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Title: Los Raros - Obras Completas Vol. VI
Author: Darío, Rubén
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Los Raros - Obras Completas Vol. VI" ***

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                               LOS RAROS



                               LOS RAROS

                                  POR

                              RUBÉN DARÍO

                             ILUSTRACIONES

                                  DE

                             ENRIQUE OCHOA

                            [imagen]

                  Volumen VI de las obras completas.
                       Administración: Editorial
                             MUNDO LATINO
                                MADRID

[imagen]

[imagen: ES PROPIEDAD]

[imagen: RUBÉN DARÍO]



PROLOGO


_Fuera de las notas sobre Mauclair y Adam, todo lo contenido en este
libro fué escrito hace doce años, en Buenos Aires, cuando en Francia
estaba el simbolismo en pleno desarrollo. Me tocó dar a conocer en
América ese movimiento y por ello y por mis versos de entonces, fuí
atacado y calificado con la inevitable palabra «decadente...» Todo eso
ha pasado,--como mi fresca juventud._

_Hay en estas páginas mucho entusiasmo, admiración sincera, mucha
lectura y no poca buena intención. En la evolución natural de mi
pensamiento, el fondo ha quedado siempre el mismo. Confesaré, no
obstante, que me he acercado a algunos de mis ídolos de antaño y he
reconocido más de un engaño de mi manera de percibir._

_Restan la misma pasión de arte, el mismo reconocimiento de las
jerarquías intelectuales, el mismo desdén de lo vulgar y la misma
religión de belleza. Pero una razón autumnal ha sucedido a las
explosiones de la primavera._

RUBÉN DARÍO.

_París, Enero de 1905._

[imagen]



EL ARTE EN SILENCIO


No se ha hecho mucho comentario sobre _L’Art en silence_, de Camilo
Mauclair, como era natural. ¡El «Arte en silencio», en el país del
ruido! así debía ser. Y pocos libros más llenos de bien, más hermosos y
más nobles que éste, fruto de joven, impregnado de un perfume de cordura
y de un sabor de siglos. Al leerle, he aquí el espectáculo que se ha
presentado a mi imaginación: un campo inmenso y preparado para la labor;
un día en su más bello instante, y un labrador matinal que empuja
fuertemente su arado, orgulloso de que su virtud triptolémica trae
consigo la seguridad de la hora de paz y de fecundidad de mañana. En la
confusión de tentativas, en la lucha de tendencias, entre los
juglarismos de mal convencidos apóstoles y la imitación de titubeantes
sectarios, la voz de este digno trabajador, de este sincero intelectual,
en el absoluto sentido del vocablo, es de una transcendental vibración.
No puede haber profesión de fe más transparente, más noble y más
generosa.

«Creo en la vanidad de las prerrogativas sociales de mi profesión y del
talento por sí mismo. Creo en la misión difícil, agotadora y casi
siempre ingrata del hombre de letras, del artista, del circulador de
ideas; creo que, el hombre que en nombre del talento que Dios le ha
prestado, descuida su carácter y se juzga exonerado de los deberes
urgentes de la existencia humana, desobedece a la humanidad y es
castigado. Creo en la aceptación de todos los deberes por la ayuda de la
caridad y del orgullo; creo en el individualismo artístico y social.
Creo que el arte, ese silencioso apostolado, esa bella penitencia
escogida por algunos seres cuyos cuerpos les fatigan e impiden más que a
otros encontrar lo infinito, es una obligación de honor que es necesario
llenar, con la más seria, la más circunspecta probidad; que hay buenos o
malos artistas, pero que no tenemos que juzgar sino a los mentirosos, y
los sinceros serán premiados en el altísimo cielo de la paz, en tanto
que los brillantes, los satisfechos, los mentirosos, serán castigados.
Creo todo eso, porque ya he visto pruebas alrededor mío, y porque he
sentido la verdad en mí mismo, después de haber escrito varios libros,
no sin sinceridad ni trabajo, pero con la confianza precipitada de la
juventud.»

En efecto, ¿quiénes habrían podido prever, en el autor de tantas páginas
de ensueños,--«corona de claridad» o «sonatitas de otoño»--este rumbo
hacia un ideal de moral absoluta, en las regiones verdaderamente
intelectuales donde no hay ninguna necesidad de hacer ruido para ser
escuchado? El ha agrupado en este sano volumen a varios artistas
aislados, cuya existencia y cuya obra pueden servir de estimulantes
ejemplos en la lucha de las ideas y de las aspiraciones mentales.
Mallarmé, Edgar Poe, Flaubert, Rodenbach, Puvis de Chavannes y Rops,
entre los muertos, y señaladas y activas energías jóvenes. Antes,
conocidos son sus ensayos magistrales, de tan sagaz ideología, sobre
Jules Laforgue y Auguste Rodin.

Cada día se afirma con mayor brillo la gloria ya sin sombras de Edgar
Poe, desde su prestigiosa introducción por Baudelaire, coronada luego
por el espíritu transcendentalmente comprensivo y seductor de Stephane
Mallarmé. Mas entre lo mucho que se ha escrito respecto al desgraciado
poeta norteamericano, muy poco llegará a la profundidad y belleza que se
contienen en el ensayo de Mauclair. Es un bienhechor capítulo sobre la
psicología de la desventura, que producirá en ciertas almas el bien de
una medicina, la sensación de una onda cordial y vigorizante. Luego el
espíritu penetrante y buscador, hace ver con luz nueva la ideología
poeana, y muchos puntos que antes pudieran aparecer velados u obscuros,
se ven en una dulce semiluz de afección que despide la elevada y pura
estética del comentarista.

Una de las principales bondades es la de borrar la negra aureola de
hermosura un tanto macabra, que las disculpas de la bohemia han querido
hacer aparecer alrededor de la frente del gran yanqui. En este caso,
como en otros, como en el de Musset, como en el de Verlaine, por
ejemplo, el vicio es malignamente ocasional, es el complemento de la
fatal desventura. El genio original, libre del alcohol, u otro variativo
semejante, se desenvolvería siempre, siendo, en esa virtud, sus
floraciones, libres de obscuridades y trágicas miserias. En resumen, Poe
queda para el ensayista, «sin imitadores y sin antecesores, un fenómeno
literario y mental, germinado espontáneamente en una tierra ingrata,
místico purificado por ese dolor del que ha dado la inolvidable
transposición, levantado en ultramar, entre Emerson misericordioso y
Whitman profético, como un interrogador del porvenir.»

De Flaubert--ese vasto espectáculo--presenta una nueva perspectiva. La
suma de razonamientos nos conduce a este resultado: «Flaubert no tiene
de realista sino la apariencia, de artista impasible la apariencia, de
romántico la apariencia. Idealista, cristiano y lírico, he ahí sus
rasgos esenciales.» Y las demostraciones son llevadas por medio de la
amable e irresistible lógica de Mauclair, que nos presenta la figura
soberbia del «buen gigante», por ese aspecto que permanece ya
definitivo. Es también de un fin reconfortante, por el ejemplo de
voluntad y de sufrimientos, en la pasión invencible de las letras, la
enfermedad de la forma, soportada por otros dones de fortaleza y de
método.

Sobre Mallarmé la lección es todavía de una virtud que concreta una
moral superior. ¿Acaso no va ya destacándose en toda su altura y
hermosura ese poeta a quien la vida no consentía el triunfo, y hoy baña
la gloria, «el sol de los muertos», con su dorada luz?

La simbólica representación está en la gráfica idea de Felician Rops: el
harpa ascendente, a la cual tienden, en el éter, innumerables manos de
lo invisible. La honorabilidad artística, el carácter en lo ideal, la
santidad, si posible es decir, del sacerdocio, o misión de belleza,
facultad inaudita que halló su singular representación en el maravilloso
maestro, que a través del silencio, fué hacia la inmortalidad. Una frase
de Mme. Perier en su «Vida de Pascal», sirve de epígrafe al ensayo
afectuoso, admirable y admirativo, justo, consagrado al doctor de
misterio: «Nous n’avons su toutes ces choses qu’apres sa morte.»

La estética mallarmeana por esta vez ha encontrado un expositor que se
aleje de las fáciles tentativas de un Wisewa, de las exégesis divertidas
de varios teorizantes, como de las blindadas oposiciones de la retórica
escolar, o lo que es peor, junto a la burda risa de una enemistad que no
razona, la embrolladora disertación de más de un pseudo-discípulo.

Las páginas dedicadas a Rodenbach, con quien la juventud le une más
cercanamente, en una afección artística fraternal, mitigan su tristeza
en la afirmación de un generoso y sereno carácter, de una vida como
autumnal, iluminados crepuscularmente de poesía y de gracia interior.
«Le hemos conocido irónico, entusiasta, espiritual y nervioso; pero era,
ante todo, un melancólico, aun en la sonrisa. Le sentíamos menos extraño
por su voz y ciertos signos exteriores, que lejano por una singular
facultad de reserva. Ese cordial era aislado de alma. Había en esa faz
rubia y fina, en esa boca fina, en esos ojos atrayentes, una languidez y
un fatalismo que no dejaban de extrañar. Es feliz, pensábamos, y, sin
embargo, ¿qué tiene? Tenía el gusto atento y la comprensión de la
muerte. Se detenía en el dintel de la existencia, y no entraba, y desde
ese dintel nos miraba a todos con una tristeza profundamente delicada.
Ha vuelto a tomar el camino eterno: era un transeunte encantador que no
ha dicho todo su pensamiento en este mundo. Estaba «hanté» por su
misticismo minucioso y extraño, evocaba todo lo que está difunto,
recogido, purificado por la inmóvil palidez de los reposos seculares.
Llevaba por todas partes su claustro interior, y si ha deseado ser
enterrado en esa Bruges que amó tanto, puede decirse que su alma estaba
dormida ya en la pacífica belleza de una muerte harmoniosa.» Decid si no
es este camafeo de un encanto sutil y revelador, y si no se ve a su
través el alma melancólica del malogrado animador de «Bruges la muerta.»
Estos párrafos de Mauclair son comparables, como retrato, en la
transposición de la pintura a la prosa, al admirable pastel en que
perpetúa la triste faz del desaparecido, el talento comprensivo de Levy
Dhurmer.

Algunos vivos, son también presentados y estudiados, y entre ellos uno
que representa bien la fuerza, la claridad, la tradición del espíritu
francés, del alma francesa, el talento más vigoroso de los actuales
escritores de este país.

He nombrado a Paul Adam. Así sobre Elemir Bourges de obra poco
resonante, pero muy estimado por los intelectuales, consagra algunas
notas, como sobre León Daudet.

La parte que denomina «El crepúsculo de las técnicas», debía traducirse
a todos los idiomas y ser conocida por la juventud literaria que en
todos los países busca una vía, y mira la cultura de Francia y el
pensamiento francés, como guías y modelos. Es la historia del
simbolismo, escrita con toda sinceridad y con toda verdad; y de ella se
desprenden utilísimas lecciones, enseñanzas cuyo provecho es inmediato,
así el estudio sobre el sentimentalismo literario, en que el alma de
nuestro siglo está analizada con penetración y cordura a la luz de una
filosofía amplia y generosa, poco conocida en estos tiempos de egotismos
superhombríos y otras nieztschedades. No sabría alabar suficientemente
los capítulos sobre arte, y el homenaje a altos artistas--artistas en
silencio--como Puvis y Felician Rops, Gustave Moreau y Besnard, así como
los fragmentos de otros estudios y ensayos que ayudan en el volumen a la
comprensión, al peso, y para decirlo con mi sentimiento, a la simpatía
que se experimenta por un sincero, por un laborioso, por un verdadero y
grande expositor de saludables ideas, que es al propio tiempo, él
también, un señalado, uno que ha hallado su rumbo cierto, y como él
gustará que se le llame, un artista silencioso.

[imagen]

[imagen: EDGAR ALLAN POE]

[imagen]



EDGAR ALLAN POE


En una mañana fría y húmeda llegué por primera vez al inmenso país de
los Estados Unidos. Iba el «steamer» despacio, y la sirena aullaba
roncamente por temor de un choque. Quedaba atrás Fire Island con su
erecto faro; estábamos frente a Sandy Hook, de donde nos salió al paso
el barco de sanidad. El ladrante slang yanqui sonaba por todas partes,
bajo el pabellón de bandas y estrellas. El viento frío, los pitos
arromadizados, el humo de las chimeneas, el movimiento de las máquinas,
las mismas ondas ventrudas de aquel mar estañado, el vapor que caminaba
rumbo a la gran bahía, todo decía: «all right.» Entre las brumas se
divisaban islas y barcos. Long Island desarrollaba la inmensa cinta de
sus costas, y Staten Island, como en el marco de una viñeta, se
presentaba en su hermosura, tentando al lápiz, ya que no, por la falta
de sol, la máquina fotográfica. Sobre cubierta se agrupan los pasajeros:
el comerciante de gruesa panza, congestionado como un pavo, con
encorvadas narices israelitas; el clergyman huesoso, enfundado en su
largo levitón negro, cubierto con su ancho sombrero de fieltro, y en la
mano una pequeña Biblia; la muchacha que usa gorra de jokey y que
durante toda la travesía ha cantado con voz fonográfica, al son de un
banjo; el joven robusto, lampiño como un bebé, y que, aficionado al box,
tiene los puños de tal modo, que bien pudiera desquijar un rinoceronte
de un solo impulso... En los Narrows se alcanza a ver la tierra
pintoresca y florida, las fortalezas. Luego, levantando sobre su cabeza
la antorcha simbólica, queda a un lado la gigantesca Madona de la
Libertad, que tiene por peana un islote. De mi alma brota entonces la
salutación: «A ti, prolífica, enorme, dominadora. A ti, Nuestra Señora
de la Libertad. A ti, cuyas mamas de bronce alimentan un sinnúmero de
almas y corazones. A ti, que te alzas solitaria y magnífica sobre tu
isla, levantando la divina antorcha. Yo te saludo al paso de mi
«steamer», prosternándome delante de tu majestad. ¡Ave: Good morning! Yo
sé, divino icono, oh magna estatua, que tu solo nombre, el de la excelsa
beldad que encarnas, ha hecho brotar estrellas sobre el mundo, a la
manera del _fiat_ del Señor. Allí están entre todas, brillantes sobre
las listas de la bandera, las que iluminan el vuelo del águila de
América, de esta tu América formidable, de ojos azules. Ave, Libertad,
llena de fuerza; el Señor es contigo: bendita tú eres. Pero ¿sabes? se
te ha herido mucho por el mundo, divinidad, manchando tu esplendor. Anda
en la tierra otra que ha usurpado tu nombre, y que, en vez de la
antorcha, lleva la tea. Aquélla no es la Diana sagrada de las
incomparables flechas: es Hécate.»

Hecha mi salutación, mi vista contempla la masa enorme que está al
frente, aquella tierra coronada de torres, aquella región de donde casi
sentís que viene un soplo subyugador y terrible: Manhattan, la isla de
hierro, New-York, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la
tormentosa, la irresistible capital del cheque. Rodeada de islas
menores, tiene cerca a Jersey; y agarrada a Brooklin con la uña enorme
del puente, Brooklin, que tiene sobre el palpitante pecho de acero un
ramillete de campanarios. Se cree oir la voz de New-York, el eco de un
vasto soliloquio de cifras. ¡Cuán distinta de la voz de París, cuando
uno cree escucharla, al acercarse, halagadora como una canción de amor,
de poesía y de juventud! Sobre el suelo de Manhattan parece que va a
verse surgir de pronto un colosal Tío Samuel, que llama a los pueblos
todos a un inaudito remate, y que el martillo del rematador cae sobre
cúpulas y techumbres produciendo un ensordecedor trueno metálico. Antes
de entrar al corazón del monstruo, recuerdo la ciudad que vió en el
poema bárbaro el vidente Thogorma:

    Thogorma dans ses yeux vit monter des murailles
    De fer dont s’enroulaient des spirales des tours
    Et des palais cerclés d’arain sur des blocs lourds;
    Ruche énorme, gékenne aux lúgubres entrailles
    Où s’engouffraint les Forts, princes des anciens jours.
............................................

Semejantes a los Fuertes de los días antiguos, viven en sus torres de
piedra, de hierro y de cristal, los hombres de Manhattan.

En su fabulosa Babel, gritan, mugen, resuenan, braman, conmueven la
Bolsa, la locomotora, la fragua, el banco, la imprenta, el dock y la
urna electoral. El edificio Produce Exchange entre sus muros de hierro y
granito reune tantas almas cuantas hacen un pueblo... He allí Broadway.
Se experimenta casi una impresión dolorosa; sentís el dominio del
vértigo. Por un gran canal cuyos lados los forman casas monumentales que
ostentan sus cien ojos de vidrios y sus tatuajes de rótulos, pasa un río
caudaloso, confuso, de comerciantes, corredores, caballos, tranvías,
ómnibus, hombres-sandwichs vestidos de anuncios, y mujeres bellísimas.
Abarcando con la vista la inmensa arteria en su hervor continuo, llega
a sentirse la angustia de ciertas pesadillas. Reina la vida del
hormiguero: un hormiguero de percherones gigantescos, de carros
monstruosos, de toda clase de vehículos. El vendedor de periódicos,
rosado y risueño, salta como un gorrión, de tranvía en tranvía, y grita
al pasajero ¡intanrsooonwoood! lo que quiere decir si gustáis comprar
cualquiera de esos tres diarios el «Evening Telegram», el «Sun» o el
«World.» El ruido es mareador y se siente en el aire una trepidación
incesante; el repiqueteo de los cascos, el vuelo sonoro de las ruedas,
parece a cada instante aumentarse. Temeríase a cada momento un choque,
un fracaso, si no se conociese que este inmenso río que corre con una
fuerza de alud, lleva en sus ondas la exactitud de una máquina. En lo
más intrincado de la muchedumbre, en lo más convulsivo y crespo de la
ola de movimiento, sucede que una lady anciana, bajo su capota negra, o
una miss rubia, o una nodriza con su bebé quiere pasar de una acera a
otra. Un corpulento policeman alza la mano; detiénese el torrente; pasa
la dama; ¡all right!

«Esos cíclopes...» dice Groussac; «esos feroces calibanes...» escribe
Peladan. ¿Tuvo razón el raro Sar al llamar así a estos hombres de la
América del Norte? Calibán reina en la isla de Manhattan, en San
Francisco, en Boston, en Washington, en todo el país. Ha conseguido
establecer el imperio de la materia desde su estado misterioso con
Edison, hasta la apoteosis del puerco, en esa abrumadora ciudad de
Chicago. Calibán se satura de wishky, como en el drama de Shakespeare de
vino; se desarrolla y crece; y sin ser esclavo de ningún Próspero, ni
martirizado por ningún genio del aire, engorda y se multiplica; su
nombre es Legión. Por voluntad de Dios suele brotar de entre esos
poderosos monstruos, algún sér de superior naturaleza, que tiende las
alas a la eterna Miranda de lo ideal. Entonces, Calibán mueve contra él
a Sicorax, y se le destierra o se le mata. Esto vió el mundo con Edgar
Allan Poe, el cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la
muerte...

¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, dulce reina mía, tan
presto ida para siempre, el día en que, después de recorrer el hirviente
Broadway, me puse a leer los versos de Poe, cuyo nombre de Edgar,
armonioso y legendario, encierra tan vaga y triste poesía, y he visto
desfilar la procesión de sus castas enamoradas a través del polvo de
plata de un místico ensueño? Es porque tú eres hermana de las liliales
vírgenes cantadas en brumosa lengua inglesa por el soñador infeliz,
príncipe de los poetas malditos. Tú como ellas eres llama del infinito
amor. Frente al balcón, vestido de rosas blancas, por donde en el
Paraíso asoma tu faz de generosos y profundos ojos, pasan tus hermanas y
te saludan con una sonrisa, en la maravilla de tu virtud, ¡oh mi ángel
consolador, oh mi esposa! La primera que pasa es Irene, la dama
brillante de palidez extraña, venida de allá, de los mares lejanos; la
segunda es Eulalia, la dulce Eulalia de cabellos de oro y ojos de
violeta, que dirige al cielo su mirada; la tercera es Leonora, llamada
así por los ángeles, joven y radiosa en el Edén distante; la otra es
Frances, la amada que calma las penas con su recuerdo; la otra es
Ulalume, cuya sombra yerra en la nebulosa región de Weir, cerca del
sombrío lago de Auber; la otra Helen, la que fué vista por la primera
vez a la luz de perla de la luna; la otra Annie, la de los ósculos y las
caricias y oraciones por el adorado; la otra Annabel Lee, que amó con un
amor envidia de los serafines del cielo; la otra Isabel, la de los
amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia, en fin, meditabunda,
envuelta en un velo de extraterrestre esplendor... Ellas son, cándido
coro de ideales oceanidas quienes consuelan y enjugan la frente al
lírico Prometeo amarrado a la montaña Yankee, cuyo cuervo, más cruel
aun que el buitre esquiliano, sentado sobre el busto de Palas, tortura
el corazón del desdichado, apuñalándole con la monótona palabra de la
desesperanza. Así tú para mí. En medio de los martirios de la vida, me
refrescas y alientas con el aire de tus alas, porque si partiste en tu
forma humana al viaje sin retorno, siento la venida de tu sér inmortal,
cuando las fuerzas me faltan o cuando el dolor tiende hacia mí el negro
arco. Entonces, Alma, Stella, oigo sonar cerca de mí el oro invisible de
tu escudo angélico. Tu nombre luminoso y simbólico surge en el cielo de
mis noches como un incomparable guía, y por tu claridad inefable llevo
el incienso y la mirra a la cuna de la eterna Esperanza.


I.--EL HOMBRE

La influencia de Poe en el arte universal ha sido suficientemente honda
y transcendente para que su nombre y su obra no sean a la continua
recordados. Desde su muerte acá, no hay año casi en que, ya en el libro
o en la revista, no se ocupen del excelso poeta americano, críticos,
ensayistas y poetas. La obra de Ingram iluminó la vida del hombre; nada
puede aumentar la gloria del soñador maravilloso. Por cierto que la
publicación de aquel libro cuya traducción a nuestra lengua hay que
agradecer al señor Mayer, estaba destinada al grueso público.

¿Es que en el número de los escogidos, de los aristócratas del espíritu,
no estaba ya pesado en su propio valor, el odioso fárrago del canino
Griswold? La infame autopsia moral que se hizo del ilustre difunto debía
tener esa bella protesta. Ha de ver ya el mundo libre de mancha al cisne
inmaculado.

Poe, como un Ariel hecho hombre, diríase que ha pasado su vida bajo el
flotante influjo de un extraño misterio. Nacido en un país de vida
práctica y material, la influencia del medio obra en él al contrario. De
un país de cálculo brota imaginación tan estupenda. El don mitológico
parece nacer en él por lejano atavismo y vese en su poesía un claro rayo
del país de sol y azul en que nacieron sus antepasados. Renace en él el
alma caballeresca de los Le Poer alabados en las crónicas de Generaldo
Gambresio. Arnoldo Le Poer lanza en la Irlanda de 1327 este terrible
insulto al caballero Mauricio de Desmond: «Sois un rimador.» Por lo cual
se empuñan las espadas y se traba una riña que es el prólogo de guerra
sangrienta. Cinco siglos después, un descendiente del provocativo
Arnoldo glorificará a su raza, erigiendo sobre el rico pedestal de la
lengua inglesa, y en un nuevo mundo, el palacio de oro de sus rimas.

El noble abolengo de Poe, ciertamente, no interesa sino a «aquellos que
tienen gusto de averiguar los efectos producidos por el país y el linaje
en las peculiaridades mentales y constitucionales de los hombres de
genio,» según las palabras de la noble señora Whitman. Por lo demás, es
él quien hoy da valer y honra a todos los pastores protestantes,
tenderos, rentistas o mercachifles que lleven su apellido en la tierra
del honorable padre de su patria, Jorge Washington.

Sábese que en el linaje del poeta hubo un bravo Sir Rogerio que batalló
en compañía de Strongbow, un osado Sir Arnoldo que defendió a una lady
acusada de bruja; una mujer heroica y viril, la célebre «Condesa» del
tiempo de Cromwell; y pasando sobre enredos genealógicos antiguos, un
general de los Estados Unidos, su abuelo. Después de todo, ese sér
trágico, de historia tan extraña y romanesca, dió su primer vagido entre
las coronas marchitas de una comedianta, la cual le dió vida bajo el
imperio del más ardiente amor. La pobre artista había quedado huérfana
desde muy tierna edad. Amaba el teatro, era inteligente y bella, y de
esa dulce gracia nació el pálido y melancólico visionario que dió al
arte un mundo nuevo.

Poe nació con el envidiable don de la belleza corporal. De todos los
retratos que he visto suyos, ninguno da idea de aquella especial
hermosura que en descripciones han dejado muchas de las personas que le
conocieron. No hay duda que en toda la iconografía poeana, el retrato
que debe representarle mejor es el que sirvió a Mr. Clarke para publicar
un grabado que copiaba al poeta en el tiempo en que éste trabajaba en la
empresa de aquel caballero. El mismo Clarke protestó contra los falsos
retratos de Poe que después de su muerte se publicaron. Si no tanto como
los que calumniaron su hermosa alma poética, los que desfiguran la
belleza de su rostro son dignos de la más justa censura. De todos los
retratos que han llegado a mis manos, los que más me han llamado la
atención son el de Chiffart, publicado en la edición ilustrada de
Quantin, de los «Cuentos extraordinarios,» y el grabado por R. Loncup
para la traducción del libro de Ingram por Mayer. En ambos Poe ha
llegado ya a la edad madura. No es por cierto aquel gallardo jovencito
sensitivo que al conocer a Elena Staneand, quedó trémulo y sin voz, como
el Dante de la «Vita Nuova...» Es el hombre que ha sufrido ya, que
conoce por sus propias desgarradas carnes cómo hieren las asperezas de
la vida. En el primero, el artista parece haber querido hacer una cabeza
simbólica. En los ojos, casi ornitomorfos, en el aire, en la expresión
trágica del rostro, Chiffart ha intentado pintar al autor del «Cuervo,»
al visionario, al «unhappy Master» más que al hombre. En el segundo hay
más realidad: esa mirada triste, de tristeza contagiosa, esa boca
apretada, ese vago gesto de dolor y esa frente ancha y magnífica en
donde se entronizó la palidez fatal del sufrimiento, pintan al
desgraciado en sus días de mayor infortunio, quizá en los que
precedieron a su muerte. Los otros retratos, como el de Halpin para la
edición de Amstrong, nos dan ya tipos de lechuguinos de la época, ya
caras que nada tienen que ver con la cabeza bella e inteligente de que
habla Clark. Nada más cierto que la observación de Gautier:

«Es raro que un poeta, dice, que un artista sea conocido bajo su primer
encantador aspecto. La reputación no le viene sino muy tarde, cuando ya
las fatigas del estudio, la lucha por la vida y las torturas de las
pasiones han alterado su fisonomía primitiva: apenas deja sino una
máscara usada, marchita, donde cada dolor ha puesto por estigma una
magulladura o una arruga.»

Desde niño Poe «prometía una gran belleza.»[1]

Sus compañeros de colegio hablan de su agilidad y robustez. Su
imaginación y su temperamento nervioso estaban contrapesados por la
fuerza de sus músculos. El amable y delicado ángel de poesía, sabía dar
excelentes puñetazos. Más tarde dirá de él una buena señora: «Era un
muchacho bonito.»[2]

Cuando entra a West Point hace notar en él un colega, Mr. Gibson, su
«mirada cansada, tediosa y hastiada.» Ya en su edad viril, recuérdale el
bibliófilo Gowans: «Poe tenía un exterior notablemente agradable y que
predisponía en su favor: lo que las damas llamarían claramente bello.»
Una persona que le oye recitar en Boston, dice: «Era la mejor
realización de un poeta, en su fisonomía, aire y manera.» Un precioso
retrato es hecho de mano femenina: «una talla algo menos que de altura
mediana quizá, pero tan perfectamente proporcionada y coronada por una
cabeza tan noble, llevada tan regiamente, que, a mi juicio de muchacha,
causaba la impresión de una estatura dominante. Esos claros y
melancólicos ojos parecían mirar desde una eminencia...»[3] Otra dama
recuerda la extraña impresión de sus ojos: «Los ojos de Poe, en verdad,
eran el rasgo que más impresionaba y era a ellos a los que su cara debía
su atractivo peculiar. Jamás he visto otros ojos que en algo se le
parecieran. Eran grandes, con pestañas largas y un negro de azabache: el
iris acerogris, poseía una cristalina claridad y transparencia, a través
de la cual la pupila negraazabache se veía expandirse y contraerse, con
toda sombra de pensamiento o de emoción. Observé que los párpados jamás
se contraían, como es tan usual en la mayor parte de las personas,
principalmente cuando hablan; pero su mirada siempre era llena, abierta
y sin encogimiento ni emoción. Su expresión habitual era soñadora y
triste: algunas veces tenía un modo de dirigir una mirada ligera, de
soslayo, sobre alguna persona que no le observaba a él, y, con una
mirada tranquila y fija, parecía que mentalmente estaba midiendo el
calibre de la persona que estaba ajena de ello.--¡Qué ojos tan tremendos
tiene el señor Poe!--me dijo una señora. Me hace helar la sangre el
verle darse vuelta lentamente y fijarlos sobre mí cuando estoy
hablando.»[4] La misma agrega: «Usaba un bigote negro esmeradamente
cuidado, pero que no cubría completamente una expresión ligeramente
contraída de la boca y una tensión ocasional del labio superior, que se
asemejaba a una expresión de mofa. Esta mofa era fácilmente excitada y
se manifestaba por un movimiento del labio, apenas perceptible y, sin
embargo, intensamente expresivo. No había en ella nada de malevolencia;
pero sí mucho sarcasmo.» Sábese, pues, que aquella alma potente y
extraña estaba encerrada en hermoso vaso. Parece que la distinción y
dotes físicas deberían ser nativas en todos los portadores de la lira.
¿Apolo, el crinado numen lírico, no es el prototipo de la belleza viril?
Mas no todos sus hijos nacen con dote tan espléndido. Los privilegiados
se llaman Goethe, Byron, Lamartine, Poe.

Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultivada, pudo resistir
esa terrible dolencia que un médico escritor llama con gran propiedad
«la enfermedad del ensueño.» Era un sublime apasionado, un nervioso, uno
de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano,
lamentables cristos del arte, que por amor al eterno ideal tienen su
calle de la amargura, sus espinas y su cruz. Nació con la adorable llama
de la poesía, y ella le alimentaba al propio tiempo que era su martirio.
Desde niño quedó huérfano y le recogió un hombre que jamás podría
conocer el valor intelectual de su hijo adoptivo. El señor Allan--cuyo
nombre pasará al porvenir al brillo del nombre del poeta--jamás pudo
imaginarse que el pobre muchacho recitador de versos que alegraba las
veladas de su «home», fuese más tarde un egregio príncipe del arte. En
Poe reina el «ensueño» desde la niñez. Cuando el viaje de su protector
le lleva a Londres, la escuela del dómine Brandeby es para él como un
lugar fantástico que despierta en su sér extrañas reminiscencias;
después, en la fuerza de su genio, el recuerdo de aquella morada y del
viejo profesor han de hacerle producir una de sus subyugadoras páginas.
Por una parte, posee en su fuerte cerebro la facultad musical; por otra,
la fuerza matemática. Su «ensueño» está poblado de quimeras y de cifras
como la carta de un astrólogo. Vuelto a América, vémosle en la escuela
de Clarke, en Richmond, en donde al mismo tiempo que se nutre de
clásicos y recita odas latinas, boxea y llega a ser algo como un
«champion» estudiantil; en la carrera hubiera dejado atrás a Atalanta, y
aspiraba a los lauros natatorios de Byron. Pero si brilla y descuella
intelectual y físicamente entre sus compañeros, los hijos de familia de
la fofa aristocracia del lugar miran por encima del hombro al hijo de la
cómica. ¿Cuánta no ha de haber sido la hiel que tuvo que devorar este
sér exquisito, humillado por un origen del cual en días posteriores
habría orgullosamente de gloriarse? Son esos primeros golpes los que
empezaron a cincelar el pliegue amargo y sarcástico de sus labios.
Desde muy temprano conoció las acechanzas del lobo racional. Por eso
buscaba la comunicación con la naturaleza, tan sana y fortalecedora.
«Odio sobre todo y detesto este animal que se llama Hombre», escribía
Swift a Pope. Poe a su vez habla «de la mezquina amistad y de la
fidelidad de polvillo de fruta (gossamer fidelity) del mero hombre.» Ya
en el libro de Job, Eliphaz Themanita exclama: «¿Cuánto más el hombre
abominable y vil que bebe como la iniquidad?» No buscó el lírico
americano el apoyo de la oración; no era creyente; o al menos, su alma
estaba alejada del misticismo. A lo cual da por razón James Russell
Lowell lo que podría llamarse la matematicidad de su cerebración. «Hasta
su misterio es matemático, para su propio espíritu.» La ciencia impide
al poeta penetrar y tender las alas en la atmósfera de las verdades
ideales. Su necesidad de análisis, la condición algebraica de su
fantasía, hácele producir tristísimos efectos cuando nos arrastra al
borde de lo desconocido. La especulación filosófica nubló en él la fe,
que debiera poseer como todo poeta verdadero. En todas sus obras, si mal
no recuerdo, sólo unas dos veces está escrito el nombre de Cristo.[5]
Profesaba sí la moral cristiana; y en cuanto a los destinos del hombre,
creía en una ley divina, en un fallo inexorable. En él la ecuación
dominaba a la creencia, y aun en lo referente a Dios y sus atributos,
pensaba con Spinoza que las cosas invisibles y todo lo que es objeto
propio del entendimiento no puede percibirse de otro modo que por los
ojos de la demostración[6] olvidando la profunda afirmación filosófica:
«intelectus noster sic ¿de habet? ad prima entium quœ sunt
manifestissima in natura, sicut oculus vespertilionis ad solem.» No
creía en lo sobrenatural, según confesión propia; pero afirmaba que
Dios, como creador de la naturaleza, puede, si quiere, modificarla. En
la narración de la metempsícosis de Ligeia hay una definición de Dios,
tomada de Granwill, que parece ser sustentada por Poe: Dios no es más
que una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de
su intensidad. Lo cual estaba ya dicho por Santo Tomás en estas
palabras: «Si las cosas mismas no determinan el fin para sí, porque
desconocen la razón del fin, es necesario que se les determine el fin
por otro que sea determinador de la naturaleza. Este es el que previene
todas las cosas, que es ser por sí mismo necesario, y a éste llamamos
Dios...»[7] En la «Revelación Magnética», a vuelta de divagaciones
filosóficas, Mr. Vankirk--que, como casi todos los personajes de Poe, es
Poe mismo--afirma la existencia de un Dios material, al cual llama
materia suprema e imparticulada. Pero agrega: «La materia imparticulada,
o sea Dios en estado de reposo, es en lo que entra en nuestra
comprensión, lo que los hombres llaman espíritu.» En el diálogo entre
Oinos y Agathos pretende sondear el misterio de la divina inteligencia;
así como en los de Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la
desconocida sombra de la Muerte, produciendo, como pocos, extraños
vislumbres en su concepción del espíritu en el espacio y en el tiempo.

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[imagen: LECONTE DE LISLE]

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LECONTE DE LISLE


Ha muerto el pontífice del Parnaso, el Vicario de Hugo; las campanas de
la Basílica lírica están tocando vacante. Descansa ya, pálida y sin la
sangre de la vida, aquella majestuosa cabeza de sumo sacerdote, aquella
testa coronada,--coronada de los más verdes laureles--llena de augusta
hermosura antigua y cuyos rasgos exigen el relieve de la medalla y la
consagración olímpica del mármol.

Homéricos funerales deberían ser los de Leconte de Lisle. En hoguera
encendida con maderos olorosos, allá en el corazón de la isla maternal,
en donde por primera vez vió la gloria del Sol, consumiríase su cuerpo
al vuelo de las odas con que un coro de poetas cantaría el Triunfo de la
Lira, recitaríanse estrofas que recordarían a Orfeo encadenando con sus
acordes la furia de los leopardos y leones, o a Melesigenes cercado de
las musas en la maravilla de una apoteosis. ¡Homéricos funerales para
quien fué homérida, por el soplo épico que pasaba por el cordaje de su
lira, por la soberana expresión y el vuelo soberbio, por la
impasibilidad casi religiosa, por la magnificencia monumental
estatuaria de su obra, en la cual, como en la del Padre de los poetas,
pasan a nuestra vista portentosos desfiles de personajes, grupos
esculturales, marmóreos bajorrelieves, figuras que encarnan los odios,
los combates, las terribles iras; homérida por ser de alma y sangre
latinas y por haber adorado siempre el lustre y el renombre de la Hélade
inmortal! Griego fué, de los griegos tenía, como lo hizo notar muy bien
Guyau, la concepción de una especie de mundo de las formas y de las
ideas que es el mundo mismo del arte; habiéndose colocado por una
ascensión de la voluntad, sobre el mundo del sentimiento, en la región
serena de la idea, y revistiendo su musa inconmovible el esculpido peplo
cuyo más ligero pliegue no pudiera agitar el estremecimiento de las
humanas emociones, ni aun el aire que el Amor mismo agitase con sus
alas. «Vuestros contemporáneos,--díjole Alejandro Dumas (hijo),--eran
los griegos y los hindus.» Y es, en efecto, de aquellos dos inmensos
focos de donde parten los rayos que iluminan la obra de Leconte de
Lisle, conduciendo uno la idea brahamánica desde el índico Ganges cuyas
aguas reflejaran los combates del Ramayana y el otro la idea griega
desde el harmonioso Alfeo, en cuyas linfas se viera la desnudez celeste
de la virgen Diana.

La India y Grecia eran para su espíritu tierras de predilección:
reconocía como las dos originales fuentes de la universal poesía, a
Valmiki y a Homero. Navegó a pleno viento por el océano inmenso de la
teogonía védica, y profundo conocedor de la antigüedad griega, y
helenista insigne, condujo a Homero a orillas del Sena. Atraíale la
aurora de la humanidad, la soberana sencillez de las edades primeras, la
grandiosa infancia de las razas, en la cual empieza el Génesis de lo que
él llamara con su verbo solemne «la historia sagrada del pensamiento
humano en su florecimiento de harmonía y de luz;» la historia de la
Poesía.

El más griego de los artistas, como le llamara un joven esteta, cantó a
los bárbaros, ciertamente. Como había en su reino poético, suprimido
todo anhelo por un ideal de fe, la inmensa alma medioeval no tenía para
él ningún fulgor; y calificaba la Edad Media como una edad de abominable
barbarie. Y he aquí que ninguno entre los poetas, después de Hugo, ha
sabido poner delante de los ojos modernos, como Leconte de Lisle, la
vida de los caballeros de hierro, las costumbres de aquellas épocas, los
hechos y aventuras trágicas de aquellos combatientes y de aquellos
tiranos; los sombríos cuadros monacales, los interiores de los
claustros, los cismas, la supremacía de Roma, las musulmanas barbaries
fastuosas, el ascetismo católico, y el temblor extranatural que pasó por
el mundo en la edad que otro gran poeta ha llamado con razón, en una
estrofa célebre, «enorme y delicada.»

Puso el espíritu sobre el corazón. Jamás en toda su obra se escucha un
solo eco de sentimiento; nunca sentiréis el escalofrío pasional. Eros
mismo, si pasa por esas inmensas florestas, es como un ave desolada. No
se atrevería la Musa de Musset a llamar a la puerta del vate serenísimo;
y las palomas lamartinianas alzarían el vuelo asustadas delante del
cuervo centenario que dialoga con el abad Serapio de Arsinoe.

Nacido en una isla cálida y espléndida, isla de sol, florestas y
pájaros, que siente de cerca la respiración de la negra Africa, sintióse
poeta el «joven salvaje»; la lengua de la naturaleza le enseñó su
primera rima, el gran bosque primitivo le hizo sentir la influencia de
su estremecimiento, y el mar solemne y el cielo le dejaron entrever el
misterio de su inmensidad azul. Sentía él latir su corazón, deseoso de
algo extraño, y sus labios estaban sedientos del vino divino. Copa de
oro inagotable, llena del celeste licor, fué para él la poesía de Hugo.
Al llegar «Las Orientales» a sus manos, al ver esos fulgurantes poemas,
la luz misma de su cielo patrio le pareció brillar con un resplandor
nuevo; la montaña, el viento africano, las olas, las aves de las
florestas nativas, la naturaleza toda, tuvo para él voces despertadoras
que le iniciaron en un culto arcano y supremo.

Imaginaos un Pan que vagase en la montaña sonora, poseído de la fiebre
de la harmonía, en busca de la caña con que habría de hacer su rústica
flauta, y a quien de pronto diese Apolo una lira y le enseñase el arte
de arrancar de sus cuerdas sones sublimes. No de otro modo aconteció al
poeta que debiera salir de la tierra lejana en donde nació, para
levantar en la capital del Pensamiento un templo cincelado en el más
bello paros, en honor del Dios del arco de plata.

El que fué impecable adorador de la tradición clásica pura, debía
pronunciar en ocasión solemne, delante de la Academia francesa que le
recibía en su seno, estas palabras: «Las formas nuevas son la expresión
necesaria de las concepciones originales.» Digna es tal declaración de
quien sucediera a Hugo en la asamblea de los «inmortales» y de quien
como su sacrocesáreo antecesor, fué jefe de escuela, y de escuela que
tenía por fundamento principal el culto de la forma. Hugo fué en verdad
para él la encarnación de la poesía. Leconte de Lisle no reconocía de la
Trinidad romántica, sino la omnipotencia del «Padre»; Musset, «el Hijo»,
y Lamartine «el Espíritu», apenas si merecieron una mirada rápida de sus
ojos sacerdotales. Y es que Hugo ejercía sobre él la atracción astral de
los genios individuales y absolutos; el hijo de la isla oriental fué
iniciado en el secreto del arte por el autor de «Las Orientales»; el que
debía escribir los «Poemas antiguos» y los «Poemas bárbaros», no podía
sino contemplar con estupor la creación de ese orbe constelado, vario,
profuso y estupendo que se llama «La Leyenda de los siglos.» Luego, fué
a él, barón, par, príncipe, a quien el Carlomagno de la lira dirigiera
este corto mensaje imperial y fraternal: «Jungamus dextras.» Después, él
fué siempre el privilegiado. Hugo le consagró. Y cuando Hugo fué
conducido al Pantheón, fué Leconte de Lisle quien entonó el himno más
ferviente en honor de quien entraba a la inmortalidad. Posteriormente,
al ocupar su sillón en la Academia, colocó aún más triunfales palmas y
coronas en la tumba del César literario. Recorrió con su pensamiento la
historia de la poesía universal, para llegar a depositar sus trofeos en
aras del daimon desaparecido, y presentó con la magia de su lenguaje la
creación toda de Hugo. Hizo aparecer con sus prestigios incomparables
«Las Orientales», cuya lengua y movimiento, según confesión propia,
fueron para él una revelación; el prefacio de «Cromwell», oriflama de
guerra, tendido al viento; las «Hojas de otoño», los «Cantos del
crepúsculo», las «Voces interiores», los «Rayos» y las «Sombras», a
propósito de los cuales lanzó una flecha de su carcaj dirigida al
sentimentalismo; los «Castigos», llenos de rayos y relámpagos, bajo los
cuales coloca los «Yambos» de Chenier y las «Trágicas» de Agrippa
d’Aubigné; «La Leyenda de los siglos», «que permanecerá como la prueba
brillante de una potencia verbal inaudita, puesta al servicio de una
imaginación incomparable.» Y todos los poemas posteriores, «Canciones de
calles y bosques», «Año terrible», «Arte de ser abuelo», el «Papa», la
«Piedad suprema», «Religión y religiones», «El asno», «Torquemada» y los
«Cuatro vientos del Espíritu.» De todas estas últimas obras nombradas,
la que llama su atención principal es «Torquemada.» ¿Por qué? Porque
Leconte de Lisle sentía el pasado con una fuerza de visión insuperable,
a punto de que Guyau llama a la Trilogía «Nueva leyenda de los siglos.»
«Bien que ningún siglo, escribe el poeta, haya igualado al nuestro en la
ciencia universal; que la historia, las lenguas, las costumbres, las
teogonías de los pueblos antiguos nos sean reveladas de año en año por
tantos sabios ilustres; que los hechos y las ideas, la vida íntima y la
vida exterior; que todo lo que constituye la razón de ser, de creer, de
pensar de los hombres desaparecidos, llama la atención de las
inteligencias elevadas, nuestros grandes poetas han raramente intentado
volver intelectualmente la vida al pasado.» Tiempos primitivos, Edad
Media, todo lo que se halla respecto a nuestra edad contemporánea como
en una lejanía de ensueño, atrae la imaginación del vate severo. La
exposición de la obra novelesca de Víctor Hugo, dióle motivo para lanzar
otra flecha que fué directamente a clavarse en el pecho robusto de Zola,
cuando habló de «la epidemia que se hace sentir directamente en una
parte de nuestra literatura, y contamina los últimos años de un siglo
que se abriera con tanto brillo y proclamara tan ardientemente su amor a
lo bello» y de «el desdén de la imaginación y del ideal que se instala
imprudentemente en muchos espíritus obstruídos por teorías groseras y
malsanas.» «El público letrado, agrega, no tardará en arrojar con
desprecio lo que aclama hoy con ciega admiración. Las epidemias de esta
naturaleza pasan y el genio permanece.»

Al contestar el discurso del nuevo académico, Alejandro Dumas, hijo,
entre sonrisa y sonrisa, quemó en honor del recién llegado este puñado
de incienso: «Cuando un gran genio (Hugo) ha tenido desde la infancia el
hábito de frecuentar un círculo de genios anteriores, entre los cuales
Sófocles, Platón, Virgilio, Lafontaine, Corneille y Moliére no ocupan
sino un segundo término y en donde Montaigne, Racine, Pascal, Bossuet,
La Bruyere no penetran, se comprende fácilmente que el día en que ese
gran genio distingue entre la muchedumbre que se agita a sus pies un
poeta y le marca en la frente con el signo con que ha de reconocer, en
lo porvenir, a los de su raza y familia, ese poeta tendrá el derecho de
estar orgulloso. Ese poeta sois vos, señor.»

Fueron ciertamente los «Poemas bárbaros» la anunciación espléndida de un
grande y nuevo poeta. ¿Qué son esos poemas? Visiones formidables de los
pasados siglos, los horrores y las grandezas épicas de los bárbaros
evocados por un latino que emplea para su obra versos de bronce, versos
de hierro, rimas de acero, estrofas de granito. Caín surge en el ensueño
del vidente Thogorma, en un poema primitivo, bíblico, que se desarrolla
en la misteriosa, inmemorial «ciudad de la angustia», en el país de
Hevila. Caín es el mensajero de la nada. Luego, es aún en la Biblia
donde se halla el origen de otros poemas; la viña de Naboth, el
Eclesiastés, que declara cómo la irrevocable Muerte es también mentira;
después el poeta va de un punto a otro, extraño cosmopolita del pasado;
a Tebas, donde el rey Khons descansa en su barca dorada; a Grecia donde
surgirá la monstruosa Equidna, o un grupo de hirsutos combatientes; a la
Polinesia, en donde aprenderá el génesis indígena; al boreal país de los
Nornos y escaldas, donde Snorr tiene su infernal visión; a Irlanda,
tierra de bardos. Y se advierten blancas pinturas de países frígidos,
figuras cinceladas en nieve; Angantir que dialoga con Hervor; Hialmar
que clama trágicamente, el oso que llora, los cantos de los cazadores y
runoyas; el norte aun, el país de Sigurd; los elfos que coronados de
tomillo danzan a la luz de la luna, en un aire germánico de balada;
cantos tradicionales; Kono de Kemper; el terrible poema de Mona; cuadros
orientales como la preciosa y musical «Verandah»; las frases ásperas de
la naturaleza; el desierto; la India y sus pagodas y fakires; Córdoba
morisca; fieras y aves de rapiña; fuentes cristalinas, bosques salvajes;
la historia religiosa, la leyenda, el Romancero; América, los Andes...;
y sobre todo esto, el «Cuervo», el cuervo desolador, y la silenciosa,
fatal, pálida y como deseada imagen de la Muerte, acompañada de su
obscuro paje, el dolor.

En los «Poemas antiguos» resucita el esplendor de la belleza griega,
lanzando al mismo tiempo un manifiesto a manera de prólogo. He aquí lo
que pensaba de los tiempos modernos: «Desde Homero, Esquilo y Sófocles
que representan la poesía en su vitalidad, en su plenitud y en su unidad
armónica, la decadencia y la barbarie han invadido el espíritu humano.
En lo tocante a arte original, el mundo romano está al nivel de los
Dacios y de los Sármatas; el cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante,
Shakespeare y Milton, no tienen sino la altura de su genio individual;
su lengua y sus concepciones, son bárbaras. La escultura se detiene en
Fidias y en Lisipo; Miguel Angel no ha fecundado nada; su obra,
admirable en sí misma, ha abierto una vía desastrosa. ¿Qué queda, pues,
de los siglos transcurridos después de la Grecia? Algunas
individualidades potentes, algunas grandes obras sin liga y sin unidad.
La poesía moderna, reflejo confuso de la personalidad fogosa de Byron,
de la religiosidad ficticia de Chateaubriand, del ensueño místico de
Ultra-Rhin y del realismo de los lakistas, se turba y se disipa. Nada
menos vivo y menos original, bajo el aparato más ficticio. Un arte de
segunda mano, híbrido, incoherente. Arcaísmo de la víspera, nada más. La
paciencia pública se ha cansado de esta comedia sonoramente representada
a beneficio de una autolatria de préstamo. Los maestros se han callado o
quieren callarse, fatigados de sí mismos, olvidados ya, solitarios en
medio de sus obras infructuosas. Los poetas nuevos, criados en la vejez
precoz de una estética infecunda, deben sentir la necesidad de remojar
en las fuentes eternamente puras la expresión usada y debilitada de los
sentimientos generosos. El tema personal y sus variaciones demasiado
repetidas, han agotado la atención; con justicia ha venido la
indiferencia, pero si es posible abandonar a la mayor brevedad esa vía
estrecha y banal, es preciso aun no entrar en un camino más difícil y
peligroso, sino fortificado por el estudio y la iniciación.

«Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una vez saneada la lengua
poética, las especulaciones del espíritu perderán algo de su verdad y su
energía cuando dispongan de formas más netas y más precisas. Nada será
abandonado ni olvidado; la base pensante y el arte habrán recobrado la
savia y el vigor, la harmonía y la unidad unidas. Y más tarde, cuando
esas inteligencias profundamente agitadas se hayan aplacado, cuando la
meditación de los principios descuidados y la regeneración de las formas
hayan purificado el espíritu y la letra, dentro de un siglo o dos, si
todavía la elaboración de los tiempos nuevos no implica una gestación
más alta, tal vez la poesía llegaría a ser el verbo inspirado e
inmediato del alma humana...»

Esa declaración demuestra el por qué Leconte de Lisle no vibraba a
ningún soplo moderno, a ninguna conmoción contemporánea, y se refugiaba,
como Keats, aunque de otra suerte, en viejas edades paganas en cuyas
fuentes su Pegaso se abrevaba a su placer.

Los «Poemas trágicos» completan la trilogía. Hay como en los anteriores
una rica variedad de temas, predominando los paisajes exóticos,
reconstrucciones históricas, o fantásticas y brillantes pinturas de
asuntos legendarios. El kalifa de Damasco, abre la serie, entre imanes
de Meca y emires de Oriente.

Es este un libro purpúreo. Los «Poemas bárbaros» son un libro negro. La
palabra más usada en ellos es _noir_. Libro rojo es éste, ciertamente,
que comienza con la apoteosis de Muza-al-Kebir, en país oriental, y
concluye en la Grecia de Orestes, con la tragedia funesta de las
Erinnias o Furias.

Oiréis entre tanto un canto de muerte de los galos del siglo sexto,
clamores de moros medioevales; veréis la caza del águila, en versos que
no haría mejores un numen artífice; después del águila vuela el
albatros, el «prince des nuages» de Baudelaire; pasan lúgubres ancianos
como Magno; frailes como el abad Jerónimo, cual surge en poema que sin
duda alguna, Núñez de Arce leyó antes de escribir «La visión de fray
Martín»; monstruos simbólicos como la Bestia escarlata; tipos del
romancero español como don Fadrique, y entre todo esto el severo bardo
no desdeña jugar con la musa, y ensaya el pantum malayo, o rima la
villanelle como su amigo Banville.

Las «Erinnias» es obra de quien puede recorrer el campo de la poesía
griega, y conversar con París, Agamenón o Clitemnestra. Artistas
egregios ha habido que hayan comprendido la antigüedad profunda y
extensamente; mas de seguro ninguno con la soberanía, con el poder de
Leconte de Lisle. Pudo Keats escribir sus célebres versos a una urna
griega; pudo el germánico Goethe despertar a Helena después de un sueño
de siglos y hacer que iluminase la frente de Euforión la luz divina, y
que Juan Pablo escribiese una famosa metáfora. Leconte de Lisle
desciende directamente de Homero; y si fuese cierta la transmigración de
las almas, no hay duda de que su espíritu estuvo en los tiempos heroicos
encarnado en algún aeda famoso o en algún sacerdote de Delfos.

Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo, de Orestes, el
desventurado parricida, armado por el destino y la venganza, castigador
del materno crimen, y perseguido por las desmelenadas y horribles
Furias. Sófocles en su «Electra», Eurípides, Voltaire, Alfieri, han
llevado a la escena al trágico personaje.

Leconte de Lisle, en clásicos alejandrinos que bien valen por hexámetros
de la antigüedad, evoca en la parte primera de su poema a Clitemnestra,
en el pórtico del palacio de Pelos; a Tallibios y Euribates, y un coro
de ancianos, asimismo la sollozante Casandra de profética voz. En la
segunda parte, ya cometido el crimen de su madre, Orestes, vengará,
apoyado por el impulso sororal de Electra, la sangre de su padre. Las
Furias le persiguen entre clamores de horror.

El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero, Sófocles, Hesiodo,
Teócrito, Bion, Mosco, tradújolos en prosa rítmica y purísima en cuyas
ondas parece que sonasen las músicas de los metros originales.
Conservaba la ortografía de los idiomas antiguos; y así sus obras tienen
a la vista una aristocracia tipográfica que no se encuentra en otras.

Cuando Hugo estaba en el destierro, la poesía apenas tenía vida en
Francia, representada por unos pocos nombres ilustres. Entonces fué
cuando los parnasianos levantaron su estandarte, y buscaron un jefe que
los condujese a la campaña. ¡El Parnaso! No fué más bella la lucha
romántica, ni tuvieron los Joven-Francia más rica leyenda que la de los
parnasianos, contada admirablemente por uno de sus más bravos y
gloriosos capitanes. De esa leyenda encantadora y vívida, no puedo menos
que traducir la hermosa página consagrada al cantor excelso por quien
hoy viste luto la poesía de Francia, la Poesía universal.

«...Y lo que nos faltaba también era una firme disciplina, una línea de
conducta precisa y resuelta. Ciertamente, el sentimiento de la Belleza,
el horror de las abobadas sensiblerías que deshonraban entonces la
poesía francesa, ¡lo teníamos nosotros! ¡Pero qué! tan jóvenes,
desordenadamente y un poco al azar era como nos arrojábamos a la brega,
y marchábamos a la conquista de nuestro ideal. Era tiempo de que los
niños de antes tomaran actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo de
tiradores formase un ejército regular. Nos faltaba la regla, una regla
impuesta de lo alto, y que sobre dejarnos nuestra independencia
intelectual, hiciera concurrir gravemente, dignamente, nuestras fuerzas
esparcidas, a la victoria entrevista. Esta regla la recibimos de Leconte
de Lisle. Desde el día en que François Copée, Villiers de l’Isle Adam, y
yo, tuvimos el honor de ser conducidos a casa de Leconte de Lisle,--M.
Luis Ménard, el poeta y filósofo, fué nuestro introductor,--desde el día
en que tuvimos la alegría de encontrar en casa del maestro a José María
de Heredia y a León Dierx, de ver allí a Armand Silvestre, de
reencontrar a Sully Prudhomme, desde ese día data, hablando propiamente,
nuestra historia, que cesa de ser una leyenda; y entonces fué cuando
nuestra adolescencia se convirtió en virilidad. En verdad nuestra
juventud de ayer no estaba muerta de ningún modo, y no habíamos
renunciado a las azarosas extravagancias en el arte y en la vida. Pero
dejamos todo eso a la puerta de Leconte de Lisle, como se quita un
vestido de carnaval, para llegar a la casa familiar. Teníamos alguna
semejanza con esos jóvenes pintores de Venecia que después de trasnochar
cantando en góndola y acariciando los cabellos rojos de bellas
muchachas, tomaban de repente un aire reflexivo, casi austero, para
entrar al taller del Ticiano.

»Ninguno de aquellos que han sido admitidos en el salón de Leconte de
Lisle, olvidará nunca el recuerdo de esas nobles y dulces tardes, que
durante tantos años, fueron nuestras más bellas horas. ¡Con qué
impaciencia al pasar cada semana esperábamos el sábado, el precioso
sábado, en que nos era dado encontrarnos, unidos en espíritu y corazón,
alrededor de aquel que tenía nuestro corazón y toda nuestra ternura! Era
en un saloncito, en el quinto piso de una casa nueva, boulevard de los
Inválidos, en donde nos juntábamos para contarnos nuestros proyectos,
llevar nuestros versos nuevos, y solicitar el juicio de nuestros
camaradas y de nuestro grande amigo. Los que han hablado de entusiasmo
mutuo, los que han acusado a nuestro grupo de demasiada complacencia
consigo mismo, esos, en verdad, han sido mal informados. Creo que
ninguno de nosotros se ha atrevido, en casa de Leconte de Lisle, a
formular un elogio o una crítica sin llevar íntimamente la convicción
de decir la verdad. Ni más exagerado el elogio, que acerba la
desaprobación.

»Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éramos; y Leconte de Lisle
nos daba el ejemplo de esa franqueza. Con rudeza que sabíamos que era
amable, sucedía que a menudo censuraba resueltamente nuestras obras
nuevas, reprochaba nuestras perezas y reprimía nuestras concesiones.
Porque nos amaba no era indulgente. Pero también ¡qué precio daba a los
elogios, esta acostumbrada severidad! ¡Yo no sé que exista mayor gozo
que recibir la aprobación de un espíritu justo y firme. Sobre todo, no
creáis, por mis palabras, que Leconte de Lisle haya nunca sido uno de
esos genios exclusivos, deseosos de crear poetas a su imagen, y que no
aman en sus hijos literarios sino su propia semejanza! Al contrario. El
autor de «Kain» es quizá, de todos los inventores de este tiempo, aquel
cuya alma se abre más ampliamente a la inteligencia de las vocaciones y
de las obras más opuestas a su propia naturaleza. El no pretende que
nadie sea lo que él es magníficamente. La sola disciplina que
imponía--era la buena--consistía en la veneración del Arte, y el desdén
de los triunfos fáciles. El era el buen consejero de las probidades
literarias, sin impedir jamás el vuelo personal de nuestras aspiraciones
diversas, él fué, él es aún, nuestra conciencia poética misma. A él es a
quien pedimos, en las horas de duda, que nos prevenga del mal. El
condena, o absuelve y estamos sometidos.

»¡Ah! yo me acuerdo aún de todas las bromas que se hacían entonces,
sobre nuestras reuniones en el salón de Leconte de Lisle. ¡Y bien! los
burlones no tenían razón, pues, en verdad, lo creo y lo digo, en esta
época felizmente desaparecida en que la poesía era por todas partes
burlada; en que hacer versos tenía este sinónimo: ¡morir de hambre!; en
que todo el triunfo, todo el renombre, pertenecía a los rimadores de
elegías y verseros de couplets, a los lloriqueadores y a los risueños;
en que era suficiente hacer un soneto para ser un imbécil y hacer una
opereta para ser una especie de grande hombre; en esta época era un
bello espectáculo el de aquellos jóvenes prendados del arte verdadero,
perseguidores del ideal, pobres la mayor parte, y desdeñosos de la
riqueza, que confesaban imperturbablemente, venga lo que viniere, su fe
de poetas, y que se agrupaban, con una religión que nunca ha excluído la
libertad de pensamiento, alrededor de un maestro venerado, pobre como
ellos!

»Otro error sería creer que nuestras reuniones familiares fuesen
sesiones dogmáticas y morosas. Leconte de Lisle era de aquellos que
pretenden apartar, sobre todo del elogio, su personalidad íntima y por
tanto mi conversación no tendrá aquí anécdotas. No diré de las
sonrientes dulzuras de una familiaridad de que estábamos tan orgullosos,
de las cordialidades de camarada que tenía con nosotros el gran poeta,
ni de las charlas al amor del hogar--porque se era serio, pero
alegre--ni todo el bello humor casi infantil de nuestras apacibles
conciencias de artistas en el querido salón, poco lujoso, pero tan neto
y siempre en orden, como una estrofa bien compuesta; mientras la
presencia de una joven en medio de nuestro amistoso respeto, agregaba su
gracia a la poesía esparcida.»

Tal es el recuerdo que consagra Catulle Mendés en uno de sus mejores
libros, al hoy difunto jefe del Parnaso. El alentó a los que le
rodeaban, como en otro tiempo Ronsard a los de la Pléyade, al cual
cenáculo ha consagrado Leconte de Lisle muy entusiásticas frases; pues
quien en «Las Erinnias» pudo renovar la máscara esquiliana, miraba con
simpatía a Ronsard, que tuvo el fuego pindárico, anhelo de perfección y
amor absoluto a la belleza.

Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo. ¿Qué porta-lira de
nuestro siglo no desciende de Hugo? ¿No ha demostrado triunfantemente
Mendés--ese hermano menor de Leconte de Lisle--que hasta el árbol
genealógico de los Rougon Macquart ha nacido al amor del roble enorme
del más grande de los poetas? Los parnasianos proceden de los
románticos, como los decadentes de los parnasianos. «La Leyenda de los
siglos» refleja su luz cíclica sobre los «Poemas trágicos, antiguos y
bárbaros.» La misma reforma métrica de que tanto se enorgullece con
justicia el Parnaso, ¿quién ignora que fué comenzada por el colosal
artífice revolucionario en 1830?

La fama no ha sido propicia a Leconte de Lisle. Hay en él mucho de
olímpico, y esto le aleja de la gloria común de los poetas humanos. En
Francia, en Europa, en el mundo, tan solamente los artistas, los
letrados, los poetas, conocen y leen aquellos poemas. Entre sus
seguidores, uno hay que adquirió gran renombre: José María de Heredia,
también como él nacido en una isla tropical. En lengua castellana apenas
es conocido Leconte de Lisle. Yo no sé de ningún poeta que le haya
traducido, exceptuando al argentino Leopoldo Díaz, mi amigo muy
estimado, quien ha puesto en versos castellanos el «Cuervo»--con motivo
de lo cual el poeta francés le envió una real esquela--, «El sueño del
cóndor», «El desierto», «La tristeza del diablo», y «La espada de
Angantir», todo de los «Poemas bárbaros», como también «Los Elfos», cuya
traducción es la siguiente:

    De tomillo y rústicas hierbas coronados
    los Elfos alegres bailan en los prados.

    Del bosque por arduo y angosto sendero
    en corcel obscuro marcha un caballero.
    Sus espuelas brillan en la noche bruna,
    y, cuando en su rayo le envuelve la luna
    fulgurando luce con vivos destellos,
    un casco de plata sobre sus cabellos.

    De tomillo y rústicas hierbas coronados
    los Elfos alegres bailan en los prados.
    Cual ligero enjambre, todos le rodean,
    y en el aire mudo raudos voltegean.
   --Gentil Caballero, ¿dó vas tan de prisa?
    La reina pregunta, con suave sonrisa.
    Fantasmas y endriagos hallarás doquiera;
    ven, y danzaremos en la azul pradera.

    De tomillo y rústicas hierbas coronados
    los Elfos alegres bailan en los prados.

   --¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos
    me espera y mañana seremos esposos.
    Dejadme prosiga, Elfos encantados,
    que holláis vaporosos el musgo en los prados.
    Lejos estoy, lejos de la amada mía,
    y ya los fulgores se anuncian del día.

    De tomillo y rústicas hierbas coronados
    los Elfos alegres bailan en los prados.

   --Queda, caballero, te daré a que elijas
    el ópalo mágico, las áureas sortijas
    y, lo que más vale que gloria y fortuna:
    mi saya tejida con rayos de luna.
   --¡No!--dice él.--¡Pues anda!--Y su blanco dedo
    su corazón toca e infúndele miedo.

    De tomillo y rústicas hierbas coronados
    los Elfos alegres bailan en los prados.

    Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela,
    parte, corre, salta, sin retardo vuela,
    mas el caballero, temblando, se inclina:
    ve sobre la senda forma blanquecina
    que los brazos tiende, marchando sin ruido.
   --¡Déjame, oh, demonio, Elfo maldecido!

    De tomillo y rústicas hierbas coronados
    los Elfos alegres bailan en los prados.

   --¡Déjame, fantasma siempre aborrecida!
    Voy a desposarme con mi prometida.
   --Oh, mi amado esposo, la tumba perenne
    será nuestro lecho de bodas solemne.
    ¡He muerto!--dice ella, y él, desesperado,
    de amor y de angustia cae muerto a su lado.

    De tomillo y rústicas hierbas coronados
    los Elfos alegres bailan en los prados.

Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de Apolo. Ya su espíritu
sabrá de cierto lo que se esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó
por fin la por él deseada, la pálida mensajera de la verdad.

Fínjome la llegada de su sombra a una de las islas gloriosas, Tempes,
Amatuntes celestes, en donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle
con palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas de albas,
impalpables vestiduras; a lo lejos destacaráse la harmonía del pórtico
de un templo; bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas de los
antiguos amados de las musas, Homero, Sófocles, Anacreonte. En un bosque
cercano, un grupo de centauros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar
al recién llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el aire
suave, bajo la cúpula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido,
camino del país de las pagodas, de los lotos y de los elefantes.

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[imagen: PAUL VERLAINE]

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PAUL VERLAINE


Y al fin vas a descansar; y al fin has dejado de arrastrar tu pierna
lamentable y anquilótica, y tu existencia extraña llena de dolor y de
ensueños, ¡oh, pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de la vida,
complicado en ti con la maligna influencia de Saturno.

Mueres, seguramente en uno de los hospitales que has hecho amar a tus
discípulos, tus «palacios de invierno», los lugares de descanso que
tuvieron tus huesos vagabundos, en la hora de los implacables reumas y
de las duras miserias parisienses.

Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos, de los hijos de tu
espíritu, de los jóvenes oficiantes de tu iglesia, de los alumnos de tu
escuela, ¡oh, lírico Sócrates de un tiempo imposible!

Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu nombre empieza a
triunfar, y la simiente de tus ideas, a convertirse en magníficas flores
de arte, aun en países distintos del tuyo; pues es el momento de decir
que hoy, en el mundo entero, tu figura, entre los escogidos de
diferentes lenguas y tierras, resplandece en su nimbo supremo, así sea
delante del trono del enorme Wagner.

El holandés Bivanck se representa a Verlaine como un leproso sentado a
la puerta de una catedral, lastimoso, mendicante, despertando en los
fieles que entran y salen, la compasión, la caridad. Alfred Ernst le
compara con Benoit Labre, viviente símbolo de enfermedad y de miseria;
antes León Bloy le había llamado también el Leproso en el portentoso
tríptico de su «Brelan», en donde está pintado en compañía del Niño
Terrible y del Loco: Barbey d’Aurevilly y Ernesto Hello. ¡Ay, fué su
vida así! Pocas veces ha nacido de vientre de mujer un sér que haya
llevado sobre sus hombros igual peso de dolor. Job le diría: «¡Hermano
mío!»

Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros,
después de penetrar en el secreto de esa existencia única; después de
ver esa alma llena de cicatrices y de heridas incurables, todo al eco de
celestes o profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después de
haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo
soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de
pierrotesco y de infantil; después de mirar al dios caído, quizá
castigado por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber
la fe sublime y el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por
habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón
un doloroso cariño que junté a la grande admiración por el triste
maestro.

A mi paso por París, en 1893, me había ofrecido Enrique Gómez Carrillo
presentarme a él. Este amigo mío había publicado una apasionada
impresión que figura en sus «Sensaciones de Arte», en la cual habla de
una visita al cliente del hospital de Broussais. «Y allí le encontré
siempre dispuesto a la burla terrible, en una cama estrecha de hospital.
Su rostro enorme y simpático cuya palidez extrema me hizo pensar en las
figuras pintadas por Ribera, tenía un aspecto hierático. Su nariz
pequeña se dilata a cada momento para aspirar con delicia el humo del
cigarro. Sus labios gruesos que se entreabren para recitar con amor las
estrofas de Villón o para maldecir contra los poemas de Ronsard,
conservan siempre su mueca original, en donde el vicio y la bondad se
mezclan para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su barba rubia de
cosaco, había crecido un poco y se había encanecido mucho.»

Por Carrillo penetramos en algunas interioridades de Verlaine. No era
éste en ese tiempo el viejo gastado y débil que uno pudiera imaginarse,
antes bien, «un viejo robusto.» Decíase que padecía de pesadillas
espantosas y visiones en las cuales los recuerdos de la leyenda obscura
y misteriosa de su vida, se complicaban con la tristeza y el terror
alcohólicos. Pasaba sus horas de enfermedad, a veces en un penoso
aislamiento, abandonado y olvidado, a pesar de las bondadosas
iniciativas de los Mendés o de los León Deschamps.

¡Dios mío! aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios y los
azotes del mundo, se me apareció como un viviente doble símbolo de la
grandeza angélica y de la miseria humana. Angélico, lo era Verlaine;
tiorba alguna, salterio alguno, desde Jacopone de Todi, desde el Stabat
Mater, ha alabado a la Virgen con la melodía filial, ardiente y humilde
de «Sagesse»; lengua alguna, como no sean las lenguas de los serafines
prosternados, ha cantado mejor la carne y la sangre del Cordero; en
ningunas manos han ardido mejor los sagrados carbones de la penitencia;
y penitente alguno se ha flagelado los desnudos lomos con igual ardor de
arrepentimiento que Verlaine cuando se ha desgarrado el alma misma, cuya
sangre fresca y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de martirio.

Quien lo haya visto en sus «Confesiones», en sus «Hospitales», en sus
otros libros íntimos, comprenderá bien al hombre--inseparable del
poeta--y hallará que en ese mar tempestuoso primero, muerto después, hay
tesoros de perlas. Verlaine fué un hijo desdichado de Adán, en el que la
herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres
Enemigos, quien menos mal le hizo fué el Mundo. El Demonio le atacaba;
se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La Carne
sí, fué invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano
con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la lira del
pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar, hubiera podido
buscarse en su huella, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre
su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aún
pasar las visiones de las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos
conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el
sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del
monte sagrado: «¡Viens nous en...!» Y ese carnal pagano aumentaba su
lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica
de la culpa.

Mas ¿habéis leído unas bellas historias renovadas por Anatole France de
viejas narraciones hagiográficas, en las cuales hay sátiros que adoran a
Dios, y creen en su cielo y en sus santos, llegando en ocasiones hasta
ser santos sátiros? Tal me parece Pauvre Lelian, mitad cornudo flautista
de la selva, violador de hamadriadas, mitad asceta del Señor, eremita
que, extático, canta sus salmos. El cuerpo velloso sufre la tiranía de
la sangre, la voluntad imperiosa de los nervios, la llama de la
primavera, la afrodisia de la libre y fecunda montaña; el espíritu se
consagra a la alabanza del Padre, del Hijo, del Santo Espíritu, y, sobre
todo, de la maternal y casta Virgen; de modo que al dar la tentación su
clarinada, el espíritu ciego, no mira, queda como en sopor, al son de la
fanfarria carnal; pero tan luego como el sátiro vuelve del boscaje y el
alma recobra su imperio y mira a la altura de Dios, la pena es profunda,
el salmo brota. Así, hasta que vuelve a verse pasar a través de las
hojas del bosque, la cadera de Kalixto...

Cuando el Dr. Nordau publicó la obra célebre digna del Dr. Triboulat
Bonhoment, «Entartung», la figura de Verlaine, casi desconocida para la
generalidad--y en la generalidad pongo a muchos de la _élite_ en otros
sentidos--surgió por la primera vez, en el más curiosamente abominable
de los retratos. El poeta de «Sagesse» estaba señalado como uno de los
más patentes casos demostrativos de la afirmación pseudocientífica de
que los modos estéticos contemporáneos son formas de descomposición
intelectual. Muchos fueron los atacados: se defendieron algunos. Hasta
el cabalístico Mallarmé descendió de su trípode para demostrar el escaso
intelectualismo del profesor austro alemán, en su conferencia sobre la
Música y la Literatura dada en Londres. Pauvre Lelian no se defendió a
sí mismo. Comentaría cuando más el caso con algunos ¡dam! en el François
I o en el D’Harcout. Varios amigos discípulos le defendieron; entre
todos con vigor y maestría lo hizo Charles Tennib, y su hermoso y
justificado ímpetu correspondió a la presentación del «caso» por Max
Nordau:

«Tenemos ante nosotros la figura bien neta del jefe más famoso de los
simbolistas. Vemos un espantoso degenerado, de cráneo asimétrico y
rostro mongoloide, un vagabundo impulsivo, un dipsómano... un erótico...
un soñador emotivo, débil de espíritu, que lucha dolorosamente contra
sus malos instintos y encuentra a veces en su angustia conmovedores
acentos de queja, un místico cuya conciencia humosa está llena de
representaciones de Dios y de los santos; y un viejo chocho, etc.»

En verdad que los clamores de ese generoso De Amicis contra la ciencia
que acaba de descuartizar a Leopardi después de denventrar al Tasso,
son muy justos, e insuficientemente iracundos.

En la vida de Verlaine hay una nebulosa leyenda que ha hecho crecer una
verde pradera en que ha pastado a su placer el «pan-muflisme.» No me
detendré en tales miserias. En estas líneas escritas al vuelo, y en el
momento de la impresión causada por su muerte, no puedo ser tan extenso
como quisiera.

De la obra de Verlaine, ¿qué decir? El ha sido el más grande de los
poetas de este siglo. Su obra está esparcida sobre la faz del mundo.
Suele ya ser vergonzoso para los escritores apteros oficiales, no citar
de cuando en cuando, siquiera sea para censurar sordamente, a Paul
Verlaine. En Suecia y Noruega los jóvenes amigos de Jonas Lee, propagan
la influencia artística del maestro. En Inglaterra, a donde iba a dar
conferencias, gracias a los escritores nuevos, como Symons, y los
colaboradores del Yellow Book, el nombre ilustre se impone; la New
Rewiew daba sus versos en francés. En los Estados Unidos antes de
publicarse el conocido estudio de Symons en el «Harpers’s»--«The
decadent movement in literature»--la fama del poeta era conocida. En
Italia, D’Annunzio reconoce en él a uno de los maestros que le ayudaran
a subir a la gloria; Vittorio Pica y los jóvenes artistas de la Tavola
Rotonda exponen sus doctrinas; en Holanda la nueva generación
literaria--nótese un estudio de Werwey--le saludan en su alto puesto; en
España es casi desconocido y serálo por mucho tiempo: solamente el
talento de Clarín creo que lo tuvo en alta estima; en lengua española no
se ha escrito aún nada digno de Verlaine; apenas lo publicado por Gómez
Carrillo; pues las impresiones y notas de Bonafoux y Eduardo Pardo, son
ligerísimas.

Vayan, pues, estas líneas, como ofrenda del momento. Otra será la
ocasión en que consagre al gran Verlaine el estudio que merece. Por hoy,
no cabe el análisis de su obra.

«Esta pata enferma me hace sufrir un poco: me proporciona, en cambio,
más comodidad que mis versos, que me han hecho sufrir tanto! Si no fuese
por el reumatismo yo no podría vivir de mis rentas. Estando bueno, no lo
admiten a uno en el hospital.»

Esas palabras pintan al hermano trágico de Villón.

No era mala, estaba enferma su _animula_, _blandula_, _vagula_... ¡Dios
la haya acogido en el cielo como en un hospital!

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[imagen: EL CONDE MATÍAS AUGUSTO DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM]

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EL CONDE MATÍAS AUGUSTO DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM

           ¡VA OULTRE!
    (Divisa de los Villiers de L’Isle Adam.)


«Este era un rey...» Así, como en los cuentos azules, hubiera debido
empezar la historia del monarca _raté_, pero prodigioso poeta, que fué
en esta vida el conde Matías Felipe Augusto de Villiers de l’Isle Adam.
Puédese construir este fragmento de historia ideal: «Por aquel
tiempo--fué a mediados del indecoroso siglo XIX,--el país de Grecia vió
renacer su esplendor. Un príncipe semejante a los príncipes antiguos, se
coronó en Atenas, y brilló como un astro real. Era descendiente de los
caballeros de Malta; había en él algo del príncipe Hamlet y mucho del
rey Apolo; hacía anunciar su paso con trompetas de plata; recorría los
campos en carrozas heroicas, tiradas por cuadrillas de caballos blancos;
echó de su reino a todos los ciudadanos de los Estados Unidos de Norte
América; pensionó magníficamente a pintores, escultores y rimadores, de
modo que las abejas áticas se despertaban a un sonido de cinceles y de
liras; pobló de estatuas los bosques; hizo volver a los ojos de los
pastores la visión de las ninfas y de las diosas; recibió la visita de
un soberano soñador que se llamaba Luis de Baviera, señor hermoso como
Lohengrin, y a quien amaba Loreley y vivía junto a un lago azul nevado
de cisnes; llevó a Wagner a la harmoniosa tierra del Olimpo, de modo que
el bello sol griego puso su aureola de oro en la divina frente de
Euforión; envió embajadas a los países de Oriente y cerró las puertas
del reino a los bárbaros occidentales; volvió gracias a él la gloria de
las musas; y cuando murió no se supo si fué un águila o un unicornio
quien llevó su cuerpo a un lugar misterioso.»

Pero la suerte, ¡oh, sire, oh excelso poeta! no quiso que se realizase
ese adorable sueño, en este tiempo que ha podido envolver en la más alta
apoteosis la abominable figura de un Franklin!

Villiers de l’Isle Adam es un sér raro entre los raros. Todos los que le
conocieron conservan de él la impresión de un personaje extraordinario.

A los ojos del hermético y fastuoso Mallarmé es un tipo de ilusión, un
solitario,--como las más bellas piedras y las más santas almas:--además,
en todo y por todo, un rey; un rey absurdo si queréis, poético,
fantástico; pero un rey. Luego un genio. «El joven más magníficamente
dotado de su generación», escribe Henry Laujol. Mendés exclama a
propósito de Villiers, en 1884:

«¡Desgraciados los semidioses! Están demasiado lejos de nosotros para
que les amemos como hermanos y demasiado cerca para que les adoremos
como a maestros.» El tipo del semi-genio, descripto por el poeta de
«Panteleia», es verdadero. Más de una vez habréis pensado en ciertos
espíritus que hubieran podido ser, como una chispa más del fuego celeste
con que Dios forma los genios, genios completos, genios totales; pero
que, águilas de cortas alas, ni pueden llegar a la suprema altura, como
los condores, ni revolar en el bosque, como los ruiseñores.

Van más allá del talento los semi-genios; pero no tienen voz para decir,
como en la página de Hugo, a las puertas de lo infinito: «Abrid; yo soy
el Dante.» Por lo tanto flotan aislados sin poder subir a las fortalezas
titánicas de Shakespeare, ni acogerse a los kioscos floridos de Gautier.
Y son desgraciados.

Hoy, ya publicada toda la obra de Villiers de l’Isle Adam, no hay casi
vacilación alguna en poder saludarle entre los espíritus augustos y
superiores. Si genio es el que crea, y el que ahonda más en lo divino y
misterioso, Villiers fué genio.

Nació para triunfar y murió sin ver su triunfo; descendiente de
nobilísima familia, vivió pobre, casi miserable; aristócrata por sangre,
arte y gustos, tuvo que frecuentar medios impropios de su delicadeza y
realeza. Bien hizo Verlaine en incluirle entre sus poetas Malditos.
Aquel orgulloso, del más justo orgullo; aquel artista que escribía:
¿«Qué nos importa la justicia? Quien al nacer no trae en su pecho su
propia gloria no conocerá nunca la significación real de esa
palabra»,--hizo su peregrinación por la tierra acompañado del
sufrimiento, y fué un maldito.

Según Verlaine, y sobre todo, según su biógrafo y primo R. du Pontavice
de Heussey, comenzó por escribir versos. Despertó a la poesía en la
campaña bretona, donde, como Poe, tuvo un amor desgraciado, una ilusión
dulce y pura que se llevó la muerte. Es de notarse que casi todos los
grandes poetas han sufrido el mismo dolor: de aquí esa bella
constelación de divinas difuntas que brillan milagrosamente en el cielo
del arte, y que se llaman Beatrice, Lady Rowena de Tremain; y la dama
sublime que hizo vibrar con melodiosa tristeza el laud de Dante Gabriel
Rossetti. Villiers a los diecisiete años, cantaba ya:

      ¡Oh! vous souvenez vous, forêt délicieuse,
    de la jolie enfant qui passait gracieuse,
    souriant simplement au ciel, à l’avenir,
    se perdant avec moi dans ces vertes allées?
    ¡Eh bien! parmi les lis de vos sombres vallées
            vous ne la verrez plus venir.

Villiers no volvió a amar con el fuego de sus primeros años; esa casi
infantil pasión, fué la más grande de su vida.

Advierte Gautier, al hablar en sus «Grotesques», de Chapelain, cómo la
familia de éste, contrariando el natural horror que los padres tienen
por la carrera literaria, se propuso dedicarle a la poesía. El resultado
fué dotar a las letras francesas de un excelente mal poeta. No fué así
por cierto el caso de Villiers. Sus padres le alentaron en sus luchas de
artista; desde los primeros años; por ley atávica existía en toda esa
familia el sentimiento de las grandezas y la confianza en todas las
victorias. Jamás dejaron de tener esperanza los buenos viejos,--principalmente
ese soberbio marqués, buscador de tesoros,--en que la cabeza de su
Matías estaba destinada para la corona, ya fuese la de los reyes, o la
verde y fresca de laurel. Si apenas logró entrever ésta en los últimos
días de su existencia,--a punto de que Verlaine le llamase «tres
glorieux»--la de crucificado del arte llevó siempre clavada, el infeliz
soñador.

Cuando Villiers llegó a París era el tiempo en que surgía el alba del
Parnaso. Entre todos aquellos brillantes luchadores su llegada causó
asombro. Coppée, Dierx, Heredia, Verlaine, le saludaron como a un
triunfante capitán. Mallarmé dice: «¡Un genio!» Así lo comprendimos
nosotros. El genio se reveló desde las primeras poesías, publicadas en
un volumen dedicado al conde Alfred de Vigny. Luego, en la «Revue
Fantaisiste» que dirigía Catulle Mendés, dió vida al personaje más
sorprendente que haya animado la literatura de este siglo: el Dr.
Tribulat Bonhomet. Solamente un soplo de Shakespeare hubiera podido
hacer vivir, respirar, obrar de ese modo, al tipo estupendo que encarna
nuestro incomparable tiempo.

El Dr. Tribulat Bonhomet, es una especie de Don Quijote trágico y
maligno, perseguidor de la Dulcinea del utilitarismo y cuya figura está
pintada de tal manera, que hace temblar. La influencia misteriosa y
honda de Poe ha prevalecido, es innegable, en la creación del personaje.

Oigamos a Huyssmans: habla de Des Esseintes: «Entonces se dirigía a
Villiers de l’Isle Adam, en cuya obra esparcida notaba observaciones aún
sediciosas, vibraciones aún espamóticas; pero que ya no dardeaban--a
excepción de su Claire Lenoir, al menos--un horror tan espantable...»

La historia de «discréte et scientifique personne, dame veuve Claire
Lenoir», que es la misma en que aparece el Dr. Bonhomet, tiene páginas
en que se cree ver un punto más allá de lo desconocido.

Shakespeare y Poe han producido semejantes relámpagos, que medio
iluminan, siquiera sea por un instante, las tinieblas de la muerte, el
obscuro reino de lo sobrenatural. Este impulso hacia lo arcano de la
vida persiste en obras posteriores, como los «Cuentos crueles», los
«Nuevos cuentos crueles», «Isis» y una de las novelas más originales y
fuertes que se hayan escrito: «La Eva futura.» Espiritualista
convencido, el autor, apoyado en Hegel y en Kant, volaba por el orbe de
las posibilidades, teniendo a su servicio la razón práctica, mientras
tomaba fuerza para ascender y asir de su túnica impalpable a Psiquis.
Tullia Fabriana, primera parte de «Isis», acusa en Villiers, a los ojos
de la crítica exigente, exageración romántica.

A esto no habría que decir sino que Tullia Fabriana fué el «Han de
Islandia» de Villiers de l’Isle Adam.

Su vida es otra novela, otro cuento, otro poema. De ella veamos, por
ejemplo, la leyenda del rey de Grecia, apoyados en las narraciones de
Laujol, Verlaine y B. Pontavice de Heussey. Dice el último: «En el año
de gracia de 1863, en la época en que el gobierno imperial irradiaba con
su más fulgurante brillo, faltaba un rey al pueblo de los helenos. Las
grandes potencias que protegían a la heroica y pequeña nación a que
Byron sacrificó su vida, Francia, Rusia, Inglaterra, se pusieron a
buscar un joven tirano constitucional para darlo a su protegida.
Napoleón III tenía en esta época voz preponderante en los congresos, y
se preguntaban con ansiedad si él presentaría un candidato y si éste
sería francés. En fin, los diarios aparecían llenos de decires y
comentarios sobre ese asunto palpitante: la cuestión griega estaba a la
orden del día. Los noticieros podían sin temor dar rienda suelta a la
imaginación, pues mientras que las otras naciones parecían haber
definitivamente escogido al hijo del rey de Dinamarca--el emperador, tan
justamente llamado «el príncipe taciturno» por su amigo de días
sombríos, Carlos Dickens, el emperador, digo, continuaba callado y
haciendo guardar su decisión. Así estaban las cosas, cuando una mañana
de principios de Marzo, el gran marqués (habla del padre de Villiers)
entra como huracán en el triste salón de la calle Saint-Honoré,
blandiendo un diario sobre su cabeza y en un indescriptible estado de
exaltación que pronto compartió toda la familia. He aquí en efecto la
extraña noticia que publicaban esa mañana muchas hojas parisienses:
«Sabemos de fuente autorizada que una nueva candidatura al trono de
Grecia acaba de brotar. El candidato esta vez es un gran señor francés,
muy conocido de todo París: el conde Matías Augusto de Villiers de
l’Isle Adam, último descendiente de la augusta línea que ha producido al
heroico defensor de Rodas y al primer gran maestre de Malta. En la
última recepción íntima del emperador, habiéndole a éste preguntado uno
de sus familiares sobre el éxito que pudiera tener esta candidatura, su
majestad ha sonreído de una manera enigmática. Todos nuestros votos al
nuevo aspirante a rey.» «Los que me han seguido hasta aquí se figurarán
seguramente el efecto que debió producir en imaginaciones como las de la
familia de Villiers semejante lectura, etc., etc.» Hasta aquí Pontevice.
Sea, pase que haya habido en la noticia antes copiada, engaño o broma de
algún mistificador; pero es el caso que en las Tullerías se le concedió
una audiencia al flamante pretendiente, para tratar del asunto en
cuestión. He allí que bien trajeado--¡no, ah, con el manto, ni la
ropilla, o la armadura de sus abuelos!--fué recibido el conde en el
palacio real, por el duque de Bassano. Villiers vivía en el mundo de sus
ensueños, y cualquier monarca moderno hubiera sido un buen burgués
delante de él, a excepción de Luis de Baviera, el loco. Matías I, el
poeta, desconcertó con sus rarezas al chambelán imperial; creyó ser
víctima de ocultos enemigos, pensó una tragedia shakespeariana en pocos
minutos; no quiso hablar sino con el emperador. «Il vous faudra done
prendre la peine de venir une autre fois, monsieur le comte, dis le duc
en se levant; sa majesté était occupée et m’avait chargé de vous
recevoir[8].» Así concluyó la pretensión al trono de Grecia, y los
griegos perdieron la oportunidad de ver resucitar los tiempos de
Píndaro, bajo el poder de un rey lírico que hubiera tenido un verdadero
cetro, una verdadera corona, un verdadero manto; y que desterrando las
abominaciones occidentales--paraguas, sombrero de pelo, periódicos,
constituciones, etc.,--la Civilización y el Progreso, con mayúsculas,
haría florecer los viejos bosques fabulosos, y celebrar el triunfo de
Homero, en templos de mármol, bajo los vuelos de las palomas y de las
abejas, y al mágico son de las ilustres cigarras.

Hay otras páginas admirables en la vida de este magnífico desgraciado.
Los comienzos de su vida literaria los han descripto afectuosamente y
elogiosamente, Coppée, Mendés, Verlaine, Mallarmé, Laujol; los últimos
momentos de su vida, nadie los ha pintado como el admirable Huyssmans.
El asunto del progreso con motivo de «Perrinet Lecrerc», drama histórico
de Lockroy y Anicet Bourgeois, dió cierto relieve al nombre de Villiers;
pues únicamente una alma como la suya hubiera intentado, con todo el
fuego de su entusiasmo, salir a la defensa de un tan antiguo antepasado
como el mariscal Jean de l’Isle Adam, difamado en la pieza dramática
antes nombrada. Después el duelo con el otro Villiers militar, que
desdeñándole antes, al llegar el momento del combate, le abraza y
reconoce su nobleza.

Algunas anécdotas y algunas palabras de Coppée:

Se refiere a la llegada de Villiers al cenáculo parnasiano: «Súbitamente
en la asamblea de poetas un grito jovial fué lanzado por todos:
¡Villiers! ¡Es Villiers! Y de repente un joven de ojos azul pálido,
piernas vacilantes, mordiendo un cigarro, moviendo con gesto capital su
cabellera desordenada y retorciendo su corto bigote rubio, entra con
aire turbado, distribuye apretones de mano distraídos, ve el piano
abierto, se sienta, y, crispados sus dedos sobre el teclado, canta con
voz que tiembla, pero cuyo acento mágico y profundo jamás olvidará
ninguno de nosotros, una melodía que acaba de improvisar en la calle,
una vaga y misteriosa melopea que acompañaba duplicando la impresión
turbadora, el bello soneto de Beaudelaire:

    Nous aurons des lits pleins d’odeurs légers.
    Des divans profonds comme des tombeaux, etc.

Después, cuando todo el mundo está encantado, el cantor, mascullando las
últimas notas de su melodía, se interrumpe bruscamente, se levanta, se
aleja del piano, va como a ocultarse a un rincón del cuarto, y
enrollando otro cigarrillo, lanza a su auditorio estupefacto un vistazo
desconfiado y circular, una mirada de Hamlet a los pies de Ofelia, en la
representación del asesinato de Gonzaga. Tal se nos apareció, hace diez
y ocho años en las amistosas reuniones de la rue de Douai, en casa de
Catulle Mendés, el conde Auguste Villiers de l’Isle Adam.»

El año de 1875 se promovió un concurso en París, para premiar con una
fuerte suma y una medalla, «al autor dramático francés que en una obra
de cuatro o cinco actos, recordara más poderosamente el episodio de la
proclamación de la independencia de los Estados Unidos, cuyo centésimo
aniversario caía en 4 de julio de 1876.» El tema habría regocijado al
Dr. Tribulat Bohomet. Villiers se decidió a optar al premio y a la
medalla.

El jurado estaba compuesto de críticos de los diarios, de Augier,
Feuillet, Legouvé, Grenville, Murray, del «Herald» de New York, Perrin
y, como presidente de honor, Víctor Hugo. El conde Matías creó una obra
ideal en un terreno prosaico y difícil.

No lo hubiera hecho de distinto modo el autor de los «Cuentos
extraordinarios.» En resumen, y, naturalmente, no se ganó el premio.

Furioso, fulminante, se dirigió nada menos que a casa del dios Hugo, que
en aquellos días estaba en la época más resplandeciente y autocrática de
su imperio. Entró y lanzó sus protestas a la faz del César literario, a
quien llegó a acusar de deslealtad, y a cuya chochez aludió.

Un señor había allí entre los príncipes de la corte, que se encaró con
Villiers y le arrojó esta frase: «¡La probidad no tiene edad, señor!»

Villiers le midió con una vaga mirada, y muy dulcemente respondió al
viejo: «Y la tontería tampoco, señor[9].»

Cuando Drumont hizo estallar su primer torpedo antisemita, con la
publicación de la _France juive_, los poderosos israelitas de París
buscaron un escritor que pudiese contestar victoriosamente la obra
formidable del panfletista. Alguien indicó a Villiers, cuya pobreza era
conocida; y se creyó comprar su limpia conciencia, y su pluma.
Enviáronle con este objeto un comisionado, sujeto de verbo y elegancia,
comerciante y hombre de mundo. Este penetró a la humilde habitación del
poeta insigne, le babeó sus adulaciones mejor hiladas, le puso sobre el
techo de la sinagoga, le expuso las injusticias persistentes e
implacables del rabioso Drumont y, por último, suplicó al descendiente
del defensor de Rodas, dijese cuál era el precio de sus escritos, pues
éste sería pagado en buenos luises de oro inmediatamente. Quizá no
habría comido Villiers ese día en que dió esta incomparable respuesta:
«¿Mi precio, señor? No ha cambiado desde Nuestro Señor Jesucristo:
¡treinta dineros!»

A Anatole France, cuando llegó un día a pedirle datos sobre sus
antepasados:

«--¡Cómo! ¡queréis que os hable del ilustre gran maestre y del célebre
mariscal, mis antepasados, así no más, en pleno sol y a las diez de la
mañana!»

En la mesa del pretendido delfín de Francia Naundorff, con motivo de un
rasgo de soberbia y de desprecio que tuvo aquél para con un buen
servidor, el conde de F... y en momentos en que este pobre anciano se
retiraba llorando avergonzado:

«--Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros títulos son decididamente
indiscutibles. ¡Tenéis la ingratitud de un rey!»

En sus últimos días, a un amigo:

«--¡Mi carne está ya madura para la tumba!»

Y como estas, innumerables frases, arranques, originalidades que
llenarían un volumen.

Su obra genial forma un hermoso zodiaco, impenetrable para la mayoría:
resplandeciente y lleno de los prestigios de la iniciación, para los
que pueden colocarse bajo su círculo de maravillosa luz. En los «Cuentos
crueles», libro que con justicia Mendés califica de «libro
extraordinario», Poe y Swift aplauden.

El dolor misterioso y profundo se os muestra, ya con una indescriptible,
falsa y penosa sonrisa, ya al húmedo brillo de las lágrimas. Pocos han
reído tan amargamente como Villiers. «Le Nouveau Monde», ese drama
confuso en el cual cruza como una creación fantástica la
protagonista--obra ante la cual Maeterlink debe inclinarse, pues si hay
hoy, drama simbolista, quien dió la nota inicial fué Villiers--, «Le
Nouveau Monde», digo, aunque difícilmente representable, queda como una
de las manifestaciones más poderosas de la moderna dramática. El
esfuerzo estético principal consiste a mi modo de ver, en la
presentación de un personaje como mistress Andrews--en el medio
norteamericano, de suyo refractario a la verdadera poesía--, tipo
rodeado de una bruma legendaria, hasta convertirse en una figura
vaporosa, encantada y poética. A Edilh Evandale sonríen cariñosa y
fraternalmente las heroínas de las baladas sajonas. La Eva Futura no
tiene precedente ninguno; es obra cósmica y única; obra de sabio y de
poeta; obra de la cual no puede hablarse en pocas palabras. Sea
suficiente decir que pudieran en su frontispicio grabarse, como un
símbolo, la Esfinge y la Quimera; que la andreida creada por Villiers no
admite comparación alguna, a no ser que sea con la Eva del Eterno Padre;
y que al acabar de leer la última página, os sentís conmovidos, pues
creéis escuchar algo de lo que murmura la Boca de Sombra. Cuando Edison
estuvo en París en 1889, alguien le hizo conocer esa novela en que el
Brujo es el principal protagonista. El inventor del fonógrafo quedó
sorprendido. «He aquí dijo, un hombre que me supera: ¡yo invento; él
crea!» «Ellen» y «Morgane», dramas. La fantasía despliega sus juegos de
colores, sus irisados abanicos. «Akedysseril», la India con sus
prestigios y visiones; coros de guerreras y guerreros, el himno de
Iadnour-Veda y la palabra de la felicidad; evocaciones de antiguos
cultos y de liturgias suntuosas y bárbaras; sacrificios y plegarias; un
poema de Oriente, en el cual la reina Akedysseril aparece, hierática y
suprema, vencedora en su esplendorosa majestad.

No cabría en los límites de este artículo una completa reseña de las
obras de Villiers; pero es imposible dejar de recordar a «Axel», el
drama que acaba de presentarse en París, gracias a los esfuerzos de una
noble y valiente escritora: Madame Tola Doirán.

«Axel», es la victoria del deseo sobre el hecho; del amor ideal sobre la
posesión. Llégase hasta renegar--según la frase de Janus--de la
naturaleza, para realizar la ascensión hacia el espíritu absoluto. Axel
como Lohengrin, es casto; fin de esa pasión ardorosa y pura, no puede
tener más desenlace que la muerte.

Ese poema dramático, escrito en un luminoso, diamantino lenguaje,
representado por excelentes artistas, y aplaudido por una muchedumbre de
admiradores de poetas, de oyentes escogidos--sin que dejase de haber,
según las crónicas, gentes «malfilatres», como diría el inmortal
maestro,--hubiera sido para él conquista soberana en vida. ¡Mas quien
fué tan desventurado, no tuvo ni esa realización de uno de sus más
fervientes deseos, en tiempos en que se ponía los pantalones de su primo
y tomaba por todo alimento diario una taza de caldo!

En 1889, en el establecimiento de los hermanos de San Juan de Dios, de
París, el conde Matías Augusto de Villiers de l’Isle Adam, descendiente
de los señores de Villiers de l’Isle Adam, de Chailly, originarios de la
Isla de Francia; quien tuvo entre sus antepasados a Pedro, gran maestre
y porta-oriflama de Francia; a Felipe gran maestre de la orden de Malta
y defensor de la isla de Rodas en el sitio impuesto por la fuerza de
Solimán; y a Francisco, marqués, «gran louvetier de France» en 1550; se
unía, en matrimonio, en el lecho de muerte, a una pobre muchacha inculta
con la cual había tenido un hijo. El reverendo padre Silvestre, que
había ayudado a bien morir a Barbey d’Aurevilly, casó al conde con su
humilde y antigua querida, la cual le había amado y servido con
adoración en sus horas amargas de enfermo y de pobre;--y el mismo fraile
preparóle para el eterno viaje. Luego, después de recibir los
sacramentos, rodeado de unos pocos amigos, entre los cuales Huyssmans,
Mallarmé y Dierx, entregó su alma a Dios el excelso poeta, el raro
artista, el rey, el soñador. Fué el 20 de Agosto de 1889. Sire, «¡Va
oultre!»

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LEON BLOY

     Je suis escorté de quelqu’un qui me chuchote sans cesse que la vie
     bien entendue doit être une continuelle persécution, tout vaillant
     homme un persécuteur, et que c’est la seule manière d’être vraiment
     poète. Persécuteur de soi-même, persécuteur du genre humain,
     persécuteur de Dieu. Celui qui n’est pas cela, soit en acte, soit
     en puissance, est indigne de respirer.

     León Bloy. (Prefacio de «Propos d’un entrepreneur de démolitions».)


Cuando William Ritter llama a León Bloy «el verdugo de la literatura
contemporánea», tiene razón.

Monsieur de París vive sombrío, aislado, como en un ambiente de espanto
y de siniestra extrañeza. Hay quienes le tienen miedo; hay muchos que le
odian; todos evitan su contacto, cual si fuese un lazarino, un apestado;
la familiaridad con la muerte ha puesto en su sér algo de espectral y de
macabro; en esa vida lívida no florece una sola rosa. ¿Cuál es su
crimen? Ser el brazo de la justicia. Es el hombre que decapita por
mandato de la ley. León Bloy es el voluntario verdugo moral de esta
generación, el Monsieur de París de la literatura, el formidable e
inflexible ejecutor de los más crueles suplicios; él azota, quema,
raja, empala y decapita; tiene el knut y el cuchillo, el aceite
hirviente y el hacha: más que todo, es un monje de la Santa Inquisición,
o un profeta iracundo que castiga con el hierro y el fuego y ofrece a
Dios el chirrido de las carnes quemadas, las disciplinas sangrientas,
los huesos quebrantados, como un homenaje, como un holocausto. «¡Hijo
mío predilecto!» le diría Torquemada.

Jamás veréis que se le cite en los diarios; la prensa parisiense, herida
por él, se ha pasado la palabra de aviso: «silencio.»

Lo mejor es no ocuparse de ese loco furioso; no escribir su nombre,
relegar a ese vociferador al manicomio del olvido... Pero resulta que el
loco clama con una voz tan tremenda y tan sonora, que se hace oir como
un clarín de la Biblia. Sus libros se solicitan casi misteriosamente;
entre ciertas gentes su nombre es una mala palabra; los señalados
editores que publican sus obras, se lavan las manos; Tresse, al dar a
luz «Propos d’un entrepreneur de démolitions», se apresura a declarar
que León Bloy es un rebelde, y que si se hace cargo de su obra, «no
acepta de ninguna manera la solidaridad de esos juicios o de esas
apreciaciones, encerrándose en su estricto deber de editor y de
«marchand de curiosités litteraires.»

León Bloy sigue adelante, cargado con su montaña de odios, sin inclinar
su frente una sola línea. Por su propia voluntad se ha consagrado a un
cruel sacerdocio. Clama sobre París como Isaías sobre Jerusalén:
«¡Príncipes de Sodoma, oid la palabra de Jehová; escuchad la ley de
nuestro Dios, pueblo de Gomorra!» Es ingenuo como un primitivo, áspero
como la verdad, robusto como un sano roble. Y ese hombre que desgarra
las entrañas de sus víctimas, ese salvaje, ese poseído de un deseo
llameante y colérico, tiene un inmenso fondo de dulzura, lleva en su
alma fuego de amor de la celeste hoguera de los serafines. No es de
estos tiempos. Si fuese cierto que las almas transmigran, diríase que
uno de aquellos fervorosos combatientes de las Cruzadas, o más bien, uno
de los predicadores antiguos que arengaban a los reyes y a los pueblos
corrompidos, se ha reencarnado en León Bloy, para venir a luchar por la
ley de Dios y por el ideal, en esta época en que se ha cometido el
asesinato del Entusiasmo y el envenenamiento del alma popular. El
desafía, desenmascara, injuria. Desnudo de deshonras y de vicios, en el
inmenso circo, armado de su fe, provoca, escupe, desjarreta, estrangula
las más temibles fieras: es el gladiador de Dios. Mas sus enemigos, los
«espadachines del Silencio», pueden decirle, gracias a la incomparable
vida actual:

    «los muertos que vos matáis,
    gozan de buena salud.»

¡Ah, desgraciadamente es la verdad! León Bloy ha rugido en el vacío.
Unas cuantas almas han respondido a sus clamores; pero mucho es que sus
propósitos de demoledor, de perseguidor, no le hayan conducido a un
verdadero martirio, bajo el poder de los Dioclecianos de la canalla
contemporánea. Decir la verdad es siempre peligroso, y gritarla de modo
tremendo como este inaudito campeón es condenarse al sacrificio
voluntario. El lo ha hecho; y tanto, que sus manos capaces de
desquijadar leones, se han ocupado en apretar el pescuezo de más de un
perrillo de cortesana. He dicho que la gran venganza ha sido el
silencio. Se ha querido aplastar con esa plancha de plomo al sublevado,
al raro, al que viene a turbar las alegrías carnavalescas con sus
imprecaciones y clarinadas. Por eso la crítica oficial ha dejado en la
sombra sus libros y sus folletos. De ellos quiero dar siquiera sea una
ligera idea.

¡Este Isaías, o mejor, este Ezequiel, apareció en el «Chat Noir!»

«Llego de tan lejos como de la luna, de un país absolutamente
impermeable a toda civilización como a toda literatura. He sido nutrido
en medio de bestias feroces, mejores que el hombre, y a ellas debo la
poca benignidad que se nota en mí. He vivido completamente desnudo hasta
estos últimos tiempos, y no he vestido decentemente sino hasta que entré
al «Chat Noir.»[10] Fué Rodolfo Salis, «le gentil homme cabaretier»,
quien le ayudó a salir a flote en el revuelto mar parisiense.

Escribió en el periódico del «cabaret» famoso, y desde sus primeros
artículos se destacaron su potente originalidad y su asombrosa bravura.
Entre las canciones de los cancioneros y los dibujos de Villete,
crepitaban los carbones encendidos de sus atroces censuras; esa crítica
no tenía precedentes; esos libelos resplandecían; ese bárbaro abofeteaba
con manopla de un hierro antiguo; jinete inaudito, en el caballo de
Saulo, dejaba un reguero de chispas sobre los guijarros de la polémica.
Sorprendió y asustó. Lo mejor, para algunos, fué tomarlo a risa.
¡Escribía en el «Chat Noir!» Pero llegó un día en que su talento se
demostró en el libro; el articulista «cabaretier» publicó «Le Revelateur
du Globe», y ese volumen tuvo un prólogo nada menos que de Barbey
d’Aurevilly.

Sí, el condestable presentó al verdugo. El conde Roselly de Lorgues
había publicado su «Historia de Cristóbal Colón» como un homenaje; y al
mismo tiempo como una protesta por la indiferencia universal para con el
descubridor de América. Su obra no obtuvo el triunfo que merecía en el
público ébrio y sediento de libros de escándalo; en cambio, Pío IX la
tomó en cuenta y nombró a su autor postulante de la Causa de
Beatificación de Cristóbal Colón, cerca de la Sagrada Congregación de
los Ritos. La historia escrita por el conde Roselly de Lorgues y su
admiración por el «Revelador del Globo» inspiraron a León Bloy ese
libro que, como he dicho, fué apadrinado por el nobilísimo y admirable
Barbey d’Aurevilly. Barbey aplaudió al «obscuro», al olvidado de la
Crítica. Hay que advertir que León Bloy es católico, apostólico, romano
intransigente--, acerado y diamantino. Es indomable e inrayable: y en su
vida íntima no se le conoce la más ligera mancha ni sombra. Por tanto,
repito, estaba en la obscuridad, a pesar de sus polémicas. No había
nacido ni nacería el onagro con cuya piel pudiera hacer sonar su bombo
en honor del autor honrado, el periodismo prostituído.

La fama no prefiere a los católicos. Hello y Barbey, han muerto en una
relativa obscuridad. Bloy, con hombros y puños, ha luchado por
sobresalir, ¡y apenas si lo ha logrado! En su «Revelador del Globo»
canta un himno a la Religión, celebra la virtud sobrenatural del
Navegante, ofrece a la iglesia del Cristo una palma de luz. Barbey se
entusiasmó, no le escatimó sus alabanzas, le proclamó el más osado y
verecundo de los escritores católicos, y le anunció el día de la
victoria, el premio de sus bregas. Le preconizó vencedor y famoso. No
fué profeta. Rara será la persona que, no digo entre nosotros, sino en
el mismo París, si le preguntáis: «¿Avez-vous la Baruch?» ¿ha leído
usted algo de León Bloy? responda afirmativamente. Está condenado por el
papado de lo mediocre: está puesto en el índice de la hipocresía social;
y, literariamente, tampoco cuenta con simpatías, ni logrará alcanzarlas,
sino en número bastante reducido. No pueden saborearle los asiduos
gustadores de los jarabes y vinos de la literatura a la moda, y menos
los comedores de pan sin sal, los porosos fabricantes de crítica
exegética, cloróticos de estilo, raquíticos o cacoquimios. ¡Cómo alzará
las manos, lleno de espanto, el rebaño de afeminados, al oir los truenos
de Bloy, sus fulminantes escatalogias, sus «cargas» proféticas y el
estallido de sus bombas de dinamita fecal!

Si el «Revelador del Globo» tuvo muy pocos lectores, los «Propos», con
el atractivo de la injuria circularon aquí, allá; la prensa,
naturalmente, ni media palabra. Aquí se declara Bloy el perseguidor y el
combatiente. Vese en él una ansia de pugilato, un gozo de correr a la
campaña semejante al del caballo bíblico, que relincha al oir el son de
las trompetas. Es poeta y es héroe y pone al lado del peligro su fuerte
pecho. El escucha una voz sobrenatural que le impulsa al combate. Como
San Macario Romano, vive acompañado de leones, mas son los suyos fieros
y sanguinarios y los arroja sobre aquello que su cólera señala.

Este artista--porque Bloy es un grande artista--se lamenta de la pérdida
del entusiasmo, de la frialdad de estos tiempos para con todo aquello
que por el cultivo del ideal o los resplandores de la fe nos pueda
salvar de la banalidad y sequedad contemporánea. Nuestros padres eran
mejores que nosotros, tenían entusiasmo por algo; buenos burgueses de
1830, valían mil veces más que nosotros. Foy, Beranger, la Libertad,
Víctor Hugo, eran motivos de lucha, dioses de la religión del
Entusiasmo. Se tenía fe, entusiasmo por alguna cosa. Hoy es el
indiferentismo como una anquilosis moral; no se piensa con ardor en
nada, no se aspira con alma y vida a ideal alguno. Eso poco más o menos
piensa el nostálgico de los tiempos pasados, que fueron mejores.

Una de las primeras víctimas de «Propos» elegida por el Sacrificador, es
un hermano suyo en creencias, un católico que ha tenido en este siglo la
preponderancia de guerrero oficial de la Iglesia, por decir así, Luis
Veuillot. A los veintidós días de muerto el redactor de «L’Univers»,
publicó Bloy en la «Nouvelle Revue» una formidable oración fúnebre, una
severísima apreciación sobre el periodista mimado de la curia.
Naturalmente, los católicos inofensivos protestaron, y el innumerable
grupo de partidarios del célebre difunto señaló aquella producción como
digna de reproches y excomuniones. Bloy no faltó a la caridad--virtud
real e imperial en la tierra y en el cielo--; lo que hizo fué descubrir
lo censurable de un hombre que había sido elevado a altura inconcebible
por el espíritu de partido, y endiosado a tal punto que apagó con sus
aureolas artificiales los rayos de astros verdaderos como los Hello y
Barbey. Bloy no quiere, no puede permanecer con los labios cerrados
delante de la injusticia; señaló al orgulloso, hizo resaltar una vez más
la carneril estupidez de la Opinión--esfinge con cabeza de asno, que
dice Pascal--, y demostró las flaquezas, hinchazones, ignorancias,
vanidades, injusticias y aun villanías del celebrado y triunfante autor
del «Perfume de Roma.» Si a los de su gremio trata implacable León Bloy,
con los declarados enemigos es dantesco en sus suplicios; a Renán ¡al
gran Renán! le empala sobre el bastón de la pedantería; a Zola le sofoca
en un ambiente sulfídrico. Grandes, medianos y pequeños son medidos con
igual rasero. Todo lo que halla al alcance de su flecha, lo ataca ese
sagitario del moderno Bajo Imperio social e intelectual. Poctevin, a
quien él con clara injusticia llama «un monsieur Francis Poctevin»,
sufre un furibundo vapuleo; Alejandro Dumas padre es el «hijo mayor de
Caín»; a Nicolardet le revuelca y golpea a puntapiés; con Richepin es de
una crueldad horrible; con Jules Vallés despreciativo e insultante;
flagela a Willette, a quien había alabado, porque prostituyó su talento
en un dibujo sacrílego; no es miel la que ofrece a Coquelin Cadet; al
padre Didon le presenta grotesco y malo; a Catulle Mendés... ¡qué
pintura la que hace de Mendés!; con motivo de una estatua de Coligny,
recordando «La cólera del Bronce», de Hugo, en su prosa renueva la
protesta del bronce colérico... azota a Flor O’Squarr, novelista
anticlerical; la fracmasonería recibe un aguacero de fuego. Hay
alabanzas a Barbey, a Rollinat, a Godeau, a muy pocos. Bloy tiene el
elogio difícil. De «Propos» dice con justicia uno de los pocos
escritores que se hayan ocupado de Bloy, que son el testamento de un
desesperado, y que después de escribir ese libro, no habría otro camino,
para su autor, si no fuese católico, que el del suicidio. No hay en León
Bloy injusticia sino exceso de celo. Se ha consagrado a aplicar a la
sociedad actual los cauterios de su palabra nerviosa e indignada. Donde
quiera que encuentra la enfermedad la denuncia. Cuando fundó «Le Pal»,
despedazó como nunca. En este periódico que no alcanzó sino a cuatro
números, desfilaban los nombres más conocidos de Francia bajo una
tempestad de epítetos corrosivos, de frases mordientes, de revelaciones
aplastadoras. El lenguaje era una mezcla de deslumbrantes metáforas y
bajas groserías, verbos impuros y adjetivos estercolarios. Como a todos
los grandes castos, a León Bloy le persiguen las imágenes carnales; y a
semejanza de poetas y videntes como Dante y Ezequiel, levanta las
palabras más indignas e impronunciables y las engasta en sus metálicos y
deslumbrantes períodos.

«Le Pal» es hoy una curiosidad bibliográfica, y la muestra más flagrante
de la fuerza rabiosa del primero de los «panfletistas» de este siglo.

Llegamos a «El Desesperado», que es a mi entender la obra maestra de
León Bloy. Más aun: juzgo que ese libro encierra una dolorosa
autobiografía. «El Desesperado» es el autor mismo, y grita denostando y
maldiciendo con toda la fuerza de su desesperación.

En esa novela, a través de pseudónimos transparentes y de nombres
fonéticamente semejantes a los de los tipos originales, se ven pasar las
figuras de los principales favoritos de la Gloria literaria actual,
desnudos, con sus lunares, cicatrices, lacras y jorobas. Marchenoir, el
protagonista, es una creación sombría y hermosa al lado de la cual
aparecen los condenados por el inflexible demoledor, como cadena de
presidiarios. Esos galeotes tienen nombres ilustres: se llaman Paul
Bourget, Sarcey, Daudet, Catulle Mendés, Armand Silvestre, Jean
Richepin, Bergerat, Jules Vallés, Wolff, Bounetain y otros, y otros.
Nunca la furia escrita ha tenido explosión igual.

Para Bloy no hay vocablo que no pueda emplearse. Brotan de sus prosas
emanaciones asfixiantes, gases ahogadores. Pensaríase que pide a
Ezequiel una parte de su plato, en la plaza pública... Y en medio de tan
profunda rabia y ferocidad indomable, ¡cómo tiembla en los ojos del
monstruo la humedad divina de las lágrimas; cómo ama el loco a los
pequeños y humildes; cómo dentro del cuerpo del oso arde el corazón de
Francisco de Asis! Su compasión envuelve a todo caído, desde Caín hasta
Bazaine.

Esa pobre prostituta que se arrepiente de su vida infame y vive con
Marchenoir, como pudiera vivir María Egipciaca con el monje Zózimo, en
amor divino y plegaria, supera a todas las Magdalenas. No puede pintarse
el arrepentimiento con mayor grandeza y León Bloy, que trata con hondo
afecto la figura de la desgraciada, en vez de escribir obra de novelista
ha escrito obra de hagiografo, igualando en su empresa, por fervor y
luces espirituales, a un Evagrio del Ponto, a un San Atanasio, a un Fra
Domenico Cavalca. Su arrepentida es una santa y una mártir: jamás del
estiércol pudiera brotar flor más digna del paraíso. Y Marchenoir es la
representación de la inmortal virtud, de la honradez eterna, en medio de
las abominaciones y de los pecados; es Lot en Sodoma. «El desesperado»
como obra literaria encierra, fuera del mérito de la novela, dos partes
magistrales: una monografía sobre la Cartuja, y un estudio sobre el
Simbolismo en la historia, que Charles Morice califica de «único», muy
justamente.

«Un brelan d’excomunniés», tríptico soberbio, las imágenes de tres
excomulgados: Barbey d’Aurevilly, Ernest Hello, Paul Verlaine: «El Niño
terrible», «El Loco» y «El Leproso.» ¿No existe en el mismo Bloy un algo
de cada uno de ellos? El nos presenta a esos tres seres prodigiosos;
Barbey, el dandy gentilhombre, a quien se llamó el duque de Guisa de la
literatura, el escritor feudal que ponía encajes y galones a su vestido
y a su estilo, y que por noble y grande hubiera podido beber en el vaso
de Carlomagno; Hello, que poseyó el verbo de los profetas y la ciencia
de los doctores; Verlaine, Pauvre Lelian, el desventurado, el caído,
pero también el harmonioso místico, el inmenso poeta del amor inmortal y
de la Virgen. Ellos son de aquellos raros a quienes Bloy quema su
incienso, porque al par que han sido grandes, han padecido naufragios y
miserias.

Como una continuación de su primer volumen sobre el «Revelador del
Globo», publicó Bloy, cuando el duque de Veraguas llevó a la tauromaquia
a París, su libro «Christophe Colombo devant les taureaux.» El honorable
ganadero de las Españas no volverá a oir sobre su cabeza ducal una voz
tan terrible hasta que escuche el clarín del día del juicio. En ese
libro alternan sones de órgano con chasquidos de látigos, himnos
cristianos y frases de Juvenal; con un encarnizamiento despiadado se asa
al noble taurófilo en el toro de bronce de Falaris. La Real Academia de
la Historia, Fernández Duro, el historiógrafo yankee Harisses, son
también objeto de las iras del libelista. Dé gracias a Dios el que fué
mi buen amigo don Luis Vidart de que todavía no se hubiesen publicado en
aquella ocasión sus folletos anticolombinos. Bloy se proclamó caballero
de Colón en una especie de sublime quijotismo, y arremetió contra todos
los enemigos de su Santo genovés.

Y he aquí una obra de pasión y de piedad, «La caballera de la muerte.»
Es la presentación apologética de la blanca paloma real sacrificada por
la Bestia revolucionaria, y al propio tiempo la condenación del siglo
pasado, «el único siglo indigno de los fastos de nuestro planeta, dice
William Ritter, siglo que sería preciso poder suprimir para castigarle
por haberse rebajado tanto.» En estas páginas, el lenguaje, si siempre
relampagueante, es noble y digno de todos los oídos.

El panegirista de María Antonieta ha elevado en memoria de la reina
guillotinada un mausoleo heráldico y sagrado, al cual todo espíritu
aristocrático y superior no puede menos que saludar con doloroso
respeto.

Los dos últimos libros de Bloy son «Le Salut par les juifs» y «Sueur de
sang.»

El primero no es por cierto en favor de los perseguidos israelitas; más
también los rayos caen sobre ciertos malos católicos: la caridad
frenética de Bloy comienza por casa. El segundo es una colección de
cuentos militares, y que son a la guerra francoprusiana lo que el
aplaudido libro de d’Esparbés a la epopeya napoleónica; con la
diferencia de que allá os queda la impresión gloriosa del vuelo del
águila de la leyenda, y aquí la Francia suda sangre... Para dar una idea
de lo que es esta reciente producción, baste con copiar la dedicatoria:

                         A LA MÉMOIRE DIFFAMÉE

                                  de

                      =François-Achille Bazaine=

                  Maréchal de l’Empire

              _Qui porta les péchés de toute la France_.

Están los cuentos basados en la realidad, por más que en ellos se llegue
a lo fantástico. Es un libro que hace daño con sus espantos sepulcrales,
sus carnicerías locas, su olor a carne quemada, a cadaverina y a
pólvora. Bloy se batió con el alemán de soldado raso; y odio como el
suyo al enemigo, no lo encontraréis. «Sueur de sang» fué ilustrado con
tres dibujos de Henry de Groux, macabros, horribles, vampirizados.

Robusto, como para las luchas, de aire enérgico y dominante, mirada
firme y honrada, frente espaciosa coronada por una cabellera en que ya
ha nevado, rostro de hombre que mucho ha sufrido y que tiene el orgullo
de su pureza: tal es León Bloy.

Un amigo mío, católico, escritor de brillante talento, y por el cual he
conocido al Perseguidor, me decía: «Este hombre se perderá por la
soberbia de su virtud, y por su falta de caridad.» Se perdería si
tuviese las alucinaciones de un Lamennais, y si no latiese en él un
corazón antiguo, lleno de verdadera fe y de santo entusiasmo.

Es el hombre destinado por Dios para clamar en medio de nuestras
humillaciones presentes. El siente que «alguien» le dice al oído que
debe cumplir con su misión de Perseguidor, y la cumple, aunque a su voz
se hagan los indiferentes los «príncipes de Sodoma» y las «Archiduquesas
de Gomorra». Tiene la vasta fuerza de ser un fanático. El fanatismo, en
cualquier terreno, es el calor, es la vida: indica que el alma está toda
entera en su obra de elección. ¡El fanatismo es soplo que viene de lo
alto, luz que irradia en los nimbos y aureolas de los santos y de los
genios!

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[imagen: M. JEAN RICHEPIN]

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JEAN RICHEPIN

A PROPÓSITO DE «MES PARADIS»


Para frontispicio de estas líneas, ¿qué pintor, qué dibujante puede
darme retrato mejor que el que ha hecho Teodoro de Banville, en este
precioso esmalte?

«Este cantor, de toisón y negro rostro ambarino, ha resuelto parecerse a
un príncipe indio, sin duda con el objeto de poder desparramar, sin
llamar la atención, un montón de perlas, de rubíes, de zafiros y de
crisólitos. Sus cejas rectas casi se juntan, y sus ojos hundidos, de
pupilas grises, estriados y circulados de amarillo, permanecen
comunmente como durmientes y turbados, coléricos, lanzan relámpagos de
acero. La nariz pequeña, casi recta, redondamente terminada, tiene las
ventanillas móviles y expresivas; la boca pequeña, roja, bien modelada y
dibujada, finamente voluptuosa y amorosa; los dientes cortos, estrechos,
blancos, bien ordenados, sólidos como para comer hierro; dan una
original y viril belleza al poeta de las «Caricias.» La largura
avanzada de la mandíbula inferior, desaparece bajo la linda barba rizada
y ahorquillada; y ocultando sin duda una alta y espaciosa frente, de la
cima del cráneo se precipita hasta sobre los ojos una mar de hondas
apretadas: es la espesa y brillante y negra y ondulante cabellera.»
Confrontando esta pintura con la agua-fuerte de León Bloy, la fisonomía
adquiere sus rasgos absolutos: sea al amor de aquella cariñosa efigie, o
al corrosivo efecto de los ácidos del panfletista, la figura de Richepin
es interesante y hermosa. Robusto y gallardo, tiene a orgullo el ser
turanio, bohemio, cómico y gimnasta. Hace sus versos a su imagen y
semejanza, bien vertebrados y musculosos; monta bien en Pegaso como
domaría potros en la pampa; alza los cantos metálicos de sus poemas como
un hércules sus esferas de hierro, y juega con ellos, haciendo gala de
bíceps, potente y sanguíneo. En el feudalismo artístico en que Hugo es
Burgrave, Richepin es barón bárbaro, gran cazador cuyo cuerno asorda el
bosque y a cuyo halalí pasa la tempestuosa tropa cinegética, en un
galope ronco y sonoro, tras la furia erizada y fugitiva de los jabalíes
y los vuelos violentos de los ciervos.

Los que le colocan en el principado del «cabotinismo», ¿no creen que
tenga derecho este hombre fuerte a cortarle la cola a su león?

No son pocos los golpes que ha recibido y recibe, desde la catapulta de
Bloy hasta las flechas rabelesianas de Laurent Tailhade. A todos
resiste, acorazando su carne de atleta con las planchas de bronce de su
confiada soberbia. Busca lo rojo, como los toros, los negros y las
mujeres andaluzas, princesas de los claveles: de sus instrumentos el
tímpano y la trompeta; de sus bebidas el vino, hermano de la sangre; de
sus flores las rosas pletóricas: de su mar las ásperas sales, los iodos
y los fósforos. Como Baudelaire, revienta petardos verbales para
espantar esas cosas que se llaman «las gentes.» No de otro modo puede
tomarse la ocurrencia que Bloy asegura haber oído de sus labios,
superior, indudablemente, a la del jardinero de las «Flores del Mal»,
que alababa el sabor de los sesos de niño...

La «chanson des gueux», fué la fanfarria que anunció la entrada de ese
vencedor que se ciñó su corona de laureles en los bancos de la policía
correccional. «Mon livre n’a point de feuille de vigne et je m’en
flatte.» Voluntariamente encanallado, canta a la canalla, se enrola en
las turbas de los perdidos, repite las canciones de los mendigos, los
estribillos de las prostitutas; engasta en un oro lírico las perlas
enfermas de los burdeles; Píndaro «atorrante» suelta las alondras de sus
odas desde el arrollo. Los jaques de Quevedo no vestían los harapos de
púrpura de esos jaques; los borrachos de Villón no cantaban más
triunfantemente que esos borrachos. Cínica y grosera, la musa
arremangada baila un «chahut» vertiginoso; vemos a un mismo tiempo el
Moulin Rouge y el Olimpo; las páginas están impregnadas de acres
perfumes; brilla la tea anárquica; los pobres cantan la canción del oro;
el coro de las nueve hermanas, ya en ritmos tristes o en rimas joviales,
se expresa en «argot»; la Miseria, gitana pálida y embriagada, danza un
prodigioso paso, y de Orión y Arturo forma sus castañuelas de oro. La
creación tiene su himno; las bestias, las plantas, las cosas, exhalan su
aliento o su voz; los jóvenes vagabundos se juntan con los ancianos
limosneros; el son del pifferaro responde a la romanza gastada del
organillo. Oid un canto a Raul Pouchon, valiente cancionero de París,
mientras rimando una frase en griego de Platón, se prepara el juglar a
disculparse de su amor por las máscaras, apoyado en el brazo de
Shakespeare.

Se ha dicho que no es la voz de los verdaderos «gueux» la que ha sonado
en la bocina de Richepin, y que su sentimiento popular es falsificado;
el mismo Arístides Bruant, clarín de la canción, le aplaude con
reservas y señala su falta de sinceridad. No he de juzgar por esto menos
poeta a quien ha revestido con las más bellas preseas de la harmonía el
poema vasto y profundo de los miserables.

En «Las Caricias» se ve al virtuoso, al ejecutante, al organista del
verso; acuña sonetos como medallas y esterlinas; tiene la ligereza y el
vigor; chispas y llamaradas, saltantes «pizzicati» y prestigiosas fugas.

Como tirada por catorce cisnes, la barca del soneto recorre el lago de
la universal poesía; a su paso saluda el piloto paraísos de Grecia,
encantadas islas medioevales, soñadas Cápuas, divinos Eldorados; hasta
anclar cerca de un edén Watteau, que se percibe en el país de un abanico
de catorce varillas. La delicadeza y distinción del poeta dan a entender
que lo púgil no quita lo Buckingham.

En este poema, como en todos los poemas, como en todos los libros de
Richepin, encontraréis la obsesión de la carne, una furia erótica
manifestada en símiles sexuales, una fraseología plástico-genital que
cantaridiza la estrofa hasta hacerla vibrar como aguijoneada por cálida
brama; un culto fálico comparable al que brilla con carbones de un
adorable y dominante infierno en los versos del raro, total, soberano
poeta del amor epidérmico y omnipotente: Algernon C. Swinburne.

Al eco de un rondó vais al país de las hadas y de los príncipes de los
cuentos azules; huelen los campos florecidos de madrigales; tras el
reino de Floreal, Thermidor os enseñará su región, en donde a la
entrada, se balancea un macabro ahorcado alegre, que me hace recordar
cierta agua-fuerte de Felicien Rops, que apareció en el frontispicio de
las poesías del belga Théodore Hannon. Tras las brumas de Brumario,
Nivoso dirige sus bailarinas en un amargo cancán; y después de estas
caricias, de estas «Caricias», queda en el ánimo una pena tan honda,
como la que aprieta y persigue a los fornicarios en los tratados de los
fisiólogos y la anunciada en los versículos de los libros santos.

En «Las Blasfemias» brota una demencia vertiginosa. El título no más del
poema, toca un bombo infamante. Lo han tocado antes, Baudelaire con sus
«Letanías de Satán» y el autor de la «Oda a Priapo.» Esos títulos son
comparables a los que decoran, con cromos vistosos los editores de
cuentos obscenos. «¡Atención, señores! ¡Voy a blasfemar!» ¿Se quiere
mayor atractivo para el hombre, cuyo sentido más desarrollado es el que
Poe llamaba el sentido de perversidad? Y he aquí que aunque la protesta
de hablar palabras sinceras manifestada por Richepin, sea clara y
franca, yo,--sin permitirme formar coro junto con los que le llaman
cabotín y farsante,--miro en su loco hervor de ideas negativas y de
revueltas espumas metafísicas, a un peregrino sediento, a un gran poeta
errante en un calcinado desierto, lleno de desesperación y de deseo, y
que por no encontrar el oasis y la fuente de frescas aguas, maldice,
jura y blasfema. Cuando más, me acercaría a la sombra de Guyau, y vería
en esta obra única y resonante, un concierto de ideas desbarajustadas,
una harmonía de sonidos en un desorden de pensamientos, un capricho de
portalira que quiere asombrar a su auditorio con el estruendo de sonatas
estupendas y originales. De otro modo no se explicaría ese paradojal
grupo de sonetos amargos, en el que las más fundamentales ideas de moral
se ven destrozadas y empapadas en las más abominables deyecciones.

Ese soneto sobre Padre y Madre, forma pareja con la célebre frase
frigorífica que León Bloy asegura haber oído de boca de Richepin. El
carnaval teológico que en las «Blasfemias» constituye la diversión
principal de la fiesta del ateo, con sus cópulas inauditas y sus
sacrílegos cuadros imaginarios, sería motivo para dar razón al
iconoclasta Max Nordau, en sus diagnósticos y afirmaciones. Pocas veces
habrá caído la fantasía en una histeria, en una epilepsia igual; sus
espumas asustan, sus contorsiones la encorvan como un arco de acero, sus
huesos crujen, sus dientes rechinan, sus gritos son clamores de
ninfomaníaca; el sadismo se junta a la profanación: ese vuelo de
estrofas condenadas precisa el exorcismo, la desinfección mística, el
agua bendita, las blancas hostias, un lirio del santuario, un balido del
cordero pascual. La cuadrilla infernal de los dioses caídos no puede ser
acompañada sino por el órgano del Silencio. Habla el ateo con las
estrellas, para quedar más fuerte en su negación, y su plegaria, cuando
parodia la oración, como un pájaro sin alas, cae. El judío errante dice
bien sus alejandrinos y prosigue su marcha. Las letanías de Baudelaire
tienen su mejor paráfrasis en la apología que hace Richepin del
Bajísimo.

Con una rodilla en tierra, y en vibrantes versos, entona, él también su
¡Pape Satán, Pape Satán alepe! Mas donde se retrata su tipo desastrado,
es en las que él llama canciones de la sangre: su árbol genealógico
florece rosas de Bohemia: sus antepasados espirituales están entre los
invasores, los parias, los bandidos cabalgantes, los soldados de Atila,
los florentinos asesinos, los atormentadores, los sucubos, los
hechiceros, y los gitanos.

En esas canciones se encuentra una estrofa harmoniosísima que Guyau
considera como la mejor imitación fonética del galope del caballo,
olvidando el ilustre sabio el verso que todos sabemos desde el colegio:

      Cuadrupedantem puten sonitu quatit
    ungula campum...

Nada existe de divino para el comedor de ideales; y si hace tabla rasa
con los dioses de todos los cultos y con los mitos de todas las
religiones, no por eso deja de decir a la Razón desvergüenzas, de
abominar a la Naturaleza, montón de deyecciones, según él, y de reirse,
tonante y burlón, del Progreso, para señalarse como precursor de un
Cristo venidero cuya aparición saluda, el blasfemo, con los tubos de sus
trompetas alejandrinas. Eran sus intenciones, según confesión propia,
cuando echó al mundo ese poema candente y escandaloso, instaurar a su
modo una moral, una política y una cosmogonía materialista. Para esto
debía publicar después de las «Blasfemias», el «Paraíso del Ateo», el
«Evangelio del Antecristo» y las «Canciones eternas.» El poema nuevo
«Mis paraísos» corresponde a aquel plan.

Una palabra siquiera sobre una de las obras más fuertes, quizá la más
fuerte, de Jean Richepin: «El Mar.» Desde Lucrecio hasta nuestros días,
no ha vibrado nunca con mayor ímpetu el alma de las cosas, la expresión
de la materia, como en esa abrumadora sucesión de consonantes que olea,
sala, respira, tiene flujo y reflujo, y toda la agitación y todo el
encanto vencedor de la inmensidad marina. De todos los que han rimado o
escrito sobre el mar, tan solamente Tristán Corbiére (de la academia
hermética de los escogidos), ha hecho cantar mejor la lengua de la onda
y del viento, la melodía oceánica. Hay que saber que Richepin, como
Corbière, conoce prácticamente las aventuras de los marineros y de los
pescadores, y bajo sus pies ha sentido los sacudimientos de la piel azul
de la hidra. No sé si de grumete empezó; pero sí que ha hecho la
guardia, a la media noche, delante de la mirada de oro de las estrellas;
y envuelto en la bruma de las madrugadas, ha dicho entre dientes las
canciones que saben los lobos de mar. Loti delante de él es un
«sportman», un «yachtman»; René Maizeroy, un elegante que va a tomar las
aguas a Trouville; Michelet, un admirable profesor; solamente Corbière
le presta su pipa y su cuchillo y le aplaude cuando salmodia sus
cristalizadas letanías, o enmarca maravillosas marinas que no han sabido
crear los pintores de Holanda, o retrata y esculpe los tipos de a
bordo, o con la linterna mágica de un poder imaginativo excepcional
ilumina cuadros fantasmagóricos sobre las olas, concertando la muda
melodía de los castos astros con la polémica eterna de las ebrias
espumas.

El Richepin prosista ha cosechado laureles y silbas; pues si con sus
cuadros urbanos de París ha realizado una obra única, con sus novelas ha
llegado hasta las puertas aterradoras del folletín. Jamás creería yo en
un rebajamiento intelectual de tan alado poeta, y no seré de los que lo
aburguesan, a causa de tal o cual producción; y que son los mismos que
llaman a Zola «un monsieur a génie.» Mme. André se va con sus tristezas
humanas; y «Braves gens» junto con Miark, ceden el paso al «conteur.»
Pues si algún poder tiene Richepin después del de lírico, es el que le
dá la forma rápida y vivaz del cuento. Ya nos pinte las intimidades de
los cómicos, a los cuales le acerca una simpatía irresistible; ya vaya
al jardín de Poe a cortar adelfas o arrancar mandrágoras, al lívido
resplandor de las pesadillas; ya juegue con la muerte, o se declare
paladín de anarquistas, humillando, mal poeta en esto, la idea
indestructible de las jerarquías, su palabra tiene carne y sangre, vive
y se agita, y os hará estremecer.

En «Mes Paradis» hay ya una ascensión. Como las «Blasfemias», el poema
está dedicado a Maurice Bouchor. Quien, espiritual y místico, deberá
aplaudir el cambio experimentado en el ateo. Ya no todo está regido por
la fatalidad, ni el Mal es el invencible emperador. La explicación podrá
quizá encontrarse en esta declaración del poeta: «Las Blasfemias» fueron
escritas de veinte a treinta años, y «Mis Paraísos», de treinta a
cuarenta.» Comienza su último poema con un tono casi prosáico, y
protesta su buena voluntad y la sinceridad de su pensamiento. Buen
gladiador, hace su saludo antes de entrar en la lucha. Luego, las
primeras bestias fieras que le salen al encuentro son dragones de
ensueño, o frías víboras bíblicas que nos vienen a repetir una vez más
que en el fondo de toda copa hay amargura, y que la rosa tiene su espina
y la mujer su engaño. Vuelve Richepin a ver al diablo, a quien canta en
sonoros versos de pie quebrado; antes le había visto igual físicamente a
un hermano de Bouchor, ahora le adula, le ruega y le habla en su idioma,
como un ferviente adorador de las misas negras.

Pero no todo es negación, puesto que hay una voz secreta que pone en el
cerebro del soñador la simiente de la probabilidad.

Para ser discípulo del demonio, Richepin filosofa demasiado, y, sobre
todo, el tejido de su filosofía sopla un buen aire que augura tiempo
mejor. La barca en que va, con rumbo a las Islas de Oro, pasa por muchos
escollos, es cierto; pero esto nos da motivo para oir el suave son de
muy lindas baladas. Sensual sobre todo, el predicador del culto de la
materia nos dice cosas viejas y bien sabidas. ¿Es acaso nuevo el
principio que resume la mayor parte de estas primeras poesías: «comamos,
bebamos, gocemos, que mañana todo habrá concluído?» ¿O este otro: «vale
más pájaro en mano que buitre volando?» Oh, sí; los panales, las rosas,
los senos de las mujeres, las uvas y los vinos, son cosas que nos
halagan y encantan; pero ¿esto es todo? Diré con el mismo Richepin:
«Poète, n’as tu pas des ailes?»

El amor a los humildes se advierte en toda esta obra; no un amor que se
cierne desde la altura del numen, sino un compañerismo fraternal que
junta al poeta con los «gueux» de antaño. Las canciones transcienden a
olores tabernarios. Decididamente, ese duque vestido de oro tiene una
tendencia marcada al «atorrantismo.» Gracias a Dios, que buen aire ha
inflado las velas y tenemos a la vista las costas de las anunciadas
áureas islas. Sabemos aquí que la vida vale la pena de nacer; que
nuestro cuerpo tiene un reino extenso y rico; que nada hay como el
placer, y que la felicidad consiste en la satisfacción de nuestros
instintos. Islas de oro pálido, islas de oro negro, islas de oro rojo,
¿son estas las flores que brotan en vuestras maravillosas campiñas?

Lo que llama al paso mi atención son dos coincidencias que no tocan en
nada la amazónica originalidad de Richepin, pero me traen a la memoria
conocidísimas obras de dos grandes maestros. En la página 229 de «Mes
Paradis» tiembla la cabellera de Gautier, y en página 368 se lee:

      Enivre-toi quand même, et non moins follement,
    de tout ce qui survit au rapide moment,
    des chimères, de l’art, du beau, du vin, des rêves
    qu’on vendange en passant aux réalités brèves, etc.

Lo cual se encuentra más o menos en uno de los admirables poemas en
prosa de Baudelaire.

Todo hay, en fin, en esas islas de oro: maravillas de poesía satiriaca,
estrofas en que ha querido demostrar Richepin como él también puede
igualar las exquisiteces de la poética simbolista; paisajes de suprema
belleza, decoraciones orientales, ritmos y estrofas de una lengua
asiática en que triunfa el millonario de vocablos y de recursos
artísticos; relámpagos de pasión y ternuras súbitas; las apoteosis del
hogar y la poetización de las cosas más prosáicas; las flautas y harpas
de Verlaine se unen a las orquestas parnasianas; el treno, el terceto
monorrimo de los himnos latinos precede al verso libre; el elogio de la
palabra está hecho en alejandrinos que parecen continuación de los
célebres de Hugo, y si turba la harmonía órfica la obsesión de la
metafísica, pronto nos salva de la confusión o del aburrimiento al
galope metálico y musical de las cuádrigas de hemistiquios. En largo
discurso rimado nos explicará por qué es a veces prosáico, o trivial. Su
pensamiento pesa mucho, y no pueden arrastrarlo en ocasiones las
palabras.

Islas de oro pálido, islas de oro rubio, islas de oro negro, todas sois
como países de ensueño. No hay arcos de plata y flores para recibir al
catecúmeno. Richepin no es aún el elegido de la Fe. Lo que hay de
consolador y de divino en este poema es que al concluir presenciamos la
apoteosis del amor. Y el Amor lleva a Dios tanto o más que la Fe. Amor
carnal, amor ideal, amor de todas las cosas, atracción, imán, beso,
simpatía, rima, ritmo, ¡el amor es la visión de Dios sobre la faz de la
tierra!

Y pues que vamos a esos paraísos, a esas islas de oro, celebremos la
blancura de las velas de seda, el vuelo de los remos, el marfil del
timón, la proa dorada, curva como un brazo de lira, el agua azul, ¡y la
eterna corona de diamantes de la Reina Poesía!

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JEAN MOREAS


El retrato que el holandés Byvanck hizo de Moreas en un libro publicado
no ha mucho tiempo, no es de una completa exactitud. Moreas no está
contento con la imagen pintada por el Teniers filólogo, como llama
Anatole France al profesor de Hilversum. Ha llegado hasta calificar a
éste, en el calor de la conversación, sencillamente de «imbécil.»
Palabra que no osé contradecir, aunque me pareció harto dura e injusta,
y de todo punto inaplicable para el excelente villonista, para el «sabio
pensativo» para quien, según el mismo France, con todo y ser filólogo,
se interesa por el movimiento intelectual...

Cierto es que en su libro, a vuelta de justos elogios y de una
admiración que demuestra indudablemente su sinceridad, nos ha dado un
Moreas caricatural, un Moreas inadmisible para los que tenemos el gusto
de conocerle. Y no puede ser excusa salvadora, el que las anécdotas
bufas referentes al poeta estén en la narración de Byvanck puestas en
los labios de antiguos amigos del hoy jefe de la escuela romana. ¡Todo
lo contrario! Bien sabe el pensador de Holanda que del «cher confrère» y
del «cher maître» gustan mucho los dientes literarios en todas partes
del mundo... Un mordisco al «querido compañero», un arañazo al «querido
maestro», no hay nada mejor, principalmente cuando ello va acompañado
con la salsa del ridículo! Es un don especial del lobo humano. Al lobo
humano parece que el arte le pusiese en el hígado una extraña y áspera
bilis. Hasta hoy no se ha visto sino muy raras veces una amistad
profunda, verdadera, desinteresada, y dulcemente franca, entre dos
hombres de letras. ¡Y los poetas, esos amables y luminosos pájaros de
alas azules! Los triunfos de Moreas, enconaron a muchos de sus colegas.
El banquete que se dió, cuando la aparición del primer «Pelerin
Passionné» fué causa de bastantes rencores. No impunemente se logra una
victoria.

Moreas, si es que era tal como aparece retratado en el libro de Byvanck,
ha cambiado en dos años muy mucho. Cierto es que hay algo en él del
espadachín idealizado en sus hermosos versos:

      La main de noir gantée a la hanche campée,
    avec sa toque à plume, avec sa longue epée,
    il passe sous les hauts balcons indolemment.

Por lo demás, si usa siempre el «monocle», no dice «Píndaro y yo», ni se
admira de tener las manos blancas y finas. La «toque a plume» es un
flamante sombrero de copa; su traje es correcto, de intachable corte.
Alta y serena frente; cabello de klepto; porque, como en París se sabe,
Moreas, es griego de Galia.

«No es un pachá, es un klepto de negra cabellera.» Cuerpo fuerte y bien
erguido, manos aristocráticas, el aire un si es no es altivo y
sonrientemente desdeñoso; gestos de gran señor de raza; bigotes bien
cuidados. Y entre todo esto, una nariz soberbia y orgullosa, a
propósito de la cual, un periodista risueño, ha dicho que Moreas es
semejante a una cacatúa.

¿Qué misteriosa razón hará que ese apéndice facial llame tanto la
atención de la crítica? La nariz de Moreas es, vuelvo a repetirlo, una
soberbia y orgullosa nariz, ni atrozmente aumentada con un garbanzo,
como la de Cicerón, ni tan desarrollada como la de Cornéille, ni fea
hasta la provocación y el insulto, como la de Cyrano de Bergerac. En
resumen, nuestro poeta tiene un gallardo tipo de caballero.

Con ropilla y sombrero emplumado, se podría afirmar: «Velázquez pinxit.»
Como Ronsard y como Chenier tiene en las venas sangre de Grecia. Su
familia es originaria del Epiro y su apellido es ilustre: Diamanto;
precedido de la palabra Papa, y seguido de la terminación «poulos», lo
primero para indicar que hay entre los miembros que ilustran la casa, un
gerarca de la iglesia, y lo segundo, que es en griego equivalente al
«off», al «vitch» o al «ski» slavos. A principios del siglo, esa familia
de nombre inmenso, «Papadiamantopoulos», emigró al Peloponeso, a la
Morea; y de aquí el nuevo nombre, el nombre adoptivo hoy en uso. El
poeta es de raza de héroes. Su abuelo fué un gran luchador por la
libertad de la Grecia. Su padre había quedado en la capital y era
dignatario de la corte del rey bávaro Othon, impuesto por las potencias.
«Y aquí,--decía Moreas a Byvanck,--y aquí comienza la historia de mi
rebelión. Mis padres habían concebido una alta idea de mi porvenir y
querían enviarme a Alemania, donde recibiría una buena educación. Hay
que recordar que la influencia alemana prevalecía en la corte. Había
aprendido a un tiempo griego y francés, y no separaba ambas lenguas.
Quería ver la Francia; niño aun, ya tenía la nostalgia de París.
Creyeron forzar mi resistencia, enviándome a Alemania, y me volví dos
veces. En fin, me fuí a Marsella y de allí a París. Era que el destino
me señalaba mi ruta; pues yo era aún muy joven para darme cuenta de mis
acciones. He sufrido horriblemente; pero no me he dejado abatir y he
mantenido alta la cabeza. Mi familia me reprochaba mi pereza,--según sus
palabras,--y hacía espejear ante mis ojos el alto empleo que hubiera
podido obtener en Atenas. Pero basta. Se siente uno herido en lo más
vivo cuando las personas que ama no le comprenden, y aun le hieren. Yo
nunca he hablado de esto con nadie...»

Y he ahí que ha llegado en la terrible ciudad de la gloria a
conquistarse un envidiado nombre. Después de brega y sufrimiento, el
desconocido es ya «alguien.» Anatole France, a quien siempre habrá que
citar, le llama «el poeta pindárico de palabras lapidarias.» Si Moreas
no fuese tan descuidado de su renombre, si tuviese el don de intriga y
de acomodaticia humildad de muchos de los que fueron antaño sus
compañeros, su gloria habría sido sonoramente cantada por el clarín
prostituído de la Fama fácil. Mas el joven «centauricida» está acorazado
de orgullo, casqueado de desdén olímpico. Alrededor de ese orgullo y ese
desdén, se ha formado más de una leyenda, que circula por los cafés
estudiantiles y literarios del Barrio Latino.

Ya es el Moreas hinchado de pretensiones, irrespetuoso con los genios,
con los Santos Padres de las letras, que observa con su «monocle» a
Píndaro, que blasfema de Hugo y acepta con reservas a Leconte de Lisle;
ya es el Narciso que se deleita con su belleza en un espejo de
cervecería; ya es el corifeo de las primeras armas, que entraba al café
seguido de una cohorte de acólitos papanatas; ya es el rival de
Verlaine, que ve de reojo al fauno maldito; ya el recitador de sus
propios versos, que se alaba pontifical y descaradamente, delante de un
concurso asombrado o burlón. Después de todo, la mala voluntad ha
quedado vencida. No hay sino que reconocer en el autor del «Pelerin
Passionné», a un egregio poeta. «El único,--dice el escritor
holandés,--que en todo el mundo civilizado puede hablar de su Lira y de
su Musa, sin caer en ridículo.» Moreas ha tomado muchos rumbos antes de
seguir la senda que hoy lleva. El apareció en el campo de las letras,
como revolucionario. Una nueva escuela acababa de surgir, opuesta hasta
cierto punto a la corriente poderosa de Víctor Hugo y sus hijos los
parnasianos; y en todo y por todo, a la invasión creciente del
naturalismo, cuyo pontífice aparecía como un formidable segador de
ideales. Los nuevos luchadores quisieron librar a los espíritus
enamorados de lo bello, de la peste Rougon y de la plaga Macquart.
Artistas, ante todo, eran, entusiastas y bravos, los voluntarios del
Arte.

Tales fueron los decadentes, unidos en un principio, y después separados
por la más extraña de las anarquías, en grupos, subgrupos, variados y
curiosos cenáculos. Moreas, como queda dicho, fué uno de los primeros
combatientes; él, como un decidido y convencido adalid, tuvo que
sostener el brillo de la flamante bandera, contra los innumerables
ataques de los contrarios. Casi toda la prensa parisiense disparaba sus
baterías sobre los recién llegados. Paul Bourde se alzaba implacable en
su burla, desde las columnas del «Temps.» Llamaba a los decadentes con
tono de reproche, hijos de Baudelaire; dirigía sus más certeros
proyectiles contra Mallarmé, Moreas, Laurent Tailhade, Vignier y Charles
Morice; y pintaba a los odiados reformadores, con colores chillones y
extravagantes perfiles. Todos ellos no eran sino una muchedumbre de
histéricos, un club de chiflados. Las fantasías escritas de Moreas, eran
según el crítico, sentidas y vividas. ¿El joven poeta quería ser Khan de
Tartaria, o de no sé dónde, en un bello verso? Pues eso era muestra de
un innegable desorden intelectual. Moreas era un sujeto sospechoso, de
deseos crueles y bárbaros. Además, los decadentes eran enemigos de la
salud, de la alegría, de la vida, en fin. Moreas contestó a Bourde
tranquilo y bizarramente. Le dijo al escritor del más grave de los
diarios que no había motivo para tanta algarada; que el distinguido
señor Bourde se hacía eco de fútiles anécdotas inventadas por alegres
desocupados; que ellos, los decadentes, gustaban del buen vino, y eran
poco afectos a las caricias de la diosa Morfina; que preferían beber en
vasos, como el común de los mortales, y no en el cráneo de sus abuelos;
y que, por la noche, en vez de ir al sábado de los diablos y de las
brujas, trabajaban. Defendió a la censurada Melancolía, de la Risa gala,
su gorda y sana enemiga. «Esquilo, dijo, Dante, Shakespeare, Byron,
Goethe, Lamartine, Hugo, los grandes poetas, no parece que hayan visto
en la vida una loca kermesse de infladas alegrías.» Fué el campeón de
las lágrimas. Después se ocupó de la exterioridad de la poesía decadente
y expuso sus cánones. Al poco tiempo apareció en el «Fígaro» un
manifiesto de Moreas. Fué la declaratoria de la evolución, la
anunciación «oficial» del simbolismo. Los simbolistas eran para los
románticos rezagados y para el naturalismo, lo que el romanticismo para
los pelucas de 1830. ¿Pero no eran ellos los de la joven falanje, nietos
de Víctor Hugo?

Ese célebre manifiesto en que aparecían declarados los principios del
simbolismo, el organismo de la naciente escuela, su ritual artístico, su
teoría, sus intentos y sus esperanzas, fué analizado y combatido por
Anatole France con la manera magistral y la superior fuerza que
distinguen a ese escritor. Moreas respondióle, en unas cuantas líneas,
con caballeresca cortesía, manteniendo, buen paladín, sus ideas. De esto
hace ya algunos años.

Moreas desdeña hoy, mira con cierta reprochable falta de cariño, sus
primeras producciones. ¿Por qué? Ellas marcan el sendero que debía
seguir el talento del autor, son los vuelos en que se ensayaban las
alas, y para el observador o el biógrafo, constituyen valiosísimos
documentos. Nuestro poeta no habla nunca de sus trabajos en prosa. Como
todo verdadero poeta, es un excelente prosador. A pesar de las
inextrincables montañas simbólicas y de las raras brumas, amontonadas en
el «The chez Miranda», o en las «Demoiselles Gobert», ambas obras
escritas en colaboración con Paul Adam, esos dos trabajos primigenios
son ya un augurio de poder y de victoria. Hay en ellos riqueza, derroche
de intelectualidad y de pasión artística. Son revuelta y amontonada
pedrería, joyas regadas; lujo desbordado de la fantasía, locura de
ansioso príncipe adolescente. ¿Que hay distancia de esos libros al
último «Pelerín?» Claro está.

«He crecido»,--dice Hugo en una célebre epístola. El antiguo camarada de
Moreas, el Paul Adam de estos momentos, que corona de gemas ilustres la
cabeza hierática de las princesas bizantinas, ¿no empieza a mostrar los
quilates de sus oros y diamantes allá, al principio, cuando los tanteos
de su pluma delineaban los contornos de un estilo prestigioso y potente?

El Moreas de «Les Syrtes», no es, en verdad, el lírico capitolino y
regio de los últimos poemas; sin embargo, algunos proferirían muchos de
esos primeros versos a varias de las sinfonías verbales recientemente
escritas por el joven maestro. La razón de esto quizá esté en que hay en
la primavera de su poesía más pasión y menos ciencia. Es innegable que
la orquestación exquisita del verso libre, «la máquina del poema
poliformo modernísimo», son esfuerzos que seducen; más es irresistible
aquella magia, de los vuelos de palomas, de las frescas rosas, bien
rimadas en estrofas harmónicas: la consonancia dulce de los labios,
luciente de los ojos, ideal y celeste de las alas y el lenguaje de la
pasión y de la juventud.

Esto, volviendo a afirmar que el verso libre, tal como hoy impera en la
poética francesa, es en manos de una legión triunfante de rimadores,
instrumento precioso, teclado insigne y vasto de incomparable polifonía.
Mas volvamos a los primeros versos de Moreas. «¡Syrtis inhóspita!» Clama
Ovidio. «Incerta Syrtis», dice Séneca. Aun no ha acabado la aurora de
esperezarse, y ya la barca del joven soñador ha padecido la rudeza de
los escollos. ¡El poeta empieza por el recuerdo! Ya hay un tiempo ido,
al cual el alma vuelve los nostálgicos ojos. Quizá no es la culpa del
sonador. El viene después del enfermo René y del triste Olimpio.

Es el invierno. Arde en la chimenea

    El fuero brillador que estalla en chispas,

como dice un poeta mi amigo a quien quiero mucho. Fuera pasan los
vientos de la fría estación. Dentro, el gato mayador se enarca y se
estira lánguidamente. Algo flota sobre la ramazón bordada de los
cortinajes.

Es el pasado; es el pasado, que clama lamentando las ternuras acabadas y
los amores difuntos. El recuerdo vuela primero al divino país de Grecia.
Allá es donde «bajo los cielos áticos los crepúsculos radiosos tiñen de
amatista los dioses esculpidos en los frisos de los pórticos; donde en
el follaje argentado de los árboles de torsos flacos, crepitan las
agrias cigarras, ebrias de las copas del Estío.» Es en la tierra de las
olímpicas divinidades y, de las musas, donde la virgen helénica, de
florecientes senos, despertó el amor del adolescente, poniendo el
embriagador vino del primer beso sobre sus labios secos de sed. Luego
pasará la dama enigmática, encarnación del inmortal femenino. Va en una
barca mágica o en una góndola amorosa, y a su paso hacen vibrar el aire
los «pizzicatti» de las mandolinas. Es la mujer ideal del ensueño largo
tiempo acariciado, la dama que se yergue como una flor, con su falda de
brocatel, cual pintado por el viejo Tintoreto. Eva y Helena, hermanas
fatales, reinarán siempre, bajo apariencias distintas. Si un rostro de
niña rubia se asoma a la ventana, será la pálida Margarita. En un
paisaje duro y vigoroso, al canto de las cascadas, brotará la forma de
una catalana, de pie pequeño y ojos brilladores; y en París,--seguramente
en un decorado de cámara privada,--ríe la serpentina parisiense, bajo su
sombrero florido.

Y es en ese instante, cuando el poeta casi siempre casto, pone el oído
atento a la lección del encendido Sátiro. Al vagar ideal, hará sus
ramilletes galantes en los parques ducales, cerca de los viejos
chambelanes que madrigalizan. Nos mostrará a esa misteriosa Otilia de
labios de bacante y ojos de madona, que cruza semejante a la vaga figura
de un mito, en tanto que las harpas dejan escapar un trémulo acorde en
el salón de las armaduras. La oda irá, como una águila, a tocar con sus
alas la frente del vate recordándole las futuras apoteosis de la Gloria.
Nuestros ojos se detendrán ante un retrato de mujer, esfíngico y
encantador, o veremos al enamorado dedicar, adorador de unas blancas
manos, perlas a los dedos liliales. Querrá también, tentado como
Parsifal, ofrecer sacrificios a la Venus carnal y matadora; pero
protegido por especial virtud, cual por un Graal Santo, volverá a flotar
en el azul de la eterna idealidad. En el claro de la luna, un beso. El
amor que soñará será triste y sollozante, lleno de meditaciones y
furtivas caricias. Canta su amargura delante de la triunfal beldad, y, a
pesar de la obsesión de los deseos clandestinos, y del soplo impulsivo
de Mefistófeles, el alma flota en un delicado y místico ambiente. El
sueña con la bella vida del amor invencible. La canción invernal
languidece en las cuerdas. La amada y el amado están cerca de las llamas
de oro de la chimenea, y admiran un paisaje de desconocido pintor, donde
en una fiesta de colores corre el agua de una fuente, bajo un toldo de
hojas; se alza a lo lejos, la montaña, y, en primer término, bajo el sol
del trópico, grandes bueyes blancos,--como los del robusto Pierre
Dupont,--elevan hacia el cielo la doble curva de los firmes cuernos. La
feliz pareja sólo soñará un instante, pues pronto llega la amarga onda a
invadir los corazones. Los corazones sangran martirizados como en los
versos de Heine; el invierno será tan sólo nuncio de penas y de
desiluciones; los besos han partido como pájaros en fuga; las rosas
están marchitas, y los brazos deseosos, los brazos viudos, en vano
buscarán la mística figura. Es un cuento de amor, un cuento otoñal,
escuchado cuando el viento de la tarde pasa haciendo temblar las ramas
de los árboles deshojados. Todo muy confuso, diréis, muy wagneriano. Muy
bello.

De cuando en cuando convierte el triste los ojos a una visión que presto
desaparece. Son las negras cabelleras, los talles, las caderas
harmoniosas, las pupilas húmedas, de miradas profundas. ¡Y las manos!
Esta deliciosa parte de la escultura femenil, atrae especialmente a
Moreas. ¡Qué preciosos retratos nos haría este encantador, de Diana
encombando un arco, o de Ana de Austria deshojando una rosa, o vertiendo
en una copa de plata un poco de sangre moscatel!

Carmencita, la española, desfila, mas no como era de esperar, en un paso
de cachucha o en un giro de fandango; a esa hechicera meridional, canta
el poeta un lied del norte.

Amores, intenciones de amor, ya en la basílica al brillo aurisolar de la
custodia, o en el aposento tapizado de rosa y aromado de lilas; y como
divino pájaro de un alba inextinguible, se ve al ave azul que resucita
las esperanzas; pero la cual buscara en vano el náufrago, pues volará
hacia esas sirtes en que el propio piloto ha buscado el naufragio. Hasta
el final de este primer libro se siente el influjo del desencanto. Mas
aun, la sombra de Baudelaire sugiere a ese joven ágil y pletórico, que
aprendió a amar y a cantar en Atenas, sugiere vagas ideas obscuras,
relámpagos de satanismo. El se pregunta:

    Quel succûbe au pied bot m’a t-il donc envouté?

Sin saberse en qué momentos, han empezado a vegetar en el jardín del
soñador, las plantas que producen las flores del mal. Y sobre el suelo
en que crecen esas plantas, bien pueden ya percibirse a la luz del claro
sol, las huellas del pie hendido de Verlaine. Por allí ha pasado Pan, o
el demonio. La pobre alma quiere librarse de las llamas libertinas, de
las larvas negras, de las salamandras invasoras. Lamenta la pérdida de
la alegría de su corazón, la sequedad de su rosal espiritual, sobre el
que ha agitado las alas un mal vampiro. El tenderá sus brazos a la
naturaleza y al Oriente divino. Pero todas sus quejas serán vanas; y aun
más, incomprensibles. Ya Mallarmé se oye sonar; sus trompetas
cabalísticas auguran una desconocida irrupción de rarezas, bellas, muy
bellas y luminosas, pero caóticas, como una puesta de sol en nuestros
cielos americanos, en que la confusión es el mayor de los encantos.

La adolescencia es ida, y los años de las dulces cosas juveniles, cuando
Julieta nos canta con su dulce voz vencedora de la de la alondra: «¡No
te vayas todavía!» «Las Cantinelas» encierran el nuevo período. El traje
del caballero es de un tono más obscuro. La espada siempre pende al
cinto; se nota el triunfo de los terciopelos sobre los encajes. Ha
sufrido el joven caballero griego. No son por cierto notas alegres las
que primero escuchamos. Los sonetos, que vienen como heraldos, traen
vestiduras de duelo. La pena del placer perdido hace demandar las voces
arrulladoras y los aromas embriagantes; el jardín de Fletcher decorado
por la musa sonámbula de Poe, solloza en sus fuentes; hay una atmósfera
de duelo, de llanto, casi de histerismo, y una luz espectral sirve de
sol, o mejor dicho de luna.

    Que je cueille la grappe, et la feuille de myrte
    qui tombe, et que je sois à l’abri de la syrte
    où j’ai fait si souvent naufrage près du port.

Así canta el mal herido de desesperanzas.

Su voz se dirige a las hadas propicias, pero ellas no llegan todavía. El
va cerca de la mar, de la mar femenina y maternal, a dejar en sus
riberas lo que queda de sus ensueños y hasta el último hilo de la
púrpura de su orgullo. Su alma está triste hasta la muerte. En el
interludio parece que quisiera entregarse a la felicidad de una alegría
ficticia. Así el gaitero de Gijón de nuestro admirado y querido
Campoamor, toca la gaita y rige las danzas con el alma apuñalada de
pena. Gestos, expresiones, impresiones fugaces, paisajes nocturnos en
una calle parisiense; y en las estrofas una mezcla de vaguedad germánica
y de color meridional.

El «never more» fatídico del cuervo de Poe, es escuchado por el cantor
nostálgico, a la luz del gas de París.

Preséntasenos también una legendaria escena nocturna que ya habíamos
visto, lector, acompañada por blanda música, gracias al inmenso cordaje
de la lira de Leconte de Lisle. Los Elfos del norte cantan coronados de
hojas perfumadas y frescas, cuando el caballero de la balada viene en su
caballo negro, haciendo espejear su casco argentino a la luz de la luna.
Es osado, y sus armas no han conocido nunca la vergüenza de las
derrotas. Su corcel va como si fuese alado, a las punzadas de las
espuelas de oro. El caballero muere vencido en las «Odas bárbaras.»

El personaje de Moreas, cuya figura no se alcanza a ver y cuyo caballo
apenas se oye galopar, no es aprisionado por el encanto. En el instante
del nacimiento de la aurora, lo que alcanza a divisarse en la selva es
la silueta del emperador Barbarroja, que medita, apoyada la frente en
las manos.

Pero he aquí que nos ilumina el sol de Florencia. Después de tanta
niebla, halaga por una visión de claros ríos y de puentes pintorescos.

El cielo es azul y entre dos rimas y dos acordes musicales, desfilan una
marquesa enamorada y un envuelto capuchino. Moreas es un exquisito
grabador de viñetas. Riega los madrigales y miniaturas, decora y viste
sus personajes sin que una falta de tocado turbe la exactitud de ese
conocedor de todos los refinamientos.

«Las Asonancias» son bosquejos de leyendas; pocas, pero admirables,
cortas, pero conmovedoras. El klepto siente volver a su memoria las
narraciones de la infancia: Maryó tejiendo su lana, vencedora en su
fidelidad; y, tal como se sabe en las narraciones de la isla de Candia,
la mala madre que oye hablar al corazón desde el plato y que después
sufre el castigo de sus crímenes. En esta sección nos deleita el errante
perfume de la fábula, las ingenuas repeticiones de versos y de palabras
de los poemas primitivos, los metros apropiados a la música de las
danzas; y nuestro asonante español, aplicado en estrofas cortas, y en
argumentos donde aparece algún héroe de gesta o alguna princesa de
tradición, en sangrientos sucesos de antiguos adulterios y de incestos
inmemoriales. Poesía de leyenda y de romancero; damas del tiempo de
Amadis; armaduras que se entrechocan en la sombra medioeval.

En cuanto el poeta dirige las riendas de Pegaso a la región de los
conceptos puros, nos sentimos envueltos en una sombra absolutamente
alemana. Su metafísica adormece. Subimos a alturas inaccesibles,
rodeadas de obscuridad. Felizmente pronto entramos al reino encantado de
las ficciones portentosas. Raimondin, corre a nuestra vista, en su
cabalgadura, y la celeste claridad le envuelve en su sutil polvo de
plata. Los castillos del tenebroso encantamiento se deshacen y la
Enteléquia, desnuda, resplandece al amor de la luz del día. No es sino
en una fuga crepuscular donde se esfuma la vieja de Berkeley, el enano
Fidogolain, «que, ni muy loco ni muy vulgar, sabía cantar baladas», y la
Muerte, la Thanatos cabalgante, que exige para el contorno de su
esqueleto el lápiz visionario de Alberto Durero.

Refiriéndose a la concepción que de la dignidad de su arte han tenido
dos ilustres prerafaelistas ingleses--casi huelga nombrarlos: Rossetti y
Burne Jones--dice un escritor britanico que la desventaja única de la
elevación aristocrática de su ideal es la de ser incomprensible excepto
para unos pocos. Algo semejante puede afirmarse de la obra de Moreas.

Tal como los ritos musicales de Beyruth, Meca de los wagneristas, o como
las excelencias delicadas del arte pictórico de los primitivos, las
poesías del autor del «Pelerin Passionné» necesitan para ser apreciadas
en su verdadero valor, de cierto esfuerzo de intelecto, y de cierta
iniciación estética. «Autant en emporte le vent» fué escrito de 1886 a
1887. Es en ese librito donde se encuentran las que se podrían llamar
primeras manifestaciones quatrocentistas de Moreas. Madeleine, Agnes,
Enone, son encantadoras figuras del siglo décimoquinto; sus facciones
exigen la humana sencillez y al propio tiempo la milagrosa expresión de
un Botticelli. La Edad Media es para nuestro poeta como para Dante
Gabriel Rossetti, familiar y amada, y los sujetos que ella le sugiere,
son plausiblemente idealizados, sin una tacha anacrónica, sin una falta
o debilidad en la idea íntima ni en la ornamentación exterior.

El espíritu vuela a los tiempos de la caballería. Leyendo los poemas
medioevales de Moreas se comprende el valor del conocido verso de
Verlaine:

... le Moyen âge énorme et délicat...

El poeta vive la vida de los príncipes enamorados, de los guerreros
galantes. Los lugares que se presentan a nuestra vista son los viejos
castillos tradicionales y poéticos; o alguna decoración que aparece como
por virtud de un ensalmo, o del movimiento de la mano de una hada. Las
parejas llenas de amor, cortan flores en fantásticos parques. Tras un
rosal se alcanza a ver de cuando en cuando, ya la joroba de un bufón, ya
la cola irisada de un pavo real. «Agnes» es una deliciosa y extraña
sinfonía. Las estrofas están construídas de mano maestra, y el alma
atenta del artista se siente acariciada por la repetición de un suave
«leit-motive.»

La poética de Moreas está definida en estas cortas palabras del maestro
Mallarmé:

«Une euphonie fragmentée, selon l’assentiment du lecteur intuitif, avec
une ingénue et precieuse justesse...»

En resumen, Moreas posee un alma abierta a la Belleza como la primavera
al sol. Su Musa se adorna con galas de todos los tiempos, divina
cosmopolita e incomparable poliglota. La India y sus mitos le atraen,
Grecia y su teogonía y su cielo de luz y de mármol, y sobre todo, la
edad más poética, la edad de los santos, de los misterios, de las
justas, de los hechos sobrenaturales, la edad terrible y teológica; la
edad de los pontífices omnipotentes y de los reyes de corona de hierro;
la edad de Merlin y de Viviana, de Arturo y sus caballeros; la edad de
la lira de Dante, la Edad Media. El nombre del «Pelerin Passionné» está
tomado de Shakespeare. La colección de versos amorosos de Moreas no
tiene con la del poeta inglés ningún punto de contacto, como no sea el
pertenecer al mismo género, al erótico, y el empleo de variedad de
metros y de caprichos rítmicos. Shakespeare usa desde el verso que
equivale en inglés a nuestro endecasílabo español:

    When my love swears that she is made of truth,

hasta los «trenos», imitados de los himnos latinos cristianos:

      Beauty truth and varity
    grace in and simplicity
    here enclosed in cinders lie.

Y Moreas, siguiendo las huellas de Lafontaine, ya aumentando o cortando
a la moderna el número de sílabas, ha logrado hacer de sus poemas, con
una técnica delicada y fina, maravillas de harmonía; que por supuesto,
no han dejado de producir escándalo en la crítica oficial.

La aparición del «Pelerin» fué saludada con un gran banquete que
presidió Mallarmé y que fué un resonante triunfo. Fué la exaltación de
la obra del joven luchador, que en aquellos instantes representaba el
más bello de los sacerdocios; el del Arte. Eran ya conocidas esas
creaciones y amables resurrecciones que atraviesan por la senda del
Peregrino. Enone, la del claro rostro, que arrastra en el poema un rico
manto constelado de rimas como piedras preciosas, en una gradería de
estrofas de pórfido, y del más blanco pentélico, el caballero Joë,
meditabundo, que en revista mental, mira el coro de beldades que guarda
en su memoria, entre las cuales: Madame Emelos, la castellana de
Hiverdum que se llamaba Bertranda, y Sancha que engañó al amante con
tres capitanes. Doulce, a su vez, es una princesa de cuento azul.

En el «Pelerin» es donde florece de orgullo el laurel heleno-galo. Sin
temor a la edad contemporánea, se proclama Moreas tal como se juzga.
Alaba el arte que inventa. Mantenedor del renombre griego, de la
tradición latina, no vacila en llevar consigo, junto a la lira de
Pindaro, la lanza de Aquiles; y no hay sino inclinarse ante el orgullo
de sus carteles y el esplendor de sus trofeos. Sus alegorías pastorales
son un escogido ramillete eclógico, con más de una perla que no sería
indigna del joyero de la Antología. Y para concluir: si escuchamos un
clamor de trompas, y percibimos una bandera agitada por un fuerte brazo,
es que la campaña Romanista ha sido empezada. ¡A otros las nieblas
hiperbóreas y los dioses de los bárbaros! El jefe que llega es nuestro
bravo caballero; la diosa de azules ojos que le cubre con su égida es
Minerva: la misma que protegerá al editor Vanier,--según sus
editados,--y le hará ganar tanto dinero como Lemerre; y el abanderado,
que viene cerca del jefe, henchido de entusiasmo, es el caballero
Mauricio Du Plessis, lugarteniente de la falange, y cuyo «Primer libro
pastoral» es su mejor hoja de servicios.

Moreas confía en su completa victoria. Nuevo Ronsard, tiene por Casandra
una beldad galo-greca. Y él confía en que gracias a sus ritos

    Sur de nouvelles fleurs, les abeilles de Grèce
    Butineront un miel français.

Y con Racine exclama:

    Je me suis applaudi, quand je me suis connu...

Así vive en París, indiferente a todo, desdeñando escribir en los
diarios, enemigo del reportaje; en una existencia independiente, gracias
a su familia «reconciliada ya con las rimas», como dice Mendés;
ignorando que existen Monsieur Carnot, el sistema parlamentario y el
socialismo. No ha parido hembra humana un poeta más poeta...

[imagen: RACHILDE]

[imagen]



RACHILDE

       Tous ceux qui aiment le rare, l’examinent
    avec inquiétude.
          _Maurice Barrès._


Trato de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único
esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular; de un «caso»
curiosísimo y turbador, de la escritora que ha publicado todas sus obras
con este pseudónimo, Rachilde; satánica flor de decadencia picantemente
perfumada, misteriosa y hechicera y mala como un pecado.

Hace algunos años publicóse en Bélgica una novela que llamó la atención
grandemente y que según se dijo había sido condenada por la justicia. No
se trataba de uno de esos libros hipománicos que hicieron célebre al
editor Kistemaekers, en los buenos tiempos del naturalismo; tampoco de
esas cajas de bombones afrodisíacos a lo Mendés, llenas de cintas,
aromas y flores de tocador. Se trataba de un libro de demonómana, de un
libro impregnado de una desconocida u olvidada lujuria, libro cuyo fondo
no había sospechado en los manuales de los confesores: una obra
complicada y refinada, triple e insigne esencia de perversidad. Libro
sin antecedentes, pues a su lado arden completamente aparte, los
carbones encendidos y sangrientos del «divino marqués», y forman grupo
separado las colecciones prisioneras y ocultas en el «inferi» de las
bibliotecas. Este libro se titulaba «Monsieur Venus», el más conocido de
una serie en que desfilan las creaciones más raras y equívocas de un
cerebro malignamente femenino y peregrinamente infame.

Y era una mujer el autor de aquel libro, una dulce y adorable virgen, de
diecinueve años, que apareció a los ojos de Jean Lorrain, que fué a
visitarla, como un sér extraño y pálido, «pero de una palidez de
colegiala estudiosa, una verdadera «jeune fille», un poco delgada, un
poco débil, de manos inquietantes de pequeñez, de perfil grave de efebo
griego, o de joven francés enamorado... y ojos--¡oh los ojos!--grandes,
grandes, cargados de pestañas inverosímiles, y de una claridad de agua,
ojos que ignoran todo, a punto de creer que Rachilde no ve con esos
ojos, sino que tiene otros detrás de la cabeza para buscar y descubrir
los pimientos rabiosos con que realza sus obras.»

Esa mujer, esa colegiala virginal, esa niña era la sembradora de
mandrágoras, la cultivadora de venenosas orquídeas, la juglaresa
decadente, amansadora de víboras y encantadora de cantáridas, la
escritora ante cuyos libros, tiempos más tarde, se asombrarán, como en
una increíble alucinación, los buscadores de documentos que escriban la
historia moral de nuestro siglo. Los pintores potentes, dice Barbey
d’Aurevilly, pueden pintarlo todo, y su pintura es siempre bastante
moral cuando es trágica y da el horror de las cosas que manifiesta. No
hay de inmoral sino los «Impasibles» y los «Mofadores.»

Rachilde no es impasible ¡qué iba a serlo ese crujiente cordaje de
nervios agitados por una continua y contagiosa vibración!--ni es
mofadora,--no cabe ninguna risa en esas profundidades obscuras del
Pecado, ni ante las lamentables deformaciones y casos de teratolología
psíquica que nos presenta la primera inmoralista de todas las épocas.

Imaginaos el dulce y puro sueño de una virgen, lleno de blandura, de
delicadeza, de suavidad, una fiesta eucarística, una pascua de lirios y
de cisnes. Entonces un diablo,--Behemot quizá,--el mismo de Tamar, el
mismo de Halagabal, el mismo de las posesas de Lodun, el mismo de Sade,
el mismo de las misas negras, aparece. Y en aquel sueño casto y blanco
hace brotar la roja flora de las aberraciones sexuales, los extractos y
aromas que atraen a incubos y sucubos, las visiones locas de incógnitos
y desoladores vicios, los besos ponzoñosos y embrujados, el crepúsculo
misterioso en que se juntan y confunden el amor, el dolor y la muerte.

La virgen tentada o poseída por el Maligno, escribe las visiones de sus
sueños. De ahí esos libros que deberían leer tan solamente los
sacerdotes, los médicos y los psicólogos.

Maurice Barrès coloca «Monsieur Venus», por ejemplo, al lado de
«Adolphe», de «Mlle. de Maupin», de «Crime d’Amour», obras en que se han
estudiado algunos fenómenos raros de la sensibilidad amorosa. Mas
Rachilde no tiene, bien mirado, antecesores,--a no ser la «Justina»,--o
ciertos libros antiguos cuyos nombres apenas osan escribir los
bibliófilos del amor, o del Líbido, como el Inglés que anima D’Annunzio
en su «Piacere.» Apenas podrían citarse a propósito de las obras de
Rachilde, pero colocándolas bastante lejanamente, algunas pequeñas
novelas de Balzac, la «Religiosa» de Diderot, y en lo contemporáneo, «Zo
Har» de Mendés. Un compañero tiene, sin embargo, Rachilde, pero es un
pintor, un aguafuertista, no un escritor: Felicien Rops. Los que
conozcan la obra secreta de Rops, tan bien estudiada por Huysmans, verán
que es justa la afirmación.

El mayor de los atractivos que tienen las obras de Rachilde, está basado
en la curiosidad patológica del lector, en que se ve la parte
autobiográfica, en que se presenta al que observa, sin velos ni ambajes,
el alma de una mujer, de una joven finisecular con todas las
complicaciones que el «mal del siglo» ha puesto en ella. Barrès se
pregunta: ¿Por qué misterio Rachilde ha alzado delante de sí a Rauole de
Vénerande y Jacques Silvert? ¿Cómo de esta niña de sana educación han
salido esas creaciones equívocas? Es en verdad el problema atrayente y
curioso. No hay sino pensar en lejanas influencias, en la fuerza de
ondas atávicas que han puesto en este delicado sér la perversidad de
muchas generaciones; en el despertamiento, descubrimiento o invención de
pecados antiguos, completamente olvidados y borrados del haz de la
tierra por las aguas y los fuegos de los cielos castigadores.

Exponiendo los títulos de sus obras, puede entreverse algo de las
infernales pedrerías de la anticristesa: «Monsieur de la Nouveauté», «La
femme du 199^o», «Monsieur Venus», «Gueue de poisson», «Histoires
bêtes», «Nonó», «La virginité de Diane», «La voise du sang», «A mort»,
«La Marquese de Sade», «Le tiroir de Mimi-Corail», «Madame Adonis»,
«L’homme roux», «La sanglante ironie», «Le Mordu», «L’animale»: parece
que se miraran nudos de brillantes y coloreados áspides, frutos bellos,
rojos y venenosos, confituras enloquecedoras, ásperas pimientas, vedados
genjibres. Entrar en detalles no podría, a menos que lo hiciese en
latín, y quizás mejor en griego, pues en latín habría demasiada
transparencia, y los misterios eleusíacos, no eran por cierto para ser
expuestos a la luz del sol.

Los tipos de sus obras son todos excepcionales.

Su libro «Sangrienta ironía», por ejemplo, presenta, como todos los
otros suyos, a un desequilibrado, un «détraqué.» Se trata de un joven
que ha asesinado a su querida en un momento de alucinación. Prisionero,
cuenta y explica por qué sucesión de causas ha llegado a cometer aquel
acto. La figura de Sylvain d’Hauterac, el desequilibrado, es una de las
mejores creaciones de Rachilde, pero la crítica le ha señalado como
inverosímil. Ello no quita que la obra sea de una vida intensa, y de un
análisis psicológico admirable.

Ha escrito un drama simbolista titulado «Madame la Mort.» La acción se
circunscribe a una lucha desesperada del protagonista, entre la muerte y
la vida. A propósito; ¡qué dibujo macabro el de Paul Gauguin; dibujo que
simboliza a Madama la Muerte!

Un fantasma espectral en un fondo obscuro de tinieblas. Se advierte la
anatomía de la figura; un gran cráneo; el espectro tiene una mano
llevada a la frente, una mano larga, desproporcionada, delgada, de
esqueleto; se miran claramente los huesos de las mandíbulas; los ojos
están hundidos en las cuencas.

El artista visionario ha evocado las manifestaciones de ciertas
pesadillas, en que se contemplan cadáveres ambulantes, que se acercan a
la víctima, la tocan, la estrechan, y en el horrible sueño, se siente
como si se apretase una carne de cera, y se respirase el conocido y
espantoso olor de la cadaverina...

La novela «Monsieur Venus» es un producto incúbico. Jacques Silvert es
el Sporus de la cruelmente apasionada cesarina; un Sporus vulgar de ojos
de cordero; bestia, sonriente, pasivo. Raoule de Vénerande una especie
de mademoiselle Des Esseints, se enamora de ese primor porcino; se
enamora, aplicando a su manera el soneto de Shakespeare:

    A womans’s face, with natures own
         hand painted...

Raoule de Vénerande es de la familia de Nerón, y de aquel legendario y
terrible Gilles de Laval, sire de Rayes, que murió en la hoguera; según
él por causa de Suetonio. En cuanto al emasculado y detestable Jacques,
ridículo Ganimedes de su amante vampirizada, es un curioso caso de
clínica, cliente de Krafft-Ebing, de Molle, de Gley. La androginia del
florista la explica Aristófanes en el banquete de Platón. Krafft-Ebing
le colocaría entre los casos que llama de «eviratio, o transmutatio
sexus paranoia.»

El Sar Peladán en su etopea ha abordado temas peligrosos, con su
irremediable tendencia a idealizar el androginismo. Barbey también
penetró en algunos obscuros problemas; mas ni el autor de las
«Diabólicas», ni el Mago y caballero Rosa Cruz, han logrado como
Rachilde poseer el secreto de la Serpiente. Ella dice a nuestros oídos:

...des mots si specieux tout has
    que notre âme depuis ce temps tremble et s’tonne.

Una mujer, una joven delicada, intelectual, cerebral, os descubre los
secretos terribles: he ahí el mayor de los halagos, el más tentador de
los llamamientos. Y advertid que penetramos en un terreno dificilísimo y
desconocido, antinatural, prohibido, peligroso.

Hay un retrato de Rachilde, a los veinticinco años. De perfil; desnudo
el cuello, hasta el nacimiento del seno; el cabello enrollado hacia la
nuca, como una negra culebra; sobre la frente, recortado, según la moda
pasada, recortado y cubriendo toda la frente; la mirada, ¡qué mirada!
mirada de ojos que dicen todo, y que saben todo; la nariz delicada y
ligeramente judía; la boca... ¡oh boca compañera de los ojos! y en toda
ella el enigma divino y terrible de la mujer: «Misterium.» Sobre el
pecho blanco, prendido con descuido, hay un ramillete de botones de
rosas blancas.

Sé de quien, estando en París, no quiso ser presentado a Rachilde, por
no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette; ha
engordado un poco; no es la subyugadora enigmática del retrato de
veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith.

Casada con Alfred Vallette es hoy «mujer de su casa» mas no deja de
producir hijos intelectuales. Hace novelas, cuentos, críticas.

Tiene Rachilde un vivo sentido crítico, descubre en la obra que analiza;
las faces más ocultas, con su hábil y rápida perspicacia de mujer. En la
revista que dirige Vallette, suele escribir ella ya un «compte rendu»
teatral, ya una vibrante exposición de un libro nuevo; critica con la
firmeza de una ilustración maciza, y con la admirable visión de su raro
talento. Tiene palabras especiales que os descubren siempre algo
ignorado y «sobre entendido» de una sutileza y malicia que inquietan.

Es profundamente artista. Oid este grito: «¡Oh, son necesarios, esos,
los convencidos de nacimiento, para que se enmiende o reviente la Bestia
Burguesa, cuya grasa rezumante concluye por untarnos a todos!

«Obra de odio y obra de amor deben unirse delante del enemigo maldito:
la humanidad indiferente.»

Veamos algunas de sus ideas, al vuelo. «El verso libre--dice a propósito
de un libro de su amiga María Krysinska--es un encantador «non sens», es
un tartamudeo delicioso y barroco que conviene maravillosamente a las
mujeres poetas, cuya pereza instintiva es a menudo sinónimo de genio. No
veo ningún inconveniente en que una mujer lleve la versificación hasta
su última licencia!»

En el prólogo de su teatro, hállase esta franca declaración: «Moi, je ne
connais pas mon école, je n’ais pas d’esthétique.»

Según Charles Froment, en nuestra época no se tiene en absoluto la
noción de lo bello. Rachilde escribe su «Vendeur de Soleil», pieza
dramática que se ha presentado casi en toda Europa con éxito, para
demostrar que los únicos que no han visto el sol son los románticos. ¿Y
si buscando bien encontrásemos en la genealogía de Rachilde sangre
romántica?... Ella, ciertamente, ha empezado conversando con «Joseph
Delorme», y ha bebido en el mismo vaso que Baudelaire, el Baudelaire de
las poesías condenadas: «Le Léthe», «Les metamorphoses du Vampirer»,
«Lesbos...» y que escribió un día en sus «Fusées»: «Moi, je dis: la
volupté unique et suprème de l’amour git dans la certitude de faire le
mal. Et l’homme et la femme savent, de naissance, que dans le mal se
trouve toute volupté.»

En nuestros días, dice Rachilde, hay instigadores de ideas--como antes
«moneurs de loups»--pues en nuestra época llamada moderna, mil veces más
siniestra que la sangrienta Edad Media, son precisas apariciones mil
veces más flagelantes; y esos «meneurs», conduciendo sus ideas
carniceras a los asesinatos de las viejas teorías, de los viejos
principios, abriendo locamente los ojos del espíritu, son también los
precursores del Angel! ¡Bien locas las gentes que no comprenden que los
tiempos están próximos, porque los azuzadores de ideas se suceden con
una asombrosa rapidez sobre el sombrío horizonte!

Así, ¿no tengo razón en llamar a Rachilde madama la Anticristesa? Ella
comprende, ella sabe, y ella es también un Signo. ¡Qué página escribiría
el profético Bloy sobre las anunciaciones del Juicio!

¿Cómo dar una muestra de lo que escribe Rachilde, sin grave riesgo...?
Felizmente encuentro una paginita magistral, inocente y hasta santa, que
escribió con el título: «Imagen de Piedad.»

Es la que sigue:

«Era de aquellos que no conocen ni el reposo, ni las fiestas, el pobre
buen hombre viejo. Llevaba al dueño de su pequeño cortijo, la entrega
del mes de Agosto: el medio saco de trigo molido, tres pares de pollos,
cuyos huesos sobresalían bajo las plumas erizadas, y un poco de manteca.
Sus hijos, desembarazándose del servicio para ir a los oficios, le
habían puesto la brida del asno en el puño, del viejo asno casi tan
enfermo como él y; «Hue! Papá! Conduisez droit notre Martin...!»

En momentos en que él llegaba a la orilla, recibió en plena frente como
un deslumbramiento, una visión del paraíso, y permaneció allí
estúpidamente plantado, en una admiración respetuosa; el asno, reculó,
afirmándose sobre sus jarretes: era la procesión que se desenvolvía, con
sus grandes muselinas talares, sus banderas llenas de reflejos, sus
cordones floridos, con sus ángeles, niños y niñas, «tout en neuf»;
inflando sus mejillas bajo sus coronas de rosas. Después el sacerdote,
vestido de un inmenso manto de oro, levantando al buen Dios, pálido, a
través de una custodia de fuego...

Los jovencitos y las jovencitas se codearon y, querían reventar de risa;
ciertamente, no se desarreglaría ese bello orden de cosas por un viejo
hombre acompañado de un asno viejo. Y toda la procesión rozó a esos dos
séres ridículos con el extremo de sus suntuosas vestiduras de reina.

El viejo tuvo conciencia de su indignidad, se puso le rodillas, se quitó
su gran sombrero. El asno bajó las orejas lamentablemente, sus orejas
demasiado largas, roídas de úlceras y cubiertas de moscas. De la alforja
de la izquierda, las cabezas asustadas de los volatiles, salieron
abriendo el pico, tendiendo la lengua puntiaguda, muertos de sed, pues
hacía un calor espantable, un pleno sol que devoraba el piadoso grupo
con sus dientes de brasa. El campesino se apoyaba en el animal y el
animal en el campesino, sudando uno y otro, los flancos palpitantes, no
osando ni uno ni otro mirar esas manificencias que caían del cielo con
llamas. La procesión, con su paso lento, ceremonioso, de gran dama, se
acercaba al próximo altar de Corpus; eso no concluía; siempre filas
nuevas de mujeres endomingadas, nuevas filas de los señores notables; no
volvería el viejo de su asombro de haber visto una tan enorme
muchedumbre de cristianos bien puestos. En fin, llegó el momento en que
pasaron los cojos, los enfermos, las madres llevando los niños de pecho,
los mal vestidos, la vergüenza de la parroquia: «Menoux», el de las
muletas, que tomaba rapé cada diez pasos: Ragotte, la bociosa, que tenía
la manía de plantar su enfermedad sobre un vestido de cachemir verde.

Entonces, nuestro viejo se levantó, vacilante sobre sus piernas
doloridas, conmovido; levantó al asno por la rienda, siguió... No sabía
ya lo que hacía, pero se sentía a su vez tirado como su asno, por una
cuerda invisible, un hilo de oro salido de los rayos de la custodia, que
corría a lo largo de las guirnaldas de flores y llegaba a su frente de
viejo encaprichado, bajo la forma lancinante de una flecha de sol. Muy
chico, antes (¡oh! en la mañana de los tiempos), ha seguido al sacerdote
con vestidos purpúreos, arrojando hojas de rosa entre los humos del
incienso, y había tenido gozos de orgullo; más grande, se había colocado
tras las mozas risueñas, intentando en veces distraerlas de su rosario;
había tenido las mismas altiveces inexplicables, los mismos fuertes
latidos de corazón, confundiendo el brillo de las piedras preciosas, de
las casullas, con la dulce emulación de los ojos de «Marión», su
prometida... y después, no se acordaba mucho, los años corrían todos
iguales, como las tocas blancas, como las alas palpitantes de todas esas
cabezas de mujeres piadosas, perdiéndose sobre las azules lejanías del
cielo... No se acordaba más; seguía, sin embargo, siempre el último, el
menos digno, tirando de su asno con mano obstinada, olvidando hasta el
objeto de su viaje. Y «Martin» dócilmente, ritmaba su marcha con el coro
del cántico; los pollos, fuera de la alforja inclinaban la cresta, con
aire de resignarse, pues que se iba al paso...

Había quienes se volvían a menudo entre la fila de fieles
escandalizados. Se le enviaban muchachos para decirle que se
volviese... o que dejase su asno. ¡Qué cola de procesión, la de Martín!
Circulaban risas de muchachas, con susurros de abejones; y solamente, el
señor cura, no quería darse cuenta de nada, aparentando no entender lo
que venía a murmurarle su sacristán al presentarle el incensario.

La procesión después de las paradas de uso, se entró bajo el pórtico de
la iglesia. El viejo se encontró solo, en medio de una playa desierta.
Entrar con «Martín» no era casi posible. Abandonar a «Martín», los
pollos, la manteca, la montura, ni pensarlo quería. Y no tendría él su
parte de la gran bendición, de aquella que inclinada a los fieles,
cargados de pecados, sobre las baldosas, como las espigas maduras bajo
el vencedor relámpago de la hoz... Lanzando un profundo suspiro, el
pobre viejo se signó, descubierta su frente, una última vez, ante la
ojiva sombría del pórtico. Mas he aquí que, bruscamente, brota de esa
obscuridad temible una extraordinaria aparición: del fondo de la
iglesia, el cura llevaba la custodia; sí, el cura asombrando a sus
feligreses endomingados, el cura con su casulla luminosa, aureolado de
estrellas, de cirios, nimbado de las nubes del incienso... y el
sacerdote, con una mirada de extraña dulzura, pronuncia las palabras
sagradas, mientras que resplandece, más fulgurante aún, la custodia de
allá arriba, el sol, sobre el humilde viejo que lloraba de alegría,
sobre el triste «Martín» cuyas orejas ulceradas, pendían, ¡ay, tan
lastimosamente...!»

       *       *       *       *       *

Esa página de Rachilde da a conocer el fondo de amor y de dulzura que
hay en el corazón de la terrible Decadente. Rachilde, la Perversa,
habría sido disputada entre Dios y el diablo, según Luis Dumur. ¡Qué
casuísta, qué teólogo podría demostrarme la victoria de Satanás en este
caso? Rachilde se salvaría, siquiera fuese por la intercesión del viejo
campesino y por la apoteosis de «Martín», el cual también rogaría por
ella... ¿No se salvó el Sultán del poema de Hugo, por la súplica del
cerdo?

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GEORGE D’ESPARBÉS


Como el hecho no demuestra sino la oportunidad de una ocurrencia de
poeta, que en todo caso no merece sino aplausos, y como me fué narrado
delante de Jean Carrere, que aprobaba con su sonrisa, no creo ser
indiscreto al comenzar estas líneas contando la historia de un telegrama
de Atenas, leído en el reciente banquete de Víctor Hugo y firmado George
D’Esparbés, telegrama que reprodujo toda la prensa de París.

Jean Carrere, en unión de otros jóvenes brillantes y entusiastas,
literatos, poetas, quisieron manifestar que no era cierta la fea
calumnia levantada contra la juventud literaria de Francia, que ha sido
tachada de irrespetuosa para con Víctor Hugo.

Para ello, y con motivo de la nueva publicación de «Toute la Lyre»,
organizaron un banquete que tuvo la correspondiente resonancia; un
banquete que pudiérase llamar de desagravio.

Fueron ágapes a que asistió gran parte del París literario--viejos
románticos, parnasianos y escuelas nuevas, y de las que brotó, maldita
flor de discordia--a pistola, treinta pasos, sin resultado--un duelo
entre Catulle Mendés y Jules Bois, quienes no hace mucho tiempo eran
excelentes amigos. Fué la fiesta una deuda pagada, una ceremonia
cumplida con el dios, y la cual, con gran pompa, y por contribución
internacional, debería realizarse anualmente. Esta es una idea
poético-gastronómica que dejo a la disposición de los hugólatras.

En la mesa, cuando el espíritu lírico y el champaña hacían sentir en el
ambiente un perfume de real mirra y de glorioso incienso, en medio de
los vibrantes y ardientes discursos en honor de aquél que ya no está,
corporalmente, entre los poetas, después de los brindis de los maestros,
y de los versos leídos por Carrere y Mendés, se pronunció por allí el
nombre de George D’Esparbés. D’Esparbés no estaba en el banquete, él,
que ama la gloria del Padre, y que como él ha cantado, en una prosa
llena de soberbia y de harmonía, los hechos del «cabito», la epopeya de
Napoleón. Jean Carrere, el soberbio rimador, se levanta y ausenta por
unos segundos. Luego, vuelve triunfante, mostrando en sus manos un
despacho telegráfico que acababa de recibir, un despacho firmado
D’Esparbés.

¿Pero dónde está ahora él? Nadie lo sabe. Está en Atenas, dice Carrere.
Y lee el telegrama, una corona de flores griegas que desde el Acrópolis
envía el fervoroso escritor a la mesa en que se celebra el triunfo
eterno de Hugo. Pocas palabras, que son acogidas con una explosión de
palmas y vivas. Nadie estaba en el secreto. Cuando aparezca D’Esparbés
no hay duda de que «reconocerá» su telegrama.

Y ahora hablemos de esa portentosa «Leyenda del Aguila» napoleónica.

La «Leyenda del Aguila» es un poema, con la advertencia de que
D’Esparbés canta en cuentos. La epopeya es toda una, mas cada cuento
está animado por su llama propia, en que el lirismo y la más llana
realidad se confunden.

No hace falta el verso, pues en esta prosa marcial cada frase es un
toque de música guerrera, las palabras suenan sus fanfarrias de
clarines, hacen rodar en el ambiente sus redobles de tambores, son a
veces un cántico, un trueno, un ¡ay!, un omnisonante clamor de victoria.

También el final es triste, al doble sonoro y doloroso de las campanas
que tocan por la caída del imperio. Napoleón no aparece aumentado, no es
un Napoleón mítico y de fantasía; antes bien, algunas veces como que el
poeta se complace en achicar más su tan conocida pequeña estatura.

Pensaríase en ocasiones un joven Aquiles comandando un ejército de
cíclopes, guiando a la campaña batallones de gigantes. Porque si emplea
el lente épico D’Esparbés, es cuando pinta las luchas, el decorado, el
campamento, los soldados imperiales. Los soldados crecen a nuestra
vista, aparecen enormes, sobrehumanos, como si fuesen engendrados en
mujeres por arcángeles o por demonios. Sus talantes se destacan
orgullosa y heroicamente. Tienen formas homéricas, son verdaderos
androleones; llega a creerse que al caer uno de ellos herido, debe
temblar alrededor la tierra, como en los hexámetros de la Iliada.

Tal húsar es inmenso; tal granadero podría llamarse Amico o Polifemo;
tal escuadrón de caballería podría entrar en el versículo de un profeta,
terrible y devastador como una «carga» de Isaías. Y en todo esto una
sencillez serena y dominadora. Podría intercalarse en este libro, sin
que se notase diferencia en tono y fuerza, el episodio de Hugo en que
vemos a Marius asomarse a la ventana y lanzar un ¡viva al emperador! al
viento y a la noche.

D’Esparbés ha elegido para su obra el cuento, este género delicado y
peligroso, que en los últimos tiempos ha tomado todos los rumbos y todos
los vuelos. La prosa, animada hoy por los prestigios de un arte
deslumbrador y exquisito, juntando los secretos, las bizarrías
artísticas de los maestros antiguos o los virtuosísimos modernos, es
para él un rico material con que pinta, esculpe, suena y maravilla.
Batallista de primer orden, conciso, nervioso y sugestivo, supera en
impresiones y sensaciones de guerra a Stendhal y a Tolstoi, y si existe
actualmente quien puede igualarle--alguno diría superarle--en campo
semejante, es un escritor de España, Pérez Galdós, el Pérez Galdós de
los «Episodios Nacionales.»

Desde que comienza el poema, con el cuento de los tres soldados; tres
húsares altos como encinas, viene un potente soplo que posee, que
arrebata la atención. Estamos enfrente de tres máquinas de carne de
cañón, tres soldados, rudos y musculosos como búfalos, tres grandes
animales crinados del rebaño de leones del pastor Bonaparte. Porque es
de ver cómo esos sangrientos luchadores, esos fieros hombres del
invencible ejército, hablan del «emperadorcito», del pequeño y real
ídolo, como de un divino pastor, como de un David. Así cuando se
pronuncia su nombre, las fauces bárbaras, los fulminantes ojazos, se
suavizan con una dulce y cariñosa humedad. Son tres soldados que después
de la jornada de Jena, tienen, lo que es muy natural en un soldado
después de una batalla, tienen hambre.

Ingenuamente y «necesariamente» feroces, esos tres hombres degüellan a
uno del enemigo, con la mayor tranquilidad, pero sufren y se inquietan
cuando sus caballos no comen.

Por eso cuando hallan un cura que les hospeda, en Saalfeld, del lado de
Erfurth, y les da buena vianda y buen pan, lo que está conforme con la
lógica militar es que sus tres cabalgaduras, también hambrientas, entren
a comer en los mismos platos de ellos, espantando a la criada, y
haciendo que el sacerdote medite, y vea el alma de esos hombres; y no
se extrañe. Es uno de los mejores cuentos del poema. No resisto a citar
una frase.

Los soldados comen como desesperados de apetito. El cura les contempla,
meditabundo y sacerdotal. De cuando en cuando les hace preguntas. Ha
tiempo que están en armas. Desde jóvenes han oído las trompetas de las
campañas. No saben de nada más. Y sobre todo, Napoleón se alza delante
de ellos semejante a una inmortal divinidad. El cura dice a uno:

«--Y vos, hijo mío, ¿creéis en Dios padre todopoderoso?»

El soldado no comprende bien. Piensa: «Dios padre... Dios hijo...
Dios...»

«--¡Y bien!--grita de repente:

«--¡Todo eso...! ¡eso es la familia del Emperador!»

Después surge a nuestra vista un colosal tambor mayor del ejército de
Italia, «alto como una torre y tierno como un saco de pan.» Su nombre es
un verdadero nombre de gigante, más hermoso y tremendo que el de
Cristóbal o el de Fierabrás, o el de Goliat; se llama Rougeot de
Salandrouse. Un gallardo bruto, que cuando reía, «il montrait comme les
bêtes une épaisse gueule de chair rouge qui semblait saigner.»

Este bello monstruo que gustaba de las viejas historias de guerra y de
las sublimes mitologías, amaba sobre todo la harmonía musical, las
cornetas, los parches del combate. Bonaparte le nombró subteniente,
teniente y capitán; después de lo de Arcola, después de lo de Mantua,
después de lo de Trebia. Pero el hijo de Apolo cifraba su ambición en
las pompas radiantes, en los compases, en el bastón que guiaba a los
tambores: quería ser tambor mayor. Lo fué después de mucho pedirlo al
emperador; y el titánico testarudo saludó con su admirable uniforme y
sus vanidosos gestos, el triunfal sol de Austerlitz. Le vió Lannes desde
su caballo, le vió Soult, le vió Bernadotte, le vió el insigne
caballero Murat: y junto con Berthier y Janot, le vió, sonriendo, el
«petit caporal», príncipe y dueño del Aguila. Y cuando llega la áspera
brega, en medio de los choques, de la confusión sangrienta y de la
muerte, la figura de Salandrouse, guiando sus tambores, adquiere
proporciones legendarias.

Herido, soberbio, incomparable, hace que los parches no cesen de tocar
un son de victoria; y hay que ir a arrancarle de su puesto, donde se
yergue, maravilloso como un dios, al canto ronco y sordo de los pellejos
cribados.

El desdén de la muerte, el respeto de la consigna, el amor a la vida
militar, y sobre todo, la adoración por el que ellos miran como
favorecido de la omnipotencia divina;--conquistador victorioso, señor
del mundo, Napoleón,--forman el alma de estos épicos relatos.

Ya es el conde subteniente que sufre sin gemir, y muere oyendo leer,
cual si fuese un santo breviario, un libro de oro de la nobleza heroica;
ya es el grupo de bravos rústicos que no sabían cargar los fusiles en
medio de la más horrible carnicería, y que luego fueron condecorados; ya
son los rudos gascones que luchan como tigres y gritan como diablos; ya
es la marcha que bate un tamborcito casi femenil, para que desfilen ante
los ojos aquilinos de Bonaparte ciento veinticinco hombres, resto de los
treinta y ocho mil de Elkingen, o la visión de los cascos coronados por
penachos de cabellos de mujeres españolas; o «Le Kenneck», valiente y
fiel, delante del rey de Prusia; o el águila del Imperio que sale,
apretando el rayo con las garras, del vientre del caballo muerto; o esta
orden trágica, casi macabra, dada en lo más duro de la batalla: «En
avant, les cadavres...!» o el capellán que parafrasea la Biblia al ruido
de las descargas; o ese cuadro cuya sencilla magnificencia impone,
asombra y encanta, cuando el Cabito tiene frío, y va a la tienda de la
guardia inmortal, y duerme y se le hace lumbre con millones de oro, con
Murillos, con Goyas, con portentos de Velázquez, con encajes de
marquesas y abanicos de manolas; o el león de vida de gato que creía ser
inmortal si no se le mataba con su sable; o el abandono de los caballos,
alas de los caballeros; o el oficial que condecora y el emperador que
aprueba; o el fantasma del «shakó», que se alza para responder con
bizarría y cae en la muerte; o Duclós con sus charreteras, que condecora
llorando a un viejo luchador, y cuando el emperador le pregunta:
«Duclós, ¿conoces a ese hombre?» le contesta: «¡Señor, es mi padre!» o
el águila, el águila viva, que vuela y grita sobre el pabellón que
marcha al Austria; o el fúnebre clamor del abismo; o, en fin, los
cañones que doblan cuando ya el Grande ha caído, ¡lúgubres y fatales
campanas del Imperio!

¡Libro magistral; poema ardiente y magnífico!

La mujer no aparece sino raras veces, y en los recuerdos de los héroes:
las madres, las abuelas llenas de canas, alguna esposa que está allá
lejos! Donde brota un grupo de ellas, como un coro de Esquilo,
terribles, suplicantes, gemidoras como mártires, coléricas como
gorgonas, es en el capítulo, en el cuento de las crines. A un gran
número de las hijas de España, en su pueblo invadido, un coronel
fantasista, jovial y plúmbeo, hace cortar las cabelleras para adornar
los cascos de sus dragones. Y como una mujer, aullante de dolor como
Hécuba, se presenta con sus espesos cabellos ya canosos, el coronel se
los hace también cortar y los pone sobre su cabeza marcial, donde los
hará agitarse el huracán de la guerra. Y otra mujer brilla como una
estrella de virtud y de grandeza, divina suicida, augusta delante de la
muerte. Sucumbe con su niño en el más sublime de los sacrificios; pero
también quedan emponzoñados, rígidos y sin vida, en la casita pobre,
ocho cosacos como ocho bestias fieras.

¿Qué otra figura femenil? Hay una, envuelta en el misterio. Ella, la
vaga, la anunciadora de las desgracias, la que se pasea silenciosa por
los vivacs, haciendo malos signos; ella, solitaria como la Tristeza, y
triste como la Muerte. ¿Qué otra más? La Victoria, de real y soberano
perfil, de cuello robusto y erectas mamas; creatriz de los lauros y de
los himnos.

       *       *       *       *       *

Este libro es una obra de bien. El es fruto de un espíritu sano, de un
poeta sanguíneo y fuerte; y Francia, la adorada Francia, que ve brotar
de su suelo--por causa de una decadencia tan lamentable como cierta,
falta de fe y de entusiasmo, falta de ideales;--que ve brotar tantas
plantas enfermas, tanta adelfa, tanto cáñamo indiano, tanta adormidera,
necesita de estos laureles verdes, de estas erguidas palmas. Libros como
el de D’Esparbés recuerdan a los olvidadizos, a los flojos y a los
epicúreos el camino de las altas empresas, la calle enguirnaldada de los
triunfos.

Y puesto que de Vogüe ha visto el feliz anuncio de un vuelo de cigüeñas,
alce los ojos Francia y mire si ya también vuelve, sonora, lírica,
inmensa, el Aguila antigua de las garras de bronce.

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AUGUSTO DE ARMAS


Hace algunos años un joven delicado, soñador, nervioso, que llevaba en
su alma la irremediable y divina enfermedad de la poesía, llegó a París,
como quien llega a un Oriente encantado. Dejaba su tierra de Cuba en
donde había nacido de familia hidalga. Tenía por París esa pasión
nostálgica que tantos hemos sentido, en todos los cuatro puntos del
mundo; esa pasión que hizo dejar a Heine su Alemania, a Moreas su
Grecia, a Parodi su Italia, a Stuart Merril su Nueva York. Hijo
espiritual de Francia y desde sus primeros años dedicado al estudio de
la lengua francesa, si llegó a escribir preciosos versos españoles,
donde debía encontrar la expresión de su exquisito talento de artista,
de su lirismo aristocrático y noble, fué en el teclado polífono y
prestigioso de Banville.

¡Banville! Pocos días antes de morir aquel maestro maravilloso y
encantador, recibió un libro de versos en cuya portada se leía: «Augusto
de Armas--Rimes Byzantines.» Leyó las rimas cinceladas de Armas y
entonces le escribió una carta llena de aliento y entusiasmo.

Theodore de Banville había escrito, a propósito de Wagner, estas
palabras: «Le vrai, le seul, l’irrémisible défaut de son armure c’est
qu’il a fait des vers français. L’homme de génie, qui doit tout savoir,
doit savoir entre autres choses, que nul étranger ne fera jamais un vers
français qui ait le sens commun. On t’en fricasse des filles commes
nous! voilà ce que dit la Muse française á quiconque n’est pas de ce
pays ci, et lorsqu’elle disait cela en se mettant les poings sur les
hanches, Henri Heine, qui était un malin, l’a bien entendu.»
Ciertamente, le escribió el gran poeta a Augusto de Armas,--he dicho
eso; pero huélgome de confesar que vos sois la excepción de lo que
afirmé.

Basta leer una sola de las poesías del refinado bizantino de Cuba, para
reconocer que fué con justicia armado caballero de la musa francesa al
golpe de la espada de oro de Banville. ¿Quién ha cantado en más ricos
hemistiquios el oleaje sonoro de los alejandrinos? Como Carducci que
lleno del fuego de su estro entona su cántico «¡Ave o Rima...!» como
Sainte Beuve que a manera de Ronsard celebra ese mismo encanto musical
de la consonancia, Augusto de Armas, con el más elevado deleite, alaba
la forma del verso francés en que se han escrito tantas obras maestras y
tantos tesoros literarios; alaba el instrumento que ha hecho resonar
desde el «Poema de Alejandro» hasta las colosales harmonías de «La
Leyenda de los siglos».

Su libro es labrado cofrecillo bizantino, lleno de joyas. Su verso es
flor de Francia; su espíritu era completamente galo. Ha sido uno de los
pocos extranjeros que hayan podido sembrar sus rosas en suelo francés,
bajo el inmenso roble de Víctor Hugo. El abate Marchena no sé que haya
hecho en francés nada como su curiosidad latina del falso Petronio;
Menéndez Pelayo, pasmo de sabiduría, según se dice en España, dudo que
se acomodase a las exigencias de las musas de Galia; Longfellow dejó muy
medianejos ensayos, como su juguete «Chez Agassiz», Swinburne, que como
Menéndez Pelayo versifica admirablemente en lenguas sabias, en sus
versos franceses va como estrechado y sin la libertad y potencia de sus
poesías en su lengua nativa. Lo mismo Dante Gabriel Rossetti.

Heine lo que escribió en francés fué prosa; lo propio Tourgueneff. Los
casos que pueden citarse, semejantes al de Augusto de Armas, son el de
su paisano José María de Heredia, que se ha colocado orgullosamente
entre el esplendor de sus trofeos; el de Alejandro Parodi, que ha
logrado hasta el laurel de las victorias teatrales: el de Jean Moreas,
gran maestro de poesía; el de Stuart Merril, que sólo puede ser yankee
porque como Poe nació en ese país que Peladan tiene razón en llamar de
Calibanes; el de Eduardo Cornelio Price, distinguido antillano, el de
García Mansilla, poeta y diplomático argentino que escribe envuelto en
el perfume del jardín de Coppée. Pero José María de Heredia llegó a
París muy joven, y apenas si tiene de americano el color y la vida que
en sus sonetos surgen, de nuestros ponientes sangrientos, nuestras
fuertes savias y nuestros calores tórridos. Heredia se ha educado en
Francia; su lengua es la francesa más que la castellana. Parodi, por una
prodigiosa asimilación, pertenece al Parnaso francés; Moreas llegó de
Atenas, histórica hermana de París; Stuart Merrill, como Poe, brota de
una tierra férrea, en un medio de materialidad y de cifra, y es un
verdadero mirlo blanco; formando Poe, el pintor misterioso y él, la
trinidad azul de la nación del honorable presidente Washington; Price,
no pasa de lo mediano; y García Mansilla, me figuro, que a pesar de sus
preciosas producciones, y con todo y creerle dominador de la rima
francesa y poeta y refinado artista, me figuro, digo, que debe de ser un
cultivador elegante de la poesía, un trovero gran señor que ritma y rima
para solaz de los salones, versos que deben ser impresos en ediciones
ricas y celebrados por lindas bocas en las bellas veladas de la
diplomacia.

Augusto de Armas representaba una de las grandes manifestaciones de la
unidad y de la fuerza del alma latina, cuyo centro y foco es hoy la
luminosa Francia. El, que había nacido animado por la fiebre santa del
arte, llevó al suelo francés la representación de nuestras energías
espirituales, y Bánville pudo reconocer que el laurel francés, honra y
gloria de nuestra gran raza, podía tener quien regase su tronco con agua
de fuente americana, y que un americano de sangre latina podía ceñirse
una corona hecha de ramas cortadas en el divino bosque de Ronsard.

¿Pero el soñador no sabía acaso que París, que es la cumbre, y el canto,
y el lauro, y el triunfo de la aurora, es también el maelstrom y la
gehenna? ¿No sabía que, semejante a la reina ardiente y cruel de la
historia, da a gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace
arrojar en la sombra y en la muerte? ¡Pobre Augusto de Armas! Delicado
como una mujer, sensitivo, iluso, vivía la vida parisiense de la lucha
diaria, viendo a cada paso el miraje de la victoria y no abandonado
nunca de la bondadosa esperanza. Entre los grandes maestros, encontró
consejos, cariño, amistad. Dios pague a Sully Prudhomme, al venerable
Leconte de Lisle, a Mendés y a José María de Heredia, los momentos
dichosos que podían dar al joven americano, alimentando su sueño, su
noble ilusión de poeta. Y también a los que fueron generosos y llevaron
a la cama del hospital en que sufría el pálido bizantino de larga
cabellera, el consuelo material y la eficaz ayuda. Entre estos diré dos
nombres para que ellos sean estimados por la juventud de América: es el
uno Domingo Estrada, el brillante traductor de Poe, y el otro M. Aurelio
Soto, expresidente de la república de Honduras.

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LAURENT TAILHADE


Rarísimo. Es, ni más ni menos, un poeta. Estas palabras que se han dicho
respecto a él no pueden ser más exactas: «Es un supremo refinado que se
entretiene con la vida como con un espectáculo eternamente imprevisto,
sin más amor que el de la belleza, sin más odio que a lo vulgar y lo
mediocre.»

Como poeta, como escritor, no ha tenido la notoriedad que sólo dan los
éxitos de librería, los cuales desprecia el olímpico Jean Moreas,
supongo que, fuera de la razón lírica, porque recibe una buena pensión
de su familia de Atenas. Como hombre, raro es el que no conozca a
Tailhade en el «quartier.»

Y a propósito, ¿recuerdan los lectores lo que aconteció a este otro
poeta cuando el alboroto de los estudiantes, años há? No le dieron sus
versos, por cierto, la fama que los garrotazos y heridas que recibió.
Poco más o menos sucede ahora con Laurent Tailhade. Sus libros, que
antes solamente circulaban entre un público escogido y en ediciones de
subscripción, es probable que tengan hoy siquiera sea una pasajera
boga; aunque su refinamiento y su aristocracia artística no serán ni
podrían ser para el gran público de los indudablemente ilustres Tales y
Cuales. El cómo ve la vida Laurent Tailhade, lo explica un caricaturista
de esta manera: «El poeta, vestido a la griega, toca la lira admirando
un hermoso caballo salvaje. Poseído del «deus», no advierte el peligro.
Resultado: Orfeo recibe un par de coces que le echan fuera de la boca
toda la dentadura.»

Y Castelar a su vez, hablando de la explosión que tan maltrecho dejó al
lírico: «Hallábase allí entre tantos adoradores de la belleza divorciada
del bien, un escritor anarquista, el amado Tailhade, quien dijo que
importaba poco el crimen cometido por Vaillant, ante la hermosura de su
actitud y de su gesto al despedir la bomba, sólo comparables, añado yo,
al gesto y actitud de Nerón, cuando, vestido de Apolo y llevando en las
manos áurea cítara tañida por sus delicados dedos, celebraba el incendio
de la sacra Ilión entre las llamas que consumían la Ciudad Eterna. Pues
bien, el apologista de Vaillant y su crimen estaba en el comedor cuando
estalló la nueva bomba; y efecto del estallido, cayó casi deshecho en
tierra, perdiendo un ojo arrancado a su rostro por los vidrios
ardientes. Al sentirse así, no dijo nada el cuitadísimo de gestos y
actitudes, llevóse la mano a la herida y gritó: «¡Al asesino!» Hay
providencia.»

¡El «amado Tailhade», anarquista!

El gusta de los buenos olores y de las cosas bellas y poéticas. No quiso
ir al último banquete de la Pluma, porque «olía a remedios.» ¿Será
anarquista el que sabe como todos que, no digamos el anarquismo sino la
misma democracia, huele mal?

Tengo a la vista sus «Vitraux.» Mi número es el 226 del tiraje único de
quinientos ejemplares que sobre rico papel de Holanda hizo el editor
Vanier. «Vitraux» es la primera parte de «Sur Champ D’Or.» La carátula
está impresa a tres tintas, rojo, violeta y negro, sobre un papel
apergaminado. Y la dedicatoria que escribió ese admirador de Vaillant es
la siguiente:

          A Madame
    La Comtesse Diane de Beausaq
                  L. T.

Laurent Tailhade dedica a esa dama aristocrática sus versos, porque debe
de ser bella, tiene un lindo nombre y el blasón es siempre bello. Y
pronunció la «boutade» sobre Vaillant porque, como Castelar, se imaginó
que el dinamitero había lanzado la bomba con un bello gesto. En cuanto a
Nerón, era sencillamente otro poeta, muy inferior por cierto al raro de
quien hoy escribo. Porque, no, no haría ni con todas las lecciones de
cien Sénecas, el imperial rimador, versos a sus dioses, como estos
burilados, miniados adorables versos que Tailhade ha escrito «Sur Champ
D’Or» en homenaje a la religión católica... y a la mujer amada. Es un
homenaje sacrílegamente artístico, si queréis; son joyas profanas
adornadas con los diamantes de las custodias, labradas en el oro de los
altares y de los cálices. Cierto que en los tercetos a nuestra Señora,
no se muestra el resplandor sagrado de la fe que vemos en la liturgia de
Verlaine; son obras inspiradas en la belleza del culto cristiano, del
ritual católico.

Pero después de «Pauvre Lelian», que con fe pura y profunda y arte de
insigne maestro, ha escrito prodigios de rimado amor místico, nadie ha
igualado siquiera al Laurent Tailhade de los «Vitraux» en ninguna
lengua, por la gracia primitiva, el sagrado vocabulario y el sentimiento
de las hermosuras y magnificencias del catolicismo. Es aquí demasiado
profano, es cierto, y vierte en el agua bendita un frasco de opoponax...
¿Le perdonaremos en gracia al «bello gesto?» Para escribir estos poemas
ha debido recorrer los viejos himnarios, las prosas, los antiguos cantos
de la iglesia; las sequencias de Notker, las de Hildegarda, las de
Godeschalk y las poesías de aquel divino Hermanus Contractus que nos
dejó la perla de la Salve Regina.

Laurent Tailhade es buen latinista, y ha versificado imitando a Adam de
Saint-Víctor.

Ejemplo:

      ¡Saivi vincia! ¡fulge lemur!
    Amor nunc foveamur:
    Per te, virgo, virginemur.

Sus «Vitraux» son comparables a los de las antiguas catedrales. En ellos
la Virgen conversa ingénuamente con el encantador serafín:

      Les calcédoines, les rubis
    Passementent ses longs habits
    De moire antique et de tabis.

      Ses cheveux souplets d’ambre vert
    Glissent comme un rayón d’hiver
    Sur sa cotte de menu-vair.

      ¡Oh! ses doigts frêles et le pur
    Mystère de ses yeux d’azur
    Eblouis du pardon futur!

      Tremblante elle reçoit l’Ave.
    Par qui le front sera lavé
    De l’antique Adam réprouvé.

      «Emperière au bleu pennon,
    Sur le sistre et le tympanon,
    Les cieux exaltent ton renom.

      ¡Toi de Jessé royal provin,
    Pain mistique, pain sans levain,
    Font scellé de l’Amour divin!

      ¡Toison de Gédéon! ¡Cristal
    Dont le soleil oriental
    N’adombre pas le feu natal...!

La letanía continúa magnífica y preciosamente encadenada. Delicado,
perfumado con mirra celeste, su «Hortus Conclusus» resuena con el eco de
un himno en la fiesta de la purificación:

      Quia obsequentes oferunt
    Ligustra et alba lilia.
    Candor sed horum vincitur
    Candore casti pectoris.

Siempre la Reina Virgen, la «Mère Marie» de Verlaine--¡y de todos los
que sufren!--aparece radiante, vestida de sol, la Hija del Príncipe que
cantó el Profeta. Todos los bálsamos de consolación brotan de ella:
todos los perfumes: el del olibán, el del cinamomo, el del nardo de la
Esposa del Cantar de los Cantares.

Un soneto litúrgico hay que no puedo menos que reproducir. Para él no
habría traducción posible en verso castellano.

Es este:

      Dans le nimbe ajouré des vierges byzantines,
    Sous l’auréole et la chasuble de drap d’or
    Où s’irisent les clairs saphirs du Labrador,
    Je veux emprisonner vos grâces enfantines.

      ¡Vases myrrhins! ¡trépieds de Cumes ou d’Endor!
    ¡Maître-autel qu’ont fleuri les roses de matines!
    Coupe lustrale des ivresses libertines,
    Vos yeux sont un ciel calme ou le désir s’endort.

      ¡Des lis! ¡des lis! ¡des lis! ¡Oh pâleurs inhumaines!
    ¡Lin des etoles, chœur des froids catéchuménes!
    ¡Inviolable hostie oferte à nos espoirs!

      Mon amour devant toi se prosterne et t’admire,
    Et s’exhale, avec la vapeur der encensoirs,
    Dans un parfum de nard, de cinname et de myrrhe.

Imaginaos un enamorado que fuese a las santas basílicas a arrancar los
mejores adornos para decorar con ellos la casa de su querida. Podría
citar exquisitas muestras de este volumen admirable; pero sería alargar
mucho estas apuntaciones. He de observar, sí, algo de su poética. Hay en
ella mezcla de Decadencia y de Parnaso. Algunas veces se pregunta uno:
¿es esto Banville? Prueba:

      C’est un jardin orné pour les métamorphoses
    Où Benserade apprend ses rondeaux aux Follets,
    Où Puck avec Trilby, près des lacs violets,
    Débitent des fadeurs, en adorables poses.

Y el «Menuet d’automne», es un espécime de la poética modernísima. Pero
en todo se reconoce la distinción, la aristocracia espiritual y la
magnífica realeza de ese «anarquista.»

Cierto es que es éste el anverso de la medalla: la faz del inmortal
Apolo.

En el reverso nos encontramos con una cara conocida, ancha y risueña,
con la cabeza de un bonachón y pícaro fraile que nos saluda con estas
palabras: ¡Buveurs très illustres, et vous, verolés très précieux!...»
Laurent Tailhade ha renovado a Rabelais en sus escasamente conocidas
«Lettres de mon Ermitage.» Después, su risa hiriente y sonora se ha
derramado en una profusión de baladas que le han acarreado un sinnúmero
de enemigos. En este terreno es una especie de León Bloy rimador y
jovial. Quisiera citar algún fragmento de las cartas o de las baladas;
¿pero cómo serán ellas cuando en las revistas que se han publicado se
ven llenas de lagunas y de puntos suspensivos? Con un tono antiguo y
bufonesco, burla a sus contemporáneos, empleando en sus estrofas las
palabras más brutales, obscenas o escatológicas. Sus baladas son el polo
opuesto de sus «Vitraux.» Esas baladas se conocieron en las noches
literarias de la «Plume» u otras semejantes, y hoy pueden verse en un
elegante volumen ilustrado por H. Paul. Nombres de escritores, asuntos
políticos y sociales, son el tema. Ya despelleja a Peladan,

...C’est Peladan-Tueur-de Mouches...
    Quand Peladan coiffé de vermicelle...,

ya pone en berlina a Loti, o a Bonnetain, o a Barres, o a Jean Moreas;
ya la emprende con el senador Bérenger, de pudorosísima memoria; ya toma
como blanco al burgués y alaba la terrible locura de Ravachol o de
Vaillant.

Allá en el fondo de su corazón de buen poeta, hallaréis honrada nobleza,
valor, bravura y un tesoro de compasión para el caído. Exactamente lo
mismo que en el fulminante Bloy.

Como conferencista ha traído un escogido público a la Bodiniére. Su
figura es apropiada a la elocuencia, y sus gestos son bellos, en verdad.

Hay un retrato de «Dom Juniperien»--pseudónimo suyo, en el
«Mercure»--que le representa sentado en una vieja silla monástica,
vestido con su hábito de religioso, la capucha caída. La frente asciende
en una ebúrnea calva imponente; sobre el cuello robusto se alza la
cabeza firme y enérgica; los ojos escrutadores brillan bajo el arco de
las cejas; la nariz recta y noble se asienta sobre un bigote de
sportman, cuyas guías aguzadas denuncian la pomada húngara. De las
obscuras mangas del hábito salen las manos blancas, cuidadísimas,
finas, regordetas, abaciales.

Fué de los primeros iniciadores del simbolismo. Vive en su sueño. Es
raro, rarísimo. ¡Un poeta!

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FRA DOMENICO CAVALCA


No tengo conocimiento de que se haya traducido a nuestra lengua ningún
libro del «primitivo» Fra Domenico Cavalca, en cuyas obras en prosa y en
verso brilla la luz sencilla y adorable, la expresión milagrosa de las
pinturas de un Botticelli. Al menos, Estelrich, que es, en lo moderno,
quien mejor se ha ocupado en su magnífica Antología, de las traducciones
de obras italianas en idioma español, no cita en las noticias
bibliográficas de su obra el nombre del fraile Cavalca, de cuyas
producciones dice Manni, citado por Francisco Costero, hablando de las
«Vite scelte dei santi padri», que son merecedoras de todo encomio, «non
solamente pel fatto di nostra favella, ma exiandio per la materia stessa
di erudizione, di buon costume, di ottimi esempli, di antichi riti e di
profonda, sovrana dottrina fornita e ripiena»: Costero le coloca en el
rango de primer prosista de su tiempo, apoyado en Barretti, y en la
mayor parte de los críticos modernos.

Si la pintura «primitiva» ha dado vuelo a la inspiración de los
prerrafaelitas, la poesía, la literatura trecentista y quatrocentista,
resuena también en el laud de Dante Gabriel Rosseti, en la lira de
Swinburne. En Francia ha inspirado a más de un poeta de las escuelas
nuevas. Verlaine, Moreas, Vielli Griffin,--quien con su Oso y su Abadesa
ha escrito una obra maestra,--son muestra de lo que afirmo. Ese mismo
Laurent Tailhade, ese mismo poeta de las baladas anárquicas, ha escrito
antes sus «Vitraux», en los cuales hallaréis oro y azul de misal viejo,
sencillas pinceladas de Fra Angélico. Hay un tesoro inmenso de poesía en
la gloriosa y pura falange de los místicos antiguos.

Cuando en nuestra Bolsa el oro se cotiza duramente, cuando no hay día en
que no tengamos noticia de una explosión de dinamita de un escándalo
financiero o de un baldón político, bueno será volar en espíritu a los
tiempos pasados, a la Edad Media.

    Le Moyen Age énorme et délicat...

He aquí a Cavalca, dulce y santo poeta que respiraba el aroma
paradisíaco del milagro, que vivía en la atmósfera del prodigio, que
estaba poseído del amor y de la fe en su Señor y rey Cristo. Antes que
él, Fra Guittone d’Arezzo pedía en un célebre soneto a la Virgen, que
le defendiese del amor terreno y le infundiese el divino; y el inmenso
Dante, en medio de sus agitaciones de combatiente, ascendía por las
graderías de oro de sus tercetos, al amor divino, conducido por el amor
humano.

Eran los antiguos místicos prodigiosos de virtud; sus grandes almas
parece que hubiesen tenido comunicación directa con lo sobrenatural; de
modo que el milagro es para ellos simple y verdadero como la eclosión de
una rosa o el amanecer del sol. ¡Y qué artistas, qué iluminadores! En la
tela de la vida de un anacoreta, de un solitario, os bordan los
paisajes más ideales, las flores más poéticamente sencillas que podáis
imaginar. La caridad, la fe, la esperanza iluminan, perfuman, animan las
obras. Es el tiempo del imperio de Cristo. Para aquellos corazones
únicos, para aquellas mentes de excepción, la cruz se agiganta de tal
manera que casi llena todo el cielo. El Padre mismo y la Paloma blanca
del Espíritu están en el resplandor del Hijo. Y la Madre, la emperatriz
María, pone con su sonrisa una aurora eterna en la maravilla del
Empíreo.

La hagiografía fué en aquellos siglos ocupación de las mejores almas.
Fra Domenico, si dejó escritos religiosos y teológicos, y vulgarizó más
de una obra desconocida, si fué poeta en sus serventesios y laudes, lo
que le ha señalado un puesto único en la literatura mística universal,
son las «Vidas»; aunque ellas no sean originales sino arreglos y
versiones. «Le Vite de Santi Padri» furono scritte parte de San
Gerolamo, parte da Evagrio del Ponto e da Sant’ Atanasio, e Fra Domenico
Cavalca le tradusse del latino», dice Costero. Pero hay tal encanto, tal
ingenua gracia y tal animación en ese italiano antiguo; es tan nítido y
suave el estilo de Fra Domenico, que la obra pasa a ser suya propia. No
conozco las otras traducciones suyas de obras diversas, como el
«Pangilingua» o «Suma de Vicios», de Guillermo de Francia, u otras de
que habla Costero: Un diálogo y una epístola de San Gregorio, las
«Ammonizione» de San Jerónimo a Santa Paula, un libro de Fra Simone de
Cascia, el «Libro de Ruth», y «Tratado de Virtudes y Vicios.»

La musa de Cavalca, dice De Sanctis, es el amor. Respira, en efecto,
amor todo aquello que brota de su pluma: el absoluto amor de Dios. La
ternura rebosa en la vida de Santa Eugenia, que tanto entusiasmó a
escritora como la Franceschi Ferrucci. En la de San Pablo, primer
ermitaño, flota un ambiente de deliciosa fantasía. No creo equivocarme
si digo que Anatole France ha leído a nuestro autor para escribir
imitaciones tan preciosas como la «Leyenda» y «Celestín» de su «Etui de
nacre.» Las creaciones del paganismo alternan con las figuras ascéticas.
Pinturas hay de Fra Domenico que tienen toda la libertad de la
inocencia, y que en boca de un autor moderno serían demasiado
naturalistas. En la vida de San Pablo es donde se cuenta el caso de
aquel mancebo que, tentado para pecar, por una «bellísima meretriz»,
sintiéndose ya próximo a faltar a la pureza, se cortó la lengua con los
dientes y la arrojó sangrienta a la cara de la tentadora.

El viaje de San Antonio en busca de su hermano en Cristo, Pablo, que
habitaba en el Yermo, es página curiosísima.

Allí es donde vemos afirmada la existencia real de los hipocentauros y
de los faunos. El Santo peregrino encuentra a su paso un «mezzo uomo e
mezzo cavallo», que conversa con él y le da la dirección que debe seguir
para encontrar al eremita. Luego un sátiro, un «uomo piccolo, col naso
ritorto e lungo, e con corna in fronte, e piedi quasi come di capra», le
ofrece dátiles y le ruega que interceda por él y sus compañeros con el
nuevo Dios, con el triunfante Cristo.

Para Fra Domenico, que era un digno poeta, la existencia de esos seres
fabulosos es cosa indiscutible e indudable. Más aun, da en su apoyo
citas históricas. «De estas cosas, dice, no hay que dudar, por creerlas
increíbles o vanas; porque en tiempo del emperador Constantino, un
semejante hombre vivo fué llevado a Alejandría, y después, cuando murió,
su cuerpo fué conservado «(insalato)» para que el calor no le
descompusiese, y llevado a Antioquía, al emperador, de lo cual casi todo
el mundo puede dar testimonio.»

Pero nada como la odisea de los monjes Teófilo, Sergio y Elquino, cuando
se propusieron, para edificación de la gente, narrar y escribir las
admirables cosas que Dios les había hecho ver, en su viaje en busca del
Paraíso terrenal. Esto se ve en la vida de San Macario. Habiendo
renunciado al siglo, entraron a un monasterio de Mesopotamia de Siria,
del cual era abad y rector Asclepione. El monasterio estaba situado
entre el Eufrates y el Tigris. Teófilo un día en medio de una mística
conversación, propuso a sus dos nombrados hermanos en Cristo ir en
peregrinación por el mundo, «hasta llegar al lugar en que se junta el
cielo con la tierra.» Partieron todos juntos, y la primera ciudad que
encontraron después de muchos días de caminar fué Jerusalém, en donde
adoraron la santa cruz y visitaron los lugares santos. Estuvieron en
Belén, y en el monte de los Olivos. Después se dirigieron a Persia, el
cual imperio recorrieron. Luego van a la India, y empiezan para ellos
los encuentros raros, los peligros y las cosas extranaturales. Les
rodean tres mil etiopes, en una casa deshabitada en la cual habían
entrado a orar; les cercan de fuego, para quemarles vivos; oran ellos a
Cristo; Cristo les salva; les encierran para darles muerte de hambre;
Dios les saca libres y sanos. Pasan por montes obscuros, llenos de
víboras y fieras. Caminan días enteros y pierden el rumbo. Un bellísimo
ciervo llega de pronto y les sirve de guía. Vuelven a encontrarse solos,
en un lugar lleno de tinieblas y de espantos: una paloma se les aparece
y les conduce. Encuentran una tabla de mármol con una inscripción
referente a Alejandro y a Darío. En la cual tabla miran escrita la
dirección nueva que deben tomar. Cuarenta días más de peregrinación y
caen rendidos de cansancio. Llaman a Dios, y adquieren nuevas fuerzas.
Se levantan y ven un grandísimo lago lleno de serpientes que parecían
arrojar fuego, «y oímos voces, dice la narración, salir estridentes de
aquel lago, como de innumerables pueblos que gimiesen y aullasen.» Una
voz del cielo les dijo que allí estaban los que negaron a Cristo.

Hallaron después a un hombre inmenso--una especie de
Prometeo--encadenado a dos montes, y martirizado por el fuego. Su clamor
doloroso «s’udiva bene quaranta miglia alla lunga...» Después en un
lugar profundísimo, y horrible, y rocalloso y áspero--los adjetivos son
del original--vieron una fea mujer desnuda a la cual apretaba un enorme
dragón, y le mordía la lengua. Más adelante encuentran árboles
semejantes a las higueras, llenos de pájaros que tenían voz humana y
pedían perdón a Dios por sus pecados. Quisieron nuestros monjes saber
qué era aquello, mas una voz celeste les reprendió: «Non ci conviene a
voi conoscere li segreti giudici di Dio; andate alla vïa vostra.» Con
esta franca indicación los buenos religiosos prosiguieron su camino.
Hallan en seguida cuatro ancianos, hermosos y venerables, con coronas de
oro y gemas, palmas de oro en las manos; ante ellos, fuego y espadas
agudas. Temblaron los peregrinos; pero fueron confortados: «Seguid
vuestro camino seguramente que nosotros estaremos en este lugar, por
Dios, hasta el día del juicio.»

Anduvieron cuarenta días más, sin comer. Después viene la pintura de una
visión semejante a las visiones, de los fuertes profetas--Ezequiel,
Isaías--, pero en un lenguaje dulce y claro, de una transparencia
cristalina. No es posible dar traducidas las excelencias originales.
Dicen que, en su camino, escucharon como cantar la voz de un pueblo
innumerable; y sintieron al mismo tiempo perfumes suavísimos, y una
dulzura en el paladar como de miel.

Gozaban todos los sentidos santamente. Como en la bruma de un ensueño,
vieron un templo de cristal, y un altar en medio, del cual brotaba una
agua blanca como la leche, y alrededor hombres de aspecto santísimo que
cantaban un canto celestial con admirable melodía. El templo, en su
parte del mediodía, parecía de piedras preciosas; en su parte austral
era color de sangre; en la del occidente, blanco como la nieve. Arriba
estrellas, más radiantes que las que vemos en el cielo:--sol, árboles,
frutas y flores y pájaros mejores que los nuestros; y este precioso
detalle: «la terra medesima e dall’ uno lato bianca come neve e dall’
altro rosa.» No concluyen aquí las maravillas encontradas por estos
divinos Marco Polos. Después de verse frente a frente con una tribu
extrañísima--a la cual ponen en fuga de muy curiosa manera,
gritando,--Dios calma sus hambres y sedes con hierbas que brotan de la
tierra como cayó el maná bíblico del cielo.

Todo cubierto de cabellos blancos, «come l’uccello delle penne», aparece
ante ellos el ermitaño San Macario. Si la blancura de sus cabellos ha
sido comparada con la de la nieve, no obsta para compararla con la de la
leche. El retrato del solitario: «Su faz parecía faz de ángel; y por la
mucha vejez casi no se veían los ojos. Las uñas de los pies y de las
manos cubrían todo el cuerpo; su voz era tan sutil y poca que apenas se
oía, la piel del rostro casi como una piel seca.»

Así León Bloy dibujaría una de sus viñetas arcaicas, a imitación de los
viejos maestros alemanes. Macario conversa con los peregrinos, después
de reconocer en ellos a hijos y ministros de Dios, y les aconseja no
proseguir en su intento de llegar al Paraíso.

El mismo ha querido hacer el viaje: lo ha hecho: ¡está tan cerca aquel
lugar de delicias donde vivieron Adán y Eva! veinte millas, no más. Pero
allá está el querubín con una espada de fuego en la mano, para guardar
el árbol de la vida: sus pies parecen de hombre, su pecho de león, sus
manos de cristal. Macario recomienda sus huéspedes a sus dos leones:
«Hijitos míos, esos hermanos vienen del siglo a nosotros: cuidado con
hacerles ningún mal.» Cenaron raíces y agua; durmieron. Al siguiente día
ruegan a Macario que les narre su vida. Nuevos y mayores prodigios.

Macario, nacido en Roma, cuenta cómo dejó el lecho de sus nupcias, la
propia noche de bodas, para consagrarse al servicio de Cristo.

Guías sobrenaturales, milagrosos senderos, hallazgos portentosos; todo
eso hay en la vida del anciano. También él, perdido en el monte, tuvo
por compañero a un onagro maravilloso, después de ser conducido por el
arcángel Rafael; muéstrale el sendero que debe seguir luego un ciervo
desmesurado; frente a frente con un dragón, el dragón le llama por su
nombre y le conduce a su vez, mas ya transformado en un bellísimo joven.
Halló una gruta y en ella dos leones, que desde entonces fueron sus
compañeros. Esos dos leones escoltaron como pajes, un buen trecho, a los
peregrinos, cuando se despidieron del santo eremita.

Al tratar de los demonios y sus costumbres, en las «Vidas», Fra Domenico
es copioso en detalles. Deben haber consultado sus obras los Bodin,
Gorres, Sinistrari, Lannes, Sprenger, Remigius, del Río, para escribir
sus tratados demonológicos. En la vida de San Antonio Abad toma el
Bajísimo formas diversas: ya es una mujer bellísima y provocativa; o un
mozo horrible; o surge el diablo en forma de serpiente; y fieras, leones
fantásticos, toros, lobos, basiliscos, escorpiones, leopardos y osos,
que amenazan al solitario en una algarabía infernal. Después en otro
capítulo, explícase cómo los demonios pueden venir en forma de ángeles
luminosos, y parecer espíritus buenos. San Antonio cuenta de cuantas
maneras se le aparecieron: en forma de caballeros armados, o de fieras o
monstruos; de un gigante y de un santo monje. San Hilarión les oye
llorar como niños, mugir como bueyes, gemir como mujeres, rugir como
leones. San Abraham mira a Lucifer en su celda en medio de una
maravillosa luz, o en forma de hombre furioso, de niño, de una agresiva
multitud. A San Macario le tienta en figura de preciosa doncella,
ricamente vestida. A San Patricio le arroja a un fuego demoníaco, del
cual se libra por la oración. Pero casi siempre es en forma de mujer, o
por medio de la mujer que Satán incita, pues según dice con justicia
Bodin: «Satán par le moyen des femmes, attire les hommes a sa cordelle.»
Y es probado.

Lo que se presenta con especial y primitiva gracia en las «Vite» son las
adorables figuras de las santas. Semejan imágenes de altar bizantino, de
vidrieras medioevales; la virgen Eufrasia; Eugenia, mártir; Eufrosina
que vivió en un monasterio con hábito masculino, como murió Palagia;
María Egipciaca, dulce pecadora que va a Dios y resplandece como una
estrella en el cielo de la santidad; Reparada, que cambia en agua fría
el plomo derretido y entra al horno ardiente y sale intacta.

Al acabar de leer la obra de Fra Domenico Cavalca siéntese la impresión
de una blanda brisa llena de aromas paradisíacos y refrescantes. Hay
algo de infantil que deleita y pone en los labios a veces una suave
sonrisa.

Todas las literaturas europeas tienen esta clase de
escritores--hagiógrafos o poetas,--por desgracia hoy demasiado olvidados
e ignorados.--Raro es un Rémy de Gourmont que resucite y ponga en
maravilloso marco las bellezas del latín místico de la Edad Media, por
ejemplo. No son muchos--no digo entre nosotros; eso es claro--los que
conocen joyeles como las «Secuencias» de santa Hildegarda, y otros
tesoros de poesía mística antigua. Alemania posee el «Barlaam» y
«Josaphat», el cántico de San Hannon, etcétera. Tieck intentó que la
poesía alemana de su tiempo se abrevase en las límpidas aguas de
Wackenroder y otros autores de su tiempo. Fué un precursor de Dante
Gabriel Rossetti, del prerrafaelismo; y sufrió por sus intentos más de
una picadura de las abejas de Heine.

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EDUARDO DUBUS


Los violines también se callan, los violines que tocaban tan
vigorosamente para la danza, para la danza de las pasiones; los violines
se callan también. Estas palabras de la «Angélica» de Heine, escucháis
al entrar al parque solitario en donde la fiesta tuvo sus luces y sus
cantos.

Eduardo Dubus es un raro poeta, poeta que enguirnalda con rosas
marchitas el simulacro de la Melancolía.

Vamos allá al recinto abandonado... ya pasó la hora de la partida; ya
las barcas van lejos; ya las marquesas, los caballeros galantes, los
abates rosados van lejos. Callaron los violines y partieron, con su
dulce alma harmoniosa... Los violines, silenciosos, van ya lejos...

      En mes rêves, ou regne une Magicienne,
    Cent violons mignons, d’une grâce ancienne,
    Vêtus de bleu, de rose, et de noir plus souvent
    Viennent jouer parfois, on dirait pour le vent,
    Des musiques de la couleur de leur coutume,
    Mais on pleurent de folles notes d’amertume,
    Que la Fée, une fleur au lèvres, sans émoi,
    Ecoute longuement se prolonger en moi,
    El dont je garde souvenir, pour lui complaire,
    Et maint joyau voilé d’ombre crépusculaire,
    Qu’orfèvre symbolique et pieuse sortis
    A sa gloire,
            Quand les violons sont partis.

Si vuestra alma pone el oído atento, en las fiestas de ensueños del
poeta, oiréis los maravillosos sones de los violines: los azules cantan
la melodía de las dichas soñadas, los alcázares de ilusión, las
babilonias de pálido oro que vemos a través de las brumas de los vagos
anhelos; los rosados dicen las albas de las adolescencias, la luz
adorable del orto del amor, la primera sutil y encantada iniciación del
beso, las palomas, las liras; los negros, ¡oh los negros! son los
reveladores de las tristezas, los que plañen los desengaños, los que
sollozan líricos de profundis, los que riman la historia de los adioses,
en una enternecedora lengua crepuscular. Todos ellos mezclan a sus sones
divinos la nota melancólica; todos a su «gracia antigua», agregan como
una visión de desesperanza: así escucha el Hada, una flor en los
labios...

La aparición de Ella, es semejante a una de las deliciosas visiones de
Gachons, ese discípulo prestigioso de Grasset, rosa suave, violeta
suave, un poniente melancólico; la Mujer surge intangible; no es la
Mujer, es la Apariencia; sus ojos son adoradores de los sueños, enemigos
de las fuertes y furiosas luces; aman las neblinas fantásticas; buscan
las lejanías en donde crece el sublime lirio de lo Imposible. Luego la
contemplamos en un jardín hesperidino:

      Parmi les fleurs pâles, aux senteurs ingénues,
    Qui n’ont jamais vibré sous les soleils torrides,
    Elle va le regard éperdu vers les nues.

      Son âme, une eau limpide et calme de fontaine:
    Sous le grand nonchaloir des ramures funèbres,
    Reflète indolement la rêverie hautaine
    Des lis épanouis dans les demi ténébres.

      Une angélique Main, qui lui montre la Voie,
    Seule dans sa pensée eut la gloire d’écrire,
    Et le ciel, d’une paix divine lui renvoie
    L’écho perpétuel de son chaste sourire...

Es una misteriosa y pura figura de primitivo: su paso es casi un
imperceptible vuelo; su delicadeza virginal tiene el resplandor albísimo
de una celeste nieve... Etcétera...

Y así podría seguir, violineando poema en prosa, para encanto de los
snobs de nuestra América ¡que también los tenemos! si no debiese
presentar como se lo merece, en la serie de los Raros, a este poeta
Dubus, que es ciertamente admirable, y en el mismo París, como no sea en
ciertos cenáculos literarios, muy escasamente conocido.

León Deschamps compara la cara de Dubus a «la máscara de Baudelaire
joven», lo cual quiere decir que era de un hermoso tipo, si recordáis la
impresión de Gautier; era joven y vigoroso, «un grand enfant rêveur,
pervers pas mal et fantasque joliment.» Del retratito pintado con humor
y cariño por su amigo el jefe de «La Plume», se ve que había en el
lírico envainado un fantasista, y en el soñador un terrible, que quería
a toda costa espantar a los burgueses. No hay que olvidar que los peores
enemigos de las «gentes», se han hallado siempre entre los hombres
jóvenes y cabelludos que besan mejor que nadie las mejillas, muerden las
uvas a plenos dientes y acarician a las musas, como a celestiales amadas
y ardientes queridas. Era así Dubus.

No se adivinaría tras su faz, al melancólico que deslíe los pálidos
colores de sus ensueños, en los versos exquisitos que rimaba, cuando los
violines habían ya partido...

Quería tener fama en «Francisco I», en el «Vachette», en todo el barrio
de ser morfinómano y no había visto nunca, dicen sus íntimos, una
Pravaz; de ser pornógrafo y era casto, tan casto en sus versos, como un
lirio de poesía; de mal «sujeto», y era un excelente muchacho. Su Maga
le protegía; su Maga le enseñaba la más dulce magia; su Maga le enseñaba
los melodiosos versos, las músicas de sus enigmáticos violines...

Henri Degrou--otro perfecto desconocido--nos ha contado de él cómo
apenas tenía diez años de vida artística; que comenzó en el «Scapin» de
Vallette con Denise, Samain, Dumur, Stuart Merril, que luego juntando
dos cosas horriblemente antagónicas, poesía y política, fué
conferencista revolucionario en la sala Jussieu; y se batió en duelo;
periodista clamoroso y aullante en el «Cri du Peuple», en la «Jeune
Republique» y en la escandalosa «Cocarde» de boulangística memoria;
poeta en el «Chat Noir», con Tinchant y Cross, y compañero constante de
la parvada mantenedora de las «revistas jóvenes», entre las cuales
brotaron dos que hoy son lujo intelectual del alma nueva de Francia, y a
las que no nombro por ser muy conocidas de los «nuevos.»

Hízose luego Dubus pontífice o cosa así de una de esas religiones de
moda más o menos indias o egipcias; budhista, kabalista, o lo que fuese,
lo que buscaba su espíritu era huir de la banalidad ambiente, hallar
algo en que refugiarse, sediento de ensueños y de fábulas, enemigo del
bulevar, de Coquelin y de la «Revue de Deux Mondes», uno de tantos «des
Esseintes», en fin.

Cuando la publicación de su libro-bijou, «Quand les violons sont
partis»,--libro especial, defendido de los hipopótamos callejeros porque
era de subscripción y no se vendía en las librerías,--los pocos, los que
le comprendieron, le saludaron como a uno de los más ricos y brillantes
poetas de la nueva generación.

Ni desconyuntó el verso francés; ¡y era revolucionario y simbolista! ni
mimó a Mallarmé; ¡y era decadente...! ni ostentó la escuadra de plata y
la cuchara de oro de los impecables albañiles del Parnaso; ¡y era
parnasiano! Lo único que le denunciaba su filiación era un cierto
perfume de Baudelaire; pero un Baudelaire tan sereno y melancólico...

Al comenzar vimos cómo era el alma del poeta, es decir, la mujer, la
inspiración. Simboliza Dubus en ella a la reina de un soñado país que se
desvanece, de un reino hechizado que se borra, que se esfuma:

      Elle pairait ainsi bien Reine pour ces temps
    Enveloppés de leur linceul de décadence,
    Où tante joie est travestie de Mort qui danse,
    Et l’Amour en vieillard, dont les doigts mécontents,
    Brodent, sans foi, sur une trame de mensonge
    Des griffons prisonniers dans des palais de songe.

En ella, como en un altar, se verifican todos los sacrificios, se queman
todos los inciensos. Se miran, como a través de una gasa diamantina, o
más bien, de clara luz lunar, los jardines de su vida, su primavera, en
un estrecimiento de oro; o es ya su perfil, el perfil de una emperatriz
bizantina--algo como la Ana Commeno que pinta Paul Adam--sus deseos y
sus ensueños, bajeles-cisnes que parten a desconocidos países de amor,
en busca de nuevos ardores, de nuevos fuegos: y mirad la transformación:
cómo la mujer intangible marchita ahora con sólo su aliento las corolas
frescas; cómo estremece de asombrado espanto los blancores liliales con
sólo la visión de sus crueles e imperiales labios de púrpura, la roja
violadora de lises.

La segunda parte del libro está precedida de un son de siringa de
Verlaine;

    Cœurs tendres, mais affranchis du serment.

En toda obra de poeta joven actual se ve necesariamente pasar la sombra
del Capripede.

Es el que ha enseñado el secreto de las vagas melodías sugestivas, de
aquellas palabras

    si specieux, tout bas,

que hacen que nuestro corazón «tiemble y se extrañe...» primero con la
proclamación del imperio musical--de la «musique avant toute chose»--y
las maravillas del matiz, en una poética encantadora y sabia; después
con la sapientísima gracia de una sencillez más difícil que todas las
manifestaciones que parecieron al principio tan abstrusas.

Dubus canta su romanza teniendo la visión de aquel parque verleniano en
que iban las bellas, prendidas del brazo de los jóvenes amantes,
soñadoras; y en donde los tacones luchaban con las faldas...

      J’aimerais bien vous égarer un soir
    Au fond du pare desert, dans une allée
    Impénétrable à la nuit etoilée:
    J’aimerais bien vous égarer un soir.

      Je ne verrais que vos longs yeux féeriques
    Et nous vivons lèvres closes, rêvant
    A la chanson languisante du vent;
    Je ne verrais que vos longs yeux féeriques.

Luego las pequeñas cosas divinas del amor, en medio de los perfumes del
gran bosque misterioso, las dos almas olvidadas de la tierra; vuelos de
mariposa, sombras propicias...

      Quelle serait la fin de l’aventure?
    Un madrigal accueilli d’airs moqueurs?
    Nous fûmes tant les dupes de nos cœurs?
    Quelle serai la fin de l’aventure?

Abates de corte, marquesas, ecos de las Fiestas galantes. Como en éstas,
la expresión de un indecible «régret», y el refugio de la desolación en
el ensueño.

En ritmos de Malasia continúan las lentas y vagorosas prosas de las
ilusiones fugitivas, de las «reveries» crepusculares, de las laxitudes
que dejan los apasionados besos idos; se oyen en el «pantum» como las
quejas de un viejo clavicordio, que hubiese sido testigo de las horas de
pasión, en la primavera en que florecieron las ilusiones, y que hoy
rememora ¡tan tristemente! las albas amorosas que pasaron. ¿Hay algo más
melancólico que el rostro de viuda de esa musa entristecida que tiene
por nombre Antes?

En «Les Jeux fermés» las reminiscencias de Verlaine aparecen más claras
que en ninguna. Si me favoreciese la memoria, recordaría el pasaje
original del maestro. Pero los pocos lectores para quienes escribo estas
líneas, podrán hacer la confrontación:

       *       *       *       *       *

        Toute blanche, comme une aubépine fleurie,
      Voici la Belle-au-bois-dormant: on la marie,
      Ce soir, au bien-aimé qu’elle atendit cent ans.

      Cendrillon passe au bras de l’Adroite-Princesse...
    Et les songes épars des contes, vont sans cesse
    Souriant aux petits enfants jusqu’au reveil.

       *       *       *       *       *

La parte siguiente la preside Mallarmé; un Mallarmé que viene desde las
lejanías del Eclesiastés:

    ¡La chair est triste hélas! et j’ai lu touts les livres!

¿Los violines, los dos violines de la cuadrilla, lloran, o ríen? Es el
fin del baile. La respuesta quizá la encontraríamos en «La Nuit perdue»,
bajo los tilos radiosos de girándulas, en donde la orquesta da al aire
alegres y frívolos motivos.

Aquel mismo parque lleno de adorables visiones, y de ruidos de músicas
suaves y de besos, es el lugar de la nueva escena. Al claro de la luna
se inicia un amorío deleitoso y loco. Pero el éxtasis es rápido. No
quedará muy en breve sino la lánguida atonía del recuerdo.

«La Mensonge d’Autunne» está escrita con la manera suntuosa y hermética
de Mallarmé: apenas entrevistas apariencias, enigmáticas evocaciones,
músicas sutiles y penetrantes, despertadoras de sensaciones que un
momento antes ignoraba uno dentro de sí mismo.

Aurora. Ha pasado la noche de la fiesta. «El oro rosado de la aurora
incendia los «vitraux» del palacio en donde se danza una lenta pavana
desfalleciente, a los perfumes enervantes del aire puro.»

Un detalle:

      L’éclat falot de la bougie agonise
    A l’infini, dans les glaces de Venise.

¿Habéis visto un final de fiesta, cuando el alba empieza y la luz del
sol va inundado el salón iluminado por las arañas y los candelabros? Los
rostros cansados, las ojeras, las fatigas del cuerpo y una vaga fatiga
del alma.


           *       *       *       *       *

      La musique a des sons bien étranges;
    On dirait un remords qui pérore.

      Mourants ou morts dejà les sourires mièvres,
    Les madrigaux sont morts sur tous les lèvres.

           *       *       *       *       *

      Dans la salle de bal nue et vide
    Reste seul un bouquet qui se fane,
    Pour mourir du même jour livide
    Que l’espoir des danseurs de pavane.

      L’éclat falot de la bougie agonise
    A l’infini, dans les glaces de Venise...

Después una canción jovial cuyo final nos llevará al ineludible páramo
de los desengaños; una «feerie»--para Rachilde--que sería
maravillosamente a propósito para ser interpretada por Odilon Redon.

Y en los «bailes», son las alegres danzantes, las amadas, las
adoradas--¡ah, crueles gatas nietzschianas!--las alegres danzantes que
danzan al son de los violines y de las flautas.

Entre aromas y sonrisas y músicas, helas allí del brazo de los
caballeros, de los pobres enamorados caballeros.

--Bellas nuestras, ¿queréis colocar en el lugar de las rosas, sobre
vuestro corazón los corazones nuestros?

¡Ah! ellas dicen que sí, toman los corazones, se los prenden al corpiño,
y ríen. Los pobres caballeros partirán y han de ver cómo las bellas
danzan en la sala del baile, y cómo se desprenden los corazones de los
corpiños, y cómo ellas siguen danzando,

... et leurs petits souliers
    Glissent éclaboussés de gouttes purpurines.

Otra noche de fiesta. Los pájaros azules han volado desde el amanecer
del día, pero vuelven como heridos, con un incierto vuelo. Las rosas del
camino están más pálidas y son más raras que nunca. Las flores están
desoladas bajo un cielo ahogador. Casi concluye esta parte con una
sensación de pesadilla.

Ciertamente, el poeta sabía ya cómo la carne es triste; y había leído
todos los libros...

En la otra parte, cuyo epígrafe es este verso de Gerard de Nerval:

    Crains dans le mur un regard qui t’epie,

es una sucesión de cuadros fastuosos, en donde predomina siempre la
bruma de una tristeza irremediable. Es el reino del desencanto.

Así en un soneto invernal, como en el «pantun» del Fuego, dedicado a
Saint Pol Roux El Magnífico; como en el palacio monumental que alza en
una Babilonia de ensueño; como en la canción «para la que llegó
demasiado tarde»; como en Epaves, donde los galeones cargados de
esperanzas se hunden en un océano de olvido, antes de llegar a la España
soñada; como en el jardín muerto, un jardín a lo Poe, en donde reina la
Desolación.

La parte siguiente presídenla dos corifeos de la Decadencia (¡habrá que
llamarla así!): Villiers de l’Isle Adam y Charles Morice.

El Eterno Femenino alza al cielo un cáliz enguirnaldado de locas flores
de voluptuosidad:

      La haute coupe, d’un metal diamanté
    Où se profilent de lascives silhouettes,
    A l’attirance d’un miroir aux alouettes,
    Et nos divins désirs, qu’elle eblouit un jour,
    Viennent, l’aile ivre, éperdument voler autour
    Criant la grande soif qui nous brûle la bouche,
    Jusqu’à l’heure de la communion farouche
    Où chacun boit dans le metal diamanté
    La Science: qu’il n’est au monde volupté
    Hormis les fleurs dont s’enguirnalde le calice,
    Pour que s’immortalice un merveilleux supplice.

Las letanías que siguen tienen su clarísimo origen en Baudelaire; pero
tanto Dubus, como Hannon, como todos los que han querido renovar las
admirables de Satán, no han alcanzado la señalada altura. No se puede
decir lo mismo respecto a la «Sangre de las rosas», en donde el autor se
revela exquisito artista del verso y poeta encantador.

Después oímos el canto que rememora el naufragio de los que, atraídos
por las fascinantes sirenas, hallaron la muerte bajo la tempestad,
«cerca de los archipiélagos cuyos bosques exhalan vagas sinfonías y
perfumes cargados de languideces infinitas.»

      C’était le chant suave et mortel des sirenes,
    Qui avançaient, avec d’ineffables lenteurs,
    Les bras en lyre et les regards fascinateurs,
    Dans les râles du vent diviniment sereines.

Algo soberbio es «El Idolo», poema fabricado lapidariamente, cuyo
símbolo supremo irradia una majestad solemne y grandiosa.

Seguidamente viene la última parte, en la cual vuelve a oirse el paso
del Pie de chivo, y su flauta de carrizos:

    ¿Te souvient-il de notre extase ancienne?

Llama a la Resignación, con una cordura completamente verleniana; Don
Juan se queja en dísticos. Es ya un piano viejo y roto, demasiado usado.
Ha cantado muchos amores y muchas delicias. Las mujeres han aporreado
sus teclas con aires infames, y «traderiderá y laitou»,

      ¡Tant et tout! que les tremolos
    Eussent la gaîté des sanglots.

En el parque antiguo yace la estatua de Eros, caída; las canciones ha
tiempo que se han callado: el solitario desterrado halla apenas un
refugio: el orgullo de los recuerdos: «Superbia.» Al finalizar hay un
clamor de resurrección.

      Pour devenir enfin celui que tu recèles,
    Et qui pourrait périr avant d’avoir été
    Sous le poids d’une trop charnelle humanité,
    ¡O mon âme! il est temps enfin d’avoir des ailes.

Concluye el libro con un inmemoriam a la adorada que un tiempo sacrificó
el corazón del pobre poeta; a la adorada reina, amante de la sangre del
sacrificio, cruel como todas las adoradas,--Herodias.

Los violines se han callado, los violines han partido. Y el poeta ha
partido también, camino del cielo de los pobres poetas, camino de su
hospital.

Los violines negros deben haber iniciado un misterioso «De profundis»,
los violines negros que le acompañaron en sus desesperanzas y en sus
dolores, cuando la vida le fué dura, la gloria huraña y la mujer
engañosa y felina.

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TEODORO HANNON

...M. Théodre Hannon, un poéte
    de talent, sombré, sans excuse de
    misère, a Bruxelles, dans la cloaque
    des revues de fin d’année et les
    nauséeuses ratatouilles de la basse
    presse.
          _J. K. Huysmans._


¿Arthur Symons?... no estoy seguro; pero es en libro de escritor inglés
donde he visto primeramente la observación de que la mayor parte de los
poetas y escritores «fin de siglo» de París, decadentes, simbolistas,
etc., han sido extranjeros y, sobre todo, belgas.

Escribo hoy sobre Theodore Hannon, quien si no tiene el renombre de
otros como Maeterlink, es porque se ha quedado en Bruselas, de revistero
de fin de año y periodista, cosa que a Des Esseintes provoca náuseas.

¡Raro poeta, este Theodore Hannon! Apareció entre la pacotilla
pornográfica que hizo ganar al editor Kistemackers, propagador de todas
las cantáridas e hipomanes de la literatura. Fueron los tiempos de las
nuevas ediciones de antiguos libros obscenos; de la reimpresión del «En
18...» de los Goncourt, con las partes que la censura francesa había
cercenado. Paul Bonnetain daba a luz su «Charlot s’amuse», Flor
O’squarr su «Cristiana», que le valdría unos cuantos golpes del knut de
León Bloy, Poetevin, Nizet, Caze... la falange escandalosa se llamaba en
verdad legión. Entonces surgió Hannon con su «Manneken-pis», anunciado
como «curiosísimo y originalísimo volumen.» Amédée Lynen le había
ilustrado con dibujos «ingenuos.» No siendo suficiente esa campanada,
dió a luz el «Mirliton.» El diablo de las ediciones, Kistemacker, no
podía estar más satisfecho rabudo y en cuclillas, sobre las carátulas.
«Las Rimas de Gozo» nos muestran ya un Theodore Hannon, si no menos
tentado por el demonio de todas las concupiscencias, suavizado por los
ungüentos y perfumes de una poesía exquisita. Depravada, enferma,
sabática si queréis, pero exquisita.

He ahí primero ese condenado suicidio del herrero, que dió tema a
Felicien Rops para abracadabrante aguafuerte, que no aconsejo ver a
ninguna persona nerviosa propensa a las pesadillas macabras. Esos versos
del ahorcado, parécenme la más amarga y corrosiva sátira que se ha
podido escribir contra la literatura afrodisíaca. No tendría Theodore
Hannon esas intenciones; pero es el caso que le resultaron así.

Discípulo de Baudelaire «su alma flota sobre los perfumes», como la del
maestro. Busca las sensaciones extrañas, los países raros, las mujeres
raras, los nombres exóticos y expresivos. Me imagino el enfermizo gozo
de Des Esseintes al leer las estrofas al Opoponax: «¡Opoponax! nom très
bizarre--et parfum plus bizarre encore!» Tráele el perfume de apelación
exótica, visiones galantes, tentadores cuadros, maravillosos conciertos
orgiásticos; la nota de ese aroma poderoso sobrepasa a las de los demás,
en un efluvio victorioso.

Gusta del opoponax porque viene de lejanas regiones, donde la naturaleza
parece artificial a nuestras miradas; cielos de laca, flores de
porcelana, pájaros desconocidos, mariposas como pintadas por un pintor
caprichoso: el reinado de lo postizo. El poeta de lo artificial se
deleita con los vuelos de las cigüeñas de los paisajes chinos, los
arrozales, los boscajes ocultos y misteriosos impregnados de vagos
almizcles. Estrofas inauditas como esta:

      La chinoise aux lueurs des bronzes
    En allume ses ongles d’or
    Et sa gorge citrine où dort
    Le désir insensé des bonzes.
    La japonaise en ses rançons
    Se sert de tes âcres salives.

       *       *       *       *       *

Luego se dirigirá a Marión, la adorada que adora el opoponax. (El amor
en la obra de Hannon no existe sino a condición de ser epidérmico). Para
adular a la mujer de su elección le canta, le arrulla, lo diré con la
palabra que mejor lo expresa, le maulla letanías de sensualidad,
collares de epítetos acariciadores, comparaciones pimentadas, frases
mordientes y melifluas... Es el gato de Baudelaire, en una noche de
celo, sobre el tejado de la Decadencia. El opoponax es su tintura de
valeriana.

Como paisajista es sorprendente. Nada de Corot; para hallar su
procedimiento es preciso buscarlo entre los últimos impresionistas. Tal
pinta una tarde obscura de tempestad y nubarrones; mar brava, negros
oleajes, vuelo de pájaros marinos; o un florecimiento de nieve, los
acuosos vidrios del hielo, la blancura de las nevadas; sinfonías en
blanco, inmensos y húmedos armiños. Pero de todo brota siempre el
relente de la tentación, el soplo del tercer enemigo del hombre, más
formidable que todos juntos: la carne.

Solamente en Swinburne puede hallarse, entre los poderosos, esta poética
y terrible obsesión. Mas en el inglés reina la antigua y clásica furia
amorosa, el Líbido formidable que azotaba con tirsos de rosas y ortigas
a la melodiosa y candente Safo. Theodore Hannon es un perverso, elegante
y refinado; en sus poemas tiembla la «histeria mental» de la ciencia, y
la «delectación morosa» de los teólogos. Es un satánico, un poseído. Mas
el Satán que le tienta, no creáis que es el chivo impuro y sucio, de
horrible recuerdo, o el dragón encendido y aterrorizador, ni siquiera el
Arcángel maldito, o la Serpentina de la Biblia, o el diablo que llegó a
la gruta del santo Antonio, o el de Hugo, de grandes alas de murciélago,
o el labrado por Antokolsky, sobre un picacho, en la sombra. El diablo
que ha poseído a Hannon es el que ha pintado Rops, diablo de frac y
«monocle», moderno, civilizado, refinado, morfinómano, sadista, maldito,
más diablo que nunca.

Si Gorres escribiese hoy su «Mística diabólica», no pintaría al Enemigo,
«alto, negro, con voz inarticulada, cascada, pero sonora y terrible...
cabellos erizados, barba de chivo...» antes bien: buen mozo, elegante,
perfumado con aromas exóticos, piel de seda y rosa, bebedor de ajenjo,
sportman, y, si literato, poeta decadente. Este es el de Theodore
Hannon, el que le hace rimar preciosidades infernales y cultivar sus
flores de fiebre, esas flores luciferinas que tienen el atractivo de un
aroma divino que diera la eterna muerte.

Hannon pagó tributo a la chinofilia y tejió sedosos encajes rimados en
alabanza del Imperio Celeste y del Japón... Allá le llevó el amor acre y
nuevo de la mujer amarilla y el opio sublime y poderoso, según la
expresión de Quincey. También, como al autor de las «Flores del Mal», le
persigue el spleen. Luego, lanza en esas horas cansadas y plúmbeas, su
desdén al amor ideal. Rompe los moldes en que su poesía pudiese formar
este o aquel verso de oro en honor de la pasión espiritual y pura; fleta
un barco para Cíteres, y arroja al paso ramos de rosas a las mujeres de
Lesbos. La vendedora de amor será glorificada por él y corre hacia el
abismo de las delicias en una especie de fatal e ineludible demencia. Va
como si le hubiese aguijoneado los riñones una abeja del jardín de
Petronio.

Héle allí bajando a la bodega de los abuelos, a buscar el buen vino
viejo que le pondrá sol y sangre en las venas; o en el tren expreso que
va a llevarle a saborear los labios deseados; o admirando en una íntima
noche de Diciembre, la estatua viviente de las voluptuosidades felinas.
De pronto un efecto de luna en un mar de duelo, en un fondo negro de
tinieblas. El «odor di femmina» se encuentra en una serie de versos,
como esos perfumes concentrados en los «sachets» de las damas. A veces
creyérase en una vuelta a la naturaleza, a las frescas primaveras, pues
brilla sobre la harmonía de una estrofa, la sonrisa de Mayo. Es una
nueva forma de la tentación, y si oís el canto de un mirlo será una
invitación picaresca. Como su maestro de una malabaresa, Hannon se
prenda de una funámbula, para la cual decora un interior a su capricho,
y a la que ofrece la sonata más amorosamente extravagante del harpa loca
de sus nervios. Todo, para este sensual, es color, sonido, perfume;
línea, materia. Baudelaire hubiera sonreído al leer este terceto:

      Le sandrigham, l’Ylang-Ylang, la violette
    de ma pâle Beauté font une cassolette
    vivante sur laquelle errent mes sens rôdeurs.

Si hay celos son celos del mar, que envuelve en un beso inmenso el
cuerpo amado. He visto cuadros, muchos, que representan sugerentes
escenas de baños de mar; pero ningún pintor ha llegado, a mi juicio, a
donde este maldito belga que hasta en el agua inmensa y azul vierte
filtros amatorios, como un brujo. En ocasiones es banal, emplea símiles
prosaicos, como ferroviarios y geográficos. Pero cuando canta las
medias, esas cosas prosaicas, os juro que no hay nada más original que
esa poesía audaz y fugitiva; sobre una alfombra de seda e hilos de
Escocia, danza la musa Serpentina uno de sus pasos más prodigiosos.
Cuando llega Mayo, madrigaliza el poeta tristemente. No es raro: «Omnia
animal post...» etc.

A Louise Abbema dedica una linda copia rítmica de su cuadro «Lilas
blancas»; ¡suave descanso! Pero es para, en seguida, abortar una
estúpida y vulgar blasfemia. ¿Hannon ha querido imitar ciertos versos de
Baudelaire? Baudelaire era profunda y dolorosamente católico, y si
escribió algunas de sus poesías «pour épater les bourgeois», no osó
nunca a Dios. Pasa Theodore Hannon con sus bebedoras de fósforo: esas
son las musas y las mujeres que le llevan la alegría de sus rimas;
dedica ciertos limones a Cheret, y el pintor de los joviales «affiches»
gustará de esas limonadas; quema lo que él llama «incienso femenino», en
una copa de Venus con carbones del Infierno; pinta mares de espumosas
ondas lesbianas y celebra a su amada de figura andrógina; es bohemio y
errabundo, soñador y noctámbulo; prefiere las flores artificiales a las
flores de la primavera; labra joyas, verdaderas joyas poéticas, para
modistas y perdularias; dice sus desengaños prematuros; nos describe a
Jane, una diablesa; nos lleva a un taller de pintor en donde un pobre
viejo modelo sufre su martirio; los «Sonetos sinceros» son tres
canciones del amor moderno, llenas de rosas y de besos, y sus iconos
bizantinos son obras maestras de «degeneración.» Tomando por modelo las
letanías infernales de Baudelaire, escribe las del Ajenjo, que a decir
verdad, le resultaron más que medianas. Su histerismo estalla al cantar
la Histeria; su «Mer enrhumée» es una extravagancia. Canta a unos ojos
negros y diabólicos que le queman el alma; canta el pecado. Nos presenta
un cuadro de «toilette» que es adorable de arte y abominable de vicio;
en sus versos se sienten todos los perfumes, y se miran todos los
afeites y menjurjes de un tocador femenino, desde el coldcream diáfano,
la leche de Iris, la Crema Ninon, el blanco Emperatriz, el polvo divino,
el polvo vegetal, hasta la azurina, el carmín, Ixor, new-mownhay,
frangipane, steplanotis... ¡qué sé yo! todo en los más cristalinos,
diamantinos, tallados, cincelados, admirables frascos. ¡Raro poeta este
Theodore Hannon!

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[imagen: EL CONDE DE LAUTRÉAMONT]

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EL CONDE DE LAUTRÉAMONT


Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. El
se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida
sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el
empíreo en recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió
loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de
Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y
penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor
y los siniestros cascabeles de la Locura.

León Bloy fué el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. El
furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma
del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un
reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama
«Cantos de Maldoror», en el cual está vaciada la pavorosa angustia del
infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a
América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en
esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las
constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar
mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o
gusto de un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kabala: «No hay
que jugar al espectro, porque se llega a serlo»: y si existe autor
peligroso a este respecto, es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal
cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio,
antes de que viniese a encarnarse en este mundo? Los clamores del
teófobo ponen espanto en quien los escucha. Si yo llevase a mi musa
cerca del lugar en donde el loco está enjaulado vociferando al viento,
le taparía los oídos.

Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones; como Job
puede exclamar: «Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja
sobre mí y hablaré con amargura de mi alma.» Pero Job significa «el que
llora»; Job lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un
breviario satánico, impregnado de melancolía y de tristeza. «El espíritu
maligno, dice Quevedo, en su «Introducción a la vida devota», se deleita
en la tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico, y lo
será eternamente.» Más aun: quien ha escrito los «Cantos de Maldoror»
puede muy bien haber sido un poseso. Recordaremos que ciertos casos de
locura que hoy la ciencia clasifica con nombres técnicos en el catálogo
de las enfermedades nerviosas, eran y son vistos por la Santa Madre
Iglesia como casos de posesión para los cuales se hace preciso el
exorcismo. «¡Alma en ruinas!» exclamaría Bloy con palabras húmedas de
compasión.

Job:--«El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de
desabrimiento...»

Lautréamont:--«Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha
dicho. Eso me extraña. ¡Creía ser más!»

Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe.

Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, ambos fueron perseguidos
por los terribles espíritus enemigos, «horlas» funestas que arrastran al
alcohol, a la locura, o a la muerte; ambos experimentaron la atracción
de las matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados
por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe fué celeste, y
Lautréamont infernal.

Escuchad estos amargos fragmentos:

«Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil
salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello
como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la
humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda
alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había
realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor...

»¿Más quién conoce sus necesidades íntimas, o la causa de sus goces
pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos sino como la
alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba
desde hacía largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me
convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los
árboles; mi hocico, lo contemplaba con delicia. «No quedaba en mí la
menor partícula de divinidad»: supe elevar mi alma hasta la excesiva
altura de esta voluptuosidad inefable.»

León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor,
explica y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre
alienado, suponiendo que no fué sino un blasfemo por amor. «Después de
todo, este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el
Todopoderoso, tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto,
puesto que no toca nunca los Símbolos», dice.

Oid la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los perros
nocturnos, en este pequeño poema en prosa, que hace daño a los nervios.
Los perros aullan «sea como un niño que grita de hambre, sea como un
gato herido en el vientre, bajo un techo; sea como una mujer que pare;
sea como un moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea como una
joven que canta un aire sublime--; contra las estrellas al norte, contra
las estrellas al este, contra las estrellas al sur, contra las estrellas
al oeste; contra la luna; contra las montañas; semejantes, a lo lejos, a
rocas gigantes, yacentes en la obscuridad--; contra el aire frío que
ellos aspiran a plenos pulmones, que vuelve lo interior de sus narices
rojo y quemante; contra el silencio de la noche; contra las lechuzas,
cuyo vuelo oblicuo les roza los labios y las narices, y que llevan un
ratón o una rana en el pico, alimento vivo, dulce para la cría; contra
las liebres que desaparecen en un parpadear; contra el ladrón que huye,
al galope de su caballo, después de haber cometido un crimen; contra las
serpientes agitadoras de hierbas, que les ponen temblor en sus pellejos
y les hacen chocar los dientes--; contra sus propios ladridos, que a
ellos mismos dan miedo; contra los sapos, a los que revientan de un solo
apretón de mandíbulas (¿para qué se alejaron del charco?); contra los
árboles, cuyas hojas, muellemente mecidas, son otros tantos misterios
que no comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos
inteligentes--; contra las arañas suspendidas entre las largas patas,
que suben a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han
encontrado que comer durante el día y que vuelven al nido, el ala
fatigada; contra las rocas de la ribera; contra los fuegos que fingen
mástiles de navíos invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra
los grandes peces que nadan mostrando su negro lomo y se hunden en el
abismo--, y contra el hombre que les esclaviza...

«Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre:--Cuando estés en tu
lecho, y oigas los aullidos de los perros en la campaña, ocúltate en tus
sábanas, no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed insaciable
de lo infinito, como yo, como el resto de los humanos, a la «figure pale
et longue...» «Yo,--sigue él,--como los perros sufro la necesidad de lo
infinito. ¡No puedo, no puedo llenar esa necesidad!» Es ello insensato,
delirante; «mas hay algo en el fondo que a los reflexivos hace temblar.»

Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el «deus» enloquecía
a las pitonisas, y que la fiebre divina de los profetas producía cosas
semejantes: y que el autor «vivió» eso, y que no se trata de una «obra
literaria», sino del grito, del aullido de un sér sublime martirizado
por Satanás.

El cómo se burla de la belleza,--como de Psiquis, por odio a Dios,--lo
veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños
poemas:

«...El gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre
la curva que describe un perro que corre tras de su amo...» «El vautour
des agneaux, bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho
en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la
cantidad de moléculas que su organismo se asimila... El escarabajo,
«bello como el temblor de las manos en el alcoholismo...»

El adolescente, «bello como la retractibilidad de las garras de las aves
de rapiña», o aun «como la poca seguridad de los movimientos musculares
en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior», o,
todavía, «como esa trampa perpetua para ratones, «toujours retendu par
l’animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment, et
fonctionner même caché sous la paille», y sobre todo, bello «como el
encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser
y un paraguas...»

En verdad, oh espíritus serenos y felices, que eso es de un «humor»
hiriente y abominable.

¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el
lector el que Baudelaire le dedica en las «Flores del Mal», al lado de
esta despedida: «Adieu vieillard, et pense a moi, si tu m’as lu. Toi,
jeune homme, ne te désespere point; car tu as un ami dans le vampire,
malgré ton opinion contraire. En comptant l’acarus sarcopte qui produit
la gale, tu auras deux amis.»

El no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí
mismo. Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió.

El Bajísimo le poseyó, penetrando en su sér por la tristeza. Se dejó
caer. Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su
obra sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son
aquellos que hacen pensar en las creaciones del Diablo; el sapo, el
buho, la víbora, la araña. La desesperación es el vino que le embriaga.
La Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico,
entrevisto por excepcionales espíritus en su verdadera trascendencia:
«Yo he hecho un pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden
en las familias... ¡ay! ¡ay...! grita la bella mujer desnuda: los
hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir a
ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita. No hay sino tú y los
monstruos odiosos que bullen en esos negros abismos, que no me
desprecien.»

Y Bloy: «El signo incontestable del gran poeta es la «inconsciencia»
profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el
tiempo, palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esa es la
misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o
profanas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y
descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy
cierto de haber realizado el hallazgo.»

El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De
la vida de su autor nada se sabe. Los «modernos» grandes artistas de la
lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico,
raro, inencontrable.

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[imagen: PAUL ADAM]

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PAUL ADAM


De cuando en cuando, la primera página del «Journal» viene como pesada.
Dos, tres, cuatro columnas nutridas, negras, casi de una sola pieza,
hacen ya adivinar la firma. Y el lector avisado se prepara, alista bien
su cabeza, limpia los cristales del entendimiento, y recibe el regalo
con placer y confianza. Es el artículo de Paul Adam. Y es como salir al
campo, o a la orilla del mar. Hay, pues, algo más que el aposento
perfumado, los senos lujuriosos, los chismes de la condesa, los cancanes
de la política, las piernas de las bailarinas y las evoluciones del
protocolo. La sensación es de extrañeza al propio tiempo que de
satisfacción. Salir de la perpetua casa de cita, del perpetuo bar, de
los perpetuos bastidores, del perpetuo salón «coú l’on flirte»; dejar la
compañía de lechuguinos canijos y de vírgenes locas de su cuerpo, por la
de un hombre fuerte, sano, honesto, franco y noble que os señala con un
hermoso gesto un gran espectáculo histórico, un vasto campo moral, un
alba estética, es ciertamente consolador y vigorizante. Los
politiqueros de la patriotería dan vueltas cada mañana al mismo cantar.
Rochefort redobla cotidianamente en su viejo tambor, furioso; Drumont
destaza su semita de costumbre; Coppée, inválido lírico metido a
sacristán, se pone a la par del ridículo Dérouléde; los escritores de la
literatura, explotan sus distintos lenocinios; M. Jean Lorrain cuenta
sus historias viciosas de siempre; Mendés, cuya pornografía de color de
rosa no está ya de moda, hace la crítica teatral, generalmente plástica;
Fouquier, el maestro periodista, da lecciones útiles y generosas;--entre
todos, más alto, más joven, más enérgico, más vigoroso, Paul Adam
aparece,--al lado de Mirbeau;--llega con su misión, obligatoria y
dignificadora, y ara en la prensa, en el campo malsano de esta prensa,
con su deber, firme arado.

Yo admiro profundamente a M. Paul Adam. Noble por familia y origen, se
ha consagrado a una tarea de solidaridad humana cuyos frutos se vierten
para los de abajo. Dueño de una voluntad, propietario de un carácter,
fecundo de ideas, pletórico de conocimientos, archimillonario de
palabras, ha desdeñado la parada de un Barrés, que le hubiera conducido
a una diputación, ha rechazado los flonflones de la literatura fácil, la
«gloriole» de los éxitos azucarados; ha podado su antiguo estilo de
ramas superfluas; ha puesto su cuño de pensamientos circulantes en pleno
sol, en plena claridad; se ha ido a vivir fuera de París, para trabajar
mejor; y diciendo la verdad, clamando al porvenir, recorriendo lo
pasado, estudiando lo presente, sacudiendo la historia, escarbando
naciones, da, periódicamente, su ración de bien para quien sepa
aprovecharla.

No haya vacilación en creer que éstos son pocos. Para los de abajo la
elevación mental, la frase simplificada y amacizada de M. Paul Adam no
es fácilmente accesible; para los puros ideólogos, este organizador,
este lógico, este filósofo de combate, no inspira completa confianza.
Por otra parte, la media intelectualidad halla la selva demasiado
tupida, y la pereza es enemiga del hacha, encuentra el mar muy
peligroso, y cree más agradable fumar, sentada en una piedra de la
orilla, por donde los ensueños pasan y se cogen con la mano.

Hablando recientemente con el poeta Moreas, cuyos olímpicos juicios son
conocidos y sonreídos, preguntéle, su opinión sobre su antiguo
colaborador y amigo. Con las condiciones que él suele establecer, el
amable descontentadizo me concedió: «Mais il est tres fort, tout de
même!» Sabido es que M. Paul Adam comenzó en el grupo de los que en un
tiempo ya lejano se llamaron simbolistas y decadentes, y que escribió en
unión de Moreas «Les demoiselles Goubert» y «Le thé chez Miranda», con
un estilo ultra exquisito, jeroglífico casi y quintaesenciado, obras en
que se llevaba al extremo un propósito intelectual, para dejar mejor
asentadas las doctrinas entonces flamantes que producirían en lo futuro
muchos fracasados, pero algunos nombres que ilustran la prosa y la
poesía francesas contemporáneas, y que, recorriendo el mundo, causarían
en todos los países y lenguas civilizados, movimientos provechosos.
¿Quién reconocería al pintor extraño de aquellas decoraciones y al
tejedor de aquellas sutiles telas de araña, en el musculoso manejador de
mazas dialécticas, fundidor de ideas regeneradoras y trabajador
triptolémico de ahora?

Amontona en la balanza del pensamiento francés, libro sobre libro, y ya
su obra pesa como la carga de cien graneros. Esta transformación la ha
operado la voluntad guiadora de la labor; la labor ordenada que lleva su
propósito, y la conciencia que hace cumplir con la tarea que se creó una
obligación, una obligación para con su propia personalidad, que se
difunde en el bien de su patria, la Francia, y por lo tanto en favor de
toda la estirpe humana.

Desde «Soi», hasta sus novelas de alta psicología histórica, una obra
enorme atestigua la potencia de ese singular entendimiento. Sus
reconstrucciones bizantinas son de un encanto dominador, y junto a lo
concreto de la época, brilla el lujo de un tesoro verbal único, de un
decir que no admite complementos, total. Batallista, arregla, táctico
del estilo, sus escenas y su decoración, con una magistralidad soberbia
y matemática. Y, conciso en lo abundoso, rico de perspectivas, de líneas
y colores, con dos o tres pincelazos planta su cuadro a la vista, neto,
definitivo. En sus estudios del alma de las muchedumbres, como en sus
análisis de tipos psíquicos, su fino espíritu ahonda y aclara, en
súbitos golpes de luz, los más hondos recodos. Y jamás el soplo nórdico,
la cosa germana, o la cosa escandinava, o la cosa rusa, le han
perturbado o fascinado en su camino. M. Paul Adam permanece francés,
nada más que francés, y lleno del soplo de su época, cumple con su deber
actual, pone su contingente en la labor de ahora, y hace lo que puede
por ver si no es imposible la regeneración, la consecución de un ideal
de grandeza futura, humano, seguro y positivo.

No creáis que porque su amor a la justicia y su pasión de belleza y de
verdad le conduzcan a la exaltación de las ocultas fuerzas populares,
haya en él ni un solo momento, un adulador de muchedumbres, ni un
político de oportunidades, ni un cantor de marsellesas y carmañolas.
Moralmente, es un aristócrata, y no confundirá jamás su alma superior,
en el mismo rango o en la misma oleada que la de los rebaños
pseudosocialistas. El obra en pro de los trabajadores; lleva su utopia
por el sendero en que se suele encontrar el casi imposible sueño de la
supresión de la miseria y del desaparecimiento de los ejércitos
guerreros. Un crítico sutil y penetrante, M. Camille Mauclair, concentra
en estas palabras la sociología de M. Paul Adam:

«Para él no hay más que un asunto en los libros y en la vida: la lucha
de la fuerza y del espíritu. El opone la fuerza creadora a la
destrucción, la fecundidad activa al nihilismo de la guerra, el
internacionalismo al «chauvinismo», los conflictos de clases a los
conflictos de naciones, el intelectualismo al militarismo, Lucifer y
Prometeo a Júpiter y a Jehová, dioses de la fuerza brutal.»

M. Paul Adam es un intelectual, en el único sentido que debía tener esta
palabra. El pone en el intelecto la fuente del perfeccionamiento, y da a
la idea su valor de multiplicación vital, y de repartidora de bienes en
la muchedumbre humana.

Si M. Paul Adam, guiado por su voluntad de siempre, quisiese un día ir a
la acción política, a la lucha directa, sería un gran conductor de
pueblos; pero me temo mucho que tuviese la suerte de un héroe ibseniano.
En las muchedumbres no tienen éxito los cerebrales; el sentimentalismo
priva en seres casi instintivos. El pueblo oye y entiende con mayor
placer y facilidad las tiradas tricolores de un Coppée, que las altas
palabras de quien se desinteresa de las bajas aventuras presentes, y
desea formar caracteres, hacer vibrar noblemente las conciencias y
asentar y rehacer y solidificar la patria.

Una de las fases más simpáticas y sobresalientes de M. Paul Adam, es su
faz de periodista. El «Triomphe des mediocres» es una obra maestra en su
género. Sin la escandalosa escatología pátmica de León Bloy, sin las
farsas, o compadrerías de un Drumont, o de un Rochefort, ha blandido las
más bien templadas ideas, ha herido mucho y bien en esas carnes
sociales, ha flagelado costumbres, se ha burlado duramente de los
carnavales políticos, de las paradas monarquistas, de la caridad falsa,
de la ciencia abotonada y de palmarés; ha denunciado a inicuos, a
sinvergüenzas y mercaderes de patriotismo, falsos socialistas,
aristocráticas fantochesas, cepilladores de moral y remendones de la
virginidad literaria.

¡Y qué hermosa prosa, de un lirismo sofrenado, que va latigueando a un
lado y otro, sin desbocarse, sin sobresaltos, sin caídas, que dice lo
que hay que decir, y nada más; que tiene el adverbio justo, el verbo
propio, y que clava el adjetivo como un rejón, de manera que queda
vibrante, arraigado y seguro! No hay duda de que M. Paul Adam es uno de
los maestros de la prosa contemporánea, en ese maridaje estupendo de la
claridad con la energía, la vivacidad con la fiereza y el ímpetu con la
ponderación.

Y este vigoroso que tiene la medula de un sabio y las alas de un
artista, llena su misión con la mayor serenidad y tranquilidad, no lejos
del sonoro y ronco maelstrom de París. Uno de los mayores bienes que su
personalidad esparce, es ese continuo ejemplo de actividad, esa
incesante campaña, esa inextinguible ansia de trabajar, y de trabajar
bien. «La lucha por el pan, por el oficio de escritor y de periodista,
salva a los fuertes de la abstracción estéril», dice M. Mauclair. Y dice
bien. A pesar de su alejamiento de centros y camarillas, o por esto
mismo, creo que se le respeta y se le reconoce como el más potente y el
más noble. Al verle así, en su aislada residencia, sin mezclarse en las
locuras y chismes y revueltas parisienses, cultivando su vasto talento
con tanta voluntad y tanto tino, me suelo imaginar a uno de esos
gentiles hombres de la campaña, que mientras la ciudad danza y se
prostituye, siembran sus campos, tranquilos y laboriosos, y llenan,
llenan sus trojes; y cuando la peste llega y llega el hambre a la
ciudad, dan la limosna de sus graneros, abren sus depósitos, brindan sus
almacenes.

Y quizá muy pronto tenga hambre Francia.

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MAX NORDAU


Mi distinguido colega en «La Nación», Dr. Schimper, se ocupó el año
pasado del primer volumen de «Entartung» de Max Nordau. Ha poco ha
aparecido el segundo: la obra está ya completa. Una endiablada y extraña
Lucrecia Borgia, doctora en medicina, dice en alemán, para mayor
autoridad, con clara y tranquila voz, a todos los convidados al banquete
del arte moderno: «Tengo que anunciaros una noticia, señores míos, y es
que todos estáis locos.» En verdad Max Nordau no deja un solo nombre,
entre todos los escritores y artistas contemporáneos, de la aristocracia
intelectual, al lado del cual nos estriba la correspondiente
clasificación diagnóstica: «imbécil», «idiota», «degenerado», «loco
peligroso». Recuerdo que una vez al acabar de leer uno de los libros de
Lombroso, quedé con la obsesión de la idea de una locura poco menos que
universal. A cada persona de mi conocimiento le aplicaba la observación
del doctor italiano y resultábame que, unos por fas, otros por nefas,
todos mis prójimos eran candidatos al manicomio. Recientemente una obra
nacional digna de elogio, «Pasiones», de Ayarragaray, llamó mi atención
hacia la psicología de nuestro siglo, y presentó a mi vista el tipo del
médico moderno que penetra en lo más íntimo del sér humano. Cuando la
literatura ha hecho suyo el campo de la fisiología, la medicina ha
tendido sus brazos a la región obscura del misterio.

Allá a lo lejos vense a Moliére y Lesage atacar a jeringazos a los
esculapios. Había cierta inquina de los hombres de pluma contra los
médicos, y el epigrama y la sátira teatral no desperdiciaban momento
oportuno para caer sobre los hijos de Galeno. Sangredo había nacido, y
no todo él del cerebro de su creador, pues sabemos por Max Simón que
Sangredo vivió en carne y hueso en la personalidad del médico Hecquet.
El mismo Max Simón hace notar la acrimonia especial con que el más
ilustre de los poetas cómicos y el más grande de los novelistas de su
época atacaron a los médicos. En uno y otro, dice, se nota un verdadero
desprecio por el arte que profesan aquellos a quienes atacan. Moliére,
irónico y fuerte, Lesage, injurioso y despreciativo, están siempre
listos con sus aljabas. Monsieur Purgón, formalista, aparatoso y ciego
de intelecto, y los dos Tomases Diafoirus aparecieron como encarnaciones
de una ciencia tan aparatosa como falsa. Sangredo fué, según Walter
Scott, el mismo Helvecio. En resumen, los ataques literarios se dirigían
contra los doctores de sangría y agua tibia. Son los tiempos en que
Hecquet publica «Le Brigandage de la Médecine», en el cual están en su
base los principios de Gil Blas, y en el que eran más que comunes
diálogos a la manera del que en una obra del gran cómico sostienen
Desfonandrés y Tomes.

Si los médicos del siglo XVII se enconaron con las bromas de Moliére,
los del siglo XVIII no fueron tan quisquillosos con las sátiras de
Lesage[11]. En nuestro siglo, la última gran campaña literaria, el
movimiento naturalista dirigido por Zola, tiene por padre a un médico,
Claudio Bernard. En tanto que la literatura investiga y se deja
arrastrar por el impulso científico, la medicina penetra al reino de las
letras; se escriben libros de clínica tan amenos como una novela. La
psiquiatría pone su lente práctico en regiones donde solamente antes
había visto claro la pupila ideal de la poesía. Ante el profesor de la
Salpetriére, junto con los estudiantes han ido los literatos. Y en el
terreno crítico cierta crítica tiene por base estudios recientes sobre
el genio y la locura: Lombroso y sus seguidores.

Guyau, el admirable y joven sabio, sacrificó en las aras de los nuevos
ídolos científicos. El comprobó, como un profesor que toma el pulso, el
estado patológico de su edad, el progreso de fiebre moral siempre en
crecimiento. El juntó en un capítulo de un célebre libro a los
neurópatas y delincuentes, como invasores, como conquistadores
victoriosos en el reino de la literatura. «Et s’y font une place tous
les jours plus grande»--, decía de ellos. Como principal síntoma del mal
del siglo, señala la manifestación de un hondo sufrimiento, el impulso
al dolor, que en ciertos espíritus puede llegar hasta el pesimismo. El
tipo que el filósofo presenta es aquel infeliz Imbert Galloix, cuya
pálida figura pasará al porvenir iluminada en su dolorosa expresión por
un rayo piadoso de la gloria de Víctor Hugo. ¡Y bien! si la desgracia es
desequilibrio, bien está señalado Imbert Galloix. Ese gran talento gemía
bajo la más amarga de las desventuras. Sentirse poseedor del sagrado
fuego y no poder acercarse al ara; luchar con la pobreza, estar lleno de
bellas ambiciones y encontrarse solo, abandonado a sus propias fuerzas
en un campo donde la fortuna es la que decide, es cosa áspera y dura. A
propósito de un joven cubano poeta muerto recientemente en
París--¡Augusto de Armas, uno de tantos Imbertos Galloix!--dice con gran
razón el brillante Aniceto Valdivia: «Sólo un temperamento de toro,
como el de Balzac, puede soportar sin rajarse, el peso de ese mundo de
desdenes, de olvidos, de negaciones, de injustos silencios bajo el cual
ha caído el adorable poeta de «Rimes Byzantines.» La autopsia espiritual
que del desgraciado joven ginebrino hace el sereno analizador sociólogo,
me parece de una impasible crueldad.

Aquí de las comparaciones que ofrece la nueva ciencia penal, entre los
desequilibrados, locos y criminales. Porque un cierto Cimmino, bandido
napolitano, se ha hecho tatuar en el pecho una frase de desconsuelo,
quedan condenados a la comparación más curiosamente atroz todos los
admirables melancólicos que representan la tristeza en la literatura. El
nombre de Leopardi, por ejemplo, aparecerá en la más infame promiscuidad
con el de cualquier número de penitenciaria o de presidio, por obra de
tal razonamiento de Lacassagne o de tal opinión de Lombroso. En las
especializaciones de Max Nordau la falta de justicia se hace notar,
agravándose con una de las más extrañas inquinas que pueden caber en
crítico nacido. Bien trae a cuento Jean Thorel un caso gracioso que aquí
citaré con las mismas palabras del escritor: «Recuerdo haber leído una
vez en una revista inglesa un largo estudio, muy concienzudo, de
argumentación apretada e irrefutable, que probaba--que no se contentaba
con afirmar, sino que probaba con numerosos ejemplos--que Víctor Hugo
era un escritor sin talento y un execrable poeta. Para mejor convencer a
sus lectores, el crítico que se había señalado la tarea de «demoler» a
Víctor Hugo, había tenido cuidado de acompañar cada una de sus citas de
una notita que hacía conocer el título de la obra de que se había
extraído la cita, con todas sus indicaciones accesorias, lugar y año de
publicación, número de la edición, cifra de la página cuyo era el verso
citado, etcétera. Y se tenía inmediatamente el sentimiento de que si en
verdad se hallaba en tal página de tal libro, el mal verso que se acaba
de leer en la revista, Víctor Hugo era, realmente, un poeta lastimoso.
Me decidí temblando a llevar a cabo esta verificación, y encontré que
cada vez que el pícaro verso estaba en realidad en el libro indicado,
descubría también al mismo tiempo que al lado de ése había diez, cien o
mil versos que eran de una completa belleza.» Tiene razón Jean Thorel.
Max Nordau condena el poema entero por un verso cojo o luxado; y al arte
entero, por uno que otro caso de morbosismo mental. Para estimar la obra
de los escritores a quienes ataca, pues principalmente por los frutos
declara él la enfermedad del árbol, parte de las observaciones de los
alienistas en sus casos de los manicomios. Al tratar Guyau de los
desequilibrados, hablaba de «esas literaturas de decadencia que parecen
haber tomado por modelos y por maestros a los locos y los delincuentes.»
Nordau no se contenta con dirigir su escalpelo hacia Verlaine, el gran
poeta desventurado o a uno que otro extravagante de los últimos
cenáculos de las letras parisienses. El sentencia a decadentes y
estetas, a parnasianos y diabólicos, a ibsenistas y neomísticos, a
prerrafaelistas y tolstoistas, wagnerianos y cultivadores del yo; y si
no lleva su análisis implacable con mayor fuerza hacia Zola y los suyos,
no es por falta de bríos y deseos, sino porque el naturalismo yace
enterrado bajo el árbol genealógico de los Rougon-Macquart.

Una de las cosas que señala en los modernos artistas como signo
inequívoco de neuropatía, es la tendencia a formar escuelas y
agrupaciones. Sería deliciosamente peregrino que por ese solo hecho
todas las escuelas antiguas, todos los cenáculos, desde el de Sócrates
hasta el de N. S. Jesucristo y desde el de Ronsard hasta el de Víctor
Hugo, mereciesen la calificación inapelable de la nueva crítica
científica.

Otras causas de condenación: amor apasionado del color: fecundidad:
fraternidad artística entre dos; esta afirmación que nos dejará
estupefactos, gracias a la autoridad del sabio Sollier: es una
particularidad de los idiotas y de los imbéciles tener gusto por la
música. Thorel señala una contradicción del crítico alemán que aparece
harto clara. La música, dice éste, no tiene otro objeto que despertar
emociones; por tanto, los que se entregan a ella son o están próximos a
ser degenerados, por razón de que la parte del sistema nervioso que está
dotada de la facultad de emotividad, es anterior atávicamente a la
substancia gris del cerebro, que es la encargada de la representación y
juicio de las cosas; y el progreso de la raza consiste en la
superioridad que adquiere esta parte sobre la primera. Entretanto Nordau
coloca entre los grandes artistas de su devoción a un gran músico:
Beethoven. De más está decir que las ideas que Max Nordau profesa sobre
el arte son de una estética en extremo singular y utilitaria. El carro
de hierro, la ciencia, ha destruído según él los ideales religiosos. No
va ese carro tirado, ciertamente, por una cuádriga de caballos de Atila.
Y hoy mismo, en el campo de humanidad, después del paso del monstruo
científico, renacen arboles, llenos de flores de fe. Tampoco el arte
podrá ser destruído. Los divinos semi-locos «necesarios para el
progreso,» vivirán siempre en su celeste manicomio consolando a la
tierra de sus sequedades y durezas con una armoniosa lluvia de
esplendores y una maravillosa riqueza de ensueños y de esperanzas.

Por de pronto, en «Degeneración,» los números de hospital, entre otros,
son los siguientes: Tolstoï,--puesto que lleno de una santa pasión por
el mujick, por el pobre campesino de su Rusia, se enciende en religiosa
caridad y alivia el sufrimiento humano, queda señalado. Queda señalado
también Zola, ese búfalo, Dante Gabriel Rossetti tiene su pareja en tal
casa de orates, en tal lesionado que padece de alalia. Esto a causa de
los motivos musicales de algunos de sus poemas que se repiten con
frecuencia. Deben acompañar lógicamente en su desahucio, al exquisito
prerrafaelista, los bucólicos griegos, los autores de himnos
medioevales, los romancistas españoles y los innumerables cancioneros
que han repetido por gala rítmica una frase dada en el medio o en el fin
de sus estrofas. El admirado universalmente por su alta crítica
artística, Ruskin, queda condenado: es la causa de su condenación el
defender a Burne Jones y a la escuela prerrafaelista. En el proceso del
libro, desfilan los simbolistas y decadentes. El ilustre jefe, el
extraño y cabalístico Mallarmé con el pasaporte de su música encantadora
y de sus brumas herméticas, no necesita más para el diagnóstico. Charles
Morice, de larga cabellera y de grandes ideas, al manicomio. Lo mismo
Regnier, el orgulloso ejecutante en el teclado del verso; Julio
Laforgue, que con la introducción del verso falso ha hecho tantas
exquisiteces; Paul Adam, que ya curado de ciertas exageraciones de
juventud, escribe sus «Princesas Bizantinas;» Stuard Merril, prestigioso
rimador yankee-francés; Laurent Tailhade, que resucita a Rabelais
después de cincelar sus joyas místicas. No hay que negarle mucha razón a
Nordau cuando trata de Verlaine, con quien--en cuanto al poeta,--es
justo. Mas el que conozca la vida de Verlaine y lea sus obras, tendrá
que confesar que hay en ese potente cerebro, no el grano de locura
necesario, sino la lesión terrible que ha causado la desgracia de ese
«poeta maldito.» En cuanto a Rimbaud--a quien un talento tan claro como
el de Jorge Vanor coloca entre los genios,--tan orate como él, aunque
menos confuso, y a Tristan Corbiere, a quien sus versos marinos
salvan... Después René Ghil y su tentativa de instrumentación, Gustavo
Khan y su apreciación del valor tonal de las palabras son más bien--a mi
ver--excéntricos literarios llevados por una concepción del arte, en
verdad abstrusa y difícil. Y por lo que toca a Moreas, cuyo talento es
sólido é innegable, y a quien por buena amistad personal conozco
íntimamente, puedo afirmar que lo que menos tiene dañado es el seso.
Risueño, poeta, conocedor de _su_ París, ha sabido cortarle la cola a su
perro, y, nada más.

Los wagnerianos van en montón, con el olímpico maestro a la cabeza. No
oye el médico de piedra el eco soberbio de la floresta de armonías.
Mientras Max Nordau escribe su diagnóstico, van en fuga visionaria
Sigfrido y Brunhilda, Venus desnuda, guerreros y sirenas, Wotan
formidable, el marino del barco-fantasma; y, llevado por el blanco
cisne, alada góndola de viva nieve, rubio como un Dios de la Walhalla,
el bello caballero Lohengrin.

Pláceme la dureza del clínico para con el grupo de falsos místicos que
trastruecan con extravagantes parodias los vuelos de la fe y las obras
de religión pura.

Así también a los que, sin ver el gran peligro de las posesiones
satánicas que en el vocabulario de la ciencia atea tienen también su
nombre--penetran en las obscuridades escabrosas del ocultismo y de la
magia, cuando no en las abominables farsas de la misa negra. No hay duda
de que muchos de los magos, teósofos y hermetistas están predestinados
para una verdadera alienación.

Todos los médicos pueden testificar que el espiritismo ha dado muchos
habitantes a las celdas de los manicomios.

Por la puerta del egoísmo entran los parnasianos y diabólicos, los
decadentes y estetas, los ibsenistas, y un hombre ilustre que,
desgraciadamente, se volvió loco: Federico Nietzsche. ¿El egoísmo es un
producto de este siglo? Un estudio de la historia del espíritu humano,
demostrará que no.

No ha habido mejor defensor del egoísmo bien entendido, en este fin de
siglo, que Mauricio Barrés. Ya Saint-Simón, en la aurora de estos cien
años, combatía el patriotismo en nombre del egoísmo. Y en el estado
actual de la sociedad humana, ¿quién podrá extrañar el aislamiento de
ciertas almas estilitas, de pie sobre su columna moral, que tienen sobre
sí la mirada del ojo de los bárbaros?

Entre los parnasianos, si no cita a todos los clientes de Lemerre, que
con el oro de la rima le repletaran su caja de editor millonario, señala
al soberbio Theo, que va a su celda, agitando la cabellera absalónica y
junto con él Banville, el mejor tocador de lira de los anfiones de
Francia. ¿Y Mendés?

      On y rencontre aussi Mendés
    A qui nul rythme ne resiste,
    Qu’il chante l’Olimpe ou l’Ades.

También se encuentra allí Mendés, entre los degenerados, a causa de sus
versos diamantinos y de sus floridas priapeas. Y al paso de los estetas
y decadentes, lleva la insignia de capitán de los primeros Oscar Wilde.
Sí, Dorian Gray es loco rematado, y allá va Dorian Gray a su celda. No
puede escribirse con la masa cerebral completamente sana el libro
«Intentions...» Y lo que son los decadentes,--¡Nordau como todos los que
de ello tratan, desbarra en la clasificación!--van representados por
Villiers de L’Isle-Adam, el hermano menor de Poe, por el católico Barbey
d’Aurevilly... por el turanio Richepin; por Huyssmans, en fin, lleno de
músculos y de fuerzas de estilo, que personificara en Des Esseintes el
tipo finisecular del cerebral y del quintesenciado, del manojo de vivos
nervios que vive enfermo por obra de la prosa de su tiempo. Si sois
partidarios de Ibsen, sabed que el autor de «Hedda Gabler» está
declarado imbécil. No citaré más nombres de la larga lista.

Después de la diagnosis, la prognosis; después de la prognosis, la
terapia. Dada la enfermedad, el proceso de ella; luego la manera de
curarla. La primera indicación terapéutica es el alejamiento de
aquellas ideas que son causa de la enfermedad. Para los que piensan
hondamente en el misterio de la vida, para los que se entregan a toda
especulación que tenga por objeto lo desconocido, «no pensar en ello.»
Cuando Ayarragaray entre nosotros señala el campo, la quietud, el
retiro, «Cantaclaro» protesta. Nordau pasando sobre el hegelianismo y el
idealismo trascendental de Ficht en persecución del «egoísmo morboso»,
explica etiológicamente la degeneración como un resultado de la
debilidad de los centros de percepción o de los nervios sensitivos;
cuando trata de la curación debe permitir que sus lectores abran la boca
en forma de O. Receta: prohibición de la lectura de ciertos libros, y,
respecto a los escritores «peligrosos», que se les aleje de los centros
sociales, ni más ni menos como a los lazarinos y coléricos. Y «¡horresco
referens!» que de no tomar tal medida, se les trate exactamente como a
los perros hidrófobos. Este seráfico sabio trae a la memoria al autor de
la «Modesta proposición para impedir que los niños pobres sean una carga
para sus padres y su país, y medio de hacerles útiles para el público.»
Ya se sabe cuál era ese medio que Swift proponía «with the tread and
gaiety of an ogre», que dice Thackeray: comerse a los chicos. Mas cuando
Max Nordau habla del arte con el mismo tono con que hablaría de la
fiebre amarilla o del tifus; cuando habla de los artistas y de los
poetas como de «casos», y aplica la thanathoterapia, quien le sonríe
fraternalmente es el perilustre Dr. Tribulat Bonhomet, «profesor de
diagnosis», que gozaba voluptuosamente apretándoles el pescuezo a los
cisnes de los estanques. El, antes de la indicación del autor de
«Entartung» había hecho la célebre «Moción respecto a la utilización de
los terremotos.» El odiaba científicamente a «ciertas gentes toleradas
en nuestros grandes centros, a título de artistas», «esos viles
alineadores de palabras, que son una peste para el cuerpo social.» «Es
preciso matarlos horriblemente», decía. Y para ello proponía que se
construyese en lugares donde fuesen frecuentes los temblores de tierra,
grandes edificios de techos de granito; y «allí invitaremos para que se
establezca a toda la inspirada «ribambelle de ces pretendus Reveurs»,
que Platón quería, indulgentemente, coronar de rosas y arrojarlos de su
República.» Ya instalados los poetas, los «soñadores», un terremoto
vendría y el efecto sería el que caracterizaba Bonhomet con esta
inquietante onomatopeya:

    ¡¡¡Krrraaaak!!!

Pero el viejo Tribulat no era tan cruel, pues ofrecía dar a sus
condenados a aplastamiento, horizontes bellos, aires suaves, músicas
armoniosas. Por tanto, yo, que adoro al amable coro de las musas, y el
azul de los sueños, preferiría, antes que ponerme en manos de Max
Nordau, ir a casa del médico de Clara Lenoir, quien me enviaría al
edificio de granito, en donde esperaría la hora de morir saludando a la
primavera y al amor, cantando las rosas y las liras y besando en sus
rojos labios a Cloe, Galatea o Cidalisa!

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IBSEN


No hace mucho tiempo han comenzado las exploraciones intelectuales al
Polo. Ya Leconte de Lisle había ido a contemplar la naturaleza y
aprender el canto de las runoyas; Mendés a ver el sol de media noche y a
hacer dialogar a Snorr y Snorra, en un poema de sangre y de hielo.
Después, los Nordenskjöld del pensamiento descubrieron en las lejanas
regiones boreales, seres extraños e inauditos: poetas inmensos,
pensadores cósmicos. Entre todos, hallaron uno, en la Noruega; era un
hombre fuerte y raro, de cabellos blancos, de sonrisa penosa, de miradas
profundas, de obras profundas. ¿Estaba acaso en él el genio ártico?
Acaso estaba en él el genio ártico. Parecería que fuese alto como un
pino. Es chico de cuerpo. Nació en su país misterioso; el alma de la
tierra en sus más enigmáticas manifestaciones, se le reveló en su
infancia. Hoy, es ya anciano; ha nevado mucho sobre él; la gloria le ha
aureolado, como una magnificente aurora boreal. Vive allá, lejos, en su
tierra de fjords y lluvias y brumas, bajo un cielo de luz caprichosa y
esquiva. El mundo le mira como a un legendario habitante del reino
polar. Quienes, le creen un extravagante generoso, que grita a los
hombres la palabra de su sueño, desde su frío retiro; quienes, un
apostol huraño, quienes, un loco. ¡Enorme visionario de la nieve! Sus
ojos han contemplado las largas noches y el sol rojo que ensangrienta la
obscuridad invernal: luego miró la noche de la vida, lo obscuro de la
humanidad. Su alma estará amargada hasta la muerte.

Maurice Bigeon, que le ha conocido íntimamente, nos le pinta: «La nariz
es fuerte, los pómulos rojos y salientes, la barbilla vigorosamente
marcada, sus grandes anteojos de oro, su barba espesa y blanca donde se
hunde lo bajo del rostro, le dan «l’air brave homme», la apariencia de
un magistrado de provincia, envejecido en el cargo. Toda la poesía del
alma, todo el esplendor de la inteligencia, se han refugiado, aparecen
en los labios finos y largos, un tanto sensuales, que forman en las
comisuras una mueca de altiva ironía; en la mirada, velada y como
abierta hacia adentro, ya dulce y melancólica, ya ágil y agresiva,
mirada de místico y luchador, mirada turbadora, inquietante,
atormentada, bajo la cual se tiembla, y que parece escrutar las
conciencias. Y la frente, sobre todo, es magnífica, cuadrada, sólida, de
potentes contornos, frente heroica y genial, vasta como el mundo de
pensamientos que abriga. Y, dominando el conjunto, acentuando todavía
más esta impresión de animalidad ideal que se desprende de su fisonomía
toda, una crinada cabellera blanca, fogosa, indomable...

...Un hombre, en resumen, de esencia especial, de tipo extraño, que
inquieta y subyuga, cuyo igual es inencontrable--un hombre, que no se
podría olvidar aunque se viviese cien años.»

       *       *       *       *       *

Pues todo hombre tiene un mundo interior y los varones superiores
tiénenlo en grado supremo, el gran escandinavo halló su tesoro en su
propio mundo. «Todo lo he buscado en mí mismo, todo ha salido de mi
corazón.»

Es en sí propio donde encontró el mejor venero para estudiar el
principio humano. Hizo la propia vivisección. Puso el oído a su propia
voz y los dedos al propio pulso. Y todo salió de su corazón. ¡Su
corazón!

El corazón de un sensitivo y de un nervioso. Palpitaba por el mundo.
Estaba enfermo de humanidad.

Su organización vibradora y predispuesta a los choques de lo
desconocido, se templó más en el medio de la naturaleza fantasmal, de la
atmósfera extraña de la patria nativa. Una mano invisible le asió, en
las tinieblas.

Ecos misteriosos le llamaron en la bruma. Su niñez fué una flor de
tristeza. Estaba ansioso de ensueños, había nacido con la enfermedad. Yo
me lo imagino, niño silencioso y pálido, de larga cabellera en su pueblo
de Skien, de calles solitarias, de días nebulosos. Me lo imagino en los
primeros estremecimientos producidos por el espíritu que debía poseerle,
en un tiempo perpetuamente crepuscular, o en el silencio frío de la
noche noruega. Su pequeña alma infantil, apretada en un hogar ingrato,
los primeros golpes morales en esa pequeña alma frágil y cristalina, las
primeras impresiones que le hacen comprender la maldad de la tierra y lo
áspero del camino por recorrer. Después, en los años de la juventud,
nuevas asperezas. El comienzo de la lucha por la vida, y la visión
reveladora de la miseria social. ¡Ah, él comprendió el duro mecanismo; y
el peligro de tanta rueda dentada; y el error de la dirección de la
máquina; y la perfidia de los capataces y la universal degradación de la
especie. Y su alma se hizo su torre de nieve. Apareció en él el
luchador, el combatiente. Acorazado, casqueado, armado, apareció el
poeta. Oyó la voz de los pueblos. Su espíritu salió de su restringido
círculo nacional; cantó las luchas extranjeras; llamó a la unión de las
naciones del norte; su palabra, que apenas se oía en su pueblo, fué
callada por el desencanto; sus compatriotas no le conocieron; hubo para
él, eso sí, piedras, sátira, envidia, egoísmo, estupidez: su patria,
como todas las patrias, fué una espesa comadre que dió de escobazos a su
profeta. De Skien a Grimstad, a Cristianía. De la mano de Welhaven su
espíritu penetra en el mundo de una nueva filosofía. Después del
desencanto, halla otra vez su joven musa cantos de entusiasmo, de vida,
de amor. En los tiempos de las primeras luchas por la vida había sido
farmacéutico. Fué periodista después. Luego, director de una errante
compañía dramática. Viaja, vive. De Dinamarca vuelve a la capital de su
país, y se ocupa también en cosas de teatro. En su trato con los
cómicos--tal Guillermo Shakespeare--comienza a entrever el mundo de su
obra teatral. Está pobre, no le importa; ama. Se enloquece de amor:
tanto se enloquece que se casa. Una dulce hija de pastor protestante,
fué su mujer. Imagínome que la buena Daë Thoresen debe de haber tenido
los cabellos del más lindo oro, y los ojos divinamente azules.

       *       *       *       *       *

Después de su «Catilina», simple ensayo juvenil, el autor dramático
surge. La antigua patria renace en «La Castellana de Ostroett»; los que
conocéis la obra ibseniana, oiréis siempre el grito final de Dame
Ingegerd, agonizante: «¿Lo que yo quiero? Un ataúd, un ataúd cerca del
de mi hijo.» Después «Los Guerreros de Helgeland» esa rara obra de
visionario. Recordad:

«Hjordis.--El lobo, allí está, ¿lo ves? allí. No me deja nunca; me tiene
clavados sus ojos rojos, incandescentes. ¡Ah, Sigurd, es un presagio!
Tres veces se me ha aparecido, y seguramente eso quiere decir que moriré
esta noche.

Sigurd.--¡Hjordis! ¡Hjordis!

Hjordis.--Acaba de desaparecer allá, en el suelo. Ahora, ya lo sé.

Sigurd.--¡Oh, Hjordis, ven, estás enfermo! Volvamos a casa.

Hjordis.--No: esperaré aquí. Tengo muy poco tiempo de vida.

Sigurd.--¿Pero qué tienes?

Hjordis.--¿Qué tengo? No sé. Pero ya lo ves, tú has dicho la verdad hoy.
Gunuar y Daquy están allí, entre nosotros. Dejémosles. Dejemos esta
vida; así podemos vivir juntos.

Sigurd.--¿Podemos? ¿Tú lo crees?

Hjordis.--Desde el día en que has tomado otra mujer, yo estoy sin patria
en este mundo», etc.

«Los pretendientes a la corona», donde hay el admirable diálogo, entre
el Poeta y el Rey, y el cual tiene que haber influído muy directamente
en la forma dialogal característica de Maeterlink, en sus dramas
simbólicos, seguida en parte por Eugenio de Castro en su suntuoso
«Belkiss.» Véase:

El rey Skule.--Me hablarás de eso dentro de poco. Pero dime, Skalda, que
has errado tanto por países extranjeros, ¿has visto una mujer que ame al
hijo de otra? Y cuando digo amar, entiendo amar no con un sentimiento
pasajero, sino amar con todas las ternuras del alma.

El poeta Jatgeir.--Eso no acontece sino a las mujeres que no tienen
hijos.

El rey.--¿A ellas solamente?

El poeta.--Sobre todo a las que son estériles.

El rey.--¿Sobre todo a las que son estériles? ¿Aman entonces a los hijos
de otra, con todas las ternuras de su alma?

El poeta.--Sí, a menudo.

El rey.--Y, ¿no es cierto? Sucede que esas mujeres estériles matan a los
hijos de otra, despechadas de no haber tenido ellas.

El poeta.--Sí. Pero eso no es obrar prudentemente.

El rey.--¿Prudentemente?

El poeta.--No, no es obrar prudentemente, porque dan a aquellos cuyos
hijos matan, el don del sufrimiento.

El rey.--Pero ¿crees tú que el don del sufrimiento sea una buena cosa?

El poeta.--Sí, señor.

El rey.--Islandés, hay como dos hombres en ti. Estás entre la
muchedumbre, en algún alegre festín, y pones un manto sobre tus
pensamientos. Se está a solas contigo, y te asemejas a los raros a
quienes voluntariamente se escogería por amigos. ¿Por qué es así?

El poeta.--Señor, cuando os queréis bañar en el río, no os desvestís
cerca de donde pasan los que van a la iglesia, sino que buscáis un lugar
solitario...

El rey.--Naturalmente.

El poeta.--¡Y bien! yo también tengo el pudor del alma y por eso es que
no me desvisto cuando hay tanta gente en la sala.

El rey.--¿Eh? Cuéntame, Jatgeir, cómo has llegado a ser poeta y quién te
ha enseñado la poesía.

El poeta.--Señor, la poesía no se aprende.

El rey.--¡La poesía no se aprende! Entonces, ¿cómo has hecho?

El poeta.--He recibido el don del sufrimiento y así he llegado a ser
poeta.

El rey.--Así, pues, ¿el don del sufrimiento es necesario al poeta?

El poeta.--Para mí fué necesario; pero hay otros a quienes ha sido
concedida la alegría, la fe o la duda.

El rey.--¿Aun la duda?

El poeta.--Sí; pero es preciso que sea la duda de la fuerza y de la
salud.

El rey.--¿Y cuál es la duda que no sea la de la fuerza y de la salud?

El poeta.--Es la duda que duda aún de su duda.

El rey.--Paréceme que eso debe ser la muerte.

El poeta.--Es más horrible que la muerte misma: son las tinieblas
profundas», etc.

La «Comedia del Amor» marca el humor fino que hay también en Ibsen,
siempre a propósito de errores sociales; y es una puerta de libertad,
abierta al santo instinto humano de amor.

Con la hostilidad de los cómicos cuya dirección tenía, y el clamor de
odio y de villanía que contra él alzaron unos cuantos periodistas, tuvo
que mostrar hombros de hierro, cabeza resistente, puños firmes. Su
tierra le desconocía, le desdeñaba, le odiaba, le calumniaba. Entonces,
sacudió el polvo de sus zapatos. Se va, mordiendo versos contra el
rebaño de tontos; se va, desterrado por la fosilizada familia de
retardatarios y de puritanos. Así, más se ahonda en su corazón el
sentimiento de la redención social.

El revolucionario fué a ver el sol de oro de las naciones latinas.

Después de este baño solar nacieron las otras obras que debían darle el
imperio del drama moderno, y colocarle al lado de Wagner, en la altura
del arte y del pensamiento contemporáneo. El había sido el escultor en
carne viva, en su propia carne. Animó después sus extraños personajes
simbólicos por cuyos labios saldría la denuncia del mal inveterado, en
la nueva doctrina. Los pobres tendrán en él un gran defensor. Es un
propósito de redención el que le impulsa. Es un gigantesco arquitecto
que desea erigir su construcción monumental, para salvar las almas por
la plegaria en la altura, de cara a Dios.

El hombre de las visiones, el hombre del país de los kobolds, encuentra
que hay mayores misterios en lo común de la vida que en el reino de la
fantasía: el mayor enigma está en el propio hombre. Y su sueño es ver la
vida mejor, el hombre rejuvenecido, la actual máquina social
despedazada. Nace en él el socialista; es una especie de nuevo
redentor.

Así surgen «El pato salvaje», «Nora», «Los aparecidos», «El enemigo del
pueblo», «Rosmersholm», «Hedda Gabler.» Escribía para la muchedumbre,
para la salvación de la muchedumbre. La máquina recibía rudos golpes de
su enorme martillo de dios escandinavo. Su martilleo se oye por todo el
orbe. La aristocracia intelectual está con él. Se le saluda como a uno
de los grandes héroes. Pero su obra no produce lo que él desea. Y su
esfuerzo se vela de una sombra de pesimismo.

Fué a ver el sol de las naciones latinas.

       *       *       *       *       *

Y en las naciones latinas encuentra luchas y horrores, desastres y
tristezas: su alma padece por la amargura de Francia. Llega un momento
en que juzga muerta el alma de la raza. Mas no se va del todo la
esperanza de su corazón. Cree en la resurrección futura: «¿Quién sabe
cuándo la paloma traerá en su pico el ramo precursor? Lo veremos. Por lo
que a mí toca, hasta ese día, permaneceré en mi habitáculo enguatado de
Suecia, celoso de la soledad, ordenando ritmos distinguidos. La multitud
vagabunda se enojará sin duda alguna, y me tratará de renegado; pero esa
muchedumbre me espanta, no quiero que el lodo me salpique; y deseo, en
traje de himeneo, sin mancha, aguardar la aurora que ha de venir.» ¡Ah,
la pobre humanidad perdida! ese extraño redentor quiere salvarla,
encontrar para ella el remedio del mal y la senda que conduce al
verdadero bien. Pero cada instante que pasa le da muerte a una ilusión.
Los hombres están originalmente viciados. Su mismo organismo es un foco
infectivo; su alma está sujeta al error y al pecado. Se va sobre
lodazales o sobre cambroneras. La existencia es el campo de la mentira y
el dolor. Los malos son los que logran conocer el rostro de la
felicidad, en tanto que el inmenso montón de los desgraciados se agita
bajo la tabla de plomo de una fatal miseria. Y el redentor padece con
la pena de la muchedumbre. Su grito no se escucha, su torre no tiene el
deseado coronamiento. Por eso su agitado corazón está de luto, por eso
brotan de los labios de sus nuevos personajes palabras terribles,
condenaciones fulminantes, ásperas y flagelantes verdades. Es pesimista
por obra de la fuerza contraria. El ha entrevisto el ideal, como un
miraje. Ha caminado tras él, ha despedazado sus pies en las piedras del
camino, no ha logrado sino cosechas de decepciones, su fata-morgana se
ha convertido en nada.

Y su progenie simbólica está animada de una vida maravillosa y
elocuente. Sus personajes son seres que viven y se mueven y obran sobre
la tierra, en medio de la sociedad actual. Tienen la realidad de la
existencia nuestra. Son nuestros vecinos, nuestros hermanos. A veces nos
sorprende oir salir de sus bocas nuestros propios íntimos pensamientos.
Y es que Ibsen es el hermano de Shakespeare. El proceso shakespeareano
de León Daudet tendría mejor aplicación si se tratase del gran
escandinavo. Los tipos son observados, tomados de la vida común. La
misma particularidad nacional, el escenario de la Noruega, le sirve para
acentuar mejor los rasgos universales. Después, él, el creador, ha
exprimido su corazón: ha sondeado su océano mental; ha penetrado en su
obscura selva interior; es el buzo de la conciencia general, en lo
profundo de su propia conciencia. Y había habido un día en que desde el
vientre materno su alma se llenara de la virtud del arte. Su dolencia
debía de ser la sublime dolencia del genio; de un genio peregrino, en
que se juntarían las ocultas energías psíquicas de países remotos en los
cuales parece que se encontrase, en ciertas manifestaciones, la realidad
del Ensueño. Y ese «aristo», ese excelente, ese héroe, ese casi
super-hombre, había de hacer de su vida un holocausto; había de ser el
apóstol y el mártir de la verdad inconquistable, un inmenso trueno en el
desierto, un prodigioso relámpago en un mundo de ciegas pupilas. Y
buscó los ejemplos del mal por ser el ambiente del mal el que satura el
mundo. Desde Job a nuestros días, jamás el diálogo ha sentido en su
carne verbal los sacudimientos del espíritu que en las obras de Ibsen.
Habla todo, los cuerpos y las almas. La enfermedad, el ensueño, la
locura, la muerte toman la palabra; sus discursos vienen impregnados de
más-allá. Hay seres ibsenianos en que corre la esencia de los siglos.
Nos hallamos a muchos miles de leguas distantes de la literatura, esa
agradable y alta rama de las Bellas Artes. Es un mundo distinto y
misterioso, en que el pensador tiene la estatura de los arcángeles. Se
siente, en lo obscuro vecino, una brisa que sopla de lo infinito, cuyo
sordo oleaje oímos de tanto en tanto.

Su lenguaje está construído de lógica y animado de misterio. Es Ibsen,
uno de los que más hondamente han escrutado el enigma de la psique
humana. Se remonta a Dios. Parte la fuente de su pensar de la montaña de
las ideas primordiales. Es el héroe moral. ¡Potente solitario! Sale de
su torre de hielo para hacer su oficio de domador de razas, de
regenerador de naciones, de salvador humano, su oficio, ay, ímprobo,
porque cree que no será él quien verá el día de la transfiguración
ansiada.

No os extrañéis de que sobre su obra titánica floten brumas misteriosas.
Como en todos los espíritus soberanos, como en todos los jerarcas del
pensamiento, su verbo se vela de humareda cual las fisuras de las
solfataras y los cráteres de los volcanes.

Consagrado a su obra como a un sacerdocio, es el ejemplo más admirable
que puede darse en la historia de la idea humana, de la unidad de la
acción y del pensamiento.

Es el misionero formidable de una ideal religión, que predica con
inaudito valor las verdades de su evangelio delante de las civilizadas
flechas de los bárbaros blancos.

Si Ibsen no fuera un sublevado titán, sería un santo, puesto que la
santidad es el genio en el carácter, el genio moral. Y ha sentido sobre
su faz el soplo de lo desconocido, de lo arcano; a ese soplo ha
obedecido su autoinvestigación en las tinieblas del propio abismo. Y va
por la tierra en medio de los dolores de los hombres siendo el eco de
todas las quejas. Los versos al cisne, recordados por Bigeon, cantan
así: «Cisne cándido, siempre mudo, en calma siempre! Ni el dolor ni la
alegría pueden turbar la serenidad de tu indiferencia; protector
majestuoso del Elfo que se aduerme, tú te has deslizado sobre las aguas
sin jamás producir un murmullo, sin jamás lanzar un cántico.

Todo lo que juntamos en nuestros pasos, juramentos de amor, miradas
angustiosas, hipocresías, mentiras ¡qué te importaban! ¿Qué te
importaban?

Y sin embargo, la mañana de tu muerte suspiraste tu agonía, murmuraste
tu dolor...

¡Y eras un cisne!»

El olímpico pájaro de nieve cantado tan melancólicamente por el Poeta
ártico--y que en su ciclo surgiera de manera tan mágica y armoniosa por
obra del dios Wagner--es para Ibsen nuncio del ultraterrestre Enigma.

He ahí que la inviolada Desconocida aparecerá siempre envuelta en su
impenetrable nube, fuerte y silenciosa; su fuerza, el fin de todas las
fuerzas, y su silencio, la aleación de todas las armonías.

¿Cuál sería el poeta que apoyado en el muro kantiano ordenase con mayor
soberanía el himno de la Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del Mundo y
el mundo de la Voluntad? Necesitaríase un Pitágoras moral. El Noruego ha
comprendido esa armonía y sus cantos han sido seres vivos. Ha sido un
intérprete de esa representación de Dios. Ha sido un incansable minador
de prejuicios y ha ido a perseguir el mal en sus dos principales
baluartes, la carne y el espíritu. La carne, que en su infierno contiene
los indomables apetitos y las tormentosas consecuciones del placer, y
el espíritu, que presa de vacilaciones o esclavo de la mentira o
arrebatado del pecado luciferino, cae también en su infierno.

Autoridad, constitución social, convenciones de los hombres engañados o
perversos, religiones amoldadas a usos viciados, injusticias de la ley y
leyes de la injusticia; todo el viejo conjunto del organismo ciudadano;
todo el aparato de cultura y de progreso de la colectividad moderna;
toda la grande y monstruosa Jericó, oye sonar el desusado clarín del
luminoso enemigo, pero sus muros no se conmueven, sus fábricas no caen.
Por las ventanas y almenas adviértese cómo las caras rosadas de las
mujeres que habitan la ciudad ríen y los hombres se encogen de hombros.
Y el clarín enemigo suena contra los engaños sociales; contra los
contrarios del ideal; contra los fariseos de la cosa pública; contra la
burguesía, cuyo principal representante será siempre Pilatos; contra los
jueces de la falsa justicia, los sacerdotes de los falsos sacerdocios;
contra el capital cuyas monedas, si se rompiesen, como la hostia del
cuento, derramarían sangre humana; contra la explotación de la miseria;
contra los errores del estado; contra las ligas arraigadas desde siglos
de ignominia para mal del hombre y aun en daño de la misma naturaleza;
contra la imbécil canalla apedreadora de profetas y adoradora de
abominables becerros; contra lo que ha deformado y empequeñecido el
cerebro de la mujer, logrando convertirla, en el transcurso de un
inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo; contra las
mordazas y grillos de los sexos; contra el comercio infame, la política
fangosa y el pensamiento prostituído: así en «Los aparecidos», así en
«Hedda Gabler», así en «El enemigo del pueblo», así en «Solness», así en
«Las columnas de la sociedad», así en «Los pretendientes a la corona»,
así en «La Unión de los jóvenes», así en «El pequeño Eyolf».

El arcángel de la guarda del enorme Escandinavo tiene por nombre
Sinceridad. Otros hay que le escoltan y se llaman Verdad, Nobleza,
Bondad, Virtud. Suele también acompañarle el querubin Eironeia. Al final
de las «Columnas de la sociedad», Lona proclama la grandeza de la
Libertad y de la Sinceridad. Camille Mauclair decía al finalizar su
conferencia sobre «Solness», cuando Lugne-Poe hacía a París el servicio
que acaba de hacer a Buenos Aires Alfredo de Sanctis: «Seamos sinceros
delante de nosotros mismos, cuidémonos del demonio tonto.» ¡Cuán elevado
y provechoso consejo intelectual! Y Laurent Tailhade al predicar a su
vez las excelencias de «El enemigo del pueblo», decía: «Si algo puede
hacer perdonar al público de las primeras representaciones, mundanos y
bolsistas, pilares de club y folicularios, bobos y snobs de todo pelaje,
la asombrosa impericia que le distingue, el apetito monstruoso que
muestra comunmente para toda especie de chaturas, es la acogida que ha
hecho desde hace tres años a los dos genios, cuya amargura parece caber
menos en lo que se llama tan justamente «el gusto francés»; me refiero a
Ricardo Wagner y a Henrik Ibsen.» Si esto ha sido aplicado a París,
pongan oído atento los centros pensantes de otras naciones. Surjan las
excelencias del gusto nacional y asciéndase a las altas cimas de la Idea
y del Arte; escúchese la doctrina de los señalados maestros conductores,
exorcícese con ideal agua bendita al tonto demonio.

Ibsen no cree en el triunfo de su causa. Por eso la ironía le ha
cincelado su especial sonrisa. ¿Pero quién podría afirmar que no pueden
llegar todavía a ser dorados por el fulgor de la esperada aurora, los
cabellos blancos e indomables de ese soberbio y hecatonquero Precursor
del Porvenir?

[imagen: JOSÉ MARTÍ]

[imagen]



JOSÉ MARTÍ


El fúnebre cortejo de Wagner exigiría los truenos solemnes del
«Tannhauser»; para acompañar a su sepulcro a un dulce poeta bucólico,
irían, como en los bajos relieves, flautistas que hiciesen lamentarse a
sus melodiosas dobles flautas; para los instantes en que se quemase el
cuerpo de Melesígenes, vibrantes coros de liras; para acompañar--¡oh!
permitid que diga su nombre delante de la gran Sombra épica; de todos
modos, malignas sonrisas que podáis aparecer, ya está muerto...!--para
acompañar, americanos todos que habláis idioma español, el entierro de
José Martí, necesitaríase su propia lengua, su órgano prodigioso lleno
de innumerables registros, sus potentes coros verbales, sus trompas de
oro, sus cuerdas quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus
tímpanos, sus liras, sus sistros. Sí, americanos, hay que decir quien
fué aquel grande que ha caído! Quien escribe estas líneas que salen
atropelladas de corazón y cerebro, no es de los que creen en las
riquezas existentes de América... Somos muy pobres... Tan pobres, que
nuestros espíritus, si no viniese el alimento extranjero, se morirían de
hambre. Debemos llorar mucho por esto al que ha caído! Quien murió allá
en Cuba, era de lo mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres;
era millonario y dadivoso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como
por la magia del cuento, siempre quedaba rico: hay entre los enormes
volúmenes de la colección de «La Nación», tanto de su metal fino y
piedras preciosas, que podría sacarse de allí la mejor y más rica
estatua. Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes
luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejores tintas, caprichos y
bizarrías. Sobre el Niágara castelariano, milagrosos iris de América. ¡Y
qué gracia tan ágil, y qué fuerza natural tan sostenida y magnífica!

Otra verdad aun, aunque pese más al asombro sonriente: eso que se llama
el genio, fruto tan solamente de árboles centenarios--ese majestuoso
fenómeno del intelecto elevado a su mayor potencia, alta maravilla
creadora, el Genio, en fin, que no ha tenido aún nacimiento en nuestras
repúblicas, ha intentado aparecer dos veces en América; la primera en un
hombre ilustre de esta tierra, la segunda en José Martí. Y no era Martí,
como pudiera creerse, de los semi-genios de que habla Mendés, incapaces
de comunicar con los hombres, porque sus alas les levantan sobre la
cabeza de éstos, e incapaces de subir hasta los dioses, porque el vigor
no les alcanza y aun tiene fuerza la tierra para atraerles. El cubano
era «un hombre.» Más aun; era como debería ser el verdadero
super-hombre, grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en
comunión con Dios y con la naturaleza.

En comunión con Dios vivía el hombre de corazón suave e inmenso; aquel
hombre que aborreció el mal y el dolor; aquel amable león de pecho
columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar,
fué siempre seda y miel hasta con sus enemigos. Y estaba en comunión
con Dios, habiendo ascendido hasta él por la más firme y segura de las
escalas: la escala del Dolor. La piedad tenía en su sér un templo; por
ella diríase que siguió su alma los cuatro ríos de que habla Rusbrock el
Admirable; el río que asciende, que conduce a la divina altura; el que
lleva a la compasión por las almas cautivas, los otros dos que envuelven
todas las miserias y pesadumbres del herido y perdido rebaño humano.
Subió a Dios, por la compasión y por el dolor. ¡Padeció mucho
Martí!--desde las túnicas consumidoras, del temperamento y de la
enfermedad, hasta la inmensa pena del señalado que se siente desconocido
entre la general estolidez ambiente; y por último, desbordante de amor y
de patriótica locura, consagróse a seguir una triste estrella, la
estrella solitaria de la Isla, estrella engañosa que llevó a ese
desventurado rey mago a caer de pronto en la más negra muerte!

Los tambores de la mediocridad, los clarines del patrioterismo tocarán
dianas celebrando la gloria política del Apolo armado de espada y
pistolas que ha caído, dando su vida, preciosa para la humanidad y para
el Arte y para el verdadero triunfo futuro de América, combatiendo entre
el negro Guillermón y el general Martínez Campos!

¡Oh, Cuba! eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos
tuyos que luchan porque te quieren libre; y bien hace el español de no
dar paz a la mano por temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien
veces bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía;
pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una
briosa juventud que pierde en él quizá al primero de sus maestros;
pertenecía al porvenir!

       *       *       *       *       *

Cuando Cuba se desangró en la primera guerra, la guerra de Céspedes;
cuando el esfuerzo de los deseosos de libertad no tuvo más fruto que
muertes e incendios y carnicerías, gran parte de la intelectualidad
cubana partió al destierro. Muchos de los mejores se expatriaron,
discípulos de don José de la Luz, poetas, pensadores, educacionistas.
Aquel destierro todavía dura para algunos que no han dejado sus huesos
en patria ajena o no han vuelto ahora a la manigua. José Joaquín Palma,
que salió a la edad de Lohengrín con una barba rubia como la de él, y
gallardo como sobre el cisne de su poesía, después de arrullar sus
décimas «a la estrella solitaria» de república en república, vió nevar
en su barba de oro, siempre con ansias de volver a su Bayamo, de donde
salió al campo a pelear después de quemar su casa. Tomás Estrada Palma,
pariente del poeta, varón probo, discreto y lleno de luces, y hoy
elegido presidente por los revolucionarios, vivió de maestro de escuela
en la lejana Honduras; Antonio Zambrana, orador de fama justa en las
repúblicas del norte que a punto estuvo de ir a las Cortes, en donde
habría honrado a los americanos, se refugió en Costa Rica, y allí abrió
su estudio de abogado; Eizaguirre fué a Guatemala; el poeta Sellén, el
celebrado traductor de Heine, y su hermano, otro poeta, fueron a Nueva
York, a hacer almanaques para las píldoras de Lamman y Kemp, si no
mienten los decires; Martí, el gran Martí andaba de tierra en tierra,
aquí en tristezas, allá en los abominables cuidados de las pequeñas
miserias de la falta de oro en suelo extranjero; ya triunfando, porque a
la postre la garra es garra y se impone, ya padeciendo las consecuencias
de su antagonismo con la imbecilidad humana; periodista, profesor,
orador; gastando el cuerpo y sangrando el alma; derrochando las
esplendideces de su interior en lugares en donde jamás se podría saber
el valor del altísimo ingenio y se le infligiría además el baldón del
elogio de los ignorantes;--tuvo en cambio grandes gozos: la compresión
de su vuelo por los raros que le conocían hondamente; el satisfactorio
aborrecimiento de los tontos, la acogida que «l’élite» de la prensa
americana--en Buenos Aires y Méjico,--tuvo para sus correspondencias y
artículos de colaboración.

Anduvo, pues, de país en país, y por fin, después de una permanencia en
Centro América, partió a radicarse a Nueva York.

Allá, a aquella ciclópea ciudad, fué aquel caballero del pensamiento a
trabajar y a bregar más que nunca. Desalentado, él tan grande y tan
fuerte, ¡Dios mío! desalentado en sus ensueños de Arte, remachó con
triples clavos dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria, y
dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la guerra, a golpe
de palabra y a fuego de idea. Paciencia, la tenía; esperaba y veía como
una vaga fatamorgana, su soñada Cuba libre. Trabajaba de casa en casa,
en los muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York existen; no
desdeñaba al humilde: al humilde le hablaba como un buen hermano mayor,
aquel sereno e indomable carácter, aquel luchador que hubiera hablado
como Elciis, los cuatro días seguidos, delante del poderoso Otón rodeado
de reyes.

Su labor aumentaba de instante en instante, como si activase más la
savia de su energía aquel inmenso hervor metropolitano. Y visitando al
doctor de la Quinta Avenida, al corredor de la Bolsa y al periodista y
al alto empleado de La Equitativa, y al cigarrero y al negro marinero, a
todos los cubanos neoyorkinos, para no dejar apagar el fuego, para
mantener el deseo de guerra, luchando aún con más o menos claras
rivalidades, pero, es lo cierto, querido y admirado de todos los suyos,
tenía que vivir, tenía que trabajar, entonces eran aquellas cascadas
literarias que a estas columnas venían y otras que iban a diarios de
Méjico y Venezuela. No hay duda de que ese tiempo fué el más hermoso
tiempo de José Martí. Entonces fué cuando se mostró su personalidad
intelectual más bellamente. En aquellas kilométricas epístolas, si
apartáis una que otra rara ramazón sin flor o fruto, hallaréis en el
fondo, en lo macizo del terreno, regentes y ko-hinoores.

Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Martí pintor, Martí
músico, Martí poeta siempre. Con una magia incomparable hacía ver unos
Estados Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus almas. Aquella
«Nación» colosal, la «sábana» de antaño, presentaba en sus columnas, a
cada correo de Nueva York, espesas inundaciones de tinta. Los Estados
Unidos de Bourget deleitan y divierten; los Estados Unidos de Groussac
hacen pensar; los Estados Unidos de Martí son estupendo y encantador
diorama que casi se diría aumenta el color de la visión real. Mi memoria
se pierde en aquella montaña de imágenes, pero bien recuerdo un Grant
marcial y un Sherman heroico que no he visto más bellos en otra parte;
una llegada de héroes del Polo; un puente de Brooklin literario igual al
de hierro; una hercúlea descripción de una exposición agrícola, vasta
como los establos de Augías; unas primaveras floridas y unos veranos
¡oh, sí! mejores que los naturales; unos indios sioux que hablaban en
lengua de Martí como si Manitu mismo les inspirase; unas nevadas que
daban frío verdadero, y un Walt Whitman patriarcal, prestigioso,
líricamente augusto, antes, mucho antes de que Francia conociera por
Sarrazin al bíblico autor de las «Hojas de hierba.»

Y cuando el famoso congreso pan-americano, sus cartas fueron
sencillamente un libro. En aquellas correspondencias hablaba de los
peligros del yankee, de los ojos cuidadosos que debía tener la América
latina respecto a la Hermana mayor; y del fondo de aquella frase que una
boca argentina opuso a la frase de Monroe.

       *       *       *       *       *

Era Martí de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces y
bondadosos. Su palabra suave y delicada en el trato familiar, cambiaba
su raso y blandura en la tribuna, por los violentos cobres oratorios.
Era orador, y orador de grande influencia. Arrastraba muchedumbres. Su
vida fué un combate. Era blandílocuo y cortesísimo con las damas; las
cubanas de Nueva York teníanle en justo aprecio y cariño, y una sociedad
femenina había que llevaba su nombre.

Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristalina; quien se
acercó a él se retiró queriéndole.

Y era poeta; y hacía versos.

Sí, aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clásica, se abrevó en
ella todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con
todo lo moderno y su saber universal y políglota, formaba su manera
especial y peculiarísima, mezclando en su estilo a Saavedra Fajardo con
Gautier, con Goncourt,--con el que gustéis, pues de todo tiene; usando a
la continua de hipérbaton inglés, lanzando a escape sus cuádrigas de
metáforas, retorciendo sus espirales de figuras; pintando ya con minucia
de pre-rafaelista las más pequeñas hojas del paisaje, ya a manchas, a
pinceladas súbitas, a golpes de espátula, dando vida a las figuras;
aquel fuerte cazador, hacía versos, y casi siempre versos pequeñitos,
versos sencillos--¿no se llamaba así un librito de ellos?--versos de
tristezas patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima o armonizados
siempre con tacto; una primera y rara colección está dedicada a un hijo
a quien adoró y a quien perdió por siempre: «Ismaelillo.»

Los «Versos sencillos», publicados en Nueva York, en linda edición, en
forma de eucologio, tienen verdaderas joyas. Otros versos hay, y entre
los más bellos «Los zapaticos de Rosa.» Creo que como Banville la
palabra «lira» y Leconte de Lisle la palabra «negro», Martí la que más
ha empleado es «rosa.»

Recordemos algunas rimas del infortunado:

    I

      ¡Oh, mi vida que en la cumbre
    Del Ajusco hogar buscó,
    Y tan fría se moría
    Que en la cumbre halló calor!
    ¡Oh, los ojos de la virgen
    Que me vieron una vez,
    Y mi vida estremecida
    En la cumbre volvió a arder!

    II

      Entró la niña en el bosque
    Del brazo de su galán,
    Y se oyó un beso, otro beso,
    Y no se oyó nada más.

      Una hora en el bosque estuvo,
    Salió al fin sin su galán:
    Se oyó un sollozo; un sollozo,
    Y después no se oyó más.

    III

      En la falda del Turquino
    La esmeralda del camino
    Los incita a descansar:
    El amante campesino
    En la falda del Turquino
    Canta bien y sabe amar.

      Guajirilla ruborosa,
    La mejilla tinta en rosa
    Bien pudiera denunciar,
    Que en la plática sabrosa
    Guajirilla ruborosa,
    Callar fué mejor que hablar.

    IV

      Allá en la sombría,
    Solemne Alameda,
    Un ruido que pasa,
    Una hoja que rueda,
    Parece al malvado
    Gigante que alzado
    El brazo le estruja,
    La mano le oprime,
    Y el cuello le estrecha
    Y el alma le pide--,
    Y es ruido que pasa
    Y es hoja que rueda;
    Allá en la sombría,
    Callada, vacía,
    Solemne Alameda...

    V

   --¡Un beso!
      --¡Espera!
            Aquel día
    Al despedirse se amaron.

   --¡Un beso!
      --Toma.
            Aquel día
    Al despedirse lloraron.

    VI

      La del pañuelo de rosa,
    La de los ojos muy negros,
    No hay negro como tus ojos
    Ni rosa cual tu pañuelo.

      La de promesa vendida,
    La de los ojos tan negros,
    Más negras son que tus ojos
    Las promesas de tu pecho.

Y este primoroso juguete:

      De tela blanca y rosada
    Tiene Rosa un delantal,
    Y a la margen de la puerta
    Casi, casi en el umbral,
    Un rosal de rosas blancas
    Y de rojas un rosal.

      Una hermana tiene Rosa
    Que tres años besó abril,
    Y le piden rojas flores
    Y la niña va al pensil,
    Y al rosal de rosas blancas
    Blancas rosas va a pedir.

      Y esta hermana caprichosa
    Que a las rosas nunca va,
    Cuando Rosa juega y vuelve
    En el juego el delantal,
    Si ve el blanco abraza a Rosa
    Si ve el rojo da en llorar.

      Y si pasa caprichosa
    Por delante del rosal,
    Flores blancas pone a Rosa
    En el blanco delantal.

Un libro, la Obra escogida del ilustre escritor, debe ser idea de sus
amigos y discípulos.

Nadie podría iniciar la práctica de tal pensamiento, como el que fué, no
solemne discípulo querido, sino amigo del alma, el paje, o más bien «el
hijo» de Martí: Gonzalo de Quesada, el que le acompañó siempre leal y
cariñoso, en trabajos y propagandas, allá en Nueva York y Cayo Hueso y
Tampa. ¡Pero quién sabe si el pobre Gonzalo de Quesada, alma viril y
ardorosa, no ha acompañado al jefe también en la muerte!

Los niños de América tuvieron en el corazón de Martí predilección y
amor.

Queda un periódico único en su género--, los pocos números de un
periódico que redactó especialmente para los niños. Hay en uno de ellos
un retrato de San Martín, que es obra maestra. Quedan también la
colección de «Patria» y varias obras vertidas del inglés, pero eso todo
es lo menor de la obra literaria que servirá en lo futuro.

Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los
que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer y a perder el
tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia
de Dios es infinita y señala a cada cual su legítima gloria. Martínez
Campos, que ha ordenado exponer tu cadáver, sigue leyendo sus dos
autores preferidos: «Cervantes...» y «Ohnet.» Cuba quizá tarde en
cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora;
pero ¡oh, Maestro! ¿qué has hecho...?

Y paréceme que con aquella voz suya, amable y bondadosa, me reprende,
adorador como fué hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de la
Patria; y me habla del sueño en que viera a los héroes: las manos de
piedra, los ojos de piedra, los labios de piedra, las barbas de piedra,
la espada de piedra...

Y que repite luego el voto del verso:

      ¡Yo quiero, cuando me muera,
    Sin patria, pero sin amo,
    Tener en mi losa un ramo
    De flores y una bandera!

[imagen]



EUGENIO DE CASTRO

(_Conferencia leída en el Ateneo de Buenos Aires_).


Señor presidente, señoras, señores: Os saludo al comenzar esta
conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro y la literatura portuguesa.
Es el asunto para mí gratísimo. Mi deseo es que al acabar de escuchar
mis palabras llevéis con vosotros el encanto de un nuevo y peregrino
conocimiento: el del joven ilustre que hoy representa una de las más
brillantes fases del renacimiento latino, y que, como su hermano de
Italia--el Ermete maravilloso--se mantiene en la consagración de su
ideal «en la sede del arte severo y del silencio», allá en la noble y
docta ciudad de Coimbra. Este nombre os despierta, desde luego, el
recuerdo de una antigua vida escolar, los estudiantes tradicionales, la
Fuente de los Amores, el Mondego, celebrado en los versos, y la figura
dulce y trágica de aquella adorable señora que tuvo el mismo apellido
que nuestro poeta: Inés de Castro, tan bella cuanto sin ventura. Es en
aquella ciudad universitaria en donde ha surgido el admirable lírico que
había de representar, el primero, a la raza ibérica, en el movimiento
intelectual contemporáneo, que ha dado al arte espacios nuevos, fuerzas
nuevas y nuevas glorias. Vogüe, que antes mirara el vuelo simbólico de
las cigüeñas, anunciaba, no hace mucho tiempo, a propósito de la obra de
Gabriele D’Annunzio, una resurrección del espíritu latino. Las harpas y
las flautas sonaban del lado de Italia. Hoy la armonía se oye del lado
de Iberia. Ya es un conjunto de músicas orientales; ya un son melodioso
de siringa, semejante a los que la muerte ha venido a suspender en los
labios del divino Panida de Francia, Paúl Verlaine; ya un heráldico
trueno de trompetas de plata, que avisa el paso de una caravana
salomónica. ¿Conocéis al prestigioso Gama que corona Camöens de
esplendorosas gemas poéticas en los triunfos de sus «Lusiadas»? Es el
viajero casi mitológico que vuelve de los países recónditos a donde su
valor y su sed de cosas desconocidas le han llevado. A semejanza de
aquellos antiguos atrevidos navegantes portugueses que iban a las playas
distantes de las tierras asiáticas y africanas en busca de tesoros
prodigiosos y volvían con las perlas arábigas, los diamantes de
Golconda, las resinas y aromas y ámbares recogidos en los misteriosos
continentes y en los hechiceros archipiélagos, trayendo al propio tiempo
la impresión de sus visiones en la realidad de las leyendas, en las
visitas a islas raras y penínsulas de encantamiento, Eugenio de Castro,
bizarro y mágico Vasco de Gama de la lira, vuelve de sus incursiones a
un Oriente de ensueño, de sus expediciones a los fantásticos imperios, a
países del pasado, lleno de riquezas, dueño de raras piedras preciosas,
conquistador y argonauta, vestido de suntuosos paramentos e impregnado
de exóticos perfumes.

Señores: Mientras nuestra amada y desgraciada madre patria, España,
parece sufrir la hostilidad de una suerte enemiga, encerrada en la
muralla de su tradición, aislada por su propio carácter, sin que penetre
hasta ella la oleada de la evolución mental de estos últimos tiempos,
el vecino reino fraternal manifiesta una súbita energía; el alma
portuguesa llama la atención del mundo, la patria portuguesa encuentra
en el extranjero lenguas que la celebran y la levantan, la sangre de
Lusitania florece en harmoniosas flores de arte y de vida: nosotros,
latinos, hispano-americanos, debemos mirar con orgullo las
manifestaciones vitales de ese pueblo y sentir como propias las
victorias que consigue en honor de nuestra raza.

Es digno de todas nuestras simpatías ese bello y glorioso país de
guerreros, de descubridores y de poetas. Una de las más gratas
impresiones de mi vida ha sido la que produjo esa tierra en que
florerecen los naranjos. Lisboa, hermosa y real, frente a su soberbia
bahía, un cielo generoso de luz, una tierra perfumada de jardines, una
delicia natural esparcida en el ambiente, una fascinación amorosa que
invita a la vida, altivez nativa, nobleza ingénita en sus caballeros, y
en sus damas una distinción gentilicia como corona de la belleza. Y
consideraba al hollar aquella tierra, las proezas de tantos hijos suyos
famosos, Magallanes cuyo nombre quedó para los siglos en el extremo sur
argentino, Alburquerque, el que fué a la lejana Goa, Bartolomé Díaz y la
figura dominante, aureolada de fuegos épicos, del gran Vasco.

Y evocaba la obra de la lira, los ingenuos balbuceos en la corte de
Alfonso Henriquez, en donde la linda Doña Violante, antojábaseme harto
cruel, con el pobre Egas Moniz, agonizante de amor, por aquel «corpo
d’oiro»; los trovadores, formando sus ramilletes de serranillas; Don
Diniz, el rey poeta y sapiente, semejante a Alfonso de España, y a quien
Camoëns compara con el grande Alejandro:

      Eis depois vem Dinis, que bem parece
    Do bravo Afonso estirpe nobre e dina,
    Com quem a fama grande se escurece
    Da liberalidade Alexandrina.
    Com este o Reino próspero florece
    (Alcançada já a paz áurea divina)
    Em constituições, leis e costumes,
    Na terra já tranquila claros lumes.

      Fez primeiro em Coimbra exercitar-se
    O valeroso officio de Minerva;
    E de Helicona as Musas fez passar-se
    A pizar do Mondego a fertil herva.
    Quanto pode de Athenas desejar-se,
    Tudo o soberbo Apollo aqui reserva:
    Aqui as capellas dá tecidas de ouro,
    Do bacharo e do sempre verde louro.

«Y después viene Dionisio, que bien parece del bravo Alfonso estirpe
noble y digna; por quien la fama grande se obscurece de la liberalidad
Alejandrina: Con éste el reino próspero florece (ya alcanzada la áurea
paz divina) en constituciones, leyes y costumbres, e iluminan claras
luces la ya tranquila tierra. Hizo primero en Coimbra que se ejercitase
el valeroso oficio de Minerva; y las musas del Helicón por él fueron a
pisar la fértil hierba del Mondego. Cuanto puede de Atenas desearse,
todo el soberbio Apolo aquí reserva: Aquí da las coronas tejidas de oro
y de siempre verde laurel». Y luego los romanceros, el «Amadís» que
despierta el «Quijote»; Mascías que muere por el amor, y tanto
porta-lira que en tiempos propicios a las Musas las glorificaron en el
suelo lusitano.

No había llegado aún a mis oídos el nombre de Eugenio de Castro, ni a mi
mente el resplandor de su arte aristocrático. La literatura portuguesa
ha sido hasta hace poco tiempo escasamente conocida. Existe cerca de
nosotros un gran país, hijo de Portugal, cuyas manifestaciones
espirituales son en el resto del continente completamente ignoradas; y
hay, señores, en Portugal, y hay en el Brasil una literatura digna de la
universal atención y del estudio de los hombres de pensamiento y de
arte. En nuestra América española, el conocimiento de la literatura de
lengua portuguesa se reduce al escaso número de los que han leído a
Camoëns, la mayor parte en malas traducciones y vaya por lo antiguo. En
cuanto a lo moderno, se sabe que ha existido un Herculano gracias a los
versos de Núñez de Arce, y un Eça de Queiroz, por un «Primo-Basilio»,
que ha esparcido a los cuatro vientos, en castellano, una feroz casa
editora peninsular.

No era poco el triste asombro del eminente Pinheiro Chagas, cuando en
Madrid en la hospitalaria casa del conde de Peralta oía de mis labios la
lamentación de semejante indiferencia. ¡Pero qué mucho, si en España
misma, a pesar del esfuerzo de propagandistas como la Pardo Bazán y
Sánchez Moguel, el alma lusitana es tanto o más desconocida que entre
nosotros! Y de Gil Vicente a nuestros días, hay un teatro vario y rico.
De Sa de Miranda y Camoëns, a João de Deus, el camino lírico está lleno
de arcos triunfales. De Duharte Galvao a Alejandro Herculano la historia
levanta monumentales y fuertes construcciones; la filosofía y la
filología y la erudición están representadas por más de un nombre
ilustre en los anales de la civilización humana; su lengua, que ha
pasado por evoluciones distintas, ha llegado a ser en manos de Eugenio
de Castro y de sus seguidores, el armonioso instrumento que nos da esas
puras joyas del arte moderno, como «Sagramor» y «Belkiss».

Este siglo tuvo mal comienzo para el pensamiento portugués. Sus alas no
se abrieron en el aire angustioso que esparciera la tempestad
napoleónica. ¿Qué figuras vemos aparecer en esa agitada época? Una
especie de Quintana, José Agustín de Macedo, que sopla su hueca trompa;
una especie de Ponsard, Aguiar Leitao, que se pavonea entre la pobreza y
sequedad de sus tragedias; y el curioso y desjuicido José Daniel, que a
falta de Terencio y Plauto, se iba solo, por una senda poco envidiable.
Manuel de Nascimiento, arrojado por una tormenta política, estaba en
París. El obispo Lobo, a quien se ha comparado con de Maistre, señala el
principio de una nueva era. Almeida Garret, que como Nascimiento había
ido a París y había sido ungido por Hugo, llevó a su país la iniciación
romántica. Eugenio de Castro reconoce en uno de sus escritos, cómo el
fondo del alma portuguesa está impregnado de melancolía. Ciertamente,
ese pueblo viril siente de modo hondo y particular el soplo de la
tristeza. Los portugueses tienen esa palabra que indica una enfermiza y
especial nostalgia, un sentimiento único, lleno de la más melancólica
dulzura: «saudade.» Tal sentimiento forma gran parte del espíritu de la
poesía de Almeida Garret, que había llevado su barca sobre las mansas y
sonoras olas del lago lamartiniano. El es uno de los precursores del
nuevo movimiento. El marca un nuevo rumbo a la generación literaria,
afianzando en un sólido fundamento clásico, pero con largas vistas hacia
el futuro. El prefacio de «Doña Branca», que Loiseau parangona con el de
«Cronwell», fué un manifiesto que señaló definitivamente la renovación.
El sentimentalismo de los románticos y las caballerescas aventuras están
de triunfo. Doña Branca está en el castillo morisco con una hada, y
Adozinda, pura como un lirio de nieve, es perseguida, cual la memorable
italiana, por el incestuoso fuego paternal. Almeida Garret--sin que
intente defender la perfección de su obra--ha quedado como uno de los
grandes románticos, que a comienzos de esta centuria han iniciado una
revolución en formas e ideas en el arte de escribir. Antonio Feliciano
de Castilho se presenta, «enfant sublime», con su áulico «Epicedion» a
los quince años; su obra posterior, si es de un romántico declarado,
como que procede inmediatamente de Nascimiento, arranca en su fondo de
antiguas fuentes clásicas, a punto de que se haya nombrado a propósito
de su «Primavera», a Safo, Anacreonte y Ovidio. Y se yergue luego,
altiva y majestuosa, la talla de quien, cuando cayó en la tumba, hizo
brotar de la más bien templada lira castellana un célebre canto fúnebre:
comprenderéis que me refiero a Alejandro Herculano. El gran historiador
fué asimismo aficionado a las musas. Cuando vayáis por su jardín lírico,
no dejéis de observar que por ahí ha pasado el Lamartine de las
«Meditaciones.» Pero era un vigoroso, era un fuerte, y en la piedra fina
y duradera de su prosa, supo construir más de un soberbio monumento. Si
sus novelas y los que podíamos llamar con Galdós, episodios nacionales,
son de notable valer, su fama se sienta sobre el pedestal de su obra
histórica, al cual su violento liberalismo no alcanzó a producir raja
alguna. Castello Branco dejó una producción copiosísima en donde se
pueden encontrar algunos granos de oro. Nos hallamos en pleno período
contemporáneo. La voz de Pinheiro Chagas resuena. Magalhaes Lima va
agitar a París la bandera portuguesa; brillan los nombres de Casal
Ribeiro, Machado, Oliveira Martins y tantos otros, entre los cuales
despide excepcional luz el del noble y egregio Teófilo Braga. Conocemos
algunas poesías de Antero de Quental. Doña Emilia nos informa desde
Madrid, de cuando en cuando, que existen tales o cuales liras lusitanas.

Leopoldo Díaz, hábil husmeador de elegantes novedades, nos traduce una
que otra poesía portuguesa; nos comienzan a llegar los ecos de un
renacimiento en las letras brasileras y en notables revistas jóvenes; y
de pronto un clamor doloroso nos anuncia al mismo tiempo que la muerte
de Verlaine, la del gran poeta João de Deus.

El viejo João de Deus, «el poeta del amor», a quien Louis Pitate de
Brinn Gaubast no ha vacilado en llamar «un Verlaine--con la pureza de un
Lamartine», fué también un precursor de los artistas exquisitos que hoy
han colocado a tan gran altura las letras portuguesas. Como en España,
como entre nosotros, la exageración romántica, el lacrimoso, falso y
grotesco lirismo personal que tuvo la fecundidad de una epidemia, halló
en Portugal su falange en los seguidores de Palmeirim y João de Lemos.

Contra esos se opuso João de Deus, ayudado por el triste y malogrado
Soares de Passos, que iniciaron algo semejante a la labor parnasiana de
Francia, pero poniendo en el fondo del vaso buen vino de emoción. La
obra de João de Deus, condénsala en pocas palabras Teófilo Braga:
«volvió a la elocución más ideal por la naturalidad; dió al verso la
armonía indefectible por la concordancia de los acentos métricos con la
acentuación de las palabras; hizo de la rima una sorpresa y al mismo
tiempo un colorido vivo; combinó nuevas formas estróficas, renovando
también el soneto y el terceto camonianos, con un tinte de gracia de los
modismos populares. En la fábula de la «Cabra» o «Carneiro e o Cebado,»
resolvió magistralmente el problema presentido por los llamados
nephelibatas, de la remodelación de la estructura del verso; encontró
que el verso puede quebrarse en los hemistiquios más caprichosos, y aun
sin sílabas definidas, pero siempre cayendo dentro de la armonía
fundamental y orgánica del verso tal como el oído romántico lo
estableció. La perfección de la forma no bastaba para que João de Deus
ejerciese un influjo inmediato; sería admirado como artista, pero no
tendría el invencible poder de sugestión en los espíritus. Además de esa
perfección parnasista, sus versos expresan estados de alma, la pasión
íntima, vaga y casi timorata de los antiguos trovadores; aspiraciones
indefinidas, como las de los neoplatónicos o petrarquistas del
Renacimiento; la unción mística, como la de los versos de los poetas
extáticos españoles; y, finalmente, la sátira mordiente, como la de los
«goliardos» y estudiantes de la tuna de las universidades medioevales,
cuyo espíritu se advierte en las estrofas de «Dinheiro,» la «Lata» y la
«Marmelada». La impresión que produjo cuando la poesía caía
desacreditada por las exageraciones ultra románticas, fué grande, se
hizo sentir en una rápida transformación de gusto y esmero en los nuevos
poetas. Con verdad y justicia, João de Deus fué proclamado el maestro de
todos nosotros.»

Muerto ese maestro ilustre, a quien con tanto amor celebra Teófilo
Braga, y cuyos despojos se habían cubierto de blancas rosas frescas y de
laureles, un joven le despide con un saludo glorioso, como se saluda a
un pabellón, en el instituto de Coimbra. Ese joven era el mismo que
enviara al féretro del consagrado cantor de amores, una corona de
violetas y crisantemos, con esta leyenda: «A João de Deus, Eugenio de
Castro.» Le despide con nobleza y orgullo principales, salvando la
esencia lírica del maestro. Su ofrenda fué la presentación verdadera de
la obra de João de Deus, libre de las tachas y aglomeraciones
perturbadoras que impone la crítica indocta y fácil en la incompetencia
de sus admiraciones. Lamentó con una honda voz de artista puro, la
belleza poluta por la brutalidad de la moderna vida, por las bajas
conquistas de interés y de la utilidad. «El americanismo reina
absolutamente: destruye las catedrales para levantar almacenes: derrumba
palacios para alzar chimeneas, no siendo de extrañar que transforme
brevemente el monasterio de Batalha en fábrica de conservas o tejidos, y
los Jerónimos en depósito de carbón de piedra o en club democrático,
como ya transformó en cuartel el monumental convento de Mafra. Las
multitudes triunfantes aclaman al progreso; Edison es el nuevo Mesías;
las Bolsas son los nuevos templos. El humo de las fábricas ya obscurece
el aire; en breve dejaremos de ver el cielo!» Tal es la queja; es la
misma de Huysman en Francia, la queja de todos los artistas, amigos del
alma; y considerad si se podría lanzar con justicia ese Clamor de
Coimbra, en este gran Buenos Aires que con los ojos fijos en los Estados
Unidos, al llegar a igualar a Nueva York, podrá levantar un gigantesco
Sarmiento de bronce, como la libertad de Bartholdi, la frente vuelta
hacia el país de los ferrocarriles.

Ese artista que de tal manera exclama «¡en breve dejaremos de ver el
cielo!», es uno de los más exquisitos con que hoy cuenta la moderna
literatura europea, o mejor dicho, la moderna literatura cosmopolita.
Pues existe hoy ese grupo de pensadores y de hombres de arte que en
distintos climas y bajo distintos cielos van guiados por una misma
estrella a la morada de su ideal; que trabajan mudos y alentados por una
misma misteriosa y potente voz, en lenguas distintas, con un impulso
único. ¿Simbolistas? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasado el tiempo,
felizmente, de la lucha por sutiles clasificaciones. Artistas, nada más,
artistas a quienes distingue principalmente la consagración exclusiva a
su religión mental, y el padecer la persecución de los Domicianos del
utilitarismo; la aristocracia de su obra, que aleja a los espíritus
superficiales, o esclavos de límites y reglamentos fijos. Entre las
acusaciones que han padecido, ha sido la de la obscuridad. Se les
adjudicó el imperio de las tinieblas. Las gentes que se nutren en los
periódicos les declararon incomprensibles. En los países del sol, se
dijo: «son cosas de los países del Norte. Esos hombres trabajan en las
nieblas; sigamos nuestras tradiciones de claridad.» Y resulta por fin,
que la luz también pertenece a esos hombres, y que los palacios
sospechosos de encantamiento que se divisaban entre las brumas de
Escandinavia y en tierras donde sueñan seres de cabellos dorados y ojos
azules, alzan también sus cúpulas entre las fragancias y esplendores del
mediodía, y en tierras en que los divinos sueños y las prodigiosas
visiones penetran también por las pupilas negras.

En los tiempos que corren, dice de Castro, el diletantismo literario,
ese joyero de piedras falsas, dejó de ser un monopolio de los burgueses,
ha pasado hasta las más bajas clases populares. Cuando las otras
ocupaciones intelectuales, la filosofía y el derecho, las matemáticas y
la química, por ejemplo, son respetadas por el vulgo, no hay por ahí
«boni frate» que no se juzgue con derecho de invadir el campo literario,
exponiendo opiniones, distribuyendo diplomas de valer o de mediocridad.

Lo cierto es, sin embargo, que la literatura es sólo para los literatos,
como las matemáticas son sólo para los matemáticos y la química para los
químicos. Así como en religión sólo valen las fes puras, en arte sólo
valen las opiniones de conciencia, y para tener una concienzuda opinión
artística, es necesario ser un artista.

¿Ha tenido que luchar Eugenio de Castro? Indudablemente, sí. No conozco
los detalles de su campaña intelectual; pero no impunemente se llega a
tan justa gloria a su edad, ni se producen tan admirables poemas. La
gloria suya, la que debe satisfacer su alma de excepción, no es por
cierto la ciega y panúrgica fama popular, tan lisonjera con las
medianías; es la gloria de ser comprendido por aquellos que pueden
comprenderle; es la gloria en la comunidad de los «aristos.» Su nombre
no resuena sino desde hace poco tiempo en el mundo de los nuevos. Su
«Oaristos» apareció hace apenas seis años. Después se sucedieron
«Horas,» «Sylva,» «Interlunios.» No he leído sus obras sino después que
conocí al poeta por la crítica de Italia y Francia. Abonado por Remy de
Gourmont y Vittorio Pica, encontró abiertas de par en par las puertas de
mi espíritu. Leí sus versos. Desde el primer momento reconocí su
iniciación en el nuevo sacerdocio estético y la influencia de maestros
como Verlaine. Y en veces su voz era tan semejante a la voz verleniana,
que junté en mi imaginación el recuerdo de de Castro, al del amado y
malogrado Julián del Casal, un cubano que era por cierto el hijo
espiritual de «Pauvre Lelian». Eran versos de la carne y versos del
alma, versos caldeados de pasión, o de fe; ya reflejos de la roja
hoguera swinborniana o de los incensarios y cirios de «Sagesse.»

     Oid:

     «Tu frialdad acrece mi deseo: cierro los ojos para olvidarte, y
     cuanto más procuro no verte, cuanto más cierro los ojos, más te
     veo.

     Humildemente tras de ti sigo, humildemente, sin convencerte, cuanto
     siento por mí crecer el gélido cortejo de tus desdenes.

     Sé que jamás te poseeré, sé que «otro» feliz venturoso como un rey
     abrazará tu virginal cuerpo en flor.

     Mi corazón entretanto no se detiene: aman a medias los que aman con
     esperanza--: amar sin esperanza es el verdadero amor.»

Ya en «Horas» el tono cambia.

     «No perpetuemos el dolor, seamos castos de una castidad elevada. Tú
     como Inés, la santa de los tupidos cabellos, yo como el purísimo
     San Luis Gonzaga.

     ¡La Pureza conviene a almas como las nuestras, las mucosas tientan
     solamente a las almas vulgares, la sonrisa con que me encantas sea
     rosa mística! y sean las miradas tuyas el argentino «pax tecum».

     No son ya tus gráciles gracias de doncella las que me cautivan. Del
     Arcángel la espada reluciente decapitó a la Lujuria que hiere y que
     hiela: lo que adoro es tu corazón.»

       *       *       *       *       *

Después llegó a mis manos, en el «Mercure de France», un poema simbólico
y extraño, de un sentimiento profundamente pagano, hondo y audaz.
«Sagramor» y «Belkiss» me hechizaron luego.

«Sagramor» comienza en prosa, en la prosa musical y artística de de
Castro. Sagramor es un pastor al principio. Luego, caballero, recorrerá
todas las cimas de la vida, en busca de la felicidad. Goza del amor, de
las grandezas mundanas, de la variedad de paisajes y cielos, de las
victorias de la fama: Como un eco del Eclesiastés debía repetirle a cada
instante la vanidad de las cosas humanas. ¿Qué le consolará de la
desesperanza, cuando ha hallado polvo y ceniza? Ni la ciencia, ni la luz
del creyente, ni la voz de la triste Naturaleza. Hay una virgen fiel que
podría salvarle y acogerle: la Muerte; pero la Muerte no le abre sus
brazos. A través de soberbios episodios, en mágicos versos, desfila una
sucesión de visiones y de símbolos que va a parar al obscuro reino de la
invencible Desilusión, a la fatal miseria del Tedio. En lo más amargo
del desencanto, Sagramor quiere consolarse con el recuerdo de su primera
y dulce pasión, Cecilia, que apenas surge un instante, «creatura bella
bianco vestita», y desaparece. Oid las voces que llegan de tanto en
tanto, a invitarle al goce de la existencia:

PRIMERA VOZ

O viandante que estáis llorando, ¿por qué lloras? Ven conmigo; reiremos
cantando las horas. ¡Ven, no tardes; yo soy el Amor; quiero dar alas a
tus deseos! ¡De lindas bocas, copas en flor, beberás dulces, suaves
besos!

SAGRAMOR

¿Besos...? Los besos, hojas vertiginosas, son venenos. Deshojan rosas
sobre las bocas, pero abren llagas en el corazón...

SEGUNDA VOZ

He aquí oro, llénate de oro, toma, no llores... Con los ducados de este
tesoro, tendrás palacios, gemas y flores... Mira, ve cuán rubio es el
oro y cómo resplandece...

SAGRAMOR

¿Oro...? ¿y para qué? La Felicidad no la vende nadie.

TERCERA VOZ

¿Por qué lanzas tan lamentables quejas, con tan tétrico y angustioso
tono? ¡Viajemos! gozaremos bellos días...

SAGRAMOR

El mundo es pequeño. Lo he recorrido ya todo.

CUARTA VOZ

Soy la Gloria, alegre genio de un radioso país solar... ¡Tú serás el
mayor poeta del mundo!

SAGRAMOR

Dicen que el mundo está para concluir...

QUINTA VOZ

Serás un sabio: desde mi albergue verás pronto aclarado todo.

SAGRAMOR

Si hubiera conservado mi ignorancia, no me habría sentido tan
desventurado...

SEXTA VOZ

Yo soy la muerte victoriosa, madre del misterio, madre del secreto...

SAGRAMOR

¡Oh, no me toques! ¡Vete! ¡Tengo miedo de ti!

SÉPTIMA VOZ

¡Yo soy la vida! Ya que el morir te da miedo, te daré mil años.

SAGRAMOR

¡No, Dios mío! ¡No he sufrido ya tantos atroces desengaños!

MUCHAS VOCES

¿Quieres los más raros, los más dulces placeres? ¿Quieres ser estrella,
quieres ser rey? Responde. ¿Qué quieres?

SAGRAMOR

No sé... No sé...

       *       *       *       *       *

Un delicado poema suyo:--«La Monja y el Ruiseñor», que dedicó a su amigo
el conde Robert de Montesquiou-Fezensac,--otro exquisito de Francia. Os
traduciré fielmente esos preciosos versos.

      De los argentinos plátanos a la sombra
    La linda monja, que antes fuera princesa,
    Deja vagar sus ojos por el paisaje...
    Vese el monasterio, a lo lejos, entre las hojas...

      Allá, en un balcón que domina las aguas,
    Las otras monjas ríen, contemplando
    El polífono mar, tan agitado,
    Que de las olas los límpidos aljófares
    Sobre la tela de los hábitos cintilan,
    Dando a aquellas pobrecillas el aspecto
    De reinas que se divierten en una boda.

      La princesa real, que se hizo monja,
    Que una corona trocó por cilicios,
    Y las fiestas por la dulce paz del claustro,
    Lejos de las compañeras sonrientes
    Jamás a las diversiones de ellas se junta.
    Cuando no duerme o reza, su vida
    Es vagar por el encierro,
    Tan ajena a sí misma, tan suspensa
    Cual si las nieblas de un sueño atravesase...

    La monja piensa...

                      Un día, siendo novicia,
    Al despertar, sus claros ojos vieron
    Cerca de sí un ruiseñor dulcísimo
    Que le dijo:

                «Soy yo, el alma tuya,
    Que esta forma tomé, para, volando,
    Recorrer distantes, luminosos países,
    Cuyos prodigios mil y mil encantos
    Vendré a contarte en las serenas noches...»

    Entonces, el ruiseñor batió las alas;
    Pero nunca más volvió a su dueña
    Que por volverle a ver se desespera,
    Sufriendo tanto que llorosa juzga
    Haber tenido quizá dos almas,
    Porque, huyendo la una, no sentiría
    Tales penas, si no le quedase otra.

    Apágase el día...

                     He aquí que al nacer la luna
    Entre las aves que vuelven a sus nidos
    A la esbelta monja se acerca un ruiseñor
    Mirándola y remirándola, hasta que rompe
    En un argentino cantar:

                            «¿No me conoces?
    Soy yo, tu alma... ten paciencia
    Si de ti me he apartado por tanto tiempo.
    ¡Ah! Pero tú no calculas, amiga mía,
    Cuán lindas cosas he visto, qué lindas cosas
    Traigo que contarte...»

                            La paz de la noche
    Se aterciopela por los tranquilos prados;
    Y entonces la monja que en transporte lánguido
    Parece oir allí celestes coros,
    A la linda monja cuyos ojos mansos
    Se van cerrando en mística voluptuosidad,
    El airoso ruiseñor cuenta los viajes
    Que hizo por las estrellas diamantinas...

    ¡Oh! ¡qué dulce cantar! Cantar tan lindo
    Que el sol nació, subió, y en fin hundióse,
    Sin que la monja en su curso reparase
    Toda abstraída al oir el divino canto...
    ¡Y el canto no termina! Y la luna blanca
    De nuevo surge en el aire, de nuevo expira,
    Nuevamente el sol brilla y palidece,
    Y siempre el canto encanta a la monja.

    El canto celestial la va llevando
    Por divinos jardines maravillosos
    Donde los pálidos ángeles sonrientes,
    Con aéreos vestidos de perfumes,
    Andan curando heridas mariposas.

    Llévala el canto por la vía láctea,
    Donde hay floresta, blancas, todas blancas,
    Y donde en lagos de leche pasan cisnes
    Arrastrando de los serafines extáticos
    Las barcas de cristal llenas de lirios...

    ¡Y el ruiseñor no cesa! Cuenta, cuenta
    Maravillas, prodigios, esplendores...
    Y la linda monja, al oirlo, sueña, sueña...
    Sin comer ni dormir, días y días...
    Muere por fin el otoño, llega el invierno,
    Cae nieve, el frío corta, mas la monja
    Sólo oye al ruiseñor... y nada siente...

    Muere el invierno, llega la primavera,
    Retorna el verano y pasan meses,
    Pasan años, ciclones, tempestades,
    ¡Y el ruiseñor no cesa! cuenta... canta...
    Y la linda monja al oirlo, sueña, sueña...
    ¡Oh, qué delicia aquella! ¡Qué delicia!

    De sus compañeras queda apenas
    El frío polvo en las frías sepulturas,
    Y el fuego destruyó todo el convento
   --¡Y sin embargo, la monja no sabe nada!
    Oyendo al ruiseñor no vió el incendio
    Ni los dobles oyó que anunciaran
    De las otras monjas la distante muerte...

    Nuevos años se extinguen...

                                Una guerra
    Tuvo lugar allí, muy cerca de ella,
    Que nada oyó ni vió, escuchando el canto:
    Ni el funesto estridor de las granadas,
    Ni los suspiros vanos de los moribundos,
    Ni la sangre que a sus pies iba corriendo...

    ¡Un día, al fin, el ruiseñor se calló!
    De los argentinos plátanos a la sombra
    La monja despertó, suavemente
    Y murió, como un niño que se duerme,
    Mientras el ruiseñor volaba, ledo,
    Para el país que tanto le deslumbrara...

El ruiseñor había cantado trescientos años...

Si no habéis podido juzgar de la melodía original del verso, de seguro
os habrá complacido esa deliciosa fábula. Si os fijáis bien, podréis
encontrar que ese ruiseñor es hermano de aquel que oyó el monje de la
leyenda; pero confesaréis que ambos pájaros paradisíacos cantan unánimes
con igual divina gracia.

Y he aquí que llegamos a la obra principal de Eugenio de Castro,
«Belkiss», traducida ya a varios idiomas y celebrada como una verdadera
obra maestra.

Léese en el «Libro de los Reyes», en la parte del reinado de Salomón:
«Et ingressa Jerusalem multo cum comitatu, et divitiis, camelis
portantibus aromata, et aurum infinitum nimis, et gemmas pretiosas,
venit ad regem Salomonen, et locuta est ei universa quæ habebat in corde
suo.» Y más adelante: «Rex autem Salomon, dedit reginæ Saba omnia quæ
voluit et petivit ab eo; exceptis his, quæ ultro obtulerat ei numere
regio. Quæ reserva est, et abiit in terram suam cum servis suis.» Es esa
reina de Saba, la Makheda de la Etiopía de cuya descendencia se gloria
el negus Menelik, la Belkiss arábiga. Al solo nombrar a la reina de Saba
sentiréis como un soplo perfumado de ungüentos bíblicos, miraréis en
vuestra imaginación un espectáculo suntuoso de poderío oriental; tiendas
regias, camellos enjaezados de oro, desnudas negras adolescentes con
flabeles de plumas de pavos-reales; piedras preciosas y telas de
incomparable riqueza. ¡Y bien! Eugenio de Castro ha evocado mágicamente
la misteriosa y bella persona. La reina de Saba de Axum y del Hymiar se
anima, llena de una vida ardiente, en fabulosas decoraciones, imperiosa
de amor, simbólica víctima de una fatalidad irreductible.

Es un poema dialogado, en prosa martillada por un Flaubert nervioso y
soñador, y en donde la reminiscencia de Mæterlink queda inundada en un
torbellino de luz milagrosa, y en una harmonía musical, cálida y
vibrante. Lo pintoresco, las acotaciones, en su elegancia arqueológica
nos llevan a recodar ciertas páginas, de «Herodias» o de la «Tentación
de San Antonio.» Belkiss en sus suntuosos triunfos, habrá de padecer
después el ineludible dolor. Para que David nazca ella pasará sobre la
experiencia y sabiduría de Jophesamin, su mentor o ayo; y sentirá
primero la tempestad de amor en su sexo y en su corazón; y hará el viaje
a Jerusalem, entre prodigios y misterios, y sentirá por fin el beso del
adorado rey, y temblará cuando contemple bajo sus pies las azucenas
sangrientas.

Una sucesión de escenas fastuosas se desarrolla al eco de una wagneriana
orquestación verbal. Puede asegurarse sin temor a equivocación, que los
primeros «músicos,» en el sentido pitagórico y en el sentido wagneriano,
del arte de la palabra, son hoy Gabriel D’Annunzio y Eugenio de Castro.

Quisiera daros una idea de ese poema--que ha rendido la indiferencia
oficial en Portugal,--donde a los veintisiete años ha sido su autor
elegido miembro de la Real academia de Lisboa, y que ha arrancado
aplausos fraternales en todos los puntos del globo en que existen
cultivadores del arte puro. Mas tendría que ser demasiado profuso, y
prefiero aconsejaros, como quien recomienda una especie rara de flor, o
un delicioso licor exótico, que leáis Belkiss, en la versión de Picca,
en italiano, que es de todo punto admirable, o, en el bello librito
arcaico impreso en Coimbra por Francisco Franca Amado. Y tened presente
que hay que acercarse a nuestro autor con deseo, sinceridad y nobleza
estéticas. Os repetiré las palabras del crítico italiano: «Ciertamente,
la poesía de Eugenio de Castro es poesía aristocrática, es poesía
decadente, y por lo tanto, no puede gustar sino a un público restricto
y selecto, que, en los refinamientos de las ideas y de las sensaciones,
en la variedad sabia y musical de los ritmos, halla una singular
voluptuosidad del espíritu. El común de los lectores, acostumbrados a
los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales, o solamente de
gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los
autores clásicos, vale más que no acerquen los labios a las ánforas
curiosamente arabescadas y pomposamente gemadas de los cantos ya
amorosos, ya místicos, ya desesperados del poeta de Coimbra; ya que en
ellos está contenido un violento licor que quema y disgusta a quien no
está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional
literatura modernísima.»

Se trata, pues, de un «raro.» Y será asombro curioso el de aquellos que
lean a Eugenio de Castro con la preocupación de moda de los que creen
que toda obra simbolista es un pozo de sombra. «Belkiss» está lleno de
luz.

Señores: He concluído esta conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro
y la literatura portuguesa.

[imagen]



ÍNDICE


                                         _Páginas._

Prólogo                                         7

El arte en silencio                             9

Edgar Allan Poe                                17

Leconte de Lisle                               33

Paul Verlaine                                  53

El conde Matías Augusto de Villiers de
L’Isle Adam                                    63

León Bloy                                      77

Jean Richepin                                  91

Jean Moreas                                   103

Rachilde                                      123

George d’Esparbés                             135

Augusto de Armas                              143

Laurent Tailhade                              149

Fra Domenico Cavalca                          157

Eduardo Dubus                                 167

Teodoro Hannon                                179

El conde de Lautréamont                       189

Paul Adam                                     199

Max Nordau                                    205

Ibsen                                         217

José Martí                                    233

Eugenio de Castro                             245

[imagen:

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                             MADRID, EN LA
                           TIPOGRAFÍA YAGÜES
                              EL DÍA XVI
                               DE ENERO
                                DEL AÑO
                               MCMXVIII
]



PRIMERA Y UNICA EDICION

DE LAS

OBRAS COMPLETAS

DEL GLORIOSO POETA HISPANO-AMERICANO

RUBÉN DARÍO

(EDITADAS POR SU HIJO RUBÉN)

cuidadosamente seleccionadas, corregidas e impresas en tomos de 300 a
400 páginas, con magníficas decoraciones del insigne artista

ENRIQUE OCHOA

Se publicará un volumen mensual.

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  En tela con planchas doradas            4,50   »
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impresas en papel fabricado especialmente y encuadernadas en pergamino,
que se servirán únicamente por suscripción, en las mismas condiciones
que las anteriores, al precio de

DIEZ PESETAS CADA TOMO

En cada tomo se harán constar los nombres de los suscriptores a todas
las colecciones, tanto de la edición corriente como de ésta,
especialmente dedicada a bibliófilos, la cual llevará además, si así lo
desea el interesado, su nombre o iniciales en la tapa de encuadernación,
sin ningún otro adorno; pero si el suscriptor desea que la tapa vaya
decorada a mano por el Sr. Ochoa, habrá de aumentar otras 10 pesetas por
este trabajo. Cada tomo llevará distinta decoración.

Para suscripciones y pedidos de ejemplares, dirigirse a la casa
administradora de esta edición.


                        EDITORIAL MUNDO LATINO

                 Barbieri, 1 duplicado.--Apartado 502

                                MADRID


  Las librerías de España y América deberán dirigir sus pedidos a la

                SOCIEDAD GENERAL ESPAÑOLA DE LIBRERÍA,

               DIARIOS, REVISTAS Y PUBLICACIONES (S. A.)

                  ------FERRAZ, 21------ MADRID------

NOTAS:

 [1] Ingram.

 [2] Miss. Royster--citada por Ingram.

 [3] Miss. Heywod.--Ibid.

 [4] Mrs. Weiss.--Ibid.

 [5] Tiene, no obstante, un himno a María en Poems and Essays.

 [6] Spinoza. Tratado teológico-político.

 [7] Santo Tomás. Teodicia, XLI.

 [8] V. Pontavice.

 [9] Pontavice. Vida de Villiers.

 [10] Le «Dixième cercle de l’Enfer.»

 [11] Max Simón.

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

de las perrogativas sociales=> de las prerrogativas sociales {pg 9}

por por ese aspecto=> por ese aspecto {pg 12}

disertación de mas de un=> disertación de más de un {pg 12}

Ya en libro de Job=> Ya en el libro de Job {pg 28}

marmóreos bajorelieves=> marmóreos bajorrelieves {pg 34}

la india y sus pagodas=> la India y sus pagodas {pg 39}

crismen=> crimen {pg 42}

encantadora y vivida=> encantadora y vívida {pg 43}

El sueño del cóndor=> El sueño del condor {pg 47}

Ya no padeceses=> Ya no padeces {pg 53}

Barbey de’Aurevilly=> Barbey d’Aurevilly {pg 54}

trágico de Villon=> trágico de Villón {pg 59}

los principes antiguos=> los príncipes antiguos {pg 63}

de nolilísima familia=> de nobilísima familia {pg 65}

su llegada causo asombro=> su llegada causó asombro {pg 66}

se posieron a buscar un joven=> se pusieron a buscar un joven {pg 68}

respladeciente y lleno=> resplandeciente y lleno {pg 72}

mejores que el homdre=> mejores que el hombre {pg 80}

fulminantes escatalogias=> fulminantes escatologías {pg 81}

Leód Bloy=> León Bloy {pg 84}

gala de biceps=> gala de bíceps {pg 91}

del amor epidermico=> del amor epidérmico {pg 94}

sacrilegos cuadros imaginarios=> sacrílegos cuadros imaginarios {pg 95}

cosas viejas y bien sabidos=> cosas viejas y bien sabidas {pg 99}

espejear antes mis ojos=> espejear ante mis ojos {pg 106}

Qué hay distancia=> Que hay distancia {pg 109}

Syrtis inhospita=> Syrtis inhóspita {pg 110}

sheis made of truth=> she is made of truth {pg 117}

grace in an simplicty=> grace in and simplicity {pg 118}

guerra a Stendahl y a Tolstoi=> guerra a Stendhal y a Tolstoi {pg 138}

regase su troncó=> regase su tronco {pg 146}

nagnificencias del catolicismo=> magnificencias del catolicismo {pg 151}

ds cinname et de myrrhe=> de cinname et de myrrhe {pg 154}

con los dientes y y la arrojó=> con los dientes y la arrojó {pg 160}

salir estrindentes=> salir estridentes {pg 161}

Cuando la publicacién=> Cuando la publicación {pg 170}

del Eclesiastes=> del Eclesiastés {pg 173}

avant davoir été=> avant d’avoir été {pg 177}

M. Théodre Hannon, un poéte=> M. Théodore Hannon, un poète {pg 179}

los poetas y estritores=> los poetas y escritores {pg 179}

curiosísmo y originalísimo=> curiosísimo y originalísimo {pg 180}

La chinoise aux fueurs des bronzes En allume ses ongles d’or Et sa gorge
çitrine où dort Le désir insensè des bonzes. La japonaise en ses rançons
Se sert de tes acres salives.=> La chinoise aux lueurs des bronzes En
allume ses ongles d’or Et sa gorge citrine où dort Le désir insensé des
bonzes. La japonaise en ses rançons Se sert de tes âcres salives. {pg
181}

Le sandrigham, l’Ylang-Ylang, la violette De ma pále Beuté font une
cassolette Vivante sur laquelle errent mes sens rodeurs=> Le sandrigham,
l’Ylang-Ylang, la violette de ma pâle Beauté font une cassolette vivante
sur laquelle errent mes sens rôdeurs. {pg 183}

palabras humedas=> palabras húmedas {pg 190}

es demasido vago=> es demasiado vago {pg 191}

Adieu viellard=> Adieu vieillard {pg 194}

antigo colaborador=> antiguo colaborador {pg 201}

a la destruccción=> a la destrucción {pg 203}

socialistas, aristocráticas fantochesas=> socialistas, aristocrácticas
fantochesas {pg 203}

según Waltter Scott=> según Walter Scott {pg 206}

Le Brigandage de la Médicine=> Le Brigandage de la Médecine {pg 206}

Aqui de las comparaciones=> Aquí de las comparaciones {pg 208}

al lado de ese había=> al lado de ése había {pg 209}

dirigir su escalpedo hacia Verlaine=> dirigir su escalpelo hacia
Verlaine {pg 209}

Jesucrito=> Jesucristo {pg 209}

lógicamente en su deshaucio=> lógicamente en su desahucio {pg 211}

escribe su diagóstic=> escribe su diagóstic {pg 212}

On y recontre aussi Mendés A qui nul rythme ne resiste, Qu’il chante
l,Olimpe ou l’Ades.=> On y rencontre aussi Mendés A qui nul rythme ne
resiste, Qu’il chante l’Olimpe ou l’Ades. {pg 213}

Si, Dorian Gray es loco rematado=> Sí, Dorian Gray es loco rematado {pg
213}

Heda Gabler=> Hedda Gabler {pg 213}

el católico Barbey d’Aureville=> el católico Barbey d’Aurevilly {pg 213}

ser el apostol=> ser el apóstol {pg 225}

¿Cual sería el poeta=> ¿Cuál sería el poeta {pg 227}

el gusto fracés=> el gusto francés {pg 229}

oborrecimiento de los tontos=> aborrecimiento de los tontos {pg 237}

cuadrigas de metáforas=> cuádrigas de metáforas {pg 239}

Ei despois vem Diniz, que bem parece Do bravo Affonso, estirpe nolbe e
dina; Con quen a fama grande se escurece Da liberalidade Alexandrina:
Com este o reino próspero florece (Alcançada já a paz aurea divina) En
constituiçoes, leis e costumes, Na terra já tranquilla claros lumes.=>

Eis depois vem Dinis, que bem parece Do bravo Afonso estirpe nobre e
dina, Com quem a fama grande se escurece Da liberalidade Alexandrina.
Com este o Reino próspero florece (Alcançada já a paz áurea divina) Em
constituições, leis e costumes, Na terra já tranquila claros lumes. {pg
247-8}

una produccción=> una producción {pg 251}

el gélico cortejo=> el gélido cortejo {pg 256}

tus graciles gracias=> tus gráciles gracias {pg 256}

reluciente dedecapitó=> reluciente decapitó {pg 256}

un eco del Eclesiastes=> un eco del Eclesiastés {pg 257}

Gabriel D’Anunnzio=> Gabriel D’Annunzio {pg 264}





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Los Raros - Obras Completas Vol. VI" ***

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