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Title: Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 2 de 3) - Novela
Author: Le Sage, Alain René
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 2 de 3) - Novela" ***

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  Notas del Transcriptor:

  Texto en letras itálicas se denota con _líneas_ y texto enegrecido se
  denota con =signos de igual=.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas



                                Le Sage

                  HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA

                                TOMO II


                                MCMXXII



        Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA.



                                LE SAGE


                               Historia

                                  de

                        Gil Blas de Santillana


                                NOVELA


                                TOMO II


                        Traducción del P. Isla


                            [Ilustración]


                             MADRID, 1922



                Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID



                        GIL BLAS DE SANTILLANA



                             LIBRO CUARTO



                           CAPITULO PRIMERO

No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres de los comediantes, se
sale de casa de Arsenia y halla mejor conveniencia.


Un tantico de honor y de religión que conservaba todavía en medio de
tan estragadas costumbres me obligó, no sólo a dejar a Arsenia, sino
a romper toda comunicación con Laura, a quien, sin embargo, no podía
menos de amar, aun conociendo que me hacía mil infidelidades. ¡Dichoso
aquel que sabe aprovecharse de ciertos momentos en que la razón viene a
turbar los ilícitos embelesos que la tienen obcecada! Amaneció, pues,
una mañana, muy dichosa para mí, en la cual hice mi hatillo, y sin
contar con Arsenia, que si se va a decir verdad casi nada me debía de
mi salario, ni despedirme de mi querida Laura, salí de aquella casa
en que sólo se respiraba libertinaje. Premióme inmediatamente el
Cielo esta buena obra, pues encontrando al mayordomo de mi difunto amo
don Matías, le saludé, y él, conociéndome al instante, me preguntó a
quién servía. Respondíle que había estado un mes en casa de Arsenia,
cuyas costumbres desenvueltas no me cuadraban, y que en aquel mismo
punto, voluntariamente, acababa de dejarla por salvar mi inocencia.
El mayordomo, como si de suyo fuera hombre escrupuloso, aprobó mi
delicadeza y me dijo que, pues yo era un mozo tan honrado, quería él
mismo buscarme una buena conveniencia. Cumplió puntualmente su palabra,
y en aquel mismo día me acomodó con don Vicente de Guzmán, de cuyo
mayordomo él era grande amigo.

No podía entrar en mejor casa, y así, nunca me arrepentí de haber
estado en ella. Era don Vicente un caballero ya anciano y muy rico,
que había muchos años vivía feliz, sin pleitos y sin mujer, porque
los médicos le habían privado de la suya queriéndola curar de una tos
que verosímilmente la dejaría vivir más largo tiempo si no hubiera
tomado sus remedios. No pensó jamás en volverse a casar, dedicándose
enteramente a la educación de Aurora, su hija única, que entraba
entonces en los veintiséis y era una señorita completa. Juntaba a su
hermosura poco común un entendimiento despejado y grande instrucción.
Su padre era hombre de poco talento, pero tenía el de saber gobernar
su casa. Sólo le hallaba yo un defecto, que a los viejos se les debe
perdonar: gustaba mucho de hablar, sobre todo de guerras y batallas.
Si por una desgracia se tocaba esta tecla en su presencia, luego sonaba
en su boca la trompeta heroica, y se tenían por muy afortunados los
oyentes si se contentaba con embocarles la relación de tres batallas y
dos sitios. Como había militado las dos terceras partes de su vida, era
su memoria un manantial inagotable de funciones y hazañas militares,
que no siempre se oían con el gusto con que él las relataba. A esto se
añadía que era muy prolijo, sobre ser un poco tartamudo, con lo cual
sus relaciones se hacían en extremo desagradables. En lo demás, no era
fácil encontrar un señor de mejor carácter. Siempre de igual humor,
nada testarudo ni caprichoso, cosa verdaderamente rara en un hombre
de su clase. Aunque gobernaba su hacienda con juicio y economía, se
trataba muy decentemente. Componíase su familia de varios criados y de
tres criadas, que servían a Aurora. Conocí desde luego que el mayordomo
de don Matías me había colocado en una buena casa, y solamente pensé en
el modo de conservarme en ella. Apliquéme a conocer bien el terreno y a
estudiar el genio e inclinación de todos, arreglé después mi conducta
por este conocimiento, y en poco tiempo logré tener en mi favor al amo
y a todos mis compañeros.

Habíase pasado casi un mes desde mi entrada en casa de don Vicente
cuando se me figuró que su hija me distinguía entre los demás criados.
Siempre que me miraba me parecía observar en sus ojos cierto agrado
que no advertía en ella cuando miraba a los otros. A no haber
tratado yo con elegantes y comediantes, nunca me hubiera pasado por
la imaginación que Aurora pensase en mí; pero me habían abierto los
ojos aquellos señores míos, en cuya escuela no siempre estaban en el
mejor predicamento aun las damas de la más alta esfera. «Si hemos de
dar crédito a algunos histriones--me decía yo a mí mismo--, tal vez
suelen venir a las señoras más distinguidas ciertas fantasías de las
cuales saben ellos aprovecharse. ¿Qué sé yo si mi ama tendrá de estos
caprichos? Pero no--añadía inmediatamente--, no puedo persuadirme de
tal cosa; no es esta señorita una de aquellas Mesalinas que, olvidadas
de la noble altivez que les infunde su nacimiento, se rinden a la
indecencia de humillarse hasta el polvo y se deshonran a sí mismas sin
rubor. Será quizá una de aquellas virtuosas, pero tiernas y amorosas
doncellas, que, sin traspasar los límites que la virtud prescribe a su
ternura, no hacen escrúpulo de inspirar ni de sentir ellas mismas una
pasión delicada que las entretiene sin peligro.»

Este era el juicio que yo formaba de mi ama, sin saber precisamente
a qué atenerme. Mientras tanto, siempre que me veía no dejaba de
sonreírse y alegrarse, de manera que, sin pasar por necio, podía
cualquiera creer tan bellas apariencias, y por lo mismo no hallé medio
de impedir que me sedujesen. Consentí, pues, en que Aurora estaba muy
prendada de mi mérito, y comencé a considerarme como uno de aquellos
criados afortunados a quienes el amor hace dulcísima la servidumbre.
Para mostrarme en cierto modo menos indigno del bien que parecía querer
proporcionarme la fortuna, empecé a cuidar del aseo de mi persona más
de lo que había cuidado hasta allí. Gastaba todo mi dinero en comprar
ropa blanca, aguas de olor y pomadas. Lo primero que hacía por la
mañana, luego que me levantaba de la cama, era lavarme, perfumarme bien
y vestirme con todo el aseo posible, para no presentarme con desaliño
a mi ama en caso de que me llamase. Con este cuidado de componerme, y
con otros medios que empleaba para agradar, me lisonjeaba de que no
tardaría mucho en declararse mi ventura.

Entre las criadas de Aurora había una que se llamaba la Ortiz. Era una
vieja que hacía más de veinte años que servía en casa de don Vicente.
Había criado a su hija y conservaba todavía el título de dueña, aunque
ya no ejercía aquel penoso empleo. Por el contrario, en lugar de
vigilar las acciones de Aurora, como lo hacía en otro tiempo, entonces
sólo atendía a ocultarlas, con lo cual gozaba toda la confianza de su
ama. Una noche, habiendo buscado la dueña ocasión de hablarme sin que
nadie pudiese oírnos, me dijo en voz baja que si yo era prudente y
callado bajase al jardín a media noche, donde sabría cosas que no me
disgustarían. Respondíle, apretándole la mano, que sin falta alguna
bajaría, y prontamente nos separamos para no ser sorprendidos. Ya no
dudé entonces de ser yo el objeto del cariño de Aurora. ¡Oh, y qué
largo se me hizo el tiempo hasta la cena, sin embargo de que siempre se
cenaba temprano, y desde la cena hasta que mi amo se recogió! Parecíame
que aquella noche todo se hacía en casa con extraordinaria lentitud. Y
para aumento de mi fastidio, cuando don Vicente se retiró a su cuarto,
en vez de pensar en dormirse, se puso a repetirme sus campañas de
Portugal, con que tanto me había machacado. Pero lo que jamás había
hecho, y lo que precisamente guardó para regalarme aquella noche, fué
irme nombrando uno por uno todos los oficiales que se habían hallado
en ellas, refiriéndome al mismo tiempo las hazañas de cada cual. No
puedo ponderar cuánto padecí en estarle oyendo hasta que concluyó. Al
fin acabó de hablar y se metió en la cama. Retiréme inmediatamente al
cuarto donde estaba la mía y del que se bajaba por una escalera secreta
al jardín. Untéme de pomada todo el cuerpo, púseme una camisola limpia
bien perfumada y nada omití de cuanto me pareció que podía contribuir a
fomentar el capricho que me había figurado en mi ama, con lo que fuí al
sitio de la cita.

No encontré en él a la Ortiz y juzgué que, cansada de esperarme, se
había vuelto a su cuarto, lo que me hizo perder todas mis esperanzas.
Eché la culpa a don Vicente, y cuando estaba dando al diablo sus
campañas, dió el reloj, conté las horas y vi que no eran mas que las
diez. Tuve por cierto que el reloj andaba mal, creyendo imposible
que no fuese ya por lo menos la una de la noche; pero estaba tan
engañado, que un cuarto de hora después volví a contar las diez de
otro reloj. «¡Bravo!--dije entonces entre mí--. Todavía faltan dos
horas enteras de poste o de centinela. ¡No culparán mi tardanza! Pero
¿qué haré hasta las doce? Paseémonos en este jardín y pensemos en el
papel que debo hacer, que es para mí harto nuevo. No estoy acostumbrado
a las bizarrías de las damas de distinción; solamente sé lo que se
practica con las comediantas y mujercillas. Se presenta uno a ellas con
familiaridad y franqueza y les dice su atrevido pensamiento sin reparo;
pero con las señoras se observa otro ceremonial. Es menester, a lo que
me parece, que el galán sea cortés, complaciente, tierno y moderado,
pero sin ser tímido. No ha de querer precipitar atropelladamente su
fortuna; para lograrla debe esperar el momento favorable.»

Así discurría yo y así me proponía proceder con Aurora. Figurábame que
dentro de poco tendría la dicha de verme a los pies de aquella amable
persona y decirle mil cosas amorosas. Con este fin, traía a la memoria
los pasajes de las comedias que me pareció podían servirme y darme
gran lucimiento en nuestra conversación a solas. Lisonjeábame de que
los aplicaría con oportunidad, y esperaba que, a ejemplo de algunos
comediantes que yo conocía, pasaría por hombre de entendimiento, aunque
no tuviese más que memoria. Mientras me ocupaba en estos pensamientos,
los cuales divertían mi impaciencia con más gusto que las relaciones
militares de mi amo, oí dar las once. «¡Bueno!--dije entonces--.
¡Ya no me faltan mas que sesenta minutos que esperar! ¡Armémonos de
paciencia!» Cobré ánimo y volvíme a recrear con las alegres fantasías
de mi imaginación, parte paseándome y parte sentándome en un delicioso
cenador formado en el extremo del jardín. Llegó en fin la hora de
mí tan deseada; es decir, las doce. Pocos instantes después se dejó
ver la Ortiz, tan puntual como yo, pero menos impaciente. «Señor Gil
Blas--me dijo al acercarse--, ¿cuánto ha que está usted aquí?» «Dos
horas», le respondí. «En verdad--añadió ella riéndose--que es usted muy
cumplido, y da gusto darle citas para estas horas. Es cierto--prosiguió
ya en tono serio--que eso y mucho más merece la dicha que le voy a
anunciar. Mi ama quiere hablar a solas con usted y me ha mandado que
le introduzca en su cuarto, en donde le espera. No tengo otra cosa que
decirle; lo demás es un secreto que usted no debe saber sino de su
propia boca. Sígame a donde le conduzca.» Y dicho esto, me cogió de la
mano, y ella misma me introdujo misteriosamente en el aposento del ama
por una puerta falsa de que tenía la llave.



                              CAPITULO II

Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la conversación que con él tuvo.


Hallé a Aurora vestida de trapillo, lo que no me disgustó. Saludéla con
el mayor respeto y con la mejor gracia que me fué posible. Recibióme
con semblante risueño; hízome sentar junto a sí, repugnándolo yo, y lo
que más me agradó fué que mandó a su embajadora se retirase a su cuarto
y nos dejase solos. Después de este preludio, volviéndose hacia mí,
me dijo: «Gil Blas, ya habrás advertido que te miro con buenos ojos y
te distingo entre todos los criados de mi padre; cuando esto no fuese
bastante para hacerte conocer la particularidad con que te estimo,
juzgo que no te dejará dudarlo este paso que ahora doy.»

No le di tiempo para que dijese más. Parecióme que, como hombre
discreto, debía respetar su pudor y no darle lugar a mayor explicación.
Levantéme enajenado, y arrojándome a sus pies como un héroe de teatro
que se arrodilla ante su princesa, exclamé en tono declamatorio: «¡Ah,
señora! ¿Me habré engañado? ¿Se dirigen a mí vuestras palabras? ¿Será
posible que Gil Blas, juguete hasta aquí de la fortuna y el desecho
de toda la naturaleza, sea tan venturoso que haya podido inspiraros
afectos?...» «¡Baja un poco la voz--me dijo sonriéndose mi ama--, por
no despertar a las criadas que duermen en el cuarto vecino! Levántate,
vuelve a sentarte y escúchame hasta que acabe, sin interrumpirme. Sí,
Gil Blas--prosiguió, volviendo a su afable serenidad--, es cierto que
te estimo, y en prueba de ello voy a fiarte un secreto, del cual pende
el sosiego de mi vida. Sabe que amo a un caballerito mozo, galán,
airoso y de ilustre nacimiento, llamado don Luis Pacheco. Le veo
algunas veces en el paseo y en la comedia, pero nunca le he hablado.
Ignoro su carácter y también cuáles son sus prendas, si buenas o
malas. Esto quisiera saberlo puntualmente, para lo cual necesito de
un hombre sagaz y sincero que, informándose bien de sus costumbres,
sepa darme una cuenta fiel de ellas. He puesto los ojos en ti con
preferencia a los demás criados, persuadida de que nada arriesgo en
darte este encargo. Espero que le desempeñarás con tanto sigilo y
cautela que nunca tendré motivo para arrepentirme de haberte escogido
por depositario de mi más íntima confianza.»

Calló mi señorita para oír mi respuesta. Al principio me turbé algún
tanto, conociendo mi necio engaño; pero volviendo prontamente en mí
y venciendo la vergüenza que causa siempre la temeridad cuando sale
con desgracia, supe mostrarle un celo tan vivo y un ardor tan grande
en todo lo que fuese servirla y complacerla, que si no alcanzó para
desimpresionarla del mal concepto que pudo haberle hecho formar mi
atrevida presunción, bastaría por lo menos para que conociese que yo
sabía enmendar muy bien una necedad. Pedíle no más que dos días de
tiempo para poderle dar razón puntual de don Luis, los que me concedió;
y llamando ella misma a la Ortiz, ésta me volvió a conducir al jardín,
diciéndome con cierto aire burlón al despedirse: «¡Buenas noches! No te
volveré a encargar otra vez que no dejes de acudir temprano al sitio de
la cita, porque ya está vista tu puntualidad.»

Volvíme a mi cuarto, no sin algún pesar de ver frustrado mi
pensamiento. Con todo eso, tuve bastante juicio para consolarme y
conocer que me tenía más cuenta ser el confidente que el amante de
mi ama. Ofrecióseme también que esto podía hacerme hombre, pues los
medianeros de amor eran regularmente bien recompensados por su trabajo,
reflexiones que me divirtieron y consolaron, y fuíme a acostar con
firme resolución de obedecer y servir a mi ama en cuanto exigiese de
mí. Levantéme al día siguiente y salí de casa a desempeñar mi encargo.
No era difícil saber dónde vivía un caballero tan conocido como don
Luis. Tomé al instante informes de él en la vecindad; pero los sujetos
a quienes me dirigí no pudieron satisfacer del todo mi curiosidad.
Esto me obligó a hacer nuevas averiguaciones el día siguiente, y fuí
más afortunado que el anterior. Encontré casualmente en la calle a un
mozo a quien yo conocía, detuvímonos a hablar, y en aquel punto se
llegó a él uno de sus amigos y le dijo que le habían despedido de casa
de don José Pacheco, padre de don Luis, por haberle acusado de que
se había bebido un barril de vino. No perdí una ocasión tan oportuna
para saber cuanto deseaba, lo que conseguí a fuerza de preguntas; de
manera que volví a casa muy contento porque ya podía cumplir la palabra
que había dado a mi señorita, con quien había quedado de acuerdo que
volvería a verla en el mismo sitio y de la misma manera que la noche
antecedente. No estuve en ésta tan inquieto como la primera; lejos de
impacientarme con las prolijas relaciones de mi amo, yo mismo le saqué
la conversación de sus combates. Esperé a que fuese media noche con la
mayor tranquilidad del mundo, y no me moví hasta que conté bien las
doce de todos los relojes que se podían oír desde casa. Entonces bajé
con mucho sosiego al jardín, sin pensar en perfumes ni en pomadas, pues
hasta en esto me corregí.

Encontré ya a la fiel dueña en el sitio mismo, y la taimada me dijo
con algo de socarronería: «En verdad, Gil Blas, que hoy ha rebajado
mucho tu puntualidad.» No le respondí palabra, fingiendo que no la
oía, y ella me condujo al cuarto donde Aurora me estaba esperando.
Preguntóme luego que me vió si me había informado bien acerca de don
Luis y si había averiguado muchas cosas. «Sí, señora--le respondí--,
tengo con qué satisfacer vuestra curiosidad. En primer lugar os diré
que muy en breve marcha a Salamanca a concluir sus estudios. Según lo
que me han dicho, es un señorito lleno de honor y probidad; y en cuanto
al valor, no le puede faltar, pues es caballero y castellano. Fuera
de eso, es un mozo entendido y de bellos modales; pero lo que quizá
os dará poco gusto, y que, sin embargo, no puedo menos de deciros, es
que vive algo demasiado a la moda de los señoritos modernos: quiero
decir que es un grandísimo libertino. ¿Creerá usted que, siendo tan
joven como es, ha tenido ya amistad con dos comediantas?» «¿Qué es
lo que me dices?--exclamó Aurora--. ¡Dios mío y qué costumbres! Pero
díme, Gil Blas, ¿estás cierto de que tiene una vida tan licenciosa?»
«¿Cómo si estoy cierto?--le respondí--. No hay cosa más segura. Todo
me lo ha contado un criado de su casa que fué despedido de ella esta
mañana, y ya se sabe que los criados son muy veraces siempre que se
trata de publicar los defectos de sus amos. Fuera de eso, el tal don
Luis es muy amigo de don Alejo Seguier, de don Antonio Centelles y de
don Fernando de Gamboa, prueba constante de su disolución.» «¡Basta,
Gil Blas!--dijo suspirando mi pobre señorita--. En fuerza de tu informe
comienzo desde ahora a combatir mi indigno amor. Aunque había echado
ya profundas raíces en mi corazón, no desconfío de arrancarle de
él. Vete--prosiguió---, y admite en premio de tu trabajo esta corta
demostración de mi agradecimiento.» Al decir esto, me puso en la mano
un bolsillo, que ciertamente no estaba vacío, añadiendo: «Sólo te
encargo que guardes bien el secreto que he confiado a tu silencio.»

Aseguréle que en este particular podía vivir sin el menor recelo,
porque yo era el Harpócrates de los criados confidentes. Dicho esto, me
retiré, impacientísimo por saber lo que contenía el bolsillo. Abríle y
hallé en él veinte doblones. Luego se me ofreció que sin duda habría
sido Aurora más liberal conmigo si yo le hubiera dado otra noticia
más agradable, cuando pagaba con tanta generosidad una que le había
causado tanto disgusto. Me pesó de no haber imitado a los escribanos y
alguaciles, que disfrazan a veces la verdad, y me enfadé mucho contra
mi tontería por haber sofocado en su nacimiento un amor que con el
tiempo podía producirme grandísimas utilidades, si yo no hubiera hecho
un necio alarde de ser sincero; pero al fin me consolé con los veinte
doblones, que me recompensaban ventajosamente de lo que había gastado
tan sin venir al caso en pomadas y perfumes.



                             CAPITULO III

De la gran mutación que sobrevino en casa de don Vicente y de la
extraña determinación que el amor hizo tomar a la bella Aurora.


Poco después de esta aventura se sintió malo don Vicente. Sobre ser
de una edad bastante avanzada, los síntomas de la enfermedad eran tan
violentos, que desde luego se temieron funestas resultas. Llamóse a
los dos más famosos médicos de Madrid; uno era el doctor Andrés y el
otro el doctor Oquendo. Pulsaron atentamente al doliente, y después
de una exacta observación, convinieron entrambos en que los humores
estaban en una preternatural fermentación y movimiento. En solo esto
fueron de un parecer y estuvieron discordes en todo lo demás. El uno
quería que se purgara al enfermo aquel mismo día y el otro opinaba
que la purga se dilatase. El doctor Andrés decía que, por lo mismo
que los humores estaban en una violenta agitación de flujo y reflujo,
se los había de expeler aunque crudos con purgantes, antes que se
fijasen en alguna parte noble y principal. Oquendo opinaba, por el
contrario, que, estando todavía incoctos y crudos los humores, se
debía esperar a que madurasen antes de recurrir a los purgantes.
«Pero ese método--replicaba el otro--es directamente opuesto a lo
que nos enseña el príncipe de la Medicina. Hipócrates advierte que
se debe purgar al principio de la enfermedad y desde los primeros
días de la más ardiente calentura, diciendo en términos expresos que
se ha de acudir prontamente con la purga cuando los humores están
en _orgasmo_, es decir, en su mayor agitación.» «¡Oh! ¡En eso está
vuestra equivocación!--repuso Oquendo--. Hipócrates no entiende por la
voz _orgasmo_ la agitación violenta, sino más bien la madurez de los
humores.»

Acaloráronse nuestros doctores en esta disputa. El uno recitó el texto
griego y citó todos los autores que le explicaban como él. El otro se
fiaba en la traducción latina, empeñándose con mayor calor y tomando
el asunto en tono más alto. ¿A cuál de los dos se había de creer? Don
Vicente no era hombre que pudiese resolver aquella cuestión; pero
hallándose precisado a elegir una de las dos opiniones, adoptó la del
que había echado al otro mundo más enfermos; quiero decir la del más
viejo.

Viendo esto el doctor Andrés, que era el más mozo, se retiró, pero no
sin decir primero cuatro pullas bien picantes al más anciano sobre su
_orgasmo_. Y he aquí que quedó triunfante Oquendo. Y como seguía los
mismos principios que el doctor Sangredo, hizo sangrar copiosamente al
enfermo, esperando para purgarle a que los humores estuviesen cocidos;
pero la muerte, que temió quizá que una purga tan sabiamente diferida
no le quitase la presa que ya tenía agarrada, impidió la cocción y se
llevó a mi pobre amo. Tal fué el fin del señor don Vicente, que perdió
la vida porque su médico no sabía el griego.

Después de haber hecho Aurora las exequias correspondientes a un hombre
de su distinguido nacimiento, entró en la administración de todo lo que
tocaba a la casa. Dueña ya de su voluntad, despidió algunos criados,
remunerándolos en proporción de su lealtad y méritos. Hecho esto, se
retiró a una quinta que tenía a las márgenes del Tajo, entre Sacedón y
Buendía. Yo fuí uno de los que permanecieron con ella y la siguieron
a la aldea. No sólo eso, sino que también tuve la fortuna de que
necesitase de mí. No obstante el fiel informe que yo le había dado de
don Luis, todavía le amaba, o, por mejor decir, no pudiendo con todos
sus esfuerzos vencer la violencia del amor, se había dejado llevar de
su impulso. Como ya no necesitase tomar precauciones para hablarme
a solas, me dijo un día suspirando: «Gil Blas, yo no puedo olvidar
a don Luis; por más que hago para desecharle del pensamiento, se me
representa siempre, no ya como tú me le pintaste, encenagado en los
vicios, sino como yo quisiera que fuese, tierno, amoroso y constante.»
Enternecióse al decir estas palabras y no pudo reprimir algunas
lágrimas. También a mí me faltó poco para llorar; tanto fué lo que me
conmovió su llanto. Ni podía hacerle mejor la corte que mostrándome
afligido de su pena. «Veo, amigo Gil Blas--continuó, enjugándose sus
hermosos ojos--, veo tu buen corazón y estoy muy satisfecha de tu
celo, que prometo recompensar bien. Nunca más que ahora me ha sido
necesario tu auxilio. Voy a descubrirte el pensamiento que ocupa
en este instante mi atención; sin duda te parecerá extravagante y
caprichoso. Has de saber que quiero ir cuanto antes a Salamanca, donde
he pensado disfrazarme de caballero, bajo el nombre de don Félix, y
hacer conocimiento con Pacheco, de modo que llegue a ganar su amistad
y confianza. Hablaréle frecuentemente de doña Aurora de Guzmán,
suponiéndome primo suyo, y como es natural que desee conocerla, aquí
es donde yo le aguardo. Nosotros tendremos en Salamanca dos posadas;
en una haré el papel de don Félix y en la otra el de doña Aurora; y
dejándome ver de don Luis, unas veces vestida de hombre y otras de
mujer, espero traerle al fin que me he propuesto. Confieso--añadió ella
misma--que es muy extraño mi proyecto, pero la pasión que me arrastra y
la inocente intención con que camino acaban de cegarme sobre el paso a
que me quiero arriesgar.»

Yo era del mismo parecer que Aurora en cuanto a la extravagancia del
designio, que creía muy insensato. Sin embargo, aunque le tenía por
tan contrario a la razón, me guardé muy bien de hacer el pedagogo;
antes sí, comencé a dorar la píldora, y me esforcé a querer persuadirla
que, en vez de ser una idea disparatada, era una delicada invención de
ingenio que no podía traer consecuencia. No me acuerdo yo cuánto dije
para convencerla de esto, pero cedió a mis persuasiones, porque a los
amantes siempre les agrada que se celebren y aplaudan sus más locos
desvaríos. En fin, convinimos los dos en que esta temeraria empresa
la debíamos mirar como una especie de comedia burlesca inventada para
divertirnos, en la cual sólo había de pensar cada uno en representar
bien su papel. Escogimos los actores entre las gentes de casa y
repartimos a cada cual el suyo. Todos le admitieron sin quejarse ni
hacer esguinces, porque no éramos comediantes de profesión. A la señora
Ortiz se lo encomendó el de tía de doña Aurora, señalándosele un criado
y una doncella, y había de llamarse doña Jimena de Guzmán. A mí me
tocaba el de ayuda de cámara de doña Aurora, que había de disfrazarse
de caballero; y una de las criadas, disfrazada de paje, le había de
servir separadamente. Arreglados así los papeles, nos restituímos a
Madrid, donde supimos se hallaba todavía don Luis, pero disponiendo
su viaje a Salamanca. Dimos orden para que se hiciesen cuanto antes
los vestidos que habíamos menester, a fin de usar de ellos en tiempo
y lugar, y hechos que fueron, se doblaron y metieron en diferentes
baúles, y dejando al mayordomo el cuidado de la casa, marchó doña
Aurora en un coche de colleras, tomando el camino del reino de León,
acompañada de todos los que entrábamos en la comedia.

Ibamos atravesando por Castilla la Vieja, cuando se rompió el eje del
coche entre Avila y Villaflor, a trescientos o cuatrocientos pasos
de una quinta que se dejaba ver al pie de una montaña. Veíamonos muy
apurados, porque se acercaba la noche; pero un aldeano que acertó a
pasar por allí nos sacó de aquel conflicto. Informónos de que aquella
quinta era de una tal doña Elvira, viuda de don Pedro Pinares, y fué
tanto el bien que dijo de aquella señora, que mi ama se determinó a
enviarme a suplicarle de su parte se sirviese recogernos en su casa
por aquella noche. No desmintió doña Elvira el informe del aldeano;
bien es verdad que yo desempeñó mi comisión de tal modo, que la hubiera
inclinado a recibirnos en su quinta aun cuando no hubiera sido la
señora más agasajadora del mundo. Me recibió con mucha afabilidad y
respondió a mi súplica en los términos que yo deseaba. Pasamos todos
a la quinta, tirando las mulas el coche con el mayor tiento que se
pudo. Encontramos a la puerta a la viuda de don Pedro, que salió
cortesanamente al encuentro de mi ama. Paso en silencio los recíprocos
cumplimientos que ambas se hicieron; sólo diré que doña Elvira era
una señora ya de edad avanzada, pero a quien ninguna mujer del mundo
excedía en desempeñar noblemente las obligaciones de la hospitalidad.
Condujo a doña Aurora a un magnífico cuarto, donde, dejándola en
libertad para que descansase, fué a dar disposiciones hasta sobre las
cosas más menudas tocante a nosotros. Hecho esto, luego que estuvo
dispuesta la cena mandó se sirviese en el cuarto de Aurora, donde las
dos se sentaron a la mesa. No era la viuda de don Pedro una de aquellas
personas que no saben obsequiar en un convite, manteniéndose en él
con un aire enfadosamente grave, silencioso y pensativo; antes bien,
era de genio jovial y sabía mantener siempre grata la conversación.
Explicábase noblemente con frases escogidas y adecuadas. Yo admiraba su
talento y el modo fino y delicado con que expresaba sus pensamientos,
lo que me tenía embelesado; y no menos encantada se manifestaba Aurora.
Se cobraron las dos una estrecha amistad y quedaron de acuerdo en
mantenerla correspondiéndose por cartas. Nuestro coche no podía estar
compuesto hasta el día siguiente y era muy natural que no pudiésemos
salir hasta muy tarde, por lo que nos detuvimos todo aquel día en la
misma quinta. A nosotros se nos sirvió también una cena muy abundante,
y así dormimos todos tan bien como habíamos cenado.

Al día siguiente descubrió mi ama nuevo fondo y nuevas gracias en la
conversación de doña Elvira. Comieron las dos en una sala en que había
muchas pinturas, entre las cuales sobresalía una cuyas figuras estaban
pintadas con la mayor propiedad y que ofrecía a la vista un asunto
verdaderamente trágico. Era un caballero muerto, tendido en tierra,
bañado en su misma sangre, cuyo semblante parecía que, aun después de
muerto, estaba amenazando. Cerca de él se dejaba ver, tendido también,
el cadáver de una dama joven, aunque en diferente actitud, atravesado
el pecho con una espada, y aun cuando se representaba exhalando el
último aliento, tenía clavados los ojos en un joven que expresaba tener
un mortal dolor de perderla. El pincel había representado en aquel
lienzo otra figura que no llamaba menos la atención. Era un anciano de
grave, hermoso y venerable aspecto, que, conmovido vivamente de los
funestos objetos que se le presentaban a la vista, no se manifestaba
menos afligido que el joven. Podríase decir que aquellas imágenes
sangrientas excitaban en el mozo y en el anciano iguales movimientos,
pero causando en los dos diferentes impresiones. El viejo, poseído
de una profunda tristeza, parecía estar abatido enteramente de ella;
mas en el mozo se echaba de ver el furor mezclado con la aflicción.
Todos estos afectos estaban tan vivamente expresados, que no nos
cansábamos de ver y admirar aquel cuadro. Preguntó mi ama qué suceso
o qué historia representaba aquella pintura. «Señora--le respondió
doña Elvira--, es una pintura fiel de las desgracias de mi familia.»
Esta respuesta picó tanto la curiosidad de Aurora, y manifestó un
deseo tan vehemente de saber más, que la viuda de don Pedro no pudo
dispensarse de prometerle la satisfacción que deseaba. Esta promesa
fué hecha a presencia de la Ortiz, de sus dos compañeras y mía; todos
cuatro nos detuvimos en la sala después de la comida. Mi ama quiso que
nos retirásemos; pero doña Elvira, que conoció nuestra gana de oír
la explicación de aquel cuadro, tuvo la benignidad de decirnos que
nos quedásemos, añadiendo que la historia que iba a referir no era de
aquellas que pedían secreto. Un poco después principió su relación en
los términos siguientes:



                              CAPITULO IV


                      El casamiento por venganza.

                                NOVELA


«Rogerio, rey de Sicilia, tuvo un hermano y una hermana. El hermano,
que se llamaba Manfredo, se rebeló contra él y encendió en el reino una
guerra no menos sangrienta que peligrosa; pero tuvo la desgracia de
perder dos batallas y de caer en manos del rey, quien se contentó con
privarle de la libertad en castigo de su rebelión, clemencia que sólo
produjo el efecto de ser tenido por bárbaro en el concepto de algunos
vasallos suyos, persuadidos de que no había perdonado la vida a su
hermano sino para ejercer en él una venganza lenta e inhumana. Todos
los demás, con mayor fundamento, atribuían a sola su hermana Matilde
el duro trato que a Manfredo se le daba en la prisión. Con efecto,
esta princesa siempre había aborrecido a aquel desgraciado príncipe y
no cesó de perseguirle mientras él vivió. Murió Matilde poco después
de Manfredo y su temprana muerte se tuvo como un justo castigo de su
desapiadado corazón.

»Dejó dos hijos Manfredo, ambos de tierna edad. Vaciló por algún tiempo
Rogerio sobre si les haría quitar la vida, temiendo que en edad más
avanzada no les ocurriese la idea de vengar el cruel trato que se había
dado a su padre, resucitando un partido que todavía se sentía con
fuerzas para causar peligrosas turbaciones en el Estado. Comunicó su
pensamiento al senador Leoncio Sifredo, su primer ministro, quien, para
disuadirle de aquel intento, se encargó de la educación del príncipe
Enrique, que era el primogénito, y aconsejó al rey que confiase la del
más joven, por nombre don Pedro, al condestable de Sicilia. Persuadido
Rogerio de que estos dos fieles ministros educarían a sus sobrinos
con toda la sumisión que a él se le debía, los entregó a su lealtad y
cuidado, tomando para sí el de su sobrina Constanza. Era ésta de la
edad de Enrique e hija única de la princesa Matilde. Púsole maestros
que la enseñasen y criadas que la sirviesen, sin perdonar nada para su
educación.

»Tenía Sifredo una quinta, distante dos leguas cortas de Palermo, en
un sitio llamado Belmonte. En ella se dedicó este ministro a dar a
Enrique una enseñanza por la que mereciese con el tiempo ocupar el real
trono de Sicilia. Descubrió desde luego en aquel príncipe prendas tan
amables, que se aficionó a él como si no tuviera otros hijos, aunque
era padre de dos niñas. La mayor, que se llamaba doña Blanca, contaba
un año menos que el príncipe y estaba dotada de singular hermosura; la
menor, por nombre Porcia, cuyo nacimiento había costado la vida a su
madre, se hallaba aún en la cuna. Enamoráronse uno de otro, Blanca y
Enrique, luego que fueron capaces de amar; pero no tenían libertad de
hablarse a solas. Sin embargo, no dejaba el príncipe de lograr tal cual
vez alguna ocasión para ello. Aprovechó tan bien aquellos preciosos
momentos, que pudo persuadir a la hija de Sifredo a que le permitiese
poner por obra un designio que estaba meditando. Sucedió oportunamente
en aquel tiempo que Leoncio, de orden del rey, se vió precisado a hacer
un viaje a una de las provincias más remotas de la isla, y durante su
ausencia mandó Enrique hacer una abertura en el tabique de su cuarto,
que estaba pared por medio del de doña Blanca. Cerróla con un bastidor
y tablas de madera, tan ajustadas a la abertura y pintadas del mismo
color del tabique, que no se distinguía de él ni era fácil se conociese
el artificio. Un hábil arquitecto, a quien el príncipe había confiado
su proyecto, ejecutó esta obra, con tanta diligencia como secreto.

»Por esta puerta se introducía algunas veces el enamorado Enrique en
el cuarto de doña Blanca, pero sin abusar jamás de aquella licencia.
Si Blanca tuvo la imprudencia de permitir una entrada secreta en su
estancia, fué, no obstante, confiada en las palabras que él le había
dado de que nunca pretendería de ella sino los favores más inocentes.
Hallóla una noche extraordinariamente inquieta y sobresaltada. Era
el caso el haber sabido que Rogerio estaba gravemente enfermo y que
había despachado una estrecha orden a Sifredo de que pasase a la corte
prontamente para otorgar ante él su testamento, como gran canciller del
reino. Figurábase ver a Enrique ya en el trono y temía perderle cuando
se viese en aquella elevación; este temor le causaba mucha inquietud.
Tenía bañados de lágrimas los ojos cuando entró en su cuarto Enrique.
«Señora--le dijo--, ¿qué novedad es ésta? ¿Cuál es el motivo de esa
profunda tristeza?» «Señor--respondió ella--, no puedo ocultaros mi
sobresalto. El rey vuestro tío dejará presto de vivir y vos ocuparéis
su lugar. Cuando considero lo que va a alejaros de mí vuestra nueva
grandeza, confieso que me aflijo. Un monarca mira las cosas con ojos
muy diversos que un amante, y aquello mismo que era todo su embeleso
cuando reconocía un poder superior al suyo, apenas le hace más que
una ligera impresión en la elevación del trono. Sea presentimiento,
sea razón, siento en mi pecho movimientos que me agitan y que no
alcanza a calmar toda la confianza a que me alienta vuestra bondad.
No desconfío de vuestro amor; desconfío solamente de mi ventura.»
«Adorable Blanca--replicó el príncipe--, oblíganme tus temores y ellos
justifican mi pasión a tus atractivos; pero el exceso a que llevas tus
desconfianzas ofende mi amor y--si me atrevo a decirlo--la estimación
que me debes. ¡No, no! No pienses que mi suerte pueda separarse de
la tuya; cree más bien que tú sola serás siempre mi alegría y mi
felicidad. Destierra, pues, de ti ese vano temor. ¿Es posible que
quieras turbar con él estos felicísimos momentos?» «¡Ah, señor--replicó
la hija de Leoncio--, luego que vuestros vasallos os vean coronado,
os pedirán por reina una princesa que descienda de una larga serie de
reyes, cuyo brillante himeneo añada nuevos Estados a los vuestros, y
tal vez, ¡ay!, vos corresponderéis a sus esperanzas aun a pesar de
vuestras más firmes promesas!» «¿Y por qué--repuso Enrique, no sin
alguna alteración--, por qué te anticipas a figurarte una idea triste
de lo venidero? Si el Cielo dispusiera del rey mi tío, juro que te
daré la mano en Palermo a presencia de toda mi corte. Así lo prometo,
poniendo por testigo todo lo más sagrado que se conoce entre nosotros.»

»Aquietóse la hija de Sifredo con las protestas de Enrique, y lo
restante de la conversación se redujo a hablar de la enfermedad del
rey, manifestando Enrique en este caso la bondad y nobleza de su
corazón. Mostróse muy afligido del estado en que se hallaba el monarca
su tío, pudiendo más en él la fuerza de la sangre que el atractivo
de la corona. Pero aun no sabía Blanca todas las desdichas que la
amenazaban. Habiéndola visto el condestable de Sicilia a tiempo que
ella salía del cuarto de su padre, un día que él había venido a la
quinta de Belmonte a negocios importantes, quedó ciegamente prendado de
ella. Pidiósela a Sifredo al día siguiente y éste se la concedió; mas,
sobreviniendo al mismo tiempo la enfermedad de Rogerio, se suspendió el
casamiento, del que doña Blanca no había sido sabedora.

»Una mañana, al acabar Enrique de vestirse, quedó singularmente
sorprendido de ver entrar en su cuarto a Leoncio, seguido de doña
Blanca. «Señor--le dijo aquel ministro---, vengo a daros una noticia
que sin duda os afligirá, pero acompañada de un consuelo que podrá
mitigar en parte vuestro dolor. Acaba de morir el rey vuestro tío, y
por su muerte quedáis heredero de la corona. La Sicilia es ya vuestra.
Los grandes del reino están aguardando en Palermo vuestras órdenes.
Yo, señor, vengo encargado de ellos a recibirlas de vuestra boca, y
en compañía de mi hija Blanca, para rendiros los dos el primero y más
sincero homenaje que os deben todos vuestros vasallos.» Al príncipe
no le cogió de nuevo esta noticia, por estar ya informado dos meses
antes de la grave enfermedad que padecía el rey, que poco a poco iba
acabando con él. Sin embargo, quedó suspenso algún tiempo; pero
rompiendo después el silencio y volviéndose a Leoncio, le dijo estas
palabras: «Prudente Sifredo, te miro y te miraré siempre como a padre y
me alegraré de gobernarme por tus consejos; tú serás rey de Sicilia más
que yo.» Dicho esto, se llegó a una mesa, donde había una escribanía,
tomó un pliego de papel y echó en él su firma en blanco. «¿Qué hacéis,
señor?», le interrumpió Sifredo. «Mostraros mi amor y mi gratitud»,
respondió Enrique; y en seguida presentó a Blanca aquel papel y firma,
diciéndole: «Recibid, señora, esta prenda de mi fe y del dominio que
os doy sobre mi voluntad.» Tomóla Blanca, cubriéndose su hermosa cara
de un honestísimo rubor, y respondió al príncipe: «Recibo con respeto
la gracia de mi rey, pero estoy sujeta a un padre y espero que no
llevaréis a mal ponga en sus manos vuestro papel, para que use de él
como le aconsejare su prudencia.»

»Entregó efectivamente a su padre el papel con la firma en blanco de
Enrique. Conoció entonces Sifredo lo que hasta aquel punto no había
descubierto su penetración. Comprendió toda la intención del príncipe
y le contestó diciendo: «Espero que vuestra majestad no tendrá motivo
para arrepentirse de la confianza que se sirve hacer de mí, y esté
bien seguro de que jamás abusaré de ella.» «Amado Leoncio--interrumpió
Enrique--, no temas que pueda llegar semejante caso; sea el que fuere
el uso que hicieres de mi papel, no dudes que siempre lo aprobaré.
Ahora vuelve a Palermo, dispón todo lo necesario para mi coronación y
di a mis vasallos que voy prontamente a recibir el juramento de su
fidelidad y a darles las mayores seguridades de mi amor.» Obedeció
el ministro las órdenes de su nuevo amo y marchó a Palermo, llevando
consigo a doña Blanca.

»Pocas horas después partió también de Belmonte el mismo Enrique,
pensando más en su amor que en el elevado puesto a que iba a ascender.

»Luego que se dejó ver en la ciudad, resonaron en el aire mil
aclamaciones de alegría, y entre ellas entró Enrique en palacio, donde
halló ya hechos todos los preparativos para su coronación. Encontró
en él a la princesa Constanza, vestida de riguroso luto, mostrándose
traspasada de dolor por la muerte de Rogerio. Hiciéronse los dos
sobre este asunto recíprocos cumplidos, y ambos los desempeñaron con
discreción, aunque con algo más de frialdad por parte de Enrique que
por la de Constanza, la cual, no obstante los disturbios de la familia,
nunca había querido mal a este príncipe. Ocupó el rey el trono y la
princesa se sentó a su lado, en una silla puesta un poco más abajo.
Los magnates del reino se sentaron donde a cada uno, según su clase o
empleo, le correspondía. Empezó la ceremonia, y Leoncio, que como gran
canciller del reino era depositario del testamento del difunto rey,
dió principio a ella, leyéndolo en alta voz. Contenía en substancia
que, hallándose el rey sin hijos, nombraba por sucesor en la corona al
hijo primogénito de Manfredo, con la precisa condición de casarse con
la princesa Constanza, y que si no quería darle la mano de esposo,
quedase excluído de la corona de Sicilia y pasase ésta al infante don
Pedro, su hermano menor, bajo la misma condición.

»Quedó Enrique altamente sorprendido al oír esta cláusula. No se puede
expresar la pena que le causó, pero creció hasta lo sumo cuando,
acabada la lectura del testamento, vió que Leoncio, hablando con todo
el Consejo, dijo así: «Señores, habiendo puesto en noticia de nuestro
nuevo monarca la última disposición del difunto rey, este generoso
príncipe consiente en honrar con su real mano a su prima la princesa
Constanza.» Interrumpió el rey al canciller, diciéndole conturbado:
«¡Acordaos, Leoncio, del papel que Blanca!...» «Señor--respondió
Sifredo, interrumpiéndole con precipitación, sin darle tiempo a que
se explicase más--, ese papel es éste que presento al Consejo. En él
reconocerán los grandes del reino el augusto sello de vuestra majestad,
la estimación que hace de la princesa y su ciega deferencia a las
últimas disposiciones del difunto rey su tío.» Acabadas de decir estas
palabras, comenzó a leer el papel en los términos en que él mismo le
había llenado. En él prometía el nuevo monarca a sus pueblos, en la
forma más auténtica, casarse con la princesa Constanza, conformándose
con las intenciones de Rogerio. Resonaron en la sala los aplausos de
todos los circunstantes, diciendo: «¡Viva el magnánimo rey Enrique!»
Como era notoria a todos la aversión que este príncipe había tenido
siempre a la princesa, temían, no sin razón, que, indignado de la
condición del testamento, excitase movimientos en el reino y se
encendiese en él una guerra civil que le desolase; pero asegurados los
grandes y el pueblo con la lectura del papel que acababan de oír, esta
seguridad dió motivo a las aclamaciones universales, que despedazaban
secretamente el corazón del nuevo rey.

»Constanza, que por su propia gloria, y guiada de un afecto de cariño,
tenía en todo esto más interés que otro alguno, se aprovechó de
aquella ocasión para asegurarle de su eterno reconocimiento. Por más
que el príncipe quiso disimular su turbación, era tanta la que le
agitaba cuando recibió el cumplido de la princesa, que ni aun acertó a
responderle con la cortesana atención que exigía de él. Rindióse al fin
a la violencia que él se hacía, y llegándose al oído a Sifredo, que por
razón de su empleo estaba bastante cerca de su persona, le dijo en voz
baja: «¿Qué es esto, Leoncio? El papel que tu hija puso en tus manos no
fué para que usases de él de esa manera.» «Vos faltáis... ¡Acordaos,
señor, de vuestra gloria!--le respondió Sifredo con entereza--. Si no
dais la mano a Constanza y no cumplís la voluntad del rey vuestro tío,
perdióse para vos el reino de Sicilia.» Apenas dijo esto, se separó
del rey, para no darle lugar a que replicase. Quedó Enrique sumamente
confuso, no pudiendo resolverse a abandonar a Blanca ni a dejar de
partir con ella la majestad y gloria del trono. Estando dudoso largo
rato sobre el partido que había de tomar, se determinó al cabo,
pareciéndole haber encontrado arbitrio para conservar a la hija de
Sifredo sin verse precisado a la renuncia del trono. Aparentó quererse
sujetar a la voluntad de Rogerio, lisonjeándose de que, mientras
solicitaba la dispensa de Roma para casarse con su prima, granjearía
a su favor con gracias a los grandes del reino y afianzaría su poder
de manera que ninguno le pudiese obligar a cumplir la condición del
testamento.

»Abrazado este designio, se sosegó un poco, y volviéndose a Constanza
le confirmó lo que el gran canciller le había dicho en público; pero en
el mismo punto en que hacía traición a su propio corazón, ofreciendo su
fe a la princesa, entró Blanca en la sala del Consejo, adonde iba de
orden de su padre a cumplimentar a la princesa, y llegaron a sus oídos
las palabras que Enrique le decía. Fuera de eso, no creyendo Leoncio
que pudiese ya dudar de su desgraciada suerte, le dijo, presentándola
a Constanza: «Rinde, hija mía, tu fidelidad y respeto a la reina tu
señora, deseándole todas las prosperidades de un floreciente reinado
y de un feliz himeneo.» Golpe terrible que atravesó el corazón de la
desgraciada Blanca. En vano se esforzó a disimular su pesar. Demudósele
el semblante, encendiéndosele de repente y pasando en un momento de
incendio a palidez, con un temblor o estremecimiento general de todo
su cuerpo. Sin embargo, no entró en sospecha alguna la princesa, pues
atribuyó el desorden de sus palabras a la natural cortedad de una
doncella criada lejos del trato de la Corte y poco acostumbrada a ella.
No sucedió lo mismo con el rey, quien perdió toda su compostura y
majestad a vista de Blanca, y salió fuera de sí mismo, leyendo en sus
ojos la pena que le atormentaba. No dudó que, creyendo las apariencias,
ya en su corazón le tuviese por un traidor. No habría sido tan grande
su inquietud si hubiera podido hablarle; pero ¿cómo era esto posible a
vista de toda la Sicilia, que tenía puestos los ojos en él? Por otra
parte, el cruel Sifredo cerró la puerta a esta esperanza. Estuvo viendo
este ministro todo lo que pasaba en el corazón de los dos amantes,
y queriendo precaver las calamidades que podía causar al Estado la
violencia de su amor, hizo con arte salir de la concurrencia a su
hija y tomó con ella el camino de Belmonte, bien resuelto, por muchas
razones, a casarla cuanto antes.

»Luego que llegaron a aquel sitio, le hizo saber todo el horror de
su suerte. Declaróle que la había prometido al condestable. «¡Santo
Cielo--exclamó transportada de un dolor que no bastó a contener la
presencia de su padre--, y qué crueles suplicios tenías guardados
para la desgraciada Blanca!» Fué tan violento su arrebato, que todas
las potencias de su alma quedaron suspensas. Helado su cuerpo, frío y
pálido, cayó desmayada en los brazos de su padre. Conmoviéronse las
entrañas de éste viéndola en aquel estado. Sin embargo, aunque sintió
vivamente lo que padecía su hija, se mantuvo firme en su primera
determinación. Volvió Blanca en sí, más por la fuerza de su mismo
dolor que por el agua con que la roció su padre. Abrió sus desmayados
ojos, y viendo la prisa que se daba a socorrerla, «Señor--le dijo con
voz casi apagada--, me avergüenzo de que hayáis visto mi flaqueza; pero
la muerte, que no puede tardar ya en poner fin a mis tormentos, os
librará presto de una hija desdichada que sin vuestro consentimiento
se atrevió a disponer de su corazón.» «No, amada Blanca--respondió
Leoncio--, no morirás; antes bien, espero que tu virtud volverá presto
a ejercer sobre ti su poder. La pretensión del condestable te da honor,
pues bien sabes que es el primer hombre del Estado...» «Estimo su
persona y su gran mérito--interrumpió Blanca--; pero, señor, el rey
me había hecho esperar...» «Hija--dijo Sifredo interrumpiéndola--, sé
todo lo que me puedes decir en este asunto. No ignoro el afecto con que
miras a ese príncipe, y ciertamente que en otras circunstancias, lejos
de desaprobarlo, yo mismo procuraría con todo empeño asegurarte la mano
de Enrique, si el interés de su gloria y el del Estado no le pusieran
en precisión de dársela a Constanza. Con esta única e indispensable
condición le declaró por sucesor suyo el difunto rey. ¿Quieres tú que
prefiera tu persona a la corona de Sicilia? Créeme, hija, te acompaño
vivamente en el dolor que te aflige. Con todo eso, supuesto que no
podemos luchar contra el destino, haz un esfuerzo generoso. Tu misma
gloria se interesa en que hagas ver a todo el reino que no fuiste
capaz de consentir en una esperanza aérea; fuera de que tu pasión al
rey podía dar motivo a rumores poco favorables a tu decoro; y para
evitarlos, el único medio es que te cases con el condestable. En fin,
Blanca, ya no es tiempo de deliberar; el rey te deja por un trono
y da su mano a Constanza. Al condestable le tengo dada mi palabra;
desempéñala tú, te ruego, y si para resolverte fuere necesario que me
valga de mi autoridad, te lo mando.»

»Dichas estas palabras, la dejó, dándole lugar para que reflexionase
sobre lo que acababa de decirle. Esperaba que, después de haber pesado
bien las razones de que se había valido para sostener su virtud
contra la inclinación de su corazón, se determinaría por sí misma a
dar la mano al condestable. No se engañó en esto; pero ¡cuánto costó
a la infeliz Blanca tan dolorosa resolución! Hallábase en el estado
más digno de lástima: el sentimiento de ver que habían pasado a ser
evidencias sus presentimientos sobre la deslealtad de Enrique, y la
precisión, no casándose con él, de entregarse a un hombre a quien no
le era posible amar, causaban en su pecho unos impulsos de aflicción
tan violentos que cada instante era un nuevo tormento para ella. «Si
es cierta mi desgracia--exclamaba--, ¿cómo es posible que yo resista
a ella sin costarme la vida? ¡Despiadada suerte! ¿A qué fin me
lisonjeabas con las más dulces esperanzas si habías de arrojarme en un
abismo de males? ¡Y tú, pérfido amante, tú te entregas a otra cuando
me prometes una fidelidad eterna! ¿Has podido tan pronto olvidarte
de la fe que me juraste? ¡Permita el Cielo, en castigo de tu cruel
engaño, que el lecho conyugal, que vas a manchar con un perjurio, se
convierta en teatro de crueles remordimientos en vez de los lícitos
placeres que esperas; que las caricias de Constanza derramen un veneno
en tu fementido pecho y que tu himeneo sea tan funesto como el mío!
¡Sí, traidor! ¡Sí, falso! ¡Seré esposa del condestable, a quien no amo,
para vengarme de mí misma y para castigarme de haber elegido tan mal el
objeto de mi loca pasión! ¡Ya que la religión no me permite darme la
muerte, quiero que los días que me quedan de vida sean una cadena de
pesares y molestias! ¡Si conservas todavía algún amor hacia mí, será
vengarme también de ti el arrojarme a tu vista en los brazos de otro;
pero si me has olvidado enteramente, podrá a lo menos gloriarse la
Sicilia de haber producido una mujer que supo castigar en sí misma la
demasiada ligereza con que dispuso de su corazón!»

»En esta dolorosa situación pasó la noche que precedió a su matrimonio
con el condestable aquella infeliz víctima del amor y del deber. El día
siguiente, hallando Sifredo pronta y dispuesta a su hija a obedecerle
en lo que deseaba, se dió prisa a no malograr tan favorable coyuntura.
Hizo ir aquel mismo día al condestable a Belmonte y se celebró de
secreto el matrimonio en la capilla de aquella quinta. ¡Oh y qué
día aquel para Blanca! No le bastaba renunciar a una corona, perder
un amante amado y entregarse a un objeto aborrecido, sino que era
menester hacerse la mayor violencia y disimular su angustia delante
de un marido naturalmente celoso y que le profesaba un vehementísimo
cariño. Lleno de júbilo el esposo porque era ya suya, no se apartaba
un momento de su lado y ni aun le dejaba el triste consuelo de llorar
a solas sus desgracias. Llegó la noche, y con ella la hora en que a la
hija de Leoncio se le aumentó la pena. Pero ¡qué fué de ella cuando,
habiéndola desnudado sus criadas, la dejaron sola con el condestable!
Preguntóle éste respetuosamente cuál era el motivo de aquel decaimiento
en que parecía que estaba. Turbó esta pregunta a Blanca, quien fingió
que se sentía indispuesta. Al pronto quedó el esposo engañado, pero
permaneció poco en su error. Como verdaderamente le tenía inquieto
el estado en que la veía, y la instaba a que se acostase, estas
instancias, que ella interpretó mal, ofrecieron a su imaginación la
idea más amarga y cruel; tanto, que, no siendo ya dueña de poderse
reprimir, dió libre curso a sus suspiros y a sus lágrimas. ¡Oh, qué
espectáculo para un hombre que pensaba haber llegado al colmo de sus
deseos! Entonces ya no puso duda en que en la aflicción de su esposa
se ocultaba alguna cosa de mal agüero para su amor. Con todo eso,
aunque este conocimiento le puso en términos casi tan deplorables como
los de Blanca, pudo tanto consigo que supo disimular sus recelos.
Repitió las instancias para que se acostase, dándole palabra de que la
dejaría reposar quietamente todo lo que hubiese menester, y aun se
ofreció a llamar a sus criadas si juzgaba que su asistencia le podía
servir de algún alivio. Respondió Blanca, serenada con esta promesa,
que solamente necesitaba dormir para reparar el desfallecimiento que
sentía. Fingió creerla el condestable. Acostáronse los dos y pasaron
una noche muy diferente de la que conceden el amor y el himeneo a dos
amantes apasionados.

»Mientras la hija de Sifredo se entregaba a su dolor, andaba el
condestable considerando dentro de sí qué cosa podía ser la que llenaba
de amargura su matrimonio. Persuadíase que tenía algún competidor;
pero cuando le quería descubrir, se enredaban y confundían sus ideas,
y sabía solamente que él era el hombre más infeliz del mundo. Había
pasado con este desasosiego las dos terceras partes de la noche, cuando
llegó a sus oídos un ruido confuso. Quedó sumamente sorprendido,
sintiendo ciertos pasos lentos en su mismo cuarto. Túvolo por ilusión,
acordándose de que él por sí había cerrado la puerta luego que se
retiraron las criadas de Blanca. Descorrió, no obstante, la cortina de
la cama, para informarse por sus propios ojos de la causa que podía
haber ocasionado aquel ruido; pero habiéndose apagado la luz que había
quedado encendida en la chimenea, sólo pudo oír una voz débil y tenue
que llamaba repetidamente a Blanca. Encendiéronse entonces sus celosas
sospechas, convirtiéndose en furor. Sobresaltado su honor, le obligó a
levantarse, y considerándose obligado a precaver una afrenta o a tomar
venganza de ella, echó mano a la espada, y con ella desnuda acudió
furioso hacia donde creía oír la voz. Siente otra espada desnuda que
hace resistencia a la suya; avanza, y advierte que el otro se retira.
Sigue al que se defiende, y de repente cesa la defensa y sucede al
ruido el más profundo silencio. Busca a tientas por todos los rincones
del cuarto al que parecía huir, y no le encuentra. Párase, escucha,
y ya nada oye. ¿Qué encanto es éste? Acércase a la puerta que a su
parecer había favorecido la fuga del secreto enemigo de su honra,
tienta el cerrojo y hállala cerrada como la había dejado. No pudiendo
comprender cosa alguna de tan extraño suceso, llama a los criados que
estaban más cercanos, y como para eso abrió la puerta, cerrando el paso
de ella, se mantuvo con cautela para que no se escapase el que buscaba.

»A sus repetidas voces acuden algunos criados, todos con luces. Toma él
mismo una y vuelve a examinar todos los rincones del cuarto, siempre
con la espada desnuda. A ninguno halla y no descubre ni aun el menor
indicio de que nadie haya entrado en él, no encontrándose puerta
secreta ni abertura por donde pudiera introducirse. Sin embargo, no
le era posible cegarse ni alucinarse sobre tantos incidentes que le
persuadían de su desgracia. Esto despertó en su fantasía gran confusión
de pensamientos. Recurrir a Blanca para el desengaño parecía recurso
inútil, igualmente que arriesgado, pues le importaba tanto ocultar
la verdad que no se podía esperar de ella la más leve explicación.
Adoptó, pues, el partido de ir a desahogar su corazón con Leoncio,
después de haber mandado a los criados se fuesen, diciéndoles que creía
haber oído algún ruido en el cuarto, pero que se había equivocado.
Encontró a su suegro, que salía de su cuarto, habiéndole despertado
el rumor que había oído, y le contó menudamente todo lo que le había
pasado, con muestras de extraña agitación y de un profundo dolor.

»Sorprendióse Sifredo al oír el suceso y no dudó ni un solo momento de
su verdad, por más que las apariencias la representasen poco natural,
pareciéndole desde luego que todo era posible en la ciega pasión del
rey, pensamiento que le afligió vivamente. Pero lejos de fomentar las
celosas sospechas de su yerno, le representó en tono de seguridad
que aquella voz que se imaginaba haber oído y aquella espada que
se figuraba haberse opuesto a la suya no podían ser sino fantasías
de una imaginación engañada por los celos; que no era posible que
ninguno tuviese aliento para entrar en el cuarto de su hija; que la
tristeza que había advertido en ella podía ser efecto natural de alguna
indisposición; que el honor nada tenía que ver con las alteraciones
de la salud; que la mudanza de estado en una doncella acostumbrada a
vivir en la soledad y que se veía repentinamente entregada a un hombre,
sin haber tenido tiempo para conocerle ni amarle, podía muy bien ser
la causa de aquellos suspiros, de aquella aflicción y de aquel amargo
llanto; que el amor en el corazón de las doncellas de sangre noble
sólo se encendía con el tiempo y con los obsequios, y que así, le
aconsejaba calmase sus recelos y aumentase su amor y sus finezas, para
ir disponiendo poco a poco a Blanca a mostrarse más cariñosa, y que le
rogaba, en fin, volviese hacia ella, persuadido de que su desconfianza
y turbación ofendían su virtud.

»Nada respondió el condestable a las razones de su suegro, o porque
en efecto comenzó a creer que pudo haberle engañado la confusión en
que estaba su espíritu, o porque le pareció más conveniente disimular
que intentar en vano convencer al anciano de un acontecimiento tan
desnudo de verosimilitud. Restituyóse al cuarto de su mujer, se volvió
a la cama y procuró lograr algún descanso de sus penosas inquietudes a
beneficio del sueño. Por lo que toca a Blanca, no estaba más tranquila
que él, porque había oído claramente todo lo que oyó su esposo y no
podía atribuir a ilusión un lance de cuyo secreto y motivos estaba
tan enterada. Estaba admirada de que Enrique hubiese pensado en
introducirse en su cuarto después de haber dado tan solemnemente su
palabra a la princesa Constanza, y en vez de darse el parabién de este
paso y de que le causase alguna alegría, lo conceptuó como un nuevo
ultraje, que encendió en cólera su pecho.

»Mientras la hija de Sifredo, preocupada contra el joven rey, le
juzgaba por el más pérfido de los hombres, el desgraciado monarca,
más prendado que nunca de su amada Blanca, deseaba hablarle, para
desengañarla contra las apariencias que le condenaban. Hubiera venido
mucho más presto a Belmonte para este efecto a habérselo permitido
los cuidados y ocupaciones del gobierno o si antes de aquella noche
hubiera podido evadirse de la corte. Conocía bien todas las entradas
de un sitio donde se había criado y ningún obstáculo tenía para hallar
modo de introducirse en la quinta, habiéndose quedado con la llave de
una entrada secreta que comunicaba a los jardines. Por éstos llegó a
su antiguo cuarto y desde él se introdujo en el de Blanca. Fácil es de
imaginar cuánta sería la admiración de este príncipe cuando tropezó
allí con un hombre y con una espada que salía al encuentro de la suya.
Faltó poco para que no se descubriese, haciendo castigar en aquel
mismo instante al temerario que tenía atrevimiento de levantar su mano
sacrílega contra su propio rey; pero la consideración que debía a la
hija de Leoncio suspendió su resentimiento; se retiró por donde había
entrado y, más turbado que antes, volvió a tomar el camino de Palermo.
Llegó a la ciudad poco antes que despuntase el día y se encerró en su
cuarto, tan agitado que no le fué posible lograr ningún descanso, y no
pensó mas que en volver a Belmonte. La seguridad de su vida, su mismo
honor, y sobre todo su amor, le excitaban a que procurase saber sin
dilación todas las circunstancias de tan cruel acontecimiento.

»Apenas se levantó, dió orden de que se previniese el tren de caza,
y, con pretexto de querer divertirse en ella, se fué al bosque de
Belmonte, con sus monteros y algunos cortesanos. Cazó por disimulo
algún tiempo, y cuando vió que toda su comitiva corría tras de los
perros, él se separó y marchó solo a la quinta de Leoncio. Estaba
seguro de no perderse, porque tenía muy conocidas todas las sendas
del bosque; y no permitiéndole su impaciencia atender a la fatiga de
su caballo, en breve tiempo corrió todo el espacio que le separaba
del objeto de su amor. Caminaba discurriendo algún pretexto plausible
que le proporcionase ver en secreto a la hija de Sifredo, cuando, al
atravesar un sendero que iba a dar a una de las puertas del parque, vió
no lejos de sí a dos mujeres que estaban sentadas en conversación a la
sombra de un árbol. No dudó que eran algunas personas de la quinta,
y esta vista le causó algún sobresalto; pero su agitación llegó a lo
sumo cuando, volviendo aquellas mujeres la cabeza al ruido que hacía el
caballo, reconoció que su adorada Blanca era una de ellas. Había salido
de la quinta llevando consigo a Nise, criada de su mayor confianza,
para llorar con libertad su desdicha en aquel sitio retirado.

»Luego que Enrique la conoció, fué volando hacia ella, precipitóse, por
decirlo así, del caballo, arrojóse a sus pies, y descubriendo en sus
ojos todas las señales de la más viva aflicción, le dijo enternecido:
«Suspende, bella Blanca, los ímpetus de tu dolor. Las apariencias
confieso que me hacen parecer culpable a tus ojos; mas cuando estés
enterada del designio que he formado con respecto a ti, puede ser
que lo que miras como delito te parezca una prueba de mi inocencia y
del exceso de mi amor.» Estas palabras, que en el concepto de Enrique
le parecían capaces de mitigar la pena de Blanca, sólo sirvieron para
exacerbarla más. Quiso responderle, pero los sollozos ahogaron su voz.
Asombrado el príncipe de verla tan turbada, prosiguió diciéndole: «Pues
qué, señora, ¿es posible que no pueda yo calmar el desasosiego que os
agita? ¿Por qué desgracia he perdido vuestra confianza, yo que expongo
mi corona y hasta mi vida por conservarme sólo para vos?» Entonces
la hija de Leoncio, haciendo el mayor esfuerzo sobre sí misma para
explicarse, le respondió: «Señor, ya llegan tarde vuestras promesas; no
hay ya poder en el mundo para que en adelante sea una misma la suerte
de los dos.» «¡Ay, Blanca!--interrumpió el rey precipitadamente--.
¡Qué palabras tan crueles han proferido tus labios! ¿Quién será
capaz en el mundo de hacerme perder tu amor? ¿Quién será tan osado
que tenga aliento para oponerse al furor de un rey, que reduciría a
cenizas toda la Sicilia antes que sufrir que ninguno os robe a sus
esperanzas?» «¡Inútil será, señor, todo vuestro poder--respondió con
desmayada voz la hija de Sifredo--para allanar el invencible obstáculo
que nos separa! Sabed que ya soy mujer del condestable.» «¡Mujer del
condestable!», exclamó el rey dando algunos pasos atrás, y no pudo
decir más: tan sorprendido quedó de aquel impensado golpe. Faltáronle
las fuerzas y cayó desmayado al pie de un árbol que estaba allí
cerca. Quedó pálido, trémulo y tan enajenado que sólo tenía libres
los ojos para fijarlos en Blanca, de un modo tan tierno que desde
luego la dejaba comprender cuánto le había afligido el infortunio que
le anunciaba. Blanca, por su parte, le miraba también, con semblante
tal que manifestaba ser muy parecidos los afectos de su corazón a los
que tanto agitaban el de Enrique. Mirábanse los dos desventurados
amantes con un silencio en que se dejaba traslucir cierta especie de
horror. Por último, el príncipe, volviendo algún tanto de su trastorno
por un esfuerzo de valor, tomó de nuevo la palabra y dijo a Blanca,
suspirando: «¿Qué habéis hecho, señora? ¡Vuestra credulidad me ha
perdido a mí y os ha perdido a vos!»

»Resintióse Blanca de que el rey, a su parecer, la culpase, cuando ella
vivía persuadida de que tenía de su parte las más poderosas razones
para estar quejosa de él, y le dijo: «Qué, señor, ¿pretendéis por
ventura añadir el disimulo a la infidelidad? ¿Queríais que desmintiese
a mis ojos y a mis oídos y que a pesar de su testimonio os tuviese por
inocente? No, señor; confieso que no me siento con valor para hacer
esta violencia a mi razón.» «Sin embargo--dijo el rey--, esos testigos
de que tanto os fiáis os han engañado ciertamente. Han conspirado
contra vos y os han hecho traición. ¡Tan verdad es que yo estoy
inocente y que siempre os he sido fiel, como lo es que vos sois esposa
del condestable!» «Pues qué, señor--repuso Blanca--, ¿negaréis que yo
misma os oí confirmar a Constanza el don de vuestra mano y de vuestro
corazón? ¿No asegurasteis a los grandes del reino que os conformaríais
con la voluntad del rey difunto y a la princesa que recibiría de
vuestros nuevos vasallos los homenajes que se debían a una reina y
esposa del príncipe Enrique? ¿Mis ojos estaban fascinados? ¡Confesad,
confesad más bien, infiel, que no creísteis debía contrapesar el
corazón de Blanca el interés de una corona, y sin abatiros a fingir
lo que no sentís, ni quizá habéis sentido jamás, decid que os pareció
asegurar mejor el trono de Sicilia con Constanza que con la hija
de Leoncio! Al cabo, señor, tenéis razón: igualmente desmerecía yo
ocupar un trono tan soberano como poseer el corazón de un príncipe
como vos. Era demasiada mi temeridad en aspirar a la posesión de uno y
otro; pero vos tampoco debíais mantenerme en este error. No ignoráis
los sobresaltos que me ha costado perderos, lo que siempre tuve por
infalible para mí. ¿A qué fin asegurarme lo contrario? ¿A qué fin tanto
empeño en desvanecer mis temores? Entonces me hubiera quejado de mi
suerte y no de vos y hubiera sido siempre vuestro mi corazón, ya que
no podía serlo una mano que ningún otro pudiera jamás haber logrado de
mí. Ya no es tiempo de disculparos. Soy esposa del condestable, y por
no exponerme a las consecuencias de una conversación que mi gloria no
me permite alargar sin padecer mucho el rubor, dadme licencia, señor,
para cortarla y para que deje a un príncipe a quien ya no me es lícito
escuchar.»

»Dicho esto, se alejó de Enrique con toda la celeridad que le permitía
el estado en que se encontraba. «¡Aguardaos, señora!--clamaba
Enrique--. ¡No desesperéis a un príncipe resuelto a dar en tierra
con el trono que le echáis en cara haber preferido a vos, antes que
corresponder a lo que esperan de él sus nuevos vasallos!» «Ya es
inútil ese sacrificio--respondió Blanca--. Debierais haber impedido
que diese la mano al condestable antes de abandonaros a tan generosos
impulsos; y puesto que ya no soy libre, me importa poco que Sicilia
quede reducida a pavesas ni que deis vuestra mano a quien quisiereis.
Si tuve la flaqueza de dejar sorprender mi corazón, tendré a lo menos
valor para sofocar sus movimientos y que vea el rey de Silicia que
la esposa del condestable ya no es ni puede ser amante del príncipe
Enrique.» Al decir estas palabras, se halló a la puerta del parque,
entróse en él con precipitación, acompañada de Nise, cerró la puerta
con ímpetu y dejó al rey traspasado de dolor. No podía menos de sentir
él la profunda herida que había abierto en su corazón la noticia del
matrimonio de Blanca. «¡Injusta Blanca! ¡Blanca cruel!--exclamaba--.
¿Es posible que así hubieses perdido la memoria de nuestras recíprocas
promesas? A pesar de mis juramentos y los tuyos, estamos ya separados.
¿Conque no fué mas que una ilusión la idea que yo me había formado de
ser algún día el único dueño tuyo? ¡Ah, cruel y qué caro me cuesta el
haber llegado a conseguir que mi amor fuese de ti correspondido!»

»Representósele entonces a la imaginación con la mayor viveza la
fortuna de su rival, acompañada de todos los horrores de los celos;
y esta pasión se apoderó tan fuertemente de él por algunos momentos,
que le faltó poco para sacrificar a su resentimiento al condestable y
aun al mismo Sifredo. Pero poco después entró la razón a calmar los
ímpetus de su cólera. Con todo eso, cuando consideraba imposible el
desimpresionar a Blanca del concepto en que estaba de su infidelidad,
se desesperaba. Lisonjeábase de que cambiaría aquel concepto si hallaba
arbitrio para hablarla a solas. Animado con este pensamiento, se
persuadió de que era menester alejar de su compañía al condestable, y
resolvió hacerle prender como a reo sospechoso en las circunstancias
en que se hallaba el Estado. En este supuesto, dió la orden competente
al capitán de sus guardias, el cual partió a Belmonte, se apoderó de
su persona a la entrada de la noche y llevóle consigo al castillo de
Palermo.

»Consternóse el palacio de Belmonte con este acontecimiento. Sifredo
partió al punto a responder al rey de la inocencia de su yerno y
a representarle las funestas consecuencias de semejante prisión.
Previendo bien el rey este paso que su ministro daría, y deseando
lograr un rato de libre conversación con Blanca antes de dar libertad
al condestable, había mandado expresamente que no se dejase entrar
a nadie en su cuarto aquella noche. Pero Sifredo, a pesar de esta
prohibición, logró introducirse en la estancia del rey. «Señor--le
dijo luego que se vió en su presencia--, si es permitido a un
respetuoso y fiel vasallo quejarse de su soberano, vengo a quejarme
de vos a vos mismo. ¿Qué delito ha cometido mi yerno? ¿Ha considerado
vuestra majestad la eterna afrenta de que cubre a mi familia y
las resultas de una prisión que puede alejar de su servicio a las
personas que ocupan los primeros puestos del Estado?» «Tengo avisos
ciertos--respondió el rey--de que el condestable mantiene inteligencias
criminales con el infante don Pedro.» «¡El condestable inteligencias
criminales!--interrumpió sorprendido Leoncio--. ¡Ah, señor! ¡No lo
crea vuestra majestad! Sin duda, han abusado de vuestro magnánimo
corazón. La traición nunca tuvo entrada en la familia de Sifredo;
bástale al condestable ser yerno mío para hallarse en este punto al
abrigo de toda sospecha. El está inocente; otros motivos secretos
son los que os han inducido a prenderle.» «Puesto que me hablas con
tanta claridad--repuso el rey--, quiero corresponderte con la misma.
Tú te quejas de que yo haya mandado arrestar al condestable. ¡Ah! ¿Y
no podré yo también quejarme de tu crueldad? ¡Tú, bárbaro Sifredo,
tú eres el que me has arrebatado inhumanamente mi reposo, poniéndome
en situación, con tus cuidados oficiosos, de que envidie la suerte
de los hombres más infelices! ¡No, no te lisonjees de que yo adopte
tus ideas! ¡Vanamente está resuelto mi matrimonio con Constanza!...»
«¡Qué, señor!--interrumpió estremeciéndose Leoncio--. ¿Cómo será
posible que no os caséis con la princesa, después de haberla lisonjeado
con esta esperanza a vista de todo el reino?» «Si es que engaño su
esperanza--repuso el monarca--, échate a ti solo la culpa. ¿Por qué
me pusiste tú mismo en precisión de ofrecer lo que no podía cumplir?
¿Quién te obligó a escribir el nombre de Constanza en un papel que se
había hecho para tu hija? Sabías muy bien mi intención. ¿Quién te dió
autoridad para tiranizar el corazón de Blanca, obligándola a casarse
con un hombre a quien no amaba? ¿Y quién te la dió sobre el mío para
disponer de él en favor de una princesa a quien miro con horror?
¿Te has olvidado ya de que es hija de aquella cruel Matilde, que,
atropellando todos los derechos de la sangre y de la humanidad, hizo
expirar a mi padre entre los hierros del más duro cautiverio? ¿Y a
ésta querías tú que yo diese mi mano? ¡No, Sifredo, no aguardes de mí
este paso! ¡Antes de ver encendidas las teas de tan horrible himeneo,
verás arder toda la Sicilia y anegados de sangre sus campos!» «¡Qué
es lo que escucho!--exclamó Leoncio--. ¡Qué terribles amenazas, qué
funestos anuncios me hacéis! ¡Pero en vano me sobresalto!--continuó,
mudando de tono--. ¡No, señor, nada de esto temo! Es demasiado el amor
que profesáis a vuestros vasallos para acarrearles tan triste suerte.
No será capaz un ciego amor de avasallar vuestra razón. Echaríais
un eterno borrón a vuestras virtudes si os dejarais llevar de las
flaquezas propias de hombres vulgares. Si yo di mi hija al condestable
fué, señor, únicamente por granjear para vuestro servicio a un hombre
valeroso que, con la fuerza de su brazo y del ejército que tiene a su
disposición, apoyase vuestros intereses contra las pretensiones del
príncipe don Pedro. Parecióme que uniéndole a mi familia con lazos
tan estrechos...» «¡Ah, que esos lazos--interrumpió Enrique--, esos
funestos lazos son los que a mí me han perdido! ¡Cruel amigo! ¿Qué te
había hecho yo para que descargases sobre mí tan duro e intolerable
golpe? Habíate encargado que manejases mis intereses; pero ¿cuándo te
di facultad para que esto fuese a costa de mi corazón? ¿Por qué no
dejaste que yo mismo defendiese mis derechos? ¿Parécete que no tendría
valor ni fuerzas para hacerme obedecer de todos los vasallos que osasen
oponerse a mi voluntad? Si el condestable fuese uno de ellos, sabría yo
muy bien castigarle. Ya sé que los reyes no han de ser tiranos y que
su primera obligación es la de mirar por la felicidad de sus pueblos;
pero ¿han de ser esclavos de éstos los mismos soberanos, y esto desde
el momento en que el Cielo los elige para gobernarlos? ¿Pierden por
ventura el derecho que la misma naturaleza concedió a todos los hombres
de ser dueños de sus afectos? ¡Ah, Leoncio, si los reyes han de perder
aquella preciosa libertad que gozan los demás hombres, ahí te abandono
una corona que tú me aseguraste a costa de mi sosiego!» «Señor--replicó
el ministro--, no puede ignorar vuestra majestad que el rey su tío
sujetó la sucesión al trono a la preciosa condición del matrimonio con
la princesa Constanza.» «¿Y quién dió autoridad al rey mi tío--repuso
acalorado Enrique--para establecer tan violenta como injusta
disposición? ¿Había recibido acaso él tan indigna ley de su hermano el
rey don Carlos cuando entró a sucederle? ¿Y por ventura debías tú tener
la flaqueza de someterte a una condición tan inicua? Cierto que para un
gran canciller estás poco enterado de nuestros usos. En una palabra,
cuando prometí mi mano a Constanza fué involuntaria mi promesa, que
nunca tuve intención de cumplir. Si don Pedro funda su esperanza de
ascender al trono en mi constante resolución de no efectuar aquella
palabra, no mezclemos a los pueblos en una contienda que haría derramar
mucha sangre. La espada, entre nosotros solos, puede terminar la
disputa y decidir cuál de los dos será el más digno de reinar.»

»No se atrevió Leoncio a apurarle más, y se contentó con pedir de
rodillas la libertad de su yerno, la que consiguió, diciéndole el rey:
«Anda y restitúyete a Belmonte, que presto irá allá el condestable.»
Retiróse el ministro, y marchó a su quinta, persuadido de que su yerno
vendría luego a ella; pero engañóse, porque Enrique quería ver a Blanca
aquella noche, y con este fin dilató hasta el día siguiente la libertad
de su esposo.

»Mientras tanto, entregado éste a sus tristes pensamientos, hacía
dentro de sí crueles reflexiones. La prisión le había abierto los
ojos y héchole conocer cuál era la verdadera causa de su desgracia.
Entregado enteramente a la violencia de los celos, y olvidado de la
lealtad que hasta allí le había hecho tan recomendable, sólo respiraba
venganza. Persuadido de que el rey no malograría la ocasión y no
dejaría de ir aquella noche a visitar a doña Blanca, para sorprenderlos
a entrambos, suplicó al gobernador del castillo de Palermo le dejase
salir de la prisión por algunas horas, dándole palabra de honor de que
antes de amanecer se restituiría a ella. El gobernador, que era todo
suyo, tuvo poca dificultad en darle este gusto, y más habiendo sabido
ya que Sifredo había alcanzado del rey su libertad; y además de eso le
dió un caballo para ir a Belmonte. Partió prontamente, llegó al sitio,
ató él caballo a un árbol, entró en el parque por una puerta pequeña
cuya llave tenía, y tuvo la fortuna de introducirse en la quinta sin
ser sentido de nadie. Llegó hasta el cuarto de su mujer y se escondió
tras un biombo que había en la antesala. Pensaba observar desde allí
todo lo que pudiese suceder y entrar de repente en la estancia de su
esposa al menor ruido que oyese. Vió salir a Nise, que acababa de dejar
a su ama y se retiraba a un cuarto inmediato, donde ella dormía.

»La hija de Sifredo, que fácilmente había penetrado el verdadero
motivo del arresto de su marido, tuvo por cierto que aquella noche no
volvería éste a Belmonte, aunque su padre le había dicho haberle el
rey asegurado que le seguiría presto. Igualmente se presumió que el
rey aprovecharía aquella ocasión para verla y hablarla con libertad.
Con este pensamiento le estaba esperando para afearle una acción
que para ella podía tener terribles consecuencias. Con efecto, poco
tiempo después que Nise se había retirado se abrió la falsa puerta y
apareció el rey, quien, arrojándose a los pies de Blanca, le dijo: «¡No
me condenéis hasta haberme oído! Si mandé arrestar al condestable,
considerad que ya no me restaba otro medio para justificarme. Si es
delincuente este artificio, la culpa es de vos sola. ¿Por qué os
negasteis a oírme esta mañana? Tardará poco en verse libre vuestro
esposo, y entonces, ¡ay de mí!, ya no tendré recurso para hablaros.
Oídme, pues, por última vez. Si vuestro padre ocasiona mi desventurada
suerte, al menos concededme el triste consuelo de participaros que yo
no me he atraído este infortunio por mi infidelidad. Si ratifiqué a
Constanza la promesa de mi mano fué porque en las circunstancias en
que me puso Sifredo no podía hacer otra cosa. Erame preciso engañar
a la princesa por vuestro interés y por el mío, para aseguraros la
corona y la mano de vuestro amante. Tenía esperanza de conseguirlo
y había tomado mis medidas para romper aquella obligación; pero vos
destruisteis mi plan, y disponiendo con demasiada facilidad de vuestra
persona, preparasteis un eterno dolor a dos corazones que un entrañable
amor hubiera hecho perpetuamente felices.»

»Dió fin a este breve razonamiento con señales tan visibles de una
verdadera desesperación, que Blanca se enterneció, y ya no le quedó la
menor duda de la inocencia de Enrique. Alegróse un poco al principio,
pero un momento después fué en ella más vivo el dolor de su desgracia.
«¡Ah, señor!»--dijo--. Después de lo que ha dispuesto de nosotros la
suerte, me causa nueva pena el saber que estáis inocente. ¿Qué es lo
que he hecho, desdichada de mí? ¡Engañóme mi resentimiento! Juzgué
que me habíais abandonado y, arrebatada de despecho, recibí la mano
del condestable, que mi padre me presentó. ¡Ah, infeliz! ¡Yo fuí la
delincuente y yo misma fabriqué nuestra desgracia! ¡Conque cuando
estaba tan quejosa de vos, acusándoos en mi corazón de que me habíais
engañado, era yo, imprudente y ligerísima amante, la que rompía los
lazos que había jurado hacer indisolubles! ¡Vengaos ahora, señor, pues
os toca hacerlo! ¡Aborreced a la ingrata Blanca! ¡Olvidad!...» «¿Y os
parece que lo podré hacer, señora?--interrumpió Enrique tristemente--.
¡Qué! ¿Será posible arrancar de mi corazón una pasión que ni aun
vuestra injusticia podrá sofocar?» «Con todo eso, señor--dijo
suspirando la hija de Sifredo--, es menester que os esforcéis para
conseguirlo.» «Y vos, señora--replicó el rey--, ¿seréis capaz de hacer
ese esfuerzo?» «No me prometo lograrlo--respondió Blanca--, pero nada
omitiré para ello; lo intentaré cuanto pueda.» «¡Ah, cruel!--exclamó
el rey--. ¡Fácilmente olvidaréis a Enrique, puesto que tenéis tal
pensamiento!» «Y vos, señor, ¿qué es lo que pensáis?--repuso Blanca con
entereza--. ¿Os lisonjeáis de que os tolere continuar en obsequiarme?
¡No tengáis tal esperanza! Si no quiso el Cielo que naciese para
reina, tampoco me formó para que diese oídos a ningún amor que no sea
legítimo. Mi esposo es, igualmente que vos, de la nobilísima Casa
de Anjou, y aun cuando lo que debo sólo a él no fuera un obstáculo
invencible a vuestros amorosos servicios, mi honor jamás podría
permitirlos. Suplico, pues, a vuestra majestad que se retire y que haga
ánimo de no volverme a ver.» «¡Oh qué tiranía!--exclamó el rey--. ¿Es
posible, Blanca, que me tratéis con tanto rigor? ¡Conque no basta para
atormentarme el que yo os vea esposa del condestable, sino que queréis
además privarme de vuestra vista, único consuelo que me queda!» «¡Huid
cuanto antes, señor!--respondió la hija de Sifredo derramando algunas
lágrimas--. ¡La vista de lo que se ha amado tiernamente deja de ser
un bien luego que se pierde la esperanza de poseerlo! ¡Adiós, señor;
retiraos de mi presencia! Debéis este esfuerzo a vuestra gloria y a mi
reputación. También os lo pido por mi reposo, porque al fin, aunque
mi virtud no se altera con los movimientos de mi corazón, la memoria
de vuestra ternura me presenta combates tan terribles que me cuesta
extraordinarios esfuerzos resistirlos.»

»Pronunció estas últimas palabras con tanta energía, que, sin
advertirlo, dejó caer al suelo un candelero que estaba en una mesa
detrás de ella. Apagóse la bujía, cógela Blanca a tientas, abre la
puerta de la antesala, y para encenderla va al gabinete de Nise, que
aun no se había acostado. Vuelve con luz, y apenas la vió el rey la
instó de nuevo para que le permitiese continuar en sus obsequios. A la
voz del monarca entró repentinamente el condestable, con la espada en
la mano, en el cuarto de su esposa, casi al mismo tiempo que ella; se
llega a Enrique, lleno del resentimiento que su furor le inspiraba,
y le dice; «¡Ya es demasiado, tirano! ¡No me tengas por tan vil ni
tan cobarde que pueda sufrir la afrenta que haces a mi honor!» «¡Ah,
traidor!--respondió el rey desenvainando la espada para defenderse--.
¿Piensas por ventura ejecutar tu intento impunemente?» Dicho esto,
principian un combate, sobremanera fogoso para que durase mucho.
Temiendo el condestable que Sifredo y sus criados acudiesen demasiado
pronto a los gritos que daba doña Blanca y le estorbasen su venganza,
peleaba ya sin juicio, sin conocimiento y sin cautela. Fuera de sí de
furor, él mismo se metió por la espada de su enemigo, atravesándose de
parte a parte hasta la guarnición. Cayó en tierra, y viéndole el rey
derribado, se detuvo.

»Al ver la hija de Leoncio a su esposo en tan lastimoso estado, se
arrojó al suelo para socorrerle, a pesar de la repugnancia con que le
miraba. El infeliz esposo, lleno de resentimiento contra ella, no se
enterneció ni aun a vista de aquel testimonio que le daba de su dolor
y de su compasión. La muerte, que tenía tan cercana, no bastó para
apagar en él el incendio de los celos. En aquellos últimos momentos
sólo se acordó de la fortuna de su competidor; idea tan ingrata y
espantosa que, alentando su espíritu y dando un momentáneo vigor a las
pocas fuerzas que le quedaban, le hizo alzar la espada, que aun tenía
en la mano, y la sepultó toda ella en el seno de su mujer, diciéndole:
«¡Muere, esposa infiel, ya que los sagrados vínculos del matrimonio
no bastaron para que me conservases aquella fe que me juraste al
pie de los altares! ¡Y tú, Enrique--prosiguió con voz desmayada--,
no te gloríes ya de tu destino, puesto que no te aprovecharás de mi
desgracia! ¡Con esto muero contento!» Dijo estas palabras y expiró,
pero con un semblante que, aun entre las sombras de la muerte, dejaba
ver un no sé qué de altivo y de terrible. El de Blanca ofrecía a la
vista un espectáculo bien diverso. Había caído mortalmente herida sobre
el moribundo cuerpo de su esposo, y la sangre de esta inocente víctima
se confundía con la de su homicida, cuya ejecución fué tan pronta e
impensada que no dió lugar al rey para precaver su efecto.

»Prorrumpió este príncipe malaventurado en un lastimoso grito cuando
vió caer a Blanca; y más herido que ella del golpe que le quitaba la
vida, acudió a prestarle el mismo auxilio que ella misma había querido
prestar a su marido y del cual había sido tan mal recompensada; pero
Blanca le dijo con voz desfallecida: «¡Señor, vuestra diligencia es
inútil! ¡Soy la víctima que estaba pidiendo la suerte inexorable!
¡Quiera el Cielo que ella aplaque su cólera y asegure la felicidad de
vuestro reino!» Al acabar estas palabras, Leoncio, que había acudido
al eco de sus lamentosos ayes, entró en el cuarto, y atónito de ver los
objetos que se presentaban a sus ojos, quedó inmóvil. Blanca, que no le
había visto, prosiguiendo su discurso con el rey, «¡Adiós, señor!--le
dijo--. ¡Conservad afectuosamente mi memoria, pues mi amor y mis
desgracias os obligan a ello! Desterrad de vuestro pecho toda sombra de
resentimiento contra mi amado padre. Respetad sus canas, compadeceos
de su pena y haced justicia a su celo. Sobre todo, manifestad a todo
el mundo mi inocencia; esto es lo que más principalmente os encargo.
¡Adiós, amado Enrique!... ¡Yo me muero!... ¡Recibid mi postrer aliento!»

»A estas palabras, expiró. Quedóse suspenso el rey, guardando por algún
tiempo un profundo silencio. Rompióle en fin, diciendo a Sifredo:
«¡Mira, Leoncio, la obra de tus manos! ¡Contémplala bien y considera
en este trágico suceso el fruto de tu oficioso celo por mi servicio!»
Nada respondió el anciano: tan penetrado estaba de dolor. Pero ¿a qué
fin empeñarme en querer referir lo que no cabe en ninguna explicación?
Basta decir que uno y otro prorrumpieron en las más tiernas quejas
luego que la vehemencia del dolor abrió camino al desahogo de los
afectos interiores.

»El rey conservó toda su vida la más dulce memoria de su amante,
sin poderse jamás resolver a dar la mano a Constanza. El infante se
coligó con ella para hacer que se cumpliese lo dispuesto por Rogerio
en su testamento, pero se vieron precisados a ceder al príncipe
Enrique, quien triunfó al cabo de todos sus enemigos. A Sifredo le
desprendió del mando, y aun de su misma patria, el insoportable tedio
que le causaba el tropel de tantas desgracias. Abandonó la Sicilia,
y pasándose a España con Porcia, la única hija que le había quedado,
compró esta quinta. En ella sobrevivió quince años a la muerte de
Blanca. Tuvo el consuelo de casar a Porcia, antes de morir, con
don Jerónimo de Silva, y yo soy el único fruto de este matrimonio.
Esta es--prosiguió la viuda de don Pedro de Pinares--la historia
de mi familia y una fiel relación de las desgracias que representa
ese cuadro, que mi abuelo Leoncio hizo pintar para que quedase a la
posteridad un monumento de este funesto suceso.»



                              CAPITULO V

De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que llegó a Salamanca.


Después de haber la Ortiz, sus compañeras y yo oído esta historia,
nos salimos de la sala, donde dejamos solas a doña Aurora y doña
Elvira. Pasaron las dos lo restante del día en varias diversiones, sin
fastidiarse una de otra, y cuando partimos al día siguiente, fué tan
dolorosa su separación como pudiera serlo la de dos íntimas amigas
acostumbradas toda la vida a la más dulce y tierna compañía.

Llegamos, en fin, a Salamanca sin que nos sucediese el menor
contratiempo. Alquilamos luego una casa enteramente amueblada, y la
dueña Ortiz, según lo que habíamos tratado, se comenzó a llamar doña
Jimena de Guzmán. Como había sido dueña tanto tiempo, no podía menos
de hacer bien su papel. Salió una mañana con Aurora, una doncella y un
paje y se encaminaron a una posada de caballeros, donde supieron que
ordinariamente se alojaba Pacheco. Preguntó la Ortiz si había algún
cuarto desocupado, y habiéndole respondido que sí, le enseñaron uno
decentemente puesto. Tomólo de su cuenta, y aun adelantó un mes de
alquiler, expresando que era para un sobrino suyo que iba de Toledo a
estudiar a Salamanca y al que esperaba aquel día.

Después que la dueña y mi ama dejaron ajustado aquel alojamiento se
trasladaron al suyo, y la bella Aurora, sin perder tiempo, se vistió de
caballero. Para cubrir sus cabellos negros se puso una peluca rubia, y
tiñéndose del mismo color las cejas, se disfrazó de suerte que parecía
un señorito distinguido. Era garboso y desembarazado, y a no ser la
cara, que era demasiadamente linda para hombre, ninguna otra cosa hacía
sospechoso su disfraz. Imitóle en el mismo la criada que le había de
servir de paje, y todos nos persuadimos que también ésta representaría
bien su papel, así porque no era de las más hermosas como por tener
cierto airecillo descarado muy a propósito para el personaje que le
tocaba hacer. Después de comer, hallándose las dos actrices en estado
de presentarse en su teatro, esto es, en la posada de caballeros, ellas
y yo marchamos allá. Metímonos en un coche y llevamos los baúles y la
ropa que era menester.

La posadera, llamada Bernarda Ramírez, nos recibió con el mayor agasajo
y nos condujo a nuestro cuarto, donde comenzamos a trabar conversación
con ella. Convinimos en la comida que nos había de dar y en lo que
habíamos de pagarle cada mes. Preguntámosle después si tenía muchos
huéspedes. «Por ahora--respondió--no tengo ninguno. Nunca me faltarían
si quisiera recibir a todo género de gentes, pero mi genio no lo lleva
y en mi casa sólo admito personas de distinción. Esta misma noche
espero a uno que viene de Madrid a concluir sus estudios. Llámase don
Luis Pacheco, caballero de veinte años lo más, que acaso conocerán
ustedes o habrán oído hablar de él.» «No--respondió Aurora--. No ignoro
que es de una familia ilustre, pero no sé sus cualidades, y habiendo
de vivir en su compañía en una misma casa tendría particular gusto de
saber qué hombre es.» «Señor--repuso la huéspeda mirando al fingido
caballero--, es un caballerito de linda cara, ni más ni menos que la
vuestra, y desde luego aseguro que ambos os avendréis bien. ¡Vive
diez, que podré jactarme de tener en mi casa los dos señoritos más
galanes y airosos de toda España!» «Según eso--replicó mi ama--, ese
tal caballerito habrá tenido en Salamanca mil galanteos.» «¡Oh! En
cuanto a eso--respondió la vieja--, debo confesar que es un enamorado
de profesión. Basta que se deje ver para llevarse de calle a cualquier
mujer. Entre otras robó el corazón de una joven y bella como ella sola,
hija de un anciano doctor en leyes; y en cuanto a su cariño hacia don
Luis, es aquello que se llama locura. Su nombre es doña Isabel.» «Pero
dígame--le replicó Aurora con prontitud--, ¿y don Luis la corresponde
igualmente?» «Que la amaba antes que volviese a Madrid--respondió la
Ramírez--, no tiene duda; pero si ahora la quiere o no la quiere, eso
es lo que yo no sé, porque el tal caballerito en este punto es poco de
fiar. Corre de mujer en mujer como lo hacen comúnmente todos los de su
edad y de su clase.»

Apenas acababa la viuda de decir estas palabras cuando se oyó en el
patio ruido de caballos. Asomámonos a la ventana y vimos dos hombres
que se apeaban, que eran el mismo don Luis Pacheco, que llegaba de
Madrid con su criado. Dejónos la vieja para ir a recibirlos y preparóse
mi ama, no sin alguna conmoción, a representar su personaje de don
Félix. Poco después vimos entrar en nuestro cuarto a don Luis, con
botas y espuelas, en traje de camino. «Acabo de saber--dijo saludando
a doña Aurora--que un caballero toledano está alojado en esta posada,
y espero me permitirá le manifieste el gusto que tengo de lograr
bajo un mismo techo tan buena compañía.» Mientras respondía mi ama a
este cumplimiento, me pareció que Pacheco estaba suspenso de ver a
un caballero tan amable. Con efecto, no se pudo contener sin decirle
que jamás había visto hombre tan galán ni tan bien plantado. Después
de varios discursos, acompañados de mil recíprocos y cortesanos
cumplimientos, se retiró don Luis al cuarto que se le había destinado.

Mientras se hacía quitar las botas y se mudaba de ropa, un paje que
le buscaba para entregarle una carta encontró por casualidad a doña
Aurora en la escalera, y teniéndola por don Luis, a quien no conocía,
«Caballero--le dijo--, aunque no conozco al señor don Luis Pacheco, me
parece no debo preguntar a usted si lo es, y estoy persuadido de que no
me engaño, según las señas que me han dado.» «No, amigo--respondió mi
ama con gran serenidad--, ciertamente que no te engañas y sabes cumplir
con puntualidad los encargos que te dan; has adivinado muy bien que
soy don Luis Pacheco. Dame esa carta y vete, que ya cuidaré de enviar
la respuesta.» Marchóse el paje, y cerrándose Aurora en su cuarto con
su criada y conmigo abrió la carta y nos leyó lo que sigue: «Acabo de
saber vuestra llegada a Salamanca. Alegróme tanto esta noticia, que
temí perder el juicio. ¿Amáis todavía a vuestra Isabel? Aseguradle
cuanto antes de que no os habéis mudado. Morirá de contento si le dais
el consuelo de haberle sido fiel.»

«En verdad que el papel es apasionado--dijo Aurora--y muestra un
alma del todo enamorada. Esta dama es una competidora que no debe
despreciarse; antes bien, juzgo que debo hacer todo lo posible para
desprenderla de don Luis, haciendo cuanto me sea dable para que él
no la vuelva a ver. La empresa es algo ardua, lo confieso, mas no
desconfío de salir con ella.» Paróse a pensar sobre este punto, y un
momento después añadió: «Yo me obligo a ver enemistados a los dos en
menos de veinticuatro horas.» Con efecto, habiendo Pacheco descansado
un poco en su cuarto, volvió a buscarnos al nuestro y renovó la
conversación con Aurora antes de cenar. «Caballero--le dijo en tono de
zumba--, creo que los maridos y los amantes no han de celebrar mucho
vuestra venida a Salamanca y que les ha de causar harta inquietud;
yo, por lo menos, ya comienzo a temer mucho por mis damas.» «Oiga
usted--le respondió mi ama en el mismo tono--, su temor no está mal
fundado. Don Félix de Mendoza es un poco temible; así os lo prevengo.
Ya he estado otra vez en esta ciudad y sé por experiencia que en ella
no son insensibles las mujeres.» «¿Qué prueba tiene usted de ello?»,
interrumpió don Luis con presteza. «Una demostrativa--replicó la
hija de don Vicente--. Habrá un mes que transité por esta ciudad,
y, habiéndome detenido en ella no más que ocho días, en este breve
tiempo--os lo digo en toda confianza--se apasionó ciegamente de mí la
hija de un anciano doctor en leyes.»

Conocí que se había turbado don Luis al oír estas palabras. «¿Y
se podrá saber, sin pasar por indiscreto--replicó--, el nombre de
esa señora?» «¿Qué llama usted sin pasar por indiscreto?--repuso
el fingido D. Félix--. ¿Pues qué motivo puede haber para hacer de
esto un misterio? ¿Por ventura me tenéis por más callado que lo son
en este punto los de mi edad? ¡No me hagáis esa injusticia! Además
de que, hablando entre los dos, el objeto tampoco es digno de tan
escrupuloso miramiento, porque al fin sólo es una pobre particular, y
los hombres de distinción no se emplean seriamente en estas gentes de
poca posición, y aun creen que les hacen mucho honor en quitarles el
crédito. Diréos, pues, sin reparo, que la hija del tal doctor se llama
Isabel.» «Y el tal doctor--interrumpió, impaciente ya, Pacheco--, ¿se
llama acaso el señor Marcos de la Llana?» «¡Justamente!--respondió mi
ama--. Lea usted este papel que acaba de enviarme; por él verá si me
quiere bien la tal niña.» Pasó los ojos don Luis por el billete, y
conociendo la letra se quedó confuso. «¡Qué veo!--prosiguió entonces
Aurora con admiración--. ¡Parece que se os muda el color! Creo,
¡Dios me lo perdone!, que tomáis interés por esa dama. ¡Oh y cuánto
me pesa de haber hablado con tanta franqueza!» «Antes bien, os doy
gracias por ello--replicó don Luis en un tono mezclado de cólera y
despecho--. ¡Ah, pérfida! ¡Ah, inconstante! ¡Oh, don Félix, y qué
favor os merezco! ¡Me habéis sacado de un error en que quizá hubiera
estado largo tiempo! Creía que me amaba. ¿Qué digo amaba? ¡Me parecía
que me adoraba Isabel! Yo miraba con algún aprecio a esta muchacha,
pero ahora veo que es una mujer digna de mi mayor desprecio.» «Apruebo
vuestro noble modo de pensar--dijo Aurora, manifestando también por
su parte mucha indignación--. ¡La hija de un doctor en leyes debiera
tenerse por muy dichosa en que la quisiese un caballerito de tanto
mérito como vos! No puedo disculpar su veleidad, y, lejos de aceptar
el sacrificio que me hace de vos, quiero castigarla, despreciando sus
favores.» «Por lo que a mí toca--dijo Pacheco--, juro no volverla a
ver en toda mi vida, y ésta será mi única venganza.» «Tenéis sobrada
razón--respondió el fingido Mendoza--. Pero, con todo, para que conozca
mejor el menosprecio con que la tratamos, sería yo de parecer que los
dos le escribiéramos separadamente un papel en que la insultásemos a
nuestra satisfacción. Yo los cerraré y se los enviaré en respuesta a su
carta; mas antes de llegar a este extremo será bien que lo consultéis
con vuestro corazón, no sea que algún día os arrepintáis de haber roto
la amistad con Isabel.» «¡No, no!--interrumpió don Luis--. No pienso
tener jamás semejante flaqueza, y convengo desde luego en que, por
mortificar a esa ingrata, se ponga inmediatamente por obra lo que hemos
discurrido.»

Sin perder tiempo fuí yo mismo a traerles papel y tinta, y uno y otro
se pusieron a componer dos papeles muy gustosos para la hija del
doctor Marcos de la Llana. Especialmente Pacheco no encontraba voces
bastante fuertes que le contentasen para expresar sus sentimientos; y
así, hizo pedazos cinco o seis billetes por parecerle sus expresiones
poco enérgicas y poco duras. Al cabo compuso uno que le satisfizo,
y a la verdad tenía razón para quedar satisfecho, porque estaba
concebido en estos términos: «Aprende ya a conocerte, reina mía, y no
tengas la presunción de creer que yo te amo. Para esto era menester
otro mérito mayor que el tuyo. No veo en ti el menor atractivo que
merezca mi atención mas que por un momento. Solamente puedes aspirar
a los inciensos que te tributarán las hopalandas más miserables de la
Universidad.» Escribió, pues, esta agradable carta, y cuando Aurora
acabó la suya, que no era menos ofensiva, las cerró entrambas bajo una
cubierta, y entregándome el pliego, «Toma, Gil Blas--me dijo--, y haz
que Isabel reciba este pliego esta noche. ¡Ya me entiendes!», añadió
guiñándome un ojo, señal cuyo significado entendí perfectamente. «Sí,
señor--le respondí--, será usted servido como desea.»

Responderle esto, hacerle una cortesía y salir de casa todo fué uno.
Luego que me vi en la calle, me dije a mí mismo: «¿Conque, señor Gil
Blas, parece que se hace prueba de vuestro talento y que representáis
en esta comedia el importante papel de criado confidente? ¡Sí, señor!
¡Pues, amigo mío, es menester mostrar que tienes habilidad para
desempeñar un papel que pide tanta! El señor don Félix se contentó con
hacerte una seña; fióse de tu penetración. ¿Comprendiste bien lo que
aquella guiñada quiso decir? Sí, por cierto: quísome dar a entender que
entregase solamente el billete de don Luis.» No significaba otra cosa
aquella guiñadura. No tuve en esto la menor duda. Conque, diciendo y
haciendo, rompí el sobrescrito, saqué de él la carta de Pacheco y la
llevó a casa del doctor Marcos, habiéndome antes informado de dónde
vivía. Encontré a la puerta al mismo pajecito a quien había visto en
la posada de los caballeros. «Hermano--le dije--, ¿seréis vos, por
fortuna, el criado de la hija del señor doctor Marcos de la Llana?»
Respondióme que sí en tono de mozo experto en estos lances, y yo le
añadí: «Tenéis una fisonomía tan honrada y una cara tan de amigo de
servir al prójimo, que me atrevo a suplicaros entreguéis a vuestra
ama ese papelito de cierto caballero conocido suyo.» «¿Y quién es ese
caballero?», me preguntó el pajecillo; y apenas le respondí que era don
Luis Pacheco cuando, todo regocijado, me respondió: «¡Ah! Si el papel
es de ese señorito, sígueme, pues tengo orden de mi ama de introducirte
en su cuarto, que quiere hablarte.» Seguíle, en efecto, y llegué a
una sala, donde muy presto se dejó ver la señora. Quedé admirado de
su hermosura; tanto, que me pareció no haber visto facciones más
lindas en mi vida. Tenía un aire tan delicado y aniñado, que parecía
ser de edad de quince años, sin embargo de que había más de treinta
que caminaba por sí misma sin necesidad de andadores. «Amigo--me
preguntó con cara risueña--, ¿eres criado de don Luis Pacheco?» «Sí,
señora--le respondí--; tres semanas ha que entré a servir a su merced.»
Y diciendo esto le entregué respetuosamente el fatal papel que se me
había encargado. Leyóle dos o tres veces, con semblante de dudar lo que
sus mismos ojos veían. Con efecto, nada esperaba menos que semejante
respuesta. Alzaba los ojos al cielo, mordíase los labios y todos sus
indeliberados movimientos hacían patente lo que pasaba dentro de su
corazón. Volvióse después hacia mí y me dijo: «Amigo mío, ¿don Luis
se ha vuelto loco desde que se ausentó de mí? No comprendo su modo
de proceder. Díme, amigo, si lo sabes: ¿qué motivo ha tenido para
escribirme un papel tan cortesano, tan atento? ¿Qué demonio le tiene
poseído? Si quiere romper conmigo, ¿no sabría hacerlo sin ultrajarme
con una carta tan grosera?» «Señora--le respondí afectando un aire
lleno de sinceridad--, es cierto que mi amo no ha tenido razón para
eso; pero en cierta manera se vió en términos de no poder hacer otra
cosa. Si me dais palabra de guardar el secreto, yo os descubriré todo
el misterio.» «Te ofrezco guardarlo--me respondió ella prontamente--;
no temas que te perjudique; y así, explícate con toda libertad.» «Pues,
señora--continué yo--, he aquí el caso en dos palabras. Un momento
después que mi amo recibió vuestro papel, entró en la posada una dama
tapada con un manto de los más dobles; preguntó por el señor Pacheco;
hablóle a solas, y de allí a algún tiempo, al fin de la conversación,
le oí decir estas precisas palabras: «Me juráis que nunca la volveréis
a ver, pero no me contento con esto; es menester que ahora mismo
le escribáis un billete, que yo misma quiero dictaros. Esto quiero
absolutamente de vos.» Sujetóse don Luis a todo lo que deseaba aquella
mujer, y entregándome después el billete, me dijo: «Toma este papel,
averigua dónde vive el doctor Marcos de la Llana y procura con maña
que esta carta se entregue en propia mano a su hija Isabel.» De aquí
inferiréis, señora, que la tal carta es hechura de alguna enemiga
vuestra y, por consiguiente, que mi amo poca o ninguna culpa ha tenido
en esta maniobra.» «¡Oh Cielos!--exclamó ella--. ¡Pues esto es todavía
más de lo que yo pensaba! ¡Más me ofende su infidelidad que las
indignas e injuriosas expresiones que se atrevió a escribir su mano!
¡Ah, infiel! ¡Ha podido contraer otra amistad!» Pero, revistiéndose
de repente de altivez, añadió despechada: «¡Abandónese en buen hora
libremente a su nuevo amor, que yo no pienso impedirlo! Decidle de
mi parte que no necesitaba insultarme para obligarme a dejar libre
el campo a mi competidora y que desprecio demasiado a un amante tan
voltario para tener el menor deseo de atraérmelo de nuevo.» Diciendo
esto me despidió y se retiró muy enojada contra don Luis.

Yo salí de casa del doctor Marcos de la Llana muy satisfecho de mí
mismo, conociendo bien que si quería aprender el oficio de tercero me
hallaba con suficientes talentos para salir maestro en poco tiempo.
Volvíme a nuestra posada, donde encontré cenando juntos a los señores
Mendoza y Pacheco y en conversación, con tanta confianza como si se
hubieran conocido y tratado muchos años. Conoció Aurora en mi alegre y
risueño semblante que no había desempeñado mal mi comisión. «¿Conque
ya estás de vuelta, Gil Blas?--me dijo en tono festivo--. ¡Ea, danos
cuenta de tu embajada!» Tuve, para responder, que recurrir a mi
talento. Dije que había entregado el pliego en mano propia a Isabel, la
que, después de haber leído los dos dulcísimos y tiernísimos papeles,
prorrumpió en grandes carcajadas, como una loca, diciendo: «¡Por vida
mía que los dos señoritos escriben con bellísimo estilo! ¡No se puede
negar que nadie es capaz de imitarlo!» «Eso--dijo mi ama--se llama
sacar el caballo o salir del atolladero airosamente. ¡En verdad que
la tal señora mía es una chula de prueba y muy diestra!» «Desconozco
enteramente en esta ocasión a doña Isabel--interrumpió don Luis--; la
tenía en muy distinto concepto.» «Yo también--replicó Aurora--había
formado otro juicio de ella. Es preciso confesar que hay mujeres que
saben hacer toda clase de papeles. A una de éstas amé yo, y en verdad
que se burló de mí largo tiempo. Gil Blas lo puede decir; parecía la
mujer más juiciosa y más honesta que había en todo el mundo.» «Así
es--respondí yo introduciéndome en la conversación--; era capaz de
engañar al más astuto, y aun a mí mismo me hubiera engañado.»

Dieron grandes carcajadas el fingido Mendoza y el verdadero Pacheco
cuando me oyeron hablar de esta suerte; y lejos de desaprobar el que
yo me tomase la libertad de mezclarme en su conversación, me dirigían
a menudo la palabra para divertirse con mis respuestas. Proseguimos
nuestros razonamientos sobre el arte de fingir, que en supremo
grado poseen las mujeres, y el resultado de nuestros discursos fué
que Isabel quedó legal y judicialmente declarada por una chula de
profesión. Don Luis protestó de nuevo que jamás la volvería a ver
y, a ejemplo suyo, don Félix juró que siempre la miraría con el
más alto desprecio. Acabadas estas protestas, estrecharon más su
amistad, prometiendo que ninguna cosa tendrían reservada uno para
otro; antes bien, que todas se las comunicarían recíprocamente.
Sobremesa se detuvieron un rato, diciendo cosas graciosísimas, y
después se separaron para irse a dormir cada cual a su cuarto. Yo
acompañé a Aurora hasta el suyo, donde di fiel y verdadera cuenta de
la conversación que había tenido con la hija del doctor, sin omitir
la circunstancia más menuda. Faltó poco para que me abrazase de pura
alegría. «Querido Gil Blas--me dijo--, tu ingenio y habilidad me
tienen encantada. Cuando nos arrastra una pasión en que es preciso
recurrir a invenciones y estratagemas, es gran fortuna tener un criado
tan advertido y tan ingenioso como tú, que tomas verdadero interés en
nuestros asuntos. ¡Animo, pues, amigo mío! ¡Nos hemos sacudido de una
mujer que podía hacernos mal tercio! No me descontenta el principio,
pero como los lances de amor están sujetos a varias revoluciones, soy
de parecer que cuanto antes acometamos nuestra ideada empresa y que
desde mañana empiece a representar su papel Aurora de Guzmán.» Aprobé
el pensamiento y, dejando al señor don Félix con su paje, me retiré al
cuarto donde tenía mi cama.



                              CAPITULO VI

De qué ardides se valió Aurora para que la amase don Luis Pacheco.


El primer cuidado de los dos buenos amigos fué reunirse al día
siguiente, y comenzaron con abrazos, que Aurora se vió precisada a dar
y recibir para hacer bien el personaje de don Félix. Fueron juntos
a pasearse por la ciudad, acompañándolos yo con Chilindrón, criado
de don Luis. Parámonos a la puerta de la Universidad a leer varios
carteles de libros que acababan de fijar a la puerta. Había también
leyendo otras muchas personas, y entre ellas se me hizo reparable un
hombrecillo que hacía crítica de las obras que se anunciaban. Observé
que le estaban oyendo otros con singular atención y me persuadí también
de que él creía merecer que le escuchasen. Parecía vano y hombre de
tono decisivo, como lo suelen ser la mayor parte de las personas
chiquitas. «Esa nueva traducción de Horacio que anuncia ese cartel
con letras gordas--decía a los circunstantes--es una obra en prosa
compuesta por un autor viejo del colegio, libro muy estimado de los
escolares, que han agotado de él ya cuatro ediciones, sin que ningún
inteligente haya comprado siquiera un ejemplar.» No era más favorable
la crítica que hacía de los demás libros. Todos los motejaba sin
caridad; probablemente sería algún autor. Yo de buena gana le hubiera
estado oyendo hasta que acabase de hablar, pero me fué preciso seguir
a don Luis y a don Félix, que, fastidiados de aquel hombrecillo y no
importándoles poco ni mucho los libros que criticaba, prosiguieron su
camino, alejándose de él y de la Universidad.

Llegamos a la posada a la hora de comer. Sentóse mi ama a la mesa
con Pacheco, y diestramente hizo que la conversación recayese sobre
su familia. «Mi padre--dijo--es un segundo de la casa de Mendoza,
establecida en Toledo; mi madre es hermana carnal de doña Jimena de
Guzmán, que hace pocos días vino a Salamanca en seguimiento de cierto
negocio de importancia, trayendo consigo a su sobrina doña Aurora, hija
única de don Vicente de Guzmán, a quien quizá habrá usted conocido.»
«No--respondió don Luis--, pero he oído hablar mucho de él, igualmente
que de Aurora, vuestra prima. Decidme si puedo creer todo lo que dicen
de esta señorita; me han asegurado que es sin igual en hermosura y
entendimiento.» «En cuanto a entendimiento--respondió don Félix--, es
cierto que no le falta, y también lo es que ha procurado cultivarlo;
pero en cuanto a hermosura no creo que sea tanta como ponderan,
cuando oigo decir que ella y yo nos parecemos mucho.» «Siendo eso
así--replicó prontamente don Luis--, queda muy acreditada su fama.
Vuestras facciones son regulares; vuestra tez, muy delicada, y así,
no puede menos de ser linda vuestra prima. Yo tendría mucho gusto en
verla y hablar con ella.» «Desde luego me ofrezco a satisfacer vuestra
curiosidad--repuso el fingido Mendoza--; hoy mismo, después de comer,
iremos los dos a casa de mi tía.»

Mudó entonces de conversación mi ama y empezaron los dos a hablar
de cosas indiferentes. Por la tarde, mientras se disponían para ir
a casa de doña Jimena, me anticipé yo a prevenir a la dueña que
se preparase para recibir esta visita. Hecha esta diligencia, me
restituí prontamente a la posada para acompañar a don Félix, quien,
finalmente, condujo al señor don Luis a casa de su tía. Apenas entraron
en ella cuando se encontraron con doña Jimena, que les hizo seña de
que metiesen poco ruido, diciéndoles en voz baja: «¡Paso, pasito!
No despierten ustedes a mi sobrina, que desde ayer acá ha estado
padeciendo una furiosa jaqueca, la cual ha poco tiempo que la dejó,
y habrá un cuarto de hora que la pobre niña se retiró a descansar
un poco.» «Siento mucho esa indisposición--dijo Mendoza aparentando
sentimiento--, porque esperaba tener el gusto de que viésemos a mi
prima, pues quería hacer este obsequio a mi amigo Pacheco.» «No es eso
tan urgente--respondió la Ortiz sonriéndose--; pueden ustedes dejarlo
para mañana.» Detuviéronse un rato los dos caballeritos con la vieja, y
después de una breve conversación se retiraron.

Condújonos don Luis a casa de un amigo suyo, llamado don Gabriel de
Pedrosa, donde pasamos lo restante del día; cenamos con él, y dos
horas después de media noche volvimos a la posada. Habríamos andado
como la mitad del camino cuando tropezamos con dos hombres que estaban
tendidos en medio de la calle. Creíamos que serían algunos infelices
recién asesinados y nos paramos a socorrerlos, en caso de llegar a
tiempo nuestro socorro. Mientras nos estábamos informando del estado
en que se hallaban, cuanto lo podía permitir la obscuridad de la
noche, he aquí que llega una ronda. El cabo nos tuvo por asesinos y
dió orden a sus gentes de que nos cercasen; pero mudó de opinión,
haciendo mejor juicio, luego que nos oyó hablar, y mucho más cuando,
a la luz de una linterna sorda, descubrió las nobles facciones de
Mendoza y de Pacheco.. Mandó a los alguaciles que examinasen y
reconociesen aquellos dos hombres que nosotros creíamos asesinados, y
hallaron ser un licenciado gordo y su criado, atestados enteramente
de vino y perfectamente borrachos. «Señores--exclamó un ministril--,
conozco muy bien a este gran bebedor; es el señor licenciado Guiomar,
rector de nuestra Universidad. Aquí donde ustedes le ven es un grande
hombre, un talento extraordinario. No hay filósofo a quien no confunda
en un argumento; tiene una facundia sin igual. ¡Lástima es que sea
tan inclinado al vino, a pleitos y a mujeres! Ahora vendrá de cenar
con su Isabelilla, en donde, por desgracia, él y el que le guía se
habrán emborrachado, y ambos han caído en el arroyo. Antes que el
buen licenciado fuese rector le sucedía esto con bastante frecuencia.
Los honores, como ustedes ven, no siempre mudan las costumbres.»
Nosotros dejamos a los dos borrachos en manos de la ronda, que cuidó de
llevarlos a casa, y nos fuimos a la nuestra, donde cada uno trató de
irse a dormir.

Don Félix y don Luis se levantaron al día siguiente a eso del mediodía,
y vueltos a reunir, su primera conversación fué de doña Aurora de
Guzmán. «Gil Blas--me dijo mi ama--, vé a casa de mi tía doña Jimena y
pregúntale de mi parte si el señor Pacheco y yo podemos ir hoy a ver a
mi prima.» Partí al punto a desempeñar mi comisión, o, por mejor decir,
a quedar de acuerdo con la dueña sobre el modo con que nos habíamos de
gobernar, y después que tomamos nuestras medidas puntuales volví con
la respuesta al fingido Mendoza y le dije: «Vuestra prima Aurora está
muy buena; ella misma me ha encargado os asegure que vuestra visita le
será del mayor agrado, y doña Jimena me encomendó afirmase al señor
Pacheco que siempre será muy bien recibido en su casa por vuestra
recomendación.»

Conocí que estas últimas palabras habían gustado mucho a don Luis.
También lo conoció mi ama, y desde luego arguyó de ello un dichoso
presagio. Poco antes de comer vino a la posada el criado de doña
Jimena y dijo a don Félix: «Señor, un hombre de Toledo fué a preguntar
por su merced en casa de su señora tía y dejó en ella este billete.»
Abrióle el fingido Mendoza y leyó en él estas cláusulas, en voz que
las pudiesen oír todos: «Si queréis saber de vuestro padre, con otras
noticias de consecuencia que os importan mucho, leído éste venid
prontamente al mesón del _Caballo Negro_, cerca de la Universidad.»
«Tengo grandes deseos de saber cuanto antes estas noticias que tanto me
interesan para no satisfacer mi curiosidad al momento. ¡Hasta luego,
Pacheco!--continuó--. Si no volviere dentro de dos horas, podéis ir vos
solo a casa de mi tía, adonde concurriré yo también después de comer.
Ya sabéis el recado que os dió Gil Blas de parte de doña Jimena; en
virtud de él podéis con franqueza hacer esta visita.» Diciendo esto,
salió de casa, mandándome le siguiese.

Ya se deja discurrir que en vez de tomar el camino del mesón del
_Caballo Negro_ nos fuimos derechitos a casa de la Ortiz y nos
dispusimos al enredo. Quitóse Aurora sus postizos cabellos rubios,
lavóse y restregóse muy bien las cejas, vistióse de mujer y quedó como
naturalmente era: una trigueña hermosa. Puede decirse que el disfraz
la transformaba de manera que doña Aurora y don Félix parecían dos
personas diferentes; y aun en traje de mujer parecía más alta que
vestida de hombre; bien es verdad que los grandes tacones aumentaban
la estatura. Luego que a su hermosura añadió los demás auxilios que el
arte podía prestarle, esperó a don Luis, con una agitación mezclada
de recelo y de esperanza. Unas veces confiaba en su talento y en su
hermosura y otras temía que le saliese mal aquella tentativa. La Ortiz
se dispuso por su parte lo mejor que pudo para ayudar a su ama. Por lo
que hace a mí, como no convenía que Pacheco me viese en aquella casa,
y como--a semejanza de aquellos actores que sólo aparecen en el teatro
cuando está para concluirse la comedia--no debía parecer en ella hasta
el fin de la visita, salí así que acabé de comer.

En fin, todo estaba ya prevenido cuando llegó don Luis. Recibióle doña
Jimena con el mayor agrado y tuvo con Aurora una conversación que
duró de dos a tres horas. Al cabo de ellas entré yo en la sala donde
estaban, y dirigiéndome a don Luis, le dije: «Caballero, mi amo don
Félix suplica a usted se sirva perdonarle si hoy no puede venir, porque
está con tres hombres de Toledo de quienes no puede desembarazarse.»
«¡Ah libertinillo!--exclamó doña Jimena--. ¡Sin duda estará de
jarana!» «No, señora--repliqué yo prontamente--; está en realidad
con aquellos hombres, tratando de negocios muy serios. Es cierto que
le ha causado grandísimo disgusto el no poder venir aquí, y me ha
encargado decíroslo, igualmente que a doña Aurora.» «¡Oh! ¡Yo no admito
sus disculpas!--repuso mi ama chanceándose--. Sabiendo que he estado
indispuesta, debía mostrar más atención con las personas que le son tan
allegadas. ¡En castigo de esta falta no quiero verle en dos semanas!»
«¡Ah, señora--dijo entonces don Luis--, no toméis tan cruel resolución!
Sóbrale a don Félix por castigo el no haberos visto hoy.»

Después de haberse chanceado algún tiempo sobre el mismo asunto,
se retiró Pacheco. La bella Aurora mudó inmediatamente de traje y
volvióse a poner su vestido de caballero. Trasladóse a la posada lo más
breve que le fué posible, y apenas entró dijo a don Luis: «Perdonadme,
amigo, si no pude ir a buscaros a casa de mi tía. Halléme con unas
gentes tan pesadas que no pude, por más que hice, desenredarme de
ellas. Lo único que me consuela es que, a lo menos, habéis tenido
lugar para satisfacer vuestra curiosidad y vuestros deseos. Y bien,
¿qué os ha parecido mi prima? Decídmelo ingenuamente.» «¿Qué me ha de
parecer?--respondió Pacheco--. ¡Me ha hechizado! Tenéis razón en decir
que los dos sois muy parecidos. ¡En mi vida he visto facciones más
semejantes! ¡El mismo aire de cara, los mismos ojos, la misma boca y
hasta el mismo eco de voz! No hay mas diferencia entre los dos sino que
vuestra prima es algo más alta; es trigueña, y vos rubio; sois festivo,
y ella seria. Eso únicamente os diferencia uno de otro. En cuanto a
entendimiento--continuó--, no cabe más. ¡En una palabra: es una dama de
mérito extremado!»

Pronunció Pacheco tan fuera de sí estas últimas palabras, que don Félix
le dijo sonriéndose: «Pésame, amigo, de haberos proporcionado este
conocimiento con doña Jimena, y si queréis creerme, no volváis más a
su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doña Aurora de Guzmán
podría insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasión.»
«¡No necesito volverla a ver--interrumpió don Luis--para estar ya
ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, está hecho.» «Tanto
peor para vos--replicó el fingido Mendoza--, porque vos no sois hombre
de contentaros con una sola, y mi prima no es doña Isabel. Os hablo
claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no
vaya por el camino real.» «_¿Por el camino real?_--repitió don Luis--.
¿Y puede irse por otro hacia una señorita de su calidad? ¡Es agraviarme
el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! ¡Conocedme mejor, mi
querido Mendoza! ¡Ah! ¡Yo me tendría por el más dichoso de todos los
hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la mía!»
«¡Oh don Luis!--repuso don Félix--. Supuesto que pensáis de ese modo,
desde este instante me tendrá de su parte vuestro amor y desde luego os
ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Mañana mismo daré principio a
ellos, procurando ganar a mi tía, que tiene mucho ascendiente sobre mi
prima.»

Pacheco dió mil gracias al caballero que le hacía una oferta tan
apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no podía dirigirse
mejor nuestra estratagema. El día siguiente añadimos algunos grados
más al amor de don Luis con otra invención. Pasó Aurora a su cuarto
después de suponer que había ido a hablar con doña Jimena como para
interesarla en su favor, y le dijo así: «Hablé a mi tía, y no me costó
poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Halléla fuertemente
preocupada contra vos. Yo no sé quién le había metido en la cabeza que
erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco
favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tomé vuestro partido
con tal tesón, que logré por último desimpresionarla del todo. No
obstante--prosiguió Aurora--, a mayor abundamiento, quiero que los
dos solos tengamos una conferencia con mi tía, para asegurarnos más
de su favor y de su apoyo.» Manifestó Pacheco una grande impaciencia
por hablar cuanto antes con doña Jimena, y don Félix procuró que
lograse esta satisfacción la mañana del día siguiente, bastante
temprano. Condújole él mismo a la señora Ortiz, y los tres tuvieron
una conversación, en la cual dió muy bien don Luis a conocer el mucho
terreno que el amor había ganado en su corazón en tan breve tiempo.
Fingióse la sagaz Jimena muy pagada de la tierna afición que mostraba
a su sobrina y le ofreció hacer cuanto estuviese de su parte para
persuadirla a que le diese su mano. Arrojóse Pacheco a los pies de tan
buena tía y le rindió mil gracias. A este tiempo preguntó don Félix
si su prima se había levantado. «No--respondió la dueña--; todavía
está durmiendo, y por ahora no se la podrá ver; pero vuelvan ustedes
esta tarde y le hablarán cuanto quieran.» Respuesta que, como se puede
creer, acrecentó en gran manera la alegría de don Luis, a quien se le
hizo eterno el resto de aquella mañana. Restituyóse, pues, a su posada,
en compañía del fingido Mendoza, quien tenía la mayor complacencia
en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las
señales de un amor verdadero.

Toda la conversación fué acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don
Félix a Pacheco: «Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece
que podrá ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi
tía para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado
de su corazón en orden a vuestra persona.» Aprobó don Luis esta idea;
dejó salir primero a su amigo y él le siguió una hora después. Mi ama
supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando llegó su amante ya
estaba vestida de mujer. Después de haber saludado a doña Aurora y a
su tía, dijo don Luis: «Yo creí encontrar aquí a don Félix.» «Está
escribiendo en mi gabinete--respondió doña Jimena--y presto saldrá.»
Quedó satisfecho don Luis con esta respuesta y empezó a entablar
conversación con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del
objeto amado, notó que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no
pudo ya don Luis disimular más su extrañeza. Aurora mudó de repente de
tono, echóse a reír y dijo: «¿Es posible, señor don Luis, que no hayáis
aún sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qué,
¿unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teñidas me desfiguran
tanto que os hayáis dejado engañar hasta ese punto? Desengañaos,
caballero--prosiguió volviendo a su natural seriedad--; acabad de
conocer que don Félix de Mendoza y doña Aurora de Guzmán son una misma
persona.»

No se contentó con sacarle de su error, sino que le confesó también
la flaqueza de su pasión y todos los pasos que esta misma le había
sugerido para reducirle al estado en que le veía. No quedó el tierno
amante menos encantado que sorprendido de lo que oía y veía. Echóse
a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: «¡Ah, bella Aurora!
¿Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a
tu bondad tan finas demostraciones? ¿Qué puedo hacer para agradecerlas?
¡Un amor eterno no sería suficiente para pagarlas!» A estas palabras
se siguieron otras mil halagüeñas expresiones, después de lo cual
los dos amantes hablaron de las medidas que debían tomar para llegar
al cumplimiento de sus deseos. Resolvióse que todos partiésemos
inmediatamente a Madrid, donde se desenlazaría nuestra comedia por
medio de un casamiento. Así se ejecutó, y al cabo de quince días se
casó don Luis con mi ama, celebrándose la boda con ostentación y un
sinnúmero de diversiones.



                             CAPITULO VII

Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco.


Tres semanas después de este casamiento, queriendo mi ama recompensar
mis buenos servicios, me regaló cien doblones, y me dijo: «Gil Blas,
yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo
que quisieres; pero sábete que don Gonzalo Pacheco, tío de mi marido,
desea mucho seas su ayuda de cámara. Le he hablado tan bien de ti, que
me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un señor ya de
días, pero de bellísimo genio, y estoy cierta de que te irá muy bien
con él.»

Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba
de mí, acepté con tanto más gusto el partido que me proporcionaba
cuanto que yo no salía de entre la familia. Fuí, pues, una mañana, de
parte de la recién casada, a casa del señor don Gonzalo, que todavía
estaba en la cama, aunque era cerca de mediodía. Entré en su cuarto
y le hallé tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tenía el
buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y
casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos
solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son más
contenidos en la vejez. Recibióme con agrado y me dijo que si le quería
servir con el mismo celo con que había servido a su sobrina podía
contar con que me haría feliz. Ofrecíle emplear igual esmero en cumplir
con mi obligación en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel
momento me recibió en su servidumbre.

Heme aquí, pues, con un nuevo amo, el cual sabe Dios qué hombre era.
Cuando se levantó creí estar viendo la resurrección de Lázaro. Figúrese
el lector un cuerpo alto y tan seco que si se le viese en cueros sería
a propósito para aprender la osteología; las piernas eran tan chupadas
que, aun después de tres o cuatro pares de medias que se puso, me
parecían delgadísimas. Además de eso, esta momia viviente era asmática,
acompañando con una tos cada palabra. Luego tomó chocolate, y mandando
después que le trajesen papel y tinta, escribió un billete, que cerró y
entregó al paje que le había servido el caldo, para que le llevase a su
destino. Apenas partió éste cuando, volviéndose a mí, me dijo: «Amigo
Gil Blas, de aquí en adelante pienso que seas tú confidente de mis
encargos, particularmente los respectivos a doña Eufrasia, que es una
joven a quien amo y de quien soy tiernamente correspondido.»

«¡Santo Dios!--dije prontamente para mi capote--. ¿Y cómo podrán los
mozos dejar de creer que los aman, cuando este viejo chocho está
persuadido de que le idolatran?» «Hoy mismo--prosiguió él--irás conmigo
a casa de esta señora, porque casi todas las noches ceno con ella. Te
quedarás admirado de ver su modestia y compostura. Muy lejos de imitar
a aquellas loquillas que se pagan de la juventud y se prendan de las
apariencias, es ya de un entendimiento claro y de un juicio maduro;
no busca en los hombres sino el buen modo de pensar y prefiere a la
belleza del rostro una persona que sepa amar.» No limitó a sólo esto
el elogio de su dama, sino que se empeñó en persuadirme de que era
un compendio de todas las perfecciones; pero encontró con un oyente
difícil en dejarse convencer sobre este punto. Después de haber
cursado en la escuela de las comediantas y sido testigo ocular de todas
sus maniobras, nunca creí que los viejos fuesen muy afortunados en
amor. Sin embargo, fingí--por complacerle únicamente--que le creía;
y aun hice más, pues no sólo alabé la discreción y el buen gusto de
doña Eufrasia, sino que me adelanté a decir que ella tampoco podría
encontrar otro sujeto más amable. El buen hombre no conoció que yo le
lisonjeaba; antes por el contrario tomó por verdadera mi alabanza.
Tanta verdad es que nada se arriesga en adular a los grandes, pues
admiten con gusto aun las lisonjas más desmedidas.

Después de esta conversación, comenzó el viejo a arrancarse con unas
pinzas algunos pelos blancos de la barba; se lavó los ojos, que
estaban llenos de legañas; lo mismo hizo con los oídos, manos y cara;
y concluídas sus abluciones, se tiñó de negro el bigote, las cejas y
el pelo, gastando en el tocador más tiempo que emplea una viuda vieja
empeñada en desmentir el estrago de los años. No bien había acabado de
vestirse, cuando entró en su cuarto el conde de Azumar, amigo suyo y
tan viejo como él, pero muy diferente en todo lo demás. Este traía sus
venerables canas descubiertas, se apoyaba en un bastón y, en vez de
querer parecer joven, mostraba hacer alarde de su ancianidad. «Amigo
Pacheco--dijo luego que entró--, vengo a comer contigo.» «¡Bien venido,
conde!», le respondió mi amo. Y al mismo tiempo se abrazaron y pusieron
a hablar mientras se hacía hora de sentarse a la mesa. Al principio
fué la conversación sobre una corrida de toros que pocos días antes se
había celebrado, y hablaron de los picadores que habían mostrado mayor
destreza y valor. Sobre esto, el viejo conde, a manera de aquel otro
Néstor, a quien todas las cosas presentes le servían de ocasión para
alabar las pasadas, dijo suspirando: «¡Ya no se hallan hoy los hombres
que se veían en otros tiempos! Ni los toros ni los torneos se hacen con
aquella magnificencia con que se hacían en nuestra mocedad.»

Yo me reía interiormente de la ridícula preocupación del señor conde
de Azumar, el cual no se contentó con aplicarla únicamente a los toros
y a los torneos, pues cuando se sirvió la fruta en la mesa dijo,
mirando unos excelentes melocotones que se habían puesto en ella: «En
mi tiempo eran mucho mayores los melocotones de lo que son ahora. ¡La
Naturaleza se debilita cada día!» «¡Según eso--dije yo entonces para mí
sonriéndome--, los melocotones en tiempo de Adán debían ser de enorme
tamaño!»

Detúvose el conde de Azumar con don Gonzalo hasta cerca de la noche.
Luego que éste se desembarazó de él, salió de casa, diciéndome le
acompañase, y fuimos derechos a la de Eufrasia, distante como cien
pasos de la nuestra. Encontrámosla en un cuarto alhajado con primor.
Estaba vestida con gusto, y mostraba un aspecto de tan florida
juventud, que casi parecía una niña, sin embargo de que ya llegaba por
lo menos a los treinta. Podía pasar por linda, y desde luego admiré su
talento. No era de aquellas cortesanas que brillan por su locuacidad,
por su desembarazo y por su desenvoltura. Tanto en sus acciones como
en sus palabras, sobresalían en ella el juicio, la modestia y la
penetración. Sin afectar ingenio, se echaba de ver en todo lo que
decía. Consideréla yo con no poca admiración y dije: «¡Oh Cielos! ¿Es
posible que pueda ser disoluta una mujer al parecer tan modesta?» Y es
que vivía yo persuadido de que necesariamente había de ser desenvuelta
toda dama cortesana. Admirábame aquel aparente recato, sin hacerme
cargo de que las tales ninfas saben acomodarse a todos los genios,
conformándose al carácter de los ricos y señores que caen en sus manos.
Si gustan unos de viveza y atolondramiento, con éstos serán intrépidas
y casi locas; si agrada a otros el sosiego y compostura, siempre las
encontrarán con un exterior tranquilo, honesto y virtuoso. Verdaderos
camaleones, mudan de color según el genio y el humor de las personas
que las visitan.

No era don Gonzalo del gusto de aquellos caballeros que se pagan de
hermosuras desenvueltas; antes se le hacían insufribles, y para que le
agradase una mujer era menester que tuviese cierto aire de modestia.
Así, Eufrasia, gobernándose por esta idea, hacía ver que había más
comediantas que las que representan en los teatros. Dejé a mi amo con
su ninfa y pasé a una sala, donde me encontré con una ama de gobierno,
vieja, que yo había conocido cuando era criada de una comedianta.
Ella también me conoció inmediatamente y representamos una escena de
reconocimiento digna de una comedia. «¿Aquí estás, amigo Gil Blas?--me
dijo llena de alegría,--. ¿Según eso, has salido de casa de Arsenia,
como yo de la de Constanza?» «Así es--respondí yo--; mucho tiempo ha
que la dejé, y después entré a servir a una señora de distinción,
porque la vida de la gente de teatro no me acomodaba. Yo mismo me
despedí, sin dignarme decir a Arsenia ni una palabra.» «Hiciste muy
bien--me respondió la vieja, que se llamaba Beatriz--, y poco más o
menos lo hice con Constanza. Una mañana le di mi cuenta, luego que
me levanté; ella me la recibió sin decirme nada, y de esta manera
nos despedimos; como dicen, a la francesa.» «Mucho celebro--repuse
yo--que tú y yo nos hallemos en casa más honorífica. Doña Eufrasia me
parece señora de distinción y la creo de muy buen carácter.» «No te
engañas en eso--respondió Beatriz--. Mi ama es una mujer bien nacida,
como lo manifiestan sus modales; y por lo que toca al genio, será
difícil hallar otra más sosegada ni más apacible. No es de aquellas
amas altivas y difíciles de contentar, que nada les gusta, que en
todo encuentran qué decir, gritan sin cesar, mortifican a todos los
criados y es un infierno el servirlas. Hasta ahora no la he oído reñir
siquiera una vez: tan amiga es de la paz. Cuando hago alguna cosa que
no le gusta, me lo reprende sin enfado y sin prorrumpir en aquellos
dicterios de que tanto usan las mujeres soberbias.» «También mi
amo--repliqué yo--es un señor muy afable; se familiariza conmigo y me
trata como a un igual más bien que como a un criado. En una palabra, es
el caballero mejor del mundo; en cuanto a esto, vos y yo estamos mejor
que cuando estábamos con las comediantas.» «¡Mil veces mejor!--repuso
Beatriz--. Yo llevo ahora una vida muy retirada, siendo así que la de
entonces era tan bulliciosa. En nuestra casa no entra más hombre que
el señor don Gonzalo; y en mi soledad tampoco veré yo a otro que a ti,
de lo que me alegro mucho. Tiempo ha que te miraba con buenos ojos, y
más de una vez tuve envidia a Laura porque eras tan amigo suyo. Pero,
en fin, no desconfío de ser tan dichosa como ella, pues aunque no tenga
su juventud ni su hermosura, en recompensa, detesto la volubilidad,
cuya prenda ningún hombre puede remunerar suficientemente; en punto a
fidelidad, soy una tortolilla.»

Como la buena Beatriz era una de las muchas que se ven obligadas a
brindar con sus favores, porque sin eso ninguno los pretendería, no
tuve la menor tentación de aprovecharme de su generosidad; pero tampoco
me pareció conveniente hablar de manera que pudiera recelar que la
despreciaba; antes bien, tuve la advertencia de hablarle en términos
que no perdiese la esperanza de reducirme a corresponderla. Yo me
imaginaba haber conquistado a una criada vieja, pero también me engañé
miserablemente en esta ocasión. Galanteábame ella no sólo por mi
linda cara, sino para granjearme a favor de los intereses de su ama, a
quien tenía tanto amor que ningún medio perdonaba cuando se trataba de
complacerla y servirla. Reconocí mi error la mañana siguiente, en que
fuí a entregar a doña Eufrasia un billete amoroso de mi amo. Recibióme
con agrado y me dijo mil cosas cariñosas, y la criada dió también su
pincelada en mi elogio. Una admiraba mi fisonomía; otra hallaba en mí
cierto aire de moderación y de prudencia. Al oír a las dos, mi amo
poseía un tesoro en mi persona. En una palabra, me alabaron tanto que
desconfié de sus elogios. Desde luego penetré el fin de ellos, pero los
oía con una aparente simplicidad, con cuyo artificio engañé a aquellas
bribonas, que al cabo se quitaron la mascarilla.

«Escucha, Gil Blas--me dijo doña Eufrasia--: en ti consiste hacer tu
fortuna. Procedamos todos de acuerdo, amigo mío. Don Gonzalo es viejo;
su salud, muy delicada; una calenturilla, ayudada de un buen médico,
basta para echarle a la sepultura. Aprovechémonos bien de los pocos
momentos que le restan y gobernémonos de modo que me deje a mí la
mejor parte de sus bienes. A ti te tocará una buena porción; así te lo
prometo, y puedes contar con mi palabra como con una escritura otorgada
ante todos los escribanos de Madrid.» «Señora--le respondí--, disponga
usted a su arbitrio de este su fiel servidor; solamente le suplico me
diga lo que debo hacer, y lo demás déjelo por mi cuenta, que espero se
dará por bien servida.» «Pues, ahora bien--repuso ella--, lo que has
de hacer es observar cuidadosa y diligentemente a tu amo y darme razón
puntual de todos sus pasos. Cuando hables con él, procura con arte
introducir la conversación sobre las mujeres, y toma de aquí ocasión
para, con destreza y maña, decirle mucho bien de mí. Tu mayor estudio
ha de ser el tenerle siempre ocupado de su Eufrasia, en cuanto te sea
posible. Espía con sagacidad si algún pariente suyo le hace la corte
con la mira a su herencia y avísame sin perder un instante, que yo los
echaré a pique. No te pido más. Tengo muy conocidos los diferentes
genios de la parentela de tu amo; sé el modo de hacerlos ridículos a
los ojos de éste, y ya he desconceptuado en su ánimo a sus primos y
sobrinos.»

Por esta instrucción, y por otras que añadió Eufrasia, conocí que
era una de aquellas mujeres que sólo se dedican a complacer a viejos
generosos. Pocos días antes había obligado a don Gonzalo a vender una
posesión, cuyo precio le regaló. Todos los días le chupaba algo, y
además de eso esperaba que no la olvidaría en su testamento. Mostréme
muy deseoso de hacer todo lo que me pedía; mas, por no disimular nada,
confieso que cuando volvía a casa iba muy dudoso sobre si contribuiría
a engañar a mi amo o a apartarle de su querida. Este último partido me
parecía más honrado que el otro, y me sentía más inclinado a cumplir
con mi obligación que a faltar a ella. Consideraba por otra parte que,
en suma, nada de positivo me había ofrecido Eufrasia, y quizá por
esto, más que por otro motivo, no pudo corromper mi fidelidad. Resolví,
pues, servir con celo a don Gonzalo, persuadido de que si lograba
arrancarle del lado de su ídolo sería mejor recompensado por una acción
buena que por las malas que yo pudiera hacer.

Para conseguir mejor el fin que me había propuesto, fingí dedicarme
enteramente a servir a doña Eufrasia. Hícele creer que continuamente
estaba hablando de ella a mi amo, y sobre este supuesto, le embocaba
mil patrañas, que la pobre creía como otros tantos evangelios;
artificio con el cual me interné tanto en su confianza, que me contaba
por el más ciegamente empeñado en promover sus intereses. A mayor
abundamiento, aparenté también estar enamorado de Beatriz, la cual
estaba tan ufana de la conquista de un mozo que no se le daba un
pito de que la engañase, con tal que la engañase bien. Cuando mi amo
y yo estábamos con nuestras dos reinas, representábamos dos cuadros
diferentes, pero ambos por el mismo estilo. Don Gonzalo, seco y
amarillo, como ya le he retratado, parecía un moribundo en la agonía
cuando miraba a su Filis con ojos lánguidos y amorosos. Mi Nise,
siempre que yo la miraba apasionado remedaba los melindres y acciones
de una niña, poniendo en movimiento todos los registros de una truhana
vieja y bien amaestrada. Conocíase que había cursado estas escuelas por
lo menos unos buenos cuarenta años. Habíase refinado en servicio de
una de aquellas heroínas del partido que saben el secreto de hacerse
amar hasta la vejez y mueren cargadas de los despojos de dos o tres
generaciones.

No me bastaba ya el ir con mi amo todos los días a casa de Eufrasia;
muchas veces iba solo, particularmente de día; y a cualquiera hora que
fuese, nunca encontraba en ella a hombre, ni menos a mujer alguna,
que me diese malas sospechas o modo de descubrir en Eufrasia el menor
indicio de infidelidad. Esto me causaba no poca admiración, porque no
acertaba a comprender cómo pudiese ser tan escrupulosamente fiel a don
Gonzalo una mujer joven y hermosa.

Pero en esta admiración no había juicio alguno temerario, pues la bella
Eufrasia, como pronto veremos, para hacer más tolerable el tiempo que
tardaba en heredar a don Gonzalo, se había provisto de un amante más
proporcionado a sus años.

Cierta mañana, muy temprano, fuí a entregar un billete a la tal niña
de parte de mi amo, según la costumbre diaria. Hízome entrar en su
cuarto y divisé en él los pies de un hombre que estaba escondido detrás
de un tapiz. No di la más mínima señal de que le veía, y así que
desempeñé mi encargo me salí, sin dar a entender que hubiese notado
cosa alguna; pero aunque no debía sorprenderme este objeto, y más
cuando en nada me perjudicaba a mí, no dejó, con todo, de inquietarme
mucho. «¡Ah, malvada!--decía yo con enfado--. ¡Ah, traidora Eufrasia!
¡No te contentas con engañar a un buen viejo, haciéndole creer que le
amas, sino que te entregas a otro amante para hacer más abominable tu
villana traición!» Pero, bien mirado, era yo muy necio en discurrir de
esta suerte. Antes debía reírme de aquella aventura y mirarla como una
compensación del fastidio y de los malos ratos que Eufrasia sufría con
el trato de mi amo. A lo menos hubiera hecho mejor en no hablar palabra
que en valerme de esta ocasión para acreditarme de buen criado. Pero
en vez de moderar mi celo, abracé con mayor calor los intereses de don
Gonzalo y le hice puntual relación de lo que había visto, añadiendo que
doña Eufrasia había solicitado corromper mi fidelidad, y en prueba de
ello no le oculté nada de lo que me había dicho, de manera que estuvo
en su mano el conocimiento del verdadero carácter de su enamorada.
Hízome mil preguntas, como dudando de lo que decía; pero mis respuestas
fueron tales que le quitaron la satisfacción de poder dudarlo. Quedó
atónito y asombrado de lo que había oído, y sin que le sirviese en este
lance su ordinaria serenidad, se asomó a su semblante un repentino
ímpetu de cólera, que podía parecer presagio de que Eufrasia pagaría su
infidelidad. «¡Basta, Gil Blas!--me dijo--. Estoy sumamente agradecido
al celo y amor que me muestras; me agrada infinito tu honrada lealtad.
Ahora mismo voy a casa de Eufrasia a llenarla de reconvenciones y a
romper para siempre la amistad con esta ingrata.» Diciendo esto, salió
efectivamente, y se fué en derechura a su casa, no queriendo que le
acompañase yo, por librarme de la mala figura que había de hacer si me
hallaba presente a la averiguación de aquellos hechos.

Mientras tanto, quedé esperando con la mayor impaciencia que volviese
mi amo. No dudaba que, a vista de tan poderosos motivos para quejarse
de su ninfa, volvería desviado de sus atractivos, o cuando menos
resuelto a una eterna separación. Con este alegre pensamiento me
daba a mí mismo el parabién de mi obra; me representaba el placer
que tendrían los herederos legítimos de don Gonzalo cuando supiesen
que su pariente ya no era juguete de una pasión tan contraria a sus
intereses; me figuraba que todos se me confesarían obligados, y, en
fin, que iba yo a distinguirme de los demás criados, más dispuestos
por lo común a mantener a sus amos en sus desórdenes que a retirarlos
de ellos. Apreciaba yo el honor y me lisonjeaba de que me tendrían
por el corifeo de todos los sirvientes; pero una idea tan halagüeña
se desvaneció pocas horas después, porque volvió mi amo y me dijo:
«Amigo Gil Blas, acabo de tener una conversación muy acalorada con
Eufrasia. Llaméla ingrata, aleve; llenéla de improperios; pero ¿sabes
lo que me respondió? Que hacía mal en dar crédito a criados. Sostiene
con empeño que me has hecho una relación falsa. Si he de creerla,
tú no eres más que un impostor, un criado vendido a mis sobrinos,
por cuyo amor no perdonarías medio alguno para ponerme mal con ella.
Yo mismo la vi derramar algunas lágrimas, y lágrimas verdaderas.
Me ha jurado por cuanto hay de más sagrado que ni te había hecho la
más mínima proposición ni ve a ningún hombre. Lo mismo me aseguró
Beatriz, que me parece mujer honrada e incapaz de mentir; de modo
que, contra mi propia voluntad, se desvaneció todo mi enojo.» «¿Pues
qué, señor--interrumpí yo con sentimiento--, dudáis de mi sinceridad,
desconfiáis de...?» «No, hijo mío--repuso él--. Te hago justicia;
no creo que estés de acuerdo con mis sobrinos; estoy persuadido de
que sólo por buen celo te interesas en todo lo que me toca, y te lo
agradezco. Pero muchas veces engañan las apariencias. Puede suceder
que realmente no hubieses visto lo que te pareció ver, y en tal
caso considera lo mucho que habrá ofendido a Eufrasia tu acusación.
Mas sea lo que fuere, yo no puedo menos de amarla. Así lo quiere mi
estrella; y aun me ha sido indispensable hacerle el sacrificio que
exige de mi amor; este sacrificio es despedirte. Siéntolo mucho, mi
pobre Gil Blas--continuó--, y te aseguro que no he consentido en ello
sin aflicción; mas no puedo pasar por otro punto; compadécete de mi
debilidad. Lo que te debe consolar es que no saldrás sin recompensa;
fuera de que ya he pensado colocarte con una señora amiga mía, en cuya
casa lo pasarás perfectamente.»

Quedé mortificadísimo al ver que mi celo había redundado en mi
perjuicio. Maldije mil veces a Eufrasia y lamenté la flaqueza de don
Gonzalo en haberse dejado dominar de ella. No dejaba tampoco de
conocer el buen viejo que en despedirme de su casa sólo por complacer
a su dama no hacía la acción más honrosa. Para cohonestar su poco
espíritu y al mismo tiempo hacerme tragar mejor la píldora, me regaló
cincuenta ducados, y él mismo me condujo el día siguiente a casa de la
marquesa de Chaves. Díjole en mi presencia que era yo un mozo de buenas
prendas y que él me quería mucho, pero que por ciertos respetos de
familia se veía precisado a su pesar a quedarse sin mí, y le suplicaba
con el mayor encarecimiento me admitiese de criado. Desde aquel punto
me recibió la marquesa, y yo me vi de repente con nueva ama y en nueva
casa.



                             CAPITULO VIII

Carácter de la marquesa de Chaves, y personas que ordinariamente la
visitaban.


Era la marquesa de Chaves una viuda de treinta y cinco años, bella,
alta y bien proporcionada. No tenía hijos y gozaba de diez mil ducados
de renta. Nunca vi mujer más seria ni que menos hablase. Con todo
eso, era celebrada en Madrid y generalmente tenida por la señora de
mayor talento. Lo que quizá contribuía más que todo a esta universal
reputación era la concurrencia a su casa de los primeros personajes
de la corte, así en nobleza como en literatura; problema que yo no
me atreveré a decidir. Sólo diré que bastaba oír su nombre para
conceptuar que el que allí concurría era de un gran talento, y que su
casa la llamaban por excelencia el _tribunal de las obras ingeniosas_.

Con efecto, todos los días se leían en ella, ya poemas dramáticos, ya
poesías líricas, pero siempre sobre asuntos serios. Negábase la entrada
a toda composición jocosa. La mejor comedia o la novela más ingeniosa
y más alegre no se miraba sino como una pueril y ligera producción que
no merecía alabanza alguna. Por el contrario, la más mínima obra seria,
una oda, un soneto, una égloga, pasaban allí por el último esfuerzo del
ingenio humano. Pero sucedía tal vez que el público no se conformaba
con la decisión del _tribunal_; antes bien, censuraba sin reparo las
obras que habían sido en él muy aplaudidas.

La marquesa me hizo maestresala de su casa. Era incumbencia de mi
empleo arreglar el cuarto de mi nueva ama para recibir las gentes,
disponiendo almohadones para las damas, sillas para los caballeros y
cada cosa en su respectivo sitio, quedándome después en la antesala
para anunciar e introducir a los que llegaban. El primer día, conforme
yo los iba introduciendo, el ayo de pajes, que casualmente se hallaba
entonces conmigo en la antesala, me los pintaba graciosamente.
Llamábase Andrés de Molina el tal ayo, y aunque era naturalmente aéreo
y burlón, no le faltaba entendimiento. El primero que se presentó
fué un obispo. Anuncié su venida, y después que hubo entrado, me
dijo el maestro de pajes: «Ese prelado es de un carácter bastante
gracioso. Tiene algún valimiento en la Corte, mas no tanto como quiere
persuadir. Ofrécese a servir a todos y a ninguno sirve. Encontróle un
día en la antecámara del rey un caballero, que le saludó. Detúvole
el obispo, hízole mil cumplimientos, le cogió la mano, apretósela,
y le dijo: «Soy todo de vuestra señoría. No me niegue el favor de
acreditarle mi amistad, pues no moriré contento si no logro alguna
ocasión de servirle.» Correspondióle el caballero con expresiones
de reconocimiento, y apenas se habían separado cuando el obispo,
volviéndose a uno de los que iban a su lado, le dijo: «Quiero conocer
a este hombre y no me acuerdo quién es; sólo tengo una idea confusa de
haberle visto en alguna parte.»

Poco después del obispo se dejó ver un señorito, hijo de cierto grande,
a quien hice entrar inmediatamente en el cuarto de mi ama. Así que
entró, me dijo el señor Molina: «Este señorito es también un ente raro.
Va a una casa sin otro fin que el de tratar con el dueño de ella de
negocios de importancia; está en conversación con él una o dos horas
y se marcha sin haber hablado siquiera una palabra sobre el asunto
a que había ido.» A este tiempo, viendo el ayo de los pajes llegar
a dos señoras, añadió: «Ve aquí a doña Angela de Peñafiel y a doña
Margarita de Montalván. Estas dos señoras en nada se parecen una a
otra; doña Margarita presume de filósofa, se las tiene tiesas con los
mayores doctores de Salamanca y ninguno la ha visto ceder jamás a sus
argumentos; doña Angela, por el contrario, aunque es verdaderamente
instruída, nunca hace de doctora. Sus pensamientos son finos; sus
discursos, sólidos, y sus expresiones, delicadas, nobles y naturales.»
«Este segundo carácter--le respondí yo--es un carácter muy amable;
pero el otro me parece que cae muy mal en el bello sexo.» «¿Qué dice
usted _muy mal en el bello sexo_?--replicó Molina prontamente--. Es tan
fastidioso aun en los hombres, que a muchos hace ridículos. También
nuestra ama la marquesa adolece un poco de este achaque filosófico. Yo
no sé sobre qué se tratará hoy en nuestra academia, pero se disputará
mucho.»

Al acabar estas palabras, vimos entrar un hombre seco, muy grave,
cejijunto y fruncido. No le perdonó mi caritativo instructor. «Este
es--me dijo--uno de aquellos entes serios que quieren pasar por
hombres de gran talento a favor de su silencio o de algunas sentencias
de Séneca y que, examinados de cerca, no son más que unos pobres
mentecatos.» Tras de éste entró un caballerito de bastante buena
presencia, pero con aire de hombre pagado de sí mismo. Pregunté a
Molina quién era, y me respondió: «Es un poeta dramático, el cual ha
compuesto cien mil versos en su vida, que no le han valido cuatro
cuartos; pero, en recompensa, con sólo seis renglones en prosa acaba de
formarse una buena renta.»

Iba a decirle que me explicase en qué había consistido el haber
logrado a tan poca costa aquella fortuna, cuando oí un gran rumor en
la escalera. «¡Bravo!--exclamó el maestro de pajes--. ¡Aquí tenemos
al licenciado Campanario, que se deja oír mucho antes que se le vea!
Comienza a hablar en voz alta desde la puerta de la calle y no lo deja
hasta que vuelve a salir por ella.» Con efecto, resonaba en toda la
casa la voz del licenciado Campanario, que al fin se presentó en la
antesala con un bachiller amigo suyo, y no cesó de hablar mientras duró
su visita. «Este licenciado--dije a Molina--parece hombre de ingenio.»
«Sí lo es--me respondió--. Tiene ocurrencias muy chistosas; se explica
con gracia y agudeza; es muy divertida su conversación; pero además de
ser un hablador molestísimo, repite siempre sus dichos y cuentos. En
suma, para no estimar las cosas más de lo que valen, estoy persuadido
de que su mayor mérito consiste en aquel aire cómico y festivo con
que sazona lo que dice; y así, no creo que le haría mucho honor una
colección de sus agudezas y sus gracias.»

Fueron entrando después otras personas, de todas las cuales me hizo
Molina muy graciosas descripciones, sin olvidar la pintura de la
marquesa, que fué de mi gusto. «Esta--me dijo--tiene un talento
regular, en medio de su filosofía. Su carácter no es impertinente y da
poco que hacer a los que la sirven. Entre las personas distinguidas es
de las más racionales que conozco. No se le advierte pasión alguna; ni
el juego ni los galanteos le gustan; sólo le agrada la conversación,
y, en una palabra, su vida sería intolerable para la mayor parte de
las damas.» Este elogio del maestro de pajes me hizo formar un concepto
ventajoso de mi ama. Sin embargo, pocos días después no pudo menos
de sospechar que no era tan enemiga del amor, y el fundamento de mi
sospecha fué el siguiente.

Estando una mañana en el tocador, se presentó en la antesala un
hombrecillo como de cuarenta años, pero de malísima figura, más
mugriento que el autor Pedro de Moya, y, a mayor abundamiento, muy
corcovado. Díjome que deseaba hablar a la marquesa, y preguntándole yo
de parte de quién, «¡De la mía!--me respondió arrogante--. Diga usted
a la señora que soy aquel caballero del cual estuvo hablando ayer con
doña Ana de Velasco.» Apenas se lo dije a mi ama cuando, toda enajenada
de alegría, me mandó le hiciese entrar. No sólo le recibió con extrañas
demostraciones de aprecio, sino que mandó salir a todas las criadas, de
modo que el corcovadillo, más afortunado que una persona de provecho,
se quedó a solas con ella. Las criadas y yo nos reímos un poco de esta
visita tan graciosa, que duró una hora, al cabo de la cual mi ama
le despidió con mil cortesanas expresiones, que demostraban bien lo
contenta que quedaba de él.

En efecto, lo quedó tanto, que por la noche me llamó aparte y me dijo:
«Gil Blas, cuando venga el corcovado, hazle entrar en mi gabinete lo
más secretamente que puedas.» Cuyo encargo confieso que me dió mucho en
qué sospechar. Sin embargo, obedeciendo la orden de la marquesa, luego
que se dejó ver aquel hombrecillo, que fué a la mañana siguiente, le
introduje por una escalera excusada hasta el gabinete de la señora.
Caritativamente hice lo mismo por dos o tres veces, de lo cual inferí o
que la marquesa tenía estrafalarias inclinaciones o que el corcovadillo
le servía de tercero.

Poseído yo de esta idea me decía: «Si mi ama se ha enamorado de un buen
mozo, se lo perdono; pero si se ha prendado de semejante macaco, no
puedo verdaderamente disculpar un gusto tan depravado.» ¡Pero cuán mal
pensaba yo de aquella señora! Aquel macaco se empleaba en la magia, y
como se ponderaba su ciencia a la marquesa, que creía gustosa en los
prestigios de los saltimbanquis, tenía conversaciones a solas con él.
Hacía ver los objetos en un vaso, enseñaba a dar vueltas al cedazo y
revelaba por dinero todos los misterios de la cábala, o bien--para
hablar con más exactitud--era un bribón que subsistía a expensas de las
personas demasiado crédulas y se decía que a ello contribuían muchas
señoras de distinción.



                              CAPITULO IX

Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la marquesa de Chaves y
cuál fué su paradero.


Seis meses había que yo servía a la marquesa de Chaves, y me hallaba
muy contento con mi conveniencia; pero mi destino no me permitió
mantenerme más tiempo en su casa ni menos quedarme por entonces en
Madrid. El motivo fué el lance que voy a contar.

Entre las criadas de la marquesa había una, llamada Porcia, que, sobre
ser joven y hermosa, era de un carácter tan bueno que me captó la
voluntad, sin saber que me sería necesario disputar su corazón. El
secretario de la marquesa, hombre soberbio y celoso, estaba enamorado
de mi ídolo, y apenas advirtió mi amor cuando, sin procurar informarse
si Porcia me correspondía, resolvió que nos midiésemos la espada, y
me citó una mañana para un paraje retirado. Como era un hombrecillo
que apenas me llegaba a los hombros, me pareció enemigo poco temible,
y lleno de confianza acudí al sitio señalado. Lisonjeábame yo de una
completa victoria y de adquirir por ella nuevo mérito con Porcia; pero
el resultado humilló mucho mi presunción. El secretarillo, que había
aprendido dos o tres años la esgrima, me desarmó como a un niño, y
poniéndome al pecho la punta de la espada, me dijo: «¡Prepárate para
morir, o dame palabra sobre tu honor de que hoy mismo saldrás de casa
de la marquesa de Chaves, sin pensar más en Porcia.» Prometíselo así
y lo cumplí sin repugnancia. Corríame de presentarme delante de los
criados de la casa después de haber sido tan ignominiosamente vencido,
y mucho más de presentarme ante la hermosa Elena, inocente ocasión de
nuestro desafío. No volví, pues, a casa sino para recoger mi ropa y
dinero, y el mismo día me encaminé a Toledo, con la bolsa bastante
provista y cargado con toda mi ropa puesta en un lío. Aunque por
ningún caso me había obligado a salir de Madrid, juzgué me convendría
mucho alejarme de aquella villa, a lo menos por algunos años, y así,
tomé la determinación de dar una vuelta por España, deteniéndome en
las ciudades y pueblos el tiempo que me pareciese. «Con el dinero que
tengo--me decía--, gastándolo con discreción, tendré para correr gran
parte del reino; y cuando se haya acabado, me pondré de nuevo a servir,
pues un mozo como yo hallará acomodos sobrantes cuando le venga en
voluntad buscarlos, y no tendré mas que escoger.»

Como tenía particulares deseos de ver a Toledo, llegué allí al cabo
de tres días, y fuí a tomar posada en un buen mesón, en donde me
tuvieron por un caballero de importancia, con el auxilio de mi vestido
de aventuras amorosas, que no dejé de ponerme; y con el aire que tomé
de elegante, podía fácilmente introducirme con las buenas mozas que
vivían en la vecindad; pero habiendo sabido que era necesario comenzar
en su casa por hacer un gran gasto, fué forzoso contener mis deseos.
Hallándome siempre con gusto de viajar, después de haber visto todo lo
que había de curioso en Toledo, salí de allí un día al amanecer y tomé
el camino de Cuenca, con ánimo de pasar al reino de Aragón. Al segundo
día de jornada me metí en una venta que encontré en el camino, y cuando
empezaba a refrescarme, entró una partida de cuadrilleros de la Santa
Hermandad. Estos señores pidieron vino, y mientras estaban bebiendo,
les oí hacer mención de las señas de un joven a quien llevaban orden de
prender. «El caballero--decía uno de ellos--no tiene mas que veintitrés
años, el pelo largo y negro, bella estatura, nariz aguileña, y monta un
caballo castaño.»

Estúvelos yo escuchando sin mostrar atención a lo que decían, y en
realidad me importaba poco el saberlo. Dejélos en la venta y proseguí
mi camino; pero no había andado aún medio cuarto de legua cuando
encontré a un mocito muy galán que iba en un caballo castaño. «¡Vive
diez--dije para mí--, que o yo me engaño mucho, o éste es el sujeto a
quien buscan los cuadrilleros! Tiene el pelo largo y negro y la nariz
aguileña. Seguramente él es a quien quieren atrapar y he de hacerle un
buen servicio. Señor--le dije--, permítame usted que le pregunte si le
ha sucedido algún pesado lance de honor.» El joven, sin responderme,
fijó los ojos en mí y mostróse admirado de mi pregunta. Aseguréle que
ésta no nacía de pura curiosidad, y quedó bien convencido de ello
luego que le conté todo lo que había oído a los ministros en la venta.
«Generoso desconocido--me respondió--, no puedo ocultaros que tengo
motivo para creer ser efectivamente yo a quien busca esa gente, y, por
lo mismo, voy a tomar otro camino para no caer en sus manos.» «Yo sería
de parecer--repuse entonces--que buscásemos por aquí un sitio retirado,
donde usted estuviese seguro y ambos a cubierto de una gran tempestad
que veo nos está amenazando.» Al decir esto, descubrimos una calle de
árboles bastante frondosos, y habiéndonos metido en ella, nos condujo
al pie de una montaña, donde encontramos una ermita.

Era ésta una grande y profunda gruta que el tiempo había socavado
en la falda de aquel monte, y delante de ella se registraba como un
corral que había fabricado el arte, cuyas paredes se componían de
una especie de argamasa formada de pedrezuelas, rodeado todo, para
mayor defensa, de un género de foso cubierto de verdes céspedes. Los
contornos de la gruta estaban sembrados de flores olorosas que llenaban
de suavísima fragancia el ambiente inmediato, y cerca de la misma
gruta se descubría una hendedura en el monte, de cuyo centro brotaba
un manantial de agua que corría a dilatarse por una pradería. A la
entrada de esta cueva solitaria había un buen ermitaño, que parecía un
hombre consumido por la vejez. Apoyábase en un báculo, y en la otra
mano llevaba un gran rosario de cuentas gordas y de veinte dieces por
lo menos. Su cabeza estaba como sepultada en un capuz de lana parda
con unas largas orejeras, y su barba, más blanca que la nieve, le
bajaba hasta la cintura. Acercámonos a él y yo le dije: «Padre mío,
¿nos da licencia para que le pidamos nos refugie contra la tempestad
que viene sobre nosotros?» «Venid, hijos míos--respondió el anacoreta
después de haberme mirado con atención--; mi pobre gruta está a vuestra
disposición y podréis estar en ella todo el tiempo que quisiereis.
El caballo--añadió--le podéis meter en aquel corral--señalándolo con
la mano--, donde creo que estará bien acomodado.» Metimos en él el
caballo, y nosotros nos refugiamos en la gruta, acompañándonos siempre
el venerable viejo.

Apenas entramos en ella cuando cayó una copiosa lluvia mezclada de
relámpagos y espantosos truenos. El ermitaño se hincó de rodillas
delante de una estampa de San Pacomio, que estaba pegada a la pared,
y nosotros hicimos lo mismo a ejemplo suyo. Cesó la tempestad y
cesaron también nuestras oraciones. Levantámonos; pero como todavía
seguía lloviendo y la noche se acercaba, nos dijo el ermitaño: «Yo,
hijos míos, no os aconsejaré que os pongáis en camino con este
temporal, y más estando tan cerca la noche, a no obligaros a ello
algún negocio grave y urgente.» Respondímosle que ninguna cosa nos
impedía el detenernos sino el justo temor de incomodarle, y que, a
no ser éste, antes le suplicaríamos nos permitiese pasar allí la
noche. «La incomodidad será para vosotros--respondió cortesanamente
el anacoreta--; tendréis mala cama y peor cena, porque sólo puedo
ofreceros la de un pobre ermitaño.»

En esto, nos hizo sentar a una desdichada y rústica mesilla, donde
nos sirvió unas cebollas con algunos mendrugos y un jarro de agua.
«Esta--dijo--es mi comida y cena ordinarias; pero hoy es razón hacer
algún exceso en obsequio de unos huéspedes tan honrados.» Dijo, y
marchó luego a traer un pedazo de queso y dos puñados de avellanas,
que echó sobre la mesa. Mi compañero, que no tenía mucho apetito, hizo
poco gasto de aquellos manjares. Observólo el ermitaño y dijo: «Veo que
estáis acostumbrados a mesas más regaladas que la mía, o, por mejor
decir, que la sensualidad ha estragado en vos el gusto natural. Yo
también he vivido en el mundo. Entonces no eran bastante buenos para
mí los manjares más delicados ni los guisados más exquisitos; pero la
soledad y el hambre han restituído la pureza al paladar. Ahora sólo me
gustan las raíces, la leche, las frutas y, en una palabra, todo aquello
que servía de alimento a nuestros primeros padres.»

Mientras el anacoreta estaba hablando, el caballerito se quedó como
enajenado en una profunda cavilación. Notólo el viejo y le dijo:
«Hijo mío, vos tenéis atravesado el corazón con alguna espina que os
punza mucho. ¿No podré saber el motivo de la grave aflicción que os
atormenta? Desahogad conmigo vuestro pecho. No me mueve a este deseo la
curiosidad; la caridad es la única causa que a ello me anima. Hállome
en edad en que puedo daros algún buen consejo, y vos me parecéis estar
en una situación que necesita bien de él.» «Sí, padre mío--respondió el
caballerito, arrancando del pecho un doloroso suspiro--, es muy cierto
que tengo gran necesidad de consejo, y pues vos me ofrecéis el vuestro
con piedad tan generosa, quiero seguirle. Estoy muy persuadido de que
nada arriesgo en descubrirme a un hombre como vos.» «No, hijo--replicó
el ermitaño--, no tenéis que temer; soy hombre a quien se le puede
confiar cualquiera cosa, sea la que fuere.» Entonces el caballero habló
de esta manera.



                              CAPITULO X

            Historia de don Alfonso y de la bella Serafina.


«Nada, padre mío, os ocultaré, como ni tampoco a este caballero que
me escucha. Haríale gran agravio en desconfiar de él a vista de la
generosa acción que usó conmigo. Voy, pues, a contaros mis desgracias.

»Nací en Madrid y mi origen fué el que voy a referir. Un oficial de la
guardia alemana, llamado el barón de Steinbach, entrando una noche en
su casa se halló, al pie de la escalera, con un envoltorio de lienzo.
Levantóle, llevóle al cuarto de su mujer, desenvolvióle y encontraron
un niño recién nacido envuelto en pañales muy aseados y finos, y un
billete que decía ser hijo de padres distinguidos, que a su tiempo se
darían a conocer, y que el niño estaba ya bautizado con el nombre de
Alfonso. Este desgraciado niño soy yo y esto es todo cuanto sé. Víctima
del honor o de la infidelidad, ignoro si mi madre me expuso únicamente
para ocultar algunos vergonzosos amores o si, seducida por un amanto
perjuro, se vió en la cruel necesidad de abandonarme.

»Como quiera que sea, al barón y a su mujer les enterneció mucho mi
desgracia, y como no tenían sucesión resolvieron criarme como si
fuera hijo suyo, conservándome el nombre de don Alfonso. Al paso que
crecía yo en edad crecía el amor en ellos hacia mí. Hacíanme mil
caricias en pago de mis apacibles modales y por mi docilidad. Todos sus
pensamientos eran de darme la mejor educación. Buscáronme maestros de
todas materias. Lejos de esperar con impaciencia a que se descubriesen
mis padres, parecía, por el contrario, que deseaban no se manifestasen
jamás. Luego que el barón me vió capaz de poder seguir la milicia, me
aplicó a servir al rey. Consiguióme una bandera y mandó hacerme un
pequeño equipaje. Para animarme a buscar ocasión de adquirir gloria
y darme a conocer, me hizo presente que la carrera del honor estaba
abierta a todo el mundo y que en la guerra podría hacer mi nombre tanto
más glorioso cuanto sólo sería deudor a mi valor y a mi espada de la
gloria que adquiriese. Al mismo tiempo me reveló el secreto de mi
nacimiento, que hasta allí me había callado. Como en todo Madrid pasaba
por hijo suyo, y yo mismo efectivamente me tenía por tal, confieso que
me turbó no poco esta confianza. No podía pensar en ello sin llenarme
de rubor. Por lo mismo que mis nobles pensamientos y mis honrados
impulsos me aseguraban de un distinguido nacimiento, era mayor el dolor
de verme desamparado de aquellos a quienes le había debido.

»Pasé a servir en los Países Bajos, donde se hizo la paz poco después
que llegué al ejército. Hallándose España sin enemigos, me restituí a
Madrid, y el barón y su mujer me recibieron con nuevas demostraciones
de cariño. Eran pasados dos meses desde mi regreso, cuando una
mañana entró en mi cuarto un pajecillo y me entregó en las manos un
billete concebido poco más o menos en estos términos: «No soy fea ni
contrahecha, y, con todo eso, usted me ve todos los días a mi balcón
con grande indiferencia: frialdad muy ajena de un mozo tan galán. Estoy
tan ofendida de este proceder, que por vengarme quisiera inspirar amor
en ese corazón de hielo.»

»Así que leí este billete me persuadí, sin la menor duda, de que era de
una viudita llamada Leonor, que vivía enfrente de mi casa y tenía fama
de ser alegre de cascos. Examiné sobre este punto al pajecillo, que
por algún breve rato quiso hacer el callado; pero a costa de un ducado
que le di, satisfizo mi curiosidad y se encargó de llevar a su ama mi
respuesta. Decíale en ella que conocía y confesaba mi delito, del cual
estaba ya medio vengada, según lo que yo sentía en mí.

»Con efecto, no dejó de hacerme impresión esta graciosa manera de
granjear la voluntad. No salí de casa en todo aquel día, asomándome
frecuentemente al balcón para observar a la señora, que tampoco
se descuidó de dejarse ver al suyo. Hícele señas, a las cuales
correspondió, y el día siguiente me envió a decir por el mismo pajecito
que si entre once y doce de aquella noche quería yo hallarme en
nuestra calle, podíamos hablarnos a la reja de un cuarto bajo. Aunque
no estaba muy enamorado de una viuda tan viva, sin embargo, no dejé
de responderle muy apasionadamente, y, a la verdad, esperé a que
anocheciese con tanta impaciencia como si efectivamente la amara mucho.
Luego que fué de noche, salí a pasearme al Prado, para entretener el
tiempo hasta la hora de la cita; y apenas entré en el paseo cuando,
acercándose a mí un hombre montado en un hermoso caballo, se apeó
precipitadamente, y mirándome con ceño, «Caballero--me dijo--, ¿no sois
vos el hijo del barón de Steinbach?» «El mismo», le respondí. «¿Luego
vos sois el citado--prosiguió él--para dar esta noche conversación
a Leonor en su reja? He visto sus billetes y vuestras respuestas,
que me mostró el pajecillo. Os he venido siguiendo hasta aquí desde
que salisteis de casa, para advertiros que tenéis un competidor cuya
vanidad se indigna de disputar el corazón de una dama con un hombre
como vos. Me parece que no necesito deciros más, y pues nos hallamos
en sitio retirado, decidan la disputa las espadas, a menos de que
vos, por evitar el castigo que preparo a vuestra temeridad, me deis
palabra de romper toda comunicación con Leonor. Sacrificadme las
esperanzas que tenéis, o en este mismo punto os quito la vida.» «Ese
sacrificio--respondí--se había de pedir y no exigirse. Lo hubiera
podido conceder a vuestros ruegos, pero lo niego a vuestras amenazas.»
«Pues riñamos--dijo él, atando el caballo a un árbol--, porque es
indecoroso a una persona de mi esfera bajarse a suplicar a un hombre de
la vuestra, y aun la mayor parte de mis iguales, puestos en mi lugar,
se vengarían de vos de un modo menos honroso.» Ofendiéronme mucho
estas últimas palabras, y viendo que él había sacado la espada saqué
yo también la mía. Reñimos con tanto empeño, que duró poco el combate.
Sea que le cegase su demasiado ardor, o sea que yo fuese más diestro
que él, le di desde luego una estocada mortal que le hizo primero
titubear y después caer en tierra. Entonces no pensé mas que en ponerme
en salvo, y montando en su propio caballo tomé el camino de Toledo. No
volví a casa del barón de Steinbach, pareciéndome que la relación de
mi lance sólo serviría para afligirle; y cuando consideraba el peligro
en que me hallaba, veía que no debía perder un momento en alejarme de
Madrid.

»Poseído enteramente de amarguísimas reflexiones, anduve toda la noche
y la mañana del día siguiente; pero a eso del mediodía me vi precisado
a detenerme, para que el caballo descansara y se mitigase el calor, que
cada instante era más inaguantable. Detúveme, pues, en una aldea hasta
puesto el Sol, y continué luego mi camino, con ánimo de no apearme
hasta estar en Toledo. Me hallaba ya dos leguas más allá de Illescas
cuando, a eso de media noche, me cogió en campo raso una furiosa
tempestad, semejante a la que acaba de sobrecogernos. Lleguéme a las
tapias de un jardín que vi a pocos pasos de mí, y no hallando abrigo
más cómodo me arrimé con mi caballo lo mejor que pude a una puerta
pequeña de una estancia que estaba casi en un ángulo de la misma cerca,
sobre la cual había un balcón. Apoyándome en la puerta vi que no la
habían cerrado, y discurrí que esto habría sido culpa de los criados.
Me apeé, y no tanto por curiosidad como por resguardarme más del agua,
que no dejaba de incomodarme mucho debajo del balcón, me entré en
aquella habitación baja, juntamente con el caballo, tirándole por la
brida.

»Durante la tempestad procuré reconocer aquel sitio, y aunque sólo
podía registrarle a favor de los relámpagos, juzgué que era una quinta
de alguna persona opulenta. Estaba aguardando por instantes que cesase
la tempestad para seguir mi camino; pero habiendo visto a lo lejos
una gran luz, mudé de parecer. Dejé resguardado el caballo en aquella
pieza, cuidando de cerrar la puerta, y fuíme acercando hacia la luz,
presumiendo que estaban todavía levantados en la casa, para suplicarles
me diesen abrigo por aquella noche. Después de haber atravesado algunos
corredores, me hallé en una sala cuya puerta estaba igualmente abierta.
Entré en ella, y viendo su suntuosidad a beneficio de una magnífica
araña con varias bujías, ya no me quedó duda de que aquella casa de
campo era de algún gran personaje. El pavimento era de mármol; el
friso, pintado y dorado con arte; la cornisa, primorosamente trabajada,
y el techo me pareció obra de los más diestros pintores; pero lo
que más me llevó la atención fué una multitud de bustos de héroes
españoles, puestos sobre bellísimos pedestales de mármol jaspeado, que
adornaban las paredes del salón. Tuve bastante tiempo para enterarme de
todas estas cosas, porque habiendo aplicado de cuando en cuando el oído
para ver si sentía rumor no llegué a percibir ninguno ni a ver persona
alguna.

»A un lado del salón había una puerta entornada; la entreabrí y noté
una crujía de cuartos, en el último de los cuales había luz. Consulté
conmigo mismo lo que debía hacer: si volverme por donde había venido
o animarme a penetrar hasta aquel cuarto. La prudencia dictaba que
el partido más acertado era el de retirarme; pero pudo más en mí la
curiosidad que la prudencia, o, por mejor decir, fué más poderosa la
fuerza del destino que me arrastraba. Llevé, pues, mi empeño adelante,
y atravesando todas las piezas llegué a la última, donde ardía,
sobre una mesa de mármol, una bujía puesta en un candelero de plata
sobredorada. Desde luego conocí que era un cuarto de verano, alhajado
con singular gusto y riqueza; pero volviendo presto los ojos hacia una
cama cuyas cortinas estaban entreabiertas a causa del calor, vi un
objeto que me robó toda la atención. Era una joven que, a pesar del
estruendo pavoroso de los truenos, dormía profundamente. Acerquéme a
ella con el mayor silencio, y a favor de la luz de la bujía descubrí
una tez tan delicada y un rostro tan hermoso, que verdaderamente
me encantaron. Al verla, toda mi máquina se conmovió; me sentí
enteramente enajenado. Pero por más agitado que me tuviesen mis
impulsos, el concepto que hice de la nobleza de su sangre me impidió
formar ningún pensamiento temerario, pudiendo más el respeto que la
pasión. Mientras estaba yo embelesado en contemplarla se despertó.

»Fácil es de imaginar cuánto la sobresaltaría el ver a un hombre
desconocido, a media noche, en su cuarto y al pie de su misma cama.
Toda asustada y estremecida dió un gran grito. Hice cuanto pude para
aquietarla; hinqué una rodilla en tierra y, lleno de respeto, le dije:
«No temáis, señora, que yo no he entrado aquí con ánimo de ofenderos.»
Iba a proseguir, pero ella, atemorizada, no tuvo siquiera libertad para
escucharme. Comenzó a llamar a grandes voces a sus criadas, y como
ninguna le respondiese, cogió a toda prisa una bata ligera, que estaba
al pie de la cama, cubrióse con ella, saltó acelerada al suelo, agarró
la bujía y atravesó corriendo toda la crujía de cuartos, llamando sin
cesar a sus doncellas y a una hermana suya menor, que vivía en la misma
quinta bajo su custodia. Por momentos estaba yo temiendo ver sobre mí
toda la familia y que, sin merecerlo ni oírme, me tratasen mal; pero
quiso mi fortuna que, por más gritos que dió, nadie pareció, sino un
criado viejo, que de poco le hubiera servido si algo tuviera que temer.
No obstante, con la presencia del buen viejo, alentándose algún tanto,
me preguntó con altivez quién era yo, por dónde y a qué fin había
tenido atrevimiento para meterme en su casa. Comencé a justificarme;
pero apenas le dije que había entrado por la puerta del cuarto del
jardín, que había hallado abierta, cuando exclamó al instante diciendo:
«¡Justo Cielo y qué sospechas me vienen ahora al pensamiento!»

En esto va con la luz a registrar todos los cuartos de la quinta, y no
encuentra a ninguna de sus criadas ni a su hermana; antes sí ve que
éstas se habían llevado cada una sus ropas. Pareciéndole que se habían
verificado sobradamente sus sospechas, se volvió a donde yo había
quedado, y articulando mal las palabras con la cólera, «¡Infame!--me
dijo--. ¡No añadas la mentira a la traición! No te ha traído a esta
quinta la casualidad ni has entrado en ella por el motivo que finges.
Tú eres de la comitiva de don Fernando de Leiva y cómplice en su
delito. ¡Pero no esperes huir de mi venganza, pues tengo aún bastante
gente en casa que te prenda!» «Señora--le dije--, no me confundáis, os
ruego, con vuestros enemigos. Ni conozco a don Fernando de Leiva ni
sé todavía quién sois vos. Yo soy un desgraciado a quien cierto lance
de honor ha obligado a ausentarse de Madrid, y os juro por cuanto
hay de más sagrado que, a no haberme precisado a ello la tempestad,
no hubiera entrado en vuestra quinta. Dignaos, señora, formar mejor
concepto de mí. En vez de suponerme cómplice en ese delito que tanto
os ofende, vivid persuadida de que estoy prontísimo a vengaros.» Estas
últimas palabras, que pronuncié con ardor y viveza, la tranquilizaron;
de modo que desde aquel punto mostró no mirarme ya como a enemigo.
Cesó en el mismo momento su enojo, pero entró a ocupar su lugar el
más acerbo dolor. Comenzó a llorar amargamente, y sus lágrimas me
enternecieron de manera que no me sentí menos afligido que ella, aun
cuando ignoraba la causa de su pena. No me contenté con acompañarla
en el llanto, sino que, deseoso de vengar su afrenta, me entró una
especie de furor. «Señora--exclamé entre lastimado y colérico--, ¿quién
ha tenido atrevimiento para ultrajaros? ¿Y qué especie de ultraje ha
sido el vuestro? ¡Hablad, señora, porque vuestras ofensas ya son mías!
¿Queréis que busque a don Fernando y que le atraviese de parte a parte
el corazón? Nombradme todos aquellos que queréis que os sacrifique.
Mandad y seréis obedecida. Cueste lo que costare vuestra venganza, este
desconocido, a quien habéis mirado como enemigo, se expondrá, por amor
de vos, a cualquier riesgo.»

»Quedóse suspensa aquella señora a vista de un arrebato tan inesperado,
y enjugando sus lágrimas me dijo: «Perdonad, señor, mi temeraria
sospecha a la infeliz situación en que me hallo. Vuestros generosos
sentimientos han desengañado a la desgraciada Serafina, y me quitan
además hasta el natural rubor que me acusa el que un extraño sea
testigo de una afrenta hecha a mi noble sangre. Sí, generoso
desconocido, reconozco mi error y admito vuestras ofertas, pero no
quiero la muerte de don Fernando.» «Bien está, señora--repliqué--;
pero ¿en qué deseáis que os sirva?» «Señor--respondió Serafina--, el
motivo de mi pesar es el siguiente: don Fernando de Leiva se enamoró de
mi hermana Julia, a quien vió en Toledo, donde vivimos de ordinario.
Pidiósela a mi padre, que es el conde de Polán, quien se la negó por
antigua enemistad que hay entre las dos casas. Mi hermana, que apenas
tiene quince años, se habrá dejado engañar de mis criadas, sin duda
ganadas por don Fernando, y noticioso éste de que las dos hermanas
estábamos en esta casa de campo, habrá aprovechado la ocasión para
robar a la malaconsejada Julia. Yo sólo quisiera saber en qué parte la
ha depositado, para que mi padre y mi hermano, que ha dos meses están
en Madrid, tomen sus medidas. Suplícoos, pues, señor, que os toméis el
trabajo de recorrer los contornos de Toledo y de averiguar, si fuese
posible, a dónde ha ido a parar aquella pobre muchacha, diligencia a
que os quedará tan obligada como agradecida toda mi familia.»

»No tenía presente aquella señora que el encargo que me daba no
convenía a un hombre a quien importaba tanto salir cuanto antes de los
términos y jurisdicción de Castilla. Pero ¿qué mucho que no hiciese
ella esta reflexión cuando ni yo mismo la hice? Sumamente gozoso de
la fortuna de verme en ocasión de servir a una persona tan amable,
admití gustoso la comisión, ofreciendo desempeñarla con el mayor celo y
diligencia. Con efecto, no esperé a que amaneciese para ir a cumplir
lo prometido. Dejé al punto a Serafina, suplicándole me perdonase el
susto que inocentemente le había dado y asegurándole que presto sabría
de mí. Salíme, pues, por donde había entrado en la quinta, pero con el
ánimo tan ocupado siempre en aquella señora, que fácilmente advertí
estaba del todo prendado de ella, y nada me lo hizo conocer mejor que
la inquietud e impaciencia con que me apresuraba a complacerla y las
amorosas quimeras que yo mismo me forjaba en la imaginación. Parecíame
que Serafina, aun en medio de su sentimiento, había echado bien de ver
los primeros fuegos de mi amor y que no le había quizá desagradado.
Lisonjeábame de que si lograba averiguar lo que tanto deseaba sería mía
toda la gloria.»

Al llegar aquí, cortó don Alfonso el hilo de su historia y dijo al
ermitaño: «Perdonadme, padre, si poseído de mi pasión me detengo en
menudencias que tal vez os fastidiarán.» «No, hijo--respondió el
anacoreta--, de ningún modo me cansan; antes bien, deseo saber hasta
dónde llegó el amor que te inspiró doña Serafina, para arreglar mis
consejos con mayor conocimiento.»

«Encendida la fantasía con tan lisonjeras imágenes--prosiguió el
caballerito--, busqué inútilmente por espacio de dos días al robador
de Julia, y, frustradas todas las diligencias, no pude descubrir el
menor rastro de él. Desconsoladísimo de ver inutilizados mis pasos y
desvelos, volví a presencia de Serafina, a quien discurría hallar en
el estado más inquieto y desgraciado del mundo; pero la encontré más
tranquila de lo que yo pensaba. Díjome que había sido más venturosa que
yo, pues ya sabía dónde se hallaba su hermana; que había recibido una
carta de don Fernando, en que le decía que, después de haberse casado
de secreto con Julia, la había depositado en un convento de Toledo.
«Envié su carta a mi padre--prosiguió Serafina--, no sin esperanza de
que la cosa acabe bien y que un solemne matrimonio sea el iris de paz
que dé fin a la inveterada discordia de las dos casas.»

»Luego que me informó del paradero de su hermana, me habló del trabajo
que me había ocasionado, y, sobre todo--añadió ella misma--, los
peligros a que os expuso mi imprudencia en seguir a un robador, sin
acordarme de que me habíais confiado que andabais fugitivo por cierto
lance de honor, de lo cual me pidió mil perdones en los términos más
atentos. Conociendo que estaba falto de reposo, me condujo a la sala,
donde los dos nos sentamos. Estaba vestida con una bata de tafetán
blanco con listas negras, y cubría su cabeza un sombrerillo de los
mismos colores que la bata, guarnecido con un airoso plumaje negro, lo
que me hizo juzgar que podía ser viuda, aunque, por otra parte, parecía
de tan pocos años que no sabía yo qué discurrir.

»Si era grande mi deseo de saber quién ella era, no era menos viva su
curiosidad de saber lo mismo de mí. Preguntóme mi nombre y apellido, no
dudando--dijo--, a vista de mi noble aire, y aún más de la generosa
piedad que me había hecho abrazar con tanto empeño sus intereses, la
nobleza de mi nacimiento. Dejóme perplejo la pregunta; encendióseme
el rostro, me turbé, y confieso que, teniendo menos rubor en mentir
que en decir la verdad, respondí que era hijo del barón de Steinbach,
oficial de la guardia alemana. «Decidme también--replicó la dama--por
qué habéis salido de Madrid, pues desde luego os puedo ofrecer todo el
valimiento y los buenos oficios de mi padre y de mi hermano don Gaspar.
Esto es lo menos que puede hacer mi agradecimiento con un caballero
que por servirme despreció su propia vida». Ninguna dificultad tuve en
referirle por menor todas las circunstancias de nuestro desafío. Ella
misma echó toda la culpa al caballero que me había injuriado, y me
volvió a ofrecer que interesaría a su familia en mi favor.

»Habiendo yo satisfecho su curiosidad, me animé a suplicarle
contentase la mía, y le pregunté si era o no libre. «Tres años
ha--respondió--que mi padre me obligó a casarme con don Diego de Lara,
y quince meses que estoy viuda.» «Pues ¿qué desgracia, señora--le
pregunté--, fué la que tan presto os privó de vuestro esposo?» «Voy,
señor, a responderos--repuso ella--y corresponder a la confianza a
que me confieso deudora. Don Diego de Lara era un caballero muy bien
apersonado. Amábame ciegamente, y aunque empleaba cuanta diligencia
puede emplear el más tierno amante para hacerse agradable al objeto
amado, y aunque tenía mil bellas cualidades, nunca pudo granjearse mi
cariño. El amor no siempre es efecto del anhelo ni del mérito conocido.
¡Ah!--añadió ella suspirando--. ¡Muchas veces nos cautiva a la primera
vista una persona que no conocemos! No me era posible amarle. Más
avergonzada que prendada de las continuas muestras de su amor, y
forzada a corresponder a ellas sin inclinación, si me acusaba a mí
misma interiormente de ingratitud, también me contemplaba muy digna de
compasión. Por desgracia de ambos, él tenía todavía más delicadeza que
amor. En mis acciones y palabras descubría claramente mis más ocultos
pensamientos. Leía cuanto pasaba en lo más íntimo de mi alma; quejábase
a cada paso de mi indiferencia, y le era tanto más sensible el no poder
conquistar mi corazón cuanto más seguro estaba de que ningún otro rival
se lo disputaba, no contando yo apenas diez y seis años y habiendo
sabido, antes de ofrecerme su mano, por mis criadas, todas parciales
suyas, que ningún hombre se le había anticipado a llevarse mi atención.
«Sí, Serafina--me decía muchas veces--, me alegraría mucho de que
estuvieses encaprichada a favor de otro y de que ésta fuese la única
causa de la frialdad con que me miras. Esperaría entonces que tu virtud
y mi constancia triunfarían al cabo de esa tibieza; pero ya desespero
de vencer un corazón que no se ha rendido a tantos y tan convincentes
testimonios de mi extremado amor.» Cansada de oírle repetir tantas
veces la misma queja, le dije un día que, en vez de turbar su reposo y
el mío mostrando tanta delicadeza, haría mejor en dejarlo todo en manos
del tiempo. Con efecto, yo me hallaba entonces en una edad poco capaz
de sentir los vivos impulsos de una pasión tan fogosa, y éste era el
prudente partido que don Diego debiera haber abrazado. Pero viendo que
se había pasado un año entero sin haber adelantado más que el primer
día, perdió la paciencia, o por mejor decir el juicio, y fingiendo
que le llamaba a la corte no sé qué negocio de importancia, marchó a
los Países Bajos a servir en calidad de voluntario, y encontró lo que
deseaba en los peligros en que se metía; es decir, el fin de la vida y
el de sus pesares.»

»Concluída esta relación, todo el resto de la conversación que
tuvimos Serafina y yo fué acerca del singular carácter de su marido.
Interrumpió nuestra conferencia un correo, que llegó en aquel mismo
punto, el cual puso en manos de Serafina una carta del conde de Polán.
Pidióme licencia para abrirla, y observé que conforme la iba leyendo
se iba poniendo pálida y trémula. Luego que la acabó de leer, alzó los
ojos al cielo, dió un gran suspiro y empezó a correr por su rostro un
torrente de lágrimas. No siendo posible que yo viese con serenidad su
pena, me turbé, y como si hubiera ya presentido el terrible golpe que
iba a llevar, me cogió un mortal terror que me heló toda la sangre.
«Señora--le dije con voz desfallecida--, ¿será lícito saber de vos qué
funestas noticias os anuncia esa carta?» «Tomadla, señor--me respondió
tristemente--, y leed vos mismo lo que mi padre me escribe. ¡Ay de mí,
que su contenido os interesa demasiado!»

»Estremecíme al oír estas palabras; tomé temblando la carta y vi
que decía lo siguiente: «Tu hermano don Gaspar tuvo ayer un desafío
en el Prado. Recibió en él una estocada, de la cual ha muerto hoy,
declarando al morir que el caballero que le mató fué el hijo del barón
de Steinbach, oficial de la guardia alemana. Para mayor desgracia, el
matador escapó, sin saberse dónde se ha escondido; pero aunque lo esté
en las entrañas de la Tierra, se harán todas las diligencias posibles
para hallarle. Hoy se despachan requisitorias a varias justicias, que
no dejarán de arrestarle como ponga los pies en algún lugar de su
jurisdicción, y voy también a practicar otros medios oportunos para
cerrarle todos los caminos.--_El conde de Polán._»

»Figuraos el trastorno que la lectura de esta carta causaría en mi
ánimo. Quedé inmóvil algunos instantes, sin espíritu ni fuerza para
hablar. En medio de aquel desmayo y desaliento, se me representó con la
mayor viveza todo lo que la muerte de don Gaspar tenía de cruel para
mi amor. Al momento caigo en una furiosa desesperación. Arrojéme a
los pies de Serafina, y presentándole la espada desnuda, «¡Señora--le
dije--, excusad al conde de Polán la molesta fatiga de buscar a un
hombre que podría burlar sus más activas diligencias! ¡Vengad vos
misma a vuestro hermano! ¡Sacrificadle por vuestra bella mano su
homicida! Qué, ¿os detenéis? ¡Descargad el golpe, y sea fatal a su
enemigo el mismo acero que a él le quitó la vida!» «Señor--respondió
Serafina, enternecida algún tanto de ver mi acción--, yo quería a don
Gaspar, y aunque vos le matasteis como caballero y él mismo fué a
buscar su desgracia, al fin soy su hermana y no puedo menos de tomar
su partido. Sí, don Alfonso, ya soy enemiga vuestra y haré contra vos
todo lo que la sangre y el cariño pueden pretender de mí, pero no
abusaré de vuestra adversa fortuna. En vano ha dispuesto entregaros en
manos de mi venganza, pues si el honor me arma contra vos, él mismo
me prohibe vengarme ruinmente. Las leyes de la hospitalidad deben ser
inalterables; según ellas, no puedo corresponder con un vil asesinato
al generoso servicio que me habéis hecho. ¡Huid, escapad y burlad, si
pudiereis, nuestras más vivas pesquisas; poneos a cubierto del rigor
de las leyes y libraos del inminente peligro que os amenaza!» «Pues
qué, señora--le repliqué--, estando en vuestra mano la venganza, ¿la
dejáis a la severidad de las leyes, que pueden quedar desairadas?
¡Ah, señora, atravesad vos misma con esta espada el pecho de un
malvado que verdaderamente no merece le perdonéis! ¡No, señora, no
uséis de un proceder tan noble y tan generoso con un hombre como yo!
¿Sabéis quién soy? Aunque todo Madrid me tiene por hijo del barón de
Steinbach, no soy mas que un desgraciado a quien ha criado en su casa
por caridad. Yo mismo ignoro a quiénes debo el ser.» «¡No importa
eso!--interrumpió Serafina precipitadamente, como si le hubieran
causado nueva pena mis últimas palabras--. Aunque fuerais vos el hombre
más vil del mundo, haría siempre lo que me dicta mi honor.» «¡Bien
está, señora!--repliqué--. Ya que la muerte de un hermano no ha bastado
a persuadiros que derraméis mi sangre, voy a cometer otro delito,
haciéndoos una ofensa, que tengo por cierto no me la perdonaréis.
Sabed, señora, que os adoro; que desde el mismo punto en que vi vuestra
hermosura quedé hechizado y que, a pesar de la obscuridad de mi
nacimiento, no perdía la esperanza de poseeros. Estaba tan ciegamente
enamorado, o, por mejor decir, llegaba a un punto mi vanidad, que me
lisonjeaba de que algún día descubriría el Cielo mi origen y que éste
sería tal que sin vergüenza podría manifestaros mi nombre. Después de
una declaración que tanto os ultraja, ¿será posible que todavía no
os resolváis a castigarme?» «Esa temeraria declaración--replicó la
dama--, en otro tiempo sin duda me ofendería; pero la perdono a la
turbación en que os veo, fuera de que ni la situación en que yo misma
me hallo me permite dar oídos a las expresiones que proferís. Vuelvo a
deciros, don Alfonso--añadió derramando algunas lágrimas--, que partáis
luego de aquí y os alejéis de una casa que estáis llenando de dolor;
cada instante que os detenéis aumenta mis penas.» «Ya no resisto,
señora--repliqué levantándome--. Voy a alejarme de vos, pero no penséis
que, cuidadoso de conservar una vida que os es odiosa, vaya a buscar
un asilo para defenderla. ¡No, no; yo mismo quiero voluntariamente
sacrificarme a vuestro dolor! Parto a Toledo, donde esperaré con
impaciencia la suerte que vos me preparéis, y, entregándome a vuestras
persecuciones, anticiparé yo mismo de este modo el fin de todas mis
desdichas.»

»Retiréme al decir esto. Diéronme mi caballo y partí en derechura a
Toledo, donde me detuve de intento ocho días, con tan poco cuidado de
ocultarme, que verdaderamente no sé cómo no me prendieron; porque no
puedo creer que el conde de Polán, tan empeñado en tomarme todos los
caminos, se olvidase de cerrarme el de Toledo. En fin, ayer salí de
aquel pueblo, donde se me hacía intolerable mi propia libertad, y sin
fijarme ni aun proponerme destino ninguno determinado, llegué a esta
ermita, con tanta serenidad como pudiera un hombre que nada tuviese que
temer. Estos son, padre mío, los cuidados que me ocupan al presente, y
ruégoos que me ayudéis con vuestros consejos.»



                              CAPITULO XI

Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil Blas que se hallaba
entre amigos.


Luego que don Alfonso acabó la triste relación de sus infortunios, le
dijo el ermitaño: «Hijo mío, mucha imprudencia fué el haberos detenido
tanto en Toledo. Yo miro con muy diferentes ojos que vos todo lo que
me habéis contado, y vuestro amor a Serafina me parece una verdadera
locura. Creedme a mí: no os ceguéis. Es menester olvidar a esa joven,
pues no está destinada para vos. Ceded voluntariamente a los grandes
estorbos que os desvían de ella y entregaos a vuestra estrella, la
cual, según todas las señales, os promete muy distintas aventuras.
Sin duda encontraréis alguna bella joven que hará en vos la misma
impresión, sin que hayáis quitado la vida a ninguno de sus hermanos.»

Iba a decirle muchas cosas para exhortarle a la paciencia, cuando vimos
entrar en la ermita a otro ermitaño, cargado con unas alforjas bien
llenas. Venía de Cuenca, donde había recogido una limosna muy copiosa.
Parecía más mozo que su compañero; su barba era roja, espesa y bien
poblada. «Bien venido, hermano Antonio--le dijo el viejo anacoreta--.
¿Qué noticias nos traes de la ciudad?» «¡Bien malas!--respondió el
hermano barbirrojo--. Ese papel os las dirá.» Y entrególe un billete
cerrado en forma de carta. Tomóle el viejo, y después de haberle
leído con toda la atención que merecía su contenido, exclamó: «¡Loado
sea Dios! ¡Pues se ha descubierto ya la mecha, tomemos otro modo de
vivir! Mudemos de estilo--prosiguió, dirigiendo la palabra al joven
caballero--. En mí tenéis un hombre con quien juegan como con vos los
caprichos de la fortuna. De Cuenca, que dista una legua de aquí, me
escriben que han informado mal de mí a la justicia, cuyos ministros
deben venir mañana a prenderme en esta ermita; pero no encontrarán
la liebre en la cama. No es la primera vez que me veo en este apuro,
y, gracias a Dios, casi siempre he sabido librarme con honra y
desembarazo. Voy a presentarme en otra nueva figura, porque habéis de
saber que, tal cual me veis, no soy ermitaño ni viejo.»

Diciendo y haciendo, se desnudó del saco grosero que le llegaba hasta
los pies y dejóse ver con una jaquetilla o capotillo de sarga negra con
mangas perdidas. Quitóse el capuz, desató un sutil cordón que sostenía
su gran barba postiza y ofreció a los ojos de los circunstantes un
mozo de veintiocho a treinta años. El hermano Antonio, a su imitación,
hizo lo mismo; quitóse el hábito y la barba eremítica y sacó de un
arca vieja y carcomida una raída sotanilla, con que se cubrió lo mejor
que pudo. Pero ¿quién podrá concebir lo admirado y atónito que me
quedé cuando en el viejo ermitaño reconocí al señor don Rafael y en
el hermano Antonio a mi fidelísimo criado Ambrosio de Lamela? «¡Vive
diez--exclamé al punto sin poderme contener--, que estoy en tierra
amiga!» «Así es, señor Gil Blas--dijo riendo don Rafael--. Sin saber
cómo ni cuándo te has encontrado con dos grandes y antiguos amigos
tuyos. Confieso que tienes algún motivo para estar quejoso de nosotros,
pero ¡pelitos a la mar! Olvidemos lo pasado y demos gracias a Dios
de que nos ha vuelto a juntar. Ambrosio y yo os ofrecemos nuestros
servicios, que no son para despreciados. Nosotros a ninguno hacemos
mal, a ninguno apaleamos, a ninguno asesinamos y solamente queremos
vivir a costa ajena. Agrégate a nosotros dos y tendrás una vida
andante, pero alegre. No la hay más divertida, como se tenga un poco
de prudencia. No es esto decir que, a pesar de ella, el encadenamiento
de las causas segundas no sea tal a veces que nos acarree muy pesadas
aventuras; pero en cambio hallamos las buenas mejores y ya estamos
acostumbrados a la inconstancia de los tiempos y a las vicisitudes de
la fortuna. Señor caballero--prosiguió el fingido ermitaño volviéndose
a don Alfonso--, la misma proposición os hacemos a vos, que me parece
no debéis despreciar en el estado en que presumo os halláis, porque,
además de la precisión de andar siempre fugitivo y escondido, tengo
para mí que no estáis muy sobrado de dinero.» «Así es--dijo don
Alfonso--, y eso es lo que aumenta mi pesadumbre.» «¡Ea, pues--repuso
don Rafael--, buen ánimo! No nos separaremos los cuatro; éste es el
mejor partido que podéis tomar. Nada os faltará en nuestra compañía y
nosotros sabremos inutilizar todas las pesquisas y requisitorias de
vuestros enemigos. Hemos recorrido toda España y sabemos todos sus
rincones, bosques, matorrales, sierras quebradas, cuevas y escondrijos,
abrigos segurísimos contra las brutalidades de la justicia.»
Agradecióles don Alfonso su buena voluntad, y hallándose efectivamente
sin dinero y sin recurso determinó ir en su compañía, y también yo tomé
igual partido, por no dejar a aquel joven, a quien había cobrado ya
grande inclinación.

Convinimos, pues, todos cuatro en andar juntos y no separarnos. Tratóse
entonces sobre si marcharíamos en aquel mismo punto o nos detendríamos
primero a dar un tiento a una bota llena de exquisito vino que el día
anterior había traído de Cuenca el hermano Antonio; pero don Rafael,
como más experimentado, fué de parecer que ante todas cosas se debía
pensar en ponernos a salvo, y que así, era de sentir que caminásemos
toda la noche para llegar a un bosque muy espeso que había entre Villar
del Saz y Almodóvar, donde haríamos alto y, libres de toda zozobra,
descansaríamos el día siguiente. Abrazóse este parecer, y los dos
ermitaños acomodaron su ropa y demás provisiones en dos envoltorios, y
equilibrando el peso lo mejor que pudieron los cargaron en el caballo
de don Alfonso.

Anduvimos toda la noche, y cuando estábamos ya muy rendidos del
cansancio, al despuntar el día descubrimos el bosque adonde se
encaminaban nuestros pasos. La vista del puerto alegra y da vigor a los
marineros fatigados de una larga navegación; cobramos ánimo y llegamos
por fin al fin de nuestra carrera antes de salir el Sol. Penetramos
hasta lo interior del bosque, donde, haciendo alto en un delicioso
sitio, nos echamos sobre la verde hierba de un espacioso prado rodeado
de corpulentas encinas, cuyas frondosas ramas, entretejiéndose unas con
otras, negaban la entrada a los rayos del Sol. Descargamos el caballo,
quitámosle la brida y echámosle a pacer por el prado. Sentámonos,
sacamos de las alforjas del hermano Antonio algunos zoquetes de pan,
muchos pedazos de carne asada, y como unos perros hambrientos nos
abalanzamos a ellos, compitiendo unos con otros en la presteza y en
la gana de comer. Con todo eso, obligábamos al hambre a que aguardase
un poco, por los frecuentes abrazos que dábamos a la bota, que en
movimiento poco menos que continuo estaba casi siempre en el aire,
pasando de unas manos a otras.

Acabado el almuerzo, dijo don Rafael a don Alfonso: «Caballero, a vista
de la confianza que usted me ha hecho, justo será también que yo cuente
la historia de mi vida con la misma sinceridad.» «Gran gusto me daréis
en eso», respondió el joven. «Y a mí, grandísimo--añadí yo--, porque
tengo ansia de saber vuestras aventuras, que no dudo serán dignas de
oírse.» «¡Y como que lo son!--replicó don Rafael--. Lo han sido tanto,
que pienso algún día escribirlas. Con esta obra hago ánimo de divertir
mi vejez, porque en el día todavía soy mozo y quiero añadir materiales
para aumentar el volumen. Pero ahora estamos fatigados; recuperémonos
con algunas horas de sueño. Mientras dormimos los tres, Ambrosio velará
y hará centinela para evitar toda sorpresa, que después dormirá él y
nosotros estaremos de escucha, pues aunque pienso que aquí nos hallamos
con toda seguridad, nunca sobra la precaución.» Dicho esto, se tendió
a la larga sobre la hierba; don Alfonso hizo lo mismo; yo imité a los
dos y Lamela comenzó a hacernos la guardia.

El pobre don Alfonso, en vez de dormir, no hizo mas que pensar en
sus desgracias. Por lo que toca a don Rafael, se quedó dormido
inmediatamente; pero despertó dentro de una hora, y viéndonos
dispuestos a oírle dijo a Lamela: «Amigo Ambrosio, ahora puedes tú
ir a descansar.» «¡No, no!--respondió Lamela--. Ninguna gana tengo
de dormir; y aunque sé ya todos los sucesos de vuestra vida, son
tan instructivos para las personas de nuestra profesión, que tendré
especial gusto en oírlos contar otra vez.» Así, pues, comenzó don
Rafael la historia de su vida en los términos siguientes:



                             LIBRO QUINTO



                           CAPITULO PRIMERO

                        Historia de don Rafael.


«Soy hijo de una comedianta de Madrid, famosa por su habilidad, pero
mucho más por sus célebres aventuras. Llamábase Lucinda. En cuanto a
mi padre, no puedo sin temeridad asegurar quién fuese. Podía muy bien
decir quién era el sujeto de distinción que cortejaba a mi madre al
tiempo que yo nací; pero esta época no es prueba convincente de que
yo le debiese el ser. Las personas de la clase de mi madre son, por
lo común, tan poco de fiar en este punto, que cuando se muestran más
inclinadas a un señor le tienen ya prevenido algún substituto por su
dinero.

»No hay cosa como no hacer aprecio de lo que digan malas lenguas.
Mi madre, en vez de darme a criar donde ninguno me conociese, sin
hacer misterio alguno me cogía de la mano y me llevaba al teatro muy
francamente, no dándosele un pito de lo mucho que se hablaba de ella
ni de las falsas risitas que causaba sólo el verme. En fin, yo era
su ídolo y la diversión de cuantos venían a casa, los cuales no se
cansaban de hacerme mil fiestas. No parecía sino que en todos ellos
hablaba la sangre a favor mío.

»Dejáronme pasar los doce primeros años de mi vida en todo género de
frívolos pasatiempos. Apenas me enseñaron a leer y escribir, y mucho
menos la doctrina cristiana. Solamente aprendí a cantar, bailar y tocar
un poco la guitarra. A esto se reducía todo mi saber cuando el marqués
de Leganés me pidió para que estuviese en compañía de un hijo suyo
único, poco más o menos de mi edad. Consintió en ello Lucinda con mucho
gusto, y entonces fué el tiempo en que comencé a ocuparme en alguna
cosa seria. El tal caballerito estaba tan adelantado como yo, y, fuera
de eso, no parecía haber nacido para las ciencias. Apenas conocía una
letra del abecedario, sin embargo que hacía quince meses que tenía
para esto un preceptor. Los demás maestros sacaban el mismo partido de
sus lecciones, de modo que a todos les tenía apurada la paciencia. Es
verdad que a ninguno le era lícito castigarle; antes bien, a todos les
estaba mandado expresamente le enseñasen sin mortificarle, orden que,
unida a la mala disposición del señorito para el estudio, hacía inútil
la enseñanza que se le daba.

»Pero al maestro de leer le ocurrió un bello medio para meter miedo
al discípulo sin contravenir a la orden de su padre. Este medio fué
azotarme a mí siempre que aquél lo merecía. No me gustó el tal
arbitrio, y así, me escapé y fuí a quejarme a mi madre de una cosa tan
injusta; pero ella, aunque me quería mucho, tuvo valor para resistir a
mis lágrimas, y considerando lo decoroso y ventajoso que era para su
hijo el estar en casa de un marqués, me volvió a ella inmediatamente; y
héteme aquí otra vez en poder del preceptor. Como éste había observado
que su invención había producido buen efecto, prosiguió azotándome
en lugar de hacerlo al señorito, y para que el castigo hiciese más
impresión en él me sacudía de firme, de modo que estaba seguro de pagar
diariamente por el joven Leganés, pudiendo yo decir con toda verdad
que ninguna letra del alfabeto aprendió el hijo del marqués que no me
costase a mí cien azotes. Echen ustedes la cuenta del número a que
ascenderían éstos.

»No eran solamente los azotes lo que tenía que aguantar en aquella
casa. Como toda la gente de ella me conocía, los criados inferiores,
hasta los mismos maritornes, me echaban en cara a cada paso mi
nacimiento. Esto llegó a aburrirme tanto que un día huí, después de
haber tenido maña para robar al preceptor todo el dinero que tenía,
el cual podía ser como unos ciento y cincuenta ducados. Tal fué la
venganza que tomé de las injustas y crueles zurras con que su merced
me había favorecido, y creo que no podía tomar otra que le fuera
más sensible. Este juego de manos lo supe hacer con tanto primor y
sutileza, que, aunque fué mi primer ensayo, dejé burladas cuantas
pesquisas se hicieron en dos días para saber quién había sido el
raterillo. Salí de Madrid y llegué a Toledo sin que ninguno fuese en mi
seguimiento.

»Entraba entonces en mis quince años. ¡Gran gusto es hallarse un
hombre en aquella edad con dinero, sin sujeción a nadie y dueño de
sí mismo! Hice presto conocimiento con dos mozuelos, que me hicieron
listo y ayudaron a comer mis cien ducados. Juntéme también con ciertos
caballeros de la garra, los cuales cultivaron tan felizmente mis buenas
disposiciones naturales, que en poco tiempo llegué a ser uno de los más
ricos caballeros de su orden.

»Al cabo de cinco años se me puso en la cabeza el viajar y ver tierras.
Dejé a mis cofrades, y queriendo dar principio a mis caravanas por
Extremadura, me dirigí a Alcántara; pero antes de entrar en el pueblo
hallé una bellísima ocasión de ejercitar mis talentos y no la dejé
escapar. Como caminaba a pie y cargado con mi mochila, que no pesaba
poco, me sentaba a ratos a descansar a la sombra de los árboles que
estaban a orillas del camino. Una de estas veces me encontré con dos
mozos, ambos hijos de gente de forma, los cuales estaban en alegre
conversación, al fresco, en un verde prado. Saludélos con mucha
cortesía, lo que me pareció no haberles desagradado, y con esto
entablamos luego conversación. El de más edad no llegaba a quince años,
y ambos eran muy sencillos. «Señor caminante--me dijo el más joven--,
nosotros somos hijos de dos ricos ciudadanos de Plasencia; nos entró
un gran deseo de ver el reino de Portugal, y para contentarlo cada uno
hurtó cien doblones a su padre. Caminamos a pie para que nos dure más
el dinero y podamos así ver más provincias. ¿Qué le parece a usted?»
«Si yo tuviera tanta plata--les respondí--, ¡Dios sabe a dónde iría a
dar conmigo! Recorrería con él las cuatro partes del mundo. ¡Adónde
vamos a parar! ¡Doscientos doblones! Es una suma de que nunca se verá
el fin. Si lo tenéis a bien, hijos míos--añadí--, yo os acompañaré
hasta la villa de Almoharín, adonde voy a recibir la herencia de un
tío mío, que murió después de haber vivido allí el espacio de veinte
años.» Respondiéronme los dos mozos que tendrían el mayor gusto en ir
en mi compañía. Con esto, después de haber descansado un poco todos
tres, marchamos todos juntos a Alcántara, donde entramos mucho antes de
anochecer.

»Alojámonos todos en un mesón, pedimos un cuarto y nos dieron uno
donde había un armario que se cerraba con llave. Dijimos que se nos
dispusiese de cenar, y mientras, propuse a mis compañeritos si gustaban
que saliésemos a dar una vuelta por el pueblo. Agradóles mucho la
proposición. Guardamos nuestros hatillos en el armario, cerrámoslo y
uno de los dos jóvenes guardó la llave en la faltriquera. Salimos del
mesón, fuimos a ver algunas iglesias, y estando en la principal, fingí
de pronto que me había ocurrido un negocio de importancia, y así, dije:
«Queridos, ahora me acuerdo de que un amigo de Toledo me encargó
dijese de su parte dos palabras a un mercader que vive cerca de esta
iglesia; esperadme aquí, que voy y vuelvo en un momento.» Diciendo
esto, me aparté de ellos. Vuelvo a la posada, voime derecho al armario,
quebranto la cerradura, registro sus mochilas y encuentro sus doblones.
¡Pobres niños! Robéselos todos, sin dejarles siquiera uno para pagar
el piso de la posada. Hecho esto, salí prontamente del pueblo y tomé
el camino de Mérida, sin darme cuidado de lo que dirían ni harían las
inocentes criaturas.

»Púsome este lance en estado de poder caminar con más comodidad.
Aunque tenía pocos años, me sentía capaz de portarme con juicio, y
puedo decir que estaba suficientemente adelantado para aquella edad.
Determiné comprar una mula, como lo hice efectivamente en el primer
lugar donde la encontré. Convertí la mochila en una maleta y empecé
a hacerme algo más el hombre de importancia. A la tercera jornada
encontré en el camino a un hombre que iba cantando vísperas a grandes
voces. Desde luego conocí que era algún sochantre. «¡Animo--le dije--,
señor bachiller, y vaya usted adelante, que lo canta de pasmo.»
«Caballero--me respondió--, soy cantor de una iglesia y quiero
ejercitar la voz.»

»De esta manera entramos en conversación, y no tardé en conocer que
me hallaba con un hombre muy divertido y agudo. Tendría como de
veinticuatro a veinticinco años, y como él iba a pie y yo a caballo,
de propósito refrenaba la mula para ir a su paso, por el gusto de
oírle. Hablamos, entre otras cosas, de Toledo. «Tengo bien conocida
aquella ciudad--me dijo el cantor--; he estado en ella muchos años
y tengo allí algunos amigos.» «¿Y en qué calle vivía usted?», le
interrumpí. «En la calle Nueva--respondió--, donde vivía con don
Vicente de Buenagarra y don Matías del Cordel y otros dos o tres
honrados caballeros. Habitábamos y comíamos juntos y lo pasábamos
alegremente.» Sorprendíme al oírle estas palabras, porque los sujetos
que citaba eran los mismos _caballeros de la garra_ que en Toledo
me habían recibido en su nobilísima orden. «Señor cantor--exclamé
entonces--, esos ilustrísimos señores son muy conocidos míos, porque
vivimos juntos en la misma calle Nueva.» «¡Ya os entiendo!--me
respondió sonriéndose--. Eso es decir que entrasteis en la orden tres
años después que yo salí de ella.» «Dejé la compañía de aquellos
caballeros--proseguí--porque se me puso en la cabeza el viajar y
ver mundo. Pienso andar toda España, y sin duda valdré más cuando
tenga más experiencia.» «¡Acertado pensamiento!--dijo el cantor--.
Para perfeccionar el ingenio y los talentos no hay mejor escuela que
la de viajar. Por la misma razón dejé yo a Toledo, aunque nada me
faltaba en aquella ciudad. ¡Gracias a Dios, que me ha dado a conocer
a un caballero de mi orden cuando menos lo pensaba! Unámonos los
dos, caminemos juntos, hagamos una liga ofensiva y defensiva contra
el bolsillo del prójimo y aprovechemos todas las ocasiones que se
ofrezcan de mostrar nuestra habilidad.»

»Díjome esto con tanta franqueza y gracia, que desde luego acepté la
proposición. En el mismo punto granjeó toda mi confianza, y yo la suya.
Abrímonos recíprocamente el pecho; contóme su historia y yo le dije mis
aventuras. Confióme que venía de Portalegre, de donde le había hecho
salir cierto lance malogrado por un contratiempo, obligándole a ponerse
en salvo precipitadamente bajo el traje de sopista en que le veía.
Luego que me informó de todos sus asuntos, determinamos dirigirnos a
Mérida, a probar fortuna y ver si podíamos dar allí un golpe maestro,
y después marchar a otra parte. Desde aquel instante se hicieron
comunes nuestros bienes. Es verdad que Morales--así se llamaba mi nuevo
compañero--no se hallaba en muy brillante situación. Todo su haber
consistía en cinco o seis ducados y en alguna ropa que llevaba en la
mochila; pero si yo estaba mucho mejor que él en dinero, en recompensa,
él estaba mucho más adelantado que yo en el arte de engañar a los
hombres. Montábamos los dos alternativamente en la mula, y de esta
manera llegamos en fin a Mérida.

»Apeámonos en un mesón del arrabal. Morales se puso otro vestido que
sacó de su mochila, y fuimos a andar por la ciudad para descubrir
terreno y ver si se nos presentaba algún buen lance. Considerábamos
muy atentamente cuantos objetos se ofrecían a nuestra vista. Nos
parecíamos, como hubiera dicho Homero, a dos milanos que desde lo más
alto de las nubes tienen fijos los ojos en la tierra, acechando todos
los rincones por ver si atisban algunos polluelos para lanzarse sobre
ellos. Estábamos, en fin, esperando a que la casualidad nos trajese a
la mano alguna ocasión de ejercitar nuestra habilidad, cuando vimos en
la calle un caballero, bastante canoso, el cual, firme con la espada
en la mano, se defendía contra tres que le llevaban a mal traer.
Chocóme infinito la desigualdad del combate, y como soy naturalmente
espadachín, acudí corriendo con mi espada a ponerme al lado del
caballero, cuyo ejemplo imitó Morales, y en breve tiempo pusimos en
vergonzosa fuga a los tres enemigos que tan villanamente le habían
acometido.

»Diónos el anciano un millón de gracias. Respondímosle cortésmente
que habíamos celebrado en extremo la dichosa casualidad que tan
oportunamente nos había proporcionado aquella ocasión de servirle,
y le suplicamos nos confiase el motivo que habían tenido aquellos
hombres para querer asesinarle. «Señores--nos respondió--, estoy muy
agradecido a vuestra generosa acción y no puedo negarme a satisfacer
vuestra curiosidad. Yo me llamo Jerónimo Miajadas; soy vecino de
esta ciudad, donde vivo de mi hacienda. Uno de los tres asesinos de
que ustedes me han librado está enamorado de mi hija y me la pidió
por medio de otro sujeto, y porque no le di mi consentimiento vino a
vengarse de mí con espada en mano.» «¿Y se podrá saber--le repliqué
yo--por qué razón negó usted su hija al tal caballero?» «Vóisela a
decir a usted--me respondió--. Tenía yo un hermano, comerciante en
esta ciudad, llamado Agustín, que hace dos meses estaba en Calatrava,
alojado en casa de Juan Vélez de la Membrilla, su corresponsal. Eran
los dos íntimos amigos; pidióle Juan Vélez mi única hija, Florentina,
para su hijo, con el fin de estrechar más y más la unión e intereses de
las dos familias. Prometiósela mi hermano, no dudando, por el cariño
que nos teníamos los dos, que yo ratificaría su promesa. Así lo hice,
porque apenas volvió Agustín a Mérida y me propuso esta boda, cuando
consentí en ella por darle gusto y no desairar su palabra. Envió el
retrato de Florentina a Calatrava; pero el pobre no pudo ver el fin de
su negociación porque se lo llevó Dios tres semanas ha. Poco antes de
morir me pidió encarecidamente que no casase a mi hija con otro que
con el hijo de su corresponsal. Ofrecíselo así, y éste es el motivo
por que se la negué al caballero que acaba de acometerme, aunque era
un partido muy ventajoso para mi casa. Yo soy esclavo de mi palabra;
por instantes estoy esperando al hijo de Juan Vélez de la Membrilla
para que sea yerno mío, aunque jamás le he visto a él ni a su padre.
Perdonen ustedes si les he cansado con relación tan prolija, lo que no
hubiera hecho a no haber querido ustedes mismos saberla.»

»Escuchéle con la mayor atención, y adoptando el extraño pensamiento
que de repente me ocurrió, afectó quedar del todo asombrado. Alcé
los ojos al cielo, y volviéndome hacia el buen viejo le dije en tono
patético: «¿Es posible, señor Jerónimo Miajadas, que al momento
de entrar yo en Mérida haya tenido la fortuna de salvar la vida a
mi venerado suegro?» Estas palabras causaron en el viejo grande
admiración, y no fué menor la que produjeron en Morales, el cual, en el
modo de mirarme, me dió a entender que yo le parecía un gran tunante.
«¿Qué es lo que me dices?--respondió lleno de gozo el aturdido viejo--.
¿Es posible que tú seas el hijo del corresponsal de mi hermano?» «¡Sí,
señor!», le respondí con desembarazo; y abrazándole estrechamente
proseguí diciéndole: «¡Sí, señor, yo soy el dichoso mortal para quien
está destinada la amable Florentina! Pero antes de manifestaros el
gozo que me causa la honra de enlazarme con vuestra ilustre familia,
dadme licencia para que desahogue el sentimiento que renueva en mí la
dulce memoria del señor Agustín, vuestro hermano; sería yo el hombre
más ingrato del mundo si no llorase amargamente la muerte de aquel a
quien siempre me confesaré deudor de la mayor felicidad de mi vida.»
Dicho esto, volví a dar un abrazo al buen Jerónimo, saqué el pañuelo
e hice como que me enjugaba las lágrimas. Morales, que desde luego
conoció lo mucho que nos podía valer aquel embuste, quiso también
ayudarme por su parte. Fingióse criado mío y comenzó a dar muestras de
mayor sentimiento que el que yo había mostrado por la muerte del señor
Agustín, diciendo muy lastimado: «¡Ah, señor Jerónimo, y qué pérdida
ha hecho usted perdiendo a su querido hermano! ¡Era un hombre muy de
bien; el fénix de los comerciantes; un mercader desinteresado; un
mercader de buena fe; un mercader de aquellos que no se ven hoy!»

»Tratábamos con un hombre tan sencillo como crédulo, que, lejos de
sospechar que le engañábamos, él mismo nos ayudaba a llevar adelante
nuestro enredo. «Y bien--me preguntó--, ¿y por qué no viniste
derechamente a apearte a mi casa? ¿A qué fin irte a meter en un mesón?
Entre nosotros ya están de más los cumplimientos.» «Señor--respondió
Morales, tomando la palabra por mí--, mi amo es algo ceremonioso;
tiene ese defecto, y me disculpará que yo se lo afee; fuera de que en
cierta manera es disculpable en no haberse atrevido a presentarse en
vuestra casa en el traje en que le veis. Nos han robado en el camino, y
los ladrones nos dejaron despojados de toda la ropa.» «Dice la verdad
este mozo, señor de Miajadas--le interrumpí yo--; ése es el motivo
por que no me fuí en derechura a vuestra casa. Tenía vergüenza de
presentarme en tan pobre equipaje ante una señorita a quien jamás había
visto, y para hacerlo con la decencia que era razón estaba esperando
la vuelta de un criado que he despachado a Calatrava.» «¡No admito
la excusa!--repuso el viejo--. Ese accidente no debió detenerte para
servirte de mi casa, y desde aquí mismo quiero que vayas a ser dueño de
ella.»

»Diciendo esto, él mismo me cogió de la mano para guiarme, y por el
camino fuimos hablando del robo; y dije que todo ello me importaba
un bledo y que sólo había sentido me quitasen el retrato de mi amada
señorita Florentina. Respondióme el señor Jerónimo, sonriéndose, que
presto me consolaría de esta pérdida, porque el original valía más que
la copia. Con efecto, luego que llegamos a su casa hizo llamar a la
hija, que sólo contaba diez y seis años y podía pasar por una persona
perfecta. «Aquí tenéis--me dijo--a la persona que os prometió su tío,
mi difunto hermano.» «¡Ah, señor!--exclamé yo entonces en aire de
apasionado--. ¡No hay necesidad de decirme que es la amable señorita
Florentina! ¡Sus hechiceras facciones están grabadas en mi memoria y
mucho más en mi amante corazón! Si el retrato que perdí, y era sólo
un bosquejo de sus más que humanas perfecciones, supo encender mil
hogueras en mi enamorado pecho, ¡figuraos lo que ahora pasará dentro de
mí teniendo a la vista el original!» «Señor--me dijo Florentina--, son
demasiado lisonjeras vuestras expresiones y no soy tan vana que crea
merecerlas.» «¡No hagas caso de lo que dice mi hija--le interrumpió su
padre--y vé adelante con esos bellos cumplimientos!» Diciendo esto, me
dejó solo con su hija, y asiendo de la mano a Morales, se fué a otro
cuarto con él y le dijo: «¿Conque al fin os robaron toda vuestra ropa?
Y con ella es cosa muy natural que también se llevasen todo vuestro
dinero, que es por donde siempre empiezan.» «Sí, señor--respondió mi
camarada--. Asaltónos una cuadrilla de bandoleros junto a Castilblancov
y no nos dejó mas que el vestido que traemos a cuestas; pero estamos
esperando por momentos letras de cambio para equiparnos con la decencia
que es razón.» «Entre tanto que vienen esas letras--replicó el anciano
sacando un bolsillo y alargándoselo--, ahí van esos cien doblones, de
que podréis disponer.» «¡Jesús, señor!--replicó Morales--. Perdóneme su
merced, que yo no lo puedo recibir, porque estoy cierto que me regañará
mi amo y quizá me despedirá. ¡Santo Dios! ¡Todavía no le conoce usted
bien! Es delicadísimo en esta materia. Nunca fué de aquellos hijos
de familia que están prontos a tomar de todas manos; no le gusta, a
pesar de sus pocos años, contraer deudas, y antes pedirá limosna que
tomar prestado ni un solo maravedí.» «¡Tanto mejor!--dijo el buen
hombre--. ¡Ahora le estimo mucho más! Yo no puedo llevar con paciencia
que los hijos de gente honrada contraigan deudas; eso se deja para los
caballeros, los cuales están ya en antigua posesión de contraerlas.
Por tanto, yo no quiero estrechar a tu amo, y si le desazona el que
le ofrezcan dinero, no se hable más del asunto.» Diciendo esto, quiso
volver a meter en la faltriquera el bolsillo; pero deteniéndole el
brazo mi compañero, le dijo: «Tenga usted, señor, que ahora mismo
me ocurre un pensamiento. Es cierto que mi amo tiene una grandísima
repugnancia a tomar dinero ajeno, pero no desconfío de hacerle admitir
vuestros cien doblones; todo quiere maña. Una cosa es pedir dinero
prestado a los extraños y otra es recibirle cuando voluntariamente se
lo ofrece uno de la familia y sabe muy bien pedir dinero a su padre
cuando lo ha menester. Es un mozo que, como usted ve, sabe distinguir
de personas, y hoy considera a su merced como a su segundo padre.»

»Con estas y otras semejantes razones se dió por convencido el buen
viejo, alargó el bolsillo a Morales y volvió a donde estábamos su
hija y yo, haciéndonos cumplimientos, con lo que interrumpió nuestra
conversación. Informó a su hija de lo muy obligado que me estaba, y
sobre esto se desahogó en expresiones que me hicieron no dudar de su
gran reconocimiento. No malogré tan favorable ocasión y le dije que la
mayor prueba de agradecimiento que podía darme era el acelerar mi unión
con su hija. Rindióse con el mayor agrado a mi impaciencia y me empeñó
su palabra de que, a más tardar, dentro de tres días sería esposo
de Florentina; y aun añadió que, en lugar de los seis mil ducados
que había ofrecido por su dote, daría diez mil, para manifestarme lo
agradecido que estaba al servicio que le había hecho.

»Estábamos Morales y yo bien regalados en casa del buen Jerónimo
Miajadas, viviendo alegrísimos con la próxima esperanza de embolsarnos
no menos que diez mil ducados y con ánimo resuelto de retirarnos
prontamente de Mérida con ellos. Turbaba, sin embargo, algún tanto esta
alegría el recelo de que dentro de aquellos tres días podía parecer
el verdadero hijo de Juan Vélez de la Membrilla y dar en tierra con
nuestra soñada felicidad. El resultado acreditó que no era mal fundado
nuestro temor.

»Llegó al día siguiente a casa del padre de Florentina una especie de
aldeano que traía una maleta. No me hallaba yo en casa a la sazón, pero
estaba en ella Morales. «Señor--dijo el hombre al buen viejo--, soy
criado del caballero de Calatrava que ha de ser vuestro yerno; quiero
decir, del señor Pedro de la Membrilla. Acabamos ahora de llegar los
dos, y él estará aquí dentro de un momento; yo me he adelantado para
avisárselo a su merced.» Apenas acabó de decir esto, cuando llegó su
amo, lo que sorprendió mucho al viejo y turbó algo a Morales.

»Este señor novio, que era un mozo airoso y de los más bien formados,
dirigió la palabra al padre de Florentina; pero el buen señor no le
dejó acabar su salutación. Antes, volviéndose a mi compañero, le dijo:
«Y bien, ¿qué quiere decir esto?» Entonces Morales, a quien ninguna
persona del mundo aventajaba en descaro, tomando un aire desembarazado,
respondió prontamente al viejo: «Señor, esto quiere decir que esos
dos hombres son de la cuadrilla de los ladrones que nos robaron en
el camino real. Conózcolos a entrambos bien, pero particularmente al
que tiene atrevimiento para fingirse hijo del señor Juan Vélez de la
Membrilla.» El viejo creyó sin dudar a Morales, y persuadido de que
los dos forasteros eran unos bribones, les dijo: «Señores, ustedes
ya llegan muy tarde, porque hay quien se ha anticipado; el señor
Pedro de la Membrilla está hospedado en mi casa desde ayer.» «¡Mire
usted lo que dice!--le replicó el mozo de Calatrava--. ¡Sepa que le
engañan y que tiene en su casa a un impostor! Mi padre, el señor Juan
Vélez de la Membrilla, no tiene más hijo que yo.» «¡A otro perro con
ese hueso!--respondió el viejo--. ¡Yo sé muy bien quién eres tú! ¿No
conoces este mozo--señalando a Morales--, a cuyo amo robaste en el
camino de Calatrava?» «¡Cómo robar!--repuso Pedro--. ¡A no estar en
vuestra casa, le cortaría las orejas a ese desvergonzado, que tiene la
insolencia de tratarme de ladrón! ¡Agradézcalo a vuestra presencia,
cuyo respeto reprime mi justa ira! Señor--continuó él--, vuelvo a
deciros que os engañan; yo soy el mozo a quien el señor Agustín, su
hermano, prometió la hija de usted. ¿Quiere que le enseñe todas las
cartas que él escribió a mi padre cuando se trataba este matrimonio?
¿Creerá usted al retrato de Florentina, que me envió él poco antes de
su muerte?» «No--replicó el viejo--; el retrato no me hará más fuerza
que las cartas. Estoy bien enterado del modo con que cayó en tus manos;
y el consejo más caritativo que te puedo dar es que cuanto antes salgas
de Mérida, para librarte del castigo que merecen tus semejantes.» «¡Eso
es ya demasiado!--interrumpió el ultrajado mozo--. ¡No aguantaré jamás
que me roben impunemente mi nombre, ni mucho menos que me hagan pasar
por salteador de caminos! Conozco a varios sujetos de esta ciudad;
voy a buscarlos, y volveré con ellos a confundir la impostura que tan
preocupado os tiene contra mí.» Dicho esto, se retiró con su criado,
y Morales quedó triunfante. Esta misma aventura impelió a Jerónimo de
Miajadas a determinar que se efectuase la boda con la mayor brevedad, a
cuyo fin salió a hacer las diligencias.

»Aunque mi compañero estaba muy alegre viendo al padre de Florentina
tan favorable a nuestro intento, con todo, no las tenía todas consigo.
Temía las consecuencias de los pasos que juzgaba, con razón, no dejaría
el señor Pedro de dar, y me esperaba con impaciencia para informarme
de todo lo que pasaba. Encontréle sumamente pensativo, y le dije:
«¿Qué tienes, amigo? Paréceme que tu imaginación está ocupada en
grandes cosas.» «¡Y como que lo está!--me respondió; y al mismo tiempo
me refirió todo lo que había pasado, añadiendo al fin--: Mira ahora
si tenía fundamento para estar pensativo. Tu temeridad nos ha metido
en estos atolladeros. No puedo negar que la empresa era famosa y te
hubiera colmado de gloria como saliera bien; pero, según todas las
señales, tendrá mal fin, y soy de parecer que antes que se descubra
el enredo pongamos los pies en polvorosa, contentándonos con la pluma
que hemos arrancado del ala de este buen pavo.» «Señor Morales--le
repliqué--, no hay que apresurarnos; usted cede fácilmente a las
dificultades y hace muy poco honor a don Matías del Cordel y a los
demás caballeros de la orden con quienes ha vivido en Toledo. Quien
aprendió en la escuela de tan insignes maestros no debe entrar en
cuidado con tanta facilidad. Yo, que quiero seguir las huellas de estos
héroes y acreditar que soy digno discípulo de su escuela, hago frente
a ese obstáculo que tanto te espanta y me obligo a desvanecerle.» «Si
lo consigues--repuso mi camarada--, desde luego declararé que superas a
todos los barones ilustres de Plutarco.»

»Al acabar de hablar Morales entró Jerónimo de Miajadas y me dijo:
«Acabo de disponerlo todo para tu boda; esta noche serás ya yerno mío.
Tu criado te habrá contado lo sucedido. ¿Qué me dices de la infamia
de aquel bribón que me quería embocar que era hijo del corresponsal
de mi hermano?» Estaba Morales cuidadoso de saber cómo saldría yo de
este aprieto, y no quedó poco sorprendido de oírme cuando, mirando
tristemente a Miajadas, le respondí con la mayor sinceridad: «Señor,
de mí dependería manteneros en vuestro error y aprovecharme de él.
Pero conozco que no he nacido para sostener una mentira, y así, quiero
hablaros con toda verdad. Confieso que no soy hijo de Juan Vélez de
la Membrilla.» «¡Qué es lo que oigo!--interrumpió precipitadamente
el viejo entre colérico y sorprendido--. Pues qué, ¿no sois vos el
mozo a quien mi hermano?...» «Sosiéguese usted, señor--le interrumpí
yo también--, y ya que empecé una narración fiel y sincera, sírvase
oírme con paciencia hasta concluirla. Ocho días ha que amo ciegamente
a vuestra hija y su amor es el que me ha detenido en Mérida. Ayer,
después que acudí a vuestra defensa, pensaba pedírosla por esposa,
pero me tapasteis la boca con decirme que estaba ya prometida a otro.
Al mismo tiempo, me dijisteis que al morir vuestro hermano os había
encargado eficazmente que la casaseis con Pedro de la Membrilla,
que así se lo ofrecisteis y que, en fin, erais esclavo de vuestra
palabra. Consternado de oíros, y reducido mi amor a la desesperación,
me inspiró la estratagema de que me he valido. Os diré, sin embargo,
que mil veces me he avergonzado en mi interior de esta cautela; pero
me persuadí de que vos mismo me la perdonaríais luego que llegaseis
a saber que soy un príncipe italiano que viajo _incógnito_. Mi padre
es soberano de ciertos valles que están entre los suizos, el Milanés
y la Saboya. Y aun me imaginaba que os sorprendería agradablemente
cuando os revelase mi nacimiento, y desde entonces me recreaba en
pensar el gozo que causaría a Florentina el saber, después de haberme
desposado con ella, el fino y discreto chasco que le había dado. ¡El
Cielo no quiere--proseguí, mudando de tono--que yo tenga tanto placer!
Pareció el verdadero Pedro de la Membrilla; debo restituirle su nombre,
cuésteme lo que me costare. Vuestra promesa os obliga a recibirle
por yerno. Lo siento, sin poder quejarme, pues debéis preferirle a
mí, sin reparar en mi alta clase ni en la cruel situación a que vais
a reducirme. No quiero representaros que vuestro hermano no era mas
que tío de Florentina y que vos sois su padre, que parece más puesto
en razón corresponder a la obligación que me tenéis que hacer punto
en cumplir otra, la cual a la verdad os liga muy levemente.» «¿Qué
duda tiene eso?--exclamó el buen Jerónimo de Miajadas--. ¡Es una cosa
muy clara! Y así, estoy muy lejos de vacilar entre vos y Pedro de la
Membrilla. Si viviera mi hermano Agustín, él mismo desaprobaría que
prefiriese el tal Pedro a un hombre que me salvó la vida y que, además
de eso, es un príncipe que quiere honrar mi familia con tan no merecida
como nunca imaginada alianza. ¡Sería preciso que yo fuese enemigo de
mi fortuna o hubiese perdido el juicio para que os negase mi hija y no
solicitase todo lo posible la más pronta ejecución de este matrimonio!»
«Con todo eso, señor--repliqué yo--, no quisiera que usted partiese con
precipitación. No haga nada sin deliberarlo con madurez; atienda sólo a
sus intereses y sin respeto a la nobleza de mi sangre...» «¡Os burláis
de mí!--interrumpió Miajadas--. ¿Debo vacilar un momento? ¡No, príncipe
mío, y os ruego que desde esta misma noche os dignéis honrar con
vuestra mano a la dichosa Florentina!» «¡Enhorabuena!--le respondí--.
Id vos mismo a darle esta noticia y a informarla de su venturosa
suerte.»

»Mientras el buen hombre iba a dar parte a su hija de la conquista que
había hecho su hermosura, no menos que de un gran príncipe, Morales,
que había estado oyendo toda la conversación, se arrodilló de repente
delante de mí y me dijo: «¡Señor príncipe italiano, hijo del soberano
de los valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya!
¡Permítame vuestra alteza que me arroje a sus pies para darle prueba
de mi alegría y de mi pasmosa admiración! ¡A fe de bribón que eres un
prodigio! Teníame yo por el mayor hombre del mundo; pero, hablando
francamente, arrío bandera a vista de tu pabellón, sin embargo de que
tienes menos experiencia que yo.» «Según eso--le respondí--, ¿ya no
tienes miedo?» «¡Cierto que no!--replicó él--. No temo ya al señor
Pedro. ¡Que venga ahora su merced cuando quisiere!» Y hétenos aquí a
Morales y a mí más firmes en nuestros estribos. Comenzamos a discurrir
sobre el camino que habíamos de tomar así que recibiésemos la dote,
con la cual contábamos con más seguridad que si la tuviéramos ya en el
bolsillo. Sin embargo, todavía no la habíamos pillado, y el fin de la
aventura no correspondió muy bien a nuestra confianza.

»Poco tiempo después vimos venir al mocito de Calatrava. Acompañábanle
dos vecinos y un alguacil, tan respetable por sus bigotes y su
tez amulatada como por su empleo. Estaba con nosotros el padre de
Florentina. «Señor Miajadas--le dijo el tal mozo--, aquí os traigo a
estos tres hombres de bien, que me conocen y pueden decir quién soy.»
«Sí por cierto--dijo el alguacil--; y declaro ante quien convenga cómo
yo te conozco muy bien; te llamas Pedro y eres hijo único de Juan
Vélez de la Membrilla. ¡Cualquiera que se atreva a decir lo contrario
es un solemnísimo embustero!» «Señor alguacil--dijo entonces el buen
Jerónimo Miajadas--, yo le creo a usted; para mí es tan sagrado
vuestro testimonio como el de los señores mercaderes que vienen en
vuestra compañía. Estoy del todo convencido de que este caballerito
que los ha conducido a mi casa es hijo del corresponsal de mi difunto
hermano. Pero ¿qué me importa? He mudado de dictamen y ya no pienso
darle mi hija.» «¡Oh, eso es otra cosa!--dijo el alguacil--. Yo sólo he
venido a vuestra casa para aseguraros que conocía a este hombre. Por lo
que toca a vuestra hija, vos sois su padre y ninguno os puede obligar
a casarla contra vuestra voluntad!» «Tampoco pretendo yo--interrumpió
Pedro--forzar la voluntad del señor Miajadas, que puede disponer de
su hija como tenga por conveniente; pero desearía saber por qué razón
ha variado de parecer. ¿Tiene algún motivo para quejarse de mí? ¡Ah,
ya que pierdo la dulce esperanza de ser su yerno, quisiera tener el
consuelo de saber que no la perdí por culpa mía!» «No tengo la menor
queja de vos--respondió el viejo--; antes bien, os confesaré que siento
verme obligado a faltar a mi palabra y os pido mil perdones. Vos sois
tan generoso, que me persuado no llevaréis a mal que yo haya preferido
a vos un pretendiente a quien debo la vida. Este es el caballero que
veis aquí. Este señor--prosiguió, señalándome--es el que me salvó de un
gran peligro, y para mayor disculpa mía debo añadir que es un príncipe
italiano que, a pesar de la desigualdad de nuestra clase, se digna
enlazar con Florentina, de la cual está enamorado.»

»Al oír esto, Pedro se quedó mudo y confuso, y los dos mercaderes,
abriendo tanto ojo, quedaron como absortos; pero el alguacil, como
acostumbrado a mirar las cosas por el mal lado, sospechó que detrás
de aquella extraordinaria aventura se ocultaba algún enredo que le
podía valer algunos cuartos. Empezó a mirarme con la más escrupulosa
atención, y como mis facciones, que nunca había visto, ayudaban
poco a su buena voluntad, se volvió a examinar a mi camarada con
igual curiosidad. Por desgracia de mi alteza, conoció a Morales,
y acordándose de haberle visto en la cárcel de Ciudad Real, «¡Ah!
¡Ah!--exclamó sin poderse contener--. ¡He aquí uno de nuestros
parroquianos! ¡Me acuerdo de este caballero y os le doy por uno de los
mayores bribones que calienta el sol de España en todos sus reinos y
señoríos!» «¡Poco a poco, señor alguacil--dijo Jerónimo Miajadas--,
que ese pobre mozo, de quien hacéis tan mal retrato, es un criado del
señor príncipe!» «¡Sea en buen hora!--respondió--. ¡Eso me basta para
saber lo que debo creer! ¡Por el criado saco yo lo que será el amo!
¡No me queda la menor duda de que estos dos señores son dos pícaros
de marca que se han unido para burlarse de vos! Soy muy práctico en
conocer esta casta de pájaros, y para haceros ver que son dos lindas
ganzúas, en el mismo punto voy a llevarlos a la cárcel. ¡Quiero que se
aboquen con el señor corregidor para que tengan con él una conversación
reservada y sepan de la boca de su señoría que todavía se usan por acá
penques y rebenques!» «¡Alto ahí, señor ministro!--replicó el viejo--.
¡No hay que llevar tan adelante el negocio! Los del hábito de usted no
tienen reparo en mortificar a una persona honrada. ¿No podrá ser este
criado un bribón sin que el amo lo sea? ¿Es por ventura cosa nueva ver
bribones al servicio de los príncipes?» «¡Usted se chancea con sus
príncipes!--repuso el alguacil--. Este mozo, vuelvo a decir, es un
tunante, y así, desde ahora les intimo a los dos que se den _presos al
rey_. Si rehusan ir voluntariamente a la cárcel, veinte hombres tengo a
la puerta que los llevarán por fuerza. ¡Vamos, príncipe mío--me dijo en
seguida--; vamos andando!»

»Al oír estas palabras quedé todo fuera de mí, y lo mismo sucedió a
Morales; y nuestra turbación nos hizo sospechosos a Jerónimo Miajadas,
o, por mejor decir, nos perdió enteramente en su concepto. Bien se
persuadió de que habíamos querido engañarle, y con todo eso tomó en
esta ocasión el partido que debe tomar una persona delicada. «Señor
ministro--dijo al alguacil--, vuestras sospechas pueden ser falsas
y también verdaderas; pero sean lo que fueren, no apuremos más la
materia. Os suplico que no impidáis que estos caballeros salgan y
se retiren a donde mejor les pareciere. Es una gracia que os pido
para cumplir con la obligación que les debo.» «La mía--interrumpió
el alguacil--sería llevarlos a la cárcel sin atención a vuestros
ruegos. Sin embargo, por respeto vuestro, quiero dispensarme ahora
del cumplimiento de mi deber, con la condición de que en este mismo
momento han de salir de la ciudad. ¡Porque si mañana los veo en ella,
les aseguro por quien soy que han de ver lo que les pasa!»

»Cuando Morales y yo oímos decir que estábamos libres, volvimos a
respirar. Quisimos hablar con resolución y sostener que éramos hombres
de honor; pero el alguacil, con una mirada de soslayo, nos impuso
silencio. No sé por qué esta gente tiene ascendiente sobre nosotros.
Vímonos, pues, precisados a ceder Florentina y la dote a Pedro de la
Membrilla, que verosímilmente pasó a ser yerno de Jerónimo de Miajadas.

»Retiréme con mi camarada y tomamos el camino de Trujillo, con el
consuelo de haber a lo menos ganado cien doblones en esta aventura.
Una hora antes de anochecer pasábamos por una aldea, con ánimo de ir a
hacer noche más adelante, y vimos en ella un mesón de bastante buena
apariencia para aquel lugar. Estaban el mesonero y la mesonera sentados
a la puerta, en un poyo. El mesonero, hombre alto, seco y ya entrado
en días, estaba rascando una guitarra para divertir a su mujer, que
mostraba oírle con gusto. Viendo el mesonero que pasábamos de largo,
«¡Señores--nos gritó--, aconsejo a ustedes que hagan alto en este
lugar! Hay tres leguas mortales a la primera posada, y créanme que no
lo pasarán tan bien como aquí. ¡Entren ustedes en mi casa, que serán
bien tratados y por poco dinero!» Dejámonos persuadir. Acercámonos más
al mesonero y a la mesonera, saludámoslos, y habiéndonos sentado junto
a ellos, nos pusimos todos cuatro a hablar de cosas indiferentes. El
mesonero decía que era cuadrillero de la Santa Hermandad, y la mesonera
tenía pinta de ser una buena pieza que sabía vender bien sus agujetas.

»Interrumpió nuestra conversación la llegada de doce o quince
hombres, montados unos en caballos y otros en mulas, seguidos de como
unos treinta machos de carga. «¡Oh cuántos huéspedes!--exclamó el
mesonero--. ¿Dónde podré yo alojar a tanta gente?» En un instante se
vió la aldea llena de hombres y de caballerías. Había, por fortuna, una
espaciosa granja cerca del mesón, en la que se acomodaron los machos y
cargas, y las mulas y caballos se repartieron en varias caballerizas
del mesón y del lugar. Los hombres pensaron menos en dónde habían de
dormir que en mandar disponer una buena cena, la que se ocuparon en
hacer el mesonero, la mesonera y una criada, dando fin de todas las
aves del corral. Con esto, y un guisado de conejo y de gato y una
abundante sopa de coles, hecha con carnero, hubo para toda la comitiva.

»Morales y yo mirábamos a aquellos caballeros, los cuales también nos
miraban a nosotros de cuando en cuando. En fin, trabamos conversación
y les dijimos que si lo tenían a bien cenaríamos en compañía; y
habiéndonos respondido que tendrían en ello particular gusto, nos
sentamos todos juntos a la mesa. Entre ellos había uno que parecía
mandaba a los demás, y aunque éstos le trataban con bastante
familiaridad, sin embargo, se conocía que le miraban con algún respeto.
Lo cierto es que ocupaba siempre el lugar más distinguido, que hablaba
alto, que algunas veces contradecía a los otros sin reparo y que, lejos
de hacer lo mismo con él, más bien parecía que todos se adherían a su
dictamen. La conversación recayó casualmente sobre Andalucía, y como
Morales comenzase a alabar mucho a Sevilla, el hombre de quien voy
hablando le dijo: «Caballero, usted hace el elogio de la ciudad donde
yo nací, o a lo menos muy cerca de ella, porque mi madre me dió a luz
en el arrabal de Mairena.» «En el mismo me parió la mía--respondió
Morales--, y no es posible que yo deje de conocer a los parientes
de usted, conociendo desde el alcalde hasta la última persona del
arrabal. ¿Quién fué su señor padre?» «Un honrado escribano--respondió
el caballero--llamado Martín Morales.» «¡Martín Morales!--exclamó
mi compañero, no menos alegre que sorprendido--. ¡A fe mía que la
aventura es bien extraña! Según eso, sois mi hermano mayor, Manuel
Morales.» «Justamente--respondió el otro--, y, por consiguiente, tú
eres mi hermanico Luis, a quien dejé en la cuna cuando salí de la casa
paterna.» «Ese es mi nombre», replicó mi camarada; y dicho esto, se
levantaron los dos de la mesa y se dieron mil abrazos. Volviéndose
después el señor Manuel a todos los que estábamos presentes, dijo:
«Señores, este suceso tiene algo de maravilloso. La casualidad dispone
que encuentre y reconozca a un hermano a quien ha por lo menos más de
veinte años que no he visto; dadme licencia para que os lo presente.»
Entonces todos los caballeros, que por cortesía estaban en pie,
saludaron al hermano menor de Morales y le dieron repetidos abrazos.
Después de esto, nos volvimos a la mesa, la que no dejamos en toda
la noche. Los dos hermanos se sentaron uno junto a otro y estuvieron
hablando en voz baja de las cosas de su familia, mientras los demás
convidados bebíamos y nos alegrábamos.

»Tuvo Luis una larga conversación con su hermano Manuel, y concluída,
me llamó aparte y me dijo: «Todos estos caballeros son criados del
conde de Montaños, a quien el rey acaba de nombrar virrey de Mallorca.
Conducen el equipaje de su amo a Alicante, donde deben embarcarse.
Mi hermano, que es el mayordomo de Su Excelencia, me ha propuesto
llevarme consigo, y a vista de la repugnancia que le mostré de dejar tu
compañía, me dijo que si tú quieres venir con nosotros te facilitará un
buen empleo. Caro amigo--continuó él--, te aconsejo que no desprecies
este partido. Vamos juntos a Mallorca; si allí lo pasamos bien, nos
quedaremos, y si no nos tuviere cuenta nos volveremos a España.»

»Admití con gusto la propuesta; incorporámonos el joven Morales y
yo con la familia del conde y partimos del mesón antes del amanecer
del día siguiente. Pusímonos en camino para Alicante, yendo a largas
jornadas. Luego que llegamos, compré una guitarra y me mandé hacer un
vestido decente antes de embarcarme. Ya no pensaba yo sino en la isla
de Mallorca, y lo mismo sucedía a mi camarada Morales. Parecía que
ambos habíamos renunciado para siempre a la vida bribona. Es preciso
decir la verdad: uno y otro queríamos acreditarnos de hombres de bien
entre aquellos caballeros, y este respeto nos contenía. En fin, nos
embarcamos alegremente, lisonjeándonos con la esperanza de llegar
presto a Mallorca; pero no bien habíamos salido del golfo de Alicante,
cuando nos cogió una furiosa borrasca. ¡Qué ocasión tan buena era ésta
para hacer ahora una bellísima descripción de la tempestad, pintándoos
el aire todo inflamado, la viva luz de los relámpagos, el estampido de
los truenos, la rápida caída de los rayos, el silbido de los vientos y
la hinchazón de las olas, etc.! Pero dejando a un lado todas las flores
retóricas, os diré sencillamente que fué tan recia la tormenta, que nos
obligó a ancorar en la punta de la Cabrera, que es una isla desierta,
defendida con un fortín, cuya guarnición consistía entonces en cinco o
seis soldados y un oficial, que nos recibió con mucho agasajo.

»Como nos veíamos precisados a detenernos allí muchos días para
componer nuestro velamen, procuramos pasar el tiempo en diferentes
diversiones para evitar el fastidio. Siguiendo cada uno su inclinación,
unos jugaban a los naipes; otros, a la pelota, etc.; yo me iba a pasear
por la isla con otros compañeros amantes del paseo. Saltábamos de
peñasco en peñasco, porque el terreno es desigual y tan pedregoso que
apenas se descubría en él un palmo de tierra. Un día que considerando
aquellos lugares áridos y secos estábamos admirando los caprichos de
la Naturaleza, que es fecunda o estéril donde le da la gana, sentimos
todos de repente un olor muy grato que nos dejó sorprendidos. Lo
quedamos mucho más cuando volviéndonos hacia el Oriente, de donde
venía aquella fragancia, vimos un campo todo cubierto de madreselva,
más hermosa y odorífera que la de Andalucía. Acercámonos gustosos a
aquellos bellísimos arbustos, que perfumaban el aire circunvecino,
y hallamos que cercaban la entrada de una caverna muy profunda. Era
ésta ancha y poco sombría; bajamos a ella por una escalera o caracol
de piedra adornado de flores que primorosamente guarnecían sus lados.
Cuando estuvimos abajo, vimos serpentear, sobre un suelo de arena
más roja que el oro, varios arroyuelos, formados de las gotas que
destilaban continuamente los peñascos y se perdían en la misma arena.
Pareciónos tan clara y cristalina el agua, que nos dió gana de beberla,
y la hallamos tan fresca y delgada, que resolvimos volver a este lugar
al día siguiente, llevando con nosotros algunas botellas de vino,
persuadidos de que lo beberíamos allí con gusto.

»Dejamos con sentimiento un sitio tan delicioso, y cuando nos
restituímos al fuerte ponderamos a nuestros camaradas la noticia de
tan feliz descubrimiento; pero el comandante del fuerte nos dijo que
nos advertía en amistad que por ningún caso volviésemos a la cueva de
que tan enamorados habíamos quedado. «¿Y eso por qué?--le pregunté
yo--. ¿Hay por ventura algo que temer?» «Y mucho--me respondió--. Los
corsarios de Argel y de Trípoli vienen algunas veces a esta isla y
hacen aguada en ese paraje, y uno de estos días sorprendieron en él a
dos soldados y los llevaron esclavos.» Por más seriedad con que nos lo
decía el oficial, no le quisimos creer. Parecíanos que se zumbaba, y al
día siguiente volví yo a la caverna con tres caballeros de la comitiva,
y de intento no quisimos llevar armas de fuego, para mostrar que no
teníamos el más mínimo temor. Morales no quiso venir con nosotros y se
quedó jugando con su hermano y otros del castillo.

»Bajamos al hondo de la cueva como el día anterior y pusimos a
refrescar las botellas de vino en uno de los arroyuelos. A lo mejor
que estábamos bebiendo, tocando la guitarra y divirtiéndonos con mucha
algazara y alegría, vimos a la boca de la caverna muchos hombres con
bigotes, turbantes y vestidos a la turca. Juzgamos al pronto que
eran algunos del navío, que juntamente con el comandante se habían
disfrazado para chasquearnos. Creídos de esto nos echamos a reír y
dejamos bajar hasta diez de ellos sin pensar en defendernos; pero
presto quedamos tristemente desengañados viendo ser un pirata que
venía con su gente a esclavizarnos. «¡Rendíos, perros--nos dijo en
lengua castellana--, o aquí moriréis todos!» Al mismo tiempo nos
pusieron al pecho las carabinas los que con él venían y que a la menor
resistencia las hubieran disparado. Preferimos la esclavitud a la
muerte y entregamos las espadas al pirata. Nos hizo cargar de cadenas,
nos llevaron a su buque, que no estaba muy distante, levaron anclas,
hiciéronse a la vela y singlaron hacia Argel.

»De este modo fuimos justamente castigados del poco aprecio que
hicimos del aviso del comandante del fuerte. La primera cosa que hizo
el corsario fué registrarnos y quitarnos cuanto dinero llevábamos.
¡Gran golpe de mano para él! Los doscientos doblones del mercader de
Plasencia, los ciento que Jerónimo Miajadas había dado a Morales, y que
por desgracia llevaba yo conmigo, todo lo arrebañó sin misericordia.
Los bolsillos de mis camaradas tampoco estaban mal provistos. En
suma, el pirata hizo una buena pesca, de lo que estaba muy contento;
y el grandísimo bergante, no bastándole haberse apoderado de todo
nuestro dinero, comenzó a insultarnos con bufonadas, que no eran mucho
menos sensibles que la dura necesidad de aguantarlas. Después de mil
impertinentes truhanadas, y para mofarse de nosotros de otro modo,
mandó traer las botellas que habíamos puesto a refrescar y comenzó a
vaciarlas todas, ayudándole sus gentes y repitiendo a nuestra salud
muchos brindis por irrisión.

»Durante este tiempo mis camaradas mostraban un semblante que daba
a entender lo que interiormente pasaba en ellos. Se les hacía tanto
más doloroso el cautiverio cuanto más alegre era la idea de ir a la
isla de Mallorca. Por lo que a mí toca, tuve valor para tomar desde
luego mi determinación, y menos apesadumbrado que los otros, no sólo
trabé conversación con nuestro capitán mofador, sino que le ayudé yo
mismo a llevar adelante la zumba, cosa que le cayó muy en gracia.
«Oye, mozo--me dijo--, me gusta tu buen humor y tu genio; y si bien se
considera, en vez de gemir y suspirar, lo mejor es armarse de paciencia
y acomodarse con el tiempo. Tócanos una buena tocata--añadió, viendo
que yo llevaba una guitarra--; veamos a lo que llega tu habilidad.»
Mandó que me desatasen los brazos, y al punto comencé a tocar, de tal
modo que merecí sus aplausos; bien es verdad que yo no manejaba mal
este instrumento. También me hizo cantar, y no quedó menos satisfecho
de mi voz; todos los turcos que había en el bajel mostraron con gestos
de admiración el placer con que me habían oído, por lo que conocí que
en materia de música no carecían de gusto. El pirata se arrimó a mí
y me dijo al oído que sería un esclavo afortunado y que podía estar
cierto de que mis talentos me proporcionarían un destino que haría muy
llevadera la esclavitud.

»Estas palabras me consolaron algo; pero, por más halagüeñas que
fuesen, no dejaba de inquietarme el empleo que el pirata me había
pronosticado y temía que no fuese de mi aceptación. Al llegar al puerto
de Argel vimos una multitud de personas que había acudido para vernos,
y sin que aún hubiésemos saltado en tierra hicieron resonar el aire con
mil gritos de alegría y alborozo. Acompañaba a éstos un confuso rumor
de trompetas, flautas moriscas y otros instrumentos del uso de aquella
gente y que causaban un estruendo desentonado más que una música
apacible. Aquella extraordinaria algazara nacía de la falsa noticia
que se había esparcido por la ciudad de que el renegado Mahometo--que
así se llamaba nuestro pirata--había muerto peleando con una gruesa
embarcación genovesa, y todos sus parientes y amigos, informados de su
regreso, acudían a darle muestras de su regocijo.

»Luego que desembarcamos, a mí y a mis compañeros nos llevaron al
palacio del bajá Solimán, donde un escribano cristiano nos examinó
a cada uno en particular, preguntándonos el nombre, edad, patria,
religión y habilidad. Entonces Mahometo, mostrándome al bajá, le
ponderó mi voz y mi destreza en tocar la guitarra. No hubo menester
más Solimán para determinarse a tomarme a su servicio, y desde aquel
punto quedé reservado para su serrallo, adonde me condujeron para
instalarme en el empleo que me estaba destinado. Los demás cautivos
fueron llevados a la plaza mayor y vendidos según costumbre. Verificóse
lo que Mahometo me había pronosticado en el bajel, porque, ciertamente,
fuí muy afortunado. No me entregaron a las guardias de las mazmorras
ni me destinaron a trabajar en las obras públicas; antes bien, mandó
Solimán, por aprecio particular, que me agregasen en cierto sitio
privado a cinco o seis esclavos de distinción, cuyo rescate se esperaba
presto y a quienes no se empleaba sino en trabajos ligeros, y se me
encargó el cuidado de regar en los jardines las flores y los naranjos.
No podía tener yo una ocupación más suave, y por eso di gracias a mi
estrella, presintiendo, sin saber por qué, que no sería desgraciado al
servicio de Solimán.

»Este bajá--porque es necesario que haga su retrato--era un hombre de
cuarenta años, bien plantado, muy atento, y aun muy galán para turco.
Tenía por favorita una cachemiriana que por su talento y hermosura se
había hecho dueña de él. Idolatraba en ella y no pasaba día en que no
la festejase con alguna diversión nueva; unas veces era un concierto de
voces y de instrumentos; otras, una comedia a la turca, es decir, unos
dramas en los cuales no se tenía más respeto al pudor y al decoro que a
las reglas de Aristóteles. La favorita, que se llamaba Farrukhnaz, era
apasionadísima a semejantes espectáculos, y aun algunas veces mandaba
a sus criadas representar piezas árabes en presencia del bajá. Ella
misma solía también hacer su papel, y lo ejecutaba con tal viveza y
tanta gracia, que hechizaba a todos los espectadores. Un día en que yo
asistí a una de estas funciones mezclado entre los músicos me mandó
Solimán que en un intermedio cantase y tocase solo la guitarra. Hícelo
así, y tuve la fortuna de darle tanto gusto, que no sólo me aplaudió
con palmadas, sino de viva voz, y la favorita, a lo que me pareció, me
miró con ojos favorables.

»El día siguiente por la mañana, estando yo regando los naranjos en
los jardines, pasó junto a mí un eunuco que, sin detenerse ni hablar
palabra, dejó caer a mis pies un billete. Recogíle prontamente, con
una turbación mezclada de alegría y de temor; echéme a la larga en
el suelo, por que no me viesen desde las ventanas del serrallo, y
ocultándome detrás de los naranjos le abrí presuroso. Hallé dentro
de él un preciosísimo brillante y escritas en buen castellano estas
palabras: «Joven cristiano, da mil gracias al Cielo por tu esclavitud.
El amor y la fortuna la harán feliz; el amor, si te muestras sensible
a los atractivos de una persona hermosa; y la fortuna, si tienes valor
para arrostrar todo género de peligros.»

»No dudé ni un solo momento que el billete era de la sultana favorita;
el brillante y el estilo me lo persuadían. Además de que nunca fuí
cobarde, la vanidad de verme favorecido de la dama de un gran príncipe,
y sobre todo la esperanza de conseguir de ella cuatro veces más dinero
del que me era menester para mi rescate, me determinaron a tentar
esta nueva aventura, a costa de cualquier riesgo. Proseguí, pues,
en mi ocupación, pensando siempre en el modo que podría tener para
introducirme en el cuarto de Farrukhnaz, o, por mejor decir, en los
arbitrios que ella discurriría para abrirme este camino, pareciéndome,
y con fundamento, que no se contentaría con lo hecho y que ella misma
se adelantaría a librarme de este cuidado. Con efecto, no me engañé;
de allí a una hora volvió a pasar junto a mí el mismo eunuco de antes
y me dijo: «Cristiano, ¿has hecho tus reflexiones? ¿Tendrás valor
para seguirme?» Respondíle que sí. «Pues bien--añadió él--, el Cielo
te guarde. Mañana por la mañana te volveré a ver; está dispuesto para
dejarte conducir.» Y dicho esto, se retiró. Efectivamente, al día
siguiente, a cosa de las ocho de la mañana, se dejó ver y me hizo señal
de que le siguiese. Obedecí, y me condujo a una sala donde había un
gran rollo de lienzo pintado, que acababan de traer él y otro eunuco
para llevarlo a la cámara de la sultana y había de servir para la
decoración de una comedia árabe que ella tenía dispuesta para divertir
al bajá.

»Los dos eunucos, viéndome dispuesto a hacer todo lo que quisiesen, no
perdieron tiempo. Desarrollaron el telón, hiciéronme tender a la larga
en medio de él y lo arrollaron otra vez, volviéndome y revolviéndome
dentro del mismo con peligro de sofocarme. Cogiéronlo cada uno de un
extremo, y de esta manera me introdujeron sin riesgo en el cuarto
donde dormía la bella cachemiriana. Estaba sola con una esclava vieja
enteramente dedicada a darle gusto. Desenvolvieron ambas el telón,
y Farrukhnaz, luego que me vió, mostró una alegría que manifestaba
bien el carácter de las mujeres de su país. En medio de mi natural
intrepidez, confieso que, cuando me vi de repente transportado al
cuarto secreto de las mujeres, sentí cierto terror. Conociólo muy bien
la favorita, y para disiparlo me dijo: «No temas, cristiano, porque
Solimán acaba de marchar a su casa de recreo, donde se detendrá todo el
día, y nosotros hablaremos aquí libremente.»

»Animáronme estas palabras y me hicieron cobrar un espíritu y seguridad
que acrecentó el contento de mi patrona. «Esclavo--me dijo--, tu
persona me ha agradado y quiero hacerte más suave el rigor de la
esclavitud. Te considero muy digno de la inclinación que te he tomado.
Aunque te veo en el traje de esclavo, descubro en tus modales un aire
noble y galán que me obliga a creer no eres persona común. Háblame con
toda confianza y díme quién eres. Sé muy bien que los esclavos bien
nacidos ocultan su condición para que les cueste menos el rescate,
pero conmigo no debes gastar ese disimulo, y aun me ofendería mucho
semejante precaución, pues que te prometo tu libertad. Sé, pues,
sincero, y confiésame que no te criaste en pobres pañales.» «Con
efecto, señora--le respondí--, correspondería ruinmente a vuestra
generosa bondad si usara con vos de artificio. Ya que tenéis empeño en
que os descubra quién soy, voy a obedeceros. Soy hijo de un grande de
España.» Quizá decía en esto la verdad; por lo menos la sultana así lo
creyó, y dándose a sí misma el parabién de haber puesto los ojos en un
hombre ilustre, me aseguró que haría todo lo posible para que los dos
nos viésemos a solas con frecuencia. Tuvimos una larga conversación.
En mi vida he tratado con mujer de mayor talento y atractivo. Sabía
muchas lenguas, y sobre todo la castellana, que hablaba medianamente.
Cuando le pareció que era tiempo de separarnos, me hizo meter en un
gran cestón de juncos, cubierto con un repostero de seda trabajado
por su misma mano, y llamando a los mismos eunucos que me habían
introducido les entregó aquella carga, como un regalo que ella enviaba
al bajá, lo que es tan sagrado entre los que hacen la guardia al cuarto
de las mujeres que ninguno tiene la osadía de mirarlo.

»Hallamos Farrukhnaz y yo otros varios arbitrios para hablarnos, y la
amable sultana poco a poco me fué inspirando tanto amor hacia ella como
ella me lo tenía a mí. Dos meses estuvieron ocultas nuestras amorosas
visitas, sin embargo de ser cosa muy difícil que en un serrallo
se escapen por largo tiempo a los ojos de tantos Argos; pero un
contratiempo desconcertó nuestras medidas y mudó enteramente de aspecto
mi fortuna. Un día en que entré en el cuarto de la sultana metido
dentro de un dragón artificial que se había hecho para un espectáculo,
cuando estaba yo hablando con ella, creído de que Solimán se hallaba
aún fuera, entró éste tan de repente en el cuarto de su favorita,
que la esclava no tuvo tiempo de avisarnos, y mucho menos yo para
ocultarme, y así, fuí el primero que se ofreció a los ojos del bajá.

»Mostróse sumamente admirado de verme en aquel sitio; y sucediendo
en un momento la ira a la admiración, arrojaban fuego sus ojos,
despidiendo llamas de indignación y furor. Consideré entonces que era
llegada la última hora de mi vida y me imaginaba ya en medio de los más
crueles tormentos. Por lo que toca a Farrukhnaz, conocí que también
estaba sobresaltada; pero en vez de confesar su delito y pedir perdón
de él, dijo a Solimán: «Señor, suplícoos no me condenéis antes de
oírme. Confieso que todas las apariencias me condenan y me representan
infiel y traidora a vos, y, por consiguiente, merecedora de los más
horrorosos castigos. Yo misma hice venir a mi cuarto a este cautivo, y
para introducirle en él me valí de los mismos artificios que pudiera
usar si estuviera ciegamente enamorada de su persona. Sin embargo de
eso, a pesar de todas estas exterioridades, pongo por testigo al gran
Profeta de que no os he sido desleal. Quise hablar con este esclavo
cristiano para persuadirle a que dejase su secta y abrazase la de los
verdaderos creyentes. Al principio, encontré en él la resistencia que
aguardaba; mas al fin he desvanecido sus preocupaciones, y en este
punto me estaba dando palabra de que se hará mahometano.»

»Confieso que era obligación mía desmentir a la favorita, sin respeto
alguno al peligro en que me hallaba; pero turbada la razón en aquel
lance y acobardado el espíritu a vista del riesgo que corría mi vida
y la de una dama a quien amaba, me quedé confuso y cortado. No tuve
valor para articular una palabra; y persuadido Solimán por mi silencio
de que era verdad cuanto había dicho la sultana, depuso su ira y le
dijo: «Quiero creer que no me has ofendido y que el celo de hacer una
cosa que fuese grata al Profeta te movió a arriesgarte a una acción
tan delicada. Por eso te disculpo tu imprudencia, con tal que el
esclavo tome el turbante en este mismo punto.» Inmediatamente hizo
venir a su presencia un morabito. Vistiéronme a la turca, y yo les dejé
hacer cuanto quisieron sin la menor resistencia, o, por mejor decir,
ni yo mismo sabía lo que me hacían en aquella turbación de todas mis
potencias. ¡Cuántos cristianos hubieran sido tan cobardes como yo en
esta ocasión!

»Concluída la ceremonia, salí del serrallo, con el nombre de Sidy Haly,
a tomar posesión de un empleo de poca monta a que Solimán me destinó.
No volví a ver a la sultana, pero uno de sus eunucos vino a buscarme
cierto día y de su parte me entregó una porción de piedras preciosas,
estimadas en dos mil _sultaninos de oro_, y juntamente un billete, en
que me aseguraba que jamás olvidaría la generosa complacencia con que
me había hecho mahometano por salvarle la vida. Con efecto, además de
los regalos que había recibido de la bella Farrukhnaz, conseguí por su
mediación otro empleo de más importancia que el primero, de manera que
en menos de seis a siete años me hallé el renegado más rico de todo
Argel.

»Ya habrán conocido ustedes que si yo concurría a las oraciones
que hacían los musulmanes en sus mezquitas y practicaba las demás
ceremonias de su ley, era todo una mera ficción. Por lo demás, estaba
firmemente resuelto a volver a entrar en el seno de la Iglesia, para lo
que pensaba retirarme algún día a España o Italia con las riquezas que
hubiese juntado. Mientras tanto, vivía muy alegremente. Estaba alojado
en una hermosa casa, tenía jardines magníficos, multitud de esclavos y
un serrallo bien abastecido de mujeres bonitas. Aunque el uso del vino
está prohibido en aquella tierra a los mahometanos, sin embargo, pocos
moros dejan de beberlo secretamente. Yo, por lo menos, lo bebía sin
escrúpulo, como lo hacen todos los renegados.

»Acuérdome que me acompañaban comúnmente en mis borracheras un par
de camaradas, con quienes muchas veces pasaba toda la noche con las
botellas sobre la mesa. Uno era judío y el otro árabe. Teníalos por
hombres de bien, y en esta confianza vivía con ellos sin reserva.
Convidélos una noche a cenar, y aquel día se me había muerto un perro
que yo quería mucho. Lavamos el cuerpo y lo enterramos con todas
las ceremonias que acostumbran los musulmanes en el funeral de sus
difuntos. No lo hicimos, ciertamente, por burlarnos de la religión de
Mahoma, sino sólo por divertirnos y satisfacer el capricho que tuve,
estando medio tomado de vino, de celebrar las exequias de mi amado
animalillo.

»Sin embargo, faltó poco para que esta inconsiderada acción me perdiese
enteramente. El día siguiente se presentó en mi casa un hombre, que
me dijo: «Señor Sidy Haly, vengo a buscar a usted para cierto asunto
de importancia. El señor cadí tiene precisión de hablarle; sírvase
tomar el trabajo de llegarse a su casa inmediatamente.» «Decidme,
os suplico--le pregunté--, qué es lo que me quiere.» «El mismo os
lo dirá--respondió el moro--; todo lo que puedo deciros es que un
mercader que ayer cenó con usted le ha dado parte de no sé qué impía
o irreligiosa acción que se ejecutó en vuestra casa con motivo de
enterrar un perro. Yo os notifico de oficio que comparezcáis hoy
mismo ante el juez, con apercibimiento de que no cumpliéndose así
se procederá criminalmente contra vuestra persona.» Dijo, y sin
aguardar respuesta me volvió la espalda, dejándome atónito con su
apercibimiento. No tenía el árabe la más mínima razón para estar
quejoso de mí ni yo podía comprender por qué me había jugado una pieza
tan ruin. Sin embargo, la cosa era muy digna de atención. Yo tenía
bien conocido al cadí por hombre severo en la apariencia, pero en el
fondo poco escrupuloso y muy avaro. Metí en el bolsillo doscientos
_sultaninos de oro_ y fuí derecho a presentarme a él. Hízome entrar
en su despacho y luego me dijo en tono colérico y furioso: «¡Sois un
impío, un sacrílego, un hombre abominable! ¡Habéis dado sepultura a un
perro como si fuera un musulmán! ¡Qué sacrilegio! ¡Qué profanación!
¿Es éste el respeto que profesáis a las más venerables ceremonias de
nuestra santa ley? ¿Os hicisteis mahometano únicamente para burlaros
de las ceremonias más sagradas de nuestro Alcorán?» «Señor cadí--le
respondí--, el árabe que vino a haceros una relación tan alterada o
tan malignamente desfigurada, aquel amigo traidor fué cómplice en mi
delito, si por tal se debe reputar haber dado sepultura a un doméstico
fiel, a un inocente animal que tenía mil bellas cualidades. Amaba tanto
a las personas de mérito y distinción, que hasta en su muerte quiso
dejarles testimonios irrefragables de su estimación y afecto. En su
testamento, en el que me nombró por único albacea, repartió entre ellas
sus bienes, legando a unas veinte escudos, a otras treinta, etc.; y es
tanta verdad lo que digo, que tampoco se olvidó de vos, pues me dejó
muy encargado que os entregase los doscientos _sultaninos de oro_ que
hallaréis en este bolsillo.» Y dicho esto, le alargué el que llevaba
prevenido. Perdió el cadí toda su gravedad cuando me oyó decir esto,
sin poder contener la risa, y como estábamos solos, tomó francamente el
bolsillo y me despidió, diciendo: «¡Id en paz, Sidy Haly! ¡Hicisteis
cuerdamente en haber enterrado con pompa y con honor a un perro que
hacía tanto aprecio de los sujetos de mérito!»

»Salí por este medio de aquel pantano; y si el lance no me hizo más
cuerdo, a lo menos me enseñó a ser más circunspecto. No volví a tratar
con el árabe ni con el judío, y escogí para mi camarada de botellas a
un caballero de Liorna, que era esclavo mío, llamado Azarini. No era
yo como aquellos renegados que tratan a los cautivos cristianos peor
que a los mismos turcos. Los míos no se impacientaban aunque se les
retardase el rescate. Tratábalos con tanta benignidad, que muchas
veces me decían les costaba más suspiros el miedo de pasar a servir a
otro amo que el deseo de conseguir la libertad, sin embargo de ser ésta
tan dulce y tan apetecible a todos los que gimen en cautiverio.

»Volvieron un día los jabeques de Solimán cargados de presa, y en
ella cien esclavos de uno y otro sexo, apresados todos en las costas
de España. Reservó Solimán para sí un cortísimo número y los demás
fueron puestos a la venta. Fuí a la plaza donde ésta se celebraba y
compré una muchacha española de diez a doce años. Lloraba la pobrecita
amargamente y se desesperaba. Admirado yo de verla afligirse así en
tan tierna edad, me llegué a ella, y le dije en lengua castellana que
no se apesadumbrase tanto, asegurándole que había caído en manos de
un amo que, aunque llevaba turbante, era de corazón humano. La joven,
poseída enteramente de su dolor, ni siquiera atendía a mis palabras.
Gemía, suspiraba y se deshacía en lágrimas inconsolables, prorrumpiendo
de cuando en cuando en esta exclamación: «¡Ay, madre mía, y por qué me
habrán separado de ti! ¡Todo lo llevaría en paciencia como estuviéramos
juntas!» Mientras decía estas palabras, tenía puestos los ojos en una
mujer de cuarenta y cinco a cincuenta años, distante pocos pasos, la
cual, muy modesta, silenciosa y con los ojos bajos, estaba esperando
a que alguno la comprase. Preguntéle si era su madre aquella mujer
a quien miraba. «Sí, señor--me respondió con tierno sentimiento--.
¡Por amor de Dios, haga su merced que jamás me separen de ella!» «Bien
está, hija mía--le dije--. Si para tu consuelo no deseas mas que el
estar juntas las dos, presto quedarás contenta y consolada.» Al mismo
tiempo me acerqué a la madre para comprarla; pero no bien la miré
con un poco de cuidado, cuando reconocí en ella, con la conmoción
que podéis imaginar, todas las facciones y demás señales de Lucinda.
«¡Cielos!--exclamé dentro de mí mismo--. ¿Qué es lo que veo? ¡Esta
es mi madre; no puedo dudarlo!» Pero ella, o ya fuese porque el vivo
dolor del estado en que se hallaba no le dejaba ver otra cosa mas que
enemigos en todos los objetos que se le presentaban, o ya fuese porque
el traje mahometano me hacía parecer otro, o bien que en el espacio de
doce años que no me había visto me hubiese desfigurado, el hecho es que
realmente ella no me conoció. En fin, yo la compré y me la llevé a mi
casa.

»No quise dilatarle el gusto de que me conociese. «Señora--le dije--,
¿es posible que no os acordéis de haber visto nunca esta cara? Pues
qué, ¿unos bigotes y un turbante me desfiguran de suerte que os
impidan conocer a vuestro hijo Rafael»? Volvió en sí al oír estas
palabras; miróme, remiróme, reconocióme, y arrojándose a mí con los
brazos abiertos nos estrechamos tiernamente. Con igual ternura abracé
después a su querida hija, la cual estaba tan ignorante de que tenía
un hermano como yo ajeno de tener una hermana. «Confesad--dije
entonces a mi madre--que en todas vuestras comedias no habéis tenido un
encuentro y reconocimiento tan positivo como éste.» «Hijo--me respondió
suspirando--, grandísima alegría he tenido en volverte a ver; pero esta
alegría está mezclada con un amarguísimo pesar. ¡Dios mío! ¡En qué
estado he tenido la desgracia de encontrarte! Mi esclavitud me sería
mil veces menos sensible que ese traje odioso...» «A fe, madre--le
respondí sonriéndome--, que me admiro de vuestra delicadeza; por cierto
que no es muy propia de una comedianta. A la verdad, señora, que sois
muy otra de la que erais si este mi disfraz os ha dado tanto enojo.
En lugar de enojaros contra mi turbante, miradme como a un cómico
que representa el papel de un turco en el teatro. Aunque renegado,
soy tan musulmán como lo era en España, y en la realidad permanezco
siempre en mi religión. Cuando sepáis todas las aventuras que me han
acontecido en este país me disculparéis. El amor fué la causa de mi
delito. Sacrifiqué a esta deidad. En esto me parezco algo a vos; fuera
de que hay aún otra razón que debe templar vuestro dolor de verme en
la situación en que me veis. Temíais experimentar en Argel una dura
esclavitud y habéis hallado en vuestro amo un hijo tierno, respetuoso
y bastante rico para que viváis con regalo y con quietud en esta
ciudad hasta que se nos proporcione ocasión oportuna para que todos
podamos seguramente volver a España. Reconoced ahora la verdad de aquel
proverbio que dice: _No hay mal que por bien no venga_.» «Hijo mío--me
dijo Lucinda--, una vez que estás resuelto a restituirte a tu patria
y abjurar el mahometismo, quedo consolada. Entonces irá con nosotros
tu hermana Beatriz y tendré el gusto de volverla a ver sana y salva en
Castilla.» «Sí, señora--le respondí--, espero que le tendréis, pues
lo más presto que sea posible iremos todos tres a juntarnos en España
con el resto de nuestra familia, no dudando yo que habréis dejado en
ella algunas otras prendas de vuestra fecundidad.» «No, hijo--repuso
mi madre--, no he tenido más hijos que a vosotros dos; y has de saber
que Beatriz es fruto de un matrimonio de los más legítimos.» «Pero,
señora--repliqué--, ¿qué razón tuvisteis para conceder a mi hermanita
esa preeminencia que me negasteis a mí? ¿Y cómo os habéis resuelto a
casaros? Acuérdome haberos oído decir mil veces en mi niñez que nunca
perdonaríais a una mujer joven y linda el sujetarse a un marido.»
«_¡Otros tiempos, otras costumbres!_--respondió ella--. Si los hombres
más firmes en sus propósitos están más sujetos a mudar, ¿qué razón
habrá para pretender que las mujeres sean invariables en los suyos?
Voy a contarte--continuó--la historia de mi vida desde que saliste de
Madrid.» Hízome después la siguiente relación, que jamás olvidaré, y de
la cual no quiero privaros, porque es curiosísima:

«Hará cosa de trece años, si te acuerdas, que dejaste la casa del
marquesito de Leganés. En aquel tiempo, el duque de Medinaceli me dijo
que deseaba cenar conmigo privadamente. Señalóme el día, esperéle,
vino y le gusté. Pidióme el sacrificio de todos los competidores que
podía tener, y se lo concedí, con la esperanza de que me lo pagaría
bien, y así lo ejecutó. Al día siguiente me envió varios regalos, a
que siguieron otros muchos en lo sucesivo. Temía yo que no duraría
largo tiempo en mis prisiones un señor de aquella elevación; y lo temía
con tanto mayor fundamento cuanto no ignoraba que se había escapado
de otras en que le habían aprisionado varias famosas beldades, cuyas
dulces cadenas lo mismo había sido probarlas que romperlas. Sin
embargo, lejos de disgustarse, cada día parecía más embelesado de mi
condescendencia. En suma, tuve el arte de asegurármele y de impedir
que su corazón, naturalmente voluble, se dejase arrastrar de su nativa
propensión.

»Tres meses hacía que me amaba, y yo me lisonjeaba de que su cariño
sería durable, cuando cierto día una amiga mía y yo concurrimos a
una casa donde se hallaba la duquesa esposa del duque, y habíamos
ido a ella convidadas para oír un concierto de música de voces e
instrumentos. Sentámonos casualmente un poco detrás de la duquesa, la
cual llevó muy a mal que yo me hubiese dejado ver en un sitio donde
ella se hallaba. Envióme a decir por una criada que me suplicaba me
saliese de allí al instante. Respondí a la criada con mucha grosería,
de lo que, irritada la duquesa, se quejó a su esposo, el cual vino a
mí y me dijo: «Lucinda, sal prontamente de aquí. Cuando los grandes
señores se inclinan a mozuelas como tú, no deben éstas olvidarse de lo
que son. Si alguna vez os amamos a vosotras más que a nuestras mujeres,
siempre las respetamos a éstas mucho más que a vosotras, y siempre que
tengáis la insolencia de pretender igualaros con ellas seréis tratadas
con la indignidad que merecéis.»

»Por fortuna que el duque me dijo todo esto en voz tan baja que ninguno
pudo comprenderlo. Retiréme avergonzada y confusa, pero llorando de
rabia por el desaire que había recibido. Para mayor pesar mío, los
comediantes y comediantas aquella misma noche supieron, no sé cómo,
todo lo que me había pasado. ¡No parece sino que hay algún diablillo
acechador y cizañero que se divierte en descubrir a unos lo que sucede
a otros! Hace, por ejemplo, un comediante en una francachela alguna
extravagancia, acaba una comedianta de acomodarse con un mozuelo galán
y adinerado: toda la compañía inmediatamente sabe hasta la más ridícula
menudencia. Así supieron mis compañeros cuanto me había pasado en el
concierto, y sabe Dios cuánto se divirtieron a mi costa. Reina entre
ellos un cierto espíritu de caridad que se descubre bien en semejantes
ocasiones. Con todo eso yo no hice caso de sus habladurías, y tardé
poco en consolarme de la pérdida del duque, que no volvió a parecer por
mi casa, y luego supe había tomado amistad con una cantarina.

»Mientras una comedianta tiene la fortuna de ser aplaudida, nunca le
faltan amantes, y el amor de un gran señor, aunque no dure más que tres
días, siempre añade nuevos realces a su mérito. Yo me vi sitiada de
apasionados luego que se esparció por Madrid la voz de que el duque me
había dejado. Los mismos competidores que yo le había sacrificado, más
enamorados de mis hechizos que antes, volvieron a porfía a galantearme.
Fuera de éstos, recibí los obsequiosos tributos de otros mil corazones.
Nunca fuí tan de moda como entonces. Entre los que solicitaban mi
favor, ninguno me pareció más ansioso que un alemán gordo, gentilhombre
del duque de Osuna. Su figura no era muy apreciable, pero se mereció
mi atención con mil doblones que había juntado en casa de su amo y
los prodigó por lograr la dicha de entrar en el número de mis amantes
favorecidos. Este buen señor se llamaba Brutandorff. Mientras hizo
el gasto fué bien recibido; pero apenas se le apuró la bolsa halló
la puerta cerrada. Enfadado de este proceder mío me fué a buscar a
la comedia, dióme sus quejas, y porque me reí de él a sus hocicos,
arrebatado de cólera, me sacudió un bofetón a la tudesca. Di un gran
grito, salí al teatro, interrumpí la comedia y, dirigiéndome al
duque, que estaba en su aposento con su esposa la duquesa, me quejé
a él en alta voz de los modales tudescos con que me había tratado
su gentilhombre. Mandó el duque seguir la comedia, diciendo que
después de ella oiría a las partes. Acabada la representación, me
presenté muy alterada al duque, exponiendo mi queja con vehemencia. El
alemán despachó su defensa en dos palabras, diciendo que en vez de
arrepentirse de lo hecho era hombre para repetirlo. El duque de Osuna,
oídas las partes y volviéndose al alemán, sentenció de esta manera:
«Brutandorff, te despido de mi casa y te prohibo que te presentes
más delante de mí, no porque has dado un bofetón a una comedianta,
sino porque has faltado al respeto debido a tus amos y turbado un
espectáculo público en presencia de los dos.»

»Esta sentencia me atravesó el alma. Apoderóse de mí una ira rabiosa y
un inexplicable furor al ver que no habían despedido al alemán por la
ofensa que me había hecho. Creía yo que un oprobio como aquél, cometido
contra una comedianta, debía castigarse como un delito de lesa majestad
y contaba con que el tudesco padecería una pena aflictiva. Abrióme
los ojos este vergonzosísimo suceso y me hizo conocer que el mundo
sabe distinguir entre el comediante y los personajes que representa.
Esto me disgustó del teatro, en términos que desde aquel punto resolví
dejarlo e irme a vivir lejos de Madrid. Escogí para mi retiro la ciudad
de Valencia, y partí de _incógnito_ a ella, llevando conmigo hasta el
valor de veinte mil ducados en dinero y alhajas, caudal que me parecía
bastante para mantenerme con decencia el resto de mis días, pues mi
ánimo era llevar una vida retirada. Tomé en aquella ciudad una casa
pequeña y no recibí más familia que una criada y un paje, para quienes
era tan desconocida como para todas las demás del vecindario. Fingí
ser viuda de un empleado de la Real Casa y que había escogido para
mi retiro la ciudad de Valencia por haber oído que su temple era uno
de los más benignos y su terreno uno de los más deliciosos de España.
Trataba con muy poca gente, y mi conducta era tan arreglada que a
ninguno le pudo pasar por el pensamiento que yo hubiese sido cómica.
Sin embargo, y a pesar de mi cuidado en vivir escondida y retirada,
puso los ojos en mí un hidalgo que vivía en una quinta propia, cerca
de Paterna. Era un caballero bastante bien dispuesto y como de treinta
y cinco a cuarenta años, pero un noble muy adeudado, lo que no es más
raro en el reino de Valencia que en otros muchos países.

»Habiendo agradado mi persona a este hidalgo, quiso saber si en lo
demás podría yo convenirle. A este fin despachó sus ocultos batidores
para que averiguasen mis circunstancias, y por los informes que
le dieron tuvo el gusto de saber que yo era viuda, de trato nada
fastidioso y, además de eso, bastante rica. Hizo juicio desde luego
que yo era la que había menester, y muy presto se dejó ver en mi casa
una buena vieja, que me dijo de su parte que, prendado de mi honradez
tanto como de mi hermosura, me ofrecía su mano, y que ratificaría esta
oferta si merecía la dicha de que quisiese ser su esposa. Pedí tres
días de término para pensarlo y resolverme. Informéme en este tiempo de
las cualidades de aquel hidalgo, y por el mucho bien que me dijeron de
él, aunque sin disimularme el lastimoso estado de sus rentas, determiné
gustosa casarme con él, como lo hice dentro de muy pocos días.

»Don Manuel de Jérica--éste era el nombre de mi esposo--me condujo
luego a su hacienda. La casa tenía cierto aspecto de antigüedad, de lo
que hacía mucha vanidad el dueño. Decía que la había hecho edificar
uno de sus progenitores, y de la vejez de la fábrica deducía que la
familia de Jérica era la más antigua de toda España. Pero el tiempo
había maltratado tanto aquel bello monumento de nobleza, que por que no
viniese a tierra lo habían apuntalado. ¡Qué dicha para don Manuel la
de haberse casado conmigo! Gastóse en reparos la mitad de mi dinero,
y lo restante en ponernos en estado de hacer gran figura en el país;
y héteme aquí en un nuevo mundo, por decirlo así, y convertida de
repente en señora de aldea y de hacienda. ¡Qué transformación! Era yo
muy buena actriz para no saber representar y sostener el esplendor que
correspondía a mi nuevo estado. Revestíame en todo de ciertos modales
teatrales de nobleza, de majestad y desembarazo, que hacían formar en
la aldea un alto concepto de mi nacimiento. ¡Oh, cuánto se hubieran
divertido a costa mía si hubiesen sabido la verdad del hecho! ¡Con
cuántos satíricos motes me hubiera regalado la nobleza de los contornos
y cuánto hubieran rebajado los respetuosos obsequios que me tributaban
las demás gentes!

»Viví por espacio de seis años feliz y gustosamente en compañía de
don Manuel, al cabo de los cuales se lo llevó Dios. Dejóme bastantes
negocios que desenredar y por fruto de nuestro matrimonio a tu hermana
Beatriz, que a la sazón contaba cuatro años de edad cumplidos. Nuestra
quinta, que era a lo que estaban reducidos nuestros bienes, se
hallaba, por desgracia, empeñada para seguridad de muchos acreedores,
el principal de los cuales se llamaba Bernardo Astuto, nombre que le
convenía perfectamente. Ejercía en Valencia el oficio de procurador,
que desempeñaba como hombre consumado en todas las trampas de los
pleitos; y a mayor abundamiento, había estudiado leyes para saber mejor
hacer injusticias. ¡Oh qué terrible acreedor! Una quinta entre las uñas
de semejante procurador es lo mismo que una paloma en las garras de un
milano. Por tanto, el señor Astuto, apenas supo la muerte de mi marido
puso sitio a mi pobre quinta. Infaliblemente la hubiera hecho volar
con las minas que las supercherías legales comenzaban a formar si mi
fortuna o mi estrella no la hubiera salvado. Quiso ésta que de enemigo
se convirtiese en esclavo mío. Enamoróse de mí en una conversación que
tuvo conmigo con motivo de nuestro pleito. Confieso que de mi parte
hice cuanto pude para inspirarle amor, obligándome el deseo de salvar
mi posesión a probar con él todos aquellos artificios que me habían
salido tan bien en tantas ocasiones. Verdad es que con toda mi destreza
creía no poder enganchar al procurador, tan embebecido en su oficio
que parecía incapaz de admitir ninguna impresión amorosa. Con todo,
aquel socarrón, aquel marrajo, aquel empuerca-papel me miraba con mayor
complacencia de la que yo pensaba. «Señora--me dijo un día--, yo no
entiendo de enamorar; dedicado siempre a mi profesión, nunca he cuidado
de aprender las reglas, los usos ni los diferentes modos de galantear.
Sin embargo de eso, no ignoro lo esencial, y para ahorrar palabras
sólo diré que si usted quiere casarse conmigo quemaremos al instante
el proceso y alejaré a los demás acreedores que se han reunido conmigo
para hacer vender su hacienda; usted será dueña del usufructo y su hija
de la propiedad.» El interés de Beatriz y el mío no me dejaron vacilar
ni un solo punto. Acepté al instante la proposición. El procurador
cumplió su palabra: volvió sus armas contra los otros acreedores y
aseguróme en la posesión de mi quinta. Quizá fué ésta la primera vez
que supo servir bien a la viuda y al huérfano.

»Llegué, pues, a verme procuradora, sin dejar por eso de ser señora
de aldea, aunque este matrimonio me perdió en el concepto de la
nobleza valenciana. Las señoras de la primera distinción me miraron
como a una mujer que se había envilecido y no quisieron visitarme
más. Vime precisada a tratar solamente con las aldeanas o con señoras
de medio pelo. No dejó de causarme esto alguna pena, porque me había
acostumbrado por espacio de seis años a tratarme únicamente con
personas de carácter. Verdad es que tardé poco en consolarme, porque
tomé conocimiento con una escribana y dos procuradoras, cada una
de un carácter muy digno de risa. Yo me divertía infinito de ver su
ridiculez. Estas medio señoras se tenían por personas ilustres. Pensaba
yo que solamente las comediantas eran las que no se conocían a sí
mismas, mas veo que ésta es una flaqueza universal. Cada uno cree que
es más que su vecino. En este particular, toco ahora que tan locas
son las hidalgas de aldea como las damas de teatro. Para castigarlas,
quisiera yo que se las obligase a conservar en sus casas los retratos
de sus abuelos, y apuesto cualquiera cosa a que no los colocarían en
los sitios más visibles.

»A los cuatro años de matrimonio cayó enfermo el señor Astuto, y murió
sin haberme quedado hijos de él. Añadiéndose lo que él me dejó a lo
que yo poseía, me hallé una viuda rica, y por tal me tenían. En virtud
de esta fama, comenzó a obsequiarme un caballero siciliano, llamado
Colifichini, resuelto a ser mi amante para arruinarme o ser desde luego
mi marido, dejando a mi arbitrio la elección. Había venido de Palermo
para ver la España, y después de haber satisfecho su curiosidad,
estaba en Valencia esperando, según decía, ocasión de embarcarse para
restituirse a Sicilia. Tenía veinticinco años; era, aunque pequeño
de cuerpo, bien plantado, y, en fin, me agradaba su figura. Halló
modo de hablarme a solas, y--te confieso la verdad--desde la primera
conversación quedé loca perdida por él. No quedó él menos enamorado
de mí, y creo--¡Dios me lo perdone!--que en aquel mismo punto nos
hubiéramos casado si la muerte del procurador, que aun estaba muy
reciente, me hubiera permitido hacer tan presto otra boda, porque
desde que comencé a tomar inclinación a los matrimonios respetaba los
estímulos del mundo.

»Convinimos, pues, en dilatar un poco nuestro casamiento por el bien
parecer. Mientras tanto, Colifichini proseguía obsequiándome, y lejos
de entibiarse en su amor se mostraba más vehemente cada día. El pobre
mozo no estaba sobrado de dinero; conocílo y procuré que nunca le
faltase. Además de que mi edad era doble de la suya, me acordaba de
haber hecho contribuir a los hombres en la flor de mis años y miraba lo
que daba como una especie de restitución en descargo de mi conciencia.
Estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué posible a que
pasase el tiempo que prescribe a las viudas el ceremonial del respeto
humano para pasar a otras nupcias. Apenas llegó, cuando fuimos a la
iglesia a unirnos con aquel estrecho lazo que sólo puede desatar la
muerte. Retirámonos después a mi quinta, donde puedo decir que vivimos
dos años, menos como esposos que como dos tiernos amantes. Pero, ¡ay,
que no nos habíamos unido para que nuestra dicha fuese duradera! Al
cabo de esto breve tiempo, un dolor de costado me privó de mi adorado
Colifichini.»

»Aquí no pude menos de interrumpir a mi madre diciéndole: «Pues qué,
señora, ¿también murió vuestro tercer marido? Sin duda sois una plaza
que sólo puede tomarse a costa de la vida de sus conquistadores.»
«Hijo mío, ¡cómo ha de ser!--me respondió ella--. ¿Por ventura puedo
yo alargar los días que el Cielo tiene contados? Si he perdido tres
maridos, ¿cómo lo he de remediar? A dos los lloré mucho; el que menos
lágrimas me costó fué el procurador. Como me casé con él puramente
por el interés, tardé poco en consolarme de su muerte. Pero volviendo
a Colifichini, te diré que algunos meses después de muerto, deseando
yo ver una casa de campo junto a Palermo, que me había señalado para
mi viudedad en nuestro contrato matrimonial, y tomar posesión de ella
personalmente, me embarqué para Sicilia con mi hija Beatriz; pero
en el viaje fuimos apresadas por los corsarios del bajá de Argel.
Condujéronnos a esta ciudad, y por fortuna nuestra te encontraste en la
plaza donde estábamos puestas en venta. A no ser esto, hubiéramos caído
en manos de un amo despiadado, que nos hubiera maltratado y bajo cuya
dura esclavitud quizá habríamos gemido toda la vida sin que tú hubieses
oído hablar nunca de nosotras.»

»Tal fué, señores, la relación que mi madre me hizo. Coloquéla después
en el mejor cuarto de mi casa, con la libertad de vivir como mejor
le pareciese, cosa que fué muy de su gusto. Habíase arraigado tanto
en ella el hábito de amar, en virtud de tan repetidos actos, que no
le era posible estar sin un amante o sin un marido. Anduvo vagueando
por algún tiempo, poniendo los ojos en algunos de mis esclavos, hasta
que finalmente llamó toda su atención Haly Pegelín, renegado griego
que frecuentaba mi casa. Inspiróle éste un amor mucho más vivo que
el que había tenido a Colifichini, y era tan diestra en agradar a los
hombres que halló el secreto de encantar también a éste. Aunque conocí
desde luego que obraban de acuerdo los dos, me di por desentendido de
su trato, pensando sólo en el modo de restituirme a España. Habíame
dado licencia el bajá para armar una embarcación, a fin de ir en corso
a ejercitar la piratería. Ocupábame enteramente el cuidado de este
armamento, y ocho días antes que se acabase dije a Lucinda: «Madre,
presto saldremos de Argel y dejaremos para siempre un lugar que tanto
aborrecéis.»

»Mudósele el color al oír estas palabras y guardó un profundo
silencio. Sorprendióme esto extrañamente y le dije admirado: «¿Qué es
esto, señora? ¿Qué novedad veo en vuestro semblante? Parece que os
aflijo en vez de causaros alegría. Creía daros una noticia agradable
participándoos que todo lo tengo dispuesto para nuestro viaje. ¿No
desearíais acaso restituiros a España?» «No, hijo mío--me respondió--,
confieso que ya no lo deseo. Tuve allí tantos disgustos, que he
renunciado a ella para siempre.» «¡Qué es lo que oigo!--exclamé
penetrado de dolor--. ¡Ah señora! ¡Decid más bien que el amor es
quien os hace odiosa vuestra patria! ¡Santos Cielos y qué mudanza!
Cuando llegasteis a esta ciudad, todo cuanto se os ponía delante os
causaba horror; pero Haly Pegelín os hace mirar las cosas con otros
ojos.» «No lo niego--respondió Lucinda--; es cierto que amo a este
renegado y quiero que sea mi cuarto marido.» «¿Qué proyecto es el
vuestro?--interrumpí todo horrorizado--. ¡Vos casaros con un musulmán!
Sin duda habéis olvidado que sois cristiana, o, por mejor decir,
solamente lo habéis sido hasta aquí de puro nombre. ¡Ah madre mía, y
qué de cosas estoy viendo ya! ¡Habéis resuelto perderos para siempre
porque vais a hacer por vuestro gusto lo que yo no hice sino por
necesidad!»

»Otras muchas cosas le dije para disuadirla de aquel intento, pero fué
predicar en desierto, porque se había cerrado en ello. No contenta con
dejarse arrastrar de su mala inclinación, dejándome a mí por entregarse
a un renegado, quiso llevarse consigo a Beatriz; pero a esto me opuse
fuertemente. ¡Ah infeliz Lucinda!--le dije--. ¡Si nada es capaz de
conteneros, a lo menos abandonaos sola al furor que os posee y no
queráis conducir a una inocente al precipicio en que os apresuráis a
caer!» Lucinda se marchó sin replicar, quizá por algún vislumbre de
luz que por entonces rayó en ella y le impidió obstinarse en pedir su
hija. Así lo creía yo, pero conocía muy mal a mi madre. Uno de mis
esclavos me dijo dos días después: «Señor, mirad por vos. Un cautivo
de Pegelín acaba de confiarme un secreto que no debo ocultaros, para
que no perdáis tiempo en aprovecharos de él. Vuestra madre ha mudado
de religión, y para vengarse de vos por haberle negado su hija está
determinada a dar parte al bajá de vuestra próxima fuga.» No tuve la
menor duda de que Lucinda era capaz de hacer todo lo que mi esclavo
me avisaba. Habíala yo estudiado mucho y estaba persuadido de que,
a fuerza de representar papeles trágicos en el teatro, se había
familiarizado tanto con el crimen que muy bien me hubiera hecho quemar
vivo, y no le conmovería más mi muerte que si viese representada en una
tragedia esta catástrofe sangrienta.

»Por tanto, no quise despreciar el aviso que me dió el esclavo.
Apresuré cuanto pude las prevenciones del embarco y tomé, según
costumbre de los corsarios argelinos que van a corso, algunos turcos
conmigo, pero solamente los que eran necesarios para no hacerme
sospechoso, y salí del puerto con todos mis esclavos y mi hermana
Beatriz. Ya se persuadirán ustedes de que no me olvidaría de llevar
al mismo tiempo todo el dinero y alhajas que había en mi casa y
podía importar hasta unos seis mil ducados. Luego que nos vimos en
plena mar, lo primero que hicimos fué asegurarnos de los turcos, a
quienes encadenamos fácilmente, por ser mucho mayor el número de
mis esclavos. Tuvimos un viento tan favorable que en poco tiempo
arribamos a las costas de Italia; entramos en el puerto de Liorna con
la mayor facilidad, y toda la ciudad, a lo que creo, acudió a nuestro
desembarco. Entre los que concurrieron a él estaba por casualidad o
por curiosidad el padre de mi esclavo Azarini. Miraba atentamente a
todos mis cautivos conforme iban desembarcando; y aunque en cada uno
de ellos deseaba ver las facciones de su hijo, ninguna esperanza tenía
de encontrarlas. Pero ¡qué júbilo, qué abrazos se dieron padre e hijo
después de haberse reconocido! Luego que Azarini le informó de quién
era yo y del motivo que me llevaba a Liorna, me obligó el buen viejo
a que fuese a alojarme a su casa, juntamente con mi hermana Beatriz.
Pasaré en silencio la menuda relación de mil cosas que me fué preciso
practicar para volver a reconciliarme con el gremio de la Iglesia, y
sólo diré que abjuré el mahometismo con mucha mayor fe que le había
abrazado. Purguéme enteramente del humor mahometano, vendí mi bajel
y di libertad a todos los esclavos. Por lo que toca a los turcos, se
los aseguró en las cárceles de Liorna para canjearlos a su tiempo por
otros tantos cristianos. Los dos Azarinis, padre e hijo, usaron conmigo
de todo género de atenciones. El hijo se casó con mi hermana Beatriz,
partido que a la verdad no dejaba de ser ventajoso para él, porque al
cabo era hija de un caballero y heredera de la hacienda de Jérica, cuya
administración había dejado mi madre a cargo de un rico labrador de
Paterna cuando resolvió pasar a Sicilia.

»Después de haberme detenido en Liorna algún tiempo, marché a
Florencia, deseoso de ver aquella ciudad. Llevé conmigo algunas cartas
de recomendación que el viejo Azarini me dió para algunos amigos suyos
en la corte del gran duque, a quienes me recomendaba como un caballero
español pariente suyo. Yo añadí el don a mi nombre de bautismo, a
imitación de no pocos paisanos míos plebeyos, que sin tenerlo y por
honrarse se lo ponen a sí mismos en los países extranjeros. Hacíame,
pues, llamar con descaro don Rafael, y como había traído de Argel lo
que bastaba para sostener dignamente esta nobleza, me presenté en la
Corte con brillantez. Los caballeros a quienes me había recomendado
Azarini publicaban en todas partes que yo era un sujeto de distinción,
y como no lo desmentían los modales caballerescos, que había estudiado
bien, era generalmente tenido por persona de importancia.

»Supe introducirme muy presto con los primeros señores de la Corte,
los cuales me presentaron al gran duque, y tuve la fortuna de caerle
en gracia. Dediquéme a hacerle la corte y a estudiarle el genio. Oía
para esto con atención lo que decían de él los cortesanos más viejos
y experimentados. Observé, entre otras cosas, que le gustaban mucho
los cuentos graciosos traídos con oportunidad y los dichos agudos.
Esto me sirvió de regla, y todas las mañanas escribía en mi libro de
memoria los cuentos que quería contarle durante el día. Sabía tan gran
número de ellos, que parecía tener un saco lleno, y aunque procuré
gastarlos con economía, poco a poco se fué apurando el caudal, de
suerte que me hubiera visto precisado a repetirlos o a hacer ver que
había concluído mis apotegmas, si mi talento, fecundo en invenciones,
no me hubiese socorrido con abundancia, de manera que yo mismo compuse
cuentos galantes o cómicos que divirtieron mucho al gran duque, y, lo
que sucede muchas veces a los ingeniosos y agudos de profesión, por la
mañana apuntaba en mi libro de memoria las agudezas que había de decir
por la tarde, vendiéndolas como ocurridas de repente.

»Metíme también a poeta y consagré mi musa a las alabanzas del
príncipe. Confieso de buena fe que mis versos no valían mucho, y por
eso nadie los criticó; pero aun cuando hubieran sido mejores, dudo
que el duque los hubiera celebrado más; el hecho es que le agradaban
infinito, lo que quizá dependería de los asuntos que yo elegía. Fuese
por lo que quisiese, aquel príncipe estaba tan pagado de mí que llegué
a causar celos a los cortesanos. Estos quisieron averiguar quién era
yo, pero no lo consiguieron, y sólo llegaron a descubrir que había sido
renegado. No dejaron de ponerlo en noticia del príncipe, con esperanza
de desbancarme; pero, lejos de salir con la suya, este chisme sirvió
únicamente para que el gran duque me obligase un día a que le hiciese
una fiel relación de mi cautiverio en Argel. Obedecíle, y mis aventuras
le divirtieron infinito.

»Luego que la acabé, me dijo: «Don Rafael, yo te estimo mucho y quiero
darte de ello una prueba tal que no te deje género de duda. Voy a
hacerte depositario de mis secretos, y para ponerte desde luego en
posesión de confidente mío, te digo que amo con pasión a la mujer de
uno de mis ministros. Es la señora más linda de mi corte, pero al mismo
tiempo la más virtuosa. Ocupada enteramente en el gobierno de su casa,
y del todo entregada al amor de un marido que la idolatra, parece
que ella sola ignora lo celebrada que es en Florencia su hermosura.
Por aquí conocerás la dificultad de conquistar su corazón. En medio
de eso, esta deidad, inaccesible a los amantes, alguna vez me ha oído
suspirar por ella; he hallado medios de hablarle a solas; conoce
mis sentimientos interiores, mas no por eso me lisonjeo de haberle
inspirado amor, no habiéndome dado ningún motivo para formarme una
idea tan lisonjera. Sin embargo, no desconfío de que llegue a serle
grata mi constancia y la misteriosa conducta que observo. La pasión
que abrigo en mi pecho a esta dama, ella sola la conoce. En vez de
dejarme llevar de mi inclinación sin reparo alguno, abusando del poder
y autoridad de soberano, mi mayor cuidado es ocultar a todo el mundo
el conocimiento de mi amor. Paréceme deber esta atención a Mascarini,
que es el esposo de la que amo. El desinterés y celo con que me sirve,
sus servicios y su probidad me obligan a proceder con el mayor secreto
y circunspección. No quiero clavar un puñal en el pecho de este marido
infeliz declarándome amante de su mujer. Quisiera que ignorase siempre,
si posible fuera, el fuego que me abrasa, porque estoy persuadido de
que moriría de pena si llegase a saber lo que ahora te confío. Por esto
le oculto todos los pasos que doy y he pensado valerme de ti para que
manifiestes a Lucrecia lo mucho que me hace padecer la violencia a que
me condeno yo mismo; tú serás el que le declares mis amorosos afectos,
no dudando que desempeñarás muy bien este delicado encargo. Traba
conversación con Mascarini, procura granjear su amistad, introdúcete en
su casa y logra la libertad de hablar a su mujer. Esto es lo que espero
de ti y lo que estoy seguro harás con toda la destreza y discreción que
pide un encargo tan delicado.»

»Habiendo prometido al gran duque hacer todo lo posible para
corresponder a su confianza y contribuir a la satisfacción de sus
deseos, cumplí presto mi palabra. Nada omití para adquirir la amistad
de Mascarini, lo que me costó poco trabajo. Sumamente pagado de que
solicitase su amistad un cortesano tan bienquisto del príncipe, me
ahorró la mitad del camino. Franqueóme su casa, tuve libre la entrada
en el cuarto de su mujer, y me atreveré a decir que, en vista de mi
cauto proceder, no tuvo la menor sospecha de la negociación de que
estaba encargado. Es verdad que como era poco celoso, aunque italiano,
se fiaba en la virtud de su esposa, y, encerrándose en su despacho, me
dejaba muchos ratos solo con Lucrecia. Dejando desde luego a un lado
los rodeos, le hablé del amor del gran duque y le declaré que yo iba
a su casa precisamente a tratar de este asunto. Parecióme que no le
tenía grande inclinación, pero al mismo tiempo conocí que la vanidad le
hacía oír con gusto su pretensión y se complacía en oírla sin querer
corresponder a ella. Era verdaderamente mujer juiciosa y muy prudente,
pero al fin era mujer, y advertí que su virtud iba insensiblemente
rindiéndose a la lisonjera idea de tener aprisionado a un soberano. En
conclusión, el príncipe podía con fundamento esperar que, sin renovar
la violencia de Tarquino, vería a esta Lucrecia esclava de su amor. Sin
embargo, un lance impensado desvaneció sus esperanzas, como ahora oirán
ustedes.

»Soy naturalmente atrevido con las mujeres, costumbre que contraje
entre los turcos. Lucrecia era hermosa, y olvidándome de que con
ella solamente debía hacer el papel de negociador, le hablé por mí
en lugar de hablarle por el gran duque. Ofrecíle mis obsequios lo
más cortésmente que pude, y en vez de ofenderse de mi osadía y de
responderme con enfado, me dijo sonriéndose: «Confesad, don Rafael, que
el gran duque ha tenido grande acierto en elegir un agente muy fiel y
muy celoso, pues le servís con una lealtad que no hay palabras para
encarecerla.» «Señora--le respondí en el mismo tono--, las cosas no se
han de examina con tanto escrúpulo. Suplícoos que dejemos a un lado las
reflexiones, que conozco no me favorecen mucho; yo solamente sigo lo
que me dicta el corazón. Sobre todo, no creo ser el primer confidente
de un príncipe que en punto a galanteo ha sido traidor a su amo. Es
cosa muy frecuente en los grandes señores hallar en sus Mercurios unos
rivales peligrosos.» «Bien puede ser así--replicó Lucrecia--; pero yo
soy altiva y sólo un príncipe sería capaz de mover mi inclinación.
Arreglaos por este principio--prosiguió ella, volviendo a revestirse de
su natural seriedad--y mudemos de conversación. Quiero olvidar lo que
me acabáis de decir, con la condición de que jamás os suceda volver a
tocar semejante asunto, pues de lo contrario podréis arrepentiros.»

»Aunque éste era un _aviso al lector_ de que yo debiera haberme
aprovechado, proseguí, no obstante, en hablar de mi pasión a la mujer
de Mascarini, y aun la importuné con más eficacia que antes a que
correspondiese a mi cariño, llevando a tal extremo mi temeridad que
quise tomarme algunas libertades. Ofendida entonces la dama de mis
expresiones y de mis modales musulmanes, se llenó de cólera contra mí,
amenazándome de que no tardaría el gran duque en saber mi insolencia
y que le suplicaría me castigase como merecía. Díme yo también por
ofendido de sus amenazas, y, convirtiéndose en odio mi amor, determiné
tomar venganza del desprecio con que me había tratado. Fuíme a ver con
su marido, y, después de haberle hecho jurar que no me descubriría, le
informé de la inteligencia que reinaba entre su mujer y el príncipe,
pintándola muy enamorada para dar más interés a la relación. Lo primero
que hizo el ministro, para precaver todo accidente, fué encerrar sin
más ceremonia en un cuarto reservado a su esposa, encargando a personas
de toda confianza la custodiasen estrechamente. Mientras ella estaba
cercada de vigilantes Argos que la observaban y no dejaban camino
alguno por donde pudiesen llegar al gran duque noticias suyas, yo me
presenté a este príncipe con rostro triste y le dije que no debía
pensar más en Lucrecia, porque Mascarini sin duda había descubierto
todo nuestro enredo, puesto que había comenzado a guardar a su mujer;
que yo no sabía por dónde pudiese haber entrado en sospechas de mí,
pues siempre había yo usado del mayor disimulo y maña; que quizá la
misma Lucrecia habría informado de todo a su esposo y, de acuerdo con
él, se habría dejado encerrar para librarse de solicitaciones que
ponían en sobresalto su virtud. Mostróse el príncipe muy afligido de
oírme; entonces me compadeció mucho su sentimiento, y más de una vez me
pesó de lo que había dicho, pero ya no tenía remedio. Por otra parte,
confieso que experimentaba un maligno placer cuando consideraba el
estado a que había reducido a una mujer orgullosa que había despreciado
mis suspiros.

»Yo gozaba impunemente del placer de la venganza, cuando un día,
estando en presencia del gran duque con cinco o seis señores de su
corte, nos preguntó a todos: «¿Qué castigo os parece merecería un
hombre que hubiese abusado de la confianza de su príncipe e intentado
robarle su dama?» «Merecería--respondió uno de los cortesanos--ser
descuartizado vivo.» Otro opinó que debía ser apaleado hasta que
expirase; el menos cruel de estos italianos, y el que se mostró más
favorable al delincuente, dijo que él se contentaría con hacerle
arrojar de lo alto de una torre. «Y don Rafael--replicó entonces el
gran duque--, ¿de qué parecer es? Porque estoy persuadido de que
los españoles no son menos severos que los italianos en semejantes
ocasiones.»

»Conocí bien, como se puede discurrir, que Mascarini había violado
su juramento o que su mujer había hallado medio de informar al gran
duque de cuanto había pasado entre los dos. En mi rostro se echaba de
ver la turbación que me agitaba; pero a pesar de ella respondí con
entereza al gran duque: «Señor, los españoles son más generosos. En
igual lance, perdonarían al confidente, y con este rasgo de bondad
producirían en su alma un eterno arrepentimiento de haberle sido
traidor.» «Pues bien--me dijo el duque--: yo me contemplo capaz de esa
generosidad y perdono al traidor, reconociendo que sólo debo culparme a
mí mismo por haberme fiado de un hombre a quien no conocía y de quien
tenía motivos de desconfiar en razón de lo que me habían contado de
él. Don Rafael--añadió--, la venganza que tomo de vos es que salgáis
inmediatamente de todos mis Estados y no volváis a poneros en mi
presencia.» Retiréme en el mismo punto, menos afligido de mi desgracia
que gozoso de haber escapado de este apuro a tan poca costa. Al día
siguiente me embarqué en un buque catalán que salió del puerto de
Liorna para Barcelona.»

Cuando llegó don Rafael a este punto de su historia, no me pude
contener en decirle: «Para un hombre tan advertido como sois, me parece
fué grande error no haber salido de Florencia así que descubristeis
a Mascarini el amor del príncipe hacia Lucrecia. Debíais tener por
cierto que tardaría poco el gran duque en saber vuestra traición.»
«Convengo en ello--respondió el hijo de Lucinda--, y por lo mismo
había pensado huir cuanto antes, a pesar del juramento que me hizo
el ministro de no exponerme al resentimiento del príncipe. Llegué
a Barcelona--continuó--con lo que me había quedado de las riquezas
que traje de Argel, cuya mayor parte había disipado en Florencia por
ostentar que era un caballero español. No me detuve largo tiempo en
Cataluña. Reventaba por volverme cuanto antes a Madrid, encantado lugar
de mi nacimiento, y satisfice mis ansiosos deseos lo más presto que
me fué posible. Luego que llegué a la corte, me apeé por casualidad
en una de las posadas de caballeros, en donde vivía una dama llamada
Camila, que, aunque había salido ya de la menor edad, era una mujer
muy salada; testigo, el señor Gil Blas, que por aquel mismo tiempo,
poco más o menos, la vió en Valladolid. Aun era más discreta que
hermosa, y ninguna aventurera tuvo mayor talento para traer la pesca a
sus redes; pero no se parecía a aquellas ninfas que se aprovechan del
agradecimiento de sus galanes. Si acababa de despojar a algún mayordomo
de un gran señor, inmediatamente repartía los despojos con el primer
caballero mendicante que fuese de su gusto.

»Apenas nos vimos los dos cuando nos amamos, y la conformidad de
nuestras inclinaciones nos unió tan estrechamente que presto pasó
a hacer comunes nuestros bienes. A la verdad, no eran éstos muy
considerables, y así, los comimos en poco tiempo. Por nuestra
desgracia, sólo pensábamos uno y otro en agradarnos, sin valemos
de las disposiciones que ambos teníamos para vivir a costa ajena.
La miseria, en fin, despertó nuestro ingenio, que el placer tenía
aletargado. «Querido Rafael--me dijo un día Camila--, pongamos treguas
a nuestro amor; dejemos de guardarnos una fidelidad que nos arruina. Tú
puedes embobar a alguna viuda rica y yo pescar a algún viejo poderoso.
Si proseguimos siéndonos fieles uno a otro, ve ahí dos fortunas
perdidas.» «Hermosa Camila--respondí yo prontamente--, me ganas por la
mano, pues iba a hacerte la misma propuesta; vengo en ello, reina mía.
Sí, por cierto; para la mejor conservación de nuestro amor es menester
intentar conquistas útiles. Nuestras infidelidades serán triunfos para
entrambos.»

»Ajustado este tratado, salimos a campaña. Al principio, por más
diligencias que hicimos, no pudimos encontrar lo que buscábamos. A
Camila solamente se le presentaban pisaverdes, es decir, amantes que
no tienen un cuarto, y a mí sólo se me ofrecían aquellas mujeres que
más quieren imponer contribuciones que pagarlas. Como el amor se negaba
a socorrer nuestras necesidades, apelamos a enredos y bellaquerías.
Hicimos tantos y tantas, que el corregidor llegó a saberlas, y
este juez, en extremo severo, dió orden a un alguacil para que nos
prendiese; pero éste, que era tan bueno como taimado el corregidor, nos
hizo espaldas para que saliésemos de Madrid, mediante una propineja que
le dimos. Tomamos el camino de Valladolid e hicimos pie en aquella
ciudad. Alquilé una casa, donde me alojé con Camila, que por evitar
el escándalo pasaba por hermana mía. Al principio nos contuvimos en
ejercer nuestra habilidad, y comenzamos a tantear y conocer bien el
terreno antes de acometer ninguna empresa.

»Un día se llegó a mí en la calle un hombre y, saludándome muy
cortésmente, me dijo: «Señor don Rafael, ¿no me conoce usted?»
Respondíle que no. «Pues yo--me replicó--conozco a usted mucho, por
haberle visto en la Corte de Toscana, donde servía yo en las guardias
del gran duque. Pocos meses ha que dejé el servicio de aquel príncipe,
y me vine a España con un italiano de los más astutos. Estamos en
Valladolid tres semanas ha y vivimos en compañía de un castellano y de
un gallego, mozos los dos seguramente muy honrados, y nos mantenemos
todos con el trabajo de nuestras manos. Lo pasamos opíparamente y nos
divertimos como unos príncipes. Si usted quiere agregarse a nosotros,
será muy bien recibido de mis compañeros, porque siempre le he tenido
a usted por un hombre muy de bien, naturalmente poco escrupuloso y
caballero profeso en nuestra orden.»

»La franqueza con que me habló aquel bribón me estimuló a responderle
del mismo modo. «Ya que te has franqueado conmigo con tanta
sinceridad--le respondí--, quiero hablarte con la misma. Es verdad que
no soy novicio en vuestra profesión, y si la modestia me permitiera
referirte mis proezas, verías que no me has hecho demasiada merced en
tu ventajoso concepto. Pero dejando a un lado alabanzas propias, me
contentaré con decirte, admitiendo la plaza que me ofreces en vuestra
compañía, que no perdonaré diligencia alguna para haceros conocer que
no la desmerezco.» Apenas dije a aquel ambidextro que consentía en
aumentar el número de sus camaradas, cuando me condujo a donde éstos
estaban, y desde el mismo punto me dió a conocer a todos. Allí fué
donde vi por primera vez al ilustre Ambrosio de Lamela. Examináronme
aquellos señores sobre el arte de apropiarse sutilmente de lo ajeno.
Quisieron saber si tenía principios de la facultad, y descubríles
tantas tretas nuevas para ellos que se quedaron admirados; pero mucho
más se pasmaron cuando, despreciando yo la sutileza de mis manos como
una cosa muy ordinaria, les aseguré que en lo que yo me aventajaba era
en golpes magistrales de hurtar que pedían ingenio, y para persuadirlos
que era verdad les conté la aventura de Jerónimo de Miajadas, y bastó
la sencilla relación de aquel suceso para que me reconociesen por un
talento superior y todos a una me nombrasen por jefe suyo. Tardé poco
en acreditar el acierto de su elección en una multitud de bribonerías
que hicimos, de todas las cuales fuí yo, por decirlo así, la llave
maestra. Cuando necesitábamos alguna actriz para forjar mejor algún
enredo, echábamos mano de Camila, que representaba con primor cuantos
papeles se le encargaban.

«Dióle por aquel tiempo a nuestro cofrade Ambrosio la tentación de ir a
su país, y, con efecto, marchó a Galicia, asegurándonos de su vuelta.
Después que satisfizo sus deseos, volvió por Burgos, sin duda para dar
algún golpe de maestro, en donde un mesonero conocido suyo le acomodó
con el señor Gil Blas de Santillana, de cuyos asuntos le informó muy
bien. Usted, señor Gil Blas--prosiguió, dirigiéndome la palabra--, se
acordará, sin duda, del modo con que le desvalijamos en la posada de
caballeros de Valladolid. Tengo por cierto que desde luego sospechó
usted que su criado Ambrosio había sido el principal instrumento de
aquel robo, y en verdad que le sobró la razón para sospecharlo. Luego
que llegó a Valladolid, vino en busca nuestra, enterónos de todo, y
la gavilla se encargó de lo demás; pero no sabrá usted las resultas
de aquel pasaje y quiero informarle de ellas. Ambrosio y yo cargamos
con la valija y, montados en vuestras mulas, tomamos el camino de
Madrid, sin contar con Camila ni con los demás camaradas, los cuales se
admirarían tanto como vos de ver que no parecíamos al día siguiente.

»A la segunda jornada mudamos de pensamiento: en vez de ir a Madrid, de
donde no había salido sin motivo, pasamos por Cebreros y continuamos
nuestro camino hasta Toledo. Lo primero que hicimos en aquella
ciudad fué vestirnos muy decentemente, y luego, vendiéndonos por
dos hermanos gallegos que viajaban por curiosidad, en poco tiempo
hicimos conocimiento con mucha gente de distinción. Estaba yo tan
acostumbrado a los modales cortesanos y caballerescos que fácilmente
se engañaron cuantos me vieron y trataron. A esto se añadía que como
en un país desconocido la calidad de los forasteros regularmente se
mide por el gasto que hacen y por el lucimiento con que se portan,
ofuscábamos a todos con magníficos festines que empezamos a dar a
las damas. Entre las que yo visitaba encontré con una que me gustó,
pareciéndome más linda y joven que Camila. Quise saber quién era, y
me dijeron se llamaba Violante, mujer de un caballero que, cansado ya
de sus caricias, galanteaba a una cortesana que se había apoderado de
su corazón. No necesité saber más para determinarme a hacer a doña
Violante dueña soberana de todos mis pensamientos.

»Tardó poco ella misma en conocer la adquisición que había hecho.
Comencé a seguirla a todas partes y a hacer mil locuras para
persuadirla de que no aspiraba yo a otra cosa que a consolarla de las
infidelidades de su marido. Pensó un tanto sobre esto, y al cabo tuve
el gusto de conocer que aprobaba mis intenciones. Recibí, en fin, un
billete de ella en respuesta a muchos que yo le había escrito por medio
de una de aquellas viejas que en España e Italia son tan cómodas.
Decíame la dama en el tal billete que su marido cenaba todas las
noches en casa de su amiga y que hasta muy tarde no volvía a la suya.
Desde luego comprendí lo que me quería decir con esto. Aquella misma
noche fuí a hablar por la reja con doña Violante y tuve con ella una
conversación de las más tiernas. Antes de separamos quedamos de acuerdo
en que todas las noches a la misma hora nos hablaríamos en el propio
sitio, sin perjuicio de las demás galanterías que nos fuese permitido
practicar por el día.

»Hasta entonces don Baltasar--que así se llamaba el marido de
Violante--podía darse por bien servido; pero siendo otros mis deseos,
fuí una noche al sitio consabido con ánimo de decirle que ya no podía
vivir si no lograba hablarle a solas en un lugar más conveniente al
exceso de mi amor, fineza que aun no había podido conseguir de ella.
Apenas llegué cerca de la reja, cuando vi venir por la calle a un
hombre, el cual conocí que me observaba. Con efecto, era el marido de
doña Violante, que aquella noche se retiraba a casa algo temprano, y
viendo parado allí a un hombre, comenzó él mismo a pasearse por la
calle. Dudé algún tiempo lo que debía hacer; pero al fin me determiné
a llegarme a don Baltasar, sin conocerle ni que él me conociese a mí,
y le dije: «Caballero, suplico a usted que por esta noche me deje
libre la calle, que en otra ocasión le serviré yo a usted.» «Señor--me
respondió--, la misma súplica iba yo a hacerle a usted. Yo cortejo a
una señorita que vive a veinte pasos de aquí, a la cual un hermano
suyo hace guardar con la mayor vigilancia, por lo que quisiera ver
desocupada del todo la calle.» «Espere usted--repliqué--, que ahora
me ocurre un modo para que ambos quedemos servidos sin incomodarnos,
porque la dama que yo cortejo vive en esta casa--mostrándole la
propia suya--. Usted puede divertirse en la otra mientras yo me
divierto en ésta y hacernos espaldas los dos si alguno de nosotros
fuere acometido.» «Convengo en ello--repuso él--; voy a ocupar mi
sitio, usted quédese en el suyo y socorrámonos mutuamente en caso de
necesidad.» Diciendo esto, se apartó de mí, pero fué para observarme
mejor, lo que podía hacer sin riesgo, porque la noche estaba obscura.

»Acercándome entonces sin recelo a la reja de Violante, no tardó ésta
en venir y comenzamos a hablar. No me olvidé de instar a mi reina
para que me concediese una audiencia privada en sitio reservado.
Resistióse un poco a mis ruegos para hacer más apreciable el favor;
pero después, echándome un papel que ya traía prevenido en el bolsillo,
«Ahí va--me dijo--lo que deseáis, y veréis bien despachadas vuestras
súplicas.» Al decir esto se retiró, por cuanto iba ya viniendo la
hora en que acostumbraba a recogerse a casa su marido; pero éste, que
había conocido muy bien ser su mujer el ídolo a quien yo sacrificaba,
me salió al encuentro y, con un fingido gozo, me preguntó: «Y bien,
caballero, ¿está usted contento de su buena fortuna?» «Tengo motivos
para estarlo--le respondí--; y a usted ¿cómo le fué con la suya?
¿Mostrósele el amor risueño y favorable?» «¡Oh, no!--me respondió con
despecho--. ¡El maldito hermano de mi querida volvió de su casa de
campo un día antes de lo que habíamos pensado, y este contratiempo ha
aguado el contento con que yo me había lisonjeado!»

»Hicímonos don Baltasar y yo recíprocas protestas de amistad y nos
citamos para vernos en la plaza Mayor la mañana siguiente. Después
que nos separamos, se fué don Baltasar derecho a su casa, donde no
mostró a su mujer el menor indicio de las noticias que tenía de ella,
y al otro día acudió a la plaza, según lo acordado, y de allí a un
momento llegué yo. Saludámonos con vivas demostraciones de amistad, tan
alevosas por su parte como sinceras por la mía. Hízome el artificioso
don Baltasar una falsa confianza de sus lances amorosos con la dama de
quien me había hablado la noche anterior. Contóme una larga fábula que
había forjado, todo con el siniestro fin de obligarme a corresponderle
contándole yo el modo con que había hecho conocimiento con Violante.
Caí incautamente en el lazo y con la mayor franqueza del mundo le
confesé todo lo que me había sucedido; y no contento con esto, le
enseñé el papel que había recibido, y aun le leí también su contexto,
que era el siguiente: «Mañana iré a comer en casa de doña Inés; ya
sabéis dónde vive. Allí hablaremos a solas. No puedo negaros por más
largo tiempo un favor que juzgo merecéis.»

«Ese es un papel--dijo don Baltasar--que le promete a usted el
merecido premio de sus amorosos suspiros. Doile a usted de antemano
la enhorabuena de la dicha que le aguarda.» No dejó de parecer algo
turbado mientras hablaba de esta manera, pero fácilmente me deslumbró
ocultando a mis ojos su conmoción y enojo. Estaba tan embelesado
en mis halagüeñas esperanzas, que no me paraba en observar a mi
confidente, aunque éste se vió precisado a dejarme, sin duda por temor
de que conociese su agitación. Partió luego a contar a su cuñado esta
aventura, e ignoro lo que pasó entre los dos; sólo sé que don Baltasar
vino a casa de doña Inés a tiempo que yo estaba con Violante. Supimos
que era él el que llamaba y yo me escapé por una puerta falsa antes
que entrase en la sala. Luego que desaparecí, se aquietaron las dos
mujeres, que se habían asustado mucho con la repentina venida del
marido. Recibiéronle con tanta serenidad, que desde luego sospechó me
habían escondido o hecho pasadizo. Lo que dijo a doña Inés y a su mujer
no os lo puedo contar, porque nunca lo he sabido.

»Entre tanto, no acabando todavía de conocer que don Baltasar se
burlaba cruelmente de mi sinceridad, salí de la casa echándole mil
maldiciones y me fuí derecho a la plaza, donde había dicho a Lamela me
aguardase. No le encontré, porque el bribón tenía también su poco de
trapillo, y con suerte más dichosa que la mía. Mientras le esperaba,
vi a mi falso confidente venir hacia mí con rostro muy alegre y mucho
desembarazo. Luego que llegó a mí, me preguntó cómo me había ido con
mi ninfa en casa de doña Inés. «No sé qué demonio--le respondí--,
envidioso de mis gustos, me vino a echar un jarro de agua en todos
ellos. Mientras estaba a solas con ella, instando y suplicando,
llamó a la puerta su maldito marido, a quien lleve Barrabás. Me fué
preciso pensar en el modo de retirarme prontamente, y así, me marché
por una puerta excusada, dando mil veces al diablo al grandísimo
importuno que viene siempre a desbaratar mis designios.» «A la
verdad, lo siento--repuso don Baltasar, alegrísimo en su interior de
verme desazonado--. Ese es un marido molesto, que no merece se le dé
cuartel.» «¡Oh! ¡En cuanto a eso--repliqué yo--, no dudéis que seguiré
vuestro consejo! Os doy palabra de que esta misma noche se le dará
pasaporte para el otro barrio. Su mujer, al separamos, me dijo que
fuese adelante con mi empeño y no abandonase la empresa por tan poca
cosa; que prosiguiese en acudir a su ventana a la hora acostumbrada,
porque estaba resuelta a introducirme ella misma en su casa, pero que
en todo caso no dejase de ir escoltado con dos o tres camaradas, para
que en cualquier lance me hallase bien prevenido.» «¡Oh qué prudente es
esa dama!--me respondió él--. Yo me ofrezco desde luego a acompañaros.»
«¡Oh querido amigo--repliqué yo, fuera de mí de puro gozo y echándole
los brazos al cuello--, y de cuántas finezas os soy deudor!» «Aun haré
más por vos--repuso él--. Yo conozco a un mozo que es un Alejandro;
éste nos acompañará, y con tal escolta podréis divertiros a vuestro
gusto sin sobresalto ni contratiempo.»

»No encontraba voces para explicar mi agradecimiento a los favores de
aquel nuevo amigo; tan encantado me tenía su celo. Acepté, en fin, el
auxilio que me ofrecía, y dándonos el santo para cerca de la puerta de
Violante a la entrada de la noche, nos separamos. Don Baltasar fué a
buscar a su cuñado, que era el Alejandro de quien me había hablado,
y yo me quedé paseando con Lamela, el cual, aunque no menos admirado
que yo de la eficacia con que don Baltasar se interesaba en este
asunto, cayó también en la red como yo había caído, sin pasarle por el
pensamiento la menor desconfianza de la sencillez de aquellas finezas.
Confieso que una simplicidad tan garrafal no se podía perdonar a unos
hombres como nosotros. Cuando me pareció que era hora de presentarme
a la ventana de Violante, Ambrosio y yo nos acercamos a ella, bien
prevenidos de buenas armas. Hallamos en el mismo sitio al marido de la
dama, acompañado de otro hombre que nos esperaba a pie firme. Llegóse a
mí don Baltasar y me dijo: «Este es el caballero de cuyo valor hablamos
esta mañana. Entre usted en casa de esa señora y disfrute su dicha sin
recelo ni inquietud.»

»Acabados los recíprocos cumplimientos, llamé a la puerta de mi ninfa y
vino a abrirla una especie de dueña. Entré sin advertir lo que pasaba
a mis espaldas y llegué hasta una sala donde Violante me esperaba.
Mientras la estaba saludando, los dos traidores, que me siguieron hasta
dentro de la casa, habían entrado en ella tan atropelladamente, y
cerrado tras de sí la puerta con tanta violencia, que el pobre Ambrosio
se quedó en la calle. Descubriéronse entonces, y ya podéis imaginar el
apuro en que yo me vería. Bien se deja conocer que fué forzoso entonces
llegar a las manos. Acometiéronme los dos al mismo tiempo con las
espadas desnudas, y yo les correspondí, dándoles tanto que hacer que
se arrepintieron presto de no haber tomado medidas más seguras para la
venganza. Pasé de parte a parte al marido, y el cuñado, viéndole en
aquel estado, tomó la puerta, que Violante y la dueña habían dejado
abierta al escaparse mientras nosotros reñíamos. Fuíle siguiendo hasta
la calle, donde me reuní con Lamela, que, no habiendo podido sacar ni
una sola palabra a las dos mujeres que había visto ir huyendo, no sabía
precisamente a qué atribuir el rumor que acababa de oír. Volvimos a la
posada, y, recogiendo lo mejor que teníamos, montamos en nuestras mulas
y salimos de la ciudad antes que amaneciese.

»Conocimos muy bien que el lance podía tener malas resultas y que se
harían en Toledo pesquisas contra las cuales sería imprudencia no
tomar todo género de precauciones. Hicimos noche en Villarrubia, en un
mesón, en donde a poco rato entró un mercader de Toledo que caminaba
a Segorbe. Cenamos con él y nos contó el trágico suceso del marido de
Violante, mostrándose tan ajeno de sospecharnos reos de él que con
libertad le hicimos toda suerte de preguntas. «Señores--nos dijo--, el
caso lo supe esta mañana al ir a montar a caballo. Se hacen grandes
diligencias para encontrar a Violante y me han asegurado que, siendo el
corregidor pariente de don Baltasar, está en ánimo de no perdonar medio
alguno para descubrir los autores del homicidio. Esto es todo lo que
sé.»

»Aunque nada me espantaron las pesquisas del corregidor de Toledo,
no obstante, tomé desde luego la determinación de salir cuanto antes
de Castilla la Nueva, haciéndome cargo de que si encontraban a
Violante confesaría ésta cuanto había pasado y daría tales señas de
mi persona que la justicia despacharía rápidamente varias gentes en
mi seguimiento. Por todas estas consideraciones, resolvimos desviamos
del camino real desde el día siguiente. Tuvimos la fortuna de que
Lamela había corrido las tres partes de España y tenía bien conocidas
todas las sendas extraviadas por donde podíamos pasar con seguridad a
Aragón. En vez de irnos derechos a Cuenca, nos metimos en las montañas
que están antes de llegar a la ciudad, y por senderos muy practicados
por mi conductor llegamos a una gruta que tenía toda la apariencia de
ermita. Con efecto, era la misma adonde ayer noche llegaron ustedes a
pedirme los recogiese.

»Mientras estaba yo examinando sus contornos, que me representaban un
país deliciosísimo, me dijo mi compañero: «Seis años ha que pasando
yo por aquí me hospedó caritativamente en esta ermita un anciano y
venerable ermitaño, que repartió conmigo los escasos víveres que tenía.
Era un santo varón, y me dijo cosas tan santas y tan buenas que faltó
poco para que yo dejase el mundo. Acaso vivirá todavía y quiero ver si
es así.» Dicho esto, se apeó de la mula el curioso Ambrosio, y entrando
en la ermita, después de haberse detenido en ella algunos momentos,
salió, diciéndome: «Apeaos, don Rafael, y venid a ver un espectáculo
muy tierno.» Eché pie a tierra inmediatamente, y, atando nuestras mulas
a un árbol, seguí a Lamela hasta la gruta, donde entré, y vi tendido en
una vil tarima a un viejo anacoreta, pálido y moribundo. Pendía de su
venerable rostro una blanca barba, tan poblada y larga que le llegaba
hasta la cintura, y tenía en sus manos juntas entrelazado un gran
rosario. Al ruido que hicimos cuando nos acercamos a él entreabrió los
ojos, que la muerte había comenzado ya a cerrar, y después de habernos
mirado un momento nos dijo: «Hermanos míos, seáis quienes fuereis,
aprovechaos del espectáculo que se ofrece a vuestra vista. Cuarenta
años he vivido en el mundo y sesenta en esta soledad. ¡Ah y qué largo
me parece ahora el tiempo que dediqué a mis deleites, y, al contrario,
qué corto el que he consagrado a la penitencia! ¡Ah! ¡Mucho temo que
las austeridades del hermano Juan no hayan sido bastantes para expiar
los pecados del licenciado don Juan de Solís.»

»Apenas dijo estas palabras, cuando expiró, y los dos nos quedamos
atónitos a vista de su muerte. Tales objetos siempre hacen alguna
impresión hasta en los mayores libertinos; pero duró poco nuestra
conmoción, porque olvidamos presto lo que acababa de decirnos.
Comenzamos a hacer inventario de todo lo que había en la ermita, en lo
que no tardamos mucho tiempo, pues todos los muebles consistían en lo
que habéis podido ver en ella. No sólo la tenía el hermano Juan mal
amueblada, sino que hasta la despensa estaba mal provista. Todas las
provisiones que hallamos se reducían a unas pocas avellanas y algunos
mendrugos de pan casi petrificados, que a la cuenta no habían podido
mascar las despobladas encías del santo varón; digo despobladas porque
observamos que se le había caído la dentadura. Todo lo que contenía
esta morada solitaria y todo lo que veíamos nos hacía mirar a este
buen anacoreta como a un santo. Una sola cosa nos llamó la atención:
hallamos un papel plegado en forma de carta, que el difunto había
dejado sobre la mesa, en el cual encargaba a quien le leyese que
llevase su rosario y sus sandalias al obispo de Cuenca. No acabamos de
entender con qué intención había podido aquel nuevo padre del desierto
desear que se hiciese a su obispo semejante regalo. Olíanos esto a
falta de humildad o a cierto hipo de ser tenido por santo. Pero ¡quién
sabe si sólo fué un si es no es de tontería! Es punto que no me meteré
a decidir.

»Hablando de ello Lamela y yo, le ocurrió a aquél un extraño
pensamiento. «Quedémonos--me dijo--en esta ermita y disfracémonos de
ermitaños. Enterremos al hermano Juan. Tú pasarás por él, y yo, con
el nombre de hermano Antonio, iré a pedir limosna por los lugares y
aldeas del contorno. De esta manera, no sólo estaremos a cubierto de
las pesquisas del corregidor, que no creo pueda pensar en buscarnos
aquí, sino que espero lo pasaremos bien, en virtud de los conocimientos
que tengo en la ciudad de Cuenca.» Aprobé este extraño pensamiento,
no ya por las razones que Ambrosio me alegaba, sino por un rasgo de
extravagancia y como para representar un papel en una pieza de teatro.
Abrimos, pues, una sepultura a treinta o cuarenta pasos de la gruta,
y enterramos en ella modestamente al anacoreta, después de haberle
despojado de su hábito, que consistía en una túnica ceñida al cuerpo
con una correa de cuero, y le cortamos también la barba, para hacerme
con ella a mí una postiza; en fin, hechos los funerales, tomamos
posesión de la ermita.

»Pasámoslo muy mal el primer día, viéndonos precisados a mantenernos
solamente de la triste provisión que nos había dejado el difunto; pero
el día siguiente, antes de amanecer, salió Lamela a campaña con las dos
mulas, que vendió en Cuenca, y por la noche volvió cargado de víveres
y de otras cosillas que había comprado. Trajo todo lo que era menester
para disfrazarnos bien. Hizo para sí una túnica o hábito de paño pardo
y una barbilla roja de crines, la que se supo acomodar con tal arte que
parecía natural. No hay en el mundo mozo más mañoso que él. Arregló
también la barba del hermano Juan, ajustándomela a la cara, y púsome
en la cabeza un gran gorro de lana obscura, que contribuía mucho para
disimular el artificio. Se puede decir que nada faltaba para nuestro
disfraz. Hallámonos los dos en este ridículo equipaje, de manera que no
podíamos mirarnos sin reírnos, viéndonos en un traje que ciertamente
no nos convenía. Con la túnica del hermano Juan heredé también su
rosario y sus sandalias, que no hice escrúpulo de apropiarme en vez de
regalárselas al obispo de Cuenca.

»Hacía tres días que estábamos en la ermita, sin haber visto en todos
ellos alma viviente; pero al cuarto entraron en la gruta dos aldeanos,
que traían al difunto, creyendo que estuviese todavía vivo, pan, queso
y cebollas. Luego que los vi, me eché en mi tarima, y me fué fácil
alucinarlos, fuera de que ellos no podían distinguirme bien por la
escasa luz de la ermita, y procuré imitar lo mejor que pude la voz del
hermano Juan, cuyas últimas palabras había oído: de manera que los
pobres hombres no tuvieron la menor sospecha de aquella superchería,
y sí sólo mostraron alguna admiración de hallarse en la gruta con
otro ermitaño. Pero advirtiéndolo, el socarrón de Lamela les dijo con
cierto aire hipocritón: «No os admiréis, hermanos, de verme a mí en
esta soledad. Estaba yo en una ermita de Aragón y la he dejado por
venir a acompañar al venerable y discreto hermano Juan y asistirle en
su extrema vejez, considerando la necesidad que tendría en ella de este
alivio.» Los aldeanos prorrumpieron en infinitas alabanzas de Ambrosio,
ensalzando hasta el cielo su heroica caridad y dándose a sí mismos mil
parabienes por la dicha de tener dos hombres santos en su país.

»Había comprado Lamela unas grandes alforjas, y cargado con ellas
partió por la primera vez a dar principio a la demanda en la ciudad
de Cuenca, que sólo dista una legua corta de la ermita. Como la
Naturaleza le ha dotado de un exterior devoto y compungido, y además
de eso posee en supremo grado el arte de hacerlo valer, no dejó de
mover el corazón de las personas caritativas a darle limosna, y así, en
poco tiempo llenó las alforjas de los dones de su liberalidad. «Amigo
Ambrosio--le dije cuando volvió a la ermita--, te doy el parabién del
admirable talento que tienes para ablandar y enternecer las almas
cristianas. ¡Vive diez, que parece has ejercitado por muchos años el
oficio de demandante capuchino!» «Algo más he hecho--me respondió--que
hacer abundante cosecha, porque has de saber que he encontrado a cierta
ninfa, llamada Bárbara, que fué algo mía en otro tiempo. La he hallado
bien mudada, pues se ha dado, como nosotros, a la devoción. Vive con
otras dos o tres beatas que edifican el mundo en público y hacen una
vida muy diferente en casa. Al principio no me conoció; tanto, que me
vi obligado a decirle: «¿Cómo así, señora Bárbara? ¿Es posible que
ya desconozcáis a uno de vuestros antiguos amigos y vuestro humilde
servidor Ambrosio?» «¡Por vida mía, amigo Lamela--respondió Bárbara--,
que jamás podía soñar el verte vestido con ese traje! ¿Por qué diablos
de aventuras has venido a parar en ermitaño?» «Eso es cosa larga--le
respondí--, y ahora no puedo detenerme a contárosla; pero mañana a la
noche volveré y satisfaré vuestra curiosidad. También vendrá conmigo
mi compañero, el hermano Juan.» «¿Qué hermano Juan?--replicó ella--.
¿Aquel viejo y buen ermitaño que vive en una ermita cerca de esta
ciudad? ¡Tú no sabes lo que te dices, pues se asegura que tiene más de
cien años!» «Es verdad--le respondí--que en otro tiempo tuvo esa edad,
pero de pocos días a esta parte se ha remozado tanto que no soy yo más
mozo que él.» «Pues bien--respondió Bárbara--, siendo así, que venga
contigo. Sin duda que en eso se oculta algún misterio.»

»No dejamos de ir al día siguiente, luego que fué noche, a casa de
aquellas santurronas, que para recibirnos mejor nos tenían prevenida
una gran cena. Así que entramos en su casa nos quitamos las barbas
postizas y el hábito eremítico, y sin ceremonia nos presentamos a estas
princesas tales cuales éramos; y ellas, por no parecer menos francas
que nosotros, nos mostraron de cuánto son capaces las falsas devotas
cuando arriman a un lado las gazmoñerías de la aparente devoción.
Pasamos casi toda la noche a la mesa y no nos retiramos a nuestra gruta
hasta poco antes de amanecer. Repetimos presto la visita, o por mejor
decir seguimos el mismo método por espacio de tres meses, y gastamos
con aquellas ninfas más de los dos tercios de nuestro caudal; pero
cierto celoso lo ha descubierto todo, dando parte a la justicia, la
cual debía hoy ir a la ermita a echarnos mano. Ayer, mientras Ambrosio
hacía su demanda en Cuenca, una de las beatas le entregó un billete,
diciéndole: «Una amiga mía me escribe esta carta, que iba a enviaros
con un propio. Muéstresela al hermano Juan y tomen sus medidas en
informándose de su contenido.» Este es, señores, aquel mismo billete
que Lamela me entregó ayer en vuestra presencia y el que nos obligó a
abandonar tan precipitadamente nuestra solitaria habitación.»



                              CAPITULO II

De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus oyentes y de la
aventura que les sucedió al querer salir del bosque.


Luego que acabó don Rafael de contar su historia, que me pareció
algo larga, don Alfonso le dijo por cortesía que verdaderamente le
había divertido mucho. Después de este cumplido, tomó la palabra el
señor Lamela, y volviéndose al compañero de sus hazañas le dijo:
«Don Rafael, el sol está ya para ponerse y me parece del caso que
tratemos del partido que hemos de tomar.» «Dices bien--respondió su
camarada--; es menester pensar a dónde hemos de ir.» «Yo--continuó
Lamela--soy de parecer que, sin perder tiempo, nos pongamos en camino y
procuremos llegar esta noche a Requena, para entrar mañana en el reino
de Valencia, donde pondremos en movimiento los registros de nuestra
industria. Siento acá dentro de mi corazón no sé qué presagio de que
daremos golpes magistrales.» Don Rafael, que sobre estos asuntos tenía
gran fe en sus pronósticos infalibles, accedió luego a su opinión.
Don Alfonso y yo, como nos habíamos puesto en manos de aquellos dos
hombres de bien, esperamos sin hablar palabra el resultado de aquella
conferencia.

Resolvióse, pues, que tomásemos la vuelta de Requena, y nos
dispusimos todos para ello. Hicimos una comida como la de la mañana
y después cargamos el caballo con la bota de vino y lo restante de
las provisiones. Sobreviniendo la noche, de cuya lobreguez teníamos
necesidad para caminar seguros, quisimos salir del bosque; pero aun no
habíamos andado cien pasos cuando descubrimos por entre los árboles
una luz que nos dió mucho en que pensar. «¿Qué significa aquella
luz?--preguntó don Rafael--. ¿Serán acaso los corchetes de la justicia
de Cuenca despachados en seguimiento nuestro, y que creyéndonos en este
bosque nos vendrán a buscar en él?» «No lo pienso--dijo Ambrosio--;
antes bien, serán algunos pasajeros que, por haberles cogido la noche,
se habrán refugiado aquí hasta que amanezca. Pero en todo caso, porque
puedo engañarme, quiero yo ir a reconocerlos; mientras tanto quedaos
los tres en este sitio, que vuelvo en un momento.» Diciendo esto, se
fué acercando poco a poco a donde se dejaba ver la luz, que no estaba
muy distante. Fué desviando con mucho tiento las ramas y matorrales que
le impedían el paso, y al mismo tiempo mirando con toda la atención que
a su parecer merecía el caso: vió, sentados sobre la hierba y alrededor
de una vela colocada sobre un montoncito de tierra, a cuatro hombres,
que acababan de comer una empanada y de agotar una gran bota de vino.
A pocos pasos de distancia descubrió a un hombre y a una mujer atados
a dos árboles, y algo más allá un coche de camino con mulas ricamente
enjaezadas. Desde luego sospechó que los cuatro hombres que estaban
sentados debían de ser ladrones, y por la conversación que les oyó
acabó de conocer que no había sido temeraria su sospecha. Disputaban
los cuatro salteadores sobre de quién había de ser la dama que había
caído en sus manos y trataban de sortearla. Enterado plenamente, Lamela
volvió a donde estábamos y nos informó menudamente de todo lo que había
visto y oído.

«Señores--dijo entonces don Alfonso--, la mujer y el hombre que tienen
atados a los árboles los ladrones quizá serán una señora y un caballero
de distinción. ¿Y hemos de sufrir nosotros que sirvan de víctimas a
la barbarie y a la brutalidad de unos malhechores? Creedme, señores,
echémonos sobre estos bandidos y mueran todos a nuestras manos.»
«Consiento en ello--dijo D. Rafael--; yo estoy tan pronto a hacer una
buena acción como una mala.» Ambrosio, por su parte, protestó que sólo
deseaba concurrir a una empresa tan loable, de la cual preveía que
seríamos bien recompensados, según su modo de pensar. «Y aun me atrevo
a decir--añadió--que en esta ocasión el peligro no me amedrenta y que
ningún caballero andante se manifestó nunca más pronto al servicio de
las damas.» Pero si se han de decir las cosas sin faltar a la verdad,
el riesgo no era grande, porque habiéndonos dicho Lamela que las armas
de los ladrones estaban todas amontonadas en un sitio a diez o doce
pasos de ellos, no nos fué muy difícil ejecutar nuestra resolución.
Atamos, pues, a un árbol el caballo y nos fuimos acercando con
silencio y a paso lento a los ladrones. Acalorados éstos con el vino,
hablaban todos, metiendo un ruido confuso que favorecía mucho el golpe
de la sorpresa. Apoderámonos de sus armas antes de que nos viesen,
y disparándolas sobre ellos a boca de jarro, todos cuatro quedaron
tendidos sobre el suelo.

Durante esta expedición se apagó la luz y nos quedamos en la
obscuridad; sin embargo de esto, acudimos inmediatamente a desatar
el hombre y la mujer, que estaban tan poseídos de terror que no
tuvieron aliento para darnos las gracias por el bien que acabábamos
de hacerles. Verdad es que ignoraban aún si debían mirarnos como a
bienhechores o como a nuevos bandidos, que los habían librado de los
otros quizá para tratarlos peor. Pero nosotros procuramos sosegarlos
asegurándoles que los íbamos a conducir a una venta que, según decía
Ambrosio, no distaba mas que media legua de allí, donde podrían tomar
las precauciones necesarias para llegar con seguridad a donde se
dirigían. Después de que los hubimos animado, los metimos en su coche y
los sacamos fuera del bosque, tirando nosotros las mulas por el freno.
Nuestros anacoretas fueron en seguida a visitar las faltriqueras de
los vencidos; después fuimos a desatar el caballo de don Alfonso, y nos
apoderamos también de los que eran de los ladrones, que estaban atados
a varios árboles junto al campo de batalla. Montados en unos y llevados
otros del diestro, seguimos al hermano Antonio, que había montado en
una mula del coche, haciendo de cochero para conducirlo a la venta, y
tardamos dos horas en llegar a ella, aunque el señor Lamela nos había
dicho que no estaba muy apartada del bosque.

Llamamos a la puerta con fuertes golpes, porque toda la gente de
la casa estaba ya acostada. Levantáronse y vistiéronse de prisa el
ventero y la ventera, que no mostraron el menor enfado de que los
hubiesen despertado a lo mejor del sueño cuando vieron una comitiva
que prometía hacer mucho más gasto en su casa del que efectivamente
hizo. En un momento encendieron luces por toda la venta. Don Alfonso y
el ilustre hijo de Lucinda dieron la mano a la señora y al caballero
para ayudarlos a bajar del coche, sirviéndoles como de gentileshombres
hasta el cuarto a donde los condujo el ventero. Allí se hicieron mil
recíprocos cumplimientos, y quedamos muy admirados cuando llegamos a
saber que los personajes a quienes acabábamos de libertar eran el conde
de Polán y su hija Serafina. Pero ¿quién podrá describir el asombro de
esta señora y de D. Alfonso cuando se conocieron? El conde no reparó en
este pasaje, porque estaba distraído en otras cosas. Púsose a contarnos
menudamente el modo como les habían asaltado los ladrones y se habían
apoderado de su hija y de él después de haber muerto al postillón,
a un paje y a un ayuda de cámara. Acabó diciendo que nos estaba
infinitamente agradecido, y que si queríamos ir a Toledo, donde estaría
de vuelta dentro de un mes, nos daría pruebas que bastasen a hacernos
conocer si era ingrato o reconocido.

A la hija de aquel señor no se le olvidó darnos también mil gracias por
su dichosa libertad; y habiendo juzgado don Rafael y yo que gustaría
don Alfonso de que le facilitásemos el medio de hablar un rato a solas
con aquella viuda joven, lo dispusimos prontamente entreteniendo al
conde de Polán. «Serafina--le dijo don Alfonso en voz muy baja--, ya
no me quejaré de la desgraciada suerte que me obliga a vivir como un
hombre desterrado de la sociedad civil, habiendo tenido la fortuna de
contribuir al importante servicio que se os ha hecho.» «Pues qué--le
respondió ella suspirando--, ¿sois vos el que me habéis salvado la vida
y el honor? ¿Sois vos a quien mi padre y yo somos tan deudores? ¡Ah don
Alfonso! ¡Por qué fuisteis vos quien dió muerte a mi hermano!» No le
dijo más; pero él comprendió bastante, por sus palabras y por el tono
en que las dijo, que si amaba con extremo a Serafina no era menos amado
de ella.


                              LIBRO SEXTO



                           CAPITULO PRIMERO

De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros después que se separaron
del conde de Polán; del importante proyecto que formó Ambrosio y cómo
se ejecutó.


Después de haber pasado el conde de Polán la mitad de la noche en
darnos gracias y asegurarnos que podíamos contar con su eterno
agradecimiento, llamó al ventero, para consultar con él de qué modo
llegaría con seguridad a Turis, adonde tenía ánimo de ir. Dejamos
que tomase sobre esto sus medidas, y nosotros salimos de la venta,
siguiendo el camino que Lamela quiso escoger.

Al cabo de dos horas de marcha nos amaneció ya cerca de Campillo.
Llegamos prontamente a las montañas que hay entre aquella villa y
Requena, y allí pasamos el día en descansar y en contar nuestro caudal,
que se había aumentado mucho con el dinero que habíamos cogido a los
ladrones, en cuyas faltriqueras se encontraron más de trescientos
doblones en diferentes monedas. Al entrar de la noche nos volvimos a
poner en camino, y el día siguiente al amanecer entramos en el reino de
Valencia. Retirámonos al primer bosque que encontramos, emboscámonos
en él y llegamos a un sitio por donde corría un arroyuelo de agua
cristalina que iba lentamente a juntarse con las del Guadalaviar. La
sombra con que nos convidaban los árboles y la abundante hierba que el
campo ofrecía para los caballos nos hubieran determinado a hacer alto
en aquel paraje, aun cuando no estuviéramos ya resueltos a descansar
algunas horas en él.

Apeámonos, pues, y hacíamos ánimo de pasar allí aquel día alegremente;
pero cuando fuimos a almorzar nos hallamos con poquísimos víveres.
Empezaba a faltarnos el pan y nuestra bota se había convertido en
un cuerpo sin alma. «Señores--dijo entonces Ambrosio--, sin Ceres y
sin Baco a ninguno agrada el sitio más delicioso. Soy de parecer que
renovemos nuestras provisiones, y así, marcho a este fin a Chelva, que
es una linda villa, distante de aquí solas dos leguas, y tardaré poco
en tan corto viaje.» Dicho esto, cargó en el caballo la bota y las
alforjas, montó, y partió del bosque a tan buen paso que nos prometimos
sería muy pronta su vuelta; mas, sin embargo, no volvió tan presto como
lo esperábamos. Era ya mucho más del mediodía cuando vimos a nuestro
proveedor, cuya tardanza comenzaba a damos cuidado. Engañó alegremente
nuestro sobresalto con las muchas cosas de que venía provisto. No
sólo traía la bota llena de exquisito vino y atestadas las alforjas
de carnes asadas, sino que reparamos un gran fardo acomodado a las
ancas del caballo, que se llevó nuestra atención. Conociólo Ambrosio,
y nos dijo sonriéndose: «Apuesto yo a don Rafael y a todos los más
diestros del mundo que no son capaces de adivinar por qué ni para qué
he comprado todo este envoltorio de ropa.» Diciendo esto, lo desató él
mismo para que viéramos por menor lo que encerraba. Mostrónos un manteo
negro y una sotana del mismo color, dos chupas y dos pares de calzones,
un tintero de cuerno, con su salvadera y cañón para meter las plumas,
una mano de papel fino, un sello grande y un candado, juntamente
con una barreta de lacre verde. «¡Pardiez, señor Ambrosio--exclamó
zumbándose D. Rafael luego que vió todas aquellas baratijas--, que
habéis empleado bien el dinero! ¿Qué diablos piensas hacer de todos
esos cachivaches?» «Un uso admirable--respondió Lamela--. Todas estas
cosas no me han costado sino diez doblones, y estoy persuadido de que
nos han de valer más de quinientos. Contad seguramente con ellos. No
soy hombre que me cargo de géneros inútiles. Y para haceros ver que no
he comprado a tontas y a locas, voy a daros parte de un proyecto que he
formado, un proyecto que sin disputa es de los más ingeniosos que puede
concebir el entendimiento humano. Vais a oírlo, y estoy seguro que
quedaréis atónitos al saberlo. ¡Estadme atentos! Después de haber hecho
mi provisión de pan, me entré en una pastelería y mandé que me asasen
seis perdices, otras tantas pollas e igual número de gazapos. Mientras
todo esto se estaba asando, entró en la pastelería un hombre encendido
en cólera, quejándose agriamente de la injuria que le había hecho un
mercader del pueblo, y le dijo al pastelero: «¡Por Santiago Apóstol,
que Samuel Simón es el mercader más ruin que hay en todo Chelva! Acaba
de afrentarme públicamente en su tienda, pues no me ha querido fiar el
grandísimo ladrón seis varas de paño, sabiendo como sabe que soy un
artesano que cumplo bien y que a ninguno he quedado jamás a deber un
cuarto. ¿No os admiráis de semejante bruto? El fía sin reparo a los
caballeros, cuando sabe por experiencia que de muchos de ellos no ha
de cobrar ni un ochavo, y no quiere fiar a un vecino honrado que está
seguro de que le ha de pagar hasta el último maravedí. ¡Qué manía!
¡Maldito judío! ¡Ojalá le engañen! ¡Puede ser que se me cumpla algún
día este deseo y no faltarán mercaderes que me acompañen en él.» Oyendo
yo hablar de este modo a aquel pobre menestral, que dijo además otras
muchas cosas, de repente me asaltó el deseo de vengarle y de hacer una
pesada burla al señor Samuel Simón. «Amigo--pregunté a aquel hombre--,
¿no me diréis qué carácter tiene ese mercader?» «El peor que se puede
discurrir--me respondió con enfado--. Es un desenfrenado usurero,
aunque en su exterior aparenta ser un hombre virtuoso; es un judío que
se volvió católico, pero en el fondo de su alma es todavía tan judío
como Pilatos, porque se asegura haber abjurado por interés.» No perdí
palabra de todo lo que me dijo el irritado menestral, y luego que
salí de la pastelería procuré informarme de la casa de Samuel Simón.
Enseñómela un hombre. Paréme a ver su tienda, examinéla toda, y mi
imaginación, siempre pronta a favorecerme, me sugiere un enredo que
abrazo con presteza, pareciéndome digno del criado del señor Gil Blas.
Fuíme derecho a una ropería y compré los vestidos que veis; uno, para
hacer el papel de comisario del Santo Oficio; otro, para representar
el de secretario, y el tercero, para fingir el de alguacil. Ved ahí,
señores, lo que hice y lo que fué la causa de mi tardanza.»

«¡Ah querido Ambrosio--interrumpió D. Rafael arrebatado de gozo--, y
qué admirable idea! ¡Qué plan tan asombroso! ¡Envidio tu sutilísima
invención! ¡Daría yo los mayores enredos de mi vida por que se me
hubiese ofrecido éste tan ingenioso! ¡Sí, amigo Lamela--prosiguió--,
penetro bien todo el fondo, todo el valor de tu delicado pensamiento, y
no debes poner duda en que el éxito será dichoso! Sólo has menester dos
buenos actores que no echen a perder una comedia tan bien imaginada;
pero estos actores los tienes a mano. Tú tienes un aspecto devoto
y harás muy bien de comisario del Santo Oficio; yo representaré el
secretario y el señor Gil Blas, si gusta, hará de alguacil. Ya están
repartidos los papeles; mañana representaremos la comedia, y yo
respondo del buen éxito, a menos que sobrevenga alguno de aquellos
lances imprevistos que dan en tierra con los designios más bien
combinados.»

Por lo que a mí toca, sólo comprendí en confuso el proyecto que
D. Rafael alabó tanto; pero durante la cena me lo explicaron, y
verdaderamente me pareció ingenioso. Después que hubimos despachado
gran parte de la provisión y hecho a la bota copiosas sangrías,
nos tendimos sobre la hierba y tardamos poco en dormirnos. Pero no
fué largo nuestro sueño, porque una hora después le interrumpió el
despiadado Ambrosio gritando antes del día: «_¡En pie! ¡En pie!_ ¡Los
que traen entre manos grandes empresas que ejecutar no han de ser
perezosos!» «¡Maldito sea el señor comisario--le dijo D. Rafael entre
despierto y dormido--, y lo que su señoría ha madrugado! ¡En verdad que
el judiazo de Samuel Simón dará a todos los diablos tanta vigilancia!»
«Convengo en ello--respondió Lamela--, y os diré de más a más--añadió
riéndose--que esta noche soñé que yo le estaba arrancando pelos de
la barba. ¿Y este sueño, señor secretario, no es de muy mal agüero
para el desdichado Samuel?» Con estas y otras mil cuchufletas que se
dijeron nos pusimos todos de muy buen humor. Almorzamos alegremente
y luego nos dispusimos para representar cada uno su papel. Ambrosio
se echó a cuestas las hopalandas, de manera que tenía toda la traza
de un verdadero comisario. Don Rafael y yo nos vestimos de modo que
parecíamos perfectamente un secretario y un alguacil. Empleamos
bastante tiempo en disfrazarnos y en ensayar lo que habíamos de
hacer; tanto, que eran ya más de las dos de la tarde cuando salimos
del bosque para encaminamos a Chelva. Es verdad que ninguna cosa nos
apuraba; antes bien, era del caso no dejarnos ver en el lugar hasta
algo entrada la noche. Por lo mismo, caminamos poco a poco, y aun
tuvimos que detenernos casi a las puertas del pueblo, dando tiempo a
que obscureciese enteramente.

Cuando nos pareció tiempo, dejamos los caballos en aquel sitio, a cargo
de D. Alfonso, que se alegró mucho de no tener que hacer otro papel.
Don Rafael, Ambrosio y yo nos fuimos en derechura a la puerta de Samuel
Simón. El mismo salió a abrirla, y quedó extrañamente sorprendido de
ver en su casa aquellas tres figuras; pero lo quedó mucho más luego
que Lamela, que llevaba la palabra, le dijo en tono imperioso: «Señor
Samuel, de parte del Santo Oficio, cuyo indigno comisario soy, os
ordeno que en este mismo momento me entreguéis la llave de vuestro
despacho. Quiero ver si hallo en él con que justificar las delaciones y
acusaciones que se nos han presentado contra vos.»

El mercader, a quien habían turbado estas palabras, retrocedió dos
pasos, y lejos de sospechar en nosotros alguna superchería, creyó de
buena fe que algún enemigo oculto le había delatado al Santo Oficio,
o también es muy posible que, no reconociéndose él mismo por muy buen
católico, temiese haber dado motivo para alguna secreta información.
Sea lo que fuere, nunca vi hombre más confuso. Obedeció sin resistencia
y con todo el respeto que corresponde a un hombre que teme a la
Inquisición. El mismo nos abrió su despacho, y al entrar le dijo
Ambrosio: «Señor Samuel, a lo menos recibís con sumisión las órdenes
del Santo Oficio; pero--añadió--retiraos a otro cuarto y dejadme
practicar libremente mi empleo.» Samuel no fué menos obediente a esta
segunda orden que lo había sido a la primera; retiróse a su tienda, y
nosotros tres entramos en su despacho, donde sin pérdida de tiempo nos
pusimos a buscar el dinero, que nos costó poco trabajo y menos tiempo
encontrar, porque estaba en un cofre abierto, donde había más del que
podíamos llevar. Consistía en gran número de talegos puestos unos sobre
otros y todo en moneda de plata. Nosotros hubiéramos querido más que
fuese en oro; pero no pudiendo ya ser esto, nos fué forzoso hacer de
la necesidad virtud. Llenamos bien los bolsillos, las faltriqueras,
el hueco de los calzones y, en fin, todo aquello donde lo podíamos
encajar, de suerte que todos íbamos cargados con un peso exorbitante,
sin que ninguno lo pudiese conocer, gracias a la destreza de Ambrosio y
de don Rafael, que me hicieron ver con esto que no hay en el mundo cosa
mejor que saber bien cada uno el arte que profesa.

Salimos del cuarto después de haber hecho nuestro negocio, y, por una
razón que es fácil de adivinar, el señor comisario sacó su candado,
que quiso echar por su misma mano a la puerta; plantóle el sello y
luego dijo a Simón: «Maese Samuel, de parte del Tribunal os prohibo que
lleguéis a este candado, ni tampoco a este sello, que debéis respetar,
pues que es el sello del Santo Oficio. Mañana volveré a esta misma
hora a quitarlo y a daros órdenes.» Hecho esto, mandó abrir la puerta
de la calle, por la cual fuimos todos desfilando alegremente; y cuando
hubimos andado como unos cincuenta pasos, comenzamos a caminar con tal
ligereza que apenas tocábamos con el pie en tierra, sin embargo de
la pesada carga que llevábamos. Salimos presto fuera de la villa, y,
volviendo a montar en nuestros caballos, tomamos el camino de Segorbe,
dando gracias por tan feliz suceso al dios Mercurio.



                              CAPITULO II

De la resolución que tomaron don Alfonso y Gil Blas después de esta
aventura.


Anduvimos toda la noche, según nuestra loable costumbre, y al amanecer
nos hallamos a la vista de una miserable aldea distante dos leguas de
Segorbe. Como todos estábamos cansados, nos desviamos con gusto del
camino real para llegar hasta unos sauces que descubrimos al pie de una
colina a cosa de unos mil o mil doscientos pasos de la aldea, en la
cual no nos pareció conveniente detenernos. Vimos que aquellos árboles
hacían una apacible sombra y que les bañaba el pie un arroyuelo.
Agradónos lo delicioso del sitio, y resolviendo pasar en él lo restante
del día, nos apeamos, quitamos los frenos a los caballos para que
pudiesen pacer, nos echamos sobre la verde hierba, y después de haber
reposado un poco acabamos de desocupar las alforjas y la bota. Luego
que hubimos almorzado opíparamente, nos pusimos a contar el dinero
que habíamos robado a Samuel Simón, y hallamos que ascendía a tres
mil ducados, con cuya cantidad y el caudal que ya teníamos podíamos
alabarnos de poseer un mediano capital.

Viendo que se habían acabado nuestras provisiones y era menester pensar
en hacer otras, Ambrosio y don Rafael, que ya se habían quitado los
disfraces, dijeron que querían tomarse este trabajo, porque el suceso
de Chelva les había avivado el gusto de las aventuras y tenían gana de
ir a Segorbe a ver si se les presentaba alguna ocasión de emprender
otra nueva hazaña. «Vosotros--dijo el hijo de Lucinda--no tenéis mas
que esperarnos a la sombra de estos sauces, que pronto estaremos de
vuelta.» «Señor don Rafael--respondí yo sonriéndome--, no sea que la
ida de ustedes sea como la del humo; temo que si una vez se van tarde
nos juntaremos.» «Esa sospecha--replicó Ambrosio--es muy ofensiva
a nuestro honor y no merecíamos que nos hicieseis tan poca merced.
Es verdad que en parte os disculpo de la desconfianza que tenéis de
nosotros acordándoos de lo que hicimos en Valladolid y de creer que
no haríamos más escrúpulo de abandonaros que a los compañeros que
dejamos en aquella ciudad. Sin embargo, os engañáis enormemente.
Aquellos camaradas a quienes vendimos eran de un perverso carácter y
ya no podíamos aguantar más su compañía. Es menester hacer justicia
a los de nuestra profesión, diciendo que no hay gremio alguno en la
vida civil en que el interés dé menos motivo a la división; pero
cuando no son conformes las inclinaciones, puede alterarse la unión,
como en todos los demás gremios humanos. Por tanto, señor Gil Blas,
suplico a usted y al señor don Alfonso que tengan más confianza en
nosotros y que tranquilicen su espíritu tocante al deseo que don
Rafael y yo tenemos de ir a Segorbe.» «Es muy fácil--dijo entonces el
hijo de Lucinda--librarlos de todo motivo de inquietud en este punto:
basta para eso dejarlos dueños del caudal, que es la mejor fianza
que tendrán en sus manos de nuestra vuelta. Ya ve usted, señor Gil
Blas, que esto se llama ir derechos al punto de la dificultad. Ambos
quedaréis así resguardados, sin que Ambrosio ni yo tengamos sospechas
de que os ausentéis con tan rica fianza. En vista de una prueba tan
convincente de nuestra buena fe, ¿tendréis todavía dificultad en
fiaros de nosotros?» «No por cierto--respondí yo--; y así, podéis
ahora hacer todo lo que os pareciere.» Partieron inmediatamente con
la bota y las alforjas, dejándome a la sombra de los sauces con don
Alfonso, el cual me dijo luego que se fueron: «Señor Gil Blas, quiero
abriros enteramente mi pecho. Me estoy continuamente acusando de la
condescendencia que tuve en venir hasta aquí con esos bribones. No
os puedo decir cuántos millares de veces me he arrepentido ya de
ello. Ayer noche, mientras me quedé guardando los caballos, hice mil
reflexiones que me despedazaban el corazón. Consideré que era muy ajeno
de un joven que nació con honra vivir con unos hombres tan viciosos
como Rafael y Lamela; que si por desgracia--como muy fácilmente puede
suceder--llegase a ser tal algún día el resultado de una de estas
maldades que cayésemos en manos de la justicia, sufriré la vergüenza de
verme castigado con ellos como ladrón y quizá con una muerte afrentosa.
No puedo apartar ni un solo instante de mi imaginación estas funestas
ideas, y así, os confieso que estoy resuelto a separarme para siempre
de su compañía, por no ser cómplice en los delitos que cometan. Tengo
por cierto--añadió--que no desaprobaréis este pensamiento.» «Cierto
es que no--le respondí--. Aunque usted me vió ayer hacer el papel de
alguacil en la comedia de Samuel Simón, no por eso crea que semejantes
piezas son de mi gusto. El Cielo me es testigo de que mientras estaba
representando tan distinguido papel me dije a mí mismo: ¡A fe, amigo
Gil Blas, que si la justicia viniera ahora a echarte la mano, sin duda
merecerías bien el salario que te tocase! Así que, señor don Alfonso,
no estoy más dispuesto que usted a continuar en tan mala compañía, y
de muy buena gana le acompañaré, si es que me lo permite, a cualquier
parte que vaya. Cuando vuelvan estos señores les suplicaremos que se
haga el repartimiento del dinero, y mañana muy temprano, o esta misma
noche, nos despediremos de ellos para siempre.»

Aprobó mi proposición el amante de la bella Serafina y me dijo: «Iremos
a Valencia y nos embarcaremos para Italia, donde podremos entrar al
servicio de la República de Venecia. ¿No vale más seguir la carrera de
las armas que continuar la vida vil y criminal que traemos? En aquélla
podemos traer buen porte con el dinero que nos haya tocado. No deja
de remorderme la conciencia el servirme de un bien tan mal adquirido;
pero además de que la necesidad me obliga a ello, protesto resarcir a
Samuel Simón el daño luego que tenga la menor fortuna en la guerra.»
Aseguré a don Alfonso que yo tenía la misma intención, y quedamos
de acuerdo en que el día siguiente al amanecer nos separaríamos de
nuestros camaradas. No dimos lugar a la tentación de aprovecharnos de
su ausencia, esto es, huir al momento con el dinero: la confianza que
habían hecho de nosotros dejándonos dueños de él ni aun nos permitió
que nos pasase semejante ruindad por el pensamiento, aunque la burla
que me hicieron en la posada de caballeros de Valladolid disculpase en
cierto modo este robo.

A la caída de la tarde volvieron de Segorbe Ambrosio y don Rafael. La
primera cosa que nos dijeron fué que habían hecho un viaje muy feliz
y que dejaban echados los cimientos de una aventura que, según todas
las señales, sería sin comparación de mucho más producto que la del
día anterior. Comenzó a explicamos el plan el hijo de Lucinda, pero
don Alfonso le atajó diciéndole cortésmente que él estaba resuelto
a separarse de la compañía, y yo por mi parte les declaré hallarme
en la misma resolución. Por más que hicieron para movernos a que
prosiguiésemos acompañándolos en sus expediciones no les fué posible
conseguirlo. La mañana siguiente nos despedimos de ellos, después de
haber repartido por iguales partes el dinero, y los dos tomamos el
camino de Valencia.



                             CAPITULO III

Cómo don Alfonso se halla en el colmo de su alegría y la aventura por
la cual se vió de repente Gil Blas en un estado dichoso.


Caminamos felizmente hasta Buñol, donde, por desgracia, fué preciso
detenernos. Sintióse malo don Alfonso. Dióle una calentura tan ardiente
que le creí en el mayor riesgo. Quiso la fortuna que no hubiese médico
en el lugar y salimos a poca costa de aquel susto, pues sólo nos
costó el miedo. Al tercer día se halló el enfermo enteramente limpio
de calentura, a lo que no contribuyó poco mi cuidadosa asistencia.
Mostróse muy agradecido a lo que había hecho por él, y como era
recíproca la inclinación del uno al otro, nos juramos una eterna
amistad.

Proseguimos nuestro viaje, firmes siempre en la resolución de
embarcamos para Italia a la primera ocasión que se ofreciera así que
llegásemos a Valencia; pero el Cielo, que nos preparaba una suerte
feliz, dispuso las cosas de otro modo. Vimos a la puerta de una hermosa
quinta que había en el camino mucha gente aldeana de ambos sexos que
bailaban formando corro. Acercámonos a ver la fiesta, y D. Alfonso,
que estaba muy ajeno de hallar el objeto que se le presentó, se quedó
sorprendido de ver entre los circunstantes al barón de Steinbach. Este,
que también reconoció a D. Alfonso, corrió luego hacia él con los
brazos abiertos, y todo arrebatado de gozo exclamó: «¡Ah querido don
Alfonso! ¡Vos aquí! ¡Qué agradable encuentro! ¡Cuando por todas partes
os andan buscando, una feliz casualidad os ha puesto delante de mis
ojos!»

Apeóse al instante mi compañero y fué precipitado a dar mil abrazos
al barón, cuya alegría me pareció excesiva. «¡Ven, hijo mío--le
dijo el buen viejo--; presto sabrás quién eres y mejorarás mucho de
fortuna!» Diciendo esto, le condujo a la habitación, adonde yo también
fuí, habiéndome apeado y atado a un árbol los caballos. El primero
a quien encontramos fué al dueño de la misma quinta, que mostraba
ser de edad de cincuenta años y tenía bellísimo aspecto. «¡Señor--le
dijo el barón de Steinbach presentando a don Alfonso--, aquí tenéis
a vuestro hijo!» A estas palabras, don César de Leiva, que así se
llamaba aquel caballero, echó los brazos al cuello a don Alfonso y
le dijo llorando de gozo: «¡Reconoce, hijo mío, al padre que te dió
el ser! Si te he dejado ignorar tanto tiempo quién eres, cree que ha
sido a costa de hacerme a mí mismo una cruel violencia. Mil veces he
suspirado de pena, pero no podía proceder de otra manera. Caséme con
tu madre llevado sólo de amor, porque su nacimiento era muy inferior
al mío; vivía yo bajo la autoridad de un padre de genio duro, que me
redujo a tener secreto un matrimonio contraído sin su consentimiento.
El barón de Steinbach era el único depositario de mi confianza, y de
acuerdo conmigo se encargó de criarte. En fin, ya no vive mi padre y
puedo manifestar al mundo que tú eres mi único heredero. No es esto lo
más--añadió--: pienso casarte con una señora cuya nobleza es igual a la
mía.» «¡Señor--le interrumpió D. Alfonso--, no me hagáis pagar sobrado
cara la dicha que me anunciáis! ¿No puedo saber que tengo el honor de
ser hijo vuestro sin que esta noticia venga acompañada de otra que
necesariamente me ha de hacer desgraciado? ¡Ah señor, no queráis ser
más cruel conmigo que lo fué vuestro padre con vos! Si éste no aprobó
vuestros amores, a lo menos tampoco os obligó a recibir una esposa
escogida por él.» «Hijo mío--respondió D. César--, ni yo pretendo
tampoco tiranizar tus deseos; todo lo que exijo de tu sumisión es que
tengas la condescendencia de ver a la que te tengo destinada, antes de
resolverte a tomar otro partido. Aunque es hermosa y tu enlace con ella
muy ventajoso para ti, no por eso te haré violencia para que la tomes
por esposa. No está lejos: hállase actualmente en esta misma casa. Ven,
y confesarás que no hay un objeto más amable.» Diciendo esto, condujo
a don Alfonso a un magnífico cuarto, adonde los acompañamos el barón de
Steinbach y yo.

Estaban en él el conde de Polán con sus dos hijas, Serafina y Julia,
con don Fernando de Leiva, su yerno, el cual era sobrino de don César,
y con otras muchas señoras y caballeros. Don Fernando, que, según se ha
dicho, había sacado a Julia de su casa, acababa de casarse con ella,
y con motivo de la boda habían concurrido a aquella celebridad los
aldeanos de los contornos. Luego que se dejó ver don Alfonso y que su
padre le presentó a toda la concurrencia, se levantó el conde de Polán
y corrió exhalado a abrazarle, diciendo a gritos: «¡Sea bien venido mi
libertador! Don Alfonso--prosiguió el conde--, reconoce lo que puede
la virtud en las almas generosas. Si tú quitaste la vida a mi hijo,
también salvaste la mía. Desde este mismo punto te hago el sacrificio
de mi resentimiento y te declaro dueño de Serafina, cuyo honor libraste
también. Este es el desempeño de la obligación en que me constituyó tu
valor y tu generosidad.» El hijo de don César correspondió con las más
vivas expresiones de agradecimiento al cumplido que le hacía el conde
de Polán, no siendo fácil discernir cuál de los dos afectos disputaba
la preferencia en su agitado corazón, si el gozo de haber descubierto
su distinguido nacimiento o la dicha tan cercana de lograr por esposa a
Serafina. Con efecto, pocos días después se celebró el matrimonio, con
el mayor regocijo y aplauso de los contrayentes y de toda la parentela.

Como yo había sido uno de los que acudieron a libertar al conde de
Polán, éste me conoció y me dijo que mi fortuna corría de su cuenta.
Yo le di muchas gracias por su generosidad y no quise separarme de D.
Alfonso, el cual me hizo mayordomo de su casa, honrándome con toda su
confianza. Luego que se casó, no pudiendo olvidar el daño que se había
hecho a Samuel Simón, me envió a llevar a este comerciante todo el
dinero que le habíamos robado, esto es, a hacer una restitución, lo
cual en un mayordomo se llama empezar el oficio por donde debía acabar.



                             LIBRO SÉPTIMO



                           CAPITULO PRIMERO

       De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza Séfora.


Fuí, pues, a Chelva, a llevar al buen Simón los tres mil ducados que
le habíamos robado. Confieso francamente que en el camino me dieron
tentaciones de quedarme con ellos, para dar con tan buenos auspicios
principio a mi mayordomía, lo que podía hacer sin riesgo, bastando para
ello viajar cinco o seis días y volverme como si hubiera cumplido con
el encargo. Don Alfonso y su padre me tenían en muy buen concepto para
sospechar de mi fidelidad; todo me favorecía. Sin embargo, resistí a la
tentación, y la vencí como hombre de honor, lo que no es poco loable
en un mozo que se había acompañado con grandes pícaros. Yo aseguro que
muchos de los que sólo tratan con hombres de bien son en este punto
menos escrupulosos, y si no díganlo aquellos depositarios que sin
peligro de perder su fama pueden apropiarse lo que se les ha confiado.

Hecha la restitución, que no esperaba el mercader, volví a la quinta
de Leiva, en donde ya no estaba el conde de Polán, que con Julia y don
Fernando habían marchado a Toledo. Hallé a mi nuevo amo más prendado
que nunca de su Serafina; a ésta, cada día más enamorada de su esposo,
y a don César, contentísimo de tener consigo a ambos. Dediquéme a ganar
la voluntad de este amoroso padre y lo conseguí. Me hicieron mayordomo
de la casa. Todo lo gobernaba: recibía el dinero de los arrendadores,
corría con el gasto y tenía una autoridad despótica sobre los criados;
pero, lejos de imitar la conducta ordinaria de los de mi empleo, nunca
abusé de mi poder. No despedía a los que me disgustaban ni exigía de
los demás una ciega subordinación. Si acudían a don César o a su hijo
pidiendo alguna gracia, lejos de estorbarlo, hablaba en su favor.
Por otra parte, la estimación que continuamente me mostraban mis
amos avivaba mi celo en servirlos, sin atender a otra cosa que a sus
intereses. Administré con manos muy limpias y fuí un mayordomo de los
pocos que hay.

Cuando estaba más contento con mi suerte, envidioso el amor de lo
bien que me trataba la fortuna, quiso que a él también tuviese que
agradecerle, y para eso encendió en el corazón de la señora Lorenza
Séfora, criada primera de Serafina, una violenta inclinación al
señor mayordomo. Si he de hablar con la fidelidad de historiador, mi
enamorada había cumplido los cincuenta, pero la frescura de su tez, su
rostro agradable y dos hermosos ojos, que sabía manejar con destreza,
podían hacer pasar por afortunada mi conquista. La hubiera yo deseado
de un poco más color, porque estaba muy descolorida, pero esto lo
atribuí a la austeridad del celibato.

Usó mucho tiempo del atractivo de sus miradas cariñosas; mas yo, en
lugar de corresponder a ellas, aparentaba no conocer sus designios; me
tuvo por novato en el amor y no le desagradó mi cortedad. Juzgó era
inútil el lenguaje de los ojos con un muchacho a quien creía menos
instruído de lo que estaba, y así, en su primera conversación se me
declaró en términos formales, a fin de que no lo dudase. Se manejó
como mujer práctica, hizo como que se turbaba, y después de haberme
dicho a su satisfacción cuanto quiso, se tapó la cara para persuadirme
que se avergonzaba de haberme manifestado su flaqueza. Fué preciso
rendirme; mostréme muy afecto a sus cariños, no tanto por amor como
por vanidad. Hice el apasionado y aun afecté quererla con tal ardor
que se vió precisada a reñirme; pero esto fué con tanta blandura que
cuando me encargaba procurase contenerme no parecía disgustada de
mi atrevimiento. Hubiera llegado a más el caso si Séfora no hubiera
temido que hiciese mal juicio de su virtud concediéndome tan fácil
la victoria. De esta suerte nos separamos hasta otra conversación,
persuadida ella de que su aparente resistencia la haría pasar en mi
concepto por un modelo de recato, y yo con la dulce esperanza de ver
bien pronto el fin de esta aventura.

Tal era el feliz estado en que me hallaba, cuando un lacayo de don
César vino a aguar mi contento con una mala nueva. Era éste uno de
aquellos criados que se dedican a saber cuanto pasa en el interior
de las casas. Como continuamente me hacía la corte y todos los días
me traía alguna noticia, me dijo una mañana que acababa de hacer un
gracioso descubrimiento, que me comunicaría en confianza, pero con la
condición de guardar secreto, por ser cosa de la dama Lorenza Séfora,
cuyo enojo temía. Fué tanta la curiosidad en que me puso, que le
ofrecí el mayor sigilo; procuré no manifestar que en ello tenía el
más leve interés, preguntándole con frialdad qué descubrimiento era
aquel de que me hablaba con tanta reserva. «Es--me dijo--que la señora
Lorenza introduce de oculto en su cuarto todas las noches al cirujano
del lugar, que es un mozo bien plantado, y el bellaco se está bien
sosegado con ella. Doy de barato--prosiguió con tono socarrón--que esta
acción sea muy inocente; pero usted convendrá en que un mozo que entra
misteriosamente en el cuarto de una soltera da motivo para que no se
juzgue bien de su conducta.»

Esta noticia me desazonó tanto como si estuviera enamorado de veras.
Procuré ocultar mi inquietud y aun me esforcé hasta celebrar con risa
una nueva que me atravesaba el alma; pero luego que estuve solo me
desquité echando mil bravatas, diciendo dos mil desatinos y me puse a
discurrir el partido que podría tomar. Ya despreciaba a Lorenza y me
proponía abandonarla sin dignarme oír sus descargos, y ya, creyendo
era punto mío escarmentar al cirujano, pensaba desafiarle. Prevaleció
esta última determinación. Escondíme al anochecer, y, en efecto, le
vi entrar en el cuarto de mi dueña de un modo sospechoso. Sólo esto
faltaba para encender mi ira, que acaso sin este incidente se hubiera
mitigado. Salí de la casa y me aposté junto al camino por donde el
galán debía marcharse. Le esperaba a pie firme y cada momento avivaba
otro tanto el deseo que tenía de llegar con él a las manos. En fin,
dejóse ver mi enemigo; salíle al encuentro con aire de matón; pero yo
no sé cómo diablos sucedió que me hallé repentinamente sobrecogido de
un terror pánico como un héroe de Homero, parado en medio de mi camino
y tan turbado como Paris cuando se presentó a combatir con Menelao.
Púseme a mirar a mi hombre, que me pareció robusto y vigoroso y su
espada desmesuradamente larga. Todo ello hacía en mí su efecto; pero
fuese la negra honrilla u otra causa, aunque estaba viendo el peligro
con unos ojos que lo hacían todavía mayor, a pesar de mi miedo, que
me aguijoneaba para que me volviese, tuve aliento para desenvainar mi
tizona e irme derecho al cirujano.

Sorprendióle mi acción. «¿Qué es esto, señor Gil Blas?--exclamó--.
¿Qué significan esas demostraciones de caballero andante? ¿Usted sin
duda tiene gana de chancearse?» «¡No, señor barbero--le respondí--,
no! ¡Es cosa muy seria! Quiero saber si es usted tan valiente como
galán. ¡No crea usted que le hayan de dejar gozar tranquilamente las
finezas de la dama que acaba de ver en casa!» «¡Por San Cosme--repuso
el cirujano dando una gran carcajada de risa--, que es buen chasco!
¡Las apariencias, vive diez, son harto engañosas!» Por estas palabras
presumí que tenía tanta gana de quimera como yo, lo que me hizo ser más
audaz. «¡A otro perro con ese hueso!--le repliqué--. ¡A otro con esa,
amigo mío! ¡Yo no soy hombre a quien satisface la simple negativa!»
«Ya veo--prosiguió--que me será preciso hablar claro para evitar la
desgracia que nos puede suceder a vos o a mí. Voy, pues, a revelaros
un secreto, no obstante que los de nuestra profesión deben ser muy
callados. Si la dama Lorenza me admite con cautela en su aposento es
porque los criados no sepan su enfermedad. Todas las noches voy a
curarle un cáncer inveterado que tiene en la espalda. Vea usted el
fundamento de las visitas que tanto le inquietan. Tranquilícese de
aquí en adelante sobre este particular; pero si no está satisfecho con
esta declaración y quiere absolutamente que riñamos, dígalo y manos
a la obra, pues no soy hombre que huiré el cuerpo.» Habiendo dicho
estas palabras, sacó su montante, cuya vista me horrorizó, y se puso
en defensa con un aire que nada bueno me anunciaba. «¡Basta!--le dije,
envainando mi espada--. Yo no soy tan bárbaro que no ceda a la razón.
Por lo que usted me ha dicho, veo que no es mi enemigo. ¡Abracémonos!»
Mis palabras le dieron a entender que yo no era tan temible como
le parecí al principio; envainó con risa la espada, me abrazó y nos
separamos los mayores amigos del mundo.

Desde este momento, Séfora se presentaba a mi imaginación como la cosa
más desagradable. Evité todas las ocasiones que me proporcionaba de
hablarle a solas, y mi cuidado y estudio en huir de ella le hicieron
conocer mi interior. Admirada de una mudanza tan grande, quiso saber la
causa, y habiendo encontrado al fin el medio de hablarme a solas, me
dijo: «Señor mayordomo, dígame usted, si gusta, el por qué evita hasta
mis miradas y por qué en lugar de buscar, como otras veces, proporción
de hablarme, se extraña tanto de mí. Es verdad que yo di los primeros
pasos, pero usted me correspondió. Acuérdese, si no lo lleva a mal,
de la conversación que tuvimos solos; entonces era usted todo fuego y
ahora no es mas que un hielo. ¿Qué significa esta mudanza?» La pregunta
era muy delicada para un hombre sincero, y, a la verdad, me quedé muy
perplejo. No tengo presente lo que respondí; solamente me acuerdo que
le disgustó infinito. Séfora parecía un cordero por su semblante afable
y modesto, pero cuando se encolerizaba era una tigre. «¡Creía--me dijo
echándome una mirada llena de despecho y rabia--, creía honrar mucho
a un hombrecillo como él manifestándole un afecto que caballeros y
personas muy nobles harían gran vanidad de haber merecido! ¡Me está
muy bien empleado por haberme bajado indignamente hasta un miserable
aventurero!»

Si hubiera parado en esto, hubiera salido yo del paso a poca costa;
pero su lengua furiosa me dijo mil apodos a cual peor. Bien conozco
que debí recibirlos a sangre fría y reflexionar que despreciando el
triunfo de una virtud que yo había tentado cometía un delito que las
mujeres no perdonan jamás. Un hombre sensato, en mi lugar, se hubiera
reído de estas injurias; pero yo era tan vivo que no podía sufrirlas
y perdí la paciencia. «Señora--le dije--, a nadie despreciemos: si
esos caballeros de quienes usted habla le hubiesen visto las espaldas,
aseguro que su curiosidad no hubiera pasado adelante.» Apenas hube
disparado esta saeta, cuando la enfurecida dueña me pegó la más grande
bofetada que jamás ha dado mujer colérica. Para no recibir otra y
evitar la granizada de golpes que hubieran caído sobre mí, tomé la
puerta con la mayor ligereza. Di mil gracias al Cielo de verme fuera
de este mal paso, imaginando que nada tenía que temer, pues la dama
se había vengado, y me parecía que por su propia estimación debía
callar este lance. En efecto, pasaron quince días sin saber nada de
ella, y principiaba a olvidarla, cuando supe que estaba mala. Confieso
que tuve la flaqueza de afligirme. Me dió lástima, imaginando que, no
pudiendo esta desgraciada amante vencer un amor tan mal pagado, se
habría rendido a su dolor. Me consideraba yo la principal causa de su
enfermedad, y ya que no podía amarla, a lo menos la compadecía. Pero
¡cuánto me engañaba! Su ternura, convertida en odio, no pensaba mas que
en perderme.

Estando una mañana con don Alfonso, noté que se hallaba triste y
pensativo; preguntéle con respeto qué tenía. «Tengo pesadumbre--me
dijo--de ver a Serafina tan débil, ingrata e injusta. Tú te
admiras--añadió, observando mi suspensión--; pues cree que es muy
cierto lo que te digo. No sé por qué motivo te has hecho tan odioso
a Lorenza su criada, que dice es infalible su muerte si no sales
prontamente de casa. Como Serafina te ama, no debes dudar que habrá
resistido a los impulsos de este aborrecimiento, con los cuales no
puede condescender sin ser desagradecida e injusta; pero al fin es
mujer, y ama con extremo a Séfora, que la ha criado. La quiere como si
fuera su madre y creería ser causa de su muerte si no le daba gusto.
Por lo que hace a mí, aunque quiero tanto a Serafina, no pienso del
mismo modo y no consentiré te apartes de mí aunque pereciesen todas
las dueñas de España, pues te miro no como a un criado, sino como a
hermano.»

Luego que acabó de hablar don Alfonso, le dije: «Señor, yo he nacido
para ser juguete de la fortuna. Pensaba que cesaría de perseguirme en
vuestra casa, en donde todo me prometía una vida feliz y tranquila;
pero al fin me es preciso dejarla, aunque con ella pierda mi mayor
gusto.» «¡No, no!--exclamó el generoso hijo de don César--. ¡Déjame,
yo convenceré a Serafina! ¡No se ha de decir que te hemos sacrificado
al capricho de una dueña! ¡Demasiado la contemplamos en otras cosas!»
«Pero, señor--repliqué--, irritaréis más a Serafina si la resistís.
Más bien quiero retirarme que exponerme, permaneciendo en casa, a
causar desazón entre dos esposos tan perfectos; si esta desgracia
sucediese, jamás hallaría yo consuelo.» Don Alfonso me prohibió tomar
este partido, y le vi tan resuelto, que Lorenza no hubiera logrado su
intento si yo no hubiese permanecido en mi propósito. Es verdad que,
picado de la venganza de la dueña, tuve mis impulsos de cantar de plano
y descubrirla; pero luego me compadecía, considerando que si revelaba
su flaqueza hería mortalmente a una infeliz de cuya desgracia era yo la
causa y a quien dos males irremediables echaban al hoyo. Juzgué, pues,
que en conciencia debía restablecer el sosiego en la casa saliéndome de
ella, pues que era un hombre que ocasionaba tanto daño. Hícelo así al
día siguiente antes de amanecer, sin despedirme de mis amos, temiendo
que su cariño estorbase mi partida, y sólo dejé en mi cuarto una cuenta
puntual de mi administración.



                              CAPITULO II

De lo que le sucedió a Gil Blas después de dejar la casa de Leiva y de
las felices consecuencias que tuvo el mal suceso de sus amores.


Yo tenía un buen caballo y llevaba en mi maleta doscientos doblones,
procedentes la mayor parte de lo que me tocó de los bandoleros que
matamos y de los mil ducados que robamos a Samuel Simón, porque
don Alfonso había restituído generosamente toda la cantidad,
cediéndome la parte que me había tocado. Así, mirando mi caudal por
esta circunstancia como ya legítimo, gozaba de él sin escrúpulo de
conciencia. En una edad como la que yo entonces tenía se confía mucho
en el propio mérito, y fuera de esto, con mi dinero nada creía debía
temer en adelante. Por otra parte, Toledo me ofrecía un agradable
asilo, y no dudaba que el conde de Polán tendría mucho gusto en recibir
en su casa a uno de sus libertadores. Pero este recurso debía ser
cuando todo corriese turbio, y antes de valerme de él quise gastar
parte de mi dinero en correr los reinos de Murcia y Granada, que
deseaba ver con particularidad. Con este intento tomé el camino de
Almansa, de donde, prosiguiendo mi viaje, fuí de pueblo en pueblo hasta
la ciudad de Granada, sin que me sucediese contratiempo alguno. Parecía
que la fortuna, satisfecha ya de tantos chascos como me había jugado,
quería en fin dejarme en paz; pero esta traidora me preparaba otros
muchos, como se verá en adelante.

Uno de los primeros sujetos que encontré en las calles de Granada fué
el señor don Fernando de Leiva, yerno, como don Alfonso, del conde
de Polán. Ambos quedamos sorprendidos de vernos en Granada. «¿Qué es
esto, Gil Blas?--me dijo--. ¿Tú en Granada? ¿Qué es lo que aquí te
trae?» «Señor--le dije--, si usted se admira de verme en este país,
con mucha más razón se maravillará cuando sepa la causa que me ha
obligado a dejar la casa del señor don César y su hijo.» En seguida le
conté cuanto me había pasado con Séfora, sin callarle nada. Causóle
gran risa el lance, y ya sosegado, me dijo seriamente: «Amigo, voy
a tomar por mi cuenta este negocio. Escribiré a mi cuñada...» «¡No,
no, señor!--interrumpí--. ¡Suplico a usted no haga tal cosa! No he
salido de la casa de Leiva para volver a ella. Si usted gusta, puede
emplear de otro modo el favor que le debo. Ruego a usted que si alguno
de sus amigos necesita un secretario o un mayordomo me presente y
recomiende, que doy a usted palabra de no desairar su informe.» «Con
mucho gusto--respondió--. Mi venida a Granada ha sido a visitar a una
tía mía, ya anciana, que está enferma, y todavía pasarán tres semanas
antes que me vuelva a mi quinta de Lorque, en donde ha quedado Julia.
En aquella casa vivo--prosiguió, señalándome una suntuosa que estaba a
cien pasos de nosotros--; venme a ver pasados algunos días, que quizá
te habré ya buscado un acomodo.»

Efectivamente, la primera vez que nos vimos me dijo: «El señor
arzobispo de Granada, mi pariente y amigo, que es un grande escritor,
necesita de un hombre instruído y de buena letra para poner en limpio
sus obras. Ha compuesto, y todos los días compone, homilías que predica
con mucho aplauso. Como te contemplo a propósito para el caso, te he
recomendado y me ha prometido admitirte. Vé y preséntate de mi parte;
por el modo con que te reciba conocerás el buen informe que le he
dado.»

La conveniencia me pareció tal como la podía desear, y así, habiéndome
compuesto lo mejor que pude, fuí una mañana a presentarme a este
prelado. Si yo hubiera de imitar a los autores de novelas, haría
aquí una descripción pomposa del palacio arzobispal de Granada, me
extendería sobre la estructura del edificio, celebraría la riqueza de
sus muebles, hablaría de sus estatuas y pinturas y no dejaría de contar
al lector la menor de todas las historias que en ella se representan;
pero me contentaré con decir que iguala en magnificencia al palacio de
nuestros reyes.

Vi en las antesalas una muchedumbre de eclesiásticos y seglares, la
mayor parte familiares de Su Ilustrísima, limosneros, gentileshombres,
escuderos o ayudas de cámara. Los vestidos de los seglares eran
costosos; tanto, que más parecían de señores que de criados. Se
mostraban altivos y hacían el papel de hombres de importancia. Al
ver su afectación, no pude menos de reírme y burlarme interiormente
de ellos. «¡Pardiez--me decía entre mí--, estas gentes tienen la
fortuna de no sentir el yugo de la servidumbre, porque al fin, si lo
sintieran, me parece que debían ostentar menos altanería!» Acerquéme
a un personaje grave y grueso que estaba a la puerta de la cámara del
arzobispo para abrirla y cerrarla cuando era necesario, y le pregunté
con mucha cortesía si podría hablar a Su Ilustrísima. «Espérese
usted--me dijo secamente--, que Su Ilustrísima va a salir a oír misa
y al paso le oirá a usted.» No respondí palabra. Arméme de paciencia
e hice por trabar conversación con algunos de los sirvientes, pero
aquellos señores no se dignaron contestarme, sino que se entretuvieron
en examinarme de pies a cabeza, y después, mirándose unos a otros, se
sonrieron con orgullo de la libertad que había tenido de mezclarme en
su conversación.

Confieso que me quedé del todo corrido al verme tratado así por unos
criados. Todavía no había vuelto de mi confusión cuando se abrió la
puerta del estudio y salió el arzobispo. Inmediatamente guardaron todos
un profundo silencio; dejaron sus modales insolentes y mostraron un
semblante respetuoso delante de su amo. Tendría el prelado unos sesenta
y nueve años y casi se semejaba a mi tío Gil Pérez, el canónigo; es
decir, que era pequeño y grueso, y además muy patiestevado, y tan calvo
que sólo tenía un mechón de pelo hacia el cogote, por lo cual llevaba
embutida la cabeza en una papalina que le cubría las orejas. Con todo,
noté en él un aire de caballero, sin duda porque yo sabía que lo era.
La gente común miramos a los grandes con una cierta preocupación, que
por lo regular les presta un aspecto de señorío que la Naturaleza les
ha negado. Luego que me vió, el arzobispo se vino a mí y me preguntó
con mucha dulzura qué era lo que se me ofrecía. Le dije era el
recomendado del señor don Fernando de Leiva. «¡Ah!--exclamó--. ¿Eres
tú el que me ha alabado tanto? ¡Ya estás recibido! ¡Me alegro de tan
buen hallazgo! Quédate desde luego en casa.» Dichas estas palabras,
se apoyó sobre dos escuderos, y habiendo oído a algunos eclesiásticos
que llegaron a hablarle, salió de la sala. Apenas estaba fuera, cuando
vinieron a saludarme los mismos que poco antes habían despreciado mi
conversación; me rodean, me agasajan y muestran la mayor alegría de
verme comensal del arzobispo. Habían oído lo que me había dicho mi amo
y deseaban con ansia saber qué empleo debía tener cerca de Su Señoría
Ilustrísima; pero para vengarme del desprecio que me habían hecho, tuve
la malicia de no satisfacer su curiosidad.

No tardó mucho en volver Su Señoría Ilustrísima, y me hizo entrar en
su estudio para hablarme a solas. Yo pensé bien que su intención era
tantear mis talentos, por lo que me atrincheré y preparé para medir
todas mis palabras. Principió haciéndome algunas preguntas sobre las
Humanidades. Tuve la fortuna de no responder mal y hacerle ver que
conocía bastante los autores griegos y latinos. Examinóme después de
dialéctica, y cabalmente aquí era en donde yo le esperaba. Encontróme
bien cimentado en ella y me dijo con cierta admiración: «Se conoce
que has tenido buena educación. Veamos ahora tu letra.» Saqué de la
faltriquera una muestra que había llevado expresamente para este caso,
la que no desagradó a mi prelado. «Me alegro de que tengas tan buena
forma--exclamó--, y todavía más de que tengas tan buen entendimiento.
Daré las gracias a mi sobrino don Fernando porque me ha proporcionado
un joven tan de provecho. ¡A la verdad, que me ha hecho un buen
presente!»

Interrumpió nuestra conversación la llegada de algunos caballeros
granadinos que iban a comer con Su Ilustrísima. Dejélos y me retiré a
donde estaban los familiares, quienes me colmaron de cumplimientos y
obsequios. Comí con ellos, y si mientras la comida procuraron observar
mis acciones, yo no examiné menos las suyas. ¡Qué modestia guardaban
los eclesiásticos! Todos me parecieron unos santos; tanto era el
respeto que me había infundido el palacio arzobispal. No me pasó por la
imaginación que aquello podría ser gazmoñería, como si fuera imposible
que ésta se hallase en casa de los príncipes de la Iglesia.

Me tocó sentarme al lado de un antiguo ayuda de cámara, llamado
Melchor de la Ronda, quien tenía cuidado de servirme buenos bocados.
Viendo su atención, procuré yo tenerla con él, y mi política le agradó
mucho. «Señor caballero--me dijo en voz baja luego que acabamos de
comer--, quisiera hablar con usted a solas.» Y diciendo esto, me llevó
a un sitio de palacio en donde nadie podía oírnos y allí me tuvo
este razonamiento: «Hijo mío, desde el instante que te vi te cobré
inclinación, de cuya verdad voy a darte una prueba confiándote un
secreto que te será de gran utilidad. Estás en una casa en donde se
confunden los verdaderos virtuosos con los falsos. Para conocer este
terreno necesitabas infinito tiempo, y voy a excusarte un estudio tan
largo y desagradable pintándote los genios de unos y de otros, lo que
podrá servirte de gobierno. No será malo--prosiguió--dar principio
por Su Ilustrísima. Es un prelado muy piadoso, ocupado continuamente
en edificar al pueblo y en encaminarle a la virtud con admirables
sermones morales, que él mismo compone. Veinte años hace que dejó la
corte para dedicarse enteramente a conducir su rebaño; es un sabio y
un grande orador, que tiene puesto su conato en predicar, y el pueblo
le oye con mucho gusto. Tal vez tendrá en esto su poco de vanidad;
pero además de que no toca a los hombres el penetrar los corazones,
no pareciera bien que me pusiese yo a escudriñar los defectos de una
persona cuyo pan como. Si me fuera permitido reprender alguna cosa
en mi amo, vituperaría su severidad, porque castiga con demasiado
rigor las flaquezas de los eclesiásticos, cuando debiera mirarlas
con piedad. Sobre todo, persigue sin misericordia a los que, fiados
en su inocencia, piensan justificarse jurídicamente desatendiendo su
autoridad. Tiene también otro defecto, que es común a muchas personas
grandes: aunque ama a sus criados, atiende poco a sus servicios;
los dejará envejecer en su casa sin pensar en proporcionarles algún
acomodo. Si alguna vez los gratifica, es porque hay quien tiene la
bondad de hablar por ellos, pues por lo que hace a Su Ilustrísima,
jamás se acordaría de hacerles el menor bien.»

Esto me dijo de su amo el ayuda de cámara, y siguió dándome razón del
carácter de los eclesiásticos con quienes habíamos comido. Me los
retrató muy al contrario de lo que aparentaban; es verdad que no me
dijo que eran gentes infames, pero sí bastante malos sacerdotes. No
obstante, exceptuó a algunos cuya virtud alabó mucho. Con esta lección
aprendí el modo de portarme con estos señores, y aquella misma noche,
en la cena, me revestí como ellos de un exterior compuesto. No es de
admirar se hallen tantos hipócritas, cuando nada cuesta el serlo.



                             CAPITULO III

Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo de Granada y el conducto
de sus gracias.


Mientras la siesta, había yo sacado de la posada mi maleta y caballo
y vuelto después a cenar a palacio, en donde me pusieron un cuarto
decente con muy buena cama. El día siguiente me hizo llamar Su
Ilustrísima muy de mañana para darme a copiar una homilía, encargándome
mucho lo hiciera con toda la exactitud posible. Ejecutélo así, sin
omitir acento, punto ni coma, de lo que manifestó el prelado un gran
placer mezclado de sorpresa. Luego que recorrió todas las hojas de
mi copia, exclamó admirado: «¡Eterno Dios! ¿Puede darse una cosa más
correcta? Eres muy buen copiante por ser perfecto gramático. Háblame
con satisfacción, amigo mío: ¿has encontrado al escribir alguna cosa
que te haya chocado? ¿Algún descuido en el estilo o algún término
impropio? Es muy fácil se me haya escapado algo de esto en el calor de
la composición.» «¡Oh, señor--respondí modestamente--, no tengo tanta
instrucción que pueda meterme a crítico! Y aun cuando la tuviera, estoy
cierto de que las obras de Su Ilustrísima no caerían bajo mi censura.»
Sonrióse con mi respuesta y nada me replicó, pero en medio de toda su
piedad se traslucía que amaba con pasión sus escritos.

Acabé de granjear su amistad con esta adulación. Cada día me quería
más; tanto, que don Fernando, que visitaba frecuentemente a mi amo, me
aseguró había de tal modo ganado su voluntad que podía dar por hecha mi
fortuna. Mi amo mismo lo confirmó poco tiempo después con la ocasión
siguiente. Habiendo relatado con vehemencia una tarde en su estudio
delante de mí una homilía que había de predicar en la catedral al otro
día, no se contentó con preguntarme en general qué me había parecido,
sino que me obligó a decirle los pasajes que más habían llamado mi
atención, y tuve la fortuna de citarle aquellos de que él estaba
más satisfecho y que eran sus favoritos; esto me hizo pasar en el
concepto de Su Ilustrísima por un conocedor delicado de las verdaderas
bellezas de una obra. «¡Eso es--exclamó--lo que se llama tener gusto
y finura! ¡Sí, querido, te aseguro que no es tu oído oreja de asno!»
En fin, quedó tan contento de mí que me dijo con mucha expresión: «Gil
Blas, no tengas ya cuidado, que tu fortuna corre de mi cuenta, y te
proporcionaré una que te sea agradable. Yo te estimo, y en prueba de
ello quiero que seas mi confidente.»

Al oír estas palabras, me eché a los pies de Su Ilustrísima, penetrado
de reconocimiento. Abracé gustosamente sus piernas torcidas y creíme
ya un hombre que estaba en camino de llegar a ser rico. «Sí, hijo
mío--prosiguió el arzobispo, cuyo discurso había interrumpido mi
acción--, quiero hacerte depositario de mis más ocultos pensamientos.
Escucha atentamente lo que voy a decirte. Tengo gusto en predicar, y el
Señor bendice mis homilías, porque mueven a los pecadores, les hacen
volver en sí y recurrir a la penitencia. Tengo la satisfacción de ver a
un avaro, atemorizado con las imágenes que presento a su codicia, abrir
sus tesoros y distribuirlos con mano pródiga; a un lascivo, huir de sus
torpezas; a los ambiciosos, retirarse a las ermitas, y hacer constante
y firme en sus obligaciones a una esposa a quien hacía titubear un
amante seductor. Estas conversiones, que son frecuentes, deberían
por sí solas excitarme al trabajo. Pero te confieso mi flaqueza:
todavía me mueve otro premio, premio de que la delicadeza de mi virtud
me reprende inútilmente; éste es el aprecio que hace el público de
las obras bien acabadas. La gloria de pasar por un orador consumado
tiene para mí muchos atractivos. Hoy pasan mis obras por enérgicas y
sublimes, pero no querría caer en las faltas de los buenos escritores
que escriben muchos años, y sí conservar toda mi reputación. En este
supuesto, mi amado Gil Blas--continuó el prelado--, exijo una cosa de
tu celo: cuando adviertas que mi pluma envejece, cuando notes que mi
estilo declina, no dejes de avisármelo. En este punto no me fío de mí
mismo, porque el amor propio podría cegarme. Esta observación necesita
de un entendimiento imparcial, y así, elijo el tuyo, que contemplo a
propósito, y desde luego abrazaré tu dictamen.» «Señor--le dije--, Su
Ilustrísima está todavía muy distante de ese tiempo, a Dios gracias;
además de que un ingenio como el de Su Ilustrísima se conservará
más bien que los de otro temple, o para hablar con propiedad, Su
Ilustrísima será siempre el mismo. Yo miro a Su Ilustrísima como un
segundo cardenal Jiménez, cuyo superior talento parecía recibir nuevas
fuerzas de los años en lugar de debilitarse con ellos.» «¡Déjate de
alabanzas, amigo mío!--respondió mi amo--. Yo sé que puedo declinar
de un momento a otro; en la edad en que me hallo, ya se empiezan a
sentir los achaques, y los males del cuerpo alteran el entendimiento.
De nuevo te lo encargo, Gil Blas: no te detengas un momento en avisarme
luego que adviertas que mi cabeza se debilita. No temas hablarme con
franqueza y sinceridad, porque tu aviso será para mí una prueba del
amor que me tienes. Por otra parte, va en ello tu interés, pues si,
por desgracia tuya, supiese que se decía en la ciudad que mis sermones
habían decaído de su ordinaria elevación y que podía ya dar de mano a
mis tareas, perderías no sólo mi afecto, sino el acomodo que te tengo
prometido. Te hablo con claridad: esto sacarías de tu necio silencio.»

Aquí acabó la exhortación de mi amo, para oír mi respuesta, que
se redujo a prometerle cuanto deseaba. Desde aquel punto, nada
tuvo secreto para mí y vine a ser su privado. Todos los familiares
envidiaban mi suerte, menos el prudente Melchor de la Ronda. Era de
ver cómo trataban los gentileshombres y escuderos al confidente de
Su Ilustrísima; no se afrentaban de humillarse por tenerme contento;
sus bajezas me hacían dudar que fuesen españoles. Aunque conocía que
los guiaba el interés, y nunca me engañaron sus lisonjas, no dejé
por eso de servirlos. Mis buenos oficios movieron a Su Ilustrísima a
proporcionarles empleos. A uno le hizo dar una compañía y le puso en
estado de lucir en el ejército; a otro envió a Méjico con un grande
destino, y no olvidando a mi amigo Melchor, logré para él una buena
gratificación. Esto me hizo conocer que si el prelado de su propio
motivo no daba, a lo menos rara vez negaba lo que se le pedía.

Pero me parece que debo referir con más extensión lo que hice por
un eclesiástico. Un día nuestro mayordomo me presentó un licenciado
llamado Luis García, hombre todavía mozo y de buena presencia, y
me dijo: «Señor Gil Blas, este honrado eclesiástico es uno de mis
mayores amigos. Ha sido capellán de unas monjas, pero su virtud no
ha podido librarse de malas lenguas. Le han desacreditado tanto con
Su Ilustrísima que le ha suspendido, y no quiere escuchar ninguna
solicitud a favor suyo. Nos hemos valido de lo principal de Granada,
pero nuestro amo es inflexible.» «Señores--les dije--, este negocio se
ha gobernado mal y hubiera sido mejor no haber empeñado a nadie; por
hacerle bien al señor licenciado, le han hecho mucho daño. Yo conozco
a Su Ilustrísima y sé que las súplicas y recomendaciones no hacen mas
que agravar en su idea la culpa de un eclesiástico. No ha mucho que
le oí decir a él mismo que a cuantas más personas empeña en su favor
un eclesiástico que está irregular, tanto más aumenta el escándalo y
tanto más severo es para con él.» «¡Malo es eso!--dijo el mayordomo--.
Y mi amigo se vería muy apurado si no tuviera tan buena letra; pero,
por fortuna, escribe primorosamente, y con esta habilidad se ingenia
para mantenerse.» Tuve la curiosidad de ver si la letra que se me
celebraba era mejor que la mía. El licenciado me manifestó una muestra
que traía prevenida, la cual me admiró, pues me parecía una de las que
dan los maestros de escuela. Mientras miraba tan bella forma de letra
me ocurrió una idea, y pedí a García me dejase el papel, diciéndole que
acaso le sería útil; que no podía decirle más por entonces, pero que al
otro día hablaríamos largamente. El licenciado, a quien el mayordomo
había, según presumo, celebrado mi ingenio, se retiró tan satisfecho
como si ya le hubiesen restituído a sus funciones.

A la verdad, yo deseaba servirle, y desde aquel día trabajó en ello
del modo que voy a decir. Estando solo con el arzobispo, le enseñé la
letra de García, que le gustó infinito, y aprovechándome entonces de la
ocasión, le dije: «Señor, una vez que Su Ilustrísima no quiere imprimir
sus homilías, a lo menos desearía yo que se escribiesen de esta letra.»

El prelado me respondió: «Aunque me agrada la tuya, te confieso que no
me disgustaría tener copiadas mis obras de esta mano.» «No se necesita
más--proseguí--que el consentimiento de Vuestra Ilustrísima. El que
tiene esta habilidad es un licenciado conocido mío, y se alegrará
tanto más de servir a Su Ilustrísima cuanto que por este medio podrá
esperar de su bondad se sirva sacarle del miserable estado en que por
desgracia se halla.» «¿Cómo se llama este licenciado?», me preguntó.
«Luis García--le dije--, y está lleno de amargura por haber caído en
la desgracia de Su Ilustrísima.» «Ese García--interrumpió--, si no me
engaño, ha sido capellán de un convento de monjas y ha incurrido en las
censuras eclesiásticas. Todavía me acuerdo de los memoriales que me
han dado contra él. Sus costumbres no son muy buenas.» «Señor--dije--,
no pretendo justificarle, pero sé que tiene enemigos y asegura que sus
acusadores han tirado más a hacerle daño que a decir la verdad.» «Bien
puede ser--replicó el arzobispo--, porque en el mundo hay ánimos muy
perversos; pero aun suponiendo que su conducta no haya sido siempre
irreprensible, acaso se habrá arrepentido, y, sobre todo, a gran pecado
gran misericordia. Tráeme ese licenciado, a quien desde luego levanto
las censuras.»

He aquí cómo los hombres más rígidos templan su severidad cuando media
el interés propio. El arzobispo concedió sin dificultad a la vana
complacencia de ver sus obras bien escritas lo que había negado a los
más poderosos empeños. Al instante di esta noticia al mayordomo, quien
sin pérdida de tiempo la participó a su amigo García. Al día siguiente
vino a darme las gracias correspondientes al favor conseguido. Le
presenté a mi amo, quien, contentándose con una ligera reprensión,
le dió algunas homilías para que las pusiera en limpio. García lo
desempeñó tan perfectamente que Su Ilustrísima le restableció en su
ministerio y aun le dió el curato de Gabia, lugar grande inmediato
a Granada, lo que prueba muy bien que los beneficios no siempre se
confieren a la virtud.



                              CAPITULO IV

Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del lance crítico en que
se halla Gil Blas y del modo con que salió de él.


Mientras yo me ocupaba en servir de este modo a unos y a otros, don
Fernando de Leiva se disponía para dejar a Granada. Visité a este
señor antes de su partida para darle de nuevo gracias por el excelente
acomodo que me había proporcionado. Viéndome tan gustoso, me dijo: «Mi
amado Gil Blas, me alegro mucho que estés tan satisfecho de mi tío el
arzobispo.» «Estoy contentísimo--le respondí--con este gran prelado,
y debo estarlo porque, además de ser un señor muy amable, nunca
podré agradecer bastante los favores que le merezco. Pero todo esto
necesitaba para consolarme de la separación del señor don César y de su
hijo.» «No creo que ellos la hayan sentido menos--dijo don Fernando--,
pero puede ser que no os hayáis separado para siempre y que la fortuna
vuelva a reuniros algún día.» Estas palabras me enternecieron de modo
que no pude menos de suspirar. Entonces conocí que mi amor a don
Alfonso era tanto que hubiera dejado con gusto al arzobispo y cuanto
podía esperar de su privanza por volverme a la casa de Leiva, siempre
que se hubiera quitado el obstáculo que me había alejado de ella, don
Fernando advirtió mi ternura, y le agradó tanto que me abrazó, diciendo
que toda su familia se interesaría siempre en mi bienestar.

A los dos meses de haberse marchado este caballero, y cuando me veía
yo más favorecido, tuvimos un gran susto en palacio. Acometióle al
arzobispo una apoplejía, pero se acudió con tan prontos y eficaces
remedios que sanó a muy pocos días, aunque quedó algo tocado de la
cabeza. Al primer sermón que compuso, bien lo eché de ver; pero no
hallando bastante perceptible la diferencia que había entre éste y los
antecedentes para inferir que el orador empezaba a decaer, aguardé a
que predicase otro para decidir. Hízolo y no fué menester esperar más:
el buen prelado unas veces se rozaba y repetía; otras, se remontaba
hasta las nubes o se abatía hasta el suelo. En fin, su oración fué
difusa: una arenga de catedrático cansado o un sermón de misión sin
concierto.

No fuí yo solo quien lo notó, sino que casi todos los que le oyeron,
como si les hubieran pagado para que lo examinasen, se decían al oído:
«¡Este sermón huele a apoplejía!» «¡Vamos, señor censor y árbitro
de las homilías--me dije a mí mismo--, prepárese usted para hacer
su oficio! Ya ve usted que Su Ilustrísima declina; usted está en
obligación de advertírselo, no sólo como depositario de sus confianzas,
sino también por temor de que alguno de sus enemigos se os anticipe. Si
llegara este caso, sabe usted muy bien sus consecuencias: sería usted
borrado de su testamento, en el cual sin duda le tiene señalado una
manda mejor que la biblioteca del licenciado Cedillo.»

A estas reflexiones seguían otras enteramente contrarias, porque me
parecía muy expuesto dar un aviso tan desagradable, que yo juzgaba
no recibiría con gusto un autor encaprichado por sus obras. Luego,
desechando esta idea, miraba como imposible que desaprobase mi libertad
habiéndomelo inculcado con tanto empeño. Añádase a esto que yo pensaba
decírselo con maña y hacerle tragar suavemente la píldora. En fin,
persuadiéndome que arriesgaba más en callar que en hablar, me determiné
a romper el silencio.

Sólo una cosa me inquietaba, y era no saber cómo sacar la conversación.
Por fortuna, el orador mismo me sacó de este cuidado preguntándome
qué se decía de él en el público y si había gustado su último sermón.
Respondí que sus homilías siempre admiraban, pero que, a mi parecer,
la última no había movido tanto al auditorio como las antecedentes.
¿Cómo es eso, amigo?--respondió sobresaltado--. ¿Habrá encontrado
algún Aristarco?» «No, señor ilustrísimo--le dije--, no son obras
las de Su Ilustrísima que haya quien se atreva a censurarlas; antes
todos las celebran. Pero como Su Ilustrísima me tiene mandado que
le hable con franqueza y con sinceridad, me tomaré la licencia de
decir que el último sermón no me parece tener la solidez de los
precedentes. ¿Piensa Su Ilustrísima de otro modo?» A estas palabras
mudó de color mi amo y con una sonrisa forzada me dijo: «Señor Gil
Blas, ¿conque esta composición no es del agrado de usted?» «No digo
eso, señor ilustrísimo--interrumpí todo turbado--; es excelente,
aunque un poco inferior a las otras obras de Su Ilustrísima.» «¡Ya
entiendo!--replicó--. Te parece que voy bajando, ¿no es eso? ¡Acorta
de razones! Tú crees que ya es tiempo de que piense en retirarme.»
«Jamás--le contesté--hubiera yo hablado a Su Ilustrísima con tanta
claridad si expresamente no me lo hubiera mandado, y pues en esto
no hago mas que obedecer a Su Ilustrísima, le suplico rendidamente
no lleve a mal mi atrevimiento.» «¡No permita Dios--interrumpió
precipitadamente--, no permita Dios que os reprenda tal cosa! En eso
sería yo muy injusto. No me desagrada el que me digas tu dictamen, sino
que me desagrada tu dictamen mismo. Yo me engañé extremadamente en
haberme sometido a tu limitada capacidad.»

Aunque estaba tan turbado, procuré buscar los medios de enmendar lo
hecho; pero es imposible sosegar a un autor irritado, y más si está
acostumbrado a no escuchar sino alabanzas. «No hablemos más del asunto,
hijo mío--me dijo--. Tú eres todavía muy niño para distinguir lo
verdadero de lo falso. Has de saber que en mi vida he compuesto mejor
homilía que la que tiene la desgracia de no merecer tu aprobación.
Gracias al Cielo, mi entendimiento nada ha perdido todavía de su vigor.
En adelante yo elegiré mejores confidentes; quiero otros más capaces
de decidir que tú. ¡Anda--prosiguió, empujándome para que saliera de
su estudio--y díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda
bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas, me alegraré logre
usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!»



                              CAPITULO V

Partido que tomó Gil Blas después que le despidió el arzobispo; su
casual encuentro con el licenciado García y cómo le manifestó éste su
agradecimiento.


Salí del estudio maldiciendo el capricho o, por mejor decir, la
flaqueza del arzobispo, y todavía más irritado contra él que afligido
de haber perdido su favor. Y aun dudé por algún tiempo si iría a tomar
mis cien ducados; pero después de haberlo reflexionado bien, no quise
tener la tontería de perderlos. Conocí que esta gratificación no me
privaría del derecho de poner en ridículo a mi buen prelado, lo que me
proponía hacer siempre que se hablase en mi presencia de sus homilías.

Fuí, pues, a pedir al tesorero cien ducados, sin decirle una sola
palabra de lo que acababa de pasar entre mi amo y yo. Después me
despedí para siempre de Melchor de la Ronda, quien me quería tanto
que no pudo dejar de sentir mucho mi desgracia. Observé que mientras
le daba cuenta de lo sucedido su rostro manifestaba sentimiento. No
obstante el respeto que debía al arzobispo, no pudo menos de vituperar
su conducta; pero como en mi enojo juré que el prelado me las había
de pagar y que a su costa había yo de divertir a toda la ciudad, el
prudente Melchor me dijo: «Créeme, amado Gil Blas, pásate tu pena y
calla. Los hombres plebeyos deben respetar siempre a las personas
distinguidas, por más motivo que tengan para quejarse de ellas.
Confieso que hay señores muy groseros que no merecen atención alguna,
pero al fin pueden hacer daño y es preciso temerlos.»

Agradecí al antiguo ayuda de cámara su buen consejo y le prometí
aprovecharme de él. Después de esto me dijo: «Si vas a Madrid, procura
ver a José Navarro, mi sobrino, que es jefe de la repostería del
señor don Baltasar de Zúñiga, y me atrevo a decirte que es un mozo
digno de tu amistad. Es franco, vivo, servicial y amigo de hacer bien
sin interés. Yo quisiera que fuerais amigos.» Le respondí que no
dejaría de verle luego que llegase a Madrid, adonde pensaba volver.
Salí inmediatamente del palacio arzobispal, con ánimo de no poner
más en él los pies. Tal vez hubiera marchado al instante a Toledo si
hubiese conservado mi caballo; pero le había vendido en el tiempo de
mi fortuna, creyendo que ya no le necesitaría. Resolví tomar un cuarto
amueblado, formando mi plan de permanecer todavía un mes en Granada y
de irme en seguida a casa del conde de Polán.

Como se acercaba la hora de comer, pregunté a mi huéspeda si habría
por allí cerca alguna hostería, y me respondió que a dos pasos de su
casa había una excelente, en donde daban bien de comer y a la cual
concurrían muchas gentes de forma. Hice que me la enseñasen y fuí
inmediatamente a ella. Entré en una gran sala, bastante parecida a
un refectorio. Había sentadas a una mesa larga, cubierta con unos
manteles sucios, unas diez o doce personas, que estaban en conversación
al mismo tiempo que iban despachando su pitanza. Trajéronme la mía, que
en otra ocasión sin duda me habría hecho sentir la mesa que acababa de
perder; pero como estaba entonces tan picado contra el arzobispo, la
frugalidad de mi hostería me parecía preferible a la abundancia de su
palacio. Vituperaba la variedad y multitud de manjares que se sirven
en semejantes mesas, y discurriendo como pudiera hacerlo siendo médico
en Valladolid, decía: «¡Desgraciados los que se hallan frecuentemente
en mesas tan nocivas, en las que es preciso estar siempre sujetando el
apetito para no cargar demasiado el estómago! Por poco que se coma, ¿no
se come siempre bastante?» Mi mal humor me hacía alabar los aforismos
que antes había despreciado.

Cuando iba rematando mi ración, sin temer pasar los límites de la
templanza, entró en la sala el licenciado Luis García, aquel capellán
de monjas que logró el curato de Gabia del modo que dejo referido. Al
instante que me vió vino a saludarme precipitadamente, como un hombre
arrebatado de alegría; me abrazó y me vi precisado a aguantar un nuevo
y muy largo cumplimiento con que me dió gracias por el bien que le
había hecho, moliéndome con demostraciones de reconocimiento. Sentóse
a mi lado diciendo: «¡Oh! ¡Vive Dios, mi amado bienhechor, que, pues
he tenido la fortuna de encontraros, no nos hemos de despedir sin
beber un trago! Pero como no vale nada el vino de esta posada, si
usted gusta, en acabando de comer iremos a cierta parte en donde he
de regalar a usted con una botella de vino más seco de Lucena y un
exquisito moscatel de Fuencarral. Por esta vez es preciso correr un
gallo; suplico a usted que no me niegue este gusto. ¡Que no tenga yo
la fortuna de ver a usted a lo menos por algunos días en mi curato de
Gabia! Allí obsequiaría a usted como a un Mecenas generoso, a quien
debo las comodidades y la tranquilidad de la vida que gozo.»

Mientras me hablaba le trajeron su ración. Empezó a comer, pero
sin cesar de decirme de cuando en cuando alguna lisonja. En uno de
estos intervalos, con motivo de haberme preguntado por su amigo el
mayordomo, le manifestó sin misterio mi salida de la casa arzobispal
y le conté hasta las menores circunstancias de mi desgracia, lo que
escuchó con mucha atención. A vista de tanto como acababa de decirme,
¿quién no hubiera creído oírle, lleno de un sentimiento producido por
la gratitud, declamar contra el arzobispo? Pues no lo hizo así; antes
al contrario, bajó la cabeza, estuvo frío y pensativo hasta que acabó
de comer, sin hablar más palabra, y después, levantándose de la mesa
aceleradamente, me saludó con frialdad y se fué. Este ingrato, viendo
que ya no podía yo serle útil, ni aun quiso tomarse la molestia de
ocultarme su indiferencia. Me reí de su ingratitud, y mirándole con
todo el desprecio que merecía, le dije bien alto para que me oyese:
«¡Hola! ¡Hola! ¡Prudente capellán de monjas, vaya usted a refrescar
ese exquisito vino de Lucena con que me ha convidado!»



                              CAPITULO VI

Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de Granada; de la
admiración que le causó el ver a una actriz y de lo que le pasó con
ella.


Todavía no había salido García de la sala cuando entraron dos
caballeros muy bien portados, que vinieron a sentarse junto a mí.
Principiaron a hablar de los cómicos de la compañía de Granada y de una
comedia nueva que se representaba entonces. De su conversación inferí
que aquella pieza era muy aplaudida y dióme deseo de verla aquella
misma tarde. Como casi siempre había estado en el palacio, en donde
estaba anatematizada esta clase de recreo, no había visto comedia
alguna desde que vivía en Granada y toda mi diversión se había reducido
a las homilías.

Luego que fué hora me marché al teatro, en donde hallé un gran
concurso. Oí alrededor de mí diferentes conversaciones sobre la pieza
antes que se empezase y observé que todos se metían a dar su voto
sobre ella, declarándose unos en pro, otros en contra. Decían a mi
derecha: «¿Se ha visto jamás una obra mejor escrita?» Y a mi izquierda
exclamaban: «¡Qué estilo tan miserable!» En verdad, se debe convenir
en que si abundan los malos autores, abundan más los peores críticos.
Cuando pienso en los disgustos que los poetas dramáticos tienen que
sufrir, me admiro de que haya algunos tan atrevidos que hagan frente
a la ignorancia del vulgo y a la censura peligrosa de los sabios
superficiales, que corrompen algunas veces el juicio del público.

En fin, el gracioso se presentó para dar principio a la escena; por
todas partes sonó un palmoteo general, lo que me dió a conocer que
era uno de aquellos actores consentidos a quienes el vulgo todo se lo
disimula. Efectivamente, este cómico no decía palabra ni hacía gesto
que no le atrajesen aplausos; y como se le manifestaba demasiado el
gusto con que se le veía, por eso abusaba de él, pues noté que algunas
veces se propasaba tanto sobre la escena que era necesaria toda la
aceptación con que se le oía para que no perdiese su reputación. Si en
lugar de aplaudirle le hubieran silbado, frecuentemente se le hubiera
hecho justicia.

Palmotearon también del mismo modo a otros comediantes, pero
particularmente a una actriz que hacía el papel de graciosa. Miréla
con cuidado y me faltan términos para expresar la sorpresa con que
reconocí en ella a Laura, a mi querida Laura, a quien suponía todavía
en Madrid al lado de Arsenia. No podía dudar que fuese ella, porque su
estatura, sus facciones y su metal de voz, todo me aseguraba que yo no
me equivocaba. Sin embargo, como si desconfiara de mis ojos y de mis
oídos, pregunté su nombre a un caballero que estaba a mi lado. «Pues
¿de qué tierra viene usted?--me dijo--. Sin duda usted acaba de llegar,
cuando no conoce a la hermosa Estela.»

La semejanza era demasiado perfecta para que pudiese equivocarme y
desde luego comprendí bien que Laura, al mudar de estado, había también
mudado de nombre; y deseoso de saber noticias de ella--porque el
público jamás ignora las de los cómicos--me informé del mismo sujeto
si esta Estela tenía algún cortejo de importancia. Respondióme que un
gran señor portugués, llamado el marqués de Marialba, que dos meses
había se hallaba en Granada, era quien gastaba mucho con ella. Más me
hubiera dicho a no haber temido cansarle con mis preguntas. Pensé más
en la noticia que este caballero acababa de darme que en la comedia; y
si al salir alguno me hubiese preguntado el asunto de ella, no hubiera
sabido qué decirle. Todo el tiempo se me fué en pensar en Laura y
Estela y me determiné a visitarla en su casa al otro día. No dejaba de
inquietarme el cómo me recibiría. Tenía fundamento para pensar que no
le diese gusto mi visita en el estado tan brillante en que se hallaba,
y aun de presumir que una cómica de tanto nombre fingiese no conocerme,
por vengarse de un hombre del cual tenía, ciertamente, motivos de
estar sentida; pero nada de esto me desanimó. Después de una cena
ligera--pues en mi posada no se hacían de otra clase--me retiré a mi
cuarto, con mucha impaciencia de hallarme ya en el día siguiente.

Dormí poco y me levanté al amanecer; mas pareciéndome que la dama
de un gran señor no se dejaría ver tan de mañana, antes de ir a su
casa gasté tres o cuatro horas en componerme, afeitarme, peinarme y
perfumarme, porque quería presentarme a ella en tal aparato que no se
avergonzase de verme. Salí a cosa de las diez, pregunté en la casa de
comedias dónde vivía y pasé a la suya. Vivía en un cuarto principal de
una casa grande. Abrióme la puerta una criada, a quien le dije pasase
recado de que un joven deseaba hablar a la señora Estela. Entró con él
e inmediatamente oí que su ama gritó: «¿Quién es ese joven? ¿Qué me
quiere? ¡Que entre!»

Discurrí haber llegado en mala ocasión, pues estaría su portugués con
ella al tocador, y que para hacerle creer no era mujer que recibía
recados sospechosos alzaba tanto el grito. Dicho y hecho: estaba allí
el marqués de Marialba, que pasaba con ella casi todas las mañanas. Por
tanto, esperaba yo un mal recibimiento, cuando aquella actriz original,
viéndome entrar, se arrojó a mí con los brazos abiertos, exclamando
como fuera de sí: «¡Ay hermano mío! ¿Eres tú?» Diciendo esto, me abrazó
muchas veces, y volviéndose después hacia el portugués, le dijo:
«Señor, perdonad si en vuestra presencia cedo a los impulsos de la
sangre. Después de tres años de ausencia, no puedo volver a ver a un
hermano a quien amo tiernamente sin darle pruebas de mi afecto. Díme,
pues, mi amado Gil Blas--continuó, dirigiéndose a mí--, díme algo de
nuestra familia. ¿Cómo ha quedado?»

Estas palabras me turbaron por el pronto; pero inmediatamente penetré
la intención de Laura, y, apoyando su artificio, le respondí con un
tono propio de la escena que ambos íbamos a representar: «Nuestros
padres están buenos, gracias a Dios, querida hermana.» «Tú te
maravillarás de verme cómica en Granada--interrumpió--; pero no me
condenes sin oírme. Bien sabes que hace tres años mi padre creyó
establecerme ventajosamente casándome con el capitán don Antonio
Coello, quien me llevó desde Asturias a Madrid, su patria. A los seis
meses de estar en ella le sucedió un lance de honor, ocasionado de su
genio violento, y mató a un caballero que me había mostrado alguna
atención. Era el muerto de familia muy ilustre y de mucho valimiento.
Mi marido, que ninguno tenía, se salvó huyendo a Cataluña, con todo
cuanto encontró en casa de dinero y piedras preciosas. Embarcóse en
Barcelona, pasó a Italia, se alistó bajo las banderas de los venecianos
y al fin perdió la vida en la Morea, en una batalla contra los turcos.
En este tiempo fué confiscada una posesión que era el único bien que
poseíamos, y vine a quedar reducida a unas asistencias escasísimas.
¿Y qué partido podía tomar en situación tan crítica? Una viuda joven
y de honor se halla en mucho compromiso; yo carecía de medios para
restituirme a Asturias. ¿Y qué haría allí? El solo consuelo que hubiera
recibido de mi familia hubiera sido compadecerse de mi desgracia.
Por otra parte, yo había recibido muy buena educación para resolverme
a abrazar una vida licenciosa. ¿Pues qué arbitrio me quedaba? El de
hacerme cómica para conservar mi reputación.»

Al oír a Laura finalizar así su novela, fué tal el impulso de risa que
me dió que apenas pude reprimirme; pero al fin lo conseguí y le dije
con mucha gravedad: «Hermana mía, apruebo tu proceder y me alegro mucho
de encontrarte en Granada tan honradamente establecida.»

El marqués de Marialba, que no había perdido una palabra de nuestra
conversación, tomó al pie de la letra todos los enredos que le dió la
gana de ensartar a la viuda de don Antonio. También se mezcló en la
conversación, preguntándome si tenía algún empleo en Granada o en otra
parte. Dudé un momento si mentiría, pero me pareció no había necesidad
de ello y le dije lo cierto, contándole punto por punto cómo había
entrado en casa del arzobispo y cómo había salido, lo que divirtió
infinito al señor portugués. Es verdad que, a pesar de lo que había
prometido a Melchor, me divertí un poco a costa del arzobispo. Lo más
gracioso fué que, imaginando Laura que ésta era una novela como la
suya, daba unas carcajadas que hubiera excusado a haber sabido que era
realidad.

Después de haber acabado mi relación, que concluí hablando del cuarto
que había tomado alquilado, avisaron para comer. Quise al momento
retirarme para ir a comer a mi hostería, pero Laura me detuvo. «¿En
qué piensas, hermano mío?--me dijo--. Has de quedarte a comer conmigo.
Tampoco consentiré estés más tiempo en una posada. Mi intención es que
vivas y comas en mi casa, y así, haz traer tu equipaje hoy mismo, que
aquí hay una cama para ti.»

El señor portugués, a quien tal vez no agradaba esta hospitalidad, dijo
a Laura: «No, Estela; no tienes aquí comodidad para recibir a nadie.
Tu hermano--añadió--me parece un buen mozo, y con la recomendación de
ser cosa tan tuya me intereso por él. Quiero tomarle a mi servicio;
será a quien más quiera de mis secretarios y le haré depositario de mis
confianzas. Que no deje ir de desde esta noche a dormir a casa y yo
mandaré le pongan un cuarto. Le señalo cuatrocientos ducados de sueldo,
y si en adelante tengo motivo, como lo espero, para estar contento de
él, le pondré en estado de consolarse de haber sido demasiado sincero
con su arzobispo.»

A las gracias que di por esto al marqués añadió Laura otras más
expresivas. «¡No hablemos más de ello!--interrumpió el marqués--.
¡Es negocio concluído!» Al acabar estas palabras, se despidió de su
princesa de teatro y se marchó. Laura me hizo pasar al momento a un
cuarto retirado, en donde, viéndose sola conmigo, dijo: «¡Hubiera
reventado si hubiese contenido más tiempo la risa!» Y dejándose caer
en un sillón y apretándose los ijares empezó a reír como una loca. Yo
no pude menos de hacer lo mismo; y cuando nos hubimos cansado, me
dijo: «Confiesa, Gil Blas, que acabamos de representar una graciosa
comedia; pero yo no esperaba tuviese tan buen fin. Mi ánimo solamente
era proporcionarte la mesa y cuarto en casa, y para ofrecértelo con
decoro fingí que eras mi hermano. Me alegro que la casualidad te haya
facilitado tan buen acomodo. El marqués de Marialba es un caballero
muy generoso, que hará por ti aún más de lo que ha prometido. Otra que
yo--continuó ella--acaso no hubiera recibido con tan buen semblante
a un hombre que deja sus amigos sin despedirse de ellos; pero soy de
aquellas chicas de buena pasta que vuelven a ver siempre con agrado al
picarillo a quien amaron.»

Confesé de buena fe mi desatención y le pedí me la perdonase, después
de lo cual me llevó a un comedor muy aseado. Nos sentamos a la mesa,
y como teníamos de testigos una doncella y un lacayo, nos tratamos
de hermanos. Luego que acabamos de comer volvimos al mismo cuarto en
donde habíamos estado en conversación, y allí mi incomparable Laura,
entregándose a su alegría natural, me pidió cuenta de lo que me
había sucedido desde nuestra última visita. Hícele de ello una fiel
narración, y cuando hube satisfecho su curiosidad, ella contentó la mía
relatándome su historia en estos términos.



                             CAPITULO VII

                          Historia de Laura.


«Voy a contarte lo más compendiosamente que pueda por qué casualidad
abracé la profesión cómica. Después que tan honradamente me dejaste,
sucedieron grandes acontecimientos. Mi ama Arsenia, más de cansada que
de disgustada del mundo, abjuró el teatro y me llevó consigo a una
hermosa hacienda que acababa de comprar cerca de Zamora con monedas
extranjeras. Bien presto hicimos conocimientos en esta ciudad, a la que
íbamos con frecuencia y en donde nos deteníamos uno o dos días.

»En uno de estos viajecillos, don Félix Maldonado, hijo único del
corregidor, me vió casualmente y le caí en gracia. Buscó ocasión de
hablarme a solas, y, por no ocultarte nada, yo contribuí algo para
hacérsela hallar. Este caballero no tenía veinte años; era hermoso como
un sol; su persona, muy bien formada, y encantaba más todavía con sus
modales amables y generosos que con su cara. Me ofreció con tan buena
voluntad y tanta instancia un grueso brillante que llevaba en el dedo,
que no pude menos de admitirle. Estaba muy gustosa y vana con un galán
tan amable; pero ¡qué mal hacen las mozuelas ordinarias en prendarse
de los hijos de familia cuyos padres tienen autoridad! El corregidor,
que era el más severo de los de su clase, advertido de nuestro
trato, procuró evitar con presteza sus resultas. Me hizo prender por
una cuadrilla de esbirros, que a pesar de mis gritos me llevaron al
hospicio de la Caridad.

»Allí, sin más forma de proceso, la superiora me hizo despojar de mi
anillo y vestidos y poner un largo saco de sarga ceniciento, ceñido por
la cintura con una ancha correa negra de cuero, de la que pendía un
rosario de cuentas gordas, que me llegaba hasta los talones. Después
me llevaron a una sala, en donde encontré un fraile viejo, de no sé
qué Orden, que principió a exhortarme a la penitencia, del mismo modo,
poco más o menos, que la señora Leonarda te exhortó a ti a la paciencia
en el sótano. Me dijo debía estar muy agradecida a las personas que me
mandaban encerrar allí, pues que me hacían un gran beneficio sacándome
de los lazos del demonio, en los cuales estaba infelizmente enredada.
Te confieso francamente mi ingratitud: muy lejos de ser agradecida a
los que me habían hecho este favor, les echaba mil maldiciones.

»Ocho días pasé sin hallar consuelo, pero a los nueve--porque yo
contaba hasta los minutos--mi suerte pareció querer mudar de aspecto.
Al atravesar un patio pequeño encontré al mayordomo de la casa, que
todo lo mandaba y hasta la superiora le obedecía. No daba las cuentas
de su administración sino al corregidor, de quien únicamente dependía y
que tenía una entera confianza en él. Figúrate un hombre alto, pálido,
descarnado y de buena catadura, propia para modelo de una pintura
del Buen Ladrón. Parecía que ni aun miraba a las hermanas. Cara
tan hipócrita no la habrás visto, aunque hayas estado en el palacio
arzobispal.

»Encontré, pues--continuó ella--, al señor Zendono, que me detuvo
diciéndome: «¡Consuélate, hija mía, estoy compadecido de tus
desgracias!» Nada más me dijo y continuó su camino, dejando a mi
arbitrio hacer los comentarios que quisiese sobre un texto tan
lacónico. Como yo le tenía por un hombre de bien, me imaginaba
fácilmente que se había tomado el trabajo de examinar la causa de
mi encierro y que, no hallándome bastante culpable para merecer que
se me tratara tan indignamente, quería empeñarse en mi favor con el
corregidor. Pero conocía mal al vizcaíno; sus intenciones eran otras.
Había proyectado en su mente hacer un viaje, del que me dió parte
algunos días después. «Amada Laura mía--me dijo--, es tanto lo que
siento tus trabajos, que he resuelto poner fin a ellos. No ignoro
que esto es querer perderme, pero ya no soy mío ni puedo vivir mas
que para ti. La situación en que te veo me atraviesa el alma, y así,
intento sacarte mañana de tu encierro y llevarte yo mismo a Madrid,
sacrificándolo todo al placer de ser tu libertador.» Poco me faltó para
morir de gozo al oír a Zendono, el cual, juzgando por mis extremos que
lo que yo más deseaba era escaparme, tuvo al día siguiente la osadía
de robarme a vista de todos, del modo que voy a contar. Dijo a la
superiora que tenía orden para llevarme a presencia del corregidor,
que se hallaba en una casa de recreo a dos leguas de la ciudad, y me
hizo con todo descaro subir con él en una silla de posta, tirada por
dos buenas mulas que había comprado para el caso. No llevábamos con
nosotros mas que un criado, que conducía la silla y que era enteramente
de la confianza del mayordomo. Comenzamos a caminar, no como yo creía,
hacia Madrid, sino hacia las fronteras de Portugal, adonde llegamos
en menos tiempo del que necesitaba el corregidor de Zamora para saber
nuestra fuga y despachar en nuestro seguimiento sus galgos. Antes de
entrar en Braganza, el vizcaíno me hizo poner un vestido de hombre,
que llevaba prevenido, y contándome ya por suya me dijo en la hostería
donde nos alojamos: «Bella Laura, no tomes a mal que te haya traído a
Portugal. El corregidor de Zamora nos hará buscar en nuestra patria
como a dos criminales a quienes la España no debe dar ningún asilo;
pero--añadió él--podemos ponernos a cubierto de su resentimiento
en este reino tan extraño, aunque en el día esté sujeto al dominio
español; a lo menos, estaremos aquí más seguros que en nuestro país.
Déjate, pues, persuadir, ángel mío; sigue a un hombre que te adora.
Vamos a vivir a Coimbra; allí pasaremos sin temor nuestros días en
medio de unos pacíficos placeres.»

»Una propuesta tan eficaz me hizo ver que trataba con un caballero a
quien no gustaba servir de conductor a las princesas por la gloria de
la caballería. Comprendí que contaba mucho con mi agradecimiento y aun
más con mi miseria. Sin embargo, aunque estos dos motivos me hablaban
en su favor, me negué resueltamente a lo que me proponía. Es verdad que
por mi parte tenía dos razones poderosas para mostrarme tan reservada,
pues no era de mi gusto ni le creía rico. Pero cuando, volviendo a
estrecharme, ofreció ante todas cosas casarse conmigo y me hizo ver
palpablemente que su administración le había suministrado caudal para
mucho tiempo, no lo oculto: comencé a escucharle. Me deslumbró el oro y
la pedrería que me enseñó, y entonces experimenté que el interés sabe
hacer transformaciones tan bien como el amor. Mi vizcaíno fué poco a
poco haciéndose otro hombre a mis ojos: su cuerpo alto y seco se me
representó de una estatura fina y delicada; su palidez, una blancura
hermosa, y hasta su aspecto hipócrita me mereció un nombre favorable.
Entonces acepté sin repugnancia su mano a presencia del Cielo, a quien
tomó por testigo de nuestra unión. Después de esto ya no tuvo que
experimentar ninguna contradicción por mi parte, y, siguiendo nuestro
camino, muy presto Coimbra recibió dentro de sus muros a un nuevo
matrimonio.

»Mi marido me compró muy buenos vestidos de mujer y me regaló muchos
diamantes, entre los cuales conocí el de don Félix Maldonado. No
necesité más para adivinar de dónde venían todas las piezas preciosas
que yo había visto, y para persuadirme de que no me había casado
con un rígido observador del séptimo artículo del Decálogo; pero
considerándome como la causa primera de sus juegos de manos, se los
perdonaba. Una mujer disculpa hasta las malas acciones que hace cometer
su hermosura, y a no ser esto, ¡qué mal hombre me hubiera parecido!

»Dos o tres meses pasé con él bastante gustosa, porque me hacía mil
cariños y parecía amarme tiernamente. Sin embargo, las pruebas de
amistad que me daba no eran mas que falsas apariencias. El bribón me
engañaba y me preparaba el trato que toda soltera seducida por un
hombre infame debe esperar de él. Un día, a mi vuelta de misa, no
encontré en la casa mas que las paredes. Los muebles y hasta mis ropas
habían desaparecido. Zendono y su fiel criado habían tomado tan bien
sus medidas que en menos de una hora se había ejecutado completamente
el despojo de mi casa, de modo que con el solo vestido que llevaba
puesto y la sortija de don Félix, que por fortuna tenía en el dedo,
me vi como otra Ariadna abandonada de un ingrato. Pero te aseguro que
no me entretuve en hacer elegías sobre mi infortunio; antes bien, di
gracias al Cielo por haberme librado de un perverso que no podía menos
de caer tarde o temprano en manos de la justicia. Miré el tiempo que
habíamos pasado juntos como un tiempo perdido, que yo no tardaría en
reparar. Si hubiera querido permanecer en Portugal y entrar al servicio
de alguna señora ilustre, las habría tenido de sobra; pero ya fuese el
amor que tenía a mi país, o ya fuese arrastrada por la fuerza de mi
estrella, que me preparaba allí mejor suerte, sólo pensé en volver a
España. Vendí el diamante a un joyero, que me dió su importe en monedas
de oro, y salí con una señora española, ya anciana, que iba a Sevilla
en una silla volante.

»Esta señora, llamada Dorotea, venía de ver a una parienta suya que
vivía en Coimbra, y se volvía a Sevilla, en donde tenía su casa.
Congeniamos ambas de tal modo que desde la primera jornada trabamos
amistad, la que se estrechó tanto en el camino que cuando llegamos a
Sevilla no me permitió alojar sino en su casa. No tuve motivo para
arrepentirme de haber hecho semejante conocimiento, pues no he visto
jamás mujer de mejor carácter. Todavía se descubría en sus facciones
y en la viveza de sus ojos que en su mocedad habría hecho puntear a
sus rejas bastantes guitarras, y por eso sin duda había tenido muchos
maridos nobles y vivía honradamente con lo que le dejaron.

»Entre otras excelentes prendas, tenía la de ser muy compasiva con las
doncellas desgraciadas. Cuando le conté mis infortunios, tomó con tanto
ardor mi causa que llenó de maldiciones a Zendono. «¡Ah perros!--dijo
en un tono que parecía haber encontrado en su viaje algún mayordomo--.
¡Miserables! ¡En el mundo hay bribones que, como éste, se deleitan
en engañar a las mujeres! Lo que me consuela, querida hija mía, es
que, según tu relación, no estás ligada con el pérfido vizcaíno. Si
tu casamiento con él es bastante bueno para servirte de disculpa, en
recompensa es bastante malo para permitirte contraer otro mejor cuando
halles ocasión para ello.»

»Todos los días salía con Dorotea para ir a la iglesia o a visitar a
alguna amiga, que es el medio seguro de encontrar prontamente alguna
aventura. Me atraje las miradas de muchos caballeros, entre los cuales
algunos quisieron tentar el vado. Hablaron por segunda mano a mi
vieja patrona, pero los unos no tenían con qué soportar los gastos de
un menaje y los restantes todavía eran unos babosos, lo que bastaba
para quitarme la gana de escucharlos, sabiendo por mi experiencia
las consecuencias de ello. Un día nos ocurrió ir a ver representar
los cómicos de Sevilla, que habían anunciado en los carteles la
representación de la comedia famosa _El embajador de sí mismo_,
compuesta por Lope de Vega Carpio.

»Entre las actrices que se presentaron en el teatro vi a una de mis
antiguas amigas, a Fenicia, aquella moza gorda, pero muy alegre, que
te acordarás era criada de Florimunda y con quien cenaste algunas
veces en casa de Arsenia. Sabía yo muy bien que Fenicia hacía más de
dos años que no estaba en Madrid, pero ignoraba que fuese cómica. Era
tal la impaciencia que tenía de abrazarla que me pareció larguísima
la pieza. Quizá tenían también la culpa los que la representaban, que
no lo hacían ni tan bien ni tan mal que me divirtieran, porque te
confieso que, como soy tan risueña, un cómico perfectamente ridículo
no me divierte menos que uno excelente. En fin, llegado el esperado
momento, es decir, el fin de la famosa comedia, fuimos mi viuda y yo al
vestuario, en donde vimos a Fenicia, que hacía la desdeñosa escuchando
con melindres el dulce gorjeo de un tierno pajarito que al parecer se
había dejado coger con la liga de su declamación. Luego que me vió se
despidió de él cortésmente, vino a mí con los brazos abiertos y me dió
todas las muestras de amistad imaginables. Por mi parte, la abracé con
el mayor agrado. Mutuamente nos manifestamos el placer que teníamos en
volvemos a ver; pero no permitiéndonos el tiempo ni el sitio meternos
en una larga conversación, dejamos para el día inmediato el hablar en
su casa más extensamente.

»El gusto de hablar es una de las pasiones más vivas de las mujeres
y particularmente la mía. No pude pegar los ojos en toda la noche:
tal era el deseo que tenía de verme con Fenicia y hacerle preguntas
sobre preguntas. Dios sabe si fuí perezosa para levantarme e ir a
donde me había dicho que vivía. Estaba alojada con toda la compañía en
un gran mesón. Una criada que encontré al entrar, y a quien supliqué
me condujese al cuarto de Fenicia, me hizo subir a un corredor, a lo
largo del cual había diez o doce cuartos pequeños, separados solamente
por unos tabiques de madera y ocupados por la cuadrilla alegre. Mi
conductora tocó a una puerta, la cual abrió Fenicia, cuya lengua
rabiaba tanto como la mía por hablar. Apenas nos tomamos el tiempo de
sentarnos, nos pusimos en disposición de parlar sin cesar. Teníamos que
preguntarnos sobre tantas cosas que se atropellaban las preguntas y
las respuestas de un modo extraordinario.

»Después de haber contado mutuamente nuestras aventuras, e instruidas
del actual estado de nuestros asuntos, me preguntó Fenicia qué
partido quería tomar. «Porque al fin--me dijo--es preciso hacer
alguna cosa, no estando bien visto en una persona de tu edad el ser
inútil a la sociedad.» Respondíle que había resuelto, hasta encontrar
mejor fortuna, colocarme con alguna señorita distinguida. «¡Quítate
allá!--exclamó mi amiga--. ¡No pienses en ello! ¿Es posible, amiga
mía, que aun no te hayas cansado de servir? ¿No te has fastidiado de
estar sujeta a la voluntad de otros, respetar sus caprichos, oír que te
regañan y, en una palabra, ser esclava? ¿Por qué no abrazas, como yo,
la vida de cómica? Ninguna cosa es más conveniente para las personas de
talento que carecen de posibles y de lucida cuna. Es un estado medio
entre la nobleza y la plebe; una condición libre y desembarazada de
las etiquetas más incómodas de la vida civil. Nuestras rentas nos las
paga en moneda contante el público, que es el poseedor de sus fondos.
En una palabra, siempre vivimos alegres y gastamos nuestro dinero del
mismo modo que lo ganamos. El teatro--prosiguió--favorece sobre todo
a las mujeres. Todavía me salen los colores al rostro siempre que me
acuerdo de que cuando servía a Florimunda no oía sino a los criados de
la compañía del Príncipe y que ningún hombre de suposición me miraba
a la cara. ¿De qué nacía esto? De que yo no hacía allí papel; por
buena que sea una pintura, no se celebra si no se expone a la vista
pública. Pero después que me puse en chapines, esto es, que parecí en
las tablas, ¡qué mudanza! Traigo al retortero a los mejores mozos de
los pueblos por donde pasamos. Una cómica tiene cierto atractivo en su
oficio. Si es discreta--quiero decir, que no favorece mas que a un solo
amante--, esto le hace un honor distinguido, se celebra su moderación;
y cuando muda de galán la miran como a una verdadera viuda que se
vuelve a casar. Y aun a una viuda se la mira con desprecio si contrae
terceras nupcias, porque no parece sino que esto hiere la delicadeza
de los hombres, al paso que una dama parece hacerse más apreciable a
medida que aumenta el número de sus favorecidos, pues todavía, después
de haber tenido cien cortejos, es un manjar apetitoso.» «¿A quién
cuentas eso?--interrumpí yo al llegar aquí--. ¿Piensas tú que ignoro
esas ventajas? Las he considerado muchas veces, y, hablándote sin
ningún disimulo, te digo que lisonjean sobrado a una muchacha de mi
genio. Conozco en mí mucha inclinación a la vida cómica, pero esto no
basta, pues se requiere talento y yo no tengo ninguno. Algunas veces
me he puesto a recitar relaciones de comedia delante de Arsenia y no
ha quedado satisfecha de mí, lo que me ha hecho no gustar del arte.»
«No es extraño que le hayas disgustado--replicó Fenicia--. ¿Ignoras
que esas grandes actrices son por lo común envidiosas? A pesar de su
vanidad, temen se les presenten personas que las desluzcan. En fin,
yo, sobre este asunto, no me atendría solamente al voto de Arsenia; su
decisión no ha sido sincera. Dígote sin lisonja que has nacido para el
teatro. Tienes naturalidad, acción despejada y muy graciosa, un metal
de voz suave, buen pecho y, sobre todo, un buen palmito de cara. ¡Ah
picaruela, a cuántos encantarás si te haces comedianta!»

»A esto añadió otras expresiones seductoras, y me hizo declamar algunos
versos para convencerme a mí misma de la excelente disposición que
tenía para el teatro, y habiéndome oído fueron mayores sus elogios,
hasta decirme que me aventajaba a todas las actrices de Madrid. En
vista de esto, no debía ya dudar de mi mérito ni dejar de acusar a
Arsenia de envidiosa y de mala fe. Me fué preciso convenir en que mi
persona valía mucho. Fenicia me hizo repetir los mismos versos delante
de dos cómicos que entraron en aquella sazón, los que se quedaron
pasmados; y cuando volvieron de su admiración fué para colmarme de
alabanzas. Hablando seriamente, te aseguro que aunque los tres hubieran
ido a porfía sobre quién me había de elogiar más, no hubieran empleado
más hipérboles. Mi modestia tuvo poco que padecer con tantos elogios.
Principié a creer que valía algo y heme aquí resuelta a abrazar la
profesión cómica.

»No hablemos más, querida mía--dije a Fenicia--. Está hecho; quiero
seguir tu consejo y entrar en la compañía si no hay inconveniente.»
A esto, mi amiga, arrebatada toda de gozo, me abrazó, y sus
dos compañeros no manifestaron menos alegría que ella al ver mi
determinación. Quedamos en que al día siguiente por la mañana iría
al teatro y repetiría delante de toda la compañía el mismo ensayo.
Si en casa de Fenicia adquirí una opinión ventajosa, todavía fué más
favorable la de los comediantes después que recité en su presencia sólo
unos veinte versos, y así, me recibieron muy gustosos en la compañía.
Desde entonces puse mi atención sólo en el modo con que había de salir
la primera vez en las tablas. Para que fuese con más lucimiento, gasté
todo el dinero que me quedaba de la sortija, y si no me presenté
con ostentación, a lo menos hallé el arte de suplir la falta de
magnificencia con un gusto delicado. Presentéme, en fin, por la primera
vez en la escena. ¡Qué palmadas! ¡Qué aplausos! No faltaré, amigo mío,
a la modestia si te digo que arrebaté la atención de los espectadores.
Era preciso haber presenciado la celebridad que adquirí en Sevilla
para creerla. Fuí el objeto de todas las conversaciones de la ciudad,
la que por tres semanas acudió a bandadas a la comedia, de modo que
la compañía, con esta novedad, atrajo al público, que ya empezaba a
desampararla. Me presenté de un modo que hechicé a todos, lo que fué
publicar que me vendía al que más diera. Una infinidad de sujetos
de todas edades y condiciones vinieron a ofrecerme sus obsequios y
facultades. Por mi gusto hubiera escogido al más joven y bonito; pero
nosotras solamente debemos mirar al interés y a la ambición cuando se
trata de tomar una amistad. Esta es regla del teatro, por cuya razón
mereció la preferencia don Ambrosio de Nisaña, hombre ya viejo y de muy
rara figura, pero rico, generoso y uno de los señores más poderosos de
Andalucía. Es verdad que le costó caro. Tomó para mí una hermosa casa,
la adornó magníficamente, me buscó un buen cocinero, dos lacayos, una
doncella, y me señaló para el gasto mil ducados mensuales. Añade a esto
ricos vestidos y muchas joyas. Arsenia nunca llegó a un estado tan
brillante.

»¡Qué mudanza en mi fortuna! Ni aun yo podía comprenderla ni me conocía
a mí misma; por lo que no me espanto de que haya tantas que se olviden
prontamente de la nada y miseria de donde las sacó el capricho de algún
poderoso. Te confieso ingenuamente que los aplausos del público, las
expresiones lisonjeras que oía por todas partes y la pasión de don
Ambrosio me infundieron una vanidad que llegó hasta la extravagancia.
Miré mi habilidad como un título de nobleza y tomé el aire de señora.
Ya escaseaba tanto las miradas cariñosas cuanto las había prodigado
antes, de suerte que me puse en el pie de no hacer caso sino de duques,
condes y marqueses.

»El señor de Nisaña, con algunos de sus amigos, venía todas las noches
a cenar a casa; yo por mi parte procuraba juntar las cómicas más
divertidas y pasábamos la mayor parte de la noche en beber y reír.
Una vida tan agradable me acomodaba mucho, pero no duró mas que seis
meses. Si los señores no tuvieran la facilidad de cansarse, serían
más amables. Don Ambrosio me dejó por una maja granadina que acababa
de llegar a Sevilla, con muchas gracias y el talento suficiente para
hacerlas valer. Mi aflicción no duró mas que veinticuatro horas, porque
inmediatamente ocupó su lugar un caballero de veintidós años, llamado
don Luis de Alcacer, tan bello mozo que pocos podían comparársele. Con
razón me preguntarás por qué elegí a un señor tan joven sabiendo que el
trato con esta clase de gentes es peligroso, y yo te diré que don Luis
ni tenía padre ni madre y que ya disponía de su hacienda. Además, que
este trato sólo deben temerlo las criadas y las miserables aventureras.
Las mujeres de nuestra profesión son personas de título; nunca
somos responsables de los efectos que producen nuestros atractivos.
¡Desgraciadas las familias a cuyos herederos hemos desplumado!

»Nos apasionamos tan extremadamente uno de otro Alcacer y yo que dudo
haya habido jamás amor como el nuestro. Nos amábamos con tanto ardor
que no parecía sino que estábamos hechizados. Los que sabían nuestra
pasión nos creían los amantes más dichosos del mundo, y tal vez éramos
los más infelices. Don Luis era amable por su rostro, pero tan celoso
que me atormentaba a cada instante con injustos recelos. Por más que
yo procurase no mirar a hombre alguno para acomodarme a su flaqueza,
su ingeniosa desconfianza hallaba delitos con que inutilizaba mi
cuidado. Si estaba en la escena, le parecía que mientras representaba
miraba al descuido cariñosamente a algún joven y me llenaba de
reconvenciones. En una palabra, nuestras más tiernas conversaciones
estaban siempre mezcladas de quejas. No pudimos aguantar más; a ambos
nos faltó la paciencia y nos separamos amigablemente. ¿Creerás tú
que el último día de nuestra amistad fué el más gustoso que habíamos
tenido hasta entonces? Igualmente fatigados los dos de los males que
habíamos padecido, nos despedimos con la mayor alegría, semejantes a
dos miserables cautivos que recobran su libertad después de una dura
esclavitud.

»Desde entonces he procurado precaverme del amor y no quiero más
amistad que turbe mi reposo. No sienta bien en nosotras suspirar como
las demás mujeres ni debemos abrigar en nuestro pecho una pasión cuyas
ridiculeces hacemos ver al público.

»Entre tanto mi fama iba alcanzando más vuelo, publicando por todas
partes que yo era una actriz inimitable. Tanta nombradía movió a los
comediantes de Granada a que me escribiesen convidándome con una
plaza en su compañía; y para hacerme ver que la propuesta no era
despreciable, me enviaron una razón del importe de sus últimas entradas
y de sus caudales, por lo cual, pareciéndome un partido ventajoso, lo
acepté, aunque en lo íntimo de mi corazón sentía dejar a Fenicia y a
Dorotea, a quienes amaba tanto cuanto una mujer es capaz de amar a
otra. A la primera la dejé en Sevilla ocupada en derretir la vajilla
de un platerillo que por vanidad quería tener por cortejo a una
comedianta. Se me ha olvidado decirte que al hacerme cómica mudé por
capricho el nombre de Laura en el de Estela, y con éste salí para
Granada.

»Allí principié mi ejercicio con tanta felicidad como en Sevilla e
inmediatamente me vi rodeada de amantes; pero como no quería favorecer
sino a quien diese buenas señales, me porté con tal reserva que pude
ofuscarlos. Sin embargo, temiendo pagar la pena de una conducta que de
nada servía y que no me era natural, pensaba declararme a favor de un
oidor joven, de nacimiento plebeyo, quien, por razón de su empleo, de
una buena mesa y de arrastrar coche, hacía el papel de señor, cuando vi
por primera vez al marqués de Marialba. El señor portugués, que viaja
en España por mera curiosidad, al pasar por Granada se detuvo. Fué a
la comedia y aquel día no representé yo. Miró con mucha atención a las
actrices que se presentaron, halló una que le gustó y desde el día
siguiente empezó a tratar con ella. Estaba ya para convenirse cuando
me presenté yo en el teatro. Mi presencia y mis monadas volvieron
prontamente la veleta. Ya mi portugués no pensó mas que en mí, y, a
decir verdad, como yo no ignoraba que mi compañera había agradado a
este señor, procuré desbancarla, y tuve la fortuna de conseguirlo. Bien
sé que ella me ha aborrecido, pero esto poco importa. Debiera saber que
entre las mujeres es natural esta ambición y que las más íntimas amigas
no hacen escrúpulo de ella.»



                             CAPITULO VIII

Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cómicos de Granada y de la
persona a quien reconoció en el vestuario.


En el punto mismo que Laura acababa de contar su historia llegó una
comedianta vieja, vecina suya, que venía a sacarla para ir a la
comedia. Esta venerable heroína de teatro hubiera sido primorosa para
hacer el papel de la diosa Cotis. Mi hermana no dejó de presentar
su hermano a esta figura añeja, y sobre ello mediaron grandes
cumplimientos de ambas partes.

Las dejé solas, diciendo a la viuda del mayordomo que iría a buscarla
al teatro luego que hubiera hecho llevar mi ropa a casa del marqués,
que ella me enseñó. Fuí inmediatamente al cuarto que tenía alquilado,
pagué a mi huéspeda, di a un mozo mi maleta y fuí con él a una gran
posada, en donde estaba alojado mi amo. Encontré a la puerta a su
mayordomo, que me preguntó si era yo el hermano de la señora Estela.
Respondí que sí, y me dijo: «Pues sea usted muy bien venido, caballero.
El marqués de Marialba, de quien tengo honra de ser mayordomo, me ha
mandado os reciba con todo agasajo. Se le ha preparado a usted un
cuarto; si usted gusta, yo se lo enseñaré.» Me subió a lo último de la
casa y me introdujo en un aposento tan pequeño que sólo cabía una cama
muy estrecha, un armario y dos sillas; tal era mi habitación. «Usted
no estará aquí muy a sus anchuras--me dijo mi conductor--; pero en
recompensa prometo a usted que en Lisboa estará soberbiamente alojado.»
Metí mi maleta en el armario, del cual me llevé la llave, y pregunté
a qué hora se cenaba. Me respondieron que el señor cenaba comúnmente
fuera y que daba a cada criado un tanto al mes para su mantenimiento.
Hice algunas otras preguntas y conocí que los criados del marqués eran
unos holgazanes afortunados. Al cabo de una breve conversación dejé al
mayordomo y fuí a buscar a Laura, entretenido agradablemente con los
presagios de mi nuevo acomodo.

Luego que llegué a la puerta de la casa de comedias y dije que era
hermano de Estela, todo se me franqueó. ¡Hubierais visto las centinelas
hacerme paso a porfía, como si yo fuera uno de los principales
personajes de Granada! Todos los dependientes del teatro que encontré
en el tránsito me hicieron profundas reverencias. Pero lo que yo
quisiera poder pintar bien al lector es el recibimiento que, con
una seriedad cómica, me hicieron en el vestuario, en donde encontré
toda la compañía vestida ya y pronta a principiar. Los comediantes y
comediantas, a quienes Laura me presentó, se agolparon hacia mí. Los
hombres me confundieron a abrazos, y las mujeres en seguida, aplicando
sus rostros pintados al mío, lo llenaron de arrebol y blanquete.
Ninguno quería ser el último a cumplimentarme y todos se pusieron a
hablarme a un tiempo. No bastaba yo a responderles; pero mi hermana
vino a mi socorro, y como tenía ejercitada la lengua, cumplió con todos
por mí.

No pararon los cumplimientos en los actores y actrices; fué preciso
aguantar los del tramoyista, violinistas, apuntador, despabilador y
sotadespabilador; en fin, de todos los dependientes del teatro, que
al rumor de mi llegada vinieron corriendo a examinar mi persona. No
parecía sino que estas gentes eran todas de la Inclusa, que jamás
habían visto hermanos.

Entre tanto empezó la comedia. Algunos caballeros que estaban en el
vestuario se retiraron a tomar sus asientos, y yo, como de casa,
continué en conversación con los actores que no representaban. Entre
éstos había uno a quien llamaron, y oí le nombraban Melchor. Este
nombre me chocó, y habiendo mirado atentamente al sujeto a quien se le
daba, me pareció haberle visto en alguna parte. Al fin me acordé de él
y vi que era Melchor Zapata, aquel pobre cómico de la legua que, como
dije en el libro segundo de mi historia, estaba mojando mendrugos de
pan en una fuente.

Al instante le llamé aparte y le dije: «Si no me engaño, usted es el
señor Melchor, con quien tuve la honra de almorzar un día a la orilla
de una clara fuente entre Valladolid y Segovia. Iba yo con un mancebo
de barbero, juntamos algunas provisiones que llevábamos con las de
usted y compusimos entre los tres una comida escasa que se sazonó con
mil conversaciones agradables.» Zapata se quedó como pensativo algunos
instantes y después me respondió: «Usted me habla de una cosa de que
sin dificultad hago memoria. Entonces venía de Madrid, en donde había
salido para prueba en aquel teatro, y me volvía a Zamora. También
me acuerdo que mis negocios andaban de mala data.» «Y yo, por esas
señas--le dije--, vengo en conocimiento de que usted llevaba un jubón
forrado de carteles de comedias. Tampoco he olvidado que usted se
quejaba en aquel tiempo de que tenía una mujer muy honesta.» «¡Oh! ¡Por
esa parte ya no me quejo!--dijo Zapata con precipitación--. ¡Vive diez
que la buena mujer se ha enmendado en esto, y así, mi jubón va mejor
forrado!»

Al ir a darle la enhorabuena de tan feliz mudanza tuvo precisión de
dejarme para salir a la escena. Con el deseo de conocer a su mujer,
me acerqué a un comediante y le supliqué me la mostrase, lo que hizo
diciendo: «Véala usted, esa es Narcisa, la más linda de nuestras damas
después de la hermana de usted.» Juzgué que esta actriz debía de ser
aquella a quien se había aficionado el marqués de Marialba antes de
haber visto a su Estela, y mi conjetura no salió errada. Acabada la
comedia, acompañé a Laura a su casa, en donde vi muchos cocineros que
estaban disponiendo una gran cena. «Aquí puedes cenar», me dijo ella.
«Nada menos que eso--le respondí--: el marqués querrá quizá estar solo
contigo.» «No--respondió ella--; ahora vendrá con dos amigos suyos y
uno de nuestros compañeros, y si tú quieres, serás la sexta persona.
Bien sabes que en casa de las cómicas los secretarios tienen privilegio
de comer con sus amos.» «Es verdad--le dije--, pero todavía no es
tiempo de contarme entre los secretarios favoritos; para obtener este
cargo honorífico debo antes emplearme en alguna comisión de confianza.»
Diciendo esto, dejé a Laura y fuí a mi hostería, donde hice ánimo de
comer todos los días, porque mi amo no tenía casa.



                              CAPITULO IX

Del hombre extraordinario con quien Gil Blas cenó aquella noche y de lo
que pasó entre ellos.


Advertí que en un rincón de la sala estaba cenando solo un fraile
viejo vestido de paño pardo, y por curiosidad me senté enfrente de él.
Saludéle con mucha urbanidad y él no se mostró menos cortés que yo.
Trajéronme mi pitanza, que principié a despachar con buenas ganas, y
mientras comía sin decir una palabra miraba frecuentemente a este raro
personaje y siempre le hallé puestos los ojos en mí. Cansado de su afán
en mirarme, le hablé en estos términos: «Padre, ¿nos habremos visto tal
vez en otra parte fuera de aquí? Usted me está observando como a un
hombre que no le es enteramente desconocido.»

Respondióme con mucha gravedad: «Si os miro con esta atención sólo
es para admirar la singular variedad de aventuras que están grabadas
en las rayas de vuestro rostro.» «A lo que veo--le dije con un aire
burlón--, vuestra reverencia sabe la metoposcopia.» «Bien podría
lisonjearme de poseerla--dijo el fraile--y de haber pronosticado cosas
que el tiempo no ha desmentido. No sé menos la quiromancia, y me
atrevo a decir que mis oráculos son infalibles cuando he comparado la
inspección de la mano con la del rostro.»

Aunque aquel viejo tenía todo el aspecto de hombre sabio, me pareció
tan loco que no pude dejar de reírme en su cara; pero en lugar de
ofenderse de mi descortesía se sonrió de ella, y después de haber
paseado su vista por la sala y asegurádose de que nadie nos oía,
continuó hablando de esta manera: «No me espanto de veros opuesto
a estas dos ciencias, que en el día se tienen por frívolas; el
largo y penoso estudio que requieren desanima a todos los sabios,
que, despechados de no haberlas podido adquirir, las abandonan
y desacreditan. Por lo que hace a mí, no me ha acobardado la
obscuridad en que están envueltas ni tampoco las dificultades que
se suceden sin cesar en la indagación de los secretos químicos y
en el arte maravilloso de transmutar los metales en oro. Pero no
presumo--prosiguió, habiendo tomado nuevo aliento--que hablo con un
joven que conceptúe de sueños mis pensamientos. Una leve prueba de
mi habilidad os dispondrá a juzgar más favorablemente de mí que todo
cuanto pudiera deciros.» Dicho esto, sacó del bolsillo un frasquillo
lleno de un licor encarnado y prosiguió diciendo: «Vea usted aquí
un elixir que he compuesto esta mañana del zumo de ciertas plantas
destiladas por alambique; porque, a imitación de Demócrito, he empleado
casi toda mi vida en descubrir las propiedades de los simples y de
los minerales. Usted va a experimentar su virtud. El vino que estamos
bebiendo es muy malo: pues va a ser exquisito.» Al mismo tiempo echó
dos gotas de su elixir en mi botella, que volvieron mi vino más
delicioso que los mejores que se beben en España.

Todo lo maravilloso sorprende, y una vez preocupada la imaginación, el
juicio se extravía. Pasmado de ver un secreto tan bueno, y persuadido
de que era menester ser poco menos que diablo para haberlo hallado,
exclamé lleno de admiración: «¡Oh padre mío, suplico a usted me
perdone si antes le he tenido por un viejo loco! Ahora le hago a
usted justicia; no necesito ver más para estar convencido de que si
quisiera podría hacer en un instante un tejo de oro de una barra de
hierro. ¡Qué dichoso fuera yo si poseyera esa admirable ciencia!»
«¡El Cielo os libre de tenerla jamás!--interrumpió el viejo dando un
profundo suspiro--. ¡Tú no sabes, hijo mío, lo que deseas! En lugar de
envidiarme, tenme más bien lástima de haber tomado tanto trabajo para
hacerme infeliz. Siempre vivo inquieto; temo ser descubierto y que una
prisión perpetua sea el premio de todos mis afanes. Con este temor paso
una vida errante, disfrazado unas veces de clérigo o de fraile, otras
de caballero o paisano. ¿Y te parece que será ventajoso el saber hacer
oro a ese precio? Y las riquezas, ¿no son un verdadero suplicio para
aquellos que no las disfrutan con quietud?» «Ese discurso me parece muy
sensato--dije entonces al filósofo--. Nada iguala al gusto de vivir con
sosiego; usted me hace mirar con desprecio la piedra filosofal. Yo os
estimaría que me vaticinaseis lo que me ha de acontecer.» «De muy buena
gana, hijo mío--me respondió--. Ya he observado vuestra fisonomía;
mostrad vuestra mano.» Presentésela con una confianza que no me hará
honor en el ánimo de algunos lectores que en mi lugar acaso habrían
hecho otro tanto. La examinó muy atentamente y al momento exclamó:
«¡Ah, y qué de tránsitos de la aflicción a la alegría y de la alegría
a la aflicción! ¡Qué serie azarosa de desgracias y de prosperidades!
Mas ya habéis experimentado una gran parte de estas alternativas de la
fortuna y no os restan más desgracias que probar; un señor os dará un
buen destino que no estará sujeto a mutaciones.»

Después de haberme afirmado que podía estar seguro de su pronóstico, se
despidió de mí, saliendo de la hostería, donde quedé muy pensativo de
lo que acababa de oír.

No dudaba yo que fuese el marqués de Marialba el tal señor, y, por
consiguiente, nada me parecía más posible que el cumplimiento del
vaticinio. Pero cuando yo no hubiese visto la menor apariencia de ello,
no me hubiera impedido eso dar al fraile entero crédito: tanta era la
autoridad que por su elixir había cobrado en mi ánimo.

Por mi parte, para acelerar la felicidad que me había predicho,
determiné servir al marqués con más afecto que lo había hecho a ninguno
de los otros amos. Con esta resolución, me retiró a nuestra posada con
una alegría imponderable, cual nunca sacó una mujer de casa de las
decidoras de la buenaventura.



                              CAPITULO X

De la comisión que el marqués de Marialba dió a Gil Blas y cómo la
desempeñó este fiel secretario.


Todavía no había vuelto el marqués de casa de su comedianta; pero
en su aposento encontré a los ayudas de cámara, que jugaban a los
naipes esperando su venida. Me introduje con ellos y nos entretuvimos
alegremente hasta las dos de la madrugada, en que llegó nuestro amo.
Sorprendióse un poco al verme y me dijo con una afabilidad que daba a
entender volvía contento de su visita: «Gil Blas, ¿por qué no te has
acostado?» Yo le respondí que quería saber antes si tenía alguna cosa
que mandarme. «Puede ser--dijo--te encargue por la mañana un asunto y
entonces te daré mis órdenes. Vé a descansar y sabe que te dispenso
de esperarme, pues me bastan los ayudas de cámara.» Después de esta
advertencia, que no dejó de agradarme, pues me excusaba la sujeción,
que algunas veces hubiera llevado con disgusto, dejé al marqués en
su cuarto y me retiré a mi buhardilla. Me acosté; pero, no pudiendo
dormir, seguí el consejo de Pitágoras, de traer a la memoria por la
noche lo que hemos hecho en el día, para aplaudir nuestras buenas
acciones o vituperar las malas.

Mi conciencia no estaba tan limpia que dejase de remorderme haber
apoyado la mentira de Laura. Por más que yo me decía para disculparme
de que no había podido decentemente desmentir a una muchacha que no
había tenido otra mira que la de mi bien y que en algún modo me había
visto en la precisión de ser cómplice de su engaño, poco satisfecho de
esta excusa, yo mismo me respondía que no debía llevar tan adelante el
embuste y que era demasiado descaro el querer vivir con un señor cuya
confianza pagaba tan mal. En fin, después de un severo examen, convine
en que, si no era un bribón, me faltaba poco.

Pasando de aquí a las consecuencias, reflexioné que aventuraba mucho en
engañar a un hombre de distinción, quien por mis pecados acaso tardaría
poco en descubrir el enredo. Una reflexión tan juiciosa aterró algún
tanto mi espíritu; pero bien presto desvanecieron mi temor las ideas
del contento y del interés. Por otra parte, la profecía del hombre
del elixir hubiera bastado para tranquilizarme; y así, me entregué
a imágenes muy risueñas. Me puse a hacer cuentas de aritmética y a
calcular para conmigo mismo la suma a que ascenderían mis salarios
al cabo de diez años de servicio. A esto añadí las gratificaciones
que recibiría de mi amo; y midiéndolas por su carácter liberal, o más
bien según mis deseos, tenía una intemperancia de imaginación, si
puede hablarse de este modo, que no ponía límites a mi fortuna. Tanta
felicidad me concilió poco a poco el sueño y me quedé dormido haciendo
castillos en el aire.

Por la mañana me levanté a cosa de las nueve para ir a recibir las
órdenes de mi amo, pero al abrir mi puerta para salir me admiré de
verle venir en bata y gorro. Estaba solo, y me dijo: «Gil Blas, al
despedirme anoche de tu hermana le ofrecí pasar a su casa esta mañana;
pero un negocio de importancia no me permite cumplirlo. Vé y díle de
mi parte cuánto siento este contratiempo y asegúrale que aún cenaré
esta noche con ella. No es esto lo más--añadió, entregándome una bolsa
con una cajita de zapa guarnecida de piedras--: llévale mi retrato y
toma para ti esta bolsa, en donde van cincuenta doblones, que te doy
en prueba de la amistad que ya te he cobrado.» Con una mano tomé el
retrato y con la otra la bolsa, de mí tan poco merecida. Fuí corriendo
al momento a casa de Laura, diciendo en medio del exceso de alegría que
me enajenaba: «¡Bueno! ¡Bueno! ¡La predicción se verifica visiblemente!
¡Qué fortuna es ser hermano de una buena moza que admite galanteos! ¡Es
lástima que no haya en esto tanta honra como provecho y utilidad!»

Laura, contra la costumbre de las personas de su profesión, solía
madrugar. Halléla al tocador, en donde, esperando a su portugués,
añadía a su hermosura natural todos los atractivos auxiliares que el
arte podía prestarle. «Amable Estela--le dije al entrar--, imán de
los extranjeros, ya puedo comer con mi amo, pues me ha honrado con un
encargo que me da esta prerrogativa, el cual vengo a evacuar. Dice que
no puede tener el gusto de verte esta mañana, como lo había pensado;
pero para consolarte de esto cenará esta noche contigo. Y te envía su
retrato, con lo que me parece quedarás algo más consolada.»

Entreguéla la caja, que, con el vivo resplandor de los brillantes de
que estaba guarnecida, alegró infinito su vista. Abrióla, y habiéndola
cerrado después de haber considerado la pintura por mero cumplimiento,
volvió a mirar las piedras. Celebró su hermosura y me dijo con sonrisa:
«Ve aquí unas copias que las damas de teatro estiman mucho más que los
originales.» Díjele en seguida que el generoso portugués, al darme el
retrato, me había regalado cincuenta doblones. «Me alegro infinito--me
dijo ella--. Este señor principia por donde aún raras veces acaban
otros.» «A ti es, mi querida--respondí yo--, a quien debo este regalo,
que el marqués me hizo a causa de fraternidad.» «Yo quisiera--dijo
ella--te hiciera otros como ese todos los días. ¡No puedo ponderarte
cuánto te amo! Desde el instante en que te vi te amé tan estrechamente
que el tiempo no ha podido romper esta unión. Cuando te eché de menos
en Madrid, no perdí las esperanzas de recobrarte, y ayer al verte te
recibí como a un hombre que volvía a su centro. En una palabra, amigo
mío, el Cielo nos ha destinado el uno para el otro. Tú serás mi marido,
pero antes es preciso enriquecemos. La prudencia exige que comencemos
por aquí. Todavía quiero tener tres o cuatro cortejos para ponerte en
una situación aventajada.»

Díle cortésmente las gracias por el trabajo que quería tomarse por mí e
insensiblemente nos fuimos metiendo en una conversación que duró hasta
el mediodía. Entonces me retiré para ir a dar cuenta a mi amo del modo
con que había sido recibido su regalo. Aunque Laura no me había dado
sus instrucciones sobre este punto, compuse en el camino una buena
arenga para cumplimentarle de su parte; pero fué tiempo perdido, porque
cuando llegué a la posada me dijeron que el marqués acababa de salir; y
estaba decretado que no volvería a verle más, como puede leerse en el
capítulo siguiente.



                              CAPITULO XI

De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él.


Fuíme a mi posada, en donde encontré dos sujetos, con quienes comí y
con cuya gustosa conversación me entretuve en la mesa hasta la hora de
la comedia, que nos separamos, ellos para ir a sus quehaceres y yo para
tomar el camino del teatro. Advierto de paso que yo tenía motivo para
estar de buen humor, porque la alegría había reinado en la conversación
que acababa de tener con estos caballeros, mostrándoseme además
propicia la fortuna; pero con todo, sentía una tristeza que no estaba
en mi mano desechar. A vista de esto, no se diga que no se presienten
las desgracias que nos amenazan.

Al entrar en el vestuario se acercó a mí Melchor Zapata y me dijo en
voz baja que le siguiera. Me llevó a un sitio excusado y me dijo lo
siguiente: «Señor mío, miro como un deber dar a usted un aviso muy
importante. Usted no ignora que el marqués de Marialba se enamoró
primero de Narcisa, mi esposa, y aun había elegido día para venir
a picar en mi cebo, cuando la artificiosa Estela halló medio de
desconcertar la partida y de traer a su casa a este señor portugués.
Bien conoce usted que una cómica no pierde tan buena presa sin
despecho. Mi mujer está muy resentida de esto; nada es capaz de omitir
para vengarse, y, por desgracia de usted, se le presenta para ello
una ocasión favorable. Ayer, si usted hace memoria, todos nuestros
dependientes acudieron a verle. El sotadespabilador dijo a algunas
personas de la compañía que conocía a usted y que de ningún modo era
hermano de Estela. Esta noticia--añadió Melchor--ha llegado a oídos de
Narcisa, que no ha dejado de preguntársela al que la ha dado, y éste
se la ha repetido. Dice conoció a usted de criado de Arsenia, cuando
Estela, bajo el nombre de Laura, la servía en Madrid. Mi esposa,
contentísima con este descubrimiento, se lo participará al marqués de
Marialba, que ha de venir esta tarde a la comedia. Camine usted en esta
inteligencia, y si no es en realidad hermano de Estela, le aconsejo,
como amigo, y por nuestro antiguo conocimiento, que se ponga en salvo.
Narcisa, que no busca mas que una víctima, me ha permitido se lo
advierta a usted para que evite con una pronta fuga cualquier accidente
funesto.»

Me hubiera sido inútil saber más. Di gracias por este aviso al
histrión, que conoció muy bien por mi sobresalto que yo no estaba en
el caso de desmentir al sotadespabilador. Como realmente no tenía
intención de llevar hasta este punto la desvergüenza, ni aun fuí a
despedirme de Laura, temiendo no quisiese obligarme a que siguiera
el enredo. Bien sabía yo que ella era buena comedianta para salir
con facilidad de este berenjenal; pero yo no veía mas que un castigo
infalible que me amenazaba y no estaba tan enamorado que quisiese
burlarme de él. Determiné, pues, poner tierra por medio, cargando con
mis dioses penates, es decir, con mi ropa, y en un abrir y cerrar de
ojos me desaparecí del coliseo, y en un momento hice sacar y trasladar
mi maleta a la posada de un arriero que al día siguiente, a las tres
de la mañana, debía salir para Toledo. Hubiera deseado estar ya con el
conde de Polán, cuya casa me parecía el único asilo que había seguro
para mí; pero no hallándome aún en ella, no podía pensar sin inquietud
en el tiempo que me restaba que pasar en una ciudad en donde temía me
buscasen aquella misma noche.

No dejé de ir a cenar a mi hostería, a pesar de estar tan zozobroso
como un deudor que sabe andan en seguimiento suyo los alguaciles; pero
no creo que la cena hizo en mi estómago un excelente quilo. Miserable
juguete del miedo, miraba con cuidado a todas las personas que entraban
en la sala y temblaba como un azogado siempre que por mi desgracia eran
algunas de mala catadura, cosa que no es rara en tales parajes. Después
de haber cenado en medio de continuos sobresaltos, me levanté de la
mesa y me volví a la posada del ordinario, en donde me eché sobre paja
fresca hasta la hora de marchar.

Puedo asegurar que durante este tiempo ejercité bien mi paciencia. Mil
tristes pensamientos vinieron a asaltarme; si algún instante me quedaba
traspuesto, soñaba que veía furioso al marqués, lastimando a golpes el
hermoso rostro de Laura y haciendo pedazos cuanto había en su casa, o
ya que le oía mandar a sus criados que me matasen a palos. Despertaba
despavorido, y siendo tan gustoso despertar después de haber soñado
cosas funestas, para mí era esto más cruel que el mismo sueño.

Por fortuna, me sacó de esta angustia el arriero viniendo a avisarme
que estaban prontas las mulas. Inmediatamente me levanté, y, gracias
al Cielo, me puse en camino curado radicalmente de Laura y de la
quiromancia. Conforme nos íbamos alejando de Granada iba mi espíritu
recobrando su serenidad. Empecé a trabar conversación con el arriero,
el cual me contó algunas historias divertidas que me hicieron reír y
fuí perdiendo insensiblemente mi temor. Dormí con sosiego en Ubeda,
donde hicimos noche a la primera jornada, y a la cuarta llegamos a
Toledo. Mi primer cuidado fué preguntar por la casa del conde de Polán,
y persuadido de que no consentiría me alojase en otra, fuí allá. Pero
yo había hecho la cuenta sin la huéspeda, pues no encontré en ella mas
que al portero, quien me dijo que su amo había salido el día antes para
la quinta de Leiva, de donde le habían escrito que Serafina estaba
enferma de peligro.

Yo no había contado con la ausencia del conde, que disminuyó el
gusto que tenía de estar en Toledo y fué causa de que tomase otra
determinación. Viéndome tan cerca de Madrid, me resolví a ir allá,
discurriendo que en la corte podría hacer fortuna, pues, según había
oído decir, no era necesario en ella tener un talento superior para
adelantar. Al día siguiente me aproveché de un caballo de retorno,
que me llevó a esta capital de la España, adonde la buena suerte me
conducía para que hiciese papeles más brillantes que los que hasta
entonces me había hecho representar.



                             CAPITULO XII

Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, en donde adquiere
conocimiento con el capitán Chinchilla; qué clase de hombre era este
oficial y qué negocio le había llevado a Madrid.


Así que llegué a Madrid establecí mi habitación en una posada de
caballeros, en donde, entre otras personas, vivía un capitán viejo,
que desde lo último de Castilla la Nueva había venido a la corte a
pretender una pensión que creía tener bien merecida. Llamábase don
Aníbal de Chinchilla. No sin espanto le vi la primera vez; era un
hombre de sesenta años, de una estatura gigantesca y sumamente flaco.
Tenía unos bigotes poblados, que subían, retorciéndose por los dos
lados, hasta las sienes; además de que le faltaba un brazo y una
pierna, llevaba tapado un ojo con un gran parche de tafetán verde, y
casi todo su rostro estaba lleno de cicatrices. En lo demás era como
otro cualquiera. No carecía de entendimiento y aun menos de gravedad.
En cuanto a sus costumbres, era muy rígido y se preciaba sobre todo de
ser delicado en punto de honor.

A las dos o tres conversaciones que tuvimos, me honró con su confianza
y supe todos sus asuntos. Me contó en qué ocasiones se había dejado un
ojo en Nápoles, un brazo en Lombardía y una pierna en los Países Bajos.
Admiré, en las relaciones que me hizo de las batallas y sitios, el que
no se le escapase ninguna fanfarronada ni palabra en alabanza suya,
siendo así que sin dificultad le hubiera perdonado el que alabase la
mitad del cuerpo que le quedaba, en recompensa de la otra que había
perdido. Los oficiales que vuelven sanos y salvos de la guerra no son
siempre tan modestos.

Me dijo que sobre todo sentía a par de su alma haber disipado una
considerable hacienda en sus campañas, de suerte que no le habían
quedado mas que cien ducados de renta, con lo que apenas tenía
para aliñar sus bigotes, pagar su alojamiento y dar a copiar sus
memoriales. «Porque, en fin, señor caballero--añadió encogiéndose de
hombros--, todos los días, a Dios gracias, los presento, sin que se
haga el más mínimo caso de ellos. Si usted lo presenciara, no diría
sino que apostábamos el ministro y yo sobre cuál había de cansarse
antes, si yo en darlos o él en recibirlos. También tengo la honra de
presentárselos al mismo rey, pero tan lindo es Pedro como su amo; y
entre estas y esotras la casa de Chinchilla se arruina por falta de
reparo.» «No pierda usted las esperanzas--dije al capitán--. Usted
sabe que las cosas de palacio van despacio. Acaso estará usted hoy en
vísperas de ver premiados con usura todos sus penosos servicios.» «No
debo lisonjearme con esa esperanza--respondió D. Aníbal--; aun no hace
tres días que hablé a uno de los secretarios del ministro, y si he de
dar crédito a sus palabras, es preciso prestar paciencia.» «¿Y qué
le dijo a usted, señor oficial?--le respondí--. ¿Tal vez el estado
en que usted se halla no le parece digno de recompensa?» «Usted lo
verá--respondió Chinchilla--. Este secretario me ha dicho claramente:
«Señor hidalgo, no pondere usted tanto su celo y su fidelidad, porque
en haberse expuesto a los peligros por su patria no ha hecho usted mas
que cumplir con su obligación. La gloria que resulta de las acciones
heroicas es suficiente paga y debe bastar, principalmente a un español.
Desengáñese usted si mira como deuda la gratificación que solicita:
en caso de que se os conceda esta gracia, la deberéis únicamente a
la bondad del rey, que se contempla deudor a los vasallos que han
servido bien al Estado.» Infiera usted de ahí--siguió el capitán--lo
que podré esperar, y que al cabo habré de volverme como he venido.»
Naturalmente nos interesamos por un hombre honrado cuando se le ve
padecer. Le exhorté a que se mantuviera firme, me ofrecí a ponerle de
balde en limpio sus memoriales y llegué hasta ofrecerle mi bolsillo,
suplicándole que tomase lo que quisiera de él. Pero no era de aquellos
que en semejantes ocasiones no necesitan de muchos ruegos; antes bien,
se mostró muy pundonoroso y me dió las gracias. Después de esto me dijo
que, por no cansar a nadie, se había acostumbrado poco a poco a vivir
con tanta sobriedad que el menor alimento bastaba para su subsistencia,
lo que era muy cierto. No se mantenía de otra cosa que de cebollas
y ajos, y así, estaba en los huesos. Para que nadie viese sus malas
comidas, se encerraba en su cuarto a la hora de ellas. No obstante,
a fuerza de súplicas conseguí que cenásemos y comiésemos juntos. Y
engañando su vanidad con una compasión ingeniosa, hice que me trajesen
mucha más comida y bebida de la que yo necesitaba. Instéle a comer y
beber, lo que rehusó al principio con mil ceremonias; pero al fin cedió
a mis instancias, y tomando insensiblemente más confianza, él mismo me
ayudaba a dejar limpio mi plato y desocupada mi botella.

Luego que hubo bebido cuatro o cinco tragos y recuperado su estómago
con un buen alimento, me dijo en tono alegre: «En verdad, señor
Gil Blas, que sois muy seductor, pues hacéis de mí lo que queréis.
Tenéis un modo tan atractivo que desvanece hasta el temor de abusar
de vuestra generosidad.» Me pareció que mi capitán había ya perdido
tanto la cortedad que si en aquel instante le hubiera ofrecido dinero
no lo hubiera rehusado. No quise hacer la prueba y me contenté con
hacerle mi comensal y tomarme el trabajo, no solamente de escribirle
los memoriales, sino de ayudarle a componerlos. Con el ejercicio de
copiar homilías, había aprendido a variar de frases y aun llegado a ser
medio autor. El viejo oficial, por su parte, se preciaba de poner bien
un papel, de modo que, trabajando los dos a competencia, componíamos
trozos de elocuencia dignos de los más célebres catedráticos de
Salamanca. Pero por más que agotásemos nuestro entendimiento en sembrar
flores de retórica en estos memoriales todo era, como se suele decir,
sembrar en la arena. Aunque más ponderásemos los méritos de don
Aníbal, la Corte ningún aprecio hacía de ellos, lo que no excitaba a
este inválido a elogiar a los oficiales que se arruinan en la guerra;
antes bien, maldecía con su mal humor a su estrella y daba al diablo a
Nápoles, Lombardía y los Países Bajos.

Para mayor mortificación suya aconteció que habiendo cierto día
recitado en presencia del rey un soneto sobre el nacimiento de una
infanta un poeta presentado por el duque de Alba, se le concedió
delante de sus barbas una pensión de quinientos ducados. Creo que el
mutilado capitán se habría vuelto loco si no hubiera yo cuidado de
consolarle. Viéndole fuera de sí, le dije: «¿Qué es lo que usted tiene?
Nada de esto debía usted extrañar. ¿No están de tiempo inmemorial
los poetas en posesión de hacer a los príncipes tributarios de las
musas? No hay testa coronada que no tenga pensionado a alguno de estos
señores; y, hablando aquí entre nosotros, las pensiones dadas a los
poetas transmiten a la posteridad la noticia de la liberalidad de los
reyes, cuando las otras en nada contribuyen a su fama póstuma. ¿Cuántas
recompensas no dió Augusto? ¿Cuántas pensiones concedió de que no
tenemos noticia? Pero la posteridad más remota sabrá como nosotros que
Virgilio recibió de este emperador más de doscientos mil escudos de
gratificación.»

Por más que dijese a don Aníbal, no pudo digerir el fruto del soneto,
que se le había sentado en el estómago, y así, resolvió abandonarlo
todo, no obstante que quiso envidar el resto presentando un memorial
al duque de Lerma. Para este efecto fuimos los dos a casa del primer
ministro. Allí encontramos a un joven, quien, después de haber saludado
al capitán, le dijo con cariño: «Mi amado y antiguo amo, ¿es posible
que yo vea a usted aquí? ¿Qué negocio le trae a casa de su excelencia?
Si necesita de alguna persona de valimiento, no deje usted de mandarme;
yo le ofrezco mis facultades.» «Perico--dijo el oficial--, pues qué,
¿tienes algún empleo bueno en la casa?» «A lo menos--respondió el
joven--es bastante para servir a un hidalgo como usted.» «Siendo
así--prosiguió, sonriéndose, el capitán--, recurro a tu protección.»
«Desde luego se la concedo a usted--repitió Perico--. Dígame usted su
asunto y prometo sacar raja del primer ministro.»

No bien habíamos enterado de él a este joven tan lleno de buen deseo,
cuando preguntó dónde vivía don Aníbal. Nos dió palabra de que el día
siguiente se vería con nosotros y se despidió, sin decirnos lo que
quería hacer ni aun si era o no criado del duque de Lerma. La agudeza
del tal Perico excitó mi curiosidad y quise saber quién era. «Es--me
dijo el capitán--un muchacho que me servía algunos años hace y que,
habiéndome visto en la indigencia, me dejó por buscar mejor acomodo.
No se lo tomé a mal, porque, como se suele decir, por mejoría mi casa
dejaría. Es un lagarto que no carece de talento e intrigante como
todos los diablos; pero a pesar de toda su habilidad no me fío mucho
del celo que acaba de manifestarme.» «Puede ser--le dije--que no os
sea inútil. Si, por ejemplo, es criado de alguno de los principales
dependientes del duque, podrá servir a usted de mucho, pues no ignora
que en casa de los grandes todo se hace por partido y cábala; que éstos
tienen en su servidumbre favoritos que los gobiernan y éstos igualmente
son gobernados por sus criados.»

A la mañana siguiente vino Perico a nuestra posada y nos dijo:
«Señores, si ayer no declaré los medios que tenía para servir al
capitán Chinchilla fué porque no estábamos en paraje propio para
explicarlos; fuera de que quería tentar el vado antes de franquearme
con ustedes. Sepan, pues, que yo soy el lacayo de confianza del señor
don Rodrigo Calderón, primer secretario del duque de Lerma. Mi amo,
que es muy enamorado, va casi todas las noches a cenar con un ruiseñor
de Aragón que tiene enjaulado en el barrio de Palacio. Es una muchacha
muy bonita, de Albarracín, discreta y que canta con primor, y por esto
le llaman la señora Sirena. Como todas las mañanas le llevo un billete
amoroso, vengo ahora de verla, y le he propuesto que haga pasar al
señor don Aníbal por tío suyo y que con este engaño empeñe a su galán
a protegerle. Ha venido gustosa en ello, porque, además de tal cual
provecho que juzga le puede resultar, le es de mucha satisfacción el
que la tengan por sobrina de un hidalgo valiente.»

El señor Chinchilla puso mal gesto y mostró repugnancia a hacerse
cómplice de una falsedad, y todavía más a permitir que una aventurera
le deshonrase diciendo ser parienta suya; lo que sentía no solamente
por sí, sino porque creía que esta ignominia retrocedía a sus abuelos.
Tanta delicadeza chocó a Perico, pareciéndole inoportuna. «¿Se burla
usted?--exclamó--. ¡Vea usted aquí lo que son los hidalgos de aldea,
en quienes todo se reduce a una vanidad ridícula! ¿No se admira
usted--prosiguió, dirigiéndose a mí--de esta escrupulosidad? ¡Voto a
bríos! ¡En la corte no se debe parar en esas delicadezas! ¡Venga la
fortuna del modo que quiera, que no hay que perderla!»

Sostuve el parecer de Perico, y ambos arengamos tanto al capitán que, a
pesar suyo, le hicimos se fingiese tío de Sirena. Dado este paso, que
no costó poco trabajo, hicimos entre los tres un nuevo memorial para
el ministro, que después de revisto, aumentado y corregido lo puse en
limpio, y Perico se lo llevó a la aragonesa, la que aquella misma tarde
se lo recomendó al señor Calderón, hablándole con tal empeño que este
secretario, creyéndola verdaderamente sobrina del capitán, ofreció
apoyarlo. El efecto de esta trama lo vimos a pocos días. Perico volvió
con aire victorioso a nuestra posada. «¡Buenas nuevas tenemos!--dijo a
Chinchilla--. El rey hará una distribución de encomiendas, beneficios y
pensiones en las que no será usted olvidado, y así se me ha encargado
os lo asegure; pero al mismo tiempo se me ha prevenido pregunte a
usted qué hace ánimo de regalar a Sirena. Por lo que respecta a mí,
digo que nada quiero, porque prefiero a todo el oro del mundo el gusto
de haber contribuído a mejorar la fortuna de mi amo antiguo. Pero no
es lo mismo nuestra ninfa de Albarracín. Es algo interesada cuando se
trata de servir al prójimo; tiene esa pequeña falta; y siendo capaz
de tomar dinero de su mismo padre, vea usted si rehusará el de un tío
postizo.» «Diga cuánto quiere--dijo don Aníbal--. Si quiere todos los
años la tercera parte de la pensión que me han de dar, se la prometo,
y me parece que es bastante dádiva, aun cuando se tratara de todas las
rentas de Su Majestad Católica.» «Yo, por mí, me fiaría de la palabra
de usted--replicó el mensajero de don Rodrigo--, pues sé que no faltará
a ella; pero se trata con una niña naturalmente muy desconfiada. Por
otra parte, ella apetecerá mucho más que usted le dé una vez por todas
las dos terceras partes con anticipación y en dinero contante.» ¿De
dónde diablos quiere ella que yo lo saque?--interrumpió ásperamente el
oficial--. ¡Ella debe creerme algún contador mayor! Sin duda que tú
no la has enterado de mi situación.» «Perdone usted--repuso Perico--.
Sabe muy bien que usted está más miserable que Job; no puede ignorarlo
después de lo que le tengo dicho; pero pierda usted cuidado, que
tengo arbitrios para todo. Conozco a un pícaro oidor, ya viejo, que
se contenta con prestar su dinero al diez por ciento. Usted le hará
ante escribano cesión de la pensión del primer año en paga de igual
suma que recibirá usted, deducido el interés. En orden a la fianza, el
prestamista se dará por satisfecho con vuestra casa de Chinchilla, tal
como esté, por lo que sobre este punto no tendrán ustedes disputa.»

El capitán aseguró que siempre que lograse la fortuna de participar
de las gracias que habían de concederse el día siguiente aceptaría
estas condiciones. En efecto, se verificó que le diesen una pensión de
trescientos doblones sobre una encomienda. Así que supo la noticia, dió
cuantas seguridades se le pidieron, arregló sus asuntos y se volvió a
su país, con algunos doblones que le habían quedado.



                             CAPITULO XIII

Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la
grande alegría que de ello recibieron. A dónde fueron los dos, y de la
curiosa conversación que tuvieron.


Me había acostumbrado a ir todas las mañanas a palacio, en donde pasaba
dos o tres horas enteras en ver entrar y salir a los grandes, quienes
allí me parecían desnudos de aquel resplandor que en otras partes los
rodea.

Un día que me paseaba contoneándome por aquellas galerías, haciendo,
como otros muchos, un papel bastante ridículo, vi a Fabricio, a quien
había dejado en Valladolid sirviendo a un administrador del hospital.
Lo que me admiró en extremo fué verle hablar familiarmente con el
duque de Medinasidonia y el marqués de Santa Cruz. A mi parecer, estos
dos señores gustaban de oírle; además de esto, él iba vestido como un
caballero. «¿Si me engañaré?--me decía a mí mismo--. ¿Será aquél el
hijo del barbero Núñez? Puede que sea algún joven cortesano que se le
parezca.» No tardé mucho en salir de la duda. Idos los señores, me
acerqué a Fabricio, que, conociéndome inmediatamente, me agarró de
la mano y, después de haberme hecho atravesar con él por medio del
gentío para salir de las galerías, me dijo, abrazándome: «¡Mi amado
Gil Blas, mucho me alegro verte! ¿Qué haces en Madrid? ¿Estás todavía
sirviendo? ¿Tienes algún empleo en la corte? ¿En qué estado tienes tus
asuntos? Dame cuenta de todo lo que te ha sucedido después de tu salida
precipitada de Valladolid.» «Muchas cosas me preguntas a un tiempo--le
respondí--, y el lugar donde estamos no es a propósito para contar
aventuras.» «Tienes razón--me dijo--; mejor estaremos en mi casa. Vente
conmigo, que no está lejos de aquí. Estoy independiente, alojado en
buen paraje y con muy buenos muebles; vivo contento y soy feliz, pues
que creo serlo.»

Acepté el partido y acompañé a Fabricio, quien me detuvo al llegar
a una casa de bella fachada, en la que me dijo vivía. Atravesamos
un patio, que tenía por un lado una gran escalera que conducía a
unos aposentos soberbios y por el otro una subida tan obscura como
estrecha, por donde fuimos a la vivienda que me había ponderado, la
cual se reducía a una sala, de la que mi ingenioso amigo había hecho
cuatro, separadas con tablas de pino, sirviendo la primera de antesala
a la segunda, en donde dormía, la tercera de despacho y la última
de cocina. La sala y antesala estaban adornadas de mapas y papeles
de conclusiones de filosofía, y los trastos que correspondían a la
colgadura consistían en una gran cama de brocado estropeada, unas
sillas viejas de sarga amarilla, guarnecidas con una franja de seda
de Granada del mismo color; una mesa con pies dorados, cubierta de un
cordobán que parecía haber sido encarnado y ribeteado con una franja
de oro falso, que se había vuelto negro con el tiempo, y un armario
de ébano adornado de figuras esculpidas groseramente. En su despacho
tenía por escritorio una mesita, y su biblioteca se componía de algunos
libros y muchos legajos de papeles, que tenía en tablas puestas unas
sobre otras a lo largo de la pared. La cocina, que no deslucía a lo
demás, contenía vidriado y otros utensilios necesarios.

Fabricio, después de haberme dado tiempo de mirar bien su habitación,
me dijo: «¿Qué juicio formas de mi equipaje y de mi vivienda? ¿No te
ha encantado verla?» «¡A fe mía que sí!--le respondí sonriéndome--.
Debes de hacer bien tu negocio en Madrid para estar tan bien provisto.
Sin duda tienes algún buen empleo.» «¡El Cielo me guarde de eso!--me
replicó--. El partido que he tomado es superior a todos los empleos.
Un sujeto de distinción, de quien es esta casa, me ha dejado una sala,
de la que he hecho cuatro piezas, que he alhajado como ves; a mí
nada me falta y sólo me ocupo en lo que me agrada.» «Háblame con más
claridad--le dije--, porque avivas mi deseo de saber lo que haces.»
«Pues bien--me dijo--, voy a complacerte. Me he metido a ser autor, me
he dedicado a la literatura, escribo en verso y prosa y hago a pluma
y a pelo.» «¡Tú favorito de Apolo!--exclamé riéndome--. Eso es lo que
jamás hubiera adivinado; menos me sorprendería verte dedicado a otra
cualquiera cosa. ¿Y qué atractivo has podido hallar en la profesión de
poeta? Porque me parece que a semejantes gentes las desprecian en la
vida civil y que no son las más ricas.» «¡Oh, quítate allá!--replicó--.
Eso es bueno para aquellos miserables autores cuyas obras son el
desecho de los libreros y de los cómicos. ¿Será de extrañar que no
se estimen semejantes escritores? Pero los buenos, amigo mío, están
en el mundo en otro concepto y yo puedo decir sin vanidad que soy
de este número.» «No lo dudo--le dije--. Tú eres un mozo de gran
talento, y así, tus composiciones no pueden ser malas. Pero lo único
que deseo saber, y me parece digno de mi curiosidad, es cómo te ha
dado la manía de escribir.» «Tu admiración es fundada--dijo Núñez--.
Estaba tan contento con mi suerte en casa del señor Manuel Ordóñez,
que no deseaba otra; pero haciéndose mi ingenio superior poco a poco,
como el de Plauto, a la servidumbre, compuse una comedia, que hice
representar a unos cómicos que estaban en Valladolid. Aunque no valía
un pito, fué muy aplaudida, de lo que inferí que el público era una
vaca mansa de leche que fácilmente se dejaba ordeñar. Esta reflexión
y la locura de componer nuevas piezas me hicieron dejar el hospital.
El amor a la poesía me quitó el de las riquezas, y para adquirir buen
gusto determiné venir a Madrid, como a centro de los ingenios. Me
despedí del administrador, que, como me amaba tanto, sintió bastante
mi resolución, y me dijo: «Fabricio, ¿por qué quieres dejarme? ¿Acaso
te habré dado, sin pensarlo, algún motivo de disgusto?» «No, señor--le
respondí--, usted es el mejor de todos los amos y estoy muy agradecido
a sus favores; pero bien sabe que cada uno debe seguir su estrella. Me
contemplo nacido para eternizar mi nombre con obras de ingenio.» «¡Qué
locura!--me replicó aquel buen amo--. Ya estás connaturalizado con
el hospital y eres la cantera de donde se sacan los mayordomos y aun
los administradores. Si quieres dejar lo sólido para pasar el tiempo
en fruslerías, el mal es para ti, hijo mío.» Viendo el administrador
cuán inútilmente combatía mi designio, me pagó mi salario y, en
reconocimiento de mis servicios, me dió de guantes cincuenta ducados;
de modo que con esto y lo que había podido juntar en las pequeñas
comisiones que se habían encargado a mi integridad me vi en estado de
presentarme decentemente en Madrid, lo que no dejé de hacer, aunque los
escritores de nuestra nación no cuidan mucho del aseo. Inmediatamente
hice conocimiento con Lope de Vega Carpio, Miguel de Cervantes Saavedra
y los demás célebres autores; pero, con preferencia a estos dos grandes
hombres, elegí para preceptor mío a un joven bachiller cordobés, al
incomparable D. Luis de Góngora, el ingenio más brillante que jamás
produjo España, el cual no quiere que sus obras se impriman mientras
viva y se contenta con leérselas a sus amigos. Lo que hay de particular
es que la Naturaleza le ha dotado del raro talento de manejar con
acierto todo género de poesías; sobresale principalmente en las
composiciones satíricas, que son su fuerte. No es, como Lucilio, un
torrente turbio que arrastra consigo mucho cieno, sino el Tajo, cuyas
aguas puras corren sobre arenas de oro.» «Tan buena pintura me haces
de ese bachiller--le dije a Fabricio--que no dudo que una persona de
tanto mérito tenga muchos envidiosos.» «Todos los autores--respondió
él--, tanto buenos como malos, le muerden; unos dicen que le gusta el
estilo hinchado, los conceptillos, las metáforas y las transposiciones.
Sus versos--dice otro--se parecen en lo obscuro a los que cantaban en
sus procesiones los sacerdotes salios, y que nadie entendía. También
hay quien le censura de que tan presto hace sonetos o romances y tan
presto comedias, décimas y villancicos, como si locamente se hubiera
propuesto deslucir a los mejores escritores en todo género de poesía.
Pero todas estas saetas de la envidia se embotan dando contra una musa
apreciada de grandes y pequeños. Tal es el maestro con quien hice mi
aprendizaje, y me atrevo a decir sin vanidad que le imito; habiéndome
bebido de tal modo su espíritu, que ya compongo trozos sublimes que no
los juzgaría indignos de sí. A ejemplo suyo, voy a vender mi mercancía
a las casas de los grandes, en las cuales soy muy bien recibido y en
donde hallo gentes que no son muy descontentadizas. Es verdad que mi
modo de recitar es halagüeño, lo que no daña a mis composiciones. En
fin, muchos señores me estiman, y, sobre todo, vivo con el duque de
Medinasidonia, como Horacio vivía con Mecenas. He aquí de qué modo me
he transformado en autor; nada más tengo que contarte; a ti te toca
ahora cantar tus victorias.»

Entonces tomé la palabra y, suprimiendo todo aquello que me pareció
no ser del caso, le hice la relación que me pedía, después de la cual
se trató de comer, y sacó de su armario de ébano servilletas, pan,
un pedazo de lomo de carnero asado, una botella de vino exquisito, y
nos sentamos a la mesa con aquella alegría propia de dos amigos que
vuelven a encontrarse después de una larga separación. «Ya ves--me
dijo--mi vida, libre e independiente. Si quisiera seguir el ejemplo de
mis compañeros, iría a comer todos los días en casa de las personas
distinguidas; pero además de que el amor al trabajo me retiene de
ordinario en casa, soy un nuevo Arístipo, pues tan contento estoy con
el trato de gentes como con el retiro, con la abundancia como con la
frugalidad.»

Nos supo tan bien el vino que fué menester sacar otra botella del
armario. De sobremesa le di a entender tendría gusto en ver algunas
de sus producciones, y al instante buscó entre sus papeles un soneto,
que me leyó con énfasis; pero, a pesar del sainete de la lectura, me
pareció tan obscuro que nada pude comprender. Conociólo y me dijo:
«Este soneto no te ha parecido muy claro, ¿no es así?» Le confesé que
hubiera querido algo más de claridad; echóse a reír de mí y prosiguió:
«Lo mejor que tiene este soneto, amigo mío, es el no ser inteligible.
Los sonetos, las odas y las demás obras que piden sublimidad no quieren
estilo sencillo y natural; antes bien, en la obscuridad consiste todo
su mérito. Conque el poeta crea entenderlo, es bastante.» «Tú te burlas
de mí--interrumpí yo--. Todas las poesías, sean de la naturaleza que
fueren, piden juicio y claridad; y si tu incomparable Góngora no
escribe con más claridad que tú, te confieso que decae mucho en mi
opinión; es un poeta que, cuando más, no puede engañar sino a su siglo.
Veamos ahora tu prosa.»

Enseñóme un prólogo que me dijo pensaba poner al frente de una
colección de comedias que estaba imprimiendo, y me preguntó qué me
había parecido. «No me gusta más tu prosa--le dije--que tus versos.
El soneto es una algarabía; en el prólogo hay expresiones demasiado
estudiadas, palabras que el público no conoce, frases enredosas, y, en
una palabra, tu estilo es muy extravagante y muy ajeno de los libros
de nuestros buenos y antiguos autores.» «¡Pobre ignorante!--exclamó
Fabricio--. ¿No sabes tú que todo escritor en prosa que aspira hoy a la
reputación de pluma delicada afecta esta singularidad de estilo, estas
expresiones equívocas que tanto chocan? Nos hemos aunado cinco o seis
novadores animosos, que hemos emprendido mudar el idioma de blanco en
negro, y con la ayuda de Dios lo hemos de conseguir, a pesar de Lope de
Vega, de Solís, de Cervantes y de todos los demás ingenios que critican
nuestros nuevos modos de hablar. Tenemos de nuestra parte gran número
de sujetos distinguidos, y hasta teólogos contamos en nuestro partido.
Sobre todo--continuó--, nuestro designio es loable, y, fuera de
preocupaciones, nosotros somos más apreciables que aquellos escritores
sencillos que se explican en el lenguaje común de los hombres. No
sé por qué merecen el aprecio de tantas gentes honradas. Eso sería
bueno en Atenas y en Roma, en donde todos se confundían, por lo que
Sócrates dijo a Alcibíades que el pueblo era un maestro excelente de
la lengua; pero en Madrid es otra cosa. Aquí tenemos estilo bueno y
malo, y los cortesanos se explican de un modo diferente que el pueblo.
En fin, desengáñate que nuestro nuevo estilo supera al de nuestros
antagonistas. Quiero probarte la diferencia que hay de la gallardía
de nuestra dicción a la bajeza de la suya. Ellos dirían, por ejemplo,
llanamente: _los intermedios hermosean una comedia_. Y nosotros, con
más gracia, decimos: _los intermedios hacen hermosura en una comedia_.
Observa bien este _hacer hermosura_. ¿Percibes tú toda la brillantez,
la delicadeza y gracia que esto contiene?»

Habiendo interrumpido a mi novador con una carcajada, le dije: «¡Vete
al diablo, Fabricio, con tu lenguaje culto! ¡Tú eres un estrafalario!»
«Y tú, con tu estilo natural--repuso él--, eres un gran bestia.
¡Vé--prosiguió, aplicándome aquellas palabras del arzobispo de
Granada--: _Díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda
bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas! ¡Me alegraré logre
usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!_» Repetí mis
carcajadas al oír esta pulla, y Fabricio, sin perder nada de su buen
humor, me perdonó el desacato con que había hablado de sus escritos.
Después de habernos bebido la segunda botella, nos levantamos de la
mesa tan amigos como antes. Salimos con ánimo de ir a pasearnos al
Prado, pero al pasar por delante de un café nos dió gana de entrar.

A esta casa concurrían regularmente gentes de forma. Vi en dos salas
diferentes a algunos caballeros que se divertían de varios modos. En la
una jugaban a los naipes y al ajedrez, y en la otra había diez o doce
que estaban muy atentos escuchando la disputa de dos argumentantes. No
tuvimos necesidad de acercarnos para oír que el asunto de la contienda
era un punto de Metafísica; porque era tal el calor y vehemencia con
que hablaban que no parecían sino dos energúmenos. Yo pienso que si
se les hubiera aplicado el anillo de Eleázaro se hubieran visto salir
demonios de sus narices. «¡Válgame Dios!--dije a mi compañero--. ¡Qué
fogosidad! ¡Qué pulmones! ¡No parece sino que aquellos disputadores
habían nacido para pregoneros! ¡La mayor parte de los hombres yerran
su vocación!» «Así es la verdad--respondió--. Estas gentes descienden,
al parecer, de Novio, aquel banquero romano cuya voz sobresalía por
entre el ruido de los carreteros; pero lo que más me disgusta de sus
altercaciones es que atolondran los oídos infructuosamente.» Dejamos a
estos metafísicos gritadores, y con esto se me desvaneció el dolor de
cabeza que me habían causado. Nos fuimos a un rincón de otra sala, y
habiendo bebido algunas copas de vino generoso, principiamos a examinar
a los que entraban y salían. Como Núñez los conocía casi a todos, dijo:
«¡Por vida mía, que la disputa de nuestros filósofos lleva traza de
no acabarse en gran rato! Pero a bien que llega tropa de refresco:
estos tres que entran van a tomar parte en la disputa. Pero ¿ves esos
dos sujetos originales que salen? Pues la personilla morena, seca y
cuyos cabellos lacios y largos le caen en partes iguales por detrás y
delante se llama don Julián de Villanuño. Es un togado nuevo que la
echa del elegante. El otro día fuimos un amigo y yo a comer con él
y le sorprendimos en una ocupación muy singular: se divertía en su
estudio tirando y haciendo traer por un gran lebrel los legajos de un
pleito que está defendiendo, los que su perro desgarraba a grandes
dentelladas. El licenciado que le acompaña, aquel cara de tomate, se
llama don Querubín Tonto, es canónigo de la iglesia de Toledo y el
hombre más negado del mundo. No obstante, al ver su aire placentero, la
viveza de sus ojos, su risa fingida y maliciosa, le tendrán por sabio y
de gran perspicacia. Cuando se lee en su presencia alguna obra delicada
y profunda pone la mayor atención, como si penetrara su asunto, pero
maldita la cosa que entiende. Este fué uno de los convidados en casa
del togado, en donde se dijeron mil chistes y agudezas, sin que a mi
don Querubín se le oyese el metal de la voz; pero, en recompensa, los
gestos y demostraciones con que aplaudía nuestros chistes daban una
aprobación superior al mérito de nuestras gracias.»

«¿Conoces--dije a Núñez--a aquellos dos desgreñados que están de codos
sobre una mesa en el rincón, hablando tan bajo y de cerca que parece
que se besan?» «No--me respondió--, no los he visto en mi vida; pero,
según todas las apariencias, serán políticos de café que murmuran del
Gobierno. ¿Ves a ese caballerete galán que, silbando, se pasea por
la sala, sosteniéndose ya sobre un pie y ya sobre otro? Pues es don
Agustín Moreto, poeta mozo que muestra gran talento, pero a quien los
aduladores y los ignorantes le han llenado los cascos de vanidad.
Aquel a quien se acerca es uno de sus compañeros, que compone versos
prosaicos o prosa en rimas y a quien también sopla la musa. Todavía
hay más autores--prosiguió, señalándome dos hombres que entraban con
espada--. ¡No parece sino que se han citado para venir a pasar revista
delante de ti! Ve allí a don Bernardo Deslenguado y a don Sebastián
de Villaviciosa. El primero es un sujeto de mala índole, un autor que
parece ha nacido bajo el signo de Saturno, un mortal maléfico, que se
complace en aborrecer a todo el mundo y a quien nadie ama. Por lo que
hace a don Sebastián, es un mozo de buena fe, autor muy concienzudo.
Poco hace que dió al teatro una comedia, que ha gustado en extremo,
y por no abusar más tiempo de la estimación del público la ha hecho
imprimir.»

El caritativo discípulo de Góngora se preparaba para continuar
explicándome las diferentes figuras del cuadro variable que teníamos
a la vista, cuando vino a interrumpirle un gentilhombre del duque de
Medinasidonia diciéndole: «Señor don Fabricio, vengo en busca de usted
para decirle que el duque mi señor quisiera hablarle y espera a usted
en su casa.» Sabiendo Núñez que para satisfacer el deseo de un gran
señor no hay prisa que baste, me dejó al momento por ir a ver lo que
le quería su Mecenas, y yo quedé muy admirado de haber oído tratarle
de _don_ y de mirarle así convertido en noble, a pesar de ser su padre
maese Crisóstomo el barbero.



                             CAPITULO XIV

Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde Galiano, título de Sicilia.


El gran deseo de ver a Fabricio me llevó bien de mañana a su casa.
«¡Buenos días--le dije al entrar--, señor don Fabricio, flor y nata de
la nobleza asturiana!» Al oírme se echó a reír. «¿Conque has notado--me
dijo--que me han tratado de don?» «Sí, caballero mío--le respondí--,
y permíteme te diga que ayer, cuando me contaste tu transformación,
te olvidaste de lo mejor.» «Ciertamente--respondió--; pero en verdad
que si he tomado este dictado de honor no es tanto por satisfacer
mi vanidad como por acomodarme a la de los otros. Tú conoces a los
españoles; maldito el caso que hacen de un hombre honrado si tiene
la desgracia de ser pobre o plebeyo; y aun te diré que veo tantas
gentes--¡y Dios sabe qué clase de gentes!--que hacen les llamen don
Francisco, don Gabriel, don Pedro o don como tú quieras llamarle, que
es preciso confesar que la Nobleza es una cosa muy común y que un
plebeyo que tiene mérito la honra cuando quiere agregarse a ella. Pero
mudemos de conversación--añadió--. Anoche, durante la cena en casa del
duque de Medinasidonia, en donde, entre otros convidados, se hallaba
el conde Galiano, título de Sicilia, se tocó la conversación sobre los
ridículos efectos del amor propio. Yo me alegró de hallar ocasión de
divertir a la concurrencia sobre el mismo punto y le conté la historia
de las homilías. Puedes imaginar cuánto reirían y qué apodos no se
darían a tu arzobispo. Lo que no te ha venido mal, porque se han
compadecido de ti, y después de haberme hecho el conde Galiano muchas
preguntas acerca de tu persona, a las cuales puedes creer respondí como
debía, me encargó que te presente a él, y para este fin iba ahora mismo
a buscarte. Según parece, quiere nombrarte por uno de sus secretarios,
y te aconsejo no desprecies este partido. En casa de este señor te
hallarás perfectamente; es rico y hace en Madrid un gasto de embajador.
Dicen ha venido a la corte a tratar con el duque de Lerma sobre ciertas
haciendas de la Corona que este ministro piensa enajenar en Sicilia.
En fin, el conde, aunque siciliano, parece generoso, lleno de rectitud
y de ingenuidad. No puedes hacer mejor cosa que acomodarte con este
señor, porque probablemente es el que debe hacerte rico, según lo que
te pronosticaron en Granada.»

«Había resuelto--dije a Núñez--pasearme y divertirme algún tiempo antes
de ponerme a servir; pero me hablas del conde siciliano de un modo
que me hace mudar de intenciones. ¡Ya quisiera estar con él!» «Pronto
estarás--me dijo--, o yo me engaño mucho.» Entonces salimos ambos para
ir a ver al conde, que ocupaba la casa de D. Sancho de Avila, su amigo,
quien estaba entonces en una hacienda de campo.

Encontramos en el patio muchos pajes y lacayos con libreas primorosas,
y en la antesala muchos escuderos, gentileshombres y otros criados.
Si los vestidos eran magníficos, los rostros eran tan extravagantes
que se me figuraron una manada de monos vestidos a la española. Puede
afirmarse que hay caras de hombres y mujeres a las que el arte no puede
dar hermosura.

Habiendo D. Fabricio hecho pasar recado, fué admitido inmediatamente
en la sala, adonde le seguí. Estaba el conde en bata, sentado en un
sofá y tomando chocolate. Le saludamos con demostraciones del más
profundo respeto, y él nos correspondió inclinando la cabeza y con un
aspecto tan afable que le cobré grande inclinación; efecto admirable y
ordinario que causa comúnmente en nosotros la favorable acogida de los
grandes. Preciso es que nos reciban muy mal para que nos desagraden.

Después que tomó el chocolate se divirtió algún tiempo en juguetear
con un gran mono, al que llamaba _Cupido_. Ignoro por qué pusieron
el nombre de este dios a aquel animal, a no ser que fuese por causa
de su malicia, porque en otra cosa absolutamente no le parecía; pero
tal cual era, su amo tenía puesto todo su cariño en él, y estaba tan
prendado de sus gracias que no le soltaba de sus brazos. Aunque nos
divertían poco los brincos del mono, aparentamos que nos hechizaban, lo
que complació mucho al siciliano, quien suspendió el gusto que tenía
en aquel pasatiempo para decirme: «En mano de usted estará, amigo mío,
ser uno de mis secretarios. Si le conviene a usted el partido, le daré
doscientos doblones al año; basta que don Fabricio sea quien presente
a usted y responda de su conducta.» «Sí, señor--exclamó Núñez--. Soy
más arrogante que Platón, que no se atrevió a salir por fiador de un
amigo suyo que enviaba a Dionisio el tirano; pero no temo merecer
reconvenciones.»

Agradecí con una reverencia al poeta de Asturias su fina arrogancia,
y después, dirigiéndome al amo, le aseguré de mi celo y fidelidad.
Apenas vió aquel señor que yo aceptaba su propuesta, hizo llamar a
su mayordomo, a quien habló en secreto, y en seguida me dijo: «Gil
Blas, luego te diré en lo que pienso emplearte; entre tanto vé con
mi mayordomo, que ya le he dado orden de lo que ha de hacer de ti.»
Obedecí, dejando a Fabricio con el conde y _Cupido_.

El mayordomo, que era un mesinés de los más diestros, me llevó a su
cuarto, llenándome de cumplimientos. Hizo llamar al sastre de la casa
y le mandó hacerme prontamente un vestido de igual magnificencia que
los de los criados mayores. El sastre me tomó la medida y se retiró.
«En cuanto a vuestra habitación--me dijo el mesinés--, os he destinado
una que os gustará. Ahora bien--prosiguió--: ¿os habéis desayunado?»
Respondíle que no. «¡Qué pobre mozo sois!--me dijo--. ¿Por qué no
habláis? Estáis en una casa en donde no hay mas que decir lo que se
quiere para tenerlo. Venid conmigo, que voy a llevaros a un paraje en
donde, a Dios gracias, nada falta.»

Dicho esto, me hizo bajar a la despensa, en la que hallamos al
repostero, que era un napolitano que valía tanto como el mesinés, de
modo que pudiera decirse de ambos que eran a cual peor. Este honrado
hombre estaba con cinco o seis amigos suyos atracándose de jamón,
lenguas de vaca y otras carnes saladas que les hacían menudear los
tragos. Entramos en el corro y ayudamos a apurar los mejores vinos del
señor conde. Mientras esto pasaba en la repostería, se representaba la
misma comedia en la cocina, en donde el cocinero también obsequiaba
a tres o cuatro conocidos suyos, quienes no bebían menos vino que
nosotros y se hartaban de empanadas de perdices y conejos. Hasta los
marmitones se regalaban con lo que podían pescar. Yo pensé estar en el
puerto de Arrebatacapas y en una casa entregada al pillaje; pero cuanto
estaba viendo era nada en comparación de lo que no veía.



                              CAPITULO XV

De los empleos que el conde Galiano dió en su casa a Gil Blas.


Habiendo salido a hacer llevar el equipaje a mi nueva habitación,
encontré a la vuelta al conde en la mesa con muchos señores y el poeta
Núñez, que con aire desembarazado se hacía servir como uno de tantos y
se mezclaba en la conversación. Al mismo tiempo observé que no decía
palabra que no cayese en gracia a los circunstantes. ¡Viva el talento!
¡El que lo tiene puede hacer cuantos papeles quiera!

Por lo que a mí toca, comí con los criados mayores, que fueron servidos
con corta diferencia como el amo. Acabada la comida, me retiré a mi
cuarto, en donde, reflexionando sobre mi condición, me dije a mí mismo:
«Ahora bien, Gil Blas: ya estás sirviendo a un conde siciliano cuyo
carácter no conoces. Si se ha de juzgar por las apariencias, estarás
en su casa como el pez en el agua; pero de nada se puede estar seguro,
y la malignidad de tu estrella te ha hecho ver muy de ordinario que
no debes fiarte de ella. Además de esto, ignoras el destino que
quiere darte. Ya tiene secretarios y mayordomo. ¿En qué querrá que tú
le sirvas? Siempre querrá que lleves el caduceo, es decir, que seas
su confidente secreto. ¡Pues sea enhorabuena! No se podría entrar
bajo mejor pie en casa de un señor para andar mucho en poco tiempo.
Sirviendo empleos más honrosos se camina lentamente, y aun con eso no
siempre se consigue el fin.»

En medio de estas bellas reflexiones vino un lacayo a decirme que
todos los caballeros que habían comido en casa se habían marchado y
que su señoría me llamaba. Fuí volando a su aposento, en donde le
encontré echado en un sofá para dormir la siesta y con su mono al
lado. «Acércate, Gil Blas--me dijo--; toma una silla y escúchame.»
Obedecíle y me habló en estos términos: «Me ha dicho don Fabricio
que, entre otras buenas cualidades, tienes la de amar a tus amos y que
eres un mozo de mucha integridad. Estas dos cosas me han determinado
a recibirte para mi servicio. Necesito un criado que me tenga afecto,
cuide de mis intereses y ponga todo su conato en conservar mis bienes.
Es verdad que soy rico, pero mis gastos exceden todos los años a mis
rentas. ¿Y por qué? Porque me roban, porque me saquean y vivo en mi
casa como en un monte lleno de ladrones. Sospecho que mi mayordomo y mi
repostero caminan de acuerdo, y si no me engaño, ve aquí más de lo que
se necesita para arruinarme enteramente. Me dirás que si los contemplo
bribones por qué no los despido; pero ¿en dónde hallaré otros que sean
formados de mejor barro? Es preciso contentarme con hacer que vigile
sobre ellos una persona encargada de inspeccionar su conducta. A ti,
Gil Blas, he elegido para el desempeño de esta comisión. Si la evacuas
bien, ten por cierto que no servirás a un ingrato. Cuidaré de emplearte
muy ventajosamente en Sicilia.»

Después de haberme hablado de esta manera me despidió, y aquella misma
noche, delante de todos los criados, fuí proclamado por superintendente
de la casa. Por el pronto no fué muy sensible esta novedad al mesinés
y al napolitano, porque yo les parecía un picarillo fácil de ganar y
contaban con que partiendo conmigo la torta tendrían libertad para
continuar su rumbo; pero al día siguiente se hallaron muy chasqueados
cuando les manifesté que yo era enemigo de toda malversación. Pedí
al mayordomo un estado de las provisiones, visité el depósito de los
vinos, registré lo que había en la repostería, quiero decir, la vajilla
y mantelería, y después los exhorté a mirar por el caudal del amo, a
usar de economía en el gasto, y acabé mi exhortación con asegurarles
que daría cuenta a su señoría de cuanto malo viese hacer en su casa.

No me contenté con esto, sino que quise tener un espía para averiguar
si había alguna inteligencia entre ellos, y a este fin me valí de un
marmitón que, engolosinado con mis promesas, dijo que no podía haber
escogido otro más a propósito que él para saber lo que pasaba en casa;
que el mayordomo y el repostero estaban aunados y cada uno hurtaba por
su parte; que todos los días enviaban fuera la mitad de las provisiones
que se compraban para el gasto de la casa; que el napolitano mantenía
a una dama que vivía enfrente del colegio de Santo Tomás y el mesinés
a otra en la Puerta del Sol; que estos dos caballeros hacían llevar
todas las mañanas a casa de sus ninfas toda especie de provisiones; que
el cocinero por su parte regalaba muy buenos platos a una viuda que
conocía en la vecindad, y que, en agradecimiento de los servicios que
hacía a los otros dos, disponía como ellos de los vinos del depósito.
Finalmente, que estos tres criados eran la causa del gasto tan enorme
que se hacía en casa del señor conde. «Si usted no me cree--añadió el
marmitón--, tómese el trabajo de estar mañana por la mañana, a eso
de las siete, cerca del Colegio de Santo Tomás, y me verá cargado con
un esportón, que le hará ver que no miento.» «Según eso--le dije--,
¿eres el mandadero de esos galanes proveedores?» «Yo soy--respondió--el
que sirvo al repostero, y uno de mis camaradas hace los recados del
mayordomo.»

Esta noticia me pareció digna de averiguarse. El día siguiente tuve la
curiosidad de ir cerca del colegio de Santo Tomás a la hora señalada.
No tuve que aguardar mucho a mi espía, pues bien pronto le vi llegar
con un gran esportón lleno de carne, aves y caza. Conté las piezas y
las apunté en mi libro de memoria, que fuí a mostrar al amo, después de
haber dicho al marmitón que cumpliese como de ordinario su encargo.

El señor siciliano, que era de un carácter muy vivo, quiso en el
primer impulso despedir al napolitano y al mesinés; pero, después
de haberlo pensado, se contentó con despedir al último, cuya plaza
recayó en mí, por lo que mi empleo de superintendente quedó suprimido
poco después de su creación, y confieso con franqueza que no me pesó.
Hablando con propiedad, éste no era mas que un empleo honorífico de
espía, un destino que nada tenía de sólido, siendo así que llegando
a ser mayordomo tenía a mi disposición la caja del dinero, que es lo
principal. Un mayordomo es el criado de más suposición en casa de
un señor, y son tantos los gajes anejos a la mayordomía que podría
enriquecerse sin faltar a la hombría de bien.

El bellaco del napolitano no dejó por eso sus malas mañas, y
advirtiendo que yo tenía un celo riguroso y que así no dejaba de
registrar todas las mañanas las provisiones que compraba, no las
extraviaba; pero el tunante continuó haciendo traer cada día la misma
cantidad. Con esta trampa, aumentando el provecho que sacaba de lo
sobrante de la mesa, que de derecho le pertenecía, halló medio de
enviar la carne cocida a su queridita, ya que no podía cruda. Aquel
diablo nada perdía y el conde nada había adelantado con tener en su
casa al fénix de los mayordomos. La excesiva abundancia que vi reinar
en las comidas me hizo adivinar este nuevo ardid, e inmediatamente
puse en ello remedio, despojándolas de todo lo superfluo, lo que, sin
embargo, hice con tanta prudencia que no se notaba ninguna escasez.
Nadie hubiera dicho sino que continuaba siempre la misma profusión, y,
sin embargo, no dejé de disminuir con esta economía considerablemente
el gasto, que era lo que el amo deseaba; quería ahorrar sin parecer
menos espléndido, de suerte que su avaricia se sujetaba a su
ostentación.

No pararon aquí mis providencias, porque también reformé otro abuso.
Viendo que el vino iba por la posta, sospeché que había también trampa
por este lado. Efectivamente: si, por ejemplo, había doce a la mesa
de su señoría, se bebían cincuenta, y algunas veces hasta sesenta
botellas, lo que no podía menos de causarme admiración. Consulté sobre
esto a mi oráculo, es decir, a mi marmitón, con quien yo tenía algunas
conversaciones secretas, en las que me contaba con toda fidelidad lo
que se decía y hacía en la cocina, en donde nadie se recelaba de él.
Me dijo que el desperdicio de que yo me quejaba procedía de una nueva
liga que se había formado entre el repostero, el cocinero y los lacayos
que servían el vino a la mesa, que éstos se llevaban las botellas medio
llenas y las distribuían después entre los confederados. Reñí a los
lacayos y les amenacé con echarlos a la calle si volvían a reincidir,
y esto bastó para que se enmendasen. Tenía gran cuidado de informar a
mi amo de las menores cosas que hacía en su beneficio, con lo que me
llenaba de alabanzas y cada día me cobraba más afecto. Por mi parte,
recompensé al marmitón que me hacía tan buenos oficios, haciéndole
ayudante de cocina. De este modo va ascendiendo un criado fiel en las
casas principales.

El napolitano rabiaba de ver que siempre andaba tras de él, y lo que
sentía más vivamente era el tener que aguantar mis reparos siempre
que me daba las cuentas, porque para quitarle el motivo de sisar me
tomé la molestia de ir a los mercados e informarme del precio de los
géneros, de suerte que le esperaba con esta prevención. Y como él no
dejaba de querer remachar el clavo, yo le rechazaba vigorosamente, bien
persuadido de que me maldeciría cien veces al día; pero la causa de
sus maldiciones me quitaba todo temor de que se cumpliesen. No sé cómo
podía resistir a mis pesquisas ni cómo continuaba sirviendo al señor
siciliano; sin duda que él, a pesar de todo esto, hacía su agosto.

Contaba a Fabricio, a quien veía algunas veces, mis inauditas proezas
económicas; pero le hallaba más propenso a vituperar mi conducta que
a aprobarla. «¡Quiera Dios--me dijo un día--que al cabo y al postre
sea bien recompensado tu desinterés! Pero, hablando aquí para los dos,
creo que saldrías más bien librado si no te estrellases tanto con el
repostero.» «Pues qué--le respondí--, ¿este ladrón ha de tener la
osadía de poner en la cuenta del gasto diez doblones por un pescado
que no costó más que cuatro? ¿Y quieres tú que yo pase esta partida?»
«¿Y por qué no?--replicó serenamente--. Que te dé la mitad del aumento
y hará las cosas en forma. A fe mía, amigo--continuó, meneando la
cabeza--, que no te sabes gobernar. Tú, a la verdad, echas a perder
las cosas, y tienes traza de servir mucho tiempo, pues no te chupas el
dedo teniéndolo en la miel. Has de saber que la fortuna es semejante
a aquellas damiselas vivas y veleidosas a quienes no pueden sujetar
los galanes tímidos.» Reíme de las expresiones de Núñez, que por su
parte hizo otro tanto, y quiso persuadirme que aquello había sido
sólo una chanza: se avergonzaba de haberme dado inútilmente un mal
consejo. Continué siempre en el firme propósito de ser fiel y celoso,
atreviéndome a asegurar que en cuatro meses con mi economía ahorré a mi
amo por lo menos tres mil ducados.



                             CAPITULO XVI

Del accidente que acometió al mono del conde Galiano y de la pena que
causó a este señor. Cómo Gil Blas cayó enfermo y cuáles fueron las
resultas de su enfermedad.


El sosiego que reinaba en la casa le turbó extrañamente un suceso que
al lector le parecerá una bagatela, pero que, no obstante, llegó a ser
muy serio para los criados, y sobre todo para mí. _Cupido_, aquel mono
de que he hablado, aquel animal tan querido del amo, al saltar un día
de una ventana a otra tomó tan mal sus medidas que cayó al patio y se
dislocó una pata. Apenas supo el conde esta desgracia, cuando empezó
a dar gritos como una mujer, y en el exceso de su sentimiento echó la
culpa a sus criados, sin excepción, y faltó poco para que los echara
a todos a la calle. No obstante, limitó su indignación a maldecir
nuestro descuido y darnos mil epítetos con palabras descomedidas.
Inmediatamente hizo llamar a los cirujanos más hábiles de Madrid en
fracturas y dislocaciones de huesos. Reconocieron la pata del herido,
repusieron el hueso en su lugar y la vendaron; pero por más que
asegurasen no ser cosa de cuidado, no pudieron conseguir que mi amo no
retuviese a uno de ellos para que permaneciera al lado del animal hasta
su perfecta curación.

Haría mal si pasara en silencio las penas e inquietudes que tuvo el
señor siciliano durante este tiempo. ¿Se creerá que no se apartaba en
todo el día de su _Cupido_? Estaba presente cuando le curaban y de
noche se levantaba dos o tres veces a verle. Lo más penoso era que
con precisión habían de estar todos los criados, y principalmente
yo, siempre levantados, para acudir pronto a lo que se necesitara en
servicio del mono. En una palabra, no hubo en la casa un instante de
reposo hasta que la maldita bestia, curada de su caída, volvió a sus
saltos y volteretas ordinarias. A vista de esto, bien podemos dar
crédito a la narración de Suetonio cuando dice que Calígula amaba tanto
a su caballo que le puso una casa ricamente alhajada, con criados para
servirle, y que también quería hacerle cónsul. Mi amo no estaba menos
enamorado de su mono, y con gusto le hubiera nombrado corregidor.

Por desgracia mía, yo me distinguí más que todos los criados en
complacer al amo, y trabajé tanto en cuidar de su _Cupido_ que caí
enfermo. Me dió una fuerte calentura, que se agravó de modo que perdí
el sentido. Ignoro lo que hicieron conmigo en los quince días que
estuve a la muerte, y solamente sé que mi mocedad luchó tanto con la
calentura, y tal vez contra los remedios que me dieron, que al fin
recobré el conocimiento. El primer uso que hice de él fué observar que
estaba en un cuarto diferente del mío. Quise saber por qué, y se lo
pregunté a una vieja que me asistía; pero me respondió que no hablara,
porque el médico lo había prohibido expresamente. Cuando estamos
buenos, ordinariamente nos burlamos de estos doctores; pero en estando
malos nos sometemos con docilidad a sus preceptos.

Aunque más desease hablar con mi asistenta, tomé la determinación
de callar; y estaba pensando en esto a tiempo que entraron dos como
elegantes muy desembarazados, con vestidos de terciopelo y ricas
camisolas guarnecidas de encaje. Me imaginé que eran algunos señores
amigos de mi amo, que por atención a él me venían a ver, y en esta
inteligencia hice un esfuerzo para incorporarme, y por política me
quité el gorro; pero mi asistenta me volvió a tender a la larga,
diciéndome que aquellos señores eran el médico y el boticario que me
asistían.

El doctor se acercó a mí, me tomó el pulso, miróme atentamente el
rostro, y habiendo observado todas las señales de una próxima curación,
se revistió de un aspecto victorioso, como si hubiese puesto mucho de
suyo, y dijo que sólo faltaba tomase una purga para acabar su obra,
y que en vista de esto bien podía alabarse de haber hecho una buena
curación. Después de haber hablado de esta suerte dictó al boticario
una receta, mirándose al mismo tiempo a un espejo, atusándose el pelo
y haciendo tales gestos que no pude dejar de reírme a pesar del estado
en que me hallaba. Hízome una cortesía y se marchó, pensando más en su
cara que en las drogas que había recetado.

Luego que salió, el boticario, que sin duda no fué a mi casa en vano,
se preparó para ejecutar lo que se puede discurrir. Fuese porque
temiese que la vieja no se daría buena maña, o sea por hacer valer más
el género, quiso operar por sí mismo; pero, a pesar de su destreza,
apenas me había disparado la carga cuando, sin saber cómo, la rechacé
sobre el manipulante, poniéndole el vestido de terciopelo como de
perlas. Tuvo este accidente por adehala del oficio. Tomó una toalla, se
limpió sin decir palabra y se fué, bien resuelto a hacerme pagar lo que
le llevase el quitamanchas, a quien sin duda tuvo precisión de enviar
su vestido.

A la mañana siguiente volvió, vestido más llanamente, aunque nada tenía
que aventurar ya, y me trajo la purga que el doctor había recetado el
día antes. Yo me sentía por momentos mejor; pero, fuera de eso, había
cobrado tanta aversión desde el día anterior a los médicos y boticarios
que maldecía hasta las Universidades en donde a estos señores se les da
la facultad de matar hombres sin riesgo. Con esta disposición, declaré,
enfadado, que no quería más remedios y que fueran a los diablos
Hipócrates y sus secuaces. El boticario, a quien maldita de Dios la
cosa se le daba de que yo diera el destino que quisiera a su medicina
con tal que se la pagase, la dejó sobre la mesa y se retiró sin decirme
una palabra.

Inmediatamente hice arrojar por la ventana aquel maldito brebaje,
contra el cual había formado tal aprensión que habría creído beber
veneno si lo hubiera tomado. A esta desobediencia añadí otras:
rompí el silencio y dije con entereza a la que me cuidaba que lo que
positivamente quería era me diese noticias de mi amo. La vieja, que
temía excitar en mí una alteración peligrosa si me respondía, o, por el
contrario, que si dejaba de satisfacerme irritaría mi mal, se detuvo un
poco; pero la insté con tal empeño que al fin me respondió: «Caballero,
usted no tiene más amo que a usted mismo. El conde Galiano se ha vuelto
a Sicilia.»

Me parecía increíble lo que oía; pero nada era más cierto. Este señor,
desde el segundo día de mi enfermedad, temiendo que muriese en su casa,
tuvo la bondad de hacerme trasladar, con lo poco que tenía, a una
posada, en donde me dejó abandonado sin más ni más a la Providencia
y al cuidado de una asistenta. En este tiempo tuvo orden de la Corte
para restituirse a Sicilia, y se marchó tan aceleradamente que no pudo
pensar en mí, ya fuese porque me contaba con los muertos o ya porque
las personas de distinción suelen padecer estas faltas de memoria.

Mi asistenta fué la que me lo contó todo, y me dijo que ella era
la que había buscado médico y boticario para que no muriese sin su
asistencia. Estas bellas noticias me hicieron caer en un profundo
desvarío. ¡Adiós mi establecimiento ventajoso en Sicilia! ¡Adiós mis
más dulces esperanzas! «Cuando os suceda alguna desgracia--dice un
Papa--, examinaos bien y encontraréis que siempre habéis tenido alguna
parte de culpa.» Con perdón de este Santo Padre, no puedo descubrir en
qué hubiese yo contribuído a mi fatalidad en aquella ocasión.

Cuando vi desvanecidas las lisonjeras fantasmas de que me había llenado
la cabeza, lo primero que me ocupó el pensamiento fué mi maleta, que
hice traer a mi cama para registrarla. Al verla abierta, suspiré. «¡Ay
mi amada maleta--exclamé--, único consuelo mío! ¡A lo que veo, has
estado a merced de manos ajenas!» «¡No, no, señor Gil Blas--me dijo
entonces la vieja--; crea usted que nada le han robado! He guardado su
maleta lo mismo que mi honra.»

Encontré el vestido que llevaba cuando entré a servir al conde, pero
busqué en vano el que me mandó hacer el mesinés. Mi amo no había
tenido por conveniente dejármelo o alguno se lo había apropiado. Todo
lo restante de mi ajuar estaba allí, y también una bolsa grande de
cuero donde tenía mi dinero. Lo conté dos veces, porque a la primera,
no hallando mas que cincuenta doblones, no creí quedasen tan pocos de
doscientos sesenta que dejé en ella antes de mi enfermedad. «¿Qué es
esto, buena mujer?--dije a mi asistenta--. Mi caudal se ha disminuído
mucho.» «Nadie ha llegado a él--respondió la vieja--, y he gastado lo
menos que me ha sido posible; pero las enfermedades cuestan mucho;
es necesario estar siempre dando dinero. Vea usted--añadió la buena
económica sacando de la faltriquera un legajo de papeles--, vea usted
una cuenta del gasto, tan cabal como el oro y que os hará ver que no he
malgastado un ochavo.»

Recorrí la cuenta, que bien tendría sus quince o veinte hojas. ¡Dios
misericordioso, qué de aves se habían comprado mientras yo estuve
sin sentido! Solamente en caldos ascendería la suma por lo menos a
doce doblones. Las otras partidas eran correspondientes a ésta. No es
decible lo que había gastado en carbón, en luz, en agua, en escobas,
etc. Sin embargo, por muy llena que estuviese su lista, el total
llegaba apenas a treinta doblones, y, por consiguiente, debían quedar
todavía doscientos treinta. Díjeselo; pero la vieja, con un aire de
sencillez, empezó a poner por testigos a todos los santos de que en
la bolsa no había mas que ochenta doblones cuando el mayordomo del
conde le había entregado mi maleta. «¿Qué dice usted, buena mujer?--le
interrumpí con precipitación--. ¿Fué el mayordomo quien dió a usted mi
ropa?» «El fué realmente--me respondió--; por más señas, que al dármela
me dijo: «Tome usted, buena mujer; cuando el señor Gil Blas esté frito
en aceite no deje usted de obsequiarle con un buen entierro. En esta
maleta hay con qué hacerle las honras.»

«¡Ah maldito napolitano!--exclamé entonces--. ¡Ya no necesito saber en
dónde para el dinero que me falta! ¡Tú lo has llevado, para desquitarte
de lo que te he impedido hurtases!» Después de esta invectiva, di
gracias al Cielo de que el bribón no hubiese cargado con todo. No
obstante, aunque yo tenía motivo para imputarle el hurto, no dejé de
discurrir que acaso podía haberlo hecho mi asistenta. Mis sospechas tan
presto recaían sobre el uno como sobre el otro, mas para mí siempre
era lo mismo. Nada dije a la vieja, ni tampoco quise altercar sobre las
partidas de su larga cuenta, porque nada hubiera adelantado: es preciso
que cada uno haga su oficio. Mi resentimiento se redujo a pagarla y
despedirla de allí a tres días.

Me imagino que al salir de mi casa fué a avisar al boticario de que yo
la había despedido y me hallaba ya restablecido y fuerte para poder
tomar las de Villadiego sin pagarle, porque le vi venir de allí a poco
que apenas podía echar el aliento. Dióme su cuenta, en la que venían
los supuestos remedios que me había suministrado cuando estaba yo sin
sentido, puestos con unos nombres que no entendí, aunque había sido
médico. Esta se podía llamar propiamente cuenta de boticario, y así,
cuando llegó el caso de la paga, altercamos bastante, pretendiendo yo
que rebajase la mitad y él porfiando que no bajaría un maravedí: pero
haciéndose cargo al fin el boticario de que las había con un mozo que
en el día podía marcharse de Madrid, tomó a bien contentarse con lo
que le ofrecía, es decir, con tres partes más de lo que valían sus
medicinas, por no exponerse a perderlo todo. Con mucho sentimiento
mío le aflojé el dinero, con lo que se retiró, bien vengado de la
desazoncilla que le causé el día de la lavativa.

El médico llegó casi al punto, porque estos animales van siempre uno
tras otro. Le satisfice el importe de sus visitas, que habían sido
frecuentes, y se marchó contento. Mas, para acreditarme que había
ganado bien su dinero, antes de retirarse me refirió por menor las
mortales consecuencias que había precavido en mi enfermedad, lo cual
hizo en términos muy elegantes y con un aspecto agradable; pero nada
comprendí de cuanto dijo. Luego que salí de él me juzgué ya libre de
todos los familiares de las Parcas; pero me engañaba, porque vino
también un cirujano, a quien en mi vida había visto. Saludóme muy
cortésmente y manifestó mucho gusto de hallarme fuera del peligro
en que me había visto, atribuyendo este beneficio--decía él--a dos
copiosas sangrías que me había hecho y a unas ventosas que había tenido
la honra de aplicarme. Esta pluma quedaba que arrancarme todavía; me
fué preciso asimismo pagar al cirujano. Con tantas evacuaciones se
quedó tan flaco mi bolsillo que se podía decir era un cuerpo aniquilado
y que ni aun le quedaba el húmedo radical.

Al verme otra vez abismado en tan miserable situación, empecé a
desanimarme. En casa de mis últimos amos me había aficionado de
suerte a las comodidades de la vida que no podía ya, como en otro
tiempo, considerar la indigencia del modo que un filósofo cínico. A
la verdad, no debía entristecerme, teniendo repetidas experiencias de
que la fortuna apenas me derribaba cuando me volvía a levantar; antes
hubiera debido mirar mi infeliz estado como una ocasión de inmediata
prosperidad.


FIN DEL TOMO SEGUNDO



                        ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO


                                                              _Páginas._


                             LIBRO CUARTO

  CAPÍTULO I.--No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres
  de los comediantes, se sale de casa de Arsenia y halla mejor
  conveniencia.                                                        5

  CAPÍTULO II.--Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la
  conversación que con él tuvo.                                       13

  CAPÍTULO III.--De la gran mutación que sobrevino en casa de
  don Vicente y de la extraña determinación que el amor hizo
  tomar a la bella Aurora.                                            18

  CAPÍTULO IV.--El casamiento por venganza. (Novela).                 26

  CAPÍTULO V.--De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que
  llegó a Salamanca.                                                  64

  CAPÍTULO VI.--De qué ardides se valió Aurora para que la amase
  don Luis Pacheco.                                                   78

  CAPÍTULO VII.--Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a
  don Gonzalo Pacheco.                                                89

  CAPÍTULO VIII.--Carácter de la marquesa de Chaves, y personas
  que ordinariamente la visitaban.                                   104

  CAPÍTULO IX.--Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la
  marquesa de Chaves y cuál fué su paradero.                         110

  CAPÍTULO X.--Historia de don Alfonso y de la bella Serafina.       117

  CAPÍTULO XI.--Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil
  Blas que se hallaba entre amigos.                                  136


                             LIBRO QUINTO

  CAPÍTULO I.--Historia de don Rafael.                               143

  CAPÍTULO II.--De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus
  oyentes y de la aventura que les sucedió al querer salir del
  bosque.                                                            235


                              LIBRO SEXTO

  CAPÍTULO I.--De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros
  después que se separaron del conde de Polán; del importante
  proyecto que formó Ambrosio y cómo se ejecutó.                     241

  CAPÍTULO II.--De la resolución que tomaron don Alfonso y Gil
  Blas después de esta aventura.                                     249

  CAPÍTULO III.--Cómo don Alfonso se halla en el colmo de su
  alegría y la aventura por la cual se vió de repente Gil Blas
  en un estado dichoso.                                              254


                             LIBRO SÉPTIMO

  CAPÍTULO I.--De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza
  Séfora.                                                            259

  CAPÍTULO II.--De lo que le sucedió a Gil Blas después de
  dejar la casa de Leiva y de las felices consecuencias que tuvo
  el mal suceso de sus amores.                                       268

  CAPÍTULO III.--Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo
  de Granada y el conducto de sus gracias.                           276

  CAPÍTULO IV.--Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del
  lance crítico en que se halla Gil Blas y del modo con que
  salió de él.                                                       283

  CAPÍTULO V.--Partido que tomó Gil Blas después que le despidió
  el arzobispo; su casual encuentro con el licenciado García y
  cómo le manifestó éste su agradecimiento.                          288

  CAPÍTULO VI.--Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de
  Granada; de la admiración que le causó el ver a una actriz y
  de lo que le pasó con ella.                                        292

  CAPÍTULO VII.--Historia de Laura.                                  300

  CAPÍTULO VIII.--Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los
  cómicos de Granada y de la persona a quien reconoció en el
  vestuario.                                                         317

  CAPÍTULO IX.--Del hombre extraordinario con quien Gil Blas
  cenó aquella noche y de lo que pasó entre ellos.                   321

  CAPÍTULO X.--De la comisión que el marqués de Marialba dió a
  Gil Blas y cómo la desempeñó este fiel secretario.                 325

  CAPÍTULO XI.--De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un
  golpe mortal para él.                                              329

  CAPÍTULO XII.--Gil Blas se aloja en una posada de caballeros,
  en donde adquiere conocimiento con el capitán Chinchilla; qué
  clase de hombre era este oficial y qué negocio le había
  llevado a Madrid.                                                  334

  CAPÍTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en la corte a su querido
  amigo Fabricio, y de la grande alegría que de ello recibieron.
  A dónde fueron los dos, y de la curiosa conversación que
  tuvieron.                                                          343

  CAPÍTULO XIV.--Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde
  Galiano, título de Sicilia.                                        356

  CAPÍTULO XV.--De los empleos que el conde Galiano dió en su
  casa a Gil Blas.                                                   360

  CAPÍTULO XVI.--Del accidente que acometió al mono del conde
  Galiano y de la pena que causó a este señor. Cómo Gil Blas
  cayó enfermo y cuáles fueron las resultas de su enfermedad.        368



                         OBRAS DE J. H. FABRE

                          EDITADAS POR CALPE


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según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5
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agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según
fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
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