostrado inhábil y torpe para ese «progreso»
tangible que Montevideo y Valparaíso se asimilaban maravillosamente.
Muy al contrario de Buenos Aires, que renacía en verdad con la
Independencia y comenzaba á dilatarse en la tabla rasa de su Pampa,
indefinida como su ambición y su destino, barriendo desdeñosamente todo
vestigio colonial: Lima ha vivido y permanecido como el injerto más
floreciente del tronco indígena. La unión fecunda de Pizarro con la
hermana de Atahualpa tiene el significado y la belleza de un símbolo:
como el conquistador, Lima toda empalmó su nobleza histórica en la
legendaria de los Incas. Hasta después de romper la aurora nueva,
continuó soñando con su primacía. En el congreso de Tucumán, todavía,
como solución del solemne problema futuro, ella era en realidad quien,
inconsciente y mal despierta, balbucía el nombre incásico de no sé qué
Huaina más ó menos Capac ... Á semejanza de su gloriosa metrópoli,
había de encontrar en su grandeza antigua el primer obstáculo á su
transformación; y como ella también, eternamente fluctuante entre sus
tradiciones seculares y las exigencias de los tiempos nuevos, había de
caminar adelante con la mirada hacia atrás por la pendiente sembrada de
precipicios.

Según lo que era de esperarse, estos caracteres profundos brotan
exteriormente en la forma y disposición de los edificios privados
y públicos; del propio modo que la naturaleza salina de un asiento
terrestre asoma por defuera en visible eflorescencia. La estructura
material de una ciudad es la cristalización de sus costumbres; y así
la arquitectura viene á ser el comentario perpetuo de las evoluciones
sociales que constituyen, con sus capas sucesivas, la masa histórica
nacional. Que el Perú, mucho más que la Argentina y el mismo Chile,
resistió cuanto pudo la intrusión del espíritu moderno, bastarían á
demostrarlo—sin acudir á los datos confirmativos de cien documentos
escritos—el desarrollo precario ó nulo de las instituciones exóticas
que implantaron en Lima el esfuerzo administrativo ó el mero
prurito de imitación. Y no me refiero, por cierto, á muchas ciudades
importantes del interior, como Cajamarca ó el Cuzco, donde se vive en
pleno «indigenado», sino únicamente á la capital que puede, además,
considerarse como una gran población litoral.

Es inútil decir que, poseyendo en abundancia oro y plata, guano y
nitrato, no podían faltarle los iniciadores del progreso moderno:
los Meiggs y Dreyfus, los Grace y sus «compañías» tenían que acudir,
numerosos y voraces como los lobos marinos en la bahía del Callao. De
ahí, los ferrocarriles en despeñadero, los vapores subvencionados,
los sindicatos mineros, fabriles, agrícolas; de ahí también, los
empréstitos usurarios y, como consecuencia, los pocos pero muy costosos
edificios de utilidad ú ornato que disuenan en la histórica ciudad.
Estas muestras de flamante civilización han quedado sin digerirse,
como cuerpos extraños en el organismo colonial. Las calles de asfalto
y macadam vuelven á su estado primitivo por falta de compostura;
la higiene urbana queda como antes confiada en gran parte á los
gallinazos ó zopilotes; el peregrino va en tranvía vacío al palacio y
magníficos jardines de la «Exposición», donde ha de encontrar á cuatro
forasteros. La imponente Penitenciaría, construída por un paisano
de Meiggs—naturalmente—sobre el modelo de la de Filadelfia, está
administrada á usanza de los antiguos presidios. Hay un admirable
monumento al «Dos de Mayo», cuyo grupo inferior—creo que de
Carrier-Belleuse—es probablemente la obra escultórica más bella de la
América española: lo han relegado á una plaza lejana donde nadie lo ve
...

Es porque todo ello, lo repito—y multiplicaríanse los ejemplos
indefinidamente—representa un conjunto de elementos adventicios y
pegadizos que el pueblo no pedía antes ni aprovecha después. Lejos
de embellecer á Lima, estas nuevas importaciones le quitan algo de
su armonía. Hasta la animada cuadra de _Mercaderes_, con su fila de
tiendas pseudo parisienses, sería una disonancia chillona, si sus
inevitables «_Villes de Paris_» no se hallaran incrustadas entre
rejas y balcones del buen tiempo. La verdadera Lima, la auténtica y
genuína que queremos mirar y admirar, es la de las cincuenta iglesias,
conventos y beaterios; la de los viejos caserones esculpidos, con sus
rejas voladas y sus labrados balcones de vidrieras y celosías; la
de las recobas y portales con su vaivén de tapadas, y sus grupos de
cesantes que evocan recuerdos de licenciados famélicos y covachuelistas
del virreinato; la de la Plaza de Toros y la Alameda de Acho, donde,
al caer de la tarde, los árboles sombríos parecen esperar aún á las
parejas enamoradas; la del «Paseo de Aguas» y de la Perricholi, cuyos
descendientes vagan alrededor de los escombros señoriales sin sospechar
su gloria de opereta; la Lima, por fin, de la historia y la leyenda, de
las «tradiciones» que no sean gacetillas, de la poesía que no haya sido
diluída en verso asonantado ni en novela por entregas.

Todo la evoca ante la imaginación, todo la vuelve presente y resucita
tangible por sugestión omnipotente. Los edificios en otra parte más
prosáicos, los que pudiéramos llamar «vulgares por destino»—como
se dice de ciertos inmuebles por ficción legal,—se ostentan aquí
ennoblecidos de historia ó iluminados de tradición. El actual Palacio
de gobierno era la casa de Pizarro: allí fué asesinado el rudo y atroz
conquistador, procurando besar antes de morir la cruz pintada con
su propia sangre en el pavimento;—y salieron los asesinos de esta
casa que tenéis á la espalda, en el portal de Bodegones y Botoneros.
La Cámara de diputados es el antiguo claustro universitario de San
Marcos, de cuyas aulas pedantescas se volaban anualmente bandadas
de bachilleres y licenciados, llevando en el pico, en vez de gajo
verdeciente, una astilla de enjuta escolástica. El recinto del Senado,
en la plaza de la Inquisición, es la propia sala de consultas del
Santo Oficio, que funcionó en Lima mucho tiempo después de no ser en
España sino un recuerdo aterrador: el magnífico artesonado de nogal,
maravillosamente tallado, fué regalo del Consejo central á su sucursal
indiana más meritoria. Otra página sombría—moderna, esta vez—en el
mismo vestíbulo: el ex-presidente Pardo—el hombre superior de su
generación—entonces presidente del Senado, pasaba delante del piquete
que le presentaba las armas; de repente, el sargento le descargó su
fusil en la espalda: cayó mortalmente herido, en una losa del patio que
se señala siempre ... Muchas iglesias son de gran riqueza y estilo,
como las de San Pedro, de San Francisco, de Santo Domingo con sus
airosas torres y fachada romano-moriscas y su claustro más opulento
aún. Y cada monumento, además de ser bello, enseña en la perspectiva
del pasado su noble vetustez, como por entre una larga avenida de
recuerdos. La catedral famosa, con sus tres naves inmensas y sus altas
bóvedas ojivales, ostenta un tesoro material en su altar mayor, y un
tesoro artístico, mucho más raro y valioso, en su vasto coro capitular
de innumerables asientos tallados en cedro, con su figura de alto
relieve esculpida en cada respaldo monumental.

Después de recorrer su riqueza ostensible y, si tenéis en ello interés,
examinar sus relicarios, no abandonéis aún la ornamentada basílica:
en una cripta de piedra, debajo del altar mayor, os mostrarán, en su
féretro de cristal, el esqueleto momificado de Pizarro, con la puñalada
aún visible que le rompió la clavícula derecha. Este espectáculo os
deja pensativo: deseáis, queréis estar seguros de su autenticidad—á
pesar de no haber sido demostrada oficialmente sino por arqueólogos de
Ateneo—y, por un momento, la imaginación reviste de carne esa máscara
agestada y chata para devolverle el duro perfil del conquistador. ¡Qué
sueño espléndido, rutilante de oro y sangre, fué su destino! Pero
¿quién sabe si lo sintió y midió como nosotros, y si no es nuestra
fantasía más bella que la realidad?—Lo que no era ilusión, en todo
caso, era el temple de esas almas de acero en sus cuerpos de bronce.
Pizarro, después de todo, ha sido aún más valiente que cruel, más
ávido de batallas que de suplicios;—y el poeta historiador que él no
ha tenido hasta ahora, vacilará tal vez en decidir si la púrpura que
envuelve al imperial aventurero es la del verdugo ó la del triunfador
...

Aunque nuestra moderna «economía política» nos permitiera invertir
sumas tan cuantiosas y existencias enteras de artistas en tales obras
arquitectónicas ¿cómo podrían jamás rivalizar nuestras fábricas
advenedizas y flamantes con esos testimonios solemnes de la historia
secular? Es conveniente, es necesario desdeñar la nobleza y los
pergaminos; y digo que es necesario, porque, á no ser así, habría fuera
de Lima y en todo este mundo nuevo, demasiada gente mal entretenida en
perseguir un intangible ideal ...

       *       *       *       *       *

¡La devoción, la codicia, el amor! Ha subsistido durante dos siglos
y más, á orillas del Rimac, á tres mil leguas de la madre patria,
una pequeña España criolla, semejante á la originaria bajo las tres
faces características de su idiosincrasia. Pero era esta una colonia
tropical, es decir una reproducción allegadiza, un injerto exuberante
que abría sus flores bajo un cielo sin lluvias ni escarchas, y extraía
la savia vital, no del mismo suelo nutricio, sino del tronco indígena
á que la conquista lo adhirió. Por eso degeneró la fibra primitiva; y
faltó á la hija indiana de los reyes el rasgo profundo y persistente
del patriotismo vivaz, que completa y explica á la España caballeresca.
Más que una Toledo ó una Burgos semicastellana, fué Lima una Granada
mitad incásica, como la otra quedara mitad morisca, á pesar de las
conversiones y los destierros. Y en sus feudos, más ricos y sumisos
que los de Castilla y la misma Andalucía, la trasplantada aristocracia
levantó iglesias opulentas, palacios y casas solariegas, derramó
pródigamente el oro y la plata de sus minas repletas, resucitó en la
tierra de los virreyes la vida de lances y torneos, de procesiones
y amores, de corridas de toros y autos de fe que caracterizan á
la España de la dinastía austriaca. Fué aquello la fiesta secular
del virreinato—con breves intermedios de sublevación indígena que
completaban la ilusión de la reconquista morisca. Las generaciones
de siervos quedaban tendidas en las selvas y las minas, á guisa de
espesa capa del humano mantillo que era necesario para que la Lima
aristocrática y voluptuosa pudiera deslumbrar y florecer. Al lado de
la nobleza de la sangre, surgía otra nobleza del oro, más fastuosa
que la otra: una veta nueva pagaba la flamante ejecutoria. Á pesar de
las precauciones y distinciones recelosas, en el misterioso crisol de
la raza se mezclaban y fundían elementos heterogéneos: al modo que
la ambición de los primeros conquistadores había creado una nobleza
mestiza, más tarde los amores de los virreyes y magnates dejaban
una aristocracia criolla, y tal cual chola picaresca hacía cepa de
marqueses ...

Todo ello á la distancia, iluminado por la leyenda y la fantasía, forma
un conjunto deslumbrador: tan fascinante y seductivo que al artista
enamorado de lo bello casi le falta valor para hundir su mirada en
las miserias y ruinas futuras que se encubrían debajo de aquellos
esplendores; tan colorido y real para la imaginación, que el cuadro
primitivo persiste aún después de tamaños trastornos y descalabros.
Al pasar delante de esas mansiones señoriales de patios inmensos, de
balcones calados como encajes, de grandes escaleras esculpidas, se
espera vagamente ver salir á la marquesa de Guadalcázar ó á la condesa
de Chinchón—la de la cascarilla—en sus largos vestidos de terciopelo
henchidos por el guardainfante bajo la basquiña recamada de seda y oro.
Al penetrar en el maravilloso palacio de Torre-Tagle, cuya fachada
primorosamente labrada con sus dobles balcones, cerrados y tallados
como cofres orientales ó cristianos relicarios, sugiere la idea de un
santuario que fuera también un harén,—se busca en el poyo de piedra
del espacioso portal á los lacayos de librea que os anunciarán á Su
Excelencia. Por la mañana, ó más bien al caer de la tarde, en los
antiguos barrios silenciosos «de la gente», todo conspira á preservar
vuestra ilusión. De las calafateadas ventanas bajas, con su reja volada
que permite ver sin ser visto, se escapa un cuchicheo femenino; una
forma esbelta, rebozada en la manta negra, sale de un zaguán vecino;
no habéis entrevisto sino algunos rizos de azabache sobre una frente
de nieve, y el rápido espejeo de una mirada juvenil: basta para que
la aparición furtiva traiga reminiscencias de citas amorosas, en esa
alameda sombría á orillas del Rimac, ó en el atrio profundo y más
discreto aún de una iglesia ... Pero ¿qué mucho? si en cualquier
esquina, la realidad palpitante y viva se alza para solidificar vuestra
ilusión.—Pasaba cierta noche con un amigo limeño por el Estanque
de Aguas que el virrey Amat hizo construir, para que su Perrichola
tuviera ese juguete de Semíramis debajo de sus ventanas; mi compañero
me enseñaba la casa misma de la favorita, el teatro de esa pasión
senil que fué un verdadero hechizamiento. Yo evocaba en el silencio la
extraña figura de esa comedianta criolla que la parodia no ha podido
vulgarizar y que el agudo buril de Mérimée adivinara mucho mejor que
el esfumino de los «tradicionalistas» de oficio. De la esquina misma
una sombra se destacó, y mi _cicerone_, tocándome el codo murmuró: «Es
Amat, el bisnieto de la Perrichola ...»

¡Sueño resplandeciente y embriagador! Así vivió, divertida y soñolienta
la población coqueta, mientras sus millares de esclavos traían á sus
piés las riquezas al parecer inagotables de sus montañas. Pasaban los
años; se desmoronaban los vetustos edificios coloniales, y ella creía
que bastaba cambiar el escudo de su palacio y reemplazar con un gorro
frigio su corona ducal. En tanto que en torno suyo todo se transformaba
y renacía; que los duros hijos del trabajo echaban ya, al pasar por
su lado, una mirada insolente á la sultana mecida en su hamaca, ella
se encogía de hombros y seguía durmiendo al rumor del festín. Con su
indiferencia de patricia, había dejado que se mezclasen y cruzasen
en sus haciendas y montañas todas las razas inferiores, produciendo
variedades más inferiores aún; los negros africanos después de los
indígenas, los chinos asiáticos por sobre los zambos, mulatos, mestizos
prietos y claros, cuarterones y «sacalaguas» de todo matiz. Y, después
de reir y cantar, de deslizar su vida entre fiestas y siestas,—en
una hora fatal sintió llamar rudamente á la puerta de su palacio: era
el chileno, sobrio y audaz, enérgico y aguerrido, escapado, como ella
decía con desprecio, «de ese antiguo presidio del sur»—¡era el chileno
que buscaba una presa! Y Lima entonces no encontró para oponerle sino
la multitud bastardeada de su imbele servidumbre; y como en los días
antiguos de Cajamarca y Túmbez, las tropas peruanas se rindieron al
conquistador.


II

En los vaivenes de la fortuna que constituyen su historia, casi
todas las naciones han conocido las humillaciones de la derrota y
los destrozos de la invasión. Casi todas también han reaccionado
y, después de un desfallecimiento pasajero, han podido recobrar la
fuerza y la salud. La pérdida de una provincia es una amputación; pero
las naciones se asemejan á esos organismos de vida descentralizada
y difusa que reconstruyen á la larga su miembro perdido. Cuando un
pueblo languidece para siempre después de tal mutilación, es porque se
hallaba de antemano herido en las mismas fuentes de la vida. Creo haber
mostrado anteriormente las causas generales de la decadencia peruana.
La catástrofe de la guerra chilena ha descubierto el mal latente y
precipitado su crisis—pero no lo ha creado. Así como la posesión de
Tarapacá no ha producido la prosperidad de Chile, su sola pérdida no
podía acarrear la ruina irrevocable del Perú. Desearía muy de veras
que esta revelación implacable del mal contribuyese á despertar de su
letargo á un pueblo que no se puede conocer sin cobrarle simpatía; y
por eso me atrevo á mostrarle á las claras el desarrollo creciente de
su decadencia.

Esa decadencia es por todas partes y bajo cualquier aspecto,
perceptible, patente,—temo que irremediable. No arranca la gravedad
del mal de los territorios perdidos, de Chorrillos y Miraflores
arruinados, de la marina y el ejército poco menos que aniquilados—ni
siquiera del erario indigente, de las industrias paralizadas y de las
fortunas particulares desvanecidas ó apocadas. La causa primera es
más profunda. Los accidentes terciarios y ya constitucionales de la
infección nacen en lo más hondo del organismo. El tejido celular de una
nación, es el mismo pueblo; pues bien, este tejido esencial es el que
está envejecido y enfermo en el Perú. ¿Dónde encontrar, entonces, el
punto de apoyo para una reacción salvadora y radical, capaz de devolver
al organismo postrado la elasticidad y el vigor de la juventud?

Los síntomas superficiales son meras indicaciones concurrentes para
guiar al observador; todos ellos conducen y convergen á esta pregunta
capital: ¿por qué? Después de doce años, la respuesta unánime de los
peruanos es siempre la misma: la guerra chilena. ¡Oh! sin duda, la
invasión ha revestido un carácter despiadado y feroz, tanto que en
algunos casos rayó en ridícula, con ser tan rencorosa y mezquina. Lo
he dicho ya y lo repetiré á su tiempo: el término de la campaña no
ha honrado al vencedor. Pero con todo, después del saqueo y de la
mutilación, el Perú disminuído ha quedado más rico, acaso más poblado
que Chile después de sus provechosas anexiones. Examinad de paso ese
marasmo persistente de una nación entera, en sus manifestaciones más
palpables y elocuentes, y decid, con la imparcialidad del testigo antes
simpático que adverso, si la respuesta del pueblo peruano es atendible
y si puede señalarse la invasión chilena como la causa de la ruina
general.

El aspecto todo de la vida limeña revela la pobreza ó la estrechez. El
único medio circulante es esa gruesa moneda de plata, cuyo martilleo
retumba en el mostrador de cada tienda ó almacén, como hace veinte
años en Tucumán ó Salta. Las principales casas importadoras se
sostienen escasamente; en cambio prosperan los «empeños», y es el
primero de todos una «joyería» dirigida por un judío alemán, gran
comprador de muebles y alhajas, vestigios de la pasada prosperidad.
Las liquidaciones caseras, día á día, son incesantes: por todas partes
os ofrecen cofres labrados, huacos, cuadros, aderezos, vestidos.
Para una capital de 130.000 habitantes, hay dos ó tres fondas de
tercer orden, amuebladas y servidas á la criolla. El único tranvía
urbano lucha por la vida. En una estadística reciente, veo que el
número anual de telegramas transmitidos por todas las oficinas de
Lima—incluyendo la de Palacio—es de 8163, que ha producido poco más
de 5000 soles. No hay teatros. He ido á la Plaza de Toros—inmensa,
pintoresca, con sus capeadores criollos á caballo:—habría mil personas
en los «tendidos» más baratos, entrando en cuenta un batallón de
línea con bayoneta calada. Los portales y recobas de la Plaza Mayor
hormiguean de día con un ejército de «cesantes», _vulgo_ ociosos,
como en la Puerta del Sol—pero sudando la pobreza, con levitas
negras que espejean como charol, sombreros atornasolados y fisonomías
de escribanos y alguaciles. De noche suelen tocar en dicha plaza
dos ó tres bandas de música, juntas ó alternando: la «sociedad» no
concurre, y el bajo pueblo, humilde y dócil, se sienta en la inmensa
gradería de la catedral, que llena la mitad de la cuadra. (¿Cómo no
recordar los bancos de mármol que allí faltan y adornan innoblemente
la plaza de Santiago?) La Exposición, con sus jardines y sus salas de
artes y antigüedades, es un paseo espléndido pero desierto. Allí he
admirado _huacos_ de trabajo finísimo, jarrones y ánforas dignos de
la civilización asiria ó etrusca; las telas de Merino y de Montero
sorprenden al que conoce las producciones pictóricas de Chile y la
Argentina. (El cuadro famoso de los _Funerales de Atahualpa_ carece de
vida en su conjunto: la actitud teatral y congelada de los personajes
recuerda una caída de telón de ópera, un final de tercer acto después
del _tutti_ infalible; los detalles son excelentes como carácter y
dibujo; Pizarro algo convencional, pero el Inca es admirable de verdad;
algunos monjes asumen una realidad sorprendente, y el colorido es
rico y armónico.) Los parques y macizos de flores, llenos de plantas
tropicales, están abandonados. He ido dos veces; no había diez
personas, incluyendo á nuestra comitiva de cinco ó seis. La magnífica
catedral está cerrada: el techo se viene abajo y faltan los fondos
necesarios á su reparación. La vida social es casi nula; las famílias
no salen sino á misa; los hombres hacen visitas los domingos, después
de almorzar, como mujeres. Salvo excepciones, una visita nocturna, de
improviso, sería casi una impertinencia: las señoras elegantes tendrían
que arreglarse á escape, encender las lámparas: un zafarrancho general.
Algunos amueblados son lujosos, todavía; pero las casas más ricas
permanecen cerradas; las gentes de fortuna están viajando por Europa
ó los Estados Unidos: en el grupo patricio hay un furor enfermizo de
expatriación.

¿De qué proviene esta decadencia general? De la guerra, se os contesta.
Pero la guerra no ha quitado definitivamente al Perú sino las
salitreras de Tarapacá, que no representaban, lo mismo que ahora, sino
la plétora perniciosa y malsana para el fisco nacional: es decir, los
medios de fomentar la corrupción política en sus peores formas. Con
ó sin estancos salitreros, hubiérase producido el empobrecimiento de
las minas mal explotadas, el envilecimiento de los productos agrícolas
confiados á la elaboración indígena ó china, á la dirección mercenaria.
¿Cómo admitir que el país entero se confundiese con la administración,
no siendo rico sino por la riqueza fiscal y quedando pobre con la
pobreza de aquélla?

La importación total durante el año de 1891 ha sido de 15 millones
de soles, y la exportación de 12 millones: la diferencia se salda
con liquidaciones, ventas, hipotecas usurarias. El presupuesto de la
administración alcanza á 7 millones de soles, merced á un sistema de
impuestos agobiador para las escasas fuerzas del país: supera la mitad
de la exportación nacional. Hace poco menos de veinte años que, por
vía de empréstitos, acciones y empeños, los gobiernos sucesivos han
enajenado las fuentes de recursos más valiosas del Perú. Los mismos
pastores han abierto la puerta del redil á los lobos de afuera. Algunos
gobernantes han recogido, en esas pobres cajas semi vacías, fortunas
escandalosas. En la actualidad, la suerte del Perú está fluctuando
entre el ex-dictador Piérola, que entregó á Lima y enriqueció á
Dreyfus, y el general Cáceres que perdió la última batalla y cedió á
Grace los ferrocarriles y las minas del Cerro de Pasco. Este candidato
es impopular en Lima y tiene en contra suya al Congreso; pero será
elegido porque no existen en el Perú ni partidos organizados, ni
elecciones, ni convenciones, ni cosa alguna que se parezca á vida
política: nada que no sea la vegetabilidad inconsciente é inerte de las
grandes postraciones.

Si después de daros cuenta de lo que es la actividad externa y social,
queréis penetrar en la intelectual os encontráis con la estagnación
ó el retroceso. La prensa está desarmada, más que por la mordaza
administrativa, por su propia insignificancia ó pusilanimidad. Hay
hasta dos diarios que no carecen de cultura y buena intención: lo que
se busca vanamente en sus columnas castizas, es el acento convencido,
la protesta dolorosa é indignada del patriotismo. Por lo demás,
pocos los leen y nadie los escucha. Actualmente tiene descolgada la
popularidad uno de esos pasquines virulentos y groseros que, para
nosotros, parecerían contemporáneos del padre Castañeda. Ha hecho
brotar una familia de «satíricos», cuya necedad sólo está superada por
su pedantería. La cuarteta es la forma habitual de la discusión, siendo
su fondo el retruécano sobre el apellido, la alusiones indecentes á los
actos privados, á la mujer, á la familia del que se ataca hoy—y es el
mismo á quien se abrazaba ayer y se adulará mañana. En todas partes los
versos pululan, de toda laya y complexión. Hombres más que maduros,
que han aspirado á estadistas, consumen los seis días de la semana en
este oficio de remendón. Habiendo envejecido sin sospechar nada de la
evolución moderna se sorprenden cuando, improvisados diplomáticos de
sonsonete, pasan por nuestras traviesas ciudades del Plata, dejando un
reguero de ridículo.

El pensamiento anémico de un pueblo entero acaba de extenuarse bajo ese
régimen de verdadero parasitismo pedicular. Ahora bien, como remedio á
los males presentes y á las catástrofes futuras; como _Sursum corda_
generoso y varonil, enfrente de este descenso gradual de los espíritus
y las conciencias, los «pensadores» no preconizan el trabajo material,
la iniciación civilizadora, el deletreo paciente de la ciencia y
la filosofía modernas; sino la redondilla y la décima, en español
castizo.—Cuéntase que los bizantinos seguían discutiendo una regla
gramatical, en tanto que los turcos batían sus murallas; pero no dice
la historia que continuarán su tarea de eunucos después del saqueo y
la rendición ... En Lima se siente ahora como una recrudescencia de
la palabrería pedantesca y vacía. Funciona solemnemente una «Academia
de la lengua», sucursal de la que elabora en Madrid tan exquisito
diccionario. Para procrear una obra inspirada, para dar al fin con la
originalidad y la vida, estos «excelentísimos» se cuelgan del pescuezo
un abalorio y, puestos en cuclillas, formando rueda, teniendo cada
cual en la mano su diploma de la academia matriz ¡se calientan al
reflejo de una luna menguante! El achaque es epidémico y crónico. El
mismo gobierno—el ministro del ramo es académico—que no pudo mandar
á Chicago una sola muestra de las riquezas históricas y naturales del
Perú, ha costeado en Madrid, durante el concilio de la «Lengua», á su
correspondiente y distinguido defensor. Los resultados no pueden ser
más tangibles; el representante los comunica alborozado: «Después de
una descomunal batalla acerca del adjetivo de _inca_, quedaron fuera de
combate, _incásico_, _incano_ é _inqueño_, declarándose por quienes lo
saben bien, que _incáico_ es el derivado legítimo de los soberanos del
Cuzco y el único que, como tal, debe ceñir la _Mascaipacha_ y empuñar
el _Tupaccurí_ gramatical. ¡Victoria completa!»—Pobres victorias
peruanas! Entretanto, la enseñanza primaria y profesional, las escuelas
y colegios retroceden á un estado rudimentario y verdaderamente
_incáico_ ...

       *       *       *       *       *

Todos esos rasgos son exteriores y parciales: podría en cierto modo
dudarse de que sean plenamente significativos y sintomáticos de un
estado general. Pero hay aquí, en mi sentir, dos estigmas profundos
que anuncian ó caracterizan la degeneración orgánica. Es el primero
el acceso libre y próspero de una raza inferior que, gradualmente, se
infiltra en el elemento nacional, aunque sea el más bajo y débil, para
debilitarlo más y rebajarlo aún. El segundo es la marcada superioridad
de la mujer sobre su compañero social: manifestación que parece también
un signo de atavismo regresivo propio de las razas envejecidas. No
necesito decir que si, como materia de observación, ambos rasgos son
interesantes y dignos de estudio, distan mucho de ser igualmente
atrayentes.

Después de la bastardía étnica, debida á la antigua mezcla indígena
y africana, el Perú está sufriendo ahora la del contacto asiático; y
ello, en un grado de intensidad que no admite comparación con el de
otras regiones invadidas. La colonia china de San Francisco, acaso
más numerosa y rica que la de Lima, no es ni será nunca un elemento
asimilado, ó sea un peligro nacional. La _China town_ es el _Ghetto_
de estos modernos judíos, que han sido tolerados como instrumentos
de cierto tráfico ó del trabajo vil. Á mas de que su residencia en
California se hace cada vez más precaria, no creo que haya ejemplo
de una unión contraída ni de un real compañerismo entre «celestes»
y terrestres. Permanecen allí como ilotas ó parias, aislados y
rencorosos.—En el Perú, los he visto risueños, contentos, cariñosos
como buenos perros domésticos. En las faenas del campo y de la ciudad,
se mezclan y confunden casi con los «cholos» de cualquier matiz,
hasta que logran desalojarles sin ruido de los oficios provechosos.
Insensiblemente, van invadiendo como una lepra los departamentos del
litoral y hasta del interior. No inspiran repugnancia á las criollas,
ni ellos la tienen en absoluto por las costumbres indígenas. Después
de algunos años se cortan la trenza,—la inmunda cola de lagarto que
trae reminiscencias de soga y látigo,—se hacen _kiu_ ó renegados, sin
tornarse abominables para los recién llegados. Muchos son católicos,
visten á la chola, se casan con mestizas y procrean abundantemente una
nueva variedad de peruanos que me han parecido—¡cosa terrible!—más
agraciados é inteligentes que los nativos de su condición. Son buenos
padres, excelentes maridos, laboriosos, económicos—y sus mujeres
viven felices. Ante esta adaptación perfecta, me siento inclinado á
creer que han dado con hermanos de raza, y me aproximo á la teoría
etnográfica que atribuye á una emigración asiática el poblamiento de
esta vertiente del continente americano. Así se explicaría lo de ahora
y lo de antes, y lo de más allá. En todo caso, esta fácil amalgamación
es profunda y tristemente significativa. Para que pueda realizarse
y ser fecunda esta nueva hibridación asiática, es necesario que las
anteriores hayan rebajado la raza indígena casi á su nivel. Ahora bien,
fuera de su destreza simiesca que sólo justificaría su colaboración
provisional en los países nuevos, el elemento chino representa la
parálisis evolutiva, la muerte de todo progreso, el opio difundido
en el organismo nacional.—Y ante todo, es un tipo deforme y feo, no
relativa sino absolutamente ¡la efigie divina se ha borrado de su
máscara bestial!

He visitado dos veces el barrio chino de Lima; y acaso, después de
conocer su colonia de San Francisco con sus teatros y bazares, vuelva
sobre este tema curioso y pintoresco. Aquí sus tiendas especiales y
puestos de comestibles ocupan un barrio entero, al rededor del mercado,
de donde casi han desterrado á los indígenas. Se les ve agitarse y
voltear sin ruido, en sus mesas de legumbres, carne, frutas,—ágiles é
infatigables como mujeres que no supieran chillar y alborotar.

Sentados en sus tabernas, delante de sus tazones hondos, manejando con
movimientos de ardilla sus palillos, como quien hace punto de media,
engullen rápidamente, envueltas en azafrán, comidas conocidas—cordero,
pollo, arroz—que me parecen nuevas, cosas limpias que me parecen
inmundas. Con sus muecas involuntarias en la palidez de cera vieja
de sus mascarones achatados y lisos, con sus divertidos ojillos
porcinos de «hombre que ríe» y sus dedillos flacos y exangües de
monos enfermos, parécenme caricaturales y grotescos, y hallo no
sé qué de repugnante y obscenamente senil en su parodia eterna de
nuestra humanidad. Por los callejones estrechos de sus refugios, en
las guaridas obscuras donde se apiñan en anaqueles de tabla, un olor
acre de opio y miasma os toma la garganta, y es necesario fumar todo
el tiempo para precaverse de la náusea. Hay cuartos de juego donde
mueven como prestidigitadores naipes grasientos y dóminos enormes,
apuntando con puñados de judías; talleres liliputienses de remendones,
sastres, costureros y planchadores de ropa,—rincones más inmundos
aún. Las cocinas apestan; las tostaduras de maní levantan el estómago.
Existe una gran piscina sombría para el baño común; y no sé por qué
este último detalle es más nauseabundo que los demás: me figuro
esos cuerpos obesos y pelados de batracios chapoteando en el agua
turbia ... Y en los pasadizos resbalosos y húmedos, cuyo vapor semeja
tufo visible, es un hormigueo de cosas y seres melosos, pegajosos,
horriblemente olorosos, que me traen el recuerdo de esos montones de
cucarachas tucumanas que hierven atascadas en un tarro de arrope ...
Por fin, hay los dormitorios de opio—y esto es lúgubre. Sobre catres
de tabla, la cabeza contra la pared descansando en una tijera de palo,
bajo el papel rosado con sus tres signos negros que encierran una
fórmula propiciatoria—de dos en dos, en una promiscuidad que hace más
repelente sus formas hermafroditas: están fumando sus largas pipas
de madera encima de la lamparita llena de aceite de maní, que clava
una estrella rojiza en las tinieblas ambientes. Según el estadio de
la embriaguez, varían las actitudes, más ó menos embrutecidas. El que
comienza, sentado, aspira febrilmente el veneno por el tubo recto y
activa la combustión de la resina negra; el humo acre se escapa en
espiral blanquecina; otro, ya vencido á medias, despide bocanadas
intermitentes, los ojos extraviados, una vaga sonrisa idiota en los
labios blancos, la mano vacilante; por fin, hay los que han caído
intoxicados, inertes, con la faz exangüe y cadavérica, los ojos
vidriosos de la muerte, levantadas las costillas por un vago jadeo de
éxtasis que parece una agonía. Un silencio de sepulcro:—y contemplo
horrorizado ese columbario de bultos humanos, sintiendo mi alma
agobiada bajo un terror desconocido—con el estremecimiento de la duda
y del misterio. ¿Quién sabe si no hay cierta grandeza oculta en ese
voluntario embrutecimiento, cierto melancólico desdén de la vida en esa
obstinada prosecución del aniquilamiento? ¿Qué largo sufrimiento de la
raza envejecida habrá transmitido á las generaciones la desesperación
hereditaria é incurable, hasta el grado de sustituir al natural afán
de la existencia el tétrico deseo del no ser?—Acaso, por sobre las
repugnancias de la forma y las sordideces del medio material, no sea
este desprecio de la realidad humana, esta sed inextinguible del
ensueño, más que un inmundo remedo del gran desprendimiento terrenal en
que se aletargó nuestra Edad Media: _¡Beati mortui quia quiescunt!..._

       *       *       *       *       *

Como carácter peculiar del grupo social peruano, he mencionado ese
rasgo curioso y significativo de la superioridad innegable de la
mujer. Este hecho se manifiesta, al contrario del anterior, en la capa
aristocrática del pueblo limeño. Todos los viajeros han celebrado la
belleza y la gracia de estas hijas del trópico; el brillo diamantino de
sus ojos negros; la frescura claustral ó la mórbida palidez de estas
flores delicadas, criadas en la sombra aunque nacidas al sol, y que
prefieren al aire libre la media luz crepuscular de la iglesia y del
salón. En su negro tocado tradicional, que tiene el atractivo supremo
del adivinado misterio y del contorno entrevisto, pasan esbeltas y
ligeras, batiendo el mármol de los atrios con su trotecito de pájaro, ó
huyendo, al caer de la noche, por la acera callada, con un roce y vago
aleteo de aparición.... No se ha celebrado bastante su fina elegancia
intelectual, la maravillosa fluidez de su dicción cantante, su perpétua
adivinación de lo que no pueden saber, la encantadora pedantería de
su discreteo de «preciosas» nunca ridículas. Basta una sola de estas
hechiceras para animar una tertulia de diez hombres, como basta un
ruiseñor para un jardín. Hasta creo que ellas mismas lo prefieren
así: devuelven el chiste, el epígrama, con una presteza y una soltura
admirables. La palabra se escapa, como el volante de una raqueta,
describe en el aire una curva graciosa y cae en el blanco sin vacilar.
Se expresan con una corrección, una propiedad pasmosas; se deslizan por
entre las asperezas de la «analogía», como la bolilla de marfil entre
las púas de un billar inglés. Triunfan, decididamente, en la sintaxis;
pero sin rigidez ni esfuerzo alguno. Son las hadas de la gramática.
Algunas han leído librotes para extraer de esos mamotretos un átomo de
miel que Vadius quisiera recoger en sus labios:

 _Ah! pour l’amour du grec souffrez qu’on vous embrasse!..._

Positivamente, son instruídas, letradas—y me ha parecido ver, en la
punta de algunos dedos de rosa, una manchita de tinta. Han nacido
epistolarias; y en esas cartitas satinadas que van y vienen entre Lima,
Santiago y Buenos Aires, no sospecharíais que se agita el equilibrio
sudamericano, como paréntesis á una consulta sobre la supresión del
flequillo ó la vuelta del traje _imperio_ ... ¡Os digo que son únicas!
Y, con todo eso, altivas, enérgicas, conscientes de lo que en los días
luctuosos debía hacerse y no se hizo; soberbiamente vengativas por
las heridas nunca cicatrizadas de su orgullo patrio y la ruina de su
grandeza nacional. Todo esto lo saben los pobres vencidos de ayer:
lo confiesan y reconocen con una ingenuidad que reemplaza todas las
demostraciones ...

Y después de pasar quince días al lado de estos seres exquisitos y
complicados, me embarcaré con el vago pesar de no haber encontrado el
talismán que volviera á este país la prosperidad perdida, á sus hijos
la energía reparadora y el esfuerzo viril—sin quitar á sus hijas la
gracia soberana, en ellas inseparable de la suprema distinción.

Pero algo más buscaré y por muchos días aún, tendida la mirada hacia la
costa peruana—algo que ya no encontraré sin duda en el largo viaje de
destierro y soledad: la casa amiga, llena de gorjeos infantiles, cuya
atmósfera tibia tuvo para mí la dulzura de un hogar; la cordialidad
sincera de una mesa argentina, el contacto de cada día, de cada hora,
con un espíritu de mi familia; la imanación refrescante del talento
juvenil, la hospitalidad practicada como un parentesco—los brazos
abiertos de García Mérou.



V

DE LIMA Á COLÓN

GUAYAQUIL.—PANAMÁ


Después de una quincena de gratísima estancia,—velada acaso por
la impresión de conjunto que me ha sido penoso formular,—tengo
que arrancarme de Lima, la muy noble y hechicera, que desprende el
encanto melancólico de la grandeza venida á menos. Presiento que tan
sólo ahora comienza para mí el verdadero y rudo viajar, es decir, el
extrañamiento, la soledad moral sin el paréntesis de las arribadas á
casas amigas: lo que en estrategia se llama «la pérdida del contacto».
¡Oh! ¡qué dura ha de ser esa larga abstinencia de charla familiar, el
eterno soliloquio del espíritu replegado sobre sí mismo! Nunca más
cierto que en la peregrinación el _Væ soli!_ de la Biblia: ¡Ay del
solo! que cuando cayere, no tendrá quien le levante ...

Hasta Lima había llegado, adelgazándose más y más al estirarse, el hilo
invisible que me ata á Buenos Aires: no sólo encontraba donde quiera,
en Chile y el Perú, una propagación de afectos ó relaciones fáciles,
sino que comprobaba personalmente la irradiación directa de la tierra
adoptiva. El hilo está roto. ¿Qué individualidad puedo yo esperar, allí
donde la Argentina parece mucho más desconocida y distante que en París
ó Londres? Tengo de ello una percepción inmediata, desde que piso la
cubierta del vapor _Imperial_, que me lleva á Panamá. _Once more upon
the waters!_ Pero esta vez, Childe Harold encanecido y sin lirismo, me
siento desorientado, aislado de veras, separado de mis cien compañeros
de cautiverio, menos aún por la falta de trato anterior que por la
ausencia de posible afinidad futura.

Desde que dejo de agitar el pañuelo hacia el grupo cariñoso que se
queda en el Callao, la brusca invasión del aislamiento cae en mi alma
como un gran silencio repentino; y en un ensayo de reacción infantil,
me pongo á leer dos ó tres pobres cartitas de «recomendación» para
Guayaquil y demás tierras calientes. Luego, semejante al medroso que
canta en las tinieblas, me doy á pensar que, en adelante, mi mejor y
fiel amigo hasta Méjico y California, mi interlocutor más sufrido en
esa vasta _terra incognita_, donde me tornaré al pronto tartamudo y
sordo á medias, será este cuaderno de papel blanco que he comenzado á
ennegrecer.

¡Triste paliativo para quien el escribir es tan tedioso! ¿Será
posible que exista un sér inteligente y delicado que, con toda buena
fe y espontaneidad, se entregue á este fastidioso enhebrar de frases
impotentes, desdeñando el noble deleite de imaginar á solas, sin lanzar
á la plaza pública sus confidencias? Ello parece tan inverosímil como
atribuir gustos de artista al ente subalterno que persigue mariposas
en la pradera, con el único afán de fijarlas, muertas y descoloridas,
en una caja de cartón ... Otra ha de ser la razón de los «apuntes de
viaje». Creo hallarla en el fondo de perversidad humana que descubre
especial fruición en el anhelo de lo vedado, ó, más generalmente, en la
inobservancia del deber ...

Ejemplo al caso; este deplorable oficio de «corresponsal» y futuro
autor de «impresiones», que tan de ligero me he impuesto, no tiene sino
una faz agradable: el no cumplirlo. Entonces se vuelve encantador. El
más insípido vagar cobra sabor de fruta prohibida. Decid al soldado
en campaña que su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo,
¡y le veréis volar á la _corvée_! ¿Quién osaría comparar las delicias
de una «rabona» á la tibia satisfacción de un asueto legítimo? He
descubierto, pues, este remedio—que me permito recomendaros—contra
el pesado aburrimiento de las horas de viaje: el tener siempre por
delante un programa de trabajo que no se ejecutará jamás. Así, al
perder en cualquier chata partida, ó en la sola ociosidad, el tiempo
que se debiera «consagrar» á la escritura, se experimenta una sensación
de triunfo: «¡Otra que te raspé!» Este condimento del pecado es lo
que llaman los moralistas el «remordimiento». Reflexionad: en la
vida no hay más cosas buenas que las prohibidas,—las contrarias
á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la salud.
La _obligación_—la misma palabra lo dice—es todo lo que _liga_
al hombre, coartando su independencia y soberbia altivez. La santa
Bohemia, ignorada de los burgueses y filisteos, sería en verdad la
tierra de promisión, si éstos no fueran los más fuertes y no nos
impusieran su ley.

Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no sería
inatacable, considerada «bajo el prisma» de la pedagogía ortodoxa.
Pero ¡en viaje! Como el _Maître Jacques_ de Molière, que cada uno
de nosotros lleva consigo, trocaré mañana la sonrisa del escéptico
por el gesto convencido del educador, de «uno de nuestros más
autorizados educacionistas»! Aunque, en el fondo, no sabemos mucho
más respecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos acerca
de su terapéutica. Andamos á tientas: _obscuré cernimus_. Apenas si
comenzamos á sospechar que los preceptos del catecismo y los sermones
carecen de eficacia; y que la real educación del sér joven no modifica
perceptiblemente el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por
la acción prolongada del medio, el choque diario de la experiencia, la
presión brutal de la necesidad que elabora las ideas útiles y crea los
poderosos hábitos ... Pero, queden para mañana los negocios serios!...

       *       *       *       *       *

  Guayaquil.

Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en su arenal, que
amojona la frontera peruana por el norte, y ya estamos en la bahía de
Guayaquil, remontando el amplio estuario. En esta hora matutina, la
costa baja parece encantadora, con su isla y aldea de Puná, abigarrada
de blanco y rojo, que se destaca netamente del verde intenso.—La
primavera, la aurora, la infancia: todo ello se muestra hechicero bajo
los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia se evapora con el fresco
cendal de la mañana, los rasgos se espesan ó se entumecen bajo el clima
disolvente y el sol abrasador.

Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lentamente; piraguas
afiladas, canoas y jangadas cubiertas huyen delante de nosotros,
traqueadas por el violento oleaje de nuestra singladura. Hacia el
nordeste, adonde vamos, lindas colinas arboladas se desprenden
del claro cielo, desenrollando hasta la ría sus tupidos vellones
de follaje. En torno de las cabañas brotadas entre los acuáticos
paletuvios, algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la
fresca pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol naciente
absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hunden en el légamo sus
zancos rígidos; loros y cotorras salpican su color vivo en el paisaje;
azuladas tórtolas revolotean en las esbeltas palmeras, se posan en las
gruesas raíces adventicias de los mangles, que, bañándose en el agua
inmóvil, remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar los
gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que hace un año
no escuchaba, transporta mi pensamiento muy lejos, á otras llegadas
matinales entre la algazara y la risa de los niños bajados del tren
medio dormidos: las temporadas de la estancia, los galopes á caballo
por aquellos bosques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones,
en vez de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura,
traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada existencia
independiente la fuerza y la salud ...

La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve aurora ecuatorial;
pero, al punto de emerger el disco del sol sobre la cordillera,
derrámase el incendio sobre el paisaje bruscamente iluminado; parece
que el lejano Chimborazo estuviese en erupción de llamas y rayos
ofuscadores; á poco se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear
su epidermis resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve
espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al mediodía, del
clima templado al tórrido, del dulce floreal al ardiente termidor.
Á medida que penetramos en el puerto fluvial, Guayaquil desarrolla
su hilera pintoresca en la margen derecha. Por entre la caldeada
atmósfera, cuyo espejismo hace vibrar las barcas en el río y las
casillas de madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de
derretirse, las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos
de los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de
la sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome, se
alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas cubiertas
que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña Venecia tropical—sin
historia ni monumentos.

Bajamos á tierra al medio día,—«en esta tierra, diría Tennyson, en
que es siempre medio día»[4];—recorro el malecón y la calle del
Comercio, en busca de la Casa de Correos. Encuentro una tienda obscura
y estrecha, amueblada con un mostrador; un mocito con cara de terciana
me vende una estampilla, y se retira tras de una mampara donde adivino
un catre tentador. Al notar que la estampilla no está engomada, esbozo
al paño un reclamo tímido. Sale una voz de la trastienda: «¡Ahí tiene
el tarro de goma!». Efectivamente, está un enorme tarro de cola sobre
el mostrador con un pincel descomunal. ¿En qué estaba pensando? Procuro
realizar la operación,—sin éxito, probablemente, pues del centenar de
cartas que durante esta media vuelta al mundo he de escribir, la de
Guayaquil, con tarro y todo, será la única que no llegue á su destino.
¿Será cierto que el servicio de correos es correlativo del estado de
civilización?

Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones son de
madera, desde las iglesias recargadas de florones y pinturas hasta las
aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de los portales en arcada,
adorno y refugio del malecón y calles adyacentes, el hormigueo de los
negros y mestizos, los puestos chinos con sus empalagosas emanaciones,
las carnicerías criollas, las pirámides de piñas y bananas, las cocinas
al aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en los
largueros: todo eso y lo demás, ya muy visto y conocido, rehace para
mí el cuadro sabido de memoria de todos los puertos tropicales. Ningún
movimiento, ninguna vida aparente en las habitaciones de los pisos
altos; ventanas y balcones tienen bajadas las celosías, como párpados
cerrados.

Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven las
exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guayaquil, un vasto y
pesado silencio amortaja el emporio ecuatoriano: el reino de la siesta.
Entro en el principal bazar de la calle del Comercio: está vacío. Me
enseñan «curiosidades»: esculturas á cuchillo postizamente bárbaras,
adornos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que remedan
el arte quiteño—indios mascando el _chonta-ruru_, etc.,—y que, desde
los quince pasos, huelen á baja factura italiana; y luego: pieles
de fieras, cocodrilos embalsamados, sombreros de jipijapa,—todo el
desembalaje cursi para turistas en demanda de color local ...

Me meto en un tramway vacío, tirado por dos mulas éticas que andan
paso ante paso, respetando el descanso de su cochero y mayoral. Las
afueras de la ciudad se muestran ya invadidas por la vegetación
tupida, espléndida, inquietante, que exubera y chorrea savia nutricia.
En la bóveda rebajada del cielo gris, la espesa colgadura de nubes
se desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando parches
de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero romano, un denso
vapor caliente, saturado de miasmas y fragancias vegetales que se
arrastran por el suelo, entre los charcos de la lluvia de ayer y la
atmósfera cargada y ya húmeda de un chaparrón cercano. Ya se desploma,
circunscrito y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue
el sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin un hálito
de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en el camino, quedan
en glóbulos de cristal sobre las anchas plumas verdes de los bananos.
Junto á sus ranchos ó bohíos de bambú techados de palma, algunas
mujeres y muchachos, sin inquietarse por el aguacero que gotea en su
hamaca suspensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis
de bronce. «Si va á pasar ... ¡Quién se toma el trabajo!...» ¡Sabia
economía criolla del esfuerzo, religiosamente observada en Sud-América!

Volvemos á los barrios centrales; me bajo del tranvía para andar más á
prisa. Visito la catedral de «estilo» jesuítico-español, cuyo frente
cuajado de molduras y rosetones encubre un interior suntuosamente
lúgubre; el colegio monumental y despoblado; el palacio episcopal,
advenedizo y cualquiera. En la plaza de San Francisco, una estatua del
presidente Rocafuerte—¿por Aimé Millet?—parece montar la guardia
delante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres de
Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de su relativa
desnudez. En la penumbra de la nave rectangular, tres ó cuatro mestizas
arrodilladas forman un grupo confuso tras de una joven que reza,
con la cabeza envuelta en su mantilla. La veo salir, bajo la plena
luz del atrio, y quedo estupefacto ante su esplendor, que contrasta
maravillosamente con todas las caras pálidas y marchitas que hasta
ahora he visto en esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta
robustez, esta legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los
ojos azules de una wili, con la carnación divinamente transparente
de la _Santa Catalina_ del Correggio. ¡Extraño misterio, que en
todos los pasajeros del _Imperial_ producirá el mismo asombro! pues
será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su marido, rico
comerciante francés que vuelve á la patria ¡extenuado por este clima
fatal! Ella evoca el recuerdo de esas espléndidas orquídeas de las
selvas natales, cuya mágica florescencia extrae frescura y brillo de
una atmósfera de fuego. Con su pobre marido carenado por una estación
en Vichy, la volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos
Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando su
belleza inalterable y fría como una gema,—á manera de esos témpanos
cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distancia, y son trozos de
hielo salidos del cráter en ignición.

Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enormes como de
muestra comercial, el nombre de un diario guayaquileño, y recuerdo que
traigo una carta de Lima para su director. Falta una hora para levar
anclas: aprovechémosla, puesto que viajo para instruirme.

En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clásica mesa de
redacción, más revuelta que un cuévano de trapero, me recibe un joven
esbelto y pálido, de modales corteses y aspecto simpático; parece
convaleciente, como casi todos los indígenas. Al ver mi carta, que
viene de un antiguo dictador—ó poco menos,—el periodista me considera
afiliado á su liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en
plena corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campanario
y las batallas liliputienses del papel—misterios todos que conozco
al igual que los combates de los trogloditas. Felizmente, mi amigo
flamante—«¡Cuente usted con un amigo!»—es otro pequeño Cotopaxi
oratorio: escucho el desfile previsto de la vida y milagros del déspota
del día—idénticos á los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer.
El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas disfrazada,
y el clericalismo más subido impera en la capital. Guayaquil es la
única ventana abierta sobre el mundo civilizado: aquí la mayoría
es independiente, liberal, radical. Está en elaboración la próxima
revolución, inevitable, triunfante, destinada á realizar todos los
ideales, todos los progresos,—probablemente en nombre de Alfaro ó de
Veintemilla, de quien creo que es pariente mi emancipador.—Poniéndonos
en lo peor, la ventana sirve también para decampar ... Por lo
demás—seamos justos—el tiranuelo actual, hombre de letras, no gasta
medios violentos; deja á los periodistas libres, en Guayaquil; ni
siquiera suprime los periódicos: se contenta con cortarles los pies,
como hacían los déspotas orientales con sus cautivos, permitiéndoles
arrastrarse por el suelo, en torno de su mesa. De acuerdo con el
obispado—¡foco del obscurantismo!—el gobierno se limita á confiscar
sin ruido todos los ejemplares de los diarios opositores que se envían
por correo. Como el «avaro Aqueronte», el buzón no devuelve su presa.
(¿Allí quedaría mi carta de marras?)—Pero todo está á punto de
concluir, de reformarse: la próxima constitución—anexa á todo vuelco
gubernativo—será perfecta y definitiva. Etc., etc ...

En tanto que el tórrido tribuno—sin duda, sincero—asesta en el vacío
su «ecuatorial», miro la susodicha estatua por la ventana abierta; y
aquella figura convencionalmente meditativa del caudillo guayaquileño,
evoca por asociación las de sus predecesores y sucesores, cuya historia
recorría á bordo, y no por cierto en autor adverso al tan hueco y
estéril cuanto celebrado liberalismo[5].

¡Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrientas, de pactos
y traiciones vergonzosos, de manotones «sorpresivos» y dentelladas
famélicas, con el acompañamiento repugnante de esa fraseología
jacobina, medio siglo después que en Europa ha sido arrojada á la
espuerta de la basura! Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas
trágicamente cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos,
saqueos y orgías de verdad: las peripecias del _Príncipe_ de Maquiavelo
puestas en acción, no por Malatestas y Castruccios, elegantes en su
misma corrupción y ferocidad, sino por mestizos lúbricos y ébrios, y al
compás de la bámbula ... Más sencillamente: imaginad nuestra anarquía
sanguinolenta de una década, prolongada por más de medio siglo—todavía
dura—y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de vincha
roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constituciones deformes y
proclamas idiotas, que parecen eructos á la libertad[6]!—Cada capítulo
de esa historia repite el anterior con insoportable monotonía, tan
sólo amenizada por lo grotesco del estilo.—Los anales del Ecuador
ostentan la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siempre
la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implacable en la
tierra; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa para asaltar el
efímero poder, que de antemano justifican y atraen las anárquicas
represalias. Una sola década hace excepción en más de sesenta años:
la de García Moreno, cuya mano de hierro se enguantaba de terciopelo
clerical, y que fué bárbaramente sacrificado, no por su despotismo y
más ó menos justificadas crueldades, sino por su energía autoritaria
que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransigente. En
suma, aquella dictadura, con sus errores y violencias connaturales,
representa el único esfuerzo intentado para domesticar el anarquismo
ecuatoriano. Con ella la nave nacional, bien ó mal orientada, seguía
un rumbo fijo, en lugar de ser juguete de las olas embravecidas, como
antes y después de la famosa Constitución de 1869 ...

Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido mi pensamiento,
dejando vagar la mirada en torno de la estatua de Rocafuerte, ahora más
que nunca meditativo, pues por efecto del vibrante miraje, paréceme que
cabecea de pie. En un resuello de mi «amigo», murmuro distraídamente,
designando al presidente de bronce:

—García Moreno ¿era de Guayaquil?

El periodista liberal me mira estupefacto: leo la indignación y el
escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyuntura para esquivarme,
después de las «cortesías de estilo», como dicen los repórters
criollos: «¡Cuente V. con un amigo!».

Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado el dejar
á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del Guayas. Podrían
servirme de disculpa mis sendas alusiones á los yacarés políticos ...
En puridad, nada tengo que reprocharme. Caudillejos aparte, y á pesar
del sol rajante (2° de latitud), habíamos fletado—seis ingleses y
yo—un vaporcito armado en guerra para remontar el Guayas hasta la
región de los saurios. Todo estaba pronto: provisiones, armas,—una
colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el reino
de los caimanes,—hasta un aparato fotográfico, _ad perpetuam rei
memoriam_ ... El tiempo de entrar en mi camarote para cerrar mi baúl,
y ya los amables ingleses se habían marchado, capturando el bote como
un simple pedazo de Venezuela.—Por lo demás, este rasgo de forbantes
no les ha sido de provecho. Tres ó cuatro horas después volvían al
_Imperial_, trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La
aventura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, merced á la
intervención enérgica de la ciencia. El médico de á bordo, un mestizo
rechoncho con cabeza de batracio, acude al pronto, arremangándose con
convicción, seguido por el comandante cargado de frascos. Sinapismos,
compresas heladas, friegas á brazo partido ... ¡nada! El enfermo,
tendido en un banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al
parecer. Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando:
_agua sedativa_, y echa una dosis en las manos del capitán puestas
en escudilla sobre el pecho desnudo del paciente ... ¡Doble rugido
del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro en el
estómago! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravilloso, y quedará,
sin duda, como la curación más notable que haya perpetrado este
descendiente de los brujos incásicos. Con semejante médico á bordo se
puede viajar tranquilo: si se atreviere á nosotros el vómito negro
¡dará con la horma de su ojota!

       *       *       *       *       *

  Panamá.

La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto: parece una
reducción de la de Río de Janeiro; sólo que aquí conviene llegar al
alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña necesita del sol
declinante para resplandecer en toda su gloria magnífica y teatral.
Desde la aurora estamos en pie—y no es mucho esfuerzo dejar cuanto
antes el sudadero del camarote.—Con lentitud y precaución, por entre
el dédalo invisible de los bancos de coral, el «steamer» da sus últimas
vueltas de hélice para fondear á pocos cables de la isla Tobago.

Á nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamenco surgen
con deliciosa audacia del círculo espumante de los escollos. El viejo
Panamá,—sombrío y erizado de rocas abruptas, que fueron bastiones
y parapetos en tiempos de Morgan y Pointis,—y la ciudad nueva, un
poco al oeste, pintoresca y alegre cual estampa iluminada, se yerguen
contiguos bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me
enseña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado estilo
hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje; la ensenada
del canal interoceánico en la Boca; al pie de la colina de Ancón, el
hospital de la Compañía, innumerable serie de pabellones elegantes,
lujosos, escalonados en la falda, como _chalets_ de recreo á la sombra
de cedros y naranjos. El sol naciente y tibio apenas alza su disco
sobre las islas verdes, arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de
la mañana; por doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que
alegran la vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la
menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de campanas
entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de magnolias ... Y
bajamos á tierra con esta impresión de alegría y bienestar, después
de una pesada travesía. Todo parece arreglado para seducirnos, hasta
este privilegio de puerto franco, que nos ahorra el enervamiento
del equipaje trastornado por la inquisición aduanera. Estoy á punto
de encontrar que Panamá, ciudad y clima, es adorable: un verdadero
«paraíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps, Zavala:
todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el istmo á vuelo de
buitre ...

Por su aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las antiguas
poblaciones peruanas; pero, sobre el antiguo fondo colonial, se
encuentra á cada paso el contacto de las dos influencias rivales,
yankee y francesa, que se han combatido ó yuxtapuesto. Muchos avisos y
muestras comerciales están en las tres lenguas. El tramway eléctrico,
el pavimento y las aceras de las calles centrales, la bonita plaza
de la Catedral—donde hacen buena vecindad el _Grand Hôtel_, la
Agencia del canal, el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el
alumbrado público y hasta los uniformes modernos de la policía: todos
los adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó menos
directos de la opulenta Compañía. La era de las obras del canal ha
sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y, por rechazo, de
todas las otras.—El cochero negro que me hace dar mi primer vuelta de
Panamá me toma por un ingeniero, y me pregunta con vivo interés si los
trabajos no volverán á seguir. Le afirmo que sí ¡palabra de ingeniero!

Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando desde las
callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balcones de bastidores,
hasta las espesuras umbrías de la colina que desciende á la Boca. El
ambiente está delicioso: acá y allá, algunas gotas de lluvia, anuncio
de la primera tormenta que caerá mañana, como estreno de la estación
húmeda. Á derecha é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas
abren susurrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver
hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos; y en sus contornos,
mangos, cocoteros, plátanos, sandiares: la vida abundante y fácil para
la indiada ociosa y feliz. De éstos, muy pocos han quedado en los
cortes y terraplenes del canal,—¡fuera de los jamaiqueños conchavados
por centenares! Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que
se rellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería injusto
achacarles mayor recargo en las estadísticas.

Todos los enterrados no han guardado el incógnito;—desde luego,
los «celestes». Acaso este cementerio chino, tan característico,
desprenda con su ínfima y muda protesta de los ignorados efímeros
contra el olvido, una melancolía más intensa que los otros. Hasta en
la tumba persiste la tendencia encogida y achaparrada de la chuchería
chinesca: los túmulos uniformes y microscópicos se componen de
piedrecitas verticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra
cruz, enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece un
coleóptero aplastado.

Visito después el cementerio francés, en muy buen estado, lleno de
árboles y flores que las Hermanas del hospital cuidan esmeradamente,
como un pedazo de patria. ¡Y cuántas hay de esas calles fúnebres, de
esas hileras de cruces, de esas piedras grises y tablas negras, en que
dos ó tres nombres van acolados al mismo apellido, como que encubren
una sola familia! Diríase el campo mortuorio de una poblacion entera.
Y de todos estos epitafios ingenuos y desconsolados, que ningún deudo
lejano leerá jamás, de todos estos nombres humildes de seres jóvenes,
heridos casi en la misma fecha, se alza un inmenso lamento sólo para
mi alma perceptible,—_sunt lacrymae rerum_,—acusando el rigor del
destino y el crimen de los hombres.—Bien sé que no eran ciudadanos
ejemplares, muchos de los terrajeros caídos en este suelo envenenado.
Pero con todo, encuentro harto dura la oración fúnebre colectiva que
les dedicaban algunos financistas repletos de París, al atribuir
los estragos que ya no podían ocultar, únicamente á la incuria, al
libertinaje, á los excesos de los trabajadores. Me ocurre—y tengo
datos para ello—que todas las víctimas no fueron la espuma y escoria
de nuestra población, y que más de un jornalero llegó con mujer é
hijos, impelido por la honrada pobreza y el deseo de mejorar la suerte
de los suyos. No son únicamente vagabundos y mujeres perdidas los
que duermen aquí, lejos de la aldea nativa, bajo una humilde piedra
de limosna, al lado del viejo de barba gris que primero sucumbió. ¡Y
entre tanto!—¡oh miseria é insensatez!—al rededor del vasto osario,
junto al gran campamento de la Boca, al pie de la costosa _Folie
Dingler_ y á cien metros del río Grande donde podían derramarse,—los
inmundos pantanos exhalando el miasma, apestando á fiebre y muerte, se
extienden todavía allí, intactos, sin haber recibido jamás una sangría
de drenaje, un ensayo de terraplén que, en cambio de algunas coimas
cercenadas, habrían salvado la vida á centenares de hombres!... «Y ¡en
estas condiciones de eterna primavera es como se concibe el paraíso
terrenal!» ¿Quién habla así? ¡Un Bonaparte[7], pues! Es el estilo
pastoso y enfático de esa familia de aventureros más ó menos coronados,
que nunca logró hablar de corrida la lengua de Voltaire.

¡Pobres aldeanos franceses!

He permanecido cinco días en Panamá y sobre el istmo, recorriendo
á caballo ó en bote las obras de la bahía de Limón, el río Grande
arriba de la Boca, y el resto del canal al rededor de la bonita isla
del Manglar hasta la Puerta Ebbé,—fuera de la parte análoga en la
vertiente del Atlántico. La excursión por agua, sobre todo, me ha
impresionado, en el silencio y la paz melancólica de esa gran esperanza
perdida. El ancho canal cortado en talud se alargaba á nuestra vista,
recto y profundo. Quería figurarme que se prolongaba así hasta muy
lejos, sin interrupcion, después de vencidos los obstáculos, tajado el
cerro de Culebra, embozado el Chagres brutal. Forjábame por instantes
la ilusión de la empresa concluída, después de tanto dinero derrochado,
llevada á feliz término por la ciencia aunada al patriotismo, é
inaugurándose al fin en una universal y gloriosa aclamación ...

Dejemos los ensueños y volvamos á la realidad. En cuatro ó cinco horas,
he recorrido la parte del canal definitivamente cavada; agregad un
trecho doble ó triple por la vertiente atlántica, y tendréis concluída
una tercera parte del trayecto en longitud, entrando en la cuenta las
bocas naturales utilizadas; pero en absoluto y como proporción de la
obra por realizar, apenas una fracción centesimal. Todo lo difícil y
problemático queda en pie, sin haberse decentado más que de trecho
en trecho y por vía de ensayo. El ingeniero en jefe que me acompaña
no cree, naturalmente, que la partida esté perdida. Está en su papel
profesional. Ha obtenido nuevos plazos en Bogotá, creo que con una
_enésima_ comisión de dos millones. La compañía futura tiene dos años
para constituirse y volver á proseguir los trabajos. Se preconiza hoy
el canal de esclusas que se atacaba diez años ha. El inevitable Wyse
demuestra ahora que es salvable y hasta utilizable la dificultad del
río Chagres. El _bief_ superior se alimentaría con las aguas de dicho
río, almacenado en el valle central. No se trataría ya más que de unos
500 millones de francos. Etc., etc.

No tengo opinión formada en la cuestión técnica. Me limito á
desconfiar de las demostraciones «matemáticas» que ocurren tarde, y
son diametralmente contrarias á las que se presentaban antes, como
el fruto de veinte años de estudios no menos matemáticos. Por otra
parte, si se encontrase el capital, es muy dudoso que el gobierno
francés autorizara la formación de una nueva compañía, que no podría
subsistir sino haciendo tabla rasa de la anterior. El proyecto se
estrella contra un doble _non possumus_ financiero y legal. Luego
vendría la cuestión internacional. Por un concurso de circunstancias
que ya no existen,—sin olvidar á Lesseps cuyo coeficiente personal
tenía importancia incalculable, hasta en Washington y Nueva York,—los
Estados Unidos soportaron hace veinte años lo que hoy combatirían
enérgicamente. El reciente pegamiento—ó pagamiento—de Bogotá ha
suscitado fuertes resistencias del lado yankee. Se ha logrado merced
al convencimiento general de que carece de alcance práctico, y con
ciertas reticencias que á todos aprovechaban: para el representante de
la compañía, era un éxito personal; para los agentes colombianos, dos
millones de francos al contado no son fruslería; por fin los Estados
Unidos ganaban una situación privilegiada ante la sucesión abierta.

Las obras por el lago de Nicaragua han quedado interrumpidas, debido
en parte á la presión de las grandes compañías ferrocarrileras. Con
todo y contra todo, se hará el canal interoceánico, acaso en Nicaragua,
más probablemente en Panamá. La influencia de la enorme república es
invencible en esta parte del continente. Sin esfuerzo ni violencia, por
la simple ley de la gravitación, se anexará á buen tiempo las regiones
útiles del Centro y «protegerá» las del Sud. Cogerá á Guatemala,
Costa-Rica, Cuba y el resto como peras maduras. El mutilado México
se siente ya en la esfera de fascinación del pueblo constrictor: la
era de anarquía, que infaliblemente sucederá á la dictadura actual,
le hará rodar por la pendiente yankee. En este mismo Panamá, los
americanos nos han reemplazado con admirable presteza, y lucran donde
nos arruinábamos. Detentan el ferrocarril, el telégrafo, la prensa, el
comercio de tránsito, que se reparten con los judíos sin detrimento
para unos ni otros. Se han instalado en el famoso _Hôtel Central_, cuyo
hall vió á Lesseps presidir banquetes tropicales en mangas de camisa;
del bar al oficio, todo es yankee. Nadie sabe palabra de francés ...
¡ni de español! Los libros comerciales, los anuncios, las listas, las
cuentas: todo está redactado en inglés ... Á propósito de judíos,
recojo de paso esta bonita prueba del latitudinarismo colombiano. Se
alza en la plaza el vasto palacio episcopal; como el obispo no ocupa
sino el piso alto, alquila el bajo á un sanhedrín israelita (¡muy caro,
para hacer obra pía!): de suerte que en medio de las cruces y emblemas
católicos de la fachada florece, _ad majorem Dei gloriam_, esta muestra
bancaria impregnada de modernismo: ISAAC AND CO—¡en grandes mayúsculas
de oro!

       *       *       *       *       *

¡Oh! sí, decididamente, ¡la creo sepultada para siempre la empresa
francesa del Panamá! Es la impresión que del conjunto y de los
detalles recibía, cuando iba recorriendo el canal por última vez, al
descender el mudo crepúsculo. El material abandonado en la ribera,
las lanchas inmóviles, las gigantescas dragas anquilosadas en sus
posturas oblicuas: todo parecía aumentar el universal silencio, la
sensación melancólica de soledad y abandono irrevocable. Los animales
desalojados por los obrajes han reaparecido, y viven allí con toda
confianza. Garzas blancas y flamencos rosados exploran el cieno, bajo
los cangilones de hierro; y un caimán que sorprendemos al paso saca del
agua su hocico disforme, y, en vez de bucear, se arrastra sin apuro
hasta el vecino paletuvio, sobre sus patas en cartabón.

En resumen, de todo lo visto, oído y estudiado, resulta para mí la
convicción de que la obra nunca fué conducida como debiera,—como la
habría dirigido, sin duda alguna, en un espíritu de sano patriotismo y
amor de la gloria verdadera, ese noble y honrado Michel Chevalier, cuya
_Memoria_ profética es, aún hoy, digna de ser leída y meditada. Todo el
edificio del Panamá se ha construído en desplome, hilada por hilada.
El público confiaba en Lesseps—una leyenda; Lesseps se entregaba á
sus colaboradores ordinarios, politiqueros y arbitristas que concluían
por creer á medias en los propios _boniments_ que habían pagado; los
profesionales estudiaban el asunto por encargo, y, bajo la hipótesis de
un capital inagotable, concluían con un informe favorable; los sabios,
del Instituto ó de la Sociedad de Geografía, resolvían la cuestión en
abstracto, como un teorema, sobre la base de que los estudios de Wyse
merecían confianza absoluta ...

Ahora bien, no la merecían en grado alguno, y el edificio, además del
desplome, se asentaba en una base deleznable. Tan poco serias son las
investigaciones históricas de Wyse, que ha ignorado—por confesión
propia—el nombre y la obra de su predecesor más benemérito. Sus
estudios de 1878, sobre el terreno, que han decidido la ejecución
del canal á nivel, han durado tres semanas y pertenecen á Reclus.
¡Tres semanas para estudiar el trazado, las nivelaciones, los
sondajes, el levantamiento de ochenta kilómetros, con obras de arte
inauditas, insensatas!—¡como ese proyectado túnel de 43 metros de
luz!—Entretanto el teniente Wyse negociaba en Bogotá la concesión,
que era lo principal del asunto. Después de demostrar en un primer
libro, perversamente escrito en todo sentido, que el canal á nivel
era el único aceptable, afirma ahora, en otro libro, que fué aquello
una exigencia colombiana,—cuando consta que la modificación que
persiguió entonces é hizo anular ¡se refería á un canal de esclusas!
Todo ha seguido ese giro científico. No ha existido jamás un trazado
definitivo, completo, fundado en estudios geológicos y topográficos
minuciosos: la Compañía del ferrocarril ha suministrado las distancias
y niveles vagamente aproximativos, como que la línea dista mucho de
costear el canal. El famoso congreso reunido por Lesseps no ha tenido
más elementos de examen y discusión.

Entonces entró la aventura en su faz financiera y ejecutiva; y no
tengo que volver á sacudir esos trapos cenagosos. Hoy mismo, y para un
transeunte como yo, la sensación de desorden y despilfarro persiste y
domina el cuadro. Fué el estreno de Wyse comprar el _Panama Railroad_
á razón de 800.000 francos por milla: y todo rodó por esa pendiente
«uniformemente acelerada», como se dice en mecánica. _Après nous le
déluge!_—Para cebarse en paz, los gordos daban parte á los chicos.
En París sólo han conocido el manipuleo francés: se ignora la tarifa
local, la cuenta pasada por el patriotismo colombiano. Ingenuamente,
Bonaparte Wyse insiste sobre la «estatua» que el congreso de Bogotá le
ha votado, como á un padre de la patria; ello es apenas suficiente:
para ese grupo dirigente y _digiriente_ ha sido, no un padre, ¡sino una
nodriza!

He visto las villas de los Lesseps en Colón; he ido á la de Dingler
por la vía del Corozal, cortada á pico en la montaña, para evitar á
la familia del director la humillación del camino común de la Boca,
que pasa á cincuenta metros ... Lo fantástico de esas y otras obras de
lujo, no es su ejecución sino su precio, apuntado en los libros de la
Compañía. Todo ello ha sido dicho y repetido al tanteo por Drumont y
otros—por los mismos informes oficiales con bastantes atenuaciones.

Pero algunos rasgos hay que no pueden ser tomados sino en el sitio,
con el vivo color de la realidad. He aquí un rápido croquis de un
contratista francés, socio de Lesseps _junior_, el cual, no teniendo
nada que ver con el asunto financiero, disfruta tranquilamente en
París sus millones pescados en los pantanos del istmo. Hace unos
doce años, él caía en Lima, sin un cuarto, medio maquinista, medio
vagabundo, y desertor por añadidura. Entró en un ingenio azucarero
y, como tuviera la mano ligera,—ó pesada,—un buen día acogotó á un
pobre _culí_ chino. Su situación se tornó desagradable, no tanto por
la justicia peruana, cuanto por los compañeros del muerto, quienes,
dos ó tres veces, estuvieron á punto de suprimir al asesino. Al
fin, tuvo que fugarse de noche para salvar su interesante pellejo.
El patrón, apiadado por sus lágrimas de _bonne crapule_, como diría
Zola, le hizo embarcar en el Callao: él mismo me refería el hecho, en
el ingenio donde sucedió. Llegado á Panamá, el aventurero enérgico y
audaz ascendió muy pronto; pasó del simple merodeo y la coima garitera
á las proveedurías de río revuelto, descolgando á la postre pingües
contratos, con participaciones anónimas. Volvió á París millonario. Al
principio quisieron molestarle por su travesura militar; pero entonces
ni los presidios ni las compañías argelinas de disciplina estaban
hechos para los forbantes del Panamá ...

El inmenso y magnífico hospital de la Compañía ha sido otro negocio,
pero algo largo de contar. Nada más pintoresco y lujoso que esos
pabellones aislados, en la falda de la colina Ancón, en medio de
parques y jardines llenos de esencias y flores espléndidas, entre
grutas y juegos de agua. Aquello es realmente suntuoso, y por cierto
que no exigían tanto los pobres calenturientos. Todos los pabellones
están vacíos; sólo recorren los parques y jardines «principescos»
algunas docenas de huérfanas guiadas por las Hermanas de caridad, y que
viven con desahogo en la fastuosa villa Dingler, también abandonada.
Y en la tarde apacible que pasé por allí, era un cuadro de infinita
tristeza esa bandada de muchachitas pálidas y finas, de suerte más
sombría que sus vestidos de luto, al cuidado de esas hermanas de cofia
blanca que les hablaban francés con su voz dulce, vagando unas y otras
sin destino por esos esplendores desiertos: aquellas maravillas del
arte y de la naturaleza que son el resumen y residuo de tantas miserias
sufridas, de tantos esfuerzos para siempre jamás inútiles ...

       *       *       *       *       *

¡Ah! no escasea el material de construcción ni la maquinaria, á
lo largo de la línea férrea que me llevaba esa mañana de Panamá á
Colón—ni tampoco ¡las poblaciones enteras de villas, barracas,
casillas y _chalets_ vacíos! Debo decir que los talleres y campamentos
de la Boca están bien cuidados y en orden perfecto—esperando á las
visitas. Pero los otros—los que los viajeros entrevén rápidamente
entre dos estaciones—tienen aspecto menos consolador. Las ruinosas
fábricas, enmohecidas por el desuso y la intemperie, destrozadas por
los huracanes, ostentan su esqueleto desvencijado, sus aparatos á
medio desmontar, con el material sembrado á la rastra, ya roído por
la herrumbre, ya invadido por hongos y musgos que remedan una lepra
vegetal. Dragas, remolcadores, motores, mecanismos de todas clases y
tamaños se hunden en el cieno, junto á las improvisadas poblaciones
cuyo maderaje desarticulan y pudren las lluvias torrenciales del istmo.
El _krach_ de allá repercutió aquí como cataclismo. Ante el desastre
y el _¡sálvese quien pueda!_ de la obra humana, la reconquista del
desierto y la selva cobró no sé qué airada violencia de desagravio. La
impetuosa avenida forestal terraplenó las zanjas, niveló á toda prisa
los taludes, cual si la naturaleza se afanase por borrar sus estigmas
y cicatrices, en tanto que los indios buscadores de caucho y los
negros _tagueros_ se albergaban en los chalets traídos para ingenieros
y contratistas ... Nos pinta Virgilio el asombro de los labradores
romanos al desenterrar con sus arados las armas y despojos de las
edades heroicas ¡con qué extrañas reliquias tropezarán los campesinos
colombianos del siglo veinte, si la humedad no ha conseguido destruir
hasta entonces su último vestigio!

       *       *       *       *       *

Salvo esa obsesión invencible que para mí empaña y entristece el
paisaje, no puede imaginarse camino más pintoresco que el de Panamá á
Colón. No he experimentado sino en el Brasil, y acaso menos intensa,
esta sensación casi embriagadora del esplendor vegetal. Es como una
erupción frenética de árboles y lianas, de flores y follajes, que
estalla por doquier, en las faldas de los cerros, en las riberas del
Chagres y sus arroyos tributarios, hasta en el balaste de la vía. Por
momentos el tren se precipita por debajo de unos arcos triunfales de
ramajes entrelazados, de bóvedas tupidas y sombreadas que despiden
efluvios balsámicos, capitosos hasta dar vértigo. En el fondo de
algunas quebradas estrechas, la marea vegetal revienta en oleadas
y remolinos de verdura, evocando fantásticos aluviones de materia
orgánica súbitamente germinada y frondescente, como en la obra de los
seis días ¡tan imposible parece que esa flora exuberante haya brotado
por entero del suelo tropical! Los cedros y caobas gigantescos, los
preciosos palisandros y palos de rosa, los guayacanes de tronco en
ánfora, los rectos membrillos de flores purpurinas, los sándalos
amarillos, los gutíferos chorreando savia, los bongos enormes en que se
ahuecan piraguas de treinta toneladas: todos los colosos forestales,
cubiertos de enredadas lianas y deslumbrantes orquídeas como un
guerrero bárbaro de arambeles y pedrerías, atropellándose por alcanzar
el aire y la luz, estiran el tronco y las ramas casi verticales fuera
del ambiente estancado y perennemente tibio del humus negro en que
bañan sus raíces. Los euforbios lechosos y los desmayados plátanos
alternan con las esbeltas palmeras que yerguen al sol sus rígidos
abanicos; las hojas lustrosas del naranjo rozan el verde encaje de
los helechos arborescentes;—y, por todas partes, aras multicolores,
tórtolas azules, cardenales y colibríes, insectos de zafiro y esmeralda
hienden el espacio, revolotean en los ramajes, chillan y zumban en la
espesura, son la sonrisa y la gracia de esa magnificencia. Mariposas de
cien matices se posan en los cálices abiertos, como flores inquietas
sobre otras flores, y, por instantes, una ráfaga de brisa arrebata
del mismo arbusto alas y pétalos, que vuelan confundidos por el aire
... ¡Es la selva virgen del trópico en el fecundo hervor de su verano
eterno! Me siento perturbado, sofocado, aturdido por los perfumes y
fermentos de esa inmensa orgía de savia derramada; y, vagamente, sueño
con las épocas primitivas del mundo joven: cuando el loco ímpetu de
la vida elemental se desbordaba en la corteza blanda y humeante del
planeta, abortando organismos colosales apenas desbastados que se
enredaban en las selvas espesas, pobladas de árboles gigantes que
sobreviven en nuestros desmedrados arbustos de hoy; cuando reptiles
monstruosos surcaban los mares ó abrían en la atmósfera densa horribles
alas membranosas, esbozando torpemente el vuelo del ave futura ...

En la estación de Emperador, invade el único salón del tren una
caravana de negras, vistosas y chillonas como una bandada de
tucanes. Los hombres quedan en el balcón, haciendo muecas á través
de los cristales.—El negro ríe siempre, con un encanto de bobería
irresistible. Debajo de su tupida borra de betún, sus ojos de marfil
viejo y su jeta simiesca se rien provisionalmente, antes de causar
risa. Con su media lengua tartajosa, estorbada por el bezo, y su
perpetuo zarandeo, participa del niño y del cachorro. Para cobrarle
horror, es menester encontrarle en los Estados Unidos, pretencioso,
insolente ¡ciudadano! complicando su husmo natural con repugnante
perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le cobramos simpatía
como á una criatura inferior, grotesca y jovial. No así el indio: éste
es triste y taciturno, como que lleva el peso de su mortal decadencia,
de su degeneración creciente é invencible. Éste representa la prueba
malograda de un buen original; el negro es su caricatura. Por eso vive
robusto, resistente, satisfecho de su condición, ahora lo mismo que
antes.—Bajo el aparato melodramático del famoso y mediocre _Uncle
Tom’s Cabin_ hay mucha majadería. La pretendida sed de emancipación
de los negros fué una merienda de blancos. La paradoja de que sean
hoy menos útiles y felices que ayer es defendible. En cambio de las
plantaciones del sud arruinadas, se tiene ahora á los libertos,
sirvientes en Washington ó lustrando libremente, en todas las ciudades
de la Unión, las botas democráticas de sus conciudadanos. Puro ó
mestizo, el hombre de color untado de civilización adquiere un alma de
mulato. _C’est tout dire!_

Criada con soltura y lejos de las ciudades, la negrita joven es
graciosa. Delante de mí,—no demasiado cerca,—hay algunas monísimas,
en su género. Una, sobre todo, compondría un bonito bronce policromo,
enderezada y sosteniendo un candelabro al pie de la escalera. La
pañoleta punzó, sobre el vestido blanco de mangas muy cortas, deja
libre el ébano de los brazos y de la garganta; en la cabeza crespa
lleva un madrás amarillo enroscado en turbante, con enormes zarcillos
dorados en las orejas; y bajo este arreo estrepitoso revuelve sus
ojos blancos, se ríe con toda su dentadura deslumbradora que remeda,
en su hocico moreno, un tajo fresco en una nuez de coco. La «sapita»,
diría Voltaire, ha dado instintivamente con el perifollo y los colores
adecuados para parecer bella á su _crapaud_. Hasta su collar de cuentas
rojas es un hallazgo. Toda la gentil bestezuela está perfecta en su
coquetería criolla y montaraz: evoca escenas de _Pablo y Virginia_ ...

¡Pero en Matachín es donde los negrillos, escapados de los bohíos
de cañas, acuden y nos invaden como cucarachas! Nos ofrecen ramos
de jazmines y orquídeas fragantes; canastillos de palma llenos
de guayabas, mangos, bananas, _guabas_—que semejan algarrobas
enormes—chirimoyas, ananás,—y unas extrañas pomarosas que tienen
aspecto de huevos verdes; por fin, sabrosas pastelerías de leche con
miel. Con tanto ensordecernos, nos obligan á tomar su mercancía—aunque
sea para regalarla á sus congéneres de enfrente. Por otra parte, casi
de balde: todo ello superabunda en las cercanías ahora desiertas, y,
á lo largo de la vía férrea, los racimos de bananas se pudren en las
ramas, intactos.

Panamá conserva, á pesar de todo, su doble atractivo pintoresco é
histórico. El advenedizo Colón es franca y siniestramente vulgar.
¡Hago moción para que se le inflija ó se le devuelva para siempre su
nombre yankee de Aspinwall!—Bajo un cielo de estaño en fusión, en una
atmósfera de fuego que no deja un instante de tregua ni trae un hálito
de confortante frescura á las tres de la mañana, compone casi toda la
población un reguero de casuchas voladas sobre el malecón, con algunas
callejuelas llenas de pantanos, donde los sapos están de broma toda la
noche. Los huecos del gran incendio reciente han quedado abiertos, como
negros alvéolos de dientes caídos. La calle del puerto está ocupada
por agencias marítimas, depósitos, almacenes, _bars_. No se encuentra
una sola mujer en los portales—salvo negras: ninguna apariencia de
familia, de hogar, en este campamento de mercaderes cosmopolitas. Á
orillas del mar, las dos grandes villas de madera de los Lesseps se
levantan, lúgubres y vacías, rodeadas de altas palmeras que surgen del
ardiente arenal y parecen artificiales.

Corro á la agencia inglesa—todo aquí es inglés ó yankee—y pido
informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se anunciaba en
Panamá: es un _cargo-boat_, sin pasajeros, sin sombra de confort,
tan desprovisto que el mismo comandante se entremete con el agente
para que me devuelva el dinero y me deje embarcar por otro rumbo. Me
describe el itinerario: tendremos quince días de navegación, tocando
en infinidad de puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso
... Acaba por confesarme que, á último momento, al alba, embarcaremos
un centenar de negros jamaiqueños—de grado ó por fuerza—que se
destinan á los terraplenes de Puerto Barrios. ¡He dado con un buque
negrero!—No importa: á pesar del aspecto fúnebre del vapor, de la
perspectiva inquietante, del furor sordo de los oficiales á quienes
voy á incomodar, y de los ojos furibundos del _steward_ que arroja
mi equipaje en el camarote que antes ocupaba,—me embarco en el
_Engineer_, de Liverpool, que leva anclas dos horas después,—porque,
desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos por Méjico
y California.



VI

DE COLÓN Á VERACRUZ

BELIZE.—PROGRESO.—MÉRIDA DE YUCATÁN


El vapor _Engineer_, de Liverpool, en que he tomado pasaje para
Veracruz, es como dije un viejo _cargo-boat_ de excelentes condiciones
marineras, con un itinerario seductor: tocará en Guatemala, Honduras,
Yucatán ... Lleva bastante carga y, accesoriamente, hasta ciento dos
pasajeros de distinción: á saber, cien negros de buena tinta, el
negrero (don Juan Baranda) y, por fin, este pobre blanco vergonzante
que será el historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á
bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataud, sin sábanas ni fundas,
en un camarote-estufa que se refresca de mañana al dulce gotear de la
cubierta. No tratándose sino de quince días de travesía entre Colón y
Veracruz, el hielo para la bebida ha parecido superfluo. En cambio:
tocino, carne salada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto
al embarco de mis compañeros de viaje: un hormiguero de jamaiqueños
lustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la baqueta del
«cómitre», y se apilan en el entrepuente. Nos ponemos en marcha á las
ocho de la mañana, bajo un sol de plomo derretido. Tocan la campana
para el almuerzo y me dirijo al comedor: un sudadero estrecho, con
atmósfera y luz de sótano.

La mesa está obstruída por enormes fuentes llenas de cosas formidables;
en una cabecera se sienta el capitán, en la otra, el primer oficial;
con el dedo, el _steward_ me enseña mi sitio, enfrente del negrero,
entre el contador y el maquinista cuyas uñas ostentan la insignia
profesional: gentes y guisos tienen caras de pocos amigos. El capitán
inicia la fórmula horripilante: _A slice of bacon, sir?_ ¡Tocino!...
¡yo que no sorportaba lo gordo de una chuleta! El primer oficial
pertenece al género «chusco»: me dirige dos ó tres frases de tanteo,
y, junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonrien, ¡hasta
el negrero! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann, venteando mi
antisemitismo, ha inventado este paquete para Veracruz....

¡Bah! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es una
escuela de filosofía.—En la vida las cosas nunca son tan buenas como
se las espera ni tan malas como se las teme. La existencia toda es una
transacción entre la dicha absoluta y la desgracia completa. Todo pasa,
todo se acomoda ó, lo que tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como
dicen los arrieros, «la carga se compone en el camino».—Después de
desembarcar, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero.
Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Mejicano, es
lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad, y que, con tocino
y todo, he digerido como un _ñandú_. Á los tres días de aclimatación,
ya me entraba como por mi casa en el cuarto del capitán; consultaba
sus libros y mapas, me interesaba por el derrotero y las maniobras;
chapurraba un inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á
despecho del reglamento[8]; y los oficiales no distaban mucho de
tratarme como á igual ¡es decir como á inglés! La única nota sombría y
melancólica era la ración de pan como oblea, anegada en una tinaja de
té....

El mismo negrero no resultó tan negro; además de contarme su
accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un ajedrez de marfil
vegetal con un tablero del tamaño de un naipe: y allí era el comernos
las piezas como «porotos», sobre un canto de cajón dispuesto en la
toldilla.

Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran magníficas.
Tendido en la tijera de lona del segundo capitán,—mi enemigo del
primer día,—después de hundirse el sol de púrpura en las ondas
iluminadas, me dejaba mecer por el lento balance, evocador de recuerdos
lejanos; vivía de mi propia substancia, en esta Tebaida flotante tan
avenida á la meditación.—De vez en cuando, la soledad es buena; es
algo así como un retiro espiritual consagrado al examen de conciencia:
un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó sufrido, que forma
la existencia más recta y más feliz. Á poco andar se extrae no sé
qué amarga dulzura de esta abstinencia del mundo: _cella continuata
dulcescit_, que dice la _Imitación_. Y así, hasta muy entrada la noche,
pasaban las horas iguales, picadas por la campana y el grito del vigía
en la proa,—_All’s well!_—tranquilas, uniformes, sin más accidentes
que los de mi sueño interior: á semejanza de esas olas silenciosas que
corrían á lo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tam por el
fleco de espuma fosforescente que es otra fugitiva ilusión ...

Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatemala ni
Livingston, donde descargamos nuestro «palo de ébano»—y, por
añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses, émulos de
Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de Liverpool: después
de hacerlos trabajar duramente en el viaje, se les abandonaba
ahora en esa playa insalubre, porque se arribaba á una posesión
británica. ¡Oh! esas iniquidades perpetradas con impunidad, esas
lágrimas del inocente vertidas en la sombra ¡cómo quisiera yo creer
que son recogidas por algún testigo del infinito, que las condensa
pacientemente hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y
rayo vengador!—Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero con
su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis, su conciencia
pasara de castaño obscuro; además hay que reconocer que poseía un
tablero más «endiantrado», como dicen en Lima, que la filiación de
su poseedor. Pero ¡que el Guatemala le sea tan propicio como á su
mercancía! Al cabo perdió sin chistar las dos últimas partidas: rasgo
elevado que me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por
fin, se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á contenerle ...


  Belize.

Á vuelta de otras gentilezas mías, Cané me dijo un día que, á fuer
de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía. (Picante
coincidencia: precisamente era á propósito de la América Central.)
Confieso que respecto al Honduras, británico ó criollo, hasta el
momento de pisarlo había ejercido ese derecho en toda su plenitud. El
mismo nombre de «Belize» se refería en mi memoria á una «mujer sabia»
de Molière:

 _Nous l’avons cette nuit, Bélise, échappé belle ..._

En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar esta laguna
de mi educación. Ahora sé que Belize, ilustre capital del _British
Honduras_, está situada en la embocadura del Old-River, que he cruzado
á mediodía sobre un puente de hierro incandescente; tampoco ignoro
que su nombre es la corrupción del de Wallace, un famoso pirata
escocés; podría deciros que, en su población de seis mil almas, las
negras superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros del
_Engineer_: tengo datos acerca de su temperatura tórrida porque la
he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimentado; de su parque
pantanoso porque casi me he quedado en él. Pero convendrá el mismo
señor Cané en que este método de aprender geografía es un tanto oneroso
...

Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gualdrapea á
ratos contra su palo de bambú; en este ambiente de fuego, las ráfagas
de brisa intermitente parecen suspiros de lasitud de aquella tierra
tropical que se divisa á dos millas, baja y arenosa en la playa,
sombreada de obscuras arboledas en su interior. Al cabo de tres horas
de ceñir el viento escaso y ayudarnos con los remos flojos llegamos á
la orilla y, como el portugués de la zarzuela, me entrego al primer
indígena que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y me
conduce á su hotel; una casilla de madera en forma de jaula, con
galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y ventanas de
celosías: todo ello abierto al sol, al aire, á las nubes de mosquitos y
sabandijas que acechan á sus víctimas.

Me pongo á comer en el mismo plato, pescado frío, estofado, patatas
hervidas y bananas fritas; todo lo encuentro delicioso porque hay
hielo. ¡Oh! ¡la casa está bien provista! Hasta consigo una botella de
cerveza, traída del almacén más próximo. Es el mejor hotel de Belize, y
su dueño se desvive por complacerme: ¡llega á proponerme una partida de
carambolas para esperar la bajada del sol!

Á la tarde tomo un carricoche y me largo por la ciudad. La posesión
inglesa se revela en todos los detalles de la población, desde el
aspecto reglamentario de las oficinas en la Court House y la amplia
residencia del Gobernador, hasta el cuartel militar, los hospitales y
los asilos: todo ello confortable, macizo, reglamentado. En contorno
del puerto, con frente al mar, las casas de comercio, los depósitos y
barracas se levantan entre arboledas. En el río que atraviesa la ciudad
se apiñan los barcos cargados de caoba y campeche, ó los que van á
cambiar por estas esencias forestales, hasta la frontera del oeste,
sus mercancías europeas. Á esta hora crepuscular una vasta serenidad
envuelve la tierra. Cruzo lentamente por las calles espaciosas,
enarenadas, en que el carruaje se desliza sin ruido como sobre musgo. Á
uno y otro lado de las avenidas las villas de los residentes ingleses,
rodeadas de jardines, alzan sus amplias galerías circulares con las
verdes celosías festoneadas de enredaderas. Se entrevén al pasar
hamacas y mosquiteros, muebles de color claro sobre las esteras, los
grandes cortinajes contra el sol ardiente y deslumbrador: el _home_
británico, tranquilo y confortable, bien acolchado de comodidad
material y de egoísmo. Entre las flores, en los céspedes de terciopelo,
los niños juegan y rien. Por todas partes, los inmensos cocoteros
rayan con sus abanicos obscuros el cielo pálido; las palmeras reales
dominan los techados con sus alas cruzadas como aspas de molino; los
bananeros encorvan sus enormes plumas verdes; los cachús de follaje
deliciosamente tierno columpian á la brisa sus frutas redondas,
semejantes á mangles purpurinos. En una _verandá_, sobre el balcón
donde se retuercen las orquídeas caprichosas, una joven juega con un
mono suelto.

En las veredas, en los umbrales, alrededor de las casillas de tablas
invadidas por la vegetación y la humedad, los negros pululan:
jamaiqueños robustos, trabajadores, militares y marinos que afectan
ya la tiesura inglesa bajo el rojo capillo del soldado ó el casco de
corcho del _policeman_. Los vuelvo á encontrar á orillas del mar, en
una larga faja verde donde, antes del baño, juegan frenéticamente al
_cricket_. Á las cuatro de la tarde todas las casas de comercio cierran
sus puertas, y los empleados, blancos, negros, mulatos, se arrojan á la
playa.—Si á la aptitud colonizadora y al prestigio autoritario juntase
el pueblo inglés el sentimiento generoso y humano del latino, acaso
lograría hacer hombres con estos negros jamaiqueños, quienes, por otra
parte, son en todo sentido superiores á nuestros «compatriotas» de la
Martinica y Guadalupe.

Salimos de la población y atravesamos una verdadera selva, por un
camino umbrío y musgoso que me trae recuerdos de Fontainebleau. El
silencio crepuscular es completo, imponente, religioso: tan absoluto,
que un imperceptible rumor en la zanja vecina atrae mi atención, y
diviso un enorme langostín azulado que arrastra en los juncos sus
patas de lisiado. Cerca de una cabaña una negrita está pescando en una
acequia: al verme, arranca bruscamente su anzuelo con un grito: _fish!_
en una carcajada que dibuja una faja de marfil en su jeta de caoba. Me
río del gracioso ademán, y queda contenta como una cómica aplaudida.
Asoman las primeras estrellas; la luna nueva dibuja hacia el oeste su
fino creciente de oro que, bajo el vago globo ceniciento, remeda una
pestaña rubia orlando un cerrado párpado. En toda la noche quisiera
yo salir de estos senderos sinuosos, de estas bóvedas sombrías,
llenas de calma y encantamiento; pero mi cochero da señales visibles
de inquietud por el extraño viajero que lleva, y hay que volver á la
población,—donde no tengo nada que hacer, nadie á quien ver, fuera del
alemán «carambolero».

Son las ocho de la noche; no me queda siquiera el recurso de comer,
habiendo almorzado á las cuatro. Voy á mi cuarto, enciendo una lámpara
de petróleo y empiezo á tomar apuntes en mi cartera; pero, á los cinco
minutos, las mariposas nocturnas acuden á la luz, lloviendo en mi
cabeza como copos de nieve, y el zumbido de los mosquitos me amenaza ya
con una noche toledana. Hay que cerrarlo todo y salir: _fiant tenebræ_!
Me siento en el mirador que domina la calle. Enfrente del hotel, en
un marco de altísimas palmeras, una iglesia gótica yergue su masa
aguda; me la han nombrado ya: es _Saint-Mary’s Parish_, de la comunión
episcopal. Está iluminada y la campana llama al oficio. ¡Toma! he aquí
un programa; precisamente hace ya algún tiempo que no he oído vísperas
ni sermón. Creo que en estas alturas no debo reparar en pelillos
ortodoxos, y, aunque católico, espero que esta función episcopal me
será abonada en cuenta. Voy á la _church_.

       *       *       *       *       *

Una larga nave obscura que las lamparas de petróleo no alumbran
distintamente sino hacia el fondo, como en el escenario de Bayreuth;
el interior está desnudo, pintado de blanco, salvo la bóveda de caoba;
en el extremo opuesto á la entrada una reja de madera, ahora abierta,
deja ver un altar muy sencillo, dominado por un alto crucifijo de
ébano. Á la derecha, un reloj de pared señala, además de la hora, la
nota del falso gusto nacional y burgués. Á la izquierda, un órgano
de pedal, abierto, con la lección del día en el atril. Todo el resto
del templo está ocupado por filas de bancos con asientos numerados,
dejando en medio una calle estrecha. Me siento en el fondo, bajo una
lámpara, y me pongo á leer la hoja impresa de los cánticos. Lentamente,
en largos rosarios silenciosos, los fieles se deslizan y ocupan los
asientos. Abundan, naturalmente, las negras grotescas, con sombreros
de flores y trajes de carnaval. Aquí y allí, algunos negros cansados
se acomodan para descabezar un sueño. El clero hace su entrada por
una puerta lateral: un sacerdote inglés, joven y robusto, con estola
y sobrepelliz—de aspecto casi católico;—y luego, otros clérigos
subalternos, diáconos mulatos de mala estampa y solapada catadura.
Juntas con éstos, sin duda para marcar la jerarquía social, entran
también algunas damas blancas, dos ó tres niñas, mujeres é hijas de
residentes ingleses; por fin, dejando una estela luminosa en la obscura
muchedumbre, una joven alta y elegante, de vestido blanco, sombrero y
guantes negros, se dirige hacia el altar y se sienta delante del órgano.

He admirado por detrás su silueta airosa; y ahora sigue dándome la
espalda, pronta para preludiar. De su cuerpo no distingo más que la
nuca blanca y los rizos dorados debajo del sombrero _Gainsborough_.
Y gusto de figurármela muy bella, muy extraña á este medio vulgar;
rechazo el pensamiento de que pueda pertenecer á ese pertiguero,
gangueador de responsos anglicanos. Así, á la distancia, posando sus
manos blancas sobre el teclado de marfil, basta para la ilusión de una
hora. ¡Oh! ¡que no se vuelva, que no me enseñe el perfil ingrato y seco
de una mujer de pastor!

Con una breve entrada del órgano principia la ceremonia: el instrumento
me parece bueno y, por supuesto, la ejecutante eximia. Á poco, las
frases amplias y solemnes de los cánticos ingleses, que podrían ser de
Haendel, desenvuelven hasta la bóveda sus lentas ondulaciones, cual
espirales de un incienso místico. Las negras no chillan ni desafinan;
en pos del órgano sonoro arrastran su murmullo vergonzante, tímidas y
humildes hasta en la oración. Y el pobre rebaño obscuro, condenado á la
servidumbre después de la esclavitud, balbucea esos cantos de esperanza
y libertad, como si para él existiese en parte alguna, antigua ó nueva,
la engañosa tierra de Promisión:

  _A land of sacred liberty
  And endless rest..._

El ministro se adelanta, robusto y corpulento; recuesta en la reja su
espalda y, con voz fuerte y acento convencido, pronuncia su sermón,
evidentemente dedicado á la parte «decente» del auditorio. Lo que
logro entender de paso, por entre las repeticiones y las anticuadas
formas oratorias del púlpito, revela siempre al insular emprendedor,
al colono conquistador del mundo. Su Providencia, seguramente inglesa,
maneja el mundo como una inmensa factoría. Lejos de descansar después
de la labor de los seis días, ella es quien fomenta el progreso humano
con su eterna actividad. Y el orador enumera esos progresos modernos:
los ferrocarriles, el telégrafo, la navegación, etc. Describe á su
Dios omnipotente, con los atributos de un presidente ideal de compañía
_limited_ que tuviera en el cielo su asiento social. La voz se
hincha para celebrar la magna obra britana; en cada frase, las voces
_energy_, _struggle_, _victory_, _civilization_, retumban como los
¡quién vive! de un nocturno campamento. En este perdido rincón del
nuevo continente, ante este auditorio de aldea colonial, el orgulloso
_civis sum romanus_ estalla soberbiamente, y, acaso mejor que bajo las
bóvedas de Westminster, proclama el secreto de la grandeza nacional,
debida toda á la energía del individuo, á la sólida organización del
hogar,—más compacto cuanto más aislado,—y, sobre todo, á la fe
inquebrantable del ciudadano inglés en la solidaridad eficaz, en la
omnipresencia de esa madre patria, cuya égida gloriosa, en cualquiera
latitud, en el cantón más ignoto del mundo, le cobija y alumbra como el
sol!

Los negros se han dormido al runrún oratorio, y menean á compás sus
motas de astracán. Sus compañeras agitan perdidamente las pantallas
de palma. Por las abiertas ventanas de báscula entran mariposas
nocturnas, ráfagas de aire tibio cargadas con vagas armonías lejanas,
fragancias de jazmines y rosas que luchan con el petróleo de las
lámparas y el husmo indefinible de la concurrencia. Después del
retornelo indicador del órgano, un último canto se levanta, de una
amplitud imponente, de una dulzura infinita. Acaso bajo la influencia
de la hora, de mi situación, de los versos que leo en mi cuaderno y
me traen reminiscencias de la _Oración por todos_ de Víctor Hugo, me
invade un sentimiento extraño, mezcla de angustia y lasitud. Me siento
solo, abandonado como un náufrago en las soledades de la noche y del
mar, lejos, muy lejos de todo lo que amo y me pertenece. Paréceme que
una atmósfera disolvente y mórbida hubiera ablandado mi fibra viril, y
me anega el alma una tristeza de agonía.—¡Tan breve es la vida, tan
frágil, tan precaria! ¿Cómo se puede acortarla aún con la ausencia,
aventurar en un viaje incierto la ración de felicidad íntima que el
avaro destino nos depara, y tentar con la voluntaria separación á la
desgracia que nos acecha? _Solo, olo, solo en el vasto mar ..._ ¿por
qué con tanta porfía vuelve á mi mente este monótono sollozo del viejo
marinero inglés?[9] ¿Qué sér amado está muriendo lejos de mí á estas
horas, y me manda en algún magnético efluvio del alma su postrer adiós?
¡Oh! nunca, nunca más, sin duda, volveré á reirme y á ser feliz!...

El canto continúa, salmódico y adormecedor; parece que ahora despidiera
una como virtud confortante. Paseo una vaga mirada por la asistencia;
todos esos seres humildes y sacrificados están de pie, como si
arrojasen por una hora el fardo de su hombro magullado. Si ello fuera
cierto, su ingenua creencia sería legítima, y dejaría de ser vana la
oración. Pero ¿quién volverá el alma pródiga al hogar de la fe?—Y con
todo, las sectas groseras y estrechas, las huecas fórmulas nada prueban
en contra de la religión absoluta é inmortal. La impotencia eterna del
artista para realizar la obra perfecta, más que una negación de la
belleza suprema, es su eterna afirmación. ¿Qué saben nuestras miopías,
y los tanteos efímeros que llamamos leyes naturales, de lo que pasa
más allá? Si en algún planeta de nuestro sistema existen seres sin el
sentido de la vista, han de negar la existencia de las estrellas y del
cosmos inaccesible, con la misma lógica que nuestra ciencia positiva
y fragmentaria niega la categoría del ideal y arranca al inconsciente
universo su conciencia ignota é innominada ¡sólo porque nuestra
ignorancia le diera nombre y la llamara Dios! Y aunque fuera estéril la
plegaria como súplica candorosa á lo desconocido, sería acaso fecunda
como comunión espiritual y llamado «telepático» á las almas que con
nuestra alma palpitan, allá lejos, fuera del límite que nuestros
sentidos pueden salvar.—Prestaban nuestros padres al mundo visible una
figura elíptica: ¿quién sabe si no fué su ilusión un símbolo sublime, y
si en la tierra, para los seres distanciados, la transmisión más eficaz
no es la palabra alada que parte del foco íntimo, vuela hacia arriba
y, después de tocar cualquier punto de la bóveda ideal, desciende más
vibrante y tiende al otro foco conjugado su infalible vuelo?

Presto atención, ahora, al canto de aquellos anónimos desheredados que,
sin embargo, tienen algo que dar; escucho y tal vez murmuro con ellos,
acompañándolas con un comentario interior, las palabras rimadas sin
arte, pero impregnadas de humana ternura y santa sencillez:

  _Remember all who love thee
  And who are loved by thee;
  Pray, too, for those who hate thee,
  If any such there be..._

«Recuerda á los que te aman y son amados por tí ...» ¡Ay! ¿cómo no
recordarlos, ahora más que nunca, cuando el corazón henchido de ellos
se desborda y gotea al menor estremecimiento como una copa llena?—«Ora
por los que te odian, si los hay ...» ¡Oh! no, eso me sería imposible,
aunque supiese orar. En el acto de pedir por nuestros enemigos, se
oculta el sentimiento más refinado del orgullo cristiano. Es más
humano el desprecio, el olvido. ¿Para qué recordarles que el odio es
casi siempre el disfraz de la envidia y la confesión más dolorosa de
la impotencia? El que sabe hacerse justicia olvida la ofensa junto
con el castigo, y no sabe odiar. Además, es una condición muy triste
de la vida el que casi nunca tengamos enemigos por el mal que pudimos
cometer: los que nos aman siempre son los que de veras hemos hecho
sufrir ...

Y termina la trémula plegaria, bajando el tono, hasta apagarse en
un murmullo casi inarticulado de vergonzante súplica, cual si no se
atreviera á pedir para sí propio el indigno pecador:

  _Then, for thyself in meekness,
  A blessing humbly claim..._

Sí, muy humildemente, pidamos para nosotros la bendición que nunca
merecemos, porque en la conciencia más honrada la suma del mal es
siempre mayor que la del bien. El demonio del egoísmo y del orgullo
habita nuestras almas y rige sus actos con tiránica ley: pidamos la
generosidad, la indulgencia, una comprensión cada día más lata del
mundo y de la vida que nos conducirá á la pacificación, á la serenidad,
raíz y flor de toda filosofía. ¡Oh! hombre, criatura de un día, ¿qué
tienes que no hayas recibido? Tu madre, tu mujer, tus hijos son dádivas
gratuítas de la naturaleza: _Ecce hæreditas Domini!_ Antes de la tarea
concluída has recibido el galardón: da las gracias por todo ello á la
Bondad eterna; levanta en el silencio tu plegaria efusiva, sea cual
fuere el templo en que te toque orar. No temas que tu súplica se pierda
en el vacío: si ha sido sincera, te digo en verdad que sin traspasar
tus labios ya encontró su ignoto destino. La meditación solitaria ha
ennoblecido tu pensamiento; tu oblación ingenua, derramada como una
abundancia, ha dejado tu alma limpia como una piedra de altar: has
orado en tu corazón purificado ¡y allí dentro está tu Dios!


  Progreso.—Mérida de Yucatán.

Hemos embarcado en Belize á cuatro pasajeros para el próximo puerto de
Progreso, en el Yucatán: dos hondureñas, madre é hija, un yucateco,
física y moralmente redondo como una O, y, por fin, un viejo dentista
inglés, ciudadano americano y residente jamaiqueño, acorchado y
arrugado como una pasa, el cual recorre la América Central hace treinta
años, desquijarando á sus semejantes de cualquier pelo y matiz. Las
dos señoras mestizas hablan una jerga singular, mezcla de inglés,
español y maya, con una vocecita delgada y un acento lleno de equis que
asemeja su habla estridente á un canto de cigarra. Habitan una aldea
del interior, Orangewalk, y recuerdan de su pequeña patria con una
ingenuidad enternecida. El yucateco es mulero, mayordomo de hacienda
y sobre todo jugador al monte «de mucha suerte». Toda esa gente me
cuenta sus vidas y milagros con sorprendente naturalidad. Los cuatro
han traído apetito de náufragos; absorben el comistrajo de á bordo con
una voracidad insaciable. El equipaje de la muchacha consta de una
guitarra envuelta en sarga verde; y de noche, en la toldilla, tenemos
una pequeña sesión musical. Canta sin mucho desafinar, con su voz de
fonógrafo que parece llegar de la bodega, tonadas criollas y canciones
inglesas—sin que falte el inevitable _Home, sweet home!_—que la madre
acompaña á la sordina. Pero ¡hemos despertado al gato que dormía! Al
rumor de la música, el dentista ha abandonado una partida de poker con
el contador, para exhibirse como cantante de ópera. Su repertorio data
de medio siglo: lo adquirió en Méjico, durante la primera presidencia
de Santa Ana; pero la cruel naturaleza le ha dotado de una memoria
tan extraordinaria como su facultad para desafinar. Con voz cabruna
y acento indescriptible bala infatigablemente las arias y cavatinas
de _Don Pasquale_, del _Elisire d’amore_, de la _Sonnámbula_. Estoy
aterrorizado: no son más que las nueve y está en capilla el _Barbero_,
de Rossini. Pero, después del _Ecco ridente_, ya no resisto más. Á
grandes males grandes remedios: le corto el resuello en el umbral de
_Una voce poco fa_, para decirle resueltamente: «Vea usted, _dóctor_,
si ha de seguir cantando, más bien ¡sáqueme una muela!» Aunque se lo
digo en tono de chanza, me he hecho de un enemigo más; y el dentista
melómano no me dirigirá la palabra hasta Progreso, el próximo puerto de
Mérida del Yucatán.

Es Progreso un punto cualquiera de la costa, donde la casualidad ha
fijado el embarcadero comercial de la provincia; no tiene fondo ni
abrigo alguno contra las rachas del viento norte, que suelen ser
terribles. Tenemos que anclar á cuatro millas, y no hay otro medio de
comunicación que los botes de vela. El capitán me aconseja que no baje
á tierra; en todo caso, habré de estar á bordo al día siguiente antes
de las doce, hora en que «infaliblemente» se zarpará ... Vacilo un
momento; pero estoy tan cansado ya por mi régimen celular, y tanto me
pondera el yucateco las bellezas de Mérida,—una ciudad de cuarenta mil
almas, llena de lujo y de «comodidades»,—que resuelvo la expedición:
en suma, no son sino unas treinta millas de ferrocarril ...

El viaje de desembarco es un poco más largo que el de Belize: son las
once y llegaremos á las tres de la tarde, á buena hora para el tren.
Bajo el sol vertical, el mar reverbera insoportablemente; procuro una
ilusión de sombra bajo el ala de la vela latina: _sub umbra alarum
protege me_. Dejo colgar mi mano en el agua y de vez en cuando me
refresco la cabeza; pero el patrón me la hace retirar vivamente con
historias de tiburones. Al fin tocamos la playa arenosa; un muelle
estrecho está obstruído por los fardos de henequén; y en todas las
calles de la dispersa población, circulan las vagonetas _decauville_,
transportando el valioso textil. Es una «pita», pero de calidad
superior á la nuestra y aun á la de Filipinas, debido á la sequedad del
clima y la incomparable aridez del suelo.—Años atrás, era el Yucatán
el Estado más pobre de Méjico: en sus rocas calcáreas sólo alcanzaba á
vivir este agave de aspecto ceñudo y hostil, emblema de la desolación:
ahora se exporta anualmente por valor de diez millones de pesos oro.
¿Quién sabe si las pencas de nuestro pobre Santiago no serán algun día
plantas de bendición, más que esa caña dulce, de amarga memoria?

Tomo el tren de Mérida—¡nombre encantador que evoca por consonancia
versos bucólicos de Garcilaso!—y durante dos horas cruzamos por
una Arabia pétrea donde las hileras de henequén erizan sus puñales
verduscos. Por todas partes, los rieles estrechos costean los cercados
de piedra; una mula arrastra el diminuto tren de carga hasta la próxima
estación. Nada más tétrico que el aspecto de la árida comarca, con
su espinosa vegetación sin un asomo de humedad, sus habitaciones
de pedriza blanca cubiertas de paja entretejida, sus habitantes
chamuscados y curtidos como iguanas por la fiebre y el sol. Los indios
pululan en las estaciones, unos en busca de agua, otros vendiendo
tunas y pantallas. Los hombres visten el calzón blanco y la camisa
corta, con el ancho sombrero cónico de enorme cordón plateado que se ha
perpetuado desde los siglos de Palenque y Uxmal. Las mujeres macizas y
rechonchas, con la tez de ladrillo y la aguileña nariz tulteca, llevan
sobre el _huipil_ escotado y sin mangas el corto _fustán_ con franja
de colores, informe remedo de la romana clámide; retuercen el grueso
pelo lacio en dos enormes «porongos» laterales que el viento mueve como
boyas, al propio tiempo que pega la camisa flotante sobre su hidrópica
desnudez. Ello es horrible; y si, como dicen algunos, era de esta raza
y estampa la famosa Marina de Hernan Cortés, en verdad os declaro que
el «conquistador» no ha robado su gloria. Hablan una lengua gutural,
azotada de consonantes desgarradoras y sibilantes, que recuerda un
paseo por sus montes de pencas y abrojos, y en cuya áspera contextura
los nombres más dulces parecen estridentes chasquidos de platillos y
cobran un aspecto de ferocidad. Segun el _Arte del idioma maya_, que he
adquirido á peso de henequén: «amar» se dice _Ocobxhal_; la «querida»,
responde á este suave llamado: _Ixkakatnatzucil_—también ¡así será
ella!—y esa «Marina» de Cortés á quien antes aludí, se apellidaba
correctamente _Malintzín_.

       *       *       *       *       *

Mérida es la ciudad del calcio, como Iquique la del nitrato, y
va de química. El suelo, las calles, las casas, las gentes, los
árboles escasos y desmedrados: todo desaparece bajo una capa de cal.
Si las mujeres usan albayalde, no tienen perdón de Dios. Me toca
recibir un aguacero al poco rato de llegar, y la lluvia transforma
los caminos cóncavos en charcos de leche caliza. Todo está blanco,
inexorablemente blanco; las desiertas calles se alargan como zanjas
de yesera; y tomo una reunión de escribanos y alguaciles, bajo los
arcos del cabildo, por una huelga de molineros. Recorro la ciudad
en una calesa forrada de latón, que me trae encontrados recuerdos
de cajón fúnebre y conserva alimenticia. El cochero que me arrastra
por las canteras parece impacientarse con mis indicaciones y,
viendo que no llevo bastón, me alcanza una caña, explicándome su
empleo tradicional. Es una incorrección y casi una ofensa mandar
de palabra al conductor: hay que tocarle el hombro con el bastón
en cada esquina; palo en el hombro derecho, y tuerce á la derecha,
etc. El método es tan sencillo como eficaz. Sin embargo, si llegara
á ser concejal de Mérida, propondría, como «amante del progreso»,
prolongar las riendas del jaco por entre las orejas del cochero.—En
los intervalos de esta paliza reglamentaria, observo la población
ingrata y monótona. Edificios públicos, iglesias, fondas, colegios:
todo es de una vulgaridad blanquecina y terrosa. Al fresco del reciente
chaparrón, algunos naturales sacan las cabezas por las caprichosas
claraboyas recortadas en forma de trébol en sus puertas y ventanas;
las mujeres parecen mestizas feas, rojizas ó desteñidas por el polvo
ambiente; me miran pasar con aire soñoliento, restregando sus ojos
hinchados por la siesta.—El recuerdo más curioso de mi excursión es
un dato antropológico que confirma una de las leyes transformistas:
la adaptación de un órgano á su nueva función. Aquí los aguadores y
esportilleros llevan la carga en la frente, en lugar de la espalda. No
teniendo que emplearla en pensar, lo que sería una sinecura, la cabeza
ha vuelto á ser para ellos una vértebra, como en su origen anatómico.
Traen en el cráneo, como el buey su yugo, una gruesa cincha de cuero de
cuyo extremo cuelga una tinaja de barro que les golpea las caderas, á
modo de cartuchera monumental. Ello es muy ingenioso, para yucatecos.

Se come bastante bien en una «Lonja» casi lujosa; y después de tanto
régimen sajón, la cocina española me sabe á maravilla. Allí trabo
relación con un «hortera» catalán que me lleva á Itzimná, una aldea
de paseo y romería, dotada con todos los encantos de la civilización:
rifas, caballos de palo, órganos de manubrio, etc. La vuelta en el
tranvía repleto no carece de amenidad: observo los perfiles, procurando
encontrar el rasgo diferencial que separa á «mestizos» y yucatecos
puros—pues mi amigo de á bordo se ofendía esta tarde cuando yo llamaba
«indios» á los primeros. Vano empeño: ni por el tipo y la lengua, ni
por el traje los puedo distinguir. Los vestidos blancos europeos tienen
el mismo corte que los «fustanes»; y el acento español de los mestizos,
con su _txin txin_ de grillo próximo á cantar, me produce el efecto del
maya más castizo.

La posada en que he parado, por recomendación de mi compañero de viaje,
es una abominable barraca, y la noche es cruel en mi hamaca de tortura,
librando hasta el alba descomunal batalla con los mosquitos. Al fin
me han vencido; y cuando entra á las ocho mi yucateco, más que nunca
entusiasta de su Mérida «para él dulce y sabrosa», necesito verdadera
magnanimidad para ponerme á su nivel. Con todo, no resisto á enseñarle
mis manos entumecidas—¿por qué será que la _toilette_ matinal incita
á la chacota?—diciéndole con gravedad: «Sabe usted cómo llamamos
los sabios á este mosquito?»—«No, señor».—«¡Es el mosquito de
cascabel!»—Confiesa que no lo sabía, y recoge el dato científico para
su hija, que tiene escuela.

Después de una hora de espera en la estación, nos anuncian que el
tren no saldrá porque el de Progreso ha descarrilado en la mitad del
camino. El administrador me colma de datos y atenciones; pero cuando
le hablo de despachar inmediatamente un tren de socorro y trasbordo,
me mira con estupefacción: «¡Ah! no, señor; hasta mañana no se podrá.»
Pero, ¡hay un tren á las cuatro, por otra línea, más larga!... Hablo de
tren expreso, de coche, de caballo: todo es imposible. Y veo, en un
segundo de sombría perspectiva, el vapor en marcha para Veracruz; mi
equipaje tirado en el resguardo, abierto, saqueado; y yo, esperando una
semana en esta dichosa Mérida al vapor de Cuba, con dos ó tres libras
en el bolsillo por todo capital, cual otro Judío errante ... Dirijo
una rápida mirada á mi acompañante; pero tiempo há que le medí: como
decimos allá, por el Salado, ha de ser «penca de poca grana». ¡Siquiera
fuera yo jugador de monte, y de «mucha suerte» como él! Maquinalmente,
palpo mi reloj en el bolsillo. ¡Pobre viejo compañero mío, si habrá de
rematar sus correrías en uno de los numerosos empeños de Mérida!...

Me dirijo al telégrafo, un tanto mohino y cabizbajo. No había calado
mal á mi compañero. Por el camino me viene prodigando los consuelos
platónicos: ¿qué importa una semana? tendré tiempo de conocer la
ciudad, etc., etc. Le interrumpo, exasperado: «¡Pero no tengo plata,
ni ropa, ni nada, todo ha quedado á bordo!» Á los tres minutos, mi
buen compadre descubre que está muy apurado: le han brotado de golpe
«un porción de quehaceres urgentes» que le obligan á dejarme. Sin
saber cómo me entra súbitamente un acceso de risa tan incoercible
y comunicativa, que él mismo se ríe también. «¡Vengan esos cinco
yucatecos!»,—y nos separamos entre los arpegios de carcajadas que
nunca se podrá explicar, ni con el auxilio de su hija, la maestra de
escuela.

¡Incauto merideño! hubiera salvado la honra y atrapado otro buen
almuerzo con esperar cinco minutos más. La agencia de Progreso me
contesta que, por la marejada, el _Engineer_ no concluirá su descarga
hasta la tarde. ¡Respiro! Y me encamino solo á la «Lonja» hospitalaria.

Pero ¿cómo matar este terrible día, bajo un sol que á cada instante
raja las pesadas nubes preñadas de tempestad? No es posible almorzar
durante cinco horas. Y vago por las calles achicharradas, en mi calesa
de latón, zurrando sin piedad á mi cochero. Visito la Catedral, Santo
Domingo, que tiene pinturas sorprendentes, aun después de todo lo que
he visto en Sud-América, me apeo en las _sorbeterías_, en una «Librería
meridiana» cuyo nombre así puede derivar de «siesta» como de Mérida
... ¡llego hasta comprar una _Historia y geografía del Yucatán_: me
siento capaz de todos los excesos. Me meto por una escuela cuyo salón
de estudio tiene por mobiliario un pizarrón, una tinaja y dos docenas
de ganchos embutidos en la pared, para las hamacas. Vuelvo á caer
fatalmente á mi «Lonja» de partida. Allí encuentro á un estudiante de
quinto año, mestizo mofletudo, con un libro en la mano izquierda y una
copa de «cognac» en la derecha. El libro es la _Química_ de Pelouze
y Frémy. Como el colegio no tiene laboratorio, parece que el alumno
practica sus análisis en el mostrador. Recojo algunos datos respecto
del personal docente, el plan de estudios, los sueldos. Doy un grito
de admiración al saber que ¡cada catedrático percibe 200 pesos! Pero
tengo luego que envainar mi entusiasmo: son 200 pesos anuales, por diez
meses de lecciones diarias ¡20 $ al mes! ¡Y faltan brazos para enfardar
henequén!

En la estación, encuentro á mi cantorcita del vapor con su inseparable
guitarra. Pero ¡basta ya de guitarras, y de tonadas mayas, y de
vestigios de Mérida! En el tumulto de la tormenta que se ha desplomado
y del granizo que bate redobles en los techos de zinc, me arrincono en
el vagón y me hundo en la lectura de mi tratadito de marras. ¡Ahora no
se dirá que descuido la geografía! La aprendo con frenesí; el Yucatán
es mi cabeza de turco: conozco sus bellezas naturales de Chacsinkin
á Maxcamú; hasta me atrevo á afirmar que las «hazañas espartanas»
(página 60) de los hijos de Tiximin y aun de Toxkokob ya no tienen para
mí muchos secretos ...

Continúa la lluvia, el tren se arrastra jadeante y, á boca de
noche, hago en Progreso mi entrada poco triunfal. El furioso viento
norte levanta la arena húmeda que me azota el rostro. La agencia ha
despachado ya su último bote con la correspondencia; el _Engineer_
tiene izado su gallardete de leva. Por otra parte, me aconsejan no
embarcarme con este temporal. ¡Quedarme una semana en el Yucatán, sin
tener siquiera los medios de organizar una excursión á las admirable
ruinas de Uxmal! Prefiero arriesgar el bulto. Encuentro en el muelle á
un botero que me exprime á su gusto; pero fleto el bote y, por sobre
las embarcaciones amarradas que bailan alegremente, llego á nuestra
cáscara de nuez. El patrón se sienta á la caña, el muchacho empuña una
gafa y nos empezamos á mover. Hay marejada, pero la cosa no me parece
tan fiera. Estoy sentado al viento, en el canto de la borda y, en són
de broma, pregunto al patrón si será caso de volcar. «¿Quién sabe?»
contéstame mal humorado; y luego para infundirme valor me cuenta ¡que
_una vez_ fué á bordo con peor tiempo! El muchacho va á alzar la vela
y me grita: _¡agárrese, señor!_ Siento un formidable _flic-flac_ de
la lona en su amura vibrante, una brusca sacudida que tumba el bote
á la banda; embarcamos un paquete de mar que me baña de la cabeza á
los piés, y comenzamos á correr con una velocidad vertiginosa. El
muchacho me amarra en un gran pedazo de lona, como un salchichón; y
así, estribado contra la borda, la espalda á la ola, pudiendo apenas
respirar y sudando la gota gorda bajo mi capucho, me dejo llevar á
donde quiera Dios. Bajo el viento de través, el bote se recuesta más
y más, rozando el agua como golondrina de tormenta y embarcando á cada
segundo. Por una rajadura de la lona, alcanzo á ver con un ojo una
punta de remo que espero agarrar á tiempo, y un listón de mar obscuro,
orlado de blanco, que pasa con frenética rapidez. Siento que el viento
arrecia á medida que entramos en el golfo desamparado; cada racha,
ahora, salpica en el bote; y á ratos una ola mayor rompe en la borda
con un rumor profundo, al que sigue un sordo crugido: doblo el espinazo
bajo el derrumbe que me sacude hasta hacerme perder pie. Reina un breve
silencio con sensación de parada brusca. Pero la barquilla se recobra
y sigue volando, ladeada como ave herida. Confieso que me aburro un
poco debajo de mi envoltura que apesta á pescado y alquitrán. ¿Cuánto
hará que desaferramos? ¿diez minutos, dos horas?... De repente, la voz
tranquila del patrón: _¡Échale un cabo!_ Me sacudo y asomo la cabeza:
el _Engineer_ surge á diez brazas, negruzco, enorme, en las tinieblas
lívidas. Ya están bajando la escalera; el capitán se asoma á la borda
para espiar la ascensión; dos marineros quedan en el descanso para
arponearme. La atracada está algo enojosa; el bote baila sin tregua
arriba ó abajo del primer escalón, rebota contra la cadena y, cuando
voy á asirme de una mano tendida, ya está á tres metros. No me gusta
la maniobra y la yerro dos veces en la obscuridad. El capitán grita:
_Allow him to come up alone!_ (¡Dejadle subir sólo!) Prefiero eso; me
dejan libre y escojo el buen momento para engraparme en la cadena,
_alone_! Llego á la cubierta con trazas de perro mojado, aguardando un
fuerte jabón del capitán, por la demora. Me muele la mano de un apretón
y me lleva á comer: _A slice of bacon, sir?_—y de puro asustado trago
el tocino sin mascar ...



VII

DE VERACRUZ Á MÉJICO


Después de otros dos largos días de mar,—desde Progreso y
Mérida,—cuando el capitán del _Engineer_ me enseña en la punta de su
anteojo, un poco al sud de la proa, el festón gris perla que remata en
el nevado pico de Orizaba y es el estribo de la gran meseta de Anáhuac,
cuéstame algún trabajo recordar que _vuelvo_ á tocar en Méjico. ¡Son
tan poco mejicanos esos bravos yucatecos que (sin desgarramiento)
acabo de dejar! En hora prevista y acaso próxima, junto con el primer
crugido del bastidor constitucional que disimula apenas la dictadura
de Porfirio Díaz, bastarále al Yucatán condenar el paso estrecho que
por Tabasco le sujeta á la fábrica federal: quedará suelto, á manera
de un pabellón aislado—de arquitectura un tanto original. Más que á
Méjico, es á Guatemala á quien se adhiere fuertemente, como el Río
Grande al Uruguay. Entre Mérida y Veracruz no hay por ahora más vía de
comunicación que la marítima. Ahora bien, como vínculo de nacionalidad
tal conexión es en extremo laxa y deficiente. En sociología, lo mismo
que en física, el agua es mala conductora del calórico.

Los griegos confundían _istmo_ y _estrecho_ bajo una sola designación.
No tenían el concepto vasto de la nacionalidad: un archipiélago
no forma una patria. No llegó nunca á la unidad la misma Grecia
continental, con sus costas acuchilladas por senos y promontorios, sus
golfos obstruídos de sirtes é islas múltiples, centinelas avanzados
de las rivalidades y dialectos locales. El líquido elemento, tan
complaciente para el tráfico y las colonizaciones, conserva las
distancias y se opone á la intimidad política. Las provincias no
están reunidas, sino separadas por el mar: _Oceano dissociabili_,
decía Horacio. El canal de San Jorge ha influido más que otras causas
históricas,—acaso dependientes de la física,—para que Irlanda quedase
infinitamente menos inglesa que la asimilada Escocia. Á despecho de
la proximidad y las tradiciones, la Sicilia no responde plenamente al
estremecimiento nacional italiano: permanece siciliana, y el estrecho
de Mesina es una solución de continuidad. Así entre nosotros: con
hallarse á diez horas de Buenos Aires, Montevideo es otro mundo, el
_extranjero_, á pesar del antiguo y siempre activo intercambio de los
destierros políticos. Si en las horas de fiebre aventurera, hubiésemos
echado un ferrocarril sobre Abra Pampa y la Quiaca, el sud de Bolivia
sería hoy más argentino que la Banda Oriental. Lo que articula, en
efecto, y emparienta á los grupos humanos, es el suelo resistente:
el vertebrado esqueleto terrestre que guarda como una adquisición
definitiva el rastro de cada progreso realizado, y donde cada nueva
etapa de la caravana puebla un desierto ó terraplena un hueco de la
civilización.

Por otra parte, el Yucatán no es mejicano, ni por la raza,
probablemente tolteca, ni por la lengua local—maya—ni por la historia
antecolombiana ó moderna. Siempre conquistado, nunca asimilado, se ha
valido de cualquiera tentativa unitaria del gobierno central para
cortar la amarra federativa y hacer rumbo aparte. Á ratos, suele
salir al mundo que poco se cuida de ello, una república de Yucatán,
cuya existencia legalmente comprobada duró una vez hasta ocho años
¡lo que es sin duda edad provecta en estas Américas centrales![10]
Hasta sucedióle al dicho y dichoso país considerarse muy vasto
para una sola nación. Según la conocida ley de reproducción de los
organismos inferiores, la república se escindió en dos, sin dolor:
el Estado independiente de Campeche, tan ilustre en la tintorería,
se puso también á intentar su ensayo leal, aovando á toda prisa
su correspondiente constitución «campechana» ... ¡Dios mío! qué
interesante y ameno sería todo ello, ¡visto de cerca y estudiado
con amor! En Mérida, con estos ojos que la muerte cerrará, he
recorrido—¡oh! ¡rápidamente!—una _Historia política del Yucatán_,
en dieciseis volúmenes compactos y todavía inconclusa, ¡faltando lo
mejor! Pero ¿dónde está el Meilhac iniciado y erudito, el Grosclaude
convencido y formal, digno de cantar épicamente la Gatomaquia de estas
democracias hispano-calientes?

En los tiempos de sus caravanas libertinas, la región era pobre y
rendía poco jugo en el trapiche federal. Las cosas han cambiado
merced al henequén, cuya fibra es incomparable para la cordelería. Su
exportación se ha decuplicado en pocos años; en el próximo pasado, los
Estados Unidos han absorbido por diez millones de dollars del textil
yucateco, destinado principalmente al engavillado del trigo en el
Far-West. Pero tal éxito ha despertado la infalible competencia. Mis
amigos no dudan del triunfo y miran con desdén las jarcias y maromas
de Bahamas ó Filipinas. Parece, en efecto, que la pita yucateca deriva
su excelencia de la misma aridez del suelo: á ser así, no hay peligro
inminente ¡siempre que nuestro Santiago no entre en la lid!

La administración paternal de Porfirio Díaz no podía asistir impasible
á este empelechamiento de «Cendrillón». Al momento ha decretado
derechos enormes _contra_ la exportación del henequén: es su manera
de alentar la industria nacional. Después de sendas protestas los
contribuyentes han tenido que ceder y pagar, según costumbre de los
pueblos libres. Pero, si la población yucateca estaba ya cansada con el
yugo azteca, no parece que el nuevo impuesto tenga la virtud de hacerla
descansar ... Aztecas, toltecas, yucatecas: bien sospecho que para mis
lectores toda esta micrografía ha de quedar algo confusa, fundiéndose
los matices en la riqueza del consonante. Pero deben creerme bajo
palabra: un abismo separa á unos y otros,—un abismo que he cruzado en
dos días de navegación.

Con este preámbulo sólo quise explicar por qué, al desembarcar en
Veracruz, parecíame que, como mi predecesor Hernán Cortés, pisaba por
vez primera el suelo mejicano.


  Veracruz.

Para ser justo, habré de decir, desde luego, que Veracruz lleva á Colón
una ventaja enorme: la de ser, en lugar del principio, el término
definitivo de mi accidentada travesía; por lo demás, tan repelente y
siniestro como aquél,—con la decrepitud por añadidura, y algo que
revela no sé qué convicción mayor, qué arraigamiento más incurable en
el abandono pantanoso y la incuria malsana.

Al paso que vamos entrando en la rada abierta y casi vacía, la famosa
fortaleza de San Juan de Ulúa emerge de su islote madrepórico. Los
españoles la declararon «intomable»: sin duda habrán mudado de parecer
desde que ha sido tomada por todo el mundo. Da lástima su estado
de deterioro actual, y nos preguntamos qué fragmento sólido de esa
ruina podría dar pretexto á otro bombardeo. Una tierra baja, hacia
el sud, es la isla de Sacrificios: el «Jardín de aclimatación» de la
intervención francesa que pobló su cementerio más copiosamente que
todos los sacrificios humanos de la barbarie azteca. La «Villa rica de
la Veracruz» alarga en la playa arenosa y palustre sus casas de azotea
y desteñidas cúpulas. El primer aspecto es mezquino y desmedrado,
pero el segundo es peor.—En mi desdén francés de la geografía, me
imaginaba á la ciudad histórica con su puerto de fama secular, como
á otro Valparaíso, ó, por lo menos, un Callao en plena actividad
comercial, á pesar del clima insalubre: me encuentro con cinco ó
seis buques fondeados[11], delante de una población húmeda y casi
silenciosa. Las estadísticas más veracruzanas declaran un tráfico anual
que es la sexta parte del de Montevideo: es este y por mucho el primer
puerto de Méjico, que cuenta doce millones de habitantes. La marina
de guerra está representada aquí por dos avisos de modelo anticuado,
_Independencia_ y _Libertad_ (¡naturalmente!), que se herrumbran en el
fondeadero, con su cañoncito á popa, arremangando la nariz. Su aspecto
de incuria hace sonreir á nuestros oficiales ingleses. Á pesar de la
corneta que prodiga sus toques de llamada, tres ó cuatro desbragados
marineros se persiguen en la cubierta del _Independencia_, juegan á
empujones. Esta pequeña escena abre perspectivas sobre la disciplina de
á bordo ...

Después de las visitas reglamentarias, dos botes atracan á nuestro
_Engineer_. No soy rencoroso: prodigo los enérgicos apretones de mano
á mis carceleros (_A slice of bacon, sir?_), y me largo con mi petate.
En el trayecto, pregunto á mi botero—un gran diablo negro de piel
flácida y como acardenillada—¿si la fiebre amarilla sigue prosperando
en Veracruz? «¡Ah! no, señor, respóndeme consolante y satisfecho:
¡sólo hay vómito negro!...» Como se ve, la cosa varía de especie y
quedo muy tranquilizado. Desembarco en un pequeño muelle, entre una
docena de negros ó mestizos, sin mucha baraunda. Mi botero es también
esportillero, carrero, etc., con más oficios que faenas; se ofrece para
llevar mi equipaje á la estación, esta tarde ¡requisito indispensable
para poder tomar mañana el tren de Méjico! Mi carrero-piloto, al
ponerme al corriente, se expresa con admirable corrección, ¡acaso
superior á la de los _sacalaguas_ limeños! Ante este _cicerone_ con
aptitudes de Cicerón, tengo que velar sobre mi estilo y envainar mis
_vení_ y _ché_ argentinos. Cuando el purismo desaparezca de Salamanca,
volveremos á encontrarlo en el morro de un negro, bajo un portal de
Lima ó Méjico.

En el resguardo, tengo que esperar el beneplácito de un grueso
personaje que, en su uniforme descolorido y pasado, redacta su
correspondencia: mi baqueano me informa en voz baja que ¡ese es el gran
jefe! Al fin, se levanta el alto funcionario y preside personalmente á
la apertura de los baules. Es severo, meticuloso, inquisidor; sus manos
gordas atropellan mis ropas y papeles: un instante, se ha complicado
la situación, á causa de una botella de pisco ... Con gran trabajo
aplaco á mi galoneado cerbero; al cabo me deja libre de poner mis
cosas en orden, en la calle cenagosa y sin aceras. Ha llovido esta
mañana, lloverá esta tarde: en la atmósfera gris y mal enjugada, vagan
siempre algunas gotas disponibles que se asientan acá y allá. Me pongo
en marcha hacia el _Hotel Universal_, detrás de mi carriola: queda á
dos pasos, según me afirma mi guía; por otra parte, no se divisa un
carruaje en todo el malecón.

El aire acuoso y el cielo bajo forman un ambiente pesado que, desde
luego, fatiga el pecho y relaja los tejidos. Con aprensión invencible,
se cree, se siente que se respira el miasma y la anemia. Compréndese
demasiado cómo, después de algunas semanas, el debilitado forastero
ha de buscar, sin encontrarla, su pasada energía: ha descendido á la
miseria fisiológica del indígena, sin adquirir la relativa inmunidad
de aquél contra las endemias mortales. El enfermo ha de perder pie en
seguida, y el empobrecido organismo buscaría aquí, más vanamente que en
Panamá ó Guayaquil, la reserva de fuerza indispensable para la reacción
... Durante la intervención francesa, las guarniciones de Veracruz se
fundían como cera: hubo de apelarse á los africanos y criollos de la
Martinica.

El aspecto de la ciudad es miserable y decadente: ningún carácter
«propio»—sobre todo en el sentido francés de la expresión;—evoca la
parte más vulgar de otras conocidas poblaciones hispano-americanas,
algo así como el arrabal de Malambo en Lima, ó el de Ultra-Mapocho, en
Santiago. Al llegar al hotel, situado en una pequeña plaza sombreada
y enlosada, pregunto por el «centro» de Veracruz, el barrio elegante
y concurrido: estoy en él ¡es esto!—Las eternas casas con saliente
balcón de madera y ventanas de obscuras celosías, pero sin la nota
pintoresca del Pacífico: se sospecha que no hay nada detrás que merezca
ser visto, y que está puesto el enrejado á guisa de tupido velo sobre
una cara fea. Las calles en declive tienen su arroyo central lleno
de cieno y hierba. Las lepras de humedad se pegan en las paredes, en
los balcones, hasta en el papel de las habitaciones. Las inmundicias
llenan las calles y, por todas partes, de los techos, de las cornisas,
de los umbrales, nubes de buitres negros, de zopilotes enormes bajan á
la calle para llenar su oficio estercorario. Véselos abatirse, gordos
como rufianes, sobre los montones de basura, hundir en los detritos sus
inmundos cuellos pelados, para asentarse luego en la barandilla del
balcón donde, un minuto después, una mujer posará sus manos pálidas.
Háse conservado religiosamente la innoble tradición colonial que
delegaba en esos buitres «carroñeros» la limpieza urbana: un reglamento
los manda respetar, bajo pena de multa. Los zopilotes representan
una corporación, una institución municipal. ¡Y pululan! pareciéndome
su inmundo desparramamiento, su infección visible y semoviente, mil
veces peor que la inerte suciedad. Una _fadeur_ nauseosa de hospital y
cementerio se desprende de los edificios: un vaho de sutil podredumbre
que llena las calles, se insinúa en las casas, se infiltra en los
cuartos, penetra horriblemente las ropas y hasta las sábanas. Lo
arrastro conmigo por donde quiera, á pesar de toda mi agua de Colonia;
me repugna la fragancia de las flores en la Alameda, y ansío aspirar
una acre fumigación desinfectante, un ambiente de agua fenicada ...

Vago por los empedrados; visito, por descargo de conciencia, la «Casa
municipal», algunas iglesias, y hasta la estación del Ferrocarril
Mejicano. Faltan ¡ay! doce horas para el tren libertador. Un chaparrón
me arroja á una librería, compuesta de unas docenas de textos escolares
y novelas españolas con otras tantas pizarras. Descubro un ejemplar del
_Teatro crítico_, roído de moho—¡nunca tendrá más que el estilo del
autor!—y caigo en el conocido artículo de _Los españoles americanos_,
donde se explica que en ellos «amanezca más temprano el discurso, por
la mayor aplicación y continuada tarea de la juventud». ¡Excelente
Padre Feijóo!...

Enfrente de la tienda se alza una iglesia restaurada: «San Francisco!»
me dice el baratillero con satisfacción. Y cruzo la calle,—movido
acaso por la vaga reminiscencia inconsciente de otro San Francisco que,
ahora, comienza á irisarse en la memoria con el resplandor imaginativo
de lo pasado, de lo desvanecido, de «lo que pudo ser», como murmura con
tristeza inefable el simbólico é inquieto Rossetti:

  Contémplame: mi nombre es _Pudo-ser_;
  También me llamo _Nunca_, _Adios_, _Es-tarde_![12]

Desvarío aparte, compruebo que la iglesia es tan poco original como
su nombre. Es la sempiterna arquitectura recargada y pintorreada
del frailismo colonial, con sus capillas en escaparate, sus altares
relucientes de oropel. Dominando el retablo, un gran Cristo
sanguinolento comba en la cruz su torso magro, púdicamente envuelto
en un calzón de bordado terciopelo, y lleva, en contorno de su rostro
de yeso, bucles de doncella, «tirabuzones» de verdad, cortados en
una frente de veinte años y ofrecidos como _ex-voto_ de penitencia ó
gratitud.

El hotel está regido por españoles, pero servido por criollos:
naturalmente, rezuma incuria y desaseo. Tengo que librar batallas para
conseguir una silla entera, una toalla casi limpia, una almohada
al parecer intacta. Pero la mesonera acude en auxilio de su mozo y
me desarma en un pestañeo. En Veracruz—lo mismo que en Burgos ó
Toledo—nunca he podido resistir á la ingenua filosofía española: á la
patrona maciza y jovial que se para delante de mí, puesta en jarras, y,
sin inmutarse por mis protestas y «franchuterías», raja mi indignación
con esta ú otra salida: _¡Pero, hijo de mi alma, vamos á ver!..._ Quedo
aturdido y acabo por reir.—Como en el patio, pues es preciso comer, á
pesar de los zopilotes: un negro enjambre de moscas acribilla la mesa
y me espera de pie firme; no hay ademán ni arbitrio que las espante,
y caen en el sitio, como la guardia de Waterloo. Tomo el partido de
sepultar mi pan bajo el mantel, mi vaso bajo un plato y así, con ayuda
del mozo que esgrime una pantalla sin comprender tanto remilgo, pruebo
algunos bocados, sin mirarlos demasiado.

La fonda—_the leading hotel_, dice mi guía yankee—da sobre la Plaza
mayor, que es también el paseo público, enfrente de la catedral.
Rebosa de follajes y flores, y su contorno rectangular está enlosado
de mármol: es el lujo y el orgullo de la población, el «Santa Lucía»
de Veracruz. Los «veracrucificados», hombres y mujeres, habituados
al cascote de su empedrado, no pueden agotar la sensación deliciosa
de resbalar en esas losas: es una moda elegante caminar ahí encima
arrastrando los pies, como quien patina;—y desde mi cuarto abierto,
después de media noche, seguiré oyendo la enervante resbalada. Á la
tarde, los buitres aportan en bandadas y se forman en filas sobre la
cúpula y los campanarios, como canónigos en cabildo: su espesa franja
negra cubre balaustres y cornisas. Otras aves obscuras silban, pían,
graznan insoportablemente en los follajes; no se percibe una nota
dulce, un arrullo de tórtola. No parece sino que en Veracruz cualquier
belleza natural se presentase desviada, degenerada, pervertida. ¡De
las flores abiertas, de las verdes espesuras se escapan los efluvios
de fiebre y el miasma mortal! Las aves, que en otras partes son la
nota alegre y juvenil de la naturaleza,—algo así como la obra inútil
y encantadora del séptimo día,—no están aquí representadas sino por
sus especies innobles ó displicentes: mirlos y urracas, que parodian el
canto del ramaje, cuervos y zopilotes repugnantes: ¡los _croque-morts_
de la ornitología!

Después de dos ó tres vueltas en la plazuela, quedo varado en un
banco,—tan enervado por la volátil cencerrada, que veo llegar sin un
estremecimiento la banda municipal, blindada de cobre, cubierta de
galones y entorchados ... Por supuesto que, para hacer juego con los
demás, debería de ser intolerable. De ningún modo: su desafinar no es
intermitente, como el de otras bandas pretenciosas, sino homogéneo y
diré metódico; los ritmos se alargan con languideces criollas que, para
un programa de _palomas_ y _zapateados_, están en situación. El mismo
repertorio es una muestra de gusto relativo, en esta latitud: temía
«selecciones» italianas ó «perlas de salón».

El «Todo-Veracruz» ha invadido la Alameda, á remolque de los trombones;
se desarrolla lentamente en torno de los naranjos y magnolias, bajo
la cruda luz que enternece los follajes. Damas y caballeros visten
telas claras, llevan flores en el ojal, en el seno, en el cabello;
se respira un ambiente capitoso de jazmines. Muchos jóvenes parecen
raquíticos, achaparrados; al verlos arrastrar la pierna me ocurre que,
para algunos, el patinar en la losa puede ser el esquema elegante de
un vago reumatismo ó de la ataxia próxima. Las muchachas son menudas y
frágiles, no feas en general ni mal emperejiladas, merced á la ausencia
de imitación «parisiense»; algunas, bonitas, á despecho de su busto
liso y su espalda estrecha donde cae una trenza maciza; un encanto
mórbido se desprende de su pintada palidez. No pocas, sin duda, están
convaleciendo y, después de la desmayada siesta, han recobrado para la
noche un poco de vida facticia y _falote_ alegría.

Todo este pequeño mundo enfermizo ríe y juega durante una hora en
los perfumes y la música. Los grupos tararean ó esbozan la habanera
ejecutada, desbordantes de entusiasmo: ¡con razón la guía señala esta
función al aire libre, entre los _characteristics_ de Veracruz![13]
Pero lo que arrebata al público, es la _Marina_ sentimental y cursi
que la concurrencia entona á media voz. Oigo este grito irresistible
y farmacéutico en una boca de mujer: _¡Qué jarabe!_—Son sinceros;
experimentan ante ese ideal para horteras y esa tristeza de romanza la
misma sensación estética que otros ante el _allegretto_ de la séptima
Sinfonía. Siendo el efecto idéntico, aunque procedente de causas tan
diversas ¿quién decidirá en cuál hay mayor dosis de convención?... Y,
desde mi alcoba, por la abierta ventana donde la velada luna llena
me rememora el tragaluz del camarote, sigo las voces jóvenes que
suavizan y _algodonan_ las quejas desgarradoras de un pistón frenético:
_En las alas del deseo-¡mi ilusión la ve flotar!..._ Me duermo á
medias en mi catre de lona, al compás de la mecedora canción; y, no
sé cómo, atraviesa mi sueño el afeitado espectro de esa Inés de las
Sierras, evocada y fijada por Teófilo Gautier en uno de sus esmaltes
inalterables:

  _Nodier raconte qu’en Espagne
  Trois officiers, cherchant un soir
  Une venta dans la campagne..._


  El Anáhuac.

Después de una noche pasada en claro, bajo el ilusorio mosquitero,
estoy en pie al rayar el alba, impaciente por tomar el tren de Méjico.
En la sala de espera oigo protestar contra el madrugón: sin duda otros
poseen una «virtud dormitiva» que triunfa del calor y de lo demás.
Por mí, habríamos partido tres horas antes, perdiendo la vista de los
alrededores de Veracruz, con sus médanos y chaparrales salpicados
de infectos pantanos, donde algunos _jacales_ techados de palma me
traen recuerdos del Norte argentino. Bastaba abrir los ojos después
de Soledad, para saludar de paso el Camarón de gloriosa y patética
memoria[14]. El tren de la Compañía mejicana es bastante confortable,
con su lujoso Pullman americano,—sólo que no hay nada para comer
ni beber: almorzaremos en Esperanza, al filo de mediodía. La vía
está admirablemente construída, y el camino hace olvidar todas las
abstinencias: ¡es propiamente una maravilla!

La subida comienza á partir de Soledad; el ambiente se aligera, y,
en el júbilo universal de la mañana, la naturaleza tórrida oculta su
aspecto hostil para ostentar tan sólo su belleza. Cruzamos algunos
puentes sobre arroyos tributarios del Atoyac, vamos trepando por entre
la roca viva, con no sé qué prisa por escapar de los lazos de esas
«tierras calientes», cuyo abrazo es funesto como el amor de Circe. La
vegetación de la zona ardiente revienta aún en las quebradas, intacta
y omnipotente, á esta altura de 1500 pies; los cañaverales y cafetales
extienden sus cuadrículas de verde más tierno en los valles y laderas.
Alternan con los plátanos y las palmas comunes, los altos helechos y
los izotes de latas rígidas; todavía estallan las vistosas orquídeas
junto á los follajes obscuros de los guayacos y caobas, mezcladas á las
flores rojas de los tulíperos. Pero esta naturaleza excesiva parece
ablandarse para la despedida, y purifica su caricia malsana la brisa de
las montañas próximas.

Enfilamos el túnel de Chiquihuite y, en seguida, un puente metálico de
330 pies corta la pintoresca cascada de Atoyac. Aquí es donde principia
la ascensión, sobre rampas de cuatro por ciento, subiendo curvas que
parecen insensatas, por entre paisajes espléndidos. Un orgullo humano
me hincha el corazón delante de tanto prodigio realizado,—sobre todo
al recordar que esta parte de la línea ha sido construída en medio de
las revueltas, hace más de treinta años. En la delantera y trasera del
tren, acaban de uncir dos poderosas locomotoras Fairlie para trepar la
terrible escalera de Orizaba y Maltrata. Entusiasma verlas acometer la
ruda tarea con su jadeo formidable y rítmico, arrebatando por arcos
declivios de cien metros de radio, el tren articulado que retuerce sus
vértebras entre la muralla de granito y el abismo ¡se tiene gana de
aplaudir!

Subimos y giramos sin tregua alrededor del cambiante panorama. Primero
se contempla el paisaje en alta perspectiva, luego se lo corta á nivel,
para volverlo á ver todavía, desde el recodo superior, proyectado
horizontalmente á modo de relieve topográfico. Durante media hora el
mismo sitio se presenta sucesivamente como montaña, meseta y valle
profundo. Desde Atoyac hasta Córdoba, en veinte millas de trayecto, se
sube de 1500 pies á 2800 sobre el nivel de Veracruz. Continúa la subida
de la rampa abrupta por entre ese paisaje de hechizamiento. Cruzamos la
honda y ancha torrentera de Metlac sobre un puente de acero que forma
un cuarto de círculo de ciento veinte metros de radio y tres por ciento
de grado, á una altura de 92 pies sobre la sima. El valle encantador de
Orizaba, al pie de su pico nevado y resplandeciente, señala la entrada
en las tierras templadas. La ciudad, blanca y alegre, se divisa bajo
su velo matinal de jironada bruma, en su marco de espesa verdura,
donde los robles y nogales se mezclan ya con los últimos esplendores
del trópico. La lucha está empeñada entre ambas naturalezas; pero es
la nuestra, la buena y sana vegetación alpestre, la que está pronta á
vencer ... En la estación, me ofrecen mangles, pomarosas, granadinas
que saben á tunas demasiado fragantes ... No; basta decididamente: creo
que por algún tiempo no me harán falta ...

Seguimos la marcha, y á poco, en Maltrata, un enjambre de indiecitas
frescas nos invaden con ramilletes de gardenias y violetas, nos
cargan de canastillas llenas de peras, cerezas, albaricoques y fresas
perfumadas. Me arrojo encima, la boca llena de agua, cual delante de
un envío delicioso de la patria. ¡Qué desayuno! Se come más y más, se
compra todavía, se hace provisión de flores y frutas; las banquetas del
pullman se convierten en puestos de mercado ... Ahora, en la subida
que continúa, la montaña ostenta la riqueza agreste de los Alpes y los
Pirineos; erguidas encinas de calado follaje, olmos macizos, esbeltos
alisos, abetos obscuros, desplomados en los declives y, más arriba aún,
la pirámide aguda de un gigantesco ciprés. El aire fresco nos trae
efluvios resinosos y salubres. ¡Cuál se dilatan mis pulmones europeos,
lejos de esas travesías debilitantes, de esas emanaciones perversas
del ecuador! ¡Cómo se aspira la salud, el gozo de vivir, en el seno
reconfortante de esta naturaleza septentrional! ¡Es ésta la verdadera
madre de la humanidad civilizada, la nodriza robusta y dura,—y no esa
querida criolla, con sus caricias llenas de traiciones, sus siestas
lánguidas y enervantes, ladronas de virilidad!

Por todas partes: campos cultivados, aldeas de techos rojos en torno
de los pintados campanarios; vacas y ovejas manchan alegremente las
pendientes; los potros galopan en las praderas, la crin al viento: y
ante esa fiesta de la tierra fecunda, esa plácida y eterna geórgica de
la zona templada, un _Salve magna parens_ vaga en mis labios, que se
dirige á otras comarcas americanas, donde semejante espectáculo no es
un mero accidente,—las que reservan á la Europa del siglo veinte sus
campos de producción inagotable.

Prosigue la ascensión; franqueamos por instantes claros arroyuelos que
trazuman de las paredes de granito, cortadas á pico y ya jaspeadas de
musgo, con ramilletes verdes y azules en sus grietas húmedas. Ahora
empieza á sentirse frío; andamos por la nubes; la roca viva desgarra á
trechos el humus empobrecido. Pero la vida vegetal no desfallece aún:
lucha y se transforma antes de sucumbir. Los pinos y hayas tenaces se
engrapan en la piedra, se retuercen sobre los helados torrentes, como
para resistir al llamamiento vertiginoso del abismo. El espectáculo
reviste una grandeza indecible que aplastaría nuestra infimidad, si
no se mirara siempre la valiente locomotora casi humana que sigue
trepando, dominando la sojuzgada naturaleza, en su desdén soberbio de
las quebradas y precipicios que atraviesa sobre un alambre. Se siente
la embriaguez del libre espacio y de la altura, hasta que el próximo
túnel da breve tregua á la vista fatigada; pero, al pronto, una vaga
vislumbre de tronera flota como un nimbo sobre la máquina, crece
rápidamente, ahuyentando las tinieblas cual humareda, y el día claro
resplandece de nuevo sobre un leñador que hunde su hacha en un tronco,
un hato de cabras desgranado en la falda, un indiecito que arrea su
burro y nos mira pasar con sus ojos tranquilos. Con todo, los grandes
árboles se espacian más y más; la hierba rasa y los arbustos mezquinos
anuncian la vecindad de los nevados y volcanes. Ya parece que toda
fuente de vida vegetal esté agotada; cuando en Boca del Monte, cerca de
la cumbre, á 8000 pies, un último bosquete de coníferas colosales surge
á orillas de la vía, arrojando una suprema nota triunfal, á manera de
un _morituri_ de gladiadores que ostentan sus orgullosos músculos en el
instante mismo de sucumbir. Son las sorpresas de la sierra tropical.

En Esperanza, estamos al borde del Anáhuac, cuya altiplanicie se
prolonga hasta Méjico. Los maquinistas desenganchan las locomotoras
Fairlie, y, durante el almuerzo, pienso que en seis horas hemos
recorrido la escala vegetal que va desde la zona tórrida hasta las
cumbres alpinas. También es aquí donde los trenes que se cruzan canjean
su escolta de seguridad,—¡pues es cosa muy sabida que el bandolerismo
no existe en Méjico desde el advenimiento de Porfirio Díaz!

Surcamos ahora la alta meseta de Anáhuac con su limitado horizonte que,
hasta Méjico, forma un circo moviente de serranías. Alrededor del alto
Popocatepelt, cuya nevada cumbre se esfuma en las nubes, los cerros
menores apiñan sus grupos parduscos, como un rebaño en torno de su
pastor. El tren sigue rodando hacia la montaña cercana sin alcanzarla
jamás, cual si transportara consigo la oblonga meseta. La extensa
llanura está muy poblada; á derecha é izquierda de la vía los caseríos
se suceden hasta las primeras ondulaciones de la falda; los campanarios
rompen la monotonía de los cultivos: centeno, maíz, cebada, legumbres.
Algunas haciendas alzan sus construcciones macizas, de gruesas
murallas grises coronadas de miradores, cuyo aspecto participa del
_bordj_ argelino y del castillo feudal. Los indios hormiguean en otras
labranzas, prontas para la próxima siembra. Á trechos, parches de aive,
verdes juncales en las cañadas que traen mi recuerdo á nuestra frontera
de Santa Fe ... Pero, ante todo, esta es la región del maguey: durante
leguas y leguas, el agave productor del pulque alarga interminablemente
sus hileras de dardos agudos, plantadas al tresbolillo.—No hablemos
ligeramente de esta bebida nacional, tan necesaria para el pueblo
mejicano como la cerveza para el germano, y tan simbólica como fuera el
soma para los antiguos arianos. Desde el distrito de Apam, el Munich
indígena, se lo despacha diariamente á Méjico en trenes especiales. Un
imponente cuadro de Obregón, más reproducido que la venerada imagen de
Guadalupe, consagra esta borrachera patriótica: desde su trono imperial
de alta gradería, el Gambrinus azteca, profusamente emplumado, apura
la primera copa del néctar divino: aquello se intitula LA INVENCIÓN
DEL PULQUE, como si dijéramos la «Invención de la Santa Cruz»;—y no
es para mí flaca satisfacción el que mi _gusto_ concuerde con el de un
pueblo entero, al declarar sin ambajes que la pintura es tan sabrosa
como la bebida—y recíprocamente.

       *       *       *       *       *

La lluvia ha comenzado en Esperanza y seguirá hasta Méjico.
Naturalmente, me libro del polvo, que es el flajelo del Anáhuac; pero
el frío se acentúa, tanto más cuanto que desde Lima acostumbraba dejar
el sobretodo en el bagaje. No hay nada que ver entre la tierra obscura
y el cielo gris; nada que leer, fuera de un papelucho de Veracruz
que me sé de memoria desde el editorial hasta los avisos del montepío
... Dirijo la palabra á mi vecino más apetitoso: resulta ser un viejo
mejicano tartamudo, sordo á medias y «liberal» á enteras, que me toma
por español y se deja caer á brazo partido sobre los franceses de la
intervención. Me divierte infinitamente, y, por momentos, me temo que
lo sospeche. Me enseña el antiguo camino real que ahora costeamos,
donde un azteca de traje antecolonial camina descalzo tras de su
asno, y, con sonrisa entre infernal é idiota, me explica cómo pasó
por aquí de fuga el cuerpo de Lorencez, después de su derrota ante
Puebla.—El rechazo fué muy real; en cuanto á la fuga, es tan cierta
que, después de descansar dos días en los Álamos, casi bajo el fuego
del fuerte Guadalupe, esperando vanamente á los vencedores que no
intentaron salir, el general Lorencez estuvo á punto de recomenzar
el ataque. Pero ¡tiene razón el inválido, lo mismo que los otros:
5000 franceses llevando el asalto á una ciudad fortificada de 75.000
almas, defendida por los 12.000 hombres de Zaragoza, bien artillados y
parapetados tras de sus murallas: era partida igual y debíamos vencer!
Y es por eso que el comandante Lefebvre, algunos días después, batía
_à plate couture_ al victorioso Zaragoza, cerca de Aculcingo, con el
regimiento 99 de línea, haciéndole mil prisioneros; y también que más
tarde, Bazaine,—de quien todo puede decirse, menos que no era valiente
hasta la locura—con dos regimientos y su 3º de zuavos que nunca le
abandonaba, puso el ejército de Comonfort en plena derrota, en San
Lorenzo, cerca de la misma Puebla ...

Esos tristes recuerdos de historia, y otros más trágicos aún, me
persiguen hasta la estación de Apizaco, donde arranca el ramal para
Puebla. La lluvia sigue cayendo; el tren se ha llenado de mejicanos.
Muchos jóvenes «decentes» visten el traje nacional: la corta chaqueta
de torero que deja ver el cañón del revólver, largo como un trabuco; el
ajustado calzón con su hilera de botones metálicos y el enorme sombrero
cónico con su grueso cordón plateado. Se disfrazan de «charros», al
modo que los porteños cuando volvían de la estancia con el poncho y la
bota, hace medio siglo. Instintivamente, me siento ante un anacronismo.
¿Será por ello que, al punto, me desagradan tanto esos falsos «piratas
de la sabana», de aspecto melodramático y aire de fachenda, que
soportan tan dócilmente á su don Porfirio?

El cielo bajo y anegado produce ya el crepúsculo en el vagón; me
envuelvo en el _zarape_ que he comprado á un buhonero y, desde mi
rincón, miro melancólicamente las charcas del camino, rumiando esa
lúgubre historia, esa «gran idea del reinado» que me hostiga sin cesar.
¡Han debido nuestros pobres soldaditos recibirlos más de una vez en
su espalda y en su rancho, estos aguaceros que traen la fiebre!—Y
sin que jamás un reflejo de gloria legítima, una llama de sentimiento
patriótico recalentase el vientre vacío y el cuerpo aterido:

          _Petit pioupiou,
          Soldat d’un sou,_
  _Qu’as-tu rapporté du Mexique?..._

¡Qué cosa podía traer el soldado, de esta aventura ambigua, tan obscura
en su origen como en su real propósito, á no ser el hábito del merodeo
y del desorden, la tendencia funesta á desconfiar de sus jefes,—todo
lo que, más tarde, contribuirá á preparar el irreparable desastre!—El
ejército asistía á las desavenencias de las autoridades civiles y
militares: á las competencias codiciosas entre refugiados mejicanos
y agentes franceses; á esas organizaciones de «contraguerrillas» que
recogían bajo la bandera de la Francia la espuma de la filibustería
internacional; á esas cacerías matrimoniales de los Dano, Bazaine,
Saligny; á esa lucha de intrigas entre sus generales y los Almonte y
Labastida—clericales de salón y oficiales de antesala, dispuestos
á vender á sus aliados como entregaran á su país, y que empujaban á
Maximiliano por el camino fatal de Querétaro.

¡Pobre diablo de emperador en comisión, traído como un accesorio en
los furgones del ejército extranjero! Hoy nos parece imposible que
semejante empresa haya germinado en cerebros y corazones sanos, y todo
se achaca á la alucinación de Napoleón ó á la corrupción de Morny,
olvidándose que hombres como Michel Chevalier—una inteligencia y una
probidad—que conocían á fondo Méjico y los Estados Unidos, apoyaron
con vehemencia la funesta expedición.—He leído, en no sé qué casino ó
club del Pacífico, un artículo de Claudio Jannet[15] en que se emite
este pensamiento profundo bajo una forma un tanto romántica: Napoleón
III _releva le trône d’Iturbide sur la tête de Maximilien_. ¡Un trono
sobre la cabeza! Debía de ser muy incómodo, por momentos, y bastaría
á justificar su voluntaria abdicación. ¡Y eso, que no era sumamente
fuerte, esa cabeza de Maximiliano! Bueno, generoso, iluso, sin mucha
inteligencia ni carácter, era de esa semilla de archiduques y generales
áulicos que, desde Jemmapes hasta Sadowa, han dejado en la historia un
reguero de derrotas.

Su muerte fué digna de una Habsburgo. Con todo malogró su salida, como
su entrada. Quisiéramos encontrar en ella menos resignación cristiana,
no sé qué resumen altanero y despreciativo que fuera un castigo y una
lección: un ancho escupido al rostro del traidor, un latigazo en plena
faz del indio que se vengaba como verdugo después de no pelear como
soldado: la palabra suprema y vengadora que acrecentara nuestro aprecio
sin atenuar nuestra piedad ...

De repente, el nombre de Otumba que suena en la noche barre todos
estos recuerdos contemporáneos, evocando otras imágenes más altas
y lejanas. ¡Hernán Cortés! No era la voluntad ni la energía lo que
faltaba al que se batió aquí, ha cerca de cuatro siglos! Con todo, su
alma heroica y ruda de conquistador había también sufrido la víspera
su hora de flaqueza humana. Cuéntase que lloró durante la agonía de la
_Nochetriste_, bajo el ciprés que la tradición enseña aún en Popotla,
por estas cercanías. Era fuerza partir, abandonarlo todo después de
tenerlo todo conquistado, escaparse en las tinieblas á raíz del inmenso
desastre, abriéndose la retirada á través del país sublevado. Entonces
el jabalí detuvo la fuga, hizo frente á la jauría furiosa y, á fuerza
de audacia y desesperada intrepidez, repuso su fortuna.—Y es un
privilegio fugaz del forastero, esta evocación de una lejana epopeya
bárbara, por la sola virtud de un nombre lanzado en la noche, durante
el _calderón_ de tres minutos de la locomotora ...

Á las ocho, en la noche cerrada y bajo la lluvia persistente, llegamos
á la estación central de Buena Vista. No reprocho á Méjico el carecer
de encanto en tales circunstancias. Estoy tiritando y casi rendido;
temo que el zarape de Puebla haya llegado algo tarde. Mi vecino, el
liberal galófobo, se despide de mí con esta advertencia siniestra:
_¡Cuidado con el tifus de Méjico!_—¿Cómo, todavía?



VIII

MÉJICO


No he trabado relación con el tifus de Méjico, pero sí traído de mi
cruzada por la meseta de Anahuac una bronquitis, complicada luego con
la ordinaria fatiga pulmonar que tan desagradablemente sorprende aquí
á los forasteros. Es un fenómeno de todo punto análogo al conocido
_soroche_ de la Puna boliviana, como que es debido á una causa
idéntica, es decir á la rarefacción del aire por la altura sobre el
nivel del mar. Méjico se halla á 2300 metros; con todo, me ha parecido
que el _apunamiento_ no guarda proporcion con la altitud absoluta: es
posible que, fuera de mi factor personal, como recién llegado de los
mares ecuatoriales, obren otros endémicos,—acaso los mismos que hacen
de esta antigua capital lacustre una de las poblaciones más malsanas
del mundo.

Antes de transcurrida la semana, todo había vuelto á su quicio; pero,
no pudiendo ser mucho más larga mi estancia, no he tenido tiempo para
recobrar todo mi entusiasmo anterior de viajero enamorado de historia y
leyenda. Creo que el mayor filósofo guarda rencor á los lugares donde
ha sufrido. Por otra parte, desde el primer momento, me he sentido
en la esfera de atracción de los Estados Unidos: malísima condición
para ser un buen observador. Positivamente, después de algunos días de
reclusión en el _Hotel Iturbide_, fueron mis _relevailles_ dirigirme
á una agencia y tomar pasaje para San Francisco. Pude reaccionar;
pero confieso que necesité cierto esfuerzo y no poco valor moral para
reconciliarme con mi deber y, al solo fin de no ignorarlo todo, dedicar
una semana de estudio á la capital de Hernán Cortés y Porfirio Díaz.

Á la verdad, no es mucho ni muy profundo lo que haya podido estudiar en
tan breve y mal comenzada estación; nada extraño será, pues, que este
capítulo salga á la vez más indigente y menos indulgente que otros—y
acaso sea lo segundo consecuencia de lo primero.

Sabe el paciente lector que la «albañilería» no es mi fuerte, mucho
menos si los edificios no son bellos ni siquiera originales, no
pudiendo tomarse entonces como signo característico y revelación
de un «estado de alma» social. La naturaleza y los hombres son mi
curiosidad; sobre todo el hombre. La evolución colectiva, que construye
la historia, me parece menos interesante aún que la individual, que
representa una contribución á la eterna filosofía: aquélla teje los
acontecimientos, fabrica las modas y las instituciones; ésta es la
verdadera célula del organismo social, el elemento activo y plástico
que se modifica lentamente, incorporándose los principios ambientes y
hereditarios. Por eso, si tuviera ambición literaria, aspiraría á que
mi relación de viaje, bajo su forma suelta y dispersa, contuviese un
ensayo de psicología comparada. Pero ¿quién sabe lo que será, si llega
á ser algo?

En su conjunto material, Méjico es una grande y noble ciudad
hispano-americana, no inferior á su fama secular; si bien dista mucho
de ofrecer un spécimen casi perfecto é intacto de la sociología
colonial, como Lima la encantadora y única. En la misma metrópoli
peruana habían herido mi sentimiento histórico no pocas intrusiones
del mal gusto importado. En Méjico, entre los ribetes _yankees_ de la
vida callejera y las demoliciones ó restauraciones de los antiguos
monumentos, puede decirse que queda muy poco de lo que el historiador
ó el arqueólogo viene á buscar. Las antigüedades aztecas, que
sobrevivieron á la conquista, han desaparecido por efecto del tiempo y
también de la indiferencia comarcana. El «progreso» material ha dado
buena cuenta de las ruinas cuya belleza no puede el vulgo apreciar, de
todas esas «antiguallas» que no representan sino los pergaminos de cal
y canto de los pueblos, fuera de ser los documentos más fidedignos de
su historia. No sería imposible que, á són de no sé qué liberalismo de
logia y trastienda que aquí reina, se diera al suelo con la magnífica
catedral ó se la convirtiera, si no en cuartel, en escuela de artes
y oficios. Me temo á veces que la modernísima democracia consista en
levantar cada pueblo sus moradas á la moda del día, arrasando las de
sus predecesores, para que cada generación humana no deje más rastros
en la tierra que los del ganado trashumante. Esa democracia niveladora,
amante de tablas rasas y gran fabricante de _self-made men_, la
contemplaremos luego en su forma aguda, en esa ocupación anhelante y
febril del Extremo Oeste que remeda, en medio de todas sus innovaciones
prácticas, una regresión moral á los éxodos antiguos, al nomadismo
asiático: la tienda del pastor alumbrada con luz eléctrica.

Esta tibieza del sentimiento histórico es general entre los pueblos
americanos: fuera de algunos fetiches patrióticos, vinculados á su
gloriosa independencia, no se preocupan mayormente de sus orígenes
seculares. Una sola causa basta á dar cuenta de la indiferencia
popular: son estas, nacionalidades de transporte y aluvión.—Nosotros,
nobles ó plebeyos, tenemos mil años de radicación á la gleba nacional.
Mi nombre me dice que soy un galo antiguo. Siento que mis abuelos,
aunque sólo fuesen vasallos de leva y humildes pecheros, pelearon
con los albigenses, arrancaron su provincia de las garras inglesas
en las milicias comunales de la Guyena, lloraron de alegría y dolor
por las hazañas y la muerte de la «Buena Doncella», lucharon desde
Bouvines hasta Waterloo por la integridad del suelo sagrado: figurantes
anónimos, pero testigos y actores, acaso, de esa incomparable epopeya
de diez siglos,—_Gesta Dei per Francos_. Grano á grano, sus cenizas
obscuras cayeron y se juntaron en el mismo lugar para formar ese
terruño venerable, ese pedazo de patria milenaria en que he brotado ...
Por el lado paterno, mis vástagos vienen á ser injertos americanos.
Serán, lo espero, buenos hijos de su país; pero no pueden ser
argentinos como soy francés: con la plena adaptación hereditaria de
los gustos y aptitudes, con todas las células sensitivas y pensantes
de la dualidad cerebral,—con toda el alma y el corazón de veinte
generaciones encadenadas.

El patriotismo, pues, de las naciones nuevas,—por sincero y ardiente
que lo veamos y palpemos,—tiene que ser nuevo también, limitado á la
capa más reciente de su historia. Ello, por supuesto, es provisional:
este terreno de aluvión reciente será diluviano algún día. Pero, al
presente, no puede cambiarse la ley natural: la juventud mira hacia el
porvenir, como nosotros hacia el pasado. La tendencia, por otra parte,
es tanto más irresistible y explicable entre nosotros, cuanto que la
República Argentina, lo propio que los Estados Unidos, poco ó nada
tenía que conservar de sus orígenes antecolombianos y aun coloniales
primitivos. Al Perú y á Méjico les incumbían otros deberes históricos
que, por muchas causas conocidas, han dejado de cumplirse. Sabido es
que si algo podemos estudiar de las antigüedades peruanas, aztecas y
particularmente yucatecas, ello es debido á la labor y á la ciencia
europeas.

¡Oh! bien sé que en esta populosa Méjico se os enseñará al pronto el
moderno y complicado, aunque no vulgar, monumento á Guatimozín—á
quien llaman Cuauhtemoc, para condimentar su sabor local;—pero ello
no responde sino á preocupaciones políticas. El gobierno de Porfirio
Díaz es azteca como el de Rosas fuera «americano» y criollo. Levanta
un emblema de guerra partidista contra el añejo espíritu clerical y
afrancesado: el grupo conservador cuyas miserables intrigas urdieron
en París y Miramar la triste aventura que tuvo en Querétaro su trágico
desenlace. En realidad, el instinto nacional se encarna en Juárez
y sus secuaces ó sucesores de estirpe más ó menos indígena: no se
remonta mucho más allá. La estatua de Guatimozín adorna el «Paseo de la
Reforma», y cuadra allí como un busto de Tupac-Amarú en el recinto de
nuestro parlamento.

Como muestra y ejemplo de arquitectura «nacional», se ha levantado
en el parque de la Alameda,—después de pintorrear odiosamente sus
bancos de piedra—un pabellón de estilo ... ¡morisco! Llegáis á Méjico
con la cabeza llena de recuerdos históricos y legendarios; tiemblan
en vuestros labios jirones de crónicas; las imágenes de los monarcas
aztecas, las heroicas aventuras de los conquistadores, las tragedias
y comedias del virreinato asedian vuestra fantasía: y no encontráis,
de los primeros sobre todo, fuera de algunas piezas del museo, ni los
vestigios de las reliquias seculares que veníais á buscar. _Etiam
periere ruinæ._ Las enredaderas poéticas que el peregrino trajera, cual
hebras ideales de la imaginación, procuran vanamente un tronco vivo
ó muerto en que prenderse,—á no ser que se adhieran al «Árbol de la
noche triste» que se os enseña en Popotla (¡tramway suburbano!), el
cual reviste tanta autenticidad como un buen retrato de Colón.

Pues bien, la ironía está demás. Aunque no fuera Méjico una de las
comarcas más ricas y pintorescas del mundo, y no pudiera ostentar
su capital, á mas de sus modernas construcciones ó adaptaciones, á
la verdad poco interesantes, aquellas reales magnificencias de la
Catedral y de la Plaza Mayor, merecería aún la peregrinación sólo por
haber sido el teatro de tantas escenas memorables, que los nombres
locales bastan á evocar. Hablando con sinceridad, no quedaba mucho
más de la bíblica Jerusalén que Chateaubriand y Lamartine vieron
surgir por entre las mezquitas turcas: el raudal de su propia poesía,
derramado en las arenas evangélicas, pudo resucitar en el desierto á
la antigua Sión «resplandeciente de claridades», y con el rocío de
la fe su bordón de peregrino reverdeció y brotó flores como la vara
del profeta.—Los nombres solos, según decían los latinos, tienen
virtud de encantamiento: _nomina, numina_. El «Palacio Nacional»,
que llena todo el este de la Plaza Mayor, no es más que una vulgar y
chata reconstrucción del siglo xviii con adiciones más recientes y sin
carácter original; pero se llama la «Casa de Cortés», ocupa el solar
que el brioso caudillo se adjudicó sobre las ruinas de la morada de
Moctezuma: y con vago respeto penetráis en su patio espacioso, en su
Salón de embajadores, inmenso é imponente con sus paredes cubiertas
de retratos de próceres y cuadros patrióticos,—entre los cuales no
merecen mención artística sino el _Hidalgo_ de Ramírez y el _Arista_
de Pingret. Acontece lo propio con el bosque de Chapultepec, residencia
veraniega del presidente; con el arzobispado donado por Carlos V á
los prelados de Méjico «para siempre jamás»; con la Casa de moneda,
la Biblioteca, las iglesias; con las calzadas y acueductos, con los
hospitales que fueron conventos y los colegios que fuero beaterios: no
queréis recordar de demoliciones y reparaciones advenedizas, bastándoos
el sitio ó el nombre deliciosamente anticuado para que se cumpla la
evocación.

Las excursiones á las cercanías de la ciudad son más sugeridoras
aún. El santuario de Guadalupe, con su virgen milagrosa que sucede
á la diosa Tonantzín de los aztecas, no ha sido desvirtuado por la
«reforma» liberal, y he asistido á una innumerable romería traída en
trenes expresos desde los confines del país. La pequeña población de
Atzcapolzalco es un nido de leyendas y crónicas mejicanas anteriores
á la conquista, como que se relacionan con la fundación del imperio
que Cortés aniquiló. Los cinco cipreses ó ahuehuetes, al oeste del
monasterio, daban sombra al manantial desde cuyas ondas cristalinas
la seductora Malinche fascinaba al caminante. Y este mito azteca
iguala en fluida belleza al de las sirenas homéricas ó el del hada
Loreley de las consejas rhenanas, remedándolos tan fielmente en sus
detalles, que estos vienen á ser un argumento más en favor de la
tesis ariano-americana. Por donde quiera, en plena capital moderna
alumbrada con electricidad, los nombres de los barrios y las calles
han conservado su imanación primitiva y su mágica virtud de sugestión.
Por sobre la vulgar realidad presente, la intangible tradición levanta
su aéreo castillo, contra cuyos flexibles y ondulantes arabescos las
líneas rígidas de nuestra crítica y los ángulos de nuestra prosa no
prevalecerán. A dos pasos de la Alameda, el puente de Alvarado me
recuerda invenciblemente aquel «salto» famoso de la calzada, que mi
querido Bernal Díaz deniega con tan cómico encarnizamiento. Y hasta
ese ciprés de la Noche Triste de que se burlaba el crítico que llevo
conmigo, he aquí ahora que el poeta vuelve á buscarle, atraído por una
lógica superior á los razonamientos documentados. Como dice la doctrina
hegeliana, «todo lo que debe ser ha sido»; y para que Hernán Cortés sea
un héroe humano, al par que un tipo simbólico completo, hacíale falta
haber sentido alguna vez, debajo de su atroz heroísmo, sangrar la fibra
íntima: es necesario que haya llorado durante esa noche inolvidable de
desastre y horror.

       *       *       *       *       *

A este respecto, la conquista de Méjico recupera el primer puesto entre
todas las del Nuevo Mundo y, mucho mejor que el mismo Perú, condensa
á su alrededor las glorias y miserias de la secular tragedia. La
vasta empresa hispano-americana es un prodigio de energía y audacia,
una orgía de fanatismo implacable y de codicia brutal. Para templar
esa fibra de acero de los conquistadores, fueron sin duda necesarios
los siete siglos de la cruzada morisca, con la incomparable aptitud
belicosa que tales instintos heredados y hábitos tenían que crear. Pero
no eran suficientes. Para que el pueblo castellano saliese triunfante
de la formidable aventura americana, era menester que, durante la
guerra secular y plasmadora de la Reconquista, cada español católico
que nacía soldado nutriera de la infancia á la vejez y transmitiera á
sus hijos durante varias generaciones, no sólo el odio inexpiable del
invasor sino el desprecio feroz y verdaderamente _semítico_ por la
sangre del idólatra y del hereje. En el fondo, la sagrada contienda de
la tierra recobrada entrañaba un conflicto mortal de raza y religión:
por eso suele ostentar el romancero patriótico el tinte sombrío del
profetismo hebreo. Pero, apenas arrancada de su postrer atalaya
granadina la execrada media luna, ese pueblo creado y educado para
gladiador, desdeñoso del trabajo pacífico y de la ciencia civilizadora,
permaneció en armas y de pie, pidiendo otras conquistas, _quœrens
quem devoret_ como el león de la Escritura. Felizmente, y por extraña
coincidencia, las halló al punto, antes que la Inquisición aplicada en
la propia carne y substancia activase el principio del suicidio: Colón
surgió á raíz del cerco de Granada. El descubrimiento de América vino á
distraer á España de una vuelta ofensiva é inmediata contra el Islam,
en Africa y el Oriente. Fatalmente, se aplicaron á la nueva conquista
las prácticas atroces de las guerras sectarias. Por encontrarse en el
fantástico camino de «Cipango», los indios americanos eran reos de un
delito parecido al de los moros y judíos. Fueron tratados como tales:
saqueados, ahorcados, quemados, perseguidos con sabuesos en sus montes
natales, vendidos como esclavos en el mercado de Sevilla—¡civilizados!

Aquellos horrores no son imputables tan sólo al carácter español.
Toda la Edad Media ha sido feroz; _homo homini lupus_. Pero, después
de la fatalidad étnica que injertó en su semitismo originario el del
largo contacto arábigo, España sufrió la fatalidad histórica de ser
protagonista del drama europeo en su acto menos humano y civilizador:
la propaganda á sangre y fuego del catolicismo. Y si es cierto que la
Reforma señala una era nueva del pensamiento, es de una lógica profunda
y terrible el que la victoria de aquélla haya marcado la decadencia
material y moral de su implacable enemigo.

En lo que atañe al exterminio americano, hay que advertir también, en
descargo de los conquistadores, que entonces, mucho más que después, el
soldado vivía del botín y del saqueo. Siendo, además, la Reconquista
una guerra civil,—y más que civil, como diría el español Lucano,—se
hizo muy visible, al día siguiente de la victoria definitiva, que la
destrucción del vencido acarreaba la ruina del vencedor. Nunca estuvo
más pobre España que después de rendir á Boabdil. De ahí la necesidad,
la urgencia del derivativo indiano. Antes de ser una mina, la América
fué un exutorio. Durante un siglo y más, de Cádiz y Sevilla, se
escurrieron á Indias bandas famélicas de diente largo y conciencia á la
vez estrecha y holgada: aventureros valientes y fanáticos—sin camisa
tal vez, mas nunca sin escapulario—y, en suma, tan incapaces de un
rasgo de clemencia como de un acto de cobardía. Para estos muslimes
bautizados, cual para los otros, la palabra _piedad_ no tenía más
significado que el de devoción.

Por eso la epopeya conquistadora carece de belleza humana. Parece que
en el arte también fuera exigible la presencia de ambos elementos
sexuales: el concurso de la gracia y de la fuerza, de la emoción con
la voluntad, del filete sensitivo con el motor. Uno sólo aparece en la
ruda cruzada americana. Con razón la voz _disciplina_ es tan monástica
cuanto militar: un campamento es un convento abierto. Para la creación
artística, la soldadesca tiene la misma esterilidad que la frailería.
Habrá fragmentos, hallazgos, páginas—gritos líricos como en los salmos
hebráicos: no hay poema de claustro ni de cuartel.

El vasto cuadro de la conquista ostenta la monotonía del oro y de
la sangre. Aun en este Méjico, entonces opulento y resplandeciente,
el mismo episodio soberbio de Hernán Cortés, el más garboso de
los caudillos españoles, arranca del elemento azteca su interés
primordial: Moctezuma, Guatimozín, y esa sumisa y sacrificada Marina
son el grupo patético. Para que un rayo de poesía bárbara ilumine la
atrocidad compacta y arroje siquiera un reflejo de incendio sobre la
traición y el exterminio, falta llegar al alzamiento de los oprimidos,
á la fuga tenebrosa de los opresores por la calzada de Méjico, á las
angustias de la «Noche Triste». ¡Al fin tienen su hora de venganza y
desquite, siquiera sea incompleta y fugaz! Y tan imperioso es en el
corazón humano el sentimiento de la justicia inmanente, que el horror
de la tragedia ennoblece aquí á los mismos conquistadores. Vuelven á
ser soldados, no ya verdugos, soldados épicos en esta misma Otumba que
visitaba ayer, como sus padres en el Salado y Las Navas. Un puñado
de españoles intrusos contra una muchedumbre parapetada y dueña del
suelo, innumerable, inacabable: sorprendidos en las tinieblas, pelean
en retirada, rendidos de hambre y fatiga, con sus heridas recientes
«de refresco» á las de ayer; derrochando sin esperanza de gloria
personal su monstruoso heroísmo; multiplicando, á dos mil leguas del
aplauso y de la fama, sus fabulosas proezas sin testigos ¡tan ignoradas
como relámpagos en el mar!... Aquí es donde hay que oir la voz de
trueno de Bernal Díaz, relator ingenuo de las propias hazañas[16].
Después de transcurridos cuarenta años, el veterano, sacudido por el
estremecimiento de los altos recuerdos, interrumpe bruscamente sus
cuentos de comadre: se despierta y endereza, arrojando de un puntapié
sus andaderas de cronista aprendiz; y entonces, sin buscarlo ni
sospecharlo, dejando muy atrás á Gomara y Oviedo que hablan de oídas, á
los cantores de gesta que no leerá jamás, llega de golpe á la suprema
belleza del movimiento y colorido, suelta á borbotones sus relinchos
de guerra, ¡manoseando lo sublime con la inconsciencia de un niño y el
rudo desenfado de un viejo campeador!...

       *       *       *       *       *

Es así como, á despecho de todo, los recuerdos tradicionales se abren
paso y vuelven hacia mí por esa larga Vía Apia, gloriosa y fúnebre, de
la historia legendaria. Y ello consuela un poco de las actualidades
monumentales, del gran Teatro Nacional, de la Aduana, del circo en la
plaza de Santo Domingo, de los hijos de familia que pasean por esos
portales sus ridículos trajes de «charros», de los letreros en inglés,
de los restaurants á la francesa con su nomenclatura azteca: de todo
lo artificial, intruso y postizo que ha quitado á la Méjico moderna su
antiguo carácter histórico sin reemplazarlo con otro nuevo.

La catedral es imponente y bella, á despecho de sus incoherencias
de estilo y del mezquino jardín que afea y empequeñece su atrio. De
proporciones mucho mayores que la de Lima, con un lujo inaudito en
su adorno interior, reviste un aspecto de indiscutible y grandiosa
nobleza. La mano soberana del tiempo ha pacificado las batallas de sus
órdenes arquitectónicos: el dórico y el jónico de sus naves y torres
casi han llegado á armonizar con los detalles españoles y moriscos
de la fábrica; del propio modo que las estátuas colosales de los
Patriarcas, que se yerguen en el basamento de las cúpulas, parecen
tender la mano á las Virtudes teologales de los campanarios. Por todas
partes las armas de la República, esculpidas en la piedra venerable,
lanzan el chillido advenedizo de la «Reforma liberal»: sólo falta el
medallón del ubicuo presidente Porfirio Díaz.

El gran interés del «Museo Nacional» consiste naturalmente en sus
antigüedades aztecas; pero no satisface plenamente la espectativa.
Se le esperaba más rico y completo. Sus reliquias más famosas, la
_Piedra del sol_, el _Indio triste_, los ídolos y las serpientes
místicas producen un efecto que llamaré trunco y fragmentario: no
se ve desfilar la historia eslabonada y sucesiva de esa interesante
civilización, y creo que en París ó Berlín se la podría estudiar mejor.
La Escuela de Bellas Artes es una de las tantas creaciones debidas á
la reacción progresista de Carlos III, cuyo reinado fué una tentativa
fugaz de renacimiento intelectual contra las verdaderas corrientes
nacionales y bajo la presión directa del filosofismo francés. Aquello
era todo artificial y de reflejo, así la pintura neorafaelesca de
Mengs como el teatro pseudo-volteriano de Huerta ó Cienfuegos. Algunas
salas y galerías—especialmente las dos primeras—contienen cuadros
interesantes de la escuela hispano-mejicana del siglo XVII: Herrera,
López, el indio Cabrera; Echave (cuya mujer ó lo que fuera, la
Sumaya, tiene un curioso _San Sebastián_ en la catedral): eran ramas
desprendidas de los troncos sevillano y madrileño que estaban entonces
henchidos de savia artística. La tercera galería se compone de cuadros
«atribuídos» á Rubens, Murillo, Velázquez, Van Dyck, etc.—En general,
delante de una colección americana de grandes maestros antiguos con
firma «auténtica», debéis conservar preciosamente vuestra duda. Pero
si los cuadros son «atribuídos», cualquiera duda sería ofensiva y casi
criminal: creed á pie juntillas en su legítima procedencia de alguna
trastienda judía de Venecia ó París.

En cuanto á la moderna pintura mejicana, pertenece generalmente á
esa secta enfática y chillona, tan difundida en la América española,
que confunde la declamación con la elocuencia, y la crudeza del
colorido con el vigor. También tienen éstos Escuela nacional de
pintura, lo mismo que aquéllos, y no pretenderé disuadirlos: son
realmente «escuelas» primarias de un arte que parece oficio,—eternos
aprendizajes de discípulos aplicados que no han llegado jamás á la
inspiración original ni á la plena maestría.

He hecho dos visitas á la Biblioteca nacional. Ocupa el macizo y vasto
convento de San Agustín; la fachada es de aspecto imponente con sus
columnas y bajos relieves; un jardín conduce al vestíbulo pavimentado
de mármol, por entre los bustos de las glorias mejicanas. La inmensa
sala de lectura es la antigua nave mayor; los depósitos llenan las
capillas laterales: y todas esas grandiosidades están mal adaptadas,
incómodas, antihigiénicas, como que el sitio de prestado no es adecuado
á su fin. Aunque cuento hasta treinta lectores, todo ese espacio
enorme parece vacío, inhabitado, sepulcral; un polvo sutil cubre las
mesas, los estantes, los libros y los lectores. Domina el coro una
descomunal estatua del Tiempo con su hoz afilada, para demostrar que
¡el saber, ó el arte, ó la ciencia, ó cualquier otra cosa es inmortal!
Y esa cosa está vagamente simbolizada por una serie de gigantescos
yesos que representan—_ressemblance garantie_—á Valmiki, Confucio,
Isaías, Aristófanes, Orígenes, Alarcón, Humboldt y otros ilustres, en
su calidad de «personificaciones de la sabiduría». ¿Habéis notado que
esas listas de representantes de la humanidad, por cortas que sean,
salen siempre largas ante el buen sentido? ¡Confucio representando
á la filosofia antigua y Orígenes á la cristiana! ¡Aristófanes,
símbolo del teatro griego, como Alarcón de la literatura española, en
sustitución de Cervantes ó Calderón! Bien sé que el culto y elegante
«jorobado» era mejicano; pero entonces tenía su puesto en el vestíbulo.
¡Y el enciclopédico Humboldt, que no ha dejado huella original en
ninguna ciencia, sustituído á Galileo, Newton ó Lavoisier,—inmensas
personificaciones del genio inventivo—tan sólo porque ha escrito su
famoso _Ensayo sobre la Nueva España_, que no soportaría hoy un prolijo
examen crítico!—¡Así están ellos, Confucio, Valmiki y compañía, con
sus yesos dudosos como camisas de quince días, cubiertos de telarañas,
enseñando sus lamentables anatomías modeladas por algún lego agustino,
envueltos en sus ropas polvorientas que imploran en vano el golpe de
plumero ó la mano de jabón que les rehusan los ordenanzas, tratándoles
como á sí propios!—Al sustituto del director, ausente hasta mañana, le
insinúo la alta conveniencia de modificar su galería de celebridades.
Me mira algo escandalizado; pero le sosiego, explicándole todo mi
pensamiento: no se trataría de desalojar á los venerables monigotes,
sino de bautizarles con otros nombres. «Así, por ejemplo, Valmiki haría
un Aristóteles muy aceptable, el finado Alarcón nada perdería con
llamarse Cervantes, que era algo cargado de hombros, etc.» Creo que no
le he convencido.

Recorro los estantes y los catálogos fragmentarios: es el fondo de
teología, derecho antiguo é historia colonial que sirve de base á todas
las bibliotecas hispano-americanas, pero mucho mayor que el nuestro. Un
oficial me habla de 120.000 volúmenes, otro de 250.000. Los datos no
concuerdan rigurosamente; pero no dudo que sea enorme la masa cúbica de
material impreso que pocos leen. Como instrumento de trabajo, fuera de
la estrecha erudición colonial, como colección científica y literaria
en las tres grandes lenguas activas del moderno laboratorio europeo, la
monumental biblioteca mejicana debe de ser inferior á nuestro modesto é
incipiente plantel de Buenos Aires. Para mi propia edificación, me he
supuesto buscando datos relativos á mi estudio sobre el _Problema del
genio_: faltan las obras maestras originales. En Buenos Aires, no he
podido concluir mi libro tal cual lo concibo; no podría empezarlo en
Méjico. Por otra parte, las librerías comerciales son un buen espejo
del medio intelectual. Con todas sus deficiencias, las cinco ó seis
grandes librerías de Buenos Aires representan un movimiento de ideas
y de iniciación europeas que, como importancia y calidad, no admite
comparación con las de Santiago, Lima ó Méjico. Para limitarme á un
ejemplo corriente: la casa de Bouret no ha recibido jamás—su jefe me
lo afirma y su aspecto me lo confirma—una colección completa de la
_Bibliothèque scientifique internationale_, que allá se ha vendido por
docenas.

Sin ánimo de humillar ni desalentar á nadie, creo que ello es indicio
de una desemejanza de situación que algo tiene de radical y absoluto.
Todos los hispano-americanos escuchan el mismo concierto de la
civilización europea, deseosos de ajustar su marcha al soberano canon
rítmico. La única diferencia está en que los menos lo oyen adentro,
y los más desde afuera, como «mosqueteros» de la fiesta. Los que
han logrado penetrar en el recinto, pagando muy caro su asiento, no
deben malbaratar su privilegio precioso: si observan y estudian, en
lugar de dormirse ó murmurar, están en aptitud de pasar algún día de
espectadores á actores y tomar parte en la ejecución.—Ahora bien,
protestar contra esa evidencia,—y sobre todo, protestar con injurias
que por lo distantes y clamorosas se vuelven anónimas,—alzar el
chivateo araucano contra los juicios tranquilos de un observador
únicamente preocupado de la verdad, para quien, por precepto
de lengua y educación la exactitud es la condición misma de la
justicia—_justice, justesse_—y que no hizo el sacrificio de abandonar
por un año su hogar, sino con el fin de instruirse y extraer para todos
algún provecho de sus comparaciones:—todo eso, hay que decirlo alguna
vez, no significa más que mezquindad de vistas, estrechez de horizonte,
carencia de amplitud intelectual. Respingar bajo la crítica, después de
haber pregonado el elogio, igualmente sincero, no importa sino traer
argumentos á la tesis contraria, y demostrar—lo que el observador
no pretendiera—que el _mediocrismo_ es endémico y constitucional.
¡Valiente modo de componer el retrato, el hacer muecas al objetivo
fotográfico!

       *       *       *       *       *

Al día siguiente, pregunto por el señor Director, á quien envío mi
tarjeta. «Está presidiendo la Academia», me contesta el portero con
solemnidad. Adivináis que se trata de la Academia de la lengua,
correspondiente de la de Madrid, y sentís, como yo, cierta timidez
respetuosa. Después de una hora, se levanta la sesión, y la Academia
desfila gravemente por la nave mayor. Contra todo precedente biológico,
este cuerpo consta de tres miembros: _tres faciunt capitulum_. Por
sus actitudes agobiadas y sus frentes pensativas, me doy cuenta de
la importante y ruda labor. ¡Labor fecunda! ¿Quién sabe si de esta
«ida» no violenta las puertas del diccionario la voz «presupuestar»,
recientemente repelida contra todo el empuje tradicionalista de Ricardo
Palma? En los labios del primer licenciado «académico» he creído
divisar una sonrisa de triunfo gramatical. Esperemos ... ¡Esperemos!

El director de la Biblioteca nacional es un conocido literato é
historiador mejicano. Me recibe con cortesía, sin calor. Editor
infatigable, está corrigiendo ahora las pruebas de una voluminosa
colección de _Poetisas mejicanas_, para la Exposición de Chicago. Con
mi incurable prurito de sinceridad, dejo escapar esta impertinencia: «Y
todo eso ¿no le parece á V. muy vacío?...» ¡Vacío! El editor me mira
con extrañeza. Tengo que confesar mi ignorancia: fuera de la célebre
carmelita del siglo XVII, no conozco de las poetisas mejicanas más que
los fragmentos de las antologías. Creo de oídas en el genio de doña
Isabel Prieto de Landázuri, de la bella señora Pérez de García Torres y
sus dignas compañeras. En cuanto á la «décima musa», sor Juana Inés de
la Cruz, algo de ella se me alcanza seguramente; pero han sido tantas
las «décimas musas», antes y después de la lesbiana Safo, que tal vez
me pierda en la cuenta ... Musas aparte, la conversación instructiva y
prudente del señor bibliotecario me abre algunas perspectivas sobre las
cosas de Méjico. Rumiaré todo eso y lo demás esta noche, en la travesía
de Méjico al Paso del Norte. Pero es increíble la poca cantidad de
ideas comunes que pueden tener dos hombres «ilustrados», como se dice,
que hablan la misma lengua y ejercen exteriormente la misma profesión.
Por centésima vez, en Méjico, experimento la sensación de la enorme
distancia que nos separa de este país. Nos ignoramos mutuamente, cual
si viviéramos en planetas distintos. Fuera del círculo de algunos
estudiosos, las figuras de Sarmiento y Alberdi son absolutamente
desconocidas; una revista local citaba ayer los versos más trillados de
Andrade, haciendo gala de erudición ¡como si fueran de Valmiki! Abren
ojos más grandes que los portales de la calle Tlapaleros, cuando les
digo que hay trescientos mil extranjeros en Buenos Aires, en tanto que
ellos, después de tres siglos de afluencia colonial, no alcanzan á
tener más de cuatro ó cinco mil, en su mayor parte españoles.

En toda la costa del Pacífico, desde Chile hasta Colombia, la
influencia argentina, si bien naturalmente decreciente, nunca deja
de percibirse por el transeunte. En Guayaquil y hasta en Panamá, he
tenido el placer de recibir visitas á título de viajero «argentino».
Llega hasta allí la irradiación de la lejana Buenos Aires, envuelta
en no sé qué aureola fascinadora de riqueza y moderna elegancia que
nuestra crisis de crecimiento no ha logrado empañar. En Méjico no
penetra nada nuestro: _terra incognita_. Este pueblo vive orientado
hacia el norte, que le conquista sordamente. Creo que el único
argentino aquí establecido sea el amable y cariñoso general de la
Barra, hermano de los de allá. Pero es ciudadano mejicano. Urge, pues,
nombrar á un «residente» argentino, para muestra y specimen—lo propio
que en Liberia ó la China. ¡Oh! ¡qué de intereses comunes y asuntos
importantes tendrían que ventilar las legaciones de uno y otro país!

No existe orgánicamente el grupo hispano-americano; lo que así se
ha llamado, no era sino la vinculación política de las colonias
á la metrópoli. Rotas las cadenas que se juntaban en la Casa de
contratación, todo punto de contacto en el centro histórico común
desapareció provisionalmente, hasta que los mutuos esfuerzos de la
Independencia y las relaciones solidarias de la «Vida nueva» crearan
los únicos que estén destinados á subsistir.

Lo que existe gráfica y casi diría étnicamente, es una América del
Norte y una América del Sud, acollaradas más que unidas por la
frágil coyunda del Darien. El istmo de Panamá será cortado infalible
y próximamente; y ello tendrá como primer efecto, aun antes que el
ensanche del intercambio universal, la aproximación, á par que la
contracción en estructura más compacta, de los pueblos meridionales.
Como el congreso de Panamá, convocado en una línea divisoria que
parecía una ironía natural, el Pan-Americano tenía que ser una
quimera,—y ello ha sido dicho en palabras que quedarán. Cuando la
línea de división sea un brazo de mar, cada continente palpará su
autonomía. Ambos tienen su polo y su destino, acaso tan opuestos, como
la Osa menor y la Cruz del sud. Entonces las naciones australes, como
naves hermanas de la misma flota, bogarán en conserva sobre las olas
tranquilas de su doble océano, guiadas—no hay que dudarlo—por la
iniciadora y propagandista de la emancipación: la que también ahora
las precede en el crucero del progreso, á guisa de nave capitana, y
enseña en el mapa su aguda proa patagónica enderezándose hacia el Este,
iniciador de la ciencia y de la luz ...

¡Nave del porvenir! ¡Cara nave argentina, que llevarás en tu cubierta
algunos séres de mi nombre, algunas gotas de mi sangre francesa: Dios
te conduzca y te mantenga orientada hacia esa patria mía de la belleza
risueña, de la nobleza generosa y fina, de la ciencia unida al arte
como el fruto á la flor! Poco importaría que no te corrigieras de
tu ligereza, de tu imprudencia, de tu prodigalidad, que son también
defectos nuestros, si supieras envolverlas en una virtud, un entusiasmo
artístico, un culto intelectual. Sin un símbolo y una fe que flote
eternamente sobre las aguas como la brújula primitiva, de nada te
valdrían tus cargamentos de riquezas, que vendrían á ser acaso una
presa ó una tentación. Llámese moralidad, ciencia, patriotismo ó
religión: edifícate un altar ideal, vive y muere abrazada á él como
los primeros cristianos á la cruz. ¡Sé un alma!—Y todo lo demás
te será dado por añadidura; y la historia sancionará esa hegemonía
sudamericana que la próvida naturaleza te ha deparado,—¡oh, nación
argentina, nave del porvenir!



IX

DEMOCRACIAS AMERICANAS


Bello será el porvenir, pero el presente es triste.—En el tren que
sale de Méjico á las ocho de la noche, sin un alma conocida en este
salón-dormitorio que me lleva hacia el norte, sóbrame tiempo para soñar
y meditar como la liebre de La Fontaine en su albergue. Hasta las
inmediaciones de Silao, nada podré ver del trecho recorrido; atravesaré
sin conocerlos los Estados de Hidalgo y el trágico Querétaro. Para
distraerme, tengo una «Guía», regalo de la obsequiosa administración,
confeccionada toda entera por un conocido literato con frases del
siguiente jaez: «Leamos en este libro ayudados por la claridad de
la lámparas del Pullman; y si al concluir sentimos que nos llama á
su regazo esa invisible pero dulce amiga que solícita nos invita
diariamente, sin cansarse nunca, á reposar de las fatigas del día, al
pasar su aterciopelada mano por nuestros párpados ... etc.» La frase
se desenreda durante quince renglones, interminable y repugnante, como
un pelo de india azteca que se extrae de un jarro de pulque. Á ese
necio parloteo de eunucos bizantinos se llega en los países de «habla
castiza» donde todos saben escribir y nadie sabe pensar ¡prefiero
una página de nuestros _Amores de Giacumina_. donde siquiera no está
aderezada la cruda estupidez! Prefiero, sobre todo, reflexionar en lo
que he podido observar ó acaso traslucir, en mi breve tránsito por el
único país hispano-americano que haya disfrutado, durante estos últimos
quince años, los beneficios de la paz. He conversado con algunos
hombres, leído algunos diarios, apuntado algunos rasgos sociales y
populares, recorrido algunas estadísticas: en suma, poseo muy pocos
elementos para una inducción exacta. Pero la impresión general no
engaña: la paz que reina en Méjico es la de los sepulcros.

¡Oh! ¡el espectáculo político de esa América española, que acabo de
atravesar y ya conozco casi en su conjunto, es sombrío y desalentador!
Por todas partes: el desgobierno, la estéril ó sangrienta agitación,
la desenfrenada anarquía con remitencias de despotismo, la parodia del
«sufragio popular», la mentira de las frases sonoras y huecas como
campanas, los «sagrados derechos» de las mayorías compuestas de rebaños
humanos que visten _poncho_ ó _zarape_ y tienen una tinaja de chicha
ó pulque por urna electoral,—el eterno sarcasmo y el escamoteo de la
efímera Constitución. Donde quiera, por sobre el hacinamiento de los
oprimidos: el grupo odioso de los opresores, los lobos pastores de las
ovejas, el lúgubre desfile de los gobernantes de sangre y rapiña, los
Guzmán Blanco, López, Veintemilla, Santos, Melgarejo y sus émulos, que
no tienen siquiera la estatura de los verdaderos déspotas,—el amplio
desdén de la ratería fiscal que mostrara un Rosas ó un Francia ...
¡Y las guerras civiles de venganzas y saqueos como entreactos á las
rudas y crueles tiranías! Y las dictaduras centrales, complicadas y
completadas con las mil opresiones y extorsiones lugareñas: desde el
prefecto que denuncia terrenos «baldíos» desterrando á sus dueños, ó
el gobernador que baraja bancos y empréstitos, hasta el cacique que
«plagia» una vaca y el _curaca_ que violenta una mujer. Y, por fin,
sobre todo ello, el espeso y negro velo de la impunidad, acá y allá
rasgado por el puñal de las represalias, que no significa sino un
cambio de mandón ... No parece sino que en este continente, colmado
por la naturaleza y malogrado por los hombres, se asistiera hace medio
siglo á la siniestra bancarrota de la democracia y á las saturnales de
la libertad. El Brasil y Chile que, por causas análogas en el fondo
aunque diversas en la apariencia, se habían sustraído al contagio
anárquico, han entrado á su turno en la ronda infernal. ¡Ay de las
naciones, como dice crudamente el Apocalipsis, que se embriagaron una
vez con el vino de la ira y de la fornicación!...

Ante esa degeneración de la sagrada doctrina que Francia proclamara,
ese derrumbamiento general de los edificios republicanos que, á
imitación ciega ó prematura de los Estados Unidos, se han levantado en
el continente incurablemente español, se ha podido con razón aparente
desesperar de la democracia moderna y blasfemar de la santa libertad.
Yo mismo lo he pensado y lo he escrito. Con tal de escapar á esa
manía agitante del desorden, á ese crónico histerismo de turbulencias
y revueltas, he deseado muchas veces para los países que amo el
advenimiento de un dictador inteligente, cuya férrea mano impusiera
el orden y el progreso, al igual que otros fomentan el retroceso y
la barbarie. He repetido con Renán que el ideal de los gobiernos
sería el de un «déspota bueno y liberal».—¡No hay despotismo bueno;
y el adjetivo «liberal» lanza alaridos al verse apareado á semejante
sustantivo! Después de respirar durante algunos días, y sólo por la
lumbrera exterior, la atmósfera de cárcel y cuartel de la república
mejicana, retiro humildemente mis votos sacrílegos, los abjuro como
una blasfemia y un ultraje á la humana dignidad. No; á pesar de todos
los excesos, la libertad es el bien supremo. El vino puro y generoso
no es responsable del alcoholismo y la intoxicación. ¡Desechemos los
sofismas, por querida que sea la boca que los vertió; cerremos por esta
vez nuestros oídos á la voz de la Sirena: desconozcamos esa filosofía
de la historia aprendida en la escuela sanguinaria y sin entrañas del
profetismo hebreo, que ordenaba sacrificar la prole enemiga—como en
ese versículo final del _Super flumina Babylonis_, que manda estrellar
contra las piedras las cabezas de los niños inocentes, y es la mancha
indeleble, la abominación inexpiable que no lavaran en treinta siglos
todas las aguas del Jordán! Reprobemos el desorden y las revueltas
estériles, maldigamos de la anarquía con la voz y el gesto; pero sin
olvidar jamás que, para los pueblos como para los individuos, el único
mal intolerable es la esclavitud.

Todos los de fuera, tenedores de bonos y manipuladores de negocios, que
consideran estos países, no como naciones, sino como meras comarcas
explotables, están á sus anchas y en buen sitio para celebrar el orden
restaurado por Porfirio Díaz. La paz reina en Varsovia. Pero, ni esto
mismo es comparable. En Varsovia, para recordar esa deplorable palabra
(vertida en la tribuna francesa, si mal no recuerdo, por el ministro
Sebastiani), se oían las protestas y los gritos de las víctimas. En la
República Argentina, palpitante bajo la bota de Rosas, los de adentro
podían escuchar la voz alentadora de los proscriptos, que venía desde
Montevideo y Chile: nunca cesó de importunar al déspota ese rumor de
trueno lejano, cargado de amenazas y maldiciones; la misma Buenos Aires
le mantenía en perpetua alarma, hasta acorralarle en su guarida de
Palermo, y, como dice magníficamente Esquilo, de Casandra cautiva,
la nación jadeante «cubría su freno con espuma sangrienta ...» En el
Méjico enfrenado por este héroe de guerras civiles, no se escucha
una voz disonante en el parlamento, en la prensa, en un corrillo: ni
siquiera del extranjero llega un grito de indignación. Mucho más triste
y desconsolador que el mismo silencio sepulcral, que fuera á su modo
una protesta, se alza, desde la capital hasta los confines del país,
un concierto de rendición y alabanza: el himno de los antiguos aztecas
ante el trono de Moctezuma. Méjico entero es una inmensa encomienda;
y parece que el pueblo emasculado hubiera perdido hasta el deseo,
hasta el recuerdo de su virilidad. La tiranía más funesta no es la
salvaje de la «mazorca» y del puñal, cuyas heridas francas se restañan
en pocas horas; sino la del opio y del veneno lento, que acorcha las
fibras del corazón, esteriliza la mente y corrompe el alma misma de
todo un pueblo.—Por cierto que no me refiero aquí á los sentimientos
individuales, sino á esa alma colectiva y externa de una nación, que no
es de ningún modo la suma de sus unidades. Es ésta la que Porfirio Díaz
ha logrado envilecer, hasta conseguir que extraiga satisfacción de su
propio envilecimiento.

Basta recorrer un diario, abrir un libro, asistir á un acto oficial,
para darse cuenta de la perversión general de las ideas, de la
decadencia moral á que un régimen de compresión prolongada y una
atmósfera de campana pneumática conducen fatalmente á una nación
altiva. No hay plaza ni esquina, no hay trastienda ni pulquería, donde
no se ostente el retrato de ese soldadote buen mozo, ya vestido de
uniforme cuajado de pasamanería, ya con traje y aspecto de rico burgués
bonachón que maneja sin inquietud una pingüe hacienda.

Por otra parte, no me cuesta agregar que, para mí, lo displicente y
antipático del presidente Díaz no es su tipo personal ni su conducta
privada, sino su insidiosa dictadura; ni tampoco compararía su actitud
administrativa con la de su predecesor inmediato que muere encausado
por malversación. La corrección doméstica pesa muy poco en la balanza
que ostenta la opresión de un pueblo entero en su otro platillo.—Y
acaso no sea el síntoma más terrible oir levantarse cantos y risas
del fondo de la ergástula.—¡Los textos escolares ensalzan la gloria
del dictador! En un libro oficial de historia contemporánea, se sufre
la náusea de asistir á la apoteosis del presidente vitalicio en la
forma idiota y soez de un paralelo entre Juárez, Porfirio Díaz y ...
Jesucristo, puesto entre ambos. ¡Es casi el Calvario por segunda
vez!... El himno de alabanza es tan repugnante cuanto universal.
Díaz es igualmente grande por haber derrocado, en nombre de los
«principios», al presidente Lerdo, que aspiraba á la reelección, y por
haber luego asegurado, con la complicidad de su _Rump-Parliament_,
su propia reelección indefinida. En la baja compilación que vuelvo
á mencionar para estigma de sus fautores, la ignominia popular está
celebrada y fomentada en los términos siguientes: (la derrota del
presidente Lerdo) «dió por resultado, _como fácilmente se comprende_,
que desapareciesen por encanto los numerosos partidarios que tenía
Lerdo, y que surgiesen, como evocados por conjuro eficaz, improvisados
partidarios de Porfirio Díaz ...» Es la prostitución de la plebe
consagrada por la prostitución de la prensa. Después de la sangrienta
ejecución de Veracruz, toda tentativa de sublevación ha desaparecido
en el país helado por el terror; y los poetas de librea cantaban ayer,
en plena Biblioteca nacional, en versos felizmente detestables, la
benignidad de la dictadura. Acaba de morir el ex-presidente González,
gobernador perpetuo de Guanajuato, de todo punto inferior á Díaz, pero
que representaba un núcleo posible de oposición, un _similia similibus_
agorable si bien de muy dudosa eficacia. Ambos generales, naturalmente,
eran compadres, como Rosas, Quiroga y los López. ¿De qué compadre
«respondón» podrá surgir ahora la veleidad de un nuevo «plan», como
aquí llaman cómicamente á los alzamientos? Los gobernadores de Estados
son comandantes de campaña, criaturas del amo, caudillos lugareños sin
prestigio ni ambición nacional, en su mayor parte mestizos ó indígenas
puros, como ese coronel Cahuantzi, cacique de Tlaxcala. Porfirio Díaz
conserva en la capital la fuerza militar; el armamento está almacenado
en su propio palacio. Los congresales son funcionarios del Ejecutivo,
nombrados á indicación del dictador, como todos los otros empleados.
La discusión de las leyes tiene tanto alcance como en el senado de
Calígula. Ante una duda posible sobre la constitucionalidad de una
orden del amo, los legisladores contestarían probablemente, como los
consejeros del famoso déspota oriental: «Ignoramos si hay una ley que
permita este atropello, pero conocemos otra que autoriza al monarca
para hacer cuanto sea de su real voluntad.» Por decreto especial, les
ha devuelto las corridas de toros. _Panem et circenses_, los toros y
el pulque: la fórmula es correcta; tiene la sanción de la historia y
completa la asimilación.

No es bueno que lo ignoremos todo acerca de la historia americana
contemporánea. De la desgracia extraña podemos sacar alguna enseñanza,
y experimentar en cabeza ajena á qué miseria moral podrían conducirnos
nuestras eternas disensiones, nuestro ciego desconocimiento de lo
que importan para el pueblo argentino los honrados propósitos y el
sano patriotismo en el gobierno, y, sobre todo, el goce tranquilo é
ilimitado de este bien supremo ¡la libertad!

Para legitimarse, la dictadura invoca el eterno _salus populi_, el
comprobante de la prosperidad material que, según los turiferarios,
se debería á su presencia. Es el argumento de todos los despotismos,
el mismo que sirvió cuarenta años há para justificar en Francia el
golpe de Estado y el Imperio. Lo he aprendido en la escuela junto
con mis primeras letras. Aquí no tiene siquiera la apariencia de la
verdad. El poco acentuado desarrollo de Méjico, en los últimos años,
es apenas el crecimiento natural de un organismo joven, bajo la acción
estimulante del mundo exterior. Los panegiristas miopes no vacilan en
apuntar, entre los «grandes progresos realizados durante el primer
período de Porfirio Díaz», datos análogos á los siguientes, que copio
textualmente: «El total de escuelas primarias existentes en Méjico
en 1875 era de 8103, y de 350.000 el número de alumnos asistentes
... En 1884, las escuelas habían subido á 8586 y reciben instrucción
442.000 alumnos». El aumento de las escuelas, el único imputable á la
acción gubernativa, no alcanza á 6%; el de los alumnos inscritos es de
20%, y corresponde poco más ó menos al acrecentamiento decenal de la
población[17].

Así analizados, los otros progresos que se atribuyen á la dictadura
tendrían explicación análoga. En la cifra del comercio anual, que
alcanza á 150 millones de pesos, ocupan el primer rango, en los
artículos de exportación, los metales preciosos explotados por
compañías inglesas y _yankees_, y el henequén que el Yucatán despacha
á Nueva York ¿qué tiene ello que ver con el gobierno de Porfirio Díaz?
Sería tan lógico abonarle en cuenta ese desarrollo comercial, como
responsabilizarle por la baja reciente del henequén ó la diminución
en 39% del valor de la plata, que era la principal exportación del
país, y cuya baja reducirá las cifras comerciales á lo que fueran
antes de la dictadura.—Instintivamente habréis comparado como yo esos
guarismos totales á los correspondientes entre nosotros. Si prolongara
el paralelo sería todavía más instructivo. Aun teniendo en cuenta el
valor bastante superior de la moneda, esos guarismos son inferiores
á los nuestros. Méjico constituye uno de los territorios más ricos
del mundo, y su población alcanza á unos 11.600.000 habitantes. Ahora
bien, entre esa masa hay 11.000.000 de indios puros ó mestizos. Este
dato demográfico basta por sí solo á dar razón de la historia, de
la dictadura, del estado general del país—y hasta de esa singular
ilusión óptica, que les hace creerse ricos porque producen y gastan
proporcionalmente menos que la mayoría de los pueblos americanos.—No
me cansaré de insistir en la importancia de este doble dato demográfico
correlativo en las regiones hispano-americanas: las cifras absolutas
del elemento europeo y del elemento indígena. Ello da la clave del
resto. La latitud y, como consecuencia, la afluencia europea, por
una parte; la ausencia de grupo indígena compacto: he ahí la doble
condición del progreso americano. La raza inferior autóctona es un
obstáculo tanto más poderoso, cuanto más numerosa y relativamente
«civilizada» haya sido al tiempo de la conquista y durante la era
colonial. «No se pone vino nuevo en odres viejos». La palabra de Cristo
significaba que los judíos estaban más distantes del cristianismo
que los gentiles; y puede repetirse, con idéntico alcance y absoluta
exactitud, para demostrar que los pueblos americanos, embarazados
de fuertes poblaciones aborígenes y productos mestizos, vagaran más
de «cuarenta años» en el desierto bárbaro antes de divisar la plena
civilización. Las únicas naciones que no han pactado con el indígena,
que lo han barrido al desierto donde se extingue lentamente, son las
extremas del continente. Con instrumentos y resultados todavía muy
desiguales, han asumido ó asumirán la hegemonía—repitamos lo que
es bueno repetir—de su respectivo grupo continental, realizando
á despecho del anticuado criollismo lugareño el trasplante de la
civilización europea en América.

       *       *       *       *       *

Á las seis de la mañana, alzada la cortina de mi «alcoba», miro pasar,
desde la camilla del Pullman, el grato y reposado paisaje mejicano. La
campaña está densamente poblada; por todas partes los dorados trigales
cubren el suelo, prolongando los setos de sus límites hasta el esfumado
horizonte, y la rubia llanura de Guanajuato se extiende como un inmenso
y rayado zarape en el telar. Se almuerza en Silao, á las 7.45; es el
«plan» americano que se inicia. El almuerzo, de cinco ó seis platos
regados con té, al levantarse; la comida, muy parecida, á la una; por
fin la cena, más y más idéntica, á las seis. No se consigue nada en
los intervalos: el viajero no come cuando tiene apetito; debe tener
apetito cuando es hora de comer. Hasta para el estómago es el viaje
una provechosa disciplina: el déspota de la vida regalada pronto se
vuelve un esclavo obediente y elástico; y nunca me he sentido más sano
que bajo este régimen pasivo y reglamentario. Naturalmente, el humor
anda al compás del estómago; fuera de algunas rachas inevitables
de melancolía, estoy dispuesto, sufrido, casi alegre. _Mens sana in
corpore sano._ La sola satisfacción de ver, estudiar, comprender
aspectos nuevos del universo, llena todas las horas de cada día. He
escrito en mi cartera, leo y practico con la posible exactitud esta
máxima profundamente filosófica: «Es inútil irritarse contra las cosas
...» Ahora bien, los reglamentos, los empleados, los guardafrenos,
los _waiters_ negros ó yankees,—y agregad una docena de etc.,—son
«cosas» que con vuestro enojo pasajero no lograréis modificar en lo más
mínimo. Una vez clavada esta idea racional en el cerebro, todo marcha á
maravilla. Estoy seguro—y satisfecho—de haber dejado en todas partes
una impresión de bonachonería; afirmo que, junto á mi cuenta saldada,
cada «hotelero» ha debido de escribir irresistiblemente en sus libros
este certificado de buena conducta y exactísima filiación: «viajero
español; buen apetito; tranquilo, paciente, conversador».

De Méjico al Paso del Norte, frontera de los Estados Unidos, hay
dos mil kilómetros que se recorren en sesenta horas. La cinta es un
poco larga, sobre todo mientras se cruza los desiertos y médanos de
Zacatecas y Durango. Tengo la impresión de la travesía entre el Recreo
y Frías; pero falta la charla de las estaciones, y el conductor que
solía allá dar la orden de marcha con esta fórmula desprovista de
severidad: «Cuando guste, don Pablo ...»

El trecho de Chihuahua rescata su aridez con lo pintoresco de sus
montañas mineras. Por sobre puentes y viaductos, el tren atraviesa la
región de los minerales famosos; los ramales se destacan para Sierra
Mojada, donde cinco ó seis grandes compañías explotan la plata.

Los ingenios de Santa Eulalia se yerguen en la áspera serranía,
acribillada de negras bocas de minas; y entre el velo azul del
crepúsculo, los blancos campanarios de Chihuahua se proyectan en la
falda, dominando la torre cuadrada de la Moneda, que fué cárcel del
patriota Hidalgo. Á la mañana siguiente se llega á Ciudad Juárez,
última población mejicana, separada de Paso del Norte por el río
Grande: cambio de tren, visitas aduaneras, etc. Pero todo se facilita
merced á las agencias.

Ciudad Juárez y El Paso, que se miran por sobre el río, presentan
inmediatamente la exacta medida del contraste sociológico entre los dos
países: á pesar de su antigüedad, la población mejicana, soñolienta
y estacionaria, ha quedado como un arrabal de la americana nacida
ayer. Cruzamos el río Grande; llegamos á la estación del Paso, donde
estaremos dos horas, esperando el tren de la _Southern Pacific_, para
Los Ángeles y San Francisco. Me meto en un inmenso _mail-coach_ tirado
por cuatro magníficos tordillos percherones: calles con alamedas,
_cottages_ flamantes con techo de listones, residencias de ladrillo
rojo con la gradería central y su parche de césped; una gran _church_
gótica que aplasta la vecina iglesia católica; _buggies_ manejados por
muchachas rubias; anuncios, carteles ciclópeos. En el _Hotel Pierson_,
donde almuerzo, encuentro en la mesa cinco ó seis señoras solas, de
bata blanca, bebiendo agua helada y comiendo choclos á mano limpia, con
un diario por delante. Miro por la ventana: la casa de enfrente tiene
una escalera recta con un anuncio patético por través de cada grada.
Primer escalón: _Have you a family?_—segundo: _God bless your family!_
etc., etc., hasta el piso superior. ¿Quién hisopea así á mi familia
lejana con tan sentida bendición? Es una compañía de seguros. No hay
duda posible ¡estoy en los dominios del tio Sam!


  En el umbral yankee

Experimento una sensación extraña, del todo nueva para mí; es sin duda
sincera y espontánea, puesto que la encuentro apuntada en mi cartera,
en el momento mismo de haberse producido. Más exactamente: percibo
una sensación fundamental á la cual se juntan dos ó tres secundarias;
del propio modo que, con tocar una sola tecla del piano, despertáis
el séquito de la tercia, de la dominante y de la octava, que vibran
en acorde perfecto con la tónica. Las sensaciones secundarias—para
despacharlas de una vez—son meramente personales; el cambio brusco
de la lengua y de los hábitos centuplica al pronto la distancia: para
mí, entre El Paso y Ciudad Juárez, no media la estrechez del río
fronterizo, sino la inmensidad moral de un océano. Durante meses, como
una astilla flotante sobre las olas, paréceme que voy á ser traqueteado
por fuerzas contrarias y muy superiores á las propias. Tendré que
amoldarme á una vida nueva; deletrear laboriosamente un texto casi del
todo desconocido; balbucear con esfuerzo permanente una lengua que no
es la nativa, ni la que me he asimilado sin trabajo durante la fácil
y elástica juventud. Desde luego percibo el desgaste cerebral, la
tensión fatigosa del rudo aprendizaje, la tarea extenuante, continua,
proseguida de la mañana á la noche de cada día, de prestar atención,
no sólo á las cosas é ideas imprevistas, sino á cada expresión, á cada
palabra, á cada giro extraño, para comprender y hacerme entender. Me
incorporo á una columna en marcha, lanzada á galope tendido por la
llanura inmensa ¡y monto un caballo maneado!...

Y como en el acorde armónico,—¡oh! en modo menor, no hay que
dudarlo,—otras previsiones debilitantes y depresivas se suceden en mi
imaginación. Ese mundo donde penetro, no es solamente extraño y nuevo:
lo presiento hostil, antipático á mis gustos incurables de desterrado
artista soñador, á mis tendencias exasperadas y aguzadas por veinte
años de juicios absolutos y de soledad intelectual. Yo, que me hallo
desorientado en el París cosmopolita y frívolo de la «ribera derecha»,
de los bulevares y del _Figaro_ ¿qué vengo á ver en este reino del
industrialismo, de la fuerza brutal, de la vulgar democracia y de la
fealdad? El sordo acorde de las notas depresivas continúa así, durante
algunos minutos; me siento desalentado, abrumado, «muy chiquito», y
me arrincono en el ángulo del vagón, no pudiendo meterme debajo de la
banqueta y desaparecer como en su concha el caracol ...

Pero la reacción se produce muy pronto: la nota fundamental se levanta
vigorosa y plena, acallando desdeñosamente todas las otras, y, á poco,
tan sólo ella se deja oir.—El mundo actual está cumpliendo una de
sus evoluciones seculares, una de sus «épocas» históricas. _Magnus
sæclorum nascitur ordo._ Fuera pueril, á pretexto de preferencias
personales, desconocer lo evidente, y, á semejanza del niño que cree
producir la obscuridad cerrando los ojos, pensar que basta negar el
proceso inminente para que se difiera por una hora su ineluctable
advenimiento. La humanidad moderna ha sido nuevamente fecundada á
fines del pasado siglo: durante la centuria de su dolorosa gestación,
ha vagado por la tierra, en cinta del porvenir, incierta de la hora y
del lugar del alumbramiento, vacilando entre la Francia luminosa, la
Germania profunda, la misteriosa Eslavia, el Asia remota y tradicional
... No lo dudéis ¡es aquí donde ha procreado! El advenedizo caserío de
Belén ha sido preferido á la noble Jerusalén del templo histórico y de
los esplendores antiguos. Signos inequívocos así lo manifiestan en el
cielo y la tierra: una constelación reciente fulgura en el firmamento;
y he aquí á los reyes del Oriente que depositan ahora en el establo
predestinado, el oro, el incienso y la mirra de la consagración. No
reparemos tampoco nosotros en el pesebre originario, ni profiramos
la blasfemia farisáica, diciendo del recién venido: «¿No es ese el
hijo del carpintero?» Pues, en verdad os digo que los tiempos están
cumplidos: se ha abierto el Libro de los siete sellos, y, de pie en el
umbral del siglo veinte, la joven América inaugura la novísima etapa de
la errante y siempre ascendente humanidad.

Ahora bien, me toca en suerte estudiarla y acaso comprenderla en la
hora eficaz de la vida, en la plena madurez, cuando ya disipadas las
fumosas pasiones juveniles y antes de la decadencia física y mental,
goza el espíritu de su completa autonomía. ¿Y renunciaría á este
beneficio inapreciable, malbarataría esta ocasión única de ensanchar
para siempre mi horizonte intelectual, tomaría una actitud rebelde y
negativa, porque este mundo nuevo es diferente del viejo, y pertenezco
á una raza más fina y artística? No, seguramente: tal no ha sido mi
propósito y, Dios mediante, tal no será mi tentativa. Esa lengua nueva
que balbuceo apenas, la aprenderé, la sabré, agregando, como dice
Gœthe, un alma nueva á mi alma latina; y, además de la lengua que es el
instrumento preciso, estudiaré el múltiple organismo que surge, cual
otra Delos flotante, á la superficie de la civilización.

Recorreré, después de tantos otros, regiones y ciudades; pero más
con el objeto de observarlas como síntomas externos, que con el
fin de presentar un cuadro, ya hecho diez veces, de su agrupación
material.—El libro de James Bryce, admirable análisis del organismo
político, quedará probablemente definitivo para veinte ó treinta años:
aunque se tuviera para ello fuerzas y tiempo suficientes, sería vano
rehacerlo. Lo que no se ha despejado hasta ahora de la estructura
política y del enorme laboratorio material de los Estados Unidos, es
el principio director, el _primum movens_, la célula vivificante de
la masa entera y, para decirlo todo en una palabra breve, el alma
_yankee_[18]. Iré á todas partes, viviré con ellos en los congresos,
en los teatros, en las calles, en las escuelas, en los templos, en
los talleres; me sentaré á su lado en el hogar,—y aquí es, sin duda,
donde más aprenderé;—hablaré con los hombres, las mujeres y los
niños: me haré uno de ellos. Todo lo anotaré y compararé, sin reparar
en repeticiones ó contradicciones; todo lo recordaré y expresaré
ingenuamente: el bien y el mal, lo grandioso y lo miserable, lo
grotesco y lo magnífico; y después, tal vez me sea dado poseer la
energía y la amplitud intelectual bastantes para ensayar, en veinte
páginas substanciales, la síntesis de esa alma dispersa y colectiva
que, según la expresión clásica, vivifica y agita la mole colosal.

¡Oh! bien sé de antemano que no podré prescindir, sobre todo en
estas páginas volantes, de escribir alguna vez con mis nervios
exasperados. No hay envoltura filosófica que no se raje por partes en
ciertos momentos, bajo el rudo contacto diario de hábitos y gustos
contrarios á los propios. Quiero dejaros de antemano prevenidos. Pero,
en esos mismos momentos nefastos, creo que no incurriré en error
positivo; hasta creo posible que esas pinturas _ab irato_ resulten
menos flojas y desteñidas que otras mías. «El arte, decía Delacroix,
es la exageración.» Entonces, el rayo visual llegará al objeto—ó
vice-versa, si preferís—pasando por el lente de la pasión; nada será
falsificado ni omitido; pero sí todo presentado con excesivo relieve,
y generalizado lo circunscrito. Preveo, no obstante, que esos momentos
serán raros. Y asimismo, se producirán en un medio moral de sincera y
real simpatía. El corazón me dice que voy á querer á esos cíclopes.
Ahora bien, la simpatía es condición necesaria para conocer á fondo;
Carlyle ha dicho esa palabra profunda[19]. Con el querer agregado á la
mente, acaso no resulten mis estudios del todo malogrados é ineficaces.
Toda grandeza despide algo de solemne y casi divino. Como lo dice el
título mismo de una obra monumental, que seguirá estudiándose después
que todas las de Spencer hayan sido substituídas: el mundo no es
únicamente una «representación», es también una «voluntad». Este cetro
de la voluntad es el que, según creo, ha pasado á manos del pueblo de
los Estados Unidos ...

Tal es el candoroso examen de conciencia que hago, al pisar los
umbrales del tío Sam.



X

CALIFORNIA


Por cierto que la entrada en los Estados Unidos, por Méjico y el Paso
del Norte, carece de atractivo pintoresco. Á despecho del _puff_
atronador alzado por los diarios y guías, de los ferrocarriles de
explotación y las agencias territoriales _ídem_, que de consumo
multiplican los gigantescos reclamos, este pobre territorio fronterizo
casi no encuentra comprador ni habitante. Dista mucho de pagar lo
que ha costado. El «lanzamiento» ó _booming_ del extremo sudoeste se
presenta tan laborioso como el casamiento de una muchacha fea y sin
dote, por más que, según sus tutores, ofrezca miríficas «esperanzas»
para el lejano porvenir. Ni la conquista yankee ni los subsiguientes
tratados de anexión han logrado modificar el aspecto del invencible
desierto que, para el viajero, se presenta siempre como una mera
prolongación de los estados mejicanos de Chihuahua y Sonora.

Los que algo retienen de historia moderna, no han olvidado la grita que
levantó el partido nacional contra los «afrancesados» de Maximiliano,
al solo anuncio de la cesión de Sonora, consentida ú ofrecida al
gobierno francés. En el fondo, el regalo era mediocre. Á trueque de
la posesión inútil y precaria de una estación naval en el callejón
sin salida del golfo californiano, Francia hubiese adquirido, además
de algunas minas riquísimas que nunca han cubierto los gastos de
explotación, la más floreciente comarca de bandolerismo que exista en
el mundo. Los historiadores indígenas no se han aplacado á nuestro
respecto; después de treinta años transcurridos, suelen hablar aún con
amargura de la «avidez francesa». En cambio, no guardan mal recuerdo
de la brutal invasión que en pocos años puso la mitad de su territorio
en poder de los Estados Unidos, haciéndoles ceder por la fuerza ó
de mal grado (tratado de Guadalupe Hidalgo), además de Tejas, los
territorios de Nuevo Méjico y Utah, las vertientes del Colorado y la
opulenta California. Sin duda se consuelan con saber que todo ello es
una aplicación correcta de la sacrosanta doctrina de Monroe, y así se
dejan mutilar «por persuasión». Hoy más que nunca se enorgullecen con
la amistad del poderoso tío Sam: proclámanse sobrinos suyos, á la moda
de Bretaña—ó de Polonia—y no esperan sino la ocasión de otro congreso
pan-(y circenses) americano, para expresar su cumplida aquiescencia.
¿Quién dijo que á la cazada liebre poco le importa saber á qué salsa
habrá de aderezarla el cazador? ¡Error profundo! Los mexicanos quieren
la salsa yankee, sazonada con gruesa pimienta humorística; pues bien,
sin ser profeta, puedo asegurarles que, día más día menos, serán
_servidos_ á su paladar ...

Del Nuevo Méjico, que la línea férrea descantea por el sudoeste,
y del Arizona (_Árida zona_ ¡admirable bautismo!) que cruza en su
mayor anchura, no divisamos sino vastos desiertos de arena, cubiertos
de cactus enanos y espinosos brezos que se retuercen en el suelo,
acorchados por el sol, cual haces de sarmientos en el fuego. Faltando
en absoluto la humedad, cualquiera hoja de arbusto aborta en espina;
y echo de menos los montes de algarrobos y caldenes que arrojan una
sonrisa triste en nuestras más tétricas travesías de Catamarca ó San
Luis. Ni una habitación, ni un árbol frondoso durante leguas y leguas:
ningún vestigio de vida animal ó vegetal que no sea aquella maleza
descolorida—ni una mancha verde en que pueda la vista descansar. En
las cercanías de Dragoon Summit, el tren costea una interminable salina
reverberante, comparada con la cual la nuestra de Totoralejos parecería
un oasis. El implacable sol de junio enciende y hace vibrar la napa
cristalina de ese Mar Muerto, con un insoportable y ardiente espejeo de
hoguera, sin un matiz sombreado en la tierra ni un celaje de nube en el
cielo metálico. Siento que vaga en mis labios una fórmula propiciatoria
que bien pudiera ser la oración _ad petendam pluviam_. ¡Oh sí! fuera
una bendición, una hora de lluvia copiosa y fresca que haría brotar
mágicamente la savia invisible de los gérmenes por doquiera esparcidos
y desecados. Me vuelve á la memoria el himno encantador é infantil de
San Francisco de Asís al agua próvida, fecunda y casta ... ¡Qué bien
se concibe en esta travesía el viejo culto ariano por las fuentes y
los arroyos cristalinos! ¡Cómo se comprende que las tribus nómades del
mundo antiguo hayan divinizado el agua bienhechora, por ser el alma de
la tierra y, con el aire y el fuego, el principio de la vida universal!

Varias compañías americanas han acometido la empresa de canalizar
ampliamente el río Grande, que cruza inútilmente esta región. La
solución teórica del problema es tan sencilla como costosa su práctica
realización. No es para nadie dudoso que á la larga el Arizona
«pagaría», como aquí se dice; pero ¿cuándo? _That is the question._
En estos países nuevos y febriles, hombres y cosas viven de prisa, y
los grandes capitales no suelen arriesgarse y correr el albur de los
resultados á plazos largos. No hay que contar con el apoyo del tesoro
federal, en forma de subvención ó garantía. ¡Pasaron los bellos días
de la plétora monetaria! El mensaje con que Cleveland ha inaugurado
su segunda administración no se parece en absoluto al que clausuró la
primera y le costó su reelección: ya no se trata de discurrir el mejor
empleo de los _superavit_ ni de conjurar el peligro de la obstrucción
metálica.—Por otra parte, estos lejanos territorios, que no han sido
aún incorporados á la Unión federal, representan casi el extranjero ...
Ahora bien, es un error pensar que los yankees tengan grandes capitales
disponibles para empresas exteriores. El canal de Nicaragua está
interrumpido, después de languidecer dos años á la espera de los medios
que no han llegado; ninguna línea férrea valiosa de Méjico se encuentra
en manos americanas; y en cuanto á sus obras importantes en el Perú,
sabido es que se han proseguido merced á concesiones ó garantías
fiscales, es decir, con dinero peruano. Son los ingleses los que tienen
el capital expansivo—como los franceses el ahorro crédulo ¡para correr
ingenuamente las peores aventuras!...

De trecho en trecho, una minúscula estación en este desierto inhabitado
sirve de pretexto á un alto breve y melancólico. ¿Quién es el náufrago
de la vida ó el incurable forjador de quimeras que ha podido dejar
á su espalda las praderas del Oeste, casi vírgenes aún, repletas de
recursos y esperanzas, para aceptar este destierro de jefe de estación
en la desconsolada soledad?—Y con todo, tal es la savia exuberante del
organismo americano, que desde su centro irradia al punto más extremo
algo de su virtud civilizadora. Merced al pozo cavado por la Compañía
del _Southern Pacific Railroad_: en torno de la casilla de «pintado
pino», juguete nuevo que no ha de salpicar nunca una mancha de barro,
se yerguen algunos arbustos en una huerta de un cuarto de acre; las
capuchinas y arvejas odoríferas se enredan en los postes y verjas de
abeto; pavos y gallinas pecorean acá y allá; una cabra retoza en un
cercado verde, poco más ancho que un paño de billar. Por la ventana
abierta, con sus cortinas de muselina, se entreven muebles de _pitch
pine_, esteras, un _rocking-chair_, diarios y _magazines_ sobre una
mesa: todo ello arreglado, sacudido, deslumbrante de orden y aseo—¡la
virtud nacional!—pronto para recibir á cualquier hora las visitas
que no vendrán jamás. La joven dueña de casa, de blanco delantal,
sube al andén y recibe su canasto de provisiones, levanta con largas
tenazas su trozo de hielo, hilvana con el maquinista ó el guardatren
un diálogo puntuado con risas y exclamaciones. Es su única _échappée_
diaria sobre el mundo exterior. Pero suena una campanada, un silbido
agudo rasga brutalmente la charla amistosa: «Vamos ... ¡hasta la vista!
_Good bye, Mrs. Paine!_» El tren se escurre, y hasta mañana quedará
cerrado el paréntesis. Éstos han traído la bocanada de viento de Nueva
Orléans, otros traerán luego la de San Francisco, y ello bastará para
no abandonarse y sentirse vivir.

Con el gran silencio de la tarde que cae, la estación vuelve á ser
presa del desierto inconmensurable. Pero la compañera fiel, enérgica
y dulce, alegra la casita, del propio modo que las enredaderas y el
césped sus cercanías. Como un faro en el mar, estrella la obscuridad
la lámpara del _home_ humilde, donde el padre lee los diarios y la
madre la Biblia, en el silencio ritmado por el tic-tac del reloj y la
respiración de los niños dormidos.—Más allá de Bowie, en el desierto
siempre, dos rosadas niñitas, vestidas del mismo percal rayado y
encaramadas en una potranca flaca, se acercan á nuestro _car_: se rien
sin descanso ni timidez, mostrando sus dientes blancos en sus graciosos
palmitos tostados y pecosos de durazno pintón. Acaso, dentro de cinco
ó seis años, les toque proseguir en Denver ó San Francisco la gran
aventura de la vida, y no les habrá perjudicado este rudo aprendizaje
de la primera edad. Les alcanzo naranjas por la ventana y me alejo con
el pesar de no abrazarlas ...

Se tiene ahí, no hay que dudarlo, una manifestación, elocuente en
su pequeñez, de esa energía sajona que el yankee puro ha heredado
y conservado sin degeneración. Allí aparece desnuda la raíz del
árbol poderoso que ha esparcido por el mundo su fecunda simiente,
fertilizando los yermos más lejanos y desafiando todos los climas: es
la raza colonizadora por excelencia, porque adondequiera transporta
consigo el dón precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud
alegre y sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y
al cordial inagotable de una religión que no vive del culto externo
sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civilización
esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza como el espectáculo
de las ciudades populosas y nuevas que luego encontraré—y que eran
ayer lo que esto es hoy. Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas
de esta dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de
nuestras provincias argentinas; recuerdo cinco ó seis entre Quilino y
Frías, todas parecidas entre sí: en que el empleado, joven ó viejo,
casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su leonera en desorden,
amueblada con una montura, dos ó tres botellas, un catre que sirve
de percha y de baúl, y donde dormirá la siesta abrumadora entre una
jugarreta y una parranda con _chinas_ abrutadas ... No es por arriba
sino por abajo que los pueblos se clasifican mejor: no por el estrecho
vértice de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes, salvo
la diferencia de altura, sino por la ancha base popular que soporta el
edificio entero.

Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entrevistas,
confieso que mis primeros experimentos del nuevo medio social son tan
afligentes como su paisaje. Nuestro _Pullman-car_ está obstruído con
maletas y equipajes de formas tan extraordinarias como las heteróclitas
figuras de sus dueños: dominan los rostros glabros y enjutos de los
colonos y demás gentecita rural de Tejas; visten arreos pintorescos y
representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Unidos—digamos
los _collas_ de la frontera jujeña, para hacernos entender—pero
unos rústicos que no sospecharan el encogimiento. Se despatarran en
los asientos, con sus botas en el respaldo, al nivel de sus narices,
escupen en todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que
mascan; los que han dejado el _chewing_ nacional apestan el fumadero
con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada rato para absorber
grandes vasos de agua helada. No entiendo palabra de lo que conversan
entre sí ó con los _waiters_ negros, á quienes tratan familiarmente,
y lo propio les pasa á ellos cuando intento chapurrar mi escocés del
_Engineer_.—Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más
allá. El hombre del pueblo—sobre todo el odioso negro que se aprende á
detestar en razón directa de su insolencia—no quiere entender, salvo
en caso de propina, más que su _slang_ gangueado con el acento del
terruño y cortado por elipsis ó fórmulas locales: imagináos á nuestros
cocheros parisienses ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á
nosotros en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto
al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me temo que
abandone los Estados Unidos sin comprender á los negros ni á los _boys_
de las aceras.

Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo que batir en
retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme á mi asiento, tropiezo
con una cara de pascua que se sonríe debajo de una boina azul, y
me invita en español á ganar un departamento reservado, desde cuya
ventanilla me llama otra boina azul, blandiendo una botella de
Jerez. Son dos vascos españoles; el común aprieto nos ha aproximado
instintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad sobre
recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y navarras: Gayarre,
Aramburu,—sobre todo los famosos pelotaris que han valido más que cien
agencias de emigración en esas provincias: el _Manco_, Elicegui, el
_Chiquito_, y ese terrible Portal, fuerte como un turco y sutil como su
pala.

Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar su fortuna en
veinte años, pero conservan sus casas de negocio y sus haciendas en la
Habana y Matanzas. Dan una gran vuelta de recreo, tomándose vacaciones
por primera vez en su vida, antes de volver al nido natal, colgado en
un declive de los Pirineos.

Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en las
manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para todo, con su
salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada, y su brincadora
agilidad de gamuza pirenáica. Han logrado lo que buscaban—tener
dinero—porque han sabido no querer sino una cosa y perseguirla sin
tregua por el camino recto.—En tanto que otros soñadores vienen á
América tras del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen,
naturalmente, antes de alcanzar su ilusión: los que han nacido para
emigrar—los vascos, en primera fila—prosperan casi siempre en la
emigración. ¡Bah! ¡la vida no merece tantos desvelos! Todo acaba en lo
mismo; concluída la jornada, nos despedimos con la misma voltereta:
buenos y malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos
en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el poder,—y
lo que llamamos arte, que no es sino una convención; y lo que llamamos
ciencia, que no es más que un paso adelante en un callejón sin salida.
_Omnia vanitas._ Emprendemos todos el mismo corto viaje de condenados
á muerte. ¿Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde el
amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado, bajo el sol
y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa, con el único fin de
encontrar á la tarde comida y albergue en el mesón; ó si tanto vale
extraviarse en los senderos, saboreando la excursión como un paseo,
gozando con los accidentes del camino y de las perspectivas, á trueque
de cenar con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?...

Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los cuarenta años;
es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é ingenua que se ha
esparcido en el Plata, hasta formarse aquí una segunda patria,—lo
compruebo al oirle hablar de Buenos Aires y Montevideo como de un
emporio vascongado,—llevando consigo y conservando siempre su frescura
simpática y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es un
coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble, tranquilo como un
buey de labor, bueno «como un pedazo de pan» según el dicho campesino;
y así como el clima de las Antillas no ha mellado su complexión de
atleta ni alterado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la
fortuna le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida, él
tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de la ley de los
contrastes, y gracias á mi precaución habitual de llevar siempre la
charla al terreno que mi interlocutor conoce mejor que yo. Me habla de
Cuba, y las horas se deslizan sin sentir ...

Su compañero, don Esteban, es menos atrayente: averiado, temoso,
porfiado y disputador, hasta el punto de contradecir con la mano
mientras el asma le sacude, ha barnizado con pretensión burguesa su
primitiva ignorancia cerril, y la exhibe al primero que llega, á
guisa de albarda sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de
don Pedro á fuerza de cansarle; también le da cierto prestigio actual
el haber pasado algunos meses en Nueva York hace treinta años, y
chapurrar cuatro palabras de inglés que, por otra parte, pronuncia
como una «vasca» española. No sabiendo nada de nada, puede hablar de
todo con igual autoridad; y ¡abusa de su derecho!—Después de toser,
es su principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo.
Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha en
sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo le incomoda,
don Pedro y yo nos instalamos en el _smoking-room_, y nos despachamos
docenas de exquisitos habanos ¡recuerdo personal del propio fabricante!
Pero don Esteban se aparece y comienza por rectificar uno de sus
últimos traspiés, que nadie recordaba: «Tenía Vd. razón: el que
asesinaron en el teatro no fué Grant, sino el «general» Lincoln». Y
en el acto vuelve á entrar en liza: «¡Qué hombre, ese Hernán Cortés!
Cuando pienso que fué por aquí á fundar á San Francisco!»—Entonces,
sobre todo, ¡es cuando tengo ganas de mandarle á Bilbao!—Por lo demás,
es buen hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me costará
mucho soportarle hasta San Francisco,—fundado por Cortés,—donde nos
separaremos con grandes apretones. Sólo necesito dejarle desbarrar á
su gusto. El primer día tuve el candor de rectificar sus sandeces:
era la guerra declarada.—Cualquiera discusión es inútil, pero la que
aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel. ¿Á qué emprender
gratuítamente la educación de aquel transeunte que no sacará de ello
provecho alguno y al contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber
estallado una vez—hace una docena de años—porque en una mesa redonda
de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había hecho en ferrocarril
el trayecto del Rosario á Montevideo: era joven entonces y me faltaba
filosofía. ¡Cuánto más satisfecho me siento por haber escuchado en
Colón, sin pestañear, hace algunas semanas, las variaciones delirantes
de un francés corredor de avisos, respecto de la República Argentina,
y especialmente de Tucumán que apenas conozco! Era el más fantástico
de sus _boniments_ profesionales: no he protestado, me ha encontrado
amable y nadie ha perdido nada con la bola—ni siquiera Tucumán.

El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso que nos
aproximamos al extremo oeste; ya verdean algunos matorrales y parches
de hierba en las depresiones del suelo; de trecho en trecho se alzan
algunas chozas de pastores; una vaca rojiza, un hato de esbeltas
cabras salpican alegremente la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación
importante en la frontera del Arizona y California. El río Colorado
arrastra delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altos
ribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una mañana de
primavera se junta á las primeras sonrisas de la Arabia feliz. En la
cantina regamos con té y leche un almuerzo compuesto de rosbif, patatas
hervidas y confitura—todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los
últimos indios apaches—_the last of the Mohicans!_—arrollados en
un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios cayendo como
correas sobre sus enormes rostros angulosos, seriotes, todos nariz y
mandíbulas, cual esculpidos por un leñador en un tronco de _hickory_,
vienen á vender arcos y flechas que no han servido nunca y parecen
salir de un bazar. Cada mujer trae cargada en la espalda á su progenie,
arrollada con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina
de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus ojuelos de
lagartija—y, como la mañana, también aquí conserva la infancia algo de
su gentil frescura de inocencia é inconsciencia,—¡estoy por encontrar
casi bonitos esos mamoncitos apaches!

Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiarnos con una
serenata arizoniana. Al principio, no es fácil desenredar lo que quiere
decir el venerable anciano con su rechinamiento agudo y como resinoso.
Cuando don Esteban arroja un grito—seguido al punto de un violento
ataque de tos ¡en la carraspera del _crincrín_ ha reconocido el canto
de las Provincias! Sí, no hay duda posible: es el _capela gorria_ lo
que el piel-roja desuella con una impasibilidad de antiguo escalpador
... ¿Por medio de qué _avatar_ misterioso, de qué extraña ironía
del color local, ha venido ese llamamiento de las bandas carlistas
á transformarse en aire de danza californiano? Tal es el «secreto
de la sabana» que nuestro compañero procura vanamente arrancar al
curtido _minstrel_, quien, completamente embrutecido, sordo además
como una colección de tapias arizonas, contesta invariablemente:
_yes, sir_, á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las
monedas de diez _cents_, sin detener su arco las coge con sus labios
entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Esteban protesta
con solemnidad—_¡Debryan bisaya!_—que el viejo ha de saber el
castellano, puesto que toca un canto vascongado; le asedia á preguntas
estrambóticas, le explica el gran levantamiento de boinas del año 33
por el primer don Carlos; por fin, desafiando el asma que le acecha,
se resuelve á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de
cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el compás, se pone á
cantar:

  _¡Don Cárlos gureá,
  Don Cárlos maiteá!
  ¡Ay, ay, ay, mutilac,
  Capelac gorriac!..._

Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese improvisado duo
de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto cómico amplio y humano
que ha conquistado en seguida todos los sufragios: viajeros yankees y
mejicanos, _waiters_ y guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno
de los ejecutantes igualmente poseídos de su papel,—y hasta me parece
que los indios presentes tuviesen ganas de sonreir por vez primera de
su vida.

Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha, desde la ventana
don Esteban arroja con la peseta de despedida esta suprema explicación
á su acompañante, que ha quedado en el andén, reflexionando en la ganga
enviada al último sachém por el gran Manitú: «_¡No era este don Carlos,
sino el abuelo!_» Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso
de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del cuarto de
fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y viene entre uno y otro,
atendiendo á su amigo con cara de circunstancias y volviendo hacia mí
para reirse á gusto. ¡Y me quejaba ¡ingrato! ¡de que fuese tedioso el
camarada aquél!

La pingüe y fértil California del sud comienza á desarrollarse
blandamente entre dos hileras de colinas; corremos á lo largo de un
vasto cañón, teniendo á _San Bernardino Range_ á la derecha y á _San
Jacinto_ á la izquierda, con la cornisa intermitente de la lejana
sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda verde y el cielo azul. Las
olas de oro de los trigales maduros ondulan suavemente hasta el pie de
los collados, tapizados de viñas, praderas y follajes. Los _cottages_
rojos y blancos, las villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar
de parques y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto
de riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintoresca.
Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bíblico de la
Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas del viejo mundo
que se juntan aquí: las de la cuna europea, militantes y civilizadoras
que ya tienen poblados y plasmados los Estados del este; las del Asia
antigua, derramadas por el pululante Oriente, y que llegan de isla en
isla por el incomensurable mar Pacífico, á manera del caminante que
cruza un vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas.
Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el territorio
desnudo que los mejicanos le entregaron, está el observador á punto de
imponer silencio á la voz de la conciencia que protesta en nombre de
la justicia absoluta y del «imperativo categórico», para reconocer que
la virtud del esfuerzo laborioso y la magnitud del resultado práctico
legitiman en cierto modo la conquista violenta.—Y es fuerza repetirse,
para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta risueña
California no es sino una faja estrecha de la inmensa comarca bañada
por dos océanos que, bajo los múltiples aspectos de una producción
intensa, pero casi tan copiosa en otras partes, se despliega, más ancha
que la Europa toda, cuatro veces mayor que la Argentina, desde el
Dominion ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las
maravillas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales, de
todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para diez siglos
el propio desarrollo de un continente independiente y completo.

Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi augusta
de una entrada en el vasto Canaán de la nueva promesa.—El más
vigoroso espíritu de la Francia contemporánea habla en cierto lugar
de los paisajes de Milton, que son «una escuela de virtud»[20]. Ahora
comprendo lo que ha significado. Ante esta radiante sonrisa de la
tierra americana, no sé qué júbilo generoso é impersonal me dilata el
pecho; una salve íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta
á mis labios, derramándose como una bendición sobre este recuperado
paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia caricia de la
mañana estival. Desnuda de historia, sin el prestigio de los recuerdos
seculares y las leyendas, llega esta Cibeles occidental á la soberana
belleza por el solo atractivo de su seno fecundo, donde quiera
impregnado de sudor humano: por el único encanto omnipotente de su
juvenil exuberancia y venturosa plenitud.

Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas clases,
los cultivos y verjeles se suceden interminablemente. Las residencias
campestres, los ingenios variados, molinos, lagares, destilerías,
fábricas de frutas conservadas, depósitos y embarcaderos, jaspean de
islotes rojos y blancos el archipiélago de verdura. Cada estación es
una ciudad ó una aldea, ganglio comercial de donde irradian ramales
y tranvías. Á partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los
apartaderos de la línea—y es tal el hacinamiento, que por la vista
sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ciruelas y
melones—hasta de esas deliciosas naranjitas sin semilla (_seedless_)
que aquí se apellidan _Washington Navel_, aunque la variedad haya sido
importada de Bahía[21].

En Colton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer y ha
crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan las dos grandes
líneas del _Southern Pacific_ y del _California S. Railroad_. Nos
hallamos casi en el centro del maravilloso valle de San Bernardino,
oasis en otro oasis, cubierto hacia el litoral de _winter resorts_ y
sitios balnearios, y cuya cabeza de distrito se divisa á tres millas
por el norte; produce algunos de los mejores y más famosos vinos de
California; de aquí parten durante el verano los trenes especiales de
frutas que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Unidos.
Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus altas chimeneas
empenachadas: la sola _Colton Company_ emplea quinientos obreros de
taller y despacha diariamente 4000 cajas soldadas. Por cima de la
falda y sus bosques de naranjos, algunos picos nevados añaden la
grandeza á la gracia de la decoración, trayéndome el recuerdo de la
Yerba Buena tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo, ya
célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del pintoresco
valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes, las poblaciones
agrícolas amojonan de milla en milla el rico suelo de esta Arcadia
industrial, hasta Los Ángeles, donde llegamos esta tarde para volver á
marchar cuatro ó cinco horas después: Ontario con su colosal avenida
de palmeras y naranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra;
San Gabriel y sus limoneros; Santa Anita sembrada de ranchos, donde
una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000 acres de
viñedos—poco más ó menos la superficie total de caña dulce ó viñas
(1892) de toda la Argentina. Aquí y allá, en medio de los sonoros
nombres mejicanos—de tal suerte estropeados que los desconocerían
sus propios padres,—la fantasía cursi de los recién llegados ha
emperifollado este antiguo territorio de pueblos indios y tolderías con
apelativos mitológicos: Arcadia, Hesperia, Pomona, etc.; y no resulta
la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos ¡tan real es
la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el ambiente impregnado de
vegetal fragancia y eliseano frescor!


Los Ángeles.

Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en Los Ángeles
ciertos vestigios aún muy perceptibles del indeleble origen criollo y
del invencible encanto español. Esta impresión inequívoca—que sentiré
en el mismo San Francisco—no está sugerida solamente por los nombres
de algunos sitios y familias. Á cada instante se descubren en los
arrabales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales y
hasta sociales de la antigua población: por ejemplo, en el umbral de
estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo, criollos mejicanos los
que están engullendo _tamales_, ó zangarreando la guitarra durante la
siesta. Han quedado familias Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda,
que desempeñan cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La
fiesta anual de la «tribu» Delvalle es una solemnidad famosa en toda
la California; aquí los «notables» de ayer figuran todavía entre los
_prominent_ de hoy ...

Pero no son más que vestigios. La antigua misión de la «Reina de los
Ángeles», que el comandante Frémont tomó sin combate en 1847, no era
sino una pobre aldea de dos mil indios y mestizos, tan atrasados ó
indolentes que no se cuidaban de explotar los conocidos placeres
auríferos de sus arroyos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de
60.000 habitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso
data de los últimos años: en 1880, no había triplicado aún la cifra
primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción. No pasando
de esa fecha los más importantes centros agrícolas del condado,
son naturalmente más nuevos aún los valiosos edificios públicos y
privados de la flamante ciudad, y todos los órganos materiales y
morales que constituyen, _ne varietur_, el progreso entendido á la
yankee.—Ya encontramos en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas,
con sus pintorescas residencias y chalets de _bay window_ y gradería
exterior; los enormes _buildings_ de ocho á quince pisos con fachada
de columbario; los bancos pseudogriegos y templos neogóticos,—toda
la fabricación al por mayor de la «arquitechería» americana. Desde
la California hasta el Massachusets, sin otros matices que un exceso
de pesadez ó riqueza decorativa en los emporios más advenedizos,
encontraréis reproducidos, en cada población, no sólo la misma
estructura material, desde el _Masonic Temple_ hasta el hotel _mammoth_
con sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de
la vida urbana, los mismos accidentes del grupo social: escuelas,
teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cinco _cents_,
avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica recorta duramente
las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad yankee, indefinidamente
reproducida, y sin más elemento diferencial que el costo y el
tamaño—es decir la cantidad. Los Ángeles es un fragmento de San
Francisco, Denver un pedazo de Filadelfia, Cincinnati una mitad de
Chicago. Hay más habitantes en la antigua capital de los puritanos
que en la reciente Sión de los mormones: por tanto, mayor número de
manzanas edificadas,—pero, _mutatis mutandis_, las construcciones
públicas y privadas son tan parecidas en una y otra, por dentro y por
fuera, como el _New York Herald_ al _Chicago Herald_, como el policeman
de capote gris y casco de punta, plantado en una esquina de Boston,
es idéntico al policeman de guardia en una esquina de Pittsburg. La
concreción urbana está vaciada en un solo molde: fuera de los sitios
naturales, los Estados Unidos son un monstruoso _cliché_. De ahí el
tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y uniforme para
el _turista_ superficial, que vaga de calle en calle y de hotel en
hotel sin nada sospechar del alma americana. En Europa, las cosas son
más interesantes que los hombres; acaece lo contrario en este mundo
en formación, mejor dicho, en fabricación. Aquí el producto humano
es tosco y primitivo, en proporción de su enorme magnitud—como ha
sucedido en el mundo orgánico;—la obra provisional es inferior al
obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en cuanto sea
indicio documentario y síntoma del espíritu que la realiza—y por esto,
precisamente, la mayor parte de las _Impresiones_ de tanto _commis
voyageur_ de la literatura se extasían con exceso ante los colosales
montones de hierro y ladrillo: celebran el volumen prodigioso del banco
de coral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo levanta sin
tregua en el seno del mar.—Procuraré emplear otro procedimiento; y,
desde luego, pienso que me fastidiaré muy poco en esta pretendida
patria del fastidio.

En esta magnífica tarde de junio, la ciudad nueva despide una como
alegría infantil. Vago por las anchas avenidas que lucen su follaje
primaveral, y apunto de paso algunos rasgos de la vida callejera que
muy pronto dejarán de llamar mi atención: mujeres en bicicleta ó
conduciendo _buggies_, pregoneros y _sandwichmen_ exhibiendo reclamos,
procesiones cívicas y profesionales, carteles con anuncios gigantescos
y fórmulas exuberantes de ingenuo cinismo—y donde quiera el roce
brutal de la muchedumbre que nos codea, maltrata y lleva por delante
con la inconsciencia de un rebaño de paquidermos, pero que no nos da
tiempo para irritarnos, pues, á poco andar, nos sentimos desarmados y
casi enternecidos por la complacencia inagotable y cordial con que un
afanoso empleado, un transeunte de prisa, un rudo trabajador satisface
nuestras preguntas de forasteros. Desde el anochecer quedan cerradas
las tiendas y demás casas de comercio, pero, alumbradas por dentro,
lucen sus escaparates y prestan animación á los barrios centrales. La
brisa fresca me recuerda que está el mar á pocas millas. Las aceras
rebosan de transeuntes, hombres y mujeres con traza de artesanos
domingueros. En la esquina de _North Main_ y _Arcadia street_, miro
pasar en una cencerrada carnavalesca de voces, guitarras y panderetas,
una compañía del Ejército de Salvación, guiada por una tía coloradota,
y seguida, á guisa de apéndice convencido y convertido, por un viejo
borracho que dibuja eses en la estela evangélica ...

Empieza á hacérseme largo el tiempo hasta la salida del tren para San
Francisco. En _Spring street_, delante de un _Concert Hall_, vuelvo
á encontrar á mis vascos infieles, que no quisieron acompañarme al
Jardín Zoológico—una maravilla de plantas y flores raras. Mientras
yo comía pasablemente en el restaurant Nadaud y corría el albur
de un _champagne_ californiano que sabe á falsificado chablis, el
camarada Esteban se obstinaba en descubrir una fonda vascuence que
le recomendaron en Méjico. Gracias á su inglés pintoresco ha dado al
fin con un _dining-room_ dependiente de una sociedad de templanza,
donde le han servido rosbif regado con té claro á guisa de valdepeñas;
quédale el consuelo de afirmarme que «lo sabía», como el Pontsablé
de _Madame Favart_.—Aquí nos alcanza de nuevo el destacamento del
_Salvation Army_, siempre seguido de su beodo inextirpable. Asistimos á
la pequeña representación bajo la luz eléctrica del _Hall_ pecaminoso.
La «capitana» fulmina su proclama, interrumpida por las chuscadas del
auditorio; sin inmutarse, ella misma se rie con los fisgones ó vuelve
las tornas á la rechifla truhanesca; por fin, viéndose desbordada,
entona su cántico gangoso con acompañamiento de silbidos y tamboriles.
He comprado á una «Miss Helyett», llena de costurones escrofulosos, un
número de su periódico: un bodrio de declamaciones añejas mezcladas con
reclamos infantiles, en prosa y verso,—el Apocalipsis de Bertoldo.
¡Se cree soñar recordando que el conocido sombrero de paja con cintas
moradas, tendido como una escudilla, se llena con los cuartos del
grueso público, y que esas comparsas de parásitos cuentan, para
desenvolver por el mundo sus farándulas bufas, ¡con un presupuesto
de cinco ó seis millones de dollars!—Don Esteban, que no pierde
la ocasión de instruirme, me desliza al oído: _¡Son espiritistas!_
Seguramente el neófito aquel del bamboleo enérgico confirma el juicio
de mi compañero, y puede jurar con toda sinceridad que posee la _doble
vista_, pues sin duda ve bailar al són de la guitarra todas las mesas
redondas del vecino _Hall_ ...

El paisaje del día siguiente, sin carecer de «belleza económica», es
mucho menos decorativo que el de la víspera. El _cañón_ se ensancha
ahora en una vasta llanura que ondula hasta la Sierra Nevada. Los
grandes cultivos de cereales y los _ranchos_ de ganado han sucedido
á los viñedos y verjeles. En cada estación tomamos viajeros de facha
rica, familias con canastos de frutas y flores que vuelven de un paseo
campestre y anuncian la aproximación de la _Queen City_ del Pacífico.
Á la tarde, empiezan á espejear algunos charcos en las cañadas;
luego, hacia el noroeste, uno que otro mástil afilado raya de negro
el claro horizonte: de repente, á una milla del tren, aparece un
jirón de la bahía. En seguida, interminablemente, desfilan terrenos
baldíos, inmensos depósitos, montones de casillas y cobertizos que
no representan aún sino una «nebulosa» del futuro arrabal. Un enorme
_ferry-boat_ toma el tren entero en su monstruosa espalda cubierta de
rieles, de carros enganchados, de _rotisseries_ y _saloons_, de mesas y
bancos donde se apila el cargamento humano que no queda en los coches.
Después de veinte minutos de travesía y viento helado, á pesar de la
estación, la ancha proa del bote colosal se suelda á la ribera, y bajo
una bóveda sombría se cae en la infernal batahola de los reclutadores
de viajeros que, alineados contra la pared, aullan infatigablemente
los nombres de sus hoteles. Estamos en San Francisco. Un agente de
_Express_ nos da su tarjeta en cambio de nuestro boleto de equipaje;
pronunciamos: _Palace Hotel_, y asunto concluído. Nos dirigiremos
al hotel sin otra preocupación y, después de comer descansadamente,
encontraremos el equipaje en nuestros cuartos.

Los yankees, cuya existencia es un perpetuo viajar, han resuelto con
superioridad práctica este problema: tener los mejores hoteles y trenes
del mundo—_the best in the world_—y sobre todo, suprimir el enojo
de los _impedimenta_, esas batallas con los odiosos parásitos de los
embarcaderos, que son en otras partes la real fatiga del viaje y el
suplicio del viajero.


  San Francisco.

De mis quince días de estancia en San Francisco—la verdad ante
todo, aunque sea vergonzosa,—la gran impresión que queda dominante
y persistente es la del bienestar físico. Después de tanto choque
ó rozamiento sufrido desde Buenos Aires, después de tanto camarote
estrecho con catre dudoso, de tanta fonda y albergue mortificante,
desde la nevera de Las Cuevas hasta los sudaderos malsanos de Colón y
Veracruz, confieso ingenuamente que he saboreado el amplio confortable
y el lujo flamante del _Palace Hotel_, con su despliegue de aseo
deslumbrador, sus muebles y telas de matices claros, sus camas inmensas
y elásticas, el aire, la luz, el agua á profusión con pirámides de
toallas frescas y su santa divisa central: _Clean hands and pure
heart!_ Y todo ello, en el ambiente tónico y salado del mar, cuya brisa
fresquísima en este principio del verano llama de nuevo el apetito
robusto y el olvidado humor de la retozona juventud, en esta atmósfera
moral de independencia y libre aventura, tan oxigenada como la física
... Bien saben mis pacientes lectores que no desdeño la naturaleza,
ni la historia, ni la poesía: pero en este _Frisco_ bullicioso me he
dedicado ante todo á la prosa vil, á la _guenille_ burguesa—al casco
material ¡qué bien necesitaba de este calafateo y carenaje!

¡La juventud! Tal es la palabra sonora y mágica que aquí parece resonar
en todos los ecos y desprenderse de todos los actos colectivos,
de todas las actitudes y empresas de la atrevida población: la
juventud arrojada y azarosa, rebosante en esperanzas é ilusiones,
con el orgullo insolente de su breve pasado y la fe imprudente en su
ilimitado porvenir; y junto á ello, en vez de la pesadez maciza y
del _boasting_ grosero de Chicago, no sé qué gracia nativa y dichosa
alacridad de jugador confiado en la suerte, y cuya fortuna vertiginosa
ha comenzado llamándose _placer_. No necesito reseñar esa historia
fantástica del oro, que deja atrás todos los cuentos orientales y
cuyo comienzo, apenas viejo de medio siglo, parece perderse ya en las
brumas legendarias. Bret Harte, con real á par que poético colorido,
ha pintado el cuadro fascinador de esas batallas de la audacia y
la codicia, prestando vida insuperable á sus grupos violentos de
argonautas californianos; además, cien relatos locales conservan la
memoria circunstanciada de la rutilante aventura que arrojó á esta
playa, durante diez años, toda la población desarraigada y flotante
de las cinco partes del mundo: europeos, asiáticos, polinesios,
americanos del sud, _squatters_ é indios de las praderas, todos los
desesperados de la vida, todas las caravanas de Babel. Pero, acaso no
sea tan asombroso el espectáculo de ese sórdido delirio colectivo,
como el de la inmediata organización rudimentaria y progresiva que le
sucedió, hasta constituirse en veinte años la capital opulenta y el
emporio comercial del Pacífico, en el centro de la comarca agrícola más
floreciente de los Estados Unidos. La California actual es el triunfo
de la civilización americana y la prueba más acabada de su incomparable
potencia plástica. El organismo social que ha podido en tan breve lapso
asimilarse el salvaje campamento de Yerba Buena, que muchos vecinos de
_Market street_ recuerdan aún, y convertirlo en el San Francisco de
hoy, no sólo deslumbrante de lujo y magnificencia, sino civilizado,
tranquilo, lleno de bibliotecas y colegios—de moralidad igual, si
no superior, á la de las ciudades del Este, fundadas por puritanos y
cuákeros—merece la admiración y el respeto del mundo.

Con presentar San Francisco el aspecto general de las otras capitales
yankees y poseer todos sus órganos conocidos é invariables, conserva,
sin embargo, el sello visible de su especial origen y pintoresca
situación: algo de exotismo oriental recuerda al viajero que se halla
aquí más cerca del Japón que de Europa, á la vez que subsisten en las
gentes y sitios mil vestigios coloniales. De la Puerta de Oro (_Golden
Gate_) a _China Basin_, los blocks regulares, parcial ó completamente
edificados, ondulan sobre las primitivas colinas como en Valparaíso;
los tranvías suben y bajan las mismas pendientes antes surcadas por las
arrias de mulas con sus cargas de provisiones ó mineral; el _booming_
convulsivo ha logrado crear barrios enteros en las accidentadas
cercanías de _Golden Gate Park_ y el Hipódromo, pero los «huecos»
agrestes abundan, obstruídos de viejos ranchos mejicanos, y muchísimas
residencias vacías enseñan el melancólico _to let_ que llama en
vano al transeunte. Más que Chicago, Kansas City y otras «ciudades
hongos» (_mushroom cities_) del Oeste, ha conocido San Francisco las
crisis de crecimiento que, paralizando momentáneamente el organismo,
reducen el gasto de fuerzas hasta restablecer el equilibrio. Ahora
mismo se inicia el _krach_ de la plata, cuyas consecuencias generales
son difíciles de prever; con todo, puede anunciarse ya que aquí la
situación se desenvolverá sin grandes cataclismos, en razón de las
corrientes diversas y en cierto modo antagónicas que la California ha
dado á su actividad, á diferencia de otros Estados casi tributarios
de un solo producto ó industria. La plétora del metal blanco podrá
encontrar remedio en la colonización agrícola y el incremento del
intercambio asiático, ya tan considerable. En todo caso, el pánico
monetario de estos días pasados (junio de 1893) parece haberse calmado
sin repercutir profundamente en la vitalidad del Estado. Se ha
estrechado el crédito bancario, mejor dicho, la conversión y los pagos
en oro; pero las fábricas y haciendas siguen en plena actividad, con
excepción de algunas minas hacia el Nevada y el Colorado que empiezan
á restringir sus laboreos. Como otras veces, resistirá esta prueba la
California robusta y juvenil.

En todo caso, nada se nota aún en la vida exterior que revele el
malestar interno. Este magnífico _Palace Hotel_, que cubre una media
manzana—en el propio lugar donde, hace cuarenta años, mineros de
botas y camisa de franela con el revólver al cinto venían á comer
su _bacon and beans_,—tiene ocupados sus centenares de cuartos; y
sus rápidos ascensores suben y bajan desde el amanecer, llenos de
huéspedes un tanto abigarrados durante el día, pero de gran ceremonia
para la comida: los hombres de frac, las señoras rivalizando de rayos
y centellas con las lámparas Edison. A la tarde, en el espléndido
_Golden Gate Park_ hormiguean los carruajes y caballos de raza; la
elegante concurrencia se derrama en las avenidas; señoras y niños
forman vasto círculo á una excelente banda de música que, en este
momento, ejecuta una selección de _Mignon_; casi todas las jóvenes son
esbeltas y airosas, muchas bonitas, alternando el rubio tipo sajón
con la ardiente palidez criolla: el cuadro encantador es digno del
admirable marco de flores y verdura, en el apacible día primaveral.
Desgraciadamente, al llegar al _clou_ de la partitura, algunas de mis
encantadoras vecinas acompañan á media voz, en francés californiano, la
plañidera romanza:

  _Conné-tiou la pays...?_

Y este desafinado murmullo, cuyo _crescendo_ se acentúa con la
impunidad, me trae recuerdos tan punzantes de Veracruz (coincidiendo
además, para ser franco, con la hora de comer), que levanto la sesión á
toda prisa, en el momento de estallar el grito delirante del cornetín
casi dominado ya por el coro de las paisanas y rivales de Sybil
Sanderson: _C’est là que je voudrais vi-i-vre!.._

Esa mezcla de franca alegría y pintoresco exotismo, que caracteriza
á San Francisco, se manifiesta en todos los detalles exteriores
de la vida colectiva—desde la fantasía de su edificación, hasta
la desenvoltura de su prensa y la índole de sus bibliotecas é
institutos[22]—pero prorrumpe, puede decirse, de noche en las
bulliciosas aceras comerciales, llenas de grupos cosmopolitas y
estrepitosos que se codean bajo los focos eléctricos, al rumor de las
músicas de los teatros y conciertos, en el perfume de las flores y el
centelleo de los escaparates, ostentando todos, bajo la diversidad de
las condiciones y procedencias, cierta unidad exterior en el lujo del
traje y el programa de fiesta.—La misma colonia china, que he visto
en Lima humilde y cariñosa, no oculta aquí su fuerza numérica y su
riqueza. Á fuer de primeros ocupantes, los «celestes», que pasan de
veinte mil, han quedado instalados en el centro activo de la ciudad
(como si dijéramos, en Buenos Aires, las diez ó doce manzanas en torno
del café de París); tienen templos, _restaurants_, teatros propios,
y se les ve ostentar por estas avenidas, con importancia canonical y
empaque mandarinesco, sus solideos eclesiásticos y sus roquetes de seda
azul, batidos por la larga trenza lacia. Debajo de sus rostros lampiños
y su obesidad hermafrodita, descubro la hostilidad desdeñosa de la
mirada, el odio encubierto de una raza de Shylocks, refractarios á la
civilización en que prosperan, y que se creen superiores á los que les
dominan con su ruda energía.

Esa impresión de la primera hora se confirma para mí durante la
excursión que hago una noche á la _China town_, acompañado de un cónsul
extranjero y un _detective_, cuya presencia parece indispensable
para recorrer sin peligro la celeste leprería. Hemos venido por las
iluminadas aceras de _Market Street_—el _Broadway_ de San Francisco—y
bruscamente, á la altura de _Union Square_, donde se incorpora el
agente de seguridad, doblamos á la izquierda y penetramos en un
callejón obscuro y medieval, con sendas casuchas en desplome, de
cuyos dinteles cuelgan faroles de papel cubiertos de jeroglíficos que
nuestro cicerone traduce al paso: _Tin Yuk_, joya celestial, _Wa Yun_,
fuente de flores, etc., etc. Subimos, bajamos, torcemos á uno y otro
lado, por entre almacenes, tiendas, joyerías, boticas, lavanderías,
talleres de todo género, puestos de comestibles y drogas, en cuyos
escaparates, mal alumbrados por lámparas de aceite, alternan sandías y
caña dulce, abanicos y pastillas de opio ó betel, chucherías de marfil
y tabletas de _chewing-gum_; entrevemos en algunas tabernas grupos de
magotos descoloridos, sentados á la turca, fumando en pipas de tubo
recto, comiendo arroz con sus palillos como de _crochet_, jugando á una
suerte de morra, pero sin mezclar un grito á sus ágiles ademanes de
sordomudos: todo ello tan repelente y sórdido como lo visto en Lima,
con su mismo vaho nauseabundo que bastaría á evocar aquellas escenas ya
lejanas ... En estas tinieblas blanquecinas, surgen en torno nuestro,
de las cuevas inmediatas, bultos informes y callados cuyas túnicas
flotantes nos rozan como alas de murciélagos; y vuelve á mi memoria la
vagancia nocturna del poeta Gringoire por el laberinto de la Corte de
los Milagros, en _Nuestra Señora de París_ ...

De repente, un deslumbramiento: estamos en un verdadero palacio
oriental, resplandeciente de luces multicolores, de esculturas y
calados figurando adornos vegetales, de pintados tableros y canceles
de laca con incrustaciones de nácar, en que se entrelazan ramas de
durazno en flor, esbeltas cigüeñas de nieve volando entre guirnaldas de
crisántemos de oro. En la vasta sala donde estamos, no han quedado sino
una docena de comensales sentados en sillones de ébano; acaban de comer
en silencio, servidos por muchachos que van y vienen entre la mesa y
los aparadores cargados de fina porcelana, ágiles como clowns, con sus
babuchas de triple suela. Es el gran restaurant chino, adonde sólo
concurren los ricos traficantes y agentes comerciales de la colonia, y
por las puertas abiertas se divisan anchas escaleras labradas y otras
salas parecidas á esta....

Urgidos por la hora, no hacemos sino atravesar el vecino templo de
_Clay Street_—análogo al de Lima, con los mismos ídolos, adornos y
chucherías culinarias de un culto realista, á la vez pueril y senil—y
nos dirigimos al teatro donde da representaciones extraordinarias un
célebre comediante de Pekín. La sala, bastante obscura y de mediana
extensión, se compone de un patio para la mosquetería, á usanza de
los corrales españoles del gran siglo, rodeado de filas de bancos y
palcos para la celeste _high-life_; hay una como cazuela con aposentos
para mujeres; y de todos los puntos de la repleta sala se escapan
nubes de humo mezcladas con emanaciones complejas de tabaco, almizcle
y benjuí que nos obligan á encender también nuestros cigarros, en el
mismo proscenio donde, merced al prestigio consular, nos sentamos
entre los actores, delante de la orquesta que ocupa el fondo. La
escena no tiene telón de boca; los actores, vestidos de trajes
suntuosos y con el rostro grotescamente pintado, declaman con voz
aguda una monótona melopeya. Hemos entrado _in medias res_—detalle
insignificante, pues la pieza ha comenzado hace tres noches y durará
aún una semana—y asisto á una, para mí, pantomima, mezclada de bailes
y cabriolas, en que parece ser el nudo de la acción la eterna historia
de la muchacha novia de un vejancón y cortejada por un oficial ó
príncipe, más cubierto de púas y escamas que un dragón mitológico—el
_Barbero de Sevilla_. Entradas, salidas, sollozos, manotones, rugidos,
chillidos—y, naturalmente, comprendo menos cuanto más intenso es el
diálogo. El «Coquelin» en representación—cuya jira, me dice nuestro
guía, representa una fortuna—hace de Almaviva, y canta casi todo su
papel con acompañamiento de violines, gongos, flautas y tamboriles ...
¡y nada en el occidente puede dar una idea aproximativa de la zambra
sabática que se arma entre esos hijos de Han! Los duos de Almaviva y
Rosina, sobre todo, exceden en fantasía delirante á cuanto se pueda
recordar ó imaginar: al lado de ello parecerían suspiros de arpas
eólicas los apasionados coloquios y combatidos amores de veinte gatos
reunidos en el tejado de una calderería en plena actividad. Después
de unos veinte minutos de pesadilla, me levanto para salir cuanto
antes y salvar para siempre la muralla de esa China. Al atravesar
los bastidores, vemos á «Coquelin» acostado en un catre de tabla,
inmóvil, impasible bajo nuestras miradas curiosas, con la vista fija
en el techo—pensando tal vez en la casa de bambú, á orillas del río
Pé-Kiang, donde podrá fumar tranquilo su querido opio, gracias á esta
fructuosa excursión al país de los bárbaros occidentales ...

Y si aquí detengo estos apuntes sobre San Francisco, no piensen mis
lectores que mis visitas se hayan limitado al parque de _Golden
Gate_ y al barrio chino: he visto la ciudad y sus alrededores—sin
omitir la excursión á San José y al _Lick Observatory_ con su famoso
telescopio (_the largest in the world_); he recorrido concienzudamente
las universidades, bibliotecas, escuelas, mercados, bancos y demás
sucursales del _Monde où l’on s’ennuie_; he examinado con la debida
prolijidad el enorme é inacabado _City Hall_, menos notable por su
arquitectura achaparrada que por los manejos administrativos que
han presidido á su edificación poco edificante ... De todo eso y lo
demás pensaba dar informe circunstanciado, pero á medio borrajear he
descubierto que todo ello ha sido ya descrito y corre impreso. Me he
convencido de que, en estas notas de viaje, la única novedad á que
pueda aspirar provendrá de mi reacción personal en frente de las
cosas y sobre todo de las gentes. Ahora bien, un poco desorientado
por el estreno, sólo he visto de corrida á algunos funcionarios ó
comerciantes, fuera de la muchedumbre en los conciertos y teatros: no
he pasado en San Francisco de la envoltura superficial—y todo ello es
de muy pobre psicología ...

Por otra parte, voy comprendiendo que, en los Estados Unidos, para ver
lo mejor posible es necesario no ceder á la tentación de verlo todo
en pocos meses. El _turismo_ es el enemigo de la observación. Este
inmenso país tiene cuatro ó cinco grandes aspectos característicos,
condensados en otros tantos Estados y sus capitales: todos los demás
se funden en uno de los tipos genéricos. En este momento, sobre todo,
de la evolución sociológica, el grupo urbano que se debe estudiar
paciente y filosóficamente, es Chicago—no tanto por la Exposición en
sí misma, cuanto por las razones que han influído para que el magno
problema de la _World’s Fair_ se resolviese en su favor, contra todas
las pretensiones rivales. Chicago es en la hora presente el resumen
material y el exacto espécimen del mundo americano. El eje se ha
corrido hacia el oeste; ya no atraviesa New York, ni Filadelfia—mucho
menos la docta Boston, que antes se apellidaba precisamente el «cubo
de la rueda» (_the Hub_)—sino la ciudad de los ferrocarriles y la
carne—la ruda y potente capital de Pullman y Armour.



XI

SALT LAKE CITY

EL TRAYECTO.—EL UTAH.—LOS MORMONES


Media entre San Francisco y el Lago Salado una distancia de 870 millas,
que los trenes del _Southern Pacific_ deben recorrer teóricamente en
37 horas; resultan casi siempre 40, salvo error ó colisión. Es lo
que en la tierra llamamos un buen paso de carreta. No exageremos,
pues, la velocidad y precisión del servicio ferrocarrilero en los
Estados Unidos,—al menos en el oeste. Por lo demás, el trayecto es
interesante, y no deploro su relativa lentitud. Admiro el paisaje;
cultivo á mis compañeros de viaje, y procuro soportar á los negros del
servicio, no ocupándolos para maldita la escoba. No soy «esclavista»,
pero no puedo dejar de repetir que el negro liberto y ciudadano es la
mancha (negra, naturalmente) de la victoria republicana y el rescate
oneroso de la guerra de Secesión. La república de Liberia—significando
la devolución de estos africanos á su África,—era un pensamiento
genial. Pero no quieren volver á su tierra; y los «lynchamientos» con
que se procura convencerlos son argumentos de poca eficacia.

La faja californiana que alcanzo á divisar, hasta Sacramento, donde
cierra la noche, es casi tan rica y populosa como la zona del sud.
Cortamos la Sierra Nevada, bien digna de su nombre, pues á pesar de
la mediana altura y de la estación canicular, sus escarchadas laderas
blanquean vagamente en la obscuridad.

Llevamos tren «vestibulado», con pasadizos adheridos y cerrados por
vidrieras; un niño de tres años puede correr sin peligro de uno á
otro extremo. Dormitorios, restaurant, cuartos de _toilette_, agua
helada á discreción, mesas movibles delante de cada asiento, para
comer, leer, jugar: se vive como á bordo, y los pasajeros poco bajan
en las paradas. Cada _smoking room_ es, por supuesto, el charladero
central de su departamento. Sin fastidio ni timidez, me incorporo al
grupo nativo: aprendo, observo, juzgo sin entusiasmo ni prevención lo
que desfila ante mis ojos durante todas las horas de cada día. Ello,
por otra parte, es más laborioso que difícil. Lejos de sustraerse al
examen, el mundo yankee se brinda á la indiscreción: estamos en el país
del anuncio y de la _interview_. En Europa, fuera de la exuberante
España, la empresa de meterse con todos en las breves horas de un
viaje por ferrocarril, sobre exigir muchos sacrificios de amor propio,
tropieza con serios inconvenientes. Todo conversador es sospechoso
para el viajero de «primera», quien, al tomar su boleto, ha revestido
su «impermeable» de reserva glacial. ¡Cuidado con los contactos
peligrosos!—Aquí la igualdad circula tan libremente en el salón como
en la calle; es la atmósfera ambiente. Los ferrocarriles, desde luego,
materializan el sentimiento reinante, con la ausencia de «clases» en
los pasajes. El _Pullman-car_ no es sino una condición de los viajes
largos, y el tren _vestibuled_ es un síntoma exterior de la igualdad
social. Cada cual se coloca moralmente á nivel de su vecino; sabe que
puede dirigirle preguntas y entablar conversación; el fondo y la forma
de las ideas son _comunes_, en todos los sentidos de la palabra. Con
todo, sospecho que entre New-York y Boston ha de reinar un tono algo
menos campechano.

No por eso pretendo que sea todo malo en la reserva europea, ni todo
bueno en la «francachela» americana. Cuando, por ejemplo, el sirviente
negro bebe en nuestros vasos, se zabulle en nuestro lavabo y concluye
su horripilante _toilette_ á nuestra vista y paciencia, siento en
mi epidermis el roce brutal de tanta democracia. Todas las frases y
proclamas no me convencerán: para tolerarlo sobra cuando menos un
sentido—si no es la vista, es el olfato. Pero la explicación no se
hace esperar. Al lado mío, en el fumadero, se sienta el coronel L.;
enfrente, el señor W., senador de California; por fin, Mr. Ch., un
millonario, superintendente de las dos grandes compañías mineras del
Utah, y _chiqueur_ infatigable. Sin abandonar su cigarro, el coronel se
saca los botines, estira sus medias grises y alarga delicadamente sus
extremidades en el asiento opuesto, entre el millonario y el senador,
quienes siguen mascando, fumando y conversando con serenidad. Ahora
me doy cuenta de su indiferencia ante las maniobras del negro; está
evidente que sus membranas sensitivas son diferentes de las nuestras; y
me convenzo de que la semejanza es la base más sólida de la igualdad.

Estos pequeños y afligentes rasgos externos se hallan compensados
por el fondo realmente sano y cordial. Es, sin duda, mortificante el
espectáculo de un «gentleman» tachonado de joyas, que masca tabaco
sin descanso ó se suena las narices antes de sacar su pañuelo. Pero
no he venido á tomar ni dar lecciones de urbanidad, sino á estudiar
con atención imparcial—y, si es posible, con indulgencia—la probable
evolución social del siglo veinte en su mismo punto de arranque. Para
dicha época, si me es lícito volver á la imagen nasal, piensan los
yankees que el mundo entero se sonará como ellos; yo, menos pesimista,
creo que los yankees habrán aprendido á sonarse: pero estamos de
acuerdo en esperar que, en una ú otra forma, la armonía universal
se habrá restablecido. En este dintel del siglo, la lucha entre la
democracia vulgarizadora y la verdadera civilización se resolverá por
la alternativa de Hamlet: ser ó no ser plebeyos,—tal es la cuestión.
Entretanto, me divierte esta prueba _avant la lettre_ de la humanidad
futura; encuentro curiosos y hasta simpáticos estos yankees ingenuos
y desabrochados. Discurren con desembarazo y sorprendente facilidad
sobre cualquier tópico de sus intereses materiales—divisándolos
siempre desde su punto de vista local ó personal. Revelan una
perspicacia y agudeza incomparables para la solución inmediata de los
problemas prácticos, sin divisar la doble perspectiva de las causas
ó consecuencias lejanas. Padecen—ó gozan—de miopía intelectual:
encuentro en mi _diario_ repetida hasta el fin esta impresión del
primer día. Ahora bien, para los objetos pequeños y cercanos, la
visión del miope es incomparable. Ignoran la ironía;—axioma que
parece una perogrullada, pues equivale á afirmar que los paquidermos
no sienten cosquillas. Por lo tanto, se contradicen unos á otros
sin enojo; discuten seriamente las cosas para ellos más serias: las
cosechas, la fluctuación de los precios del ganado y los cereales, el
«_booming_» paralizado de San Francisco; sobre todo la cuestión de la
plata. El senador está por la derogación de la ley Sherman; el minero,
naturalmente, por su mantenimiento ó su reemplazo por la acuñación
libre en cada Estado—remedio equivalente á combatir el dolor de
una muela careada con inyecciones diarias de morfina. El primero
es demócrata, el segundo republicano; éste emprende un panegírico
de Harrison, que el otro escucha sin pestañear. Ambos están á cien
leguas de una nota personal agresiva ó deprimente para la opinión y el
partido adversos: á igual distancia, también, de una idea general, de
una vista «nacional» respecto del asunto. Cada cual es exclusivamente
de su distrito, de su parroquia, de su profesión. Me incorporan á
la «cámara». «¿Tienen también ustedes minas _at home_?» Procuro, en
mi media lengua, expresar mi opinión «platónica»; me rebaten con
animación, sin aspereza; cada argumento empieza con un _Me parece (I
think ...)_, que hace oficio de cojinete; sobre todo, jamás una alusión
á mi incompetencia de forastero; el interés por sus cosas domésticas
confiere la ciudadanía. ¡Sus preguntas acerca de la República Argentina
y Chile harían sonreir á un parisiense! Me ofrecen su casa y sus
servicios con evidente sinceridad; y acepto la invitación de visitar
las minas de Park City, en el Utah. «¡Le acompaño á usted!» exclama el
coronel. Y como lo dijo, lo ha hecho. Esta reliquia de la guerra de
Secesión ha sido mi Virgilio en el viaje mineral. Y bien merecería su
inagotable facundia la apóstrofe dantesca:

  _Or se’ tu quel Virgilio e quella fonte
  Che spande di parlar sì largo fiume!..._

Son las diez de la noche y reina un fresco de serranía: ¡buena hora
para dormir! Encuentro el salón transformado en dormitorio, con un
estrecho pasadizo obscuro entre los dos tabiques del cortinaje. La
cortina fronteriza de la mía ondula como un mar de teatro, y percibo
crujidos de vestidos tras del telón. He pasado la noche en el fumadero
y no conozco á mi vecino. Me siento en el borde de mi catre, esperando
que se calme la oleada para emprender mi maniobra sin peligro de
carambola. Á poco oigo el esfuerzo de la ascensión: ¡upa! mi vecino ha
trepado y se estira horizontalmente. Veo una mano blanca que desliza
en el suelo, por bajo de la cortina, un par de zapatitos mordoré.
¡Hum! ¡tiene pie chico mi vecino! Y siento alguna aprensión por mi
_déshabillé_ al aire libre. En fin, voy á comenzar la operación, cuando
sale una voz de mujer del bastidor medianero:

—_Sir_, ¿podría usted decirme á qué hora pasamos por Virginia City?

—No lo sé, señorita (seguramente es soltera); pero voy á averiguarlo
...

En el cuarto de fumar, el coronel está librando un combate de _poker_
con un médico alemán, establecido en el Kansas hace cuarenta años y
más yankee que el tio Sam. Contestan juntos á mi pregunta: «á las
seis», dice el coronel; «á las ocho», responde el enterrador, y siguen
barajando. Vuelvo á mi cortina parlante:

—¡Señorita!

—¿Señor?...

—El coronel dice que á las seis y el doctor á las ocho ...

Oigo una risa ahogada encima de mi cabeza, en el piso superior, y otra
voz, hermana de la primera, interviene en el diálogo:

—Y usted, _sir_, ¿qué dice?

—Yo creo que los dos tienen razón ...

Una ráfaga de carcajadas, y luego un silencio de dormitorio monacal.
Pero ahora, con mis escrúpulos europeos, el desnudarme será tarea de
alto acrobatismo. Me meto en cama vestido, y en ese cajón de cómoda
me desprendo pieza á pieza, como don Quijote, con retorceduras de
hombre-serpiente: todo un ejercicio de desarticulación que me da
calambres y hace sonar mis conyunturas como castañuelas. ¡Uf! ya estoy.
Por una hendidura veo los zapatitos mordoré, erguidos en su tacón
agudo, como mirando con impertinencia mis gruesos botines de viaje,
que revelan el cansancio de su larga odisea desde Buenos Aires ...
Me estorban esos zapatos nuevos; y no es porque sean muy grandes, al
contrario; pero me incomodan, positivamente ...

Al día siguiente descubro que las voces pertenecen á dos hermanas de
Salem, maestras de escuela, jóvenes, rubias, ni lindas ni feas, y que
van solas desde el Oregón á la exposición de Chicago, para volver por
el Canadá. Pobres como ratitas blancas, limpias como espejos, alegres
como un _Christmas;_ disfrutan su mes de vacaciones, cruzando por estos
Estados Unidos como por el jardín de su colegio. Ya somos amigos; las
llevo á almorzar al restaurant, pues he tanteado las provisiones de
su canasto; y así paso el día entre mirar el paisaje, oirlas cantar
romanzas sentimentales y tomar lecciones de pronunciación inglesa con
mi vecina Miss Grace, que es «elocucionista» y me hace repetir un
cuento de Poe con una seriedad pedagógica. En un descanso le pregunto:
«Pero, ¿qué interés tenían Vdes. por saber el horario de Virginia City,
que queda á cuarenta millas de la línea?»—Me contesta muy gravemente:
«Era para Margaret, que lleva un diario del viaje».

Á medida que nos aproximamos al Utah, la campiña reviste un encanto
indecible; se cruzan arroyos que serpean entre verdes collados
cubiertos de álamos y encinas. Las praderas esmaltadas de flores, como
en Francia, alternan con los sembrados; de trecho en trecho, casitas
campestres y confortables chalets. La buena tierra materna derrama la
abundancia y el bienestar. Cerca de un _cottage_, semi-oculto como un
nido en el follaje, un joven robusto y esbelto persigue á un niñito
de siete años que huye como conejo por el campo de alfalfa: al fin le
alcanza y, riéndose de su desesperado pataleo, le carga en el hombro y
vuelve á la casa con él. El lento crepúsculo agrega su dulzura á ese
cuadro apacible. ¡Oh! sanidad de la vida libre, á la sombra tranquila
del hogar, cerca del suelo recién desmontado: robusta fatiga del
cuerpo, paz serena del alma, ¡reposo!—Cuando recordamos á los Estados
Unidos, es para evocar la idea de un inmenso taller, un hormiguero
de población jadeante y febril, que se agita en las minas, en las
fundiciones, en las veredas de Chicago ó de Nueva York; un pueblo de
frenéticos perpetuamente sacudidos por el baile de San Vito de la
especulación. Son pinturas de novela y descripciones de turistas que no
han pasado de las capitales del Este. El aspecto general del pueblo—en
la parte que hasta hoy conozco—es más bien indolente y flemático.
Por otra parte, los cuatro quintos de la población viven en pequeñas
ciudades, aldeas y alquerías que constituyen el vasto receptáculo de la
vida nacional.

Llegaremos mañana temprano al Lago Salado, y, sin duda por ser la
última noche, se arma en el fumadero un formidable _poker_. El coronel
pretende iniciarme; pero confundo _spades_ y _clubs_, y soy una causa
de perturbación desastrosa. Las maestritas, de camisola blanca, antes
de acostarse, hacen tranquilamente sus arreglos en el tocador, delante
de nosotros; se despeinan, se lavan, etc., con la mayor naturalidad.
Lo que es esta noche, me meto en cama con tanta comodidad y
despreocupación como en una cuadra de cuartel; y los famosos zapatitos
mordoré parecen conversar amistosamente con mis lanchas amarillas, como
en partida á cuatro.—Para completar mi educación yankee, me falta ver
en Chicago, entre muchas otras cosas, á las señoras que dejan el brazo
de su acompañante por cinco minutos, ó se levantan de la mesa, en pleno
restaurant, para volver en seguida tan frescas y risueñas ...


  Salt Lake City.

Á las 8 de la mañana enfilamos en Ogden el ramal para Salt Lake City;
estamos en el valle central del Utah, en el país de los mormones.
Mis lecturas son fragmentarias y antiguas; lo que me figuro respecto
del Lago Salado es una blanca ciudad austera y fría, vagamente
puritana—sin perjuicio de la poligamia; con grandes casas desnudas y
un vasto silencio alrededor de un templo blanqueado á cal; un rumor de
oraciones gangueadas al compás de las máquinas agrícolas y fabriles,
que alzan también su plegaria al dios dollar; en suma,—ostento sin
pudor mi ignorancia,—algo así como un inmenso falansterio rural,
ribeteado de responsos bíblicos y poblado de enormes fariseos seriotes
y barbudos, entre multitud de «fariseas» huesudas, enemigas de la
gracia y la sonrisa,—menos barbudas quizá, pero no menos displicentes
que sus maridos á prorrata ... Tal me aparecía á la distancia la
aglomeración mormona.

El valle de la nueva Sión es un encanto. Desde Ogden hasta Salt Lake
se experimenta la sensación de penetrar en el rincón más nuevo del
Nuevo Mundo: la naturaleza ostenta frescura flamante y casi diría
infantil. El río sinuoso, sombreado de álamos, acaricia con blandos
«meandros» las fértiles riberas. La mañana es de una belleza, de
una frescura ideal. Flotan aún jirones de bruma, tenues cendales de
un gris azulado, que se descorren lentamente, enseñando las pingües
praderas llenas de ganado, las granjas y cortijos rodeados de cultivos,
los cottages y chalets confortables en sus marcos de arboledas, y,
por fin, hacia el oeste, la franja blanca de la sierra Wasatch que
festonea deliciosamente el claro cielo. Al pronto, hacia el este,
aparece el Gran Lago, en un horizonte incomparable, aunque desnudo
de vegetación. La sola luz resplandeciente, que baña las colinas
onduladas; los islotes del lago y su líquida napa adormecida, con
todos los matices tiernamente azules de la turquesa, bastan para la
fiesta de la vista maravillada. Los nombres evangélicos de la comarca
no han sido rebuscados: completan la evocación; así nos figuramos los
nítidos horizontes y los lagos de Galilea, en cuyas plácidas orillas
vagara la divina figura, aureolada de cabellos rubios que nuestra
adoración ha convertido en nimbo ideal de oro y de luz. ¡Oh! sin duda:
es espúrio el origen de esta secta mormónica; sus contornos materiales
constituyen una grosera parodia de la evangélica predicación; pero, si
olvidamos por un momento el repugnante aspecto de la doctrina y las
necias prácticas del culto, no podemos menos de encontrar el eterno
diamante de la fe debajo de las toscas exterioridades del fetiche.
Es el sentimiento religioso, el que ha derramado la fertilidad y
la abundancia en el árido valle del Utah; el hálito de la fe ha
transformado en veinte años un espantoso yermo en región de delicias, y
por la energía del símbolo en que se materializara, según las palabras
de Isaías, «la soledad se ha alegrado y ha florecido como el lirio».

La entrada en Salt Lake City es otra agradable sorpresa. Las calles son
anchas avenidas sombreadas por álamos soberbios, acacias de follaje
primaveral, arces frondosos (_maple-trees_) que derraman sus blancos
ramilletes en los rectángulos de césped húmedo que orlan las aceras.
La ciudad no cuenta mucho más de cincuenta mil habitantes, pero es
el centro de irradiación y convergencia de todo el valle copioso y
rico, del Utah entero, cuya población de agricultores, industriales y
mineros pasa de 230.000. El barrio central parece un fragmento de San
Francisco; sus grandes arterias de Main y Temple Streets ostentan las
altas y espaciosas construcciones de una capital americana: bancos,
fábricas, tiendas y almacenes monumentales; los edificios públicos,
de ladrillo y granito, reemplazarían con ventaja á muchos análogos de
Chicago. Los teatros y café-conciertos alternan con los colegios y las
iglesias de todos los cultos imaginables: episcopal, presbiteriano,
unitario, católico, israelita, etc., etc. En la acera del magnífico
hotel Knutsford, una capilla metodista comparte fraternalmente el
terreno con el Meeting Hall del ejército de salvación. Pero el gran
templo mormón domina la ciudad desde cualquier punto que se la mire:
todos los guías os dirán que su construcción duró cuarenta años y que
su costo pasa de diez millones de dollars ... Todo ello es más fácil de
indicar que el estilo arquitectónico á que pertenece: desde lejos su
masa granítica general y sus torres agudas parecen góticas: vista de
cerca la fábrica, no encontráis una sola ojiva, un haz de columnitas
ni una entrada central: es un baturrillo de pilares y torrecillas
rectilíneas, de arcos romanos y linternas del Renacimiento, con adornos
modernísimos, lámparas eléctricas, _clochetons_ chinescos, piletas
y accesorios del más refinado yankismo,—todo ello coronado por la
estatua colosal del ángel Moroni—hijo legítimo de Mormón—que toca
sin tregua á 222 pies del suelo la larga trompeta recta de _Aída_.
Ocupan otro costado de Temple square el insignificante _Assembly Hall_
y el enorme Tabernáculo, cuya negruzca bóveda elíptica se hincha á la
distancia sobre el mar de follajes como un lomo de ballena colosal ...

Bien, pero ¿dónde están aquellos mormones ceñudos y barbudos, tanto
más austeros por fuera cuanto más indulgentes y refocilados de puertas
adentro? No ha de ser difícil encontrarlos, puesto que, según las
estadísticas, representan más de la mitad de la población, si bien los
gentiles, «por mangas ó por faldas»,—probablemente por mangas,—acaban
de ganarles las elecciones municipales. Después del baño y el almuerzo
en el hotel Knutsford—¡plan americano!—tomo el primer tramway
eléctrico que pasa, tras la vaga esperanza de tropezar con alguna
ceremonia mormónica.

El clima es realmente primaveral; apenas si se siente el calor cuando
se camina al sol ó, de noche, el fresco húmedo cuando no se camina. Por
entre las magníficas alamedas, los trenes de cuatro ó cinco coches,
repletos de pasajeros, se deslizan suavemente, guiados por el hilo
central que prolonga su sonido cromático, como el del viento por una
rendija. Á una y otra parte del camino, las estereotipadas residencias
se suceden, confortables, lujosas, rodeadas de céspedes y flores; se
entreven interiores risueños y cuidados como _homes_ ingleses; en
las galerías entapizadas de enredaderas, algunas mujeres vestidas de
blanco leen un _magazine_, cerca de los niños que juegan ó de los
hombres que fuman, de espaldas en su «rocking-chair», y enseñando á los
transeuntes las suelas de sus zapatos alineadas en la barandilla. Por
momentos, en el gran silencio de las paradas, un piano invisible envía
una ráfaga de acordes. Se respira un ambiente de sanidad y quietud.
Todos los trenes que vuelven vacíos llevan el mismo letrero: TO THE
RACES; y ahora sé que la secta mormona me arrastra ... ¡á las carreras!
Encuentro que esta primera excursión carece de color local, pero acepto
el programa y llegamos al hipódromo.

Me trepo á la tribuna cuajada de espectadores. La concurrencia está muy
mezclada y, naturalmente, es menos elegante que en San Francisco. Entre
los hombres dominan los trabajadores y campesinos, como que es domingo.
Las mujeres también parecen en su mayor parte aldeanas; mal pergeñadas,
pero estrepitosas; casi todas rubias, frescas, con ojos grises y
dientes deslumbradores; algunas «morochas», de aspecto criollo, derrame
probable de California ó Nuevo Méjico. El circo es una pradera, junto
á una laguna azul; y se tiene por delante la coqueta ciudad, con más
árboles que casas, dominada por la falda suave de la sierra Wasatch,
donde se destaca el fuerte Douglas. Son carreras de trote sin mucho
interés. Presto mi programa á una muchacha que apunta las peripecias
con su lápiz. Apuesto contra ella unos cuantos centavos á no sé qué
casaca; gano, y tengo que pronunciar un alegato para demostrarle que
iba á otra casaca, que ha perdido. Al fin la mormonita embolsa mis
«chirolas», y con la conciencia limpia vuelvo á la ciudad.

En el hotel me espera el coronel L., para llevarme al Gran Lago Salado,
donde la población se baña casi todo el año. Esas veinte millas de
ferrocarril, hasta la playa Garfield, son un paseo por entre arenales
y salinas, pero no desagradable, gracias á la pureza del aire y á la
disposición inteligente del tren: una serie de coches abiertos, alegres
y cómodos. Me encuentro ahora entre la verdadera sociedad de Salt
Lake; los hombres, casi correctos; las señoras parecerían europeas
si no llevaran tantos brillantes. Algunas son muy agradables; casi
todas, robustas y esbeltas; con una belleza de cabello y frescura de
tez incomparable; pero su talle de durmiente trae recuerdos desolados
de pampa sin ombú; muchas jóvenes llevan gorros, chalecos y corbatas
de hombre, afectan el desembarazo masculino, y, faltas de verdadera
gracia, no alcanzan sino á parecer muchachos flacos.

Por un largo terraplén y un alto muelle de madera, el tren penetra en
el Lago Salado hasta el pabellón de baños de Garfield Beach. Tiene
realmente el aspecto de un «Mar Muerto», con sus orillas cristalizadas
y los islotes prismáticos que emergen de sus ondas pesadas y plomizas,
tan saturadas de sal, que el menor choque, la arruga de la brisa, las
cubre de espuma blanca. Los botes excursionistas cortan penosamente el
denso líquido que parece estañar sus relumbrantes carenas. Alrededor
del vasto pabellón, los bañistas pululan, hombres y mujeres, con la
mitad del cuerpo fuera del agua, como tritones. Se concibe que, con
un poco de ejercicio, algunos de ellos, pródigamente dotados por la
naturaleza, podrían caminar sobre el agua, renovando el milagro de
Genesaret. Me he bañado esta mañana y no siento el menor deseo de
realizar el experimento; pero comprendo que causaré un gran pesar
al coronel si no me zabullo: cedo, pues, á sus instancias, como el
guillotinado por persuasión. El efecto es realmente curioso: el
cuerpo flota como corcho, y no es posible sumergirle.—Se dice que
la proporción de sal en disolución es de 15 por ciento, cinco veces
más que en el océano y casi tanto como en el lago Asfaltites. Ningún
pez soporta esta saturación; hasta ahora no se ha pescado más bicho
viviente que un langostín cuya carne parece llenar la boca de salmuera.
Algunas bañistas jóvenes, en el umbral de los camarotes, retuercen
á dos manos sus largas trenzas rubias; y sus carnes rosadas evocan
reminiscencias, á la vez mitológicas y culinarias, de infelices
nereidas á quienes Venus, irritada por sus formas «crustáceas»,
transformara en accesorios de su culto «semi mundano»—_en cabinet
particulier_.

En el inmenso restaurant del Pabellón, las familias ocupan las mesas
sin mantel; pero casi todas han traído su _lunch_ en canastos, y los
mozos vagan de huelga alrededor del mostrador monumental. En el piso
superior, una orquesta despabila el salón de fiestas, vasto y desnudo
como un templo metodista; el pino lustroso y flamante relumbra en el
techo, en las paredes, en el piso de _skating_, en los bancos del
circuíto. Las parejas se entregan ingenuamente al vals de tres pasos,
sin detenerse un instante durante veinte minutos, como que el baile
es un _sport_ de reacción después de la ducha. ¡Oh! todo ello sano é
higiénico, sin asomo del «vuelo lascivo» que inquietaba á Hugo, y las
muchachas sin travesura no gastan otra sal que la de los cristales
microscópicos que refrigeran castamente las puntas de su admirable
cabello.

Desde la terraza superior, todavía inacabada, se contempla el lago
entero, cuya tersa superficie de dos mil millas cuadradas, salpicada de
isletas rocallosas, se desenvuelve netamente en su marco de montañas.
El sol se pone tras un escollo negruzco y abrupto: un pico redondeado,
cuya forma humana, rodeada por una nube de blancas aves acuáticas,
remeda á un tostado guerrero africano envuelto en su flotante albornoz.
Hacia la ciudad, doblemente esfumada por las alamedas y el crepúsculo,
las islas de Antélope y Stansbury levantan á tres mil pies sus cumbres
pedregosas, centinelas del valle del Jordán que despliega, bajo el
obscuro velo de la tarde, sus ricas campiñas y alquerías. Y se
recuerda que, hace cincuenta años, el coronel Frémont descubría este
desierto de arena y agua salobre, y, por entre mil penurias, salía de
la boca del Weber River en un bote de seis metros, para plantar la
bandera estrellada en el árido escollo que hoy lleva su nombre y él
llamara la «Isla de la Decepción».

Mr. Ch ... me ha invitado á comer en el «Alta Club», para encontrarme
(_to meet_) con algunos mineros é ingenieros del Utah. Preveo una
ruda tarea, y preferiría una jornada de mula por las altiplanicies de
Bolivia; pero tengo que resignarme á esto y mucho más, si no quiero
asemejarme al sempiterno turista de los hoteles y ferrocarriles. Yo,
que no converso á mi gusto sino con dos ó tres amigos, y me intimido
cuando pasan de cinco ó seis, voy á tener, durante meses, que mezclarme
con gente desconocida, ser «introducido» en los clubs y reuniones
sociales ó caseras, fijar la atención en conversaciones extrañas por
la lengua y la materia, tener que contestar á cumplimientos, brindis,
formular apreciaciones sobre «lo que me parece el país» ... ¡Oh!
terrible programa—que, sin embargo, ¡se llenará!

El club está bien arreglado y lujoso; el servicio más correcto que los
socios. Mis dos amigos, el minero y el coronel, me presentan á derecha
é izquierda: el señor S., ex lord mayor de Salt Lake; un banquero,
tres ó cuatro ingenieros—entre ellos, un italiano inteligente que
ha estudiado en la escuela de Freiberg—y algunos más; todos ellos,
cordiales, abiertos, gastando mucho «humor», que festejo las más de
las veces sin entenderlo. Confieso que no brillo sino por mi modestia
y apariencia de candor. Doy cortésmente la preferencia á los vinos
californianos sobre los franceses, y absorbo,—esperemos que para el
resto de mi vida,—productos variados de _Napa valley_. Pero en suma,
todo eso lo encontraré en el resto de los Estados Unidos; y juzgo para
mí algo ridículo el haber venido á Salt Lake para no asistir sino á
carreras, bailes de casino y comidas de club. Perseguido por mi idea
fija, aventuro algunas alusiones á la secta mormónica y á mi deseo
de conocerla ... Mis «amigos» se ríen; los otros, al pronto guardan
silencio; pero, poco á poco, se desata en toda la mesa una andanada de
burlas y vituperios contra los «Santos del último día», hasta dejarlos
por los suelos, en estado de no ser cogidos ni con tenazas. Percibo
en unos el rencor y el desprecio; en otros, el odio mal disimulado;
en casi todos, algo de esa hostilidad compleja—mezcla de repugnancia
sincera y de envidia secreta—que á muchos cristianos inspiran los
judíos ricos. Se hace para mí evidente que una insuperable valla de
aversión separa á mormones y gentiles. La poligamia, hoy oficialmente
extirpada, pudo ser una causa originaria; no es ahora sino un pretexto
ó una contraseña de enemistad, como el estigma de la circuncisión
contra los israelitas. Descontando las exageraciones, está en la lógica
humana que la secta mormónica haya sido alternativamente oprimida
y opresora, tornándose, de víctima en el Illinois, perseguidora y
despótica en el Utah. Hay hechos numerosos que lo comprueban: el
asesinato del capitán Gunnison y de sus ocho compañeros no es un hecho
aislado, y, además de los actos violentos, está muy patente y á la
vista que el elemento «gentil» se ha infiltrado por endósmosis en
este territorio vedado, contra la voluntad y las resistencias de sus
primeros habitantes.

Trato de desviar la conversación de mis amables huéspedes hacia temas
más amenos para ellos y no menos instructivos para mí. Acerca de las
minas del Utah, recojo datos interesantes. Me sorprende saber, por
ejemplo, que las minas de plata de Park City, que visitaré dentro de
pocos días, cuentan entre las más importantes de los Estados Unidos,
y que el Colorado no tiene compañía más próspera que la de _Ontario
Silver Mining Cº_, de la que mi huésped es superintendente. Al fin
se presenta una ocasión para que abandone mi papel _effacé_ de mero
oyente: un hermano del ingeniero italiano se interesa por la República
Argentina, como tenedor accidental de algunos títulos de Buenos Aires
y Santa Fe. Preferiría que la causa fuera mejor, pero no tengo la
elección, y ensayo en mi inglés todavía muy accidentado, un _outline_
optimista y consolador de la maltratada tierra. El accionista, después
de escucharme atentamente, brinda con convicción por la prosperidad de
Buenos Aires—y de sus cédulas. Y saboreo mi éxito con una copa de vino
californiano «tipo Champagne».

Á instancias mías, el coronel se ha puesto en campaña para hacerme
penetrar en el santuario mormónico; me refiero á la casa del
Presidente, y no al Templo, cuyo interior ningún ojo de gentil ha
contemplado jamás. Ha sido un sitio en regla. Fué la primera paralela
el persuadir á mi _cicerone_ de que mi entrevista con el profeta
respondía á propósitos trascendentales. Y como me objetase que no tenía
relaciones personales con él, le expliqué la maniobra. Era imposible
que un hombre de su importancia no fuera conocido de algún «santo» de
alto copete. «Vamos á ver, entre los consejeros, los doce apóstoles,
los setenta evangelistas, los noventa y nueve sacerdotes (_High
Priests_) y los trescientos obispos ... Puesto el pie en cualquier
escalón se sube hasta arriba: es cuestión de diplomacia ... ¿Acaso no
ha sido usted diplomático?...»

¿No os he presentado al coronel? ¡Oh! es un buen tipo yankee—si bien
un tanto desflorado por el «inimitable Boz» en su _Martin Chuzzlewit_.
Ha vivido en todas partes y ejercido todas las profesiones: es su
especialidad. Es, desde luego, una de las quinientas mil reliquias de
la guerra de Secesión—cuyo servicio es más caro que el sostenimiento
de cualquier ejército europeo. Pero, antes ó después, ha sido
ingeniero, agricultor, químico, cirujano (probablemente dentista),
etc., etc. Estamos en el país de los comodines y chapuceros (_Jack
of all trades, master of none_). Su existencia—que debe de pasar
de los sesenta y cinco—es una larga «bolada de aficionado». Es un
hombrecito todo retorcido y arqueado, que parece construído con duelas
de tonel; aseado, cepillado, condecorado,—primero olvidaría sus gafas
ó su corbata que su roseta de veterano en el ojal,—de una actividad
envidiable é infatigable ¡tan productiva como la de la ardilla de
Iriarte! Discurre de cualquier tema con maestría, excepto del que posee
el interlocutor. Así, con los oficiales del fuerte Douglas le oiré
charlar de todo, menos de milicia; y en las minas, que visitaremos
juntos, elegirá el momento de la zambra más infernal, en medio de los
hornos y cilindros, para completar «en francés» la explicación de
los ingenieros. De un candor esencialmente yankee, festeja durante
dos horas de reloj mis bromas primitivas, tan inocentes como las que
dirigiría á mi Chiche, que tiene cinco años ... Volveré sobre ese
candor americano, rasgo fundamental que no ha sido puesto de relieve,
y suele tomarse por humorismo desenfadado é irónico. Por lo demás,
sincero, complaciente, ilustrado—ó, si preferís, «lustrado» de
conocimientos varios,—tan delicado en su pobreza bohemia, que necesito
gastar sutilezas de sofista para demostrarle que, con acompañarme á
comer todos los días, él es quien me hace favor.—Al oírme poner en
duda sus aptitudes diplomáticas, se endereza vivamente en sus duelas
crurales y me fulmina esta contestación: «¡He sido secretario de
legación en Berlín!... ahí he aprendido el francés». Pensaba que lo
aprendiera en Texas, antes de la incorporación ...

Pero mi causa está ganada. Al día siguiente, muy de mañana, viene á
anunciarme que un oficial mormón me recibirá á las once. Vagamos, entre
tanto, por el barrio de los «Santos», como los polígamos se apellidan
modestamente, poblado de encantadoras residencias y de reliquias
históricas. El coronel me enseña la primera casucha edificada en Salt
Lake; la imprenta del _Deseret News_[23], el principal diario mormón;
las dos moradas de Brigham Young, _Lion House_ y _Bee-Hive House_, que
revelan gustos de sultán advenedizo y burgués; á su lado, una especie
de arco de triunfo, formando una como ojiva cóncava con un águila
explayada en su vértice (_Old Eagle Gate_), conmemora cierta victoria
de la secta sobre las fuerzas federales (_¡Tempora mutantur!_). Al
lado mismo está otra casa del sucesor de Smith, la _White House_, que
era una escuela y se llenaba con la sola prole del santo varón y de
sus diez y ocho esposas. Dos cuadras al este de _Eagle Gate_, un gran
rectángulo de césped, cercado por una verja de hierro, encierra los
sepulcros de la familia Young: cubre la tumba del Profeta una losa
granítica de seis metros cuadrados, lisa, desnuda, sin inscripción.
Brigham Young ya no pertenecía á la humanidad; y el voluntario olvido
de su nombre terrestre, en la ciudad toda llena de él, es un rasgo de
orgullo grandioso, un hallazgo casi genial. Por fin, visitamos el
famoso Tabernáculo: es un inmenso carapacho de gliptodonte puesto sobre
zancas rígidas, y que ocupa en arquitectura el mismo rango que, en
literatura sagrada, el _Libro de Mormón_.

Pero la grotesca armadura tiene 250 pies de largo y ha costado no sé
cuántos millones de dollars: por lo tanto, los guías americanos la
enumeran entre sus dos ó tres docenas de «octavas maravillas». El
interior es un hall desnudo, con bancos para 12.000 oyentes. Sabido es
que la bóveda (casi escribo: bobada) es elíptica: me he convencido,
escuchando el órgano, que el tal refinamiento de bárbaros produce
insoportables resonancias. Los tronos del profeta y sus dos consejeros
ocupan un foco, debajo del órgano; el guardián nos coloca en el otro,
para gozar el prodigio, renovado de Dionisio el siracusano. Oigo,
en efecto, un cuchicheo parecido á un roce de hojas secas; pero mi
compañero, á dos metros, no oye nada, y ha de ser la dichosa bóveda muy
socorrida para los once mil y tantos bobalicones que _ven_ hablar á su
presidente, ¡sin estar en el foco! _¡Wonderful!_ exclama el coronel,
que es ingeniero; y felicita calurosamente al portero como si fuera
éste el constructor.

       *       *       *       *       *

Al fin, penetramos en el antro preliminar: el despacho de a «relaciones
exteriores». Ahí nos recibe un vejete con trazas de faquir, «sólo
largo en talle», como el licenciado Cabra de Quevedo: parece una
caña de pescar, y compadezco á las «mojarras» que pudieran tragar el
anzuelo. Es el amigo del coronel; pero no demuestra gozar de gran
influencia administrativa. Vacila antes de anunciarme á su jefe;
entonces mi compañero interviene con este argumento irresistible:
«¡Cómo! un _gentleman_ que viene desde Buenos Aires para estudiar
vuestra religión!...» Convencido el escribiente, penetra resueltamente
en el cuarto vecino; largos cuchicheos; por fin se nos hace entrar.
El despacho es una pieza espaciosa, llena de mapas y registros, con
aspecto de escribanía y agencia territorial. El «ministro» viste
á estilo de pastor metodista; tiene maneras afables de jesuíta
de saya corta. Ha viajado y exhibe desde luego sus conocimientos
geográficos:—«¿Con que es V. del país de don Pedro?...» El emperador
del Brasil ha dejado en el Utah, como en todas partes, una estela de
simpatía. Formulo mi solicitud, el ministro queda pensativo; pero
mi calidad de «brasileño» vence todas las resistencias, y pasa á la
casa de enfrente para conferenciar. Al cuarto de hora vuelve con
cara satisfecha: _dignus sum intrare_. En el breve trayecto hasta la
residencia «papal», el coronel le manifiesta su agradecimiento en
sentidas frases, y luego me desliza al oído: «¡Farsantes! (_Old dogs!_)
¡Así pudieran ahorcarnos!...»

La mansión del Presidente, rodeada de árboles y flores, no carece de
carácter en su voluntaria y casi diría afectada sencillez: pues, desde
Brigham Young, los jefes del mormonismo manejan millones y dirigen
las empresas comerciales más fructíferas de la región. Entran y salen
mormones de ambos sexos que parecen campesinos. En una antesala,
donde nos hacen esperar, doy por fin con «santos» barbudos. Luego el
coronel me presenta á una brujita vestida de negro, cuya barba y naríz
forman un solo pico—una lechuza con anteojos azules; es una «gran
funcionaria», viuda de un rico judío que, sin duda después de casado,
se hizo mormón. Se comprende que, en ciertos casos, no baste una sola
mujer para la felicidad. Paréceme que la mormona me considera como
á un catecúmeno, pues me explica los progresos de la secta con un
tono de simpatía que me inquieta. Felizmente vuelve el ministro y me
lleva consigo, dejando en la antecámara á mi pobre coronel, á fuer de
«gentil» convicto y confeso. Nueva estación en la secretaría privada,
donde mi guía me presenta á un joven correcto y frio: «Mr. G., ¡un
amigo de don Pedro!» Conservo mi gravedad diplomática, pero empiezo á
divertirme considerablemente.

El salón en que me recibe el presidente Wilford Woodruff, jefe supremo
de doscientos mil creyentes, de cuyas voluntades y haciendas podría
disponer sin encontrar mucha resistencia, nada tiene de muy notable
en sus proporciones ni mueblaje. Alfombra, papel y muebles burgueses;
los retratos vulgarísimos de sus tres antecesores adornan las paredes:
Joseph Smith, el alucinado fundador y bautista del mormonismo, con
su extraño perfil de demente jovial; Brigham Young, el enérgico
organizador de la sociedad y creador de Salt Lake; por fin, John
Taylor, gran propagandista de la doctrina en el extranjero: algo así
como un «Apóstol de las Gentes» que fundara diarios y publicara sendos
editoriales á guisa de «epístolas». Al pronto, en el salón, cuyas
celosías están bajadas, no distingo al grupo apostólico, formado en
el ángulo opuesto, en actitud de recepción diplomática. Además del
secretario, «personaje mudo», dos formidables anabaptistas flanquean
al profeta, desplomado en un sillón curul de estilo Imperio. El más
joven y corpulento, filisteo de unos cuarenta y cinco años, con barba
de escoba y apariencia marcadamente «poligámica», es un hijo de Joseph
Smith, el sacrificado Mahoma de la secta. El otro consejero, más
afinado y complejo, aunque no menos robusto, parecería un diplomático
correcto, á no cargar la tupida y ya encanecida pera del tio Sam. Este
es el gran impresor y librero de Salt Lake; pero las hazañas que
le han hecho famoso se relacionan fisiológicamente con su apéndice
cabruno. Se llama Cannon, y la corte del Utah ha tenido que reprimir
sus incorregibles aptitudes de «revólver», después de una causa
ruidosa, aplicándole la ley Edmunds por _Unlawful cohabitation_. Su
_Vida de Smith_ ha sido escrita en la penitenciaría federal.

El consejero Smith se adelanta cuatro ó cinco pasos; me toma de la
mano y me introduce solemnemente, levantando la voz y recalcando las
palabras importantes: «Buenos Aires ... Brasil ... ¡amigo de don
Pedro!...» El profeta esboza el ademán de levantarse, pero le contengo
apretándole la mano, y balbucea algunas palabras en que el nombre de
mi «amigo» póstumo vuelve con la insistencia de un _leitmotiv_.—El
presidente Woodruff tiene ochenta y seis años; viste de negro y corbata
blanca, con esmero y pulcritud. Es un bello tipo de anciano; una cabeza
á lo Wagner, suavizada y ablandada por la ausencia de genio. Es un
antiguo _farmer_, muy rico, que combina sus funciones sagradas con
otras presidencias industriales y bancarias. Por lo demás, bastante
insignificante aun antes de su vejez.—Después de Brigham Young, que
fué su Jefferson, enérgico y poco escrupuloso, la secta ha entrado
en la vía democrática de los Estados Unidos, que no buscan á los
«grandes hombres» para elegirlos presidentes.—La edad empaña sus ojos
azules; su rosado cutis de anémico y las venas cartilaginosas de sus
manos trémulas revelan la decrepitud. Por sus modales excesivamente
respetuosos sospecho que, en el trasluz crepuscular de la segunda
infancia, me confunde vagamente con su huésped imperial de hace quince
años ... ¡Un profeta me toma por un emperador!... Debe admirar la
sencillez americana de mi saquito gris, que cuenta ya largas aventuras
de viaje. ¡Siquiera llevara mi cinta de oficial de academia! Con
todo, y sin hacerme ilusión respecto de mi frescura juvenil, ha de
encontrarme bien conservado ...

Los acólitos dirigen como con andaderas la conversación titubeante
del pobre anciano: completan, corrigen, componen, concluyen á veces
por hacerle decir lo contrario de lo que intentó. Dos isletas blancas
quedan flotando en ese mar de tinieblas crecientes: la infatigable
propaganda religiosa y el recelo del gobierno federal. Esto se revela
por la prudente reserva ó el optimismo excesivo de las apreciaciones.
He aludido á la riqueza del Utah y de la región californiana; el
Presidente ensaya algunas frases tendentes á demostrar el «lealismo»
nacional de los mormones. Y entonces el anabaptista con trazas de
filisteo empuña el tema, como la clava de su tatarabuelo Hércules, y
sacude palos á derecha é izquierda, acometiendo á los enemigos de la
Unión, á los viles calumniadores que pintan á los Santos como á malos
patriotas ... «Somos americanos como el que más, nuestra divisa es la
de Washington: _¡E pluribus unum!..._» Y así continúa con un ardor de
demagogo y una facundia de predicador ambulante. Visiblemente, todos
ellos me hacen el honor de contarme entre sus futuros prosélitos. El
hombre-cañón aplaude con la pera, y el Profeta repite como un responso
la socorrida fórmula: «_¡Aoh! yes: e pluribus iunum ..._»

Parece que el coronel, en procura de argumentos contundentes, me ha
pintado como un embarrador de papel de una fecundidad exuberante. El
sanhedrín mormónico se interesa por saber si pienso escribir sobre la
religión; y después de mi respuesta afirmativa, al punto la tendencia
propagandista del sectario se abre paso, ingertada en el espíritu
yankee esencialmente anunciador:—«No compre V. libros: le mandaremos
un ejemplar de cuanto se ha publicado sobre la materia».—Quieren que
beba mi convicción en las fuentes más puras. Cumplen generosamente
lo prometido; á la tarde encuentro en mi hotel un respetable cajón
de libros, lujosamente encuadernados,—_Historia del Utah, de Smith,
de Young, de Taylor, el Libro de Mormón_, una docena de «defensas»;
_Mr. Durant_, una estúpida cuasi-novela _de propaganda fide_, etc.,
etc.,—todos ellos con sendas dedicatorias presidenciales.—Yo también,
en mis horas de ocio, he cumplido la promesa de estudiar la historia
y la doctrina mormónica en sus documentos auténticos. No he arribado
á una adhesión, muy al contrario: mi conclusión es enérgicamente
negativa, como podréis verlo por este breve resumen, que acaso complete
alguna vez.



XII

SALT LAKE CITY


II

EL MORMONISMO

Para mi gobierno, atribuyo una importancia que sin duda encontraréis
excesiva á la impresión total que los hombres y las cosas producen en
mí. Tomo el pulso á mi instinto, y sólo después procuro explicarme su
manifestación, siquiera asome tan obscura como irresistible.—Salgo
de esa entrevista, tan atenta y cortés, con un marcado sentimiento
de antipatía. Me pregunto ¿por qué? Analizo, estudio, reflexiono—y
la respuesta de mi sentido recto y honrado es que allí falta la
sinceridad. ¡Oh! ¡distingamos aquí como en otras empresas, entre los
predicadores y los creyentes, entre los promotores ardientes de la
sociedad y el dócil rebaño de los accionistas! Un movimiento religioso
moderno, que no se apoyase en la fe de sus adeptos, se estancaría
muy pronto en la inmovilidad y la muerte. No fundaría nada estable y
sólido, á semejanza de esos ridículos y nómades «salvacionistas», que
reclutan los vagabundos del mundo entero y vienen á ser los gitanos
del proselitismo. Pero los iniciadores del mormonismo han sido meros
impostores. Y era tan grosera la impostura, que sólo en aquellos
Estados Unidos rudos y crédulos de hace medio siglo ha podido ser
acogida y prosperar.

Los tres factores sociales que con desigual energía han cooperado á
la fortuna del mormonismo, venciendo los obstáculos que levantara el
egoísmo material, y sobre todo lo absurdo y vulgar de la doctrina, son
los siguientes: 1º la ausencia de cultura general y de espíritu crítico
(correlativa de lo muy robusto y eficaz del sentimiento religioso),
que hasta ahora, y á pesar de las apariencias contrarias, constituye
la fuerza moral al par que la inferioridad intelectual del pueblo
americano; 2º la escasa densidad de la población y la disponibilidad
de vastos territorios vacantes en el oeste; 3º la laxitud del vínculo
federal, caracterizada por la celosa y, entonces, más que hoy,
preponderante autonomía de los Estados. Conviene tener á la vista estos
tres factores, que he enumerado en el orden de su importancia, para
fallar sobre el porvenir del mormonismo: si ellos subsisten intactos,
la secta cumplirá su cabal desarrollo; si ellos han mermado y tienden
á desaparecer, la secta languidecerá fatalmente, y su absorción por el
organismo nacional será tan sólo cuestión de pocos años.

Encontraréis en todas partes la historia de su origen y rápida
propagación; pero no puede gustarse plenamente el sabor americano de
esta fruta religiosa, sino estudiando en los voluminosos documentos que
me han sido facilitados, los caracteres de la planta y las peripecias
de su crecimiento semisecular. Y no se tenga por asunto de poco
momento: el problema religioso vuelve á ser la cuestión palpitante del
mundo.

Ahora bien, con todas sus deficiencias y vulgaridades, el mormonismo
muestra realizado en nuestro tiempo un experimento completo que,
no sólo suministra indicaciones preciosas acerca del espíritu de
credulidad del pueblo americano, sino que arroja al propio tiempo
vivísima luz sobre el proceso histórico y legendario de todas las
religiones. No puedo, por ahora, hacer más que justificar brevemente
mis conclusiones; pero no abandono definitivamente el tema. Creo
que un estudio substancial y filosófico del movimiento mormónico
constituiría el mejor comentario crítico de tantas historias religiosas
como este siglo ha producido: representaría un cartabón ó marco fiel
para el contraste de aquellas innumerables inducciones, ya tímidas, ya
temerarias, que la simbólica y la exégesis modernas han acuñado, con
dudosa aleación de arte y ciencia, de conjetura y de realidad.

Como entidad religiosa, el mormonismo presenta un conjunto más completo
que el protestantismo—sin que ello importe comparar la Biblia al
_Libro de Mormón_; tiene revelación, milagros, mártires, misterios
y sacramentos, jerarquía eclesiástica, y hasta un embrión de culto
simbólico, adulterado por evidentes preocupaciones materiales: en
suma, todos los elementos y todos los ingredientes de una iglesia
establecida. El organismo es, lo repito, de aspecto vulgar, de
concepción grosera y factura primitiva, pero vivificado y ennoblecido
por la fe robusta de sus adeptos. Se parece á una moneda fiduciaria
cuya garantía de emisión, con ser una quimera, fuese por todo un
pueblo aceptada firmemente como un valor positivo: provisionalmente,
la ilusión tendría el poder representativo y la plena eficacia de la
verdad.

«La letra mata y el espíritu vivifica». La letra del mormonismo era,
en efecto, de una torpeza tan enorme y caricatural, que hubiese
bastado á matar en su germen la tentativa, á sembrarse en cualquiera
otra comarca de mediana cultura intelectual.—Un pequeño campesino del
Vermont, ocioso y desequilibrado, con la cabeza llena de visiones y
profecías, después de indigestarse de lecturas bíblicas y embriagarse
de _revivals_ sectarios, concibe hacia 1820 el pensamiento de una
nueva religión. Nosotros, gente de imaginación ponderada y contenida
por el guardalado de la crítica social, clasificamos la idea entre
las que conducen más ó menos directamente al manicomio. Hay, desde
luego, una parte de exactitud en el diagnóstico. Los retratos de Joe
Smith—con su cráneo dolicocéfalo de impulsivo, su perfil huyente y la
extraña hilaridad comunicativa del conjunto—reproducen una fisonomía
de iluminado tangente á la imbecilidad, y con pasaje ya tomado para la
provincia de Megalomanía. Todos sus contemporáneos y no convertidos
vecinos mencionan su ignorancia y estupidez (_stupidity and illiterate
character_). Es muy posible que la abierta válvula de su profetismo
impidiera la explosión de la demencia, desviando al alienado latente
hacia el _jocrisse_. En todo caso, su personalidad forma contraste
cabal con la de su sucesor, el carpintero Brigham Young, el verdadero
hombre de la secta, que fué el sólido empresario de las colonias
religioso-comerciales: capaz de hacer frente á todas las dificultades
y conflictos de una organización social; muy poco dado á visiones
apocalípticas, y tan celoso de la multiplicación de los accionistas
como de sus dividendos. Este fué quien sustituyó el título de «Profeta»
por el de Presidente, más adecuado á su papel y á su ambición. Puede
admitirse que las primeras alucinaciones de José Smith fuesen «reales»
es decir, patológicas. Un ángel, llamado Moroni, «le aparecía como
una luz y se disipaba como un humo», después de anunciarle que Dios
le había elegido para revelar al mundo el «evangelio eterno»—el cual
se encontraba escrito «con caracteres egipcios, caldaicos, siriacos y
árabes», sobre unas planchas de oro, enterradas en la vecina colina de
Cumorah. Junto á la caja preciosa, hallaría Joe un par de anteojos de
diamante, que le permitirían leer la traducción del sagrado texto.

La imaginación inculta teje su red maravillosa con los elementos
que halla á su alcance, á manera del ave que construye su nido con
la paja y las fibras de las cercanías. Un gaucho argentino describe
la «salamanca» de los brujos, figurándose su lujo inaudito como una
mezcla de tienda y pulpería. Los accesorios maravillosos de Smith
no eran sino materiales de su profesión. Más que agricultor, él era
un «cateador de tesoros» (_money-digger_); mitad vagabundo, mitad
charlatán, hacía el oficio de zahorí, descubriendo minas ocultas con
sus gafas de _seer_, ó bien señalando los manantiales subterráneos con
la conocida vara de avellano. En cuanto á la composición del _Libro
de Mormón_, punto de arranque de la propaganda, fué tarea laboriosa
y compleja: una verdadera rapsodia compilada en cinco ó seis años de
correrías por el New York y la Pensilvania. La lectura de la Biblia y
la asidua frecuentación de los _revivals_ religiosos le suministraron
el núcleo doctrinario; la parte histórica fué extraída de una extraña
novela de Spaulding, acerca del supuesto origen hebraico de los
indios americanos, de cuyo manuscrito Smith tuvo conocimiento.—Para
destruir esta aserción, los modernos sectarios no han hallado mejor
procedimiento que publicar ellos mismos el pretendido manuscrito de
la novela, descubierto por un Mr. Rice, mormón de Honolulú; y en la
misma historia oficial que me han regalado, se «demuestra» la completa
diferencia de uno y otro texto, ¡confrontando una página del _Libro
de Mormón_ con otra página del _Manuscript Story_ de Spaulding! Esta
exégesis polinésica recuerda la argumentación del reo de marras, que
quería aniquilar la declaración de dos testigos oculares, trayendo él á
cincuenta «que no le habían visto» ...

Bajo pretexto de traducción, el _Libro de Mormón_ fué elaborado
pacientemente con la cooperación de dos ó tres personajes, más tarde
famosos; el incauto Harris, quien, además de escribiente, fué el primer
socio capitalista de la sociedad; el maestro de escuela Cowdery, el
pastor Parley Pratt y el orador Sidney Rigdon: he ahí los verdaderos
autores de las varias obras de doctrina y propaganda que llevan el
nombre del inculto vidente Smith. Sabido es que no hay nada más fácil
que la imitación exterior de la fraseología bíblica. Por lo demás, el
_Libro de Mormón_ es una compilación indigente é indigesta, en que la
soldadura de los extractos bíblicos con las lucubraciones novelescas es
visible y puede tocarse con el dedo. En mi vida he acometido lectura
más tediosa. Los mismos nombres propios forjados son generalmente
extraños á toda fonética oriental. La «innobilidad» de su origen no
ha perjudicado al éxito de la doctrina, pero ha trascendido á toda su
evolución ulterior: el mormonismo ha quedado grosero, como nació; y sus
producciones más recientes, bajo el esmero de la ejecución material,
conservan el mismo sello de repugnante charlatanismo y de baja
fabricación. Sucede exactamente lo contrario con el sansimonismo, cuya
nobleza primitiva y valía intelectual inspiran respeto: pero esto mismo
ha sido el primer obstáculo para su popularidad. Las mismas palabras lo
indican: el pueblo es el vulgo; un éxito popular es una vulgarización.
Ahora bien, no existe vulgo más vulgar que el de los Estados Unidos.
Los yankees conquistarán el mundo: es asunto entendido; entretanto,
son todavía lo que de ellos ha escrito Schopenhauer: los plebeyos de
la humanidad. De ahí el éxito del _Libro de Mormón_, y sobre todo de
la doctrina predicada, que rebajaba la religión al nivel de todas las
inteligencias y de todos los apetitos.

Como doctrina y culto, el mormonismo carece por igual de elevación y
de originalidad. Sería un simple plagio del cristianismo primitivo,
si la adulteración de algunos principios no lo tornase una parodia de
aquél. Su _Credo_, redactado por el apóstol Pratt y proclamado por
Smith, admite la Trinidad, el bautismo por inmersión, la remisión de
los pecados por la penitencia y la imposición de las manos; el dón
de profecía é interpretación de lenguas, el reino final de Cristo en
la tierra y la restauración de las tribus de Israel; la organización
de una jerarquía eclesiástica; por fin, los artículos recientes de
su profesión de fe contienen un acto de acatamiento para con las
autoridades constituídas, añadiendo una declaración de respeto por
las «virtudes sociales»—la castidad, inclusive—lo que significa un
certificado público _de vita et moribus_ que se otorgan á sí mismos los
interesados ...

Pero, aun antes de la proclamación dogmática de la poligamia, es
necesario ver en los textos apostólicos lo que realmente se oculta
debajo de esos artículos de fe, para convencerse de que no es
el mormonismo, como lo dije, más que la disparatada parodia del
cristianismo. Su trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
está constituída en realidad por dos hombres inmortales y un fluido
esparcido ¡análogo á la electricidad! El Padre y el Hijo revisten
cuerpo; comen, beben, tienen mujeres, en medio de una corte de elegidos
que viven como ellos. La «salvación» es la entrada en esa vida
inmortal de banquetes y amores libres, que parece un _tippling-house_
del paraíso de Mahoma. Cristo ha tenido ya una resurrección después de
su muerte; pero cumplirá otras dos ... José Smith, que no miraba mucho
más allá de su propia existencia—«¡después de mí el diluvio!»—había
fijado para 1890 la próxima venida de Jesucristo. Los mormones actuales
tratan de hacer olvidar la malhadada fecha; pero no pueden destruir
todos los textos ya impresos; se contentan con omitir la cláusula en
las nuevas ediciones. Desde 1890 debía comenzar el reinado efectivo y
corporal de Cristo en Salt Lake, el cual duraría mil años; la tierra
sería un inmenso jardín, «surcado de ferrocarriles y telégrafos»,
con casas de oro y piedras preciosas, donde los gentiles seríamos
los sirvientes de los «Santos del último día». Todas esas torpezas y
locuras, además de las que omito, representan el ideal de un artesano
yankee, exaltado por la lectura de la Biblia y embriagado por los
reclamos charlatanescos de una prensa para emigrantes famélicos, que
coloca el fin de la civilización en la riqueza, la hartura física y la
enormidad material.

El evangelio nuevo se encontraba á nivel de esas poblaciones de
_pioneers_ enérgicos é incultos. Se propagó con la rapidez de un
incendio en la pradera. En 1830 Smith dió principio á su misión,
convirtiendo á cinco miembros de su familia; algunos años después
predicaba delante de veinte mil adeptos. Los ataques violentos, las
persecuciones del populacho, atraillado por las sectas rivales,
producían el efecto del viento en la quemazón: lejos de apagar el
entusiasmo, duplicaban su ardor. Cuanto más grotescos y ridículos
fueran los sermones de Joe, más absurdas sus visiones y profecías,
tanto más eficaz era la propaganda. La naciente asociación satisfacía
á la par los dos sentimientos cardinales del alma americana: la
intensidad de la aspiración religiosa y la energía del espíritu
positivo y práctico.

El mero hecho, en efecto, de acometer un territorio virgen cualquier
grupo laborioso y disciplinado traía inmediatamente la abundancia y la
prosperidad. Suponed que diez mil familias, vinculadas por un espíritu
de confraternidad y absoluta obediencia á dos ó tres jefes ambiciosos,
se establecieran en el río Negro ó en Misiones, en grupos compactos y
abnegados, dispuestos para el trabajo y el sufrimiento: en diez años
transformarían el desierto en un distrito exuberante de riquezas. Los
jesuítas lo consiguieron en parte, en sus reducciones de la América
española; pero no eran allí sino el Estado mayor europeo de un ejército
indígena; además no podían «crecer y multiplicar», al igual que estos
polígamos sometidos voluntariamente, y _ad majorem Dei gloriam_, ¡á una
organización tan fuerte como la jesuítica!

Los progresos anuales de la secta le permitían ya desprender enjambres
por el oeste, en el Ohío y el Missouri. Cerca de Independence, en el
condado de Jackson (Missouri), fundaban la «Nueva Sión», desbordándose
en los condados vecinos de Clay y Lafayette; invadían los condados
de Portage, Carroll y Lake en el Ohío; fundaban en Kirtland bancos,
manufacturas, un templo que costó 41.000 dollars y fué dedicado en
1837. Arrojados del Missouri por el odio y la envidia del populacho,
creaban á Nauvoo, en la frontera de Illinois, cerca de la confluencia
del río Des Moines y el Mississipi: en pocos años la soledad se
convertía en un «sitio de abundancia y riqueza» (_an abode of plenty
and richness_). Las mieses y el ganado cubrían las campiñas; los botes
cargados de pasajeros y mercaderías surcaban el gran río; las anchas
calles se llenaban de edificios públicos y residencias. Se erigió un
templo sobre los planos de Smith, que el arquitecto «gentil» encontró
tan absurdos como complicados; pero el Profeta tuvo una consulta con
el Señor, quien declaró que el mamarracho le parecía _¡all right!_—Se
enviaban misiones de reclutamiento á Europa, África, Palestina, y
afluía una inmigración más numerosa que selecta, cuyos desórdenes
fueron la causa ó el pretexto de la creciente hostilidad de la
población. Smith obtuvo para Nauvoo y su territorio carta de distrito
libre, y gobernó su «teo-democracia» con el absolutismo de un rey
oriental, cuya poligamia practicaba ya aunque no era todavía un dogma
promulgado.

No parece dudoso que en esta época (1843) la exaltación mental de
Joseph fuera un pródromo del delirio de las grandezas. Trataba con
risible altivez á los prohombres de Washington, exigía de Clay y
Calhoun declaraciones categóricas acerca del mormonismo; concluyó por
lanzar su propia candidatura presidencial. Su despotismo doméstico
acarreaba la defección de algunos adeptos importantes, que descorrían
el velo de una conducta muy poco profética. Esas discordias intestinas
atizaban el odio instintivo ó interesado del populacho. Se produjeron
denuncias graves; el gobernador del Illinois, pasando por sobre las
franquicias otorgadas, dictó auto de prisión contra el profeta y sus
consejeros. El 27 de junio de 1844 la cárcel fué asaltada y el profeta
asesinado. Era ya tiempo para la secta y la misma carrera extraviada
del reformador. El crimen de la canalla transformó al loco en mártir de
su religión.

Fué elegido Brigham Young, contra las pretensiones, al parecer
fundadas, de Sidney Rigdon, á quien se excomulgó. Pero Brigham Young,
que tomó el título desde entonces definitivo de Presidente, era el
hombre del momento: _the man for the hour_. El rudo carpintero,
cual otro zar Pedro, era el único capaz de dominar esos elementos
rústicos, salvando la institución por la disciplina y la energía.
Comprendió, desde luego, que la posición no era defendible y, después
de inaugurar el nuevo templo, lo abandonó todo y preparó sin descanso
la expatriación.

El éxodo cruel comenzó el 4 de febrero de 1846: millares de familias
cruzaron el Mississipi congelado. Detalle que hace estremecer las
entrañas: en esa primera noche de frío terrible, bajo la lona de las
carretas, once criaturas vieron la luz. ¡Ay! ¡miseria profunda del
rebaño humano! En carros, á caballo, á pie, con el ganado que se
pudo salvar, la caravana se abría camino por las nevadas llanuras y
los desiertos del Iowa. Pasó el invierno, más breve que el odio de
los hombres; en junio, la vanguardia, conducida por el mismo Young,
divisó el Missouri; los pájaros cantaban en las sabanas cubiertas de
flores; y los indios omahas, menos despiadados que los cristianos del
Illinois, recibieron con bondad á los proscriptos. Allí se detuvieron
algunos meses, en Council Bluffs,—que es hoy una encantadora villa y
la estación convergente de las líneas del oeste con la _Union Pacific_.
Algunos peregrinos cruzaron al pronto el Missouri y levantaron sus
casuchas en la opuesta orilla, delineando la que es hoy ciudad de
Omaha, con 150.000 habitantes, y aspira á ser, con Kansas City, la
rival futura de Chicago ... Evocaba estos recuerdos melancólicos en la
tarde de verano en que pasé el puente del Missouri, para ir á esperar
el tren en la estación vecina. Y no pretendo que esta evocación sea del
mismo orden artístico que la de Chateaubriand en el valle de Esparta ...

Volvió el invierno cruel con sus vientos y sus escarchas; los fugitivos
tuvieron que cavar cuevas en los _bluffs_ (barrancas) que sustentan
hoy pintorescas residencias. Al fin asomó la primavera de 1847, y con
ella aparecieron los emisarios que Young enviara, cual otro Josué,
á explorar la nueva tierra de promisión: uno de éstos era el actual
presidente Woodruff. Después de otras semanas de fatigas, el valle del
Utah fué divisado desde las montañas del este.—Todavía tenían por
delante muchos años de sufrimiento y escasez, antes de transformar
ese yermo poblado de indios y azotado por mangas de langostas, en el
terrestre paraíso que he descrito. Para soportar esas penurias y,
finalmente, vencer en la lucha con los hombres y la naturaleza, no eran
suficientes la fibra del colono americano y el temple del _settler_
aventurero. Fué necesaria la energía indomable y siempre renaciente,
que infunden en el alma humana la fe religiosa y la confianza en
un Dios tutelar. Diez años después, el Utah era el territorio más
rico y floreciente del país: contaba ochenta mil mormones en el
solo valle, fuera de un número mayor en el resto del mundo y que se
sentía atraído á la nueva Sión. El triunfo del «Evangelio eterno»
parecía asegurado: el gobierno de Washington lo sancionaba, nombrando
á Brigham Young gobernador político del territorio que era su obra
y creación.—Entonces visitó Salt Lake el francés Rémy, cuyo libro
optimista no tiene hoy más importancia que haber inspirado á Taine un
estudio profundo y magistral, como todo lo que ha salido de su pluma
soberana.

Después de cuarenta años transcurridos lo visito á mi vez, pero es
para comprobar que todos los progresos materiales, antes iniciados por
obra del mormonismo, se han llevado á término contra su influencia
decreciente. Al día siguiente de su conquista, la población mormona
quedaba estacionaria, en tanto que la inmigración «gentil» crecía
en número y poderío, hasta triunfar en las últimas elecciones
municipales.—¿Qué había sucedido? ¡Oh! muy poco en la apariencia: un
pequeño hecho «moral», que pudo tenerse por insignificante en ese mundo
de emigrantes y cazadores de dollars. En cuanto se sintiera aislado
del resto del país y soberano absoluto en su valle perdido, Brigham
Young había promulgado el dogma de la poligamia que, por su cuenta,
practicaba concienzudamente. Como una lepra moral, el virus disolvente
se infiltró en el organismo robusto, hasta secar la misma fuente de la
vida. La poligamia que esterilizó al Islam ha paralizado el desarrollo
mormónico.—La piedra angular del edificio social es la familia; y no
hay familia, en el augusto sentido de la palabra, allí donde la mujer
se halla rebajada por la promiscuidad, y el hogar santo se prostituye
en harém. Bastó la ley de Edmunds, que castigaba la cohabitación
repugnante del gineceo, para rebajar la pretendida religión mormónica
al nivel de un concubinato vergonzante. Se han visto los jefes de la
secta obligados á exhibir en público, y ante un tribunal de «gentiles»,
el estigma clandestino de su carne. Y demostróse claramente lo que eran
esas «esposas espirituales» de los sacerdotes, cuando el viejo Young,
que ya tenía diez y ocho mujeres «legítimas», para negar una miserable
pensión alimenticia á otras desgraciadas ¡tuvo el cinismo sórdido de
probar que eran ya casadas y, por lo tanto, meras concubinas suyas!

Suscitáronse luego las causas escandalosas de Cannon y otros pontífices
de la poligamia, y el ridículo enterró al dogma que la vindicta legal
había herido de muerte. Á medida que el Utah se abría al progreso
material y moral, tuvieron los mormones que refugiarse más y más en
su templo cerrado á los «profanos», huyendo como aves nocturnas ante
la luz. La poligamia ha matado al mormonismo. La población disidente,
que aspira legítimamente á constituir un nuevo Estado autónomo,
persigue la expulsión del elemento cuya presencia es un obstáculo para
su emancipación del gobierno federal. Los mormones ya preparan una
emigracion á Méjico, á las islas Hawai, donde tienen fuertes colonias:
realizarán su último éxodo, pero sin la fe ni la energía de los pasados
días. Los factores que antes enunciara, como cooperadores del éxito,
se han debilitado ó vuelto adversos. Como el islamismo, y por la misma
causa íntima, el mormonismo es el «hombre enfermo» de que habla la
diplomacia europea al discutir la cuestión de Oriente: sólo que la
agonía de éste será mucho más breve, como que ha sido mucho menos larga
é importante su evolución histórica.

       *       *       *       *       *

La última tarde que pasé en Salt Lake me ha dejado una impresión
extraña é indeleble. Con mi inseparable coronel L., fuí á visitar el
fuerte Douglas, donde el regimiento 16º de infantería está acuartelado.
Es cosa visible que, para la parte culta de la población, la presencia
de este cuerpo de línea es doblemente penosa: por los recuerdos de
pasadas represiones que evoca, y la situación de mero territorio, que
las bayonetas federales acentúan. El fuerte domina la ciudad desde
la falda de _Wasatch Range_; el paraje es tan ameno cuanto eficaz
la posición estratégica. El camino, por el tramway eléctrico, es un
paseo encantador entre quintas y alamedas. Al paso que se trepa la
colina, el horizonte se ensancha hacia el oeste; la altura y la hora
refrescan deliciosamente el ambiente. En las cercanías de la esplanada,
los oficiales casados ocupan bonitos chalets llenos de plantas y
flores; la intendencia y la enfermería son residencias campestres; la
«villa» del coronel, con sus dos pisos y doble _verandá_, rodeada de
jardines, ocupa un ángulo de la plaza, en que circulan los coches
de los paseantes. La tropa maniobra en el glacis cercado de árboles
y césped; el uniforme obscuro y los cascos de punta remedan los del
ejército alemán; pero la vida casera ha espesado á los oficiales, que
afectan vanamente la tiesura germánica: sudan y se fatigan durante sus
inocentes contramarchas de una cuadra. Esas tropas de línea parecen
milicias territoriales, casi compañías de bomberos voluntarios. El jefe
veterano asiste paternalmente á la parada desde un banco del paseo.
Oigo un doble grito de sorpresa, y veo á mi propio coronel precipitarse
en los brazos del otro[24]; éste se vuelve luego hacia mí y me sacude
la mano con energía: _¡very glad, all right!_ ... Y en tanto que esas
ruinas fraternales pasan lista de sus compañeros de armas, ausentes ó
difuntos, contemplo embelesado el valle pintoresco que se desenvuelve á
mis pies.

La masa entera de la ciudad se funde en una niebla azulada; las
oleadas del follaje obscuro circundan los edificios casi invisibles;
las torres de las iglesias y las chimeneas de las fábricas yerguen
sus pirámides agudas y sus tallos rígidos, simbolizando materialmente
la fe y el trabajo: las dos fuerzas hermanas que han cumplido la obra
de la civilización. El orgulloso Templo mormón está cercado y como
acometido por veinte capillas disidentes, tan varias de estilo como de
creencias, pero unidas en un solo propósito hostil. El lago Salado,
estrecho y terso como una hoja de acero, se alarga de norte á sur,
semejando el islote de Cattle la empuñadura de ese alfanje que el sol
poniente hace centellear. Un cañonazo da la señal de arriar la bandera
que flota en el mástil de la esplanada: delante del regimiento formado
y los oficiales que lo saludan, el estandarte rojo y blanco desciende
lentamente á lo largo de su driza, con no sé qué religiosa solemnidad.
Designando las estrellas de plata en campo azul, que representan á
los Estados, murmuro á media voz: _Falta una ..._ El jefe endereza la
cabeza, me toma del brazo y, alargando hacia Salt Lake su bastón de
inválido, me contesta: «Estará dentro de poco: _¡befor long!_ ...»

Ahora el sol se ha ocultado detrás de la Sierra Nevada; el crepúsculo
triste desciende en la colina; el regimiento vuelve á su cuartel,
precedido por la música ya lejana que toca la _Marcha de Sherman_,
ensordecida por la distancia cual por el tiempo que nos separa de
la evocación. En esta soledad casi augusta, el himno marcial y bien
ritmado, que sé de memoria desde San Francisco, me trae recuerdos
de lecturas y como ráfagas de esas victorias sangrientas que fueron
también triunfos morales. El golpe de audacia del general Sherman,
cortando sus comunicaciones con el norte para cruzar la Georgia
confederada sobre un espacio de 250 millas y buscar el mar, es un
hecho de guerra de primer orden; pero, ante todo, significa para la
historia el aniquilamiento definitivo del funesto espíritu separatista,
el predominio y la salvación de la nacionalidad, la cauterización
necesaria, si bien dolorosa, por el hierro y el fuego, de la llaga
vergonzosa y secular de la esclavitud ... Tomo del brazo á mi pobre
viejo coronel retirado, que ya no me parece ridículo, y, bajando con
él la esplanada del bastión, repito con extraña emoción los versos del
canto popular, cuya música apagada nos llega aún en el silencio de la
noche:

  _So we sang the chorus from Atlanta to the sea,
  While we were marching through Georgia..._



XIII

CHICAGO

I

OJEADA RETROSPECTIVA AL KALEIDOSCOPIO


Acabo de recorrer el librito de apuntes en que, diariamente, durante
cuatro meses de aclimatación chicagoense—apenas interrumpida por
breves excursiones á los Estados cercanos—he reflejado algún aspecto
fragmentario de esta prodigiosa «Porcópolis», como la llaman aún sin
cortesía algunos rezagados: con su atronadora Exposición universal,
sus cosas y sus gentes, sus pompas colosales y sus obras pelásgicas.
Son doscientas páginas de mi letra menuda: notas instantáneas,
independientes, y muchas veces contradictorias, que se estrujan y
codean sin conocerse, á manera de la compacta muchedumbre que hormiguea
por esas cuadras de _Wabash Avenue_,—sin más rasgo común que la
absoluta despreocupación del estilo y la sinceridad evidente, casi
diría la exactitud fotográfica de la impresión.

Allí encuentro esbozos de descripciones, perfiles de tipos forasteros
y «domésticos», como aquí se dice; trizas de diálogos, cogidos al
vuelo callejero ó pescados con caña paciente en el dormido estanque
de un salón; croquis de escenas conmovedoras ó burlescas,—rápidos
bosquejos de cuadros que acaso no pintaré jamás. Reviven para mí en
promiscuidad caprichosa—de efecto cómico tanto más irresistible cuanto
menos intencionado—las extrañezas y los contrastes de esta sociología
fenomenal, elemental. Una visita á los corrales (_stock-yards_) se
inserta entre dos congresos científicos ó literarios; un examen en la
Universidad después de un mareo en la Bolsa; asisto á una procesión
cívica, empavesada de cintas y banderas, bruscamente cortada por los
carros de bomberos que vuelan al segundo incendio cotidiano, y que
sigue luego su marcha de opereta, por entre la cencerrada estridente
que acompaña las charangas de la manifestación. Me veo presentado,
en el hall de Lexington Hotel, al socialista Henry George, por un
monseñor católico cuya sobrina es _type-writer_ en mi imprenta, y,
después de una interesante conversación, nos separamos los tres sin
saludarnos.—He anotado excursiones al «Lado norte», que comienzan en
los elevadores de trigo sobre el río, se continúan en los colegios
y la biblioteca de Newberry—¡pobre, pero honesta!—para rematar en
Lincoln Park; y otras excursiones al sud, tan numerosas éstas que
ocupan la mitad del libro, como que van, no sólo á la exposición,
sino á casa de casi todos mis amigos. Cuando no por la vecindad de la
página, los contrastes se acentúan por la asociación de las ideas: una
función religiosa en un templo presbiteriano, donde un _self-made_
tenor despelleja los _Rameaux_ de Faure, evoca una rapsodia teatral
llamada _Old Homestead_, en que otro ex-barítono acaba con lo que ha
quedado de la infausta melodía. Un repórter del _Daily News_, literato
de buen jarrete que vuela en biciclo por esos empedrados—_¡Musa
pedestris!_—jadeante, salpicado de barro hasta la nuca, me transporta
al salón de la novelista Mrs. Hartwell Catherwood: no por parecerse
ambos escritores, sino por ser allí donde le conocí, noches pasadas,
declamando versos de gran etiqueta en traje sentimental. El apunte de
una exhibición en el circo de Buffalo Bill, cuajado de espectadores
entusiastas, revive el recuerdo de Hooley’s Theatre, donde Coquelin,
delante de media sala, alcanzaba un _succès d’estime_; ó del Music
Hall, donde la excelente orquesta de Thomas arrojaba á cincuenta
oyentes de lance las margaritas de la sublime Sinfonía en _la_. Asisto
en Michigan Avenue al desfile de los carruajes, con caballos de sangre
y lacayos de librea, que se abren paso tranquilamente por entre los
grupos de anarquistas que vociferan delante de la estatua de Colón:
allí mismo se desarrollará el indescriptible «carnaval» de Chicago
Day, que llevó setecientos mil mirones á la feria;—y, algunos días
después, el mismo pueblo curioso é indiferente llenará las veredas
para ver pasar el entierro del lord mayor asesinado ...Así, hoja por
hoja, día por día, se suceden ante mi vista y mi imaginación las
escenas fugitivas. El apellido ilustre de Armour encabeza dos páginas
cercanas; en la una, como salchichero colosal; en la otra, como
apóstol de la educación. La inmolación cotidiana de cinco mil cerdos
le ha dejado cincuenta millones, la erección de un gran colegio le ha
costado dos: saldo acreedor, cuarenta y ocho millones—y, además, el
diploma de benefactor de la humanidad. Compruebo dolorosamente que
ambas instituciones no son igualmente populares: en el _Packing-House_
quinientos visitantes asisten con emoción á la metamorfosis maravillosa
y casi instantánea del cuadrúpedo gruñidor en conserva alimenticia;
pero estoy solo en el _Armour Institute_ para admirar los ascensores y
tapices, los mármoles y cristales, los salones suntuosos, á cuya luz
eléctrica ochocientos alumnos de ambos sexos aprenden un poco de todo,
desde la cocina hasta el griego, desde la costura á máquina hasta el
cálculo integral—fuera de un curso libre de _flirtation_ que no figura
en el programa.

Las reflexiones morales no son menos diversas que los rasgos
pintorescos: tropiezo con gritos de admiración y de sarcasmo casi en
la misma página; al principio, sobre todo, antes de la aclimatación,
la rechifla es casi continua: lo incompleto, insuficiente y grosero
de esta civilización mecánica y al por mayor exaspera mis nervios
latinos. No soporto esos manoseos, pisoteos y perpetuos rozamientos
de paquidermos indiferentes: el mayoral que me golpea en el hombro,
el policeman que me agarra del brazo, el forastero que me pide datos
á distancia de cuatro metros, sin mirarme antes ni después. Otros mil
rasgos de cada hora, de cada minuto, me mantienen en cierto estado de
irritabilidad, probablemente exacerbado por el clima brutal, y esa
repugnante atmósfera de fragua que lo ensucia todo, ataca luego los
ojos y la garganta, estampa en gentes y cosas su sello de vulgaridad.
El frac de los mozos negros me inspira repugnancia por el frac: allí
están, bullendo en el gran comedor de Palmer-House, agitando sus
cuatro aspas de ébano en una desordenada coreografía de _minstrels_,
tropezando en las sillas, rompiendo vajilla, cumpliendo á pedir de boca
yankee su fantástico servicio, que remeda no sé qué bámbula «macabra»
de chimpancés mal domesticados. _¡Oh! ¡my!.._ En los teatros, la
inepcia del espectáculo es superada por la estupidez del espectador. En
el _smoking-room_ de algunos grandes hoteles hay un mozo encargado de
distribuir á cada recién llegado un pedazo de leña: es para que en la
hora solemne de la digestión, cuando los zapatos se alinean en el borde
de la vidriera que mira á la calle, fumadores y mascadores se dignen
esculpir con su navaja el palillo, y no los brazos del sillón: pero
prefieren el sillón. Etcétera, etc.

Pero, he aquí que tropiezo con rasgos distintos, fielmente consignados
por el observador imparcial. En esa baraunda de gentes que me codean
rudamente por las veredas, se me cae un papel, y un transeunte que
pasaba como una flecha se detiene para alcanzármelo; en la esquina
de _State_ y _Monroe Streets_, un pobre ciego quiere cruzar la calle
cuajada de tranvías, carruajes y muchedumbre: una señora le toma
del brazo; el policeman, Josué con casco de corcho, levanta la vara
de justicia, y se detiene el Jordán hasta que la pareja gana la
otra orilla. En un tranvía abierto, un _cablecar_ que lleva ochenta
pasajeros para cuarenta asientos, reniego contra mis vecinos que,
con sus cuatro pies que parecen ocho, me han pisoteado, estrechado,
reducido á una forma de anchoa; una mujer da un grito: _¡thief!_ y tras
del ladrón que se desliza como anguila por entre el gentío compacto de
_Van Buren Street_, el conductor y mis dos insoportables vecinos ya
«pegaron» el brinco y echaron á correr; al medio minuto reaparecen;
el uno trae el dollar arrebatado, el otro remolca al _pick-pocket_
agarrado del pescuezo, que da pataleos de conejo hasta caer en poder
del robusto policeman; ni la mujer da las gracias, ni los sabuesos
voluntarios reclaman sus asientos ya ocupados ...

Una corriente profunda de fraternidad humana circula por bajo de la
áspera superficie. Esta misma aspereza está hecha de energía y de
pasiva conformidad; así en lo principal como en la accesorio, la doble
fibra torcida se muestra en su desnudez. Ya se trate del deber ó del
placer, bajo el sol de plomo ó la lluvia helada, hombres y mujeres van
adonde resolvieron ir. Un estorbo detiene un coche: nadie prorrumpe
en esas griterías inútiles y grotescas que tanto acostumbramos.
Dos carruajes pueden engancharse y desengancharse, faltando el
acompañamiento obligado de dicterios soeces, sin cuya doble salva los
cocheros parisienses creerían faltar á su misión. Y así, lo repito, en
lo grande como en lo pequeño. Entre cien rasgos anotados, he aquí dos
más, tomados al acaso.

En un recibo de Mrs. H. Palmer, «la reina de Chicago», estoy
conversando en un rincón con el hijo del senador B ...; se acerca
á darme la mano un pobre filólogo eslavo que ha venido desde no sé
qué aldea danubiana, para disertar en el Congreso de lingüística
¡sobre el alfabeto cirílico! El digno sármata calza botas enormes,
viste una hopalanda de mugik y conserva en la mano un gorro bordado
que enternece. No habla inglés, ni francés; fuera de sus lenguas
sabias y de los dialectos nativos—que le son tan útiles aquí como un
billete del banco de Belgrado,—se expresa en un mal italiano dálmata,
mechado de germanismos. Entramos juntos en el suntuoso salón: la
bella «presidenta», estrepitosa, constelada de perlas y brillantes,
más resplandeciente que una custodia, nos tiende la mano, sin marcar
diferencia entre el correcto Mr. B ... y el pintoresco danubiano,
que la contempla como á su _panagia_ ortodoxa. Ella le habla inglés,
francés, sin éxito apreciable; hasta procura juntar algunas migajas
de libreto italiano, desparramadas en su memoria: _molto piacer,
benissimo, buona sera_ ... Hace lo que puede; está encantadora, y su
chapurrado gracioso vale una gramática.—Debo agregar que, á cuatro
pasos de nosotros, el padre de la diosa, viejo corsario comercial
encallado en la costa, sigue su _chewing_ sin disimulo y parece
encontrar que el salón de su hija está mal dotado de salivaderas ...

He pasado la velada siguiente en casa de una pobre profesora de
elocución del Conservatorio. Tiene veinte años, es instruída,
inteligente, honrada; cruza en todo tiempo por esas calles desiertas
de un barrio nuevo; trabaja el día entero para sostener á su madre,
á su padre anciano, á un hermano menor: acepta esa existencia de
sacrificio sin perder una sonrisa. Me enseña inglés con una paciencia
y un desinterés que me embarazan, mostrándose muy agradecida cuando
le regalo un libro, una butaca de teatro, una pieza de música. Gana
ochenta dollars por mes con sus lecciones, y su ajuar de todo el
verano se ha compuesto de tres vestiditos para la calle y uno de lujo
para los recibos, pues pertenece á la mejor sociedad. Esta noche, sin
embargo, está estrenando otro de tres ó cuatro dollars; no disimula
su ingenua alegría: «¿Cómo me sienta _my new dress_?» Le sienta á
maravilla. Á las diez, interrumpe la explicación de _Julio César_,
que recita con talento yankee, es decir con habilidad aprendida, para
atarse un delantal blanco y preparar el chocolate. Me grita desde la
cocinita contigua: «¡Lea Vd. en voz alta el discurso de Mark Antony,
le corregiré!» Pero la madre aprovecha la coyuntura para enseñarme una
crónica del _Chicago Herald_, en la que se elogia líricamente á su hija
á la par de la millonaria miss B., por una comedia que han desempeñado
juntas en una función de caridad.

Ved ahí dos notas diferentes, pero ambas por igual significativas,
y que se apartan notablemente de las que un turista europeo puede
coleccionar entre su hotel y la Exposición. Hay muchas otras; la
siguiente, por ejemplo, que no transcribo sin un estremecimiento.—He
asistido á la quemazón completa, en tres horas, del _Stock Pavilion_,
en la Feria: con heroica locura, cuarenta bomberos se han arrojado
al quinto piso, donde el fuego había estallado. La construcción de
madera, llena de aceites y materias inflamables, arde como una caja de
fósforos: cuando quieren volver, impotentes y desalentados, la llama
voraz les cierra el paso. Han trepado por la escalera interior que se
derrumba, calcinada; no hay tiempo para que lleguen las escalas de
la estación más inmediata: todo salvamento es imposible. La multitud
apiñada prorrumpe en un clamoreo desgarrador, al ver á los hombres que
se descuelgan en el vacío, aplastándose en el suelo como racimos. El
calor es insoportable, nuestras frentes chorrean; pero me parece que
algunas gotas que corren en nuestros rostros pálidos no son tan sólo de
sudor. Las astillas ardientes llueven en las cabezas; nadie se mueve,
petrificado por el horror; se percibe por instantes el jadeo de diez
mil pechos. Pero se levanta un grito más terrible que los anteriores,
un potente mugido de bestia herida que hace correr por mi carne un
escalofrío: un capitán y tres hombres más han aparecido en la cúpula
ya vacilante, esperando el desplome fatal, y allí, en un _moritari_
sublime, saludan al pueblo que aclama su agonía ... No pretendo que no
haya existido cuadro más patético: digo que no lo he visto jamás ...

       *       *       *       *       *

Y ahora, la atroz nota burlesca, que en esta mísera tragedia
humana nunca está lejos de la nota sublime: en los intervalos de
ese silencio coagulado por el terror, llegaba, desde el otro lado
de la calle, la música salvaje del Dahomey, en _Midway Plaisance_
...—¡Midway-Plaisance! la faz exótica, carnavalesca é intérlope de la
ya tan abigarrada Exposición: con sus casas de té chinas y sus palacios
moriscos de contrabando, sus bazares indios y japoneses de mala ley,
sus bayaderas orientales que hablaban el francés de Montmartre; sus
orquestas húngaras, turcas y africanas; su calle del Cairo sospechosa,
su _Old Vienna_ dudoso, y su café tunecino que no dejaba lugar á
dudas ... Ha sido la faz socorrida y productiva de la Feria,—¡la que
«pagaba», según repetían los miembros del Comité central, con su fino
gusto y elevado sentido de la civilización!

Ironía impremeditada: en mi cartera estos últimos apuntes alternan con
los relativos al «Parlamento de las religiones», que celebraba sus
sesiones en _Art Palace_—una «Escuela de bellas artes» inverosímil
que, con sus yesos del comercio, vulgares y ennegrecidos, y sus copias
de museos por _misses_ aficionadas, forma la base de la enseñanza y la
iniciación estética de la juventud.

Allí fraternizaron, en el mismo tablado, delante del mezclado público
que llenaba el cobertizo de _Columbus Hall_, hasta hacer crugir los
tabiques de pino (¡estamos en _Art Palace_!), representantes conspicuos
de las principales religiones del orbe, con el objeto de reconocerse
mutuamente: atestiguando así ante el mundo, ó la igual vaciedad de
todos los dogmas oficiales, ó su igual legitimidad,—ó quizás ambas
cosas á la vez. Arzobispos católicos, obispos anglicanos, pastores
de todos los rebaños protestantes, rabinos judíos, bonzos y lamas
budhistas; hombres, mujeres y neutros de las innumerables sectas
americanas, que pululan en el cadáver del cristianismo como los
gusanos en un organismo putrefacto: todos se saludaban, cantaban y
rezaban juntos; predicaban sucesivamente con éxito igual en todas las
lenguas conocidas, despachaban su _boniment_ inglés con los veinte
acentos distintos del imperio británico. El obispo ortodoxo Dionysios
se inclinaba ante la elocuencia del Hon. Pung Quang Yu, de Pekín; el
obispo católico de Brooklyn, de levita negra y corbata con alfiler,
felicitaba á la sacerdotisa budhista, miss Jane Serabji, de Bombay;
monseñor d’Harlez, de Lovaina, aplaudía á la judía miss Lazarus,—á
quien sus predecesores hubieran dedicado un auto de fe; en fin, para
abreviar la procesión: todos los parásitos de la credulidad humana
firmaban, en ese andamio de teatro ambulante, la paz oportunista de las
viejas sectas enemigas,—y el ilustre cardenal Gibbons, con su cara
de asceta _politician_, encabezaba la farándula del «amor libre» en
materia de religión.

Habré de volver en alguna forma sobre ese _World’s Parliament of
religions_[25], que para mí evoca recuerdos alejandrinos, y en el cual
he visto diseñarse claramente, no el fin de la religión inmortal, pero
sí la incurable caducidad de los cultos establecidos, que abdicaban
allí sus dogmas fundamentales y repudiaban su historia secular.

Hace más de un siglo que nos pagamos de frases huecas y sustantivos
sonoros: civilización, progreso, tolerancia religiosa, etc. Si esos
ministros de las iglesias son creyentes, no han podido ser sinceros.
Aquello de «tener la fiesta en paz» no es principio religioso,
porque, desde luego, no es principio. La razón es tolerante; pero
la intransigencia es la esencia misma de la fe. No nos atrevemos
á confesar que nuestra tolerancia es un pseudónimo de nuestra
indiferencia. Para la Iglesia, el _modus vivendi_ es un síntoma claro
de no poder vivir; y este nuevo consorcio universal ha sido precedido
por el divorcio secreto de cada secta con su creencia particular y su
dogma sagrado.—Más lógicos en el absurdo encontraba á los «liberales»
ingenuos que, en el vecino «Hall de Washington», escalera de por
medio, atacaban la libertad de ser budhista ó luterano; ó aquellos
inefables «evolucionistas» de afición que, después de hacer mesa
limpia de toda divinidad, evolucionaban proclamando á Darwin dios y á
Spencer profeta,—del propio modo que en el drama de Shakespeare, la
plebe romana quiere que Bruto sea su segundo César por haber matado al
primero.

Así, se agitaban sectas y corporaciones, con el rumor y la eficacia
de un enjambre de moscas encerradas en una botella; en tanto que más
allá, en su Babel de diecinueve pisos, los convencidos francmasones,
estos orfeonistas del libre pensamiento, exhibían sus inocentes
jeroglíficos, su bandas complicadas de cabalismo infantil, su blancos
mandiles que parecen baberos, sus afiladas llanas de acero, ¡que sólo
han revocado el aéreo castillo del Gr.·. Arq.·. del Un.·., y son más
inofensivas que el sable de Prudhomme, más vírgenes que una espada
de diplomático!—Por eso, cuando, entre dos sesiones del congreso
_pan_-religioso (¡oh! sabiduría de las palabras!), salía á recorrer
las barracas de Midway-Plaisance, respirando la fresca brisa del lago
Michigan, parecíame por momentos que estas procesiones y contorsiones
carnavalescas, eran en otra forma apenas más exótica y caricatural,
la continuación de la pieza interrumpida en el Art Palace; y, así
como no fuera aquélla más que el remedo farisáico y la explotación
del sentimiento de lo divino, eternamente arraigado en el alma
humana,—tampoco eran estas groseras exhibiciones más que la parodia
soez de la poesía oriental, el disfraz de la libre existencia de la
tienda y del aduar en el desierto ilimitado, ó del pintoresco vagar de
las tribus cazadoras á la sombra de sus selvas primitivas.

       *       *       *       *       *

Pero un montón de ladrillos no es un edificio, y mil impresiones
fragmentarias no equivalen á una síntesis. Cuesta muy poco,—fuera
del meritorio esfuerzo físico—pasear por campos y poblaciones el
aparato fotográfico que fija instantáneamente el aspecto superficial
de las cosas. Comparad, por ejemplo, en la obra francesa más reciente
y voluminosa publicada sobre los Estados Unidos, la parte ilustrada
y descriptiva, casi siempre irreprochable, con la indigencia de las
reflexiones y el candor de la crítica[26]. En todo grupo organizado
hay dos ó tres fuerzas primordiales, ideas y sentimientos, de los
cuales todos los accidentes externos no son más que la manifestación.
Aunque fuera posible describirlo todo,—obras materiales, instituciones
políticas y costumbres sociales,—los millares de impresiones
instantáneas y vistas de detalle podrían multiplicarse indefinidamente
sin equivaler á una explicación del conjunto.

Las descripciones son superficiales, mientras la explicación es
interna. _¿Por qué?_ He ahí la fórmula concisa y formidable del enigma:
la dificultad real comienza con el tránsito de la fotografía á la
disección. He sido periodista, como todo el mundo; sé cómo se escribe
al correr de la pluma y al espejear de la impresión momentánea; no me
hubiera costado transcribiros, en forma poco más ó menos correcta, los
apuntes de que he citado algunos fragmentos. Con menos gracia en la
forma é intrepidez en la afirmación, podía intentar lo que ha realizado
el poeta Bouchor: describir, en «tres días» de permanencia, Chicago y
su exposición, sin conocer á nadie, sin saber una sílaba de inglés—con
el ridículo enorme de oir pronunciar en todas partes _Tchicago_,
con pretendida afectación sajona, cuando es la única palabra (con
«Michigan») cuya pronunciación local sea más suave que en francés.
Pero ¿para qué venir de tan lejos con el fin de probar que un burlón
suele, á las veces, tornarse más cómico que las cosas de que se burla;
demostrando una vez más que el consonante nada tiene que ver con la
idea, y que puede cantarse como un canario, pensando como un ruiseñor?

No pretendo realizar descubrimientos, ni tengo por seguro que el
meditar mis palabras me libre del error. Pero el contraste que siento,
entre la facilidad de redactar notas corrientes y la dificultad de
formular una conclusión, me revela á las claras la diferencia de una y
otra empresa. Por el esfuerzo que un resumen general me cuesta ahora,
después de cuatro meses de observaciones, me doy cuenta de que la
relativamente larga preparación, lejos de ser superflua, no ha sido aún
suficiente. Percibo, además, por la lectura de mis propios apuntes,
que no sólo el espectáculo cambiaba, sino también el espectador.
Insensiblemente, el observador ha ido mezclándose más y más con los
actores, hasta moverse con éstos en el escenario y asimilarse por días
su manera de vivir. Después de dos meses, consignaba sin exclamaciones
de sorpresa los programas más extraordinarios é imprevistos. Me había
incorporado al desfile popular, en lugar de estudiarlo desde mi ventana
de _Michigan Avenue_. Había vivido plenamente en la atmósfera local,
observando el panorama en compañía de los nativos, y comprobando la
distancia de las idiosincrasias por la diferencia de la reacción. Que
sea execrable una pieza de teatro, no es materia de mucha consecuencia;
el dato de que un público entero la aplauda con frenesí y se conmueva
en los episodios más grotescos, es ya un indicio atendible; pero lo
profunda y realmente significativo, es que nuestro compañero—americano
inteligente y de buena fe—defienda con entusiasmo y buenas razones la
bárbara exhibición ...

Para cualquier viajero, una sociedad nueva es un río que corre
entre campiñas ignoradas. Ahora bien, ese río no está únicamente
caracterizado por su masa de agua, sino también por las riberas que la
contienen. ¿Qué vale más, entonces, para conocerlo cabalmente: ser una
piedra inmóvil que divide la corriente, ó bien una astilla suelta, «una
caña pensante» que flota sobre las ondas, sigue su curso sinuoso y mira
devanarse á uno y otro lado las cambiantes orillas?



XIV

CHICAGO

II

LA CIVILIZACIÓN DEL OESTE


La primera impresión que Chicago produce, es la de una armonía perfecta
entre la ciudad y su exposición;—refiérome, por supuesto, á la faz
americana, la única importante y significativa. La criatura ha sido
hecha á imagen y semejanza del creador; y por eso, siguiendo la bíblica
reminiscencia, el pueblo entero de los Estados Unidos «la ha encontrado
buena».

Desde el período preliminar de conflictos gubernativos, sobre la
designación del sitio mejor para la feria, Chicago parecía señalado
«por decreto nominativo de la Providencia». El delegado Bryan batía
en brecha, ante el comité del Senado, las pretensiones rivales de
Nueva York, Washington ó Saint-Louis, con el desembarazo irónico del
sujeto que asiste á una extracción de lotería, teniendo el número
premiado en su bolsillo. El «Demóstenes del Illinois» (_sic_)
prodigaba al Esquines yankee, el honorable Depew, las rechiflas y
sarcasmos, las arrobas de salmuera ática, inmolándole finalmente en el
_packing-house_ del patriotismo. En su arenga ultrapintoresca, podía
ahorrarse las buenas razones, porque tenía los votos, es decir, la
suprema razón.—Chicago es actualmente la ciudad más «representativa»
de los Estados Unidos. Nueva York, Filadelfia, Boston y otras grandes
agrupaciones del este ó del sur, superiores por muchos sentidos,
que llamaré «europeos», á la «Reina de las Praderas», pertenecen en
cierto modo al pasado; por otra parte, San Francisco y quizá Omaha,
la toldería india del Missouri que tiene ya 150.000 habitantes, no
puede aspirar sino á la preponderancia del porvenir. Chicago es el
presente, el «todopoderoso presente», como dice el Tasso de Goethe. Es
el emporio del Oeste, de la región inmensa adonde convergen ahora los
esfuerzos del coloso advenedizo y audaz. Dada tan rápida evolución, la
relativa antigüedad de la Nueva Inglaterra constituye una especie de
nobleza que, para los inmigrantes del Michigan, revela un síntoma de
vejez.—Sin duda, el árbol apenas secular sigue creciendo de su base á
su copa; pero en la parte inferior, la más compacta y sólida, el lento
desarrollo es menos sensible: allá arriba, junto á las frondosas ramas
recientes, cargadas de follajes y nidos, es donde estalla el asombroso
tumulto de la vida juvenil,—y no parece que el tronco cercano al suelo
tuviera más función que soportar la cima exuberante y transmitirle la
savia destilada por la raíz. Tan evidente está ello, que un botánico
de la flora social hallaría en lo excesivo y anormal del desarrollo el
anuncio casi certero de la próxima caducidad; porque es el tiempo un
factor de velocidad uniforme que con idéntico paso mide el comienzo, el
medio y el término de la vida en un mismo organismo, y no hay infancia
breve que corresponda á una larga madurez. Ese filósofo se sonreiría,
sobre todo, ante los «cálculos alegres» de los estadísticos locales,
poseídos del delirio de las gorduras, y que descuentan el porvenir
aplicando candorosamente al desenvolvimiento indefinido de su pueblo,
las leyes excepcionales que han favorecido su primera edad.

Pero el Oeste no se preocupa de botánica, ni de ciencia alguna que no
encuentre su aplicación inmediata en el _business_. Vive, trabaja y
crece al día: muy poco le interesan las consecuencias de plazo largo.
Acomete cualquier empresa con la doble palanca de la ignorancia y de
la fe; y como la palanca está manejada por un brazo formidable, el
éxito es casi seguro, á despecho de todas las previsiones. Despilfarra
sus fuerzas con la insolencia y la inconsciencia de la juventud. Se
burla de las elegancias y pretensiones europeas de Nueva York y de la
pedantería de Boston, con esas risas de _clown_ que encubren mal la
envidia secreta. Pretende seriamente arrebatar á Washington su puesto
de capital, sin sospechar que puedan significar algo las tradiciones
nacionales y los recuerdos históricos.

Las cualidades más salientes y los defectos más abruptos del pueblo
americano se acentúan en el Oeste como al través de un lente convexo.
Lo que es el Este respecto de Europa, Chicago lo es respecto de
Nueva York. Por eso tenía que ser elegida para teatro de la colosal
exhibición. Á pesar de todo, no vuelve de su sorpresa la advenediza
metrópoli. La «Feria universal» queda el punto culminante de su breve
historia. Á ningún reporter exaltado le ocurriría, antes y después de
una fiesta análoga, designar á Londres, París, ni siquiera Amberes ó
Filadelfia, con el invariable apellido de «Ciudad de la exposición»:
ello se asemeja demasiado al método de los campesinos, que computan
sus fastos con referencia á una comilona ó al estreno de su levita.
Hace tres años que, para sus periodistas y oradores, Chicago no es sino
la _World’s Fair City_; tengo sobre mi mesa dos gruesos volúmenes con
este título. La etiqueta ha quedado adherida á sus ahumadas paredes.
De ahí la doble importancia sociológica, así de la agrupación estable
como de su apéndice accidental. La ciudad explica la Exposición y está
completada por ésta, constituyendo el conjunto un retrato tan fiel y un
resumen esquemático tan exacto de los Estados Unidos actuales, que de
antemano ellos compendian, si no suplen, el examen directo del resto
del país.

       *       *       *       *       *

Las dos primeras veces que visité el _Anthropological Building_, quiso
la casualidad que me acompañara, ya un americano del norte, ya otro del
sur. Dicho se está que en ambos casos el chorro de alabanzas fué tan
continuo cuanto universal; con todo, las manifestaciones del primero
fueron bastante más moderadas y discretas que las del segundo: ante
el lujo de enormidad que caracteriza esta Feria, el entusiasmo del
_South American_ no conocía límites. Pero el rasgo que más llamó mi
atención fué que uno y otro, apenas entrados, atrancando por sobre
las interesantes colecciones etnográficas del salón principal, me
condujesen derechamente á la exhibición zoológica del piso alto, y
allí, por entre todos los bichos y sabandijas de esa arca de Noé, me
plantaran estupefacto delante del mamut restaurado y empellejado por un
profesor de Harvard. Justificando y compartiendo el entusiasmo de mis
_ciceroni_, un compacto círculo de curiosos depositaba sus homenajes á
los cuatro pies del _Elephas primigenius_, voluminoso representante de
una raza proscripta. Hay que decir, por otra parte, que el digno fósil
llevaba con modestia su gloria póstuma.—¡Pobre compadre viejo! Parecía
más envarado que nunca en su confección de lance, espolio probable de
algún moderno paquidermo en disponibilidad. Todo en él revelaba un
esbozo informe de la naturaleza en sus primitivos tanteos. Figuraos
la exageración caricatural del elefante contemporáneo, que ya provoca
la risa con ese no sé qué de grotescamente infantil, incorporado á su
desmedida estatura. En el mamut, el vacilante bosquejo orgánico se
presenta desproporcionado hasta la parodia. Su esqueleto remeda el
andamio de la forma animal; un tupido vellón negro forma copete sobre
su cuero espeso, y una larga melena suplementaria acolcha todavía su
viga vertebral; los interminables colmillos se retuercen en volutas de
cuatro metros, incómodos é inofensivos; los ojillos porcinos parecen
estrechados aún por el peso de la trompa elástica, que se cree ver
oscilar á manera de monstruosa sanguijuela; la torpeza desmañada y
como tímida de la grupa en declive remata humildemente en un rabo
vergonzante; y la masa entera, encogida y recortada en demasía, debía
de hamacarse pesadamente sobre sus dos pares de pilares desiguales y
macizos, que parecen llevar pantalones de picote, y traen el recuerdo
de esos borricos de mojiganga hechos con dos hombres acoplados. Este
formidable catafalco tenía cuatro muelas tamañas como un adoquín, que
le servían para triturar hojas y yerbas. Más indefenso que un conejo,
en razón misma de su enormidad, tenía que sucumbir, desecho gigantesco,
en el combate vital de las especies. Murió de resfriado, como un simple
uistití, no obstante su sobretodo de pieles, quedando atascado en los
pantanos del período glacial.

Sobre no ser raro,—pues las capas de sus huesos fósiles se explotan
industrialmente por todo el Norte,—ese coloso bonachón no debiera
inspirar gran interés: es un simple elefante negro. El secreto de
su popularidad reside en sus proporciones descomunales. «Mammoth»
es el símbolo yankee de la magnificencia, de la grandeza, de la
belleza natural y artística. De ahí su éxito incomparable ante las
caravanas de los mineros del Colorado, rancheros del Nebraska,
manufactureros del Este, agricultores del Centro y del Sur, que vienen
á palpar la realidad de lo que sólo conocían por figura retórica: es
el propio _sustantivo_, en lugar del adjetivo vago que encuentran
día á día en sus gacetas, plantado como un penacho luminoso, al
fin de cualquiera descripción delirante de su incomparable país.
Montaña ó concierto, caverna ó discurso, edificio ó manifestacion:
con decir que es _mammoth_, está definida la especie y colmado el
_bushel_ de la admiración. _Mammoth_ es el Niágara, lo mismo que el
Capitolio de Washington; _mammoth_, el Auditorium y la pieza que en
él se representa; _mammoth_, el matadero de Armour y el mismo Mr.
Armour. Fuerza ó riqueza, éxito ó bancarrota, estadística de cerdos
beneficiados ó de libros impresos, dimensiones de una obra de arte ó de
un discurso: todo se mide con ese mismo tablón de roble; y Bartholdy,
el escultor _mammoth_, es el único artista que los Estados Unidos
nos envidien.—Ahora bien: Chicago es por excelencia y definición la
verdadera y genuína ciudad _mammoth_.

No tomaréis, lo espero, esa comparación por una broma prolongada,
un chiste de estilo cuaternario. Tan importante y seria me parece
la noción, envuelta en la imagen por el mismo pueblo suministrada,
que la juzgo suficiente para explicar el carácter genérico de
esta civilización, no más excesiva y gigantesca que incompleta y
provisional. Esta noción primordial, cimiento y _substratum_ del
edificio colectivo, así como de los particulares, de las obras
materiales y de las instituciones, lo propio que de las costumbres
y de los gustos dominantes, se reduce en el fondo á considerar esta
civilización como _primitiva_.

La calificación tiene aspecto de monstruosa paradoja, tratándose de un
país cuyas instituciones políticas y adelantos materiales le colocan,
para la inmensa mayoría, á la «vanguardia del progreso»,—para emplear
la fórmula sacramental. La evolución de los Estados Unidos se está
cumpliendo en condiciones tan anómalas, tan diferentes de las que
podemos estudiar por la historia; el monstruoso experimento que, con
acopio de los materiales é instrumentos extraídos de su propio seno,
ha realizado Europa en esta América, produce resultados tan repentinos
y grandiosos, que la misma creadora retrocede estupefacta ante su
criatura y no está muy distante de desconocerla, exclamando: _¡prolem
sine matre creatam!_

Sería excesivo pretender que todo ello sea mera apariencia. Hay algo
más que una apariencia en la ley de acomodación al medio y á las
condiciones de vida, según la cual se desarrollan ciertos órganos
antes atrofiados, y se atrofian otros antes primordiales, para
producir las variedades y acaso las especies zoológicas. Pero, en los
límites actuales de la observación, no hay circunstancias ambientes ni
selección natural ó artificial que haya cambiado un ave en un mamífero;
ni se dice tampoco que cualquier acumulación de fuerzas é influencias
propicias pueda suprimir las leyes de esa biología histórica, que
llamamos ahora sociología: anteponiendo en un siglo—¡en un día!—una
colonia á su metrópoli, haciendo dar brincos á la naturaleza uniforme y
eterna (_natura non facit saltum_), y suceder, casi sin transición, la
plena madurez de un organismo político á su reciente sección umbilical
de la madre patria.

       *       *       *       *       *

La ilusión de que hemos sido víctimas ha sido sustentada por dos grupos
de impresiones distintas. Por una parte, el espectáculo grandioso
de un crecimiento sin ejemplo nos hacía olvidar que era también sin
precedente la acumulación de tantos elementos de actividad en campo
ilimitado y propicio: de suerte que, casi indiferentes ante los
factores, reservábamos para el producto inevitable nuestra exclusiva
admiración. Por otra parte, el positivismo moderno que, á impulso de la
marea democrática, preocúpase más y más del aspecto exterior y material
de la civilización y de los terribles problemas sociales que la plétora
de población hace surgir, tenía que sufrir la fascinación de este mundo
joven, naturalmente más robusto y feliz que el antiguo. Esa ilusión ha
dominado el cuadro, así de las observaciones más superficiales como
de las investigaciones más concienzudas. Las primeras se detenían
en las exterioridades; las segundas se absorbían en los accidentes
fragmentarios: unas y otras confundían los órganos accesorios con
la esencia, la médula espinal de la civilización. Por eso ha venido
repitiéndose casi sin discordancia que los Estados Unidos tenían ya
resueltos los problemas políticos y sociales de la humanidad, cuando en
realidad están sólo en vísperas de verlos planteados.

Órganos accesorios y meros instrumentos, verdaderos valores fungibles
de la civilización, son todas esas aplicaciones industriales que los
pueblos modernos se prestan y devuelven en incesante intercambio,
gracias á lo instantáneo de la propagación universal. Las naciones
contemporáneas son vasos comunicantes: todo lo que es masa líquida y
corriente, capaz de transmitirse sin evaporarse, ó desprovisto de
forma rígida y sello original, se difunde íntegro por el vasto sistema
donde se establece un nivel común; y la cuenca más dilatada acopia el
caudal mayor. Pero el cristal sublime de la belleza queda adherido á
su fondo; el espíritu divino del genio queda flotante sobre las aguas
y no se deja canalizar. Los mismos ferrocarriles y telégrafos surcan
la Europa, el Asia y la América, pero la creación artística permanece
incrustada donde ha nacido, y en su propio manantial circunscrito es
donde hay que beber la inspiración.

«Toda nuestra dignidad está en el pensamiento». La palabra de Pascal
es una verdad eterna, después como antes de los inventos de Edison,
que es americano, ó de Graham Bell, que era escocés. Y, seguramente,
el discurridor sagaz de la carretilla y de la máquina de calcular[27]
estaba en situación conveniente para hablar con cierto desdén de
cuanto no fuera—en el orden intelectual—arte, ciencia pura ó
filosofía.—Ello significa, en términos más breves y más latos, que
la civilización es ante todo un estado mental y una superioridad
moral. Puede el vulgo detenerse ante las manifestaciones materiales y
secundarias; para un hombre que piensa, esta es la cuestión: ¿en qué
reside _irreductiblemente_ la diferencia existente entre un mandarín
chino y un europeo cultivado? No es en la habilidad manual, ni en el
acopio de nociones prácticas, ni en el aparato casi equivalente de
la vida material, sino en lo que uno y otro piensan y sienten. La
escala ascendente de la barbarie á la civilización está formada por
estos pies derechos paralelos: la inteligencia colectiva,—ramificada
en la ciencia progresiva, en el arte impulsivo y original, en
la concepción cada día más vasta de las leyes del mundo; y la
moralidad,—caracterizada por el predominio creciente del altruísmo
sobre el egoísmo animal, que va dilatándose de la familia á la patria
y á la humanidad, y se levanta desde el bajo nivel de la conveniencia
propia, hasta la región del deber absoluto y la esfera, para el vulgo
inaccesible, del heroísmo desinteresado y de la abnegación. Por el
peldaño que ocupan los pueblos en esa escala de Jacob, y no por el peso
y número de sus herramientas, es como deben clasificarse; del propio
modo que, en la escala zoológica, la fuerza y la agilidad, la agudeza
de los sentidos y la aptitud perfectible de una especie cazadora, pasan
antes que la habilidad maquinal é invariable de un castor.

El rango que ocupan estas agrupaciones noveles en punto á moralidad;
lo que han venido á ser entre sus manos advenedizas el matrimonio,
la familia, la patria, la religión, el concepto del deber y de
la solidaridad humana,—y en una esfera más humilde, la buena fe
comercial, la confianza práctica, el respeto de la verdad más
externa y, por decirlo así, tangible, tendré ocasión de manifestarlo
en páginas subsiguientes. Me basta por ahora comprobar que en la
marcha intelectual de la civilización, el contrapeso más y más
acentuado del Oeste ha coincidido con un descenso proporcionado al
incremento material. Hace cincuenta años—antes que Cincinnati ó
Chicago existieran como rivales posibles de Boston ó Filadelfia—la
tímida incorporación, la iniciación de los Estados Unidos en el
movimiento intelectual europeo era una esperanza y una promesa. Tenían
oradores que reflejaban el brillo incomparable de la tribuna inglesa;
historiadores que trataban asuntos de interés universal, empleando los
métodos y el estilo de Macaulay y Thierry; novelistas que alcanzaban
la nota personal, siquiera fuese afectada y mórbida; un filósofo que
perseguía la originalidad en la imitación y llegaba á ser la luna de
Carlyle; poetas de la escuela lakista ó germánica, un tanto exangües y
rezagados ... Pero, al cabo, Webster, Calhoun, Prescott, Poe, Emerson,
Longfellow eran nombres de notoriedad europea. ¿Cuántos se registran
hoy en el libro de oro del pensamiento?

En la ciencia pura acopian, glosan, observan hechos menudos, ó
parafrasean las teorías de afuera; en la ciencia aplicada tienen
cinco ó seis grandes invenciones utilitarias y un hallazgo genial—el
fonógrafo. Admitamos que sobresalgan en los descubrimientos de
inmediato resultado industrial, en los que obtienen la sanción
del _Patent Office_. En las artes bellas, son imitadores dóciles,
meritorios algunos, desgraciados los más, todos subalternos. La
democracia igualadora en el orden intelectual produce la uniforme
mediocridad. Sus diarios son innumerables, idénticos por la impresión,
el estilo, el fondo, la información y la vulgaridad. En sus palacios
educativos, tienen los mejores muebles é instrumentos, los programas
más completos, los procedimientos más racionales; á ellos concurren
las generaciones escolares sin distinción de origen, sexo ni color:
todos ellos saben leer, escribir y contar—como en la China—sin las
distinciones de casta de las petrificaciones asiáticas. El resultado es
la imposibilidad de producir un hombre de genio durante su medio siglo
de pleno desarrollo; de suerte que los inmensos Estados Unidos pesan
mucho menos en la balanza del pensamiento puro y activo, generador de
la civilización, que la diminuta Bélgica. Es que la civilización, lo
repito, marcha á impulso de un grupo selecto que domina la muchedumbre,
elaborándole de tiempo en tiempo nueva substancia pensante y emotiva:
una aristocracia intelectual. Una democracia práctica y absoluta,
como ésta, significa exactamente lo contrario; su nombre lo dice: es
la tiranía de la muchedumbre, ó mejor dicho, es ahora el predominio
creciente de este grosero Oeste que representa su «izquierda radical».

No olvido por un momento que estoy observando la porción más adventicia
de un pueblo joven, recién entrado en el escenario histórico. Con
todas mis reservas para el presente, no he modificado aún mi fe en
su porvenir: creo que un principio fecundo está fermentando en sus
entrañas y que del caos nacerá la organización. Pero la hora actual,
decididamente, no le pertenece. Para los que saben juzgar después
de ver, el gigantesco bazar de la Exposición ha demostrado que su
momento no ha llegado aún. Volviendo, para corroborarla, á la fórmula
empleada en páginas anteriores: de los dos aspectos del mundo—voluntad
y representación—me parece que el pueblo yankee no refleja sino el
primero con potencia y eficacia, como lo pensé y dije al salvar su
frontera; y esto, por otra parte, es más que suficiente para interesar
al observador. Ahora bien: pueblo joven, nuevo, robusto, ingenuo—es lo
que quiero significar al llamarle «primitivo».

¡Oh! ¡se entiende que no lo asimilo al Pelasgo ni al Aymará! Ninguna
formación sociológica moderna puede aislarse de la influencia general;
está bien evidente que el transplante de una rama europea en un
continente nuevo, pero abierto á la comunicación, no puede producir
más que una variedad del tipo originario. La «primitividad» de los
Estados Unidos es singularmente compleja. Tenemos, desde luego, al
elemento central de la colonia inglesa, cuya contextura sólida soportó
sin disgregarse la incorporación de las capas cosmopolitas, hasta muy
entrado el presente siglo. Éstas mismas, aún antes de la segunda
generación, sufrían al incorporarse una modificación profunda, la
cual, bajo la acción persistente del medio y de los hábitos comunes,
tendía á uniformarlas. Ahora bien, la _uniformación_ de componentes
tan diversos por la raza, la lengua y la clase social significaba una
_transformación_, más ó menos completa según fuera su procedencia ...
Se está viendo nacer la variedad social, casi étnica. Puede decirse,
no obstante, que, hasta mediados del siglo presente, la preponderancia
del tipo colonial se había mantenido. La civilización del Este
quedaba dominante, y lograba asimilarse sin mucho esfuerzo la masa
inmigratoria. Políticamente emancipada, la antigua colonia aceptaba
todavía la situación de tributaria de la Europa industrial y sobre todo
intelectual. Todo ha cambiado en los últimos treinta años. El núcleo
colonial ha sido atacado por los elementos adventicios: ya no está
envuelto, sino disuelto en la masa común.

No ha llegado aún á mi noticia que los historiadores nacionales ó los
observadores europeos hayan caracterizado debidamente la evolución
democrática que arranca de la guerra de Secesión; la eliminación de
la esclavitud y del espíritu separatista no son más que accidentes
accesorios de este hecho primordial: el advenimiento del Oeste,
caracterizado por su «americanismo» más y más excluyente, su tendencia
más que nunca igualitaria y material, el creciente antagonismo de
sus ideas con la influencia europea, antes preponderante en la Nueva
Inglaterra. Considero que dicha revolución es tan importante como la de
1776; pero, por haberle faltado el aparato teatral de la declaración
de Independencia, ha pasado casi desapercibida. En realidad, con la
toma de Richmond concluye el ciclo que se inició con la rendición de
Yorktown, y del año de 1865 data una hégira nueva. Han bastado treinta
años para desplazar veinte grados al oeste el eje longitudinal de la
Unión. Según la agrupación oficial del último censo, pertenecen á la
división central, no sólo el Illinois, sino el Kansas y el Nebraska—el
antiguo Far West; y la región occidental se extiende desde los montes
Rocallosos hasta el Pacífico.

El desplazamiento geográfico es el síntoma de otra modificación más
profunda. La explotación de los inmensos territorios casi vírgenes,
por las minas, la agricultura, la ganadería y las industrias conexas;
la creación de grandes ciudades en el desierto y su poblamiento
por emigrantes del Este y de Europa, que necesitaban volver á las
condiciones de la vida casi primitiva, á la existencia de aventura
y campamento; la necesidad y la posibilidad de encontrarlo todo en
este suelo privilegiado, y, con la conciencia de poseer todos los
elementos de la civilización genuínamente americana, la creencia,
hecha de vanidad é ignorancia, de que ellos bastaban para consumar la
absoluta emancipación: todos esos factores materiales y morales se han
congregado para cumplir la transformación social de que la reciente
exposición en Chicago—el triunfo del Oeste sobre el Este—ha sido la
manifestación más aguda. Que haya su buena parte de ilusión en este
movimiento, es cosa demasiado evidente para que necesite demostrarse.
Ni la emancipación comercial é intelectual de la Europa es tan completa
como se dice en el Oeste, ni han perdido aún Nueva York, Boston y
Filadelfia su antigua y especial hegemonía. Pero éstas se la verán
disputada día á día con mayor encarnizamiento, y no podrán, como ya no
han podido, conservarla en adelante, sino cediendo al rudo espíritu
nivelador que ya impera en todo el país: vulgarizándose, es como se
domina al vulgo.

Aún más que la creación de nuevos factores concurrentes, es prueba
de ser necesaria una evolución social el hecho de transformar á los
existentes, acomodándolos al propio fin. Así han cooperado al imperio
del mismo espíritu materialista y radical, fuerzas disidentes y al
parecer antagónicas. El aplastamiento del Sur aristocrático, y la
accesión del rebaño negro á la ciudadanía; las enormes y rápidas
fortunas levantadas con los ferrocarriles, las minas, las industrias
varias, todas las formas de la especulación agrícola y fabril, en
contraposición con la riqueza territorial de las familias coloniales;
la conmoción prolongada de la guerra civil que, al desarraigar
temporalmente á millones de trabajadores, les infundió el gusto
de la aventura y los preparó para la ruda existencia de empresa y
campamento que el Oeste les brindaba; el desarrollo creciente de la
producción material y la adaptación combinada y cada vez más íntima
de los gustos nacionales á la fabricación doméstica:—todos estos
hechos, sin duda, son contingentes directos del americanismo. Parecía,
sin embargo, que el engrosamiento anual de la avenida inmigratoria
pudiera hacer equilibrio á dicho americanismo, manteniendo íntegra la
influencia europea. Sucedió lo contrario. Las muchedumbres arrojadas
del viejo continente por las guerras, las anexiones y el pauperismo,
emprendían el éxodo del destierro sin ánimo de volver más; daban para
siempre la espalda á la tierra madrastra. Proscriptos de la miseria,
encontraban una patria en el Canaán del bienestar inmediato y de la
fortuna posible; sus brazos enérgicos y sus oficios manuales eran
armas que ponían al servicio del exclusivismo americano; y la pronta
naturalización aceleraba los efectos del medio transformador. Entre
las grandes ciudades americanas, la menos europea por el espíritu,
los gustos y la índole, es precisamente Chicago, donde la población
europea representa una enorme mayoría. Por fin, el mismo proteccionismo
manufacturero del Este se combinaba con el materialismo del Oeste para
contrarrestar la preponderancia secular. En tanto que aumentaban la
población y la producción local, la importación europea disminuía.
Ahora bien: el espíritu civilizador no se transporta en estado puro;
necesita el vehículo y la amalgama del producto tangible; y la merma de
la mercancía material anuncia la de la influencia moral.

Todos esos elementos heterogéneos, desde el más noble hasta el más vil,
desde el residuo del espíritu puritano y colonial hasta el socialismo
cosmopolita, se han derretido y combinado en el inmenso crisol
efervescente de los Estados Unidos actuales. Sin duda que el resultado
de la amalgama dista mucho de ser perfecto; pero es suficientemente
homogéneo en su parte central para que se pueda predecir su naturaleza
futura. Esta parte central es Chicago.

       *       *       *       *       *

Entre todas las inducciones é hipótesis asentadas por Herbert
Spencer, creo que sea la más sólida su identificación del progreso
en cualquier organismo colectivo, con la diferenciación creciente de
sus partes constituyentes. Ahora bien: parece muy evidente que, en
lo fundamental—las ideas, los gustos, las aptitudes y las funciones
sociales—la novísima evolución de los Estados Unidos se caracteriza
por una marcha continua hacia la homogeneidad. Su progreso material,
entonces, equivaldría á un regreso moral; y ello sería la confirmación
de que la absoluta democracia nos lleva fatalmente á la universal
mediocridad. Deseo que mis estudios ulteriores me conduzcan á una
conclusión menos desesperante. Nos hallamos, quizá, en la primera etapa
del éxodo futuro. Sólo alcanzamos un momento del ciclo humano, y nos
toca ser prudentes en la apreciación del porvenir. Acaso, volviendo á
la imagen anterior, la mezcla y fundición de los elementos heterogéneos
no sea, como en el tratamiento metalúrgico, más que una aleación
pasajera y un encaminamiento necesario á la separación futura ...

En todo caso, cumple estudiar el momento presente; y no es posible
desconocer la evidencia. En la fusión de los ingredientes, de valor
y calidad tan diversos, el resultado de la combinación tiene que ser
un promedio: la masa resultante es inferior al componente más noble,
y superior al más vil. La muchedumbre democrática de los Estados
Unidos ocupa, sin duda, un nivel más elevado que el del paisano ó
proletario europeo; pero, siendo así que este mismo pueblo corresponde
socialmente, con pocas excepciones, á nuestra clase media dirigente, no
es discutible su inferioridad respecto á aquélla, y queda evidenciada
la conclusión. La felicidad material del mayor número se ha comprado
con el descenso de la minoría, del grupo que lleva la enseña de la
civilización; se han arrasado las cumbres para terraplenar los valles y
obtener esta vasta llanura ilimitada.

¿Qué es lo que vale más, en definitiva? Lo ignoro aún, y estoy
aquí para estudiarlo. Entre tanto, lo que se trata de dejar fuera
de cuestión, para despejar la vía, es el carácter incompleto y
provisional, _primitivo_, en medio de su enormidad grandiosa, de la
civilizacion actual, que ha querido ella misma exhibirse y compendiarse
en una exposición levantada á orillas de su ciudad más representativa.
El hecho en sí mismo es tan interesante, que resume, si no reemplaza,
años enteros de estudios y observaciones. Se ostentan al descubierto,
lo repito, en este emporio comercial del Oeste, los caracteres
inequívocos de todas las civilizaciones primitivas:—el amor á la
enormidad, á la masa, al número; la confusión ingenua de la cantidad
con la calidad y de la grandeza con la belleza; un sentimiento de la
propia importancia, candorosamente combinado con la docilidad más
sumisa y torpe en la imitación—y, por en medio de todo ello, una
sorda sensación de fuerza elemental y de savia juvenil que revienta
provisionalmente en ciclópea fantasía—pero que, á pesar de todo,
infunde no sé qué extraña simpatía mezclada de admiración y terror ...

Probemos, pues, á desenredar la impresión resultante de mil impresiones
sucesivas y fragmentarias, que la vista y el contacto de Chicago y de
su exposición—de la madre y de la hija—dejan en la memoria, en el
espíritu, en el corazón ...



XV

CHICAGO

III

LA CIUDAD Y LA EXPOSICIÓN


El hombre de bien que se meta por estos Estados Unidos tiene que
precaverse contra los juicios anticipados. Si en Méjico ó San
Francisco, verbigracia, le ha tocado soportar el chorro entusiasta
de un inocente turista que se volvió «petaca» de un viaje anterior;
y si luego agrega á ello la absorción de algunas guías y pinturas de
Chicago, en ese estilo de dentista emérito, que aquí reina: es muy
difícil que no se deje «sugestionar»—para emplear una palabra que
felizmente empieza á pasar de moda. Señalo el peligro porque lo he
corrido; _non ignarus mali ..._ que dijo el otro. Lo que lógicamente
infería yo de los elogios de Bertoldo y los reclamos de Barnum, era
que iba á encontrarme en la _World’s Fair City_ con un mamarracho
monumental; tal es en mí la forma ordinaria de la sugestión.

Pero las cosas de este mundo no se gobiernan por la lógica pura.
El simple _snob_ no expresa únicamente su opinión personal. ¡¿Qué
felicidad mayor, para un filósofo, que ver desplegarse una necedad
de buena ley, maciza y esterlina, en su marco natural, es decir, en
los labios de un necio? Ahora bien: estas satisfacciones son raras.
Casi siempre el sufragante universal combina lo que realmente siente
con lo que ha oído tocar por el organillo de la esquina. Aplaude en
la ópera, y con las mismas manos, á _Ruy Blas_ y _Lohengrin_; á raíz
de deleitarse con Ohnet, concede que Maupassant «también tiene cosas
bonitas»; decide por sí y ante sí que Lombroso es un gran pensador, sin
negar á Darwin las consideraciones de su particular estima ... Y si lo
primero es alegre, lo segundo es triste; pues debiera ser el destino
infalible del hombre superior el ser llamado tonto por Bertoldo ...

No he encontrado, pues, la «ciudad ventosa» tan displicente como
las descripciones de marras me lo hicieran temer. Tiene su belleza
especial. Más aún: acompaño á los chicagoenses en su convicción de que
Chicago es la ciudad más bella de los Estados Unidos;—sólo disentimos,
según creo, en el punto de aplicación de nuestro común entusiasmo ...
La misma vida material es muy soportable. Si eran sofocantes algunos
días de verano, las noches solían ponerse deliciosas, con la brisa
fresca del Michigán. Algunas veces el carbón ambiente contrariaba
las mucosas y dañaba un tanto á la estética, pero un vago perfil de
foguista no deshonra á nadie; y he oído decir—en Chicago—que una
atmósfera compuesta por partes iguales de humo espeso y polvo sutil, es
excelente para el pulmón: _¡no consumptive!_—Tenía mi buen cuarto, con
_bay-window_, naturalmente, sobre Michigan Avenue; y cuando me sentía
el alma un poco «despeada», bastábame contemplar el desfile de los
carruajes y biciclos para reirme solo. Me libraba del mal servicio de
los hoteles, con no tener ninguno. Á la calle por cualquiera provisión
ó utensilio: es decir, á la próxima botica, donde encontraréis,
como en una pulpería de la pampa, cuanto podáis necesitar: ropa,
bebidas, guantes, diarios, estampillas, cigarros, velas, etc. El
mismo alquimista diplomado (_cost_ $160) no tiene á menos serviros un
_ice-cream_. Pululan las oficinas de mensajeros; pero el mandadero me
quedaba casi siempre más lejos que el mandado. Además, hay mensajes
delicados: si v. g. vuestro frac reclama un planchazo, lo más prudente
es envolverlo en un diario y cargar con el bulto por esas veredas.
Recomiendo la receta á mis amigos del Círculo de Armas: para el efecto,
ningún _Herald_ ni _Tribune_ pueden medirse con nuestra «sábana
gris»[28]. En cuanto á otras reparaciones de carácter más personal, sin
incurrir en inmodestia creo que nunca tuve botones mejor cosidos; por
ahí anda todavía mi dedal ...

También se ha exagerado mucho lo defectuoso del servicio culinario.
Cierto es que, en el mejor restaurant, os quedáis unos cuarenta
minutos delante del mantel limpio—he escrito allí casi todos mis
apuntes;—pero todo se explica cuando el negro arremete con la bandeja
de abundancia y os sirve todo de una vez. ¿De qué os quejáis? Lo
tenéis todo por delante en fuentecitas japonesas, desde el caldo y
la mazamorra de avena (_oat-meal_) hasta el asado y la fruta; podéis
picar en contorno como en un ejercicio de «copófono»; se establece un
equilibrio de temperatura entre los platos diversos, de suerte que,
al postre, si el café está un poco frío, en cambio el helado resulta
casi caliente. ¡Hay que ser justo!—La prueba, por otra parte, de que
no atribuía yo mismo tanta importancia á estos detalles gastronómicos,
es que, teniendo cerca el excelente restaurant Kinsley, muy superior
á las caravaneras del Auditorium y Palmer House, solía almorzar en
el Lexington de la esquina, cuando no en una barraca de «Midway
Plaisance». Así asegurada la paz de «la bestia», provisto de buena
salud y humor pasable, con algunas relaciones cordiales de chicagoenses
que sólo me encontraban un poco «peculiar», he podido conocer bien el
antro de Polifemo, y describirlo con equidad y simpatía puesto que no
me he aburrido en él.

En su vasto conjunto material, Chicago puede ser considerado bajo
dos faces distintas: la primera y la más evidente es la que perciben
y admiran desde luego los _snobs_ transeuntes; es también la que
los naturales y los guías ensalzan con _inexhaustible_ fervor. Esta
faz vulgar carece en absoluto de carácter y originalidad, es el
aspecto estereotípico de las ciudades americanas, cuyos edificios
parecen fabricados por gruesas, á manera de juguetes de un Nuremberg
ciclópeo. Nacida la última, desarrollada en veinte años con los
derrames del Este y de Europa, sin tener á la vista otros modelos y
ejemplos de gusto que sus hermanas mayores, es natural que la Chicago
arquitectónica carezca por igual de elegancia y acentuación. Anchas
calles paralelas y perpendiculares, bien edificadas y pavimentadas en
los barrios centrales, plagadas de baches y cubiertas de casuchas en
los excéntricos; acá y allá, elevadísimos _buildings_, sin la menor
sospecha de la armonía necesaria entre su altura y su base,—cuya
arquitectura participa de la garita y del palomar; interminables
avenidas idénticamente bordadas de residencias, cuyo tipo fundamental
se repite hasta el enervamiento: la _villa_ ó el _cottage_ de ladrillo
y madera, de dos pisos y buhardilla, con techo de pizarra ó listón,
la galería externa, la saliente ventana con vidriera, el parche de
césped hasta la enlosada vereda, y sus filas de robles ó álamos
delgados que se prolongan hasta el confín del horizonte, delante de
otras mil residencias análogas ... Es lo pintoresco de pacotilla, la
ornamentación convencional y de confección, el ideal _ne varietur_ que
algunos arquitectos de lance han aderezado á gusto y satisfacción de
esos _settlers_ y mercaderes, cuya dudosa burguesía data desde el gran
incendio. Multiplicad por dos ó por veinte, según el caso, el número
de _blocks_ incompletamente edificados, y tendréis, como ya dije, el
patrón sempiterno de la misma agrupación norteamericana, nacida de
ayer ó anteayer, en California ó el Colorado, con el mismísimo sello
de elegancia adocenada y de confortable al por mayor. Al principio, el
contraste de esta «novedad» urbana con los villorrios coloniales del
Perú y Méjico, causa una agradable sorpresa. Pero cansa muy pronto lo
flamante y ficticio de estas estalagmitas de fabricación humana, sin
sólido cimiento ni larga tradición, en que las paredes han crecido más
de prisa que las arboledas. Se comprueba muy luego que la monotonía
de las casillas pintadas es más abrumadora que la de los escombros;
y, más allá de estos efímeros hogares que no alcanzan á abrigar una
generación, la fantasía enternecida evoca aquellas nuestras pobres
aldeas seculares, hechas lentamente á la medida del grupo y de la
familia sedentaria, donde á la sombra del campanario amigo el hombre
no ha vivido solamente de pan, y cuyas cabañas y calles retorcidas
parecían adaptarse á la fisonomía del habitante, trasmitiéndose
de padres á hijos, cada vez más resistentes, más venerables, más
impregnadas de humanidad ...

Chicago disputa enérgicamente á Cincinatti y Pittsburg el calificativo
de «ciudad ahumada» (_Smoky City_). Una capa de hollín cubre los
edificios más recientes, y, reemplazando la noble pátina del tiempo,
confunde bajo el mismo matiz sombrío todas las pinturas exteriores y
los materiales de construcción. Su aspecto general es el de la vejez
precoz, bien distinta de la pensativa antigüedad. En seis meses, la
_White City_ de la exposición había descendido del blanco deslumbrador
al tono del granito obscuro, lo propio que el Correo y el Auditorium.
Ello, por cierto, no contribuye á ennoblecer el carácter arquitectónico
de la enorme ciudad, pero tampoco le quita mucho. Semejante á una
mujer fea á quien sobrevienen viruelas, como llovido sobre mojado,
Chicago tenía poco que perder.—Acaso el efecto más marcado de este
color negruzco sea el achicamiento aparente de las construcciones más
colosales. Sabido es que esa ilusión óptica se demuestra y explica
científicamente. He asistido cien veces, en el tramway de Wabash
Avenue, á la decepción de los forasteros delante del hotel mammoth:
«¿Es _eso_ el Auditorium?»—Esos cándidos visitantes lo habían admirado
en las guías y en las fotografías.

Es bastante curioso comprobar la armonía preexistente entre esa
arquitectura de poco más ó menos y su reproducción por la fotografía:
la musa del _cliché_ ha cobijado amorosamente ambos destinos; y
todo lo que con ésta pierde la verdadera obra de arte, lo gana el
mamarracho decorativo. Los yankees tienen que ser los primeros
fotógrafos del mundo: desde luego han _revelado_ en la Exposición
bellezas monumentales que hacen ilusión, pues sólo existen en la placa
sensible. El hecho tiene su explicación estética; pero resultaría un
poco larga, para ser completa. Sabido es que un retrato fotográfico
bien tomado tiende á deslucir la hermosura y á mejorar la fealdad.
La fotografía es la democracia en el arte. Pero, en el efecto á que
he aludido, obran otras razones complementarias que deduciré cuando
tenga tiempo. Sea como fuere, el espíritu del Oeste, esencialmente
desbastador, ha procedido por instinto cual pudiera hacerlo por
cálculo. En esa clientela trashumante de la Exposición, los conocedores
no eran la minoría, sino la excepción: no están los que son artistas y
no son los que están. ¡Adelante, entonces, con las fotografías y las
descripciones grotesco-líricas! El _boasting_ y el _humbug_ son las dos
columnas de la novísima civilización, y por eso es que Barnum formaba
parte del Congreso americano.

Dije ya que el tamaño, el número, la _cantidad_, constituyen el canon
y la base del criterio de todas las civilizaciones primitivas: no se
llega sino después de un largo refinamiento á la sobria elegancia, á
la gracia discreta, á la _calidad_. Todo es aquí excesivo, recargado,
desproporcionado: el mamut lo simboliza exactamente, así en el conjunto
como en los detalles; desde la extensión del país, que corresponde á un
continente, hasta sus ríos, sus rasgos geográficos, sus producciones
y sus empresas. Este pueblo estaba destinado á encontraren su suelo
árboles de 400 pies, comparados con los cuales nuestros robles y cedros
parecen arbustos. Ha ajustado á la realidad ambiente su informe ideal,
y los _sequoias_ gigantescos de Yosemite Valley parecen el modelo del
colosal telescopio de Lick—_the largest in the world_—que se yergue
en el condado vecino. Estamos como Gulliver en el reino de Brobdingnag.
Toda apreciación comparativa se ajusta al tamaño y al costo material;
lo demás es accesorio. Las descripciones se reducen generalmente
á dar las dimensiones de los edificios y la suma del dinero
invertido.—Parece imposible que se cometa un error arquitectónico en
el diseño de un obelisco: ahora bien, el vulgarísimo «Monumento de
Washington», en la capital, está malogrado, y la pirámide terminal es
demasiado aguda; pero con esta punta suplementaria se ha llegado á la
altura de 555 pies y «cuatro pulgadas». Es el monumento más alto del
mundo: _era_, mejor dicho; pero los yankees se consuelan, consignando
que la absurda torre Eiffel no es sino de hierro (_but is built of
iron_), y quedan siempre como dueños orgullosos de la más alta masa de
albañilería levantada por el hombre (_the loftiest structure of masonry
ever reared by man_). ¡Tal es la forma de su Excelsior!—Oyeron decir
que todos los pueblos poseían parques nacionales, más ó menos extensos:
entonces el Congreso decretó la formación del Yellowstone Park para
«recreo del pueblo». El parque—que, por otra parte, tiene bellezas
naturales incomparables—se halla á unas 2500 millas de la capital,
en el rincón noroeste del Wyoming; tiene una extensión de 3575 millas
cuadradas y se necesita una semana para recorrerlo rápidamente.—Y así
con todo. No encontraréis en Chicago una plaza cuadrada con edificios
alrededor; pero sí ochenta millas de bulevares que circundan la ciudad,
con una anchura que, para el de Drexel, alcanza á 250 pies, y 2000
acres de parques cubiertos de céspedes, árboles, estanques y lagunas,
flores é invernáculos. Lincoln Park es el «Bosque» de Chicago, y
_Lake Shore Drive_ su «Avenida de los Campos Eliseos». En este último
bulevar, que orilla el Michigan, se suceden las mansiones lujosas,
imitaciones de castillos feudales y villas italianas, descomunal
batalla de órdenes y estilos cosmopolitas con más colgajos y adornos
externos que una pagoda, y más dorados interiores que un ídolo
oriental.—La residencia de la bella é inteligente Mrs. Potter Palmer
es, por fuera y por dentro, una cuasi reproducción del castillo de
Miramar; cuéntase que ha sido rehecho dos veces, casi al techarse, para
seguir la voluble fantasía del propietario, que se daba cuenta del
plano cuando la fábrica estaba ya en pie. Lincoln Park tiene 250 acres
y está en una situación admirable; á falta de imponentes arboledas,
posee magníficos céspedes y macizos de flores, lagunas, fuentes
pintorescas, estatuas y monumentos. La colección zoológica—el _Zoo_,
como aquí dicen—atrae á los muchachos, el desfile por el Lake Shore
atrae á las mujeres, las carreras y regatas atraen á los hombres—y la
vista del Michigan, azul é infinito como un mar, no atrae á nadie. Los
monumentos de Grant y Lincoln son tenidos aquí por obras magistrales;
los encuentro vulgares y «fotográficos», inferiores al «grupo indio»
de bronce, y sobre todo al _Schiller_ vecino. Pero el primero costó
100.000 dollars y el segundo 50.000: por consiguiente figuran entre
«las más bellas esculturas del universo».

Los otros parques del oeste y del sud, algunos más extensos que el de
Lincoln, como el de Washington y el Jackson Park de la feria, tienen
el mismo carácter de dilatación en el vacío, acrecentado por el gusto
mezquino y pueril de la ornamentación: no se ven más que confecciones
rústicas, emblemas, iniciales, odiosos dibujos vegetales, «monos»
informes y caricaturales que deberían atraer la lapidación, como se
dice que ciertas profanaciones atraen el rayo. Esos adefesios son
objeto de un culto admirativo; en sendos librotes publicados para
eterna memoria del gran advenimiento, se reproducen todos esos _flower
beds_ y _floral designs_—éstos, sobre todo, con especial esmero:
hay hombres que reman, segadores acostados, ginetes con sombrero
cilíndrico y botas de pocero, todos ellos fabricados con terrones de
césped y que recuerdan los vestigios del arte troglodita.

Ese carnaval arquitectónico despliega sus máscaras y disfraces por las
calles y avenidas, por todos los intersticios de la madrépora colosal.
Todos los estilos se chocan ó amalgaman sin plan aparente ó pretexto
disculpable, sin discernimiento en el plagio ni conciencia en la
parodia. Las columnas y capiteles de cualquier orden se superponen, lo
propio en el macizo _City Hall_ que en el hotel de _Palmer House_; los
mismos arcos de granito y el mismo aspecto carcelario decoran el _Art
Institute_ y el almacén por mayor de Marshall Field (_Known throughout
the civilized world!_). ¿Pensábais que esa masa de once pisos,
recargada de molduras y salidizos, con base románica, cuerpo medieval
y cumbre Renacimiento, fuese—además de un pesado despropósito—algún
«hotel mammoth»? Pues bien: es un templo, el _Temperance Temple_;
pero no lo confundáis con el _Pullman building_, que ostenta por ahí
cerca idénticos encantos. La confusión, por otra parte, no sería muy
grave: algunas iglesias neogriegas y pseudogóticas, _desafectadas_
por razones diversas, se alquilan para depósitos, y no se sabe cuándo
su estructura correspondió mejor á su destino. Hospitales ó colegios,
estaciones ó residencias particulares, iglesias ú hoteles, bancos
ó cárceles, constituyen indistintamente un conglomerado de ojivas,
cariátides, balaustres y cornisas, en que el capitel corintio flanquea
el rosetón gótico, los tréboles y encajes moriscos coronan el medio
punto romano, y los macizos y cuadrados marcos asirios soportan una
_loggia_ italiana ó—como el Auditorium—esbeltas volutas jónicas, á
manera de un elefante que carga un niño ... Es natural que todos esos
plagios y rapsodias de fórmulas exóticas barajadas al tanteo, seduzcan
el gusto bárbaramente infantil de estos primitivos, que han traslucido
un reflejo de la civilización anterior: así los monjes del siglo quinto
zurcían indiferentemente centones de Virgilio ó Claudiano para fabricar
poemas á la Virgen.—Todo ello, artísticamente hablando, nace muerto;
está vacío de substancia y vida orgánica: á semejanza de esos mosaicos
de voces extraídas de veinte vocabularios, que los visionarios de la
filología nos presentan como una futura lengua universal, fabricada con
detritus de todas las otras. La lengua estética que hablan las calles
de Chicago es el volapük de la arquitectura.

No sería extraño que el gusto cuaternario reinara aquí con autocrática
potencia: lo que agrava el caso es lo de teorizar esa deformidad. El
Oeste es bárbaro con plena convicción y por razón demostrativa. Cuando
Matthew Arnold, el más latino de los críticos sajones, procuraba
enseñarles por qué el materialismo advenedizo no es compatible con el
concepto artístico de la vida, comenzaban por injuriarle y concluían
oponiéndole esta triunfante réplica: «_No hay razón_ para que nuestros
monumentos y paseos no sean los mejores del mundo, _puesto que_ no se
ha ahorrado gasto en su construcción—_for no expense was spared_»!...
¿Qué podéis contestar á tales razones? ¿Cómo persuadir al cíclope de
que su ojo único no realiza el ideal de la belleza, por más que tenga
dimensiones de claraboya? Para cambiar instantáneamente las ideas que
brotan en ese cráneo rudimentario, habría que romperlo y rehacer el
molde cerebral.

       *       *       *       *       *

La doble noción que, cual semilla dehiscente, engendra los mil árboles
de esta selva moral, es, lo repito, que el tamaño y el costo venal de
cualquiera producción humana dan la medida de su valor absoluto. Ahora
bien: la prueba de ser este el criterio dominante la encontráis patente
en cualquier orden de manifestación material ó moral, individual ó
colectiva. Escuchad una estrofa del himno de Polifemo, que parece
compuesto por el millonario Carnegie[29]:

«El Oeste americano es la primera región de los Estados Unidos—y,
por consiguiente, del mundo,—puesto que no tiene rival en la rapidez
de su desarrollo agrícola, comercial y fabril. Poco importa que
su agricultura extensiva consista en desflorar y agotar en veinte
años el suelo virgen, para producir por hectárea una mitad menos
que en las buenas y viejas tierras europeas; que su industria y
su comercio dependan de tarifas draconianas, y que un cambio de
frente de Inglaterra pueda arruinar los Estados mineros ó derribar
sus bancos como castillos de naipes. Chicago será mañana el centro
del mundo (desatendamos la nota más aguda que ya lo proclama hoy),
por todo lo que sabéis de sus _Stock-yards_, de sus elevadores, de
sus ferrocarriles, de sus casas de quince pisos—en una palabra,
de su prodigioso incremento de veinte años. Y si admitimos, como
cosa evidente, que el signo primordial de la civilización sea el
desenvolvimiento de la actividad alimenticia, siendo el vientre el
órgano que nos distingue de las especies inferiores: claro está que
quien puede lo más puede lo menos—¡y que le ha bastado á Chicago
distraer una mínima parte de su savia orgánica, hacia las ramas
accesorias de dicha civilización, para sobresalir en ellas como en
todas las demás!—De su arquitectura no hablemos más, para no humillar
al resto del mundo; de sus bellas artes, basta decir que el _Art
Institute_, construído de granito y mármol (_cost_ 800.000 pesos),
tendrá 320 pies de largo por 170 de alto; de su enseñanza superior,
basta este solo dato, más elocuente que todas las disertaciones: el
edificio de la Universidad costará ocho millones, pagando un tercio del
total el célebre John D. Rockefeller, el rey del aceite. ¿Cómo dudar,
entonces, que será superior de primer golpe á la de Harvard, cuyo valor
material no pasa de cinco? _Et sic de cœteris._»

Pero ningún monumento de Chicago alcanza la importancia material y
simbólica del Auditorium. Es el Panteón, el Coliseo, la Santa Sofía,
el palacio de San Marcos—la maravilla de las maravillas americanas.
Sería necesario pedir á un literato local su pincel-escoba para
celebrarlo dignamente, con ese estilo peculiar en que alterna el
lirismo descabellado con el cálculo positivo de las dimensiones, el
volumen cúbico y el peso de los materiales, rematando la descripción
¡con el costo total que pasa de cuatro millones de dollars! Un libro
que tengo á la vista condensa la admiración de los pan-americanos,
que lo visitaron en 1889, en un grito de entusiasmo del señor Zelaya,
de Honduras: «¡Conozco el universo entero: no existe nada igual!». Su
dedicación, en diciembre del mismo año, fué una solemnidad nacional:
el presidente Harrison vino desde Washington para inaugurar el
hotel-teatro ...

Es una ciclópea y negruzca contrucción de piedra que para cárcel
parecería muy lúgubre. El exterior es el de una maciza fortaleza
cuadrada, en que las estrechas ventanas parecen troneras ó nichos
sepulcrales; no hay una _loggia_, un balcón, un relieve que alegre la
vista del prisionero ó del espectador. El hall es obscuro; los cuartos
requieren luz á medio día; y los arcos rebajados, la selva de pilares
de mármol y granito, el pavimento de mosaico, la monacal desnudez
de las paredes ó, por partes, sus recargados ornamentos, completan
el aspecto abrumador de un hipogeo egipcio. El conjunto no es bello
ni feo, ni acepta epíteto alguno que pueda convenir á cualquiera
producción arquitectónica: es monstruoso, elefantino, cuaternario.

El Auditorium propiamente dicho, vale decir la sala de espectáculo,
contiene 7000 asientos, y es del mismo estilo que el resto del
edificio. Una inmensa bóveda circular, sin más relieve que sus arcos
paralelos, remata en el escenario que remeda una chimenea colosal. La
cruda luz eléctrica reverbera en las superficies desnudas: allá en
las paredes del paraíso, perdidos en la obscuridad, se adivinan dos
frescos borrosos, que probablemente ganan con no ser vistos. Además de
los asientos—todos ocupados, en la noche única que estuve allí,—la
muchedumbre cuajaba las galerías, los pasadizos, las escaleras.
Representaban algo así como un _Excelsior_ yankee: _America_, en cuyas
escenas Colón y Washington alternaban con los saltos de los _minstrels_
y las cabriolas de los acróbatas. Durante cuatro ó cinco meses, fué
necesario asegurar la entrada con una semana de anticipación; había
dos funciones diarias, y los inevitables Abbey y Grau han levantado
una fortuna ... Era el tiempo en que los conciertos sinfónicos de la
Exposición fueron brutalmente suprimidos «porque _no pagaban_».—Y
en ese coliseo enorme, con sus «vomitorios» y su anfiteatro repleto
de espectadores, me volvían recuerdos de los circos romanos, de los
hipódromos del Bajo Imperio, y comparaba en mi imaginación esta
barbarie con esa decadencia ... Estaban al lado mío algunos amigos de
Chicago; una señora, literata, música, que había educado á su hija
en Roma: había visto durante cinco años, San Pedro, el Vaticano, las
ruinas imponentes y los museos maravillosos ... Y ella fué la que me
preguntó si no encontraba el Auditorium más bello que la Ópera de París
... ¡Contesté que sí! con un entusiasmo que el mismo señor Zelaya—de
Honduras—me hubiera envidiado ...

Los hallo «impermeables» á todo lo que sea gusto y verdadera
civilización. Sus diarios, sus piezas de teatro, sus conversaciones,
sus adornos, sus joyas, sus procesiones, sus comidas: todo es
_mammoth_. Su ingenuidad es tan enorme, que llega á ser grandiosa. Y
si se logra echar en olvido, por algunos días, todas las nociones de
la belleza, heredadas ó adquiridas con el estudio y la contemplación
de las obras maestras artísticas; si se contempla esa acumulación
material, cual se hiciera con las manifestaciones proporcionales de
otro planeta mayor que el nuestro,—poco á poco se experimenta una
sensación de asombro é inquietud que casi viene á ser estética.—Á eso
aludía, al decir que Chicago tenía su belleza propia, en cierto modo
superior, por su ruda y descomunal primitividad, á las imitaciones
europeas de las metrópolis del Este. El espectáculo prolongado
de la fuerza inconsciente y brutal alcanza á cierta hermosura
«calibanesca».—La inmensidad de los corrales, el vaivén de los trenes,
del _elevated_ y de los carros de tramway que pasan eternamente
rellenos de pueblo; las atrevidas construcciones que rebosan afanada
muchedumbre, los inmensos _buildings_ comerciales; las sesenta líneas
férreas que irradian de las estaciones centrales, con sus millares de
vagones estacionados y que parecen destinados á no moverse jamás; los
túneles debajo del río, los puentes movedizos que se abren por segundos
ante los buques cargados; y ese mismo río negruzco y plebeyo, cuajado
de mástiles, con sus riberas obstruídas de elevadores y depósitos;
el potente rumor de las maquinarias en actividad; los silbidos que
desgarran el oído, y, en cualquiera parte, hasta el fondo de los
teatros y el silencio de los congresos, cortan bruscamente la palabra
de los oradores ó cubren la música, con no sé qué desdén salvaje de
esas puerilidades de otra civilización, aquí fuera de su lugar:—todo
ello á la larga produce una sensación indecible. Se viene recordando
que esa mole prodigiosa ha brotado casi toda en veinte años; y se
experimenta, ante esa manifestación de la fuerza irresistible, la
impresión de respeto y asombro que inspiraría el levantamiento de una
montaña. El monumento no es airoso, ni esbelto, ni definitivamente
organizado; toda su estructura revela el apuro, la factura provisional
y al por mayor: pero es formidable, incomparablemente colosal, y al
lado suyo, por un momento, cualquiera otro parecería desmedrado y
mezquino.

Con esas ideas embrionarias y tendencias primitivas, apoyadas en una
fuerza de empuje irresistible, es como han emprendido y realizado
su feria universal. Creo que en las páginas anteriores se encuentra
implícitamente descrita. Además, no puede ser materia de actualidad
documentaria lo que ya no existe. Quizá en otra forma razonada y
metódica aparezca su estudio positivo; ó acaso bosqueje algún día,
en una fábula novelesca, su compleja y contrastada psicología: pues,
al cabo, ese organismo monstruoso y efímero, ha vivido, ha tenido su
_alma_ exótica y fugaz ...

       *       *       *       *       *

¡Pobre _White City_! La volví á mirar por vez postrera durante una
tarde agria y descolorida de este invierno precoz, en el siniestro
_désarroi_ de las mudanzas y demoliciones. Retumbaban los vastos
edificios solitarios bajo los martillazos de los embaladores; los
rieles de las vías volantes se alargaban por las calles desiertas;
los céspedes helados ostentaban el pisoteo de un campo de batalla; y
una gran melancolía se desprendía de esas ruinas nuevas, de ese sueño
disparatado y colosal, pero sueño brillante al fin, ¡entregado como un
cadáver gigantesco á la labor de destrucción! Yo mismo, que he vivido
allí algunos meses, surcado veinte veces las lagunas y los canales que
bañaban las graderías de los palacios de yeso y su endeble armazón,
completando con algunas góndolas importadas esa parodia de Venecia
americana; yo mismo recuerdo de algunas tardes de verano cuyos tintes
apagados armonizaban los chillones edificios griegos é italianos, los
grupos escultóricos, las cúpulas flamantes, prestando á esas frágiles
confecciones un reflejo de belleza y una apariencia de verdad. No todo
fué allí vulgaridad y desencanto.—Y aunque sólo fuera por esa noche
deliciosa en que, idealmente iluminados los follajes por la luna y los
invisibles focos de la luz eléctrica, se representó, en un parque real
de álamos y encinas, la vaga y encantadora comedia de _As you like
it_, perdonaría á Midway-Plaisance su brutal exotismo. Experimenté
allí una sensación exquisita y única de olvido y rejuvenecimiento; la
olvidada poesía llegaba hacia mí, envuelta en la brisa del próximo
lago, refrescando con su caricia mi frente entristecida. Me sentía á
mil leguas de las manufacturas y las máquinas, volvía á vivir en la
región azul de los ensueños juveniles; y en esta selva de los Ardennes
poblada de apariciones vaporosas, de Rosalindas que se desvanecían
en las misteriosas espesuras, cantaban tan melodiosos los versos del
divino Shakespeare, que el aleteo de algunos pájaros ocultos, turbados
por la música, remedaba un ensayado arrullo que diera la réplica al
ruiseñor inmortal ... Por esta sola hora de olvido y éxtasis, no he de
hablar sin emoción de la Feria difunta. Con todas sus vulgaridades y
atentados contra el gusto artístico, quedará absuelta en mi memoria;
tornándose más bella cuanto más lejana, se esfumará lentamente en el
pasado irrevocable, y, soñador incorregible, seguiré siempre con la
mirada enternecida la dorada copa del rey de Thule, que cayó vacía en
las ondas obscuras del lago Michigan ...



XVI

WASHINGTON

I

EL DISTRITO FEDERAL


«Washington es una necrópolis». Tal es la fórmula corriente ...
¿La repetiremos porque anda estereotipada y nos hallamos en país
de sufragio universal? ¿La desecharemos con desdén por el solo
hecho de ser trivial y socorrida? Ni lo uno ni lo otro. Entre las
variedades del _snobismo_ viajero, sólo una actitud es más odiosa
que la del admirador por encargo y sugestión de la _Guía Baedeker_:
la del humorista á todo trance, que llega á negar la evidencia por
el prurito de singularizarse, y persigue una fácil originalidad á
expensas de la exactitud. Aunque enemigo de las frases hechas, no
retrocedo ante el _cliché_ si él traduce la verdad, siquiera sea
exagerada ó aproximativa. Todos los forasteros han comprobada esta
primera sensación de vaciedad que Washington produce. Ahora bien:
á pesar de ser vulgar esta opinión y combatida por el gran geógrafo
Reclus,—quien, por otra parte, describiera el Distrito federal desde
su retiro de Clarens, refrescando sus efímeros recuerdos con gran
acopio de planos y datos estadísticos,—no vacilo en reproducirla con
ciertas reservas, porque la encuentro estampada repetida é ingenuamente
en mis apuntes de cartera, que nada deben á la influencia extraña ni á
la preocupación.

Ora se llegue del oeste por Chicago y Cincinnati, ora del litoral
atlántico por Nueva York y Baltimore (tengo hecho el experimento por
uno y otro itinerario), el efecto es idéntico; hay más: se reproduce
cada vez la sensación primitiva. Se cree penetrar en una inmensa aldea,
más silenciosa y reposada que Santiago de Chile, y cuyas amplias
alamedas amojonadas de estatuas, casi sin tráfico fuera de la arteria
central (_Pensylvania Avenue_), diseñan un marco suntuoso á las
dispersas residencias de dos pisos y á los vastos edificios oficiales.
Este fin de otoño septentrional (noviembre) acrecienta sin duda el
aspecto de mustio abandono y desalojamiento, sobre todo para quien
acaba de pasar el verano en el tumultuoso exotismo de la Exposición.
Dentro de algunas semanas hará su entrada el invierno; caerán las
primeras nieves del año, más silenciosas que las últimas hojas secas de
los plátanos, y, en un callado y gris amanecer de diciembre, sonarán
alegremente las campanillas de los trineos que se resbalan sobre el
acolchado asfalto ... Entonces se abrirá la _season_ política.

La sesión legislativa en el Capitolio; algunas fiestas oficiales,
cuya fácil descripción se encuentra en todas partes; uno que otro
recibo diplomático, con el mismo elenco más ó menos pintoresco; dos
ó tres grandes conciertos, en que lo detestable fraternizará con lo
exquisito, sin que lo último conmueva ni lo primero escandalice al
público; el paseo meteórico de Adelina Patti, Coquelin, Henry Irving
por los teatros vacíos, que sólo se llenarán con la grosera farsa
provincial _In Mizzoura_ y el actor Goodwin—á quien los sucesores de
Webster y Calhoun ofrecerán un banquete en el propio _Senate Reception
Room_, bajo la pintura mural de Washington presidiendo su consejo de
ministros; una estrepitosa exhibición de crisántemos _mammoth_, tan
enormes y fenomenales, que llegan á ser feos y no parecen de verdad;
por fin, tal ó cual procesión de «caballeros» de cualquier orden: tal
es el celebrado programa de invierno que romperá la quieta monotonía
de la capital, sin quitarle su carácter indeleble de extenso villorrio
deshabitado, cuyas «magníficas distancias»[30] se acentúan con sus
innumerables plazoletas circulares y _squares_ vacíos, desde el
Capitolio hasta los parques y cementerios nacionales de los alrededores
...

Los viajeros europeos suelen comparar á Washington con Versailles y
Weimar, lo que vale tanto como asimilar una flamante casa de huéspedes
á un secular palacio que sólo vive de estética nobleza y gloriosa
tradición. Un tanto diferente es el símil que me ocurre el primer día:
me acuerdo de La Plata, la reciente y nunca terminada capital de la
provincia de Buenos Aires; pero se trata, naturalmente, de una _Plata_
magnificada, que guardara proporción con las comarcas y el destino
respectivos. Es el mismo carácter grandiosamente artificial, como que
se ha obedecido en ambos casos á un concepto abstracto y teórico,
haciendo caso omiso de las leyes profundas que rigen el desarrollo
de todo organismo. El arquitecto francés L’Enfant, que fué encargado
de trazar el plano de Washington[31], adoptó un criterio escolar y
realmente _infantil_, á saber: que una ciudad se proyecta y distribuye
_a priori_, como un edificio particular.

Son muy conocidas las largas y enojosas discusiones á que dió lugar
la designación de la capital federal: reflejaban fielmente las
incertidumbres de la situación, durante los años que siguieron el fin
de la guerra de la Independencia. Adoptada en 1787 la constitución
federal por los delegados de los trece Estados originarios, reunióse
dos años después en Nueva York el primer Congreso, y, desde luego,
se planteó el problema de la capital, á que aludía la Constitución
(I, 8), y cuyo estudio se había aplazado prudentemente. Al punto
estalló el conflicto entre los Estados rivales, revelando lo frágil
del reciente vínculo de «unión perpetua»: Nueva York, Filadelfia,
Baltimore y diez poblaciones menores, se disputaron la elección, y el
Congreso tuvo que disolverse antes de arribar á un acuerdo. Entonces,
como después, el sitio material no era sino el símbolo tangible de la
Unión misma; y ello explica la gravedad de una cuestión al parecer
accesoria; del propio modo que, setenta años después, este mismo
carácter representativo justifica el encarnizamiento con que los
ejércitos federal y confederado se disputaron la posesión de este
punto sin importancia estratégica. Al comenzar la segunda sesión
(1790), fué introducido un nuevo _bill_ tendente á suplantar todas las
pretensiones localistas, designando un sitio desierto sobre el Potomac,
un poco al norte de Alexandría y quince millas arriba de Mount Vernon,
residencia del presidente Washington. Era notorio, y muy natural, el
apoyo que éste prestara al proyecto; fué bastante eficaz para hacerlo
adoptar, á despecho de vivísimas resistencias;—y acaso, ante el
historiador filósofo, esta actitud sencillamente humana no contribuya
poco á reducir las proporciones legendarias de aquella figura un tanto
convencional.

El sitio en que se delineó la capital futura—que tomó el nombre de
Washington en 1791, en el acto de colocarse su piedra fundamental—no
parecía destinado por la naturaleza á tan ilustre destino. Entorno
de la colina donde se alzara el Capitolio, el terreno se extendía
estéril y pantanoso hasta el río; el movimiento comercial, á tan
corta distancia de la metrópoli del Maryland y poco favorecido por
el Potomac escasamente navegable, había de permanecer casi nulo; el
clima era insalubre; por fin, después de ser durante muchos años un
punto céntrico de la Unión primitiva, si bien de acceso bastante
difícil, más tarde el prodigioso avance de la conquista yankee hacia el
Pacífico volvería á poner en cuestión, á pesar de los ferrocarriles y
telégrafos, la conveniencia de conservar tan al este la capital federal
de una región inmensa, que tiene en Chicago ó Saint Louis su centro de
gravedad[32]. Á estas condiciones naturales, bastante desfavorables, se
unieron otras de carácter circunstancial.

Determinada el área del distrito federal[33], confióse al «admirable
ingeniero» y arquitecto francés L’Enfant el plano y traza de la
ciudad. Hemos dicho que el nuevo Anfión transportó lisa y llanamente
sobre el terreno el dibujo hecho en el papel: alrededor del Capitolio
central irradió una serie de avenidas divergentes á todo rumbo, que
cortaban, no sólo las calles en ángulo recto de los futuros _blocks_,
sino también otras avenidas extensas y paralelas á las centrales,
multiplicando las encrucijadas ó _circles_ uniformes de la moderna
Tebas. Así logró L’Enfant dotar á su patria adoptiva de la ciudad
«mejor diseñada del mundo» (_the best-planned city in the world!_);
y fué tal la satisfacción del creador, que su arrogancia creció á
proporción de su criatura y hubo de despedírsele antes de comenzar la
construcción. Las consecuencias de tan bellos dibujos no se hicieron
esperar. Habíase delineado una ciudad de un millón de habitantes, que
debía eclipsar á Nueva York y Filadelfia; la superficie entera del
distrito fué seccionada para solares urbanos, y, especialmente en torno
del Capitolio, ya proyectado con su fachada principal hacia el este,
los propietarios fijaron precios tan fantásticos á sus terrenos, que la
población se corrió más lejos y al lado opuesto del monte Capitolino,
dejando desierta la región teóricamente favorecida. Por eso se
encuentra el Capitolio en situación parecida á la de nuestra Fortaleza
colonial, que tenía sobre el río su fachada más imponente. Á pesar de
los enérgicos esfuerzos del presidente popular, el impulso estaba dado
y, como siempre, la civilización se dirigió y ha seguido caminando
hacia el oeste.

El aspecto actual de Washington no desdice de sus orígenes tan
artificiales; la uniformidad y la simetría—cánones rigurosos y
primitivos de la estética que reina despóticamente en estos Estados
Unidos[34]—no sólo se han aplicado en la arquitectura oficial y
particular, en la repetición de los pórticos y frontis griegos, en
las torres y arcos góticos de los templos, en el único molde y patrón
de las residencias, tan previsto como el de las aceras urbanas; sino
que se han impuesto á las manifestaciones edilicias que, al parecer,
podían sustraerse mejor á la reglamentación. Después de recorrer las
avenidas idénticas y las calles iguales, denominadas por números ó
letras del alfabeto, se cae infaliblemente en una plazoleta ó _circle_,
que irradia la misma rosa de veredas á todas direcciones y ostenta
en su centro un monumento de bronce sobre pedestal de granito; y
la más de las veces, aunque la estatua ecuestre deba representar á
generales tan distintos como Scott, Mac Pherson, Thomas, Greene, etc.,
etc.,—pues los tales _circles_ han dado para todo el Estado mayor
de Grant,—resulta vaciado el mismo general, sobre el mismo caballo,
y con el mismo «chambergo» á guisa de quitasol—todo ello igualmente
elegante y decorativo. Y este culto simétrico completa el carácter de
laberinto que la capital brinda al forastero, quien, durante la primera
quincena, vaga perdido por estas soledades, sin otro polo visible que
el omnipresente Capitolio ó el obelisco de Washington, que se levanta
hasta las nubes «como el faro de aquel mar».

Hay felizmente algunas excepciones, fuera de los dos monumentos que
acabo de mencionar—y que tienen aquí una importancia incomparable y
simbólica. Si bien carecen de originalidad, agradan por su correcta
imitación ó sus imponentes proporciones, el ministerio de Hacienda
(_Treasury_) con su enorme columnata jónica, el del Interior (_Patent
Office_) de estilo dórico, el de la Agricultura (renacimiento), la
_Smithsonian Institution_, de estilo enigmático, etc., etc.; sin contar
el bello monumento de La Fayette, por Falguière y Mercié (_cost_,
$50.000), el cual, naturalmente, no se confunde con los del general
Jackson (de perfil tan extraordinario) ó del almirante Farragut ...
Pero no ha de exigir el lector que yo entre en competencia desleal con
las guías de forasteros; y, por otra parte, estos detalles no rompen
la armonía estereotipada del conjunto. En esta ciudad de las estatuas,
ha sido rasgo de ingratitud no erigir una á Urania, la musa de la
Geometría ...

Con excepción de la modesta residencia del Presidente (_White House_),
cuya construcción data de principios del siglo, casi todos los
edificios federales son relativamente modernos; el mismo Capitolio,
aunque su primera piedra fue colocada por Washington, no se terminó
hasta 1865. Durante la primera mitad del siglo, la capital política
no salió de su modesto papel constitucional: era el asiento de un
gobierno que presidía principalmente á las relaciones exteriores de
los Estados, muy celosos de su autonomía[35]. Durante las sesiones
del Congreso, Washington albergaba una población trashumante que
desaparecía con el mensaje de clausura, dejando la ciudad medio vacía
entregada á sus «magníficas distancias». Pero el fin de la guerra de
Secesión, al inaugurar una era nueva para el predominio nacional,
tenía que repercutir en la población que lo representa y simboliza.
Los años que siguieron fueron favorables para la lánguida capital; no
sólo arrojaron allí á millares de negros libertos, veteranos retirados
y buscadores de empleos, sino que señalaron, con las dos presidencias
de Grant, un intenso movimiento centralista, que se manifestó por
la multiplicación de los órganos administrativos y la ingerencia
creciente del poder ejecutivo federal en los Estados. No es necesario
recordar las horas críticas, en que el carro triunfal del vencedor de
Lee pareció rozar la meta del cesarismo. La tercera candidatura de
Grant tenía por «plataforma» el unitarismo más ó menos embozado, con
la supresión del Senado y acaso algo peor ... ¡Vanidad de las teorías
_a posteriori_, que adjudican á una raza privilegiada la capacidad
exclusiva para el _self-government_, y toman por una aptitud innata
y hereditaria lo que es mero producto de las circunstancias!—En
Washington, como en el resto del mundo, estuvo á punto de cumplirse
una vez más la gran sentencia que el patriotismo argentino atribuye
á San Martín. Algunos años de compresión despótica y prestigio
guerrero, de prosperidad material y nepotismo administrativo, bastaron
á debilitar las tradiciones del gobierno libre en las muchedumbres
americanas. La «presencia de un militar afortunado» había gravitado en
las instituciones de los Estados Unidos, lo propio que en las de otras
partes; y, á no haber reventado con tiempo el absceso latente de la
corrupción política, ¡es probable que el centenario de la Independencia
(1876) se hubiera celebrado con el entronizamiento de un emperador!

Fueron los años de relativo apogeo para Washington; la población
estable se duplicó bruscamente en diez años, alcanzando en 1880 la
cifra de 180.000 habitantes, sólo inferior en una cuarta parte á la
que tiene hoy. En este crecimiento, no tenían influjo apreciable los
factores naturales y sociológicos que, en otras comarcas de la Unión,
hacían surgir instantáneamente las ciudades activas y populosas; por
eso se ha detenido, sin paralizarse por completo, reduciéndose por
ahora al aumento vegetativo de los organismos adultos. La capital
política de los Estados Unidos no combina este carácter, como en
las naciones centralizadas, con los de la metrópoli intelectual,
manufacturera, comercial y mundana del país. Mero asiento oficial de un
gobierno federativo que, por esencia y definición, no debería ejercer
sino una acción representativa y externa sobre los Estados autónomos,
Washington ha reflejado inversamente, puede decirse, las vicisitudes
constitucionales del país; pues coinciden sus períodos de prosperidad
é importancia creciente á las crisis agudas de la vida democrática, al
propio modo que, en una prueba fotográfica negativa, corresponden las
partes más brillantes de la imagen á las más obscuras de la realidad.
En esos años «heroicos» del desarrollo institucional, que despertaron
el entusiasmo sin límites de Tocqueville, era Washington una gran aldea
de población reducida é intermitente; porque era también la época en
que la democracia triunfante se derramaba libremente por Estados y
municipios, casi sin intervención directa del poder central,—especie
de soberanía eminente, representativa y en mucha parte nominal.

Pero era inevitable que, al andar del tiempo, el laxo vínculo federal
se rompiera á despecho de su elasticidad, si no se fortalecía para
resistir á la presión interna: sabido es que lo uno y lo otro
ha sucedido, después de una lucha sangrienta. Y el hecho fatal,
produciéndose en el medio más favorable á la subsistencia del
federalismo, constituye el proceso histórico de un sistema provisional,
que se reputara definitivo y perfecto. La federación es el estado
larval de la nacionalidad.—Á pesar de las anexiones ó conquistas
violentas, que han dado á los Estados Unidos la amplitud de un
continente, la población ha crecido en proporción casi cuádruple del
territorio[36]; y esta relativa condensación demográfica ha sido
suficiente para requerir una concentración gubernativa correspondiente,
y, en muchas ramas de la administración, substituir la autoridad
nacional á los antiguos fueros locales. La real autonomía de los
Estados ha perdido el terreno ganado por la soberanía de la Nación, y
es permitido afirmar que, del secular concepto del _self-government_,
no queda más elemento intacto que el municipio.

Referida á Washington, como á un símbolo visible, pudiera la conclusión
tacharse de exagerada, alegándose que, á pesar de su incremento
considerable, sigue la capital ocupando un rango modesto entre las
metrópolis americanas. Pero la objeción es de simple apariencia. Debe
tenerse en cuenta que casi ningún Estado ha elegido, como capital
política, una ciudad importante de la región. La histórica Boston
ha quedado lo que fuera, no ha sido elegida; y, tratándose de esta
venerable reliquia del pasado y santuario de la tradición, bien
puede decirse que tal excepción confirma la regla. En su mayoría las
capitales de Estados son aldeas sin importancia, que los viajeros
ignoran y los mismos habitantes de los vecinos emporios apenas
mencionan; puede afirmarse que, entre los millares de concurrentes
á la exposición de Chicago, no hay uno por diez mil que conozca á
Springfield.—Dado, entonces, su carácter exclusivamente político,
el desarrollo actual de Washington, que nada debe á la industria ni
al comercio, es tan enorme cuanto significativo. Un análisis de sus
condiciones demográficas mostraría que la población federal, con sus
quince mil empleados y sus ochenta mil negros arrimados al gobierno
tutelar, forma contraste con cualquier otra de la Unión, y corresponde
realmente á un complicado mecanismo administrativo muy poco análogo
al de una federación[37]. Fatalmente, pues, y obedeciendo á la gran
ley natural que centraliza más y más el aparato director, al paso
que va el organismo ascendiendo en la escala biológica, los Estados
Unidos cumplen su evolución nacional, tanto más parecida á todas las
anteriores de la historia, cuanto que sus factores sociológicos, antes
excepcionales, ya se aproximan al carácter común. En la alternativa de
concentrarse ó dislocarse, el instinto vital ha preferido el primer
término, á despecho de las teorías y tradiciones constitucionales.
Los ministerios, duplicados desde la guerra de Secesión, con sus
numerosas reparticiones; las obras públicas; los correos, telégrafos,
ferrocarriles y demás órganos circulatorios; los bancos reglamentados
y la emisión sometida á la autorización del gobierno federal, así
como los seguros y empréstitos locales; la superintendencia de la
educación, y la extensión invasora de la jurisdicción nacional sobre
materias antes reservadas á las legislaturas y tribunales de los
Estados: los mil servicios ramificados de un vasto imperio convergen
ahora á Washington, donde se elaboran las leyes incesantes que los
centralizan, y de donde se expiden los decretos diarios que las hacen
cumplir. De ahí, la estructura ya imponente de la capital política y
la importancia creciente de este centro administrativo nacional. El
contraste exterior de esta aglomeración, algo silenciosa y difusa,
con la agitación material de Chicago ó Nueva York, no debe engañarnos
respecto á la superioridad funcional de una y otra; ni conviene olvidar
que una gran capital del viejo mundo, como Londres ó París, acumula
en su enormidad, además de los órganos puramente administrativos de
Washington, los comerciales é industriales de Nueva York y Chicago,
junto á los intelectuales y sociales de Boston y Baltimore, fuera de
otros elementos históricos aquí ausentes ó rudimentarios.

Por lo demás, dichos contrastes materiales y el carácter de
tranquilidad callejera, que la desproporcionada extensión de la ciudad
acentúa, distan mucho de impresionar ingratamente al viajero. Fuera
de los recursos sociales que la política y la diplomacia suministran,
la vida en Washington tiene un sello especial de bienestar apacible.
La monotonía del reposo hace un buen paréntesis á la monotonía de la
agitación. Me habían cansado un tanto las grandezas fenomenales del
oeste; por eso saboreo mejor, en los primeros días, el encanto discreto
de estas desiertas avenidas y la gran melancolía de los parques en este
fin de otoño.—Visito sin entusiasmo ni apuro algunos establecimientos
oficiales. Desde luego, los ministerios con su aspecto previsto de
_City Hall_: amplias oficinas llenas de empleados de ambos sexos,
escaleras, ascensores, muebles idénticos, salivaderas á profusión; todo
ello sin carácter ni novedad. Un detalle encantador es encontrar en el
escritorio de cada jefe de una repartición (hasta en el Congreso y el
propio despacho del Presidente) un ramito de flores frescas en una copa
de cristal.—El Departamento de Educación, vecino del _Patent Office_,
tiene poco interés; el Superintendente, cortés, delgado, pálido, como
desecado por la estadística y reducido á cifra, me da algunas obras
oficiales y unas tarjetas de entrada para los colegios y escuelas de
la capital.—En mis dos temporadas de residencia en Washington, he
visitado algunos establecimientos de enseñanza común y superior; la
primera vez los comparaba involuntariamente á los de Buenos Aires en lo
material, y no quedaba deslumbrado; la segunda vez, llegaba de Boston,
y el resultado de la comparación tenía que ser mucho más desastroso
para las escuelas federales.—Entre otras impresiones pedagógicas,
encuentro en mis apuntes la que me produjo la famosa _High School_,
creada y sostenida para demostrar prácticamente la igualdad intelectual
y cívica de los niños blancos y negros de ambos sexos, fraternalmente
confundidos—algo así como una _coeducation_ por partida doble. Fuí
dos veces, por recomendación expresa del comisionado, y nunca pude
asistir á un curso serio. Mientras que en Boston directores y maestros
se disputaban mi presencia y disponían exámenes especiales en mi honor,
aquí no logro asistir sino á marchas rítmicas, desfiles y cantos
infantiles. El _colored_ director es muy amable, pero parece empeñado
en desalentarme, agobiándome con planes de estudios y programas que
nunca logro ver ejecutar: ninguna de las clases superiores porque
me intereso funciona «actualmente»; en cambio, _lessons on objects_
y maniobras militares á discreción. Asisto desde una galería á una
revista de negrillos, cuyas cabezas se proyectan sobre el blanco patio
enlosado, produciendo el efecto de un juego de dominó movible, y el
director no se cansa de hacerles repetir la canción popular: _Try,
try again_ ... no sé si para despertar mi entusiasmo ó armarme lo que
llamamos en Francia una _scie_ que me ponga en fuga. En todo caso
consigue le segundo. Al retirarme recorro las numerosas clases llenas
de aparatos, bancos, mapas, cuadros murales; hay grupos de varones
y niñas en «estudio»; lo mismo sucede en la biblioteca, cuajada de
_ficciones_; pero no noto que los alumnos blancos formen corrillo con
los parientes del _Uncle Tom_ ...

No se debe insistir en este examen, que mostraría á la capital bajo
su faz menos interesante; en Washington, lo característico es la vida
política, presente ó pasada; para formarse una idea de la educación
americana, hay que estudiarla en el Massachusetts. Por eso no me
extenderé en este capítulo poco favorable; ni tampoco celebraré las
innumerables colecciones naturales é históricas de la _Smithsonian
Institution_, que levanta al lado del _National Museum_, especie de
sucursal de la primera, su compleja é incalificable arquitectura
«_generally known as the Norman style_» (sic). La híbrida institución,
creada por un legado del inglés Smithson, para el «desarrollo y
difusión de la ciencia», participa á la vez del museo, del jardín de
plantas y de la sociedad científica; sabido es que llena el mundo
sabio con la triple serie de sus publicaciones anuales (de carácter
bastante pedestre y local), y que mantiene el intercambio de productos
impresos más activo que exista. Su biblioteca está incorporada á la
famosa del Congreso que, á pesar de sus 600.000 volúmenes (americanos
en su gran mayoría), no merece su reputación yankee y dista mucho de
ser comparable á la de Boston, ni por su instalación, ni por su riqueza
bibliográfica, ni mucho menos por su servicio interno.

Todo lo que con la ciencia y el arte tenga relación reviste
necesariamente en Washington un carácter pegadizo é improvisado. Cuando
no una ley del Congreso, es el legado de un millonario lo que ha creado
de golpe el órgano y la función. Cierto banquero Corcoran ha donado
un palacio lleno de cuadros, esculturas y _bibelots_ para Museo de
bellas artes;—y no hay que decir si al generoso y cándido filántropo
le han deslizado obras antiguas «atribuídas», junto á otras modernas
muy auténticas—como el _Régiment qui passe_, de Detaille, que produce
desde la escalera de entrada su efecto irresistible de viva realidad
y colorido ... ¡Melancólico recuerdo! Visité la galería Corcoran con
ese pobre iluminado de José Martí, entonces lleno de bríos é ilusiones
emancipadoras, y que había de caer estérilmente, un año después, bajo
una de esas balas anónimas que tanto despreciaba. Y la triste memoria
evoca á otra más triste aún, que para mí se adhiere indeleble á los
alrededores tan pintorescos y apacibles del distrito federal.

       *       *       *       *       *

En dos ó tres ocasiones visité con Rafael García Mansilla los parques
exteriores de Washington, el Cementerio nacional de Arlington,
Georgetown, el Jardín zoológico, la Universidad católica y la Casa
de Inválidos (_Soldiers’ Home_) en su marco de árboles y flores.
¡Con qué contento y expansión juvenil me refería en francés—pues la
lengua adoptiva le era más grata y familiar que la propia—sus lejanas
excursiones infantiles por estos mismos parajes, haciendo detener el
carruaje para mostrarme un estanque donde solía travesear! ¡Cuál corría
entonces alegre y veloz nuestra _victoria_, por esa calzada de macadam
contra la que, seis meses más tarde, su cabeza había de estrellarse,
para que el marino robusto viniera á morir donde el niño jugara, y se
anonadasen en un minuto tanta fuerza en reserva, tanta esperanza, tanta
juventud! _Sunt lacrymae rerum ..._

Arlington House, en la orilla virginiana del Potomac, es una antigua
propiedad de la familia Custis, donde residió Washington alguna
vez[38], y cuyo último propietario fué el célebre general de los
confederados, Robert Lee. La casa y el magnífico parque fueron
confiscados por el gobierno nacional después de la derrota: odiosa
represalia del vencedor, y tanto más vergonzosa, cuanto que, á pesar
de las pasiones desencadenadas, la Corte suprema condenó el despojo y
mandó devolver la propiedad á su legítimo dueño; éste aceptó entonces
venderla al gobierno por 150.000 dollars, y quedó allí establecido el
_Military Cemetery_.

Ha sido, sin duda, un bello pensamiento, el de reunir en esta colina,
que domina á Washington, los restos de millares de soldados que cayeron
en la guerra civil, convirtiéndola además en un punto de paseo y
peregrinación. Pero, como casi siempre acaece con las obras yankees, la
grandeza de la concepción ha sido empequeñecida por las puerilidades de
un mal gusto incurable. Se ha incurrido en la ingenuidad chinesca—que
aquí se celebra como un hallazgo genial—de formar en batallones esas
quince mil tumbas uniformes, con los jefes y oficiales al frente de
sus compañías alineadas: y, bajo las encinas seculares, sobre el tapiz
de flores y céspedes, las innumerables piedrecitas blancas se alargan
interminablemente, en filas paralelas de una regularidad geométrica
enervante. El efecto general es más mezquino que en Gettysburg.—Por
supuesto que, á pesar de la última enmienda de la Constitución, los
túmulos _blancos_ no se mezclan con los _negros_: éstos quedan una
media milla más lejos, junto á los de los _refugees_, señalados con una
R. En el cementerio, como en la _High school_ y la _Howard University_
(concurrida por gente de color), que desde aquí se divisa hacia el
_Soldier’s Home_, toda la sangre derramada y todas las proclamas no
han logrado borrar el estigma indeleble. También para las tumbas de los
blancos—y, desde luego, para el sepulcro del general Sheridan, que
domina la entrada—se han reservado los epitafios en verso, extraídos
de un «_beautiful poem_» del coronel O’Hara, cuyas estrofas se
desarrollan en las calles de esas compañías de piedra.—_The Bivouac of
the Dead_ parece una imitación bastante prosaica de la famosa _Revista
nocturna_ de Zedlitz, en que el fuego graneado de los adjetivos
remeda demasiado las salvas fúnebres; citaré la primera estrofa, ó si
preferís, la primera _cuadra_ de esta balada popular:

  _The muffled drum’s sad roll has beat
      The soldier’s last tattoo!_
  _No more on life’s parade shall meet
      That brave and fallen few._
  _On Fame’s eternal camping-ground
      Their silent tents are spread,_
  _And glory guards with solemn round
      The bivouac of the dead..._[39]

Cerca de la entrada, al sud de la casa de Lee, un amplio y sencillo
monumento de granito encierra los restos de dos mil soldados, recogidos
en el campo de batalla y que no se pudieron identificar—_the unknown
dead_;—y no sé por qué el sepulcro colectivo de estos ignorados
despide para mí una melancolía más grandiosa y solemne que los otros
millares de tumbas alineadas, como en la lista de las pensiones.
Y como han de estar allí confundidos negros y blancos, leales y
rebeldes, encuentro más alto y puro este símbolo del deber cívico,
dolorosa é igualmente cumplido por unos y otros en esa guerra de
hermanos,—en que un deudo de Washington ocupó el puesto militar que su
antepasado acaso no hubiera rehuído,—y en cuyas peripecias el Norte
y el Sud defendían un derecho dudoso ¡que sólo fué establecido por la
victoria final!



XVII

WASHINGTON

II

EL CAPITOLIO—MOUNT VERNON


Desde cualquier punto de la ciudad y sus alrededores, se divisan la
cúpula dominante del Capitolio, con su gigante Libertad de bronce en
el vértice, y la aguda pirámide de Washington, cuya altura excede
550 pies[40]: es con justicia que uno y otro monumento atraen
invenciblemente la mirada del transeunte y obseden la imaginación del
habitante, pues la capital entera de los Estados Unidos se simboliza
fielmente en la figura de su fundador y en la historia de su Congreso.

He frecuentado bastante el Capitolio, pues he necesitado concurrir á
la biblioteca del Congreso para estudiar en sus fuentes originales la
historia práctica de la Constitución. Respecto del aspecto exterior, no
creo que urja agregar otra descripción á las ciento y una que corren
impresas y diseñadas. De esta imitación _mammoth_ de San Pedro de Roma,
háse dicho por americanos y europeos todo lo bueno y todo lo malo que
cabe decir.—Antes de ver el Capitolio, puede anunciarse _à priori_
que no ha de tener gran valor estético este remedo moderno de una
basílica del Renacimiento que dista mucho de ser perfecta, ideado por
una serie de arquitectos de ocasión y realizado en un país nuevo que
aún hoy no sospecha el gusto ni la belleza. La fachada principal, que
mira hacia el desierto, con sus escaleras, sus dos alas de mármol y sus
peristilos, produce sin duda el efecto imponente de todas las fábricas
colosales; pero la cúpula de hierro aplasta el pórtico mezquino, y el
cuerpo central de pintada piedra contrasta pobremente con las alas de
mármol, prolongadas en demasía: hay falta absoluta de armonía, así
entre las partes del edificio como en sus materiales, y ¿qué otra cosa
es la belleza artística, que la armonía en la originalidad? Por lo
demás la construcción es enorme y,—con su rotonda pintada, sus frescos
y estatuas, mediocres ó ridículos; sus puertas de bronce, sus _halls_
para el Senado, la Cámara y la Corte Suprema, sus salas y antesalas, su
laberinto de escaleras y pasillos, sus dorados y mármoles—ha costado
trece millones de dollars. ¿Qué más necesita el patriotismo yankee
para proclamar su Capitolio superior á _any public building in the
world_?[41].

Durante mis estaciones en la Biblioteca del Congreso, que ocupa el
subsuelo oeste del Capitolio, solía ofrecerme un entreacto de sesión
parlamentaria; y, después de leer abajo las memorables discusiones de
Webster y Calhoun, no dejaba de ser picante el cotejo de lo pasado con
lo presente, ó si se quiere de la ilusión con la realidad. Algo imbuido
aún, á pesar de mi prudente escepticismo, en el respeto religioso
que el parlamentarismo yankee inspira á los «constitucionalistas»
sudamericanos, confieso que, la primera vez, no penetré sin emoción
en el santuario del _Self-Government_. Era mi guía é introductor un
estimable _lobbyist_ ú «hombre de pasillos» quien, naturalmente,
_nourri dans le sérail_, conoce sus vueltas mejor que los ujieres.
Felizmente para mis frágiles ilusiones, dimos principio por el ala
norte (Senado) del Capitolio. Mi cicerone no me hizo gracia de un
detalle del edificio; pero yo, más generoso que él, remitiré al lector
á las prolijas guías locales, para la descripción, dimensiones y
costo del «Salón de mármol», y los otros vecinos para el Presidente
de los Estados Unidos y del Senado; del gran salón de recepción con
sus frescos italianos, del lujoso y vulgar _ladies’ parlor_ con sus
retratos de Clay, Webster y Calhoun; y, por fin, después de muchos
pasillos y escaleras de mármol, del célebre «Hall de las estatuas»
(antigua Cámara de diputados), así llamado por contenerlas en
abundancia de mármol y bronce, á razón de dos por Estado, fuera de
algunas suplementarias. Una placa de bronce, en un ángulo del piso,
señala el sitio donde John Quincy Adams cayó fulminado por un ataque de
apoplejía.

En el _lobby_ que corre trás de la sala de sesiones, mi guía me
«introduce» al senador M., de Alabama: aspecto de _farmer_ politiquero,
en que la socarronería yankee se oculta bajo modales campechanos; está
mascando tabaco ó _chewing-gum_ y, con su rudo bigote gris muy raso,
parece que tuviera adherido al labio su cepillo de dientes; trae levita
negra cortada con podadera, y el inevitable sombrero de fieltro en la
oreja[42]. Me sacude la mano, me golpea el hombro, se rie, enseñando
toda su dentadura, y el fondo de su conversación es el de siempre:
«¿Qué le parece la _country_, eh? _Well_, somos yankees, ¡nosotros!
Pase V. adelante ... _all right_!...»—Pasé adelante.

La sala del Senado es rectangular; forman el techo artesonado, bastante
bajo, tableros de pintado cristal que se iluminan por transparencia
durante las sesiones nocturnas; los asientos giratorios, cada cual con
su pupitre de caoba, describen un hemiciclo y convergen al sillón ó
cátedra presidencial. Entre el piso y el techo, una sola galería rodea
la sala, dividida en tribunas: la de la prensa encima del presidente,
la del cuerpo diplomático, al frente; por fin, á uno y otro costado,
las de las señoras y de los _gentlemen_ sin importancia. Adornan las
paredes los bustos de Washington, Jefferson y otros «burgraves», y
desaparecen las pilastras y tableros bajo la profusión de medallones,
águilas, banderas, gorros frigios y otros pintados atributos. Muy
poca animación; las tribunas están vacías; algunos «pajes» de diez ó
doce años brincan como cabritos por entre los asientos, llamados por
los papirotes de los senadores; traen ó llevan cartas, vasos de agua,
telegramas; otros disponibles juegan á las bolillas en los pasillos ó
se agazapan en las gradas de la _President’s chair_. En el despoblado
recinto, una veintena de cabezas grises conversan, leen diarios,
escriben su correspondencia, reciben visitas en los asientos de
última fila. Muchos fuman ó mascan; el presidente Stevenson acaricia,
entre dos bostezos no disimulados, su martillo de rematador. Nadie
escucha al orador, que habla de pie desde su asiento; se trata de un
_personal bill_, pidiendo una pensión para una enfermera olvidada
en la lista de las _Army nurses_; y el viejo S., de Nevada, brega
por su criatura, saca diarios que se pone á dictar á los taquígrafos
impasibles, y comenta su lectura, blandiendo la diestra, golpeándose
el muslo, arrojando un chorro á la salivadera, después de una chuscada
humorística que levanta risa general ...

La Cámara de representantes, _of course_, gasta más refocilamiento que
el Senado, debido á la asistencia más joven y numerosa, y también, si
cabe, á la soltura mayor. Sabido es que ocupa el ala sud del Capitolio;
por lo demás, la distribución y el aspecto son los mismos que en el
Senado. El sillón del _Speaker_, delante de una ancha mesa de mármol;
á su derecha, en un pedestal, la maza simbólica de plata y ébano,
semejante á los _fasces_ romanos; en las paredes, algunas pinturas en
que un intenso _spreadeaglism_ suple á su modo la belleza ausente: el
Washington de Vanderlyn, el La Fayette de Ary Scheffer; otros frescos
del fecundo Brumidi, la _Ocupación de California_, el _Descubrimiento
del Hudson_, y, nuevamente, el ubicuo Washington, presentado esta vez
en la _Toma de Yorktown_, en una actitud teatral que contrasta con la
serenidad de su noble cabeza aborregada ... Aquí, como dije, el vaivén
es incesante y el rumor continuo; el orador suele adelantarse hacia el
_Speaker_, sin que los colegas dejen de cruzarse por el intervalo[43],
y, como un examinando ante la mesa, procura hacerse oir, siquiera de
los taquígrafos. Algunos diputados parecen artesanos endomingados;
otros gastan una llaneza de traje y modales que llega al _débraillé_;
uno hay, sin duda de _Mizzoura_, que ha venido á la capital con sus dos
muchachos, y los trae á la cámara para no dejarlos solos en el hotel.
Un negro de levita, diputado de South Carolina, parece mal acostumbrado
aún á no circular entre los grupos con cepillo ó bandeja ...

La cuestión que hoy se debate tiene mucho mayor alcance que la de la
otra cámara: trátase nada menos que de un proyecto para la admisión
del Utah entre los estados de la Unión; con todo, se presta tan poca
atención al informe constitucional como al alegato _pro nutrice_. El
orador presente no es un diputado, sino el delegado del territorio ¡y
mis amigos mormones se llevan una azotaina de profeta y señor mío!...
Por lo demás, en este caso como en la mayoría de los otros, el orador
no habla para la cámara distraída, sino para el interesado público
local; la votación ha sido convenida en los comités de los partidos,
y se anuncia de antemano que la admisión del Utah (demócrata) será
aprobada en la Cámara y rechazada en el Senado,—no por cuestiones de
etiqueta con Mormon ó Moroní—sino sencillamente porque la mayoría,
allá republicana, es aquí demócrata.

Sin pretender que otras cuestiones palpitantes,—como las del _Silver
bill_ ó de los aranceles aduaneros—se traten en el parlamento con la
misma indiferencia aparente, puede afirmarse que, en la inmensa mayoría
de los casos, la discusión es un mero simulacro que conduce al voto, ya
complaciente, ya imperativo, siempre independiente de la argumentación.
Es una consecuencia y una condición de la disciplina partidista, como
también uno de los síntomas visibles de la corrupción política, que
todos los observadores americanos y extranjeros han comprobado. Algunos
de éstos[44] han analizado con admirable perspicacia el mecanismo
legislativo de la Unión, mostrando cómo—muy especialmente en la Cámara
de diputados—todas las ficciones constitucionales y vistosas del
gobierno popular se reducen en la realidad á unos cuantos despotismos
ocultos, tan poderosos é irresponsables como la autocracia rusa ó la
realeza de derecho divino: así, en la Cámara, los comités permanentes
y, desde luego, el presidente, que los designa á su antojo.

Todo _bill_ introducido pasa á uno de los cuarenta y siete comités,
el cual estatuye soberanamente sobre su suerte; ésta, para la inmensa
mayoría, tiene que ser fatal: baste decir que, durante el último
congreso, ¡el número de proyectos pasó de 13.000! Ahora bien: sólo
tres días (vale decir, 12 á 15 horas de la semana) se consagran á la
discusión general, ó sea un término medio de 600 horas hábiles para
las dos sesiones anuales: admitiendo que cada proyecto no exigiera más
que la hora concedida al miembro informante, el Congreso no alcanzaría
á despachar (y ¡con qué conciencia!) el cinco por ciento de los
presentados. Como bien se comprende, el número de _bills_ examinados es
mucho menor; pero la necesaria selección dista de obedecer únicamente
á razones de interés público. En principio, los cuatro comités de
elecciones, impresiones, apropiaciones y «vías y medios» tienen la
preferencia, por corresponder á asuntos que no sufren dilación; en
la práctica, todos se disputan el turno ante la decisión inapelable
del _Speaker_. En cuanto á los móviles, _exceptis excipiendis_, que
excitan el celo de los diferentes comités, los más disculpables son los
que obedecen al deseo de derramar pensiones y empleos sobre el propio
distrito electoral; otros son menos inofensivos: así los que rezan
con privilegios y concesiones solicitados por bancos, ferrocarriles,
grandes compañías industriales y comerciales, en que puede decirse que
el «interés» de tal ó cual comité suele crecer en razón directa del
capital ...

Tal es, según los datos más imparciales y la suma de impresiones que
un contacto frecuente y prolongado sugiere, el carácter general del
mecanismo legislativo en estos Estados Unidos, que la credulidad
hispano-americana ha considerado, por tantos años, al través del prisma
fascinador de las teorías y de las prosperidades materiales. El mismo
James Bryce, considerado aquí como un optimista, tiene que reconocer
los vicios crecientes de un sistema que, sin desempeñar como en otros
parlamentos,—y en este mismo, en otro tiempo—lo que se ha llamado
una «función política educativa», va propagando á todos los órganos
sociales, desde los partidos á los individuos, la inmoralidad y el
escepticismo. Ello explica bastante, fuera de otras consideraciones
materiales, el desdén que á la política profesan los únicos que, por su
ilustración y dignidad moral, mereceríanpracticarla y dirigirla. Los
abogados sin pleitos y los _politicians_ sin otra profesión llenan más
y más el recinto del Congreso, no atraídos seguramente por el sueldo
modesto (5000 pesos anuales), absorbido en parte ó en todo por los
gastos electorales[45], ni el brillo de sus funciones desprestigiadas,
y mucho menos por el deseo de servir á su país. Y este desgaste de
fuerzas vivas (que con el tiempo se van tornando menos exuberantes
á pesar de las apariencias), esta vulgarización sistemática de las
almas y las inteligencias, representa en compendio el «triunfo de la
democracia» y la práctica real de aquellas instituciones ejemplares,
llamadas, según Tocqueville, Laboulaye y sus émulos doctrinarios, á
regenerar el mundo y resolver todos los problemas sociológicos.

Es costumbre replicar á estas críticas y objeciones con dos
afirmaciones positivas, cuyo valor es innegable: se muestra, por una
parte, la asombrosa prosperidad material de los Estados Unidos, que
sobrepasa en crecimiento todo término de comparación; y, por la otra,
se comprueba la subsistencia y solidez aparente de la Constitución,
de que es sin duda una parte muy esencial el sistema legislativo
tan singularmente practicado. Parece lógico, entonces, relacionar
ambos hechos, y repetir que los Estados Unidos deben principal ó
exclusivamente á su Constitución tan gigantesco desarrollo.

Como siempre acaece, hay una parte de verdad en dicho juicio, y acaso
otra mayor de ofuscamiento é ilusión. Creo que, al atribuir influencia
tan excesiva á la Constitución americana, se comete no sólo, como en la
escuela se dice, un sofisma de inducción (_non causa pro causa_), pero
también un grave error de hecho, aceptando como definitivo un estado
quizá transitorio y circunstancial, y admitiendo que el desarrollo
físico y colectivo de una agrupación sea el criterio de su progreso
absoluto, cuando éste es, ante todo, un proceso psicológico individual.
En lugar, pues, de discurrir otra variante al conocido análisis de las
instituciones yankees, creo que será más útil formular algunas de las
reflexiones que su historia y su contacto práctico me han sugerido,
refiriéndolas á nuestras tentativas de imitación en Sud América.

       *       *       *       *       *

Se ha hecho notar, precisamente á propósito de esta Constitución, cuán
reducida y rara es la parte de originalidad que cualquiera «innovación»
encierra, mayormente si resulta de una deliberación colectiva. Para
demostrarlo, algunos escritores europeos y norteamericanos, rompiendo
con la tradición popular y «el culto de la Biblia política», han
desarmado la obra de los constituyentes de Filadelfia y enseñado cómo
ella no contiene, del eje central á las ruedas accesorias, un solo
elemento que no existiera ya, bien en la ley inglesa, bien en las
cartas coloniales y constituciones de Estados derivadas de aquélla. Con
ser exacta la exposición, está evidente el error de la consecuencia
general, debido á un vicio de método. En un organismo, el conjunto
es algo más que la suma de las partes. Entre los radicales, como Von
Holst ó Stevens, y los ortodoxos fanáticos, como Tocqueville ó Pomeroy,
algunos espíritus más fríos y sagaces han tomado la posición intermedia
de Bryce y Boutmy, si bien más vecina de los primeros que de los
segundos. Han mostrado sin esfuerzo que, respecto de la «Constitución»
inglesa[46], la americana, á más de ser escrita y concreta, trae desde
luego la modificación esencial de vaciar la substancia monárquica
y centralista de aquélla en un molde muy distinto, cual es la
democracia federativa; de suerte que, con ser idénticos los elementos
constituyentes, han resultado muy diversos ambos productos políticos.
La demostración es irreprochable; pero ¿es completa? No, porque no
enseña el principio directo y psicológico á que obedece el conjunto.
Se dice alguna vez que los árboles impiden ver la selva; el achaque
es frecuente sobre todo entre los botánicos. Éstos conocen, analizan,
clasifican una por una las especies vegetales de una región; no van
más allá, y hasta suelen negar la existencia de esa selva abstracta ó
subjetiva que sólo divisan los artistas filósofos.

Dados sus antecedentes históricos, sus factores actuales y las
condiciones á que estaba de antemano sometida su aceptación, había mil
probabilidades matemáticas contra una, para que la Constitución escrita
de Filadelfia fuese un fracaso ruidoso, un aborto tan efímero como
la Constitución francesa de 1791, próxima á ver la luz. Al hablar de
las trece colonias «inglesas» y sus poblaciones, muchos historiadores
modernos, exagerando la homogeneidad de aquéllas, generalizan lo que
ha dicho Bagehot del solo Massachusetts, á saber que gentes dotadas
de semejante espíritu político y social se avendrían con cualquiera
constitución. En realidad, no puede darse aglomeración más heterogénea
que la de dichas colonias: diferían profundamente por el origen, la
organización y las constituciones; por la nacionalidad y la lengua,
por la religión y la clase social, por los hábitos familiares y las
aptitudes políticas. Si es cierto, como ya dijimos, que no hay en
la Constitución de los Estados Unidos un solo elemento que no tenga
su antecedente en las leyes anteriores, es porque formaban éstas
la enciclopedia más vasta y contradictoria que existiera jamás.
Por su origen y organización, algunas colonias eran tierras de la
corona, como Virginia; otras, feudos ó señoríos personales, como el
Maryland; el resto, concesiones otorgadas, con cartas especiales, á
corporaciones ó compañías. Sus instituciones no eran menos varias
que su lengua y nacionalidad; alrededor de los nobles _cavaliers_ de
Virginia y los peregrinos del Massachusetts, pululaban los inmigrantes
y colonos suecos, suizos, holandeses, hugonotes franceses, etc. Era
aún mayor y mucho más grave la diferencia de religiones y sectas,
como que la mutua intolerancia era un fermento de guerra intestina
y de desorganización social. Fuera del Maryland, donde al principio
dominaron con lord Baltimore, los católicos eran perseguidos y
vejados en todas partes; pero entre las mismas sectas protestantes,
la que dominaba en cualquier colonia erigía la creencia religiosa en
principio político para oprimir á las sectas rivales; los puritanos
de la Nueva Inglaterra se encarnizaban contra los cuákeros, y éstos
mismos, refugiados en Pensylvania, entronizaban la intolerancia en
los actos gubernativos. Fuera de la esclavitud de la raza negra, las
distinciones de clases creaban privilegios entre los blancos; había
siervos europeos (_indented servants_) que, además de no tener derechos
políticos, distaban mucho de ser equiparados á los _gentlemen_ ante la
ley penal; hasta el siglo XVIII no eran ciudadanos (_freemen_) sino los
propietarios de la religión «ortodoxa» para cada colonia: puritanos
en Massachusetts, católicos en Maryland, cuákeros en Pensylvania,
episcopales en Virginia, etc.

En cuanto á las instituciones locales, si bien es cierto que las
legislaturas tenían en principio que subordinar sus actos á la
_Common law_ y demás estatutos ingleses emanados del Parlamento,
resultaban en la practica tan distintos como las costumbres, las
condiciones climatéricas, las industrias y la índole social de
las comarcas, produciéndose desórdenes y motines frecuentes entre
gobernantes y gobernados. La misma organización municipal, nacida en
el Massachusetts, iniciador, y verdadero paladión de la libertad
americana, no se propagó en su verdadera forma en todas las colonias;
el sud aristocrático y esclavista no conoció el funcionamiento
de la _town_ comunal hasta después de la emancipación. No sólo
en estas colonias de _landlords_, pero en las más democráticas,
como Rhode-Island y Pensylvania, la educación popular era muy poco
difundida; y allí mismo donde prosperara, como en el Connecticut y el
Massachusetts, se resentía de la influencia puritana, por su espíritu
intolerante y sectario.

Tales eran, sin prolongar la enumeración, los principales rasgos
diversos y encontrados que caracterizaban las colonias, y que algunas
pinturas admirativas y complacientes han transformado en una fisonomía
uniforme y convencional de agrupaciones igualmente aptas para el
_self-government_. Y á las intolerancias sectarias, á las rivalidades
locales, á los conflictos de intereses entre los Estados grandes y
chicos, los del norte y del sud, hay que agregar la falta de contacto
por las distancias entonces enormes y, rotos los vínculos con la
metrópoli, el interregno ó la germinación apenas sensible de la vaga
nacionalidad[47].—Á este respecto, pudo hacer ilusión durante la
guerra de la Independencia el ardor de un sentimiento común, en el
cual es muy sabido que entró bastante débil y tardío el anhelo de
libertad; pero el triste experimento del Congreso federativo, cuyo
fracaso motivara la convención constitucional, mostraba demasiado la
necesidad de crear _ex nihilo_ el organismo nacional que no existía.
En el fragor de los combates había dejado de percibirse el rumor de
las disensiones locales; producido el gran silencio de la paz después
de la independencia asegurada, tan sólo éstas se dejaron oir; y no hay
que recordar la angustiosa situación económica que siguió, y parecía
precursora del aniquilamiento.

Entonces (14 de mayo de 1787) se reunió la convención de Filadelfia,
y la historia no olvidará después de cuántos conflictos secretos é
inminentes desgarramientos surgió á luz la Constitución nacional,
destinada á alcanzar un éxito sin ejemplo, y á ejercer en el mundo una
acción política cuyas consecuencias últimas son todavía incalculables.

El efecto de la Constitución es innegable; para proclamarlo no es
necesario aceptar la teoría esencialmente americana que le atribuye la
prosperidad nacional: basta que casi continuamente la haya favorecido
y, salvo en un caso solemne, no la haya nunca estorbado abiertamente.
Una república federativa que, con el máximum de libertad y el mínimum
de gobierno central, ha recorrido tan extraordinaria carrera, sin más
tropiezo histórico que una guerra civil, merecería tenerse por un
país dotado de constituciones políticas ideales—si éstas tuvieran la
sanción de los siglos. El tiempo es el crisol de toda grandeza, y,
como dice Shakespeare, lo que le falta al hombre para ser un dios es
la eternidad[48]. Con todo, el éxito es indiscutible, deslumbrador.
Ahora bien ¿por qué ha sido único? Hé ahí para nosotros la cuestión
importante.

Desde luego, no es necesario repetir que el instrumento constitucional
no encierra en sí mismo una virtud; sin mencionar los países que
prosperan sin deber nada á este régimen[49], basta recordar que
en la América española su adopción ha conducido al naufragio ó al
falseamiento de las instituciones, siendo así que es más completo el
fracaso allí (Méjico) donde aparece más literal la imitación.—Se
invocan razones de raza, de medio, de tradiciones; y ello, sobre ser
un poco vago, no es del todo aplicable al país (tan _europeizado_
como los mismos Estados Unidos) cuya suerte más nos interesa, entre
todos los que practican concienzudamente el régimen republicano,
federal—revolucionario. Acaso se aclararían las ideas si pudiésemos
_aislar_ el espíritu que realmente presidió al laborioso alumbramiento
de la Constitución,—y que, por cierto, no trasciende en su más clásico
comentario, pues éste niega redondamente lo que voy á establecer[50].

Ese espíritu es el de una transacción: ello resulta á las claras, no
sólo de las causas antecedentes que impusieron la reforma del pacto
federativo, sino también de la discusión, agitada y por momentos
desesperante, y, por fin, de este hecho significativo, que no fué
aceptado ninguno de los tres proyectos presentados por Randolph,
Patterson y Hamilton (el espíritu más alto y el alma más noble del
Congreso).—Pero hay que acentuar más aún el sentido de aquella
expresión y darle mayor fuerza, pues entraña, bajo su apariencia
trivial, la explicación más profunda del éxito político de unos y del
desastre de otros.

He apuntado el carácter de egoísmo é intolerancia que antes dominara,
así en la colonias como en los Estados de la confederación: el
inmenso progreso realizado, durante las discusiones del Congreso de
Filadelfia,—á favor sin duda de los dos grandes caracteres allí
presentes: Washington y Hamilton; del corto número de los delegados
(55) y del secreto de las sesiones—pero merced también á la dolorosa
experiencia sufrida, consistió en hacer penetrar en las mentes y las
almas de los patriotas americanos una noción soberana: á saber, que el
gobierno libre se funda en el _espíritu de tolerancia_, no aceptado
en teoría, sino practicado en toda su amplitud y aplicado á todas las
creencias, ambiciones, intereses y energías de la comunidad. Ello, en
el caso ocurrente, importaba desde luego un cambio de concesiones y el
sacrificio mutuo de las convicciones extremas: y esto se consiguió.
Había, entre los delegados, representantes de todas las opiniones, de
todas las utopías, de todas las preocupaciones locales, de todos los
egoísmos colectivos,—desde el mercantilismo de Nueva York hasta la
esclavatura de la Carolina;—ningún elemento fué aceptado ni proscripto
en absoluto; se resistió á los mejores, se contemporizó con los
peores; y, para que el pacto resultante, con todas sus incoherencias y
deficiencias, fuese salvador y fecundo, bastó que crease un gobierno
central, viable y eficiente, superior á los antagonismos separatistas,
y que la Carta fundamental, sin hacer tabla rasa de nada existente,
tuviera asegurados su prepotencia y su mejoramiento paulatino dentro de
su perennidad exterior.

Muy lejos, pues, de ser la Constitución americana un decálogo
imperativo, como algunos aseguran, ó un perfecto modelo teórico, como
lo quieren otros, era un _modus vivendi_ transitorio, un compromiso
provisional entre el norte y el sud, entre los Estados grandes y
pequeños, cuyos intereses eran antagónicos; pero significaba el triunfo
de la tolerancia y del oportunismo, único dogma aceptable y exigible en
materia política[51]. En tanto que los imitadores sudamericanos creían
alcanzar al ideal teórico en la imitación servil, los redactores del
original se habían declarado satisfechos por haber incluido en él la
mayor suma posible de aspiraciones encontradas. La perfección de este
memorable documento consiste, pues, en ser voluntaria y deliberadamente
imperfecto.

Reflexionemos un instante en este grave problema histórico: todas
las razones invocadas, como explicación de nuestras quiebras
institucionales en la República Argentina, ó son inexactas, ó son
refundibles en aquella noción. La anarquía es el producto genuino de
la ignorancia y del egoísmo; es decir, de la obcecación intelectual
que nos mueve á creer en la verdad única, absoluta y cercana, y del
instinto antisocial que nos incita á imponer por la fuerza nuestro
gusto y voluntad sobre las voluntades y gustos ajenos. Ahora bien:
todo eso está contenido en la maldecida palabra; y toda la historia
argentina no es sino un desfile de despotismos y revoluciones,
porque la intolerancia, madre de la anarquía, nos ha hecho condenar,
perseguir, destruir á nuestros adversarios, en nombre de un principio
abstracto ó de un apetito egoísta, cuando era necesario ceder,
amalgamar, reconocer la parte de verdad y de error, de justicia y de
iniquidad, que todo lo humano encierra. Y ¿qué mucho que nuestras
constituciones hispano-americanas resultasen artificiales é
impotentes, si, además de significar la tabla rasa de lo anterior y
no tener en cuenta las fuerzas elementales é invencibles del complejo
organismo, han sido siempre elaboradas por un partido dominante
que, en el mejor de los casos, obedecía á un concepto estrecho de
preponderancia y exclusivismo? El primer fruto de la ciencia y de
la moralidad es la convicción de que, siendo todas las nociones
sociológicas relativas y precarias, nadie debe proscribir _a priori_
las opiniones adversas, so pretexto de que atacan las nuestras. La
conciencia social descansa en un convenio, y por tanto no reconoce
imperativo categórico. Por haberlo sentido y proclamado los hombres de
Filadelfia, por haberlo ignorado ó negado los hombres de Buenos Aires
y del Paraná, es que la Constitución norteamericana ha presidido,
elástica y eficaz, al prodigioso desarrollo de los Estados Unidos;
mientras que la argentina, análoga en su letra, pero muy diversa en su
espíritu, sólo ha presenciado luchas estériles, ataques al gobierno
en nombre de la libertad, opresiones del pueblo en nombre de la
autoridad—el imperio fatal de la intolerancia y de la anarquía.


  Mount Vernon.

He ido dos veces á Mount Vernon; la primera, acompañado, para conocer;
la segunda, solo, para recordar; las notas siguientes se refieren á mi
segunda excursión.

Sabido es que la morada de Washington, convertida en reliquia nacional
y sitio de peregrinación, se levanta en la ribera derecha ó virginiana
del Potomac, diez y seis millas más abajo de la capital. Un vapor
de ruedas, el _Macalaster_, hace el breve trayecto; nos embarcamos
á las diez de la mañana y almorzamos á bordo, ni mejor ni peor que
en cualquier hotel. El ancho río amarillento se desenvuelve casi
sin arrugas entre sus márgenes bajas, coronadas en segundo término
por colinas ondulantes. La hierba quemada por la escarcha forma una
alfombra rojiza en los bosques raleados, cuyos robles y arces perfilan
sus brazos desnudos sobre el cielo pálido. Á derecha é izquierda se
suceden las residencias campestres, las alquerías fluviales como á lo
largo del Paraná.

La primera escala es Alexandria, puerto comercial mucho más antiguo
que Washington y que estuvo á punto de ser elegido para capital; en
seguida, el fuerte Foote, construído en la costa de Maryland durante
la guerra de Secesión y hoy desmantelado. El Fort Washington, que
aparece luego, no es mucho más importante, á pesar de sus bastiones
recién reparados; todo tiene aspecto añejo é inválido; los cañones de
antiguo modelo acaban de oxidarse en sus troneras; algunos veteranos
vagan por el glacis, y un soldado renco, de capote azul, probable
escombro de las milicias federales, coge al vuelo la amarra del buque,
sin largar su cachimba. Desde aquí se divisa Mount Vernon, y todo el
mundo ha subido sobre cubierta: unos veinte y tantos pasajeros de
ambos sexos y colores, provistos de folletos, noticias, fotografías,
cintas nacionales que se venden á bordo, y desempeñan el oficio de los
rosarios y medallas benditas en las tiendas de Lourdes. Mount Vernon es
la Meca, ó si preferís la Medina americana (pues conserva la tumba del
Profeta); y todo yankee patriota cumple una vez en su vida la piadosa
peregrinación. Por lo demás, es fácil comprobar que la mayoría de los
peregrinos ignoran la historia del héroe al igual que nuestras terceras
franciscanas los hechos y milagros de su institutor seráfico.—Aquí es
de tradición que empiece á doblar la campana del buque; y se dice que
la bella costumbre fué iniciada en 1814 por el comodoro inglés Gordon,
que pasaba por aquí al ir á incendiar la capital: lo cortés no quita lo
valiente.

Mount Vernon no es propiedad de la nación, sino de una sociedad privada
de señoras, _the Mount Vernon Ladies’ Association_; es un rasgo más
del admirable espíritu de iniciativa que aquí reina. Cuando el último
heredero pensó en deshacerse de la propiedad, ocurrióle á una dama
virginiana, miss Ann Cunningham, la idea de conservar la _sacred
place_; se dirigió al Congreso en 1855, sin éxito; fué más feliz
con la sociedad _Women of America_, que encontró medio de adquirir
la casa y sus doscientas acres de campo por 200.000 dollars. Las
subscripciones afluían de todas partes; fuera de las vulgares y que
parecen inferiores á su valor venal, como las de Jay Gould y otros,
merece mencionarse aparte la del pastor y orador Everett[52] que envió
68.494 pesos producidos por sus lecturas sobre la «Vida y carácter de
Washington». La asociación tiene asignado á cada Estado de la Unión
un cuarto de la casa para su mueblaje y arreglo, suponiendo que no
habrá de contener sino reliquias auténticas del gran patricio y su
familia—incluyendo en ésta á La Fayette, cuyo _room_ ha sido otorgado
á New Jersey; y, piadosamente, todos los visitantes—y yo mismo entre
ellos—se esfuerzan para no poner en duda la procedencia legítima de
estos trastos venerables, ¡que se aumentan día á día y llegan de los
confines del país!

La casa intacta, y sólo reparada en detalles accesorios, se levanta en
una colina que domina el río; se divisa desde el desembarcadero, amplia
y sencilla, de dos pisos (el segundo muy bajo, como entresuelo), con
su larga galería de columnas, desde donde solía el dueño contemplar el
horizonte de bosques y praderas. El techo de azotea tiene un pequeño
mirador y, en el frente que mira al Potomac, una terraza sobre pilares
cuya cubierta está á nivel del piso alto. La construcción es de madera
pintada, imitando la piedra, y el aspecto general, el de una antigua
casa-quinta de Buenos Aires. Al subir de la ribera, se encuentra
primero el sepulcro de Washington; es un modesto monumento de ladrillo,
conforme á la voluntad consignada en su testamento: aquí ha querido
dormir el sueño eterno, al lado de su fiel compañera, lejos de las
ciudades y sus fastuosos panteones. Los dos sarcófagos de mármol se
alargan delante de la doble puerta de hierro; en la losa de la derecha,
debajo de las armas nacionales, el nombre solo, breve—inmenso:
WASHINGTON; en la de la izquierda: MARTHA, CONSORT OF WASHINGTON.

El interior de la casa no tiene sino un interés convencional; los
cuartos, generalmente pequeños, están bien arreglados para interesar
la curiosidad vulgar de los peregrinos: el _Hall_ con su enorme «llave
de la Bastilla», regalo de La Fayette; el cuarto de música, con la
flauta del vencedor de Princeton y el arpa de Nelly Custis, su hija
adoptiva; el cuarto de La Fayette, con el _bureau_ que usó el elegante
y valiente marqués, durante su última visita de 1784, etc., etc.. Y por
momentos, á pesar del mueblaje de lance y del _bric-à-brac_ apócrifo,
la ilusión elabora su milagro, y una virtud secreta se desprende del
ambiente, de las paredes y del pavimento, que siquiera forman los
cuartos en que realmente ha vivido el grande hombre. ¡Cómo se comprende
su deseo de vivir aquí sus últimos años, en la paz confortable de este
_home_ campestre: lejos del tumulto de los campamentos, lejos del poder
supremo que es también la suprema amargura, y de la aclamación popular
que no es sino la moneda falsa de la gloria! Después de las batallas
que aseguraron la Independencia, creía sinceramente, á los cincuenta
años, que había terminado su carrera pública; y se deleitaba entre los
suyos, llevando la existencia activa y reposada del _gentleman-farmer_
virginiano, cuidando sus prados y dehesas, viendo madurar sus mieses,
cultivando este mismo jardín que se extiende detrás de la casa,
recorriendo á pie y á caballo los sitios amenos y las riberas del
Potomac. Durante las largas veladas de invierno, delante del hogar
alegre en que ardía un tronco de encina, en esas noches de diciembre
de 1784, que fueron las últimas que La Fayette pasó aquí ¡qué dulces y
profundas confidencias debían de cambiar los dos amigos y compañeros
de Yorktown! El mayor, el más grande, veía partir al otro para el
viejo mundo, soñándole devuelto á los esplendores de Versalles y
París, en tanto que éste creía dejar al Cincinato americano, retirado
para siempre en su dominio patriarcal: ni uno ni otro sospechaban
que sólo estaba en vísperas de comenzar el gran período de su vida
histórica; que el primero sería dos veces presidente de su Nación,
que el segundo vería derrumbarse el trono de sus reyes y saludaría
las ruínas de la Bastilla á la cabeza del pueblo de París ... Y con
todo, algo de misterioso y patético hubo de estremecer sus últimos
momentos, antes de la separación, para que al día siguiente, cuando
La Fayette se embarcaba en la fragata que le llevaba á su patria,
recibiese del reservado é impasible Washington, estas bellas palabras
de adiós en una carta, que acaso sea la única conmovida de toda su
Correspondencia[53], la sola en que revele un temblor humano aquella
voz siempre firme y serena, pero también austera y fría como el deber:

 «... En el momento de nuestra separación, en el camino, durante mi
 viaje de vuelta, y desde entonces á cada hora, mi querido marqués, he
 sentido por vos todo el respeto, todo el cariño que me ha inspirado
 vuestro mérito personal en esos largos años de una relación íntima.
 Mientras nuestros carruajes se alejaban uno de otro, me preguntaba
 á menudo si os había visto por última vez; y, á pesar de mi deseo
 contrario, mis temores me respondían que sí. Recordaba en mi espíritu
 los días de mi juventud; hallaba que hacía mucho tiempo que habían
 huído para no volver más, y que descendía ahora la colina que he visto
 disminuir durante cincuenta y dos años delante de mí ... Sé que no se
 vive muy viejo en mi familia; y, aunque soy de constitución robusta,
 debo prepararme á descansar muy pronto en la fúnebre morada de mis
 padres. Estos pensamientos obscurecían para mí el horizonte, esparcían
 una nube sobre el porvenir: por consiguiente, sobre la esperanza de
 volver á veros. Pero no quiero quejarme: _he tenido mi día ..._ No
 encuentro palabras que expresen todo el afecto que os profeso, y no
 intento hallarlas ...»

¡Palabras solemnes y conmovedoras en cualquiera boca, pero cuyo real
alcance y pleno valor, en la de Washington, sólo pueden apreciar y
medir quienes hayan estudiado su vida y carácter; leído, sobre todo, su
correspondencia, que comienza en la juventud y termina la víspera de
su muerte, sin que jamás, al dirigirse á su mujer, á su hermana, á su
hija adoptiva, á sus amigos de cuarenta años, se vuelva á encontrar una
confidencia efusiva, un arranque espontáneo y natural, parecido al que
acabo de citar ...

En el parque que se extiende tras de la casa, por las calles
geométricas del jardín, dibujado, tallado, rastrillado
escrupulosamente, con sus arriates de boj trazados con regla y compás,
según el viejo estilo francés que tan bien cuadraba al carácter del
dueño; en todos los puntos y rincones del cortijo, de la cocina al
palomar, las romerías diarias de cuarenta años han dejado huellas de
sus pasos, trayendo y llevando reliquias pueriles, grabando fechas
é iniciales, arrancando hojas y ramilletes, cargando con astillas y
cascotes conmemorativos. Entre los peregrinos de hoy, está un _farmer_
de Minnesota que repite periódicamente la romería, para comprobar el
crecimiento de un fresno que él mismo trajo y plantó hace diez años:
le encuentro de guardia al pie de su arbol de donde no se mueve en
todo el día, recitando á los concurrentes sucesivos la historia de su
_ash-tree_, con más convicción que el guardián de las reliquias de una
catedral.—De tales minucias y preocupaciones pueriles se componen
todos los cultos, y el fetichismo varía en la forma y el objeto sin
cambiar en su esencia simbólica. La humanidad es un niño secular que
crece siempre en estatura sin llegar nunca á la mayor edad ... Al
retirarme, camino del embarcadero, vuelvo á pasar tras de la tumba, y
leo en el arco de la bóveda esta inscripción evangélica, en ese viejo
inglés casi tan venerable como el latín de la Vulgata, pues es el que
ha vibrado en los labios de John Knox y William Penn, de todos los
reformadores y mártires del protestantismo: «_Yo soy la resurrección y
la vida. El que creyere en mí, aunque hubiere muerto, vivirá_»[54].

Puede Washington esperar en paz la resurrección de la carne, en que
creyera su fe sencilla; su gloria, su alma, su espíritu, lo que vale
del hombre, no ha muerto ni morirá. Las mismas supersticiones, de que
es objeto su culto patriótico entre su pueblo, son la mejor prueba y
salvaguardia de la inmortalidad. Mejor que la verja de hierro de su
sepulcro, la leyenda piadosa preserva su memoria y embalsama su vida,
defendiéndolas contra las tentativas de la realidad. No se ha escrito,
ni probablemente se escribirá jamás, una historia exacta y filosófica
de Washington: todas las que llevan este nombre, desde la de Marshall
hasta la de Witt, pertenecen á la hagiografía. No se intentará revelar
al hombre intermitente y falible, debajo del héroe sacramental. Nadie
enseñará sus preocupaciones de raza y de fortuna, sus estrecheces de
concepto, su limitado vuelo intelectual, la frialdad de sus afectos,
la violencia orgullosa de su carácter, la rigidez de principios que
llegó alguna vez hasta la inhumanidad, su desconocimiento «virginiano»
de las tendencias democráticas que, con Jefferson y sus sucesores,
iban á lanzar al país por la pendiente irresistible,—mucho menos se
sacarán á luz sus injusticias y flaquezas humanas ... Con su estrategia
de antiguo agrimensor, sus victorias de general de milicias sobre
tres regimientos de enganchados hessenses y hannoverianos (Trenton
y Princeton), quedará «el primero en la guerra y el primero en la
paz», ¡en el siglo que comienza con Napoleón y termina con Moltke! Se
celebrará siempre, como un sacrificio sublime, el abandono del poder
en quien, calumniado, vilipendiado por la prensa encanallada que tan
numerosa prole dejara allí, no aspiraba sino al reposo, y exclamaba
violentamente en pleno consejo de ministros: «¡Antes en la tumba que en
otra presidencia! _Rather in my grave than in the presidency!_»—Todo
ello, porque simboliza á los Estados Unidos y es la estatua erguida
en el ápice de esa pirámide formidable, cuya base ocupa y llena un
continente.

Este nuevo mundo había menester de otros dioses, nuevos como él y
capaces de sustituir á los antiguos que se van, disecados por la
ciencia y corroídos por la crítica.—Hé aquí uno, tan legendario
é intangible, á despecho de su modernidad, como las creaciones
gigantescas de la mitología. Nada prevalecerá contra él, mientras arda
en el corazón humano la llama inextinguible del sentimiento y de la
fe, mientras el sér efímero y miserable necesite buscar fuera de sí el
ideal de fuerza y grandeza que la realidad no le brinda. Es necesario
y bueno que así sea. Cada nación quiere arrancar de un _Fiat lux_
repentino y sublime, y coloca en el origen de su historia al héroe
infalible y omnipotente de quien todo nace y procede.—En vano será que
la ciencia demuestre que el río caudaloso se forma con el derrame de
cien vertientes sucesivas, de mil raudales afluentes que contribuyen á
engrosarlo sin tregua hasta el delta de su estuario: el hombre querrá
siempre buscar, por entre las tinieblas y penurias, la roca misteriosa
y lejana de cuyo seno mana el arroyo cristalino, que debe ser la fuente
sagrada y única del Nilo Azul ...

Y yo mismo que estoy ahora discurriendo del simbolismo popular con
el frío criterio de la ciencia, hé aquí que acabo de tropezar con un
_memento_ instructivo y filosófico; parece que he sido también alguna
vez el peregrino ingenuo de aquella Meca americana: al transcribir
estos apuntes, tomados el mismo día de mi segunda visita, hase escapado
del cuaderno una hoja de álamo blanco recogida en Mount Vernon ...



XVIII

EL MASSACHUSETTS

I

LA VIDA SOCIAL


Al acercarse ya el término de mi paseo por estos Estados Unidos, me
ocurre examinar rápidamente, en obsequio de algún viajero futuro, si
el programa que me tracé era el más racional y si lo he realizado
pasablemente, siquiera en sus partes importantes. Respecto al primer
punto, mi conclusión es favorable; hecho el experimento, apruebo el
plan seguido y siento que, á repetir la excursión, no modificaría mucho
el itinerario. Citaré este solo hecho significativo en favor de mi
conclusión: no he conocido á Nueva York hasta después de recorrer el
oeste y el centro; ahora bien, durante mis dos estancias en la «ciudad
imperial», fuera del movimiento y las proporciones mayores mil veces
descritos, no he encontrado allí un solo elemento que agregase un rasgo
nuevo á mi esquema general del país. No tratándose de estadística
sino de sociología, afirmo, sin buscar ni rehuir la paradoja, que el
gran emporio comercial del Atlántico, para quien conozca ya las otras
ciudades representativas, es un factor _négligeable_. Es posible que,
para un viajero llegado de Europa y preocupado de referir á ella su
examen comparativo, fuese preferible el itinerario más natural; dado
mi punto de vista sudamericano, creo que ha convenido acometer por
el litoral Pacífico el estudio progresivo de la región, caminando al
oriente, en sentido contrario al que ha seguido la civilización, así en
el mundo antiguo como en el nuevo. Al hacerlo, parece que se faltase
á la lógica, aplicando á la geografía un método opuesto al de la
historia; pero es simple apariencia. La edad cronológica de una comarca
suele ser lo contrario de su edad sociológica: con referencia á la
civilización, yendo de Méjico á Nueva Inglaterra, se marcha en realidad
como el tiempo, de lo pasado á lo presente. Por lo demás, la imagen
clásica del río que nace en su propio manantial y desciende el curso de
los años no es tampoco aplicable al progreso de América, que no es, en
principio, más que una simple desviación y derrame del europeo: fuera
más exacto compararlo con una corriente que se desprende de un vasto
lago central, á manera del San Lorenzo que sale del Ontario y engruesa
con su hoya propia el caudal primitivo. En todo caso, no es dudoso que,
después de conocer á Nueva York y el Massachusetts, el primer efecto
de California y del mismo Illinois sería muy diferente del que produce
cuando se llega de Méjico.

La realización del programa ha fallado en parte por el tiempo. La
ciclópea Feria ha absorbido mi atención y embarazado mis movimientos;
fuera de que no son suficientes algunos meses para un viaje de
iniciación. Sería indispensable un año de libre y activa permanencia
para completar el análisis de los factores primordiales. Éstos, en
suma, no son muy complejos ni numerosos; infinitamente más difícil y
delicado es el estudio original de cualquiera nación europea. Esta
inmensa comarca no presenta, sobre un fondo común é invariable,
sino cuatro ó cinco aspectos distintos y característicos. Éstos,
únicamente, requieren y merecen examen detenido; y para ello es inútil
y hasta nocivo trasegarse de Estado en Estado, consumiendo el tiempo
y fatigando la vista con el espectáculo de copias y «réplicas» del
mismo original. Para quien no lleva un objeto técnico preciso, las
estaciones prolongadas deben ser las que en estas páginas he señalado,
sin perjuicio de las excursiones complementarias á todas las zonas de
la Unión.

Para juntar los elementos de un juicio personal, sería suficiente
una permanencia de un año bien empleado, conociendo, por supuesto,
el observador la historia y la lengua del país, y cuidándose mucho
de no disipar su actividad en frívolo turismo. El viajar durante
meses, con el solo objeto de _haber visto_ las poblaciones y parajes
célebres, constituye la más estéril de las fatigas; se extraería
mayor gusto y provecho de una lectura. Sobre todo, cuando se trata de
sitios naturales, famosos por su belleza, las vistas y descripciones
literarias han desflorado de antemano nuestras impresiones: la
imaginación los fingía más bellos. Mejor dicho, las cosas no son bellas
sino para los que poseen el mágico cristal de los videntes, que revela
la poesía oculta bajo la prosa superficial. Y es pretensión ridícula en
cualquier transeunte, el creer que descubrirá, en un sitio histórico ó
natural, lo que Taine ó Flaubert hubieran visto.

Al paso que se achica, el planeta se torna más chato y monótono.
Cuando la civilización niveladora haya borrado de la haz de la tierra
los vestigios de la antigüedad y del exotismo, la uniformidad universal
será desesperante, y las distancias aproximadas no valdrán el trabajo
de ser salvadas. En un largo viaje, lo que se encuentra á cada paso es
la repetición de lo que se conoce ya; y ello nos interesa precisamente
en proporción de los recuerdos, es decir, de los elementos psicológicos
que le incorporamos: he evocado en Belize la selva de Fontainebleau;
en los Alleghanies herrumbrados por el otoño, las faldas de los
Pirineos; en California, el valle de Aconcagua ó Tucumán. La naturaleza
es menos varia que el humano habitáculo. Pero, si el mismo paisaje
no nos interesa hondamente más que por la impregnación histórica ó
legendaria que contiene ó le atribuímos ¿qué substancia imaginativa
pueden encubrir estas vírgenes praderas sin huellas seculares, estas
ciudades nuevas sin nobleza ni estética? Lo único que aquí retribuye la
tristeza del peregrinaje es la manifestación, más futura que presente,
de una variedad sociológica en formación. Y aquí, sobre todo, es cierta
la palabra de Pope: «El verdadero estudio de la humanidad, es el
hombre»[55]. Pero lo que vale ser estudiado del hombre no se muestra
en la existencia artificial de los ferrocarriles y hoteles; el alma
colectiva puede asomar á la superficie de la vida callejera, casi nunca
el alma individual, la que piensa, desea, sufre á solas, y es la célula
consciente del organismo social. Por eso, no sabrá nada real é íntimo
de la psicología americana quien no haya ahondado lo bastante en ella
para criar afectos y antipatías, agregando al juicio del espíritu la
reacción personal del sentimiento.

En los meses de octubre, noviembre y diciembre, he recorrido varias
veces los Estados del centro y del este, deteniéndome algunos días
en sus más importantes poblaciones, fuera de estancias repetidas en
Washington, Boston y Nueva York. Pudiera ahorrarme lo primero en
beneficio de lo segundo, pues nada útil he extraído de las rápidas
excursiones, y por ellas he tenido que abreviar las permanencias
provechosas.

Al viajar desde Chicago á cualquier región del este, el rasgo general
que hiere la vista es la densidad creciente de la población, mejor
dicho, la multiplicidad é importancia de los centros comerciales y
fabriles. Las ciudades populosas se suceden como ganglios á lo largo
de la vía férrea; se siente la aproximación de los viejos Estados del
Atlántico, de las genuínas colonias inglesas que han sido el núcleo
de la nacionalidad y el primer receptáculo de la inmigración europea.
Pero, de Cincinnati á Baltimore y Filadelfia, como de Cleveland á
Pittsburg ó Buffalo, la uniformidad invernal de la campiña refleja la
de las agrupaciones humanas; apenas si, acá y allá, rasga la niebla
del vago recuerdo un punto luminoso y alegre,—sólo acaso porque me
tocara entreverlo bajo el claro sol de invierno y el cielo azul—así
Toledo y su parque á orillas del lago Erie; la blanca Indianapolis,
libre del hollín de Cincinnati y Chicago, con su vistoso monumento á
los soldados anónimos: _¡Indiana’s silent victors!_ Pero aun antes de
la nieve niveladora, la campiña, en el Ohío y Michigan, carece de la
majestad que ostenta la sabana ilimitada, entre el Missisipi y los
montes Rocallosos, sin cobrar la amenidad de los valles y colinas de
California. Acabado el verano, con sus mieses doradas y sus verdes
praderas, el suelo desnudo ha sido despojado de su único atractivo. La
cadena de los montes Alleghanies accidenta la monótona Virginia, y su
cruzada en ferrocarril abre un paréntesis en el tedioso viaje; en la
tarde de otoño, una impresión de dulzura triste se desprende de los
montes rojizos, de los enebros y encinas, cuyos follajes herrumbrados
contrastan con el verde obscuro de los abetos, sobre el fondo pálido de
la helada pradera. Pero muy luego vuelven á sucederse interminablemente
las mustias heredades, cubiertas de bañados ó de ralos encinares que
rodean las casillas de madera y techo de zinc, fabricadas por millares
para ser transportadas y armadas en cuatro días, en cualquier punto
del territorio. Son hogares trashumantes, casi tan movibles como la
tienda del pastor, y que tal vez no duren bastante para ver florecer
los arbustos frutales plantados en su contorno. La tierra americana
se cansa pronto, y sus explotadores abandonan sin tristeza el campo
arrendado, en cuanto deja de «pagar». Aun en el oeste casi virgen, con
el despotismo de los sindicatos compradores de cereales, hase vuelto
tan precaria la suerte de los agricultores, que muchos entregan sus
campos roídos de hipotecas, y prefieren trabajar á jornal. El seno de
la gran nodriza se ha secado al viento de la especulación. Por otra
parte, esta nodriza es una mercenaria. Nada hay aquí que se asemeje á
la pasión entrañable del labriego francés por su terruño. Aquél, en
verdad, se une indisolublemente al campo heredado ó adquirido, que las
generaciones han fecundado con el sudor de su afán. Para este rural
advenedizo, la tierra vale lo que produce; cuando ella deja de ser
remuneradora, levanta sus frágiles penates y los transporta más allá;
y por eso no se asienta en sólidos cimientos la casilla sin musgo ni
enredaderas, donde los hijos no han nacido ni los abuelos morirán.

Desde mediados de diciembre, el crudo invierno se ha desplomado
bruscamente en los Estados del centro; sorda y espesa, la nieve ha
caído sin interrupción durante una semana, y el blanco sudario que
envuelve campos y ciudades se perpetúa por la congelación. El viajar
ahora es melancólica tarea; por lo demás, menos penosa aún que durante
el verano. Mejor que en región alguna de Europa—donde el confort
se reserva para la vida casera—los yankees han resuelto, amplia y
democráticamente, el problema de la comodidad material. Han sacudido
el yugo de las estaciones; en verano, con los bloques de hielo y el
agua á torrentes por todas partes; en invierno, con la calefacción,
tan general é intensa, que envuelve la vida urbana y viajera en una
atmósfera aisladora y tibia: á tal punto que, lejos de sufrir por el
frío polar, el forastero lo desea, y procura por una hora la tónica
reacción, sabiendo que, á cualquiera parte que se dirija, el paseo á
pie por las aceras congeladas será un breve paréntesis al confortable
ambiente del calorífero.

He dado una última carrera de despedida por el oeste, y, después
de Navidad, vuelvo de Chicago á Boston por la orilla de los lagos,
deteniéndome en varias ciudades manufactureras; algunos puntos negros
sobre el fondo implacablemente blanco: tal es el efecto general del
paisaje en la retina; y el residuo sensacional es un despliegue
abrumador y monótono de la misma fuerza física. Las ciudades negruzcas
que atravieso, asentándome en ellas horas ó días, según el humor
(gracias al socorrido _unlimited ticket_): Detroit, Cleveland,
Pittsburg, Buffalo, son inmensos talleres fabriles y febriles, que
despiden el potente rumor del esfuerzo humano y evocan imágenes
monstruosas de cíclopes fraguando metales en las cavernas volcánicas:

  _Ac veluti lentis Cyclopes fulmina massis
  Quam properant..._[56]

Sucédense los «enjambres» mineros, más numerosos y compactos á medida
que se interna el viajero en el New York y Pennsylvania; de noche, por
entre el velo espeso de la niebla y el humo que enrojece los focos de
gas natural, y hasta la cruda incandescencia eléctrica, esos grupos
infatigables é insomnes revisten no sé qué apariencia fantástica.
Tienen su enérgica existencia propia, al parecer independiente de la
que se adapta al curso de los astros y al cambio de las estaciones; en
la muerte universal que cubre las campiñas, y el invierno que aletarga
la vida orgánica, los gnomos subterráneos se alimentan sin duda con
los metales que extraen y amasan, con los aceites minerales que manan
de la roca, sin conocer más sol que los gases inflamados, más brisa
que el hálito de sus fuelles gigantes, más nubes que los penachos de
humo que se retuercen bajo sus bóvedas de hierro y granito. Y en la
fuga nocturna del tren por el campo de nieve, las negras poblaciones
atravesadas, que dejan la sensación de bloques de carbón sobre un
pavimento de mármol, se llaman—¡amarga ironía!—Roma, Ithaca, Troya,
Siracusa: nombres prestigiosos y sonoros que llevan el espíritu á las
regiones luminosas y bendecidas, donde la fácil existencia no cuesta
tanto afán: á los siglos antiguos, en que á la esbelta humanidad,
vagando á sus anchas por el planeta desocupado, bastábale pedir sus
frutos espontáneos al suelo intacto y sus peces al mar, para levantar
gozosa el himno de la vida y proseguir el sueño de belleza que poblara
el universo de dioses y héroes ...

Pero son ociosas las miradas hacia atrás, y casi impíos estos votos
regresivos, si en las comarcas antes felices de la vieja Europa la
pobreza creciente impone su ley de bronce, y en la misma patria del
arte se han secado las poéticas fuentes del pasado al cierzo realista
del presente. Bien hacen las tribus proletarias en desdeñar la gleba
empobrecida, si es cierto que la exuberante Cibeles americana brinde
á las bocas ávidas un seno henchido y desbordante de savia nutricia
... Pero ¡ay! ¡ilusión más triste que la vieja realidad! También la
estrechez y la miseria han asomado hoy en los territorios casi vírgenes
ayer. Las minas y fábricas conocen las huelgas dolorosas, ya motivadas
por la escasez del salario, ya por el exceso de producción. Estos
Estados Unidos, que ostentaban orgullosos su desarrollo material, han
crecido en efecto con velocidad portentosa, pero también han madurado
con asombrosa rapidez; en el mundo nuevo, lo propio que en el viejo,
los problemas solemnes é ineludibles comienzan á surgir; las mismas
exigencias se formulan aquí, sin que las atenúen, como allá, las
tradiciones de la raza y el amor de la patria venerable. La madrastra
se ha tornado para muchos tan estéril como la madre; y en Chicago y
Pittsburg, en Brooklyn y Filadelfia, como en Birmingham y Roubaix,
millares de trabajadores sin trabajo, bajo el viento y la nieve,
tienden al transeunte sus pobres manos ateridas que, no sabiendo ya
levantarse al cielo en ademán de súplica, se cierran hacia la tierra en
actitud de amenaza.


  Boston.

La capital del Massachusetts y metrópoli de la Nueva Inglaterra cuenta
500.000 habitantes (900.000 con los suburbios); es, después de Nueva
York, el gran emporio comercial del Atlántico; en su inmenso puerto,
más de 10.000 buques cargan y descargan anualmente 4 millones de
toneladas, que representan un intercambio exterior de 150 millones
de dollars; posee 4000 fábricas industriales; después de Londres,
es el primer mercado de lanas del globo; tiene 60 bancos nacionales
en actividad, y, en las cercanías del Correo y la Municipalidad, el
tráfico de _Washington street_ no es inferior al de Broadway; por fin,
relativamente á su población, es la ciudad más rica de los Estados
Unidos, como es la más antigua y la primera en gloria histórica.
Ahora bien: Boston oculta, por así decirlo, el _business_ que Chicago
ostenta; se muestra más orgullosa de sus escuelas y librerías que de
sus talleres y depósitos. Como un millonario de tradición y gusto, ella
no lleva al visitante ante su caja de hierro, sino á su Biblioteca y
galería artística; y en los clubs, en los hoteles, en las reuniones
sociales—hasta en las salas de redacción de los diarios,—conoceréis
que os toman por un viajero «de distinción» si os dirigen al pronto
esta pregunta: _What do you think of our public schools?_[57]

El Massachusetts ocupa, en efecto, el primer puesto en los Estados
Unidos, no sólo en la educación primaria y superior, sino tambien en
la cultura general. Mejor dicho, la preocupación y el amor de las
disciplinas intelectuales forman su característica, como el comercio
en New York, la especulación en Chicago y la política en Washington.
Desde este punto de vista excepcional hay que mirar á Boston, aceptando
con docilidad y complacencia la actitud que ella misma elige, no sólo
porque es más noble y elevado este rasgo sobresaliente, sino porque
presenta el resumen más exacto de su fisonomía.

El aspecto de la vieja capital es marcadamente inglés, más aún que
el de Filadelfia. Desde la cúpula dorada de _State House_, que
domina la colina comunal en que se agrupara la primera población, se
contempla el vasto panorama de la calada bahía, con sus importantes
distritos suburbanos de Charlestown, East y South Boston, Roxbury,
Brookline, Cambridge, que son otras tantas ciudades. Se tiene al fin
bajo los ojos algo que no sea el eterno tablero rectangular salpicado
de enormes _buildings_ advenedizos: las calles oblicuas se retuercen
irregularmente, como las arterias de un organismo, obedeciendo á
una ley más profunda que la regla y el compás de un ingeniero; los
parques sinuosos—_the lungs_, como aquí se dice—parecen en efecto
«pulmones» vitales y no simples polígonos verdes. Del tumultuoso oleaje
petrificado, surgen islotes que son verdaderos monumentos, reliquias
históricas impregnadas de humanidad y tradición, y cuyo costo venal
no puede valorarse: templos, museos, academias, casas consistoriales,
hospicios, mercados, colegios seculares, que algo recuerdan ó remedan
con su estilo, y que me guardaré de enumerar ó describir.

Bien sé que no se trata sino de una «Atenas» puritana y colonial, y
que fuera excesivo pedir á los peregrinos del _Mayflower_ el fino
gusto de nuestra raza: no es de la opulenta Boston de quien se ha
dicho que le infligió la suerte el _dono infelice di bellezza_[58]; y
no me empeñaré en demostrar que la estatua del coronel Prescott ó el
obelisco de Bunker Hill sean de muy distinto orden estético que otros
adefesios americanos. Con todo, y no residiendo la fealdad de las cosas
_útiles_ sino en la presencia de elementos incoherentes ó inapropiados,
compréndese cómo los años y el desuso tengan una virtud armonizadora;
y por esto, sin duda, se desprende para mí no sé qué belleza moral
y pensativa de la abandonada _Old State House_ y del macizo _Faneuil
Hall_, regalo agradecido de un hugonote francés que, con su morada de
refugio, legó al Massachusetts la cuna de su futura libertad[59].

Reina armonía profunda entre el carácter material de la población y la
índole de sus habitantes. El mismo sello de bienestar tranquilo, de
lujo sólido, de honrada placidez y satisfacción interna, se deja ver
en las gentes, los edificios y las instituciones. El _Hub_ está en su
quicio, y los puntos de la circunferencia giran debidamente alrededor
del centro de gravedad. Poco se habla aquí de monstruosas fortunas
improvisadas por «reyes» de tal ó cual industria ó especulación, pero
sí de muchas posiciones holgadas, debidas al largo trabajo metódico,
al equilibrado presupuesto casero y, como en Europa, á la fácil
economía: las cajas de ahorros (_Saving banks_) tenían el año pasado
más de 90 millones de dollars en depósito. Pero, lo que vale más aún y
es más europeo: no se habla del _business_ fuera del escritorio. Los
comerciantes y banqueros tienen á tanta honra ser admitidos en _St.
Botolph Club_, donde dominan los abogados, _clergymen_ y literatos,
como en el aristocrático _Somerset_, que blasona de sangre azul (_blue
blood_), es decir, de una inmigración un poco anterior á las otras. Por
lo demás, muchos bostonianos pertenecen á uno y otro, y en la misma
noche he visitado, fuera de los nombrados, el democrático _Suffolk_
y el _Papyrus_ literario con las mismas personas. Á este propósito
consignaré un detalle significativo.

Llegaba á Boston provisto hasta el recargo de cartas de introducción
para diferentes funcionarios y particulares; esta _paper currency_ de
la recomendación circula tan abundante en la América del norte como
en la del sud; regularmente no tiene más efecto útil que mantener las
relaciones de cortesía entre mandante y mandatario, desempeñando el
portador (¡cuente V. con un amigo! _very glad!_) un papel análogo al
del cartero en día de Año nuevo. En general, una sola, bien elegida, es
suficiente, como basta una vela encendida para que se trasmitan lumbre
todos los del entierro. Una hora después de mi llegada é instalación
en la excelente _Adams House_ (¡plan europeo!), fuí á entregar
personalmente en la redacción del _Pilot_ la única carta que de Buenos
Aires traía para Boston, dejando dormir en mi maleta todas las demás,
dirigidas á personajes encumbrados. La persona destinataria[60] me
recibió con una cordialidad que todavía me conmueve, y me presentó
allí mismo al primer redactor, Mr. James J. Roche, que ha sido mi
agradable compañero y guía eficacísimo en la simpática población. No
he necesitado más para que se me abrieran de par en par las puertas
de los hogares, de los clubs, de los establecimientos públicos—y
formar parte, durante unas semanas, del Todo-Boston ilustrado y social.
No digo que en otras partes la incorporación sea más difícil—al
contrario—pero se trata de Boston, del _Hub_ civilizado de los Estados
Unidos, y he querido hacer una excepción para lo que es de suyo
excepcional.

Tampoco debe exagerarse la característica escolar de la antigua
metrópoli puritana, ó deducir de ello que se muestre poco amiga de
diversiones y elegancias ligeras. En ninguna ciudad americana es más
«activa» la vida de club para los hombres, de funciones sociales,
artísticas y caritativas para las señoras—fuera, por supuesto,
del paseo á las tiendas ó _shopping_ que, en todos los tiempos y
regiones, constituye el _bonheur des dames_. Es broma gastada en
toda la Unión, aquello de los inseparables _eye-glasses_ de las
muchachas bostonienses: es la pura verdad que ni por sus lentes ni
por su belleza y frescura se diferencian sensiblemente de las de San
Francisco ó Baltimore. Más distinguidas en general que las del Oeste,
menos estrepitosas que las de Nueva York, las reuniones mundanas de
Boston nada pierden en punto á brillo y alegría por acercarse más
á las europeas. Pero es cierto que aquí se respira en todas partes
una atmósfera moral de seriedad y anhelo educativo. Menudean las
conferencias científicas, literarias y pedagógicas, casi siempre
públicas y gratuítas. Son casi diarias las audiciones musicales de
las varias sociedades de profesores ó aficionados; y los programas
clásicos de la _Händel and Haydn Society_, los cuartetos de la _Harvard
musical Association_, sobre todo las ejecuciones de la _Boston Symphony
Orchestra_, revelan una cultura artística tan profunda como difundida.
Existen, sin duda, espectáculos teatrales para todos los gustos,—y no
revela el peor de todos el éxito inagotable de Jefferson en _Rip Van
Winkle_, ó el de Dailey en _A country Sport_, la celebrada farsa de
Columbia Theatre,—empero, para juzgar del espíritu dominante, debe
asistirse á una representación de Irving y Ellen Terry en el Globe
Theatre, y comprobar la atención respetuosa, el silencio admirativo
de la cuajada muchedumbre ante el _Merchant_ de Shakespeare ó el
_Becket_ de Tennyson; Irving, envejecido y tísico, sólo ha conservado
la dicción admirable; pero Ellen Terry, aunque también bastante pasada
y marchita, guarda siempre su extraña gracia de leyenda sajona, su
encanto fantástico de mujer-niña shakespeariana. Sobre todo, es tan
perfecta é inteligente la restauración decorativa de la obra maestra,
que la función teatral se convierte en una solemnidad literaria y
artística. Como en Bayreuth, la sala está á obscuras durante la
representación; la mejor sociedad ocupa los balcones y la platea, en
traje de calle: visiblemente, se ha venido á escuchar, no á exhibirse;
y tan distante está este público de una «Gran Ópera» mundana, como el
actor y literato inglés del ridículo _cabotinage_ de un Coquelin.

Los clubs que he frecuentado revelan carácter análogo, hasta en sus
mismos instantes de relativo _unconstraint_, después de media noche;
aun entonces están más concurridas las salas de lectura y conversación
que las de poker, y si se _indulge_ un poco en el _brandy and
soda_, es casi siempre con un fin recomendable y para estimular una
discusión intelectual. Casi todos ellos tienen excelentes restaurants,
sin exceptuar el _New-England Woman’s Club_; el de _Somerset_ lo
tiene especial para señoras, á más de un lujoso _supper-room_. Por
supuesto que en las comidas periódicas de otras asociaciones, como
las del sábado del _Papyrus Club_, reina franca alegría, si bien no
me ha parecido que degenerase el humor en el _horse-play_ de otras
francachelas profesionales, entre las cuales ocupan el primer rango—es
decir, el piso bajo—las del _Clover Club_ de Filadelfia[61]. La
recepción del _St. Botolph_, á que asistí, fué al contrario un modelo
de cordial urbanidad; se sentaban á la mesa lujosa, al lado del
gobernador R., abogados, jueces, banqueros, periodistas, artistas,
en fraternal igualdad, y agregaré de paso—como rasgo del espíritu
bostoniense—que, á pesar de estar presentes varios extranjeros «de
distinción», tocóle al más humilde la derecha del presidente, sólo
porque le presentara el periodista y ex presidente del club Mr. J.
Jeffrey Roche, á título de _literary man_[62]. Antes de llegar á los
postres, el presidente me advirtió caritativamente en voz baja que
me iba á «llamar» (_to call_), y así tuve tiempo de «improvisar»
mentalmente las cuatro frases en mal inglés con que correspondí á su
brindis amable. Después de los saludos á los huéspedes y sus respuestas
agradecidas, se inició de un borde al otro de la mesa un fuego graneado
de chuscadas en prosa y verso, para nosotros incomprensibles, pues
estribaban casi siempre en los nombres y apodos de los comensales; y á
poco circuló de mano en mano la monumental _loving-cup_ de plata, en
que cada _good fellow_, después de un gran saludo á la concurrencia,
absorbía de pie su trago de champagne. Terminada la sobremesa, y
en vista de que eran apenas las doce de la noche, se nos llevó en
procesión al _Suffolk_, que pasa por ser el club menos «convencional»
de Boston. Y, bajo la nieve espesa que caía en silencio, la larga
comitiva, formada en parejas mancomunadas contra el hielo resbaladizo,
se desenvolvía, negra sobre blanco, por las aceras de la ciudad
pedagógica y puritana.

Antes de resumir las impresiones diversas que han producido en mí las
escuelas y facultades del Massachusetts, no dejaré de mencionar sus
numerosas bibliotecas públicas y especiales que, junto á las Sociedades
científicas y literarias, á los Conservatorios de música y Museos de
bellas artes ó historia natural, completan el organismo educativo, y
constituyen en conjunto lo que con legítimo orgullo se denomina el
cerebro y el espíritu de la ciudad—_the brain and the mind of the
city_.

Cuando la visité, no estaba la Biblioteca pública instalada aún en su
palacio en construcción de Dartmouth street, con sus regios salones y
sus bóvedas ennoblecidas por las «Musas» de Puvis de Chavannes; pero
ya, en su antiguo y relativamente estrecho local, frente al _Common_,
era sin duda, no sólo la mejor de los Estados Unidos, sino una de
las instituciones más bellas é imponentes del mundo civilizado. No
constituyen, como en la Biblioteca del Congreso, la ancha base de
su riqueza cuantitativa, unos trescientos mil volúmenes oficiales é
informes administrativos, sino que figuran en su masa enciclopédica,
además de las producciones fundamentales de la ciencia, la historia y
la literatura de todos los países, verdaderos tesoros bibliográficos,
dignos algunos de emular los de la _Bibliothèque Nationale_ ó del
_British Museum_. Casi todos los escritores del Massachusetts han
legado una parte ó el todo de su librería á la pública: Everett, su
primer presidente, 1000 volúmenes; Bowditch, 2500; Ticknor, 7500,
con su inapreciable colección española; otros han multiplicado las
donaciones en dinero, ó adquirido valiosas librerías para regalarlas:
así los 12,000 volúmenes del fondo Barton, que comprende todas las
ediciones de Shakespeare y algunas rarísimas de la antigua literatura
francesa. Con todo, lo realmente admirable en el establecimiento, es el
servicio interno, así de la casa central como de sus nueve sucursales.
Entre sus 150 empleados hay más de 100 mujeres, jóvenes casi todas y
admitidas por concurso; en los salones de lectura estudian en silencio
centenares de personas, de todas las edades y condiciones; pero el
servicio mayor de la Biblioteca consiste en los préstamos á domicilio,
que pasan de 1.300.000 obras anuales, de las cuales sólo se pierden ó
reemplazan por deterioro, según me afirma el _Chief Librarian_, unos
800 volúmenes (exactamente 1 por 16.000). No hay catálogo completo
encuadernado; pero sí grupos de tarjetas ó fichas, ordenados en
el doble orden alfabético y por materias, y que cada lector puede
consultar libremente en los casilleros que rodean las mesas: economía
en el servicio y comodidad en la investigación.

Además de la Biblioteca pública, hay otras muy importantes: la del
Ateneo (160.000 volúmenes), la de la Sociedad histórica (33.000
volúmenes y 82.000 folletos); la de _State House_ (65.000); la de
Derecho (20.000); la importantísima de Harvard, en Cambridge (450.000)
y veinte más, anexas á instituciones diversas, representando una
masa bibliográfica igual á la de París, en proporción del número
de habitantes, pero muy superior por los servicios prestados y
la circulación. Después de estudiar el mecanismo y marcha de las
instituciones anexas á la educación propiamente dicha, el viajero
menos profesional adivina ya que el sistema escolar de la región ha de
responder á todas las espectativas y merecer su reputación universal.
Compréndese, por otra parte, que no me sea posible describirlo
prolijamente en estos apuntes ligeros, y debo limitarme á formular el
juicio somero que numerosas visitas me han sugerido, debiendo agradecer
la amable cooperación que todos los funcionarios me han prestado,
algunos con sus explicaciones orales, otros con el envío de varias
colecciones de textos clásicos.



XIX

EL MASSACHUSETTS

II

BOSTON Y CAMBRIDGE


En materia de asistencia escolar efectiva, el Massachusetts, con sus
7859 escuelas y su 450.000 alumnos para una población de 2.239.000
habitantes, ha alcanzado el resultado ideal y absoluto: la cifra de
20 escolares por 100 habitantes debe de representar la proporción
demográfica, siendo muy probable que _ningún ciudadano_ futuro
resulte analfabeto. Dos datos demuestran que dicho resultado ha sido
alcanzado en la región entera: 1º el hecho de ser sensiblemente
igual la escolaridad de todos los condados; 2º el hecho de que el
acrecentamiento escolar sea, de algunos años atrás, exactamente igual
al de la población. Mirada por esta faz anterior, pues, la obra parece
concluída y perfecta: falta saber si la substancia es digna del molde,
y si la calidad de la educación distribuída corresponde á su cantidad.

Respecto de la educación primaria en todos sus grados, mi respuesta
es categóricamente afirmativa; no sucede lo mismo para la secundaria
(_Latin_ y _High Schools_, primer año de _Harvard College_); y,
en lo que atañe á la educación superior (_Harvard University_) es
decididamente negativa. Desgraciadamente, no podré poner á la vista del
lector los datos comparativos y las cien observaciones diarias que han
concurrido á establecer este último juicio; pero confío en que bastarán
algunas reflexiones nacidas del aspecto y de la esencia de las cosas,
para prestar á mis conclusiones algún viso de probabilidad. En cuanto
á la educación primaria, podré ser muy breve: desde luego, porque
nunca el elogiado niega la competencia del elogio, y también porque
la evidente superioridad de este sistema escolar es la consecuencia
necesaria de premisas conocidas.

Existen actualmente (1893) en Boston 585 escuelas públicas
generales[63], que pueden agruparse como sigue para nuestro concepto
latino: 1º instrucción secundaria (primeros años): una escuela normal,
10 escuelas superiores y de latín; instrucción primaria: 55 escuelas
de gramática, 476 de primeras letras y 43 Kindergartens. Hay un
personal docente total de 1364 maestros, que se descompone así: 163
hombres; 1201 mujeres[64]. Ahora bien, fuera de la dirección de algunas
escuelas de gramática, no existe un solo maestro en la instrucción
primaria: está exclusivamente confiada á la mujer. Es la primera
explicación de su excelencia. La educación infantil es, en efecto,
obra de paciencia solícita y de disciplina casi maquinal, en que la
mujer americana (sobre todo la bostoniense) tiene que sobresalir,
mayormente cuando su tarea está regularmente distribuída y encajada,
por así decirlo, en programas, textos y preceptos pedagógicos de
una claridad y eficacia insuperables. Repito que algunas _Primary
Schools_ de Boston me han dado la idea de la perfección. Los locales
son generalmente agradables y cómodos, sin el relumbrón advenedizo ni
las proporciones inadecuadas de otras partes; los educandos, varones y
mujeres, evolucionan, material y moralmente, con una precisión metódica
y, si vale la expresión, una «autodocilidad» que causan admiración.
El material escolar, desde el mueblaje hasta el texto de lectura
(tengo en vista, sobre todo, la bonita _Franklin serie_ de lectura,
en cinco tomos graduados)[65] es el último eslabón provisional de una
cadena de mejoramientos incesantes, estimulados por el interés y la
competencia. Las maestras—regularmente, las exportadas no dan idea
cabal del género—poseen todas las cualidades profesionales: revelan
una convicción profunda en el cumplimiento del deber y un ardor de
propaganda patriótica que es producto del medio ambiente. Ni tampoco
debe evocarse una imagen de _teacher_ rígida y casi asexuada, que
fuera un programa en acción. Desde luego, casi todas las maestras
primarias son jóvenes, como los tenientes en el ejército; muchas de
ellas elegantes y bonitas; todas correctas, dignas (_dignified_),
criadas las más pobres en esta atmósfera de independencia y altivez,
en que entra como elemento principal este triple concepto: 1º que
los Estados Unidos son la primera nación del mundo; 2º que Boston es
el _Hub_ de los Estados Unidos; 3º que la función educativa es la más
noble y honrosa que exista en la República. Dadas todas esas premisas,
como decía, la consecuencia era fácil de prever; y causa una suerte de
respeto el asistir á las lecciones y ejercicios infantiles, que sin
duda realizan el ideal tangible de un pueblo enérgico, activo, mental
y moralmente homogéneo, cuyas facultades todas deben converger, desde
la primera edad, á la lucha por la vida y á la fortuna,—siendo así
que dichas facultades prácticas se robustecen con la poda metódica
de la gracia espontánea, de la imaginación creadora y otras ramas
«superfluas» de la planta frutal.

Desgraciadamente, el éxito obliga—es decir, encadena. Perseguidos
además por la obsesión de superar á la Europa, imitándola,—lo que
implica contradicción en los términos,—los Estados Unidos han creído
que resolvían el problema con incluir humanidades y ciencias en sus
planes de estudios y organizar la instrucción secundaria y superior
sobre el modelo de la primaria. Tengo el convencimiento de que, á
este respecto, su fracaso es poco menos que absoluto, y claro está
que si esta conclusión resulta del experimento efectuado en Boston y
Cambridge, será aplicable _a fortiori_ al resto del país.


  La Universidad de Harvard.

Como su homónima inglesa, Cambridge es una villa universitaria;
pero dicho se está que, á pesar de la acumulación y dimensiones de
los edificios: halls, salones de estudios, bibliotecas, museos y
laboratorios del famoso Colegio de Harvard, dista mucho el conjunto
de recordar la nobleza y serena majestad del _alma mater_ británica.
Es propiamente un arrabal de Boston, separado de la capital por el río
Charles, que el tramway eléctrico atraviesa en el _West Boston Bridge_;
y, aunque el crudo invierno entristece el camino, es una excursión
instructiva y agradable que repetiré casi diariamente. El primer
día, el amable presidente de la Universidad, Mr. Charles W. Eliot,
me acompañaba á todas partes con una complacencia inagotable, á que
daban mayor realce aún la ruda temperatura y la nieve congelada en las
aceras. Consignaré de paso un lijero incidente que activó la confianza
de nuestras relaciones; uno de mis cien resbalones sobre el hielo fué
menos feliz que otros, y como mi solícito acompañante me tomase del
brazo para restablecer el equilibrio instable, nos quedamos los dos
sentados en el sitio: «Es lo que llamamos en Francia (díjele riendo)
_rompre la glace_». Se rió también y supongo que había entendido.

La universidad de Harvard, la más antigua é importante de los Estados
Unidos, comprende, además del Colegio propiamente dicho, las facultades
de derecho, medicina y teología; las escuelas de veterinaria, de
arte dentario y de agricultura, á más de otros establecimientos casi
independientes: museos, bibliotecas, observatorio, gimnasio, jardín
botánico, iglesias de todas las comuniones, etc. Es ocioso decir que es
institución autónoma; vive de sus rentas, procedentes de donaciones que
se acrecen anualmente, y se administra por sus Estatutos y _Governing
Boards_, sin intervención directa ni indirecta del Estado. La población
escolar, fuera de los cursos de verano, fué durante el último año
académico (1892) de 2658 estudiantes, distribuídos en internados
libres; agréguense á éstos un conjunto de 253 profesores, casi todos
residentes, y 55 empleados administrativos, y se comprenderá el
efecto imponente que produce tal organismo educativo, con su centenar
de departamentos aislados, algunos seculares, otros recientes,
confortables ó lujosos todos ellos, separados por parques y céspedes,
y que se desenvuelven alrededor del Old Cambridge, donde se levanta el
Colegio, cubriendo un espacio de una milla cuadrada.

Si bien no hay límite de edad para la admisión, las condiciones
exigidas la mantienen entre 18 y 19 años. Los estudiantes más jóvenes
ó _freshmen_ son, pues, ya hombres, y hombres americanos, es decir
acostumbrados al _self-control_. Se les trata como tales, dejándoles
vivir con la más completa independencia[66]. Ellos mismos se organizan
en _clubs_, para comer, trabajar y divertirse juntos. Por subscripción
entre antiguos alumnos se ha erigido un imponente _Memorial Hall_ á
«los estudiantes y graduados que perdieron la vida durante la guerra
civil». En el vestíbulo revestido de mármol están grabados los nombres
de las víctimas, y el interior ¡es un inmenso refectorio estudiantil!

Reina la misma libertad para la habitación; entre otros inmuebles,
el Colegio posee vastos _buildings_ de cuatro pisos, divididos en
aposentos de dos ó tres piezas para alquilar á los estudiantes,
variando los precios, según la comodidad y la situación, entre 25 y
300 dollars; pero no hay obligación de preferir estos alojamientos,
y muchos viven en casas particulares; ni tampoco los inquilinos
universitarios están sujetos á reglamento alguno. Es costumbre que
cada estudiante tenga un compañero de cuarto ó _chum_, con quien
comparte los gastos de alquiler é instalación, pues el colegio no
suministra sino el local desnudo. Visito algunos _dormitories_ con el
presidente Eliot; los «dueños de casa» nos reciben en su salita, como
_gentlemen_ á otros _gentlemen_, sin que nada revele la disciplina
escolar; algunos interiores son confortables y hasta lujosos, con
piano, cuadros, tapices; otros modestos, todos cuidados, con mucho
orden y aseo, y las paredes están cubiertas de fotografías. Nadie se
encoge ante el Rector, por más extraña á los estudios que parezca la
ocupación del momento: ello es negocio suyo; uno que está dibujando nos
enseña con una sonrisa su empezada caricatura, otro se vuelve á sentar
al piano y, á pedido mío, continúa una sonata de Haydn ... Nada menos
tieso y _gourmé_ que el trato de M. Eliot, con profesores y alumnos,
nada que se aleje más de la solemnidad del Provisor francés.

Me lleva en seguida al monumental _Hemenway Gymnasium_, también
organizado en facultad, donde centenares de jóvenes practican el más
variado _physical training_, desde el clásico trapecio hasta las más
complicadas y grotescas dislocaciones «calisténicas», tendentes á
corregir en cada caso individual un _lapsus_ de la naturaleza para
constituir al «hombre normal». Penetramos en un departamento vecino,
donde el director Sargent, rodeado de estatuas y aparatos, examina
á una docena de jóvenes desnudos y, con auxilio de dinamómetros,
esfigmómetros, espirómetros, etc., les receta minuciosamente la clase
de ejercicio adecuado á su idiosincrasia y perfecta armonización. Es
la pedantería del atletismo; pero los sajones ignoran el ridículo. El
presidente llama á un examinando, que se acerca sin perturbarse y, con
la ingenuidad de un joven griego, exhibe su musculosa desnudez. De
ahí pasamos á las salas de lucha y pugilato, á los campos de _tennis_
y _base-ball_, donde se preparan con ardor increíble los _matches_
con las universidades rivales. Mr. Eliot atribuye una importancia que
encuentro exagerada á esta faz de la educación universitaria; pero,
ante mis objeciones, se ve en el caso de confesar que, de algunos
años á esta parte, el _training_ intelectual viene perdiendo todo lo
que gana el físico. Vamos adelante; pues el amable rector no acaba de
hacerme recorrer sucesivamente las instalaciones materiales de todos
los departamentos, bibliotecas, laboratorios, museos científicos, etc.,
etc., repitiéndome, con una insistencia que casi me envanece, que todo
ello había sido muy admirado por mi compatriota, M. de Coubertin.
El «laboratorio» de botánica, sobre todo, enciende su entusiasmo:
aquí, dos ó tres preparadores especiales viven ocupados en modelar
amorosamente en cera y pintura, frutas, hojas y flores de todas las
especies americanas,—y me esfuerzo en admitir que ese taller de
floristas se relacione estrechamente con el progreso de las ciencias
naturales ...

Terminada la larga visita domiciliaria, el presidente me hace los
honores del Cambridge histórico, enseñándome algunos sitios memorables:
la secular _Shepard Church_, el olmo famoso bajo el cual Washington
tomó el mando del ejército patriota; la _Craigie House_ del poeta
Longfellow; los _homes_ de Russell Lowell, Agassiz y otras glorias
americanas. Me señala al pasar los _cottages_ de algunos profesores,
las estatuas del fundador Harvard, de Josiah Quincy, del puritano
Bridge ... La nieve y la tarde de invierno amortiguan el paisaje,
pero me figuro sin esfuerzo el encanto atractivo de esta existencia
tranquila y estudiosa en la dulzura de los hábitos diarios; así como
las galas primaverales de estos parques y jardines, hoy mustios y
descoloridos, durante la estación de los gorjeos en los follajes
obscuros y de las brisas perfumadas en el ambiente, á la hora de los
alegres paseos sobre los céspedes de verde terciopelo.

Tomamos el _lunch_ en la residencia del profesor S., el conocido
geólogo. Interior amplio y confortable; la familia nos recibe en
un _hall_ lleno de cuadros, flores, _bibelots_; hay una docena de
personas: académicos, cuatro ó cinco señoras y niñas. La dueña de
casa y sus hijas han viajado por Europa (el profesor ha residido en
Montpellier); su conversación es amena y, para mí, curiosa, por la
mezcla de distinción mundana y _scholarship_ bostoniense. La charla
deriva inevitablemente á las representaciones que está dando Henry
Irving en el gran teatro de Boston, y quedo sorprendido, no tanto
por la prevista información literaria de las señoras, cuanto por la
apreciación crítica, solemne y «banal» de los profesores. Paréceme
asistir á un examen de _high school_ sobre Shakespeare; y como una de
las _misses_ parece gastar humor travieso, y recordar que ha pasado
algunos años no lejos de Tarascón, me ocurre, por vía de estudio,
dirigirle, á propósito de _Hamlet_, unas _galejadas_ meridionales:
«¡Ah! sí, _indeed_, ¡admirable obra maestra! Pero ¡qué singular
monólogo! Un príncipe que coloca entre las amarguras insoportables de
la vida la «lentitud de los pleitos» (_law’s delay_) y «¡la descortesía
de los empleados!» Y luego, esa ocurrencia, en la esplanada, á media
noche: «¡Mi cartera! ¿dónde está mi cartera? ¡¡Urge escribir (_I set
it down_) que se puede sonreir, siendo un villano!!»—Mis huéspedes
se sonrien, sin ser _villain_, pero de dientes afuera, revelando tan
poca afición al _joke_ que baraja sus hábitos mentales como al que
revolviese los muebles del salón. Es natural que la gente puritana no
cultive la paradoja; pero, en general, el yankee no percibe la ironía
sino aderezada con el humorismo elefantino de Mark Twain.

Salimos, y el excelente Mr. Eliot me acompaña hasta el _car_; después
de agradecerle todas su finezas, le expreso mi deseo de volver algunas
veces para asistir á las conferencias del Colegio. Me concede el
permiso con toda amabilidad; y he podido, en efecto, sentarme al lado
de los alumnos durante una semana, no sólo en las clases y anfiteatros,
sino también en los _eating clubs_, como un estudiante libre un poco
postergado. Pero paréceme que el digno presidente, sobre todo después
de mis herejías shakespearianas, creía que mi misión se limitaba á
conocer y admirar los _halls_ de la Universidad—como M. de Coubertin.

       *       *       *       *       *

El departamento académico, que se llama propiamente el Colegio de
Harvard, corresponde en principio á la Facultad de filosofía de
los alemanes, ó á nuestras facultades latinas de ciencias y letras
reunidas—si se incorporara al plan de estudios el año superior de
los liceos. No sólo por el número de sus alumnos (las dos terceras
partes de la totalidad), pero sobre todo por el carácter fundamental
y educativo de sus asignaturas, es el Colegio el departamento más
importante y el que suministra el criterio real de la cultura
americana. Fuera de que no podría tener opinión valedera sobre
muchas asignaturas técnicas y profesionales de otros departamentos,
es evidente que los estudios académicos son los que contienen la
característica de la enseñanza superior.

Esta característica, como era de preverse, es la misma que aparece en
la organización material de la Universidad, y la que domina toda la
sociología americana: la independencia individual y el _self-control_.
En el curso académico, que dura cuatro años, sólo el plan de
estudios del primer año es obligatorio en teoría; para los demás, las
asignaturas son en su mayor parte electivas. Cada estudiante designa
á su antojo, en el árbol frondoso _de omni re scibili_, las materias
sobre que habrá de examinarse al fin del curso, sin distinción de años
ni necesidad de vincularlas á sus exámenes anteriores. Puede, como
_sophomore_ (2º año), abandonar el griego que desfloró como _freshman_,
substituir la filología clásica por el cálculo diferencial, dar examen
de _senior_ (4º año) sobre asignaturas independientes de las que aprobó
como _junior_ (3º año), etc. Las cuatro divisiones del colegio se
confunden fragmentariamente en los mismos anfiteatros: á la conferencia
de «lenguas semíticas» (profesor Toy), por ejemplo, asistían como
alumnos: 2 graduados, 4 _seniors_, 2 _juniors_, 2 _sophomores_, 1
_freshman_ y 1 _special student_. Tratábase de literatura arábiga,
y era muy evidente que algunos oyentes (desde luego el _freshman_)
no conocían los elementos de la lengua ni acaso el alfabeto árabe.
Y así con todo. No es del caso averiguar el valor científico de los
profesores; baste decir que todos ellos dictan tres ó cuatro cursos,
fuera de otras atenciones universitarias, para comprender cómo les
sea imposible dedicarse á investigaciones personales. Los cursos son
orales, sin deberes escritos ni interrogaciones, y cada profesor
formula su programa y lo desenvuelve con absoluta libertad. Algunos
de los textos clásicos inspiran dudas penosas, si no acerca de la
competencia profesoral, al menos respecto de su diligencia: encuentro
bajo un flamante disfraz yankee á viejos conocidos míos: muchos autores
científicos europeos que han sido desterrados de nuestros colegios
secundarios: Ganot, Legendre, Privat-Deschanel; los anticuados alternan
con los novísimos, y, por ejemplo, me cuesta creer que la explicación
del solo _Manual_ materialista de Lotze contenga un cuadro cabal del
pensamiento filosófico moderno. Otros programas de alta literatura
extranjera inspiran una dulce alegría: v. g: un curso de _clásicos
españoles_ dedicado á _Gil Blas_; otro de clásicos franceses confiere
la igualdad universitaria á Corneille, Racine, Balzac, About, Dumas
y ... Amédée Achard (_The Clos-Pommier!!_). El orden de las materias
en los programas suele también ser algo inesperado; encuentro, por
ejemplo, que los jóvenes matemáticos estudiarán los logaritmos después
de la trigonometría plana, _with its applications to navigation_; sin
duda la trigonometría esférica se aplicará á la agrimensura, en el otro
semestre. En literatura clásica, los _freshmen_ se dedican á traducir
el texto griego de los trágicos y del mismo Aristófanes, dejando para
después á Homero y Jenofonte; lo propio acaece en latín con las _Odas_
de Horacio, que preceden al clarísimo Cicerón ... Pero todo ello, y
lo demás, se justifica cuando se asiste á las conferencias, que se
componen esencialmente de traducciones hechas con el texto _en regard_,
sin temas ni ejercicios gramaticales anteriores: evidentemente, para
quien ignora la lengua, el aprendizaje mnemónico del sentido, por la
versión yuxtalineal, no presenta diferencia, ya se trate de Tácito, ya
de Cornelio Nepote ...

No creo, pues, que sea aventurado ni excesivo afirmar que no existe
en los Estados Unidos lo que en Alemania y Francia se entiende por
educación superior universitaria. Ello se explica al punto con saber
que no existe tampoco verdadera educación secundaria. Faltando la base,
es decir, la sólida preparación del gimnasio y del liceo, la enseñanza
universitaria, aunque fuese lo que no es, no hallaría el firme cimiento
en que pudiera asentarse. ¿De dónde salen, en efecto, estos _freshmen_
de primer año, que vienen á seguir en Harvard la senda sinuosa que
les conducirá al magisterio en artes ó al doctorado profesional? Los
más favorecidos, los menos numerosos, traen un certificado de la
única _Latin School_ de varones (cuyo plan es idéntico al de la de
mujeres); otros lo tienen de las _High schools_ de Boston; muchos, por
fin, proceden de otros Estados, donde la organización escolar es muy
inferior á la del Massachusetts. Pero los mismos privilegiados, que
pudieron desflorar las asignaturas secundarias y saludar de pasada
el griego ó la historia literaria, no han conocido otro régimen
intelectual que el de la educación primaria, en los primeros cursos,
y el mismo de la universidad en los últimos: á saber, la disciplina
infantil, por una parte, y, por la otra, la ausencia de disciplina.

El plan de estudios de las _High Schools_ de Boston (varones y
mujeres) comprende cuatro años ó _classes_; el de la _Latin School_,
seis, y corresponde _nominalmente_ á la enseñanza «moderna» de los
colegios franceses[67]. Pero, fuera de lo inconexo y superficial
de los programas, hay que asistir á las lecciones y recorrer los
textos clásicos, para comprobar lo dicho más arriba, respecto del
carácter subalterno y mujeril de la enseñanza, con excepción quizá
de las matemáticas elementales. Forman la base de la instrucción: la
recitación de manuales (_Leading Facts of History_; _Hand-book of
Science_, etc.) para algunas materias; la traducción yuxtalineal de
trozos selectos para las lenguas clásicas y extranjeras (_Half-Hours
with Greek and Latin authors_, etc.); para todas las asignaturas, la
absorción pasiva y maquinal de datos objetivos y hechos concretos,
sin asomo de gusto, de espontaneidad, de crítica personal, así en
los maestros, como en los alumnos de uno y otro sexo. Porque, si no
existe ya la _coeducation_ material, funcionando por separado las
escuelas de varones y de niñas, persiste en realidad por la identidad
de los programas, de los _teachers_ y de los métodos. Aquí los hombres
aprenden y saben las ciencias y las letras como las mujeres suelen
saberlas, es decir, de memoria. Y ante esa distribución mecánica de la
ración pensante, á que diez veces he asistido, nunca dejó de acudir á
mi memoria la escena cómica de aquel personaje de Dickens, que se nos
muestra visitando una escuela y declamando su profesión de fe positiva
y práctica: «No enseñéis á esos varones y niñas sino hechos: ¡es lo
único necesario en la vida ...![68]»

Tal es el _training_ que se llama educación, con el aditamento de
introducirse en las clases superiores el socorrido sistema de la
materias electivas, que deja al alto criterio del alumno el sustituir
la historia de Roma por la de Inglaterra ó el griego por el francés, y
recíprocamente. Si se recuerda que, en Alemania y Francia, excelentes
jueces se oponen á que los estudios clásicos de las _Realschulen_ y del
_Enseignement moderne_ (que no admiten comparación con el mecanismo de
las _High Schools_) sean válidos para las carreras universitarias, se
comprenderá por qué el kaleidoscopio de Harvard no responde, ni puede
responder, sino á una ilustración rápida y dispersa, á un rozamiento
superficial de _Half-Hours_ con la literatura, la filosofía y la
ciencia pura, y que sólo prepara para el plagio y la mediocridad. Y es
así como los Estados Unidos y el mismo Massachusetts han ingerido, en
un tronco robusto de instrucción primaria, un deplorable vástago de
educación superior, que se prodiga estérilmente en ramas y follajes
sin producir el fruto de estación. Faltando la fuerte disciplina
secundaria, la enseñanza superior se desploma en el vacío: no pasa
de conferencias y programas extraordinariamente variados, que los
estudiantes «curiosean» entre una función teatral y una larga sesión
en el gimnasio.—«No hay (escribía J. de Maistre) métodos fáciles para
aprender cosas difíciles». Los yankees han aplicado á las ciencias y
las letras su artificio pedagógico de la _primary school_; toman ó dan
«lecciones objetivas» de matemáticas, física, astronomía, literatura
clásica y filología comparada, despachando en algunos meses de pocas
horas diarias los estudios que requieren años de ruda labor y sólida
iniciación: _sunt verba et voces, prætereaque nihil_.—El punto en
que realmente sobresalen las universidades yankees sobre todas las
europeas, sin exceptuar á las inglesas, es el atletismo; el grave
problema que preocupa á profesores y estudiantes durante el año
académico, la rivalidad en que agotan sus esfuerzos los alumnos de
Harvard y Yale—es el _championship_ de las regatas y del _foot-ball_.

Aunque en páginas anteriores he puesto de relieve la «estéril
abundancia» y la falta absoluta de originalidad creadora que
caracteriza la mente americana, no puedo dejar de presentar algunas
reflexiones más, como prueba confirmativa de la conclusión á que he
arribado respecto de la educación superior en la «Atenas» de los
Estados Unidos. Claro está, con efecto, que si la alta educación
literaria y científica no tiene en sí misma su propio fin, si llevan
un objeto exterior y ulterior los grados universitarios, habremos
de apreciar su eficacia por el rango que las ciencias y las letras
yankees ocupan en el mundo. Ahora bien: este rango, no es posible
disimularlo, es de los ínfimos,—y estamos aquí en sitio inmejorable
para comprobarlo. Boston—con sus anexas Cambridge y Concord—era en
verdad, á mediados del siglo, el gran foco de reflexión del pensamiento
europeo en América. Á la distancia, y sobre todo para sus efectos
civilizadores en la Nueva Inglaterra, la luz prestada casi desempeñaba
el mismo oficio que si fuera propia, y hasta para la Europa originaria
se hacía perceptible la vislumbre que el unitarismo de Channing y el
trascendentalismo de Emerson irradiaban. La pléyade literaria del
Massachusetts no tiene sucesores en estos enormes Estados Unidos,
cuatro veces más poblados que entonces, y cubiertos de universidades,
escuelas y bibliotecas. De este mar de hombres, que leen diarios y
libros desde que saben andar, no surge una cabeza iluminada por el
sol del genio. Más que nunca, el pueblo norteamericano viene siendo,
según el dicho intraducible del menos yankee de los bostonienses,
el más «deletreado» y el menos culto del orbe[69]. La decadencia es
visible, y si bien la explica en parte el carácter de la enseñanza
superior, tal como lo he bosquejado ante la mejor universidad del país,
cumple preguntarse, para no exagerarla, si ella entraña una nueva
manifestación regresiva, ó si es simplemente la agravación democrática
del estado anterior.

Creo que no es sino la evolución natural que, para ser claro y breve,
he llamado antes la preponderancia del Oeste. El desarrollo físico
del país y el fausto exterior de los «sepulcros blanqueados» acentúan
sin duda el contraste, entre el cuerpo que ha crecido asombrosamente
y el espíritu que ha mermado un poco: lo que antes fuera dudoso y
discutible nos deslumbra ahora con su evidencia; pero, en el fondo,
ha habido cambio en la proporción, mucho más que en la esencia. Aun
en el apogeo de la «Academia» bostoniense, la característica del
pensamiento americano ha sido siempre la ausencia de originalidad. La
novedad del escenario ha podido en algunos casos producir ilusiones;
en realidad, la influencia de Walter Scott es tan notable en Fenimore
Cooper, como la de Barante en Prescott, la de Hoffmann en Hawthorne y
la de todo el mundo en Longfellow. Parece al pronto que hacen excepción
los dos ilustres bostonienses Emerson y Poe, y ello es cierto en
alguna manera, pero no es sino para corroborar la ley general. Con
hondas diferencias en su manifestación intelectual y su destino, ambos
significan igualmente el aborto del genio «virtual», fuera de su medio
propicio. Pudo todavía el humus colonial de la Nueva Inglaterra hacer
brotar acá y allá la planta soberana, predestinada á ser roble soberbio
en su patria de origen,—y sin duda no es casual la agrupación de los
talentos americanos en el Massachusetts[70];—pero el talento creador
es árbol de familia y, lejos del ambiente favorable, había de detenerse
en su crecimiento y languidecer. Tenía Poe, más que el instrumento,
el instinto genial del arte,—y así lo prueba su rudo batallar contra
Longfellow y otros pálidos «moralistas» de la poesía,—pero era
superior á su producción desigual y enfermiza, finalmente sumergida
en el _delirium tremens_, como la de Baudelaire en la parálisis
general. Poe es en América lo que sería Baudelaire en Francia, á no
tener éste á su lado, y muy arriba de él, á los genios robustos que,
por la diferencia de estatura, enseñan lo que va de la realización á
la tentativa, de la originalidad al «excentrismo», de la salud á la
enfermedad.—En cuanto al trascendental y simbólico Emerson, es muy
sabido que fué una suerte de Carlyle americano, sin el estilo agudo ni
la prodigiosa visión histórica del escocés[71]: éste suele tornarse
obscuro á fuer de profundo; temo que á veces el otro parezca profundo á
fuerza de obscuridad; en todo caso, nunca logró sacudir la fascinación
que ejercía el que _era_ sobre el que _pudo ser_; y sólo la ingenua
vanidad de sus paisanos pudo igualar con el maestro al discípulo
modesto que conservó hasta el fin, en frente de aquél, algo de la
actitud respetuosa de Eckermann delante de Goethe[72].

Con todo, así desmedradas ó fragmentarias, las producciones de Emerson
y Poe quedan aparte y aisladas, distinguiéndose por su carácter
personal de otras voluminosas imitaciones europeas que no necesito
enumerar. Poesía, novela, historia, crítica: todo el _stock_ literario
americano forma un conjunto de tentativas plausibles, honradas, no
pocas de indiscutible utilidad por el asunto, pero subalternas y sin
belleza artística. Algunos modernos, para salir de la huella imitativa,
han dado un brusco tirón hacia el monte tupido, y la originalidad
yankee revienta en el enorme balbuceo de Walt Whitman (_the true
laureate of Democracy!_) ó el _clownismo_ humorístico de Mark Twain
... Entre tanto, los convencidos apologistas del _American Thought_,
Stedman, Richardson y otros, inclinados sobre el estanque nacional,
describen á sus paisanos maravillados el brillo y magnitud de los
astros que aparecen en su cristal: y es la verdad que nada les falta
para poblar un firmamento y alumbrar la tierra—nada más que ser
visibles á la distancia y convertirse, de reflejada imagen, en alta y
perenne realidad.

Esta carencia de personalidades geniales, tratándose sobre todo de una
democracia en evolución, podría en suma explicarse y confundirse con
el reposo fecundo de la incubación, si otros síntomas inquietantes no
obscureciesen el diagnóstico. Los espíritus originales, en la ciencia
y en el arte, no son un accidente, sino la manifestación esporádica
de la substancia nacional. Los «reventones» metálicos que brotan á
flor del suelo tienen un valor representativo muy superior al suyo
propio: suelen ser indicio del mineral subterráneo que ramifica á
todos rumbos sus vetas ignoradas. Por otra parte (si me es lícito
prolongar la imagen), no se trata, en el caso actual, de un cantón
desierto, vagamente entrevisto y cuyos _prospects_ admitan cualquier
sorpresa; sino de una vasta región explorada en todos sus repliegues,
sondada paso á paso en sus capas superficiales y profundas, cuyo plano
de relieve revela sus menores detalles y accidentes con insuperable
exactitud; en tal situación, las innumerables muestras y ensayos
cobran una importancia poco menos que absoluta; y si, después de
millares de experimentos repetidos, el resultado del análisis acusa
idénticamente la ausencia de metal puro y la invariable mediocridad de
la combinación, es legítimo inferir que no existe la capa aurífera.

Hace un siglo que las generaciones sucesivas de los Estados Unidos,
en número creciente de diez, de veinte, de sesenta millones de
individuos, han instituído la experimentación, al parecer más completa
y decisiva, para descubrir y sacar á luz el espíritu nacional; cubierto
el territorio de universidades y colegios, empapelado de libros y
periódicos; admirablemente preparada la exhibición inmediata del
talento presumible por la igualdad en las leyes y las costumbres, y
suscitada su aparición por el anhelo general,—nada se ha producido
que entrañe una promesa viable, una lejana esperanza de ver surgir,
algun día, la teoría científica ó la obra de arte original que arranque
al mundo un grito de admiración. Y bien, la sentencia se formula por
sí sola: la democracia absoluta, la tabla rasa de las tradiciones y
el desdén de toda preocupación ideal, se traducen en lo especulativo
por la mediocridad uniforme é incurable—que es la forma más perfecta
de la igualdad.—Y ante el aborto evidente de la tentativa secular,
acaso parezca más triste que la robusta inconsciencia del Oeste, sólo
preocupado de crecer y engordar, esta estéril pertinacia del _Hub_
bostoniense, empeñado infatigablemente, como Wagner, el fámulo de
Fausto, en aprender las fórmulas y recetas de la ciencia, en juntar,
dentro de la redoma de vidrio, los elementos que sólo producirán el
homúnculo irrisorio y caricatural[73].

Una nación, como un individuo, puede desarrollarse próspera y feliz,
sin aspirar á la gloria suprema de ser en la noche de los siglos una
de las antorchas que sirvan de guía al resto de la humanidad: bástale
para ello encerrarse en su optimismo egoista, y desechar como un vano
juguete todo culto desinteresado é ideal, entonando el prosaico «Salmo
de la vida», que es la negación de toda belleza y la demostración _ad
absurdo_ de su inutilidad:

  _Trust no Future, howe’er pleasant!
  Let the dead Past bury its dead!..._[74]

Ese futuro de que se desconfía es la esperanza inmortal; esos muertos,
que el _pioneer_ advenedizo no se digna enterrar, se llaman la
tradición, el recuerdo entristecido, la mirada pensativa y dulce á lo
que fué y pasó, para no revivir sino al llamamiento mágico del arte
evocador—es decir, el sentimiento del misterio y del ensueño que es
toda la poesía. ¿Á qué vienen, entonces, esos ridículos é impotentes
remedos de la cultura europea, esos aprendizajes, sin convicción
ni éxito posible, de las altas disciplinas intelectuales, y esos
aldabonazos importunos á las puertas del templo donde el profano
no quiere orar? Más lógico y plausible, lo repito, es el _rush_
materialista del Oeste, que limita sus deseos y no mira más allá del
objeto que su mano puede alcanzar; y por eso dije antes que era Chicago
la ciudad más representativa de los Estados Unidos, aquella de cuya
robusta y simplificada «plataforma» está proscripto el ocioso fantaseo
artístico.

Me vuelve á la memoria una extraña palabra de Heródoto, que, soltada de
paso por el narrador ingenuo, reviste para mí la belleza profunda de un
mito; después de describir á los «anónimos» y los fabulosos Atlantes,
el «padre de la historia» termina con este rasgo inesperado: «y se dice
de este pueblo que _no sabe soñar_ ...»[75]. El dón del ensueño, la
visión y el anhelo de lo ideal ¿no es también lo que falta á la moderna
Atlántida?



XX

LA ÚLTIMA EXCURSIÓN


EL NIÁGARA.—NUEVA YORK

En lugar de correr derechamente á Nueva York, vuelvo sobre mis pasos:
después de una larga disputa entre mis dos _yo_,—el viajero un poco
_snob_ en busca de «impresiones», y el crítico avisado que de antemano
prevé una decepción, éste se declara vencido: ¡voy á visitar las
cataratas del Niágara! Se sabe que han sido apenas descritas durante
los 273 años transcurridos desde el viaje de Charlevoix ... Á pocos
peregrinos, felizmente, les ha ocurrido elegir el mes de enero para
esta excursión, y, sin creer que sea nueva en absoluto, espero que mi
«vista» del Niágara congelado no se parecerá del todo á un extracto de
la guía oficial.

De Boston hacia Buffalo rehago el trayecto conocido; por otra parte,
á cualquier rumbo que fuera, el cuadro sería idéntico: los mismos
esqueletos vegetales sobre el informe manto de nieve, entre las masas
negruzcas de las poblaciones. Con agregarse la monotonía accidental
del paisaje á la permanente de las ciudades, el viajar por estas
regiones se vuelve tan poco útil como agradable. La naturaleza está de
máscara blanca, y es tan imposible hacer diferencia entre el sitio más
pintoresco y el más desolado erial, como elegir entre dos damas turcas
cubiertas de su _yachmak_. La nieve niveladora, que borra todo rasgo y
color, aun más que el frío hiperbóreo, es lo que apresurará mi vuelta á
Europa, quitándome el deseo de visitar el Canadá[76].

Enfilamos en Rochester el ramal de Niagara Falls, donde llegamos al
obscurecer; todos los hoteles de la ribera canadiense (nadie ignora
que el río es frontera de los países) están cerrados, pero del lado
americano ha quedado abierto por este invierno la confortable _Prospect
House_. Además de un excelente _menu_, me encuentro allí con un mozo
francés, ex _zéphyr_ de Argelia (hum!), que me sirve con veneración
y, á los postres, no resiste al placer de sentarse un momento para
contarme su vida y milagros. No hay más huéspedes en el comedor
y en toda la casa que una joven pareja en pleno viaje de novios,
y éstos ¡lo que se cuidan del viajero, y del _zéphyr_, y aun del
_menu_!...—Interrumpo la interesante sesión de sobremesa para ganar mi
cuarto deliciosamente entibiado por el calorífero, y, después de esta
jornada de ferrocarril, solicito el dulce sueño, leyendo una traducción
inglesa de la _Atala_, de Chateaubriand, que he encontrado en una
librería de Boston; en tanto que afuera la tempestad de nieve sacude
los abetos seculares, arrancándoles gemidos que, por instantes, cubren
el ronquido lejano del Niágara[77].

Al día siguiente, bien reposado y dispuesto, fleto un pequeño trineo
y me deslizo sin apuro á las cataratas inevitables; siento que estoy
cumpliendo un deber sagrado para con mis lectores futuros, y este
consuelo altruísta conforta mi ánimo. Es tanto más imprescindible
un nuevo esbozo de las caídas famosas, cuanto que ha sido mil veces
intentado en todas las lenguas y en todas las formas, desde la
del estudio geológico hasta las de la oda pindárica y del anuncio
comercial: omitirlo, sería singularizarme. Se habla vagamente de otras
cataratas en la América del Sur, mucho más rumbosas—quiero decir, de
mayor «desprendimiento»: por ejemplo, la de Kaieteur, en la Guayana
inglesa, que cae de 226 metros—ó infinitamente más pintorescas, como
la nuestra de Iguazú, en razón misma de su división y escalonamiento
en medio de todas las opulencias vegetales del trópico. Pero el
Niágara queda incomparable y único, en la pobreza de su marco natural,
vulgarizado aún por el sórdido parasitismo explotador, porque es
enorme la napa líquida que se desploma, y el espíritu utilitario de
los yankees ha sabido juntar en un haz compacto aquellas mil rapsodias
descriptivas. Sin perjuicio, pues, de calcular los 5 ó 6 millones
de caballos-vapor que aquí se desperdician (_wasted energy_), sacan
provecho en el presente de su maravilla _mammoth_ ... Felizmente estoy
solo; es la buena estación que ninguna guía señala; casi todos los
hoteles están cerrados; no haré parte de ninguna procesión de turistas
á la «Cueva de los vientos», ni pisaré el vaporcito tradicional: el
invierno solícito ha espantado las moscas.—Pongo pie á tierra cerca
del puente colgante, dos ó tres cuadras abajo de la caída, y procuro
templar mis _high spirits_, vagando al aire frío y tónico, bajo el
claro cielo azul donde el sol irradia su tibia caricia, sin una mancha
blanca, como si todas las nubes de ayer se hubiesen descolgado para
cubrir el congelado suelo. Camino entre los árboles del monte, cuyas
ramas cargadas de festones y astrágalos remedan candelabros de cristal.
Trae un gozo físico la soledad, el ambiente puro, el débil crugido de
la nieve bajo mis pies. Pero diviso el tablero de _Suspension-Bridge_;
ha llegado el momento: evoco á Chateaubriand, á José María de
Heredia,—no el nuestro, sino el anterior («¡Templad mi lira!»), al
_Appleton Guide_ ... Hago lo posible por exaltarme y ponerme á nivel de
la situación.

       *       *       *       *       *

Es muy sabido—como todo lo que á la catarata se refiere—que el río
Niágara derrama las aguas del lago Erie en el Ontario; desde Buffalo,
donde comienza, hasta más allá de Lewiston, donde desemboca, este río
de comunicación no tiene 60 kilómetros; pero el enorme desnivel de 101
metros, en tan breve distancia, produciría una corriente vertiginosa,
á no tropezar el raudal, en la mitad de su camino, con la muralla
vertical que lo represa. Entonces la napa superior, dividida en dos
brazos desiguales, se desploma de 47 metros de altura, en la vasta
y profunda hoya encajonada que este puente domina, uniendo con un
tablero de 400 metros las riberas americana y canadiense. Desde mi
observatorio, abarco la escena en su conjunto, si bien no percibo
aún los rasgos verdaderamente conmovedores de la caída. Los dos
barrancos rocallosos, con su vegetación petrificada, despliegan sus
desgarradas paredes hasta los extremos de la doble catarata: á mi
derecha, la canadiense encorvada en herradura (_Horseshoe Fall_) alarga
su lomo obscuro hasta la mitad de la cuenca; la otra se estrecha á mi
izquierda, entre la orilla y la «isla de la Cabra» (_Goat Island_)
que se prolonga en el thalweg superior. El desarrollo total de la
barrera pasa de un kilómetro; pero las nubes de agua pulverizada,
que se levantan como humareda blanca del hondo hervidero, impiden
medir su profundidad; cerca de las orillas y la isla medianera, como
en un inmenso crisol, se acumulan los bancos de hielo, las adheridas
concreciones que desmenuzan la napa colosal en veinte cascadas
parciales. Á mis pies, el río coagulado extiende hasta la catarata
su rugosa bóveda sobre la masa líquida que fluye invisible hacia el
distante torbellino (_Whirlpool_), donde se estrella contra las rocas
y disloca al fin su rajada corteza en mil carámbanos flotantes ...
No experimento decepción, pero no siento que suban á mis labios los
borbotones de adjetivos entusiastas. El espectáculo tiene grandeza y
majestad, si bien, á la distancia, la inmóvil uniformidad del color
y de las formas acolchadas por la nieve le infunde cruel monotonía;
el invariable rumor persistente equivale al silencio universal, y,
por sobre el acompañamiento profundo y casi insensible de las caídas,
percibo el grito agudo de un pájaro que hiende el aire sobre mi
cabeza. Después de algunos minutos, dejo mi puesto y remonto la ribera
americana, hasta el puente que la une con _Goat Island_ y domina á
plomo la misma catarata.

La montuosa isleta que divide el ancho río, y forma promontorio
sobre el abismo, es un óvalo de unas dos millas de longitud, cuyo
eje mayor rellena el thalweg, con un relieve de diez ó doce metros
sobre la superficie; está cubierta de árboles y espesuras, con sendas
sinuosas que se cruzan y pierden á todos rumbos; pero el mismo manto
invernal envuelve hoy arces y abetos, rocas y malezas, barrancas y
edificios lejanos, en un solo lienzo incoloro é informe. La nieve
reciente ha redondeado de blanda matidez alabastrina los prismas
y cristales de hielo, impidiendo que los rayos del sol irisen sus
aristas, y apenas si, acá y allá, algunas agujas centellean sobre el
albo campo deslumbrador. Desde aquí diviso el pretil de madera que
permite inclinarse sobre la vorágine y contemplar el horror grandioso
de la pesada masa desplomada; pero, desde luego, quiero darme cuenta
de la formidable avenida, antes de su violenta bifurcación en la
punta de _Goat Island_; y, por la vaga depresión que indica el camino
terraplenado, me dirijo hacia el extremo superior.

Me he acostumbrado tan pronto á creerme único visitador de este reino
hiperbóreo, que la vista de algunas huellas humanas en la nieve casi
me produce el mismo efecto que á Robinson. ¿Será un caníbal, ó Friday,
el que ha invadido mis dominios y me precede en el itinerario? Pero,
acaso el uno y el otro, pues son dos personas las que caminan delante
de mí. Sin ser un consumado rastreador, distingo las dos huellas; las
unas, anchas y profundas, se adelantan un poco á las otras, un tanto
más delgadas y con el tacón más agudo. Caminan muy juntos, como si
el «ancho» llevase preso al «delgado»; y á trechos bastante próximos
parecería, por la nieve pisoteada y los rastros confundidos, como si
se hubiese empeñado un violento _corps à corps_ entre el feroz caníbal
y su desventurada víctima ... ¡Qué horrible misterio!... ¿Estaré acaso
sobre la pista de un drama pasional?... Sigo caminando una cuadra más
y, de repente, á diez pasos, un doble bulto negro—todo es negro
sobre la nieve—se destaca vivamente de un esconce de la roca. Son mis
novios de _Prospect House_. Al verme vuelven al camino—_the right
way, sir!_—y los encuentro en la punta de la isla, sumergidos en la
contemplación del horizonte. Él es un buen yankee robusto y seco; Mrs.
Friday es más agradable; esbelta y rubia, no hace mal efecto en el
paisaje, con su _jaquette_ azul ceñida al talle y su sombrero de ala
recta sobre el cabello empolvado de nieve. Esbozamos un vago saludo
y, después de una mirada involuntaria á los dos pares de zapatos
reveladores, me alejo, para no hacer de guardia civil; y escucho
esta reflexión filosófica que saluda mi retirada discreta: _a biting
cold!..._ ¡Sí, mucho frío les hace á los novios!...

Desde el extremo de la isla, en cuya aguda proa rompe la corriente con
estruendosa violencia, se contempla el caudaloso río desde su salida de
_Great Island_: amplio como un estuario hacia el fondo del horizonte,
tumultuoso y veloz como un torrente al acercarse y tropezar sobre las
raudas ó rápidos que obstruyen el lecho, dos kilómetros más arriba de
la represa. Eriza el lomo en la pedregosa pendiente, rompe su oleaje
en los barrancos coronados de bosques, y vuelve, en espantoso turbión,
á chocar sobre la carena delantera en que estamos, cual si quisiera
derruirla ó arrasarla; pero, casi bruscamente, contienen su ímpetu
vertiginoso, más que este rompeolas de peñascos, las masas profundas
de la doble esclusada, donde los carámbanos de hielo y los troncos
arrancados á las playas giran en lentos remolinos, vacilantes y como
conscientes del peligro próximo. Trepando á un morro de piedra, con la
nieve al tobillo, puedo explicarme la marcha del drama elemental, desde
la peripecia de los rápidos hasta la catástrofe, siguiendo el breve
destino de cualquier astilla abandonada á la corriente. El raudal
monstruoso asoma por el sud, como precipitado del cielo, arremete
espumoso por la rápida y accidentada pendiente, estrella su triple
frente en los estrechados barrancos y la muralla á pico de la isla,
para retroceder, despedazado é impotente, y luego incorporarse rendido
al inmenso depósito; aquí se retuerce la oleada viajera, sacudida por
los hondos estremecimientos de la resaca; pero la tregua es breve, y,
entre arranques y sofrenadas, como el corcel que ventea al enemigo,
tiene que arrastrarse, empujada por otra nueva oleada, y llegar
finalmente á la cornisa llena de vapores donde bruscamente se desploma
al abismo ...

Aquí el espectáculo es realmente soberbio y fascinador; se tiene la
conciencia de asistir á un formidable conflicto entre las fuerzas
naturales: uno de esos dramas colosales é informes de Esquilo, en que
son protagonistas la Fuerza, la Violencia, las olas monstruosas del
Océano, y en cuyos cataclismos gigantescos no puede el hombre figurar,
sino como víctima pasiva y ludibrio de las energías elementales:—á
manera de estas ramas inertes que el viento arroja á la corriente, que
pasan delante de mí, una tras otra, y que no me canso de seguir con la
mirada como un melancólico emblema del destino humano. Oigo cerca de
mí las risas alegres de la pareja enamorada, que el aire sutil me trae
por entre el rumor de la catarata: son felices porque son jóvenes, y
su vida ensaya el corto y rápido vuelo en alas de la ignorancia y la
ilusión. Creerían acaso, si me vieran, que mi cabeza gris tiene envidia
á sus cabellos rubios, y pensarían que media otro abismo entre mi
madurez pensativa y su rozagante juventud: media el mismo intervalo que
entre aquella astilla, que pasó hace un minuto, y la que flota ahora
delante de mí, y dentro de otro minuto dará el propio salto en la
vorágine donde todas se juntan y confunden ...

Cerca de mediodía, como á menudo sucede en estos climas, el cielo se
ha nublado, ó más bien, un uniforme velo gris se ha tendido sobre el
cielo, del horizonte al cenit, apagando de paso el sol resplandeciente
y envolviendo la tierra en una vislumbre amarillenta. Es una tempestad
de invierno que se acerca, y, junto con la primera ráfaga que sacude
por los aires la nieve suelta de los árboles, oigo los gritos de los
conductores que llaman desaforadamente á sus viajeros. Felizmente
estamos cerca de los trineos y no muy lejos del hotel; bajo la
capota y «corriendo parejas con el viento», llego sin novedad á la
posada,—donde oiré contar á mi _zéphyr_, durante el almuerzo, las
historias más espeluznantes del Niágara, desde Blondin y su tortilla
preparada en la maroma, hasta el capitán Webb que se lanzó al abismo
tremendo y logró salir de él, yendo á despedazarse en una roca del
_Whirlpool_.

Después de dos ó tres horas de furioso huracán, aunque sin nieve, el
cielo se despeja, el frío recrudece, y, en la calma perfecta de esta
tarde de invierno, asisto desde el mirador del hotel á la magnífica
puesta del sol sobre los montes enrojecidos. La noche baja lentamente;
mejor dicho, es un crepúsculo blanquecino que se eterniza y no llega
á empañar los objetos, pues la luna llena aparece en el horizonte y,
como un espejo redondo que reflejara el terrestre disco de hielo, se
alza, divinamente pura y nítida, sobre el obscuro firmamento, lustrando
de claridad boreal la mate blancura de los campos. ¿Qué hacer esta
noche, hasta la hora decente de procurar el sueño, sin más sociedad
que el mozo francés ni más lectura que la disfrazada _Atala_, que he
vuelto á saber de memoria? He dado una vuelta por la aldea de _Niagara
Falls_, sin más atractivos en esta estación que su docena de fábricas
en movimiento, y no siento el menor deseo de volver á leer sus carteles
de anuncios gigantescos. De todos los consejos pegados en las paredes,
el único que estaría dispuesto á seguir es aquel de _Take the Erie
railroad!_ en todas partes repetido ... Y el _Herald_ de Nueva York,
que anuncia, para mañana á la noche, _Carmen_ en francés, con Jean
de Reszké, Lassalle, la Calvé de gitanilla y la Eams de Micaela ...
Pero me falta ver «lo mejor» de la catarata: el salto mismo, desde la
cornisa de _Goat Island_, ya que no visitar la «Cueva» húmeda, donde
correría riesgo de quedar congelado. ¿Cómo conciliar tantos «deberes»?
Sino me marcho mañana temprano á Nueva York, pierdo una interpretación
ideal de mi obra preferida; si me voy, dejo de ver llover el Niágara
... ¡Horrible ansiedad! ¿Quién resolverá este conflicto de armonías?

Pido la colaboración de mi paisano para estudiar los horarios, aunque
sé de antemano que es imposible resolver esta cuadratura de círculo.
De repente, entre serio y _blagueur_: «¿Por qué no vuelve V. á las
_Falls_ esta noche, con la luna?»—Le miro un momento, boquiabierto,
deslumbrado por el descubrimiento. ¡El Niágara de noche! Por esta vez
creo que he dado con una novedad ... Pero (sé la guía de memoria)
¿qué es esa historia de rejas que se cierran al ponerse el sol ...?
«¡Bah! contesta el _zéphyr_, en invierno ... y luego ...», desliza su
dedo pulgar sobre el índice ... Asunto concluído. Como un bocado, me
envuelvo en mi _ulster_, enciendo un cigarro, me alargo de nuevo en el
trineo de marras, y, sin el menor tropiezo, me encuentro á las ocho de
la noche en el puentecito de _Goat Island_, bien seguro esta vez de
no verme perturbado, á no ser por las almas de los que aquí cerca han
perecido ... ¡Incomparable _zéphyr_! Le debo la sensación más extraña
de mi vida: una hora inolvidable, supraterrestre, cruzada de visiones
fantásticas y terrores innominados que no intentaré reproducir, pues
no encuentro palabras legibles para sustituirlas á las incoherentes
y alucinadas que, esta misma noche, á la vuelta de la excursión, he
garabateado con lápiz en mi cartera de viaje. Me limito á resumir
algunas impresiones objetivas.

Desde el puente que une _Goat Island_ á la ribera y domina el salto
americano, tengo la luna al frente, hacia el este: tejo de hielo nítido
sobre el obscuro fondo sideral; ni una nube en el cielo, ni un soplo
de brisa, ni un halón flotante en torno del satélite; parece como
si la atmósfera, oreada y rarefacta por el frío polar, transmitiera
con intensidad insólita las vibraciones sonoras y los rayos de luz.
El rumor de las ondas se hincha y retumba solemnemente, tan continuo
y pleno que forma una armonía. Entre el resplandor lunar y el vasto
reflejo de la tierra blanca, la visión de los objetos cercanos es
tan detallada y perfecta como de día; sacudida la nieve suelta
por el huracán, los cantos de las rocas resplandecen; los árboles
tienen aspecto de cactos cirios, y, de sus ramillas coaguladas en
espesas raquetas anacaradas, cuelgan franjas y lambrequines de plata,
cándidas filigranas que la vislumbre azul irisa vagamente. El paisaje
cristalizado ostenta una rigidez marmórea y funeral; y tan habituado
está el espíritu á asociar las ideas correlativas de calma nocturna é
inmovilidad, que entre el mugido atronador de las cascadas se tiene la
ilusión de un vasto silencio.

Me dirijo un poco más allá, hasta una roca maciza (_Luna Island_) que
parte exactamente las dos caídas; camino sin cuidado, pues, además de
la claridad, arroyos y derrames están sólidamente congelados y la capa
de nieve rugosa salva de cualquier resbalón. Casi á mis pies, á uno
y otro lado, los dos inmensos cilindros líquidos giran eternamente,
arrojando al vacío cien chorros tumultuosos que parecen caer en un
abismo sin fondo, pues se remontan nubes espesas de agua molecular
que se adhieren á los _séracs_ vecinos. Á la base de mi barranco en
desplome, que deja entre la napa curva y la ahuecada pared de esquisto
la ancha cornisa llamada «Cueva de los vientos» (_Cave of the Winds_),
se acumulan esos bloques caóticos de hielo, que se transforman y crecen
hasta el fin del invierno, como dotados de no sé qué vida monstruosa
en medio del letargo universal; más allá comienza la bóveda espesa que
cubre la corriente, y se prolonga hasta el _Suspension Bridge_, que
perfila en el cielo su esqueleto metálico. El astro vierte sus raudales
de plata sobre los raudales de agua, enciende las espumas, jaspea de
reflejos opalinos la glauca masa torrencial, dibuja sus arco iris de
cambiantes matices sobre las ondas pulverizadas ...

El cuadro reviste soberana magnificencia; pero yo también comienzo
á sentir la atracción del abismo: quisiera descender, sin guía, sin
las grapas de hierro que aseguran la pisada en el hielo, por esa
vecina torre de madera cuya escalereja en espiral conduce á la cueva.
En suma, con tiento y precaución, y, si necesario fuese, bajando
sentado, una por una, las gradas más resbaladizas, no ha de ser
empresa sobrehumana; según las guías oficiales, no hay peligro en
ningún tiempo, la luz exterior penetra por las troneras abiertas en
cada piso ... Me resuelvo: preveo que me maldeciría después por haber
retrocedido. Y, efectivamente, la doble operación, más fácil aún á la
subida, resulta un poco larga, pero sin inconveniente mayor. Doy fondo
al cuarto de hora, y, por un pasadizo algo accidentado á mi derecha, me
encuentro en la gruta famosa, debajo de la catarata: deslumbrado por
el cuadro, aturdido por el rumor potente que nace aquí mismo,—acaso
un tanto nervioso y dotado de esa mórbida lucidez que casi linda con
la alucinación. El frío es intensísimo, y con la humedad congelada
en mi sobretodo paréceme que revisto una coraza. Para reaccionar,—ó
persuadirme de que reacciono—enciendo un cigarrillo y me pongo á
«batir la suela» á lo largo de esta esplanada polar.

El espectáculo, según todos han dicho, es asombroso en pleno día de
verano: en esta soledad nocturna, al resplandor de la luna boreal,
reviste una irrealidad de fantasmagoría, una extrañeza única. Pero lo
único es por esencia lo inefable, puesto que, siendo todos nuestros
balbuceos simples reminiscencias, aquí falla cualquier término de
comparación. Más vale entonces, sin empeñar una lucha imposible,
procurar la expresión breve y sencilla que, si no presenta á la vista
el mágico cuadro, lo sugiera al menos á la imaginación fecunda[78].

El ancho cobertizo abovedado en que me encuentro se desploma ocho ó
diez metros fuera de la pared vertical, levantándose cerca de veinte
sobre el resalto en talud que desciende hasta la sima: es el caveto
colosal, formado por erosión en la arcilla esquistosa, de una cornisa
ciclópea cuya platabanda superior, de estratos calcáreos duros como
granito, forma hasta el mismo salto el lecho del río. En el receptáculo
de la catarata, que cae delante de mí con un tumulto atronador, el
choque formidable roe la blanda capa arenisca (_sandstone_), cavándola
sin tregua hasta que por su propio peso se derruya el resalto que me
sustenta ahora; y así continúa la obra de mina hasta que el borde
superior se derrumbe á su vez, trasladando la catarata unos dos metros
por año hacia los rápidos y el lago Erie, y, por tanto, reduciendo
progresivamente su altura[79].

Á la gloriosa luz de un día de verano, consiste sin duda la belleza
del cuadro en ver despeñarse el enorme raudal de 10.000 metros cúbicos
por segundo, y contemplar el sol al través de la líquida masa irisada
y transparente que se aplasta en el hondo hervidero. Muy otro es el
carácter de la escena presente.—La napa americana, relativamente
delgada, y dividida ahora por los _séracs_ de la cornisa, abre sus
diez cascadas parciales que sólo juntan sus espumas en el embudo
receptor; es sobre todo la catarata canadiense la que levanta á la
izquierda el formidable estruendo. Pero no hay esplendor veraniego ni
gala primaveral que pueda equipararse, por la novedad del conjunto y
la emoción intensa que produce, al fantástico palacio del Invierno
que me rodea y cuyos prodigios sobrenaturales parece que sólo se
desplegasen para mí. Forman amplio propíleo de hielo, al borde del
abismo, altísimos pilares estriados y truncas columnas salomónicas, en
cuyos intervalos azulados flotan los cortinajes de las reverberantes
cascadas, tendidas y rayadas como largas urdimbres en sus telares
gigantescos. De las grietadas paredes y peñascos laterales que
obstruyen la corriente, se escapan cintas diáfanas que los destellos
lunares animan y colorean á manera de fuentes luminosas. Junto á
los bloques informes que se acumulan en este peristilo, y parecen
escombros del edificio interrumpido, redondeadas estalagmitas yerguen
sus ánforas y balaustres; otras remedan candelabros enormes, cipos de
mármol sepulcral,—y la imaginación enfermiza evoca leyendas seculares,
catástrofes antiguas y recientes que podrían tener aquí su panteón
... Pero hacia la bóveda de concha es donde se ostenta la caprichosa
riqueza de esta arquitectura invernal: las mil estalactitas destiladas
por la roca calcárea se han cubierto de florones y arabescos,
coagulando durante meses los vapores que la catarata difunde por la
atmósfera, y, desde la cornisa invisible, se descuelgan fajas y bandas
en festones, suntuosos mantos de armiño, doseles y caladas cenefas
en los intercolumnios, lámparas de alabastro que destilan diamantes
líquidos y cuyos caireles cristalinos espejean al resplandor astral ...
Esta, en verdad, es la hora propicia é ideal para admirar la mágica
platería de escarcha: por incoloros y débiles que fueran, paréceme
que los rayos del sol alterarían su marmórea sublimidad. Todo es aquí
glacial y funerario, las mismas sombras proyectadas irradian palidez
crepuscular: sólo la fría y casta luna puede agregar una armonía á la
helada pompa nocturna, abrillantando de satinada blancura la blanca
matidez del ventisquero, y derramando sobre el paisaje fantasma el
misterio de su poesía espectral ...

Pero es tiempo de volver, si no quiero quedar adherido al pavimento y
agregar una estatua de hielo á la colección. Al encontrarme arriba,
pisando el suelo firme de la isla, me confieso _in petto_ que también
tiene su poesía el calorífero del hotel. Me meto en el trineo y,
durante los minutos del trayecto, evoco no sé por qué á ese extraño
peregrino perturbado y perturbador, acaso el mayor poeta del siglo con
su prosa cantante y rítmica, en todo caso el más sincero y conmovido,
á despecho ó á causa de su engañosa imaginación: al que vino aquí
mismo hace un siglo, vivió algunos días entre los indios del Niágara
y preparó, silencioso é ignorado, en la entonces virgen soledad, esa
paleta rutilante con que iba á deslumbrar al mundo. Él era joven;
escuchaba la voz de su «silfo» augural que le decía: _¡Tu serás rey!_
Relámpagos de esperanza iluminaban su precoz desencanto, y sabía ya
que la gloria le devolvería «lo que el viajero deja de su vida en los
lugares donde pasa» ...[80]


  Nueva York.

Pensé quedarme una quincena en la ciudad «imperial». Después de una
semana, tomo pasaje para Europa en el transatlántico _La Bourgogne_,
persuadido de que una estancia más prolongada agregaría muy poco á mi
concepto general de los Estados Unidos. Esta metrópoli del comercio y
del capital americano es cosmopolita, más europea que yankee; y esto
no sólo por la presencia del numeroso elemento extranjero, sino por
la orientación general del pueblo neoyorkino. Aquí, ricos y pobres
viven en Europa, unos por el recuerdo, otros por la esperanza, todos
por los gustos, los hábitos, el lujo importado, el incesante contacto
de los viajes y de la imitación. Su sola originalidad consiste en
deformar por la exageración el modelo que es más fácil exceder que
igualar; sustituyen por el lujo chillón la elegancia discreta, traducen
la armonía estética por el boato llamativo: revelan sus aficiones
artísticas empedrando con dollars las jiras de los histriones y
comprando cuadros célebres para ponerlos bajo vidrio, en marco dorado
más ancho que la pintura. En suma, este es un París para chicagoenses.
Medio europeo, medio americano, este grupo híbrido nada nuevo me puede
enseñar, si no es la prosaica realización del ideal á que aspiran las
ciudades-hongos del Oeste. Pero todo esto lo tengo visto ó previsto
ya; y después de visitar concienzudamente algunos sitios interesantes
ó representativos:—la Bolsa y dos ó tres bancos de _Wall Street_;
algunos docks sobre North-River y otras tantas fábricas de Brooklyn
(entre ellas los talleres de Appleton); el _building_ del _New York
Times_ y la torre de Babel del _World_, el _Columbia College_ y la
hermosa biblioteca de Astor, etc. etc.,—me siento tan incapaz de
añadir á mis apuntes americanos un rasgo que, _mutatis mutandis_, no
se encuentre referido, ya á Boston y sus anexos, ya á Chicago y su
Exposición, ya, por fin, á otras metrópolis del centro ó del oeste, que
considero ocioso prolongar estas visitas en tranvía ó _elevated_, por
entre el viento y la nieve.

La actividad urbana de Nueva York tiene que asombrar al viajero
europeo, mucho más aún que el tamaño de sus _buildings_ y el lujo
exterior de sus residencias: Broadway es más genuinamente americana
que la regia _Quinta Avenida_ ó el magnífico _Central Park_, ahora
despojado y cubierto de escarcha. Para mí, sin desconocer el carácter
de fuerza y riqueza, más grandioso aquí que en cualquiera otra ciudad
de los Estados Unidos, nada de lo que veo supera ni alcanza, como
manifestación desnuda y significativa, lo que tengo ya descrito.
Lo he dicho y lo repito: Nueva York es hoy una amalgama por partes
iguales de América y Europa; ahora bien, el primer elemento, es mejor
observarlo allá donde se encuentra en estado nativo; el segundo, sólo
podré saborearlo, sin adulteración ni contraste, en esa Europa materna
que siento está llamando, hace ya tantos días, á su envejecido hijo
pródigo. ¡Basta ya de contar las copias infinitas de un falso original
que nunca me ha gustado plenamente!

Libre de consigna me entrego al agradable vagar callejero, asisto á
algunas conferencias y funciones teatrales que, como casi siempre, se
liquidan por una buena dosis de decepción. Á más de que me siento cada
día menos apto para soportar la inevitable vulgaridad de la realización
escénica, siempre defectuosa en conjunto,—hasta en la misma «Casa de
Molière»,—lo que florece naturalmente en Nueva York es la función
de «estrellas», con compañías formadas de dos ó tres celebridades
europeas, sobre un fondo de cómicos de la legua en disponibilidad.
Por supuesto que la compañía de ópera es la que más se ajusta á la
regla, y la exhibición de _Carmen_ (por que tanto bregué) ó de _Romeo y
Julieta_ (con los Reszké, la Melba y Plançon—el mejor de todos) no me
causa sino segundos de placer entre minutos de irritación. Los mismos
protagonistas, excelentes en París ó Londres, abultan sus efectos para
la exportación, y la Calvé,—á pesar de su hermosa voz y su belleza
expresiva—hace una _Carmen_ francamente insoportable. Luego ¡la
orquesta ambulante y los coros de baratillo!...

Pero no estoy aquí para reflejar anticipadamente impresiones europeas,
y prefiero mencionar dos _performances_, algo diversas por el asunto,
aunque igualmente características y, en el fondo, reveladoras del
mismo gusto americano, del mismo «estado de alma». Me refiero á
una conferencia del coronel Ingersoll, el famoso libre pensador
profesional, y á la recepción del _champion_ Corbett, despues de su
reciente victoria internacional en Jacksonville.

_Ab Jove principium._ La vuelta de Jim Corbett, al día siguiente de
dejar hecho unas gachas al pobre _champion_ inglés Mitchell, ha sido
una marcha triunfal desde Florida hasta Nueva York—un «¡triunfo de
Heliogábalo!» exclamaba el _New York Herald_, esta mañana. El ilustre
boxeador venía en tren especial para detenerse en cada punto del
trayecto y arengar á las poblaciones entusiastas. Todos los diarios de
la Unión traen sendos _reportages_ telegráficos, en que se describe
la vida casera del héroe, de la cocina á la alcoba. Esta noche recibe
á todo New York en el inmenso hipódromo de _Madison-Square Garden_,
completamente lleno. Aparece al fin en la plataforma circular,
donde debe dar una «repetición» de su último match, haciendo de
_unglorious_ Mitchell un simple aficionado. Jim es un gran diablo
flaco, todo nervios y tendones, con cara lampiña y mirada de tigre,
sin la belleza animal ni la apariencia de fuerza del ex _champion_
Sullivan; viste calzón y camiseta obscuros, lo que acentúa aún su
apariencia mefistofélica. Á raíz de una entusiasta ovación, el
público, naturalmente, le pide un pequeño _speech_; balbucea algunos
_clichés_ con voz delgada y gesticulación de pugilista, y luego entra
á representar. La esgrima del _boxing_ es una simplificación de la del
_Bourgeois gentilhomme_: no se trata siquiera de dar sin recibir, pues
uno y otro adversario dan y reciben. Lo que asegura el triunfo es la
resistencia; fuera de tres ó cuatro golpes terribles que el uno procura
dar y el otro evitar, lo demás no se cuenta, y aquí mismo Corbett
recibe cinco ó seis moquetes sin pestañear. Pero, es _match_ de broma,
con guantes rehenchidos: un simulacro tan insípido como una corrida
con toros embolados y sin la muerte. En uno y otro caso, sólo el
peligro, la sangre es lo que apasiona y estimula la crueldad bestial.
El público, tan entusiasta momentos antes, se fastidia en seguida y nos
escurrimos casi todos en medio del segundo _round_.

La conferencia á que aludía tuvo lugar, al día siguiente, en _Broadway
Theatre_; pero en el público, casi tan numeroso como en _Madison
Square_, casi dominan las señoras, viejas y jóvenes, sueltas ó
acompañadas. El ilustre orador está solo en la escena, alto, de pie,
en traje de etiqueta, elegante y hermoso á pesar de sus sesenta años,
afeitado como un actor, combando el pecho robusto y de aspecto mucho
más atlético que Jim Corbett. Acerco ambas celebridades porque el
coronel Robert Ingersoll es otro _champion_, tan notable y oficialmente
reconocido como el otro: el campeón de la oratoria racionalista; y
tan es así, que suelen organizarse _matches_ con apuestas—una tuvo
lugar en el _Nineteenth Century Club_—entre Ingersoll y cualquier
ministro protestante dispuesto á _take the bet_. Tiene aprendidos y
publicados cuatro ó cinco discursos, mechados de lugares comunes y
bufonadas yankees, que transporta hace veinte años de ciudad en ciudad,
como Mark Twain su _Jumping Frog_: ello se titula los «Errores de
Moisés»; y con esa vulgar parodia de la Biblia, Robbie tiene asegurados
cuarenta mil dollars de renta y vive en la _Fifth Avenue_. Esta noche
se trata, como siempre, de _Some mistakes of Moses_. Llego para
asistir á la triunfal peroración que levanta una ovación entusiasta.
Es una rapsodia de bajísima ley, en que la crasa ignorancia supera
la grosería del charlatanismo, la necia risotada del _esprit fort_
de aldea que reprocha á la Biblia no ser un tratado de física y de
derecho constitucional. Luego, según la moda yankee, la letanía de
los «rivales» de Moisés se prolonga interminablemente, grotesca y
extravagante, desde Cavalieri «que casi completó la ciencia de las
matemáticas», y Franklin, Morse y Trevethick, «_pioneers of progress_»,
hasta Esquilo, Burns y ... Béranger «_the poets of the world!!_» ...
¡Inspirado por Dios, Moisés, que no conoció el diámetro ni el peso
de Neptuno, ni siquiera tenía idea del tamaño del sol (_any idea of
the size of the sun_), ni acaso sospechara el sistema de Copérnico!...
etc.» Una de las gracias que arrancan carcajadas inextinguibles á las
mujeres consiste en llamar á Moisés, cada cinco minutos, _that inspired
gentleman_: este aticismo es simplemente irresistible. Pero recita su
_boniment_ con voz sonora, exuberante gesticulación, muecas y guiñadas
de monologuista profesional: es el Barnum del libre pensamiento.

Y entre los aplausos de la concurrencia, procuro figurarme el estado
mental, no sólo de los _snobs_ de uno y otro sexo que han pagado cuatro
dollars para escuchar y aplaudir esas facecias de _clown_ envejecido,
¡sino de la prensa que saluda invariablemente al «gran pensador», al
_greatest living orator_ de América! Bajo las diferencias superficiales
se llega aquí á tocar nuevamente la capa profunda, la misma tosca
popular en que hace medio siglo se asentaba el grosero mormonismo: el
incrédulo Robbie corre parejas con el crédulo Joe, y esta exégesis vale
exactamente tanto como ese misticismo.—Y me convenzo más y más de que,
respecto del pensamiento puro, del concepto del arte y de la ciencia,
del puro gusto estético, de la nobleza del espíritu y la delicadeza del
alma, de todo lo que constituye la civilización y da su alto precio
á la vida, estos «hijos de Tubalcaín» difieren por esencia de los
hijos de Seth, y que, entre esta América que abandono sin melancolía y
aquella vieja Europa adonde voy, con la tristeza de volverla á dejar
en pocos días, se extiende un abismo moral tan ancho y hondo como el
Atlántico.



APPENDICE


SUR LE CHILI[81]

Je commence à liquider mon arriéré de correspondance. J’aime à croire
qu’il n’est pas encore trop tard pour en prendre le fil. Je suis
d’ailleurs trop modeste pour penser que le Chili, ou tout autre pays,
ait rien perdu de son actualité, pour s’être écoulé plusieurs semaines
depuis quej’y ai passé.

Ce que Petit-Jean savait le mieux, c’était son commencement. Petit-Jean
était bien heureux; et, malgré l’indulgence dont on use volontiers
avec soi-même, je n’oserais me rendre le même témoignage. Par nature
et par habitude, je suis le moins écriveur des hommes, et rien ne
m’est pénible comme la mise en train. Puis, la Bibliothèque m’a trop
donné le goût de la flânerie intellectuelle, de la chasse à la petite
bête érudite. Je suis de ceux qui, pour un bain froid de cinq minutes,
perdent un bon quart d’heure à tâter l’eau, dans une attitude gracieuse
d’échassier, se promettant vingt fois que la seconde prochaine sera
décisive ... Il faut dire, pourtant, que je n’ai presque jamais poussé
la faiblesse jusqu’à me rhabiller sans plongeon, et que j’ai toujours
fini par où je devais commencer.

Oh! pour expliquer mon long silence, j’aurais bien des excuses! Aucune
n’est peut-être très bonne, mais c’est justement pour cela que j’en
ai plusieurs. Tout d’abord, je suis un «terrien» fini. Tout travail à
bord m’est impossible, même par cette navigation idéalement tranquille
du Pacifique nord,—une vraie navigation pour dames,—où le roulis
est à peine appréciable et où le tangage n’existe que dans quelques
ports. Puis, je ne sais comment, cette matière du Chili m’a semblé très
difficile à reprendre en français, après l’esquisse d’ensemble que j’en
ai essayée en espagnol, pour les Argentins. Je tenais pourtant à vous
réserver un coin du tableau ... Peut-être aussi suis-je un peu gêné par
cette perpétuelle alternance d’idiomes, qui n’est pas seulement une
affaire de style, mais encore, et surtout, une variation de point de
vue. Les traducteurs naïfs n’ont point de ces scrupules: ils ont pour
eux d’ignorer une des langues qu’ils torturent—quelquefois les deux.

Et cela est très commode. Pour moi, après un exercice prolongé de la
lourde épée à deux mains espagnole, je sens bien que j’ai perdu le fin
doigté de l’escrime française. Pour m’y remettre, il me faut changer
de matière. Et même alors, c’est un long travail d’adaptation, de
_transposition_,—car l’espagnol et le français ne sont pas du tout
écrits dans la même clef—et le meilleur lexique n’entend rien à ces
choses-là.—Voilà bien des raisons ...

J’ai déjà beaucoup bavardé sur le Chili. Malgré tout, je ne puis
prendre sur moi de le quitter sans ajouter quelques traits à l’esquisse
commencée. Je voudrais que ce _post-scriptum_ complémentaire ne parût
pas trop vide à vos lecteurs. Pour faire court, j’ai présenté en deux
fois et séparément l’endroit et le revers de la medaille. Peut-être
la méthode n’est-elle pas irréprochable, surtout pour les lecteurs
moyens: l’opposition trop forte prend souvent un air de contradiction.
Il vaudrait mieux fondre, atténuer, montrer aussi l’entre-deux,
l’inévitable mélange de bien et de mal qui est la condition de toute
chose humaine, et surtout de toute agglomération nationale. Mais
quoi! la seule tentative d’enfermer un peuple entier en quelques
pages n’est-elle pas déjà la plus vaine des vanités? Il faudrait tout
connaître, et s’y reprendre à cent fois, avant d’oser croire qu’on
ait pu saisir la physionomie complète et vraie. Et puis, comme disait
Pilate, cet ancêtre méconnu du «renanisme»: _Que’st-ce que la vérité?_
Ce n’est qu’en cour d’assises, devant un jury de bourgeois, qu’on
peut «promettre» toute la vérité. En matière aussi vaste que l’étude
d’un pays étranger, c’est déjà assez beau de transcrire fidèlement
une impression sincère. Si les épreuves successives d’un même modèle
accusent des contradictions apparentes ou réelles, nous n’avons pas à
nous en inquiéter; il doit nous suffire que chacune soit exacte pour un
instant donné et un seul côté de l’objet, et, par conséquent, renferme
une parcelle de vérité générale. En avançant dans la vie, je me sens
tous les jours plus près du fameux paradoxe hégélien, à savoir qu’une
proposition générale, pour être vraie, doit contenir la proposition
contraire. Mais cela, c’est de la métaphysique!

Si c’est en voyageant dans l’Uruguay, au Brésil, en Bolivie, qu’on
apprécie la supériorité réelle de la République Argentine sur ces
contrées limitrophes du versant oriental, il faut séjourner au Chili
pour se rendre un compte exact de l’œuvre européenne dans la Plata.
Je veux dire que c’est ici, et par comparaison, qu’on peut mesurer
et peser, mieux que partout ailleurs, ce qu’a représenté pour
l’Argentine, durant un demi-siècle, l’alluvion incessante et l’apport
continu de l’étranger. En ce sens, on pourrait dire, suivant la formule
connue d’Hérodote, que Buenos Aires est bien un don de l’Atlantique.
Il ne s’agit pas seulement des conditions matérielles de la vie—on
devine assez ce qu’elles sont dans le reste de l’Amérique espagnole;
mais des mœurs sociales, des besoins et des tendances de la nombreuse
classe moyenne, qui compose la moitié de la population. Et l’on est
très vite convaincu que ce qui manque à la vie chilienne d’aisance et
de confortable urbains, de finesse et de véritable élégance dans son
train journalier,—aussi bien que d’indépendance intellectuelle et de
largeur critique dans les idées,—c’est nous, décidément, qui l’avons
là-bas importé et imposé.

Tout cela me paraît évident; c’est d’ailleurs démontrable, et par
le procédé le plus solide des sciences d’observation: la méthode
de concordance, de Bacon et de Stuart Mill. Si, toutes les données
étant équivalentes, _sauf une seule_, il se produit à tel endroit un
phénomène qui fait défaut en tel autre, il faut affirmer que la donnée
surajoutée est la seule cause du phénomène. Dans le parallèle institué
entre les deux pays, on peut admettre que les éléments nationaux
primitifs seraient plutôt inférieurs chez les Argentins—j’en ai
déduit ailleurs les causes principales:—or, il résulte, à n’en pas
douter, que la vie civilisée ou, si vous préférez, l’adaptation urbaine
est à Buenos Aires bien plus complète qu’à Santiago ou Valparaiso.
L’émigration européenne, énorme chez nous, insignifiante ici, est le
facteur imprévu qui a transformé la face et le fond des choses.

Ce fait sociologique est pour moi d’une importance telle que
je lui reconnais, dès à présent, une portée générale pour toute
l’Amérique—sauf à en rabattre, si l’étude directe m’y oblige. Mais
j’ose annoncer que, loin de l’infirmer, l’observation confirmera
plutôt l’induction théorique. Voilà donc une base solide, une mesure
précise, un étalon invariable pour toutes les observations, diverses de
forme et d’étendue, qu’un voyageur peut faire à travers le continent
américain. C’est ici avant tout un continent d’assimilation européenne,
fait évident qu’aucune des nations qui s’y développent ne cherche
à dissimuler. Du Mexique au détroit de Magellan, ce qu’on appelle
progrès, civilisation nationale, c’est l’absorption et la digestion
plus ou moins parfaite de la civilisation et des progrès européens.
Il y a donc là, tout de suite, un premier terme de comparaison d’une
portée considérable et d’une justesse suffisante. Ce n’est certes pas
le seul facteur à considérer dans l’agrégat social, mais c’en est un
des principaux, et peut-être le premier.—Pour vous orienter, à peine
débarqué, ouvrez les statistiques: le nombre absolu des européens
établis dans la contrée vous sera une excellente base d’appréciation.
Car, à tout prendre et malgré tout ce qu’on est fondé à dire sur la
qualité inférieure de la masse émigrante, il n’est pas contestable que
les meilleurs conducteurs et débitants de civilisation européenne—ce
sont encore les Européens.

Ce qui double la valeur de cette donnée démographique, c’est que la
présence d’une forte colonie européenne, dans une région américaine,
n’est pas seulement un gage de prospérité et une cause de développement
social: c’est aussi, et tout d’abord, un indice très sûr de richesse
actuelle. L’émigration s’est écoulée un peu partout en Amérique: elle
ne s’est établie solidement et à demeure que dans les contrées où elle
pouvait prospérer. C’est donc une longue et vaste expérience toute
faite, en vingt ou trente ans de tentatives et d’efforts, et par là
bien plus concluante que les analyses des savants et les peintures
des touristes. D’ailleurs, il est bien certain, je le répète, qu’un
observateur ne peut s’en tenir à ce seul indice (à ce compte, le
meilleur guide serait un commis voyageur); mais il est immédiat et
précieux dans sa valeur provisoire. Il montre tout d’abord la bonne
route à l’observation raisonnée et approfondie. J’en ferai l’essai dans
toute l’Amérique, comme je l’ai fait au Chili, et j’ose espérer que
l’épreuve sera partout aussi décisive.

Tout ce que j’ai vu, tout ce que je devine me prouve que le Chilien
cultivé est au moins l’égal de l’Argentin tout pur,—par exemple du
provincial élevé á Buenos Aires et qui, ses grades pris, va exercer
une profession libérale dans sa ville de l’intérieur. On pourrait même
avancer que, dans un groupe cis-andin, la moyenne d’acquis scientifique
ou littéraire, de travail intellectuel, consciencieux et solide, doit
être sensiblement plus forte que dans le groupe correspondant de
Buenos Aires. Ils doivent faire, en général, de meilleurs professeurs,
ingénieurs, naturalistes. Je n’ai ni temps ni qualité pour apprécier
d’original leurs médecins ou leurs jurisconsultes;—et je dois dire
que ceux que j’ai pu connaître m’ont inspiré beaucoup d’estime, sans
m’éblouir,—mais j’ai suivi leurs polémiques dans la presse, parcouru
leurs débats parlementaires. L’ensemble laisse une très favorable
impression d’élèves studieux, appliqués, ayant fouillé la matière
dont ils parlent, sachant à merveille tous leurs auteurs. Un jeune
député, positiviste à tous crins, me citait en détail Auguste Comte,
Spencer, Littré, tout le cénacle; je suis presque certain qu’il les
a lus, et même compris; mais ce dont je suis encore plus sûr, c’est
qu’il vieillira sans les avoir jugés. Ils font d’admirables disciples,
zélés, soumis, jamais émancipés. Leur historien national, Barros
Arana, a accompli ce tour de force de publier quinze ou vingt volumes
où il n’y a pas une page vraiment écrite; aucun souci du style.
J’ai entendu, et même applaudi, la harangue d’un de leurs meilleurs
orateurs,—gradué de Gœttingue!—c’était parfait de ton, de prestance,
de correction grammaticale: il n’y avait pas une pensée originale, pas
un mot souligné. Leurs romans et leurs poëmes sont les chefs-d’œuvre
de gens qui ne sont ni poëtes ni romanciers. En musique, après
auditions subies, je les soupçonne d’être un peu primitifs.—Mais on ne
saurait, sans injustice, parler avec mépris de leurs efforts sérieux
et prolongés en peinture et en sculpture: sans discussion possible,
leurs «artistes» sont de meilleurs élèves de nos maîtres français
que nos pensionnaires argentins. Du reste, auteurs et amateurs, je
crois que c’est le goût qui leur manque, encore plus que le talent.
La réelle supériorité de l’Argentin, c’est qu’il se méfie! Je parle,
naturellement, du groupe intelligent et initié. A Buenos Aires, on a
pu être très large sur les pensions et souscriptions artistiques; on
s’est toujours montré moins enthousiaste des productions «nationales».
Les Chiliens ne doutent de rien; ils croient à leur «école», á leur
«Salon», et couvrent d’or les plus médiocres tableaux de leurs
exposants: leur goût est soumis à leur patriotisme.

Ah! pour patriotes, il faut leur rendre la justice qu’il le sont
solidement! Ils l’étalent partout, sans peur et sans reproche, cette
étoile chilienne qui est le symbole de la patrie. On la rencontre sur
chaque mur, sur chaque balcon, sur chaque grille de fenêtre: rien qu’à
Santiago, il y en a de quoi peupler un firmament. Et ils se sauvent
du ridicule à force de passion sincère.—En somme, ils ont raison
de le faire sonner haut, ce patriotisme intransigeant et excessif:
c’est par là qu’ils valent, entre toutes les nations américaines. A
aucune d’elles la vantardise ne fait défaut, et j’ai là, sur ma table,
des historiettes de l’Ecuador et du Nicaragua qui célèbrent leurs
misérables échauffourées locales à l’égal des véritables batailles
du Pacifique. Mais les phrases creuses ne prouvent rien. Après la
guerre du Paraguay, les Chiliens ont mené sur le continent la seule
campagne sérieuse dont l’histoire militaire fasse mention. Au prix de
quels efforts dépensés, de quels sacrifices prodigués, il faut, pour
en juger, avoir vu Pisagua, Arica, Chorrillos et les autres hauteurs
assaillies.

On a d’ailleurs beaucoup exagéré la valeur scientifique de cette
campagne. Un de nos compatriotes, qui a écrit sur le Chili un
livre plutôt médiocre, parle de la «carte» que chaque _roto_
chilien aurait portée dans son sac! Je doute fort que les officiers
l’eussent seulement parcourue, cette carte du théâtre de la guerre.
Le dénouement, aussi brusque qu’inattendu, de la récente campagne
révolutionnaire a assez montré tout ce qu’il y a à rabattre de ces
exagérations. Ce qui a été remarquable chez les Chiliens, chefs et
soldats, dans cette guerre du Pérou, c’est la résistance, la bravoure,
l’élan furieux, la conviction ancrée au cœur de tous qu’il fallait
vaincre ou tomber là, sur le sable aride où pas un brin d’herbe ne
pousse, où ne coule pas un filet d’eau. Ils eurent presque tout
de suite la conscience de leur supériorité personnelle sur leurs
adversaires. Vers la fin, dans les batailles autour de Lima, l’ennemi,
pris de terreur, lâchait pied aux premières attaques. C’était la lutte
inégale et historique de l’Araucan indomptable contre le Cholo timide,
des gens de Caupolican contre ceux d’Atahualpa. Le résultat ne pouvait
être douteux. Mais de plan stratégique, il n’y en eut jamais que dans
l’imagination des historiographes à la suite. Toute la campagne, après
la capture du _Huascar_, fut une suite de coups d’audace.

La tactique même du général Baquedano était aussi invariable
qu’élémentaire: jeter tout d’abord sur l’ennemi les bataillons de
volontaires, en les faisant soutenir par des troupes aguerries et en
gardant sous la main, pour l’heure décisive, les réserves toujours
fraîches. Tous les officiers s’amusaient de sa formule proverbiale,
qu’il mâchonnait incessamment, comme un tic de vieux sabreur à
moitié bègue: _¡Línea atrás! ¡Viva Chile, adelante!_—«Viva Chile»,
c’étaient les volontaires. La plupart de ces assauts à des positions
inexpugnables furent d’héroïques folies qui, avec un ennemi solidement
organisé, auraient tourné en désastres irréparables. Mais ils avaient
la foi qui sauve. Napoleón disait que, de deux armées en présence,
celle là vaincra qui, la première, fera peur à l’autre. Les Chiliens y
réussirent toujours.

Au sujet de la République Argentine, les chefs se rendent bien compte
des difficultés de l’heure présente, aggravée par de sourdes menées
politiques et rendue presque précaire par une crise financière qui, dès
ses débuts, a fait tomber le papier-monnaie aussi bas que chez nous.
Les Argentins, et ils l’avouent, même mal organisés, leur feraient la
partie laborieuse. Leur armement, d’excellent type, est incomplet,
surtout pour le munitions et l’artillerie. Ils avaient pour eux
l’administration et la discipline; ils ont gardé l’administration, bien
supérieure à celle des Argentins, tant au militaire qu’au civil. Mais,
en somme, ils se sont réjouis très-sincèrement de la paix assurée; et
puisqu’elle l’a été aussitôt qu’ils l’ont voulu, ils ne peuvent guère
douter que nous l’ayons toujours désirée.

En général, et j’emploie à dessein une expression très banale, ils ne
sont pas «sympathiques». J’ai eu quelque mérite à l’avouer, puisque
je comptais parmi eux deux ou trois amis excellents. Leur abord ne
prévient pas en leur faveur; et puis, pour la plupart, on reconnaît
à l’user que la première impression était la bonne. Mais, au fait,
qu’ai-je voulu mettre sous cette formule usée jusqu’à la corde? Eh
bien, j’ai voulu dire que, chez les plus corrects, les plus empressés,
les plus sincères, par moments on se sent froissé au contact de je ne
sais quelle rudesse de fibre, quel fonds de dureté native et primitive,
qui rappelle tout à coup le sol rugueux où ils ont vécu, la tribu
sauvage qu’ils se sont assimilée, l’âpre combat pour la vie qui forme
leur histoire. C’est, naturellement, une impression générale qui laisse
la porte large ouverte aux nombreuses exceptions, et qui est surtout
sensible dans le bas peuple ouvrier ou rural. C’est là, précisément,
que s’accuse la vraie nature d’un peuple. Le vernis uniforme de
l’éducation, l’habitude prise de se dominer, qui est le fait de la vie
sociale, rend l’aspect des classes supérieures à peu près semblable
dans tous les pays. Il faut le choc brusque d’une émotion puissante,
la réaction instinctive d’un intérêt blessé, pour faire jaillir au
dehors le caractère intime d’un homme du monde. L’homme du peuple
est tout simple, son fond remonte à toute minute à la surface en un
perpétuel remous. A ce point de vue, l’observation du _roto_ chilien
est très instructive. En voyage, au travail, surtout dans ses plaisirs
bruyants du bal champêtre ou de la taverne, sa rude brutalité s’étale
au premier instant. Il a l’ivresse sombre et mauvaise. Je les ai vus
s’acharner l’un sur l’autre, se soutenant à peine, comme de vilaines
bêtes féroces, et finissant par rouler au même fossé. On sait trop
ce qu’ils sont à la guerre: d’une cruauté animale, dans le pillage
et le _repaso_ des blessés, qui fait encore pâlir le Péruviens.
Quelle différence avec nos grands enfants de _gauchos_ argentins, si
naïfs, si gais, si francs, si oublieux de toute rancune, même après
la _desgracia_ d’un mauvais moment! Et puis, le _gaucho_ est élancé,
élégant, souvent très beau; il est fou de musique: un couteau et une
guitare, voilà la base de son équipement. C’est un hasard, peut-être,
mais dans mes excursions aux _haciendas_ chiliennes, à la sieste ou
à la nuit tombante, je n’ai jamais entendu aux environs le raclement
d’une guitare accompagnant, comme chez nous, une triste et douce
chanson d’amour ...

       *       *       *       *       *

Ces différences morales, n’en doutez pas, subsistent en haut, même
alors que l’éducation les a émoussées. Un manque de générosité,
d’indulgence, d’humanité—ce _lait de la tendresse humaine_, dont
parle admirablement Shakespeare,—rappelle la fibre araucane et se
fait jour dans leurs débats parlementaires, dans leurs discussions
familières, dans leurs relations avec les classes inférieures, hommes
de service ou femmes de plaisir. Ils sont durs. Est-il bien vrai que la
dureté soit le revers de la force et que le monde appartienne toujours
aux violents? On le dit aujourd’hui, après Sadowa et Sedan. Cela ne
paraissait pas aussi évident autrefois; et l’expérience historique qui
n’a jamais séparé, chez les anciens Grecs et les Français modernes,
la finesse et la grâce de la bravoure et de l’héroïsme, est peut-être
aussi concluante que celle d’Attila.—A un an d’intervalle, les deux
pays ont connu les mêmes secousses politiques; sans comparer les causes
des deux révolutions, les mêmes renversements se sont produits. Dans
l’un et dans l’autre pays, la révolution triomphante a eu raison d’un
mauvais gouvernement. Comparez le sort réservé aux vaincus chez les
deux peuples.—Oh! je veux bien que, dans l’Argentine, on dépasse
la mesure en fait de tolérance et d’amnistie; j’accorde qu’il y ait
beaucoup de veulerie morale dans ces averses de pardon et d’oubli,
qui n’exceptent même plus les manquements au devoir militaire ou à
la morale privée. Cet excès est funeste et déplorable. Eh bien, le
dirai-je? malgré tout, je le préfère encore à l’excès contraire. Que
les coupables repus s’étalent à Buenos Aires, sûrs de l’impunité et
insultant par leur luxe de parvenus à la pudeur publique: c’est un
symptôme de relâchement social et de profonde anémie morale. Mais,
regardez par-dessus les Andes: écoutez ces cris sauvages d’une populace
qui promène par la ville sa torche incendiaire et, sur une liste
dressée d’avance, force les maisons des vaincus, saccage, pille,
détruit tout ce qui est destructible et brûle le reste. Rappelez-vous,
encore, ce malheureux, cet égaré—qui, de l’aveu de tous, n’a jamais
détourné une piastre de la caisse publique—réfugié au foyer d’un
ami, sous le toit sacré d’une ambassade étrangère. Il la connaît si
bien, lui, sa populace déchaînée, qu’il ne se sent protégé par aucune
barrière domestique, aucune garantie internationale; et, à la veille
d’être débusqué, quand il écoute déjà, pâle de terreur, la meute qui
a flairé la proie cachée et tourne autour de la maison suspecte, il
choisit de mourir de sa main, pour s’épargner au moins l’outrage
et l’avanie.—Oui, d’un côté, c’est peut-être un commencement de
résorption putride dont la curation devra être héroïque et sanglante;
mais, de l’autre, c’est un fonds invincible de barbarie native, un
élément cellulaire de cruauté araucane qu’on ne pourra jamais éliminer.
Et, à tout prendre, j’aime encore mieux vivre de ce côté-là des Andes
que de celui-ci.

Ce que le Chilien a pour lui, c’est la Chilienne. En société comme en
ménage, il arrive presque toujours qu’à l’homme dur s’unisse la femme
douce. _Ferrum est quod amant._ J’en ai connu ici de charmantes. Pas
du tout le même charme que chez les Limèñes, dont je vous parlerai
bientôt. Et c’est encore là un effet de la même loi secrète de la
nature, qui maintient l’espèce par le contraste dans l’union des
sexes. Le Péruvien, un peu mou, se complète par la femme nerveuse,
agissante, volontiers commandante.—Puis, la Chilienne a pour elle
de ne pas parler trop bien. Elle est la grâce soumise et tendre, la
vigne flexible enlacée à l’ormeau noueux. Telle que je l’ai observée
souvent, répétée à de nombreux exemplaires, c’est bien la joie du
foyer, l’amie fidèle «pour la bonne et la mauvaise fortune», comme
parle le formulaire du mariage anglais; la petite main blanche qui sera
légère à la plaie secrète et au front attristé. La loyauté un peu rude,
mais indéniable, de l’homme est devenue, chez la femme, une ouverture
d’âme, une sincérité cordiale d’un attrait irrésistible. Elle reste
jeune très tard; et sa coquetterie même est toute franche et naïve.
J’ai rarement entrevu la petite perruche à tête vide ou la vraie fille
d’Ève, redoutable et féline, qui fleurit ailleurs.

Un raffiné—un peu pervers—trouverait même qu’il lui manque un peu
de complication, je ne sais quoi d’énigmatique et de troublant, qui
est peut-être à la passion ce qu’est l’acide amer du noyau de la pêche
à la saveur du fruit. Mais, quelle santé morale chez celles que j’ai
vues de près, à la table de famille, entre le mari travailleur et
les enfants joyeux!—C’est même, du reste, ce qui rend un peu terne
l’aspect extérieur de la vie chilienne. Sauf à Valparaiso, très peu de
femmes dans les rues, sur les places, même dans les grands magasins.
Les soirées sont rares, les théâtres chôment la plus grande partie
de l’année; elles vont à l’église, en noir et encapuchonnées de leur
_manta_ monacale. On les entrevoit par groupes au parc Cousiño, qui
est leur Bois, ou, en été, à Viña del Mar, qui est un Mar del Plata
beaucoup plus amusant et moins _snob_ que le nôtre. Mais c’est chez
elle que la Chilienne vit: elle garde la maison, comme la matrone
romaine; c’est là qu’il faut la voir et l’apprécier.

Elle est si simplement gracieuse et gaie, que sa nature résiste à la
mauvaise fortune, aux grandes douleurs, aux pires traîtrises de la vie.
Ce ne sont pas ici des phrases, j’ai là quelques modèles sous les yeux.
Flexible et vivace, très vite résignée sinon consolée, elle se redresse
bientôt comme une liane après l’orage. Même sa dévotion, réelle
et convaincue, se passe de tout formalisme sermonneur. Ainsi,—la
médisance s’apprend vite à «l’école des femmes»—je vous dirai qu’une
des grandes villes du Chili est affligée d’un prélat un peu moins
distingué et amusant que les canons ne le tolèrent; eh bien, un jour,
dans une maison de cléricaux huppés, à la campagne, j’ai très bien vu,
à l’annonce d’une visite de Monseigneur, l’envolée générale des jupes
claires: c’était à qui ne serait pas là, pour baiser l’anneau pastoral
et subir l’ennuyeuse averse.—Un souvenir appelle l’autre, et je vais
finir sur un petit crayon qui, je ne sais pourquoi, m’est demeuré très
doux et très mélancolique.

Par un tiède matin d’automne, je visitais un asile d’Enfants-Trouvés,
en compagnie d’un ami chilien et du médecin de l’établissement. La
maison est tenue par des sœurs de je ne sais quel ordre, et je n’ai
pas à vous dire si elles s’empressaient à nous montrer les dortoirs,
classes, réfectoires et autres dépendances généralement quelconques.
C’était bien tenu, propre, même gai, relativement, à cause des
grands arbres qu’on voyait des fenêtres et des cris d’enfants en
récréation. La plupart des béguines n’était pas trop vulgaires; mais
cette promenade s’éternisait cruellement. Avec le médecin, la visite
à l’infirmerie était inévitable. Ces petites têtes hâves sur les
couchettes étroites, avec leurs grands yeux cernés, rendus précocement
intelligents et pensifs par la souffrance, me remuaient trop. Je dus
quitter la place, tout pâle; et, traversant un jardin où d’autres
enfants jouaient avec la terre, méthodiquement, sans trop crier,
j’entrai dans une grande classe pleine de petits garçons de six à
dix ans. Une sœur dirigeait leurs exercices de marche rythmée: elle
me frappa par sa jeunesse et son air de distinction. L’étroit béguin
serrant les joues l’enlaidissait un peu: mais ses yeux noirs aux
paupières bistrées étaient magnifiques; les sourcils presque joints
faisaient une barre d’encre sur la figure toute blanche, où même les
lèvres blêmes et serrées ne se détachaient plus. Petite et mince,
on devinait encore le corps flexible et la taille fine sous la robe
droite, taillée en soutane, sans une ondulation sur la poitrine plate.
«C’est la fille de P ...», me souffla mon ami, entré derrière moi.
J’eus un mouvement de surprise; c’est un des grands noms du Chili. Je
me rappelais la maison luxueuse, la famille entrevue dans un tourbillon
mondain, le père, sénateur, ministre, un instant l’arbitre du pays ...
Elle avait tout quitté, sa mère et ses sœurs, la vie et les fêtes,
le bonheur entrevu ou peut-être perdu,—pour venir surveiller chaque
jour, éternellement, les mouvements d’une bande de petits sang-mêlé,
la plupart laids, mal venus, scrofuleux, rachitiques, portant presque
tous sur leur corps déformé les stigmates héréditaires de la misère et
du péché!—Mon ami la connaissait; ils avaient été du même monde et se
serrèrent la main.

Elle leva tout de suite ses longs cils baissés, avec un vrai sourire
qui montra ses dents blanches, et me tendit aussi sa petite main
rondelette et fine, en s’inclinant un peu, comme dans un salon. Elle
causa un instant, devant la supérieure, sans embarras, presque rieuse;
s’intéressa aux nouvelles de sa famille, de quelques amies qui étaient
aux bains de mer, reçut sans un soupir cette bouffée d’air mondain qui
lui arrivait à l’improviste, puis se mit à l’orgue pour faire chanter
ses enfants. Aux premières mesures, je dressai l’oreille, étonné:
à une paraphrase espagnole du _Super flumina_, elle avait adapté
l’_Adieu_, de Schubert. Et, tandis que les voix blanches disaient sans
les comprendre les versets bibliques où il est parlé des catastrophes
de Babylone et de Sion, la large mélodie déroulait sa lamentation
désolée, pleine des regrets de l’absent et des tortures du bonheur
enfui: _Adieu, mon bien suprême, adieu, tous mes amours!..._ Pourquoi
l’avait-elle choisie?...

J’étais tout près d’elle, suivant ses mains sur le clavier,
et je remarquai ses ongles roses, un peu longs—contre
l’obédience—extrêmement soignés. C’était, sans doute, un petit péché
véniel de nonnette; et peut-être le commettait-elle pour s’en accuser
chaque semaine, à confesse. Quand elle se leva, ayant fini, je fus
presque tenté de lui offrir le bras pour la ramener à sa place. Emporté
par ma mélomanie, je lui parlai de Schubert, des autres mélodies si
originales, quelques-unes si belles; et tout à coup, étourdiment:
«Et vous rappelez-vous, _Mademoiselle_ ...» Il me sembla qu’elle
rougissait; mais la supérieure, un peu pincée: «Oh! ce n’est rien,
monsieur, vous n’avez pas à connaître la règle.»—Nous avions pris
congé; mais, comme elle nous accompagnait jusqu’au seuil, je ne pus
me défendre de lui donner encore la main: «Eh bien, ma sœur, soyez
heureuse ...»

Heureuse!


UN VILLAGE MINIER DE L’UTAH[82]

... L’embranchement de Salt Lake à Park City est un peu cousin des
nôtres, devers Santiago et Frias, où le train stoppe pour ramasser
un voyageur ou décharger un colis sur le bord de la route. Mr.
Chambers,—ma foi! je le nomme aussi—le directeur (_Superintendent_)
des mines que nous allons visiter, nous a donné rendez-vous à la gare
pour le train de quatre heures. Nous avons pris nos billets, nous
sommes installés, l’heure est passée et notre hôte ne paraît pas. Je
propose à mon compagnon de redescendre avec nos valises, avant le coup
de sifflet; il sourit, tranquille, et, pour me faire plaisir, va aux
informations: «C’est Mr. Chambers qu’on attend». Il arrive, en effet,
dans son _buggy_, sans trop se presser, et nous voilà en marche.
L’unique vagon est bondé. Mr. Chambers me salue de loin, me fait signe
de ne pas bouger; il y a là une douzaine d’employés et ouvriers de la
mine: personne ne cède sa place et le patron reste debout, adossé au
poêle du coin, posant des questions à ses subalternes assis. Voilà une
impression qui en corrige d’autres, et il faut noter les unes et les
autres.—Il convient d’ajouter que Mr. Chambers est un _self-made
man_, un énergique parvenu qui, du fond de son puits de mine, est
monté par la cage des ouvriers mineurs jusqu’au fauteuil du Conseil
d’administration. Il est directeur des deux principales sociétés
minières de l’Utah (_Ontario Mining_ et _Daly Mining Co_). La mine
d’argent d’Ontario, spécialement, est son œuvre personnelle, son effort
de vingt années. Vers 1872, en joignant ses économies à celles de
quelques camarades, il put acquérir le _claim_ où l’on avait découvert
les premiers affleurements (_croppings_). Une première société fut
formée en 1874, laquelle s’élargit et se réincorpora deux ans après,
au capital (nominal) de 10 millions de dollars, divisé en 100.000
actions. En 1882, le capital fut encore élevé d’une moitié, soit à
150.000 actions. Les premiers temps avaient été pénibles; on avait dû
gratter la roche tenace et superficielle qui absorbait plus qu’elle
ne rendait. Que faire avec quelques douzaines d’hommes et les maigres
ressources du crédit particulier? Songez que là, comme dans le Nevada
(qui, du reste, faisait partie de l’Utah), les grands résultats ont été
obtenus en poursuivant la veine, par des galeries transversales qui se
détachent des puits verticaux à des profondeurs de mille et même douze
cents pieds; à travers des cours d’eau souterrains qui, sous un coup
de pic dans la paroi devenue trop mince, crevaient comme un anévrysme,
inondaient et emportaient tout, jusqu’à ce que des appareils puissants
les eussent absorbés et rejetés au dehors ... Chambers, d’ailleurs,
joua largement, en homme digne de ses destinées: pas un _penny_
comptant, pour sa double part de propriétaire et d’organisateur; mais
des actions à la pelle. Établis sur des bases sérieuses et, comme on
verra, tenus constamment au courant des derniers perfectionnements, les
procédés scientifiques d’extraction et de traitement du minerai ont
fait merveille. Jusqu’à l’an dernier, la seule mine Ontario a produit
vingt-huit millions de dollars.

Moi, je l’aime assez ce parvenu et cet entêté qui, malgré Brigham
Young et sa séquelle mormone, a, pour ainsi dire, crée le plus grand
district minier de l’Utah, avec ses compagnies moins nombreuses mais
aussi prospères que pas une du Colorado ou du Nevada, comme on a pu
le voir depuis le commencement de la terrible crise actuelle. Je me
suis bientôt fait à ses allures dépouillées d’artifice et lui pardonne
tout. Mon compagnon est plus sévère. Quand Mr. Chambers bouscule trop
les convenances et, par exemple, se mouche avec un doigt—on sait
qu’il en faut employer deux dans le monde, et même à la Chambre,
d’après la tradition respectée du grand Daniel Webster,—le colonel
ne manque pas de me souffler à l’oreille: «Manque d’éducation, _No
edjoukécheun!_»—¡Excellent colonel! C’est lui qui, avant-hier, dans
le fumoir, poussait l’absence de morgue jusqu’à ôter ses bottines et
allonger délicatement ses chaussettes sur la banquette d’en face,
occupée par un sénateur de la Californie, lequel, d’ailleurs, ne s’en
émouvait guère.

Notre petit train grimpe bravement dans la montagne, où la voie
étroite semble un sentier de chèvres. Pour cette ligne de trafic local
et d’intérêt presque privé, on ne pouvait songer aux grands travaux
d’art, aux tranchées et aux terrassements coûteux: pas de tunnels ni
de viaducs, à peine trois ou quatre petits ponts indispensables. On a
même évité la spirale classique, le colimaçon de tous les chemins de
_sierra_. Au lieu de raccorder des courbes tournantes, on se contente
de monter en zigzag, tout simplement, comme un _arriero_ des Andes.
A chaque sommet de l’angle aigu, une amorce de quelques mètres de
rails permet le changement de voie; la locomotive revient sur ses
pas, poussant le train minuscule qu’elle entraînait tout à l’heure,
sur une pente moyenne de 300 pieds par mille. Le procédé est aussi
simple qu’économique; on regagne en distance un peu de ce qu’on perd
en vitesse, et, sur le flanc de la montagne, le tracé de la ligne se
profile comme un mètre de poche à lamelles articulées. On n’emploie pas
beaucoup plus de deux heures à gravir cette pente sur une longueur de
quarante kilomètres, jusqu’à Park City, qui se trouve à 5000 pieds, je
crois, au-dessus du Lac Salé,—en tout cas, à 7500 pieds sur le niveau
de la mer.

Le paysage est d’une grâce alpestre, savoisienne, pleine de douceur
et d’attrait dans son cadre de grandeur. Vers l’ouest, jusqu’au fond
de l’horizon où le soleil descend, la vallée du Jourdain répand
autour de la cité centrale ses villages et ses fermes estompées de
feuillage et de brume; les montagnes dénudées d’Oquirh, qui dominent
le Lac, s’étagent mollement jusqu’aux premières assises de la Sierra
Nevada, lointaine et vague. Autour de nous, tout est coquet et presque
trop joli, ainsi qu’une gravure de _keepsake_. Des troupeaux gris
s’éparpillent dans les près verts, émaillés de fleurettes roses et
bleues, comme dans les romances. La tenture végétale s’accroche aux
sommets glacés par une frange de neige, où les pins aigus font des
virgules sombres. Mais cet appareil hivernal fait plutôt contraste
avec la fraîcheur agréable et printanière du jour qui décline. Pour le
moment, il semble que ces «frimas» soient artificiels; et que, pareille
à une bergère de Boucher, la nature charmante conserve sa jeunese sous
la poudre blanche dont sa tête est parée. Mais ces images romanesques
n’ont pas la vie longue dans les contrées où le positif _squatter_
s’est établi: ça et là, dans un recoin abrité, au versant d’un pli
de gorge enclos et cultivé, un _cottage_ tenu et confortable jette
une solide signature yankee, un _trade-mark_ prosaïque sur le paysage
d’opéra-comique. Bientôt, les cheminées des _mills_, les tranchées et
les déblais chaotiques dans la montagne annoncent le district minier;
des coups de cloche et de sifflet déchirent l’air, rudement, dissipent
toute illusion de _Ranz des vaches_ et de petit-lait suisse. Le train
s’arrête sous un hangar en planches qui est la gare de Park City.

C’est un campement de mineurs dans une étroite et profonde entaille
de la montagne; la longue rue unique est bordée de chalets en bois,
plantés dans les talus raides, avec deux fossés parallèles qui
deviennent torrents à la fonte des neiges. Il y a là deux ou trois
mille ouvriers avec leurs familles, en tout 6.000 habitants. La ville
est déjà «incorporée», c’est-á-dire érigée en municipalité: elle a un
journal, une maison de ville (_City Hall_), une prison, une compagnie
qui fournit à la fois la lumière, l’eau et les pompiers—tout ce qu’il
faut pour un incendie; un hôtel, des douzaines de _bars_, une banque
au capital de 50.000 dollars; trois églises dissidentes à identique
architecture de guérite, autant de loges maçonniques, parmi lesquelles
les «Chevaliers de Pythias» qui semblent inventés par Labiche; quatre
ou cinq écoles, et, enfin, un théâtre, un «Opera House» dont les vagues
«performances» appellent le crayon de Mark Twain ...

Embryonnaires et parfois grotesques, ces linéaments du moindre groupe
américain donnent la clef de la structure générale et démocratique.
Ici, il n’y a proprement pas de villages, au sens européen du mot,
mais des villes en plein développement ou en formation. Tous les
groupements appartiennent à la même _classe_, au sens zoologique; et
ce qui est vrai de l’ensemble l’est aussi des parties. De même qu’un
éléphant et une musaraigne sont bâtis sur le même plan organique du
mammifère, Chicago et Park City ne diffèrent essentiellement que par
les dimensions. Ce campement de mineurs, dont l’existence précaire
dépend d’un gîte métallique, est déjà une ville américaine pourvue de
tous ses organes matériels; pareillement, la moindre cahute d’ouvrier
est un _home_ complet, confortable et décent: et ceci explique cela.
C’est la molécule familiale, encore solide et saine, qui donne au bloc
social sa contexture puissante et résistante. Le sentiment égalitaire
qui est dans leurs âmes, ils le maintiennent vivant et le cultivent
par l’éducation, qui est à peu près égale partout; enfin, ils le
portent dans les choses, foyers, villes, entreprises et institutions,
pour le mieux conserver. C’est là, évidemment, ce qui fait la force
de la démocratie américaine, et aussi son infériorité comme forme
de civilisation. Comme dans la presse hydraulique, pour que le
large plateau populaire s’élevât _un peu_, il a fallu que le piston
directeur descendît _beaucoup_. La médiocrité générale est la condition
inéluctable de la démocratie.

La rue longitudinale, _Main Street_, est assez animée, à cette heure du
retour des escouades. Un grand air d’aisance laborieuse et paisible:
des ménagères, entourées d’enfants, font accueil à leurs hommes, que
la mine leur rend jusqu’à demain; devant les cottages peinturlurés,
quelques essais de potagers verdissent le talus en gradins, et des
fleurs, des plantes grimpantes s’enroulent aux poteaux des vérandahs
... Dans la _buggy_ qui, par le chemin raide et pierreux, nous mène
à la fonderie et aux bureaux de la mine Ontario, j’interroge un
peu Mr. Chambers. La population minière de Park City est presque
absolument honnête et pacifique; ríen des anciens placers californiens;
d’ailleurs, il avoue que le régime mormonien a été pour la masse
émigrante un excellent décantage. La prison vide ne représente pas un
besoin, pas même une précaution: comme les fausses fenêtres dans une
façade, elle est là, avec le théâtre, pour la symétrie, et complète
l’installation urbaine. La plupart des mineurs sont américains et
mariés; la moyenne des salaires est de trois dollars par jour. Avec
cela, on peut très bien vivre en famille; toutes les femmes cousent,
cuisinent, tiennent la maison; tous les enfants vont à l’école
jusqu’à douze ou treize ans. Les mœurs sont très pures; les jeunes
gens _flirtent_ en liberté; mais, dans le ménages, aucun vestige
de mormonisme déclaré, ni de ce qui en tient lieu ailleurs.—On se
croirait, moralement, à des milliers de lieues des foules misérables
et des hideuses promiscuités de _Germinal_: on n’en est pourtant pas
si loin. Quelques centaines de milles nous séparent à peine des grands
centres industriels de d’Illinois et de la Pennsylvanie, où toutes les
plaies sociales de la vieille Europe s’étalent à nu. Seulement, ils en
sont encore aux accidents locaux et erratiques, tandis que chez nous le
mal est endémique et constitutionnel.—Dans l’Utah, et particulièrement
dans le district d’Uintah, où nous sommes, le contrecoup de la crise
de l’argent ne s’est pas encore fait sentir. Par optimisme sincère
ou voulu, les patrons croient à la solution favorable du conflit
monétaire aux États-Unis: pour eux, elle consisterait à remplacer la
clause de la loi Sherman, qui fait du Trésor fédéral le premier client
et le répondant officiel du métal déprécié, par la frappe arbitraire
et illimitée dans chaque État. C’est d’une absurdité robuste et
simple. Mais il est certain que le _bill_ sera rapporté en bloc, sans
succédané immédiat avant la session ordinaire. Au cas même où le Sénat
débordé tenterait de substituer le gâchis légal aux embarras actuels,
le Président ne céderait pas: Grover, comme on dit couramment en
plein Sénat, opposerait son _veto_.—Il est donc à craindre que, dans
quelques mois, l’Utah minier ne soit atteint, à l’égal du Colorado et
du Nevada, et que la grève volontaire ou le chômage forcé ne vienne
assombrir le tableau que j’ai sous les yeux ...


LE JUIF ERRANT[83]

ΑΓΝΩΣΤΩ ΘΕΟ

 C’est à Chicago, dans le _Memorial Art Palace_, au bord du lac
 Michigan, le lendemain du jour où le Parlement des Religions a clos sa
 longue session.

 Il est dix heures du soir. Le vaste amphithéàtre de _Columbus
 Hall_, où le Congrès a tenu ses bruyantes séances devant une foule
 cosmopolite, est à présent vide et muet.

 La large estrade du fond, faisant face aux gradins, est seule éclairée
 d’une lampe électrique; devant la table recouverte d’un tapis de
 velours, les trois fauteuils du président et des assesseurs; et,
 tout autour, une trentaine de chaises. A quelques pas de l’estrade,
 l’ombre commence et va s’épaississant jusqu’aux dernières rangées de
 l’hémicycle qu’on ne distingue plus: on a la sensation d’un espace
 immense, illimité, ainsi que dans une cathédrale à la tombée du jour.
 Mais on ne peut rêver: un dur tic tac de pendule invisible fait comme
 un rappel impitoyable au prosaïsme du milieu, et, de minute en minute,
 le lourd silence est déchiré par le sifflet strident des trains qui,
 de la gare voisine, partent pour la _World’s Fair_.

 Vulgaire et pressé, le timbre de cette pendule sonne dix heures. La
 tenture de l’estrade se soulève et, par la petite porte dissimulée,
 une procession bizarre fait son entrée, lentement, d’une allure
 volontiers liturgique. Les physionomies sont aussi diverses que
 les costumes: on trouve deux ou trois évêques grecs ou latins en
 soutane violette, des pasteurs rasés en lévite noire; des turbans de
 soie ou de lin couronnent des faces basanées, glabres ou à longue
 barbe grise; il y a encore un rabbin à calotte fourrée, un guèbre
 sous le haut bonnet persan, un derviche jaune dont le corps émacié
 flotte dans une souquenille sombre, un mandarin chinois à la mince
 tresse luisante; d’autres encore qu’on devine lamas, bonzes, parsis,
 archimandrites: le personnel exotique d’un temple ouvert à tous les
 dieux, l’état-major sacerdotal d’un nouveau Panthéon d’Agrippa. Une
 femme voilée est mêlée au groupe.

 Ils prennent place, gravement; un archevêque américain préside, entre
 le rabbin et la femme voilée. Le président ouvre la séance d’une voix
 blanche et nasillarde:

L’ARCHEVÊQUE

_The chair is taken._

 L’un après l’autre, sans se presser, ils prennent la parole, la
 plupart en un anglais bizarre où tous les accents asiatiques,
 européens, africains, se succèdent sans provoquer un sourire, depuis
 le mandarin qui ne peut prononcer les _r_, jusqu’au rabbin allemand
 qui en cuirasse tous les mots.

 Ils dialoguent posément, se félicitent en formules choisies, chacun
 ayant l’air de préférer les dix religions de ses auditeurs à la sienne
 propre, et n’employant que des termes amorphes, qui flattent tout le
 monde sans blesser personne. Ils célèbrent avec componction le pacte
 universel qui reconnaît l’égale légitimité de tous ces cultes, qui
 pendant des siècles se sont entre-dévorés. Aujourd’hui, calmés, ils
 proclament la tolérance qui, écartant la passion, fait surtout servir
 les croyances populaires et les pratiques religieuses au bien-être
 professionnel des clergés. Et, dans ce covenant à huis clos, qui
 scelle l’alliance de tous les sacerdoces, contre la science qui est
 l’ennemi commun, le sens vrai du Congrès public se révèle: les noms du
 Bouddha, de Moïse, de Confucius, de Zoroastre, de Luther, de Jésus ne
 sont pas prononcés ...

 C’est à ce moment que trois coups sont frappés à la porte du fond; les
 dialogues cessent brusquement.

L’ARCHEVÊQUE

 se tournant à demi sur son fauteuil:

Qui est là? Entrez!

 La portière se soulève, puis retombe: un vieillard de stature
 gigantesque est resté là, debout, se détachant sur la draperie sombre.
 Il est vêtu à l’ancienne mode hébraïque: le _chalouk_ de lin à manches
 étroites sous l’ample manteau rayé; du _sudar_ enroulé autour du front
 bruni s’échappent de longues mèches grises, qui se mêlent à la barbe
 floconneuse; il appuie ses deux mains croisées sur un lourd bâton de
 voyage, et des _téfillin_ d’argent scintillent à son bras gauche. Il
 semble octogénaire; mais une vigueur surhumaine se dégage de tout son
 corps noueux, comme tordu par des tempêtes séculaires; et, sous leurs
 sourcils blancs, ses yeux luisent comme un feu de pâtre à travers la
 broussaille. L’assemblée le contemple, stupéfaite et immobile.

L’ARCHEVÊQUE

Qui êtes-vous? Que faites-vous ici?

LE VIEILLARD

 fait trois pas en avant: on voit ses pieds nus sous sa tunique; il
 parle avec le plus pur accent anglais.

Je suis Ahasvérus.

 Des chuchotements de surprise s’échappent de toutes les lèvres et se
 joignent en une rumeur étouffée.

L’ASSEMBLÉE

Le Juif errant!

LE RABBIN

 bondissant de son siège, se dresse devant Ahasvérus.

Tu en as menti, imposteur. _Maranâtha!_

 Et, comme l’autre se tait, ils se sont tous levés, irrités et
 menaçants: alors le vieillard, sans bouger, laisse tomber ces mots:

AHASVÉRUS

Rabbi Hakkadosch, je t’ai vu naître dans la Judengasse de Francfort, où
ton grand-père, le tailleur Johannan, loua la boutique du brocanteur
Mayer, le premier des Rothschild ...

 Il s’adresse successivement au boudhiste japonais Kinza Hiraï, à
 Dionysios, évêque de Zante, au mandarin Pung Quang Yu, aux hindous, à
 tous les autres: il les connaît tous et parle à chacun dans sa langue,
 avec l’accent où tous retrouvent l’écho de la douceur natale. Ils
 se sont rassis, un à un, et baissent la tête, confus, sous le flot
 des paroles du vieillard. Il s’est avancé vers la table et s’exprime
 maintenant en anglais, pour être compris de tous.

AHASVÉRUS

Êtes-vous convaincus, mes maîtres, ou faut-il que je remonte dans vos
généalogies, plus haut que vous-mêmes ne sauriez le faire? Je suis
Ahasvérus, le juif maudit, toujours errant depuis dix-huit siècles,
celui qui meurt tous les cent ans mais pour renaître le lendemain ...

LE RABBIN

 timidement:

Comment as-tu passé la mer, éternel marcheur qui ne peux prendre de
repos?

AHASVÉRUS

Je suis venu par le Nord: la banquise de Behring est, en hiver, un
chemin trop facile à qui ne peut mourir; et l’âpre contact des glaces
polaires ne mord pas plus sur ma chair que le soleil africain. Hélas!
j’envie ceux qui tombent pour ne plus se lever! Je sais trop bien que,
pareil à Caïn, je suis respecté des forces naturelles, et que ce n’est
point au choc d’une mort violente que ma sentence prendra fin!...

L’ARCHEVÊQUE

Il est donc vrai?—Mais, alors, que viens-tu chercher ici?

AHASVÉRUS

 d’une voix plus basse:

Je cherche partout le repos. Il ne viendra, avec la douce euthanasie,
qu’aux jours prédits par l’Autre: quand son règne sera passé sur la
terre et que son culte n’y sera plus qu’un vague souvenir. C’est alors
qu’il reparaîtra, sous un autre nom peut-être, afin que les nations
se bercent d’un rêve nouveau. Le vain espoir de finir m’a vingt fois
souri, depuis la chute de Jérusalem et la dispersion. Avec les Barbares
qui rasaient les cités, les Huns d’Attila, qui laissaient derrière
eux les fleuves rougis de sang, les famines et les terreurs de l’an
Mille,—j’ai longtemps épié dans le ciel le signe de l’Apocalypse
... Puis, vinrent les massacres des Croisades, les pestes et les
destructions du moyen âge, les crimes abominables de la barbarie
féodale; et je traversai les foules hurlantes comme des bandes de
loups, m’attendant chaque jour à voir le culte chrétien balayé de la
face du monde en délire. Mais les flèches des cathédrales montaient
plus nombreuses et plus hautes que les piques des barons assassins;
les pillages des villes se rachetaient par des pèlerinages, et, dans
la nuit du crime séculaire, la croyance idéale, quoique affaiblie et
mourante, brillait toujours comme une lampe dans un tombeau ...

L’ARCHEVÊQUE

La foi du Christ est immortelle!

AHASVÉRUS

 élevant la voix peu à peu:

... Alors des corruptions plus subtiles fleurirent sur l’ancien fumier
de la barbarie. J’entrai dans Rome renouvelée; je souris au paganisme
papal, plus dissolvant que l’autre, et je trouvai l’Eglise des Borgia
plus scandaleuse que le palais des empereurs byzantins: c’était la
décomposition finale, sans doute. L’arbre sacré, cette fois, était
rongé à la racine. Mais la Réforme vint qui sauva tout ... Un autre
espoir surgit, avec ce Nouveau Monde, qui répandait sur l’Ancien la
lèpre de l’or, et l’égoïsme, et l’avarice, mère du crime; mais les
nationalités émergèrent des guerres incessantes et le patriotisme
refit au genre humain une vertu ... Enfin, il y a un siècle, quand
leur creuse philosophie aboutit à la haine des classes et au meurtre
des rois, j’étais dans ce Paris immense, cuve où bouillonne toujours
la mixture ignorée qui sera l’histoire du lendemain: j’assistai au
triomphe de l’athéisme et aux saturnales de la Raison ... Hélas! la
Liberté, l’Héroïsme, la Gloire, firent flamboyer leurs trois couleurs
sur les ruines du passé, et tout ressuscita,—jusqu’à la religion
elle-même ... Ainsi les siècles ont coulé sous mes pas, et me voici
encore, toujours en quête de la chimère qui me rendra au néant
bienheureux ...

L’ARCHEVÊQUE

 d’un accent de triomphe:

Et tu arrives pour être témoin d’une victoire éclatante!...

AHASVÉRUS

 sourit amèrement.

J’ai vu les foules athées, les sectes anarchiques semer les engins de
mort, en se raillant du droit, du devoir, de la famille, de la patrie,
de tous les principes sociaux qu’on croyait éternels: je ne me suis
jamais senti si près de la fin convoitée qu’en écoutant vos colloques
de Pharisiens,—ô vous (comme Il disait de vos pères) «sépulcres
blanchis!»—Vous êtes la vermine qui pullule sur le cadavre de la
religion. Le feu de l’Idéal ne brûle plus sur vos autels dorés, et
c’est une lampe éteinte que vous promenez dans les ténèbres. La foi
du Christ aura bientôt vécu: je sens mon cœur millénaire débordant
d’espérance. C’est la fin de Celui qui m’a frappé et maudit!

 Tous les prêtres se sont levés avec colère; un tumulte est près
 d’éclater. Mais la femme voilée a saisi Ahasvérus par le pan de son
 manteau, et, dans un cri aigu qui impose silence, elle répète cette
 supplication:

LA FEMME VOILÉE

Tu l’as connu! Tu l’as connu! Oh! parle-nous de Lui!...

 Le calme s’est rétabli sous une poussée de curiosité violente; tous
 regagnent leurs sièges et restent la bouche ouverte, buvant les
 paroles d’Ahasvérus.

AHASVÉRUS

 d’une voix sourde que l’émotion brise de plus en plus:

Si j’ai connu le Fils de l’homme! J’étais de son âge et né comme lui
à Nazareth. Le douloureux village est seul resté presque intact en
Palestine, et j’y revois, deux ou trois fois par siècle, la fontaine
où Marie, la cruche sur l’épaule, venait puiser l’eau, matin et soir;
je retrouve la colline qui domine le pays, toutes les ruelles, tous
les sentiers où nous jouions, enfants. Il faisait déjà des prodiges
contraires à la Loi. Il façonna un jour des oiseaux avec de la boue,
malgré les plaintes de sa mère; et quand Joseph voulut reprendre
l’enfant, Jeschoua frappa des mains et les oiseaux prirent leur
vol. Marie pleurait souvent sur cette enfance pleine de trouble et
de mystère; et puis, il semblait n’aimer personne autour de lui ...
Souvent, il quittait l’établi de son père et disparaissait: on le
retrouvait dans les synagogues, écoutant les lectures du Scribe et
l’effrayant de ses contradictions. Plus tard, ses absences furent plus
longues; et il reparaissait un soir dans la maison de Nazareth, comme
un hôte étrange et qu’on n’osait plus interroger. Puis, il vécut avec
les Esséniens, sur la mer Morte, dans l’oasis d’Engaddi, et il nous
revint vêtu de blanc, suivant leur coutume ... Enfin, il alla en
Judée, vers Jean le Baptiste, et je ne le revis plus jusqu’aux derniers
mois de sa mission, à Jérusalem ...

 Ahasvérus pousse un profond soupir; dans le silence qui s’est fait, on
 entend la respiration haletante de ceux qui écoutent et attendent la
 suite sans oser la demander.

AHASVÉRUS

 reprend son récit, la tête basse et comme se parlant à lui-même:

Bien des années s’étaient écoulées; j’habitais Jérusalem et j’avais
pris une table de vendeur au Temple, dans la cour des Gentils:
j’échangeais la monnaie romaine pour la monnaie sacrée des sacrifices,
je vendais aux femmes des tourterelles de Hanan et des passereaux aux
lépreux. Un homme bondit un jour dans le parvis, entouré de quelques
artisans et pêcheurs qui étaient ses disciples, renversa ma table sur
le pavé et me frappa. Je le reconnus, l’appelai par son nom, lui parlai
de sa mère et de ses frères: «Voilà, me dit-il, en me montrant ses
fidèles, ma famille et ma mère!» Ce fut alors que je commençai à le
haïr ...

Je le revis dans la ville sainte, pour la fête des Pourim, le
quinzième jour d’Adar; on parlait beaucoup de lui, de ses attaques
aux Pharisiens, et même au Temple dont il annonçait la destruction
à mots couverts; on racontait ses miracles: des démons chassés; des
paralytiques, des aveugles, des lépreux guéris ... Il apparut dans
le parvis extérieur du Hiéron, appelé la cour des Femmes, le seul où
elles pussent pénétrer: il était cette fois entouré, non seulement de
ses nombreux disciples, mais encore de quelques jeunes filles, et même
d’une Samaritaine; on remarquait parmi elles deux sœurs de Béthanie,
Marie et Marthe—et surtout une pécheresse très belle, Marie de
Magdala, qui le suivit toujours, jusqu’à la fin ...

LA FEMME VOILÉE

Mais Lui, comment était-il? Ne parle que de Lui!...

AHASVÉRUS

Il était grand et souple, beau comme un de ces jeunes dieux grecs dont
j’ai vu les statues dans mes voyages. Ses cheveux roux s’écoulaient
de son turban de lin; et son visage pâle, à la courte barbe blonde,
s’illuminait de ses yeux bleus, limpides comme le lac de Génézareth; il
allait vêtu de blanc, comme les Esséniens; et sa voix était si douce,
sa démarche si noble, que les jeunes filles, debout sur le seuil des
portes, le regardaient passer en souhaitant de le suivre ... Et ce pur
amour des femmes fouettait peut-être la haine des hommes ...

LA FEMME VOILÉE

 avance la tête pour boire les paroles du Juif; un coin de son voile
 s’est écarté et elle apparaît de profil, pâle et toute jeune. Elle
 balbutie très bas:

Mais Lui, les aimait-il?

AHASVÉRUS

Il ignorait les affections particulières: pas plus que la famille, la
femme, vierge ou pécheresse, n’existait pour lui. Il était le Messie,
le sauveur du monde; et, pour se poser sur un être, sa poitrine s’était
trop élargie à contenir l’humanité. Son âme était semblable à ces
grands fleuves encaissés, qui fécondent un empire et laissent dépérir
l’arbuste de leurs bords. Comme une statue de marbre est insensible aux
offrandes votives que la foule dépose à ses pieds, il ignora toujours
le sentiment réel de celles qui le suivirent sur le Golgotha et
l’adorèrent par delà le supplice et la mort ... Ce fut alors que je le
revis ...

 On craint qu’il ne puisse achever, tant sa voix s’est brisée; il
 continue, pourtant, en coupant ses phrases, car il est pressé de finir:

AHASVÉRUS

J’appris sa condamnation par le Sanhédrin, son arrestation au mont
des Oliviers, près du torrent de Cédron; et l’acte de Judas que
j’approuvai, non seulement parce que je haïssais le Rabbi, mais
parce que détestais ses prédications, contraires à la loi juive.
C’était la veille de la Pâque, le quatorze de Nisan; il fut conduit
la nuit même chez Hanan, qui avait sa maison au haut de la colline.
Le lendemain, de grand matin, il fut emmené à la maison de Pilate,
près de la tour Antonia, qui le renvoya devant Hérode Antipas ...
Mais le monde entier connaît ces scènes déchirantes qui, alors, me
laissaient presque indifférent ... J’habitais près du tertre dénudé où
il devait mourir sur la croix, entre deux voleurs, en face de la tour
Hippicus ... Vers neuf heurs du matin, je sortis au bruit de la foule,
et restai sur le seuil de ma porte pour le voir passer. Des soldats
l’entouraient, commandés par un centurion, puis des hommes du peuple
qui l’insultaient; enfin, derrière le cortége, un groupe de femmes
échevelées ... Mais je ne regardai que Lui. Maigre, le pâle visage
ensanglanté, il traînait son lourd gibet d’infâmie, et son pauvre corps
frêle pliait sous le fardeau ... Je tenais mon petit garçon par la
main. Il demanda à faire halte devant ma demeure, car il succombait;
et me reconnaissant, il dit: «Ahasvérus, tends-moi un vase d’eau.» Je
restai immobile. Il reprit: «Au nom de notre enfance, frère, la soif
me brûle!» Je répondis en ricanant: «Marche, Jeschoua, ton heure est
venue.» Alors il se redressa et son visage sévère me fit frissonner;
d’une voix terrible, il s’écria: «Au nom de mon Père, sois maudit:
_Chèrem!_ Tu marcheras à jamais, jusqu’au jour où je devrai revenir,
après les temps accomplis!»

Il s’éloigna, et je voulus rentrer, avec mon enfant ... Mais, soudain,
une force inconnue me fit lâcher la main de mon fils et me poussa en
avant: un tourbillon m’emportait, une tempête qui ne soufflait que pour
moi, car les herbes du sol ne bougeaient pas et les arbustes étalaient
leurs rameaux, immobiles ... J’étais déjà loin, et, une dernière fois,
je retournai la tête pour voir mon enfant, qui pleurait en me tendant
les bras ... Quand je passai dans le sentier du Golgotha, les trois
croix sinistres se dressaient sur le ciel livide. Mais je ne pus
m’arrêter, et, comme une feuille arrachée par l’ouragan, je commençai à
travers le monde mon voyage séculaire et maudit ...

 Il s’est tu. Un silence d’angoisse pèse sur l’assistance; chacun,
 les yeux baissés, suit son rêve intérieur, dans l’ombre du Calvaire
 évoqué; une oraison mentale fait trembler quelques lèvres. La femme
 voilée tourne la tête pour une question suprême ... Le grand vieillard
 a disparu.


                                  FIN



                                ÍNDICE


  DEDICATORIA                                              v

  PREFACIO                                               vii

  I.—Chile: La estructura nacional                        1

  II.—Chile: Experimentos y comprobantes                 22

  III.—De Valparaíso á Lima                              47

  IV.—Lima                                               80

  V.—De Lima á Colón                                    104

  VI.—De Colón á Veracruz                               133

  VII.—De Veracruz á Méjico                             157

  VIII.—Méjico                                          179

  IX.—Democracias americanas                            200

  X.—California                                         217

  XI.—Salt Lake City: El Utah. Los Mormones             249

  XII.—Salt Lake City: El Mormonismo                    275

  XIII.—Chicago: Ojeada restrospectiva                  291

  XIV.—Chicago: La civilización del Oeste               305

  XV.—Chicago: La ciudad y la exposición                323

  XVI.—Washington: El distrito federal                  341

  XVII.—Washington: El Capitolio: Mount-Vernon          360

  XVIII.—El Massachusetts: La vida social               386

  XIX.—El Massachusetts: Boston y Cambridge             405

  XX.—La última excursión: El Niágara. Nueva York       427


APÉNDICE

  I.—_Sur le Chili_                                     451

  II.—_Un village minier de l’Utah_                     467

  III.—_Le Juif errant_                                 475



                                NOTAS:

[1] BUCKLE (_Civilization in England_, II), emite esta reflexión
extraordinaria: «_All the great rivers in the New World are on the
eastern coast, none of them on the western. The causes of this
remarkable fact are unknown_!» Para este atrevido investigador de las
causas y efectos, no es suficiente explicación el examen de las hoyas
respectivas.

[2] Véase en el _Apéndice_ una carta en francés, escrita después de
estas páginas (abril de 1893), y que completa las impresiones del autor
en Chile.

[3] V. HUGO, _La Légende des siècles_.

[4]

  _In the afternoon they came unto a land,_
  _In which it seemed always afternoon._

  (TENNYSON, _The Lotus-Eaters_).

[5] MURILLO, _Historia del Ecuador_, 1890.

[6] «¡Las revoluciones son el bautismo con que los pueblos se
regeneran!...» (Veintemilla). Con axiomas de esta fuerza y novedad, la
mitad del pueblo ecuatoriano ultraja, saquea, degüella y destierra á la
otra mitad desde la convocación del «Congreso Admirable» hasta nuestros
dias.

[7] LUCIEN B. WYSE, _Le Canal de Panamá_.

[8] Es prohibido dirigir la palabra al timonel.

[9] COLERIDGE,

  _The Ancient mariner_:
  _Alone, alone, all, all alone,_
  _Alone on a wide wide sea!..._

[10] Una duda cruel: durante sus entremeses de autonomía ¿pertenece
Yucatán al centro, ó al norte de América?

[11] Movimiento anual: 139 vapores, 52 barcos de vela, formando un
total de 270.000 toneladas.

[12] DANTE-GABRIEL ROSSETTI, _The House of life_, XCVII:

  _Look in my face; my name is_ Might-have-been;
  _I am also called_ No-more, Too-late, Farewell!


[13] _There is music, usually in the evenings, on the main plaza._

[14] El 1º de mayo de 1863, una compañía del regimiento extranjero
(62 hombres) se defendió en esta hacienda un día entero contra 2000
mejicanos. Quedaron _tres_ hombres ilesos que al fin «capitularon con
los honores de la guerra», y recibieron la cruz de la Legión de honor.
Durante la ocupación, cada vez que pasaba allí un destacamento francés,
los tambores tocaban marcha, los soldados presentaban las armas y los
oficiales saludaban con la espada. Hay un monumento costeado por el
gobierno mejicano.

[15] _Revue des Deux-Mondes_, marzo de 1893.

[16] BERNAL DÍAZ, _Conquista de Nueva España_, CXXXIII: «¡Oh! qué cosa
era de ver esta tan temerosa y rompida batalla, cómo andábamos pie con
pie, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar, etc.!»
Toda la página es de un brío y frenesí incomparables. No se encuentra
allí la famosa expresión de _Noche Triste_; paréceme que Gomara fué
quien la empleó por vez primera, ó al menos la puso en circulación,
pero sin destacar el epíteto: «en esa triste noche» ...

[17] Al imprimir estos apuntes, cuatro años después, encuentro
confirmadas mis impresiones y conclusiones por la marcha retrógrada
de la educación en los años posteriores. Los documentos oficiales más
recientes arrojan estas cifras tristemente significativas: en 1890,
para una población empadronada de 11 millones de habitantes, hay
560.000 alumnos; en 1894, para 11.632.924 habitantes 543.977 alumnos
¡en cuatro años de «progreso» la proporción ha bajado de 5,1 por ciento
á 4,7!

[18] Sabe todo el mundo que este adjetivo, además de ser un apodo
familiar, no tiene ya exactitud local; pero, al adoptarlo en
Sud-América hemos ensanchado su significación. Lo usaré, pues, como
abreviación cómoda, aplicándolo indiferentemente á los Estados del
este y del oeste, é incurriendo á sabiendas en el traspié de cierto
presidente sudamericano que encabezaba así su discurso de recepción de
un ministro: «Venís como representante del gran pueblo _yankee_ ...»

[19] _On heroes: To know a thing, what we can call knowing, a man must
first love the thing, sympathize with it._

[20] TAINE, _Histoire de la littérature anglaise_, II, VI.

[21] Sabido es que este procedimiento anexionista es aquí de regla
general. Ya se trate de un manjar ó de una comedia, todo lo que penetra
en los Estados es de buena presa: ingenua y seriamente se declaran
herederos naturales del mundo entero. ¡Hasta la _Marseillaise_ y el
_God save the queen_, disfrazados con palabras yankees, forman parte de
sus _National war songs_!

[22] El excelente periódico semanal _The Argonaut_ tiene un sello de
_humour_ elegante casi único en los Estados Unidos, á igual distancia
del formalismo bostoniano y del _snobismo_ neoyorkino.

[23] Según el _Libro de Mormón_, la cabalística palabra _Deseret_,
significa lo mismo que _Bee-hive_, es decir, «colmena». Es el nombre de
todo el valle ó _Great Basin_.

[24] El coronel M. Blunt es jefe del 16º de infantería.

[25] Véase en el Apéndice la fantasía intitulada _Le Juif errant_.

[26] PAUL DE ROUSIERS, _La vie Américaine_.—Un ejemplo entre mil: este
excelente fotógrafo (página 97) transmite á sus lectores una relación
del famoso incendio de Chicago, en 1871, que comienza así: _Chicago a
été complétement détruite ..._ UNE SEULE MAISON _échappa aux flammes,
etc._» Él mismo subraya su inocentada. Los documentos más exagerados
dan como incendiada la tercera parte de la ciudad. Y no es poco decir.

[27] ¡Hasta la idea, esencialmente americana, del _omnibus_, se le
había ocurrido á ese asombroso Pascal!

[28] _La Nación_ de Buenos Aires (que estaba á punto de modificar su
formato duplicando el número de páginas) era el diario más grande del
mundo. La «sábana gris» fué un apodo inocente con que la bauticé desde
las columnas de _Sud-América_.

[29] ANDREW CARNEGIE, _Triumphant Democracy_.

[30] Dicen los guías locales: «_the visitors agree with Charles
Dickens, that Washington is a_ CITY OF MAGNIFICENT DISTANCES». Es un
rasgo maestro del _humbug_ yankee el haber recogido y disfrazado de
elogio una burla sangrienta del novelista inglés (_American Notes_,
VIII).

[31] Se suele atribuir el proyecto á Andrew Ellicott, que no fué sino
el ayudante y sucesor de L’Enfant.

[32] Sabido es que los Estados del oeste reclaman para Chicago el
puesto de capital.

[33] La ley y la Constitución disponían que la superficie del distrito
no excediera _ten miles square_ (entiéndase: 100 millas cuadradas);
en realidad dicha área es (Reclus) de 70 millas ó 181 kilómetros
cuadrados. Es muy curioso que sea _exactamente_ la misma área del
distrito federal argentino; en efecto, según el _Censo de la Capital
federal_, la extensión del municipio de Buenos Aires es de 18141
hectáreas, ó sean 181 kilómetros cuadrados.

[34] En la Exposición de Chicago, los coronamientos de los diferentes
palacios solían ostentar la misma estatua indefinidamente reproducida:
era el triunfo nacional del _cliché_.

[35] Detalle muy significativo: desde el principio han correspondido
igualmente al ministerio del Estado las Relaciones extranjeras y las
del Interior.

[36] Extensión territorial de los Estados Unidos en 1820: 5.332.931
kilómetros cuadrados; población: 9.658.453 habitantes; extensión en
1893: 9.331.360 kilómetros; población (calculada): 66.000.000. Densidad
kilométrica en 1820: 1,8; en 1893: 7,1.

[37] En 1893, todo el capital invertido en la industria representa seis
millones de dollars, siendo así que la imprenta (para obras oficiales
en su mayor parte) es la _chief industry_.

[38] Sabido es que Martha Washington era viuda de John P. Custis. El
hijo de éste (y adoptivo de Washington) fué el abuelo de Lee.

[39] Aunque sea una traición aleve la versión de una poesía cuyo efecto
estriba en el ritmo,—como la _música_ del tambor—he aquí el sentido
aproximativo de la estrofa: «¡El triste redoble del velado tambor ha
tocado—la última retreta del soldado!—No más en vida la parada ha de
juntar—ese puñado de valientes caídos.—En el eterno campamento de la
Fama—se despliegan sus tiendas silenciosas,—y la Gloria guarda en su
ronda solemne—el bivac de los muertos ...»

[40] Fuera de su altura excepcional, el obelisco no tiene interés
artístico; se sube al _top_ por un ascensor y se contempla en
proyección el tablero urbano con sus «magníficas distancias». En el
revestimiento de las paredes interiores están embutidas varias piedras
«memoriales», enviadas de otros tantos países del orbe: Grecia, Bremen,
Brasil, _Cherokee Nation_, _Arabia_, _China_, etc. La de Suiza es
notable por este detalle preciosamente grabado en su cara visible:
procede precisamente del _spot_ donde _William Tell escaped from
Gessler_!!

[41] Como era natural, las imitaciones de esta imitación han pululado;
casi no hay Estado del centro ó del oeste que no tenga su «capitolio»,
provisto de su correspondiente cúpula.

[42] El fieltro ó chambergo es de uso tan inamovible, del Presidente
abajo, que en Chicago fué el gran éxito de las caricaturas y
«transformaciones» el exhibir al _mayor_ Carter Harrison (luego
asesinado) en el acto solemne de comprar un sombrero de copa para
recibir á la infanta Eulalia.

[43] Teóricamente es prohibido pasar entre el presidente y el orador;
pero se observa muy poco el reglamento.

[44] SUMNER MAINE, _Popular Government_; W. WILSON, _Congressional
Government_; JAMES BRYCE, _The American Commonwealth_, etc. Dos
artículos de revistas, escritos por congresales, contienen curiosísimas
revelaciones: HOAR, _Conduct of business in Congress_ (_N. American
Review_), y LAUGHLIN, _Power of Speaker of the House_ (_Atlant.
Month._).

[45] En las grandes ciudades, donde la corrupción se practica en mayor
escala, una elección suele costar 10,000 pesos; casi siempre los amigos
del candidato ó el comité del partido subvencionan la candidatura.
Sabido es que el cargo de diputado sólo es por dos años.

[46] Sabido es que lo que así se llama comprende: la _Magna Carta_, la
_Petition of Right_, el acta de _Habeas corpus_ y el _Bill of Rights_,
completado por el _Act of Settlement_.

[47] Es muy sabido que el Norte ha sostenido siempre la tesis opuesta.
El mensaje de Lincoln (julio 4 de 1861) condensa el conflicto en una
fórmula curiosa: «_The Union is older than any of the states, and in
fact, it created them as states!_» Es simple casuística y juego de
palabras, análogo á la discusión sobre la prioridad del huevo ó de la
gallina. El acta de Independencia declara que «_The United Colonies are
free and independent States_». Pero ¿cómo puede la suma preexistir á
los sumandos?

[48] _Coriolanus_, V, IV.—V. Hugo ha repetido el pensamiento: _Le Roi
s’amuse_, IV.

[49] Por ejemplo, el Canadá, para no alejarnos de la región. Es un
error propagado por el _jingoism_ yankee el repetir que los canadienses
están fascinados por los Estados Unidos y desean la anexión. La opinión
opuesta es la dominante en el Canadá, que, bajo cualquier punto de
vista intelectual, moral é institucional, se considera superior á
su enorme vecino. Véanse v. g. en la revista _The Forum_ (1893) el
artículo titulado: _Canadian hostility to annexation_.

[50] STORY, _Commentaries on the Constitution_, III, III. _Nature of
the Constitution: Whether a compact?_—Toda la discusión de Story está
fundada en un equívoco sobre el sentido de la palabra «transacción» ó
«compromiso». En seguida niega, después de Blackstone, la verdadera
teoría del «contrato social» con razones que todos los publicistas
modernos han refutado.

[51] EMERSON: «America _is another word for_ Opportunity».

[52] Everett (es imposible olvidarlo en Mount Vernon) fué quien arengó
á La Fayette en Cambridge, durante su último viaje; el discurso un
tanto enfático contiene admirables movimientos oratorios, entre otros,
este apóstrofe elocuente y patético, que hizo brotar las lágrimas
del auditorio y que Chateaubriand (_Mémoires VI_) ha embellecido al
admirarlo: «Salve, amigo de nuestros padres, etc.».

[53] _Washington’s Writings._

[54] _Joan_, XI, 25.

[55] A. POPE, _Essay on Man_, II, 2: _The proper study of Mankind is
man_.

[56] VIRGILIO, _Georg._ IV: «Y al modo que los cíclopes fraguan rayos
con las masas dúctiles ...» ¡Sabido es que la imagen se aplica á las
abejas!

[57] En Washington la pregunta correspondiente es siempre: «¿Qué piensa
V. de nuestras instituciones?»—En Chicago se suele averiguar: «¿Cuánto
_vale_ este hombre?».

[58] FILICAJA, _Sonetto all’Italia_.

[59] _The Cradle of Liberty_: así se designa desde la reunión popular
que allí se efectuó en 1763 para escuchar la protesta de James Otes.

[60] Después de Miss Katherine E. Conway y Mr. Roche, á cuyas
atenciones quedaré siempre agradecido, no dejaré de enviar un recuerdo
afectuoso á la conocida escritora Mrs. Mary E. Blake, al banquero
Mr. Chase y al presidente Eliot, de Harvard, entre muchos otros
bostonienses distinguidos que han contribuído á hacerme grata la
permanencia en la docta ciudad.

[61] El Clover, compuesto en su mayoría de periodistas, es el más
célebre de los _Gridiron clubs_, consistiendo la sal gruesa de
sus comidas, como su nombre lo indica (_gridiron_, _parrilla_) en
atormentar á los invitados, en el momento de los brindis, con las
interrupciones y pullas más grotescas. Naturalmente, el huésped está
prevenido y replica en el mismo tono. El sabor de ese _fun_ parecería
un poco áspero para los paladares europeos; sin embargo, el presidente
Cleveland aceptó una vez la invitación y fué puesto en el _gridiron_
como los demás.

[62] En Washington hubiérale tocado de derecho y con justicia el sitio
de honor al distinguido oficial de la marina francesa, conde de B.;
en Nueva York, al duque de L., grande de España de primera clase; en
Chicago, sin vacilación, á un rico comerciante y comisario del _German
Exhibit_, que volvía de la Exposición y también asistía al banquete.

[63] Fuera de las públicas especiales (por las materias ó el horario),
hay centenares de escuelas ó colegios privados, particularmente
católicos.

[64] _Annual Report of the Superintendent of Public Schools of Boston_,
May, 1893.

[65] En general las publicaciones escolares de la casa _Ginn and C^[o]_,
de Boston, se recomiendan igualmente por la excelencia del texto y
de la ejecución material. Pero algunos textos superiores han sido
indebidamente «reducidos» para _younger pupils_: así la gramática del
filólogo Whitney. Este error obedece á un vicio de concepto respecto de
la educación secundaria, que critico más adelante.

[66] El gasto anual ordinario de un estudiante de Harvard es el
siguiente: Retribución universitaria 150 pesos; libros, 45; vestido,
150; alojamiento, 100; mueblaje, 25; comida, 152; lavado, 30;
subscripciones á sociedades y _sports_, 35; servicio y varios, 85:
total, 812 pesos. Algunos _swell_ gastan el quíntuplo y sólo se ocupan
de _sport_; otros viven con una de las ciento y tantas becas (ps. 300)
procedentes de legados particulares.

[67] Acaso no debiera insistir en la _Latin School_ porque, además
de no contribuir por una parte considerable al reclutamiento de los
estudiantes de Harvard, sus estudios superiores permiten al alumno
entrar en segundo año universitario: _to anticipate studies of the
Freshman year_.

[68] CH. DICKENS, _Hard Times_ (principio): _Teach these boys and girls
nothing but facts. Facts alone are wanted in life!..._

[69] JAMES RUSSELL LOWELL, _My Study-Windows_: «_We continue to be the
most common-schooled and the least cultivated people in the world_».

[70] Nacieron en Boston ó sus alrededores, y estudiaron casi todos en
Cambridge: Everett, Choate, Allston, Dana, Channing, Emerson, Curtis,
Margarita Fuller (editora del _Dial_), Parker, Thoreau, Hawthorne,
Sumner, Whittier, Longfellow, Wendell Holmes, Lowell, Poe, Prescott,
Bancroft, Motley, Parkman (el más artista y el menos popular de los
historiadores americanos), Parker, etc. Es lo que suele llamarse por
los historiadores literarios «el advenimiento de Nueva Inglaterra»:
_the Awakening of New England_.

[71] Carlyle es un poeta, el más grande quizá de la «era victoriana»:
tiene el dón soberano de objetivar irresistiblemente las abstracciones
metafísicas; Emerson, muy al contrario, por más que se esfuerze,
convierte en abstracción la pintura de un roble.

[72] _The Correspondence of Carlyle and Emerson_, 1 vol., London, 1883.

[73] Este _Wagnerismo_ escolar se ostenta con una pedantería afligente
en los títulos griegos de las poesías, los nombres de los clubs,
hasta en las muestras comerciales. Ante ello ocurre pensar que los
literatos americanos importan de Europa y absorben _at home_, con fe
inconmovible, el agua de la fuente Hipocrene embotellada, como una
suerte de _Apollinaris_ superior.

[74] LONGFELLOW, _A Psalm of Life_. Esta poesía de _Poor Richard’s
Almanack_ es, por confesión de los mismos americanos ilustrados, una de
las composiciones más pobres del «poeta nacional»: por consiguiente, la
única popular en las tres Américas.

[75] HERODOT, IV: οὔτε ἐνύπια ὁρᾶν.

[76] La latitud entre Boston y Nueva York es casi la de Nápoles, pero
es muy sabido que el clima obedece á muchas otras causas; ¡la línea
isoterma de Nueva Inglaterra (invierno) pasa por la Siberia! Por eso,
una semana después de dejar á Nueva York sepultada bajo la nieve, el
valle encantador de Normandía, ya verde y brotado, me producirá un
efecto primaveral.

[77] Además de la pintura con que termina _Atala_, Chateaubriand ha
descrito el Niágara en su _Voyage en Amérique_ y (en términos casi
idénticos) en una larga nota del _Essai sur les Rèvolutions_, II,
XXIV. Muchas de las «rarezas» que los agrimensores de la literatura
le reprocharon, ó eran ciertas entonces ó fundadas en relaciones de
viajeros tan formales como Charlevoix.

[78] En el _Annual Report of the Smithsonian Institution_ (1890) hay
un buen estudio geológico del Niágara, por G. J. Gilbert; entre otros
croquis trae una sección que muestra el perfil de la caída y las capas
sucesivas del lecho, desde el nivel superior hasta el fondo de la hoya.

[79] No por eso deben aceptarse, con muchos geógrafos modernos, las
exageraciones de los antiguos viajeros y misioneros. ¿Cómo pudiera
tener el salto (en el siglo XVII) las 120 toesas de Joliet ó los 600
pies del P. Hennepin, si no hay más que 101 metros de desnivel entre
el lago Erie y el Ontario?—Es bastante curioso que la cifra del poeta
Chateaubriand sea casi matemáticamente exacta; dice en _Atala_ que la
altura perpendicular de la caída es de 144 pies (franceses), ó sean
46^[m]76.

[80] CHATEAUBRIAND; últimas palabras del _Voyage en Amérique_.

[81] Ces pages se rapportent au chapitre II.

[82] Voir la page 266.

[83] Se rapporte à la page 300.





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